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+The Project Gutenberg eBook, Los espectros, by Leonid Nikolayevich
+Andreyev, Translated by Nicolás Tasín
+
+
+This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
+almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
+re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
+with this eBook or online at www.gutenberg.org
+
+
+
+
+
+Title: Los espectros
+ Novelas breves
+
+
+Author: Leonid Nikolayevich Andreyev
+
+
+
+Release Date: August 25, 2009 [eBook #29799]
+
+Language: Spanish
+
+Character set encoding: ISO-8859-1
+
+
+***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS ESPECTROS***
+
+
+E-text prepared by Chuck Greif and the Project Gutenberg Online
+Distributed Proofreading Team (http://www.pgdp.net)
+
+
+
+Transcriber's note:
+
+ Text enclosed between equal signs was in bold face
+ in the original (=bold=).
+
+
+
+
+
+L. ANDREIEV
+
+Los espectros
+
+NOVELAS BREVES
+
+La traducción del ruso ha
+sido hecha por N. Tasin
+
+
+
+
+
+
+
+MADRID, 1919
+
+Papel expresamente fabricado por LA PAPELERA ESPAÑOLA.
+
+* * *
+
+INDICE
+
+
+Los espectros
+
+El honor
+
+Cristianos
+
+Ben-Tovit
+
+Un hombre original
+
+¡No hay perdón!
+
+Las bellas sabinas
+
+* * *
+
+Talleres "Calpe", Larra, 6 y 8.--MADRID _Leónidas Andreiev, uno de los
+más grandes maestros de la literatura rusa moderna, acaba de morir a la
+edad de cuarenta y siete años. Nacido en el centro de Rusia, en Orel, de
+una familia pobre, estaba predestinado a una vida llena de miserias y de
+privaciones. Pero su energía y su voluntad de hierro le han permitido
+subir a las más altas cimas de la vida intelectual rusa. Después de
+hacer sus estudios en el colegio, sin un céntimo en el bolsillo, sin
+poder esperar ninguna ayuda material, partió para Petrogrado e ingresó
+en la Facultad de Derecho._
+
+_Cuenta en su autobiografía que durante los años de sus estudios
+universitarios vivía en la más negra miseria y a veces estaba sin comer
+dos días seguidos. En 1894, cansado de luchar, desesperado, intentó
+suicidarse y se tiró un balazo en el pecho. Pero los médicos salvaron la
+vida de quien algunos años más tarde debía ser gloria de la literatura
+rusa._
+
+_Sus primeras novelas,_ El silencio, Había una vez _y otras, le dieron a
+conocer inmediatamente. El mismo Tolstoi saludó la aparición de esta
+estrella ascendente. El joven escritor tuvo un feliz principio. La
+crítica le consagró elogiosos estudios: los editores solicitaban su
+colaboración. Sus posteriores novelas pusiéronle al lado de otros dos
+grandes novelistas rusos: Gorky y Chejov. Cada una de sus nuevas obras,
+citaremos, entre otras_, Los siete ahorcados, Judas Iscariote, La risa
+roja, El gobernador, Sachka Yegulev, Los espectros, _fueron un
+acontecimiento literario._
+
+_Actualmente es Andreiev el autor que más se lee en Rusia. Sus novelas,
+así como sus obras de teatro, tienen un éxito incomparable. Sus
+manuscritos son pagados a razón de docenas de miles de rublos. La mayor
+parte de sus obras están traducidas a todas las lenguas europeas. En
+España, Andreiev empieza a ser conocido gracias a las recientes
+traducciones de sus obras_ Sachka Yegulev, Los siete ahorcados,
+_etc..._
+
+
+
+
+LOS ESPECTROS
+
+
+I
+
+Cuando ya no cupo duda de que Egor Timofeievich Pomerantzev, el subjefe
+de la oficina de Administración local, había perdido definitivamente la
+razón, se hizo en su favor una colecta, que produjo una suma bastante
+importante, y se le recluyó en una clínica psiquiátrica privada.
+
+Aunque no tenía aún derecho al retiro, se le concedió, en atención a sus
+veinticinco años de servicios irreprochables y a su enfermedad. Gracias
+a esto, tenía con que pagar su estancia en la clínica hasta su muerte:
+no había la menor esperanza de curarle.
+
+Al comienzo de la enfermedad de Pomerantzev su mujer, de quien se había
+separado hacía quince años, pretendió tener derecho a su pensión; para
+conseguirla, hasta hizo que un abogado litigara en su nombre; pero
+perdió la causa, y el dinero quedó a la disposición del enfermo.
+
+La clínica se hallaba fuera de la ciudad. Al lado del camino, su aspecto
+exterior era el de una simple casa de campo, construida a la entrada de
+un bosquecillo. Como en la mayoría de las casas de campo, su segundo
+piso era mucho más pequeño que el primero. El tejado era muy alto, y
+tenía la forma de un hacha invertida. Los días de fiesta, para alegrar a
+los enfermos, se izaba en él una bandera nacional.
+
+En las mañanas apacibles de primavera y de otoño llegaban de la ciudad
+los sones apagados de las campanas y el ruido sordo de los coches; pero,
+en general, un silencio profundo reinaba en torno de la clínica, más
+profundo que en la aldea próxima, donde se oían los ladridos de los
+perros y los gritos de los niños. Allí no había ni perros ni niños. La
+casa estaba rodeada de un alto muro. Alrededor se extendía una pradera,
+que pertenecía a la clínica y se hallaba siempre desierta. A cosa de una
+versta se alzaba, entre los árboles, la estrecha chimenea de una
+fábrica, de la que no se veía nunca salir humo. La fábrica, perdida en
+medio del bosque, parecía abandonada.
+
+Muy pocos de los que transitaban por el camino sabían que tras el alto
+muro y las puertas cerradas había locos. Los demás--los campesinos que
+pasaban en sus cochecillos saltarines, los cocheros de punto procedentes
+de la ciudad, los ciclistas, siempre apresurados sobre sus máquinas
+silenciosas--estaban habituados a ver el alto muro y no paraban en él la
+atención. Si cuantos se encontraban en su recinto se hubieran escapado o
+se hubieran muerto de repente, habríase tardado mucho en advertirlo; los
+campesinos en sus cochecillos y los ciclistas sobre sus máquinas
+silenciosas hubieran seguido pasando por delante del muro sin sospechar
+nada.
+
+El doctor Chevirev no admitía en su clínica locos furiosos; por eso
+reinaba en ella el silencio como en cualquier casa respetable, habitada
+por gentes bien educadas. El único ruido que se oía a todas horas, desde
+que, hacía ya diez años, se había abierto la clínica, era tan regular,
+suave y metódico, que no se advertía, como no se advierten los latidos
+del corazón o el acompasado sonido de un péndulo. Lo producía un enfermo
+que llamaba a la puerta cerrada de su habitación. Estuviera donde
+estuviera, siempre encontraba alguna puerta, a la que empezaba a llamar,
+aunque bastase empujarla ligeramente para que se abriese. Si se abría,
+buscaba otra y empezaba a llamar de nuevo; no podía sufrir las puertas
+cerradas. Llamaba de día y de noche, sin poder apenas tenerse en pie, de
+cansancio. Probablemente, la insistencia de su idea fija le había hecho
+adquirir el hábito de llamar también durante el sueño; al menos, el
+ruido regular, monótono, que hacía no cesaba en toda la noche. Además,
+no se le veía nunca en la cama, y se suponía que dormía de pie, al lado
+de la puerta.
+
+En fin, había gran tranquilidad en la clínica. Muy raras veces, casi
+siempre durante la noche, cuando el bosque invisible, sacudido por el
+viento, lanzaba gemidos lastimeros, alguno de los enfermos, presa de una
+angustia mortal, empezaba a dar gritos. Por lo general, se acudía con
+presteza a calmarlo; pero ocurría en ocasiones que el terror y la
+angustia eran tales que resultaban ineficaces todos los calmantes, y el
+enfermo seguía gritando. Entonces la angustia se les contagiaba a todos
+los habitantes de la clínica, y los enfermos, como muñecos mecánicos a
+los que se hubiera dado cuerda a la vez, empezaban a recorrer
+nerviosamente sus habitaciones, agitando los brazos y diciendo cosas
+estúpidas e ininteligibles. Todos, incluso los enfermos más apacibles,
+llamaban violentamente a las puertas e insistían en que se los dejase
+libres.
+
+Asustada, a punto de perder el juicio, la enfermera llamaba entonces por
+teléfono al doctor Chevirev, que se encontraba en el restorán Babilonia,
+donde acostumbraba a pasar las noches. El doctor poseía el don de
+tranquilizar a los enfermos sólo con su presencia. Pero hasta mucho
+tiempo después de su llegada los enfermos balbuceaban cosas fantásticas
+detrás de la puerta de su cuarto y la clínica parecía un gallinero donde
+hubiera entrado, durante la noche, una zorra.
+
+Pero esto ocurría raras veces y no se advertía fuera, porque el camino,
+por la noche, estaba completamente desierto. Además, los gritos, al
+través de los muros, parecían de hombres que estaban de broma, a lo que
+contribuían no poco ciertos enfermos, que cantaban en sus momentos de
+crisis.
+
+
+II
+
+La habitación de Pomerantzev estaba arriba, y su ventana daba al bosque.
+En verano, cuando penetraba por la ventana abierta el aroma de los pinos
+y de las acacias y se veía sobre la mesa un vaso con flores, diríase
+que, en efecto, era aquello una casa de campo. Adornaban las paredes
+tres cuadros que Pomerantzev había llevado, así como un gran retrato de
+su hijo, muerto de difteria hacía mucho tiempo; todo esto daba a la
+habitación un aspecto muy agradable. Pomerantzev estaba satisfechísimo
+de su cuarto, y se pasaba largos ratos contemplando los cuadros, de los
+que uno representaba una muchacha guardando unos patos; otro, un ángel
+bendiciendo la ciudad, y el tercero, un rapaz italiano. Invitaba a todos
+a visitar su cuarto, y tenía una singular complacencia en que el doctor
+Chevirev fuese a verle lo más a menudo posible. Si alguien--los enfermos
+o el doctor--se resistía a visitarle, recurría a pequeñas astucias:
+aseguraba que en su cuarto había un ruiseñor que cantaba admirablemente.
+De esta manera procuraba atraer gente a su habitación. Los enfermos
+estaban tan encantados como él de su aposento, y cuando les daba por
+elogiar la clínica, hablaban de él en primer término. Desde un
+principio, Pomerantzev se percató de que se hallaba en una casa de
+locos, pero le tenía sin cuidado: estaba seguro de que, si quisiera,
+podía convertirse en espíritu puro y volar así por todo el mundo. Los
+primeros días de su estancia en la clínica volaba cotidianamente a la
+ciudad, a su oficina; pero después le requirieron quehaceres de más
+monta, y no atendió ya a su oficina, por falta de tiempo.
+
+Era de alta estatura, enjuto; tenía el pelo espeso, muy negro y
+enmarañado. Era miope y llevaba lentes muy gruesos. Cuando se reía
+enseñaba no sólo los dientes, sino las encías también, lo que producía
+el efecto de que la risa rebosaba en todo su ser. Se reía con mucha
+frecuencia. Tenía voz de bajo profundo.
+
+No tardó en trabar amistad con todos los demás enfermos, y ocupó entre
+ellos un lugar de mucho relieve. Se constituyó en protector de sus
+compañeros de clínica. Se imaginaba ser un personaje muy importante, de
+una posición muy elevada; pero no tenía un concepto preciso de cuál era
+tal posición, y sus ideas sobre ella cambiaban muy frecuentemente: tan
+pronto se creía el conde Almaviva como el gobernador de la ciudad o un
+taumaturgo y bienhechos de los hombres. La sensación de un poder enorme,
+de una fuerza infinita y de una gran nobleza no le abandonaba jamás. Con
+este motivo ponía en su modo de tratar a la gente una benevolencia de
+gran señor, y rara vez era con ella severo y arrogante. Sucedía esto
+cuando le llamaban «Egor», en lugar de «Georgi», como él quería que le
+llamasen. Entonces se indignaba hasta saltársele las lágrimas, gritaba
+que se intrigaba contra él y escribía largas quejas al Santo Sínodo y
+al Capítulo de la Orden de Caballeros de San Jorge. El doctor Chevirev,
+como recibiese una queja de aquéllas, le envió inmediatamente una
+respuesta oficial en toda regla, en la que le daba una completa
+satisfacción. Pomerantzev se calmó, y hasta hizo rabiar un poco al
+doctor, que parecía muy asustado con la queja de su enfermo.
+
+--No hay que apurarse--tranquilizaba éste al doctor--. Ya está todo
+arreglado.
+
+Los enfermos no eran muy numerosos en la clínica: once hombres y tres
+mujeres. Vestían como solían hacerlo en su casa, y había que fijarse
+mucho para darse cuenta de un pequeño desorden en su aspecto exterior,
+desorden contra el cual Chevirev no podía hacer nada. Llevaban los
+cabellos, por lo general, bien peinados. Las dos únicas excepciones eran
+una señora que se obstinaba en llevarlos sueltos, lo que producía una
+impresión cómica, y un enfermo, llamado Petrov, que llevaba el pelo y la
+barba muy largos, por miedo a las tijeras, y no permitía que le pelasen,
+por temor a que le degollaran.
+
+En invierno, los enfermos preparaban por sí mismos un lugar para
+patinar, y se dedicaban con placer a dicho deporte. En primavera y
+verano trabajaban en la huerta, cultivaban flores y parecían hombres
+llenos de salud, normales. En todas estas ocupaciones, Pomerantzev era
+siempre el primero. Sólo tres de los enfermos no tomaban parte en los
+trabajos ni en los juegos: Petrov, el de la larga barba; el enfermo que
+llamaba día y noche a las puertas, y una doncella cuarentona, de nombre
+Anfisa Andreievna. Durante muchos años había estado empleada como ama de
+llaves en casa de una condesa, algo parienta suya, donde dormía en una
+cama muy corta, casi de niño, en la que no podía acostarse sin encoger
+las piernas. Cuando se volvió loca, creía tenerlas encogidas para toda
+la vida y encontrarse, por tanto, en la imposibilidad de andar. A toda
+hora atormentábala el temor de que cuando muriese la colocaran en un
+ataúd demasiado corto, donde no pudiera estirar las piernas. Era muy
+modesta, suave, de lindo rostro exangüe, como se pinta a las monjas y a
+las santas. Mientras hablaba, sus largos dedos blancos arreglaban los
+encajes rotos de su peto. Le enviaban muy poco dinero para sus gastos, y
+llevaba trajes extraños, hacía mucho tiempo pasados de moda.
+
+Tenía una confianza absoluta en Pomerantzev, y le rogaba con frecuencia
+que se cuidase del ataúd cuando ella muriese.
+
+--Es verdad que el doctor me lo ha prometido; pero no tengo gran
+confianza; su papel es engañarnos, mientras que usted es de los
+nuestros. Además, no es gran cosa lo que le pido a usted: un ataúd largo
+costará unos tres rublos más que un ataúd corto. Ya he sacado la cuenta.
+Pero es preciso que alguien se cuide de eso. ¿Usted me lo promete?
+
+--¡Sí, señora! Cuente usted conmigo. Haré una colecta entre los enfermos
+y se le construirá a usted un mausoleo en el cementerio.
+
+--Muy bien. Un mausoleo; me parece muy bien. Se lo agradezco a usted
+muchísimo.
+
+Y su pálida faz se coloreaba ligeramente, como blanca nube matutina
+herida por el primer rayo del sol.
+
+Hacía mucho tiempo que no creía en Dios, y un día, como hubieran llevado
+a casa de la condesa unos iconos, cometió con uno de ellos un horroroso
+sacrilegio. Con este motivo, se cayó en la cuenta de que había perdido
+el juicio.
+
+Durante los paseos, que eran obligatorios para todos los enfermos,
+Petrov se mantenía siempre a distancia por temor a un ataque súbito; en
+verano llevaba en el bolsillo, para defenderse, una piedra, y en
+invierno, un pedazo de hielo. El enfermo que llamaba a las puertas se
+mantenía también a distancia. Después de pasar rápidamente por todas las
+puertas abiertas, se detenía ante la del jardín y se ponía a llamar a
+ella, sin apresurarse, insistentemente, de un modo monótono, con
+intervalos regulares. Al principio de su estancia en la clínica tenía
+los dedos hinchados y cubiertos de cicatrices; pero con el tiempo se
+fueron tornando insensibles, la piel se endureció, y cuando llamaba, se
+podía creer que sus dedos eran de piedra.
+
+Pomerantzev se creía obligado a charlar un poco con él siempre que le
+encontraba.
+
+--¡Buenos días, señor! ¿Sigue usted llamando?
+
+--¡Sí!--respondía el otro, mirando a Pomerantzev con sus grandes ojos
+tristes y extrañamente profundos.
+
+--¿No abren?
+
+--No--respondía el enfermo.
+
+Su voz era débil, suave, como un eco, y tan extrañamente profunda como
+sus ojos.
+
+--¡Déjeme usted, voy a abrir!--decía Pomerantzev.
+
+Y empezaba a empujar la puerta, a forzar la cerradura; pero la puerta no
+cedía. Entonces añadía:
+
+--Descanse usted un poco; mientras tanto, yo llamaré.
+
+Por espacio de algunos minutos, Pomerantzev llamaba concienzuda y
+enérgicamente con el puño en la puerta. El otro descansaba, frotándose
+las manos y mirando con ojos asombrados, y al mismo tiempo indiferentes,
+al cielo, al jardín, a la clínica, a los enfermos. Era de elevada
+estatura, hermoso y fuerte aún. El viento acariciaba su barba entrecana.
+
+Una vez se le acercó lentamente Petrov y le preguntó con voz queda:
+
+--¿Hay alguien detrás de la puerta? ¿Quién es?...
+
+--¡Es necesario que la abran!
+
+--¡Qué tontería! ¿Y si entra cuando usted la abre?
+
+--Es necesario que la abran.
+
+--¿Cómo se llama usted?
+
+--No lo sé.
+
+Petrov se rió recelosamente y, apretando el pedazo de hielo que llevaba
+en el bolsillo, volvió de puntillas a su sitio, detrás de un árbol,
+donde se sentía en seguridad relativa en caso de un ataque súbito.
+
+En general, los enfermos charlaban mucho y se complacían en la charla;
+pero apenas habían cambiado las primeras palabras, no se escuchaban ya
+los unos a los otros, y hablaba cada uno para sí. Merced a esto, sus
+conversaciones tenían siempre para ellos un gran interés.
+
+Todos los días, el doctor Chevirev se sentaba, ya al lado de uno, ya al
+lado de otro, y escuchaba atentamente lo que los enfermos decían.
+Parecía que también él hablaba mucho; pero, en realidad, nunca decía
+nada y se limitaba a escuchar.
+
+Todas las noches, desde las diez hasta las seis de la mañana, permanecía
+en el restorán Babilonia, y era incomprensible cómo tenía tiempo para
+dormir, para vestirse con tanto atildamiento, para afeitarse diariamente
+y aun para perfumarse un poquito.
+
+
+III
+
+Pomerantzev estaba siempre contento de todo y de todos. Además de estar
+loco, padecía del estómago, de gota y otras muchas enfermedades; a veces
+el doctor le ponía a régimen; a veces le privaba durante un día entero
+de todo alimento; pero a Pomerantzev todo esto le tenía sin cuidado.
+Estaba siempre de buen humor, incluso cuando no le daban nada de comer,
+y se enorgullecía de sus enfermedades, dándole las gracias al doctor
+Chevirev por la gota, que consideraba una enfermedad noble, con la que
+su importancia adquiría aún mayor relieve.
+
+El día que el doctor observó por primera vez en él esta enfermedad, se
+llenó de satisfacción y estuvo todo el día dando órdenes, con grave
+acento, a los demás enfermos, que se distraían en levantar una montaña
+de nieve; se imaginaba ser un general que vigilaba la construcción de
+una poderosa fortaleza.
+
+No había nada que no mirase con ojos optimistas, y hasta en los males
+encontraba siempre algo bueno. Una vez, en invierno, se inflamó de
+repente la chimenea de la clínica; temíase un incendio, y todos los
+enfermos estaban asustados. Sólo Pomerantzev se felicitaba; tenía la
+seguridad de que el fuego había destruido a los malignos diablos que,
+escondidos en la chimenea, aullaban durante la noche. En efecto: los
+aullidos cesaron, y Pomerantzev escribió un extenso relato de lo que
+había ocurrido y se lo envió al Santo Sínodo, que, por mediación del
+doctor, le contestó dándole las gracias. De cuando en cuando volaba a la
+ciudad, a su oficina; pero lo hacía cada vez más de tarde en tarde;
+todas las noches recibía la visita de San Nicolás, con quien acudía,
+volando, a todos los hospitales de la ciudad, y se dedicaba a curar
+enfermos.
+
+Por la mañana levantábase agotado, cansado, con las piernas hinchadas y
+un dolor horrible en todo el cuerpo, y tosía terriblemente durante horas
+y horas.
+
+--¡Qué! ¿Cómo se encuentra usted hoy?--le preguntaba el doctor,
+sentándose a su lado en la cama.
+
+Pomerantzev, esforzándose en contener la tos, respondía:
+
+--Me encuentro admirablemente. ¡Nunca me he sentido tan bien!
+
+Y cuando había logrado dominar definitivamente el acceso de tos, añadía
+con una sonrisa jovial y los ojos brillantes.
+
+--Sólo estoy un poco cansado. No es extraño, por lo demás. ¡He visitado
+esta noche tres hospitales! ¡Y he tenido en ellos no poco que hacer!
+Figúrese usted que solamente en el hospital Detegzev había cinco niños
+enfermos de fiebre tifoidea. Uno estaba casi muriéndose. Por fortuna,
+San Nicolás le curó en seguida, soplándole en la cara. El niño se puso
+al punto muy alegre y pidió de beber. Yo y San Nicolás lloramos de
+alegría. ¡Palabra de honor!
+
+Los ojos de Pomerantzev se llenaron de lágrimas; pero se apresuró a
+secárselas, y añadió en son de broma:
+
+--¡Vaya un doctor San Nicolás! No se parece usted a él...
+
+Pero inmediatamente, temiendo que el doctor se ofendiese, procuró
+tranquilizarse:
+
+--¡No, no, querido doctor! No tome usted en serio lo que acabo de
+decirle. Bien sé que es usted un hombre excelente y cumple
+concienzudamente con su deber. Usted se parece a San Erasmo. También es
+un buen santo.
+
+--¿Usted le ha visto?
+
+--¡Ya lo creo! Yo he visto a todos los santos.
+
+Y se puso a describir detalladamente los rostros de los santos, que,
+desde luego, eran todos buenos y nobles.
+
+Después se levantó, dio algunas vueltas por la estancia, hizo algunos
+ejercicios gimnásticos y, al fin, se detuvo junto a la ventana abierta.
+
+--¡La nieve comienza ya a derretirse!--dijo--. ¡Me da un gusto!... ¿Qué
+vamos a hacer hoy, doctor?
+
+--¿Quiere usted romper el hielo del estanque?
+
+--¿Romper el hielo? ¡Dios mío, me entusiasma! Romper el hielo es ayudar
+a la primavera. ¡Verdaderamente, doctor, es usted un hombre excelente!
+
+--Y usted un hombre feliz.
+
+Se separaron grandes amigos.
+
+Un cuarto de hora después, Pomerantzev, todo salpicado de hielo y de
+nieve, trabajaba enérgicamente con la pala, hundiéndola en el hielo, ya
+medio fundido y semejante a azúcar cande. El trabajo hacía entra en
+calor a Pomerantzev, que estaba fatigado y sudando; pero se sentía feliz
+y miraba con ojos encantados alrededor. El día primaveral sonreía. De
+los tejados, de los árboles, del muro, caían lentamente gotas de agua,
+que lo ennegrecían todo en torno. Se aspiraba el olor de la nieve
+derretida, del estiércol, los mil olores indefinibles de la primavera.
+
+--¡Mire usted cómo trabajo!--gritaba Pomerantzev a la enfermera, una
+muchacha bajita, envuelta en una capa de pieles.
+
+Estaba sentada en un banco, dando pataditas en el suelo para calentarse
+los pies, y vigilaba a los enfermos. La naricita se le había puesto
+encarnada a causa del frío.
+
+--¡Muy bien, Georgi Timofeievich!--respondió con voz débil, sonriéndole
+afectuosamente--. Me gusta mucho verle a usted trabajar.
+
+Pomerantzev no ignoraba que la enfermera estaba enamorada de él, y,
+aunque no podía corresponder a tal amor, respetaba sus sentimientos y
+procuraba no comprometer a la muchacha con cualquier imprudencia.
+Imaginábase que era una heroína que había abandonado a su opulenta y
+aristocrática familia para cuidar a los enfermos, aunque, en realidad,
+era una pobre huérfana sin parientes. Estaba seguro de que la cortejaban
+oficiales de la guardia imperial, y ella los rechazaba para consagrarse
+por entero a su deber penoso. Se mantenía con ella en una actitud
+particularmente respetuosa, la saludaba con extremada cortesía, la
+llevaba del brazo a la mesa y le enviaba en verano, con el guarda, ramos
+de flores; pero evitaba cuidadosamente el quedarse solo con ella, para
+no ponerla en una situación falsa.
+
+A propósito de esta enfermera tenía frecuentes disputas con el enfermo
+Petrov, que la juzgaba de una manera harto distinta. Petrov afirmaba que
+era, como por lo demás lo eran todas las mujeres, perversa, embustera,
+incapaz de un sincero amor.
+
+--Después de hablar con alguien--decía--, se burla de él. Hace un
+momento, por ejemplo--seguía diciéndole confidencialmente a Pomerantzev,
+acariciándose la larga barba--, hace un momento coqueteaba con usted y
+conmigo, y estoy seguro de que ahora se está burlando de nosotros, y,
+escondida detrás de la puerta, ¡está llamándonos imbéciles! ¡Está ahí,
+créame usted! Hasta juraría que está haciéndonos muecas. ¡Oh, conozco
+muy bien a esa maligna criatura!
+
+--¡Se engaña usted! ¡Yo sí que la conozco!
+
+--Pues está ahí, detrás de la puerta. La oigo. ¿Quiere usted que la
+sorprendamos?
+
+Y los dos, cogidos de las manos, se acercaban lentamente, de puntillas,
+a la puerta. Petrov la abría bruscamente.
+
+--¡Se ha escapado!--decía con tono triunfal--. Ha oído nuestra
+conversación y ha huido. ¡Oh, son el diablo! Es muy difícil
+sorprenderlas. Puede uno perseguirlas toda la vida sin tener buen éxito
+nunca.
+
+Un día afirmó que la enfermera era la querida del guarda y había tenido
+con él un niño, a quien acababa de matar; le había ahogado con una
+almohada, y por la noche le había enterrado en el bosque. El sabía hasta
+el sitio donde el pobre niño estaba enterrado.
+
+Pomerantzev, indignado al oír tales acusaciones, retrocedió unos cuantos
+pasos, tendió solemnemente la mano derecha y dijo con voz grave:
+
+--¡Señor Petrov, es usted un monstruo! No volveré nunca a darle a usted
+la mano. Voy a pedir a nuestros compañeros que juzguen su conducta
+innoble.
+
+Y, en efecto, dio al punto principio a la organización de un tribunal.
+Pero la tentativa fracasó. Cuando Pomerantzev hubo conseguido que todos
+los enfermos se sentasen en semicírculo, la señora de los cabellos
+sueltos propuso de repente que se jugase un rato al anillo, y no hubo ya
+tribunal posible.
+
+Media hora después, Pomerantzev y Petrov charlaban amistosamente, como
+si nada hubiera ocurrido: habían olvidado por completo su desavenencia.
+Y hablaban, precisamente, de la enfermera y de su belleza; uno y otro
+estaban de acuerdo en que tal belleza existía; pero Pomerantzev afirmaba
+que era una belleza de ángel, mientras que Petrov sostenía que era una
+belleza de demonio. Luego Petrov habló largamente, en voz baja, de sus
+enemigos.
+
+Tenía enemigos que habían jurado perderle. Con apariencia de
+informaciones financieras publicaban en los periódicos artículos en
+contra suya, llenos de calumnias y de insinuaciones; sostenían contra él
+una campaña persistente, por medio de carteles y de prospectos; le
+perseguían por todas partes en automóviles ruidosos; le acechaban detrás
+de los árboles. Habían sobornado a los hermanos de Petrov y a su anciana
+madre, que todos los días le echaba veneno en la comida, por lo que él
+no se atrevía a comer y estuvo a punto de morirse de hambre. Sí, eran
+poderosísimos sus enemigos, podían filtrarse al través de las piedras,
+de las paredes y de los árboles. Un día pasaba por el bosque, y un árbol
+se inclinó sobre su cabeza y tendió las ramas para estrangularle. Al
+levantarse por la mañana no estaba seguro de pertenecer por la noche al
+mundo de los vivos; al acostarse, no tenía ninguna certeza de que no le
+asesinarían durante la noche. Sus enemigos poseían el don de penetrar en
+su cuerpo; ocurría a menudo que su pierna o su brazo no le obedecían,
+paralizados por ellos. Podían también penetrar en su alma; con
+frecuencia, por la mañana, trataban de impulsarle al suicidio y le daban
+consejos sobre el mejor modo de realizarlo; una vez le habían aconsejado
+que rompiese un cristal de la ventana y con uno de los pedazos se
+cortase la arteria del brazo izquierdo por encima del codo. El doctor
+Chevirev no ignoraba que Petrov era perseguido por numerosos enemigos.
+La antevíspera, por la noche, había llegado a decirle:
+
+--¡Es usted un hombre muy desgraciado, Petrov!
+
+A Petrov le complació mucho oír aquellas palabras de verdad y de
+compasión, mucho más apreciables sabiendo, como sabía él perfectamente,
+que el doctor era un vulgar egoísta, un borracho y un libertino, que
+había fundado su clínica con el único objeto de explotar a los
+imbéciles. Era muy probable que el doctor fuese también cómplice de su
+madre y que sólo esperase el momento favorable para perderle. El
+domingo anterior Petrov había visto con sus propios ojos a su madre,
+que, escondida detrás de un árbol, miraba fijamente a su ventana; cuando
+le oyó gritar, se marchó corriendo. Era un hecho real, y, no obstante,
+el doctor afirmaba que no había nadie en el jardín. Pero él la había
+visto allí, detrás de aquel árbol, con su gorra de piel y sus terribles
+ojos fijos en la ventana.
+
+Al contar todo esto a Pomerantzev, parecía lleno de un terror que
+apagaba su voz y se manifestaba también en la agitación de su barba. Ni
+siquiera advirtió la salida de Pomerantzev, y solo en su aposento, iba y
+venía con paso nervioso, se oprimía con desesperación la cabeza entre
+las manos, hablaba efusivamente y lloraba. Luego comenzó a amenazar con
+los puños cerrados a sus enemigos invisibles y a llorar aún más
+amargamente, con mayor desconsuelo. Algunos instantes después, como si
+se hubiera acordado de algo, se animó, y con los ojos brillantes se
+asomó a la ventana: acechaba a su madre. Permaneció asomado a la ventana
+una hora entera. Muchas veces creyó divisar detrás de la esquina la
+gorra de piel, los ojos terribles y el pálido rostro maternos. Se
+disponía ya a lanzar un grito de horror, cuando la visión desapareció.
+En torno se derretía la nieve, pesadas gotas de agua caían del tejado,
+de los árboles, del muro. El aire tibio, límpido, de la primavera
+envolvía el jardín. El día era claro, luminoso.
+
+La excitación de Petrov desapareció, así como los pensamientos
+fragmentarios que turbaban su espíritu. Sólo le quedó una honda
+tristeza.
+
+Se tendió en la cama. La tristeza, como si fuera un ser viviente, se
+posó en su pecho y le clavó las garras en el corazón. Así permanecieron
+ambos, estrechamente unidos, mientras fuera, en el jardín, caían gruesas
+gotas de nieve derretida, y todo era claridad, luz radiante.
+
+Se oía, hacia el estanque, una risa jovial; era Pomerantzev, que echaba
+al agua barquitas de papel y se reía, lleno de júbilo.
+
+
+IV
+
+La enfermera María Astafievna no estaba enamorada de Pomerantzev; desde
+hacía tres años, el tiempo que llevaba en la clínica, amaba
+desesperadamente al doctor Chevirev y no se atrevía a decírselo. Le
+amaba por su inteligencia, por su hermosura varonil, por la nobleza de
+su corazón, por los perfumes especiales y aristocráticos que exhalaba
+siempre; le amaba, en fin, porque no hablaba nunca y porque parecía
+solitario y desgraciado.
+
+En las tres piezas del piso superior que habitaba el doctor no había
+detalle del mobiliario, pedazo de papel ni cuadro que no le fuesen
+familiares. Abría afanosa cuantos libros le veía a él leer, como
+buscando en sus páginas el rastro de su mirada melancólica. Se sentaba
+en todos los sillones y canapés, pensando que el doctor había estado
+sentado en ellos. Una noche, hallándose el doctor, según su costumbre,
+en el restorán Babilonia, llegó a tenderse con cuidado en la cama. En la
+almohada quedó la huella de su cabeza; asustada, iba a hacerla
+desaparecer, cuando, pensándolo mejor, renunció a su propósito, y toda
+la noche, entre las burdas sábanas de la clínica, abrasándose de rubor,
+de placer y de amor, estuvo besando locamente su almohada blanca de
+doncella. Sobre el tocador del doctor había encontrado hacía tiempo un
+frasco de esencia, y había perfumado su pañuelo, que guardaba como si
+fuese un objeto precioso, y cuyo perfume saboreaba como saborea un
+borracho el aroma del vino.
+
+Además de las tres estancias habitadas, había en el piso superior otra
+más, completamente desierta y con una ventana italiana que abarcaba casi
+por completo la pared. La acristalaban multitud de pequeños vidrios de
+colores y de una misión arquitectónica puramente estética; mirada desde
+fuera, era grata a la vista; pero causaba una impresión turbadora y
+extraña mirada desde dentro. Siempre que la enfermera subía al piso
+alto, permanecía largo rato en aquel aposento, contemplando, al través
+de la vidriera policroma, el paisaje conocidísimo, y, sin embargo,
+extraordinario, que se veía desde allí. El cielo, el muro, el camino, la
+pradera y el bosque, mirados al través de los vidrios rojos, amarillos,
+azules y verdes, cambiaban de un modo fantástico; el efecto, mirando al
+través del conjunto de los cristales, era el de una gama; pero si se
+miraba al través de un solo cristal, se experimentaba una emoción que
+variaba según el color. La correspondiente al amarillo era muy
+inquietante; el paisaje parecía anunciar alguna desgracia, evocar
+vagamente algún terrible crimen. Al mirar al través del cristal
+amarillo, la enfermera sentía una tristeza infinita y perdía toda
+esperanza de que el doctor Chevirev se casara con ella. A no ser por
+aquel cristal, le hubiera confesado, hacía mucho tiempo, su amor. Y
+siempre se juraba no volver a mirar por aquella ventana; pero miraba,
+sin embargo, llena de susto y de tristeza ante el extraño cambio del
+paisaje conocidísimo. La proximidad de la ventana al gabinete del doctor
+la inquietaba mucho, como si presintiera en ella un riesgo cercano y
+misterioso.
+
+La soledad del doctor le inspiraba algo así como un sentimiento
+maternal. Cuidaba su ropa y sus libros, y sentía mucho que su autoridad
+no se extendiese a la cocina, tanto más cuanto que, a su juicio, el
+doctor comía muy mal.
+
+Tenía celos de los enfermos, del guarda, al que el doctor confiaba a
+veces misiones misteriosas; de cuantos trataban con su ídolo. Guardaba
+en la cómoda, amorosamente, junto al pañuelo perfumado, un grueso
+cuaderno, donde escribía sus más íntimos pensamientos y donde le rogaba
+al doctor que renunciase a sus visitas cotidianas al restorán
+Babilonia, al champaña y a la vida de libertino que ella sospechaba.
+Cuando escribió la palabra «libertino» experimentó un dolor tan intenso,
+tuvo tanta vergüenza del doctor y de sí misma, que no pudo ya escribir
+más; habiéndose tendido, sin soltar el cuaderno, en la cama, estuvo
+llorando toda la noche y emborronó con sus lágrimas dos páginas.
+
+En el mismo cuaderno se brindaba al doctor Chevirev, pero a condición de
+que se casase con ella y renunciase a Babilonia y al champaña.
+Demostraba que, desde el punto de vista económico, eso sería muy
+ventajoso para el doctor; una vez casada con él, dejaría de cobrar
+sueldo. Además, prometía ampliar, con la autorización del doctor, la
+clínica, y mejorar las condiciones de vida de los enfermos, puesto que
+sabía bastante psiquiatría y se hacía cargo de los defectos de la
+clínica. Le rogaba al doctor--siempre en el cuaderno--que resolviese la
+cuestión lo más pronto posible, pues ella había ya cumplido veinticuatro
+años y pronto comenzaría a marchitarse.
+
+Hacía ya dos años que guardaba el cuaderno, y nunca se atrevía a
+entregárselo al doctor. A menudo, en su timidez y su desesperación,
+llamaba a la muerte. Cuando se muriese, el doctor leería de seguro lo
+que ella había escrito.
+
+El doctor no sospechaba nada. Todas las noches, a las diez, se iba al
+restorán Babilonia y no volvía hasta el amanecer. Y siempre se
+encontraba en el corredor, al volver, a la enfermera, que le esperaba.
+
+--¿No se ha acostado usted aún?--preguntaba con tono indiferente--.
+¡Buenas noches!
+
+Ella respondía, con voz apenas perceptible:
+
+--¡Buenas noches!
+
+En el restorán Babilonia, el doctor Chevirev era considerado como un
+viejo cliente, que casi formaba parte de la casa, y como un personaje
+importante, que ocupaba el primer lugar después del dueño del hotel.
+Conocía por sus nombres a todo el personal, así como a todos los
+miembros de la orquesta y a todos los cantores y cantatrices rusos y
+bohemios. Tomaba parte en las alegrías y en las tristezas del
+establecimiento, arreglaba a menudo las desavenencias entre la
+administración y los clientes borrachos. Todas las noches se bebía tres
+botellas de champaña, ni una más ni una menos. Considerándose allí no un
+médico, sino un particular, se permitía, en ocasiones, sonreír, lo que
+no hacía nunca en la clínica; pero hablaba tan poco como en dicho lugar.
+
+Hasta las doce o la una permanecía en la sala común, ante una de las
+innumerables mesitas, en medio de un mar abigarrado de rostros, de
+voces, de trajes, la espalda casi vuelta a la escena, donde aparecían de
+vez en cuando cantores, cantatrices, juglares, acróbatas. Resonaban en
+toda la sala el ruido de las copas y de los platos, las voces sonoras,
+que se unían en un conjunto monótono y regular; la atmósfera estaba
+impregnada de perfumes de mujer y de vapores de vino; hermosas mujeres,
+muy pintadas, deslizándose entre las mesas, sonreían al doctor; todo
+estaba inundado de una luz eléctrica deslumbradora.
+
+Unos se iban y otros ocupaban sus puestos; pero se diría que siempre
+eran los mismos; tal semejanza había entre ellos, al fulgor de la luz
+eléctrica, en medio del ruido incesante y del olor de los perfumes y del
+vino. No de otra manera, durante una nevada, caen ante los cristales de
+una ventana iluminada millares de copos de nieve. Y parece que son
+siempre los mismos, siendo en realidad siempre otros, en su constante
+tránsito de lo obscuro a lo obscuro.
+
+No se advertía cómo transcurrían las horas. Las botellas se vaciaban. El
+ruido y el calor aumentaban; la atmósfera se iba poniendo poco a poco
+más turbadora y excitante. Había momentos, al contrario, en que el ruido
+se debilitaba casi hasta el silencio, y entonces oíase cualquier palabra
+aislada que se pronunciase en el otro extremo del salón; pero
+inmediatamente el ruido se hacía más intenso; intermitente, irregular,
+parecía subir una escalera de escalones ruinosos y caer, para seguir
+subiendo luego, dispersándose al cabo, como los fuegos artificiales, en
+mil chispas multicolores, rojas, verdes, amarillas. En tales momentos,
+se diría que nuevas voces, ya fuertes, ya suaves, se mezclaban con los
+gritos de la multitud abigarrada; gritos aislados flotaban a veces sobre
+el ruido general, semejantes a copos de espuma sobre las olas: risas
+nerviosas, histéricas, fragmentos de canciones, juramentos furiosos. A
+medida que avanzaba el tiempo, iban siendo más numerosas y frecuentes
+las voces iracundas que votaban y renegaban. No se sabía la garganta de
+donde salían; atravesaban el espacio a modo de murciélagos cegados por
+la luz deslumbrante. El olor de los perfumes y el vino se iba haciendo
+más fuerte e impedía la respiración, como si el aire que impregnaba
+huyese de las bocas, ávidamente abiertas. Hacia la una o las dos de la
+madrugada solían llegar algunos hombres y mujeres que el doctor conocía;
+en Babilonia había tenido ocasión de conocer a casi toda la ciudad. La
+alegre comparsa ocupaba en seguida un gabinete particular e invitaba al
+doctor Chevirev. Se le acogía siempre con gritos alegres y bromas;
+algunos, que se consideraban sus amigos, le abrazaban. Ayudaba a
+componer el menú de la cena; elegía los vinos; indicaba los mejores
+cantantes y cantatrices, a quienes se invitaba también al gabinete.
+Luego se sentaba en un extremo de la mesa, con su botella de champaña,
+que los criados le llevaban cada vez que cambiaba de sitio. Cuando le
+dirigían la palabra se sonreía, y diríase que hablaba mucho, aunque
+guardaba, en realidad, casi siempre silencio.
+
+Al principio, la temperatura en el gabinete era bastante baja; pero no
+tardaba la atmósfera en caldearse. Como la habitación era mucho más
+reducida que el salón general, cuanto pasaba en ella parecía más extraño
+y más desordenado. Se bebía, se reía, hablaban todos a la vez, no
+oyendo sino sus propias palabras; se cambiaban declaraciones de amor,
+abrazos y, a veces, bofetadas.
+
+La gente variaba diariamente. Ante el doctor Chevirev pasaban artistas,
+escritores, pintores, comerciantes, aristócratas, empleados públicos,
+oficiales llegados de provincias. Había en la tertulia _cocottes_,
+señoras honorables y, en ocasiones, muchachas puras e inocentes,
+encantadas de cuanto veían y que se emborrachaban a la primera gota de
+vino. No obstante su diversidad, toda aquella gente hacía lo mismo.
+
+No tardaban en entrar los bohemios, los hombres altos, de cuello largo y
+cara triste y aburrida; las mujeres modestas, vestidas casi todas de
+negro, indiferentes a las conversaciones, a las palabras que se les
+dirigían y a los vinos que había en la mesa. Luego, de repente,
+empezaban todos a gritar, y el gabinete se llenaba de una alegría loca,
+de una tempestad de sonidos, de un huracán de pasiones, como si todo se
+trastornase y desencadenase. Luego comenzaban los bailes. Cualquier
+esqueleto vestido de mujer daba vueltas como un peón junto a la mesa, en
+una danza loca, frenética. El silencio reinaba de nuevo, y de nuevo se
+veían mujeres modestas vestidas de negro y hombres de cara seria y
+triste. Durante un rato, las mujeres, cansadas, respiraban más
+pesadamente, y temblaban las manos de la que acababa de bailar.
+
+Una joven bohemia morena comenzaba a cantar un «solo». Bajaba los ojos.
+Todos deseaban vérselos; pero ella no los levantaba. Hermosa, morena,
+como enajenada, cantaba:
+
+ Ni debo amarte ni olvidarte puedo,
+ y hondo dolor mi corazón destroza.
+ ¡Contigo, el crimen, y sin ti, la muerte!
+ Lejos de ti, todo en mi vida es sombra.
+ Aunque maldigo mi pasión insana,
+ me complazco en sus cuitas deliciosas.
+ Ni quiero amarte ni olvidarte puedo.
+ ¡Malhaya el lazo!; pero ¿quién lo corta?
+
+De esta suerte cantaba, sin mirar a nadie, morena, hermosa, como
+enajenada; parecía que lo que cantaba no fuese una canción, sino la
+realidad, y en todos producía una impresión de realidad. La tristeza
+invadía las almas, los corazones se llenaban de la nostalgia de algo
+desconocido y bello, la memoria evocaba algo que quizá no había existido
+nunca. Y todos, los que habían conocido el amor y los que no lo habían
+conocido jamás suspiraban y bebían vino ávidamente. Y mientras bebían
+percatábanse de que la vida sobria que habían llevado hasta entonces no
+era sino una mentira, un engaño; de que la verdadera vida, la real,
+estaba allí, en aquellos lindos ojos bajos, en aquellas exaltaciones del
+sentir y el pensar, en aquel vaso que acababa alguien de romper,
+derramando sobre el mantel un vino color de sangre.
+
+Se aplaudía con entusiasmo a la cantatriz, y se pedían más vino y más
+canciones. Luego, a petición del doctor Chevirev, cantaba una bohemia
+entrada en años, de rostro enflaquecido y enormes ojos rasgados; aludía
+en sus cantos al ruiseñor, a las citas amorosas en el jardín, al amor
+juvenil y a los celos. Estaba embarazada de su sexto hijo. Junto a ella
+se hallaba su marido, un alto bohemio, vestido de levita, con una
+mejilla hinchada a causa del dolor de muelas, que la acompañaba con la
+guitarra. Ella cantaba, refiriéndose en sus canciones al ruiseñor, a las
+noches de luna, a las citas deliciosas en el jardín, al amor juvenil, y
+también las cosas que cantaba producían una impresión de realidad, a
+pesar de su embarazo y de su rostro envejecido.
+
+Y así hasta el amanecer.
+
+El doctor Chevirev no se esforzaba por conservar en la memoria los
+nombres de sus amigos del Babilonia, y no se daba cuenta de que
+desaparecían y eran reemplazados por otros. Callaba, sonreía cuando se
+dirigían a él, bebía su champaña mientras los demás gritaban, bailaban
+con los bohemios, se regocijaban o se entristecían, reían o lloraban.
+Generalmente, una alegría estúpida reinaba en la tertulia, lo que no era
+óbice para que a veces también ocurrieran en ella cosas lamentables.
+
+Hacía dos años, mientras una joven y bella bohemia cantaba, un
+estudiante se pegó un tiro; se fue a un rincón, se inclinó como para
+escupir y se disparó el revólver en la boca, que olía aún a vino. Otra
+noche, uno de los amigos del doctor, momentos después de abrazarle y
+marcharse del Babilonia, fue desvalijado y asesinado en un garito.
+Algunos años antes, el doctor había conocido allí a su enfermo Petrov;
+en aquella época, Petrov llevaba una linda perilla, reía, derramaba vino
+en los floreros y cortejaba a una hermosa bohemia. A la sazón llevaba
+una larga barba descuidada y estaba recluido en un manicomio; la bohemia
+había desaparecido. O quizá no había existido en la vida y el doctor se
+la había inventado. ¿Quién sabe?
+
+A las cinco de la mañana, el doctor Chevirev acababa su tercera botella
+de champaña, y se iba a su casa. En invierno, como todavía era de noche
+a dicha hora, tomaba un coche; pero en primavera y en verano, si hacía
+buen tiempo, se iba a pie. No tenía que andar sino cinco o seis
+kilómetros hasta su clínica. Había que atravesar una gran aldea, seguir
+después el camino, a ambos lados del cual extendíase la campiña, y
+cruzar, por último, el bosque.
+
+El sol se levantaba, y parecía que sus ojos estaban aún rojos de sueño;
+todo alrededor--el bosquecillo, los árboles, el polvo del camino--se
+hallaba ligeramente teñido de un color rosa pálido. El doctor se cruzaba
+de vez en cuando con campesinos y campesinas, que se dirigían en sus
+cochecillos al mercado de la ciudad. En su cara y en su actitud se
+reflejaba aún la impresión del frío de la noche. Tras los cochecillos se
+alzaban leves nubes de polvo. Junto a una taberna jugaban unos perritos.
+De vez en cuando pasaban por el camino hombres con sacos a la espalda,
+gentes misteriosas, de esas que siempre, a toda hora, van a alguna
+parte. El bosque estaba húmedo aún; los rayos del sol no habían tenido
+tiempo de ahuyentar el frescor nocturno; por eso el doctor Chevirev
+prefería dar un rodeo y caminar por campo abierto.
+
+Bien afeitado, muy currutaco con su sombrero de copa, balanceaba
+negligentemente su mano enguantada, y silbaba, acompañando a los
+pájaros, cuyas canciones resonaban en la atmósfera. Dejaba tras sí, en
+el aire fresco de la mañana, un ligero olor a perfumes, a vino y a
+fuertes cigarros.
+
+
+V
+
+Al verano siguió el otoño, frío y lluvioso. Durante dos semanas, la
+lluvia casi no cesó. En las raras horas de intervalo, nieblas frías
+alzábanse por todos lados, a modo de cortinas de humo.
+
+Un día cayó en gruesos copos blancos la nieve; se extendió como un
+blanco tapiz desgarrado sobre la hierba, verde aún, y en seguida se
+derritió, aumentando la frialdad y la humedad del aire.
+
+En la clínica se encendían las luces a las cinco de la tarde. En todo el
+día no se veía un rayo de sol, y los árboles, tras los cristales,
+agitaban tristemente las ramas, como queriendo despojarse de las últimas
+hojas.
+
+El ruido incesante de la lluvia sobre el tejado de cinc, la ausencia del
+sol y la falta de distracciones, ponían a los enfermos nerviosos,
+excitados. Les daban más a menudo ataques y se quejaban constantemente.
+Algunos se resfriaron, entre otros el enfermo que llamaba a las puertas,
+el cual tuvo una inflamación pulmonar, y durante algunos días estuvo a
+la muerte. Al menos, el doctor afirmaba que cualquier otro, en su lugar,
+no sobreviviría. Diríase que su indomable voluntad, su loca idea fija de
+las puertas que debían abrirse, le habían hecho invulnerable, casi
+inmortal, y que la enfermedad no podía nada contra su cuerpo, olvidado
+hasta por él mismo. Ni soñando dejaba de hablar de las puertas, de
+rogar, de suplicar y aun de exigir con voz terrible y amenazadora que
+las abriesen; la enfermera tenía miedo de quedarse con él de noche,
+aunque le habían puesto una camisa de fuerza y le habían atado a la
+cama. Mejoraba rápidamente. El doctor dio orden de que le dejasen
+siempre abierta la puerta de la habitación, y el enfermo no se acordaba
+de que había en la casa otras puertas cerradas, y estaba muy contento.
+Pero desde que abandonó el lecho se le oyó llamar a la puerta vecina.
+
+Pomerantzev también se resfrió. Tuvo un fuerte romadizo; además perdió
+la voz, y sólo podía hablar bajito. Sin embargo, estaba de excelente
+humor. En el verano había sembrado una mata de sandías, y cuando
+estuvieron en sazón le regaló la más hermosa a la enfermera. Esta quiso
+dársela a la cocinera para que la sirviese en la mesa; pero Pomerantzev
+no lo permitió; la colocó él mismo sobre el velador, en la habitación de
+la enfermera, y acudía a cada momento a admirarla: le recordaba
+vagamente el globo terráqueo y le sugería grandes ideas.
+
+El doctor le regaló diez tarjetas postales ilustradas, y Pomerantzev se
+dedicó a la tarea de componer un catálogo de sus cuadros. Trabajó
+durante mucho tiempo en el dibujo de la cubierta. Comenzó por dibujar su
+propia persona, como propietario de los cuadros, y esto le gustó tanto
+que repitió el retrato en todas las páginas. Luego le pidió al doctor
+una gran hoja de papel, y dibujó una vez más su imagen, bajo la que
+escribió con letras muy grandes: «Georgi el Victorioso». Colocó el
+cuadro en una pared del comedor, muy cerca del techo, y los enfermos que
+lo veían le felicitaban.
+
+Pero el mal tiempo ejercía también sobre él una influencia perniciosa.
+Sus ensueños nocturnos tornábanse inquietantes y belicosos. Todas las
+noches le atacaba una turba de diablos chorreando agua, y de mujeres
+rojas, de aspecto infernal, que se parecían a la suya. Luchaba largo
+rato, denodadamente, con sus enemigos, y acababa por ponerlos en fuga;
+diablos y mujeres huían a todo correr ante su espada flamígera, lanzando
+gritos de terror y gemidos lastimeros. Pero por la mañana, después de
+tan fieras batallas, estaba tan cansado que, para recobrar las fuerzas,
+tenía que quedarse en la cama un par de horas más.
+
+--Naturalmente, yo también he recibido algunos golpes--le confesaba
+francamente al doctor Chevirev--. Un diablo muy grande ha cogido una
+viga y me la ha tirado entre las piernas, me ha hecho caer y ha
+pretendido estrangularme. Pero yo he acabado por vencerle. ¡Se ha
+llevado lo suyo!... Me han amenazado cuando huían con volver esta noche.
+Si oye usted ruido, no se asuste; pero venga y verá. ¡Es interesante; se
+lo aseguro!
+
+Y seguía durante largo rato, con gran copia de curiosos detalles,
+hablando del combate nocturno.
+
+Pero, de todos los enfermos, el que peor estaba era Petrov. Las nieblas
+del otoño, que por las ventanas invadían la clínica, le inspiraban la
+idea de que todo se había acabado, y a cada momento esperaba un suceso
+terrible. El presentimiento de una desgracia próxima era en él tan
+intenso, que permanecía horas y horas inmóvil, sin atreverse a
+levantarse. Estaba seguro de que mientras no se moviese nada malo podía
+ocurrirle, y de que con sólo levantarse, con sólo moverse de su sitio,
+con sólo volver la cabeza, la desgracia terrible ocurriría
+inmediatamente. Pero una vez en pie, y habiendo comenzado a andar, no se
+atrevía ya a pararse, pues se le antojaba que el peligro estaba
+precisamente en la quietud. Y andaba más aprisa a cada momento,
+volviéndose con una frecuencia creciente, lanzando en todas direcciones
+miradas de pavor, hasta que caía muerto de cansancio en la cama.
+
+Por la noche escondía la cabeza bajo las almohadas y las sábanas, de tal
+manera que se ahogaba; pero no se atrevía a sacarla, aunque la
+habitación estaba bien alumbrada y frente a la cama dormía una
+enfermera, a quien el doctor, en vista del estado inquietante de Petrov,
+había encargado de vigilarle toda la noche. Como durante el día, Petrov
+unas veces no se atrevía a moverse y parecía un cadáver, y otras sacudía
+todo el cuerpo, como si temblara de frío. Todo su horror se concentraba
+en su madre, en la pobre vieja de cara pálida. No pensaba ya que fuera
+cómplice de los médicos que querían perderle. Ni siquiera razonaba el
+horror que le inspiraba; pero temía ver su cara y oírle decir: «¡Hijito
+mío!»
+
+No sabía lo que ocurriría en ese momento, y no se atrevía a pensarlo. Y
+a toda hora sentía que la pobre vieja estaba allí, muy cerca. Estaba
+seguro de que se paseaba por el bosque vecino, con su gorro de pieles, y
+de que se ocultaba debajo de la mesa, debajo de la cama, en todos los
+rincones obscuros. Durante la noche permanecía en pie detrás de la
+puerta, tratando de abrirla suavemente.
+
+El domingo anterior, por la mañana, había estado a verle. Durante una
+hora estuvo llorando en el aposento del doctor; Petrov no la vio; pero a
+media noche, cuando todos dormían ya, tuvo un ataque de locura. Se llamó
+a toda prisa al doctor, que estaba en Babilonia, y cuando llegó, Petrov
+se encontraba ya mucho mejor, gracias a la presencia de gente y a una
+fuerte dosis de morfina que le habían dado; pero seguía temblando de
+pies a cabeza y jadeando. Medio ahogándose, iba y venía de un cuarto a
+otro y renegaba de todo y de todos: de la clínica, del personal, de la
+enfermera, que se dormía en vez de velar. Cuando entró el doctor, le
+recibió lleno de ira.
+
+--¡Tiene gracia esta casa de locos!--gritaba sin dejar de andar--. ¡Vaya
+una casa de locos! Ni siquiera cierran las puertas de noche, y
+cualquiera... si le da la gana... ¡Me quejaré! Si no puede usted ni
+tener un guarda, ¿para qué se mete a abrir clínicas? ¡Es una bribonada!
+¡Sí, señor, una bribonada! ¡Roba usted a sus enfermos! ¡Abusa de su
+confianza! Le creen a usted un hombre honrado, y usted...
+
+--A ver el pulso--dijo el doctor Chevirev.
+
+--Tómemelo, si quiere; pero no se crea que voy a dejarme engañar con el
+pulso y otras zarandajas.
+
+Petrov se detuvo, y, mirando con ira el rostro afeitado del doctor,
+preguntó de repente:
+
+--¿Estaba usted en el Babilonia?
+
+El doctor hizo con la cabeza un signo afirmativo.
+
+--¡Qué! ¿Se está bien allí?
+
+--Sí.
+
+--¡Ya lo creo que se está bien! ¿Por qué no? Sin embargo, hay que tener
+cuidado de que cierren las puertas. No hay que olvidar la clínica por el
+Babilonia.
+
+Se echó a reír a carcajadas; pero sus labios temblaban, y su risa
+parecía el ladrido de un perro con frío.
+
+--Sí; voy a dar orden de que cierren siempre las puertas. Le ruego a
+usted que me perdone; ha sido un descuido del personal.
+
+--Para usted tal descuido acaso no tenga importancia, mientras que para
+mí podría tenerla muy grande. Pero le perdono a usted por esta vez.
+
+Luego, dirigiéndose al enfermero y a los guardas, les dijo severamente:
+
+--¿Han oído ustedes? ¡Cierren en seguida las puertas!
+
+Y añadió riendo:
+
+--De lo contrario, yo y el doctor nos iremos inmediatamente a pasar el
+rato al Babilonia.
+
+Cuando se logró que Petrov se retirase a su aposento y se acostase, el
+doctor subió a sus habitaciones. En el corredor, junto a la escalera,
+encontró a la enfermera; se hallaba completamente vestida, y sus ojos
+brillaban.
+
+--¡Doctor!--murmuró.
+
+Estaba tan emocionada, que no podía continuar.
+
+--¡Doctor!--repitió, sin alzar la voz.
+
+--¡Ah, es usted! ¿No se ha acostado todavía? Es ya tarde.
+
+--¡Doctor!
+
+--¿Qué hay? ¿Necesita usted algo?
+
+--¡Doctor!
+
+Le faltaron ánimos. ¡Quería decirle tantas cosas! Le hubiera hablado de
+su amor, del Babilonia, del champaña, de que abusaba. Pero se limitó a
+preguntar:
+
+--¿Hay que darle bromuro a Polakov?
+
+--¡Desde luego! ¡Buenas noches!
+
+--Muy buenas. ¿Volverá usted a irse?
+
+El doctor consultó su reloj. Eran las tres y media.
+
+--No, es demasiado tarde. No saldré ya.
+
+--¡Gracias!
+
+Ahogó un sollozo y huyó a su habitación, a llorar, tan pequeña en el
+amplio y largo corredor, que parecía una niñita.
+
+El doctor la siguió con la vista, consultó de nuevo su reloj y,
+sacudiendo la cabeza, se dirigió a sus habitaciones.
+
+El día siguiente fue gris, y, aunque no llovió, hizo mucho frío. El
+invierno se echaba encima. El barro no tardó en secarse. A las cuatro,
+cuando se hizo salir un rato a los enfermos a tomar el aire, las
+avenidas estaban completamente secas, el suelo parecía de piedra y las
+hojas caídas crujían bajo las pisadas.
+
+El doctor, Pomerantzev y Petrov se paseaban a lo largo de la avenida. El
+doctor y Petrov callaban; Pomerantzev se divertía en hundir los pies
+entre las hojas secas, y miraba a cada instante atrás, para ver si
+quedaban huellas. Charlaba acerca del otoño en Crimea, aunque él no
+había estado allí nunca; acerca de la caza, que no conocía, y acerca de
+otras muchas cosas incoherentes, pero divertidas y no desprovistas de
+interés.
+
+--¡Sentémonos!--propuso el doctor.
+
+Sentáronse en un banco; el doctor, entre ambos enfermos. Veían ante
+ellos el cielo frío, de nubes grises y pálidas, muy elevadas.
+
+Las tinieblas descendían. Lejos, por encima de los árboles del bosque,
+que se veía apenas, cerníase una bandada de grajos en busca de un lugar
+donde pasar la noche. Formaban una larga cinta viviente, y aunque eran
+numerosos, en sus gritos se adivinaba un sentimiento de soledad, el
+temor de una interminable noche fría, una queja dolorosa. Varios grajos
+se destacaron de la bandada, y cuando estuvieron más cerca, pudo verse
+que cuatro de ellos perseguían a otro; después todos desaparecieron tras
+el bosque.
+
+Petrov, considerablemente calmado después del ataque de la víspera,
+miraba fijamente, ora a los pájaros, ora al médico. Guardaba un silencio
+tenaz. Pomerantzev también había enmudecido, y con gesto severo miraba a
+lo alto.
+
+--Se está bien ahora en casa--dijo con una voz que parecía, no se sabe
+por qué, de asombro--. No estaría mal tomar ahora te.
+
+--¡Vuelan aquí!--dijo Petrov.
+
+Se puso pálido y se acercó más al doctor.
+
+--¿Vamos?--propuso éste--. Usted, señor Pomerantzev, vaya delante.
+
+Estas palabras sonaron en los oídos de Pomerantzev como una llamada al
+poder. Se irguió orgullosamente, y empezó a andar con paso firme,
+imitando con las manos los movimientos de un tambor y tarareando algo
+parecido a una marcha guerrera.
+
+--¡Tam-tara-ta-tam! ¡Tam-tara-ta-tam!
+
+De esta suerte, tamborileando y andando con paso marcial, avanzaba
+delante del doctor y de Petrov, que, inconscientemente, seguían el
+compás. Petrov se estrechaba contra el doctor y miraba con ansia,
+volviendo la cabeza, la bandada de grajos en el cielo frío y a cada
+momento más obscuro.
+
+--¡Tam-tara-ta-tam! ¡Tam-tara-ta-tam!
+
+El guarda, habiendo visto desde lejos llegar al doctor, abrió la puerta
+de par en par. Pomerantzev entró el primero, con paso solemne, la cabeza
+orgullosamente echada atrás y tamborileando. Los otros dos le seguían.
+En el umbral de la puerta, Petrov dirigió una mirada atrás, y su rostro
+expresó un miedo horrible.
+
+A media noche se levantó un viento muy fuerte. Sacudía el cinc del
+tejado y parecía atacar furiosamente a toda la clínica.
+
+Aquella noche Petrov se murió de terror.
+
+
+VI
+
+Se transportó al muerto a una vasta habitación fría, que existe en todos
+los hospitales, destinada a tal fin; se le lavó y se le vistió con una
+levita negra, que se le abrochó sobre el pecho.
+
+Al día siguiente llegaron la madre de Petrov y su hermano mayor, un
+escritor muy conocido. Después de pasar algunos momentos con el muerto,
+volvieron al aposento del doctor. La anciana, completamente quebrantada
+por el dolor, apenas entró en el salón de Chevirev, se dejó caer en el
+sofá; pequeña, consumida por una larga vida de sufrimientos, parecía un
+bultito negro, de faz pálida y cabellos blancos. Derramando lágrimas
+heladas de anciana, empezó a contar prolijamente de qué manera en la
+familia amaban a su hijo Sacha y el terrible golpe que había sido para
+ellos su enfermedad inesperada. No había habido nunca locos en la
+familia, ni aun en las generaciones precedentes. El propio Sacha había
+sido siempre un joven sano, aunque un poco desconfiado. La anciana
+insistía en este punto. Se diría que trataba de justificarse, de
+demostrar algo; pero no lo lograba.
+
+El doctor procuraba, con breves réplicas monosilábicas, tranquilizarla;
+el escritor, alto, sombrío, de cabellos negros, algo parecido a su
+hermano muerto, iba y venía con paso nervioso de un extremo a otro de la
+estancia, torturaba su barba, miraba por la ventana y daba a entender
+claramente, con su actitud, que las palabras de su madre le
+desagradaban. Tenía su opinión sobre la enfermedad de su hermano, muy
+sabia, fundada en los datos de la ciencia tanto como en su personal
+conocimiento de las miserias de la vida. Pero entonces, ya muerto Sacha,
+no quería hablar de eso, sobre todo porque se veía obligado a insistir
+en lo atañadero al mal carácter del difunto.
+
+Al cabo, no pudiendo ya contenerse, interrumpió a su madre:
+
+--Mamá, ya es hora de que nos vayamos. Estamos molestando al señor
+doctor.
+
+--En seguida, hijo mío. Dos palabras más, y nos vamos.
+
+Y comenzó de nuevo a hablar, a justificarse y a pretender demostrar
+algo, sin conseguirlo. El hijo miraba con una curiosidad malévola la
+cabeza temblorosa y cana de la madre; recordaba las cosas insensatas que
+le decía en el camino, y pensaba que estaba loca; que abajo, en los
+aposentos cerrados, había locos; que su hermano, que acababa de morir,
+estaba también loco, y no paraba de inventar historias ridículas, viendo
+enemigos por todas partes, figurándose que se le perseguía a cada paso.
+¡El pobre desgraciado se imaginaba tener enemigos! ¿Qué hubiera dicho
+si, en efecto, los hubiera tenido como él, el escritor, reales,
+poderosos, implacables, infatigables, que no retrocedían ante la
+calumnia y la denuncia?
+
+--¡Mamá, hay que marcharse!
+
+--¡En seguida, hijo mío! Diga usted, doctor, ¿podré pasar la noche junto
+a mi Sacha? ¡Está solo el pobrecito! Nadie en nuestra familia había
+muerto en un hospital, y el pobre hijo mío...
+
+Y se echó a llorar.
+
+El doctor la autorizó para pasar la noche velando al difunto. La madre y
+el hijo se fueron. Por el camino, la anciana comenzó de nuevo a decir
+cosas insensatas; su hijo hacía gestos de impaciencia y miraba con mal
+humor los tristes campos, despojados por el otoño de su pompa.
+
+En consideración al carácter tranquilo de Pomerantzev, no se le cerraba
+nunca la puerta de la habitación. Durante todo aquel día inquietante
+anduvo de un lado para otro por la clínica. Asistía a todos los
+servicios religiosos fúnebres, distribuía velas, las recogía luego, y si
+alguien se olvidaba de apagar la suya, se acercaba y la apagaba él,
+soplando muy solícito.
+
+El muerto le inspiraba una gran curiosidad. De media en media hora
+entraba en la cámara mortuoria para mirarle, ajustaba sobre el cadáver
+el lienzo que lo cubría y le arreglaba la levita. Y creía que su papel
+allí no era menos grave e importante que el del muerto. El estaba vivo y
+lleno de actividad, lo que no era menos interesante, misterioso y grave
+que estar muerto y yacer en el ataúd. Mientras andaba por toda la
+clínica, de un lado para otro, pensaba en las palabras conmovedoras y
+solemnes que acababa de oír durante el servicio religioso: «Difunto»,
+«llamado por Dios al reino de los cielos» y otras. Tales palabras, y
+cuanto pasaba aquel día le hacían felicísimo; pero en lo profundo de su
+alma sentía una extraña inquietud, como si se hubiera olvidado de algo
+muy grave y no pudiera recordarlo, a pesar de todos sus esfuerzos. En su
+ir y venir incansable se detenía a veces y se rascaba, con aire
+preocupado, la frente. Con frecuencia le pedía órdenes a la enfermera.
+
+--¿Me ha encargado usted que haga algo? Me parece que ya está todo.
+
+La enfermera, que se sentía dichosa todavía porque el doctor no había
+vuelto, algunas noches antes, al Babilonia, respondió afectuosamente:
+
+--Sí, querido Georgi Timofeievich, lo ha hecho usted todo. Le estamos
+muy agradecidos yo y el doctor. ¿Comprende usted? ¡Yo y el doctor! Yo y
+el doctor...
+
+--Me alegro mucho. Temía haber dejado algo por hacer.
+
+Y seguía apresuradamente su camino.
+
+Cuando llegó la noche, Pomerantzev trató en vano de conciliar el sueño:
+daba vueltas, suspiraba; pensaba en mil cosas, pero no lograba dormirse.
+Entonces se volvió a vestir y se fue a ver al muerto. El largo corredor
+no estaba alumbrado sino por una lamparilla, y apenas se veía en él. En
+la cámara mortuoria ardían tres gruesos cirios, y otro, muy fino,
+alumbraba el breviario que leía en alta voz una monja llamada para velar
+al muerto. Había mucha luz en la estancia; el aire estaba impregnado de
+olor a incienso. Cuando entró Pomerantzev, su cuerpo proyectó sobre el
+suelo y sobre las paredes algunas sombras vacilantes.
+
+--Deme usted su breviario, hermanita--propuso Pomerantzev a la monja--.
+La reemplazaré a usted un rato.
+
+La monja, que, en plena juventud, se pasaba la vida leyendo oraciones a
+la cabecera de los muertos, aceptó muy gustosa la proposición y se
+retiró a un ángulo del cuarto. Había tomado a Pomerantzev por un miembro
+del personal de la clínica o por un pariente del difunto.
+
+En aquel momento se levantó del canapé la madre de Petrov, envuelta en
+un chal negro. Su cabecita cana temblaba; su rostro era tan pulcro en su
+senilidad como si se lavase diez veces al día cada arruguita. Llevaba
+largo rato en el canapé, sin dormir, sumida en sus tristes pensamientos.
+
+Al principio, Pomerantzev leía muy bien, con voz expresiva; pero los
+cirios y las flores que cubrían el cuerpo del difunto no tardaron en
+atraer su atención. Acabó por leer de un modo incoherente, saltándose
+muchas líneas. La monja se aproximó a él sin que lo advirtiese, y,
+suavemente, le quitó de la mano el breviario. En pie ante el ataúd, con
+la cabeza ligeramente echada a un lado, contempló al muerto unos
+momentos, admirándole, como un pintor admira su cuadro. Después arregló
+un poco la levita del difunto, y le dijo, como para tranquilizarle:
+
+--¡Duerme tranquilo, hermano mío! No tardaré en volver.
+
+--¿Conocía usted a mi pobre Sacha?--preguntó la vieja, acercándose.
+
+Pomerantzev se volvió hacia ella.
+
+--Sí--dijo con tono decidido--; era mi mejor amigo. Mi amigo de la
+infancia.
+
+--Yo soy su madre. Me da gusto oírle a usted hablar así de mi pobre
+Sacha. Permítame usted que le hable un poco.
+
+Pomerantzev se imaginó que él era el doctor Chevirev, que escuchaba las
+quejas de los enfermos. Adoptando una actitud grave, atenta y
+suplicante, respondió con mucha cortesía:
+
+--¡Estoy a sus órdenes! Tenga la bondad de sentarse. Estará usted mejor.
+
+--No, gracias; estoy bien así. Diga usted, ¿no es verdad que mi pobre
+Sacha no era un mal hombre?
+
+--¡Era un hombre excelente!--exclamó con sincero acento Pomerantzev--.
+Era el mejor de los hombres que he conocido. Claro es que tenía sus
+defectillos; pero... ¿quién no los tiene?
+
+--Es lo que yo digo; pero mi hijo segundo, Vasia, se incomoda. ¡Soy tan
+feliz oyéndole a usted! Es un gran consuelo para mí... Diga usted, ¿mi
+pobre Sacha no se quejaba nunca de mí? ¡Pobrecito! Se figuraba que yo no
+le quería y, no obstante, créame usted, yo le quería mucho, mucho...
+
+Y llorando suavemente, le contó a Pomerantzev todos sus sufrimientos,
+todos sus dolores de madre, que veía a su hijo perdido y no podía hacer
+nada por él. Y de nuevo pareció querer justificarse, demostrar algo, sin
+lograrlo. Se diría que tanto ella como Pomerantzev, que apoyaba
+tranquilamente el codo sobre el ataúd, se habían olvidado del muerto; la
+vieja estaba tan cerca de la muerte, que no le atribuía una gran
+importancia y la concebía como otra vida misteriosa; Pomerantzev, por
+su parte, ni siquiera pensaba en ella. Pero las lágrimas de la anciana
+de cabellos blancos le conmovieron, y experimentó de nuevo un
+sentimiento de vaga inquietud.
+
+--¡A ver el pulso!--le dijo--. Bueno. No se apure usted. Todo se
+arreglará lo mejor posible. Yo haré todo lo que esté en mi mano. Esté
+usted completamente tranquila.
+
+--Me consuela usted. ¡Es usted tan bueno! Se lo agradezco con toda mi
+alma.
+
+Y la vieja, de pronto, le cogió la mano a Pomerantzev y se la llevó a
+los labios.
+
+El se puso muy colorado, como se ponen los hombres que ya peinan canas y
+tienen arrugas en la cara, y exclamó con indignación:
+
+--¡Vamos, señora, vamos! ¿Se les besa la mano a los hombres?
+
+Y salió de la estancia.
+
+El corredor estaba mal alumbrado. Pomerantzev marchaba lentamente. De
+pronto, a algunos pasos de distancia, vio a San Nicolás, el taumaturgo.
+Era un hombrecillo de pelo gris, con pantuflas tártaras muy agudas y una
+pequeña aureola dorada alrededor de la cabeza. Pomerantzev avanzaba
+cabizbajo, y el santo también, sin ruido alguno, como si anduviese sobre
+una espesa alfombra. Durante largo rato, uno y otro guardaron silencio.
