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diff --git a/.gitattributes b/.gitattributes new file mode 100644 index 0000000..6833f05 --- /dev/null +++ b/.gitattributes @@ -0,0 +1,3 @@ +* text=auto +*.txt text +*.md text diff --git a/29799-8.txt b/29799-8.txt new file mode 100644 index 0000000..1fd0a40 --- /dev/null +++ b/29799-8.txt @@ -0,0 +1,6241 @@ +The Project Gutenberg eBook, Los espectros, by Leonid Nikolayevich +Andreyev, Translated by Nicolás Tasín + + +This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with +almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + + + + +Title: Los espectros + Novelas breves + + +Author: Leonid Nikolayevich Andreyev + + + +Release Date: August 25, 2009 [eBook #29799] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + + +***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS ESPECTROS*** + + +E-text prepared by Chuck Greif and the Project Gutenberg Online +Distributed Proofreading Team (http://www.pgdp.net) + + + +Transcriber's note: + + Text enclosed between equal signs was in bold face + in the original (=bold=). + + + + + +L. ANDREIEV + +Los espectros + +NOVELAS BREVES + +La traducción del ruso ha +sido hecha por N. Tasin + + + + + + + +MADRID, 1919 + +Papel expresamente fabricado por LA PAPELERA ESPAÑOLA. + +* * * + +INDICE + + +Los espectros + +El honor + +Cristianos + +Ben-Tovit + +Un hombre original + +¡No hay perdón! + +Las bellas sabinas + +* * * + +Talleres "Calpe", Larra, 6 y 8.--MADRID _Leónidas Andreiev, uno de los +más grandes maestros de la literatura rusa moderna, acaba de morir a la +edad de cuarenta y siete años. Nacido en el centro de Rusia, en Orel, de +una familia pobre, estaba predestinado a una vida llena de miserias y de +privaciones. Pero su energía y su voluntad de hierro le han permitido +subir a las más altas cimas de la vida intelectual rusa. Después de +hacer sus estudios en el colegio, sin un céntimo en el bolsillo, sin +poder esperar ninguna ayuda material, partió para Petrogrado e ingresó +en la Facultad de Derecho._ + +_Cuenta en su autobiografía que durante los años de sus estudios +universitarios vivía en la más negra miseria y a veces estaba sin comer +dos días seguidos. En 1894, cansado de luchar, desesperado, intentó +suicidarse y se tiró un balazo en el pecho. Pero los médicos salvaron la +vida de quien algunos años más tarde debía ser gloria de la literatura +rusa._ + +_Sus primeras novelas,_ El silencio, Había una vez _y otras, le dieron a +conocer inmediatamente. El mismo Tolstoi saludó la aparición de esta +estrella ascendente. El joven escritor tuvo un feliz principio. La +crítica le consagró elogiosos estudios: los editores solicitaban su +colaboración. Sus posteriores novelas pusiéronle al lado de otros dos +grandes novelistas rusos: Gorky y Chejov. Cada una de sus nuevas obras, +citaremos, entre otras_, Los siete ahorcados, Judas Iscariote, La risa +roja, El gobernador, Sachka Yegulev, Los espectros, _fueron un +acontecimiento literario._ + +_Actualmente es Andreiev el autor que más se lee en Rusia. Sus novelas, +así como sus obras de teatro, tienen un éxito incomparable. Sus +manuscritos son pagados a razón de docenas de miles de rublos. La mayor +parte de sus obras están traducidas a todas las lenguas europeas. En +España, Andreiev empieza a ser conocido gracias a las recientes +traducciones de sus obras_ Sachka Yegulev, Los siete ahorcados, +_etc..._ + + + + +LOS ESPECTROS + + +I + +Cuando ya no cupo duda de que Egor Timofeievich Pomerantzev, el subjefe +de la oficina de Administración local, había perdido definitivamente la +razón, se hizo en su favor una colecta, que produjo una suma bastante +importante, y se le recluyó en una clínica psiquiátrica privada. + +Aunque no tenía aún derecho al retiro, se le concedió, en atención a sus +veinticinco años de servicios irreprochables y a su enfermedad. Gracias +a esto, tenía con que pagar su estancia en la clínica hasta su muerte: +no había la menor esperanza de curarle. + +Al comienzo de la enfermedad de Pomerantzev su mujer, de quien se había +separado hacía quince años, pretendió tener derecho a su pensión; para +conseguirla, hasta hizo que un abogado litigara en su nombre; pero +perdió la causa, y el dinero quedó a la disposición del enfermo. + +La clínica se hallaba fuera de la ciudad. Al lado del camino, su aspecto +exterior era el de una simple casa de campo, construida a la entrada de +un bosquecillo. Como en la mayoría de las casas de campo, su segundo +piso era mucho más pequeño que el primero. El tejado era muy alto, y +tenía la forma de un hacha invertida. Los días de fiesta, para alegrar a +los enfermos, se izaba en él una bandera nacional. + +En las mañanas apacibles de primavera y de otoño llegaban de la ciudad +los sones apagados de las campanas y el ruido sordo de los coches; pero, +en general, un silencio profundo reinaba en torno de la clínica, más +profundo que en la aldea próxima, donde se oían los ladridos de los +perros y los gritos de los niños. Allí no había ni perros ni niños. La +casa estaba rodeada de un alto muro. Alrededor se extendía una pradera, +que pertenecía a la clínica y se hallaba siempre desierta. A cosa de una +versta se alzaba, entre los árboles, la estrecha chimenea de una +fábrica, de la que no se veía nunca salir humo. La fábrica, perdida en +medio del bosque, parecía abandonada. + +Muy pocos de los que transitaban por el camino sabían que tras el alto +muro y las puertas cerradas había locos. Los demás--los campesinos que +pasaban en sus cochecillos saltarines, los cocheros de punto procedentes +de la ciudad, los ciclistas, siempre apresurados sobre sus máquinas +silenciosas--estaban habituados a ver el alto muro y no paraban en él la +atención. Si cuantos se encontraban en su recinto se hubieran escapado o +se hubieran muerto de repente, habríase tardado mucho en advertirlo; los +campesinos en sus cochecillos y los ciclistas sobre sus máquinas +silenciosas hubieran seguido pasando por delante del muro sin sospechar +nada. + +El doctor Chevirev no admitía en su clínica locos furiosos; por eso +reinaba en ella el silencio como en cualquier casa respetable, habitada +por gentes bien educadas. El único ruido que se oía a todas horas, desde +que, hacía ya diez años, se había abierto la clínica, era tan regular, +suave y metódico, que no se advertía, como no se advierten los latidos +del corazón o el acompasado sonido de un péndulo. Lo producía un enfermo +que llamaba a la puerta cerrada de su habitación. Estuviera donde +estuviera, siempre encontraba alguna puerta, a la que empezaba a llamar, +aunque bastase empujarla ligeramente para que se abriese. Si se abría, +buscaba otra y empezaba a llamar de nuevo; no podía sufrir las puertas +cerradas. Llamaba de día y de noche, sin poder apenas tenerse en pie, de +cansancio. Probablemente, la insistencia de su idea fija le había hecho +adquirir el hábito de llamar también durante el sueño; al menos, el +ruido regular, monótono, que hacía no cesaba en toda la noche. Además, +no se le veía nunca en la cama, y se suponía que dormía de pie, al lado +de la puerta. + +En fin, había gran tranquilidad en la clínica. Muy raras veces, casi +siempre durante la noche, cuando el bosque invisible, sacudido por el +viento, lanzaba gemidos lastimeros, alguno de los enfermos, presa de una +angustia mortal, empezaba a dar gritos. Por lo general, se acudía con +presteza a calmarlo; pero ocurría en ocasiones que el terror y la +angustia eran tales que resultaban ineficaces todos los calmantes, y el +enfermo seguía gritando. Entonces la angustia se les contagiaba a todos +los habitantes de la clínica, y los enfermos, como muñecos mecánicos a +los que se hubiera dado cuerda a la vez, empezaban a recorrer +nerviosamente sus habitaciones, agitando los brazos y diciendo cosas +estúpidas e ininteligibles. Todos, incluso los enfermos más apacibles, +llamaban violentamente a las puertas e insistían en que se los dejase +libres. + +Asustada, a punto de perder el juicio, la enfermera llamaba entonces por +teléfono al doctor Chevirev, que se encontraba en el restorán Babilonia, +donde acostumbraba a pasar las noches. El doctor poseía el don de +tranquilizar a los enfermos sólo con su presencia. Pero hasta mucho +tiempo después de su llegada los enfermos balbuceaban cosas fantásticas +detrás de la puerta de su cuarto y la clínica parecía un gallinero donde +hubiera entrado, durante la noche, una zorra. + +Pero esto ocurría raras veces y no se advertía fuera, porque el camino, +por la noche, estaba completamente desierto. Además, los gritos, al +través de los muros, parecían de hombres que estaban de broma, a lo que +contribuían no poco ciertos enfermos, que cantaban en sus momentos de +crisis. + + +II + +La habitación de Pomerantzev estaba arriba, y su ventana daba al bosque. +En verano, cuando penetraba por la ventana abierta el aroma de los pinos +y de las acacias y se veía sobre la mesa un vaso con flores, diríase +que, en efecto, era aquello una casa de campo. Adornaban las paredes +tres cuadros que Pomerantzev había llevado, así como un gran retrato de +su hijo, muerto de difteria hacía mucho tiempo; todo esto daba a la +habitación un aspecto muy agradable. Pomerantzev estaba satisfechísimo +de su cuarto, y se pasaba largos ratos contemplando los cuadros, de los +que uno representaba una muchacha guardando unos patos; otro, un ángel +bendiciendo la ciudad, y el tercero, un rapaz italiano. Invitaba a todos +a visitar su cuarto, y tenía una singular complacencia en que el doctor +Chevirev fuese a verle lo más a menudo posible. Si alguien--los enfermos +o el doctor--se resistía a visitarle, recurría a pequeñas astucias: +aseguraba que en su cuarto había un ruiseñor que cantaba admirablemente. +De esta manera procuraba atraer gente a su habitación. Los enfermos +estaban tan encantados como él de su aposento, y cuando les daba por +elogiar la clínica, hablaban de él en primer término. Desde un +principio, Pomerantzev se percató de que se hallaba en una casa de +locos, pero le tenía sin cuidado: estaba seguro de que, si quisiera, +podía convertirse en espíritu puro y volar así por todo el mundo. Los +primeros días de su estancia en la clínica volaba cotidianamente a la +ciudad, a su oficina; pero después le requirieron quehaceres de más +monta, y no atendió ya a su oficina, por falta de tiempo. + +Era de alta estatura, enjuto; tenía el pelo espeso, muy negro y +enmarañado. Era miope y llevaba lentes muy gruesos. Cuando se reía +enseñaba no sólo los dientes, sino las encías también, lo que producía +el efecto de que la risa rebosaba en todo su ser. Se reía con mucha +frecuencia. Tenía voz de bajo profundo. + +No tardó en trabar amistad con todos los demás enfermos, y ocupó entre +ellos un lugar de mucho relieve. Se constituyó en protector de sus +compañeros de clínica. Se imaginaba ser un personaje muy importante, de +una posición muy elevada; pero no tenía un concepto preciso de cuál era +tal posición, y sus ideas sobre ella cambiaban muy frecuentemente: tan +pronto se creía el conde Almaviva como el gobernador de la ciudad o un +taumaturgo y bienhechos de los hombres. La sensación de un poder enorme, +de una fuerza infinita y de una gran nobleza no le abandonaba jamás. Con +este motivo ponía en su modo de tratar a la gente una benevolencia de +gran señor, y rara vez era con ella severo y arrogante. Sucedía esto +cuando le llamaban «Egor», en lugar de «Georgi», como él quería que le +llamasen. Entonces se indignaba hasta saltársele las lágrimas, gritaba +que se intrigaba contra él y escribía largas quejas al Santo Sínodo y +al Capítulo de la Orden de Caballeros de San Jorge. El doctor Chevirev, +como recibiese una queja de aquéllas, le envió inmediatamente una +respuesta oficial en toda regla, en la que le daba una completa +satisfacción. Pomerantzev se calmó, y hasta hizo rabiar un poco al +doctor, que parecía muy asustado con la queja de su enfermo. + +--No hay que apurarse--tranquilizaba éste al doctor--. Ya está todo +arreglado. + +Los enfermos no eran muy numerosos en la clínica: once hombres y tres +mujeres. Vestían como solían hacerlo en su casa, y había que fijarse +mucho para darse cuenta de un pequeño desorden en su aspecto exterior, +desorden contra el cual Chevirev no podía hacer nada. Llevaban los +cabellos, por lo general, bien peinados. Las dos únicas excepciones eran +una señora que se obstinaba en llevarlos sueltos, lo que producía una +impresión cómica, y un enfermo, llamado Petrov, que llevaba el pelo y la +barba muy largos, por miedo a las tijeras, y no permitía que le pelasen, +por temor a que le degollaran. + +En invierno, los enfermos preparaban por sí mismos un lugar para +patinar, y se dedicaban con placer a dicho deporte. En primavera y +verano trabajaban en la huerta, cultivaban flores y parecían hombres +llenos de salud, normales. En todas estas ocupaciones, Pomerantzev era +siempre el primero. Sólo tres de los enfermos no tomaban parte en los +trabajos ni en los juegos: Petrov, el de la larga barba; el enfermo que +llamaba día y noche a las puertas, y una doncella cuarentona, de nombre +Anfisa Andreievna. Durante muchos años había estado empleada como ama de +llaves en casa de una condesa, algo parienta suya, donde dormía en una +cama muy corta, casi de niño, en la que no podía acostarse sin encoger +las piernas. Cuando se volvió loca, creía tenerlas encogidas para toda +la vida y encontrarse, por tanto, en la imposibilidad de andar. A toda +hora atormentábala el temor de que cuando muriese la colocaran en un +ataúd demasiado corto, donde no pudiera estirar las piernas. Era muy +modesta, suave, de lindo rostro exangüe, como se pinta a las monjas y a +las santas. Mientras hablaba, sus largos dedos blancos arreglaban los +encajes rotos de su peto. Le enviaban muy poco dinero para sus gastos, y +llevaba trajes extraños, hacía mucho tiempo pasados de moda. + +Tenía una confianza absoluta en Pomerantzev, y le rogaba con frecuencia +que se cuidase del ataúd cuando ella muriese. + +--Es verdad que el doctor me lo ha prometido; pero no tengo gran +confianza; su papel es engañarnos, mientras que usted es de los +nuestros. Además, no es gran cosa lo que le pido a usted: un ataúd largo +costará unos tres rublos más que un ataúd corto. Ya he sacado la cuenta. +Pero es preciso que alguien se cuide de eso. ¿Usted me lo promete? + +--¡Sí, señora! Cuente usted conmigo. Haré una colecta entre los enfermos +y se le construirá a usted un mausoleo en el cementerio. + +--Muy bien. Un mausoleo; me parece muy bien. Se lo agradezco a usted +muchísimo. + +Y su pálida faz se coloreaba ligeramente, como blanca nube matutina +herida por el primer rayo del sol. + +Hacía mucho tiempo que no creía en Dios, y un día, como hubieran llevado +a casa de la condesa unos iconos, cometió con uno de ellos un horroroso +sacrilegio. Con este motivo, se cayó en la cuenta de que había perdido +el juicio. + +Durante los paseos, que eran obligatorios para todos los enfermos, +Petrov se mantenía siempre a distancia por temor a un ataque súbito; en +verano llevaba en el bolsillo, para defenderse, una piedra, y en +invierno, un pedazo de hielo. El enfermo que llamaba a las puertas se +mantenía también a distancia. Después de pasar rápidamente por todas las +puertas abiertas, se detenía ante la del jardín y se ponía a llamar a +ella, sin apresurarse, insistentemente, de un modo monótono, con +intervalos regulares. Al principio de su estancia en la clínica tenía +los dedos hinchados y cubiertos de cicatrices; pero con el tiempo se +fueron tornando insensibles, la piel se endureció, y cuando llamaba, se +podía creer que sus dedos eran de piedra. + +Pomerantzev se creía obligado a charlar un poco con él siempre que le +encontraba. + +--¡Buenos días, señor! ¿Sigue usted llamando? + +--¡Sí!--respondía el otro, mirando a Pomerantzev con sus grandes ojos +tristes y extrañamente profundos. + +--¿No abren? + +--No--respondía el enfermo. + +Su voz era débil, suave, como un eco, y tan extrañamente profunda como +sus ojos. + +--¡Déjeme usted, voy a abrir!--decía Pomerantzev. + +Y empezaba a empujar la puerta, a forzar la cerradura; pero la puerta no +cedía. Entonces añadía: + +--Descanse usted un poco; mientras tanto, yo llamaré. + +Por espacio de algunos minutos, Pomerantzev llamaba concienzuda y +enérgicamente con el puño en la puerta. El otro descansaba, frotándose +las manos y mirando con ojos asombrados, y al mismo tiempo indiferentes, +al cielo, al jardín, a la clínica, a los enfermos. Era de elevada +estatura, hermoso y fuerte aún. El viento acariciaba su barba entrecana. + +Una vez se le acercó lentamente Petrov y le preguntó con voz queda: + +--¿Hay alguien detrás de la puerta? ¿Quién es?... + +--¡Es necesario que la abran! + +--¡Qué tontería! ¿Y si entra cuando usted la abre? + +--Es necesario que la abran. + +--¿Cómo se llama usted? + +--No lo sé. + +Petrov se rió recelosamente y, apretando el pedazo de hielo que llevaba +en el bolsillo, volvió de puntillas a su sitio, detrás de un árbol, +donde se sentía en seguridad relativa en caso de un ataque súbito. + +En general, los enfermos charlaban mucho y se complacían en la charla; +pero apenas habían cambiado las primeras palabras, no se escuchaban ya +los unos a los otros, y hablaba cada uno para sí. Merced a esto, sus +conversaciones tenían siempre para ellos un gran interés. + +Todos los días, el doctor Chevirev se sentaba, ya al lado de uno, ya al +lado de otro, y escuchaba atentamente lo que los enfermos decían. +Parecía que también él hablaba mucho; pero, en realidad, nunca decía +nada y se limitaba a escuchar. + +Todas las noches, desde las diez hasta las seis de la mañana, permanecía +en el restorán Babilonia, y era incomprensible cómo tenía tiempo para +dormir, para vestirse con tanto atildamiento, para afeitarse diariamente +y aun para perfumarse un poquito. + + +III + +Pomerantzev estaba siempre contento de todo y de todos. Además de estar +loco, padecía del estómago, de gota y otras muchas enfermedades; a veces +el doctor le ponía a régimen; a veces le privaba durante un día entero +de todo alimento; pero a Pomerantzev todo esto le tenía sin cuidado. +Estaba siempre de buen humor, incluso cuando no le daban nada de comer, +y se enorgullecía de sus enfermedades, dándole las gracias al doctor +Chevirev por la gota, que consideraba una enfermedad noble, con la que +su importancia adquiría aún mayor relieve. + +El día que el doctor observó por primera vez en él esta enfermedad, se +llenó de satisfacción y estuvo todo el día dando órdenes, con grave +acento, a los demás enfermos, que se distraían en levantar una montaña +de nieve; se imaginaba ser un general que vigilaba la construcción de +una poderosa fortaleza. + +No había nada que no mirase con ojos optimistas, y hasta en los males +encontraba siempre algo bueno. Una vez, en invierno, se inflamó de +repente la chimenea de la clínica; temíase un incendio, y todos los +enfermos estaban asustados. Sólo Pomerantzev se felicitaba; tenía la +seguridad de que el fuego había destruido a los malignos diablos que, +escondidos en la chimenea, aullaban durante la noche. En efecto: los +aullidos cesaron, y Pomerantzev escribió un extenso relato de lo que +había ocurrido y se lo envió al Santo Sínodo, que, por mediación del +doctor, le contestó dándole las gracias. De cuando en cuando volaba a la +ciudad, a su oficina; pero lo hacía cada vez más de tarde en tarde; +todas las noches recibía la visita de San Nicolás, con quien acudía, +volando, a todos los hospitales de la ciudad, y se dedicaba a curar +enfermos. + +Por la mañana levantábase agotado, cansado, con las piernas hinchadas y +un dolor horrible en todo el cuerpo, y tosía terriblemente durante horas +y horas. + +--¡Qué! ¿Cómo se encuentra usted hoy?--le preguntaba el doctor, +sentándose a su lado en la cama. + +Pomerantzev, esforzándose en contener la tos, respondía: + +--Me encuentro admirablemente. ¡Nunca me he sentido tan bien! + +Y cuando había logrado dominar definitivamente el acceso de tos, añadía +con una sonrisa jovial y los ojos brillantes. + +--Sólo estoy un poco cansado. No es extraño, por lo demás. ¡He visitado +esta noche tres hospitales! ¡Y he tenido en ellos no poco que hacer! +Figúrese usted que solamente en el hospital Detegzev había cinco niños +enfermos de fiebre tifoidea. Uno estaba casi muriéndose. Por fortuna, +San Nicolás le curó en seguida, soplándole en la cara. El niño se puso +al punto muy alegre y pidió de beber. Yo y San Nicolás lloramos de +alegría. ¡Palabra de honor! + +Los ojos de Pomerantzev se llenaron de lágrimas; pero se apresuró a +secárselas, y añadió en son de broma: + +--¡Vaya un doctor San Nicolás! No se parece usted a él... + +Pero inmediatamente, temiendo que el doctor se ofendiese, procuró +tranquilizarse: + +--¡No, no, querido doctor! No tome usted en serio lo que acabo de +decirle. Bien sé que es usted un hombre excelente y cumple +concienzudamente con su deber. Usted se parece a San Erasmo. También es +un buen santo. + +--¿Usted le ha visto? + +--¡Ya lo creo! Yo he visto a todos los santos. + +Y se puso a describir detalladamente los rostros de los santos, que, +desde luego, eran todos buenos y nobles. + +Después se levantó, dio algunas vueltas por la estancia, hizo algunos +ejercicios gimnásticos y, al fin, se detuvo junto a la ventana abierta. + +--¡La nieve comienza ya a derretirse!--dijo--. ¡Me da un gusto!... ¿Qué +vamos a hacer hoy, doctor? + +--¿Quiere usted romper el hielo del estanque? + +--¿Romper el hielo? ¡Dios mío, me entusiasma! Romper el hielo es ayudar +a la primavera. ¡Verdaderamente, doctor, es usted un hombre excelente! + +--Y usted un hombre feliz. + +Se separaron grandes amigos. + +Un cuarto de hora después, Pomerantzev, todo salpicado de hielo y de +nieve, trabajaba enérgicamente con la pala, hundiéndola en el hielo, ya +medio fundido y semejante a azúcar cande. El trabajo hacía entra en +calor a Pomerantzev, que estaba fatigado y sudando; pero se sentía feliz +y miraba con ojos encantados alrededor. El día primaveral sonreía. De +los tejados, de los árboles, del muro, caían lentamente gotas de agua, +que lo ennegrecían todo en torno. Se aspiraba el olor de la nieve +derretida, del estiércol, los mil olores indefinibles de la primavera. + +--¡Mire usted cómo trabajo!--gritaba Pomerantzev a la enfermera, una +muchacha bajita, envuelta en una capa de pieles. + +Estaba sentada en un banco, dando pataditas en el suelo para calentarse +los pies, y vigilaba a los enfermos. La naricita se le había puesto +encarnada a causa del frío. + +--¡Muy bien, Georgi Timofeievich!--respondió con voz débil, sonriéndole +afectuosamente--. Me gusta mucho verle a usted trabajar. + +Pomerantzev no ignoraba que la enfermera estaba enamorada de él, y, +aunque no podía corresponder a tal amor, respetaba sus sentimientos y +procuraba no comprometer a la muchacha con cualquier imprudencia. +Imaginábase que era una heroína que había abandonado a su opulenta y +aristocrática familia para cuidar a los enfermos, aunque, en realidad, +era una pobre huérfana sin parientes. Estaba seguro de que la cortejaban +oficiales de la guardia imperial, y ella los rechazaba para consagrarse +por entero a su deber penoso. Se mantenía con ella en una actitud +particularmente respetuosa, la saludaba con extremada cortesía, la +llevaba del brazo a la mesa y le enviaba en verano, con el guarda, ramos +de flores; pero evitaba cuidadosamente el quedarse solo con ella, para +no ponerla en una situación falsa. + +A propósito de esta enfermera tenía frecuentes disputas con el enfermo +Petrov, que la juzgaba de una manera harto distinta. Petrov afirmaba que +era, como por lo demás lo eran todas las mujeres, perversa, embustera, +incapaz de un sincero amor. + +--Después de hablar con alguien--decía--, se burla de él. Hace un +momento, por ejemplo--seguía diciéndole confidencialmente a Pomerantzev, +acariciándose la larga barba--, hace un momento coqueteaba con usted y +conmigo, y estoy seguro de que ahora se está burlando de nosotros, y, +escondida detrás de la puerta, ¡está llamándonos imbéciles! ¡Está ahí, +créame usted! Hasta juraría que está haciéndonos muecas. ¡Oh, conozco +muy bien a esa maligna criatura! + +--¡Se engaña usted! ¡Yo sí que la conozco! + +--Pues está ahí, detrás de la puerta. La oigo. ¿Quiere usted que la +sorprendamos? + +Y los dos, cogidos de las manos, se acercaban lentamente, de puntillas, +a la puerta. Petrov la abría bruscamente. + +--¡Se ha escapado!--decía con tono triunfal--. Ha oído nuestra +conversación y ha huido. ¡Oh, son el diablo! Es muy difícil +sorprenderlas. Puede uno perseguirlas toda la vida sin tener buen éxito +nunca. + +Un día afirmó que la enfermera era la querida del guarda y había tenido +con él un niño, a quien acababa de matar; le había ahogado con una +almohada, y por la noche le había enterrado en el bosque. El sabía hasta +el sitio donde el pobre niño estaba enterrado. + +Pomerantzev, indignado al oír tales acusaciones, retrocedió unos cuantos +pasos, tendió solemnemente la mano derecha y dijo con voz grave: + +--¡Señor Petrov, es usted un monstruo! No volveré nunca a darle a usted +la mano. Voy a pedir a nuestros compañeros que juzguen su conducta +innoble. + +Y, en efecto, dio al punto principio a la organización de un tribunal. +Pero la tentativa fracasó. Cuando Pomerantzev hubo conseguido que todos +los enfermos se sentasen en semicírculo, la señora de los cabellos +sueltos propuso de repente que se jugase un rato al anillo, y no hubo ya +tribunal posible. + +Media hora después, Pomerantzev y Petrov charlaban amistosamente, como +si nada hubiera ocurrido: habían olvidado por completo su desavenencia. +Y hablaban, precisamente, de la enfermera y de su belleza; uno y otro +estaban de acuerdo en que tal belleza existía; pero Pomerantzev afirmaba +que era una belleza de ángel, mientras que Petrov sostenía que era una +belleza de demonio. Luego Petrov habló largamente, en voz baja, de sus +enemigos. + +Tenía enemigos que habían jurado perderle. Con apariencia de +informaciones financieras publicaban en los periódicos artículos en +contra suya, llenos de calumnias y de insinuaciones; sostenían contra él +una campaña persistente, por medio de carteles y de prospectos; le +perseguían por todas partes en automóviles ruidosos; le acechaban detrás +de los árboles. Habían sobornado a los hermanos de Petrov y a su anciana +madre, que todos los días le echaba veneno en la comida, por lo que él +no se atrevía a comer y estuvo a punto de morirse de hambre. Sí, eran +poderosísimos sus enemigos, podían filtrarse al través de las piedras, +de las paredes y de los árboles. Un día pasaba por el bosque, y un árbol +se inclinó sobre su cabeza y tendió las ramas para estrangularle. Al +levantarse por la mañana no estaba seguro de pertenecer por la noche al +mundo de los vivos; al acostarse, no tenía ninguna certeza de que no le +asesinarían durante la noche. Sus enemigos poseían el don de penetrar en +su cuerpo; ocurría a menudo que su pierna o su brazo no le obedecían, +paralizados por ellos. Podían también penetrar en su alma; con +frecuencia, por la mañana, trataban de impulsarle al suicidio y le daban +consejos sobre el mejor modo de realizarlo; una vez le habían aconsejado +que rompiese un cristal de la ventana y con uno de los pedazos se +cortase la arteria del brazo izquierdo por encima del codo. El doctor +Chevirev no ignoraba que Petrov era perseguido por numerosos enemigos. +La antevíspera, por la noche, había llegado a decirle: + +--¡Es usted un hombre muy desgraciado, Petrov! + +A Petrov le complació mucho oír aquellas palabras de verdad y de +compasión, mucho más apreciables sabiendo, como sabía él perfectamente, +que el doctor era un vulgar egoísta, un borracho y un libertino, que +había fundado su clínica con el único objeto de explotar a los +imbéciles. Era muy probable que el doctor fuese también cómplice de su +madre y que sólo esperase el momento favorable para perderle. El +domingo anterior Petrov había visto con sus propios ojos a su madre, +que, escondida detrás de un árbol, miraba fijamente a su ventana; cuando +le oyó gritar, se marchó corriendo. Era un hecho real, y, no obstante, +el doctor afirmaba que no había nadie en el jardín. Pero él la había +visto allí, detrás de aquel árbol, con su gorra de piel y sus terribles +ojos fijos en la ventana. + +Al contar todo esto a Pomerantzev, parecía lleno de un terror que +apagaba su voz y se manifestaba también en la agitación de su barba. Ni +siquiera advirtió la salida de Pomerantzev, y solo en su aposento, iba y +venía con paso nervioso, se oprimía con desesperación la cabeza entre +las manos, hablaba efusivamente y lloraba. Luego comenzó a amenazar con +los puños cerrados a sus enemigos invisibles y a llorar aún más +amargamente, con mayor desconsuelo. Algunos instantes después, como si +se hubiera acordado de algo, se animó, y con los ojos brillantes se +asomó a la ventana: acechaba a su madre. Permaneció asomado a la ventana +una hora entera. Muchas veces creyó divisar detrás de la esquina la +gorra de piel, los ojos terribles y el pálido rostro maternos. Se +disponía ya a lanzar un grito de horror, cuando la visión desapareció. +En torno se derretía la nieve, pesadas gotas de agua caían del tejado, +de los árboles, del muro. El aire tibio, límpido, de la primavera +envolvía el jardín. El día era claro, luminoso. + +La excitación de Petrov desapareció, así como los pensamientos +fragmentarios que turbaban su espíritu. Sólo le quedó una honda +tristeza. + +Se tendió en la cama. La tristeza, como si fuera un ser viviente, se +posó en su pecho y le clavó las garras en el corazón. Así permanecieron +ambos, estrechamente unidos, mientras fuera, en el jardín, caían gruesas +gotas de nieve derretida, y todo era claridad, luz radiante. + +Se oía, hacia el estanque, una risa jovial; era Pomerantzev, que echaba +al agua barquitas de papel y se reía, lleno de júbilo. + + +IV + +La enfermera María Astafievna no estaba enamorada de Pomerantzev; desde +hacía tres años, el tiempo que llevaba en la clínica, amaba +desesperadamente al doctor Chevirev y no se atrevía a decírselo. Le +amaba por su inteligencia, por su hermosura varonil, por la nobleza de +su corazón, por los perfumes especiales y aristocráticos que exhalaba +siempre; le amaba, en fin, porque no hablaba nunca y porque parecía +solitario y desgraciado. + +En las tres piezas del piso superior que habitaba el doctor no había +detalle del mobiliario, pedazo de papel ni cuadro que no le fuesen +familiares. Abría afanosa cuantos libros le veía a él leer, como +buscando en sus páginas el rastro de su mirada melancólica. Se sentaba +en todos los sillones y canapés, pensando que el doctor había estado +sentado en ellos. Una noche, hallándose el doctor, según su costumbre, +en el restorán Babilonia, llegó a tenderse con cuidado en la cama. En la +almohada quedó la huella de su cabeza; asustada, iba a hacerla +desaparecer, cuando, pensándolo mejor, renunció a su propósito, y toda +la noche, entre las burdas sábanas de la clínica, abrasándose de rubor, +de placer y de amor, estuvo besando locamente su almohada blanca de +doncella. Sobre el tocador del doctor había encontrado hacía tiempo un +frasco de esencia, y había perfumado su pañuelo, que guardaba como si +fuese un objeto precioso, y cuyo perfume saboreaba como saborea un +borracho el aroma del vino. + +Además de las tres estancias habitadas, había en el piso superior otra +más, completamente desierta y con una ventana italiana que abarcaba casi +por completo la pared. La acristalaban multitud de pequeños vidrios de +colores y de una misión arquitectónica puramente estética; mirada desde +fuera, era grata a la vista; pero causaba una impresión turbadora y +extraña mirada desde dentro. Siempre que la enfermera subía al piso +alto, permanecía largo rato en aquel aposento, contemplando, al través +de la vidriera policroma, el paisaje conocidísimo, y, sin embargo, +extraordinario, que se veía desde allí. El cielo, el muro, el camino, la +pradera y el bosque, mirados al través de los vidrios rojos, amarillos, +azules y verdes, cambiaban de un modo fantástico; el efecto, mirando al +través del conjunto de los cristales, era el de una gama; pero si se +miraba al través de un solo cristal, se experimentaba una emoción que +variaba según el color. La correspondiente al amarillo era muy +inquietante; el paisaje parecía anunciar alguna desgracia, evocar +vagamente algún terrible crimen. Al mirar al través del cristal +amarillo, la enfermera sentía una tristeza infinita y perdía toda +esperanza de que el doctor Chevirev se casara con ella. A no ser por +aquel cristal, le hubiera confesado, hacía mucho tiempo, su amor. Y +siempre se juraba no volver a mirar por aquella ventana; pero miraba, +sin embargo, llena de susto y de tristeza ante el extraño cambio del +paisaje conocidísimo. La proximidad de la ventana al gabinete del doctor +la inquietaba mucho, como si presintiera en ella un riesgo cercano y +misterioso. + +La soledad del doctor le inspiraba algo así como un sentimiento +maternal. Cuidaba su ropa y sus libros, y sentía mucho que su autoridad +no se extendiese a la cocina, tanto más cuanto que, a su juicio, el +doctor comía muy mal. + +Tenía celos de los enfermos, del guarda, al que el doctor confiaba a +veces misiones misteriosas; de cuantos trataban con su ídolo. Guardaba +en la cómoda, amorosamente, junto al pañuelo perfumado, un grueso +cuaderno, donde escribía sus más íntimos pensamientos y donde le rogaba +al doctor que renunciase a sus visitas cotidianas al restorán +Babilonia, al champaña y a la vida de libertino que ella sospechaba. +Cuando escribió la palabra «libertino» experimentó un dolor tan intenso, +tuvo tanta vergüenza del doctor y de sí misma, que no pudo ya escribir +más; habiéndose tendido, sin soltar el cuaderno, en la cama, estuvo +llorando toda la noche y emborronó con sus lágrimas dos páginas. + +En el mismo cuaderno se brindaba al doctor Chevirev, pero a condición de +que se casase con ella y renunciase a Babilonia y al champaña. +Demostraba que, desde el punto de vista económico, eso sería muy +ventajoso para el doctor; una vez casada con él, dejaría de cobrar +sueldo. Además, prometía ampliar, con la autorización del doctor, la +clínica, y mejorar las condiciones de vida de los enfermos, puesto que +sabía bastante psiquiatría y se hacía cargo de los defectos de la +clínica. Le rogaba al doctor--siempre en el cuaderno--que resolviese la +cuestión lo más pronto posible, pues ella había ya cumplido veinticuatro +años y pronto comenzaría a marchitarse. + +Hacía ya dos años que guardaba el cuaderno, y nunca se atrevía a +entregárselo al doctor. A menudo, en su timidez y su desesperación, +llamaba a la muerte. Cuando se muriese, el doctor leería de seguro lo +que ella había escrito. + +El doctor no sospechaba nada. Todas las noches, a las diez, se iba al +restorán Babilonia y no volvía hasta el amanecer. Y siempre se +encontraba en el corredor, al volver, a la enfermera, que le esperaba. + +--¿No se ha acostado usted aún?--preguntaba con tono indiferente--. +¡Buenas noches! + +Ella respondía, con voz apenas perceptible: + +--¡Buenas noches! + +En el restorán Babilonia, el doctor Chevirev era considerado como un +viejo cliente, que casi formaba parte de la casa, y como un personaje +importante, que ocupaba el primer lugar después del dueño del hotel. +Conocía por sus nombres a todo el personal, así como a todos los +miembros de la orquesta y a todos los cantores y cantatrices rusos y +bohemios. Tomaba parte en las alegrías y en las tristezas del +establecimiento, arreglaba a menudo las desavenencias entre la +administración y los clientes borrachos. Todas las noches se bebía tres +botellas de champaña, ni una más ni una menos. Considerándose allí no un +médico, sino un particular, se permitía, en ocasiones, sonreír, lo que +no hacía nunca en la clínica; pero hablaba tan poco como en dicho lugar. + +Hasta las doce o la una permanecía en la sala común, ante una de las +innumerables mesitas, en medio de un mar abigarrado de rostros, de +voces, de trajes, la espalda casi vuelta a la escena, donde aparecían de +vez en cuando cantores, cantatrices, juglares, acróbatas. Resonaban en +toda la sala el ruido de las copas y de los platos, las voces sonoras, +que se unían en un conjunto monótono y regular; la atmósfera estaba +impregnada de perfumes de mujer y de vapores de vino; hermosas mujeres, +muy pintadas, deslizándose entre las mesas, sonreían al doctor; todo +estaba inundado de una luz eléctrica deslumbradora. + +Unos se iban y otros ocupaban sus puestos; pero se diría que siempre +eran los mismos; tal semejanza había entre ellos, al fulgor de la luz +eléctrica, en medio del ruido incesante y del olor de los perfumes y del +vino. No de otra manera, durante una nevada, caen ante los cristales de +una ventana iluminada millares de copos de nieve. Y parece que son +siempre los mismos, siendo en realidad siempre otros, en su constante +tránsito de lo obscuro a lo obscuro. + +No se advertía cómo transcurrían las horas. Las botellas se vaciaban. El +ruido y el calor aumentaban; la atmósfera se iba poniendo poco a poco +más turbadora y excitante. Había momentos, al contrario, en que el ruido +se debilitaba casi hasta el silencio, y entonces oíase cualquier palabra +aislada que se pronunciase en el otro extremo del salón; pero +inmediatamente el ruido se hacía más intenso; intermitente, irregular, +parecía subir una escalera de escalones ruinosos y caer, para seguir +subiendo luego, dispersándose al cabo, como los fuegos artificiales, en +mil chispas multicolores, rojas, verdes, amarillas. En tales momentos, +se diría que nuevas voces, ya fuertes, ya suaves, se mezclaban con los +gritos de la multitud abigarrada; gritos aislados flotaban a veces sobre +el ruido general, semejantes a copos de espuma sobre las olas: risas +nerviosas, histéricas, fragmentos de canciones, juramentos furiosos. A +medida que avanzaba el tiempo, iban siendo más numerosas y frecuentes +las voces iracundas que votaban y renegaban. No se sabía la garganta de +donde salían; atravesaban el espacio a modo de murciélagos cegados por +la luz deslumbrante. El olor de los perfumes y el vino se iba haciendo +más fuerte e impedía la respiración, como si el aire que impregnaba +huyese de las bocas, ávidamente abiertas. Hacia la una o las dos de la +madrugada solían llegar algunos hombres y mujeres que el doctor conocía; +en Babilonia había tenido ocasión de conocer a casi toda la ciudad. La +alegre comparsa ocupaba en seguida un gabinete particular e invitaba al +doctor Chevirev. Se le acogía siempre con gritos alegres y bromas; +algunos, que se consideraban sus amigos, le abrazaban. Ayudaba a +componer el menú de la cena; elegía los vinos; indicaba los mejores +cantantes y cantatrices, a quienes se invitaba también al gabinete. +Luego se sentaba en un extremo de la mesa, con su botella de champaña, +que los criados le llevaban cada vez que cambiaba de sitio. Cuando le +dirigían la palabra se sonreía, y diríase que hablaba mucho, aunque +guardaba, en realidad, casi siempre silencio. + +Al principio, la temperatura en el gabinete era bastante baja; pero no +tardaba la atmósfera en caldearse. Como la habitación era mucho más +reducida que el salón general, cuanto pasaba en ella parecía más extraño +y más desordenado. Se bebía, se reía, hablaban todos a la vez, no +oyendo sino sus propias palabras; se cambiaban declaraciones de amor, +abrazos y, a veces, bofetadas. + +La gente variaba diariamente. Ante el doctor Chevirev pasaban artistas, +escritores, pintores, comerciantes, aristócratas, empleados públicos, +oficiales llegados de provincias. Había en la tertulia _cocottes_, +señoras honorables y, en ocasiones, muchachas puras e inocentes, +encantadas de cuanto veían y que se emborrachaban a la primera gota de +vino. No obstante su diversidad, toda aquella gente hacía lo mismo. + +No tardaban en entrar los bohemios, los hombres altos, de cuello largo y +cara triste y aburrida; las mujeres modestas, vestidas casi todas de +negro, indiferentes a las conversaciones, a las palabras que se les +dirigían y a los vinos que había en la mesa. Luego, de repente, +empezaban todos a gritar, y el gabinete se llenaba de una alegría loca, +de una tempestad de sonidos, de un huracán de pasiones, como si todo se +trastornase y desencadenase. Luego comenzaban los bailes. Cualquier +esqueleto vestido de mujer daba vueltas como un peón junto a la mesa, en +una danza loca, frenética. El silencio reinaba de nuevo, y de nuevo se +veían mujeres modestas vestidas de negro y hombres de cara seria y +triste. Durante un rato, las mujeres, cansadas, respiraban más +pesadamente, y temblaban las manos de la que acababa de bailar. + +Una joven bohemia morena comenzaba a cantar un «solo». Bajaba los ojos. +Todos deseaban vérselos; pero ella no los levantaba. Hermosa, morena, +como enajenada, cantaba: + + Ni debo amarte ni olvidarte puedo, + y hondo dolor mi corazón destroza. + ¡Contigo, el crimen, y sin ti, la muerte! + Lejos de ti, todo en mi vida es sombra. + Aunque maldigo mi pasión insana, + me complazco en sus cuitas deliciosas. + Ni quiero amarte ni olvidarte puedo. + ¡Malhaya el lazo!; pero ¿quién lo corta? + +De esta suerte cantaba, sin mirar a nadie, morena, hermosa, como +enajenada; parecía que lo que cantaba no fuese una canción, sino la +realidad, y en todos producía una impresión de realidad. La tristeza +invadía las almas, los corazones se llenaban de la nostalgia de algo +desconocido y bello, la memoria evocaba algo que quizá no había existido +nunca. Y todos, los que habían conocido el amor y los que no lo habían +conocido jamás suspiraban y bebían vino ávidamente. Y mientras bebían +percatábanse de que la vida sobria que habían llevado hasta entonces no +era sino una mentira, un engaño; de que la verdadera vida, la real, +estaba allí, en aquellos lindos ojos bajos, en aquellas exaltaciones del +sentir y el pensar, en aquel vaso que acababa alguien de romper, +derramando sobre el mantel un vino color de sangre. + +Se aplaudía con entusiasmo a la cantatriz, y se pedían más vino y más +canciones. Luego, a petición del doctor Chevirev, cantaba una bohemia +entrada en años, de rostro enflaquecido y enormes ojos rasgados; aludía +en sus cantos al ruiseñor, a las citas amorosas en el jardín, al amor +juvenil y a los celos. Estaba embarazada de su sexto hijo. Junto a ella +se hallaba su marido, un alto bohemio, vestido de levita, con una +mejilla hinchada a causa del dolor de muelas, que la acompañaba con la +guitarra. Ella cantaba, refiriéndose en sus canciones al ruiseñor, a las +noches de luna, a las citas deliciosas en el jardín, al amor juvenil, y +también las cosas que cantaba producían una impresión de realidad, a +pesar de su embarazo y de su rostro envejecido. + +Y así hasta el amanecer. + +El doctor Chevirev no se esforzaba por conservar en la memoria los +nombres de sus amigos del Babilonia, y no se daba cuenta de que +desaparecían y eran reemplazados por otros. Callaba, sonreía cuando se +dirigían a él, bebía su champaña mientras los demás gritaban, bailaban +con los bohemios, se regocijaban o se entristecían, reían o lloraban. +Generalmente, una alegría estúpida reinaba en la tertulia, lo que no era +óbice para que a veces también ocurrieran en ella cosas lamentables. + +Hacía dos años, mientras una joven y bella bohemia cantaba, un +estudiante se pegó un tiro; se fue a un rincón, se inclinó como para +escupir y se disparó el revólver en la boca, que olía aún a vino. Otra +noche, uno de los amigos del doctor, momentos después de abrazarle y +marcharse del Babilonia, fue desvalijado y asesinado en un garito. +Algunos años antes, el doctor había conocido allí a su enfermo Petrov; +en aquella época, Petrov llevaba una linda perilla, reía, derramaba vino +en los floreros y cortejaba a una hermosa bohemia. A la sazón llevaba +una larga barba descuidada y estaba recluido en un manicomio; la bohemia +había desaparecido. O quizá no había existido en la vida y el doctor se +la había inventado. ¿Quién sabe? + +A las cinco de la mañana, el doctor Chevirev acababa su tercera botella +de champaña, y se iba a su casa. En invierno, como todavía era de noche +a dicha hora, tomaba un coche; pero en primavera y en verano, si hacía +buen tiempo, se iba a pie. No tenía que andar sino cinco o seis +kilómetros hasta su clínica. Había que atravesar una gran aldea, seguir +después el camino, a ambos lados del cual extendíase la campiña, y +cruzar, por último, el bosque. + +El sol se levantaba, y parecía que sus ojos estaban aún rojos de sueño; +todo alrededor--el bosquecillo, los árboles, el polvo del camino--se +hallaba ligeramente teñido de un color rosa pálido. El doctor se cruzaba +de vez en cuando con campesinos y campesinas, que se dirigían en sus +cochecillos al mercado de la ciudad. En su cara y en su actitud se +reflejaba aún la impresión del frío de la noche. Tras los cochecillos se +alzaban leves nubes de polvo. Junto a una taberna jugaban unos perritos. +De vez en cuando pasaban por el camino hombres con sacos a la espalda, +gentes misteriosas, de esas que siempre, a toda hora, van a alguna +parte. El bosque estaba húmedo aún; los rayos del sol no habían tenido +tiempo de ahuyentar el frescor nocturno; por eso el doctor Chevirev +prefería dar un rodeo y caminar por campo abierto. + +Bien afeitado, muy currutaco con su sombrero de copa, balanceaba +negligentemente su mano enguantada, y silbaba, acompañando a los +pájaros, cuyas canciones resonaban en la atmósfera. Dejaba tras sí, en +el aire fresco de la mañana, un ligero olor a perfumes, a vino y a +fuertes cigarros. + + +V + +Al verano siguió el otoño, frío y lluvioso. Durante dos semanas, la +lluvia casi no cesó. En las raras horas de intervalo, nieblas frías +alzábanse por todos lados, a modo de cortinas de humo. + +Un día cayó en gruesos copos blancos la nieve; se extendió como un +blanco tapiz desgarrado sobre la hierba, verde aún, y en seguida se +derritió, aumentando la frialdad y la humedad del aire. + +En la clínica se encendían las luces a las cinco de la tarde. En todo el +día no se veía un rayo de sol, y los árboles, tras los cristales, +agitaban tristemente las ramas, como queriendo despojarse de las últimas +hojas. + +El ruido incesante de la lluvia sobre el tejado de cinc, la ausencia del +sol y la falta de distracciones, ponían a los enfermos nerviosos, +excitados. Les daban más a menudo ataques y se quejaban constantemente. +Algunos se resfriaron, entre otros el enfermo que llamaba a las puertas, +el cual tuvo una inflamación pulmonar, y durante algunos días estuvo a +la muerte. Al menos, el doctor afirmaba que cualquier otro, en su lugar, +no sobreviviría. Diríase que su indomable voluntad, su loca idea fija de +las puertas que debían abrirse, le habían hecho invulnerable, casi +inmortal, y que la enfermedad no podía nada contra su cuerpo, olvidado +hasta por él mismo. Ni soñando dejaba de hablar de las puertas, de +rogar, de suplicar y aun de exigir con voz terrible y amenazadora que +las abriesen; la enfermera tenía miedo de quedarse con él de noche, +aunque le habían puesto una camisa de fuerza y le habían atado a la +cama. Mejoraba rápidamente. El doctor dio orden de que le dejasen +siempre abierta la puerta de la habitación, y el enfermo no se acordaba +de que había en la casa otras puertas cerradas, y estaba muy contento. +Pero desde que abandonó el lecho se le oyó llamar a la puerta vecina. + +Pomerantzev también se resfrió. Tuvo un fuerte romadizo; además perdió +la voz, y sólo podía hablar bajito. Sin embargo, estaba de excelente +humor. En el verano había sembrado una mata de sandías, y cuando +estuvieron en sazón le regaló la más hermosa a la enfermera. Esta quiso +dársela a la cocinera para que la sirviese en la mesa; pero Pomerantzev +no lo permitió; la colocó él mismo sobre el velador, en la habitación de +la enfermera, y acudía a cada momento a admirarla: le recordaba +vagamente el globo terráqueo y le sugería grandes ideas. + +El doctor le regaló diez tarjetas postales ilustradas, y Pomerantzev se +dedicó a la tarea de componer un catálogo de sus cuadros. Trabajó +durante mucho tiempo en el dibujo de la cubierta. Comenzó por dibujar su +propia persona, como propietario de los cuadros, y esto le gustó tanto +que repitió el retrato en todas las páginas. Luego le pidió al doctor +una gran hoja de papel, y dibujó una vez más su imagen, bajo la que +escribió con letras muy grandes: «Georgi el Victorioso». Colocó el +cuadro en una pared del comedor, muy cerca del techo, y los enfermos que +lo veían le felicitaban. + +Pero el mal tiempo ejercía también sobre él una influencia perniciosa. +Sus ensueños nocturnos tornábanse inquietantes y belicosos. Todas las +noches le atacaba una turba de diablos chorreando agua, y de mujeres +rojas, de aspecto infernal, que se parecían a la suya. Luchaba largo +rato, denodadamente, con sus enemigos, y acababa por ponerlos en fuga; +diablos y mujeres huían a todo correr ante su espada flamígera, lanzando +gritos de terror y gemidos lastimeros. Pero por la mañana, después de +tan fieras batallas, estaba tan cansado que, para recobrar las fuerzas, +tenía que quedarse en la cama un par de horas más. + +--Naturalmente, yo también he recibido algunos golpes--le confesaba +francamente al doctor Chevirev--. Un diablo muy grande ha cogido una +viga y me la ha tirado entre las piernas, me ha hecho caer y ha +pretendido estrangularme. Pero yo he acabado por vencerle. ¡Se ha +llevado lo suyo!... Me han amenazado cuando huían con volver esta noche. +Si oye usted ruido, no se asuste; pero venga y verá. ¡Es interesante; se +lo aseguro! + +Y seguía durante largo rato, con gran copia de curiosos detalles, +hablando del combate nocturno. + +Pero, de todos los enfermos, el que peor estaba era Petrov. Las nieblas +del otoño, que por las ventanas invadían la clínica, le inspiraban la +idea de que todo se había acabado, y a cada momento esperaba un suceso +terrible. El presentimiento de una desgracia próxima era en él tan +intenso, que permanecía horas y horas inmóvil, sin atreverse a +levantarse. Estaba seguro de que mientras no se moviese nada malo podía +ocurrirle, y de que con sólo levantarse, con sólo moverse de su sitio, +con sólo volver la cabeza, la desgracia terrible ocurriría +inmediatamente. Pero una vez en pie, y habiendo comenzado a andar, no se +atrevía ya a pararse, pues se le antojaba que el peligro estaba +precisamente en la quietud. Y andaba más aprisa a cada momento, +volviéndose con una frecuencia creciente, lanzando en todas direcciones +miradas de pavor, hasta que caía muerto de cansancio en la cama. + +Por la noche escondía la cabeza bajo las almohadas y las sábanas, de tal +manera que se ahogaba; pero no se atrevía a sacarla, aunque la +habitación estaba bien alumbrada y frente a la cama dormía una +enfermera, a quien el doctor, en vista del estado inquietante de Petrov, +había encargado de vigilarle toda la noche. Como durante el día, Petrov +unas veces no se atrevía a moverse y parecía un cadáver, y otras sacudía +todo el cuerpo, como si temblara de frío. Todo su horror se concentraba +en su madre, en la pobre vieja de cara pálida. No pensaba ya que fuera +cómplice de los médicos que querían perderle. Ni siquiera razonaba el +horror que le inspiraba; pero temía ver su cara y oírle decir: «¡Hijito +mío!» + +No sabía lo que ocurriría en ese momento, y no se atrevía a pensarlo. Y +a toda hora sentía que la pobre vieja estaba allí, muy cerca. Estaba +seguro de que se paseaba por el bosque vecino, con su gorro de pieles, y +de que se ocultaba debajo de la mesa, debajo de la cama, en todos los +rincones obscuros. Durante la noche permanecía en pie detrás de la +puerta, tratando de abrirla suavemente. + +El domingo anterior, por la mañana, había estado a verle. Durante una +hora estuvo llorando en el aposento del doctor; Petrov no la vio; pero a +media noche, cuando todos dormían ya, tuvo un ataque de locura. Se llamó +a toda prisa al doctor, que estaba en Babilonia, y cuando llegó, Petrov +se encontraba ya mucho mejor, gracias a la presencia de gente y a una +fuerte dosis de morfina que le habían dado; pero seguía temblando de +pies a cabeza y jadeando. Medio ahogándose, iba y venía de un cuarto a +otro y renegaba de todo y de todos: de la clínica, del personal, de la +enfermera, que se dormía en vez de velar. Cuando entró el doctor, le +recibió lleno de ira. + +--¡Tiene gracia esta casa de locos!--gritaba sin dejar de andar--. ¡Vaya +una casa de locos! Ni siquiera cierran las puertas de noche, y +cualquiera... si le da la gana... ¡Me quejaré! Si no puede usted ni +tener un guarda, ¿para qué se mete a abrir clínicas? ¡Es una bribonada! +¡Sí, señor, una bribonada! ¡Roba usted a sus enfermos! ¡Abusa de su +confianza! Le creen a usted un hombre honrado, y usted... + +--A ver el pulso--dijo el doctor Chevirev. + +--Tómemelo, si quiere; pero no se crea que voy a dejarme engañar con el +pulso y otras zarandajas. + +Petrov se detuvo, y, mirando con ira el rostro afeitado del doctor, +preguntó de repente: + +--¿Estaba usted en el Babilonia? + +El doctor hizo con la cabeza un signo afirmativo. + +--¡Qué! ¿Se está bien allí? + +--Sí. + +--¡Ya lo creo que se está bien! ¿Por qué no? Sin embargo, hay que tener +cuidado de que cierren las puertas. No hay que olvidar la clínica por el +Babilonia. + +Se echó a reír a carcajadas; pero sus labios temblaban, y su risa +parecía el ladrido de un perro con frío. + +--Sí; voy a dar orden de que cierren siempre las puertas. Le ruego a +usted que me perdone; ha sido un descuido del personal. + +--Para usted tal descuido acaso no tenga importancia, mientras que para +mí podría tenerla muy grande. Pero le perdono a usted por esta vez. + +Luego, dirigiéndose al enfermero y a los guardas, les dijo severamente: + +--¿Han oído ustedes? ¡Cierren en seguida las puertas! + +Y añadió riendo: + +--De lo contrario, yo y el doctor nos iremos inmediatamente a pasar el +rato al Babilonia. + +Cuando se logró que Petrov se retirase a su aposento y se acostase, el +doctor subió a sus habitaciones. En el corredor, junto a la escalera, +encontró a la enfermera; se hallaba completamente vestida, y sus ojos +brillaban. + +--¡Doctor!--murmuró. + +Estaba tan emocionada, que no podía continuar. + +--¡Doctor!--repitió, sin alzar la voz. + +--¡Ah, es usted! ¿No se ha acostado todavía? Es ya tarde. + +--¡Doctor! + +--¿Qué hay? ¿Necesita usted algo? + +--¡Doctor! + +Le faltaron ánimos. ¡Quería decirle tantas cosas! Le hubiera hablado de +su amor, del Babilonia, del champaña, de que abusaba. Pero se limitó a +preguntar: + +--¿Hay que darle bromuro a Polakov? + +--¡Desde luego! ¡Buenas noches! + +--Muy buenas. ¿Volverá usted a irse? + +El doctor consultó su reloj. Eran las tres y media. + +--No, es demasiado tarde. No saldré ya. + +--¡Gracias! + +Ahogó un sollozo y huyó a su habitación, a llorar, tan pequeña en el +amplio y largo corredor, que parecía una niñita. + +El doctor la siguió con la vista, consultó de nuevo su reloj y, +sacudiendo la cabeza, se dirigió a sus habitaciones. + +El día siguiente fue gris, y, aunque no llovió, hizo mucho frío. El +invierno se echaba encima. El barro no tardó en secarse. A las cuatro, +cuando se hizo salir un rato a los enfermos a tomar el aire, las +avenidas estaban completamente secas, el suelo parecía de piedra y las +hojas caídas crujían bajo las pisadas. + +El doctor, Pomerantzev y Petrov se paseaban a lo largo de la avenida. El +doctor y Petrov callaban; Pomerantzev se divertía en hundir los pies +entre las hojas secas, y miraba a cada instante atrás, para ver si +quedaban huellas. Charlaba acerca del otoño en Crimea, aunque él no +había estado allí nunca; acerca de la caza, que no conocía, y acerca de +otras muchas cosas incoherentes, pero divertidas y no desprovistas de +interés. + +--¡Sentémonos!--propuso el doctor. + +Sentáronse en un banco; el doctor, entre ambos enfermos. Veían ante +ellos el cielo frío, de nubes grises y pálidas, muy elevadas. + +Las tinieblas descendían. Lejos, por encima de los árboles del bosque, +que se veía apenas, cerníase una bandada de grajos en busca de un lugar +donde pasar la noche. Formaban una larga cinta viviente, y aunque eran +numerosos, en sus gritos se adivinaba un sentimiento de soledad, el +temor de una interminable noche fría, una queja dolorosa. Varios grajos +se destacaron de la bandada, y cuando estuvieron más cerca, pudo verse +que cuatro de ellos perseguían a otro; después todos desaparecieron tras +el bosque. + +Petrov, considerablemente calmado después del ataque de la víspera, +miraba fijamente, ora a los pájaros, ora al médico. Guardaba un silencio +tenaz. Pomerantzev también había enmudecido, y con gesto severo miraba a +lo alto. + +--Se está bien ahora en casa--dijo con una voz que parecía, no se sabe +por qué, de asombro--. No estaría mal tomar ahora te. + +--¡Vuelan aquí!--dijo Petrov. + +Se puso pálido y se acercó más al doctor. + +--¿Vamos?--propuso éste--. Usted, señor Pomerantzev, vaya delante. + +Estas palabras sonaron en los oídos de Pomerantzev como una llamada al +poder. Se irguió orgullosamente, y empezó a andar con paso firme, +imitando con las manos los movimientos de un tambor y tarareando algo +parecido a una marcha guerrera. + +--¡Tam-tara-ta-tam! ¡Tam-tara-ta-tam! + +De esta suerte, tamborileando y andando con paso marcial, avanzaba +delante del doctor y de Petrov, que, inconscientemente, seguían el +compás. Petrov se estrechaba contra el doctor y miraba con ansia, +volviendo la cabeza, la bandada de grajos en el cielo frío y a cada +momento más obscuro. + +--¡Tam-tara-ta-tam! ¡Tam-tara-ta-tam! + +El guarda, habiendo visto desde lejos llegar al doctor, abrió la puerta +de par en par. Pomerantzev entró el primero, con paso solemne, la cabeza +orgullosamente echada atrás y tamborileando. Los otros dos le seguían. +En el umbral de la puerta, Petrov dirigió una mirada atrás, y su rostro +expresó un miedo horrible. + +A media noche se levantó un viento muy fuerte. Sacudía el cinc del +tejado y parecía atacar furiosamente a toda la clínica. + +Aquella noche Petrov se murió de terror. + + +VI + +Se transportó al muerto a una vasta habitación fría, que existe en todos +los hospitales, destinada a tal fin; se le lavó y se le vistió con una +levita negra, que se le abrochó sobre el pecho. + +Al día siguiente llegaron la madre de Petrov y su hermano mayor, un +escritor muy conocido. Después de pasar algunos momentos con el muerto, +volvieron al aposento del doctor. La anciana, completamente quebrantada +por el dolor, apenas entró en el salón de Chevirev, se dejó caer en el +sofá; pequeña, consumida por una larga vida de sufrimientos, parecía un +bultito negro, de faz pálida y cabellos blancos. Derramando lágrimas +heladas de anciana, empezó a contar prolijamente de qué manera en la +familia amaban a su hijo Sacha y el terrible golpe que había sido para +ellos su enfermedad inesperada. No había habido nunca locos en la +familia, ni aun en las generaciones precedentes. El propio Sacha había +sido siempre un joven sano, aunque un poco desconfiado. La anciana +insistía en este punto. Se diría que trataba de justificarse, de +demostrar algo; pero no lo lograba. + +El doctor procuraba, con breves réplicas monosilábicas, tranquilizarla; +el escritor, alto, sombrío, de cabellos negros, algo parecido a su +hermano muerto, iba y venía con paso nervioso de un extremo a otro de la +estancia, torturaba su barba, miraba por la ventana y daba a entender +claramente, con su actitud, que las palabras de su madre le +desagradaban. Tenía su opinión sobre la enfermedad de su hermano, muy +sabia, fundada en los datos de la ciencia tanto como en su personal +conocimiento de las miserias de la vida. Pero entonces, ya muerto Sacha, +no quería hablar de eso, sobre todo porque se veía obligado a insistir +en lo atañadero al mal carácter del difunto. + +Al cabo, no pudiendo ya contenerse, interrumpió a su madre: + +--Mamá, ya es hora de que nos vayamos. Estamos molestando al señor +doctor. + +--En seguida, hijo mío. Dos palabras más, y nos vamos. + +Y comenzó de nuevo a hablar, a justificarse y a pretender demostrar +algo, sin conseguirlo. El hijo miraba con una curiosidad malévola la +cabeza temblorosa y cana de la madre; recordaba las cosas insensatas que +le decía en el camino, y pensaba que estaba loca; que abajo, en los +aposentos cerrados, había locos; que su hermano, que acababa de morir, +estaba también loco, y no paraba de inventar historias ridículas, viendo +enemigos por todas partes, figurándose que se le perseguía a cada paso. +¡El pobre desgraciado se imaginaba tener enemigos! ¿Qué hubiera dicho +si, en efecto, los hubiera tenido como él, el escritor, reales, +poderosos, implacables, infatigables, que no retrocedían ante la +calumnia y la denuncia? + +--¡Mamá, hay que marcharse! + +--¡En seguida, hijo mío! Diga usted, doctor, ¿podré pasar la noche junto +a mi Sacha? ¡Está solo el pobrecito! Nadie en nuestra familia había +muerto en un hospital, y el pobre hijo mío... + +Y se echó a llorar. + +El doctor la autorizó para pasar la noche velando al difunto. La madre y +el hijo se fueron. Por el camino, la anciana comenzó de nuevo a decir +cosas insensatas; su hijo hacía gestos de impaciencia y miraba con mal +humor los tristes campos, despojados por el otoño de su pompa. + +En consideración al carácter tranquilo de Pomerantzev, no se le cerraba +nunca la puerta de la habitación. Durante todo aquel día inquietante +anduvo de un lado para otro por la clínica. Asistía a todos los +servicios religiosos fúnebres, distribuía velas, las recogía luego, y si +alguien se olvidaba de apagar la suya, se acercaba y la apagaba él, +soplando muy solícito. + +El muerto le inspiraba una gran curiosidad. De media en media hora +entraba en la cámara mortuoria para mirarle, ajustaba sobre el cadáver +el lienzo que lo cubría y le arreglaba la levita. Y creía que su papel +allí no era menos grave e importante que el del muerto. El estaba vivo y +lleno de actividad, lo que no era menos interesante, misterioso y grave +que estar muerto y yacer en el ataúd. Mientras andaba por toda la +clínica, de un lado para otro, pensaba en las palabras conmovedoras y +solemnes que acababa de oír durante el servicio religioso: «Difunto», +«llamado por Dios al reino de los cielos» y otras. Tales palabras, y +cuanto pasaba aquel día le hacían felicísimo; pero en lo profundo de su +alma sentía una extraña inquietud, como si se hubiera olvidado de algo +muy grave y no pudiera recordarlo, a pesar de todos sus esfuerzos. En su +ir y venir incansable se detenía a veces y se rascaba, con aire +preocupado, la frente. Con frecuencia le pedía órdenes a la enfermera. + +--¿Me ha encargado usted que haga algo? Me parece que ya está todo. + +La enfermera, que se sentía dichosa todavía porque el doctor no había +vuelto, algunas noches antes, al Babilonia, respondió afectuosamente: + +--Sí, querido Georgi Timofeievich, lo ha hecho usted todo. Le estamos +muy agradecidos yo y el doctor. ¿Comprende usted? ¡Yo y el doctor! Yo y +el doctor... + +--Me alegro mucho. Temía haber dejado algo por hacer. + +Y seguía apresuradamente su camino. + +Cuando llegó la noche, Pomerantzev trató en vano de conciliar el sueño: +daba vueltas, suspiraba; pensaba en mil cosas, pero no lograba dormirse. +Entonces se volvió a vestir y se fue a ver al muerto. El largo corredor +no estaba alumbrado sino por una lamparilla, y apenas se veía en él. En +la cámara mortuoria ardían tres gruesos cirios, y otro, muy fino, +alumbraba el breviario que leía en alta voz una monja llamada para velar +al muerto. Había mucha luz en la estancia; el aire estaba impregnado de +olor a incienso. Cuando entró Pomerantzev, su cuerpo proyectó sobre el +suelo y sobre las paredes algunas sombras vacilantes. + +--Deme usted su breviario, hermanita--propuso Pomerantzev a la monja--. +La reemplazaré a usted un rato. + +La monja, que, en plena juventud, se pasaba la vida leyendo oraciones a +la cabecera de los muertos, aceptó muy gustosa la proposición y se +retiró a un ángulo del cuarto. Había tomado a Pomerantzev por un miembro +del personal de la clínica o por un pariente del difunto. + +En aquel momento se levantó del canapé la madre de Petrov, envuelta en +un chal negro. Su cabecita cana temblaba; su rostro era tan pulcro en su +senilidad como si se lavase diez veces al día cada arruguita. Llevaba +largo rato en el canapé, sin dormir, sumida en sus tristes pensamientos. + +Al principio, Pomerantzev leía muy bien, con voz expresiva; pero los +cirios y las flores que cubrían el cuerpo del difunto no tardaron en +atraer su atención. Acabó por leer de un modo incoherente, saltándose +muchas líneas. La monja se aproximó a él sin que lo advirtiese, y, +suavemente, le quitó de la mano el breviario. En pie ante el ataúd, con +la cabeza ligeramente echada a un lado, contempló al muerto unos +momentos, admirándole, como un pintor admira su cuadro. Después arregló +un poco la levita del difunto, y le dijo, como para tranquilizarle: + +--¡Duerme tranquilo, hermano mío! No tardaré en volver. + +--¿Conocía usted a mi pobre Sacha?--preguntó la vieja, acercándose. + +Pomerantzev se volvió hacia ella. + +--Sí--dijo con tono decidido--; era mi mejor amigo. Mi amigo de la +infancia. + +--Yo soy su madre. Me da gusto oírle a usted hablar así de mi pobre +Sacha. Permítame usted que le hable un poco. + +Pomerantzev se imaginó que él era el doctor Chevirev, que escuchaba las +quejas de los enfermos. Adoptando una actitud grave, atenta y +suplicante, respondió con mucha cortesía: + +--¡Estoy a sus órdenes! Tenga la bondad de sentarse. Estará usted mejor. + +--No, gracias; estoy bien así. Diga usted, ¿no es verdad que mi pobre +Sacha no era un mal hombre? + +--¡Era un hombre excelente!--exclamó con sincero acento Pomerantzev--. +Era el mejor de los hombres que he conocido. Claro es que tenía sus +defectillos; pero... ¿quién no los tiene? + +--Es lo que yo digo; pero mi hijo segundo, Vasia, se incomoda. ¡Soy tan +feliz oyéndole a usted! Es un gran consuelo para mí... Diga usted, ¿mi +pobre Sacha no se quejaba nunca de mí? ¡Pobrecito! Se figuraba que yo no +le quería y, no obstante, créame usted, yo le quería mucho, mucho... + +Y llorando suavemente, le contó a Pomerantzev todos sus sufrimientos, +todos sus dolores de madre, que veía a su hijo perdido y no podía hacer +nada por él. Y de nuevo pareció querer justificarse, demostrar algo, sin +lograrlo. Se diría que tanto ella como Pomerantzev, que apoyaba +tranquilamente el codo sobre el ataúd, se habían olvidado del muerto; la +vieja estaba tan cerca de la muerte, que no le atribuía una gran +importancia y la concebía como otra vida misteriosa; Pomerantzev, por +su parte, ni siquiera pensaba en ella. Pero las lágrimas de la anciana +de cabellos blancos le conmovieron, y experimentó de nuevo un +sentimiento de vaga inquietud. + +--¡A ver el pulso!--le dijo--. Bueno. No se apure usted. Todo se +arreglará lo mejor posible. Yo haré todo lo que esté en mi mano. Esté +usted completamente tranquila. + +--Me consuela usted. ¡Es usted tan bueno! Se lo agradezco con toda mi +alma. + +Y la vieja, de pronto, le cogió la mano a Pomerantzev y se la llevó a +los labios. + +El se puso muy colorado, como se ponen los hombres que ya peinan canas y +tienen arrugas en la cara, y exclamó con indignación: + +--¡Vamos, señora, vamos! ¿Se les besa la mano a los hombres? + +Y salió de la estancia. + +El corredor estaba mal alumbrado. Pomerantzev marchaba lentamente. De +pronto, a algunos pasos de distancia, vio a San Nicolás, el taumaturgo. +Era un hombrecillo de pelo gris, con pantuflas tártaras muy agudas y una +pequeña aureola dorada alrededor de la cabeza. Pomerantzev avanzaba +cabizbajo, y el santo también, sin ruido alguno, como si anduviese sobre +una espesa alfombra. Durante largo rato, uno y otro guardaron silencio. +Marchaban emparejados y sumidos en sus reflexiones. El corredor parecía +interminable. Se veían a ambos lados blancas puertas cerradas; detrás +de unas reinaba un silencio absoluto; detrás de otras se adivinaba una +ligera agitación: la de los enfermos insomnes, que no podían estarse +quietos. El corredor no se terminaba jamás, y las puertas eran +extrañamente numerosas. Detrás de una de ellas, al lado izquierdo del +pasillo, oyeron un ruido seco y monótono; el loco que llamaba a las +puertas se entregaba infatigablemente a su ocupación predilecta. + +--¡Llama!