summaryrefslogtreecommitdiff
path: root/old/30425-h/30425-h.htm
diff options
context:
space:
mode:
Diffstat (limited to 'old/30425-h/30425-h.htm')
-rw-r--r--old/30425-h/30425-h.htm14246
1 files changed, 14246 insertions, 0 deletions
diff --git a/old/30425-h/30425-h.htm b/old/30425-h/30425-h.htm
new file mode 100644
index 0000000..eb77c3b
--- /dev/null
+++ b/old/30425-h/30425-h.htm
@@ -0,0 +1,14246 @@
+<!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN"
+"http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd">
+
+<html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml" lang="es" xml:lang="es">
+ <head>
+<meta http-equiv="Content-Type" content="text/html;charset=iso-8859-1" />
+<title>
+ The Project Gutenberg eBook of El maestrante, por Armando Palacio Valdés.
+</title>
+<style type="text/css">
+ p {margin-top:.75em;text-align:justify;margin-bottom:.75em;text-indent:2%;}
+
+.cb {text-align:center;text-indent:0%;font-weight:800;}
+
+.cab {text-align:center;text-indent:0%;font-weight:800;font-size:110%;margin:3% auto 5% auto;}
+
+ h1,h2 {text-align:center;clear:both;}
+
+ h3 {margin-top:15%;text-align:center;clear:both;}
+
+.top5 {margin-top:5%;}
+
+.top15 {margin-top:15%;}
+
+ hr {width:50%;margin:10% auto 2% auto;clear:both;color:black;border:3px double black;}
+
+ hr.full {width:100%;margin:5% auto 5% auto;border:4px double gray;}
+
+ table {line-height:1.5em;margin-left:auto;margin-right:auto;border:none;font-weight:800;}
+
+ body{margin-left:10%;margin-right:10%;background:#fdfdfd;color:black;font-family:"Times New Roman", serif;font-size:medium;}
+
+a:link {background-color:#ffffff;color:blue;text-decoration:none;}
+
+ link {background-color:#ffffff;color:blue;text-decoration:none;}
+
+a:visited {background-color:#ffffff;color:purple;text-decoration:none;}
+
+a:hover {background-color:#ffffff;color:#FF0000;text-decoration:underline;}
+
+.poem {margin: 3% auto 3% 33%;white-space:nowrap;text-indent:0%;}
+</style>
+ </head>
+<body>
+
+
+<pre>
+
+The Project Gutenberg EBook of El maestrante, by Armando Palacio Valdés
+
+This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
+almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
+re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
+with this eBook or online at www.gutenberg.org
+
+
+Title: El maestrante
+
+Author: Armando Palacio Valdés
+
+Release Date: November 8, 2009 [EBook #30425]
+
+Language: Spanish
+
+Character set encoding: ISO-8859-1
+
+*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL MAESTRANTE ***
+
+
+
+
+Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
+Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This book was
+produced from scanned images of public domain material
+from the Google Print project.)
+
+
+
+
+
+
+</pre>
+
+<hr class="full" />
+
+<h2>EL</h2>
+
+<h1>MAESTRANTE</h1>
+
+<h3 class="top5">NOVELA</h3>
+
+<p class="cb">POR</p>
+
+<h2>D. ARMANDO PALACIO VALDÉS</h2>
+
+<p class="cb top15">MADRID<br />
+TIPOGRAFIA DE LOS HIJOS DE M. G. HERNÁNDEZ<br />
+IMPRESOR DE LA REAL CASA<br />
+Libertad, 16 duplicado.<br />
+1893</p>
+
+<hr />
+
+<h3>ÍNDICE</h3>
+
+<table summary="indice"
+cellspacing="0"
+cellpadding="0">
+<tr><td align="right"><a href="#I">I</a></td><td>&mdash;La casa del maestrante</td></tr>
+<tr><td align="right"><a href="#II">II</a></td><td>&mdash;El hallazgo</td></tr>
+<tr><td align="right"><a href="#III">III</a></td><td>&mdash;La cita</td></tr>
+<tr><td align="right"><a href="#IV">IV</a></td><td>&mdash;Historia de aquellos amores</td></tr>
+<tr><td align="right"><a href="#V">V</a></td><td>&mdash;Las bromas de Paco Gómez</td></tr>
+<tr><td align="right"><a href="#VI">VI</a></td><td>&mdash;Las señoritas de Meré</td></tr>
+<tr><td align="right"><a href="#VII">VII</a></td><td>&mdash;El aumento del contingente</td></tr>
+<tr><td align="right"><a href="#VIII">VIII</a></td><td>&mdash;El vino de Fernanda</td></tr>
+<tr><td align="right"><a href="#IX">IX</a></td><td>&mdash;La mascarada</td></tr>
+<tr><td align="right"><a href="#X">X</a></td><td>&mdash;Cinco años después</td></tr>
+<tr><td align="right"><a href="#XI">XI</a></td><td>&mdash;La cólera de Amalia</td></tr>
+<tr><td align="right"><a href="#XII">XII</a></td><td>&mdash;La justicia del barón</td></tr>
+<tr><td align="right"><a href="#XIII">XIII</a></td><td>&mdash;El martirio</td></tr>
+<tr><td align="right"><a href="#XIV">XIV</a></td><td>&mdash;La capitulación</td></tr>
+<tr><td align="right"><a href="#XV">XV</a></td><td>&mdash;Josefina duerme</td></tr>
+</table>
+
+
+<hr />
+<h3><a name="I" id="I"></a>I</h3>
+
+<p class="cab">La casa del maestrante.</p>
+
+
+<p>A las diez de la noche eran, en toda ocasión,
+contadísimas las personas que
+transitaban por las calles de la noble
+ciudad de Lancia. En las entrañas mismas del
+invierno, como ahora, y soplando un viento del
+noroeste recio y empapado de lluvia, con dificultad
+se tropezaba alma viviente. No quiere esto
+decir que todos se hubiesen entregado al sueño.
+Lancia, como capital de provincia, aunque no
+de las más importantes, es población donde ya
+en 185... se había aprendido a trasnochar. Pero
+la gente se metía desde primera hora en algunas
+tertulias y sólo salía de ellas a las once para cenar
+y acostarse. A esta hora, pues, solían tropezarse
+algunos grupos resonantes que caminaban
+a toda prisa resguardados por los paraguas;
+las señoras rebujadas en sendos capuchones
+de lana, alzando las enaguas con la mano
+que les quedaba libre; los caballeros envueltos
+en sus pañosas o <i>montecristos</i>, los pantalones
+enérgicamente arremangados, rompiendo el silencio
+de la noche con el áspero traqueteo de las
+almadreñas. Porque en aquella época eran muy
+pocos todavía los que desdeñaban este calzado
+patriótico y confortable. Tal cual pollastre que
+por haber estado en Valladolid estudiando medicina
+se creía por encima de estas ruindades y alguna
+que otra damisela melindrosa que afectaba
+el no saber andar con ellas.</p>
+
+<p>De coches no había que hablar, pues sólo existían
+tres en la población, el de Quiñones, el de
+la condesa de Onís y el de Estrada-Rosa. Este
+último era el único que no alcanzaba el medio
+siglo de antigüedad. Cuando cualquiera de las
+tres carrozas salía a la calle, rodeábala un enjambre
+de chiquillos y seguíanla buen trecho en testimonio
+de incondicional entusiasmo. Los vecinos
+en lo interior de sus moradas distinguían, por
+el estrépito de las ruedas y el chasquido de las
+herraduras, a cuál de los magnates mencionados
+pertenecía. Eran, en suma, tres instituciones venerandas
+que los hijos de la ciudad sabían amar y
+respetar. Contra la lluvia que cae sobre ella más
+de las tres cuartas partes del año no se conocían
+entonces otros preservativos naturales que el paraguas
+y las almadreñas. Poco después vinieron
+los chanclos de goma y recientemente también
+se introdujeron los impermeables con capuchón,
+que trasforman en ciertos momentos a Lancia
+en vasta comunidad de frailes cartujos.</p>
+
+<p>El viento soplaba más recio en la travesía de
+Santa Bárbara que en ningún otro paraje de la
+población. Esta vía, abierta entre el palacio del
+obispo y las tapias de un patinejo de la catedral,
+donde viene a caer la cadena del pararrayos, pasa
+a su terminación por debajo de un arco y forma
+lóbrego recodo en que el huracán se encalleja y
+clama y se lamenta en noches tan infernales como
+la presente.</p>
+
+<p>Un hombre embozado hasta los ojos atravesó
+velozmente la plazoleta que hay delante de la
+morada de los obispos y entró en este recodo.
+La fuerza del huracán le detuvo, y la lluvia, penetrando
+entre el embozo de la capa y el sombrero,
+le privó de la vista. Resistió unos instantes
+a pie firme la violencia de la ráfaga, y en vez
+de soltar alguna interjección enérgica, que nunca
+fuera más al caso, dejó escapar un suspiro de
+angustia.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ay, Jesús mío, qué noche!</p>
+
+<p>Se arrimó a la pared, y cuando el viento sosegó
+sus ímpetus siguió su camino. Pasó por debajo
+del arco que comunica el palacio con la catedral
+y entró en la parte más desahogada y esclarecida
+de la travesía. Un reverbero de aceite
+engastado en la esquina servía para iluminarla
+toda. El cuitado hacía inútiles esfuerzos, secundado
+por la gran mariposa de hoja de lata, para
+enviar alguna claridad a los confines de su jurisdicción.
+Pero, más allá de diez varas en radio,
+nada hacía sospechar su presencia. Sin embargo,
+a nuestro embozado debió parecerle una lámpara
+Edison de diez mil bujías, a juzgar por el cuidado
+con que se subió aún más el embozo y la
+prisa con que abandonó la acera para caminar
+ceñido a la tapia del patio en que las sombras se
+espesaban. Salió en esta guisa a la calle de Santa
+Lucía, echó una rápida mirada a un lado y a
+otro, y corrió de nuevo al sitio más oscuro. La
+calle de Santa Lucía, con ser de las más céntricas,
+es también de las más solitarias. Está cerrada
+a su terminación por la base de la torre de
+la basílica, esbelta y elegante como pocas en España,
+y sólo sirve de camino ordinariamente a
+los canónigos que van al coro y a las devotas que
+salen a misa de madrugada.</p>
+
+<p>En esta calle, corta, recta, mal empedrada y
+de viejo caserío, se alzaba el palacio de Quiñones
+de León. Era una gran fábrica oscura de fachada
+churrigueresca, con balcones salientes de
+hierro. Tenía dos pisos, y sobre el balcón central
+del primero un enorme escudo labrado toscamente
+y defendido por dos jayanes en alto relieve
+tan toscos como sus cuarteles.</p>
+
+<p>Una de las fachadas laterales caía sobre pequeño
+jardín húmedo, descuidado y triste y
+cerrado por una tapia de regular elevación; la
+otra sobre una callejuela aún más húmeda y sucia
+abierta entre la casa y la pared negra y descascarillada
+de la iglesia de San Rafael. Para
+pasar del palacio a la iglesia, donde los Quiñones
+poseían tribuna reservada, existía un puente
+o corredor cerrado, más pequeño, pero semejante
+al que los obispos tienen sobre la travesía de
+Santa Bárbara. Por la viva claridad que dejaba
+pasar la rendija de un balcón entreabierto advertíase
+que los dueños de la casa no estaban aún
+entregados al descanso. Y si la claridad no lo
+acusara, acusábanlo más claramente los sones
+amortiguados de un piano que dentro se dejaban
+oír cuando los latidos furiosos del huracán lo
+consentían.</p>
+
+<p>Nuestro embozado siguió, con paso rápido y
+ocultándose en la sombra cuanto podía, hasta la
+puerta del palacio. Allí se detuvo; volvió a echar
+una mirada recelosa a entrambos lados de la calle,
+y entró resueltamente en el portal. Era amplio,
+con pavimento de guijarro como la calle,
+las paredes lisas y enjalbegadas de mucho tiempo,
+tristemente iluminado por una lámpara de
+aceite colgada en el centro. El embozado lo
+atravesó velozmente, y sin tirar del cordón de
+la campana pegó el oído a la puerta, y así estuvo
+inmóvil algunos instantes en escucha. Cerciorado
+de que nadie bajaba, tornó a la puerta de la
+calle y enfiló otra mirada por ella. Al fin resolviose
+a abrir el embozo y sacó de debajo de la
+capa un bulto que depositó en el suelo con mano
+temblorosa, cerca de la puerta. Era un canastillo.
+Estaba cubierto con una manta de mujer, lo
+cual impedía observar lo que en él se guardaba,
+aunque bien se presumía. Desde Moisés, los canastillos
+misteriosos parecen destinados a guardar
+infantes. El rebozado, ya desarrebozado,
+tiró tres veces del cordón de la campana, y al
+instante, desde arriba, abrieron por medio de
+otra cuerda. Las tres campanadas indicaba que
+quien entraba en la aristocrática mansión de los
+Quiñones era un noble, un par de los señores.
+Tiempo hacía que se estableciera esta costumbre,
+sin saber cómo. Un menestral, un criado, un
+inferior, por cualquier concepto, no llamaba sino
+con una campanada; las visitas llamaban con
+dos; y la media docena o poco más de personas
+que el linajudo señor de Quiñones consideraba
+sus iguales en Lancia, lo hacían con tres, por
+acuerdo tácito o expreso, que eso nunca se averiguó.
+Murmurábase en la ciudad de tal diferencia:
+los que nunca habían pisado los salones de
+la casa, embromaban a los que a diario los visitaban:
+respondían éstos negando la especie; pero
+aunque secretamente humillados, respetaban la
+feudal costumbre: nadie era osado a dar las tres
+campanadas del segundo estamento. Sólo Paco
+Gómez se aventuró una vez a hacerlo por broma
+o fanfarronada; pero al llegar al salón se le recibió
+con sorpresa y frialdad tan despreciativas,
+que no le quedaron ganas de repetirlo.</p>
+
+<p>El hombre del canastillo se apresuró a entrar
+y cerrar la puerta; atravesó el pórtico y subió
+por la gran escalera de piedra, en cuyos peldaños
+gastados por el uso se rezumaba constantemente
+alguna humedad. Al llegar al piso principal un
+criado se acercó a recogerle la capa y el sombrero.
+Y sin aguardar más, como si alguien le
+persiguiera, lanzose con presurosa planta a la
+puerta del salón y la abrió. La viva luz de las
+arañas y candelabros le ofuscó un instante. Era
+un hombre alto, corpulento, de treinta a treinta
+y dos años de edad, la fisonomía dulce y las facciones
+correctas: gastaba el pelo cortado a punta
+de tijera y la barba luenga, rubia y sedosa. En
+aquel momento su rostro estaba pálido y revelaba
+profunda inquietud.</p>
+
+<p>En cuanto alzó los ojos, que la excesiva claridad
+le obligara a cerrar, enderezó la mirada a
+la señora de la casa, sentada en una butaca. Clavó
+ella a su vez en él otra intensa y ansiosa.
+Fue un choque que dio instantáneo reposo a sus
+fisonomías, como dos fuerzas iguales que se neutralizan.
+El caballero se detuvo a la puerta esperando
+que cruzasen cinco o seis parejas que
+venían girando al compás de un vals, y sus labios
+descoloridos se plegaron con sonrisa tan
+dulce como triste.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué tarde! No pensábamos que usted viniera
+ya&mdash;exclamó la señora alargándole su
+mano fina, nerviosa, que se contrajo tres o cuatro
+veces con intensa emoción al chocar con la
+de él.</p>
+
+<p>Era una mujer de veintiocho a treinta años,
+menuda de cuerpo, el rostro pálido y expresivo,
+los ojos y el cabello muy negros, boca pequeña
+y nariz ligeramente aguileña.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo se encuentra usted, Amalia?&mdash;dijo
+el caballero, sin responder a la exclamación,
+ocultando bajo una sonrisa la ansiedad que a su
+pesar se le traslucía en lo tembloroso de la voz.</p>
+
+<p>&mdash;Estoy mejor... Muchas gracias.</p>
+
+<p>&mdash;¿No le hará a usted daño este ruido?</p>
+
+<p>&mdash;No... Me aburría mucho en la cama... Además,
+no quería privar a las chicas del único recreo
+que hoy por hoy tienen en Lancia.</p>
+
+<p>&mdash;Muchas gracias, Amalia&mdash;exclamó una jovencita
+que venía bailando y oyó las últimas palabras
+de la dama.</p>
+
+<p>Ésta le dirigió una sonrisa bondadosa.</p>
+
+<p>Otra pareja que venía detrás chocó con el caballero,
+que continuaba en pie.</p>
+
+<p>&mdash;¡Usted siempre estorbando, Luis!</p>
+
+<p>&mdash;A nadie más que a usted, María Josefa&mdash;respondió
+el joven, riendo con afectación para
+disimular el embarazo que aún sentía.</p>
+
+<p>&mdash;¿Está usted seguro de que a mí sola?&mdash;preguntó
+ella alzando al mismo tiempo su mirada
+maliciosa hacia el caballero que la estrechaba
+en sus brazos.</p>
+
+<p>María Josefa Hevia tenía ya por lo menos cuarenta
+años, y sus quince habían sido casi tan feos,
+pese al refrán, como sus cuarenta. Como no poseía
+tampoco bastante hacienda para restablecer
+el equilibrio, ningún valiente había llegado a redimirla
+del purgatorio de la soltería. Hasta hacía
+poco tiempo todavía halagaba la esperanza
+de que, ya que no un pollo, por lo menos se arrojase
+a pedir su mano alguno de los indianos solteros
+que iban llegando a establecerse en Lancia.
+Fundábala en la tendencia que éstos mostraban
+a contraer matrimonio con las hijas de
+las familias distinguidas de la población, aunque
+no llevasen dote. Pertenecía ella por la línea
+paterna a una de las más ilustres; como que
+era pariente del señor de Quiñones, en cuya casa
+nos hallamos. Pero su padre había muerto, y vivía
+con su madre, mujer de baja estofa, cocinera
+antes de subir al tálamo nupcial de su amo.
+Sea por esto o, lo que es más probable, por la
+bien declarada y proverbial fealdad de su figura,
+tampoco los indianos picaron la carnada del anzuelo.
+Y eso que, con motivo o sin él, solía descotarse
+más de la cuenta para hacer ostensible
+lo que, según voz pública, tenía de menos malo
+en su cuerpo. El rostro era repulsivo, de facciones
+incorrectas, hinchado por la erisipela y desfigurado
+amenudo por algunas llamaradas rojizas
+que le subían a las narices. De sus ilusiones
+femeninas no le quedaba ya más que una, la de
+bailar: era una verdadera pasión: padecía horriblemente
+cada vez que los descuidados pollos
+de Lancia la dejaban comiendo pavo. Pero se
+vengaba tan lindamente de ellos y ellas, poseía
+una lengua tan acerada, que la mayor parte de
+los jóvenes le sacrificaban por lo menos un baile
+en todos los saraos: cuando se descuidaban,
+las mismas muchachas se lo recordaban, temiendo
+las iras de la feroz solterona. Bailaba, pues,
+tanto como la más linda damisela de Lancia,
+por razón opuesta, esto es, por el saludable terror
+que había logrado inspirar. Ella lo sabía,
+y aunque humillada en el fondo del alma, no dejaba
+de aprovecharse, optando por el que consideraba
+menor de los males. Poseía espíritu sagaz
+y malicioso; veía muy bien el ridículo de las
+acciones, narraba con gracia y estaba dotada
+además de un don particular para herir a cada
+persona, cuando se le antojaba, en lo más
+vivo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Ha llegado ya el conde?&mdash;dijo una voz áspera
+que salía del gabinete contiguo y se sobrepuso
+al tecleo del piano y a las pisadas de los
+bailarines.</p>
+
+<p>&mdash;Sí: aquí estoy, D. Pedro... Voy allá.</p>
+
+<p>El conde dio un paso hacia el gabinete, sin
+apartar la vista de la pálida señora. Ésta le clavó
+otra mirada intensa donde se leía una interrogación.
+Él cerró los ojos afirmando, y pasó a la
+inmediata estancia. Lo mismo ésta que el salón
+estaban amueblados sin lujo. Los próceres de
+Lancia desdeñaban esos refinamientos del decorado,
+hoy tan usuales. No por avaricia, sino por
+entender con razón que su prestigio estribaba,
+más que en la riqueza o suntuosidad de las moradas,
+en el sello de respetable antigüedad que
+poseían, rechazaban en ellas cualquiera innovación,
+lo mismo interna que externa. Los muebles
+envejecían, se deslustraban; las alfombras y cortinas
+se iban rayendo. Los dueños aparentaban
+no fijarse en ello. Sobre todo, D. Pedro Quiñones
+mostraba una negligencia en este punto que
+rayaba en jactancia. Ni los ruegos de su señora,
+ni las indirectas que algún osado, como Paco
+Gómez, solía autorizarse bromeando, le decidían
+jamás a llamar a los pintores y tapiceros. Se adivinaba
+bien que en esta resolución influía el desdén
+con que miraba el lujo desplegado por algunos
+indianos en el mobiliario de sus casas.</p>
+
+<p>El salón, en lo que toca a las dimensiones,
+era soberbio, amplio, elevadísimo de techo; ocupaba
+todos los balcones de la calle de Santa Lucía,
+exceptuando el del gabinete. La sillería antigua,
+pero no imitando formas de siglos remotos,
+como ahora se usa: estaba construida en el
+pasado al gusto de la época, y forrada de terciopelo
+verde ya gastado. La alfombra descubría el
+tejido por varios sitios. De las paredes colgaban
+algunos tapices magníficos. Éste era el lujo de
+la casa. D. Pedro Quiñones poseía una colección
+de gran valor. Solía exhibirlos una vez al año,
+colgándolos de los balcones el día del Corpus
+para el paso de la procesión. Decíase que un
+inglés le había ofrecido por ellos un millón de
+pesetas. Poseía asimismo algunos cuadros antiguos
+de mérito, tan oscurecidos por el tiempo
+que, si una mano hábil no venía pronto a restaurarlos,
+concluirían por desaparecer. Lo único
+nuevo que en el salón había era el piano, comprado
+hacía tres años, poco después de casarse
+en segundas nupcias D. Pedro.</p>
+
+<p>El gabinete, también de gran tamaño, con un
+balcón a la calle de Santa Lucía y dos al jardín,
+estaba peor decorado aún. Grandes cortinones
+de damasco, dos armarios de roble sin espejo, un
+sofá forrado de seda, algunos sillones de vaqueta,
+una mesa redonda en el centro y algunas sillas
+correspondientes al sofá; todo bien manoseado y
+marchito. En torno de la mesa central, y alumbrados
+por enorme quinqué de aceite con pantalla
+verde, estaban tres caballeros jugando al
+tresillo. El dueño de la casa era uno de ellos.
+Tendría de cuarenta y seis a cuarenta y ocho
+años de edad; hacía tres que estaba enteramente
+imposibilitado para moverse, de resultas de un
+ataque apoplético que le paralizó las dos piernas.
+Era corpulento, rostro moreno y facciones bien
+acentuadas, enérgicas; el cabello y la barba, blanqueando
+ya por muchos puntos, fuertes, abundantes,
+encrespados; los ojos negros y hundidos
+de mirar imponente. En su fisonomía había una
+expresión de orgullo y fiereza que ni aun la sonrisa
+amistosa con que acogió al conde de Onís
+pudo extinguir por completo. Estaba reclinado
+más que sentado en una butaca construida adrede
+para facilitarle el movimiento del tronco
+y los brazos, y arrimada a la mesa de lado a fin
+de que le fuese posible jugar y tener las piernas
+extendidas. Aunque en la chimenea ardían algunos
+troncos de leña, se abrigaba con una talma
+de color gris cerrada al cuello con broche de oro.
+Bordada sobre ella, del lado del corazón, había
+una gran cruz roja de la orden de Calatrava. El
+señor de Quiñones prescindía pocas veces de
+esta talma, que le daba aspecto un poco fantástico
+y teatral.</p>
+
+<p>Siempre había sido extravagante en el vestir.
+Su orgullo le impulsaba a buscar el modo de distinguirse
+del vulgo. En varias ocasiones se le vio
+de levita cerrada, sombrero de copa y almadreñas:
+gastaba larga melena, como un caballero del
+siglo diez y siete; vestía amenudo traje de terciopelo
+o pana con botas de montar; usaba botines
+cuando ya nadie se acordaba de ellos, y grandes
+cuellos de camisa vueltos sobre el chaleco, imitando
+la antigua valona. Nunca se vio hombre
+más preciado de su nobleza ni con más afán de
+resucitar el prestigio y los privilegios de que
+aquélla gozaba en siglos pasados. El público
+murmuraba de sus extravagancias y muchos se
+reían de ellas, porque Lancia es una población
+donde abundan los espíritus humorísticos; pero,
+como siempre acontece, este orgullo desmedido
+y feroz había concluido por imponerse. Los que
+con más gracia se burlaban de las rarezas de don
+Pedro eran los que con mayor sumisión y rendimiento
+le quitaban el sombrero así que le veían
+de media legua.</p>
+
+<p>Había vivido en la corte algún tiempo durante
+sus años juveniles, pero no echó raíces en
+ella. Fue gentilhombre con ejercicio y disfrutó
+de las ventajas y preeminencias que su caudal y
+nacimiento le concedían; pero no bastaban a saciar
+aquel corazón henchido de arrogancia. La
+extraña amalgama de la aristocracia de la sangre
+con la del dinero le hería y le irritaba. El respeto
+que se concedía a los hombres políticos y
+que él mismo se veía obligado a tributar por razón
+de su cargo le encendía de ira. ¡Un hijo de
+la nada, un pelagatos pasar por delante de él
+con la cabeza erguida, dirigiéndole una mirada
+indiferente o desdeñosa! ¡A él, descendiente directo
+de los condes soberanos de Castilla! Por
+no sufrirlo y por el amor que profesaba a Lancia
+renunció al empleo y vino a habitar de nuevo
+el churrigueresco palacio en que nos hallamos.
+La soberbia, o por ventura su carácter excéntrico,
+le hicieron cometer, en este período de
+su vida de mayorazgo solterón, mil extravagancias
+y ridiculeces que asombraron y fueron el regocijo
+de la ciudad mientras no llegó a acostumbrarse.
+D. Pedro no salía jamás a la calle
+sin ir acompañado de un su criado o mayordomo,
+hombre zafio, que vestía el traje del labriego del
+país, esto es, calzón corto con medias de lana,
+chaqueta de bayeta verde y ancho sombrero calañés.
+Y no sólo salía con Manín (por este nombre
+era universalmente conocido), sino que le
+llevaba al teatro. Era de ver los dos en un palco
+principal; él, rígido, correcto, paseando su mirada
+distraída por la sala; el criado, con las palmas
+de las manos apoyadas en la barandilla y la
+barba sobre las manos con la atónita mirada clavada
+en el escenario, soltando bárbaras, ruidosas
+carcajadas, rascándose el cogote o bostezando
+a gritos enmedio del silencio. Entraba con él
+en los cafés y hasta le llevaba a los bailes. Manín
+llegó a ser en poco tiempo una institución.
+D. Pedro, que apenas se dignaba hablar con las
+personas más acaudaladas de Lancia, sostenía
+plática tirada con él y admitía que le contradijese
+en la forma ruda y grosera de que era capaz
+únicamente.</p>
+
+<p>&mdash;Manín, hombre, repara que estás molestando
+a esas señoras&mdash;le decía a lo mejor hallándose
+ambos en cualquier tienda.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno, bueno; pues si quieren estar a gusto,
+que traigan de casa un jergón y se acuesten&mdash;respondía
+el bárbaro en voz alta.</p>
+
+<p>D. Pedro se mordía los labios para no soltar
+el trapo, porque le hacían extremada gracia tales
+groserías y brutalidades.</p>
+
+<p>Si entraba en un café, Manín se atracaba de
+cuarterones de vino tinto mientras él solía beber
+con parquedad una copita de moscatel. Pero
+siempre pedía una botella y la pagaba, aunque
+la dejase casi llena. Mostrando por esta prodigalidad
+cierta extrañeza un boticario de la población
+con quien alguna vez se dignaba hablar, le
+respondió con fría arrogancia:</p>
+
+<p>&mdash;Pago una botella, porque me parece indecoroso
+que D. Pedro Quiñones de León pida una
+copa como cualquier c...tintas de las oficinas del
+gobierno político.</p>
+
+<p>Causaba asombro también en la ciudad el que
+al saludar a los clérigos en la calle les besase la
+mano, imitando la costumbre de los nobles en
+otros siglos. Este respeto no era más que un medio
+de distinguirse y acreditar su alta jerarquía,
+como todo lo demás. Porque al capellán que tenía
+a su servicio, aunque le besaba la mano en
+público, le trataba como a un doméstico en privado.
+Le guardaba muchas menos consideraciones
+que a Manín. Pero lo que verdaderamente
+dejó estupefacta a la población y se prestó a sin
+número de comentarios y chufletas fue lo que
+D. Pedro hizo, poco después de llegar de Madrid,
+en cierta solemnidad religiosa. Se presentó en la
+iglesia con uniforme blanco cuajado de cordones
+y entorchados, que debía de ser el de maestrante
+de Ronda. Al llegar el momento de la consagración
+en la misa, avanzó con paso solemne
+hasta el medio del templo, que se hallaba libre
+de gente, desenvainó la espada y comenzó a esgrimirla
+sucesivamente contra los cuatro puntos
+cardinales, dando furiosas estocadas y mandobles
+al aire. Las mujeres se asustaron, los
+chiquillos corrieron, la mayor parte de los
+hombres pensó que era un acceso de locura.
+Sólo los más avisados o eruditos entendieron que
+se trataba de una ceremonia simbólica y que
+aquellos mandobles al aire significaban que don
+Pedro estaba resuelto, como caballero profeso
+que era de una orden militar, a batirse con todos
+los enemigos de la fe, en cualquier paraje del
+mundo. El único periodiquito que se publicaba
+entonces en Lancia todos los domingos (hoy
+existen once, seis diarios y cinco semanales) le
+dedicó una gacetilla en que, con no poca gracia,
+se burlaba de él. Sin embargo, tales burlas públicas
+o privadas, como ya se ha indicado, no
+conseguían amenguar el prestigio de que el ilustre
+prócer gozaba en la ciudad. Quien se considera
+de buena fe superior a los seres que le rodean,
+tiene mucho adelantado para que éstos se
+le humillen. Además, D. Pedro, apesar de sus
+ridiculeces, era hombre culto, aficionado a la
+literatura y con pujos de poeta. De vez en cuando,
+y con ocasión de cualquier fausta nueva para
+la patria o familia real, escribía algunas décimas
+o tercetos en estilo clásico, un poco gongorino.
+Aunque algunas personas trataron de persuadirle
+a que los publicase, nunca esto se pudo acabar
+con él. Profesaba tan sincero desprecio a todo
+lo que reflejase el movimiento democrático de
+nuestra era y muy especialmente a los periódicos,
+que prefería tenerlos manuscritos, conocidos
+solamente de un número reducido de amigos.
+Pasaba igualmente por hombre valeroso.
+En Madrid había tenido algunos duelos y en Lancia
+dejó de efectuarse uno entre él y cierto jefe
+político que los progresistas mandaron a esta
+provincia, por la intercesión del obispo y cabildo
+catedral.</p>
+
+<p>Al llegar a los cuarenta años, poco más o menos,
+casó con una señora aristócrata también,
+que habitaba en Sarrió. Murió su esposa al año,
+a consecuencia del parto. Tres años después
+contrajo de nuevo matrimonio con Amalia, dama
+valenciana algo emparentada con él. Apenas se
+conocían. D. Pedro la había visto en Valencia
+cuando ella contaba catorce años. El matrimonio
+que se realizó diez años después pactose por
+medio de cartas, previo el cambio de retratos.
+Se daba por seguro que la voluntad de la novia
+había sido forzada, y aun se decía que durante
+algunos meses se había negado a compartir el
+tálamo con su marido. Todavía más. Se contaba
+en Lancia con gran lujo de pormenores el
+viaje que por consejo de un canónigo hizo don
+Pedro con su esposa para inspirarla confianza y
+acortar, entre las peripecias del camino y la descomodidad
+de las posadas, la distancia moral y
+material que los separaba. Cumplidas las profecías
+del astuto capitular y realizados todos los
+fines del matrimonio, el cielo no quiso sin embargo
+bendecirlo. Poco tiempo después D. Pedro
+experimentó el terrible ataque apoplético
+que le paralizó de medio cuerpo abajo, y desde
+entonces no hubo términos hábiles para la bendición,
+aunque la Providencia estuviese animada
+de los mejores deseos.</p>
+
+<p>&mdash;Nos hace falta un cuarto&mdash;dijo apretando
+con efusión la mano del conde.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, sí, a ver si cambia la suerte... Moro nos
+está llevando el dinero bravamente&mdash;dijo un viejecito
+de cara redonda, fresca, rasurada, el pelo
+blanco y los ojos claros y tiernos. Tenía marcado
+acento gallego. Se llamaba Saleta y era magistrado
+de la audiencia y tertulio asiduo de la
+casa de Quiñones.</p>
+
+<p>&mdash;¡No tanto, Sr. Saleta, no tanto! Sólo gano
+doscientos tantos. Faltan trescientos para desquitarme
+de lo que he perdido ayer&mdash;manifestó
+el aludido, que era un joven de fisonomía abierta
+y simpática.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y por qué no han llamado ustedes a Manín?&mdash;preguntó
+el conde dirigiendo una mirada
+risueña al célebre mayordomo, que, con su calzón
+corto, zapatos claveteados y chaqueta de bayeta
+verde, dormitaba en una butaca.</p>
+
+<p>Las miradas de los tres se volvieron hacia él.</p>
+
+<p>&mdash;Porque Manín es un bruto que no sabe jugar
+más que a la <i>brisca</i>&mdash;dijo D. Pedro riendo.</p>
+
+<p>&mdash;Y al <i>tute</i>&mdash;manifestó el gañán, desperezándose
+groseramente, abriendo una boca de a
+cuarta.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno, y al tute.</p>
+
+<p>&mdash;Y al <i>monte</i>.</p>
+
+<p>&mdash;Bien, hombre, y al monte también.</p>
+
+<p>Y se pusieron a jugar sin hacer más caso de él.</p>
+
+<p>Pero al cabo de un momento volvió a decir:</p>
+
+<p>&mdash;Y al <i>parar</i>.</p>
+
+<p>&mdash;¿Al parar también?&mdash;preguntó en tono de
+burla el conde de Onís.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, señor, y a las <i>siete y media</i>.</p>
+
+<p>&mdash;¡Vaya! ¡vaya!&mdash;exclamó aquél distraídamente,
+abriendo el abanico de cartas y examinándolo
+atentamente.</p>
+
+<p>Y siguieron jugando con empeño, absortos y
+silenciosos. El mayordomo les interrumpió de
+nuevo, diciendo:</p>
+
+<p>&mdash;Y al <i>julepe</i>.</p>
+
+<p>&mdash;¡Bueno, Manín, cállate!... No seas majadero&mdash;exclamó
+ásperamente D. Pedro.</p>
+
+<p>&mdash;¡Manjadero! ¡manjadero!&mdash;masculló el aldeano
+con mal humor.&mdash;Otros hay tan manjaderos;
+pero como tienen dinero no hay quien se
+lo llame.</p>
+
+<p>Y dejó caer de nuevo sus formidables espaldas
+en el sillón, estiró las patas y cerró los ojos
+para roncar.</p>
+
+<p>Los jugadores levantaron la vista hacia don
+Pedro con sorpresa e inquietud. Este la clavó
+colérica en su mayordomo; pero, al verle en
+aquella tan sosegada postura, cambió repentinamente,
+y alzando los hombros y convirtiendo de
+nuevo los ojos a las cartas, exclamó con sonrisa,
+alegre:</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué bárbaro! ¡Es un verdadero suevo!</p>
+
+<p>&mdash;¡Alto, Sr. Quiñones, alto!&mdash;dijo Saleta.&mdash;Los
+suevos han acampado solamente en Galicia.
+Ustedes no son más que cántabros... Precisamente
+yo debo saber bien eso...</p>
+
+<p>&mdash;¡Claro! ¡Uzté ze lo zabe too!&mdash;manifestó un
+caballero no tan viejo, si bien pasaría de los cincuenta,
+que entraba a la sazón. D. Enrique Valero,
+magistrado de la Audiencia también, hombre
+de agradable porte, de rostro fino y expresivo,
+aunque extremadamente marchito por la
+vida alegre que había llevado. Como lo denunciaba
+su acento, de lo más cerrado y ceceoso
+que puede oírse, era andaluz y de la provincia
+de Málaga.</p>
+
+<p>&mdash;No lo sé todo, amigo Valero&mdash;repuso con
+calma Saleta;&mdash;pero conozco perfectamente la
+historia de mi país y las particularidades referentes
+a mi familia.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y qué tiene que ver zu familia con ezo de
+lo zuevo, compañero?</p>
+
+<p>&mdash;Porque mi familia desciende de uno de los
+caudillos más principales que penetraron en la
+provincia de Pontevedra cuando la irrupción,
+según consta de varios documentos que se conservan
+en el archivo de mi casa.</p>
+
+<p>Los jugadores cambiaron una risueña mirada
+de inteligencia con Valero.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ajá!&mdash;exclamó éste entre alegre e irritado.&mdash;Ahora
+rezulta que el amigo Zaleta ez un
+zuevo como una catedral.&mdash;¡Quién lo había de
+penzá, tan rebajuelo y tan chiquitín!</p>
+
+<p>&mdash;Sí, señor&mdash;prosiguió el otro, como si no
+hubiera oído, hablando con lentitud y firmeza.&mdash;El
+caudillo que dio origen a nuestra familia
+se llamaba Rechila. Era hombre al parecer
+feroz y sanguinario. Gran conquistador; extendió
+sus dominios muchísimo, y hasta me parece
+que llegó en sus correrías hasta Extremadura.
+Un día, siendo yo niño, se encontró su corona
+enterrada entre los cimientos de la antigua
+capilla de nuestra casa...</p>
+
+<p>&mdash;¡Pero, hombre! ¡pero, hombre!&mdash;exclamó
+Valero mirándole fijamente con una cómica indignación
+que hizo soltar la carcajada a los
+demás.</p>
+
+<p>Saleta prosiguió imperturbable describiendo
+el hallazgo, la forma, el peso, cada uno de los
+adornos; no se le olvidó un pormenor.</p>
+
+<p>Y Valero mientras tanto no apartaba de él la
+mirada, sacudiendo la cabeza con creciente irritación.</p>
+
+<p>Todas las noches pasaba lo mismo. El descarado
+mentir de su colega provocaba en el magistrado
+andaluz una indignación a veces fingida,
+otras real, que siempre alegraba a la compañía.
+Era tan insólito que un gallego se atreviese a
+bravear de exagerado y embustero delante de un
+andaluz, que éste, herido en su amor propio y en
+los fueros de su país, llegaba en ocasiones a enfadarse,
+dudando si Saleta era un tonto o por tales
+tenía a los que le escuchaban. En realidad el
+magistrado de Pontevedra mentía con tan poca
+gracia y al mismo tiempo con tal firmeza, que
+era cosa de pensar si sería un pícaro redomado
+que se gozaba en impacientar a sus amigos.</p>
+
+<p>&mdash;¿Ha dicho uzté que eze antepazao zuyo ha
+llegao a Eztremadura?&mdash;preguntó al fin Valero
+en tono decidido.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, señor.</p>
+
+<p>&mdash;Pue me parece, compare, que eztá uzté
+equivocao, porque eze zeñó Renchila...</p>
+
+<p>&mdash;Rechila.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno, eze Rechila ha ido máz allá, ha corrío
+hazta la provincia de Málaga; pero allí le
+zalío al encuentro una partía de vándalos de la
+cual era jefe uno de miz azcendiente, que ze llamaba
+zi mal no recuerdo... ezpere un poco...
+ze llamaba Matalaoza. Pue bien, ezte Matalaoza,
+que era un tío mu bragao y mu soso, le derrotó
+completamente, le hizo prizionero y le tuvo tirando
+de una noria hazta que ze murió. Todavía
+ze conzervan en lo zótano de caza alguno
+peazo de la maquinita.</p>
+
+<p>D. Pedro, Jaime Moro y el conde de Onís habían
+suspendido el juego y reían sin rebozo alguno.</p>
+
+<p>&mdash;No puede ser. Rechila no ha pasado de Mérida,
+que ha conquistado después de un corto
+asedio&mdash;manifestó Saleta sin turbarse poco ni
+mucho.</p>
+
+<p>&mdash;Dispenze uzté, amigo; en el archivo de mi
+caza hay documentoz que acreditan que el zeñó
+Renchila ha entrao una mijita por la provincia
+e Málaga, y que el zeñó Matalaoza, mi abuelo,
+por la línea de madre, ni pa Dioz quizo deharle
+seguí ma adelante.</p>
+
+<p>&mdash;Permítame usted, amigo Valero; me parece
+que está usted en un error. Ese Rechila debe de
+ser otro. Entre los suevos ha habido varios Rechilas...</p>
+
+<p>&mdash;No zeñó, no... El Rechila que ha derrotao
+mi abuelo era el antepazao de uzté... Eztoy zeguro...
+De la provincia de Pontevedra... Ze le
+conocía enzeguidita por el acento.</p>
+
+<p>Y afectaba gran seriedad al proferir estas frases.
+La alegría de los jugadores era cada vez mayor.
+Saleta, acostumbrado a las burlas de su
+colega, no se amoscaba ni perdía un punto de su
+irritante flema. La desvergüenza de este hombre
+para mentir y sostener luego sus mentiras era
+inaudita.</p>
+
+<p>Cuando vio la inutilidad de seguir disputando,
+atendió nuevamente al juego. Los demás hicieron
+lo mismo, aunque de vez en cuando se les escapaba
+por la nariz el flujo de la risa.</p>
+
+<p>Jaime Moro seguía ganando. Y se mostraba
+alegre y charlatán, comentando cada una de las
+jugadas con prolijidad. Era un guapo joven de
+barba negra recortada, facciones correctas, ojos
+rasgados sin expresión y tez suave y sonrosada.
+Su padre, administrador diocesano que había sido
+en aquella provincia, se murió el año anterior, dejándole
+una regular hacienda, setenta u ochenta
+mil duros, según los bien enterados. Este capital
+en Lancia le hacía un verdadero potentado. No
+hay para qué decir que fue el blanco de todos los
+tiros de las niñas casaderas, su ideal, su sueño
+dorado. Moro parecía poco inclinado al sexo femenino.
+Amaba infinitamente más a Mercurio
+que a Venus. Su afición al juego, a toda clase
+de juegos, era tan desmedida que bien podía decirse
+que su vida entera estaba consagrada a
+ella, que había nacido para jugar. Vivía solo, con
+ama de llaves, criado y cocinera. Levantábase
+de diez a once de la mañana, y después de acicalarse
+se iba a la confitería de D.ª Romana,
+donde hallaba sabrosa compañía que le enteraba
+de todos los cuentos que corrían por la población.
+Así que echaba a un lado esta tarea metíase
+en la trastienda oscura, grasienta, pringosa,
+con un olor a hojaldre que derribaba, y
+sentándose a una mesa que correspondía en un
+todo al decorado del recinto, se ponía a jugar la
+copa de Jerez y los pasteles al dominó con su
+íntimo amigo D. Baltasar Reinoso, uno de los
+muchos propietarios de cuatro o cinco mil pesetas
+de renta que residían en Lancia. A las dos a comer.
+A las tres al Círculo Mercantil a comenzar
+con tres de los indianos, que formaban el núcleo
+de aquella sociedad de recreo, el clásico chapó,
+que se prolongaba ordinariamente hasta las cinco.
+Y vamos corriendo a casa del muy ilustre señor
+deán de la catedral basílica, donde nos espera
+este señor en compañía del maestrescuela y del
+cura de San Rafael para ventilar el tresillo cotidiano.
+Cuando el chapó se prolongaba algo más de
+lo acostumbrado, solía venir un monaguillo al
+Círculo para avisarle de que sus compañeros estaban
+reunidos. Y entonces Moro se apresuraba a
+dar los tres o cuatro tacazos definitivos, y entre
+uno y otro se hacía poner el abrigo por el mozo
+para no perder tiempo, y pagando o cobrando con
+mano nerviosa el saldo de su cuenta, corría desalado
+con la lengua fuera hasta casa del deán. El
+tresillo de éste duraba hasta las ocho. A casa a
+cenar. A las nueve, escapado a la de D. Pedro
+Quiñones, a empalmarlo. Otras noches a la de
+D. Juan Estrada-Rosa a lo mismo. A las doce al
+Casino, donde se reunían unos cuantos trasnochadores
+y jugaban al monte o la lotería un rato.
+Por último, a las dos o las tres de la madrugada
+Jaime Moro caía en su lecho rendido de tan laboriosísima
+jornada, para comenzar al día siguiente
+otra enteramente igual.</p>
+
+<p>Ni se piense que era un joven codicioso. Nada
+de eso. Su liberalidad era conocida y loada por
+toda la ciudad. No le arrastraba a jugar el ansia
+del dinero, sino una decidida y desinteresada
+vocación que se había sobrepuesto en él a todas
+las demás aficiones. Era el suyo un temperamento
+excesivamente activo, sin inteligencia ni
+voluntad para darle un fin serio y útil. En sus
+cortos momentos de ocio aparecía como hombre
+sosegado, indiferente, linfático; pero así que tenía
+las cartas en la mano, o el taco, o las fichas
+del dominó, adquiría su figura brío inusitado,
+el rostro se le mudaba, las manos se estremecían
+como potros refrenados, los ojos expresaban la
+energía recóndita de su alma. Inspiraba generales
+simpatías en la población y las cercanías. No
+había hombre más dulce, más inofensivo en su
+trato. Jamás se le oyó hablar mal de nadie. Los
+que ven siempre la parte negra de las cosas de
+este mundo y el lado flaco de los caracteres, que
+van siendo cada vez más, por desgracia, sostenían
+que si no murmuraba era porque no sabía,
+que era tan bueno porque no podía ser otra cosa.
+¡Como si no hubiera necios perversos! Un defecto
+tenía Moro, hijo de su misma afición. Se
+consideraba insuperable en todos los juegos a
+que se dedicaba. No se le podía negar gran maestría
+en ellos; pero de aquí a no tener rival hay
+mucha distancia, y Moro la salvaba. De esto
+procedían los prolijos, eternos comentarios con
+que sazonaba cada jugada, y que ya habían llegado
+a ser proverbiales en Lancia. Daba un tacazo
+en el billar. Las bolas no rodaban como se
+había propuesto. Se llevaba la mano a la cabeza
+con desesperación.</p>
+
+<p>&mdash;¡Un poquito menos de bola, y la mía hubiera
+entrado por los palos!... Pero me veía obligado
+a tomar mucha bola, para que el mingo
+bajase; porque si no baja el mingo, ¿sabe usted?
+él me hace villa y se mete en casa... ¡Y a mí no
+me conviene eso!</p>
+
+<p>Si los circunstantes asentían, aunque perdiese
+todas las mesas no le importaba nada. Salvada
+su honra profesional, el dinero era lo de menos.
+Vuelta a dar otro tacazo, y vuelta a comentarlo.
+No cesaba de hablar. Pues otro tanto pasaba en
+el tresillo; pero, al revés de lo que suele acaecer
+en este juego, se abstenía de reprender a sus
+compañeros y de mostrarse enojado. Hablaba,
+sí, y mucho; pero siempre para aclarar o glosar
+cualquier jugada, repitiendo infinitamente los
+conceptos en tono elocuente y persuasivo, que
+hacía sonreír a los mirones. «Si no me hubiera
+fallado el rey... Si hubiera tenido un triunfito
+más... No me atreví a dar la bola porque me
+figuré que D. Pedro... ¿Por qué este tres de copas
+no había de ser de oros?... Con dos estuches
+siempre ha tirado una vuelta este cura.» Era un
+compañero ruidoso, pero muy fino y muy desinteresado.</p>
+
+<p>&mdash;Oiga uzté, ¿no va uzté a jugar?&mdash;le dijo Valero,
+metiendo la cabeza por entre los jugadores
+y examinándole las cartas.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cree usted que se puede?&mdash;preguntó Moro
+vacilante.</p>
+
+<p>&mdash;A mí me parece que zí.</p>
+
+<p>&mdash;Hay poco de esto y demasiado de esto otro&mdash;repuso,
+señalando discretamente con el dedo
+los naipes.</p>
+
+<p>&mdash;Zin embargo, zin embargo... yo creo...</p>
+
+<p>&mdash;Bueno, bueno, jugaremos&mdash;replicó Moro
+con su finura acostumbrada.</p>
+
+<p>Aquel juego se perdió. Moro dirigió una mirada
+a sus compañeros y alzó los hombros con
+resignación. En cuanto Valero se apartó un poco,
+apresurose a decir por lo bajo:</p>
+
+<p>&mdash;No quise contrariar a D. Enrique; pero
+aquel juego no se podía ganar.</p>
+
+<p>Vindicada con estas palabras su fama, quedó
+tan alegre como si les hubiera dado una bola.</p>
+
+<p>El conde de Onís, que en un principio se había
+mostrado jaranero, fue quedando poco a poco
+pensativo y amurriado. Jugaba sin atención alguna;
+de tal modo que sus compañeros le llamaron
+al orden más de una vez.</p>
+
+<p>&mdash;Pero, conde, ¿qué es lo que tiene usted hoy?
+Le veo muy preocupado&mdash;dijo al fin D. Pedro.</p>
+
+<p>&mdash;En efecto, ze noz ha puezto uzté mu triztón&mdash;corroboró
+Valero.</p>
+
+<p>Viéndose interpelado de este modo brusco, se
+turbó como si temiera que el casco de su cerebro
+fuese trasparente y leyesen dentro.</p>
+
+<p>&mdash;No tiene nada de particular... Me siento
+bastante molesto de las muelas&mdash;respondió, apelando
+a un inocentísimo recurso.</p>
+
+<p>&mdash;Mala enfermedá e, compañero&mdash;dijo Valero.</p>
+
+<p>Y todos le compadecieron y se informaron con
+interés de las particularidades de la dolencia.</p>
+
+<p>El conde se veía apurado y contestaba vagamente
+a las preguntas.</p>
+
+<p>&mdash;Pues contra ese mal, señor conde&mdash;apuntó
+Saleta,&mdash;no hay mejor medicina que el hierro.
+Verá usted... Yo he padecido muchísimo de las
+muelas siendo estudiante. No me atrevía a sacar
+ninguna; pero la patrona que tenía en Santiago
+me convenció de que, atando un bramante
+a la muela y sujetándolo por el otro cabo al techo,
+poco a poco iba saliendo sin dolor. Me senté
+en una silla, ¿sabe usted? y cuando ya la muela
+estaba bien amarrada, la huéspeda tira de la
+silla y me deja colgando. ¡Claro, no tenía más
+remedio que saltar!...</p>
+
+<p>Valero comenzó a sacudir la cabeza de un
+modo desesperado. Los demás le miran y sonríen.
+Saleta no lo advierte, o finge no advertirlo,
+y continúa con la palabra firme y sosegada y el
+acento gallego que le caracterizaban:</p>
+
+<p>&mdash;Después perdí enteramente el miedo. En la
+Coruña me sacó un dentista cinco seguidas.
+Siendo juez en Allariz, tuve un fuerte dolor,
+y como no había dentista, el promotor me sacó
+tres con unas tenacillas de rizar el pelo su señora.
+De resultas de eso me atacó una inflamación
+terrible en la boca, ¿sabe usted? Fui a Madrid,
+y Ludovisi, el dentista de la reina, me quemó
+las encías con un hierro candente y me sacó
+siete buenas...</p>
+
+<p>&mdash;Van quince&mdash;murmuró Valero.</p>
+
+<p>&mdash;Y me quedé perfectamente, hasta que hace
+cuatro años, en un pueblecillo de la provincia de
+Burgos, estando de temporada en casa de un
+amigo, me volvió el dolor, ¡qué dolor! No había
+ni médico, ni cirujano, ni nada. Pero llegó casualmente
+por allí un charlatán que sacaba las
+muelas montado a caballo. Me vi tan apurado,
+que no tuve más remedio que apelar a él; me
+sacó dos con el rabo de una cuchara.</p>
+
+<p>&mdash;¡Compañero, qué rozario!&mdash;exclamó Valero
+en el colmo de la indignación.&mdash;¿Le quea a uzté
+todavía algún novenario en la boca?</p>
+
+<p>Con la algazara que se armó despertose Manín,
+desperezose bárbaramente, abrió una bocaza
+de media vara, dejando escapar un aullido
+formidable, que impresionó al auditorio. Luego
+volvió el ciclópeo torso de medio lado y se dispuso
+a empalmar el sueño.</p>
+
+<p>&mdash;¿A tí no te habrán dolido nunca las muelas,
+eh, Manín?&mdash;preguntó el maestrante, que no
+podía estar un cuarto de hora sin comunicarse
+con su mayordomo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Quiá!&mdash;exclamó el gañán sin abrir los ojos
+siquiera.</p>
+
+<p>&mdash;¡Es una roca!&mdash;manifestó el caballero con
+verdadero entusiasmo.</p>
+
+<p>Pero Manín se incorporó un poco en la
+butaca y dijo restregándose los ojos con los
+puños:</p>
+
+<p>&mdash;Nunca tuve más que un dolor en la paletilla.
+Me dio cargando un carro de hierba y me
+duró más de un mes. No probaba bocado. Parecía
+que tenía allá dentro una gafura que me iba
+royendo el cuajo. Se me quebraban las costillas,
+se me hundían los costados, me tiraba a las paredes,
+daba corcovos y regañaba los dientes como
+un basilisco. Estaba tan amarillo como la paja
+segada. Un día me dijo el señor cura:&mdash;Manín,
+tú careces del pecho.&mdash;¡Yo carecer del pecho,
+señor cura! ¡No me conoce usted bien! Apalpe
+aquí por su vida; más recia tengo la entraña
+de lo que usted piensa.&mdash;Pues no hay más remedió,
+Manín, tienes que llamar al mélico.&mdash;Que
+no, señor cura, que no quiero yerbatos ni cataplasmas.&mdash;Que
+sí, Manín, si no lo llamas tú lo
+llamo yo.&mdash;En fin, después de mucho gravitar,
+aunque yo tiraba siempre pa atrás, allá vino don
+Rafael, el mélico de las minas. Me mandó quitar
+hasta la camisa y me tumbó de espaldas sobre
+la masera. Enseguida comienza a darme
+unos golpecicos en el pecho con los nudillos,
+como quien llama a la puerta. Pega aquí, pega
+allá, y ascucha que ascucharás con la oreja arrimada
+a la carne. ¡Na! Yo decía:&mdash;¡Gravita,
+gravita, probiquín! ¡Busca el puzcalabre! Más
+de media hora llamando con los nudillos y ascuchando.
+Hasta que al fin se cansó de no oír na
+que le emportase...&mdash;¡Ay, amigo del alma!&mdash;me
+dijo santiguándose,&mdash;tienes un pecho ¡líquido!
+¡líquido! que en mi vida he visto otro igual...&mdash;Eso
+ya lo sabía yo, D. Rafael...</p>
+
+<p>Al llegar aquí se detuvo repentinamente, y
+paseando una torva mirada por el auditorio,
+masculló sin que le oyesen:</p>
+
+<p>&mdash;¿De qué se reirán estos burros?</p>
+
+<p>Y dejando caer de nuevo la cabeza poblada
+de greñas sobre la butaca, cerró los ojos con soberano
+desprecio.</p>
+
+<p>Los tertulios del maestrante volvieron su atención
+al juego, sin dejar de reír. Pero el conde
+quedó muy pronto pensativo y distraído otra vez.
+Al cabo, no pudiendo reprimir el desasosiego de
+sus nervios, levantose de la silla.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, D. Enrique, ocupe usted mi puesto.
+Este dolor me molesta mucho y necesito moverme.</p>
+
+
+
+<hr />
+<h3><a name="II" id="II"></a>II</h3>
+
+<p class="cab">El hallazgo.</p>
+
+
+<p>Cuando el conde puso de nuevo el pie
+en la sala, justamente se disponían
+los pollos a bailar un rigodón. Una
+de las chicas del <i>Jubilado</i> estaba ya delante
+del piano. D. Cristóbal Mateo, a quien apodaban
+de este modo en el pueblo, era un antiguo
+empleado que había servido muchos años
+en Filipinas, y que estaba jubilado hacía ya algunos,
+con treinta mil reales. Tenía porte militar,
+una figura realmente marcial con sus bigotazos
+blancos, ojos saltones, cejas espesas y velludas
+manos. Sin embargo, en todos los dominios
+españoles no existía hombre más civil.
+Había hecho su carrera en las oficinas de Hacienda,
+y toda la vida había profesado ideas contrarias
+al predominio de la milicia. Sostuvo siempre
+que las sanguijuelas del Estado no eran ellos,
+los empleados, sino el ejército y la marina. Para
+demostrarlo aducía datos, exhibía notas sacadas
+del presupuesto, se perdía en divagaciones burocráticas.
+Decía que el presupuesto de guerra
+«era la sangría suelta por donde se escapaban las
+fuerzas vivas de la nación,» frasecilla que había
+leído en el <i>Boletín de Contribuciones Indirectas</i>, y
+que había hecho suya con extremada fruición.
+Llamaba vagos a los soldados y profesaba rencor
+inextinguible a los galones y charreteras.
+Cuando el ayuntamiento de Lancia trató de pedir
+al Gobierno que enviase un regimiento para
+guarnecer la ciudad, se opuso, como concejal,
+tenaz y enérgicamente a ello. ¿A qué traer una
+caterva de zánganos? En cambio de los beneficios
+que la estancia del regimiento podría reportar,
+¡eran tantos los daños! El mercado se encarecería:
+los jefes y oficiales gustaban de tratarse
+bien y llevarse a casa los alimentos más
+caros (¡para el trabajo que les costaba ganarlo!).
+Luego eran todos jugadores y su mal ejemplo
+contagiaría a los jóvenes de la población, que
+fuera de la época de ferias, se abstenían de los
+juegos prohibidos. Como estaban siempre ociosos
+(D. Cristóbal creía firmemente que un militar
+no tiene absolutamente nada que hacer), por
+fuerza habían de pensar en picardías y ruindades.
+En resumen, que el regimiento sería causa
+de perturbación en el pueblo y un elemento corruptor.
+Prevaleció su deseo, aunque no por
+serlo de él, sino porque al ministro de la Guerra
+no le plugó mandar soldados a Lancia, considerando
+quizá la condición mansa de sus habitantes.</p>
+
+<p>Con los treinta mil reales de pensión viviría
+desahogadamente en un pueblo barato como
+aquél, si no fuese porque sus hijas estaban dotadas
+de cierta fantasía poética que las impulsaba
+a preferir los sombreros de Madrid a los
+que hacía Rita, la sombrerera de la calle de San
+Joaquín, y los guantes de ocho botones a los de
+cuatro. Tal privilegiado temperamento era causa
+de frecuentes crisis en el hogar del Jubilado,
+con su cortejo de lágrimas, violentos portazos,
+repentina desgana de comer, etc. En estos terribles
+conflictos, hay que confesar que D. Cristóbal
+no siempre se mantenía a la altura de
+energía y coraje que denotaban sus bigotes y
+sus cejas enmarañadas. Verdad que siempre
+quedaba solo en la pelea. Ni por casualidad se
+dio el caso de que alguna de sus hijas le apoyase.
+Tratándose de asuntos ajenos a la dirección
+rentística de la casa, muchas veces se partían
+las opiniones; algunas hijas se ponían de
+parte de papá contra sus hermanas. Mas en
+cuanto asomaba el problema económico, constantemente
+se veía al Jubilado de un lado y a las
+cuatro hijas de otro. D. Cristóbal, como caudillo
+experimentado, apelaba en estas refriegas a mil
+ardides para derrotar a sus contrarios, o para
+capitular en buenas condiciones. Un día amanecían
+las chicas inspiradas, y pedían botinas
+de tafilete semejantes a las que habían visto a
+tal o cual muchacha de la ciudad, generalmente
+a Fernanda Estrada-Rosa. D. Cristóbal se replegaba
+inmediatamente en sí mismo. Se replegaba
+y meditaba. Por la noche, a la hora de cenar,
+deslizaba en la conversación la noticia de
+que había estado en <i>La Innovadora</i> (zapatería de
+lujo). Le habían dicho que las botas de tafilete
+daban muy mal resultado en Lancia, a causa de
+la humedad. Por otra parte, D. Nicanor (médico
+de la ciudad), que por casualidad estaba allí,
+había manifestado que el tafilete era funesto en
+climas tan fríos y lluviosos, y que por los
+pies se pillaban muchísimas veces los catarros
+que más tarde degeneraban en tisis galopantes,
+etc. Antes, mucho antes de que Mateo
+terminase su diatriba contra el tafilete, se la
+destripaban sus cuatro pimpollos con risas irónicas
+y pesadísimas palabras que dejaban confundido
+y triste al pobre viejo. En otras ocasiones,
+la imaginación acalorada de las niñas exigía
+que vinieran de Madrid unos abrigos muy
+lindos, de los cuales les había dado noticia
+Amalia: D. Cristóbal resistía algún tiempo los
+asaltos, pero viéndose muy apretado, capitulaba
+al fin. Su mente, fecunda en trazas, como la de
+Ulises, le sugería una magnífica para ahorrarse
+la mitad del dinero por lo menos. Se fue a Amalia
+y le rogó que le diese su abrigo por dos o
+tres días, a fin de que una de las modistas del
+pueblo le hiciese otros cuatro iguales. Exigiole,
+por supuesto, absoluto secreto, y la señora
+de Quiñones supo guardarlo. Pero ¡ay! no lo
+guardaron los fementidos abrigos, que al llegar
+muy empaquetaditos de la silla de posta, y al
+ofrecerse a las miradas ansiosas y zahoríes de
+sus cuatro dueños, lo pregonaron muy alto, por
+lo pobre de la ornamentación y lo chapucero del
+cosido.</p>
+
+<p>&mdash;Estos abrigos no están hechos en Madrid&mdash;dijo
+resueltamente Micaela, que era la más nerviosa
+de las cuatro.</p>
+
+<p>&mdash;¡Hija, no desbarres, por Dios! Pues ¿dónde
+habían de estar?&mdash;exclama D. Cristóbal con
+afectada sorpresa, sintiendo cierto calorcillo en
+las mejillas.</p>
+
+<p>&mdash;No sé; pero desde luego se puede asegurar
+que no los han hecho en Madrid.</p>
+
+<p>Y las cuatro ninfas comienzan a dar vueltas
+entre sus ebúrneos dedos a los abrigos, los estudian,
+los analizan con atento cuidado que
+pone en suspensión y espanto a su progenitor.
+Se dirigen miradas significativas, sonríen con
+desprecio, se hablan al oído. Mientras tanto, los
+feroces bigotes del jubilado de Ultramar se erizan,
+se estremecen con leve temblor que se comunica
+a sus labios y de ahí al resto del organismo.</p>
+
+<p>Por fin, aquellas elegantes criaturas sueltan
+las prendas con descuido escarnecedor sobre las
+sillas de la sala y corren a encerrarse en el gabinete
+de Jovita. Cerca de media hora estuvieron
+deliberando secretamente. D. Cristóbal
+aguardaba inquieto y ojeroso, paseando con agitación
+por el corredor como un procesado que
+espera el veredicto del jurado.</p>
+
+<p>Ábrese finalmente la puerta, y el criminal escruta
+con ansia el semblante de los jueces. Éstos
+guardan actitud reservada, y por sus labios
+descoloridos vaga una sonrisa enigmática. Dos
+de ellas se ponen inmediatamente la mantilla y
+los guantes y se lanzan a la calle. Al cabo de un
+rato tornan al hogar trémulas, con la faz descompuesta
+y los ojos centellantes. La pluma se
+resiste a narrar la cruel escena que se produjo
+en la dulce morada del Jubilado. ¡Cuánto grito
+rabioso! ¡cuánto sarcasmo! ¡cuánta carcajada
+histérica! ¡qué manoteo! ¡qué crujir de sillas!
+¡qué exclamaciones tan lamentables! Y enmedio
+de aquel espantoso desorden, de aquel fragor,
+capaz de infundir pavura en el corazón más
+sereno, los cuatro abrigos, causa de tal carnicería,
+desgarrados, convertidos en miserables jirones,
+arrastrándose con ignominia por el suelo
+en pago de su delito.</p>
+
+<p>Fuera de estos sacudimientos periódicos con
+que la sabia naturaleza vigorizaba los nervios
+un poco enervados ya del Jubilado, la existencia
+de éste se deslizaba pacífica y suave. Ni le faltaban
+tampoco muchos y esmerados cuidados.
+Sus hijas se ocupaban a porfía en ponerle todo lo
+necesario a punto y en su sitio: la ropa acepillada;
+las camisas y los calzoncillos oliendo a frescura;
+las corbatas, hechas de vestidos viejos, tan
+flamantes como si saliesen de la guantería; las
+zapatillas en cuanto entraba en casa; el agua
+para lavarse los pies, los sábados; el cigarro al
+acostarse; el vaso de agua con limón a la madrugada,
+etc., etc. Todo marchaba con la regularidad
+dulce y mecánica que tanto placer causa
+a los viejos. Verdad que entre cuatro bien podían
+hacerlo sin molestarse mucho, sobre todo
+teniendo presente que las niñas no siempre estaban
+inspiradas. Sólo a la vista de un sombrero
+caprichoso, o al recibir la noticia de la llegada
+de una compañía dramática, o al anunciarse que
+el Casino daría una reunión de confianza, ardía
+súbito en sus corazones el fuego sagrado de la
+inspiración, despertábanse sus poderosas facultades
+poéticas, y en arrebatado vuelo salían de
+casa y se lanzaban a la de la modista, a la
+guantería, a la perfumería, dejando en todos los
+parajes señales de su agitación y alguna parte
+del peculio profecticio. No aliándose bien los
+arrebatos de la fantasía con la prosa de los pormenores
+de la existencia, éstos sufrían alguna
+alteración. D. Cristóbal en aquellos periodos de
+crisis echaba menos, con pesadumbre, algunos
+retoques. Mas al poco tiempo sosegaban los
+espasmos de las pitonisas y las cosas volvían a
+su ser y la vida seguía el mismo curso ordenado
+y tranquilo. El nombre de aquéllas, por orden de
+edades, era el siguiente: Jovita, Micaela, Socorro
+y Emilita. Eran las cuatro, en apariencia,
+seres insignificantes, ni hermosas ni feas, ni
+graciosas ni desgraciadas, ni muy jóvenes ni
+viejas, ni tristes ni risueñas. Nada había en
+ellas que fijase la atención. No obstante, en el
+seno del hogar el carácter de cada cual se pronunciaba
+y adquiría relieve. Jovita era sentimental
+y reservada; Micaela tenía el genio violento;
+Socorro era la más pava, y Emilita la
+más pizpireta.</p>
+
+<p>Las dos intensas preocupaciones que llenaban
+la vida espiritual de D. Cristóbal Mateo eran la
+reducción del contingente del ejército y el casar
+a sus cuatro hijas, o por lo menos a dos. Lo
+primero llevaba buen camino: de algún tiempo
+atrás venían los políticos más conspicuos inclinándose
+a esa opinión. En cuanto a lo segundo,
+nos duele confesar que no tenía verosimilitud de
+ninguna clase. Ni por sacrificar otras comodidades
+a los trapos, ni por exhibirse sin medida
+al balcón y en los paseos, ni por asistir a los
+saraos de Quiñones con una constancia digna
+de ser premiada, pudieron lograr hasta la hora
+presente los dones preciados de Himeneo. Cuando
+algún imprudente tocaba este asunto en visita,
+todas ellas decían que mientras viviese su
+padre les costaría mucha pena el casarse; que
+les parecía cruel abandonar a un pobre anciano
+que tanto las quería y tanto se sacrificaba por
+ellas, etc... Aquí venía un elogio caluroso de
+las dotes espirituales de D. Cristóbal. Pero éste
+se encargaba inocentemente de desmentirlas,
+mostrando tales ganas de verse abandonado, un
+deseo tan vivo de experimentar aquella crueldad,
+que ya era proverbial en Lancia. Como si
+no bastasen ellas solas a ponerse en ridículo,
+el pobre Mateo las ayudaba eficazmente, metiéndoselas
+por los ojos a todos los jóvenes casaderos
+de la ciudad.</p>
+
+<p>Las ponderaciones que el buen padre hacía del
+carácter, de la habilidad, de la economía y buen
+gobierno de sus hijas no tenían fin. Así que llegaba
+un forastero a Lancia, D. Cristóbal no sosegaba
+hasta trabar conocimiento con él, y acto
+continuo le invitaba a tomar café en su casa y le
+llevaba al teatro a su palco y a merendar al campo
+y le acompañaba a ver las reliquias de la catedral
+y la torre y el gabinete de historia natural;
+todas las curiosidades, en fin, que encerraba
+la población. El público asistía sonriente,
+con mirada socarrona a aquel ojeo, que ya se
+había repetido porción de veces sin resultado.
+La única que logró tener novio durante tres o
+cuatro años fue Jovita. Por eso fue también la
+que se despeñó de más alto. El galán era un
+estudiante forastero que la festejó mientras seguía
+los últimos cursos de la carrera. Terminada
+ésta, partió a su pueblo y, olvidándose
+de sus promesas de matrimonio, lo contrajo con
+una paleta rica. Las demás no habían alcanzado
+este grado excelso de la jerarquía amorosa.
+Inclinaciones vagas, devaneos de quince días,
+algún oseo por la calle; nada entre dos platos.
+Poco a poco se iba apoderando de ellas el frío
+desengaño. Aunque no hubiesen perdido la esperanza,
+estaban fatigadas. Aquel pensamiento
+fijo, único, que las embargaba hacía ya tanto
+tiempo, iba convirtiéndose en un clavo doloroso
+en la frente. Pero D. Cristóbal ni se rendía ni se
+le pasaba por la imaginación el capitular. Creía
+siempre a pie juntillas en el marido de sus hijas,
+y lo anunciaba con la misma seguridad que los
+profetas del Antiguo Testamento la venida del
+Mesías.</p>
+
+<p>&mdash;En cuanto se casen mis hijas, en vez de pasar
+el verano en Sarrió, donde se guardan las
+mismas etiquetas que en Lancia, me iré a Rodillero
+a respirar aire fresco y a pescar robalizas.&mdash;Atiende,
+Micaela, no seas tan viva, mujer...
+Comprende que a tu marido no le han de gustar
+esas genialidades; querrá que le contestes con
+razones...</p>
+
+<p>&mdash;Mi marido se contentará con lo que le den&mdash;respondía
+la nerviosa niña haciendo un gracioso
+mohín de desdén.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y si se enfada?&mdash;preguntaba en tono malicioso
+Emilita.</p>
+
+<p>&mdash;Tendrá dos trabajos: uno el de enfadarse y
+otro el de desenfadarse.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y si te anda con el bulto?</p>
+
+<p>&mdash;¡Se guardará muy bien! ¡Sería capaz de envenenarlo!</p>
+
+<p>&mdash;¡Jesús, qué horror!&mdash;exclamaban riendo las
+tres nereidas.</p>
+
+<p>Aquel marido hipotético, aquel ser abstracto
+salía a cada momento en la conversación con la
+misma realidad que si fuera de carne y hueso y
+estuviera en la habitación contigua.</p>
+
+<p>La que comenzaba ahora a teclear en el piano
+era Emilita, las más musical de las cuatro hermanas.
+Las otras tres estaban ya en pie, cogidas
+a la manga de la levita de otros tantos jóvenes;
+como si dijéramos, en la brecha.</p>
+
+<p>El conde tropezó a los pocos pasos con Fernanda
+Estrada-Rosa que venía de bracero con
+una amiga. Por lo visto no había querido bailar.
+Era la joven que hacía más viso en la ciudad por
+su belleza y elegancia y por su dote. Hija única
+de D. Juan Estrada-Rosa, el más rico banquero
+y negociante de la provincia. Alta, metida en
+carnes, morena oscura, facciones correctas y
+enérgicas, ojos grandes, negrísimos, de mirar
+desdeñoso, imponente; gallarda figura realzada
+por un atavío lujoso y elegante que era el asombro
+y la envidia de las niñas de la población. No
+parecía indígena, sino dama trasportada de los
+salones aristocráticos de la corte.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué elegantísima Fernanda!&mdash;exclamó el
+conde en voz baja, inclinándose con afectación.</p>
+
+<p>La bella apenas se dignó sonreír, extendiendo
+un poco el labio inferior con leve mueca de
+desdén.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo te va, Luis?&mdash;dijo alargándole la
+mano con marcada displicencia.</p>
+
+<p>&mdash;No tan bien como a tí... pero, en fin, voy
+pasando.</p>
+
+<p>&mdash;¿Nada más que pasando?... Lo siento. A mí
+me va perfectísimamente; no te has equivocado&mdash;repuso
+en el mismo tono displicente, sin mirarle
+a la cara.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo no, siendo en todas partes donde te
+presentas la estrella Sirio?</p>
+
+<p>&mdash;Dispensa, chico, no entiendo de astronomía.</p>
+
+<p>&mdash;Sirio es la estrella más brillante del cielo.
+Eso lo sabe todo el mundo.</p>
+
+<p>&mdash;Pues yo no lo sabía... ¡Ya ves, como soy una
+paleta!</p>
+
+<p>&mdash;No es cierto; pero está muy bien la modestia,
+unida a la hermosura y al talento.</p>
+
+<p>&mdash;No; si ya sé de sobra que no tengo talento.
+No te mortifiques en decírmelo.</p>
+
+<p>&mdash;Hija, te acabo de manifestar lo contrario...</p>
+
+<p>En el tono displicente de Fernanda iba entrando
+un poco de acritud. En el del conde,
+pausado, ceremonioso, se advertía leve matiz de
+ironía.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, entonces te he entendido al revés.</p>
+
+<p>&mdash;Algo de eso ha habido siempre.</p>
+
+<p>&mdash;¡Caramba, qué galante!&mdash;exclamó la joven
+empalideciendo.</p>
+
+<p>&mdash;Siempre que has pensado que pudiera decirte
+algo desagradable&mdash;se apresuró a rectificar
+el conde, advertido por el cambio de fisonomía
+de la idea que cruzaba por su mente.</p>
+
+<p>&mdash;Muchas gracias. Estimo tus palabras como
+se merecen.</p>
+
+<p>&mdash;Harías mal en no estimarlas sinceras...
+Además, no necesito yo decirte lo mucho que
+vales. Eso lo sabe todo el mundo.</p>
+
+<p>&mdash;Gracias, gracias. ¿Te has cansado de
+jugar?</p>
+
+<p>&mdash;Me duelen un poco las muelas.</p>
+
+<p>&mdash;Sácatelas.</p>
+
+<p>&mdash;¿Todas?</p>
+
+<p>&mdash;Las que te duelan, hijo. ¡Ave María!</p>
+
+<p>&mdash;¡Con qué indiferencia lo dices! ¿A ti no te
+importaría nada, por supuesto?</p>
+
+<p>&mdash;Yo siento siempre los males del prójimo.</p>
+
+<p>&mdash;¡El prójimo! ¡Qué horror! No tenía noticia
+de haber llegado ya a la categoría de prójimo.</p>
+
+<p>&mdash;Qué quieres, chico; los honores vienen
+cuando menos se piensa.</p>
+
+<p>Apesar de lo impertinente y hasta agresivo
+del tono, Fernanda no se movía del sitio, teniendo
+siempre cogida del brazo a la amiguita,
+que no desplegaba los labios. Fijándose un poco,
+se podría observar que la rica heredera estaba
+muy nerviosa. Con el pie daba golpecitos en el
+suelo, apretaba en su mano con vivas contracciones
+el pañuelo y sus labios temblaban de
+modo casi imperceptible. Alrededor de los hermosos
+ojos árabes se marcaba un círculo más
+pálido que de costumbre. Aquel pugilato la interesaba.</p>
+
+<p>El conde de Onís había sido de sus novios el
+que más tiempo había durado. Al aparecer Fernanda
+en sociedad, y aun antes, cuando era
+una zagalita que iba con la criada al colegio,
+produjo su figura, su elegancia y sobre todo la
+amenaza de los seis millones que iban a caer,
+andando el tiempo, en su regazo, una verdadera
+explosión de entusiasmo. No hubo joven más o
+menos gallardo o acaudalado que por iniciativa
+propia o por las insinuaciones de su familia no
+se resolviese a pasearle la calle, a esperarla a la
+salida del colegio, a mandarle cartitas y a decirle
+requiebros en el paseo. De Sarrio, de Nieva y
+de otras poblaciones de la provincia acudieron
+también, con pretexto de las ferias, algunos golosos.
+La niña, ufana con tanto acatamiento,
+embriagada por el incienso, no se daba punto de
+reposo tomando y soltando novios. Era raro el
+galán que duraba más de un par de meses en su
+gracia. En realidad ninguno estaba en posición
+de merecerla. En Lancia y en el resto de la provincia
+no había quien tuviera hacienda proporcionada
+a su dote. Si alguno existía, no estaba
+por su edad habilitado para casarse con tan
+tierno pimpollo. Sería algún indiano averiado
+por los ardores tropicales, o mayorazgo rústico
+y solitario de los que vivían en sus casas solariegas.
+Sin necesidad de que su padre se lo advirtiese,
+la niña comprendía admirablemente que
+ninguno le convenía; pero gozaba coqueteando
+con todos, haciéndose adorar de la juventud laciense.
+Entre ésta existía, sin embargo, un mancebo
+hacia el cual ninguna doncella de la ciudad
+había osado levantar los ojos hasta entonces con
+anhelos matrimoniales. Era el conde de Onís. Por
+su alta jerarquía, más respetada en provincia
+donde se tributa a la nobleza un culto que delata
+al villano y al siervo bajo la levita del burgués,
+por su cuantiosa renta, por el apartamiento de
+su vida y hasta por el misterio y silencio de su
+palacio antiquísimo, parecía habitar en atmósfera
+más elevada, al abrigo de las flechas de
+todas las beldades indígenas.</p>
+
+<p>Pues por ello precisamente nació en el pecho
+de Fernanda un deseo, primero vago, después
+vivo y anhelante, de rendirle. Esto es muy humano
+y sobre todo muy femenino: no necesita
+explicación. En el fondo de su alma, la hija de
+Estrada-Rosa sentíase inferior al conde de Onís.
+Sin embargo, tanta era la lisonja que había escuchado
+en poco tiempo, tan refulgente el brillo
+que esparcía sobre su vida el dinero del papá,
+que bien podía aspirar a hacerle su marido. Si
+no lo pensaba así, al menos figuraba pensarlo
+hablando del conde, por detrás, con cierta displicencia
+y con afectada familiaridad por delante.
+En Lancia, como en todas las capitales pequeñas,
+los muchachos y muchachas solían tutearse.
+El conocerse desde niños y haber acaso jugado
+en el paseo juntos lo autorizaba. El conde
+de Onís jamás había cruzado la palabra con Fernanda,
+aunque la tropezase a cada momento en
+la calle. Sin embargo, cuando se encontraron por
+primera vez en la tertulia de las de Meré, la hermosa
+le soltó un <i>tu</i> redondo y suprimió el título.
+Luis aquí, Luis allá: parecía que iba a comerle
+el nombre. A éste le sorprendió un poco la confianza,
+sin desagradarle. A nadie le duele oírse
+tutear por una linda damisela. Apesar de la naturaleza
+concentrada y tímida del conde y de su
+escasa afición a las mujeres, Fernanda se dio
+maña para hacerle pronto su novio o al menos
+para hacerle pasar por tal a los ojos del público.