+Marchaban emparejados y sumidos en sus reflexiones. El corredor parecía
+interminable. Se veían a ambos lados blancas puertas cerradas; detrás
+de unas reinaba un silencio absoluto; detrás de otras se adivinaba una
+ligera agitación: la de los enfermos insomnes, que no podían estarse
+quietos. El corredor no se terminaba jamás, y las puertas eran
+extrañamente numerosas. Detrás de una de ellas, al lado izquierdo del
+pasillo, oyeron un ruido seco y monótono; el loco que llamaba a las
+puertas se entregaba infatigablemente a su ocupación predilecta.
+
+--¡Llama!--dijo Pomerantzev a San Nicolás, sin levantar la cabeza.
+
+--¡Llama!--respondió el otro, sin levantar la cabeza tampoco.
+
+--¡Muy bien!
+
+--¡Sí, muy bien!--confirmó San Nicolás.
+
+Y siguieron andando, sumidos uno y otro en sus reflexiones.
+
+--¿Por qué siento a veces en el pecho, bajo el corazón, algo que me
+oprime, que me pesa? Di, Nicolás.
+
+--¡Es natural! En una casa de locos no puede uno menos de fastidiarse
+alguna vez.
+
+--¿Crees...?
+
+Pomerantzev volvió la cabeza hacia San Nicolás. Este le miraba con
+afecto y sonreía dulcemente. Tenía los ojos arrasados en lágrimas.
+
+--¿Por qué lloras? Sonríes y lloras al mismo tiempo.
+
+--¿Y tú? Tú también sonríes y lloras.
+
+Y siguieron andando, sumidos en sus reflexiones.
+
+--¡Llama!--dijo Pomerantzev.
+
+--¡Llama!--respondió San Nicolás.
+
+--Me das lástima, Nicolás. Estando tan viejo, tan enfermo, tan falto de
+fuerzas, andas sin cesar, vuelas sin descanso sobre la tierra y no te
+cuidas de nada. Ahora has venido por los aires a visitarme. Veo que no
+me olvidas.
+
+--No tiene importancia: llevo pantuflas. Con botas es más difícil volar.
+
+--¡Llama!--dijo Pomerantzev--. Vámonos volando a cualquier parte, ¿te
+parece? Porque, ya ves, me aburro aquí. ¡Me aburro tanto! Además, me
+duelen las piernas.
+
+--¡Bueno, volemos!--aceptó San Nicolás.
+
+Y volaron.
+
+En el corredor, mal alumbrado, reinaba un silencio inquietante. Tras las
+puertas cerradas oíase la charla de los enfermos que no conocían el
+descanso. En el extremo del corredor, tras una puerta silenciosa hasta
+entonces, se oyó un grito:
+
+--¡Qui-qui-ri-quí!
+
+Lo lanzaba un enfermo que se imaginaba ser un gallo. Con la puntualidad
+de un cronómetro se despertaba a media noche, a las tres y a las seis,
+agitaba los brazos, a modo de alas, y gritaba imitando al gallo y
+despertando a los otros enfermos.
+
+Ahora no se despertó nadie. El enfermo que se imaginaba ser un gallo se
+durmió de nuevo. Todo quedó otra vez tranquilo. Detrás de una puerta,
+del lado izquierdo del pasillo, el enfermo seguía golpeando de un modo
+regular y monótono; pero aquel ruido no turbaba el silencio, porque se
+confundía con él.
+
+La noche avanzaba, y el enfermo seguía llamando. En el restorán
+Babilonia se habían apagado ya todas las luces, y él seguía llamando,
+locamente obstinado, infatigable, casi inmortal.
+
+
+
+
+EL HONOR
+
+(DRAMA PARODIA)
+
+ _Se oyen los sones de una música lejana. Una noche estrellada de
+ primavera. Un viejo jardín salvaje, limitado por un ancho foso. Una
+ escalinata ennegrecida y casi en ruinas. Sobre las copas de los
+ árboles se alza la masa sombría del castillo. Todas las ventanas
+ están iluminadas. Sobre el muro almenado acaban de encender
+ barriles de alquitrán, que lanzan fulgores siniestros._
+
+ _La condesa está sentada sola en un banco de piedra. Lleva un traje
+ blanco, y una pequeña corona adorna sus cabellos. Aparece en la
+ escalinata semirruinosa del castillo del viejo conde. Le precede su
+ fiel servidor, el viejo Astolfo, de aspecto muy semejante al de su
+ amo. Astolfo, encorvado, con una linterna en la mano, le alumbra el
+ camino al conde._
+
+
+EL CONDE. _(Sin ver a su hija, con voz llena de cólera.)_--¡Que levanten
+de nuevo todos los puentes! ¡Que apaguen todas las luces! ¡Que la
+servidumbre se retire! ¡Que se acompañe a los barones a sus aposentos!
+Es hora ya de que todo el mundo descanse. Harto hemos esperado al novio,
+y aunque nos lo ha recomendado el propio emperador, no somos lo bastante
+ricos para hacer arder toda la noche aceite y alquitrán. ¡Que se apaguen
+todos los fuegos!
+
+ASTOLFO.--¿Y cuáles son las órdenes del conde en lo que se refiere a las
+mesas servidas?
+
+EL CONDE.--¡Que les echen toda la comida a los perros! Pero no: somos
+demasiado pobres para eso; estamos más hambrientos aún que los perros.
+No, Astolfo; dales, más bien, a mis barones de comer, pues están no
+menos hambrientos que yo, y guarda los restos en la cueva. Nos los
+comeremos después, procurando que duren todo lo posible. Sí, Astolfo,
+todo lo posible. En nuestra situación hay que ser muy económicos.
+
+ASTOLFO.--¡A vuestras órdenes, conde!
+
+EL CONDE.--Sí, Astolfo, hay que ser económicos. Seamos como aquella
+burguesa prudente que, después de casar a su hija, se nutrió durante
+medio año con los restos del festín nupcial. Escatima cada pedazo,
+pésalo, calcúlalo. Si se cubre de moho, corta la parte superior; a pesar
+de eso, lo comeremos muy a gusto.
+
+ASTOLFO.--Los barones están furiosos; desde por la mañana están
+esperando al duque, al noble prometido de la noble condesa Elsa.
+
+EL CONDE.--¡Los barones! Y tú, Astolfo, ¿estás contento? A juzgar por tu
+cara, me parece que no. _(Reparando en su hija.)_ ¿Ah, estáis ahí,
+condesa? ¿Sola, sin vuestras damas de compañía? _(A Astolfo.)_ ¡Puedes
+irte, muchacho!
+
+_(Astolfo deja la linterna sobre la balaustrada y se va.)_
+
+EL CONDE.--Vuestro prometido no se apresura demasiado, condesa Elsa;
+hace largo rato que ha anochecido, y sigue sin venir. Desde por la
+mañana tenemos abiertos los brazos para recibir al noble huésped, y sólo
+abrazamos el vacío. ¿No creéis, condesa, que esta tardanza manifiesta
+una falta de respeto, tanto a vos como a vuestro viejo padre? _(Elsa no
+contesta.)_
+
+EL CONDE.--¿Os calláis? Sí, tenéis razón; cuando se trata del honor de
+vuestro padre, preferís callaros. Vuestro padre está enfermo de
+orgullo--¿no se llama así mi enfermedad?--, y nuestro buen emperador le
+ha prescrito, como medicina, un yerno para uso interno, como dicen los
+médicos. ¡Ja, ja, ja! Sí, para uso interno, y nosotros hemos abierto
+ampliamente la boca... es decir, la puerta, para recibirle; pero no
+viene. Sí; nuestro buen emperador ha encontrado un remedio seguro contra
+mi enfermedad. Pero si vuestro prometido os ama, hay que confesar que su
+amor tiene pasos muy cortos. Qué, condesa, ¿lloráis?
+
+ELSA. _(Llorando.)_--Padre, le ha ocurrido una desgracia. Tengo un
+presentimiento. Le ha ocurrido una desgracia.
+
+EL CONDE.--¡Crees! Es chistoso; hasta ahora, yo estaba seguro de que era
+a nosotros a quien nos había ocurrido una desgracia.
+
+ELSA.--Esta mañana, cuando vi la luz del sol, ya experimenté un
+presentimiento doloroso. Y todo el día he sido presa de temores. El sol
+se ha puesto ya, y le sigo esperando en vano. Ha muerto, padre; estoy
+segura.
+
+EL CONDE.--Según mis noticias, el duque goza de una excelente salud.
+Vuestros temores, condesa, son exagerados, como vuestro amor. Bajo la
+protección del propio emperador, avanza tranquilo a través de nuestras
+tierras. Se burla del odio de mis barones hambrientos, que rechinan,
+rabiosos, los dientes, como los lobos en invierno. No tiene nada que
+temer, puesto que su cabeza está protegida por las alas y el pico rapaz
+del propio emperador.
+
+ELSA.--Pero ¿por qué no viene? Hace largo rato que ha anochecido, y le
+sigo esperando en vano.
+
+EL CONDE.--Sí, hace largo rato que ha anochecido, y no está todavía
+aquí. ¡Oh, si yo no fuese el conde mendigo, de quien se burlan en la
+corte; si mis muros almenados no estuviesen punto menos que en ruinas;
+si mi castillo fuese una fortaleza sólida y amenazadora, como en tiempos
+de mis abuelos, entonces el duque no se retrasaría! ¡Sería cortés y
+respetuoso como el último de mis vasallos, hubiera llegado muy de mañana
+y, arrodillado ante mí, me hubiera lamido, como un perro sumiso, la
+mano!
+
+ELSA.--¡Padre, es el elegido de mi corazón!
+
+EL CONDE.--¡Y al mismo tiempo, mi enemigo!
+
+ELSA.--No le conoces. Cegado por el odio al emperador, empezaste a
+odiar al duque sin haberle visto siquiera.
+
+EL CONDE.--Sí, odio a todos esos aduladores serviles que andan a cuatro
+patas por las gradas del trono. Mendigan lo que hay que tomar por la
+fuerza. A la vida libre de un lobo prefieren la de un perro encadenado a
+su caseta, porque le tienen miedo al hambre. Son traidores a nuestra
+libertad. Ellos han arruinado mi castillo, en los agujeros de cuyos
+muros, en otro tiempo terribles para nuestros enemigos, hacen ahora sus
+nidos los cuervos. La servidumbre se ríe a hurtadillas cuando mando
+levantar los puentes; sabe que eso es inútil, porque se puede penetrar
+en el castillo por los muros agujereados. ¡Levantar los puentes! ¡Ja,
+ja, ja!
+
+ELSA.--No eres justo, padre; mi Enrique es honrado y noble. ¿No te ha
+tendido la mano para obtener tu gracia?
+
+EL CONDE.--Sí, y yo no he aceptado esa mano.
+
+ELSA.--Te ha suplicado que consientas en nuestro matrimonio, mientras
+que tú, con la crueldad de un hombre obcecado...
+
+EL CONDE.--Puedes no medir demasiado tus palabras, Elsa; no tienes que
+violentarte con tu viejo padre. El propio emperador te apoya, sus garras
+mantienen mi cabeza humillada, su pico ha peinado esta mañana mis
+cabellos blancos para la acogida del novio. Sé audaz y noble como tu
+prometido, Elsa. Es verdaderamente irritante: ¡un conde miserable se
+opone a esa boda, grata a los ojos del emperador! Si el pobre conde se
+obstinase, el duque se arrastraría hacia el trono del emperador y le
+rogaría que le diese lo que no le pertenece: la hermosa hija del
+ridículo viejo. ¡Y la hija se daría gustosísima al noble duque, mientras
+su viejo padre!...
+
+ELSA.--¡Ten piedad de mí, padre mío! ¡Le amo tanto!
+
+EL CONDE.--Yo también he conocido el amor; pero si tu madre se hubiera
+parecido a ti, la hubiera echado como a una ínfima esclava, como a una
+innoble criatura, sólo útil para satisfacer los caprichos fugaces de sus
+amos.
+
+ELSA.--¡Os dejáis llevar de la ira, conde! Cuando rechazasteis
+brutalmente al duque al pediros mi mano, yo me postré a los pies del
+emperador, rogándole que tuviese piedad de los infelices enamorados y
+que suavizase con su poder divino vuestra crueldad.
+
+EL CONDE.--¡Sí, con su poder divino! ¡Muy bien dicho!
+
+ELSA.--Y entonces el emperador, tomándome bajo su protección, os dirigió
+una orden en la que me llamaba su hija. Ahora insultáis al emperador.
+
+_(El conde baja irónicamente la cabeza.)_
+
+EL CONDE.--¡Os pido humildemente perdón, duquesa! Espero vuestras
+órdenes; mi castillo está por completo a vuestra disposición, lo mismo
+que a la del señor duque. He hecho mal ordenando que se apaguen las
+luces. En seguida van a encenderlas de nuevo. Voy a ordenar que se
+enciendan todos los fuegos, que arda el alquitrán en los barriles; vamos
+a esperar toda la noche al novio retrasado, sin pegar los ojos en
+nuestro éxtasis amoroso y nuestra sumisión canina.
+
+ELSA.--Perdóname, padre.
+
+EL CONDE.--Sí, seremos dóciles como perros; de otra suerte, el emperador
+podrá enfadarse con nosotros. Hace mucho tiempo que detesta al conde
+miserable que se atreve aún a conservar un poco de altivez, y mañana,
+quizá, le echará de su nido familiar y ordenará luego la destrucción del
+nido. _(Finge que llora.)_ ¿Adónde irá entonces el desgraciado conde?
+¿Dónde encontrará un asilo? Es pobre, va mal vestido. Los perros de la
+aldea le morderán las piernas; las mujeres y los niños harán mofa de él.
+¿Adónde irá entonces el desgraciado conde? _(Cae de rodillas ante Elsa y
+trata de coger sus manos para besarlas.)_ ¡Oh, noble y generosa duquesa!
+¡Os ruego que os compadezcáis de mí! Suplicad a nuestro buen emperador
+que no me eche; dadle la seguridad de mi plena, de mi absoluta
+sumisión...
+
+ELSA.--¡Vamos, padre! ¡Te lo suplico! Levántate.
+
+EL CONDE.--Sí, noble duquesa; suplicad al emperador que no destruya el
+nido en que ha nacido el pobre conde. No hay piedra, no hay agujero en
+el castillo que le sean desconocidos. De niño andaba a gatas por las
+losas del patio. Desde sus torres, siendo mozo, miraba a lo lejos,
+soñando conquistar el mundo y adornar su frente con una corona. Aquí
+conoció a su mujer, y, bajo las frondas de estos árboles, arrullaba a su
+pequeña Elsa, que era el sol de su vida...
+
+ELSA. _(Llorando.)_--¿Qué haces conmigo, padre? ¡Déjame! ¡Me haces daño
+en las manos! ¿Lloras de verdad? Sí, siento en las manos la humedad de
+tus lágrimas. Te lo ruego, no llores. Ten piedad de mí. ¡Si supieras
+cómo le amo! ¡Sufro tanto! ¿Qué le ha sucedido? ¿Qué ha pasado? ¿Por qué
+no viene? Un terror loco se apodera de mí. He estado temblando todo el
+día. Tengo terribles presentimientos. Apiádate de mí, padre; procura
+tranquilizarme. ¿Te acuerdas de mi madre? ¡Qué hermosa era! ¡Cómo la
+amabas! _(El conde se levanta y se aparta un poco.)_
+
+EL CONDE.--Calmaos, condesa; el deseo de nuestro emperador se cumplirá.
+El castillo está dispuesto para el recibimiento del noble prometido. Voy
+a mandar que enciendan nuevos fuegos; los barriles de alquitrán están ya
+apagándose.
+
+ELSA.--¡Padre!
+
+EL CONDE.--¿Queréis, quizá, que os envíe a vuestras damas de compañía?
+No tenéis más que mandarlo. Pero no; el amor prefiere la soledad.
+Perdonad a un viejo que ha olvidado ya lo que es el amor. ¡A vuestras
+órdenes!
+
+_(Sube por la escalinata.)_
+
+ELSA. _(Sola.)_--¡Pobre padre, cuánto sufre! No conoce a mi Enrique.
+Cuando lo conozca, le amará como yo le amo... ¿De qué proviene esta
+tristeza que invade mi alma?... ¡Ah, ese presentimiento! Y luego ese
+lúgubre castillo... Ese viejo estanque, cubierto de musgo verde... Lo
+aborrezco. Me da miedo, sobre todo hoy. Está lleno de ranas que saltan
+ruidosamente de la orilla al agua. Cuando he visto esta noche reflejarse
+nuestro castillo, con sus ventanas iluminadas, en el agua inmóvil del
+estanque, he pensado que así debe de ser el castillo de la muerte. ¡La
+muerte!... Pero si Enrique, en efecto, ha muerto, ¿por qué le siento tan
+cerca de mí? Sus besos me queman los labios, y mi corazón...
+
+_(Se interrumpe de pronto y deja escapar un grito. Sale el duque de
+entre los árboles.)_
+
+ELSA.--¿Quién es?
+
+ENRIQUE.--¡Elsa! ¡Amor mío! ¡Mi amada prometida!
+
+ELSA.--¡Enrique!
+
+_(Se abrazan y permanecen así unos momentos, las bocas juntas en un
+beso. En lo alto de la escalinata aparece Astolfo. Mira un instante y
+desaparece de nuevo.)_
+
+ELSA.--¿Por qué me habéis hecho esperar tanto tiempo? He creído morir de
+angustia y desesperación. Enseñadme la faz... Si sois vos... eres tú...
+¿Por qué no dices nada, Enrique? ¿Acaso has muerto y no eres más que tu
+espectro?
+
+ENRIQUE.--Sí, soy mi espectro.
+
+ELSA.--¿Pero cómo queman tus labios de tal modo? Los labios de un
+espectro están fríos y mudos.
+
+ENRIQUE.--Una llama del infierno arde en ellos.
+
+ELSA.--¿Y cómo fulguran de tal modo tus ojos? Los ojos de los espectros
+están apagados y mudos.
+
+ENRIQUE.--Los iluminan resplandores del paraíso. ¡Amor mío, novia
+querida! ¡Si supieras cómo te amo! ¡Qué largo ha sido este día para mí!
+
+ELSA.--¡Y para mí qué terrible!
+
+ENRIQUE.--No podía más. He abandonado a mis barones y mis
+guerreros--¡avanzan tan lentamente, de una manera tan solemne!--, y he
+corrido aquí. ¡Qué dicha, te he encontrado sola! ¿Me esperabas aquí,
+amor mío?
+
+ELSA.--No. ¡Pero qué extraña capa llevas!
+
+ENRIQUE.--Es la de uno de mis servidores; no he querido que me
+reconociesen aquí. No soy yo, Elsa; soy mi espectro. El verdadero duque
+viene con sus barones.
+
+ELSA.--No estarán lejos.
+
+ENRIQUE.--No; pronto oirás los sonidos de sus trompetas, y entonces mi
+espectro te dejará.
+
+ELSA.--¿Por mucho tiempo?
+
+_(Cambian besos y hablan en voz baja. En lo alto de la escalinata
+aparecen el conde y Astolfo.)_
+
+ASTOLFO. _(Quedamente.)_--¿Veis, conde?
+
+EL CONDE. _(También quedamente.)_--Sí, ya veo.
+
+ASTOLFO.--¡Es el duque!
+
+EL CONDE.--¿Crees?
+
+ASTOLFO.--¿Quién puede ser, si no, ese hombre? Sí, es el duque.
+
+EL CONDE.--Pero esa no es su capa.
+
+ASTOLFO.--Y, sin embargo, le reconozco: es el duque.
+
+EL CONDE.--Lo dudo. Es otro, sin duda. Sí, muchacho, es otro. ¡Pero es
+terrible! La condesa traiciona a su noble prometido, y mientras él vuela
+hacia aquí en alas del amor, ella se deja abrazar por un advenedizo.
+¡Ahí tienes lo que son las mujeres, Astolfo!
+
+_(Se echa a reír.)_
+
+ASTOLFO.--¿Bromeáis, conde?
+
+EL CONDE.--Nada de eso. Lo que estás viendo no parece una broma.
+
+ASTOLFO.--Pero os aseguro que es el duque.
+
+EL CONDE.--¡Calla, tonto! ¿Crees al duque capaz de una cosa así? Según
+tú, es capaz de colarse en el castillo, en medio de la noche, por
+cualquier agujero, como un ladrón, como una zorra en el gallinero para
+robar gallinas. El duque, en efecto, nos ha sido impuesto por el
+emperador; pero nos tiene respeto y no se permitiría nunca... Parece que
+requieres tu acero, amigo.
+
+ASTOLFO.--Comienzo a tener dudas. Vos veis mejor que yo, conde.
+
+EL CONDE.--Además, la noche es obscura, ¿verdad?
+
+ASTOLFO.--Sí, muy obscura.
+
+EL CONDE.--¿Ves? Y cuando está obscuro, es muy fácil equivocarse.
+
+ASTOLFO.--Sí, es muy fácil. ¡Decididamente, no es el duque!
+
+EL CONDE.--¡Pobre duque! ¡Ser engañado tan cruelmente en su misma noche
+de bodas! Pero vamos a defender su honor, que no puede defender por sí
+mismo.
+
+ASTOLFO.--Sí, no es él. Ahora lo veo bien.
+
+EL CONDE.--¡Silencio! Coge tres hombres... de los que tengan más hambre:
+el hambre doblará sus fuerzas... ¡Ah, villano, cómo besa a mi hija, a la
+novia del pobre duque!... Sí, coge tres hombres y acechad a ese intruso.
+Cuando pase por delante de vuestro escondrijo, caed sobre él y tiradlo
+al estanque. ¡Chis!... Le ataréis a las piernas plomo y piedras... ¡Cómo
+besa a mi hija ese ladrón de mi honor!
+
+ASTOLFO.--Sí, ahora estoy convencido de que no es el duque.
+
+EL CONDE.--¡Silencio!
+
+_(Se van.)_
+
+ELSA.--¿Por qué te has hecho esperar tanto?
+
+ENRIQUE.--¡Oh, el día me ha parecido interminable! Desde por la mañana,
+desde que he visto salir el sol, he corrido hacia ti; pero la tierra
+parecía adherirse a mis pies. ¡Mil obstáculos, mil aventuras, mil
+desgracias! Ya es mi caballo, que cae muerto sin que se comprenda por
+qué; monto otro caballo, veloz como el viento, y sigo devorando el
+espacio. Ya es un río que me ataja el camino; me lanzo al agua y lo
+cruzo a nado. Hombres y caballos se hunden; pero yo salgo sano y salvo.
+
+ELSA. _(Lanza un grito.)_--¡Ah!
+
+ENRIQUE.--¿Qué tienes?
+
+ELSA.--Nada. Me había parecido oír algo. Decías que un río te había
+atajado el camino...
+
+ENRIQUE.--Luego, unos hombres nos atacan. Una batalla sangrienta
+sobreviene; pero logramos abrirnos paso.
+
+ELSA.--¿Y después?
+
+ENRIQUE.--Atravesamos una ciudad ardiendo. Creo que nunca voy a salir de
+ella. No tarda mi segundo caballo en caer. Mis barones gruñen. En todos
+estos contratiempos ven funestos presagios. Las cejas fruncidas, aunque
+intrépidos, se muestran recelosos y no quieren avanzar más. Insisten en
+que nos detengamos; pero yo grito: «¡Adelante! ¡Mi amada prometida, mi
+hermosa, me espera! ¡Adelante!» Y heme aquí contigo. Toco tus manos y
+tus hombros y respiro tu puro aliento. Se me figura un dulce sueño. Pero
+¿por qué no dices nada? Pareces inquieta; tu corazón late presuroso. Di,
+querida mía, ¿qué tienes?
+
+ELSA.--Nada. Pero el sol de hoy era tan triste...
+
+ENRIQUE.--Ya se ha puesto.
+
+ELSA.--Sí, se ha puesto; no está ya en el cielo, y tú estás aquí, junto
+a mí. Pero no, no eres tú; es tu espectro de los labios ardientes y la
+mirada luminosa.
+
+_(Se oyen las trompetas.)_
+
+ELSA.--¡Es el duque que llega!
+
+ENRIQUE.--Sí, es el duque.
+
+ELSA.--Dios mío, ¿cómo le confesaré mi traición? He abrazado a otro.
+
+ENRIQUE.--El duque llega, y yo debo alejarme. Tiene gracia; me inspira
+algo así como celos el feliz mortal cuya llegada anuncian esas
+trompetas.
+
+ELSA.--Llega de una manera solemne, acompañado de barones armados.
+
+ENRIQUE.--Y de guerreros. Lenta y gravemente se adelanta su magnífico
+caballo... Pero no va nadie en la silla.
+
+_(Ríen. En lo alto de la escalinata aparecen cuatro sombras, y
+desaparecen al punto en las tinieblas. Se oyen por segunda vez las
+trompetas.)_
+
+ENRIQUE.--¡Adiós, amor mío!
+
+ELSA.--¡Un momentito más!
+
+ENRIQUE.--Están ya a la puerta. Hemos convenido en que si yo no los
+respondo a la tercera llamada, invadirán el patio del castillo. Tienen
+miedo de que me suceda alguna desgracia.
+
+ELSA.--Sí, mi padre está furioso.
+
+ENRIQUE.--Le reservo una sorpresa: cediendo a mis ruegos, el emperador
+se ha dignado devolver a tu padre todos sus antiguos dominios.
+
+ELSA.--¡Qué bueno eres!
+
+ENRIQUE.--¡Cuánto te amo! ¡Adiós, mi amor, mi dicha, mi sol de mañana!
+He venido a tu lado por breves instantes, como un espectro, y dentro de
+un momento vendré de nuevo, entonces a unirme contigo para toda la vida.
+
+ELSA.--¡Un momento más!
+
+_(Se oyen por tercera vez las trompetas.)_
+
+ENRIQUE.--Me llaman. Parecen muy inquietos. Acudo. ¡Adiós, amor mío!
+
+ELSA.--¡No, hasta la vista! Enrique, amado mío, te espero. ¡Dime algo
+más... una sola palabra! ¡Enrique!
+
+_(Al alejarse, Enrique le dice con voz queda:_ «¡Elsa!» _Luego
+desaparece. Al punto se oye un ruido ahogado de lucha, un sordo gemido;
+después, todo queda tranquilo.)_
+
+ELSA. _(Asustada.)_--¡Enrique!... No me oye. ¿Quién habrá lanzado ese
+gemido lastimero? Quizá no haya sido sino fruto de mi imaginación. Es
+posible.
+
+_(El sonido de las trompetas se hace más insistente.)_
+
+ELSA.--¡Trompetas queridas! ¡Qué alegres suenan! ¡Cantad más alto, más
+alegremente, queridas trompetas! Acompañad a mi prometido, a mi espectro
+de los labios ardientes. Se ha retrasado un poco; pero hay que
+perdonárselo: se ha retrasado besándome. ¡Ah, Elsa, liviana doncella! No
+tienes pudor. ¿A quién acabas de besar en la obscuridad? Tus mejillas
+enrojecidas te denunciarán... Gracias a Dios, las trompetas han callado
+al fin. Ahora mi Enrique estará ya sobre su caballo... Debe de estar
+entrando ya en el castillo. A la puerta le recibirá mi padre... ¡Pobre
+padre!
+
+_(Las trompetas lanzan aún algunos sonidos apagados.)_
+
+ELSA.--¿Qué es eso? ¿Todavía? Probablemente es reglamentario entre esos
+guerreros, de cuyas costumbres no tengo la menor idea... ¡Ah, ya han
+entrado! ¡Están en el patio del castillo!
+
+_(Se oyen gritos, ruido. A través del follaje se ven ir y venir
+antorchas.)_
+
+ELSA.--Me buscan a mí. Me da vergüenza lo que he hecho, y mis mejillas
+enrojecidas me venderán, sobre todo al resplandor de las antorchas.
+Cuando tú, Enrique, me mires con una sonrisa maliciosa, me moriré de
+confusión. No, no; esperaré aquí... _(Una corta pausa.)_ ¡Dios mío, se
+acercan! Oigo pasos pesados y rápidos...
+
+_(Aparece, gritando, una turba de hombres armados. Llevan en la mano
+aceros desnudos. Les siguen los barones del viejo conde, con las cejas
+fruncidas, gruñendo, llenos de una cólera sorda. Las antorchas proyectan
+una luz lúgubre sobre la escena. Se oyen gritos de_ «¡El duque!» «¿Dónde
+está el duque?»)
+
+VALDEMAR.--¿Sois vos, condesa? ¿Dónde está el duque? ¿Dónde está
+Enrique?
+
+ELSA.--No comprendo lo que me preguntáis.
+
+VALDEMAR.--¿Dónde está Enrique? Soy su amigo. Le buscamos por todas
+partes y no le encontramos. Os suplico, condesa, que nos digáis dónde se
+halla: ¡vos debéis saberlo!
+
+LOS BARONES.--¡Es terrible! ¡Insultan a la condesa!
+
+ELSA.--¡Pero yo no le he visto!
+
+VALDEMAR.--Eso no es verdad; nos ha dejado para correr junto a vos. ¡Le
+habéis visto!
+
+LOS BARONES. _(Blandiendo los aceros.)_--¡Qué insolencia! Llamad al
+conde: ¡insultan a su hija!
+
+--¡Nos han hecho esperar todo el día!
+
+--¡Y ahora se atreven a acusar de liviandad a la condesa!
+
+--¡Defenderemos su honor!
+
+--¡No permitiremos que se la insulte!
+
+_(En lo alto de la escalinata aparece el viejo conde.)_
+
+EL CONDE.--Esperad, barones. ¿Quién se atreve a acusar de liviandad a mi
+hija? ¿Y qué gentes son ésas, con traza y gesto de bandidos?
+
+_(Valdemar y los barones del duque Enrique se descubren.)_
+
+VALDEMAR.--Perdonad, conde, nuestra irrupción: buscamos al duque. Nadie
+pone en duda vuestra nobleza caballeresca, conde. Pero nuestro amor al
+duque no es menos grande. Debéis comprender nuestra ansiedad cuando, a
+pesar de nuestra tercera llamada, no ha acudido junto a nosotros.
+
+ELSA.--¿Cómo? ¡No ha acudido!
+
+EL CONDE.--Me llenáis de asombro. ¿No está con vosotros el duque? ¿Dónde
+está entonces? Desde muy de mañana esperamos con los brazos abiertos al
+noble prometido de mi hija. Los barones están ya cansados de esperarle.
+
+_(Los barones prorrumpen en exclamaciones de enojo.)_
+
+EL CONDE.--¿Dónde está, pues, vuestro duque? ¿Acaso la turba de bandidos
+que, pisoteando el honor caballeresco, se atreve a blandir los aceros en
+nuestro castillo, pretende reemplazarle? En tal caso, me veré obligado a
+decirle al emperador: «Son demasiados prometidos para mi hija.»
+
+VALDEMAR.--A vos, conde, os toca decir dónde está el duque.
+
+EL CONDE.--¿A mí?
+
+VALDEMAR.--Sí, a vos. El duque estaba aquí. Ved la prueba: aquí está su
+guante.
+
+_(Asombro. Gritos de indignación.)_
+
+VALDEMAR.--Sí, ha estado aquí, donde tenía una cita con vuestra hija.
+
+_(Los gritos de indignación aumentan.)_
+
+EL CONDE.--Estáis en un error, caballero. Aunque yo no vea con buenos
+ojos la boda del duque con mi hija, no puedo creerle un ladrón que se
+cuele por un agujero en el castillo, cuando todas las puertas están
+abiertas para él de par en par. No tenemos motivos para amar al duque;
+pero le debemos respeto por el rango que ocupa. Y aunque sois tan amigo
+suyo, le conocéis muy poco si le juzgáis capaz de atentar contra el
+honor de su prometida y contra el mío. Buscad a vuestro duque en
+cualquier otro sitio; acaso le encontréis en una taberna del camino,
+empinando el codo...
+
+_(Los barones del conde ríen. Los del duque hacen gestos amenazadores y
+lanzan gritos de indignación.)_
+
+VALDEMAR.--¡Registraré de arriba abajo el castillo!
+
+EL CONDE.--Haced lo que os plazca... _(Una corta pausa.)_ Pero oíd un
+momento. Astolfo, ven aquí. _(A Valdemar.)_ ¿Estáis seguro, caballero,
+de que el duque no está entre vosotros? Eso me inquieta: temo que haya
+sido víctima de un advenedizo. Yo no quería revelar este secreto sino al
+propio duque; pero puesto que sois su amigo... Caballeros, escuchad lo
+que voy a deciros: ¡Mi hija ha sido infiel a su prometido! Es una
+vergüenza para ella y para mí; pero no quiero ocultarla.
+
+ELSA.--¿Dónde está Enrique? ¡Voy a volverme loca! ¿Por qué todas esas
+antorchas? Lanzan un resplandor terrible. Enrique, ¿dónde estás?
+
+EL CONDE.--¡Representas bastante bien la comedia, hija mía! Sin
+embargo... Astolfo, refiere lo que has visto.
+
+ASTOLFO.--Estábamos aquí, en este mismo escalón...
+
+EL CONDE.--¡Más aprisa, muchacho! Sé lacónico.
+
+ASTOLFO.--Y vimos de repente a alguien, que llevaba una vieja capa y
+parecía un criado, abrazar a la condesa. «¡Qué desgracia!--me dijo el
+conde--. Mi hija le es infiel a su prometido. Nunca una cosa así ha
+deshonrado a nuestra familia!»
+
+EL CONDE.--¡Más aprisa, muchacho!
+
+ASTOLFO.--El conde añadió: «Coge tres hombres, cae sobre el malhechor,
+átale a los pies plomo y piedras y...»
+
+VALDEMAR.--¿Y lo has hecho? ¡Oh, cielos! ¿Dónde está el duque entonces?
+
+_(Silencio.)_
+
+EL CONDE. _(Señalando con la mano.)_--Ahí, en el fondo del estanque.
+
+_(Gran agitación entre los asistentes.)_
+
+ELSA.--¡Enrique! ¡Espectro querido de los labios ardientes! ¡Voy a
+reunirme contigo, amado mío!
+
+_(Cae muerta.)_
+
+VALDEMAR.--No eres un padre; eres una bestia feroz. Coged a ese monstruo
+y encadenadle. ¡Como una fiera, se lo llevaremos enjaulado al emperador!
+¡Prended fuego por los cuatro costados a ese castillo maldito! ¡Que no
+quede nada de este nido lúgubre! ¡Que la inmensa hoguera se eleve, en
+media de la obscura noche, a los cielos! ¡Así festejaremos tu boda,
+duque Enrique, desgraciado amigo!
+
+TELÓN
+
+
+
+
+CRISTIANOS
+
+
+La nieve caía tras los cristales; pero en el gran edificio del tribunal
+hacía calor. Había mucha gente, y los que frecuentaban el tribunal en
+cumplimiento de su deber--como, por ejemplo, los reporteros
+judiciales--se hallaban allí muy a gusto. Encontrábanse con sus
+desconocidos; como en el teatro, asistían diariamente a la
+representación de dramas--llamados por los reporteros «dramas
+judiciales»--. Era agradable ver al público, oír el ruido de las voces
+en los corredores, mezclarse con aquella multitud agitada.
+
+El _buffet_ estaba muy animado. Lo alumbraba ya la luz eléctrica, y
+sobre el mostrador veíanse cosas muy apetitosas. El público se agolpaba
+junto al mostrador, y charlaba, comiendo y bebiendo. Los rostros
+melancólicos que se veían a veces no turbaban la alegría general: al
+contrario, son precisos con harta frecuencia para hacer más pintorescos
+el cuadro, sobre todo en lugares donde se representan dramas. Todos
+contaban que en una de las salas del tribunal acababa de suicidarse un
+acusado; se oía ruido de cadenas y de fusiles. Un dulce calor reinaba en
+todo el edificio, y se estaba allí divinamente.
+
+En una de las salas, la animación era grandísima: un proceso pintoresco
+atraía mucha gente. Los jueces, los jurados, los abogados estaban ya en
+sus puestos. Un reportero, mientras llegaban sus demás colegas, disponía
+ante él las cuartillas y examinaba muy contento la sala. El presidente
+del tribunal, un hombre grueso, de rostro vulgar y bigotes blancos,
+pasaba revista presuroso y con voz monótona, a los testigos.
+
+--¡Efimov! ¿Cuál es el patronímico de usted?
+
+--Efim Petrovich.
+
+--¿Quiere usted prestar juramento?
+
+--Sí.
+
+--Colóquese entonces a la izquierda... ¡Karasev! ¿El patronímico de
+usted?
+
+--Andrey Egorich.
+
+--¿Quiere usted prestar juramento?
+
+--Sí.
+
+--A la izquierda. ¡Blumental!
+
+En esto se empleó mucho tiempo; los testigos eran lo menos veinte. Unos
+contestaban a las preguntas del presidente en alta voz, con un placer
+visible, y pasaban a la izquierda sin esperar la orden; otros parecían
+sorprendidos por la llamada del presidente, ponían cara estúpida,
+miraban en torno, sin comprender nada, como si hubieran olvidado su
+propio nombre o como si creyesen que había en la sala otras personas que
+tuvieran el mismo. Los testigos honorables esperaban que el presidente
+terminase su pregunta y respondían sin apresurarse, de una manera
+detallada.
+
+El acusado, un joven con un cuello postizo muy alto, se acariciaba el
+bigotito y tenía los ojos bajos. Estaba preso por distracción de fondos
+y operaciones financieras sucias. A veces, al oír el nombre de cualquier
+testigo, hacía un gesto, examinaba con mirada hostil al declarante y
+empezaba de nuevo a acariciarse el bigote.
+
+Su abogado, un joven también, bostezaba de vez en cuando, tapándose la
+boca con la mano, y miraba por la ventana caer, en gruesos copos, la
+nieve. Había dormido bien aquella noche, y acababa de comerse en el
+_buffet_ del tribunal una ración de jamón con guisantes.
+
+Sólo quedaban por llamar media docena de testigos, cuando el presidente
+tropezó, de pronto, con una dificultad imprevista.
+
+--¿Quiere usted prestar juramento?
+
+--¡No!--respondió una voz femenina.
+
+Al modo de aquel que, corriendo, choca contra un árbol, el presidente se
+detuvo, aturdido; buscó con la mirada entre los testigos a la mujer que
+le había contestado tan rotundamente, y todas las mujeres se le
+antojaron iguales, lo que le impidió orientarse. Entonces examinó la
+lista de testigos.
+
+--¡Pelagueia Vasilievna Karaulova! ¿Quiere usted prestar
+juramento?--preguntó otra vez.
+
+--No.
+
+Ahora vio a aquella mujer. Era de regular edad, nada fea, de cabellos
+negros. A pesar de su sombrero _chic_ y su traje a la moda, su aspecto
+no era el de una mujer de posición o ilustrada. Llevaba grandes
+pendientes semicirculares; con las manos, que tenía juntas sobre el
+vientre, sujetaba un bolso. Su rostro, cuando hablaba, permanecía
+inmóvil, impasible.
+
+--¿Pero usted es ortodoxa?
+
+--Sí.
+
+--¿Por qué no quiere entonces prestar juramento?
+
+Ella le miró y no respondió.
+
+--¿Acaso pertenece usted a alguna secta que prohíbe prestar
+juramento?... Dígalo francamente, sin temor. El tribunal tomará en
+consideración sus explicaciones.
+
+--No.
+
+--¿Cómo que no? ¿No pertenece usted a ninguna secta?
+
+--No.
+
+--Usted teme quizá que en su declaración haya algo enojoso para usted...
+Teme, en fin, verse obligada a decir cosas que no querría decir. Pues
+bien: la ley le permite a usted dejar de contestar a las preguntas que
+le parezcan enojosas. ¿Quiere usted ahora prestar juramento?
+
+--No.
+
+Su voz era sonora, joven--más joven que el rostro--, clara y limpia.
+Debía de cantar muy bien.
+
+El presidente se encogió de hombros, se inclinó hacia el juez, que se
+hallaba sentado a su izquierda, y le dijo algunas palabras al oído.
+
+El otro le contestó en voz baja:
+
+--Sí, es extraordinario. No lo entiendo.
+
+--Escuche usted--dijo el presidente, dirigiéndose de nuevo a
+Karaulova--. El tribunal quiere conocer las razones que la hacen negarse
+a prestar juramento. Sin esa condición no podemos dispensarle a usted de
+prestarlo. Responda.
+
+Siempre inmóvil, impasible, la testigo respondió algo, pero con voz tan
+débil que no pudo oírse claramente.
+
+--No se oye nada. Más alto; tenga la bondad.
+
+La testigo tosió, y luego dijo en alta voz:
+
+--Soy una prostituta.
+
+El abogado, que estaba sumido en sus reflexiones, levantó de pronto la
+cabeza y miró con curiosidad a aquella mujer.
+
+--Convendría iluminar la sala--pensó.
+
+El ujier, como si hubiera adivinado su pensamiento, oprimió uno tras
+otro los botones eléctricos. El público, los jurados y los testigos
+levantaron la cabeza y miraron las lámparas encendidas. Sólo los jueces
+permanecieron indiferentes. Así se estaba aún más a gusto. Uno de los
+jurados, un viejo, miró a Karaulova y dijo a su vecino:
+
+--¡Tiene gracia esa mujer!
+
+--Sí--contestó el otro.
+
+--Bueno--objetó el presidente--. El hecho de que sea usted una
+prostituta no es una razón para negarse a prestar juramento.
+
+Pronunció la palabra «prostituta» con el mismo acento con que estaba
+habituado a pronunciar las palabras «asesino», «ladrón», «bandido».
+
+--¿Usted es, con todo, cristiana?
+
+--No, no soy cristiana. Si fuera cristiana, no sería prostituta.
+
+La situación se complicaba. El presidente, frunciendo las cejas,
+consultó a su colega de la izquierda y se dispuso a hablar; pero cayó en
+la cuenta de que también debía consultar a su colega de la derecha, y se
+inclinó hacia él. El juez, sonriendo, hizo con la cabeza un signo de
+aprobación.
+
+--Escuche usted--dijo el presidente, dirigiéndose a Karaulova--. El
+tribunal ha decidido explicarle a usted su error. Usted no se considera
+cristiana porque se dedica a ese oficio; pero está equivocada. Es un
+error, ¿comprende usted? Su oficio no le interesa al tribunal, sino
+solamente a usted y a su conciencia. Nosotros no podemos mezclarnos en
+eso. Su oficio no puede impedirle a usted el ser cristiana. ¿Comprende?
+Se puede ser ladrón o bandido, sin dejar por eso de ser cristiano,
+mahometano o judío. Todos nosotros, los jueces, los jurados, el fiscal,
+tenemos nuestras respectivas profesiones, y eso no nos impide el ser
+cristianos...
+
+Hizo una corta pausa, como si buscase palabras, y continuó:
+
+--¿Ha comprendido usted? Su oficio es una cosa por completo ajena a esta
+cuestión. Si usted practica los ritos de la religión cristiana, si
+frecuenta la iglesia... ¿Verdad que frecuenta la iglesia?
+
+--No.
+
+--¿Cómo que no? ¿Por qué?
+
+--Con mi oficio, ¿cómo quiere usted que yo vaya a la iglesia?
+
+--Pero irá usted a confesar.
+
+--No.
+
+Las respuestas eran bien claras. Iluminada por la luz eléctrica, la
+testigo parecía de mejor color y más joven, acaso también a causa de la
+emoción. A cada una de las respuestas, el público se miraba, divertido,
+risueño. Alguien, con aspecto de artesano, en los últimos bancos, se
+hallaba en el colmo del regocijo.
+
+--¡Esto va siendo interesante!--proclamó, en voz tan poco queda, que se
+le oyó en toda la sala.
+
+--Pero rezará usted...--preguntó el presidente.
+
+--No. Antes rezaba; mas hace ya tiempo que no lo hago.
+
+El miembro del tribunal que se encontraba a la izquierda del presidente
+le dijo por lo bajo:
+
+--¿Por qué no les pregunta usted a las demás mujeres? ¿Acaso tampoco
+querrán prestar juramento?
+
+El presidente tomó la lista de testigos y leyó:
+
+--¡Pustochkina! Usted también, a lo que parece, se ocupa...
+
+--¡Sí, también yo soy prostituta!--respondió con apresuramiento, casi
+con orgullo, una muchacha no menos bien trajeada.
+
+Estaba muy contenta de verse en la sala del tribunal, donde todo le
+gustaba. Había ya cambiado algunas miradas con el joven abogado.
+
+--¿Y usted? ¿Quiere prestar juramento?
+
+--Sí, con mucho gusto.
+
+--¿Ve usted, Karaulova? Su amiga no se opone a prestar juramento... ¿Y
+usted, Kravchenko? ¿Consiente?
+
+--Sí--contestó con voz ronca, masculina, Kravchenko, una mujer alta y
+gruesa, con sotabarba.
+
+--¿Ve usted, Karaulova? Todas están dispuestas a prestar juramento. ¿No
+cambiará usted de opinión?
+
+Karaulova no respondió.
+
+--¿No quiere usted?
+
+--No.
+
+Pustochkina le sonrió amistosamente. Karaulova, a su vez, le sonrió, y
+luego volvió a ponerse seria. El tribunal deliberó en voz baja, después
+de lo cual el presidente, con una expresión amable y al mismo tiempo
+respetuosa, punto menos que religiosa, se dirigió al sacerdote, que, en
+espera de que los testigos prestasen juramento, se mantenía un poco a
+distancia.
+
+--Padre: en vista de la obstinación de esta mujer, ¿quiere usted tomarse
+el trabajo de persuadirla de que es cristiana? ¡Karaulova, acérquese!
+
+Karaulova, sin descomponerse, dio dos pasos hacia delante.
+
+El sacerdote estaba visiblemente molesto. Muy colorado, se acercó al
+presidente y le dijo algo al oído.
+
+--¡No, no, padre!--le respondió el presidente--. ¡Se lo suplico a
+usted! Si no, las demás pueden también negarse...
+
+Luego de arreglarse la cruz que llevaba en el pecho, el sacerdote, más
+colorado aún, se dirigió a Karaulova en voz apenas perceptible:
+
+--Señora, sus sentimientos le hacen a usted honor; pero siendo
+cristiana...
+
+--¡Si yo no soy cristiana!
+
+El sacerdote miró, confuso e impotente, al magistrado, que dijo:
+
+--Karaulova, escuche al sacerdote; él se lo explicará a usted todo.
+
+Y el pobre sacerdote siguió:
+
+--Todos nosotros, señora, somos pecadores. Unos pecamos de palabra;
+otros, de obra. Dios omnipotente, tan sólo, puede ser juez de nuestra
+conciencia. Dócil y humildemente, debemos someternos a cuantas pruebas
+nos envía... Como cuenta de Job la Biblia, debemos resignarnos con
+nuestro destino. Sin la voluntad del Todopoderoso, ni un solo cabello
+puede desprenderse de nuestra cabeza. Por grandes que sean nuestros
+pecados y nuestros crímenes, no tenemos derecho a condenarnos nosotros
+mismos ni a alejarnos de la Santa Iglesia por nuestra propia voluntad;
+sería un crimen aun más grande e imperdonable, porque de ese modo nos
+mezclaríamos en las decisiones del Juez Supremo. Quizá, con motivo de su
+oficio de usted, le envía Dios una prueba, de la misma suerte que envía
+enfermedades y otras desgracias, mientras que usted, en su orgullo...
+
+--¡Pero si nosotras no estamos nada orgullosas de nuestro oficio! No hay
+por qué estarlo...
+
+--...Mientras que usted, en su orgullo, se mezcla en las decisiones del
+Juez Supremo y se atreve a apartarse de la Santa Iglesia Ortodoxa.
+¿Usted conoce los símbolos de la fe?
+
+--No.
+
+--¿Pero cree usted en Nuestro Señor Jesucristo?
+
+--¿No he de creer?
+
+--Pues todo el que cree en Nuestro Señor debe ser considerado cristiano.
+
+El presidente se juzgó en el deber de apoyar al sacerdote:
+
+--Perfectamente--dijo--. ¿Comprende usted? Basta creer en Nuestro Señor
+Jesucristo...
+
+--¡No, no!--repuso firmemente Karaulova--. Puedo creer todo lo que
+quiera; pero con este oficio... Si yo fuera cristiana, no haría las
+cosas que hago. Ni siquiera rezo.
+
+--¡Es verdad!--afirmó su amiga Pustochkina--. No reza nunca. Cuando hace
+poco trajeron a nuestra casa un icono, se marchó para no asistir a la
+ceremonia. Nuestros esfuerzos para retenerla fueron inútiles. ¿Qué se le
+va a hacer? ¡Es así, señores jueces! Ella es la primera víctima de su
+carácter.
+
+--Nuestro Señor Jesucristo--continuó el sacerdote--perdonó a la mujer
+perversa cuando se arrepintió.
+
+--Pero yo no me he arrepentido.
+
+--Ya llegará la hora en que usted se arrepienta.
+
+--No. Quizá cuando me haga vieja o cuando me vaya a morir; pero no se
+trata de eso. No puede tomarse en serio semejante arrepentimiento: peca
+una toda su vida, años y años, y luego, cuando es ya demasiado tarde,
+comienza a arrepentirse... No; en cuanto a eso, sé a qué atenerme.
+
+--Tiene razón--afirmó la joven prostituta Kravchenko, que seguía la
+discusión con un interés sostenido--. ¡Se divertiría, cantaría, bebería,
+recibiría hombres, y luego, de la noche a la mañana, a hacer penitencia!
+No; sería demasiado cómodo. De ese modo, hasta a los mayores pecadores
+les sería fácil convertirse en santos.
+
+El joven abogado la miraba con una atención siempre en aumento.
+Asombrábase de no haber visto hasta entonces a aquellas mujeres y de no
+saber siquiera dónde se encontraba su casa de tolerancia.
+
+El presidente hizo un gesto de desesperación y dijo al sacerdote:
+
+--Perdóneme usted... Tozudez semejante... Dispense que la hayamos
+molestado...
+
+El sacerdote saludó y volvió a su sitio. Sus manos, mientras arreglaban
+la cruz que pendía sobre su pecho, temblaban ligeramente.
+
+--¡Esto es magnífico!--comentó entusiasmado, en voz queda, el artesano
+de los últimos bancos, volviendo a todos lados su rostro, radiante de
+alegría, sonriente.
+
+El acusado, a quien contrariaba el retraso causado por la obstinación
+de Karaulova, la miraba con desprecio.
+
+El tribunal deliberaba.
+
+--Bueno. ¿Qué hacer?--decía en voz baja el presidente, furiosísimo--. Es
+una verdadera imbécil: la arrastran al paraíso y no quiere ir...
+
+--Creo que debían examinarse sus facultades mentales--dijo su vecino de
+la izquierda--. En la Edad Media, los tribunales condenaban a la hoguera
+a mujeres que no tenían nada de brujas, sino que eran simplemente
+histéricas.
+
+--¡Ya comienza usted con sus concepciones patológicas!--repuso el
+presidente--. En ese caso deberíamos comenzar por examinar las
+facultades mentales del adjunto del fiscal. ¡Tenga usted la bondad de
+mirarle!
+
+El adjunto del fiscal, un joven con alto cuello postizo y fino bigote,
+parecido de un modo extraño al acusado, se esforzaba hacía largo rato en
+atraer sobre su persona la atención del tribunal. Se removía en su
+asiento, se alzaba de él, se apoyaba sobre la mesa hasta casi tenderse,
+balanceaba la cabeza, sonreía y, cuando el presidente le dirigía por
+casualidad una mirada, avanzaba todo el cuerpo en dirección al
+magistrado. Era evidente que sabía algo y ardía en deseos de decírselo
+al tribunal.
+
+--¿Usted quiere decir algo, señor fiscal?--le preguntó al fin el
+presidente--. Le suplico que sea breve.
+
+--Permítame usted una pregunta...
+
+Y sin esperar el permiso se puso de pie, y, fijando los ojos en
+Karaulova, le preguntó:
+
+--Diga usted, testigo, ¿cuál es su nombre de pila?
+
+--Grucha.
+
+--Grucha es el diminutivo; pero el verdadero nombre es, si no me engaño,
+Agrafena, ¿no es eso? Es un nombre cristiano. Así, pues, ha sido usted
+bautizada y se le ha puesto tal nombre. Por consiguiente...
+
+--No; al bautizarme me pusieron el nombre de Pelagueia.
+
+--¿Cómo? Si acaba usted de afirmar que la llaman Grucha...
+
+--Sí, me llaman Grucha; mas mi verdadero nombre es Pelagueia.
+
+--¡Cómo! Entonces...
+
+Pero el presidente le interrumpió:
+
+--Sí, señor fiscal, tiene razón: en la lista también figura con el
+nombre de Pelagueia. Puede usted cerciorarse.
+
+--Entonces, no tengo nada más que decir.
+
+Se separó los faldones de la levita, y, lanzando una mirada severa al
+acusado y a su defensor, se sentó.
+
+Karaulova esperaba. La situación se iba haciendo ridícula.
+
+En el público se hablaba del incidente en alta voz, y el ujier,
+levantando amenazadoramente el dedo, trataba de restablecer el silencio
+para mantener incólume el prestigio del tribunal. Mas el regocijo era
+tan desbordante, que se hacía muy poco caso de aquella advertencia.
+
+--¡Silencio!--exclamó el presidente--. Ujier, si alguno habla alto,
+hágale usted salir.
+
+En aquel momento se levantó un miembro del Jurado, un viejo delgado,
+huesudo, con una larga levita negra, y se dirigió al presidente:
+
+--¿Quiere usted permitirme una pregunta?... Karaulova, ¿hace mucho
+tiempo que es usted prostituta?
+
+--Ocho años.
+
+--¿Y qué hacía usted antes?
+
+--Era criada.
+
+--Y, naturalmente, quien la puso a usted en el mal camino fue su amo...
+¿O su hijo quizá?
+
+--No, el amo mismo.
+
+--¿Y cuánto le dio a usted?
+
+--Diez rublos, y, además, un broche de plata y un corte de traje...
+Tenía un gran almacén de telas.
+
+--¿Y por eso se perdió usted para toda la vida?
+
+--¿Qué quiere usted? Yo era joven y tonta.
+
+--¿Tuvo usted hijos?
+
+--Sí, un muchacho.
+
+--¿Qué ha sido de él?
+
+--Murió en un asilo.
+
+--Claro, después no ha tenido usted hijos...
+
+--No.
+
+El viejo, siempre severo, volvió a ocupar su asiento, y, ya sentado,
+dijo:
+
+--Tienes razón: no eres cristiana. Por diez rublos perdiste tu cuerpo y
+tu alma.
+
+--¡Hay viejos que dan más de diez rublos!--replicó, en defensa de
+Karaulova, su amiga Pustochkina--. No hace mucho estuvo en casa un viejo
+muy respetable... como usted...
+
+El público soltó la carcajada.
+
+--¡Cállese usted!--gritó, dirigiéndose a Pustochkina, el presidente--.
+¡No tiene usted derecho a hablar mientras no se le pregunte!
+
+Y viendo que otro miembro del Jurado se levantaba, preguntó:
+
+--¿Usted también quiere hacer una pregunta?
+
+--Sí, con su permiso--dijo, con voz fina, casi infantil, un alto y
+grueso comerciante, formado todo él de esferas y semiesferas: su
+vientre, su pecho, sus mejillas y sus labios eran redondos, abombados.
+
+Y dirigiéndose a Karaulova, continuó:
+
+--Escucha: tú puedes arreglar tus asuntos con Dios como quieras; pero
+aquí, en la tierra, debes cumplir tus deberes. Hoy te niegas a prestar
+juramento so pretexto de que no eres cristiana; quizá mañana cometas un
+robo o envenenes a uno de tus clientes: de mujeres como vosotras puede
+esperarse todo... Haces mal en obstinarte y separarte de nuestra Santa
+Iglesia. Si has pecado, puedes arrepentirte--para eso existen los
+templos--; en modo alguno rechazar tu religión, sin la cual carecerás de
+todo freno y creerás que todo te está permitido.
+
+--Tal vez me haga ladrona o algo peor todavía... Desde el momento en que
+no soy cristiana...
+
+El grueso comerciante sentóse, y dijo a su vecino:
+
+--¡Imposible hacerla entrar en razón! ¡Tiene la cabeza demasiado dura!
+
+Apenas se hubo sentado, el adjunto del fiscal se levantó:
+
+--Permítame usted otra pregunta, señor presidente... Usted ha dicho,
+Karaulova, que su verdadero nombre es Pelagueia. Por consiguiente, se la
+bautizó con tal nombre. Así, pues, es usted cristiana, lo que consta,
+como es natural, en su pasaporte.
+
+El presidente hizo una mueca, y dijo a su colega de la izquierda,
+bajando la voz:
+
+--¡Nos está haciendo perder el tiempo!
+
+Dirigiéndose a Karaulova, preguntó:
+
+--¿Ha comprendido usted? Según sus documentos, es usted cristiana.
+
+--Y, sin embargo, no lo soy.
+
+--Ya ve usted, señor fiscal, no quiere comprender.
+
+El incidente comenzaba a enojarle. La tozudez de aquella mujer turbaba
+el orden, paralizaba todo el mecanismo de la justicia, que solía
+funcionar con mucha regularidad, sin ningún entorpecimiento. Era hasta
+ofensivo; con toda su modestia aparente, su resignación y su humildad,
+aquella mujer parecía, en cierta manera, superior a los jueces, a los
+jurados, al público.
+
+El ruido en la sala aumentaba, y al ujier le costaba mucho trabajo
+restablecer un silencio relativo. El tribunal deliberó en voz baja.
+
+--¡Es inadmisible!--protestó uno de los jueces--. Esto no es ya un
+tribunal, sino más bien una casa de locos. Se diría que es ella quien
+nos está juzgando.
+
+--¡La culpa no es mía!--repuso el presidente--. ¿Qué quiere usted que yo
+le haga? Lo peor es que las otras mujeres están de parte de esta loca.
+Es una verdadera rebelión contra la Iglesia.
+
+En aquel momento, un tercer miembro del Jurado se levantó:
+
+--¿Quiere usted decir algo?--le interrogó el presidente--. Haga el favor
+de darse prisa; ya hemos perdido bastante tiempo.
+
+Era un joven de rostro en extremo inteligente, en demasía inteligente,
+de largos cabellos de poeta y de manos finas. Hablaba con mucho trabajo,
+como si se viera obligado a vencer, a cada palabra, la resistencia
+encarnizada del aire. En su dulce voz se adivinaba el sufrimiento:
+
+--Es muy triste todo esto--dijo a Karaulova--. La comprendo a usted y la
+miro con simpatía. Sin embargo, la idea que tiene usted del cristianismo
+es falsa. El cristianismo es algo de más monta que las virtudes y los
+pecados, los ritos exteriores y las oraciones. El verdadero cristianismo
+consiste en una comunión mística con Dios.
+
+--¡Perdón!--le interrumpió el presidente--. Karaulova, ¿comprende usted
+lo que quiere decir «mística»?
+
+--No.
+
+--Ya lo ve usted, señor miembro del Jurado: no le entiende a usted.
+Tenga la bondad de hablar más sencillamente.
+
+--Bueno. Escúcheme bien, Karaulova: la base del cristianismo es la
+imagen de Cristo. Las virtudes y los pecados no son sino categorías
+pasajeras, emanaciones personificadas de la especie humana, la esfinge
+enigmática, por decirlo así.
+
+--Señor jurado--le interrumpió una vez más el presidente--. Yo tampoco
+comprendo nada. ¿No podría usted encontrar términos más claros?
+
+--Lo siento; pero no me es posible--dijo con tono melancólico el
+jurado--. No se puede hablar de las cosas místicas en términos
+vulgares... ¿No me entiende usted, Karaulova? Hay que estar en comunión
+con Dios.
+
+--Eso es imposible para mí... Cuando se tiene este oficio, no se puede
+estar en comunión con Dios. Ni siquiera me atrevo a encender una
+lamparilla ante el icono de mi cuarto.
+
+Todos estaban fatigados.
+
+--¡Hay que acabar, cueste lo que cueste!--dijo uno de los jueces--. ¡Es
+un escándalo inadmisible!
+
+Pero, luego del jurado, se levantó el defensor.
+
+--¿Aún más?--exclamó el presidente--. ¿Usted también quiere decir algo?
+
+--Puesto que usted ha permitido hablar al señor adjunto del fiscal...
+
+--¿Usted tiene que hablar también?--preguntó con ironía el presidente--.
+Bueno, está usted en su derecho. Pero le suplico que sea lo más breve
+posible.
+
+El abogado, haciendo un ademán elegante con su mano derecha, se volvió
+hacia el Jurado y comenzó:
+
+--Los ejercicios oratorios del señor adjunto del fiscal...
+
+--Señor abogado, no puedo permitir polémicas.
+
+--Bueno, obedezco.
+
+Se volvió de nuevo hacia el Jurado, le contempló con una larga mirada,
+clara y franca, y quedó un instante pensativo, cabizbajo, levantadas
+ambas manos a la altura del pecho, los ojos entornados, las cejas
+fruncidas. Los jurados y el público le miraban con interés, esperando
+algo extraordinario; sólo los jueces, habituados a las maneras oratorias
+de aquel señor, permanecían indiferentes. Después, poco a poco, el
+defensor salió de su estado de postración; cayeron sus manos, abrió
+luego los ojos, levantó la cabeza y, al cabo, pronunció con solemne
+acento:
+
+--¡Señores jurados y señores jueces!
+
+Su voz produjo un efecto extraño: ora murmuraba, bien que de manera
+bastante fuerte para ser oído; ora gritaba, ora hacía una larga pausa,
+fijando los ojos en algún jurado, que, azorándose, no tardaba en volver
+a otro lado los suyos.
+
+--Señores jurados y señores jueces: Acaban ustedes de oír el discurso
+del señor adjunto del fiscal. Estarán, sin duda, de acuerdo conmigo si
+les digo que la presión ilegal e inadmisible que trataba de ejercer el
+señor adjunto del fiscal...
+
+--Señor defensor, no puedo permitirle a usted ultrajar aquí a los
+representantes del poder establecido. Si continúa en ese tono, me veré
+obligado a retirarle la palabra.
+
+El abogado saludó.
+
+--Bueno, obedezco. He querido sólo decir, señores jurados, que la señora
+Karaulova no renunciará a sus convicciones aunque se le amenace con
+hacerla quemar en una hoguera y con todos los horrores de la
+Inquisición, lo que, por fortuna, es imposible en nuestra época. En la
+persona de la señora Karaulova vemos, señores jurados, algo así como el
+reverso de la mártir cristiana. En nombre de Cristo, renuncia a Cristo,
+y diciendo siempre «no», dice, en realidad, «sí».
+
+Se iba arrebatando con su propia elocuencia. En su entusiasmo oratorio,
+hasta sintió un escalofrío, y, con voz conmovida, añadió:
+
+--Sí, es cristiana y voy a probároslo, señores jurados. Las
+declaraciones de las señoras Pustochkina y Kravchenko, así como las
+confesiones de Karaulova misma, nos han trazado, de modo elocuente, el
+camino por donde ha llegado a esta terrible situación. Muchacha
+inexperta, ingenua, que acaba, acaso, de dejar la aldea, con sus
+alegrías sencillas e inocentes, cae en manos de un repugnante sátiro, y
+ve, horrorizada, que ha quedado encinta. Habiendo dado a luz en
+cualquier parte, bajo un cobertizo, un niño...
+
+--Abrevie usted, si le es posible, señor defensor--dijo el presidente--.
+Sabemos desde el principio que Karaulova es una prostituta. Los señores
+jurados no son unos niños y comprenden muy bien, sin que haya que
+explicárselo, cómo se llega a prostituta. Por otra parte, la testigo no
+es una campesina, sino una hija de la ciudad de Vorones.
+
+--Bueno, obedezco, señor presidente; por más que las hijas de las
+ciudades tienen también sus pequeñas alegrías sencillas... El caso es
+que la señora Karaulova lleva en su corazón un ideal de verdadera
+cristiana. Por desgracia, la triste realidad, con los viejos perversos,
+la embriaguez, el desorden y los ultrajes, maltrata y desnaturaliza ese
+ideal. Y en este choque trágico, el corazón de Karaulova se desgarra.
+¡Señores jurados! La veis ahí tranquila, casi sonriente; pero ¿sabéis
+cuántas lágrimas amargas han vertido esos ojos en el silencio de la
+noche, cuántas flechas agudas de remordimientos de conciencia se han
+clavado en ese corazón de mártir? ¿Acaso no querría ella ir a la
+iglesia, como las mujeres honradas, y confesarse con el sacerdote,
+vestida con un traje blanco, símbolo de pureza, y no como mujer
+menospreciada y desdeñada? Tal vez, en sus sueños nocturnos, se vea de
+rodillas en las gradas de piedra del templo, sintiéndose indigna de
+entrar en él y llorando desconsolada. ¡Y pretende que no es cristiana!
+¿Quién, entonces, merece el nombre de cristiano si ella no lo es? Con
+sus lágrimas ha hecho penitencia, como la Magdalena, y sus lágrimas la
+han purificado para siempre, convirtiendo en mártir cristiana a esta
+pecadora.
+
+--¡Nada de eso es verdad!--le interrumpió Karaulova--. No he llorado ni
+hecho penitencia. Y continúo con mi oficio; por tanto, no me he
+arrepentido. ¡Miren ustedes!--Abrió su bolso y sacó el portamonedas,
+tomó dos piezas de a rublo y un poco de plata menuda y se los enseñó al
+abogado y a los jueces---. ¡Miren! Este dinero lo he ganado con mi
+oficio. Este traje también, así como este sombrero y estos pendientes.
+No tengo nada, absolutamente nada que no haya ganado así. Ni mi cuerpo
+me pertenece; está vendido por tres años, quizá por toda la vida, que no
+es mucho decir, puesto que nuestra vida es corta. No, no me hable usted
+de penitencia. No sólo no me arrepiento, sino que no tengo vergüenza ni
+conciencia. Que me digan que me quede en cueros, y me quedaré. Que me
+digan que escupa a la cruz, y escupiré.
+
+Kravchenko empezó de pronto a llorar. Lágrimas abundantes caían sobre su
+pecho, como sobre una ancha bandeja.
+
+--Entre nosotras--continuó Karaulova--no se respeta nada, ni moral, ni
+religión. El otro día me casaron, en broma, con uno de los clientes.
+Toda la ceremonia fue un sacrilegio. Se hizo burla de cuanto se
+considera sagrado... ¡No, no, no hago penitencia! No voy a la iglesia, y
+no sólo no lloro en sus gradas de piedra, como ha dicho el señor
+abogado, sino que hasta evito pasar por delante. No rezo, y ni siquiera
+sé rezar. Ignoro con qué palabras debe una dirigirse a Dios. ¿Y qué
+pedirle? ¿Ganar el reino de los cielos? No creo en él. Aquí abajo, las
+oraciones no dan gran resultado; yo recé en otro tiempo para que mi hijo
+no se separase de mí, y murió en un asilo. Yo pedí, cuando aun era
+joven, muchas cosas a Dios, y mis oraciones no sirvieron de nada. Ya no
+rezo nunca... No, señores, no soy cristiana, y cuanto el señor abogado
+ha dicho es una monserga. ¡Soy Grucha la prostituta, y nada más! Por
+eso, ni puedo ni quiero prestar juramento...
+
+--Señor presidente--dijo, levantándose, el adjunto del fiscal--. En
+vista de que Karaulova ha mencionado aquí casos de sacrilegio, yo
+quisiera, en mi calidad de representante de la autoridad pública, que me
+diese los nombres de quienes cometieron tal acto.
+
+--¡No hubo sacrilegio ninguno!--contestó Karaulova--. Estaban todos
+borrachos. Además, no recuerdo los nombres.
+
+El adjunto del fiscal se sentó, descontento.
+
+--Entonces ¿no prestará usted juramento?--interrogó el presidente a
+Karaulova.
+
+--No.
+
+--¿Y ustedes?--preguntó, dirigiéndose a Kravchenko.
+
+--Nosotras aceptamos.
+
+El tribunal deliberó largamente, hasta invitó al adjunto del fiscal a
+dar su opinión. Al fin, el presidente hizo conocer la decisión tomada:
+
+--En vista de las opiniones no cristianas de Karaulova, el tribunal le
+permite que haga su declaración sin prestar juramento.
+
+Los demás testigos se acercaron al altarcito, ante el cual esperaba el
+sacerdote.
+
+--¡Levantaos!--proclamó en alta voz el ujier.
+
+Todo el mundo en la sala se levantó y volvió la cabeza hacia el
+altarcito.
+
+--¡Levantad la mano!--dijo el sacerdote.
+
+Todos obedecieron.
+
+--¡Repetid lo que voy a decir!
+
+Luego, cambiando de voz, continuó en tono más solemne:
+
+--Me comprometo y juro...
+
+Los testigos repitieron en voces diferentes, y no todos a una:
+
+--Me comprometo y juro...
+
+--Ante Dios Todopoderoso y ante su Santo Evangelio...
+
+--Ante Dios Todopoderoso y ante su Santo Evangelio...
+
+El presidente lanzó un suspiro de satisfacción; al fin, todo estaba
+arreglado, y el mecanismo judicial, después de aquel entorpecimiento,
+funcionaba con regularidad, como es necesario.
+
+Los testigos, excepto Karaulova, fueron alejados de la sala.
+
+--Karaulova--dijo el presidente--. El tribunal le permite a usted no
+prestar juramento; pero no olvide usted que debe decir toda la verdad,
+según su conciencia. ¿Lo promete usted?
+
+--No puedo prometerlo, porque no tengo conciencia.
+
+--¿Y qué quiere usted que hagamos nosotros?--exclamó con desesperación
+el presidente--. Le pedimos que diga la verdad. ¿Comprende usted?
+
+--Diré lo que sepa.
+
+Media hora más tarde, el interrogatorio de los testigos había terminado.
+El mecanismo judicial funcionaba de nuevo regularmente. Las preguntas
+eran seguidas de respuestas. El adjunto del fiscal tomaba notas. El
+reportero dibujaba, con aire grave y atareado, cabezas de mujeres. El
+acusado daba explicaciones detalladas.
+
+--En cuanto al recibo del Monte de Piedad, tengo el honor de declarar al
+tribunal...
+
+--En cuanto a mis visitas a la casa de tolerancia, donde, según la
+acusación, gasté sumas muy fuertes, sólo estuve en ella cuatro veces: el
+21 de diciembre, el 7 de enero, el 25 de enero y el 1 de febrero. Las
+tres primeras veces todos mis gastos fueron pagados por mi camarada
+Protasov; la cuarta vez pagué una suma insignificante, lo que puedo
+probar con la cuenta del ama...
+
+La sala hallábase bien alumbrada, y se estaba allí a gusto. Fuera caía,
+en gruesos copos, la nieve. La justicia seguía su curso como una máquina
+perfecta.
+
+
+
+
+BEN-TOVIT
+
+
+El día terrible en que se realizó la mayor injusticia del mundo, en que
+se crucificó en el Gólgota, entre dos bandidos, a Cristo, ese mismo día,
+el comerciante de Jerusalén Ben-Tovit tenía, desde por la mañana, un
+dolor horrible de muelas.
+
+Le había comenzado la víspera, al anochecer. Ben-Tovit experimentó en el
+lado derecho de la mandíbula, en la muela contigua a la del juicio, una
+sensación singular, como si se le hubiera elevado un poco sobre las
+otras; cuando la rozaba con la lengua, sentía un ligero dolor. Pero
+después de comer, la molestia pasó, Ben-Tovit la olvidó y acabó de
+tranquilizarse con el cambio de su viejo asno por otro joven y vigoroso,
+negocio que le puso de buen humor.
+
+Durmió con un sueño profundo; pero, al amanecer, algo vino a turbar su
+sueño. Se diría que alguien llamaba a Ben-Tovit para algún grave asunto.
+No pudiendo ya resistir aquella inquietud, se despertó y se dio cuenta
+al punto de que tenía dolor de muelas. Entonces era un dolor franco y
+claro, muy violento, un dolor agudo e insoportable. Y no se podía ya
+comprender si lo que le dolía era la muela de la tarde anterior o las
+demás contiguas a ella. Toda la boca y toda la cabeza le dolían, como si
+estuviese mascando millares de clavos ardiendo. Se enjuagó la boca con
+un poco de agua del cántaro; durante unos momentos el dolor se aplacó, y
+Ben-Tovit experimentó una ligera tirantez en las muelas. Dicha
+sensación, comparada con el dolor de hacía un instante, era incluso
+agradable. Ben-Tovit se acostó otra vez, se acordó de su nuevo asno y
+pensó que sería del todo feliz a no ser por el dolor de muelas. Trató de
+volver a dormirse. Pero cinco minutos después el dolor comenzó de nuevo,
+más cruel que antes. Ben-Tovit se sentó en la cama y empezó a balancear
+el cuerpo acompasadamente. Su rostro adquirió una expresión de
+sufrimiento, y en su gran nariz, que había palidecido, apareció una gota
+de sudor frío.
+
+Así, balanceándose y gimiendo lastimeramente, permaneció hasta la salida
+del sol--de aquel sol que estaba predestinado a ver el Gólgota con sus
+tres cruces y a eclipsarse de horror y de tristeza.
+
+Ben-Tovit era un buen hombre, a quien repugnaba la injusticia; pero
+cuando su mujer se levantó, le dijo mil cosas desatentas, lamentándose
+de que le hubiera dejado solo y no hubiera hecho ningún caso de sus
+terribles sufrimientos.