--dijo Pomerantzev a San Nicolás, sin levantar la cabeza. + +--¡Llama!--respondió el otro, sin levantar la cabeza tampoco. + +--¡Muy bien! + +--¡Sí, muy bien!--confirmó San Nicolás. + +Y siguieron andando, sumidos uno y otro en sus reflexiones. + +--¿Por qué siento a veces en el pecho, bajo el corazón, algo que me +oprime, que me pesa? Di, Nicolás. + +--¡Es natural! En una casa de locos no puede uno menos de fastidiarse +alguna vez. + +--¿Crees...? + +Pomerantzev volvió la cabeza hacia San Nicolás. Este le miraba con +afecto y sonreía dulcemente. Tenía los ojos arrasados en lágrimas. + +--¿Por qué lloras? Sonríes y lloras al mismo tiempo. + +--¿Y tú? Tú también sonríes y lloras. + +Y siguieron andando, sumidos en sus reflexiones. + +--¡Llama!--dijo Pomerantzev. + +--¡Llama!--respondió San Nicolás. + +--Me das lástima, Nicolás. Estando tan viejo, tan enfermo, tan falto de +fuerzas, andas sin cesar, vuelas sin descanso sobre la tierra y no te +cuidas de nada. Ahora has venido por los aires a visitarme. Veo que no +me olvidas. + +--No tiene importancia: llevo pantuflas. Con botas es más difícil volar. + +--¡Llama!--dijo Pomerantzev--. Vámonos volando a cualquier parte, ¿te +parece? Porque, ya ves, me aburro aquí. ¡Me aburro tanto! Además, me +duelen las piernas. + +--¡Bueno, volemos!--aceptó San Nicolás. + +Y volaron. + +En el corredor, mal alumbrado, reinaba un silencio inquietante. Tras las +puertas cerradas oíase la charla de los enfermos que no conocían el +descanso. En el extremo del corredor, tras una puerta silenciosa hasta +entonces, se oyó un grito: + +--¡Qui-qui-ri-quí! + +Lo lanzaba un enfermo que se imaginaba ser un gallo. Con la puntualidad +de un cronómetro se despertaba a media noche, a las tres y a las seis, +agitaba los brazos, a modo de alas, y gritaba imitando al gallo y +despertando a los otros enfermos. + +Ahora no se despertó nadie. El enfermo que se imaginaba ser un gallo se +durmió de nuevo. Todo quedó otra vez tranquilo. Detrás de una puerta, +del lado izquierdo del pasillo, el enfermo seguía golpeando de un modo +regular y monótono; pero aquel ruido no turbaba el silencio, porque se +confundía con él. + +La noche avanzaba, y el enfermo seguía llamando. En el restorán +Babilonia se habían apagado ya todas las luces, y él seguía llamando, +locamente obstinado, infatigable, casi inmortal. + + + + +EL HONOR + +(DRAMA PARODIA) + + _Se oyen los sones de una música lejana. Una noche estrellada de + primavera. Un viejo jardín salvaje, limitado por un ancho foso. Una + escalinata ennegrecida y casi en ruinas. Sobre las copas de los + árboles se alza la masa sombría del castillo. Todas las ventanas + están iluminadas. Sobre el muro almenado acaban de encender + barriles de alquitrán, que lanzan fulgores siniestros._ + + _La condesa está sentada sola en un banco de piedra. Lleva un traje + blanco, y una pequeña corona adorna sus cabellos. Aparece en la + escalinata semirruinosa del castillo del viejo conde. Le precede su + fiel servidor, el viejo Astolfo, de aspecto muy semejante al de su + amo. Astolfo, encorvado, con una linterna en la mano, le alumbra el + camino al conde._ + + +EL CONDE. _(Sin ver a su hija, con voz llena de cólera.)_--¡Que levanten +de nuevo todos los puentes! ¡Que apaguen todas las luces! ¡Que la +servidumbre se retire! ¡Que se acompañe a los barones a sus aposentos! +Es hora ya de que todo el mundo descanse. Harto hemos esperado al novio, +y aunque nos lo ha recomendado el propio emperador, no somos lo bastante +ricos para hacer arder toda la noche aceite y alquitrán. ¡Que se apaguen +todos los fuegos! + +ASTOLFO.--¿Y cuáles son las órdenes del conde en lo que se refiere a las +mesas servidas? + +EL CONDE.--¡Que les echen toda la comida a los perros! Pero no: somos +demasiado pobres para eso; estamos más hambrientos aún que los perros. +No, Astolfo; dales, más bien, a mis barones de comer, pues están no +menos hambrientos que yo, y guarda los restos en la cueva. Nos los +comeremos después, procurando que duren todo lo posible. Sí, Astolfo, +todo lo posible. En nuestra situación hay que ser muy económicos. + +ASTOLFO.--¡A vuestras órdenes, conde! + +EL CONDE.--Sí, Astolfo, hay que ser económicos. Seamos como aquella +burguesa prudente que, después de casar a su hija, se nutrió durante +medio año con los restos del festín nupcial. Escatima cada pedazo, +pésalo, calcúlalo. Si se cubre de moho, corta la parte superior; a pesar +de eso, lo comeremos muy a gusto. + +ASTOLFO.--Los barones están furiosos; desde por la mañana están +esperando al duque, al noble prometido de la noble condesa Elsa. + +EL CONDE.--¡Los barones! Y tú, Astolfo, ¿estás contento? A juzgar por tu +cara, me parece que no. _(Reparando en su hija.)_ ¿Ah, estáis ahí, +condesa? ¿Sola, sin vuestras damas de compañía? _(A Astolfo.)_ ¡Puedes +irte, muchacho! + +_(Astolfo deja la linterna sobre la balaustrada y se va.)_ + +EL CONDE.--Vuestro prometido no se apresura demasiado, condesa Elsa; +hace largo rato que ha anochecido, y sigue sin venir. Desde por la +mañana tenemos abiertos los brazos para recibir al noble huésped, y sólo +abrazamos el vacío. ¿No creéis, condesa, que esta tardanza manifiesta +una falta de respeto, tanto a vos como a vuestro viejo padre? _(Elsa no +contesta.)_ + +EL CONDE.--¿Os calláis? Sí, tenéis razón; cuando se trata del honor de +vuestro padre, preferís callaros. Vuestro padre está enfermo de +orgullo--¿no se llama así mi enfermedad?--, y nuestro buen emperador le +ha prescrito, como medicina, un yerno para uso interno, como dicen los +médicos. ¡Ja, ja, ja! Sí, para uso interno, y nosotros hemos abierto +ampliamente la boca... es decir, la puerta, para recibirle; pero no +viene. Sí; nuestro buen emperador ha encontrado un remedio seguro contra +mi enfermedad. Pero si vuestro prometido os ama, hay que confesar que su +amor tiene pasos muy cortos. Qué, condesa, ¿lloráis? + +ELSA. _(Llorando.)_--Padre, le ha ocurrido una desgracia. Tengo un +presentimiento. Le ha ocurrido una desgracia. + +EL CONDE.--¡Crees! Es chistoso; hasta ahora, yo estaba seguro de que era +a nosotros a quien nos había ocurrido una desgracia. + +ELSA.--Esta mañana, cuando vi la luz del sol, ya experimenté un +presentimiento doloroso. Y todo el día he sido presa de temores. El sol +se ha puesto ya, y le sigo esperando en vano. Ha muerto, padre; estoy +segura. + +EL CONDE.--Según mis noticias, el duque goza de una excelente salud. +Vuestros temores, condesa, son exagerados, como vuestro amor. Bajo la +protección del propio emperador, avanza tranquilo a través de nuestras +tierras. Se burla del odio de mis barones hambrientos, que rechinan, +rabiosos, los dientes, como los lobos en invierno. No tiene nada que +temer, puesto que su cabeza está protegida por las alas y el pico rapaz +del propio emperador. + +ELSA.--Pero ¿por qué no viene? Hace largo rato que ha anochecido, y le +sigo esperando en vano. + +EL CONDE.--Sí, hace largo rato que ha anochecido, y no está todavía +aquí. ¡Oh, si yo no fuese el conde mendigo, de quien se burlan en la +corte; si mis muros almenados no estuviesen punto menos que en ruinas; +si mi castillo fuese una fortaleza sólida y amenazadora, como en tiempos +de mis abuelos, entonces el duque no se retrasaría! ¡Sería cortés y +respetuoso como el último de mis vasallos, hubiera llegado muy de mañana +y, arrodillado ante mí, me hubiera lamido, como un perro sumiso, la +mano! + +ELSA.--¡Padre, es el elegido de mi corazón! + +EL CONDE.--¡Y al mismo tiempo, mi enemigo! + +ELSA.--No le conoces. Cegado por el odio al emperador, empezaste a +odiar al duque sin haberle visto siquiera. + +EL CONDE.--Sí, odio a todos esos aduladores serviles que andan a cuatro +patas por las gradas del trono. Mendigan lo que hay que tomar por la +fuerza. A la vida libre de un lobo prefieren la de un perro encadenado a +su caseta, porque le tienen miedo al hambre. Son traidores a nuestra +libertad. Ellos han arruinado mi castillo, en los agujeros de cuyos +muros, en otro tiempo terribles para nuestros enemigos, hacen ahora sus +nidos los cuervos. La servidumbre se ríe a hurtadillas cuando mando +levantar los puentes; sabe que eso es inútil, porque se puede penetrar +en el castillo por los muros agujereados. ¡Levantar los puentes! ¡Ja, +ja, ja! + +ELSA.--No eres justo, padre; mi Enrique es honrado y noble. ¿No te ha +tendido la mano para obtener tu gracia? + +EL CONDE.--Sí, y yo no he aceptado esa mano. + +ELSA.--Te ha suplicado que consientas en nuestro matrimonio, mientras +que tú, con la crueldad de un hombre obcecado... + +EL CONDE.--Puedes no medir demasiado tus palabras, Elsa; no tienes que +violentarte con tu viejo padre. El propio emperador te apoya, sus garras +mantienen mi cabeza humillada, su pico ha peinado esta mañana mis +cabellos blancos para la acogida del novio. Sé audaz y noble como tu +prometido, Elsa. Es verdaderamente irritante: ¡un conde miserable se +opone a esa boda, grata a los ojos del emperador! Si el pobre conde se +obstinase, el duque se arrastraría hacia el trono del emperador y le +rogaría que le diese lo que no le pertenece: la hermosa hija del +ridículo viejo. ¡Y la hija se daría gustosísima al noble duque, mientras +su viejo padre!... + +ELSA.--¡Ten piedad de mí, padre mío! ¡Le amo tanto! + +EL CONDE.--Yo también he conocido el amor; pero si tu madre se hubiera +parecido a ti, la hubiera echado como a una ínfima esclava, como a una +innoble criatura, sólo útil para satisfacer los caprichos fugaces de sus +amos. + +ELSA.--¡Os dejáis llevar de la ira, conde! Cuando rechazasteis +brutalmente al duque al pediros mi mano, yo me postré a los pies del +emperador, rogándole que tuviese piedad de los infelices enamorados y +que suavizase con su poder divino vuestra crueldad. + +EL CONDE.--¡Sí, con su poder divino! ¡Muy bien dicho! + +ELSA.--Y entonces el emperador, tomándome bajo su protección, os dirigió +una orden en la que me llamaba su hija. Ahora insultáis al emperador. + +_(El conde baja irónicamente la cabeza.)_ + +EL CONDE.--¡Os pido humildemente perdón, duquesa! Espero vuestras +órdenes; mi castillo está por completo a vuestra disposición, lo mismo +que a la del señor duque. He hecho mal ordenando que se apaguen las +luces. En seguida van a encenderlas de nuevo. Voy a ordenar que se +enciendan todos los fuegos, que arda el alquitrán en los barriles; vamos +a esperar toda la noche al novio retrasado, sin pegar los ojos en +nuestro éxtasis amoroso y nuestra sumisión canina. + +ELSA.--Perdóname, padre. + +EL CONDE.--Sí, seremos dóciles como perros; de otra suerte, el emperador +podrá enfadarse con nosotros. Hace mucho tiempo que detesta al conde +miserable que se atreve aún a conservar un poco de altivez, y mañana, +quizá, le echará de su nido familiar y ordenará luego la destrucción del +nido. _(Finge que llora.)_ ¿Adónde irá entonces el desgraciado conde? +¿Dónde encontrará un asilo? Es pobre, va mal vestido. Los perros de la +aldea le morderán las piernas; las mujeres y los niños harán mofa de él. +¿Adónde irá entonces el desgraciado conde? _(Cae de rodillas ante Elsa y +trata de coger sus manos para besarlas.)_ ¡Oh, noble y generosa duquesa! +¡Os ruego que os compadezcáis de mí! Suplicad a nuestro buen emperador +que no me eche; dadle la seguridad de mi plena, de mi absoluta +sumisión... + +ELSA.--¡Vamos, padre! ¡Te lo suplico! Levántate. + +EL CONDE.--Sí, noble duquesa; suplicad al emperador que no destruya el +nido en que ha nacido el pobre conde. No hay piedra, no hay agujero en +el castillo que le sean desconocidos. De niño andaba a gatas por las +losas del patio. Desde sus torres, siendo mozo, miraba a lo lejos, +soñando conquistar el mundo y adornar su frente con una corona. Aquí +conoció a su mujer, y, bajo las frondas de estos árboles, arrullaba a su +pequeña Elsa, que era el sol de su vida... + +ELSA. _(Llorando.)_--¿Qué haces conmigo, padre? ¡Déjame! ¡Me haces daño +en las manos! ¿Lloras de verdad? Sí, siento en las manos la humedad de +tus lágrimas. Te lo ruego, no llores. Ten piedad de mí. ¡Si supieras +cómo le amo! ¡Sufro tanto! ¿Qué le ha sucedido? ¿Qué ha pasado? ¿Por qué +no viene? Un terror loco se apodera de mí. He estado temblando todo el +día. Tengo terribles presentimientos. Apiádate de mí, padre; procura +tranquilizarme. ¿Te acuerdas de mi madre? ¡Qué hermosa era! ¡Cómo la +amabas! _(El conde se levanta y se aparta un poco.)_ + +EL CONDE.--Calmaos, condesa; el deseo de nuestro emperador se cumplirá. +El castillo está dispuesto para el recibimiento del noble prometido. Voy +a mandar que enciendan nuevos fuegos; los barriles de alquitrán están ya +apagándose. + +ELSA.--¡Padre! + +EL CONDE.--¿Queréis, quizá, que os envíe a vuestras damas de compañía? +No tenéis más que mandarlo. Pero no; el amor prefiere la soledad. +Perdonad a un viejo que ha olvidado ya lo que es el amor. ¡A vuestras +órdenes! + +_(Sube por la escalinata.)_ + +ELSA. _(Sola.)_--¡Pobre padre, cuánto sufre! No conoce a mi Enrique. +Cuando lo conozca, le amará como yo le amo... ¿De qué proviene esta +tristeza que invade mi alma?... ¡Ah, ese presentimiento! Y luego ese +lúgubre castillo... Ese viejo estanque, cubierto de musgo verde... Lo +aborrezco. Me da miedo, sobre todo hoy. Está lleno de ranas que saltan +ruidosamente de la orilla al agua. Cuando he visto esta noche reflejarse +nuestro castillo, con sus ventanas iluminadas, en el agua inmóvil del +estanque, he pensado que así debe de ser el castillo de la muerte. ¡La +muerte!... Pero si Enrique, en efecto, ha muerto, ¿por qué le siento tan +cerca de mí? Sus besos me queman los labios, y mi corazón... + +_(Se interrumpe de pronto y deja escapar un grito. Sale el duque de +entre los árboles.)_ + +ELSA.--¿Quién es? + +ENRIQUE.--¡Elsa! ¡Amor mío! ¡Mi amada prometida! + +ELSA.--¡Enrique! + +_(Se abrazan y permanecen así unos momentos, las bocas juntas en un +beso. En lo alto de la escalinata aparece Astolfo. Mira un instante y +desaparece de nuevo.)_ + +ELSA.--¿Por qué me habéis hecho esperar tanto tiempo? He creído morir de +angustia y desesperación. Enseñadme la faz... Si sois vos... eres tú... +¿Por qué no dices nada, Enrique? ¿Acaso has muerto y no eres más que tu +espectro? + +ENRIQUE.--Sí, soy mi espectro. + +ELSA.--¿Pero cómo queman tus labios de tal modo? Los labios de un +espectro están fríos y mudos. + +ENRIQUE.--Una llama del infierno arde en ellos. + +ELSA.--¿Y cómo fulguran de tal modo tus ojos? Los ojos de los espectros +están apagados y mudos. + +ENRIQUE.--Los iluminan resplandores del paraíso. ¡Amor mío, novia +querida! ¡Si supieras cómo te amo! ¡Qué largo ha sido este día para mí! + +ELSA.--¡Y para mí qué terrible! + +ENRIQUE.--No podía más. He abandonado a mis barones y mis +guerreros--¡avanzan tan lentamente, de una manera tan solemne!--, y he +corrido aquí. ¡Qué dicha, te he encontrado sola! ¿Me esperabas aquí, +amor mío? + +ELSA.--No. ¡Pero qué extraña capa llevas! + +ENRIQUE.--Es la de uno de mis servidores; no he querido que me +reconociesen aquí. No soy yo, Elsa; soy mi espectro. El verdadero duque +viene con sus barones. + +ELSA.--No estarán lejos. + +ENRIQUE.--No; pronto oirás los sonidos de sus trompetas, y entonces mi +espectro te dejará. + +ELSA.--¿Por mucho tiempo? + +_(Cambian besos y hablan en voz baja. En lo alto de la escalinata +aparecen el conde y Astolfo.)_ + +ASTOLFO. _(Quedamente.)_--¿Veis, conde? + +EL CONDE. _(También quedamente.)_--Sí, ya veo. + +ASTOLFO.--¡Es el duque! + +EL CONDE.--¿Crees? + +ASTOLFO.--¿Quién puede ser, si no, ese hombre? Sí, es el duque. + +EL CONDE.--Pero esa no es su capa. + +ASTOLFO.--Y, sin embargo, le reconozco: es el duque. + +EL CONDE.--Lo dudo. Es otro, sin duda. Sí, muchacho, es otro. ¡Pero es +terrible! La condesa traiciona a su noble prometido, y mientras él vuela +hacia aquí en alas del amor, ella se deja abrazar por un advenedizo. +¡Ahí tienes lo que son las mujeres, Astolfo! + +_(Se echa a reír.)_ + +ASTOLFO.--¿Bromeáis, conde? + +EL CONDE.--Nada de eso. Lo que estás viendo no parece una broma. + +ASTOLFO.--Pero os aseguro que es el duque. + +EL CONDE.--¡Calla, tonto! ¿Crees al duque capaz de una cosa así? Según +tú, es capaz de colarse en el castillo, en medio de la noche, por +cualquier agujero, como un ladrón, como una zorra en el gallinero para +robar gallinas. El duque, en efecto, nos ha sido impuesto por el +emperador; pero nos tiene respeto y no se permitiría nunca... Parece que +requieres tu acero, amigo. + +ASTOLFO.--Comienzo a tener dudas. Vos veis mejor que yo, conde. + +EL CONDE.--Además, la noche es obscura, ¿verdad? + +ASTOLFO.--Sí, muy obscura. + +EL CONDE.--¿Ves? Y cuando está obscuro, es muy fácil equivocarse. + +ASTOLFO.--Sí, es muy fácil. ¡Decididamente, no es el duque! + +EL CONDE.--¡Pobre duque! ¡Ser engañado tan cruelmente en su misma noche +de bodas! Pero vamos a defender su honor, que no puede defender por sí +mismo. + +ASTOLFO.--Sí, no es él. Ahora lo veo bien. + +EL CONDE.--¡Silencio! Coge tres hombres... de los que tengan más hambre: +el hambre doblará sus fuerzas... ¡Ah, villano, cómo besa a mi hija, a la +novia del pobre duque!... Sí, coge tres hombres y acechad a ese intruso. +Cuando pase por delante de vuestro escondrijo, caed sobre él y tiradlo +al estanque. ¡Chis!... Le ataréis a las piernas plomo y piedras... ¡Cómo +besa a mi hija ese ladrón de mi honor! + +ASTOLFO.--Sí, ahora estoy convencido de que no es el duque. + +EL CONDE.--¡Silencio! + +_(Se van.)_ + +ELSA.--¿Por qué te has hecho esperar tanto? + +ENRIQUE.--¡Oh, el día me ha parecido interminable! Desde por la mañana, +desde que he visto salir el sol, he corrido hacia ti; pero la tierra +parecía adherirse a mis pies. ¡Mil obstáculos, mil aventuras, mil +desgracias! Ya es mi caballo, que cae muerto sin que se comprenda por +qué; monto otro caballo, veloz como el viento, y sigo devorando el +espacio. Ya es un río que me ataja el camino; me lanzo al agua y lo +cruzo a nado. Hombres y caballos se hunden; pero yo salgo sano y salvo. + +ELSA. _(Lanza un grito.)_--¡Ah! + +ENRIQUE.--¿Qué tienes? + +ELSA.--Nada. Me había parecido oír algo. Decías que un río te había +atajado el camino... + +ENRIQUE.--Luego, unos hombres nos atacan. Una batalla sangrienta +sobreviene; pero logramos abrirnos paso. + +ELSA.--¿Y después? + +ENRIQUE.--Atravesamos una ciudad ardiendo. Creo que nunca voy a salir de +ella. No tarda mi segundo caballo en caer. Mis barones gruñen. En todos +estos contratiempos ven funestos presagios. Las cejas fruncidas, aunque +intrépidos, se muestran recelosos y no quieren avanzar más. Insisten en +que nos detengamos; pero yo grito: «¡Adelante! ¡Mi amada prometida, mi +hermosa, me espera! ¡Adelante!» Y heme aquí contigo. Toco tus manos y +tus hombros y respiro tu puro aliento. Se me figura un dulce sueño. Pero +¿por qué no dices nada? Pareces inquieta; tu corazón late presuroso. Di, +querida mía, ¿qué tienes? + +ELSA.--Nada. Pero el sol de hoy era tan triste... + +ENRIQUE.--Ya se ha puesto. + +ELSA.--Sí, se ha puesto; no está ya en el cielo, y tú estás aquí, junto +a mí. Pero no, no eres tú; es tu espectro de los labios ardientes y la +mirada luminosa. + +_(Se oyen las trompetas.)_ + +ELSA.--¡Es el duque que llega! + +ENRIQUE.--Sí, es el duque. + +ELSA.--Dios mío, ¿cómo le confesaré mi traición? He abrazado a otro. + +ENRIQUE.--El duque llega, y yo debo alejarme. Tiene gracia; me inspira +algo así como celos el feliz mortal cuya llegada anuncian esas +trompetas. + +ELSA.--Llega de una manera solemne, acompañado de barones armados. + +ENRIQUE.--Y de guerreros. Lenta y gravemente se adelanta su magnífico +caballo... Pero no va nadie en la silla. + +_(Ríen. En lo alto de la escalinata aparecen cuatro sombras, y +desaparecen al punto en las tinieblas. Se oyen por segunda vez las +trompetas.)_ + +ENRIQUE.--¡Adiós, amor mío! + +ELSA.--¡Un momentito más! + +ENRIQUE.--Están ya a la puerta. Hemos convenido en que si yo no los +respondo a la tercera llamada, invadirán el patio del castillo. Tienen +miedo de que me suceda alguna desgracia. + +ELSA.--Sí, mi padre está furioso. + +ENRIQUE.--Le reservo una sorpresa: cediendo a mis ruegos, el emperador +se ha dignado devolver a tu padre todos sus antiguos dominios. + +ELSA.--¡Qué bueno eres! + +ENRIQUE.--¡Cuánto te amo! ¡Adiós, mi amor, mi dicha, mi sol de mañana! +He venido a tu lado por breves instantes, como un espectro, y dentro de +un momento vendré de nuevo, entonces a unirme contigo para toda la vida. + +ELSA.--¡Un momento más! + +_(Se oyen por tercera vez las trompetas.)_ + +ENRIQUE.--Me llaman. Parecen muy inquietos. Acudo. ¡Adiós, amor mío! + +ELSA.--¡No, hasta la vista! Enrique, amado mío, te espero. ¡Dime algo +más... una sola palabra! ¡Enrique! + +_(Al alejarse, Enrique le dice con voz queda:_ «¡Elsa!» _Luego +desaparece. Al punto se oye un ruido ahogado de lucha, un sordo gemido; +después, todo queda tranquilo.)_ + +ELSA. _(Asustada.)_--¡Enrique!... No me oye. ¿Quién habrá lanzado ese +gemido lastimero? Quizá no haya sido sino fruto de mi imaginación. Es +posible. + +_(El sonido de las trompetas se hace más insistente.)_ + +ELSA.--¡Trompetas queridas! ¡Qué alegres suenan! ¡Cantad más alto, más +alegremente, queridas trompetas! Acompañad a mi prometido, a mi espectro +de los labios ardientes. Se ha retrasado un poco; pero hay que +perdonárselo: se ha retrasado besándome. ¡Ah, Elsa, liviana doncella! No +tienes pudor. ¿A quién acabas de besar en la obscuridad? Tus mejillas +enrojecidas te denunciarán... Gracias a Dios, las trompetas han callado +al fin. Ahora mi Enrique estará ya sobre su caballo... Debe de estar +entrando ya en el castillo. A la puerta le recibirá mi padre... ¡Pobre +padre! + +_(Las trompetas lanzan aún algunos sonidos apagados.)_ + +ELSA.--¿Qué es eso? ¿Todavía? Probablemente es reglamentario entre esos +guerreros, de cuyas costumbres no tengo la menor idea... ¡Ah, ya han +entrado! ¡Están en el patio del castillo! + +_(Se oyen gritos, ruido. A través del follaje se ven ir y venir +antorchas.)_ + +ELSA.--Me buscan a mí. Me da vergüenza lo que he hecho, y mis mejillas +enrojecidas me venderán, sobre todo al resplandor de las antorchas. +Cuando tú, Enrique, me mires con una sonrisa maliciosa, me moriré de +confusión. No, no; esperaré aquí... _(Una corta pausa.)_ ¡Dios mío, se +acercan! Oigo pasos pesados y rápidos... + +_(Aparece, gritando, una turba de hombres armados. Llevan en la mano +aceros desnudos. Les siguen los barones del viejo conde, con las cejas +fruncidas, gruñendo, llenos de una cólera sorda. Las antorchas proyectan +una luz lúgubre sobre la escena. Se oyen gritos de_ «¡El duque!» «¿Dónde +está el duque?») + +VALDEMAR.--¿Sois vos, condesa? ¿Dónde está el duque? ¿Dónde está +Enrique? + +ELSA.--No comprendo lo que me preguntáis. + +VALDEMAR.--¿Dónde está Enrique? Soy su amigo. Le buscamos por todas +partes y no le encontramos. Os suplico, condesa, que nos digáis dónde se +halla: ¡vos debéis saberlo! + +LOS BARONES.--¡Es terrible! ¡Insultan a la condesa! + +ELSA.--¡Pero yo no le he visto! + +VALDEMAR.--Eso no es verdad; nos ha dejado para correr junto a vos. ¡Le +habéis visto! + +LOS BARONES. _(Blandiendo los aceros.)_--¡Qué insolencia! Llamad al +conde: ¡insultan a su hija! + +--¡Nos han hecho esperar todo el día! + +--¡Y ahora se atreven a acusar de liviandad a la condesa! + +--¡Defenderemos su honor! + +--¡No permitiremos que se la insulte! + +_(En lo alto de la escalinata aparece el viejo conde.)_ + +EL CONDE.--Esperad, barones. ¿Quién se atreve a acusar de liviandad a mi +hija? ¿Y qué gentes son ésas, con traza y gesto de bandidos? + +_(Valdemar y los barones del duque Enrique se descubren.)_ + +VALDEMAR.--Perdonad, conde, nuestra irrupción: buscamos al duque. Nadie +pone en duda vuestra nobleza caballeresca, conde. Pero nuestro amor al +duque no es menos grande. Debéis comprender nuestra ansiedad cuando, a +pesar de nuestra tercera llamada, no ha acudido junto a nosotros. + +ELSA.--¿Cómo? ¡No ha acudido! + +EL CONDE.--Me llenáis de asombro. ¿No está con vosotros el duque? ¿Dónde +está entonces? Desde muy de mañana esperamos con los brazos abiertos al +noble prometido de mi hija. Los barones están ya cansados de esperarle. + +_(Los barones prorrumpen en exclamaciones de enojo.)_ + +EL CONDE.--¿Dónde está, pues, vuestro duque? ¿Acaso la turba de bandidos +que, pisoteando el honor caballeresco, se atreve a blandir los aceros en +nuestro castillo, pretende reemplazarle? En tal caso, me veré obligado a +decirle al emperador: «Son demasiados prometidos para mi hija.» + +VALDEMAR.--A vos, conde, os toca decir dónde está el duque. + +EL CONDE.--¿A mí? + +VALDEMAR.--Sí, a vos. El duque estaba aquí. Ved la prueba: aquí está su +guante. + +_(Asombro. Gritos de indignación.)_ + +VALDEMAR.--Sí, ha estado aquí, donde tenía una cita con vuestra hija. + +_(Los gritos de indignación aumentan.)_ + +EL CONDE.--Estáis en un error, caballero. Aunque yo no vea con buenos +ojos la boda del duque con mi hija, no puedo creerle un ladrón que se +cuele por un agujero en el castillo, cuando todas las puertas están +abiertas para él de par en par. No tenemos motivos para amar al duque; +pero le debemos respeto por el rango que ocupa. Y aunque sois tan amigo +suyo, le conocéis muy poco si le juzgáis capaz de atentar contra el +honor de su prometida y contra el mío. Buscad a vuestro duque en +cualquier otro sitio; acaso le encontréis en una taberna del camino, +empinando el codo... + +_(Los barones del conde ríen. Los del duque hacen gestos amenazadores y +lanzan gritos de indignación.)_ + +VALDEMAR.--¡Registraré de arriba abajo el castillo! + +EL CONDE.--Haced lo que os plazca... _(Una corta pausa.)_ Pero oíd un +momento. Astolfo, ven aquí. _(A Valdemar.)_ ¿Estáis seguro, caballero, +de que el duque no está entre vosotros? Eso me inquieta: temo que haya +sido víctima de un advenedizo. Yo no quería revelar este secreto sino al +propio duque; pero puesto que sois su amigo... Caballeros, escuchad lo +que voy a deciros: ¡Mi hija ha sido infiel a su prometido! Es una +vergüenza para ella y para mí; pero no quiero ocultarla. + +ELSA.--¿Dónde está Enrique? ¡Voy a volverme loca! ¿Por qué todas esas +antorchas? Lanzan un resplandor terrible. Enrique, ¿dónde estás? + +EL CONDE.--¡Representas bastante bien la comedia, hija mía! Sin +embargo... Astolfo, refiere lo que has visto. + +ASTOLFO.--Estábamos aquí, en este mismo escalón... + +EL CONDE.--¡Más aprisa, muchacho! Sé lacónico. + +ASTOLFO.--Y vimos de repente a alguien, que llevaba una vieja capa y +parecía un criado, abrazar a la condesa. «¡Qué desgracia!--me dijo el +conde--. Mi hija le es infiel a su prometido. Nunca una cosa así ha +deshonrado a nuestra familia!» + +EL CONDE.--¡Más aprisa, muchacho! + +ASTOLFO.--El conde añadió: «Coge tres hombres, cae sobre el malhechor, +átale a los pies plomo y piedras y...» + +VALDEMAR.--¿Y lo has hecho? ¡Oh, cielos! ¿Dónde está el duque entonces? + +_(Silencio.)_ + +EL CONDE. _(Señalando con la mano.)_--Ahí, en el fondo del estanque. + +_(Gran agitación entre los asistentes.)_ + +ELSA.--¡Enrique! ¡Espectro querido de los labios ardientes! ¡Voy a +reunirme contigo, amado mío! + +_(Cae muerta.)_ + +VALDEMAR.--No eres un padre; eres una bestia feroz. Coged a ese monstruo +y encadenadle. ¡Como una fiera, se lo llevaremos enjaulado al emperador! +¡Prended fuego por los cuatro costados a ese castillo maldito! ¡Que no +quede nada de este nido lúgubre! ¡Que la inmensa hoguera se eleve, en +media de la obscura noche, a los cielos! ¡Así festejaremos tu boda, +duque Enrique, desgraciado amigo! + +TELÓN + + + + +CRISTIANOS + + +La nieve caía tras los cristales; pero en el gran edificio del tribunal +hacía calor. Había mucha gente, y los que frecuentaban el tribunal en +cumplimiento de su deber--como, por ejemplo, los reporteros +judiciales--se hallaban allí muy a gusto. Encontrábanse con sus +desconocidos; como en el teatro, asistían diariamente a la +representación de dramas--llamados por los reporteros «dramas +judiciales»--. Era agradable ver al público, oír el ruido de las voces +en los corredores, mezclarse con aquella multitud agitada. + +El _buffet_ estaba muy animado. Lo alumbraba ya la luz eléctrica, y +sobre el mostrador veíanse cosas muy apetitosas. El público se agolpaba +junto al mostrador, y charlaba, comiendo y bebiendo. Los rostros +melancólicos que se veían a veces no turbaban la alegría general: al +contrario, son precisos con harta frecuencia para hacer más pintorescos +el cuadro, sobre todo en lugares donde se representan dramas. Todos +contaban que en una de las salas del tribunal acababa de suicidarse un +acusado; se oía ruido de cadenas y de fusiles. Un dulce calor reinaba en +todo el edificio, y se estaba allí divinamente. + +En una de las salas, la animación era grandísima: un proceso pintoresco +atraía mucha gente. Los jueces, los jurados, los abogados estaban ya en +sus puestos. Un reportero, mientras llegaban sus demás colegas, disponía +ante él las cuartillas y examinaba muy contento la sala. El presidente +del tribunal, un hombre grueso, de rostro vulgar y bigotes blancos, +pasaba revista presuroso y con voz monótona, a los testigos. + +--¡Efimov! ¿Cuál es el patronímico de usted? + +--Efim Petrovich. + +--¿Quiere usted prestar juramento? + +--Sí. + +--Colóquese entonces a la izquierda... ¡Karasev! ¿El patronímico de +usted? + +--Andrey Egorich. + +--¿Quiere usted prestar juramento? + +--Sí. + +--A la izquierda. ¡Blumental! + +En esto se empleó mucho tiempo; los testigos eran lo menos veinte. Unos +contestaban a las preguntas del presidente en alta voz, con un placer +visible, y pasaban a la izquierda sin esperar la orden; otros parecían +sorprendidos por la llamada del presidente, ponían cara estúpida, +miraban en torno, sin comprender nada, como si hubieran olvidado su +propio nombre o como si creyesen que había en la sala otras personas que +tuvieran el mismo. Los testigos honorables esperaban que el presidente +terminase su pregunta y respondían sin apresurarse, de una manera +detallada. + +El acusado, un joven con un cuello postizo muy alto, se acariciaba el +bigotito y tenía los ojos bajos. Estaba preso por distracción de fondos +y operaciones financieras sucias. A veces, al oír el nombre de cualquier +testigo, hacía un gesto, examinaba con mirada hostil al declarante y +empezaba de nuevo a acariciarse el bigote. + +Su abogado, un joven también, bostezaba de vez en cuando, tapándose la +boca con la mano, y miraba por la ventana caer, en gruesos copos, la +nieve. Había dormido bien aquella noche, y acababa de comerse en el +_buffet_ del tribunal una ración de jamón con guisantes. + +Sólo quedaban por llamar media docena de testigos, cuando el presidente +tropezó, de pronto, con una dificultad imprevista. + +--¿Quiere usted prestar juramento? + +--¡No!--respondió una voz femenina. + +Al modo de aquel que, corriendo, choca contra un árbol, el presidente se +detuvo, aturdido; buscó con la mirada entre los testigos a la mujer que +le había contestado tan rotundamente, y todas las mujeres se le +antojaron iguales, lo que le impidió orientarse. Entonces examinó la +lista de testigos. + +--¡Pelagueia Vasilievna Karaulova! ¿Quiere usted prestar +juramento?--preguntó otra vez. + +--No. + +Ahora vio a aquella mujer. Era de regular edad, nada fea, de cabellos +negros. A pesar de su sombrero _chic_ y su traje a la moda, su aspecto +no era el de una mujer de posición o ilustrada. Llevaba grandes +pendientes semicirculares; con las manos, que tenía juntas sobre el +vientre, sujetaba un bolso. Su rostro, cuando hablaba, permanecía +inmóvil, impasible. + +--¿Pero usted es ortodoxa? + +--Sí. + +--¿Por qué no quiere entonces prestar juramento? + +Ella le miró y no respondió. + +--¿Acaso pertenece usted a alguna secta que prohíbe prestar +juramento?... Dígalo francamente, sin temor. El tribunal tomará en +consideración sus explicaciones. + +--No. + +--¿Cómo que no? ¿No pertenece usted a ninguna secta? + +--No. + +--Usted teme quizá que en su declaración haya algo enojoso para usted... +Teme, en fin, verse obligada a decir cosas que no querría decir. Pues +bien: la ley le permite a usted dejar de contestar a las preguntas que +le parezcan enojosas. ¿Quiere usted ahora prestar juramento? + +--No. + +Su voz era sonora, joven--más joven que el rostro--, clara y limpia. +Debía de cantar muy bien. + +El presidente se encogió de hombros, se inclinó hacia el juez, que se +hallaba sentado a su izquierda, y le dijo algunas palabras al oído. + +El otro le contestó en voz baja: + +--Sí, es extraordinario. No lo entiendo. + +--Escuche usted--dijo el presidente, dirigiéndose de nuevo a +Karaulova--. El tribunal quiere conocer las razones que la hacen negarse +a prestar juramento. Sin esa condición no podemos dispensarle a usted de +prestarlo. Responda. + +Siempre inmóvil, impasible, la testigo respondió algo, pero con voz tan +débil que no pudo oírse claramente. + +--No se oye nada. Más alto; tenga la bondad. + +La testigo tosió, y luego dijo en alta voz: + +--Soy una prostituta. + +El abogado, que estaba sumido en sus reflexiones, levantó de pronto la +cabeza y miró con curiosidad a aquella mujer. + +--Convendría iluminar la sala--pensó. + +El ujier, como si hubiera adivinado su pensamiento, oprimió uno tras +otro los botones eléctricos. El público, los jurados y los testigos +levantaron la cabeza y miraron las lámparas encendidas. Sólo los jueces +permanecieron indiferentes. Así se estaba aún más a gusto. Uno de los +jurados, un viejo, miró a Karaulova y dijo a su vecino: + +--¡Tiene gracia esa mujer! + +--Sí--contestó el otro. + +--Bueno--objetó el presidente--. El hecho de que sea usted una +prostituta no es una razón para negarse a prestar juramento. + +Pronunció la palabra «prostituta» con el mismo acento con que estaba +habituado a pronunciar las palabras «asesino», «ladrón», «bandido». + +--¿Usted es, con todo, cristiana? + +--No, no soy cristiana. Si fuera cristiana, no sería prostituta. + +La situación se complicaba. El presidente, frunciendo las cejas, +consultó a su colega de la izquierda y se dispuso a hablar; pero cayó en +la cuenta de que también debía consultar a su colega de la derecha, y se +inclinó hacia él. El juez, sonriendo, hizo con la cabeza un signo de +aprobación. + +--Escuche usted--dijo el presidente, dirigiéndose a Karaulova--. El +tribunal ha decidido explicarle a usted su error. Usted no se considera +cristiana porque se dedica a ese oficio; pero está equivocada. Es un +error, ¿comprende usted? Su oficio no le interesa al tribunal, sino +solamente a usted y a su conciencia. Nosotros no podemos mezclarnos en +eso. Su oficio no puede impedirle a usted el ser cristiana. ¿Comprende? +Se puede ser ladrón o bandido, sin dejar por eso de ser cristiano, +mahometano o judío. Todos nosotros, los jueces, los jurados, el fiscal, +tenemos nuestras respectivas profesiones, y eso no nos impide el ser +cristianos... + +Hizo una corta pausa, como si buscase palabras, y continuó: + +--¿Ha comprendido usted? Su oficio es una cosa por completo ajena a esta +cuestión. Si usted practica los ritos de la religión cristiana, si +frecuenta la iglesia... ¿Verdad que frecuenta la iglesia? + +--No. + +--¿Cómo que no? ¿Por qué? + +--Con mi oficio, ¿cómo quiere usted que yo vaya a la iglesia? + +--Pero irá usted a confesar. + +--No. + +Las respuestas eran bien claras. Iluminada por la luz eléctrica, la +testigo parecía de mejor color y más joven, acaso también a causa de la +emoción. A cada una de las respuestas, el público se miraba, divertido, +risueño. Alguien, con aspecto de artesano, en los últimos bancos, se +hallaba en el colmo del regocijo. + +--¡Esto va siendo interesante!--proclamó, en voz tan poco queda, que se +le oyó en toda la sala. + +--Pero rezará usted...--preguntó el presidente. + +--No. Antes rezaba; mas hace ya tiempo que no lo hago. + +El miembro del tribunal que se encontraba a la izquierda del presidente +le dijo por lo bajo: + +--¿Por qué no les pregunta usted a las demás mujeres? ¿Acaso tampoco +querrán prestar juramento? + +El presidente tomó la lista de testigos y leyó: + +--¡Pustochkina! Usted también, a lo que parece, se ocupa... + +--¡Sí, también yo soy prostituta!--respondió con apresuramiento, casi +con orgullo, una muchacha no menos bien trajeada. + +Estaba muy contenta de verse en la sala del tribunal, donde todo le +gustaba. Había ya cambiado algunas miradas con el joven abogado. + +--¿Y usted? ¿Quiere prestar juramento? + +--Sí, con mucho gusto. + +--¿Ve usted, Karaulova? Su amiga no se opone a prestar juramento... ¿Y +usted, Kravchenko? ¿Consiente? + +--Sí--contestó con voz ronca, masculina, Kravchenko, una mujer alta y +gruesa, con sotabarba. + +--¿Ve usted, Karaulova? Todas están dispuestas a prestar juramento. ¿No +cambiará usted de opinión? + +Karaulova no respondió. + +--¿No quiere usted? + +--No. + +Pustochkina le sonrió amistosamente. Karaulova, a su vez, le sonrió, y +luego volvió a ponerse seria. El tribunal deliberó en voz baja, después +de lo cual el presidente, con una expresión amable y al mismo tiempo +respetuosa, punto menos que religiosa, se dirigió al sacerdote, que, en +espera de que los testigos prestasen juramento, se mantenía un poco a +distancia. + +--Padre: en vista de la obstinación de esta mujer, ¿quiere usted tomarse +el trabajo de persuadirla de que es cristiana? ¡Karaulova, acérquese! + +Karaulova, sin descomponerse, dio dos pasos hacia delante. + +El sacerdote estaba visiblemente molesto. Muy colorado, se acercó al +presidente y le dijo algo al oído. + +--¡No, no, padre!--le respondió el presidente--. ¡Se lo suplico a +usted! Si no, las demás pueden también negarse... + +Luego de arreglarse la cruz que llevaba en el pecho, el sacerdote, más +colorado aún, se dirigió a Karaulova en voz apenas perceptible: + +--Señora, sus sentimientos le hacen a usted honor; pero siendo +cristiana... + +--¡Si yo no soy cristiana! + +El sacerdote miró, confuso e impotente, al magistrado, que dijo: + +--Karaulova, escuche al sacerdote; él se lo explicará a usted todo. + +Y el pobre sacerdote siguió: + +--Todos nosotros, señora, somos pecadores. Unos pecamos de palabra; +otros, de obra. Dios omnipotente, tan sólo, puede ser juez de nuestra +conciencia. Dócil y humildemente, debemos someternos a cuantas pruebas +nos envía... Como cuenta de Job la Biblia, debemos resignarnos con +nuestro destino. Sin la voluntad del Todopoderoso, ni un solo cabello +puede desprenderse de nuestra cabeza. Por grandes que sean nuestros +pecados y nuestros crímenes, no tenemos derecho a condenarnos nosotros +mismos ni a alejarnos de la Santa Iglesia por nuestra propia voluntad; +sería un crimen aun más grande e imperdonable, porque de ese modo nos +mezclaríamos en las decisiones del Juez Supremo. Quizá, con motivo de su +oficio de usted, le envía Dios una prueba, de la misma suerte que envía +enfermedades y otras desgracias, mientras que usted, en su orgullo... + +--¡Pero si nosotras no estamos nada orgullosas de nuestro oficio! No hay +por qué estarlo... + +--...Mientras que usted, en su orgullo, se mezcla en las decisiones del +Juez Supremo y se atreve a apartarse de la Santa Iglesia Ortodoxa. +¿Usted conoce los símbolos de la fe? + +--No. + +--¿Pero cree usted en Nuestro Señor Jesucristo? + +--¿No he de creer? + +--Pues todo el que cree en Nuestro Señor debe ser considerado cristiano. + +El presidente se juzgó en el deber de apoyar al sacerdote: + +--Perfectamente--dijo--. ¿Comprende usted? Basta creer en Nuestro Señor +Jesucristo... + +--¡No, no!--repuso firmemente Karaulova--. Puedo creer todo lo que +quiera; pero con este oficio... Si yo fuera cristiana, no haría las +cosas que hago. Ni siquiera rezo. + +--¡Es verdad!--afirmó su amiga Pustochkina--. No reza nunca. Cuando hace +poco trajeron a nuestra casa un icono, se marchó para no asistir a la +ceremonia. Nuestros esfuerzos para retenerla fueron inútiles. ¿Qué se le +va a hacer? ¡Es así, señores jueces! Ella es la primera víctima de su +carácter. + +--Nuestro Señor Jesucristo--continuó el sacerdote--perdonó a la mujer +perversa cuando se arrepintió. + +--Pero yo no me he arrepentido. + +--Ya llegará la hora en que usted se arrepienta. + +--No. Quizá cuando me haga vieja o cuando me vaya a morir; pero no se +trata de eso. No puede tomarse en serio semejante arrepentimiento: peca +una toda su vida, años y años, y luego, cuando es ya demasiado tarde, +comienza a arrepentirse... No; en cuanto a eso, sé a qué atenerme. + +--Tiene razón--afirmó la joven prostituta Kravchenko, que seguía la +discusión con un interés sostenido--. ¡Se divertiría, cantaría, bebería, +recibiría hombres, y luego, de la noche a la mañana, a hacer penitencia! +No; sería demasiado cómodo. De ese modo, hasta a los mayores pecadores +les sería fácil convertirse en santos. + +El joven abogado la miraba con una atención siempre en aumento. +Asombrábase de no haber visto hasta entonces a aquellas mujeres y de no +saber siquiera dónde se encontraba su casa de tolerancia. + +El presidente hizo un gesto de desesperación y dijo al sacerdote: + +--Perdóneme usted... Tozudez semejante... Dispense que la hayamos +molestado... + +El sacerdote saludó y volvió a su sitio. Sus manos, mientras arreglaban +la cruz que pendía sobre su pecho, temblaban ligeramente. + +--¡Esto es magnífico!--comentó entusiasmado, en voz queda, el artesano +de los últimos bancos, volviendo a todos lados su rostro, radiante de +alegría, sonriente. + +El acusado, a quien contrariaba el retraso causado por la obstinación +de Karaulova, la miraba con desprecio. + +El tribunal deliberaba. + +--Bueno. ¿Qué hacer?--decía en voz baja el presidente, furiosísimo--. Es +una verdadera imbécil: la arrastran al paraíso y no quiere ir... + +--Creo que debían examinarse sus facultades mentales--dijo su vecino de +la izquierda--. En la Edad Media, los tribunales condenaban a la hoguera +a mujeres que no tenían nada de brujas, sino que eran simplemente +histéricas. + +--¡Ya comienza usted con sus concepciones patológicas!--repuso el +presidente--. En ese caso deberíamos comenzar por examinar las +facultades mentales del adjunto del fiscal. ¡Tenga usted la bondad de +mirarle! + +El adjunto del fiscal, un joven con alto cuello postizo y fino bigote, +parecido de un modo extraño al acusado, se esforzaba hacía largo rato en +atraer sobre su persona la atención del tribunal. Se removía en su +asiento, se alzaba de él, se apoyaba sobre la mesa hasta casi tenderse, +balanceaba la cabeza, sonreía y, cuando el presidente le dirigía por +casualidad una mirada, avanzaba todo el cuerpo en dirección al +magistrado. Era evidente que sabía algo y ardía en deseos de decírselo +al tribunal. + +--¿Usted quiere decir algo, señor fiscal?--le preguntó al fin el +presidente--. Le suplico que sea breve. + +--Permítame usted una pregunta... + +Y sin esperar el permiso se puso de pie, y, fijando los ojos en +Karaulova, le preguntó: + +--Diga usted, testigo, ¿cuál es su nombre de pila? + +--Grucha. + +--Grucha es el diminutivo; pero el verdadero nombre es, si no me engaño, +Agrafena, ¿no es eso? Es un nombre cristiano. Así, pues, ha sido usted +bautizada y se le ha puesto tal nombre. Por consiguiente... + +--No; al bautizarme me pusieron el nombre de Pelagueia. + +--¿Cómo? Si acaba usted de afirmar que la llaman Grucha... + +--Sí, me llaman Grucha; mas mi verdadero nombre es Pelagueia. + +--¡Cómo! Entonces... + +Pero el presidente le interrumpió: + +--Sí, señor fiscal, tiene razón: en la lista también figura con el +nombre de Pelagueia. Puede usted cerciorarse. + +--Entonces, no tengo nada más que decir. + +Se separó los faldones de la levita, y, lanzando una mirada severa al +acusado y a su defensor, se sentó. + +Karaulova esperaba. La situación se iba haciendo ridícula. + +En el público se hablaba del incidente en alta voz, y el ujier, +levantando amenazadoramente el dedo, trataba de restablecer el silencio +para mantener incólume el prestigio del tribunal. Mas el regocijo era +tan desbordante, que se hacía muy poco caso de aquella advertencia. + +--¡Silencio!--exclamó el presidente--. Ujier, si alguno habla alto, +hágale usted salir. + +En aquel momento se levantó un miembro del Jurado, un viejo delgado, +huesudo, con una larga levita negra, y se dirigió al presidente: + +--¿Quiere usted permitirme una pregunta?... Karaulova, ¿hace mucho +tiempo que es usted prostituta? + +--Ocho años. + +--¿Y qué hacía usted antes? + +--Era criada. + +--Y, naturalmente, quien la puso a usted en el mal camino fue su amo... +¿O su hijo quizá? + +--No, el amo mismo. + +--¿Y cuánto le dio a usted? + +--Diez rublos, y, además, un broche de plata y un corte de traje... +Tenía un gran almacén de telas. + +--¿Y por eso se perdió usted para toda la vida? + +--¿Qué quiere usted? Yo era joven y tonta. + +--¿Tuvo usted hijos? + +--Sí, un muchacho. + +--¿Qué ha sido de él? + +--Murió en un asilo. + +--Claro, después no ha tenido usted hijos... + +--No. + +El viejo, siempre severo, volvió a ocupar su asiento, y, ya sentado, +dijo: + +--Tienes razón: no eres cristiana. Por diez rublos perdiste tu cuerpo y +tu alma. + +--¡Hay viejos que dan más de diez rublos!--replicó, en defensa de +Karaulova, su amiga Pustochkina--. No hace mucho estuvo en casa un viejo +muy respetable... como usted... + +El público soltó la carcajada. + +--¡Cállese usted!--gritó, dirigiéndose a Pustochkina, el presidente--. +¡No tiene usted derecho a hablar mientras no se le pregunte! + +Y viendo que otro miembro del Jurado se levantaba, preguntó: + +--¿Usted también quiere hacer una pregunta? + +--Sí, con su permiso--dijo, con voz fina, casi infantil, un alto y +grueso comerciante, formado todo él de esferas y semiesferas: su +vientre, su pecho, sus mejillas y sus labios eran redondos, abombados. + +Y dirigiéndose a Karaulova, continuó: + +--Escucha: tú puedes arreglar tus asuntos con Dios como quieras; pero +aquí, en la tierra, debes cumplir tus deberes. Hoy te niegas a prestar +juramento so pretexto de que no eres cristiana; quizá mañana cometas un +robo o envenenes a uno de tus clientes: de mujeres como vosotras puede +esperarse todo... Haces mal en obstinarte y separarte de nuestra Santa +Iglesia. Si has pecado, puedes arrepentirte--para eso existen los +templos--; en modo alguno rechazar tu religión, sin la cual carecerás de +todo freno y creerás que todo te está permitido. + +--Tal vez me haga ladrona o algo peor todavía... Desde el momento en que +no soy cristiana... + +El grueso comerciante sentóse, y dijo a su vecino: + +--¡Imposible hacerla entrar en razón! ¡Tiene la cabeza demasiado dura! + +Apenas se hubo sentado, el adjunto del fiscal se levantó: + +--Permítame usted otra pregunta, señor presidente... Usted ha dicho, +Karaulova, que su verdadero nombre es Pelagueia. Por consiguiente, se la +bautizó con tal nombre. Así, pues, es usted cristiana, lo que consta, +como es natural, en su pasaporte. + +El presidente hizo una mueca, y dijo a su colega de la izquierda, +bajando la voz: + +--¡Nos está haciendo perder el tiempo! + +Dirigiéndose a Karaulova, preguntó: + +--¿Ha comprendido usted? Según sus documentos, es usted cristiana. + +--Y, sin embargo, no lo soy. + +--Ya ve usted, señor fiscal, no quiere comprender. + +El incidente comenzaba a enojarle. La tozudez de aquella mujer turbaba +el orden, paralizaba todo el mecanismo de la justicia, que solía +funcionar con mucha regularidad, sin ningún entorpecimiento. Era hasta +ofensivo; con toda su modestia aparente, su resignación y su humildad, +aquella mujer parecía, en cierta manera, superior a los jueces, a los +jurados, al público. + +El ruido en la sala aumentaba, y al ujier le costaba mucho trabajo +restablecer un silencio relativo. El tribunal deliberó en voz baja. + +--¡Es inadmisible!--protestó uno de los jueces--. Esto no es ya un +tribunal, sino más bien una casa de locos. Se diría que es ella quien +nos está juzgando. + +--¡La culpa no es mía!--repuso el presidente--. ¿Qué quiere usted que yo +le haga? Lo peor es que las otras mujeres están de parte de esta loca. +Es una verdadera rebelión contra la Iglesia. + +En aquel momento, un tercer miembro del Jurado se levantó: + +--¿Quiere usted decir algo?--le interrogó el presidente--. Haga el favor +de darse prisa; ya hemos perdido bastante tiempo. + +Era un joven de rostro en extremo inteligente, en demasía inteligente, +de largos cabellos de poeta y de manos finas. Hablaba con mucho trabajo, +como si se viera obligado a vencer, a cada palabra, la resistencia +encarnizada del aire. En su dulce voz se adivinaba el sufrimiento: + +--Es muy triste todo esto--dijo a Karaulova--. La comprendo a usted y la +miro con simpatía. Sin embargo, la idea que tiene usted del cristianismo +es falsa. El cristianismo es algo de más monta que las virtudes y los +pecados, los ritos exteriores y las oraciones. El verdadero cristianismo +consiste en una comunión mística con Dios. + +--¡Perdón!--le interrumpió el presidente--. Karaulova, ¿comprende usted +lo que quiere decir «mística»? + +--No. + +--Ya lo ve usted, señor miembro del Jurado: no le entiende a usted. +Tenga la bondad de hablar más sencillamente. + +--Bueno. Escúcheme bien, Karaulova: la base del cristianismo es la +imagen de Cristo. Las virtudes y los pecados no son sino categorías +pasajeras, emanaciones personificadas de la especie humana, la esfinge +enigmática, por decirlo así. + +--Señor jurado--le interrumpió una vez más el presidente--. Yo tampoco +comprendo nada. ¿No podría usted encontrar términos más claros? + +--Lo siento; pero no me es posible--dijo con tono melancólico el +jurado--. No se puede hablar de las cosas místicas en términos +vulgares... ¿No me entiende usted, Karaulova? Hay que estar en comunión +con Dios. + +--Eso es imposible para mí... Cuando se tiene este oficio, no se puede +estar en comunión con Dios. Ni siquiera me atrevo a encender una +lamparilla ante el icono de mi cuarto. + +Todos estaban fatigados. + +--¡Hay que acabar, cueste lo que cueste!--dijo uno de los jueces--. ¡Es +un escándalo inadmisible! + +Pero, luego del jurado, se levantó el defensor. + +--¿Aún más?--exclamó el presidente--. ¿Usted también quiere decir algo? + +--Puesto que usted ha permitido hablar al señor adjunto del fiscal... + +--¿Usted tiene que hablar también?--preguntó con ironía el presidente--. +Bueno, está usted en su derecho. Pero le suplico que sea lo más breve +posible. + +El abogado, haciendo un ademán elegante con su mano derecha, se volvió +hacia el Jurado y comenzó: + +--Los ejercicios oratorios del señor adjunto del fiscal... + +--Señor abogado, no puedo permitir polémicas. + +--Bueno, obedezco. + +Se volvió de nuevo hacia el Jurado, le contempló con una larga mirada, +clara y franca, y quedó un instante pensativo, cabizbajo, levantadas +ambas manos a la altura del pecho, los ojos entornados, las cejas +fruncidas. Los jurados y el público le miraban con interés, esperando +algo extraordinario; sólo los jueces, habituados a las maneras oratorias +de aquel señor, permanecían indiferentes. Después, poco a poco, el +defensor salió de su estado de postración; cayeron sus manos, abrió +luego los ojos, levantó la cabeza y, al cabo, pronunció con solemne +acento: + +--¡Señores jurados y señores jueces! + +Su voz produjo un efecto extraño: ora murmuraba, bien que de manera +bastante fuerte para ser oído; ora gritaba, ora hacía una larga pausa, +fijando los ojos en algún jurado, que, azorándose, no tardaba en volver +a otro lado los suyos. + +--Señores jurados y señores jueces: Acaban ustedes de oír el discurso +del señor adjunto del fiscal. Estarán, sin duda, de acuerdo conmigo si +les digo que la presión ilegal e inadmisible que trataba de ejercer el +señor adjunto del fiscal... + +--Señor defensor, no puedo permitirle a usted ultrajar aquí a los +representantes del poder establecido. Si continúa en ese tono, me veré +obligado a retirarle la palabra. + +El abogado saludó. + +--Bueno, obedezco. He querido sólo decir, señores jurados, que la señora +Karaulova no renunciará a sus convicciones aunque se le amenace con +hacerla quemar en una hoguera y con todos los horrores de la +Inquisición, lo que, por fortuna, es imposible en nuestra época. En la +persona de la señora Karaulova vemos, señores jurados, algo así como el +reverso de la mártir cristiana. En nombre de Cristo, renuncia a Cristo, +y diciendo siempre «no», dice, en realidad, «sí». + +Se iba arrebatando con su propia elocuencia. En su entusiasmo oratorio, +hasta sintió un escalofrío, y, con voz conmovida, añadió: + +--Sí, es cristiana y voy a probároslo, señores jurados. Las +declaraciones de las señoras Pustochkina y Kravchenko, así como las +confesiones de Karaulova misma, nos han trazado, de modo elocuente, el +camino por donde ha llegado a esta terrible situación. Muchacha +inexperta, ingenua, que acaba, acaso, de dejar la aldea, con sus +alegrías sencillas e inocentes, cae en manos de un repugnante sátiro, y +ve, horrorizada, que ha quedado encinta. Habiendo dado a luz en +cualquier parte, bajo un cobertizo, un niño... + +--Abrevie usted, si le es posible, señor defensor--dijo el presidente--. +Sabemos desde el principio que Karaulova es una prostituta. Los señores +jurados no son unos niños y comprenden muy bien, sin que haya que +explicárselo, cómo se llega a prostituta. Por otra parte, la testigo no +es una campesina, sino una hija de la ciudad de Vorones. + +--Bueno, obedezco, señor presidente; por más que las hijas de las +ciudades tienen también sus pequeñas alegrías sencillas... El caso es +que la señora Karaulova lleva en su corazón un ideal de verdadera +cristiana. Por desgracia, la triste realidad, con los viejos perversos, +la embriaguez, el desorden y los ultrajes, maltrata y desnaturaliza ese +ideal. Y en este choque trágico, el corazón de Karaulova se desgarra. +¡Señores jurados! La veis ahí tranquila, casi sonriente; pero ¿sabéis +cuántas lágrimas amargas han vertido esos ojos en el silencio de la +noche, cuántas flechas agudas de remordimientos de conciencia se han +clavado en ese corazón de mártir? ¿Acaso no querría ella ir a la +iglesia, como las mujeres honradas, y confesarse con el sacerdote, +vestida con un traje blanco, símbolo de pureza, y no como mujer +menospreciada y desdeñada? Tal vez, en sus sueños nocturnos, se vea de +rodillas en las gradas de piedra del templo, sintiéndose indigna de +entrar en él y llorando desconsolada. ¡Y pretende que no es cristiana! +¿Quién, entonces, merece el nombre de cristiano si ella no lo es? Con +sus lágrimas ha hecho penitencia, como la Magdalena, y sus lágrimas la +han purificado para siempre, convirtiendo en mártir cristiana a esta +pecadora. + +--¡Nada de eso es verdad!--le interrumpió Karaulova--. No he llorado ni +hecho penitencia. Y continúo con mi oficio; por tanto, no me he +arrepentido. ¡Miren ustedes!--Abrió su bolso y sacó el portamonedas, +tomó dos piezas de a rublo y un poco de plata menuda y se los enseñó al +abogado y a los jueces---. ¡Miren! Este dinero lo he ganado con mi +oficio. Este traje también, así como este sombrero y estos pendientes. +No tengo nada, absolutamente nada que no haya ganado así. Ni mi cuerpo +me pertenece; está vendido por tres años, quizá por toda la vida, que no +es mucho decir, puesto que nuestra vida es corta. No, no me hable usted +de penitencia. No sólo no me arrepiento, sino que no tengo vergüenza ni +conciencia. Que me digan que me quede en cueros, y me quedaré. Que me +digan que escupa a la cruz, y escupiré. + +Kravchenko empezó de pronto a llorar. Lágrimas abundantes caían sobre su +pecho, como sobre una ancha bandeja. + +--Entre nosotras--continuó Karaulova--no se respeta nada, ni moral, ni +religión. El otro día me casaron, en broma, con uno de los clientes. +Toda la ceremonia fue un sacrilegio. Se hizo burla de cuanto se +considera sagrado... ¡No, no, no hago penitencia! No voy a la iglesia, y +no sólo no lloro en sus gradas de piedra, como ha dicho el señor +abogado, sino que hasta evito pasar por delante. No rezo, y ni siquiera +sé rezar. Ignoro con qué palabras debe una dirigirse a Dios. ¿Y qué +pedirle? ¿Ganar el reino de los cielos? No creo en él. Aquí abajo, las +oraciones no dan gran resultado; yo recé en otro tiempo para que mi hijo +no se separase de mí, y murió en un asilo. Yo pedí, cuando aun era +joven, muchas cosas a Dios, y mis oraciones no sirvieron de nada. Ya no +rezo nunca... No, señores, no soy cristiana, y cuanto el señor abogado +ha dicho es una monserga. ¡Soy Grucha la prostituta, y nada más! Por +eso, ni puedo ni quiero prestar juramento... + +--Señor presidente--dijo, levantándose, el adjunto del fiscal--. En +vista de que Karaulova ha mencionado aquí casos de sacrilegio, yo +quisiera, en mi calidad de representante de la autoridad pública, que me +diese los nombres de quienes cometieron tal acto. + +--¡No hubo sacrilegio ninguno!--contestó Karaulova--. Estaban todos +borrachos. Además, no recuerdo los nombres. + +El adjunto del fiscal se sentó, descontento. + +--Entonces ¿no prestará usted juramento?--interrogó el presidente a +Karaulova. + +--No. + +--¿Y ustedes?--preguntó, dirigiéndose a Kravchenko. + +--Nosotras aceptamos. + +El tribunal deliberó largamente, hasta invitó al adjunto del fiscal a +dar su opinión. Al fin, el presidente hizo conocer la decisión tomada: + +--En vista de las opiniones no cristianas de Karaulova, el tribunal le +permite que haga su declaración sin prestar juramento. + +Los demás testigos se acercaron al altarcito, ante el cual esperaba el +sacerdote. + +--¡Levantaos!--proclamó en alta voz el ujier. + +Todo el mundo en la sala se levantó y volvió la cabeza hacia el +altarcito. + +--¡Levantad la mano!--dijo el sacerdote. + +Todos obedecieron. + +--¡Repetid lo que voy a decir! + +Luego, cambiando de voz, continuó en tono más solemne: + +--Me comprometo y juro... + +Los testigos repitieron en voces diferentes, y no todos a una: + +--Me comprometo y juro... + +--Ante Dios Todopoderoso y ante su Santo Evangelio... + +--Ante Dios Todopoderoso y ante su Santo Evangelio... + +El presidente lanzó un suspiro de satisfacción; al fin, todo estaba +arreglado, y el mecanismo judicial, después de aquel entorpecimiento, +funcionaba con regularidad, como es necesario. + +Los testigos, excepto Karaulova, fueron alejados de la sala. + +--Karaulova--dijo el presidente--. El tribunal le permite a usted no +prestar juramento; pero no olvide usted que debe decir toda la verdad, +según su conciencia. ¿Lo promete usted? + +--No puedo prometerlo, porque no tengo conciencia. + +--¿Y qué quiere usted que hagamos nosotros?--exclamó con desesperación +el presidente--. Le pedimos que diga la verdad. ¿Comprende usted? + +--Diré lo que sepa. + +Media hora más tarde, el interrogatorio de los testigos había terminado. +El mecanismo judicial funcionaba de nuevo regularmente. Las preguntas +eran seguidas de respuestas. El adjunto del fiscal tomaba notas. El +reportero dibujaba, con aire grave y atareado, cabezas de mujeres. El +acusado daba explicaciones detalladas. + +--En cuanto al recibo del Monte de Piedad, tengo el honor de declarar al +tribunal... + +--En cuanto a mis visitas a la casa de tolerancia, donde, según la +acusación, gasté sumas muy fuertes, sólo estuve en ella cuatro veces: el +21 de diciembre, el 7 de enero, el 25 de enero y el 1 de febrero. Las +tres primeras veces todos mis gastos fueron pagados por mi camarada +Protasov; la cuarta vez pagué una suma insignificante, lo que puedo +probar con la cuenta del ama... + +La sala hallábase bien alumbrada, y se estaba allí a gusto. Fuera caía, +en gruesos copos, la nieve. La justicia seguía su curso como una máquina +perfecta. + + + + +BEN-TOVIT + + +El día terrible en que se realizó la mayor injusticia del mundo, en que +se crucificó en el Gólgota, entre dos bandidos, a Cristo, ese mismo día, +el comerciante de Jerusalén Ben-Tovit tenía, desde por la mañana, un +dolor horrible de muelas. + +Le había comenzado la víspera, al anochecer. Ben-Tovit experimentó en el +lado derecho de la mandíbula, en la muela contigua a la del juicio, una +sensación singular, como si se le hubiera elevado un poco sobre las +otras; cuando la rozaba con la lengua, sentía un ligero dolor. Pero +después de comer, la molestia pasó, Ben-Tovit la olvidó y acabó de +tranquilizarse con el cambio de su viejo asno por otro joven y vigoroso, +negocio que le puso de buen humor. + +Durmió con un sueño profundo; pero, al amanecer, algo vino a turbar su +sueño. Se diría que alguien llamaba a Ben-Tovit para algún grave asunto. +No pudiendo ya resistir aquella inquietud, se despertó y se dio cuenta +al punto de que tenía dolor de muelas. Entonces era un dolor franco y +claro, muy violento, un dolor agudo e insoportable. Y no se podía ya +comprender si lo que le dolía era la muela de la tarde anterior o las +demás contiguas a ella. Toda la boca y toda la cabeza le dolían, como si +estuviese mascando millares de clavos ardiendo. Se enjuagó la boca con +un poco de agua del cántaro; durante unos momentos el dolor se aplacó, y +Ben-Tovit experimentó una ligera tirantez en las muelas. Dicha +sensación, comparada con el dolor de hacía un instante, era incluso +agradable. Ben-Tovit se acostó otra vez, se acordó de su nuevo asno y +pensó que sería del todo feliz a no ser por el dolor de muelas. Trató de +volver a dormirse. Pero cinco minutos después el dolor comenzó de nuevo, +más cruel que antes. Ben-Tovit se sentó en la cama y empezó a balancear +el cuerpo acompasadamente. Su rostro adquirió una expresión de +sufrimiento, y en su gran nariz, que había palidecido, apareció una gota +de sudor frío. + +Así, balanceándose y gimiendo lastimeramente, permaneció hasta la salida +del sol--de aquel sol que estaba predestinado a ver el Gólgota con sus +tres cruces y a eclipsarse de horror y de tristeza. + +Ben-Tovit era un buen hombre, a quien repugnaba la injusticia; pero +cuando su mujer se levantó, le dijo mil cosas desatentas, lamentándose +de que le hubiera dejado solo y no hubiera hecho ningún caso de sus +terribles sufrimientos. + +La mujer no se incomodó por estos reproches injustos; no ignoraba que +era el dolor, y en modo alguno la maldad, lo que hacía hablar así a su +marido. Le auxilió, solícita, con no pocos remedios: una cataplasma, en +la mejilla, de estiércol seco y pulverizado; una infusión muy fuerte de +aguardiente y huesos de escorpión; un pedazo de la piedra en que estaban +escritos los diez mandamientos, y que Moisés rompió en su cólera. + +El estiércol aplacó un poco el dolor de Ben-Tovit, pero por breve +tiempo. Los otros remedios produjeron el mismo efecto y, siempre tras un +corto alivio, el dolor volvía a empezar con redoblada fuerza. Durante +los escasos momentos de tregua, Ben-Tovit procuraba olvidarlo +completamente, poniendo el pensamiento en su nuevo asno; pero cuando se +hacía sentir otra vez, empezaba a gemir, a insultar a su mujer y a decir +que se iba a romper la cabeza contra la pared. + +Sin cesar iba y venía por el terrado de su casa, sin acercarse demasiado +a la barandilla, para que los transeúntes no le vieran con la cabeza +envuelta en un pañuelo, como una mujer. Con frecuencia, sus hijos +acudían junto a él y referían, interrumpiéndose, algo relativo a Jesús +Nazareno. Ben-Tovit se detenía entonces un instante para escucharlos; +pero ponía luego cara de pocos amigos, hería iracundo el suelo con el +pie y echaba a los niños; aunque era un hombre de buen corazón y aunque +amaba a sus hijos, se enojaba con ellos, lleno de fastidio, al oír +aquellas naderías. Le enfadaba también que la calle y los terrados de +las casas vecinas estuvieran llenos de gente que no hacía nada y le +miraba con curiosidad pasearse con la cabeza envuelta en un pañuelo, +como una mujer. Quería ya bajar, cuando su mujer le dijo: + +--Mira, conducen a los bandidos; quizá eso te distraiga. + +--¡Déjame en paz!--respondió colérico Ben-Tovit--. ¿No ves lo que sufro? + +Pero había en la proposición de su mujer algo como una promesa vaga de +que el dolor de muelas se le aplacaría si miraba a los bandidos, y se +acercó a la barandilla. La cabeza inclinada a un lado, un ojo cerrado, +la mano en la mejilla, miró hacia abajo. + +A lo largo de la estrecha calle empinada marchaba, en completo desorden, +una multitud enorme, levantando gran polvareda. Se oían gritos, +centenares de voces mezcladas. En medio de la multitud, encorvados bajo +el peso de las cruces, avanzaban los condenados. Por encima de sus +cabezas, semejantes a serpientes negras, chasqueaban los látigos de los +soldados romanos. Uno de los condenados--el que tenía largos cabellos +rubios y llevaba las vestiduras rotas y ensangrentadas--tropezó en una +piedra que le habían tirado y cayó. + +Redobló sus gritos la multitud, que parecía un mar agitado cubriendo con +sus olas la superficie de un islote. + +Ben-Tovit, de repente, sintió tal dolor, que se estremeció, como si +alguien le hubiera horadado la muela con una aguja. Lanzó un gemido +lastimero y se apartó de la barandilla, encolerizadísimo, importándole +un bledo cuanto sucedía en la calle. + +--¡Dios mío, cómo gritan!--gruñó, imaginándose las bocas muy abiertas, +con las muelas no atormentadas por el dolor. + +A no ser por el que le hacía ver las estrellas, hubiera podido gritar +como los demás, quizá más fuerte aún. Al pensar en esto, se hizo más +cruel su sufrimiento, y Ben-Tovit empezó a balancear furiosamente la +cabeza y a lanzar gritos. + +--Cuentan que curaba a los ciegos--dijo su mujer, que no se apartaba de +la barandilla ni dejaba de mirar abajo. + +Y tiró una piedrecita al sitio por donde pasaba Jesús, que avanzaba +lentamente, medio muerto ya a latigazos. + +--¡Tonterías!--respondió Ben-Tovit con acento burlón--. ¡Si posee, en +efecto, el don de curar, que me cure a mí el dolor de muelas! + +Y tras un corto silencio añadió: + +--¡Dios mío, qué polvareda han levantado! ¡Ni que fueran un rebaño! +Debían de echarlos a palos. ¡Llévame abajo, Sara! + +Su mujer tenía razón. El espectáculo le había distraído un poco, o quizá +el estiércol pulverizado le había aliviado. El caso es que no tardó en +dormirse. Cuando se despertó, el dolor había desaparecido casi por +completo; sólo el lado derecho de la mandíbula parecía ligeramente +hinchado; tan ligeramente, que apenas se notaba. Al menos, así lo +aseguraba su mujer. Ben-Tovit, escuchándola, sonreía maliciosamente; +bien sabía que a su mujer, por su bondad de corazón, le gustaba decir +cosas agradables. + +Un rato después llegó su vecino, el peletero Samuel. Ben-Tovit le enseñó +su nuevo asno, y, lleno de orgullo, escuchó los plácemes de Samuel a +propósito del cuadrúpedo. + +Después, a ruegos de Sara, que era muy curiosa, se dirigieron los tres +al Gólgota, a ver a los crucificados. Por el camino, Ben-Tovit refirió a +Samuel, sin omitir detalles, cómo había tenido dolor de muelas, cómo +sintió al principio la molestia en el lado derecho de la mandíbula, cómo +se había despertado al amanecer, atacado, súbitamente, de un dolor +insoportable. Para dar una idea más exacta de sus sufrimientos, hacía +muecas, cerraba los ojos, balanceaba la cabeza y gemía. Su vecino +asentía compasivamente, acariciando su larga barba blanca, y decía: + +--¡Dios mío! ¡Es terrible! + +A Ben-Tovit le complacía observar que Samuel apreciaba toda la +intensidad de sus sufrimientos recientes. Refirió por segunda vez cuanto +le había sucedido. Después recordó que hacía ya mucho tiempo había +tenido un dolor de muelas, pero en el lado izquierdo de la mandíbula +inferior. + +Así, en conversación animada, subieron al Gólgota. El sol, condenado a +alumbrar el mundo durante aquel día terrible, se había ya ocultado tras +las colinas lejanas. En el firmamento, hacia el Oeste, llameaba, +semejante a un rastro de sangre, una ancha banda roja. Sobre el fondo +del cielo se destacaban vagamente las cruces. Al pie de la de en medio +podían distinguirse siluetas humanas prosternadas. + +La multitud se había ido hacía tiempo. Comenzaba a sentirse frío. + +Después de dirigir una mirada distraída a los crucificados, Ben-Tovit +cogió a Samuel del brazo, y los tres se encaminaron a la casa. Ben-Tovit +experimentaba un deseo violento de seguir hablando, y comenzó de nuevo a +hablar del dolor que había tenido. Así, charlando, caminaban Gólgota +abajo. Ben-Tovit, animado por las exclamaciones de compasión que +profería de vez en cuando su vecino, daba a su rostro una expresión de +sufrimiento, cerraba los ojos, balanceaba la cabeza, gemía, mientras de +las profundas simas de la montaña y de las llanuras lejanas ascendía la +obscura noche, que parecía deseosa de ocultar al cielo el gran crimen +que se acababa de cometer sobre la tierra. + + + + +UN HOMBRE ORIGINAL + + +Un corto silencio reinó entre los comensales, y en medio del murmullo de +las conversaciones, alrededor de las mesas lejanas y del ruido ahogado +de los pasos de los criados, que traían y llevaban los platos, alguien +declaró con voz dulce y tranquila: + +--¡A mi me encantan las negras! + +Antón Ivanich, el subjefe de la oficina, por poco si deja caer la copa +de _vodka_ que se llevaba a los labios; un criado dirigió al que había +pronunciado tales palabras una mirada de asombro; todos volvieron la +cabeza para ver quién había dicho aquella cosa extraña. Y todo el mundo +vio la carita con bigotito rojo, los ojillos opacos y la cabecita +cuidadosamente peinada de Semen Vasilievich Kotelnikov. + +Durante cinco años habían trabajado con él en la oficina; todos los días +le daban la mano al llegar y al marcharse; todos los días le hablaban; +todos los meses, después de cobrar, comían con él, como aquel día, en un +restorán, y, no obstante, se les antojaba que aquel día lo veían por +primera vez. Lo vieron y se llenaron de extrañeza. Observaron que no era +feo del todo, a pesar de su absurdo bigote y sus pecas, semejantes a +las salpicaduras de barro lanzadas por un automóvil. Observaron también +que no vestía mal y que llevaba un cuello muy limpio. + +El subjefe, después de fijar largamente su mirada de asombro en +Kotelnikov, dijo: + +--Pero Semen... + +--¡Semen Vasilievich!