+El cual halló tal noviazgo perfectamente justificado.
+En Lancia no había otro marido para Fernanda
+ni otra mujer para el conde. La distancia
+que los separaba era retrospectiva; estaba en los
+antepasados. La población creía que, en gracia
+de la belleza, el dinero y la brillante educación
+de la joven, el conde de Onís se hallaba en el
+caso de olvidar los doscientos gañanes que la habían
+precedido.</p>
+
+<p>Cerca de un año duraron las relaciones. Los
+novios se veían en la tertulia de las señoritas
+de Meré. D. Juan Estrada-Rosa, al decir de sus
+íntimos, se hallaba muy complacido. Varias veces
+se había insinuado con el conde para que entrase
+en la casa; pero éste no le había comprendido
+o había fingido no comprenderle. Fernanda
+se lo propuso con claridad un día. Él se evadió
+como pudo del compromiso. ¿Era timidez? ¿Era
+orgullo? La misma Fernanda no se daba cuenta
+de ello. Pero esta reserva contribuía a encender
+su afección y anhelo. De pronto, cuando menos
+se pensaba, cuando ya el público comenzaba a
+preguntarse por qué se retrasaba la boda, cortáronse
+aquellas relaciones. Se cortaron sin escándalo,
+de un modo diplomático y sigiloso, tanto,
+que hacía ya más de un mes que no existían
+cuando todavía la población no estaba enterada
+y los amigos les seguían embromando. El hecho
+produjo fuerte sensación; se comentó en todas
+las tertulias hasta lo infinito. Nunca se pudo
+averiguar qué había habido, ni aun a cuál de los
+dos correspondió la iniciativa de esta ruptura.
+Si se preguntaba al conde, afirmaba rotundamente
+que Fernanda le había dejado; mas ponía
+demasiado empeño en esta afirmación para que
+no empezara a dudarse de su sinceridad. La heredera
+de Estrada-Rosa, sin manifestar nada en
+concreto, corroboró las palabras de su novio
+con el tono desabrido que usó hablando de él,
+lo mismo que al dirigirle la palabra. Porque siguieron
+tratándose, si no con tanta frecuencia,
+con bastante: ambos acudían a la tertulia donde
+se conocieron. Además, Fernanda, poco tiempo
+después, comenzó a asistir a los saraos de los
+domingos en casa de Quiñones. Pero nunca más
+reanudaron sus rotas relaciones. Los asistentes
+suspendían la respiración y ponían toda su alma
+en los ojos siempre que, como ahora, los antiguos
+novios se tropezaban y departían un rato.
+¿Volverán a las andadas? ¿Habrá, por fin, boda?
+El desengaño venía inmediatamente al observar
+la indiferencia con que se apartaban.</p>
+
+<p>Cuando iba a contestar a las últimas palabras
+de la orgullosa heredera, los ojos del conde, derramando
+una mirada distraída por el salón, tropezaron
+con otros que se le clavaron lucientes y
+celosos. Alargó la mano a su amiga y con sonrisa
+forzada dijo:</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué mal me estás tratando, Fernanda!
+Como siempre, por supuesto... Yo, sin embargo,
+ya sabes... el mismo devoto idólatra. Hasta
+ahora.</p>
+
+<p>&mdash;Siento que esa devoción no me cause frío
+ni calor&mdash;replicó ella sin dar un paso para apartarse.</p>
+
+<p>El conde lo dio alzando los hombros con resignación
+y diciendo:</p>
+
+<p>&mdash;¡Más lo siento yo!</p>
+
+<p>Sorteando las parejas de baile, que ya habían
+comenzado el rigodón, llegó de nuevo adonde
+estaba el ama de la casa. Al lado de ésta se hallaba
+en aquel instante el famoso Manuel Antonio,
+uno de los personajes más dignos de mención
+en la época que estamos historiando. Se le
+conocía tanto por el apodo <i>el marica de Sierra</i>
+como por su nombre.</p>
+
+<p>Esto basta para que sepamos en cierto modo
+a qué atenernos respecto a sus propiedades morales
+y físicas. Manuel Antonio no era joven.
+Frisaría en los cincuenta años, disimulados con
+esfuerzo heroico por toda la batería de afeites conocidos
+entonces en Lancia, que no eran muchos
+ni muy refinados. Una peluca bastante rudimentaria,
+algunos dientes postizos mal montados, un
+poco de negro en las cejas y de carmín en los
+labios, mucho <i>patchoulí</i> y un traje de fantasía
+apropiado para realzar los residuos de su belleza.
+Ésta había sido espléndida; una rara perfección
+de rostro y de talle. Alto, delgado, esbelto,
+facciones correctas, diminutas, cabellos rubios,
+finos, cayendo en graciosos bucles, mejillas sonrosadas
+y voz atiplada. De este conjunto primoroso
+quedaba tan sólo una sombra por donde pudiera
+adivinarse. La enhiesta espalda se había
+abovedado; los hermosos bucles se habían desvanecido
+como un sueño feliz; algunas arrugas indecorosas
+surcaban aquella tersa frente, y la fila
+de perlas, que ostentaba su boca, se había transformado
+en carrera de huesos amarillos, desvencijados,
+que el tiempo había quintado y el dentista
+torpemente sustituido. Por último, aquel
+pequeño bigote sedoso había engrosado notablemente,
+se hizo blanco, cerdoso, indómito; no
+bastaban el tinte y el cosmético a mantenerlo
+presentable. ¡Qué dolor para el hermoso hermafrodita
+de Lancia y también para los amigos
+que le habían conocido en el esplendor de su
+gracia!</p>
+
+<p>El espíritu permanecía tan juvenil como a los
+diez y ocho años. Era el mismo ser apasionado
+y tierno, dulce unas veces, iracundo y terrible
+otras, marchando al soplo de sus caprichos, viviendo
+en lánguida ociosidad. Gozaba tanto las
+delicias del baño, que lo repetía tres y más veces,
+hasta que el agua quedase cristalina como
+al salir de la fuente; amaba las flores, los pájaros;
+no tenía más placer que consultar con el
+cristal del espejo los adornos que le sentarían
+mejor. Los trajes, por atracción irresistible,
+siendo masculinos, se acercaban cuanto era posible
+a la forma femenina. En el invierno gastaba
+talmita corta con broche de oro, y un
+sombrero tirolés de alas reviradas, que le sentaba
+extremadamente bien. En el verano gustaba
+de vestirse trajes de franela blanca bien
+ceñidos, que denunciasen las graciosas curvas
+de sus formas. Las corbatas eran casi siempre
+de gasa, los zapatos descotados, el cuello de
+camisa a la marinera. Por debajo del puño se le
+veía un brazalete. Aunque no fuese más que un
+sencillo aro de oro, este pormenor era lo que
+más llamaba la atención de sus conciudadanos.
+En cuanto se hablaba de Manuel Antonio salía
+el dichoso brazalete a relucir; como si no hubiese
+nada en su interesante figura más digno de
+excitar la curiosidad.</p>
+
+<p>Pero si los años no habían logrado modificar
+en el fondo aquel ser amable y creado para el
+amor, habíanle hecho, sin embargo, más cauto,
+más reservado. Ya no mostraba sus preferencias
+con la ingenuidad de otros tiempos, ni daba
+suelta a los súbitos arranques de su corazón inflamable
+sino después de poner a prueba la lealtad
+del objeto de su ternura. ¡Había padecido
+tantos desengaños en la vida! Sobre todo, al hacerse
+viejo, no sólo experimentó la frialdad de
+sus antiguos amigos, de aquellos que le habían
+dado pruebas inequívocas de cariño, sino, lo
+que es aún más triste, encontrose, sin pensarlo,
+sirviendo de blanco a las chufletas e invectivas
+de los mozalbetes de la nueva generación. Fue
+el hazmerreír de estos procaces jóvenes. Como
+no habían sido testigos de sus triunfos ni conocieron
+su radiante belleza, estaban lejos de profesarle
+el respeto que, apesar de todo, guardaba
+hacia él la antigua generación. No perdonaban
+medio de embromarlo, de vejarlo bárbaramente.
+En cuanto se paraba en la calle de Altavilla o
+entraba en el café de Marañón, ya estaba rodeado
+de una partida de <i>guasones</i>. ¡Cristo, las frases
+que allí se oían! Y como villanos que eran, a
+menudo del juego de palabras pasaban al de
+manos. Esto era lo que en modo alguno podía
+sufrir Manuel Antonio. Que hablasen lo que quisieran.
+Tenía bastante correa, y además un ingenio
+vivo y sutil que recogía admirablemente
+el ridículo y sabía dar en rostro con él a sus
+contrarios. La mayor parte de las veces los que
+iban a «tomarle el pelo» salían muy bien trasquilados.
+Los años, la práctica, le habían adiestrado
+de tal modo en el pugilato de frases incisivas
+que realmente era temible. Tenía la intención
+de un <i>miura</i>. Pero así que aquellos desvergonzados
+pasaban de las palabras a las
+obras tocándole la cara o pellizcándole, ya estaba
+descompuesto, perdía enteramente los estribos
+y no decía cosa intencionada ni siquiera
+razonable. Superfluo es añadir que, conociéndole
+el flaco, todas las bromas terminaban en esta
+forma.</p>
+
+<p>Por lo demás, fuera de aquella maligna intención
+para herir en lo vivo a las personas, en
+lo cual podía competir y aun creemos que aventajaba
+a María Josefa, era un ser útil y servicial.
+Su malignidad, al cabo de todo, era resultado
+de la que a él se le mostraba. Sus habilidades
+muchas y varias. Trabajaba el punto de
+crochet que daba gloria. Las colchas que él hacía
+no tenían rival en Lancia. Arreglaba un altar
+y vestía las imágenes mejor que ningún sacristán.
+Tapizaba muebles, hacía flores primorosas
+de cera, empapelaba habitaciones, bordaba
+con pelo, pintaba platos. Y cuando alguna de
+sus muchas amigas necesitaba peinarse artísticamente
+para asistir a cualquier baile, Manuel
+Antonio se prestaba galantemente a arreglarle
+los cabellos, y lo hacía con la misma destreza y
+gusto que el mejor peluquero de Madrid. ¿Pues
+y cuando cualquiera de sus amigos se ponía enfermo?
+Entonces era de ver el interés, la constancia
+y la suma diligencia de nuestro viejo
+Narciso. Se constituía inmediatamente a la cabecera
+del lecho, tomaba cuenta de las medicinas,
+arreglábale la cama, poníale los vejigatorios
+o las ayudas lo mismo que el más diestro
+practicante. Luego, si la enfermedad por desgracia
+presentaba mal carácter, sabía insinuar como
+nadie la idea de confesión; de tal modo que el
+enfermo, en vez de asustarse, la aceptaba como
+la cosa más natural y corriente. Y en cuanto le
+veía convencido, empezaba a tomar disposiciones
+para recibir a Su Divina Majestad: la dama
+más avezada a recibir gente principal en sus salones
+no le sacaría ventaja. El altarcito con el
+paño almidonado atestado de chirimbolos relucientes,
+la escalera adornada con macetas, el
+suelo alfombrado de hojas de rosas, los criados
+y deudos esperando a la puerta con hachas encendidas
+y enguantados. No se le olvidaba un
+pormenor. En estos momentos críticos el marica
+de Sierra se crecía, adoptaba el continente
+de un general al frente de sus tropas. Todos le
+obedecían y secundaban acatándole por jefe.
+Pues si el enfermo se moría, no hay para qué
+decir que su dictadura se hacía aún más omnipotente.
+Principiando por amortajar el cadáver
+y concluyendo por sacar del juzgado la partida
+de defunción, nada quedaba en las fúnebres ceremonias
+que él no mangonease.</p>
+
+<p>Y como quiera que las más veces había enfermos
+que cuidar, o imágenes que vestir, o amigas
+que peinar o flores que contrahacer, Manuel
+Antonio pasaba la vida bastante atareado. En
+esto y en ir de casa en casa tomando y soltando
+noticias se le deslizaban los días y los años. Habitaba
+con dos hermanas más viejas que él,
+las cuales le cuidaban y mimaban como a un
+niño. Para estas buenas señoras no existía el
+tiempo. Ni veían las arrugas, ni la peluca, ni los
+dientes postizos de su hermano. Manuel Antonio
+era siempre un pollito, un petimetre. Sus trajes,
+sus baños, las horas que empleaba en el tocado
+les hacían sonreír con benevolencia. Mientras
+ellas se quejaban amargamente de los estragos
+que los años iban causando en su figura y su salud,
+pensaban que su hermano había detenido el
+curso de las horas, había hallado un elixir para
+mantenerse eternamente joven.</p>
+
+<p>Manuel Antonio era metódico en sus visitas.
+Había unas cuantas casas a las cuales asistía
+diariamente y siempre a la misma hora. A casa
+de D. Juan Estrada-Rosa iba a las tres, a la
+hora del café; con la condesa de Onís tomaba
+chocolate todas las tardes; por la noche era tertulio
+asiduo de la señora de Quiñones. Había
+otras familias que visitaba también con mucha
+frecuencia. A casa de María Josefa Hevia y de
+las de Mateo solía ir por la mañana, sin detenerse
+mucho, dando una vuelta para enterarles
+de lo que se decía o inspeccionar sus labores.
+Alguna noche iba también a casa de las señoritas
+de Meré.</p>
+
+<p>&mdash;¡Aquí tenemos al conde!&mdash;exclamó con su
+peculiar entonación afeminada.&mdash;¡Ay, qué condecito
+tan guasón!</p>
+
+<p>&mdash;¿Pues?&mdash;preguntó éste acercándose.</p>
+
+<p>&mdash;Pregúntaselo a Amalia.</p>
+
+<p>La sonrisa que plegaba los labios del noble se
+desvaneció repentinamente.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo?... ¿Qué tiene que ver?...&mdash;dijo con
+mal disimulada turbación.</p>
+
+<p>También Amalia se turbó. Sus pálidas mejillas
+se colorearon.</p>
+
+<p>&mdash;Hemos estado murmurando de tí. ¡Qué
+traje te hemos cortado, chico!</p>
+
+<p>&mdash;Aquí Manuel Antonio&mdash;profirió Amalia&mdash;decía
+que era usted el perro del hortelano.</p>
+
+<p>&mdash;No; tú eras quien lo decías.</p>
+
+<p>Otra de las particularidades de aquél era el
+tutear a todo el mundo, grandes y chicos, señoras
+y caballeros.</p>
+
+<p>&mdash;¡Yo!&mdash;exclamó la dama.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y por qué soy el perro del hortelano?...
+Sepamos.</p>
+
+<p>&mdash;Pues decía Amalia que ni querías comerte
+la carne ni permitir que la coma D. Santos.</p>
+
+<p>&mdash;¡Vamos! ¿Quieres callarte, embustero?&mdash;dijo
+la señora, medio irritada, medio risueña,
+dándole un pellizco.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué se habla de D. Santos?&mdash;preguntó un
+caballero muy corto y muy ancho, de faz mofletuda
+y violácea, acercándose al grupo.</p>
+
+<p>El conde y Amalia no supieron qué responder.</p>
+
+<p>&mdash;Se decía que D. Santos tenía pensado llevarnos
+un día a su posesión de la Castañeda y
+darnos un banquete&mdash;manifestó Manuel Antonio
+con desparpajo.</p>
+
+<p>&mdash;No; no era eso&mdash;repuso el hombre rechoncho
+con forzada sonrisa.</p>
+
+<p>&mdash;Sí tal. Amalia sostenía que no eras capaz
+de llevarnos a pasar un día a la Castañeda.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pero, hombre, tú te has empeñado en ponerme
+hoy colorada!&mdash;dijo aquélla.</p>
+
+<p>&mdash;Porque soy un buen amigo. Como te veo
+pálida estos días... Bien puedes creerlo, Santos,
+yo tengo mucha mejor idea de tu esplendidez
+que la mayoría del pueblo... No conocéis bien a
+D. Santos, les digo muchas veces a los que sostienen
+que a tí te duele gastar el dinero. Si
+D. Santos no gasta, no obsequia a sus amigos,
+no es por avaricia, sino por indolencia, porque
+no se le presenta ocasión. El hombre es tímido
+de suyo y no es capaz de proponer banquetes ni
+giras; pero que otro le apunte la idea, y veréis
+con qué gusto la acepta...</p>
+
+<p>&mdash;Gracias, gracias, Manuel Antonio&mdash;murmuro
+D. Santos con la risa del conejo.</p>
+
+<p>Se le conocía el gran temor y molestia que
+le embargaban. Como muchos de los indianos,
+apesar de ser inmensamente rico, tenía fama
+de avariento, y no injustificada. Había llegado
+pocos años hacía de Cuba, donde cargando
+primero cajas de azúcar y luego vendiéndolas
+se enriqueció. Vino hecho un beduino, sin
+noticia alguna de lo que pasaba en el mundo,
+sin saber saludar, ni proferir correctamente una
+docena de palabras, ni andar siquiera como los
+demás hombres. Los treinta años que permaneció
+detrás de un mostrador le habían entumecido
+las piernas. Marchaba tambaleándose como
+un beodo. El color subido de sus mejillas era
+tan característico, que en Lancia, donde pocas
+personas se escapaban sin apodo, lo designaron
+al poco tiempo de llegar con el de <i>Granate</i>. Enmedio
+de su miseria le gustaba dar en rostro con
+las riquezas que poseía. Edificó una casa suntuosísima;
+trajo mármol de Carrara, decoradores
+de Barcelona, muebles de París, etc. Y,
+sin embargo, apesar de las sumas cuantiosas
+que en ella gastó, al saldar la cuenta del clavero
+¡se empeñaba en que descontase del peso el papel
+y las cuerdas en que venían envueltas las
+puntas de París! Cuidadosamente había ido
+guardando en un rincón tales despojos con ese
+objeto. Así que terminó la casa, ocupó el piso
+principal y alquiló los otros dos. Y empezó su
+martirio, un martirio lento y terrible. Las criadas
+y los niños del segundo y tercero fueron sus
+sayones. Si sentía fregar los suelos del segundo,
+poníase de mal humor: la arena desgastaba el
+entarimado. Si veía rayado el estuco de la escalera
+por la mano bárbara de algún chiquillo, se
+le encendía la cólera y murmuraba palabras siniestras
+y amenazas de muerte. Si escuchaba
+cerrarse una puerta con violencia, aquel golpe
+repercutía dolorosamente en su corazón: las bisagras
+se desencajaban, todos los pestillos se
+echaban a perder. En fin, con tal sobresalto vivía,
+que le acometió una pasión de ánimo y comenzó
+a decaer visiblemente. Un su amigo tan
+miserable como él, pero más vividor, le aconsejó
+que dejase la casa y se trasladase a otra. Así
+lo hizo, tornando a la posada que le había albergado
+mientras construyó el palacio.</p>
+
+<p>Pero faltaba a D. Santos el complemento
+obligado de todos los que se enriquecen cargando
+cajas de azúcar en América: le faltaba contraer
+matrimonio con una mujer de categoría,
+joven o vieja, fea o bonita. Ninguno de sus colegas
+aceptó jamás por esposa a una menestrala.
+Granate no podía ser menos que ellos. Al contrario,
+teniendo más dinero que ninguno, lo natural
+es que les aventajase en anhelos poderosos.
+Y fue a poner sus ojos redondos y encarnizados
+en la joven más linda, más rica y más encopetada
+de la ciudad: en Fernanda Estrada-Rosa nada
+menos. El suceso causó admiración y risa en el
+vecindario. Por muy alta idea que en Lancia
+tuviesen del poder del dinero, nadie imaginaba
+que fuese poderoso a realizar semejante empresa.
+¡Casar a la joya de la provincia con este oso
+colorado! A la niña le produjo pasmo e indignación.
+Luego lo tomó a broma. Luego volvió a
+indignarse. Después tornó a reírse. Por fin se fue
+acostumbrando a que Granate la festejase y
+hasta encontró cierta satisfacción de amor propio
+en recibir sus agasajos y en darle toda clase
+de desprecios. Pero él no cejaba. Con la tenacidad
+del abejorro que se empeña en salir por un
+cristal y se estrella cien veces contra el obstáculo,
+las calabazas, los desdenes y hasta las burlas
+no le hacían retroceder más que momentáneamente.
+Al día siguiente volvía como si tal cosa
+a romperse la cabeza contra el desprecio de la
+orgullosa heredera. Pensaba sinceramente que
+el verdadero obstáculo para el logro de sus afanes
+estaba en el conde de Onís. Confesábase que
+Fernanda sentía algún interés por él, o mejor
+dicho por su título, y se propuso ir a Madrid y
+comprar a peso de oro otro para ponerse a la altura
+de su rival. Luego le dijeron que el Papa
+los daba más baratos y cambió de proyecto.
+Mientras tanto se vengaba odiando de muerte al
+gallardo conde, y burlándose, cuando la ocasión
+se presentaba, de su vetusto y deteriorado caserón.
+El conde poseía una gran riqueza en tierras,
+pero sus rentas no podían compararse a las
+del opulento Granate.</p>
+
+<p>&mdash;Y si no, ya veréis el día que se case, ¡qué
+cambio en la población!&mdash;prosiguió Manuel Antonio.&mdash;Tendremos
+banquetes a diario y bailes
+y giras campestres...</p>
+
+<p>&mdash;¡Pero si a Fernanda no le gustan los bailes!&mdash;exclamó
+Emilita Mateo, que bailaba con
+Paco Gómez y daba la espalda al grupo.</p>
+
+<p>&mdash;Yo no he hablado para nada de Fernanda,
+niña&mdash;repuso el marica en tono severo.</p>
+
+<p>&mdash;Pensé que, tratándose de matrimonio y de
+D. Santos, eso se sobrentendía.</p>
+
+<p>&mdash;Pues no sobrentiendas más y aplícate a bailar
+con Paco, porque, según mis cálculos, durará
+cinco minutos.</p>
+
+<p>Paco Gómez era un joven flaco, flaquísimo,
+alto hasta tropezar en el dintel de las puertas,
+con una cabecita menuda como una patata, el
+rostro tan macilento que parecía, en efecto, caminar
+por el mundo con permiso del enterrador.
+Y con estas propiedades corporales el espíritu
+más humorístico de la población.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ole mi niña!&mdash;exclamó poniéndose en jarras
+frente al marica.&mdash;Lo único por lo que siento
+morirme es por no ver más estos seres preciosos,
+encantadores.</p>
+
+<p>Al mismo tiempo le cogió con dos dedos la
+barba.</p>
+
+<p>Ya sabemos que Manuel Antonio no podía sufrir
+tales juegos de manos delante de gente.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, pajalarga, quieto&mdash;exclamó poniéndose
+serio y rechazándole.</p>
+
+<p>&mdash;¿Que no eres precioso? Pero, hombre, ¡si
+eso salta a la vista!... ¡Miren ustedes qué boca!
+¡miren, por Dios, qué caída de ojos!... ¡miren qué
+nacimiento de pelo!</p>
+
+<p>Y quiso de nuevo tocarle la cara; pero Manuel
+Antonio lo rechazó con ímpetu dándole un fuerte
+empujón.</p>
+
+<p>&mdash;¡Caramba, qué severo está hoy Manuel Antonio!&mdash;dijo
+el conde de Onís.</p>
+
+<p>&mdash;No importa&mdash;repuso Paco Gómez dejando
+escapar un suspiro.&mdash;Manos blancas no ofenden.</p>
+
+<p>En aquel momento le tocaba hacer una figura
+del rigodón y se alejó con Emilita.</p>
+
+<p>María Josefa, que bailaba más lejos, se acercó
+un instante con su pareja, que era un teniente
+del batallón de Pontevedra.</p>
+
+<p>&mdash;¡Vamos, D. Santos, no sea usted cruel!
+¿Por qué no va usted a hacer compañía a Fernanda,
+que está allí sola?</p>
+
+<p>En efecto, la amiguita de la rica heredera había
+hallado pareja para el baile. Fernanda se
+sentó y permanecía seria y pensativa.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, sí; debes ir, Santos&mdash;manifestó Manuel
+Antonio.&mdash;Repara que la chica ha dejado una
+silla vacía a su lado... No puede insinuarse de
+modo más claro.</p>
+
+<p>Al decir esto hizo un guiño al conde. Éste
+confirmó tales palabras.</p>
+
+<p>&mdash;Yo creo que es hasta un deber de cortesía...</p>
+
+<p>Granate le echó una mirada torva y preguntó
+sordamente:</p>
+
+<p>&mdash;Pues entonces, ¿por qué no va usted a sentarse
+a su lado?</p>
+
+<p>&mdash;Por la sencilla razón de que ya no tenemos
+nada que hablar... Pero usted es otra cosa.</p>
+
+<p>&mdash;Entendido, señor conde... No soy un niño&mdash;murmuró
+con mal humor.</p>
+
+<p>&mdash;Aunque no lo sea usted por la edad&mdash;dijo
+Amalia interviniendo oportunamente para evitar
+rozamientos,&mdash;lo es por la franqueza y espontaneidad
+de sus sentimientos, por la frescura
+de corazón que otros con menos años no tienen.
+Los niños aman con más sencillez y vehemencia
+que los hombres.</p>
+
+<p>&mdash;Pero los hombres hacen otra cosa más heroica...
+¡Se casan!&mdash;dijo Paco Gómez, que ya
+estaba de nuevo en su sitio con la pareja.</p>
+
+<p>&mdash;Hay ocasiones en que tampoco se casan&mdash;manifestó
+Manuel Antonio haciendo una imperceptible
+mueca por donde Paco pudiese colegir
+que estaba pensando en María Josefa.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno&mdash;replicó aquél dándose por enterado.&mdash;Pero
+hay que convenir en que algunas veces
+se necesita para ello un heroísmo superior a
+la naturaleza humana.</p>
+
+<p>La solterona, que las cogía por el aire, le
+clavó una mirada rencorosa y maligna.</p>
+
+<p>&mdash;¡La naturaleza humana!&mdash;exclamó con displicencia.&mdash;La
+naturaleza humana presenta algunas
+veces formas tan estrambóticas que hasta
+el heroísmo sería ridículo en ellas.</p>
+
+<p>Paco Gómez, sin desconcertarse, comenzó
+a palpar su rostro con ademanes cómicos, fingiendo
+una muda resignación que hizo sonreír
+a los presentes. Amalia, para cambiar esta peligrosa
+conversación, exclamó:</p>
+
+<p>&mdash;¡Miren, miren cómo D. Santos se aprovecha
+de nuestra distracción!</p>
+
+<p>En efecto, el indiano se había levantado en
+silencio de la silla y, sorteando las parejas de
+baile, fue solapadamente a sentarse al lado de
+Fernanda. Ésta le dirigió una mirada fría y
+apenas se dignó responder a su saludo ceremonioso
+y ridículo. La faz rubicunda de Granate
+resplandecía, no obstante, como la de un dios
+seguro de su omnipotencia. Con las manazas
+anchas y cortas apoyadas sobre las rodillas, el
+cuerpo doblado hacia adelante y la cabeza levantada
+hasta donde le permitía la grosura del
+cerviguillo, sonreía beatamente enseñando una
+fila de dientes grandes y amarillos. Propúsose,
+como siempre, ser espiritual, y dijo:</p>
+
+<p>&mdash;¿Ha visto usted qué <i>ventrisca</i> corre?</p>
+
+<p>La joven guardó silencio.</p>
+
+<p>&mdash;Ahora no importa nada&mdash;prosiguió&mdash;porque
+ya están todos los frutos recogidos; pero si
+hubiera caído antes, no nos deja ni una castaña
+ni un grano de maíz; ¡je, je!</p>
+
+<p>Granate sintiose feliz al emitir esta idea, a juzgar
+por la expresión de placer que brillaba en
+sus ojos.</p>
+
+<p>&mdash;Pero aquí no hace frío, ¿eh?... Yo no lo tengo,
+¡je, je!... Al contrario, siento un calor... Será
+porque los ojos de usted son dos calofer... caroli...</p>
+
+<p>Otra vez todavía acometió la palabra caloríferos
+sin lograr dar cima a la empresa. Para disimular
+su impotencia fingió un golpe de tos. Su
+rostro violáceo adquirió cierta semejanza interesante
+con el de un ahorcado.</p>
+
+<p>La hermosa, que tenía los ojos clavados en el
+vacío, volvió la cabeza hacia su adorador, le miró
+unos instantes con expresión vaga, distraída,
+como si no le viese. Levantose de pronto y se
+alejó sin decir palabra para sentarse enfrente.
+El indiano quedó con la misma sonrisa estereotipada
+en el rostro; la mueca petrificada de un
+sátiro. Pero al volver la vista al grupo que acababa
+de dejar, viendo una porción de ojos risueños
+fijos en él, se puso repentinamente serio y
+mohíno.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué partido tiene este Granate entre las
+chicas bonitas!&mdash;exclamó Paco Gómez.&mdash;Ya se
+lo decía yo el otro día. «Usted no necesitaba
+para nada ir a América habiendo mujeres ricas
+en el mundo. Usted tiene la fortuna en la fisonomía.»</p>
+
+<p>&mdash;Mira, condecito, ahora debes ir tú a sentarte
+a su lado. Ya verás cómo no se levanta entonces&mdash;dijo
+Manuel Antonio.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, sí, debe usted ir, Luis&mdash;apoyó María Josefa.&mdash;Vamos
+a ver una cosa curiosa, a decidir
+si está o no enamorada de usted. ¿Verdad, Amalia,
+que debe ir?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, me parece que debe usted sentarse a su
+lado&mdash;dijo la dama. Su voz salió apagada y
+temblorosa.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cree usted?&mdash;preguntó el conde, mirándola
+con fijeza.</p>
+
+<p>&mdash;Sí; vaya usted&mdash;replicó la dama con perfecta
+serenidad ya, huyendo su mirada.</p>
+
+<p>&mdash;Pues usted me permitirá que la desobedezca.
+No quiero exponerme a un desaire.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué importan los desaires a un enamorado!...
+Porque usted, por más que diga, está enamorado
+de Fernanda... Se le conoce a la legua.</p>
+
+<p>&mdash;A la legua será, porque, lo que es de cerca
+ni pizca&mdash;manifestó Manuel Antonio.</p>
+
+<p>Y María Josefa y Emilita Mateo y Paco Gómez
+confirmaron con su risa la especie.</p>
+
+<p>Amalia insistió. Efectivamente, Luis lo disimulaba
+bien; pero como, por más esfuerzos que
+se hagan, siempre queda un cabo suelto, un resquicio
+por donde sale la luz, ella había adivinado
+hacía ya mucho tiempo que el conde, en lo
+profundo de su corazón, guardaba recuerdo muy
+grato de Fernanda.</p>
+
+<p>&mdash;Atiendan ustedes: hace algunos días se le
+ocurrió a Moro decir que tenía dos dientes postizos.
+No pueden ustedes figurarse cómo se puso
+este hombre... Por poco le pega...</p>
+
+<p>&mdash;No tanto, no tanto&mdash;manifestó el conde
+sonriendo avergonzado.&mdash;Me expresé con cierta
+viveza porque me enfadan siempre las injusticias.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh! Las exaltaciones en estos casos son
+sospechosas. Cuando no se siente interés por una
+persona se la defiende con menos calor... ¡Caramba!
+¡Nunca le vi tan irritado! Ya puede decir
+esa niña que tiene un campeón valiente dispuesto
+a romper lanzas por ella.</p>
+
+<p>La dama apuró la broma. No se hartaba de
+apretar al conde, como si quisiera dejarle convicto
+de su amor por Fernanda. Apesar de la
+sonrisa benévola que animaba su rostro, había
+ciertas extrañas inflexiones en la voz que nadie
+más que una sola persona podía apreciar en
+aquel momento.</p>
+
+<p>Pero el rigodón había terminado, y el grupo
+se aumentó considerablemente con varias parejas
+que fueron allegándose. Fuéronse algunos,
+vinieron otros; al cabo, la señora de la casa se
+halló rodeada de gente nueva. Bailose otro vals y
+otro rigodón. Las doce sonaron al fin en el gran
+reloj de la catedral. Y como los jóvenes se empeñaban
+en no desbandarse, apesar de la costumbre
+tradicional de la casa, Manín, por orden
+de D. Pedro, apareció en la puerta del salón,
+abrazado al lío de los abrigos de las señoras.
+Ésta era la señal de despedida que el señor de
+Quiñones daba a sus tertulios. No era muy cortés,
+pero nadie se enfadaba. Al contrario, se recibía
+siempre con algazara, como una broma
+graciosa.</p>
+
+<p>Después que todos fueron a estrechar la mano,
+del maestrante, formose un grupo enmedio del
+salón. Amalia, en el centro de él, despedía a sus
+amigas besándolas cariñosamente. Estaba pálida
+y sus ojos inciertos despedían miradas febriles.
+Al estrechar la mano del conde volvió la cabeza
+hacia otro lado, fingiendo distracción; se la
+estrechó con fuerza tres o cuatro veces para infundirle
+ánimo. Bien lo necesitaba el pobre caballero.
+Estaba tan demudado y tembloroso que
+Amalia pensó que iba a caer desmayado.</p>
+
+<p>En apretado haz salieron los tertulios a los
+pasillos y bajaron la gran escalera de piedra sucia
+y húmeda. Un criado les abrió la puerta de
+la calle.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ay! ¿Quién habrá dejado aquí este canasto?&mdash;dijo
+Emilita Mateo, que tropezó la primera
+con el estorbo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Un canasto?&mdash;preguntaron varias damas
+acercándose a él.</p>
+
+<p>&mdash;Algún pobre que andará por ahí dormido&mdash;manifestó
+el criado, que aún no había cerrado la
+puerta.</p>
+
+<p>&mdash;No se ve a nadie&mdash;dijo Manuel Antonio, que
+rápidamente había registrado el portal.</p>
+
+<p>La curiosidad excitó muy pronto a una de las
+damas a levantar el paño que tapaba el canastillo.
+Inmediatamente dejó escapar el grito consabido,
+el que soltó ya hace tantos siglos la hija
+de Faraón al ver flotando por el río el célebre
+canastillo de Moisés.</p>
+
+<p>&mdash;¡Un niño!</p>
+
+<p>Momento de estupefacción y de curiosidad en
+los tertulios. Todos se abalanzan, todos quieren
+contemplar al mismo tiempo al expósito. Porque
+nadie duda un momento que aquel niño se
+hallaba allí expuesto intencionalmente. Paco Gómez
+levantó el canasto, lo destapó por completo
+y fue exhibiendo a sus amigos el infante dormido.</p>
+
+<p>Estalló una tempestad de exclamaciones.</p>
+
+<p>&mdash;¡Angelito!&mdash;¿Quién habrá sido la infame?...&mdash;¡Pobrecito
+de mi alma!&mdash;¡Qué corazones de
+hiena, Dios mío!&mdash;¡Miren qué hermoso es!&mdash;¿Habrá
+mucho tiempo que lo han expuesto?&mdash;Estará
+aterida la criatura.&mdash;Paco, déjeme usted
+tocarlo.</p>
+
+<p>El canasto fue rodando de mano en mano. Las
+damas, interesadísimas, palpitantes de emoción,
+depositaban tiernos besos en las mejillas del recién
+nacido, de tal modo que al instante consiguieron
+despertarlo.</p>
+
+<p>De aquel montoncito de carne rosada salió un
+débil gemido que hizo vibrar de lástima a todos
+los corazones. Algunas señoras vertieron lágrimas.</p>
+
+<p>&mdash;Subámoslo, por lo pronto, para que se caliente
+un poco.</p>
+
+<p>&mdash;¡Sí, sí, subámoslo!</p>
+
+<p>Y otra vez el resonante grupo se lanzó al patio
+y a la escalera de la mansión de los Quiñones
+llevando en triunfo el canastillo misterioso.</p>
+
+<p>Amalia estaba enmedio del salón inmóvil y
+pálida cuando se abrieron de nuevo las puertas.
+D. Pedro había sido trasladado ya a su alcoba
+por Manín y otro criado. Aquella nueva y repentina
+irrupción pareció sorprender mucho a la
+señora de la casa.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué ocurre? ¿qué es esto?&mdash;exclamó con
+voz alterada.</p>
+
+<p>&mdash;¡Un niño! ¡un niño!&mdash;gritaron varios a un
+tiempo.</p>
+
+<p>&mdash;Acabamos de encontrarlo en el portal&mdash;manifestó
+Manuel Antonio, que ya se había apoderado
+del canasto, presentándolo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Quién lo ha dejado ahí?</p>
+
+<p>&mdash;No sabemos... Es un expósito. ¡Mire usted,
+por Dios, qué hermoso, es Amalia!</p>
+
+<p>La señora le contempló un instante con marcada
+frialdad y dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Acaso alguna pobre lo habrá dejado para
+recogerlo enseguida.</p>
+
+<p>&mdash;No, no; hemos registrado el portal. La calle
+está desierta...</p>
+
+<p>La criatura a todo esto empezaba a chillar,
+agitando con incierto movimiento sus puños
+crispados, que parecían dos botones de rosa. La
+compasión de las señoras volvió a romper en exclamaciones
+apasionadas. Todas querían besarlo
+y calentarlo contra su seno. Por fin, María
+Josefa logró apoderarse de él, lo sacó del canasto
+y envolviéndolo con el paño con que venía
+cubierto, lo acarició tiernamente. Un papel se
+había desprendido de las ropas de la criatura al
+sacarla y había caído al suelo. Manuel Antonio
+lo recogió.</p>
+
+<p>&mdash;¿Lo ves, Amalia? Aquí está la madre del
+cordero.</p>
+
+<p>El papel decía en gruesos caracteres, trazados
+al parecer por tosca mano: «La madre desdichada
+de esta niña la encomienda a la caridad
+de los señores de Quiñones. No está bautizada.»</p>
+
+<p>&mdash;¡Es una niña!&mdash;exclamaron algunas señoras
+a un tiempo.</p>
+
+<p>Y en el acento con que dejaron escapar estas
+palabras no era difícil de advertir cierto desencanto.
+Se habían acostumbrado a la idea de que
+fuese varón.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué misterio será éste?&mdash;preguntó Manuel
+Antonio, mientras una sonrisa maliciosa de curiosidad
+vagaba por su rostro.</p>
+
+<p>&mdash;¿Misterio? Ninguno&mdash;manifestó con cierta
+displicencia Amalia.&mdash;Lo que se ve claramente
+es una pobre que quiere que le mantengan a su
+hija.</p>
+
+<p>&mdash;Sin embargo, hay aquí un no sé qué de extraño.
+Yo apostaría a que son personas pudientes
+los padres de esta niña&mdash;replicó el marica.</p>
+
+<p>&mdash;¡Adiós! ¡ya se nos va Manuel Antonio al folletín!&mdash;exclamó
+la dama con una risita nerviosa.&mdash;Las
+personas pudientes no dejan a sus hijos
+envueltos en estos andrajos.</p>
+
+<p>En efecto, la niña venía cubierta por unos
+trapos miserables y una manta raída y sucia.</p>
+
+<p>&mdash;Despacio, Amalia, despacio&mdash;apuntó Saleta
+con su voz clara, tranquila.&mdash;Yo he recogido
+en el portal de mi casa, hace ya muchos años,
+hallándome en Madrid, un niño que venía envuelto
+en muy toscos pañales. Al cabo de algún
+tiempo averiguamos que era hijo de una elevadísima
+persona que no puedo nombrar.</p>
+
+<p>Todos los ojos se volvieron con sorpresa hacia
+el magistrado gallego.</p>
+
+<p>&mdash;Una elevadísima persona; eso es&mdash;prosiguió
+después de una pausa, con el mismo sosiego
+impertinente.&mdash;Bien fácil era, por cierto, adivinarlo
+fijando un poco la atención en los rasgos
+de su fisonomía, enteramente borbónicos.</p>
+
+<p>El estupor de los circunstantes fue profundo.
+Se miraron unos a otros con una leve sonrisa
+burlona que, como de costumbre, Saleta pareció
+no advertir.</p>
+
+<p>&mdash;¡Atiza!&mdash;exclamó Valero.&mdash;¡Abra uzté el
+paragua, D. Zanto!</p>
+
+<p>&mdash;El niño se murió a los dos meses&mdash;prosiguió
+imperturbable Saleta.&mdash;Por cierto que cuando
+lo llevamos al cementerio se unió a la comitiva
+un coche que nadie supo a quién pertenecía.
+Yo lo conocí porque lo había visto en las
+Caballerizas reales, pero me callé.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ya ezcampa!&mdash;murmuró Valero.</p>
+
+<p>&mdash;Bien, Saleta, ya nos contará usted de día
+eso. Por la noche tales cosas espeluznan&mdash;manifestó
+el marica de Sierra guiñando el ojo a
+los otros.&mdash;Lo que hay que pensar ahora, Amalia,
+es lo que se va a hacer con esta niña.</p>
+
+<p>La dama se encogió de hombros con indiferencia.</p>
+
+<p>&mdash;Phs... no sé... La dejaremos esta noche
+aquí. Mañana le buscaremos una nodriza que
+quiera tenerla en su casa... porque en ésta, a la
+verdad, es un trastorno.</p>
+
+<p>&mdash;Si usted no quiere tenerla en casa, yo me
+encargo con mucho gusto de ella, Amalia&mdash;dijo
+María Josefa, que estaba un poco apartada paseando
+a la niña y arrullándola para hacerla
+callar.</p>
+
+<p>&mdash;No he dicho que no quería&mdash;manifestó con
+viveza la dama.&mdash;Recogeré esa niña, porque
+tengo más obligación que nadie, ya que me la
+confían... Pero, como usted comprende, para
+hacerlo necesito contar con mi marido.</p>
+
+<p>Los tertulios aprobaron estas palabras con un
+murmullo.</p>
+
+<p>Justamente se presentaba Manín preguntando
+de parte de D. Pedro qué significaba aquel ruido.
+Se le explicó. El señor de Quiñones se hizo
+trasladar de nuevo en su sillón con ruedas a la
+sala; vio a la niña y se interesó extremadamente
+por ella. Inmediatamente declaró que no saldría
+de su casa, ordenando a un criado que al
+amanecer fuese en busca de nodriza.</p>
+
+<p>Por lo pronto se trajo a la criatura leche y té
+en un frasco con pezón de goma; se la abrigó
+con más y mejor ropa. Los tertulios presenciaron
+con cariñoso interés estas operaciones. Las
+señoras lanzaban gritos de entusiasmo; se les
+arrasaban los ojos de lágrimas al ver el ansia
+con que la mamosa niña chupaba el pezón del
+frasco. Así que se hartó, despidiéronse todos de
+nuevo, no sin depositar antes cada uno un beso
+en las mejillas de la pobrecita expósita.</p>
+
+<p>El conde de Onís no había desplegado los labios
+en todo este tiempo. Se hallaba retraído en
+tercera o cuarta fila, siguiendo con ojos de
+susto los cuidados que a la criatura se prodigaban.
+Y trató de irse con disimulo sin nueva despedida;
+pero Amalia le detuvo con alarde de
+audacia que le dejó petrificado.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué es eso, conde, no quiere usted dar un
+beso a mi pupila?</p>
+
+<p>&mdash;¡Yo!... Sí, señora... no faltaba más.</p>
+
+<p>Y pálido y trémulo, se aproximó y puso sus
+labios en la frente de la criatura, mientras la
+dama le contemplaba con sonrisa provocativa y
+triunfal.</p>
+
+
+
+<hr />
+<h3><a name="III" id="III"></a>III</h3>
+
+<p class="cab">La cita.</p>
+
+
+<p>Esta fue la tercera noche en que el
+conde de Onís apenas pudo cerrar los
+ojos. Nada más natural que en las
+dos anteriores estuviese agitado, calenturiento;
+pero ahora, ¿por qué? Todo se había resuelto
+como apetecía. La empresa se había llevado a
+cabo con felicidad. No le restaba más que dormir
+tranquilo sobre su triunfo. Sin embargo, no
+era así. Apesar de su figura robusta y gallarda,
+poseía el conde un sistema nervioso excesivamente
+impresionable. La más ligera emoción
+turbaba su espíritu, le inquietaba hasta un grado
+indecible. Tal exquisita sensibilidad le venía
+por herencia y también por educación. Su padre,
+el coronel Campo, había sido un hombre
+concentrado, sensible, de una susceptibilidad
+tan delicada que le hizo mártir en los
+últimos años de su vida. Todo el mundo recordaba
+en Lancia el interesante y conmovedor
+episodio que cerró aquella vida caballeresca.</p>
+
+<p>El coronel mandaba las fuerzas de defensa de
+una plaza en el Perú cuando la insurrección de
+las colonias americanas. La plaza fue tomada
+por los insurrectos de un modo insidioso y por
+sorpresa. Un malvado denunció al coronel ante
+el gobierno de Madrid como culpable de traición,
+aseverando que se hallaba en connivencia
+y sobornado por el enemigo. Con harta precipitación,
+sin examen imparcial de los hechos y
+sin tener presente la brillante hoja de servicios
+del conde de Onís, el rey le privó de su empleo
+en el ejército y de todas las cruces y condecoraciones
+que poseía. Bajo el peso de aquella horrible
+injusticia, el pundonoroso militar quedó anonadado.
+Sus compañeros le arrancaron la pistola
+en el momento de atentar a su vida. Acompañado
+de su fiel asistente y de un primo se trasladó
+desde Madrid, adonde había venido a defenderse,
+a Lancia, donde le esperaba su esposa y su
+hijo de corta edad. La vida de familia fue un
+sedante para la terrible llaga abierta en el corazón
+del soldado. Pero aquel bravo, que tantas
+veces había desafiado la muerte, no tuvo valor
+para soportar las miradas y la curiosidad de sus
+convecinos. En vez de rebelarse contra la injusticia
+que se le había hecho, en vez de tratar de
+convencer a sus paisanos de su inocencia, lo que
+no le hubiera costado gran trabajo, porque todos
+estimaban su carácter y conocían su valor,
+lleno de vergüenza, como si realmente fuese criminal,
+huyó las miradas de la gente, se retrajo
+a su casa, y solo paseaba por la huerta que detrás
+de ella se extendía, cercada de alta y deteriorada
+tapia.</p>
+
+<p>El palacio de los condes de Onís merece especial
+mención en esta historia. Era un edificio
+antiquísimo, el más antiguo de la ciudad en
+unión de algunos restos de la primitiva basílica
+que aún quedaban en pie. No se había
+salvado otra cosa del horroroso incendio que
+en el siglo XIV había destruido la población.
+Su aspecto más era de fortaleza que de mansión.
+Pocas y estrechas ventanas cortadas por
+columnas de piedra, distribuidas caprichosamente
+por la fachada; una pared lisa de piedra,
+ennegrecida por los años; algunos agujeros
+cuadrados cerca del techo, a guisa de aspilleras;
+una gran puerta de medio punto reforzada con
+grandes clavos de acero. Por dentro era inmensa
+y tenía más alegría. El patio ancho, más ancho
+que la calle. Por la parte trasera la luz del mediodía
+bañaba sus ventanas. Los árboles de la
+huerta metían las ramas por ellas, sirviendo de
+fresca cortina para templar sus rayos. El conjunto
+de aquel vetusto caserón ofrecía misterio
+y encanto singulares para los lacienses dotados
+de imaginación, en especial para los niños, únicos
+seres que conservan, en nuestra edad prosaica,
+la fantasía despierta. Su fachada, si es que
+tal nombre puede darse a aquella lisa pared con
+pequeños huecos tirados a granel, daba a la calle
+de la Misericordia, una de las más céntricas de
+la ciudad. Una de las ventanas, quizá la más
+ancha, enfilaba la calle de Cerrajerías, y por ella
+se veía la catedral a lo lejos.</p>
+
+<p>Aquí se encerró o se sepultó el ex-coronel
+Campo, sin que bastasen los ruegos de su esposa
+y de los pocos parientes que frecuentaban su
+trato para hacerle desistir de tal resolución. Su
+ociosidad fue de provecho para la casa. Hizo
+arreglar la huerta, puso algunos miradores en la
+parte trasera, amuebló varias habitaciones, enlosó
+el patio, etc. El oscuro caserón, sin perder
+su aspecto vetusto y misterioso, se trasformó
+por dentro en agradable morada. Pero el deshonorado
+militar se consumía, se secaba dentro
+de ella como un árbol sin luz y sin agua.
+Una melancolía profunda minaba su organismo,
+le arrugaba la piel, blanqueaba sus cabellos, debilitaba
+sus piernas y ponía trémulas sus manos.
+A los cincuenta y ocho años de edad representaba
+tener setenta. Dentro de la casa no se le sentía.
+Paseaba por los corredores como un fantasma.
+Trascurrían los días sin que nadie le oyese
+el metal de la voz. Pero no se mostraba adusto
+con nadie. Una sonrisa dulce y triste vagaba
+constantemente por sus labios. No buscaba las
+caricias de su hijo, pero cuando le tropezaba casualmente
+por los pasillos le cogía la cabeza, se
+la besaba amorosamente, murmuraba algunas
+palabras tiernas en su oído y repentina y precipitadamente
+se alejaba, algunas veces con
+lágrimas en los ojos. Pensaba que era una
+gran desgracia para aquel pequeñuelo, rubio
+y hermoso como un querubín, el haber nacido
+hijo de un padre deshonrado. El infeliz le
+pedía perdón, con la mirada, de haberle engendrado.</p>
+
+<p>Hacia el año 1829, cuatro después de haber
+llegado de América, el coronel era un verdadero
+espectro. Dormía bien, comía bien, no le dolía
+nada; pero aquella vida se escapaba en efluvios
+invisibles y constantes, en lenta y pavorosa consunción.
+Su esposa hizo venir un médico, luego
+otro y otro. Todos dijeron lo mismo. Era necesario
+salir, distraerse, cultivar el trato de la gente.
+Precisamente las únicas medicinas que el conde
+estaba resuelto a no tomar. Poco a poco fue permaneciendo
+más horas en la cama; se levantaba
+tarde; se acostaba temprano. Perdió el gusto
+para trabajar en la huerta. No salía de las cuatro
+paredes de la casa. Dentro de ella dejó de ocuparse
+en las cosas que antes le entretenían; hacer
+estuches, cuidar la pajarera y otras obras manuales.
+Las pocas horas que permanecía fuera
+de la cama pasábalas, bien sentado en una butaca,
+ya paseando por los corredores en silencio.
+Al cabo dejó de levantarse. Todo esto lo recordaba
+Luis perfectamente. Entraba en su cuarto, le
+veía tendido mirando al techo con extraña y
+terrible tristeza pintada en el rostro. Al entrar
+su hijo volvía la cabeza, sonreía, le llamaba por
+señas y, después de darle un beso, le empujaba
+para que se fuese.</p>
+
+<p>Un día el niño percibió mucho ir y venir por
+casa; los criados corrían azorados, cambiaban
+entre sí palabras rápidas; los pocos parientes y
+amigos que visitaban la casa estaban todos allí
+y tenían unas caras largas, largas, que le aterrorizaban.
+Acercándose al gabinete de su padre, vio
+que levantaban un altar. Preguntó sencillamente
+lo que aquello significaba, y una criada, llevándole
+a un rincón, le dijo que no se asustase, que
+su papá había deseado confesarse y recibir la
+Comunión, y que su Divina Majestad vendría
+pronto a visitarle. Esta recomendación de no
+asustarse, hecha repetidas veces, produjo el
+efecto contrario. Comprendió que algo grave
+pasaba. En efecto, el conde de Onís se moría,
+se iba por la posta, según decían sus deudos. El
+médico ordenó que le dispusiesen.</p>
+
+<p>A las seis de la tarde, cuando ya había oscurecido,
+las puertas del palacio de Onís se abrieron
+para recibir al sacerdote portador de la Sagrada
+Hostia, que venía en el carruaje de la
+casa. Los criados y parientes esperaban en el
+portal con hachas encendidas. Una larga fila de
+personas de todas clases venía detrás, también
+alumbrando. Muchas de ellas acudían por verdadera
+devoción y por la estima que les inspiraba
+el enfermo. Las más, sólo por satisfacer la curiosidad
+de verle después de tanto tiempo, aprovechando
+aquellas críticas y solemnes circunstancias.
+Penetró hasta la habitación del moribundo
+todo el que quiso. A nadie se puso obstáculo.
+Pero no pudieron todos cumplir su gusto,
+porque no cabían. Llenose enseguida el gabinete
+del conde de una muchedumbre abigarrada,
+personas decentes, menestrales, niños, todos empinándose
+para contemplar al prócer caído en la
+desgracia, y que ahora iba a caer en el oscuro
+seno de la muerte, en el eterno olvido. El deán
+de la catedral, su amigo y confesor, avanzó con
+la Hostia levantada. Los presentes se hincaron
+de rodillas. Reinó un silencio lúgubre. En aquel
+momento el enfermo, a quien habían incorporado
+dijo en voz alta, dirigiéndose a los circunstantes
+arrodillados:</p>
+
+<p>&mdash;Juro por el Dios Sacramentado, que va a
+entrar en mi cuerpo, que no he sido traidor a mi
+patria, y que en la guerra de América me he
+portado siempre como un militar honrado y
+leal.</p>
+
+<p>Su voz, que parecía salir de un cadáver, resonó
+clara y estridente en la cámara. Hubo un
+murmullo reprimido entre la gente. El deán, con
+lágrimas en los ojos, respondió:</p>
+
+<p>&mdash;¡Bienaventurados los que padecen hambre
+y sed de la justicia!</p>
+
+<p>Y le puso la sagrada partícula en la boca.</p>
+
+<p>La noticia voló por la ciudad. Aquel extraño
+y terrible juramento, que se repetían unos a
+otros, causó impresión profunda en el público.
+Los parientes y amigos del conde peroraban con
+exaltación en todos los grupos. A uno de aquéllos
+se le ocurrió dirigir una exposición al rey,
+firmada por todos los vecinos, pidiendo que se
+revisase de nuevo el proceso del coronel. Pero
+ya se le había adelantado el deán, hombre fogoso
+y elocuente, que logró que el obispo y el
+cabildo le diesen su representación para ir a
+Madrid a gestionar la rehabilitación de su amigo
+de la infancia. Éste había mejorado un poco:
+por lo menos, la enfermedad se había estacionado.
+La consunción seguiría, pero al exterior no
+se notaba. No se le dijo nada de lo que se tramaba.
+El deán tuvo tiempo a ir a Madrid, lograr
+una audiencia del rey, hablarle al alma
+pintándole con elocuencia el solemne juramento
+que había escuchado, recabar de S. M. un real
+despacho reintegrando al conde en todos sus honores,
+cruces y condecoraciones, y volverse a
+Lancia loco de ansiedad. ¡Qué alegría cuando
+supo que su amigo no había expirado! Desde la
+galera acelerada en que hizo el viaje corrió al
+palacio de Onís y con las debidas precauciones
+para no impresionarle demasiado le comunicó
+la fausta nueva.</p>
+
+<p>El coronel quedó algunos momentos ensimismado
+con la cara metida entre las manos.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué hora es?&mdash;preguntó al cabo.</p>
+
+<p>&mdash;Las doce acaban de dar.</p>
+
+<p>&mdash;¡A ver, pronto, mi uniforme!&mdash;exclamó con
+extraña energía incorporándose sin ayuda de
+nadie.</p>
+
+<p>&mdash;¡Rayo de Dios! ¡Enseguida, mi uniforme!&mdash;volvió
+a proferir con más violencia, viendo
+que nadie se movía.</p>
+
+<p>La condesa fue al armario y lo trajo al fin. Se
+hizo vestir rápidamente, se puso sobre el pecho
+la banda de Carlos III y todas las cruces que había
+ganado. Eran tantas que, no cabiendo en el
+costado izquierdo, tenían que ir algunas al derecho.
+En esta forma se hizo conducir a la ventana
+que enfilaba la calle de Cerrajerías, y allí se
+colocó en pie. No tardaron en salir los fieles de
+misa de doce, la más concurrida de las que se
+celebraban los domingos. Todos pudieron contemplar
+ya desde lejos aquella figura extraña,
+aquel cadáver vestido de gran uniforme. Y con
+un sentimiento de asombro, de respeto y de compasión,
+todos desfilaron en silencio por debajo
+de la ventana, sin poder separar los ojos de ella.
+Durante tres domingos consecutivos el coronel
+tuvo fuerzas para levantarse y colocarse en el
+mismo sitio. Allí permanecía media hora inmóvil
+ostentando sus insignias con los ojos extáticos
+en el vacío, sin ver ni oír a la muchedumbre
+que se agrupaba delante del palacio y se lo mostraban
+unos a otros poseídos de grave y dolorosa
+emoción. Al cuarto quiso hacer lo mismo, se
+incorporó con violencia para que le vistieran,
+pero volvió a caer al instante sobre las almohadas
+para no levantarse más. Por la noche entregó
+el alma a Dios aquel bravo y pundonoroso
+soldado.</p>
+
+<p>¡Pobre padre! El conde no podía recordar
+aquella escena, que había quedado profundamente
+grabada en su cerebro, sin que las lágrimas
+se le agolparan a los ojos. De él había heredado
+la exquisita delicadeza en el sentir, una
+susceptibilidad que llegaba a ser enfermiza, no
+la serenidad, la iniciativa, la firmeza inquebrantable
+que realzaban el alma del coronel Campo.
+El actual conde tenía un temperamento excesivamente
+sensible y tierno, un fondo de honradez
+y de vergüenza que era el patrimonio moral
+de los Campo. Mas estas cualidades se contrarrestaban
+por un carácter débil, fantástico,
+sombrío, el cual le venía, sin duda, de la familia
+de su madre.</p>
+
+<p>D.ª María Gayoso, condesa viuda de Onís,
+hija del barón de los Oscos, era un ser original,
+tan excepcionalmente original que rayaba en lo
+inverosímil. En toda su familia, desde tres o
+cuatro generaciones hasta ella por lo menos, había
+apuntado algo estrambótico que en algunos
+de sus miembros tocaba en las lindes de la locura
+y en otros entraba de lleno dentro. Su abuelo
+había sido un empedernido ateo partidario de
+Voltaire y la Enciclopedia que a última hora se
+había entregado a la embriaguez, y según la conseja
+del pueblo fue arrastrado un día por los demonios
+al infierno. En realidad murió de combustión
+espontánea, lo que pudo dar pábulo a semejante
+fábula. Su padre fue un mentecato a
+quien su madre, mujer de rara energía, tuvo siempre
+esclavizado hasta la degradación. De sus
+tíos, uno paró en el manicomio, otro fue notabilísimo
+matemático, pero tan excéntrico que
+sus rarezas se guardaban en Lancia como manantial
+de anécdotas chistosas; otro se metió en la
+aldea, se casó con una labradora y se mató a fuerza
+de aguardiente. No tenía más que un hermano,
+el actual barón de los Oscos. También era
+un ser original y excéntrico. Al comenzar la
+guerra civil se pasó al bando del Pretendiente
+e ingresó en su ejército, pero a condición de
+servir como soldado raso. Toda la campaña
+hizo de esta suerte. No fue posible, por más
+empeño que en ello pusieron los magnates que
+rodeaban a D. Carlos y el mismo rey, obligarle
+a aceptar el despacho de oficial. Fue herido
+varias veces y una de ellas de tan mala manera,
+en la cara, que le quedó una profunda cicatriz.
+Como su rostro era ya de lo más desgraciado
+que pudiera verse, aquel surco sinuoso
+y colorado acabó de prestarle una apariencia
+monstruosa y hasta temible.</p>
+
+<p>Era más joven que su hermana María. No llegaba
+aún a los cincuenta años. Vivía célibe y
+solo en la casa solariega que los Oscos tenían
+en la calle del Pozo, nada magnífica por cierto.
+Iba rara vez por casa de su hermana, no por antipatía,
+sino por lo retraído y áspero de su genio.
+Salía poco de casa, sobre todo de día. Tenía
+contadísimos amigos. El más íntimo de todos,
+el único puede decirse que gozaba de
+su intimidad, un fraile exclaustrado, que antes
+de ordenarse había servido en las filas del
+ejército como oficial. Fray Diego era su perpetuo
+camarada. El barón, por su carácter sombrío,
+por sus excentricidades, y sobre todo
+por lo espantable de su rostro, inspiraba general
+temor en la población. Los niños sentían
+en su presencia un terror pánico. Los padres
+y las niñeras, para reducirlos a la obediencia,
+les amenazaban con él:&mdash;¡Se lo voy a decir
+al barón!&mdash;¡Que viene el barón!&mdash;Hoy he visto
+al barón y me preguntó si eras obediente, etc.
+Y el barón, por su gesto, constantemente desabrido,
+por lo bronco y recio de la voz y por la
+brusquedad con que acostumbraba a hablarles,
+era para las inocentes criaturas un verdadero
+ogro. Iba constantemente armado de un
+par de pistolas; el estoque de su bastón era un
+verdadero sable. Se decía que había disparado
+sobre un criado sólo porque le había abierto una
+carta, y que en varias ocasiones había cogido a
+los niños que se atrevían a hacerle muecas en
+la calle, los metía en la cuadra, los desnudaba y
+los azotaba cruelmente con las correas del freno
+de su caballo. Verdaderos o inventados estos
+cuentos, contribuían a acreditarle entre el elemento
+infantil de Lancia como un monstruo de
+ferocidad del cual había que huir, si el temblor
+de las piernas lo consentía.</p>
+
+<p>Una de las cosas que más coadyuvaban a infundir
+el terror en los pequeños y cierto respeto,
+no exento de miedo, en los grandes, era el caballo
+que el barón poseía; un caballo de ojo ardiente
+y feroz y de genio tan furioso que nadie
+osaba montarle más que él y su amigo Fray
+Diego, que había servido en caballería. Para sacarlo
+a beber lo llevaban siempre del diestro, y
+aun así el indómito bruto iba tirando saltos y
+coces, poniendo en conmoción a los transeúntes.
+Cuando el barón lo montaba, y dando corcovos
+y alzándose de brazos salía de casa, la
+calle se estremecía, los vecinos se asomaban a
+las ventanas, los niños se refugiaban en las faldas
+de sus madres, todos contemplaban atónitos
+aquel centauro temeroso. Realmente el barón de
+los Oscos en tal momento, con su rostro desfigurado,
+los ojos encarnizados, los grandes bigotes
+empalmados con las patillas, cerdosos y erizados,
+y el formidable torso pegado al caballo, era
+una figura que infundía espanto. Había que remontarse
+con la fantasía a la irrupción de los
+bárbaros para hallar algo semejante. Ni Alarico,
+ni Atila, ni Odoacro debían de tener aspecto más
+feo y siniestro ni producir más grima. Júzguese
+del efecto que causaría entre los vecinos tímidos
+cuando una temporada le dio por salir a caballo
+pasada la medianoche y recorrer las calles de
+la ciudad acompañado de un criado, caballero
+asimismo en otro corcel.</p>
+
+<p>La condesa de Onís era dentro de su sexo un
+tipo tan estrafalario, por lo menos, como su hermano.
+Bajita, rechoncha, cara redonda y pálida
+con ojos negros y muertos, el cabello pegado a
+las sienes con goma de membrillo, vestida constantemente
+con el hábito morado del Nazareno.
+Vivía recluida en su palacio como una
+monja en el convento. Vivía entregada en absoluto
+a la devoción, pero a una devoción caprichosa,
+fantástica, en nada parecida a la que
+practican las almas verdaderamente místicas.
+Toda su vida había dado señales de un humor
+excéntrico, mas desde la muerte del conde se
+había pronunciado tanto que bien podían tomarse
+sus excentricidades como manías, y no de las
+más leves. Cuando joven había mostrado una
+naturaleza tan púdica que rayaba por su exageración
+en lo ridículo. Sus amigas la embromaban
+no pocas veces afectando cierta libertad en
+el hablar. Tan castísimos eran los oídos de la
+doncella de los Oscos, que los de una miss inglesa
+parecerían los de un sargento a su lado. No podía
+sufrir que la ropa interior de su hermano fuese en
+unión con la suya cuando la lavandera la llevaba
+o la traía. Si aquél le entregaba unos pantalones
+para que le cosiera un botón, cumplido el
+encargo corría a su cuarto y se lavaba bien las
+manos, y aun dicen que se echaba en ellas algunas
+gotas de agua bendita. Apretábase el seno
+hasta hacerse daño; subía el cuello de los vestidos
+contra las prescripciones de la moda; no se mudaba
+la camisa sino a oscuras, y cuando no tenía
+los guantes puestos jamás daba la mano a un
+hombre. La historia de su casamiento fue verdaderamente
+curiosa, llena de incidentes cómicos
+que se repitieron durante mucho tiempo por
+la ciudad. Sobre todo lo que acaeció en la primera
+noche de novios, verdadero o inventado,
+era muy gracioso y digno de figurar en una novela
+de Paul de Kok.</p>
+
+<p>Durante el matrimonio esta virtud de la castidad
+templose un poco. Casi parece excusado
+decirlo. Mas luego que quedó viuda volvió a
+exacerbarse de modo notable. Sobre todo, en
+los últimos años adquirió aspecto de locura.
+Cuando se rezaba el rosario, que era dos veces
+al día, mandaba previamente una criada al gallinero
+para apartar, mientras durase, al gallo de
+las gallinas; luego la ordenaba separar las cucharas
+de los tenedores y los corchetes machos
+de las hembras. Por último, la hacía situarse en
+una ventana de la fachada lateral de la casa para
+impedir que ninguno orinara en el rincón donde
+los transeúntes solían hacerlo. Un día vino el
+cochero a decirle que una de las yeguas estaba
+en el celo. Tanto se indignó que, después de haber
+reñido ásperamente por la osadía de notificarle
+tal asquerosidad, mandó inmediatamente
+venderla. Una vez que sorprendió al mozo de
+cuadra dando un beso a la cocinera se puso enferma
+del disgusto. Ambos salieron inmediatamente
+de la casa.</p>
+
+<p>Le gustaba, no obstante, tener tertulia a primera
+hora de la noche, pero de clérigos solamente.
+Acostumbraba a sentarse en una butaca, delante
+de la cual, con intención o sin ella, probablemente
+con intención, colocaba dos sillas de suerte que
+parecía estar detrás de una valla. Poco después
+de entrar los presbíteros y animarse la conversación,
+la condesa se dormía profundamente, y
+así estaba hasta las nueve en que las sotanas se
+despedían, por supuesto sin darle la mano. Como
+la casa tenía capilla, salía poquísimas veces, y
+esas en coche. Guardaba todo el oro, que llegaba a
+sus manos, en los parajes más ocultos del desván
+o de la huerta. Algunas veces por esta avaricia,
+o más propiamente por esta manía de urraca, la
+casa se vio en verdaderos aprietos: consintió en
+que su hijo pidiera a préstamo algunas cantidades
+antes que desenterrar las peluconas. Era
+además golosa, muy golosa, capaz de comerse
+una fuente de confites sin asomos de indigestión.
+Pero no habían de ser fabricados por las monjas:
+por extraña contradicción con sus piadosas inclinaciones,
+odiaba todo lo que olía a convento.</p>
+
+<p>Pues por esta mujer estrambótica, bien podemos
+decir loca, fue educado el actual conde de
+Onís. Su carácter se resintió muchísimo. Para
+contrarrestar aquella excesiva sensibilidad, aquel
+temperamento débil y vacilante y el humor fantástico
+y sombrío de que daba en ocasiones tristes
+muestras, se hubiera necesitado una educación
+viril al aire libre, un maestro inteligente y
+enérgico que supiera despertar en su organismo
+el brío y la resolución de los Campo. Sucedió lo
+contrario desgraciadamente. La condesa se empeñó
+en que no siguiese carrera que le apartase
+de Lancia. Estudió, pues, en la universidad del
+pueblo la carrera de jurisprudencia, que es la
+capa con que los jóvenes ricos tapan su propósito
+de holgar toda la vida. Mientras duró, y mucho
+tiempo después de terminada, la condesa le tuvo
+sujeto a su autoridad de un modo que resultaba
+ridículo. Jamás salía de casa sin pedirle permiso,
+no fumaba en su presencia, se recogía al oscurecer,
+rezaba el rosario, confesábase cuando
+ella lo ordenaba. Mientras su cuerpo se desarrollaba
+prodigiosamente, se trasformaba en un
+mancebo bizarro y atlético, su espíritu continuaba
+tan infantil y sumiso como si nunca pasara
+de diez años. En esta vida retraída y afeminada
+agravose la nativa timidez de su carácter, su sensibilidad
+delicada se hizo enfermiza, su genio
+sombrío y receloso. Y lo más lamentable era
+que, sin ser una lumbrera, estaba dotado de clara
+inteligencia y poseía una penetración frecuente
+en los hombres reservados y tímidos. Carecía
+de ilustración y de experiencia; pero sabía
+mantener discretamente una conversación y
+no se le escapaban los defectos del prójimo.
+Como casi todos los seres débiles, gozaba a veces
+malignamente a costa de ellos. Es la venganza
+que la gente sin carácter toma de quienes lo poseen
+demasiado vigoroso y espontáneo. No obstante,
+estas ráfagas de ironía y malignidad no
+eran en él frecuentes. Aparecía más bien como
+un joven prudente, reservado, melancólico, de
+trato cortés y caballeroso, de corazón sensible,
+lleno de cariño y de respeto hacia su madre.</p>
+
+<p>Después que concluyó la carrera tuvo sus anhelos
+y aun proyectos de salir de Lancia, de ir a
+la corte, de viajar durante algún tiempo. Bastó,
+sin embargo, la negativa de la condesa para contenerle
+y hacerle desistir. Prosiguió, pues, su
+vida de holganza, mayor aún desde que no tenía
+siquiera la obligación de mirar de vez en cuando
+los libros de jurisprudencia.</p>
+
+<p>Sólo la entretenía dedicándose a temporadas
+al cultivo de ciertos oficios manuales, y con la
+lectura de las obras románticas entonces muy en
+boga. Se hizo hábil ebanista, no tanto como
+su padre; luego le dio por la relojería. Últimamente
+tomó afición a una finca de labor y recreo
+que poseía en las inmediaciones de la población
+y comenzó a mejorarla notablemente. Denominábase
+la Granja: distaba poco más de dos kilómetros
+de Lancia: tenía una casa grande y vieja
+y destartalada: a espaldas de ella un hermoso
+bosque de robles y delante grandes y feraces praderas.
+Comenzó a ir todas las tardes después de
+comer; crió ganado vacuno y también algunos
+caballos, plantó árboles, abrió canales y levantó
+cercas. En la casa apenas tocó. En esta nueva
+afición ganó su cuerpo, que se hizo más duro y
+más ágil, y también su carácter. La melancolía,
+que tanto le atormentaba, se fue templando, serenose
+su espíritu, fue adquiriendo más firmeza
+en el trato de la gente y más seguridad de sí
+mismo, y ciertos accesos de humor negro, de
+rabia y desesperación que sin causa alguna le
+acometían de raro en raro y le hacían aparecer
+ante los criados como un epiléptico, desaparecieron
+por completo. De esta suerte llegó hasta
+los veintiocho años, en que comenzó a frecuentar
+la casa de Quiñones, y su vida experimentó
+profunda trasformación.</p>
+
+<p>Eran las nueve de la mañana cuando el criado
+le despertó de un sueño agitado, incompleto, para
+entregarle una carta. La dejó caer con afectada
+indiferencia sobre la mesa de noche; mas luego
+que el criado se fue apresurose a cogerla y la
+abrió con visible agitación. Aunque hacía ya
+cerca de dos años que duraban sus relaciones con
+Amalia, nunca abría carta de ésta sin que le
+temblasen las manos. Verdad que se escribían
+poquísimas veces. Pero más que la rareza de las
+cartas contribuía sin duda a turbarle el profundo
+amor que en su naturaleza sensible y tímida
+había arraigado.</p>
+
+<p>«Esta tarde a las tres. Por la tribuna,» decía
+la carta únicamente. Su turbación no se disipó
+por completo. Las citas como aquélla eran extremadamente
+peligrosas; le causaban, enmedio
+de su felicidad, una impresión de miedo que no
+podía vencer. Había rogado a Amalia que las suprimiese;
+pero no le hizo caso alguno. Y él se
+consideraba absolutamente incapaz de oponerse
+a su voluntad. Pasó la mañana nervioso, alterado.
+Para calmarse dio un paseo a caballo; llegó
+hasta la Granja; pero volvió al cabo con la misma
+intranquilidad que había salido.</p>
+
+<p>Cuando llegó la hora señalada salió de casa y
+tomó la calle de Cerrajerías. Era la hora en que
+apenas se ve un transeúnte. Los vecinos de Lancia
+comen generalmente a las dos. A las tres
+están, pues, de sobremesa o reposando. Al final
+de Cerrajerías, en la esquina de la calle de Santa
+Lucía, está la iglesia de San Rafael, que tiene
+su entrada principal por aquélla. El conde
+penetró en el templo, después de tomar agua bendita,
+como el que va a hacer sus oraciones. Estaba
+enteramente solitario, o al menos así le pareció
+a la primera ojeada. A los pocos minutos,
+acostumbrados ya sus ojos a la oscuridad, percibió
+dos o tres bultos diseminados por él y postrados
+en oración. Arrodillose él también en el
+fondo oscuro, cerca de la puertecita de la escalera
+que conducía a la tribuna de los Quiñones, y
+fingió orar unos momentos. Aquello le repugnaba
+profundamente. Era un creyente sincero,
+y la piadosa y severa educación que había tenido
+le hacía horrorizarse de tal sacrilegio. Se le
+había pegado el fanatismo de su madre: tenía un
+miedo espantoso al infierno. También Amalia
+era creyente y aun pasaba en la población por
+piadosa; pertenecía a varias cofradías; era protectora
+de algunos asilos; hacía frecuentes regalos
+a las imágenes y se la veía acompañada de
+clérigos. Pero miraba aquella profanación con la
+mayor indiferencia. La religión era para ella
+cosa muy respetable, pero más respetables aún
+su voluntad y sus placeres.</p>
+
+<p>Al cabo de unos minutos el conde se levantó
+cautelosamente y tiró de la puertecita, que una
+mano previsora había ya abierto de antemano.
+Tornó a llegarla y subió por la estrechísima escalera
+de caracol. La pequeña tribuna de la
+casa Quiñones estaba aún más oscura que la
+iglesia. Buscó a tientas la puerta del pasadizo y
+la empujó; mas como tenía cierre de cristales y
+podían verle desde la calle, se echó a gatas para
+atravesarlo. En la puerta que comunicaba con la
+casa estaba Jacoba esperándole. Era ésta una
+mujer de más de cincuenta años, obesa, con un
+vientre colosal, que se movía con trabajo, la respiración
+anhelante, embotada por la grasa y hablando
+siempre en voz de falsete. La suma discreción,
+la encarnación verdadera del sigilo.
+Nunca habían tenido otro confidente; nadie en
+el mundo más que ella estaba enterada de sus
+amores, y en el curso de ellos les había servido
+prodigiosamente; fue su centinela, su salvador
+en muchas ocasiones, su ángel tutelar siempre.
+No era sirviente de la casa, sino protegida de la
+señora. Dedicábase a correr los géneros de las
+tiendas, a traerlos a las casas, ganando por ello
+pequeñísima comisión. Esto no le bastaba para
+vivir aunque era ella sola y una sobrina. Pero
+en varias casas le hacían encargos de distinta
+índole y la ayudaban de mil maneras. Sobre
+todo en la señora de Quiñones había encontrado
+una protectora decidida. Cuando llegó a
+ser su confidente puede decirse que halló una
+verdadera mina. Amalia pagaba con largueza
+sus servicios que, en realidad, bien merecían recompensa
+extraordinaria.</p>
+
+<p>La medianera se llevó el dedo a los labios recomendando
+silencio al conde, así que éste franqueó
+la puerta. Recomendación bien excusada
+por cierto, porque hasta la respiración iba conteniendo
+por no hacer ruido. Luego, adelantándose
+un poco para explorar el terreno, le hizo
+seña para qué la siguiese. Atravesaron un corredor,
+pasaron por delante de la escalera principal
+sin ascender por ella de miedo a encontrarse
+con algún criado, y fueron a buscar a la biblioteca
+una escalerita excusada que allí había para
+subir al segundo. El conde avanzaba de puntillas
+con el corazón palpipante. Aunque ya había
+penetrado otras veces en casa de Quiñones de
+aquella manera, le parecía siempre el colmo de
+la temeridad y maldecía en su interior del atrevimiento
+y despreocupación de su amante. Llegaron
+al fin al gabinete de la señora. La puerta
+se abrió sin que se viese a nadie. Jacoba empujó
+suavemente al conde, quedando ella fuera. La
+mano de Amalia, que se presentó de improviso,
+volvió a cerrar, y súbito, con arrebatado ademán,
+echó los brazos al cuello de su querido y le besó
+con apasionada ternura. Él, cohibido, agitado
+aún por la ascensión y trémulo, permaneció quieto,
+sin corresponder a tales manifestaciones de
+cariño. La dama le dio un golpecito maternal
+con la palma de la mano en la mejilla.</p>
+
+<p>&mdash;Serénate, poltrón, que nadie te come aquí.</p>
+
+<p>Luis hizo un esfuerzo por sonreír y se
+dejó caer en una marquesita forrada de raso
+azul.</p>
+
+<p>El gabinete de Amalia contrastaba por su lujo
+coquetón con el abandono que reinaba en el resto
+de la casa. Las paredes cubiertas de tapices
+soberbios, los mejores de la colección que la
+familia poseía; los muebles flamantes, estilo
+Luis XV, traídos de Madrid con la magnífica
+cama de ébano incrustada de marfil que se veía
+en la alcoba, en los primeros meses del matrimonio,
+cuando D. Pedro se esforzaba inútilmente
+en ganar el corazón de su joven esposa. Respirábase
+allí una atmósfera perfumada, sensual,
+que denunciaba los gustos refinados que la dama
+forastera había traído allá de otras tierras a la
+severa mansión de los Quiñones.</p>
+
+<p>Sentose sobre las rodillas del conde, y tirándole
+de la barba, exclamó conteniendo a duras
+penas los gritos, con una alegría reprimida que
+le brillaba en los ojos, que estallaba por todos
+los poros:</p>
+
+<p>&mdash;¿Lo ves? ¿Lo ves como hemos vencido?
+¿Lo ves como se han salvado todos esos obstáculos
+que se te amontonaban en la cabeza y no
+te dejaban ver claro? No ha sido necesario más
+que un poco de audacia y que Dios nos ayudase.</p>
+
+<p>&mdash;¡Dios!&mdash;murmuró estremeciéndose el conde.</p>
+
+<p>Ella sintió que había hecho mal en apelar a la
+divinidad, y se apresuró a decir con desenfado:</p>
+
+<p>&mdash;Quise decir la suerte... Vamos, no empieces
+a ponerte cargante y tristón... Éste es un
+momento de felicidad para nosotros... Lo estoy
+tocando y me parece mentira... Mi hija, la hija
+de mis amores, viviendo conmigo, pudiendo verla
+y besarla a todas horas... ¡Qué hermosa es!...
+No pude contemplarla a mi gusto hasta esta mañana;
+pero hoy me he saciado bien... Se parece
+a tí... sobre todo esta parte de aquí arriba, del
+entrecejo. Jacoba dice que la boca es mía... No
+me pesa&mdash;añadió sonriendo con coquetería.&mdash;Otra
+cosa peor pudiera sacar de mí, ¿verdad?</p>
+
+<p>&mdash;Para mí todo es igualmente hermoso.</p>
+
+<p>&mdash;¡Vamos!&mdash;exclamó la dama echándose hacia
+atrás y clavándole una mirada de burla cariñosa.&mdash;Al
+fin has recobrado el uso de la palabra...