+
+La mujer no se incomodó por estos reproches injustos; no ignoraba que
+era el dolor, y en modo alguno la maldad, lo que hacía hablar así a su
+marido. Le auxilió, solícita, con no pocos remedios: una cataplasma, en
+la mejilla, de estiércol seco y pulverizado; una infusión muy fuerte de
+aguardiente y huesos de escorpión; un pedazo de la piedra en que estaban
+escritos los diez mandamientos, y que Moisés rompió en su cólera.
+
+El estiércol aplacó un poco el dolor de Ben-Tovit, pero por breve
+tiempo. Los otros remedios produjeron el mismo efecto y, siempre tras un
+corto alivio, el dolor volvía a empezar con redoblada fuerza. Durante
+los escasos momentos de tregua, Ben-Tovit procuraba olvidarlo
+completamente, poniendo el pensamiento en su nuevo asno; pero cuando se
+hacía sentir otra vez, empezaba a gemir, a insultar a su mujer y a decir
+que se iba a romper la cabeza contra la pared.
+
+Sin cesar iba y venía por el terrado de su casa, sin acercarse demasiado
+a la barandilla, para que los transeúntes no le vieran con la cabeza
+envuelta en un pañuelo, como una mujer. Con frecuencia, sus hijos
+acudían junto a él y referían, interrumpiéndose, algo relativo a Jesús
+Nazareno. Ben-Tovit se detenía entonces un instante para escucharlos;
+pero ponía luego cara de pocos amigos, hería iracundo el suelo con el
+pie y echaba a los niños; aunque era un hombre de buen corazón y aunque
+amaba a sus hijos, se enojaba con ellos, lleno de fastidio, al oír
+aquellas naderías. Le enfadaba también que la calle y los terrados de
+las casas vecinas estuvieran llenos de gente que no hacía nada y le
+miraba con curiosidad pasearse con la cabeza envuelta en un pañuelo,
+como una mujer. Quería ya bajar, cuando su mujer le dijo:
+
+--Mira, conducen a los bandidos; quizá eso te distraiga.
+
+--¡Déjame en paz!--respondió colérico Ben-Tovit--. ¿No ves lo que sufro?
+
+Pero había en la proposición de su mujer algo como una promesa vaga de
+que el dolor de muelas se le aplacaría si miraba a los bandidos, y se
+acercó a la barandilla. La cabeza inclinada a un lado, un ojo cerrado,
+la mano en la mejilla, miró hacia abajo.
+
+A lo largo de la estrecha calle empinada marchaba, en completo desorden,
+una multitud enorme, levantando gran polvareda. Se oían gritos,
+centenares de voces mezcladas. En medio de la multitud, encorvados bajo
+el peso de las cruces, avanzaban los condenados. Por encima de sus
+cabezas, semejantes a serpientes negras, chasqueaban los látigos de los
+soldados romanos. Uno de los condenados--el que tenía largos cabellos
+rubios y llevaba las vestiduras rotas y ensangrentadas--tropezó en una
+piedra que le habían tirado y cayó.
+
+Redobló sus gritos la multitud, que parecía un mar agitado cubriendo con
+sus olas la superficie de un islote.
+
+Ben-Tovit, de repente, sintió tal dolor, que se estremeció, como si
+alguien le hubiera horadado la muela con una aguja. Lanzó un gemido
+lastimero y se apartó de la barandilla, encolerizadísimo, importándole
+un bledo cuanto sucedía en la calle.
+
+--¡Dios mío, cómo gritan!--gruñó, imaginándose las bocas muy abiertas,
+con las muelas no atormentadas por el dolor.
+
+A no ser por el que le hacía ver las estrellas, hubiera podido gritar
+como los demás, quizá más fuerte aún. Al pensar en esto, se hizo más
+cruel su sufrimiento, y Ben-Tovit empezó a balancear furiosamente la
+cabeza y a lanzar gritos.
+
+--Cuentan que curaba a los ciegos--dijo su mujer, que no se apartaba de
+la barandilla ni dejaba de mirar abajo.
+
+Y tiró una piedrecita al sitio por donde pasaba Jesús, que avanzaba
+lentamente, medio muerto ya a latigazos.
+
+--¡Tonterías!--respondió Ben-Tovit con acento burlón--. ¡Si posee, en
+efecto, el don de curar, que me cure a mí el dolor de muelas!
+
+Y tras un corto silencio añadió:
+
+--¡Dios mío, qué polvareda han levantado! ¡Ni que fueran un rebaño!
+Debían de echarlos a palos. ¡Llévame abajo, Sara!
+
+Su mujer tenía razón. El espectáculo le había distraído un poco, o quizá
+el estiércol pulverizado le había aliviado. El caso es que no tardó en
+dormirse. Cuando se despertó, el dolor había desaparecido casi por
+completo; sólo el lado derecho de la mandíbula parecía ligeramente
+hinchado; tan ligeramente, que apenas se notaba. Al menos, así lo
+aseguraba su mujer. Ben-Tovit, escuchándola, sonreía maliciosamente;
+bien sabía que a su mujer, por su bondad de corazón, le gustaba decir
+cosas agradables.
+
+Un rato después llegó su vecino, el peletero Samuel. Ben-Tovit le enseñó
+su nuevo asno, y, lleno de orgullo, escuchó los plácemes de Samuel a
+propósito del cuadrúpedo.
+
+Después, a ruegos de Sara, que era muy curiosa, se dirigieron los tres
+al Gólgota, a ver a los crucificados. Por el camino, Ben-Tovit refirió a
+Samuel, sin omitir detalles, cómo había tenido dolor de muelas, cómo
+sintió al principio la molestia en el lado derecho de la mandíbula, cómo
+se había despertado al amanecer, atacado, súbitamente, de un dolor
+insoportable. Para dar una idea más exacta de sus sufrimientos, hacía
+muecas, cerraba los ojos, balanceaba la cabeza y gemía. Su vecino
+asentía compasivamente, acariciando su larga barba blanca, y decía:
+
+--¡Dios mío! ¡Es terrible!
+
+A Ben-Tovit le complacía observar que Samuel apreciaba toda la
+intensidad de sus sufrimientos recientes. Refirió por segunda vez cuanto
+le había sucedido. Después recordó que hacía ya mucho tiempo había
+tenido un dolor de muelas, pero en el lado izquierdo de la mandíbula
+inferior.
+
+Así, en conversación animada, subieron al Gólgota. El sol, condenado a
+alumbrar el mundo durante aquel día terrible, se había ya ocultado tras
+las colinas lejanas. En el firmamento, hacia el Oeste, llameaba,
+semejante a un rastro de sangre, una ancha banda roja. Sobre el fondo
+del cielo se destacaban vagamente las cruces. Al pie de la de en medio
+podían distinguirse siluetas humanas prosternadas.
+
+La multitud se había ido hacía tiempo. Comenzaba a sentirse frío.
+
+Después de dirigir una mirada distraída a los crucificados, Ben-Tovit
+cogió a Samuel del brazo, y los tres se encaminaron a la casa. Ben-Tovit
+experimentaba un deseo violento de seguir hablando, y comenzó de nuevo a
+hablar del dolor que había tenido. Así, charlando, caminaban Gólgota
+abajo. Ben-Tovit, animado por las exclamaciones de compasión que
+profería de vez en cuando su vecino, daba a su rostro una expresión de
+sufrimiento, cerraba los ojos, balanceaba la cabeza, gemía, mientras de
+las profundas simas de la montaña y de las llanuras lejanas ascendía la
+obscura noche, que parecía deseosa de ocultar al cielo el gran crimen
+que se acababa de cometer sobre la tierra.
+
+
+
+
+UN HOMBRE ORIGINAL
+
+
+Un corto silencio reinó entre los comensales, y en medio del murmullo de
+las conversaciones, alrededor de las mesas lejanas y del ruido ahogado
+de los pasos de los criados, que traían y llevaban los platos, alguien
+declaró con voz dulce y tranquila:
+
+--¡A mi me encantan las negras!
+
+Antón Ivanich, el subjefe de la oficina, por poco si deja caer la copa
+de _vodka_ que se llevaba a los labios; un criado dirigió al que había
+pronunciado tales palabras una mirada de asombro; todos volvieron la
+cabeza para ver quién había dicho aquella cosa extraña. Y todo el mundo
+vio la carita con bigotito rojo, los ojillos opacos y la cabecita
+cuidadosamente peinada de Semen Vasilievich Kotelnikov.
+
+Durante cinco años habían trabajado con él en la oficina; todos los días
+le daban la mano al llegar y al marcharse; todos los días le hablaban;
+todos los meses, después de cobrar, comían con él, como aquel día, en un
+restorán, y, no obstante, se les antojaba que aquel día lo veían por
+primera vez. Lo vieron y se llenaron de extrañeza. Observaron que no era
+feo del todo, a pesar de su absurdo bigote y sus pecas, semejantes a
+las salpicaduras de barro lanzadas por un automóvil. Observaron también
+que no vestía mal y que llevaba un cuello muy limpio.
+
+El subjefe, después de fijar largamente su mirada de asombro en
+Kotelnikov, dijo:
+
+--Pero Semen...
+
+--¡Semen Vasilievich!--pronunció con cierta dignidad, Kotelnikov.
+
+--Pero Semen Vasilievich, ¿le gustan a usted las negras?
+
+--Sí, me gustan mucho.
+
+El subjefe miró con ojos de pasmo a todos los empleados sentados a la
+mesa, y soltó la carcajada:
+
+--¡Ja, ja, ja! ¡Le gustan las negras! ¡Ja, ja, ja!
+
+Y todos se echaron a reír, incluso el grueso y enfermizo Polsikov, que
+no se reía nunca. El mismo Kotelnikov se rió, un poco confuso, y
+enrojeció de gusto; pero al mismo tiempo le asaltó un ligero temor: el
+de que aquello le causase disgustos.
+
+--¿Lo dice usted seriamente?--preguntó el subjefe cuando acabó de
+reírse.
+
+--¡Y tan seriamente! Hay en las mujeres negras un gran ardor y algo...
+exótico.
+
+--¿Exótico?
+
+Se echaron de nuevo a reír; pero al mismo tiempo todos pensaron que
+Kotelnikov era seguramente un hombre listo e instruido, cuando conocía
+una palabra tan extraña: «exótico». Luego empezaron a discutir,
+asegurando que no era posible que gustasen las negras; además de ser
+negras, tenían la piel como cubierta de barniz, y los labios gruesos, y
+olían mal.
+
+--¡Y, sin embargo, me gustan!--insistió modestamente Kotelnikov.
+
+--¡Allá usted!--dijo el subjefe--. Yo, por mi parte, detesto a esas
+bestias color de betún.
+
+Todos sintieron una especie de satisfacción al pensar que había entre
+ellos un hombre tan original que se pirraba por las negras. Con este
+motivo, los comensales de Kotelnikov pidieron seis botellas más de
+cerveza. Miraban con cierto desprecio a las otras mesas, en las que no
+había un hombre de tanta originalidad.
+
+Las conversaciones terminaron. Kotelnikov estaba orgullosísimo de su
+papel. Ya no encendía él sus cigarrillos, sino que esperaba a que el
+criado se los encendiese.
+
+Cuando las botellas de cerveza estuvieron vacías, se pidieron otras
+seis. El grueso Polsikov dijo a Kotelnikov en tono de reproche:
+
+--¿Por qué no nos tuteamos? Ya que desde hace tantos años trabajamos
+juntos...
+
+--¡No tengo inconveniente! ¡Con mucho gusto!--aceptó Kotelnikov.
+
+Tan pronto se entregaba de lleno a la alegría de verse, al fin,
+comprendido y admirado, como sentía el vago temor de que le pegasen.
+
+Después de beber «Brudeschaft»--Hermandad--con Polsikov, bebió con
+Troitzky, Novoselov y otros camaradas; cambiaba besos con todos y los
+miraba con ojos amorosos y tiernos.
+
+El subjefe no bebió «Brudeschaft» con él, pero le dijo amistosamente:
+
+--Venga usted por casa alguna vez. Mis hijas verán con curiosidad a un
+hombre a quien le gustan las negras.
+
+Kotelnikov saludó, y aunque se tambaleaba un poco a causa de la cerveza,
+todos convinieron en que era muy _chic_.
+
+Después de irse el subjefe, bebieron más, y todos juntos salieron a la
+calle, tropezando con los transeúntes. Kotelnikov marchaba en medio de
+sus camaradas, sostenido por Polsikov y Troitzky.
+
+--No, muchacho--decía--; no puedes comprenderlo. En las negras hay algo
+exótico.
+
+--Tonterías--contestaba severamente Polsikov--. No sé lo que puede
+encontrarse en ella. Del color del betún...
+
+--No, amigo; careces de gusto. La negra es una cosa...
+
+Hasta entonces no había pensado nunca en las negras, y no acertaba a dar
+con la definición justa.
+
+--¡Tienen temperamento!
+
+Pero Polsikov no se dejaba convencer y seguía discutiendo.
+
+--¡Haces mal en discutir!--le dijo Troitzky--. Nuestro amigo Kotelnikov
+tendrá sus razones. Además, sobre gustos no hay nada escrito.
+
+Y dirigiéndose a Kotelnikov, añadió:
+
+--¡No hagas caso, Semen! Sigue pirrándote por tus negras. Estoy tan
+contento, que tengo ganas de armar un escándalo.
+
+--A pesar de todo, no lo comprendo--insistía Polsikov--. Del color del
+betún... Para mí, ni siquiera son mujeres.
+
+--¡No, amigo, te engañas!--insistía a su vez Kotelnikov--. Porque, mira,
+hay algo en las negras...
+
+Iban tambaleándose un poco, ligeramente borrachos, hablando en alta voz,
+tropezando con la gente y muy satisfechos de sí mismos.
+
+Una semana después, todo el departamento sabía ya que al empleado
+público Kotelnikov le gustaban mucho las negras. Algunas semanas más
+tarde, este hecho era ya conocido por los porteros de todo el barrio,
+por los solicitantes que acudían a la oficina, hasta por el agente de
+policía de servicio en la esquina de la calle. Las señoritas
+mecanógrafas de las secciones vecinas se asomaban un instante a la
+puerta para ver al hombre original a quien le gustaban las negras.
+Kotelnikov recibía estas muestras de atención con su modestia habitual.
+
+Un día se decidió a hacer una visita a su subjefe; mientras tomaba te
+con confitura de cerezas, hablaba de las negras y de algo exótico que
+había en ellas. Las muchachas menores parecían un poco confusas; pero la
+mayor, Nastenka, que gustaba de leer novelas, estaba visiblemente
+intrigada e insistía en que Kotelnikov le explicase las verdaderas
+razones de su afición a las negras.
+
+--¿Por qué justamente las negras?--preguntábale.
+
+Todos estaban contentos, y cuando Kotelnikov se fue, hablaron de él con
+afecto. Nastenka llegó a declarar que era víctima de una pasión
+enfermiza. Lo cierto era que a ella le había caído en gracia. Nastenka
+también le causó cierta impresión a Kotelnikov; pero él, como hombre a
+quien sólo le gustaban las negras, creyó de su deber ocultar su
+inclinación hacia la muchacha, y, sin dejar de ser cortés, manifestose
+con ella un poco reservado.
+
+Al volver a casa por la noche, se puso a pensar en las negras, en su
+cuerpo color de betún, cubierto de sebo, y le parecieron repulsivas. Al
+imaginarse que abrazaba a una, sintió náuseas y le dieron ganas de
+llorar y de escribirle a su madre, residente en provincias, que acudiera
+inmediatamente como si un grave peligro le amenazase. Al cabo logró
+dominarse. Cuando a la mañana siguiente llegó a la oficina, bien peinado
+y vestido, con una corbata encarnada y cierta cara de misterio, no cabía
+duda de que a aquel hombre le encantaban las negras.
+
+Poco tiempo después, el subjefe, que manifestaba un gran interés por
+Kotelnikov, le presentó a un revistero de teatros. Este, a su vez, le
+condujo a un café cantante y le presentó al director, el señor Jacobo
+Duclot.
+
+--Este señor--dijo el revistero al director, haciendo avanzar a
+Kotelnikov--adora a las negras. Nada más que a las negras; las demás
+mujeres le repugnan. ¡Un original de primer orden! Me alegraría mucho si
+usted, Jacobo Ivanich, pudiera serle útil; es muy interesante, y tales
+tendencias... ¿comprende usted?... hay que alentarlas.
+
+Dio unos golpecitos amistosos en la angosta espalda de Kotelnikov. El
+director, un francés de bigote negro y belicoso, miró al cielo como
+buscando una solución, y con un gesto decidido, exclamó:
+
+--¡Perfectamente! Ya que le gustan a usted las negras, quedará
+satisfecho: tengo precisamente en mi _troupe_ tres hermosas negras.
+
+Kotelnikov palideció ligeramente, lo que no advirtió el director,
+absorto en sus cavilaciones sobre el café cantante.
+
+--Tiene usted que darle un billete gratuito para toda la temporada.
+
+El director consintió.
+
+A partir de aquella misma tarde, Kotelnikov empezó a hacerle la corte a
+una negra, miss Korrayt, que tenía lo blanco de los ojos del tamaño de
+un plato y la pupila no más grande que una olivita. Cuando, poniendo tal
+máquina en movimiento, jugaba ella los ojos con coquetería, Kotelnikov
+sentía recorrer su cuerpo un frío mortal y flaquear sus piernas. En
+aquellos momentos experimentaba un gran deseo de abandonar la capital e
+irse a ver a su pobre madre.
+
+Miss Korrayt no sabía palabra de ruso; pero, por fortuna, no faltaron
+intérpretes voluntarios que se encargaron gustosísimos de la delicada
+misión de traducir los cumplimientos entusiásticos que la negra dirigía
+a Kotelnikov.
+
+--Dice que no ha visto en su vida a un _gentlemán_ tan guapo y
+simpático. ¿No es eso, miss Korrayt?
+
+Ella agitaba la cabeza afirmativamente, enseñaba su dentadura, parecida
+al teclado de un piano, y volvía a todos lados los platos de sus ojos.
+Kotelnikov movía también la cabeza, saludando, y balbuceaba:
+
+--Hagan el favor de decirle que en las negras hay algo exótico.
+
+Y todos estaban tan contentos.
+
+Cuando Kotelnikov besó por primera vez la mano a miss Korrayt, la
+emocionante escena tuvo por testigos a todos los artistas y a no pocos
+espectadores. Un viejo comerciante, incluso lloró de entusiasmo en un
+acceso de sentimientos patrióticos. Después se bebió champaña.
+Kotelnikov tuvo palpitaciones, guardó cama durante dos días y muchas
+veces empezó a escribirle a su madre: «Querida mamá»--escribía--y su
+debilidad le impedía siempre terminar la carta.
+
+A los tres días, cuando llegó a la oficina, le dijeron que su excelencia
+el director quería verle.
+
+Se arregló con un cepillo el pelo y el bigote, y, lleno de terror, entró
+en el gabinete de su excelencia.
+
+--¿Es verdad que a usted... que a usted...?
+
+El director buscaba palabras.
+
+--...¿Que a usted le gustan las negras?
+
+--¡Sí, excelentísimo señor!
+
+El director miró con ojos asombrados a Kotelnikov, y preguntó:
+
+--Pero vamos... ¿por qué le gustan a usted?
+
+--¡Ni yo mismo lo sé, excelentísimo señor!
+
+Kotelnikov sintió de pronto que el valor le abandonaba.
+
+--¿Cómo? ¿No lo sabe usted? ¿Quién va a saberlo, pues? Pero no se turbe
+usted, joven. Sea franco. Me place ver en mis subordinados cierto
+espíritu de independencia... naturalmente, si no traspasa ciertos
+límites definidos por la ley. Bueno, dígame francamente, como si hablase
+usted con su padre, por qué le gustan las negras.
+
+--¡Hay en ellas algo exótico, excelentísimo señor!
+
+Aquella noche, en el Club Inglés, jugando a la baraja con otras personas
+importantes, su excelencia dijo entre dos bazas:
+
+--Tengo en mi departamento un empleado a quien le gustan las negras.
+Pásmense ustedes. ¡Un simple escribiente!
+
+Sus compañeros de juego eran también excelencias, directores de
+departamento, y experimentaron al oírle un poco de envidia; cada uno de
+ellos tenía también a sus órdenes un ejército de empleados; pero eran
+todos hombres grises, opacos, sin ninguna originalidad, vulgares.
+
+--Y yo, pásmense ustedes--dijo una de las excelencias--, tengo un
+empleado con un lado de la barba negro y el otro rojo.
+
+Esperaba así tomar revancha; pero todos comprendieron que una barba, no
+ya como aquélla, sino policroma, no tenía importancia comparada con una
+pasión extravulgar por las negras.
+
+--¡Afirma ese hombre original que hay en las negras algo
+exótico!--añadió su excelencia.
+
+Poco a poco, la popularidad de Kotelnikov en los círculos burocráticos
+de la capital llegó a ser muy grande. Como sucede siempre, quisieron
+imitarle; mas sus imitadores sufrieron fracasos lamentables. Uno de
+ellos, un viejo escribiente que contaba veintiocho años de servicio y
+sostenía una numerosa familia, declaró de repente que sabía ladrar como
+un perro, y no tuvo ningún éxito. Otro empleado, muy joven aún, simuló
+estar perdidamente enamorado de la mujer del embajador chino; durante
+algún tiempo logró atraer sobre él la atención y aun la compasión; pero
+la gente experimentada no tardó en comprender que aquello no era sino
+una imitación miserable de una auténtica originalidad, y todos le
+volvieron con desprecio la espalda.
+
+Hubo otras muchas tentativas de la misma índole. En general, notábase
+entre los empleados públicos cierta inquietud de ánimo, que se traducía
+en esfuerzos por ser original.
+
+Un joven de buena familia, no logrando encontrar medio de ser original,
+acabó por decirle a su jefe una porción de groserías, y, naturalmente,
+tuvo que abandonar al punto su empleo.
+
+Kotelnikov se creó muchos enemigos. Afirmaban insidiosamente que estaba
+en ayunas en lo atañedero a las negras. Sin embargo, no mucho después,
+un periódico publicó una interviú con él, en la que Kotelnikov declaraba
+francamente que le gustaban las negras porque había en ellas algo
+exótico.
+
+A partir de aquel día, su estrella comenzó a brillar con más fulgor aún.
+A la sazón visitaba frecuentemente a la familia de su subjefe, que le
+recibía con los brazos abiertos. Nastenka lloraba a veces pensando en el
+terrible destino reservado a aquel aficionado a las negras. Kotelnikov,
+sentado a la mesa, sentía sobre él las miradas de piedad de toda la
+familia y se esforzaba en dar a su rostro una expresión melancólica y al
+mismo tiempo exótica. Todos estaban muy satisfechos de que un hombre tan
+original frecuentara la casa, en calidad de buen amigo; todos, incluso
+la abuela sorda que lavaba los platos en la cocina.
+
+El hombre original se retiraba tarde a casa y lloraba desconsolado,
+porque amaba a Nastenka con toda su alma y no podía ver a miss Korrayt.
+
+Hacia las Pascuas se corrió la voz de que Kotelnikov se casaba con miss
+Korrayt, la cual, con tal motivo, se convertía a la religión ortodoxa y
+abandonaba el café cantante del señor Jacobo Duclot. Según los mismos
+rumores, el propio director había consentido en ser el padrino del joven
+esposo.
+
+Los compañeros, los solicitantes y los porteros felicitaban a
+Kotelnikov, que les daba las gracias y saludaba con la muerte en el
+alma.
+
+La velada anterior a su boda la pasó en casa del subjefe. Le recibieron
+como a un héroe, y todos parecían muy contentos, excepto Nastenka, que
+se iba a su cuarto de vez en cuando a llorar a sus anchas, y que, para
+ocultar las huellas del llanto, se ponía tantos polvos que se
+desprendían de su faz en tanta abundancia como la harina de una piedra
+de molino.
+
+Durante la cena todos felicitaban al novio y brindaban en honor suyo. El
+propio subjefe, que se había excedido un poco en la bebida, le dirigió
+una pregunta algo turbadora:
+
+--¿Podría usted decirme de qué color serán los niños?
+
+--¡Serán a rayas!--observó Polsikov.
+
+--¿Cómo a rayas?--exclamaron, asombrados, los asistentes.
+
+--Muy sencillo: una raya blanca, otra negra; una raya blanca, otra
+negra... Como las cebras--explicó Polsikov, a quien le inspiraba gran
+lástima su desgraciado amigo.
+
+--¡No, no es posible!--exclamó Kotelnikov, poniéndose muy pálido.
+
+Nastenka no podía ya contener las lágrimas, y, sollozando, huyó a su
+cuarto, llenando de emoción a los asistentes.
+
+Durante dos años, Kotelnikov pareció el hombre más feliz de la tierra, y
+daba gusto verle. Hasta fue recibido un día con su mujer por el propio
+director. Cuando llegó a ser padre de un hijo se le dio, a modo de
+subsidio, una suma bastante crecida, y se le ascendió.
+
+El hijo no era a rayas. Tenía un tinte ligeramente gris, más bien color
+de oliva. Kotelnikov decía a todos que estaba encantado con su mujer y
+con su hijo; pero nunca se daba prisa en volver a casa, y, cuando
+volvía, se detenía largo rato ante la puerta. Cuando su mujer salía a
+abrirle y le enseñaba su dentadura, semejante al teclado de un piano, y
+lo blanco de sus ojos, grande como un plato, cuando se estrechaba contra
+él, el pobre experimentaba una repulsión invencible y pensaba, con un
+dolor cruel, en los seres dichosos que tenían mujeres blancas y niños
+blancos.
+
+--¡Querida mía!--decía.
+
+Y a instancias de su mujer se dirigía a la habitación donde estaba su
+hijo. No podía ver a aquel niño de labios gruesos, gris como el asfalto;
+pero lo cogía en brazos y procuraba simular que se le caía la baba,
+combatiendo con gran trabajo la tentación de tirarlo al suelo.
+
+Tras no pocas vacilaciones, escribió a su madre noticiándole su
+matrimonio, y, con gran asombro, recibió una respuesta alegre. También
+ella estaba satisfecha de que su hijo fuera un hombre tan original y de
+que el propio director hubiera sido su padrino.
+
+A los dos años de su boda, Kotelnikov murió del tifus. Momentos antes de
+morir hizo llamar al sacerdote. El cual, al ver a su mujer, acarició su
+espesa barba y lanzó un profundo suspiro. El también sentía cierta
+admiración por Kotelnikov, con motivo de su originalidad. Cuando se
+inclinó sobre el moribundo, éste, haciendo acopio de todas sus fuerzas,
+exclamó:
+
+--¡Aborrezco a ese diablo negro!
+
+Sin embargo, un minuto después, como se acordase de su excelencia, del
+subsidio que le habían dado, de su subjefe, de Nastenka, y viese a su
+mujer llorar, añadió, con voz dulce:
+
+--Me encantan las negras... Hay en ellas algo exótico.
+
+Procuró iluminar su rostro con una sonrisa feliz, y con la sonrisa en
+los labios se fue al otro mundo.
+
+La tierra le acogió indiferente, sin preguntarle si le gustaban o no le
+gustaban las negras, y mezcló sus huesos con los de otros muertos. Pero
+en los círculos burocráticos se habló todavía mucho tiempo de aquel
+hombre original, a quien volvían loco las negras y que encontraba en
+ellas algo exótico.
+
+
+
+
+¡NO HAY PERDÓN!
+
+
+Una estudianta. Muy joven, casi una niña. La nariz fina, linda, no
+formada aún completamente, como la de los niños, un poco arremangada;
+los labios también son infantiles, y parece que exhalan olor a bombones
+de chocolate. Los cabellos son tan abundantes y sedosos, cubren su
+cabeza de una manera tan graciosa, que al mirarlos se piensa sin querer
+en mil cosas amables: en el cielo azul sin nubes, en las canciones
+primaverales de los pajarillos, en el florecer de las lilas. Se piensa
+también, al admirar esta bella cabeza de muchacha, en los manzanos
+florecientes, bajo los que se busca sombra en un medio día de verano, y
+que dejan caer sobre el sombrero, sobre los hombros y sobre los brazos
+pétalos delicados color de nieve y rosa.
+
+Los ojos eran también juveniles, claros, tranquilos e ingenuos; pero
+examinándola de cerca se podían advertir en su rostro sombras ligeras de
+cansancio, indicios de alimentación insuficiente, de noches de insomnio,
+de largas veladas en cuartos pequeños y llenos de humo, donde se pasan
+las horas en discusiones interminables. Se pensaba también que sus
+mejillas habían conocido las lágrimas; lágrimas dolorosas y amargas.
+Había algo de nervioso y de inquietante en sus movimientos: el rostro
+era alegre y sonreía; pero el piececito, calzado con un chanclo
+deteriorado y sucio de barro, hería nerviosamente el suelo, como si
+quisiera acelerar la marcha del tranvía, que avanzaba muy despacio. Nada
+de esto se le había escapado a Mitrofan Vasilich Krilov, que poseía el
+don de la observación. Iba de pie en la plataforma del tranvía, frente a
+la muchacha. Por entretenerse, la contemplaba, un poco distraída y
+fríamente, como una fórmula algebraica sencilla y muy conocida que se
+destacase en la negrura del encerado. En los primeros momentos, la
+contemplación le divirtió, como a cuantos miraban a la muchacha; pero
+eso duró poco, y no tardó en caer de nuevo en su mal humor. No tenía
+motivos para estar contento. Al contrario. Volvía del liceo, donde era
+profesor, cansado, con el estómago vacío; el tranvía estaba repleto, y
+no había posibilidad de sentarse y leer el periódico. El tiempo era
+también execrable en aquel terrible mes de noviembre; la ciudad era fea
+y le disgustaba, así como toda aquella vida, que no valía más que el
+billete, desgarrado por un extremo, que llevaba en la mano. Todos los
+días hacía igual viaje: de su casa al liceo y del liceo a su casa. Podía
+contar los días por el número de billetes. Su vida era a modo de una
+larga cinta de billetes de tranvía, de la que se arrancaba uno cada
+veinticuatro horas.
+
+No tardó en cansarse de contemplar a la muchacha, y la hubiera olvidado
+sin dificultad; pero se hallaba frente a él, y no podía menos de
+mirarla de vez en cuando.
+
+«Ha venido hace muy poco de la provincia--pensaba severamente--. ¿A qué
+diablos vienen aquí? Yo, por ejemplo, abandonaría con mucho gusto esta
+maldita ciudad y me iría a cualquier rincón. Naturalmente, ella se pirra
+por las conversaciones, por las discusiones; tiene sus ideas políticas y
+sociales. No estaría de más que se cuidase un poco del arreglo de su
+persona; mas no tiene tiempo de ocuparse en cosas tan mezquinas: ¡debe
+salvar a la humanidad! Es lástima, sobre todo siendo tan bonita.»
+
+La muchacha advirtió las miradas severas de Krilov, y se turbó. Se turbó
+de tal modo, que la sonrisa desapareció de su rostro y fue reemplazada
+por una expresión de miedo infantil, mientras su mano izquierda, con un
+movimiento instintivo, se dirigía hacia su pecho, como si llevase algo
+escondido en el corsé.
+
+«¡Tiene gracia!--se dijo Krilov, volviendo a otro lado los ojos y
+tratando de dar a su rostro una expresión de indiferencia--. Le dan
+miedo mis gafas azules; todas estas muchachas están seguras de que un
+hombre con gafas azules es un espía... Lleva probablemente proclamas
+escondidas en el corsé. En otro tiempo, las muchachas escondían cartas
+amorosas; ahora son proclamas y boletines revolucionarios lo que
+esconden. ¡Boletines! ¡Qué palabra más estúpida!»
+
+Dirigió de nuevo, a hurtadillas, una mirada a la muchacha, y volvió en
+seguida los ojos. Ella le miraba, como mira un pájaro a una serpiente
+que se acerca, y apretaba la mano contra su costado izquierdo. Krilov se
+incomodó.
+
+«¡Qué estúpida es! Me toma por un espía, a causa de mis gafas azules. No
+comprende que un hombre puede llevar gafas azules por estar enfermo de
+la vista. Es tan cándida, que se hace traición. ¡Y pensar que pretende
+salvar a la humanidad! ¡Necesita aún una niñera esta revolucionaria! No
+estamos en sazón todavía para la revolución. En vez de Lasalles, entre
+nosotros, se dedican los chiquillos a la política. ¡No sabe aún resolver
+un sencillo problema aritmético, y habla, sin duda, con aplomo, de
+cuestiones políticas, sociales, financieras! No estaría de más asustarla
+un poco; sería una buena lección para ella.»
+
+Apenas había formulado en su interior tal pensamiento, tuvo una
+inspiración repentina. Era una idea inspirada por el cielo gris de
+noviembre, por el suelo fangoso, por el hambre que le atormentaba.
+Inmediatamente comenzó a ponerla en práctica.
+
+Con un movimiento nada seductor bajó la cabeza, dio a su rostro una
+expresión desagradable y maliciosa, propia, a su juicio, de un espía, y
+lanzó una mirada severa y escrutadora a la muchacha. El resultado le
+satisfizo: la muchacha se estremeció de miedo, y sus ojos se llenaron de
+angustia.
+
+«¡Vamos, pequeña!--pensaba, triunfante, Krilov--. Parece que huirías de
+buena gana; pero ¿cómo? ¡Magnífico! ¡Espera, que aun hay más!»
+
+Se iba interesando en el juego, encontrando en él un placer. Olvidaba su
+hambre y el mal tiempo, se dedicó a la imitación de un espía, con tanta
+habilidad como si fuera un verdadero artista, o como si en realidad
+estuviese al servicio de la Policía secreta.
+
+Su cuerpo se tornó flexible como el de una serpiente; sus ojos
+adquirieron una expresión de alegría pérfida; su mano derecha, que
+llevaba en el bolsillo, oprimía con toda su fuerza el billete, como si
+éste fuera su revólver cargado con seis balas o un _carnet_ de policía.
+
+No sólo la muchacha, sino muchos otros viajeros comenzaron a desazonarse
+al mirarle: tan de espía era su apariencia. Un comerciante grueso y
+colorado que ocupaba él solo la tercera parte de la plataforma se
+estrechó de pronto, se hizo pequeñísimo y volvió la cabeza. Un hortera,
+debajo de cuyo gabán se veía un delantal blanco, miró a Krilov con ojos
+de conejo asustado, y, empujando a la muchacha, saltó del tranvía y
+desapareció entre la multitud.
+
+«¡Muy bien!»--se cumplimentó a sí mismo Krilov, con el corazón lleno de
+la alegría pérfida de un enfermo del hígado. Había algo de pintoresco,
+de sugestivo, de agradablemente inquietante en esa renuncia a su propia
+persona, en representar un papel antipático, en que los demás le odiasen
+y le temiesen. En el fondo gris de la vida cotidiana se abrían a modo
+de abismos obscuros, llenos de misterio y de sombras movibles y mudas.
+Se acordó de la clase donde daba todos los días las lecciones, de la
+fisonomía de los alumnos, que no le inspiraban ya sino disgusto, de sus
+cuadernos azules, con manchas de tinta, sucios, llenos de faltas
+estúpidas, idiotas, que hacían aún más detestable la vida.
+
+«Debe de ser una cosa muy interesante el oficio de espía--se dijo--. Un
+espía arriesga su vida tanto como un revolucionario. A veces la práctica
+del espionaje cuesta la cabeza. He oído decir que mataron a un espía
+hace poco. Le degollaron como a un cerdo.»
+
+Durante un minuto tuvo miedo y quiso renunciar al papel que se había
+propuesto representar; pero su oficio de profesor era tan odioso para
+él, tan monótono y aburrido, que le gustaba, aunque sólo fuera por un
+rato, cambiar de pellejo.
+
+La estudianta no le miraba ya, y, no obstante, su juvenil rostro, el
+lóbulo rosa de su oreja, que se veía bajo un bucle de sus cabellos
+ondulados; su cuerpo, un poco inclinado hacia delante; su pecho, que
+bajaba y subía anhelosamente, todo expresaba una angustia terrible y un
+deseo loco de huir. En aquel momento soñaba quizá con tener alas. Dos
+veces se movió un poquito, disponiéndose a descender, y, al sentir sobre
+sus mejillas ruborosas la mirada inquisitorial de Krilov, permaneció
+como clavada en su sitio, sin retirar la mano de la barandilla en que se
+apoyaba. Su guante negro, con un dedo algo descosido, temblaba un poco.
+Le daban vergüenza aquel guante y aquel dedo minúsculo, tímido,
+desamparado; pero no tenía fuerza para levantar la mano.
+
+«¡Muy bien! ¡Muy bien!--pensaba Krilov--. Estoy muy contento. De buena
+gana huirías; ¡pero no, pequeña! Será una buena lección para ti. Esto te
+enseñará a ser más prudente. ¡La vida no es lo que tú te creías!»
+
+Se imaginó la vida de aquella muchacha. Era tan interesante como la de
+un espía; pero había en ella algo que no conocían los espías: una
+arrogancia, una mezcla armónica de lucha, de misterio, de horror y de
+alegría... Era perseguida, y hay algo de singularmente delicioso en que
+un malvado, hostil y temible, tienda las manos aprehensoras a nuestra
+garganta y prepare, hilo por hilo, la cuerda para estrangularnos. ¡En
+tales momentos, el corazón late con tanta violencia, se ilumina la vida
+con una luz tan fúlgida y se la ama con tanto ardor!
+
+Con disgusto, Krilov dirigió una mirada a su viejo gabán, al botón que
+colgaba con un pedazo de la tela; se imaginó su rostro amarillo y agrio,
+que detestaba, hasta el extremo de no afeitarse sino una vez al mes; sus
+ojos, con gafas azules, y se convenció, con un placer maligno, de que
+parecía, en efecto, un espía. Sobre todo, a causa de su botón colgante;
+los espías no tienen a nadie que pueda coserles los botones, y todos
+deben de llevar colgando del gabán un botón de que no pueden servirse.
+
+Experimentó un sentimiento de soledad triste, propia sólo de los espías.
+Una profunda melancolía invadió su corazón. El cielo, la vida, las
+gentes, todo se tornó a sus ojos sombrío, negro, al par que hondo,
+misterioso y lleno de sentido.
+
+Trató de mirarlo todo con una mirada semejante a la de la muchacha. Y
+todo se le presentó bajo un aspecto nuevo.
+
+No se había parado nunca a penetrar el significado del día y la noche;
+la noche misteriosa, engendradora de tinieblas, escondedora de hombres,
+silenciosa e inescrutable; ahora veía su aproximación callada; admiraba
+las luces que se encendían una tras otra; percibía algo de solemne en
+aquella lucha entre el resplandor y las sombras, y se asombraba de la
+calma de la multitud, que discurría por la calle sin darse cuenta, al
+parecer, de que la noche se acercaba.
+
+La muchacha miraba ávidamente a los rincones negros de las callejuelas,
+no alumbradas aún, y él seguía sus miradas y hundía la vista en esos
+corredores obscuros, que invitan, en la sombra, con una elocuencia
+misteriosa. La muchacha miraba con angustia a las altas casas, que
+estaban como defendidas por sus pilares de la calle, y él seguía siempre
+su mirada, y aquellas masas estrechas, aquellas malas fortalezas se le
+antojaban asimismo algo nuevo.
+
+En una de las paradas, al final de un trayecto del tranvía, Krilov debía
+descender; pero la muchacha no lo hizo, y él le dijo en voz alta al
+conductor:
+
+--Deme usted un billete hasta la parada próxima.
+
+Le satisfizo mucho encontrar en su bolsillo una monedita de cinco
+copecks para pagar el billete; se figuraba que los espías sólo llevaban
+monedas de cobre o billetes de Banco sucios, viejos, casi rotos; no se
+puede pagar a los espías en buen dinero; de lo contrario, serían gentes
+como las demás. El cobrador, silencioso, parecía también comprenderlo;
+al menos tomó la moneda con un desagrado tan visible, que Krilov se
+indignó. Asestó contra el cobrador sus gafas, a modo de cañones, y se
+dijo, al recibir el billete:
+
+«¡Me desprecias, canalla! Lo que no te impide robar a la Compañía. Os
+conozco a todos.»
+
+Y empezó a imaginar cómo vigilaría al cobrador, le cogería en flagrante
+delito y, cuando menos lo esperase, le denunciaría a la Administración.
+Luego se dedicaría a vigilar a los demás cobradores, y los denunciaría a
+su vez.
+
+La muchacha seguía allí siempre. No había que perderla de vista.
+
+Escogiendo un momento favorable, apartó de la barandilla la mano del
+guante descosido, lo que le dio ánimos, y descendió presurosa del
+tranvía, en la esquina de una ancha calle, donde se cruzaban los rieles.
+Otros viajeros estaban también a punto de descender. Los había, al
+contrario, que subían. Una mujer delgada, que llevaba un gran
+envoltorio, impidió a Krilov la salida.
+
+--¡Permítame usted!--le dijo él, tratando de abrirse paso.
+
+Pero el sitio que dejaba libre el envoltorio era demasiado estrecho, y
+no podía pasar. Por el otro lado impedían el paso el conductor y el
+comerciante grueso y rojo. Este último fingía no darse cuenta de que
+Krilov quería descender.
+
+--¡Pero déjeme usted pasar!--exclamó Krilov con cólera--. Conductor,
+¿oye usted? ¡Reclamaré!
+
+--¡Señor, haga el favor de dejar paso!--dijo el conductor, dirigiéndose
+al comerciante.
+
+El cual miró a Krilov y se apartó un poco, tan poco, que el otro apenas
+pudo pasar, y hasta hubiera jurado que el comerciante le oprimía ex
+profeso con su voluminoso cuerpo. Sofocado, Krilov saltó, por fin, a
+tierra y empezó a correr, a la ventura en persecución de la muchacha.
+
+La alcanzó en una estrechísima callejuela. Marchaba de prisa, dirigiendo
+miradas atrás. Al divisar a alguna distancia a Krilov, casi echó a
+correr, no disimulando ya el temor. Krilov apresuró también el paso. En
+aquella callejuela obscura y desconocida, donde sólo se hallaban él y la
+muchacha, experimentó un malestar muy parecido al miedo.
+
+«¡Hay que acabar!»--se dijo.
+
+Sin embargo, siguió corriendo, casi ahogándose de fatiga.
+
+La muchacha se detuvo a la puerta de una gran casa, con muchos pisos.
+Cuando se disponía a abrir, Krilov se acercó a ella y, sonriendo
+amistosamente, la miró a los ojos. Con la sonrisa quería decirle que la
+broma se había terminado y que ya no tenía nada que temer. Pero la
+muchacha, al entrar, le lanzó en pleno rostro, sofocada de cólera:
+
+--¡Canalla!
+
+Y desapareció. Un instante después divisó Krilov su silueta a través de
+los cristales.
+
+Con su sonrisa amistosa en los labios, asió el picaporte y trató de
+abrir; pero al ver al portero junto a la escalera, retrocedió con
+lentitud. A algunos pasos de distancia, se detuvo y se encogió de
+hombros. Despojándose de las gafas, empezó a reflexionar. ¡Era estúpido
+todo aquello! La chicuela ni siquiera le había dejado abrir la boca para
+explicarse, y le había lanzado en pleno rostro el despectivo insulto.
+Debía, no obstante, comprender que sólo se trataba de una broma. ¡Qué
+diablo de muchacha! ¡Como si verdaderamente le interesase con sus
+proclamas! Eso no era de su incumbencia. Que hicieran las locas
+chicuelas lo que les pareciese; le tenía completamente sin cuidado...
+
+Se figuró que en aquel momento la muchacha refería a compañeros suyos de
+ambos sexos que un espía le había perseguido. Como es natural, se
+indignarían, murmurarían, cerrarían los puños. ¡Qué idiotas!
+
+«¡Yo también he hecho mis estudios en la Universidad, y no soy inferior
+a vosotros, imbéciles!»--dijo casi en voz alta.
+
+Tuvo calor, y se desabrochó el gabán; pero temiendo coger frío, se lo
+abrochó de nuevo.
+
+«¡Sí; soy tan honorable como vosotros, jóvenes idiotas! Quizá más
+honorable. Soy un padre de familia que mantiene a ocho personas... Es
+de todo punto necesario poner fin a esta farsa. Hay que hacerles saber
+que tengo un diploma universitario y que odio a la Policía tanto como
+ellos. ¿Pero qué hacer? La muchacha ha desaparecido. No puedo esperarla
+aquí hasta mañana. ¡No faltaba más! Por otra parte, aun no he comido...»
+
+Dio algunos pasos, volvió sobre ellos, miró la larga fila de ventanas
+iluminadas y continuó reflexionando:
+
+«Apuesto cualquier cosa a que creen que soy, en efecto, un espía.
+¡Idiotas! Hay que decirles que yo he sido también estudiante y he
+llevado melena como ellos. Me corto el pelo ahora, porque empieza a
+caérseme; pero eso no prueba que yo sea espía. Claro es que está uno más
+a salvo si lleva melenas de que le tomen por espía; pero ¿qué culpa
+tengo yo de que se me caiga el pelo? O ¿acaso hay, que llevar peluca...
+como un espía de verdad?»
+
+Encendió un cigarrillo y lo tiró en seguida; no tenía ganas de fumar.
+
+«Lo más sencillo sería entrar en su casa y decirles: Señores, ha sido
+una broma. Pero no, no lo creerían. Y hasta es posible que me dieran una
+paliza.»
+
+Se alejó cosa de veinte pasos y se detuvo nuevamente. El aire iba siendo
+más frío. Su gabán casi no le abrigaba. Al meterse la mano en el
+bolsillo, encontró el periódico. Casi estuvo a punto de llorar de rabia.
+Podía hallarse ya en su casa muy cómodo, haber comido, haber tomado el
+te calentito y estar tendido en el canapé, leyendo el periódico y sin la
+menor inquietud. Al otro día, sábado, se jugaba a las cartas en casa del
+inspector... Y en lugar de estar en su casa, tiritaba de frío allí, en
+aquella maldita callejuela, ante aquella maldita casa, albergue de
+estudiantes melenudos. ¿Qué había ido a hacer en tal sitio?
+
+De repente, se abrió la puerta de la casa y se volvió a cerrar con
+violencia, después de dar paso a dos estudiantes.
+
+Ambos, con paso rápido y resuelta actitud, se dirigieron hacia él.
+
+Lleno de terror, huyó precipitadamente. Corrió a través de la niebla
+enloquecido, jadeante, atropellando a los transeúntes, tropezando con
+los faroles, los caballos, los coches. Se detuvo en una ancha avenida,
+que le costó mucho trabajo reconocer. Todo se hallaba alrededor desierto
+y silencioso. Caía una menuda lluvia. No se veía ya a los estudiantes.
+
+Encendió con mano trémula un cigarrillo, y apenas se lo hubo fumado,
+encendió otro.
+
+«¡Vaya una aventura!--se dijo--. Será un milagro que no me resfríe.
+Acaso la tuberculosis en perspectiva... Por fortuna, no me han dado
+alcance los estudiantes, aunque corrían de lo lindo. Uno no cesaba de
+gritar: «¡Alto!» ¡Era terrible!»
+
+Tres estudiantes aparecieron a alguna distancia. Krilov los miró con
+ojos espantados y se alejó a toda prisa.
+
+En cuanto llegó, en su carrera, a cierta callejuela angosta y tortuosa,
+se detuvo. ¿Iba a huir de todos los estudiantes de la ciudad? Además,
+sus perseguidores sólo eran dos.
+
+Volvió sobre sus pasos y no tardó en encontrarse de nuevo en la avenida.
+Se sentó en un banco y comenzó a considerar, con sangre fría, la
+situación.
+
+«¡Sobre todo, calma!--se dijo--. No hay motivos para alarmarse. ¡Que se
+vaya al diablo la muchacha! Tanto peor para ella si me toma por un
+espía. ¿Qué me importa a mí? No me conoce, ni los estudiantes tampoco.
+Ni siquiera han podido verme la cara, pues me he levantado el cuello del
+gabán.»
+
+Se reía ya un poco, regocijado por tal pensamiento, cuando, de súbito,
+una idea terrible puso fin a su regocijo.
+
+«Pero ¿y ella? ¡Ella me ha visto! ¡Durante una hora entera ha podido
+estudiar mi rostro, y si me encuentra en alguna parte...!»
+
+Se imaginó toda una serie de posibilidades terribles.
+
+Como hombre ilustrado, asistía a la Universidad siempre que se daban en
+ella conferencias interesantes, a los teatros, a los museos; y en todas
+partes se exponía a toparse con la muchacha, a quien, seguramente,
+saldría a acompañar toda una banda de estudiantes de ambos sexos, pues
+aquellas muchachas rara vez iban solas, y si le veía...
+
+Krilov se estremeció de pies a cabeza.
+
+Si le veía, se lo señalaría inmediatamente a toda su banda con el dedo,
+diciendo en alta voz: «¡Miradle, es un espía!»
+
+«Tendré que dejar de llevar gafas y cortarme la barba--pensó Krilov--.
+Si pierdo la vista, ¿qué le vamos a hacer? Además, el médico quizá se
+engañe y puede que yo no necesite gafas. En cuanto a la barba...
+verdaderamente no me cambiará mucho el quitármela. Más que una barba, es
+una perilla insignificante. Ni siquiera se notará que me la he quitado.»
+
+«¡Hasta mi barba crece menos que la de los demás!--pensó con disgusto--.
+Pero todo esto son tonterías. Aunque me reconozca, no hay por qué
+apurarse. Sería necesario probar que soy espía, probarlo serena,
+lógicamente, como se hace con los teoremas.»
+
+Se imaginó una reunión de jóvenes de largos cabellos, ante la que él
+demostraba, con voz firme y tranquila, su inocencia. Todo era claro,
+convincente. Las frases se seguían en un orden perfecto, como fórmulas
+matemáticas unidas por signos de igualdad. «De esta suerte, señores,
+podrán ustedes advertir...»
+
+Con una dignidad severa se pone bien las gafas y sonríe despectivamente.
+Después reanuda sus pruebas y se percata, con horror, de que la lógica y
+las fórmulas exactas están muy a menudo en contradicción con la vida; de
+que en la vida hay poca lógica y de que él no encuentra manera de
+demostrar que no es espía. Si alguien--la muchacha, por ejemplo--le
+acusara de serlo, no habría en su vida nada preciso, claro y convincente
+que oponer a la acusación.
+
+El terror invadió su alma. ¿Dónde estaban sus convicciones, su profesión
+de fe? Su espíritu hallábase vacío, y no veía nada seguro sobre qué
+poder apoyarse para no caer en el fondo de aquel abismo negro,
+espantoso.
+
+«Mis convicciones--balbuceó, imaginándose que se encontraba ante los
+jueces--. Todo el mundo conoce mis convicciones. Estoy convencido de
+que...»
+
+Busca en los repliegues de su memoria algo claro, preciso, fuerte, y no
+encuentra nada. ¿Es posible que no tenga ni una convicción seria? «Estoy
+convencido, Ivanov, de que usted no ha estudiado su lección de
+aritmética.» ¡No, no es eso! Luego recuerda fragmentos de artículos de
+periódico, de discursos que ha oído; ¿pero qué piensa él? ¿Cuáles son
+sus convicciones? ¡No las tiene! Hablaba y pensaba como hablaban y
+pensaban los demás, y encontrar sus propias ideas, sus propias palabras,
+era tan imposible como encontrar en un montón de trigo un grano
+determinado. Sucede a veces que alguien dice algo fuerte, violento, que
+queda grabado en la memoria de los demás, aunque lo diga en estado de
+embriaguez o sin reflexionar. No muchos años antes, el maestro de
+caligrafía de su colegio, un viejecito modesto y callado, en una comida
+en casa del director, como hubiera bebido algo más de lo justo, exclamó
+de repente: «¡Insisto en la necesidad de la reforma radical de la
+enseñanza!» Naturalmente, aquello provocó un escándalo. Desde entonces
+todo el mundo se acordaba de aquel incidente, y en cuanto veía al viejo,
+le preguntaba: «Bueno, ¿qué hay de las reformas?» Y todos le
+consideraban un hombre muy radical... ¿Y él, Krilov? Cuando bebía una
+copa de más, se dormía, o empezaba a llorar y abrazaba a todo el mundo.
+Una vez abrazó hasta al criado. Pero aun en estado de embriaguez se
+guardaba de decir nada excesivo, y no protestaba contra nada. En fin,
+hay hombres que creen en Dios y los hay que no creen. ¿Y él?
+
+«Veamos. ¿Existe Dios? ¿Sí o no? No lo sé, no sé nada. ¿Y yo? ¿Existo
+yo?»
+
+Krilov siente un escalofrío: ni siquiera tiene una idea clara de si
+existe o no existe. Alguien está sentado en un banco del bulevar y fuma;
+¿pero es él, en efecto? Los árboles, la menuda lluvia que cae, los
+faroles encendidos, todo es incomprensible, desprovisto de sentido,
+misterioso.
+
+Se levantó bruscamente y se fue.
+
+«¡Tonterías! Son los nervios. Además, no se trata de convicciones, sino
+de actos. Sí, de actos; eso es lo esencial.»
+
+Y tampoco recordó actos suyos. Era un empleado, un padre de familia;
+pero ¿dónde estaban sus actos? ¿Qué había hecho? Buscó en los repliegues
+de su memoria, recorrió mentalmente los años pasados, como se recorre
+con los dedos el teclado de un piano, y los halló vacíos, desprovistos
+de sentido.
+
+«¡Vamos, señorita!--balbuceó con la cabeza baja y gesticulando--. Es
+idiota creer que soy un espía. ¿Yo espía? ¡Qué insensatez! Voy a
+demostrárselo a usted. Mire usted, yo soy...»
+
+Después, el vacío, la nada. ¿Qué podía decir en su favor? En su mundo se
+le consideraba un hombre inteligente, bueno, justo, y probablemente
+había motivos para ello.
+
+No hacía mucho tiempo le había comprado un corte de traje a su suegra, y
+su mujer le había dicho: «¡Eres demasiado bueno!» Pero ¿aquello probaba
+algo? Los espías también podían ser obsequiosos con sus suegras...
+
+Sin darse cuenta, Krilov, automáticamente, volvió a la casa donde había
+entrado la estudianta, y ni aun lo advirtió. Sólo sabía que era tarde,
+que estaba rendido y que tenía ganas de llorar, como un colegial
+castigado. Luego alzó los ojos, miró la casa y la reconoció.
+
+«¡Sí, es la maldita casa! ¡Qué aspecto más desagradable!»
+
+Se alejó con paso rápido, como de una bomba de dinamita, y poco después
+se detuvo y comenzó de nuevo a reflexionar.
+
+«Lo mejor sería escribirle a esa muchacha. Naturalmente, sin firmar. En
+esta forma, por ejemplo: «Señorita, un hombre a quien ha tomado usted
+por un espía...» Y seguir así, punto por punto. Sería tonta si no me
+creyese.»
+
+Volvió sobre sus pasos, llegó a la casa y, tras una corta vacilación,
+abrió con trabajo la puerta. Entró, con gesto decidido y severo. En el
+umbral de su habitáculo apareció el portero, sonriendo cortésmente.
+
+--Escuche usted, amigo mío... Una joven estudianta acaba de entrar. ¿En
+qué piso vive?
+
+--¿Por qué le interesa a usted?
+
+Krilov le miró de un modo significativo a través de sus gafas, y el
+portero comprendió en seguida; hizo con la cabeza un signo que daba a
+entender que adivinaba lo que llevaba allí a Krilov y le tendió la mano.
+
+--¡Qué confianzudo!--se dijo Krilov; pero estrechó con fuerza la mano
+dura e inflexible como una plancha.
+
+--¡Entremos en mi casa!--invitó el portero.
+
+--¿Para qué? Yo sólo quería...
+
+Al ver que el portero entraba ya en su habitación, Krilov, apretando los
+dientes de rabia, le siguió dócilmente.
+
+«¡También me ha tomado por un espía este canalla!»
+
+El habitáculo era reducidísimo. Sólo había en él una silla, en la que se
+sentó el portero, sin ceremonia.
+
+«¡Qué indecente! Ni siquiera me invita a sentarme!», pensó Krilov.
+
+El portero le examinó, con mucha calma, de pies a cabeza, con una mirada
+indiferente e insolente a la vez, y, tras un corto silencio, dijo:
+
+--Anteayer vino también uno de ustedes... Uno rubio, con grandes
+bigotes. ¿Le conoce usted?
+
+--¿No he de conocerle?... Rubísimo.
+
+--Hay muchos como usted... que recorren las calles...
+
+--¡Escuche!--protestó Krilov--. Todo eso me tiene sin cuidado. Sólo
+vengo...
+
+El portero no hizo caso de sus palabras y continuó:
+
+--¿Cuánto cobra usted al mes? El rubio me dijo que cincuenta rublos. No
+es mucho.
+
+--¡Doscientos!--dijo Krilov, observando con una alegría maligna que el
+rostro del portero expresaba casi el entusiasmo.
+
+--¡Oh, doscientos! Eso es otra cosa... ¿Quiere usted un cigarrillo?
+
+Krilov aceptó con reconocimiento el cigarrillo que le tendía el portero,
+y echó de menos su pitillera japonesa, su gabinete de trabajo, los
+cuadernos azules de los colegiales que él debía corregir y que le
+parecían ahora tan gratos al alma.
+
+Encendió el cigarrillo y casi sintió náuseas: el tabaco era
+desagradable, mal oliente. «Un verdadero tabaco de espía»--se dijo
+Krilov.
+
+--¿Les pegan a ustedes con frecuencia?--preguntó el portero.
+
+--Pero escuche...
+
+--El rubio asegura que nunca le han pegado, y yo no lo creo. Es
+imposible que no les peguen a ustedes. Como no les rompen ningún hueso,
+no tiene importancia. Por doscientos rublos al mes, bien puede uno
+resignarse a eso. ¿Verdad?
+
+El portero le miraba sonriendo amistosamente.
+
+--Yo quería...--comenzó Krilov; pero el otro le interrumpió de nuevo:
+
+--Naturalmente, no hay que tener pelo de tonto en su oficio de ustedes,
+y, además, es preciso que en la fisonomía no haya nada de extraordinario
+que llame la atención. He visto a un colega de usted en extremo
+desfigurado, con un ojo de menos...
+
+--¡Vamos, vamos!--exclamó Krilov--. No tengo tiempo que perder. No me ha
+respondido usted aún.
+
+Abandonando, con un disgusto manifiesto, aquel interesante tema, el
+portero preguntó cómo era la muchacha a quien se refería. Cuando el otro
+le hubo hecho una descripción de su exterior, dijo:
+
+--Ya caigo. Es la señorita Ivanov. Viene a ver a sus amigos del tercero
+derecho... No deben tirarse las colillas al suelo; ¡no las barrerás tú
+después!
+
+Cuando Krilov salía ya, oyó al portero despedirle con estas palabras:
+
+--¡Atajo de gandules!
+
+«¡Canalla!»--contestó mentalmente Krilov, acelerando el paso y buscando
+con la vista un coche. ¡En seguida, a casa! De pronto recordó que tenía
+su diario, y que en tal diario había escrito en cierta ocasión--hacía
+mucho tiempo, cuando era aún estudiante--algo muy radical, atrevido y
+bello. Con todo lujo de detalles acudió a su imaginación aquella velada
+inolvidable, y pensó en su cuartito, en el tabaco esparcido sobre la
+mesa, en el orgullo y el entusiasmo con que escribió aquellas líneas
+firmes y enérgicas... No tenía mas que arrancar las páginas y
+enviárselas a la muchacha. Ella las leería, y lo comprendería todo;
+pues, al fin, era una señorita inteligente y de corazón noble. ¡Al cabo
+había dado con la solución! ¡A casa en seguida! Además, tenía un hambre
+horrible...
+
+Le abrió la puerta su mujer.
+
+--¿Dónde has estado?--le preguntó llena de angustia--. ¿Qué te pasa?
+
+Quitándose precipitadamente el gabán, el profesor dijo con cólera:
+
+--Es un fastidio: la casa está llena de gente, y no hay nadie que me
+cosa el botón del abrigo.
+
+Y se dirigió a su gabinete.
+
+--¡Pero ven a comer!--le dijo su mujer.
+
+--¡Déjame tranquilo! No me sigas.
+
+Una vez solo, se puso a registrar con mano febril su biblioteca. Había
+en ella numerosos libros y papeles; pero el diario no parecía. Como
+tropezase con un paquete de cuadernos de sus discípulos, lo rechazó
+indignado. Sentado en el suelo, buscaba nerviosamente en el cajón
+inferior del armario, lanzando suspiros de desesperación. ¡Por fin!
+¡Allí estaba su diario! Un cuaderno azul, de escritura vacilante,
+ingenua... Algunas flores secas dentro, un ligero perfume... ¡Dios mío,
+qué joven era entonces!
+
+Se sentó junto a la mesa y empezó a hojear el diario, sin encontrar lo
+que buscaba. Observó que algunas páginas estaban arrancadas. De pronto,
+se acordó. Hacía cinco años, con motivo de un registro practicado por la
+policía en casa de un colega suyo, se había asustado tanto que había
+arrancado de su diario las páginas comprometedoras y las había quemado.
+Asunto concluido; no había ya para qué buscar.
+
+La cabeza baja, el rostro oculto entre las manos, permaneció inmóvil
+largo rato ante su diario devastado. La habitación estaba mal alumbrada
+por una bujía--no había tenido tiempo de encender la lámpara--y llena de
+sombras negras, inquietantes. En las habitaciones próximas jugaban los
+niños, gritando y riendo. Se oía el ruido de los platos en el comedor,
+donde hablaban, iban y venían; pero allí, en su gabinete, todo estaba en
+silencio como en un cementerio. Si un pintor hubiera visto aquel
+aposento obscuro y triste, con el montón de libros y de cuadernos por el
+suelo, con aquel hombre inclinado sobre la mesa, dolorosamente
+cabizbajo, hubiese pintado un cuadro titulado «A punto de suicidarse».
+
+«Las páginas ardieron--pensó con dolor Krilov--; pero puedo acordarme de
+su contenido. Lo escrito en ellas existe; sólo necesito recordarlo.»
+
+Y lo intentó, sin encontrar en su memoria sino detalles insignificantes:
+la forma de las páginas arrancadas, la escritura, hasta los puntos y las
+comas. Lo esencial, lo principal, se había perdido para siempre y no
+resucitaría ya. Había vivido, y a la sazón ya no existía, como vive y
+muere todo sobre la tierra. Las bellas palabras habían desaparecido en
+el desierto vacío, infinito, y nadie las conocía, nadie las recordaba,
+en ningún corazón habían dejado huella alguna. Era inútil llorar,
+implorar, suplicar de rodillas, amenazar, enfurecerse; con ello nada
+lograría. El vacío infinito permanecería mudo, impasible, pues no
+devuelve nunca nada de lo que devora. Nunca, ni lágrimas ni súplicas,
+han podido tornar a la vida lo que ha muerto. No hay perdón, no hay
+remedio; tal es la ley cruel de la vida. Sí, aquello había muerto. El
+mismo había sido su asesino. Con sus propias manos había quemado las
+mejores flores que se habían abierto, en una noche santa, en su alma
+mísera y estéril. ¡Pobres flores perdidas! No tenían quizá la fuerza de
+una idea creadora; pero eran, con todo, lo más exquisito de su alma.
+Entonces no existían ya, y no se abrirían ya nunca. No hay perdón, no
+hay remedio; tal es la ley cruel de la vida.
+
+No podía continuar solo.
+
+--¡Macha!--gritó a su mujer.
+
+Acudió inmediatamente. Su faz era redonda y bondadosa; su cabello,
+descuidado, tenía un color impreciso. Llevaba en la mano un traje de
+niño, que ella confeccionaba.
+
+--Bueno, ¿vas a comer? Voy a decir que calienten la comida; todo está
+frío.
+
+--No, espera... Tengo que hablarte.
+
+Macha manifestó inquietud; puso sobre la mesa su labor y miró fijamente
+a su esposo. Este volvió los ojos.
+
+--¡Siéntate!--dijo.
+
+Ella se sentó, arregló su ropa, y con las manos sobre las rodillas se
+dispuso a escuchar. Como ocurría siempre, desde su infancia, cuando
+tenía que escuchar algo, puso al punto una cara estúpida.
+
+--¡Te escucho!
+
+Pero el profesor no decía palabra, y miraba con extrañeza el rostro de
+su mujer. Le parecía, en aquel instante, por completo desconocido, como
+el de un nuevo alumno que asistiese por primera vez a su clase. Se le
+antojaba absurdo que aquella mujer fuera su esposa. Una idea nueva,
+súbita, turbó su cerebro trastornado. En voz baja, murmurando, dijo:
+
+--¿No sabes, Macha? ¡Soy un espía!
+
+--¿Cómo?
+
+--Soy un espía. ¿Comprendes?
+
+Ella se quedó inerte en su asiento, y, con un gesto desesperado,
+exclamó:
+
+--¡Ya me lo sospechaba! Lo había adivinado hace tiempo. ¡Dios mío, qué
+desgraciada soy!
+
+Krilov se levantó de un salto, se acercó a ella y se puso a agitar
+furiosamente el puño cerrado ante su rostro, conteniendo a malas penas
+su deseo de golpearla.
+
+--¡Qué bestia eres! ¡Qué idiota!--exclamó con voz tan furiosa que un
+silencio de muerte reinó en seguida en las habitaciones próximas--. ¿Lo
+crees, pues? ¿Lo creías hace mucho tiempo? ¿Es posible? Después de doce
+años que vivimos juntos... ¡Doce años! Y es mi mujer, la compañera de
+mi vida, a quien se lo doy todo... mis pensamientos, mi dinero...
+
+Luego volvió la espalda y empezó a llorar. Ella no comprendía por qué
+lloraba: si por ser espía, en efecto, o por no serlo. Tuvo piedad de él.
+Se sintió, al mismo tiempo, ofendida por sus palabras, y empezó a llorar
+a su vez.
+
+--Siempre lo mismo--dijo lloriqueando--. Siempre soy yo la culpable.
+¿Para qué casarse con una idiota?
+
+Krilov se volvió hacia ella y, airadísimo, balbuceó:
+
+--¡Dios mío! ¡Doce años! Si mi mujer puede creer que soy en realidad
+espía... ¡Qué estúpida eres! ¡Qué idiota!
+
+--Vamos, ¿quieres acabar con tus insultos?--protestó ella--. ¡Tú haces
+las porquerías, y luego soy yo la responsable!
+
+Krilov se puso aún más furioso.
+
+--¿Qué porquerías? ¿Crees que soy espía, pues? Di: ¿soy espía, o no lo
+soy?
+
+--¿Como quieres que yo lo sepa? ¡Puede que sí!
+
+Rabiosos, locos de odio y de cólera, los dos desgraciados siguieron
+cambiando durante largo rato insultos, llorando, gritando, jurando. Al
+fin, cansados, postradísimos, olvidada la ruda querella que acababa de
+tener lugar entre ellos, se sentaron uno junto a otro y comenzaron a
+hablar tranquilamente. Los niños se pusieron de nuevo a jugar y a hacer
+ruido en la habitación próxima. Confuso, evitando algunos detalles,
+Krilov refirió a su mujer su aventura con la joven estudianta, y
+manifestó sus temores de que la muchacha pudiera encontrárselo por
+casualidad.
+
+--¿No es más que eso, pues?--gritó Macha tranquilizada--. ¡Y yo que me
+había figurado cosas terribles! No hay por qué atormentarse; no tienes
+más que afeitarte la barba y quitarte las gafas para que no te
+reconozca. Durante las clases puedes tener las gafas puestas.
+
+--Sí, pero... eso no me cambiará mucho. Si al menos yo tuviese una buena
+barba... como los demás...
+
+--No digas tonterías; tu barba es admirable. Lo he dicho siempre y lo
+repito.
+
+El profesor experimentó un gran alivio. Abrazó a su mujer y le hizo
+cosquillas con la barba detrás de la oreja. A media noche, cuando Macha
+se fue a la cama y el silencio reinó en la casa, llevó a su gabinete un
+espejo y agua caliente, y empezó a afeitarse. Además de la lámpara se
+vio obligado a encender dos bujías; tanta luz le molestaba un poco.
+Habiéndose afeitado un lado de la barba, se miró fijamente a los ojos y
+se detuvo como paralizado. «¡Mira cómo eres!», se dijo como si mirase a
+otra persona.
+
+Verdaderamente no era guapo; su rostro estaba envejecido, mustio, lleno
+de arrugas; sus ojos no tenían brillo; las gafas le habían dejado una
+señal roja en lo alto de la nariz. Había en su fisonomía un no sé qué de
+gris, de muerto, como si no fuera la de un hombre vivo, sino la
+mascarilla de un cadáver. No parecía ni un espía ni uno de los que los
+espías se dedican a perseguir.
+
+--¡Mira cómo eres!--balbuceó Krilov.
+
+¿Por qué tenía aquella cara estúpida? ¿Quién se había atrevido a
+dársela?
+
+Una gruesa lágrima cayó de sus ojos. Apretando los dientes, se afeitó la
+otra mitad de la barba, y, tras una corta vacilación, se afeitó también
+el bigote. Mirose de nuevo al espejo. Al día siguiente todos se reirían
+al verle así. Y, sin embargo, en otro tiempo era muy otra aquella cara.
+
+Con gesto decisivo, asió fuertemente la navaja, echó atrás la cabeza y,
+con suavidad, se pasó dos veces por la garganta el contrafilo de la
+hoja. No hubiera estado mal degollarse; pero no pudo.
+
+--¡Cobarde! ¡Canalla!--dijo en alta voz y tono indiferente.
+
+Su rostro en el espejo, aunque movió los labios, permaneció gris,
+muerto. Podía ser golpeado, escupido; permanecería siempre igual;
+guiñaría los ojos con mayor ligereza, y nada más.
+
+Al día siguiente, todos se reirían de aquella cara: los colegas, los
+discípulos, los porteros. Su mujer se reiría también.
+
+Hubiera querido encolerizarse, llorar, romper el espejo, hacer algo
+violento; pero su alma estaba vacía, sin vida. Sólo deseaba una cosa:
+dormir. «Como he respirado demasiado tiempo el aire frío...», se dijo,
+bostezando. El otro, en el espejo, también bostezó.
+
+Guardó la navaja, apagó la lámpara y las velas y se dirigió a la alcoba.
+
+No tardó en dormirse, hundida en la almohada la faz, aquella pobre faz,
+que al día siguiente haría reír a todos: a sus colegas, a sus
+discípulos, a su mujer y a él mismo.
+
+
+
+
+LAS BELLAS SABINAS*
+
+*N. del T.--Esta comedia es una sátira escrita contra el partido
+político ruso de los «cadetes» (constitucionalistas-demócratas), cuya
+acción se caracteriza por la indecisión, la falta de audacia y la
+prudencia exagerada, rayana en lo ridículo. En vez de luchar
+abiertamente por la libertad del pueblo, apelaban al buen sentido del
+gobierno, invocaban razones jurídicas y humanitarias, se conducían, en
+fin, como los «sabinos», tan magistralmente pintados por Andreiev en
+esta piececita.
+
+
+
+
+CUADRO PRIMERO
+
+ _Un lugar salvaje, completamente inculto. Comienza a despuntar el
+ día. Romanos armados salen de detrás de la montaña, arrastrando a
+ las sabinas robadas, bellas mujeres, medio desnudas, que se
+ resisten, gritan, muerden las manos de sus raptores. Sólo hay una
+ que permanece del todo tranquila, y se diría que duerme en los
+ brazos del romano que la lleva. Lanzando exclamaciones de dolor,
+ los romanos dejan en tierra a las sabinas y se apresuran a
+ apartarse, ahogados de fatiga. Las mujeres poco a poco se calman,
+ miran desde lejos con desconfianza a los romanos y cambian en voz
+ baja impresiones._
+
+
+CONVERSACION DE LOS ROMANOS
+
+
+--¡Por la cabeza de Hércules! Estoy cubierto de sudor y parezco una rata
+de río. Creo que la mía lo menos pesa doscientos kilos.
+
+--Has hecho mal en coger a una mujer tan gorda. Yo he cogido una
+pequeñita, delgada, y...
+
+--Sí; pero, con todo, veo que tiene buenas garras. Llevas en el rostro
+señales abundantes.
+
+--¡Tiene garras de gata!
+
+--Todas parecen gatas. He tomado parte en cien batallas; he recibido
+sablazos, bastonazos, pedradas, hasta murallazos, y nunca he pasado un
+rato tan malo. Sospecho que ha desfigurado mi bella nariz romana.
+
+--Y a mí, si no fuera afeitado completamente, como cuadra a un romano de
+la antigüedad, me hubiera arrancado hasta el último pelo. Esas mujeres
+tienen unos deditos encantadores, con unas uñas finísimas. Las comparáis
+con las gatas, y las gatas son ángeles comparadas con ellas. La mía ha
+venido arrancándome concienzudamente, durante todo el camino, el vello
+del labio superior. Estaba tan absorta en este trabajo, que ni siquiera
+gritaba.
+
+UN GRUESO ROMANO. _(Con voz de bajo profundo.)_--La mía, metiendo las
+manos por debajo de mi armadura, me hacía cosquillas. He venido todo el
+camino riéndome como un loco.
+
+_(Las sabinas, al oír esto, prorrumpen en una risita llena de ironía
+mordaz y venenosa.)_
+
+--¡Silencio, nos están oyendo! Señores, dejad vuestras quejas; de lo
+contrario, perderemos su estimación. Mirad a Pablo Emilio: ahí tenéis un
+hombre que sabe conducirse con dignidad.