--pronunció con cierta dignidad, Kotelnikov. + +--Pero Semen Vasilievich, ¿le gustan a usted las negras? + +--Sí, me gustan mucho. + +El subjefe miró con ojos de pasmo a todos los empleados sentados a la +mesa, y soltó la carcajada: + +--¡Ja, ja, ja! ¡Le gustan las negras! ¡Ja, ja, ja! + +Y todos se echaron a reír, incluso el grueso y enfermizo Polsikov, que +no se reía nunca. El mismo Kotelnikov se rió, un poco confuso, y +enrojeció de gusto; pero al mismo tiempo le asaltó un ligero temor: el +de que aquello le causase disgustos. + +--¿Lo dice usted seriamente?--preguntó el subjefe cuando acabó de +reírse. + +--¡Y tan seriamente! Hay en las mujeres negras un gran ardor y algo... +exótico. + +--¿Exótico? + +Se echaron de nuevo a reír; pero al mismo tiempo todos pensaron que +Kotelnikov era seguramente un hombre listo e instruido, cuando conocía +una palabra tan extraña: «exótico». Luego empezaron a discutir, +asegurando que no era posible que gustasen las negras; además de ser +negras, tenían la piel como cubierta de barniz, y los labios gruesos, y +olían mal. + +--¡Y, sin embargo, me gustan!--insistió modestamente Kotelnikov. + +--¡Allá usted!--dijo el subjefe--. Yo, por mi parte, detesto a esas +bestias color de betún. + +Todos sintieron una especie de satisfacción al pensar que había entre +ellos un hombre tan original que se pirraba por las negras. Con este +motivo, los comensales de Kotelnikov pidieron seis botellas más de +cerveza. Miraban con cierto desprecio a las otras mesas, en las que no +había un hombre de tanta originalidad. + +Las conversaciones terminaron. Kotelnikov estaba orgullosísimo de su +papel. Ya no encendía él sus cigarrillos, sino que esperaba a que el +criado se los encendiese. + +Cuando las botellas de cerveza estuvieron vacías, se pidieron otras +seis. El grueso Polsikov dijo a Kotelnikov en tono de reproche: + +--¿Por qué no nos tuteamos? Ya que desde hace tantos años trabajamos +juntos... + +--¡No tengo inconveniente! ¡Con mucho gusto!--aceptó Kotelnikov. + +Tan pronto se entregaba de lleno a la alegría de verse, al fin, +comprendido y admirado, como sentía el vago temor de que le pegasen. + +Después de beber «Brudeschaft»--Hermandad--con Polsikov, bebió con +Troitzky, Novoselov y otros camaradas; cambiaba besos con todos y los +miraba con ojos amorosos y tiernos. + +El subjefe no bebió «Brudeschaft» con él, pero le dijo amistosamente: + +--Venga usted por casa alguna vez. Mis hijas verán con curiosidad a un +hombre a quien le gustan las negras. + +Kotelnikov saludó, y aunque se tambaleaba un poco a causa de la cerveza, +todos convinieron en que era muy _chic_. + +Después de irse el subjefe, bebieron más, y todos juntos salieron a la +calle, tropezando con los transeúntes. Kotelnikov marchaba en medio de +sus camaradas, sostenido por Polsikov y Troitzky. + +--No, muchacho--decía--; no puedes comprenderlo. En las negras hay algo +exótico. + +--Tonterías--contestaba severamente Polsikov--. No sé lo que puede +encontrarse en ella. Del color del betún... + +--No, amigo; careces de gusto. La negra es una cosa... + +Hasta entonces no había pensado nunca en las negras, y no acertaba a dar +con la definición justa. + +--¡Tienen temperamento! + +Pero Polsikov no se dejaba convencer y seguía discutiendo. + +--¡Haces mal en discutir!--le dijo Troitzky--. Nuestro amigo Kotelnikov +tendrá sus razones. Además, sobre gustos no hay nada escrito. + +Y dirigiéndose a Kotelnikov, añadió: + +--¡No hagas caso, Semen! Sigue pirrándote por tus negras. Estoy tan +contento, que tengo ganas de armar un escándalo. + +--A pesar de todo, no lo comprendo--insistía Polsikov--. Del color del +betún... Para mí, ni siquiera son mujeres. + +--¡No, amigo, te engañas!--insistía a su vez Kotelnikov--. Porque, mira, +hay algo en las negras... + +Iban tambaleándose un poco, ligeramente borrachos, hablando en alta voz, +tropezando con la gente y muy satisfechos de sí mismos. + +Una semana después, todo el departamento sabía ya que al empleado +público Kotelnikov le gustaban mucho las negras. Algunas semanas más +tarde, este hecho era ya conocido por los porteros de todo el barrio, +por los solicitantes que acudían a la oficina, hasta por el agente de +policía de servicio en la esquina de la calle. Las señoritas +mecanógrafas de las secciones vecinas se asomaban un instante a la +puerta para ver al hombre original a quien le gustaban las negras. +Kotelnikov recibía estas muestras de atención con su modestia habitual. + +Un día se decidió a hacer una visita a su subjefe; mientras tomaba te +con confitura de cerezas, hablaba de las negras y de algo exótico que +había en ellas. Las muchachas menores parecían un poco confusas; pero la +mayor, Nastenka, que gustaba de leer novelas, estaba visiblemente +intrigada e insistía en que Kotelnikov le explicase las verdaderas +razones de su afición a las negras. + +--¿Por qué justamente las negras?--preguntábale. + +Todos estaban contentos, y cuando Kotelnikov se fue, hablaron de él con +afecto. Nastenka llegó a declarar que era víctima de una pasión +enfermiza. Lo cierto era que a ella le había caído en gracia. Nastenka +también le causó cierta impresión a Kotelnikov; pero él, como hombre a +quien sólo le gustaban las negras, creyó de su deber ocultar su +inclinación hacia la muchacha, y, sin dejar de ser cortés, manifestose +con ella un poco reservado. + +Al volver a casa por la noche, se puso a pensar en las negras, en su +cuerpo color de betún, cubierto de sebo, y le parecieron repulsivas. Al +imaginarse que abrazaba a una, sintió náuseas y le dieron ganas de +llorar y de escribirle a su madre, residente en provincias, que acudiera +inmediatamente como si un grave peligro le amenazase. Al cabo logró +dominarse. Cuando a la mañana siguiente llegó a la oficina, bien peinado +y vestido, con una corbata encarnada y cierta cara de misterio, no cabía +duda de que a aquel hombre le encantaban las negras. + +Poco tiempo después, el subjefe, que manifestaba un gran interés por +Kotelnikov, le presentó a un revistero de teatros. Este, a su vez, le +condujo a un café cantante y le presentó al director, el señor Jacobo +Duclot. + +--Este señor--dijo el revistero al director, haciendo avanzar a +Kotelnikov--adora a las negras. Nada más que a las negras; las demás +mujeres le repugnan. ¡Un original de primer orden! Me alegraría mucho si +usted, Jacobo Ivanich, pudiera serle útil; es muy interesante, y tales +tendencias... ¿comprende usted?... hay que alentarlas. + +Dio unos golpecitos amistosos en la angosta espalda de Kotelnikov. El +director, un francés de bigote negro y belicoso, miró al cielo como +buscando una solución, y con un gesto decidido, exclamó: + +--¡Perfectamente! Ya que le gustan a usted las negras, quedará +satisfecho: tengo precisamente en mi _troupe_ tres hermosas negras. + +Kotelnikov palideció ligeramente, lo que no advirtió el director, +absorto en sus cavilaciones sobre el café cantante. + +--Tiene usted que darle un billete gratuito para toda la temporada. + +El director consintió. + +A partir de aquella misma tarde, Kotelnikov empezó a hacerle la corte a +una negra, miss Korrayt, que tenía lo blanco de los ojos del tamaño de +un plato y la pupila no más grande que una olivita. Cuando, poniendo tal +máquina en movimiento, jugaba ella los ojos con coquetería, Kotelnikov +sentía recorrer su cuerpo un frío mortal y flaquear sus piernas. En +aquellos momentos experimentaba un gran deseo de abandonar la capital e +irse a ver a su pobre madre. + +Miss Korrayt no sabía palabra de ruso; pero, por fortuna, no faltaron +intérpretes voluntarios que se encargaron gustosísimos de la delicada +misión de traducir los cumplimientos entusiásticos que la negra dirigía +a Kotelnikov. + +--Dice que no ha visto en su vida a un _gentlemán_ tan guapo y +simpático. ¿No es eso, miss Korrayt? + +Ella agitaba la cabeza afirmativamente, enseñaba su dentadura, parecida +al teclado de un piano, y volvía a todos lados los platos de sus ojos. +Kotelnikov movía también la cabeza, saludando, y balbuceaba: + +--Hagan el favor de decirle que en las negras hay algo exótico. + +Y todos estaban tan contentos. + +Cuando Kotelnikov besó por primera vez la mano a miss Korrayt, la +emocionante escena tuvo por testigos a todos los artistas y a no pocos +espectadores. Un viejo comerciante, incluso lloró de entusiasmo en un +acceso de sentimientos patrióticos. Después se bebió champaña. +Kotelnikov tuvo palpitaciones, guardó cama durante dos días y muchas +veces empezó a escribirle a su madre: «Querida mamá»--escribía--y su +debilidad le impedía siempre terminar la carta. + +A los tres días, cuando llegó a la oficina, le dijeron que su excelencia +el director quería verle. + +Se arregló con un cepillo el pelo y el bigote, y, lleno de terror, entró +en el gabinete de su excelencia. + +--¿Es verdad que a usted... que a usted...? + +El director buscaba palabras. + +--...¿Que a usted le gustan las negras? + +--¡Sí, excelentísimo señor! + +El director miró con ojos asombrados a Kotelnikov, y preguntó: + +--Pero vamos... ¿por qué le gustan a usted? + +--¡Ni yo mismo lo sé, excelentísimo señor! + +Kotelnikov sintió de pronto que el valor le abandonaba. + +--¿Cómo? ¿No lo sabe usted? ¿Quién va a saberlo, pues? Pero no se turbe +usted, joven. Sea franco. Me place ver en mis subordinados cierto +espíritu de independencia... naturalmente, si no traspasa ciertos +límites definidos por la ley. Bueno, dígame francamente, como si hablase +usted con su padre, por qué le gustan las negras. + +--¡Hay en ellas algo exótico, excelentísimo señor! + +Aquella noche, en el Club Inglés, jugando a la baraja con otras personas +importantes, su excelencia dijo entre dos bazas: + +--Tengo en mi departamento un empleado a quien le gustan las negras. +Pásmense ustedes. ¡Un simple escribiente! + +Sus compañeros de juego eran también excelencias, directores de +departamento, y experimentaron al oírle un poco de envidia; cada uno de +ellos tenía también a sus órdenes un ejército de empleados; pero eran +todos hombres grises, opacos, sin ninguna originalidad, vulgares. + +--Y yo, pásmense ustedes--dijo una de las excelencias--, tengo un +empleado con un lado de la barba negro y el otro rojo. + +Esperaba así tomar revancha; pero todos comprendieron que una barba, no +ya como aquélla, sino policroma, no tenía importancia comparada con una +pasión extravulgar por las negras. + +--¡Afirma ese hombre original que hay en las negras algo +exótico!--añadió su excelencia. + +Poco a poco, la popularidad de Kotelnikov en los círculos burocráticos +de la capital llegó a ser muy grande. Como sucede siempre, quisieron +imitarle; mas sus imitadores sufrieron fracasos lamentables. Uno de +ellos, un viejo escribiente que contaba veintiocho años de servicio y +sostenía una numerosa familia, declaró de repente que sabía ladrar como +un perro, y no tuvo ningún éxito. Otro empleado, muy joven aún, simuló +estar perdidamente enamorado de la mujer del embajador chino; durante +algún tiempo logró atraer sobre él la atención y aun la compasión; pero +la gente experimentada no tardó en comprender que aquello no era sino +una imitación miserable de una auténtica originalidad, y todos le +volvieron con desprecio la espalda. + +Hubo otras muchas tentativas de la misma índole. En general, notábase +entre los empleados públicos cierta inquietud de ánimo, que se traducía +en esfuerzos por ser original. + +Un joven de buena familia, no logrando encontrar medio de ser original, +acabó por decirle a su jefe una porción de groserías, y, naturalmente, +tuvo que abandonar al punto su empleo. + +Kotelnikov se creó muchos enemigos. Afirmaban insidiosamente que estaba +en ayunas en lo atañedero a las negras. Sin embargo, no mucho después, +un periódico publicó una interviú con él, en la que Kotelnikov declaraba +francamente que le gustaban las negras porque había en ellas algo +exótico. + +A partir de aquel día, su estrella comenzó a brillar con más fulgor aún. +A la sazón visitaba frecuentemente a la familia de su subjefe, que le +recibía con los brazos abiertos. Nastenka lloraba a veces pensando en el +terrible destino reservado a aquel aficionado a las negras. Kotelnikov, +sentado a la mesa, sentía sobre él las miradas de piedad de toda la +familia y se esforzaba en dar a su rostro una expresión melancólica y al +mismo tiempo exótica. Todos estaban muy satisfechos de que un hombre tan +original frecuentara la casa, en calidad de buen amigo; todos, incluso +la abuela sorda que lavaba los platos en la cocina. + +El hombre original se retiraba tarde a casa y lloraba desconsolado, +porque amaba a Nastenka con toda su alma y no podía ver a miss Korrayt. + +Hacia las Pascuas se corrió la voz de que Kotelnikov se casaba con miss +Korrayt, la cual, con tal motivo, se convertía a la religión ortodoxa y +abandonaba el café cantante del señor Jacobo Duclot. Según los mismos +rumores, el propio director había consentido en ser el padrino del joven +esposo. + +Los compañeros, los solicitantes y los porteros felicitaban a +Kotelnikov, que les daba las gracias y saludaba con la muerte en el +alma. + +La velada anterior a su boda la pasó en casa del subjefe. Le recibieron +como a un héroe, y todos parecían muy contentos, excepto Nastenka, que +se iba a su cuarto de vez en cuando a llorar a sus anchas, y que, para +ocultar las huellas del llanto, se ponía tantos polvos que se +desprendían de su faz en tanta abundancia como la harina de una piedra +de molino. + +Durante la cena todos felicitaban al novio y brindaban en honor suyo. El +propio subjefe, que se había excedido un poco en la bebida, le dirigió +una pregunta algo turbadora: + +--¿Podría usted decirme de qué color serán los niños? + +--¡Serán a rayas!--observó Polsikov. + +--¿Cómo a rayas?--exclamaron, asombrados, los asistentes. + +--Muy sencillo: una raya blanca, otra negra; una raya blanca, otra +negra... Como las cebras--explicó Polsikov, a quien le inspiraba gran +lástima su desgraciado amigo. + +--¡No, no es posible!--exclamó Kotelnikov, poniéndose muy pálido. + +Nastenka no podía ya contener las lágrimas, y, sollozando, huyó a su +cuarto, llenando de emoción a los asistentes. + +Durante dos años, Kotelnikov pareció el hombre más feliz de la tierra, y +daba gusto verle. Hasta fue recibido un día con su mujer por el propio +director. Cuando llegó a ser padre de un hijo se le dio, a modo de +subsidio, una suma bastante crecida, y se le ascendió. + +El hijo no era a rayas. Tenía un tinte ligeramente gris, más bien color +de oliva. Kotelnikov decía a todos que estaba encantado con su mujer y +con su hijo; pero nunca se daba prisa en volver a casa, y, cuando +volvía, se detenía largo rato ante la puerta. Cuando su mujer salía a +abrirle y le enseñaba su dentadura, semejante al teclado de un piano, y +lo blanco de sus ojos, grande como un plato, cuando se estrechaba contra +él, el pobre experimentaba una repulsión invencible y pensaba, con un +dolor cruel, en los seres dichosos que tenían mujeres blancas y niños +blancos. + +--¡Querida mía!--decía. + +Y a instancias de su mujer se dirigía a la habitación donde estaba su +hijo. No podía ver a aquel niño de labios gruesos, gris como el asfalto; +pero lo cogía en brazos y procuraba simular que se le caía la baba, +combatiendo con gran trabajo la tentación de tirarlo al suelo. + +Tras no pocas vacilaciones, escribió a su madre noticiándole su +matrimonio, y, con gran asombro, recibió una respuesta alegre. También +ella estaba satisfecha de que su hijo fuera un hombre tan original y de +que el propio director hubiera sido su padrino. + +A los dos años de su boda, Kotelnikov murió del tifus. Momentos antes de +morir hizo llamar al sacerdote. El cual, al ver a su mujer, acarició su +espesa barba y lanzó un profundo suspiro. El también sentía cierta +admiración por Kotelnikov, con motivo de su originalidad. Cuando se +inclinó sobre el moribundo, éste, haciendo acopio de todas sus fuerzas, +exclamó: + +--¡Aborrezco a ese diablo negro! + +Sin embargo, un minuto después, como se acordase de su excelencia, del +subsidio que le habían dado, de su subjefe, de Nastenka, y viese a su +mujer llorar, añadió, con voz dulce: + +--Me encantan las negras... Hay en ellas algo exótico. + +Procuró iluminar su rostro con una sonrisa feliz, y con la sonrisa en +los labios se fue al otro mundo. + +La tierra le acogió indiferente, sin preguntarle si le gustaban o no le +gustaban las negras, y mezcló sus huesos con los de otros muertos. Pero +en los círculos burocráticos se habló todavía mucho tiempo de aquel +hombre original, a quien volvían loco las negras y que encontraba en +ellas algo exótico. + + + + +¡NO HAY PERDÓN! + + +Una estudianta. Muy joven, casi una niña. La nariz fina, linda, no +formada aún completamente, como la de los niños, un poco arremangada; +los labios también son infantiles, y parece que exhalan olor a bombones +de chocolate. Los cabellos son tan abundantes y sedosos, cubren su +cabeza de una manera tan graciosa, que al mirarlos se piensa sin querer +en mil cosas amables: en el cielo azul sin nubes, en las canciones +primaverales de los pajarillos, en el florecer de las lilas. Se piensa +también, al admirar esta bella cabeza de muchacha, en los manzanos +florecientes, bajo los que se busca sombra en un medio día de verano, y +que dejan caer sobre el sombrero, sobre los hombros y sobre los brazos +pétalos delicados color de nieve y rosa. + +Los ojos eran también juveniles, claros, tranquilos e ingenuos; pero +examinándola de cerca se podían advertir en su rostro sombras ligeras de +cansancio, indicios de alimentación insuficiente, de noches de insomnio, +de largas veladas en cuartos pequeños y llenos de humo, donde se pasan +las horas en discusiones interminables. Se pensaba también que sus +mejillas habían conocido las lágrimas; lágrimas dolorosas y amargas. +Había algo de nervioso y de inquietante en sus movimientos: el rostro +era alegre y sonreía; pero el piececito, calzado con un chanclo +deteriorado y sucio de barro, hería nerviosamente el suelo, como si +quisiera acelerar la marcha del tranvía, que avanzaba muy despacio. Nada +de esto se le había escapado a Mitrofan Vasilich Krilov, que poseía el +don de la observación. Iba de pie en la plataforma del tranvía, frente a +la muchacha. Por entretenerse, la contemplaba, un poco distraída y +fríamente, como una fórmula algebraica sencilla y muy conocida que se +destacase en la negrura del encerado. En los primeros momentos, la +contemplación le divirtió, como a cuantos miraban a la muchacha; pero +eso duró poco, y no tardó en caer de nuevo en su mal humor. No tenía +motivos para estar contento. Al contrario. Volvía del liceo, donde era +profesor, cansado, con el estómago vacío; el tranvía estaba repleto, y +no había posibilidad de sentarse y leer el periódico. El tiempo era +también execrable en aquel terrible mes de noviembre; la ciudad era fea +y le disgustaba, así como toda aquella vida, que no valía más que el +billete, desgarrado por un extremo, que llevaba en la mano. Todos los +días hacía igual viaje: de su casa al liceo y del liceo a su casa. Podía +contar los días por el número de billetes. Su vida era a modo de una +larga cinta de billetes de tranvía, de la que se arrancaba uno cada +veinticuatro horas. + +No tardó en cansarse de contemplar a la muchacha, y la hubiera olvidado +sin dificultad; pero se hallaba frente a él, y no podía menos de +mirarla de vez en cuando. + +«Ha venido hace muy poco de la provincia--pensaba severamente--. ¿A qué +diablos vienen aquí? Yo, por ejemplo, abandonaría con mucho gusto esta +maldita ciudad y me iría a cualquier rincón. Naturalmente, ella se pirra +por las conversaciones, por las discusiones; tiene sus ideas políticas y +sociales. No estaría de más que se cuidase un poco del arreglo de su +persona; mas no tiene tiempo de ocuparse en cosas tan mezquinas: ¡debe +salvar a la humanidad! Es lástima, sobre todo siendo tan bonita.» + +La muchacha advirtió las miradas severas de Krilov, y se turbó. Se turbó +de tal modo, que la sonrisa desapareció de su rostro y fue reemplazada +por una expresión de miedo infantil, mientras su mano izquierda, con un +movimiento instintivo, se dirigía hacia su pecho, como si llevase algo +escondido en el corsé. + +«¡Tiene gracia!--se dijo Krilov, volviendo a otro lado los ojos y +tratando de dar a su rostro una expresión de indiferencia--. Le dan +miedo mis gafas azules; todas estas muchachas están seguras de que un +hombre con gafas azules es un espía... Lleva probablemente proclamas +escondidas en el corsé. En otro tiempo, las muchachas escondían cartas +amorosas; ahora son proclamas y boletines revolucionarios lo que +esconden. ¡Boletines! ¡Qué palabra más estúpida!» + +Dirigió de nuevo, a hurtadillas, una mirada a la muchacha, y volvió en +seguida los ojos. Ella le miraba, como mira un pájaro a una serpiente +que se acerca, y apretaba la mano contra su costado izquierdo. Krilov se +incomodó. + +«¡Qué estúpida es! Me toma por un espía, a causa de mis gafas azules. No +comprende que un hombre puede llevar gafas azules por estar enfermo de +la vista. Es tan cándida, que se hace traición. ¡Y pensar que pretende +salvar a la humanidad! ¡Necesita aún una niñera esta revolucionaria! No +estamos en sazón todavía para la revolución. En vez de Lasalles, entre +nosotros, se dedican los chiquillos a la política. ¡No sabe aún resolver +un sencillo problema aritmético, y habla, sin duda, con aplomo, de +cuestiones políticas, sociales, financieras! No estaría de más asustarla +un poco; sería una buena lección para ella.» + +Apenas había formulado en su interior tal pensamiento, tuvo una +inspiración repentina. Era una idea inspirada por el cielo gris de +noviembre, por el suelo fangoso, por el hambre que le atormentaba. +Inmediatamente comenzó a ponerla en práctica. + +Con un movimiento nada seductor bajó la cabeza, dio a su rostro una +expresión desagradable y maliciosa, propia, a su juicio, de un espía, y +lanzó una mirada severa y escrutadora a la muchacha. El resultado le +satisfizo: la muchacha se estremeció de miedo, y sus ojos se llenaron de +angustia. + +«¡Vamos, pequeña!--pensaba, triunfante, Krilov--. Parece que huirías de +buena gana; pero ¿cómo? ¡Magnífico! ¡Espera, que aun hay más!» + +Se iba interesando en el juego, encontrando en él un placer. Olvidaba su +hambre y el mal tiempo, se dedicó a la imitación de un espía, con tanta +habilidad como si fuera un verdadero artista, o como si en realidad +estuviese al servicio de la Policía secreta. + +Su cuerpo se tornó flexible como el de una serpiente; sus ojos +adquirieron una expresión de alegría pérfida; su mano derecha, que +llevaba en el bolsillo, oprimía con toda su fuerza el billete, como si +éste fuera su revólver cargado con seis balas o un _carnet_ de policía. + +No sólo la muchacha, sino muchos otros viajeros comenzaron a desazonarse +al mirarle: tan de espía era su apariencia. Un comerciante grueso y +colorado que ocupaba él solo la tercera parte de la plataforma se +estrechó de pronto, se hizo pequeñísimo y volvió la cabeza. Un hortera, +debajo de cuyo gabán se veía un delantal blanco, miró a Krilov con ojos +de conejo asustado, y, empujando a la muchacha, saltó del tranvía y +desapareció entre la multitud. + +«¡Muy bien!»--se cumplimentó a sí mismo Krilov, con el corazón lleno de +la alegría pérfida de un enfermo del hígado. Había algo de pintoresco, +de sugestivo, de agradablemente inquietante en esa renuncia a su propia +persona, en representar un papel antipático, en que los demás le odiasen +y le temiesen. En el fondo gris de la vida cotidiana se abrían a modo +de abismos obscuros, llenos de misterio y de sombras movibles y mudas. +Se acordó de la clase donde daba todos los días las lecciones, de la +fisonomía de los alumnos, que no le inspiraban ya sino disgusto, de sus +cuadernos azules, con manchas de tinta, sucios, llenos de faltas +estúpidas, idiotas, que hacían aún más detestable la vida. + +«Debe de ser una cosa muy interesante el oficio de espía--se dijo--. Un +espía arriesga su vida tanto como un revolucionario. A veces la práctica +del espionaje cuesta la cabeza. He oído decir que mataron a un espía +hace poco. Le degollaron como a un cerdo.» + +Durante un minuto tuvo miedo y quiso renunciar al papel que se había +propuesto representar; pero su oficio de profesor era tan odioso para +él, tan monótono y aburrido, que le gustaba, aunque sólo fuera por un +rato, cambiar de pellejo. + +La estudianta no le miraba ya, y, no obstante, su juvenil rostro, el +lóbulo rosa de su oreja, que se veía bajo un bucle de sus cabellos +ondulados; su cuerpo, un poco inclinado hacia delante; su pecho, que +bajaba y subía anhelosamente, todo expresaba una angustia terrible y un +deseo loco de huir. En aquel momento soñaba quizá con tener alas. Dos +veces se movió un poquito, disponiéndose a descender, y, al sentir sobre +sus mejillas ruborosas la mirada inquisitorial de Krilov, permaneció +como clavada en su sitio, sin retirar la mano de la barandilla en que se +apoyaba. Su guante negro, con un dedo algo descosido, temblaba un poco. +Le daban vergüenza aquel guante y aquel dedo minúsculo, tímido, +desamparado; pero no tenía fuerza para levantar la mano. + +«¡Muy bien! ¡Muy bien!--pensaba Krilov--. Estoy muy contento. De buena +gana huirías; ¡pero no, pequeña! Será una buena lección para ti. Esto te +enseñará a ser más prudente. ¡La vida no es lo que tú te creías!» + +Se imaginó la vida de aquella muchacha. Era tan interesante como la de +un espía; pero había en ella algo que no conocían los espías: una +arrogancia, una mezcla armónica de lucha, de misterio, de horror y de +alegría... Era perseguida, y hay algo de singularmente delicioso en que +un malvado, hostil y temible, tienda las manos aprehensoras a nuestra +garganta y prepare, hilo por hilo, la cuerda para estrangularnos. ¡En +tales momentos, el corazón late con tanta violencia, se ilumina la vida +con una luz tan fúlgida y se la ama con tanto ardor! + +Con disgusto, Krilov dirigió una mirada a su viejo gabán, al botón que +colgaba con un pedazo de la tela; se imaginó su rostro amarillo y agrio, +que detestaba, hasta el extremo de no afeitarse sino una vez al mes; sus +ojos, con gafas azules, y se convenció, con un placer maligno, de que +parecía, en efecto, un espía. Sobre todo, a causa de su botón colgante; +los espías no tienen a nadie que pueda coserles los botones, y todos +deben de llevar colgando del gabán un botón de que no pueden servirse. + +Experimentó un sentimiento de soledad triste, propia sólo de los espías. +Una profunda melancolía invadió su corazón. El cielo, la vida, las +gentes, todo se tornó a sus ojos sombrío, negro, al par que hondo, +misterioso y lleno de sentido. + +Trató de mirarlo todo con una mirada semejante a la de la muchacha. Y +todo se le presentó bajo un aspecto nuevo. + +No se había parado nunca a penetrar el significado del día y la noche; +la noche misteriosa, engendradora de tinieblas, escondedora de hombres, +silenciosa e inescrutable; ahora veía su aproximación callada; admiraba +las luces que se encendían una tras otra; percibía algo de solemne en +aquella lucha entre el resplandor y las sombras, y se asombraba de la +calma de la multitud, que discurría por la calle sin darse cuenta, al +parecer, de que la noche se acercaba. + +La muchacha miraba ávidamente a los rincones negros de las callejuelas, +no alumbradas aún, y él seguía sus miradas y hundía la vista en esos +corredores obscuros, que invitan, en la sombra, con una elocuencia +misteriosa. La muchacha miraba con angustia a las altas casas, que +estaban como defendidas por sus pilares de la calle, y él seguía siempre +su mirada, y aquellas masas estrechas, aquellas malas fortalezas se le +antojaban asimismo algo nuevo. + +En una de las paradas, al final de un trayecto del tranvía, Krilov debía +descender; pero la muchacha no lo hizo, y él le dijo en voz alta al +conductor: + +--Deme usted un billete hasta la parada próxima. + +Le satisfizo mucho encontrar en su bolsillo una monedita de cinco +copecks para pagar el billete; se figuraba que los espías sólo llevaban +monedas de cobre o billetes de Banco sucios, viejos, casi rotos; no se +puede pagar a los espías en buen dinero; de lo contrario, serían gentes +como las demás. El cobrador, silencioso, parecía también comprenderlo; +al menos tomó la moneda con un desagrado tan visible, que Krilov se +indignó. Asestó contra el cobrador sus gafas, a modo de cañones, y se +dijo, al recibir el billete: + +«¡Me desprecias, canalla! Lo que no te impide robar a la Compañía. Os +conozco a todos.» + +Y empezó a imaginar cómo vigilaría al cobrador, le cogería en flagrante +delito y, cuando menos lo esperase, le denunciaría a la Administración. +Luego se dedicaría a vigilar a los demás cobradores, y los denunciaría a +su vez. + +La muchacha seguía allí siempre. No había que perderla de vista. + +Escogiendo un momento favorable, apartó de la barandilla la mano del +guante descosido, lo que le dio ánimos, y descendió presurosa del +tranvía, en la esquina de una ancha calle, donde se cruzaban los rieles. +Otros viajeros estaban también a punto de descender. Los había, al +contrario, que subían. Una mujer delgada, que llevaba un gran +envoltorio, impidió a Krilov la salida. + +--¡Permítame usted!--le dijo él, tratando de abrirse paso. + +Pero el sitio que dejaba libre el envoltorio era demasiado estrecho, y +no podía pasar. Por el otro lado impedían el paso el conductor y el +comerciante grueso y rojo. Este último fingía no darse cuenta de que +Krilov quería descender. + +--¡Pero déjeme usted pasar!--exclamó Krilov con cólera--. Conductor, +¿oye usted? ¡Reclamaré! + +--¡Señor, haga el favor de dejar paso!--dijo el conductor, dirigiéndose +al comerciante. + +El cual miró a Krilov y se apartó un poco, tan poco, que el otro apenas +pudo pasar, y hasta hubiera jurado que el comerciante le oprimía ex +profeso con su voluminoso cuerpo. Sofocado, Krilov saltó, por fin, a +tierra y empezó a correr, a la ventura en persecución de la muchacha. + +La alcanzó en una estrechísima callejuela. Marchaba de prisa, dirigiendo +miradas atrás. Al divisar a alguna distancia a Krilov, casi echó a +correr, no disimulando ya el temor. Krilov apresuró también el paso. En +aquella callejuela obscura y desconocida, donde sólo se hallaban él y la +muchacha, experimentó un malestar muy parecido al miedo. + +«¡Hay que acabar!»--se dijo. + +Sin embargo, siguió corriendo, casi ahogándose de fatiga. + +La muchacha se detuvo a la puerta de una gran casa, con muchos pisos. +Cuando se disponía a abrir, Krilov se acercó a ella y, sonriendo +amistosamente, la miró a los ojos. Con la sonrisa quería decirle que la +broma se había terminado y que ya no tenía nada que temer. Pero la +muchacha, al entrar, le lanzó en pleno rostro, sofocada de cólera: + +--¡Canalla! + +Y desapareció. Un instante después divisó Krilov su silueta a través de +los cristales. + +Con su sonrisa amistosa en los labios, asió el picaporte y trató de +abrir; pero al ver al portero junto a la escalera, retrocedió con +lentitud. A algunos pasos de distancia, se detuvo y se encogió de +hombros. Despojándose de las gafas, empezó a reflexionar. ¡Era estúpido +todo aquello! La chicuela ni siquiera le había dejado abrir la boca para +explicarse, y le había lanzado en pleno rostro el despectivo insulto. +Debía, no obstante, comprender que sólo se trataba de una broma. ¡Qué +diablo de muchacha! ¡Como si verdaderamente le interesase con sus +proclamas! Eso no era de su incumbencia. Que hicieran las locas +chicuelas lo que les pareciese; le tenía completamente sin cuidado... + +Se figuró que en aquel momento la muchacha refería a compañeros suyos de +ambos sexos que un espía le había perseguido. Como es natural, se +indignarían, murmurarían, cerrarían los puños. ¡Qué idiotas! + +«¡Yo también he hecho mis estudios en la Universidad, y no soy inferior +a vosotros, imbéciles!»--dijo casi en voz alta. + +Tuvo calor, y se desabrochó el gabán; pero temiendo coger frío, se lo +abrochó de nuevo. + +«¡Sí; soy tan honorable como vosotros, jóvenes idiotas! Quizá más +honorable. Soy un padre de familia que mantiene a ocho personas... Es +de todo punto necesario poner fin a esta farsa. Hay que hacerles saber +que tengo un diploma universitario y que odio a la Policía tanto como +ellos. ¿Pero qué hacer? La muchacha ha desaparecido. No puedo esperarla +aquí hasta mañana. ¡No faltaba más! Por otra parte, aun no he comido...» + +Dio algunos pasos, volvió sobre ellos, miró la larga fila de ventanas +iluminadas y continuó reflexionando: + +«Apuesto cualquier cosa a que creen que soy, en efecto, un espía. +¡Idiotas! Hay que decirles que yo he sido también estudiante y he +llevado melena como ellos. Me corto el pelo ahora, porque empieza a +caérseme; pero eso no prueba que yo sea espía. Claro es que está uno más +a salvo si lleva melenas de que le tomen por espía; pero ¿qué culpa +tengo yo de que se me caiga el pelo? O ¿acaso hay, que llevar peluca... +como un espía de verdad?» + +Encendió un cigarrillo y lo tiró en seguida; no tenía ganas de fumar. + +«Lo más sencillo sería entrar en su casa y decirles: Señores, ha sido +una broma. Pero no, no lo creerían. Y hasta es posible que me dieran una +paliza.» + +Se alejó cosa de veinte pasos y se detuvo nuevamente. El aire iba siendo +más frío. Su gabán casi no le abrigaba. Al meterse la mano en el +bolsillo, encontró el periódico. Casi estuvo a punto de llorar de rabia. +Podía hallarse ya en su casa muy cómodo, haber comido, haber tomado el +te calentito y estar tendido en el canapé, leyendo el periódico y sin la +menor inquietud. Al otro día, sábado, se jugaba a las cartas en casa del +inspector... Y en lugar de estar en su casa, tiritaba de frío allí, en +aquella maldita callejuela, ante aquella maldita casa, albergue de +estudiantes melenudos. ¿Qué había ido a hacer en tal sitio? + +De repente, se abrió la puerta de la casa y se volvió a cerrar con +violencia, después de dar paso a dos estudiantes. + +Ambos, con paso rápido y resuelta actitud, se dirigieron hacia él. + +Lleno de terror, huyó precipitadamente. Corrió a través de la niebla +enloquecido, jadeante, atropellando a los transeúntes, tropezando con +los faroles, los caballos, los coches. Se detuvo en una ancha avenida, +que le costó mucho trabajo reconocer. Todo se hallaba alrededor desierto +y silencioso. Caía una menuda lluvia. No se veía ya a los estudiantes. + +Encendió con mano trémula un cigarrillo, y apenas se lo hubo fumado, +encendió otro. + +«¡Vaya una aventura!--se dijo--. Será un milagro que no me resfríe. +Acaso la tuberculosis en perspectiva... Por fortuna, no me han dado +alcance los estudiantes, aunque corrían de lo lindo. Uno no cesaba de +gritar: «¡Alto!» ¡Era terrible!» + +Tres estudiantes aparecieron a alguna distancia. Krilov los miró con +ojos espantados y se alejó a toda prisa. + +En cuanto llegó, en su carrera, a cierta callejuela angosta y tortuosa, +se detuvo. ¿Iba a huir de todos los estudiantes de la ciudad? Además, +sus perseguidores sólo eran dos. + +Volvió sobre sus pasos y no tardó en encontrarse de nuevo en la avenida. +Se sentó en un banco y comenzó a considerar, con sangre fría, la +situación. + +«¡Sobre todo, calma!--se dijo--. No hay motivos para alarmarse. ¡Que se +vaya al diablo la muchacha! Tanto peor para ella si me toma por un +espía. ¿Qué me importa a mí? No me conoce, ni los estudiantes tampoco. +Ni siquiera han podido verme la cara, pues me he levantado el cuello del +gabán.» + +Se reía ya un poco, regocijado por tal pensamiento, cuando, de súbito, +una idea terrible puso fin a su regocijo. + +«Pero ¿y ella? ¡Ella me ha visto! ¡Durante una hora entera ha podido +estudiar mi rostro, y si me encuentra en alguna parte...!» + +Se imaginó toda una serie de posibilidades terribles. + +Como hombre ilustrado, asistía a la Universidad siempre que se daban en +ella conferencias interesantes, a los teatros, a los museos; y en todas +partes se exponía a toparse con la muchacha, a quien, seguramente, +saldría a acompañar toda una banda de estudiantes de ambos sexos, pues +aquellas muchachas rara vez iban solas, y si le veía... + +Krilov se estremeció de pies a cabeza. + +Si le veía, se lo señalaría inmediatamente a toda su banda con el dedo, +diciendo en alta voz: «¡Miradle, es un espía!» + +«Tendré que dejar de llevar gafas y cortarme la barba--pensó Krilov--. +Si pierdo la vista, ¿qué le vamos a hacer? Además, el médico quizá se +engañe y puede que yo no necesite gafas. En cuanto a la barba... +verdaderamente no me cambiará mucho el quitármela. Más que una barba, es +una perilla insignificante. Ni siquiera se notará que me la he quitado.» + +«¡Hasta mi barba crece menos que la de los demás!--pensó con disgusto--. +Pero todo esto son tonterías. Aunque me reconozca, no hay por qué +apurarse. Sería necesario probar que soy espía, probarlo serena, +lógicamente, como se hace con los teoremas.» + +Se imaginó una reunión de jóvenes de largos cabellos, ante la que él +demostraba, con voz firme y tranquila, su inocencia. Todo era claro, +convincente. Las frases se seguían en un orden perfecto, como fórmulas +matemáticas unidas por signos de igualdad. «De esta suerte, señores, +podrán ustedes advertir...» + +Con una dignidad severa se pone bien las gafas y sonríe despectivamente. +Después reanuda sus pruebas y se percata, con horror, de que la lógica y +las fórmulas exactas están muy a menudo en contradicción con la vida; de +que en la vida hay poca lógica y de que él no encuentra manera de +demostrar que no es espía. Si alguien--la muchacha, por ejemplo--le +acusara de serlo, no habría en su vida nada preciso, claro y convincente +que oponer a la acusación. + +El terror invadió su alma. ¿Dónde estaban sus convicciones, su profesión +de fe? Su espíritu hallábase vacío, y no veía nada seguro sobre qué +poder apoyarse para no caer en el fondo de aquel abismo negro, +espantoso. + +«Mis convicciones--balbuceó, imaginándose que se encontraba ante los +jueces--. Todo el mundo conoce mis convicciones. Estoy convencido de +que...» + +Busca en los repliegues de su memoria algo claro, preciso, fuerte, y no +encuentra nada. ¿Es posible que no tenga ni una convicción seria? «Estoy +convencido, Ivanov, de que usted no ha estudiado su lección de +aritmética.» ¡No, no es eso! Luego recuerda fragmentos de artículos de +periódico, de discursos que ha oído; ¿pero qué piensa él? ¿Cuáles son +sus convicciones? ¡No las tiene! Hablaba y pensaba como hablaban y +pensaban los demás, y encontrar sus propias ideas, sus propias palabras, +era tan imposible como encontrar en un montón de trigo un grano +determinado. Sucede a veces que alguien dice algo fuerte, violento, que +queda grabado en la memoria de los demás, aunque lo diga en estado de +embriaguez o sin reflexionar. No muchos años antes, el maestro de +caligrafía de su colegio, un viejecito modesto y callado, en una comida +en casa del director, como hubiera bebido algo más de lo justo, exclamó +de repente: «¡Insisto en la necesidad de la reforma radical de la +enseñanza!» Naturalmente, aquello provocó un escándalo. Desde entonces +todo el mundo se acordaba de aquel incidente, y en cuanto veía al viejo, +le preguntaba: «Bueno, ¿qué hay de las reformas?» Y todos le +consideraban un hombre muy radical... ¿Y él, Krilov? Cuando bebía una +copa de más, se dormía, o empezaba a llorar y abrazaba a todo el mundo. +Una vez abrazó hasta al criado. Pero aun en estado de embriaguez se +guardaba de decir nada excesivo, y no protestaba contra nada. En fin, +hay hombres que creen en Dios y los hay que no creen. ¿Y él? + +«Veamos. ¿Existe Dios? ¿Sí o no? No lo sé, no sé nada. ¿Y yo? ¿Existo +yo?» + +Krilov siente un escalofrío: ni siquiera tiene una idea clara de si +existe o no existe. Alguien está sentado en un banco del bulevar y fuma; +¿pero es él, en efecto? Los árboles, la menuda lluvia que cae, los +faroles encendidos, todo es incomprensible, desprovisto de sentido, +misterioso. + +Se levantó bruscamente y se fue. + +«¡Tonterías! Son los nervios. Además, no se trata de convicciones, sino +de actos. Sí, de actos; eso es lo esencial.» + +Y tampoco recordó actos suyos. Era un empleado, un padre de familia; +pero ¿dónde estaban sus actos? ¿Qué había hecho? Buscó en los repliegues +de su memoria, recorrió mentalmente los años pasados, como se recorre +con los dedos el teclado de un piano, y los halló vacíos, desprovistos +de sentido. + +«¡Vamos, señorita!--balbuceó con la cabeza baja y gesticulando--. Es +idiota creer que soy un espía. ¿Yo espía? ¡Qué insensatez! Voy a +demostrárselo a usted. Mire usted, yo soy...» + +Después, el vacío, la nada. ¿Qué podía decir en su favor? En su mundo se +le consideraba un hombre inteligente, bueno, justo, y probablemente +había motivos para ello. + +No hacía mucho tiempo le había comprado un corte de traje a su suegra, y +su mujer le había dicho: «¡Eres demasiado bueno!» Pero ¿aquello probaba +algo? Los espías también podían ser obsequiosos con sus suegras... + +Sin darse cuenta, Krilov, automáticamente, volvió a la casa donde había +entrado la estudianta, y ni aun lo advirtió. Sólo sabía que era tarde, +que estaba rendido y que tenía ganas de llorar, como un colegial +castigado. Luego alzó los ojos, miró la casa y la reconoció. + +«¡Sí, es la maldita casa! ¡Qué aspecto más desagradable!» + +Se alejó con paso rápido, como de una bomba de dinamita, y poco después +se detuvo y comenzó de nuevo a reflexionar. + +«Lo mejor sería escribirle a esa muchacha. Naturalmente, sin firmar. En +esta forma, por ejemplo: «Señorita, un hombre a quien ha tomado usted +por un espía...» Y seguir así, punto por punto. Sería tonta si no me +creyese.» + +Volvió sobre sus pasos, llegó a la casa y, tras una corta vacilación, +abrió con trabajo la puerta. Entró, con gesto decidido y severo. En el +umbral de su habitáculo apareció el portero, sonriendo cortésmente. + +--Escuche usted, amigo mío... Una joven estudianta acaba de entrar. ¿En +qué piso vive? + +--¿Por qué le interesa a usted? + +Krilov le miró de un modo significativo a través de sus gafas, y el +portero comprendió en seguida; hizo con la cabeza un signo que daba a +entender que adivinaba lo que llevaba allí a Krilov y le tendió la mano. + +--¡Qué confianzudo!--se dijo Krilov; pero estrechó con fuerza la mano +dura e inflexible como una plancha. + +--¡Entremos en mi casa!--invitó el portero. + +--¿Para qué? Yo sólo quería... + +Al ver que el portero entraba ya en su habitación, Krilov, apretando los +dientes de rabia, le siguió dócilmente. + +«¡También me ha tomado por un espía este canalla!» + +El habitáculo era reducidísimo. Sólo había en él una silla, en la que se +sentó el portero, sin ceremonia. + +«¡Qué indecente! Ni siquiera me invita a sentarme!», pensó Krilov. + +El portero le examinó, con mucha calma, de pies a cabeza, con una mirada +indiferente e insolente a la vez, y, tras un corto silencio, dijo: + +--Anteayer vino también uno de ustedes... Uno rubio, con grandes +bigotes. ¿Le conoce usted? + +--¿No he de conocerle?... Rubísimo. + +--Hay muchos como usted... que recorren las calles... + +--¡Escuche!--protestó Krilov--. Todo eso me tiene sin cuidado. Sólo +vengo... + +El portero no hizo caso de sus palabras y continuó: + +--¿Cuánto cobra usted al mes? El rubio me dijo que cincuenta rublos. No +es mucho. + +--¡Doscientos!--dijo Krilov, observando con una alegría maligna que el +rostro del portero expresaba casi el entusiasmo. + +--¡Oh, doscientos! Eso es otra cosa... ¿Quiere usted un cigarrillo? + +Krilov aceptó con reconocimiento el cigarrillo que le tendía el portero, +y echó de menos su pitillera japonesa, su gabinete de trabajo, los +cuadernos azules de los colegiales que él debía corregir y que le +parecían ahora tan gratos al alma. + +Encendió el cigarrillo y casi sintió náuseas: el tabaco era +desagradable, mal oliente. «Un verdadero tabaco de espía»--se dijo +Krilov. + +--¿Les pegan a ustedes con frecuencia?--preguntó el portero. + +--Pero escuche... + +--El rubio asegura que nunca le han pegado, y yo no lo creo. Es +imposible que no les peguen a ustedes. Como no les rompen ningún hueso, +no tiene importancia. Por doscientos rublos al mes, bien puede uno +resignarse a eso. ¿Verdad? + +El portero le miraba sonriendo amistosamente. + +--Yo quería...--comenzó Krilov; pero el otro le interrumpió de nuevo: + +--Naturalmente, no hay que tener pelo de tonto en su oficio de ustedes, +y, además, es preciso que en la fisonomía no haya nada de extraordinario +que llame la atención. He visto a un colega de usted en extremo +desfigurado, con un ojo de menos... + +--¡Vamos, vamos!--exclamó Krilov--. No tengo tiempo que perder. No me ha +respondido usted aún. + +Abandonando, con un disgusto manifiesto, aquel interesante tema, el +portero preguntó cómo era la muchacha a quien se refería. Cuando el otro +le hubo hecho una descripción de su exterior, dijo: + +--Ya caigo. Es la señorita Ivanov. Viene a ver a sus amigos del tercero +derecho... No deben tirarse las colillas al suelo; ¡no las barrerás tú +después! + +Cuando Krilov salía ya, oyó al portero despedirle con estas palabras: + +--¡Atajo de gandules! + +«¡Canalla!»--contestó mentalmente Krilov, acelerando el paso y buscando +con la vista un coche. ¡En seguida, a casa! De pronto recordó que tenía +su diario, y que en tal diario había escrito en cierta ocasión--hacía +mucho tiempo, cuando era aún estudiante--algo muy radical, atrevido y +bello. Con todo lujo de detalles acudió a su imaginación aquella velada +inolvidable, y pensó en su cuartito, en el tabaco esparcido sobre la +mesa, en el orgullo y el entusiasmo con que escribió aquellas líneas +firmes y enérgicas... No tenía mas que arrancar las páginas y +enviárselas a la muchacha. Ella las leería, y lo comprendería todo; +pues, al fin, era una señorita inteligente y de corazón noble. ¡Al cabo +había dado con la solución! ¡A casa en seguida! Además, tenía un hambre +horrible... + +Le abrió la puerta su mujer. + +--¿Dónde has estado?--le preguntó llena de angustia--. ¿Qué te pasa? + +Quitándose precipitadamente el gabán, el profesor dijo con cólera: + +--Es un fastidio: la casa está llena de gente, y no hay nadie que me +cosa el botón del abrigo. + +Y se dirigió a su gabinete. + +--¡Pero ven a comer!--le dijo su mujer. + +--¡Déjame tranquilo! No me sigas. + +Una vez solo, se puso a registrar con mano febril su biblioteca. Había +en ella numerosos libros y papeles; pero el diario no parecía. Como +tropezase con un paquete de cuadernos de sus discípulos, lo rechazó +indignado. Sentado en el suelo, buscaba nerviosamente en el cajón +inferior del armario, lanzando suspiros de desesperación. ¡Por fin! +¡Allí estaba su diario! Un cuaderno azul, de escritura vacilante, +ingenua... Algunas flores secas dentro, un ligero perfume... ¡Dios mío, +qué joven era entonces! + +Se sentó junto a la mesa y empezó a hojear el diario, sin encontrar lo +que buscaba. Observó que algunas páginas estaban arrancadas. De pronto, +se acordó. Hacía cinco años, con motivo de un registro practicado por la +policía en casa de un colega suyo, se había asustado tanto que había +arrancado de su diario las páginas comprometedoras y las había quemado. +Asunto concluido; no había ya para qué buscar. + +La cabeza baja, el rostro oculto entre las manos, permaneció inmóvil +largo rato ante su diario devastado. La habitación estaba mal alumbrada +por una bujía--no había tenido tiempo de encender la lámpara--y llena de +sombras negras, inquietantes. En las habitaciones próximas jugaban los +niños, gritando y riendo. Se oía el ruido de los platos en el comedor, +donde hablaban, iban y venían; pero allí, en su gabinete, todo estaba en +silencio como en un cementerio. Si un pintor hubiera visto aquel +aposento obscuro y triste, con el montón de libros y de cuadernos por el +suelo, con aquel hombre inclinado sobre la mesa, dolorosamente +cabizbajo, hubiese pintado un cuadro titulado «A punto de suicidarse». + +«Las páginas ardieron--pensó con dolor Krilov--; pero puedo acordarme de +su contenido. Lo escrito en ellas existe; sólo necesito recordarlo.» + +Y lo intentó, sin encontrar en su memoria sino detalles insignificantes: +la forma de las páginas arrancadas, la escritura, hasta los puntos y las +comas. Lo esencial, lo principal, se había perdido para siempre y no +resucitaría ya. Había vivido, y a la sazón ya no existía, como vive y +muere todo sobre la tierra. Las bellas palabras habían desaparecido en +el desierto vacío, infinito, y nadie las conocía, nadie las recordaba, +en ningún corazón habían dejado huella alguna. Era inútil llorar, +implorar, suplicar de rodillas, amenazar, enfurecerse; con ello nada +lograría. El vacío infinito permanecería mudo, impasible, pues no +devuelve nunca nada de lo que devora. Nunca, ni lágrimas ni súplicas, +han podido tornar a la vida lo que ha muerto. No hay perdón, no hay +remedio; tal es la ley cruel de la vida. Sí, aquello había muerto. El +mismo había sido su asesino. Con sus propias manos había quemado las +mejores flores que se habían abierto, en una noche santa, en su alma +mísera y estéril. ¡Pobres flores perdidas! No tenían quizá la fuerza de +una idea creadora; pero eran, con todo, lo más exquisito de su alma. +Entonces no existían ya, y no se abrirían ya nunca. No hay perdón, no +hay remedio; tal es la ley cruel de la vida. + +No podía continuar solo. + +--¡Macha!--gritó a su mujer. + +Acudió inmediatamente. Su faz era redonda y bondadosa; su cabello, +descuidado, tenía un color impreciso. Llevaba en la mano un traje de +niño, que ella confeccionaba. + +--Bueno, ¿vas a comer? Voy a decir que calienten la comida; todo está +frío. + +--No, espera... Tengo que hablarte. + +Macha manifestó inquietud; puso sobre la mesa su labor y miró fijamente +a su esposo. Este volvió los ojos. + +--¡Siéntate!--dijo. + +Ella se sentó, arregló su ropa, y con las manos sobre las rodillas se +dispuso a escuchar. Como ocurría siempre, desde su infancia, cuando +tenía que escuchar algo, puso al punto una cara estúpida. + +--¡Te escucho! + +Pero el profesor no decía palabra, y miraba con extrañeza el rostro de +su mujer. Le parecía, en aquel instante, por completo desconocido, como +el de un nuevo alumno que asistiese por primera vez a su clase. Se le +antojaba absurdo que aquella mujer fuera su esposa. Una idea nueva, +súbita, turbó su cerebro trastornado. En voz baja, murmurando, dijo: + +--¿No sabes, Macha? ¡Soy un espía! + +--¿Cómo? + +--Soy un espía. ¿Comprendes? + +Ella se quedó inerte en su asiento, y, con un gesto desesperado, +exclamó: + +--¡Ya me lo sospechaba! Lo había adivinado hace tiempo. ¡Dios mío, qué +desgraciada soy! + +Krilov se levantó de un salto, se acercó a ella y se puso a agitar +furiosamente el puño cerrado ante su rostro, conteniendo a malas penas +su deseo de golpearla. + +--¡Qué bestia eres! ¡Qué idiota!--exclamó con voz tan furiosa que un +silencio de muerte reinó en seguida en las habitaciones próximas--. ¿Lo +crees, pues? ¿Lo creías hace mucho tiempo? ¿Es posible? Después de doce +años que vivimos juntos... ¡Doce años! Y es mi mujer, la compañera de +mi vida, a quien se lo doy todo... mis pensamientos, mi dinero... + +Luego volvió la espalda y empezó a llorar. Ella no comprendía por qué +lloraba: si por ser espía, en efecto, o por no serlo. Tuvo piedad de él. +Se sintió, al mismo tiempo, ofendida por sus palabras, y empezó a llorar +a su vez. + +--Siempre lo mismo--dijo lloriqueando--. Siempre soy yo la culpable. +¿Para qué casarse con una idiota? + +Krilov se volvió hacia ella y, airadísimo, balbuceó: + +--¡Dios mío! ¡Doce años! Si mi mujer puede creer que soy en realidad +espía... ¡Qué estúpida eres! ¡Qué idiota! + +--Vamos, ¿quieres acabar con tus insultos?--protestó ella--. ¡Tú haces +las porquerías, y luego soy yo la responsable! + +Krilov se puso aún más furioso. + +--¿Qué porquerías? ¿Crees que soy espía, pues? Di: ¿soy espía, o no lo +soy? + +--¿Como quieres que yo lo sepa? ¡Puede que sí! + +Rabiosos, locos de odio y de cólera, los dos desgraciados siguieron +cambiando durante largo rato insultos, llorando, gritando, jurando. Al +fin, cansados, postradísimos, olvidada la ruda querella que acababa de +tener lugar entre ellos, se sentaron uno junto a otro y comenzaron a +hablar tranquilamente. Los niños se pusieron de nuevo a jugar y a hacer +ruido en la habitación próxima. Confuso, evitando algunos detalles, +Krilov refirió a su mujer su aventura con la joven estudianta, y +manifestó sus temores de que la muchacha pudiera encontrárselo por +casualidad. + +--¿No es más que eso, pues?--gritó Macha tranquilizada--. ¡Y yo que me +había figurado cosas terribles! No hay por qué atormentarse; no tienes +más que afeitarte la barba y quitarte las gafas para que no te +reconozca. Durante las clases puedes tener las gafas puestas. + +--Sí, pero... eso no me cambiará mucho. Si al menos yo tuviese una buena +barba... como los demás... + +--No digas tonterías; tu barba es admirable. Lo he dicho siempre y lo +repito. + +El profesor experimentó un gran alivio. Abrazó a su mujer y le hizo +cosquillas con la barba detrás de la oreja. A media noche, cuando Macha +se fue a la cama y el silencio reinó en la casa, llevó a su gabinete un +espejo y agua caliente, y empezó a afeitarse. Además de la lámpara se +vio obligado a encender dos bujías; tanta luz le molestaba un poco. +Habiéndose afeitado un lado de la barba, se miró fijamente a los ojos y +se detuvo como paralizado. «¡Mira cómo eres!», se dijo como si mirase a +otra persona. + +Verdaderamente no era guapo; su rostro estaba envejecido, mustio, lleno +de arrugas; sus ojos no tenían brillo; las gafas le habían dejado una +señal roja en lo alto de la nariz. Había en su fisonomía un no sé qué de +gris, de muerto, como si no fuera la de un hombre vivo, sino la +mascarilla de un cadáver. No parecía ni un espía ni uno de los que los +espías se dedican a perseguir. + +--¡Mira cómo eres!--balbuceó Krilov. + +¿Por qué tenía aquella cara estúpida? ¿Quién se había atrevido a +dársela? + +Una gruesa lágrima cayó de sus ojos. Apretando los dientes, se afeitó la +otra mitad de la barba, y, tras una corta vacilación, se afeitó también +el bigote. Mirose de nuevo al espejo. Al día siguiente todos se reirían +al verle así. Y, sin embargo, en otro tiempo era muy otra aquella cara. + +Con gesto decisivo, asió fuertemente la navaja, echó atrás la cabeza y, +con suavidad, se pasó dos veces por la garganta el contrafilo de la +hoja. No hubiera estado mal degollarse; pero no pudo. + +--¡Cobarde! ¡Canalla!--dijo en alta voz y tono indiferente. + +Su rostro en el espejo, aunque movió los labios, permaneció gris, +muerto. Podía ser golpeado, escupido; permanecería siempre igual; +guiñaría los ojos con mayor ligereza, y nada más. + +Al día siguiente, todos se reirían de aquella cara: los colegas, los +discípulos, los porteros. Su mujer se reiría también. + +Hubiera querido encolerizarse, llorar, romper el espejo, hacer algo +violento; pero su alma estaba vacía, sin vida. Sólo deseaba una cosa: +dormir. «Como he respirado demasiado tiempo el aire frío...», se dijo, +bostezando. El otro, en el espejo, también bostezó. + +Guardó la navaja, apagó la lámpara y las velas y se dirigió a la alcoba. + +No tardó en dormirse, hundida en la almohada la faz, aquella pobre faz, +que al día siguiente haría reír a todos: a sus colegas, a sus +discípulos, a su mujer y a él mismo. + + + + +LAS BELLAS SABINAS* + +*N. del T.--Esta comedia es una sátira escrita contra el partido +político ruso de los «cadetes» (constitucionalistas-demócratas), cuya +acción se caracteriza por la indecisión, la falta de audacia y la +prudencia exagerada, rayana en lo ridículo. En vez de luchar +abiertamente por la libertad del pueblo, apelaban al buen sentido del +gobierno, invocaban razones jurídicas y humanitarias, se conducían, en +fin, como los «sabinos», tan magistralmente pintados por Andreiev en +esta piececita. + + + + +CUADRO PRIMERO + + _Un lugar salvaje, completamente inculto. Comienza a despuntar el + día. Romanos armados salen de detrás de la montaña, arrastrando a + las sabinas robadas, bellas mujeres, medio desnudas, que se + resisten, gritan, muerden las manos de sus raptores. Sólo hay una + que permanece del todo tranquila, y se diría que duerme en los + brazos del romano que la lleva. Lanzando exclamaciones de dolor, + los romanos dejan en tierra a las sabinas y se apresuran a + apartarse, ahogados de fatiga. Las mujeres poco a poco se calman, + miran desde lejos con desconfianza a los romanos y cambian en voz + baja impresiones._ + + +CONVERSACION DE LOS ROMANOS + + +--¡Por la cabeza de Hércules! Estoy cubierto de sudor y parezco una rata +de río. Creo que la mía lo menos pesa doscientos kilos. + +--Has hecho mal en coger a una mujer tan gorda. Yo he cogido una +pequeñita, delgada, y... + +--Sí; pero, con todo, veo que tiene buenas garras. Llevas en el rostro +señales abundantes. + +--¡Tiene garras de gata! + +--Todas parecen gatas. He tomado parte en cien batallas; he recibido +sablazos, bastonazos, pedradas, hasta murallazos, y nunca he pasado un +rato tan malo. Sospecho que ha desfigurado mi bella nariz romana. + +--Y a mí, si no fuera afeitado completamente, como cuadra a un romano de +la antigüedad, me hubiera arrancado hasta el último pelo. Esas mujeres +tienen unos deditos encantadores, con unas uñas finísimas. Las comparáis +con las gatas, y las gatas son ángeles comparadas con ellas. La mía ha +venido arrancándome concienzudamente, durante todo el camino, el vello +del labio superior. Estaba tan absorta en este trabajo, que ni siquiera +gritaba. + +UN GRUESO ROMANO. _(Con voz de bajo profundo.)_--La mía, metiendo las +manos por debajo de mi armadura, me hacía cosquillas. He venido todo el +camino riéndome como un loco. + +_(Las sabinas, al oír esto, prorrumpen en una risita llena de ironía +mordaz y venenosa.)_ + +--¡Silencio, nos están oyendo! Señores, dejad vuestras quejas; de lo +contrario, perderemos su estimación. Mirad a Pablo Emilio: ahí tenéis un +hombre que sabe conducirse con dignidad. + +--Sí, está reluciente como la aurora. + +--¡Por la cabeza de Hércules! No tiene ni un solo arañazo en la cara. +¿Cómo es eso, Pablo? + +PABLO EMILIO. _(Con afectada modestia.)_--No sé. Desde el primer momento +sintió por mí un profundo afecto, como si yo fuera su marido. Cuando +cargué con ella, pareció sentirse muy feliz, y se abrazó a mi cuello con +tanta fuerza, que por poco me ahoga. Tiene las manos finas, pero +extremadamente fuertes. + +--¡Vaya una suerte! + +--Y, sin embargo, es bien sencillo. Su corazón inocente y confiado le +dijo que yo la amaba y la estimaba sinceramente. Casi todo el camino ha +venido durmiendo en mis brazos como un niño. + +EL GRUESO ROMANO.--Pero decid, señores romanos: ¿cómo podrá ahora cada +uno de nosotros reconocer a la suya? Las hemos robado en las tinieblas, +como a las gallinas de un corral. + +_(Las mujeres prorrumpen en exclamaciones de enojo. Se oye una voz que +grita:_ «¡Qué comparación más indecente!») + +--¡Silencio! Nos oyen. + +EL GRUESO ROMANO. _(Con voz ahogada.)_--Yo me pregunto cómo podremos +reconocerlas. La mía era muy alegre, y no se la cederé a nadie. ¡Eso no! + +--¡Tonterías! + +--Yo reconoceré a la mía por la voz: creo que no olvidaré sus gritos +hasta el nacimiento de Jesucristo. + +--Yo reconoceré a la mía por sus uñas. + +--Y yo a la mía por el perfume delicioso de sus cabellos. + +PABLO EMILIO.--Y yo a la mía por la dulzura y la belleza de su alma. +¡Sí, señores romanos! Hoy empieza para nosotros una vida nueva. ¡Se +acabó la soledad dolorosa! ¡Se acabaron las noches sin término, con sus +malditos ruiseñores! ¡Váyanse al diablo ahora los ruiseñores y todos los +demás pájaros! + +EL GRUESO ROMANO.--Sí, ya es hora de comenzar una vida de familia. + +_(Entre las mujeres se oye una voz irónica:_ «¡Intentadlo sólo, y +veréis!») + +--¡Silencio! Nos escuchan. + +--¡Sí, ya es hora! + +--Señores romanos, ¿quién será el primero? + +_(Una pausa. Nadie se mueve. Las mujeres prorrumpen en risitas +irónicas.)_ + +EL GRUESO ROMANO.--Yo me he reído ya bastante. Ahora les toca a los +demás. ¡Tú, Pablo, anda! + +--¡Qué monstruo! ¿No ves que la mía está durmiendo aún? Mira, allí, al +lado de la piedra; es mi bonísima chiquilla. + +ESCIPIÓN.--De nuestra actitud indecisa e inquieta infiero, señores +romanos, que ninguno de vosotros se atreve a acercarse solo a esas +criaturas implacables. Voy a proponeros un plan... + +EL GRUESO ROMANO.--¡Tiene un talento este Escipión!... + +--He aquí cuál es mi plan: avancemos todos a una, ocultándonos uno tras +otro y sin apresurarnos. Si no hemos tenido miedo de los maridos... + +EL GRUESO ROMANO.--¡Lo de menos son los maridos! + +_(Entre las mujeres se oyen suspiros y llantos.)_ + +--¡Silencio! Nos están oyendo. + +--¡Este diablo de Marco Antonio, con su manera de gritar!... Además, +¿por qué hablar de los maridos y molestar a las pobres mujeres? Así, +pues, señores, ¿os conviene mi plan? + +--¡Sí, sí! + +--¡Entonces, señores, adelante! + +_(Los romanos se aperciben al ataque; las mujeres a la defensa. En vez +de lindos rostros, no se ven sino uñas agudas, prontas a caer sobre la +cara y los cabellos. Se oyen voces femeninas, parecidas al silbo de la +serpiente. Los romanos operan con arreglo al plan concebido; es decir, +ocultándose uno tras otro. Pero con esta estratagema, en vez de avanzar +retroceden y acaban por desaparecer de escena. Las mujeres sueltan la +carcajada. Los romanos reaparecen, visiblemente confusos.)_ + +--Creo, Escipión, que hay un defecto en tu plan. Queriendo avanzar, +hemos retrocedido, que diría Sócrates. + +EL GRUESO ROMANO.--¡Yo no comprendo! + +PABLO EMILIO.--Señores romanos, ¡seamos valerosos! ¿A qué nos exponemos? +¿A uno o dos arañazos? Bien puede arrostrarse tal peligro por apoderarse +de esas divinas criaturas. ¡Adelante, romanos! ¡Al asalto! + +_(Todos los romanos--excepto Pablo Emilio, que mira, soñador, al +cielo--se lanzan contra las mujeres, y a los pocos momentos de mudo +combate retroceden a toda prisa. Reina un breve silencio, todos se +tientan las narices.)_ + +ESCIPIÓN.--¿Habéis notado, señores, que no han dado ni un grito? Es una +mala señal. Prefiero una mujer que grite. + +--¿Qué hacer ahora? + +--Yo sólo deseo llevar una vida de familia. + +--Yo también sueño con un hogar. Sin un hogar, la vida no tiene +atractivos. Hemos trabajado ya bastante, fundando a Roma, y nos hemos +ganado un descanso apacible. + +ESCIPIÓN.--Por desgracia, señores, no hay nadie entre nosotros que +conozca bien la psicología femenina. Ocupados en guerrear y en fundar a +Roma, nos hemos embrutecido, hemos perdido la elegancia en el trato +social y hemos olvidado completamente lo que es una mujer. + +PABLO EMILIO. _(Con modestia.)_--¡No todos! + +ESCIPIÓN.--Y, no obstante, esas mujeres lo son de unos maridos a quienes +pegamos ayer. Eso prueba que existe también un medio de apoderarse de +las mujeres. Por desgracia, no lo conocemos. Es de todo punto necesario +conocerlo. Pero ¿cómo? + +EL GRUESO ROMANO.--Hay que preguntárselo a las mismas mujeres. + +--No nos lo dirán. + +_(Se oye entre las mujeres una risa irónica.)_ + +--¡Silencio! Nos están oyendo. + +ESCIPIÓN.--Tengo un plan. + +EL GRUESO ROMANO.--¡Tiene un talento este Escipión! + +ESCIPIÓN.--Nuestras lindísimas raptoras--porque parece que no somos +nosotros quienes las hemos raptado, sino todo lo contrario--. Nuestras +lindísimas raptoras, digo, ocupadas en arañarse la cara con sus rosadas +uñas o en tirarnos de los pelos o en hacernos cosquillas, no pueden oír +nuestros argumentos. Y puesto que no pueden oírnos, no podemos +convencerlas. Esto no tiene vuelta de hoja. + +_(Los romanos repiten con desesperación y en tono doliente:_ «¡Esto no +tiene vuelta de hoja!» _Las mujeres aguzan el oído.)_ + +ESCIPIÓN.--He aquí por qué os propongo el plan siguiente: Elijamos entre +nosotros un parlamentario, con arreglo a nuestras costumbres de guerra, +y propongamos a nuestras encantadoras enemigas que hagan lo mismo. +Espero que los representantes de uno y otro campo estarán bajo la +protección de la bandera blanca, en completa seguridad--se tienta las +narices--, y podrán llegar a un _modus vivendi_, para expresarme en buen +latín. Y entonces... + +_(Los romanos interrumpen su magnífico discurso con entusiastas_ hurras. +_Por unanimidad se designa como parlamentario a Escipión. Este, con la +bandera blanca en la mano, se adelanta con lentitud hacia las mujeres. +Al mismo tiempo dirige miradas ansiosas atrás y les dice a los otros:_ +«¡No os alejéis demasiado!») + +ESCIPIÓN. _(Con acento acariciador.)_--¡Bellas sabinas! Os suplico que +permanezcáis en vuestros sitios. Ya veis que estoy protegido por la +bandera blanca. La bandera blanca es una cosa sagrada, y yo soy también +una persona sagrada, puesto que me encuentro bajo la protección de la +bandera blanca. Os lo aseguro bajo mi palabra de honor. ¡Bellas sabinas! +Aún no hace veinticuatro horas que hemos tenido el gusto de raptaros, y +ya hay entre nosotros discordias y malas inteligencias. + +CLEOPATRA.--¡Qué insolente! ¿Os figuráis acaso que por el mero hecho de +enarbolar ese garrote con la rodilla blanca tenéis derecho a decir +porquerías? + +ESCIPIÓN. _(Con acento acaramelado.)_--Lejos de mí, señora, la intención +de decir porquerías. Al contrario, soy muy feliz... o, mejor dicho, +somos muy desgraciados... _(Con el valor de la desesperación.)_ ¡Nos +morimos de amor, os lo juro por la cabeza de Hércules! Señora, bien se +ve que tenéis un noble corazón, y me tomo la libertad de pediros un gran +favor. Tened, bellas sabinas, la bondad de elegir entre vosotras una +parlam... + +CLEOPATRA.--No os molestéis en repetirlo: hemos oído vuestro genial +proyecto. + +ESCIPIÓN.--¿De veras? Y, no obstante, hemos hablado quedísimo. + +VOCES FEMENINAS.--¡Os hemos oído, sin embargo! + +CLEOPATRA.