+Pues bien&mdash;añadió en tono serio,&mdash;tú no
+sabes las vueltas que hemos tenido que dar esta
+mañana para buscarle nodriza. Me han traído
+tres. Ninguna me ha gustado. Al fin la cuarta
+se quedó. ¡Y qué lindamente comenzó a chupar
+el ángel mío! Me costaba trabajo no saltar de
+alegría... ¡como me cuesta ahora!... Pero seamos
+graves... seamos graves y cargantes como
+el señor conde... Dime, fastidioso, ¿cómo te has
+arreglado para traerla? Cuéntame. ¡Qué cara
+tenías ayer noche al abrir la puerta del salón!</p>
+
+<p>&mdash;La cosa no era para menos. A las nueve fui
+a buscarla a casa de Jacoba. Ya te lo habrá dicho
+ella. Me pasé allí cerca de dos horas. Y
+como si el diablo quisiera mortificarnos, la criatura
+chillaba sin cesar...</p>
+
+<p>&mdash;Sí, sí, ya sé todo eso... ¿Y luego?</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué noche! Los chubascos se repetían sin
+cesar. Las calles estaban perdidas, sobre todo
+por aquellos barrios extraviados. Me remangué
+los pantalones casi hasta la rodilla, porque ¿cómo
+iba a entrar manchado de barro en tu salón?
+Quise sostener el canastillo en un brazo y llevar
+el paraguas abierto en la otra mano. Fue
+imposible. A los pocos pasos me volví y le dejé
+el paraguas a Jacoba. ¡Qué peregrinación, cielo
+santo! ¡Qué angustia! El viento me bajaba a
+cada instante el embozo de la capa, la lluvia me
+azotaba la cara y me entraba por el cuello. Tenía
+miedo que me mojase la niña. Además iba
+temiendo resbalar. ¡Figúrate si caigo en aquel
+momento! El viento soplaba a veces tan recio
+que me impedía dar un paso. Bien puedes creerme
+que estuve tentado a dar la vuelta y dejarlo
+para otro día.</p>
+
+<p>&mdash;Lo creo sin que me lo jures. Demasiado sé
+que te ahogas en un plato de agua.</p>
+
+<p>Él le dirigió una larga y triste mirada de reconvención.
+Amalia soltó a reír y, abrazándole
+y besándole con efusión, exclamó:</p>
+
+<p>&mdash;No hagas caso, pobrecito. ¿Piensas que no
+te compadezco? El trance ha sido bien duro. Te
+has portado como un héroe.</p>
+
+<p>El conde, bajo el peso de aquellos elogios, se
+ruborizó. La conciencia le gritaba que no los
+merecía. Se acordó de la terrible prueba por que
+acababa de pasar Amalia, y dijo:</p>
+
+<p>&mdash;¡Tú sí, tú sí que has debido de padecer!
+¿Cómo te encuentras? Ha sido una imprudencia
+bajar tan pronto la escalera.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh! Yo, aunque parezco débil, soy una
+roca.</p>
+
+<p>&mdash;Bien lo has demostrado. ¡Padecer esos tremendos
+dolores sin exhalar ni una queja!</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué sabes tú de esos dolores, tonto?&mdash;dijo
+poniéndole una mano en la boca.&mdash;¿Has parido
+alguna vez?</p>
+
+<p>&mdash;Luego cuatro días solamente en la cama&mdash;prosiguió
+el joven separando dulcemente aquella
+mano y besándola al mismo tiempo,&mdash;y al
+quinto bajar al salón.</p>
+
+<p>&mdash;Pues ya estás viendo que no me ha pasado
+nada. ¡Oh, si no llego a bajar ayer, de fijo Quiñones
+me manda al médico! Ya desde el segundo
+día estaba empeñado en que subiese... Pero
+¿no sabes? Está enamorado, loco por la chiquilla.
+Toda la mañana ha tenido a la nodriza en su
+cuarto. ¡Y se le ocurren unas cosas tan peregrinas!
+Dice que esta niña nos la envía Dios para
+consolarnos de no tener familia...</p>
+
+<p>El conde volvió a ponerse serio, taciturno,
+mientras en los labios de la dama se dibujaba
+una sonrisa de cruel ironía.</p>
+
+<p>&mdash;A todo esto no has preguntado por ella, padre
+desnaturalizado&mdash;dijo metiendo sus dedos
+finos y blancos por la gran barba rizosa y bermeja
+de su amante.&mdash;Porque eres su padre, sí,
+su padre. ¿A que no lo niegas?&mdash;añadió acercando
+con mimo su rostro al de él y poniéndole los
+labios en el oído.&mdash;Voy a traértela.</p>
+
+<p>&mdash;Pero ¿va a venir el ama?&mdash;preguntó él con
+terror.</p>
+
+<p>&mdash;No, hombre, no&mdash;replicó riendo.&mdash;Vendrá
+ella solita. Verás qué bien camina ya.</p>
+
+<p>El conde abrió los ojos con una expresión estúpida
+que la hizo reír aún más. Se puso en pie
+y abriendo la puerta cuchicheó un instante con
+Jacoba, que estaba fuera de centinela. Al cabo
+de pocos minutos la obesa medianera abrió otra
+vez la puerta cautelosamente y les entregó la
+niña dormida. Amalia se sentó, haciéndola descansar
+en su regazo. Ambos la contemplaron
+largo rato en silencio con éxtasis, pendientes del
+levísimo soplo que hinchaba y deshinchaba
+aquel tierno cuerpecito. Fue un instante feliz.
+El conde, olvidado de sus temores, se calmó:
+una sonrisa de vivo placer se esparció por su
+fisonomía dulce y melancólica. Trascurrían los
+minutos, y ni uno ni otro rompían aquel silencio
+dichoso ni se distraían un punto de la atención
+intensa en que sus espíritus se confundían.
+Aquel ser diminuto, inconsciente, aquel pedacito
+de carne rosada se reflejaba igualmente en
+sus ojos y ataba con hilos invisibles sus almas
+y sus vidas.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué hermosa es! Se parece a tí&mdash;murmuró
+el conde con tan blando acento que apenas si
+llegó a los oídos de su amante.</p>
+
+<p>&mdash;Aún más a tí&mdash;respondió ésta en la misma
+voz apagada.</p>
+
+<p>Luego, por un movimiento simultáneo, ambos
+volvieron la cabeza y se miraron larga, intensamente,
+con amor.</p>
+
+<p>&mdash;Te adoro, Amalia&mdash;dijo él.</p>
+
+<p>&mdash;Te quiero, Luis&mdash;respondió ella. Sus manos
+se buscaron y se apretaron tiernamente: sus cabezas
+se inclinaron para cambiar un beso casto.</p>
+
+
+
+<hr />
+<h3><a name="IV" id="IV"></a>IV</h3>
+
+<p class="cab">Historia de aquellos amores.</p>
+
+
+<p>Casto, sí. Quizá el primero en sus ya
+largos amores. Todo lo que de tierno
+y poético se desprendía de ellos, como
+un perfume, vino de pronto a embriagarlos, a
+hacerlos dichosos. Se desvaneció el remordimiento,
+que pesaba sin cesar en el alma delicada
+del conde, la agitación insana que a ambos
+atormentaba, el ardor, la violencia, la amargura
+qué iba oculta en el fondo de sus deliquios amorosos
+como el gusano en el cáliz de la rosa. No
+quedó más que el amor puro, el amor satisfecho,
+el amor consagrado por la santa y misteriosa
+fuerza de renovación que habita en el seno de la
+naturaleza.</p>
+
+<p>¡Si se hubieran conocido antes! ¡Cuántas veces
+se habían repetido esta frase de los adúlteros!
+Si se hubieran conocido antes, probablemente se
+hubieran separado sin sentir el más insignificante
+movimiento de atracción. El amor se alimenta
+principalmente de dificultades, le placen los terrenos
+movedizos batidos por la borrasca. El de
+ellos no pudo hallar tierra más adecuada ni circunstancias
+más favorables para su germinación.</p>
+
+<p>Como se sospechaba en Lancia, el matrimonio
+de Amalia con D. Pedro fue impuesto a
+aquélla por su familia, que agonizaba de hambre.
+D. Antonio Sanchiz, padre de la dama, era
+un mayorazgo valenciano que había consumido
+con el juego y las mujeres las tres cuartas partes
+de su hacienda. La cuarta que restaba se encargó
+de consumirla por los mismos medios su
+hijo primogénito, que había heredado idénticos
+gustos. Amalia era la última de los cinco hermanos,
+cuatro hembras y un varón. Su hermana
+primera, a quien habían tocado aún algunos rayos
+débiles del esplendor de la casa, logró casar
+ventajosamente con el hijo de un banquero rico.
+Nada aprovechó a su familia. Ni D. Antonio ni
+su hijo Antoñito pudieron ver el color de las
+monedas de su yerno y cuñado respectivamente.
+Las otras dos también casaron con jóvenes distinguidos,
+pero sin dinero. Amalia floreció enmedio
+de la total ruina de su casa. Ni su figura
+graciosa y delicada, ni su clara estirpe le valieron
+para llamar la atención de los hombres.
+El conocido desastre de la casa y la deplorable
+reputación de su padre y hermano pusieron en
+torno de ella una valla que ninguno se atrevía a
+saltar. Bien lo echó de ver enseguida y rehuyó
+enamorarse de los que, por pasatiempo o galantería,
+la festejaban. No era tipo acabado de belleza;
+faltábale gallardía en la figura, amplitud de
+formas, color en las mejillas. Mas apesar de su
+cuerpecito menudo y no del todo bien conformado,
+y de la palidez constante de su rostro,
+poseía especial atractivo, que cuantos la veían,
+y aún más los que la trataban, se complacían
+en afirmar. Provenía éste principalmente de
+sus grandes ojos negros expresivos: el alma se
+asomaba a ellos reflejando las más leves y fugaces
+emociones; ora ardían con fuego malicioso
+revelando la pasión recóndita, insaciable, ora se
+aquietaban extáticos, límpidos, en arrobo místico;
+ahora brillaban alegres y bulliciosos, enseguida
+melancólicos, tan pronto secos como húmedos,
+tan pronto tiernos como iracundos. Provenía también
+de su movilidad, de la agudeza de su ingenio
+y del metal de su voz simpático e insinuante.
+Era, en suma, una mujer graciosa e interesante.</p>
+
+<p>No se sabe si por orgullo o porque realmente
+su temperamento ardiente y borrascoso le solicitase
+a ello, mostrose desdeñosa con los jóvenes
+ricos que galantemente la requebraban sin decidirse
+a pedir su mano, y entregó el corazón a
+un muchacho humilde, a un escribientillo del gobierno
+político con cuatro mil reales de sueldo,
+hijo de un maestro de escuela. La sangre azul
+de los Sanchiz brincó de cólera en las venas de
+D. Antonio, de Antoñito, de sus hermanas y
+hasta en las del banquero, su cuñado, que no
+la tenía. Hubo de sufrir activa y feroz persecución.
+Pero como no le faltaban ánimos y estaba
+dotada además de un espíritu ingenioso y
+travieso, fértil en toda clase de diabluras, es lo
+cierto que se burló de ellos largo tiempo, que
+de nada valieron los ruegos, las amenazas, ni la
+temporada que la tuvieron recluida en un convento.
+Si el escribiente no llega a morirse de
+una tisis que le concluyó en pocos meses, es casi
+seguro que la muy noble y necesitada casa de
+los Sanchiz sufriera el baldón de emparentar con
+el hijo de un maestro de escuela.</p>
+
+<p>Después de esta aventura, Amalia quedó bastante
+desprestigiada en la población. Pero ella
+bien sabía que, aunque hubiera mantenido incólume
+su prestigio, sería lo mismo. Los hombres
+no se casan por el prestigio, sino por el dinero.
+No se le ocurrió, pues, sentir remordimientos
+por lo pasado. Vivió triste y resignada dos años
+más, mostrándose indiferente a los placeres propios
+de su edad, sin hacer nada para granjearse
+la voluntad de los jóvenes y ganar un marido.
+Cuando ya iba cerca de los veinticuatro abriles,
+y podía darse por perdida la esperanza de matrimonio,
+fue cuando a D. Pedro Quiñones, su
+tío tercero o cuarto, se le ocurrió acordarse de
+ella. Resistió el casarse con aquel señor, que sólo
+había visto de niña dos o tres veces, viudo hacía
+poco tiempo, y cuyas extravagancias conocía
+por oírselas narrar entre carcajadas a su padre
+y hermano, ¡los mismos que ahora la apretaban
+para que le aceptase por marido! No fue muy
+tenaz, sin embargo, en su resistencia. Estaba
+tan desengañada, vivía enmedio de un aburrimiento
+tan plomizo, de una indiferencia tan soñolienta,
+que así que vio a su padre colérico,
+después de haberla suplicado con vivas instancias,
+se dejó arrancar el sí. Decían todos que
+aquel matrimonio era la salvación de la familia.
+No se metió a averiguar si era verdad o pura
+ilusión. Después de casada supo que todo lo que
+su padre pudo sacar de D. Pedro fue una exigua
+pensión, con la cual a duras penas podía comer.</p>
+
+<p>El noble vástago de los Quiñones de León se
+enamoró perdidamente de aquella estatua de hielo.
+En el viaje que hicieron desde Valencia a
+Lancia, la esposa se mostró tan fría, tan circunspecta
+y tan cortés al mismo tiempo, que
+D. Pedro no osó reclamar ninguno de sus derechos.
+En Lancia, ya sabemos por la voz pública,
+digna de creerse en este caso, lo que pasó.</p>
+
+<p>La negativa persistente, los desprecios infinitos
+con que le regaló por mucho tiempo, lejos de
+enfriarle, encendieron más su pasión. Era Quiñones,
+como ya sabemos, hombre fogoso, terco,
+de voluntad indomable. Los obstáculos le irritaban,
+llegaban a enloquecerle. Quiso vencer el
+corazón de su esposa y no perdonó medio para
+ello: la colmó de atenciones, mimó sus gustos
+más insignificantes, viviendo por varios meses
+en perpetua congoja, en una verdadera fiebre de
+esperanzas, tan pronto vivas como muertas.
+Nada hubiera logrado, sin embargo, sin la astucia
+de su amigo el canónigo. Aquel aconsejado
+viaje por las montañas, lleno de sustos y peripecias,
+le conquistó, si no el amor de su esposa,
+por lo menos sus favores.</p>
+
+<p>En los dos primeros años de matrimonio Amalia
+hizo una vida retraída, sin salir apenas del
+churrigueresco palacio de la calle de Santa
+Lucía. Vivía a solas con su aburrimiento, complaciéndose
+en hacerlo más insoportable, agitada
+por una cólera sorda que amenazaba estallar
+a cada instante: en la apariencia tranquila,
+aceptando gustosa su papel, tratando con superioridad
+cortés a los que se la acercaban. El
+desgraciado accidente sobrevenido a su esposo
+distrajo un poco su hastío e infundió en su
+corazón momentáneo sentimiento de piedad.
+Durante algún tiempo se creyó llamada a desempeñar
+cerca de él los oficios de hermana de
+la caridad, a cuidarle con afectado cariño para
+hacerle menos insoportable aquel terrible castigo.
+No tardó mucho en fatigarse. Poco a poco
+se fue aficionando a la tertulia que por las
+noches se formaba en torno de su esposo, comenzó
+a interesarse en las conversaciones de política
+local y a intervenir en ella más o menos
+directamente. D. Pedro era el arbitro de la provincia
+mientras se hallaba en el poder el partido
+moderado. Ahora, que estaba debajo, conservaba
+no obstante muy alto prestigio y no poca influencia,
+en el temor de que no tardaría en ponerse
+encima. Para aumentar este prestigio y esta
+influencia y dar mayor realce a la riqueza y
+poderío de la casa, Amalia, que halló aquí medio
+de distraerse, abrió sus salones a la sociedad
+laciense, que hasta entonces había tenido
+siempre alejada; algunas visitas de cumplido y
+nada más. Dio conciertos, menudeó las reuniones
+de confianza, y de vez en cuando, en ciertas
+solemnidades, organizó grandes bailes de etiqueta.
+Con esto recobró su perdida energía, aquella
+graciosa y simpática movilidad que la caracterizaba;
+volvió la sonrisa a sus ojos, la frase aguda
+a sus labios. Nadie supo jamás honrar con más
+amabilidad y más gracia a sus tertulianos. Fue
+modelo de gentileza y cortesanía. Se hizo adorar
+de la juventud, a quien proporcionó gratísimo
+recurso para matar las interminables noches
+del invierno.</p>
+
+<p>Fernanda Estrada-Rosa fue uno de los más bellos
+ornamentos de sus conciertos y saraos. En
+pos de ella vino el conde de Onís, su novio. El
+conde era visita de la casa de Quiñones, pero
+sólo iba de tarde en tarde, con motivo de algún
+cumpleaños, entrada de año, etc. Sin embargo,
+Quiñones alimentaba por él profunda simpatía.
+Bastaba que perteneciese a la nobleza para
+que el linajudo hidalgo le juzgara superior en todos
+conceptos a los demás seres de la población.
+Amalia, que apenas le conocía, comenzó a observarle
+con viva curiosidad. Tanto se le había
+hablado de él, del cariño y respeto que profesaba
+a su madre, de su humor melancólico, de sus
+habilidades, de su piedad exagerada, que deseaba
+tratarle con intimidad; quería penetrar en el
+alma de aquel mancebo tan apuesto y tan inocente.
+No tardó en convencerse de que el amor
+aún no había prendido en ella. Observando con
+atención sus relaciones con Fernanda, percibió
+en ellas un dejo de frialdad que no venía ciertamente
+de la rica heredera. Conoció que el conde
+se engañaba a sí mismo haciendo esfuerzos por
+quedar enamorado, y aún más por aparecerlo.
+Tomaba sus amores como una obligación honrosa
+que le exigían sus años y posición. El joven
+más principal de Lancia debía amar a la
+niña más rica y más bella. Por otra parte, parecía
+como si quisiera demostrar a la población
+que no era un extravagante o un maniaco, como
+alguna vez había oído insinuar. Por eso se le
+veía cumpliendo estrictamente los deberes del
+perfecto galán, paseando un par de horas por la
+mañana en la calle de Altavilla, donde vivía su
+novia, acompañándola los domingos en el paseo,
+sentándose a su lado en la tertulia de las señoritas
+de Meré o en la de Quiñones, y bailando con
+ella todos los rigodones en los saraos del Casino.
+Pero al mismo tiempo Amalia echaba de ver que
+sus pláticas eran frías, que el conde estaba taciturno
+y distraído muchas veces, mientras ella,
+con visible interés, hacía el gasto de la conversación
+y procuraba mantenerla viva.</p>
+
+<p>Aquellos amores le fueron interesando cada
+vez más: buscó las confidencias de ella y también
+las de él. Al poco tiempo su alma ardiente,
+sagaz, voluntariosa, simpatizó con la de Luis,
+tímida, infantil, llena de piedad y ternura. Más
+maestra en el arte de hacerse amar que la
+niña de Estrada-Rosa, logró pronto inspirar
+al conde confianza y afecto; le envolvió en una
+malla espesa de confidencias, no sólo referentes
+a sus amores, sino de toda la vida. Le confesó
+tan bien como el más hábil jesuita. Luis,
+seducido por tanto interés, le fue abriendo su
+pecho dándole cuenta primero de sus costumbres,
+luego de los actos de su vida pasada, por último
+de sus sentimientos más recónditos, de aquellos
+que sólo se confiesan a un hermano. A Amalia
+no le sorprendían en la apariencia tales originales
+y morbosas psicologías; las aceptaba como
+cosas naturales, daba su opinión acerca de ellas
+y se autorizaba cariñosamente el aconsejarle,
+reprenderle a veces, guiarle en ciertos asuntos
+de la vida, cuyo complicado mecanismo ignoraba
+el conde por Completo. Alentado por este juego
+habilísimo, se iba confiando cada vez más, se
+entregaba por completo, feliz con desembarazarse
+de tanto pensamiento ridículo, con confesar
+aquella extraña y dolorosa timidez que le
+atormentaba.</p>
+
+<p>Amalia supo ahuyentar la suspicacia de Fernanda
+haciéndose confidente y protectora decidida
+de sus amores. Si mantenía ratos larguísimos
+de conversación particular y animada
+con el conde, no menos largos y animados
+los gastaba con la chica. Ésta le agradecía profundamente
+aquella protección, que se traducía
+en ocasiones buscadas por la dama para que los
+novios pudieran verse y hablarse, para reconciliarlos
+cuando estaban reñidos, etc., etc. Mas
+sin que la inocente niña lo sospechase, sin que el
+mismo conde se diese cuenta de ello, la dama valenciana
+iba ganando a paso de carga el corazón
+de éste. Si en juventud, en hermosura y gallardía
+era, sin disputa, inferior a la rica heredera, la
+aventajaba mucho en la gracia expresiva del rostro,
+en el atractivo de su conversación y en la
+finura de su inteligencia. De confidencia en confidencia,
+Luis llegó a mostrarle cuál era el verdadero
+estado de su corazón respecto a Fernanda.
+La astuta señora supo sacar partido de tales confesiones
+para hacerle ver que lo que sentía era
+sólo admiración de aficionado a las obras bellas
+de la naturaleza, un deseo vanidoso de hacerse
+amar por la joven más linda y más rica de la
+ciudad, necesidad de distraer el aburrimiento,
+cualquier cosa, en suma, menos el verdadero
+amor. Éste se alimenta de tristezas negras, de
+alegrías inefables, de insomnios, de zozobras,
+de una agitación dulce y amarga a la vez que
+constantemente llevamos dentro del pecho. Luis
+se convenció pronto. Pero ella encontraba su
+frialdad injustificada, no comprendía cómo un
+hombre de tan buen gusto no había logrado enamorarse
+perdidamente, le reñía, le embromaba,
+subiendo hasta las nubes las cualidades de la
+gentil heredera.</p>
+
+<p>Mientras esto decía con los labios, sus ojos
+pregonaban otra cosa. Aquellas pupilas negras
+llenas de fuego e inteligencia se clavaban en él
+con expresión unas veces lánguida, otras maliciosa,
+concluyendo por fascinarle. Al mismo
+tiempo sus manos breves, delicadas, de aristócrata
+aprovechaban cualquier coyuntura para
+rozar las suyas; al despedirse le apretaban con
+tenacidad nerviosa. Si alguna vez se inclinaban
+ambos para contemplar cualquier objeto y sus
+cabezas se tocaban, Amalia no separaba la suya,
+dejaba que el conde aspirase la fragancia de ella
+largo rato cual si tratase de envenenarle. Se
+preocupaba de sus trajes y le imponía sus gustos.
+No debía ponerse levita; el frac azul le sentaba
+admirablemente. ¿Por qué gastaba guantes
+oscuros? Le prohibió, riendo, que se los pusiera
+más. Para las corbatas confesaba que tenía mucho
+gusto, pero le sentaban mejor las de lazo
+que las chalinas. ¿Por qué no se encargaba a
+Madrid los sombreros? Los que llegaban a Lancia
+eran todos rancios y ridículos. Y el conde
+obedecía gustoso sus insinuaciones, se iba dejando
+dominar por el ascendiente de aquella
+mujer tan débil de cuerpo como fuerte de voluntad.</p>
+
+<p>Una noche en que llegó a casa de Quiñones
+cuando aún no había nadie, le dijo la dama bruscamente:</p>
+
+<p>&mdash;¿Quién le ha puesto a usted ese clavel en el
+ojal, Fernanda?</p>
+
+<p>El conde, sonriendo ruborizado, hizo signo
+afirmativo.</p>
+
+<p>&mdash;Pues que me dispense, pero tiene un color
+muy feo... Verá usted, voy a ponerle otro más
+bonito.</p>
+
+<p>Y diciendo y haciendo, fue derecha a uno de
+los floreros del salón y, después de escoger algún
+tiempo, sacó un magnífico clavel rojo. Volvió
+adonde estaba el conde y con gran desenvoltura,
+con cierta afectación aún, propia del que
+pretende mostrar su dominio, le arrancó el clavel
+que traía y le puso el nuevo. Sufrió él esta
+sustitución en silencio, inquieto y sorprendido.
+Ella, fingiendo no advertir esta sorpresa, se echó
+un poco hacia atrás y exclamó con intención:</p>
+
+<p>&mdash;¡Ya lo creo que está mejor!</p>
+
+<p>Hubo después algunos instantes de silencio
+embarazoso. Ella se puso a jugar con el clavel de
+Fernanda, azotándose las rodillas, mientras lanzaba
+frecuentes miradas al conde, que permanecía
+confuso sin saber qué decir ni dónde poner
+los ojos. Por último, los de uno y otro se encontraron
+y sonrieron. En los de ella ardió una
+chispa maliciosa, y con ademán súbito y desdeñoso
+arrojó el clavel que tenía en la mano debajo
+de las sillas. El conde se puso repentinamente
+serio; sus mejillas se colorearon. En
+aquel momento entró Manuel Antonio. La conversación
+se entabló alegre, indiferente. El conde
+guardaba, sin embargo, un resto de turbación.
+Cuando llegó Fernanda y con visible disgusto,
+le preguntó por su clavel, se vio en grave
+aprieto, perdiose en un laberinto de explicaciones.
+El chico de su jardinero, a quien fue a dar
+un beso, se lo había arrancado, luego en una
+maceta que había hallado en el gabinete de su
+madre había tomado otro. Pero Amalia, implacable,
+le puso poco después en un conflicto preguntándole
+en voz alta con sonrisa maliciosa:</p>
+
+<p>&mdash;¿Quién le ha dado a usted ese clavel tan
+lindo, Fernanda?</p>
+
+<p>&mdash;No, yo no&mdash;se apresuró a responder ésta.</p>
+
+<p>Y el conde, otra vez turbado y rojo, volvió en
+voz alta a la explicación que acababa de dar en
+secreto. Aquella pequeña traición los ató con
+nudo más fuerte, estableció entre ellos una relación
+singular que el conde no se atrevía a definir
+en su pensamiento, medroso de resbalar en
+un abismo. Siguió festejando con la misma asiduidad,
+quizá con alguna más, a la heredera de
+Estrada-Rosa, pero no podía hablar a la señora
+de Quiñones sin sentirse turbado; las miradas
+que se dirigían eran largas, intencionadas; sus
+apretones de manos vivos, impregnados de cariño.
+Ambos disimulaban delante de Fernanda
+como si fuese ya la esposa ultrajada. ¡Y aún no
+se habían dicho una palabra de amor! Pero
+Luis estaba convencido de que faltaba a su novia,
+de que era un criminal hacia D. Pedro, su
+amigo; no sabía por qué ni cómo, pero lo sentía
+allá dentro en el fondo de la conciencia. Sin embargo,
+reflexionaba algunas veces que por su
+parte no había dado un solo paso hacia el crimen,
+que se veía enredado en aquellas extrañas
+relaciones, en las cuales existía amor; inteligencia,
+traición, todo tácito, sin saber cómo había
+sido.</p>
+
+<p>Trascurrió más de un mes de esta suerte.
+Amalia no sólo le hablaba de amor con los ojos,
+pero le imponía su voluntad, le hacía ejecutar
+todos sus caprichos, a veces le reprendía ásperamente.
+Anunciaba, por ejemplo, que se iba a
+marchar: al volver los ojos se encontraba con
+los de Amalia que le decían que se quedase, y
+se quedaba. Trataba de bailar con Fernanda, y
+una mirada severa bastaba para retenerle. Un
+día anunció que iba a pasar seis u ocho en sus
+posesiones de Onís: Amalia le hizo signo negativo
+con la cabeza, y desistió de su viaje.
+¿Por qué? ¿Con qué derecho contrariaba sus determinaciones,
+se introducía en su vida y la gobernaba?
+No lo sabía, pero experimentaba sensación
+gratísima al obedecerla. Vivía en una
+inquietud dulce, anhelante, esperando algo hermoso,
+algo inefable que no quería formularse en
+su cerebro. Mientras, ella con su eterna sonrisa
+misteriosa le observaba tranquilamente, segura
+de conocer ese algo y de llegar a él cuando le viniera
+en apetencia.</p>
+
+<p>Una tarde del mes de Junio se hallaba el conde
+en la Granja inspeccionando el trabajo de algunos
+obreros, que tenía ocupados en abrir una
+acequia más ancha para el molino. El mozo encargado
+del ganado vino a decirle que una señora
+preguntaba por él.</p>
+
+<p>&mdash;¿Una señora?&mdash;exclamó sorprendido.&mdash;¿No
+la conoces?</p>
+
+<p>El criado le miró estúpidamente, sin contestar.
+¿Cómo la había de conocer, él, que había pasado
+la vida detrás del ganado, y sólo iba a Lancia
+algún día de mercado a comprar o vender una
+vaca? El conde se hizo cargo de esto y preguntó
+enseguida:</p>
+
+<p>&mdash;¿Es bajita?</p>
+
+<p>&mdash;No es muy alta, no, señor.</p>
+
+<p>&mdash;¿Ojos muy negros y vivos? ¿color bajo? ¿el
+andar muy suelto y elegante?</p>
+
+<p>Y antes de que el criado pudiera contestar a
+estas preguntas, que no había entendido, echó a
+correr en dirección a la casa con el corazón palpitante,
+henchido de emoción por el presentimiento
+de que era <i>ella</i>.</p>
+
+<p>&mdash;¿Dónde está?&mdash;gritó sin dejar de correr.</p>
+
+<p>&mdash;En la corrada, a la puerta del jardín&mdash;le
+contestó también a gritos.</p>
+
+<p>Llegó a la corrada sin respiración. Antes de
+abrirla se detuvo un instante, avergonzándose
+de su presunción. ¿Cómo había llegado a suponer...
+¿Pero por qué diablo se le había metido
+en la cabeza?... Y, sin embargo, no podía desecharla.
+Era <i>ella</i>, era <i>ella</i>; no le cabía duda alguna.
+Levantó el pestillo de la gran puerta de madera
+pintada de verde, y entró. La corrada era
+grande. Veíanse arrimados a la pared varios enseres
+de labranza. Debajo de un tendejón yacían
+algunos carros. En una caseta de madera, toscamente
+labrada, estaba amarrado un enorme mastín
+que quiso romper la cadena dando furiosos
+saltos por venir a acariciarle. Allá en el otro
+extremo, cerca de la puerta enrejada que comunicaba
+con el jardín, <i>la</i> vio, en efecto, con la
+frente pegada a las rejas, contemplando las flores.
+Estaba de espalda. Traía vestido claro de
+rayas blancas y rojas y llevaba en la cabeza
+sombrerito de paja con flores rojas también. Con
+la mano izquierda se apoyaba en una sombrilla
+que hacía juego con el traje y en la derecha
+apretaba unos guantes de seda, ¡Qué bien impresos
+le quedaron estos pormenores! Jamás en la
+vida se le borraron de la memoria.</p>
+
+<p>&mdash;¿Usted por aquí?&mdash;le preguntó afectando
+una serenidad que estaba muy lejos de sentir.&mdash;¿Quién
+había de presumir que fuese usted la señora
+que el criado me acaba de anunciar?</p>
+
+<p>&mdash;¿De veras no lo ha presumido usted?&mdash;preguntó
+ella mirándole fijamente.</p>
+
+<p>&mdash;No, no, señora.</p>
+
+<p>Y se puso colorado al decirlo. La dama sonrió
+con benevolencia.</p>
+
+<p>&mdash;Bien, enséñeme usted esas rosas de <i>malmaison</i>
+de que me ha hablado.</p>
+
+<p>El conde abrió la puerta del jardín y ambos
+pasaron adentro. Era muy grande, y estaba
+bastante descuidado. Desde que la condesa había
+dejado de venir a la Granja casi en absoluto, los
+criados apenas tocaban en él. Luis era más dado
+a hacer ensayos de nuevos cultivos, a criar ganado,
+a desecar terrenos, que a las flores. Así y
+todo, del tiempo en que su madre venía todas
+las tardes y le atendía, existían allí muchas
+plantas de flores, grandes arbustos que con el
+tiempo y con aquel suelo feraz se iban trasformando
+en árboles frondosos.</p>
+
+<p>Mientras recorrían caminos arenosos, de los
+cuales el césped se iba apoderando por falta de
+limpieza, la condesa explicaba en voz alta cómo
+había llegado hasta allí. Se le había antojado dar
+un paseo hasta Bellavista; pero al pasar por delante
+de la carreterita que conducía a la Granja
+se acordó de las dichosas rosas, y dio orden al
+cochero de que siguiese por ella. No había visto
+nunca la posesión. Aquella frondosidad, aquel
+verde tan intenso la entusiasmaban. En su país
+la vegetación era más pálida.</p>
+
+<p>&mdash;Pero más fragante... como las mujeres&mdash;dijo
+el conde con galantería.</p>
+
+<p>La dama se volvió para dirigirle una sonrisa
+de gracias, y siguió loando la belleza de los rododendros,
+de las azaleas, de las camelias gigantescas
+que encontraban al paso.</p>
+
+<p>Luego que vieron los rosales y que el conde le
+hizo elegir algunos para mandárselos al día siguiente,
+tornaron por senderos distintos hacia la
+puerta de entrada.</p>
+
+<p>&mdash;¿Usted está seguro de que yo he venido únicamente
+a ver estos rosales?&mdash;dijo Amalia parándose
+súbito y mirándole con fijeza.</p>
+
+<p>Al conde le dio un vuelco el corazón y comenzó
+a balbucir lamentablemente:</p>
+
+<p>&mdash;Yo no sé... La verdad que esta visita... Me
+alegraría que los rosales...</p>
+
+<p>Pero la dama, compadecida, no le dejó terminar.</p>
+
+<p>&mdash;Pues, además de los rosales, vengo a ver
+toda la finca, y particularmente el bosque. Conque
+ya puede usted ir enseñándomelo&mdash;dijo agarrándose
+resueltamente a su brazo.</p>
+
+<p>El conde volvió a experimentar nueva y violenta
+emoción, primero de pena, después, al
+sentir la mano de la dama en su brazo, de vivísimo
+gozo. Y, turbado hasta lo profundo de su
+ser, fue mostrándole lo digno de verse que tenía
+la finca, las grandes y hermosas praderas, las
+cuadras, la nueva maquinaria del molino, el bosque
+por último. Ella le observaba con el rabillo
+del ojo. A veces se dibujaba en su rostro una
+levísima sonrisa burlona. Se enteraba de todo
+con interés, loaba los trabajos que se habían llevado
+a cabo, proponía otros nuevos. Y al ir y venir
+soltaba el brazo unas veces, otras lo tomaba,
+despertando en el alma del conde sensaciones
+diversas, pero todas vivas y anhelantes. Cuando
+observaba que iba adquiriendo aplomo le disparaba
+repentinamente alguna maliciosa insinuación
+que de nuevo lo atortolaba, lo dejaba confundido
+y ruborizado.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, conde, a que cuando usted me vio
+dijo para dentro: «Amalia está enamorada de
+mí: no pudo resistir al deseo de venir a visitarme.»</p>
+
+<p>&mdash;¡Amalia, por Dios!... ¿Qué disparate está
+usted diciendo?... ¿Cómo me había de atrever...</p>
+
+<p>Pero la dama, como si no advirtiera su turbación
+ni concediera importancia a sus propias palabras,
+saltaba inmediatamente a otro asunto.
+Parecía que tenía gusto en sofocarle, en mantenerle
+agitado y trémulo. Y en las miradas fugaces
+que de vez en cuando le lanzaba reflejábase un
+sentimiento de superioridad, la benévola ironía
+del que está jugando a otro una burla que ha de
+terminar en bien. El conde presentía algo grave
+debajo de aquella sonrisa enigmática, comprendía
+que estaba haciendo un papel desairado, que
+se estaban riendo de él y hacía esfuerzos heroicos
+para recobrar su sangre fría, sin conseguirlo.</p>
+
+<p>El bosque admiró y entusiasmó a la dama por
+encima de todo. Era una masa de robles añosos
+donde no penetraba jamás un rayo de sol. El
+suelo estaba limpio de abrojos, tapizado de césped
+que convidaba a reposar. Ninguna otra finca
+de recreo de la provincia poseía aquel regalo,
+procedente quizá de la primitiva selva donde se
+había fundado el monasterio que dio origen a
+Lancia. Quiso descansar un instante debajo de
+aquella bóveda verde por donde la luz se cernía
+trabajosamente. Reinaba una paz, un amable
+sosiego que impresionaba como el silencio y la
+luz dormida de una, catedral gótica, pero con
+emoción más dulce. Apoyó la espalda en un árbol
+y paseó largo rato su mirada asombrada por
+la espesura. El conde estaba en pie algo más lejos.
+Ambos permanecieron mudos largo rato. Por
+fin el caballero sintió, sin verlo, que los ojos de la
+dama estaban posados sobre él. Resistió algunos
+momentos la atracción magnética de aquella mirada.
+Cuando al cabo volvió la suya vio que en
+efecto le contemplaba de hito en hito con expresión
+risueña y audaz que le hizo bajar la
+vista. Amalia soltó una alegre carcajada. Él, sorprendido,
+confuso, algo irritado sintiéndose en
+ridículo, viendo que las carcajadas no cesaban,
+le preguntó con sonrisa forzada:</p>
+
+<p>&mdash;¿De qué se ríe usted, amiga mía?</p>
+
+<p>&mdash;De nada, de nada&mdash;respondió llevándose
+el pañuelo a la boca.&mdash;Lléveme usted a ver la
+casa.</p>
+
+<p>Y se colgó nuevamente de su brazo.</p>
+
+<p>La casa era un grande y vetusto edificio de
+piedra amarillenta carcomida por los años, con
+dos torrecillas cuadradas a los lados. Todo en
+ella estaba podrido o deteriorado. En la escalera
+faltaban rejas, lo mismo que en los balcones, la
+bóveda de las habitaciones descascarillada, los
+tabiques resquebrajados, el tillado con agujeros,
+los cristales, emplomados a la antigua usanza,
+tan llenos de polvo que apenas consentían el ver
+al través de ellos; las paredes sucias también y de
+ellas colgados algunos cuadros oscuros, tan oscuros
+que no se conocía lo que el pintor había
+querido representar; las habitaciones, con pocos
+y antiquísimos muebles maltratados por el uso
+de las generaciones anteriores. Fueron recorriéndolas
+todas. A Amalia le placía aquel aspecto de
+remota antigüedad. ¡Cuántos seres habrían habitado
+aquella casa! ¡Cuánto se habría reído y
+llorado en aquellas vastísimas estancias! Cada
+una tenía su nombre. La una se llamaba <i>el cuarto
+del cardenal</i>, porque en siglos pasados un cardenal
+de la familia se alojaba allí cuando venía
+a pasar una temporada a la Granja; otra, <i>el salón
+de los retratos</i>, porque había unos cuantos colgados;
+otra, <i>la sala nueva</i>, aunque parecía tanto y
+aún más vieja que las demás. Todo aquello representaba
+la vida íntima de una familia al través
+de los siglos.</p>
+
+<p>&mdash;Éste es <i>el cuarto de la condesa</i>&mdash;dijo Luis al
+entrar con su amiga en una pieza no muy grande,
+donde por debajo del polvo y los estragos
+del tiempo se advertía mayor lujo en el decorado.</p>
+
+<p>Era una estancia coquetona donde las generaciones
+habían ido dejando testimonios más o menos
+plausibles de su amor a la ornamentación.
+Un escritorio <i>pompadour</i>, algunas sillas <i>regencia</i>,
+varios retratos al pastel; en el techo, pintados al
+óleo, algunos amorcillos nadando en una atmósfera,
+azul en otro tiempo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Es el cuarto de su mamá?&mdash;preguntó
+Amalia.</p>
+
+<p>&mdash;No&mdash;replicó el conde riendo,&mdash;mamá dormía
+en otro lado. Se llama así desde tiempo inmemorial.
+Quizá alguna de mis abuelas lo había
+elegido para sí. Aquí es donde yo duermo la
+siesta cuando me canso de andar por el campo.</p>
+
+<p>En uno de los ángulos había una soberbia
+cama de roble tallado y enteramente negro por
+los años. Era una de esas camas del siglo XV
+que vuelven locos a los anticuarios. Las colgaduras
+antiquísimas también. Sobre los colchones
+estaba extendido un tapiz moderno de damasco.</p>
+
+<p>&mdash;Aquí es donde usted se recoge para pensar
+más libremente en mí, ¿no es cierto?</p>
+
+<p>El conde quedó aturdido como si le hubiesen
+dado un golpe en la cabeza.</p>
+
+<p>&mdash;¡Yo!... ¡Amalia!... ¿Cómo?</p>
+
+<p>Pero súbito, haciendo un gesto de resolución,
+exclamó:</p>
+
+<p>&mdash;¡Sí, sí, Amalia, dice usted bien! Aquí
+pienso en usted como pienso en todos los sitios
+adonde voy desde hace algún tiempo... Yo no sé
+lo que me pasa; vivo en un estado de constante
+zozobra, y esto, como usted me decía hace pocos
+días, es una señal de amor verdadero. Estoy
+enamorado de usted como un loco. Comprendo
+que es una atrocidad, que es un crimen,
+pero no puedo remediarlo... Perdóneme usted.</p>
+
+<p>Y el caballero se dejó caer de rodillas, como
+uno de sus nobles antepasados de la Edad Media,
+a los pies de la dama.</p>
+
+<p>Ésta se indignó, al oírle, terriblemente. ¿Cómo?
+¿No se avergonzaba de semejante confesión? ¿No
+comprendía que dirigirle aquellas palabras dentro
+de su casa era un insulto? ¿Cómo podía suponer
+que ella las había de escuchar con paciencia?
+¡Mentira parecía que el conde de Onís,
+un caballero tan cumplido, faltase de aquel modo
+a lo que debía a una dama y a lo que se debía a
+sí mismo!</p>
+
+<p>El conde permaneció aterrado y de rodillas
+bajo tal granizada de denuestos. Consideraba
+graves sus palabras; pero el enojo que producían
+en la dama era mayor de lo que había
+sospechado.</p>
+
+<p>Amalia guardó al fin silencio. Le contempló
+con ojos irritadísimos unos instantes. Mas una
+sonrisa feliz y burlona comenzó a dilatar su
+rostro expresivo. Se acercó lenta y majestuosamente
+a él, le puso la mano en el hombro e inclinándose
+para acercar la boca a su oído le dijo
+en voz baja:</p>
+
+<p>&mdash;Hace usted bien en no avergonzarse de nada
+de eso, porque yo, señor conde, le quiero a usted
+tanto por lo menos como usted a mí.</p>
+
+<p>Quiso volverse loco. Pasado el susto, se abrazó
+a sus rodillas besándolas con frenesí, se desbordó
+en un mar de palabras apasionadas, incoherentes,
+llenas de fuego y de verdad, mientras
+ella, tan breve, tan diminuta, contemplaba
+aquel coloso rendido, con sus ojos misteriosos
+de valenciana lucientes de amor y pasión.</p>
+
+<p>Con este inmenso trabajo conquistó el conde
+de Onís a la gentil señora de D. Pedro Quiñones
+de León.</p>
+
+<p>Los primeros tiempos de sus relaciones fueron
+agitadísimos para él, llenos de punzantes
+remordimientos y de goces embriagadores. Amalia
+iba de vez en cuando a la Granja. Por la noche
+en la tertulia daba cuenta de su visita en voz
+alta. Él se estremecía, se turbaba, sudaba de
+congoja mientras con perfecta sangre fría narraba
+ella todo lo que se podía narrar, hablaba del
+jardín, censuraba el abandono en que estaba y
+lo que se divertía trayendo a cada visita algunas
+plantas con la intención de dejarlo arrasado, ya
+que a su dueño no le interesaba. Llevaba su audacia
+hasta burlarse.</p>
+
+<p>&mdash;Por supuesto que a este señor no hay quien
+le sufra desde que las damas le visitan. ¿No advierten
+ustedes qué impertinente se ha puesto?
+Temiendo estoy que el primer día que vaya a la
+Granja me obligue a hacer antesala.</p>
+
+<p>Los tertulios reían. Sí, sí, se le notaba más serio.
+Fernanda sonreía clavándole una mirada,
+cariñosa; el mismo D. Pedro dulcificaba sus ojos,
+altivos, feroces y dejaba escapar de su garganta
+un amago de carcajada. ¡Qué esfuerzo prodigioso
+le costaba al conde aparecer sereno en estos,
+momentos! Le parecía que tenía un abismo
+abierto a sus pies. Y cuando se encontraba a solas
+con Amalia quejábase de su audacia, le rogaba
+con palabras fervorosas que fuese más precavida,
+mientras ella, impasible, gozándose en
+sus temeridades, sonreía desdeñosamente con su
+fina sonrisa enigmática.</p>
+
+<p>No pudiendo verse sino rara vez en la Granja,
+Amalia halló medio de hacer más frecuentes las
+entrevistas confiándose a Jacoba. En casa de
+ésta se encontraban una o dos veces a la semana.
+El conde entraba por una puertecita trasera
+que daba a cierta calleja, a primera hora
+de la tarde, cuando los vecinos estaban comiendo.
+Esperaba lo menos dos o tres horas. Amalia
+llegaba por fin con pretexto de dar alguna orden
+a su favorecida. Pero no bastándole esto, todavía
+ideó la entrada por la tribuna de la iglesia
+de San Rafael. Al conde le horrorizaba tal medio;
+todos sus escrúpulos religiosos se sublevaban
+a la vez; además tenía miedo de que un accidente
+casual descubriese aquellos amores y
+aquella profanación. ¡Qué escándalo! Amalia
+se reía de sus temores como si las consecuencias
+terribles no hubiera de pagarlas ella. Era una
+mujer que tenía confianza absoluta en su estrella.
+Como los buenos toreros se juzgan más seguros
+ciñéndose a los cuernos del toro si no pierden
+la sangre fría, así ella desafiaba el peligro,
+iba al encuentro de él confiando en que sabría salir
+de cualquier atolladero. Y, en efecto, su perfecta
+serenidad, su increíble audacia la salvaron
+más de una vez.</p>
+
+<p>El conde de Onís, el coloso de luengas barbas
+fue un verdadero juguete en las manos de aquella
+mujercita temeraria y maligna. Una pasión
+loca se apoderó de ambos, sobre todo de ella.
+Poco a poco se fue acostumbrando a no vivir sin
+él, a no pasarse un día sin verle a solas. Hacía
+esfuerzos increíbles de ingenio y habilidad para
+conseguirlo. Y si las circunstancias rodaban de
+tal suerte que fuese imposible en tres o cuatro
+días gozar una hora de soledad, su espíritu voluntarioso
+se exaltaba, botaba dentro del cuerpo
+como un corcel impaciente, y estaba dispuesta a
+arrojarse a la mayor imprudencia. Le apretaba
+las manos, le daba pellizcos en plena tertulia, le
+abrazaba detrás de las puertas cuando con cualquier
+pretexto le hacía pasar a otra habitación,
+y más de una vez y más de dos en las barbas
+del mismo maestrante, al volver éste la cabeza,
+le estampó un beso en los labios. Luis temblaba,
+empalidecía, siempre en espera de una catástrofe.</p>
+
+<p>Al cabo de pocos meses, sus relaciones con
+Fernanda, que habían ido enfriándose paulatinamente,
+se rompieron por completo. Fue exigencia
+ineludible de Amalia. Desde el principio lo
+venía preparando con soberano arte, marcándole
+el tiempo que había de estar al lado de su novia,
+las veces que la había de sacar al baile y hasta lo
+que le había de decir. Y como lo tenía previsto,
+la heredera de Estrada-Rosa, que era orgullosa,
+no pudiendo soportar la frialdad de su novio,
+le dejó en libertad y le devolvió su palabra.
+La pobre chica desahogaba su pena con Amalia,
+la única que sabía a qué atenerse respecto a
+aquel rompimiento tan comentado. Mostró ésta
+gran enojo por la conducta del conde y se expresó
+en términos bastante vivos contra él; tomó
+parte por la joven, deshaciéndose en elogios de
+ella; no se hartaba de ponderar sus ojos, su
+talle, su discreción y bondad. Hasta dio ostensiblemente
+algunos pasos para reconciliarlos. Y
+en el seno de la confianza, particularmente entre
+los amigos de D. Juan Estrada-Rosa, no se
+contentaba con decir que Fernanda valía en todos
+sentidos más que su ex-novio, sino que apellidaba
+a éste con mil epítetos pesados; jayanote,
+pavo, santurrón, hipócrita, etc. Y cuando al
+día siguiente le veía en casa de Jacoba, decíale
+abrazándole muerta de risa:</p>
+
+<p>&mdash;¡Cómo te he puesto ayer, querido mío, delante
+de varios amigos de D. Juan! ¡Tú no sabes!...
+Saliste de mis labios que ni con pinzas
+se te podía recoger.</p>
+
+<p>Vivía el conde, por todo esto, y por los remordimientos
+que sin cesar le mordían, en un estado
+de perpetua agitación. ¡Cuán lejos se hallaba de
+ser feliz! Pero todo era flores comparado con lo
+que le esperaba. Cinco meses después de comenzadas
+sus relaciones, un día le anunció
+Amalia que creía hallarse en cinta. Se lo dijo
+con la sonrisa en los labios, como si le noticiase
+que le había tocado la lotería. Luis sintió un
+vértigo de terror, quedó pálido, la vista se le turbó
+como si fuese a caer.</p>
+
+<p>&mdash;¡Dios mío, qué desgracia!&mdash;exclamó llevándose
+las manos al rostro.</p>
+
+<p>&mdash;¿Desgracia?&mdash;preguntó ella con asombro.&mdash;¿Por
+qué? Yo estoy muy contenta.</p>
+
+<p>Y viendo sus ojazos dilatados, estupefactos,
+le explicó riendo que era feliz con esperar una
+prenda de sus amores; que no tuviese miedo
+alguno porque ella sabría arreglarse para que
+nada se descubriera. Y, en efecto, tal maña se
+dio para apretarse que nadie pudo presumir
+que aquella mujer tuviese una criatura en sus
+entrañas. ¡Qué sustos, qué congojas las del conde
+mientras duró el embarazo! Si alguien la miraba
+con insistencia, ya estaba temblando; si en
+el curso de la conversación un tertulio hacía
+alusión a algún parto disimulado, se ponía pálido,
+pensando que podía ser una indirecta. En
+todos los rostros creía ver sonrisas y miradas
+significativas; en las palabras más inocentes,
+profundas y aviesas insinuaciones.</p>
+
+<p>Mientras tanto ella comía y dormía tranquilamente
+con una alegría constante que aterraba y
+admiraba al mismo tiempo al conde. El tiempo
+corría: llegaron los siete meses; los ocho. Por
+mucho que lo disimulase, el conde observaba
+que la cintura de su querida se ensanchaba.
+Cuando, lleno de congoja, comunicó con ella
+esta observación, se echó a reír:</p>
+
+<p>&mdash;Calla, tonto, lo notas tú porque ya lo sabes.
+¿Quién va a sospechar porque esté un poquito
+más abultada? Muchas veces le gusta a una llevar
+flojo el corsé.</p>
+
+<p>Cuando llegó el momento crítico mostró una
+bravura que rayaba en heroísmo. Luis quería
+confiarse a un médico: ella se opuso. ¿Para qué?
+Con la asistencia de Jacoba le bastaba. El confiar
+tal secreto a otra persona era peligroso. Le
+acometieron los primeros síntomas al amanecer,
+hallándose en la cama; pero hasta las ocho
+no mandó llamar a Jacoba, que con el pretexto
+de hacer unos colchones dormía desde hacía algunos
+días en casa. Se encerraron en el gabinete,
+donde ya tenían preparadas las ropas necesarias,
+y sin un grito, sin un movimiento descompasado,
+sin la más leve queja, salió aquella valiente
+mujer de su cuidado. Jacoba sacó la criatura
+con el lío de la ropa, después de haber mandado
+fuera con adecuados pretextos a los criados.</p>
+
+<p>El conde lloró de gozo y admiración al saber
+este feliz desenlace. Luego, cuando recibió por
+Jacoba la orden de llevar la niña al portal de
+Quiñones, volvió a sentirse acongojado. El plan
+de su amante le llenaba de estupor; pero como
+estaba acostumbrado a obedecer, hizo lo que le
+mandaba. El resultado coronó la audacia de la
+dama; fue tal como ella había previsto.</p>
+
+<p>Y ahora, al contemplar a la criatura segura
+para siempre, no sólo se fortalecía su amor y se
+depuraba, sino que sentían el gozo de la victoria,
+del que después de haber corrido fuertes
+temporales llega por fin a puerto de salvación.</p>
+
+<p>En voz muy baja, con las manos enlazadas,
+inclinando de vez en cuando la cabeza para rozar
+con los labios la frente de la niña, hablaron
+largo rato, mejor dicho, soñaron despiertos,
+queriendo penetrar en los abismos insondables
+del tiempo. ¿Cuál sería la suerte de aquella hermosa
+criatura? ¿Cómo se la educaría? Amalia
+decía que conseguiría educarla como hija suya,
+hacerla una verdadera señorita; estaba segura
+de que D. Pedro no se opondría a ello. Y como
+quiera que no tenía hijos, nada más natural que
+habiéndola tomado cariño la dejase a su muerte
+algún legado importante. El conde hizo un gesto
+de desdén. La niña no necesitaba de la hacienda
+de D. Pedro. Él le dejaría toda la suya.</p>
+
+<p>&mdash;Pero tú puedes casarte y tener hijos&mdash;dijo
+la dama mirándole maliciosamente.</p>
+
+<p>Él la tapó la boca.</p>
+
+<p>&mdash;¡Calla, calla! Ya sabes que no quiero oír
+eso siquiera. Estoy definitivamente unido a tí.</p>
+
+<p>Ella le besó con efusión.</p>
+
+<p>&mdash;Sellados, ¿verdad?</p>
+
+<p>&mdash;Sellados&mdash;repuso él con firmeza.</p>
+
+<p>&mdash;¿Pero no te haces cargo de que si le dejas
+tus bienes en testamento, enseguida nacería la
+sospecha de que era hija tuya?</p>
+
+<p>Esta dificultad le abatió por unos instantes.
+Ambos se ocuparon en arbitrar algún medio para
+eludirla. El conde quería dejarlos en fideicomiso
+a alguna persona de confianza. Pero esto ofrecía
+también sus inconvenientes. Mejor sería ir
+colocando dinero a su nombre en algún banco, y
+al llegar a la mayor edad, fingir una herencia,
+inventar algún padre llovido del cielo...</p>
+
+<p>&mdash;En fin, ya hablaremos de eso... Déjalo a
+mi cuidado&mdash;concluyó diciendo ella.</p>
+
+<p>Y él se lo dejaba de muy buena gana, fiando
+de su imaginación inagotable, de su voluntad y
+su audacia.</p>
+
+<p>Cuando se cansaron de hablar de lo porvenir
+volvieron los ojos al presente. Era necesario
+bautizar la niña. Habían resuelto que fuese al
+día siguiente.</p>
+
+<p>&mdash;Ya hemos convenido en que la madrina
+fuese yo y el padrino tú.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo? ¿yo?&mdash;exclamó asustado.&mdash;Pero,
+mujer, ¿no comprendes que eso puede engendrar
+sospechas?</p>
+
+<p>La dama se obstinó. Que sí, que había de ser
+padrino. Si sospechaban, buen provecho. A ella
+le tenía sin cuidado. Pero viéndole realmente
+afligido cambió de idea.</p>
+
+<p>&mdash;No te apures, hombre, no te apures&mdash;dijo
+dándole un tironcito a la barba.&mdash;Ha sido una
+broma. ¡Buena cara ibas a poner cuando la
+tuvieses en la pila! No te faltaría más que gritar:
+¡Señores, aquí! ¡Vengan aquí todos a ver al
+padre de esta criatura!</p>
+
+<p>El padrino sería Quiñones, y en su representación
+D. Enrique Valero. La madrina ella, representada
+por María Josefa. El conde se mostró
+muy satisfecho. Todo aquello era hábil y prudente
+y adecuado para asegurar la suerte de su
+hija. Pero cuando se manifestaba más contento,
+un rumor que vino del pasillo le hizo saltar
+en la butaca, ponerse lívido.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué tienes, hombre?</p>
+
+<p>&mdash;¡Ese ruido!...</p>
+
+<p>&mdash;Es Jacoba...</p>
+
+<p>Pero viéndole dudoso, con los ojos espantados
+aún, se levantó, teniendo la niña en los brazos,
+abrió la puerta y cambió algunas palabras
+con Jacoba que, en efecto, estaba allí. Después
+de entregarle la criatura y cerrar, volvió de nuevo
+a sentarse.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo eres tan cobarde, di?</p>
+
+<p>&mdash;No es cobardía&mdash;repuso él ruborizado.&mdash;Es
+que estoy siempre sobresaltado... No sé lo que
+me pasa... La conciencia quizá...</p>
+
+<p>&mdash;¡Bah! Es que eres un cobarde. Como tienes
+el cuerpo tan grande se te pasea el alma dentro
+de él.</p>
+
+<p>Y acto continuo, observando la expresión de
+enojo y tristeza que se reflejaba en su semblante,
+tornó a abrazarle con trasportes de entusiasmo.</p>
+
+<p>&mdash;No, no eres cobarde; pero inocente sí...
+Por eso te quiero, te quiero más que a mi vida.
+¿No es verdad que te quiere tu filleta? Soy tuya...
+Tú eres mi único amor. Yo no soy casada...</p>
+
+<p>Y con caricias de gata mimosa le paseaba sus
+manos finas y pálidas por el rostro, estampaba
+en él menudos, infinitos besos, le anudaba los
+brazos al cuello, se lo mordía con leves y fugaces
+mordiscos de ratón. Y al mismo tiempo,
+ella, tan grave y silenciosa en visita, hacía fluir
+de sus labios un chorro constante de palabritas
+melosas que le adormecían y embriagaban. El
+fuego, que se adivinaba al través de sus grandes
+ojos misteriosos y traidores, brotaba ahora con
+vivas llamaradas. Era el goce de la sensualidad
+el que se desprendía de su ser; pero era también
+el deleite maligno del capricho cumplido, de la
+venganza y la traición.</p>
+
+<p>El conde de Onís se sentía cada día más subyugado.
+Las caricias de su amada eran abrasadoras;
+pero los ojos guardaban siempre, en lo
+más hondo, un reflejo cruel de fiera domesticada.
+Sentía amor y miedo al mismo tiempo. Alguna
+vez su espíritu supersticioso llegaba a imaginar
+si un demonio tentador habría venido a alojar
+en el cuerpecito endeble de aquella valenciana.</p>
+
+<p>Después de anunciar tres o cuatro veces que
+se marchaba, sin llevarlo a cabo por impedírselo
+ella, viéndose al cabo libre de sus brazos, se levantó
+de la butaca. La despedida fue larga como
+siempre. Amalia no le soltaba hasta que le veía
+ebrio, intoxicado por la violencia de sus caricias.
+Jacoba le esperaba en el corredor. Después
+de conducirle por éste y otros varios hasta
+la estancia donde se hallaba la escalerita excusada
+que iba a la biblioteca, le hizo seña de que
+aguardase y bajó sola para cerciorarse de que no
+había nadie en los pasillos. Tornó a subir para
+avisarle; el conde descendió, apagando cuanto
+podía el ruido de sus botas. A la puerta del pasadizo
+la medianera le dejó, después de abrirle
+la puerta. Bajose otra vez hasta tocar con las
+manos en el suelo para no ser advertido de la
+gente que pasase por la calle, y en esta forma
+atravesó el pasadizo de la tribuna. Abrió la
+puerta y entró. La oscuridad le cegó. En cuanto
+dio algunos pasos sintió un golpe en la espalda
+y oyó una voz ronca que decía al mismo tiempo:</p>
+
+<p>&mdash;¡Muere, infame!</p>
+
+<p>Se heló en sus venas la sangre y dio un salto
+hacia atrás. Entre las sombras espesas pudo distinguir
+un bulto más negro aún. Veloz como un
+rayo se precipitó sobre él, y lo hubiera aniquilado
+bajo su enorme cuerpo si no sintiera una
+carcajada reprimida y al mismo tiempo la voz
+de Amalia.</p>
+
+<p>&mdash;¡Cuidado, Luis, que me vas a hacer daño!</p>
+
+<p>La sorpresa le dejó mudo unos instantes.</p>
+
+<p>&mdash;¿Pero por dónde has venido?&mdash;dijo al cabo.</p>
+
+<p>&mdash;Pues por la escalera principal. Me he echado
+este capuchón negro encima y he bajado corriendo.</p>
+
+<p>Y viéndole frío y disgustado por aquella broma
+de mal gusto, se empinó sobre la punta de
+los pies, colgose rápidamente a su cuello y, después
+de apretar los labios larga y apasionadamente
+contra los suyos, le dijo con acento zalamero:</p>
+
+<p>&mdash;Ya sabía que no eras cobarde... pero quería
+comprobarlo.</p>
+
+
+
+<hr />
+<h3><a name="V" id="V"></a>V</h3>
+
+<p class="cab">Las bromas de Paco Gómez.</p>
+
+
+<p>Ahora bien, Granate no acababa de persuadirse
+a que Paco Gómez procediese
+de buena fe. Su carácter jocoso, los
+terribles bromazos que se le atribuían perjudicábanle
+en el ánimo del indiano. No bastaba que
+adoptase continente grave y mantuviese con
+él pláticas largas acerca de la alza o baja de las
+acciones del Banco, ni que le loase la casa por
+encima de todas las fábricas modernas y le diese
+útiles consejos en el juego del chapó. De todos
+modos el gracioso de Lancia observaba allá, en
+el fondo de sus ojazos encarnizados de jabalí,
+una nube de recelo que no podía disipar. En este
+aprieto pidió auxilio a Manuel Antonio. Se le
+había metido en la cabeza una broma chistosa,
+y antes de renunciar a ella consentiría en cualquier
+alianza.</p>
+
+<p>&mdash;Desengáñate, Santos&mdash;decía el marica, de
+acuerdo con Paco, paseando cierta tarde por
+el Bombé con Granate,&mdash;tú, como te has pasado
+más de la mitad de la vida detrás de un
+mostrador, no entiendes nada de estos lances. No
+te diré que Fernanda esté chalada por tí, pero
+que anda en camino de ello lo digo y lo sostengo
+aquí y en todas partes. Hace ya tiempo que
+lo vengo notando. Las mujeres son caprichosas,
+incomprensibles; hoy rechazan una cosa y mañana
+la apetecen y están dispuestas a hacer cualquier
+disparate por lograrla. Fernanda comenzó
+rechazándote...</p>
+
+<p>&mdash;¡Entodavía! ¡entodavía!&mdash;manifestó sordamente
+el indiano.</p>
+
+<p>&mdash;Pura apariencia. Es una chica muy orgullosa
+y que no dará jamás su brazo a torcer. Pero
+por lo mismo que tiene mucho orgullo no se casará
+más que con el conde de Onís o contigo, los
+dos únicos partidos que hay en Lancia para ella;
+el conde por la nobleza y tú por el dinero. Luis
+es un hombre muy raro; yo lo creo incapaz de
+casarse. Ella está convencida ya de esto mismo.
+No le queda más que tú, y tú serás al cabo el que
+se coma la breva... Además, por más que otra
+cosa digan, a las mujeres les gustan los hombres
+como tú, robustos... porque tú eres un roble,
+chico&mdash;añadió volviendo hacia él la cabeza con
+admiración.</p>
+
+<p>Granate dejó escapar un mugido corroborante.
+El marica le pasó las manos por el torso, como
+profundo conocedor de las formas masculinas.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué musculatura, chico! ¡Qué hombros!</p>
+
+<p>&mdash;Con estos hombros que aquí ves&mdash;dijo el
+indiano con orgullo&mdash;se han ganado muchos miles
+de pesos.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo? ¿Cargando sacos?</p>
+
+<p>&mdash;¡Sacos!&mdash;exclamó Granate sonriendo con
+desprecio.&mdash;Eso es pa la canalla. ¡Cajas de
+azúcar como vagones!</p>
+
+<p>El Bombé estaba desierto en aquella hora.
+Era un paseo amplio en forma de salón, recién
+construido en lo alto del famoso bosque de San
+Francisco, desde donde se señoreaba todo. Este
+bosque de robles corpulentos, añosos, retorcidos,
+algunos de los cuales pertenecían a la selva primitiva
+donde se fundó el monasterio que dio origen
+a Lancia, servía de sitio de recreo y esparcimiento
+a la población, hasta cuyas primeras casas llegaba.
+Permaneció siempre en lamentable abandono;
+pero la última corporación municipal había
+llevado a cabo en él magnas reformas que le habían
+valido los aplausos de los espíritus innovadores:
+un paseo, algunos jardinillos alrededor y
+una calle enarenada entre los árboles, que le ponía
+en fácil comunicación con la ciudad. Los días
+de labor no paseaban por él más que algunos
+clérigos con sus largos manteos negros y enorme
+sombrero de teja, llevando algún seglar enmedio,
+dos o tres pandillas de indianos disputando
+en voz alta sobre el precio de los cambios o el
+valor de los solares de la calle de Mauregato, recién
+abierta, y tal cual valetudinario, que venía
+a primera hora a tomar el sol, y se retiraba tosiendo
+en cuanto sentía la humedad de la tarde.
+¿Y las damas?... ¡Ah! Las damas lacienses sabían
+perfectamente lo que se debían a sí mismas
+y estaban dotadas de un sentimiento harto delicado
+de las leyes del buen tono para exhibirse
+en días que no fuesen feriados. Y aun en éstos
+no lo hacían sino tomando las debidas precauciones.
+Ninguna dama de Lancia cometía la bajeza
+de presentarse en el Bombé los domingos
+mientras no estuviesen paseando en él algunas
+otras de su categoría. Pero esto era de una dificultad
+insuperable, dada la unanimidad de pareceres.
+De aquí que, aderezadas ya desde las tres
+de la tarde, con el sombrero y los guantes puestos,
+aguardasen al pie de los balcones, espiándose
+las unas a las otras por detrás de los visillos.
+«Ya pasan las de Zamora.» «Ahora vienen
+las de Mateo.» Sólo entonces se aventuraban
+a lanzarse a la calle y subir poco a poco y
+con la debida majestad hasta el paseo, donde
+hacía ya dos horas la banda municipal ejecutaba
+diversas fantasías sobre motivos de <i>Ernani</i> o <i>Nabuco</i>
+para recreo de las niñeras y algunos apreciables
+albañiles. Ni se crea, sin embargo, que
+la sociedad distinguida de Lancia entraba así de
+golpe y porrazo en el arenoso salón. Nada de
+eso. Antes de poner el pie en él subían a otro paseíto
+suplementario que había poco más arriba.
+Desde allí exploraban el terreno, observaban
+«si alguna se había atrevido.» Por fin, cuando
+las sombras comenzaban a espesarse ya en las
+copas de los añosos robles, a la hora en que la
+niebla descendía de las montañas apercibida a
+fijarse en las narices, en la garganta y en los
+bronquios del honrado vecindario, todas las bellezas
+indígenas acudían casi en tropel al espacioso
+paseo. ¡Qué importaba un catarro, un
+reuma, ni siquiera una pulmonía, ante la deshonra
+de presentarse las primeras en el Bombé!
+¡Ejemplo notable de fortaleza! ¡Caso portentoso
+del poder que en los pechos elevados ejerce el
+respeto de sí mismo!</p>
+
+<p>Esta exquisita conciencia de los deberes, que
+la naturaleza ha escrito con caracteres indelebles
+en los corazones dignos, se revelaba aún de
+modo más claro y conmovedor con ocasión de
+los bailes de confianza que el Casino de Lancia
+daba cada quince días durante el invierno. Fácil
+es de comprender que las dignísimas señoritas
+que con tal admirable constancia luchaban un
+día y otro para no entrar en el paseo mientras
+estuviese solitario, no irían a cometer la vileza
+de presentarse «primero que las otras» en
+el salón del Casino. Mas como aquí no había
+paseo suplementario desde donde espiarse, ni era
+fácil por la noche estar de espera en los balcones,
+aquellas ingeniosísimas damas, tan dignas
+como ingeniosas, hallaron un medio de dejar
+siempre a salvo su honra. Poco después de sonar
+las diez, hora en que daba comienzo el baile,
+enviaban hacia allá de descubierta, como caballería
+ligera, a sus papas o hermanos. Entraban
+haciéndose los distraídos, se sentaban un momento
+en las butacas, gastaban cuatro bromas
+con los pollos que allí aguardaban correctos, impacientes,
+con la luenga levita cerrada, abrochándose
+los guantes los unos a los otros, y al
+poco rato se retiraban disimuladamente para ir
+a noticiar a sus familias que aún no había llegado
+nadie. ¡Ah! ¡Cuántas veces los pollos impacientes
+de la levita cerrada aguardaron vanamente
+toda la noche la llegada de sus hermosas
+parejas! Las bujías se iban gastando; la orquesta,
+que había tocado sin éxito alguno dos o tres
+bailables, se desmoralizaba; los músicos charlaban
+en voz alta o paseaban por el salón y hasta
+fumaban; los hujieres y mozos bostezaban,
+tirándose unos a otros indirectas referentes a las
+dulzuras del lecho. Por fin el presidente daba la
+orden de apagar, y los pollos se retiraban a sus
+domicilios respectivos tan mustios como correctos.
+¡Espectáculo consolador el de aquellas heroicas
+jóvenes que, apesar de sus vivos deseos
+de ir al baile, preferían permanecer en casa a
+quebrantar los principios fundamentales en que
+descansa la dicha y el sosiego de la sociedad!</p>
+
+<p>&mdash;Allí viene Paco con el Jubilado. Lo mismo
+te dirán que yo&mdash;profirió Manuel Antonio poniéndose
+la ebúrnea mano sobre las cejas a guisa
+de pantalla.</p>
+
+<p>En efecto, allá a lo lejos se columbraba la
+figura de Paco como una percha coronada por
+un pepino. Todos los sombreros le entraban hasta
+las orejas a causa de la inverosímil pequeñez
+de la cabeza y su disposición excepcional. A su
+lado caminaba el Sr. Mateo con sus enormes bigotes
+blancos y arrogante figura militar, aunque
+ya sabemos que era el hombre más civil que
+hubiese producido Lancia desde hacía algunos
+siglos.</p>
+
+<p>Granate dejó escapar algunos gruñidos destinados
+a probar el profundo desprecio que aquellos
+dos personajes le inspiraban, el uno por su
+poca formalidad, y el otro por no tener ni un
+mal cupón del tres por ciento.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, queridos, hacedme el favor de convencer
+a este babieca de que es un buen partido
+para cualquier muchacha, porque no quiere
+creerlo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Aprieta, pues si D. Santos no es partido
+con cinco o seis millones de reales, no sé yo
+quién lo será!&mdash;exclamó Mateo relamiéndose
+como padre de cuatro niñas casaderas que no
+acababan de casarse.</p>
+
+<p>&mdash;¡Suba el cañón, D. Cristóbal, suba el cañón!&mdash;dijo
+el indiano echándole una mirada
+torva.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo? ¿Tiene usted más?... Me alegro...
+Yo hablo por lo que dice la gente...</p>
+
+<p>&mdash;Tengo quinientos mil pesos sin quitar un
+<i>lápiz</i>.</p>
+
+<p>Los tres amigos cambiaron una mirada significativa.
+Manuel Antonio, no pudiendo contener
+la risa, le abrazó exclamando:</p>
+
+<p>&mdash;¡Bien, Santos, bien! Eso del <i>lápiz</i> me enternece.</p>
+
+<p>Granate era el hombre de los disparates lingüísticos.
+No tenía conocimiento de la forma
+verdadera de una gran parte de las palabras; las
+modificaba de modo que resultaba muy cómico.
+Sin duda dependía de falta de oído, dado que
+hacía ya algunos años que había regresado de
+América y trataba con personas cultas. Sus bárbaros
+atentados contra el idioma eran proverbiales
+en Lancia.</p>
+
+<p>&mdash;Pues nada, este infeliz se figura&mdash;prosiguió
+el marica, sin hacer caso de la mirada recelosa
+que le dirigió&mdash;que porque Fernanda Estrada-Rosa
+gasta algunos remilgos no le gustan las
+peluconas como a todo hijo de vecino... ¡Tonto,
+tonto, más que tonto! (y al decir esto le pegaba
+palmaditas en el ancho y rojo cerviguillo). ¡Si
+es hija de D. Juan Estrada-Rosa, el mayor judío
+que hay en la provincia!</p>
+
+<p>&mdash;Hombre, Fernanda ya es otra cosa&mdash;manifestó
+el Jubilado, que no estaba en el ajo&mdash;Es
+una chica muy rica y no necesita casarse por el
+dinero.</p>
+
+<p>Pero los otros dos cayeron como fieras sobre
+él. Cuando se tiene dinero se quiere más. La ambición
+es insaciable. Fernanda era muy orgullosa
+y no pasaría por que ninguna otra chica en
+Lancia pudiese ostentar tanto lujo como ella. Si
+D. Santos elegía esposa en la población, le
+podría hacer competencia desastrosa: era una
+mosca que no se quitaría jamás de la nariz. El
+único rival temible para D. Santos era el conde
+de Onís; pero éste ya estaba descartado. Su carácter
+excéntrico, su misticismo y las extrañas
+manías en que daba con frecuencia, habían concluido
+por aburrir a la muchacha...</p>
+
+<p>Con estos argumentos y un formidable pisotón
+de inteligencia que Paco le dio, el Jubilado entró
+en razón y se puso de parte de ellos. Los tres se
+esforzaron en convencer al indiano de que ni
+aquélla ni ninguna otra joven podría resistir mucho
+tiempo si él se decidía a estrechar el bloqueo.
+Paco aludía además de un modo vago y
+misterioso a cierto dato que él poseía, el cual
+demostraba hasta la evidencia que los desdenes
+de la chica eran pura comedia, alardes de vanidad
+para hacerse valer. Pero era un secreto; no
+podía revelarlo sin faltar a la amistad y consideración
+que debía a la persona que se lo había
+comunicado.</p>
+
+<p>Sin embargo, Granate no acababa de rendirse.
+Como un mastín a quien rodean los chicos y tratan
+de congraciársele haciéndole caricias, echábales
+miradas recelosas y dejaba escapar de vez
+en cuando gruñidos dubitativos. Manuel Antonio
+agotó el repertorio de sus argumentos sutiles y
+femeninos, apoyados por sendos abrazos, palmaditas
+o pellizcos. Estuvo elocuente y sobón hasta
+lo infinito. Paco le dejaba decir y hacer echándole
+de través miradas socarronas, convencido
+de que Granate acogía siempre con desconfianza
+sus palabras. Pero a última hora intervino para
+dar el golpe definitivo. Después de hacerse rogar
+mucho por sus dos auxiliares, y de suplicar
+encarecidamente y por los clavos de Cristo que
+aquello permaneciese en secreto, sacó al fin del
+bolsillo una carta. Era de Fernanda a una amiga
+de Nieva. Explicó primero de qué modo casual
+había venido a su poder, y después leyó en voz
+baja y con aparato de misterio el siguiente párrafo:
+«Lo que me dices de Luis no tiene fundamento.
+No he vuelto ni volveré a reanudar
+mis relaciones con él por razones muy largas de
+explicar, algunas de las cuales ya conoces. Lo
+de D. Santos, aunque por ahora no hay nada,
+lleva mejor camino. Es viejo para mí, pero me
+parece muy formal y cariñoso. Nada tendría de
+particular que al fin cayera con él.»</p>
+
+<p>Granate atendió con extremada fijeza, abriendo
+de modo descomunal sus ojazos. Cuando
+Paco terminó la lectura dijo con voz profunda,
+como si hablara consigo mismo:</p>
+
+<p>&mdash;Esa carta es <i>ipócrifa</i>.</p>
+
+<p>Volvieron los tres a mirarse haciendo lo posible
+por contener la risa. Manuel Antonio aprovechó
+la ocasión para darle un abrazo más.</p>
+
+<p>&mdash;¡Anda tú, grosero, desconfiadote! Enséñale
+la carta, Paco... ¿Tú conoces la letra de Fernanda?...
+¿No?... Pues yo sí y aquí D. Cristóbal
+también, porque Emilita recibe a cada momento
+cartas de ella... Tú eres demasiado modesto,
+Santos. Yo no te diré que seas un real mozo,
+pero tienes cierta gracia y cierto aquel... vamos...</p>
+
+<p>&mdash;¡Ya lo creo que lo tiene!&mdash;exclamó Paco.&mdash;Bien
+puede usted fiarse de Manuel Antonio, que
+es voto en la materia.</p>
+
+<p>&mdash;Cualquiera puede distinguir, querido&mdash;profirió
+éste, picándose repentinamente.&mdash;Teniendo
+ojos en la cara se sabe lo que es hermoso, lo que
+es feo y lo que es mediano.</p>
+
+<p>Y no quiso emplear más saliva en secundar
+los planes de Paco. Dejaron, pues, a Granate en
+paz, y el marica cambió de conversación.</p>
+
+<p>&mdash;Ahí vienen sus amigos, D. Cristóbal.</p>
+
+<p>Éste levantó la cabeza y vio venir hacia
+ellos paseando ocho o diez militares. Eran oficiales
+del batallón de Pontevedra, que, a su despecho,
+había llegado recientemente de guarnición
+a la ciudad. Mateo rechinó un poco los dientes
+y bufó repetidas veces para indicar todo lo
+odioso que le era la fuerza armada. Después exclamó
+con irónico retintín:</p>
+
+<p>&mdash;¡Cómo me encantan los guerreros en tiempo
+de paz!</p>
+
+<p>&mdash;Les tiene usted mucha manía, D. Cristóbal.
+Los militares no dejan de ser útiles.</p>
+
+<p>&mdash;¡Útiles!&mdash;exclamó el Jubilado encrespándose.&mdash;¿Qué
+utilidad traen, vamos a ver? ¿En qué
+son útiles?</p>
+
+<p>&mdash;Hombre, mantienen la paz.</p>
+
+<p>&mdash;La guerra es lo que mantienen. Para librarnos
+de los ladrones basta la guardia civil. Ellos
+son los que fomentan el malestar y la ruina de
+la nación. En cuanto ven las escalas paradas se
+sublevan en uno u otro sentido, que eso es para
+ellos lo de menos, y ¡vengan empleos y cruces
+pensionadas!... Yo sostengo que mientras existan
+soldados no habrá tranquilidad en España.</p>
+
+<p>&mdash;Pero, D. Cristóbal, ¿y si una nación extranjera
+nos atacase?</p>
+
+<p>El Jubilado dejó escapar una risita irónica
+y sacudió algunas veces la cabeza antes de contestar.</p>
+
+<p>&mdash;Pero ven acá, infeliz, la única nación que
+puede atacarnos por tierra es Francia, y si Francia
+se decidiese a hacerlo, ¿de qué nos servirían
+todos esos oficialitos tan guapos y bien uniformados?</p>
+
+<p>&mdash;Además, los soldados son un bien para la
+población por lo que consumen. Los comercios
+ganan, las casas de huéspedes lo mismo...</p>
+
+<p>Manuel Antonio defendía a la milicia sólo por
+oír a Mateo y ponerle fuera de sí. Ahora se observaba
+un dejo de ironía en sus palabras y
+mayor deseo de exacerbarle.</p>
+
+<p>&mdash;¡Eso es!... ¡Ahora sí que me has apabullado!
+¿Y de dónde viene ese dinero que consumen,
+majadero?... ¡De tí y de mí y del señor, de todos
+los que pagamos algo al Estado en una u
+otra forma!... El resultado final es que ellos
+consumen sin producir, que son un mal ejemplo
+en las poblaciones, porque la ociosidad en que
+viven corrompe a los que ya son un poco propensos
+a la vagancia... ¿Sabes tú cuál es el
+gasto del ejército? Pues entre los ministerios de
+Guerra y Marina consumen más de la mitad del
+presupuesto. ¡Es decir que la administración, la
+justicia, la religión, los gastos que ocasionan
+nuestras relaciones con los demás países, las
+obras públicas y el fomento de todos los intereses
+materiales no cuestan tanto al contribuyente
+como esos caballeritos del pantalón encarnado!...