+
+--Sí, está reluciente como la aurora.
+
+--¡Por la cabeza de Hércules! No tiene ni un solo arañazo en la cara.
+¿Cómo es eso, Pablo?
+
+PABLO EMILIO. _(Con afectada modestia.)_--No sé. Desde el primer momento
+sintió por mí un profundo afecto, como si yo fuera su marido. Cuando
+cargué con ella, pareció sentirse muy feliz, y se abrazó a mi cuello con
+tanta fuerza, que por poco me ahoga. Tiene las manos finas, pero
+extremadamente fuertes.
+
+--¡Vaya una suerte!
+
+--Y, sin embargo, es bien sencillo. Su corazón inocente y confiado le
+dijo que yo la amaba y la estimaba sinceramente. Casi todo el camino ha
+venido durmiendo en mis brazos como un niño.
+
+EL GRUESO ROMANO.--Pero decid, señores romanos: ¿cómo podrá ahora cada
+uno de nosotros reconocer a la suya? Las hemos robado en las tinieblas,
+como a las gallinas de un corral.
+
+_(Las mujeres prorrumpen en exclamaciones de enojo. Se oye una voz que
+grita:_ «¡Qué comparación más indecente!»)
+
+--¡Silencio! Nos oyen.
+
+EL GRUESO ROMANO. _(Con voz ahogada.)_--Yo me pregunto cómo podremos
+reconocerlas. La mía era muy alegre, y no se la cederé a nadie. ¡Eso no!
+
+--¡Tonterías!
+
+--Yo reconoceré a la mía por la voz: creo que no olvidaré sus gritos
+hasta el nacimiento de Jesucristo.
+
+--Yo reconoceré a la mía por sus uñas.
+
+--Y yo a la mía por el perfume delicioso de sus cabellos.
+
+PABLO EMILIO.--Y yo a la mía por la dulzura y la belleza de su alma.
+¡Sí, señores romanos! Hoy empieza para nosotros una vida nueva. ¡Se
+acabó la soledad dolorosa! ¡Se acabaron las noches sin término, con sus
+malditos ruiseñores! ¡Váyanse al diablo ahora los ruiseñores y todos los
+demás pájaros!
+
+EL GRUESO ROMANO.--Sí, ya es hora de comenzar una vida de familia.
+
+_(Entre las mujeres se oye una voz irónica:_ «¡Intentadlo sólo, y
+veréis!»)
+
+--¡Silencio! Nos escuchan.
+
+--¡Sí, ya es hora!
+
+--Señores romanos, ¿quién será el primero?
+
+_(Una pausa. Nadie se mueve. Las mujeres prorrumpen en risitas
+irónicas.)_
+
+EL GRUESO ROMANO.--Yo me he reído ya bastante. Ahora les toca a los
+demás. ¡Tú, Pablo, anda!
+
+--¡Qué monstruo! ¿No ves que la mía está durmiendo aún? Mira, allí, al
+lado de la piedra; es mi bonísima chiquilla.
+
+ESCIPIÓN.--De nuestra actitud indecisa e inquieta infiero, señores
+romanos, que ninguno de vosotros se atreve a acercarse solo a esas
+criaturas implacables. Voy a proponeros un plan...
+
+EL GRUESO ROMANO.--¡Tiene un talento este Escipión!...
+
+--He aquí cuál es mi plan: avancemos todos a una, ocultándonos uno tras
+otro y sin apresurarnos. Si no hemos tenido miedo de los maridos...
+
+EL GRUESO ROMANO.--¡Lo de menos son los maridos!
+
+_(Entre las mujeres se oyen suspiros y llantos.)_
+
+--¡Silencio! Nos están oyendo.
+
+--¡Este diablo de Marco Antonio, con su manera de gritar!... Además,
+¿por qué hablar de los maridos y molestar a las pobres mujeres? Así,
+pues, señores, ¿os conviene mi plan?
+
+--¡Sí, sí!
+
+--¡Entonces, señores, adelante!
+
+_(Los romanos se aperciben al ataque; las mujeres a la defensa. En vez
+de lindos rostros, no se ven sino uñas agudas, prontas a caer sobre la
+cara y los cabellos. Se oyen voces femeninas, parecidas al silbo de la
+serpiente. Los romanos operan con arreglo al plan concebido; es decir,
+ocultándose uno tras otro. Pero con esta estratagema, en vez de avanzar
+retroceden y acaban por desaparecer de escena. Las mujeres sueltan la
+carcajada. Los romanos reaparecen, visiblemente confusos.)_
+
+--Creo, Escipión, que hay un defecto en tu plan. Queriendo avanzar,
+hemos retrocedido, que diría Sócrates.
+
+EL GRUESO ROMANO.--¡Yo no comprendo!
+
+PABLO EMILIO.--Señores romanos, ¡seamos valerosos! ¿A qué nos exponemos?
+¿A uno o dos arañazos? Bien puede arrostrarse tal peligro por apoderarse
+de esas divinas criaturas. ¡Adelante, romanos! ¡Al asalto!
+
+_(Todos los romanos--excepto Pablo Emilio, que mira, soñador, al
+cielo--se lanzan contra las mujeres, y a los pocos momentos de mudo
+combate retroceden a toda prisa. Reina un breve silencio, todos se
+tientan las narices.)_
+
+ESCIPIÓN.--¿Habéis notado, señores, que no han dado ni un grito? Es una
+mala señal. Prefiero una mujer que grite.
+
+--¿Qué hacer ahora?
+
+--Yo sólo deseo llevar una vida de familia.
+
+--Yo también sueño con un hogar. Sin un hogar, la vida no tiene
+atractivos. Hemos trabajado ya bastante, fundando a Roma, y nos hemos
+ganado un descanso apacible.
+
+ESCIPIÓN.--Por desgracia, señores, no hay nadie entre nosotros que
+conozca bien la psicología femenina. Ocupados en guerrear y en fundar a
+Roma, nos hemos embrutecido, hemos perdido la elegancia en el trato
+social y hemos olvidado completamente lo que es una mujer.
+
+PABLO EMILIO. _(Con modestia.)_--¡No todos!
+
+ESCIPIÓN.--Y, no obstante, esas mujeres lo son de unos maridos a quienes
+pegamos ayer. Eso prueba que existe también un medio de apoderarse de
+las mujeres. Por desgracia, no lo conocemos. Es de todo punto necesario
+conocerlo. Pero ¿cómo?
+
+EL GRUESO ROMANO.--Hay que preguntárselo a las mismas mujeres.
+
+--No nos lo dirán.
+
+_(Se oye entre las mujeres una risa irónica.)_
+
+--¡Silencio! Nos están oyendo.
+
+ESCIPIÓN.--Tengo un plan.
+
+EL GRUESO ROMANO.--¡Tiene un talento este Escipión!
+
+ESCIPIÓN.--Nuestras lindísimas raptoras--porque parece que no somos
+nosotros quienes las hemos raptado, sino todo lo contrario--. Nuestras
+lindísimas raptoras, digo, ocupadas en arañarse la cara con sus rosadas
+uñas o en tirarnos de los pelos o en hacernos cosquillas, no pueden oír
+nuestros argumentos. Y puesto que no pueden oírnos, no podemos
+convencerlas. Esto no tiene vuelta de hoja.
+
+_(Los romanos repiten con desesperación y en tono doliente:_ «¡Esto no
+tiene vuelta de hoja!» _Las mujeres aguzan el oído.)_
+
+ESCIPIÓN.--He aquí por qué os propongo el plan siguiente: Elijamos entre
+nosotros un parlamentario, con arreglo a nuestras costumbres de guerra,
+y propongamos a nuestras encantadoras enemigas que hagan lo mismo.
+Espero que los representantes de uno y otro campo estarán bajo la
+protección de la bandera blanca, en completa seguridad--se tienta las
+narices--, y podrán llegar a un _modus vivendi_, para expresarme en buen
+latín. Y entonces...
+
+_(Los romanos interrumpen su magnífico discurso con entusiastas_ hurras.
+_Por unanimidad se designa como parlamentario a Escipión. Este, con la
+bandera blanca en la mano, se adelanta con lentitud hacia las mujeres.
+Al mismo tiempo dirige miradas ansiosas atrás y les dice a los otros:_
+«¡No os alejéis demasiado!»)
+
+ESCIPIÓN. _(Con acento acariciador.)_--¡Bellas sabinas! Os suplico que
+permanezcáis en vuestros sitios. Ya veis que estoy protegido por la
+bandera blanca. La bandera blanca es una cosa sagrada, y yo soy también
+una persona sagrada, puesto que me encuentro bajo la protección de la
+bandera blanca. Os lo aseguro bajo mi palabra de honor. ¡Bellas sabinas!
+Aún no hace veinticuatro horas que hemos tenido el gusto de raptaros, y
+ya hay entre nosotros discordias y malas inteligencias.
+
+CLEOPATRA.--¡Qué insolente! ¿Os figuráis acaso que por el mero hecho de
+enarbolar ese garrote con la rodilla blanca tenéis derecho a decir
+porquerías?
+
+ESCIPIÓN. _(Con acento acaramelado.)_--Lejos de mí, señora, la intención
+de decir porquerías. Al contrario, soy muy feliz... o, mejor dicho,
+somos muy desgraciados... _(Con el valor de la desesperación.)_ ¡Nos
+morimos de amor, os lo juro por la cabeza de Hércules! Señora, bien se
+ve que tenéis un noble corazón, y me tomo la libertad de pediros un gran
+favor. Tened, bellas sabinas, la bondad de elegir entre vosotras una
+parlam...
+
+CLEOPATRA.--No os molestéis en repetirlo: hemos oído vuestro genial
+proyecto.
+
+ESCIPIÓN.--¿De veras? Y, no obstante, hemos hablado quedísimo.
+
+VOCES FEMENINAS.--¡Os hemos oído, sin embargo!
+
+CLEOPATRA.--Id, con vuestra rodilla blanca, a vuestro puesto, y esperad.
+Nosotras vamos a deliberar... ¡Más lejos! ¡Os lo ruego! No queremos que
+nos oigáis. ¿Quién es ese papanatas de la boca abierta? _(Señala con el
+dedo a Pablo Emilio, que continúa mirando soñadoramente al cielo.)_ ¡Que
+se vaya también más lejos!
+
+_(Los romanos, contentos, cuchichean:_ «Esto toma buen cariz», _y
+retroceden de puntillas; algunos se tapan honradamente los oídos.)_
+
+
+CONVERSACION DE LAS SABINAS
+
+
+--¡Qué insolencia! ¡Qué cobardía! Han abusado de sus fuerzas esos viles
+romanos. ¡Oh, nuestros pobres maridos!
+
+--Os lo juro: ¡antes les sacaría los ojos a todos los romanos que serle
+infiel a mi pobre marido! Puedes dormir tranquilo, caro amigo mío. ¡Velo
+por tu honor!
+
+--¡Yo también lo juro!
+
+--¡Y yo también!
+
+CLEOPATRA.--¡Ah, mis queridas compatriotas! Todas juramos, pero no
+adelantamos nada con eso. Estos romanos son tan mal educados y brutales,
+que no se puede esperar de ellos que respeten nuestros juramentos. Al
+mío le he hecho sangre con los dientes en las narices.
+
+--¿Te acuerdas de él?
+
+CLEOPATRA. _(Con acento de odio.)_--¡No lo olvidaré hasta la tumba! Es
+un patán, un bruto. ¡Me estrechaba tan rudamente entre sus brazos!
+¡Pobre marido mío!
+
+--A cien kilómetros trasciende su olor a soldados.
+
+--Y todos tienen una manera singular de estrecharnos entre sus brazos.
+Debe ser una costumbre nacional.
+
+--Cuando yo era aún muy pequeñita, un soldado estuvo en mi casa y me
+dijo...
+
+CLEOPATRA.--Señoras, no tenemos tiempo de entregarnos a los recuerdos.
+
+--Yo sólo quería decir que aquel soldado...
+
+CLEOPATRA.--Juno, pequeña, no podemos ocuparnos de tu soldado; tenemos
+ahora otros en que pensar... ¿Qué haremos, pues, queridas amigas? Voy a
+proponeros una cosa...
+
+_(En este momento se acerca a las mujeres Verónica, a quien ha
+despertado el ruido de las voces. Es una mujer entrada en años y
+flaquísima.)_
+
+VERÓNICA. _(Interrumpiendo.)_--¿Dónde están? ¿Por qué se han ido tan
+lejos? Quiero que se acerquen. No puedo vivir lejos de ellos. Quisiera
+ver al picaruelo que me ha traído en sus brazos. Exhalaba un olor
+delicioso a soldado. ¿Dónde está?
+
+CLEOPATRA.--Mírale, con la boca abierta.
+
+VERÓNICA--¡Me voy con él!
+
+CLEOPATRA.--¡Detenedla! ¿Es posible, Verónica, que ya hayas olvidado a
+tu pobre marido?
+
+VERÓNICA--Juro amarle eternamente al pobrecito; pero... ¿por qué no
+estamos con los romanos? Parecéis turbadas. ¿Qué pasa?... Si no queréis
+ir a buscarlos, deben venir ellos aquí. No deben ser orgullosos...
+
+CLEOPATRA.--Bueno, escuchad lo que voy a proponeros, queridas amigas. Lo
+primero que os propongo es que juremos no ser nunca infieles a nuestros
+pobres mariditos. Que hagan con nosotras lo que quieran: siempre
+permaneceremos firmes, como la Roca Tarpeya. Cuando pienso cómo sufrirá
+ahora, cómo gritará en vano: «¡Cleopatra! ¿Dónde estás, mi adorada
+Cleopatra?» Cuando pienso lo que me quiere...
+
+_(Todas lloran.)_
+
+CLEOPATRA.--Juremos, pues, queridas amigas; están esperando.
+
+--¡Juramos, juramos todas! Pueden hacer con nosotras lo que les dé la
+gana; permaneceremos fieles.
+
+CLEOPATRA.--Ahora estoy tranquila por nuestros pobres maridos. ¡Podéis
+dormir confiados, caros amigos!... Ahora, queridas compatriotas,
+designemos, conforme al deseo de esos odiosos romanos, una
+parlamentaria. Irá...
+
+--¡Y les sacará a todos los ojos!
+
+CLEOPATRA.--No; y les dirá a esos cobardes la verdad. Se figuran que no
+somos capaces sino de arañarles la cara. Es preciso que vean que también
+sabemos hablar.
+
+VERÓNICA. _(Alzando los enjutos ojos.)_--No comprendo de qué podemos
+hablar. Es absolutamente inútil, puesto que la fuerza está de su parte.
+No tenemos más remedio que someternos.
+
+CLEOPATRA.--¡Detenedla! La fuerza, Verónica, no es el derecho, como
+dicen los jurisconsultos romanos. Dejadme a mí hablarle a esas gentes,
+y yo les probaré que no tienen ningún derecho a retenernos, que están en
+el deber de devolvernos la libertad, que, según todas las leyes divinas
+y humanas, han cometido una cochinería.
+
+NUMEROSAS VOCES FEMENINAS.--¡Ve, Cleopatra, ve!
+
+--¡Detened a Verónica!
+
+CLEOPATRA.--¡Eh, el de la rodilla blanca! Venid, tengo que hablaros.
+
+ESCIPIÓN.--¿Queréis que deje mi acero?
+
+CLEOPATRA.--No, no merece la pena; no tenemos miedo de vuestro acero.
+Pero acercaos, no temáis; no os morderé. ¡No sois muy valiente que
+digamos! Ayer, cuando nos arrancasteis brutalmente de los brazos de
+nuestros maridos, no erais tan tímidos... ¡Os digo que os acerquéis!
+
+_(Escipión se acerca lentamente. Los romanos y las sabinas forman dos
+grupos simétricos a ambos lados de la escena para seguir la
+conversación.)_
+
+ESCIPIÓN.--Me felicito, señora...
+
+CLEOPATRA.--¡Calla! ¿Os felicitáis? Bueno, escuchad lo que voy a
+deciros: sois un canalla, un necio, un ladrón, un bandido, un asesino,
+un monstruo. ¡Lo que habéis hecho es indigno, innoble, abominable,
+repugnante, escandaloso, indecente, inaudito!
+
+ESCIPIÓN.--¡Señora!
+
+CLEOPATRA.--Sí; me sois antipático hasta más no poder, me inspiráis un
+disgusto profundo, una repulsión sin límites. Oléis atrozmente a
+soldado. Si vuestras narices no estuviesen tan arañadas, ya veríais...
+
+ESCIPIÓN.--¡Perdonad, señora! No ha sido otra que vos la que me las ha
+puesto así.
+
+CLEOPATRA.--¿Cómo? ¿Yo? Entonces sois vos quien me ha raptado. _(Le mira
+con desprecio.)_ Os ruego que me perdonéis, no os había reconocido.
+
+ESCIPIÓN. _(Con acento alegre.)_--¡Y yo os he reconocido al punto!
+Vuestros cabellos huelen a... ¿Cómo se llama eso?
+
+CLEOPATRA.--¡No os importa a lo que huelen mis cabellos! Yo creo que no
+huelen mal.
+
+ESCIPIÓN.--Eso es lo que yo digo...
+
+CLEOPATRA.--¡Vuestra opinión me tiene completamente sin cuidado! Y no
+hablemos más del asunto. Os ruego, señor, que nos digáis, leal y
+francamente, qué queréis de nosotras.
+
+_(Escipión baja modestamente los ojos, y, no pudiendo contenerse, se
+ríe, tapándose la boca. Los demás romanos se ríen también. Las mujeres
+se indignan mucho.)_
+
+CLEOPATRA.--¡Vaya una respuesta! ¡Es innoble! Os pregunto: ¿Qué queréis
+de nosotras? ¿Qué esperáis obtener? Creo que no ignoráis que todas somos
+casadas.
+
+ESCIPIÓN.--Sí, señora, lo sabemos; pero... nosotros también tenemos la
+intención de pediros en matrimonio.
+
+CLEOPATRA.--¿Pero habláis en serio? ¡Habéis perdido el juicio!
+
+ESCIPIÓN.--Señora, miradnos bien: no se trata de unos _snobs_ de la
+avenida Nevsky. Acabamos de fundar a Roma y ardemos en deseos de
+consolidar... Procurad comprender nuestra situación, y os apiadaréis de
+nosotros. ¿Acaso no os apiadaríais de vuestros maridos si, a lo mejor,
+se quedasen solos, sin mujeres? ¡Así estamos nosotros, señora!
+
+EL GRUESO ROMANO.--¡Completamente!
+
+VERÓNICA. _(Enjugándose las lágrimas.)_--¡Pobres hombres! ¡Los
+compadezco con toda mi alma!
+
+ESCIPIÓN.--En medio de las batallas, ocupado en la fundación de Roma,
+hemos dejado, por decirlo así, escapar el momento favorable para
+crearnos una familia... Creednos, señora, compadecemos de todo corazón a
+vuestros pobres maridos...
+
+CLEOPATRA. _(Con dignidad.)_--Eso os honra.
+
+ESCIPIÓN.--¿Pero por qué nos han dejado cargar con vosotras?
+
+_(Los romanos le jalean con gritos de_ «¡Bravo, Escipión! ¡Muy bien
+dicho!» _Las mujeres se indignan de nuevo. Algunas exclaman:_ «¡Esto es
+abominable! ¡Insulta a nuestros maridos! ¡No se puede permitir!»)
+
+CLEOPATRA. _(Con voz seca.)_--Si queréis continuar las negociaciones, os
+ruego que habléis con más respeto de nuestros maridos.
+
+ESCIPIÓN.--¡Con mucho gusto! Pero, señora, con todo nuestro respeto, no
+podemos menos de confesar que no son dignos de vosotras. Mientras nos
+desgarráis el corazón con vuestros atroces sufrimientos; mientras
+vuestras lágrimas corren como torrentes que en la primavera se
+precipitan de las montañas; mientras hasta las piedras se conmueven y
+plañen; mientras vuestras encantadoras narices empiezan a hincharse a
+causa del llanto que vertéis...
+
+NUMEROSAS VOCES FEMENINAS.--¡Eso no es verdad!
+
+ESCIPIÓN.--Mientras toda la naturaleza, etcétera, etc., vuestros
+maridos, señoras, ¿dónde están? No los veo por ninguna parte. Brillan
+por su ausencia. Os han abandonado. Diré más, a riesgo de provocar
+vuestras iras: os han hecho traición vilmente.
+
+_(Los romanos adoptan posturas altivas. Entre las mujeres se oyen
+suspiros y llantos.)_
+
+PROSERPINA. _(Con acento tranquilo.)_--Verdaderamente, ¿por qué no viene
+mi marido? ¡Creo que ya es hora!
+
+CLEOPATRA.--Todo eso está muy bien, señor. Tenéis un pico de oro, sabéis
+adoptar elegantes posturas; pero decidme: ¿qué haríais si quisieran
+raptarnos durante la noche?
+
+ESCIPIÓN.--Velaremos la noche entera. Además, espero que vosotras no
+querréis marcharos.
+
+VERÓNICA.--¿Por qué están tan lejos? ¡Yo quiero que se acerquen!
+
+VOCES FEMENINAS.--¡Por favor, detenedla!
+
+CLEOPATRA.--¡Tiene gracia lo seguro que estáis de vosotros mismos! No
+puedo menos de reconocer que manifestáis un gran respeto por nuestros
+sufrimientos; pero sois todavía muy joven, y hay cosas que no se os
+alcanzan. Así, pues, voy a deciros algo que aniquilará por completo
+vuestra argumentación, y que hasta os hará, de fijo, poneros colorado.
+¿Qué se hará de los niños, señor?
+
+ESCIPIÓN.--¿Qué niños?
+
+CLEOPATRA.--Pues los que nos hemos dejado en casa.
+
+ESCIPIÓN.--Confieso, señora, que es una cuestión peliaguda. Permitidme
+consultar con mis camaradas.
+
+CLEOPATRA.--Hacedlo.
+
+_(Se aleja hacia las mujeres. Los romanos deliberan en voz baja.)_
+
+ESCIPIÓN.--¡Señora!
+
+CLEOPATRA.--Soy toda oídos.
+
+ESCIPIÓN.--Mis camaradas, los señores romanos de la antigüedad, tras una
+larga deliberación, me han encargado que os diga que tendréis nuevos
+niños.
+
+CLEOPATRA. _(Estupefacta.)_--¿De veras? ¿Creéis?...
+
+ESCIPIÓN.--¡Lo juramos! ¡Juremos todos, señores!
+
+_(Los romanos juran, blandiendo sus aceros.)_
+
+CLEOPATRA.--Pero el sitio no es nada bonito.
+
+ESCIPIÓN. _(Ofendido.)_--¿No os gusta?
+
+CLEOPATRA.--Claro, montañas, hondonadas... En suma, una cosa estúpida.
+Esta piedra tan grande, por ejemplo, ¿qué hace aquí? ¡Quitadla!
+
+ESCIPIÓN. _(Aparta la piedra.)_--¡A vuestras órdenes, señora!
+
+CLEOPATRA.--¡Y luego esos árboles! No, esto es muy feo. Me ahogo aquí.
+Vos mismo estáis avergonzado, no podéis negarlo. Pero me parece que debo
+daros una respuesta.
+
+ESCIPIÓN.--¿Una respuesta?
+
+CLEOPATRA.--¡Claro! ¿No me habéis hecho una pregunta?
+
+ESCIPIÓN.--¿Yo? ¿Qué pregunta? Perdonad, señora, mi razón está un poco
+turbada con motivo de todo esto.
+
+CLEOPATRA.--¡Vaya una ocurrencia! ¿Sabéis que eso es ofensivo para mí?
+
+ESCIPIÓN.--¿Para vos?
+
+CLEOPATRA.--¡Naturalmente! Pretendéis haber perdido la razón por mi
+causa.
+
+ESCIPIÓN.--¿Yo?
+
+CLEOPATRA.--¡No, que seré yo! Y no perdamos tiempo, voy a consultar a
+mis amigas. Calmaos esperándome. ¡Si pudierais veros la cara! La tenéis
+cubierta de sudor, como si os hubierais pasado todo el día cargando
+piedra. Secaos el sudor. ¿Tenéis pañuelo?
+
+ESCIPIÓN.--Me parece, señora, que estáis burlándoos de mí.
+
+CLEOPATRA.--¿Yo?
+
+ESCIPIÓN.--¡Vaya! Y no puedo permitirlo.
+
+CLEOPATRA.--¿Y qué vais a hacer?
+
+ESCIPIÓN.--Gracias a Dios, no soy todavía vuestro marido para permitiros
+burlaros de mí.
+
+CLEOPATRA.--¡Muy bien! ¿Conque os congratuláis de no ser todavía mi
+marido? ¡Tiene gracia! ¿Queríais hacernos creer en la sinceridad de
+vuestros juramentos? _(Dirigiéndose a las demás mujeres.)_ ¿Oís,
+señoras? ¡Se congratulan de no ser nuestros maridos!
+
+ESCIPIÓN.--¡No, no es posible! Es una lógica que no entiendo. Os ruego
+que acabéis.
+
+CLEOPATRA.--¿Y si no quiero?
+
+ESCIPIÓN.--Entonces... entonces, ¡podéis largaros!
+
+CLEOPATRA.--¿Cómo?
+
+ESCIPIÓN.--Sí, podéis largaros todas. Id a buscar a vuestros maridos.
+Estamos hasta la coronilla. ¡Por la cabeza de Hércules! Si hemos fundado
+a Roma, no ha sido para volvernos después locos con vuestra estúpida
+argumentación.
+
+CLEOPATRA.--¿Estúpida?
+
+ESCIPIÓN.--¡Idiota, si os parece poco!
+
+CLEOPATRA. _(Llorando.)_--¡Me insultáis!
+
+ESCIPIÓN.--¡Oh, Júpiter! ¡Está llorando! Pero vamos, señora, ¿qué
+queréis de mí? No puedo más. Aunque soy un antiguo romano, vais a
+hacerme perder el juicio. ¡Cesad de llorar, os lo ruego!
+
+CLEOPATRA.--Entonces, ¿nos dejáis partir? _(Llora con mayor
+desconsuelo.)_
+
+ESCIPIÓN.--¡Desde luego! Estáis libres. Id en busca de vuestros maridos.
+¿Verdad, señores romanos? ¿Pueden partir?
+
+EL GRUESO ROMANO.--¡Naturalmente! Que se vayan; raptaremos a las mujeres
+de los etruscos.
+
+ESCIPIÓN.--¡Qué mujeres, Dios mío! Toda paciencia es poca para
+soportarlas.
+
+CLEOPATRA. _(Llorando.)_--¿Palabra de honor?
+
+ESCIPIÓN.--¿Cómo?
+
+CLEOPATRA.--¿Palabra de honor de que nos dejáis irnos?
+
+ESCIPIÓN.--¡Ya lo habéis oído!
+
+CLEOPATRA.--Sí; mas podría ser que no lo dijerais en serio.
+
+ESCIPIÓN.--Completamente en serio.
+
+CLEOPATRA.--Y si nos decidimos a irnos, ¿nos cogeréis de nuevo?
+
+ESCIPIÓN.--¡De ningún modo! ¡Qué pesadez, Dios mío! ¡Marchaos y no
+temáis nada!
+
+CLEOPATRA.--Muy bien; ¿pero nos llevaréis en brazos?
+
+ESCIPIÓN.--¿Cómo?
+
+CLEOPATRA.--¿No comprendéis? Pues es muy sencillo: ya que nos habéis
+traído aquí, debéis ahora llevarnos junto a nuestros maridos. La
+distancia es muy larga, y no podemos ir a pie.
+
+_(Las mujeres prorrumpen en risas sarcásticas. Escipión, ahogándose de
+cólera, quiere decir algo; pero se limita a herir furiosamente el suelo
+con el pie y se va con sus camaradas. Todos los romanos les vuelven la
+espalda a las mujeres, se sientan en el suelo y permanecen en tal guisa
+mientras las mujeres deliberan.)_
+
+CLEOPATRA.--¿Habéis oído, queridas amigas? Nos dejan partir.
+
+VERÓNICA.--¡Es terrible!
+
+--¡Nos echan! Es innoble. ¡Raptar a honradas mujeres, trastornarlo todo
+a media noche, despertar a los niños, suscitar desórdenes! Y todo,
+¿para qué? ¡Para declararnos que no nos necesitan ya!
+
+--¿Y nuestros pobres maridos? ¿A qué santo han sufrido todo eso?
+
+--¡Ya veis, por la noche, cuando todo el mundo está durmiendo!
+
+--¿Conocéis el camino?
+
+--¡Cualquiera lo conoce! ¡Como que no tenía una más ocupación que la de
+observar el camino cuando la traían!
+
+--Hay una gran distancia.
+
+--¿Y si se niegan a llevarnos?
+
+VERÓNICA. _(Con voz gemebunda.)_--Se me desgarra el corazón. ¡Pobre
+chiquillo mío! Le han obligado a volvernos la espalda. Iré a hablar con
+él.
+
+CLEOPATRA.--¡Esperad! ¡Verónica! No se os escapará vuestro chiquillo.
+Hay que tomar una resolución.
+
+PROSERPINA.--Por mi parte, es igual que tengamos unos maridos u otros.
+Allá se van todos. Estoy segura de que lo primero que se me pedirá es
+una buena cena. Hasta me alegraré de tener un nuevo marido; el que tengo
+ahora gruñe porque no varío el menú, mientras que el nuevo se chupará
+los dedos.
+
+CLEOPATRA.--Decís cosas cínicas, Proserpina. La historia, con ese
+motivo, nos condenará.
+
+PROSERPINA.--¿Qué sabe la historia de nuestros negocios? Además, yo me
+encuentro aquí divinamente.
+
+CLEOPATRA.--¡Sois incorregible, Proserpina! Tened cuidado, pueden
+oírnos. Escuchad, queridas amigas, tengo un plan: podemos partir
+inmediatamente en busca de nuestros maridos. ¡Pero el camino es tan
+largo y estamos tan cansadas!
+
+--¡Tengo los nervios tan excitados!
+
+--¡Es natural! ¡Hemos pasado una noche tan horrible!
+
+CLEOPATRA.--Por eso os propongo que descansemos aquí un par de días.
+Esto no nos comprometerá a nada. Nuestros raptores estarán encantados, y
+así les será menos dolorosa la separación. Confieso que el mío me da
+lástima; le he puesto perdida la nariz.
+
+--¡Pero nada más que dos días!
+
+--Creo que un solo día bastará para que descansemos. Id a hablar con
+ellos, Cleopatra; si no, se dormirán.
+
+CLEOPATRA. _(Volviéndose hacia los romanos.)_--¡Señor!
+
+ESCIPIÓN. _(Sin volver la cabeza.)_--¿En qué puedo serviros?
+
+CLEOPATRA.--Venid un instante.
+
+ESCIPIÓN.--¡A vuestras órdenes, señora! _(Se levanta y se acerca.)_
+
+CLEOPATRA.--Hemos decidido aprovechar vuestra amable proposición, y nos
+vamos inmediatamente. ¿No estáis incomodados?
+
+ESCIPIÓN.--No.
+
+CLEOPATRA.--Pero antes de partir quisiéramos descansar un poco. Espero
+que nos permitiréis permanecer aquí uno o dos días. Esto, además, nos
+gusta mucho.
+
+_(Todos los romanos se levantan precipitadamente.)_
+
+ESCIPIÓN. _(Entusiasmado.)_--¡Querida señora, estoy encantado! Os juro
+por la cabeza de Hércules, de Júpiter, de Venus, de Baco, de Afrodita,
+que todos nosotros... En fin, ya me comprendéis, ¿verdad? ¡Señores
+romanos de la antigüedad, al asalto!
+
+CLEOPATRA.--Ahora iremos a dar un paseíto.
+
+ESCIPIÓN.--¡Todo lo que queráis, señoras! ¡Señores romanos de la
+antigüedad, adelante! ¡Un, dos! ¡Un, dos! ¡No todos a una! ¡Cada cual
+cuando le toque!
+
+_(Coge a Cleopatra del brazo y se la lleva hacia las montañas. Tras él
+marchan los demás romanos, cada cual con su sabina del brazo.)_
+
+--¡Un, dos! ¡Un, dos! ¡En filas apretadas!
+
+_(Pablo Emilio, solo, recorre con gesto desesperado la escena.)_
+
+PABLO EMILIO.--¿Dónde está la mía? ¡Esperad, señores romanos de la
+antigüedad! ¡Se me ha perdido! ¿Dónde está?
+
+_(Verónica permanece un poco a distancia, con los ojos bajos, como una
+novia. Pablo se dirige a ella.)_
+
+PABLO EMILIO.--Señora, ¿no la habéis visto?
+
+VERÓNICA.--¡Qué bestia eres!
+
+PABLO EMILIO.--¿Yo?
+
+VERÓNICA.--Sí, tú. ¡Eres un bestia!
+
+PABLO EMILIO.--¡Me insultáis, señora!
+
+VERÓNICA.--¡Oh, qué bestia eres! ¿Acaso no ves? ¿Acaso no me reconoces?
+¡Oh, querido mío! Hace treinta años que te espero. ¡Aduéñate!
+
+PABLO EMILIO.--¿De qué?
+
+VERÓNICA.--¡Pues de mí! ¡Soy tuya! ¡Dios mío, qué bestia eres!
+
+PABLO EMILIO.--¡Pero ésta no es ella!
+
+VERÓNICA.--Sí, soy ella.
+
+PABLO EMILIO.--¡Ca!
+
+VERÓNICA.-¡Sí!
+
+PABLO EMILIO.--¿Vos? ¿Vos sois la que?...
+
+_(Se sienta en el suelo y llora.)_
+
+VERÓNICA.--Escucha, todos se han ido ya; me da vergüenza estar aquí
+sola. ¡Vamos!
+
+PABLO EMILIO.--No sois vos.
+
+VERÓNICA.--¿No te digo que sí soy yo? ¡Caramba! Mi marido repite desde
+hace treinta años que no soy yo. ¡Y ahora éste también! ¡Dame la mano!
+
+PABLO EMILIO. _(Aterrorizado.)_--¡No, no sois vos! ¡Socorro! ¡Socorro!
+¡Me rapta!
+
+
+TELÓN
+
+
+
+
+CUADRO SEGUNDO
+
+ _Un cuadro extremadamente triste, que dé idea de la situación
+ trágica de los maridos despojados. Es muy posible que llueva, que
+ haga mucho viento, que las nubes negras encapoten el cielo; pero no
+ es menos posible que todo esto no sea sino imaginación. De un modo
+ o de otro, el paisaje debe corresponder al trágico estado de alma
+ de los pobres maridos._
+
+ _A ambos lados de la escena, los sabinos, en dos grupos simétricos,
+ se dedican a la gimnástica. Mientras hacen ejercicios variados,
+ murmuran:_ «Quince minutos de ejercicio diarios, y estaréis como
+ una manzana.» _En medio, en un largo banco, están sentados los
+ maridos con hijos, y cada uno tiene un niño en brazos. Están
+ tristemente cabizbajos, y todo en su actitud manifiesta una
+ desesperación estilizada._
+
+ _Durante largo rato no se oye sino el cuchicheo de los gimnastas;_
+ «Quince minutos de ejercicio diarios», _etc._
+
+ _Entra Anco Marcio, enseñando una carta._
+
+
+MARCIO.--¡He aquí la dirección, señores sabinos! Hemos recibido la
+dirección de nuestras mujeres. ¡La dirección, señores, la dirección!
+
+VOCES AHOGADAS.--¡Escuchad, escuchad! Se ha recibido la dirección.
+
+_(Marcio saca del bolsillo una campanilla y la agita.)_
+
+--¡Silencio, señores, silencio!
+
+MARCIO.--¡Señores sabinos! La historia no podrá reprocharnos ni la
+lentitud ni la indecisión. Ni lentitud ni indecisión entran en el
+carácter de los sabinos, a cuyo temperamento arrebatado, impulsivo,
+apenas ponen coto la experiencia y la prudencia. ¿Recordáis, maridos
+despojados, adónde fuimos a parar la mañana memorable que siguió a la
+terrible noche durante la cual esos bandidos robaron, de una manera
+abominable, a nuestras desgraciadas mujeres? ¿Recordáis adónde nos
+llevaron nuestras piernas veloces, devorando el espacio, apartando todos
+los obstáculos y alborotando toda la región? ¿Recordáis? _(Los sabinos
+guardan silencio.)_ ¡Vamos, señores sabinos, un pequeño esfuerzo de
+memoria!
+
+UNA VOZ TÍMIDA.--¡Proserpinita querida! ¿Dónde estás?
+
+_(Los sabinos siguen silenciosos y pendientes de los labios de Marcio.)_
+
+MARCIO. _(Con énfasis.)_--Bueno, voy a refrescar vuestra memoria:
+corrimos a la agencia de informaciones para enterarnos de dónde se
+hallaban nuestras mujeres. Por desgracia, esta institución arcaica no lo
+sabía aún, y nos dio... la antigua dirección de aquéllas. Y durante una
+semana entera la agencia estuvo dándonos, como si se burlase de
+nosotros, la misma antigua dirección. Al fin nos dio este terrible
+informe: «Partieron sin dejar señas.» Pero no quedamos contentos con
+esta gestión. ¿Recordáis, señores sabinos, lo que hicimos por añadidura?
+_(Los sabinos guardan silencio.)_ He aquí una exposición sucinta, pero
+elocuente, de lo que hemos hecho en los diez y ocho meses que han
+transcurrido desde la desaparición de nuestras pobres mujeres: hemos
+publicado anuncios en los periódicos, prometiendo una recompensa a quien
+nos indique dónde se encuentran; hemos consultado a los astrólogos, que
+han tratado noches y noches, contemplando los astros, de encontrar la
+dirección apetecida...
+
+--¡Proserpinita querida! ¿Dónde estás?
+
+MARCIO. _(Dirigiendo una mirada de reproche al que le ha
+interrumpido.)_--Hemos matado millares de gallinas, patos y gansos para
+examinar sus entrañas y adivinar así la ansiada dirección. Todos
+nuestros esfuerzos han sido vanos. Los dioses todopoderosos no han
+querido coronarlos de éxito. Las estrellas a que nos hemos dirigido sólo
+nos han contestado una cosa: «Partieron sin dejar señas.» ¡Sí, sin dejar
+señas! _(Los sabinos lloran.)_
+
+--¡Proserpinita querida! ¿Dónde estás?
+
+MARCIO.--Sí, señores sabinos, es una respuesta bien extraña por parte de
+los astros. Pero continúo con orgullo la exposición de lo que hemos
+hecho. ¿Recordáis, señores sabinos, en qué se hallaban ocupados nuestros
+sabios juristas mientras los astrólogos consultaban las estrellas? _(Los
+sabinos guardan silencio.)_ ¡Vamos, un pequeño esfuerzo de memoria! En
+estas condiciones, es difícil hablar. Estáis ahí como estatuas, sin
+decir esta boca es mía. ¡Bueno, recordad, os lo ruego!
+
+--¡Proserpinita querida!
+
+MARCIO.--¡Dejadnos en paz con vuestra Proserpina! Bueno, señores
+sabinos, voy a ayudaros a recordar. Decidme, ¿para qué os dedicáis a la
+gimnástica?
+
+UNA VOZ TÍMIDA EN EL FONDO.--Para tener los músculos fuertes.
+
+MARCIO.--¡Muy bien! ¿Y para qué necesitamos tener los músculos fuertes?
+¡Responded!
+
+OTRA VOZ TÍMIDA.--Para pegarnos.
+
+MARCIO.--_(Levantando con desesperación los brazos al cielo.)_--¡Oh,
+dioses! ¡Para pegarnos! ¿Y quién dice eso? Un sabino, un amigo de las
+leyes, un puntal del orden, un modelo, único en el mundo, de lealtad. Me
+dan vergüenza las palabras que acaban de ser pronunciadas. Cuadrarían en
+boca de un bandido romano que roba las mujeres ajenas.
+
+--Proserpinita...
+
+MARCIO.--¿Queréis no fastidiarnos más con vuestra Proserpina? Se trata
+aquí de una cuestión de principios... Veo, señores, que la espantosa
+pérdida ha eclipsado vuestra memoria, y voy a refrescar vuestros
+recuerdos. Tenemos necesidad de músculos fuertes para poder llevar, el
+día en que al fin conozcamos la dirección de nuestras mujeres y de sus
+raptores, los pesadísimos volúmenes del código civil, las colecciones de
+las leyes y las resoluciones del Senado, así como los cuatrocientos
+tomos escritos con motivo de nuestro asunto por los sabios juristas, en
+los que se prueba, con una claridad meridiana, la ilegalidad del acto
+que los romanos cometieron. No echéis en olvido, señores sabinos, que
+nuestra única arma es la ley, nuestro derecho y nuestra conciencia
+tranquila. Demostraremos a los romanos, sin que haya lugar a duda
+alguna, que son unos raptores, y a nuestras pobres mujeres, que fueron
+raptadas de un modo por completo ilegal. Hasta el Cielo se estremecerá
+de indignación. Y--¡congratulaos, señores sabinos!--ahora, por fin,
+podemos acometer nuestra gran empresa, porque tenemos la dirección
+exacta. ¡Miradla!
+
+_(Blande la carta. Los sabinos se empinan sobre las puntas de los pies
+para ver mejor.)_
+
+MARCIO.--¡Miradla! Una carta certificada que firma «Un raptor
+arrepentido». El autor dice en ella que tiene remordimientos de
+conciencia por su mala acción; jura que no raptará ya más mujeres, y
+pide perdón humildemente. La firma no es legible; sobre ella hay una
+gran mancha, que proviene, sin duda, de las lágrimas derramadas sobre el
+papel por el autor arrepentido. Entre otras cosas, escribe que nuestras
+pobres mujeres tienen destrozado el corazón.
+
+--¡Proserpinita querida!
+
+MARCIO.--¡Pero escuchadme! ¡Me interrumpís a cada palabra con vuestros
+lamentos! Haceos cargo de que vuestra Proserpina es cosa secundaria
+cuando se trata del triunfo del derecho. Mientras, los demás nos
+disponemos a la gran batalla en pro del derecho y la justicia--batalla
+en que acaso perdamos la vida--, vos sólo pensáis en vuestra Proserpina.
+En nombre de la honorable asamblea, condeno vuestra conducta... ¡Bueno,
+señores, preparémonos! ¡Acatad mis órdenes! ¡Alineaos en filas
+regulares! ¡Pero más aprisa, vamos! ¡Eh, cuidado, os dicen que os
+volváis a la derecha y os volvéis a la izquierda! Y ya es hora de que
+distingamos entre la izquierda y la derecha.
+
+_(Coge por un hombro al sabino que se ha equivocado y empieza a
+enseñarle.)_
+
+MARCIO.--Para saber dónde está la derecha, volved la cara al Norte... O
+no, la cara al Sur y la espalda al Este. ¡Así no! ¡Lo hacéis
+precisamente al revés! ¡Qué fastidio! Seguid a vuestros vecinos...
+Ahora, señores, si alguno de vosotros lleva cortaplumas, que lo tire.
+Los mondadientes también. Nada que pueda suscitar ideas de violencia.
+¡Ningún arma contundente ni cortante! Nuestra arma es el derecho y la
+conciencia pura. Ahora, que cada uno tome un volumen de leyes y otro de
+estudios jurídicos. ¡Así! ¡Las trompetas al frente! Tocad la marcha de
+los maridos despojados. ¡Adelante! Pero no olvidéis cómo hay que
+avanzar. ¿Lo habéis olvidado?
+
+_(Los sabinos no responden.)_
+
+MARCIO.--Bueno, os lo recordaré: dos pasos al frente y un paso atrás.
+Dos pasos al frente y un paso atrás. Con los dos primeros pasos
+expresamos nuestra firme voluntad, el ardor arrebatado de nuestras
+almas, el deseo irresistible de dar cima a nuestra empresa; mientras que
+el paso atrás manifiesta nuestra sensatez y nuestra prudencia. Al darlo,
+damos, por decirlo así, prueba de nuestra lealtad, de nuestro propósito
+de obrar con moderación. La historia, señores, no conoce saltos. Y no
+hay que olvidar que en este momento la historia, esa justiciera
+implacable, está personificada en nosotros. Tocad la marcha.
+
+_(Las trompetas empiezan a tocar, ora en tono mayor y solemne, ora
+lanzando quejas y gemidos. Los sabinos avanzan del modo indicado por
+Marcio: dos pasos al frente, un paso atrás. De esta suerte atraviesan
+lentamente la escena y desaparecen entre bastidores. Se sigue oyendo
+largo rato los acordes de la marcha lúgubre.)_
+
+TELÓN
+
+
+
+
+CUADRO TERCERO
+
+ _La escena del primer cuadro. El aspecto es ya menos inculto. Ante
+ una de las chozas hállase, en pie, el romano Escipión en una
+ postura perezosa. Sale de entre bastidores el ejército sabino, que
+ avanza gravemente, dos pasos al frente, un paso atrás. Al advertir
+ su presencia, el romano se anima un poco y los mira con curiosidad;
+ pero la monotonía de su marcha le cansa; empieza a bostezar, se
+ despereza y se sienta, flemático, en una piedra._
+
+ _A una señal de Anco Marcio, las trompetas cesan de tocar._
+
+
+MARCIO. _(Gritando con desesperación.)_--¡Alto, señores sabinos! ¿Os
+detenéis o no?
+
+_(Se detienen bruscamente.)_
+
+MARCIO.--¿Os detenéis o no? ¡Dios mío, no es fácil atajar un torrente
+que se precipita hacia el mar! ¡Al fin os habéis detenido! Ahora,
+obedeced. ¡Atrás los trompetas! ¡Adelante los profesores! Los demás que
+sigan en su lugar, sin moverse.
+
+_(Los trompetas retroceden. Los profesores avanzan. Los demás se quedan
+como paralizados.)_
+
+MARCIO.--¡Señores profesores, preparaos!
+
+_(Los profesores arman unos pupitres portátiles, y sobre cada uno de
+ellos colocan un grueso volumen; todos a la vez abren su libro
+respectivo ruidosamente, lo que produce la impresión del disparo de una
+batería. Escipión se anima de nuevo y contempla con curiosidad todos
+estos preparativos.)_
+
+ESCIPIÓN.--¿De qué se trata, señores? ¿Podría yo quizá seros útil? Pero
+si se trata de un circo, debo advertiros que el coliseo no está
+terminado todavía.
+
+MARCIO. _(Con frialdad.)_--¡Cállate, innoble raptor! _(Dirigiéndose a
+los suyos.)_ ¡Al cabo, señores sabinos, estamos a punto de conseguir el
+objeto que perseguimos! Tras nosotros queda un largo camino de
+privaciones, de hambre, de soledad; ante nosotros se presenta una
+batalla única en la historia humana. Animaos, dominaos, calmaos;
+contened la cólera sagrada que rebosa en vuestros corazones y esperad
+tranquilos el fatal desenlace. ¿Recordáis lo que os ha traído aquí?
+
+_(Los sabinos guardan silencio.)_
+
+MARCIO.--¡Recordadlo! Creo que no ha sido por dar un paseo por lo que
+hemos venido con esos pesados libros. ¿Con qué objeto hemos venido aquí?
+¡Decidlo!
+
+ESCIPIÓN.--¡Verdaderamente, señores, debéis responder cuando se os
+pregunta!
+
+MARCIO. _(A Escipión.)_--¡Figuraos que no he podido, en todo el camino,
+sacarles una sola palabra!
+
+ESCIPIÓN.--¿Es posible?
+
+MARCIO.--¡Palabra de honor! Toda paciencia es poca para aguantar a estos
+imbéciles. Parecen mudos.
+
+ESCIPIÓN.--Os compadezco de todo corazón.
+
+UNA VOZ.--¡Proserpinita mía! ¿Dónde estás?
+
+MARCIO. _(Con nerviosidad.)_--¡Silencio! En seguida vamos a reclamar la
+devolución de nuestras mujeres, y guay de los raptores si su conciencia
+no ha empezado ya a remorderlos. ¡Les impondremos el respeto a la ley!
+¡Eh, tú, raptor innoble! ¡Llama a tus innobles camaradas y prepárate a
+rendir cuenta de tu acto abominable!
+
+ESCIPIÓN.--Voy a llamar a mi mujer.
+
+_(Se dirige a su cabaña y grita:_ «¡Cleopatrita mía, sal un momento; han
+venido a verte!» _Sale de entre bastidores Pablo Emilio, y, al reconocer
+a los sabinos, grita lleno de júbilo):_
+
+--¡Los maridos han llegado! ¡Levantaos, señores romanos de la
+antigüedad! ¡Los maridos han llegado!
+
+_(Se lanza sobre Marcio, y llorando de alegría le abraza efusivamente.
+Marcio parece asombradísimo. Pablo Emilio recorre la escena gritando con
+voz jubilosa):_
+
+--¡Los maridos han llegado!
+
+_(Van apareciendo romanos, restregándose los ojos, y ocupan el lado
+derecho de la escena. Marcio, en una actitud belicosa, espera que todos
+los romanos estén reunidos.)_
+
+EL GRUESO ROMANO.--¡Por la cabeza de Baco, he dormido como la primera
+noche después de la fundación de Roma! ¿Qué espantajos son ésos?
+
+--¡Silencio, son los maridos!
+
+EL GRUESO ROMANO.--¿De veras? ¡Dios mío, qué sed tengo! ¡Proserpinita
+mía, dame un poco de sidra!
+
+UNA VOZ TÍMIDA.--¡Proserpinita querida! ¿Dónde estás?
+
+EL GRUESO ROMANO.--¿Qué diablos quiere éste? ¡Llama también a mi mujer!
+
+--¡Silencio, es su marido!
+
+EL GRUESO ROMANO.--¡Ah, sí, no me acordaba ya! ¡Cielos, qué sed tengo!
+Me bebería un lago entero, sobre todo con la cenita que me dieron
+anoche. ¡Si supierais, señores romanos, qué bien guisa mi Proserpina!
+¡Es toda una artista!
+
+--¡Silencio!
+
+EL GRUESO ROMANO.--Bueno, he soñado esta noche que la Roma fundada por
+nosotros se desmoronaba. Casa por casa, piedra por piedra...
+
+--¿Por qué no vienen nuestras mujeres? Tienen una visita, y la cortesía
+más elemental exige que salgan.
+
+--Probablemente estarán vistiéndose.
+
+--¡Qué coquetas son! Lo lógico sería que no se emperejilasen mucho para
+sus antiguos maridos, y, sin embargo... ¡No, no comprenderé nunca la
+psicología femenina!
+
+EL GRUESO ROMANO.--¡Cielos, qué sed tengo!
+
+Y esos sabinos parece que están petrificados... Se los tomaría por
+ídolos de piedra. ¡Si al menos tocasen algo con sus trompetas!
+
+--¡Mirad, se mueven!
+
+MARCIO.--¡Señores romanos! Ahora, que nos encontramos frente a frente,
+espero que no intentaréis escaparos y nos daréis una respuesta clara y
+franca. ¿Recordáis, señores romanos, el delito que cometisteis la
+memorable noche del veinte al veintiuno de abril?
+
+_(Los romanos se miran, confusos, y no contestan.)_
+
+MARCIO.--¿Lo recordáis o no? ¿Vosotros también os habéis olvidado de
+todo? No puedo continuar mientras no hagáis memoria.
+
+_(El grueso romano cuchichea, asustado, a su vecino:_ «Quizá lo
+recuerdes tú, Agripa. Debe de ser algo muy grave.» «No, no lo recuerdo.»
+_Los demás romanos también se preguntan unos a otros y se encogen de
+hombros sin comprender nada.)_
+
+MARCIO. _(Con tono solemne.)_--Bueno, señores romanos, voy a refrescaros
+la memoria. ¡Escuchad! La noche del veinte al veintiuno de abril se
+cometió el mayor crimen de la historia humana: unos malhechores, que
+nombraré luego, raptaron a nuestras mujeres, las bellas sabinas.
+
+_(Los romanos se acuerdan y parecen encantados.)_
+
+--¡Sí, es verdad!
+
+--¡Completamente exacto!
+
+--¡Justamente, el veinte de abril por la noche!
+
+--¡Vaya una memoria!
+
+--¡Qué talento, Dios mío!
+
+MARCIO.--¡Los raptores innobles fuisteis vosotros, señores romanos! No
+se me oculta que trataréis de justificaros, de negar los hechos, de
+desnaturalizar las normas jurídicas, recurriendo a todo linaje de
+sofismas, como es uso y costumbre entre los refractarios a las leyes.
+Pero estamos dispuestos a rebatir, uno por uno, vuestros argumentos
+mendaces. ¡Señores profesores, manos a la obra!
+
+_(El profesor que se encuentra más cerca de los espectadores comienza a
+leer con voz monótona, fuera del tiempo y del espacio.)_
+
+--Los crímenes contra la propiedad. Volumen primero, primera parte,
+primer capítulo, primera página. El robo en general. En la edad antigua,
+aun más antigua que la actual, cuando las aves y los insectos
+revoloteaban sin temor bajo los rayos del sol y no se conocía aún el
+crimen...
+
+MARCIO.--¡Escuchad! ¡Escuchad!
+
+ESCIPIÓN.--¿No habría modo de abreviar un poco?
+
+MARCIO.--No, no es posible.
+
+ESCIPIÓN.--Pues se dormirán.
+
+MARCIO.--¿Creéis?
+
+ESCIPIÓN.--¡Claro! Están ya dando cabezadas, y cuando se hallan en tal
+estado, su comprensión es nula. Si pudierais empezar por el final, por
+decirlo así... Tened la bondad de decirnos lisa y llanamente a qué
+habéis venido.
+
+MARCIO.--¡Extraño modo de concebir una discusión jurídica! Pero, puesto
+que no estáis habituados a discutir seriamente, os diré en dos palabras
+de lo que se trata: queremos demostraros que no os asiste el derecho de
+raptar a nuestras mujeres; que sois, señores romanos, unos raptores, y
+que, pese a vuestros esfuerzos y a vuestros sofismas jurídicos, no
+lograréis nunca justificar vuestro innoble acto. ¡Hasta el Cielo se
+indignará escuchando nuestra requisitoria!
+
+ESCIPIÓN.--Permitid, amigo mío. No tenemos, en modo alguno, la intención
+de justificarnos. Nos apresuramos a deciros que tenéis razón que os
+sobra.
+
+MARCIO.--¿Cómo? ¿Para qué hemos venido entonces?
+
+ESCIPIÓN.--¡Qué sé yo! Acaso hayáis venido por gusto de dar un buen
+paseo.
+
+MARCIO.--¡No, no! ¡Hemos venido con el propósito de demostraros!... ¡Es
+muy extraño todo esto! ¿Confesáis, pues, que sois raptores?
+
+ESCIPIÓN.--Desde luego. Somos raptores; tenéis razón que os sobra para
+llamárnoslo.
+
+MARCIO.--Pero acaso no estéis por completo convictos. En ese caso, el
+señor profesor se encuentra dispuesto... ¿No es verdad, señor profesor?
+
+ESCIPIÓN.--¡No, no! No vale la pena. Estamos por completo convictos.
+Decidle, señores romanos, que estáis de acuerdo con él, porque, de lo
+contrario, va a comenzar de nuevo.
+
+NUMEROSAS VOCES.--¡Estamos de acuerdo! ¡Completamente de acuerdo!
+
+MARCIO.--¿De veras? Entonces no lo entiendo.
+
+ESCIPIÓN.--Y, sin embargo, es muy sencillo.
+
+MARCIO.--Aquí hay algún error. Pero, en fin, ya que insistís... ¡Señores
+sabinos, congratulaos! Los culpables confiesan sus crímenes. Sin más que
+ver nuestros preparativos para la batalla de derecho, experimentan
+remordimientos de conciencia. Sólo nos toca ahora, una vez cumplido
+nuestro deber sagrado, volver la espalda y regresar a nuestra casa...
+
+UNA VOZ TÍMIDA.--¿Cómo? ¿Y mi Proserpinita?
+
+MARCIO.--¡Ah, sí! Tenéis razón, compañero; me había expresado mal.
+Señores romanos, he aquí una lista detallada y exacta de nuestras
+mujeres; tened la bondad de entregárnoslas. Naturalmente, sois
+responsables, según la ley, de todo lo que...
+
+_(En este momento aparecen las mujeres sabinas. Todos los ojos se
+vuelven hacia ellas.)_
+
+MARCIO.--¡He aquí nuestras mujeres! Señores sabinos, dominaos. Os
+suplico que contengáis vuestros impulsos amorosos mientras no está
+arreglada la cuestión jurídica. Dos pasos al frente, un paso atrás; no
+olvidéis que es nuestra divisa. _(Luego dirigiéndose a las mujeres:_
+¡Salud, mujeres sabinas! ¡Buenos días, querida Cleopatra!)
+
+_(Las mujeres ocupan el centro de la escena. Tienen los ojos bajos, su
+actitud es modesta, aunque llena de dignidad.)_
+
+CLEOPATRA. _(Sin alzar los ojos.)_--Si habéis venido para hacernos
+reproches, no los merecemos. Hemos resistido largo tiempo a los raptores
+y sólo hemos cedido a la fuerza. Os juro, querido Anco Marcio, que no he
+cesado de verter lágrimas pensando en vos.
+
+_(Llora, lo mismo que las demás sabinas.)_
+
+MARCIO.--Cálmate, Cleopatra; han confesado ya que son raptores.
+¡Tornemos, pues, a nuestros penates, Cleopatra!
+
+CLEOPATRA. _(Siempre con los ojos bajos.)_--Temo que nos hagáis
+reproches. Además, estamos ya tan habituadas a este paraje... ¿Verdad,
+Marcio, que son preciosas estas montañas?
+
+MARCIO.--No te entiendo, Cleopatra; ¿a qué viene ahora el hablarme de
+las montañas?
+
+CLEOPATRA.--Os enojáis; pero os aseguro, Marcio, que no somos culpables.
+Harto he llorado ya recordándoos. ¿Qué más queréis? ¿Que continuemos
+llorando? ¡Todo lo que queráis! Queridas amigas, les parece que no hemos
+llorado bastante; complazcámoslos. ¡Lloremos, queridas amigas! ¡Os amo
+tanto, Marcio!
+
+_(Las mujeres prorrumpen en sollozos.)_
+
+ESCIPIÓN.--¡Querida Cleopatrita, cálmate! En el estado en que te
+encuentras, el ponerte así puede hacerte daño. _(Dirigiéndose a
+Marcio.)_ Bueno, señor, ¿habéis oído? Lo mejor que podéis hacer es
+volveros por donde vinisteis. Y tú, Cleopatra, vete a la cama. Yo mismo
+prepararé la comida.
+
+MARCIO.--¡Permitid! ¿Por qué habláis de la comida? Cálmate, Cleopatra;
+aquí hay un error. Por lo visto, no te haces cargo de que has sido
+ilegalmente raptada.
+
+CLEOPATRA. _(Llorando.)_--Ya veis: tenía yo razón al decir que ibais a
+hacernos reproches. Escipioncito, déjame el pañuelo.
+
+ESCIPIÓN.--¡Tómalo, querida!
+
+MARCIO.--¡Permitid! No comprendo por qué se habla aquí de un pañuelo,
+cuando se trata...
+
+CLEOPATRA. _(Sin dejar de llorar.)_--¡No digo!... Ahora va a armarme un
+escándalo a propósito del pañuelo. ¿Cómo voy a secarme las lágrimas...
+que derramo por vos? ¡Es cruel, Anco Marcio! ¡Sois un verdadero
+monstruo!
+
+_(En este momento, casi todos lloran: las sabinas, los sabinos y hasta
+muchos romanos.)_
+
+UNA VOZ.--¡Proserpinita querida!
+
+MARCIO.--¡Calmaos, señores sabinos! ¡Dominaos! Voy a arreglarlo todo.
+Aquí hay un error jurídico. La desgraciada mujer no se da cuenta de que
+es víctima de estos innobles raptores. Vamos a probárselo. ¡Señores
+profesores, manos a la obra!
+
+_(Los profesores se preparan. El pánico se apodera de los romanos.
+Escipión coge de la mano a Cleopatra.)_
+
+ESCIPIÓN.--¡Confiesa, confiesa! Si no, va a comenzar de nuevo. ¡Dios nos
+libre!
+
+CLEOPATRA.--No tengo nada que confesar. Soy víctima de una calumnia.
+
+MARCIO.--¡Señor profesor, estamos esperando!
+
+ESCIPIÓN.--¡Date prisa, te lo suplico! ¡Confiesa! ¡Oh, Júpiter, ya abre
+la boca! Esperad, señores sabinos: confiesa. Tapadle la boca a vuestro
+profesor, puesto que confiesa.
+
+CLEOPATRA.--Bueno, confieso. _(A las demás mujeres.)_ Vosotras también,
+queridas amigas, ¿verdad?
+
+ESCIPIÓN. _(Con apresuramiento.)_--Todas, todas confiesan. El asunto
+está arreglado.
+
+MARCIO. _(Sin comprender una palabra.)_--Permitid. Así, pues, Cleopatra,
+¿reconoces que tú y las demás mujeres sabinas fuisteis raptadas durante
+la noche del veinte al veintiuno de abril? ¿No es eso?
+
+CLEOPATRA.--¡Ya lo creo! ¡Desde luego no nos fugamos solas!
+
+MARCIO.--No, veo que no comprende todavía. Señor pro...
+
+CLEOPATRA.--¡Esto es demasiado, Marcio! Permitisteis que nos robasen, no
+nos defendisteis, nos abandonasteis cobardemente, y ahora nos acusáis de
+habernos venido, gustosas, con los romanos. Yo declaro, Marcio, que
+fuimos robadas, raptadas del modo más innoble. Podéis leer el relato de
+nuestro rapto en cualquier manual de historia, amén _(Solloza.)_ del
+diccionario enciclopédico.
+
+ESCIPIÓN.--¡Vamos, vamos! ¡Tapadle la boca al profesor!
+
+_(Pero la boca del profesor continúa abierta. El pánico aumenta entre
+los romanos. Algunos huyen.)_
+
+MARCIO.--Todo se arregla, pues; reconocen que fueron raptadas. Hemos
+logrado nuestro objeto. Hasta el Cielo se indigna de tal crimen.
+¡Vámonos, por tanto, a nuestros penates, Cleopatra!
+
+CLEOPATRA.--¡No quiero ir a los penates!
+
+LAS DEMÁS MUJERES.--¡No queremos ir a los penates! ¡Abajo los penates!
+¡Nos quedamos aquí! ¡Nos insultan, quieren raptarnos! ¡Salvadnos!
+¡Defendednos!
+
+_(Los romanos, blandiendo las armas, se interponen entre los sabinos y
+las mujeres. Poco a poco hacen retroceder a éstas hasta el foro. Lanzan
+a los sabinos miradas amenazadoras.)_
+
+VOCES ROMANAS.--¡A las armas, ciudadanos! ¡Defended a nuestras mujeres!
+¡A las armas!
+
+MARCIO. _(Agita la campanilla.)_--¿Qué diablos pasa aquí? ¡Se diría que
+quieren reñir! ¡Yo me vuelvo loco, señores sabinos!
+
+PROSERPINA. (_Acercándose a los sabinos, y con acento
+persuasivo.)_--Calmaos. Dejadme hablar a Marcio.
+
+UNA VOZ TÍMIDA.--¿Eres tú, Proserpinita querida?
+
+PROSERPINA.--Sí, soy yo, amigo mío. ¿Cómo te va?... Venid aquí, Marcio.
+No temáis nada. ¿Os habéis percatado de que ni Cleopatra, ni yo, ni
+ninguna de las demás mujeres, queremos irnos con vosotros? Creo que está
+bien claro.
+
+MARCIO.--¡Cómo! Yo me vuelvo loco. No puedo vivir sin mi Cleopatra. Es
+mi mujer legítima. ¡Todo lo legítima posible! ¿Creéis que no querrá
+seguirme?
+
+PROSERPINA.--¡Por nada del mundo!
+
+MARCIO.--¿Qué voy a hacer entonces? Como la amo, no puedo vivir sin
+ella. _(Llora.)_
+
+PROSERPINA.--Calmaos, Marcio. _(En voz baja.)_ Me dais lástima, y voy a
+deciros en secreto el único medio que os queda.
+
+MARCIO.--¿Cuál es?
+
+PROSERPINA.--Llevárosla a la fuerza.
+
+MARCIO.--¿Y creéis que así me seguirá?
+
+PROSERPINA. _(Encogiéndose de hombros.)_--Si os la lleváis a la fuerza,
+se verá forzada a seguiros.
+
+MARCIO.--¡Pero eso sería innoble! Me aconsejáis que cometa un acto de
+violencia, a mí, que tengo un concepto tan elevado del derecho. Ya veo
+que, a vuestro entender, el derecho está por debajo de la fuerza. ¡Oh,
+las mujeres!
+
+PROSERPINA.--Decididamente, Marcio, los dioses te crearon en un mal
+momento: eres demasiado tonto. Las mujeres no podemos amar sino a los
+hombres fuertes, audaces. ¿Crees que nos da gusto ser raptadas, robadas,
+reclamadas, perdidas, encontradas y vivir siempre así?
+
+UNA VOZ.--¡Proserpinita querida!
+
+PROSERPINA.--¿Cómo te va, amigo mío? _(A Marcio.)_ No queremos que se
+nos trate como un objeto cualquiera. Apenas me habitúo a un hombre,
+llega otro y me roba; apenas me aficiono al nuevo marido, se presenta el
+primero y se empeña en que me vaya con él. ¡No, Marcio! Si quieres
+conservar a la mujer, no la cedas a nadie; defiéndela de todo agresor,
+con las armas en la mano, sin retroceder ante los peligros, ante la
+muerte misma. Créeme, las mujeres saben apreciar tal suerte de heroísmo.
+Y ten en cuenta que las mujeres no traicionan sino a quienes las han
+traicionado antes.
+
+MARCIO.--¿Pero cómo podemos reñir con ellos? ¡Están armados, y nosotros
+estamos inermes!
+
+PROSERPINA.--No tenéis más que armaros también.
+
+MARCIO.--Tienen músculos fuertes, mientras que nosotros...
+
+PROSERPINA.--No tenéis más que fortaleceros también. ¡No, Marcio, eres
+terriblemente tonto!
+
+MARCIO. _(Alejándose de ella.)_--Y tú, mujer, estás loca. ¡Viva la ley!
+¡Viva el derecho! Pueden arrebatarme brutalmente a mi mujer, pueden
+demoler mi casa, robar todos mis bienes; ¡yo no dejaré de conducirme
+conforme a la ley! El mundo entero puede burlarse de los desgraciados
+sabinos; ¡ellos no dejarán de respetar la ley! ¡Señores sabinos, en
+marcha! ¡Volvamos a nuestra casa! Llorad, derramad lágrimas, sin
+avergonzaros. Aunque se mofen de vosotros, aunque os tiren piedras,
+¡llorad! Aunque os insulten, aunque os escupan en la cara, no dejéis de
+llorar, señores sabinos; debemos derramar lágrimas pensando en la ley
+ultrajada, en el derecho pisoteado. ¡Adelante, sabinos! ¡Trompetas,
+tocad la marcha fúnebre! ¡Dos pasos al frente, un paso atrás! ¡Dos pasos
+al frente, un paso atrás! _(Las mujeres se echan a llorar.)_
+
+CLEOPATRA.--Espera, Marcio... ¡Un momento!
+
+MARCIO.--¡Déjame, mujer! No quiero ya nada contigo. ¡Un, dos! ¡Un, dos!
+
+_(Las trompetas tocan una marcha fúnebre. Las mujeres, llorando y
+gritando, pretenden lanzarse hacia sus antiguos mandos, pero se lo
+impiden los romanos entre carcajadas de triunfo. Sin hacer caso del
+llanto de las mujeres ni de la risa de los romanos, los sabinos se
+alejan lentamente, encorvados bajo el peso de los voluminosos temas
+jurídicos._ ¡Dos pasos al frente, un paso atrás!)
+
+TELÓN
+
+ * * * * *
+
+
+OBRAS DE J. H. FABRE
+
+EDITADAS POR CALPE
+
+=Cinco volúmenes en 8.º, de unas 300 páginas cada uno.=
+
+LA VIDA Y COSTUMBRES MARAVILLOSAS DE LOS INSECTOS APARECEN EN ESTAS
+OBRAS NARRADAS CON AMENIDAD ENCANTADORA
+
+TITULO DE CADA VOLUMEN
+
+=Maravillas del instinto en los insectos=, con grabados y 16 láminas fuera
+de texto, según fotografías de P. H. Fabre, y portada en color. En
+rústica, 5 pesetas; en tela, 7.
+
+=Costumbres de los insectos=, con grabados y 16 láminas fuera de texto,
+según fotografías de P. H. Fabre, y portada en color. En rústica, 5
+pesetas; en tela, 7.
+
+=La vida de los insectos=, con grabados y 11 láminas fuera de texto, según
+fotografías de P. H. Fabre, y portada en color. En rústica, 5 pesetas;
+en tela, 7.
+
+=Los destructores.= Lecturas acerca de los animales perjudiciales a la
+agricultura, con grabados y 16 láminas fuera de texto, según fotografías
+de P. H. Fabre, y portada en color. En rústica, 5 pesetas; en tela, 7.
+
+=Los auxiliares.= Lecturas acerca de los animales útiles a la agricultura,
+con grabados y 16 láminas fuera de texto, según fotografías de P. H.
+Fabre, y portada en color. En rústica, 5 pesetas; en tela, 7.
+
+
+ACTUALIDADES CIENTÍFICAS
+
+DE ESTA COLECCIÓN HA PUBLICADO CALPE LAS SIGUIENTES OBRAS, DE PALPITANTE
+INTERÉS EN EL MUNDO CIENTÍFICO
+
+Freundlich.--=Los fundamentos de la teoría de la gravitación de
+Einstein.=--Un tomo, 8 pesetas.
+
+He aquí el primer libro publicado en castellano sobre esta famosa teoría
+que tanto interés ha despertado en el mundo entero. El éxito alcanzado
+en todos los pueblos de habla española ha sido enorme; cosa natural, por
+otra parte, si se considera la importancia de esta teoría, según la cual
+resultan inciertas muchas leyes físicas que se tenían por inmutables.
+
+Agotada. Está en reimpresión.
+
+T. H. Morgan.--=Evolución y mendelismo.= (Crítica de la teoría de la
+evolución.)--Un tomo, 6 pesetas.
+
+Magnífico estudio del cautivante problema de la herencia mendeliana,
+visto desde los trabajos de investigación hechos por la escuela de
+Morgan.
+
+W. B. Scott.--=La teoría de la evolución.=--Un tomo, 8 pesetas.
+
+Exposición y crítica del estado actual del problema de la evolución,
+siempre candente.
+
+Schlick.--=Teoría de la relatividad.= (Espacio y tiempo en la Física
+actual.)--Un tomo, 6 pesetas.
+
+Este libro es la más clara exposición, al alcance de todos, de la famosa
+teoría de la relatividad de Einstein. En él se encuentran clarísimos los
+fundamentos de la teoría, su evolución histórica, desde los primeros
+hechos experimentales que dieron lugar a la nueva concepción.
+
+El estilo es sencillísimo, y la lectura del libro no exige conocimientos
+especiales de matemáticas.
+
+
+PROXIMAMENTE
+
+Eddington.--=Espacio, tiempo y gravitación.=
+
+Libro admirable para conocer la teoría de la relatividad.
+
+Meumann.--=Introducción a la Estética actual.=
+
+E. Rignano.--=Psicología del razonamiento.=
+
+
+LOS GRANDES VIAJES CLASICOS
+
+VOLÚMENES PUBLICADOS POR CALPE:
+
+1 y 2.--Speke (J. H.): =Diario del descubrimiento de las fuentes del
+Nilo=.--Dos tomos, con grabados y un mapa. Cada tomo, 4 pesetas.
+
+3 y 4.--Bougainville (L. A. de): =Viaje alrededor del mundo=. Dos tomos,
+con cartas y grabados. Cada tomo, 3,50 pesetas.
+
+5 y 6.--Bernier (F.): =Viajes al Gran Mogol, Indostán y Cachemira=. Dos
+tomos, con grabados, láminas y cartas. Cada tomo, 3 pesetas.
+
+7.--La Condamine (C. de): =Viaje a la América Meridional=. Un tomo, con
+una lámina y un mapa, 3 pesetas.
+
+8.--Matthews (J.): =Viaje a Sierra Leona, en la costa de Africa=. Un
+volumen, con un mapa, 2,50 pesetas.
+
+9 y 10.--Darwin (C.): =Diario del viaje de un naturalista alrededor del
+mundo=. Dos tomos, con grabados y mapas. Cada tomo, 4 pesetas.
+
+11, 12 y 13.--Cook (J.): =Relación de su primer viaje alrededor del
+mundo=. Tres tomos. En prensa.
+
+14, 15 y 16.--Cook (J.): =Viaje hacia el Polo Sur y alrededor del mundo=.
+Tres tomos, con 32 grandes láminas fuera de texto y mapas. Cada tomo, 4
+pesetas.
+
+17.--Núñez Cabeza de Vaca (Alvar): =Naufragios y comentarios de...= Un
+tomo, con mapas, 4,50 pesetas.
+
+18.--Colón (Cristóbal): =Viajes=. Un tomo, con un mapa, 4 pesetas.
+
+
+EN PRENSA
+
+Ross (John): =Narración de un segundo viaje en busca del paso del
+Noroeste=. Dos tomos.