--Id, con vuestra rodilla blanca, a vuestro puesto, y esperad. +Nosotras vamos a deliberar... ¡Más lejos! ¡Os lo ruego! No queremos que +nos oigáis. ¿Quién es ese papanatas de la boca abierta? _(Señala con el +dedo a Pablo Emilio, que continúa mirando soñadoramente al cielo.)_ ¡Que +se vaya también más lejos! + +_(Los romanos, contentos, cuchichean:_ «Esto toma buen cariz», _y +retroceden de puntillas; algunos se tapan honradamente los oídos.)_ + + +CONVERSACION DE LAS SABINAS + + +--¡Qué insolencia! ¡Qué cobardía! Han abusado de sus fuerzas esos viles +romanos. ¡Oh, nuestros pobres maridos! + +--Os lo juro: ¡antes les sacaría los ojos a todos los romanos que serle +infiel a mi pobre marido! Puedes dormir tranquilo, caro amigo mío. ¡Velo +por tu honor! + +--¡Yo también lo juro! + +--¡Y yo también! + +CLEOPATRA.--¡Ah, mis queridas compatriotas! Todas juramos, pero no +adelantamos nada con eso. Estos romanos son tan mal educados y brutales, +que no se puede esperar de ellos que respeten nuestros juramentos. Al +mío le he hecho sangre con los dientes en las narices. + +--¿Te acuerdas de él? + +CLEOPATRA. _(Con acento de odio.)_--¡No lo olvidaré hasta la tumba! Es +un patán, un bruto. ¡Me estrechaba tan rudamente entre sus brazos! +¡Pobre marido mío! + +--A cien kilómetros trasciende su olor a soldados. + +--Y todos tienen una manera singular de estrecharnos entre sus brazos. +Debe ser una costumbre nacional. + +--Cuando yo era aún muy pequeñita, un soldado estuvo en mi casa y me +dijo... + +CLEOPATRA.--Señoras, no tenemos tiempo de entregarnos a los recuerdos. + +--Yo sólo quería decir que aquel soldado... + +CLEOPATRA.--Juno, pequeña, no podemos ocuparnos de tu soldado; tenemos +ahora otros en que pensar... ¿Qué haremos, pues, queridas amigas? Voy a +proponeros una cosa... + +_(En este momento se acerca a las mujeres Verónica, a quien ha +despertado el ruido de las voces. Es una mujer entrada en años y +flaquísima.)_ + +VERÓNICA. _(Interrumpiendo.)_--¿Dónde están? ¿Por qué se han ido tan +lejos? Quiero que se acerquen. No puedo vivir lejos de ellos. Quisiera +ver al picaruelo que me ha traído en sus brazos. Exhalaba un olor +delicioso a soldado. ¿Dónde está? + +CLEOPATRA.--Mírale, con la boca abierta. + +VERÓNICA--¡Me voy con él! + +CLEOPATRA.--¡Detenedla! ¿Es posible, Verónica, que ya hayas olvidado a +tu pobre marido? + +VERÓNICA--Juro amarle eternamente al pobrecito; pero... ¿por qué no +estamos con los romanos? Parecéis turbadas. ¿Qué pasa?... Si no queréis +ir a buscarlos, deben venir ellos aquí. No deben ser orgullosos... + +CLEOPATRA.--Bueno, escuchad lo que voy a proponeros, queridas amigas. Lo +primero que os propongo es que juremos no ser nunca infieles a nuestros +pobres mariditos. Que hagan con nosotras lo que quieran: siempre +permaneceremos firmes, como la Roca Tarpeya. Cuando pienso cómo sufrirá +ahora, cómo gritará en vano: «¡Cleopatra! ¿Dónde estás, mi adorada +Cleopatra?» Cuando pienso lo que me quiere... + +_(Todas lloran.)_ + +CLEOPATRA.--Juremos, pues, queridas amigas; están esperando. + +--¡Juramos, juramos todas! Pueden hacer con nosotras lo que les dé la +gana; permaneceremos fieles. + +CLEOPATRA.--Ahora estoy tranquila por nuestros pobres maridos. ¡Podéis +dormir confiados, caros amigos!... Ahora, queridas compatriotas, +designemos, conforme al deseo de esos odiosos romanos, una +parlamentaria. Irá... + +--¡Y les sacará a todos los ojos! + +CLEOPATRA.--No; y les dirá a esos cobardes la verdad. Se figuran que no +somos capaces sino de arañarles la cara. Es preciso que vean que también +sabemos hablar. + +VERÓNICA. _(Alzando los enjutos ojos.)_--No comprendo de qué podemos +hablar. Es absolutamente inútil, puesto que la fuerza está de su parte. +No tenemos más remedio que someternos. + +CLEOPATRA.--¡Detenedla! La fuerza, Verónica, no es el derecho, como +dicen los jurisconsultos romanos. Dejadme a mí hablarle a esas gentes, +y yo les probaré que no tienen ningún derecho a retenernos, que están en +el deber de devolvernos la libertad, que, según todas las leyes divinas +y humanas, han cometido una cochinería. + +NUMEROSAS VOCES FEMENINAS.--¡Ve, Cleopatra, ve! + +--¡Detened a Verónica! + +CLEOPATRA.--¡Eh, el de la rodilla blanca! Venid, tengo que hablaros. + +ESCIPIÓN.--¿Queréis que deje mi acero? + +CLEOPATRA.--No, no merece la pena; no tenemos miedo de vuestro acero. +Pero acercaos, no temáis; no os morderé. ¡No sois muy valiente que +digamos! Ayer, cuando nos arrancasteis brutalmente de los brazos de +nuestros maridos, no erais tan tímidos... ¡Os digo que os acerquéis! + +_(Escipión se acerca lentamente. Los romanos y las sabinas forman dos +grupos simétricos a ambos lados de la escena para seguir la +conversación.)_ + +ESCIPIÓN.--Me felicito, señora... + +CLEOPATRA.--¡Calla! ¿Os felicitáis? Bueno, escuchad lo que voy a +deciros: sois un canalla, un necio, un ladrón, un bandido, un asesino, +un monstruo. ¡Lo que habéis hecho es indigno, innoble, abominable, +repugnante, escandaloso, indecente, inaudito! + +ESCIPIÓN.--¡Señora! + +CLEOPATRA.--Sí; me sois antipático hasta más no poder, me inspiráis un +disgusto profundo, una repulsión sin límites. Oléis atrozmente a +soldado. Si vuestras narices no estuviesen tan arañadas, ya veríais... + +ESCIPIÓN.--¡Perdonad, señora! No ha sido otra que vos la que me las ha +puesto así. + +CLEOPATRA.--¿Cómo? ¿Yo? Entonces sois vos quien me ha raptado. _(Le mira +con desprecio.)_ Os ruego que me perdonéis, no os había reconocido. + +ESCIPIÓN. _(Con acento alegre.)_--¡Y yo os he reconocido al punto! +Vuestros cabellos huelen a... ¿Cómo se llama eso? + +CLEOPATRA.--¡No os importa a lo que huelen mis cabellos! Yo creo que no +huelen mal. + +ESCIPIÓN.--Eso es lo que yo digo... + +CLEOPATRA.--¡Vuestra opinión me tiene completamente sin cuidado! Y no +hablemos más del asunto. Os ruego, señor, que nos digáis, leal y +francamente, qué queréis de nosotras. + +_(Escipión baja modestamente los ojos, y, no pudiendo contenerse, se +ríe, tapándose la boca. Los demás romanos se ríen también. Las mujeres +se indignan mucho.)_ + +CLEOPATRA.--¡Vaya una respuesta! ¡Es innoble! Os pregunto: ¿Qué queréis +de nosotras? ¿Qué esperáis obtener? Creo que no ignoráis que todas somos +casadas. + +ESCIPIÓN.--Sí, señora, lo sabemos; pero... nosotros también tenemos la +intención de pediros en matrimonio. + +CLEOPATRA.--¿Pero habláis en serio? ¡Habéis perdido el juicio! + +ESCIPIÓN.--Señora, miradnos bien: no se trata de unos _snobs_ de la +avenida Nevsky. Acabamos de fundar a Roma y ardemos en deseos de +consolidar... Procurad comprender nuestra situación, y os apiadaréis de +nosotros. ¿Acaso no os apiadaríais de vuestros maridos si, a lo mejor, +se quedasen solos, sin mujeres? ¡Así estamos nosotros, señora! + +EL GRUESO ROMANO.--¡Completamente! + +VERÓNICA. _(Enjugándose las lágrimas.)_--¡Pobres hombres! ¡Los +compadezco con toda mi alma! + +ESCIPIÓN.--En medio de las batallas, ocupado en la fundación de Roma, +hemos dejado, por decirlo así, escapar el momento favorable para +crearnos una familia... Creednos, señora, compadecemos de todo corazón a +vuestros pobres maridos... + +CLEOPATRA. _(Con dignidad.)_--Eso os honra. + +ESCIPIÓN.--¿Pero por qué nos han dejado cargar con vosotras? + +_(Los romanos le jalean con gritos de_ «¡Bravo, Escipión! ¡Muy bien +dicho!» _Las mujeres se indignan de nuevo. Algunas exclaman:_ «¡Esto es +abominable! ¡Insulta a nuestros maridos! ¡No se puede permitir!») + +CLEOPATRA. _(Con voz seca.)_--Si queréis continuar las negociaciones, os +ruego que habléis con más respeto de nuestros maridos. + +ESCIPIÓN.--¡Con mucho gusto! Pero, señora, con todo nuestro respeto, no +podemos menos de confesar que no son dignos de vosotras. Mientras nos +desgarráis el corazón con vuestros atroces sufrimientos; mientras +vuestras lágrimas corren como torrentes que en la primavera se +precipitan de las montañas; mientras hasta las piedras se conmueven y +plañen; mientras vuestras encantadoras narices empiezan a hincharse a +causa del llanto que vertéis... + +NUMEROSAS VOCES FEMENINAS.--¡Eso no es verdad! + +ESCIPIÓN.--Mientras toda la naturaleza, etcétera, etc., vuestros +maridos, señoras, ¿dónde están? No los veo por ninguna parte. Brillan +por su ausencia. Os han abandonado. Diré más, a riesgo de provocar +vuestras iras: os han hecho traición vilmente. + +_(Los romanos adoptan posturas altivas. Entre las mujeres se oyen +suspiros y llantos.)_ + +PROSERPINA. _(Con acento tranquilo.)_--Verdaderamente, ¿por qué no viene +mi marido? ¡Creo que ya es hora! + +CLEOPATRA.--Todo eso está muy bien, señor. Tenéis un pico de oro, sabéis +adoptar elegantes posturas; pero decidme: ¿qué haríais si quisieran +raptarnos durante la noche? + +ESCIPIÓN.--Velaremos la noche entera. Además, espero que vosotras no +querréis marcharos. + +VERÓNICA.--¿Por qué están tan lejos? ¡Yo quiero que se acerquen! + +VOCES FEMENINAS.--¡Por favor, detenedla! + +CLEOPATRA.--¡Tiene gracia lo seguro que estáis de vosotros mismos! No +puedo menos de reconocer que manifestáis un gran respeto por nuestros +sufrimientos; pero sois todavía muy joven, y hay cosas que no se os +alcanzan. Así, pues, voy a deciros algo que aniquilará por completo +vuestra argumentación, y que hasta os hará, de fijo, poneros colorado. +¿Qué se hará de los niños, señor? + +ESCIPIÓN.--¿Qué niños? + +CLEOPATRA.--Pues los que nos hemos dejado en casa. + +ESCIPIÓN.--Confieso, señora, que es una cuestión peliaguda. Permitidme +consultar con mis camaradas. + +CLEOPATRA.--Hacedlo. + +_(Se aleja hacia las mujeres. Los romanos deliberan en voz baja.)_ + +ESCIPIÓN.--¡Señora! + +CLEOPATRA.--Soy toda oídos. + +ESCIPIÓN.--Mis camaradas, los señores romanos de la antigüedad, tras una +larga deliberación, me han encargado que os diga que tendréis nuevos +niños. + +CLEOPATRA. _(Estupefacta.)_--¿De veras? ¿Creéis?... + +ESCIPIÓN.--¡Lo juramos! ¡Juremos todos, señores! + +_(Los romanos juran, blandiendo sus aceros.)_ + +CLEOPATRA.--Pero el sitio no es nada bonito. + +ESCIPIÓN. _(Ofendido.)_--¿No os gusta? + +CLEOPATRA.--Claro, montañas, hondonadas... En suma, una cosa estúpida. +Esta piedra tan grande, por ejemplo, ¿qué hace aquí? ¡Quitadla! + +ESCIPIÓN. _(Aparta la piedra.)_--¡A vuestras órdenes, señora! + +CLEOPATRA.--¡Y luego esos árboles! No, esto es muy feo. Me ahogo aquí. +Vos mismo estáis avergonzado, no podéis negarlo. Pero me parece que debo +daros una respuesta. + +ESCIPIÓN.--¿Una respuesta? + +CLEOPATRA.--¡Claro! ¿No me habéis hecho una pregunta? + +ESCIPIÓN.--¿Yo? ¿Qué pregunta? Perdonad, señora, mi razón está un poco +turbada con motivo de todo esto. + +CLEOPATRA.--¡Vaya una ocurrencia! ¿Sabéis que eso es ofensivo para mí? + +ESCIPIÓN.--¿Para vos? + +CLEOPATRA.--¡Naturalmente! Pretendéis haber perdido la razón por mi +causa. + +ESCIPIÓN.--¿Yo? + +CLEOPATRA.--¡No, que seré yo! Y no perdamos tiempo, voy a consultar a +mis amigas. Calmaos esperándome. ¡Si pudierais veros la cara! La tenéis +cubierta de sudor, como si os hubierais pasado todo el día cargando +piedra. Secaos el sudor. ¿Tenéis pañuelo? + +ESCIPIÓN.--Me parece, señora, que estáis burlándoos de mí. + +CLEOPATRA.--¿Yo? + +ESCIPIÓN.--¡Vaya! Y no puedo permitirlo. + +CLEOPATRA.--¿Y qué vais a hacer? + +ESCIPIÓN.--Gracias a Dios, no soy todavía vuestro marido para permitiros +burlaros de mí. + +CLEOPATRA.--¡Muy bien! ¿Conque os congratuláis de no ser todavía mi +marido? ¡Tiene gracia! ¿Queríais hacernos creer en la sinceridad de +vuestros juramentos? _(Dirigiéndose a las demás mujeres.)_ ¿Oís, +señoras? ¡Se congratulan de no ser nuestros maridos! + +ESCIPIÓN.--¡No, no es posible! Es una lógica que no entiendo. Os ruego +que acabéis. + +CLEOPATRA.--¿Y si no quiero? + +ESCIPIÓN.--Entonces... entonces, ¡podéis largaros! + +CLEOPATRA.--¿Cómo? + +ESCIPIÓN.--Sí, podéis largaros todas. Id a buscar a vuestros maridos. +Estamos hasta la coronilla. ¡Por la cabeza de Hércules! Si hemos fundado +a Roma, no ha sido para volvernos después locos con vuestra estúpida +argumentación. + +CLEOPATRA.--¿Estúpida? + +ESCIPIÓN.--¡Idiota, si os parece poco! + +CLEOPATRA. _(Llorando.)_--¡Me insultáis! + +ESCIPIÓN.--¡Oh, Júpiter! ¡Está llorando! Pero vamos, señora, ¿qué +queréis de mí? No puedo más. Aunque soy un antiguo romano, vais a +hacerme perder el juicio. ¡Cesad de llorar, os lo ruego! + +CLEOPATRA.--Entonces, ¿nos dejáis partir? _(Llora con mayor +desconsuelo.)_ + +ESCIPIÓN.--¡Desde luego! Estáis libres. Id en busca de vuestros maridos. +¿Verdad, señores romanos? ¿Pueden partir? + +EL GRUESO ROMANO.--¡Naturalmente! Que se vayan; raptaremos a las mujeres +de los etruscos. + +ESCIPIÓN.--¡Qué mujeres, Dios mío! Toda paciencia es poca para +soportarlas. + +CLEOPATRA. _(Llorando.)_--¿Palabra de honor? + +ESCIPIÓN.--¿Cómo? + +CLEOPATRA.--¿Palabra de honor de que nos dejáis irnos? + +ESCIPIÓN.--¡Ya lo habéis oído! + +CLEOPATRA.--Sí; mas podría ser que no lo dijerais en serio. + +ESCIPIÓN.--Completamente en serio. + +CLEOPATRA.--Y si nos decidimos a irnos, ¿nos cogeréis de nuevo? + +ESCIPIÓN.--¡De ningún modo! ¡Qué pesadez, Dios mío! ¡Marchaos y no +temáis nada! + +CLEOPATRA.--Muy bien; ¿pero nos llevaréis en brazos? + +ESCIPIÓN.--¿Cómo? + +CLEOPATRA.--¿No comprendéis? Pues es muy sencillo: ya que nos habéis +traído aquí, debéis ahora llevarnos junto a nuestros maridos. La +distancia es muy larga, y no podemos ir a pie. + +_(Las mujeres prorrumpen en risas sarcásticas. Escipión, ahogándose de +cólera, quiere decir algo; pero se limita a herir furiosamente el suelo +con el pie y se va con sus camaradas. Todos los romanos les vuelven la +espalda a las mujeres, se sientan en el suelo y permanecen en tal guisa +mientras las mujeres deliberan.)_ + +CLEOPATRA.--¿Habéis oído, queridas amigas? Nos dejan partir. + +VERÓNICA.--¡Es terrible! + +--¡Nos echan! Es innoble. ¡Raptar a honradas mujeres, trastornarlo todo +a media noche, despertar a los niños, suscitar desórdenes! Y todo, +¿para qué? ¡Para declararnos que no nos necesitan ya! + +--¿Y nuestros pobres maridos? ¿A qué santo han sufrido todo eso? + +--¡Ya veis, por la noche, cuando todo el mundo está durmiendo! + +--¿Conocéis el camino? + +--¡Cualquiera lo conoce! ¡Como que no tenía una más ocupación que la de +observar el camino cuando la traían! + +--Hay una gran distancia. + +--¿Y si se niegan a llevarnos? + +VERÓNICA. _(Con voz gemebunda.)_--Se me desgarra el corazón. ¡Pobre +chiquillo mío! Le han obligado a volvernos la espalda. Iré a hablar con +él. + +CLEOPATRA.--¡Esperad! ¡Verónica! No se os escapará vuestro chiquillo. +Hay que tomar una resolución. + +PROSERPINA.--Por mi parte, es igual que tengamos unos maridos u otros. +Allá se van todos. Estoy segura de que lo primero que se me pedirá es +una buena cena. Hasta me alegraré de tener un nuevo marido; el que tengo +ahora gruñe porque no varío el menú, mientras que el nuevo se chupará +los dedos. + +CLEOPATRA.--Decís cosas cínicas, Proserpina. La historia, con ese +motivo, nos condenará. + +PROSERPINA.--¿Qué sabe la historia de nuestros negocios? Además, yo me +encuentro aquí divinamente. + +CLEOPATRA.--¡Sois incorregible, Proserpina! Tened cuidado, pueden +oírnos. Escuchad, queridas amigas, tengo un plan: podemos partir +inmediatamente en busca de nuestros maridos. ¡Pero el camino es tan +largo y estamos tan cansadas! + +--¡Tengo los nervios tan excitados! + +--¡Es natural! ¡Hemos pasado una noche tan horrible! + +CLEOPATRA.--Por eso os propongo que descansemos aquí un par de días. +Esto no nos comprometerá a nada. Nuestros raptores estarán encantados, y +así les será menos dolorosa la separación. Confieso que el mío me da +lástima; le he puesto perdida la nariz. + +--¡Pero nada más que dos días! + +--Creo que un solo día bastará para que descansemos. Id a hablar con +ellos, Cleopatra; si no, se dormirán. + +CLEOPATRA. _(Volviéndose hacia los romanos.)_--¡Señor! + +ESCIPIÓN. _(Sin volver la cabeza.)_--¿En qué puedo serviros? + +CLEOPATRA.--Venid un instante. + +ESCIPIÓN.--¡A vuestras órdenes, señora! _(Se levanta y se acerca.)_ + +CLEOPATRA.--Hemos decidido aprovechar vuestra amable proposición, y nos +vamos inmediatamente. ¿No estáis incomodados? + +ESCIPIÓN.--No. + +CLEOPATRA.--Pero antes de partir quisiéramos descansar un poco. Espero +que nos permitiréis permanecer aquí uno o dos días. Esto, además, nos +gusta mucho. + +_(Todos los romanos se levantan precipitadamente.)_ + +ESCIPIÓN. _(Entusiasmado.)_--¡Querida señora, estoy encantado! Os juro +por la cabeza de Hércules, de Júpiter, de Venus, de Baco, de Afrodita, +que todos nosotros... En fin, ya me comprendéis, ¿verdad? ¡Señores +romanos de la antigüedad, al asalto! + +CLEOPATRA.--Ahora iremos a dar un paseíto. + +ESCIPIÓN.--¡Todo lo que queráis, señoras! ¡Señores romanos de la +antigüedad, adelante! ¡Un, dos! ¡Un, dos! ¡No todos a una! ¡Cada cual +cuando le toque! + +_(Coge a Cleopatra del brazo y se la lleva hacia las montañas. Tras él +marchan los demás romanos, cada cual con su sabina del brazo.)_ + +--¡Un, dos! ¡Un, dos! ¡En filas apretadas! + +_(Pablo Emilio, solo, recorre con gesto desesperado la escena.)_ + +PABLO EMILIO.--¿Dónde está la mía? ¡Esperad, señores romanos de la +antigüedad! ¡Se me ha perdido! ¿Dónde está? + +_(Verónica permanece un poco a distancia, con los ojos bajos, como una +novia. Pablo se dirige a ella.)_ + +PABLO EMILIO.--Señora, ¿no la habéis visto? + +VERÓNICA.--¡Qué bestia eres! + +PABLO EMILIO.--¿Yo? + +VERÓNICA.--Sí, tú. ¡Eres un bestia! + +PABLO EMILIO.--¡Me insultáis, señora! + +VERÓNICA.--¡Oh, qué bestia eres! ¿Acaso no ves? ¿Acaso no me reconoces? +¡Oh, querido mío! Hace treinta años que te espero. ¡Aduéñate! + +PABLO EMILIO.--¿De qué? + +VERÓNICA.--¡Pues de mí! ¡Soy tuya! ¡Dios mío, qué bestia eres! + +PABLO EMILIO.--¡Pero ésta no es ella! + +VERÓNICA.--Sí, soy ella. + +PABLO EMILIO.--¡Ca! + +VERÓNICA.-¡Sí! + +PABLO EMILIO.--¿Vos? ¿Vos sois la que?... + +_(Se sienta en el suelo y llora.)_ + +VERÓNICA.--Escucha, todos se han ido ya; me da vergüenza estar aquí +sola. ¡Vamos! + +PABLO EMILIO.--No sois vos. + +VERÓNICA.--¿No te digo que sí soy yo? ¡Caramba! Mi marido repite desde +hace treinta años que no soy yo. ¡Y ahora éste también! ¡Dame la mano! + +PABLO EMILIO. _(Aterrorizado.)_--¡No, no sois vos! ¡Socorro! ¡Socorro! +¡Me rapta! + + +TELÓN + + + + +CUADRO SEGUNDO + + _Un cuadro extremadamente triste, que dé idea de la situación + trágica de los maridos despojados. Es muy posible que llueva, que + haga mucho viento, que las nubes negras encapoten el cielo; pero no + es menos posible que todo esto no sea sino imaginación. De un modo + o de otro, el paisaje debe corresponder al trágico estado de alma + de los pobres maridos._ + + _A ambos lados de la escena, los sabinos, en dos grupos simétricos, + se dedican a la gimnástica. Mientras hacen ejercicios variados, + murmuran:_ «Quince minutos de ejercicio diarios, y estaréis como + una manzana.» _En medio, en un largo banco, están sentados los + maridos con hijos, y cada uno tiene un niño en brazos. Están + tristemente cabizbajos, y todo en su actitud manifiesta una + desesperación estilizada._ + + _Durante largo rato no se oye sino el cuchicheo de los gimnastas;_ + «Quince minutos de ejercicio diarios», _etc._ + + _Entra Anco Marcio, enseñando una carta._ + + +MARCIO.--¡He aquí la dirección, señores sabinos! Hemos recibido la +dirección de nuestras mujeres. ¡La dirección, señores, la dirección! + +VOCES AHOGADAS.--¡Escuchad, escuchad! Se ha recibido la dirección. + +_(Marcio saca del bolsillo una campanilla y la agita.)_ + +--¡Silencio, señores, silencio! + +MARCIO.--¡Señores sabinos! La historia no podrá reprocharnos ni la +lentitud ni la indecisión. Ni lentitud ni indecisión entran en el +carácter de los sabinos, a cuyo temperamento arrebatado, impulsivo, +apenas ponen coto la experiencia y la prudencia. ¿Recordáis, maridos +despojados, adónde fuimos a parar la mañana memorable que siguió a la +terrible noche durante la cual esos bandidos robaron, de una manera +abominable, a nuestras desgraciadas mujeres? ¿Recordáis adónde nos +llevaron nuestras piernas veloces, devorando el espacio, apartando todos +los obstáculos y alborotando toda la región? ¿Recordáis? _(Los sabinos +guardan silencio.)_ ¡Vamos, señores sabinos, un pequeño esfuerzo de +memoria! + +UNA VOZ TÍMIDA.--¡Proserpinita querida! ¿Dónde estás? + +_(Los sabinos siguen silenciosos y pendientes de los labios de Marcio.)_ + +MARCIO. _(Con énfasis.)_--Bueno, voy a refrescar vuestra memoria: +corrimos a la agencia de informaciones para enterarnos de dónde se +hallaban nuestras mujeres. Por desgracia, esta institución arcaica no lo +sabía aún, y nos dio... la antigua dirección de aquéllas. Y durante una +semana entera la agencia estuvo dándonos, como si se burlase de +nosotros, la misma antigua dirección. Al fin nos dio este terrible +informe: «Partieron sin dejar señas.» Pero no quedamos contentos con +esta gestión. ¿Recordáis, señores sabinos, lo que hicimos por añadidura? +_(Los sabinos guardan silencio.)_ He aquí una exposición sucinta, pero +elocuente, de lo que hemos hecho en los diez y ocho meses que han +transcurrido desde la desaparición de nuestras pobres mujeres: hemos +publicado anuncios en los periódicos, prometiendo una recompensa a quien +nos indique dónde se encuentran; hemos consultado a los astrólogos, que +han tratado noches y noches, contemplando los astros, de encontrar la +dirección apetecida... + +--¡Proserpinita querida! ¿Dónde estás? + +MARCIO. _(Dirigiendo una mirada de reproche al que le ha +interrumpido.)_--Hemos matado millares de gallinas, patos y gansos para +examinar sus entrañas y adivinar así la ansiada dirección. Todos +nuestros esfuerzos han sido vanos. Los dioses todopoderosos no han +querido coronarlos de éxito. Las estrellas a que nos hemos dirigido sólo +nos han contestado una cosa: «Partieron sin dejar señas.» ¡Sí, sin dejar +señas! _(Los sabinos lloran.)_ + +--¡Proserpinita querida! ¿Dónde estás? + +MARCIO.--Sí, señores sabinos, es una respuesta bien extraña por parte de +los astros. Pero continúo con orgullo la exposición de lo que hemos +hecho. ¿Recordáis, señores sabinos, en qué se hallaban ocupados nuestros +sabios juristas mientras los astrólogos consultaban las estrellas? _(Los +sabinos guardan silencio.)_ ¡Vamos, un pequeño esfuerzo de memoria! En +estas condiciones, es difícil hablar. Estáis ahí como estatuas, sin +decir esta boca es mía. ¡Bueno, recordad, os lo ruego! + +--¡Proserpinita querida! + +MARCIO.--¡Dejadnos en paz con vuestra Proserpina! Bueno, señores +sabinos, voy a ayudaros a recordar. Decidme, ¿para qué os dedicáis a la +gimnástica? + +UNA VOZ TÍMIDA EN EL FONDO.--Para tener los músculos fuertes. + +MARCIO.--¡Muy bien! ¿Y para qué necesitamos tener los músculos fuertes? +¡Responded! + +OTRA VOZ TÍMIDA.--Para pegarnos. + +MARCIO.--_(Levantando con desesperación los brazos al cielo.)_--¡Oh, +dioses! ¡Para pegarnos! ¿Y quién dice eso? Un sabino, un amigo de las +leyes, un puntal del orden, un modelo, único en el mundo, de lealtad. Me +dan vergüenza las palabras que acaban de ser pronunciadas. Cuadrarían en +boca de un bandido romano que roba las mujeres ajenas. + +--Proserpinita... + +MARCIO.--¿Queréis no fastidiarnos más con vuestra Proserpina? Se trata +aquí de una cuestión de principios... Veo, señores, que la espantosa +pérdida ha eclipsado vuestra memoria, y voy a refrescar vuestros +recuerdos. Tenemos necesidad de músculos fuertes para poder llevar, el +día en que al fin conozcamos la dirección de nuestras mujeres y de sus +raptores, los pesadísimos volúmenes del código civil, las colecciones de +las leyes y las resoluciones del Senado, así como los cuatrocientos +tomos escritos con motivo de nuestro asunto por los sabios juristas, en +los que se prueba, con una claridad meridiana, la ilegalidad del acto +que los romanos cometieron. No echéis en olvido, señores sabinos, que +nuestra única arma es la ley, nuestro derecho y nuestra conciencia +tranquila. Demostraremos a los romanos, sin que haya lugar a duda +alguna, que son unos raptores, y a nuestras pobres mujeres, que fueron +raptadas de un modo por completo ilegal. Hasta el Cielo se estremecerá +de indignación. Y--¡congratulaos, señores sabinos!--ahora, por fin, +podemos acometer nuestra gran empresa, porque tenemos la dirección +exacta. ¡Miradla! + +_(Blande la carta. Los sabinos se empinan sobre las puntas de los pies +para ver mejor.)_ + +MARCIO.--¡Miradla! Una carta certificada que firma «Un raptor +arrepentido». El autor dice en ella que tiene remordimientos de +conciencia por su mala acción; jura que no raptará ya más mujeres, y +pide perdón humildemente. La firma no es legible; sobre ella hay una +gran mancha, que proviene, sin duda, de las lágrimas derramadas sobre el +papel por el autor arrepentido. Entre otras cosas, escribe que nuestras +pobres mujeres tienen destrozado el corazón. + +--¡Proserpinita querida! + +MARCIO.--¡Pero escuchadme! ¡Me interrumpís a cada palabra con vuestros +lamentos! Haceos cargo de que vuestra Proserpina es cosa secundaria +cuando se trata del triunfo del derecho. Mientras, los demás nos +disponemos a la gran batalla en pro del derecho y la justicia--batalla +en que acaso perdamos la vida--, vos sólo pensáis en vuestra Proserpina. +En nombre de la honorable asamblea, condeno vuestra conducta... ¡Bueno, +señores, preparémonos! ¡Acatad mis órdenes! ¡Alineaos en filas +regulares! ¡Pero más aprisa, vamos! ¡Eh, cuidado, os dicen que os +volváis a la derecha y os volvéis a la izquierda! Y ya es hora de que +distingamos entre la izquierda y la derecha. + +_(Coge por un hombro al sabino que se ha equivocado y empieza a +enseñarle.)_ + +MARCIO.--Para saber dónde está la derecha, volved la cara al Norte... O +no, la cara al Sur y la espalda al Este. ¡Así no! ¡Lo hacéis +precisamente al revés! ¡Qué fastidio! Seguid a vuestros vecinos... +Ahora, señores, si alguno de vosotros lleva cortaplumas, que lo tire. +Los mondadientes también. Nada que pueda suscitar ideas de violencia. +¡Ningún arma contundente ni cortante! Nuestra arma es el derecho y la +conciencia pura. Ahora, que cada uno tome un volumen de leyes y otro de +estudios jurídicos. ¡Así! ¡Las trompetas al frente! Tocad la marcha de +los maridos despojados. ¡Adelante! Pero no olvidéis cómo hay que +avanzar. ¿Lo habéis olvidado? + +_(Los sabinos no responden.)_ + +MARCIO.--Bueno, os lo recordaré: dos pasos al frente y un paso atrás. +Dos pasos al frente y un paso atrás. Con los dos primeros pasos +expresamos nuestra firme voluntad, el ardor arrebatado de nuestras +almas, el deseo irresistible de dar cima a nuestra empresa; mientras que +el paso atrás manifiesta nuestra sensatez y nuestra prudencia. Al darlo, +damos, por decirlo así, prueba de nuestra lealtad, de nuestro propósito +de obrar con moderación. La historia, señores, no conoce saltos. Y no +hay que olvidar que en este momento la historia, esa justiciera +implacable, está personificada en nosotros. Tocad la marcha. + +_(Las trompetas empiezan a tocar, ora en tono mayor y solemne, ora +lanzando quejas y gemidos. Los sabinos avanzan del modo indicado por +Marcio: dos pasos al frente, un paso atrás. De esta suerte atraviesan +lentamente la escena y desaparecen entre bastidores. Se sigue oyendo +largo rato los acordes de la marcha lúgubre.)_ + +TELÓN + + + + +CUADRO TERCERO + + _La escena del primer cuadro. El aspecto es ya menos inculto. Ante + una de las chozas hállase, en pie, el romano Escipión en una + postura perezosa. Sale de entre bastidores el ejército sabino, que + avanza gravemente, dos pasos al frente, un paso atrás. Al advertir + su presencia, el romano se anima un poco y los mira con curiosidad; + pero la monotonía de su marcha le cansa; empieza a bostezar, se + despereza y se sienta, flemático, en una piedra._ + + _A una señal de Anco Marcio, las trompetas cesan de tocar._ + + +MARCIO. _(Gritando con desesperación.)_--¡Alto, señores sabinos! ¿Os +detenéis o no? + +_(Se detienen bruscamente.)_ + +MARCIO.--¿Os detenéis o no? ¡Dios mío, no es fácil atajar un torrente +que se precipita hacia el mar! ¡Al fin os habéis detenido! Ahora, +obedeced. ¡Atrás los trompetas! ¡Adelante los profesores! Los demás que +sigan en su lugar, sin moverse. + +_(Los trompetas retroceden. Los profesores avanzan. Los demás se quedan +como paralizados.)_ + +MARCIO.--¡Señores profesores, preparaos! + +_(Los profesores arman unos pupitres portátiles, y sobre cada uno de +ellos colocan un grueso volumen; todos a la vez abren su libro +respectivo ruidosamente, lo que produce la impresión del disparo de una +batería. Escipión se anima de nuevo y contempla con curiosidad todos +estos preparativos.)_ + +ESCIPIÓN.--¿De qué se trata, señores? ¿Podría yo quizá seros útil? Pero +si se trata de un circo, debo advertiros que el coliseo no está +terminado todavía. + +MARCIO. _(Con frialdad.)_--¡Cállate, innoble raptor! _(Dirigiéndose a +los suyos.)_ ¡Al cabo, señores sabinos, estamos a punto de conseguir el +objeto que perseguimos! Tras nosotros queda un largo camino de +privaciones, de hambre, de soledad; ante nosotros se presenta una +batalla única en la historia humana. Animaos, dominaos, calmaos; +contened la cólera sagrada que rebosa en vuestros corazones y esperad +tranquilos el fatal desenlace. ¿Recordáis lo que os ha traído aquí? + +_(Los sabinos guardan silencio.)_ + +MARCIO.--¡Recordadlo! Creo que no ha sido por dar un paseo por lo que +hemos venido con esos pesados libros. ¿Con qué objeto hemos venido aquí? +¡Decidlo! + +ESCIPIÓN.--¡Verdaderamente, señores, debéis responder cuando se os +pregunta! + +MARCIO. _(A Escipión.)_--¡Figuraos que no he podido, en todo el camino, +sacarles una sola palabra! + +ESCIPIÓN.--¿Es posible? + +MARCIO.--¡Palabra de honor! Toda paciencia es poca para aguantar a estos +imbéciles. Parecen mudos. + +ESCIPIÓN.--Os compadezco de todo corazón. + +UNA VOZ.--¡Proserpinita mía! ¿Dónde estás? + +MARCIO. _(Con nerviosidad.)_--¡Silencio! En seguida vamos a reclamar la +devolución de nuestras mujeres, y guay de los raptores si su conciencia +no ha empezado ya a remorderlos. ¡Les impondremos el respeto a la ley! +¡Eh, tú, raptor innoble! ¡Llama a tus innobles camaradas y prepárate a +rendir cuenta de tu acto abominable! + +ESCIPIÓN.--Voy a llamar a mi mujer. + +_(Se dirige a su cabaña y grita:_ «¡Cleopatrita mía, sal un momento; han +venido a verte!» _Sale de entre bastidores Pablo Emilio, y, al reconocer +a los sabinos, grita lleno de júbilo):_ + +--¡Los maridos han llegado! ¡Levantaos, señores romanos de la +antigüedad! ¡Los maridos han llegado! + +_(Se lanza sobre Marcio, y llorando de alegría le abraza efusivamente. +Marcio parece asombradísimo. Pablo Emilio recorre la escena gritando con +voz jubilosa):_ + +--¡Los maridos han llegado! + +_(Van apareciendo romanos, restregándose los ojos, y ocupan el lado +derecho de la escena. Marcio, en una actitud belicosa, espera que todos +los romanos estén reunidos.)_ + +EL GRUESO ROMANO.--¡Por la cabeza de Baco, he dormido como la primera +noche después de la fundación de Roma! ¿Qué espantajos son ésos? + +--¡Silencio, son los maridos! + +EL GRUESO ROMANO.--¿De veras? ¡Dios mío, qué sed tengo! ¡Proserpinita +mía, dame un poco de sidra! + +UNA VOZ TÍMIDA.--¡Proserpinita querida! ¿Dónde estás? + +EL GRUESO ROMANO.--¿Qué diablos quiere éste? ¡Llama también a mi mujer! + +--¡Silencio, es su marido! + +EL GRUESO ROMANO.--¡Ah, sí, no me acordaba ya! ¡Cielos, qué sed tengo! +Me bebería un lago entero, sobre todo con la cenita que me dieron +anoche. ¡Si supierais, señores romanos, qué bien guisa mi Proserpina! +¡Es toda una artista! + +--¡Silencio! + +EL GRUESO ROMANO.--Bueno, he soñado esta noche que la Roma fundada por +nosotros se desmoronaba. Casa por casa, piedra por piedra... + +--¿Por qué no vienen nuestras mujeres? Tienen una visita, y la cortesía +más elemental exige que salgan. + +--Probablemente estarán vistiéndose. + +--¡Qué coquetas son! Lo lógico sería que no se emperejilasen mucho para +sus antiguos maridos, y, sin embargo... ¡No, no comprenderé nunca la +psicología femenina! + +EL GRUESO ROMANO.--¡Cielos, qué sed tengo! + +Y esos sabinos parece que están petrificados... Se los tomaría por +ídolos de piedra. ¡Si al menos tocasen algo con sus trompetas! + +--¡Mirad, se mueven! + +MARCIO.--¡Señores romanos! Ahora, que nos encontramos frente a frente, +espero que no intentaréis escaparos y nos daréis una respuesta clara y +franca. ¿Recordáis, señores romanos, el delito que cometisteis la +memorable noche del veinte al veintiuno de abril? + +_(Los romanos se miran, confusos, y no contestan.)_ + +MARCIO.--¿Lo recordáis o no? ¿Vosotros también os habéis olvidado de +todo? No puedo continuar mientras no hagáis memoria. + +_(El grueso romano cuchichea, asustado, a su vecino:_ «Quizá lo +recuerdes tú, Agripa. Debe de ser algo muy grave.» «No, no lo recuerdo.» +_Los demás romanos también se preguntan unos a otros y se encogen de +hombros sin comprender nada.)_ + +MARCIO. _(Con tono solemne.)_--Bueno, señores romanos, voy a refrescaros +la memoria. ¡Escuchad! La noche del veinte al veintiuno de abril se +cometió el mayor crimen de la historia humana: unos malhechores, que +nombraré luego, raptaron a nuestras mujeres, las bellas sabinas. + +_(Los romanos se acuerdan y parecen encantados.)_ + +--¡Sí, es verdad! + +--¡Completamente exacto! + +--¡Justamente, el veinte de abril por la noche! + +--¡Vaya una memoria! + +--¡Qué talento, Dios mío! + +MARCIO.--¡Los raptores innobles fuisteis vosotros, señores romanos! No +se me oculta que trataréis de justificaros, de negar los hechos, de +desnaturalizar las normas jurídicas, recurriendo a todo linaje de +sofismas, como es uso y costumbre entre los refractarios a las leyes. +Pero estamos dispuestos a rebatir, uno por uno, vuestros argumentos +mendaces. ¡Señores profesores, manos a la obra! + +_(El profesor que se encuentra más cerca de los espectadores comienza a +leer con voz monótona, fuera del tiempo y del espacio.)_ + +--Los crímenes contra la propiedad. Volumen primero, primera parte, +primer capítulo, primera página. El robo en general. En la edad antigua, +aun más antigua que la actual, cuando las aves y los insectos +revoloteaban sin temor bajo los rayos del sol y no se conocía aún el +crimen... + +MARCIO.--¡Escuchad! ¡Escuchad! + +ESCIPIÓN.--¿No habría modo de abreviar un poco? + +MARCIO.--No, no es posible. + +ESCIPIÓN.--Pues se dormirán. + +MARCIO.--¿Creéis? + +ESCIPIÓN.--¡Claro! Están ya dando cabezadas, y cuando se hallan en tal +estado, su comprensión es nula. Si pudierais empezar por el final, por +decirlo así... Tened la bondad de decirnos lisa y llanamente a qué +habéis venido. + +MARCIO.--¡Extraño modo de concebir una discusión jurídica! Pero, puesto +que no estáis habituados a discutir seriamente, os diré en dos palabras +de lo que se trata: queremos demostraros que no os asiste el derecho de +raptar a nuestras mujeres; que sois, señores romanos, unos raptores, y +que, pese a vuestros esfuerzos y a vuestros sofismas jurídicos, no +lograréis nunca justificar vuestro innoble acto. ¡Hasta el Cielo se +indignará escuchando nuestra requisitoria! + +ESCIPIÓN.--Permitid, amigo mío. No tenemos, en modo alguno, la intención +de justificarnos. Nos apresuramos a deciros que tenéis razón que os +sobra. + +MARCIO.--¿Cómo? ¿Para qué hemos venido entonces? + +ESCIPIÓN.--¡Qué sé yo! Acaso hayáis venido por gusto de dar un buen +paseo. + +MARCIO.--¡No, no! ¡Hemos venido con el propósito de demostraros!... ¡Es +muy extraño todo esto! ¿Confesáis, pues, que sois raptores? + +ESCIPIÓN.--Desde luego. Somos raptores; tenéis razón que os sobra para +llamárnoslo. + +MARCIO.--Pero acaso no estéis por completo convictos. En ese caso, el +señor profesor se encuentra dispuesto... ¿No es verdad, señor profesor? + +ESCIPIÓN.--¡No, no! No vale la pena. Estamos por completo convictos. +Decidle, señores romanos, que estáis de acuerdo con él, porque, de lo +contrario, va a comenzar de nuevo. + +NUMEROSAS VOCES.--¡Estamos de acuerdo! ¡Completamente de acuerdo! + +MARCIO.--¿De veras? Entonces no lo entiendo. + +ESCIPIÓN.--Y, sin embargo, es muy sencillo. + +MARCIO.--Aquí hay algún error. Pero, en fin, ya que insistís... ¡Señores +sabinos, congratulaos! Los culpables confiesan sus crímenes. Sin más que +ver nuestros preparativos para la batalla de derecho, experimentan +remordimientos de conciencia. Sólo nos toca ahora, una vez cumplido +nuestro deber sagrado, volver la espalda y regresar a nuestra casa... + +UNA VOZ TÍMIDA.--¿Cómo? ¿Y mi Proserpinita? + +MARCIO.--¡Ah, sí! Tenéis razón, compañero; me había expresado mal. +Señores romanos, he aquí una lista detallada y exacta de nuestras +mujeres; tened la bondad de entregárnoslas. Naturalmente, sois +responsables, según la ley, de todo lo que... + +_(En este momento aparecen las mujeres sabinas. Todos los ojos se +vuelven hacia ellas.)_ + +MARCIO.--¡He aquí nuestras mujeres! Señores sabinos, dominaos. Os +suplico que contengáis vuestros impulsos amorosos mientras no está +arreglada la cuestión jurídica. Dos pasos al frente, un paso atrás; no +olvidéis que es nuestra divisa. _(Luego dirigiéndose a las mujeres:_ +¡Salud, mujeres sabinas! ¡Buenos días, querida Cleopatra!) + +_(Las mujeres ocupan el centro de la escena. Tienen los ojos bajos, su +actitud es modesta, aunque llena de dignidad.)_ + +CLEOPATRA. _(Sin alzar los ojos.)_--Si habéis venido para hacernos +reproches, no los merecemos. Hemos resistido largo tiempo a los raptores +y sólo hemos cedido a la fuerza. Os juro, querido Anco Marcio, que no he +cesado de verter lágrimas pensando en vos. + +_(Llora, lo mismo que las demás sabinas.)_ + +MARCIO.--Cálmate, Cleopatra; han confesado ya que son raptores. +¡Tornemos, pues, a nuestros penates, Cleopatra! + +CLEOPATRA. _(Siempre con los ojos bajos.)_--Temo que nos hagáis +reproches. Además, estamos ya tan habituadas a este paraje... ¿Verdad, +Marcio, que son preciosas estas montañas? + +MARCIO.--No te entiendo, Cleopatra; ¿a qué viene ahora el hablarme de +las montañas? + +CLEOPATRA.--Os enojáis; pero os aseguro, Marcio, que no somos culpables. +Harto he llorado ya recordándoos. ¿Qué más queréis? ¿Que continuemos +llorando? ¡Todo lo que queráis! Queridas amigas, les parece que no hemos +llorado bastante; complazcámoslos. ¡Lloremos, queridas amigas! ¡Os amo +tanto, Marcio! + +_(Las mujeres prorrumpen en sollozos.)_ + +ESCIPIÓN.--¡Querida Cleopatrita, cálmate! En el estado en que te +encuentras, el ponerte así puede hacerte daño. _(Dirigiéndose a +Marcio.)_ Bueno, señor, ¿habéis oído? Lo mejor que podéis hacer es +volveros por donde vinisteis. Y tú, Cleopatra, vete a la cama. Yo mismo +prepararé la comida. + +MARCIO.--¡Permitid! ¿Por qué habláis de la comida? Cálmate, Cleopatra; +aquí hay un error. Por lo visto, no te haces cargo de que has sido +ilegalmente raptada. + +CLEOPATRA. _(Llorando.)_--Ya veis: tenía yo razón al decir que ibais a +hacernos reproches. Escipioncito, déjame el pañuelo. + +ESCIPIÓN.--¡Tómalo, querida! + +MARCIO.--¡Permitid! No comprendo por qué se habla aquí de un pañuelo, +cuando se trata... + +CLEOPATRA. _(Sin dejar de llorar.)_--¡No digo!... Ahora va a armarme un +escándalo a propósito del pañuelo. ¿Cómo voy a secarme las lágrimas... +que derramo por vos? ¡Es cruel, Anco Marcio! ¡Sois un verdadero +monstruo! + +_(En este momento, casi todos lloran: las sabinas, los sabinos y hasta +muchos romanos.)_ + +UNA VOZ.--¡Proserpinita querida! + +MARCIO.--¡Calmaos, señores sabinos! ¡Dominaos! Voy a arreglarlo todo. +Aquí hay un error jurídico. La desgraciada mujer no se da cuenta de que +es víctima de estos innobles raptores. Vamos a probárselo. ¡Señores +profesores, manos a la obra! + +_(Los profesores se preparan. El pánico se apodera de los romanos. +Escipión coge de la mano a Cleopatra.)_ + +ESCIPIÓN.--¡Confiesa, confiesa! Si no, va a comenzar de nuevo. ¡Dios nos +libre! + +CLEOPATRA.--No tengo nada que confesar. Soy víctima de una calumnia. + +MARCIO.--¡Señor profesor, estamos esperando! + +ESCIPIÓN.--¡Date prisa, te lo suplico! ¡Confiesa! ¡Oh, Júpiter, ya abre +la boca! Esperad, señores sabinos: confiesa. Tapadle la boca a vuestro +profesor, puesto que confiesa. + +CLEOPATRA.--Bueno, confieso. _(A las demás mujeres.)_ Vosotras también, +queridas amigas, ¿verdad? + +ESCIPIÓN. _(Con apresuramiento.)_--Todas, todas confiesan. El asunto +está arreglado. + +MARCIO. _(Sin comprender una palabra.)_--Permitid. Así, pues, Cleopatra, +¿reconoces que tú y las demás mujeres sabinas fuisteis raptadas durante +la noche del veinte al veintiuno de abril? ¿No es eso? + +CLEOPATRA.--¡Ya lo creo! ¡Desde luego no nos fugamos solas! + +MARCIO.--No, veo que no comprende todavía. Señor pro... + +CLEOPATRA.--¡Esto es demasiado, Marcio! Permitisteis que nos robasen, no +nos defendisteis, nos abandonasteis cobardemente, y ahora nos acusáis de +habernos venido, gustosas, con los romanos. Yo declaro, Marcio, que +fuimos robadas, raptadas del modo más innoble. Podéis leer el relato de +nuestro rapto en cualquier manual de historia, amén _(Solloza.)_ del +diccionario enciclopédico. + +ESCIPIÓN.--¡Vamos, vamos! ¡Tapadle la boca al profesor! + +_(Pero la boca del profesor continúa abierta. El pánico aumenta entre +los romanos. Algunos huyen.)_ + +MARCIO.--Todo se arregla, pues; reconocen que fueron raptadas. Hemos +logrado nuestro objeto. Hasta el Cielo se indigna de tal crimen. +¡Vámonos, por tanto, a nuestros penates, Cleopatra! + +CLEOPATRA.--¡No quiero ir a los penates! + +LAS DEMÁS MUJERES.--¡No queremos ir a los penates! ¡Abajo los penates! +¡Nos quedamos aquí! ¡Nos insultan, quieren raptarnos! ¡Salvadnos! +¡Defendednos! + +_(Los romanos, blandiendo las armas, se interponen entre los sabinos y +las mujeres. Poco a poco hacen retroceder a éstas hasta el foro. Lanzan +a los sabinos miradas amenazadoras.)_ + +VOCES ROMANAS.--¡A las armas, ciudadanos! ¡Defended a nuestras mujeres! +¡A las armas! + +MARCIO. _(Agita la campanilla.)_--¿Qué diablos pasa aquí? ¡Se diría que +quieren reñir! ¡Yo me vuelvo loco, señores sabinos! + +PROSERPINA. (_Acercándose a los sabinos, y con acento +persuasivo.)_--Calmaos. Dejadme hablar a Marcio. + +UNA VOZ TÍMIDA.--¿Eres tú, Proserpinita querida? + +PROSERPINA.--Sí, soy yo, amigo mío. ¿Cómo te va?... Venid aquí, Marcio. +No temáis nada. ¿Os habéis percatado de que ni Cleopatra, ni yo, ni +ninguna de las demás mujeres, queremos irnos con vosotros? Creo que está +bien claro. + +MARCIO.--¡Cómo! Yo me vuelvo loco. No puedo vivir sin mi Cleopatra. Es +mi mujer legítima. ¡Todo lo legítima posible! ¿Creéis que no querrá +seguirme? + +PROSERPINA.--¡Por nada del mundo! + +MARCIO.--¿Qué voy a hacer entonces? Como la amo, no puedo vivir sin +ella. _(Llora.)_ + +PROSERPINA.--Calmaos, Marcio. _(En voz baja.)_ Me dais lástima, y voy a +deciros en secreto el único medio que os queda. + +MARCIO.--¿Cuál es? + +PROSERPINA.--Llevárosla a la fuerza. + +MARCIO.--¿Y creéis que así me seguirá? + +PROSERPINA. _(Encogiéndose de hombros.)_--Si os la lleváis a la fuerza, +se verá forzada a seguiros. + +MARCIO.--¡Pero eso sería innoble! Me aconsejáis que cometa un acto de +violencia, a mí, que tengo un concepto tan elevado del derecho. Ya veo +que, a vuestro entender, el derecho está por debajo de la fuerza. ¡Oh, +las mujeres! + +PROSERPINA.--Decididamente, Marcio, los dioses te crearon en un mal +momento: eres demasiado tonto. Las mujeres no podemos amar sino a los +hombres fuertes, audaces. ¿Crees que nos da gusto ser raptadas, robadas, +reclamadas, perdidas, encontradas y vivir siempre así? + +UNA VOZ.--¡Proserpinita querida! + +PROSERPINA.--¿Cómo te va, amigo mío? _(A Marcio.)_ No queremos que se +nos trate como un objeto cualquiera. Apenas me habitúo a un hombre, +llega otro y me roba; apenas me aficiono al nuevo marido, se presenta el +primero y se empeña en que me vaya con él. ¡No, Marcio! Si quieres +conservar a la mujer, no la cedas a nadie; defiéndela de todo agresor, +con las armas en la mano, sin retroceder ante los peligros, ante la +muerte misma. Créeme, las mujeres saben apreciar tal suerte de heroísmo. +Y ten en cuenta que las mujeres no traicionan sino a quienes las han +traicionado antes. + +MARCIO.--¿Pero cómo podemos reñir con ellos? ¡Están armados, y nosotros +estamos inermes! + +PROSERPINA.--No tenéis más que armaros también. + +MARCIO.--Tienen músculos fuertes, mientras que nosotros... + +PROSERPINA.--No tenéis más que fortaleceros también. ¡No, Marcio, eres +terriblemente tonto! + +MARCIO. _(Alejándose de ella.)_--Y tú, mujer, estás loca. ¡Viva la ley! +¡Viva el derecho! Pueden arrebatarme brutalmente a mi mujer, pueden +demoler mi casa, robar todos mis bienes; ¡yo no dejaré de conducirme +conforme a la ley! El mundo entero puede burlarse de los desgraciados +sabinos; ¡ellos no dejarán de respetar la ley! ¡Señores sabinos, en +marcha! ¡Volvamos a nuestra casa! Llorad, derramad lágrimas, sin +avergonzaros. Aunque se mofen de vosotros, aunque os tiren piedras, +¡llorad! Aunque os insulten, aunque os escupan en la cara, no dejéis de +llorar, señores sabinos; debemos derramar lágrimas pensando en la ley +ultrajada, en el derecho pisoteado. ¡Adelante, sabinos! ¡Trompetas, +tocad la marcha fúnebre! ¡Dos pasos al frente, un paso atrás! ¡Dos pasos +al frente, un paso atrás! _(Las mujeres se echan a llorar.)_ + +CLEOPATRA.--Espera, Marcio... ¡Un momento! + +MARCIO.--¡Déjame, mujer! No quiero ya nada contigo. ¡Un, dos! ¡Un, dos! + +_(Las trompetas tocan una marcha fúnebre. Las mujeres, llorando y +gritando, pretenden lanzarse hacia sus antiguos mandos, pero se lo +impiden los romanos entre carcajadas de triunfo. Sin hacer caso del +llanto de las mujeres ni de la risa de los romanos, los sabinos se +alejan lentamente, encorvados bajo el peso de los voluminosos temas +jurídicos._ ¡Dos pasos al frente, un paso atrás!) + +TELÓN + + * * * * * + + +OBRAS DE J. H. FABRE + +EDITADAS POR CALPE + +=Cinco volúmenes en 8.º, de unas 300 páginas cada uno.= + +LA VIDA Y COSTUMBRES MARAVILLOSAS DE LOS INSECTOS APARECEN EN ESTAS +OBRAS NARRADAS CON AMENIDAD ENCANTADORA + +TITULO DE CADA VOLUMEN + +=Maravillas del instinto en los insectos=, con grabados y 16 láminas fuera +de texto, según fotografías de P. H. Fabre, y portada en color. En +rústica, 5 pesetas; en tela, 7. + +=Costumbres de los insectos=, con grabados y 16 láminas fuera de texto, +según fotografías de P. H. Fabre, y portada en color. En rústica, 5 +pesetas; en tela, 7. + +=La vida de los insectos=, con grabados y 11 láminas fuera de texto, según +fotografías de P. H. Fabre, y portada en color. En rústica, 5 pesetas; +en tela, 7. + +=Los destructores.= Lecturas acerca de los animales perjudiciales a la +agricultura, con grabados y 16 láminas fuera de texto, según fotografías +de P. H. Fabre, y portada en color. En rústica, 5 pesetas; en tela, 7. + +=Los auxiliares.= Lecturas acerca de los animales útiles a la agricultura, +con grabados y 16 láminas fuera de texto, según fotografías de P. H. +Fabre, y portada en color. En rústica, 5 pesetas; en tela, 7. + + +ACTUALIDADES CIENTÍFICAS + +DE ESTA COLECCIÓN HA PUBLICADO CALPE LAS SIGUIENTES OBRAS, DE PALPITANTE +INTERÉS EN EL MUNDO CIENTÍFICO + +Freundlich.--=Los fundamentos de la teoría de la gravitación de +Einstein.=--Un tomo, 8 pesetas. + +He aquí el primer libro publicado en castellano sobre esta famosa teoría +que tanto interés ha despertado en el mundo entero. El éxito alcanzado +en todos los pueblos de habla española ha sido enorme; cosa natural, por +otra parte, si se considera la importancia de esta teoría, según la cual +resultan inciertas muchas leyes físicas que se tenían por inmutables. + +Agotada. Está en reimpresión. + +T. H. Morgan.--=Evolución y mendelismo.= (Crítica de la teoría de la +evolución.)--Un tomo, 6 pesetas. + +Magnífico estudio del cautivante problema de la herencia mendeliana, +visto desde los trabajos de investigación hechos por la escuela de +Morgan. + +W. B. Scott.--=La teoría de la evolución.=--Un tomo, 8 pesetas. + +Exposición y crítica del estado actual del problema de la evolución, +siempre candente. + +Schlick.--=Teoría de la relatividad.= (Espacio y tiempo en la Física +actual.)--Un tomo, 6 pesetas. + +Este libro es la más clara exposición, al alcance de todos, de la famosa +teoría de la relatividad de Einstein. En él se encuentran clarísimos los +fundamentos de la teoría, su evolución histórica, desde los primeros +hechos experimentales que dieron lugar a la nueva concepción. + +El estilo es sencillísimo, y la lectura del libro no exige conocimientos +especiales de matemáticas. + + +PROXIMAMENTE + +Eddington.--=Espacio, tiempo y gravitación.= + +Libro admirable para conocer la teoría de la relatividad. + +Meumann.--=Introducción a la Estética actual.= + +E. Rignano.--=Psicología del razonamiento.= + + +LOS GRANDES VIAJES CLASICOS + +VOLÚMENES PUBLICADOS POR CALPE: + +1 y 2.--Speke (J. H.): =Diario del descubrimiento de las fuentes del +Nilo=.--Dos tomos, con grabados y un mapa. Cada tomo, 4 pesetas. + +3 y 4.--Bougainville (L. A. de): =Viaje alrededor del mundo=. Dos tomos, +con cartas y grabados. Cada tomo, 3,50 pesetas. + +5 y 6.--Bernier (F.): =Viajes al Gran Mogol, Indostán y Cachemira=. Dos +tomos, con grabados, láminas y cartas. Cada tomo, 3 pesetas. + +7.--La Condamine (C. de): =Viaje a la América Meridional=. Un tomo, con +una lámina y un mapa, 3 pesetas. + +8.--Matthews (J.): =Viaje a Sierra Leona, en la costa de Africa=. Un +volumen, con un mapa, 2,50 pesetas. + +9 y 10.--Darwin (C.): =Diario del viaje de un naturalista alrededor del +mundo=. Dos tomos, con grabados y mapas. Cada tomo, 4 pesetas. + +11, 12 y 13.--Cook (J.): =Relación de su primer viaje alrededor del +mundo=. Tres tomos. En prensa. + +14, 15 y 16.--Cook (J.): =Viaje hacia el Polo Sur y alrededor del mundo=. +Tres tomos, con 32 grandes láminas fuera de texto y mapas. Cada tomo, 4 +pesetas. + +17.--Núñez Cabeza de Vaca (Alvar): =Naufragios y comentarios de...= Un +tomo, con mapas, 4,50 pesetas. + +18.--Colón (Cristóbal): =Viajes=. Un tomo, con un mapa, 4 pesetas. + + +EN PRENSA + +Ross (John): =Narración de un segundo viaje en busca del paso del +Noroeste=. Dos tomos. + +Mungo Park: =Viajes por las regiones interiores de Africa=. + +López de Gomara (F): =Historia general de las Indias=. Dos tomos. + +Hernán Cortés: =Cartas de relación sobre la conquista de Méjico=. Dos +tomos. + +Cieza de León (Pedro): =La crónica del Perú=. + +Pigafetta: =Primer viaje alrededor del mundo.= + +Dumont D'Urville: =Viaje alrededor del mundo=. + +Camerón: =A través del Africa=. + +Schweinfurth: =En el corazón del Africa=. + +Burton (R.): =Aventuras en el Dahomey=. + +Clavijo (Ruy González de): =Vida y hazañas del Gran Tamorlán=. + +Bonneville (B. L. E.): =Las montañas rocosas=. + +Hernández (Luis): =Relación de Omagua y El Dorado=. + +Clapperton: =Viaje al Africa Central=. + +Wood Rogers: =Viaje alrededor del mundo=. + +La Perouse: =Viaje alrededor del mundo=. + +Carver (Jonathan): =Viajes por el interior de América Septentrional, +1766-1768=. + +Caillié (Renato): =Diario de un viaje a Tumbuctu y a Yenne, en el Africa +Central=. + +Dampier (Guillermo): =Nuevo viaje alrededor del mundo, 1697=. + + +LOS GRANDES VIAJES + +MODERNOS + +OBRAS PUBLICADAS POR CALPE: + +=Ansorge: Bajo el sol africano.= Un tomo de 432 páginas, con 123 grabados, +14 láminas fuera de texto y portada a varios colores, 20 pesetas. + +=Charcot: El «Pourquoi-pas?» en el Antártico.= Un tomo de 478 páginas, con +121 grabados, 43 láminas y tres mapas, cubiertas a varios colores, 20 +pesetas. + +=Sverdrup: Cuatro años en los hielos del Polo.= Dos tomos, con 908 +páginas, 35 láminas, 104 grabados y cinco mapas en colores. Cada tomo, +20 pesetas. + +=Haviland: De la «taiga» y de la «tundra». (La vida en el Bajo Yenisei.)= +Un volumen de 320 páginas, con numerosos grabados, 15 pesetas. + +=Alexander: Del Níger al Nilo.= Dos tomos. El tomo I consta de 436 +páginas, con 27 láminas y 99 figuras. El tomo II tiene 460 páginas, con +24 láminas, 98 figuras y un mapa. Cada tomo, 20 pesetas. + +=Orjan Olsen: Los soyotos. Nómadas pastores de renos.= Un volumen de 240 +páginas, con 49 figuras, 8 láminas y un mapa, 14 pesetas. + + +EN PRENSA + +=Algot Lange: El Bajo Amazonas.= + +=Erland Nordenskjold: Exploraciones y aventuras en la América del Sur.= + +=Sven Hedin: Transhimalaya.= + + + +***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS ESPECTROS*** + + +******* This file should be named 29799-8.txt or 29799-8.zip ******* + + +This and all associated files of various formats will be found in: +http://www.gutenberg.org/dirs/2/9/7/9/29799 + + + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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Redistribution is +subject to the trademark license, especially commercial +redistribution. + + + +*** START: FULL LICENSE *** + +THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE +PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK + +To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free +distribution of electronic works, by using or distributing this work +(or any other work associated in any way with the phrase "Project +Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project +Gutenberg-tm License (available with this file or online at +http://www.gutenberg.org/license). + + +Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm +electronic works + +1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm +electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to +and accept all the terms of this license and intellectual property +(trademark/copyright) agreement. 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It exists +because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from +people in all walks of life. + +Volunteers and financial support to provide volunteers with the +assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's +goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will +remain freely available for generations to come. In 2001, the Project +Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure +and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. +To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation +and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 +and the Foundation web page at http://www.gutenberg.org/fundraising/pglaf. + + +Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive +Foundation + +The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit +501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the +state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal +Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification +number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg +Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent +permitted by U.S. federal laws and your state's laws. + +The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. +Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered +throughout numerous locations. Its business office is located at +809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email +business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact +information can be found at the Foundation's web site and official +page at http://www.gutenberg.org/about/contact + +For additional contact information: + Dr. Gregory B. Newby + Chief Executive and Director + gbnewby@pglaf.org + +Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg +Literary Archive Foundation + +Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide +spread public support and donations to carry out its mission of +increasing the number of public domain and licensed works that can be +freely distributed in machine readable form accessible by the widest +array of equipment including outdated equipment. Many small donations +($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt +status with the IRS. + +The Foundation is committed to complying with the laws regulating +charities and charitable donations in all 50 states of the United +States. 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You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at <a href = "http://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a></pre> +<p>Title: Los espectros</p> +<p> Novelas breves</p> +<p>Author: Leonid Nikolayevich Andreyev</p> +<p>Release Date: August 25, 2009 [eBook #29799]</p> +<p>Language: Spanish</p> +<p>Character set encoding: ISO-8859-1</p> +<p>***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS ESPECTROS***</p> +<h3>E-text prepared by Chuck Greif<br /> + and the Project Gutenberg Online Distributed Proofreading Team<br /> + (http://www.pgdp.net)</h3> +<p> </p> +<hr class="pg" /> + + +<h3>L. ANDREIEV</h3> + +<hr /> + +<h1>Los espectros</h1> + +<p class="c smcap">NOVELAS BREVES</p> + +<p class="c">La traducción del ruso ha<br /> +sido hecha por N. Tasin</p> + +<p class="img"><img src="images/001.png" +alt="logo" +width="110" +height="111" +/></p> + +<p class="c">MADRID, 1919</p> + +<p class="c">Papel expresamente fabricado por <span class="smcap">La Papelera Española</span>.</p> + +<hr class="full" /> + +<h2>INDICE</h2> + +<table summary="toc" +cellspacing="0" +cellpadding="0"> +<tr><td><a href="#LOS_ESPECTROS"><b>Los espectros</b></a></td></tr> +<tr><td><a href="#EL_HONOR"><b>El honor</b></a></td></tr> +<tr><td><a href="#CRISTIANOS"><b>Cristianos</b></a></td></tr> +<tr><td><a href="#BEN-TOVIT"><b>Ben-tovit</b></a></td></tr> +<tr><td><a href="#UN_HOMBRE_ORIGINAL"><b>Un hombre original</b></a></td></tr> +<tr><td><a href="#NO_HAY_PERDON"><b>¡No hay perdón!</b></a></td></tr> +<tr><td><a href="#LAS_BELLAS_SABINAS"><b>Las bellas sabinas</b></a><br /> + <a href="#CUADRO_PRIMERO"><b>Cuadro primero, </b></a> +<a href="#CUADRO_SEGUNDO"><b>segundo, </b></a> +<a href="#CUADRO_TERCERO"><b>tercero</b></a></td></tr> +</table> + +<hr /> + +<p>Talleres "Calpe", Larra, 6 y 8.—MADRID <i>Leónidas Andreiev, uno de los +más grandes maestros de la literatura rusa moderna, acaba de morir a la +edad de cuarenta y siete años. Nacido en el centro de Rusia, en Orel, de +una familia pobre, estaba predestinado a una vida llena de miserias y de +privaciones. Pero su energía y su voluntad de hierro le han permitido +subir a las más altas cimas de la vida intelectual rusa. Después de +hacer sus estudios en el colegio, sin un céntimo en el bolsillo, sin +poder esperar ninguna ayuda material, partió para Petrogrado e ingresó +en la Facultad de Derecho.</i></p> + +<p><i>Cuenta en su autobiografía que durante los años de sus estudios +universitarios vivía en la más negra miseria y a veces estaba sin comer +dos días seguidos. En 1894, cansado de luchar, desesperado, intentó +suicidarse y se tiró un balazo en el pecho. Pero los médicos salvaron la +vida de quien algunos años más tarde debía ser gloria de la literatura +rusa.</i></p> + +<p><i>Sus primeras novelas,</i> El silencio, Había una vez <i>y otras, le dieron a +conocer inmediatamente. El mismo Tolstoi saludó la aparición de esta +estrella ascendente. El joven escritor tuvo un feliz principio. La +crítica le consagró elogiosos estudios: los editores solicitaban su +colaboración. Sus posteriores novelas pusiéronle al lado de otros dos +grandes novelistas rusos: Gorky y Chejov. Cada una de sus nuevas obras, +citaremos, entre otras</i>, Los siete ahorcados, Judas Iscariote, La risa +roja, El gobernador, Sachka Yegulev, Los espectros, <i>fueron un +acontecimiento literario.</i></p> + +<p><i>Actualmente es Andreiev el autor que más se lee en Rusia. Sus novelas, +así como sus obras de teatro, tienen un éxito incomparable. Sus +manuscritos son pagados a razón de docenas de miles de rublos. La mayor +parte de sus obras están traducidas a todas las lenguas europeas. En +España, Andreiev empieza a ser conocido gracias a las recientes +traducciones de sus obras</i> Sachka Yegulev, Los siete ahorcados, +<i>etc...</i></p> + +<hr class="half" /> + +<h3><a name="LOS_ESPECTROS" id="LOS_ESPECTROS"></a>LOS ESPECTROS</h3> + +<hr /> + +<p class="cap">I</p> + +<p>Cuando ya no cupo duda de que Egor Timofeievich Pomerantzev, el subjefe +de la oficina de Administración local, había perdido definitivamente la +razón, se hizo en su favor una colecta, que produjo una suma bastante +importante, y se le recluyó en una clínica psiquiátrica privada.</p> + +<p>Aunque no tenía aún derecho al retiro, se le concedió, en atención a sus +veinticinco años de servicios irreprochables y a su enfermedad. Gracias +a esto, tenía con que pagar su estancia en la clínica hasta su muerte: +no había la menor esperanza de curarle.</p> + +<p>Al comienzo de la enfermedad de Pomerantzev su mujer, de quien se había +separado hacía quince años, pretendió tener derecho a su pensión; para +conseguirla, hasta hizo que un abogado litigara en su nombre; pero +perdió la causa, y el dinero quedó a la disposición del enfermo.</p> + +<p>La clínica se hallaba fuera de la ciudad. Al lado del camino, su aspecto +exterior era el de una simple casa de campo, construida a la entrada de +un bosquecillo. Como en la mayoría de las casas de campo, su segundo +piso era mucho más pequeño que el primero. El tejado era muy alto, y +tenía la forma de un hacha invertida. Los días de fiesta, para alegrar a +los enfermos, se izaba en él una bandera nacional.</p> + +<p>En las mañanas apacibles de primavera y de otoño llegaban de la ciudad +los sones apagados de las campanas y el ruido sordo de los coches; pero, +en general, un silencio profundo reinaba en torno de la clínica, más +profundo que en la aldea próxima, donde se oían los ladridos de los +perros y los gritos de los niños. Allí no había ni perros ni niños. La +casa estaba rodeada de un alto muro. Alrededor se extendía una pradera, +que pertenecía a la clínica y se hallaba siempre desierta. A cosa de una +versta se alzaba, entre los árboles, la estrecha chimenea de una +fábrica, de la que no se veía nunca salir humo. La fábrica, perdida en +medio del bosque, parecía abandonada.</p> + +<p>Muy pocos de los que transitaban por el camino sabían que tras el alto +muro y las puertas cerradas había locos. Los demás—los campesinos que +pasaban en sus cochecillos saltarines, los cocheros de punto procedentes +de la ciudad, los ciclistas, siempre apresurados sobre sus máquinas +silenciosas—estaban habituados a ver el alto muro y no paraban en él la +atención. Si cuantos se encontraban en su recinto se hubieran escapado o +se hubieran muerto de repente, habríase tardado mucho en advertirlo; los +campesinos en sus cochecillos y los ciclistas sobre sus máquinas +silenciosas hubieran seguido pasando por delante del muro sin sospechar +nada.</p> + +<p>El doctor Chevirev no admitía en su clínica locos furiosos; por eso +reinaba en ella el silencio como en cualquier casa respetable, habitada +por gentes bien educadas. El único ruido que se oía a todas horas, desde +que, hacía ya diez años, se había abierto la clínica, era tan regular, +suave y metódico, que no se advertía, como no se advierten los latidos +del corazón o el acompasado sonido de un péndulo. Lo producía un enfermo +que llamaba a la puerta cerrada de su habitación. Estuviera donde +estuviera, siempre encontraba alguna puerta, a la que empezaba a llamar, +aunque bastase empujarla ligeramente para que se abriese. Si se abría, +buscaba otra y empezaba a llamar de nuevo; no podía sufrir las puertas +cerradas. Llamaba de día y de noche, sin poder apenas tenerse en pie, de +cansancio. Probablemente, la insistencia de su idea fija le había hecho +adquirir el hábito de llamar también durante el sueño; al menos, el +ruido regular, monótono, que hacía no cesaba en toda la noche. Además, +no se le veía nunca en la cama, y se suponía que dormía de pie, al lado +de la puerta.</p> + +<p>En fin, había gran tranquilidad en la clínica. Muy raras veces, casi +siempre durante la noche, cuando el bosque invisible, sacudido por el +viento, lanzaba gemidos lastimeros, alguno de los enfermos, presa de una +angustia mortal, empezaba a dar gritos. Por lo general, se acudía con +presteza a calmarlo; pero ocurría en ocasiones que el terror y la +angustia eran tales que resultaban ineficaces todos los calmantes, y el +enfermo seguía gritando. Entonces la angustia se les contagiaba a todos +los habitantes de la clínica, y los enfermos, como muñecos mecánicos a +los que se hubiera dado cuerda a la vez, empezaban a recorrer +nerviosamente sus habitaciones, agitando los brazos y diciendo cosas +estúpidas e ininteligibles. Todos, incluso los enfermos más apacibles, +llamaban violentamente a las puertas e insistían en que se los dejase +libres.</p> + +<p>Asustada, a punto de perder el juicio, la enfermera llamaba entonces por +teléfono al doctor Chevirev, que se encontraba en el restorán Babilonia, +donde acostumbraba a pasar las noches. El doctor poseía el don de +tranquilizar a los enfermos sólo con su presencia. Pero hasta mucho +tiempo después de su llegada los enfermos balbuceaban cosas fantásticas +detrás de la puerta de su cuarto y la clínica parecía un gallinero donde +hubiera entrado, durante la noche, una zorra.</p> + +<p>Pero esto ocurría raras veces y no se advertía fuera, porque el camino, +por la noche, estaba completamente desierto. Además, los gritos, al +través de los muros, parecían de hombres que estaban de broma, a lo que +contribuían no poco ciertos enfermos, que cantaban en sus momentos de +crisis.</p> + + +<p class="cap">II</p> + +<p>La habitación de Pomerantzev estaba arriba, y su ventana daba al bosque. +En verano, cuando penetraba por la ventana abierta el aroma de los pinos +y de las acacias y se veía sobre la mesa un vaso con flores, diríase +que, en efecto, era aquello una casa de campo. Adornaban las paredes +tres cuadros que Pomerantzev había llevado, así como un gran retrato de +su hijo, muerto de difteria hacía mucho tiempo; todo esto daba a la +habitación un aspecto muy agradable. Pomerantzev estaba satisfechísimo +de su cuarto, y se pasaba largos ratos contemplando los cuadros, de los +que uno representaba una muchacha guardando unos patos; otro, un ángel +bendiciendo la ciudad, y el tercero, un rapaz italiano. Invitaba a todos +a visitar su cuarto, y tenía una singular complacencia en que el doctor +Chevirev fuese a verle lo más a menudo posible. Si alguien—los enfermos +o el doctor—se resistía a visitarle, recurría a pequeñas astucias: +aseguraba que en su cuarto había un ruiseñor que cantaba admirablemente. +De esta manera procuraba atraer gente a su habitación. Los enfermos +estaban tan encantados como él de su aposento, y cuando les daba por +elogiar la clínica, hablaban de él en primer término. Desde un +principio, Pomerantzev se percató de que se hallaba en una casa de +locos, pero le tenía sin cuidado: estaba seguro de que, si quisiera, +podía convertirse en espíritu puro y volar así por todo el mundo. Los +primeros días de su estancia en la clínica volaba cotidianamente a la +ciudad, a su oficina; pero después le requirieron quehaceres de más +monta, y no atendió ya a su oficina, por falta de tiempo.</p> + +<p>Era de alta estatura, enjuto; tenía el pelo espeso, muy negro y +enmarañado. Era miope y llevaba lentes muy gruesos. Cuando se reía +enseñaba no sólo los dientes, sino las encías también, lo que producía +el efecto de que la risa rebosaba en todo su ser. Se reía con mucha +frecuencia. Tenía voz de bajo profundo.</p> + +<p>No tardó en trabar amistad con todos los demás enfermos, y ocupó entre +ellos un lugar de mucho relieve. Se constituyó en protector de sus +compañeros de clínica. Se imaginaba ser un personaje muy importante, de +una posición muy elevada; pero no tenía un concepto preciso de cuál era +tal posición, y sus ideas sobre ella cambiaban muy frecuentemente: tan +pronto se creía el conde Almaviva como el gobernador de la ciudad o un +taumaturgo y bienhechos de los hombres. La sensación de un poder enorme, +de una fuerza infinita y de una gran nobleza no le abandonaba jamás. Con +este motivo ponía en su modo de tratar a la gente una benevolencia de +gran señor, y rara vez era con ella severo y arrogante. Sucedía esto +cuando le llamaban «Egor», en lugar de «Georgi», como él quería que le +llamasen. Entonces se indignaba hasta saltársele las lágrimas, gritaba +que se intrigaba contra él y escribía largas quejas al Santo Sínodo y +al Capítulo de la Orden de Caballeros de San Jorge. El doctor Chevirev, +como recibiese una queja de aquéllas, le envió inmediatamente una +respuesta oficial en toda regla, en la que le daba una completa +satisfacción. Pomerantzev se calmó, y hasta hizo rabiar un poco al +doctor, que parecía muy asustado con la queja de su enfermo.