+Que las demás naciones de Europa tienen
+un ejército poderoso, bueno, ¿y qué? Allá ellas.
+Las demás se pueden permitir ese lujo porque
+tienen dinero. Pero nosotros somos unos pobretes;
+no tenemos más que fachada... Además,
+en otros países hay complicaciones internacionales,
+de las cuales por fortuna estamos libres.
+La Francia no nos atacará por miedo a la intervención
+de las potencias; pero si nos atacase,
+lo mismo nos conquistaría con ejército que
+sin él...</p>
+
+<p>El Jubilado se repetía, manoteaba para dar
+nueva fuerza a sus argumentos, echaba fuego por
+los ojos. Manuel Antonio le dejaba irritarse con
+visible satisfacción. En aquel momento pasó
+cerca el grupo de los oficiales, que dieron las
+buenas tardes cortésmente. Todos contestaron
+menos D. Cristóbal, que se hizo el distraído.</p>
+
+<p>&mdash;Yo creo que está usted muy exagerado, don
+Cristóbal. ¿Qué tiene usted que decir del capitán
+Núñez, que acaba de pasar ahora? ¿No
+es todo un buen mozo y una persona atenta y
+fina?</p>
+
+<p>&mdash;Con un azadón en la mano estaría mucho
+mejor y sería más útil a su país&mdash;murmuró sordamente
+el Jubilado.</p>
+
+<p>&mdash;Pues no tiene usted más que ponérselo en
+cuanto sea su yerno, porque, según cuentan, es
+novio de su hija Emilia&mdash;dijo el marica recalcando
+las palabras con extremado gozo.</p>
+
+<p>Paco y D. Santos rieron. D. Cristóbal quedó
+anonadado. Apenas pudo mascullar trabajosamente:</p>
+
+<p>&mdash;¡Quién hace caso de esas boberías!</p>
+
+<p>Y no volvió a chistar. Aquella noticia le había
+llegado a lo profundo del corazón, le ponía
+en la situación más difícil en que estuvo jamás
+hombre alguno. Los demás no dejaron de notar
+este silencio, y se hacían guiños y se dirigían
+sonrisas por detrás de su espalda.</p>
+
+<p>Pero Paco también estaba preocupado. Cuando
+se le metía en la cabeza, en aquella cabeza
+como un puño, mal amasada, un bromazo como
+el que tenía proyectado, andaba inquieto, afanoso,
+lo mismo que el poeta o el pintor que tienen
+una obra entre manos. Después de varios
+días de machacar por él logró al fin, casi, casi,
+decidir al indiano. Se trataba nada menos de que
+éste fuese a pedir con toda ceremonia a D. Juan
+Estrada-Rosa la mano de su hija Fernanda. Según
+Paco y los que le secundaban, era el medio
+más directo y más adecuado de conseguirla.
+Todo lo demás, andarse por las ramas. El día
+en que D. Juan viese que le entraban diez millones
+por la casa andaría de cabeza por convencer
+a su hija. Y ella misma no les haría asco.
+¿Pues qué, no siendo con el conde de Onís, con
+quién mejor podía casar que con un hombre tan
+rico, tan formal, tan sano y tan <i>ilustrado</i>? Este
+último epíteto, proferido por Paco con grave
+continente, estuvo a punto de echar a perder el
+asunto, porque no faltó quien sofocase a duras
+penas la carcajada. Granate quiso advertirlo,
+miró a Paco con recelo y volvió a mostrarse desconfiado
+y reacio algunos días.</p>
+
+<p>Llegó un momento, sin embargo, en que el indiano
+creyó en sus palabras. Fue después de haberle
+oído en el Casino desde una habitación
+contigua atacar duramente al conde de Onís.
+Aquel día se decidió a darle crédito y convino
+con él la manera de llevar a cabo la petición que
+le aconsejaba. Paco opinó que lo mejor sería no
+decir nada previamente a la chica. Así como los
+buenos generales, para asegurar la victoria, suelen
+caer de improviso y con sigilo sobre el ejército
+enemigo, lo más hábil en este caso era entrar
+inopinadamente en la casa, llamar a don
+Juan a una conferencia reservada y abordar de
+frente el negocio. Por el banquero no había cuidado:
+se pondría como unas pascuas. La chica
+recibiría gran sorpresa, pero esto mismo la
+aturdiría y la pondría más blanda. Las cosas
+graves de la vida se deciden generalmente por
+una corazonada. El que no se arriesga no pasa
+la mar. En resumen, que Granate se entregó a
+discreción y comenzaron los preparativos para
+la gran solemnidad. Lo primero que se trató fue
+la hora. Quedó resuelto que fuese a las doce del
+día. El traje fue objeto de animadas pláticas.
+Paco opinaba que, para presentarse bajo un aspecto
+más imponente, convendría vestirse algún
+uniforme, por ejemplo, el de jefe honorario de
+administración civil. No era difícil conseguir
+el nombramiento sacrificando un puñado de oro;
+pero esto dilataría más de un mes la realización
+de la empresa. Se desechó el uniforme y se convino
+en que vistiese frac negro y llevase colgada
+la medalla de concejal. Fijose por último el
+día: resultó un lunes.</p>
+
+<p>Desde mucho antes el traidor había deslizado
+en la conversación, hablando con D. Juan Estrada-Rosa,
+la especie de que Granate se jactaba
+de ser deseado y requerido por él para yerno.
+D. Juan, que era también rico y tenía su cacho
+de orgullo, y sobre todo adoraba a su hija y
+creía que el día menos pensado vendría un duque
+de Madrid a pedírsela, se irritó grandemente,
+le llamó rústico, podenco, y juró que, antes de
+ver a su hija casada con semejante cafre, preferiría
+que se quedase soltera.</p>
+
+<p>&mdash;Pues tenga cuidado, D. Juan&mdash;dijo Paco
+sonriendo maliciosamente,&mdash;porque el día menos
+pensado se presenta en casa a pedirle la mano
+de Fernanda.</p>
+
+<p>&mdash;No lo hará tal&mdash;respondió el banquero.&mdash;Demasiado
+sabe que le echaría por la escalera
+abajo.</p>
+
+<p>Con estos antecedentes el terrible humorista
+de Lancia marchaba sobre terreno seguro. Fuera
+de los tres o cuatro amigos que le ayudaron
+a persuadir a D. Santos, a nadie dio parte de la
+intriga; pero el domingo por la tarde, víspera
+del acontecimiento, lo mismo Manuel Antonio
+que él, lo fueron pregonando por todos los grupos
+y citándose para el día siguiente en el café
+de Marañón. En provincia, donde son escasos los
+medios de divertirse, se toma muy por lo serio
+esta clase de bromas, se preparan con fruición,
+se paladean de antemano. La de Paco fue acogida
+con vivo entusiasmo por la juventud laciense.
+La víctima no era un pobre diablo, cómo solía
+acontecer, sino un ricachón. Esto le prestaba
+doble atractivo. En el fondo de todos los corazones
+hay siempre unos granitos de odio para
+el que tiene mucho dinero. Corrió por el paseo
+la voz, y al día siguiente se presentaron en el
+café de Marañón más de cincuenta mancebos.</p>
+
+<p>Pero no se dieron a luz en tanto que no pasó
+Granate. El café estaba situado en un piso principal
+(por aquel tiempo no se usaban los bajos
+para este destino) de la calle de Altavilla, casi
+enfrente de la casa de D. Juan Estrada-Rosa.
+Ésta era grande y suntuosa, aunque no tanto
+como la que recientemente había construido don
+Santos. La del café, vieja y de ruin apariencia.
+El local que ocupaban los parroquianos, una sala
+donde estaba la mesa del billar y dos gabinetes
+a los lados con algunas mesillas de madera para
+el consumo, todo sucio, lóbrego, sobado. ¡Cuán
+lejos aún los tiempos de que se estableciese en
+uno de los bajos de aquella misma calle el magnífico
+café Británico, con mesas de mármol, espejos
+colosales y columnas doradas como los
+más elegantes de Madrid!</p>
+
+<p>Espiando por detrás de los visillos aquella
+florida juventud, ávida de los goces estéticos,
+vio pasar a Granate correctamente vestido, balanceando
+su torso colosal sobre unas piernas
+que no lo merecían. Le vieron entrar en casa de
+Estrada-Rosa y hasta oyeron el ruido del picaporte.
+Nada más. Inmediatamente se abrieron
+de par en par los balcones del café y se llenaron.
+Los que no tenían sitio se encaramaron en
+sillas detrás de sus compañeros. Todos los ojos
+se clavaron en el portal de enfrente. Esperaron
+cerca de un cuarto de hora.</p>
+
+<p>Al cabo la fisonomía violácea de Granate apareció
+de nuevo. Daba miedo. Aquella cara parecía
+ya un terciopelo como si estuviese ahorcado.
+Las orejas tenían el color de la sangre. A su
+aparición estalló una salva de toses y estornudos
+y gritos y aullidos. El indiano alzó la cabeza
+y paseó su mirada atónita por aquella muchedumbre
+descompuesta que le sonreía, sin comprender
+la razón. Tardó poco, sin embargo, en
+darse cuenta de que era víctima de un bromazo.
+Sus ojos se clavaron entonces feroces en el concurso,
+y exclamó con un desprecio que nada tenía
+de fingido:</p>
+
+<p>&mdash;<i>¡Méndigos!</i></p>
+
+<p>Y se alejó como un jabalí perseguido por la
+jauría entre silbidos y carcajadas, volviendo de
+vez en cuando la cabeza para escupirles el mismo
+esdrújulo injurioso.</p>
+
+
+
+<hr />
+<h3><a name="VI" id="VI"></a>VI</h3>
+
+<p class="cab">Las señoritas de Meré.</p>
+
+
+<p>En efecto, Emilita Mateo había logrado
+hacerse amar de un capitán del batallón
+de Pontevedra. Le había costado
+muchos días de incesante jugueteo, un número
+incalculable de miradas provocativas, de carcajadas
+sin motivo, de caprichos infantiles, de
+gestos mimosos y enfados pasajeros. Había desplegado,
+en suma, todas sus baterías, mostrándose
+a la vez cándida y maliciosa, dulce y arisca,
+reservada y charlatana, grave y retozona
+como una loquilla, como niña ligera e insustancial,
+pero adorable. Al fin Núñez, el capitán
+Núñez, no pudo resistir a tal graciosa mezcla
+de inocencia y malicia, y se replegó
+primeramente, y no tardó luego en rendirse. Era
+un hombre de cara larga, bigote y perilla, flaco, serio,
+bilioso, con los ojos mortecinos y fatigados, muy exacto
+en el cumplimiento de sus deberes y aficionado a dar
+largos paseos. Esta clase de hombres silenciosos y disciplinados
+son los más sensibles a los encantos de la
+alegría y la vivacidad. Emilita le hizo suyo llamándole
+cazurro y dándole pellizcos por «pícaro y burlón»; ¡a
+él, a quien había que sacar las palabras con tirabuzón
+y en su vida había gastado la más sencilla chanza!</p>
+
+<p>Con este memorable suceso, la familia Mateo andaba
+bastante dislocada. Jovita, Micaela y Socorro, hermanas
+legítimas de la afortunada doncella, sentíanse
+celosas y lisonjeadas a la vez. Entendían que la preferencia
+de un oficial de infantería tan bizarro constituía
+un honor que irradiaba sobre toda la familia
+y las colocaba en situación ventajosa frente a sus amigas
+o conocidas. Pero al mismo tiempo consideraban
+que, siendo Emilita la última en edad, no le correspondía
+tener novio y mucho menos casarse sino después
+de sus hermanas. Eran prematuros en ella los
+noviazgos, no contando más que veinticuatro años de
+edad. En cuanto a la idea de que pudiera contraer matrimonio
+una criatura tan tierna y tan informal, la
+misma sonrisa de sorpresa y desdén contraía los labios
+de las tres hermanas mayores. Así que, por más
+que se desbarataban en elogios del capitán delante de
+las amigas, haciendo resaltar sus prendas físicas,
+prestándole un corazón grande y heroico, certificando
+de su riqueza como si se la administrasen y hablando
+vagamente de ciertas influencias que le pondrían más
+tarde o más temprano en la bocamanga los entorchados
+de general, lo cierto es que no le perdonaban ni
+le perdonaron jamás su delito cronológico.</p>
+
+<p>Por otra parte, don Cristóbal, padre de aquel ángel
+travieso y juguetón, quedó repentinamente en posición
+tan falsa que quiso volverse loco. Luchaba su
+amor de padre ruda batalla con el odio a la milicia.
+Avergonzábale el consentir que una hija suya diese
+oídos a un militar después de haberlos llamado él tantas
+veces haraganes, sanguijuelas, y haber clamado
+tanto por la reducción del contingente. ¿Con qué cara
+se presentaría a sus amigos de allí en adelante? Pasó
+días bien terribles. El aborrecimiento al ejército y a
+la marina se hallaba tan profundamente arraigado en
+su corazón, que no podía extinguirse de pronto. Sin
+embargo, le era forzoso confesar que la conducta nobilísima
+del capitán Núñez lo había mermado poderosamente.
+El anhelo de casar a sus hijas gozaba tanta
+vida en el fondo de su ser como el desprecio de la
+fuerza armada. ¡Cuánto le pesaba de haber vociferado
+tanto contra ésta! En su tribulación llegaba a deplorar
+que Núñez perteneciese al arma de infantería. Si
+fuese siquiera marino, disminuiría la gravedad del
+conflicto. Recordaba que en sus diatribas contra el
+ejercito hacia la salvedad de que era necesario conservar
+algunos barcos para proteger las colonias. Lo
+mismo podía decirse si perteneciese a la Guardia civil.
+En cuanto a las demás fuerzas de tierra, no cabía disculpa
+ni había medio de salir del aprieto.</p>
+
+<p>En tan terribles circunstancias optó por encerrarse
+en casa. Cuando alguna vez salía, andaba
+receloso y huido. Los amores de su hija se fueron
+haciendo más formales y cada vez más públicos.
+Temía las bromas. El miedo le hizo claudicar,
+adoptando un proceder doble y falso, indigno por
+completo de su carácter y antecedentes. Es decir
+que, mientras públicamente seguía afectando
+desprecio hacia las fuerzas de tierra, cuando
+hablaba con el novio de su hija o entre militares,
+lo hacía con agasajo, les preguntaba con
+interés por su carrera, lo mismo que si prestasen
+servicios en cualquier oficina civil del Estado.
+Nadie sospecharía al oírle enterarse tan
+minuciosamente del escalafón, de las reservas y
+reemplazos, etc., que aquel hombre les tenía jurado
+odio eterno. Pero el Jubilado llegó con el
+tiempo a una distinción que nunca se había atrevido
+a proponer. Como militares no transigía
+con ellos, los consideraba una verdadera plaga
+social... Ahora, «como hombres,» bien podían ser
+dignos de estimación, según sus cualidades.</p>
+
+<p>Los amores de Emilita habían nacido y crecido
+como otros muchos en casa de las de Meré.
+Eran éstas dos señoritas que pasaban de los
+ochenta y no llegaban a los cien años. De todos
+modos, a la entrada del siglo XIX eran ya maduras.
+No tenían en Lancia familia alguna. Ninguno
+de los vivos recordaba a su padre, que había
+muerto cuando todavía eran mocitas. Estuvo
+empleado en el ramo de Hacienda. Es de suponer,
+dada su remota antigüedad, que sería percibidor
+de alcabalas o de otros pechos ya extinguidos.
+Del siglo XVIII, al cual pertenecían, tenían
+aquellas interesantes señoritas en primer
+lugar el traje. Jamás pudieron entrar por las modas
+del presente. Una saya de cúbica negra muy
+escurrida con plomos por debajo para que se escurriera
+todavía más, talle muy alto, manga
+apretada con bullones, zapatito de tabinete descotado
+y un tocado inverosímil de puro extravagante:
+así se presentaban en todas partes. La
+mantilla que usaban no era de velo, sino de
+sarga con franja de terciopelo, como las usan
+ahora solamente las artesanas. Llevaban bastón
+para apoyarse. Conservaban además la cortesía
+exquisita, la ligereza de carácter, la pasión por
+la sociedad y una alegría inagotable, maravillosa
+a sus años. Lo que no habían traído consigo
+al siglo presente era la libertad de costumbres
+y la malicia que, al decir de los historiadores,
+caracterizaba la sociedad del pasado.
+Imposible imaginar unas criaturas más sencillas.
+Como si no hubiesen atravesado por la
+vida, todo les sorprendía, en todo creían menos
+en el mal. Así que, con frecuencia, eran víctimas
+de las bromas de sus amigos y tertulianos, sin
+que por eso dejase ninguno de profesarles entrañable
+afecto. Desde tiempo inmemorial tenían
+costumbre de recibir en su casa por la noche a
+la juventud de Lancia, particularmente a los muchachos
+que se placían en asistir por la grandísima
+libertad que allí disfrutaban. Por acuerdo
+tácito todos ellos las tuteaban. Y era en verdad
+peregrino el oír a los chicuelos de diez y ocho
+años hablar con tal familiaridad a unas viejecitas
+que pudieran ser sus bisabuelas. Carmelita
+para aquí, Nuncita para allá, porque la más anciana
+se llamaba D.ª Carmen y la más joven
+D.ª Anunciación.</p>
+
+<p>Tres o cuatro generaciones habían pasado
+por aquella salita de la calle del Carpio, modesta
+y aseada, con el pavimento de madera encerada,
+sillas de paja, sofá de damasco encarnado,
+cómoda de caoba atestada de chirimbolos, espejo
+con marco de carey y diversos cuadritos al
+pastel representando la historia de Romeo y Julieta.
+La tertulia de las de Meré era la más antigua
+de Lancia. Contra lo que acaece generalmente,
+estas mujeres que no pudieron hallar marido
+tenían la manía de casar a todo el mundo.
+El número de matrimonios que salieron acordados
+de aquella salita es incalculable. En cuanto
+advertían que un muchacho se acercaba a cualquier
+muchacha más que a las otras, ya estaban
+nuestras señoritas preparando los hilos para
+unirlos con lazo indisoluble; ya no consentían
+que nadie se sentase en la silla que estaba al
+lado de Fulanita para que cuando Menganito viniese
+la hallase aparejada y no tuviese más que
+sentarse. Y vengan a Fulanita elogios desmesurados
+de Menganito, y vayan a Menganito relaciones
+minuciosas de los primores que Fulanita
+ejecuta con la aguja y lo económica y hacendosa
+que es y lo piadosa y lo limpia. Y escápense
+más adelante a casa de la mamá de Fulanita para
+celebrar conferencias largas, íntimas, trascendentales,
+y procuren enseguida tropezarse con el
+papá de Menganito y desplieguen todas sus dotes
+diplomáticas para explorarle el corazón. Y por
+premio de estos sudores recibían, al cabo, un
+cartuchito de dulces el día de la boda.</p>
+
+<p>Pero todas las madres de niñas casaderas las
+adoraban, no se hartaban de bendecirlas y adularlas.
+Saludábanlas de media legua, y al salir
+de la iglesia se apresuraban a ofrecerles el brazo
+para que se apoyaran. En cambio, las que tenían
+algún hijo varón en edad de casarse solían
+mirarlas con recelo y antipatía, las llamaban por
+lo bajo chochas y entremetidas. No hay necesidad
+de indicar, por lo tanto, que su pasión casamentera
+les costó no pocos disgustos. Cuando
+algún lechuguino sentía brotar en su pecho la
+llama del amor, lo primero que hacía era mostrársela
+a las de Meré.</p>
+
+<p>&mdash;Carmelita, estoy enamorado.</p>
+
+<p>&mdash;¿De quién, corazón, de quién?&mdash;preguntaba
+la anciana con vivo interés.</p>
+
+<p>&mdash;De Rosario Calvo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ajá! Buen gusto ha tenido el picarón. No
+hay chica más guapa ni mejor educada. Habéis
+nacido el uno para el otro.</p>
+
+<p>Y por un rato el zagalillo tenía el placer de
+escuchar el panegírico de su adorada.</p>
+
+<p>&mdash;Espero que me protegerás.</p>
+
+<p>&mdash;Todo lo que tú quieras, mi alma.</p>
+
+<p>Al cabo de pocos días, Rosario Calvo, que no
+había puesto los pies en su vida en casa de las
+de Meré, aparecía por allí y era tertuliana asidua.
+¿Cómo se habían arreglado aquéllas para
+atraérsela? No es fácil averiguarlo, pero tantas
+veces habían llevado a término ya empresas
+análogas, que de seguro poseían una receta simple
+y segura.</p>
+
+<p>Encariñábanse con sus amigos como si fuesen
+próximos deudos todos. Contábanse de ellas
+rasgos de abnegación que las honraba extremadamente.
+Durante la furiosa reacción del
+año 1823, uno de sus tertulios, teniente de caballería,
+se refugió, después de cierta intentona
+abortada, en su casa. Las señoritas le recibieron
+y le ocultaron algunos días, y al cabo
+lograron que se evadiese disfrazado con el traje
+de un criado. Pero teniendo noticia de que iba
+la policía a registrarles la casa, pensaron con terror
+en el uniforme del teniente. ¿Dónde guardarlo
+que no diesen con él? Carmelita, en aquellos
+instantes críticos, tuvo un rasgo de ingenio
+y bravura. Se vistió el uniforme debajo de sus
+ropas de mujer. Por cierto que este teniente se
+portó con ellas con bastante ingratitud. No tuvo
+en su vida diez minutos para escribirles una
+carta dándoles las gracias.</p>
+
+<p>No fue la única que hubieron de sufrir por parte
+de sus tertulios. Acostumbraban éstos aprovecharse
+de su amabilidad cuanto podían; recreábanse
+en su casa, gozaban de la compañía y
+conversación de las jóvenes más bellas de Lancia,
+concertaban algunos su matrimonio, y luego
+que lo realizaban, o porque sus negocios o su
+edad les impedían asistir a la tertulia, si te vi,
+no me acuerdo; apenas las saludaban en la calle.
+Lo mismo puede decirse de las mamas, tan rendidas
+y aduladoras antes de casar a sus hijas, y
+tan despegadas así que lo conseguían. Pero tales
+flaquezas no alteraban el buen humor de
+aquellas benditas ni destruían su optimismo.
+Como se estaban renovando sin cesar los asistentes
+a su casa, olvidaban la ingratitud de los
+antiguos para pensar tan sólo en el aprecio que
+les tributaban los nuevos. Además, en sus corazones
+no cabía rencor, ni siquiera hostilidad; las
+bromas no las ofendían. ¡Y cuidado que algunas
+eran bien pesadas! La que les dio Paco Gómez
+en cierta ocasión hizo raya: aún se cuenta con
+regocijo en Lancia.</p>
+
+<p>No todas las noches de invierno iban damas a
+la tertulia. Generalmente asistían los sábados y
+los miércoles. Pero había un grupo de muchachos
+que casi nunca dejaban de hacerles un rato
+de compañía a primera hora, aunque después se
+marchasen a otras casas. Uno de ellos era Paco
+Gómez. En estas noches de soledad se formaba
+generalmente un partido de <i>brisca</i>. Paco iba de
+compañero con Nuncita y el capitán Núñez, o
+Jaime Moro, o cualquier otro muchacho con
+Carmelita. Paco una noche se dolió de que las
+señas que se hacían durante el juego fuesen tan
+vulgares y conocidas: era imposible hacerlas
+pasar inadvertidas para los contrarios. Entonces,
+de acuerdo con el otro, propuso cambiarlas.
+Él enseñaría unas a Nuncita, y el contrario otras
+a Carmelita. Las nuevas señas fueron todas ademanes
+obscenos, de esos que no se ven más que
+en las tabernas y lupanares. Aquellas inocentes
+mujeres las aceptaron sin saber lo que hacían
+y se sirvieron de ellas con la mayor desenvoltura.
+Así que pasaron algunos días, y estaban
+perfectamente avezadas a usarlas, Paco invitó
+una noche a muchos de los tertulios a presenciar
+el juego. Resultó una escena de cómico
+subido. Cada vez que cualquiera de las dos señoritas
+hacía una seña, había una explosión de
+alegría. Pues bien, apesar de lo brutal y desvergonzado
+de la broma, las bondadosas señoritas,
+en vez de ponerle de patas en la calle y cerrarle
+la puerta para siempre, se contentaron al
+saberlo con hacerse cruces de sorpresa y reírse
+como los demás.</p>
+
+<p>&mdash;¡Santo Cristo bendito de Rodillero, quién lo
+diría! ¡Tantos pecados como hemos cometido sin
+saberlo!</p>
+
+<p>&mdash;Pues yo no los confieso&mdash;exclamó Nuncita
+con resolución.</p>
+
+<p>&mdash;Los confesarás, Niña&mdash;expresó gravemente
+la primera.</p>
+
+<p>&mdash;Que no.</p>
+
+<p>&mdash;¡Niña!</p>
+
+<p>&mdash;Que no quiero.</p>
+
+<p>&mdash;¡Silencio, Niña! Los confesarás y tres más.
+Mañana mismo te llevaré a Fray Diego.</p>
+
+<p>Nuncita protestó todavía sordamente, como
+una chica mimosa, hasta que las miradas severas
+de su Hermana mayor la hicieron callar. Pero
+todavía estuvo buen rato enfurruñada. A veces,
+sin saber por qué, se mostraba díscola y rebelde
+en sumo grado. Necesitaba Carmelita hacer
+gala de toda su autoridad para someterla.
+Mas, ordinariamente no sucedía así. Aunque no
+le llevase más de tres o cuatro años, Nuncita,
+por la costumbre adquirida, por debilidad de carácter,
+o por ventura porque no le disgustaba
+aparecer más joven en presencia de la gente,
+reconocía la jefatura de su hermana y la obedecía
+con una sumisión que envidiarían las madres
+para sus hijas. Pocas veces tenía necesidad de
+reprenderla, pero cuando lo hacía, Nuncita bajaba
+la cabeza y al poco rato se la veía llevarse
+el pañuelo a los ojos y salir de la sala, mientras
+Carmelita seguía sus movimientos con mirada
+fija, sacudiendo al mismo tiempo la cabeza severamente.
+Poco faltaba para que la castigase
+dejándola sin postre o mandándola a la cama.
+Por tales razones y porque Carmelita así la llamase
+con frecuencia, D.ª Nuncia, que pasaba
+algo de los ochenta, era conocida en Lancia por
+el sobrenombre de «la Niña.»</p>
+
+<p>En los amores de Emilita Mateo se portaron
+ambas hermanas heroicamente. El capitán Núñez
+fue bloqueado en toda regla. Por espacio de
+un mes lo menos, y hasta que le vieron bien
+encarrilado, ni una silla le dejaron libre más
+que la que estaba próxima a la más joven de las
+chicas de D. Cristóbal. En el juego de la lotería,
+al cual se entregaba con pasión desordenada
+aquella sociedad, Nuncita se encargaba, sin que
+nadie se lo pidiese, de buscarles cartones que
+fuesen combinados. Cuando se referían al oficial
+de Pontevedra y a Emilita hablaban como de
+una sola persona. Tan unidos y compactos los
+apreciaban ya.</p>
+
+<p>Servicios a tal extremo importantes los pagaba
+el Jubilado con una gratitud que le rebosaba
+del alma y le salía por los ojos. De buena
+gana se prosternaría ante ellas y les besaría la
+orla del vestido de cúbica. Pero su dignidad y
+aquella larga serie de diatribas contra el ejército
+que llevaba colgadas a los pies como grilletes,
+le impedían estas y otras manifestaciones.
+Ni siquiera tenía el consuelo de poder mostrarse
+alegre cuando aquel pundonoroso militar acompañaba
+a su niña en el paseo. Pero ya se sabe
+que las señoritas se preocupaban muy poco de la
+gratitud de sus tertulios. Los casaban por vocación
+irresistible de su espíritu, por una necesidad
+de su organismo, como teje la araña la tela
+y cantan los pájaros en el bosque. Una vez enlazados
+por el vínculo matrimonial, los tertulios,
+lo mismo hombres que mujeres, perdían
+todo su atractivo para las señoritas de Meré.
+Su atención se concentraba inmediatamente en
+los nuevos pollastres que venían piando a cobijarse
+bajo sus alas protectoras.</p>
+
+<p>Quien les causó una serie de decepciones y
+amarguras, que a poco dan con ellas en el sepulcro,
+fue el conde de Onís. En su vida habían
+tropezado con un hombre más incomprensible.
+¡Lo que las pobres sudaron para meterle en vereda,
+en la florida vereda de Himeneo! Pero aquel
+diablo se les resbalaba por entre los dedos como
+una anguila. Mostrábase durante algunas noches
+tierno y amartelado con Fernanda; no se apartaba
+de ella el canto de un duro. Las miradas
+de las dos hermanas se posaban sobre ellos con
+visible enternecimiento; procuraban con ahínco
+que nadie fuese a interrumpirles; poco les faltaba
+para mandar a los demás que bajasen la voz
+a fin de que no les molestase el ruido. Pues bien,
+repentinamente, cuando menos podía pensarse,
+el conde cometía el absurdo de alzarse distraídamente
+de la silla, bostezar y marcharse a
+hacer solitarios a un rincón de la mesa. Por su
+parte Fernanda caía en idénticas flaquezas, poniéndose
+a charlar animadamente con el chico
+del regente de la audiencia sin dirigir una mirada
+a su novio. Carmelita y Nuncita quedaban
+aterradas cuando esto sucedía, se iban a la cama,
+presa de la mayor consternación.</p>
+
+<p>Después del rompimiento definitivo, y cuando
+al cabo se convencieron de que la ventura de
+realizar tan sublime matrimonio no estaba reservada
+para ellas, humillaron un poco su ambición
+y prestaron auxilio a Granate, que hacía mucho
+tiempo lo demandaba con instancia. También por
+este lado la suerte impía les hirió cruelmente.
+Fernanda rechazaba con irritación cualquier palabra
+suasoria que le dirigiesen en favor del indiano.
+Si observaba que las señoritas tenían dispuestas
+las sillas de modo que resultase aquél
+sentándose a su lado, en un instante destruía su
+combinación yéndose con ademán displicente al
+extremo opuesto. Al formarse las partidas de
+<i>brisca</i> o de <i>tute</i> no consentía que se lo diesen por
+compañero so pena de renunciar al juego. En fin,
+que estaba tan alerta y sobre sí que era imposible
+atacarla por ningún lado. No obstante, las
+de Meré persistían en su proyecto y trabajaban
+por llevarlo a cabo con paciencia; que es la garantía
+más segura para dar cima a las grandes
+empresas.</p>
+
+<p>Algunos días después de la guasa de Paco Gómez
+se hallaban en la famosa tertulia, a más de
+tres o cuatro pollastres, el mismo Paco, Manuel
+Antonio, D. Santos, el capitán Núñez, D. Cristóbal,
+Fernanda, María Josefa Hevia y dos de las
+chicas de Mateo. No se pensaba todavía en jugar.
+Todos estaban sentados menos Paco, que daba
+vueltas por la sala contándoles la broma que había
+dado la otra noche en el teatro a Manín, el
+mayordomo de Quiñones. Desde que éste había
+quedado paralítico, su famoso acompañante andaba
+sin sombra por la ciudad. Mas, por la gran
+confianza que su amo le otorgaba, los tertulios
+de D. Pedro le guardaban consideraciones, y
+apesar de la rusticidad de su trato y del traje
+campestre que llevaba, cuando le tropezaban en
+la calle le abrazaban familiarmente, le convidaban
+a entrar en el café y a veces le llevaban al
+teatro. Manín para aquí, para allá: el grosero aldeano
+se había hecho famoso no sólo en Lancia,
+sino en toda la provincia. Aquel calzón corto,
+aquella media blanca de lana con ligas de color,
+chaqueta de bayeta verde y sombrero calañés,
+le daban un aspecto original en la ciudad, donde
+por milagro se veía ya un hombre con este
+arreo. Era una de las cosas que más sorprendían
+a los forasteros, sobre todo viéndole alternar en
+cierto pie de igualdad con los señores de la población.
+No sólo por respeto al maestrante, sino
+porque les hacía mucha gracia las salidas brutales
+de Manín, éstos se perecían por llevarle en
+su compañía. Además, Manín era un célebre cazador
+de osos, con los cuales se decía que había
+luchado algunas veces cuerpo a cuerpo. Los aficionados
+a tal clase de ejercicio le profesaban
+por esto respeto y simpatía. Sin embargo, los
+enemigos que el mayordomo tenía allá en su aldea
+aseguraban, riendo sarcásticamente, que lo
+de los osos era una farsa, que en su vida los había
+visto, cuanto más luchar con ellos. Añadían
+que Manín había sido siempre un zampatortas
+hasta que D. Pedro había tenido el capricho de
+sacarle de la oscuridad. La imparcialidad nos
+obliga a estampar esta opinión, que desde luego
+suponemos infundada. Hay que confesar, no obstante,
+que la conducta de Manín, ofreciendo repetidas
+veces a sus amigos llevarles a cazar el
+oso, sin que jamás cumpliera la promesa, la prestaba
+cierta verosimilitud. Pero el profesar respeto
+a la salud e integridad de los osos de su país
+¿es acaso motivo suficiente para arrojar a un
+hombre a la cara el calificativo de zampatortas?
+Nadie osará afirmarlo. Más lógico es suponer
+que el célebre Manín era, como todos los hombres
+que logran sobreponerse a la multitud, víctima
+de las asechanzas de la envidia.</p>
+
+<p>Refería Paco, con el desenfado procaz que le
+caracterizaba y del que no prescindía ni aun hallándose
+entre damas, cómo había llevado a
+Manín al palco proscenio que con otros amigos
+tenía abonado en el teatro. El mayordomo no
+había visto jamás bailarinas. Al presentarse éstas
+en escena le hizo creer que traían las piernas
+desnudas. Manín quedó escandalizado, fijando
+en ellas sus ojos, donde se pintaba el asombro y
+la indignación. «Pues aún no has visto lo mejor;
+¡aguarda, aguarda un poco!» Al comenzar
+la orquesta a tocar, las bailarinas hacen chasquear
+los palillos, y dando una vuelta levantan
+todas la pierna a la altura de la cabeza. «¡Sollo!»
+exclama el pobre tapándose la cara con las
+manos. ¡Dios sabe lo que pensó que iba a ver!</p>
+
+<p>Paco narraba el lance con naturalidad, paseando
+de un cabo de la sala, la cabeza baja y
+las manos metidas en los bolsillos del pantalón.
+Las jóvenes tertulianas se creyeron en el caso
+de ruborizarse. Todos reían menos Granate, que
+aún tenía en el corazón la broma del día pasado.
+Desde su rincón, donde estaba como un oso aletargado,
+dirigíale miradas torvas, agresivas. ¿Qué
+había pasado en casa de Estrada-Rosa cuando el
+indiano fue a ella en demanda de la mano de la
+señorita? Ni a D. Juan ni a su hija se les pudo
+sacar una palabra; pero cierta doncellita enteró
+a todo el mundo de que D. Juan había rehusado
+en términos desdeñosos, que Granate hizo ostentación
+de sus millones y aun se autorizó el manifestar
+que Fernanda no encontraría un matrimonio
+más ventajoso. Entonces D. Juan se incomodó,
+le llamo zángano y lo despidió con cajas
+destempladas. Paco, cada vez que sorprendía
+una de aquellas miradas furibundas, sonreía y
+hacía guiños a Manuel Antonio.</p>
+
+<p>&mdash;Oye, Carmela&mdash;dijo parándose frente a un
+cuadrito pintado al óleo,&mdash;¿dónde habéis comprado
+este San Juan?</p>
+
+<p>&mdash;¡Jesús! señor&mdash;exclamó Carmelita,&mdash;no es
+un San Juan, que es un Salvador, ¡míralo cómo
+se ríe el pobrecito!</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! es un Salvador. ¿En qué se distinguen?</p>
+
+<p>Las señoritas de Meré, al escuchar tal pregunta,
+quisieron volverse locas de alegría. Se les
+caían las lágrimas de risa.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ay, qué Paquito! ¡Ay, qué corazón!... ¡No
+distingue un San Juan de un Salvador!</p>
+
+<p>Y ríe y que te ríe. Hacía muchos años que no
+habían oído nada tan gracioso. Cuando hubieron
+sosegado un poco y se limpiaron las lágrimas y
+se sonaron estrepitosamente con un pañuelo de
+hierbas, Paco, que gozaba viéndolas tan alegres,
+les preguntó:</p>
+
+<p>&mdash;Pero vamos, ¿cuándo lo habéis comprado, el
+Salvador, que yo no lo he visto hasta ahora?</p>
+
+<p>&mdash;Estaba en el cuarto de Nuncia, mi alma;
+pero allí no estaba bien, porque tropezaba la
+cama en él, y lo hemos traído.</p>
+
+<p>&mdash;Se lo regaló a Carmela, cuando vivía papá,
+un pintor de Madrid que pasó aquí unos días&mdash;dijo
+Nuncita.</p>
+
+<p>&mdash;¿Eras tú joven?&mdash;preguntó gravemente Paco
+dirigiéndose a Carmelita.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, muy jovencita.</p>
+
+<p>&mdash;¿El pintor tenía fama?</p>
+
+<p>&mdash;Mucha.</p>
+
+<p>&mdash;Entonces ya sé quién era, Murillo.</p>
+
+<p>&mdash;No; me parece que no se llamaba así.</p>
+
+<p>&mdash;Entonces sería Velázquez.</p>
+
+<p>&mdash;Ese nombre ya me suena más. Era hombre
+mozo, muy cortés y muy galán, ¿verdad, Nuncia?...
+A tí me parece que te hizo algunas carantoñas...</p>
+
+<p>Nuncita bajó los ojos ruborizada.</p>
+
+<p>&mdash;¿Quién se acuerda de eso ya?</p>
+
+<p>&mdash;Era muy enamoradizo&mdash;prosiguió Carmelita;&mdash;pero
+al mismo tiempo bien criado y bien
+entendido...</p>
+
+<p>&mdash;¿Enamoradizo dijiste? Justo, no puede ser
+otro que Velázquez.</p>
+
+<p>&mdash;No se llamaba Velázquez; se llamaba González&mdash;apuntó
+tímidamente Nuncita.</p>
+
+<p>Y después de decirlo volvió a ruborizarse.</p>
+
+<p>&mdash;¡Eso es, González!&mdash;exclamó su hermana
+haciendo memoria.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno, es igual, sería un contemporáneo suyo,
+de la buena raza de pintores del siglo XVII&mdash;manifestó
+Paco sin turbarse por las carcajadas
+de los tertulios, que se espantaban de la inocencia
+de aquellas pobres mujeres.</p>
+
+<p>&mdash;¿Conque te ha hecho la corte a ti, Niña?&mdash;prosiguió
+cogiendo con dos dedos cariñosamente
+la barba de Nuncita.&mdash;Me parece que tú debiste
+de haber sido muy torerita, ¿verdad, Carmela?</p>
+
+<p>&mdash;Fue un poco tentada de la risa.</p>
+
+<p>&mdash;¡Carmela, por Dios, que estos señores van
+a creer que he sido una coqueta!&mdash;exclamó con
+angustia la Niña.</p>
+
+<p>&mdash;No creerían más que la verdad, chica&mdash;dijo
+Paco.&mdash;¿Ya no te acuerdas que has dado oídos
+a un procurador eclesiástico llamado don
+Máximo, y después que éste se iba de tu casa
+hablabas con el teniente Paniagua por el balcón?</p>
+
+<p>Nuncita sonrió con enternecimiento al recuerdo
+de aquellos tiempos, y repuso bajando los ojos
+con graciosa timidez:</p>
+
+<p>&mdash;D. Máximo venía a casa todos los días,
+pero nunca me requirió de amores.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué amores ni qué calabazas!&mdash;exclamó
+Paco.&mdash;Di tú que quien te gustaba de verdad
+era el teniente, y concluirás más pronto.</p>
+
+<p>&mdash;¿Conque ha estado usted enamorada de un
+militar?&mdash;preguntó con graciosa volubilidad
+Emilita, dirigiendo al mismo tiempo una mirada
+provocativa a Núñez.&mdash;Pues ha tenido usted
+bien mal gusto.</p>
+
+<p>El Jubilado se puso repentinamente serio y se
+le erizaron los bigotes de terror ante aquella salida
+de su hija; pero se tranquilizó inmediatamente
+al observar que el capitán, en vez de darse
+por ofendido, la pagaba con una sonrisa amorosa
+y lo echaba a broma como todos los demás.</p>
+
+<p>&mdash;No es ella sola la que ha tenido ese mal
+gusto&mdash;expresó con marcada intención Carmelita,
+muy alegre de haber encontrado aquel rasgo
+de ingenio.</p>
+
+<p>&mdash;Y ¿quién era ese teniente?... Algún trasto...
+¡cómo si lo viera!...&mdash;tornó a preguntar Emilita
+con la misma adorable ligereza.</p>
+
+<p>&mdash;¡Alto, alto, Emilia!&mdash;manifestó Paco.&mdash;Paniagua
+era teniente de los tercios de Flandes y
+muy bizarro.</p>
+
+<p>&mdash;No, corazón, no&mdash;se apresuró a rectificar
+Nuncita,&mdash;que era de la guardia real.</p>
+
+<p>&mdash;¿No era arcabucero?</p>
+
+<p>&mdash;No, mi alma; de la guardia real te digo.</p>
+
+<p>D. Cristóbal disimulaba la risa con un flujo de
+tos. Manuel Antonio y los pollastres reían descaradamente.</p>
+
+<p>&mdash;Paniagua era hombre muy notable&mdash;prosiguió
+Paco.&mdash;Poseía esa decisión que tan bien
+sienta a los militares. El mismo día que llegó
+vio a Nuncia por la mañana al balcón. Por la
+tarde le entregó en el pórtico de San Rafael, al
+salir de la novena, un billete de declaración, que
+empezaba: «Señorita: Entre confuso y medroso,
+y dudando si en gracia de lo rendido me perdonará
+usted lo osado, confieso que mi único delito
+consiste en amar a usted...»</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué picarón! ¡cómo lo recuerda!&mdash;exclamó
+Nuncita, enternecida de verdad.</p>
+
+<p>Lo cierto era que Paco, a quien la Niña, después
+de muy rogada, había mostrado las cartas
+que conservaba de Paniagua, se había aprendido
+de memoria aquel originalísimo documento y lo
+recitaba en todas partes para regocijo de sus
+amigos.</p>
+
+<p>&mdash;Eso se llama un hombre resuelto. Así se
+manifiesta el carácter de la persona. ¡Qué diferencia
+de los militares de hoy, que antes de declararse
+a una muchacha la pasean un año la
+calle y luego tardan otro en decir: «Niña, ¿cuándo
+nos vamos a la vicaría?»</p>
+
+<p>Pronunció estas palabras mirando al rincón
+donde estaban Emilita y el capitán. Éste recogió
+la alusión y se puso serio. La chica se hizo la
+distraída, pero agradeciendo mucho a Paco en el
+fondo de su corazón el capote, mientras el Jubilado
+se atusaba el bigote con mano temblorosa,
+temiendo que Núñez se enfadara, pero alegre al
+mismo tiempo por la esperanza de que estos capotazos
+oportunos le sacaran de su atonía.</p>
+
+<p>Cansados de platicar, los pollastres propusieron
+jugar un ratito a las prendas. Es un juego
+donde los hombres de criterio siempre pescan
+algo. Fernanda consintió en que Granate se sentase
+a su lado. Los guiños de Paco, que había
+sorprendido, le habían hecho mal efecto. Era
+una criatura muy orgullosa, pero en la cual se
+hallaba arraigado el sentimiento de justicia. No
+podía sufrir que se burlasen en su presencia de
+nadie, aunque fuese del ser más ínfimo y despreciable.
+Podía decirse que el sentimiento de
+la dignidad, que era en ella tan delicado y vidrioso,
+la hacía sentir las heridas causadas en la
+de los otros con más viveza. Aunque aborrecía a
+Granate, la molestaba que se le mortificase en su
+presencia, sobre todo si era por su causa; sin perjuicio,
+por supuesto, de que ella le diese a cada
+momento descomunales desaires; pero entendía,
+y no le faltaba razón, que los desdenes de la
+mujer que se ama, si causan dolor, no resqueman
+como las burlas. El indiano, que se vio tan
+honrado, no cabía en sí de gozo, y comenzó con
+voluntad excesiva y la ordinariez que le caracterizaba
+a prodigarle mil atenciones. Fernanda
+las recibió con semblante grave, pero sin repugnancia.</p>
+
+<p>Y vino, como es natural, aquello de las «tres
+veces sí y tres veces no,» el «contentar a todos los
+presentes,» «un favor y un disfavor,» etc., etc.
+La sociedad se recreaba con lo que se habían recreado
+sus padres y sus abuelos, y con lo que
+pensaban que se recrearían sus hijos. ¡Inocentes!
+Había allí un espíritu, sin embargo, que no
+merecía este calificativo. Paco Gómez jugaba
+con una condescendencia displicente, como hombre
+que se adelantaba mucho a su época, cometiendo
+mil torpezas y desaciertos que demostraban
+la distracción que caracteriza a los seres superiores.
+En cambio, Núñez tenía puestos los
+cinco sentidos. No se vio jamás hombre más
+erudito en aquellas materias ni que las tratase
+con más profundidad. Su inteligencia lúcida había
+penetrado en todos los secretos del juego de
+prendas y sabía sacar de cada uno el partido
+posible, extraer todo su jugo, según pedían las
+circunstancias. Por ejemplo, cuando una señorita
+debía contentarle, quedaba sordo instantáneamente.
+La joven se veía obligada a inclinarse
+más y más, hasta que sus labios de carmín
+rozaban la oreja del capitán. Si quedaba condenada
+a hacer el papel de esquina de la Puerta
+del Sol y, por consiguiente, a sufrir que le pegasen
+carteles en la cara, que se recostasen contra
+ella, etc., etc., el profundo Núñez no soltaba
+la presa en tanto que no pasease las manos por
+todas las regiones de su cuerpo. Pero cuando dio
+más claras muestras de su talento portentoso y
+de los vastos conocimientos que había logrado
+adquirir en aquel ramo del saber, fue al proponer
+que la señorita a quien acertase lo que
+tenía en el bolsillo quedase obligada a darle un
+beso. Tal seguridad tenían todas de que nada
+conseguiría, que no vacilaron en aceptar la proposición.
+Erró, efectivamente, al vaciar con el
+pensamiento el bolsillo de Carmelita, erró con
+Fernanda, con María Josefa, con Micaela, y
+¡miren qué diablo! fue a acertar precisamente
+con Emilita. Unas tijeras, un pañuelo, un dedal
+y tres caramelos. La niña se puso a gritar batiendo
+las palmas, toda nerviosa: ¡Trampa,
+trampa! El capitán, sereno, apacible, grandioso
+como un héroe de la antigüedad, rechazó aquella
+imputación y demostró hasta la saciedad que
+allí no cabía trampa alguna.</p>
+
+<p>&mdash;...A no ser&mdash;añadió sonriendo mefistofélicamente&mdash;que
+estuviera usted convenida conmigo
+para dejarme ver de antemano lo que tenía
+en el bolsillo.</p>
+
+<p>La niña protestó aún más ruidosamente contra
+esta hipótesis indecorosa, se puso agitada
+hasta un grado incomprensible y, levantándose
+con viveza, corrió al extremo opuesto de la sala,
+lo más lejos posible del capitán, como si éste
+fuese a tomar por la fuerza lo que de derecho le
+correspondía. Hubo quien se puso de parte de ella
+(las mujeres) y quien tomó partido por él (casi
+todos los hombres). Armose en la sala un zipizape
+de mil demonios. Todos hablaban, reían,
+chillaban sin acabar de entenderse. Pero la que
+más gritaba y gesticulaba era, como es fácil de
+comprender, la interesada. Sin embargo, don
+Cristóbal, viendo que aquello llevaba trazas de
+no concluir, y queriendo dejar a salvo la formalidad
+de su progenie, intervino en la disputa
+como un dios majestuoso que extiende la diestra
+para calmar las olas del mar embravecido.</p>
+
+<p>&mdash;Emilita&mdash;pronunció con firmeza,&mdash;juego es
+juego. Dale un beso a ese caballero.</p>
+
+<p>Adviértase que no dijo «al capitán,» ni siquiera
+«a ese señor oficial.» Todavía sus labios
+civiles repugnaban dejar paso a una palabra de
+orden exclusivamente militar.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pero papá!&mdash;exclamó la hija menor, roja
+ya como una amapola.</p>
+
+<p>&mdash;¡Vamos!...&mdash;profirió con la diestra extendida
+y en la actitud más imperativa que pudo adoptar
+jamás un dios jubilado.</p>
+
+<p>No hubo más remedio. Emilita, confusa y avergonzada,
+con las mejillas convertidas en dos
+brasas, se acercó vacilante al heroico capitán de
+Pontevedra, fértil en toda clase de astucias, y
+le rozó con el carmín de los labios la tierra amarillenta
+de sus mejillas.</p>
+
+<p>Mas hete aquí que, apenas lo hubo efectuado,
+saltó hecha un basilisco Micaela, la más irascible
+de las cuatro nereidas que nadaban en las
+profundidades de la morada del Jubilado:</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué desvergüenza!... Esos no son juegos
+decentes, sino suciedades... No me extraña de
+Núñez, porque los hombres ¿a qué están? Me extraña
+de tí, Emilita... Me parece que un poco
+más de pudor y vergüenza no te vendrían mal...
+Pero ¡cómo la has de tener si los que tienen
+obligación de ponértela son los primeros en empujarte
+a lo malo!...</p>
+
+<p>Aquella sangrienta diatriba contra el autor de
+sus días dejó a éste pálido y clavado al suelo.
+Hubo un instante de silencio embarazoso. Una
+nota tan destemplada les sorprendió. Sin embargo,
+todos se apresuraron a defender a Emilita
+y a protestar de la pureza y la perfecta inocencia
+de tales juegos. El argumento que más se
+repetía, y el que a todos les parecía incontrastable,
+era que, no habiendo malicia, aquello no valía
+nada, porque lo importante en estos asuntos
+es la intención. El beso ¿ha sido dado con intención?&mdash;decía
+uno de los pollastres más dialécticos.&mdash;¿No?
+Pues entonces como si no se hubiera
+dado. Núñez asentía gravemente, un poco amoscado
+y mirando de reojo a su futura cuñada.
+Pero ésta no se rendía a demostraciones tan evidentes
+y se obstinaba en pedir, cada vez con
+mayor violencia y más altas voces, un poco de
+vergüenza para su hermana menor y unas migajitas
+de sentido para su señor padre. Mas como
+al cabo nadie se presentaba con estas cosas en la
+mano a satisfacer sus votos, no tuvo otro remedio
+que ir bajando el diapasón, hasta que al fin
+sus coléricas protestas se fueron trasformando
+poco a poco en murmullo sordo y amenazador
+como el de los truenos lejanos. Y la tertulia
+recobró su dulce sosiego habitual.</p>
+
+<p>Pero quedó suspendido por aquella noche el
+juego de prendas. Nuncita, de quien casi siempre
+partían las grandes ideas, propuso que se jugase
+a <i>la boba</i>. No se sabe por qué, pero es lo
+cierto que este juego poseía particulares atractivos
+para la menor de las señoritas de Meré. Es
+indecible lo que se placía la ex-novia del teniente
+Paniagua cuando lograba encajar <i>la boba</i> a alguna
+de sus tertulianas, la ansiedad y desasosiego
+que se apoderaba de ella cuando la tenía en su
+poder y no lograba soltarla. Paco Gómez tomó
+la baraja y sacó las tres sotas; pero sabiendo la
+debilidad de Nuncita y queriendo, según su
+temperamento, mortificarla un poco, hizo una
+señal a la que quedaba, y luego la fue manifestando
+al oído a algunos de los tertulios. Resultado
+de esto fue que <i>la boba</i> iba casi siempre a
+parar a manos de la Niña, y allí se atascaba, sin
+que apesar de todos sus esfuerzos consiguiese
+desprenderse de ella. Con esto, apesar de su apacible
+natural, se fue impacientando poco a poco.
+La tertulia reía y ella también, pero más con los
+labios que con el corazón. Al fin, en un momento
+de cólera echó a rodar las cartas y declaró que
+no jugaba más. Carmelita, al ver aquel acto de
+descortesía, intervino severamente, como siempre
+que se desmandaba.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué arrebato es ése? ¿A qué conduce esa
+tontería? ¿Qué dirán estos señores?... Dirán, con
+motivo, que no tienes educación, y que en nuestra
+familia no ha habido quien hubiera sabido enseñarte...
+¡A ver si coges las cartas ahora mismo!</p>
+
+<p>&mdash;No quiero.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué, qué dices, necia? ¡Tú, tú, tú eres tonta!...
+¿Se habrá visto una criatura más díscola?...
+Co... co... coge las cartas enseguida...</p>
+
+<p>La cólera la hacía tartamudear, saliendo de su
+boca desprovista de dientes unos ruidos extraños.</p>
+
+<p>&mdash;¡Hum!&mdash;gruñó Nuncita, torciendo el hocico
+con mueca de mimo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Niña, no me enfades!&mdash;gritó su hermana
+mayor.</p>
+
+<p>&mdash;¡No quiero, no quiero!&mdash;repitió aquella criatura
+indómita con decisión.</p>
+
+<p>Y al mismo tiempo se levantó de la silla y
+arrastrando los pies se fue a refugiar en el gabinete.</p>
+
+<p>Mas su hermana la siguió inmediatamente en
+la actitud más severa y autoritaria que puede
+nadie imaginarse, dispuesta a corregir aquel
+principio de rebelión, que con el tiempo podría
+traer funestas consecuencias. Oyose rumor de
+disputa, sobresaliendo la voz áspera, irritada, de
+Carmelita; luego aquella voz se fue dulcificando,
+haciéndose persuasiva, razonadora, reprendiendo
+con suavidad. Llegó asimismo a los oídos de los
+tertulios el eco de un sollozo. Por último, al
+cabo de buen rato se presentó de nuevo Carmelita,
+arrastrando los pies todavía más que su
+hermana, con los ojos resplandecientes de autoridad
+y el ademán majestuoso que conviene a
+los que necesitan dictar leyes a los seres que la
+Providencia les ha confiado. Detrás venía la Niña
+avergonzada, sumisa, con las mejillas inflamadas
+y los ojos llorosos. Sentose otra vez a la
+mesa y, sin osar levantar los ojos a su hermana
+mayor, que la miraba aún con cierta dureza,
+tomó humildemente las cartas y se puso a jugar.
+Pues bien, este ejemplo conmovedor de respeto
+y de sumisión, en vez de impresionar gravemente
+a los circunstantes, provocó en casi todos
+una sonrisa de burla, y en algunos de ellos algunas
+inoportunas carcajadas que a duras penas
+lograron sofocar.</p>
+
+<p>Sin embargo, el juego no duró mucho tiempo.
+Acercábase la hora de diseminarse aquella escogida
+sociedad.</p>
+
+<p>&mdash;María Josefa, hoy he visto a tu ahijada en
+el paseo&mdash;dijo Paco Gómez, mientras barajaba
+distraídamente las cartas.&mdash;La he dado un beso.
+Está cada día más guapa... ¿Cuánto tiempo
+tiene ya?</p>
+
+<p>&mdash;Pues saca la cuenta. La hemos bautizado
+en Febrero... Dos meses y medio.</p>
+
+<p>&mdash;¿Iba con su madre?&mdash;preguntó Manuel Antonio
+sonriendo de un modo particular.</p>
+
+<p>&mdash;No. A su madre la he encontrado después
+en Altavilla y he echado un párrafo con ella&mdash;respondió
+gravemente y con afectada naturalidad.</p>
+
+<p>La mayor parte de los tertulios le miraban
+sonrientes con expresión de malicia reservada
+que sorprendió a Fernanda. Sólo las dos señoritas
+de Meré y Granate permanecieron impasibles,
+sin darse cuenta de lo que se hablaba.</p>
+
+<p>&mdash;Pero ¿a qué ahijada de usted se refiere, a la
+niña recogida por los de Quiñones?&mdash;preguntó
+en voz baja la heredera de Estrada-Rosa a María
+Josefa.</p>
+
+<p>&mdash;Sí.</p>
+
+<p>&mdash;¿Entonces?... ¿Cómo hablan de su madre?</p>
+
+<p>&mdash;Porque esos dos tienen una lengua muy
+mala. ¡Dios nos libre de ella!&mdash;repuso la solterona
+sonriendo también con alegría maliciosa,
+mirando al mismo tiempo a la joven con la benevolencia
+condescendiente con que se mira a las
+criaturas inocentes.</p>
+
+<p>&mdash;Pero ¿quién suponen que es su madre?</p>
+
+<p>&mdash;¿Quién ha de ser? Amalia... ¡Silencio!&mdash;dijo
+apresuradamente, bajando más la voz.</p>
+
+<p>Quedó estupefacta. Para ella era la noticia
+tan nueva, tan sorprendente, que por unos instantes
+estuvo mirando con ojos pasmados a su
+amiga como si no hubiese oído. En el estupor
+que le causaba, no oyó las primeras palabras de
+Paco. Sólo se hizo cargo al concluir de que estaba
+loando con calor la belleza de la niña.</p>
+
+<p>&mdash;Tiene a quien parecerse&mdash;murmuró el marica
+de Sierra con la misma intención maligna.&mdash;Ya ves...
+su madre... ¡Y su padre!... Su padre se
+cae de buen mozo.</p>
+
+<p>Fernanda, picada repentinamente por vivísima
+curiosidad, una curiosidad insana que la
+puso agitada y anhelante sin saber por qué, se
+inclinó otra vez hacia María Josefa, y metiéndole
+la boca por el oído, le preguntó con voz
+alterada:</p>
+
+<p>&mdash;Pero ¿quién es su padre?</p>
+
+<p>La solterona se volvió hacia ella y le clavó
+una mirada donde se traslucía junto con la sorpresa
+la misma indulgencia compasiva.</p>
+
+<p>&mdash;Pero ¿de veras no sabes?...</p>
+
+<p>La joven hizo signo negativo. Y al mismo
+tiempo se sintió embargada por terrible emoción.
+Una corriente de aire frío atravesó su ser
+interior repentinamente. Quedó pálida, pendiente
+de los labios de María Josefa, como si de ellos
+esperase la salud o la muerte. Aquélla advirtió
+bien su turbación, y dijo después de mirarla un
+instante fijamente:</p>
+
+<p>&mdash;No te lo digo... ¿Para qué?... Acaso sea todo
+una calumnia.</p>
+
+<p>Fernanda se repuso instantáneamente.</p>
+
+<p>&mdash;Está bien&mdash;respondió haciendo un gesto de
+displicencia.&mdash;Cálleselo. Después de todo, ¿a
+mí qué me importa todo eso?</p>
+
+<p>Este gesto hirió a la solterona, que se apresuró
+a decir con aguda sonrisa:</p>
+
+<p>&mdash;Pues precisamente porque a tí te importa
+es por lo que temo decírtelo.</p>
+
+<p>&mdash;No entiendo...</p>
+
+<p>María Josefa se inclinó hacia ella y le dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Porque dicen que el padre de la criatura es
+Luis.</p>
+
+<p>Como ya antes había sentido la puñalada,
+Fernanda quedó impasible y preguntó con indiferencia:</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué Luis?</p>
+
+<p>&mdash;El conde, muchacha.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y por qué me ha de importar a mí que sea
+Luis el padre?</p>
+
+<p>María Josefa quedó un poco desconcertada.</p>
+
+<p>&mdash;Como ha sido tu novio...</p>
+
+<p>&mdash;¡Pero como ya no lo es!&mdash;replicó encogiéndose
+de hombros desdeñosamente.</p>
+
+<p>Y se puso a hablar con Granate, que tenía del
+otro lado. Aquella indiferencia era pura comedia
+que su orgullo lograba representar. Una
+tristeza inexplicable y penetrante cayó sobre su
+alma y la invadió por completo, sin dejarle fuerzas
+para pensar ni para hacer nada. Si Granate
+no fuese un animal, hubiera comprendido enseguida
+que la sonrisa con que acogía sus barbarismos
+y barbaridades era una verdadera mueca
+sin expresión alguna, y que los monosílabos y
+respuestas incoherentes que dejaba escapar de
+sus labios denunciaban bien claramente que no
+le escuchaba a él, sino a Paco Gómez, Manuel
+Antonio y los demás que seguían charlando de
+la niña expósita.</p>
+
+<p>¡Con qué interés ardiente recogía todas las
+palabras que se cambiaban entre aquellos maldicientes!
+Y a medida que iban poniéndole en
+claro el suceso y que iban acumulando pormenores,
+entreverando frases burlonas y reticencias
+de efecto cómico, su corazón se apretaba,
+se apretaba poco a poco, como si todos ellos lo
+fuesen oprimiendo entre sus manos, uno después
+de otro, para hacerle daño. Pero su rostro permanecía
+impasible. Ni la más leve contracción
+acusaba el dolor que la mordía.</p>
+
+<p>La tertulia se deshizo a las doce, como siempre.
+Fernanda sintió gran consuelo al respirar el
+aire frío y húmedo de la noche. Tenía ansia de
+quedarse a solas con su pensamiento y darse
+cuenta cabal de lo que acababa de aprender.</p>
+
+<p>Había llovido mucho. Las calles, empedradas
+de grueso guijarro, resplandecían a la luz de
+los reverberos. Al salir de la casa unos tomaron
+por la calle abajo; otros, entre ellos Fernanda,
+hacia arriba en dirección a la plaza. Pocos pasos
+habían dado cuando sintieron el estrepitoso
+trotar de unos caballos que doblaban en aquel
+instante la esquina y bajaban hacia ellos.</p>
+
+<p>&mdash;Ahí está el barón y su criado&mdash;dijo Manuel
+Antonio.</p>
+
+<p>Era la hora, en efecto, en que el excéntrico barón
+de los Oscos salía a dar su paseo habitual
+por las calles de Lancia. Su famoso caballo las
+desempedraba haciendo cabriolas, levantando
+tal estrépito que, aun siendo el corcel de su
+criado mucho más paciente, parecía que atravesaba
+la ciudad un escuadrón. Al cruzarse
+con los tertulios, Manuel Antonio, con el desparpajo
+que le caracterizaba, gritó: «Buenas
+noches barón.» Pero éste volvió hacia ellos el
+rostro espantable, los miró fijamente con sus
+ojos encarnizados y siguió adelante sin contestar.
+El marica, corrido, dijo:</p>
+
+<p>&mdash;¡Va borracho, como siempre!</p>
+
+<p>Todos asintieron burlando. Pero en el fondo
+sintieron todos, unos más y otros menos, el mismo
+estremecimiento al ver aquella figura siniestra.
+Fernanda, por mujer y por el estado
+especial de su alma, se inmutó visiblemente:
+después de pasar siguió todavía con ojos de
+temor a los dos jinetes hasta que se perdieron
+entre las sombras.</p>
+
+<p>Al meterse en la cama, con el corazón apretado,
+quiso analizar la emoción que la dominaba;
+quiso remontarse a la causa. Sintió vergüenza
+de ella. Su orgullo le hizo exclamar con rabia y
+en voz alta:</p>
+
+<p>&mdash;¿A mí que me importan esas picardías? ¿Qué
+tengo que ver con él ni con ella?</p>
+
+<p>Pero acabado de proferir tales palabras sintió
+las mejillas caldeadas por el llanto. La heredera
+de Estrada-Rosa se volvió rápidamente y
+hundió el rostro, cubierto de rubor, en las almohadas.</p>
+
+
+
+<hr />
+<h3><a name="VII" id="VII"></a>VII</h3>
+
+<p class="cab">El aumento del contingente.</p>
+
+
+<p>Las terribles dificultades que debían de
+surgir para el matrimonio de Emilita,
+a causa de las opiniones antibélicas
+de su padre, se orillaron con más facilidad
+de lo que podía esperarse. La historia no hablará
+(aunque mejor razón tendrá que para otros
+muchos sucesos) de aquel día solemne en que
+Núñez fue de uniforme a pedir a D. Cristóbal la
+mano de su hija, de aquel abrazo memorable
+con que éste le recibió, estrechándole calurosamente
+contra su pecho civil, de aquella fusión
+increíble de dos elementos heterogéneos creados
+para repelerse, y que gracias al amor de un ángel
+dulce y revoltoso se compenetraban y entendían.
+Si por casualidad esta página privada fuese
+objeto de atención para algún historiador, no
+tendría más remedio que afirmar la grandísima
+importancia de semejante concordia, que hasta
+entonces se había juzgado inverosímil, y al mismo
+tiempo presentar con imparcialidad el reverso,
+descubriendo a las futuras generaciones
+en qué modo el benemérito patricio D. Cristóbal
+Mateo fue víctima de una injusticia social y
+de la persecución de sus conciudadanos.</p>
+
+<p>Es de saber, que todo el mundo en Lancia se
+creía autorizado para dar cantaleta a este respetable
+y antiguo funcionario acerca del matrimonio
+de su hija. Unas veces directa, otras indirectamente,
+siempre que tocaban tal punto aludían
+a las opiniones contrarias al desenvolvimiento
+de las fuerzas de tierra sustentadas por
+él hasta entonces. Al matrimonio dio en llamársele
+«el aumento del contingente,» y algunos llevaron
+su procacidad hasta darle tal nombre delante
+de su futuro yerno. Fácil es de concebir
+cuánta saliva habría tenido que tragar antes de
+perder, como lo hizo, una molesta y mal entendida
+vergüenza.</p>
+
+<p>Pero a despecho de todas las diatribas y murmuraciones
+de los vecinos, que reflejaban, en el
+sentir de Mateo, más que su naturaleza jocosa,
+la envidia que ardía en la mayor parte de los corazones,
+«el aumento del contingente» se abría
+paso. El plazo fijado para realizarlo fue el mes
+de Agosto. Cuando llegó el momento había adquirido
+tal importancia que, como sucede generalmente
+en los pueblos pequeños, apenas se hablaba
+de otra cosa. Las relaciones del Jubilado
+y sus cuatro hijas eran numerosísimas, y todas
+ellas aspiraban a ser invitadas el día de la
+boda. Por otra parte, la misma aspiración alimentaban
+en su pecho algunos dignos y pundonorosos
+oficiales del batallón de Pontevedra
+amigos del futuro. No siendo posible reunir tanta
+gente en el hogar poético del Jubilado, se pensó
+en celebrar la boda en el campo. La casa más
+a propósito era la de la Granja por su proximidad
+a la población. D. Cristóbal se la pidió al
+conde, con quien tenía extremada confianza, lo
+mismo que sus hijas, y éste se apresuró a ponerla
+a su disposición.</p>
+
+<p>En la iglesia de San Rafael se consumó de
+madrugada aquella venturosa alianza, prenda
+segura de paz entre el elemento civil y el militar.
+Bendíjola fray Diego que, por ser el sacerdote
+más bizarro y el más firme bebedor de anisado
+de la capital, gozaba de gran prestigio entre
+la oficialidad. Asistieron al acto más de veinte
+damas y casi otros tantos caballeros. En
+cuanto terminó se trasladaron todos a la Granja
+para pasar allí el día. Por hallarse tan cerca de
+la población no se necesitaban carruajes. Sin
+embargo, fueron los del conde de Onís y de Quiñones
+para trasportar a los novios y a algunas
+personas de edad avanzada, como las dos señoritas
+de Meré. Entre los invitados estaba casi
+toda la tertulia del maestrante, bastantes de la
+de las de Meré y un número crecido de oficiales.</p>
+
+<p>El conde había hecho asear, hasta donde era
+posible, el vetusto caserón. Casi todos lo conocían
+como su propia casa. Era el sitio obligado
+de las giras campestres por hallarse tan cerca y
+por el hermoso bosque que tenía. Los condes jamás
+habían negado el permiso. En cuanto llegaron
+y gustaron el chocolate, que les esperaba en
+el vasto salón con pavimento de ladrillo de la
+planta baja que servía de comedor, se diseminaron
+sin ceremonia por la casa y por la finca dispuestos
+a matar las horas del mejor modo posible
+hasta que sonase la de comer. La novia, con
+Amalia, que había sido su madrina, y otras dos
+señoras se fue a sentar gravemente en una de las
+habitaciones. Tenía los ojos brillantes, las mejillas
+coloradas y procuraba inútilmente disfrazar
+con un continente digno y serio la profunda emoción
+que la embargaba. Las que la acompañaban,
+casadas todas, la acariciaban sin cesar, pasando
+la mano por sus cabellos, dándole palmaditas en
+las mejillas, cogiéndole las manos y de vez en
+cuando inclinándose para estampar un beso en su
+frente con esa condescendencia, mitad cariñosa,
+mitad irónica, con que las veteranas del matrimonio
+contemplan a las bisoñas. No hay una de
+aquéllas que al acercarse a una novia no sienta
+vibrar en su pecho el eco de cierta música lejana
+y divina; viene a sus labios el gusto de la miel
+de la remota luna; pero llega ¡ay! con el dejo
+amarguillo de algunos años de prosa matrimonial.
+En toda mujer casada hay un poeta
+desengañado de su musa. De aquí la sonrisa baironiana
+que aparece en su rostro al observar la
+dicha que arde en los ojos de una desposada.</p>
+
+<p>Emilita había cambiado de carácter en un
+cuarto de hora. Todo lo juguetona y pizpireta
+que se había mostrado hasta entonces, aparecía
+ahora grave y espetada. Disertaba sabiamente
+con las matronas, sus compañeras, acerca de la
+instalación de la despensa, del servicio doméstico
+que todas consideraban en espantosa decadencia,
+del precio de la carne. Tan vieja se había
+hecho en este cuarto de hora, que sorprendía
+no ver ya alguna hebra de plata entre sus cabellos
+de oro.</p>
+
+<p>En cambio a sus hermanas, por extraño contraste,
+les habían quitado algunos años de encima
+desde que la menor tomara la investidura.
+Habían retrocedido hasta la infancia. Como criaturas
+ávidas de aire y de luz para desarrollarse,
+lanzáronse al bosque las tres, animando con sus
+gritos e inocentes carcajadas el silencio y la paz
+que allí reinaba. ¡Virgen del Amparo lo que saltaron,
+lo que rieron, las diabluras que llevaron
+a cabo en poco tiempo aquellas loquillas! Para
+entregarse a los juegos inocentes, que exigía el
+retroceso sensible que habían experimentado de
+pronto, se quitan las mantillas y dejan suelto el
+cabello, tiran los guantes, el abanico, la sombrilla,
+todo lo que pudiera simbolizar la juventud,
+y se quedan gozosas con los atributos de la adolescencia.
+No sólo dejan flotando sobre la espalda
+su cabellera angelical, sino que se despojan
+del reloj, de las pulseras y sortijas que entregan
+a su papá, colgándose antes de su cuello para hacerle
+mil caricias como niñas sencillas y apasionadas
+que eran; hecho lo cual y al observar
+que algunos dignos oficiales del batallón de Pontevedra
+las contemplan, huyen ruborizadas y
+confusas, se recogen las enaguas con alfileres
+hasta dejar descubierto el pie y parte de la pierna,
+y en la inocencia de su corazón huyen, huyen
+siempre por el bosque adelante, esquivando
+como las ninfas de Diana las miradas ardientes
+de la oficialidad.</p>
+
+<p>Y cuando llegan a un rincón apartado y solitario
+donde las sombras se espesan, donde no
+llegan los ruidos mundanales ni penetran los
+ojos maliciosos de los hombres, llaman con gritos
+de alegría, como pajaritos de Dios, a sus compañeras,
+las invitan a venir a disfrutar de aquella
+amable seguridad donde libremente pueden
+mostrar sus gracias y recrearse sin peligro de
+ser sorprendidas. Entonces una propone jugar a
+la cuerda y las demás acceden batiendo las palmas.
+Jovita es la primera. Salta, salta hasta que
+queda rendida y se deja caer sobre el césped,
+llevándose la mano al corazón, que palpita con
+la fatiga, no con la agitación insana de las pasiones
+juveniles. Luego salta otra, luego otra y
+otra hasta que todas se tienden exánimes pero
+risueñas, reflejando en sus mejillas sudorosas y
+en sus ojos entornados la dulce alegría que se
+escapa de un pecho inocente. Y en cuanto descansan
+se propone jugar «al milano que le dan&mdash;cebollita
+con el pan.» ¡Qué risa! ¡qué algazara!
+¡cómo resuena el dormido bosque con las voces
+argentinas de aquellas bellas y tiernas criaturas!
+Cansadas de este juego se diseminan por un momento.
+Algunas forman grupo sentadas al pie
+del tronco de un roble y se cuentan en voz baja
+como suave gorjeo mil puerilidades encantadoras;
+otras se entregan apasionadamente a la
+busca de florecillas azules y hacen con ellas ramilletes
+que colocan en el pecho; otras se persiguen,
+como las golondrinas en el aire, con chillidos
+penetrantes. Otras, las más resueltas, dedican
+sus esfuerzos a la caza de cigarras y otros
+bichos temerosos. Pero luego tornan a juntarse
+porque hay una chica muy aturdida que apuesta
+a encaramarse en un árbol si la ayudan, y hay
+otra maligna que dice que sí, que ella la ayudará.
+Manos a la obra. Empezó la animosa joven,
+que se llama Consuelo, a poner sus piececitos en
+las rugosidades del roble más asequible. La compañera
+maligna, que no es otra que Socorro, la
+tercera sirena del Jubilado, la sostiene. Encarámase
+al fin la primera en la cruz de dos ramas;
+asciende después a otra; aplauden las ninfas y
+la alientan con gritos de entusiasmo...</p>
+
+<p>Mas he aquí que Rubio, el teniente de la tercera,
+hombre acreditado de audaz entre sus compañeros
+de arma y de un genio devastador para
+el sexo femenino, se presenta de improviso asomando
+su cabeza temeraria por encima de unas
+matas. Las ninfas, al verle, lanzan un grito y
+quedan petrificadas en la actitud en que las sorprende.
+Consuelo, desde lo alto del árbol, le
+apostrofa con violencia. Si en su mano estuviera
+trasformaría inmediatamente en ciervo a aquel
+nuevo Acteón. Acá, para <i>inter nos</i>, es posible que
+prefiriese trasformarle primeramente en marido,
+sin perjuicio de acudir más adelante a la metamorfosis
+clásica... Pero Rubio, el teniente de la
+tercera, conoce perfectamente el valor de estos
+gritos y estos apóstrofes. No se inmuta; sonríe
+maliciosamente y llama con voz ronca a sus hermanos
+de armas. ¡Qué confusión, qué espanto
+entre aquellas risueñas hijas de los bosques al
+aproximarse en columna cerrada los hijos de
+Marte! Sin recoger las mantillas, ni los guantes,
+ni las sombrillas, nada en suma de lo que las
+pertenecía, huyen y se desbandan por la floresta
+lanzando gritos de terror. Pero los sátiros de
+pantalón encarnado las persiguen con saña, las
+atrapan aquí y allá y las traen cautivas enmedio
+de risotadas odiosas. Mientras tanto la pobre
+Consuelo, encima del árbol y bloqueada por tres
+de estos silvanos voluptuosos, se niega terminantemente
+a bajar mientras no se alejen por lo menos
+cincuenta varas. Ellos ¡los crueles! se niegan.
+Ruega la ninfa, se irrita, está a punto de
+llorar; pero ni su enojo ni sus lágrimas consiguen
+ablandar el corazón empedernido de los infames
+sátiros. Por fin se resigna a descender y,
+aunque toma muchas y castas precauciones, éstos
+logran ver un pie deliciosamente calzado y un
+nacimiento de pierna que les hace rugir de gozo.
+Pero ¿dónde está Rubio? ¿Dónde está el más terrible
+y feroz de todos ellos? No se sabe, mas al
+cabo de mucho tiempo sale de la espesura arrastrando
+consigo a Socorro, la más sentimental de
+las ondinas de D. Cristóbal. En los rasgos crueles
+de su fisonomía viene pintada la expresión
+del triunfo, y en los de ella la vergüenza y la sumisión
+de una cautiva. Muchas horas después,
+en las últimas de la noche, sentado a una mesa
+del café de Marañón y rodeado de ocho o diez
+de sus colegas, el teniente de la tercera narraba
+con sonrisa malévola el vencimiento de la ninfa,
+calculando lo menos en veinticinco o treinta los
+besos que logró robarle en distintos sitios de su
+rostro hechicero; y todos los hijos de Marte
+aplaudían y celebraban con homéricas carcajadas
+aquel nuevo triunfo de su heroico compañero.</p>
+
+<p>Finalmente, los vencedores no se mostraron
+demasiado tiranos, y el orden se restableció gracias
+a la llegada oportuna de las señoritas de
+Meré, que venían acompañadas de María Josefa
+y de Paco Gómez. Las autoras y únicas responsables
+de todo aquello habían sacado el fondo del
+cofre. Carmelita traía un vestido de alepín de
+seda negra que sólo salía a relucir en las grandes
+ocasiones, al paso que Nuncita, por contar
+menos años y respetabilidad, podía lucir un traje
+claro con flores bordadas, como sólo se ven en
+los retratos del siglo pasado. Estaban alegres,
+rebosando satisfacción por los ojos; pero las piernas
+no respondían a aquella eterna juventud de
+sus corazones: caminaban apoyándose en sendas
+muletas y agarrándose con la mano libre al brazo
+de sus acompañantes. Fueron recibidas con
+vivas y hurras. Se oyeron asimismo algunas frases
+harto familiares, de esas que nadie más que
+las benditas de Meré consentían y reían. Por eso
+tenía poco mérito el embromarlas. Jamás se dio
+el caso de verlas enfadadas con sus amigos, y eso
+que algunos se deslizaban en sus guasas hasta
+llegar no pocas veces a la grosería. En cambio
+eran muy propensas a la guerra intestina, esto
+es, a irritarse una con otra; pero ya sabemos en
+qué paraban siempre estas misas.</p>
+
+<p>El espíritu temerario del teniente Rubio, apretado
+por las circunstancias, engendró una idea
+felicísima, es a saber: que para mejor pasar el
+rato hasta la hora de comer se construyese un
+columpio, donde las damas pudieran gozar la
+dicha de sacudirse el diafragma algunos instantes,
+y los caballeros la de proporcionársela moviendo
+galantemente el aparato. Dicho y hecho:
+se buscan cuerdas, se sierra una tabla; en menos
+de un cuarto de hora queda todo terminado. Rubio,
+mientras se lleva a cabo, no deja de hacer
+guiños expresivos a sus compañeros, que comprenden,
+sonríen, callan, profundamente admirados,
+como siempre, de la audacia y penetración
+del teniente de la tercera. Ya está amarrado
+el columpio. ¿Quién es la primera? Todas manifiestan
+la misma vergüenza, idéntico rubor
+colorea sus mejillas. A una se le ocurre malignamente
+proponer que lo estrene Nuncita.
+Las demás aplauden la idea. Nuncita resiste aterrada.
+Carmelita ni concede el permiso ni lo
+niega. Las instancias se repiten sin cesar. Los
+mancebos encuentran la idea cada vez más original.
+Al fin, casi a viva fuerza, entre los aplausos
+frenéticos del corro, Cuervo, el hercúleo alférez
+de la primera, levanta en brazos a la Niña
+y la sienta en la tabla.</p>
+
+<p>&mdash;¡Agárrate bien, Nuncia!&mdash;le grita Paco Gómez,
+mientras el citado alférez y algunos otros
+amigos empiezan a mecerla.</p>
+
+<p>&mdash;¡Suave, suave!&mdash;exclama Carmelita.</p>
+
+<p>No hay cuidado; así lo hacen, porque temen
+dar con ella en tierra. Pero aun moviendo el columpio
+con parsimonia, el aire consigue levantar,
+al poco tiempo, las enaguas de la antigua doncella.