+
+Mungo Park: =Viajes por las regiones interiores de Africa=.
+
+López de Gomara (F): =Historia general de las Indias=. Dos tomos.
+
+Hernán Cortés: =Cartas de relación sobre la conquista de Méjico=. Dos
+tomos.
+
+Cieza de León (Pedro): =La crónica del Perú=.
+
+Pigafetta: =Primer viaje alrededor del mundo.=
+
+Dumont D'Urville: =Viaje alrededor del mundo=.
+
+Camerón: =A través del Africa=.
+
+Schweinfurth: =En el corazón del Africa=.
+
+Burton (R.): =Aventuras en el Dahomey=.
+
+Clavijo (Ruy González de): =Vida y hazañas del Gran Tamorlán=.
+
+Bonneville (B. L. E.): =Las montañas rocosas=.
+
+Hernández (Luis): =Relación de Omagua y El Dorado=.
+
+Clapperton: =Viaje al Africa Central=.
+
+Wood Rogers: =Viaje alrededor del mundo=.
+
+La Perouse: =Viaje alrededor del mundo=.
+
+Carver (Jonathan): =Viajes por el interior de América Septentrional,
+1766-1768=.
+
+Caillié (Renato): =Diario de un viaje a Tumbuctu y a Yenne, en el Africa
+Central=.
+
+Dampier (Guillermo): =Nuevo viaje alrededor del mundo, 1697=.
+
+
+LOS GRANDES VIAJES
+
+MODERNOS
+
+OBRAS PUBLICADAS POR CALPE:
+
+=Ansorge: Bajo el sol africano.= Un tomo de 432 páginas, con 123 grabados,
+14 láminas fuera de texto y portada a varios colores, 20 pesetas.
+
+=Charcot: El «Pourquoi-pas?» en el Antártico.= Un tomo de 478 páginas, con
+121 grabados, 43 láminas y tres mapas, cubiertas a varios colores, 20
+pesetas.
+
+=Sverdrup: Cuatro años en los hielos del Polo.= Dos tomos, con 908
+páginas, 35 láminas, 104 grabados y cinco mapas en colores. Cada tomo,
+20 pesetas.
+
+=Haviland: De la «taiga» y de la «tundra». (La vida en el Bajo Yenisei.)=
+Un volumen de 320 páginas, con numerosos grabados, 15 pesetas.
+
+=Alexander: Del Níger al Nilo.= Dos tomos. El tomo I consta de 436
+páginas, con 27 láminas y 99 figuras. El tomo II tiene 460 páginas, con
+24 láminas, 98 figuras y un mapa. Cada tomo, 20 pesetas.
+
+=Orjan Olsen: Los soyotos. Nómadas pastores de renos.= Un volumen de 240
+páginas, con 49 figuras, 8 láminas y un mapa, 14 pesetas.
+
+
+EN PRENSA
+
+=Algot Lange: El Bajo Amazonas.=
+
+=Erland Nordenskjold: Exploraciones y aventuras en la América del Sur.=
+
+=Sven Hedin: Transhimalaya.=
+
+
+
+***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS ESPECTROS***
+
+
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+
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+Creating the works from public domain print editions means that no
+one owns a United States copyright in these works, so the Foundation
+(and you!) can copy and distribute it in the United States without
+permission and without paying copyright royalties. Special rules,
+set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to
+copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to
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+Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you
+charge for the eBooks, unless you receive specific permission. If you
+do not charge anything for copies of this eBook, complying with the
+rules is very easy. You may use this eBook for nearly any purpose
+such as creation of derivative works, reports, performances and
+research. They may be modified and printed and given away--you may do
+practically ANYTHING with public domain eBooks. Redistribution is
+subject to the trademark license, especially commercial
+redistribution.
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+THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
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+Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the
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+entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8.
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+1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be
+used on or associated in any way with an electronic work by people who
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+things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
+even without complying with the full terms of this agreement. See
+paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
+Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
+and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
+works. See paragraph 1.E below.
+
+1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
+or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
+Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual works in the
+collection are in the public domain in the United States. If an
+individual work is in the public domain in the United States and you are
+located in the United States, we do not claim a right to prevent you from
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+are removed. Of course, we hope that you will support the Project
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+keeping this work in the same format with its attached full Project
+Gutenberg-tm License when you share it without charge with others.
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+- You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
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+ returns. Royalty payments should be clearly marked as such and
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+ address specified in Section 4, "Information about donations to
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+DAMAGE.
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+receive the work electronically in lieu of a refund. If the second copy
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+1.F.4. Except for the limited right of replacement or refund set forth
+in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS', WITH NO OTHER
+WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
+WARRANTIES OF MERCHANTIBILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.
+
+1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied
+warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
+If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
+law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
+interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
+the applicable state law. The invalidity or unenforceability of any
+provision of this agreement shall not void the remaining provisions.
+
+1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
+trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
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+with this agreement, and any volunteers associated with the production,
+promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
+harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
+that arise directly or indirectly from any of the following which you do
+or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
+work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
+Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.
+
+
+Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
+
+Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
+electronic works in formats readable by the widest variety of computers
+including obsolete, old, middle-aged and new computers. It exists
+because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
+people in all walks of life.
+
+Volunteers and financial support to provide volunteers with the
+assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
+goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
+remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
+Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
+and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
+To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
+and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
+and the Foundation web page at http://www.gutenberg.org/fundraising/pglaf.
+
+
+Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
+Foundation
+
+The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
+501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
+state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
+Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
+number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
+permitted by U.S. federal laws and your state's laws.
+
+The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
+Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
+throughout numerous locations. Its business office is located at
+809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
+business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact
+information can be found at the Foundation's web site and official
+page at http://www.gutenberg.org/about/contact
+
+For additional contact information:
+ Dr. Gregory B. Newby
+ Chief Executive and Director
+ gbnewby@pglaf.org
+
+Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation
+
+Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
+spread public support and donations to carry out its mission of
+increasing the number of public domain and licensed works that can be
+freely distributed in machine readable form accessible by the widest
+array of equipment including outdated equipment. Many small donations
+($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
+status with the IRS.
+
+The Foundation is committed to complying with the laws regulating
+charities and charitable donations in all 50 states of the United
+States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
+considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
+with these requirements. We do not solicit donations in locations
+where we have not received written confirmation of compliance. To
+SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
+particular state visit http://www.gutenberg.org/fundraising/donate
+
+While we cannot and do not solicit contributions from states where we
+have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
+against accepting unsolicited donations from donors in such states who
+approach us with offers to donate.
+
+International donations are gratefully accepted, but we cannot make
+any statements concerning tax treatment of donations received from
+outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
+
+Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
+methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
+ways including checks, online payments and credit card donations.
+To donate, please visit:
+http://www.gutenberg.org/fundraising/donate
+
+
+Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic
+works.
+
+Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
+concept of a library of electronic works that could be freely shared
+with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project
+Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.
+
+Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
+editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
+unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily
+keep eBooks in compliance with any particular paper edition.
+
+Most people start at our Web site which has the main PG search facility:
+
+ http://www.gutenberg.org
+
+This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
+including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
+Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
+subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
+
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+<h1>The Project Gutenberg eBook, Los espectros, by Leonid Nikolayevich
+Andreyev, Translated by Nicolás Tasín</h1>
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+This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
+almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
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+with this eBook or online at <a href = "http://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a></pre>
+<p>Title: Los espectros</p>
+<p> Novelas breves</p>
+<p>Author: Leonid Nikolayevich Andreyev</p>
+<p>Release Date: August 25, 2009 [eBook #29799]</p>
+<p>Language: Spanish</p>
+<p>Character set encoding: ISO-8859-1</p>
+<p>***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS ESPECTROS***</p>
+<h3>E-text prepared by Chuck Greif<br />
+ and the Project Gutenberg Online Distributed Proofreading Team<br />
+ (http://www.pgdp.net)</h3>
+<p>&nbsp;</p>
+<hr class="pg" />
+
+
+<h3>L. ANDREIEV</h3>
+
+<hr />
+
+<h1>Los espectros</h1>
+
+<p class="c smcap">NOVELAS BREVES</p>
+
+<p class="c">La traducción del ruso ha<br />
+sido hecha por N. Tasin</p>
+
+<p class="img"><img src="images/001.png"
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+width="110"
+height="111"
+/></p>
+
+<p class="c">MADRID, 1919</p>
+
+<p class="c">Papel expresamente fabricado por <span class="smcap">La Papelera Española</span>.</p>
+
+<hr class="full" />
+
+<h2>INDICE</h2>
+
+<table summary="toc"
+cellspacing="0"
+cellpadding="0">
+<tr><td><a href="#LOS_ESPECTROS"><b>Los espectros</b></a></td></tr>
+<tr><td><a href="#EL_HONOR"><b>El honor</b></a></td></tr>
+<tr><td><a href="#CRISTIANOS"><b>Cristianos</b></a></td></tr>
+<tr><td><a href="#BEN-TOVIT"><b>Ben-tovit</b></a></td></tr>
+<tr><td><a href="#UN_HOMBRE_ORIGINAL"><b>Un hombre original</b></a></td></tr>
+<tr><td><a href="#NO_HAY_PERDON"><b>¡No hay perdón!</b></a></td></tr>
+<tr><td><a href="#LAS_BELLAS_SABINAS"><b>Las bellas sabinas</b></a><br />
+&nbsp; &nbsp; <a href="#CUADRO_PRIMERO"><b>Cuadro primero, </b></a>
+<a href="#CUADRO_SEGUNDO"><b>segundo, </b></a>
+<a href="#CUADRO_TERCERO"><b>tercero</b></a></td></tr>
+</table>
+
+<hr />
+
+<p>Talleres "Calpe", Larra, 6 y 8.&mdash;MADRID <i>Leónidas Andreiev, uno de los
+más grandes maestros de la literatura rusa moderna, acaba de morir a la
+edad de cuarenta y siete años. Nacido en el centro de Rusia, en Orel, de
+una familia pobre, estaba predestinado a una vida llena de miserias y de
+privaciones. Pero su energía y su voluntad de hierro le han permitido
+subir a las más altas cimas de la vida intelectual rusa. Después de
+hacer sus estudios en el colegio, sin un céntimo en el bolsillo, sin
+poder esperar ninguna ayuda material, partió para Petrogrado e ingresó
+en la Facultad de Derecho.</i></p>
+
+<p><i>Cuenta en su autobiografía que durante los años de sus estudios
+universitarios vivía en la más negra miseria y a veces estaba sin comer
+dos días seguidos. En 1894, cansado de luchar, desesperado, intentó
+suicidarse y se tiró un balazo en el pecho. Pero los médicos salvaron la
+vida de quien algunos años más tarde debía ser gloria de la literatura
+rusa.</i></p>
+
+<p><i>Sus primeras novelas,</i> El silencio, Había una vez <i>y otras, le dieron a
+conocer inmediatamente. El mismo Tolstoi saludó la aparición de esta
+estrella ascendente. El joven escritor tuvo un feliz principio. La
+crítica le consagró elogiosos estudios: los editores solicitaban su
+colaboración. Sus posteriores novelas pusiéronle al lado de otros dos
+grandes novelistas rusos: Gorky y Chejov. Cada una de sus nuevas obras,
+citaremos, entre otras</i>, Los siete ahorcados, Judas Iscariote, La risa
+roja, El gobernador, Sachka Yegulev, Los espectros, <i>fueron un
+acontecimiento literario.</i></p>
+
+<p><i>Actualmente es Andreiev el autor que más se lee en Rusia. Sus novelas,
+así como sus obras de teatro, tienen un éxito incomparable. Sus
+manuscritos son pagados a razón de docenas de miles de rublos. La mayor
+parte de sus obras están traducidas a todas las lenguas europeas. En
+España, Andreiev empieza a ser conocido gracias a las recientes
+traducciones de sus obras</i> Sachka Yegulev, Los siete ahorcados,
+<i>etc...</i></p>
+
+<hr class="half" />
+
+<h3><a name="LOS_ESPECTROS" id="LOS_ESPECTROS"></a>LOS ESPECTROS</h3>
+
+<hr />
+
+<p class="cap">I</p>
+
+<p>Cuando ya no cupo duda de que Egor Timofeievich Pomerantzev, el subjefe
+de la oficina de Administración local, había perdido definitivamente la
+razón, se hizo en su favor una colecta, que produjo una suma bastante
+importante, y se le recluyó en una clínica psiquiátrica privada.</p>
+
+<p>Aunque no tenía aún derecho al retiro, se le concedió, en atención a sus
+veinticinco años de servicios irreprochables y a su enfermedad. Gracias
+a esto, tenía con que pagar su estancia en la clínica hasta su muerte:
+no había la menor esperanza de curarle.</p>
+
+<p>Al comienzo de la enfermedad de Pomerantzev su mujer, de quien se había
+separado hacía quince años, pretendió tener derecho a su pensión; para
+conseguirla, hasta hizo que un abogado litigara en su nombre; pero
+perdió la causa, y el dinero quedó a la disposición del enfermo.</p>
+
+<p>La clínica se hallaba fuera de la ciudad. Al lado del camino, su aspecto
+exterior era el de una simple casa de campo, construida a la entrada de
+un bosquecillo. Como en la mayoría de las casas de campo, su segundo
+piso era mucho más pequeño que el primero. El tejado era muy alto, y
+tenía la forma de un hacha invertida. Los días de fiesta, para alegrar a
+los enfermos, se izaba en él una bandera nacional.</p>
+
+<p>En las mañanas apacibles de primavera y de otoño llegaban de la ciudad
+los sones apagados de las campanas y el ruido sordo de los coches; pero,
+en general, un silencio profundo reinaba en torno de la clínica, más
+profundo que en la aldea próxima, donde se oían los ladridos de los
+perros y los gritos de los niños. Allí no había ni perros ni niños. La
+casa estaba rodeada de un alto muro. Alrededor se extendía una pradera,
+que pertenecía a la clínica y se hallaba siempre desierta. A cosa de una
+versta se alzaba, entre los árboles, la estrecha chimenea de una
+fábrica, de la que no se veía nunca salir humo. La fábrica, perdida en
+medio del bosque, parecía abandonada.</p>
+
+<p>Muy pocos de los que transitaban por el camino sabían que tras el alto
+muro y las puertas cerradas había locos. Los demás&mdash;los campesinos que
+pasaban en sus cochecillos saltarines, los cocheros de punto procedentes
+de la ciudad, los ciclistas, siempre apresurados sobre sus máquinas
+silenciosas&mdash;estaban habituados a ver el alto muro y no paraban en él la
+atención. Si cuantos se encontraban en su recinto se hubieran escapado o
+se hubieran muerto de repente, habríase tardado mucho en advertirlo; los
+campesinos en sus cochecillos y los ciclistas sobre sus máquinas
+silenciosas hubieran seguido pasando por delante del muro sin sospechar
+nada.</p>
+
+<p>El doctor Chevirev no admitía en su clínica locos furiosos; por eso
+reinaba en ella el silencio como en cualquier casa respetable, habitada
+por gentes bien educadas. El único ruido que se oía a todas horas, desde
+que, hacía ya diez años, se había abierto la clínica, era tan regular,
+suave y metódico, que no se advertía, como no se advierten los latidos
+del corazón o el acompasado sonido de un péndulo. Lo producía un enfermo
+que llamaba a la puerta cerrada de su habitación. Estuviera donde
+estuviera, siempre encontraba alguna puerta, a la que empezaba a llamar,
+aunque bastase empujarla ligeramente para que se abriese. Si se abría,
+buscaba otra y empezaba a llamar de nuevo; no podía sufrir las puertas
+cerradas. Llamaba de día y de noche, sin poder apenas tenerse en pie, de
+cansancio. Probablemente, la insistencia de su idea fija le había hecho
+adquirir el hábito de llamar también durante el sueño; al menos, el
+ruido regular, monótono, que hacía no cesaba en toda la noche. Además,
+no se le veía nunca en la cama, y se suponía que dormía de pie, al lado
+de la puerta.</p>
+
+<p>En fin, había gran tranquilidad en la clínica. Muy raras veces, casi
+siempre durante la noche, cuando el bosque invisible, sacudido por el
+viento, lanzaba gemidos lastimeros, alguno de los enfermos, presa de una
+angustia mortal, empezaba a dar gritos. Por lo general, se acudía con
+presteza a calmarlo; pero ocurría en ocasiones que el terror y la
+angustia eran tales que resultaban ineficaces todos los calmantes, y el
+enfermo seguía gritando. Entonces la angustia se les contagiaba a todos
+los habitantes de la clínica, y los enfermos, como muñecos mecánicos a
+los que se hubiera dado cuerda a la vez, empezaban a recorrer
+nerviosamente sus habitaciones, agitando los brazos y diciendo cosas
+estúpidas e ininteligibles. Todos, incluso los enfermos más apacibles,
+llamaban violentamente a las puertas e insistían en que se los dejase
+libres.</p>
+
+<p>Asustada, a punto de perder el juicio, la enfermera llamaba entonces por
+teléfono al doctor Chevirev, que se encontraba en el restorán Babilonia,
+donde acostumbraba a pasar las noches. El doctor poseía el don de
+tranquilizar a los enfermos sólo con su presencia. Pero hasta mucho
+tiempo después de su llegada los enfermos balbuceaban cosas fantásticas
+detrás de la puerta de su cuarto y la clínica parecía un gallinero donde
+hubiera entrado, durante la noche, una zorra.</p>
+
+<p>Pero esto ocurría raras veces y no se advertía fuera, porque el camino,
+por la noche, estaba completamente desierto. Además, los gritos, al
+través de los muros, parecían de hombres que estaban de broma, a lo que
+contribuían no poco ciertos enfermos, que cantaban en sus momentos de
+crisis.</p>
+
+
+<p class="cap">II</p>
+
+<p>La habitación de Pomerantzev estaba arriba, y su ventana daba al bosque.
+En verano, cuando penetraba por la ventana abierta el aroma de los pinos
+y de las acacias y se veía sobre la mesa un vaso con flores, diríase
+que, en efecto, era aquello una casa de campo. Adornaban las paredes
+tres cuadros que Pomerantzev había llevado, así como un gran retrato de
+su hijo, muerto de difteria hacía mucho tiempo; todo esto daba a la
+habitación un aspecto muy agradable. Pomerantzev estaba satisfechísimo
+de su cuarto, y se pasaba largos ratos contemplando los cuadros, de los
+que uno representaba una muchacha guardando unos patos; otro, un ángel
+bendiciendo la ciudad, y el tercero, un rapaz italiano. Invitaba a todos
+a visitar su cuarto, y tenía una singular complacencia en que el doctor
+Chevirev fuese a verle lo más a menudo posible. Si alguien&mdash;los enfermos
+o el doctor&mdash;se resistía a visitarle, recurría a pequeñas astucias:
+aseguraba que en su cuarto había un ruiseñor que cantaba admirablemente.
+De esta manera procuraba atraer gente a su habitación. Los enfermos
+estaban tan encantados como él de su aposento, y cuando les daba por
+elogiar la clínica, hablaban de él en primer término. Desde un
+principio, Pomerantzev se percató de que se hallaba en una casa de
+locos, pero le tenía sin cuidado: estaba seguro de que, si quisiera,
+podía convertirse en espíritu puro y volar así por todo el mundo. Los
+primeros días de su estancia en la clínica volaba cotidianamente a la
+ciudad, a su oficina; pero después le requirieron quehaceres de más
+monta, y no atendió ya a su oficina, por falta de tiempo.</p>
+
+<p>Era de alta estatura, enjuto; tenía el pelo espeso, muy negro y
+enmarañado. Era miope y llevaba lentes muy gruesos. Cuando se reía
+enseñaba no sólo los dientes, sino las encías también, lo que producía
+el efecto de que la risa rebosaba en todo su ser. Se reía con mucha
+frecuencia. Tenía voz de bajo profundo.</p>
+
+<p>No tardó en trabar amistad con todos los demás enfermos, y ocupó entre
+ellos un lugar de mucho relieve. Se constituyó en protector de sus
+compañeros de clínica. Se imaginaba ser un personaje muy importante, de
+una posición muy elevada; pero no tenía un concepto preciso de cuál era
+tal posición, y sus ideas sobre ella cambiaban muy frecuentemente: tan
+pronto se creía el conde Almaviva como el gobernador de la ciudad o un
+taumaturgo y bienhechos de los hombres. La sensación de un poder enorme,
+de una fuerza infinita y de una gran nobleza no le abandonaba jamás. Con
+este motivo ponía en su modo de tratar a la gente una benevolencia de
+gran señor, y rara vez era con ella severo y arrogante. Sucedía esto
+cuando le llamaban «Egor», en lugar de «Georgi», como él quería que le
+llamasen. Entonces se indignaba hasta saltársele las lágrimas, gritaba
+que se intrigaba contra él y escribía largas quejas al Santo Sínodo y
+al Capítulo de la Orden de Caballeros de San Jorge. El doctor Chevirev,
+como recibiese una queja de aquéllas, le envió inmediatamente una
+respuesta oficial en toda regla, en la que le daba una completa
+satisfacción. Pomerantzev se calmó, y hasta hizo rabiar un poco al
+doctor, que parecía muy asustado con la queja de su enfermo.</p>
+
+<p>&mdash;No hay que apurarse&mdash;tranquilizaba éste al doctor&mdash;. Ya está todo
+arreglado.</p>
+
+<p>Los enfermos no eran muy numerosos en la clínica: once hombres y tres
+mujeres. Vestían como solían hacerlo en su casa, y había que fijarse
+mucho para darse cuenta de un pequeño desorden en su aspecto exterior,
+desorden contra el cual Chevirev no podía hacer nada. Llevaban los
+cabellos, por lo general, bien peinados. Las dos únicas excepciones eran
+una señora que se obstinaba en llevarlos sueltos, lo que producía una
+impresión cómica, y un enfermo, llamado Petrov, que llevaba el pelo y la
+barba muy largos, por miedo a las tijeras, y no permitía que le pelasen,
+por temor a que le degollaran.</p>
+
+<p>En invierno, los enfermos preparaban por sí mismos un lugar para
+patinar, y se dedicaban con placer a dicho deporte. En primavera y
+verano trabajaban en la huerta, cultivaban flores y parecían hombres
+llenos de salud, normales. En todas estas ocupaciones, Pomerantzev era
+siempre el primero. Sólo tres de los enfermos no tomaban parte en los
+trabajos ni en los juegos: Petrov, el de la larga barba; el enfermo que
+llamaba día y noche a las puertas, y una doncella cuarentona, de nombre
+Anfisa Andreievna. Durante muchos años había estado empleada como ama de
+llaves en casa de una condesa, algo parienta suya, donde dormía en una
+cama muy corta, casi de niño, en la que no podía acostarse sin encoger
+las piernas. Cuando se volvió loca, creía tenerlas encogidas para toda
+la vida y encontrarse, por tanto, en la imposibilidad de andar. A toda
+hora atormentábala el temor de que cuando muriese la colocaran en un
+ataúd demasiado corto, donde no pudiera estirar las piernas. Era muy
+modesta, suave, de lindo rostro exangüe, como se pinta a las monjas y a
+las santas. Mientras hablaba, sus largos dedos blancos arreglaban los
+encajes rotos de su peto. Le enviaban muy poco dinero para sus gastos, y
+llevaba trajes extraños, hacía mucho tiempo pasados de moda.</p>
+
+<p>Tenía una confianza absoluta en Pomerantzev, y le rogaba con frecuencia
+que se cuidase del ataúd cuando ella muriese.</p>
+
+<p>&mdash;Es verdad que el doctor me lo ha prometido; pero no tengo gran
+confianza; su papel es engañarnos, mientras que usted es de los
+nuestros. Además, no es gran cosa lo que le pido a usted: un ataúd largo
+costará unos tres rublos más que un ataúd corto. Ya he sacado la cuenta.
+Pero es preciso que alguien se cuide de eso. ¿Usted me lo promete?</p>
+
+<p>&mdash;¡Sí, señora! Cuente usted conmigo. Haré una colecta entre los enfermos
+y se le construirá a usted un mausoleo en el cementerio.</p>
+
+<p>&mdash;Muy bien. Un mausoleo; me parece muy bien. Se lo agradezco a usted
+muchísimo.</p>
+
+<p>Y su pálida faz se coloreaba ligeramente, como blanca nube matutina
+herida por el primer rayo del sol.</p>
+
+<p>Hacía mucho tiempo que no creía en Dios, y un día, como hubieran llevado
+a casa de la condesa unos iconos, cometió con uno de ellos un horroroso
+sacrilegio. Con este motivo, se cayó en la cuenta de que había perdido
+el juicio.</p>
+
+<p>Durante los paseos, que eran obligatorios para todos los enfermos,
+Petrov se mantenía siempre a distancia por temor a un ataque súbito; en
+verano llevaba en el bolsillo, para defenderse, una piedra, y en
+invierno, un pedazo de hielo. El enfermo que llamaba a las puertas se
+mantenía también a distancia. Después de pasar rápidamente por todas las
+puertas abiertas, se detenía ante la del jardín y se ponía a llamar a
+ella, sin apresurarse, insistentemente, de un modo monótono, con
+intervalos regulares. Al principio de su estancia en la clínica tenía
+los dedos hinchados y cubiertos de cicatrices; pero con el tiempo se
+fueron tornando insensibles, la piel se endureció, y cuando llamaba, se
+podía creer que sus dedos eran de piedra.</p>
+
+<p>Pomerantzev se creía obligado a charlar un poco con él siempre que le
+encontraba.</p>
+
+<p>&mdash;¡Buenos días, señor! ¿Sigue usted llamando?</p>
+
+<p>&mdash;¡Sí!&mdash;respondía el otro, mirando a Pomerantzev con sus grandes ojos
+tristes y extrañamente profundos.</p>
+
+<p>&mdash;¿No abren?</p>
+
+<p>&mdash;No&mdash;respondía el enfermo.</p>
+
+<p>Su voz era débil, suave, como un eco, y tan extrañamente profunda como
+sus ojos.</p>
+
+<p>&mdash;¡Déjeme usted, voy a abrir!&mdash;decía Pomerantzev.</p>
+
+<p>Y empezaba a empujar la puerta, a forzar la cerradura; pero la puerta no
+cedía. Entonces añadía:</p>
+
+<p>&mdash;Descanse usted un poco; mientras tanto, yo llamaré.</p>
+
+<p>Por espacio de algunos minutos, Pomerantzev llamaba concienzuda y
+enérgicamente con el puño en la puerta. El otro descansaba, frotándose
+las manos y mirando con ojos asombrados, y al mismo tiempo indiferentes,
+al cielo, al jardín, a la clínica, a los enfermos. Era de elevada
+estatura, hermoso y fuerte aún. El viento acariciaba su barba entrecana.</p>
+
+<p>Una vez se le acercó lentamente Petrov y le preguntó con voz queda:</p>
+
+<p>&mdash;¿Hay alguien detrás de la puerta? ¿Quién es?...</p>
+
+<p>&mdash;¡Es necesario que la abran!</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué tontería! ¿Y si entra cuando usted la abre?</p>
+
+<p>&mdash;Es necesario que la abran.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo se llama usted?</p>
+
+<p>&mdash;No lo sé.</p>
+
+<p>Petrov se rió recelosamente y, apretando el pedazo de hielo que llevaba
+en el bolsillo, volvió de puntillas a su sitio, detrás de un árbol,
+donde se sentía en seguridad relativa en caso de un ataque súbito.</p>
+
+<p>En general, los enfermos charlaban mucho y se complacían en la charla;
+pero apenas habían cambiado las primeras palabras, no se escuchaban ya
+los unos a los otros, y hablaba cada uno para sí. Merced a esto, sus
+conversaciones tenían siempre para ellos un gran interés.</p>
+
+<p>Todos los días, el doctor Chevirev se sentaba, ya al lado de uno, ya al
+lado de otro, y escuchaba atentamente lo que los enfermos decían.
+Parecía que también él hablaba mucho; pero, en realidad, nunca decía
+nada y se limitaba a escuchar.</p>
+
+<p>Todas las noches, desde las diez hasta las seis de la mañana, permanecía
+en el restorán Babilonia, y era incomprensible cómo tenía tiempo para
+dormir, para vestirse con tanto atildamiento, para afeitarse diariamente
+y aun para perfumarse un poquito.</p>
+
+
+<p class="cap">III</p>
+
+<p>Pomerantzev estaba siempre contento de todo y de todos. Además de estar
+loco, padecía del estómago, de gota y otras muchas enfermedades; a veces
+el doctor le ponía a régimen; a veces le privaba durante un día entero
+de todo alimento; pero a Pomerantzev todo esto le tenía sin cuidado.
+Estaba siempre de buen humor, incluso cuando no le daban nada de comer,
+y se enorgullecía de sus enfermedades, dándole las gracias al doctor
+Chevirev por la gota, que consideraba una enfermedad noble, con la que
+su importancia adquiría aún mayor relieve.</p>
+
+<p>El día que el doctor observó por primera vez en él esta enfermedad, se
+llenó de satisfacción y estuvo todo el día dando órdenes, con grave
+acento, a los demás enfermos, que se distraían en levantar una montaña
+de nieve; se imaginaba ser un general que vigilaba la construcción de
+una poderosa fortaleza.</p>
+
+<p>No había nada que no mirase con ojos optimistas, y hasta en los males
+encontraba siempre algo bueno. Una vez, en invierno, se inflamó de
+repente la chimenea de la clínica; temíase un incendio, y todos los
+enfermos estaban asustados. Sólo Pomerantzev se felicitaba; tenía la
+seguridad de que el fuego había destruido a los malignos diablos que,
+escondidos en la chimenea, aullaban durante la noche. En efecto: los
+aullidos cesaron, y Pomerantzev escribió un extenso relato de lo que
+había ocurrido y se lo envió al Santo Sínodo, que, por mediación del
+doctor, le contestó dándole las gracias. De cuando en cuando volaba a la
+ciudad, a su oficina; pero lo hacía cada vez más de tarde en tarde;
+todas las noches recibía la visita de San Nicolás, con quien acudía,
+volando, a todos los hospitales de la ciudad, y se dedicaba a curar
+enfermos.</p>
+
+<p>Por la mañana levantábase agotado, cansado, con las piernas hinchadas y
+un dolor horrible en todo el cuerpo, y tosía terriblemente durante horas
+y horas.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué! ¿Cómo se encuentra usted hoy?&mdash;le preguntaba el doctor,
+sentándose a su lado en la cama.</p>
+
+<p>Pomerantzev, esforzándose en contener la tos, respondía:</p>
+
+<p>&mdash;Me encuentro admirablemente. ¡Nunca me he sentido tan bien!</p>
+
+<p>Y cuando había logrado dominar definitivamente el acceso de tos, añadía
+con una sonrisa jovial y los ojos brillantes.</p>
+
+<p>&mdash;Sólo estoy un poco cansado. No es extraño, por lo demás. ¡He visitado
+esta noche tres hospitales! ¡Y he tenido en ellos no poco que hacer!
+Figúrese usted que solamente en el hospital Detegzev había cinco niños
+enfermos de fiebre tifoidea. Uno estaba casi muriéndose. Por fortuna,
+San Nicolás le curó en seguida, soplándole en la cara. El niño se puso
+al punto muy alegre y pidió de beber. Yo y San Nicolás lloramos de
+alegría. ¡Palabra de honor!</p>
+
+<p>Los ojos de Pomerantzev se llenaron de lágrimas; pero se apresuró a
+secárselas, y añadió en son de broma:</p>
+
+<p>&mdash;¡Vaya un doctor San Nicolás! No se parece usted a él...</p>
+
+<p>Pero inmediatamente, temiendo que el doctor se ofendiese, procuró
+tranquilizarse:</p>
+
+<p>&mdash;¡No, no, querido doctor! No tome usted en serio lo que acabo de
+decirle. Bien sé que es usted un hombre excelente y cumple
+concienzudamente con su deber. Usted se parece a San Erasmo. También es
+un buen santo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Usted le ha visto?</p>
+
+<p>&mdash;¡Ya lo creo! Yo he visto a todos los santos.</p>
+
+<p>Y se puso a describir detalladamente los rostros de los santos, que,
+desde luego, eran todos buenos y nobles.</p>
+
+<p>Después se levantó, dio algunas vueltas por la estancia, hizo algunos
+ejercicios gimnásticos y, al fin, se detuvo junto a la ventana abierta.</p>
+
+<p>&mdash;¡La nieve comienza ya a derretirse!&mdash;dijo&mdash;. ¡Me da un gusto!... ¿Qué
+vamos a hacer hoy, doctor?</p>
+
+<p>&mdash;¿Quiere usted romper el hielo del estanque?</p>
+
+<p>&mdash;¿Romper el hielo? ¡Dios mío, me entusiasma! Romper el hielo es ayudar
+a la primavera. ¡Verdaderamente, doctor, es usted un hombre excelente!</p>
+
+<p>&mdash;Y usted un hombre feliz.</p>
+
+<p>Se separaron grandes amigos.</p>
+
+<p>Un cuarto de hora después, Pomerantzev, todo salpicado de hielo y de
+nieve, trabajaba enérgicamente con la pala, hundiéndola en el hielo, ya
+medio fundido y semejante a azúcar cande. El trabajo hacía entra en
+calor a Pomerantzev, que estaba fatigado y sudando; pero se sentía feliz
+y miraba con ojos encantados alrededor. El día primaveral sonreía. De
+los tejados, de los árboles, del muro, caían lentamente gotas de agua,
+que lo ennegrecían todo en torno. Se aspiraba el olor de la nieve
+derretida, del estiércol, los mil olores indefinibles de la primavera.</p>
+
+<p>&mdash;¡Mire usted cómo trabajo!&mdash;gritaba Pomerantzev a la enfermera, una
+muchacha bajita, envuelta en una capa de pieles.</p>
+
+<p>Estaba sentada en un banco, dando pataditas en el suelo para calentarse
+los pies, y vigilaba a los enfermos. La naricita se le había puesto
+encarnada a causa del frío.</p>
+
+<p>&mdash;¡Muy bien, Georgi Timofeievich!&mdash;respondió con voz débil, sonriéndole
+afectuosamente&mdash;. Me gusta mucho verle a usted trabajar.</p>
+
+<p>Pomerantzev no ignoraba que la enfermera estaba enamorada de él, y,
+aunque no podía corresponder a tal amor, respetaba sus sentimientos y
+procuraba no comprometer a la muchacha con cualquier imprudencia.
+Imaginábase que era una heroína que había abandonado a su opulenta y
+aristocrática familia para cuidar a los enfermos, aunque, en realidad,
+era una pobre huérfana sin parientes. Estaba seguro de que la cortejaban
+oficiales de la guardia imperial, y ella los rechazaba para consagrarse
+por entero a su deber penoso. Se mantenía con ella en una actitud
+particularmente respetuosa, la saludaba con extremada cortesía, la
+llevaba del brazo a la mesa y le enviaba en verano, con el guarda, ramos
+de flores; pero evitaba cuidadosamente el quedarse solo con ella, para
+no ponerla en una situación falsa.</p>
+
+<p>A propósito de esta enfermera tenía frecuentes disputas con el enfermo
+Petrov, que la juzgaba de una manera harto distinta. Petrov afirmaba que
+era, como por lo demás lo eran todas las mujeres, perversa, embustera,
+incapaz de un sincero amor.</p>
+
+<p>&mdash;Después de hablar con alguien&mdash;decía&mdash;, se burla de él. Hace un
+momento, por ejemplo&mdash;seguía diciéndole confidencialmente a Pomerantzev,
+acariciándose la larga barba&mdash;, hace un momento coqueteaba con usted y
+conmigo, y estoy seguro de que ahora se está burlando de nosotros, y,
+escondida detrás de la puerta, ¡está llamándonos imbéciles! ¡Está ahí,
+créame usted! Hasta juraría que está haciéndonos muecas. ¡Oh, conozco
+muy bien a esa maligna criatura!</p>
+
+<p>&mdash;¡Se engaña usted! ¡Yo sí que la conozco!</p>
+
+<p>&mdash;Pues está ahí, detrás de la puerta. La oigo. ¿Quiere usted que la
+sorprendamos?</p>
+
+<p>Y los dos, cogidos de las manos, se acercaban lentamente, de puntillas,
+a la puerta. Petrov la abría bruscamente.</p>
+
+<p>&mdash;¡Se ha escapado!&mdash;decía con tono triunfal&mdash;. Ha oído nuestra
+conversación y ha huido. ¡Oh, son el diablo! Es muy difícil
+sorprenderlas. Puede uno perseguirlas toda la vida sin tener buen éxito
+nunca.</p>
+
+<p>Un día afirmó que la enfermera era la querida del guarda y había tenido
+con él un niño, a quien acababa de matar; le había ahogado con una
+almohada, y por la noche le había enterrado en el bosque. El sabía hasta
+el sitio donde el pobre niño estaba enterrado.</p>
+
+<p>Pomerantzev, indignado al oír tales acusaciones, retrocedió unos cuantos
+pasos, tendió solemnemente la mano derecha y dijo con voz grave:</p>
+
+<p>&mdash;¡Señor Petrov, es usted un monstruo! No volveré nunca a darle a usted
+la mano. Voy a pedir a nuestros compañeros que juzguen su conducta
+innoble.</p>
+
+<p>Y, en efecto, dio al punto principio a la organización de un tribunal.
+Pero la tentativa fracasó. Cuando Pomerantzev hubo conseguido que todos
+los enfermos se sentasen en semicírculo, la señora de los cabellos
+sueltos propuso de repente que se jugase un rato al anillo, y no hubo ya
+tribunal posible.</p>
+
+<p>Media hora después, Pomerantzev y Petrov charlaban amistosamente, como
+si nada hubiera ocurrido: habían olvidado por completo su desavenencia.
+Y hablaban, precisamente, de la enfermera y de su belleza; uno y otro
+estaban de acuerdo en que tal belleza existía; pero Pomerantzev afirmaba
+que era una belleza de ángel, mientras que Petrov sostenía que era una
+belleza de demonio. Luego Petrov habló largamente, en voz baja, de sus
+enemigos.</p>
+
+<p>Tenía enemigos que habían jurado perderle. Con apariencia de
+informaciones financieras publicaban en los periódicos artículos en
+contra suya, llenos de calumnias y de insinuaciones; sostenían contra él
+una campaña persistente, por medio de carteles y de prospectos; le
+perseguían por todas partes en automóviles ruidosos; le acechaban detrás
+de los árboles. Habían sobornado a los hermanos de Petrov y a su anciana
+madre, que todos los días le echaba veneno en la comida, por lo que él
+no se atrevía a comer y estuvo a punto de morirse de hambre. Sí, eran
+poderosísimos sus enemigos, podían filtrarse al través de las piedras,
+de las paredes y de los árboles. Un día pasaba por el bosque, y un árbol
+se inclinó sobre su cabeza y tendió las ramas para estrangularle. Al
+levantarse por la mañana no estaba seguro de pertenecer por la noche al
+mundo de los vivos; al acostarse, no tenía ninguna certeza de que no le
+asesinarían durante la noche. Sus enemigos poseían el don de penetrar en
+su cuerpo; ocurría a menudo que su pierna o su brazo no le obedecían,
+paralizados por ellos. Podían también penetrar en su alma; con
+frecuencia, por la mañana, trataban de impulsarle al suicidio y le daban
+consejos sobre el mejor modo de realizarlo; una vez le habían aconsejado
+que rompiese un cristal de la ventana y con uno de los pedazos se
+cortase la arteria del brazo izquierdo por encima del codo. El doctor
+Chevirev no ignoraba que Petrov era perseguido por numerosos enemigos.
+La antevíspera, por la noche, había llegado a decirle:</p>
+
+<p>&mdash;¡Es usted un hombre muy desgraciado, Petrov!</p>
+
+<p>A Petrov le complació mucho oír aquellas palabras de verdad y de
+compasión, mucho más apreciables sabiendo, como sabía él perfectamente,
+que el doctor era un vulgar egoísta, un borracho y un libertino, que
+había fundado su clínica con el único objeto de explotar a los
+imbéciles. Era muy probable que el doctor fuese también cómplice de su
+madre y que sólo esperase el momento favorable para perderle. El
+domingo anterior Petrov había visto con sus propios ojos a su madre,
+que, escondida detrás de un árbol, miraba fijamente a su ventana; cuando
+le oyó gritar, se marchó corriendo. Era un hecho real, y, no obstante,
+el doctor afirmaba que no había nadie en el jardín. Pero él la había
+visto allí, detrás de aquel árbol, con su gorra de piel y sus terribles
+ojos fijos en la ventana.</p>
+
+<p>Al contar todo esto a Pomerantzev, parecía lleno de un terror que
+apagaba su voz y se manifestaba también en la agitación de su barba. Ni
+siquiera advirtió la salida de Pomerantzev, y solo en su aposento, iba y
+venía con paso nervioso, se oprimía con desesperación la cabeza entre
+las manos, hablaba efusivamente y lloraba. Luego comenzó a amenazar con
+los puños cerrados a sus enemigos invisibles y a llorar aún más
+amargamente, con mayor desconsuelo. Algunos instantes después, como si
+se hubiera acordado de algo, se animó, y con los ojos brillantes se
+asomó a la ventana: acechaba a su madre. Permaneció asomado a la ventana
+una hora entera. Muchas veces creyó divisar detrás de la esquina la
+gorra de piel, los ojos terribles y el pálido rostro maternos. Se
+disponía ya a lanzar un grito de horror, cuando la visión desapareció.
+En torno se derretía la nieve, pesadas gotas de agua caían del tejado,
+de los árboles, del muro. El aire tibio, límpido, de la primavera
+envolvía el jardín. El día era claro, luminoso.</p>
+
+<p>La excitación de Petrov desapareció, así como los pensamientos
+fragmentarios que turbaban su espíritu. Sólo le quedó una honda
+tristeza.</p>
+
+<p>Se tendió en la cama. La tristeza, como si fuera un ser viviente, se
+posó en su pecho y le clavó las garras en el corazón. Así permanecieron
+ambos, estrechamente unidos, mientras fuera, en el jardín, caían gruesas
+gotas de nieve derretida, y todo era claridad, luz radiante.</p>
+
+<p>Se oía, hacia el estanque, una risa jovial; era Pomerantzev, que echaba
+al agua barquitas de papel y se reía, lleno de júbilo.</p>
+
+
+<p class="cap">IV</p>
+
+<p>La enfermera María Astafievna no estaba enamorada de Pomerantzev; desde
+hacía tres años, el tiempo que llevaba en la clínica, amaba
+desesperadamente al doctor Chevirev y no se atrevía a decírselo. Le
+amaba por su inteligencia, por su hermosura varonil, por la nobleza de
+su corazón, por los perfumes especiales y aristocráticos que exhalaba
+siempre; le amaba, en fin, porque no hablaba nunca y porque parecía
+solitario y desgraciado.</p>
+
+<p>En las tres piezas del piso superior que habitaba el doctor no había
+detalle del mobiliario, pedazo de papel ni cuadro que no le fuesen
+familiares. Abría afanosa cuantos libros le veía a él leer, como
+buscando en sus páginas el rastro de su mirada melancólica. Se sentaba
+en todos los sillones y canapés, pensando que el doctor había estado
+sentado en ellos. Una noche, hallándose el doctor, según su costumbre,
+en el restorán Babilonia, llegó a tenderse con cuidado en la cama. En la
+almohada quedó la huella de su cabeza; asustada, iba a hacerla
+desaparecer, cuando, pensándolo mejor, renunció a su propósito, y toda
+la noche, entre las burdas sábanas de la clínica, abrasándose de rubor,
+de placer y de amor, estuvo besando locamente su almohada blanca de
+doncella. Sobre el tocador del doctor había encontrado hacía tiempo un
+frasco de esencia, y había perfumado su pañuelo, que guardaba como si
+fuese un objeto precioso, y cuyo perfume saboreaba como saborea un
+borracho el aroma del vino.</p>
+
+<p>Además de las tres estancias habitadas, había en el piso superior otra
+más, completamente desierta y con una ventana italiana que abarcaba casi
+por completo la pared. La acristalaban multitud de pequeños vidrios de
+colores y de una misión arquitectónica puramente estética; mirada desde
+fuera, era grata a la vista; pero causaba una impresión turbadora y
+extraña mirada desde dentro. Siempre que la enfermera subía al piso
+alto, permanecía largo rato en aquel aposento, contemplando, al través
+de la vidriera policroma, el paisaje conocidísimo, y, sin embargo,
+extraordinario, que se veía desde allí. El cielo, el muro, el camino, la
+pradera y el bosque, mirados al través de los vidrios rojos, amarillos,
+azules y verdes, cambiaban de un modo fantástico; el efecto, mirando al
+través del conjunto de los cristales, era el de una gama; pero si se
+miraba al través de un solo cristal, se experimentaba una emoción que
+variaba según el color. La correspondiente al amarillo era muy
+inquietante; el paisaje parecía anunciar alguna desgracia, evocar
+vagamente algún terrible crimen. Al mirar al través del cristal
+amarillo, la enfermera sentía una tristeza infinita y perdía toda
+esperanza de que el doctor Chevirev se casara con ella. A no ser por
+aquel cristal, le hubiera confesado, hacía mucho tiempo, su amor. Y
+siempre se juraba no volver a mirar por aquella ventana; pero miraba,
+sin embargo, llena de susto y de tristeza ante el extraño cambio del
+paisaje conocidísimo. La proximidad de la ventana al gabinete del doctor
+la inquietaba mucho, como si presintiera en ella un riesgo cercano y
+misterioso.</p>
+
+<p>La soledad del doctor le inspiraba algo así como un sentimiento
+maternal. Cuidaba su ropa y sus libros, y sentía mucho que su autoridad
+no se extendiese a la cocina, tanto más cuanto que, a su juicio, el
+doctor comía muy mal.</p>
+
+<p>Tenía celos de los enfermos, del guarda, al que el doctor confiaba a
+veces misiones misteriosas; de cuantos trataban con su ídolo. Guardaba
+en la cómoda, amorosamente, junto al pañuelo perfumado, un grueso
+cuaderno, donde escribía sus más íntimos pensamientos y donde le rogaba
+al doctor que renunciase a sus visitas cotidianas al restorán
+Babilonia, al champaña y a la vida de libertino que ella sospechaba.
+Cuando escribió la palabra «libertino» experimentó un dolor tan intenso,
+tuvo tanta vergüenza del doctor y de sí misma, que no pudo ya escribir
+más; habiéndose tendido, sin soltar el cuaderno, en la cama, estuvo
+llorando toda la noche y emborronó con sus lágrimas dos páginas.</p>
+
+<p>En el mismo cuaderno se brindaba al doctor Chevirev, pero a condición de
+que se casase con ella y renunciase a Babilonia y al champaña.
+Demostraba que, desde el punto de vista económico, eso sería muy
+ventajoso para el doctor; una vez casada con él, dejaría de cobrar
+sueldo. Además, prometía ampliar, con la autorización del doctor, la
+clínica, y mejorar las condiciones de vida de los enfermos, puesto que
+sabía bastante psiquiatría y se hacía cargo de los defectos de la
+clínica. Le rogaba al doctor&mdash;siempre en el cuaderno&mdash;que resolviese la
+cuestión lo más pronto posible, pues ella había ya cumplido veinticuatro
+años y pronto comenzaría a marchitarse.</p>
+
+<p>Hacía ya dos años que guardaba el cuaderno, y nunca se atrevía a
+entregárselo al doctor. A menudo, en su timidez y su desesperación,
+llamaba a la muerte. Cuando se muriese, el doctor leería de seguro lo
+que ella había escrito.</p>
+
+<p>El doctor no sospechaba nada. Todas las noches, a las diez, se iba al
+restorán Babilonia y no volvía hasta el amanecer. Y siempre se
+encontraba en el corredor, al volver, a la enfermera, que le esperaba.</p>
+
+<p>&mdash;¿No se ha acostado usted aún?&mdash;preguntaba con tono indiferente&mdash;.
+¡Buenas noches!</p>
+
+<p>Ella respondía, con voz apenas perceptible:</p>
+
+<p>&mdash;¡Buenas noches!</p>
+
+<p>En el restorán Babilonia, el doctor Chevirev era considerado como un
+viejo cliente, que casi formaba parte de la casa, y como un personaje
+importante, que ocupaba el primer lugar después del dueño del hotel.
+Conocía por sus nombres a todo el personal, así como a todos los
+miembros de la orquesta y a todos los cantores y cantatrices rusos y
+bohemios. Tomaba parte en las alegrías y en las tristezas del
+establecimiento, arreglaba a menudo las desavenencias entre la
+administración y los clientes borrachos. Todas las noches se bebía tres
+botellas de champaña, ni una más ni una menos. Considerándose allí no un
+médico, sino un particular, se permitía, en ocasiones, sonreír, lo que
+no hacía nunca en la clínica; pero hablaba tan poco como en dicho lugar.</p>
+
+<p>Hasta las doce o la una permanecía en la sala común, ante una de las
+innumerables mesitas, en medio de un mar abigarrado de rostros, de
+voces, de trajes, la espalda casi vuelta a la escena, donde aparecían de
+vez en cuando cantores, cantatrices, juglares, acróbatas. Resonaban en
+toda la sala el ruido de las copas y de los platos, las voces sonoras,
+que se unían en un conjunto monótono y regular; la atmósfera estaba
+impregnada de perfumes de mujer y de vapores de vino; hermosas mujeres,
+muy pintadas, deslizándose entre las mesas, sonreían al doctor; todo
+estaba inundado de una luz eléctrica deslumbradora.</p>
+
+<p>Unos se iban y otros ocupaban sus puestos; pero se diría que siempre
+eran los mismos; tal semejanza había entre ellos, al fulgor de la luz
+eléctrica, en medio del ruido incesante y del olor de los perfumes y del
+vino. No de otra manera, durante una nevada, caen ante los cristales de
+una ventana iluminada millares de copos de nieve. Y parece que son
+siempre los mismos, siendo en realidad siempre otros, en su constante
+tránsito de lo obscuro a lo obscuro.</p>
+
+<p>No se advertía cómo transcurrían las horas. Las botellas se vaciaban. El
+ruido y el calor aumentaban; la atmósfera se iba poniendo poco a poco
+más turbadora y excitante. Había momentos, al contrario, en que el ruido
+se debilitaba casi hasta el silencio, y entonces oíase cualquier palabra
+aislada que se pronunciase en el otro extremo del salón; pero
+inmediatamente el ruido se hacía más intenso; intermitente, irregular,
+parecía subir una escalera de escalones ruinosos y caer, para seguir
+subiendo luego, dispersándose al cabo, como los fuegos artificiales, en
+mil chispas multicolores, rojas, verdes, amarillas. En tales momentos,
+se diría que nuevas voces, ya fuertes, ya suaves, se mezclaban con los
+gritos de la multitud abigarrada; gritos aislados flotaban a veces sobre
+el ruido general, semejantes a copos de espuma sobre las olas: risas
+nerviosas, histéricas, fragmentos de canciones, juramentos furiosos. A
+medida que avanzaba el tiempo, iban siendo más numerosas y frecuentes
+las voces iracundas que votaban y renegaban. No se sabía la garganta de
+donde salían; atravesaban el espacio a modo de murciélagos cegados por
+la luz deslumbrante. El olor de los perfumes y el vino se iba haciendo
+más fuerte e impedía la respiración, como si el aire que impregnaba
+huyese de las bocas, ávidamente abiertas. Hacia la una o las dos de la
+madrugada solían llegar algunos hombres y mujeres que el doctor conocía;
+en Babilonia había tenido ocasión de conocer a casi toda la ciudad. La
+alegre comparsa ocupaba en seguida un gabinete particular e invitaba al
+doctor Chevirev. Se le acogía siempre con gritos alegres y bromas;
+algunos, que se consideraban sus amigos, le abrazaban. Ayudaba a
+componer el menú de la cena; elegía los vinos; indicaba los mejores
+cantantes y cantatrices, a quienes se invitaba también al gabinete.
+Luego se sentaba en un extremo de la mesa, con su botella de champaña,
+que los criados le llevaban cada vez que cambiaba de sitio. Cuando le
+dirigían la palabra se sonreía, y diríase que hablaba mucho, aunque
+guardaba, en realidad, casi siempre silencio.</p>
+
+<p>Al principio, la temperatura en el gabinete era bastante baja; pero no
+tardaba la atmósfera en caldearse. Como la habitación era mucho más
+reducida que el salón general, cuanto pasaba en ella parecía más extraño
+y más desordenado. Se bebía, se reía, hablaban todos a la vez, no
+oyendo sino sus propias palabras; se cambiaban declaraciones de amor,
+abrazos y, a veces, bofetadas.</p>
+
+<p>La gente variaba diariamente. Ante el doctor Chevirev pasaban artistas,
+escritores, pintores, comerciantes, aristócratas, empleados públicos,
+oficiales llegados de provincias. Había en la tertulia <i>cocottes</i>,
+señoras honorables y, en ocasiones, muchachas puras e inocentes,
+encantadas de cuanto veían y que se emborrachaban a la primera gota de
+vino. No obstante su diversidad, toda aquella gente hacía lo mismo.</p>
+
+<p>No tardaban en entrar los bohemios, los hombres altos, de cuello largo y
+cara triste y aburrida; las mujeres modestas, vestidas casi todas de
+negro, indiferentes a las conversaciones, a las palabras que se les
+dirigían y a los vinos que había en la mesa. Luego, de repente,
+empezaban todos a gritar, y el gabinete se llenaba de una alegría loca,
+de una tempestad de sonidos, de un huracán de pasiones, como si todo se
+trastornase y desencadenase. Luego comenzaban los bailes. Cualquier
+esqueleto vestido de mujer daba vueltas como un peón junto a la mesa, en
+una danza loca, frenética. El silencio reinaba de nuevo, y de nuevo se
+veían mujeres modestas vestidas de negro y hombres de cara seria y
+triste. Durante un rato, las mujeres, cansadas, respiraban más
+pesadamente, y temblaban las manos de la que acababa de bailar.</p>
+
+<p>Una joven bohemia morena comenzaba a cantar un «solo». Bajaba los ojos.
+Todos deseaban vérselos; pero ella no los levantaba. Hermosa, morena,
+como enajenada, cantaba:</p>
+
+<p class="poem">
+<span style="margin-left: 3em;">Ni debo amarte ni olvidarte puedo,</span><br />
+<span style="margin-left: 2em;">y hondo dolor mi corazón destroza.</span><br />
+<span style="margin-left: 2em;">¡Contigo, el crimen, y sin ti, la muerte!</span><br />
+<span style="margin-left: 2em;">Lejos de ti, todo en mi vida es sombra.</span><br />
+<span style="margin-left: 3em;">Aunque maldigo mi pasión insana,</span><br />
+<span style="margin-left: 2em;">me complazco en sus cuitas deliciosas.</span><br />
+<span style="margin-left: 2em;">Ni quiero amarte ni olvidarte puedo.</span><br />
+<span style="margin-left: 2em;">¡Malhaya el lazo!; pero ¿quién lo corta?</span><br />
+</p>
+
+<p>De esta suerte cantaba, sin mirar a nadie, morena, hermosa, como
+enajenada; parecía que lo que cantaba no fuese una canción, sino la
+realidad, y en todos producía una impresión de realidad. La tristeza
+invadía las almas, los corazones se llenaban de la nostalgia de algo
+desconocido y bello, la memoria evocaba algo que quizá no había existido
+nunca. Y todos, los que habían conocido el amor y los que no lo habían
+conocido jamás suspiraban y bebían vino ávidamente. Y mientras bebían
+percatábanse de que la vida sobria que habían llevado hasta entonces no
+era sino una mentira, un engaño; de que la verdadera vida, la real,
+estaba allí, en aquellos lindos ojos bajos, en aquellas exaltaciones del
+sentir y el pensar, en aquel vaso que acababa alguien de romper,
+derramando sobre el mantel un vino color de sangre.</p>
+
+<p>Se aplaudía con entusiasmo a la cantatriz, y se pedían más vino y más
+canciones. Luego, a petición del doctor Chevirev, cantaba una bohemia
+entrada en años, de rostro enflaquecido y enormes ojos rasgados; aludía
+en sus cantos al ruiseñor, a las citas amorosas en el jardín, al amor
+juvenil y a los celos. Estaba embarazada de su sexto hijo. Junto a ella
+se hallaba su marido, un alto bohemio, vestido de levita, con una
+mejilla hinchada a causa del dolor de muelas, que la acompañaba con la
+guitarra. Ella cantaba, refiriéndose en sus canciones al ruiseñor, a las
+noches de luna, a las citas deliciosas en el jardín, al amor juvenil, y
+también las cosas que cantaba producían una impresión de realidad, a
+pesar de su embarazo y de su rostro envejecido.</p>
+
+<p>Y así hasta el amanecer.</p>
+
+<p>El doctor Chevirev no se esforzaba por conservar en la memoria los
+nombres de sus amigos del Babilonia, y no se daba cuenta de que
+desaparecían y eran reemplazados por otros. Callaba, sonreía cuando se
+dirigían a él, bebía su champaña mientras los demás gritaban, bailaban
+con los bohemios, se regocijaban o se entristecían, reían o lloraban.
+Generalmente, una alegría estúpida reinaba en la tertulia, lo que no era
+óbice para que a veces también ocurrieran en ella cosas lamentables.</p>
+
+<p>Hacía dos años, mientras una joven y bella bohemia cantaba, un
+estudiante se pegó un tiro; se fue a un rincón, se inclinó como para
+escupir y se disparó el revólver en la boca, que olía aún a vino. Otra
+noche, uno de los amigos del doctor, momentos después de abrazarle y
+marcharse del Babilonia, fue desvalijado y asesinado en un garito.
+Algunos años antes, el doctor había conocido allí a su enfermo Petrov;
+en aquella época, Petrov llevaba una linda perilla, reía, derramaba vino
+en los floreros y cortejaba a una hermosa bohemia. A la sazón llevaba
+una larga barba descuidada y estaba recluido en un manicomio; la bohemia
+había desaparecido. O quizá no había existido en la vida y el doctor se
+la había inventado. ¿Quién sabe?</p>
+
+<p>A las cinco de la mañana, el doctor Chevirev acababa su tercera botella
+de champaña, y se iba a su casa. En invierno, como todavía era de noche
+a dicha hora, tomaba un coche; pero en primavera y en verano, si hacía
+buen tiempo, se iba a pie. No tenía que andar sino cinco o seis
+kilómetros hasta su clínica. Había que atravesar una gran aldea, seguir
+después el camino, a ambos lados del cual extendíase la campiña, y
+cruzar, por último, el bosque.</p>
+
+<p>El sol se levantaba, y parecía que sus ojos estaban aún rojos de sueño;
+todo alrededor&mdash;el bosquecillo, los árboles, el polvo del camino&mdash;se
+hallaba ligeramente teñido de un color rosa pálido. El doctor se cruzaba
+de vez en cuando con campesinos y campesinas, que se dirigían en sus
+cochecillos al mercado de la ciudad. En su cara y en su actitud se
+reflejaba aún la impresión del frío de la noche. Tras los cochecillos se
+alzaban leves nubes de polvo. Junto a una taberna jugaban unos perritos.
+De vez en cuando pasaban por el camino hombres con sacos a la espalda,
+gentes misteriosas, de esas que siempre, a toda hora, van a alguna
+parte. El bosque estaba húmedo aún; los rayos del sol no habían tenido
+tiempo de ahuyentar el frescor nocturno; por eso el doctor Chevirev
+prefería dar un rodeo y caminar por campo abierto.</p>
+
+<p>Bien afeitado, muy currutaco con su sombrero de copa, balanceaba
+negligentemente su mano enguantada, y silbaba, acompañando a los
+pájaros, cuyas canciones resonaban en la atmósfera. Dejaba tras sí, en
+el aire fresco de la mañana, un ligero olor a perfumes, a vino y a
+fuertes cigarros.</p>
+
+
+<p class="cap">V</p>
+
+<p>Al verano siguió el otoño, frío y lluvioso. Durante dos semanas, la
+lluvia casi no cesó. En las raras horas de intervalo, nieblas frías
+alzábanse por todos lados, a modo de cortinas de humo.</p>
+
+<p>Un día cayó en gruesos copos blancos la nieve; se extendió como un
+blanco tapiz desgarrado sobre la hierba, verde aún, y en seguida se
+derritió, aumentando la frialdad y la humedad del aire.</p>
+
+<p>En la clínica se encendían las luces a las cinco de la tarde. En todo el
+día no se veía un rayo de sol, y los árboles, tras los cristales,
+agitaban tristemente las ramas, como queriendo despojarse de las últimas
+hojas.</p>
+
+<p>El ruido incesante de la lluvia sobre el tejado de cinc, la ausencia del
+sol y la falta de distracciones, ponían a los enfermos nerviosos,
+excitados. Les daban más a menudo ataques y se quejaban constantemente.
+Algunos se resfriaron, entre otros el enfermo que llamaba a las puertas,
+el cual tuvo una inflamación pulmonar, y durante algunos días estuvo a
+la muerte. Al menos, el doctor afirmaba que cualquier otro, en su lugar,
+no sobreviviría. Diríase que su indomable voluntad, su loca idea fija de
+las puertas que debían abrirse, le habían hecho invulnerable, casi
+inmortal, y que la enfermedad no podía nada contra su cuerpo, olvidado
+hasta por él mismo. Ni soñando dejaba de hablar de las puertas, de
+rogar, de suplicar y aun de exigir con voz terrible y amenazadora que
+las abriesen; la enfermera tenía miedo de quedarse con él de noche,
+aunque le habían puesto una camisa de fuerza y le habían atado a la
+cama. Mejoraba rápidamente. El doctor dio orden de que le dejasen
+siempre abierta la puerta de la habitación, y el enfermo no se acordaba
+de que había en la casa otras puertas cerradas, y estaba muy contento.
+Pero desde que abandonó el lecho se le oyó llamar a la puerta vecina.</p>
+
+<p>Pomerantzev también se resfrió. Tuvo un fuerte romadizo; además perdió
+la voz, y sólo podía hablar bajito. Sin embargo, estaba de excelente
+humor. En el verano había sembrado una mata de sandías, y cuando
+estuvieron en sazón le regaló la más hermosa a la enfermera. Esta quiso
+dársela a la cocinera para que la sirviese en la mesa; pero Pomerantzev
+no lo permitió; la colocó él mismo sobre el velador, en la habitación de
+la enfermera, y acudía a cada momento a admirarla: le recordaba
+vagamente el globo terráqueo y le sugería grandes ideas.</p>
+
+<p>El doctor le regaló diez tarjetas postales ilustradas, y Pomerantzev se
+dedicó a la tarea de componer un catálogo de sus cuadros. Trabajó
+durante mucho tiempo en el dibujo de la cubierta. Comenzó por dibujar su
+propia persona, como propietario de los cuadros, y esto le gustó tanto
+que repitió el retrato en todas las páginas. Luego le pidió al doctor
+una gran hoja de papel, y dibujó una vez más su imagen, bajo la que
+escribió con letras muy grandes: «Georgi el Victorioso». Colocó el
+cuadro en una pared del comedor, muy cerca del techo, y los enfermos que
+lo veían le felicitaban.</p>
+
+<p>Pero el mal tiempo ejercía también sobre él una influencia perniciosa.
+Sus ensueños nocturnos tornábanse inquietantes y belicosos. Todas las
+noches le atacaba una turba de diablos chorreando agua, y de mujeres
+rojas, de aspecto infernal, que se parecían a la suya. Luchaba largo
+rato, denodadamente, con sus enemigos, y acababa por ponerlos en fuga;
+diablos y mujeres huían a todo correr ante su espada flamígera, lanzando
+gritos de terror y gemidos lastimeros. Pero por la mañana, después de
+tan fieras batallas, estaba tan cansado que, para recobrar las fuerzas,
+tenía que quedarse en la cama un par de horas más.</p>
+
+<p>&mdash;Naturalmente, yo también he recibido algunos golpes&mdash;le confesaba
+francamente al doctor Chevirev&mdash;. Un diablo muy grande ha cogido una
+viga y me la ha tirado entre las piernas, me ha hecho caer y ha
+pretendido estrangularme. Pero yo he acabado por vencerle. ¡Se ha
+llevado lo suyo!... Me han amenazado cuando huían con volver esta noche.
+Si oye usted ruido, no se asuste; pero venga y verá. ¡Es interesante; se
+lo aseguro!</p>
+
+<p>Y seguía durante largo rato, con gran copia de curiosos detalles,
+hablando del combate nocturno.</p>
+
+<p>Pero, de todos los enfermos, el que peor estaba era Petrov. Las nieblas
+del otoño, que por las ventanas invadían la clínica, le inspiraban la
+idea de que todo se había acabado, y a cada momento esperaba un suceso
+terrible. El presentimiento de una desgracia próxima era en él tan
+intenso, que permanecía horas y horas inmóvil, sin atreverse a
+levantarse. Estaba seguro de que mientras no se moviese nada malo podía
+ocurrirle, y de que con sólo levantarse, con sólo moverse de su sitio,
+con sólo volver la cabeza, la desgracia terrible ocurriría
+inmediatamente. Pero una vez en pie, y habiendo comenzado a andar, no se
+atrevía ya a pararse, pues se le antojaba que el peligro estaba
+precisamente en la quietud. Y andaba más aprisa a cada momento,
+volviéndose con una frecuencia creciente, lanzando en todas direcciones
+miradas de pavor, hasta que caía muerto de cansancio en la cama.</p>
+
+<p>Por la noche escondía la cabeza bajo las almohadas y las sábanas, de tal
+manera que se ahogaba; pero no se atrevía a sacarla, aunque la
+habitación estaba bien alumbrada y frente a la cama dormía una
+enfermera, a quien el doctor, en vista del estado inquietante de Petrov,
+había encargado de vigilarle toda la noche. Como durante el día, Petrov
+unas veces no se atrevía a moverse y parecía un cadáver, y otras sacudía
+todo el cuerpo, como si temblara de frío. Todo su horror se concentraba
+en su madre, en la pobre vieja de cara pálida. No pensaba ya que fuera
+cómplice de los médicos que querían perderle. Ni siquiera razonaba el
+horror que le inspiraba; pero temía ver su cara y oírle decir: «¡Hijito
+mío!»</p>
+
+<p>No sabía lo que ocurriría en ese momento, y no se atrevía a pensarlo. Y
+a toda hora sentía que la pobre vieja estaba allí, muy cerca. Estaba
+seguro de que se paseaba por el bosque vecino, con su gorro de pieles, y
+de que se ocultaba debajo de la mesa, debajo de la cama, en todos los
+rincones obscuros. Durante la noche permanecía en pie detrás de la
+puerta, tratando de abrirla suavemente.</p>
+
+<p>El domingo anterior, por la mañana, había estado a verle. Durante una
+hora estuvo llorando en el aposento del doctor; Petrov no la vio; pero a
+media noche, cuando todos dormían ya, tuvo un ataque de locura. Se llamó
+a toda prisa al doctor, que estaba en Babilonia, y cuando llegó, Petrov
+se encontraba ya mucho mejor, gracias a la presencia de gente y a una
+fuerte dosis de morfina que le habían dado; pero seguía temblando de
+pies a cabeza y jadeando. Medio ahogándose, iba y venía de un cuarto a
+otro y renegaba de todo y de todos: de la clínica, del personal, de la
+enfermera, que se dormía en vez de velar. Cuando entró el doctor, le
+recibió lleno de ira.</p>
+
+<p>&mdash;¡Tiene gracia esta casa de locos!&mdash;gritaba sin dejar de andar&mdash;. ¡Vaya
+una casa de locos! Ni siquiera cierran las puertas de noche, y
+cualquiera... si le da la gana... ¡Me quejaré! Si no puede usted ni
+tener un guarda, ¿para qué se mete a abrir clínicas? ¡Es una bribonada!
+¡Sí, señor, una bribonada! ¡Roba usted a sus enfermos! ¡Abusa de su
+confianza! Le creen a usted un hombre honrado, y usted...</p>
+
+<p>&mdash;A ver el pulso&mdash;dijo el doctor Chevirev.</p>
+
+<p>&mdash;Tómemelo, si quiere; pero no se crea que voy a dejarme engañar con el
+pulso y otras zarandajas.</p>
+
+<p>Petrov se detuvo, y, mirando con ira el rostro afeitado del doctor,
+preguntó de repente:</p>
+
+<p>&mdash;¿Estaba usted en el Babilonia?</p>
+
+<p>El doctor hizo con la cabeza un signo afirmativo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué! ¿Se está bien allí?</p>
+
+<p>&mdash;Sí.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ya lo creo que se está bien! ¿Por qué no? Sin embargo, hay que tener
+cuidado de que cierren las puertas. No hay que olvidar la clínica por el
+Babilonia.</p>
+
+<p>Se echó a reír a carcajadas; pero sus labios temblaban, y su risa
+parecía el ladrido de un perro con frío.</p>
+
+<p>&mdash;Sí; voy a dar orden de que cierren siempre las puertas. Le ruego a
+usted que me perdone; ha sido un descuido del personal.</p>
+
+<p>&mdash;Para usted tal descuido acaso no tenga importancia, mientras que para
+mí podría tenerla muy grande. Pero le perdono a usted por esta vez.</p>
+
+<p>Luego, dirigiéndose al enfermero y a los guardas, les dijo severamente:</p>
+
+<p>&mdash;¿Han oído ustedes? ¡Cierren en seguida las puertas!</p>
+
+<p>Y añadió riendo:</p>
+
+<p>&mdash;De lo contrario, yo y el doctor nos iremos inmediatamente a pasar el
+rato al Babilonia.</p>
+
+<p>Cuando se logró que Petrov se retirase a su aposento y se acostase, el
+doctor subió a sus habitaciones. En el corredor, junto a la escalera,
+encontró a la enfermera; se hallaba completamente vestida, y sus ojos
+brillaban.</p>
+
+<p>&mdash;¡Doctor!&mdash;murmuró.</p>
+
+<p>Estaba tan emocionada, que no podía continuar.</p>
+
+<p>&mdash;¡Doctor!&mdash;repitió, sin alzar la voz.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah, es usted! ¿No se ha acostado todavía? Es ya tarde.</p>
+
+<p>&mdash;¡Doctor!</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué hay? ¿Necesita usted algo?</p>
+
+<p>&mdash;¡Doctor!</p>
+
+<p>Le faltaron ánimos. ¡Quería decirle tantas cosas! Le hubiera hablado de
+su amor, del Babilonia, del champaña, de que abusaba. Pero se limitó a
+preguntar:</p>
+
+<p>&mdash;¿Hay que darle bromuro a Polakov?</p>
+
+<p>&mdash;¡Desde luego! ¡Buenas noches!</p>
+
+<p>&mdash;Muy buenas. ¿Volverá usted a irse?</p>
+
+<p>El doctor consultó su reloj. Eran las tres y media.</p>
+
+<p>&mdash;No, es demasiado tarde. No saldré ya.</p>
+
+<p>&mdash;¡Gracias!</p>
+
+<p>Ahogó un sollozo y huyó a su habitación, a llorar, tan pequeña en el
+amplio y largo corredor, que parecía una niñita.</p>
+
+<p>El doctor la siguió con la vista, consultó de nuevo su reloj y,
+sacudiendo la cabeza, se dirigió a sus habitaciones.</p>
+
+<p>El día siguiente fue gris, y, aunque no llovió, hizo mucho frío. El
+invierno se echaba encima. El barro no tardó en secarse. A las cuatro,
+cuando se hizo salir un rato a los enfermos a tomar el aire, las
+avenidas estaban completamente secas, el suelo parecía de piedra y las
+hojas caídas crujían bajo las pisadas.</p>
+
+<p>El doctor, Pomerantzev y Petrov se paseaban a lo largo de la avenida. El
+doctor y Petrov callaban; Pomerantzev se divertía en hundir los pies
+entre las hojas secas, y miraba a cada instante atrás, para ver si
+quedaban huellas. Charlaba acerca del otoño en Crimea, aunque él no
+había estado allí nunca; acerca de la caza, que no conocía, y acerca de
+otras muchas cosas incoherentes, pero divertidas y no desprovistas de
+interés.</p>
+
+<p>&mdash;¡Sentémonos!&mdash;propuso el doctor.</p>
+
+<p>Sentáronse en un banco; el doctor, entre ambos enfermos. Veían ante
+ellos el cielo frío, de nubes grises y pálidas, muy elevadas.</p>
+
+<p>Las tinieblas descendían. Lejos, por encima de los árboles del bosque,
+que se veía apenas, cerníase una bandada de grajos en busca de un lugar
+donde pasar la noche. Formaban una larga cinta viviente, y aunque eran
+numerosos, en sus gritos se adivinaba un sentimiento de soledad, el
+temor de una interminable noche fría, una queja dolorosa. Varios grajos
+se destacaron de la bandada, y cuando estuvieron más cerca, pudo verse
+que cuatro de ellos perseguían a otro; después todos desaparecieron tras
+el bosque.</p>
+
+<p>Petrov, considerablemente calmado después del ataque de la víspera,
+miraba fijamente, ora a los pájaros, ora al médico. Guardaba un silencio
+tenaz. Pomerantzev también había enmudecido, y con gesto severo miraba a
+lo alto.</p>
+
+<p>&mdash;Se está bien ahora en casa&mdash;dijo con una voz que parecía, no se sabe
+por qué, de asombro&mdash;. No estaría mal tomar ahora te.</p>
+
+<p>&mdash;¡Vuelan aquí!&mdash;dijo Petrov.</p>
+
+<p>Se puso pálido y se acercó más al doctor.</p>
+
+<p>&mdash;¿Vamos?&mdash;propuso éste&mdash;. Usted, señor Pomerantzev, vaya delante.</p>
+
+<p>Estas palabras sonaron en los oídos de Pomerantzev como una llamada al
+poder. Se irguió orgullosamente, y empezó a andar con paso firme,
+imitando con las manos los movimientos de un tambor y tarareando algo
+parecido a una marcha guerrera.</p>
+
+<p>&mdash;¡Tam-tara-ta-tam! ¡Tam-tara-ta-tam!</p>
+
+<p>De esta suerte, tamborileando y andando con paso marcial, avanzaba
+delante del doctor y de Petrov, que, inconscientemente, seguían el
+compás. Petrov se estrechaba contra el doctor y miraba con ansia,
+volviendo la cabeza, la bandada de grajos en el cielo frío y a cada
+momento más obscuro.</p>
+
+<p>&mdash;¡Tam-tara-ta-tam! ¡Tam-tara-ta-tam!</p>
+
+<p>El guarda, habiendo visto desde lejos llegar al doctor, abrió la puerta
+de par en par. Pomerantzev entró el primero, con paso solemne, la cabeza
+orgullosamente echada atrás y tamborileando. Los otros dos le seguían.