</p> + +<p>—No hay que apurarse—tranquilizaba éste al doctor—. Ya está todo +arreglado.</p> + +<p>Los enfermos no eran muy numerosos en la clínica: once hombres y tres +mujeres. Vestían como solían hacerlo en su casa, y había que fijarse +mucho para darse cuenta de un pequeño desorden en su aspecto exterior, +desorden contra el cual Chevirev no podía hacer nada. Llevaban los +cabellos, por lo general, bien peinados. Las dos únicas excepciones eran +una señora que se obstinaba en llevarlos sueltos, lo que producía una +impresión cómica, y un enfermo, llamado Petrov, que llevaba el pelo y la +barba muy largos, por miedo a las tijeras, y no permitía que le pelasen, +por temor a que le degollaran.</p> + +<p>En invierno, los enfermos preparaban por sí mismos un lugar para +patinar, y se dedicaban con placer a dicho deporte. En primavera y +verano trabajaban en la huerta, cultivaban flores y parecían hombres +llenos de salud, normales. En todas estas ocupaciones, Pomerantzev era +siempre el primero. Sólo tres de los enfermos no tomaban parte en los +trabajos ni en los juegos: Petrov, el de la larga barba; el enfermo que +llamaba día y noche a las puertas, y una doncella cuarentona, de nombre +Anfisa Andreievna. Durante muchos años había estado empleada como ama de +llaves en casa de una condesa, algo parienta suya, donde dormía en una +cama muy corta, casi de niño, en la que no podía acostarse sin encoger +las piernas. Cuando se volvió loca, creía tenerlas encogidas para toda +la vida y encontrarse, por tanto, en la imposibilidad de andar. A toda +hora atormentábala el temor de que cuando muriese la colocaran en un +ataúd demasiado corto, donde no pudiera estirar las piernas. Era muy +modesta, suave, de lindo rostro exangüe, como se pinta a las monjas y a +las santas. Mientras hablaba, sus largos dedos blancos arreglaban los +encajes rotos de su peto. Le enviaban muy poco dinero para sus gastos, y +llevaba trajes extraños, hacía mucho tiempo pasados de moda.</p> + +<p>Tenía una confianza absoluta en Pomerantzev, y le rogaba con frecuencia +que se cuidase del ataúd cuando ella muriese.</p> + +<p>—Es verdad que el doctor me lo ha prometido; pero no tengo gran +confianza; su papel es engañarnos, mientras que usted es de los +nuestros. Además, no es gran cosa lo que le pido a usted: un ataúd largo +costará unos tres rublos más que un ataúd corto. Ya he sacado la cuenta. +Pero es preciso que alguien se cuide de eso. ¿Usted me lo promete?</p> + +<p>—¡Sí, señora! Cuente usted conmigo. Haré una colecta entre los enfermos +y se le construirá a usted un mausoleo en el cementerio.</p> + +<p>—Muy bien. Un mausoleo; me parece muy bien. Se lo agradezco a usted +muchísimo.</p> + +<p>Y su pálida faz se coloreaba ligeramente, como blanca nube matutina +herida por el primer rayo del sol.</p> + +<p>Hacía mucho tiempo que no creía en Dios, y un día, como hubieran llevado +a casa de la condesa unos iconos, cometió con uno de ellos un horroroso +sacrilegio. Con este motivo, se cayó en la cuenta de que había perdido +el juicio.</p> + +<p>Durante los paseos, que eran obligatorios para todos los enfermos, +Petrov se mantenía siempre a distancia por temor a un ataque súbito; en +verano llevaba en el bolsillo, para defenderse, una piedra, y en +invierno, un pedazo de hielo. El enfermo que llamaba a las puertas se +mantenía también a distancia. Después de pasar rápidamente por todas las +puertas abiertas, se detenía ante la del jardín y se ponía a llamar a +ella, sin apresurarse, insistentemente, de un modo monótono, con +intervalos regulares. Al principio de su estancia en la clínica tenía +los dedos hinchados y cubiertos de cicatrices; pero con el tiempo se +fueron tornando insensibles, la piel se endureció, y cuando llamaba, se +podía creer que sus dedos eran de piedra.</p> + +<p>Pomerantzev se creía obligado a charlar un poco con él siempre que le +encontraba.</p> + +<p>—¡Buenos días, señor! ¿Sigue usted llamando?</p> + +<p>—¡Sí!—respondía el otro, mirando a Pomerantzev con sus grandes ojos +tristes y extrañamente profundos.</p> + +<p>—¿No abren?</p> + +<p>—No—respondía el enfermo.</p> + +<p>Su voz era débil, suave, como un eco, y tan extrañamente profunda como +sus ojos.</p> + +<p>—¡Déjeme usted, voy a abrir!—decía Pomerantzev.</p> + +<p>Y empezaba a empujar la puerta, a forzar la cerradura; pero la puerta no +cedía. Entonces añadía:</p> + +<p>—Descanse usted un poco; mientras tanto, yo llamaré.</p> + +<p>Por espacio de algunos minutos, Pomerantzev llamaba concienzuda y +enérgicamente con el puño en la puerta. El otro descansaba, frotándose +las manos y mirando con ojos asombrados, y al mismo tiempo indiferentes, +al cielo, al jardín, a la clínica, a los enfermos. Era de elevada +estatura, hermoso y fuerte aún. El viento acariciaba su barba entrecana.</p> + +<p>Una vez se le acercó lentamente Petrov y le preguntó con voz queda:</p> + +<p>—¿Hay alguien detrás de la puerta? ¿Quién es?...</p> + +<p>—¡Es necesario que la abran!</p> + +<p>—¡Qué tontería! ¿Y si entra cuando usted la abre?</p> + +<p>—Es necesario que la abran.</p> + +<p>—¿Cómo se llama usted?</p> + +<p>—No lo sé.</p> + +<p>Petrov se rió recelosamente y, apretando el pedazo de hielo que llevaba +en el bolsillo, volvió de puntillas a su sitio, detrás de un árbol, +donde se sentía en seguridad relativa en caso de un ataque súbito.</p> + +<p>En general, los enfermos charlaban mucho y se complacían en la charla; +pero apenas habían cambiado las primeras palabras, no se escuchaban ya +los unos a los otros, y hablaba cada uno para sí. Merced a esto, sus +conversaciones tenían siempre para ellos un gran interés.</p> + +<p>Todos los días, el doctor Chevirev se sentaba, ya al lado de uno, ya al +lado de otro, y escuchaba atentamente lo que los enfermos decían. +Parecía que también él hablaba mucho; pero, en realidad, nunca decía +nada y se limitaba a escuchar.</p> + +<p>Todas las noches, desde las diez hasta las seis de la mañana, permanecía +en el restorán Babilonia, y era incomprensible cómo tenía tiempo para +dormir, para vestirse con tanto atildamiento, para afeitarse diariamente +y aun para perfumarse un poquito.</p> + + +<p class="cap">III</p> + +<p>Pomerantzev estaba siempre contento de todo y de todos. Además de estar +loco, padecía del estómago, de gota y otras muchas enfermedades; a veces +el doctor le ponía a régimen; a veces le privaba durante un día entero +de todo alimento; pero a Pomerantzev todo esto le tenía sin cuidado. +Estaba siempre de buen humor, incluso cuando no le daban nada de comer, +y se enorgullecía de sus enfermedades, dándole las gracias al doctor +Chevirev por la gota, que consideraba una enfermedad noble, con la que +su importancia adquiría aún mayor relieve.</p> + +<p>El día que el doctor observó por primera vez en él esta enfermedad, se +llenó de satisfacción y estuvo todo el día dando órdenes, con grave +acento, a los demás enfermos, que se distraían en levantar una montaña +de nieve; se imaginaba ser un general que vigilaba la construcción de +una poderosa fortaleza.</p> + +<p>No había nada que no mirase con ojos optimistas, y hasta en los males +encontraba siempre algo bueno. Una vez, en invierno, se inflamó de +repente la chimenea de la clínica; temíase un incendio, y todos los +enfermos estaban asustados. Sólo Pomerantzev se felicitaba; tenía la +seguridad de que el fuego había destruido a los malignos diablos que, +escondidos en la chimenea, aullaban durante la noche. En efecto: los +aullidos cesaron, y Pomerantzev escribió un extenso relato de lo que +había ocurrido y se lo envió al Santo Sínodo, que, por mediación del +doctor, le contestó dándole las gracias. De cuando en cuando volaba a la +ciudad, a su oficina; pero lo hacía cada vez más de tarde en tarde; +todas las noches recibía la visita de San Nicolás, con quien acudía, +volando, a todos los hospitales de la ciudad, y se dedicaba a curar +enfermos.</p> + +<p>Por la mañana levantábase agotado, cansado, con las piernas hinchadas y +un dolor horrible en todo el cuerpo, y tosía terriblemente durante horas +y horas.</p> + +<p>—¡Qué! ¿Cómo se encuentra usted hoy?—le preguntaba el doctor, +sentándose a su lado en la cama.</p> + +<p>Pomerantzev, esforzándose en contener la tos, respondía:</p> + +<p>—Me encuentro admirablemente. ¡Nunca me he sentido tan bien!</p> + +<p>Y cuando había logrado dominar definitivamente el acceso de tos, añadía +con una sonrisa jovial y los ojos brillantes.</p> + +<p>—Sólo estoy un poco cansado. No es extraño, por lo demás. ¡He visitado +esta noche tres hospitales! ¡Y he tenido en ellos no poco que hacer! +Figúrese usted que solamente en el hospital Detegzev había cinco niños +enfermos de fiebre tifoidea. Uno estaba casi muriéndose. Por fortuna, +San Nicolás le curó en seguida, soplándole en la cara. El niño se puso +al punto muy alegre y pidió de beber. Yo y San Nicolás lloramos de +alegría. ¡Palabra de honor!</p> + +<p>Los ojos de Pomerantzev se llenaron de lágrimas; pero se apresuró a +secárselas, y añadió en son de broma:</p> + +<p>—¡Vaya un doctor San Nicolás! No se parece usted a él...</p> + +<p>Pero inmediatamente, temiendo que el doctor se ofendiese, procuró +tranquilizarse:</p> + +<p>—¡No, no, querido doctor! No tome usted en serio lo que acabo de +decirle. Bien sé que es usted un hombre excelente y cumple +concienzudamente con su deber. Usted se parece a San Erasmo. También es +un buen santo.</p> + +<p>—¿Usted le ha visto?</p> + +<p>—¡Ya lo creo! Yo he visto a todos los santos.</p> + +<p>Y se puso a describir detalladamente los rostros de los santos, que, +desde luego, eran todos buenos y nobles.</p> + +<p>Después se levantó, dio algunas vueltas por la estancia, hizo algunos +ejercicios gimnásticos y, al fin, se detuvo junto a la ventana abierta.</p> + +<p>—¡La nieve comienza ya a derretirse!—dijo—. ¡Me da un gusto!... ¿Qué +vamos a hacer hoy, doctor?</p> + +<p>—¿Quiere usted romper el hielo del estanque?</p> + +<p>—¿Romper el hielo? ¡Dios mío, me entusiasma! Romper el hielo es ayudar +a la primavera. ¡Verdaderamente, doctor, es usted un hombre excelente!</p> + +<p>—Y usted un hombre feliz.</p> + +<p>Se separaron grandes amigos.</p> + +<p>Un cuarto de hora después, Pomerantzev, todo salpicado de hielo y de +nieve, trabajaba enérgicamente con la pala, hundiéndola en el hielo, ya +medio fundido y semejante a azúcar cande. El trabajo hacía entra en +calor a Pomerantzev, que estaba fatigado y sudando; pero se sentía feliz +y miraba con ojos encantados alrededor. El día primaveral sonreía. De +los tejados, de los árboles, del muro, caían lentamente gotas de agua, +que lo ennegrecían todo en torno. Se aspiraba el olor de la nieve +derretida, del estiércol, los mil olores indefinibles de la primavera.</p> + +<p>—¡Mire usted cómo trabajo!—gritaba Pomerantzev a la enfermera, una +muchacha bajita, envuelta en una capa de pieles.</p> + +<p>Estaba sentada en un banco, dando pataditas en el suelo para calentarse +los pies, y vigilaba a los enfermos. La naricita se le había puesto +encarnada a causa del frío.</p> + +<p>—¡Muy bien, Georgi Timofeievich!—respondió con voz débil, sonriéndole +afectuosamente—. Me gusta mucho verle a usted trabajar.</p> + +<p>Pomerantzev no ignoraba que la enfermera estaba enamorada de él, y, +aunque no podía corresponder a tal amor, respetaba sus sentimientos y +procuraba no comprometer a la muchacha con cualquier imprudencia. +Imaginábase que era una heroína que había abandonado a su opulenta y +aristocrática familia para cuidar a los enfermos, aunque, en realidad, +era una pobre huérfana sin parientes. Estaba seguro de que la cortejaban +oficiales de la guardia imperial, y ella los rechazaba para consagrarse +por entero a su deber penoso. Se mantenía con ella en una actitud +particularmente respetuosa, la saludaba con extremada cortesía, la +llevaba del brazo a la mesa y le enviaba en verano, con el guarda, ramos +de flores; pero evitaba cuidadosamente el quedarse solo con ella, para +no ponerla en una situación falsa.</p> + +<p>A propósito de esta enfermera tenía frecuentes disputas con el enfermo +Petrov, que la juzgaba de una manera harto distinta. Petrov afirmaba que +era, como por lo demás lo eran todas las mujeres, perversa, embustera, +incapaz de un sincero amor.</p> + +<p>—Después de hablar con alguien—decía—, se burla de él. Hace un +momento, por ejemplo—seguía diciéndole confidencialmente a Pomerantzev, +acariciándose la larga barba—, hace un momento coqueteaba con usted y +conmigo, y estoy seguro de que ahora se está burlando de nosotros, y, +escondida detrás de la puerta, ¡está llamándonos imbéciles! ¡Está ahí, +créame usted! Hasta juraría que está haciéndonos muecas. ¡Oh, conozco +muy bien a esa maligna criatura!</p> + +<p>—¡Se engaña usted! ¡Yo sí que la conozco!</p> + +<p>—Pues está ahí, detrás de la puerta. La oigo. ¿Quiere usted que la +sorprendamos?</p> + +<p>Y los dos, cogidos de las manos, se acercaban lentamente, de puntillas, +a la puerta. Petrov la abría bruscamente.</p> + +<p>—¡Se ha escapado!—decía con tono triunfal—. Ha oído nuestra +conversación y ha huido. ¡Oh, son el diablo! Es muy difícil +sorprenderlas. Puede uno perseguirlas toda la vida sin tener buen éxito +nunca.</p> + +<p>Un día afirmó que la enfermera era la querida del guarda y había tenido +con él un niño, a quien acababa de matar; le había ahogado con una +almohada, y por la noche le había enterrado en el bosque. El sabía hasta +el sitio donde el pobre niño estaba enterrado.</p> + +<p>Pomerantzev, indignado al oír tales acusaciones, retrocedió unos cuantos +pasos, tendió solemnemente la mano derecha y dijo con voz grave:</p> + +<p>—¡Señor Petrov, es usted un monstruo! No volveré nunca a darle a usted +la mano. Voy a pedir a nuestros compañeros que juzguen su conducta +innoble.</p> + +<p>Y, en efecto, dio al punto principio a la organización de un tribunal. +Pero la tentativa fracasó. Cuando Pomerantzev hubo conseguido que todos +los enfermos se sentasen en semicírculo, la señora de los cabellos +sueltos propuso de repente que se jugase un rato al anillo, y no hubo ya +tribunal posible.</p> + +<p>Media hora después, Pomerantzev y Petrov charlaban amistosamente, como +si nada hubiera ocurrido: habían olvidado por completo su desavenencia. +Y hablaban, precisamente, de la enfermera y de su belleza; uno y otro +estaban de acuerdo en que tal belleza existía; pero Pomerantzev afirmaba +que era una belleza de ángel, mientras que Petrov sostenía que era una +belleza de demonio. Luego Petrov habló largamente, en voz baja, de sus +enemigos.</p> + +<p>Tenía enemigos que habían jurado perderle. Con apariencia de +informaciones financieras publicaban en los periódicos artículos en +contra suya, llenos de calumnias y de insinuaciones; sostenían contra él +una campaña persistente, por medio de carteles y de prospectos; le +perseguían por todas partes en automóviles ruidosos; le acechaban detrás +de los árboles. Habían sobornado a los hermanos de Petrov y a su anciana +madre, que todos los días le echaba veneno en la comida, por lo que él +no se atrevía a comer y estuvo a punto de morirse de hambre. Sí, eran +poderosísimos sus enemigos, podían filtrarse al través de las piedras, +de las paredes y de los árboles. Un día pasaba por el bosque, y un árbol +se inclinó sobre su cabeza y tendió las ramas para estrangularle. Al +levantarse por la mañana no estaba seguro de pertenecer por la noche al +mundo de los vivos; al acostarse, no tenía ninguna certeza de que no le +asesinarían durante la noche. Sus enemigos poseían el don de penetrar en +su cuerpo; ocurría a menudo que su pierna o su brazo no le obedecían, +paralizados por ellos. Podían también penetrar en su alma; con +frecuencia, por la mañana, trataban de impulsarle al suicidio y le daban +consejos sobre el mejor modo de realizarlo; una vez le habían aconsejado +que rompiese un cristal de la ventana y con uno de los pedazos se +cortase la arteria del brazo izquierdo por encima del codo. El doctor +Chevirev no ignoraba que Petrov era perseguido por numerosos enemigos. +La antevíspera, por la noche, había llegado a decirle:</p> + +<p>—¡Es usted un hombre muy desgraciado, Petrov!</p> + +<p>A Petrov le complació mucho oír aquellas palabras de verdad y de +compasión, mucho más apreciables sabiendo, como sabía él perfectamente, +que el doctor era un vulgar egoísta, un borracho y un libertino, que +había fundado su clínica con el único objeto de explotar a los +imbéciles. Era muy probable que el doctor fuese también cómplice de su +madre y que sólo esperase el momento favorable para perderle. El +domingo anterior Petrov había visto con sus propios ojos a su madre, +que, escondida detrás de un árbol, miraba fijamente a su ventana; cuando +le oyó gritar, se marchó corriendo. Era un hecho real, y, no obstante, +el doctor afirmaba que no había nadie en el jardín. Pero él la había +visto allí, detrás de aquel árbol, con su gorra de piel y sus terribles +ojos fijos en la ventana.</p> + +<p>Al contar todo esto a Pomerantzev, parecía lleno de un terror que +apagaba su voz y se manifestaba también en la agitación de su barba. Ni +siquiera advirtió la salida de Pomerantzev, y solo en su aposento, iba y +venía con paso nervioso, se oprimía con desesperación la cabeza entre +las manos, hablaba efusivamente y lloraba. Luego comenzó a amenazar con +los puños cerrados a sus enemigos invisibles y a llorar aún más +amargamente, con mayor desconsuelo. Algunos instantes después, como si +se hubiera acordado de algo, se animó, y con los ojos brillantes se +asomó a la ventana: acechaba a su madre. Permaneció asomado a la ventana +una hora entera. Muchas veces creyó divisar detrás de la esquina la +gorra de piel, los ojos terribles y el pálido rostro maternos. Se +disponía ya a lanzar un grito de horror, cuando la visión desapareció. +En torno se derretía la nieve, pesadas gotas de agua caían del tejado, +de los árboles, del muro. El aire tibio, límpido, de la primavera +envolvía el jardín. El día era claro, luminoso.</p> + +<p>La excitación de Petrov desapareció, así como los pensamientos +fragmentarios que turbaban su espíritu. Sólo le quedó una honda +tristeza.</p> + +<p>Se tendió en la cama. La tristeza, como si fuera un ser viviente, se +posó en su pecho y le clavó las garras en el corazón. Así permanecieron +ambos, estrechamente unidos, mientras fuera, en el jardín, caían gruesas +gotas de nieve derretida, y todo era claridad, luz radiante.</p> + +<p>Se oía, hacia el estanque, una risa jovial; era Pomerantzev, que echaba +al agua barquitas de papel y se reía, lleno de júbilo.</p> + + +<p class="cap">IV</p> + +<p>La enfermera María Astafievna no estaba enamorada de Pomerantzev; desde +hacía tres años, el tiempo que llevaba en la clínica, amaba +desesperadamente al doctor Chevirev y no se atrevía a decírselo. Le +amaba por su inteligencia, por su hermosura varonil, por la nobleza de +su corazón, por los perfumes especiales y aristocráticos que exhalaba +siempre; le amaba, en fin, porque no hablaba nunca y porque parecía +solitario y desgraciado.</p> + +<p>En las tres piezas del piso superior que habitaba el doctor no había +detalle del mobiliario, pedazo de papel ni cuadro que no le fuesen +familiares. Abría afanosa cuantos libros le veía a él leer, como +buscando en sus páginas el rastro de su mirada melancólica. Se sentaba +en todos los sillones y canapés, pensando que el doctor había estado +sentado en ellos. Una noche, hallándose el doctor, según su costumbre, +en el restorán Babilonia, llegó a tenderse con cuidado en la cama. En la +almohada quedó la huella de su cabeza; asustada, iba a hacerla +desaparecer, cuando, pensándolo mejor, renunció a su propósito, y toda +la noche, entre las burdas sábanas de la clínica, abrasándose de rubor, +de placer y de amor, estuvo besando locamente su almohada blanca de +doncella. Sobre el tocador del doctor había encontrado hacía tiempo un +frasco de esencia, y había perfumado su pañuelo, que guardaba como si +fuese un objeto precioso, y cuyo perfume saboreaba como saborea un +borracho el aroma del vino.</p> + +<p>Además de las tres estancias habitadas, había en el piso superior otra +más, completamente desierta y con una ventana italiana que abarcaba casi +por completo la pared. La acristalaban multitud de pequeños vidrios de +colores y de una misión arquitectónica puramente estética; mirada desde +fuera, era grata a la vista; pero causaba una impresión turbadora y +extraña mirada desde dentro. Siempre que la enfermera subía al piso +alto, permanecía largo rato en aquel aposento, contemplando, al través +de la vidriera policroma, el paisaje conocidísimo, y, sin embargo, +extraordinario, que se veía desde allí. El cielo, el muro, el camino, la +pradera y el bosque, mirados al través de los vidrios rojos, amarillos, +azules y verdes, cambiaban de un modo fantástico; el efecto, mirando al +través del conjunto de los cristales, era el de una gama; pero si se +miraba al través de un solo cristal, se experimentaba una emoción que +variaba según el color. La correspondiente al amarillo era muy +inquietante; el paisaje parecía anunciar alguna desgracia, evocar +vagamente algún terrible crimen. Al mirar al través del cristal +amarillo, la enfermera sentía una tristeza infinita y perdía toda +esperanza de que el doctor Chevirev se casara con ella. A no ser por +aquel cristal, le hubiera confesado, hacía mucho tiempo, su amor. Y +siempre se juraba no volver a mirar por aquella ventana; pero miraba, +sin embargo, llena de susto y de tristeza ante el extraño cambio del +paisaje conocidísimo. La proximidad de la ventana al gabinete del doctor +la inquietaba mucho, como si presintiera en ella un riesgo cercano y +misterioso.</p> + +<p>La soledad del doctor le inspiraba algo así como un sentimiento +maternal. Cuidaba su ropa y sus libros, y sentía mucho que su autoridad +no se extendiese a la cocina, tanto más cuanto que, a su juicio, el +doctor comía muy mal.</p> + +<p>Tenía celos de los enfermos, del guarda, al que el doctor confiaba a +veces misiones misteriosas; de cuantos trataban con su ídolo. Guardaba +en la cómoda, amorosamente, junto al pañuelo perfumado, un grueso +cuaderno, donde escribía sus más íntimos pensamientos y donde le rogaba +al doctor que renunciase a sus visitas cotidianas al restorán +Babilonia, al champaña y a la vida de libertino que ella sospechaba. +Cuando escribió la palabra «libertino» experimentó un dolor tan intenso, +tuvo tanta vergüenza del doctor y de sí misma, que no pudo ya escribir +más; habiéndose tendido, sin soltar el cuaderno, en la cama, estuvo +llorando toda la noche y emborronó con sus lágrimas dos páginas.</p> + +<p>En el mismo cuaderno se brindaba al doctor Chevirev, pero a condición de +que se casase con ella y renunciase a Babilonia y al champaña. +Demostraba que, desde el punto de vista económico, eso sería muy +ventajoso para el doctor; una vez casada con él, dejaría de cobrar +sueldo. Además, prometía ampliar, con la autorización del doctor, la +clínica, y mejorar las condiciones de vida de los enfermos, puesto que +sabía bastante psiquiatría y se hacía cargo de los defectos de la +clínica. Le rogaba al doctor—siempre en el cuaderno—que resolviese la +cuestión lo más pronto posible, pues ella había ya cumplido veinticuatro +años y pronto comenzaría a marchitarse.</p> + +<p>Hacía ya dos años que guardaba el cuaderno, y nunca se atrevía a +entregárselo al doctor. A menudo, en su timidez y su desesperación, +llamaba a la muerte. Cuando se muriese, el doctor leería de seguro lo +que ella había escrito.</p> + +<p>El doctor no sospechaba nada. Todas las noches, a las diez, se iba al +restorán Babilonia y no volvía hasta el amanecer. Y siempre se +encontraba en el corredor, al volver, a la enfermera, que le esperaba.</p> + +<p>—¿No se ha acostado usted aún?—preguntaba con tono indiferente—. +¡Buenas noches!</p> + +<p>Ella respondía, con voz apenas perceptible:</p> + +<p>—¡Buenas noches!</p> + +<p>En el restorán Babilonia, el doctor Chevirev era considerado como un +viejo cliente, que casi formaba parte de la casa, y como un personaje +importante, que ocupaba el primer lugar después del dueño del hotel. +Conocía por sus nombres a todo el personal, así como a todos los +miembros de la orquesta y a todos los cantores y cantatrices rusos y +bohemios. Tomaba parte en las alegrías y en las tristezas del +establecimiento, arreglaba a menudo las desavenencias entre la +administración y los clientes borrachos. Todas las noches se bebía tres +botellas de champaña, ni una más ni una menos. Considerándose allí no un +médico, sino un particular, se permitía, en ocasiones, sonreír, lo que +no hacía nunca en la clínica; pero hablaba tan poco como en dicho lugar.</p> + +<p>Hasta las doce o la una permanecía en la sala común, ante una de las +innumerables mesitas, en medio de un mar abigarrado de rostros, de +voces, de trajes, la espalda casi vuelta a la escena, donde aparecían de +vez en cuando cantores, cantatrices, juglares, acróbatas. Resonaban en +toda la sala el ruido de las copas y de los platos, las voces sonoras, +que se unían en un conjunto monótono y regular; la atmósfera estaba +impregnada de perfumes de mujer y de vapores de vino; hermosas mujeres, +muy pintadas, deslizándose entre las mesas, sonreían al doctor; todo +estaba inundado de una luz eléctrica deslumbradora.</p> + +<p>Unos se iban y otros ocupaban sus puestos; pero se diría que siempre +eran los mismos; tal semejanza había entre ellos, al fulgor de la luz +eléctrica, en medio del ruido incesante y del olor de los perfumes y del +vino. No de otra manera, durante una nevada, caen ante los cristales de +una ventana iluminada millares de copos de nieve. Y parece que son +siempre los mismos, siendo en realidad siempre otros, en su constante +tránsito de lo obscuro a lo obscuro.</p> + +<p>No se advertía cómo transcurrían las horas. Las botellas se vaciaban. El +ruido y el calor aumentaban; la atmósfera se iba poniendo poco a poco +más turbadora y excitante. Había momentos, al contrario, en que el ruido +se debilitaba casi hasta el silencio, y entonces oíase cualquier palabra +aislada que se pronunciase en el otro extremo del salón; pero +inmediatamente el ruido se hacía más intenso; intermitente, irregular, +parecía subir una escalera de escalones ruinosos y caer, para seguir +subiendo luego, dispersándose al cabo, como los fuegos artificiales, en +mil chispas multicolores, rojas, verdes, amarillas. En tales momentos, +se diría que nuevas voces, ya fuertes, ya suaves, se mezclaban con los +gritos de la multitud abigarrada; gritos aislados flotaban a veces sobre +el ruido general, semejantes a copos de espuma sobre las olas: risas +nerviosas, histéricas, fragmentos de canciones, juramentos furiosos. A +medida que avanzaba el tiempo, iban siendo más numerosas y frecuentes +las voces iracundas que votaban y renegaban. No se sabía la garganta de +donde salían; atravesaban el espacio a modo de murciélagos cegados por +la luz deslumbrante. El olor de los perfumes y el vino se iba haciendo +más fuerte e impedía la respiración, como si el aire que impregnaba +huyese de las bocas, ávidamente abiertas. Hacia la una o las dos de la +madrugada solían llegar algunos hombres y mujeres que el doctor conocía; +en Babilonia había tenido ocasión de conocer a casi toda la ciudad. La +alegre comparsa ocupaba en seguida un gabinete particular e invitaba al +doctor Chevirev. Se le acogía siempre con gritos alegres y bromas; +algunos, que se consideraban sus amigos, le abrazaban. Ayudaba a +componer el menú de la cena; elegía los vinos; indicaba los mejores +cantantes y cantatrices, a quienes se invitaba también al gabinete. +Luego se sentaba en un extremo de la mesa, con su botella de champaña, +que los criados le llevaban cada vez que cambiaba de sitio. Cuando le +dirigían la palabra se sonreía, y diríase que hablaba mucho, aunque +guardaba, en realidad, casi siempre silencio.</p> + +<p>Al principio, la temperatura en el gabinete era bastante baja; pero no +tardaba la atmósfera en caldearse. Como la habitación era mucho más +reducida que el salón general, cuanto pasaba en ella parecía más extraño +y más desordenado. Se bebía, se reía, hablaban todos a la vez, no +oyendo sino sus propias palabras; se cambiaban declaraciones de amor, +abrazos y, a veces, bofetadas.</p> + +<p>La gente variaba diariamente. Ante el doctor Chevirev pasaban artistas, +escritores, pintores, comerciantes, aristócratas, empleados públicos, +oficiales llegados de provincias. Había en la tertulia <i>cocottes</i>, +señoras honorables y, en ocasiones, muchachas puras e inocentes, +encantadas de cuanto veían y que se emborrachaban a la primera gota de +vino. No obstante su diversidad, toda aquella gente hacía lo mismo.</p> + +<p>No tardaban en entrar los bohemios, los hombres altos, de cuello largo y +cara triste y aburrida; las mujeres modestas, vestidas casi todas de +negro, indiferentes a las conversaciones, a las palabras que se les +dirigían y a los vinos que había en la mesa. Luego, de repente, +empezaban todos a gritar, y el gabinete se llenaba de una alegría loca, +de una tempestad de sonidos, de un huracán de pasiones, como si todo se +trastornase y desencadenase. Luego comenzaban los bailes. Cualquier +esqueleto vestido de mujer daba vueltas como un peón junto a la mesa, en +una danza loca, frenética. El silencio reinaba de nuevo, y de nuevo se +veían mujeres modestas vestidas de negro y hombres de cara seria y +triste. Durante un rato, las mujeres, cansadas, respiraban más +pesadamente, y temblaban las manos de la que acababa de bailar.</p> + +<p>Una joven bohemia morena comenzaba a cantar un «solo». Bajaba los ojos. +Todos deseaban vérselos; pero ella no los levantaba. Hermosa, morena, +como enajenada, cantaba:</p> + +<p class="poem"> +<span style="margin-left: 3em;">Ni debo amarte ni olvidarte puedo,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">y hondo dolor mi corazón destroza.</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">¡Contigo, el crimen, y sin ti, la muerte!</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Lejos de ti, todo en mi vida es sombra.</span><br /> +<span style="margin-left: 3em;">Aunque maldigo mi pasión insana,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">me complazco en sus cuitas deliciosas.</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Ni quiero amarte ni olvidarte puedo.</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">¡Malhaya el lazo!; pero ¿quién lo corta?</span><br /> +</p> + +<p>De esta suerte cantaba, sin mirar a nadie, morena, hermosa, como +enajenada; parecía que lo que cantaba no fuese una canción, sino la +realidad, y en todos producía una impresión de realidad. La tristeza +invadía las almas, los corazones se llenaban de la nostalgia de algo +desconocido y bello, la memoria evocaba algo que quizá no había existido +nunca. Y todos, los que habían conocido el amor y los que no lo habían +conocido jamás suspiraban y bebían vino ávidamente. Y mientras bebían +percatábanse de que la vida sobria que habían llevado hasta entonces no +era sino una mentira, un engaño; de que la verdadera vida, la real, +estaba allí, en aquellos lindos ojos bajos, en aquellas exaltaciones del +sentir y el pensar, en aquel vaso que acababa alguien de romper, +derramando sobre el mantel un vino color de sangre.</p> + +<p>Se aplaudía con entusiasmo a la cantatriz, y se pedían más vino y más +canciones. Luego, a petición del doctor Chevirev, cantaba una bohemia +entrada en años, de rostro enflaquecido y enormes ojos rasgados; aludía +en sus cantos al ruiseñor, a las citas amorosas en el jardín, al amor +juvenil y a los celos. Estaba embarazada de su sexto hijo. Junto a ella +se hallaba su marido, un alto bohemio, vestido de levita, con una +mejilla hinchada a causa del dolor de muelas, que la acompañaba con la +guitarra. Ella cantaba, refiriéndose en sus canciones al ruiseñor, a las +noches de luna, a las citas deliciosas en el jardín, al amor juvenil, y +también las cosas que cantaba producían una impresión de realidad, a +pesar de su embarazo y de su rostro envejecido.</p> + +<p>Y así hasta el amanecer.</p> + +<p>El doctor Chevirev no se esforzaba por conservar en la memoria los +nombres de sus amigos del Babilonia, y no se daba cuenta de que +desaparecían y eran reemplazados por otros. Callaba, sonreía cuando se +dirigían a él, bebía su champaña mientras los demás gritaban, bailaban +con los bohemios, se regocijaban o se entristecían, reían o lloraban. +Generalmente, una alegría estúpida reinaba en la tertulia, lo que no era +óbice para que a veces también ocurrieran en ella cosas lamentables.</p> + +<p>Hacía dos años, mientras una joven y bella bohemia cantaba, un +estudiante se pegó un tiro; se fue a un rincón, se inclinó como para +escupir y se disparó el revólver en la boca, que olía aún a vino. Otra +noche, uno de los amigos del doctor, momentos después de abrazarle y +marcharse del Babilonia, fue desvalijado y asesinado en un garito. +Algunos años antes, el doctor había conocido allí a su enfermo Petrov; +en aquella época, Petrov llevaba una linda perilla, reía, derramaba vino +en los floreros y cortejaba a una hermosa bohemia. A la sazón llevaba +una larga barba descuidada y estaba recluido en un manicomio; la bohemia +había desaparecido. O quizá no había existido en la vida y el doctor se +la había inventado. ¿Quién sabe?</p> + +<p>A las cinco de la mañana, el doctor Chevirev acababa su tercera botella +de champaña, y se iba a su casa. En invierno, como todavía era de noche +a dicha hora, tomaba un coche; pero en primavera y en verano, si hacía +buen tiempo, se iba a pie. No tenía que andar sino cinco o seis +kilómetros hasta su clínica. Había que atravesar una gran aldea, seguir +después el camino, a ambos lados del cual extendíase la campiña, y +cruzar, por último, el bosque.</p> + +<p>El sol se levantaba, y parecía que sus ojos estaban aún rojos de sueño; +todo alrededor—el bosquecillo, los árboles, el polvo del camino—se +hallaba ligeramente teñido de un color rosa pálido. El doctor se cruzaba +de vez en cuando con campesinos y campesinas, que se dirigían en sus +cochecillos al mercado de la ciudad. En su cara y en su actitud se +reflejaba aún la impresión del frío de la noche. Tras los cochecillos se +alzaban leves nubes de polvo. Junto a una taberna jugaban unos perritos. +De vez en cuando pasaban por el camino hombres con sacos a la espalda, +gentes misteriosas, de esas que siempre, a toda hora, van a alguna +parte. El bosque estaba húmedo aún; los rayos del sol no habían tenido +tiempo de ahuyentar el frescor nocturno; por eso el doctor Chevirev +prefería dar un rodeo y caminar por campo abierto.</p> + +<p>Bien afeitado, muy currutaco con su sombrero de copa, balanceaba +negligentemente su mano enguantada, y silbaba, acompañando a los +pájaros, cuyas canciones resonaban en la atmósfera. Dejaba tras sí, en +el aire fresco de la mañana, un ligero olor a perfumes, a vino y a +fuertes cigarros.</p> + + +<p class="cap">V</p> + +<p>Al verano siguió el otoño, frío y lluvioso. Durante dos semanas, la +lluvia casi no cesó. En las raras horas de intervalo, nieblas frías +alzábanse por todos lados, a modo de cortinas de humo.</p> + +<p>Un día cayó en gruesos copos blancos la nieve; se extendió como un +blanco tapiz desgarrado sobre la hierba, verde aún, y en seguida se +derritió, aumentando la frialdad y la humedad del aire.</p> + +<p>En la clínica se encendían las luces a las cinco de la tarde. En todo el +día no se veía un rayo de sol, y los árboles, tras los cristales, +agitaban tristemente las ramas, como queriendo despojarse de las últimas +hojas.</p> + +<p>El ruido incesante de la lluvia sobre el tejado de cinc, la ausencia del +sol y la falta de distracciones, ponían a los enfermos nerviosos, +excitados. Les daban más a menudo ataques y se quejaban constantemente. +Algunos se resfriaron, entre otros el enfermo que llamaba a las puertas, +el cual tuvo una inflamación pulmonar, y durante algunos días estuvo a +la muerte. Al menos, el doctor afirmaba que cualquier otro, en su lugar, +no sobreviviría. Diríase que su indomable voluntad, su loca idea fija de +las puertas que debían abrirse, le habían hecho invulnerable, casi +inmortal, y que la enfermedad no podía nada contra su cuerpo, olvidado +hasta por él mismo. Ni soñando dejaba de hablar de las puertas, de +rogar, de suplicar y aun de exigir con voz terrible y amenazadora que +las abriesen; la enfermera tenía miedo de quedarse con él de noche, +aunque le habían puesto una camisa de fuerza y le habían atado a la +cama. Mejoraba rápidamente. El doctor dio orden de que le dejasen +siempre abierta la puerta de la habitación, y el enfermo no se acordaba +de que había en la casa otras puertas cerradas, y estaba muy contento. +Pero desde que abandonó el lecho se le oyó llamar a la puerta vecina.</p> + +<p>Pomerantzev también se resfrió. Tuvo un fuerte romadizo; además perdió +la voz, y sólo podía hablar bajito. Sin embargo, estaba de excelente +humor. En el verano había sembrado una mata de sandías, y cuando +estuvieron en sazón le regaló la más hermosa a la enfermera. Esta quiso +dársela a la cocinera para que la sirviese en la mesa; pero Pomerantzev +no lo permitió; la colocó él mismo sobre el velador, en la habitación de +la enfermera, y acudía a cada momento a admirarla: le recordaba +vagamente el globo terráqueo y le sugería grandes ideas.</p> + +<p>El doctor le regaló diez tarjetas postales ilustradas, y Pomerantzev se +dedicó a la tarea de componer un catálogo de sus cuadros. Trabajó +durante mucho tiempo en el dibujo de la cubierta. Comenzó por dibujar su +propia persona, como propietario de los cuadros, y esto le gustó tanto +que repitió el retrato en todas las páginas. Luego le pidió al doctor +una gran hoja de papel, y dibujó una vez más su imagen, bajo la que +escribió con letras muy grandes: «Georgi el Victorioso». Colocó el +cuadro en una pared del comedor, muy cerca del techo, y los enfermos que +lo veían le felicitaban.</p> + +<p>Pero el mal tiempo ejercía también sobre él una influencia perniciosa. +Sus ensueños nocturnos tornábanse inquietantes y belicosos. Todas las +noches le atacaba una turba de diablos chorreando agua, y de mujeres +rojas, de aspecto infernal, que se parecían a la suya. Luchaba largo +rato, denodadamente, con sus enemigos, y acababa por ponerlos en fuga; +diablos y mujeres huían a todo correr ante su espada flamígera, lanzando +gritos de terror y gemidos lastimeros. Pero por la mañana, después de +tan fieras batallas, estaba tan cansado que, para recobrar las fuerzas, +tenía que quedarse en la cama un par de horas más.</p> + +<p>—Naturalmente, yo también he recibido algunos golpes—le confesaba +francamente al doctor Chevirev—. Un diablo muy grande ha cogido una +viga y me la ha tirado entre las piernas, me ha hecho caer y ha +pretendido estrangularme. Pero yo he acabado por vencerle. ¡Se ha +llevado lo suyo!... Me han amenazado cuando huían con volver esta noche. +Si oye usted ruido, no se asuste; pero venga y verá. ¡Es interesante; se +lo aseguro!</p> + +<p>Y seguía durante largo rato, con gran copia de curiosos detalles, +hablando del combate nocturno.</p> + +<p>Pero, de todos los enfermos, el que peor estaba era Petrov. Las nieblas +del otoño, que por las ventanas invadían la clínica, le inspiraban la +idea de que todo se había acabado, y a cada momento esperaba un suceso +terrible. El presentimiento de una desgracia próxima era en él tan +intenso, que permanecía horas y horas inmóvil, sin atreverse a +levantarse. Estaba seguro de que mientras no se moviese nada malo podía +ocurrirle, y de que con sólo levantarse, con sólo moverse de su sitio, +con sólo volver la cabeza, la desgracia terrible ocurriría +inmediatamente. Pero una vez en pie, y habiendo comenzado a andar, no se +atrevía ya a pararse, pues se le antojaba que el peligro estaba +precisamente en la quietud. Y andaba más aprisa a cada momento, +volviéndose con una frecuencia creciente, lanzando en todas direcciones +miradas de pavor, hasta que caía muerto de cansancio en la cama.</p> + +<p>Por la noche escondía la cabeza bajo las almohadas y las sábanas, de tal +manera que se ahogaba; pero no se atrevía a sacarla, aunque la +habitación estaba bien alumbrada y frente a la cama dormía una +enfermera, a quien el doctor, en vista del estado inquietante de Petrov, +había encargado de vigilarle toda la noche. Como durante el día, Petrov +unas veces no se atrevía a moverse y parecía un cadáver, y otras sacudía +todo el cuerpo, como si temblara de frío. Todo su horror se concentraba +en su madre, en la pobre vieja de cara pálida. No pensaba ya que fuera +cómplice de los médicos que querían perderle. Ni siquiera razonaba el +horror que le inspiraba; pero temía ver su cara y oírle decir: «¡Hijito +mío!»</p> + +<p>No sabía lo que ocurriría en ese momento, y no se atrevía a pensarlo. Y +a toda hora sentía que la pobre vieja estaba allí, muy cerca. Estaba +seguro de que se paseaba por el bosque vecino, con su gorro de pieles, y +de que se ocultaba debajo de la mesa, debajo de la cama, en todos los +rincones obscuros. Durante la noche permanecía en pie detrás de la +puerta, tratando de abrirla suavemente.</p> + +<p>El domingo anterior, por la mañana, había estado a verle. Durante una +hora estuvo llorando en el aposento del doctor; Petrov no la vio; pero a +media noche, cuando todos dormían ya, tuvo un ataque de locura. Se llamó +a toda prisa al doctor, que estaba en Babilonia, y cuando llegó, Petrov +se encontraba ya mucho mejor, gracias a la presencia de gente y a una +fuerte dosis de morfina que le habían dado; pero seguía temblando de +pies a cabeza y jadeando. Medio ahogándose, iba y venía de un cuarto a +otro y renegaba de todo y de todos: de la clínica, del personal, de la +enfermera, que se dormía en vez de velar. Cuando entró el doctor, le +recibió lleno de ira.</p> + +<p>—¡Tiene gracia esta casa de locos!—gritaba sin dejar de andar—. ¡Vaya +una casa de locos! Ni siquiera cierran las puertas de noche, y +cualquiera... si le da la gana... ¡Me quejaré! Si no puede usted ni +tener un guarda, ¿para qué se mete a abrir clínicas? ¡Es una bribonada! +¡Sí, señor, una bribonada! ¡Roba usted a sus enfermos! ¡Abusa de su +confianza! Le creen a usted un hombre honrado, y usted...</p> + +<p>—A ver el pulso—dijo el doctor Chevirev.</p> + +<p>—Tómemelo, si quiere; pero no se crea que voy a dejarme engañar con el +pulso y otras zarandajas.</p> + +<p>Petrov se detuvo, y, mirando con ira el rostro afeitado del doctor, +preguntó de repente:</p> + +<p>—¿Estaba usted en el Babilonia?</p> + +<p>El doctor hizo con la cabeza un signo afirmativo.</p> + +<p>—¡Qué! ¿Se está bien allí?</p> + +<p>—Sí.</p> + +<p>—¡Ya lo creo que se está bien! ¿Por qué no? Sin embargo, hay que tener +cuidado de que cierren las puertas. No hay que olvidar la clínica por el +Babilonia.</p> + +<p>Se echó a reír a carcajadas; pero sus labios temblaban, y su risa +parecía el ladrido de un perro con frío.</p> + +<p>—Sí; voy a dar orden de que cierren siempre las puertas. Le ruego a +usted que me perdone; ha sido un descuido del personal.</p> + +<p>—Para usted tal descuido acaso no tenga importancia, mientras que para +mí podría tenerla muy grande. Pero le perdono a usted por esta vez.</p> + +<p>Luego, dirigiéndose al enfermero y a los guardas, les dijo severamente:</p> + +<p>—¿Han oído ustedes? ¡Cierren en seguida las puertas!</p> + +<p>Y añadió riendo:</p> + +<p>—De lo contrario, yo y el doctor nos iremos inmediatamente a pasar el +rato al Babilonia.</p> + +<p>Cuando se logró que Petrov se retirase a su aposento y se acostase, el +doctor subió a sus habitaciones. En el corredor, junto a la escalera, +encontró a la enfermera; se hallaba completamente vestida, y sus ojos +brillaban.</p> + +<p>—¡Doctor!—murmuró.</p> + +<p>Estaba tan emocionada, que no podía continuar.</p> + +<p>—¡Doctor!—repitió, sin alzar la voz.</p> + +<p>—¡Ah, es usted! ¿No se ha acostado todavía? Es ya tarde.</p> + +<p>—¡Doctor!</p> + +<p>—¿Qué hay? ¿Necesita usted algo?</p> + +<p>—¡Doctor!</p> + +<p>Le faltaron ánimos. ¡Quería decirle tantas cosas! Le hubiera hablado de +su amor, del Babilonia, del champaña, de que abusaba. Pero se limitó a +preguntar:</p> + +<p>—¿Hay que darle bromuro a Polakov?</p> + +<p>—¡Desde luego! ¡Buenas noches!</p> + +<p>—Muy buenas. ¿Volverá usted a irse?</p> + +<p>El doctor consultó su reloj. Eran las tres y media.</p> + +<p>—No, es demasiado tarde. No saldré ya.</p> + +<p>—¡Gracias!</p> + +<p>Ahogó un sollozo y huyó a su habitación, a llorar, tan pequeña en el +amplio y largo corredor, que parecía una niñita.</p> + +<p>El doctor la siguió con la vista, consultó de nuevo su reloj y, +sacudiendo la cabeza, se dirigió a sus habitaciones.</p> + +<p>El día siguiente fue gris, y, aunque no llovió, hizo mucho frío. El +invierno se echaba encima. El barro no tardó en secarse. A las cuatro, +cuando se hizo salir un rato a los enfermos a tomar el aire, las +avenidas estaban completamente secas, el suelo parecía de piedra y las +hojas caídas crujían bajo las pisadas.</p> + +<p>El doctor, Pomerantzev y Petrov se paseaban a lo largo de la avenida. El +doctor y Petrov callaban; Pomerantzev se divertía en hundir los pies +entre las hojas secas, y miraba a cada instante atrás, para ver si +quedaban huellas. Charlaba acerca del otoño en Crimea, aunque él no +había estado allí nunca; acerca de la caza, que no conocía, y acerca de +otras muchas cosas incoherentes, pero divertidas y no desprovistas de +interés.</p> + +<p>—¡Sentémonos!—propuso el doctor.</p> + +<p>Sentáronse en un banco; el doctor, entre ambos enfermos. Veían ante +ellos el cielo frío, de nubes grises y pálidas, muy elevadas.</p> + +<p>Las tinieblas descendían. Lejos, por encima de los árboles del bosque, +que se veía apenas, cerníase una bandada de grajos en busca de un lugar +donde pasar la noche. Formaban una larga cinta viviente, y aunque eran +numerosos, en sus gritos se adivinaba un sentimiento de soledad, el +temor de una interminable noche fría, una queja dolorosa. Varios grajos +se destacaron de la bandada, y cuando estuvieron más cerca, pudo verse +que cuatro de ellos perseguían a otro; después todos desaparecieron tras +el bosque.</p> + +<p>Petrov, considerablemente calmado después del ataque de la víspera, +miraba fijamente, ora a los pájaros, ora al médico. Guardaba un silencio +tenaz. Pomerantzev también había enmudecido, y con gesto severo miraba a +lo alto.</p> + +<p>—Se está bien ahora en casa—dijo con una voz que parecía, no se sabe +por qué, de asombro—. No estaría mal tomar ahora te.</p> + +<p>—¡Vuelan aquí!—dijo Petrov.</p> + +<p>Se puso pálido y se acercó más al doctor.</p> + +<p>—¿Vamos?—propuso éste—. Usted, señor Pomerantzev, vaya delante.</p> + +<p>Estas palabras sonaron en los oídos de Pomerantzev como una llamada al +poder. Se irguió orgullosamente, y empezó a andar con paso firme, +imitando con las manos los movimientos de un tambor y tarareando algo +parecido a una marcha guerrera.</p> + +<p>—¡Tam-tara-ta-tam! ¡Tam-tara-ta-tam!</p> + +<p>De esta suerte, tamborileando y andando con paso marcial, avanzaba +delante del doctor y de Petrov, que, inconscientemente, seguían el +compás. Petrov se estrechaba contra el doctor y miraba con ansia, +volviendo la cabeza, la bandada de grajos en el cielo frío y a cada +momento más obscuro.</p> + +<p>—¡Tam-tara-ta-tam! ¡Tam-tara-ta-tam!</p> + +<p>El guarda, habiendo visto desde lejos llegar al doctor, abrió la puerta +de par en par. Pomerantzev entró el primero, con paso solemne, la cabeza +orgullosamente echada atrás y tamborileando. Los otros dos le seguían. +En el umbral de la puerta, Petrov dirigió una mirada atrás, y su rostro +expresó un miedo horrible.</p> + +<p>A media noche se levantó un viento muy fuerte. Sacudía el cinc del +tejado y parecía atacar furiosamente a toda la clínica.</p> + +<p>Aquella noche Petrov se murió de terror.</p> + + +<p class="cap">VI</p> + +<p>Se transportó al muerto a una vasta habitación fría, que existe en todos +los hospitales, destinada a tal fin; se le lavó y se le vistió con una +levita negra, que se le abrochó sobre el pecho.</p> + +<p>Al día siguiente llegaron la madre de Petrov y su hermano mayor, un +escritor muy conocido. Después de pasar algunos momentos con el muerto, +volvieron al aposento del doctor. La anciana, completamente quebrantada +por el dolor, apenas entró en el salón de Chevirev, se dejó caer en el +sofá; pequeña, consumida por una larga vida de sufrimientos, parecía un +bultito negro, de faz pálida y cabellos blancos. Derramando lágrimas +heladas de anciana, empezó a contar prolijamente de qué manera en la +familia amaban a su hijo Sacha y el terrible golpe que había sido para +ellos su enfermedad inesperada. No había habido nunca locos en la +familia, ni aun en las generaciones precedentes. El propio Sacha había +sido siempre un joven sano, aunque un poco desconfiado. La anciana +insistía en este punto. Se diría que trataba de justificarse, de +demostrar algo; pero no lo lograba.</p> + +<p>El doctor procuraba, con breves réplicas monosilábicas, tranquilizarla; +el escritor, alto, sombrío, de cabellos negros, algo parecido a su +hermano muerto, iba y venía con paso nervioso de un extremo a otro de la +estancia, torturaba su barba, miraba por la ventana y daba a entender +claramente, con su actitud, que las palabras de su madre le +desagradaban. Tenía su opinión sobre la enfermedad de su hermano, muy +sabia, fundada en los datos de la ciencia tanto como en su personal +conocimiento de las miserias de la vida. Pero entonces, ya muerto Sacha, +no quería hablar de eso, sobre todo porque se veía obligado a insistir +en lo atañadero al mal carácter del difunto.</p> + +<p>Al cabo, no pudiendo ya contenerse, interrumpió a su madre:</p> + +<p>—Mamá, ya es hora de que nos vayamos. Estamos molestando al señor +doctor.</p> + +<p>—En seguida, hijo mío. Dos palabras más, y nos vamos.</p> + +<p>Y comenzó de nuevo a hablar, a justificarse y a pretender demostrar +algo, sin conseguirlo. El hijo miraba con una curiosidad malévola la +cabeza temblorosa y cana de la madre; recordaba las cosas insensatas que +le decía en el camino, y pensaba que estaba loca; que abajo, en los +aposentos cerrados, había locos; que su hermano, que acababa de morir, +estaba también loco, y no paraba de inventar historias ridículas, viendo +enemigos por todas partes, figurándose que se le perseguía a cada paso. +¡El pobre desgraciado se imaginaba tener enemigos! ¿Qué hubiera dicho +si, en efecto, los hubiera tenido como él, el escritor, reales, +poderosos, implacables, infatigables, que no retrocedían ante la +calumnia y la denuncia?</p> + +<p>—¡Mamá, hay que marcharse!</p> + +<p>—¡En seguida, hijo mío! Diga usted, doctor, ¿podré pasar la noche junto +a mi Sacha? ¡Está solo el pobrecito! Nadie en nuestra familia había +muerto en un hospital, y el pobre hijo mío...</p> + +<p>Y se echó a llorar.</p> + +<p>El doctor la autorizó para pasar la noche velando al difunto. La madre y +el hijo se fueron. Por el camino, la anciana comenzó de nuevo a decir +cosas insensatas; su hijo hacía gestos de impaciencia y miraba con mal +humor los tristes campos, despojados por el otoño de su pompa.</p> + +<p>En consideración al carácter tranquilo de Pomerantzev, no se le cerraba +nunca la puerta de la habitación. Durante todo aquel día inquietante +anduvo de un lado para otro por la clínica. Asistía a todos los +servicios religiosos fúnebres, distribuía velas, las recogía luego, y si +alguien se olvidaba de apagar la suya, se acercaba y la apagaba él, +soplando muy solícito.</p> + +<p>El muerto le inspiraba una gran curiosidad. De media en media hora +entraba en la cámara mortuoria para mirarle, ajustaba sobre el cadáver +el lienzo que lo cubría y le arreglaba la levita. Y creía que su papel +allí no era menos grave e importante que el del muerto. El estaba vivo y +lleno de actividad, lo que no era menos interesante, misterioso y grave +que estar muerto y yacer en el ataúd. Mientras andaba por toda la +clínica, de un lado para otro, pensaba en las palabras conmovedoras y +solemnes que acababa de oír durante el servicio religioso: «Difunto», +«llamado por Dios al reino de los cielos» y otras. Tales palabras, y +cuanto pasaba aquel día le hacían felicísimo; pero en lo profundo de su +alma sentía una extraña inquietud, como si se hubiera olvidado de algo +muy grave y no pudiera recordarlo, a pesar de todos sus esfuerzos. En su +ir y venir incansable se detenía a veces y se rascaba, con aire +preocupado, la frente. Con frecuencia le pedía órdenes a la enfermera.</p> + +<p>—¿Me ha encargado usted que haga algo? Me parece que ya está todo.</p> + +<p>La enfermera, que se sentía dichosa todavía porque el doctor no había +vuelto, algunas noches antes, al Babilonia, respondió afectuosamente:</p> + +<p>—Sí, querido Georgi Timofeievich, lo ha hecho usted todo. Le estamos +muy agradecidos yo y el doctor. ¿Comprende usted? ¡Yo y el doctor! Yo y +el doctor...</p> + +<p>—Me alegro mucho. Temía haber dejado algo por hacer.</p> + +<p>Y seguía apresuradamente su camino.</p> + +<p>Cuando llegó la noche, Pomerantzev trató en vano de conciliar el sueño: +daba vueltas, suspiraba; pensaba en mil cosas, pero no lograba dormirse. +Entonces se volvió a vestir y se fue a ver al muerto. El largo corredor +no estaba alumbrado sino por una lamparilla, y apenas se veía en él. En +la cámara mortuoria ardían tres gruesos cirios, y otro, muy fino, +alumbraba el breviario que leía en alta voz una monja llamada para velar +al muerto. Había mucha luz en la estancia; el aire estaba impregnado de +olor a incienso. Cuando entró Pomerantzev, su cuerpo proyectó sobre el +suelo y sobre las paredes algunas sombras vacilantes.</p> + +<p>—Deme usted su breviario, hermanita—propuso Pomerantzev a la monja—. +La reemplazaré a usted un rato.</p> + +<p>La monja, que, en plena juventud, se pasaba la vida leyendo oraciones a +la cabecera de los muertos, aceptó muy gustosa la proposición y se +retiró a un ángulo del cuarto. Había tomado a Pomerantzev por un miembro +del personal de la clínica o por un pariente del difunto.</p> + +<p>En aquel momento se levantó del canapé la madre de Petrov, envuelta en +un chal negro. Su cabecita cana temblaba; su rostro era tan pulcro en su +senilidad como si se lavase diez veces al día cada arruguita. Llevaba +largo rato en el canapé, sin dormir, sumida en sus tristes pensamientos.</p> + +<p>Al principio, Pomerantzev leía muy bien, con voz expresiva; pero los +cirios y las flores que cubrían el cuerpo del difunto no tardaron en +atraer su atención. Acabó por leer de un modo incoherente, saltándose +muchas líneas. La monja se aproximó a él sin que lo advirtiese, y, +suavemente, le quitó de la mano el breviario. En pie ante el ataúd, con +la cabeza ligeramente echada a un lado, contempló al muerto unos +momentos, admirándole, como un pintor admira su cuadro. Después arregló +un poco la levita del difunto, y le dijo, como para tranquilizarle:</p> + +<p>—¡Duerme tranquilo, hermano mío! No tardaré en volver.</p> + +<p>—¿Conocía usted a mi pobre Sacha?—preguntó la vieja, acercándose.</p> + +<p>Pomerantzev se volvió hacia ella.</p> + +<p>—Sí—dijo con tono decidido—; era mi mejor amigo. Mi amigo de la +infancia.</p> + +<p>—Yo soy su madre. Me da gusto oírle a usted hablar así de mi pobre +Sacha. Permítame usted que le hable un poco.</p> + +<p>Pomerantzev se imaginó que él era el doctor Chevirev, que escuchaba las +quejas de los enfermos. Adoptando una actitud grave, atenta y +suplicante, respondió con mucha cortesía:</p> + +<p>—¡Estoy a sus órdenes! Tenga la bondad de sentarse. Estará usted mejor.</p> + +<p>—No, gracias; estoy bien así. Diga usted, ¿no es verdad que mi pobre +Sacha no era un mal hombre?</p> + +<p>—¡Era un hombre excelente!—exclamó con sincero acento Pomerantzev—. +Era el mejor de los hombres que he conocido. Claro es que tenía sus +defectillos; pero... ¿quién no los tiene?</p> + +<p>—Es lo que yo digo; pero mi hijo segundo, Vasia, se incomoda. ¡Soy tan +feliz oyéndole a usted! Es un gran consuelo para mí... Diga usted, ¿mi +pobre Sacha no se quejaba nunca de mí? ¡Pobrecito! Se figuraba que yo no +le quería y, no obstante, créame usted, yo le quería mucho, mucho...</p> + +<p>Y llorando suavemente, le contó a Pomerantzev todos sus sufrimientos, +todos sus dolores de madre, que veía a su hijo perdido y no podía hacer +nada por él. Y de nuevo pareció querer justificarse, demostrar algo, sin +lograrlo. Se diría que tanto ella como Pomerantzev, que apoyaba +tranquilamente el codo sobre el ataúd, se habían olvidado del muerto; la +vieja estaba tan cerca de la muerte, que no le atribuía una gran +importancia y la concebía como otra vida misteriosa; Pomerantzev, por +su parte, ni siquiera pensaba en ella. Pero las lágrimas de la anciana +de cabellos blancos le conmovieron, y experimentó de nuevo un +sentimiento de vaga inquietud.</p> + +<p>—¡A ver el pulso!—le dijo—. Bueno. No se apure usted. Todo se +arreglará lo mejor posible. Yo haré todo lo que esté en mi mano. Esté +usted completamente tranquila.</p> + +<p>—Me consuela usted. ¡Es usted tan bueno! Se lo agradezco con toda mi +alma.</p> + +<p>Y la vieja, de pronto, le cogió la mano a Pomerantzev y se la llevó a +los labios.</p> + +<p>El se puso muy colorado, como se ponen los hombres que ya peinan canas y +tienen arrugas en la cara, y exclamó con indignación:</p> + +<p>—¡Vamos, señora, vamos! ¿Se les besa la mano a los hombres?</p> + +<p>Y salió de la estancia.</p> + +<p>El corredor estaba mal alumbrado. Pomerantzev marchaba lentamente. De +pronto, a algunos pasos de distancia, vio a San Nicolás, el taumaturgo. +Era un hombrecillo de pelo gris, con pantuflas tártaras muy agudas y una +pequeña aureola dorada alrededor de la cabeza. Pomerantzev avanzaba +cabizbajo, y el santo también, sin ruido alguno, como si anduviese sobre +una espesa alfombra. Durante largo rato, uno y otro guardaron silencio. +Marchaban emparejados y sumidos en sus reflexiones. El corredor parecía +interminable. Se veían a ambos lados blancas puertas cerradas; detrás +de unas reinaba un silencio absoluto; detrás de otras se adivinaba una +ligera agitación: la de los enfermos insomnes, que no podían estarse +quietos. El corredor no se terminaba jamás, y las puertas eran +extrañamente numerosas. Detrás de una de ellas, al lado izquierdo del +pasillo, oyeron un ruido seco y monótono; el loco que llamaba a las +puertas se entregaba infatigablemente a su ocupación predilecta.</p> + +<p>—¡Llama!—dijo Pomerantzev a San Nicolás, sin levantar la cabeza.</p> + +<p>—¡Llama!—respondió el otro, sin levantar la cabeza tampoco.</p> + +<p>—¡Muy bien!</p> + +<p>—¡Sí, muy bien!—confirmó San Nicolás.</p> + +<p>Y siguieron andando, sumidos uno y otro en sus reflexiones.</p> + +<p>—¿Por qué siento a veces en el pecho, bajo el corazón, algo que me +oprime, que me pesa? Di, Nicolás.</p> + +<p>—¡Es natural! En una casa de locos no puede uno menos de fastidiarse +alguna vez.</p> + +<p>—¿Crees...?</p> + +<p>Pomerantzev volvió la cabeza hacia San Nicolás. Este le miraba con +afecto y sonreía dulcemente. Tenía los ojos arrasados en lágrimas.</p> + +<p>—¿Por qué lloras? Sonríes y lloras al mismo tiempo.</p> + +<p>—¿Y tú? Tú también sonríes y lloras.</p> + +<p>Y siguieron andando, sumidos en sus reflexiones.</p> + +<p>—¡Llama!—dijo Pomerantzev.</p> + +<p>—¡Llama!—respondió San Nicolás.</p> + +<p>—Me das lástima, Nicolás. Estando tan viejo, tan enfermo, tan falto de +fuerzas, andas sin cesar, vuelas sin descanso sobre la tierra y no te +cuidas de nada. Ahora has venido por los aires a visitarme. Veo que no +me olvidas.</p> + +<p>—No tiene importancia: llevo pantuflas. Con botas es más difícil volar.</p> + +<p>—¡Llama!—dijo Pomerantzev—. Vámonos volando a cualquier parte, ¿te +parece? Porque, ya ves, me aburro aquí. ¡Me aburro tanto! Además, me +duelen las piernas.</p> + +<p>—¡Bueno, volemos!—aceptó San Nicolás.</p> + +<p>Y volaron.</p> + +<p>En el corredor, mal alumbrado, reinaba un silencio inquietante. Tras las +puertas cerradas oíase la charla de los enfermos que no conocían el +descanso. En el extremo del corredor, tras una puerta silenciosa hasta +entonces, se oyó un grito:</p> + +<p>—¡Qui-qui-ri-quí!</p> + +<p>Lo lanzaba un enfermo que se imaginaba ser un gallo. Con la puntualidad +de un cronómetro se despertaba a media noche, a las tres y a las seis, +agitaba los brazos, a modo de alas, y gritaba imitando al gallo y +despertando a los otros enfermos.</p> + +<p>Ahora no se despertó nadie. El enfermo que se imaginaba ser un gallo se +durmió de nuevo. Todo quedó otra vez tranquilo. Detrás de una puerta, +del lado izquierdo del pasillo, el enfermo seguía golpeando de un modo +regular y monótono; pero aquel ruido no turbaba el silencio, porque se +confundía con él.</p> + +<p>La noche avanzaba, y el enfermo seguía llamando. En el restorán +Babilonia se habían apagado ya todas las luces, y él seguía llamando, +locamente obstinado, infatigable, casi inmortal.</p> + +<hr class="half" /> + +<h3><a name="EL_HONOR" id="EL_HONOR"></a>EL HONOR</h3> + +<hr /> +<p class="c">(DRAMA PARODIA)</p> + +<p class="hang"><i>Se oyen los sones de una música lejana. Una noche estrellada de +primavera. Un viejo jardín salvaje, limitado por un ancho foso. Una +escalinata ennegrecida y casi en ruinas. Sobre las copas de los +árboles se alza la masa sombría del castillo. Todas las ventanas +están iluminadas. Sobre el muro almenado acaban de encender +barriles de alquitrán, que lanzan fulgores siniestros.</i></p> + +<p class="no"><i>La condesa está sentada sola en un banco de piedra. Lleva un traje +blanco, y una pequeña corona adorna sus cabellos. Aparece en la +escalinata semirruinosa del castillo del viejo conde. Le precede su +fiel servidor, el viejo Astolfo, de aspecto muy semejante al de su +amo. Astolfo, encorvado, con una linterna en la mano, le alumbra el +camino al conde.</i></p> + + +<p class="top5"><span class="smcap">El conde.</span> <i>(Sin ver a su hija, con voz llena de cólera.)</i>—¡Que levanten +de nuevo todos los puentes! ¡Que apaguen todas las luces! ¡Que la +servidumbre se retire! ¡Que se acompañe a los barones a sus aposentos! +Es hora ya de que todo el mundo descanse. Harto hemos esperado al novio, +y aunque nos lo ha recomendado el propio emperador, no somos lo bastante +ricos para hacer arder toda la noche aceite y alquitrán. ¡Que se apaguen +todos los fuegos!</p> + +<p><span class="smcap">Astolfo.</span>—¿Y cuáles son las órdenes del conde en lo que se refiere a las +mesas servidas?</p> + +<p><span class="smcap">El conde.</span>—¡Que les echen toda la comida a los perros! Pero no: somos +demasiado pobres para eso; estamos más hambrientos aún que los perros. +No, Astolfo; dales, más bien, a mis barones de comer, pues están no +menos hambrientos que yo, y guarda los restos en la cueva. Nos los +comeremos después, procurando que duren todo lo posible. Sí, Astolfo, +todo lo posible. En nuestra situación hay que ser muy económicos.</p> + +<p><span class="smcap">Astolfo.</span>—¡A vuestras órdenes, conde!</p> + +<p><span class="smcap">El conde.</span>—Sí, Astolfo, hay que ser económicos. Seamos como aquella +burguesa prudente que, después de casar a su hija, se nutrió durante +medio año con los restos del festín nupcial. Escatima cada pedazo, +pésalo, calcúlalo. Si se cubre de moho, corta la parte superior; a pesar +de eso, lo comeremos muy a gusto.</p> + +<p><span class="smcap">Astolfo.</span>—Los barones están furiosos; desde por la mañana están +esperando al duque, al noble prometido de la noble condesa Elsa.</p> + +<p><span class="smcap">El conde.</span>—¡Los barones! Y tú, Astolfo, ¿estás contento? A juzgar por tu +cara, me parece que no. <i>(Reparando en su hija.)</i> ¿Ah, estáis ahí, +condesa? ¿Sola, sin vuestras damas de compañía? <i>(A Astolfo.)</i> ¡Puedes +irte, muchacho!</p> + +<p><i>(Astolfo deja la linterna sobre la balaustrada y se va.)</i></p> + +<p><span class="smcap">El conde.</span>—Vuestro prometido no se apresura demasiado, condesa Elsa; +hace largo rato que ha anochecido, y sigue sin venir. Desde por la +mañana tenemos abiertos los brazos para recibir al noble huésped, y sólo +abrazamos el vacío. ¿No creéis, condesa, que esta tardanza manifiesta +una falta de respeto, tanto a vos como a vuestro viejo padre? <i>(Elsa no +contesta.)</i></p> + +<p><span class="smcap">El conde.</span>—¿Os calláis? Sí, tenéis razón; cuando se trata del honor de +vuestro padre, preferís callaros. Vuestro padre está enfermo de +orgullo—¿no se llama así mi enfermedad?—, y nuestro buen emperador le +ha prescrito, como medicina, un yerno para uso interno, como dicen los +médicos. ¡Ja, ja, ja! Sí, para uso interno, y nosotros hemos abierto +ampliamente la boca... es decir, la puerta, para recibirle; pero no +viene. Sí; nuestro buen emperador ha encontrado un remedio seguro contra +mi enfermedad. Pero si vuestro prometido os ama, hay que confesar que su +amor tiene pasos muy cortos. Qué, condesa, ¿lloráis?</p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span> <i>(Llorando.)</i>—Padre, le ha ocurrido una desgracia. Tengo un +presentimiento. Le ha ocurrido una desgracia.</p> + +<p><span class="smcap">El conde.</span>—¡Crees! Es chistoso; hasta ahora, yo estaba seguro de que era +a nosotros a quien nos había ocurrido una desgracia.</p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span>—Esta mañana, cuando vi la luz del sol, ya experimenté un +presentimiento doloroso. Y todo el día he sido presa de temores. El sol +se ha puesto ya, y le sigo esperando en vano. Ha muerto, padre; estoy +segura.</p> + +<p><span class="smcap">El conde.</span>—Según mis noticias, el duque goza de una excelente salud. +Vuestros temores, condesa, son exagerados, como vuestro amor. Bajo la +protección del propio emperador, avanza tranquilo a través de nuestras +tierras. Se burla del odio de mis barones hambrientos, que rechinan, +rabiosos, los dientes, como los lobos en invierno. No tiene nada que +temer, puesto que su cabeza está protegida por las alas y el pico rapaz +del propio emperador.</p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span>—Pero ¿por qué no viene? Hace largo rato que ha anochecido, y le +sigo esperando en vano.</p> + +<p><span class="smcap">El conde.</span>—Sí, hace largo rato que ha anochecido, y no está todavía +aquí. ¡Oh, si yo no fuese el conde mendigo, de quien se burlan en la +corte; si mis muros almenados no estuviesen punto menos que en ruinas; +si mi castillo fuese una fortaleza sólida y amenazadora, como en tiempos +de mis abuelos, entonces el duque no se retrasaría! ¡Sería cortés y +respetuoso como el último de mis vasallos, hubiera llegado muy de mañana +y, arrodillado ante mí, me hubiera lamido, como un perro sumiso, la +mano!</p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span>—¡Padre, es el elegido de mi corazón!</p> + +<p><span class="smcap">El conde.</span>—¡Y al mismo tiempo, mi enemigo!</p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span>—No le conoces. Cegado por el odio al emperador, empezaste a +odiar al duque sin haberle visto siquiera.</p> + +<p><span class="smcap">El conde.</span>—Sí, odio a todos esos aduladores serviles que andan a cuatro +patas por las gradas del trono. Mendigan lo que hay que tomar por la +fuerza. A la vida libre de un lobo prefieren la de un perro encadenado a +su caseta, porque le tienen miedo al hambre. Son traidores a nuestra +libertad. Ellos han arruinado mi castillo, en los agujeros de cuyos +muros, en otro tiempo terribles para nuestros enemigos, hacen ahora sus +nidos los cuervos. La servidumbre se ríe a hurtadillas cuando mando +levantar los puentes; sabe que eso es inútil, porque se puede penetrar +en el castillo por los muros agujereados. ¡Levantar los puentes! ¡Ja, +ja, ja!</p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span>—No eres justo, padre; mi Enrique es honrado y noble. ¿No te ha +tendido la mano para obtener tu gracia?</p> + +<p><span class="smcap">El conde.</span>—Sí, y yo no he aceptado esa mano.