+Los oficiales ríen y empujan el columpio
+para que se vea más.</p>
+
+<p>&mdash;¡Fuerte, fuerte, que algo se pesca!&mdash;les grita
+Paco Gómez.</p>
+
+<p>Las muchachas, entre risueñas y avergonzadas,
+se tapan la cara y se abrazan unas a otras
+diciéndose palabritas al oído.</p>
+
+<p>&mdash;¡Alto, alto!&mdash;exclama Carmelita.&mdash;¡Paren
+ustedes!</p>
+
+<p>Nadie hace caso. Las ropas de la Niña van subiendo,
+subiendo: no se sabe dónde se van a detener.</p>
+
+<p>&mdash;¡Alto, alto! ¡Por Dios, señor alférez!</p>
+
+<p>&mdash;¡Anda con ella!&mdash;rugen los militares.</p>
+
+<p>Y el columpio sigue cada vez más vivo. Nuncita
+está tan asustada que no tiene tiempo a
+pensar en el pudor.</p>
+
+<p>&mdash;¡Señor alférez! ¡Señor capitán!&mdash;grita Carmelita
+toda temblorosa, agitando los brazos, la
+mandíbula inferior, desdentada, batiendo contra
+la superior, desdentada también, con un estremecimiento
+particular.&mdash;¡Señor capitán, téngase
+por Dios! ¡Por la Virgen del Amor Hermoso!...
+¡Pare! ¡pare!... ¡pare!</p>
+
+<p>&mdash;¡Sooó!&mdash;exclama Paco.</p>
+
+<p>Pero el capitán es sueco y sigue apretando.
+Las enaguas de Nuncita se encuentran ya en la
+más alta cúspide adonde pueden llegar. Las jóvenes
+se vuelven de espaldas; algunas corren
+riendo a ocultarse entre los árboles. Sólo cuando
+hubieron consumado su obra de desvergüenza se
+consiguió que los oficiales aplacasen y permitiesen
+a Nuncita tomar tierra. Su hermana, en vez
+de enojarse con los culpables, la emprende con
+ella llena de furor, vibrando rayos por los ojos.</p>
+
+<p>&mdash;¡Bájate, picarona! ¡Escandalosa! ¿Es ésa la
+educación que has aprendido de tus padres? ¿Es
+eso lo que te aconseja el confesor?</p>
+
+<p>Nuncita, aterrada, empieza a hacer pucheros
+y suelta la llave de las lágrimas. La juventud
+masculina, lo mismo que la femenina, tratan de
+calmar a la enfurecida Carmelita. El capitán y
+el alférez echan sobre sí toda la culpa. Es en
+vano. La cólera no se apaga hasta que no se descarga
+de palabras bien ofensivas y pesadas. La
+pobre Niña, sentada en el suelo, sollozando, con
+la cara oculta entre las manos, excita la compasión
+de todos los presentes, que no cesan de interceder
+por ella.</p>
+
+<p>Se trata de saber cuál es la que ha de subirse
+al columpio después. Ninguna quiere: es natural.
+¿Cómo han de dejarse columpiar por hombres
+tan atrevidos y desvergonzados? Es en vano
+que militares y paisanos expliquen su conducta
+en el suceso anterior y hagan juramento de no
+reincidir y estar comedidos y prudentes y siempre
+a las órdenes de las damas. Éstas no se fían.
+Sobre todo el teniente Rubio les inspira un terror
+pánico considerándolo, y no sin razón, como
+el alma de todas aquellas intrigas libidinosas.</p>
+
+<p>Pero cuando más desesperanzados estaban,
+he aquí que Consuelo, aquella niña aturdida y
+resuelta que hacía poco se había encaramado en
+un árbol, habla al oído a una compañera y luego
+se adelanta y dice, con espanto de sus compañeras:</p>
+
+<p>&mdash;Yo me subo. Ayúdenme ustedes.</p>
+
+<p>Un grito de entusiasmo acogió estas sencillas
+palabras. Por algunos instantes no se oyó más
+que ¡viva Consuelo! ¡viva Consuelo! entre la
+muchedumbre frenética. No hay quien no quiera
+ayudarla y quien no la colme de flores y agasajos.
+El alférez atlético, con ademán caballeresco,
+pone una rodilla en tierra y la invita a que
+afiance el pie sobre su muslo. La intrépida joven
+no se hace de rogar y lo ejecuta, sentándose de
+un salto en la tabla. Lo mismo militares que
+paisanos se las prometen muy felices y cambian
+entre sí miradas de inteligencia, decididos a faltar
+a su palabra y a pagar la confianza de la niña
+con la más negra traición. Mas cuando ya se disponían
+a dar comienzo a su obra maléfica empujando
+el aparato, Consuelo hace seña a su
+compañera. Se adelanta ésta con un puñado de
+alfileres y en un instante le prende las enaguas
+por debajo, de tal manera que no hay forma de
+que se le vea ni la punta del pie aunque echen
+a vuelo el columpio. El sexo femenino aplaude
+con entusiasmo loco.</p>
+
+<p>&mdash;¡Bien, Consuelo! ¡bien!</p>
+
+<p>El masculino, enfadado y mohíno, no se atreve,
+sin embargo, a protestar ruidosamente, pero
+murmura de aquella falta de confianza, mientras
+la interesada, orgullosa de su ocurrencia, los
+contempla con sonrisa burlona. La desgracia
+fue completa. Los alfileritos obtuvieron un éxito
+tan lisonjero que no hubo niña que se subiese al
+aparato que no se hiciese coser la ropa previamente
+con ellos.</p>
+
+<p>Mientras tales memorables escenas se efectuaban
+en el bosque, Jaime Moro, desdeñando los
+placeres campestres, había logrado catequizar
+a Fray Diego y a D. Juan Estrada-Rosa para
+echar un tresillito. Se aburría en la iglesia, se
+aburría en el bosque, en la ciudad y en la campiña.
+Tan sólo recobraba la serenidad de espíritu
+y renacía en él la calma y la alegría cuando
+tomaba las cartas en la mano. La suerte quiso
+serle aciaga. No había naipes en la casa. Pero
+no se arredra por eso. Baja a la cocina, llama
+aparte a un criado, al que le pareció más ligero
+y musculoso, y dándole una propina le encarga
+que a todo correr vaya a la ciudad y traiga un
+par de barajitas. Mientras tanto, para que no se
+le escapen, hace esfuerzos portentosos por entretener
+a sus compañeros, hablándoles de lo
+que más puede interesarles, sobre todo a don
+Juan, que manifestaba tendencias muy señaladas
+a desertar, seducido por la idea absurda de
+dar un paseo por la quinta y hacer una visita al
+molino como otros de los invitados. Moro sudaba
+de congoja temiendo no poder resistir hasta
+la vuelta del criado. Felizmente éste llegó a tiempo.
+En cuanto tuvo en su poder las anheladas
+barajas ya fue otro hombre. Seguro de la victoria
+los arrastra a una de las salas retiradas del
+caserón, se hace traer una mesa adecuada, bujías,
+cerveza, cigarros y ¡vamos allá!... Después
+de haber estado a dos dedos de perderla, Jaime
+Moro gozaba de aquella felicidad con una ruidosa
+alegría que causaba envidia.</p>
+
+<p>Un buen golpe de gente ridícula, sin imaginación
+bastante para comprender ni gustar las dulzuras
+del tresillo, se había ido, con el Jubilado a
+la cabeza, a recorrer la posesión y visitar después
+el molino de nuevo sistema que el conde
+había montado hacía poco tiempo. Formaban la
+comitiva, entre otros, el novio, el propio capitán
+Núñez, con aquellos de sus compañeros menos
+propicios al sexo femenino, Granate, D. Enrique
+Valero, Saleta, Manín y otros pocos. Al
+conde no se le pudo arrastrar porque no se le
+halló. Se dijo que estaba dando órdenes a los
+criados y vigilando algunas obras allá lejos, pero
+no se le halló tampoco en ellas. Uno que hacía
+allí de capataz o medio mayordomo se brindó a
+servirles de guía.</p>
+
+<p>La finca estaba situada en la pendiente de la
+misma suave colina donde está asentada Lancia.
+A espaldas de la casa se encuentra el bosque,
+que le priva de la vista de la ciudad. Así que con
+hallarse tan próxima parece que se está a cien
+leguas de ella, en la amable soledad del campo.
+Al mismo tiempo la protege contra los vientos
+del Norte y del Oeste, dejándola solamente abierta
+a las templadas y benéficas corrientes que vienen
+del Mediodía y del Este. No llegan hasta allí
+los ruidos de la población. Tan sólo las campanas
+de la catedral suenan a ciertas horas del día
+dulcemente amortiguadas por la distancia. La
+carretera general va por detrás del bosque. Otra
+pequeñita, que arranca de ella, la pone en comunicación
+con la quinta. No hay en ésta, como
+ya sabemos, ningún parque a la inglesa o a la
+francesa, ni jardincitos, ni cascadas, ni grutas
+artificiales. Es una finca mitad de recreo, mitad
+de labor. Primero el bosque, luego la casa con
+su corrada; después un jardín vasto y abandonado;
+enseguida praderas inmensas que se extienden
+por la falda de la colina y llegan hasta el
+río y aun lo salvan y se dilatan por la opuesta
+orilla. Por estas praderas se ve pastando el ganado,
+se oyen sus esquilas y los ladridos de los
+perros. Es fácil forjarse la ilusión de que se está
+en el seno de la naturaleza solitaria. La paz es
+profunda y sólo la interrumpe el canto de un pájaro
+o el mugido de una vaca.</p>
+
+<p>Los excursionistas recorrieron las cuadras,
+que estaban bien cuidadas, pues el conde tenía
+afición a la ganadería. Sin embargo, Saleta afirmó
+que las había visto en Holanda mucho mejores.</p>
+
+<p>&mdash;Figúrense ustedes, señores&mdash;manifestó con
+su característico acento gallego,&mdash;que allí a las
+vacas les atan el rabo con una cuerda, ¿saben? y
+lo tienen suspendido para que cuando les da la
+gana de proveerse lo puedan hacer sin ensuciárselo.</p>
+
+<p>Esta noticia, rigorosamente exacta, hace soltar
+la carcajada a los presentes.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pero este D. Ramón cuándo se cansará de
+inventar patrañas!&mdash;se decían los unos a los otros
+por lo bajo, todo por causa de aquella maldita
+reputación de embustero que había adquirido.</p>
+
+<p>&mdash;Pue eztán bien atrazaiyo en Holanda, amigo
+Zaleta&mdash;manifestó Valero, que no le dejaba
+pasar una.&mdash;En Málaga, cuando a alguna vaca
+le da la gana de ezo, ze le zienta en un inodoro
+y ze la limpia depué con papel higiénico.</p>
+
+<p>Saleta no se dio por ofendido. Estaba tan
+avezado a la incredulidad de sus oyentes, que
+aunque ahora reventase con la verdad no le impacientaba
+que no se le creyese.</p>
+
+<p>Cuando hubieron recorrido las cuadras tomaron
+el camino de los prados a campo traviesa, y
+descendieron hasta el río guarnecido, por entrambas
+orillas, de alisos, álamos y mimbreras, los
+cuales formaban a trechos una mata espesa por
+debajo de la cual corría oscuro y tétrico. El río
+Lora es uno de los menos caudalosos y al mismo
+tiempo de los más originales de España. Antes
+de llegar al mar, «que es el morir,» como
+dijo el poeta, se arregla para dar infinidad de
+vueltas como un viejo marrullero que pretende
+burlarse de la ley común a los seres creados.
+Imposible imaginarse un cauce más extravagante.
+Sale de cualquier población muy resuelto y
+boyante; parece que va a tragarse las leguas y
+marchar impávido hasta el océano. Pero al cuarto
+de legua se arrepiente, da la vuelta y retorna
+lento y cabizbajo cerca del punto de partida, lo
+cual hace pensar a algunos, no sin fundamento,
+que camina cuesta arriba. Sale de nuevo, no por
+voluntad, sino apretado por las circunstancias;
+esta vez se pierde de vista; todo el mundo cree
+que se va de veras para no volver. No es así, sin
+embargo. El gran zorro, cuando entiende que ya
+no le ven desde el pueblo, revuelve muy solapadamente
+y trata de meterse otra vez por él, pero
+le da vergüenza, y antes de llegar se aparta un
+poco y va a parar a alguna aldea próxima del
+mismo concejo. Jamás siguió una carrera franca
+y abierta. Como todos los caracteres rebajados,
+repugna la luz, aprovecha cualquier coyuntura
+para deslizarse debajo de alguna peña o una
+mata y ocultarse a las miradas de los hombres
+y permanecer allí estancado, corrompiéndose en
+degradante ociosidad. Nadie se fíe de él. Con
+sus apariencias de viejo inválido y reumático,
+incapaz de dar un paso, ha engañado a muchos
+zagales. Los invita a bañarse haciéndoles pensar
+que no tiene media vara de fondo, y luego los
+estrangula miserablemente entre sus aguas verdes.
+No se hallarán dentro náyades de celestial
+hermosura quebrando al nadar con sus brazos de
+alabastro los frágiles cristales, ni saldrán de noche
+a jugar sobre su linfa las graciosas ondinas,
+de cabellera blonda. El río Lora es taciturno,
+enemigo de toda idealidad poética. Nada de seres
+fantásticos. Lo único que alimenta con verdadero
+cariño es un enjambre de ranas, tan
+grande que causa vértigo el pensar qué número
+de ellas vivirá bajo su amparo. Ellas son las que
+se encargan de alegrar con su voz armoniosa los
+parajes que recorre.</p>
+
+<p>Ellas fueron también las que impidieron con
+ruido atronador que Saleta pudiese afirmar, como
+afirmó después que se vieron lejos, que estando
+a orillas del Yumurí cierta tarde, había tenido
+la suerte de matar de una pedrada un cocodrilo.
+Verdad que bajo la mirada insistente de
+su colega Valero se apresuró a rectificar haciendo
+constar que el cocodrilo era todavía cachorro
+y no tenía más que una carrera de
+dientes.</p>
+
+<p>Siguieron buen trecho la margen sombría del
+Lora y lo atravesaron por un puente rústico
+en el sitio donde el conde lo había desangrado,
+por medio de una acequia, para dar movimiento
+a su molino. Mas en aquel punto, a los amigos
+del novio, representantes genuinos del elemento
+más vigoroso y masculino del batallón, se les
+despierta repentinamente el sentimiento de su
+fuerza y del poder muscular de sus piernas. Un
+teniente salta la acequia. Un capitán, por no ser
+menos que el subalterno, también lo hace, pero
+se moja los pies. Excitado el amor propio, se
+despoja de la levita y vuelve a saltar con felicidad.
+Los demás le imitan. Al instante toma aquello
+el aspecto de los juegos olímpicos y todavía
+más de la gran batuda americana. Pero Núñez
+es un eminente saltarín. Así estaba de antiguo
+reconocido en todo el ejército y más particularmente
+en el arma de infantería. Saltó tres o
+cuatro veces con gran facilidad; mas, queriendo,
+como es lógico, sobreponerse a sus compañeros
+y dar prueba gallarda de su destreza, afirma en
+tono desdeñoso que «aquello no vale nada» y que
+él es capaz de saltar la acequia volviéndose de
+espalda. Estas palabras fueron acogidas con respeto
+por sus colegas, pero también con un silencio
+que al capitán se le antojó dubitativo. Y sin
+aguardar más resuelve confundirlos. No se despoja
+de una sola prenda del uniforme, que esto
+queda para los neófitos; toma vuelo, y al llegar
+al borde del agua se vuelve y da el salto, pero
+con tan mala fortuna que los pies se le enredan
+en unos juncos y cae de espaldas tan largo como
+era enmedio del arroyo. Se oculta a las miradas
+de sus amigos por un momento, y sale al fin bufando
+y chapoteando como un verdadero tritón,
+diciendo que no es nada y que va a saltar otra
+vez para que se vea. Pero su padre político no
+lo consiente. Le pasea las manos por el cuerpo
+para cerciorarse de que está calado (¡cómo había
+de estar!) y, presa de insana agitación, él,
+que hacía poco tiempo hubiera exterminado
+en pleno a toda la milicia, comienza a gritar:</p>
+
+<p>&mdash;¡Es necesario mudarse!... ¡Ahora mismo!...
+¡Una pulmonía!... ¡Mudarse!... ¡Fricciones!...
+¡Una fiebre reumática!</p>
+
+<p>Y otras exclamaciones más o menos coherentes,
+que daban testimonio del profundo interés
+que la salud del oficial le inspiraba.</p>
+
+<p>Núñez, aunque guerrero, cede a sus instancias
+y vuelve hacia la casa con semblante fiero y ceñudo,
+enteramente resuelto a quitarse hasta los
+calcetines y a meterse en la cama mientras se
+manda propio a Lancia por una muda. Todos
+sus amigos le rodean, y así llegan hasta la casa.
+Emilita, que está al balcón, al verlos de aquella
+guisa, pregunta con sorpresa:</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué es eso?</p>
+
+<p>&mdash;Nada&mdash;le grita su papá,&mdash;que Núñez se ha
+caído a la acequia.</p>
+
+<p>Naturalmente al oír esto Emilita lanza un grito
+desgarrador y cae desmayada en brazos de
+varias damas. Núñez, hecho un héroe, despreciando
+su propia salud, corre a socorrerla. En
+pocos momentos se llena la habitación de vasos
+de agua y salen a relucir también dos o tres
+frascos de antiespasmódico. Cuando empieza a
+recobrar el conocimiento y llega el momento
+crítico de las lágrimas, su hermana Micaela no
+puede contenerse; increpa violentamente a su
+papá.</p>
+
+<p>&mdash;¡Esto ha sido una verdadera barbarie! ¿Se
+ha figurado usted que su hija tiene el corazón
+de bronce?... ¡Bien poca delicadeza se necesita
+para herir de este modo a una pobre criatura!...</p>
+
+<p>La pobre criatura le paga aquella defensa con
+una mirada cariñosa de sus ojos húmedos, apretándole
+al mismo tiempo la mano. El Jubilado se
+encuentra en el último grado del abatimiento y
+apenas se atreve a murmurar «que viendo a Núñez
+vivo a su lado no había razón para tanto
+susto.» Las señoras juzgan que Micaela ha estado
+irrespetuosa con su padre, pero al mismo
+tiempo no pueden menos de convenir en que
+aquello ha sido un escopetazo, y manifiestan a
+la desgraciada esposa una ardiente simpatía.</p>
+
+
+
+<hr />
+<h3><a name="VIII" id="VIII"></a>VIII</h3>
+
+<p class="cab">El vino de Fernanda.</p>
+
+
+<p>Fernanda no había presenciado nada de
+esto. Estuvo a primera hora en el bosque,
+haciendo de ninfa pudorosa como
+sus compañeras; pero cansada pronto del papel,
+se apartó de ellas y comenzó a discurrir por los
+lugares más solitarios. Su cabeza, tan erguida
+siempre, se doblaba bajo el peso del tedio o la
+preocupación; su talle flexible, ondulante, se
+movía sin compás girando a un lado y a otro
+como el cuerpo de un beodo; arrastraba los
+ojos por el suelo, aquellos hermosos ojos africanos
+que eran el más preciado ornamento de la
+noble ciudad de Lancia, y por su frente pálida
+cruzaba una arruga bien profunda, signo de pensamiento
+fijo y doloroso. ¡Cuánto le había atormentado
+desde hacía dos meses! La impresión
+que los amores del conde habían dejado en su
+alma, sofocada al principio por el orgullo, por
+la esperanza de volver a ellos, se había dilatado
+de pronto al conocer el secreto de su desvío,
+había hecho irrupción en ella, la había llenado
+toda y la abrasaba de amor y de celos. Eran
+tanto más ásperos éstos cuanto que vio claramente
+que Luis la había estado engañando
+mucho tiempo, le había fingido cariño cuando
+amaba ya a otra. La miserable traición de
+Amalia la sublevaba, le inspiraba horror y repugnancia;
+pero la del conde, tenía que confesárselo,
+la traspasaba de dolor y acrecía su
+pasión desmesuradamente.</p>
+
+<p>Supo, no obstante, mantener su dignidad a
+flote. Siguió frecuentando el trato de Amalia y
+mantuvo con ella en apariencia las mismas relaciones
+amistosas, mas a despecho suyo, sin darse
+ella misma cuenta, había unas veces en su actitud,
+otras en sus ojos, otras en su acento, un leve
+dejo amargo y desdeñoso que no pasó inadvertido
+para la penetrante valenciana. Con su ex-novio
+se mostró circunspecta, dejó aquel tono
+agresivo que con él acostumbraba a emplear y
+se hizo más suave y formal; pero también, con
+gran disgusto suyo, la emoción que sentía al hablarle
+se le traslucía no pocas veces en una leve
+alteración de la voz y en palideces o rubores enfadosos.
+Su vida interna, durante aquellos seis
+meses, había sido devorada por una actividad febril,
+ansiosa, mareante, disimulada con esfuerzo
+bajo actitud tranquila y altiva. A veces la
+sorda irritación que la minaba no podía resistir
+tanta presión, y estallaba en un flujo de palabras
+candentes, injuriosas, que pronunciaba en voz
+baja, al advertir algún signo de inteligencia entre
+los traidores. Su naturaleza ardiente, orgullosa,
+lisonjeada por un padre que llegaría hasta
+el crimen por darle gusto, y por un enjambre de
+adoradores postrados a sus pies, botaba ante
+aquel obstáculo, el primero con que había tropezado
+en su vida, como un potro salvaje.</p>
+
+<p>En estos frenesíes de cólera ideaba vengarse.
+Escribió varios anónimos a D. Pedro, pero
+ninguno llegó a su destino. Antes de echarlos
+al correo los rompía. El gran fondo de dignidad
+que había en su carácter se sublevaba ante un
+proceder tan bajo; los rompía vertiendo lágrimas
+de despecho. Después de hacer trizas
+el último que escribió, tuvo ocasión de alegrarse,
+pues supo casualmente aquella noche
+que ninguna carta llegaba a poder de Quiñones
+sin pasar por las manos de su esposa. Otras veces
+no podía más; se rendía a la pesadumbre de
+su pena y se dejaba caer en una butaca, y pasaba
+largo rato con los ojos extáticos en meditación
+intensa y dolorosa. Acometíanle, en estos
+momentos, súbitos arranques de ternura; se confesaba
+sin rubor, con gozo voluptuoso, el amor
+que sentía; perdonaba a Luis de todo corazón y
+se prometía amarle toda la vida en silencio, no
+ser jamás de ningún otro hombre. Según trascurrían
+los días este sentimiento se irritaba, se
+trasformaba en deseo enfermizo, irracional. La
+excitación de los sentidos, que al fin despertaban
+en ella de un modo violento, juntábase al cosquilleo
+del amor propio herido, para mantener
+vivo este deseo. Poco le faltaba, cuando veía a
+Luis a su lado, para abrirle su pecho y confesarle
+la abrasadora pasión que sentía.</p>
+
+<p>Sin conciencia clara de lo que hacía, Fernanda
+buscaba a su ex-novio por la finca. Todo lo
+que allí había le interesaba profundamente, el
+bosque, la casa, los criados, hasta los animales
+que pastaban en la pradera; sobre todo esparcía
+una mirada simpática, brillante de emoción.
+¡Cuan amable le parecía aquel caserón estropeado,
+roído por la humedad y los ratones! Después
+de vagar por las regiones más solitarias del
+bosque largo rato, entró distraídamente por los
+prados; descendió lentamente hasta cierto sitio
+donde había algunos obreros abriendo una zanja
+profunda para desecar el terreno. Allí supo, sin
+preguntarlo, que el conde, después de estar un
+rato mirando la obra, se había marchado. Esperó
+algún tiempo para disimular, y al cabo se
+apartó con lento paso, arrastrando la sombrilla,
+como quien no sabe adónde enderezarse.</p>
+
+<p>En efecto, no lo sabía. Pero no por falta de
+objetivo, sino porque ignoraba dónde estuviera
+éste. Una idea cruel flotaba en su cerebro sin
+determinarse con claridad; la de que Luis pudiera
+hallarse a solas en aquel momento con
+Amalia. Poco a poco, a medida que marchaba
+por el campo, esta idea fue adquiriendo relieve.
+Y según se precisaba, le roía el corazón, se lo
+llenaba de despecho y de cólera. ¿Por qué? ¿No
+conocía perfectamente sus relaciones adúlteras?
+Pues, con todo, le causaba viva irritación,
+le parecía que no debía sufrirlo, que tenía
+derecho a impedir que se juntasen. Sin darse
+cuenta de lo que hacía apretó el paso. Sus nervios
+se iban alterando. Cuando llegó a la corrada
+estaba enteramente persuadida que los adúlteros
+se hallaban juntos y solos. Entró en la
+casa y, como quien la visita por curiosidad, la
+recorrió toda, escudriñó hasta las más apartadas
+estancias. No logró verlos; pero la circunstancia
+de no hallar a Amalia por ningún sitio la confirmó
+aún más en su sospecha. Fatigada de tanto
+buscar, inflamada de anhelo, nerviosa, salió de
+nuevo al aire libre. Evitó el encuentro de las
+personas que pudieran detenerla y se dirigió al
+jardín. En cuanto puso el pie en él despertó vigorosamente
+en su espíritu la esperanza de encontrarlos.
+Aquel rincón de verdura donde los
+arbustos, creciendo a su antojo, se entrelazaban
+hasta formar una masa impenetrable, era a propósito
+para las confidencias amorosas. Avanzó
+con precaución, sin hacer ruido, por sus senderos
+casi desaparecidos, tapizados de hierba, invadidos
+en muchos parajes por las ramas de los
+arbustos y la maleza. A veces, un montoncito de
+lirios le cortaba el paso, y se veía precisada a
+saltar sobre ellos; otras, un rododendro extendía
+sus ramas para abrazar a la camelia de enfrente
+y formaba bóveda tan baja que necesitaba doblarse
+mucho para pasar. Antes de llegar creyó
+sentir leve rumor de voces. Quedó inmóvil y
+esperó algunos instantes. Volvió a percibirlo y
+se dirigió hacia el sitio de donde partía.</p>
+
+<p>¡Eran ellos! Sí, eran ellos. Mucho antes de oír
+su voz claramente los había adivinado. Se paseaban
+por una calle más ancha y despejada que
+las otras, resguardada de un lado por el muro,
+del otro por alto seto de boj. Amalia se colgaba
+del brazo del conde con imperio y negligencia
+y hablaba mirando al suelo, mientras él
+se inclinaba hacia ella risueño, sumiso, metiéndole
+las palabras por el oído. Los contempló desde
+lejos al través del follaje. La emoción la dejó
+clavada al suelo algunos instantes. Por encima
+del sentimiento de dolor y de ira que la embargaba
+asomó su cabeza el orgullo de mujer. Después
+de examinar con ojos ansiosos la figura de Amalia
+no pudo menos de murmurar con amargura:</p>
+
+<p>&mdash;¿De qué se habrá enamorado ese hombre?
+¡Si es una gata disecada!</p>
+
+<p>Después pensó:</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué se dirán?</p>
+
+<p>Acometiole un deseo vivo de escuchar su plática,
+y sin reflexionar sobre el peligro que corría,
+fuese acercando poco a poco al seto, doblando el
+cuerpo para no ser vista. Buscó el paraje más
+sombrío y seguro, y escuchó. Sólo se les oía cuando
+cruzaban cerca. En cuanto se alejaban unos
+cuantos pasos no se percibía palabra alguna. No
+pudo recoger más que retazos de conversación,
+que resultaban incoherentes.</p>
+
+<p>&mdash;Se le rozan mucho los muslos. ¡Si vieras
+cómo va engordando! Ni con polvos de almidón
+ni con los de rosa se consigue suavizar la irritación
+de la piel&mdash;decía la dama.</p>
+
+<p>&mdash;Hablan de la niña&mdash;pensó Fernanda.</p>
+
+<p>&mdash;No la he visto nunca en el baño. ¡Cuánto
+daría por asistir a él un día!</p>
+
+<p>&mdash;Es porque no quieres.</p>
+
+<p>&mdash;No, no quiero, exponiéndote a tí a un peligro
+y a que concluya de ese modo...</p>
+
+<p>No oyó más. Tuvo que aguardar a que llegasen
+al final de la calle y diesen la vuelta.</p>
+
+<p>&mdash;Di que has estado en casa de esas viejas
+chochas y no mientas&mdash;oyó decir a Amalia, al
+acercarse de nuevo.</p>
+
+<p>&mdash;Te aseguro que estuve en el Casino. Nos
+hemos reunido los individuos de la junta para
+ver si se ha de decorar nuevamente el salón.
+Creí que podría salir a las diez, pero hasta las
+doce no nos separamos. ¿No conoces el carácter
+disputón y minucioso de D. Juan? A casa de las
+de Meré hace un siglo que no voy. Tanto, que
+algunos empiezan a...</p>
+
+<p>Otra vez se perdieron las palabras. ¿Aquel
+D. Juan sería su padre? Procuraría enterarse.
+Cuando volvieron, el conde acariciaba tiernamente
+la mano de su querida y sonreía, al hablar,
+con arrobada expresión de felicidad.</p>
+
+<p>&mdash;Muchas veces me he propuesto dejar de
+verte. Por la noche, estando a solas en la cama,
+me entran terribles remordimientos. Entonces
+me digo: «Es necesario que esto concluya. Los
+dos nos condenamos irremisiblemente.» Y resuelvo
+marcharme de Lancia y hasta compongo
+todo un plan de vida; viajo con la imaginación
+por toda Europa; me olvido de tí; vuelvo al cabo
+de algunos años, y en vez del amor antiguo se
+renueva en mi corazón una amistad tierna y
+honesta, en la cual podemos descansar tranquilos
+sin temor al castigo del Cielo... Pero
+así que amanece, estas resoluciones se disipan,
+sucumbo a la tentación, voy a tu casa, y en
+cuanto te veo, en cuanto oigo tu voz adorada...</p>
+
+<p>Fernanda se agarró con mano crispada al
+tronco de una magnolia.</p>
+
+<p>A la vuelta era Amalia quien hablaba.</p>
+
+<p>&mdash;No es verdad eso. Ya te he dicho que para
+mí siempre hay un punto negro. Por más que
+pretendo forjarme la ilusión de ser la primera...</p>
+
+<p>&mdash;¡La primera y la última! Yo no amaré a
+otra mujer más que a ti.</p>
+
+<p>&mdash;No sabes los celos que tengo del pasado.
+Cada día más. Di la verdad: ¿la has querido
+o no?</p>
+
+<p>&mdash;No.</p>
+
+<p>&mdash;Entonces, ¿cómo eras capaz de...</p>
+
+<p>No oyó más. Fue bastante para hacer brotar
+de sus ojos una lágrima. Trató de huir. Cuando
+iba a hacerlo observó que los traidores se habían
+detenido al extremo de la calle.</p>
+
+<p>Amalia echa los brazos al cuello a su amante,
+le pone los labios en la boca y le da un beso que
+se prolonga, se prolonga una eternidad. Fernanda
+cierra los ojos. Cuando los abre de nuevo
+ve que se alejan cogidos de la mano.</p>
+
+<p>Los deja salir del jardín. Los sigue inmediatamente.
+¿Adónde irán? Una vez en la corrada,
+observa que se sueltan y se dirigen a la casa.
+Entra en su seguimiento, pero ya habían desaparecido
+y no sabe en qué habitación hallarlos.
+Las recorre todas imprudentemente, cegada
+por emoción extraña que no acierta a reprimir,
+acometida de un deseo vivo, anhelante, de
+espiarlos.</p>
+
+<p>&mdash;¿Adónde va usted, Fernanda?&mdash;le pregunta
+un joven.</p>
+
+<p>&mdash;Ando en busca de la novia.</p>
+
+<p>&mdash;Pues va usted mal. Está en el otro extremo
+de la casa, en una de las salas que miran al
+Norte.</p>
+
+<p>Se vuelve para disimular; pero inmediatamente
+emprende de nuevo la batida. Llega, por fin,
+a cierto gabinete cerrado, que no es otro que el
+célebre <i>cuarto de la condesa</i>. Va a levantar el pestillo,
+como ha hecho en otros, pero se queda
+inmóvil al escuchar un rumor levísimo. Aplica
+el oído. ¡Son ellos!</p>
+
+<p>Se aparta de allí, corre como si la persiguieran,
+se mete por el bosque y, cuando se
+encuentra en paraje solitario, se sienta al
+pie de un árbol y apoya en su tronco la cabeza.
+El rostro triste y demudado, los ojos extáticos,
+las manos cruzadas sosteniendo una rodilla, expresa
+su actitud una agonía desesperada y muda.</p>
+
+<p>Llegó la hora de comer. Se habían colocado
+en el gran salón de la planta baja de la casa dos
+mesas paralelas. Aquella sociedad diseminada se
+reunió instantáneamente a la palabra santa de
+«a comer» lanzada a los cuatro vientos de la
+finca por la ruda voz de Manín y por la argentina
+de Manuel Antonio. Los sentimientos poéticos,
+cuando se desenvuelven al aire libre y enmedio
+de los bosques, son excelentes para facilitar
+la secreción del jugo gástrico. Por eso tanto
+ninfas como faunos asaltan con bríos, antes de
+sentarse a la mesa, las aceitunas, los pepinos,
+las rajas de salchichón. Por voto unánime de la
+milicia y del clero, representado dignamente por
+Fray Diego, se cometió a la novia el encargo de
+designar sitio a cada cual. La festiva y revoltosa
+Emilita, trasformada súbito en severísima
+matrona, llenó su cometido con tacto y amabilidad
+que le valieron el aplauso del concurso.
+A cada niña iba dando por compañero y servidor
+aquel mancebito que era más de su agrado,
+y a cada persona mayor aquella otra con quien
+más congeniaba por su humor y aficiones.
+Pero cuando llegó al delirio el palmoteo fue
+cuando colocó al teniente Rubio entre las dos
+señoritas de Meré. Había dejado para lo último
+este donaire, que no le hizo maldita la gracia al
+interesado. Viéndose oprimido por tales vejestorios,
+el injusto forzador quedó amoscado y estuvo
+a punto de protestar contra la designación
+de Emilita y faltar a todas las reglas de la galantería,
+pero se contuvo. Al tiempo de sentarse
+se le ocurrió exclamar mirando a entrambos lados
+y parodiando a Napoleón:</p>
+
+<p>&mdash;Desde lo alto de estas dos sillas, cuarenta
+siglos me contemplan.</p>
+
+<p>La ocurrencia se celebró mucho y esto volvió
+el humor a aquel dañino animal. Supo contestar
+tan bien a la vaya que le daban sus
+amiguitas, que aquella tarde ganó fama imperecedera
+de cazurro y de pícaro.</p>
+
+<p>Moro se sentó al lado del conde, y mientras
+comían no cesó de inculcar en su alma la ventaja
+de traer al palacio de Granja una mesa de billar.
+Conocía todas las fábricas, pero la mejor
+sin disputa era la de Tutau, de Barcelona. Elogió
+el artículo como si fuese, un viajante de la
+casa. A Luis se le conocía en la cara el hastío y
+el pesar de no hallarse sentado al lado de Amalia.
+Pero Emilita no se atrevió a colocarlo en
+esta forma, ni tampoco junto a Fernanda. Lo
+primero sería un escándalo. Lo segundo, una
+molestia para ambos.</p>
+
+<p>Se comió como en un banquete de la Iliada.
+Pero el Aquiles de esta formidable pelea fue Manín,
+el bárbaro Manín, que, al decir de los que
+estaban a su lado, se comió once calabacines rellenos.
+Verdaderamente Manín era digno de ser
+llamado, si no suevo, ya que esto ofendía al señor
+Saleta, por lo menos longobardo. Se habló
+y se gritó como en una plazuela. Las tres hadas
+del Jubilado, que tanto habían ganado desde que
+Fray Diego echó la bendición a su hermana en
+inocencia y gracia infantil, tiraban bolitas de
+pan a los oficiales. Éstos echaban miradas a la
+novia, haciendo después guiños a su compañero
+Núñez, y murmuraban palabras espantosas que
+les hacían prorrumpir en carcajadas más espantosas
+aún. Paco Gómez se peleaba con María Josefa.
+No se sabe cuál de los dos era peor intencionado,
+de quién partían las flechas más agudas
+y envenenadas. Saleta, que tenía a su compañero
+y censor D. Enrique Valero lejos, se despachaba
+a su gusto, contando a D. Juan Estrada-Rosa
+y a otros dos caballeros cómo se había
+arreglado para seducir a cierta inglesa, esposa de
+un cónsul que había conocido en Oncón, yendo
+desterrado a Filipinas. El barco no se detenía
+allí más que veinticuatro horas. En este breve
+espacio la enamoró y logró que se escapase con
+él. Pero tuvo que separarse de ella al instante,
+porque aquel lance fue objeto de una reclamación
+diplomática por parte de la Gran Bretaña.
+Manuel Antonio, atacado súbitamente de viva
+simpatía por un alférez rubio que tenía a su
+lado, le abrumaba a cuidados y delicadas atenciones.</p>
+
+<p>&mdash;Federico... una aceitunita... No tome tanta
+mostaza, criatura, que le puede hacer daño. Resérvese
+para las perdices. Me consta que están
+riquísimas. ¿Quiere Burdeos?... Aguarde, yo me
+encargo de traerlo...</p>
+
+<p>Y se levantaba solícito, daba la vuelta a la
+mesa y traía un par de botellas que colocaba delante
+del mancebo.</p>
+
+<p>&mdash;Se ha puesto usted muy bueno en Lancia.
+Cuando vino usted hace seis meses era usted delgadito
+y pálido. Yo decía: ¡qué lástima de joven,
+tan guapo y tan simpático! Porque creía
+que se iba usted a dañar del pecho. Se conoce
+que llevaba usted mala vida allá en Barcelona...
+¿No? Pues mire usted, cualquiera lo pensaría.
+Me acuerdo que cuando usted llegó traía una gabardina
+de color de ala de mosca muy bien hecha
+y chalina azul celeste muy linda... Reconozco
+que le sienta a usted bien el traje de paisano,
+pero a mí me gusta usted más de uniforme. Será
+un capricho, pero no lo puedo remediar. ¡Vamos,
+que de uniforme y con esos bigotes a la borgoñona
+está usted del todo simpático!</p>
+
+<p>Algunas toses significativas de los oficiales,
+que se sentaban enfrente, le paralizaron de pronto.
+Pero no se corrió ni mucho menos. Era incapaz
+de avergonzarse por nada. El que quedó
+amoscado y se puso muy serio y ceñudo fue el
+alférez.</p>
+
+<p>Cuando el banquete daba a su fin, algunos
+caballeros, favorecidos de las musas, se levantaron
+a brindar en verso o cosa parecida. Y los
+que no lo hicieron en verso felicitaron en prosa
+a los desposados, resultando que lo mismo unos
+que otros coincidieron en desearles «una eterna
+luna de miel.» Y lo mismo el periódico local
+que al día siguiente dio la noticia. De todos
+aquellos brindis el más original e interesante
+fue el del padre de la novia, D. Cristóbal Mateo.
+¿No había de ser original oír a este sañudo enemigo
+de la fuerza armada cantar sus glorias y
+declararse partidario frenético del aumento del
+contingente y del sueldo a los oficiales? A las
+pocas palabras que pronunció se mostró tan enternecido,
+que algunas lágrimas rodaron precipitadamente
+por sus mejillas. No faltó quien dijo
+que lloraba el vino que había bebido; pero estamos
+lejos de dar crédito a esta insinuación malévola,
+primeramente porque es un absurdo que
+se llore vino, y después porque su acento era
+tan sincero, su ademán tan patético, que nadie
+podía dudar de que sus palabras salían del fondo
+del corazón.</p>
+
+<p>&mdash;...Es un consuelo, sí, es un consuelo que
+Dios me haya dejado ver a mi hija casada con un
+pundonoroso militar... Bien que decir militar en
+España es decir pundonoroso... Porque el ejército
+es la escuela del honor, como dijo cierto
+filósofo... Levantar el ejército, honrar el ejército,
+es levantar, es honrar el honor de la nación...
+Levantar el ejército es levantar el poderío y la
+prosperidad del país... Levantar el ejército es
+colocarnos al nivel de las naciones más grandes
+de Europa... Levantar el ejército es vivir respetados
+por todo el mundo... Levantar el ejército
+es levantarnos nosotros mismos... Levantar el
+ejército...</p>
+
+<p>&mdash;Que se levante el ejército, pero que se siente
+don Cristóbal&mdash;gritó uno.</p>
+
+<p>El Jubilado quedó parado en firme, echó una
+mirada de triste reconvención hacia el sitio de
+donde había partido la voz, se llevó el pañuelo
+a los ojos para enjugarse las lágrimas, bebió
+con calma lo que restaba de vino en la copa y se
+sentó gravemente entre el aplauso y la risa de
+los comensales.</p>
+
+<p>Fernanda no había despegado los labios durante
+la comida. Todos los esfuerzos de Granate,
+a quien la amabilidad de Emilita había colocado
+cerca de su apetecido dueño, resultaron infructuosos.
+Ni por hablarle de la zafra y describirle
+cómo se recoge el tabaco y hacer cálculos
+exactos de lo que se gana en cada caja de azúcar
+y lo que se ganaría si se rebajasen los derechos,
+ni por contar los cien pormenores interesantes
+sobre la importación de las carnes saladas de la
+República Argentina y del bacalao de Terranova,
+logró Romeo que su Julieta emitiese más que
+secos monosílabos. Lo único que hacía era alargarle
+de vez en cuando la copa, diciendo con
+imperio:</p>
+
+<p>&mdash;Eche usted vino.</p>
+
+<p>El indiano se apresuraba a cumplimentar la
+orden. La joven la apuraba de un trago, la ponía
+sobre la mesa y paseaba sus ojos altivos por los
+comensales, deteniéndose con insistencia en
+Amalia. Poco a poco aquellos ojos iban adquiriendo
+expresión más sombría, los párpados se
+le caían, se ponían encendidos y se movían a
+un lado y a otro con más dificultad. D. Santos,
+a quien sorprendía aquella manera de beber, se
+atrevió a decir:</p>
+
+<p>&mdash;Fernandita, bebe usted como un sumidero.
+¡Porra! Tengo miedo que le dé a usted un torozón.</p>
+
+<p>&mdash;Eche usted vino&mdash;respondió Fernanda lanzándole
+al mismo tiempo una mirada torva que
+le desconcertó.</p>
+
+<p>Ya que se hubo brindado, voceado y disparatado
+bien, el alegre concurso volvió a diseminarse.
+Sólo permanecieron en sus puestos el Jubilado
+y los oficiales refractarios al amor. Quedaron
+discutiendo la forma más adecuada de
+aumentar, sin gravar mucho al Tesoro, ocho
+duros mensuales a los capitanes, cinco a los tenientes
+y tres a los alféreces. Sin esta reforma
+declaraban explícitamente los interesados que se
+operaría muy pronto una completa disolución en
+el ejército, y por lo tanto, dejando de ser la escuela
+del honor, ni lo habría en el país, ni nos
+levantaríamos jamás a la altura de otras naciones,
+ni habría prosperidad ni poderío ni pundonor
+en toda la vida. Jaime Moro volvió a trincar
+a Fray Diego y a D. Juan Estrada-Rosa y los
+arrastró hasta la mesa del tresillo. D. Juan había
+perdido y se mostraba reacio, pero el simpático
+mancebo logró convencerle con astucia
+de que, si no le había dado el naipe por la mañana,
+era porque él, Moro, nunca había perdido a
+esa hora. Cuando le venía la mala era por la
+tarde. Capaz sería de dejarse ganar con tal de
+retenerlos.</p>
+
+<p>Manín, sentado a un extremo de la mesa, sin
+intervenir en la conversación de los oficiales,
+cortaba con su navaja rebanadas de pan y las
+comía cachazudamente formando bulto en el carrillo,
+remojándolas con largos tragos del Burdeos
+que había quedado en las botellas. No estaba
+conforme con la comida que les sirvió Marañón,
+el dueño del café de Altavilla. Después
+de haberse hartado como un salvaje, decía que
+todos aquellos platos eran <i>perfumerías</i>, y que
+donde estaba una fuente de judías con morcilla,
+longaniza y huesos de marrano deben callarse
+los macarrones. Hay que advertir que para Manín
+se llamaban macarrones todos los manjares
+que no conocía, lo cual caía muy en gracia al
+maestrante.</p>
+
+<p>Mientras terminaba tan dignamente aquella
+comida indecorosa no cesaba de murmurar pestes
+contra ella, haciendo responsable en parte a
+D. Cristóbal, a quien dirigía de vez en cuando
+desde un rincón largas miradas de rencor.</p>
+
+<p>De pronto se abren con estrépito las puertas
+del salón y penetran en él cuatro muchachas en
+un estado de agitación que impresionó vivamente
+a los circunstantes. Sin hacer caso de los
+otros se dirigen todas al mayordomo de Quiñones:</p>
+
+<p>&mdash;¡Manín, un oso! ¡Manín, un oso!</p>
+
+<p>&mdash;¿Dónde?&mdash;pregunta aquél sin inmutarse.</p>
+
+<p>&mdash;En el bosque.</p>
+
+<p>&mdash;¿Quién lo ha traído?</p>
+
+<p>Ante esta pregunta extravagante quedan las
+cuatro estupefactas y suspensas. Una de ellas se
+atrevió al fin a apuntar tímidamente:</p>
+
+<p>&mdash;Ha venido él solo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Bah, bah, bah!&mdash;exclamó rudamente el mayordomo.</p>
+
+<p>Y vuelve a las tajadas de pan con más ardor
+que antes, dando quizá con esto la razón a los
+envidiosos de la aldea, que no querían oír hablar
+de los osos que había matado y se emperraban
+en llamarle zampatortas.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, niña, di cómo lo has visto&mdash;manifiesta
+la simpática Consuelo, que venía en la diputación.</p>
+
+<p>Una, que estaba más pálida que las otras, avanzó
+y exclamó con trabajo:</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué miedo! ¡Madre mía, qué miedo! Creí
+que me moría... porque mire usted, el oso... ¡el
+oso era horrible!</p>
+
+<p>En tal estado de sobresalto se hallaba, que no
+pudo articular más que palabras incoherentes.
+Entonces la resuelta Consuelo avanzó a su vez
+y dijo con voz firme:</p>
+
+<p>&mdash;Verá usted, Manín. Esta niña se encontraba
+con nosotras en la parte más espesa del bosque,
+allá muy lejos. Oyó cantar un pájaro, un
+malvís, según creo. ¿No era un malvís?... Bueno,
+pues oyó cantar un tordo y se dirigió al sitio
+donde sonaba. Se alejó bastante y no pudo dar
+con él. Cuando se volvía, sale de unas matas el
+oso, la acomete, la tira al suelo y sin hacerla
+daño, no sabemos por qué, huye y desaparece.</p>
+
+<p>El famoso cazador de osos se levanta pausadamente
+y dice con el acento firme y sosegado
+de los héroes:</p>
+
+<p>&mdash;Vamos a ver qué es eso.</p>
+
+<p>Pidió una escopeta arriba, y seguido de lejos
+por las pálidas doncellas, dio una batida al bosque.
+Lo único que halló fue un cerdo alemán de
+la pareja que el conde había traído para encastar.
+La hembra había muerto y el macho vagaba
+triste y solitario por la espesura mientras se
+efectuaba su metamorfosis en morcillas y chuletas.
+Hubo sospechas vehementes de que el autor
+de la agresión fuese este cerdo viudo, pero la
+joven de la aventura juraba y perjuraba que había
+sido un oso quien la había acometido, y que
+no le dijeran cómo era este animal, porque lo
+había visto muchas veces disecado en el gabinete
+de zoología de la universidad.</p>
+
+<p>Fernanda se había marchado mucho antes seguida
+de Granate. Estuvieron en el jardín. Allí
+la joven se le colgó del brazo y dieron algunas
+vueltas por la misma calle en que había visto
+pasear al conde con Amalia.</p>
+
+<p>&mdash;Usted está muy enamorado de mí, ¿verdad?&mdash;le
+preguntó bruscamente.</p>
+
+<p>El indiano, sorprendido, murmuró:</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh, sí! Dicen que estoy como un burro, y
+es verdad.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y qué siente usted, vamos a ver; qué siente
+usted? Explíquese.</p>
+
+<p>&mdash;¿Yo?... ¿Cómo?&mdash;exclamó sorprendido.</p>
+
+<p>&mdash;Sí. ¿Qué siente usted cuando me ve? ¿Qué
+siente cuando otro hombre se acerca a mí, el
+conde, pongo por caso? ¿Qué siente usted en este
+momento en que va oprimiendo mi brazo? Descríbame
+usted sus sensaciones, lo que le pasa
+por dentro...</p>
+
+<p>&mdash;Yo, señorita... no sé qué decirla... La tengo
+tanta ley como si fuese de la familia... Y a don
+Juan, su padre, aunque sea un poco cascarrabias,
+lo mismo... Que sea cascarrabias o no, ¿a
+mí qué me importa?... Si me casara con usted,
+tengo casa, gracias a Dios... Y no es porque yo
+lo diga, pero mi casa vale más que la suya, eso
+bien lo sabe usted... Pero antes nos iríamos a
+viajear por Francia, por Italia, por Ingalaterra,
+por donde usted quisiera... Y si echábamos abajo
+cinco mil duros, ¡que los echáramos!</p>
+
+<p>Granate siguió desbarrando un buen rato en
+esta forma. Fernanda no le oía. Al fin le enfadó
+aquel ruido molesto y dijo con acento colérico:</p>
+
+<p>&mdash;¿Se quiere usted callar, hombre? ¿Qué sarta
+de estupideces está usted ahí soltando?</p>
+
+<p>El pobre D. Santos quedó anonadado. Pasearon
+en silencio algún tiempo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué feo es todo esto!&mdash;exclamó al cabo la
+joven.</p>
+
+<p>&mdash;<i>¿Cuálo?</i></p>
+
+<p>&mdash;¡Todo! La casa, el bosque, los prados, el
+jardín... Mire usted qué horrible es esta magnolia.</p>
+
+<p>&mdash;La casa muy fea y muy antigua, siempre lo
+he dicho... Si la dieran tan siquiera un revoque
+y me pintaran los balcones, todavía... El bosque
+no vale para nada, no trae utilidad, está ocupando
+un sitio precioso para hortaliza o espalera de
+fruta o lo que le manden.</p>
+
+<p>Fernanda soltó una carcajada.</p>
+
+<p>&mdash;Usted padeció alguna vez de melancolía,
+D. Santos.</p>
+
+<p>&mdash;¿De tristeza? Nunca. Yo siempre de buen
+humor. Tan sólo hace un año, que me comió un
+bribón ocho mil y pico de duros, tomé un berrenchín
+que me duró dos días.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué feo está el sol ahora, visto por entre
+las ramas de los árboles!</p>
+
+<p>&mdash;¿Quiere usted que nos volvamos a casa?</p>
+
+<p>&mdash;No, lléveme usted hacia el río. Tengo la
+cara ardiendo y quiero refrescarla un poco con
+agua.</p>
+
+<p>Bajaron por los prados, llegaron al río, y allí
+la heredera de Estrada-Rosa, contra las prescripciones
+de D. Santos, se echó agua al rostro
+por largo rato. Después que se hubo secado ascendieron
+de nuevo lentamente hacia la casa.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo estoy ahora? Bien, ¿eh?... ¡Si viera usted
+cómo me aburro aquí! No puedo más; todo
+esto me fatiga. Yo no nací para andar por los
+prados como las vacas. A mí me gustan las ciudades,
+los salones, el lujo. Quisiera viajear, como
+usted dice, por París, por Londres, por Viena.
+Qué aburrido es Lancia, ¿verdad? ¡Aquellos eternos
+paseos del Bombé! ¡Aquel campo de San
+Francisco! ¡Aquella torre de la catedral tan negra
+y tan triste! Luego siempre las mismas caras.
+La única persona divertida de Lancia es
+usted... En cuanto le veo se me suelta la risa
+sin poderlo remediar. ¿Por qué le llaman a usted
+Granate? Yo creo que el color de usted más
+se parece al lapislázuli... ¿Usted habrá tenido
+esclavos allá en América?... ¡Oh, cómo me gustaría
+a mí tener esclavos! ¡Es tan fastidioso eso
+de pedir las cosas por favor! Pero no, en América,
+no; hay fiebre amarilla... Preferiría ir a
+China.</p>
+
+<p>A medida que hablaba se iba exaltando, se
+emborrachaba con sus propias palabras. Los
+pensamientos salían cada vez más incoherentes.
+D. Santos trató de decir algo, pero se lo impidió
+ella tapándole la boca con la mano.</p>
+
+<p>&mdash;Déjame hablar, hombre. ¿Te lo quieres decir
+todo tú?</p>
+
+<p>El indiano empezó a inquietarse. La exaltación
+de la joven iba en aumento. Hablaba por
+los codos y le tuteaba rudamente.</p>
+
+<p>&mdash;Dame un cigarro.</p>
+
+<p>&mdash;¡Fernandita!... ¡Un cigarro!... Se va a usted
+a marear.</p>
+
+<p>&mdash;¡Silencio! ¿Qué dices ahí, tonto? ¡Marearme!
+Tú no sabes ya qué inventar para fastidiarme.
+Dame un cigarro o te dejo ahí plantado.</p>
+
+<p>El indiano sacó la petaca: la gentil heredera
+tomó de ella una breva, le arrancó con sus dientes
+etiópicos la punta y pidió por señas un fósforo.
+Granate se lo ofreció encendido, sacudiendo
+al mismo tiempo la cabeza en señal de disgusto.</p>
+
+<p>Cuando hubo dado dos o tres chupadas, puso
+un gesto avinagrado y exclamó:</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué cigarros tan infames! Mira, fúmatelo
+tú.</p>
+
+<p>Y se lo puso en la boca.</p>
+
+<p>No fue, no, avinagrado el gesto de Granate
+al chuparlo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ya lo creo que me lo fumaré!&mdash;exclamó
+sonriendo beatamente.&mdash;Me salen a doscientos
+pesos el millar... Pero ahora, después de chuparlo
+usted, vale un millón...</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, no empieces a decir brutalidades.
+Llévame a casa... Esta luz me marea.</p>
+
+<p>Llegaron hasta la corrada cogidos del brazo.
+Allí un pollastre les dijo desde lejos:</p>
+
+<p>&mdash;¿Dónde van ustedes? La gente está en el
+bosque.</p>
+
+<p>&mdash;Dígale usted a la gente que me río de ella&mdash;respondió
+Fernanda con gesto furioso que hizo
+sonreír al muchacho.</p>
+
+<p>&mdash;¿Tú no conoces la casa?&mdash;añadió bajando la
+voz y dirigiéndose a D. Santos.&mdash;Pues voy a
+enseñártela toda. Verás.</p>
+
+<p>Subieron la mohosa y estropeada escalera.
+Fernanda, sin cerrar boca, fue recorriendo todas
+las habitaciones del caserón y mostrándolas
+al indiano.</p>
+
+<p>&mdash;¡Aquí está el célebre <i>cuarto de la condesa</i>!&mdash;exclamó
+con singular entonación al llegar a él.&mdash;Vamos
+a entrar. Estoy cansada.</p>
+
+<p>Entraron y la joven cerró la puerta.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué hermoso, eh?... Éste es el cuarto más
+hermoso y más pícaro de la casa. Si estos muebles
+se pusieran a contar secretos divertidos,
+no concluirían nunca... Mira, dime pronto
+algo que me haga reír, porque si no vas a
+ver cómo empiezo a llorar lo mismo que una colegiala...
+¿Lo ves? Ya estoy llorando... Siéntate
+ahí, gaznápiro... ¡Qué bonito chaleco traes! ¡Qué
+bien dibuja la redondez de la panza!... Contempla
+esa cama. Es grande, ¿eh? es ancha, es hermosa,
+es artística. Pues mira, yo la quemaría...
+Por no sentarme en ella, voy a sentarme sobre
+tus rodillas...</p>
+
+<p>Y así lo hizo. Granate al sentir aquella carga
+tan dulce quedó enajenado, y con increíble audacia
+le pasó un brazo por la cintura. La joven
+se alzó como si la hubiera pinchado.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué haces, bruto? ¿Crees que estamos en
+la manigua y soy alguna negra cimarrona?</p>
+
+<p>Después de contemplarle un rato con ojos coléricos,
+su fisonomía se fue serenando, sus labios
+se dilataron con sonrisa dulce.</p>
+
+<p>&mdash;¿Me quieres mucho?</p>
+
+<p>&mdash;¡Casi na!&mdash;dijo el indiano con acento picarón.</p>
+
+<p>&mdash;Pues vas a ser feliz un momento. Mira, te
+voy a permitir que me des un beso... uno
+solo, ¿lo entiendes? Pero me has de jurar que no
+lo ha de saber nadie...</p>
+
+<p>El indiano hizo un juramento espantoso.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno, basta. Ahora, dame el beso aquí en
+la sien. El primero y el último que me has de dar
+en tu vida... Espera un poco&mdash;añadió alzándose
+otra vez.&mdash;Por este beso yo te he de dar cincuenta
+bofetadas en esos carrillos azules... ¿Admites
+el trato?</p>
+
+<p>Granate consintió inmediatamente. La niña
+volvió a sentarse sobre sus rodillas e inclinó la
+cabeza para recibir el beso.</p>
+
+<p>&mdash;¡Bueno, ahora llega mi turno!&mdash;exclamó con
+infantil alegría.&mdash;Prepárate a recibir los bofetones...
+¡Qué carrillos, Dios mío, tan magníficos!
+¿Ves que son azules?... Pues te los voy a poner
+verdes... ¡Atención!... ¡Una!... La primera...
+¡Dos!... La segunda... ¡Tres!... La tercera...
+¡Cuatro!... ¡Cinco!</p>
+
+<p>La mano breve y torneada de la hermosa
+chasqueaba ruidosamente en las carnosas mejillas
+del indiano. Los ojos de éste comenzaron a
+ponerse encendidos y encarnizados, como los de
+un lobo, su sangre llameó repentinamente y con
+brusco ademán la sujetó brutalmente por la cintura.</p>
+
+<p>Fernanda dejó escapar un grito ahogado.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué tienes?... ¿Por qué te enfadas?... ¡Déjame!...
+¡Déjame, bruto!</p>
+
+<p>Luchó, forcejeó con desesperación, pero no
+logró desasirse...</p>
+
+<p>Al apartarse, la embriaguez había desaparecido
+por completo. Dirigió una mirada vaga,
+extraviada, al indiano. Pero esta mirada adquirió
+súbito expresión de espanto, se fijó en él
+como en un animal extraño que la viniese a
+acometer.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué hace usted aquí?... ¡Ah, sí!&mdash;exclamó
+llevándose la mano a la frente.&mdash;¡Dios mío! ¿Qué
+me pasa? ¿Estoy soñando?...</p>
+
+<p>Y volviendo a clavarle sus ojos irritados, amenazadores,
+le gritó con rabia:</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué hace usted ahí plantado? ¡Salga usted
+inmediatamente! ¡Salga usted! ¡salga usted!&mdash;repitió
+con grito cada vez más alto.</p>
+
+<p>Pero cuando el indiano retrocedía ya hacia la
+puerta ella se lanza de pronto fuera, sale disparada
+por los pasillos y, al llegar cerca de la escalera,
+cae atacada de un síncope.</p>
+
+<p>La levantaron, la prodigaron mil cuidados.
+Al recobrar el sentido brotó de sus ojos un raudal
+de lágrimas; no cesó de llorar en toda la
+tarde. Cuando la comitiva se puso de nuevo en
+marcha hacia la población aún seguía llorando.</p>
+
+<p>&mdash;¿Han visto ustedes qué vino más llorón tiene
+esta niña de Estrada-Rosa?&mdash;decía riendo el
+capitán Núñez.</p>
+
+
+
+<hr />
+<h3><a name="IX" id="IX"></a>IX</h3>
+
+<p class="cab">La mascarada.</p>
+
+
+<p>Momentos antes de que la rosada aurora
+abriese de par en par las ventanas
+del Oriente, Satanás, que amaneció
+de humor campechano, envió a Lancia al
+más travieso y juguetón de los demonios con
+encargo de despertarla. Batió sus negras alas el
+ministro de Averno sobre la ciudad y lanzó una
+carcajada horrísona, estridente, que logró arrancar
+de las profundidades del sueño a todos sus
+habitantes. Despertaron con unas ganas atroces
+de reír, de alborotar, de burlarse de la autoridad
+gubernativa, improvisar coplas y decir barbaridades.</p>
+
+<p>Uno de ellos, imaginamos que haya sido Jaime
+Moro, lo primero que hizo al saltar de la
+cama fue llamar al criado y preguntarle con
+semblante risueño si D. Nicanor, el bajo de la
+catedral, le había prestado al fin su figle. El
+criado, sin responder, saliose un momento del
+cuarto y no tardó en aparecer con un descomunal
+serpentón entre las manos. Y sin respeto alguno
+a su amo aplicó los labios a la boquilla y
+produjo un ruido temeroso semejante al rugido
+de un león. Moro, en calzoncillos como estaba,
+hizo una pirueta y tres o cuatro zapatetas en señal
+de íntimo regocijo, como si aquel ruido bárbaro
+hubiese tocado las fibras más delicadas de
+su corazón. Después de probar por sí mismo a
+producir idéntico rugido y cerciorarse de que era
+bien capaz, se vistió, se aliñó y, tomando apresuradamente
+el desayuno, se salió a la calle liado
+en su capa y debajo de ella el artefacto musical
+que tan gozoso le había puesto. A cuantos
+encontraba detenía con guiño misterioso, y metiéndose
+en el portal más próximo les mostraba,
+lleno de emoción, el contrabando que traía
+oculto. Ninguno preguntaba lo que iba a hacer
+con él. Sonreían, le apretaban la mano significativamente
+y solían preguntarle al oído:</p>
+
+<p>&mdash;¿Para cuándo?</p>
+
+<p>&mdash;Esto para la noche, pero a las doce sale la
+carroza.</p>
+
+<p>&mdash;¿Se escaparán?</p>
+
+<p>&mdash;¡Ca! Están bien tomadas las medidas.</p>
+
+<p>Y seguía su camino, embozado hasta los ojos,
+porque hacía un frío de dos mil diablos.</p>
+
+<p>Otros no se limitaban a sonreír y apretarle la
+mano, sino que en justa correspondencia a su
+confianza sacaban con mano temblorosa de los
+bolsillos del gabán o de lo interior de la gabardina
+algún instrumento resonante también de
+menor categoría, una trompeta, un cuerno de
+caza, una matraca. Moro aplaudía, alababa el
+instrumento sin hacer alarde de su superioridad.
+Y proseguía con marcha oblicua y trabajosa, no
+hacia la confitería de D.ª Romana, que era el
+término glorioso de sus expediciones matinales,
+sino hacia casa de Paco Gómez.</p>
+
+<p>Resonaba ésta ya con los pasos agitados y el
+vocerío de una muchedumbre de jóvenes diligentes.
+Todos ellos trabajaban con verdadero
+afán, con ahínco que rara vez se ve en los talleres.
+Unos cortaban estandartes, otros moldeaban
+caretas de cartón; quiénes pegaban letras
+negras a los trasparentes de un farol; quiénes
+vestían primorosamente dos grandes muñecos;
+quiénes, en fin, se ocupaban en desatascar las
+boquillas de varios bombardinos y serpentones
+semejantes al que Moro llevaba. La estancia
+era una inmensa sala destartalada. Paco Gómez
+habitaba el palacio de un marqués que jamás
+había puesto los pies en Lancia, del cual su
+padre era mayordomo. El implacable bromista
+presidía vigilante y solícito los trabajos de sus
+compañeros, acudiendo a todas partes, saliendo
+a cada momento para dar órdenes a los criados
+o para recibir los mensajes que le enviaban.
+Nunca se le había visto tan afanoso. Generalmente
+era displicente, y hasta en las bromas
+más premeditadas mostraba cierta actitud desdeñosa,
+sincera o fingida, que le hacía más
+temible. Ahora echaba todo el cuerpo fuera. Es
+que se trataba de la farsa más estupenda y regocijada
+que había presenciado jamás la ciudad de
+Lancia desde que los monjes de San Vicente habían
+venido a fundarla. El motivo era que se casaba...
+(apenas si la pluma se atreve a estamparlo)
+Fernanda Estrada-Rosa... se casaba...
+(vamos, que cuesta trabajo decirlo) ¡se casaba
+con Granate!</p>
+
+<p>Desde la memorable escena de la Granja, Fernanda
+vivió en estupor doloroso, en un abatimiento
+de alma y de cuerpo que alarmó a su
+padre. Hizo llamar al médico. Éste no halló
+más que un desequilibrio nervioso; se curaría
+con algún viajecito a la corte, con paseos y distracciones.
+La niña se negó en absoluto a curarse
+por estos medios. Ni paseos, ni teatro, ni tertulias,
+ni mucho menos pensar en hacer viaje
+alguno. Desde su gabinete al comedor, desde
+aquí al cuarto de su padre, donde solía permanecer
+breves instantes. No tenía fuerzas para subir
+al piso segundo ni humor para enterarse de
+los trabajos de los criados y dirigirlos. Cerrada
+en su habitación tampoco lo tenía para seguir
+labor alguna. Se dejaba caer en una silla y permanecía
+larguísimo rato inmóvil con las manos
+sobre las rodillas y los ojos extáticos. Algunas
+veces se ponía a leer y, observando que no se
+hacía cargo de lo que el libro decía, concluía
+por arrojarlo. Otras se asomaba al balcón y permanecía
+de bruces sobre la baranda horas enteras
+con la vista fija en el espacio o en un punto
+de la calle, sin ver a los transeúntes ni contestar
+al saludo que muchos le dirigían, ni advertir siquiera
+la curiosidad de que era blanco por parte
+de las vecinas.</p>
+
+<p>Mas he aquí que repentinamente se le antoja
+marcharse a Madrid. Fue necesario preparar el
+viaje instantáneamente. Manifestó su deseo por
+la mañana. Por la noche montaban padre e hija
+en la diligencia: con tal ímpetu y palabras extremosas
+exigió la niña el viaje. Una vez en la
+corte, cambió radicalmente su humor. Entregose
+con rabia, con pasión desenfrenada a
+los placeres que brinda Madrid a una joven forastera,
+rica y hermosa. Vivió dos meses en
+la embriaguez de los teatros, de los paseos
+en coche, de los grandes saraos y conciertos.
+Acometida súbito de una alegría nerviosa, parecía
+feliz enmedio del ruido y el tumulto de
+la sociedad, donde empezó a conocérsela por el
+sobrenombre de <i>la Africana</i>.</p>
+
+<p>Para que su vida fuese aún más alegre y aturdida
+le placía comer por los <i>cafés</i> y <i>restaurants</i>,
+como un mancebo disipado. D. Juan fluctuaba
+entre el gozo de verla contenta y la incomodidad
+aguda que le producía aquella vida desordenada,
+tan contraria a sus hábitos y edad.</p>
+
+<p>Una tarde, regresando del paseo del Prado,
+Fernanda estalló repentinamente en sollozos.
+D. Juan quedó estupefacto, aterrado; en toda la
+tarde no había cesado de reír aquella locuela
+burlándose de cierto mancebito que seguía pertinazmente
+su coche.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué te pasa?... ¡Fernanda! ¡Hija mía!</p>
+
+<p>La niña no respondió. Con el pañuelo en los
+ojos, el cuerpo sacudido por fuertes estremecimientos,
+lloraba cada vez más perdidamente.</p>
+
+<p>&mdash;¡Fernanda, por Dios, que la gente se está
+fijando!</p>
+
+<p>El llanto se iba convirtiendo en ataque de
+nervios. D. Juan ordenó al cochero partir a escape
+a casa. Mas antes de llegar a ella, la joven
+cesó de llorar y, levantando la cabeza con resolución,
+exclamó:</p>
+
+<p>&mdash;¡Papá, quiero marcharme a Lancia!</p>
+
+<p>&mdash;Bien, hija; nos iremos mañana.</p>
+
+<p>&mdash;No, no; quiero que nos vayamos ahora
+mismo.</p>
+
+<p>&mdash;Considera que no falta más que una hora
+para salir el tren.</p>
+
+<p>&mdash;Sobra tiempo.</p>
+
+<p>No hubo más remedio que meter apresuradamente
+la ropa en los baúles y salir disparados
+a la estación. Sólo cuando el silbido de la locomotora
+anunció la salida y comenzaron a correr
+por las llanuras áridas que rodean a Madrid se
+calmaron un poco los nervios de la excitada niña.</p>
+
+<p>Al día siguiente de llegar a Lancia no fue a
+dar los buenos días a su padre ni a tomar chocolate
+con él, como tenía por costumbre. Cuando
+ya se disponía el viejo a llamarla, entra de repente
+en su habitación una doméstica pálida y
+agitada.</p>
+
+<p>&mdash;¡La señorita se ha puesto muy mala!</p>
+
+<p>Corrió D. Juan al gabinete y la halló desencajada;
+lívida, por los esfuerzos que unas violentísimas
+náuseas la obligaban a hacer.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pronto! ¡A buscar el médico!&mdash;gritó el pobre
+padre.</p>
+
+<p>Fernanda hizo un gesto negativo y articuló
+débilmente:</p>
+
+<p>&mdash;No, que llamen al penitenciario.</p>
+
+<p>No hizo caso. Vino el médico y, después de
+examinarla detenidamente, llamó a D. Juan
+aparte y le dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Su hija de usted ha tomado una cantidad
+extraordinaria de láudano.</p>
+
+<p>&mdash;¿Para qué?&mdash;preguntó sin comprender.</p>
+
+<p>&mdash;Pues... para lo que se toman siempre esas
+cantidades... para envenenarse.</p>
+
+<p>&mdash;¡Hija de mi alma! ¿qué has hecho?&mdash;gritó el
+desgraciado; y quiso lanzarse de nuevo a la habitación
+de la joven. El médico le detuvo.</p>
+
+<p>&mdash;No corre peligro alguno. Ha devuelto todo
+el veneno, y con el medicamento que voy a recetar
+quedará completamente tranquila. Lo que
+importa ahora es que no repita.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh, no! Yo me encargo.</p>
+
+<p>Y corrió al cuarto de su hija. Pero no pudo
+arrancarle una palabra. La niña se obstinaba en
+que viniese su confesor. Al fin fue por sí mismo
+a llamarlo, y no tardó en aparecer con él.</p>
+
+<p>Mientras duró la confesión, D. Juan paseaba
+agitadamente por el amplio corredor de la casa
+en espera, devorado por curiosidad ardiente,
+presa de vagos y tristísimos presentimientos.
+Salió al fin el penitenciario, quien sin responder
+a la muda interrogación que le dirigía con
+la vista, tomole gravemente de la mano y le
+llevó en silencio hasta su propia habitación,
+donde se encerraron. Cuando al cabo de una
+hora salieron, el anciano banquero tenía las mejillas
+inflamadas, los blancos cabellos en desorden
+y en los ojos señales de haber llorado.
+Despidió al canónigo en la escalera y tornó a
+encerrarse en su despacho. Allí permaneció todo
+el día y toda la noche, sin hacer caso de los recados
+que su hija le mandó para que se llegase
+a verla.</p>
+
+<p>Fue el propio penitenciario quien se ofreció a
+hablar con Granate y seguir las negociaciones.
+El indiano relinchó de gozo al saber de lo que
+se trataba. Pero su naturaleza de aldeano astuto
+y la pasión de la avaricia, que era la que hasta
+entonces le había dominado, alzaron la cabeza.
+Cuando al otro día fue el canónigo a hablarle hallolo
+cambiado: cerdeaba, gruñía, sacudía la cabeza,
+hablaba con palabras entrecortadas del lujo
+con que habían criado a Fernanda, de los grandes
+gastos que el matrimonio trae consigo. En resumidas
+cuentas, pedía una dote. El penitenciario,
+que era hombre justificado y de genio vivo, no
+pudo contenerse ante tal vileza y le llenó de denuestos.
+Pero esto era lo que menos importaba
+a aquel rústico. Seguro de tener a D. Juan bajo
+sus tacones, reía como un bestia, se rascaba la
+cabeza y dejaba escapar algún dicharacho grosero
+que ponía aún más fuera de sí al canónigo.</p>
+
+<p>Cuando, haciendo grandes rodeos, éste enteró
+a D. Juan de lo que ocurría, el desgraciado padre
+quiso volverse loco de desesperación e
+ira. Se arrancaba los cabellos, vomitaba injurias
+atroces y hablaba de dar un tiro a su hija y darse
+él otro enseguida. A duras penas logró calmarle
+un poco. Entró, al fin, en razón, siguieron las
+negociaciones y después de disputar como mercaderes
+el tanto y el cuanto de la dote, se fijó al
+fin lo que había de ser, y Granate consintió en
+dar su mano de sapo a la niña más preciosa que
+Lancia guardaba por aquella época.</p>
+
+<p>Pero faltaba la más negra. Faltaba decírselo a
+ella. Cuando le anunciaron que se preparase a
+unir su suerte en plazo breve a la de D. Santos,
+cayó presa de fuerte desmayo. Al salir de él declaró
+rotundamente que no lo haría aunque la
+desollaran viva. Ni las reflexiones de su confesor,
+ni la perspectiva de la deshonra, ni las lágrimas
+de su padre consiguieron ablandarla. Sólo cuando
+vio a éste frenético llevarse el cañón de un revólver
+a la sien para arrancarse la vida se arrojó
+a detenerlo prometiendo hacer cuanto le mandase.
+Y he aquí cómo quedó concertado en principio
+aquel matrimonio horrendo.</p>
+
+<p>Al tener noticia los nobles hijos de Lancia de
+tal concierto, el mismo sentimiento de vergüenza
+se apoderó de todos ellos. Una ola inmensa de
+rubor invadió las mejillas de aquel generoso vecindario.
+Esta ola solía venir a Lancia y hacer
+los mismos estragos siempre que la suerte favorecía
+a algún laciense más de lo justo. Si a uno
+le tocaba la lotería, si a otro le daban un buen
+empleo, si el de más allá se casaba con una mujer
+rica o adquiría gran caudal con su industria,
+o se hacía famoso por su talento, la delicadeza
+exquisita de los habitantes de Lancia se sobresaltaba
+y procuraba, rebajando el dinero, el talento,
+la instrucción o la industria de su vecino,
+poner las cosas en su verdadero sitio. Tal sentimiento
+puede equivocarse fácilmente con el de
+la envidia. El verdadero observador comprendería,
+no obstante, al oírlos disertar en las tertulias
+de las tiendas y en los corrillos de la calle,
+que sólo el amor, acaso demasiado ardiente, a
+la justicia les obligaba a minorar los méritos de
+su convecino y renunciar de este modo generosamente
+a la parte de gloria que en ellos pudiera
+refluir por este concepto.</p>
+
+<p>El matrimonio de Granate causó profundo estupor.
+Siguió al estupor un grito de indignación.
+Nunca se colorearon tan vivamente las mejillas
+de los lacienses como en aquel momento; ni siquiera
+cuando la prensa de Madrid vino elogiando
+cierta comedia escrita por un hijo de la población.
+¡Qué de improperios, primero contra
+Granate, luego contra D. Juan, después contra
+Fernanda! Singularmente los pollos se agitaban
+convulsos, frenéticos; encontraban deficiente la
+legislación, que no contenía medios de prohibir
+semejantes monstruosidades. Resultado de todo
+fue que, para dar expansión a las fogosas emociones
+que la noticia había despertado en su
+alma y para dar claro testimonio al mundo entero
+del profundo disgusto que un matrimonio
+tan extravagante les causaba, la juventud laciense
+dispuso una soberana farsa a cuyos comienzos
+asistimos.</p>
+
+<p>Los interesados tuvieron noticia de ella y quisieron
+evadir el golpe, primero ocultando el día
+en que se había de celebrar el matrimonio, después
+celebrándolo fuera de la población. Pero no
+les valieron de nada sus precauciones. Los pollos
+olfatearon que la ceremonia se celebraría en
+los primeros días de Febrero, en la posesión que
+Estrada-Rosa poseía a media legua de Lancia.
+Se colocaron espías en la calle de Altavilla y en
+las inmediaciones de casa de Granate a fin de
+que no se escaparan; sobornose a los criados; se
+trazaron por las cabezas más fecundas de la ciudad
+mil planes ingeniosos para vejar a los novios.
+Como coincidió con estos preparativos el
+Carnaval, resolvieron aprovecharlo para dar el
+primer golpe con una gran mascarada burlesca,
+que salió el domingo a las doce de casa de Paco
+Gómez recorriendo las calles. En una carroza
+tirada por cuatro bueyes vestidos con percalina
+roja, sus cuernos adornados con ramaje, venían
+tres máscaras, queriendo figurar una a Fernanda
+Estrada-Rosa, otra a su padre y otra a Granate.
+Este último traía un sombrero de cuernos. De
+vez en cuando se paraba la carroza y ejecutaban
+una farsa ridícula y grosera que hacía bramar de
+regocijo a los curiosos que en torno se reunían.
+Fernanda besaba con trasportes de entusiasmo
+a Granate; éste, como más pequeño, la abrazaba
+por más abajo de la cintura, y mientras tanto
+D. Juan hacía sonar riendo una bolsa de dinero.
+De vez en cuando, del fondo de la carroza salía
+rápidamente otro máscara que quería representar
+al conde de Onís, daba un beso a Fernanda,
+se lo devolvía ésta a espaldas de Granate, y tornaba
+a ocultarse con la misma celeridad.</p>
+
+<p>Como quiera que esta payasada se ejecutó en
+la calle de Altavilla, delante de la misma casa
+de Estrada-Rosa, el escándalo fue enorme, el
+gentío que la presenciaba inmenso. D. Juan, en
+el paroxismo de la ira, dio parte al gobernador,
+grande amigo suyo, y resolvió partir al día siguiente
+con Fernanda. Los jóvenes maleantes,
+que prevían esta determinación, ya tenían urdido
+el medio de hacerla ineficaz, preparando,
+como hemos visto, una grandiosa cencerrada
+para la noche. Era anticipada porque aún no se
+habían casado, pero de ningún modo querían
+que se escapasen sin ella. Armados, pues, de
+cuantos instrumentos ruidosos pudieron haber,
+con grandes trasparentes, donde aparecían
+pintadas las mismas grotescas figuras de la
+carroza con bestiales leyendas debajo, y teas en
+las manos, se congregaron más de trescientos
+muchachos en Altavilla, y alrededor de ellos media
+población que los alentaba con sus carcajadas.