+En el umbral de la puerta, Petrov dirigió una mirada atrás, y su rostro
+expresó un miedo horrible.</p>
+
+<p>A media noche se levantó un viento muy fuerte. Sacudía el cinc del
+tejado y parecía atacar furiosamente a toda la clínica.</p>
+
+<p>Aquella noche Petrov se murió de terror.</p>
+
+
+<p class="cap">VI</p>
+
+<p>Se transportó al muerto a una vasta habitación fría, que existe en todos
+los hospitales, destinada a tal fin; se le lavó y se le vistió con una
+levita negra, que se le abrochó sobre el pecho.</p>
+
+<p>Al día siguiente llegaron la madre de Petrov y su hermano mayor, un
+escritor muy conocido. Después de pasar algunos momentos con el muerto,
+volvieron al aposento del doctor. La anciana, completamente quebrantada
+por el dolor, apenas entró en el salón de Chevirev, se dejó caer en el
+sofá; pequeña, consumida por una larga vida de sufrimientos, parecía un
+bultito negro, de faz pálida y cabellos blancos. Derramando lágrimas
+heladas de anciana, empezó a contar prolijamente de qué manera en la
+familia amaban a su hijo Sacha y el terrible golpe que había sido para
+ellos su enfermedad inesperada. No había habido nunca locos en la
+familia, ni aun en las generaciones precedentes. El propio Sacha había
+sido siempre un joven sano, aunque un poco desconfiado. La anciana
+insistía en este punto. Se diría que trataba de justificarse, de
+demostrar algo; pero no lo lograba.</p>
+
+<p>El doctor procuraba, con breves réplicas monosilábicas, tranquilizarla;
+el escritor, alto, sombrío, de cabellos negros, algo parecido a su
+hermano muerto, iba y venía con paso nervioso de un extremo a otro de la
+estancia, torturaba su barba, miraba por la ventana y daba a entender
+claramente, con su actitud, que las palabras de su madre le
+desagradaban. Tenía su opinión sobre la enfermedad de su hermano, muy
+sabia, fundada en los datos de la ciencia tanto como en su personal
+conocimiento de las miserias de la vida. Pero entonces, ya muerto Sacha,
+no quería hablar de eso, sobre todo porque se veía obligado a insistir
+en lo atañadero al mal carácter del difunto.</p>
+
+<p>Al cabo, no pudiendo ya contenerse, interrumpió a su madre:</p>
+
+<p>&mdash;Mamá, ya es hora de que nos vayamos. Estamos molestando al señor
+doctor.</p>
+
+<p>&mdash;En seguida, hijo mío. Dos palabras más, y nos vamos.</p>
+
+<p>Y comenzó de nuevo a hablar, a justificarse y a pretender demostrar
+algo, sin conseguirlo. El hijo miraba con una curiosidad malévola la
+cabeza temblorosa y cana de la madre; recordaba las cosas insensatas que
+le decía en el camino, y pensaba que estaba loca; que abajo, en los
+aposentos cerrados, había locos; que su hermano, que acababa de morir,
+estaba también loco, y no paraba de inventar historias ridículas, viendo
+enemigos por todas partes, figurándose que se le perseguía a cada paso.
+¡El pobre desgraciado se imaginaba tener enemigos! ¿Qué hubiera dicho
+si, en efecto, los hubiera tenido como él, el escritor, reales,
+poderosos, implacables, infatigables, que no retrocedían ante la
+calumnia y la denuncia?</p>
+
+<p>&mdash;¡Mamá, hay que marcharse!</p>
+
+<p>&mdash;¡En seguida, hijo mío! Diga usted, doctor, ¿podré pasar la noche junto
+a mi Sacha? ¡Está solo el pobrecito! Nadie en nuestra familia había
+muerto en un hospital, y el pobre hijo mío...</p>
+
+<p>Y se echó a llorar.</p>
+
+<p>El doctor la autorizó para pasar la noche velando al difunto. La madre y
+el hijo se fueron. Por el camino, la anciana comenzó de nuevo a decir
+cosas insensatas; su hijo hacía gestos de impaciencia y miraba con mal
+humor los tristes campos, despojados por el otoño de su pompa.</p>
+
+<p>En consideración al carácter tranquilo de Pomerantzev, no se le cerraba
+nunca la puerta de la habitación. Durante todo aquel día inquietante
+anduvo de un lado para otro por la clínica. Asistía a todos los
+servicios religiosos fúnebres, distribuía velas, las recogía luego, y si
+alguien se olvidaba de apagar la suya, se acercaba y la apagaba él,
+soplando muy solícito.</p>
+
+<p>El muerto le inspiraba una gran curiosidad. De media en media hora
+entraba en la cámara mortuoria para mirarle, ajustaba sobre el cadáver
+el lienzo que lo cubría y le arreglaba la levita. Y creía que su papel
+allí no era menos grave e importante que el del muerto. El estaba vivo y
+lleno de actividad, lo que no era menos interesante, misterioso y grave
+que estar muerto y yacer en el ataúd. Mientras andaba por toda la
+clínica, de un lado para otro, pensaba en las palabras conmovedoras y
+solemnes que acababa de oír durante el servicio religioso: «Difunto»,
+«llamado por Dios al reino de los cielos» y otras. Tales palabras, y
+cuanto pasaba aquel día le hacían felicísimo; pero en lo profundo de su
+alma sentía una extraña inquietud, como si se hubiera olvidado de algo
+muy grave y no pudiera recordarlo, a pesar de todos sus esfuerzos. En su
+ir y venir incansable se detenía a veces y se rascaba, con aire
+preocupado, la frente. Con frecuencia le pedía órdenes a la enfermera.</p>
+
+<p>&mdash;¿Me ha encargado usted que haga algo? Me parece que ya está todo.</p>
+
+<p>La enfermera, que se sentía dichosa todavía porque el doctor no había
+vuelto, algunas noches antes, al Babilonia, respondió afectuosamente:</p>
+
+<p>&mdash;Sí, querido Georgi Timofeievich, lo ha hecho usted todo. Le estamos
+muy agradecidos yo y el doctor. ¿Comprende usted? ¡Yo y el doctor! Yo y
+el doctor...</p>
+
+<p>&mdash;Me alegro mucho. Temía haber dejado algo por hacer.</p>
+
+<p>Y seguía apresuradamente su camino.</p>
+
+<p>Cuando llegó la noche, Pomerantzev trató en vano de conciliar el sueño:
+daba vueltas, suspiraba; pensaba en mil cosas, pero no lograba dormirse.
+Entonces se volvió a vestir y se fue a ver al muerto. El largo corredor
+no estaba alumbrado sino por una lamparilla, y apenas se veía en él. En
+la cámara mortuoria ardían tres gruesos cirios, y otro, muy fino,
+alumbraba el breviario que leía en alta voz una monja llamada para velar
+al muerto. Había mucha luz en la estancia; el aire estaba impregnado de
+olor a incienso. Cuando entró Pomerantzev, su cuerpo proyectó sobre el
+suelo y sobre las paredes algunas sombras vacilantes.</p>
+
+<p>&mdash;Deme usted su breviario, hermanita&mdash;propuso Pomerantzev a la monja&mdash;.
+La reemplazaré a usted un rato.</p>
+
+<p>La monja, que, en plena juventud, se pasaba la vida leyendo oraciones a
+la cabecera de los muertos, aceptó muy gustosa la proposición y se
+retiró a un ángulo del cuarto. Había tomado a Pomerantzev por un miembro
+del personal de la clínica o por un pariente del difunto.</p>
+
+<p>En aquel momento se levantó del canapé la madre de Petrov, envuelta en
+un chal negro. Su cabecita cana temblaba; su rostro era tan pulcro en su
+senilidad como si se lavase diez veces al día cada arruguita. Llevaba
+largo rato en el canapé, sin dormir, sumida en sus tristes pensamientos.</p>
+
+<p>Al principio, Pomerantzev leía muy bien, con voz expresiva; pero los
+cirios y las flores que cubrían el cuerpo del difunto no tardaron en
+atraer su atención. Acabó por leer de un modo incoherente, saltándose
+muchas líneas. La monja se aproximó a él sin que lo advirtiese, y,
+suavemente, le quitó de la mano el breviario. En pie ante el ataúd, con
+la cabeza ligeramente echada a un lado, contempló al muerto unos
+momentos, admirándole, como un pintor admira su cuadro. Después arregló
+un poco la levita del difunto, y le dijo, como para tranquilizarle:</p>
+
+<p>&mdash;¡Duerme tranquilo, hermano mío! No tardaré en volver.</p>
+
+<p>&mdash;¿Conocía usted a mi pobre Sacha?&mdash;preguntó la vieja, acercándose.</p>
+
+<p>Pomerantzev se volvió hacia ella.</p>
+
+<p>&mdash;Sí&mdash;dijo con tono decidido&mdash;; era mi mejor amigo. Mi amigo de la
+infancia.</p>
+
+<p>&mdash;Yo soy su madre. Me da gusto oírle a usted hablar así de mi pobre
+Sacha. Permítame usted que le hable un poco.</p>
+
+<p>Pomerantzev se imaginó que él era el doctor Chevirev, que escuchaba las
+quejas de los enfermos. Adoptando una actitud grave, atenta y
+suplicante, respondió con mucha cortesía:</p>
+
+<p>&mdash;¡Estoy a sus órdenes! Tenga la bondad de sentarse. Estará usted mejor.</p>
+
+<p>&mdash;No, gracias; estoy bien así. Diga usted, ¿no es verdad que mi pobre
+Sacha no era un mal hombre?</p>
+
+<p>&mdash;¡Era un hombre excelente!&mdash;exclamó con sincero acento Pomerantzev&mdash;.
+Era el mejor de los hombres que he conocido. Claro es que tenía sus
+defectillos; pero... ¿quién no los tiene?</p>
+
+<p>&mdash;Es lo que yo digo; pero mi hijo segundo, Vasia, se incomoda. ¡Soy tan
+feliz oyéndole a usted! Es un gran consuelo para mí... Diga usted, ¿mi
+pobre Sacha no se quejaba nunca de mí? ¡Pobrecito! Se figuraba que yo no
+le quería y, no obstante, créame usted, yo le quería mucho, mucho...</p>
+
+<p>Y llorando suavemente, le contó a Pomerantzev todos sus sufrimientos,
+todos sus dolores de madre, que veía a su hijo perdido y no podía hacer
+nada por él. Y de nuevo pareció querer justificarse, demostrar algo, sin
+lograrlo. Se diría que tanto ella como Pomerantzev, que apoyaba
+tranquilamente el codo sobre el ataúd, se habían olvidado del muerto; la
+vieja estaba tan cerca de la muerte, que no le atribuía una gran
+importancia y la concebía como otra vida misteriosa; Pomerantzev, por
+su parte, ni siquiera pensaba en ella. Pero las lágrimas de la anciana
+de cabellos blancos le conmovieron, y experimentó de nuevo un
+sentimiento de vaga inquietud.</p>
+
+<p>&mdash;¡A ver el pulso!&mdash;le dijo&mdash;. Bueno. No se apure usted. Todo se
+arreglará lo mejor posible. Yo haré todo lo que esté en mi mano. Esté
+usted completamente tranquila.</p>
+
+<p>&mdash;Me consuela usted. ¡Es usted tan bueno! Se lo agradezco con toda mi
+alma.</p>
+
+<p>Y la vieja, de pronto, le cogió la mano a Pomerantzev y se la llevó a
+los labios.</p>
+
+<p>El se puso muy colorado, como se ponen los hombres que ya peinan canas y
+tienen arrugas en la cara, y exclamó con indignación:</p>
+
+<p>&mdash;¡Vamos, señora, vamos! ¿Se les besa la mano a los hombres?</p>
+
+<p>Y salió de la estancia.</p>
+
+<p>El corredor estaba mal alumbrado. Pomerantzev marchaba lentamente. De
+pronto, a algunos pasos de distancia, vio a San Nicolás, el taumaturgo.
+Era un hombrecillo de pelo gris, con pantuflas tártaras muy agudas y una
+pequeña aureola dorada alrededor de la cabeza. Pomerantzev avanzaba
+cabizbajo, y el santo también, sin ruido alguno, como si anduviese sobre
+una espesa alfombra. Durante largo rato, uno y otro guardaron silencio.
+Marchaban emparejados y sumidos en sus reflexiones. El corredor parecía
+interminable. Se veían a ambos lados blancas puertas cerradas; detrás
+de unas reinaba un silencio absoluto; detrás de otras se adivinaba una
+ligera agitación: la de los enfermos insomnes, que no podían estarse
+quietos. El corredor no se terminaba jamás, y las puertas eran
+extrañamente numerosas. Detrás de una de ellas, al lado izquierdo del
+pasillo, oyeron un ruido seco y monótono; el loco que llamaba a las
+puertas se entregaba infatigablemente a su ocupación predilecta.</p>
+
+<p>&mdash;¡Llama!&mdash;dijo Pomerantzev a San Nicolás, sin levantar la cabeza.</p>
+
+<p>&mdash;¡Llama!&mdash;respondió el otro, sin levantar la cabeza tampoco.</p>
+
+<p>&mdash;¡Muy bien!</p>
+
+<p>&mdash;¡Sí, muy bien!&mdash;confirmó San Nicolás.</p>
+
+<p>Y siguieron andando, sumidos uno y otro en sus reflexiones.</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué siento a veces en el pecho, bajo el corazón, algo que me
+oprime, que me pesa? Di, Nicolás.</p>
+
+<p>&mdash;¡Es natural! En una casa de locos no puede uno menos de fastidiarse
+alguna vez.</p>
+
+<p>&mdash;¿Crees...?</p>
+
+<p>Pomerantzev volvió la cabeza hacia San Nicolás. Este le miraba con
+afecto y sonreía dulcemente. Tenía los ojos arrasados en lágrimas.</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué lloras? Sonríes y lloras al mismo tiempo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y tú? Tú también sonríes y lloras.</p>
+
+<p>Y siguieron andando, sumidos en sus reflexiones.</p>
+
+<p>&mdash;¡Llama!&mdash;dijo Pomerantzev.</p>
+
+<p>&mdash;¡Llama!&mdash;respondió San Nicolás.</p>
+
+<p>&mdash;Me das lástima, Nicolás. Estando tan viejo, tan enfermo, tan falto de
+fuerzas, andas sin cesar, vuelas sin descanso sobre la tierra y no te
+cuidas de nada. Ahora has venido por los aires a visitarme. Veo que no
+me olvidas.</p>
+
+<p>&mdash;No tiene importancia: llevo pantuflas. Con botas es más difícil volar.</p>
+
+<p>&mdash;¡Llama!&mdash;dijo Pomerantzev&mdash;. Vámonos volando a cualquier parte, ¿te
+parece? Porque, ya ves, me aburro aquí. ¡Me aburro tanto! Además, me
+duelen las piernas.</p>
+
+<p>&mdash;¡Bueno, volemos!&mdash;aceptó San Nicolás.</p>
+
+<p>Y volaron.</p>
+
+<p>En el corredor, mal alumbrado, reinaba un silencio inquietante. Tras las
+puertas cerradas oíase la charla de los enfermos que no conocían el
+descanso. En el extremo del corredor, tras una puerta silenciosa hasta
+entonces, se oyó un grito:</p>
+
+<p>&mdash;¡Qui-qui-ri-quí!</p>
+
+<p>Lo lanzaba un enfermo que se imaginaba ser un gallo. Con la puntualidad
+de un cronómetro se despertaba a media noche, a las tres y a las seis,
+agitaba los brazos, a modo de alas, y gritaba imitando al gallo y
+despertando a los otros enfermos.</p>
+
+<p>Ahora no se despertó nadie. El enfermo que se imaginaba ser un gallo se
+durmió de nuevo. Todo quedó otra vez tranquilo. Detrás de una puerta,
+del lado izquierdo del pasillo, el enfermo seguía golpeando de un modo
+regular y monótono; pero aquel ruido no turbaba el silencio, porque se
+confundía con él.</p>
+
+<p>La noche avanzaba, y el enfermo seguía llamando. En el restorán
+Babilonia se habían apagado ya todas las luces, y él seguía llamando,
+locamente obstinado, infatigable, casi inmortal.</p>
+
+<hr class="half" />
+
+<h3><a name="EL_HONOR" id="EL_HONOR"></a>EL HONOR</h3>
+
+<hr />
+<p class="c">(DRAMA PARODIA)</p>
+
+<p class="hang"><i>Se oyen los sones de una música lejana. Una noche estrellada de
+primavera. Un viejo jardín salvaje, limitado por un ancho foso. Una
+escalinata ennegrecida y casi en ruinas. Sobre las copas de los
+árboles se alza la masa sombría del castillo. Todas las ventanas
+están iluminadas. Sobre el muro almenado acaban de encender
+barriles de alquitrán, que lanzan fulgores siniestros.</i></p>
+
+<p class="no"><i>La condesa está sentada sola en un banco de piedra. Lleva un traje
+blanco, y una pequeña corona adorna sus cabellos. Aparece en la
+escalinata semirruinosa del castillo del viejo conde. Le precede su
+fiel servidor, el viejo Astolfo, de aspecto muy semejante al de su
+amo. Astolfo, encorvado, con una linterna en la mano, le alumbra el
+camino al conde.</i></p>
+
+
+<p class="top5"><span class="smcap">El conde.</span> <i>(Sin ver a su hija, con voz llena de cólera.)</i>&mdash;¡Que levanten
+de nuevo todos los puentes! ¡Que apaguen todas las luces! ¡Que la
+servidumbre se retire! ¡Que se acompañe a los barones a sus aposentos!
+Es hora ya de que todo el mundo descanse. Harto hemos esperado al novio,
+y aunque nos lo ha recomendado el propio emperador, no somos lo bastante
+ricos para hacer arder toda la noche aceite y alquitrán. ¡Que se apaguen
+todos los fuegos!</p>
+
+<p><span class="smcap">Astolfo.</span>&mdash;¿Y cuáles son las órdenes del conde en lo que se refiere a las
+mesas servidas?</p>
+
+<p><span class="smcap">El conde.</span>&mdash;¡Que les echen toda la comida a los perros! Pero no: somos
+demasiado pobres para eso; estamos más hambrientos aún que los perros.
+No, Astolfo; dales, más bien, a mis barones de comer, pues están no
+menos hambrientos que yo, y guarda los restos en la cueva. Nos los
+comeremos después, procurando que duren todo lo posible. Sí, Astolfo,
+todo lo posible. En nuestra situación hay que ser muy económicos.</p>
+
+<p><span class="smcap">Astolfo.</span>&mdash;¡A vuestras órdenes, conde!</p>
+
+<p><span class="smcap">El conde.</span>&mdash;Sí, Astolfo, hay que ser económicos. Seamos como aquella
+burguesa prudente que, después de casar a su hija, se nutrió durante
+medio año con los restos del festín nupcial. Escatima cada pedazo,
+pésalo, calcúlalo. Si se cubre de moho, corta la parte superior; a pesar
+de eso, lo comeremos muy a gusto.</p>
+
+<p><span class="smcap">Astolfo.</span>&mdash;Los barones están furiosos; desde por la mañana están
+esperando al duque, al noble prometido de la noble condesa Elsa.</p>
+
+<p><span class="smcap">El conde.</span>&mdash;¡Los barones! Y tú, Astolfo, ¿estás contento? A juzgar por tu
+cara, me parece que no. <i>(Reparando en su hija.)</i> ¿Ah, estáis ahí,
+condesa? ¿Sola, sin vuestras damas de compañía? <i>(A Astolfo.)</i> ¡Puedes
+irte, muchacho!</p>
+
+<p><i>(Astolfo deja la linterna sobre la balaustrada y se va.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">El conde.</span>&mdash;Vuestro prometido no se apresura demasiado, condesa Elsa;
+hace largo rato que ha anochecido, y sigue sin venir. Desde por la
+mañana tenemos abiertos los brazos para recibir al noble huésped, y sólo
+abrazamos el vacío. ¿No creéis, condesa, que esta tardanza manifiesta
+una falta de respeto, tanto a vos como a vuestro viejo padre? <i>(Elsa no
+contesta.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">El conde.</span>&mdash;¿Os calláis? Sí, tenéis razón; cuando se trata del honor de
+vuestro padre, preferís callaros. Vuestro padre está enfermo de
+orgullo&mdash;¿no se llama así mi enfermedad?&mdash;, y nuestro buen emperador le
+ha prescrito, como medicina, un yerno para uso interno, como dicen los
+médicos. ¡Ja, ja, ja! Sí, para uso interno, y nosotros hemos abierto
+ampliamente la boca... es decir, la puerta, para recibirle; pero no
+viene. Sí; nuestro buen emperador ha encontrado un remedio seguro contra
+mi enfermedad. Pero si vuestro prometido os ama, hay que confesar que su
+amor tiene pasos muy cortos. Qué, condesa, ¿lloráis?</p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span> <i>(Llorando.)</i>&mdash;Padre, le ha ocurrido una desgracia. Tengo un
+presentimiento. Le ha ocurrido una desgracia.</p>
+
+<p><span class="smcap">El conde.</span>&mdash;¡Crees! Es chistoso; hasta ahora, yo estaba seguro de que era
+a nosotros a quien nos había ocurrido una desgracia.</p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span>&mdash;Esta mañana, cuando vi la luz del sol, ya experimenté un
+presentimiento doloroso. Y todo el día he sido presa de temores. El sol
+se ha puesto ya, y le sigo esperando en vano. Ha muerto, padre; estoy
+segura.</p>
+
+<p><span class="smcap">El conde.</span>&mdash;Según mis noticias, el duque goza de una excelente salud.
+Vuestros temores, condesa, son exagerados, como vuestro amor. Bajo la
+protección del propio emperador, avanza tranquilo a través de nuestras
+tierras. Se burla del odio de mis barones hambrientos, que rechinan,
+rabiosos, los dientes, como los lobos en invierno. No tiene nada que
+temer, puesto que su cabeza está protegida por las alas y el pico rapaz
+del propio emperador.</p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span>&mdash;Pero ¿por qué no viene? Hace largo rato que ha anochecido, y le
+sigo esperando en vano.</p>
+
+<p><span class="smcap">El conde.</span>&mdash;Sí, hace largo rato que ha anochecido, y no está todavía
+aquí. ¡Oh, si yo no fuese el conde mendigo, de quien se burlan en la
+corte; si mis muros almenados no estuviesen punto menos que en ruinas;
+si mi castillo fuese una fortaleza sólida y amenazadora, como en tiempos
+de mis abuelos, entonces el duque no se retrasaría! ¡Sería cortés y
+respetuoso como el último de mis vasallos, hubiera llegado muy de mañana
+y, arrodillado ante mí, me hubiera lamido, como un perro sumiso, la
+mano!</p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span>&mdash;¡Padre, es el elegido de mi corazón!</p>
+
+<p><span class="smcap">El conde.</span>&mdash;¡Y al mismo tiempo, mi enemigo!</p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span>&mdash;No le conoces. Cegado por el odio al emperador, empezaste a
+odiar al duque sin haberle visto siquiera.</p>
+
+<p><span class="smcap">El conde.</span>&mdash;Sí, odio a todos esos aduladores serviles que andan a cuatro
+patas por las gradas del trono. Mendigan lo que hay que tomar por la
+fuerza. A la vida libre de un lobo prefieren la de un perro encadenado a
+su caseta, porque le tienen miedo al hambre. Son traidores a nuestra
+libertad. Ellos han arruinado mi castillo, en los agujeros de cuyos
+muros, en otro tiempo terribles para nuestros enemigos, hacen ahora sus
+nidos los cuervos. La servidumbre se ríe a hurtadillas cuando mando
+levantar los puentes; sabe que eso es inútil, porque se puede penetrar
+en el castillo por los muros agujereados. ¡Levantar los puentes! ¡Ja,
+ja, ja!</p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span>&mdash;No eres justo, padre; mi Enrique es honrado y noble. ¿No te ha
+tendido la mano para obtener tu gracia?</p>
+
+<p><span class="smcap">El conde.</span>&mdash;Sí, y yo no he aceptado esa mano.</p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span>&mdash;Te ha suplicado que consientas en nuestro matrimonio, mientras
+que tú, con la crueldad de un hombre obcecado...</p>
+
+<p><span class="smcap">El conde.</span>&mdash;Puedes no medir demasiado tus palabras, Elsa; no tienes que
+violentarte con tu viejo padre. El propio emperador te apoya, sus garras
+mantienen mi cabeza humillada, su pico ha peinado esta mañana mis
+cabellos blancos para la acogida del novio. Sé audaz y noble como tu
+prometido, Elsa. Es verdaderamente irritante: ¡un conde miserable se
+opone a esa boda, grata a los ojos del emperador! Si el pobre conde se
+obstinase, el duque se arrastraría hacia el trono del emperador y le
+rogaría que le diese lo que no le pertenece: la hermosa hija del
+ridículo viejo. ¡Y la hija se daría gustosísima al noble duque, mientras
+su viejo padre!...</p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span>&mdash;¡Ten piedad de mí, padre mío! ¡Le amo tanto!</p>
+
+<p><span class="smcap">El conde.</span>&mdash;Yo también he conocido el amor; pero si tu madre se hubiera
+parecido a ti, la hubiera echado como a una ínfima esclava, como a una
+innoble criatura, sólo útil para satisfacer los caprichos fugaces de sus
+amos.</p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span>&mdash;¡Os dejáis llevar de la ira, conde! Cuando rechazasteis
+brutalmente al duque al pediros mi mano, yo me postré a los pies del
+emperador, rogándole que tuviese piedad de los infelices enamorados y
+que suavizase con su poder divino vuestra crueldad.</p>
+
+<p><span class="smcap">El conde.</span>&mdash;¡Sí, con su poder divino! ¡Muy bien dicho!</p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span>&mdash;Y entonces el emperador, tomándome bajo su protección, os dirigió
+una orden en la que me llamaba su hija. Ahora insultáis al emperador.</p>
+
+<p><i>(El conde baja irónicamente la cabeza.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">El conde.</span>&mdash;¡Os pido humildemente perdón, duquesa! Espero vuestras
+órdenes; mi castillo está por completo a vuestra disposición, lo mismo
+que a la del señor duque. He hecho mal ordenando que se apaguen las
+luces. En seguida van a encenderlas de nuevo. Voy a ordenar que se
+enciendan todos los fuegos, que arda el alquitrán en los barriles; vamos
+a esperar toda la noche al novio retrasado, sin pegar los ojos en
+nuestro éxtasis amoroso y nuestra sumisión canina.</p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span>&mdash;Perdóname, padre.</p>
+
+<p><span class="smcap">El conde.</span>&mdash;Sí, seremos dóciles como perros; de otra suerte, el emperador
+podrá enfadarse con nosotros. Hace mucho tiempo que detesta al conde
+miserable que se atreve aún a conservar un poco de altivez, y mañana,
+quizá, le echará de su nido familiar y ordenará luego la destrucción del
+nido. <i>(Finge que llora.)</i> ¿Adónde irá entonces el desgraciado conde?
+¿Dónde encontrará un asilo? Es pobre, va mal vestido. Los perros de la
+aldea le morderán las piernas; las mujeres y los niños harán mofa de él.
+¿Adónde irá entonces el desgraciado conde? <i>(Cae de rodillas ante Elsa y
+trata de coger sus manos para besarlas.)</i> ¡Oh, noble y generosa duquesa!
+¡Os ruego que os compadezcáis de mí! Suplicad a nuestro buen emperador
+que no me eche; dadle la seguridad de mi plena, de mi absoluta
+sumisión...</p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span>&mdash;¡Vamos, padre! ¡Te lo suplico! Levántate.</p>
+
+<p><span class="smcap">El conde.</span>&mdash;Sí, noble duquesa; suplicad al emperador que no destruya el
+nido en que ha nacido el pobre conde. No hay piedra, no hay agujero en
+el castillo que le sean desconocidos. De niño andaba a gatas por las
+losas del patio. Desde sus torres, siendo mozo, miraba a lo lejos,
+soñando conquistar el mundo y adornar su frente con una corona. Aquí
+conoció a su mujer, y, bajo las frondas de estos árboles, arrullaba a su
+pequeña Elsa, que era el sol de su vida...</p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span> <i>(Llorando.)</i>&mdash;¿Qué haces conmigo, padre? ¡Déjame! ¡Me haces daño
+en las manos! ¿Lloras de verdad? Sí, siento en las manos la humedad de
+tus lágrimas. Te lo ruego, no llores. Ten piedad de mí. ¡Si supieras
+cómo le amo! ¡Sufro tanto! ¿Qué le ha sucedido? ¿Qué ha pasado? ¿Por qué
+no viene? Un terror loco se apodera de mí. He estado temblando todo el
+día. Tengo terribles presentimientos. Apiádate de mí, padre; procura
+tranquilizarme. ¿Te acuerdas de mi madre? ¡Qué hermosa era! ¡Cómo la
+amabas! <i>(El conde se levanta y se aparta un poco.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">El conde.</span>&mdash;Calmaos, condesa; el deseo de nuestro emperador se cumplirá.
+El castillo está dispuesto para el recibimiento del noble prometido. Voy
+a mandar que enciendan nuevos fuegos; los barriles de alquitrán están ya
+apagándose.</p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span>&mdash;¡Padre!</p>
+
+<p><span class="smcap">El conde.</span>&mdash;¿Queréis, quizá, que os envíe a vuestras damas de compañía?
+No tenéis más que mandarlo. Pero no; el amor prefiere la soledad.
+Perdonad a un viejo que ha olvidado ya lo que es el amor. ¡A vuestras
+órdenes!</p>
+
+<p><i>(Sube por la escalinata.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span> <i>(Sola.)</i>&mdash;¡Pobre padre, cuánto sufre! No conoce a mi Enrique.
+Cuando lo conozca, le amará como yo le amo... ¿De qué proviene esta
+tristeza que invade mi alma?... ¡Ah, ese presentimiento! Y luego ese
+lúgubre castillo... Ese viejo estanque, cubierto de musgo verde... Lo
+aborrezco. Me da miedo, sobre todo hoy. Está lleno de ranas que saltan
+ruidosamente de la orilla al agua. Cuando he visto esta noche reflejarse
+nuestro castillo, con sus ventanas iluminadas, en el agua inmóvil del
+estanque, he pensado que así debe de ser el castillo de la muerte. ¡La
+muerte!... Pero si Enrique, en efecto, ha muerto, ¿por qué le siento tan
+cerca de mí? Sus besos me queman los labios, y mi corazón...</p>
+
+<p><i>(Se interrumpe de pronto y deja escapar un grito. Sale el duque de
+entre los árboles.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span>&mdash;¿Quién es?</p>
+
+<p><span class="smcap">Enrique.</span>&mdash;¡Elsa! ¡Amor mío! ¡Mi amada prometida!</p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span>&mdash;¡Enrique!</p>
+
+<p><i>(Se abrazan y permanecen así unos momentos, las bocas juntas en un
+beso. En lo alto de la escalinata aparece Astolfo. Mira un instante y
+desaparece de nuevo.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span>&mdash;¿Por qué me habéis hecho esperar tanto tiempo? He creído morir de
+angustia y desesperación. Enseñadme la faz... Si sois vos... eres tú...
+¿Por qué no dices nada, Enrique? ¿Acaso has muerto y no eres más que tu
+espectro?</p>
+
+<p><span class="smcap">Enrique.</span>&mdash;Sí, soy mi espectro.</p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span>&mdash;¿Pero cómo queman tus labios de tal modo? Los labios de un
+espectro están fríos y mudos.</p>
+
+<p><span class="smcap">Enrique.</span>&mdash;Una llama del infierno arde en ellos.</p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span>&mdash;¿Y cómo fulguran de tal modo tus ojos? Los ojos de los espectros
+están apagados y mudos.</p>
+
+<p><span class="smcap">Enrique.</span>&mdash;Los iluminan resplandores del paraíso. ¡Amor mío, novia
+querida! ¡Si supieras cómo te amo! ¡Qué largo ha sido este día para mí!</p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span>&mdash;¡Y para mí qué terrible!</p>
+
+<p><span class="smcap">Enrique.</span>&mdash;No podía más. He abandonado a mis barones y mis
+guerreros&mdash;¡avanzan tan lentamente, de una manera tan solemne!&mdash;, y he
+corrido aquí. ¡Qué dicha, te he encontrado sola! ¿Me esperabas aquí,
+amor mío?</p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span>&mdash;No. ¡Pero qué extraña capa llevas!</p>
+
+<p><span class="smcap">Enrique.</span>&mdash;Es la de uno de mis servidores; no he querido que me
+reconociesen aquí. No soy yo, Elsa; soy mi espectro. El verdadero duque
+viene con sus barones.</p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span>&mdash;No estarán lejos.</p>
+
+<p><span class="smcap">Enrique.</span>&mdash;No; pronto oirás los sonidos de sus trompetas, y entonces mi
+espectro te dejará.</p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span>&mdash;¿Por mucho tiempo?</p>
+
+<p><i>(Cambian besos y hablan en voz baja. En lo alto de la escalinata
+aparecen el conde y Astolfo.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Astolfo.</span> <i>(Quedamente.)</i>&mdash;¿Veis, conde?</p>
+
+<p><span class="smcap">El conde.</span> <i>(También quedamente.)</i>&mdash;Sí, ya veo.</p>
+
+<p><span class="smcap">Astolfo.</span>&mdash;¡Es el duque!</p>
+
+<p><span class="smcap">El conde.</span>&mdash;¿Crees?</p>
+
+<p><span class="smcap">Astolfo.</span>&mdash;¿Quién puede ser, si no, ese hombre? Sí, es el duque.</p>
+
+<p><span class="smcap">El conde.</span>&mdash;Pero esa no es su capa.</p>
+
+<p><span class="smcap">Astolfo.</span>&mdash;Y, sin embargo, le reconozco: es el duque.</p>
+
+<p><span class="smcap">El conde.</span>&mdash;Lo dudo. Es otro, sin duda. Sí, muchacho, es otro. ¡Pero es
+terrible! La condesa traiciona a su noble prometido, y mientras él vuela
+hacia aquí en alas del amor, ella se deja abrazar por un advenedizo.
+¡Ahí tienes lo que son las mujeres, Astolfo!</p>
+
+<p><i>(Se echa a reír.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Astolfo.</span>&mdash;¿Bromeáis, conde?</p>
+
+<p><span class="smcap">El conde.</span>&mdash;Nada de eso. Lo que estás viendo no parece una broma.</p>
+
+<p><span class="smcap">Astolfo.</span>&mdash;Pero os aseguro que es el duque.</p>
+
+<p><span class="smcap">El conde.</span>&mdash;¡Calla, tonto! ¿Crees al duque capaz de una cosa así? Según
+tú, es capaz de colarse en el castillo, en medio de la noche, por
+cualquier agujero, como un ladrón, como una zorra en el gallinero para
+robar gallinas. El duque, en efecto, nos ha sido impuesto por el
+emperador; pero nos tiene respeto y no se permitiría nunca... Parece que
+requieres tu acero, amigo.</p>
+
+<p><span class="smcap">Astolfo.</span>&mdash;Comienzo a tener dudas. Vos veis mejor que yo, conde.</p>
+
+<p><span class="smcap">El conde.</span>&mdash;Además, la noche es obscura, ¿verdad?</p>
+
+<p><span class="smcap">Astolfo.</span>&mdash;Sí, muy obscura.</p>
+
+<p><span class="smcap">El conde.</span>&mdash;¿Ves? Y cuando está obscuro, es muy fácil equivocarse.</p>
+
+<p><span class="smcap">Astolfo.</span>&mdash;Sí, es muy fácil. ¡Decididamente, no es el duque!</p>
+
+<p><span class="smcap">El conde.</span>&mdash;¡Pobre duque! ¡Ser engañado tan cruelmente en su misma noche
+de bodas! Pero vamos a defender su honor, que no puede defender por sí
+mismo.</p>
+
+<p><span class="smcap">Astolfo.</span>&mdash;Sí, no es él. Ahora lo veo bien.</p>
+
+<p><span class="smcap">El conde.</span>&mdash;¡Silencio! Coge tres hombres... de los que tengan más hambre:
+el hambre doblará sus fuerzas... ¡Ah, villano, cómo besa a mi hija, a la
+novia del pobre duque!... Sí, coge tres hombres y acechad a ese intruso.
+Cuando pase por delante de vuestro escondrijo, caed sobre él y tiradlo
+al estanque. ¡Chis!... Le ataréis a las piernas plomo y piedras... ¡Cómo
+besa a mi hija ese ladrón de mi honor!</p>
+
+<p><span class="smcap">Astolfo.</span>&mdash;Sí, ahora estoy convencido de que no es el duque.</p>
+
+<p><span class="smcap">El conde.</span>&mdash;¡Silencio!</p>
+
+<p><i>(Se van.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span>&mdash;¿Por qué te has hecho esperar tanto?</p>
+
+<p><span class="smcap">Enrique.</span>&mdash;¡Oh, el día me ha parecido interminable! Desde por la mañana,
+desde que he visto salir el sol, he corrido hacia ti; pero la tierra
+parecía adherirse a mis pies. ¡Mil obstáculos, mil aventuras, mil
+desgracias! Ya es mi caballo, que cae muerto sin que se comprenda por
+qué; monto otro caballo, veloz como el viento, y sigo devorando el
+espacio. Ya es un río que me ataja el camino; me lanzo al agua y lo
+cruzo a nado. Hombres y caballos se hunden; pero yo salgo sano y salvo.</p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span> <i>(Lanza un grito.)</i>&mdash;¡Ah!</p>
+
+<p><span class="smcap">Enrique.</span>&mdash;¿Qué tienes?</p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span>&mdash;Nada. Me había parecido oír algo. Decías que un río te había
+atajado el camino...</p>
+
+<p><span class="smcap">Enrique.</span>&mdash;Luego, unos hombres nos atacan. Una batalla sangrienta
+sobreviene; pero logramos abrirnos paso.</p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span>&mdash;¿Y después?</p>
+
+<p><span class="smcap">Enrique.</span>&mdash;Atravesamos una ciudad ardiendo. Creo que nunca voy a salir de
+ella. No tarda mi segundo caballo en caer. Mis barones gruñen. En todos
+estos contratiempos ven funestos presagios. Las cejas fruncidas, aunque
+intrépidos, se muestran recelosos y no quieren avanzar más. Insisten en
+que nos detengamos; pero yo grito: «¡Adelante! ¡Mi amada prometida, mi
+hermosa, me espera! ¡Adelante!» Y heme aquí contigo. Toco tus manos y
+tus hombros y respiro tu puro aliento. Se me figura un dulce sueño. Pero
+¿por qué no dices nada? Pareces inquieta; tu corazón late presuroso. Di,
+querida mía, ¿qué tienes?</p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span>&mdash;Nada. Pero el sol de hoy era tan triste...</p>
+
+<p><span class="smcap">Enrique.</span>&mdash;Ya se ha puesto.</p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span>&mdash;Sí, se ha puesto; no está ya en el cielo, y tú estás aquí, junto
+a mí. Pero no, no eres tú; es tu espectro de los labios ardientes y la
+mirada luminosa.</p>
+
+<p><i>(Se oyen las trompetas.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span>&mdash;¡Es el duque que llega!</p>
+
+<p><span class="smcap">Enrique.</span>&mdash;Sí, es el duque.</p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span>&mdash;Dios mío, ¿cómo le confesaré mi traición? He abrazado a otro.</p>
+
+<p><span class="smcap">Enrique.</span>&mdash;El duque llega, y yo debo alejarme. Tiene gracia; me inspira
+algo así como celos el feliz mortal cuya llegada anuncian esas
+trompetas.</p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span>&mdash;Llega de una manera solemne, acompañado de barones armados.</p>
+
+<p><span class="smcap">Enrique.</span>&mdash;Y de guerreros. Lenta y gravemente se adelanta su magnífico
+caballo... Pero no va nadie en la silla.</p>
+
+<p><i>(Ríen. En lo alto de la escalinata aparecen cuatro sombras, y
+desaparecen al punto en las tinieblas. Se oyen por segunda vez las
+trompetas.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Enrique.</span>&mdash;¡Adiós, amor mío!</p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span>&mdash;¡Un momentito más!</p>
+
+<p><span class="smcap">Enrique.</span>&mdash;Están ya a la puerta. Hemos convenido en que si yo no los
+respondo a la tercera llamada, invadirán el patio del castillo. Tienen
+miedo de que me suceda alguna desgracia.</p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span>&mdash;Sí, mi padre está furioso.</p>
+
+<p><span class="smcap">Enrique.</span>&mdash;Le reservo una sorpresa: cediendo a mis ruegos, el emperador
+se ha dignado devolver a tu padre todos sus antiguos dominios.</p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span>&mdash;¡Qué bueno eres!</p>
+
+<p><span class="smcap">Enrique.</span>&mdash;¡Cuánto te amo! ¡Adiós, mi amor, mi dicha, mi sol de mañana!
+He venido a tu lado por breves instantes, como un espectro, y dentro de
+un momento vendré de nuevo, entonces a unirme contigo para toda la vida.</p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span>&mdash;¡Un momento más!</p>
+
+<p><i>(Se oyen por tercera vez las trompetas.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Enrique.</span>&mdash;Me llaman. Parecen muy inquietos. Acudo. ¡Adiós, amor mío!</p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span>&mdash;¡No, hasta la vista! Enrique, amado mío, te espero. ¡Dime algo
+más... una sola palabra! ¡Enrique!</p>
+
+<p><i>(Al alejarse, Enrique le dice con voz queda:</i> «¡Elsa!» <i>Luego
+desaparece. Al punto se oye un ruido ahogado de lucha, un sordo gemido;
+después, todo queda tranquilo.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span> <i>(Asustada.)</i>&mdash;¡Enrique!... No me oye. ¿Quién habrá lanzado ese
+gemido lastimero? Quizá no haya sido sino fruto de mi imaginación. Es
+posible.</p>
+
+<p><i>(El sonido de las trompetas se hace más insistente.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span>&mdash;¡Trompetas queridas! ¡Qué alegres suenan! ¡Cantad más alto, más
+alegremente, queridas trompetas! Acompañad a mi prometido, a mi espectro
+de los labios ardientes. Se ha retrasado un poco; pero hay que
+perdonárselo: se ha retrasado besándome. ¡Ah, Elsa, liviana doncella! No
+tienes pudor. ¿A quién acabas de besar en la obscuridad? Tus mejillas
+enrojecidas te denunciarán... Gracias a Dios, las trompetas han callado
+al fin. Ahora mi Enrique estará ya sobre su caballo... Debe de estar
+entrando ya en el castillo. A la puerta le recibirá mi padre... ¡Pobre
+padre!</p>
+
+<p><i>(Las trompetas lanzan aún algunos sonidos apagados.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span>&mdash;¿Qué es eso? ¿Todavía? Probablemente es reglamentario entre esos
+guerreros, de cuyas costumbres no tengo la menor idea... ¡Ah, ya han
+entrado! ¡Están en el patio del castillo!</p>
+
+<p><i>(Se oyen gritos, ruido. A través del follaje se ven ir y venir
+antorchas.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span>&mdash;Me buscan a mí. Me da vergüenza lo que he hecho, y mis mejillas
+enrojecidas me venderán, sobre todo al resplandor de las antorchas.
+Cuando tú, Enrique, me mires con una sonrisa maliciosa, me moriré de
+confusión. No, no; esperaré aquí... <i>(Una corta pausa.)</i> ¡Dios mío, se
+acercan! Oigo pasos pesados y rápidos...</p>
+
+<p><i>(Aparece, gritando, una turba de hombres armados. Llevan en la mano
+aceros desnudos. Les siguen los barones del viejo conde, con las cejas
+fruncidas, gruñendo, llenos de una cólera sorda. Las antorchas proyectan
+una luz lúgubre sobre la escena. Se oyen gritos de</i> «¡El duque!» «¿Dónde
+está el duque?»)</p>
+
+<p><span class="smcap">Valdemar.</span>&mdash;¿Sois vos, condesa? ¿Dónde está el duque? ¿Dónde está
+Enrique?</p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span>&mdash;No comprendo lo que me preguntáis.</p>
+
+<p><span class="smcap">Valdemar.</span>&mdash;¿Dónde está Enrique? Soy su amigo. Le buscamos por todas
+partes y no le encontramos. Os suplico, condesa, que nos digáis dónde se
+halla: ¡vos debéis saberlo!</p>
+
+<p><span class="smcap">Los barones.</span>&mdash;¡Es terrible! ¡Insultan a la condesa!</p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span>&mdash;¡Pero yo no le he visto!</p>
+
+<p><span class="smcap">Valdemar.</span>&mdash;Eso no es verdad; nos ha dejado para correr junto a vos. ¡Le
+habéis visto!</p>
+
+<p><span class="smcap">Los barones.</span> <i>(Blandiendo los aceros.)</i>&mdash;¡Qué insolencia! Llamad al
+conde: ¡insultan a su hija!</p>
+
+<p>&mdash;¡Nos han hecho esperar todo el día!</p>
+
+<p>&mdash;¡Y ahora se atreven a acusar de liviandad a la condesa!</p>
+
+<p>&mdash;¡Defenderemos su honor!</p>
+
+<p>&mdash;¡No permitiremos que se la insulte!</p>
+
+<p><i>(En lo alto de la escalinata aparece el viejo conde.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">El conde.</span>&mdash;Esperad, barones. ¿Quién se atreve a acusar de liviandad a mi
+hija? ¿Y qué gentes son ésas, con traza y gesto de bandidos?</p>
+
+<p><i>(Valdemar y los barones del duque Enrique se descubren.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Valdemar.</span>&mdash;Perdonad, conde, nuestra irrupción: buscamos al duque. Nadie
+pone en duda vuestra nobleza caballeresca, conde. Pero nuestro amor al
+duque no es menos grande. Debéis comprender nuestra ansiedad cuando, a
+pesar de nuestra tercera llamada, no ha acudido junto a nosotros.</p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span>&mdash;¿Cómo? ¡No ha acudido!</p>
+
+<p><span class="smcap">El conde.</span>&mdash;Me llenáis de asombro. ¿No está con vosotros el duque? ¿Dónde
+está entonces? Desde muy de mañana esperamos con los brazos abiertos al
+noble prometido de mi hija. Los barones están ya cansados de esperarle.</p>
+
+<p><i>(Los barones prorrumpen en exclamaciones de enojo.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">El conde.</span>&mdash;¿Dónde está, pues, vuestro duque? ¿Acaso la turba de bandidos
+que, pisoteando el honor caballeresco, se atreve a blandir los aceros en
+nuestro castillo, pretende reemplazarle? En tal caso, me veré obligado a
+decirle al emperador: «Son demasiados prometidos para mi hija.»</p>
+
+<p><span class="smcap">Valdemar.</span>&mdash;A vos, conde, os toca decir dónde está el duque.</p>
+
+<p><span class="smcap">El conde.</span>&mdash;¿A mí?</p>
+
+<p><span class="smcap">Valdemar.</span>&mdash;Sí, a vos. El duque estaba aquí. Ved la prueba: aquí está su
+guante.</p>
+
+<p><i>(Asombro. Gritos de indignación.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Valdemar.</span>&mdash;Sí, ha estado aquí, donde tenía una cita con vuestra hija.</p>
+
+<p><i>(Los gritos de indignación aumentan.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">El conde.</span>&mdash;Estáis en un error, caballero. Aunque yo no vea con buenos
+ojos la boda del duque con mi hija, no puedo creerle un ladrón que se
+cuele por un agujero en el castillo, cuando todas las puertas están
+abiertas para él de par en par. No tenemos motivos para amar al duque;
+pero le debemos respeto por el rango que ocupa. Y aunque sois tan amigo
+suyo, le conocéis muy poco si le juzgáis capaz de atentar contra el
+honor de su prometida y contra el mío. Buscad a vuestro duque en
+cualquier otro sitio; acaso le encontréis en una taberna del camino,
+empinando el codo...</p>
+
+<p><i>(Los barones del conde ríen. Los del duque hacen gestos amenazadores y
+lanzan gritos de indignación.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Valdemar.</span>&mdash;¡Registraré de arriba abajo el castillo!</p>
+
+<p><span class="smcap">El conde.</span>&mdash;Haced lo que os plazca... <i>(Una corta pausa.)</i> Pero oíd un
+momento. Astolfo, ven aquí. <i>(A Valdemar.)</i> ¿Estáis seguro, caballero,
+de que el duque no está entre vosotros? Eso me inquieta: temo que haya
+sido víctima de un advenedizo. Yo no quería revelar este secreto sino al
+propio duque; pero puesto que sois su amigo... Caballeros, escuchad lo
+que voy a deciros: ¡Mi hija ha sido infiel a su prometido! Es una
+vergüenza para ella y para mí; pero no quiero ocultarla.</p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span>&mdash;¿Dónde está Enrique? ¡Voy a volverme loca! ¿Por qué todas esas
+antorchas? Lanzan un resplandor terrible. Enrique, ¿dónde estás?</p>
+
+<p><span class="smcap">El conde.</span>&mdash;¡Representas bastante bien la comedia, hija mía! Sin
+embargo... Astolfo, refiere lo que has visto.</p>
+
+<p><span class="smcap">Astolfo.</span>&mdash;Estábamos aquí, en este mismo escalón...</p>
+
+<p><span class="smcap">El conde.</span>&mdash;¡Más aprisa, muchacho! Sé lacónico.</p>
+
+<p><span class="smcap">Astolfo.</span>&mdash;Y vimos de repente a alguien, que llevaba una vieja capa y
+parecía un criado, abrazar a la condesa. «¡Qué desgracia!&mdash;me dijo el
+conde&mdash;. Mi hija le es infiel a su prometido. Nunca una cosa así ha
+deshonrado a nuestra familia!»</p>
+
+<p><span class="smcap">El conde.</span>&mdash;¡Más aprisa, muchacho!</p>
+
+<p><span class="smcap">Astolfo.</span>&mdash;El conde añadió: «Coge tres hombres, cae sobre el malhechor,
+átale a los pies plomo y piedras y...»</p>
+
+<p><span class="smcap">Valdemar.</span>&mdash;¿Y lo has hecho? ¡Oh, cielos! ¿Dónde está el duque entonces?</p>
+
+<p><i>(Silencio.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">El conde.</span> <i>(Señalando con la mano.)</i>&mdash;Ahí, en el fondo del estanque.</p>
+
+<p><i>(Gran agitación entre los asistentes.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Elsa.</span>&mdash;¡Enrique! ¡Espectro querido de los labios ardientes! ¡Voy a
+reunirme contigo, amado mío!</p>
+
+<p><i>(Cae muerta.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Valdemar.</span>&mdash;No eres un padre; eres una bestia feroz. Coged a ese monstruo
+y encadenadle. ¡Como una fiera, se lo llevaremos enjaulado al emperador!
+¡Prended fuego por los cuatro costados a ese castillo maldito! ¡Que no
+quede nada de este nido lúgubre! ¡Que la inmensa hoguera se eleve, en
+media de la obscura noche, a los cielos! ¡Así festejaremos tu boda,
+duque Enrique, desgraciado amigo!</p>
+
+<p class="telon">TELÓN</p>
+
+
+<hr class="half" />
+<h3><a name="CRISTIANOS" id="CRISTIANOS"></a>CRISTIANOS</h3>
+<hr />
+
+<p>La nieve caía tras los cristales; pero en el gran edificio del tribunal
+hacía calor. Había mucha gente, y los que frecuentaban el tribunal en
+cumplimiento de su deber&mdash;como, por ejemplo, los reporteros
+judiciales&mdash;se hallaban allí muy a gusto. Encontrábanse con sus
+desconocidos; como en el teatro, asistían diariamente a la
+representación de dramas&mdash;llamados por los reporteros «dramas
+judiciales»&mdash;. Era agradable ver al público, oír el ruido de las voces
+en los corredores, mezclarse con aquella multitud agitada.</p>
+
+<p>El <i>buffet</i> estaba muy animado. Lo alumbraba ya la luz eléctrica, y
+sobre el mostrador veíanse cosas muy apetitosas. El público se agolpaba
+junto al mostrador, y charlaba, comiendo y bebiendo. Los rostros
+melancólicos que se veían a veces no turbaban la alegría general: al
+contrario, son precisos con harta frecuencia para hacer más pintorescos
+el cuadro, sobre todo en lugares donde se representan dramas. Todos
+contaban que en una de las salas del tribunal acababa de suicidarse un
+acusado; se oía ruido de cadenas y de fusiles. Un dulce calor reinaba en
+todo el edificio, y se estaba allí divinamente.</p>
+
+<p>En una de las salas, la animación era grandísima: un proceso pintoresco
+atraía mucha gente. Los jueces, los jurados, los abogados estaban ya en
+sus puestos. Un reportero, mientras llegaban sus demás colegas, disponía
+ante él las cuartillas y examinaba muy contento la sala. El presidente
+del tribunal, un hombre grueso, de rostro vulgar y bigotes blancos,
+pasaba revista presuroso y con voz monótona, a los testigos.</p>
+
+<p>&mdash;¡Efimov! ¿Cuál es el patronímico de usted?</p>
+
+<p>&mdash;Efim Petrovich.</p>
+
+<p>&mdash;¿Quiere usted prestar juramento?</p>
+
+<p>&mdash;Sí.</p>
+
+<p>&mdash;Colóquese entonces a la izquierda... ¡Karasev! ¿El patronímico de
+usted?</p>
+
+<p>&mdash;Andrey Egorich.</p>
+
+<p>&mdash;¿Quiere usted prestar juramento?</p>
+
+<p>&mdash;Sí.</p>
+
+<p>&mdash;A la izquierda. ¡Blumental!</p>
+
+<p>En esto se empleó mucho tiempo; los testigos eran lo menos veinte. Unos
+contestaban a las preguntas del presidente en alta voz, con un placer
+visible, y pasaban a la izquierda sin esperar la orden; otros parecían
+sorprendidos por la llamada del presidente, ponían cara estúpida,
+miraban en torno, sin comprender nada, como si hubieran olvidado su
+propio nombre o como si creyesen que había en la sala otras personas que
+tuvieran el mismo. Los testigos honorables esperaban que el presidente
+terminase su pregunta y respondían sin apresurarse, de una manera
+detallada.</p>
+
+<p>El acusado, un joven con un cuello postizo muy alto, se acariciaba el
+bigotito y tenía los ojos bajos. Estaba preso por distracción de fondos
+y operaciones financieras sucias. A veces, al oír el nombre de cualquier
+testigo, hacía un gesto, examinaba con mirada hostil al declarante y
+empezaba de nuevo a acariciarse el bigote.</p>
+
+<p>Su abogado, un joven también, bostezaba de vez en cuando, tapándose la
+boca con la mano, y miraba por la ventana caer, en gruesos copos, la
+nieve. Había dormido bien aquella noche, y acababa de comerse en el
+<i>buffet</i> del tribunal una ración de jamón con guisantes.</p>
+
+<p>Sólo quedaban por llamar media docena de testigos, cuando el presidente
+tropezó, de pronto, con una dificultad imprevista.</p>
+
+<p>&mdash;¿Quiere usted prestar juramento?</p>
+
+<p>&mdash;¡No!&mdash;respondió una voz femenina.</p>
+
+<p>Al modo de aquel que, corriendo, choca contra un árbol, el presidente se
+detuvo, aturdido; buscó con la mirada entre los testigos a la mujer que
+le había contestado tan rotundamente, y todas las mujeres se le
+antojaron iguales, lo que le impidió orientarse. Entonces examinó la
+lista de testigos.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pelagueia Vasilievna Karaulova! ¿Quiere usted prestar
+juramento?&mdash;preguntó otra vez.</p>
+
+<p>&mdash;No.</p>
+
+<p>Ahora vio a aquella mujer. Era de regular edad, nada fea, de cabellos
+negros. A pesar de su sombrero <i>chic</i> y su traje a la moda, su aspecto
+no era el de una mujer de posición o ilustrada. Llevaba grandes
+pendientes semicirculares; con las manos, que tenía juntas sobre el
+vientre, sujetaba un bolso. Su rostro, cuando hablaba, permanecía
+inmóvil, impasible.</p>
+
+<p>&mdash;¿Pero usted es ortodoxa?</p>
+
+<p>&mdash;Sí.</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué no quiere entonces prestar juramento?</p>
+
+<p>Ella le miró y no respondió.</p>
+
+<p>&mdash;¿Acaso pertenece usted a alguna secta que prohíbe prestar
+juramento?... Dígalo francamente, sin temor. El tribunal tomará en
+consideración sus explicaciones.</p>
+
+<p>&mdash;No.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo que no? ¿No pertenece usted a ninguna secta?</p>
+
+<p>&mdash;No.</p>
+
+<p>&mdash;Usted teme quizá que en su declaración haya algo enojoso para usted...
+Teme, en fin, verse obligada a decir cosas que no querría decir. Pues
+bien: la ley le permite a usted dejar de contestar a las preguntas que
+le parezcan enojosas. ¿Quiere usted ahora prestar juramento?</p>
+
+<p>&mdash;No.</p>
+
+<p>Su voz era sonora, joven&mdash;más joven que el rostro&mdash;, clara y limpia.
+Debía de cantar muy bien.</p>
+
+<p>El presidente se encogió de hombros, se inclinó hacia el juez, que se
+hallaba sentado a su izquierda, y le dijo algunas palabras al oído.</p>
+
+<p>El otro le contestó en voz baja:</p>
+
+<p>&mdash;Sí, es extraordinario. No lo entiendo.</p>
+
+<p>&mdash;Escuche usted&mdash;dijo el presidente, dirigiéndose de nuevo a
+Karaulova&mdash;. El tribunal quiere conocer las razones que la hacen negarse
+a prestar juramento. Sin esa condición no podemos dispensarle a usted de
+prestarlo. Responda.</p>
+
+<p>Siempre inmóvil, impasible, la testigo respondió algo, pero con voz tan
+débil que no pudo oírse claramente.</p>
+
+<p>&mdash;No se oye nada. Más alto; tenga la bondad.</p>
+
+<p>La testigo tosió, y luego dijo en alta voz:</p>
+
+<p>&mdash;Soy una prostituta.</p>
+
+<p>El abogado, que estaba sumido en sus reflexiones, levantó de pronto la
+cabeza y miró con curiosidad a aquella mujer.</p>
+
+<p>&mdash;Convendría iluminar la sala&mdash;pensó.</p>
+
+<p>El ujier, como si hubiera adivinado su pensamiento, oprimió uno tras
+otro los botones eléctricos. El público, los jurados y los testigos
+levantaron la cabeza y miraron las lámparas encendidas. Sólo los jueces
+permanecieron indiferentes. Así se estaba aún más a gusto. Uno de los
+jurados, un viejo, miró a Karaulova y dijo a su vecino:</p>
+
+<p>&mdash;¡Tiene gracia esa mujer!</p>
+
+<p>&mdash;Sí&mdash;contestó el otro.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno&mdash;objetó el presidente&mdash;. El hecho de que sea usted una
+prostituta no es una razón para negarse a prestar juramento.</p>
+
+<p>Pronunció la palabra «prostituta» con el mismo acento con que estaba
+habituado a pronunciar las palabras «asesino», «ladrón», «bandido».</p>
+
+<p>&mdash;¿Usted es, con todo, cristiana?</p>
+
+<p>&mdash;No, no soy cristiana. Si fuera cristiana, no sería prostituta.</p>
+
+<p>La situación se complicaba. El presidente, frunciendo las cejas,
+consultó a su colega de la izquierda y se dispuso a hablar; pero cayó en
+la cuenta de que también debía consultar a su colega de la derecha, y se
+inclinó hacia él. El juez, sonriendo, hizo con la cabeza un signo de
+aprobación.</p>
+
+<p>&mdash;Escuche usted&mdash;dijo el presidente, dirigiéndose a Karaulova&mdash;. El
+tribunal ha decidido explicarle a usted su error. Usted no se considera
+cristiana porque se dedica a ese oficio; pero está equivocada. Es un
+error, ¿comprende usted? Su oficio no le interesa al tribunal, sino
+solamente a usted y a su conciencia. Nosotros no podemos mezclarnos en
+eso. Su oficio no puede impedirle a usted el ser cristiana. ¿Comprende?
+Se puede ser ladrón o bandido, sin dejar por eso de ser cristiano,
+mahometano o judío. Todos nosotros, los jueces, los jurados, el fiscal,
+tenemos nuestras respectivas profesiones, y eso no nos impide el ser
+cristianos...</p>
+
+<p>Hizo una corta pausa, como si buscase palabras, y continuó:</p>
+
+<p>&mdash;¿Ha comprendido usted? Su oficio es una cosa por completo ajena a esta
+cuestión. Si usted practica los ritos de la religión cristiana, si
+frecuenta la iglesia... ¿Verdad que frecuenta la iglesia?</p>
+
+<p>&mdash;No.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo que no? ¿Por qué?</p>
+
+<p>&mdash;Con mi oficio, ¿cómo quiere usted que yo vaya a la iglesia?</p>
+
+<p>&mdash;Pero irá usted a confesar.</p>
+
+<p>&mdash;No.</p>
+
+<p>Las respuestas eran bien claras. Iluminada por la luz eléctrica, la
+testigo parecía de mejor color y más joven, acaso también a causa de la
+emoción. A cada una de las respuestas, el público se miraba, divertido,
+risueño. Alguien, con aspecto de artesano, en los últimos bancos, se
+hallaba en el colmo del regocijo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Esto va siendo interesante!&mdash;proclamó, en voz tan poco queda, que se
+le oyó en toda la sala.</p>
+
+<p>&mdash;Pero rezará usted...&mdash;preguntó el presidente.</p>
+
+<p>&mdash;No. Antes rezaba; mas hace ya tiempo que no lo hago.</p>
+
+<p>El miembro del tribunal que se encontraba a la izquierda del presidente
+le dijo por lo bajo:</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué no les pregunta usted a las demás mujeres? ¿Acaso tampoco
+querrán prestar juramento?</p>
+
+<p>El presidente tomó la lista de testigos y leyó:</p>
+
+<p>&mdash;¡Pustochkina! Usted también, a lo que parece, se ocupa...</p>
+
+<p>&mdash;¡Sí, también yo soy prostituta!&mdash;respondió con apresuramiento, casi
+con orgullo, una muchacha no menos bien trajeada.</p>
+
+<p>Estaba muy contenta de verse en la sala del tribunal, donde todo le
+gustaba. Había ya cambiado algunas miradas con el joven abogado.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y usted? ¿Quiere prestar juramento?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, con mucho gusto.</p>
+
+<p>&mdash;¿Ve usted, Karaulova? Su amiga no se opone a prestar juramento... ¿Y
+usted, Kravchenko? ¿Consiente?</p>
+
+<p>&mdash;Sí&mdash;contestó con voz ronca, masculina, Kravchenko, una mujer alta y
+gruesa, con sotabarba.</p>
+
+<p>&mdash;¿Ve usted, Karaulova? Todas están dispuestas a prestar juramento. ¿No
+cambiará usted de opinión?</p>
+
+<p>Karaulova no respondió.</p>
+
+<p>&mdash;¿No quiere usted?</p>
+
+<p>&mdash;No.</p>
+
+<p>Pustochkina le sonrió amistosamente. Karaulova, a su vez, le sonrió, y
+luego volvió a ponerse seria. El tribunal deliberó en voz baja, después
+de lo cual el presidente, con una expresión amable y al mismo tiempo
+respetuosa, punto menos que religiosa, se dirigió al sacerdote, que, en
+espera de que los testigos prestasen juramento, se mantenía un poco a
+distancia.</p>
+
+<p>&mdash;Padre: en vista de la obstinación de esta mujer, ¿quiere usted tomarse
+el trabajo de persuadirla de que es cristiana? ¡Karaulova, acérquese!</p>
+
+<p>Karaulova, sin descomponerse, dio dos pasos hacia delante.</p>
+
+<p>El sacerdote estaba visiblemente molesto. Muy colorado, se acercó al
+presidente y le dijo algo al oído.</p>
+
+<p>&mdash;¡No, no, padre!&mdash;le respondió el presidente&mdash;. ¡Se lo suplico a
+usted! Si no, las demás pueden también negarse...</p>
+
+<p>Luego de arreglarse la cruz que llevaba en el pecho, el sacerdote, más
+colorado aún, se dirigió a Karaulova en voz apenas perceptible:</p>
+
+<p>&mdash;Señora, sus sentimientos le hacen a usted honor; pero siendo
+cristiana...</p>
+
+<p>&mdash;¡Si yo no soy cristiana!</p>
+
+<p>El sacerdote miró, confuso e impotente, al magistrado, que dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Karaulova, escuche al sacerdote; él se lo explicará a usted todo.</p>
+
+<p>Y el pobre sacerdote siguió:</p>
+
+<p>&mdash;Todos nosotros, señora, somos pecadores. Unos pecamos de palabra;
+otros, de obra. Dios omnipotente, tan sólo, puede ser juez de nuestra
+conciencia. Dócil y humildemente, debemos someternos a cuantas pruebas
+nos envía... Como cuenta de Job la Biblia, debemos resignarnos con
+nuestro destino. Sin la voluntad del Todopoderoso, ni un solo cabello
+puede desprenderse de nuestra cabeza. Por grandes que sean nuestros
+pecados y nuestros crímenes, no tenemos derecho a condenarnos nosotros
+mismos ni a alejarnos de la Santa Iglesia por nuestra propia voluntad;
+sería un crimen aun más grande e imperdonable, porque de ese modo nos
+mezclaríamos en las decisiones del Juez Supremo. Quizá, con motivo de su
+oficio de usted, le envía Dios una prueba, de la misma suerte que envía
+enfermedades y otras desgracias, mientras que usted, en su orgullo...</p>
+
+<p>&mdash;¡Pero si nosotras no estamos nada orgullosas de nuestro oficio! No hay
+por qué estarlo...</p>
+
+<p>&mdash;...Mientras que usted, en su orgullo, se mezcla en las decisiones del
+Juez Supremo y se atreve a apartarse de la Santa Iglesia Ortodoxa.
+¿Usted conoce los símbolos de la fe?</p>
+
+<p>&mdash;No.</p>
+
+<p>&mdash;¿Pero cree usted en Nuestro Señor Jesucristo?</p>
+
+<p>&mdash;¿No he de creer?</p>
+
+<p>&mdash;Pues todo el que cree en Nuestro Señor debe ser considerado cristiano.</p>
+
+<p>El presidente se juzgó en el deber de apoyar al sacerdote:</p>
+
+<p>&mdash;Perfectamente&mdash;dijo&mdash;. ¿Comprende usted? Basta creer en Nuestro Señor
+Jesucristo...</p>
+
+<p>&mdash;¡No, no!&mdash;repuso firmemente Karaulova&mdash;. Puedo creer todo lo que
+quiera; pero con este oficio... Si yo fuera cristiana, no haría las
+cosas que hago. Ni siquiera rezo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Es verdad!&mdash;afirmó su amiga Pustochkina&mdash;. No reza nunca. Cuando hace
+poco trajeron a nuestra casa un icono, se marchó para no asistir a la
+ceremonia. Nuestros esfuerzos para retenerla fueron inútiles. ¿Qué se le
+va a hacer? ¡Es así, señores jueces! Ella es la primera víctima de su
+carácter.</p>
+
+<p>&mdash;Nuestro Señor Jesucristo&mdash;continuó el sacerdote&mdash;perdonó a la mujer
+perversa cuando se arrepintió.</p>
+
+<p>&mdash;Pero yo no me he arrepentido.</p>
+
+<p>&mdash;Ya llegará la hora en que usted se arrepienta.</p>
+
+<p>&mdash;No. Quizá cuando me haga vieja o cuando me vaya a morir; pero no se
+trata de eso. No puede tomarse en serio semejante arrepentimiento: peca
+una toda su vida, años y años, y luego, cuando es ya demasiado tarde,
+comienza a arrepentirse... No; en cuanto a eso, sé a qué atenerme.</p>
+
+<p>&mdash;Tiene razón&mdash;afirmó la joven prostituta Kravchenko, que seguía la
+discusión con un interés sostenido&mdash;. ¡Se divertiría, cantaría, bebería,
+recibiría hombres, y luego, de la noche a la mañana, a hacer penitencia!
+No; sería demasiado cómodo. De ese modo, hasta a los mayores pecadores
+les sería fácil convertirse en santos.</p>
+
+<p>El joven abogado la miraba con una atención siempre en aumento.
+Asombrábase de no haber visto hasta entonces a aquellas mujeres y de no
+saber siquiera dónde se encontraba su casa de tolerancia.</p>
+
+<p>El presidente hizo un gesto de desesperación y dijo al sacerdote:</p>
+
+<p>&mdash;Perdóneme usted... Tozudez semejante... Dispense que la hayamos
+molestado...</p>
+
+<p>El sacerdote saludó y volvió a su sitio. Sus manos, mientras arreglaban
+la cruz que pendía sobre su pecho, temblaban ligeramente.</p>
+
+<p>&mdash;¡Esto es magnífico!&mdash;comentó entusiasmado, en voz queda, el artesano
+de los últimos bancos, volviendo a todos lados su rostro, radiante de
+alegría, sonriente.</p>
+
+<p>El acusado, a quien contrariaba el retraso causado por la obstinación
+de Karaulova, la miraba con desprecio.</p>
+
+<p>El tribunal deliberaba.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno. ¿Qué hacer?&mdash;decía en voz baja el presidente, furiosísimo&mdash;. Es
+una verdadera imbécil: la arrastran al paraíso y no quiere ir...</p>
+
+<p>&mdash;Creo que debían examinarse sus facultades mentales&mdash;dijo su vecino de
+la izquierda&mdash;. En la Edad Media, los tribunales condenaban a la hoguera
+a mujeres que no tenían nada de brujas, sino que eran simplemente
+histéricas.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ya comienza usted con sus concepciones patológicas!&mdash;repuso el
+presidente&mdash;. En ese caso deberíamos comenzar por examinar las
+facultades mentales del adjunto del fiscal. ¡Tenga usted la bondad de
+mirarle!</p>
+
+<p>El adjunto del fiscal, un joven con alto cuello postizo y fino bigote,
+parecido de un modo extraño al acusado, se esforzaba hacía largo rato en
+atraer sobre su persona la atención del tribunal. Se removía en su
+asiento, se alzaba de él, se apoyaba sobre la mesa hasta casi tenderse,
+balanceaba la cabeza, sonreía y, cuando el presidente le dirigía por
+casualidad una mirada, avanzaba todo el cuerpo en dirección al
+magistrado. Era evidente que sabía algo y ardía en deseos de decírselo
+al tribunal.</p>
+
+<p>&mdash;¿Usted quiere decir algo, señor fiscal?&mdash;le preguntó al fin el
+presidente&mdash;. Le suplico que sea breve.</p>
+
+<p>&mdash;Permítame usted una pregunta...</p>
+
+<p>Y sin esperar el permiso se puso de pie, y, fijando los ojos en
+Karaulova, le preguntó:</p>
+
+<p>&mdash;Diga usted, testigo, ¿cuál es su nombre de pila?</p>
+
+<p>&mdash;Grucha.</p>
+
+<p>&mdash;Grucha es el diminutivo; pero el verdadero nombre es, si no me engaño,
+Agrafena, ¿no es eso? Es un nombre cristiano. Así, pues, ha sido usted
+bautizada y se le ha puesto tal nombre. Por consiguiente...</p>
+
+<p>&mdash;No; al bautizarme me pusieron el nombre de Pelagueia.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo? Si acaba usted de afirmar que la llaman Grucha...</p>
+
+<p>&mdash;Sí, me llaman Grucha; mas mi verdadero nombre es Pelagueia.</p>
+
+<p>&mdash;¡Cómo! Entonces...</p>
+
+<p>Pero el presidente le interrumpió:</p>
+
+<p>&mdash;Sí, señor fiscal, tiene razón: en la lista también figura con el
+nombre de Pelagueia. Puede usted cerciorarse.</p>
+
+<p>&mdash;Entonces, no tengo nada más que decir.</p>
+
+<p>Se separó los faldones de la levita, y, lanzando una mirada severa al
+acusado y a su defensor, se sentó.</p>
+
+<p>Karaulova esperaba. La situación se iba haciendo ridícula.</p>
+
+<p>En el público se hablaba del incidente en alta voz, y el ujier,
+levantando amenazadoramente el dedo, trataba de restablecer el silencio
+para mantener incólume el prestigio del tribunal. Mas el regocijo era
+tan desbordante, que se hacía muy poco caso de aquella advertencia.</p>
+
+<p>&mdash;¡Silencio!&mdash;exclamó el presidente&mdash;. Ujier, si alguno habla alto,
+hágale usted salir.</p>
+
+<p>En aquel momento se levantó un miembro del Jurado, un viejo delgado,
+huesudo, con una larga levita negra, y se dirigió al presidente:</p>
+
+<p>&mdash;¿Quiere usted permitirme una pregunta?... Karaulova, ¿hace mucho
+tiempo que es usted prostituta?</p>
+
+<p>&mdash;Ocho años.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y qué hacía usted antes?</p>
+
+<p>&mdash;Era criada.</p>
+
+<p>&mdash;Y, naturalmente, quien la puso a usted en el mal camino fue su amo...