</p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span>—Te ha suplicado que consientas en nuestro matrimonio, mientras +que tú, con la crueldad de un hombre obcecado...</p> + +<p><span class="smcap">El conde.</span>—Puedes no medir demasiado tus palabras, Elsa; no tienes que +violentarte con tu viejo padre. El propio emperador te apoya, sus garras +mantienen mi cabeza humillada, su pico ha peinado esta mañana mis +cabellos blancos para la acogida del novio. Sé audaz y noble como tu +prometido, Elsa. Es verdaderamente irritante: ¡un conde miserable se +opone a esa boda, grata a los ojos del emperador! Si el pobre conde se +obstinase, el duque se arrastraría hacia el trono del emperador y le +rogaría que le diese lo que no le pertenece: la hermosa hija del +ridículo viejo. ¡Y la hija se daría gustosísima al noble duque, mientras +su viejo padre!...</p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span>—¡Ten piedad de mí, padre mío! ¡Le amo tanto!</p> + +<p><span class="smcap">El conde.</span>—Yo también he conocido el amor; pero si tu madre se hubiera +parecido a ti, la hubiera echado como a una ínfima esclava, como a una +innoble criatura, sólo útil para satisfacer los caprichos fugaces de sus +amos.</p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span>—¡Os dejáis llevar de la ira, conde! Cuando rechazasteis +brutalmente al duque al pediros mi mano, yo me postré a los pies del +emperador, rogándole que tuviese piedad de los infelices enamorados y +que suavizase con su poder divino vuestra crueldad.</p> + +<p><span class="smcap">El conde.</span>—¡Sí, con su poder divino! ¡Muy bien dicho!</p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span>—Y entonces el emperador, tomándome bajo su protección, os dirigió +una orden en la que me llamaba su hija. Ahora insultáis al emperador.</p> + +<p><i>(El conde baja irónicamente la cabeza.)</i></p> + +<p><span class="smcap">El conde.</span>—¡Os pido humildemente perdón, duquesa! Espero vuestras +órdenes; mi castillo está por completo a vuestra disposición, lo mismo +que a la del señor duque. He hecho mal ordenando que se apaguen las +luces. En seguida van a encenderlas de nuevo. Voy a ordenar que se +enciendan todos los fuegos, que arda el alquitrán en los barriles; vamos +a esperar toda la noche al novio retrasado, sin pegar los ojos en +nuestro éxtasis amoroso y nuestra sumisión canina.</p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span>—Perdóname, padre.</p> + +<p><span class="smcap">El conde.</span>—Sí, seremos dóciles como perros; de otra suerte, el emperador +podrá enfadarse con nosotros. Hace mucho tiempo que detesta al conde +miserable que se atreve aún a conservar un poco de altivez, y mañana, +quizá, le echará de su nido familiar y ordenará luego la destrucción del +nido. <i>(Finge que llora.)</i> ¿Adónde irá entonces el desgraciado conde? +¿Dónde encontrará un asilo? Es pobre, va mal vestido. Los perros de la +aldea le morderán las piernas; las mujeres y los niños harán mofa de él. +¿Adónde irá entonces el desgraciado conde? <i>(Cae de rodillas ante Elsa y +trata de coger sus manos para besarlas.)</i> ¡Oh, noble y generosa duquesa! +¡Os ruego que os compadezcáis de mí! Suplicad a nuestro buen emperador +que no me eche; dadle la seguridad de mi plena, de mi absoluta +sumisión...</p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span>—¡Vamos, padre! ¡Te lo suplico! Levántate.</p> + +<p><span class="smcap">El conde.</span>—Sí, noble duquesa; suplicad al emperador que no destruya el +nido en que ha nacido el pobre conde. No hay piedra, no hay agujero en +el castillo que le sean desconocidos. De niño andaba a gatas por las +losas del patio. Desde sus torres, siendo mozo, miraba a lo lejos, +soñando conquistar el mundo y adornar su frente con una corona. Aquí +conoció a su mujer, y, bajo las frondas de estos árboles, arrullaba a su +pequeña Elsa, que era el sol de su vida...</p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span> <i>(Llorando.)</i>—¿Qué haces conmigo, padre? ¡Déjame! ¡Me haces daño +en las manos! ¿Lloras de verdad? Sí, siento en las manos la humedad de +tus lágrimas. Te lo ruego, no llores. Ten piedad de mí. ¡Si supieras +cómo le amo! ¡Sufro tanto! ¿Qué le ha sucedido? ¿Qué ha pasado? ¿Por qué +no viene? Un terror loco se apodera de mí. He estado temblando todo el +día. Tengo terribles presentimientos. Apiádate de mí, padre; procura +tranquilizarme. ¿Te acuerdas de mi madre? ¡Qué hermosa era! ¡Cómo la +amabas! <i>(El conde se levanta y se aparta un poco.)</i></p> + +<p><span class="smcap">El conde.</span>—Calmaos, condesa; el deseo de nuestro emperador se cumplirá. +El castillo está dispuesto para el recibimiento del noble prometido. Voy +a mandar que enciendan nuevos fuegos; los barriles de alquitrán están ya +apagándose.</p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span>—¡Padre!</p> + +<p><span class="smcap">El conde.</span>—¿Queréis, quizá, que os envíe a vuestras damas de compañía? +No tenéis más que mandarlo. Pero no; el amor prefiere la soledad. +Perdonad a un viejo que ha olvidado ya lo que es el amor. ¡A vuestras +órdenes!</p> + +<p><i>(Sube por la escalinata.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span> <i>(Sola.)</i>—¡Pobre padre, cuánto sufre! No conoce a mi Enrique. +Cuando lo conozca, le amará como yo le amo... ¿De qué proviene esta +tristeza que invade mi alma?... ¡Ah, ese presentimiento! Y luego ese +lúgubre castillo... Ese viejo estanque, cubierto de musgo verde... Lo +aborrezco. Me da miedo, sobre todo hoy. Está lleno de ranas que saltan +ruidosamente de la orilla al agua. Cuando he visto esta noche reflejarse +nuestro castillo, con sus ventanas iluminadas, en el agua inmóvil del +estanque, he pensado que así debe de ser el castillo de la muerte. ¡La +muerte!... Pero si Enrique, en efecto, ha muerto, ¿por qué le siento tan +cerca de mí? Sus besos me queman los labios, y mi corazón...</p> + +<p><i>(Se interrumpe de pronto y deja escapar un grito. Sale el duque de +entre los árboles.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span>—¿Quién es?</p> + +<p><span class="smcap">Enrique.</span>—¡Elsa! ¡Amor mío! ¡Mi amada prometida!</p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span>—¡Enrique!</p> + +<p><i>(Se abrazan y permanecen así unos momentos, las bocas juntas en un +beso. En lo alto de la escalinata aparece Astolfo. Mira un instante y +desaparece de nuevo.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span>—¿Por qué me habéis hecho esperar tanto tiempo? He creído morir de +angustia y desesperación. Enseñadme la faz... Si sois vos... eres tú... +¿Por qué no dices nada, Enrique? ¿Acaso has muerto y no eres más que tu +espectro?</p> + +<p><span class="smcap">Enrique.</span>—Sí, soy mi espectro.</p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span>—¿Pero cómo queman tus labios de tal modo? Los labios de un +espectro están fríos y mudos.</p> + +<p><span class="smcap">Enrique.</span>—Una llama del infierno arde en ellos.</p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span>—¿Y cómo fulguran de tal modo tus ojos? Los ojos de los espectros +están apagados y mudos.</p> + +<p><span class="smcap">Enrique.</span>—Los iluminan resplandores del paraíso. ¡Amor mío, novia +querida! ¡Si supieras cómo te amo! ¡Qué largo ha sido este día para mí!</p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span>—¡Y para mí qué terrible!</p> + +<p><span class="smcap">Enrique.</span>—No podía más. He abandonado a mis barones y mis +guerreros—¡avanzan tan lentamente, de una manera tan solemne!—, y he +corrido aquí. ¡Qué dicha, te he encontrado sola! ¿Me esperabas aquí, +amor mío?</p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span>—No. ¡Pero qué extraña capa llevas!</p> + +<p><span class="smcap">Enrique.</span>—Es la de uno de mis servidores; no he querido que me +reconociesen aquí. No soy yo, Elsa; soy mi espectro. El verdadero duque +viene con sus barones.</p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span>—No estarán lejos.</p> + +<p><span class="smcap">Enrique.</span>—No; pronto oirás los sonidos de sus trompetas, y entonces mi +espectro te dejará.</p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span>—¿Por mucho tiempo?</p> + +<p><i>(Cambian besos y hablan en voz baja. En lo alto de la escalinata +aparecen el conde y Astolfo.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Astolfo.</span> <i>(Quedamente.)</i>—¿Veis, conde?</p> + +<p><span class="smcap">El conde.</span> <i>(También quedamente.)</i>—Sí, ya veo.</p> + +<p><span class="smcap">Astolfo.</span>—¡Es el duque!</p> + +<p><span class="smcap">El conde.</span>—¿Crees?</p> + +<p><span class="smcap">Astolfo.</span>—¿Quién puede ser, si no, ese hombre? Sí, es el duque.</p> + +<p><span class="smcap">El conde.</span>—Pero esa no es su capa.</p> + +<p><span class="smcap">Astolfo.</span>—Y, sin embargo, le reconozco: es el duque.</p> + +<p><span class="smcap">El conde.</span>—Lo dudo. Es otro, sin duda. Sí, muchacho, es otro. ¡Pero es +terrible! La condesa traiciona a su noble prometido, y mientras él vuela +hacia aquí en alas del amor, ella se deja abrazar por un advenedizo. +¡Ahí tienes lo que son las mujeres, Astolfo!</p> + +<p><i>(Se echa a reír.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Astolfo.</span>—¿Bromeáis, conde?</p> + +<p><span class="smcap">El conde.</span>—Nada de eso. Lo que estás viendo no parece una broma.</p> + +<p><span class="smcap">Astolfo.</span>—Pero os aseguro que es el duque.</p> + +<p><span class="smcap">El conde.</span>—¡Calla, tonto! ¿Crees al duque capaz de una cosa así? Según +tú, es capaz de colarse en el castillo, en medio de la noche, por +cualquier agujero, como un ladrón, como una zorra en el gallinero para +robar gallinas. El duque, en efecto, nos ha sido impuesto por el +emperador; pero nos tiene respeto y no se permitiría nunca... Parece que +requieres tu acero, amigo.</p> + +<p><span class="smcap">Astolfo.</span>—Comienzo a tener dudas. Vos veis mejor que yo, conde.</p> + +<p><span class="smcap">El conde.</span>—Además, la noche es obscura, ¿verdad?</p> + +<p><span class="smcap">Astolfo.</span>—Sí, muy obscura.</p> + +<p><span class="smcap">El conde.</span>—¿Ves? Y cuando está obscuro, es muy fácil equivocarse.</p> + +<p><span class="smcap">Astolfo.</span>—Sí, es muy fácil. ¡Decididamente, no es el duque!</p> + +<p><span class="smcap">El conde.</span>—¡Pobre duque! ¡Ser engañado tan cruelmente en su misma noche +de bodas! Pero vamos a defender su honor, que no puede defender por sí +mismo.</p> + +<p><span class="smcap">Astolfo.</span>—Sí, no es él. Ahora lo veo bien.</p> + +<p><span class="smcap">El conde.</span>—¡Silencio! Coge tres hombres... de los que tengan más hambre: +el hambre doblará sus fuerzas... ¡Ah, villano, cómo besa a mi hija, a la +novia del pobre duque!... Sí, coge tres hombres y acechad a ese intruso. +Cuando pase por delante de vuestro escondrijo, caed sobre él y tiradlo +al estanque. ¡Chis!... Le ataréis a las piernas plomo y piedras... ¡Cómo +besa a mi hija ese ladrón de mi honor!</p> + +<p><span class="smcap">Astolfo.</span>—Sí, ahora estoy convencido de que no es el duque.</p> + +<p><span class="smcap">El conde.</span>—¡Silencio!</p> + +<p><i>(Se van.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span>—¿Por qué te has hecho esperar tanto?</p> + +<p><span class="smcap">Enrique.</span>—¡Oh, el día me ha parecido interminable! Desde por la mañana, +desde que he visto salir el sol, he corrido hacia ti; pero la tierra +parecía adherirse a mis pies. ¡Mil obstáculos, mil aventuras, mil +desgracias! Ya es mi caballo, que cae muerto sin que se comprenda por +qué; monto otro caballo, veloz como el viento, y sigo devorando el +espacio. Ya es un río que me ataja el camino; me lanzo al agua y lo +cruzo a nado. Hombres y caballos se hunden; pero yo salgo sano y salvo.</p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span> <i>(Lanza un grito.)</i>—¡Ah!</p> + +<p><span class="smcap">Enrique.</span>—¿Qué tienes?</p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span>—Nada. Me había parecido oír algo. Decías que un río te había +atajado el camino...</p> + +<p><span class="smcap">Enrique.</span>—Luego, unos hombres nos atacan. Una batalla sangrienta +sobreviene; pero logramos abrirnos paso.</p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span>—¿Y después?</p> + +<p><span class="smcap">Enrique.</span>—Atravesamos una ciudad ardiendo. Creo que nunca voy a salir de +ella. No tarda mi segundo caballo en caer. Mis barones gruñen. En todos +estos contratiempos ven funestos presagios. Las cejas fruncidas, aunque +intrépidos, se muestran recelosos y no quieren avanzar más. Insisten en +que nos detengamos; pero yo grito: «¡Adelante! ¡Mi amada prometida, mi +hermosa, me espera! ¡Adelante!» Y heme aquí contigo. Toco tus manos y +tus hombros y respiro tu puro aliento. Se me figura un dulce sueño. Pero +¿por qué no dices nada? Pareces inquieta; tu corazón late presuroso. Di, +querida mía, ¿qué tienes?</p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span>—Nada. Pero el sol de hoy era tan triste...</p> + +<p><span class="smcap">Enrique.</span>—Ya se ha puesto.</p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span>—Sí, se ha puesto; no está ya en el cielo, y tú estás aquí, junto +a mí. Pero no, no eres tú; es tu espectro de los labios ardientes y la +mirada luminosa.</p> + +<p><i>(Se oyen las trompetas.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span>—¡Es el duque que llega!</p> + +<p><span class="smcap">Enrique.</span>—Sí, es el duque.</p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span>—Dios mío, ¿cómo le confesaré mi traición? He abrazado a otro.</p> + +<p><span class="smcap">Enrique.</span>—El duque llega, y yo debo alejarme. Tiene gracia; me inspira +algo así como celos el feliz mortal cuya llegada anuncian esas +trompetas.</p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span>—Llega de una manera solemne, acompañado de barones armados.</p> + +<p><span class="smcap">Enrique.</span>—Y de guerreros. Lenta y gravemente se adelanta su magnífico +caballo... Pero no va nadie en la silla.</p> + +<p><i>(Ríen. En lo alto de la escalinata aparecen cuatro sombras, y +desaparecen al punto en las tinieblas. Se oyen por segunda vez las +trompetas.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Enrique.</span>—¡Adiós, amor mío!</p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span>—¡Un momentito más!</p> + +<p><span class="smcap">Enrique.</span>—Están ya a la puerta. Hemos convenido en que si yo no los +respondo a la tercera llamada, invadirán el patio del castillo. Tienen +miedo de que me suceda alguna desgracia.</p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span>—Sí, mi padre está furioso.</p> + +<p><span class="smcap">Enrique.</span>—Le reservo una sorpresa: cediendo a mis ruegos, el emperador +se ha dignado devolver a tu padre todos sus antiguos dominios.</p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span>—¡Qué bueno eres!</p> + +<p><span class="smcap">Enrique.</span>—¡Cuánto te amo! ¡Adiós, mi amor, mi dicha, mi sol de mañana! +He venido a tu lado por breves instantes, como un espectro, y dentro de +un momento vendré de nuevo, entonces a unirme contigo para toda la vida.</p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span>—¡Un momento más!</p> + +<p><i>(Se oyen por tercera vez las trompetas.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Enrique.</span>—Me llaman. Parecen muy inquietos. Acudo. ¡Adiós, amor mío!</p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span>—¡No, hasta la vista! Enrique, amado mío, te espero. ¡Dime algo +más... una sola palabra! ¡Enrique!</p> + +<p><i>(Al alejarse, Enrique le dice con voz queda:</i> «¡Elsa!» <i>Luego +desaparece. Al punto se oye un ruido ahogado de lucha, un sordo gemido; +después, todo queda tranquilo.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span> <i>(Asustada.)</i>—¡Enrique!... No me oye. ¿Quién habrá lanzado ese +gemido lastimero? Quizá no haya sido sino fruto de mi imaginación. Es +posible.</p> + +<p><i>(El sonido de las trompetas se hace más insistente.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span>—¡Trompetas queridas! ¡Qué alegres suenan! ¡Cantad más alto, más +alegremente, queridas trompetas! Acompañad a mi prometido, a mi espectro +de los labios ardientes. Se ha retrasado un poco; pero hay que +perdonárselo: se ha retrasado besándome. ¡Ah, Elsa, liviana doncella! No +tienes pudor. ¿A quién acabas de besar en la obscuridad? Tus mejillas +enrojecidas te denunciarán... Gracias a Dios, las trompetas han callado +al fin. Ahora mi Enrique estará ya sobre su caballo... Debe de estar +entrando ya en el castillo. A la puerta le recibirá mi padre... ¡Pobre +padre!</p> + +<p><i>(Las trompetas lanzan aún algunos sonidos apagados.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span>—¿Qué es eso? ¿Todavía? Probablemente es reglamentario entre esos +guerreros, de cuyas costumbres no tengo la menor idea... ¡Ah, ya han +entrado! ¡Están en el patio del castillo!</p> + +<p><i>(Se oyen gritos, ruido. A través del follaje se ven ir y venir +antorchas.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span>—Me buscan a mí. Me da vergüenza lo que he hecho, y mis mejillas +enrojecidas me venderán, sobre todo al resplandor de las antorchas. +Cuando tú, Enrique, me mires con una sonrisa maliciosa, me moriré de +confusión. No, no; esperaré aquí... <i>(Una corta pausa.)</i> ¡Dios mío, se +acercan! Oigo pasos pesados y rápidos...</p> + +<p><i>(Aparece, gritando, una turba de hombres armados. Llevan en la mano +aceros desnudos. Les siguen los barones del viejo conde, con las cejas +fruncidas, gruñendo, llenos de una cólera sorda. Las antorchas proyectan +una luz lúgubre sobre la escena. Se oyen gritos de</i> «¡El duque!» «¿Dónde +está el duque?»)</p> + +<p><span class="smcap">Valdemar.</span>—¿Sois vos, condesa? ¿Dónde está el duque? ¿Dónde está +Enrique?</p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span>—No comprendo lo que me preguntáis.</p> + +<p><span class="smcap">Valdemar.</span>—¿Dónde está Enrique? Soy su amigo. Le buscamos por todas +partes y no le encontramos. Os suplico, condesa, que nos digáis dónde se +halla: ¡vos debéis saberlo!</p> + +<p><span class="smcap">Los barones.</span>—¡Es terrible! ¡Insultan a la condesa!</p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span>—¡Pero yo no le he visto!</p> + +<p><span class="smcap">Valdemar.</span>—Eso no es verdad; nos ha dejado para correr junto a vos. ¡Le +habéis visto!</p> + +<p><span class="smcap">Los barones.</span> <i>(Blandiendo los aceros.)</i>—¡Qué insolencia! Llamad al +conde: ¡insultan a su hija!</p> + +<p>—¡Nos han hecho esperar todo el día!</p> + +<p>—¡Y ahora se atreven a acusar de liviandad a la condesa!</p> + +<p>—¡Defenderemos su honor!</p> + +<p>—¡No permitiremos que se la insulte!</p> + +<p><i>(En lo alto de la escalinata aparece el viejo conde.)</i></p> + +<p><span class="smcap">El conde.</span>—Esperad, barones. ¿Quién se atreve a acusar de liviandad a mi +hija? ¿Y qué gentes son ésas, con traza y gesto de bandidos?</p> + +<p><i>(Valdemar y los barones del duque Enrique se descubren.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Valdemar.</span>—Perdonad, conde, nuestra irrupción: buscamos al duque. Nadie +pone en duda vuestra nobleza caballeresca, conde. Pero nuestro amor al +duque no es menos grande. Debéis comprender nuestra ansiedad cuando, a +pesar de nuestra tercera llamada, no ha acudido junto a nosotros.</p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span>—¿Cómo? ¡No ha acudido!</p> + +<p><span class="smcap">El conde.</span>—Me llenáis de asombro. ¿No está con vosotros el duque? ¿Dónde +está entonces? Desde muy de mañana esperamos con los brazos abiertos al +noble prometido de mi hija. Los barones están ya cansados de esperarle.</p> + +<p><i>(Los barones prorrumpen en exclamaciones de enojo.)</i></p> + +<p><span class="smcap">El conde.</span>—¿Dónde está, pues, vuestro duque? ¿Acaso la turba de bandidos +que, pisoteando el honor caballeresco, se atreve a blandir los aceros en +nuestro castillo, pretende reemplazarle? En tal caso, me veré obligado a +decirle al emperador: «Son demasiados prometidos para mi hija.»</p> + +<p><span class="smcap">Valdemar.</span>—A vos, conde, os toca decir dónde está el duque.</p> + +<p><span class="smcap">El conde.</span>—¿A mí?</p> + +<p><span class="smcap">Valdemar.</span>—Sí, a vos. El duque estaba aquí. Ved la prueba: aquí está su +guante.</p> + +<p><i>(Asombro. Gritos de indignación.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Valdemar.</span>—Sí, ha estado aquí, donde tenía una cita con vuestra hija.</p> + +<p><i>(Los gritos de indignación aumentan.)</i></p> + +<p><span class="smcap">El conde.</span>—Estáis en un error, caballero. Aunque yo no vea con buenos +ojos la boda del duque con mi hija, no puedo creerle un ladrón que se +cuele por un agujero en el castillo, cuando todas las puertas están +abiertas para él de par en par. No tenemos motivos para amar al duque; +pero le debemos respeto por el rango que ocupa. Y aunque sois tan amigo +suyo, le conocéis muy poco si le juzgáis capaz de atentar contra el +honor de su prometida y contra el mío. Buscad a vuestro duque en +cualquier otro sitio; acaso le encontréis en una taberna del camino, +empinando el codo...</p> + +<p><i>(Los barones del conde ríen. Los del duque hacen gestos amenazadores y +lanzan gritos de indignación.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Valdemar.</span>—¡Registraré de arriba abajo el castillo!</p> + +<p><span class="smcap">El conde.</span>—Haced lo que os plazca... <i>(Una corta pausa.)</i> Pero oíd un +momento. Astolfo, ven aquí. <i>(A Valdemar.)</i> ¿Estáis seguro, caballero, +de que el duque no está entre vosotros? Eso me inquieta: temo que haya +sido víctima de un advenedizo. Yo no quería revelar este secreto sino al +propio duque; pero puesto que sois su amigo... Caballeros, escuchad lo +que voy a deciros: ¡Mi hija ha sido infiel a su prometido! Es una +vergüenza para ella y para mí; pero no quiero ocultarla.</p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span>—¿Dónde está Enrique? ¡Voy a volverme loca! ¿Por qué todas esas +antorchas? Lanzan un resplandor terrible. Enrique, ¿dónde estás?</p> + +<p><span class="smcap">El conde.</span>—¡Representas bastante bien la comedia, hija mía! Sin +embargo... Astolfo, refiere lo que has visto.</p> + +<p><span class="smcap">Astolfo.</span>—Estábamos aquí, en este mismo escalón...</p> + +<p><span class="smcap">El conde.</span>—¡Más aprisa, muchacho! Sé lacónico.</p> + +<p><span class="smcap">Astolfo.</span>—Y vimos de repente a alguien, que llevaba una vieja capa y +parecía un criado, abrazar a la condesa. «¡Qué desgracia!—me dijo el +conde—. Mi hija le es infiel a su prometido. Nunca una cosa así ha +deshonrado a nuestra familia!»</p> + +<p><span class="smcap">El conde.</span>—¡Más aprisa, muchacho!</p> + +<p><span class="smcap">Astolfo.</span>—El conde añadió: «Coge tres hombres, cae sobre el malhechor, +átale a los pies plomo y piedras y...»</p> + +<p><span class="smcap">Valdemar.</span>—¿Y lo has hecho? ¡Oh, cielos! ¿Dónde está el duque entonces?</p> + +<p><i>(Silencio.)</i></p> + +<p><span class="smcap">El conde.</span> <i>(Señalando con la mano.)</i>—Ahí, en el fondo del estanque.</p> + +<p><i>(Gran agitación entre los asistentes.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Elsa.</span>—¡Enrique! ¡Espectro querido de los labios ardientes! ¡Voy a +reunirme contigo, amado mío!</p> + +<p><i>(Cae muerta.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Valdemar.</span>—No eres un padre; eres una bestia feroz. Coged a ese monstruo +y encadenadle. ¡Como una fiera, se lo llevaremos enjaulado al emperador! +¡Prended fuego por los cuatro costados a ese castillo maldito! ¡Que no +quede nada de este nido lúgubre! ¡Que la inmensa hoguera se eleve, en +media de la obscura noche, a los cielos! ¡Así festejaremos tu boda, +duque Enrique, desgraciado amigo!</p> + +<p class="telon">TELÓN</p> + + +<hr class="half" /> +<h3><a name="CRISTIANOS" id="CRISTIANOS"></a>CRISTIANOS</h3> +<hr /> + +<p>La nieve caía tras los cristales; pero en el gran edificio del tribunal +hacía calor. Había mucha gente, y los que frecuentaban el tribunal en +cumplimiento de su deber—como, por ejemplo, los reporteros +judiciales—se hallaban allí muy a gusto. Encontrábanse con sus +desconocidos; como en el teatro, asistían diariamente a la +representación de dramas—llamados por los reporteros «dramas +judiciales»—. Era agradable ver al público, oír el ruido de las voces +en los corredores, mezclarse con aquella multitud agitada.</p> + +<p>El <i>buffet</i> estaba muy animado. Lo alumbraba ya la luz eléctrica, y +sobre el mostrador veíanse cosas muy apetitosas. El público se agolpaba +junto al mostrador, y charlaba, comiendo y bebiendo. Los rostros +melancólicos que se veían a veces no turbaban la alegría general: al +contrario, son precisos con harta frecuencia para hacer más pintorescos +el cuadro, sobre todo en lugares donde se representan dramas. Todos +contaban que en una de las salas del tribunal acababa de suicidarse un +acusado; se oía ruido de cadenas y de fusiles. Un dulce calor reinaba en +todo el edificio, y se estaba allí divinamente.</p> + +<p>En una de las salas, la animación era grandísima: un proceso pintoresco +atraía mucha gente. Los jueces, los jurados, los abogados estaban ya en +sus puestos. Un reportero, mientras llegaban sus demás colegas, disponía +ante él las cuartillas y examinaba muy contento la sala. El presidente +del tribunal, un hombre grueso, de rostro vulgar y bigotes blancos, +pasaba revista presuroso y con voz monótona, a los testigos.</p> + +<p>—¡Efimov! ¿Cuál es el patronímico de usted?</p> + +<p>—Efim Petrovich.</p> + +<p>—¿Quiere usted prestar juramento?</p> + +<p>—Sí.</p> + +<p>—Colóquese entonces a la izquierda... ¡Karasev! ¿El patronímico de +usted?</p> + +<p>—Andrey Egorich.</p> + +<p>—¿Quiere usted prestar juramento?</p> + +<p>—Sí.</p> + +<p>—A la izquierda. ¡Blumental!</p> + +<p>En esto se empleó mucho tiempo; los testigos eran lo menos veinte. Unos +contestaban a las preguntas del presidente en alta voz, con un placer +visible, y pasaban a la izquierda sin esperar la orden; otros parecían +sorprendidos por la llamada del presidente, ponían cara estúpida, +miraban en torno, sin comprender nada, como si hubieran olvidado su +propio nombre o como si creyesen que había en la sala otras personas que +tuvieran el mismo. Los testigos honorables esperaban que el presidente +terminase su pregunta y respondían sin apresurarse, de una manera +detallada.</p> + +<p>El acusado, un joven con un cuello postizo muy alto, se acariciaba el +bigotito y tenía los ojos bajos. Estaba preso por distracción de fondos +y operaciones financieras sucias. A veces, al oír el nombre de cualquier +testigo, hacía un gesto, examinaba con mirada hostil al declarante y +empezaba de nuevo a acariciarse el bigote.</p> + +<p>Su abogado, un joven también, bostezaba de vez en cuando, tapándose la +boca con la mano, y miraba por la ventana caer, en gruesos copos, la +nieve. Había dormido bien aquella noche, y acababa de comerse en el +<i>buffet</i> del tribunal una ración de jamón con guisantes.</p> + +<p>Sólo quedaban por llamar media docena de testigos, cuando el presidente +tropezó, de pronto, con una dificultad imprevista.</p> + +<p>—¿Quiere usted prestar juramento?</p> + +<p>—¡No!—respondió una voz femenina.</p> + +<p>Al modo de aquel que, corriendo, choca contra un árbol, el presidente se +detuvo, aturdido; buscó con la mirada entre los testigos a la mujer que +le había contestado tan rotundamente, y todas las mujeres se le +antojaron iguales, lo que le impidió orientarse. Entonces examinó la +lista de testigos.</p> + +<p>—¡Pelagueia Vasilievna Karaulova! ¿Quiere usted prestar +juramento?—preguntó otra vez.</p> + +<p>—No.</p> + +<p>Ahora vio a aquella mujer. Era de regular edad, nada fea, de cabellos +negros. A pesar de su sombrero <i>chic</i> y su traje a la moda, su aspecto +no era el de una mujer de posición o ilustrada. Llevaba grandes +pendientes semicirculares; con las manos, que tenía juntas sobre el +vientre, sujetaba un bolso. Su rostro, cuando hablaba, permanecía +inmóvil, impasible.</p> + +<p>—¿Pero usted es ortodoxa?</p> + +<p>—Sí.</p> + +<p>—¿Por qué no quiere entonces prestar juramento?</p> + +<p>Ella le miró y no respondió.</p> + +<p>—¿Acaso pertenece usted a alguna secta que prohíbe prestar +juramento?... Dígalo francamente, sin temor. El tribunal tomará en +consideración sus explicaciones.</p> + +<p>—No.</p> + +<p>—¿Cómo que no? ¿No pertenece usted a ninguna secta?</p> + +<p>—No.</p> + +<p>—Usted teme quizá que en su declaración haya algo enojoso para usted... +Teme, en fin, verse obligada a decir cosas que no querría decir. Pues +bien: la ley le permite a usted dejar de contestar a las preguntas que +le parezcan enojosas. ¿Quiere usted ahora prestar juramento?</p> + +<p>—No.</p> + +<p>Su voz era sonora, joven—más joven que el rostro—, clara y limpia. +Debía de cantar muy bien.</p> + +<p>El presidente se encogió de hombros, se inclinó hacia el juez, que se +hallaba sentado a su izquierda, y le dijo algunas palabras al oído.</p> + +<p>El otro le contestó en voz baja:</p> + +<p>—Sí, es extraordinario. No lo entiendo.</p> + +<p>—Escuche usted—dijo el presidente, dirigiéndose de nuevo a +Karaulova—. El tribunal quiere conocer las razones que la hacen negarse +a prestar juramento. Sin esa condición no podemos dispensarle a usted de +prestarlo. Responda.</p> + +<p>Siempre inmóvil, impasible, la testigo respondió algo, pero con voz tan +débil que no pudo oírse claramente.</p> + +<p>—No se oye nada. Más alto; tenga la bondad.</p> + +<p>La testigo tosió, y luego dijo en alta voz:</p> + +<p>—Soy una prostituta.</p> + +<p>El abogado, que estaba sumido en sus reflexiones, levantó de pronto la +cabeza y miró con curiosidad a aquella mujer.</p> + +<p>—Convendría iluminar la sala—pensó.</p> + +<p>El ujier, como si hubiera adivinado su pensamiento, oprimió uno tras +otro los botones eléctricos. El público, los jurados y los testigos +levantaron la cabeza y miraron las lámparas encendidas. Sólo los jueces +permanecieron indiferentes. Así se estaba aún más a gusto. Uno de los +jurados, un viejo, miró a Karaulova y dijo a su vecino:</p> + +<p>—¡Tiene gracia esa mujer!</p> + +<p>—Sí—contestó el otro.</p> + +<p>—Bueno—objetó el presidente—. El hecho de que sea usted una +prostituta no es una razón para negarse a prestar juramento.</p> + +<p>Pronunció la palabra «prostituta» con el mismo acento con que estaba +habituado a pronunciar las palabras «asesino», «ladrón», «bandido».</p> + +<p>—¿Usted es, con todo, cristiana?</p> + +<p>—No, no soy cristiana. Si fuera cristiana, no sería prostituta.</p> + +<p>La situación se complicaba. El presidente, frunciendo las cejas, +consultó a su colega de la izquierda y se dispuso a hablar; pero cayó en +la cuenta de que también debía consultar a su colega de la derecha, y se +inclinó hacia él. El juez, sonriendo, hizo con la cabeza un signo de +aprobación.</p> + +<p>—Escuche usted—dijo el presidente, dirigiéndose a Karaulova—. El +tribunal ha decidido explicarle a usted su error. Usted no se considera +cristiana porque se dedica a ese oficio; pero está equivocada. Es un +error, ¿comprende usted? Su oficio no le interesa al tribunal, sino +solamente a usted y a su conciencia. Nosotros no podemos mezclarnos en +eso. Su oficio no puede impedirle a usted el ser cristiana. ¿Comprende? +Se puede ser ladrón o bandido, sin dejar por eso de ser cristiano, +mahometano o judío. Todos nosotros, los jueces, los jurados, el fiscal, +tenemos nuestras respectivas profesiones, y eso no nos impide el ser +cristianos...</p> + +<p>Hizo una corta pausa, como si buscase palabras, y continuó:</p> + +<p>—¿Ha comprendido usted? Su oficio es una cosa por completo ajena a esta +cuestión. Si usted practica los ritos de la religión cristiana, si +frecuenta la iglesia... ¿Verdad que frecuenta la iglesia?</p> + +<p>—No.</p> + +<p>—¿Cómo que no? ¿Por qué?</p> + +<p>—Con mi oficio, ¿cómo quiere usted que yo vaya a la iglesia?</p> + +<p>—Pero irá usted a confesar.</p> + +<p>—No.</p> + +<p>Las respuestas eran bien claras. Iluminada por la luz eléctrica, la +testigo parecía de mejor color y más joven, acaso también a causa de la +emoción. A cada una de las respuestas, el público se miraba, divertido, +risueño. Alguien, con aspecto de artesano, en los últimos bancos, se +hallaba en el colmo del regocijo.</p> + +<p>—¡Esto va siendo interesante!—proclamó, en voz tan poco queda, que se +le oyó en toda la sala.</p> + +<p>—Pero rezará usted...—preguntó el presidente.</p> + +<p>—No. Antes rezaba; mas hace ya tiempo que no lo hago.</p> + +<p>El miembro del tribunal que se encontraba a la izquierda del presidente +le dijo por lo bajo:</p> + +<p>—¿Por qué no les pregunta usted a las demás mujeres? ¿Acaso tampoco +querrán prestar juramento?</p> + +<p>El presidente tomó la lista de testigos y leyó:</p> + +<p>—¡Pustochkina! Usted también, a lo que parece, se ocupa...</p> + +<p>—¡Sí, también yo soy prostituta!—respondió con apresuramiento, casi +con orgullo, una muchacha no menos bien trajeada.</p> + +<p>Estaba muy contenta de verse en la sala del tribunal, donde todo le +gustaba. Había ya cambiado algunas miradas con el joven abogado.</p> + +<p>—¿Y usted? ¿Quiere prestar juramento?</p> + +<p>—Sí, con mucho gusto.</p> + +<p>—¿Ve usted, Karaulova? Su amiga no se opone a prestar juramento... ¿Y +usted, Kravchenko? ¿Consiente?</p> + +<p>—Sí—contestó con voz ronca, masculina, Kravchenko, una mujer alta y +gruesa, con sotabarba.</p> + +<p>—¿Ve usted, Karaulova? Todas están dispuestas a prestar juramento. ¿No +cambiará usted de opinión?</p> + +<p>Karaulova no respondió.</p> + +<p>—¿No quiere usted?</p> + +<p>—No.</p> + +<p>Pustochkina le sonrió amistosamente. Karaulova, a su vez, le sonrió, y +luego volvió a ponerse seria. El tribunal deliberó en voz baja, después +de lo cual el presidente, con una expresión amable y al mismo tiempo +respetuosa, punto menos que religiosa, se dirigió al sacerdote, que, en +espera de que los testigos prestasen juramento, se mantenía un poco a +distancia.</p> + +<p>—Padre: en vista de la obstinación de esta mujer, ¿quiere usted tomarse +el trabajo de persuadirla de que es cristiana? ¡Karaulova, acérquese!</p> + +<p>Karaulova, sin descomponerse, dio dos pasos hacia delante.</p> + +<p>El sacerdote estaba visiblemente molesto. Muy colorado, se acercó al +presidente y le dijo algo al oído.</p> + +<p>—¡No, no, padre!—le respondió el presidente—. ¡Se lo suplico a +usted! Si no, las demás pueden también negarse...</p> + +<p>Luego de arreglarse la cruz que llevaba en el pecho, el sacerdote, más +colorado aún, se dirigió a Karaulova en voz apenas perceptible:</p> + +<p>—Señora, sus sentimientos le hacen a usted honor; pero siendo +cristiana...</p> + +<p>—¡Si yo no soy cristiana!</p> + +<p>El sacerdote miró, confuso e impotente, al magistrado, que dijo:</p> + +<p>—Karaulova, escuche al sacerdote; él se lo explicará a usted todo.</p> + +<p>Y el pobre sacerdote siguió:</p> + +<p>—Todos nosotros, señora, somos pecadores. Unos pecamos de palabra; +otros, de obra. Dios omnipotente, tan sólo, puede ser juez de nuestra +conciencia. Dócil y humildemente, debemos someternos a cuantas pruebas +nos envía... Como cuenta de Job la Biblia, debemos resignarnos con +nuestro destino. Sin la voluntad del Todopoderoso, ni un solo cabello +puede desprenderse de nuestra cabeza. Por grandes que sean nuestros +pecados y nuestros crímenes, no tenemos derecho a condenarnos nosotros +mismos ni a alejarnos de la Santa Iglesia por nuestra propia voluntad; +sería un crimen aun más grande e imperdonable, porque de ese modo nos +mezclaríamos en las decisiones del Juez Supremo. Quizá, con motivo de su +oficio de usted, le envía Dios una prueba, de la misma suerte que envía +enfermedades y otras desgracias, mientras que usted, en su orgullo...</p> + +<p>—¡Pero si nosotras no estamos nada orgullosas de nuestro oficio! No hay +por qué estarlo...</p> + +<p>—...Mientras que usted, en su orgullo, se mezcla en las decisiones del +Juez Supremo y se atreve a apartarse de la Santa Iglesia Ortodoxa. +¿Usted conoce los símbolos de la fe?</p> + +<p>—No.</p> + +<p>—¿Pero cree usted en Nuestro Señor Jesucristo?</p> + +<p>—¿No he de creer?</p> + +<p>—Pues todo el que cree en Nuestro Señor debe ser considerado cristiano.</p> + +<p>El presidente se juzgó en el deber de apoyar al sacerdote:</p> + +<p>—Perfectamente—dijo—. ¿Comprende usted? Basta creer en Nuestro Señor +Jesucristo...</p> + +<p>—¡No, no!—repuso firmemente Karaulova—. Puedo creer todo lo que +quiera; pero con este oficio... Si yo fuera cristiana, no haría las +cosas que hago. Ni siquiera rezo.</p> + +<p>—¡Es verdad!—afirmó su amiga Pustochkina—. No reza nunca. Cuando hace +poco trajeron a nuestra casa un icono, se marchó para no asistir a la +ceremonia. Nuestros esfuerzos para retenerla fueron inútiles. ¿Qué se le +va a hacer? ¡Es así, señores jueces! Ella es la primera víctima de su +carácter.</p> + +<p>—Nuestro Señor Jesucristo—continuó el sacerdote—perdonó a la mujer +perversa cuando se arrepintió.</p> + +<p>—Pero yo no me he arrepentido.</p> + +<p>—Ya llegará la hora en que usted se arrepienta.</p> + +<p>—No. Quizá cuando me haga vieja o cuando me vaya a morir; pero no se +trata de eso. No puede tomarse en serio semejante arrepentimiento: peca +una toda su vida, años y años, y luego, cuando es ya demasiado tarde, +comienza a arrepentirse... No; en cuanto a eso, sé a qué atenerme.</p> + +<p>—Tiene razón—afirmó la joven prostituta Kravchenko, que seguía la +discusión con un interés sostenido—. ¡Se divertiría, cantaría, bebería, +recibiría hombres, y luego, de la noche a la mañana, a hacer penitencia! +No; sería demasiado cómodo. De ese modo, hasta a los mayores pecadores +les sería fácil convertirse en santos.</p> + +<p>El joven abogado la miraba con una atención siempre en aumento. +Asombrábase de no haber visto hasta entonces a aquellas mujeres y de no +saber siquiera dónde se encontraba su casa de tolerancia.</p> + +<p>El presidente hizo un gesto de desesperación y dijo al sacerdote:</p> + +<p>—Perdóneme usted... Tozudez semejante... Dispense que la hayamos +molestado...</p> + +<p>El sacerdote saludó y volvió a su sitio. Sus manos, mientras arreglaban +la cruz que pendía sobre su pecho, temblaban ligeramente.</p> + +<p>—¡Esto es magnífico!—comentó entusiasmado, en voz queda, el artesano +de los últimos bancos, volviendo a todos lados su rostro, radiante de +alegría, sonriente.</p> + +<p>El acusado, a quien contrariaba el retraso causado por la obstinación +de Karaulova, la miraba con desprecio.</p> + +<p>El tribunal deliberaba.</p> + +<p>—Bueno. ¿Qué hacer?—decía en voz baja el presidente, furiosísimo—. Es +una verdadera imbécil: la arrastran al paraíso y no quiere ir...</p> + +<p>—Creo que debían examinarse sus facultades mentales—dijo su vecino de +la izquierda—. En la Edad Media, los tribunales condenaban a la hoguera +a mujeres que no tenían nada de brujas, sino que eran simplemente +histéricas.</p> + +<p>—¡Ya comienza usted con sus concepciones patológicas!—repuso el +presidente—. En ese caso deberíamos comenzar por examinar las +facultades mentales del adjunto del fiscal. ¡Tenga usted la bondad de +mirarle!</p> + +<p>El adjunto del fiscal, un joven con alto cuello postizo y fino bigote, +parecido de un modo extraño al acusado, se esforzaba hacía largo rato en +atraer sobre su persona la atención del tribunal. Se removía en su +asiento, se alzaba de él, se apoyaba sobre la mesa hasta casi tenderse, +balanceaba la cabeza, sonreía y, cuando el presidente le dirigía por +casualidad una mirada, avanzaba todo el cuerpo en dirección al +magistrado. Era evidente que sabía algo y ardía en deseos de decírselo +al tribunal.</p> + +<p>—¿Usted quiere decir algo, señor fiscal?—le preguntó al fin el +presidente—. Le suplico que sea breve.</p> + +<p>—Permítame usted una pregunta...</p> + +<p>Y sin esperar el permiso se puso de pie, y, fijando los ojos en +Karaulova, le preguntó:</p> + +<p>—Diga usted, testigo, ¿cuál es su nombre de pila?</p> + +<p>—Grucha.</p> + +<p>—Grucha es el diminutivo; pero el verdadero nombre es, si no me engaño, +Agrafena, ¿no es eso? Es un nombre cristiano. Así, pues, ha sido usted +bautizada y se le ha puesto tal nombre. Por consiguiente...</p> + +<p>—No; al bautizarme me pusieron el nombre de Pelagueia.</p> + +<p>—¿Cómo? Si acaba usted de afirmar que la llaman Grucha...</p> + +<p>—Sí, me llaman Grucha; mas mi verdadero nombre es Pelagueia.</p> + +<p>—¡Cómo! Entonces...</p> + +<p>Pero el presidente le interrumpió:</p> + +<p>—Sí, señor fiscal, tiene razón: en la lista también figura con el +nombre de Pelagueia. Puede usted cerciorarse.</p> + +<p>—Entonces, no tengo nada más que decir.</p> + +<p>Se separó los faldones de la levita, y, lanzando una mirada severa al +acusado y a su defensor, se sentó.</p> + +<p>Karaulova esperaba. La situación se iba haciendo ridícula.</p> + +<p>En el público se hablaba del incidente en alta voz, y el ujier, +levantando amenazadoramente el dedo, trataba de restablecer el silencio +para mantener incólume el prestigio del tribunal. Mas el regocijo era +tan desbordante, que se hacía muy poco caso de aquella advertencia.</p> + +<p>—¡Silencio!—exclamó el presidente—. Ujier, si alguno habla alto, +hágale usted salir.</p> + +<p>En aquel momento se levantó un miembro del Jurado, un viejo delgado, +huesudo, con una larga levita negra, y se dirigió al presidente:</p> + +<p>—¿Quiere usted permitirme una pregunta?... Karaulova, ¿hace mucho +tiempo que es usted prostituta?</p> + +<p>—Ocho años.</p> + +<p>—¿Y qué hacía usted antes?</p> + +<p>—Era criada.</p> + +<p>—Y, naturalmente, quien la puso a usted en el mal camino fue su amo... +¿O su hijo quizá?</p> + +<p>—No, el amo mismo.</p> + +<p>—¿Y cuánto le dio a usted?</p> + +<p>—Diez rublos, y, además, un broche de plata y un corte de traje... +Tenía un gran almacén de telas.</p> + +<p>—¿Y por eso se perdió usted para toda la vida?</p> + +<p>—¿Qué quiere usted? Yo era joven y tonta.</p> + +<p>—¿Tuvo usted hijos?</p> + +<p>—Sí, un muchacho.</p> + +<p>—¿Qué ha sido de él?</p> + +<p>—Murió en un asilo.</p> + +<p>—Claro, después no ha tenido usted hijos...</p> + +<p>—No.</p> + +<p>El viejo, siempre severo, volvió a ocupar su asiento, y, ya sentado, +dijo:</p> + +<p>—Tienes razón: no eres cristiana. Por diez rublos perdiste tu cuerpo y +tu alma.</p> + +<p>—¡Hay viejos que dan más de diez rublos!—replicó, en defensa de +Karaulova, su amiga Pustochkina—. No hace mucho estuvo en casa un viejo +muy respetable... como usted...</p> + +<p>El público soltó la carcajada.</p> + +<p>—¡Cállese usted!—gritó, dirigiéndose a Pustochkina, el presidente—. +¡No tiene usted derecho a hablar mientras no se le pregunte!</p> + +<p>Y viendo que otro miembro del Jurado se levantaba, preguntó:</p> + +<p>—¿Usted también quiere hacer una pregunta?</p> + +<p>—Sí, con su permiso—dijo, con voz fina, casi infantil, un alto y +grueso comerciante, formado todo él de esferas y semiesferas: su +vientre, su pecho, sus mejillas y sus labios eran redondos, abombados.</p> + +<p>Y dirigiéndose a Karaulova, continuó:</p> + +<p>—Escucha: tú puedes arreglar tus asuntos con Dios como quieras; pero +aquí, en la tierra, debes cumplir tus deberes. Hoy te niegas a prestar +juramento so pretexto de que no eres cristiana; quizá mañana cometas un +robo o envenenes a uno de tus clientes: de mujeres como vosotras puede +esperarse todo... Haces mal en obstinarte y separarte de nuestra Santa +Iglesia. Si has pecado, puedes arrepentirte—para eso existen los +templos—; en modo alguno rechazar tu religión, sin la cual carecerás de +todo freno y creerás que todo te está permitido.</p> + +<p>—Tal vez me haga ladrona o algo peor todavía... Desde el momento en que +no soy cristiana...</p> + +<p>El grueso comerciante sentóse, y dijo a su vecino:</p> + +<p>—¡Imposible hacerla entrar en razón! ¡Tiene la cabeza demasiado dura!</p> + +<p>Apenas se hubo sentado, el adjunto del fiscal se levantó:</p> + +<p>—Permítame usted otra pregunta, señor presidente... Usted ha dicho, +Karaulova, que su verdadero nombre es Pelagueia. Por consiguiente, se la +bautizó con tal nombre. Así, pues, es usted cristiana, lo que consta, +como es natural, en su pasaporte.</p> + +<p>El presidente hizo una mueca, y dijo a su colega de la izquierda, +bajando la voz:</p> + +<p>—¡Nos está haciendo perder el tiempo!</p> + +<p>Dirigiéndose a Karaulova, preguntó:</p> + +<p>—¿Ha comprendido usted? Según sus documentos, es usted cristiana.</p> + +<p>—Y, sin embargo, no lo soy.</p> + +<p>—Ya ve usted, señor fiscal, no quiere comprender.</p> + +<p>El incidente comenzaba a enojarle. La tozudez de aquella mujer turbaba +el orden, paralizaba todo el mecanismo de la justicia, que solía +funcionar con mucha regularidad, sin ningún entorpecimiento. Era hasta +ofensivo; con toda su modestia aparente, su resignación y su humildad, +aquella mujer parecía, en cierta manera, superior a los jueces, a los +jurados, al público.</p> + +<p>El ruido en la sala aumentaba, y al ujier le costaba mucho trabajo +restablecer un silencio relativo. El tribunal deliberó en voz baja.</p> + +<p>—¡Es inadmisible!—protestó uno de los jueces—. Esto no es ya un +tribunal, sino más bien una casa de locos. Se diría que es ella quien +nos está juzgando.</p> + +<p>—¡La culpa no es mía!—repuso el presidente—. ¿Qué quiere usted que yo +le haga? Lo peor es que las otras mujeres están de parte de esta loca. +Es una verdadera rebelión contra la Iglesia.</p> + +<p>En aquel momento, un tercer miembro del Jurado se levantó:</p> + +<p>—¿Quiere usted decir algo?—le interrogó el presidente—. Haga el favor +de darse prisa; ya hemos perdido bastante tiempo.</p> + +<p>Era un joven de rostro en extremo inteligente, en demasía inteligente, +de largos cabellos de poeta y de manos finas. Hablaba con mucho trabajo, +como si se viera obligado a vencer, a cada palabra, la resistencia +encarnizada del aire. En su dulce voz se adivinaba el sufrimiento:</p> + +<p>—Es muy triste todo esto—dijo a Karaulova—. La comprendo a usted y la +miro con simpatía. Sin embargo, la idea que tiene usted del cristianismo +es falsa. El cristianismo es algo de más monta que las virtudes y los +pecados, los ritos exteriores y las oraciones. El verdadero cristianismo +consiste en una comunión mística con Dios.</p> + +<p>—¡Perdón!—le interrumpió el presidente—. Karaulova, ¿comprende usted +lo que quiere decir «mística»?</p> + +<p>—No.</p> + +<p>—Ya lo ve usted, señor miembro del Jurado: no le entiende a usted. +Tenga la bondad de hablar más sencillamente.</p> + +<p>—Bueno. Escúcheme bien, Karaulova: la base del cristianismo es la +imagen de Cristo. Las virtudes y los pecados no son sino categorías +pasajeras, emanaciones personificadas de la especie humana, la esfinge +enigmática, por decirlo así.</p> + +<p>—Señor jurado—le interrumpió una vez más el presidente—. Yo tampoco +comprendo nada. ¿No podría usted encontrar términos más claros?</p> + +<p>—Lo siento; pero no me es posible—dijo con tono melancólico el +jurado—. No se puede hablar de las cosas místicas en términos +vulgares... ¿No me entiende usted, Karaulova? Hay que estar en comunión +con Dios.</p> + +<p>—Eso es imposible para mí... Cuando se tiene este oficio, no se puede +estar en comunión con Dios. Ni siquiera me atrevo a encender una +lamparilla ante el icono de mi cuarto.</p> + +<p>Todos estaban fatigados.</p> + +<p>—¡Hay que acabar, cueste lo que cueste!—dijo uno de los jueces—. ¡Es +un escándalo inadmisible!</p> + +<p>Pero, luego del jurado, se levantó el defensor.</p> + +<p>—¿Aún más?—exclamó el presidente—. ¿Usted también quiere decir algo?</p> + +<p>—Puesto que usted ha permitido hablar al señor adjunto del fiscal...</p> + +<p>—¿Usted tiene que hablar también?—preguntó con ironía el presidente—. +Bueno, está usted en su derecho. Pero le suplico que sea lo más breve +posible.</p> + +<p>El abogado, haciendo un ademán elegante con su mano derecha, se volvió +hacia el Jurado y comenzó:</p> + +<p>—Los ejercicios oratorios del señor adjunto del fiscal...</p> + +<p>—Señor abogado, no puedo permitir polémicas.</p> + +<p>—Bueno, obedezco.</p> + +<p>Se volvió de nuevo hacia el Jurado, le contempló con una larga mirada, +clara y franca, y quedó un instante pensativo, cabizbajo, levantadas +ambas manos a la altura del pecho, los ojos entornados, las cejas +fruncidas. Los jurados y el público le miraban con interés, esperando +algo extraordinario; sólo los jueces, habituados a las maneras oratorias +de aquel señor, permanecían indiferentes. Después, poco a poco, el +defensor salió de su estado de postración; cayeron sus manos, abrió +luego los ojos, levantó la cabeza y, al cabo, pronunció con solemne +acento:</p> + +<p>—¡Señores jurados y señores jueces!</p> + +<p>Su voz produjo un efecto extraño: ora murmuraba, bien que de manera +bastante fuerte para ser oído; ora gritaba, ora hacía una larga pausa, +fijando los ojos en algún jurado, que, azorándose, no tardaba en volver +a otro lado los suyos.</p> + +<p>—Señores jurados y señores jueces: Acaban ustedes de oír el discurso +del señor adjunto del fiscal. Estarán, sin duda, de acuerdo conmigo si +les digo que la presión ilegal e inadmisible que trataba de ejercer el +señor adjunto del fiscal...</p> + +<p>—Señor defensor, no puedo permitirle a usted ultrajar aquí a los +representantes del poder establecido. Si continúa en ese tono, me veré +obligado a retirarle la palabra.</p> + +<p>El abogado saludó.</p> + +<p>—Bueno, obedezco. He querido sólo decir, señores jurados, que la señora +Karaulova no renunciará a sus convicciones aunque se le amenace con +hacerla quemar en una hoguera y con todos los horrores de la +Inquisición, lo que, por fortuna, es imposible en nuestra época. En la +persona de la señora Karaulova vemos, señores jurados, algo así como el +reverso de la mártir cristiana. En nombre de Cristo, renuncia a Cristo, +y diciendo siempre «no», dice, en realidad, «sí».</p> + +<p>Se iba arrebatando con su propia elocuencia. En su entusiasmo oratorio, +hasta sintió un escalofrío, y, con voz conmovida, añadió:</p> + +<p>—Sí, es cristiana y voy a probároslo, señores jurados. Las +declaraciones de las señoras Pustochkina y Kravchenko, así como las +confesiones de Karaulova misma, nos han trazado, de modo elocuente, el +camino por donde ha llegado a esta terrible situación. Muchacha +inexperta, ingenua, que acaba, acaso, de dejar la aldea, con sus +alegrías sencillas e inocentes, cae en manos de un repugnante sátiro, y +ve, horrorizada, que ha quedado encinta. Habiendo dado a luz en +cualquier parte, bajo un cobertizo, un niño...</p> + +<p>—Abrevie usted, si le es posible, señor defensor—dijo el presidente—. +Sabemos desde el principio que Karaulova es una prostituta. Los señores +jurados no son unos niños y comprenden muy bien, sin que haya que +explicárselo, cómo se llega a prostituta. Por otra parte, la testigo no +es una campesina, sino una hija de la ciudad de Vorones.</p> + +<p>—Bueno, obedezco, señor presidente; por más que las hijas de las +ciudades tienen también sus pequeñas alegrías sencillas... El caso es +que la señora Karaulova lleva en su corazón un ideal de verdadera +cristiana. Por desgracia, la triste realidad, con los viejos perversos, +la embriaguez, el desorden y los ultrajes, maltrata y desnaturaliza ese +ideal. Y en este choque trágico, el corazón de Karaulova se desgarra. +¡Señores jurados! La veis ahí tranquila, casi sonriente; pero ¿sabéis +cuántas lágrimas amargas han vertido esos ojos en el silencio de la +noche, cuántas flechas agudas de remordimientos de conciencia se han +clavado en ese corazón de mártir? ¿Acaso no querría ella ir a la +iglesia, como las mujeres honradas, y confesarse con el sacerdote, +vestida con un traje blanco, símbolo de pureza, y no como mujer +menospreciada y desdeñada? Tal vez, en sus sueños nocturnos, se vea de +rodillas en las gradas de piedra del templo, sintiéndose indigna de +entrar en él y llorando desconsolada. ¡Y pretende que no es cristiana! +¿Quién, entonces, merece el nombre de cristiano si ella no lo es? Con +sus lágrimas ha hecho penitencia, como la Magdalena, y sus lágrimas la +han purificado para siempre, convirtiendo en mártir cristiana a esta +pecadora.</p> + +<p>—¡Nada de eso es verdad!—le interrumpió Karaulova—. No he llorado ni +hecho penitencia. Y continúo con mi oficio; por tanto, no me he +arrepentido. ¡Miren ustedes!—Abrió su bolso y sacó el portamonedas, +tomó dos piezas de a rublo y un poco de plata menuda y se los enseñó al +abogado y a los jueces—-. ¡Miren! Este dinero lo he ganado con mi +oficio. Este traje también, así como este sombrero y estos pendientes. +No tengo nada, absolutamente nada que no haya ganado así. Ni mi cuerpo +me pertenece; está vendido por tres años, quizá por toda la vida, que no +es mucho decir, puesto que nuestra vida es corta. No, no me hable usted +de penitencia. No sólo no me arrepiento, sino que no tengo vergüenza ni +conciencia. Que me digan que me quede en cueros, y me quedaré. Que me +digan que escupa a la cruz, y escupiré.</p> + +<p>Kravchenko empezó de pronto a llorar. Lágrimas abundantes caían sobre su +pecho, como sobre una ancha bandeja.</p> + +<p>—Entre nosotras—continuó Karaulova—no se respeta nada, ni moral, ni +religión. El otro día me casaron, en broma, con uno de los clientes. +Toda la ceremonia fue un sacrilegio. Se hizo burla de cuanto se +considera sagrado... ¡No, no, no hago penitencia! No voy a la iglesia, y +no sólo no lloro en sus gradas de piedra, como ha dicho el señor +abogado, sino que hasta evito pasar por delante. No rezo, y ni siquiera +sé rezar. Ignoro con qué palabras debe una dirigirse a Dios. ¿Y qué +pedirle? ¿Ganar el reino de los cielos? No creo en él. Aquí abajo, las +oraciones no dan gran resultado; yo recé en otro tiempo para que mi hijo +no se separase de mí, y murió en un asilo. Yo pedí, cuando aun era +joven, muchas cosas a Dios, y mis oraciones no sirvieron de nada. Ya no +rezo nunca... No, señores, no soy cristiana, y cuanto el señor abogado +ha dicho es una monserga. ¡Soy Grucha la prostituta, y nada más! Por +eso, ni puedo ni quiero prestar juramento...</p> + +<p>—Señor presidente—dijo, levantándose, el adjunto del fiscal—. En +vista de que Karaulova ha mencionado aquí casos de sacrilegio, yo +quisiera, en mi calidad de representante de la autoridad pública, que me +diese los nombres de quienes cometieron tal acto.</p> + +<p>—¡No hubo sacrilegio ninguno!—contestó Karaulova—. Estaban todos +borrachos. Además, no recuerdo los nombres.</p> + +<p>El adjunto del fiscal se sentó, descontento.</p> + +<p>—Entonces ¿no prestará usted juramento?—interrogó el presidente a +Karaulova.</p> + +<p>—No.</p> + +<p>—¿Y ustedes?—preguntó, dirigiéndose a Kravchenko.</p> + +<p>—Nosotras aceptamos.</p> + +<p>El tribunal deliberó largamente, hasta invitó al adjunto del fiscal a +dar su opinión. Al fin, el presidente hizo conocer la decisión tomada:</p> + +<p>—En vista de las opiniones no cristianas de Karaulova, el tribunal le +permite que haga su declaración sin prestar juramento.</p> + +<p>Los demás testigos se acercaron al altarcito, ante el cual esperaba el +sacerdote.</p> + +<p>—¡Levantaos!—proclamó en alta voz el ujier.</p> + +<p>Todo el mundo en la sala se levantó y volvió la cabeza hacia el +altarcito.</p> + +<p>—¡Levantad la mano!—dijo el sacerdote.</p> + +<p>Todos obedecieron.</p> + +<p>—¡Repetid lo que voy a decir!</p> + +<p>Luego, cambiando de voz, continuó en tono más solemne:</p> + +<p>—Me comprometo y juro...</p> + +<p>Los testigos repitieron en voces diferentes, y no todos a una:</p> + +<p>—Me comprometo y juro...</p> + +<p>—Ante Dios Todopoderoso y ante su Santo Evangelio...</p> + +<p>—Ante Dios Todopoderoso y ante su Santo Evangelio...</p> + +<p>El presidente lanzó un suspiro de satisfacción; al fin, todo estaba +arreglado, y el mecanismo judicial, después de aquel entorpecimiento, +funcionaba con regularidad, como es necesario.</p> + +<p>Los testigos, excepto Karaulova, fueron alejados de la sala.</p> + +<p>—Karaulova—dijo el presidente—. El tribunal le permite a usted no +prestar juramento; pero no olvide usted que debe decir toda la verdad, +según su conciencia. ¿Lo promete usted?</p> + +<p>—No puedo prometerlo, porque no tengo conciencia.</p> + +<p>—¿Y qué quiere usted que hagamos nosotros?—exclamó con desesperación +el presidente—. Le pedimos que diga la verdad. ¿Comprende usted?</p> + +<p>—Diré lo que sepa.</p> + +<p>Media hora más tarde, el interrogatorio de los testigos había terminado. +El mecanismo judicial funcionaba de nuevo regularmente. Las preguntas +eran seguidas de respuestas. El adjunto del fiscal tomaba notas. El +reportero dibujaba, con aire grave y atareado, cabezas de mujeres. El +acusado daba explicaciones detalladas.</p> + +<p>—En cuanto al recibo del Monte de Piedad, tengo el honor de declarar al +tribunal...</p> + +<p>—En cuanto a mis visitas a la casa de tolerancia, donde, según la +acusación, gasté sumas muy fuertes, sólo estuve en ella cuatro veces: el +21 de diciembre, el 7 de enero, el 25 de enero y el 1 de febrero. Las +tres primeras veces todos mis gastos fueron pagados por mi camarada +Protasov; la cuarta vez pagué una suma insignificante, lo que puedo +probar con la cuenta del ama...</p> + +<p>La sala hallábase bien alumbrada, y se estaba allí a gusto. Fuera caía, +en gruesos copos, la nieve. La justicia seguía su curso como una máquina +perfecta.</p> + + +<hr class="half" /> +<h3><a name="BEN-TOVIT" id="BEN-TOVIT"></a>BEN-TOVIT</h3> +<hr /> + +<p>El día terrible en que se realizó la mayor injusticia del mundo, en que +se crucificó en el Gólgota, entre dos bandidos, a Cristo, ese mismo día, +el comerciante de Jerusalén Ben-Tovit tenía, desde por la mañana, un +dolor horrible de muelas.</p> + +<p>Le había comenzado la víspera, al anochecer. Ben-Tovit experimentó en el +lado derecho de la mandíbula, en la muela contigua a la del juicio, una +sensación singular, como si se le hubiera elevado un poco sobre las +otras; cuando la rozaba con la lengua, sentía un ligero dolor. Pero +después de comer, la molestia pasó, Ben-Tovit la olvidó y acabó de +tranquilizarse con el cambio de su viejo asno por otro joven y vigoroso, +negocio que le puso de buen humor.</p> + +<p>Durmió con un sueño profundo; pero, al amanecer, algo vino a turbar su +sueño. Se diría que alguien llamaba a Ben-Tovit para algún grave asunto. +No pudiendo ya resistir aquella inquietud, se despertó y se dio cuenta +al punto de que tenía dolor de muelas. Entonces era un dolor franco y +claro, muy violento, un dolor agudo e insoportable. Y no se podía ya +comprender si lo que le dolía era la muela de la tarde anterior o las +demás contiguas a ella. Toda la boca y toda la cabeza le dolían, como si +estuviese mascando millares de clavos ardiendo. Se enjuagó la boca con +un poco de agua del cántaro; durante unos momentos el dolor se aplacó, y +Ben-Tovit experimentó una ligera tirantez en las muelas. Dicha +sensación, comparada con el dolor de hacía un instante, era incluso +agradable. Ben-Tovit se acostó otra vez, se acordó de su nuevo asno y +pensó que sería del todo feliz a no ser por el dolor de muelas. Trató de +volver a dormirse. Pero cinco minutos después el dolor comenzó de nuevo, +más cruel que antes. Ben-Tovit se sentó en la cama y empezó a balancear +el cuerpo acompasadamente. Su rostro adquirió una expresión de +sufrimiento, y en su gran nariz, que había palidecido, apareció una gota +de sudor frío.</p> + +<p>Así, balanceándose y gimiendo lastimeramente, permaneció hasta la salida +del sol—de aquel sol que estaba predestinado a ver el Gólgota con sus +tres cruces y a eclipsarse de horror y de tristeza.</p> + +<p>Ben-Tovit era un buen hombre, a quien repugnaba la injusticia; pero +cuando su mujer se levantó, le dijo mil cosas desatentas, lamentándose +de que le hubiera dejado solo y no hubiera hecho ningún caso de sus +terribles sufrimientos.</p> + +<p>La mujer no se incomodó por estos reproches injustos; no ignoraba que +era el dolor, y en modo alguno la maldad, lo que hacía hablar así a su +marido. Le auxilió, solícita, con no pocos remedios: una cataplasma, en +la mejilla, de estiércol seco y pulverizado; una infusión muy fuerte de +aguardiente y huesos de escorpión; un pedazo de la piedra en que estaban +escritos los diez mandamientos, y que Moisés rompió en su cólera.</p> + +<p>El estiércol aplacó un poco el dolor de Ben-Tovit, pero por breve +tiempo. Los otros remedios produjeron el mismo efecto y, siempre tras un +corto alivio, el dolor volvía a empezar con redoblada fuerza. Durante +los escasos momentos de tregua, Ben-Tovit procuraba olvidarlo +completamente, poniendo el pensamiento en su nuevo asno; pero cuando se +hacía sentir otra vez, empezaba a gemir, a insultar a su mujer y a decir +que se iba a romper la cabeza contra la pared.</p> + +<p>Sin cesar iba y venía por el terrado de su casa, sin acercarse demasiado +a la barandilla, para que los transeúntes no le vieran con la cabeza +envuelta en un pañuelo, como una mujer. Con frecuencia, sus hijos +acudían junto a él y referían, interrumpiéndose, algo relativo a Jesús +Nazareno. Ben-Tovit se detenía entonces un instante para escucharlos; +pero ponía luego cara de pocos amigos, hería iracundo el suelo con el +pie y echaba a los niños; aunque era un hombre de buen corazón y aunque +amaba a sus hijos, se enojaba con ellos, lleno de fastidio, al oír +aquellas naderías. Le enfadaba también que la calle y los terrados de +las casas vecinas estuvieran llenos de gente que no hacía nada y le +miraba con curiosidad pasearse con la cabeza envuelta en un pañuelo, +como una mujer. Quería ya bajar, cuando su mujer le dijo:</p> + +<p>—Mira, conducen a los bandidos; quizá eso te distraiga.</p> + +<p>—¡Déjame en paz!—respondió colérico Ben-Tovit—. ¿No ves lo que sufro?</p> + +<p>Pero había en la proposición de su mujer algo como una promesa vaga de +que el dolor de muelas se le aplacaría si miraba a los bandidos, y se +acercó a la barandilla. La cabeza inclinada a un lado, un ojo cerrado, +la mano en la mejilla, miró hacia abajo.</p> + +<p>A lo largo de la estrecha calle empinada marchaba, en completo desorden, +una multitud enorme, levantando gran polvareda. Se oían gritos, +centenares de voces mezcladas. En medio de la multitud, encorvados bajo +el peso de las cruces, avanzaban los condenados. Por encima de sus +cabezas, semejantes a serpientes negras, chasqueaban los látigos de los +soldados romanos. Uno de los condenados—el que tenía largos cabellos +rubios y llevaba las vestiduras rotas y ensangrentadas—tropezó en una +piedra que le habían tirado y cayó.</p> + +<p>Redobló sus gritos la multitud, que parecía un mar agitado cubriendo con +sus olas la superficie de un islote.</p> + +<p>Ben-Tovit, de repente, sintió tal dolor, que se estremeció, como si +alguien le hubiera horadado la muela con una aguja. Lanzó un gemido +lastimero y se apartó de la barandilla, encolerizadísimo, importándole +un bledo cuanto sucedía en la calle.</p> + +<p>—¡Dios mío, cómo gritan!—gruñó, imaginándose las bocas muy abiertas, +con las muelas no atormentadas por el dolor.</p> + +<p>A no ser por el que le hacía ver las estrellas, hubiera podido gritar +como los demás, quizá más fuerte aún. Al pensar en esto, se hizo más +cruel su sufrimiento, y Ben-Tovit empezó a balancear furiosamente la +cabeza y a lanzar gritos.</p> + +<p>—Cuentan que curaba a los ciegos—dijo su mujer, que no se apartaba de +la barandilla ni dejaba de mirar abajo.</p> + +<p>Y tiró una piedrecita al sitio por donde pasaba Jesús, que avanzaba +lentamente, medio muerto ya a latigazos.</p> + +<p>—¡Tonterías!—respondió Ben-Tovit con acento burlón—. ¡Si posee, en +efecto, el don de curar, que me cure a mí el dolor de muelas!</p> + +<p>Y tras un corto silencio añadió:</p> + +<p>—¡Dios mío, qué polvareda han levantado! ¡Ni que fueran un rebaño! +Debían de echarlos a palos. ¡Llévame abajo, Sara!</p> + +<p>Su mujer tenía razón. El espectáculo le había distraído un poco, o quizá +el estiércol pulverizado le había aliviado. El caso es que no tardó en +dormirse. Cuando se despertó, el dolor había desaparecido casi por +completo; sólo el lado derecho de la mandíbula parecía ligeramente +hinchado; tan ligeramente, que apenas se notaba. Al menos, así lo +aseguraba su mujer. Ben-Tovit, escuchándola, sonreía maliciosamente; +bien sabía que a su mujer, por su bondad de corazón, le gustaba decir +cosas agradables.</p> + +<p>Un rato después llegó su vecino, el peletero Samuel. Ben-Tovit le enseñó +su nuevo asno, y, lleno de orgullo, escuchó los plácemes de Samuel a +propósito del cuadrúpedo.</p> + +<p>Después, a ruegos de Sara, que era muy curiosa, se dirigieron los tres +al Gólgota, a ver a los crucificados. Por el camino, Ben-Tovit refirió a +Samuel, sin omitir detalles, cómo había tenido dolor de muelas, cómo +sintió al principio la molestia en el lado derecho de la mandíbula, cómo +se había despertado al amanecer, atacado, súbitamente, de un dolor +insoportable. Para dar una idea más exacta de sus sufrimientos, hacía +muecas, cerraba los ojos, balanceaba la cabeza y gemía. Su vecino +asentía compasivamente, acariciando su larga barba blanca, y decía:</p> + +<p>—¡Dios mío! ¡Es terrible!</p> + +<p>A Ben-Tovit le complacía observar que Samuel apreciaba toda la +intensidad de sus sufrimientos recientes. Refirió por segunda vez cuanto +le había sucedido. Después recordó que hacía ya mucho tiempo había +tenido un dolor de muelas, pero en el lado izquierdo de la mandíbula +inferior.</p> + +<p>Así, en conversación animada, subieron al Gólgota. El sol, condenado a +alumbrar el mundo durante aquel día terrible, se había ya ocultado tras +las colinas lejanas. En el firmamento, hacia el Oeste, llameaba, +semejante a un rastro de sangre, una ancha banda roja. Sobre el fondo +del cielo se destacaban vagamente las cruces. Al pie de la de en medio +podían distinguirse siluetas humanas prosternadas.</p> + +<p>La multitud se había ido hacía tiempo. Comenzaba a sentirse frío.</p> + +<p>Después de dirigir una mirada distraída a los crucificados, Ben-Tovit +cogió a Samuel del brazo, y los tres se encaminaron a la casa. Ben-Tovit +experimentaba un deseo violento de seguir hablando, y comenzó de nuevo a +hablar del dolor que había tenido. Así, charlando, caminaban Gólgota +abajo. Ben-Tovit, animado por las exclamaciones de compasión que +profería de vez en cuando su vecino, daba a su rostro una expresión de +sufrimiento, cerraba los ojos, balanceaba la cabeza, gemía, mientras de +las profundas simas de la montaña y de las llanuras lejanas ascendía la +obscura noche, que parecía deseosa de ocultar al cielo el gran crimen +que se acababa de cometer sobre la tierra.</p> + +<hr class="half" /> + +<h3><a name="UN_HOMBRE_ORIGINAL" id="UN_HOMBRE_ORIGINAL"></a>UN HOMBRE ORIGINAL</h3> + +<hr /> +<p>Un corto silencio reinó entre los comensales, y en medio del murmullo de +las conversaciones, alrededor de las mesas lejanas y del ruido ahogado +de los pasos de los criados, que traían y llevaban los platos, alguien +declaró con voz dulce y tranquila:</p> + +<p>—¡A mi me encantan las negras!</p> + +<p>Antón Ivanich, el subjefe de la oficina, por poco si deja caer la copa +de <i>vodka</i> que se llevaba a los labios; un criado dirigió al que había +pronunciado tales palabras una mirada de asombro; todos volvieron la +cabeza para ver quién había dicho aquella cosa extraña. Y todo el mundo +vio la carita con bigotito rojo, los ojillos opacos y la cabecita +cuidadosamente peinada de Semen Vasilievich Kotelnikov.</p> + +<p>Durante cinco años habían trabajado con él en la oficina; todos los días +le daban la mano al llegar y al marcharse; todos los días le hablaban; +todos los meses, después de cobrar, comían con él, como aquel día, en un +restorán, y, no obstante, se les antojaba que aquel día lo veían por +primera vez. Lo vieron y se llenaron de extrañeza. Observaron que no era +feo del todo, a pesar de su absurdo bigote y sus pecas, semejantes a +las salpicaduras de barro lanzadas por un automóvil. Observaron también +que no vestía mal y que llevaba un cuello muy limpio.