+El estruendo era horrísono. De vez en
+cuando cesaba y una voz lanzaba al aire alguna
+copla indecente, que era celebrada con rugidos
+de alegría, creciendo tanto y tanto la algazara,
+que el mundo se venía abajo. El teniente Rubio,
+siempre original, trepó por las cornisas de la
+capilla de San Fructuoso, situada casi enfrente
+de la casa de Estrada-Rosa, y comenzó a repicar
+la campana. Paco Gómez iba solapadamente
+de uno en otro grupo apuntando las coplitas
+más dañinas para que las repitiese en alta voz el
+que la tuviese más recia. Moro hacía sonar su
+famoso serpentón hasta echar los pulmones,
+mientras el marica de Sierra, que había sido uno
+de los más activos promovedores de la cencerrada,
+se metía traidoramente en casa de D. Juan,
+vendiéndose como amigo fiel, para espiar en realidad
+lo que allí pasaba.</p>
+
+<p>Pero el jefe político de la provincia pensó que
+era ya hora de oficiar de Neptuno y componer
+las olas irritadas. Cuando la cencerrada se hallaba
+en su período álgido, envió a Altavilla a
+Ñola, cabo de los guardias municipales, acompañado
+de dos números, que resultaron ser Lucas
+el Florón y Pepe la Mota, con encargo de apaciguar
+el escándalo y despejar la calle. Los lacienses
+estaban avezados de antiguo a no reconocer
+el origen divino de la autoridad cuando
+Ñola, el Florón o Pepe la Mota se empeñaban en
+representarla. Y no sólo ponían en duda su legitimidad,
+sino que en cuanto de lejos los columbraban,
+soplaba en su espíritu el viento de la rebelión
+y lo encrespaba. ¿Consistía esto en que los
+lacienses estuviesen predestinados por los ciegos
+impulsos de su naturaleza a conspirar contra el
+orden establecido? No es verosímil. Ninguno de
+los historiadores de Lancia han señalado como
+carácter distintivo de aquella raza la oposición
+a las instituciones. Es más natural suponer que
+lo que les indignaba tan profundamente y les
+inclinaba a la conjuración era la nariz de Ñola,
+del tamaño de un botón de timbre eléctrico, la
+voz aguardentosa de Lucas el Florón y las piernas
+monstruosamente arqueadas de Pepe la
+Mota.</p>
+
+<p>De sobra conocían estos respetables agentes
+del poder gubernativo las tendencias anárquicas
+que algunas veces manifestaba el vecindario
+de Lancia. Pero lo que no sospechaban siquiera
+al introducirse incautamente entre la muchedumbre,
+de Altavilla fue que habían de salir de
+allí sin bastón, sin sable, sin kepis y con las mejillas
+abofeteadas. Así estaba escrito, sin embargo.</p>
+
+<p>El jefe político no quiso conformarse con los
+inescrutables fallos de Dios, y montando en cólera
+hizo llamar inmediatamente al teniente de
+la guardia civil y le envió a vengar con ocho
+números a los infortunados Ñola, Lucas el Florón
+y Pepe la Mota.</p>
+
+<p>Envalentonados con la victoria pasada los
+graciosos de Altavilla, trataron de resistir. Entonces
+el teniente, a quien devoraba el fuego de
+la guerra, mandó desenvainar los sables, y sonriendo
+ferozmente, cargó sobre la muchedumbre
+como un jabalí indomable.</p>
+
+<p>Al verlo, un vivo estremecimiento corrió por
+los miembros de cada uno de los lacienses. Hubo
+tendencias a retirarse del campo de batalla; pero
+no faltó en aquel momento quien animase su corazón
+intrépido ofreciéndoles la perspectiva engañosa
+de la victoria.</p>
+
+<p>&mdash;¡Fuera los civiles! ¡Abajo los tricornios!
+¡Muera el patatero!</p>
+
+<p>Tales fueron los gritos sediciosos que se escaparon
+de los pechos de aquella juventud temeraria.</p>
+
+<p>Y en el mismo punto volaron algunas piedras.
+Los trompones, los bombardinos, los cornetines
+de pistón cuya voz armoniosa tantas mazurkas
+habían cantado en el seno de la paz,
+trasformados repentinamente en instrumentos
+de guerra, brillaron siniestros a la luz de las
+antorchas. El tricornio del teniente cayó vergonzosamente
+al suelo a impulso de uno de
+ellos. Lo recoge. Su corazón de guerrero se estremece,
+un círculo de espuma se forma en torno
+de sus labios y se lanza al combate con los
+ojos inflamados, respirando exterminio.</p>
+
+<p>Entonces, bajo el imperio de su fuerza incontrastable,
+los jóvenes héroes de Lancia se replegaron
+dando fuertes gritos amenazadores. Los
+sables de los civiles comenzaron a sonar de plano
+en las espaldas de algunos. La retirada se convirtió
+en huida muy pronto. Tal como un rebaño
+de ciervos huye y se desbanda perseguido por los
+chacales, así los hijos generosos de Lancia huyeron
+aquella noche memorable, perseguidos
+por los civiles sedientos de sangre. El suelo
+quedó sembrado de instrumentos de bronce,
+testigos de la afrenta. El indomable teniente paseó
+largo rato su furor por las calles, animando
+con vivas interjecciones a sus huestes, lanzándolas
+en persecución de los rebeldes como un
+cazador lanza su jauría en persecución de un venado.
+Así fue como Paco Gómez, seguido tenazmente
+por los tricornios, se vio en la precisión,
+para escapar a un cintarazo, de meterse por el
+escaparate de la confitería de D.ª Romana, cayendo
+de bruces sobre una fuente de huevos moles
+y destruyendo por completo una magnífica
+tarta de borraja destinada al chantre de la catedral.
+Así fue también como Jaime Moro, después
+de perder en la refriega el serpentón de don
+Nicanor, estuvo a punto de ser inmolado por el
+sable resplandeciente de un civil. Sólo por haber
+tomado la precaución de bajar la cabeza
+cuando éste le tiró el golpe evitó la efusión
+de sangre. El sable fue a chocar con la pared de
+una casa, haciendo no poco estrago en ella.
+Meses después, Moro enseñaba el trozo descascarillado
+como un trofeo a los amigos forasteros
+que venían a Lancia; y al recordar sus proezas
+y peligros en aquella noche gloriosa, una suave
+alegría descendía a su corazón heroico.</p>
+
+<p>Otros muchos miembros de aquella juventud
+magnánima experimentaron desperfectos de consideración
+en su economía, unos por el influjo de
+los sables, los más por las caídas y los choques
+que resultaron de la desbandada. La victoria
+no fue, sin embargo, gratuita para los agentes
+del gobierno. Aparte del fracaso del tricornio
+del teniente y de algunas contusiones de sus
+subordinados, el poder constituido sufrió un importante
+revés en la persona de uno de sus más
+antiguos representantes, en la persona de Ñola,
+cabo de municipales. Ya sabemos que este personaje,
+enteramente impopular en Lancia, a
+causa de la cortedad, y aún más de la redondez
+excesiva de su nariz, había perdido en la primera
+escaramuza el kepis, el sable y el honor de
+sus mejillas. La cólera y la venganza se enseñorearon
+de su corazón. Nada podía hacer, sin
+embargo, para apagarlas, porque se hallaba privado
+de todo medio coercitivo. Pero en vez de
+retirarse prudentemente al soportal de las Consistoriales,
+como hicieron sus compañeros Lucas
+el Florón y Pepe la Mota, quedose enmedio de
+la calle contemplando con ansiedad la batalla.
+Al ver que se decidía en favor de las instituciones
+que él representaba, la alegría se desbordó
+ruidosamente de su pecho municipal.</p>
+
+<p>&mdash;¡Bien por los guardias! ¡Duro en ellos!
+¡Rajarme esa canalla! ¡A ver si escarmienta de
+una vez esa pillería!</p>
+
+<p>Tales eran los gritos belicosos que salían de
+su garganta. Sin embargo, cuando menos podía
+esperarse, dado que los enemigos huían en completo
+desorden, vino a estrellarse contra el botón
+de su nariz un cuerpo duro de superficie lisa
+y compacta que resultó ser un trozo de cal hidráulica.
+Todos los timbres de su cerebro sonaron
+a un tiempo. No pudiendo sufrir tanto estrépito,
+vino al suelo privado de conocimiento.
+Su pecho magnánimo sólo tuvo fuerzas para
+exhalar una queja melancólica.</p>
+
+<p>&mdash;¡Recongrio, me han escuaernao esos sinvergüenzas!</p>
+
+<p>Así cayó aquel baluarte poderoso del orden,
+aquel varón esforzado que en sus luchas incesantes
+con la pillería de los arrabales tantas veces
+había caminado por la senda de la victoria.
+Levantáronlo y lo metieron en la botica de don
+Matías, que estaba próxima. Desde allí lo condujeron
+poco después al hospital. La ciudad perdió
+por algunos días su escudo protector. Porque
+ni Lucas el Florón ni Pepe la Mota podían competir
+en energía con Ñola.</p>
+
+<p>Mientras tales sucesos se efectuaban en Altavilla
+y en las calles adyacentes, D. Juan Estrada-Rosa,
+presa de irritación indescriptible, se
+paseaba agitadamente por su gabinete mesándose
+los cabellos. Los consuelos hipócritas del
+marica de Sierra no lograban calmarle. Hablaba
+de salir a la calle y arrojarse sobre la insolente
+muchedumbre.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué les habrá hecho mi pobre hija!&mdash;exclamaba
+con voz temblorosa, próximo a sollozar.</p>
+
+<p>Fernanda se había retirado a su habitación
+temprano y se había metido en la cama. Si la
+sorprendió la algazara que sonaba en la calle o
+contaba ya con ella, no es fácil saberlo. Cuando
+D. Juan, después de adoptar una violenta resolución,
+subió a despertarla, al encender la luz
+hallola con los ojos secos y brillantes, sin apariencias
+de haber dormido ni de haber llorado.
+Hizo que se vistiese a toda prisa, y dando orden
+a los criados para que tuviesen encendidas todas
+las luces de la casa a fin de engañar a los de
+afuera, salió con ella por la puerta de la cochera,
+que daba a un callejón solitario. Los acompañaba
+únicamente Manuel Antonio. Dirigiéronse
+por las calles más extraviadas a casa del Jubilado.
+Una vez allí, se pasó un recado a don
+Santos para que se presentase inmediatamente;
+otro al penitenciario. Cuando ambos acudieron,
+el padre, la hija y estos dos señores, Manuel
+Antonio y Jovita Mateo salieron ocultamente
+de Lancia por la carretera de Castilla. Después
+de caminar un rato esperaron el coche que don
+Juan había mandado venir. Acomodáronse los
+seis como pudieron en la carretela, echando a
+Manuel Antonio al pescante. Media hora después
+estaban en la posesión del banquero. Alzose
+apresuradamente un altarcito en el salón principal
+de la casa, y antes de que amaneciese, el
+penitenciario bendijo la unión de los prometidos.</p>
+
+<p>Fernanda no había despegado los labios durante
+el camino. El mismo silencio cuando se
+hacían los preparativos para la solemnidad. Parecía
+tranquila, en un estado de indiferencia absoluta
+o, por mejor decir, de soñolencia, como
+la persona a quien se arranca violentamente del
+sueño y tarda en darse cuenta de lo que pasa en
+torno suyo. Pero tal estado letárgico continuó
+después de pronunciar el sí ante el altar. Ni la
+plática afectuosa y elocuente del penitenciario,
+ni las bromas incesantes de Manuel Antonio
+mientras tomaban el desayuno, ni las caricias de
+Jovita, ni la alegría afectada, ruidosa, de su padre
+lograban sacarla de su extraña distracción.
+Clareaba el día, un día triste, nublado, que se
+filtraba melancólicamente por los cristales. Todos
+hacían esfuerzos por parecer alegres; se hablaba
+en voz alta, se reía comentando la torpeza
+del criado, el miedo de Manuel Antonio a volcar.</p>
+
+<p>Traslucíase, no obstante, una gran tristeza.
+Cuando la conversación se interrumpía, las frentes
+se arrugaban, los semblantes se oscurecían.
+Al entablarla de nuevo, las palabras resonaban
+lúgubremente en el lujoso comedor.</p>
+
+<p>La novia se retiró para cambiar de traje. Poco
+después apareció de nuevo, con el mismo semblante
+impasible. Según los planes de D. Juan,
+debían irse inmediatamente para tomar en un
+pueblo próximo la silla de posta. Los indecentes
+de Lancia quedarían de este modo chasqueados.
+Cuando bajaron al jardín, donde esperaba
+el coche, caía una lluvia menuda y fría. Fernanda
+besó a su padre y entró en el coche. El
+pobre anciano, al recibir aquel beso en la mejilla,
+pensó que una corriente de aire frío entraba
+por ella paralizando sus miembros y helándole
+el corazón.</p>
+
+<p>El látigo chasquea. «Adiós, Fernanda; abrígate,
+Fernanda. Adiós, Santos. Que vengan ustedes
+pronto.» Ya están en camino. Antes de
+una hora llegan a Meres, esperan la diligencia
+y suben en ella. El mismo silencio obstinado por
+parte de Fernanda. Las atenciones de Granate
+no le arrancan ni una sonrisa ni una palabra de
+gracias; sus ademanes grotescos y los desatinos
+que de vez en cuando deja escapar tampoco hacen
+surgir en el semblante marmóreo de la joven
+un gesto de fatiga o disgusto. A ratos dormita,
+a ratos contempla con ojos atónitos el paisaje.
+Cuando llegaron a las inmediaciones de
+León era ya noche.</p>
+
+<p>Pero ¿qué ocurre en León? Al llegar a la plazoleta
+donde cambia el tiro la diligencia descubren
+gran golpe de gente, escuchan voces desaforadas,
+ruido desacordado de instrumentos de
+música, tañido de cencerros. Y ven alzarse sobre
+la muchedumbre algunos trasparentes pintados.</p>
+
+<p>Paco Gómez, fecundo en trazas más que Ulises,
+había escrito a algunos amigos de León
+tiempo atrás invitándoles a disponer una cencerrada
+para cuando Granate y su esposa pasasen
+por allí. La colonia de Lancia, que es numerosa
+en León, secundó admirablemente los planes de
+su paisano. Todo lo tenían preparado. Sin embargo,
+estos preparativos no hubieran servido de
+nada sin la traición de Manuel Antonio, que al
+llegar a Lancia notició secretamente a Paco lo
+que pasaba. Éste aprovechó el telégrafo, recién
+instalado, y se puso en comunicación con sus
+secuaces.</p>
+
+<p>Fernanda tardó en darse cuenta de que aquella
+algazara iba contra ella. Cuando, por algunos
+gritos que llegaron a sus oídos, vino en conocimiento
+de ello, empalideció, sus ojos se dilataron
+y, dando un grito, precipitose a la ventanilla
+para arrojarse fuera. Granate la detuvo sujetándola
+por la cintura. La joven luchó algunos momentos
+con furor; pero no pudiendo desprenderse
+de aquellos brazos cortos y membrudos de
+oso, se dejó caer al fin en el asiento, llevose las
+manos a la cara y rompió a sollozar.</p>
+
+<p>&mdash;¡Dios mío, ha sido grande el pecado, pero
+qué castigo tan terrible!</p>
+
+
+
+<hr />
+<h3><a name="X" id="X"></a>X</h3>
+
+<p class="cab">Cinco años después.</p>
+
+
+<p>Trascurrieron cinco años. La noble ciudad
+de Lancia ha cambiado poco en
+su exterior y menos aún en sus costumbres.
+Unas cuantas casas-grilleras con adornos
+de mazapán alzadas por el oro indiano en las inmediaciones
+del parque de San Francisco; varios
+trozos de acera en calles que jamás la poseyeran;
+tres faroles más en la plaza de la Constitución;
+un guardia municipal suplementario,
+que debe su existencia no tanto a las necesidades
+del servicio como a las pasiones del alcalde,
+varón de excelsos pensamientos, consagrados
+casi enteramente a Venus, que premia las
+condescendencias de Vulcano con el presupuesto
+municipal; en el paseo del Bombé algunas
+estatuas de bronce con el ropaje caído, que produjeron
+grave escándalo a su erección, haciendo
+pregonar al magistrado Saleta en la tertulia
+del maestrante que «la media desnudez era
+cien veces más incitante que la completa;» en
+las cabezas de nuestros maduros conocidos algunas
+hebras de plata, y en el semblante radioso
+como el arco iris de Manuel Antonio, el
+más seductor de los hijos de la ínclita ciudad,
+signos ya evidentes de que su belleza pronto se
+desvanecerá como un sueño feliz al soplo glacial
+de la mañana, como los copos de nieve que
+caen suavemente en el silencio de un día triste
+de invierno.</p>
+
+<p>La misma vida vegetativa, brumosa, soñolienta;
+las mismas tertulias en las trastiendas
+libando con deleite la miel de la murmuración.
+Los apodos soeces pesando siempre como losa
+de plomo sobre la felicidad de algunas respetables
+familias. En el Bombé, las tardes de sol,
+los mismos grupos de clérigos y militares paseando
+desplegados en ala. Las enormes campanas
+de la basílica tañendo invariablemente a horas
+fijas. Las viejas devotas caminando con planta
+presurosa al rosario o a la novena. El canto monótono
+de los canónigos resonando profundamente
+en la soledad de las altas bóvedas. En Altavilla,
+a la hora del crepúsculo, los eternos corros
+de jóvenes alegres, riendo mucho, hablando alto
+y abriéndose amenudo para dejar paso a alguna
+costurera espiritual o criada de carnes opulentas
+a quienes rinden homenaje con los ojos, con
+la palabra y no pocas veces con las manos. Y
+allá, en lo alto del firmamento, iguales corros de
+nubes pardas y tristes amontonándose en silencio
+sobre la vetusta catedral, para escuchar en
+las noches melancólicas de otoño los lamentos
+del viento al cruzar la alta flecha calada de la
+torre.</p>
+
+<p>Estamos en Noviembre. El conde de Onís
+acostumbra a pasear a caballo lo mismo en los
+días claros que en los oscuros. Cada vez menos
+le place la compañía de los hombres. Su carácter
+se ha hecho más receloso y melancólico. El
+pecado aniquiló los débiles gérmenes de alegría
+que la naturaleza había depositado en su corazón.
+El temperamento sombrío, extravagante,
+fanático de los Gayoso se ha ido exaltando en él
+poco a poco con el roer incesante del remordimiento;
+ha trastornado su imaginación, ha enervado
+su escasa actividad y ennegrecido su existencia.</p>
+
+<p>Le molestan los hombres. En todas las miradas
+piensa ver hostilidad; en las frases más
+inocentes, alguna aviesa intención que hace hervir
+su sangre de coraje. No osa entrar en los
+templos, ni siquiera se deja caer de rodillas, como
+antes, frente al sangriento crucifijo del cuarto
+de su madre. Si oye hablar del infierno se
+estremece y huye. Envía cuantiosas limosnas a
+las iglesias; encarga misas que no oye; pone
+cirios a las imágenes, y en el secreto de su habitación
+se entretiene a veces puerilmente en
+preguntar a la suerte, echando una moneda al
+aire, si se condenará eternamente o irá tan sólo
+al purgatorio. Cuando llega a sus oídos el canto
+de los sacerdotes que acompañan a un entierro,
+empalidece, tiembla y se tapa los oídos.
+Por la noche se despierta amenudo sobresaltado,
+con un sudor frío, gritando miserablemente:
+«¡Hay que morir! ¡hay que morir!»</p>
+
+<p>Por largo tiempo vivió casi en absoluto retirado,
+sin salir más que cuando se lo ordenaba
+aquella voluntad que había logrado señorear la
+suya. Después, como sufriese demasiado, temiendo
+que sus negros pensamientos acabasen
+con su razón, le dio por recorrer los contornos
+a pie o a caballo, hasta fatigarse. El cansancio
+corporal prestaba descanso a su espíritu; el espectáculo
+de la naturaleza serenaba su atormentada
+imaginación.</p>
+
+<p>Era un tarde fría y oscura. Las nubes pesan
+amontonadas sobre las colinas que cierran el
+horizonte por el Norte, y ocultan las altas montañas
+de Lorrín que se extienden como una cortina
+lejana por el Oeste. Han caído fuertes chubascos
+que convirtieron en laguna la parte baja
+de la ciudad y en lodazales las carreteras que de
+ella parten. Apesar de esto el conde manda ensillar
+su caballo, sale de Lancia por la carretera
+de Castilla, y galopa entre torbellinos de
+lodo al través de las praderas y los bosques de
+castaños. Las hojas amarillentas de los árboles,
+lavadas por la lluvia, brillan como monedas de
+oro; mil arroyuelos serpean vacilantes por la falda
+de la colina y van a depositar sus aguas en la
+llanura, que se dilata verde y mojada con suaves
+ondulaciones. Una franja más oscura señala el
+cauce del Lora, que se oculta misterioso bajo
+sus mimbreras y espesas filas de alisos.</p>
+
+<p>El conde, con la cabeza, echada hacia atrás,
+los ojos medio cerrados, aspiraba con delicia el
+fresco húmedo de la tarde. La carretera flanqueaba
+la colina en suave declive. Antes de
+trasponerla y perder de vista la ciudad, detuvo
+el caballo y echó una mirada atrás. Lancia era
+un montón, no grande, de techos rojos, sobre los
+que resaltaba la flecha oscura de la catedral.
+Debajo percibió una mancha amarilla, el bosque
+de robles de la Granja. Más abajo las torrecillas
+anaranjadas de su casa solariega.</p>
+
+<p>La lluvia ha cesado. Un viento frío barre las
+nubes y las precipita detrás de los montes. El
+firmamento se despliega trasparente con el pálido
+azul de los días de otoño. Algunas estrellas
+apuntan ya como diamantes en el horizonte.
+Los árboles, las montañas, los arroyos, el valle
+cubierto de su verde tapiz brillan indecisos
+bajo la tenue claridad del crepúsculo.</p>
+
+<p>El conde pone de nuevo su caballo al galope
+y desciende velozmente por el flanco de la colina
+que oculta a Lancia. El viento oprime sus
+sienes, zumba en sus oídos produciéndole una
+dulce embriaguez que disipa las negras nubes
+de su imaginación. Por la enlodada carretera no
+encuentra sino algún hato de ganado, algún
+trajinante con su recua, o carro tirado pausadamente
+por bueyes, en el fondo del cual duerme
+descuidadamente el carretero. Mas antes de
+trasponer un recodo, cree escuchar rumor lejano
+de ruedas y campanillas. Es la silla de posta
+que llega al anochecer a Lancia. Al cruzar a su
+lado dirige una mirada distraída al fondo, y
+chocan sus ojos con otros grandes y lucientes.
+Siente un estremecimiento eléctrico, vuelve la
+cabeza con presteza, pero sólo percibe ya la trasera
+de la silla que se aleja. Tira de las riendas
+al caballo y la sigue: a los pocos momentos se
+detiene avergonzado y prosigue su marcha.</p>
+
+<p>¿Sería Fernanda? Una sensación fugaz, pero
+muy clara, se lo decía. Sin embargo, pudo haberse
+equivocado. Ninguna noticia tenía de su
+llegada. Sabía que se quedara viuda hacía unos
+meses. Granate había rodado al fin como un buey
+bajo el golpe de la apoplejía. Pero al mismo
+tiempo era válida la voz de que la viuda del indiano
+aborrecía de muerte a Lancia desde la
+humillante farsa con que sus compatriotas la
+habían regalado al casarse. El hecho de no haber
+venido cuando la muerte de su padre, acaecida
+el año anterior, lo dejaba bien probado.</p>
+
+<p>El conde pensó algunos momentos en esto;
+al cabo se le borró de la mente; le distrajo una
+nube violada y espesa que avanzaba hacia el zenit
+presagiando nuevo chubasco. Pero en el fondo
+de su espíritu quedó algo indeterminado y
+dulce que le puso de buen humor. Revolvió el
+caballo y llegó a Lancia ya bien de noche, chorreando
+y cubierto de lodo, pero el corazón ligero
+y alegre sin saber por qué.</p>
+
+<p>Fernanda no vaciló un instante. Lo vio y lo
+conoció tan claramente que pudo hasta advertir
+las señales que el tiempo y los cuidados habían
+impreso en su semblante. Le pareció más viejo;
+creyó ver en su luenga barba rubia algunos mechones
+plateados. Al mismo tiempo en sus ojos,
+posados un instante sobre ella, adivinó el sufrimiento,
+el hastío, algo triste, que le impresionó
+alegremente. El recuerdo de su antiguo novio
+había vivido siempre en el fondo de su pecho.
+Ni la traición, ni el desdén, ni las mil distracciones
+a que se arrojó en la vida frívola y
+bulliciosa de París, habían logrado arrancarlo
+de allí. Si le hubiera hallado satisfecho, en la
+plenitud de su fuerza y salud, no habría sentido
+aquel soplo dulce que la acarició un instante.
+En tal alegría maligna había el rencor inextinguible
+de la mujer desdeñada, pero también algo
+alado, sonoro, vaporoso, como la esperanza, que
+cantó y rió en su alma y disipó los negros pensamientos
+que se acumulaban sobre su frente.</p>
+
+<p>La necesidad, no su querer, la obligaban a
+volver a Lancia, donde había jurado no poner
+los pies nunca más. Su marido tenía hecho testamento
+a su favor. Los hermanos de aquél
+lo impugnaban. Se había entablado un pleito,
+que ganó en primera instancia. Venía acompañada
+de una antigua sirviente de su padre,
+trasformada en dama de compañía, y de un mayordomo.
+Desde Madrid había telegrafiado a
+una prima, y ésta, en unión con Manuel Antonio,
+dos de las niñas de Mateo y algunas amigas
+más, la esperaban en la mal empedrada plazoleta
+del Correo, donde paraba la diligencia. Y
+vengan de abrazos y achuchones y besos, y vayan
+de preguntas y exclamaciones y lágrimas.
+La ofendida heredera de Estrada-Rosa no había
+imaginado sentir tal alegría al poner la planta
+en su pueblo natal.</p>
+
+<p>Sus amigas la llevaron abrazada, casi en volandas,
+hasta casa. Allí se despidieron todas,
+menos Emilita Mateo, a quien Fernanda hizo
+una seña para que se quedase. Las dos amigas
+ascendieron lentamente, cogidas por la cintura,
+aquella escalera, amplia, encerada, que tantas
+veces sus pies menudos de niña habían pisado.
+No tardaron en encerrarse en el antiguo gabinete
+de la hija de Estrada-Rosa para saborear
+la hora de las dulces confidencias. Entre besos
+y sonrisas y protestas de fiel amistad se contaron
+su vida durante aquellos cinco años. Fernanda
+hablaba de su difunto marido con una
+compasión que quería ser triste y resultaba altamente
+despreciativa. Vivió con él en una suerte
+de antagonismo de ideas, de gustos y deseos,
+que los mantuvo constantemente alejados. Ni fue
+feliz ni desgraciada. Fueron cinco años de aturdimiento
+en que desfilaron ante su vista calles
+populosas, teatros resplandecientes, hoteles magníficos,
+salones de baile, trajes deslumbradores,
+muchos conocidos y ningún amigo. Su marido
+se plegaba a sus caprichos a la fuerza, como un
+oso indómito que obedeciese gruñendo al palo
+del domador. Habían tenido una niña, que se murió
+a los cuatro meses.</p>
+
+<p>La juguetona Emilia fue muy desgraciada en
+su matrimonio. Núñez había salido un <i>perdis</i>.
+Ya lo sabía Fernanda, pero vagamente. En cartas
+no es fácil descender a ciertos significativos
+pormenores. Al principio muy bien, pero luego
+las malas compañías le habían echado a perder.
+Le dio por el juego primero, después por la bebida,
+últimamente por las mujeres. Esto último
+era lo que más sentía Emilia. Todo se lo
+perdonaba de buen grado: que viniese borracho
+a las tantas de la madrugada, que le empeñase
+los pendientes, los cubiertos, hasta el capuchón
+de abrigo; lo que no podía sufrir era que se le
+viese entrar en casa de una perdida que vivía en
+la calle de Cerrajerías. Al decir esto la hija
+del Jubilado soltaba un torrente de lágrimas.
+Apenaba más verla llorar, por la alegría revoltosa
+que siempre fue el distintivo de su carácter.
+Fernanda la acariciaba tiernamente y compartía
+sus lágrimas. Al cabo de un rato de silencio
+le preguntó:</p>
+
+<p>&mdash;Pero ¿tú le sigues queriendo?</p>
+
+<p>&mdash;¡Sí, hija, sí!&mdash;exclamó con rabia.&mdash;No lo
+puedo remediar. Cada vez estoy más ciega
+por él.</p>
+
+<p>&mdash;¡Vaya por Dios! Tu pobre padre estará también
+disgustadísimo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Figúrate!... Y lo peor es&mdash;añadió llorando
+amargamente&mdash;que ahora volvió a su manía
+antigua contra el ejército... Dice cosas horribles
+de los militares... ¡Sí, sí, horribles!... En cuanto
+yo entro por casa empieza a disparatar, nada
+más que por mortificarme... Mis hermanas
+le apoyan... Nos llaman holgazanes y dicen...
+dicen que se debe reducir el contingente...</p>
+
+<p>Al llegar aquí, los sollozos rompían el tierno
+pecho de la esposa de Núñez. Fernanda, que
+también lloraba viéndola tan afligida, no pudo
+menos de sonreír.</p>
+
+<p>&mdash;¡Tus hermanas también!</p>
+
+<p>&mdash;¡Ya lo creo!... ¡Todos, todos desean que se
+reduzca!...</p>
+
+<p>Cuando la hija de Estrada-Rosa le hubo demostrado
+que no era tan fácil como parecía la
+reducción de las fuerzas de tierra, su espíritu se
+serenó al fin poco a poco. Luego concertaron
+ambas dar una sorpresa a la sociedad laciense.
+Fernanda se presentaría aquella noche sin previo
+anuncio en la tertulia de Quiñones. Una alegría
+infantil se apoderó de ambas con este proyecto.
+Así que le dieron forma, despidiose Emilita,
+prometiendo volver enseguida a buscar a su
+amiga.</p>
+
+<p>Eran las diez de la noche cuando subían ambas
+los peldaños de piedra, que rezumaban siempre
+por la humedad, de la vasta escalera señorial
+de los Quiñones.</p>
+
+<p>Al llegar arriba Emilita prohibió al criado
+que las anunciase. Ella misma abrió la puerta
+del salón y empujó a Fernanda hacia adentro.</p>
+
+<p>Fue una aparición que dejó extáticos por un
+instante a los tertulios. La hija de Estrada-Rosa,
+lucía un traje elegantísimo recién salido del taller
+de una de las más afamadas modistas de
+París. Su belleza, de la cual sus compatriotas
+no conocían más que el delicado botón, se había
+convertido en rosa espléndida en los cinco años
+de vida refinada y elegante. Maravillosa por la
+arrogancia de su talle, por el brillo de sus grandes
+ojos africanos, por la delicadeza de su cutis,
+la hermosura de Fernanda había adquirido en
+París su complemento necesario, la gracia, el
+noble y sencillo ademán, el gusto para vestirse,
+la suprema distinción que en Lancia no hubiera
+logrado jamás. Su traje negro de seda dejaba
+descubiertos pecho y espalda. Algunas carreras
+de perlas tejidas entre los cabellos componían
+todo el adorno de su cabeza.</p>
+
+<p>Amalia fue la primera que la vio, y su sangre
+fluyó de repente al corazón. Repuesta inmediatamente,
+corrió a saludarla.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh! Ya sabía que usted había llegado; pero
+no imaginé que fuese tan amable...</p>
+
+<p>Ambas se miraron a los ojos y se declararon,
+con un chispazo, el odio que ardía en el fondo
+de sus almas. Pero habían cambiado las circunstancias.
+Amalia era cinco años atrás la dama
+más elegante y distinguida de la población, la
+única cuyo porte y refinamiento de costumbres
+trascendía a otra esfera más culta y espiritual.
+Fernanda la aventajaba ahora infinitamente.
+Aquélla había envejecido de modo ostensible.
+Entre sus cabellos se veían ya bastantes hebras
+plateadas; su tez, siempre pálida, había perdido
+toda su frescura; además, había perdido el deseo
+y el gusto para vestirse, se había ido plegando
+poco a poco bajo la presión de la sociedad ordinaria
+y cursi que la rodeaba, adaptándose a ella
+y descuidándose más y más de su persona. El
+contraste era, por lo tanto, más vivo. Bien lo advirtió
+la noble esposa del maestrante y se sintió
+humillada hasta el fondo de su ser. Una sonrisa
+de despecho contrajo sus labios mientras cambiaba
+con Fernanda los obligados saludos. Ésta
+gozaba de su triunfo con grave y serena alegría.</p>
+
+<p>Las damas rodeáronla inmediatamente. Fue
+un diluvio de besos y abrazos acompañados de
+vivas exclamaciones de gozo. Los hombres, que
+formaban círculo detrás, avanzaron también sus
+manos y estrecharon con efusión la de la hermosa
+viajera. Y entre tanto pláceme y tanta frase
+congratulatoria, o por olvido o por vergüenza,
+nadie osaba hacer alusión a la desgracia que la
+joven había experimentado algunos meses atrás;
+ni el más mínimo recuerdo para el oso colorado
+que dormía su sueño eterno en un cementerio de
+París. Tan sólo cuando la efervescencia de los saludos
+hubo calmado, Amalia la cogió sonriente
+las manos y exclamó mirándola de arriba abajo:</p>
+
+<p>&mdash;¡Sabe usted que son muy elegantes los trajes
+de duelo en París!</p>
+
+<p>Fernanda hizo una mueca de desdén.</p>
+
+<p>&mdash;Poco importa el vestido si se lleva el duelo
+en el corazón&mdash;apuntó María Josefa, que en los
+cinco años trascurridos había aguzado prodigiosamente
+el filo, el contrafilo y la punta de su
+lengua.</p>
+
+<p>Las mejillas de Fernanda se tiñeron de carmín.
+Se avergonzó como si fuese un delito no
+sentir la pérdida de <i>Granate</i>. Luego, irritada por
+aquella hostilidad, estuvo a punto de mostrar
+violentamente su enojo. Volvió la espalda y se
+puso a hablar con otras damas.</p>
+
+<p>En aquel momento el conde de Onís salió del
+gabinete y vino a saludarla. Le tendió la mano
+con afectuosa sonrisa. Ella le entregó la suya de
+un modo glacial, separando rápidamente la mirada.
+Sin embargo, pudo advertirse alrededor de
+sus ojos un círculo pálido que denunciaba la
+emoción. Para disimularla se encaminó al gabinete,
+diciendo con afectada ligereza que la dejasen
+libre, que a quien tenía más gana de ver era
+a D. Pedro.</p>
+
+<p>El noble maestrante yacía en su sillón con
+los naipes en la mano. Sus cabellos y su barba
+estaban más blancos, pero tan erizados e
+indómitos. Sus facciones enérgicas parecían más
+acentuadas; sus ojos hundidos brillaban con fulgor
+más delirante. Al mover con trabajo aquel
+gran torso atlético desprovisto de base los rasgos
+de su fisonomía se contraían con expresión
+de feroz impotencia que inspiraba tristeza
+y miedo. Pero si su cuerpo se abatía a ojos vistas,
+alzábase su orgullo cada vez con más brío.
+Todos los días crecía un poco el respeto que se
+consagraba a sí mismo por llamarse Quiñones
+de León y el desprecio a los demás por haber
+nacido bajo el estigma de otro nombre cualquiera.
+Agradeciendo profundamente al cielo la dicha
+con que había querido favorecerle, tendría
+a pecado quejarse de su suerte y envidiar a los
+otros hombres la facultad de usar de sus piernas.
+¿Qué importa que Juan Fernández pueda
+andar, correr y saltar, si al fin y al cabo se llama
+Juan Fernández? Lo único que le preocupaba
+algunas veces era si convendría a la dignidad
+de un Quiñones poseer unas extremidades enteramente
+inertes, y si no sería preferible que viviesen
+para participar de la gloria del resto del
+organismo. Pronto desechaba, sin embargo, tales
+inquietudes pensando justamente que vivas o
+muertas aquellas extremidades ocupaban un rango
+superior en la sociedad. Cuando Fernanda
+entró en el gabinete alzó los ojos y clavó en ella
+una mirada penetrante que la abrazó de la cabeza
+a los pies. Ni la hermosura ni el porte, singularmente
+elegante, de la joven debieron dejarle
+satisfecho, porque la convirtió inmediatamente a
+los naipes y exclamó con insolente protección:</p>
+
+<p>&mdash;¡Hola, pequeña! ¿Eres tú? ¿Cuándo has llegado?</p>
+
+<p>Apesar de sentirse mortificada por aquel tono,
+Fernanda le saludó afectuosamente.</p>
+
+<p>&mdash;Me alegro de verte tan buena, querida, y aprovecho
+la ocasión para darte el pésame. Ya sabes
+que yo no escribo cartas hace años. He sentido
+mucho a Santos... Oiga usted, Moro: ¿se propone
+usted no darme en su vida una carta decente?...
+Era un buen sujeto, un vecino excelente, incapaz
+de hacer daño a nadie. No hallarás otro marido
+como él. Tenía una cualidad que se encuentra
+muy difícilmente: la modestia. Apesar
+del dinero que había logrado juntar, no pretendía
+salirse de su esfera; siempre se manifestó
+respetuoso con los superiores. ¿Verdad, Saleta,
+que no era como esos piojos resucitados, que
+así que les suenan algunas monedas en el bolsillo
+olvidan las judías y el centeno, como si en
+su vida los hubiesen probado?... Valero, siéntese
+usted, y diga pronto si es vuelta eso que tiene...
+¿Vienes a establecerte aquí, chiquita, o te
+vuelves a ver a los <i>franchutes</i>?</p>
+
+<p>Fernanda, que sintió perfectamente toda la
+hiel de aquel discurso, respondió fríamente, y
+después de pocas palabras más se volvió al
+salón.</p>
+
+<p>A D. Pedro le había molestado el tufillo
+de elegancia y distinción que despedía la hija
+de Estrada-Rosa. Le irritaba que alguien se
+alzase en torno suyo, siquiera fuese solamente
+algunas pulgadas. Aborrecía todo lo extranjero,
+y muy particularmente aquel París, donde
+imaginaba que los Quiñones de León no tenían
+influencia muy decisiva. Hasta sospechaba vagamente,
+con horror, que eran desconocidos. Por
+supuesto que procuraba apartar la mente de tan
+disparatada idea. Si llegase a penetrar por
+completo en su espíritu, ¿qué le restaba al noble
+caballero? Morir, y nada más.</p>
+
+<p>Haciéndole la partida de tresillo están los
+mismos personajes que ya conocemos. Saleta, el
+gran Saleta, cuyas mentiras siguen fluyendo de
+su boca suaves y almibaradas, lo cual le obligaba
+a relamerse amenudo. Faltó poco para que
+Lancia se viese privada para siempre de este
+magnánimo y divertido varón. Jubilado hacía
+tres años, fue a establecerse a su país, donde permaneció
+uno solamente. La nostalgia de Lancia,
+de la tertulia de Quiñones, y sobre todo de las
+burlas de su colega Valero, le impulsaron a
+dejar la patria gallega para venir de nuevo a
+habitar entre los lacienses. Valero, ascendido
+a presidente de sala, más ajado cada día,
+más jaranero y ceceoso, se sienta a la izquierda
+del prócer. Enfrente está Moro, ideal inaccesible
+de todas las niñas casaderas, cuya cabeza infatigable
+soporta fácilmente doce horas de tresillo
+sin mareo ni turbación alguna. De todas las
+instituciones creadas por los hombres, la más firme,
+la más respetable es ésta; el tresillo. Por su
+inquebrantable solidez puede compararse muy
+bien a las leyes inmutables de la naturaleza. Para
+Moro es tan verdad que la <i>espada</i> vale más que el
+<i>basto</i>, como que los cuerpos al caer siguen un movimiento
+uniformemente acelerado. Y allá en el
+fondo oscuro de la cámara dormita en la misma
+butaca el glorioso Manín con su calzón corto,
+chaqueta de bayeta verde y fuertes zapatos claveteados.
+Tiene el pelo gris, casi blanco. Pero
+no es esto lo peor para él. Lo verdaderamente
+triste es que el pueblo no le considera ya como
+un cazador feroz envejecido en la lucha con los
+osos de las montañas. Aquella leyenda se ha ido
+disipando poco a poco. Sus compatriotas tenían
+razón. Manín no era más que un zampatortas.
+En Lancia se ríen también de sus proezas y le
+miran como un viejo bufón del loco y heráldico
+señor de Quiñones.</p>
+
+<p>Fernanda consiguió al fin sustraerse a los plácemes
+de sus amigos y fue a sentarse en un rincón
+apartado. Estaba triste. La hostilidad de los
+dueños de la casa le había impresionado. Pero
+no era esto lo principal, aunque ella hiciese por
+creerlo. El motivo recóndito, que se avergonzaba
+de confesar a sí misma, era Luis. El saludo afectuoso
+de su antiguo novio había despertado súbito
+todos sus recuerdos, todas sus ilusiones, las
+penas y las dichas de otro tiempo que dormían
+en el fondo de su alma como pajarillos entre las
+hojas del árbol. La agitación interior era intensísima,
+pero nada o muy poco se traslucía en su
+continente grave y frío. Sin embargo, sintió un
+fuerte estremecimiento al escuchar muy cerca
+de su oído estas palabras:</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué hermosa te has puesto, Fernanda!</p>
+
+<p>Se hallaba tan distraída que no advirtió que
+el conde se había sentado a su lado. Involuntariamente
+se llevó la mano al sitio del corazón.
+Repuesta inmediatamente, sonrió diciendo:</p>
+
+<p>&mdash;¿Te parece?</p>
+
+<p>&mdash;Sí... Y yo qué viejo, ¿verdad?</p>
+
+<p>Hizo un esfuerzo y le miró a la cara con
+fijeza.</p>
+
+<p>&mdash;No; algunas canas en la barba... y el aspecto
+un poco fatigado.</p>
+
+<p>El temblor de su voz contrastaba con la aparente
+indiferencia que quiso dar a sus palabras.</p>
+
+<p>El conde se puso repentinamente serio, llevose
+la mano a la frente y replicó al cabo de unos
+momentos con acento sombrío y como si se hablase
+a sí mismo:</p>
+
+<p>&mdash;Fatigado, sí; ésa es la verdadera palabra...
+¡Muy fatigado!... La fatiga me sale por los
+poros.</p>
+
+<p>Guardaron ambos silencio. El conde quedó
+entregado a una intensa meditación que trazó
+en su frente arruga profunda. Al cabo dijo, entablando
+nuevamente conversación:</p>
+
+<p>&mdash;Ya te había visto antes de venir aquí.</p>
+
+<p>&mdash;¿Dónde?&mdash;preguntó ella afectando sorpresa.</p>
+
+<p>&mdash;En la carretera. Salí esta tarde a dar un paseo
+a caballo y me crucé con la silla de posta.
+Te conocí perfectamente.</p>
+
+<p>&mdash;Pues yo no te he visto... Recuerdo que encontramos
+dos o tres jinetes antes de llegar a
+Lancia, pero no he conocido a ninguno.</p>
+
+<p>Al decir esto no pudo impedir que una ola de
+carmín tiñese de nuevo sus mejillas. Volvió, para
+disimular, la cabeza. Sus ojos tropezaron con los
+de Amalia, que se posaban sobre ellos lucientes,
+acerados. Contempláronse un instante. La boca
+felina de la valenciana se contrajo con una sonrisa.
+Fernanda quiso corresponder con otra tan
+falsa, pero no pudo. Volviose de nuevo hacia el
+conde y hablaron de cosas indiferentes, de teatros,
+de música, de proyectos de viaje.</p>
+
+<p>Sin embargo, aquél se mostraba más y más
+preocupado. Iba perdiendo el aplomo y hablaba
+equivocándose, como si su pensamiento anduviese
+lejos. Guardaba silencio algunos momentos,
+pugnaba por decir algo, movíanse sus labios,
+pero en vez de articular lo que quería, expresaban
+otra cosa distinta, algo trivial y ridículo
+que le avergonzaba en cuanto salía de ellos.
+Fernanda le observaba con atención, ganando la
+serenidad y la calma que él perdía rápidamente.
+Parecía embebida por completo en la conversación,
+describiendo con naturalidad sus impresiones
+de viaje, expresando sus opiniones con la
+misma indiferencia que si no mediase entre ellos
+más que una antigua y tranquila amistad. Luis
+concluyó por ponerse taciturno. Al fin tuvo resolución
+para decir, aprovechando un instante de
+silencio:</p>
+
+<p>&mdash;Cuando me acerqué a tí estabas muy distraída.
+¿En qué pensabas?</p>
+
+<p>&mdash;No me acuerdo... ¿En qué querrías tú que
+pensase?</p>
+
+<p>El conde vaciló un momento; pero animado
+por la graciosa sonrisa de su ex-novia se atrevió
+a articular:</p>
+
+<p>&mdash;En mí.</p>
+
+<p>Fernanda le miró en silencio, con curiosidad
+burlona bajo la cual chispeaba una alegría imposible
+de ocultar. El conde se puso colorado
+hasta las orejas, y las hubiera entregado seguramente
+a las tijeras por no haber pronunciado
+aquellos dos fatales monosílabos.</p>
+
+<p>&mdash;Bien...&mdash;dijo la joven alzándose de la silla.&mdash;Hasta
+luego. Me alegro de verte bueno.</p>
+
+<p>&mdash;¡Escucha!</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué hay?&mdash;dijo retrocediendo el paso que
+había dado para alejarse y posando en él unos
+ojos sonrientes y maliciosos que concluyeron de
+fascinarle.</p>
+
+<p>&mdash;Perdona si mis palabras te han ofendido.</p>
+
+<p>Fernanda hizo una mueca de desdén y se alejó
+exclamando:</p>
+
+<p>&mdash;¡Arrepiéntete, pecador, que el infierno tienes
+delante!</p>
+
+<p>¡El infierno! Esta palabra, soltada a la ligera,
+como broma, hizo dar un vuelco a su corazón;
+despertó la preocupación constante de su
+existencia desde hacía algún tiempo. Todos los
+Gayoso habían vivido bajo la influencia de esta
+idea funesta. Pero el terror de sus abuelos parecía
+dilatarse en su espíritu, atormentándolo,
+enloqueciéndolo. Amalia necesitaba luchar heroicamente
+para distraerle por poco tiempo de
+sus escrúpulos. Por eso ahora, cuando le hizo
+seña para que se acercase, le vio alzarse tétrico
+de la silla y aproximarse lentamente como si le
+arrastrasen. Tenía ella demasiado talento y orgullo
+para mostrarse herida de la corta plática
+que acababa de tener con su antigua novia. Le
+acogió con la misma sonrisa, dirigiole la palabra
+con su habitual y afectada ligereza, y no se
+acordó ni del nombre de Fernanda. Pero sus labios
+pálidos se contraían de coraje cada vez que
+le veía volver los ojos hacia aquélla. Y el incauto
+lo hacía amenudo.</p>
+
+<p>Una hermosa niña de ojos azules y flotante
+cabellera dorada apareció en la puerta, conducida
+por una doméstica.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh, qué tarde!&mdash;exclamó la señora de Quiñones.&mdash;¿Por
+qué ha tardado usted tanto en
+traerla, Paula?&mdash;añadió severamente.</p>
+
+<p>Ésta contestó que la niña se había entretenido
+jugando <i>al milano que le dan</i>, y que lloraba
+cada vez que la querían acostar.</p>
+
+<p>&mdash;¿No tienes sueño aún, rica mía?&mdash;dijo la
+dama trayéndola hacia sí y pasándole la mano
+tiernamente por los bucles de su cabellera.</p>
+
+<p>Los tertulios se interesaron vivamente por la
+criatura. Fue de uno a otro recibiendo caricias
+y pagándolas con afectuosos besos de despedida.</p>
+
+<p>&mdash;Buenas noches, Josefina.&mdash;Hasta mañana,
+rica.&mdash;¿Has sido buena hoy?&mdash;¿Te ha comprado
+tu madrina la muñeca que cierra los ojos?</p>
+
+<p>El conde la miraba con los ojos húmedos, haciendo
+esfuerzos increíbles para dominar su
+emoción. La sentía siempre que se ofrecía a su
+vista aquella niña. Cuando le tocó la vez no
+hizo más que rozar con los labios su rostro cándido.
+Pero Josefina, con el admirable instinto
+que los niños tienen para saber quién los ama,
+se colgó a su cuello dándole pruebas de particular
+cariño.</p>
+
+<p>Fernanda también la contemplaba con vivo
+interés, con una intensa curiosidad que le hacía
+abrir extremadamente los ojos. Josefina tenía
+seis años, la tez nacarada, los ojos de una
+dulzura infinita, azules y melancólicos; algo de
+triste y enfermizo en toda su diminuta persona.
+El parecido con el conde saltaba a la vista.</p>
+
+<p>Cuando la niña le dejó, los ojos de aquél chocaron
+con los de Fernanda. Sintiose turbado: fue
+a sentarse más lejos.</p>
+
+<p>Josefina vestía con elegancia. Los señores
+de Quiñones la criaban con mimo, como hija
+adoptiva. Por mucho tiempo éste fue el asunto
+preferido de las murmuraciones de Lancia. Se
+averiguaba con vivo interés el coste de sus sombreritos;
+se comentaba el número de juguetes
+que le compraban; hacíanse cálculos sobre la
+cantidad en que la dotarían al casarse. Pero ya
+se habían fatigado de tanto comentario. Tan
+sólo cuando venía rodada se dejaba escapar alguna
+alusión mordaz, o se noticiaba al oído algún
+nuevo descubrimiento.</p>
+
+<p>La niña fue a parar a un grupo donde estaban
+María Josefa, la doncella de la lengua devastadora,
+y Manuel Antonio, bello siempre como el
+primer rayo de la mañana.</p>
+
+<p>&mdash;Oyes, Josefina: ¿a quién quieres más, a tu
+madrina o a tu padrino?&mdash;preguntole aquél.</p>
+
+<p>&mdash;A madrina&mdash;respondió la niña sin vacilar.</p>
+
+<p>&mdash;Y a quién quieres más, ¿a tu padrino o al
+conde?</p>
+
+<p>La niña le miró sorprendida con sus grandes
+ojos azules. Pasó por ellos una ráfaga de desconfianza
+y respondió frunciendo su hermoso
+entrecejo:</p>
+
+<p>&mdash;A mi padrino.</p>
+
+<p>&mdash;¿Pero el conde no te trae muchos juguetes?
+¿no te lleva en coche a la Granja? ¿no te ha comprado
+el trajecito de charra?</p>
+
+<p>&mdash;Sí... pero no es mi padrino.</p>
+
+<p>Los del grupo acogieron con risa esta respuesta.
+Comprendían que la niña mentía. Don
+Pedro no era hombre para inspirar afecto muy
+vivo a nadie.</p>
+
+<p>&mdash;Pues yo creo que el conde también es tu
+pa...drino.</p>
+
+<p>&mdash;No tal; yo no tengo más que un padrino&mdash;manifestó
+la chica, cada vez más recelosa.</p>
+
+<p>Y se alejó del grupo.</p>
+
+<p>Fue donde estaba Amalia; se le puso delante
+cruzando sus bracitos sobre el pecho y dijo haciendo
+una reverencia:</p>
+
+<p>&mdash;Madrina, la bendición.</p>
+
+<p>La dama le entregó su mano, que la niña besó
+con respetuoso cariño. Luego, cogiéndola en sus
+brazos, la besó en la frente.</p>
+
+<p>&mdash;Que descanses, hija mía. Ve a pedir la bendición
+a tu padrino.</p>
+
+<p>La niña se dirigió al gabinete. Estas prácticas
+del tiempo pasado placían mucho al señor de
+Quiñones.</p>
+
+<p>Josefina se acercó a él con timidez. Aquel
+gran señor paralítico le infundía siempre miedo,
+aunque procuraba disimularlo porque así se lo
+había ordenado su madrina.</p>
+
+<p>&mdash;Señor, la bendición&mdash;dijo con voz apagada.</p>
+
+<p>El alto y poderoso maestrante no hizo caso.
+Fijo en las cartas que tenía en la mano, envuelto
+en su talma gris con la cruz roja en el pecho,
+iba creciendo por momentos ante los ojos turbados
+de la pobre Josefina. No comprendía que hubiese
+en el mundo nada más grande, más imponente
+y digno de respeto que aquel noble señor.
+De esta misma opinión participaba D. Pedro.
+Por eso hacía tiempo que había resuelto confundir
+a todos los seres que le rodeaban en una masa
+caótica, en la cual sólo dos o tres aparecían con
+algún carácter individual.</p>
+
+<p>La niña aguardó con sus bracitos cruzados
+cerca de un cuarto de hora. Al fin el señor de
+Quiñones, después de jugar una entrada con fortuna,
+se dignó clavar en ella una mirada severa
+que la hizo empalidecer. Alargó su aristocrática
+mano con ademán digno de su tocayo Pedro
+el Grande de Rusia, y Josefina posó sobre ella
+sus labios temblorosos y se fue.</p>
+
+<p>No estaba muy conforme aquel varón excelso con
+que su esposa criase con tal mimo a una expósita,
+pero lo consentía porque lisonjeaba su
+vanidad. Amalia le había dicho, sabiendo dónde
+le dolía:</p>
+
+<p>&mdash;Criarla para doméstica lo haría cualquiera
+en Lancia. Nosotros debemos hacer las cosas de
+otro modo.</p>
+
+<p>D. Pedro no pudo menos de sentir el peso de
+aquella verdad innegable.</p>
+
+<p>Josefina cruzó el salón para ir a acostarse. Al
+pasar rozando con Fernanda, que estaba sentada
+y sola, ésta la pilló al vuelo por un bracito y
+la atrajo. Toda la alegría, toda la ternura que
+en aquel momento rebosaba de su corazón,
+desbordose con violencia sobre la criatura, a
+quien cubrió de besos. No se acordó para nada
+de su rival, a quien adivinaba vencida. Sólo pensó
+en que era hija de <i>él</i>, su sangre, su misma
+imagen. Y besó con éxtasis aquellos ojos azules
+profundos, melancólicos, aquella tez nacarada,
+aquellos bucles dorados que circuían su rostro
+como un nimbo de luz.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh, qué hermoso pelo! ¡Qué cosa tan hermosa,
+Dios mío!</p>
+
+<p>Y apretaba sus labios contra él y hasta sumergía
+el rostro entre sus hebras con tanta voluptuosidad
+y ternura que estaba a punto de llorar.</p>
+
+<p>En aquel momento una voz estridente, imperiosa,
+sonó en sus oídos.</p>
+
+<p>&mdash;¡Todavía no te has ido a acostar, arrapiezo!</p>
+
+<p>Y al levantar los ojos vio a Amalia, con el rostro
+pálido, los labios apretados, que cogió a la
+niña con violencia por el brazo dándole una
+fuerte sacudida y la arrastró hacia la puerta.</p>
+
+
+
+<hr />
+<h3><a name="XI" id="XI"></a>XI</h3>
+
+<p class="cab">La cólera de Amalia.</p>
+
+
+<p>A la mañana siguiente, Paula, por orden
+de su señora, llevó a la niña al cuarto
+de la plancha, la sentó en una silla
+alta y pidió las tijeras a la doncella, que cosía
+al pie del balcón.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué vas a hacer?&mdash;preguntó Josefina.</p>
+
+<p>&mdash;Cortarte el pelo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué?... Yo no quiero que me cortes el
+pelo.</p>
+
+<p>Y se bajó resueltamente de la silla. Paula tornó
+a alzarla.</p>
+
+<p>&mdash;¡Quieta!&mdash;le dijo severamente.</p>
+
+<p>&mdash;¡Yo no quiero!... ¡no quiero!&mdash;exclamó con
+graciosa resolución.</p>
+
+<p>&mdash;La verdad es que da lástima cortar un pelo
+tan hermoso&mdash;dijo otra de las doncellas, que estaba
+planchando.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué quieres, hija? Quien manda, manda.</p>
+
+<p>Y tomando uno de los preciosos bucles de la
+cabellera, lo separó de un tijeretazo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Déjame, Paula!&mdash;gritó la niña.&mdash;¡Lo voy a
+decir a madrina!</p>
+
+<p>&mdash;¿Sí, preciosa? ¿Vas a decírselo a madrina
+de veras?... Bueno, ya se lo dirás cuando terminemos.</p>
+
+<p>Y sin hacer más caso de sus protestas, dejando
+caer las palabras con zumba, prosiguió imperturbable
+su tarea. Pero la niña se bajó de
+nuevo, irritada, furiosa. Entonces Paula pidió
+auxilio a Concha, la costurera, y mientras ésta
+la tenía sujeta a la silla, aquélla la fue despojando
+uno a uno de todos sus bucles. Después
+arregló como mejor pudo los cabellos que quedaban.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué lástima!&mdash;volvió a exclamar la planchadora.</p>
+
+<p>&mdash;Hija, no está mal así tampoco&mdash;repuso Paula
+peinándola con esmero.</p>
+
+<p>En aquel momento apareció la señora en el
+cuadro de la puerta.</p>
+
+<p>&mdash;¡Madrina! ¡ven, madrina!... Mira, Paula y
+Concha me han cortado el pelo.</p>
+
+<p>Amalia avanzó algunos pasos por la estancia
+y, evitando la mirada de la niña, fijó los ojos severos
+en su cabeza, y dijo con imperio y frialdad:</p>
+
+<p>&mdash;No está bien así. Córtelo usted al rape.</p>
+
+<p>Y se alejó con la frente fruncida. Josefina, atónita,
+la siguió con los ojos. Jamás había visto en
+el semblante de su madrina tanta frialdad y dureza.
+Quedó asombrada, pensativa y dejó ya, sin
+hacer el más leve movimiento, que Paula cumpliese
+el mandato.</p>
+
+<p>Pronto quedó la cabecita rubia mondada como
+un melocotón. Las domésticas prorrumpieron
+en carcajadas.</p>
+
+<p>&mdash;¡Hija de mi alma, que retefeísima te han
+puesto!&mdash;exclamó María la planchadora con
+acento de duelo, pero sin poder reprimir la risa.</p>
+
+<p>&mdash;No digas eso, mujer&mdash;repuso Concha con
+dejillo amargo.&mdash;¡Si está preciosa!</p>
+
+<p>Era una mujer de veinticinco años o más, extremadamente
+pequeña, casi tan pequeña como
+Josefina, de ojos hundidos y ariscos, a quien todos
+los criados de la casa temían.</p>
+
+<p>Paula reía también pasando y repasando sus
+manos por la cabeza de la criatura.</p>
+
+<p>&mdash;Cuando haga falta un perulero para el
+aceite, ya sabéis dónde lo habéis de hallar&mdash;prosiguió
+Concha.</p>
+
+<p>Disipada la lástima, adivinando que la chiquita
+había caído en desgracia, las criadas se
+entregaban a la alegría cambiando bromas sin
+gracia, pero que las hacían reír perdidamente.
+Josefina había permanecido quieta, silenciosa,
+con la cabeza baja. Las burlas lograron al fin
+hacer su efecto. Dos lágrimas asomaron rezumando
+por sus largas pestañas. Concha se incomodó:</p>
+
+<p>&mdash;¿Lloras por el pelito?.. ¡Qué lástima de azotes!...
+No tienes tú la culpa, sino los que te crían
+como una princesita siendo tanto como nosotras...
+digo, menos que nosotras&mdash;añadió por lo
+bajo,&mdash;que al fin tenemos padres.</p>
+
+<p>&mdash;¡Vamos, Concha, déjala!... No hagas caso,
+monina, que pronto tendrás pelo otra vez&mdash;dijo
+María con acento maternal.</p>
+
+<p>La niña, impresionada por la caricia, comenzó
+a sollozar y salió de la estancia.</p>
+
+<p>Cuando por la noche se presentó en el salón,
+de aquella forma, el conde no pudo reprimir un
+gesto de cólera y clavó una mirada interrogante
+en Amalia. Ésta contestó a aquel gesto y a aquella
+mirada con sonrisa provocativa. Y en alta
+voz dijo que le había mandado cortar el pelo
+porque había notado que la niña empezaba a
+presumir.</p>
+
+<p>&mdash;¡Claro! ¡Tanto la adulan ustedes que se ha
+puesto inaguantable!</p>
+
+<p>El conde, irritado, buscó al instante ocasión de
+acercarse a Fernanda y anudaron la plática de
+la noche anterior. Estuvieron locuaces, afectuosos.
+Fernanda contó con pormenores su vida de
+París. Luis se mostró singularmente expansivo,
+no ocultando la alegría de su corazón, hablando
+animadamente bajo la mirada iracunda de Amalia
+posada sobre él. En una pausa Fernanda alzó
+los ojos sonrientes hacia su ex-novio y le preguntó,
+no sin ruborizarse un poco:</p>
+
+<p>&mdash;¿A que no sabes por qué le han cortado el
+pelo a la niña?</p>
+
+<p>El conde la miró sin contestar.</p>
+
+<p>&mdash;Ayer lo elogié yo mucho y me permití besarlo.</p>
+
+<p>Era la primera vez que Fernanda se daba por
+enterada de su secreto. Experimentó una fuerte
+sacudida. Sus mejillas se enrojecieron. Las de
+ella también. En largo rato no hallaron palabras
+que decirse.</p>
+
+<p>En los días siguientes, el conde comenzó a
+dar repetidos paseos por la calle de Altavilla y
+a pasar largos ratos en el café de Marañón. La
+sociedad laciense se sintió conmovida hasta sus
+cimientos ante tamaño acontecimiento. Desde
+entonces más de trescientos pares de ojos le espiaron
+sin cesar. Dejó de ir todos los días a casa
+de Quiñones y asistió una que otra vez a la tertulia
+exigua de las de Meré, como se seguía diciendo
+en Lancia, aunque en realidad ya no hubiese
+en el mundo más que una. Carmelita había
+muerto hacía lo menos tres años. No quedaba
+más que Nuncia, la menor, y ésa casi totalmente
+paralítica. Del sillón a la cama y de la
+cama al sillón: era todo lo que andaba con trabajo.
+Moralmente también se hallaba privada de
+movimiento, falta del impulso protector que le
+prestaba su hermana. Desde que ésta bajara al
+sepulcro, no tenía ya quien la sujetase. Esto, lejos
+de alegrarla, la sumía en una melancolía profunda.
+Al pasar repentinamente a la categoría
+de persona <i>sui juris</i>, la pobre Niña había experimentado
+desazón increíble: todo le asustaba,
+todo era conflictos de los cuales le parecía
+imposible salir; echaba menos aquellas
+ásperas reprensiones que, si la hacían derramar
+abundantes lágrimas, habían reprimido saludablemente
+sus juveniles arranques y cortado los
+funestos resultados que pudiera acarrear su inexperiencia.</p>
+
+<p>Eran sus tertulios asiduos algunos pollastres
+nuevos, varios gallos conocidos y un número bastante
+mayor de lindas y feas damiselas que acudían
+a la casa sedientas de marido. Porque la Niña,
+en esto como en todo, mantenía religiosamente
+las tradiciones legadas por su hermana. Era la
+protectora decidida de todos los noviazgos que se
+iniciaban en Lancia, por desatinados que fuesen.
+La pequeña casa de la calle del Carpio continuaba
+siendo la fragua donde se forjaba la
+dicha conyugal de los honrados vecinos de
+Lancia.</p>
+
+<p>El que acudía con más constancia era Paco
+Gómez. La razón, que le habían arrojado de
+casa de Quiñones a consecuencia de una frase
+de las suyas. Preguntaba cierto forastero en un
+corro de Altavilla cómo había quedado paralítico
+el maestrante. «En realidad no está paralítico&mdash;repuso
+Paco,&mdash;porque no tiene lesión alguna;
+sólo que las piernas no pueden con la heráldica
+que se le ha subido a la cabeza, y se le doblan
+en cuanto da un paso.» Lo supo Quiñones por
+un traidor y dio orden de que no se le recibiese.</p>
+
+<p>Era el alma y el regocijo de la tertulia de la
+Niña. La vaya incesante con que mortificaba a
+ésta los tenía a todos en continuo espasmo de
+risa.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, Nuncia, ¡mucho ojo! No hables demasiado,
+porque ya sabes que te he visto las
+pantorrillas y... y... y...</p>
+
+<p>La pobre octogenaria se ruborizaba como una
+niña de quince. Nada la sofocaba tanto como
+este recuerdo importuno de la tarde del columpio.</p>
+
+<p>Luis y Fernanda comenzaron a verse aquí
+una o dos veces por semana. Lejos de la mirada
+fulgurante de Amalia, aquél se encontraba
+a gusto, recobraba su serenidad. Hablaban larguísimos
+ratos en voz baja, sin que nadie les
+molestase; al contrario, la Niña tenía buen cuidado
+de proporcionarles ocasión y espacio suficientes.
+Asistía, no obstante, a casa de Quiñones;
+veía a Amalia en secreto cuando se lo exigía,
+pero iba apareciendo más frío, más esquivo.
+Ella, advirtiéndolo perfectamente, no daba
+su brazo a torcer, no le hablaba palabra de
+su ex-novia. Sin embargo, un día no pudo contenerse:</p>
+
+<p>&mdash;Sé que te entretienes largos ratos en casa
+de las de Meré hablando con Fernanda.</p>
+
+<p>Lo negó cobardemente.</p>
+
+<p>&mdash;Ten cuidado con lo que haces&mdash;prosiguió,
+clavando en él sus ojos siniestros,&mdash;porque una
+traición pudiera salirte cara.</p>
+
+<p>Estaba tan acostumbrado al dominio de aquella
+terrible mujer, que sintió un estremecimiento
+de frío, como si algo aciago se cerniese
+ya sobre su cabeza. Pero en cuanto salió
+a la calle, fuera de la influencia magnética de
+aquellos ojos que le turbaban, sintiose invadido
+por una sorda irritación: «Después de todo, ¿por
+qué me amenaza? ¿Es mi esposa? ¿Qué derechos
+tiene sobre mí? Lo que estamos haciendo es un
+pecado grave, es un crimen. ¿Quién puede privarme
+del arrepentimiento, de reconciliarme
+con Dios y ser bueno?» El arrepentimiento había
+sido en los últimos tiempos un vago deseo, gracias
+a la fatiga de su amor y aún más al miedo
+desapoderado que el infierno le inspiraba. Ahora
+se convirtió en verdadero anhelo. Verdad que
+ofrecía mayores atractivos. Rechazar el pecado
+valerosamente, purificarse, librarse del fuego
+eterno... y además poseer a Fernanda.</p>
+
+<p>Hacía tiempo que sus relaciones criminales
+no tenían más que un punto luminoso, Josefina.
+Si no fuese por ella, se hubiera marchado de
+Lancia. Esta criatura, blanca y silenciosa como
+un copo de nieve, que poseía la fragancia de los
+lirios, la inocencia de las palomas, la dulzura
+melancólica de una noche de luna, esparcía sobre
+su alma, atormentada por el remordimiento,
+un bálsamo que la refrescaba deliciosamente.
+¡Cuántas veces, teniéndola entre sus brazos, se
+preguntaba sorprendido cómo un ser tan inocente,
+tan puro, tan divino, pudiera ser hijo del
+pecado! Pero aun aquella misma niña era ocasión
+de nuevos y crueles tormentos. No verla a solas
+sino de tarde en tarde; hallarse obligado a disimular
+sus sentimientos, a besarla fríamente
+como los demás, más fríamente que los demás;
+no poder llamarla hija del corazón, no sentirla
+gorjear el tierno nombre de padre, le
+entristecía y en ciertos momentos le desesperaba.
+Desquitábase cuando una que otra vez,
+muy rara, le consentían llevarla a la Granja.
+Allí se pasaba las horas en éxtasis, teniéndola
+sobre sus rodillas, acariciándola frenéticamente.</p>
+
+<p>La niña se había acostumbrado a estas violentas
+expresiones de cariño y las agradecía. A
+veces sentía su cabecita blonda mojada por las
+lágrimas de su amigo. Alzaba los ojos sorprendida,
+pero viéndole sonreír, sonreía también
+y alargaba sus labios de coral para darle un
+beso.</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué lloras, Luis? ¿Tienes pupa?</p>
+
+<p>Josefina no entendía que hubiese motivo más
+grave en el mundo para llorar. Amaba a Luis
+tiernamente, y eso que le chocaba y entristecía
+la frialdad que con ella usaba ordinariamente.
+Poco a poco había ido adivinando, con precoz
+instinto, que el conde la quería más que los otros
+y que disimulaba. Ella también adoptaba, siguiendo
+el ejemplo, una actitud indiferente
+cuando se acercaba a él en público. Pero cuando
+estaban solos, entregábase con el mismo entusiasmo
+a las expansiones del cariño, y esto
+sin saber por qué, sin darse cuenta de lo que
+hacía.</p>
+
+<p>Desde el día en que su madrina ordenó que
+le cortasen el pelo, Josefina pudo notar que había
+caído en desgracia. Ya no la besaban con
+trasporte, ya no satisfacían sus mínimos antojos,
+ya no era la preocupación constante de la
+casa. Amalia comenzó a contrariarla, a usar
+con ella un tono frío y displicente; y las criadas
+siguieron el ejemplo de su señora. La pobre
+niña, sin comprender qué significaba aquel
+cambio, sintió su pequeño corazón apretarse;
+exploraba con sus bellos ojos profundos los
+semblantes y trataba de descifrar el enigma que
+guardaban. Se hizo más grave, más recelosa,
+más tímida. Y como viera que le negaban los
+juguetes o las golosinas que antes le otorgaban
+a manos llenas, se abstuvo de pedirlos.</p>
+
+<p>Amalia, en vez de gozar como antes con sus
+gracias infantiles, parecía huirlas. Dio orden de
+que no se la llevasen por la mañana a la cama,
+según costumbre. Cuando la tropezaba casualmente
+en los pasillos, pasaba de largo evitando
+mirarla. A todo más se acercaba preguntándole
+con acento displicente:</p>
+
+<p>&mdash;¿No te has lavado todavía? Anda, ve a
+que te arreglen. O bien: «Me han dicho que no
+has sabido la lección de catecismo. Te vas haciendo
+muy holgazana. Cuidado que seas buena,
+porque si no, te encierro en la cueva de los ratones.»</p>
+
+<p>Antes se ocupaba ella en tomarle las lecciones,
+en ponerle la aguja en la mano y guiar sus
+diminutos dedos. Ahora abandonaba casi siempre
+esta tarea a las doncellas. Vivía en un estado
+de preocupación sombría que no pasaba desadvertida
+a los criados. Josefina también la adivinaba;
+veía que su madrina estaba cambiada,
+no sólo con respecto a ella, sino en todo su modo
+de ser. Y allá, vagamente, en los limbos oscuros
+de su pensamiento se engendraba la idea de
+que estaba triste, que padecía y que ésta era la
+causa de su mal humor.</p>
+
+<p>Un día estaba la dama sola en su gabinete.
+Se había dejado caer en una butaca. Inmóvil,
+con la cabeza echada hacia atrás y las manos
+pendientes, parecía dormida. Sin embargo, Josefina,
+que rondaba el gabinete, se atrevió a mirar
+por la rendija de la puerta y observó que
+tenía los ojos abiertos, muy abiertos, y que su
+frente estaba temerosamente fruncida. Sin saber
+lo que se hacía, con esa ciega confianza que los
+niños tienen en sí mismos, empujó la puerta y
+penetró en la estancia. Acercose silenciosamente
+a la señora, y echándose repentinamente sobre
+su regazo, le dijo, clavando en ella una mirada
+de tímido afecto:</p>
+
+<p>&mdash;Dame un beso, madrina.</p>
+
+<p>La dama se estremeció.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo estás aquí? ¿Quién te ha dado permiso
+para entrar? ¿No te han dicho que no subas
+sin que te llamen?&mdash;preguntó frunciendo aún
+más el ceño.</p>
+
+<p>&mdash;Quería darte un beso&mdash;dijo con voz apagada
+Josefina.</p>
+
+<p>&mdash;Déjame de besos. Anda, y cuidado con subir
+otra vez sin mi permiso.</p>
+
+<p>Pero la niña, embargada por la emoción, no
+sabiendo a qué atribuir aquel despego y queriendo
+vencerlo a toda costa, próxima a llorar,
+se echó aún más sobre el regazo y trató de subirse
+para alcanzar su rostro.</p>
+
+<p>&mdash;Dame un beso, madrina.</p>
+
+<p>&mdash;¡Quita! ¡Déjame!&mdash;replicó la dama impidiéndola
+alzarse.</p>
+
+<p>La niña se obstinó.</p>
+
+<p>&mdash;¿No me quieres? Dame un beso.</p>
+
+<p>&mdash;¡Que te quites, chicuela!&mdash;gritó enfurecida.&mdash;¡Lárgate
+ahora mismo!</p>
+
+<p>Al mismo tiempo le dio un fuerte empujón.
+Josefina, después de tambalearse, rodó por el
+suelo, dando con la cabeza en el pie de una silla.</p>
+
+<p>Alzose llevando la mano al sitio dolorido,
+pero no lloró. Un sentimiento de dignidad, que
+muchas veces se aloja con fuerza en los corazones
+infantiles, le prestó fortaleza para resistir
+el llanto que brotaba a los ojos. Dirigió a su
+madrina una mirada de indefinible tristeza y
+salió corriendo de la estancia. Cuando llegó a
+la escalera se dejó caer sobre un peldaño y rompió
+a sollozar.</p>
+
+<p>Las espinas de la vida comenzaron a clavarse
+cruelmente en las carnes delicadas de aquella
+niña, que hasta entonces sólo flores había hallado
+en su camino. El despego de Amalia fue creciendo
+de día en día. A la par crecía también la
+reserva y la timidez de su hija. Pero como al fin
+era niña, esta tristeza disipábase a veces al impulso
+de un capricho. Entonces era cuando realmente
+se mostraba la frialdad y ojeriza de la
+dama.</p>
+
+<p>&mdash;Señora, Josefina no quiere ponerse el vestido
+verde.</p>
+
+<p>&mdash;¿Pues?</p>
+
+<p>&mdash;Dice que está sucio.</p>
+
+<p>Amalia se levantó, fue al cuarto de la niña
+y, cogiéndola por un brazo y sacudiéndola rudamente,
+le dijo:</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué orgullo es ése? ¿No sabes, muñeca,
+que en esta casa no eres nadie? ¿Que estás aquí
+por misericordia? Ten cuidado no enfadarme,
+porque el día menos pensado te planto en la
+calle, de donde te he recogido.</p>
+
+<p>Las criadas escucharon estas palabras y las tuvieron
+bien presentes. Josefina hasta entonces había
+sido tratada como hija de los señores: en
+adelante se la consideró como una hija postiza:
+más tarde, como advenediza. La servidumbre se
+vengaba con placer de los minuciosos cuidados
+que antes se veía obligada a prodigarle, de
+aquellas ásperas reprensiones que recibían por
+su causa. En particular Concha, la microscópica
+doncella, experimentaba una alegría indecible,
+propia de su carácter maligno y rencoroso,
+cada vez que la señora mostraba de algún
+modo su desdén por la niña recogida.</p>
+
+<p>Ésta ocupaba una habitación que daba al jardín,
+alegre y espaciosa. Concha, aunque primera
+doncella y costurera de la casa, alojábase en
+un cuartucho lóbrego, con ventana al patio, que
+compartía con María. El gabinete de Josefina había
+sido siempre para ella objeto de envidia. Más
+de una vez la había expresado con palabras bien
+pesadas para aquélla. Aprovechándose de la
+disposición de su ama, obtuvo permiso para
+dormir también en este gabinete, a pretexto de
+que Paula, que ocupaba una alcoba contigua,
+tenía el sueño pesado. Instalose cómodamente,
+hizo uso del tocador y de los enseres de la niña.
+Pocos días después la mandó a dormir con María
+en su antiguo cuarto, sin decir una palabra
+a su ama. Cuando ésta lo supo, ya había pasado
+algún tiempo: la reprendió sin aspereza por
+no haberle dado parte, pero no modificó los hechos
+consumados.</p>
+
+<p>Más adelante se le ocurrió degradarla de otra
+manera. Josefina comía a la mesa con los señores.
+El alto y poderoso maestrante no había
+consentido en ello al principio: importunado
+por su esposa, cedió al fin, no sin repugnancia.
+Concha, penetrada de la ojeriza de su señora,
+comenzó a intrigar para privar de este honor a
+la recogida. Exagerando lo que daba que hacer,
+lo mucho que se manchaba y lo que perturbaba
+el servicio de la mesa, logró a la postre que no
+se sentase a ella y sí en una pequeñita que se le
+puso en el cuarto de la plancha, próximo a la
+cocina. A los pocos días la misma Amalia, en
+un acceso de mal humor, dijo que aquel doble
+servicio no podía ser tolerado y que se la llevasen
+a la cocina a comer con los criados.</p>
+
+<p>Concha la sentó en un taburete, le puso un
+plato de barro y una cuchara de madera en la
+mano y le dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Come.</p>
+
+<p>La niña levantó la cabeza estupefacta; pero
+al ver la sonrisa maligna que brillaba en los
+ojos de la doncella, bajola de nuevo y se puso a
+comer sin protesta alguna. Concha no quedó
+satisfecha; deseaba que se rebelase; verla
+llorar.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué es eso? ¿No te gusta la cuchara?...
+Pues, hija, come con ella, que también cómo yo
+y soy tan buena como tú... ¡Qué te creías, bobalicona!
+¿Pensabas que porque te ponían el sombrerito
+y la camisa de batista eras una señorita...
+Las señoritas no vienen metidas en un cesto
+entre trapos sucios...</p>
+
+<p>Y por ahí continuó soltando a chorros sarcasmos
+e insultos, hasta que al fin la pobre Josefina
+rompió a llorar. Las demás criadas, menos
+malévolas, se veían, no obstante, lisonjeadas
+por aquella humillación. Al fin se pusieron
+de su parte, trataron de consolarla, mientras
+Concha, despiadada, más dura y más fría que el
+mármol, siguió persiguiéndola largo rato con rechifla
+sangrienta.</p>
+
+<p>Pocos días después, al cruzar Josefina por el
+cuarto de la plancha para ir al comedor, oyó a
+Concha decir dirigiéndose a María:</p>
+
+<p>&mdash;Di, chica, ¿has planchado ya la ropa de la
+hospiciana?</p>
+
+<p>Se detuvo, sin saber a quién se refería, y paseó
+su mirada recelosa de una a otra doméstica,
+hasta que una carcajada, que ambas soltaron a
+la vez, le hizo comprender que se trataba de
+ella.</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué me llamáis hospiciana?&mdash;exclamó
+la inocente pugnando para no llorar.&mdash;Lo voy a
+decir a mi madrina.</p>
+
+<p>&mdash;¡Alza; corre a decírselo!&mdash;replicó Concha
+empujándola a la puerta.</p>
+
+<p>Desde entonces no se le dio otro nombre entre
+la servidumbre.</p>
+
+<p>Amalia prohibió que la llevasen por la noche
+al salón. El conde, que ya no veía a su hija
+mas que este momento, pidió explicaciones. La
+dama manifestó que, debiendo levantarse temprano
+para estudiar sus lecciones, necesitaba
+más sueño. No se dio aquél por convencido.
+Comprendía que se trataba de una ruin venganza;
+pero tuvo la prudencia de callar, temiendo
+mayor daño.</p>
+
+<p>A Amalia se le ocurrió entonces herirle de
+modo más directo. La niña, a quien había privado
+no sólo de sus caricias, sino de todas sus
+preeminencias en la casa, iba camino de ser una
+criadita más. En un instante quedó trasformada
+por completo. La señora dio orden de que se le
+guardasen todos los sombreros y vestidos y se
+le pusiese el más pobre y más viejo del guardarropa;
+que se le hiciesen delantales como a las
+demás criadas y se la emplease en los menesteres
+de la cocina que pudiese ejecutar.</p>
+
+<p>Los amores del conde y Fernanda eran cada
+día más notorios. Aunque en casa de Quiñones
+se guardaban de hablarse con intimidad, a la celosa
+valenciana no se le ocultaba lo que entre
+ellos existía. Sus ojos traspasaban como dos rayos
+de luz el cerebro de su amante y leían con
+claridad dentro de él. Luis estaba enamorado
+de su antigua novia. Las relaciones adúlteras
+le pesaban en el alma como una losa de piedra.
+Ella, la amada, la preferida de otros días, le
+parecía ahora vieja y marchita frente aquella
+espléndida rosa que acababa de abrirse por completo.