+¿O su hijo quizá?</p>
+
+<p>&mdash;No, el amo mismo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y cuánto le dio a usted?</p>
+
+<p>&mdash;Diez rublos, y, además, un broche de plata y un corte de traje...
+Tenía un gran almacén de telas.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y por eso se perdió usted para toda la vida?</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué quiere usted? Yo era joven y tonta.</p>
+
+<p>&mdash;¿Tuvo usted hijos?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, un muchacho.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué ha sido de él?</p>
+
+<p>&mdash;Murió en un asilo.</p>
+
+<p>&mdash;Claro, después no ha tenido usted hijos...</p>
+
+<p>&mdash;No.</p>
+
+<p>El viejo, siempre severo, volvió a ocupar su asiento, y, ya sentado,
+dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Tienes razón: no eres cristiana. Por diez rublos perdiste tu cuerpo y
+tu alma.</p>
+
+<p>&mdash;¡Hay viejos que dan más de diez rublos!&mdash;replicó, en defensa de
+Karaulova, su amiga Pustochkina&mdash;. No hace mucho estuvo en casa un viejo
+muy respetable... como usted...</p>
+
+<p>El público soltó la carcajada.</p>
+
+<p>&mdash;¡Cállese usted!&mdash;gritó, dirigiéndose a Pustochkina, el presidente&mdash;.
+¡No tiene usted derecho a hablar mientras no se le pregunte!</p>
+
+<p>Y viendo que otro miembro del Jurado se levantaba, preguntó:</p>
+
+<p>&mdash;¿Usted también quiere hacer una pregunta?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, con su permiso&mdash;dijo, con voz fina, casi infantil, un alto y
+grueso comerciante, formado todo él de esferas y semiesferas: su
+vientre, su pecho, sus mejillas y sus labios eran redondos, abombados.</p>
+
+<p>Y dirigiéndose a Karaulova, continuó:</p>
+
+<p>&mdash;Escucha: tú puedes arreglar tus asuntos con Dios como quieras; pero
+aquí, en la tierra, debes cumplir tus deberes. Hoy te niegas a prestar
+juramento so pretexto de que no eres cristiana; quizá mañana cometas un
+robo o envenenes a uno de tus clientes: de mujeres como vosotras puede
+esperarse todo... Haces mal en obstinarte y separarte de nuestra Santa
+Iglesia. Si has pecado, puedes arrepentirte&mdash;para eso existen los
+templos&mdash;; en modo alguno rechazar tu religión, sin la cual carecerás de
+todo freno y creerás que todo te está permitido.</p>
+
+<p>&mdash;Tal vez me haga ladrona o algo peor todavía... Desde el momento en que
+no soy cristiana...</p>
+
+<p>El grueso comerciante sentóse, y dijo a su vecino:</p>
+
+<p>&mdash;¡Imposible hacerla entrar en razón! ¡Tiene la cabeza demasiado dura!</p>
+
+<p>Apenas se hubo sentado, el adjunto del fiscal se levantó:</p>
+
+<p>&mdash;Permítame usted otra pregunta, señor presidente... Usted ha dicho,
+Karaulova, que su verdadero nombre es Pelagueia. Por consiguiente, se la
+bautizó con tal nombre. Así, pues, es usted cristiana, lo que consta,
+como es natural, en su pasaporte.</p>
+
+<p>El presidente hizo una mueca, y dijo a su colega de la izquierda,
+bajando la voz:</p>
+
+<p>&mdash;¡Nos está haciendo perder el tiempo!</p>
+
+<p>Dirigiéndose a Karaulova, preguntó:</p>
+
+<p>&mdash;¿Ha comprendido usted? Según sus documentos, es usted cristiana.</p>
+
+<p>&mdash;Y, sin embargo, no lo soy.</p>
+
+<p>&mdash;Ya ve usted, señor fiscal, no quiere comprender.</p>
+
+<p>El incidente comenzaba a enojarle. La tozudez de aquella mujer turbaba
+el orden, paralizaba todo el mecanismo de la justicia, que solía
+funcionar con mucha regularidad, sin ningún entorpecimiento. Era hasta
+ofensivo; con toda su modestia aparente, su resignación y su humildad,
+aquella mujer parecía, en cierta manera, superior a los jueces, a los
+jurados, al público.</p>
+
+<p>El ruido en la sala aumentaba, y al ujier le costaba mucho trabajo
+restablecer un silencio relativo. El tribunal deliberó en voz baja.</p>
+
+<p>&mdash;¡Es inadmisible!&mdash;protestó uno de los jueces&mdash;. Esto no es ya un
+tribunal, sino más bien una casa de locos. Se diría que es ella quien
+nos está juzgando.</p>
+
+<p>&mdash;¡La culpa no es mía!&mdash;repuso el presidente&mdash;. ¿Qué quiere usted que yo
+le haga? Lo peor es que las otras mujeres están de parte de esta loca.
+Es una verdadera rebelión contra la Iglesia.</p>
+
+<p>En aquel momento, un tercer miembro del Jurado se levantó:</p>
+
+<p>&mdash;¿Quiere usted decir algo?&mdash;le interrogó el presidente&mdash;. Haga el favor
+de darse prisa; ya hemos perdido bastante tiempo.</p>
+
+<p>Era un joven de rostro en extremo inteligente, en demasía inteligente,
+de largos cabellos de poeta y de manos finas. Hablaba con mucho trabajo,
+como si se viera obligado a vencer, a cada palabra, la resistencia
+encarnizada del aire. En su dulce voz se adivinaba el sufrimiento:</p>
+
+<p>&mdash;Es muy triste todo esto&mdash;dijo a Karaulova&mdash;. La comprendo a usted y la
+miro con simpatía. Sin embargo, la idea que tiene usted del cristianismo
+es falsa. El cristianismo es algo de más monta que las virtudes y los
+pecados, los ritos exteriores y las oraciones. El verdadero cristianismo
+consiste en una comunión mística con Dios.</p>
+
+<p>&mdash;¡Perdón!&mdash;le interrumpió el presidente&mdash;. Karaulova, ¿comprende usted
+lo que quiere decir «mística»?</p>
+
+<p>&mdash;No.</p>
+
+<p>&mdash;Ya lo ve usted, señor miembro del Jurado: no le entiende a usted.
+Tenga la bondad de hablar más sencillamente.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno. Escúcheme bien, Karaulova: la base del cristianismo es la
+imagen de Cristo. Las virtudes y los pecados no son sino categorías
+pasajeras, emanaciones personificadas de la especie humana, la esfinge
+enigmática, por decirlo así.</p>
+
+<p>&mdash;Señor jurado&mdash;le interrumpió una vez más el presidente&mdash;. Yo tampoco
+comprendo nada. ¿No podría usted encontrar términos más claros?</p>
+
+<p>&mdash;Lo siento; pero no me es posible&mdash;dijo con tono melancólico el
+jurado&mdash;. No se puede hablar de las cosas místicas en términos
+vulgares... ¿No me entiende usted, Karaulova? Hay que estar en comunión
+con Dios.</p>
+
+<p>&mdash;Eso es imposible para mí... Cuando se tiene este oficio, no se puede
+estar en comunión con Dios. Ni siquiera me atrevo a encender una
+lamparilla ante el icono de mi cuarto.</p>
+
+<p>Todos estaban fatigados.</p>
+
+<p>&mdash;¡Hay que acabar, cueste lo que cueste!&mdash;dijo uno de los jueces&mdash;. ¡Es
+un escándalo inadmisible!</p>
+
+<p>Pero, luego del jurado, se levantó el defensor.</p>
+
+<p>&mdash;¿Aún más?&mdash;exclamó el presidente&mdash;. ¿Usted también quiere decir algo?</p>
+
+<p>&mdash;Puesto que usted ha permitido hablar al señor adjunto del fiscal...</p>
+
+<p>&mdash;¿Usted tiene que hablar también?&mdash;preguntó con ironía el presidente&mdash;.
+Bueno, está usted en su derecho. Pero le suplico que sea lo más breve
+posible.</p>
+
+<p>El abogado, haciendo un ademán elegante con su mano derecha, se volvió
+hacia el Jurado y comenzó:</p>
+
+<p>&mdash;Los ejercicios oratorios del señor adjunto del fiscal...</p>
+
+<p>&mdash;Señor abogado, no puedo permitir polémicas.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno, obedezco.</p>
+
+<p>Se volvió de nuevo hacia el Jurado, le contempló con una larga mirada,
+clara y franca, y quedó un instante pensativo, cabizbajo, levantadas
+ambas manos a la altura del pecho, los ojos entornados, las cejas
+fruncidas. Los jurados y el público le miraban con interés, esperando
+algo extraordinario; sólo los jueces, habituados a las maneras oratorias
+de aquel señor, permanecían indiferentes. Después, poco a poco, el
+defensor salió de su estado de postración; cayeron sus manos, abrió
+luego los ojos, levantó la cabeza y, al cabo, pronunció con solemne
+acento:</p>
+
+<p>&mdash;¡Señores jurados y señores jueces!</p>
+
+<p>Su voz produjo un efecto extraño: ora murmuraba, bien que de manera
+bastante fuerte para ser oído; ora gritaba, ora hacía una larga pausa,
+fijando los ojos en algún jurado, que, azorándose, no tardaba en volver
+a otro lado los suyos.</p>
+
+<p>&mdash;Señores jurados y señores jueces: Acaban ustedes de oír el discurso
+del señor adjunto del fiscal. Estarán, sin duda, de acuerdo conmigo si
+les digo que la presión ilegal e inadmisible que trataba de ejercer el
+señor adjunto del fiscal...</p>
+
+<p>&mdash;Señor defensor, no puedo permitirle a usted ultrajar aquí a los
+representantes del poder establecido. Si continúa en ese tono, me veré
+obligado a retirarle la palabra.</p>
+
+<p>El abogado saludó.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno, obedezco. He querido sólo decir, señores jurados, que la señora
+Karaulova no renunciará a sus convicciones aunque se le amenace con
+hacerla quemar en una hoguera y con todos los horrores de la
+Inquisición, lo que, por fortuna, es imposible en nuestra época. En la
+persona de la señora Karaulova vemos, señores jurados, algo así como el
+reverso de la mártir cristiana. En nombre de Cristo, renuncia a Cristo,
+y diciendo siempre «no», dice, en realidad, «sí».</p>
+
+<p>Se iba arrebatando con su propia elocuencia. En su entusiasmo oratorio,
+hasta sintió un escalofrío, y, con voz conmovida, añadió:</p>
+
+<p>&mdash;Sí, es cristiana y voy a probároslo, señores jurados. Las
+declaraciones de las señoras Pustochkina y Kravchenko, así como las
+confesiones de Karaulova misma, nos han trazado, de modo elocuente, el
+camino por donde ha llegado a esta terrible situación. Muchacha
+inexperta, ingenua, que acaba, acaso, de dejar la aldea, con sus
+alegrías sencillas e inocentes, cae en manos de un repugnante sátiro, y
+ve, horrorizada, que ha quedado encinta. Habiendo dado a luz en
+cualquier parte, bajo un cobertizo, un niño...</p>
+
+<p>&mdash;Abrevie usted, si le es posible, señor defensor&mdash;dijo el presidente&mdash;.
+Sabemos desde el principio que Karaulova es una prostituta. Los señores
+jurados no son unos niños y comprenden muy bien, sin que haya que
+explicárselo, cómo se llega a prostituta. Por otra parte, la testigo no
+es una campesina, sino una hija de la ciudad de Vorones.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno, obedezco, señor presidente; por más que las hijas de las
+ciudades tienen también sus pequeñas alegrías sencillas... El caso es
+que la señora Karaulova lleva en su corazón un ideal de verdadera
+cristiana. Por desgracia, la triste realidad, con los viejos perversos,
+la embriaguez, el desorden y los ultrajes, maltrata y desnaturaliza ese
+ideal. Y en este choque trágico, el corazón de Karaulova se desgarra.
+¡Señores jurados! La veis ahí tranquila, casi sonriente; pero ¿sabéis
+cuántas lágrimas amargas han vertido esos ojos en el silencio de la
+noche, cuántas flechas agudas de remordimientos de conciencia se han
+clavado en ese corazón de mártir? ¿Acaso no querría ella ir a la
+iglesia, como las mujeres honradas, y confesarse con el sacerdote,
+vestida con un traje blanco, símbolo de pureza, y no como mujer
+menospreciada y desdeñada? Tal vez, en sus sueños nocturnos, se vea de
+rodillas en las gradas de piedra del templo, sintiéndose indigna de
+entrar en él y llorando desconsolada. ¡Y pretende que no es cristiana!
+¿Quién, entonces, merece el nombre de cristiano si ella no lo es? Con
+sus lágrimas ha hecho penitencia, como la Magdalena, y sus lágrimas la
+han purificado para siempre, convirtiendo en mártir cristiana a esta
+pecadora.</p>
+
+<p>&mdash;¡Nada de eso es verdad!&mdash;le interrumpió Karaulova&mdash;. No he llorado ni
+hecho penitencia. Y continúo con mi oficio; por tanto, no me he
+arrepentido. ¡Miren ustedes!&mdash;Abrió su bolso y sacó el portamonedas,
+tomó dos piezas de a rublo y un poco de plata menuda y se los enseñó al
+abogado y a los jueces&mdash;-. ¡Miren! Este dinero lo he ganado con mi
+oficio. Este traje también, así como este sombrero y estos pendientes.
+No tengo nada, absolutamente nada que no haya ganado así. Ni mi cuerpo
+me pertenece; está vendido por tres años, quizá por toda la vida, que no
+es mucho decir, puesto que nuestra vida es corta. No, no me hable usted
+de penitencia. No sólo no me arrepiento, sino que no tengo vergüenza ni
+conciencia. Que me digan que me quede en cueros, y me quedaré. Que me
+digan que escupa a la cruz, y escupiré.</p>
+
+<p>Kravchenko empezó de pronto a llorar. Lágrimas abundantes caían sobre su
+pecho, como sobre una ancha bandeja.</p>
+
+<p>&mdash;Entre nosotras&mdash;continuó Karaulova&mdash;no se respeta nada, ni moral, ni
+religión. El otro día me casaron, en broma, con uno de los clientes.
+Toda la ceremonia fue un sacrilegio. Se hizo burla de cuanto se
+considera sagrado... ¡No, no, no hago penitencia! No voy a la iglesia, y
+no sólo no lloro en sus gradas de piedra, como ha dicho el señor
+abogado, sino que hasta evito pasar por delante. No rezo, y ni siquiera
+sé rezar. Ignoro con qué palabras debe una dirigirse a Dios. ¿Y qué
+pedirle? ¿Ganar el reino de los cielos? No creo en él. Aquí abajo, las
+oraciones no dan gran resultado; yo recé en otro tiempo para que mi hijo
+no se separase de mí, y murió en un asilo. Yo pedí, cuando aun era
+joven, muchas cosas a Dios, y mis oraciones no sirvieron de nada. Ya no
+rezo nunca... No, señores, no soy cristiana, y cuanto el señor abogado
+ha dicho es una monserga. ¡Soy Grucha la prostituta, y nada más! Por
+eso, ni puedo ni quiero prestar juramento...</p>
+
+<p>&mdash;Señor presidente&mdash;dijo, levantándose, el adjunto del fiscal&mdash;. En
+vista de que Karaulova ha mencionado aquí casos de sacrilegio, yo
+quisiera, en mi calidad de representante de la autoridad pública, que me
+diese los nombres de quienes cometieron tal acto.</p>
+
+<p>&mdash;¡No hubo sacrilegio ninguno!&mdash;contestó Karaulova&mdash;. Estaban todos
+borrachos. Además, no recuerdo los nombres.</p>
+
+<p>El adjunto del fiscal se sentó, descontento.</p>
+
+<p>&mdash;Entonces ¿no prestará usted juramento?&mdash;interrogó el presidente a
+Karaulova.</p>
+
+<p>&mdash;No.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y ustedes?&mdash;preguntó, dirigiéndose a Kravchenko.</p>
+
+<p>&mdash;Nosotras aceptamos.</p>
+
+<p>El tribunal deliberó largamente, hasta invitó al adjunto del fiscal a
+dar su opinión. Al fin, el presidente hizo conocer la decisión tomada:</p>
+
+<p>&mdash;En vista de las opiniones no cristianas de Karaulova, el tribunal le
+permite que haga su declaración sin prestar juramento.</p>
+
+<p>Los demás testigos se acercaron al altarcito, ante el cual esperaba el
+sacerdote.</p>
+
+<p>&mdash;¡Levantaos!&mdash;proclamó en alta voz el ujier.</p>
+
+<p>Todo el mundo en la sala se levantó y volvió la cabeza hacia el
+altarcito.</p>
+
+<p>&mdash;¡Levantad la mano!&mdash;dijo el sacerdote.</p>
+
+<p>Todos obedecieron.</p>
+
+<p>&mdash;¡Repetid lo que voy a decir!</p>
+
+<p>Luego, cambiando de voz, continuó en tono más solemne:</p>
+
+<p>&mdash;Me comprometo y juro...</p>
+
+<p>Los testigos repitieron en voces diferentes, y no todos a una:</p>
+
+<p>&mdash;Me comprometo y juro...</p>
+
+<p>&mdash;Ante Dios Todopoderoso y ante su Santo Evangelio...</p>
+
+<p>&mdash;Ante Dios Todopoderoso y ante su Santo Evangelio...</p>
+
+<p>El presidente lanzó un suspiro de satisfacción; al fin, todo estaba
+arreglado, y el mecanismo judicial, después de aquel entorpecimiento,
+funcionaba con regularidad, como es necesario.</p>
+
+<p>Los testigos, excepto Karaulova, fueron alejados de la sala.</p>
+
+<p>&mdash;Karaulova&mdash;dijo el presidente&mdash;. El tribunal le permite a usted no
+prestar juramento; pero no olvide usted que debe decir toda la verdad,
+según su conciencia. ¿Lo promete usted?</p>
+
+<p>&mdash;No puedo prometerlo, porque no tengo conciencia.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y qué quiere usted que hagamos nosotros?&mdash;exclamó con desesperación
+el presidente&mdash;. Le pedimos que diga la verdad. ¿Comprende usted?</p>
+
+<p>&mdash;Diré lo que sepa.</p>
+
+<p>Media hora más tarde, el interrogatorio de los testigos había terminado.
+El mecanismo judicial funcionaba de nuevo regularmente. Las preguntas
+eran seguidas de respuestas. El adjunto del fiscal tomaba notas. El
+reportero dibujaba, con aire grave y atareado, cabezas de mujeres. El
+acusado daba explicaciones detalladas.</p>
+
+<p>&mdash;En cuanto al recibo del Monte de Piedad, tengo el honor de declarar al
+tribunal...</p>
+
+<p>&mdash;En cuanto a mis visitas a la casa de tolerancia, donde, según la
+acusación, gasté sumas muy fuertes, sólo estuve en ella cuatro veces: el
+21 de diciembre, el 7 de enero, el 25 de enero y el 1 de febrero. Las
+tres primeras veces todos mis gastos fueron pagados por mi camarada
+Protasov; la cuarta vez pagué una suma insignificante, lo que puedo
+probar con la cuenta del ama...</p>
+
+<p>La sala hallábase bien alumbrada, y se estaba allí a gusto. Fuera caía,
+en gruesos copos, la nieve. La justicia seguía su curso como una máquina
+perfecta.</p>
+
+
+<hr class="half" />
+<h3><a name="BEN-TOVIT" id="BEN-TOVIT"></a>BEN-TOVIT</h3>
+<hr />
+
+<p>El día terrible en que se realizó la mayor injusticia del mundo, en que
+se crucificó en el Gólgota, entre dos bandidos, a Cristo, ese mismo día,
+el comerciante de Jerusalén Ben-Tovit tenía, desde por la mañana, un
+dolor horrible de muelas.</p>
+
+<p>Le había comenzado la víspera, al anochecer. Ben-Tovit experimentó en el
+lado derecho de la mandíbula, en la muela contigua a la del juicio, una
+sensación singular, como si se le hubiera elevado un poco sobre las
+otras; cuando la rozaba con la lengua, sentía un ligero dolor. Pero
+después de comer, la molestia pasó, Ben-Tovit la olvidó y acabó de
+tranquilizarse con el cambio de su viejo asno por otro joven y vigoroso,
+negocio que le puso de buen humor.</p>
+
+<p>Durmió con un sueño profundo; pero, al amanecer, algo vino a turbar su
+sueño. Se diría que alguien llamaba a Ben-Tovit para algún grave asunto.
+No pudiendo ya resistir aquella inquietud, se despertó y se dio cuenta
+al punto de que tenía dolor de muelas. Entonces era un dolor franco y
+claro, muy violento, un dolor agudo e insoportable. Y no se podía ya
+comprender si lo que le dolía era la muela de la tarde anterior o las
+demás contiguas a ella. Toda la boca y toda la cabeza le dolían, como si
+estuviese mascando millares de clavos ardiendo. Se enjuagó la boca con
+un poco de agua del cántaro; durante unos momentos el dolor se aplacó, y
+Ben-Tovit experimentó una ligera tirantez en las muelas. Dicha
+sensación, comparada con el dolor de hacía un instante, era incluso
+agradable. Ben-Tovit se acostó otra vez, se acordó de su nuevo asno y
+pensó que sería del todo feliz a no ser por el dolor de muelas. Trató de
+volver a dormirse. Pero cinco minutos después el dolor comenzó de nuevo,
+más cruel que antes. Ben-Tovit se sentó en la cama y empezó a balancear
+el cuerpo acompasadamente. Su rostro adquirió una expresión de
+sufrimiento, y en su gran nariz, que había palidecido, apareció una gota
+de sudor frío.</p>
+
+<p>Así, balanceándose y gimiendo lastimeramente, permaneció hasta la salida
+del sol&mdash;de aquel sol que estaba predestinado a ver el Gólgota con sus
+tres cruces y a eclipsarse de horror y de tristeza.</p>
+
+<p>Ben-Tovit era un buen hombre, a quien repugnaba la injusticia; pero
+cuando su mujer se levantó, le dijo mil cosas desatentas, lamentándose
+de que le hubiera dejado solo y no hubiera hecho ningún caso de sus
+terribles sufrimientos.</p>
+
+<p>La mujer no se incomodó por estos reproches injustos; no ignoraba que
+era el dolor, y en modo alguno la maldad, lo que hacía hablar así a su
+marido. Le auxilió, solícita, con no pocos remedios: una cataplasma, en
+la mejilla, de estiércol seco y pulverizado; una infusión muy fuerte de
+aguardiente y huesos de escorpión; un pedazo de la piedra en que estaban
+escritos los diez mandamientos, y que Moisés rompió en su cólera.</p>
+
+<p>El estiércol aplacó un poco el dolor de Ben-Tovit, pero por breve
+tiempo. Los otros remedios produjeron el mismo efecto y, siempre tras un
+corto alivio, el dolor volvía a empezar con redoblada fuerza. Durante
+los escasos momentos de tregua, Ben-Tovit procuraba olvidarlo
+completamente, poniendo el pensamiento en su nuevo asno; pero cuando se
+hacía sentir otra vez, empezaba a gemir, a insultar a su mujer y a decir
+que se iba a romper la cabeza contra la pared.</p>
+
+<p>Sin cesar iba y venía por el terrado de su casa, sin acercarse demasiado
+a la barandilla, para que los transeúntes no le vieran con la cabeza
+envuelta en un pañuelo, como una mujer. Con frecuencia, sus hijos
+acudían junto a él y referían, interrumpiéndose, algo relativo a Jesús
+Nazareno. Ben-Tovit se detenía entonces un instante para escucharlos;
+pero ponía luego cara de pocos amigos, hería iracundo el suelo con el
+pie y echaba a los niños; aunque era un hombre de buen corazón y aunque
+amaba a sus hijos, se enojaba con ellos, lleno de fastidio, al oír
+aquellas naderías. Le enfadaba también que la calle y los terrados de
+las casas vecinas estuvieran llenos de gente que no hacía nada y le
+miraba con curiosidad pasearse con la cabeza envuelta en un pañuelo,
+como una mujer. Quería ya bajar, cuando su mujer le dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Mira, conducen a los bandidos; quizá eso te distraiga.</p>
+
+<p>&mdash;¡Déjame en paz!&mdash;respondió colérico Ben-Tovit&mdash;. ¿No ves lo que sufro?</p>
+
+<p>Pero había en la proposición de su mujer algo como una promesa vaga de
+que el dolor de muelas se le aplacaría si miraba a los bandidos, y se
+acercó a la barandilla. La cabeza inclinada a un lado, un ojo cerrado,
+la mano en la mejilla, miró hacia abajo.</p>
+
+<p>A lo largo de la estrecha calle empinada marchaba, en completo desorden,
+una multitud enorme, levantando gran polvareda. Se oían gritos,
+centenares de voces mezcladas. En medio de la multitud, encorvados bajo
+el peso de las cruces, avanzaban los condenados. Por encima de sus
+cabezas, semejantes a serpientes negras, chasqueaban los látigos de los
+soldados romanos. Uno de los condenados&mdash;el que tenía largos cabellos
+rubios y llevaba las vestiduras rotas y ensangrentadas&mdash;tropezó en una
+piedra que le habían tirado y cayó.</p>
+
+<p>Redobló sus gritos la multitud, que parecía un mar agitado cubriendo con
+sus olas la superficie de un islote.</p>
+
+<p>Ben-Tovit, de repente, sintió tal dolor, que se estremeció, como si
+alguien le hubiera horadado la muela con una aguja. Lanzó un gemido
+lastimero y se apartó de la barandilla, encolerizadísimo, importándole
+un bledo cuanto sucedía en la calle.</p>
+
+<p>&mdash;¡Dios mío, cómo gritan!&mdash;gruñó, imaginándose las bocas muy abiertas,
+con las muelas no atormentadas por el dolor.</p>
+
+<p>A no ser por el que le hacía ver las estrellas, hubiera podido gritar
+como los demás, quizá más fuerte aún. Al pensar en esto, se hizo más
+cruel su sufrimiento, y Ben-Tovit empezó a balancear furiosamente la
+cabeza y a lanzar gritos.</p>
+
+<p>&mdash;Cuentan que curaba a los ciegos&mdash;dijo su mujer, que no se apartaba de
+la barandilla ni dejaba de mirar abajo.</p>
+
+<p>Y tiró una piedrecita al sitio por donde pasaba Jesús, que avanzaba
+lentamente, medio muerto ya a latigazos.</p>
+
+<p>&mdash;¡Tonterías!&mdash;respondió Ben-Tovit con acento burlón&mdash;. ¡Si posee, en
+efecto, el don de curar, que me cure a mí el dolor de muelas!</p>
+
+<p>Y tras un corto silencio añadió:</p>
+
+<p>&mdash;¡Dios mío, qué polvareda han levantado! ¡Ni que fueran un rebaño!
+Debían de echarlos a palos. ¡Llévame abajo, Sara!</p>
+
+<p>Su mujer tenía razón. El espectáculo le había distraído un poco, o quizá
+el estiércol pulverizado le había aliviado. El caso es que no tardó en
+dormirse. Cuando se despertó, el dolor había desaparecido casi por
+completo; sólo el lado derecho de la mandíbula parecía ligeramente
+hinchado; tan ligeramente, que apenas se notaba. Al menos, así lo
+aseguraba su mujer. Ben-Tovit, escuchándola, sonreía maliciosamente;
+bien sabía que a su mujer, por su bondad de corazón, le gustaba decir
+cosas agradables.</p>
+
+<p>Un rato después llegó su vecino, el peletero Samuel. Ben-Tovit le enseñó
+su nuevo asno, y, lleno de orgullo, escuchó los plácemes de Samuel a
+propósito del cuadrúpedo.</p>
+
+<p>Después, a ruegos de Sara, que era muy curiosa, se dirigieron los tres
+al Gólgota, a ver a los crucificados. Por el camino, Ben-Tovit refirió a
+Samuel, sin omitir detalles, cómo había tenido dolor de muelas, cómo
+sintió al principio la molestia en el lado derecho de la mandíbula, cómo
+se había despertado al amanecer, atacado, súbitamente, de un dolor
+insoportable. Para dar una idea más exacta de sus sufrimientos, hacía
+muecas, cerraba los ojos, balanceaba la cabeza y gemía. Su vecino
+asentía compasivamente, acariciando su larga barba blanca, y decía:</p>
+
+<p>&mdash;¡Dios mío! ¡Es terrible!</p>
+
+<p>A Ben-Tovit le complacía observar que Samuel apreciaba toda la
+intensidad de sus sufrimientos recientes. Refirió por segunda vez cuanto
+le había sucedido. Después recordó que hacía ya mucho tiempo había
+tenido un dolor de muelas, pero en el lado izquierdo de la mandíbula
+inferior.</p>
+
+<p>Así, en conversación animada, subieron al Gólgota. El sol, condenado a
+alumbrar el mundo durante aquel día terrible, se había ya ocultado tras
+las colinas lejanas. En el firmamento, hacia el Oeste, llameaba,
+semejante a un rastro de sangre, una ancha banda roja. Sobre el fondo
+del cielo se destacaban vagamente las cruces. Al pie de la de en medio
+podían distinguirse siluetas humanas prosternadas.</p>
+
+<p>La multitud se había ido hacía tiempo. Comenzaba a sentirse frío.</p>
+
+<p>Después de dirigir una mirada distraída a los crucificados, Ben-Tovit
+cogió a Samuel del brazo, y los tres se encaminaron a la casa. Ben-Tovit
+experimentaba un deseo violento de seguir hablando, y comenzó de nuevo a
+hablar del dolor que había tenido. Así, charlando, caminaban Gólgota
+abajo. Ben-Tovit, animado por las exclamaciones de compasión que
+profería de vez en cuando su vecino, daba a su rostro una expresión de
+sufrimiento, cerraba los ojos, balanceaba la cabeza, gemía, mientras de
+las profundas simas de la montaña y de las llanuras lejanas ascendía la
+obscura noche, que parecía deseosa de ocultar al cielo el gran crimen
+que se acababa de cometer sobre la tierra.</p>
+
+<hr class="half" />
+
+<h3><a name="UN_HOMBRE_ORIGINAL" id="UN_HOMBRE_ORIGINAL"></a>UN HOMBRE ORIGINAL</h3>
+
+<hr />
+<p>Un corto silencio reinó entre los comensales, y en medio del murmullo de
+las conversaciones, alrededor de las mesas lejanas y del ruido ahogado
+de los pasos de los criados, que traían y llevaban los platos, alguien
+declaró con voz dulce y tranquila:</p>
+
+<p>&mdash;¡A mi me encantan las negras!</p>
+
+<p>Antón Ivanich, el subjefe de la oficina, por poco si deja caer la copa
+de <i>vodka</i> que se llevaba a los labios; un criado dirigió al que había
+pronunciado tales palabras una mirada de asombro; todos volvieron la
+cabeza para ver quién había dicho aquella cosa extraña. Y todo el mundo
+vio la carita con bigotito rojo, los ojillos opacos y la cabecita
+cuidadosamente peinada de Semen Vasilievich Kotelnikov.</p>
+
+<p>Durante cinco años habían trabajado con él en la oficina; todos los días
+le daban la mano al llegar y al marcharse; todos los días le hablaban;
+todos los meses, después de cobrar, comían con él, como aquel día, en un
+restorán, y, no obstante, se les antojaba que aquel día lo veían por
+primera vez. Lo vieron y se llenaron de extrañeza. Observaron que no era
+feo del todo, a pesar de su absurdo bigote y sus pecas, semejantes a
+las salpicaduras de barro lanzadas por un automóvil. Observaron también
+que no vestía mal y que llevaba un cuello muy limpio.</p>
+
+<p>El subjefe, después de fijar largamente su mirada de asombro en
+Kotelnikov, dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Pero Semen...</p>
+
+<p>&mdash;¡Semen Vasilievich!&mdash;pronunció con cierta dignidad, Kotelnikov.</p>
+
+<p>&mdash;Pero Semen Vasilievich, ¿le gustan a usted las negras?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, me gustan mucho.</p>
+
+<p>El subjefe miró con ojos de pasmo a todos los empleados sentados a la
+mesa, y soltó la carcajada:</p>
+
+<p>&mdash;¡Ja, ja, ja! ¡Le gustan las negras! ¡Ja, ja, ja!</p>
+
+<p>Y todos se echaron a reír, incluso el grueso y enfermizo Polsikov, que
+no se reía nunca. El mismo Kotelnikov se rió, un poco confuso, y
+enrojeció de gusto; pero al mismo tiempo le asaltó un ligero temor: el
+de que aquello le causase disgustos.</p>
+
+<p>&mdash;¿Lo dice usted seriamente?&mdash;preguntó el subjefe cuando acabó de
+reírse.</p>
+
+<p>&mdash;¡Y tan seriamente! Hay en las mujeres negras un gran ardor y algo...
+exótico.</p>
+
+<p>&mdash;¿Exótico?</p>
+
+<p>Se echaron de nuevo a reír; pero al mismo tiempo todos pensaron que
+Kotelnikov era seguramente un hombre listo e instruido, cuando conocía
+una palabra tan extraña: «exótico». Luego empezaron a discutir,
+asegurando que no era posible que gustasen las negras; además de ser
+negras, tenían la piel como cubierta de barniz, y los labios gruesos, y
+olían mal.</p>
+
+<p>&mdash;¡Y, sin embargo, me gustan!&mdash;insistió modestamente Kotelnikov.</p>
+
+<p>&mdash;¡Allá usted!&mdash;dijo el subjefe&mdash;. Yo, por mi parte, detesto a esas
+bestias color de betún.</p>
+
+<p>Todos sintieron una especie de satisfacción al pensar que había entre
+ellos un hombre tan original que se pirraba por las negras. Con este
+motivo, los comensales de Kotelnikov pidieron seis botellas más de
+cerveza. Miraban con cierto desprecio a las otras mesas, en las que no
+había un hombre de tanta originalidad.</p>
+
+<p>Las conversaciones terminaron. Kotelnikov estaba orgullosísimo de su
+papel. Ya no encendía él sus cigarrillos, sino que esperaba a que el
+criado se los encendiese.</p>
+
+<p>Cuando las botellas de cerveza estuvieron vacías, se pidieron otras
+seis. El grueso Polsikov dijo a Kotelnikov en tono de reproche:</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué no nos tuteamos? Ya que desde hace tantos años trabajamos
+juntos...</p>
+
+<p>&mdash;¡No tengo inconveniente! ¡Con mucho gusto!&mdash;aceptó Kotelnikov.</p>
+
+<p>Tan pronto se entregaba de lleno a la alegría de verse, al fin,
+comprendido y admirado, como sentía el vago temor de que le pegasen.</p>
+
+<p>Después de beber «Brudeschaft»&mdash;Hermandad&mdash;con Polsikov, bebió con
+Troitzky, Novoselov y otros camaradas; cambiaba besos con todos y los
+miraba con ojos amorosos y tiernos.</p>
+
+<p>El subjefe no bebió «Brudeschaft» con él, pero le dijo amistosamente:</p>
+
+<p>&mdash;Venga usted por casa alguna vez. Mis hijas verán con curiosidad a un
+hombre a quien le gustan las negras.</p>
+
+<p>Kotelnikov saludó, y aunque se tambaleaba un poco a causa de la cerveza,
+todos convinieron en que era muy <i>chic</i>.</p>
+
+<p>Después de irse el subjefe, bebieron más, y todos juntos salieron a la
+calle, tropezando con los transeúntes. Kotelnikov marchaba en medio de
+sus camaradas, sostenido por Polsikov y Troitzky.</p>
+
+<p>&mdash;No, muchacho&mdash;decía&mdash;; no puedes comprenderlo. En las negras hay algo
+exótico.</p>
+
+<p>&mdash;Tonterías&mdash;contestaba severamente Polsikov&mdash;. No sé lo que puede
+encontrarse en ella. Del color del betún...</p>
+
+<p>&mdash;No, amigo; careces de gusto. La negra es una cosa...</p>
+
+<p>Hasta entonces no había pensado nunca en las negras, y no acertaba a dar
+con la definición justa.</p>
+
+<p>&mdash;¡Tienen temperamento!</p>
+
+<p>Pero Polsikov no se dejaba convencer y seguía discutiendo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Haces mal en discutir!&mdash;le dijo Troitzky&mdash;. Nuestro amigo Kotelnikov
+tendrá sus razones. Además, sobre gustos no hay nada escrito.</p>
+
+<p>Y dirigiéndose a Kotelnikov, añadió:</p>
+
+<p>&mdash;¡No hagas caso, Semen! Sigue pirrándote por tus negras. Estoy tan
+contento, que tengo ganas de armar un escándalo.</p>
+
+<p>&mdash;A pesar de todo, no lo comprendo&mdash;insistía Polsikov&mdash;. Del color del
+betún... Para mí, ni siquiera son mujeres.</p>
+
+<p>&mdash;¡No, amigo, te engañas!&mdash;insistía a su vez Kotelnikov&mdash;. Porque, mira,
+hay algo en las negras...</p>
+
+<p>Iban tambaleándose un poco, ligeramente borrachos, hablando en alta voz,
+tropezando con la gente y muy satisfechos de sí mismos.</p>
+
+<p>Una semana después, todo el departamento sabía ya que al empleado
+público Kotelnikov le gustaban mucho las negras. Algunas semanas más
+tarde, este hecho era ya conocido por los porteros de todo el barrio,
+por los solicitantes que acudían a la oficina, hasta por el agente de
+policía de servicio en la esquina de la calle. Las señoritas
+mecanógrafas de las secciones vecinas se asomaban un instante a la
+puerta para ver al hombre original a quien le gustaban las negras.
+Kotelnikov recibía estas muestras de atención con su modestia habitual.</p>
+
+<p>Un día se decidió a hacer una visita a su subjefe; mientras tomaba te
+con confitura de cerezas, hablaba de las negras y de algo exótico que
+había en ellas. Las muchachas menores parecían un poco confusas; pero la
+mayor, Nastenka, que gustaba de leer novelas, estaba visiblemente
+intrigada e insistía en que Kotelnikov le explicase las verdaderas
+razones de su afición a las negras.</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué justamente las negras?&mdash;preguntábale.</p>
+
+<p>Todos estaban contentos, y cuando Kotelnikov se fue, hablaron de él con
+afecto. Nastenka llegó a declarar que era víctima de una pasión
+enfermiza. Lo cierto era que a ella le había caído en gracia. Nastenka
+también le causó cierta impresión a Kotelnikov; pero él, como hombre a
+quien sólo le gustaban las negras, creyó de su deber ocultar su
+inclinación hacia la muchacha, y, sin dejar de ser cortés, manifestose
+con ella un poco reservado.</p>
+
+<p>Al volver a casa por la noche, se puso a pensar en las negras, en su
+cuerpo color de betún, cubierto de sebo, y le parecieron repulsivas. Al
+imaginarse que abrazaba a una, sintió náuseas y le dieron ganas de
+llorar y de escribirle a su madre, residente en provincias, que acudiera
+inmediatamente como si un grave peligro le amenazase. Al cabo logró
+dominarse. Cuando a la mañana siguiente llegó a la oficina, bien peinado
+y vestido, con una corbata encarnada y cierta cara de misterio, no cabía
+duda de que a aquel hombre le encantaban las negras.</p>
+
+<p>Poco tiempo después, el subjefe, que manifestaba un gran interés por
+Kotelnikov, le presentó a un revistero de teatros. Este, a su vez, le
+condujo a un café cantante y le presentó al director, el señor Jacobo
+Duclot.</p>
+
+<p>&mdash;Este señor&mdash;dijo el revistero al director, haciendo avanzar a
+Kotelnikov&mdash;adora a las negras. Nada más que a las negras; las demás
+mujeres le repugnan. ¡Un original de primer orden! Me alegraría mucho si
+usted, Jacobo Ivanich, pudiera serle útil; es muy interesante, y tales
+tendencias... ¿comprende usted?... hay que alentarlas.</p>
+
+<p>Dio unos golpecitos amistosos en la angosta espalda de Kotelnikov. El
+director, un francés de bigote negro y belicoso, miró al cielo como
+buscando una solución, y con un gesto decidido, exclamó:</p>
+
+<p>&mdash;¡Perfectamente! Ya que le gustan a usted las negras, quedará
+satisfecho: tengo precisamente en mi <i>troupe</i> tres hermosas negras.</p>
+
+<p>Kotelnikov palideció ligeramente, lo que no advirtió el director,
+absorto en sus cavilaciones sobre el café cantante.</p>
+
+<p>&mdash;Tiene usted que darle un billete gratuito para toda la temporada.</p>
+
+<p>El director consintió.</p>
+
+<p>A partir de aquella misma tarde, Kotelnikov empezó a hacerle la corte a
+una negra, miss Korrayt, que tenía lo blanco de los ojos del tamaño de
+un plato y la pupila no más grande que una olivita. Cuando, poniendo tal
+máquina en movimiento, jugaba ella los ojos con coquetería, Kotelnikov
+sentía recorrer su cuerpo un frío mortal y flaquear sus piernas. En
+aquellos momentos experimentaba un gran deseo de abandonar la capital e
+irse a ver a su pobre madre.</p>
+
+<p>Miss Korrayt no sabía palabra de ruso; pero, por fortuna, no faltaron
+intérpretes voluntarios que se encargaron gustosísimos de la delicada
+misión de traducir los cumplimientos entusiásticos que la negra dirigía
+a Kotelnikov.</p>
+
+<p>&mdash;Dice que no ha visto en su vida a un <i>gentlemán</i> tan guapo y
+simpático. ¿No es eso, miss Korrayt?</p>
+
+<p>Ella agitaba la cabeza afirmativamente, enseñaba su dentadura, parecida
+al teclado de un piano, y volvía a todos lados los platos de sus ojos.
+Kotelnikov movía también la cabeza, saludando, y balbuceaba:</p>
+
+<p>&mdash;Hagan el favor de decirle que en las negras hay algo exótico.</p>
+
+<p>Y todos estaban tan contentos.</p>
+
+<p>Cuando Kotelnikov besó por primera vez la mano a miss Korrayt, la
+emocionante escena tuvo por testigos a todos los artistas y a no pocos
+espectadores. Un viejo comerciante, incluso lloró de entusiasmo en un
+acceso de sentimientos patrióticos. Después se bebió champaña.
+Kotelnikov tuvo palpitaciones, guardó cama durante dos días y muchas
+veces empezó a escribirle a su madre: «Querida mamá»&mdash;escribía&mdash;y su
+debilidad le impedía siempre terminar la carta.</p>
+
+<p>A los tres días, cuando llegó a la oficina, le dijeron que su excelencia
+el director quería verle.</p>
+
+<p>Se arregló con un cepillo el pelo y el bigote, y, lleno de terror, entró
+en el gabinete de su excelencia.</p>
+
+<p>&mdash;¿Es verdad que a usted... que a usted...?</p>
+
+<p>El director buscaba palabras.</p>
+
+<p>&mdash;...¿Que a usted le gustan las negras?</p>
+
+<p>&mdash;¡Sí, excelentísimo señor!</p>
+
+<p>El director miró con ojos asombrados a Kotelnikov, y preguntó:</p>
+
+<p>&mdash;Pero vamos... ¿por qué le gustan a usted?</p>
+
+<p>&mdash;¡Ni yo mismo lo sé, excelentísimo señor!</p>
+
+<p>Kotelnikov sintió de pronto que el valor le abandonaba.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo? ¿No lo sabe usted? ¿Quién va a saberlo, pues? Pero no se turbe
+usted, joven. Sea franco. Me place ver en mis subordinados cierto
+espíritu de independencia... naturalmente, si no traspasa ciertos
+límites definidos por la ley. Bueno, dígame francamente, como si hablase
+usted con su padre, por qué le gustan las negras.</p>
+
+<p>&mdash;¡Hay en ellas algo exótico, excelentísimo señor!</p>
+
+<p>Aquella noche, en el Club Inglés, jugando a la baraja con otras personas
+importantes, su excelencia dijo entre dos bazas:</p>
+
+<p>&mdash;Tengo en mi departamento un empleado a quien le gustan las negras.
+Pásmense ustedes. ¡Un simple escribiente!</p>
+
+<p>Sus compañeros de juego eran también excelencias, directores de
+departamento, y experimentaron al oírle un poco de envidia; cada uno de
+ellos tenía también a sus órdenes un ejército de empleados; pero eran
+todos hombres grises, opacos, sin ninguna originalidad, vulgares.</p>
+
+<p>&mdash;Y yo, pásmense ustedes&mdash;dijo una de las excelencias&mdash;, tengo un
+empleado con un lado de la barba negro y el otro rojo.</p>
+
+<p>Esperaba así tomar revancha; pero todos comprendieron que una barba, no
+ya como aquélla, sino policroma, no tenía importancia comparada con una
+pasión extravulgar por las negras.</p>
+
+<p>&mdash;¡Afirma ese hombre original que hay en las negras algo
+exótico!&mdash;añadió su excelencia.</p>
+
+<p>Poco a poco, la popularidad de Kotelnikov en los círculos burocráticos
+de la capital llegó a ser muy grande. Como sucede siempre, quisieron
+imitarle; mas sus imitadores sufrieron fracasos lamentables. Uno de
+ellos, un viejo escribiente que contaba veintiocho años de servicio y
+sostenía una numerosa familia, declaró de repente que sabía ladrar como
+un perro, y no tuvo ningún éxito. Otro empleado, muy joven aún, simuló
+estar perdidamente enamorado de la mujer del embajador chino; durante
+algún tiempo logró atraer sobre él la atención y aun la compasión; pero
+la gente experimentada no tardó en comprender que aquello no era sino
+una imitación miserable de una auténtica originalidad, y todos le
+volvieron con desprecio la espalda.</p>
+
+<p>Hubo otras muchas tentativas de la misma índole. En general, notábase
+entre los empleados públicos cierta inquietud de ánimo, que se traducía
+en esfuerzos por ser original.</p>
+
+<p>Un joven de buena familia, no logrando encontrar medio de ser original,
+acabó por decirle a su jefe una porción de groserías, y, naturalmente,
+tuvo que abandonar al punto su empleo.</p>
+
+<p>Kotelnikov se creó muchos enemigos. Afirmaban insidiosamente que estaba
+en ayunas en lo atañedero a las negras. Sin embargo, no mucho después,
+un periódico publicó una interviú con él, en la que Kotelnikov declaraba
+francamente que le gustaban las negras porque había en ellas algo
+exótico.</p>
+
+<p>A partir de aquel día, su estrella comenzó a brillar con más fulgor aún.
+A la sazón visitaba frecuentemente a la familia de su subjefe, que le
+recibía con los brazos abiertos. Nastenka lloraba a veces pensando en el
+terrible destino reservado a aquel aficionado a las negras. Kotelnikov,
+sentado a la mesa, sentía sobre él las miradas de piedad de toda la
+familia y se esforzaba en dar a su rostro una expresión melancólica y al
+mismo tiempo exótica. Todos estaban muy satisfechos de que un hombre tan
+original frecuentara la casa, en calidad de buen amigo; todos, incluso
+la abuela sorda que lavaba los platos en la cocina.</p>
+
+<p>El hombre original se retiraba tarde a casa y lloraba desconsolado,
+porque amaba a Nastenka con toda su alma y no podía ver a miss Korrayt.</p>
+
+<p>Hacia las Pascuas se corrió la voz de que Kotelnikov se casaba con miss
+Korrayt, la cual, con tal motivo, se convertía a la religión ortodoxa y
+abandonaba el café cantante del señor Jacobo Duclot. Según los mismos
+rumores, el propio director había consentido en ser el padrino del joven
+esposo.</p>
+
+<p>Los compañeros, los solicitantes y los porteros felicitaban a
+Kotelnikov, que les daba las gracias y saludaba con la muerte en el
+alma.</p>
+
+<p>La velada anterior a su boda la pasó en casa del subjefe. Le recibieron
+como a un héroe, y todos parecían muy contentos, excepto Nastenka, que
+se iba a su cuarto de vez en cuando a llorar a sus anchas, y que, para
+ocultar las huellas del llanto, se ponía tantos polvos que se
+desprendían de su faz en tanta abundancia como la harina de una piedra
+de molino.</p>
+
+<p>Durante la cena todos felicitaban al novio y brindaban en honor suyo. El
+propio subjefe, que se había excedido un poco en la bebida, le dirigió
+una pregunta algo turbadora:</p>
+
+<p>&mdash;¿Podría usted decirme de qué color serán los niños?</p>
+
+<p>&mdash;¡Serán a rayas!&mdash;observó Polsikov.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo a rayas?&mdash;exclamaron, asombrados, los asistentes.</p>
+
+<p>&mdash;Muy sencillo: una raya blanca, otra negra; una raya blanca, otra
+negra... Como las cebras&mdash;explicó Polsikov, a quien le inspiraba gran
+lástima su desgraciado amigo.</p>
+
+<p>&mdash;¡No, no es posible!&mdash;exclamó Kotelnikov, poniéndose muy pálido.</p>
+
+<p>Nastenka no podía ya contener las lágrimas, y, sollozando, huyó a su
+cuarto, llenando de emoción a los asistentes.</p>
+
+<p>Durante dos años, Kotelnikov pareció el hombre más feliz de la tierra, y
+daba gusto verle. Hasta fue recibido un día con su mujer por el propio
+director. Cuando llegó a ser padre de un hijo se le dio, a modo de
+subsidio, una suma bastante crecida, y se le ascendió.</p>
+
+<p>El hijo no era a rayas. Tenía un tinte ligeramente gris, más bien color
+de oliva. Kotelnikov decía a todos que estaba encantado con su mujer y
+con su hijo; pero nunca se daba prisa en volver a casa, y, cuando
+volvía, se detenía largo rato ante la puerta. Cuando su mujer salía a
+abrirle y le enseñaba su dentadura, semejante al teclado de un piano, y
+lo blanco de sus ojos, grande como un plato, cuando se estrechaba contra
+él, el pobre experimentaba una repulsión invencible y pensaba, con un
+dolor cruel, en los seres dichosos que tenían mujeres blancas y niños
+blancos.</p>
+
+<p>&mdash;¡Querida mía!&mdash;decía.</p>
+
+<p>Y a instancias de su mujer se dirigía a la habitación donde estaba su
+hijo. No podía ver a aquel niño de labios gruesos, gris como el asfalto;
+pero lo cogía en brazos y procuraba simular que se le caía la baba,
+combatiendo con gran trabajo la tentación de tirarlo al suelo.</p>
+
+<p>Tras no pocas vacilaciones, escribió a su madre noticiándole su
+matrimonio, y, con gran asombro, recibió una respuesta alegre. También
+ella estaba satisfecha de que su hijo fuera un hombre tan original y de
+que el propio director hubiera sido su padrino.</p>
+
+<p>A los dos años de su boda, Kotelnikov murió del tifus. Momentos antes de
+morir hizo llamar al sacerdote. El cual, al ver a su mujer, acarició su
+espesa barba y lanzó un profundo suspiro. El también sentía cierta
+admiración por Kotelnikov, con motivo de su originalidad. Cuando se
+inclinó sobre el moribundo, éste, haciendo acopio de todas sus fuerzas,
+exclamó:</p>
+
+<p>&mdash;¡Aborrezco a ese diablo negro!</p>
+
+<p>Sin embargo, un minuto después, como se acordase de su excelencia, del
+subsidio que le habían dado, de su subjefe, de Nastenka, y viese a su
+mujer llorar, añadió, con voz dulce:</p>
+
+<p>&mdash;Me encantan las negras... Hay en ellas algo exótico.</p>
+
+<p>Procuró iluminar su rostro con una sonrisa feliz, y con la sonrisa en
+los labios se fue al otro mundo.</p>
+
+<p>La tierra le acogió indiferente, sin preguntarle si le gustaban o no le
+gustaban las negras, y mezcló sus huesos con los de otros muertos. Pero
+en los círculos burocráticos se habló todavía mucho tiempo de aquel
+hombre original, a quien volvían loco las negras y que encontraba en
+ellas algo exótico.</p>
+
+
+<hr class="half" />
+<h3><a name="NO_HAY_PERDON" id="NO_HAY_PERDON"></a>¡NO HAY PERDÓN!</h3>
+
+<hr />
+
+<p>Una estudianta. Muy joven, casi una niña. La nariz fina, linda, no
+formada aún completamente, como la de los niños, un poco arremangada;
+los labios también son infantiles, y parece que exhalan olor a bombones
+de chocolate. Los cabellos son tan abundantes y sedosos, cubren su
+cabeza de una manera tan graciosa, que al mirarlos se piensa sin querer
+en mil cosas amables: en el cielo azul sin nubes, en las canciones
+primaverales de los pajarillos, en el florecer de las lilas. Se piensa
+también, al admirar esta bella cabeza de muchacha, en los manzanos
+florecientes, bajo los que se busca sombra en un medio día de verano, y
+que dejan caer sobre el sombrero, sobre los hombros y sobre los brazos
+pétalos delicados color de nieve y rosa.</p>
+
+<p>Los ojos eran también juveniles, claros, tranquilos e ingenuos; pero
+examinándola de cerca se podían advertir en su rostro sombras ligeras de
+cansancio, indicios de alimentación insuficiente, de noches de insomnio,
+de largas veladas en cuartos pequeños y llenos de humo, donde se pasan
+las horas en discusiones interminables. Se pensaba también que sus
+mejillas habían conocido las lágrimas; lágrimas dolorosas y amargas.
+Había algo de nervioso y de inquietante en sus movimientos: el rostro
+era alegre y sonreía; pero el piececito, calzado con un chanclo
+deteriorado y sucio de barro, hería nerviosamente el suelo, como si
+quisiera acelerar la marcha del tranvía, que avanzaba muy despacio. Nada
+de esto se le había escapado a Mitrofan Vasilich Krilov, que poseía el
+don de la observación. Iba de pie en la plataforma del tranvía, frente a
+la muchacha. Por entretenerse, la contemplaba, un poco distraída y
+fríamente, como una fórmula algebraica sencilla y muy conocida que se
+destacase en la negrura del encerado. En los primeros momentos, la
+contemplación le divirtió, como a cuantos miraban a la muchacha; pero
+eso duró poco, y no tardó en caer de nuevo en su mal humor. No tenía
+motivos para estar contento. Al contrario. Volvía del liceo, donde era
+profesor, cansado, con el estómago vacío; el tranvía estaba repleto, y
+no había posibilidad de sentarse y leer el periódico. El tiempo era
+también execrable en aquel terrible mes de noviembre; la ciudad era fea
+y le disgustaba, así como toda aquella vida, que no valía más que el
+billete, desgarrado por un extremo, que llevaba en la mano. Todos los
+días hacía igual viaje: de su casa al liceo y del liceo a su casa. Podía
+contar los días por el número de billetes. Su vida era a modo de una
+larga cinta de billetes de tranvía, de la que se arrancaba uno cada
+veinticuatro horas.</p>
+
+<p>No tardó en cansarse de contemplar a la muchacha, y la hubiera olvidado
+sin dificultad; pero se hallaba frente a él, y no podía menos de
+mirarla de vez en cuando.</p>
+
+<p>«Ha venido hace muy poco de la provincia&mdash;pensaba severamente&mdash;. ¿A qué
+diablos vienen aquí? Yo, por ejemplo, abandonaría con mucho gusto esta
+maldita ciudad y me iría a cualquier rincón. Naturalmente, ella se pirra
+por las conversaciones, por las discusiones; tiene sus ideas políticas y
+sociales. No estaría de más que se cuidase un poco del arreglo de su
+persona; mas no tiene tiempo de ocuparse en cosas tan mezquinas: ¡debe
+salvar a la humanidad! Es lástima, sobre todo siendo tan bonita.»</p>
+
+<p>La muchacha advirtió las miradas severas de Krilov, y se turbó. Se turbó
+de tal modo, que la sonrisa desapareció de su rostro y fue reemplazada
+por una expresión de miedo infantil, mientras su mano izquierda, con un
+movimiento instintivo, se dirigía hacia su pecho, como si llevase algo
+escondido en el corsé.</p>
+
+<p>«¡Tiene gracia!&mdash;se dijo Krilov, volviendo a otro lado los ojos y
+tratando de dar a su rostro una expresión de indiferencia&mdash;. Le dan
+miedo mis gafas azules; todas estas muchachas están seguras de que un
+hombre con gafas azules es un espía... Lleva probablemente proclamas
+escondidas en el corsé. En otro tiempo, las muchachas escondían cartas
+amorosas; ahora son proclamas y boletines revolucionarios lo que
+esconden. ¡Boletines! ¡Qué palabra más estúpida!»</p>
+
+<p>Dirigió de nuevo, a hurtadillas, una mirada a la muchacha, y volvió en
+seguida los ojos. Ella le miraba, como mira un pájaro a una serpiente
+que se acerca, y apretaba la mano contra su costado izquierdo. Krilov se
+incomodó.</p>
+
+<p>«¡Qué estúpida es! Me toma por un espía, a causa de mis gafas azules. No
+comprende que un hombre puede llevar gafas azules por estar enfermo de
+la vista. Es tan cándida, que se hace traición. ¡Y pensar que pretende
+salvar a la humanidad! ¡Necesita aún una niñera esta revolucionaria! No
+estamos en sazón todavía para la revolución. En vez de Lasalles, entre
+nosotros, se dedican los chiquillos a la política. ¡No sabe aún resolver
+un sencillo problema aritmético, y habla, sin duda, con aplomo, de
+cuestiones políticas, sociales, financieras! No estaría de más asustarla
+un poco; sería una buena lección para ella.»</p>
+
+<p>Apenas había formulado en su interior tal pensamiento, tuvo una
+inspiración repentina. Era una idea inspirada por el cielo gris de
+noviembre, por el suelo fangoso, por el hambre que le atormentaba.
+Inmediatamente comenzó a ponerla en práctica.</p>
+
+<p>Con un movimiento nada seductor bajó la cabeza, dio a su rostro una
+expresión desagradable y maliciosa, propia, a su juicio, de un espía, y
+lanzó una mirada severa y escrutadora a la muchacha. El resultado le
+satisfizo: la muchacha se estremeció de miedo, y sus ojos se llenaron de
+angustia.</p>
+
+<p>«¡Vamos, pequeña!&mdash;pensaba, triunfante, Krilov&mdash;. Parece que huirías de
+buena gana; pero ¿cómo? ¡Magnífico! ¡Espera, que aun hay más!»</p>
+
+<p>Se iba interesando en el juego, encontrando en él un placer. Olvidaba su
+hambre y el mal tiempo, se dedicó a la imitación de un espía, con tanta
+habilidad como si fuera un verdadero artista, o como si en realidad
+estuviese al servicio de la Policía secreta.</p>
+
+<p>Su cuerpo se tornó flexible como el de una serpiente; sus ojos
+adquirieron una expresión de alegría pérfida; su mano derecha, que
+llevaba en el bolsillo, oprimía con toda su fuerza el billete, como si
+éste fuera su revólver cargado con seis balas o un <i>carnet</i> de policía.</p>
+
+<p>No sólo la muchacha, sino muchos otros viajeros comenzaron a desazonarse
+al mirarle: tan de espía era su apariencia. Un comerciante grueso y
+colorado que ocupaba él solo la tercera parte de la plataforma se
+estrechó de pronto, se hizo pequeñísimo y volvió la cabeza. Un hortera,
+debajo de cuyo gabán se veía un delantal blanco, miró a Krilov con ojos
+de conejo asustado, y, empujando a la muchacha, saltó del tranvía y
+desapareció entre la multitud.</p>
+
+<p>«¡Muy bien!»&mdash;se cumplimentó a sí mismo Krilov, con el corazón lleno de
+la alegría pérfida de un enfermo del hígado. Había algo de pintoresco,
+de sugestivo, de agradablemente inquietante en esa renuncia a su propia
+persona, en representar un papel antipático, en que los demás le odiasen
+y le temiesen. En el fondo gris de la vida cotidiana se abrían a modo
+de abismos obscuros, llenos de misterio y de sombras movibles y mudas.
+Se acordó de la clase donde daba todos los días las lecciones, de la
+fisonomía de los alumnos, que no le inspiraban ya sino disgusto, de sus
+cuadernos azules, con manchas de tinta, sucios, llenos de faltas
+estúpidas, idiotas, que hacían aún más detestable la vida.</p>
+
+<p>«Debe de ser una cosa muy interesante el oficio de espía&mdash;se dijo&mdash;. Un
+espía arriesga su vida tanto como un revolucionario. A veces la práctica
+del espionaje cuesta la cabeza. He oído decir que mataron a un espía
+hace poco. Le degollaron como a un cerdo.»</p>
+
+<p>Durante un minuto tuvo miedo y quiso renunciar al papel que se había
+propuesto representar; pero su oficio de profesor era tan odioso para
+él, tan monótono y aburrido, que le gustaba, aunque sólo fuera por un
+rato, cambiar de pellejo.</p>
+
+<p>La estudianta no le miraba ya, y, no obstante, su juvenil rostro, el
+lóbulo rosa de su oreja, que se veía bajo un bucle de sus cabellos
+ondulados; su cuerpo, un poco inclinado hacia delante; su pecho, que
+bajaba y subía anhelosamente, todo expresaba una angustia terrible y un
+deseo loco de huir. En aquel momento soñaba quizá con tener alas. Dos
+veces se movió un poquito, disponiéndose a descender, y, al sentir sobre
+sus mejillas ruborosas la mirada inquisitorial de Krilov, permaneció
+como clavada en su sitio, sin retirar la mano de la barandilla en que se
+apoyaba. Su guante negro, con un dedo algo descosido, temblaba un poco.
+Le daban vergüenza aquel guante y aquel dedo minúsculo, tímido,
+desamparado; pero no tenía fuerza para levantar la mano.</p>
+
+<p>«¡Muy bien! ¡Muy bien!&mdash;pensaba Krilov&mdash;. Estoy muy contento. De buena
+gana huirías; ¡pero no, pequeña! Será una buena lección para ti. Esto te
+enseñará a ser más prudente. ¡La vida no es lo que tú te creías!»</p>
+
+<p>Se imaginó la vida de aquella muchacha. Era tan interesante como la de
+un espía; pero había en ella algo que no conocían los espías: una
+arrogancia, una mezcla armónica de lucha, de misterio, de horror y de
+alegría... Era perseguida, y hay algo de singularmente delicioso en que
+un malvado, hostil y temible, tienda las manos aprehensoras a nuestra
+garganta y prepare, hilo por hilo, la cuerda para estrangularnos. ¡En
+tales momentos, el corazón late con tanta violencia, se ilumina la vida
+con una luz tan fúlgida y se la ama con tanto ardor!</p>
+
+<p>Con disgusto, Krilov dirigió una mirada a su viejo gabán, al botón que
+colgaba con un pedazo de la tela; se imaginó su rostro amarillo y agrio,
+que detestaba, hasta el extremo de no afeitarse sino una vez al mes; sus
+ojos, con gafas azules, y se convenció, con un placer maligno, de que
+parecía, en efecto, un espía. Sobre todo, a causa de su botón colgante;
+los espías no tienen a nadie que pueda coserles los botones, y todos
+deben de llevar colgando del gabán un botón de que no pueden servirse.</p>
+
+<p>Experimentó un sentimiento de soledad triste, propia sólo de los espías.
+Una profunda melancolía invadió su corazón. El cielo, la vida, las
+gentes, todo se tornó a sus ojos sombrío, negro, al par que hondo,
+misterioso y lleno de sentido.</p>
+
+<p>Trató de mirarlo todo con una mirada semejante a la de la muchacha. Y
+todo se le presentó bajo un aspecto nuevo.</p>
+
+<p>No se había parado nunca a penetrar el significado del día y la noche;
+la noche misteriosa, engendradora de tinieblas, escondedora de hombres,
+silenciosa e inescrutable; ahora veía su aproximación callada; admiraba
+las luces que se encendían una tras otra; percibía algo de solemne en
+aquella lucha entre el resplandor y las sombras, y se asombraba de la
+calma de la multitud, que discurría por la calle sin darse cuenta, al
+parecer, de que la noche se acercaba.</p>
+
+<p>La muchacha miraba ávidamente a los rincones negros de las callejuelas,
+no alumbradas aún, y él seguía sus miradas y hundía la vista en esos
+corredores obscuros, que invitan, en la sombra, con una elocuencia
+misteriosa. La muchacha miraba con angustia a las altas casas, que
+estaban como defendidas por sus pilares de la calle, y él seguía siempre
+su mirada, y aquellas masas estrechas, aquellas malas fortalezas se le
+antojaban asimismo algo nuevo.</p>
+
+<p>En una de las paradas, al final de un trayecto del tranvía, Krilov debía
+descender; pero la muchacha no lo hizo, y él le dijo en voz alta al
+conductor:</p>
+
+<p>&mdash;Deme usted un billete hasta la parada próxima.</p>
+
+<p>Le satisfizo mucho encontrar en su bolsillo una monedita de cinco
+copecks para pagar el billete; se figuraba que los espías sólo llevaban
+monedas de cobre o billetes de Banco sucios, viejos, casi rotos; no se
+puede pagar a los espías en buen dinero; de lo contrario, serían gentes
+como las demás. El cobrador, silencioso, parecía también comprenderlo;
+al menos tomó la moneda con un desagrado tan visible, que Krilov se
+indignó. Asestó contra el cobrador sus gafas, a modo de cañones, y se
+dijo, al recibir el billete:</p>
+
+<p>«¡Me desprecias, canalla! Lo que no te impide robar a la Compañía. Os
+conozco a todos.»</p>
+
+<p>Y empezó a imaginar cómo vigilaría al cobrador, le cogería en flagrante
+delito y, cuando menos lo esperase, le denunciaría a la Administración.
+Luego se dedicaría a vigilar a los demás cobradores, y los denunciaría a
+su vez.</p>
+
+<p>La muchacha seguía allí siempre. No había que perderla de vista.</p>
+
+<p>Escogiendo un momento favorable, apartó de la barandilla la mano del
+guante descosido, lo que le dio ánimos, y descendió presurosa del
+tranvía, en la esquina de una ancha calle, donde se cruzaban los rieles.
+Otros viajeros estaban también a punto de descender. Los había, al
+contrario, que subían. Una mujer delgada, que llevaba un gran
+envoltorio, impidió a Krilov la salida.</p>
+
+<p>&mdash;¡Permítame usted!&mdash;le dijo él, tratando de abrirse paso.</p>
+
+<p>Pero el sitio que dejaba libre el envoltorio era demasiado estrecho, y
+no podía pasar. Por el otro lado impedían el paso el conductor y el
+comerciante grueso y rojo. Este último fingía no darse cuenta de que
+Krilov quería descender.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pero déjeme usted pasar!&mdash;exclamó Krilov con cólera&mdash;. Conductor,
+¿oye usted? ¡Reclamaré!</p>
+
+<p>&mdash;¡Señor, haga el favor de dejar paso!&mdash;dijo el conductor, dirigiéndose
+al comerciante.</p>
+
+<p>El cual miró a Krilov y se apartó un poco, tan poco, que el otro apenas
+pudo pasar, y hasta hubiera jurado que el comerciante le oprimía ex
+profeso con su voluminoso cuerpo. Sofocado, Krilov saltó, por fin, a
+tierra y empezó a correr, a la ventura en persecución de la muchacha.</p>
+
+<p>La alcanzó en una estrechísima callejuela. Marchaba de prisa, dirigiendo
+miradas atrás. Al divisar a alguna distancia a Krilov, casi echó a
+correr, no disimulando ya el temor. Krilov apresuró también el paso. En
+aquella callejuela obscura y desconocida, donde sólo se hallaban él y la
+muchacha, experimentó un malestar muy parecido al miedo.</p>
+
+<p>«¡Hay que acabar!»&mdash;se dijo.</p>
+
+<p>Sin embargo, siguió corriendo, casi ahogándose de fatiga.</p>
+
+<p>La muchacha se detuvo a la puerta de una gran casa, con muchos pisos.
+Cuando se disponía a abrir, Krilov se acercó a ella y, sonriendo
+amistosamente, la miró a los ojos. Con la sonrisa quería decirle que la
+broma se había terminado y que ya no tenía nada que temer. Pero la
+muchacha, al entrar, le lanzó en pleno rostro, sofocada de cólera:</p>
+
+<p>&mdash;¡Canalla!</p>
+
+<p>Y desapareció. Un instante después divisó Krilov su silueta a través de
+los cristales.</p>
+
+<p>Con su sonrisa amistosa en los labios, asió el picaporte y trató de
+abrir; pero al ver al portero junto a la escalera, retrocedió con
+lentitud. A algunos pasos de distancia, se detuvo y se encogió de
+hombros. Despojándose de las gafas, empezó a reflexionar. ¡Era estúpido
+todo aquello! La chicuela ni siquiera le había dejado abrir la boca para
+explicarse, y le había lanzado en pleno rostro el despectivo insulto.
+Debía, no obstante, comprender que sólo se trataba de una broma. ¡Qué
+diablo de muchacha! ¡Como si verdaderamente le interesase con sus
+proclamas! Eso no era de su incumbencia. Que hicieran las locas
+chicuelas lo que les pareciese; le tenía completamente sin cuidado...</p>
+
+<p>Se figuró que en aquel momento la muchacha refería a compañeros suyos de
+ambos sexos que un espía le había perseguido. Como es natural, se
+indignarían, murmurarían, cerrarían los puños. ¡Qué idiotas!</p>
+
+<p>«¡Yo también he hecho mis estudios en la Universidad, y no soy inferior
+a vosotros, imbéciles!»&mdash;dijo casi en voz alta.</p>
+
+<p>Tuvo calor, y se desabrochó el gabán; pero temiendo coger frío, se lo
+abrochó de nuevo.</p>
+
+<p>«¡Sí; soy tan honorable como vosotros, jóvenes idiotas! Quizá más
+honorable. Soy un padre de familia que mantiene a ocho personas... Es
+de todo punto necesario poner fin a esta farsa. Hay que hacerles saber
+que tengo un diploma universitario y que odio a la Policía tanto como
+ellos. ¿Pero qué hacer? La muchacha ha desaparecido. No puedo esperarla
+aquí hasta mañana. ¡No faltaba más! Por otra parte, aun no he comido...»</p>
+
+<p>Dio algunos pasos, volvió sobre ellos, miró la larga fila de ventanas
+iluminadas y continuó reflexionando:</p>
+
+<p>«Apuesto cualquier cosa a que creen que soy, en efecto, un espía.
+¡Idiotas! Hay que decirles que yo he sido también estudiante y he
+llevado melena como ellos. Me corto el pelo ahora, porque empieza a
+caérseme; pero eso no prueba que yo sea espía. Claro es que está uno más
+a salvo si lleva melenas de que le tomen por espía; pero ¿qué culpa
+tengo yo de que se me caiga el pelo? O ¿acaso hay, que llevar peluca...
+como un espía de verdad?»</p>
+
+<p>Encendió un cigarrillo y lo tiró en seguida; no tenía ganas de fumar.</p>
+
+<p>«Lo más sencillo sería entrar en su casa y decirles: Señores, ha sido
+una broma. Pero no, no lo creerían. Y hasta es posible que me dieran una
+paliza.»</p>
+
+<p>Se alejó cosa de veinte pasos y se detuvo nuevamente. El aire iba siendo
+más frío. Su gabán casi no le abrigaba. Al meterse la mano en el
+bolsillo, encontró el periódico. Casi estuvo a punto de llorar de rabia.
+Podía hallarse ya en su casa muy cómodo, haber comido, haber tomado el
+te calentito y estar tendido en el canapé, leyendo el periódico y sin la
+menor inquietud. Al otro día, sábado, se jugaba a las cartas en casa del
+inspector... Y en lugar de estar en su casa, tiritaba de frío allí, en
+aquella maldita callejuela, ante aquella maldita casa, albergue de
+estudiantes melenudos. ¿Qué había ido a hacer en tal sitio?</p>
+
+<p>De repente, se abrió la puerta de la casa y se volvió a cerrar con
+violencia, después de dar paso a dos estudiantes.</p>
+
+<p>Ambos, con paso rápido y resuelta actitud, se dirigieron hacia él.</p>
+
+<p>Lleno de terror, huyó precipitadamente. Corrió a través de la niebla
+enloquecido, jadeante, atropellando a los transeúntes, tropezando con
+los faroles, los caballos, los coches. Se detuvo en una ancha avenida,
+que le costó mucho trabajo reconocer. Todo se hallaba alrededor desierto
+y silencioso. Caía una menuda lluvia. No se veía ya a los estudiantes.</p>
+
+<p>Encendió con mano trémula un cigarrillo, y apenas se lo hubo fumado,
+encendió otro.</p>
+
+<p>«¡Vaya una aventura!&mdash;se dijo&mdash;. Será un milagro que no me resfríe.