</p> + +<p>El subjefe, después de fijar largamente su mirada de asombro en +Kotelnikov, dijo:</p> + +<p>—Pero Semen...</p> + +<p>—¡Semen Vasilievich!—pronunció con cierta dignidad, Kotelnikov.</p> + +<p>—Pero Semen Vasilievich, ¿le gustan a usted las negras?</p> + +<p>—Sí, me gustan mucho.</p> + +<p>El subjefe miró con ojos de pasmo a todos los empleados sentados a la +mesa, y soltó la carcajada:</p> + +<p>—¡Ja, ja, ja! ¡Le gustan las negras! ¡Ja, ja, ja!</p> + +<p>Y todos se echaron a reír, incluso el grueso y enfermizo Polsikov, que +no se reía nunca. El mismo Kotelnikov se rió, un poco confuso, y +enrojeció de gusto; pero al mismo tiempo le asaltó un ligero temor: el +de que aquello le causase disgustos.</p> + +<p>—¿Lo dice usted seriamente?—preguntó el subjefe cuando acabó de +reírse.</p> + +<p>—¡Y tan seriamente! Hay en las mujeres negras un gran ardor y algo... +exótico.</p> + +<p>—¿Exótico?</p> + +<p>Se echaron de nuevo a reír; pero al mismo tiempo todos pensaron que +Kotelnikov era seguramente un hombre listo e instruido, cuando conocía +una palabra tan extraña: «exótico». Luego empezaron a discutir, +asegurando que no era posible que gustasen las negras; además de ser +negras, tenían la piel como cubierta de barniz, y los labios gruesos, y +olían mal.</p> + +<p>—¡Y, sin embargo, me gustan!—insistió modestamente Kotelnikov.</p> + +<p>—¡Allá usted!—dijo el subjefe—. Yo, por mi parte, detesto a esas +bestias color de betún.</p> + +<p>Todos sintieron una especie de satisfacción al pensar que había entre +ellos un hombre tan original que se pirraba por las negras. Con este +motivo, los comensales de Kotelnikov pidieron seis botellas más de +cerveza. Miraban con cierto desprecio a las otras mesas, en las que no +había un hombre de tanta originalidad.</p> + +<p>Las conversaciones terminaron. Kotelnikov estaba orgullosísimo de su +papel. Ya no encendía él sus cigarrillos, sino que esperaba a que el +criado se los encendiese.</p> + +<p>Cuando las botellas de cerveza estuvieron vacías, se pidieron otras +seis. El grueso Polsikov dijo a Kotelnikov en tono de reproche:</p> + +<p>—¿Por qué no nos tuteamos? Ya que desde hace tantos años trabajamos +juntos...</p> + +<p>—¡No tengo inconveniente! ¡Con mucho gusto!—aceptó Kotelnikov.</p> + +<p>Tan pronto se entregaba de lleno a la alegría de verse, al fin, +comprendido y admirado, como sentía el vago temor de que le pegasen.</p> + +<p>Después de beber «Brudeschaft»—Hermandad—con Polsikov, bebió con +Troitzky, Novoselov y otros camaradas; cambiaba besos con todos y los +miraba con ojos amorosos y tiernos.</p> + +<p>El subjefe no bebió «Brudeschaft» con él, pero le dijo amistosamente:</p> + +<p>—Venga usted por casa alguna vez. Mis hijas verán con curiosidad a un +hombre a quien le gustan las negras.</p> + +<p>Kotelnikov saludó, y aunque se tambaleaba un poco a causa de la cerveza, +todos convinieron en que era muy <i>chic</i>.</p> + +<p>Después de irse el subjefe, bebieron más, y todos juntos salieron a la +calle, tropezando con los transeúntes. Kotelnikov marchaba en medio de +sus camaradas, sostenido por Polsikov y Troitzky.</p> + +<p>—No, muchacho—decía—; no puedes comprenderlo. En las negras hay algo +exótico.</p> + +<p>—Tonterías—contestaba severamente Polsikov—. No sé lo que puede +encontrarse en ella. Del color del betún...</p> + +<p>—No, amigo; careces de gusto. La negra es una cosa...</p> + +<p>Hasta entonces no había pensado nunca en las negras, y no acertaba a dar +con la definición justa.</p> + +<p>—¡Tienen temperamento!</p> + +<p>Pero Polsikov no se dejaba convencer y seguía discutiendo.</p> + +<p>—¡Haces mal en discutir!—le dijo Troitzky—. Nuestro amigo Kotelnikov +tendrá sus razones. Además, sobre gustos no hay nada escrito.</p> + +<p>Y dirigiéndose a Kotelnikov, añadió:</p> + +<p>—¡No hagas caso, Semen! Sigue pirrándote por tus negras. Estoy tan +contento, que tengo ganas de armar un escándalo.</p> + +<p>—A pesar de todo, no lo comprendo—insistía Polsikov—. Del color del +betún... Para mí, ni siquiera son mujeres.</p> + +<p>—¡No, amigo, te engañas!—insistía a su vez Kotelnikov—. Porque, mira, +hay algo en las negras...</p> + +<p>Iban tambaleándose un poco, ligeramente borrachos, hablando en alta voz, +tropezando con la gente y muy satisfechos de sí mismos.</p> + +<p>Una semana después, todo el departamento sabía ya que al empleado +público Kotelnikov le gustaban mucho las negras. Algunas semanas más +tarde, este hecho era ya conocido por los porteros de todo el barrio, +por los solicitantes que acudían a la oficina, hasta por el agente de +policía de servicio en la esquina de la calle. Las señoritas +mecanógrafas de las secciones vecinas se asomaban un instante a la +puerta para ver al hombre original a quien le gustaban las negras. +Kotelnikov recibía estas muestras de atención con su modestia habitual.</p> + +<p>Un día se decidió a hacer una visita a su subjefe; mientras tomaba te +con confitura de cerezas, hablaba de las negras y de algo exótico que +había en ellas. Las muchachas menores parecían un poco confusas; pero la +mayor, Nastenka, que gustaba de leer novelas, estaba visiblemente +intrigada e insistía en que Kotelnikov le explicase las verdaderas +razones de su afición a las negras.</p> + +<p>—¿Por qué justamente las negras?—preguntábale.</p> + +<p>Todos estaban contentos, y cuando Kotelnikov se fue, hablaron de él con +afecto. Nastenka llegó a declarar que era víctima de una pasión +enfermiza. Lo cierto era que a ella le había caído en gracia. Nastenka +también le causó cierta impresión a Kotelnikov; pero él, como hombre a +quien sólo le gustaban las negras, creyó de su deber ocultar su +inclinación hacia la muchacha, y, sin dejar de ser cortés, manifestose +con ella un poco reservado.</p> + +<p>Al volver a casa por la noche, se puso a pensar en las negras, en su +cuerpo color de betún, cubierto de sebo, y le parecieron repulsivas. Al +imaginarse que abrazaba a una, sintió náuseas y le dieron ganas de +llorar y de escribirle a su madre, residente en provincias, que acudiera +inmediatamente como si un grave peligro le amenazase. Al cabo logró +dominarse. Cuando a la mañana siguiente llegó a la oficina, bien peinado +y vestido, con una corbata encarnada y cierta cara de misterio, no cabía +duda de que a aquel hombre le encantaban las negras.</p> + +<p>Poco tiempo después, el subjefe, que manifestaba un gran interés por +Kotelnikov, le presentó a un revistero de teatros. Este, a su vez, le +condujo a un café cantante y le presentó al director, el señor Jacobo +Duclot.</p> + +<p>—Este señor—dijo el revistero al director, haciendo avanzar a +Kotelnikov—adora a las negras. Nada más que a las negras; las demás +mujeres le repugnan. ¡Un original de primer orden! Me alegraría mucho si +usted, Jacobo Ivanich, pudiera serle útil; es muy interesante, y tales +tendencias... ¿comprende usted?... hay que alentarlas.</p> + +<p>Dio unos golpecitos amistosos en la angosta espalda de Kotelnikov. El +director, un francés de bigote negro y belicoso, miró al cielo como +buscando una solución, y con un gesto decidido, exclamó:</p> + +<p>—¡Perfectamente! Ya que le gustan a usted las negras, quedará +satisfecho: tengo precisamente en mi <i>troupe</i> tres hermosas negras.</p> + +<p>Kotelnikov palideció ligeramente, lo que no advirtió el director, +absorto en sus cavilaciones sobre el café cantante.</p> + +<p>—Tiene usted que darle un billete gratuito para toda la temporada.</p> + +<p>El director consintió.</p> + +<p>A partir de aquella misma tarde, Kotelnikov empezó a hacerle la corte a +una negra, miss Korrayt, que tenía lo blanco de los ojos del tamaño de +un plato y la pupila no más grande que una olivita. Cuando, poniendo tal +máquina en movimiento, jugaba ella los ojos con coquetería, Kotelnikov +sentía recorrer su cuerpo un frío mortal y flaquear sus piernas. En +aquellos momentos experimentaba un gran deseo de abandonar la capital e +irse a ver a su pobre madre.</p> + +<p>Miss Korrayt no sabía palabra de ruso; pero, por fortuna, no faltaron +intérpretes voluntarios que se encargaron gustosísimos de la delicada +misión de traducir los cumplimientos entusiásticos que la negra dirigía +a Kotelnikov.</p> + +<p>—Dice que no ha visto en su vida a un <i>gentlemán</i> tan guapo y +simpático. ¿No es eso, miss Korrayt?</p> + +<p>Ella agitaba la cabeza afirmativamente, enseñaba su dentadura, parecida +al teclado de un piano, y volvía a todos lados los platos de sus ojos. +Kotelnikov movía también la cabeza, saludando, y balbuceaba:</p> + +<p>—Hagan el favor de decirle que en las negras hay algo exótico.</p> + +<p>Y todos estaban tan contentos.</p> + +<p>Cuando Kotelnikov besó por primera vez la mano a miss Korrayt, la +emocionante escena tuvo por testigos a todos los artistas y a no pocos +espectadores. Un viejo comerciante, incluso lloró de entusiasmo en un +acceso de sentimientos patrióticos. Después se bebió champaña. +Kotelnikov tuvo palpitaciones, guardó cama durante dos días y muchas +veces empezó a escribirle a su madre: «Querida mamá»—escribía—y su +debilidad le impedía siempre terminar la carta.</p> + +<p>A los tres días, cuando llegó a la oficina, le dijeron que su excelencia +el director quería verle.</p> + +<p>Se arregló con un cepillo el pelo y el bigote, y, lleno de terror, entró +en el gabinete de su excelencia.</p> + +<p>—¿Es verdad que a usted... que a usted...?</p> + +<p>El director buscaba palabras.</p> + +<p>—...¿Que a usted le gustan las negras?</p> + +<p>—¡Sí, excelentísimo señor!</p> + +<p>El director miró con ojos asombrados a Kotelnikov, y preguntó:</p> + +<p>—Pero vamos... ¿por qué le gustan a usted?</p> + +<p>—¡Ni yo mismo lo sé, excelentísimo señor!</p> + +<p>Kotelnikov sintió de pronto que el valor le abandonaba.</p> + +<p>—¿Cómo? ¿No lo sabe usted? ¿Quién va a saberlo, pues? Pero no se turbe +usted, joven. Sea franco. Me place ver en mis subordinados cierto +espíritu de independencia... naturalmente, si no traspasa ciertos +límites definidos por la ley. Bueno, dígame francamente, como si hablase +usted con su padre, por qué le gustan las negras.</p> + +<p>—¡Hay en ellas algo exótico, excelentísimo señor!</p> + +<p>Aquella noche, en el Club Inglés, jugando a la baraja con otras personas +importantes, su excelencia dijo entre dos bazas:</p> + +<p>—Tengo en mi departamento un empleado a quien le gustan las negras. +Pásmense ustedes. ¡Un simple escribiente!</p> + +<p>Sus compañeros de juego eran también excelencias, directores de +departamento, y experimentaron al oírle un poco de envidia; cada uno de +ellos tenía también a sus órdenes un ejército de empleados; pero eran +todos hombres grises, opacos, sin ninguna originalidad, vulgares.</p> + +<p>—Y yo, pásmense ustedes—dijo una de las excelencias—, tengo un +empleado con un lado de la barba negro y el otro rojo.</p> + +<p>Esperaba así tomar revancha; pero todos comprendieron que una barba, no +ya como aquélla, sino policroma, no tenía importancia comparada con una +pasión extravulgar por las negras.</p> + +<p>—¡Afirma ese hombre original que hay en las negras algo +exótico!—añadió su excelencia.</p> + +<p>Poco a poco, la popularidad de Kotelnikov en los círculos burocráticos +de la capital llegó a ser muy grande. Como sucede siempre, quisieron +imitarle; mas sus imitadores sufrieron fracasos lamentables. Uno de +ellos, un viejo escribiente que contaba veintiocho años de servicio y +sostenía una numerosa familia, declaró de repente que sabía ladrar como +un perro, y no tuvo ningún éxito. Otro empleado, muy joven aún, simuló +estar perdidamente enamorado de la mujer del embajador chino; durante +algún tiempo logró atraer sobre él la atención y aun la compasión; pero +la gente experimentada no tardó en comprender que aquello no era sino +una imitación miserable de una auténtica originalidad, y todos le +volvieron con desprecio la espalda.</p> + +<p>Hubo otras muchas tentativas de la misma índole. En general, notábase +entre los empleados públicos cierta inquietud de ánimo, que se traducía +en esfuerzos por ser original.</p> + +<p>Un joven de buena familia, no logrando encontrar medio de ser original, +acabó por decirle a su jefe una porción de groserías, y, naturalmente, +tuvo que abandonar al punto su empleo.</p> + +<p>Kotelnikov se creó muchos enemigos. Afirmaban insidiosamente que estaba +en ayunas en lo atañedero a las negras. Sin embargo, no mucho después, +un periódico publicó una interviú con él, en la que Kotelnikov declaraba +francamente que le gustaban las negras porque había en ellas algo +exótico.</p> + +<p>A partir de aquel día, su estrella comenzó a brillar con más fulgor aún. +A la sazón visitaba frecuentemente a la familia de su subjefe, que le +recibía con los brazos abiertos. Nastenka lloraba a veces pensando en el +terrible destino reservado a aquel aficionado a las negras. Kotelnikov, +sentado a la mesa, sentía sobre él las miradas de piedad de toda la +familia y se esforzaba en dar a su rostro una expresión melancólica y al +mismo tiempo exótica. Todos estaban muy satisfechos de que un hombre tan +original frecuentara la casa, en calidad de buen amigo; todos, incluso +la abuela sorda que lavaba los platos en la cocina.</p> + +<p>El hombre original se retiraba tarde a casa y lloraba desconsolado, +porque amaba a Nastenka con toda su alma y no podía ver a miss Korrayt.</p> + +<p>Hacia las Pascuas se corrió la voz de que Kotelnikov se casaba con miss +Korrayt, la cual, con tal motivo, se convertía a la religión ortodoxa y +abandonaba el café cantante del señor Jacobo Duclot. Según los mismos +rumores, el propio director había consentido en ser el padrino del joven +esposo.</p> + +<p>Los compañeros, los solicitantes y los porteros felicitaban a +Kotelnikov, que les daba las gracias y saludaba con la muerte en el +alma.</p> + +<p>La velada anterior a su boda la pasó en casa del subjefe. Le recibieron +como a un héroe, y todos parecían muy contentos, excepto Nastenka, que +se iba a su cuarto de vez en cuando a llorar a sus anchas, y que, para +ocultar las huellas del llanto, se ponía tantos polvos que se +desprendían de su faz en tanta abundancia como la harina de una piedra +de molino.</p> + +<p>Durante la cena todos felicitaban al novio y brindaban en honor suyo. El +propio subjefe, que se había excedido un poco en la bebida, le dirigió +una pregunta algo turbadora:</p> + +<p>—¿Podría usted decirme de qué color serán los niños?</p> + +<p>—¡Serán a rayas!—observó Polsikov.</p> + +<p>—¿Cómo a rayas?—exclamaron, asombrados, los asistentes.</p> + +<p>—Muy sencillo: una raya blanca, otra negra; una raya blanca, otra +negra... Como las cebras—explicó Polsikov, a quien le inspiraba gran +lástima su desgraciado amigo.</p> + +<p>—¡No, no es posible!—exclamó Kotelnikov, poniéndose muy pálido.</p> + +<p>Nastenka no podía ya contener las lágrimas, y, sollozando, huyó a su +cuarto, llenando de emoción a los asistentes.</p> + +<p>Durante dos años, Kotelnikov pareció el hombre más feliz de la tierra, y +daba gusto verle. Hasta fue recibido un día con su mujer por el propio +director. Cuando llegó a ser padre de un hijo se le dio, a modo de +subsidio, una suma bastante crecida, y se le ascendió.</p> + +<p>El hijo no era a rayas. Tenía un tinte ligeramente gris, más bien color +de oliva. Kotelnikov decía a todos que estaba encantado con su mujer y +con su hijo; pero nunca se daba prisa en volver a casa, y, cuando +volvía, se detenía largo rato ante la puerta. Cuando su mujer salía a +abrirle y le enseñaba su dentadura, semejante al teclado de un piano, y +lo blanco de sus ojos, grande como un plato, cuando se estrechaba contra +él, el pobre experimentaba una repulsión invencible y pensaba, con un +dolor cruel, en los seres dichosos que tenían mujeres blancas y niños +blancos.</p> + +<p>—¡Querida mía!—decía.</p> + +<p>Y a instancias de su mujer se dirigía a la habitación donde estaba su +hijo. No podía ver a aquel niño de labios gruesos, gris como el asfalto; +pero lo cogía en brazos y procuraba simular que se le caía la baba, +combatiendo con gran trabajo la tentación de tirarlo al suelo.</p> + +<p>Tras no pocas vacilaciones, escribió a su madre noticiándole su +matrimonio, y, con gran asombro, recibió una respuesta alegre. También +ella estaba satisfecha de que su hijo fuera un hombre tan original y de +que el propio director hubiera sido su padrino.</p> + +<p>A los dos años de su boda, Kotelnikov murió del tifus. Momentos antes de +morir hizo llamar al sacerdote. El cual, al ver a su mujer, acarició su +espesa barba y lanzó un profundo suspiro. El también sentía cierta +admiración por Kotelnikov, con motivo de su originalidad. Cuando se +inclinó sobre el moribundo, éste, haciendo acopio de todas sus fuerzas, +exclamó:</p> + +<p>—¡Aborrezco a ese diablo negro!</p> + +<p>Sin embargo, un minuto después, como se acordase de su excelencia, del +subsidio que le habían dado, de su subjefe, de Nastenka, y viese a su +mujer llorar, añadió, con voz dulce:</p> + +<p>—Me encantan las negras... Hay en ellas algo exótico.</p> + +<p>Procuró iluminar su rostro con una sonrisa feliz, y con la sonrisa en +los labios se fue al otro mundo.</p> + +<p>La tierra le acogió indiferente, sin preguntarle si le gustaban o no le +gustaban las negras, y mezcló sus huesos con los de otros muertos. Pero +en los círculos burocráticos se habló todavía mucho tiempo de aquel +hombre original, a quien volvían loco las negras y que encontraba en +ellas algo exótico.</p> + + +<hr class="half" /> +<h3><a name="NO_HAY_PERDON" id="NO_HAY_PERDON"></a>¡NO HAY PERDÓN!</h3> + +<hr /> + +<p>Una estudianta. Muy joven, casi una niña. La nariz fina, linda, no +formada aún completamente, como la de los niños, un poco arremangada; +los labios también son infantiles, y parece que exhalan olor a bombones +de chocolate. Los cabellos son tan abundantes y sedosos, cubren su +cabeza de una manera tan graciosa, que al mirarlos se piensa sin querer +en mil cosas amables: en el cielo azul sin nubes, en las canciones +primaverales de los pajarillos, en el florecer de las lilas. Se piensa +también, al admirar esta bella cabeza de muchacha, en los manzanos +florecientes, bajo los que se busca sombra en un medio día de verano, y +que dejan caer sobre el sombrero, sobre los hombros y sobre los brazos +pétalos delicados color de nieve y rosa.</p> + +<p>Los ojos eran también juveniles, claros, tranquilos e ingenuos; pero +examinándola de cerca se podían advertir en su rostro sombras ligeras de +cansancio, indicios de alimentación insuficiente, de noches de insomnio, +de largas veladas en cuartos pequeños y llenos de humo, donde se pasan +las horas en discusiones interminables. Se pensaba también que sus +mejillas habían conocido las lágrimas; lágrimas dolorosas y amargas. +Había algo de nervioso y de inquietante en sus movimientos: el rostro +era alegre y sonreía; pero el piececito, calzado con un chanclo +deteriorado y sucio de barro, hería nerviosamente el suelo, como si +quisiera acelerar la marcha del tranvía, que avanzaba muy despacio. Nada +de esto se le había escapado a Mitrofan Vasilich Krilov, que poseía el +don de la observación. Iba de pie en la plataforma del tranvía, frente a +la muchacha. Por entretenerse, la contemplaba, un poco distraída y +fríamente, como una fórmula algebraica sencilla y muy conocida que se +destacase en la negrura del encerado. En los primeros momentos, la +contemplación le divirtió, como a cuantos miraban a la muchacha; pero +eso duró poco, y no tardó en caer de nuevo en su mal humor. No tenía +motivos para estar contento. Al contrario. Volvía del liceo, donde era +profesor, cansado, con el estómago vacío; el tranvía estaba repleto, y +no había posibilidad de sentarse y leer el periódico. El tiempo era +también execrable en aquel terrible mes de noviembre; la ciudad era fea +y le disgustaba, así como toda aquella vida, que no valía más que el +billete, desgarrado por un extremo, que llevaba en la mano. Todos los +días hacía igual viaje: de su casa al liceo y del liceo a su casa. Podía +contar los días por el número de billetes. Su vida era a modo de una +larga cinta de billetes de tranvía, de la que se arrancaba uno cada +veinticuatro horas.</p> + +<p>No tardó en cansarse de contemplar a la muchacha, y la hubiera olvidado +sin dificultad; pero se hallaba frente a él, y no podía menos de +mirarla de vez en cuando.</p> + +<p>«Ha venido hace muy poco de la provincia—pensaba severamente—. ¿A qué +diablos vienen aquí? Yo, por ejemplo, abandonaría con mucho gusto esta +maldita ciudad y me iría a cualquier rincón. Naturalmente, ella se pirra +por las conversaciones, por las discusiones; tiene sus ideas políticas y +sociales. No estaría de más que se cuidase un poco del arreglo de su +persona; mas no tiene tiempo de ocuparse en cosas tan mezquinas: ¡debe +salvar a la humanidad! Es lástima, sobre todo siendo tan bonita.»</p> + +<p>La muchacha advirtió las miradas severas de Krilov, y se turbó. Se turbó +de tal modo, que la sonrisa desapareció de su rostro y fue reemplazada +por una expresión de miedo infantil, mientras su mano izquierda, con un +movimiento instintivo, se dirigía hacia su pecho, como si llevase algo +escondido en el corsé.</p> + +<p>«¡Tiene gracia!—se dijo Krilov, volviendo a otro lado los ojos y +tratando de dar a su rostro una expresión de indiferencia—. Le dan +miedo mis gafas azules; todas estas muchachas están seguras de que un +hombre con gafas azules es un espía... Lleva probablemente proclamas +escondidas en el corsé. En otro tiempo, las muchachas escondían cartas +amorosas; ahora son proclamas y boletines revolucionarios lo que +esconden. ¡Boletines! ¡Qué palabra más estúpida!»</p> + +<p>Dirigió de nuevo, a hurtadillas, una mirada a la muchacha, y volvió en +seguida los ojos. Ella le miraba, como mira un pájaro a una serpiente +que se acerca, y apretaba la mano contra su costado izquierdo. Krilov se +incomodó.</p> + +<p>«¡Qué estúpida es! Me toma por un espía, a causa de mis gafas azules. No +comprende que un hombre puede llevar gafas azules por estar enfermo de +la vista. Es tan cándida, que se hace traición. ¡Y pensar que pretende +salvar a la humanidad! ¡Necesita aún una niñera esta revolucionaria! No +estamos en sazón todavía para la revolución. En vez de Lasalles, entre +nosotros, se dedican los chiquillos a la política. ¡No sabe aún resolver +un sencillo problema aritmético, y habla, sin duda, con aplomo, de +cuestiones políticas, sociales, financieras! No estaría de más asustarla +un poco; sería una buena lección para ella.»</p> + +<p>Apenas había formulado en su interior tal pensamiento, tuvo una +inspiración repentina. Era una idea inspirada por el cielo gris de +noviembre, por el suelo fangoso, por el hambre que le atormentaba. +Inmediatamente comenzó a ponerla en práctica.</p> + +<p>Con un movimiento nada seductor bajó la cabeza, dio a su rostro una +expresión desagradable y maliciosa, propia, a su juicio, de un espía, y +lanzó una mirada severa y escrutadora a la muchacha. El resultado le +satisfizo: la muchacha se estremeció de miedo, y sus ojos se llenaron de +angustia.</p> + +<p>«¡Vamos, pequeña!—pensaba, triunfante, Krilov—. Parece que huirías de +buena gana; pero ¿cómo? ¡Magnífico! ¡Espera, que aun hay más!»</p> + +<p>Se iba interesando en el juego, encontrando en él un placer. Olvidaba su +hambre y el mal tiempo, se dedicó a la imitación de un espía, con tanta +habilidad como si fuera un verdadero artista, o como si en realidad +estuviese al servicio de la Policía secreta.</p> + +<p>Su cuerpo se tornó flexible como el de una serpiente; sus ojos +adquirieron una expresión de alegría pérfida; su mano derecha, que +llevaba en el bolsillo, oprimía con toda su fuerza el billete, como si +éste fuera su revólver cargado con seis balas o un <i>carnet</i> de policía.</p> + +<p>No sólo la muchacha, sino muchos otros viajeros comenzaron a desazonarse +al mirarle: tan de espía era su apariencia. Un comerciante grueso y +colorado que ocupaba él solo la tercera parte de la plataforma se +estrechó de pronto, se hizo pequeñísimo y volvió la cabeza. Un hortera, +debajo de cuyo gabán se veía un delantal blanco, miró a Krilov con ojos +de conejo asustado, y, empujando a la muchacha, saltó del tranvía y +desapareció entre la multitud.</p> + +<p>«¡Muy bien!»—se cumplimentó a sí mismo Krilov, con el corazón lleno de +la alegría pérfida de un enfermo del hígado. Había algo de pintoresco, +de sugestivo, de agradablemente inquietante en esa renuncia a su propia +persona, en representar un papel antipático, en que los demás le odiasen +y le temiesen. En el fondo gris de la vida cotidiana se abrían a modo +de abismos obscuros, llenos de misterio y de sombras movibles y mudas. +Se acordó de la clase donde daba todos los días las lecciones, de la +fisonomía de los alumnos, que no le inspiraban ya sino disgusto, de sus +cuadernos azules, con manchas de tinta, sucios, llenos de faltas +estúpidas, idiotas, que hacían aún más detestable la vida.</p> + +<p>«Debe de ser una cosa muy interesante el oficio de espía—se dijo—. Un +espía arriesga su vida tanto como un revolucionario. A veces la práctica +del espionaje cuesta la cabeza. He oído decir que mataron a un espía +hace poco. Le degollaron como a un cerdo.»</p> + +<p>Durante un minuto tuvo miedo y quiso renunciar al papel que se había +propuesto representar; pero su oficio de profesor era tan odioso para +él, tan monótono y aburrido, que le gustaba, aunque sólo fuera por un +rato, cambiar de pellejo.</p> + +<p>La estudianta no le miraba ya, y, no obstante, su juvenil rostro, el +lóbulo rosa de su oreja, que se veía bajo un bucle de sus cabellos +ondulados; su cuerpo, un poco inclinado hacia delante; su pecho, que +bajaba y subía anhelosamente, todo expresaba una angustia terrible y un +deseo loco de huir. En aquel momento soñaba quizá con tener alas. Dos +veces se movió un poquito, disponiéndose a descender, y, al sentir sobre +sus mejillas ruborosas la mirada inquisitorial de Krilov, permaneció +como clavada en su sitio, sin retirar la mano de la barandilla en que se +apoyaba. Su guante negro, con un dedo algo descosido, temblaba un poco. +Le daban vergüenza aquel guante y aquel dedo minúsculo, tímido, +desamparado; pero no tenía fuerza para levantar la mano.</p> + +<p>«¡Muy bien! ¡Muy bien!—pensaba Krilov—. Estoy muy contento. De buena +gana huirías; ¡pero no, pequeña! Será una buena lección para ti. Esto te +enseñará a ser más prudente. ¡La vida no es lo que tú te creías!»</p> + +<p>Se imaginó la vida de aquella muchacha. Era tan interesante como la de +un espía; pero había en ella algo que no conocían los espías: una +arrogancia, una mezcla armónica de lucha, de misterio, de horror y de +alegría... Era perseguida, y hay algo de singularmente delicioso en que +un malvado, hostil y temible, tienda las manos aprehensoras a nuestra +garganta y prepare, hilo por hilo, la cuerda para estrangularnos. ¡En +tales momentos, el corazón late con tanta violencia, se ilumina la vida +con una luz tan fúlgida y se la ama con tanto ardor!</p> + +<p>Con disgusto, Krilov dirigió una mirada a su viejo gabán, al botón que +colgaba con un pedazo de la tela; se imaginó su rostro amarillo y agrio, +que detestaba, hasta el extremo de no afeitarse sino una vez al mes; sus +ojos, con gafas azules, y se convenció, con un placer maligno, de que +parecía, en efecto, un espía. Sobre todo, a causa de su botón colgante; +los espías no tienen a nadie que pueda coserles los botones, y todos +deben de llevar colgando del gabán un botón de que no pueden servirse.</p> + +<p>Experimentó un sentimiento de soledad triste, propia sólo de los espías. +Una profunda melancolía invadió su corazón. El cielo, la vida, las +gentes, todo se tornó a sus ojos sombrío, negro, al par que hondo, +misterioso y lleno de sentido.</p> + +<p>Trató de mirarlo todo con una mirada semejante a la de la muchacha. Y +todo se le presentó bajo un aspecto nuevo.</p> + +<p>No se había parado nunca a penetrar el significado del día y la noche; +la noche misteriosa, engendradora de tinieblas, escondedora de hombres, +silenciosa e inescrutable; ahora veía su aproximación callada; admiraba +las luces que se encendían una tras otra; percibía algo de solemne en +aquella lucha entre el resplandor y las sombras, y se asombraba de la +calma de la multitud, que discurría por la calle sin darse cuenta, al +parecer, de que la noche se acercaba.</p> + +<p>La muchacha miraba ávidamente a los rincones negros de las callejuelas, +no alumbradas aún, y él seguía sus miradas y hundía la vista en esos +corredores obscuros, que invitan, en la sombra, con una elocuencia +misteriosa. La muchacha miraba con angustia a las altas casas, que +estaban como defendidas por sus pilares de la calle, y él seguía siempre +su mirada, y aquellas masas estrechas, aquellas malas fortalezas se le +antojaban asimismo algo nuevo.</p> + +<p>En una de las paradas, al final de un trayecto del tranvía, Krilov debía +descender; pero la muchacha no lo hizo, y él le dijo en voz alta al +conductor:</p> + +<p>—Deme usted un billete hasta la parada próxima.</p> + +<p>Le satisfizo mucho encontrar en su bolsillo una monedita de cinco +copecks para pagar el billete; se figuraba que los espías sólo llevaban +monedas de cobre o billetes de Banco sucios, viejos, casi rotos; no se +puede pagar a los espías en buen dinero; de lo contrario, serían gentes +como las demás. El cobrador, silencioso, parecía también comprenderlo; +al menos tomó la moneda con un desagrado tan visible, que Krilov se +indignó. Asestó contra el cobrador sus gafas, a modo de cañones, y se +dijo, al recibir el billete:</p> + +<p>«¡Me desprecias, canalla! Lo que no te impide robar a la Compañía. Os +conozco a todos.»</p> + +<p>Y empezó a imaginar cómo vigilaría al cobrador, le cogería en flagrante +delito y, cuando menos lo esperase, le denunciaría a la Administración. +Luego se dedicaría a vigilar a los demás cobradores, y los denunciaría a +su vez.</p> + +<p>La muchacha seguía allí siempre. No había que perderla de vista.</p> + +<p>Escogiendo un momento favorable, apartó de la barandilla la mano del +guante descosido, lo que le dio ánimos, y descendió presurosa del +tranvía, en la esquina de una ancha calle, donde se cruzaban los rieles. +Otros viajeros estaban también a punto de descender. Los había, al +contrario, que subían. Una mujer delgada, que llevaba un gran +envoltorio, impidió a Krilov la salida.</p> + +<p>—¡Permítame usted!—le dijo él, tratando de abrirse paso.</p> + +<p>Pero el sitio que dejaba libre el envoltorio era demasiado estrecho, y +no podía pasar. Por el otro lado impedían el paso el conductor y el +comerciante grueso y rojo. Este último fingía no darse cuenta de que +Krilov quería descender.</p> + +<p>—¡Pero déjeme usted pasar!—exclamó Krilov con cólera—. Conductor, +¿oye usted? ¡Reclamaré!</p> + +<p>—¡Señor, haga el favor de dejar paso!—dijo el conductor, dirigiéndose +al comerciante.</p> + +<p>El cual miró a Krilov y se apartó un poco, tan poco, que el otro apenas +pudo pasar, y hasta hubiera jurado que el comerciante le oprimía ex +profeso con su voluminoso cuerpo. Sofocado, Krilov saltó, por fin, a +tierra y empezó a correr, a la ventura en persecución de la muchacha.</p> + +<p>La alcanzó en una estrechísima callejuela. Marchaba de prisa, dirigiendo +miradas atrás. Al divisar a alguna distancia a Krilov, casi echó a +correr, no disimulando ya el temor. Krilov apresuró también el paso. En +aquella callejuela obscura y desconocida, donde sólo se hallaban él y la +muchacha, experimentó un malestar muy parecido al miedo.</p> + +<p>«¡Hay que acabar!»—se dijo.</p> + +<p>Sin embargo, siguió corriendo, casi ahogándose de fatiga.</p> + +<p>La muchacha se detuvo a la puerta de una gran casa, con muchos pisos. +Cuando se disponía a abrir, Krilov se acercó a ella y, sonriendo +amistosamente, la miró a los ojos. Con la sonrisa quería decirle que la +broma se había terminado y que ya no tenía nada que temer. Pero la +muchacha, al entrar, le lanzó en pleno rostro, sofocada de cólera:</p> + +<p>—¡Canalla!</p> + +<p>Y desapareció. Un instante después divisó Krilov su silueta a través de +los cristales.</p> + +<p>Con su sonrisa amistosa en los labios, asió el picaporte y trató de +abrir; pero al ver al portero junto a la escalera, retrocedió con +lentitud. A algunos pasos de distancia, se detuvo y se encogió de +hombros. Despojándose de las gafas, empezó a reflexionar. ¡Era estúpido +todo aquello! La chicuela ni siquiera le había dejado abrir la boca para +explicarse, y le había lanzado en pleno rostro el despectivo insulto. +Debía, no obstante, comprender que sólo se trataba de una broma. ¡Qué +diablo de muchacha! ¡Como si verdaderamente le interesase con sus +proclamas! Eso no era de su incumbencia. Que hicieran las locas +chicuelas lo que les pareciese; le tenía completamente sin cuidado...</p> + +<p>Se figuró que en aquel momento la muchacha refería a compañeros suyos de +ambos sexos que un espía le había perseguido. Como es natural, se +indignarían, murmurarían, cerrarían los puños. ¡Qué idiotas!</p> + +<p>«¡Yo también he hecho mis estudios en la Universidad, y no soy inferior +a vosotros, imbéciles!»—dijo casi en voz alta.</p> + +<p>Tuvo calor, y se desabrochó el gabán; pero temiendo coger frío, se lo +abrochó de nuevo.</p> + +<p>«¡Sí; soy tan honorable como vosotros, jóvenes idiotas! Quizá más +honorable. Soy un padre de familia que mantiene a ocho personas... Es +de todo punto necesario poner fin a esta farsa. Hay que hacerles saber +que tengo un diploma universitario y que odio a la Policía tanto como +ellos. ¿Pero qué hacer? La muchacha ha desaparecido. No puedo esperarla +aquí hasta mañana. ¡No faltaba más! Por otra parte, aun no he comido...»</p> + +<p>Dio algunos pasos, volvió sobre ellos, miró la larga fila de ventanas +iluminadas y continuó reflexionando:</p> + +<p>«Apuesto cualquier cosa a que creen que soy, en efecto, un espía. +¡Idiotas! Hay que decirles que yo he sido también estudiante y he +llevado melena como ellos. Me corto el pelo ahora, porque empieza a +caérseme; pero eso no prueba que yo sea espía. Claro es que está uno más +a salvo si lleva melenas de que le tomen por espía; pero ¿qué culpa +tengo yo de que se me caiga el pelo? O ¿acaso hay, que llevar peluca... +como un espía de verdad?»</p> + +<p>Encendió un cigarrillo y lo tiró en seguida; no tenía ganas de fumar.</p> + +<p>«Lo más sencillo sería entrar en su casa y decirles: Señores, ha sido +una broma. Pero no, no lo creerían. Y hasta es posible que me dieran una +paliza.»</p> + +<p>Se alejó cosa de veinte pasos y se detuvo nuevamente. El aire iba siendo +más frío. Su gabán casi no le abrigaba. Al meterse la mano en el +bolsillo, encontró el periódico. Casi estuvo a punto de llorar de rabia. +Podía hallarse ya en su casa muy cómodo, haber comido, haber tomado el +te calentito y estar tendido en el canapé, leyendo el periódico y sin la +menor inquietud. Al otro día, sábado, se jugaba a las cartas en casa del +inspector... Y en lugar de estar en su casa, tiritaba de frío allí, en +aquella maldita callejuela, ante aquella maldita casa, albergue de +estudiantes melenudos. ¿Qué había ido a hacer en tal sitio?</p> + +<p>De repente, se abrió la puerta de la casa y se volvió a cerrar con +violencia, después de dar paso a dos estudiantes.</p> + +<p>Ambos, con paso rápido y resuelta actitud, se dirigieron hacia él.</p> + +<p>Lleno de terror, huyó precipitadamente. Corrió a través de la niebla +enloquecido, jadeante, atropellando a los transeúntes, tropezando con +los faroles, los caballos, los coches. Se detuvo en una ancha avenida, +que le costó mucho trabajo reconocer. Todo se hallaba alrededor desierto +y silencioso. Caía una menuda lluvia. No se veía ya a los estudiantes.</p> + +<p>Encendió con mano trémula un cigarrillo, y apenas se lo hubo fumado, +encendió otro.</p> + +<p>«¡Vaya una aventura!—se dijo—. Será un milagro que no me resfríe. +Acaso la tuberculosis en perspectiva... Por fortuna, no me han dado +alcance los estudiantes, aunque corrían de lo lindo. Uno no cesaba de +gritar: «¡Alto!» ¡Era terrible!»</p> + +<p>Tres estudiantes aparecieron a alguna distancia. Krilov los miró con +ojos espantados y se alejó a toda prisa.</p> + +<p>En cuanto llegó, en su carrera, a cierta callejuela angosta y tortuosa, +se detuvo. ¿Iba a huir de todos los estudiantes de la ciudad? Además, +sus perseguidores sólo eran dos.</p> + +<p>Volvió sobre sus pasos y no tardó en encontrarse de nuevo en la avenida. +Se sentó en un banco y comenzó a considerar, con sangre fría, la +situación.</p> + +<p>«¡Sobre todo, calma!—se dijo—. No hay motivos para alarmarse. ¡Que se +vaya al diablo la muchacha! Tanto peor para ella si me toma por un +espía. ¿Qué me importa a mí? No me conoce, ni los estudiantes tampoco. +Ni siquiera han podido verme la cara, pues me he levantado el cuello del +gabán.»</p> + +<p>Se reía ya un poco, regocijado por tal pensamiento, cuando, de súbito, +una idea terrible puso fin a su regocijo.</p> + +<p>«Pero ¿y ella? ¡Ella me ha visto! ¡Durante una hora entera ha podido +estudiar mi rostro, y si me encuentra en alguna parte...!»</p> + +<p>Se imaginó toda una serie de posibilidades terribles.</p> + +<p>Como hombre ilustrado, asistía a la Universidad siempre que se daban en +ella conferencias interesantes, a los teatros, a los museos; y en todas +partes se exponía a toparse con la muchacha, a quien, seguramente, +saldría a acompañar toda una banda de estudiantes de ambos sexos, pues +aquellas muchachas rara vez iban solas, y si le veía...</p> + +<p>Krilov se estremeció de pies a cabeza.</p> + +<p>Si le veía, se lo señalaría inmediatamente a toda su banda con el dedo, +diciendo en alta voz: «¡Miradle, es un espía!»</p> + +<p>«Tendré que dejar de llevar gafas y cortarme la barba—pensó Krilov—. +Si pierdo la vista, ¿qué le vamos a hacer? Además, el médico quizá se +engañe y puede que yo no necesite gafas. En cuanto a la barba... +verdaderamente no me cambiará mucho el quitármela. Más que una barba, es +una perilla insignificante. Ni siquiera se notará que me la he quitado.»</p> + +<p>«¡Hasta mi barba crece menos que la de los demás!—pensó con disgusto—. +Pero todo esto son tonterías. Aunque me reconozca, no hay por qué +apurarse. Sería necesario probar que soy espía, probarlo serena, +lógicamente, como se hace con los teoremas.»</p> + +<p>Se imaginó una reunión de jóvenes de largos cabellos, ante la que él +demostraba, con voz firme y tranquila, su inocencia. Todo era claro, +convincente. Las frases se seguían en un orden perfecto, como fórmulas +matemáticas unidas por signos de igualdad. «De esta suerte, señores, +podrán ustedes advertir...»</p> + +<p>Con una dignidad severa se pone bien las gafas y sonríe despectivamente. +Después reanuda sus pruebas y se percata, con horror, de que la lógica y +las fórmulas exactas están muy a menudo en contradicción con la vida; de +que en la vida hay poca lógica y de que él no encuentra manera de +demostrar que no es espía. Si alguien—la muchacha, por ejemplo—le +acusara de serlo, no habría en su vida nada preciso, claro y convincente +que oponer a la acusación.</p> + +<p>El terror invadió su alma. ¿Dónde estaban sus convicciones, su profesión +de fe? Su espíritu hallábase vacío, y no veía nada seguro sobre qué +poder apoyarse para no caer en el fondo de aquel abismo negro, +espantoso.</p> + +<p>«Mis convicciones—balbuceó, imaginándose que se encontraba ante los +jueces—. Todo el mundo conoce mis convicciones. Estoy convencido de +que...»</p> + +<p>Busca en los repliegues de su memoria algo claro, preciso, fuerte, y no +encuentra nada. ¿Es posible que no tenga ni una convicción seria? «Estoy +convencido, Ivanov, de que usted no ha estudiado su lección de +aritmética.» ¡No, no es eso! Luego recuerda fragmentos de artículos de +periódico, de discursos que ha oído; ¿pero qué piensa él? ¿Cuáles son +sus convicciones? ¡No las tiene! Hablaba y pensaba como hablaban y +pensaban los demás, y encontrar sus propias ideas, sus propias palabras, +era tan imposible como encontrar en un montón de trigo un grano +determinado. Sucede a veces que alguien dice algo fuerte, violento, que +queda grabado en la memoria de los demás, aunque lo diga en estado de +embriaguez o sin reflexionar. No muchos años antes, el maestro de +caligrafía de su colegio, un viejecito modesto y callado, en una comida +en casa del director, como hubiera bebido algo más de lo justo, exclamó +de repente: «¡Insisto en la necesidad de la reforma radical de la +enseñanza!» Naturalmente, aquello provocó un escándalo. Desde entonces +todo el mundo se acordaba de aquel incidente, y en cuanto veía al viejo, +le preguntaba: «Bueno, ¿qué hay de las reformas?» Y todos le +consideraban un hombre muy radical... ¿Y él, Krilov? Cuando bebía una +copa de más, se dormía, o empezaba a llorar y abrazaba a todo el mundo. +Una vez abrazó hasta al criado. Pero aun en estado de embriaguez se +guardaba de decir nada excesivo, y no protestaba contra nada. En fin, +hay hombres que creen en Dios y los hay que no creen. ¿Y él?</p> + +<p>«Veamos. ¿Existe Dios? ¿Sí o no? No lo sé, no sé nada. ¿Y yo? ¿Existo +yo?»</p> + +<p>Krilov siente un escalofrío: ni siquiera tiene una idea clara de si +existe o no existe. Alguien está sentado en un banco del bulevar y fuma; +¿pero es él, en efecto? Los árboles, la menuda lluvia que cae, los +faroles encendidos, todo es incomprensible, desprovisto de sentido, +misterioso.</p> + +<p>Se levantó bruscamente y se fue.</p> + +<p>«¡Tonterías! Son los nervios. Además, no se trata de convicciones, sino +de actos. Sí, de actos; eso es lo esencial.»</p> + +<p>Y tampoco recordó actos suyos. Era un empleado, un padre de familia; +pero ¿dónde estaban sus actos? ¿Qué había hecho? Buscó en los repliegues +de su memoria, recorrió mentalmente los años pasados, como se recorre +con los dedos el teclado de un piano, y los halló vacíos, desprovistos +de sentido.</p> + +<p>«¡Vamos, señorita!—balbuceó con la cabeza baja y gesticulando—. Es +idiota creer que soy un espía. ¿Yo espía? ¡Qué insensatez! Voy a +demostrárselo a usted. Mire usted, yo soy...»</p> + +<p>Después, el vacío, la nada. ¿Qué podía decir en su favor? En su mundo se +le consideraba un hombre inteligente, bueno, justo, y probablemente +había motivos para ello.</p> + +<p>No hacía mucho tiempo le había comprado un corte de traje a su suegra, y +su mujer le había dicho: «¡Eres demasiado bueno!» Pero ¿aquello probaba +algo? Los espías también podían ser obsequiosos con sus suegras...</p> + +<p>Sin darse cuenta, Krilov, automáticamente, volvió a la casa donde había +entrado la estudianta, y ni aun lo advirtió. Sólo sabía que era tarde, +que estaba rendido y que tenía ganas de llorar, como un colegial +castigado. Luego alzó los ojos, miró la casa y la reconoció.</p> + +<p>«¡Sí, es la maldita casa! ¡Qué aspecto más desagradable!»</p> + +<p>Se alejó con paso rápido, como de una bomba de dinamita, y poco después +se detuvo y comenzó de nuevo a reflexionar.</p> + +<p>«Lo mejor sería escribirle a esa muchacha. Naturalmente, sin firmar. En +esta forma, por ejemplo: «Señorita, un hombre a quien ha tomado usted +por un espía...» Y seguir así, punto por punto. Sería tonta si no me +creyese.»</p> + +<p>Volvió sobre sus pasos, llegó a la casa y, tras una corta vacilación, +abrió con trabajo la puerta. Entró, con gesto decidido y severo. En el +umbral de su habitáculo apareció el portero, sonriendo cortésmente.</p> + +<p>—Escuche usted, amigo mío... Una joven estudianta acaba de entrar. ¿En +qué piso vive?</p> + +<p>—¿Por qué le interesa a usted?</p> + +<p>Krilov le miró de un modo significativo a través de sus gafas, y el +portero comprendió en seguida; hizo con la cabeza un signo que daba a +entender que adivinaba lo que llevaba allí a Krilov y le tendió la mano.</p> + +<p>—¡Qué confianzudo!—se dijo Krilov; pero estrechó con fuerza la mano +dura e inflexible como una plancha.</p> + +<p>—¡Entremos en mi casa!—invitó el portero.</p> + +<p>—¿Para qué? Yo sólo quería...</p> + +<p>Al ver que el portero entraba ya en su habitación, Krilov, apretando los +dientes de rabia, le siguió dócilmente.</p> + +<p>«¡También me ha tomado por un espía este canalla!»</p> + +<p>El habitáculo era reducidísimo. Sólo había en él una silla, en la que se +sentó el portero, sin ceremonia.</p> + +<p>«¡Qué indecente! Ni siquiera me invita a sentarme!», pensó Krilov.</p> + +<p>El portero le examinó, con mucha calma, de pies a cabeza, con una mirada +indiferente e insolente a la vez, y, tras un corto silencio, dijo:</p> + +<p>—Anteayer vino también uno de ustedes... Uno rubio, con grandes +bigotes. ¿Le conoce usted?</p> + +<p>—¿No he de conocerle?... Rubísimo.</p> + +<p>—Hay muchos como usted... que recorren las calles...</p> + +<p>—¡Escuche!—protestó Krilov—. Todo eso me tiene sin cuidado. Sólo +vengo...</p> + +<p>El portero no hizo caso de sus palabras y continuó:</p> + +<p>—¿Cuánto cobra usted al mes? El rubio me dijo que cincuenta rublos. No +es mucho.</p> + +<p>—¡Doscientos!—dijo Krilov, observando con una alegría maligna que el +rostro del portero expresaba casi el entusiasmo.</p> + +<p>—¡Oh, doscientos! Eso es otra cosa... ¿Quiere usted un cigarrillo?</p> + +<p>Krilov aceptó con reconocimiento el cigarrillo que le tendía el portero, +y echó de menos su pitillera japonesa, su gabinete de trabajo, los +cuadernos azules de los colegiales que él debía corregir y que le +parecían ahora tan gratos al alma.</p> + +<p>Encendió el cigarrillo y casi sintió náuseas: el tabaco era +desagradable, mal oliente. «Un verdadero tabaco de espía»—se dijo +Krilov.</p> + +<p>—¿Les pegan a ustedes con frecuencia?—preguntó el portero.</p> + +<p>—Pero escuche...</p> + +<p>—El rubio asegura que nunca le han pegado, y yo no lo creo. Es +imposible que no les peguen a ustedes. Como no les rompen ningún hueso, +no tiene importancia. Por doscientos rublos al mes, bien puede uno +resignarse a eso. ¿Verdad?</p> + +<p>El portero le miraba sonriendo amistosamente.</p> + +<p>—Yo quería...—comenzó Krilov; pero el otro le interrumpió de nuevo:</p> + +<p>—Naturalmente, no hay que tener pelo de tonto en su oficio de ustedes, +y, además, es preciso que en la fisonomía no haya nada de extraordinario +que llame la atención. He visto a un colega de usted en extremo +desfigurado, con un ojo de menos...</p> + +<p>—¡Vamos, vamos!—exclamó Krilov—. No tengo tiempo que perder. No me ha +respondido usted aún.</p> + +<p>Abandonando, con un disgusto manifiesto, aquel interesante tema, el +portero preguntó cómo era la muchacha a quien se refería. Cuando el otro +le hubo hecho una descripción de su exterior, dijo:</p> + +<p>—Ya caigo. Es la señorita Ivanov. Viene a ver a sus amigos del tercero +derecho... No deben tirarse las colillas al suelo; ¡no las barrerás tú +después!</p> + +<p>Cuando Krilov salía ya, oyó al portero despedirle con estas palabras:</p> + +<p>—¡Atajo de gandules!</p> + +<p>«¡Canalla!»—contestó mentalmente Krilov, acelerando el paso y buscando +con la vista un coche. ¡En seguida, a casa! De pronto recordó que tenía +su diario, y que en tal diario había escrito en cierta ocasión—hacía +mucho tiempo, cuando era aún estudiante—algo muy radical, atrevido y +bello. Con todo lujo de detalles acudió a su imaginación aquella velada +inolvidable, y pensó en su cuartito, en el tabaco esparcido sobre la +mesa, en el orgullo y el entusiasmo con que escribió aquellas líneas +firmes y enérgicas... No tenía mas que arrancar las páginas y +enviárselas a la muchacha. Ella las leería, y lo comprendería todo; +pues, al fin, era una señorita inteligente y de corazón noble. ¡Al cabo +había dado con la solución! ¡A casa en seguida! Además, tenía un hambre +horrible...</p> + +<p>Le abrió la puerta su mujer.</p> + +<p>—¿Dónde has estado?—le preguntó llena de angustia—. ¿Qué te pasa?</p> + +<p>Quitándose precipitadamente el gabán, el profesor dijo con cólera:</p> + +<p>—Es un fastidio: la casa está llena de gente, y no hay nadie que me +cosa el botón del abrigo.</p> + +<p>Y se dirigió a su gabinete.</p> + +<p>—¡Pero ven a comer!—le dijo su mujer.</p> + +<p>—¡Déjame tranquilo! No me sigas.</p> + +<p>Una vez solo, se puso a registrar con mano febril su biblioteca. Había +en ella numerosos libros y papeles; pero el diario no parecía. Como +tropezase con un paquete de cuadernos de sus discípulos, lo rechazó +indignado. Sentado en el suelo, buscaba nerviosamente en el cajón +inferior del armario, lanzando suspiros de desesperación. ¡Por fin! +¡Allí estaba su diario! Un cuaderno azul, de escritura vacilante, +ingenua... Algunas flores secas dentro, un ligero perfume... ¡Dios mío, +qué joven era entonces!</p> + +<p>Se sentó junto a la mesa y empezó a hojear el diario, sin encontrar lo +que buscaba. Observó que algunas páginas estaban arrancadas. De pronto, +se acordó. Hacía cinco años, con motivo de un registro practicado por la +policía en casa de un colega suyo, se había asustado tanto que había +arrancado de su diario las páginas comprometedoras y las había quemado. +Asunto concluido; no había ya para qué buscar.</p> + +<p>La cabeza baja, el rostro oculto entre las manos, permaneció inmóvil +largo rato ante su diario devastado. La habitación estaba mal alumbrada +por una bujía—no había tenido tiempo de encender la lámpara—y llena de +sombras negras, inquietantes. En las habitaciones próximas jugaban los +niños, gritando y riendo. Se oía el ruido de los platos en el comedor, +donde hablaban, iban y venían; pero allí, en su gabinete, todo estaba en +silencio como en un cementerio. Si un pintor hubiera visto aquel +aposento obscuro y triste, con el montón de libros y de cuadernos por el +suelo, con aquel hombre inclinado sobre la mesa, dolorosamente +cabizbajo, hubiese pintado un cuadro titulado «A punto de suicidarse».</p> + +<p>«Las páginas ardieron—pensó con dolor Krilov—; pero puedo acordarme de +su contenido. Lo escrito en ellas existe; sólo necesito recordarlo.»</p> + +<p>Y lo intentó, sin encontrar en su memoria sino detalles insignificantes: +la forma de las páginas arrancadas, la escritura, hasta los puntos y las +comas. Lo esencial, lo principal, se había perdido para siempre y no +resucitaría ya. Había vivido, y a la sazón ya no existía, como vive y +muere todo sobre la tierra. Las bellas palabras habían desaparecido en +el desierto vacío, infinito, y nadie las conocía, nadie las recordaba, +en ningún corazón habían dejado huella alguna. Era inútil llorar, +implorar, suplicar de rodillas, amenazar, enfurecerse; con ello nada +lograría. El vacío infinito permanecería mudo, impasible, pues no +devuelve nunca nada de lo que devora. Nunca, ni lágrimas ni súplicas, +han podido tornar a la vida lo que ha muerto. No hay perdón, no hay +remedio; tal es la ley cruel de la vida. Sí, aquello había muerto. El +mismo había sido su asesino. Con sus propias manos había quemado las +mejores flores que se habían abierto, en una noche santa, en su alma +mísera y estéril. ¡Pobres flores perdidas! No tenían quizá la fuerza de +una idea creadora; pero eran, con todo, lo más exquisito de su alma. +Entonces no existían ya, y no se abrirían ya nunca. No hay perdón, no +hay remedio; tal es la ley cruel de la vida.</p> + +<p>No podía continuar solo.</p> + +<p>—¡Macha!—gritó a su mujer.</p> + +<p>Acudió inmediatamente. Su faz era redonda y bondadosa; su cabello, +descuidado, tenía un color impreciso. Llevaba en la mano un traje de +niño, que ella confeccionaba.</p> + +<p>—Bueno, ¿vas a comer? Voy a decir que calienten la comida; todo está +frío.</p> + +<p>—No, espera... Tengo que hablarte.</p> + +<p>Macha manifestó inquietud; puso sobre la mesa su labor y miró fijamente +a su esposo. Este volvió los ojos.</p> + +<p>—¡Siéntate!—dijo.</p> + +<p>Ella se sentó, arregló su ropa, y con las manos sobre las rodillas se +dispuso a escuchar. Como ocurría siempre, desde su infancia, cuando +tenía que escuchar algo, puso al punto una cara estúpida.</p> + +<p>—¡Te escucho!</p> + +<p>Pero el profesor no decía palabra, y miraba con extrañeza el rostro de +su mujer. Le parecía, en aquel instante, por completo desconocido, como +el de un nuevo alumno que asistiese por primera vez a su clase. Se le +antojaba absurdo que aquella mujer fuera su esposa. Una idea nueva, +súbita, turbó su cerebro trastornado. En voz baja, murmurando, dijo:</p> + +<p>—¿No sabes, Macha? ¡Soy un espía!</p> + +<p>—¿Cómo?</p> + +<p>—Soy un espía. ¿Comprendes?</p> + +<p>Ella se quedó inerte en su asiento, y, con un gesto desesperado, +exclamó:</p> + +<p>—¡Ya me lo sospechaba! Lo había adivinado hace tiempo. ¡Dios mío, qué +desgraciada soy!</p> + +<p>Krilov se levantó de un salto, se acercó a ella y se puso a agitar +furiosamente el puño cerrado ante su rostro, conteniendo a malas penas +su deseo de golpearla.</p> + +<p>—¡Qué bestia eres! ¡Qué idiota!—exclamó con voz tan furiosa que un +silencio de muerte reinó en seguida en las habitaciones próximas—. ¿Lo +crees, pues? ¿Lo creías hace mucho tiempo? ¿Es posible? Después de doce +años que vivimos juntos... ¡Doce años! Y es mi mujer, la compañera de +mi vida, a quien se lo doy todo... mis pensamientos, mi dinero...</p> + +<p>Luego volvió la espalda y empezó a llorar. Ella no comprendía por qué +lloraba: si por ser espía, en efecto, o por no serlo. Tuvo piedad de él. +Se sintió, al mismo tiempo, ofendida por sus palabras, y empezó a llorar +a su vez.</p> + +<p>—Siempre lo mismo—dijo lloriqueando—. Siempre soy yo la culpable. +¿Para qué casarse con una idiota?</p> + +<p>Krilov se volvió hacia ella y, airadísimo, balbuceó:</p> + +<p>—¡Dios mío! ¡Doce años! Si mi mujer puede creer que soy en realidad +espía... ¡Qué estúpida eres! ¡Qué idiota!</p> + +<p>—Vamos, ¿quieres acabar con tus insultos?—protestó ella—. ¡Tú haces +las porquerías, y luego soy yo la responsable!</p> + +<p>Krilov se puso aún más furioso.</p> + +<p>—¿Qué porquerías? ¿Crees que soy espía, pues? Di: ¿soy espía, o no lo +soy?</p> + +<p>—¿Como quieres que yo lo sepa? ¡Puede que sí!</p> + +<p>Rabiosos, locos de odio y de cólera, los dos desgraciados siguieron +cambiando durante largo rato insultos, llorando, gritando, jurando. Al +fin, cansados, postradísimos, olvidada la ruda querella que acababa de +tener lugar entre ellos, se sentaron uno junto a otro y comenzaron a +hablar tranquilamente. Los niños se pusieron de nuevo a jugar y a hacer +ruido en la habitación próxima. Confuso, evitando algunos detalles, +Krilov refirió a su mujer su aventura con la joven estudianta, y +manifestó sus temores de que la muchacha pudiera encontrárselo por +casualidad.</p> + +<p>—¿No es más que eso, pues?—gritó Macha tranquilizada—. ¡Y yo que me +había figurado cosas terribles! No hay por qué atormentarse; no tienes +más que afeitarte la barba y quitarte las gafas para que no te +reconozca. Durante las clases puedes tener las gafas puestas.</p> + +<p>—Sí, pero... eso no me cambiará mucho. Si al menos yo tuviese una buena +barba... como los demás...</p> + +<p>—No digas tonterías; tu barba es admirable. Lo he dicho siempre y lo +repito.</p> + +<p>El profesor experimentó un gran alivio. Abrazó a su mujer y le hizo +cosquillas con la barba detrás de la oreja. A media noche, cuando Macha +se fue a la cama y el silencio reinó en la casa, llevó a su gabinete un +espejo y agua caliente, y empezó a afeitarse. Además de la lámpara se +vio obligado a encender dos bujías; tanta luz le molestaba un poco. +Habiéndose afeitado un lado de la barba, se miró fijamente a los ojos y +se detuvo como paralizado. «¡Mira cómo eres!», se dijo como si mirase a +otra persona.</p> + +<p>Verdaderamente no era guapo; su rostro estaba envejecido, mustio, lleno +de arrugas; sus ojos no tenían brillo; las gafas le habían dejado una +señal roja en lo alto de la nariz. Había en su fisonomía un no sé qué de +gris, de muerto, como si no fuera la de un hombre vivo, sino la +mascarilla de un cadáver. No parecía ni un espía ni uno de los que los +espías se dedican a perseguir.</p> + +<p>—¡Mira cómo eres!—balbuceó Krilov.</p> + +<p>¿Por qué tenía aquella cara estúpida? ¿Quién se había atrevido a +dársela?</p> + +<p>Una gruesa lágrima cayó de sus ojos. Apretando los dientes, se afeitó la +otra mitad de la barba, y, tras una corta vacilación, se afeitó también +el bigote. Mirose de nuevo al espejo. Al día siguiente todos se reirían +al verle así. Y, sin embargo, en otro tiempo era muy otra aquella cara.</p> + +<p>Con gesto decisivo, asió fuertemente la navaja, echó atrás la cabeza y, +con suavidad, se pasó dos veces por la garganta el contrafilo de la +hoja. No hubiera estado mal degollarse; pero no pudo.</p> + +<p>—¡Cobarde! ¡Canalla!—dijo en alta voz y tono indiferente.</p> + +<p>Su rostro en el espejo, aunque movió los labios, permaneció gris, +muerto. Podía ser golpeado, escupido; permanecería siempre igual; +guiñaría los ojos con mayor ligereza, y nada más.</p> + +<p>Al día siguiente, todos se reirían de aquella cara: los colegas, los +discípulos, los porteros. Su mujer se reiría también.</p> + +<p>Hubiera querido encolerizarse, llorar, romper el espejo, hacer algo +violento; pero su alma estaba vacía, sin vida. Sólo deseaba una cosa: +dormir. «Como he respirado demasiado tiempo el aire frío...», se dijo, +bostezando. El otro, en el espejo, también bostezó.</p> + +<p>Guardó la navaja, apagó la lámpara y las velas y se dirigió a la alcoba.</p> + +<p>No tardó en dormirse, hundida en la almohada la faz, aquella pobre faz, +que al día siguiente haría reír a todos: a sus colegas, a sus +discípulos, a su mujer y a él mismo.</p> + +<hr class="half" /> + +<h3><a name="LAS_BELLAS_SABINAS" id="LAS_BELLAS_SABINAS"></a>LAS BELLAS SABINAS*</h3> + +<p +style="font-size:90%;line-height:90%;">*N. del T.—Esta comedia es una sátira escrita contra el partido +político ruso de los «cadetes» (constitucionalistas-demócratas), cuya +acción se caracteriza por la indecisión, la falta de audacia y la +prudencia exagerada, rayana en lo ridículo. En vez de luchar +abiertamente por la libertad del pueblo, apelaban al buen sentido del +gobierno, invocaban razones jurídicas y humanitarias, se conducían, en +fin, como los «sabinos», tan magistralmente pintados por Andreiev en +esta piececita.</p> + +<h3 class="top5"><a name="CUADRO_PRIMERO" id="CUADRO_PRIMERO"></a>CUADRO PRIMERO</h3> + +<hr /> + +<p class="hang"><i>Un lugar salvaje, completamente inculto. Comienza a despuntar el +día. Romanos armados salen de detrás de la montaña, arrastrando a +las sabinas robadas, bellas mujeres, medio desnudas, que se +resisten, gritan, muerden las manos de sus raptores. Sólo hay una +que permanece del todo tranquila, y se diría que duerme en los +brazos del romano que la lleva. Lanzando exclamaciones de dolor, +los romanos dejan en tierra a las sabinas y se apresuran a +apartarse, ahogados de fatiga. Las mujeres poco a poco se calman, +miran desde lejos con desconfianza a los romanos y cambian en voz +baja impresiones.</i></p> + + +<p class="cab">CONVERSACION DE LOS ROMANOS</p> + + +<p>—¡Por la cabeza de Hércules! Estoy cubierto de sudor y parezco una rata +de río. Creo que la mía lo menos pesa doscientos kilos.</p> + + +<p>—Has hecho mal en coger a una mujer tan gorda. Yo he cogido una +pequeñita, delgada, y...</p> + +<p>—Sí; pero, con todo, veo que tiene buenas garras. Llevas en el rostro +señales abundantes.</p> + +<p>—¡Tiene garras de gata!</p> + +<p>—Todas parecen gatas. He tomado parte en cien batallas; he recibido +sablazos, bastonazos, pedradas, hasta murallazos, y nunca he pasado un +rato tan malo. Sospecho que ha desfigurado mi bella nariz romana.</p> + +<p>—Y a mí, si no fuera afeitado completamente, como cuadra a un romano de +la antigüedad, me hubiera arrancado hasta el último pelo. Esas mujeres +tienen unos deditos encantadores, con unas uñas finísimas. Las comparáis +con las gatas, y las gatas son ángeles comparadas con ellas. La mía ha +venido arrancándome concienzudamente, durante todo el camino, el vello +del labio superior. Estaba tan absorta en este trabajo, que ni siquiera +gritaba.</p> + +<p><span class="smcap">Un grueso romano.</span> <i>(Con voz de bajo profundo.)</i>—La mía, metiendo las +manos por debajo de mi armadura, me hacía cosquillas. He venido todo el +camino riéndome como un loco.</p> + +<p><i>(Las sabinas, al oír esto, prorrumpen en una risita llena de ironía +mordaz y venenosa.)</i></p> + +<p>—¡Silencio, nos están oyendo! Señores, dejad vuestras quejas; de lo +contrario, perderemos su estimación. Mirad a Pablo Emilio: ahí tenéis un +hombre que sabe conducirse con dignidad.</p> + +<p>—Sí, está reluciente como la aurora.</p> + +<p>—¡Por la cabeza de Hércules! No tiene ni un solo arañazo en la cara. +¿Cómo es eso, Pablo?</p> + +<p><span class="smcap">Pablo Emilio.</span> <i>(Con afectada modestia.)</i>—No sé. Desde el primer momento +sintió por mí un profundo afecto, como si yo fuera su marido. Cuando +cargué con ella, pareció sentirse muy feliz, y se abrazó a mi cuello con +tanta fuerza, que por poco me ahoga. Tiene las manos finas, pero +extremadamente fuertes.</p> + +<p>—¡Vaya una suerte!</p> + +<p>—Y, sin embargo, es bien sencillo. Su corazón inocente y confiado le +dijo que yo la amaba y la estimaba sinceramente. Casi todo el camino ha +venido durmiendo en mis brazos como un niño.</p> + +<p><span class="smcap">El grueso romano.</span>—Pero decid, señores romanos: ¿cómo podrá ahora cada +uno de nosotros reconocer a la suya? Las hemos robado en las tinieblas, +como a las gallinas de un corral.</p> + +<p><i>(Las mujeres prorrumpen en exclamaciones de enojo. Se oye una voz que +grita:</i> «¡Qué comparación más indecente!»)</p> + +<p>—¡Silencio! Nos oyen.</p> + +<p><span class="smcap">El grueso romano.</span> <i>(Con voz ahogada.)</i>—Yo me pregunto cómo podremos +reconocerlas. La mía era muy alegre, y no se la cederé a nadie. ¡Eso no!</p> + +<p>—¡Tonterías!</p> + +<p>—Yo reconoceré a la mía por la voz: creo que no olvidaré sus gritos +hasta el nacimiento de Jesucristo.</p> + +<p>—Yo reconoceré a la mía por sus uñas.</p> + +<p>—Y yo a la mía por el perfume delicioso de sus cabellos.</p> + +<p><span class="smcap">Pablo Emilio.</span>—Y yo a la mía por la dulzura y la belleza de su alma. +¡Sí, señores romanos! Hoy empieza para nosotros una vida nueva. ¡Se +acabó la soledad dolorosa! ¡Se acabaron las noches sin término, con sus +malditos ruiseñores! ¡Váyanse al diablo ahora los ruiseñores y todos los +demás pájaros!</p> + +<p><span class="smcap">El grueso romano.</span>—Sí, ya es hora de comenzar una vida de familia.</p> + +<p><i>(Entre las mujeres se oye una voz irónica:</i> «¡Intentadlo sólo, y +veréis!»)</p> + +<p>—¡Silencio! Nos escuchan.</p> + +<p>—¡Sí, ya es hora!</p> + +<p>—Señores romanos, ¿quién será el primero?</p> + +<p><i>(Una pausa. Nadie se mueve. Las mujeres prorrumpen en risitas +irónicas.)</i></p> + +<p><span class="smcap">El grueso romano.</span>—Yo me he reído ya bastante. Ahora les toca a los +demás. ¡Tú, Pablo, anda!</p> + +<p>—¡Qué monstruo! ¿No ves que la mía está durmiendo aún? Mira, allí, al +lado de la piedra; es mi bonísima chiquilla.</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—De nuestra actitud indecisa e inquieta infiero, señores +romanos, que ninguno de vosotros se atreve a acercarse solo a esas +criaturas implacables. Voy a proponeros un plan...</p> + +<p><span class="smcap">El grueso romano.</span>—¡Tiene un talento este Escipión!...</p> + +<p>—He aquí cuál es mi plan: avancemos todos a una, ocultándonos uno tras +otro y sin apresurarnos. Si no hemos tenido miedo de los maridos...</p> + +<p><span class="smcap">El grueso romano.</span>—¡Lo de menos son los maridos!</p> + +<p><i>(Entre las mujeres se oyen suspiros y llantos.)</i></p> + +<p>—¡Silencio! Nos están oyendo.</p> + +<p>—¡Este diablo de Marco Antonio, con su manera de gritar!... Además, +¿por qué hablar de los maridos y molestar a las pobres mujeres? Así, +pues, señores, ¿os conviene mi plan?</p> + +<p>—¡Sí, sí!</p> + +<p>—¡Entonces, señores, adelante!</p> + +<p><i>(Los romanos se aperciben al ataque; las mujeres a la defensa. En vez +de lindos rostros, no se ven sino uñas agudas, prontas a caer sobre la +cara y los cabellos. Se oyen voces femeninas, parecidas al silbo de la +serpiente. Los romanos operan con arreglo al plan concebido; es decir, +ocultándose uno tras otro. Pero con esta estratagema, en vez de avanzar +retroceden y acaban por desaparecer de escena. Las mujeres sueltan la +carcajada. Los romanos reaparecen, visiblemente confusos.)</i></p> + +<p>—Creo, Escipión, que hay un defecto en tu plan. Queriendo avanzar, +hemos retrocedido, que diría Sócrates.</p> + +<p><span class="smcap">El grueso romano.</span>—¡Yo no comprendo!</p> + +<p><span class="smcap">Pablo Emilio.</span>—Señores romanos, ¡seamos valerosos! ¿A qué nos exponemos? +¿A uno o dos arañazos? Bien puede arrostrarse tal peligro por apoderarse +de esas divinas criaturas. ¡Adelante, romanos! ¡Al asalto!</p> + +<p><i>(Todos los romanos—excepto Pablo Emilio, que mira, soñador, al +cielo—se lanzan contra las mujeres, y a los pocos momentos de mudo +combate retroceden a toda prisa. Reina un breve silencio, todos se +tientan las narices.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—¿Habéis notado, señores, que no han dado ni un grito? Es una +mala señal. Prefiero una mujer que grite.</p> + +<p>—¿Qué hacer ahora?</p> + +<p>—Yo sólo deseo llevar una vida de familia.</p> + +<p>—Yo también sueño con un hogar. Sin un hogar, la vida no tiene +atractivos. Hemos trabajado ya bastante, fundando a Roma, y nos hemos +ganado un descanso apacible.</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—Por desgracia, señores, no hay nadie entre nosotros que +conozca bien la psicología femenina. Ocupados en guerrear y en fundar a +Roma, nos hemos embrutecido, hemos perdido la elegancia en el trato +social y hemos olvidado completamente lo que es una mujer.</p> + +<p><span class="smcap">Pablo Emilio.</span> <i>(Con modestia.)</i>—¡No todos!</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—Y, no obstante, esas mujeres lo son de unos maridos a quienes +pegamos ayer. Eso prueba que existe también un medio de apoderarse de +las mujeres. Por desgracia, no lo conocemos. Es de todo punto necesario +conocerlo. Pero ¿cómo?</p> + +<p><span class="smcap">El grueso romano.</span>—Hay que preguntárselo a las mismas mujeres.</p> + +<p>—No nos lo dirán.</p> + +<p><i>(Se oye entre las mujeres una risa irónica.)</i></p> + +<p>—¡Silencio! Nos están oyendo.</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—Tengo un plan.</p> + +<p><span class="smcap">El grueso romano.</span>—¡Tiene un talento este Escipión!</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—Nuestras lindísimas raptoras—porque parece que no somos +nosotros quienes las hemos raptado, sino todo lo contrario—. Nuestras +lindísimas raptoras, digo, ocupadas en arañarse la cara con sus rosadas +uñas o en tirarnos de los pelos o en hacernos cosquillas, no pueden oír +nuestros argumentos. Y puesto que no pueden oírnos, no podemos +convencerlas. Esto no tiene vuelta de hoja.</p> + +<p><i>(Los romanos repiten con desesperación y en tono doliente:</i> «¡Esto no +tiene vuelta de hoja!» <i>Las mujeres aguzan el oído.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—He aquí por qué os propongo el plan siguiente: Elijamos entre +nosotros un parlamentario, con arreglo a nuestras costumbres de guerra, +y propongamos a nuestras encantadoras enemigas que hagan lo mismo. +Espero que los representantes de uno y otro campo estarán bajo la +protección de la bandera blanca, en completa seguridad—se tienta las +narices—, y podrán llegar a un <i>modus vivendi</i>, para expresarme en buen +latín. Y entonces...</p> + +<p><i>(Los romanos interrumpen su magnífico discurso con entusiastas</i> hurras. +<i>Por unanimidad se designa como parlamentario a Escipión. Este, con la +bandera blanca en la mano, se adelanta con lentitud hacia las mujeres. +Al mismo tiempo dirige miradas ansiosas atrás y les dice a los otros:</i> +«¡No os alejéis demasiado!»)</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span> <i>(Con acento acariciador.)