+Si no la había abandonado ya, era por debilidad
+de carácter, por el ascendiente poderoso
+que en siete años de relaciones había logrado
+adquirir sobre él. Pero no apetecía otra cosa.
+Lo leía perfectamente en sus miradas huidas;
+en la preocupación sombría que pesaba sobre él,
+rota algunas veces por súbita y extravagante
+alegría; en el temor y en el servilismo, cada vez
+mayores, con que se acercaba a ella.</p>
+
+<p>Una noche el conde pidió un vaso de agua.
+Los ojos de Amalia brillaron repentinamente.
+Había llegado el momento ansiado. Tiró de la
+campanilla y dijo con singular inflexión a la
+doncella que acudió:</p>
+
+<p>&mdash;Paula, que traigan un vaso de agua.</p>
+
+<p>Pocos instantes después se presentó Josefina,
+pobremente vestida, con un mandilito de tela
+burda, calzados los pies con toscos zapatos, soportando
+trabajosamente entre sus pequeñas
+manos una bandeja con vaso de agua y azucarillo.
+Los tertulios quedaron estupefactos. Luis
+empalideció. Avanzó la niña hasta el medio del
+salón, mirando tímidamente a su madrina. Esta
+le hizo seña de que se acercase al conde.</p>
+
+<p>Vaciló el caballero como si estuviese distraído;
+pero viendo a la criatura plantada delante
+de él, se apresuró a tomar el vaso y se lo llevó
+con mano temblorosa a los labios. Los ojos de
+Amalia se mostraban en tanto fríos, indiferentes;
+pero en sus labios había imperceptibles estremecimientos
+que revelaban el gozo cruel que sentía.
+En la tertulia reinó, mientras se efectuaba
+esta escena, un significativo silencio.</p>
+
+<p>Luego que Josefina hubo salido, la señora de
+Quiñones explicó a sus tertulios con naturalidad
+aquella mudanza. Se trataba de un castigo necesario
+al orgullo que la niña empezaba a mostrar
+con los criados. No duraría mucho. Sin embargo,
+necesitaba vencer a todas horas la voluntad de
+Quiñones, que se oponía a que fuese educada con
+tanto mimo.</p>
+
+<p>&mdash;La verdad es&mdash;concluyó diciendo con acento
+tan natural, que ninguna actriz lo hallaría más
+adecuado a la ocasión,&mdash;la verdad es que algunas
+veces no puedo menos de darle la razón en
+mi interior. ¿Qué bien le hacemos a esta pobre
+niña colocándola en una situación donde no ha
+de poder sostenerse? Mañana, que nosotros nos
+muramos, la pobre necesitará buscarse el sustento
+trabajando, si antes no encuentra un marido...
+¿Y qué marido le vamos a dar a una muchacha
+con necesidades y sin dinero?</p>
+
+<p>Los tertulios no cayeron en la trampa. En realidad
+tampoco ella lo pretendía. Todo aquello
+venía a reducirse a puro convencionalismo, pues
+a nadie se le ocultaba lo que había debajo. Poco
+después, no pudiendo dominar la molestia que
+sentía, el conde se despidió.</p>
+
+<p>&mdash;Este negocio de Luis no se presenta nada
+bien&mdash;decía a última hora Manuel Antonio en un
+grupo que se retiraba por la calle de Altavilla,
+donde iban María Josefa, el Jubilado y su hija Jovita.&mdash;El
+matrimonio con Fernanda, si es que lo
+llega a realizar, le ha de costar muchos disgustos.</p>
+
+<p>&mdash;¿Crees tú?...&mdash;preguntó María Josefa para
+tirarle de la lengua.</p>
+
+<p>&mdash;¡Madre!... ¿Eres tonta, mujer? ¿No conoces
+a Amalia como yo?</p>
+
+<p>&mdash;¿Y qué tiene que partir Amalia en el matrimonio
+de Luis?&mdash;preguntó Jovita, que en su
+calidad de soltera, aunque hubiese cumplido
+los treinta y dos, le convenía hacer patente su
+candor.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ay! Es verdad que teníamos aquí esta <i>fanciullina</i>&mdash;exclamó,
+haciendo cómicos ademanes
+de susto, el marica.&mdash;¡No me hacía cargo!...
+Nada, monina, nada; sigue adelante, que son cosas
+de los grandes...</p>
+
+<p>La hija del Jubilado se volvió iracunda al sentir
+el alfilerazo y replicó con una frase insolente.
+Pagole Manuel Antonio con otra, y se entabló
+animada disputa rebosando de palabras amargas
+e intencionadas que se prolongó hasta casa
+del Jubilado, no sin que éste hubiese hecho algunos
+vanos esfuerzos para poner paz entre ellos.
+La mejor parte la llevó, como siempre, el marica,
+que poseía para lanzar sus frases el vigor de
+los hombres y la sutil intención de las hembras.</p>
+
+<p>Al día siguiente el conde logró una entrevista
+con Amalia y le dio sus quejas por la escena de
+la noche anterior. La dama se manifestó amable,
+condescendiente, justificó su conducta por
+el bien de la niña. Luis observó, sin embargo,
+que hablaba de un modo particular: creyó percibir
+en la miel de sus palabras un dejo de amargura
+e ironía que le sobresaltó. Salió preocupado,
+inquieto: en algunos días no pudo quitar de
+sí el malestar de aquella entrevista.</p>
+
+<p>Pero el amor prendía fuego rápidamente en
+todos los aposentos de su alma y consumió al fin
+aquel último resto de preocupación. Estaba profundamente
+enamorado. Y como siempre acaece,
+a la par que crecía su amor aumentaba también
+su timidez. Al principio, en sus largas conversaciones
+con Fernanda, aparecía sereno, galante,
+no perdonaba medio de demostrar a su ex-novia
+su admiración y rendimiento. De repente comenzó
+a perder el aplomo, a huir todo asunto
+relacionado con sus propios sentimientos, a evitar
+las frases galantes. Fernanda no se equivocó.
+Ahora es cuando había llegado aquel amor,
+tras del cual tanto tiempo había corrido, que
+tantas lágrimas le había costado.</p>
+
+<p>Sus pláticas, aunque fuesen de asuntos indiferentes,
+tenían un sabor delicado, exquisito. Hablaban
+horas y horas, sin cansarse, de las cosas
+más insignificantes, por el placer de verse tan
+cerca, de escucharse.</p>
+
+<p>Fernanda charlaba con toda la alegría de su
+corazón, sin curarse de la timidez de su adorador,
+al contrario, gozando al ver el empeño pueril
+con que evitaba el confesar su amor, sabiendo
+que en cuanto ella diese la señal se entregaría
+atado de pies y manos.</p>
+
+<p>El momento llegó al fin. Un día la hermosa
+viuda se resolvió <i>a declararse ella</i>. Hablaban del
+matrimonio; de las segundas nupcias. Luis comenzó
+a sobresaltarse, a emitir sus opiniones
+con voz temblorosa, a tratar de huir la conversación.
+Fernanda dijo de repente con perfecta
+calma y en tono resuelto:</p>
+
+<p>&mdash;Yo no volveré a casarme segunda vez.</p>
+
+<p>Se puso pálido. La cara se le entristeció de
+tal manera que la joven, reprimiendo a duras penas
+una sonrisa, repitió con más resolución aún:</p>
+
+<p>&mdash;No volveré a casarme segunda vez... a no
+ser contigo.</p>
+
+<p>El conde la contempló desencajado.</p>
+
+<p>&mdash;¿Es de veras eso?&mdash;preguntó al fin con voz
+temblorosa.</p>
+
+<p>&mdash;¡Y tan de veras!&mdash;repuso ella mirándole
+sonriente.</p>
+
+<p>&mdash;Dame esa mano, Fernanda.</p>
+
+<p>&mdash;Tómala, Luis.</p>
+
+<p>Se las estrecharon fuertemente por unos momentos.
+El conde se levantó sin decir otra palabra.
+Cuando llegó a casa, le escribió una larga
+carta de seis pliegos pintándole con los más vivos
+colores su pasión, dándole fervorosas gracias,
+llamándose indigno gusano tres o cuatro
+veces.</p>
+
+<p>El matrimonio quedó concertado para cuando
+terminase el año de luto. Faltaban dos meses.
+Decidieron guardar el secreto y que la ceremonia
+no se celebrase tampoco en Lancia. Unos días
+antes del prefijado saldría ella para Madrid; poco
+después se le juntaría él, y en la corte quedarían
+unidos para siempre.</p>
+
+<p>En los pueblos es muy difícil ocultar cualquier
+cosa: un proyecto de boda, imposible. Por
+la intensidad de la mirada cada par de ojos se
+convierte en cien pares; por su virtud acústica,
+cada oído en cien oídos. En sus pasos, en sus
+miradas, en el modo de saludarse y despedirse
+los ingeniosos lacienses adivinaban como verdaderos
+magos lo que pensaban, medían exactamente
+el progreso de aquellas relaciones que les
+tocaba en lo más vivo del corazón.</p>
+
+<p>Una tarde, al pasar Manuel Antonio por delante
+de la tétrica morada del conde, vio salir a
+la doncella con una caja de cartón en las manos.
+El marica sintió en la nariz olor de caza,
+tomó vientos un instante, y la siguió.</p>
+
+<p>&mdash;Adiós, Laura&mdash;dijo pasando delante de ella.</p>
+
+<p>Y volviéndose de repente le preguntó en tono
+indiferente:</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo sigue tu amo?</p>
+
+<p>&mdash;El señor conde no está malo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! Pues me dijeron... Como no le veo
+hace dos días... ¿Vas de compras para la señora?</p>
+
+<p>&mdash;Son camisetas para el señor conde.</p>
+
+<p>&mdash;¿De casa de Ramiro?... Déjame verlas, yo
+también tengo que comprar.</p>
+
+<p>La doncella abrió la caja y el marica se puso
+a examinar el contenido.</p>
+
+<p>&mdash;Son muy finas. Esto es demasiado caro para
+mí, hija.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, señor, son caras. Pues el señor conde
+todavía no las encuentra buenas. Quiere a toda
+costa que sean de seda, y por más que anduve
+todos los comercios, no las hay. No tiene más
+remedio que encargarlas.</p>
+
+<p>&mdash;¿De seda? ¡Madre! Entonces se nos va a
+casar.</p>
+
+<p>&mdash;Yo no sé nada de eso, señorito&mdash;se apresuró
+a replicar la criada con señales de turbación.</p>
+
+<p>&mdash;¡Quita allá, hipocritona!&mdash;exclamó riendo.&mdash;Tú
+lo sabes como yo y como todo el mundo...
+¿Y para cuando?</p>
+
+<p>&mdash;Le digo que no sé nada.</p>
+
+<p>Pero el marica insistió tanto, se mostró tan
+expresivo y familiar que al cabo de un rato la
+criada desembuchó lo que tenía dentro.</p>
+
+<p>&mdash;Pues mire, yo no puedo decirle a punto fijo
+lo que hay, pero creo que se casa y pronto. El
+otro día oí unas palabras a la señora condesa...</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué palabras?</p>
+
+<p>&mdash;Decía al ama de llaves que, en cuanto su
+hijo se fuese, iría a pasar una temporada a la
+Granja. Después, mirando por el agujero de la
+llave, la vi llorar. Además, Fray Diego estuvo
+anteayer en casa... pero no sé si debo decirle...</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, mujer, ¿qué importa? ¿Te figuras
+que yo soy una gaceta?</p>
+
+<p>&mdash;Pues le oí decir al tiempo de despedirse:
+«Nada, nada; tienen mucha razón; es mucho
+mejor que lo hagan en Madrid. Éste es un pueblo
+muy envidioso...»</p>
+
+<p>El gozo que sintió Colón al descubrir la tierra
+del Nuevo Mundo no fue nada en comparación
+con el de nuestro marica. No sólo sabía sin género
+de duda que se casaban, sino dónde había
+de efectuarse la ceremonia. Embarazado por noticia
+tan capital y queriendo aliviarse enseguida
+de aquel peso, se puso a imaginar sobre quién
+haría más efecto. Su pensamiento fue derecho a
+Amalia. Hacia el palacio de Quiñones enderezó,
+pues, sus menudos y graciosos pasos.</p>
+
+<p>Era la hora del oscurecer. Halló a la señora
+sentada en su gabinete, sin luz, entregada sin
+duda a una de esas intensas y dolorosas meditaciones
+que desde hacía algún tiempo la embargaban.
+Manuel Antonio se mostró jovial y decidor,
+trató de alegrarla cuanto pudo, atrayendo
+de nuevo la sangre a aquel corazón ulcerado
+para que la puñalada fuese más dolorosa. Pidió
+chocolate, lo tomaron jaraneando lindamente:
+Amalia llegó a olvidarse de sus preocupaciones.
+Y cuándo más olvidada estaba ¡zas! la bomba.
+Pero dejada caer suavemente, con arte infinito,
+el arte que sólo posee una mujer, reforzado por
+el ingenio masculino.</p>
+
+<p>Lo único que sintió fue no poder verle la cara.
+El gabinete estaba ya casi en tinieblas. Pero advirtió
+bien claramente el destrozo de la explosión
+en el sonido de la voz, en la frialdad de la mano
+al despedirse.</p>
+
+<p>Amalia quedó en pie, rígida, inmóvil, largo
+rato. Apoyose en la cortina de crespón para mirar
+a la calle y la destrozó. Trató de abrir su
+escritorio para tomar el pomo de esencia, pero
+dio demasiada vuelta a la llave y estropeó la cerradura.</p>
+
+<p>Salió de la estancia y vagó, por los pasillos
+oscuros y escaleras, con incierta planta, como un
+fantasma. Allá a lo lejos vio un punto luminoso y
+se dirigió hacia él involuntariamente como una
+mariposa. Era el comedor, que ya estaba alumbrado.
+Sentada a la mesa, armando unos pastorcitos de
+barro, restos de su pasada riqueza, estaba
+Josefina. La pantalla de la lámpara proyectaba
+viva luz sobre su cabecita monda y dorada como
+una naranja. Amalia se detuvo un instante y la
+contempló con ardiente mirada, devorando con
+los ojos aquel semblante grave y melancólico que
+tan fielmente reflejaba el de Luis. Dio un paso
+y la niña volvió la cabeza. La mirada de sus
+ojos azules era igualmente dulce y triste; el movimiento
+de las pestañas, idéntico. La esposa del
+maestrante salvó de dos pasos la distancia que la
+separaba y cayó sobre ella como un tigre hambriento.
+Golpeó, mordió, desgarró. Sus uñas dejaron
+al instante surcos morados en aquel rostro
+cándido. La sangre comenzó a brotar. La niña,
+loca de terror, lanzaba chillidos penetrantes.
+Apenas tuvo tiempo a ver a su madrina. No sabía
+qué era aquello. Amalia, insaciable, golpeaba,
+hería sin cesar. Los gritos de la víctima hacían
+crecer su furor. Se detuvo rendida al fin.</p>
+
+<p>&mdash;Madrina, ¿qué hice?&mdash;exclamó la pobre niña
+huyendo hacia un rincón.</p>
+
+<p>Esta pregunta, la mirada de angustia con que
+la acompañó, enfurecieron de nuevo a la dama.
+Volvió a golpearla despiadadamente. La criatura
+se tapaba el rostro con las manos. Entonces
+le cogía las orejas, las estrujaba hasta arrancarlas.
+No satisfecha todavía, irritada de no poder
+herirla en la cara, tomó un plumero que había
+sobre la mesa, y con el mango comenzó a sacudirle
+sobre las manos, dejándolas cubiertas de
+cardenales.</p>
+
+<p>Al fin consiguió salvarse. Las criadas, que
+habían acudido y presenciaban atónitas la escena,
+dejáronla paso y huyó por los pasillos y tomó
+por la escalera. La puerta de la calle estaba
+abierta. El cochero, al llevar los caballos al
+agua, la había dejado así. Josefina salió de la
+casa y corrió desalada por la calle de Santa Lucía,
+penetró en la travesía de Santa Bárbara,
+atravesó la plazuela del Obispo y, bajando por
+la calle de la Sastrería, salió por la puerta de
+San Joaquín a la carretera de Sarrió.</p>
+
+<p>Había cerrado ya la noche. Caía suavemente
+una lluvia menuda, pero espesísima, que en poco
+tiempo la caló hasta los huesos. La desgraciada
+criatura corrió todavía algún tiempo y al fin se
+detuvo jadeante. El pretil de la carretera estaba
+bajo en aquel sitio y se sentó. Entonces fue
+cuando sintió el dolor de los golpes. Llevose las
+manos a la cabeza, después a la cara, por donde
+sentía correrle un líquido caliente, que al principió
+pensó sería la lluvia.</p>
+
+<p>Pronto se convenció de que era sangre. ¡Sangre!
+¡La cosa en el mundo a que ella tenía más
+terror! Dominada aún por el susto, no se quejó.
+Levantó la falda de su vestidito y se secó, o por
+mejor decir, se lavó la cara, porque el vestido
+estaba mojado.</p>
+
+<p>Pero lo que más sentía, lo que le dolía de un
+modo horrible eran las manos. No sabiendo qué
+hacer para aliviarse, comenzó a soplarlas. Luego
+las chupó. Pero el dolor era tan recio que exclamó
+al fin sollozando:</p>
+
+<p>&mdash;¡Ay mis manos!</p>
+
+<p>En aquel momento se alzaron ante ella entre
+las sombras de la noche dos enormes figuras que
+la dejaron helada de espanto. Una de ellas se
+abalanzó y la cogió por un brazo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué haces ahí?&mdash;dijo con voz bronca.</p>
+
+
+
+<hr />
+<h3><a name="XII" id="XII"></a>XII</h3>
+
+<p class="cab">La justicia del barón.</p>
+
+
+<p>En una gran sala de la casa solariega
+de los Oscos, amueblada con cuatro
+trastos viejos, tapizada con dos dedos
+de polvo, se encuentran sentados a una antigua
+mesa de roble dos conocidos personajes de esta
+historia. Uno es el propio barón, dueño de la
+casa. El otro, su amigo Fray Diego. Tienen delante
+un tarro de ginebra vacío, otro a medio
+vaciar y sendas copas. Ni mantel, ni tapete, ni
+bandeja; el único adorno de la mesa son las
+manchas caprichosas que el vino y la ginebra
+en feliz consorcio con el polvo han ido dejando
+con el trascurso de los meses y los años. La estancia
+es lóbrega, porque la calle del Pozo lo es
+y porque los cristales emplomados, hace años ya
+que no se han limpiado, y porque la tarde está
+declinando.</p>
+
+<p>A la poca luz que allí consigue penetrar puede
+verse la faz de ambos excesivamente roja, tan
+roja que parece imposible no brote la sangre
+de sus ojos encarnizados. La del barón ha llegado
+al límite de su fiera y espantable fealdad.
+Aquella cicatriz sangrienta que le surca el rostro
+se destaca ahora con todas sus rugosidades,
+tan áspera y negra que da grima verla. Sus bigotes
+cerdosos, unidos a las patillas, son ya más
+blancos que negros. Viste zamarra negra y cubre
+su cabeza una gran boina roja cuya borla
+cae arremolinada, unas veces sobre las orejas,
+otras sobre las narices, según los movimientos
+que imprime a su torso de ogro.</p>
+
+<p>Hace largo rato que guardan silencio. Fray
+Diego de vez en cuando lleva la mano al tarro de
+la ginebra, llena la copa de su amigo, luego la
+suya, y gravemente la apura de un trago. El barón
+no es tan expedito: toma su copa, la sube a
+la altura de los ojos y hace frente ella una serie
+de muecas a cual más horrorosa; después la toca
+con el borde de los labios, vuelve a las muecas,
+vuelve a tocarla; por fin, después de largos ensayos
+y vacilaciones, se decide a apurarla.</p>
+
+<p>De esta manera grave y prudente se solazan
+los dos antiguos soldados de D. Carlos casi todas
+las tardes del año. El pueblo lo sabe, y hay
+entre sus jocosos habitantes entabladas varias
+apuestas sobre cuál de los dos moriría primero
+de apoplejía.</p>
+
+<p>Fray Diego había servido también en las filas
+del Pretendiente. Luego se había ordenado, se
+hizo fraile, estuvo en Filipinas; finalmente, se
+secularizó y vivía en Lancia como capellán suelto.
+Mientras la guerra no se habían conocido.
+Cuando se encontraron en Lancia quedaron
+unidos con indisoluble amistad por la identidad
+de ideas, por el recuerdo de las gloriosas batallas
+a que asistieron... y por la ginebra.</p>
+
+<p>&mdash;¡Viva el papa soberano de todos los reyes
+de la tierra!&mdash;exclamó después de largo silencio,
+en que ambos parecían dormitar, Fray Diego.
+Al mismo tiempo dio un tremendo puñetazo
+sobre la mesa que hizo bailar los tarros y las
+copas.</p>
+
+<p>El barón no se conmovió poco ni mucho. Siguió
+haciendo guiños a la copa que tenía delante
+y, después de apurarla muy reposadamente y chasquear
+tres o cuatro veces la lengua, dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Despacio, despacio, Fray Diego; usted no
+sabe todavía lo que son los papas.</p>
+
+<p>&mdash;¡Viva el papa soberano de todos los reyes
+de la tierra!&mdash;volvió a exclamar el cura, dando
+otro puñetazo más fuerte.</p>
+
+<p>&mdash;Cuidado, Fray Diego, que los papas han
+sido siempre muy ambiciosos.</p>
+
+<p>&mdash;¡Señor barón!&mdash;exclamó el clérigo con voz
+enfática de cómico de la legua.&mdash;¡Tiene usted el
+alma tan fea como el rostro!</p>
+
+<p>El barón quedó tan sosegado ante aquel insulto.
+Después de un rato dijo con perfecta tranquilidad:</p>
+
+<p>&mdash;No sea usted botarate. ¿Qué tiene que ver
+mi cara en estos asuntos? Yo soy católico, apostólico,
+romano; pero si mañana el rey, nuestro
+señor (llevose la mano a la boina al decir esto),
+me manda con un destacamento a Roma, voy a
+allá como el condestable de Borbón, la saqueo y
+prendo al pontífice.</p>
+
+<p>&mdash;Y yo digo que si Su Santidad me mandase
+meter una cuarta de bayoneta por el ombligo a
+ese condestable, tenga usted por seguro que le
+metía dos.</p>
+
+<p>&mdash;No.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo no?&mdash;rugió el capellán poniéndose
+carmesí.</p>
+
+<p>&mdash;Porque el condestable ha muerto hace tres
+siglos.</p>
+
+<p>&mdash;Me alegro. Tres siglos hace que arde en los
+infiernos.</p>
+
+<p>&mdash;Todo eso está muy bien, <i>pater</i>, pero el rey
+siempre arriba, ¿estamos? y los demás a callar y
+obedecer.</p>
+
+<p>&mdash;¡El papa no calla nunca, señor barón!</p>
+
+<p>&mdash;Pues se le pone una mordaza.</p>
+
+<p>&mdash;¡Quisiera yo ver ¡porra! ¡reporra! ¡cien veces
+porra! quién se la ponía estando cerca Fray Diego
+de Areces!&mdash;gritó el clérigo alzándose convulso
+y echando fuego por los ojos.</p>
+
+<p>&mdash;Siéntese, <i>pater</i>, y cálmese y escancie otra
+copita, que Fray Diego de Areces no es más que
+un cazuela.</p>
+
+<p>El capellán se serenó repentinamente, vertió
+delicadamente el licor en las dos copas y apuró
+la suya con deleite, después de lo cual dejó caer
+la cabeza sobre el pecho, los párpados se le bajaron
+y se puso a dormitar. El barón, radiante de
+alegría, le contemplaba fijamente con ojos socarrones,
+aprovechándose de su ausencia temporal
+para escanciarse otra copita, «de nones,» como
+él decía.</p>
+
+<p>Era constante particularidad de aquellas dulces
+sesiones el que la ginebra trocase el carácter
+de ambos. El genio irascible, impetuoso del
+barón se dulcificaba de modo inverosímil. Hacíase,
+mientras duraba la benéfica influencia del
+alcohol, alegre, comunicativo, conciliador; ninguna
+palabra le molestaba, nada le parecía suficiente
+motivo para encolerizarse. En cambio,
+Fray Diego, que en estado normal era un bendito,
+siempre jovial y chancero, tornábase un
+diablo disputador y quisquilloso, adquiría de
+pronto humor guerrero que nadie sospecharía
+bajo su rostro redondo y plácido de beata ajamonada.</p>
+
+<p>Despabilose al cabo de pocos minutos, miró
+al barón algunos momentos fijamente con extraña
+ferocidad y profirió estropajosamente:</p>
+
+<p>&mdash;Quisiera, señor barón, que me explicase usted
+qué entiende por cazuela.</p>
+
+<p>&mdash;¡Anda, salero! ¿Ahora salimos con eso? ¿A
+usted qué le importa que signifique uno u otro?</p>
+
+<p>&mdash;Es que yo quisiera... ¡entendámonos!</p>
+
+<p>&mdash;Ya nos hemos entendido. Usted tiene dos
+cuartillos de ginebra entre pecho y espalda y yo
+otros dos... o algo más&mdash;añadió haciendo un número
+prodigioso de guiños.</p>
+
+<p>&mdash;¡No es eso, señor barón, no es eso! ¡Entendámonos
+de una vez, porra!</p>
+
+<p>&mdash;Aquí ya no hay barones ni frailes&mdash;exclamó
+el noble en un arrebato de buen humor alzándose
+de la silla.&mdash;Aquí sólo quedan el tío Francisco,
+que soy yo, y el tío Diego; que eres tú, ¿estamos?...
+Vengan esos cinco...</p>
+
+<p>Al avanzar con la mano extendida dio algunos
+traspiés, pero se mantuvo firme.</p>
+
+<p>&mdash;¡Vengan esos cinco, valiente!</p>
+
+<p>El cura se dulcificó. Se estrecharon las manos.</p>
+
+<p>&mdash;Ahora un abrazo por el rey legítimo de las
+Españas.</p>
+
+<p>&mdash;¡No me hable usted de abrazos!...&mdash;gritó el
+clérigo enfoscándose de nuevo.&mdash;Me acuerdo del
+abrazo de Vergara, y ¡porra!...</p>
+
+<p>&mdash;No te apures, compadre, que ya nos la pagarán.</p>
+
+<div class="poem">
+<i>¡Ay, ay, ay! mutilá</i><br />
+<i>&nbsp;Chapelen gorriá.</i><br />
+</div>
+
+<p>Y se puso a cantar roncamente el himno carlista;
+pero interrumpiéndose de pronto:</p>
+
+<p>&mdash;¡Eh, tío Diego, a cantar! Dejémonos ahora
+de lágrimas...</p>
+
+<p>En efecto, su amigo lloraba en aquel momento
+lágrimas como avellanas, recordando la traición
+de Vergara.</p>
+
+<p>&mdash;¡Arriba, coracero! ¿A que no te pesaría de
+que bebiésemos una copita por el exterminio de
+todos los <i>negros</i>?</p>
+
+<p>Fray Diego se declaró, con un movimiento de
+cabeza, partidario en principio de este brindis
+consolador, pero no se movió de la silla.</p>
+
+<p>Bebieron otra copa, y su efecto fue tan prodigioso
+en el alma tradicional del barón, que se
+puso inmediatamente a bailar el zapateado inglés
+sobre la mesa, sin que Fray Diego dejase por
+ello de verter abundantes lágrimas.</p>
+
+<p>&mdash;¡Hum! No me gusta este baile de <i>extranjis</i>&mdash;manifestó
+al fin bajándose de un salto;&mdash;prefiero
+la <i>danza prima</i>. Ven acá, tío Diego...</p>
+
+<p>Y a la fuerza, cogiéndole por las manos, lo
+alzó de la silla y se puso a dar vueltas con él,
+entonando uno de los cantos largos y monótonos
+del país. Fray Diego se sintió rejuvenecido. Recordaba
+sus tiempos de mastuerzo allá en la aldea,
+cuando su tío el cura de Areces le molía a
+palos porque saltaba de noche por la ventana
+para ir a cortejar las mozas de los pueblos vecinos.</p>
+
+<p>&mdash;Oye, Diego&mdash;dijo el barón parándose repentinamente.&mdash;¿No
+te parece que antes de seguir
+bebamos una copita por el alma de nuestros mayores?</p>
+
+<p>Asintió el fraile de buen grado; pero las copas
+yacían rotas por el suelo y los tarros vacíos. El
+barón abrió un armario y sacó de él nuevos elementos
+de <i>vida espiritual</i>. Esta copa funeraria le
+inspiró una idea felicísima; la de cubrir la cabeza
+del capellán con su boina y adornarse él
+con el canalón de éste, que descansaba sobre una
+silla. Así vestidos volvieron a la danza, haciendo
+dos figuras realmente interesantes.</p>
+
+<p>El barón dio un traspié y cayó.</p>
+
+<p>&mdash;Alza, tío Diego.</p>
+
+<p>El fraile le cogió de nuevo las manos que había
+soltado y tiró con fuerza hacia arriba. Pero
+el peso del noble le doblegó y rodaron los dos
+por el suelo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Alza, tío Diego!</p>
+
+<p>&mdash;¡Alza, tío Francisco!</p>
+
+<p>Ambos se revolcaban soltando bárbaras carcajadas.
+El barón logró al fin ponerse en pie. El
+capellán le imitó al cabo de un rato. Pero su
+alma, iluminada un momento por los recuerdos
+de la juventud, cayó otra vez repentinamente en
+la sangre y el exterminio. Se dirigió ferozmente
+a su amigo.</p>
+
+<p>&mdash;Sepámoslo de una vez, ¡porra! ¿Por qué me
+ha llamado usted cazuela hace poco? ¿eh? ¿eh?
+¿por qué?</p>
+
+<p>&mdash;Te lo explicaré enseguida, hombre&mdash;repuso
+el barón con calma;&mdash;pero antes beberemos una
+copa por la congregación de todos los fieles cristianos,
+cuya cabeza visible es el papa... digo, si
+te parece.</p>
+
+<p>El capellán no puso obstáculo.</p>
+
+<p>&mdash;Pues te he llamado cazuela&mdash;prosiguió
+chasqueando la lengua&mdash;porque una cazuela,
+¿sabes tú? una cazuela sirve para que la llenen
+de patatas guisadas.</p>
+
+<p>Dicho esto, el barón cayó en un espasmo de
+alegría tan violento que por poco se ahoga.
+Mientras tanto, los ojos saltones de su camarada
+le miraban con tal expresión amenazadora
+que parecía que iban a brincar de las órbitas y
+lanzarse sobre él; crecían por momentos como
+los de una langosta.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y por qué de patatas guisadas? Yo tengo
+tantos hígados como usted, ¡porra! y lo he probado
+en la acción de Orduña y en la de Unzá, y
+por algo tengo en mi casa seis cruces.</p>
+
+<p>&mdash;¿Tú? ¿tú?&mdash;dijo el caballero sin poder sosegar
+la risa.&mdash;Tú nunca has servido más que
+para hacer el rancho al escuadrón.</p>
+
+<p>El furor del fraile no tuvo límites al escuchar
+esto. Gritó, pateó, dio espantosos puñetazos sobre
+la mesa. Por último, lanzose hacia la puerta
+y desde su marco comenzó con descompuestos
+ademanes a apostrofarle.</p>
+
+<p>&mdash;¡Eso lo dice usted porque está usted en su
+casa! ¡Salga usted fuera a decirlo! ¡Salga usted
+conmigo!</p>
+
+<p>El barón le miraba con risueña curiosidad.</p>
+
+<p>&mdash;Calma, calma, tío Diego.</p>
+
+<p>&mdash;¡Salga usted a matarse conmigo!... Con sable,
+con pistola, con lo que usted quiera...</p>
+
+<p>&mdash;Bien, hombre, bien; saldremos a matarnos...
+pero sólo por darle a usted gusto...</p>
+
+<p>Fue con paso vacilante hacia la alcoba y a
+tientas, porque ya la oscuridad era completa,
+metió las manos en el armero y sacó dos grandes
+sables de caballería.</p>
+
+<p>&mdash;Toma&mdash;dijo alargando uno al capellán.</p>
+
+<p>Éste lo sacó de la vaina y se puso a esgrimirlo.
+Mientras llevaba a cabo la prueba, D. Francisco
+le contemplaba rebosando de satisfacción.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno, vamos ya&mdash;dijo el fraile envainando.&mdash;En
+marcha.</p>
+
+<p>Y tomando el canalón, que andaba por el suelo,
+y ocultando el sable debajo de los manteos,
+salió por la puerta. El barón cogió la boina, se
+puso un grueso montecristo de abrigo y le siguió.</p>
+
+<p>&mdash;¡Alto!&mdash;exclamó antes de que hubiera dado
+cuatro pasos.&mdash;¿No te parece que echemos la
+espuela?</p>
+
+<p>Fray Diego dejó escapar un gruñido afirmativo.</p>
+
+<p>Entraron otra vez en la sala y, tentando el
+suelo, tropezaron con el tarro de la ginebra, que
+no estaba agotado por completo. Dieron con las
+copas y se escanciaron todo lo que había. Acto
+continuo salieron a la calle.</p>
+
+<p>El pavimento de gruesos guijarros estaba mojado.
+Caía una lluvia menudísima, tan espesa
+que en poco tiempo calaba la ropa como el más
+fuerte aguacero. La noche había cerrado casi por
+completo. Y como, según las prácticas municipales,
+faltaba todavía un buen cuarto de hora
+para encender los famosos reverberos de aceite,
+las tinieblas envolvían a la empapada ciudad.</p>
+
+<p>Los dos héroes, animados por el espíritu de la
+guerra, caminaron con decisión por la calle del
+Pozo, el clérigo delante, el noble detrás, ambos
+embozados hasta los ojos y apretando bajo el
+brazo el instrumento de muerte que cada cual
+llevaba. Entraron en la calle de las Hogueras,
+pasaron por bajo los muros de la Fortaleza y salieron
+a la vía que ciñe la antigua muralla de
+la población. A medida que el agua, filtrándose
+al través de los abrigos, refrescaba sus carnes,
+se iban paulatinamente equilibrando sus humores.
+El de Fray Diego tendía visiblemente
+a serenarse, arrojaba uno a uno los negros velos
+que le oprimían. Pero estos velos los recogía
+todos el barón y envolvía con ellos su espíritu
+altivo y cruel. Ambos avanzaban impávidos al
+través de la noche y la lluvia, presagiando la
+muerte.</p>
+
+<p>Siguieron un buen trecho a lo largo de la muralla
+y al llegar a la carretera de Sarrió tomaron
+por ella. No habían andado cinco minutos
+cuando oyeron cerca un gemido. Pararon en firme,
+y acercándose al pretil distinguieron un bulto;
+se aproximaron un poco más y vieron sentada
+una niña.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué haces ahí?&mdash;dijo el barón, agarrándola
+por un brazo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Perdón!&mdash;exclamó Josefina en el colmo del
+terror.&mdash;¡Por Dios, no me pegue usted, señor!
+Ya me pegaron mucho.</p>
+
+<p>La mano del caballero se aflojó repentinamente
+y, cambiando de voz y de tono, dijo:</p>
+
+<p>&mdash;No, hija mía, no; nadie te pegará. ¿Cómo
+estás aquí a estas horas?</p>
+
+<p>&mdash;Me ha pegado mucho mi madrina y me escapé
+de casa.</p>
+
+<p>&mdash;¿No tienes padres?</p>
+
+<p>&mdash;No, señor.</p>
+
+<p>&mdash;¿Vives en Lancia?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, señor.</p>
+
+<p>&mdash;¿Quién es tu madrina?</p>
+
+<p>&mdash;Una señora.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo se llama?</p>
+
+<p>&mdash;Amalia.</p>
+
+<p>&mdash;¡Porra!&mdash;exclamó Fray Diego, dándose una
+palmada en la frente.&mdash;Es la niña recogida por
+D. Pedro Quiñones.</p>
+
+<p>&mdash;¿Es verdad que se llama D. Pedro el marido
+de tu madrina?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, señor.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, levántate, hija mía. Ahí no estás
+bien. Vente con nosotros.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh, no, por Dios! ¡No me lleven a mi madrina!</p>
+
+<p>&mdash;No, no iremos allí. ¡Estás mojada, criatura!&mdash;añadió
+palpando su ropa.&mdash;Anda, anda.</p>
+
+<p>Los dos héroes habían depositado los sables
+sobre el pretil. Cuando echaron a andar hacia
+Lancia, llevando a la niña en el medio, allí los
+dejaron olvidados sin reparar en que la humedad
+desluce y enmohece el acero.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y por qué te ha pegado tu madrina?&mdash;preguntaba
+Fray Diego mientras caminaban despacito
+para acomodarse al paso de la niña.</p>
+
+<p>&mdash;Porque estaba jugando con los pastores.</p>
+
+<p>&mdash;¡Los pastores!... ¿Pero los pastores de don
+Pedro vienen a dormir a casa?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, señor; duermen en la caja de cartón.</p>
+
+<p>&mdash;A ver, a ver, chica, ¿qué estas diciendo ahí?&mdash;profirió
+el capellán deteniéndose.</p>
+
+<p>De la investigación entablada inmediatamente
+resultó que los pastores eran de barro. Fray
+Diego emprendió nuevamente la marcha, resguardando
+con sus manteos el frágil cuerpo de
+la criatura.</p>
+
+<p>Pero al ponerle una de las veces la mano en la
+cara observó, con sorpresa, que la humedad que
+le mojó los dedos era caliente. Comunicada esta
+observación con su antagonista, y como quiera
+que ya habían llegado a las primeras casas de la
+ciudad, metieron a la niña en un portal, encendió
+el barón un fósforo y la reconocieron. Tenía
+todo el rostro bañado de sangre, que manaba de
+algunos profundos arañazos, las manos cubiertas
+de cardenales. Los dos héroes se miraron
+aterrados, y la misma ola de indignación encendió
+sus mejillas. El barón dejó escapar una serie
+de imprecaciones fulminantes. Éstas y su
+feo rostro espantable hicieron tal impresión en
+Josefina, que huyó gritando a un rincón. Consiguieron,
+no sin trabajo, tranquilizarla, y después
+de secarle el rostro con un pañuelo, Fray
+Diego la cogió en brazos (el barón lo había intentado
+en vano), tapola bien con sus manteos y
+emprendieron la marcha hacia la casa solariega
+de los Oscos.</p>
+
+<p>Allí le hicieron la primera cura. El barón,
+que en la campaña había adquirido algunos conocimientos
+de cirugía, le lavó cuidadosamente
+las heridas, las cerró con aglutinante y curó las
+contusiones con cierto ungüento eficaz que poseía.
+Las manos rudas de aquellos veteranos
+parecían de seda al tocar la piel de la niña. Una
+mujer no la hubiera curado con más delicadeza,
+con tal atención y esmero.</p>
+
+<p>Josefina iba perdiendo el miedo. Aquel señor
+tan feo no era malo. Se atrevió a pedir agua. El
+barón respondió que no se estilaba en aquella
+casa, y que lo mejor que le vendría ahora para
+quitar el susto era una copita de Jerez. Hízola
+traer, y luego que la niña la hubo bebido, los
+dos campeones del rey legítimo se retiraron a
+un rincón de la sala a deliberar.</p>
+
+<p>Resolvieron que lo práctico en aquel momento
+era llevar la niña a casa de Quiñones. El barón
+se encargaba de entregarla. Antes calentaría
+muy bien las orejas a su madrina; le diría que
+era una indigna mujerzuela, una criatura vil y
+perversa, y que si otra vez osaba maltratar a
+aquella pobre niña desvalida, iría a su casa a
+cortarle las orejas y atarla después por el moño
+a la cola de su caballo y arrastrarla así por toda
+la ciudad. Fray Diego no estaba conforme con
+tanta crueldad, pero el barón ni por Dios vivo
+quiso alterar poco ni mucho aquel plan siniestro
+de terrible ejemplaridad.</p>
+
+<p>Costó trabajo persuadir a Josefina a que viniese
+con ellos. Consiguiéronlo después de prometerle
+que su madrina no volvería a pegarla y que
+sería para ella muy buena de allí en adelante. ¡No
+faltaba más! Como se atreviera a tocarla siquiera
+en un pelo, ¡rayo de Dios! le retorcía el pescuezo
+como a una gallina, la desollaba viva a correazos
+con el freno de su caballo. El rostro de
+aquel señor era tan espantoso al proferir tales
+amenazas, que la niña no dudó un instante de
+su cumplimiento.</p>
+
+<p>Mientras caminaban hacia la mansión de los
+Quiñones, el barón no cesó de vomitar injurias y
+amenazas de muerte contra la esposa del maestrante.
+Fray Diego procuraba inútilmente calmarle.
+Sus instintos sanguinarios se iban exacerbando
+de tal modo, que el ex-fraile, temiendo una
+catástrofe, se despidió al llegar a la puerta del
+palacio.</p>
+
+<p>El barón tiró de la campana. Como no sabía
+la costumbre feudal de la casa, no tiró más que
+una vez. Tardaron en abrirle juzgándole plebeyo.
+La sorpresa del criado fue grande al ver a
+aquel terrible señor, que tanto respeto infundía
+en la ciudad, y se apresuró a pedir perdón de no
+haber acudido más a tiempo a abrirle. El barón
+preguntó por don Pedro Quiñones. Le hicieron
+pasar y el criado subió delante por la gran escalera
+de piedra. Al llegar al piso principal le
+rogó que aguardase mientras le anunciaba.</p>
+
+<p>Pocos momentos después se presentó Amalia.
+Dirigió una penetrante mirada de rencor a la
+niña, que el barón tenía de la mano, y dijo dirigiéndose
+a éste con frialdad y altivez:</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué deseaba usted?</p>
+
+<p>&mdash;Venía a entregar esta niña que he recogido
+en la calle... y al mismo tiempo a hablar con
+don Pedro o con usted cuatro palabras.</p>
+
+<p>Al proferir esta última, la voz del barón se alteró
+de un modo perceptible.</p>
+
+<p>&mdash;¿No me conoce usted?&mdash;añadió, viendo que
+la dama le miraba fijamente sin contestar.</p>
+
+<p>En los pueblos casi todos se conocen, sobre
+todo las personas de viso, aunque no se traten.
+Sin embargo, Amalia replicó descaradamente:</p>
+
+<p>&mdash;No tengo ese honor.</p>
+
+<p>&mdash;Soy el barón de los Oscos.</p>
+
+<p>La dama hizo una inclinación de cabeza.</p>
+
+<p>&mdash;Paula&mdash;dijo dirigiéndose a una criada que
+había acudido,&mdash;llévate esa chica. Tú, Pepe, enciende
+las lámparas del gabinete azul.</p>
+
+<p>Cuando estuvieron solos, la señora se sentó,
+invitó con majestuoso ademán al barón para que
+hiciese lo mismo, y esperó mirándole con extremada
+curiosidad, pero sin asomo de temor.</p>
+
+<p>&mdash;Señora&mdash;comenzó el barón,&mdash;he hallado a
+esa niña en la carretera de Sarrió cubierta de
+sangre y llena de cardenales. Le he preguntado
+quién la había puesto así, y me respondió que
+su madrina. Yo no puedo creer...</p>
+
+<p>&mdash;Puede usted creerlo, porque es exacto&mdash;dijo
+Amalia interrumpiéndole.</p>
+
+<p>El barón quedó parado y confuso. Al cabo
+prosiguió:</p>
+
+<p>&mdash;Es posible que usted tuviera razón para
+castigarla, pero me duele en el alma...</p>
+
+<p>Amalia volvió a interrumpirle:</p>
+
+<p>&mdash;Y a mí me duele mucho ese dolor que usted
+siente.</p>
+
+<p>&mdash;Mi objeto al venir aquí&mdash;manifestó el barón,
+que por momentos iba perdiendo su aplomo,&mdash;era
+prevenir a usted...</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo?</p>
+
+<p>&mdash;Era rogarle que, ya que ha tenido la caridad,
+según me han manifestado, de recoger esa
+desgraciada criatura expósita, continuase su
+buena obra protegiéndola, amparándola, educándola...
+y cuando tuviese necesidad de castigarla
+lo hiciese con clemencia, pues la pobre es
+una criaturita tierna y débil, y los golpes pudieran
+concluir con su vida...</p>
+
+<p>&mdash;¿Es eso todo lo que usted tenía que decirme?&mdash;preguntó
+fríamente la dama.</p>
+
+<p>La faz temerosa del barón se congestionó súbito
+al escuchar esta pregunta, inyectáronse sus
+ojos, la sinuosa cicatriz se alzó con gran relieve
+sobre la superficie del rostro en virtud sin
+duda de algunos movimientos volcánicos de lo
+interior. Escucháronse allá en la garganta ruidos
+formidables, sordos estampidos, presagio
+de violenta erupción. Pero al cabo aquellos
+ruidos se apagaron, cesaron los movimientos de
+trepidación, y el cráter, en vez de despedir una
+corriente de lava fundida, como era de temer,
+rocas, cenizas y otras materias volcánicas en
+ebullición, dejó escapar débilmente estas dos
+palabras:</p>
+
+<p>&mdash;Sí, señora.</p>
+
+<p>&mdash;Bien, pues agradezco a usted mucho el interés
+que se toma en este asunto, y aprovecho la
+ocasión para decirle en nombre de Quiñones y
+en el mío que tiene usted aquí su casa.</p>
+
+<p>Al mismo tiempo tiró del cordón de la campanilla
+y se levantó. Alzose también el barón mascullando
+las gracias y ofreciéndose.</p>
+
+<p>&mdash;Pepe, acompañe usted al señor barón.</p>
+
+<p>Hizo éste una profunda reverencia. Contestó
+Amalia con otra más leve. El caballero giró sobre
+los talones y salió.</p>
+
+<p>Al bajar por la escalera con las orejas gachas,
+el semblante encendido y los ojos extraviados,
+otra vez se presentaron ante su imaginación con
+vigoroso relieve el descuartizamiento, la pérdida
+de los ojos, la cola del caballo y otros fieros
+suplicios de la época visigótica, a la cual pertenecía
+por su bárbara traza y corazón indomable
+y crudelísimo.</p>
+
+
+
+<hr />
+<h3><a name="XIII" id="XIII"></a>XIII</h3>
+
+<p class="cab">El martirio.</p>
+
+
+<p>Apenas se había cerrado la puerta tras
+el barón, Amalia hizo traer la niña a
+su presencia.</p>
+
+<p>&mdash;¡Venga usted acá, señorita, venga usted
+acá! ¡Cuánto tiempo ya que no nos hemos visto!
+¿Cómo lo ha pasado usted? ¿Le ha ido a usted
+bien? El barón es muy galante con las damas,
+¿verdad?</p>
+
+<p>La niña lanzó un grito penetrante.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ay mi oreja!</p>
+
+<p>&mdash;¡De rodillas, sabandija! ¡Ah! ¿Conque no
+vale nada lo que he hecho por ti! ¿Ya me enseñas
+los dientes antes de concluir de mamar? De
+rodillas, picaruela, ¡malvada!</p>
+
+<p>Josefina fue a caer acurrucada en un rincón
+del gabinete. Amalia mantuvo sobre ella largo
+rato su mirada fulgurante. Separándola al fin,
+preguntó a Concha y a Paula, que habían traído
+a la delincuente, en qué forma se había escapado.
+La culpa era del cochero. Improperios contra
+el cochero, que era un borracho, y amenazas
+de despedirle si volvía a caer en descuido semejante.
+Luego comentarios infinitos sobre el
+encuentro del barón. ¿Qué hacía aquel bruto a
+tales horas por la carretera de Sarrió? ¿Quién
+era el cura que le acompañaba? Después consideraciones
+tristísimas sobre la ingratitud y maldad
+de aquella niña que huía de la casa donde
+se la había dado albergue y ponía en ridículo a
+su protectora. Las domésticas convinieron en
+que merecía un castigo ejemplar.</p>
+
+<p>Despidiolas al cabo la dama, deteniéndolas
+con ademán imperioso cuando trataban de llevarse
+a la expósita. Una vez solas, Amalia tomó
+un libro y se puso a leer tranquilamente a la luz
+de un quinqué, mientras su hija, de rodillas en
+el ángulo más oscuro, sollozaba apagadamente.
+Tres o cuatro veces levantó aquélla la cabeza,
+dirigiendo su mirada colérica a las tinieblas del
+rincón, esperando que la chica gimiese más fuerte
+para lanzarse sobre ella. Trascurrió una hora,
+hora y media. Cerró al fin el libro: salió y volvió
+a los pocos momentos. Comenzó a desnudarse
+lentamente: cuando estaba medio desnuda tomó
+el quinqué, y acercándolo a la niña la obligó a
+levantarse, la llevó hasta la alcoba y le dijo mostrándole
+el suelo:</p>
+
+<p>&mdash;Esta es tu cama. Ahí dormirás vestida.</p>
+
+<p>Cuando terminó de desnudarse, la niña le dijo
+con voz débil:</p>
+
+<p>&mdash;Perdóname, madrina; no volveré a hacerlo.</p>
+
+<p>Pero ella no quiso oír estas palabras. Se metió
+en la cama y apagó la luz. Sus ojos quedaron
+abiertos en la oscuridad. Las horas, sonando con
+sus cuartos y medias melancólicamente en el reloj
+de la catedral vecina, no consiguieron cerrarlos.
+Eran dos lámparas misteriosas que sólo daban
+luz hacia dentro, alumbrando mil cosas siniestras
+y punzantes. Bajo aquella pequeña frente se
+atropellaban, se estrujaban las ideas sombrías,
+los deseos feroces. El matrimonio de Luis era
+una abominable traición. Sin recordar la suya
+hacia el pobre viejo paralítico que Dios le había
+dado por esposo, ni pensar en que su falta había
+truncado la vida del conde, amenazado de morir
+en la soledad, sin familia que endulzara sus últimos
+días, hacía pesar sobre él toda la responsabilidad
+del delito y toda la amargura que ahora
+sentía al desprenderse del único placer que la
+acariciaba en aquella lúgubre y monótona existencia.
+¡El único placer! No merecía otro nombre
+su amor. En aquel espíritu ardiente, despótico,
+atormentado, no había entrado jamás la
+ternura; ignoraba por completo las cosas deliciosas
+y poéticas que ennoblecen la pasión y la
+hacen perdonable. Su vida se había deslizado en
+una agitación insana, atormentada por el deseo
+de ser feliz a toda costa. En los últimos siete
+años vivió bajo el imperio de su torpe apetito
+insaciable. Jamás un pensamiento melancólico
+de remordimiento vino a acusar en aquella ruin
+naturaleza la presencia del sentido moral. Cada
+vez más exacerbada su ansia de goces la arrastraba
+últimamente a mil pasos extravagantes y
+peligrosos. Ya no se contentaba con reunir en
+su casa a la juventud laciense y bailar de vez en
+cuando por condescendencia. Era menester, para
+alegrarla, que todos los días hubiese jarana, giras
+de campo, mascaradas, etc., y que ella bailase
+sin cesar hasta caer rendida como una zagala
+de quince años: necesitaba menudear las entrevistas
+secretas con su amante a las horas más
+extraordinarias y en las ocasiones más impensadas.
+Sus anhelos enfermizos la impulsaban a desafiar
+la opinión pública, despreciando por gusto
+toda precaución. Si el conde le hacía alguna advertencia
+irritábase, se revolvía como una fiera.
+Más perdía ella que él; las murmuraciones no se
+cebarían en el hombre seguramente, sino en la
+mujer. La deshonra era para ésta. Pero ella se
+reía a más no poder de estas murmuraciones y
+de la deshonra. Si la apuraban un poco era capaz
+de pregonar su falta en Altavilla cuando hubiese
+más gente. El conde se sentía cada vez más desligado
+de esta mujer, que turbaba todas sus ideas
+morales, teológicas y sociales. Llegaba a inspirarle
+miedo.</p>
+
+<p>Éste se convirtió en terror, en malestar insufrible,
+que le hizo apetecer con ansia la libertad,
+desde cierta revelación que, sonriendo, le
+hizo Amalia.</p>
+
+<p>&mdash;¿No sabes, querido? Esta mañana estuve a
+punto de hacer una locura, una locura muy grande.
+Quiñones me mandó ponerle las gotas de arsénico
+que toma hace tiempo. Cogí el frasco y
+de repente, como si una mano invisible me levantase
+el codo, vertí en el vaso la mitad del
+contenido... ¡No tiembles, cobarde, que no hay
+motivo!... Jamás me había pasado nada semejante.
+Te juro que mi voluntad no tenía arte ni
+parte en ello. Obraba por una fuerza superior
+que me arrastraba a pesar mío. Dejé el vaso sobre
+la mesa, lo contemplé un instante con sorpresa,
+lo levanté para mirarlo al trasluz... Nada,
+ni el más mínimo signo que denotase que allí
+estaba la muerte. Lo puse sobre la bandeja y
+me encaminé con él hacia el gabinete sin darme
+cuenta de lo que hacía. Pero enmedio del
+pasillo me estremecí como si saliese de una
+pesadilla, vi repentinamente el disparate que
+iba a hacer, y dejé caer el vaso al suelo.</p>
+
+<p>&mdash;No era un disparate, era un crimen horrible
+el que ibas a cometer&mdash;dijo sordamente el conde,
+que sudaba de congoja.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno, crimen o disparate... o lo que sea,
+era una estupidez de todos modos, ¿sabes? porque
+enseguida se comprendería, por los síntomas,
+que se trataba de un envenenamiento.</p>
+
+<p>Aquellas palabras, pronunciadas con afectada
+ligereza, impresionaron aún más al conde que
+las anteriores. Desde entonces no podía acercarse
+a ella sin experimentar una extraña sensación
+de repugnancia.</p>
+
+<p>Su juventud pasó. Hasta la llegada de Fernanda,
+Amalia no había pensado en ello. No teniendo
+rivales en Lancia, había puesto menos diligencia
+cada día en el cuidado de su persona,
+dejó del todo aquella plausible coquetería que
+sirve a la mujer para perpetuar el encanto de su
+persona. Sólo al ver la espléndida hermosura de
+la hija de Estrada-Rosa se dignó echar una mirada
+a sí misma. Comenzó a preocuparse del aliño
+de su cuerpo, se procuró toda clase de afeites,
+envió por vestidos a Madrid, aprovechó todos los
+recursos de la elegancia. Era tarde. Aquel mísero
+cuerpo abandonado, marchito por los años y
+la anemia, no recobró frescura ni gracia.</p>
+
+<p>Esta idea fija le roía el cerebro en su larga y
+dolorosa vigilia. ¡No volver a inspirar amor, ser
+vieja, causar repugnancia! Mil garfios le arrancaban
+las entrañas. Luis se casaba. ¿Por qué? ¿No le
+había sacrificado su juventud, su honor, su salvación,
+si después de esta vida había más que tinieblas?
+¡Qué valía esto! La primera señal de ruina
+que había aparecido en su rostro desvaneció como
+un sueño todos los juramentos; los siete años de
+amor se habían hundido en el abismo del tiempo
+sin dejar la más insignificante huella... Pero ella
+no tenía arrugas todavía; no era tan vieja; treinta
+y cinco años nada más. Bruscamente llevó la
+mano a la mesa de noche, encendió la bujía y
+saltó de la cama: acercose al espejo y se contempló
+largamente, repasando con el dedo todos los
+rincones del rostro para cerciorarse de que no
+existían las temidas arrugas.</p>
+
+<p>Un gemido que sonó detrás le hizo volver la
+cabeza. Levantó la bujía y clavó una mirada recelosa
+en su hija, tendida en el suelo y tiritando.
+La niña no dormía. Sus ojos febriles se posaron
+con angustia en ella, sus labios murmuraron otra
+vez «¡Perdón!» Sin hacer caso alguno, la esposa
+de D. Pedro se metió de nuevo en la cama y apagó
+la luz.</p>
+
+<p>Los rayos del sol matinal, penetrando por las
+rendijas del balcón, alumbraron aquellos dos insomnios.
+Con la luz de Dios comenzó el bárbaro
+suplicio de una criatura inocente. La fecunda,
+diabólica fantasía de Amalia se puso a inventar
+tormentos con que saciar el odio que la devoraba.
+Necesitaba ver sufrir. Josefina fue enviada
+descalza abajo con una misiva escrita en lápiz
+para Concha. El papel decía: «Concha, ahí te
+envío a esa picaruela. Castígala como mejor te
+parezca.»</p>
+
+<p>Amalia había adivinado, en su doncella, al verdugo.
+Y en efecto, al recibir ésta el papelito experimentó
+satisfacción, lisonjeada en su vanidad
+y en sus instintos.</p>
+
+<p>&mdash;¿Sabes lo que dice este papel?&mdash;le preguntó
+relamiéndose.</p>
+
+<p>Josefina hizo un signo negativo. Leía todavía
+mal el manuscrito, sobre todo escribiendo tan
+descuidadamente como lo había hecho la señora.
+La costurera le obligó a deletrear aquellas
+palabras hasta que se enteró bien de ellas.</p>
+
+<p>&mdash;Ya ves que me manda castigarte por lo que
+has hecho ayer.</p>
+
+<p>Al decir esto sonreía dulcemente, como si le
+noticiase que le iba a regalar alguna golosina.
+Josefina la miró sorprendida.</p>
+
+<p>&mdash;¿Castigarme? Madrina ya me ha hecho dormir
+en el suelo.</p>
+
+<p>&mdash;No importa, eso es poco para maldad tan
+grande como escaparse de casa. Habrá que darte
+algunos azotes. Lo siento, hija mía, porque nunca
+has recibido este castigo y te va a doler mucho.
+Las señoritas tenéis la carne delicada, no
+sois como nosotras, que estamos acostumbradas
+desde muy chiquitinas a la intemperie y a los
+golpes. ¡Ven acá!...</p>
+
+<p>Al mismo tiempo sacó del corsé una de las
+formidables ballenas, que entonces solían usarse.
+La niña retrocedió asustada, pero la costurera
+la atrapó por el brazo.</p>
+
+<p>&mdash;No intentes escapar, porque entonces será
+doble la ración.</p>
+
+<p>Josefina se cogió a su mano llorando angustiosamente.</p>
+
+<p>&mdash;¡No me pegues, por Dios, Concha! Ya sabes
+que me ha pegado mucho madrina ayer... Mira,
+mira cómo tengo las manos... Me duele también
+la cabeza... ¡El suelo estaba tan duro!... Yo te
+quiero mucho... no te he acusado nunca a madrina...:</p>
+
+<p>&mdash;¡Suelta, suelta!&mdash;repuso la costurera tratando
+de desasirse suavemente de sus pequeñas
+manos.&mdash;No tengo más remedio que obedecer.
+La señora lo manda.</p>
+
+<p>&mdash;¡No, por Dios! ¡Concha, no, por Dios!&mdash;respondía
+entre sollozos la criatura.&mdash;Te quiero
+mucho... y a madrina también... Si no me pegas
+te he de dar mi caja de muñecas...</p>
+
+<p>&mdash;¿De veras?&mdash;dijo dulcificándose.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, ahora mismo si la quieres.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y el estuche de costura?</p>
+
+<p>&mdash;También.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y el armarito de espejo?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, el armarito también.</p>
+
+<p>Concha hizo ademán de vacilar. La niña la
+miraba con ojos ansiosos.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y me prometes ser buena siempre?</p>
+
+<p>Sí, le prometía ser buena siempre.</p>
+
+<p>&mdash;¿Nunca más escaparte?</p>
+
+<p>&mdash;Nunca.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno&mdash;dijo con tono cariñoso y condescendiente;&mdash;pues
+si prometes ser buena y formal,
+y no se lo dices a la señorita, y me das además
+todo eso que dices, entonces... entonces... ¡arrea,
+chico!</p>
+
+<p>En un instante le alzó la ropa y comenzó a
+azotarla despiadadamente, riendo como una loca
+del engaño.</p>
+
+<p>Los alaridos de la niña subieron hasta el piso
+segundo. La esposa del maestrante estaba frente
+al espejo, arreglándose provisionalmente el pelo.
+Se detuvo. Un estremecimiento singular corrió
+por su carne, cierta emoción indefinible y vaga,
+semejante a un cosquilleo, que no podría decir
+con seguridad si era de placer o de dolor. De
+todos modos, algo que refrescaba aquel ardor
+insufrible que los vapores de la ira habían levantado
+en su pecho. Permaneció inmóvil hasta que
+los gritos cesaron. Los ojos brillaban, el pulso
+latía con más celeridad. Así se dice que el corazón
+de la fiera palpita a la vista de su víctima.</p>
+
+<p>Fue el comienzo de los martirios de la niña.
+Con los pretextos más fútiles comenzó a infligirle
+castigos crudelísimos, demostrando tan rica
+fantasía que para sí la hubieran querido los sayones
+del Santo Oficio. No sólo la golpeaba bárbaramente
+por los motivos más inocentes, y la
+pellizcaba y la mordía, sino que se gozaba en
+tenerla en continuo sobresalto bajo el temor de
+espantosos suplicios, en hacerle padecer de día
+y de noche. Obligábala a salir descalza por el
+jardín en las mañanas más crudas para buscarle
+una flor, o bien la tenía con la cabeza al sol horas
+enteras, haciendo la guardia, para que los pájaros
+no picasen una planta de grosella. Hacíala
+dormir en el suelo al lado de su cama, y varias
+veces durante la noche le mandaba levantarse y
+bajar a la cocina por agua. Reducíala a comer
+los manjares que sabía no le gustaban y la privaba
+de los que apetecía.</p>
+
+<p>A medida que corrían los días su saña y crueldad
+iban en aumento. Al principio tomaba pretexto
+de cualquier descuido de la niña para atormentarla.
+Luego no se fijó en esto: lo hacía
+cuando tropezaba con ella o cuando el cuerpo se
+lo pedía. Uno de los martirios de su exclusiva
+invención fue pincharla las manos con un alfiler,
+y tanto le gustó que en pocos días las tuvo
+llenas de picaduras: apenas había sitio donde
+poner otra. Esta tarea ferocísima solía encargarla
+a su verdugo de órdenes, Concha, quien la
+desempeñaba a conciencia. Obligábala a estudiar
+de memoria largos trozos del catecismo a sabiendas
+de que era superior a sus fuerzas. En
+cuanto tropezaba tres veces le decía:</p>
+
+<p>&mdash;Ve a pedir un beso a Concha.</p>
+
+<p>Ésta era la frase que por irrisión había inventado
+para que la criatura fuese a recibir el castigo
+del alfiler.</p>
+
+<p>No la consentía mudarse la ropa interior. Al
+poco tiempo la miseria comenzó a roer la piel
+delicada de la niña. Viéndola rascarse, Concha
+se enfurecía, la apellidaba sucia, piojosa y la
+arrojaba a empellones de la estancia. Todavía
+más. La microscópica doncella, con anuencia
+de su ama, le obligaba a ponerse zapatos antiguos
+que le estaban chicos y que le producían
+llagas y vivos dolores.</p>
+
+<p>Uno de los más terribles martirios que la niña
+padecía era cuando Amalia se encaprichaba en
+que no llorase. Unas veces la dejaba gritar y
+gemir bajo los golpes: parecía que se gozaba en
+las lágrimas de la criatura, en oír sus ardientes
+súplicas repetidas entre sollozos; pero en ocasiones
+se empeñaba en que sufriese en silencio.
+Como esto no podía ser, se exasperaba, se ponía
+loca como una fiera hambrienta.</p>
+
+<p>&mdash;¡Calla!</p>
+
+<p>La niña no podía; dejaba escapar un gemido.</p>
+
+<p>&mdash;¡Calla!&mdash;repetía, acompañando la orden de
+algunos golpes.</p>
+
+<p>Josefina trataba de callar, hacía esfuerzos
+desesperados por conseguirlo; pero la respiración
+ansiosa se escapaba a su pesar, produciendo
+un gemido. Más golpes.</p>
+
+<p>&mdash;¡Calla o te mato!</p>
+
+<p>La criatura apretaba con toda su fuerza la
+boca, suspendía el aliento, se ponía lívida, y
+algunas veces caía privada de sentido. Aquel
+tierno corazón se rompía falto de desahogo.</p>
+
+<p>En estos momentos Amalia experimentaba
+una sensación diabólica, mezcla de placer y de
+dolor, algo semejante a lo que sentimos cuando
+nos sajan una postema. Su postema era aquella
+desalmada pasión, mezcla de amor, de lubricidad,
+de soberbia y de rabiosos celos. No pudiendo
+devolver a su ex-querido tanta cruel mordedura
+como desgarraba su pecho, saciaba el apetito
+de venganza en el fruto de sus amores. Cuando
+tenía la niña a sus pies ensangrentada y temblorosa,
+en sus miradas de angustia, en sus gestos,
+en el timbre de su voz creía ver al amante humillado
+y suplicante, y sentía un áspero goce
+que hacía brillar sus ojos y dilataba las ventanas
+de su nariz. Josefina era un retrato en miniatura
+de Luis. Mientras fue dichosa, su fisonomía
+movible y risueña, el alegre brillo de sus ojos
+hacía que no se pareciese tanto; pero ahora la
+desgracia y el dolor habían impreso en su mirada
+una melancolía profunda y en los rasgos de
+su rostro cierta expresión de fatiga, que eran las
+dos cosas que caracterizaban principalmente el
+semblante del conde de Onís. Cuando aquellos
+hermosos ojos azules se volvían hacia ella dulces
+y resignados, cuando aquellos labios rojos
+se plegaban demandando perdón, la valenciana
+sentía correr por su cuerpo marchito un estremecimiento
+de voluptuosidad, algo que le recordaba
+los goces que su amor adúltero le había
+hecho experimentar.</p>
+
+<p>Después de todo, en ella no había envejecido
+nada, nada más que aquel rostro que se empeñaba
+en ajarse y aquella cabeza que producía
+con horrible feracidad cabellos blancos. La
+carne de su cuerpo, su pecho, sus brazos, sus espaldas,
+conservaban la misma tersura de alabastro,
+el mismo brillo adorable, sello de una raza
+fina y hermosa. Palpábase, buscando consuelo,
+con sus manos secas y hallaba la misma suavidad
+y frescura. Aquella carne no se había marchitado.
+Bajo ella palpitaba la juventud, circulaba
+una sangre ardiente, ávida de goces, devorada
+por la creciente necesidad de las embriagueces
+del amor.</p>
+
+<p>Y sin embargo, todas aquellas cosas deliciosas
+se habían huido para siempre; la novela de
+su vida, la que había embellecido su existencia
+sombría en los últimos años, había llegado al
+último capítulo. ¡Era una vieja! Asunto concluido.
+A este pensamiento, que se le introducía en
+el cerebro como un hierro candente, sentíase
+acometida por una necesidad animal de gritar,
+de rugir, de destrozar. Era en tales momentos
+cuando la niña padecía los más crueles castigos,
+cuando su frágil existencia corría verdadero peligro.</p>
+
+<p>El miedo fue otro de los padecimientos que le
+infligía a menudo. En las altas horas de la noche
+hacíala levantarse y la enviaba a las habitaciones
+extremas de la casa en busca de cualquier
+objeto. La niña tornaba pálida, temblorosa, sudando
+de angustia. A veces era tanto su temor,
+que dejaba caer la palmatoria y volvía corriendo
+arrojando gritos. Amalia se enfurecía entonces,
+la pellizcaba, la golpeaba, pretendiendo que
+fuese otra vez al sitio designado. La criatura se
+dejaba martirizar y se hubiera dejado matar antes
+de hacerlo. En una de estas ocasiones le dijo
+sonriendo ferozmente:</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! ¿Conque la señorita es tan medrosa?
+Está bien, yo me encargo de curarte la enfermedad.</p>
+
+<p>Se acordaba de la impresionabilidad extraordinaria,
+de los terrores nocturnos que avergonzado
+le había confesado Luis en momentos de
+expansión. Principió a darle sustos terribles.
+Tan pronto se escondía detrás de una puerta y
+le gritaba fuertemente al pasar, como la cogía
+descuidadamente y la apretaba el cuello. Otras
+veces tomaba un cuchillo y le decía que iba a
+morir, le ordenaba que se bajase la camisa para
+degollarla mejor. Esto último no producía tanto
+efecto como pensaba. Josefina inconscientemente
+apetecía la muerte, que la libertaría de tanto
+martirio. Para mejor «quitarla el miedo,» entre
+Concha y ella inventaron una siniestra farsa
+capaz de aterrar a un hombre valeroso, cuanto
+más a una niña de seis años. Vistiéronse ambas
+con sábanas, dejaron la habitación a media luz
+mientras la niña dormía, pusiéronse unas caretas
+de calavera, y a media noche entraron dando
+gritos lastimeros como almas del otro mundo.
+Al despertarse la criatura y ver aquellos fantasmas,
+quedó paralizada por el terror, tapose luego
+los ojos con las manos y un sudor copioso y
+frío bañó su cuerpo. Su corazón comenzó a dar
+tan fuertes golpes que se oían a distancia, dejó
+escapar algunos gritos ahogados y roncos; por
+último, llevándose las manos al pecho, se revolcó
+por el suelo sin sentido, presa de espantosas convulsiones.</p>
+
+<p>No se le curó el miedo; en cambio le quedó
+desde entonces una propensión fatal a los síncopes
+y a los terrores nocturnos. Despertábase de
+improviso con señales de gran espanto, mirando
+fijamente a un punto del espacio, como si tuviera
+delante algún fantasma. El corazón le palpitaba
+vivamente, la frente se le cubría de sudor. En
+tales momentos perdía por completo la conciencia.
+Amalia la llamaba en vano. Sólo cuando
+ponía las manos sobre ella la niña lanzaba un
+grito de terror y metía la cabeza por el pecho.</p>
+
+<p>Entre Concha y María la planchadora habían
+estallado, a propósito de estos castigos, serias
+reyertas. María era de natural compasivo y le
+dolían los martirios de la niña, aunque no los
+conocía todos, porque Amalia procuraba guardarse
+de los criados, exceptuando Concha. Si no
+era suelta de lengua, no se la mordía tampoco
+para censurar en la cocina la conducta de su señora.</p>
+
+<p>&mdash;Querida, esto es peor que la Inquisición.
+No parece que estamos entre cristianos, sino entre
+perros judíos. Antes, tanto mimo que corrompía,
+y ahora, de súpito, tratan a este angelito
+peor que a una bestia. ¡Dígote que la cosa
+pasa de la raya! ¡No hay corazón para ver tanta
+maldad!</p>
+
+<p>&mdash;Cállate, tontona, entrometida&mdash;saltó Concha.&mdash;¿Quién
+te da vela a ti en este entierro? Si
+la señora quiere enseñar a esa niña como es
+justo, ¿va a consultarte a ti el cómo lo ha de hacer?
+¿Sabes tú tan siquiera lo que es educar niños?
+¡Si la castiga allá lo tendrá de premio, que
+así la hará una mujer trabajadora y honrada! Algún
+día le dará las gracias.</p>
+
+<p>&mdash;¡Sí, las gracias! Desde el cementerio se las
+dará. De un mes a esta parte la niña está desconocida.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno; ¿y a tí qué te va ni qué te viene en
+esto? ¿Eres tú su madre?</p>
+
+<p>Tres o cuatro veces riñeron de esta suerte,
+llevando siempre la ventaja por su desvergüenza
+y mala intención la microscópica costurera. Al
+cabo, María, no pudiendo sufrir con paciencia
+aquel espectáculo, tomó la resolución de
+marcharse. Se presentó un día a la señora, y con
+la disculpa de que la plancha le hacía daño pidió
+la cuenta. No se le ocultó a Amalia la verdadera
+razón, pues tenía conocimiento de sus
+murmuraciones. Disimuló, sin embargo.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, hija, comprendo que el planchado te
+aburra. Tú no gozas de mucha salud. También
+yo ando malucha hace días. Tengo el sistema
+nervioso alterado. ¡Pelear toda la vida con un
+enfermo, y ahora, para rematar la fiesta, salirme
+esa chicuela, en quien tenía fundadas mis
+esperanzas, tan ingrata y perversa! No sé cómo
+tengo paciencia.</p>
+
+<p>María vaciló un instante.</p>
+
+<p>&mdash;Ya ve usted, señora... los niños son niños.</p>
+
+<p>La esposa del maestrante comprendió que, si
+proseguía en el tema, la planchadora iba a decir
+algo desagradable y se apresuró a cortar la plática,
+pagándole su cuenta y despidiéndola con
+afabilidad.</p>
+
+<p>No impidió esto para que la doméstica dijese
+en confianza, en cierta casa donde fue a servir,
+lo que pasaba en la de Quiñones. La noticia se
+fue trasmitiendo en confianza, igualmente, de
+unos a otros. Al poco tiempo fueron bastantes
+las personas que tenían conocimiento de las
+crueldades que con la niña se cometían.</p>
+
+<p>El conde de Onís, para huir la curiosidad del
+público, que le molestaba sobremanera, y aún
+más para librarse de Amalia, se había trasladado,
+sin decir nada a ésta, hacía ya cerca de un
+mes a la Granja. Su madre le había acompañado.
+No había escrito a su ex-querida, aunque todos
+los días pensaba hacerlo, para darle cuenta
+de su resolución. Tanto era el temor que la valenciana
+había llegado a inspirarle, que la pluma
+caía de sus manos cada vez que la tomaba
+para noticiarle su matrimonio. Y dejaba pasar
+los días en continua vacilación, pensando con
+inquietud en la ira que de ella se apoderaría,
+esperando, como todos los débiles, en que algún
+acontecimiento imprevisto le sacase del compromiso.
+Aquel modo de romper las relaciones, sin
+riña, sin convenio, sin explicación alguna, era
+realmente original, pero muy propio de su carácter.
+Nada sabía de los martirios de su hija.
+No obstante, cuando pensaba en ella sentía repentino
+desasosiego, alterábanse sus nervios, y
+se ponía a dar vueltas por la estancia con visible
+agitación. Un vago y triste presentimiento le
+oprimía el corazón. El amor frenético que consiguió
+inspirarle Fernanda le había hecho olvidarse
+un poco de Josefina. En ciertos momentos se
+reprendía a sí mismo con amargura; pensaba que
+aun casado con Fernanda no alcanzaría la felicidad
+si no podía ver a su hija todos los días. Bien
+entendía que era esto imposible continuando en
+poder de Amalia. Por eso soñaba con arrebatársela:
+imaginaba con placer desatinados proyectos
+de rapto: huir con ella y con Fernanda a cualquier
+rincón del mundo tranquilo y ameno.</p>
+
+<p>Acaeció que en uno de estos días de vacilaciones
+para el conde, fue por la mañana a casa de
+Quiñones Micaela, la más nerviosa y violenta de
+las cuatro ondinas del Jubilado. Fue con objeto
+de pedir consejo a Amalia acerca de un vestido
+que tenía en proyecto para el próximo baile del
+casino. Apesar de sus treinta y pico, aún seguía
+tendiendo redes al sexo masculino. Las visitas
+a estas horas eran raras; pero como la noble familia
+del Jubilado mantenía tan íntima relación
+con la señora, no vaciló la criada en pasarla al
+gabinete de arriba, donde aquélla se hallaba.</p>
+
+<p>&mdash;Qué importuna, ¿verdad? Querida, es la
+hora en que se la puede a usted pillar sola&mdash;entró
+diciendo con la graciosa volubilidad
+que caracterizaba a los juveniles vástagos de
+Mateo.</p>
+
+<p>Amalia la recibió cordialmente, pero mostrando
+cierta sorpresa e inquietud que Micaela no
+observó. Entraron en materia enseguida. La
+cuestión de trapos embargó por completo sus espíritus.
+Amalia llevó a su amiguita hacia el balcón.
+Pero no habían hablado muchas palabras,
+cuando ésta creyó percibir un débil gemido en la
+misma estancia. Volvió la cabeza y vio allá en
+un rincón a Josefina de rodillas y amarrada codo
+con codo al tocador, de tal suerte que le sería
+imposible levantarse sin alzar el pesado mueble,
+cosa muy superior a sus fuerzas.</p>
+
+<p>Amalia se apresuró a dar una explicación.</p>
+
+<p>&mdash;Esta chiquilla se está haciendo tan mala,
+que me veo precisada a atarla para que se esté
+quieta. Ayer ha mordido un dedo a la costurera;
+ahora acaba de romper un espejo. ¡No hay paciencia
+para sufrirla!</p>
+
+<p>Micaela, a quien aquel castigo repugnaba, calló.
+Siguió la esposa de Quiñones hablándole
+con afectada indiferencia de su vestido; mas
+apesar de lo mucho que el tema debía de interesarla,
+la joven se mostraba bastante distraída y
+lanzaba frecuentes ojeadas a la niña.</p>
+
+<p>Dejó ésta escapar otro gemido. Su madrina se
+volvió con mal reprimida cólera.</p>
+
+<p>&mdash;¿Quieres callar, eh? ¿quieres callarte?</p>
+
+<p>Y la miró un buen rato con extraordinaria
+fijeza.</p>
+
+<p>Volvió a anudar la plática, pero en su voz se
+notaba leve alteración. Micaela estaba más y
+más distraída. La indignación le iba subiendo
+hacia la garganta, y hubiera concluido por hacer
+alguna desagradable advertencia a su amiga si
+la chica no se hubiera quejado de nuevo.</p>
+
+<p>&mdash;Vaya, está visto que no nos has de dejar en
+paz&mdash;dijo la dama haciendo esfuerzos por sonreír.&mdash;Habrá
+que darte suelta.</p>
+
+<p>Fue allá y la desató, empleando en ello bastante
+tiempo; la cuerda daba tantas vueltas alrededor
+de su pequeño cuerpo como si fuese un
+baúl liado. Mas al tiempo de levantarse la niña,
+no pudo. Sin duda hacía algunas horas que estaba
+en aquella dolorosa postura; los músculos, se
+habían anquilosado.</p>
+
+<p>&mdash;¡Arriba zancas!&mdash;dijo bromeando, mientras
+la ayudaba a levantarse.</p>
+
+<p>Micaela observaba la escena con estupor; relámpagos
+de ira cruzaban por sus ojos.</p>
+
+<p>&mdash;No te gustaba la posturita, ¿eh? Pues, hija
+mía, si quieres no volver a ella hay que ser buena
+y obediente, ¿verdad, Micaela?</p>
+
+<p>Ésta no despegó los labios, cada vez más fosca,
+apesar de la sonrisa melosa que contraía el
+semblante de la valenciana.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno&mdash;prosiguió, acariciando la rubia cabeza
+de la niña,&mdash;ya estás perdonada, pero ¡cuidado
+con hacer maldades! Vete abajo y pídele
+un beso a Concha.</p>
+
+<p>La niña, al oír estas palabras, se puso densamente
+pálida, permaneció inmóvil algunos momentos,
+y al fin se dirigió a la puerta con paso
+vacilante. Antes de llegar a ella, Micaela, que la
+seguía atentamente con la vista, observó que llevaba
+los ojos cubiertos de lágrimas. Amalia reanudó
+la conversación de trapos.</p>
+
+<p>No se habían pasado tres minutos cuando llegaron
+al gabinete, lejanos y apagados, los gritos
+de la niña. Micaela se estremeció; inclinó la
+cabeza hacia la puerta para escuchar mejor.
+Amalia alzose vivamente de la silla y fue a cerrar
+la puerta. Los gritos dejaron de oírse, pero
+la nerviosa joven tampoco oyó ya las palabras
+de Amalia. Un gran desasosiego se apoderó de
+ella; subíanle vapores a la cara y al pensamiento
+atroces deseos de desvergonzarse con aquella
+malvada, de llamarla judía, bribona, infame. Todo
+lo que pasaba en aquella casa se le representó
+de golpe. Los celos primero, después la noticia
+del matrimonio de Luis cayendo como una bomba,
+luego la venganza miserable, en la hija, del
+abandono del padre. Conocía bien el carácter
+rencoroso de la valenciana. Pero ¿qué adelantaría
+con injuriarla en aquel momento? Producir
+un grave escándalo y que la arrojasen de la casa.