</i>—¡Bellas sabinas! Os suplico que +permanezcáis en vuestros sitios. Ya veis que estoy protegido por la +bandera blanca. La bandera blanca es una cosa sagrada, y yo soy también +una persona sagrada, puesto que me encuentro bajo la protección de la +bandera blanca. Os lo aseguro bajo mi palabra de honor. ¡Bellas sabinas! +Aún no hace veinticuatro horas que hemos tenido el gusto de raptaros, y +ya hay entre nosotros discordias y malas inteligencias.</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—¡Qué insolente! ¿Os figuráis acaso que por el mero hecho de +enarbolar ese garrote con la rodilla blanca tenéis derecho a decir +porquerías?</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span> <i>(Con acento acaramelado.)</i>—Lejos de mí, señora, la intención +de decir porquerías. Al contrario, soy muy feliz... o, mejor dicho, +somos muy desgraciados... <i>(Con el valor de la desesperación.)</i> ¡Nos +morimos de amor, os lo juro por la cabeza de Hércules! Señora, bien se +ve que tenéis un noble corazón, y me tomo la libertad de pediros un gran +favor. Tened, bellas sabinas, la bondad de elegir entre vosotras una +parlam...</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—No os molestéis en repetirlo: hemos oído vuestro genial +proyecto.</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—¿De veras? Y, no obstante, hemos hablado quedísimo.</p> + +<p><span class="smcap">Voces Femeninas.</span>—¡Os hemos oído, sin embargo!</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—Id, con vuestra rodilla blanca, a vuestro puesto, y esperad. +Nosotras vamos a deliberar... ¡Más lejos! ¡Os lo ruego! No queremos que +nos oigáis. ¿Quién es ese papanatas de la boca abierta? <i>(Señala con el +dedo a Pablo Emilio, que continúa mirando soñadoramente al cielo.)</i> ¡Que +se vaya también más lejos!</p> + +<p><i>(Los romanos, contentos, cuchichean:</i> «Esto toma buen cariz», <i>y +retroceden de puntillas; algunos se tapan honradamente los oídos.)</i></p> + + +<p class="cab">CONVERSACION DE LAS SABINAS</p> + + +<p>—¡Qué insolencia! ¡Qué cobardía! Han abusado de sus fuerzas esos viles +romanos. ¡Oh, nuestros pobres maridos!</p> + +<p>—Os lo juro: ¡antes les sacaría los ojos a todos los romanos que serle +infiel a mi pobre marido! Puedes dormir tranquilo, caro amigo mío. ¡Velo +por tu honor!</p> + +<p>—¡Yo también lo juro!</p> + +<p>—¡Y yo también!</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—¡Ah, mis queridas compatriotas! Todas juramos, pero no +adelantamos nada con eso. Estos romanos son tan mal educados y brutales, +que no se puede esperar de ellos que respeten nuestros juramentos. Al +mío le he hecho sangre con los dientes en las narices.</p> + +<p>—¿Te acuerdas de él?</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span> <i>(Con acento de odio.)</i>—¡No lo olvidaré hasta la tumba! Es +un patán, un bruto. ¡Me estrechaba tan rudamente entre sus brazos! +¡Pobre marido mío!</p> + +<p>—A cien kilómetros trasciende su olor a soldados.</p> + +<p>—Y todos tienen una manera singular de estrecharnos entre sus brazos. +Debe ser una costumbre nacional.</p> + +<p>—Cuando yo era aún muy pequeñita, un soldado estuvo en mi casa y me +dijo...</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—Señoras, no tenemos tiempo de entregarnos a los recuerdos.</p> + +<p>—Yo sólo quería decir que aquel soldado...</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—Juno, pequeña, no podemos ocuparnos de tu soldado; tenemos +ahora otros en que pensar... ¿Qué haremos, pues, queridas amigas? Voy a +proponeros una cosa...</p> + +<p><i>(En este momento se acerca a las mujeres Verónica, a quien ha +despertado el ruido de las voces. Es una mujer entrada en años y +flaquísima.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Verónica.</span> <i>(Interrumpiendo.)</i>—¿Dónde están? ¿Por qué se han ido tan +lejos? Quiero que se acerquen. No puedo vivir lejos de ellos. Quisiera +ver al picaruelo que me ha traído en sus brazos. Exhalaba un olor +delicioso a soldado. ¿Dónde está?</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—Mírale, con la boca abierta.</p> + +<p><span class="smcap">Verónica</span>—¡Me voy con él!</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—¡Detenedla! ¿Es posible, Verónica, que ya hayas olvidado a +tu pobre marido?</p> + +<p><span class="smcap">Verónica</span>—Juro amarle eternamente al pobrecito; pero... ¿por qué no +estamos con los romanos? Parecéis turbadas. ¿Qué pasa?... Si no queréis +ir a buscarlos, deben venir ellos aquí. No deben ser orgullosos...</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—Bueno, escuchad lo que voy a proponeros, queridas amigas. Lo +primero que os propongo es que juremos no ser nunca infieles a nuestros +pobres mariditos. Que hagan con nosotras lo que quieran: siempre +permaneceremos firmes, como la Roca Tarpeya. Cuando pienso cómo sufrirá +ahora, cómo gritará en vano: «¡Cleopatra! ¿Dónde estás, mi adorada +Cleopatra?» Cuando pienso lo que me quiere...</p> + +<p><i>(Todas lloran.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—Juremos, pues, queridas amigas; están esperando.</p> + +<p>—¡Juramos, juramos todas! Pueden hacer con nosotras lo que les dé la +gana; permaneceremos fieles.</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—Ahora estoy tranquila por nuestros pobres maridos. ¡Podéis +dormir confiados, caros amigos!... Ahora, queridas compatriotas, +designemos, conforme al deseo de esos odiosos romanos, una +parlamentaria. Irá...</p> + +<p>—¡Y les sacará a todos los ojos!</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—No; y les dirá a esos cobardes la verdad. Se figuran que no +somos capaces sino de arañarles la cara. Es preciso que vean que también +sabemos hablar.</p> + +<p><span class="smcap">Verónica.</span> <i>(Alzando los enjutos ojos.)</i>—No comprendo de qué podemos +hablar. Es absolutamente inútil, puesto que la fuerza está de su parte. +No tenemos más remedio que someternos.</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—¡Detenedla! La fuerza, Verónica, no es el derecho, como +dicen los jurisconsultos romanos. Dejadme a mí hablarle a esas gentes, +y yo les probaré que no tienen ningún derecho a retenernos, que están en +el deber de devolvernos la libertad, que, según todas las leyes divinas +y humanas, han cometido una cochinería.</p> + +<p><span class="smcap">Numerosas voces femeninas.</span>—¡Ve, Cleopatra, ve!</p> + +<p>—¡Detened a Verónica!</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—¡Eh, el de la rodilla blanca! Venid, tengo que hablaros.</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—¿Queréis que deje mi acero?</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—No, no merece la pena; no tenemos miedo de vuestro acero. +Pero acercaos, no temáis; no os morderé. ¡No sois muy valiente que +digamos! Ayer, cuando nos arrancasteis brutalmente de los brazos de +nuestros maridos, no erais tan tímidos... ¡Os digo que os acerquéis!</p> + +<p><i>(Escipión se acerca lentamente. Los romanos y las sabinas forman dos +grupos simétricos a ambos lados de la escena para seguir la +conversación.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—Me felicito, señora...</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—¡Calla! ¿Os felicitáis? Bueno, escuchad lo que voy a +deciros: sois un canalla, un necio, un ladrón, un bandido, un asesino, +un monstruo. ¡Lo que habéis hecho es indigno, innoble, abominable, +repugnante, escandaloso, indecente, inaudito!</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—¡Señora!</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—Sí; me sois antipático hasta más no poder, me inspiráis un +disgusto profundo, una repulsión sin límites. Oléis atrozmente a +soldado. Si vuestras narices no estuviesen tan arañadas, ya veríais...</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—¡Perdonad, señora! No ha sido otra que vos la que me las ha +puesto así.</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—¿Cómo? ¿Yo? Entonces sois vos quien me ha raptado. <i>(Le mira +con desprecio.)</i> Os ruego que me perdonéis, no os había reconocido.</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span> <i>(Con acento alegre.)</i>—¡Y yo os he reconocido al punto! +Vuestros cabellos huelen a... ¿Cómo se llama eso?</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—¡No os importa a lo que huelen mis cabellos! Yo creo que no +huelen mal.</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—Eso es lo que yo digo...</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—¡Vuestra opinión me tiene completamente sin cuidado! Y no +hablemos más del asunto. Os ruego, señor, que nos digáis, leal y +francamente, qué queréis de nosotras.</p> + +<p><i>(Escipión baja modestamente los ojos, y, no pudiendo contenerse, se +ríe, tapándose la boca. Los demás romanos se ríen también. Las mujeres +se indignan mucho.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—¡Vaya una respuesta! ¡Es innoble! Os pregunto: ¿Qué queréis +de nosotras? ¿Qué esperáis obtener? Creo que no ignoráis que todas somos +casadas.</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—Sí, señora, lo sabemos; pero... nosotros también tenemos la +intención de pediros en matrimonio.</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—¿Pero habláis en serio? ¡Habéis perdido el juicio!</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—Señora, miradnos bien: no se trata de unos <i>snobs</i> de la +avenida Nevsky. Acabamos de fundar a Roma y ardemos en deseos de +consolidar... Procurad comprender nuestra situación, y os apiadaréis de +nosotros. ¿Acaso no os apiadaríais de vuestros maridos si, a lo mejor, +se quedasen solos, sin mujeres? ¡Así estamos nosotros, señora!</p> + +<p><span class="smcap">El grueso romano.</span>—¡Completamente!</p> + +<p><span class="smcap">Verónica.</span> <i>(Enjugándose las lágrimas.)</i>—¡Pobres hombres! ¡Los +compadezco con toda mi alma!</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—En medio de las batallas, ocupado en la fundación de Roma, +hemos dejado, por decirlo así, escapar el momento favorable para +crearnos una familia... Creednos, señora, compadecemos de todo corazón a +vuestros pobres maridos...</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span> <i>(Con dignidad.)</i>—Eso os honra.</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—¿Pero por qué nos han dejado cargar con vosotras?</p> + +<p><i>(Los romanos le jalean con gritos de</i> «¡Bravo, Escipión! ¡Muy bien +dicho!» <i>Las mujeres se indignan de nuevo. Algunas exclaman:</i> «¡Esto es +abominable! ¡Insulta a nuestros maridos! ¡No se puede permitir!»)</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span> <i>(Con voz seca.)</i>—Si queréis continuar las negociaciones, os +ruego que habléis con más respeto de nuestros maridos.</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—¡Con mucho gusto! Pero, señora, con todo nuestro respeto, no +podemos menos de confesar que no son dignos de vosotras. Mientras nos +desgarráis el corazón con vuestros atroces sufrimientos; mientras +vuestras lágrimas corren como torrentes que en la primavera se +precipitan de las montañas; mientras hasta las piedras se conmueven y +plañen; mientras vuestras encantadoras narices empiezan a hincharse a +causa del llanto que vertéis...</p> + +<p><span class="smcap">Numerosas voces femeninas.</span>—¡Eso no es verdad!</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—Mientras toda la naturaleza, etcétera, etc., vuestros +maridos, señoras, ¿dónde están? No los veo por ninguna parte. Brillan +por su ausencia. Os han abandonado. Diré más, a riesgo de provocar +vuestras iras: os han hecho traición vilmente.</p> + +<p><i>(Los romanos adoptan posturas altivas. Entre las mujeres se oyen +suspiros y llantos.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Proserpina.</span> <i>(Con acento tranquilo.)</i>—Verdaderamente, ¿por qué no viene +mi marido? ¡Creo que ya es hora!</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—Todo eso está muy bien, señor. Tenéis un pico de oro, sabéis +adoptar elegantes posturas; pero decidme: ¿qué haríais si quisieran +raptarnos durante la noche?</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—Velaremos la noche entera. Además, espero que vosotras no +querréis marcharos.</p> + +<p><span class="smcap">Verónica.</span>—¿Por qué están tan lejos? ¡Yo quiero que se acerquen!</p> + +<p><span class="smcap">Voces femeninas.</span>—¡Por favor, detenedla!</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—¡Tiene gracia lo seguro que estáis de vosotros mismos! No +puedo menos de reconocer que manifestáis un gran respeto por nuestros +sufrimientos; pero sois todavía muy joven, y hay cosas que no se os +alcanzan. Así, pues, voy a deciros algo que aniquilará por completo +vuestra argumentación, y que hasta os hará, de fijo, poneros colorado. +¿Qué se hará de los niños, señor?</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—¿Qué niños?</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—Pues los que nos hemos dejado en casa.</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—Confieso, señora, que es una cuestión peliaguda. Permitidme +consultar con mis camaradas.</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—Hacedlo.</p> + +<p><i>(Se aleja hacia las mujeres. Los romanos deliberan en voz baja.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—¡Señora!</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—Soy toda oídos.</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—Mis camaradas, los señores romanos de la antigüedad, tras una +larga deliberación, me han encargado que os diga que tendréis nuevos +niños.</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span> <i>(Estupefacta.)</i>—¿De veras? ¿Creéis?...</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—¡Lo juramos! ¡Juremos todos, señores!</p> + +<p><i>(Los romanos juran, blandiendo sus aceros.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—Pero el sitio no es nada bonito.</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span> <i>(Ofendido.)</i>—¿No os gusta?</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—Claro, montañas, hondonadas... En suma, una cosa estúpida. +Esta piedra tan grande, por ejemplo, ¿qué hace aquí? ¡Quitadla!</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span> <i>(Aparta la piedra.)</i>—¡A vuestras órdenes, señora!</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—¡Y luego esos árboles! No, esto es muy feo. Me ahogo aquí. +Vos mismo estáis avergonzado, no podéis negarlo. Pero me parece que debo +daros una respuesta.</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—¿Una respuesta?</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—¡Claro! ¿No me habéis hecho una pregunta?</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—¿Yo? ¿Qué pregunta? Perdonad, señora, mi razón está un poco +turbada con motivo de todo esto.</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—¡Vaya una ocurrencia! ¿Sabéis que eso es ofensivo para mí?</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—¿Para vos?</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—¡Naturalmente! Pretendéis haber perdido la razón por mi +causa.</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—¿Yo?</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—¡No, que seré yo! Y no perdamos tiempo, voy a consultar a +mis amigas. Calmaos esperándome. ¡Si pudierais veros la cara! La tenéis +cubierta de sudor, como si os hubierais pasado todo el día cargando +piedra. Secaos el sudor. ¿Tenéis pañuelo?</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—Me parece, señora, que estáis burlándoos de mí.</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—¿Yo?</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—¡Vaya! Y no puedo permitirlo.</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—¿Y qué vais a hacer?</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—Gracias a Dios, no soy todavía vuestro marido para permitiros +burlaros de mí.</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—¡Muy bien! ¿Conque os congratuláis de no ser todavía mi +marido? ¡Tiene gracia! ¿Queríais hacernos creer en la sinceridad de +vuestros juramentos? <i>(Dirigiéndose a las demás mujeres.)</i> ¿Oís, +señoras? ¡Se congratulan de no ser nuestros maridos!</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—¡No, no es posible! Es una lógica que no entiendo. Os ruego +que acabéis.</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—¿Y si no quiero?</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—Entonces... entonces, ¡podéis largaros!</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—¿Cómo?</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—Sí, podéis largaros todas. Id a buscar a vuestros maridos. +Estamos hasta la coronilla. ¡Por la cabeza de Hércules! Si hemos fundado +a Roma, no ha sido para volvernos después locos con vuestra estúpida +argumentación.</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—¿Estúpida?</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—¡Idiota, si os parece poco!</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span> <i>(Llorando.)</i>—¡Me insultáis!</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—¡Oh, Júpiter! ¡Está llorando! Pero vamos, señora, ¿qué +queréis de mí? No puedo más. Aunque soy un antiguo romano, vais a +hacerme perder el juicio. ¡Cesad de llorar, os lo ruego!</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—Entonces, ¿nos dejáis partir? <i>(Llora con mayor +desconsuelo.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—¡Desde luego! Estáis libres. Id en busca de vuestros maridos. +¿Verdad, señores romanos? ¿Pueden partir?</p> + +<p><span class="smcap">El grueso romano.</span>—¡Naturalmente! Que se vayan; raptaremos a las mujeres +de los etruscos.</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—¡Qué mujeres, Dios mío! Toda paciencia es poca para +soportarlas.</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span> <i>(Llorando.)</i>—¿Palabra de honor?</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—¿Cómo?</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—¿Palabra de honor de que nos dejáis irnos?</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—¡Ya lo habéis oído!</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—Sí; mas podría ser que no lo dijerais en serio.</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—Completamente en serio.</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—Y si nos decidimos a irnos, ¿nos cogeréis de nuevo?</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—¡De ningún modo! ¡Qué pesadez, Dios mío! ¡Marchaos y no +temáis nada!</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—Muy bien; ¿pero nos llevaréis en brazos?</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—¿Cómo?</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—¿No comprendéis? Pues es muy sencillo: ya que nos habéis +traído aquí, debéis ahora llevarnos junto a nuestros maridos. La +distancia es muy larga, y no podemos ir a pie.</p> + +<p><i>(Las mujeres prorrumpen en risas sarcásticas. Escipión, ahogándose de +cólera, quiere decir algo; pero se limita a herir furiosamente el suelo +con el pie y se va con sus camaradas. Todos los romanos les vuelven la +espalda a las mujeres, se sientan en el suelo y permanecen en tal guisa +mientras las mujeres deliberan.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—¿Habéis oído, queridas amigas? Nos dejan partir.</p> + +<p><span class="smcap">Verónica.</span>—¡Es terrible!</p> + +<p>—¡Nos echan! Es innoble. ¡Raptar a honradas mujeres, trastornarlo todo +a media noche, despertar a los niños, suscitar desórdenes! Y todo, +¿para qué? ¡Para declararnos que no nos necesitan ya!</p> + +<p>—¿Y nuestros pobres maridos? ¿A qué santo han sufrido todo eso?</p> + +<p>—¡Ya veis, por la noche, cuando todo el mundo está durmiendo!</p> + +<p>—¿Conocéis el camino?</p> + +<p>—¡Cualquiera lo conoce! ¡Como que no tenía una más ocupación que la de +observar el camino cuando la traían!</p> + +<p>—Hay una gran distancia.</p> + +<p>—¿Y si se niegan a llevarnos?</p> + +<p><span class="smcap">Verónica.</span> <i>(Con voz gemebunda.)</i>—Se me desgarra el corazón. ¡Pobre +chiquillo mío! Le han obligado a volvernos la espalda. Iré a hablar con +él.</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—¡Esperad! ¡Verónica! No se os escapará vuestro chiquillo. +Hay que tomar una resolución.</p> + +<p><span class="smcap">Proserpina.</span>—Por mi parte, es igual que tengamos unos maridos u otros. +Allá se van todos. Estoy segura de que lo primero que se me pedirá es +una buena cena. Hasta me alegraré de tener un nuevo marido; el que tengo +ahora gruñe porque no varío el menú, mientras que el nuevo se chupará +los dedos.</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—Decís cosas cínicas, Proserpina. La historia, con ese +motivo, nos condenará.</p> + +<p><span class="smcap">Proserpina.</span>—¿Qué sabe la historia de nuestros negocios? Además, yo me +encuentro aquí divinamente.</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—¡Sois incorregible, Proserpina! Tened cuidado, pueden +oírnos. Escuchad, queridas amigas, tengo un plan: podemos partir +inmediatamente en busca de nuestros maridos. ¡Pero el camino es tan +largo y estamos tan cansadas!</p> + +<p>—¡Tengo los nervios tan excitados!</p> + +<p>—¡Es natural! ¡Hemos pasado una noche tan horrible!</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—Por eso os propongo que descansemos aquí un par de días. +Esto no nos comprometerá a nada. Nuestros raptores estarán encantados, y +así les será menos dolorosa la separación. Confieso que el mío me da +lástima; le he puesto perdida la nariz.</p> + +<p>—¡Pero nada más que dos días!</p> + +<p>—Creo que un solo día bastará para que descansemos. Id a hablar con +ellos, Cleopatra; si no, se dormirán.</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span> <i>(Volviéndose hacia los romanos.)</i>—¡Señor!</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span> <i>(Sin volver la cabeza.)</i>—¿En qué puedo serviros?</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—Venid un instante.</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—¡A vuestras órdenes, señora! <i>(Se levanta y se acerca.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—Hemos decidido aprovechar vuestra amable proposición, y nos +vamos inmediatamente. ¿No estáis incomodados?</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—No.</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—Pero antes de partir quisiéramos descansar un poco. Espero +que nos permitiréis permanecer aquí uno o dos días. Esto, además, nos +gusta mucho.</p> + +<p><i>(Todos los romanos se levantan precipitadamente.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span> <i>(Entusiasmado.)</i>—¡Querida señora, estoy encantado! Os juro +por la cabeza de Hércules, de Júpiter, de Venus, de Baco, de Afrodita, +que todos nosotros... En fin, ya me comprendéis, ¿verdad? ¡Señores +romanos de la antigüedad, al asalto!</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—Ahora iremos a dar un paseíto.</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—¡Todo lo que queráis, señoras! ¡Señores romanos de la +antigüedad, adelante! ¡Un, dos! ¡Un, dos! ¡No todos a una! ¡Cada cual +cuando le toque!</p> + +<p><i>(Coge a Cleopatra del brazo y se la lleva hacia las montañas. Tras él +marchan los demás romanos, cada cual con su sabina del brazo.)</i></p> + +<p>—¡Un, dos! ¡Un, dos! ¡En filas apretadas!</p> + +<p><i>(Pablo Emilio, solo, recorre con gesto desesperado la escena.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Pablo Emilio.</span>—¿Dónde está la mía? ¡Esperad, señores romanos de la +antigüedad! ¡Se me ha perdido! ¿Dónde está?</p> + +<p><i>(Verónica permanece un poco a distancia, con los ojos bajos, como una +novia. Pablo se dirige a ella.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Pablo Emilio.</span>—Señora, ¿no la habéis visto?</p> + +<p><span class="smcap">Verónica.</span>—¡Qué bestia eres!</p> + +<p><span class="smcap">Pablo Emilio.</span>—¿Yo?</p> + +<p><span class="smcap">Verónica.</span>—Sí, tú. ¡Eres un bestia!</p> + +<p><span class="smcap">Pablo Emilio.</span>—¡Me insultáis, señora!</p> + +<p><span class="smcap">Verónica.</span>—¡Oh, qué bestia eres! ¿Acaso no ves? ¿Acaso no me reconoces? +¡Oh, querido mío! Hace treinta años que te espero. ¡Aduéñate!</p> + +<p><span class="smcap">Pablo Emilio.</span>—¿De qué?</p> + +<p><span class="smcap">Verónica.</span>—¡Pues de mí! ¡Soy tuya! ¡Dios mío, qué bestia eres!</p> + +<p><span class="smcap">Pablo Emilio.</span>—¡Pero ésta no es ella!</p> + +<p><span class="smcap">Verónica.</span>—Sí, soy ella.</p> + +<p><span class="smcap">Pablo Emilio.</span>—¡Ca!</p> + +<p><span class="smcap">Verónica.</span>-¡Sí!</p> + +<p><span class="smcap">Pablo Emilio.</span>—¿Vos? ¿Vos sois la que?...</p> + +<p><i>(Se sienta en el suelo y llora.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Verónica.</span>—Escucha, todos se han ido ya; me da vergüenza estar aquí +sola. ¡Vamos!</p> + +<p><span class="smcap">Pablo Emilio.</span>—No sois vos.</p> + +<p><span class="smcap">Verónica.</span>—¿No te digo que sí soy yo? ¡Caramba! Mi marido repite desde +hace treinta años que no soy yo. ¡Y ahora éste también! ¡Dame la mano!</p> + +<p><span class="smcap">Pablo Emilio.</span> <i>(Aterrorizado.)</i>—¡No, no sois vos! ¡Socorro! ¡Socorro! +¡Me rapta!</p> + + +<p class="telon">TELÓN</p> + +<hr class="half" /> + +<h3><a name="CUADRO_SEGUNDO" id="CUADRO_SEGUNDO"></a>CUADRO SEGUNDO</h3> + +<p class="hang"><i>Un cuadro extremadamente triste, que dé idea de la situación +trágica de los maridos despojados. Es muy posible que llueva, que +haga mucho viento, que las nubes negras encapoten el cielo; pero no +es menos posible que todo esto no sea sino imaginación. De un modo +o de otro, el paisaje debe corresponder al trágico estado de alma +de los pobres maridos.</i></p> + +<p class="hang"><i>A ambos lados de la escena, los sabinos, en dos grupos simétricos, +se dedican a la gimnástica. Mientras hacen ejercicios variados, +murmuran:</i> «Quince minutos de ejercicio diarios, y estaréis como +una manzana.» <i>En medio, en un largo banco, están sentados los +maridos con hijos, y cada uno tiene un niño en brazos. Están +tristemente cabizbajos, y todo en su actitud manifiesta una +desesperación estilizada.</i></p> + +<p class="hang"><i>Durante largo rato no se oye sino el cuchicheo de los gimnastas;</i> +«Quince minutos de ejercicio diarios», <i>etc.</i></p> + +<p class="hang"><i>Entra Anco Marcio, enseñando una carta.</i></p> + + +<p class="top5"><span class="smcap">Marcio.</span>—¡He aquí la dirección, señores sabinos! Hemos recibido la +dirección de nuestras mujeres. ¡La dirección, señores, la dirección!</p> + +<p><span class="smcap">Voces ahogadas.</span>—¡Escuchad, escuchad! Se ha recibido la dirección.</p> + +<p><i>(Marcio saca del bolsillo una campanilla y la agita.)</i></p> + +<p>—¡Silencio, señores, silencio!</p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span>—¡Señores sabinos! La historia no podrá reprocharnos ni la +lentitud ni la indecisión. Ni lentitud ni indecisión entran en el +carácter de los sabinos, a cuyo temperamento arrebatado, impulsivo, +apenas ponen coto la experiencia y la prudencia. ¿Recordáis, maridos +despojados, adónde fuimos a parar la mañana memorable que siguió a la +terrible noche durante la cual esos bandidos robaron, de una manera +abominable, a nuestras desgraciadas mujeres? ¿Recordáis adónde nos +llevaron nuestras piernas veloces, devorando el espacio, apartando todos +los obstáculos y alborotando toda la región? ¿Recordáis? <i>(Los sabinos +guardan silencio.)</i> ¡Vamos, señores sabinos, un pequeño esfuerzo de +memoria!</p> + +<p><span class="smcap">Una voz tímida.</span>—¡Proserpinita querida! ¿Dónde estás?</p> + +<p><i>(Los sabinos siguen silenciosos y pendientes de los labios de Marcio.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span> <i>(Con énfasis.)</i>—Bueno, voy a refrescar vuestra memoria: +corrimos a la agencia de informaciones para enterarnos de dónde se +hallaban nuestras mujeres. Por desgracia, esta institución arcaica no lo +sabía aún, y nos dio... la antigua dirección de aquéllas. Y durante una +semana entera la agencia estuvo dándonos, como si se burlase de +nosotros, la misma antigua dirección. Al fin nos dio este terrible +informe: «Partieron sin dejar señas.» Pero no quedamos contentos con +esta gestión. ¿Recordáis, señores sabinos, lo que hicimos por añadidura? +<i>(Los sabinos guardan silencio.)</i> He aquí una exposición sucinta, pero +elocuente, de lo que hemos hecho en los diez y ocho meses que han +transcurrido desde la desaparición de nuestras pobres mujeres: hemos +publicado anuncios en los periódicos, prometiendo una recompensa a quien +nos indique dónde se encuentran; hemos consultado a los astrólogos, que +han tratado noches y noches, contemplando los astros, de encontrar la +dirección apetecida...</p> + +<p>—¡Proserpinita querida! ¿Dónde estás?</p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span> <i>(Dirigiendo una mirada de reproche al que le ha +interrumpido.)</i>—Hemos matado millares de gallinas, patos y gansos para +examinar sus entrañas y adivinar así la ansiada dirección. Todos +nuestros esfuerzos han sido vanos. Los dioses todopoderosos no han +querido coronarlos de éxito. Las estrellas a que nos hemos dirigido sólo +nos han contestado una cosa: «Partieron sin dejar señas.» ¡Sí, sin dejar +señas! <i>(Los sabinos lloran.)</i></p> + +<p>—¡Proserpinita querida! ¿Dónde estás?</p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span>—Sí, señores sabinos, es una respuesta bien extraña por parte de +los astros. Pero continúo con orgullo la exposición de lo que hemos +hecho. ¿Recordáis, señores sabinos, en qué se hallaban ocupados nuestros +sabios juristas mientras los astrólogos consultaban las estrellas? <i>(Los +sabinos guardan silencio.)</i> ¡Vamos, un pequeño esfuerzo de memoria! En +estas condiciones, es difícil hablar. Estáis ahí como estatuas, sin +decir esta boca es mía. ¡Bueno, recordad, os lo ruego!</p> + +<p>—¡Proserpinita querida!</p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span>—¡Dejadnos en paz con vuestra Proserpina! Bueno, señores +sabinos, voy a ayudaros a recordar. Decidme, ¿para qué os dedicáis a la +gimnástica?</p> + +<p><span class="smcap">Una voz tímida en el fondo.</span>—Para tener los músculos fuertes.</p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span>—¡Muy bien! ¿Y para qué necesitamos tener los músculos fuertes? +¡Responded!</p> + +<p><span class="smcap">Otra voz tímida.</span>—Para pegarnos.</p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span>—<i>(Levantando con desesperación los brazos al cielo.)</i>—¡Oh, +dioses! ¡Para pegarnos! ¿Y quién dice eso? Un sabino, un amigo de las +leyes, un puntal del orden, un modelo, único en el mundo, de lealtad. Me +dan vergüenza las palabras que acaban de ser pronunciadas. Cuadrarían en +boca de un bandido romano que roba las mujeres ajenas.</p> + +<p>—Proserpinita...</p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span>—¿Queréis no fastidiarnos más con vuestra Proserpina? Se trata +aquí de una cuestión de principios... Veo, señores, que la espantosa +pérdida ha eclipsado vuestra memoria, y voy a refrescar vuestros +recuerdos. Tenemos necesidad de músculos fuertes para poder llevar, el +día en que al fin conozcamos la dirección de nuestras mujeres y de sus +raptores, los pesadísimos volúmenes del código civil, las colecciones de +las leyes y las resoluciones del Senado, así como los cuatrocientos +tomos escritos con motivo de nuestro asunto por los sabios juristas, en +los que se prueba, con una claridad meridiana, la ilegalidad del acto +que los romanos cometieron. No echéis en olvido, señores sabinos, que +nuestra única arma es la ley, nuestro derecho y nuestra conciencia +tranquila. Demostraremos a los romanos, sin que haya lugar a duda +alguna, que son unos raptores, y a nuestras pobres mujeres, que fueron +raptadas de un modo por completo ilegal. Hasta el Cielo se estremecerá +de indignación. Y—¡congratulaos, señores sabinos!—ahora, por fin, +podemos acometer nuestra gran empresa, porque tenemos la dirección +exacta. ¡Miradla!</p> + +<p><i>(Blande la carta. Los sabinos se empinan sobre las puntas de los pies +para ver mejor.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span>—¡Miradla! Una carta certificada que firma «Un raptor +arrepentido». El autor dice en ella que tiene remordimientos de +conciencia por su mala acción; jura que no raptará ya más mujeres, y +pide perdón humildemente. La firma no es legible; sobre ella hay una +gran mancha, que proviene, sin duda, de las lágrimas derramadas sobre el +papel por el autor arrepentido. Entre otras cosas, escribe que nuestras +pobres mujeres tienen destrozado el corazón.</p> + +<p>—¡Proserpinita querida!</p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span>—¡Pero escuchadme! ¡Me interrumpís a cada palabra con vuestros +lamentos! Haceos cargo de que vuestra Proserpina es cosa secundaria +cuando se trata del triunfo del derecho. Mientras, los demás nos +disponemos a la gran batalla en pro del derecho y la justicia—batalla +en que acaso perdamos la vida—, vos sólo pensáis en vuestra Proserpina. +En nombre de la honorable asamblea, condeno vuestra conducta... ¡Bueno, +señores, preparémonos! ¡Acatad mis órdenes! ¡Alineaos en filas +regulares! ¡Pero más aprisa, vamos! ¡Eh, cuidado, os dicen que os +volváis a la derecha y os volvéis a la izquierda! Y ya es hora de que +distingamos entre la izquierda y la derecha.</p> + +<p><i>(Coge por un hombro al sabino que se ha equivocado y empieza a +enseñarle.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span>—Para saber dónde está la derecha, volved la cara al Norte... O +no, la cara al Sur y la espalda al Este. ¡Así no! ¡Lo hacéis +precisamente al revés! ¡Qué fastidio! Seguid a vuestros vecinos... +Ahora, señores, si alguno de vosotros lleva cortaplumas, que lo tire. +Los mondadientes también. Nada que pueda suscitar ideas de violencia. +¡Ningún arma contundente ni cortante! Nuestra arma es el derecho y la +conciencia pura. Ahora, que cada uno tome un volumen de leyes y otro de +estudios jurídicos. ¡Así! ¡Las trompetas al frente! Tocad la marcha de +los maridos despojados. ¡Adelante! Pero no olvidéis cómo hay que +avanzar. ¿Lo habéis olvidado?</p> + +<p><i>(Los sabinos no responden.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span>—Bueno, os lo recordaré: dos pasos al frente y un paso atrás. +Dos pasos al frente y un paso atrás. Con los dos primeros pasos +expresamos nuestra firme voluntad, el ardor arrebatado de nuestras +almas, el deseo irresistible de dar cima a nuestra empresa; mientras que +el paso atrás manifiesta nuestra sensatez y nuestra prudencia. Al darlo, +damos, por decirlo así, prueba de nuestra lealtad, de nuestro propósito +de obrar con moderación. La historia, señores, no conoce saltos. Y no +hay que olvidar que en este momento la historia, esa justiciera +implacable, está personificada en nosotros. Tocad la marcha.</p> + +<p><i>(Las trompetas empiezan a tocar, ora en tono mayor y solemne, ora +lanzando quejas y gemidos. Los sabinos avanzan del modo indicado por +Marcio: dos pasos al frente, un paso atrás. De esta suerte atraviesan +lentamente la escena y desaparecen entre bastidores. Se sigue oyendo +largo rato los acordes de la marcha lúgubre.)</i></p> + +<p class="telon">TELÓN</p> + +<hr class="half" /> + +<h3><a name="CUADRO_TERCERO" id="CUADRO_TERCERO"></a>CUADRO TERCERO</h3> + +<p class="hang"><i>La escena del primer cuadro. El aspecto es ya menos inculto. Ante +una de las chozas hállase, en pie, el romano Escipión en una +postura perezosa. Sale de entre bastidores el ejército sabino, que +avanza gravemente, dos pasos al frente, un paso atrás. Al advertir +su presencia, el romano se anima un poco y los mira con curiosidad; +pero la monotonía de su marcha le cansa; empieza a bostezar, se +despereza y se sienta, flemático, en una piedra.</i></p> + +<p class="hang"><i>A una señal de Anco Marcio, las trompetas cesan de tocar.</i></p> + + +<p class="top5"><span class="smcap">Marcio.</span> <i>(Gritando con desesperación.)</i>—¡Alto, señores sabinos! ¿Os +detenéis o no?</p> + +<p><i>(Se detienen bruscamente.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span>—¿Os detenéis o no? ¡Dios mío, no es fácil atajar un torrente +que se precipita hacia el mar! ¡Al fin os habéis detenido! Ahora, +obedeced. ¡Atrás los trompetas! ¡Adelante los profesores! Los demás que +sigan en su lugar, sin moverse.</p> + +<p><i>(Los trompetas retroceden. Los profesores avanzan. Los demás se quedan +como paralizados.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span>—¡Señores profesores, preparaos!</p> + +<p><i>(Los profesores arman unos pupitres portátiles, y sobre cada uno de +ellos colocan un grueso volumen; todos a la vez abren su libro +respectivo ruidosamente, lo que produce la impresión del disparo de una +batería. Escipión se anima de nuevo y contempla con curiosidad todos +estos preparativos.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—¿De qué se trata, señores? ¿Podría yo quizá seros útil? Pero +si se trata de un circo, debo advertiros que el coliseo no está +terminado todavía.</p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span> <i>(Con frialdad.)</i>—¡Cállate, innoble raptor! <i>(Dirigiéndose a +los suyos.)</i> ¡Al cabo, señores sabinos, estamos a punto de conseguir el +objeto que perseguimos! Tras nosotros queda un largo camino de +privaciones, de hambre, de soledad; ante nosotros se presenta una +batalla única en la historia humana. Animaos, dominaos, calmaos; +contened la cólera sagrada que rebosa en vuestros corazones y esperad +tranquilos el fatal desenlace. ¿Recordáis lo que os ha traído aquí?</p> + +<p><i>(Los sabinos guardan silencio.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span>—¡Recordadlo! Creo que no ha sido por dar un paseo por lo que +hemos venido con esos pesados libros. ¿Con qué objeto hemos venido aquí? +¡Decidlo!</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—¡Verdaderamente, señores, debéis responder cuando se os +pregunta!</p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span> <i>(A Escipión.)</i>—¡Figuraos que no he podido, en todo el camino, +sacarles una sola palabra!</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—¿Es posible?</p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span>—¡Palabra de honor! Toda paciencia es poca para aguantar a estos +imbéciles. Parecen mudos.</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—Os compadezco de todo corazón.</p> + +<p><span class="smcap">Una voz.</span>—¡Proserpinita mía! ¿Dónde estás?</p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span> <i>(Con nerviosidad.)</i>—¡Silencio! En seguida vamos a reclamar la +devolución de nuestras mujeres, y guay de los raptores si su conciencia +no ha empezado ya a remorderlos. ¡Les impondremos el respeto a la ley! +¡Eh, tú, raptor innoble! ¡Llama a tus innobles camaradas y prepárate a +rendir cuenta de tu acto abominable!</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—Voy a llamar a mi mujer.</p> + +<p><i>(Se dirige a su cabaña y grita:</i> «¡Cleopatrita mía, sal un momento; han +venido a verte!» <i>Sale de entre bastidores Pablo Emilio, y, al reconocer +a los sabinos, grita lleno de júbilo):</i></p> + +<p>—¡Los maridos han llegado! ¡Levantaos, señores romanos de la +antigüedad! ¡Los maridos han llegado!</p> + +<p><i>(Se lanza sobre Marcio, y llorando de alegría le abraza efusivamente. +Marcio parece asombradísimo. Pablo Emilio recorre la escena gritando con +voz jubilosa):</i></p> + +<p>—¡Los maridos han llegado!</p> + +<p><i>(Van apareciendo romanos, restregándose los ojos, y ocupan el lado +derecho de la escena. Marcio, en una actitud belicosa, espera que todos +los romanos estén reunidos.)</i></p> + +<p><span class="smcap">El grueso romano.</span>—¡Por la cabeza de Baco, he dormido como la primera +noche después de la fundación de Roma! ¿Qué espantajos son ésos?</p> + +<p>—¡Silencio, son los maridos!</p> + +<p><span class="smcap">El grueso romano.</span>—¿De veras? ¡Dios mío, qué sed tengo! ¡Proserpinita +mía, dame un poco de sidra!</p> + +<p><span class="smcap">Una voz tímida.</span>—¡Proserpinita querida! ¿Dónde estás?</p> + +<p><span class="smcap">El grueso romano.</span>—¿Qué diablos quiere éste? ¡Llama también a mi mujer!</p> + +<p>—¡Silencio, es su marido!</p> + +<p><span class="smcap">El grueso romano.</span>—¡Ah, sí, no me acordaba ya! ¡Cielos, qué sed tengo! +Me bebería un lago entero, sobre todo con la cenita que me dieron +anoche. ¡Si supierais, señores romanos, qué bien guisa mi Proserpina! +¡Es toda una artista!</p> + +<p>—¡Silencio!</p> + +<p><span class="smcap">El grueso romano.</span>—Bueno, he soñado esta noche que la Roma fundada por +nosotros se desmoronaba. Casa por casa, piedra por piedra...</p> + +<p>—¿Por qué no vienen nuestras mujeres? Tienen una visita, y la cortesía +más elemental exige que salgan.</p> + +<p>—Probablemente estarán vistiéndose.</p> + +<p>—¡Qué coquetas son! Lo lógico sería que no se emperejilasen mucho para +sus antiguos maridos, y, sin embargo... ¡No, no comprenderé nunca la +psicología femenina!</p> + +<p><span class="smcap">El grueso romano.</span>—¡Cielos, qué sed tengo!</p> + +<p>Y esos sabinos parece que están petrificados... Se los tomaría por +ídolos de piedra. ¡Si al menos tocasen algo con sus trompetas!</p> + +<p>—¡Mirad, se mueven!</p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span>—¡Señores romanos! Ahora, que nos encontramos frente a frente, +espero que no intentaréis escaparos y nos daréis una respuesta clara y +franca. ¿Recordáis, señores romanos, el delito que cometisteis la +memorable noche del veinte al veintiuno de abril?</p> + +<p><i>(Los romanos se miran, confusos, y no contestan.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span>—¿Lo recordáis o no? ¿Vosotros también os habéis olvidado de +todo? No puedo continuar mientras no hagáis memoria.</p> + +<p><i>(El grueso romano cuchichea, asustado, a su vecino:</i> «Quizá lo +recuerdes tú, Agripa. Debe de ser algo muy grave.» «No, no lo recuerdo.» +<i>Los demás romanos también se preguntan unos a otros y se encogen de +hombros sin comprender nada.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span> <i>(Con tono solemne.)</i>—Bueno, señores romanos, voy a refrescaros +la memoria. ¡Escuchad! La noche del veinte al veintiuno de abril se +cometió el mayor crimen de la historia humana: unos malhechores, que +nombraré luego, raptaron a nuestras mujeres, las bellas sabinas.</p> + +<p><i>(Los romanos se acuerdan y parecen encantados.)</i></p> + +<p>—¡Sí, es verdad!</p> + +<p>—¡Completamente exacto!</p> + +<p>—¡Justamente, el veinte de abril por la noche!</p> + +<p>—¡Vaya una memoria!</p> + +<p>—¡Qué talento, Dios mío!</p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span>—¡Los raptores innobles fuisteis vosotros, señores romanos! No +se me oculta que trataréis de justificaros, de negar los hechos, de +desnaturalizar las normas jurídicas, recurriendo a todo linaje de +sofismas, como es uso y costumbre entre los refractarios a las leyes. +Pero estamos dispuestos a rebatir, uno por uno, vuestros argumentos +mendaces. ¡Señores profesores, manos a la obra!</p> + +<p><i>(El profesor que se encuentra más cerca de los espectadores comienza a +leer con voz monótona, fuera del tiempo y del espacio.)</i></p> + +<p>—Los crímenes contra la propiedad. Volumen primero, primera parte, +primer capítulo, primera página. El robo en general. En la edad antigua, +aun más antigua que la actual, cuando las aves y los insectos +revoloteaban sin temor bajo los rayos del sol y no se conocía aún el +crimen...</p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span>—¡Escuchad! ¡Escuchad!</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—¿No habría modo de abreviar un poco?</p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span>—No, no es posible.</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—Pues se dormirán.</p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span>—¿Creéis?</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—¡Claro! Están ya dando cabezadas, y cuando se hallan en tal +estado, su comprensión es nula. Si pudierais empezar por el final, por +decirlo así... Tened la bondad de decirnos lisa y llanamente a qué +habéis venido.</p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span>—¡Extraño modo de concebir una discusión jurídica! Pero, puesto +que no estáis habituados a discutir seriamente, os diré en dos palabras +de lo que se trata: queremos demostraros que no os asiste el derecho de +raptar a nuestras mujeres; que sois, señores romanos, unos raptores, y +que, pese a vuestros esfuerzos y a vuestros sofismas jurídicos, no +lograréis nunca justificar vuestro innoble acto. ¡Hasta el Cielo se +indignará escuchando nuestra requisitoria!</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—Permitid, amigo mío. No tenemos, en modo alguno, la intención +de justificarnos. Nos apresuramos a deciros que tenéis razón que os +sobra.</p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span>—¿Cómo? ¿Para qué hemos venido entonces?</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—¡Qué sé yo! Acaso hayáis venido por gusto de dar un buen +paseo.</p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span>—¡No, no! ¡Hemos venido con el propósito de demostraros!... ¡Es +muy extraño todo esto! ¿Confesáis, pues, que sois raptores?</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—Desde luego. Somos raptores; tenéis razón que os sobra para +llamárnoslo.</p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span>—Pero acaso no estéis por completo convictos. En ese caso, el +señor profesor se encuentra dispuesto... ¿No es verdad, señor profesor?</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—¡No, no! No vale la pena. Estamos por completo convictos. +Decidle, señores romanos, que estáis de acuerdo con él, porque, de lo +contrario, va a comenzar de nuevo.</p> + +<p><span class="smcap">Numerosas voces.</span>—¡Estamos de acuerdo! ¡Completamente de acuerdo!</p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span>—¿De veras? Entonces no lo entiendo.</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—Y, sin embargo, es muy sencillo.</p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span>—Aquí hay algún error. Pero, en fin, ya que insistís... ¡Señores +sabinos, congratulaos! Los culpables confiesan sus crímenes. Sin más que +ver nuestros preparativos para la batalla de derecho, experimentan +remordimientos de conciencia. Sólo nos toca ahora, una vez cumplido +nuestro deber sagrado, volver la espalda y regresar a nuestra casa...</p> + +<p><span class="smcap">Una voz tímida.</span>—¿Cómo? ¿Y mi Proserpinita?</p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span>—¡Ah, sí! Tenéis razón, compañero; me había expresado mal. +Señores romanos, he aquí una lista detallada y exacta de nuestras +mujeres; tened la bondad de entregárnoslas. Naturalmente, sois +responsables, según la ley, de todo lo que...</p> + +<p><i>(En este momento aparecen las mujeres sabinas. Todos los ojos se +vuelven hacia ellas.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span>—¡He aquí nuestras mujeres! Señores sabinos, dominaos. Os +suplico que contengáis vuestros impulsos amorosos mientras no está +arreglada la cuestión jurídica. Dos pasos al frente, un paso atrás; no +olvidéis que es nuestra divisa. <i>(Luego dirigiéndose a las mujeres:</i> +¡Salud, mujeres sabinas! ¡Buenos días, querida Cleopatra!)</p> + +<p><i>(Las mujeres ocupan el centro de la escena. Tienen los ojos bajos, su +actitud es modesta, aunque llena de dignidad.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span> <i>(Sin alzar los ojos.)</i>—Si habéis venido para hacernos +reproches, no los merecemos. Hemos resistido largo tiempo a los raptores +y sólo hemos cedido a la fuerza. Os juro, querido Anco Marcio, que no he +cesado de verter lágrimas pensando en vos.</p> + +<p><i>(Llora, lo mismo que las demás sabinas.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span>—Cálmate, Cleopatra; han confesado ya que son raptores. +¡Tornemos, pues, a nuestros penates, Cleopatra!</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span> <i>(Siempre con los ojos bajos.)</i>—Temo que nos hagáis +reproches. Además, estamos ya tan habituadas a este paraje... ¿Verdad, +Marcio, que son preciosas estas montañas?</p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span>—No te entiendo, Cleopatra; ¿a qué viene ahora el hablarme de +las montañas?</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—Os enojáis; pero os aseguro, Marcio, que no somos culpables. +Harto he llorado ya recordándoos. ¿Qué más queréis? ¿Que continuemos +llorando? ¡Todo lo que queráis! Queridas amigas, les parece que no hemos +llorado bastante; complazcámoslos. ¡Lloremos, queridas amigas! ¡Os amo +tanto, Marcio!</p> + +<p><i>(Las mujeres prorrumpen en sollozos.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—¡Querida Cleopatrita, cálmate! En el estado en que te +encuentras, el ponerte así puede hacerte daño. <i>(Dirigiéndose a +Marcio.)</i> Bueno, señor, ¿habéis oído? Lo mejor que podéis hacer es +volveros por donde vinisteis. Y tú, Cleopatra, vete a la cama. Yo mismo +prepararé la comida.</p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span>—¡Permitid! ¿Por qué habláis de la comida? Cálmate, Cleopatra; +aquí hay un error. Por lo visto, no te haces cargo de que has sido +ilegalmente raptada.</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span> <i>(Llorando.)</i>—Ya veis: tenía yo razón al decir que ibais a +hacernos reproches. Escipioncito, déjame el pañuelo.</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—¡Tómalo, querida!</p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span>—¡Permitid! No comprendo por qué se habla aquí de un pañuelo, +cuando se trata...</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span> <i>(Sin dejar de llorar.)</i>—¡No digo!... Ahora va a armarme un +escándalo a propósito del pañuelo. ¿Cómo voy a secarme las lágrimas... +que derramo por vos? ¡Es cruel, Anco Marcio! ¡Sois un verdadero +monstruo!</p> + +<p><i>(En este momento, casi todos lloran: las sabinas, los sabinos y hasta +muchos romanos.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Una voz.</span>—¡Proserpinita querida!</p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span>—¡Calmaos, señores sabinos! ¡Dominaos! Voy a arreglarlo todo. +Aquí hay un error jurídico. La desgraciada mujer no se da cuenta de que +es víctima de estos innobles raptores. Vamos a probárselo. ¡Señores +profesores, manos a la obra!</p> + +<p><i>(Los profesores se preparan. El pánico se apodera de los romanos. +Escipión coge de la mano a Cleopatra.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—¡Confiesa, confiesa! Si no, va a comenzar de nuevo. ¡Dios nos +libre!</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—No tengo nada que confesar. Soy víctima de una calumnia.</p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span>—¡Señor profesor, estamos esperando!</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—¡Date prisa, te lo suplico! ¡Confiesa! ¡Oh, Júpiter, ya abre +la boca! Esperad, señores sabinos: confiesa. Tapadle la boca a vuestro +profesor, puesto que confiesa.</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—Bueno, confieso. <i>(A las demás mujeres.)</i> Vosotras también, +queridas amigas, ¿verdad?</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span> <i>(Con apresuramiento.)</i>—Todas, todas confiesan. El asunto +está arreglado.</p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span> <i>(Sin comprender una palabra.)</i>—Permitid. Así, pues, Cleopatra, +¿reconoces que tú y las demás mujeres sabinas fuisteis raptadas durante +la noche del veinte al veintiuno de abril? ¿No es eso?</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—¡Ya lo creo! ¡Desde luego no nos fugamos solas!</p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span>—No, veo que no comprende todavía. Señor pro...</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—¡Esto es demasiado, Marcio! Permitisteis que nos robasen, no +nos defendisteis, nos abandonasteis cobardemente, y ahora nos acusáis de +habernos venido, gustosas, con los romanos. Yo declaro, Marcio, que +fuimos robadas, raptadas del modo más innoble. Podéis leer el relato de +nuestro rapto en cualquier manual de historia, amén <i>(Solloza.)</i> del +diccionario enciclopédico.</p> + +<p><span class="smcap">Escipión.</span>—¡Vamos, vamos! ¡Tapadle la boca al profesor!</p> + +<p><i>(Pero la boca del profesor continúa abierta. El pánico aumenta entre +los romanos. Algunos huyen.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span>—Todo se arregla, pues; reconocen que fueron raptadas. Hemos +logrado nuestro objeto. Hasta el Cielo se indigna de tal crimen. +¡Vámonos, por tanto, a nuestros penates, Cleopatra!</p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—¡No quiero ir a los penates!</p> + +<p><span class="smcap">Las demás mujeres.</span>—¡No queremos ir a los penates! ¡Abajo los penates! +¡Nos quedamos aquí! ¡Nos insultan, quieren raptarnos! ¡Salvadnos! +¡Defendednos!</p> + +<p><i>(Los romanos, blandiendo las armas, se interponen entre los sabinos y +las mujeres. Poco a poco hacen retroceder a éstas hasta el foro. Lanzan +a los sabinos miradas amenazadoras.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Voces romanas.</span>—¡A las armas, ciudadanos! ¡Defended a nuestras mujeres! +¡A las armas!</p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span> <i>(Agita la campanilla.)</i>—¿Qué diablos pasa aquí? ¡Se diría que +quieren reñir! ¡Yo me vuelvo loco, señores sabinos!</p> + +<p><span class="smcap">Proserpina.</span> (<i>Acercándose a los sabinos, y con acento +persuasivo.)</i>—Calmaos. Dejadme hablar a Marcio.</p> + +<p><span class="smcap">Una voz tímida.</span>—¿Eres tú, Proserpinita querida?</p> + +<p><span class="smcap">Proserpina.</span>—Sí, soy yo, amigo mío. ¿Cómo te va?... Venid aquí, Marcio. +No temáis nada. ¿Os habéis percatado de que ni Cleopatra, ni yo, ni +ninguna de las demás mujeres, queremos irnos con vosotros? Creo que está +bien claro.</p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span>—¡Cómo! Yo me vuelvo loco. No puedo vivir sin mi Cleopatra. Es +mi mujer legítima. ¡Todo lo legítima posible! ¿Creéis que no querrá +seguirme?</p> + +<p><span class="smcap">Proserpina.</span>—¡Por nada del mundo!</p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span>—¿Qué voy a hacer entonces? Como la amo, no puedo vivir sin +ella. <i>(Llora.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Proserpina.</span>—Calmaos, Marcio. <i>(En voz baja.)</i> Me dais lástima, y voy a +deciros en secreto el único medio que os queda.</p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span>—¿Cuál es?</p> + +<p><span class="smcap">Proserpina.</span>—Llevárosla a la fuerza.</p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span>—¿Y creéis que así me seguirá?</p> + +<p><span class="smcap">Proserpina.</span> <i>(Encogiéndose de hombros.)</i>—Si os la lleváis a la fuerza, +se verá forzada a seguiros.</p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span>—¡Pero eso sería innoble! Me aconsejáis que cometa un acto de +violencia, a mí, que tengo un concepto tan elevado del derecho. Ya veo +que, a vuestro entender, el derecho está por debajo de la fuerza. ¡Oh, +las mujeres!</p> + +<p><span class="smcap">Proserpina.</span>—Decididamente, Marcio, los dioses te crearon en un mal +momento: eres demasiado tonto. Las mujeres no podemos amar sino a los +hombres fuertes, audaces. ¿Crees que nos da gusto ser raptadas, robadas, +reclamadas, perdidas, encontradas y vivir siempre así?</p> + +<p><span class="smcap">Una voz.</span>—¡Proserpinita querida!</p> + +<p><span class="smcap">Proserpina.</span>—¿Cómo te va, amigo mío? <i>(A Marcio.)</i> No queremos que se +nos trate como un objeto cualquiera. Apenas me habitúo a un hombre, +llega otro y me roba; apenas me aficiono al nuevo marido, se presenta el +primero y se empeña en que me vaya con él. ¡No, Marcio! Si quieres +conservar a la mujer, no la cedas a nadie; defiéndela de todo agresor, +con las armas en la mano, sin retroceder ante los peligros, ante la +muerte misma. Créeme, las mujeres saben apreciar tal suerte de heroísmo. +Y ten en cuenta que las mujeres no traicionan sino a quienes las han +traicionado antes.</p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span>—¿Pero cómo podemos reñir con ellos? ¡Están armados, y nosotros +estamos inermes!</p> + +<p><span class="smcap">Proserpina.</span>—No tenéis más que armaros también.</p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span>—Tienen músculos fuertes, mientras que nosotros...</p> + +<p><span class="smcap">Proserpina.</span>—No tenéis más que fortaleceros también. ¡No, Marcio, eres +terriblemente tonto!</p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span> <i>(Alejándose de ella.)</i>—Y tú, mujer, estás loca. ¡Viva la ley! +¡Viva el derecho! Pueden arrebatarme brutalmente a mi mujer, pueden +demoler mi casa, robar todos mis bienes; ¡yo no dejaré de conducirme +conforme a la ley! El mundo entero puede burlarse de los desgraciados +sabinos; ¡ellos no dejarán de respetar la ley! ¡Señores sabinos, en +marcha! ¡Volvamos a nuestra casa! Llorad, derramad lágrimas, sin +avergonzaros. Aunque se mofen de vosotros, aunque os tiren piedras, +¡llorad! Aunque os insulten, aunque os escupan en la cara, no dejéis de +llorar, señores sabinos; debemos derramar lágrimas pensando en la ley +ultrajada, en el derecho pisoteado. ¡Adelante, sabinos! ¡Trompetas, +tocad la marcha fúnebre! ¡Dos pasos al frente, un paso atrás! ¡Dos pasos +al frente, un paso atrás! <i>(Las mujeres se echan a llorar.)</i></p> + +<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>—Espera, Marcio... ¡Un momento!</p> + +<p><span class="smcap">Marcio.</span>—¡Déjame, mujer! No quiero ya nada contigo. ¡Un, dos! ¡Un, dos!</p> + +<p><i>(Las trompetas tocan una marcha fúnebre. Las mujeres, llorando y +gritando, pretenden lanzarse hacia sus antiguos mandos, pero se lo +impiden los romanos entre carcajadas de triunfo. Sin hacer caso del +llanto de las mujeres ni de la risa de los romanos, los sabinos se +alejan lentamente, encorvados bajo el peso de los voluminosos temas +jurídicos.</i> ¡Dos pasos al frente, un paso atrás!)</p> + +<p class="telon">TELÓN</p> + +<hr class="full" /> + +<div class="caja"> + +<h2>OBRAS DE J. H. FABRE</h2> + +<p class="c">EDITADAS POR CALPE</p> + +<hr /> + +<p class="c"><b>Cinco volúmenes en 8.º, de unas 300 páginas cada uno.</b></p> + +<p class="c smcap"> +la vida y costumbres maravillosas de<br /> los insectos aparecen en estas +obras<br /> narradas con amenidad encantadora</p> + +<p class="c">TITULO DE CADA VOLUMEN</p> + +<p class="hang"><b>Maravillas del instinto en los insectos</b>, con grabados y 16 láminas fuera +de texto, según fotografías de P. H. Fabre, y portada en color. En +rústica, 5 pesetas; en tela, 7.</p> + +<p class="hang"><b>Costumbres de los insectos</b>, con grabados y 16 láminas fuera de texto, +según fotografías de P. H. Fabre, y portada en color. En rústica, 5 +pesetas; en tela, 7.</p> + +<p class="hang"><b>La vida de los insectos</b>, con grabados y 11 láminas fuera de texto, según +fotografías de P. H. Fabre, y portada en color. En rústica, 5 pesetas; +en tela, 7.</p> + +<p class="hang"><b>Los destructores.</b> Lecturas acerca de los animales perjudiciales a la +agricultura, con grabados y 16 láminas fuera de texto, según fotografías +de P. H. Fabre, y portada en color. En rústica, 5 pesetas; en tela, 7.</p> + +<p class="hang"><b>Los auxiliares.</b> Lecturas acerca de los animales útiles a la agricultura, +con grabados y 16 láminas fuera de texto, según fotografías de P. H. +Fabre, y portada en color. En rústica, 5 pesetas; en tela, 7.</p> +</div> + +<div class="caja"> + +<h2>ACTUALIDADES CIENTÍFICAS</h2> + +<p class="c"><span class="smcap">de esta colección ha publicado<br /> Calpe las siguientes<br /> obras, de palpitante +interés<br /> en el mundo científico</span></p> + +<p class="hang">Freundlich.—<b>Los fundamentos de la teoría de la gravitación de +Einstein.</b>—Un tomo, 8 pesetas.</p> + +<p>He aquí el primer libro publicado en castellano sobre esta famosa teoría +que tanto interés ha despertado en el mundo entero. El éxito alcanzado +en todos los pueblos de habla española ha sido enorme; cosa natural, por +otra parte, si se considera la importancia de esta teoría, según la cual +resultan inciertas muchas leyes físicas que se tenían por inmutables.</p> + +<p>Agotada. Está en reimpresión.</p> + +<p class="hang">T. H. Morgan.—<b>Evolución y mendelismo.</b> (Crítica de la teoría de la +evolución.)—Un tomo, 6 pesetas.</p> + +<p>Magnífico estudio del cautivante problema de la herencia mendeliana, +visto desde los trabajos de investigación hechos por la escuela de +Morgan.</p> + +<p class="hang">W. B. Scott.—<b>La teoría de la evolución.</b>—Un tomo, 8 pesetas.</p> + +<p>Exposición y crítica del estado actual del problema de la evolución, +siempre candente.</p> + +<p class="hang">Schlick.—<b>Teoría de la relatividad.</b> (Espacio y tiempo en la Física +actual.)—Un tomo, 6 pesetas.</p> + +<p>Este libro es la más clara exposición, al alcance de todos, de la famosa +teoría de la relatividad de Einstein. En él se encuentran clarísimos los +fundamentos de la teoría, su evolución histórica, desde los primeros +hechos experimentales que dieron lugar a la nueva concepción.</p> + +<p>El estilo es sencillísimo, y la lectura del libro no exige conocimientos +especiales de matemáticas.</p> + + +<p class="c"><b>PROXIMAMENTE</b></p> + +<p class="hang">Eddington.—<b>Espacio, tiempo y gravitación.</b></p> + +<p>Libro admirable para conocer la teoría de la relatividad.</p> + +<p class="hang">Meumann.—<b>Introducción a la Estética actual.</b></p> + +<p class="hang">E. Rignano.—<b>Psicología del razonamiento.</b></p> +</div> + +<div class="caja"> + +<h2>LOS GRANDES VIAJES<br />CLASICOS</h2> + +<p class="c smcap">Volúmenes publicados por Calpe:</p> + +<p class="hang">1 y 2.—Speke (J. H.): <b>Diario del descubrimiento de las fuentes del +Nilo</b>.—Dos tomos, con grabados y un mapa. Cada tomo, 4 pesetas.</p> + +<p class="hang">3 y 4.—Bougainville (L. A. de): <b>Viaje alrededor del mundo</b>. Dos tomos, +con cartas y grabados. Cada tomo, 3,50 pesetas.</p> + +<p class="hang">5 y 6.—Bernier (F.): <b>Viajes al Gran Mogol, Indostán y Cachemira</b>. Dos +tomos, con grabados, láminas y cartas. Cada tomo, 3 pesetas.</p> + +<p class="hang">7.—La Condamine (C. de): <b>Viaje a la América Meridional</b>. Un tomo, con +una lámina y un mapa, 3 pesetas.</p> + +<p class="hang">8.—Matthews (J.): <b>Viaje a Sierra Leona, en la costa de Africa</b>. Un +volumen, con un mapa, 2,50 pesetas.</p> + +<p class="hang">9 y 10.—Darwin (C.): <b>Diario del viaje de un naturalista alrededor del +mundo</b>. Dos tomos, con grabados y mapas. Cada tomo, 4 pesetas.</p> + +<p class="hang">11, 12 y 13.—Cook (J.): <b>Relación de su primer viaje alrededor del +mundo</b>. Tres tomos. En prensa.</p> + +<p class="hang">14, 15 y 16.—Cook (J.): <b>Viaje hacia el Polo Sur y alrededor del mundo</b>. +Tres tomos, con 32 grandes láminas fuera de texto y mapas. Cada tomo, 4 +pesetas.</p> + +<p class="hang">17.—Núñez Cabeza de Vaca (Alvar): <b>Naufragios y comentarios de...</b> Un +tomo, con mapas, 4,50 pesetas.</p> + +<p class="hang">18.—Colón (Cristóbal): <b>Viajes</b>. Un tomo, con un mapa, 4 pesetas.</p> + +<hr /> + +<p class="c"><b>EN PRENSA</b></p> + +<p class="hang">Ross (John): <b>Narración de un segundo viaje en busca del paso del +Noroeste</b>. Dos tomos.</p> + +<p class="hang">Mungo Park: <b>Viajes por las regiones interiores de Africa</b>.</p> + +<p class="hang">López de Gomara (F): <b>Historia general de las Indias</b>. Dos tomos.</p> + +<p class="hang">Hernán Cortés: <b>Cartas de relación sobre la conquista de Méjico</b>. Dos +tomos.</p> + +<p class="hang">Cieza de León (Pedro): <b>La crónica del Perú</b>.</p> + +<p class="hang">Pigafetta: <b>Primer viaje alrededor del mundo.</b></p> + +<p class="hang">Dumont D'Urville: <b>Viaje alrededor del mundo</b>.</p> + +<p class="hang">Camerón: <b>A través del Africa</b>.</p> + +<p class="hang">Schweinfurth: <b>En el corazón del Africa</b>.</p> + +<p class="hang">Burton (R.): <b>Aventuras en el Dahomey</b>.</p> + +<p class="hang">Clavijo (Ruy González de): <b>Vida y hazañas del Gran Tamorlán</b>.</p> + +<p class="hang">Bonneville (B. L. E.): <b>Las montañas rocosas</b>.</p> + +<p class="hang">Hernández (Luis): <b>Relación de Omagua y El Dorado</b>.</p> + +<p class="hang">Clapperton: <b>Viaje al Africa Central</b>.</p> + +<p class="hang">Wood Rogers: <b>Viaje alrededor del mundo</b>.</p> + +<p class="hang">La Perouse: <b>Viaje alrededor del mundo</b>.</p> + +<p class="hang">Carver (Jonathan): <b>Viajes por el interior de América Septentrional, +1766-1768</b>.</p> + +<p class="hang">Caillié (Renato): <b>Diario de un viaje a Tumbuctu y a Yenne, en el Africa +Central</b>.</p> + +<p class="hang">Dampier (Guillermo): <b>Nuevo viaje alrededor del mundo, 1697</b>.</p> + +</div> + +<div class="caja"> + +<h2>LOS GRANDES VIAJES<br />MODERNOS</h2> + +<p class="c smcap">Obras publicadas por Calpe:></p> + +<p class="hang"><b>Ansorge: Bajo el sol africano.</b> Un tomo de 432 páginas, con 123 grabados, +14 láminas fuera de texto y portada a varios colores, 20 pesetas.</p> + +<p class="hang"><b>Charcot: El «Pourquoi-pas?» en el Antártico.</b> Un tomo de 478 páginas, con +121 grabados, 43 láminas y tres mapas, cubiertas a varios colores, 20 +pesetas.</p> + +<p class="hang"><b>Sverdrup: Cuatro años en los hielos del Polo.</b> Dos tomos, con 908 +páginas, 35 láminas, 104 grabados y cinco mapas en colores. Cada tomo, +20 pesetas.</p> + +<p class="hang"><b>Haviland: De la «taiga» y de la «tundra». (La vida en el Bajo Yenisei.)</b> +Un volumen de 320 páginas, con numerosos grabados, 15 pesetas.</p> + +<p class="hang"><b>Alexander: Del Níger al Nilo.</b> Dos tomos. El tomo I consta de 436 +páginas, con 27 láminas y 99 figuras. El tomo II tiene 460 páginas, con +24 láminas, 98 figuras y un mapa. Cada tomo, 20 pesetas.</p> + +<p class="hang"><b>Orjan Olsen: Los soyotos. Nómadas pastores de renos.</b> Un volumen de 240 +páginas, con 49 figuras, 8 láminas y un mapa, 14 pesetas.</p> + + +<p class="c"><b>EN PRENSA</b></p> + +<p class="hang"><b>Algot Lange: El Bajo Amazonas.</b></p> + +<p class="hang"><b>Erland Nordenskjold: Exploraciones y aventuras en la América del Sur.</b></p> + +<p class="hang"><b>Sven Hedin: Transhimalaya.</b></p> +</div> + +<p> </p> +<hr class="pg" /> +<p>***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS ESPECTROS***</p> +<p>******* This file should be named 29799-h.txt or 29799-h.zip *******</p> +<p>This and all associated files of various formats will be found in:<br /> +<a href="http://www.gutenberg.org/dirs/2/9/7/9/29799">http://www.gutenberg.org/2/9/7/9/29799</a></p> +<p>Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed.</p> + +<p>Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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Information about the Project Gutenberg Literary Archive +Foundation + +The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit +501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the +state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal +Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification +number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg +Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent +permitted by U.S. federal laws and your state's laws. + +The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. +Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered +throughout numerous locations. Its business office is located at +809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email +business@pglaf.org. 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