+Micaela, apesar de su temperamento violento,
+tenía un corazón compasivo. Lo que más la
+preocupó fue el hacer algo en favor de la infeliz
+criatura. Y tuvo serenidad suficiente para disimular
+un poco y pensar que el mejor partido era
+decírselo todo inmediatamente al conde, quien
+seguramente ignoraría tan ruin venganza. Procuró
+terminar cuanto más pronto y se despidió
+sin poder ocultar enteramente su turbación.</p>
+
+<p>Cuando se vio en la calle sintió la necesidad
+de desahogar su pecho. Pensó en María Josefa,
+que vivía allí cerca y que profesaba a la niña
+expósita tierno cariño. Entró en su casa agitada,
+trémula, y antes de pronunciar palabra dejose
+caer en un sofá, dándose aire con la punta
+de la mantilla.</p>
+
+<p>&mdash;¡Uf! Me ahogo... ¡No sabes lo que me acaba
+de pasar! ¡Es una infame, una malvada que tiene
+que arder en los infiernos! Siempre lo he dicho
+y las tontas de mis hermanas no quieren
+creerme. ¡Es muy perversa esa tísica! Tiene el
+corazón de una hiena.</p>
+
+<p>&mdash;¿Pero qué hay?&mdash;preguntó con asombro,
+muerta de curiosidad, la sagaz jamona.</p>
+
+<p>Entonces la nerviosísima hija del Jubilado le
+relató, tartamudeando por la ira, la situación en
+que había hallado a Josefina, la palidez de la
+niña después de la extraña invitación de su madrina,
+los gritos que había escuchado como si la
+estuvieran dando tormento. María Josefa unió
+inmediatamente sus imprecaciones a las de la
+joven. Sacaron a relucir todos los testimonios de
+maldad que conocían de la esposa del maestrante
+y resolvieron dar parte de lo que ocurría al conde,
+aunque averiguándolo antes con más pormenores.
+Para ello, aquella misma tarde, se pusieron
+al habla con María la planchadora, que hacía
+algunos días había salido de casa de Quiñones.
+Al principio ésta, por temor a las consecuencias,
+se manifestó reservada. Concluyó, no
+obstante, por dar suelta a la lengua y referirles
+las mil iniquidades que la señora de Quiñones
+cometía con la niña recogida. Quedaron
+horrorizadas. Pensaron en dar parte al juzgado,
+pero sobre enemistarse por completo con
+la fiera valenciana (lo que, dicho sea en honor
+suyo, no les preocupaba gran cosa en tales momentos),
+comprendían que sería de escaso o ningún
+resultado. Los Quiñones eran la gente más
+poderosa de la población; D. Pedro, jefe del partido
+gobernante, en la provincia; las autoridades,
+hechura suya o sometidas a su influencia. Todo
+se taparía enseguida y quedaría como antes. Lo
+mejor era dirigirse al conde. Pero éste se hallaba
+a la sazón en la Granja. Además, aunque
+todos, o casi todos, supiesen el secreto de la niña,
+no era posible darse por enterados. Después de
+algunos debates decidieron escribirle la siguiente
+carta, firmada solamente por María Josefa:
+«Sr. Conde de Onís. Mi estimado amigo: Con la
+debida reserva le comunico que la niña recogida
+por nuestros amigos los señores de Quiñones,
+y por quien tanto nos interesamos todos, es objeto
+en aquella casa de crueles tratamientos.
+Creo que tenemos el deber de intervenir para
+que cesen. Usted me dirá lo que debe hacerse y
+que a mí como mujer no se me alcanza. Si quiere
+conocer los pormenores del martirio de la
+criatura diríjase a la criada María que hace algunos
+días dejó de servir en casa de D. Pedro. Suya
+afectísima amiga, <i>María Josefa Hevia</i>.»</p>
+
+<p>Luis arrugó la carta entre sus manos crispadas.
+Toda la sangre se le agolpó a la cara. Sin
+darse cuenta de lo que hacía salió de casa y casi
+a la carrera tomó la carretera de Lancia, llegando
+a ésta en pocos minutos. Aquel vago y terrible
+presentimiento que sentía realizábase al fin.
+Amalia se vengaba ferozmente. El sentido oculto
+de la carta era ése: se dirigían a él como padre
+de Josefina y causa de su desdicha. No sabiendo
+qué partido tomar, fue a su casa para
+reflexionar. Sólo había en ella una criada vieja
+cuidándola. De ésta se valió para averiguar
+dónde estaba María y pasarle un recado a fin
+de que viniese a verle. No se equivocó la planchadora
+sobre el objeto de tal llamamiento. En
+cuanto le fue posible acudió a la cita, y después
+de hacerle prometer que no haría uso de su nombre
+para nada, le dio cuenta circunstanciada de
+los trabajos que estaba pasando la inocente niña.
+Escuchábala pálido, desencajado, sin poder reprimir
+los violentos y frecuentes golpes de su
+corazón. Cuando llegó a narrarle ciertos odiosos
+y terribles pormenores, el conde principió a dar
+vueltas por la estancia como fiera enjaulada, a
+mesarse los cabellos, a arañarse la cara, lanzando
+rugidos de coraje.</p>
+
+<p>Al quedarse solo, mil ideas, todas desatinadas,
+se le atropellaron en la mente. Quería entrar
+a viva fuerza en casa de Quiñones y llevarse
+a su hija; quería retorcer el cuello a aquella
+vil mujer; quería decírselo todo a D. Pedro; quería
+dar parte al juez y meter en un calabozo a la
+infame. Afortunadamente sus accesos eran tan
+violentos como cortos. Vino el abatimiento, el
+llanto. Corrió a casa de su prometida y le contó
+sollozando lo que ocurría; se confesó con ella
+por vez primera. La buena Fernanda unió sus
+lágrimas a las de él, enternecida por la suerte
+de la infeliz criatura y por el dolor de su amado.
+Larguísimo rato pasaron comentando los terribles
+sucesos y buscando medios de conjurar
+aquella ruin venganza. Fernanda logró, al fin,
+persuadirle a que apelara a medios suaves. Pensar
+en conseguir algo por la fuerza era insensato.
+El conde, ni aun confesando su falta, tenía
+derecho alguno sobre la niña. Provocar un
+escándalo era inútil. Acudir a los tribunales, lo
+mismo. Ningún criado se atrevería a declarar
+contra su ama, y las cosas quedarían peor que
+antes. Al fin el conde se decidió a escribir una
+carta a su antigua amante.</p>
+
+<p>«En este momento acaban de decirme que
+nuestra Josefina, nuestra adorada Josefina, está
+padeciendo martirios increíbles de tu mano.
+Creo que es una vil calumnia. Conozco tu genio,
+que es vivo y fogoso, pero noble. No puedo atribuirte
+semejante cobardía. Te escribo solamente
+para cerciorarme de que esta angelical criatura
+sigue siendo el encanto de tu vida. Si no fuese
+así, dímelo y buscaremos un medio de que pase
+a mi poder. Te supongo enterada del paso que
+voy a dar. No quiero decirte nada. Era inevitable
+más tarde o más temprano. De todos modos
+puedes estar segura de que mi remordimiento
+está endulzado por el recuerdo dulcísimo de los
+años que te he amado. Adiós. Escríbeme alguna
+palabra amable.»</p>
+
+
+
+<hr />
+<h3><a name="XIV" id="XIV"></a>XIV</h3>
+
+<p class="cab">La capitulación.</p>
+
+
+<p>Josefina se demacraba. Sus mejillas tenían
+la palidez de la cera. En sus
+ojos, de mirar suave y apacible, se
+notaba constantemente el extravío del terror; en
+torno de ellos el sufrimiento había trazado un
+círculo violáceo. Hablaba muy poco, no reía jamás.
+Cuando la dejaban en paz, sentábase en
+cualquier rincón y permanecía inmóvil mirando
+a un punto fijo, o bien se acercaba al balcón y
+escribía en los cristales con el dedo.</p>
+
+<p>A veces, a despecho de tanto dolor, la naturaleza
+infantil revindicaba sus derechos. Veía al
+gato acercarse lentamente a ella con el rabo derecho,
+el espinazo arqueado, solicitando sus caricias
+con débil ronquido. Dejábase caer en el
+suelo, le llamaba, le traía hacia sí y principiaba
+a pasearle las manos por el lomo, a rascarle
+la cabeza y hacerle cosquillas debajo
+del cuello, murmurándole al mismo tiempo en
+el oído palabras de cariño, un gorjeo mimoso
+que el animal acogía con espasmos de voluptuosidad.
+«Te quiero, te quiero. Tú eres muy bueno.
+¿Verdad que eres bueno? Ya no me arañas
+como antes. ¿A quién quieres más en la casa?
+¿Di, rico? ¿Quién te ha dado una sardina ayer?
+¿Quién te pone el platito con leche todos los
+días? Y si pudiese darte siempre pescado también
+te lo daría, porque sé que es lo que más te
+gusta, ¿verdad, rico mío? Pero no has de robar
+nada; ya sabes que te pegan. No orines más en
+la cama de Manín. Mira que te va a matar; lo
+ha dicho el otro día en la cocina. Y coge muchos
+ratones para que madrina te quiera y no te
+echen de casa.»</p>
+
+<p>El gato, extasiado, susurraba allá en el fondo
+de la garganta mil síes complacientes, y se frotaba
+contra ella cada vez más acaramelado y pegajoso.
+Tendíase la niña boca arriba llevándole
+abrazado, le apretaba contra su pecho, le besaba,
+y a veces, olvidada de sus martirios, derramaba
+lágrimas de ternura. Pero cualquier rumor
+en la habitación contigua le hacía levantarse sobresaltada
+con el espanto en los ojos, arrojaba
+el gato lejos de sí y esperaba inmóvil lo que viniera.
+Casi siempre algún castigo cruel.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pícara, así ensucias los vestidos arrastrándote
+por el suelo! ¡Aguarda aguarda!</p>
+
+<p>Por efecto de los continuos miedos que experimentaba
+contraíase con fuertes movimientos
+irregulares su vejiga y hacía que involuntariamente
+se le escapase en muchas ocasiones la
+orina. Esto era lo que ponía fuera de sí a la irascible
+Concha. Si notaba en el suelo (porque la
+ropa sólo muy rara vez se la veía) signos de
+aquella debilidad, encrespábase como una hiena.</p>
+
+<p>&mdash;¡Gorrina, indecente! Parece mentira que la
+señora mantenga en su casa este bicho asqueroso.
+Si fueses cosa mía, te desollaba viva.</p>
+
+<p>Pero aunque no era cosa suya, procedía como
+si lo fuese: la desollaba a azotes. Una vez su
+furor fue tan grande que, cogiéndola por las
+orejas, le higo lamer el suelo mojado.</p>
+
+<p>La hora más terrible para la criatura era la
+de las lecciones. Amalia se las señalaba por la
+mañana temprano; grandes trozos de la historia
+sagrada y de la gramática. Josefina se retiraba
+a un rincón y hacía esfuerzos desesperados por
+retenerlos en la memoria. Un poco antes de comer,
+Concha, que era la encargada de tomárselas,
+se sentaba en una silla, sacaba la famosa
+ballena y, con ella en una mano y el libro en la
+otra, daba comienzo a sus funciones pedagógicas.
+Cada tropiezo, cada palabra que la niña olvidaba
+costábale un ballenazo en la cara, en el
+cuello o en las manos. Y como su memoria no
+era bastante fuerte, y por otra parte el miedo se
+la obstruía, aquello era un incesante machaqueo.</p>
+
+<p>Aún peor si se las tomaba su madrina. Concha
+era fríamente cruel; no levantaba la mano sino
+cuando cometía la falta, como una máquina de
+castigar. Pero Amalia a los pocos momentos se
+ponía nerviosa, el llanto de la niña excitaba sus
+sentidos, entraba en furor como una pantera hambrienta,
+y concluía por golpear frenéticamente
+hasta que la dejaba trémula y ensangrentada a
+sus pies.</p>
+
+<p>Desde la carta del conde había aumentado, si
+era posible, su odio a la criatura; la trataba aún
+más despiadadamente. Herida en lo más vivo
+de su orgullo por aquella diplomacia fría, protectora,
+insultante que en su sentir respiraban
+las palabras de su antiguo amante, vomitaba la
+rabia de su corazón sobre la hija. Además, la idea
+de que Luis tenía noticia de aquellos martirios,
+y le dolían vivamente era aliciente mayor para
+prodigarlos. ¡Que sufriese ella, que sufriese él,
+el vil, el pérfido, que había gozado de su juventud,
+y cuando la halló vieja la arrojó como un
+trapo sucio a la barredura!</p>
+
+<p>En uno de estos días de profunda y rugiente
+cólera la vida de Josefina corrió inminente peligro.
+A la hora de costumbre fue llamada al comedor
+para dar sus lecciones. Concha se acomodó
+en su silla y con no disimulado regodeo sacó
+del pecho la fatal ballena. Aquel día le pedía el
+cuerpo un razonable desahogo de golpes. La
+niña se acercó a ella temblando como siempre y
+le entregó los libros. Y ya comenzaba a recitar
+con labio balbuciente un capítulo de la historia
+sagrada cuando vino a interrumpirlas Manín.
+Entró con su eterna chaqueta verde, calzones
+cortos, su gran calañés mugriento, haciendo
+temblar el piso con los zapatones claveteados.
+A esta indumentaria, arcaica ya en la provincia,
+debía gran parte de su notoriedad y la fama de
+terrible cazador de osos que había tenido. Entró
+con la cabeza gacha como siempre y, espatarrándose
+bajo el dintel de la puerta, preguntó:</p>
+
+<p>&mdash;Concha, ¿no habrá <i>de qué</i>, que comer, por
+ahí?</p>
+
+<p>&mdash;¿Tanto te aprieta la <i>gazuza</i>, Manín?&mdash;respondió
+la costurera riendo.</p>
+
+<p>El aldeano abrió desmesuradamente la boca
+para reír también.</p>
+
+<p>&mdash;Así Dios me salve, no puedo aguantar un
+menuto más. Toos parecéis frailes descalzos en
+esta casa; no vos entra la gana más que cuando
+suena la hora.</p>
+
+<p>&mdash;Voy, voy allá, grandísimo tragón, roedor&mdash;dijo
+Concha posando sobre la silla el libro y la
+ballena y dirgiéndose con paso petulante hacia el
+aparador.</p>
+
+<p>Se entendían admirablemente. La costurera
+era arisca, cruel, intratable; pero el mayordomo
+sabía recabar de ella las pocas migajas de buen
+humor que tenía en el cuerpo. La requebraba
+brutalmente, la pellizcaba al pasar, le decía mil
+groseras desvergüenzas para que las comprendiera
+al revés. Y la microscópica doncella, que
+no era gentil ni bonita y en quien las asperezas
+del carácter habían sofocado todo germen de
+coquetería, trasformándola en sacerdotisa del
+dolor, en una euménida fatal y despiadada,
+se dejaba festejar complacientemente por aquel
+bruto. Le hacía gracia su osadía, su rudeza, su
+glotonería y el modo insolente y despreocupado
+que tenía de tratar a todo el mundo, incluso
+al alto y poderoso señor de Quiñones. Manín era
+un solemnísimo bellaco. Con aquella grosería
+soez, el porte de atrevido cazador de fieras y
+su estrafalario arreo había sabido vivir muy regaladamente
+en este mundo, sin encallecer las
+manos, ni quebrarse los lomos allá en su aldea
+con las faenas de la labranza.</p>
+
+<p>Sacó la costurera un plato de carne fiambre y
+lo puso sobre el hule de la mesa, sin servilleta ni
+cosa que lo valga; después cortó a la mitad un
+pan y lo dejó, con la imprescindible botella de
+vino blanco y el vaso, al lado de la carne. El cazador
+de osos comenzó a devorar. Concha sentose
+de nuevo, y la niña, acercándose, repitió
+las palabras que ya había pronunciado. A los
+pocos momentos ¡zas! un ballenazo y un grito
+de dolor. Inmediatamente otro golpe y otro grito.
+Y así sucesivamente. La costurera estaba encantada
+al notar que la chiquilla tropezaba más
+que otras veces. Manín engullía en silencio, volviendo
+sólo de vez en cuando los ojos con marcada
+indiferencia hacia aquella triste escena. Al
+poco tiempo, como por máquina, principió a
+murmurar a cada golpe: «¡Dale! ¡Atiza! ¡Buena
+fue ésa! ¡Vaya una mano!...» y otras semejantes
+exclamaciones.</p>
+
+<p>Terminó la lección de historia sagrada. Antes
+de tomar la de gramática hubo un respiro. La
+costurera se puso a bromear alegremente con el
+mayordomo. Estaba de un humor angelical.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué tal la carne?</p>
+
+<p>&mdash;Rica, ¡rica de verdad!</p>
+
+<p>&mdash;Lo peor es que te va a quitar el apetito para
+la hora de comer.</p>
+
+<p>Retembló la estancia con la risotada del
+gañán.</p>
+
+<p>&mdash;¡Eso sí! ¡A mí cualquier cosa me quita la
+gana! Vas a tener que meterme un hierro caliente
+en el agua como a la señora.</p>
+
+<p>&mdash;Por la panza te lo había de meter, gran
+puerco.</p>
+
+<p>&mdash;Mira, Concha, no me busques las cosquillas,
+porque aunque eres una mocita de sandunga y
+tienes los ojos muy picarones, y la boca como
+una cereza, un día te encuentras, sin saber por
+dónde vino, con un revés que te arrancará de
+cuajo esa carrerita de perlas que me estás enseñando.</p>
+
+<p>&mdash;¡Calla, calla, viejote, zapalastrón! ¡Bueno
+estás ya para reveses! ¡Si no puedes con los calzones!
+¡Si estás descuajaringado!</p>
+
+<p>&mdash;Eso no lo dices tú con el corazón; por eso
+se te estima. Bien sabes que hay aquí dentro
+mucha entraña todavía (y se daba rudos puñetazos
+en el pecho). ¡Si te cogiera en un maizal!</p>
+
+<p>&mdash;¡Como si me cogieras en la plaza del mercado!
+Na. Ya no tienes más que quijadas y palique.</p>
+
+<p>&mdash;Y manos para apalpar la gracia de Dios&mdash;repuso
+el bárbaro tomando con su manaza velluda
+la barba de la costurera.</p>
+
+<p>&mdash;¡Quita, quita! ¡Gorrinazo!</p>
+
+<p>Y le pegó con la ballena un golpecito en los
+dedos. Volvió el gandulote a embestirla y ella a
+defenderse de la misma manera. Trató de agarrarla
+por la cintura. La doncella se levantó y
+corrió por la estancia, haciéndose la enojada.</p>
+
+<p>&mdash;¡No me toques, Manín! Mira que llamo a la
+señora.</p>
+
+<p>Pero él no hacía caso. La perseguía lanzando
+gruñidos y risotadas; abrazábala aquí, soltábala
+allá, recibiendo en sus carrillos, ásperos y duros
+como la piel de un elefante, las bofetadas de
+la doméstica, sin manifestar sentirlas. Crujían
+los muebles, retemblaba el piso, campanilleaba
+la vajilla de los aparadores. Y él sin cejar. Cada
+vez más falso y zalamerón. Sabía el pícaro que
+aquella mujerzuela irascible y endemoniada tenía
+despierta la vanidad, como todos los seres humanos,
+y que era de capital interés para su panza
+tenerla contenta. Por último, lanzando un verdadero
+mugido de buey, consiguió agarrarla por
+la cintura y alzarla en vilo. Mantúvola en alto
+sin esfuerzo alguno, como si fuera un chiquito
+de tres años.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y ahora? ¿Qué dices ahora, Zapaquilda?
+¿Dónde están esos hígados? ¿Dónde esas manos?
+Anda, bruja, pide perdón; si no, te dejo caer
+como una rana&mdash;bramaba el cazurrón, zarandeándola
+en el aire.</p>
+
+<p>&mdash;¡Déjame, Manín! ¡Déjame, burro! ¡Habrá
+cochinazo! ¡Mira que grito!</p>
+
+<p>Al fin la puso delicadamente en el suelo. La
+doncella, jadeante, desgreñada, frunciendo mucho
+las cejas para aparecer más enfadada, decía
+con voz anhelante:</p>
+
+<p>&mdash;No tienes vergüenza, Manín. Si no fuera
+mirando a la casa donde estamos, te tiraba este
+quinqué a las narices y te las rompía, por bruto
+y por insolentón. A lo mejor están los criados
+oyendo todo esto, y ¿qué dirán? ¡Quita, quita
+allá! No me vuelvas a decir palabra, porque no
+te contesto.</p>
+
+<p>&mdash;¡Eso! Grita ahora, fachendosa, después que
+te hice ver a Dios&mdash;roncaba Manín con sorna,
+mirándola de reojo y sobándose la barba.</p>
+
+<p>&mdash;¡Si no te quitas de mi vista, baldragote!...&mdash;exclamaba
+la diminuta criada, pasándole a su
+despecho relámpagos de risa por los ojos.</p>
+
+<p>Manín se sentó de nuevo para engullir el pan
+que quedaba y beber otro vaso de lo blanco. Josefina
+mientras tanto sollozaba en un rincón, llevándose
+las manos heridas a la boca, palpándose
+las mejillas acardenaladas por los ballenatos.
+Manín se dignó echar hacia ella una mirada.</p>
+
+<p>&mdash;No llores, tontina, que el dolor de los zurriagazos
+pasará y la ciencia te quedará en la
+mollera para siempre&mdash;dijo cortando con su navaja
+un pedazo del pan y metiéndolo en la boca.&mdash;Si
+quieres saber mi dictamen, cuanto más te
+peguen más contenta debes de estar. ¿Qué serías
+tú si Concha no tuviese la misericordia de
+castigarte duro? Una chafandina que no valdría
+un celemín de bellotas, una bestia, salva sea la
+comparanza. Y ahora ¿qué serás? Una mujer pa
+too lo que se la pida. (Pausa mientras se corta
+otro pedazo de pan y lo muele, levantando un
+bulto como el puño en el carrillo derecho)...
+Anda, que si yo hubiera tenido como tú maestros
+que me alzasen el pellejo a correazos, no sería
+un burro, no me llamarían Manín, sino don
+Manuel, y en vez de ser un mísero súdito, andaría
+por ahí dándome importancia, paseando
+por Altavilla con las manos atrás como los señores
+y leyendo las gacetas en el casino. (Otra
+pausa y otra amputación del zoquete)... Ponte
+en lo justo si tienes caletre para ello. ¿Cómo
+quieres aprender esas cosas tan enrevesadas sin
+algunos lampreazos? ¿Quién aprendió <i>daqué</i> nunca
+sin azotes? Nadie. ¡Pues entonces! Si tuvieras
+conocimiento, criatura, darías gracias a Dios
+por haberte puesto una maestra que es como una
+gloria. Para too sirve la endina, para too tiene
+las manos finas y los pies listos, ¿verdá, tú?</p>
+
+<p>Concha se había puesto grave otra vez, sentándose
+y haciendo un gesto imperioso a la niña
+para que se acercase. Tocábale el turno a la
+gramática. Aquí andaba peor todavía que en la
+historia, séase por la falta de memoria o porque
+el miedo la turbase. Comenzó el vapuleo: un ballenazo
+ahora y otro después y otro y otro. Manín,
+fiel a sus convicciones pedagógicas, aplaudía
+con la boca llena, cortando grave, esmeradamente,
+en figuras geométricas los pedazos del
+pan antes de conducirlos con toda solemnidad a
+los labios. Las faltas fueron muchas; los golpes
+fueron otros tantos. Pero al terminar la lección,
+Concha consideró que a más del castigo correspondiente
+a cada falta, teniendo en cuenta lo
+mal que la niña lo había hecho, convenía terminar
+con un vapuleo general que las comprendiese
+todas. La alzó de la silla y, blandiendo la
+formidable ballena, exclamó:</p>
+
+<p>&mdash;Ahora, para que estudies mejor y se te despierten
+los sentidos, ¡toma!</p>
+
+<p>Tantos y tan recios fueron los golpes, que la
+criatura, tratando de huir aquel martirio, se
+agarró con las manos crispadas a las sayas de
+su verdugo. Sin saber cómo, tal vez por haberse
+colgado inconscientemente a ellas, la cinta que
+las sujetaba se rompió y vinieron al suelo, dejando
+a la costurera solamente con la camisa.
+Dio un grito de vergüenza y se apresuró a levantarlas.
+Pero sin pararse a atar otra vez la cinta,
+echando una mirada de profundo rencor a la
+chica, salió de la estancia sujetándolas con las
+manos.</p>
+
+<p>&mdash;¡Buena la has hecho, buena, buena, buena!&mdash;exclamó
+Manín, tallando con primor el bocado
+que iba a llevar a la boca.</p>
+
+<p>La criatura, paralizada de terror, no lloraba.
+No le dolían siquiera las heridas. Al cabo de
+pocos momentos se presentó de nuevo Concha
+acompañada de la señora. Ésta venía sonriendo
+sarcásticamente.</p>
+
+<p>&mdash;Por lo visto, a la señorita le gusta ahora
+desnudar a las doncellas delante de los hombres.
+Estará usted contenta, señorita, ¿no es cierto?
+Manín habrá visto bien por todos lados a Concha.
+¿Verdad, Manín, que la has visto cómodamente?</p>
+
+<p>Avanzó unos pasos. La niña retrocedió asustada.</p>
+
+<p>&mdash;No tenga miedo, señorita. Tranquilícese usted,
+señorita. Yo no vengo aquí a azotarla. Eso
+de los azotes es muy antiguo. ¡Quién se acuerda
+ya de azotes! Sólo vengo a invitar a usted para
+que dé una vuelta por la cueva... la cueva de los
+ratones... ya sabe usted. Allí se puede entretener
+en desnudar alguna rata de las muchas que vendrán
+a visitarla... Vamos, deme usted la mano
+para que la conduzca con toda ceremonia.</p>
+
+<p>La niña fue a ponerse detrás de una silla; desde
+allí, perseguida por Amalia y por Concha, corrió
+alrededor de la mesa; por último, se refugió
+detrás del mayordomo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Manín! ¡Manín, por Dios me escondas!</p>
+
+<p>Pero éste la sujetó por un brazo y la entregó
+a la señora. Tomáronla cada una por una mano
+y la arrastraron, apesar de sus gritos penetrantes.</p>
+
+<p>&mdash;¡A la cueva no! ¡A la cueva no! ¡Madrina,
+perdón! Mátame primero. ¡Mira que tengo mucho
+miedo! ¡A la cueva no, que me comen los
+ratones!</p>
+
+<p>Los criados salieron al pasillo y presenciaban
+mudos y graves aquella escena. Los gritos de la
+niña se fueron perdiendo en la oscura y tortuosa
+escalera que conducía al sótano.</p>
+
+<p>Amalia abrió la puerta de la terrible cueva y
+empujó a su hija hacia el interior. Cerró con furia;
+pero la niña había corrido hacia la salida, y
+la puerta le cogió la mano. Oyose un grito desgarrador.
+La valenciana abrió otra vez la puerta,
+dio un fuerte empujón a la criatura que la
+hizo caer al suelo, y echó la llave.</p>
+
+<p>La cueva era un calabozo húmedo y negro
+donde sólo penetraban algunos tenues rayos de
+luz por un ojo de buey abierto en lo alto. Sirvió
+en otro tiempo para bodega de vinos. Ahora no
+había allí más que botellas vacías.</p>
+
+<p>La niña apenas quedó sola se incorporó, miró
+a todos lados loca de terror, quiso gritar y la
+voz se le anudó en la garganta; por último, extendiendo
+las manos, acometida de un fuerte
+temblor, cayó desvanecida.</p>
+
+<p>Al cabo de media hora el mozo de cuadra, que
+había presenciado el encierro, movido de compasión,
+acercose a la puerta y miró por el ojo de
+la cerradura. Nada pudo ver. Llamó muy quedo.</p>
+
+<p>&mdash;Josefina.</p>
+
+<p>La chica no respondió. Llamó más fuerte. El
+mismo silencio. Asustado, gritó y golpeó en la
+puerta con todas sus fuerzas sin obtener contestación.
+Entonces apresurose a subir para dar
+parte de lo que pasaba, a riesgo de perder su
+empleo. Amalia mandó a Concha con la llave
+para ver lo que ocurría. Entre ella y Paula subieron
+a la criatura privada de sentido, fría y rígida,
+con los caracteres de la muerte impresos
+en el rostro. Temerosa de las complicaciones
+que con esto pudieran sobrevenir, la esposa del
+maestrante se apresuró a meterla en la cama.
+Tardó poco la pequeña en volver en sí, pero inmediatamente
+se declaró una fuerte calentura.
+Llamose al médico. Encontrola bastante mal.
+Para explicar la herida de la mano y los cardenales
+que presentaba, Amalia, fértil en mentiras,
+inventó una historia que el doctor creyó o fingió
+creer.</p>
+
+<p>Estuvo entre la vida y la muerte algunos días.
+Amalia seguía con ojos inquietos el curso de la
+enfermedad. No le dolía la pérdida de aquel ser
+sobre el cual había vertido las hieles amargas
+de su corazón; pero le agitaba la idea de perder
+de una vez su venganza. Justamente al tercer
+día de hallarse en cama Josefina, tuvo noticia
+de que en la noche anterior había salido Fernanda
+en la silla de posta para Madrid, y que
+Luis sólo tardaría cuatro o cinco días en reunirse
+con ella. Experimentó violenta sacudida.
+Una ola hirviente de bilis inundó su pecho.
+Aquella noche tuvo fiebre también. ¡Se le escapaban!
+No había posible venganza para aquel
+traidor. Iría a Madrid, se casaría; tal vez allí
+recibiría la noticia de la muerte de su hija; lloraría
+un poco; al cabo las caricias de su adorada
+esposa se la harían olvidar. De aquellos amores
+tan largos, tan vivos, no quedaría más que
+un hombre paseando su dicha por Europa, y en
+Lancia una pobre mujer vieja y triste sirviendo
+de befa a los corrillos de Altavilla. Sus carnes
+fláccidas temblaron. Los instintos vengativos de
+su raza gritaron furiosos, avasalladores. ¡No, no
+podía ser! Antes arrojarle su hija muerta a los
+pies, antes clavarle un puñal en el corazón.</p>
+
+<p>Ocurriosele una idea singular y terrible: contárselo
+todo a su marido. Ignoraba lo que esto
+daría de sí, pero por lo pronto provocaría un escándalo.
+D. Pedro era violento, gozaba de gran
+poder y prestigio. ¿Quién sabe el destrozo que
+la bomba podía causar? Cierto que estaba paralítico
+y no podía tomar venganza por su mano;
+pero ¿no se le ocurrirían a aquel hombre tan altivo
+y puntilloso medios de volver el mal que le
+causaran? Ella caería entre las ruinas, pero caería
+con gusto si el traidor pagaba de algún modo
+su perfidia.</p>
+
+<p>Después de mucho batallar con este pensamiento,
+no arriesgándose a hacer la confesión
+de palabra ni a escribirla bajo su firma, remitió
+a D. Pedro, disfrazando la letra, una carta anónima.
+«La niña que usted ha recogido hace seis
+años es hija de su esposa y de un caballero que
+frecuenta su casa y a quien usted llama su amigo.
+No le digo a usted el nombre. Busque usted
+y no tardará en hallar al traidor.&mdash;<i>Un amigo
+leal.</i>» Echola al correo y esperó con ansia el
+efecto que producía.</p>
+
+<p>D. Pedro la recibió delante de ella y la leyó.
+Su rostro se contrajo fuertemente y se cubrió de
+palidez cadavérica.</p>
+
+<p>&mdash;¿Quién te escribe?&mdash;preguntó ella con naturalidad.</p>
+
+<p>El maestrante se repuso inmediatamente y,
+doblando la carta y guardándola, respondió haciendo
+esfuerzos por asegurar su voz, que temblaba:</p>
+
+<p>&mdash;Nada, un recomendado mío que se queja de
+que le han dejado cesante... ¡Ese gobernador!
+No tiene memoria ni formalidad ninguna.</p>
+
+<p>Inquieta ya y esperando con ansia los acontecimientos
+se retiró a su gabinete. Por la tarde
+llegó Jacoba con misterio y le entregó un billete
+de parte del conde.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué quiere de mí ese hombre?&mdash;preguntó
+sorprendida y en tono despreciativo.</p>
+
+<p>&mdash;No lo sé, señorita. Escribió la carta en mi
+casa y allí espera contestación.</p>
+
+<p>El billete del conde decía:</p>
+
+<p>«Amalia, sé que nuestra hija se halla en peligro
+de muerte. Por lo que más quieras en este
+mundo, por la salvación de tu alma, concédeme
+una entrevista. Necesito hablarte. Si esta tarde
+ya no puede ser, ven mañana por la mañana a
+casa de Jacoba.&mdash;Tuyo, <i>Luis</i>.»</p>
+
+<p>&mdash;¡Tuyo! ¡tuyo!&mdash;murmuró con amarga sonrisa.&mdash;Has
+sido mío, sí, pero has cambiado de
+dueño. Te costará caro.</p>
+
+<p>&mdash;¿Llevo contestación, señorita?</p>
+
+<p>Quedó pensativa unos momentos; dio algunas
+vueltas por la estancia, completamente abstraída;
+se acercó al balcón y miró por los cristales.
+Al fin dijo, volviéndose a medias y con
+gran sequedad:</p>
+
+<p>&mdash;Bueno, iré mañana a la hora de misa.</p>
+
+<p>&mdash;Me ha preguntado con grandísimo interés
+por la niña.</p>
+
+<p>&mdash;Dile que sigue lo mismo.</p>
+
+<p>Marchose la entremetida, y ella permaneció
+largo rato mirando a la calle, al través de los
+cristales, sin verla.</p>
+
+<p>Desde las siete de la mañana del día siguiente
+estaba Luis aguardándola en la casucha de Jacoba.
+No había allí más que una cocina en la planta
+baja y una salita arriba con alcoba, tan bajas de
+techo que el conde con sombrero tocaba en el
+cielo raso. En esta salita daba paseos furiosos
+con las manos en los bolsillos, mirando con precaución
+a cada momento por los visillos de la
+única ventana que tenía. Hasta las nueve no acudió
+la dama. La vio llegar con la mantilla echada
+por los ojos, el devocionario en la mano y el
+rosario colgado de la muñeca, con el paso firme
+y sosegado, como si viniese a dar algunos encargos
+a su antigua protegida. Cuando oyó su
+voz en la cocina, le dio un vuelco el corazón, se
+puso a temblar como un azogado y se le borraron
+por completo las palabras que tenía preparadas.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo está usted, conde?&mdash;dijo ella con
+gran naturalidad al entrar, tendiéndole una
+mano.</p>
+
+<p>&mdash;Bien, ¿y tú?</p>
+
+<p>Levantó la cabeza como sorprendida de oírse
+tutear y respondió mirándole fijamente:</p>
+
+<p>&mdash;Perfectamente.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y la niña?</p>
+
+<p>&mdash;Algo mejor.</p>
+
+<p>Despejose al oír esto la fisonomía del caballero.
+Brilló un rayo de alegría en sus ojos y dijo
+tomando de la mano a su ex-querida y atrayéndola
+hacia el pobre sofá de paja que allí había.</p>
+
+<p>&mdash;Sentémonos, Amalia. Aunque sea un atrevimiento
+por mi parte, te ruego que me permitas
+seguir tuteándote cuando estemos solos... Yo no
+olvido, no podré olvidar jamás cuántas horas de
+dicha te debo, cuánta felicidad has vertido en
+mi vida triste y monótona. Tú me has revelado
+lo más dulce y más íntimo que existía en mi corazón
+sin que yo lo sospechase siquiera. Para tí
+han sido los primeros impulsos de mi alma. Sólo
+tú has penetrado hasta ahora en ella, la has sondeado
+y conoces sus melancolías, sus flaquezas,
+y sus ternura. Si me separo de ti, si digo adiós
+a nuestro amor, no creas que es porque he dejado
+de estimarlo: obedezco solamente a una ley
+de la naturaleza que nos empuja a todos a crear
+una familia. No tengo en el mundo más que a mi
+madre, una pobre anciana que muy pronto me
+dejará solo... No debe parecerte mal que quiera
+formar un hogar y poseer un heredero de mi nombre
+y mis títulos... Además, el grito de la conciencia
+me perseguía...</p>
+
+<p>El conde, regocijado con la mejoría de la niña,
+se mostraba expansivo y más locuaz que de costumbre,
+sin poder ocultar la felicidad que le embargaba,
+pensando que todo estaba arreglado a
+medida de sus deseos. Josefina dichosa al lado
+de su madre; él dichoso al lado de Fernanda;
+Amalia resignada y tributándole siempre un cariño
+dulce y cada día más acendrado.</p>
+
+<p>Ésta le miraba con cierta curiosidad burlona.
+Cuando terminó, dijo sonriendo benévolamente:</p>
+
+<p>&mdash;Sobre todo desde la noche en que viste a
+Fernanda con aquel precioso vestido descotado,
+ese grito debió de hacerse insoportable.</p>
+
+<p>El conde sonrió también, avergonzado.</p>
+
+<p>&mdash;No lo creas, Amalia; siempre he sentido remordimientos.
+Claro está que al hacerse uno
+viejo ve las cosas con más claridad. Mi barba ya
+blanquea por varios sitios, como estás observando.
+Lo que en un joven puede disculparse como locura,
+como expansión irremediable del fuego que
+corre por las venas, en un viejo se llama crimen.
+El amor, a la edad en que yo estoy, no debe tapar
+con sus alas la luz de la razón, y si la tapa
+merezco el calificativo de insensato. Mi resolución
+podrá sernos amarga a los dos. A mí me
+lo es mucho; me cuesta trabajo desprenderme
+de una pasión que a fuerza de tiempo casi se ha
+convertido en costumbre. Existe, además, por
+desgracia, entre los dos un lazo imposible de
+romper por completo. El Destino ha hecho nacer
+del fango de nuestro pecado una flor hermosa,
+una cándida azucena. Apartemos el crimen
+de su frente: ya que ha sido engendrada por un
+amor ilegítimo, no la manchemos con nuestra
+conducta vituperable. Hagámonos dignos de ella
+viviendo como cristianos.</p>
+
+<p>&mdash;Está muy bien todo eso. Sólo siento que ese
+curso de doctrina cristiana haya venido tan tarde
+y haya coincidido con la llegada a esta población
+de tu antigua novia. Porque parece así como
+si tuvieras olvidado por completo el catecismo, y
+ella viniese a refrescarte la memoria. Pero, en fin,
+en eso no debo meterme porque no me concierne.
+El resultado es que te casas. Haces bien. El
+hombre está mal solo, y cuando halla una compañera
+digna, como tú has hallado, no debe perder
+la ocasión. Fernanda es una buena muchacha;
+segura estoy de que te hará feliz. Tendréis
+muchos hijos y, después de una vida larga y dichosa,
+iréis al cielo.</p>
+
+<p>Sorprendiole a Luis aquella resignación y no
+pudo menos de sentir alguna inquietud.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y tú serás también feliz?&mdash;le preguntó tímidamente.</p>
+
+<p>&mdash;¿Yo?... ¡Qué importa que yo sea feliz o desgraciada!&mdash;dijo
+alzando los hombros con ademán
+desdeñoso.</p>
+
+<p>&mdash;¡No digas eso, Amalia! La felicidad no es la
+locura a que nos entregamos durante siete años.
+Había un dejo amargo en ella que yo percibía
+hace tiempo, y que tú no tardarías en percibir.
+Una vida pura y digna, la tranquilidad de la
+conciencia, la estimación de las personas honradas
+te darán más contento que la pasión culpable...
+Además, tienes lo que yo no tengo... tienes
+a tu lado un ángel, un lirio tierno y fragante
+que embalsamará tu existencia.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah, sí, Josefina!... Efectivamente, ella
+será la que me ha de proporcionar los únicos
+buenos ratos que pasaré en adelante.</p>
+
+<p>Lo dijo con una inflexión de voz tan extraña, tan
+aguda y estridente, que Luis sintió un escalofrío.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué quieres decir con eso?</p>
+
+<p>&mdash;Lo que he dicho; que por fortuna tengo a
+Josefina para resarcirme.</p>
+
+<p>&mdash;¡Es que lo dices de un modo tan raro!</p>
+
+<p>La valenciana dejó escapar una risita singular
+que salía allá del fondo de la garganta y sonaba
+de modo siniestro. Luis la miraba fijamente,
+cada vez más inquieto.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pero qué tonto eres, Luis! ¡pero qué retontísimo!
+El egoísmo ha puesto tales cataratas en
+tus ojos que no ves ni lo que tienes delante. Si
+tuvieses veinte años, esa inocencia podría quizás
+inspirarme lástima; a tu edad no me inspira más
+que risa y desprecio. Pensar en que cuatro palabrillas
+insolentes sobre la moral y la conciencia
+bastarían a obligarme a aceptar satisfecha la
+humillación que me impones; suponer que yo, a
+quien si no conoces debieras conocer, voy a consentir
+que me arrojes como un trapo sucio, que
+me arrastres como una cautiva enamorada a los
+pies de Fernanda para que le sirva de almohadón
+cuando suba a tu lecho, es el colmo de la
+estupidez y la fanfarronería. ¿Por qué no me pides
+también que sea tu madrina de boda?</p>
+
+<p>El conde la contemplaba con los ojos dilatados,
+expresando la ansiedad y el espanto.</p>
+
+<p>&mdash;De modo que lo que me han dicho de los
+martirios que haces pasar a nuestra hija ¿es
+cierto?</p>
+
+<p>&mdash;¡Y tan exacto! Y aún no los sabes por completo...
+Mira, voy a referírtelos todos para que
+no te llames a engaño...</p>
+
+<p>Y con palabra breve, incisiva, con una cruel
+satisfacción que se le traslucía en la voz, puso
+delante de su vista el cuadro espantoso de las
+miserias y dolores que la desgraciada criatura
+había padecido en los últimos meses. Aquel
+cuadro era infinitamente más aterrador que el
+que le había exhibido María la planchadora. El
+conde, pálido, desencajado, sin hacer el más leve
+movimiento, parecía la estatua de la desesperación.
+Al poco rato se tapó la cara con las manos
+y así escuchó hasta el fin.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh, qué infame! ¡oh, qué infame!&mdash;murmuró
+sordamente.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, muy infame, pero aún espero serlo más.
+¿Has oído todas estas infamias? Pues no son
+nada en comparación con las que haré.</p>
+
+<p>&mdash;¡No las harás tal, malvada!&mdash;profirió Luis
+levantándose y abalanzándose a ella.&mdash;Antes te
+ahogaré con mis manos.</p>
+
+<p>La valenciana se escapó hacia la puerta.</p>
+
+<p>&mdash;¡Si das un paso más, grito!</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh, infame, infame!&mdash;volvió a exclamar
+con voz profunda el conde.&mdash;¡Y Dios consiente
+sobre la tierra estos monstruos!</p>
+
+<p>Dio unos pasos atrás y se dejó caer nuevamente
+sobre el sofá. Apoyó los codos sobre las
+rodillas y metió la cabeza entre las manos. Al
+cabo de largo silencio la levantó diciendo:</p>
+
+<p>&mdash;Bueno, ¿y qué exiges de mí?</p>
+
+<p>Amalia dio un paso para acercarse.</p>
+
+<p>&mdash;Lo que ya debes de suponer, si es que te
+queda un poco de sentido común. No exijo que
+nuestras relaciones continúen, porque a los términos
+a que hemos llegado no es posible: sería
+tanto como mendigar tu amor, y tengo demasiado
+orgullo para ello. Pero no quiero que ni
+tú ni esa mujer os quedéis riendo de mí; no
+quiero servir de befa a los que conocen nuestras
+relaciones, que son todos los que frecuentan la
+casa. Exijo, pues, como condición para que la
+niña vuelva a ser lo que era que rompas inmediatamente
+con Fernanda y no te acuerdes más
+de ella.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pero Amalia!&mdash;exclamó con acento dolorido.&mdash;Bien
+comprendes que es imposible. Mi
+boda está concertada; lo sabe ya todo Lancia:
+Fernanda me espera en Madrid; faltan muy pocos
+días...</p>
+
+<p>&mdash;Aunque faltase un minuto. Esa boda no se
+celebrará. Si te casas con Fernanda, tu hija pagará
+el agravio en la forma que ya sabes.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh! Yo lo impediré. Daré parte a la autoridad.
+Pediré el depósito de la niña.</p>
+
+<p>&mdash;Eso es hablar por hablar, Luis&mdash;replicó
+con calma y sonriendo Amalia.&mdash;Las autoridades
+de Lancia son hechura de Quiñones. Nadie
+osará declarar una palabra contra mí.</p>
+
+<p>&mdash;Se lo referiré todo a D. Pedro.</p>
+
+<p>&mdash;No te creerá; y si te creyese, ¿qué adelantarías?
+En vez de impedir mi venganza, como
+es la suya también, me ayudará.</p>
+
+<p>Hubo un largo silencio. El conde meditaba
+con la frente apoyada en la mano. De pronto se
+alzó violentamente y se puso a dar agitados paseos
+murmurando:</p>
+
+<p>&mdash;¡No puede ser! ¡no puede ser!</p>
+
+<p>La valenciana le seguía con la vista. Al cabo,
+dijo dando un paso hacia la puerta:</p>
+
+<p>&mdash;Adiós.</p>
+
+<p>El conde la detuvo con un gesto.</p>
+
+<p>&mdash;Espera.</p>
+
+<p>Amalia permaneció inmóvil, con la mano en
+el marco de la puerta, clavándole una mirada
+penetrante.</p>
+
+<p>El conde siguió paseando todavía algunos momentos
+sin hacer caso de ella.</p>
+
+<p>&mdash;Está bien&mdash;dijo con voz enronquecida, parándose;&mdash;no
+se efectuará el matrimonio. Tú me
+dirás lo que debo hacer.</p>
+
+<p>Su rostro demudado revelaba la calma de la
+desesperación.</p>
+
+<p>&mdash;Es necesario que escribas una carta a Fernanda
+despidiéndote.</p>
+
+<p>&mdash;La escribiré.</p>
+
+<p>&mdash;Ahora mismo.</p>
+
+<p>&mdash;Ahora mismo.</p>
+
+<p>Amalia se asomó a la escalera y pidió a Jacoba
+recado de escribir. Como no había allí mesa,
+lo puso sobre la cómoda. El conde se acercó y
+se dispuso a escribir de pie. Amalia también se
+acercó.</p>
+
+<p>&mdash;Es esto lo que quiero que le escribas&mdash;dijo
+presentándole un papel.</p>
+
+<p>Era el borrador de la carta. El conde pasó la
+vista por él.</p>
+
+<p>«Mi buena amiga Fernanda:&mdash;decía&mdash;He querido
+que te fueses para decirte por escrito lo que
+de palabra sería superior a mis fuerzas. No puedo
+ser tuyo. No necesito explicarte las razones
+porque tú las adivinarás. Quisiera amarte bastante
+para sobreponerme a todo y huir contigo.
+Por desgracia o por fortuna, hay cosas que pesan
+en mi corazón más que tu amor. Perdóname
+el haberte engañado y procura ser feliz, como
+lo desea tu mejor amigo&mdash;<i>Luis</i>.»</p>
+
+<p>Trazó los renglones de esta carta con mano
+trémula. Antes de terminar, algunas lágrimas
+asomaron a sus ojos.</p>
+
+
+
+<hr />
+<h3><a name="XV" id="XV"></a>XV</h3>
+
+<p class="cab">Josefina duerme.</p>
+
+
+<p>El noble maestrante fácilmente dio con
+el autor de su deshonra. Así que leyó
+el anónimo y se recobró del susto, sus
+sospechas fueron a parar al conde de Onís.
+No otra cosa le empujó a ello que el parecido,
+que ahora advertía claramente, entre éste y la
+niña recogida. Por lo demás, o porque su excesivo
+orgullo le vendase los ojos, o porque Amalia
+había sabido tenerle engañado, jamás advirtió
+entre ellos más que una fría y ceremoniosa
+amistad que nada tenía de ofensiva. El mismo
+orgullo detuvo el curso de sus pensamientos
+amargos con esta consideración: ¿Por qué dar
+asenso a lo que el anónimo decía? ¿Por qué no
+suponer que se trataba de una vil calumnia con
+que algún enemigo quería envenenar su existencia?
+Mas el dardo había entrado tan profundamente
+en su corazón que no podía arrancárselo.
+Todas las consideraciones que su deseo
+le sugería no bastaban a destruir la gran certidumbre
+que, sin saber cómo, se le había colado
+de rondón en el cerebro. Algunos pormenores,
+que habían pasado para él inadvertidos, adquirieron
+de pronto alto relieve, se alzaron como
+antorchas encendidas para guiarle. El principal
+de todos era, como es natural, la enfermedad de
+su esposa coincidiendo con la aparición de la
+niña. Recordaba la extraña tenacidad con que se
+opuso a que subiese médico alguno a verla; luego
+el mimo, los cuidados exquisitos que se prodigaron
+a la criatura. Acudieron también a su memoria
+aquellas visitas que en otro tiempo hizo
+su esposa a la Granja con pretexto de escoger
+algunas plantas. Ninguna circunstancia quedó,
+referente a la amistad del conde y al hallazgo de
+la niña, que no revolviese y pesase en su pensamiento.</p>
+
+<p>Tornose silencioso y meditabundo. La mirada
+dura de sus ojos hundidos se posaba con insistencia
+en Amalia siempre que ésta entraba en
+su habitación. En diferentes ocasiones se hizo
+traer la niña con cualquier pretexto y la contempló
+largamente, tratando de descifrar en los rasgos
+de su fisonomía el enigma de su existencia.
+Amalia observaba todo esto, y leía tan perfectamente
+en el cerebro de su esposo como en un
+libro abierto.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cuándo se casa Luis?&mdash;le preguntó un día
+en tono afectadamente distraído el maestrante.</p>
+
+<p>&mdash;Dicen que aún tardará algún tiempo. Necesita
+arreglar no sé qué asuntos antes de irse a
+Madrid&mdash;respondió con la mayor tranquilidad.</p>
+
+<p>&mdash;¿Continúa en la Granja?</p>
+
+<p>&mdash;Siempre. No viene más que alguna que otra
+vez por la tarde, según me ha dicho un día que
+le hallé en la tienda de Barrosa.</p>
+
+<p>Justamente a la noche siguiente apareció en
+la tertulia el conde.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo? ¿Usted por aquí? ¿Ha regresado ya
+de la Granja?&mdash;le preguntó D. Pedro, clavándole
+una mirada penetrante.</p>
+
+<p>&mdash;Definitivamente, no. Tengo el coche abajo,
+y me vuelvo a dormir.</p>
+
+<p>&mdash;Se aburre usted allí, ¿verdad?&mdash;le preguntó
+D. Cristóbal Mateo.</p>
+
+<p>&mdash;Por el día no. Estoy muy entretenido con
+los trabajos del campo, el molino, los bichos,
+etc. ¡Pero las noches se hacen tan largas!...</p>
+
+<p>Luis venía solamente por ver a su hija. Amalia
+no se lo permitió hasta que la niña estuvo
+medianamente repuesta. Volvió a vestirla como
+antes y le devolvió los fueros que tenía. Pero no
+el cariño. El encanto se había roto.</p>
+
+<p>Porque Luis la aborrecía: estaba sometido a
+la fuerza. Con aquella pasión ardorosa, con aquel
+amor lleno de misterio y placer se había unido
+también la afición a la criatura. Pero los martirios
+que su cólera insensata le había hecho padecer
+abrió entre ellas un abismo. Josefina jamás
+amaría a su verdugo. La pobre niña, vestida con
+ricos trajes, vagaba sola por el palacio de Quiñones,
+sin hallar en nadie ternura. Amalia huía,
+de ella. Los criados, avergonzados de sus malos
+tratos y pesarosos de aquel repentino cambio,
+que elevaba de nuevo a la expósita sobre ellos,
+no le dirigían la palabra. El largo martirio sufrido
+y la terrible enfermedad con que terminó
+habían dejado huellas profundas en su semblante.
+Su rostro pálido se trasparentaba como el
+nácar. En torno de los ojos persistía aquel
+círculo oscuro, negro, de agitación y dolor. El
+conde sentía apretarse su corazón cada vez que
+la veía. Costábale trabajo retener las lágrimas.</p>
+
+<p>Amalia no dio noticia a su amante del imprudente
+anónimo que había dirigido a Quiñones.
+Temiendo, por la actitud de éste, algún grave
+acontecimiento, resolviose a despistarle, ya
+que volverle la calma no era posible. El partido
+que mejor le pareció fue apartar las sospechas
+de Luis y encaminarlas hacia Jaime Moro. Era
+el único que por su edad, figura y posición podía
+aparecer como un amante verosímil. Principió
+por tratarle, en presencia de D. Pedro, con particular
+afecto, distinguiéndole de los demás tertulios
+de modo harto visible. Dirigíale miradas
+y sonrisas significativas; gustaba de ponerse detrás
+de su silla cuando estaba jugando al tresillo,
+y embromarle; llamábale a cada instante con
+cualquier pretexto y le retenía a su lado largos
+ratos hablándole en secreto, acercando más de
+la cuenta el rostro al suyo. No era tan fácil como
+puede parecer seducir a Moro, aunque sólo fuese
+en la apariencia. Nada tenía de arisco; al contrario,
+gozaba justa fama de caballeroso y galante
+con las damas. Pero cuando las damas se
+hacían incompatibles con el billar o el tresillo
+no lo había más grosero y cerril en seis leguas a
+la redonda. Amalia le mortificaba infinitamente
+reteniéndole cuando los tresillistas le aguardaban.
+Entonces no respondía acorde a sus preguntas,
+sonreía por máquina y dirigía frecuentes y
+codiciosas miradas a la mesa donde sus compañeros
+gozaban ya las dulzuras de alguna vuelta
+con palo de favor.</p>
+
+<p>&mdash;Moro, siéntese usted aquí; vamos a charlar
+un rato.</p>
+
+<p>Moro temblaba: se le venía el mundo encima.
+Tomaba asiento al lado de la dama con una cara
+larga, larga, que no daba idea cabal de la pasión
+que debía arder en su pecho.</p>
+
+<p>El maestrante había hecho poco caso de aquellos
+apartes, de las preferencias y las sonrisas insinuantes
+de su esposa. Les miraba con ojos distraídos,
+sin venírsele a la mente ninguna sospecha,
+preocupado enteramente con la verdadera
+pista. Sin embargo, al cabo de algunos días, tanto
+insistió Amalia y tan buena maña se dio, que
+el noble caballero principió a fijarse en aquellos
+signos y a darles algún valor. La valenciana sintió
+el placer del triunfo. Sus cálculos iban camino
+de realizarse. Y para dar impulso poderoso
+y decisivo a su enredo, ocurriosele en el momento
+una treta peregrina. Se hallaba sentada
+en un rincón, teniendo a su lado a Jaime Moro,
+bien a la vista de D. Pedro. Moro, distraído
+como siempre. La esposa de Quiñones necesitaba
+hacer prodigios de habilidad para sostener la
+conversación, le sonreía, le mimaba, le envolvía
+en una red de palabras melosas, que acentuaba
+fuertemente con la sonrisa a fin de llamar
+la atención de D. Pedro.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué es eso? ¿Está usted mirando mi brazalete?</p>
+
+<p>Moro no había reparado en él.</p>
+
+<p>&mdash;Es muy lindo&mdash;se apresuró a decir por
+complacencia.</p>
+
+<p>&mdash;Ha pertenecido a mi madre. Tiene más mérito
+de lo que parece. Este retrato, que es el de
+mi abuela, está hecho de mosaico... vea usted.</p>
+
+<p>Al mismo tiempo levantó la mano. Moro lo
+contempló con afectada admiración.</p>
+
+<p>&mdash;Repárelo usted bien.</p>
+
+<p>Y la alzó aún más, poniéndosela cerca de los
+ojos. Observando con el rabillo del ojo que don
+Pedro la miraba, todavía la alzó un poquito,
+hasta rozar con ella los labios del joven. Pero
+en aquel instante la retiró bruscamente con vivo
+ademán. Moro quedó estupefacto. Involuntariamente
+dirigió la vista hacia D. Pedro, y notando
+que éste le clavaba una mirada fría y penetrante,
+se puso colorado hasta las orejas. Amalia
+se levantó y se fue al salón, como si quisiera
+disimular su turbación.</p>
+
+<p>Fue grande la que se apoderó del orgulloso
+maestrante con el secreto que pensó sorprender.
+Sus ideas experimentaron violenta sacudida.
+Agitado por mil sospechas contrarias, dominado
+por una cólera furiosa, movía entre sus trémulas
+manos las cartas, sin pensar en ellas, imaginando
+horribles venganzas contra su esposa y
+contra el...</p>
+
+<p>¿Contra quién? ¿Cuál era el traidor? La duda
+encendía aún más su rabia.</p>
+
+<p>Lo que había visto era bien concluyente. Y,
+sin embargo, su pensamiento no podía apartarse
+del conde de Onís. Contra el testimonio de
+sus propios ojos alegaba el instinto, una voz
+interior que le señalaba sin cesar a su enemigo.</p>
+
+<p>Apareció éste en la tertulia. Saludó fríamente
+a Amalia y se fue derecho al gabinete; pero Manuel
+Antonio le retuvo tirándole por el faldón
+del frac.</p>
+
+<p>&mdash;¿Dónde vas, Luis? Ven aquí, muchacho; no
+te nos enfrasques tan pronto en el juego. Mira,
+aquí María Josefa y Jovita han estado disputando
+toda la noche sobre la fecha de tu matrimonio.
+Yo les he dicho: «No disputéis más. Si
+viene hoy Luis, es tan amable que de seguro os
+lo ha de decir.»</p>
+
+<p>&mdash;Pues las has engañado&mdash;respondió el conde
+aproximándose al grupo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Tan grosero te has vuelto?</p>
+
+<p>&mdash;No es grosería, es ignorancia. Estas señoritas
+saben muy bien que las cosas no se realizan
+nunca como y cuando queremos. Si yo les
+dijese ahora una época y resultase otra, pensarían
+que había tratado de burlarme de ellas.</p>
+
+<p>Apesar de los esfuerzos que hacía por sonreír,
+el semblante del conde reflejaba tristeza infinita.
+Su voz salía apagada y enronquecida.</p>
+
+<p>&mdash;¡No, no! ¡Nada de eso!&mdash;exclamó riendo
+Jovita.&mdash;Díganos usted un día cualquiera, que
+aunque luego resulte otro, pensaremos que no
+ha sido por su voluntad.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno, pues mañana.</p>
+
+<p>&mdash;¡Eso tampoco!&mdash;gritaron ambas solteronas
+alborozadas.</p>
+
+<p>&mdash;No son ustedes fáciles de contentar. ¿Qué
+día quieren que me case? Señálenlo ustedes.</p>
+
+<p>El conde no había dicho una palabra a nadie
+de la ruptura de su matrimonio. La innata debilidad
+de su carácter le obligaba a callar una
+noticia que muy pronto había de difundirse. Tenía
+miedo a la curiosidad pública, a las preguntas,
+a que en el rostro le adivinasen las causas
+de tal resolución. Y temblaba y se entristecía
+profundamente cada vez que, como ahora, le tocaban
+este punto.</p>
+
+<p>Hasta entonces no se había traslucido nada.
+Creíase en la ciudad que de un día a otro se iría
+a Madrid a reunirse con su futura. Sin embargo,
+Manuel Antonio, cuyo olfato era superior al de
+todos sus contemporáneos, había olido algo. Y
+con la tenacidad y el disimulo de una Isabel de
+Inglaterra, principió a recoger noticias y a atar
+cabos de tal modo que a la hora presente andaba
+muy cerca de la verdad.</p>
+
+<p>&mdash;Muy triste te veo estos días, Luisito&mdash;le
+dijo bruscamente.&mdash;Más que de matrimonio tienes
+cara de testamento.</p>
+
+<p>El conde se turbó y no supo más que contestar
+sonriendo forzadamente:</p>
+
+<p>&mdash;El matrimonio es un paso muy serio.</p>
+
+<p>Trató de marcharse, pero Manuel Antonio volvió
+a retenerlo. A todo trance quería dar con la clave
+del enigma, saber de un modo positivo lo
+que sospechaba. Y ayudándose de María Josefa,
+que sabía mejor que él a qué atenerse, mantuvo
+alerta la conversación algún tiempo sobre el
+escabroso tema. Luis estaba en brasas. Dirigía
+frecuentes miradas hacia el sitio de Amalia, como
+reclamando lo que estaba obligada a concederle.
+Levantose al fin la dama, se asomó a la puerta
+y tornó a sentarse. A los pocos momentos apareció
+el rostro pálido y suave de Josefina. Paseó
+sus ojos tristes por la sala, y a una seña de su
+madrina dirigió sus pasos al gabinete. Al cruzar
+por detrás del conde, volviose éste a medias y le
+echó una mirada rápida y ansiosa, que no pasó
+inadvertida a la sagacidad de sus interlocutores.
+La niña levantó sus ojos hacia él, brillando
+con sonrisa feliz. Fue un choque magnético que
+hizo arder súbito toda la alegría de su corazón
+infantil. Los tertulios la llamaron, trataron de
+retenerla; pero ella, obedeciendo la orden de su
+madrina, siguió hasta el gabinete. Pocos momentos
+después se oyó la voz áspera de Quiñones.</p>
+
+<p>&mdash;¿No está el conde de Onís por ahí? ¿Cómo
+no entra?</p>
+
+<p>&mdash;Allá voy, D. Pedro&mdash;se apresuró a responder
+Luis, contento de separarse de aquel enfadoso
+grupo.</p>
+
+<p>Al entrar en el gabinete se produjo, en menos
+tiempo del que puede tardarse en referirla, una
+terrible escena que puso en conmoción y espanto
+a toda la tertulia. D. Pedro estaba con las
+cartas en la mano y lo mismo Jaime Moro y
+D. Enrique Valero. Saleta, que hacía el cuarto,
+hablaba con el capellán sentado detrás de él. En
+torno de la mesa había tres o cuatro personas
+de pie mirando el juego. Cerca del noble maestrante
+se hallaba Josefina con los bracitos cruzados
+esperando su bendición para irse a la cama.</p>
+
+<p>Al entrar el conde, Quiñones le lanzó una rápida
+mirada escrutadora, clavó enseguida otra
+de profundo odio en la niña y dijo con sonrisa
+sarcástica:</p>
+
+<p>&mdash;Ah, ¿quieres la bendición?... Toma la bendición.</p>
+
+<p>Y le dio de revés un tremendo bofetón que la
+hizo rodar por el suelo, soltando sangre por boca
+y narices. Luis sintió aquella bofetada en sus
+mejillas. Huyó repentinamente de ellas toda la
+sangre y quedó densamente pálido. Y por un
+impulso ciego, superior a su voluntad, gritó fuera
+de sí:</p>
+
+<p>&mdash;¡Eso es una vileza! ¡Una cobardía!</p>
+
+<p>Y aun trató de lanzarse sobre él. Pero le detuvieron.
+D. Pedro gritaba mientras tanto a
+grandes voces, loco de furor:</p>
+
+<p>&mdash;¡Por fin caíste! ¡Por fin caíste, perro!</p>
+
+<p>Hizo un esfuerzo supremo para alzarse del
+asiento y lanzarse sobre el ladrón de su honra,
+consiguiolo a medias, y cayó al fin de nuevo,
+privado de sentido, torciendo la boca.</p>
+
+<p>Los tertulios se habían levantado todos y acudieron
+al gabinete. Las señoras gritaban aterradas.
+Los hombres preguntaban a los de dentro
+lo que ocurría. El conde de Onís paseó una mirada
+de extravío por ellos, se dirigió al sitio
+donde yacía Josefina, alzola del suelo y, con ella
+en brazos, trató de abrirse paso. Amalia se le
+puso delante.</p>
+
+<p>&mdash;¿Adónde va usted?</p>
+
+<p>Y quiso arrancarle la niña. Pero Luis extendió
+la mano, agarró a la valenciana por los cabellos
+y, después de sacudirla tres o cuatro veces
+con fuerza, la arrojó lejos de sí y se lanzó a
+la puerta del salón.</p>
+
+<p>Bajó la escalera a saltos, salió a la calle, donde
+esperaba el coche, y brincando en él con su
+preciosa carga dijo al cochero:</p>
+
+<p>&mdash;¡A escape, a la Granja!</p>
+
+<p>El pesado vehículo rodó con estrépito por las
+calles mal empedradas. No tardó en salir a la
+carretera.</p>
+
+<p>La luna brillaba en lo alto del firmamento. De
+vez en cuando, grandes nubes espesas, flotantes
+tapaban su disco, pero al instante volvía a lucir.
+En las regiones superiores de la atmósfera soplaba
+un viento huracanado. Abajo parecían reinar
+el silencio y la paz.</p>
+
+<p>Josefina no salía de su desmayo. El conde le
+limpiaba con su pañuelo la sangre. Después trataba
+de reanimarla imprimiendo largos, apasionados
+besos en su rostro de alabastro.</p>
+
+<p>Al fin se entreabrieron sus ojos, contempló
+con extraña fijeza al conde y relampagueó en
+ellos una dulce sonrisa.</p>
+
+<p>&mdash;¿Eres tú, Luis?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, vida mía, yo soy.</p>
+
+<p>&mdash;¿Adónde me llevas?</p>
+
+<p>&mdash;Donde tú quieras.</p>
+
+<p>&mdash;Llévame lejos, ¡muy lejos!... Llévame a tu
+casa... Llévame aunque no me des de comer.
+Estando contigo no me importa morir.</p>
+
+<p>El conde la apretó contra su seno y la cubrió
+de besos.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, sí, a mi casa vas&mdash;exclamó mientras las
+lágrimas bañaban sus mejillas.&mdash;De allí no saldrás
+ya nunca, porque para arrancarte necesitarán
+antes arrancarme la vida... Escucha, Josefina,
+voy a decirte una cosa. Procura entenderla. Haz
+un esfuerzo y lo conseguirás... Yo soy tu padre...
+Los señores de Quiñones te han recogido
+en su casa... pero yo soy tu padre... ¿lo entiendes?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, Luis, te entiendo.</p>
+
+<p>&mdash;Te han recogido, porque yo soy tan malo
+que te he entregado a ellos en vez de tenerte
+conmigo.</p>
+
+<p>&mdash;Ahora no te entiendo, Luis. Tú no eres
+malo. Tú eres bueno y me quieres.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, hija de mi alma, te quiero más que a
+mi vida... Perdóname.</p>
+
+<p>&mdash;Yo también te quiero a tí... ¡A ellos no!
+Antes quería a madrina, pero ahora no... ¡Me
+ha pegado tanto! ¡Si supieras!... Me mordía, me
+arañaba, me arrastraba por el suelo, mandaba a
+Concha que me azotase con la ballena, me ataba
+con una cuerda como a los perros...</p>
+
+<p>&mdash;¡Calla, calla, que me matas!&mdash;profirió Luis
+sollozando.</p>
+
+<p>&mdash;¡No llores, Luis, no llores!... ¿Ves cómo eres
+bueno? Estás llorando por mí.</p>
+
+<p>&mdash;¡No he de llorar por tí si eres mi hija! Llámame
+padre... ¡Yo soy tu padre! ¿Lo sabes, lo
+sabes?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, lo sé... Tú eres mi padre y yo soy tu
+hija... Tengo sueño... Déjame dormir sobre tu
+pecho.</p>
+
+<p>Y dejó caer sobre él la cabecita blonda. Inclinó
+la suya el conde para darle un beso en la frente y
+sintió sus labios abrasados por el calor de la fiebre.</p>
+
+<p>Gozó la criatura algunos momentos de sueño
+letárgico. Corrían de vez en cuando por su tierno
+cuerpo vivos estremecimientos. Despertó al
+fin dando un grito.</p>
+
+<p>&mdash;¡Luis, que me llevan!... ¡Míralos, míralos...
+ahí están!</p>
+
+<p>Sus ojos expresaban un terror pánico.</p>
+
+<p>&mdash;No, hija, no; son los árboles del camino que
+extienden sus ramas hacia nosotros.</p>
+
+<p>&mdash;¿No ves a D. Pedro que me amenaza? ¿No
+oyes lo que me está diciendo?</p>
+
+<p>&mdash;Sosiégate, mi alma; es el mugido del viento.</p>
+
+<p>&mdash;Tienes razón. Ya se fueron. ¡Mira cómo
+brilla la luna! ¡Mira qué campos tan hermosos y
+cuántas flores!... Un palacio de cristal... Delante
+hay una niña jugando con un gatito blanco...
+¡Qué precioso!... Es más bonito que el Rojo...
+Déjame jugar con ella, Luis...</p>
+
+<p>&mdash;Jugarás cuanto quieras, y te compraré un
+gatito y una palomita blanca que venga a comer
+a tu mano.</p>
+
+<p>&mdash;No, no quiero que gastes dinero. Estoy
+contenta con que no me separes de ti.</p>
+
+<p>&mdash;Nunca ya. Vivirás conmigo siempre, porque
+eres mi hija. Duerme, mi vida.</p>
+
+<p>&mdash;¡Otra vez la oscuridad!... ¡Ya vuelve! ¡Échalos,
+Luis, échalos, por Dios! ¡Que me agarran!</p>
+
+<p>&mdash;No temas; estás conmigo... Mira la luna
+otra vez... ¿Ves cuánta luz?... Duérmete, corazón.</p>
+
+<p>&mdash;Es verdad... ya veo los campos llenos de
+flores... ya veo el gatito blanco... La niña no
+está... ¿Dónde se fue, Luis?</p>
+
+<p>&mdash;Está en mi casa, esperándote para jugar.
+Estamos muy cerca ya. Duérmete.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, Luis, voy a dormir. Tú me lo mandas,
+¿no es cierto? Yo debo obedecerte porque soy tu
+hija... Tengo frío... Apriétame más.</p>
+
+<p>Apretola más y más contra su pecho. Josefina
+se durmió al fin. El carruaje rodaba por la carretera
+desierta al través de los campos esclarecidos
+por la luz de la luna. Las nubes volaban
+también dispersas por los aires. El viento mugía
+sordamente a lo lejos. Los árboles comenzaban
+a agitar sus penachos.</p>
+
+<p>Ya se divisaba el cercado de la Granja. Luis
+inclinó la cabeza para despertar a la niña; pero
+al darla un beso sintió en sus labios el frío de la
+muerte. Alzola vivamente, sacudiola con fuerza
+varias veces, llamándola a gritos.</p>
+
+<p>&mdash;¡Josefina!... ¡Hija! ¡hija! ¡hija!... ¡Despierta!</p>
+
+<p>La blonda cabeza de la niña se doblaba a un
+lado y a otro como una azucena que tuviese
+quebrado el tallo.</p>
+
+<hr class="full" />
+
+
+
+
+
+
+
+<pre>
+
+
+
+
+
+End of the Project Gutenberg EBook of El maestrante, by Armando Palacio Valdés
+
+*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL MAESTRANTE ***
+
+***** This file should be named 30425-h.htm or 30425-h.zip *****
+This and all associated files of various formats will be found in:
+ http://www.gutenberg.org/3/0/4/2/30425/
+
+Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
+Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This book was
+produced from scanned images of public domain material
+from the Google Print project.)
+
+
+Updated editions will replace the previous one--the old editions
+will be renamed.
+
+Creating the works from public domain print editions means that no
+one owns a United States copyright in these works, so the Foundation
+(and you!) can copy and distribute it in the United States without
+permission and without paying copyright royalties. Special rules,
+set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to
+copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to
+protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark. Project
+Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you
+charge for the eBooks, unless you receive specific permission. If you
+do not charge anything for copies of this eBook, complying with the
+rules is very easy. You may use this eBook for nearly any purpose
+such as creation of derivative works, reports, performances and
+research. They may be modified and printed and given away--you may do
+practically ANYTHING with public domain eBooks. Redistribution is
+subject to the trademark license, especially commercial
+redistribution.
+
+
+
+*** START: FULL LICENSE ***
+
+THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
+PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK
+
+To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free
+distribution of electronic works, by using or distributing this work
+(or any other work associated in any way with the phrase "Project
+Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project
+Gutenberg-tm License (available with this file or online at
+http://gutenberg.org/license).
+
+
+Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm
+electronic works
+
+1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
+electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
+and accept all the terms of this license and intellectual property
+(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all
+the terms of this agreement, you must cease using and return or destroy
+all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your possession.
+If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project
+Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the
+terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or
+entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8.
+
+1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be
+used on or associated in any way with an electronic work by people who
+agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few
+things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
+even without complying with the full terms of this agreement. See
+paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
+Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
+and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
+works. See paragraph 1.E below.
+
+1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
+or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
+Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual works in the
+collection are in the public domain in the United States. If an
+individual work is in the public domain in the United States and you are
+located in the United States, we do not claim a right to prevent you from
+copying, distributing, performing, displaying or creating derivative
+works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
+are removed. Of course, we hope that you will support the Project
+Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by
+freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of
+this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with
+the work. You can easily comply with the terms of this agreement by
+keeping this work in the same format with its attached full Project
+Gutenberg-tm License when you share it without charge with others.
+
+1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern
+what you can do with this work. Copyright laws in most countries are in
+a constant state of change. If you are outside the United States, check
+the laws of your country in addition to the terms of this agreement
+before downloading, copying, displaying, performing, distributing or
+creating derivative works based on this work or any other Project
+Gutenberg-tm work. The Foundation makes no representations concerning
+the copyright status of any work in any country outside the United
+States.
+
+1.E. Unless you have removed all references to Project Gutenberg:
+
+1.E.1. The following sentence, with active links to, or other immediate
+access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently
+whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the
+phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project
+Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed,
+copied or distributed:
+
+This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
+almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
+re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
+with this eBook or online at www.gutenberg.org
+
+1.E.2. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is derived
+from the public domain (does not contain a notice indicating that it is
+posted with permission of the copyright holder), the work can be copied
+and distributed to anyone in the United States without paying any fees
+or charges. If you are redistributing or providing access to a work
+with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the
+work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1
+through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the
+Project Gutenberg-tm trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or
+1.E.9.
+
+1.E.3. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
+with the permission of the copyright holder, your use and distribution
+must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional
+terms imposed by the copyright holder. Additional terms will be linked
+to the Project Gutenberg-tm License for all works posted with the
+permission of the copyright holder found at the beginning of this work.
+
+1.E.4. Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
+License terms from this work, or any files containing a part of this
+work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.
+
+1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
+electronic work, or any part of this electronic work, without
+prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
+active links or immediate access to the full terms of the Project
+Gutenberg-tm License.
+
+1.E.6. You may convert to and distribute this work in any binary,
+compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including any
+word processing or hypertext form. However, if you provide access to or
+distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format other than
+"Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official version
+posted on the official Project Gutenberg-tm web site (www.gutenberg.org),
+you must, at no additional cost, fee or expense to the user, provide a
+copy, a means of exporting a copy, or a means of obtaining a copy upon
+request, of the work in its original "Plain Vanilla ASCII" or other
+form. Any alternate format must include the full Project Gutenberg-tm
+License as specified in paragraph 1.E.1.
+
+1.E.7. Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
+performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
+unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.
+
+1.E.8. You may charge a reasonable fee for copies of or providing
+access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works provided
+that
+
+- You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
+ the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
+ you already use to calculate your applicable taxes. The fee is
+ owed to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he
+ has agreed to donate royalties under this paragraph to the
+ Project Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments
+ must be paid within 60 days following each date on which you
+ prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax
+ returns. Royalty payments should be clearly marked as such and
+ sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the
+ address specified in Section 4, "Information about donations to
+ the Project Gutenberg Literary Archive Foundation."
+
+- You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
+ you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
+ does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
+ License. You must require such a user to return or
+ destroy all copies of the works possessed in a physical medium
+ and discontinue all use of and all access to other copies of
+ Project Gutenberg-tm works.
+
+- You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of any
+ money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
+ electronic work is discovered and reported to you within 90 days
+ of receipt of the work.
+
+- You comply with all other terms of this agreement for free
+ distribution of Project Gutenberg-tm works.
+
+1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
+electronic work or group of works on different terms than are set
+forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
+both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
+Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark. Contact the
+Foundation as set forth in Section 3 below.
+
+1.F.
+
+1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
+effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
+public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
+collection. Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
+works, and the medium on which they may be stored, may contain
+"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
+corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual
+property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
+computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by
+your equipment.
+
+1.F.2. LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
+of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
+Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
+Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
+Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
+liability to you for damages, costs and expenses, including legal
+fees. YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
+LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
+PROVIDED IN PARAGRAPH F3. YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
+TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
+LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
+INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
+DAMAGE.
+
+1.F.3. LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
+defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
+receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
+written explanation to the person you received the work from. If you
+received the work on a physical medium, you must return the medium with
+your written explanation. The person or entity that provided you with
+the defective work may elect to provide a replacement copy in lieu of a
+refund. If you received the work electronically, the person or entity
+providing it to you may choose to give you a second opportunity to
+receive the work electronically in lieu of a refund. If the second copy
+is also defective, you may demand a refund in writing without further
+opportunities to fix the problem.
+
+1.F.4. Except for the limited right of replacement or refund set forth
+in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
+WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
+WARRANTIES OF MERCHANTIBILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.
+
+1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied
+warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
+If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
+law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
+interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
+the applicable state law. The invalidity or unenforceability of any
+provision of this agreement shall not void the remaining provisions.
+
+1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
+trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
+providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
+with this agreement, and any volunteers associated with the production,
+promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
+harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
+that arise directly or indirectly from any of the following which you do
+or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
+work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
+Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.
+
+
+Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
+
+Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
+electronic works in formats readable by the widest variety of computers
+including obsolete, old, middle-aged and new computers. It exists
+because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
+people in all walks of life.
+
+Volunteers and financial support to provide volunteers with the
+assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
+goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
+remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
+Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
+and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
+To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
+and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
+and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.
+
+
+Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
+Foundation
+
+The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
+501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
+state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
+Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
+number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at
+http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
+permitted by U.S. federal laws and your state's laws.
+
+The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
+Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
+throughout numerous locations. Its business office is located at
+809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
+business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact
+information can be found at the Foundation's web site and official
+page at http://pglaf.org
+
+For additional contact information:
+ Dr. Gregory B. Newby
+ Chief Executive and Director
+ gbnewby@pglaf.org
+
+
+Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation
+
+Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
+spread public support and donations to carry out its mission of
+increasing the number of public domain and licensed works that can be
+freely distributed in machine readable form accessible by the widest
+array of equipment including outdated equipment. Many small donations
+($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
+status with the IRS.
+
+The Foundation is committed to complying with the laws regulating
+charities and charitable donations in all 50 states of the United
+States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
+considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
+with these requirements. We do not solicit donations in locations
+where we have not received written confirmation of compliance. To
+SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
+particular state visit http://pglaf.org
+
+While we cannot and do not solicit contributions from states where we
+have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
+against accepting unsolicited donations from donors in such states who
+approach us with offers to donate.
+
+International donations are gratefully accepted, but we cannot make
+any statements concerning tax treatment of donations received from
+outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
+
+Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
+methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
+ways including checks, online payments and credit card donations.
+To donate, please visit: http://pglaf.org/donate
+
+
+Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic
+works.
+
+Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
+concept of a library of electronic works that could be freely shared
+with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project
+Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.
+
+
+Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
+editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
+unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily
+keep eBooks in compliance with any particular paper edition.
+
+
+Most people start at our Web site which has the main PG search facility:
+
+ http://www.gutenberg.org
+
+This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
+including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
+Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
+subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
+
+
+</pre>
+
+</body>
+</html>