+Acaso la tuberculosis en perspectiva... Por fortuna, no me han dado
+alcance los estudiantes, aunque corrían de lo lindo. Uno no cesaba de
+gritar: «¡Alto!» ¡Era terrible!»</p>
+
+<p>Tres estudiantes aparecieron a alguna distancia. Krilov los miró con
+ojos espantados y se alejó a toda prisa.</p>
+
+<p>En cuanto llegó, en su carrera, a cierta callejuela angosta y tortuosa,
+se detuvo. ¿Iba a huir de todos los estudiantes de la ciudad? Además,
+sus perseguidores sólo eran dos.</p>
+
+<p>Volvió sobre sus pasos y no tardó en encontrarse de nuevo en la avenida.
+Se sentó en un banco y comenzó a considerar, con sangre fría, la
+situación.</p>
+
+<p>«¡Sobre todo, calma!&mdash;se dijo&mdash;. No hay motivos para alarmarse. ¡Que se
+vaya al diablo la muchacha! Tanto peor para ella si me toma por un
+espía. ¿Qué me importa a mí? No me conoce, ni los estudiantes tampoco.
+Ni siquiera han podido verme la cara, pues me he levantado el cuello del
+gabán.»</p>
+
+<p>Se reía ya un poco, regocijado por tal pensamiento, cuando, de súbito,
+una idea terrible puso fin a su regocijo.</p>
+
+<p>«Pero ¿y ella? ¡Ella me ha visto! ¡Durante una hora entera ha podido
+estudiar mi rostro, y si me encuentra en alguna parte...!»</p>
+
+<p>Se imaginó toda una serie de posibilidades terribles.</p>
+
+<p>Como hombre ilustrado, asistía a la Universidad siempre que se daban en
+ella conferencias interesantes, a los teatros, a los museos; y en todas
+partes se exponía a toparse con la muchacha, a quien, seguramente,
+saldría a acompañar toda una banda de estudiantes de ambos sexos, pues
+aquellas muchachas rara vez iban solas, y si le veía...</p>
+
+<p>Krilov se estremeció de pies a cabeza.</p>
+
+<p>Si le veía, se lo señalaría inmediatamente a toda su banda con el dedo,
+diciendo en alta voz: «¡Miradle, es un espía!»</p>
+
+<p>«Tendré que dejar de llevar gafas y cortarme la barba&mdash;pensó Krilov&mdash;.
+Si pierdo la vista, ¿qué le vamos a hacer? Además, el médico quizá se
+engañe y puede que yo no necesite gafas. En cuanto a la barba...
+verdaderamente no me cambiará mucho el quitármela. Más que una barba, es
+una perilla insignificante. Ni siquiera se notará que me la he quitado.»</p>
+
+<p>«¡Hasta mi barba crece menos que la de los demás!&mdash;pensó con disgusto&mdash;.
+Pero todo esto son tonterías. Aunque me reconozca, no hay por qué
+apurarse. Sería necesario probar que soy espía, probarlo serena,
+lógicamente, como se hace con los teoremas.»</p>
+
+<p>Se imaginó una reunión de jóvenes de largos cabellos, ante la que él
+demostraba, con voz firme y tranquila, su inocencia. Todo era claro,
+convincente. Las frases se seguían en un orden perfecto, como fórmulas
+matemáticas unidas por signos de igualdad. «De esta suerte, señores,
+podrán ustedes advertir...»</p>
+
+<p>Con una dignidad severa se pone bien las gafas y sonríe despectivamente.
+Después reanuda sus pruebas y se percata, con horror, de que la lógica y
+las fórmulas exactas están muy a menudo en contradicción con la vida; de
+que en la vida hay poca lógica y de que él no encuentra manera de
+demostrar que no es espía. Si alguien&mdash;la muchacha, por ejemplo&mdash;le
+acusara de serlo, no habría en su vida nada preciso, claro y convincente
+que oponer a la acusación.</p>
+
+<p>El terror invadió su alma. ¿Dónde estaban sus convicciones, su profesión
+de fe? Su espíritu hallábase vacío, y no veía nada seguro sobre qué
+poder apoyarse para no caer en el fondo de aquel abismo negro,
+espantoso.</p>
+
+<p>«Mis convicciones&mdash;balbuceó, imaginándose que se encontraba ante los
+jueces&mdash;. Todo el mundo conoce mis convicciones. Estoy convencido de
+que...»</p>
+
+<p>Busca en los repliegues de su memoria algo claro, preciso, fuerte, y no
+encuentra nada. ¿Es posible que no tenga ni una convicción seria? «Estoy
+convencido, Ivanov, de que usted no ha estudiado su lección de
+aritmética.» ¡No, no es eso! Luego recuerda fragmentos de artículos de
+periódico, de discursos que ha oído; ¿pero qué piensa él? ¿Cuáles son
+sus convicciones? ¡No las tiene! Hablaba y pensaba como hablaban y
+pensaban los demás, y encontrar sus propias ideas, sus propias palabras,
+era tan imposible como encontrar en un montón de trigo un grano
+determinado. Sucede a veces que alguien dice algo fuerte, violento, que
+queda grabado en la memoria de los demás, aunque lo diga en estado de
+embriaguez o sin reflexionar. No muchos años antes, el maestro de
+caligrafía de su colegio, un viejecito modesto y callado, en una comida
+en casa del director, como hubiera bebido algo más de lo justo, exclamó
+de repente: «¡Insisto en la necesidad de la reforma radical de la
+enseñanza!» Naturalmente, aquello provocó un escándalo. Desde entonces
+todo el mundo se acordaba de aquel incidente, y en cuanto veía al viejo,
+le preguntaba: «Bueno, ¿qué hay de las reformas?» Y todos le
+consideraban un hombre muy radical... ¿Y él, Krilov? Cuando bebía una
+copa de más, se dormía, o empezaba a llorar y abrazaba a todo el mundo.
+Una vez abrazó hasta al criado. Pero aun en estado de embriaguez se
+guardaba de decir nada excesivo, y no protestaba contra nada. En fin,
+hay hombres que creen en Dios y los hay que no creen. ¿Y él?</p>
+
+<p>«Veamos. ¿Existe Dios? ¿Sí o no? No lo sé, no sé nada. ¿Y yo? ¿Existo
+yo?»</p>
+
+<p>Krilov siente un escalofrío: ni siquiera tiene una idea clara de si
+existe o no existe. Alguien está sentado en un banco del bulevar y fuma;
+¿pero es él, en efecto? Los árboles, la menuda lluvia que cae, los
+faroles encendidos, todo es incomprensible, desprovisto de sentido,
+misterioso.</p>
+
+<p>Se levantó bruscamente y se fue.</p>
+
+<p>«¡Tonterías! Son los nervios. Además, no se trata de convicciones, sino
+de actos. Sí, de actos; eso es lo esencial.»</p>
+
+<p>Y tampoco recordó actos suyos. Era un empleado, un padre de familia;
+pero ¿dónde estaban sus actos? ¿Qué había hecho? Buscó en los repliegues
+de su memoria, recorrió mentalmente los años pasados, como se recorre
+con los dedos el teclado de un piano, y los halló vacíos, desprovistos
+de sentido.</p>
+
+<p>«¡Vamos, señorita!&mdash;balbuceó con la cabeza baja y gesticulando&mdash;. Es
+idiota creer que soy un espía. ¿Yo espía? ¡Qué insensatez! Voy a
+demostrárselo a usted. Mire usted, yo soy...»</p>
+
+<p>Después, el vacío, la nada. ¿Qué podía decir en su favor? En su mundo se
+le consideraba un hombre inteligente, bueno, justo, y probablemente
+había motivos para ello.</p>
+
+<p>No hacía mucho tiempo le había comprado un corte de traje a su suegra, y
+su mujer le había dicho: «¡Eres demasiado bueno!» Pero ¿aquello probaba
+algo? Los espías también podían ser obsequiosos con sus suegras...</p>
+
+<p>Sin darse cuenta, Krilov, automáticamente, volvió a la casa donde había
+entrado la estudianta, y ni aun lo advirtió. Sólo sabía que era tarde,
+que estaba rendido y que tenía ganas de llorar, como un colegial
+castigado. Luego alzó los ojos, miró la casa y la reconoció.</p>
+
+<p>«¡Sí, es la maldita casa! ¡Qué aspecto más desagradable!»</p>
+
+<p>Se alejó con paso rápido, como de una bomba de dinamita, y poco después
+se detuvo y comenzó de nuevo a reflexionar.</p>
+
+<p>«Lo mejor sería escribirle a esa muchacha. Naturalmente, sin firmar. En
+esta forma, por ejemplo: «Señorita, un hombre a quien ha tomado usted
+por un espía...» Y seguir así, punto por punto. Sería tonta si no me
+creyese.»</p>
+
+<p>Volvió sobre sus pasos, llegó a la casa y, tras una corta vacilación,
+abrió con trabajo la puerta. Entró, con gesto decidido y severo. En el
+umbral de su habitáculo apareció el portero, sonriendo cortésmente.</p>
+
+<p>&mdash;Escuche usted, amigo mío... Una joven estudianta acaba de entrar. ¿En
+qué piso vive?</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué le interesa a usted?</p>
+
+<p>Krilov le miró de un modo significativo a través de sus gafas, y el
+portero comprendió en seguida; hizo con la cabeza un signo que daba a
+entender que adivinaba lo que llevaba allí a Krilov y le tendió la mano.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué confianzudo!&mdash;se dijo Krilov; pero estrechó con fuerza la mano
+dura e inflexible como una plancha.</p>
+
+<p>&mdash;¡Entremos en mi casa!&mdash;invitó el portero.</p>
+
+<p>&mdash;¿Para qué? Yo sólo quería...</p>
+
+<p>Al ver que el portero entraba ya en su habitación, Krilov, apretando los
+dientes de rabia, le siguió dócilmente.</p>
+
+<p>«¡También me ha tomado por un espía este canalla!»</p>
+
+<p>El habitáculo era reducidísimo. Sólo había en él una silla, en la que se
+sentó el portero, sin ceremonia.</p>
+
+<p>«¡Qué indecente! Ni siquiera me invita a sentarme!», pensó Krilov.</p>
+
+<p>El portero le examinó, con mucha calma, de pies a cabeza, con una mirada
+indiferente e insolente a la vez, y, tras un corto silencio, dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Anteayer vino también uno de ustedes... Uno rubio, con grandes
+bigotes. ¿Le conoce usted?</p>
+
+<p>&mdash;¿No he de conocerle?... Rubísimo.</p>
+
+<p>&mdash;Hay muchos como usted... que recorren las calles...</p>
+
+<p>&mdash;¡Escuche!&mdash;protestó Krilov&mdash;. Todo eso me tiene sin cuidado. Sólo
+vengo...</p>
+
+<p>El portero no hizo caso de sus palabras y continuó:</p>
+
+<p>&mdash;¿Cuánto cobra usted al mes? El rubio me dijo que cincuenta rublos. No
+es mucho.</p>
+
+<p>&mdash;¡Doscientos!&mdash;dijo Krilov, observando con una alegría maligna que el
+rostro del portero expresaba casi el entusiasmo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh, doscientos! Eso es otra cosa... ¿Quiere usted un cigarrillo?</p>
+
+<p>Krilov aceptó con reconocimiento el cigarrillo que le tendía el portero,
+y echó de menos su pitillera japonesa, su gabinete de trabajo, los
+cuadernos azules de los colegiales que él debía corregir y que le
+parecían ahora tan gratos al alma.</p>
+
+<p>Encendió el cigarrillo y casi sintió náuseas: el tabaco era
+desagradable, mal oliente. «Un verdadero tabaco de espía»&mdash;se dijo
+Krilov.</p>
+
+<p>&mdash;¿Les pegan a ustedes con frecuencia?&mdash;preguntó el portero.</p>
+
+<p>&mdash;Pero escuche...</p>
+
+<p>&mdash;El rubio asegura que nunca le han pegado, y yo no lo creo. Es
+imposible que no les peguen a ustedes. Como no les rompen ningún hueso,
+no tiene importancia. Por doscientos rublos al mes, bien puede uno
+resignarse a eso. ¿Verdad?</p>
+
+<p>El portero le miraba sonriendo amistosamente.</p>
+
+<p>&mdash;Yo quería...&mdash;comenzó Krilov; pero el otro le interrumpió de nuevo:</p>
+
+<p>&mdash;Naturalmente, no hay que tener pelo de tonto en su oficio de ustedes,
+y, además, es preciso que en la fisonomía no haya nada de extraordinario
+que llame la atención. He visto a un colega de usted en extremo
+desfigurado, con un ojo de menos...</p>
+
+<p>&mdash;¡Vamos, vamos!&mdash;exclamó Krilov&mdash;. No tengo tiempo que perder. No me ha
+respondido usted aún.</p>
+
+<p>Abandonando, con un disgusto manifiesto, aquel interesante tema, el
+portero preguntó cómo era la muchacha a quien se refería. Cuando el otro
+le hubo hecho una descripción de su exterior, dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Ya caigo. Es la señorita Ivanov. Viene a ver a sus amigos del tercero
+derecho... No deben tirarse las colillas al suelo; ¡no las barrerás tú
+después!</p>
+
+<p>Cuando Krilov salía ya, oyó al portero despedirle con estas palabras:</p>
+
+<p>&mdash;¡Atajo de gandules!</p>
+
+<p>«¡Canalla!»&mdash;contestó mentalmente Krilov, acelerando el paso y buscando
+con la vista un coche. ¡En seguida, a casa! De pronto recordó que tenía
+su diario, y que en tal diario había escrito en cierta ocasión&mdash;hacía
+mucho tiempo, cuando era aún estudiante&mdash;algo muy radical, atrevido y
+bello. Con todo lujo de detalles acudió a su imaginación aquella velada
+inolvidable, y pensó en su cuartito, en el tabaco esparcido sobre la
+mesa, en el orgullo y el entusiasmo con que escribió aquellas líneas
+firmes y enérgicas... No tenía mas que arrancar las páginas y
+enviárselas a la muchacha. Ella las leería, y lo comprendería todo;
+pues, al fin, era una señorita inteligente y de corazón noble. ¡Al cabo
+había dado con la solución! ¡A casa en seguida! Además, tenía un hambre
+horrible...</p>
+
+<p>Le abrió la puerta su mujer.</p>
+
+<p>&mdash;¿Dónde has estado?&mdash;le preguntó llena de angustia&mdash;. ¿Qué te pasa?</p>
+
+<p>Quitándose precipitadamente el gabán, el profesor dijo con cólera:</p>
+
+<p>&mdash;Es un fastidio: la casa está llena de gente, y no hay nadie que me
+cosa el botón del abrigo.</p>
+
+<p>Y se dirigió a su gabinete.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pero ven a comer!&mdash;le dijo su mujer.</p>
+
+<p>&mdash;¡Déjame tranquilo! No me sigas.</p>
+
+<p>Una vez solo, se puso a registrar con mano febril su biblioteca. Había
+en ella numerosos libros y papeles; pero el diario no parecía. Como
+tropezase con un paquete de cuadernos de sus discípulos, lo rechazó
+indignado. Sentado en el suelo, buscaba nerviosamente en el cajón
+inferior del armario, lanzando suspiros de desesperación. ¡Por fin!
+¡Allí estaba su diario! Un cuaderno azul, de escritura vacilante,
+ingenua... Algunas flores secas dentro, un ligero perfume... ¡Dios mío,
+qué joven era entonces!</p>
+
+<p>Se sentó junto a la mesa y empezó a hojear el diario, sin encontrar lo
+que buscaba. Observó que algunas páginas estaban arrancadas. De pronto,
+se acordó. Hacía cinco años, con motivo de un registro practicado por la
+policía en casa de un colega suyo, se había asustado tanto que había
+arrancado de su diario las páginas comprometedoras y las había quemado.
+Asunto concluido; no había ya para qué buscar.</p>
+
+<p>La cabeza baja, el rostro oculto entre las manos, permaneció inmóvil
+largo rato ante su diario devastado. La habitación estaba mal alumbrada
+por una bujía&mdash;no había tenido tiempo de encender la lámpara&mdash;y llena de
+sombras negras, inquietantes. En las habitaciones próximas jugaban los
+niños, gritando y riendo. Se oía el ruido de los platos en el comedor,
+donde hablaban, iban y venían; pero allí, en su gabinete, todo estaba en
+silencio como en un cementerio. Si un pintor hubiera visto aquel
+aposento obscuro y triste, con el montón de libros y de cuadernos por el
+suelo, con aquel hombre inclinado sobre la mesa, dolorosamente
+cabizbajo, hubiese pintado un cuadro titulado «A punto de suicidarse».</p>
+
+<p>«Las páginas ardieron&mdash;pensó con dolor Krilov&mdash;; pero puedo acordarme de
+su contenido. Lo escrito en ellas existe; sólo necesito recordarlo.»</p>
+
+<p>Y lo intentó, sin encontrar en su memoria sino detalles insignificantes:
+la forma de las páginas arrancadas, la escritura, hasta los puntos y las
+comas. Lo esencial, lo principal, se había perdido para siempre y no
+resucitaría ya. Había vivido, y a la sazón ya no existía, como vive y
+muere todo sobre la tierra. Las bellas palabras habían desaparecido en
+el desierto vacío, infinito, y nadie las conocía, nadie las recordaba,
+en ningún corazón habían dejado huella alguna. Era inútil llorar,
+implorar, suplicar de rodillas, amenazar, enfurecerse; con ello nada
+lograría. El vacío infinito permanecería mudo, impasible, pues no
+devuelve nunca nada de lo que devora. Nunca, ni lágrimas ni súplicas,
+han podido tornar a la vida lo que ha muerto. No hay perdón, no hay
+remedio; tal es la ley cruel de la vida. Sí, aquello había muerto. El
+mismo había sido su asesino. Con sus propias manos había quemado las
+mejores flores que se habían abierto, en una noche santa, en su alma
+mísera y estéril. ¡Pobres flores perdidas! No tenían quizá la fuerza de
+una idea creadora; pero eran, con todo, lo más exquisito de su alma.
+Entonces no existían ya, y no se abrirían ya nunca. No hay perdón, no
+hay remedio; tal es la ley cruel de la vida.</p>
+
+<p>No podía continuar solo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Macha!&mdash;gritó a su mujer.</p>
+
+<p>Acudió inmediatamente. Su faz era redonda y bondadosa; su cabello,
+descuidado, tenía un color impreciso. Llevaba en la mano un traje de
+niño, que ella confeccionaba.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno, ¿vas a comer? Voy a decir que calienten la comida; todo está
+frío.</p>
+
+<p>&mdash;No, espera... Tengo que hablarte.</p>
+
+<p>Macha manifestó inquietud; puso sobre la mesa su labor y miró fijamente
+a su esposo. Este volvió los ojos.</p>
+
+<p>&mdash;¡Siéntate!&mdash;dijo.</p>
+
+<p>Ella se sentó, arregló su ropa, y con las manos sobre las rodillas se
+dispuso a escuchar. Como ocurría siempre, desde su infancia, cuando
+tenía que escuchar algo, puso al punto una cara estúpida.</p>
+
+<p>&mdash;¡Te escucho!</p>
+
+<p>Pero el profesor no decía palabra, y miraba con extrañeza el rostro de
+su mujer. Le parecía, en aquel instante, por completo desconocido, como
+el de un nuevo alumno que asistiese por primera vez a su clase. Se le
+antojaba absurdo que aquella mujer fuera su esposa. Una idea nueva,
+súbita, turbó su cerebro trastornado. En voz baja, murmurando, dijo:</p>
+
+<p>&mdash;¿No sabes, Macha? ¡Soy un espía!</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo?</p>
+
+<p>&mdash;Soy un espía. ¿Comprendes?</p>
+
+<p>Ella se quedó inerte en su asiento, y, con un gesto desesperado,
+exclamó:</p>
+
+<p>&mdash;¡Ya me lo sospechaba! Lo había adivinado hace tiempo. ¡Dios mío, qué
+desgraciada soy!</p>
+
+<p>Krilov se levantó de un salto, se acercó a ella y se puso a agitar
+furiosamente el puño cerrado ante su rostro, conteniendo a malas penas
+su deseo de golpearla.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué bestia eres! ¡Qué idiota!&mdash;exclamó con voz tan furiosa que un
+silencio de muerte reinó en seguida en las habitaciones próximas&mdash;. ¿Lo
+crees, pues? ¿Lo creías hace mucho tiempo? ¿Es posible? Después de doce
+años que vivimos juntos... ¡Doce años! Y es mi mujer, la compañera de
+mi vida, a quien se lo doy todo... mis pensamientos, mi dinero...</p>
+
+<p>Luego volvió la espalda y empezó a llorar. Ella no comprendía por qué
+lloraba: si por ser espía, en efecto, o por no serlo. Tuvo piedad de él.
+Se sintió, al mismo tiempo, ofendida por sus palabras, y empezó a llorar
+a su vez.</p>
+
+<p>&mdash;Siempre lo mismo&mdash;dijo lloriqueando&mdash;. Siempre soy yo la culpable.
+¿Para qué casarse con una idiota?</p>
+
+<p>Krilov se volvió hacia ella y, airadísimo, balbuceó:</p>
+
+<p>&mdash;¡Dios mío! ¡Doce años! Si mi mujer puede creer que soy en realidad
+espía... ¡Qué estúpida eres! ¡Qué idiota!</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, ¿quieres acabar con tus insultos?&mdash;protestó ella&mdash;. ¡Tú haces
+las porquerías, y luego soy yo la responsable!</p>
+
+<p>Krilov se puso aún más furioso.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué porquerías? ¿Crees que soy espía, pues? Di: ¿soy espía, o no lo
+soy?</p>
+
+<p>&mdash;¿Como quieres que yo lo sepa? ¡Puede que sí!</p>
+
+<p>Rabiosos, locos de odio y de cólera, los dos desgraciados siguieron
+cambiando durante largo rato insultos, llorando, gritando, jurando. Al
+fin, cansados, postradísimos, olvidada la ruda querella que acababa de
+tener lugar entre ellos, se sentaron uno junto a otro y comenzaron a
+hablar tranquilamente. Los niños se pusieron de nuevo a jugar y a hacer
+ruido en la habitación próxima. Confuso, evitando algunos detalles,
+Krilov refirió a su mujer su aventura con la joven estudianta, y
+manifestó sus temores de que la muchacha pudiera encontrárselo por
+casualidad.</p>
+
+<p>&mdash;¿No es más que eso, pues?&mdash;gritó Macha tranquilizada&mdash;. ¡Y yo que me
+había figurado cosas terribles! No hay por qué atormentarse; no tienes
+más que afeitarte la barba y quitarte las gafas para que no te
+reconozca. Durante las clases puedes tener las gafas puestas.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, pero... eso no me cambiará mucho. Si al menos yo tuviese una buena
+barba... como los demás...</p>
+
+<p>&mdash;No digas tonterías; tu barba es admirable. Lo he dicho siempre y lo
+repito.</p>
+
+<p>El profesor experimentó un gran alivio. Abrazó a su mujer y le hizo
+cosquillas con la barba detrás de la oreja. A media noche, cuando Macha
+se fue a la cama y el silencio reinó en la casa, llevó a su gabinete un
+espejo y agua caliente, y empezó a afeitarse. Además de la lámpara se
+vio obligado a encender dos bujías; tanta luz le molestaba un poco.
+Habiéndose afeitado un lado de la barba, se miró fijamente a los ojos y
+se detuvo como paralizado. «¡Mira cómo eres!», se dijo como si mirase a
+otra persona.</p>
+
+<p>Verdaderamente no era guapo; su rostro estaba envejecido, mustio, lleno
+de arrugas; sus ojos no tenían brillo; las gafas le habían dejado una
+señal roja en lo alto de la nariz. Había en su fisonomía un no sé qué de
+gris, de muerto, como si no fuera la de un hombre vivo, sino la
+mascarilla de un cadáver. No parecía ni un espía ni uno de los que los
+espías se dedican a perseguir.</p>
+
+<p>&mdash;¡Mira cómo eres!&mdash;balbuceó Krilov.</p>
+
+<p>¿Por qué tenía aquella cara estúpida? ¿Quién se había atrevido a
+dársela?</p>
+
+<p>Una gruesa lágrima cayó de sus ojos. Apretando los dientes, se afeitó la
+otra mitad de la barba, y, tras una corta vacilación, se afeitó también
+el bigote. Mirose de nuevo al espejo. Al día siguiente todos se reirían
+al verle así. Y, sin embargo, en otro tiempo era muy otra aquella cara.</p>
+
+<p>Con gesto decisivo, asió fuertemente la navaja, echó atrás la cabeza y,
+con suavidad, se pasó dos veces por la garganta el contrafilo de la
+hoja. No hubiera estado mal degollarse; pero no pudo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Cobarde! ¡Canalla!&mdash;dijo en alta voz y tono indiferente.</p>
+
+<p>Su rostro en el espejo, aunque movió los labios, permaneció gris,
+muerto. Podía ser golpeado, escupido; permanecería siempre igual;
+guiñaría los ojos con mayor ligereza, y nada más.</p>
+
+<p>Al día siguiente, todos se reirían de aquella cara: los colegas, los
+discípulos, los porteros. Su mujer se reiría también.</p>
+
+<p>Hubiera querido encolerizarse, llorar, romper el espejo, hacer algo
+violento; pero su alma estaba vacía, sin vida. Sólo deseaba una cosa:
+dormir. «Como he respirado demasiado tiempo el aire frío...», se dijo,
+bostezando. El otro, en el espejo, también bostezó.</p>
+
+<p>Guardó la navaja, apagó la lámpara y las velas y se dirigió a la alcoba.</p>
+
+<p>No tardó en dormirse, hundida en la almohada la faz, aquella pobre faz,
+que al día siguiente haría reír a todos: a sus colegas, a sus
+discípulos, a su mujer y a él mismo.</p>
+
+<hr class="half" />
+
+<h3><a name="LAS_BELLAS_SABINAS" id="LAS_BELLAS_SABINAS"></a>LAS BELLAS SABINAS*</h3>
+
+<p
+style="font-size:90%;line-height:90%;">*N. del T.&mdash;Esta comedia es una sátira escrita contra el partido
+político ruso de los «cadetes» (constitucionalistas-demócratas), cuya
+acción se caracteriza por la indecisión, la falta de audacia y la
+prudencia exagerada, rayana en lo ridículo. En vez de luchar
+abiertamente por la libertad del pueblo, apelaban al buen sentido del
+gobierno, invocaban razones jurídicas y humanitarias, se conducían, en
+fin, como los «sabinos», tan magistralmente pintados por Andreiev en
+esta piececita.</p>
+
+<h3 class="top5"><a name="CUADRO_PRIMERO" id="CUADRO_PRIMERO"></a>CUADRO PRIMERO</h3>
+
+<hr />
+
+<p class="hang"><i>Un lugar salvaje, completamente inculto. Comienza a despuntar el
+día. Romanos armados salen de detrás de la montaña, arrastrando a
+las sabinas robadas, bellas mujeres, medio desnudas, que se
+resisten, gritan, muerden las manos de sus raptores. Sólo hay una
+que permanece del todo tranquila, y se diría que duerme en los
+brazos del romano que la lleva. Lanzando exclamaciones de dolor,
+los romanos dejan en tierra a las sabinas y se apresuran a
+apartarse, ahogados de fatiga. Las mujeres poco a poco se calman,
+miran desde lejos con desconfianza a los romanos y cambian en voz
+baja impresiones.</i></p>
+
+
+<p class="cab">CONVERSACION DE LOS ROMANOS</p>
+
+
+<p>&mdash;¡Por la cabeza de Hércules! Estoy cubierto de sudor y parezco una rata
+de río. Creo que la mía lo menos pesa doscientos kilos.</p>
+
+
+<p>&mdash;Has hecho mal en coger a una mujer tan gorda. Yo he cogido una
+pequeñita, delgada, y...</p>
+
+<p>&mdash;Sí; pero, con todo, veo que tiene buenas garras. Llevas en el rostro
+señales abundantes.</p>
+
+<p>&mdash;¡Tiene garras de gata!</p>
+
+<p>&mdash;Todas parecen gatas. He tomado parte en cien batallas; he recibido
+sablazos, bastonazos, pedradas, hasta murallazos, y nunca he pasado un
+rato tan malo. Sospecho que ha desfigurado mi bella nariz romana.</p>
+
+<p>&mdash;Y a mí, si no fuera afeitado completamente, como cuadra a un romano de
+la antigüedad, me hubiera arrancado hasta el último pelo. Esas mujeres
+tienen unos deditos encantadores, con unas uñas finísimas. Las comparáis
+con las gatas, y las gatas son ángeles comparadas con ellas. La mía ha
+venido arrancándome concienzudamente, durante todo el camino, el vello
+del labio superior. Estaba tan absorta en este trabajo, que ni siquiera
+gritaba.</p>
+
+<p><span class="smcap">Un grueso romano.</span> <i>(Con voz de bajo profundo.)</i>&mdash;La mía, metiendo las
+manos por debajo de mi armadura, me hacía cosquillas. He venido todo el
+camino riéndome como un loco.</p>
+
+<p><i>(Las sabinas, al oír esto, prorrumpen en una risita llena de ironía
+mordaz y venenosa.)</i></p>
+
+<p>&mdash;¡Silencio, nos están oyendo! Señores, dejad vuestras quejas; de lo
+contrario, perderemos su estimación. Mirad a Pablo Emilio: ahí tenéis un
+hombre que sabe conducirse con dignidad.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, está reluciente como la aurora.</p>
+
+<p>&mdash;¡Por la cabeza de Hércules! No tiene ni un solo arañazo en la cara.
+¿Cómo es eso, Pablo?</p>
+
+<p><span class="smcap">Pablo Emilio.</span> <i>(Con afectada modestia.)</i>&mdash;No sé. Desde el primer momento
+sintió por mí un profundo afecto, como si yo fuera su marido. Cuando
+cargué con ella, pareció sentirse muy feliz, y se abrazó a mi cuello con
+tanta fuerza, que por poco me ahoga. Tiene las manos finas, pero
+extremadamente fuertes.</p>
+
+<p>&mdash;¡Vaya una suerte!</p>
+
+<p>&mdash;Y, sin embargo, es bien sencillo. Su corazón inocente y confiado le
+dijo que yo la amaba y la estimaba sinceramente. Casi todo el camino ha
+venido durmiendo en mis brazos como un niño.</p>
+
+<p><span class="smcap">El grueso romano.</span>&mdash;Pero decid, señores romanos: ¿cómo podrá ahora cada
+uno de nosotros reconocer a la suya? Las hemos robado en las tinieblas,
+como a las gallinas de un corral.</p>
+
+<p><i>(Las mujeres prorrumpen en exclamaciones de enojo. Se oye una voz que
+grita:</i> «¡Qué comparación más indecente!»)</p>
+
+<p>&mdash;¡Silencio! Nos oyen.</p>
+
+<p><span class="smcap">El grueso romano.</span> <i>(Con voz ahogada.)</i>&mdash;Yo me pregunto cómo podremos
+reconocerlas. La mía era muy alegre, y no se la cederé a nadie. ¡Eso no!</p>
+
+<p>&mdash;¡Tonterías!</p>
+
+<p>&mdash;Yo reconoceré a la mía por la voz: creo que no olvidaré sus gritos
+hasta el nacimiento de Jesucristo.</p>
+
+<p>&mdash;Yo reconoceré a la mía por sus uñas.</p>
+
+<p>&mdash;Y yo a la mía por el perfume delicioso de sus cabellos.</p>
+
+<p><span class="smcap">Pablo Emilio.</span>&mdash;Y yo a la mía por la dulzura y la belleza de su alma.
+¡Sí, señores romanos! Hoy empieza para nosotros una vida nueva. ¡Se
+acabó la soledad dolorosa! ¡Se acabaron las noches sin término, con sus
+malditos ruiseñores! ¡Váyanse al diablo ahora los ruiseñores y todos los
+demás pájaros!</p>
+
+<p><span class="smcap">El grueso romano.</span>&mdash;Sí, ya es hora de comenzar una vida de familia.</p>
+
+<p><i>(Entre las mujeres se oye una voz irónica:</i> «¡Intentadlo sólo, y
+veréis!»)</p>
+
+<p>&mdash;¡Silencio! Nos escuchan.</p>
+
+<p>&mdash;¡Sí, ya es hora!</p>
+
+<p>&mdash;Señores romanos, ¿quién será el primero?</p>
+
+<p><i>(Una pausa. Nadie se mueve. Las mujeres prorrumpen en risitas
+irónicas.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">El grueso romano.</span>&mdash;Yo me he reído ya bastante. Ahora les toca a los
+demás. ¡Tú, Pablo, anda!</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué monstruo! ¿No ves que la mía está durmiendo aún? Mira, allí, al
+lado de la piedra; es mi bonísima chiquilla.</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;De nuestra actitud indecisa e inquieta infiero, señores
+romanos, que ninguno de vosotros se atreve a acercarse solo a esas
+criaturas implacables. Voy a proponeros un plan...</p>
+
+<p><span class="smcap">El grueso romano.</span>&mdash;¡Tiene un talento este Escipión!...</p>
+
+<p>&mdash;He aquí cuál es mi plan: avancemos todos a una, ocultándonos uno tras
+otro y sin apresurarnos. Si no hemos tenido miedo de los maridos...</p>
+
+<p><span class="smcap">El grueso romano.</span>&mdash;¡Lo de menos son los maridos!</p>
+
+<p><i>(Entre las mujeres se oyen suspiros y llantos.)</i></p>
+
+<p>&mdash;¡Silencio! Nos están oyendo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Este diablo de Marco Antonio, con su manera de gritar!... Además,
+¿por qué hablar de los maridos y molestar a las pobres mujeres? Así,
+pues, señores, ¿os conviene mi plan?</p>
+
+<p>&mdash;¡Sí, sí!</p>
+
+<p>&mdash;¡Entonces, señores, adelante!</p>
+
+<p><i>(Los romanos se aperciben al ataque; las mujeres a la defensa. En vez
+de lindos rostros, no se ven sino uñas agudas, prontas a caer sobre la
+cara y los cabellos. Se oyen voces femeninas, parecidas al silbo de la
+serpiente. Los romanos operan con arreglo al plan concebido; es decir,
+ocultándose uno tras otro. Pero con esta estratagema, en vez de avanzar
+retroceden y acaban por desaparecer de escena. Las mujeres sueltan la
+carcajada. Los romanos reaparecen, visiblemente confusos.)</i></p>
+
+<p>&mdash;Creo, Escipión, que hay un defecto en tu plan. Queriendo avanzar,
+hemos retrocedido, que diría Sócrates.</p>
+
+<p><span class="smcap">El grueso romano.</span>&mdash;¡Yo no comprendo!</p>
+
+<p><span class="smcap">Pablo Emilio.</span>&mdash;Señores romanos, ¡seamos valerosos! ¿A qué nos exponemos?
+¿A uno o dos arañazos? Bien puede arrostrarse tal peligro por apoderarse
+de esas divinas criaturas. ¡Adelante, romanos! ¡Al asalto!</p>
+
+<p><i>(Todos los romanos&mdash;excepto Pablo Emilio, que mira, soñador, al
+cielo&mdash;se lanzan contra las mujeres, y a los pocos momentos de mudo
+combate retroceden a toda prisa. Reina un breve silencio, todos se
+tientan las narices.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;¿Habéis notado, señores, que no han dado ni un grito? Es una
+mala señal. Prefiero una mujer que grite.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué hacer ahora?</p>
+
+<p>&mdash;Yo sólo deseo llevar una vida de familia.</p>
+
+<p>&mdash;Yo también sueño con un hogar. Sin un hogar, la vida no tiene
+atractivos. Hemos trabajado ya bastante, fundando a Roma, y nos hemos
+ganado un descanso apacible.</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;Por desgracia, señores, no hay nadie entre nosotros que
+conozca bien la psicología femenina. Ocupados en guerrear y en fundar a
+Roma, nos hemos embrutecido, hemos perdido la elegancia en el trato
+social y hemos olvidado completamente lo que es una mujer.</p>
+
+<p><span class="smcap">Pablo Emilio.</span> <i>(Con modestia.)</i>&mdash;¡No todos!</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;Y, no obstante, esas mujeres lo son de unos maridos a quienes
+pegamos ayer. Eso prueba que existe también un medio de apoderarse de
+las mujeres. Por desgracia, no lo conocemos. Es de todo punto necesario
+conocerlo. Pero ¿cómo?</p>
+
+<p><span class="smcap">El grueso romano.</span>&mdash;Hay que preguntárselo a las mismas mujeres.</p>
+
+<p>&mdash;No nos lo dirán.</p>
+
+<p><i>(Se oye entre las mujeres una risa irónica.)</i></p>
+
+<p>&mdash;¡Silencio! Nos están oyendo.</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;Tengo un plan.</p>
+
+<p><span class="smcap">El grueso romano.</span>&mdash;¡Tiene un talento este Escipión!</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;Nuestras lindísimas raptoras&mdash;porque parece que no somos
+nosotros quienes las hemos raptado, sino todo lo contrario&mdash;. Nuestras
+lindísimas raptoras, digo, ocupadas en arañarse la cara con sus rosadas
+uñas o en tirarnos de los pelos o en hacernos cosquillas, no pueden oír
+nuestros argumentos. Y puesto que no pueden oírnos, no podemos
+convencerlas. Esto no tiene vuelta de hoja.</p>
+
+<p><i>(Los romanos repiten con desesperación y en tono doliente:</i> «¡Esto no
+tiene vuelta de hoja!» <i>Las mujeres aguzan el oído.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;He aquí por qué os propongo el plan siguiente: Elijamos entre
+nosotros un parlamentario, con arreglo a nuestras costumbres de guerra,
+y propongamos a nuestras encantadoras enemigas que hagan lo mismo.
+Espero que los representantes de uno y otro campo estarán bajo la
+protección de la bandera blanca, en completa seguridad&mdash;se tienta las
+narices&mdash;, y podrán llegar a un <i>modus vivendi</i>, para expresarme en buen
+latín. Y entonces...</p>
+
+<p><i>(Los romanos interrumpen su magnífico discurso con entusiastas</i> hurras.
+<i>Por unanimidad se designa como parlamentario a Escipión. Este, con la
+bandera blanca en la mano, se adelanta con lentitud hacia las mujeres.
+Al mismo tiempo dirige miradas ansiosas atrás y les dice a los otros:</i>
+«¡No os alejéis demasiado!»)</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span> <i>(Con acento acariciador.)</i>&mdash;¡Bellas sabinas! Os suplico que
+permanezcáis en vuestros sitios. Ya veis que estoy protegido por la
+bandera blanca. La bandera blanca es una cosa sagrada, y yo soy también
+una persona sagrada, puesto que me encuentro bajo la protección de la
+bandera blanca. Os lo aseguro bajo mi palabra de honor. ¡Bellas sabinas!
+Aún no hace veinticuatro horas que hemos tenido el gusto de raptaros, y
+ya hay entre nosotros discordias y malas inteligencias.</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;¡Qué insolente! ¿Os figuráis acaso que por el mero hecho de
+enarbolar ese garrote con la rodilla blanca tenéis derecho a decir
+porquerías?</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span> <i>(Con acento acaramelado.)</i>&mdash;Lejos de mí, señora, la intención
+de decir porquerías. Al contrario, soy muy feliz... o, mejor dicho,
+somos muy desgraciados... <i>(Con el valor de la desesperación.)</i> ¡Nos
+morimos de amor, os lo juro por la cabeza de Hércules! Señora, bien se
+ve que tenéis un noble corazón, y me tomo la libertad de pediros un gran
+favor. Tened, bellas sabinas, la bondad de elegir entre vosotras una
+parlam...</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;No os molestéis en repetirlo: hemos oído vuestro genial
+proyecto.</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;¿De veras? Y, no obstante, hemos hablado quedísimo.</p>
+
+<p><span class="smcap">Voces Femeninas.</span>&mdash;¡Os hemos oído, sin embargo!</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;Id, con vuestra rodilla blanca, a vuestro puesto, y esperad.
+Nosotras vamos a deliberar... ¡Más lejos! ¡Os lo ruego! No queremos que
+nos oigáis. ¿Quién es ese papanatas de la boca abierta? <i>(Señala con el
+dedo a Pablo Emilio, que continúa mirando soñadoramente al cielo.)</i> ¡Que
+se vaya también más lejos!</p>
+
+<p><i>(Los romanos, contentos, cuchichean:</i> «Esto toma buen cariz», <i>y
+retroceden de puntillas; algunos se tapan honradamente los oídos.)</i></p>
+
+
+<p class="cab">CONVERSACION DE LAS SABINAS</p>
+
+
+<p>&mdash;¡Qué insolencia! ¡Qué cobardía! Han abusado de sus fuerzas esos viles
+romanos. ¡Oh, nuestros pobres maridos!</p>
+
+<p>&mdash;Os lo juro: ¡antes les sacaría los ojos a todos los romanos que serle
+infiel a mi pobre marido! Puedes dormir tranquilo, caro amigo mío. ¡Velo
+por tu honor!</p>
+
+<p>&mdash;¡Yo también lo juro!</p>
+
+<p>&mdash;¡Y yo también!</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;¡Ah, mis queridas compatriotas! Todas juramos, pero no
+adelantamos nada con eso. Estos romanos son tan mal educados y brutales,
+que no se puede esperar de ellos que respeten nuestros juramentos. Al
+mío le he hecho sangre con los dientes en las narices.</p>
+
+<p>&mdash;¿Te acuerdas de él?</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span> <i>(Con acento de odio.)</i>&mdash;¡No lo olvidaré hasta la tumba! Es
+un patán, un bruto. ¡Me estrechaba tan rudamente entre sus brazos!
+¡Pobre marido mío!</p>
+
+<p>&mdash;A cien kilómetros trasciende su olor a soldados.</p>
+
+<p>&mdash;Y todos tienen una manera singular de estrecharnos entre sus brazos.
+Debe ser una costumbre nacional.</p>
+
+<p>&mdash;Cuando yo era aún muy pequeñita, un soldado estuvo en mi casa y me
+dijo...</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;Señoras, no tenemos tiempo de entregarnos a los recuerdos.</p>
+
+<p>&mdash;Yo sólo quería decir que aquel soldado...</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;Juno, pequeña, no podemos ocuparnos de tu soldado; tenemos
+ahora otros en que pensar... ¿Qué haremos, pues, queridas amigas? Voy a
+proponeros una cosa...</p>
+
+<p><i>(En este momento se acerca a las mujeres Verónica, a quien ha
+despertado el ruido de las voces. Es una mujer entrada en años y
+flaquísima.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Verónica.</span> <i>(Interrumpiendo.)</i>&mdash;¿Dónde están? ¿Por qué se han ido tan
+lejos? Quiero que se acerquen. No puedo vivir lejos de ellos. Quisiera
+ver al picaruelo que me ha traído en sus brazos. Exhalaba un olor
+delicioso a soldado. ¿Dónde está?</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;Mírale, con la boca abierta.</p>
+
+<p><span class="smcap">Verónica</span>&mdash;¡Me voy con él!</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;¡Detenedla! ¿Es posible, Verónica, que ya hayas olvidado a
+tu pobre marido?</p>
+
+<p><span class="smcap">Verónica</span>&mdash;Juro amarle eternamente al pobrecito; pero... ¿por qué no
+estamos con los romanos? Parecéis turbadas. ¿Qué pasa?... Si no queréis
+ir a buscarlos, deben venir ellos aquí. No deben ser orgullosos...</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;Bueno, escuchad lo que voy a proponeros, queridas amigas. Lo
+primero que os propongo es que juremos no ser nunca infieles a nuestros
+pobres mariditos. Que hagan con nosotras lo que quieran: siempre
+permaneceremos firmes, como la Roca Tarpeya. Cuando pienso cómo sufrirá
+ahora, cómo gritará en vano: «¡Cleopatra! ¿Dónde estás, mi adorada
+Cleopatra?» Cuando pienso lo que me quiere...</p>
+
+<p><i>(Todas lloran.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;Juremos, pues, queridas amigas; están esperando.</p>
+
+<p>&mdash;¡Juramos, juramos todas! Pueden hacer con nosotras lo que les dé la
+gana; permaneceremos fieles.</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;Ahora estoy tranquila por nuestros pobres maridos. ¡Podéis
+dormir confiados, caros amigos!... Ahora, queridas compatriotas,
+designemos, conforme al deseo de esos odiosos romanos, una
+parlamentaria. Irá...</p>
+
+<p>&mdash;¡Y les sacará a todos los ojos!</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;No; y les dirá a esos cobardes la verdad. Se figuran que no
+somos capaces sino de arañarles la cara. Es preciso que vean que también
+sabemos hablar.</p>
+
+<p><span class="smcap">Verónica.</span> <i>(Alzando los enjutos ojos.)</i>&mdash;No comprendo de qué podemos
+hablar. Es absolutamente inútil, puesto que la fuerza está de su parte.
+No tenemos más remedio que someternos.</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;¡Detenedla! La fuerza, Verónica, no es el derecho, como
+dicen los jurisconsultos romanos. Dejadme a mí hablarle a esas gentes,
+y yo les probaré que no tienen ningún derecho a retenernos, que están en
+el deber de devolvernos la libertad, que, según todas las leyes divinas
+y humanas, han cometido una cochinería.</p>
+
+<p><span class="smcap">Numerosas voces femeninas.</span>&mdash;¡Ve, Cleopatra, ve!</p>
+
+<p>&mdash;¡Detened a Verónica!</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;¡Eh, el de la rodilla blanca! Venid, tengo que hablaros.</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;¿Queréis que deje mi acero?</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;No, no merece la pena; no tenemos miedo de vuestro acero.
+Pero acercaos, no temáis; no os morderé. ¡No sois muy valiente que
+digamos! Ayer, cuando nos arrancasteis brutalmente de los brazos de
+nuestros maridos, no erais tan tímidos... ¡Os digo que os acerquéis!</p>
+
+<p><i>(Escipión se acerca lentamente. Los romanos y las sabinas forman dos
+grupos simétricos a ambos lados de la escena para seguir la
+conversación.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;Me felicito, señora...</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;¡Calla! ¿Os felicitáis? Bueno, escuchad lo que voy a
+deciros: sois un canalla, un necio, un ladrón, un bandido, un asesino,
+un monstruo. ¡Lo que habéis hecho es indigno, innoble, abominable,
+repugnante, escandaloso, indecente, inaudito!</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;¡Señora!</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;Sí; me sois antipático hasta más no poder, me inspiráis un
+disgusto profundo, una repulsión sin límites. Oléis atrozmente a
+soldado. Si vuestras narices no estuviesen tan arañadas, ya veríais...</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;¡Perdonad, señora! No ha sido otra que vos la que me las ha
+puesto así.</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;¿Cómo? ¿Yo? Entonces sois vos quien me ha raptado. <i>(Le mira
+con desprecio.)</i> Os ruego que me perdonéis, no os había reconocido.</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span> <i>(Con acento alegre.)</i>&mdash;¡Y yo os he reconocido al punto!
+Vuestros cabellos huelen a... ¿Cómo se llama eso?</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;¡No os importa a lo que huelen mis cabellos! Yo creo que no
+huelen mal.</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;Eso es lo que yo digo...</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;¡Vuestra opinión me tiene completamente sin cuidado! Y no
+hablemos más del asunto. Os ruego, señor, que nos digáis, leal y
+francamente, qué queréis de nosotras.</p>
+
+<p><i>(Escipión baja modestamente los ojos, y, no pudiendo contenerse, se
+ríe, tapándose la boca. Los demás romanos se ríen también. Las mujeres
+se indignan mucho.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;¡Vaya una respuesta! ¡Es innoble! Os pregunto: ¿Qué queréis
+de nosotras? ¿Qué esperáis obtener? Creo que no ignoráis que todas somos
+casadas.</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;Sí, señora, lo sabemos; pero... nosotros también tenemos la
+intención de pediros en matrimonio.</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;¿Pero habláis en serio? ¡Habéis perdido el juicio!</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;Señora, miradnos bien: no se trata de unos <i>snobs</i> de la
+avenida Nevsky. Acabamos de fundar a Roma y ardemos en deseos de
+consolidar... Procurad comprender nuestra situación, y os apiadaréis de
+nosotros. ¿Acaso no os apiadaríais de vuestros maridos si, a lo mejor,
+se quedasen solos, sin mujeres? ¡Así estamos nosotros, señora!</p>
+
+<p><span class="smcap">El grueso romano.</span>&mdash;¡Completamente!</p>
+
+<p><span class="smcap">Verónica.</span> <i>(Enjugándose las lágrimas.)</i>&mdash;¡Pobres hombres! ¡Los
+compadezco con toda mi alma!</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;En medio de las batallas, ocupado en la fundación de Roma,
+hemos dejado, por decirlo así, escapar el momento favorable para
+crearnos una familia... Creednos, señora, compadecemos de todo corazón a
+vuestros pobres maridos...</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span> <i>(Con dignidad.)</i>&mdash;Eso os honra.</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;¿Pero por qué nos han dejado cargar con vosotras?</p>
+
+<p><i>(Los romanos le jalean con gritos de</i> «¡Bravo, Escipión! ¡Muy bien
+dicho!» <i>Las mujeres se indignan de nuevo. Algunas exclaman:</i> «¡Esto es
+abominable! ¡Insulta a nuestros maridos! ¡No se puede permitir!»)</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span> <i>(Con voz seca.)</i>&mdash;Si queréis continuar las negociaciones, os
+ruego que habléis con más respeto de nuestros maridos.</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;¡Con mucho gusto! Pero, señora, con todo nuestro respeto, no
+podemos menos de confesar que no son dignos de vosotras. Mientras nos
+desgarráis el corazón con vuestros atroces sufrimientos; mientras
+vuestras lágrimas corren como torrentes que en la primavera se
+precipitan de las montañas; mientras hasta las piedras se conmueven y
+plañen; mientras vuestras encantadoras narices empiezan a hincharse a
+causa del llanto que vertéis...</p>
+
+<p><span class="smcap">Numerosas voces femeninas.</span>&mdash;¡Eso no es verdad!</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;Mientras toda la naturaleza, etcétera, etc., vuestros
+maridos, señoras, ¿dónde están? No los veo por ninguna parte. Brillan
+por su ausencia. Os han abandonado. Diré más, a riesgo de provocar
+vuestras iras: os han hecho traición vilmente.</p>
+
+<p><i>(Los romanos adoptan posturas altivas. Entre las mujeres se oyen
+suspiros y llantos.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Proserpina.</span> <i>(Con acento tranquilo.)</i>&mdash;Verdaderamente, ¿por qué no viene
+mi marido? ¡Creo que ya es hora!</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;Todo eso está muy bien, señor. Tenéis un pico de oro, sabéis
+adoptar elegantes posturas; pero decidme: ¿qué haríais si quisieran
+raptarnos durante la noche?</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;Velaremos la noche entera. Además, espero que vosotras no
+querréis marcharos.</p>
+
+<p><span class="smcap">Verónica.</span>&mdash;¿Por qué están tan lejos? ¡Yo quiero que se acerquen!</p>
+
+<p><span class="smcap">Voces femeninas.</span>&mdash;¡Por favor, detenedla!</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;¡Tiene gracia lo seguro que estáis de vosotros mismos! No
+puedo menos de reconocer que manifestáis un gran respeto por nuestros
+sufrimientos; pero sois todavía muy joven, y hay cosas que no se os
+alcanzan. Así, pues, voy a deciros algo que aniquilará por completo
+vuestra argumentación, y que hasta os hará, de fijo, poneros colorado.
+¿Qué se hará de los niños, señor?</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;¿Qué niños?</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;Pues los que nos hemos dejado en casa.</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;Confieso, señora, que es una cuestión peliaguda. Permitidme
+consultar con mis camaradas.</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;Hacedlo.</p>
+
+<p><i>(Se aleja hacia las mujeres. Los romanos deliberan en voz baja.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;¡Señora!</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;Soy toda oídos.</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;Mis camaradas, los señores romanos de la antigüedad, tras una
+larga deliberación, me han encargado que os diga que tendréis nuevos
+niños.</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span> <i>(Estupefacta.)</i>&mdash;¿De veras? ¿Creéis?...</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;¡Lo juramos! ¡Juremos todos, señores!</p>
+
+<p><i>(Los romanos juran, blandiendo sus aceros.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;Pero el sitio no es nada bonito.</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span> <i>(Ofendido.)</i>&mdash;¿No os gusta?</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;Claro, montañas, hondonadas... En suma, una cosa estúpida.
+Esta piedra tan grande, por ejemplo, ¿qué hace aquí? ¡Quitadla!</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span> <i>(Aparta la piedra.)</i>&mdash;¡A vuestras órdenes, señora!</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;¡Y luego esos árboles! No, esto es muy feo. Me ahogo aquí.
+Vos mismo estáis avergonzado, no podéis negarlo. Pero me parece que debo
+daros una respuesta.</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;¿Una respuesta?</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;¡Claro! ¿No me habéis hecho una pregunta?</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;¿Yo? ¿Qué pregunta? Perdonad, señora, mi razón está un poco
+turbada con motivo de todo esto.</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;¡Vaya una ocurrencia! ¿Sabéis que eso es ofensivo para mí?</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;¿Para vos?</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;¡Naturalmente! Pretendéis haber perdido la razón por mi
+causa.</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;¿Yo?</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;¡No, que seré yo! Y no perdamos tiempo, voy a consultar a
+mis amigas. Calmaos esperándome. ¡Si pudierais veros la cara! La tenéis
+cubierta de sudor, como si os hubierais pasado todo el día cargando
+piedra. Secaos el sudor. ¿Tenéis pañuelo?</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;Me parece, señora, que estáis burlándoos de mí.</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;¿Yo?</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;¡Vaya! Y no puedo permitirlo.</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;¿Y qué vais a hacer?</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;Gracias a Dios, no soy todavía vuestro marido para permitiros
+burlaros de mí.</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;¡Muy bien! ¿Conque os congratuláis de no ser todavía mi
+marido? ¡Tiene gracia! ¿Queríais hacernos creer en la sinceridad de
+vuestros juramentos? <i>(Dirigiéndose a las demás mujeres.)</i> ¿Oís,
+señoras? ¡Se congratulan de no ser nuestros maridos!</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;¡No, no es posible! Es una lógica que no entiendo. Os ruego
+que acabéis.</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;¿Y si no quiero?</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;Entonces... entonces, ¡podéis largaros!</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;¿Cómo?</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;Sí, podéis largaros todas. Id a buscar a vuestros maridos.
+Estamos hasta la coronilla. ¡Por la cabeza de Hércules! Si hemos fundado
+a Roma, no ha sido para volvernos después locos con vuestra estúpida
+argumentación.</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;¿Estúpida?</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;¡Idiota, si os parece poco!</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span> <i>(Llorando.)</i>&mdash;¡Me insultáis!</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;¡Oh, Júpiter! ¡Está llorando! Pero vamos, señora, ¿qué
+queréis de mí? No puedo más. Aunque soy un antiguo romano, vais a
+hacerme perder el juicio. ¡Cesad de llorar, os lo ruego!</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;Entonces, ¿nos dejáis partir? <i>(Llora con mayor
+desconsuelo.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;¡Desde luego! Estáis libres. Id en busca de vuestros maridos.
+¿Verdad, señores romanos? ¿Pueden partir?</p>
+
+<p><span class="smcap">El grueso romano.</span>&mdash;¡Naturalmente! Que se vayan; raptaremos a las mujeres
+de los etruscos.</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;¡Qué mujeres, Dios mío! Toda paciencia es poca para
+soportarlas.</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span> <i>(Llorando.)</i>&mdash;¿Palabra de honor?</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;¿Cómo?</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;¿Palabra de honor de que nos dejáis irnos?</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;¡Ya lo habéis oído!</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;Sí; mas podría ser que no lo dijerais en serio.</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;Completamente en serio.</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;Y si nos decidimos a irnos, ¿nos cogeréis de nuevo?</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;¡De ningún modo! ¡Qué pesadez, Dios mío! ¡Marchaos y no
+temáis nada!</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;Muy bien; ¿pero nos llevaréis en brazos?</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;¿Cómo?</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;¿No comprendéis? Pues es muy sencillo: ya que nos habéis
+traído aquí, debéis ahora llevarnos junto a nuestros maridos. La
+distancia es muy larga, y no podemos ir a pie.</p>
+
+<p><i>(Las mujeres prorrumpen en risas sarcásticas. Escipión, ahogándose de
+cólera, quiere decir algo; pero se limita a herir furiosamente el suelo
+con el pie y se va con sus camaradas. Todos los romanos les vuelven la
+espalda a las mujeres, se sientan en el suelo y permanecen en tal guisa
+mientras las mujeres deliberan.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;¿Habéis oído, queridas amigas? Nos dejan partir.</p>
+
+<p><span class="smcap">Verónica.</span>&mdash;¡Es terrible!</p>
+
+<p>&mdash;¡Nos echan! Es innoble. ¡Raptar a honradas mujeres, trastornarlo todo
+a media noche, despertar a los niños, suscitar desórdenes! Y todo,
+¿para qué? ¡Para declararnos que no nos necesitan ya!</p>
+
+<p>&mdash;¿Y nuestros pobres maridos? ¿A qué santo han sufrido todo eso?</p>
+
+<p>&mdash;¡Ya veis, por la noche, cuando todo el mundo está durmiendo!</p>
+
+<p>&mdash;¿Conocéis el camino?</p>
+
+<p>&mdash;¡Cualquiera lo conoce! ¡Como que no tenía una más ocupación que la de
+observar el camino cuando la traían!</p>
+
+<p>&mdash;Hay una gran distancia.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y si se niegan a llevarnos?</p>
+
+<p><span class="smcap">Verónica.</span> <i>(Con voz gemebunda.)</i>&mdash;Se me desgarra el corazón. ¡Pobre
+chiquillo mío! Le han obligado a volvernos la espalda. Iré a hablar con
+él.</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;¡Esperad! ¡Verónica! No se os escapará vuestro chiquillo.
+Hay que tomar una resolución.</p>
+
+<p><span class="smcap">Proserpina.</span>&mdash;Por mi parte, es igual que tengamos unos maridos u otros.
+Allá se van todos. Estoy segura de que lo primero que se me pedirá es
+una buena cena. Hasta me alegraré de tener un nuevo marido; el que tengo
+ahora gruñe porque no varío el menú, mientras que el nuevo se chupará
+los dedos.</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;Decís cosas cínicas, Proserpina. La historia, con ese
+motivo, nos condenará.</p>
+
+<p><span class="smcap">Proserpina.</span>&mdash;¿Qué sabe la historia de nuestros negocios? Además, yo me
+encuentro aquí divinamente.</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;¡Sois incorregible, Proserpina! Tened cuidado, pueden
+oírnos. Escuchad, queridas amigas, tengo un plan: podemos partir
+inmediatamente en busca de nuestros maridos. ¡Pero el camino es tan
+largo y estamos tan cansadas!</p>
+
+<p>&mdash;¡Tengo los nervios tan excitados!</p>
+
+<p>&mdash;¡Es natural! ¡Hemos pasado una noche tan horrible!</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;Por eso os propongo que descansemos aquí un par de días.
+Esto no nos comprometerá a nada. Nuestros raptores estarán encantados, y
+así les será menos dolorosa la separación. Confieso que el mío me da
+lástima; le he puesto perdida la nariz.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pero nada más que dos días!</p>
+
+<p>&mdash;Creo que un solo día bastará para que descansemos. Id a hablar con
+ellos, Cleopatra; si no, se dormirán.</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span> <i>(Volviéndose hacia los romanos.)</i>&mdash;¡Señor!</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span> <i>(Sin volver la cabeza.)</i>&mdash;¿En qué puedo serviros?</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;Venid un instante.</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;¡A vuestras órdenes, señora! <i>(Se levanta y se acerca.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;Hemos decidido aprovechar vuestra amable proposición, y nos
+vamos inmediatamente. ¿No estáis incomodados?</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;No.</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;Pero antes de partir quisiéramos descansar un poco. Espero
+que nos permitiréis permanecer aquí uno o dos días. Esto, además, nos
+gusta mucho.</p>
+
+<p><i>(Todos los romanos se levantan precipitadamente.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span> <i>(Entusiasmado.)</i>&mdash;¡Querida señora, estoy encantado! Os juro
+por la cabeza de Hércules, de Júpiter, de Venus, de Baco, de Afrodita,
+que todos nosotros... En fin, ya me comprendéis, ¿verdad? ¡Señores
+romanos de la antigüedad, al asalto!</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;Ahora iremos a dar un paseíto.</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;¡Todo lo que queráis, señoras! ¡Señores romanos de la
+antigüedad, adelante! ¡Un, dos! ¡Un, dos! ¡No todos a una! ¡Cada cual
+cuando le toque!</p>
+
+<p><i>(Coge a Cleopatra del brazo y se la lleva hacia las montañas. Tras él
+marchan los demás romanos, cada cual con su sabina del brazo.)</i></p>
+
+<p>&mdash;¡Un, dos! ¡Un, dos! ¡En filas apretadas!</p>
+
+<p><i>(Pablo Emilio, solo, recorre con gesto desesperado la escena.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Pablo Emilio.</span>&mdash;¿Dónde está la mía? ¡Esperad, señores romanos de la
+antigüedad! ¡Se me ha perdido! ¿Dónde está?</p>
+
+<p><i>(Verónica permanece un poco a distancia, con los ojos bajos, como una
+novia. Pablo se dirige a ella.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Pablo Emilio.</span>&mdash;Señora, ¿no la habéis visto?</p>
+
+<p><span class="smcap">Verónica.</span>&mdash;¡Qué bestia eres!</p>
+
+<p><span class="smcap">Pablo Emilio.</span>&mdash;¿Yo?</p>
+
+<p><span class="smcap">Verónica.</span>&mdash;Sí, tú. ¡Eres un bestia!</p>
+
+<p><span class="smcap">Pablo Emilio.</span>&mdash;¡Me insultáis, señora!</p>
+
+<p><span class="smcap">Verónica.</span>&mdash;¡Oh, qué bestia eres! ¿Acaso no ves? ¿Acaso no me reconoces?
+¡Oh, querido mío! Hace treinta años que te espero. ¡Aduéñate!</p>
+
+<p><span class="smcap">Pablo Emilio.</span>&mdash;¿De qué?</p>
+
+<p><span class="smcap">Verónica.</span>&mdash;¡Pues de mí! ¡Soy tuya! ¡Dios mío, qué bestia eres!</p>
+
+<p><span class="smcap">Pablo Emilio.</span>&mdash;¡Pero ésta no es ella!</p>
+
+<p><span class="smcap">Verónica.</span>&mdash;Sí, soy ella.</p>
+
+<p><span class="smcap">Pablo Emilio.</span>&mdash;¡Ca!</p>
+
+<p><span class="smcap">Verónica.</span>-¡Sí!</p>
+
+<p><span class="smcap">Pablo Emilio.</span>&mdash;¿Vos? ¿Vos sois la que?...</p>
+
+<p><i>(Se sienta en el suelo y llora.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Verónica.</span>&mdash;Escucha, todos se han ido ya; me da vergüenza estar aquí
+sola. ¡Vamos!</p>
+
+<p><span class="smcap">Pablo Emilio.</span>&mdash;No sois vos.</p>
+
+<p><span class="smcap">Verónica.</span>&mdash;¿No te digo que sí soy yo? ¡Caramba! Mi marido repite desde
+hace treinta años que no soy yo. ¡Y ahora éste también! ¡Dame la mano!</p>
+
+<p><span class="smcap">Pablo Emilio.</span> <i>(Aterrorizado.)</i>&mdash;¡No, no sois vos! ¡Socorro! ¡Socorro!
+¡Me rapta!</p>
+
+
+<p class="telon">TELÓN</p>
+
+<hr class="half" />
+
+<h3><a name="CUADRO_SEGUNDO" id="CUADRO_SEGUNDO"></a>CUADRO SEGUNDO</h3>
+
+<p class="hang"><i>Un cuadro extremadamente triste, que dé idea de la situación
+trágica de los maridos despojados. Es muy posible que llueva, que
+haga mucho viento, que las nubes negras encapoten el cielo; pero no
+es menos posible que todo esto no sea sino imaginación. De un modo
+o de otro, el paisaje debe corresponder al trágico estado de alma
+de los pobres maridos.</i></p>
+
+<p class="hang"><i>A ambos lados de la escena, los sabinos, en dos grupos simétricos,
+se dedican a la gimnástica. Mientras hacen ejercicios variados,
+murmuran:</i> «Quince minutos de ejercicio diarios, y estaréis como
+una manzana.» <i>En medio, en un largo banco, están sentados los
+maridos con hijos, y cada uno tiene un niño en brazos. Están
+tristemente cabizbajos, y todo en su actitud manifiesta una
+desesperación estilizada.</i></p>
+
+<p class="hang"><i>Durante largo rato no se oye sino el cuchicheo de los gimnastas;</i>
+«Quince minutos de ejercicio diarios», <i>etc.</i></p>
+
+<p class="hang"><i>Entra Anco Marcio, enseñando una carta.</i></p>
+
+
+<p class="top5"><span class="smcap">Marcio.</span>&mdash;¡He aquí la dirección, señores sabinos! Hemos recibido la
+dirección de nuestras mujeres. ¡La dirección, señores, la dirección!</p>
+
+<p><span class="smcap">Voces ahogadas.</span>&mdash;¡Escuchad, escuchad! Se ha recibido la dirección.</p>
+
+<p><i>(Marcio saca del bolsillo una campanilla y la agita.)</i></p>
+
+<p>&mdash;¡Silencio, señores, silencio!</p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span>&mdash;¡Señores sabinos! La historia no podrá reprocharnos ni la
+lentitud ni la indecisión. Ni lentitud ni indecisión entran en el
+carácter de los sabinos, a cuyo temperamento arrebatado, impulsivo,
+apenas ponen coto la experiencia y la prudencia. ¿Recordáis, maridos
+despojados, adónde fuimos a parar la mañana memorable que siguió a la
+terrible noche durante la cual esos bandidos robaron, de una manera
+abominable, a nuestras desgraciadas mujeres? ¿Recordáis adónde nos
+llevaron nuestras piernas veloces, devorando el espacio, apartando todos
+los obstáculos y alborotando toda la región? ¿Recordáis? <i>(Los sabinos
+guardan silencio.)</i> ¡Vamos, señores sabinos, un pequeño esfuerzo de
+memoria!</p>
+
+<p><span class="smcap">Una voz tímida.</span>&mdash;¡Proserpinita querida! ¿Dónde estás?</p>
+
+<p><i>(Los sabinos siguen silenciosos y pendientes de los labios de Marcio.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span> <i>(Con énfasis.)</i>&mdash;Bueno, voy a refrescar vuestra memoria:
+corrimos a la agencia de informaciones para enterarnos de dónde se
+hallaban nuestras mujeres. Por desgracia, esta institución arcaica no lo
+sabía aún, y nos dio... la antigua dirección de aquéllas. Y durante una
+semana entera la agencia estuvo dándonos, como si se burlase de
+nosotros, la misma antigua dirección. Al fin nos dio este terrible
+informe: «Partieron sin dejar señas.» Pero no quedamos contentos con
+esta gestión. ¿Recordáis, señores sabinos, lo que hicimos por añadidura?
+<i>(Los sabinos guardan silencio.)</i> He aquí una exposición sucinta, pero
+elocuente, de lo que hemos hecho en los diez y ocho meses que han
+transcurrido desde la desaparición de nuestras pobres mujeres: hemos
+publicado anuncios en los periódicos, prometiendo una recompensa a quien
+nos indique dónde se encuentran; hemos consultado a los astrólogos, que
+han tratado noches y noches, contemplando los astros, de encontrar la
+dirección apetecida...</p>
+
+<p>&mdash;¡Proserpinita querida! ¿Dónde estás?</p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span> <i>(Dirigiendo una mirada de reproche al que le ha
+interrumpido.)</i>&mdash;Hemos matado millares de gallinas, patos y gansos para
+examinar sus entrañas y adivinar así la ansiada dirección. Todos
+nuestros esfuerzos han sido vanos. Los dioses todopoderosos no han
+querido coronarlos de éxito. Las estrellas a que nos hemos dirigido sólo
+nos han contestado una cosa: «Partieron sin dejar señas.» ¡Sí, sin dejar
+señas! <i>(Los sabinos lloran.)</i></p>
+
+<p>&mdash;¡Proserpinita querida! ¿Dónde estás?</p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span>&mdash;Sí, señores sabinos, es una respuesta bien extraña por parte de
+los astros. Pero continúo con orgullo la exposición de lo que hemos
+hecho. ¿Recordáis, señores sabinos, en qué se hallaban ocupados nuestros
+sabios juristas mientras los astrólogos consultaban las estrellas? <i>(Los
+sabinos guardan silencio.)</i> ¡Vamos, un pequeño esfuerzo de memoria! En
+estas condiciones, es difícil hablar. Estáis ahí como estatuas, sin
+decir esta boca es mía. ¡Bueno, recordad, os lo ruego!</p>
+
+<p>&mdash;¡Proserpinita querida!</p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span>&mdash;¡Dejadnos en paz con vuestra Proserpina! Bueno, señores
+sabinos, voy a ayudaros a recordar. Decidme, ¿para qué os dedicáis a la
+gimnástica?</p>
+
+<p><span class="smcap">Una voz tímida en el fondo.</span>&mdash;Para tener los músculos fuertes.</p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span>&mdash;¡Muy bien! ¿Y para qué necesitamos tener los músculos fuertes?
+¡Responded!</p>
+
+<p><span class="smcap">Otra voz tímida.</span>&mdash;Para pegarnos.</p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span>&mdash;<i>(Levantando con desesperación los brazos al cielo.)</i>&mdash;¡Oh,
+dioses! ¡Para pegarnos! ¿Y quién dice eso? Un sabino, un amigo de las
+leyes, un puntal del orden, un modelo, único en el mundo, de lealtad. Me
+dan vergüenza las palabras que acaban de ser pronunciadas. Cuadrarían en
+boca de un bandido romano que roba las mujeres ajenas.</p>
+
+<p>&mdash;Proserpinita...</p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span>&mdash;¿Queréis no fastidiarnos más con vuestra Proserpina? Se trata
+aquí de una cuestión de principios... Veo, señores, que la espantosa
+pérdida ha eclipsado vuestra memoria, y voy a refrescar vuestros
+recuerdos. Tenemos necesidad de músculos fuertes para poder llevar, el
+día en que al fin conozcamos la dirección de nuestras mujeres y de sus
+raptores, los pesadísimos volúmenes del código civil, las colecciones de
+las leyes y las resoluciones del Senado, así como los cuatrocientos
+tomos escritos con motivo de nuestro asunto por los sabios juristas, en
+los que se prueba, con una claridad meridiana, la ilegalidad del acto
+que los romanos cometieron. No echéis en olvido, señores sabinos, que
+nuestra única arma es la ley, nuestro derecho y nuestra conciencia
+tranquila. Demostraremos a los romanos, sin que haya lugar a duda
+alguna, que son unos raptores, y a nuestras pobres mujeres, que fueron
+raptadas de un modo por completo ilegal. Hasta el Cielo se estremecerá
+de indignación. Y&mdash;¡congratulaos, señores sabinos!&mdash;ahora, por fin,
+podemos acometer nuestra gran empresa, porque tenemos la dirección
+exacta. ¡Miradla!</p>
+
+<p><i>(Blande la carta. Los sabinos se empinan sobre las puntas de los pies
+para ver mejor.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span>&mdash;¡Miradla! Una carta certificada que firma «Un raptor
+arrepentido». El autor dice en ella que tiene remordimientos de
+conciencia por su mala acción; jura que no raptará ya más mujeres, y
+pide perdón humildemente. La firma no es legible; sobre ella hay una
+gran mancha, que proviene, sin duda, de las lágrimas derramadas sobre el
+papel por el autor arrepentido. Entre otras cosas, escribe que nuestras
+pobres mujeres tienen destrozado el corazón.</p>
+
+<p>&mdash;¡Proserpinita querida!</p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span>&mdash;¡Pero escuchadme! ¡Me interrumpís a cada palabra con vuestros
+lamentos! Haceos cargo de que vuestra Proserpina es cosa secundaria
+cuando se trata del triunfo del derecho. Mientras, los demás nos
+disponemos a la gran batalla en pro del derecho y la justicia&mdash;batalla
+en que acaso perdamos la vida&mdash;, vos sólo pensáis en vuestra Proserpina.
+En nombre de la honorable asamblea, condeno vuestra conducta... ¡Bueno,
+señores, preparémonos! ¡Acatad mis órdenes! ¡Alineaos en filas
+regulares! ¡Pero más aprisa, vamos! ¡Eh, cuidado, os dicen que os
+volváis a la derecha y os volvéis a la izquierda! Y ya es hora de que
+distingamos entre la izquierda y la derecha.</p>
+
+<p><i>(Coge por un hombro al sabino que se ha equivocado y empieza a
+enseñarle.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span>&mdash;Para saber dónde está la derecha, volved la cara al Norte... O
+no, la cara al Sur y la espalda al Este. ¡Así no! ¡Lo hacéis
+precisamente al revés! ¡Qué fastidio! Seguid a vuestros vecinos...
+Ahora, señores, si alguno de vosotros lleva cortaplumas, que lo tire.
+Los mondadientes también. Nada que pueda suscitar ideas de violencia.
+¡Ningún arma contundente ni cortante! Nuestra arma es el derecho y la
+conciencia pura. Ahora, que cada uno tome un volumen de leyes y otro de
+estudios jurídicos. ¡Así! ¡Las trompetas al frente! Tocad la marcha de
+los maridos despojados. ¡Adelante! Pero no olvidéis cómo hay que
+avanzar. ¿Lo habéis olvidado?</p>
+
+<p><i>(Los sabinos no responden.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span>&mdash;Bueno, os lo recordaré: dos pasos al frente y un paso atrás.
+Dos pasos al frente y un paso atrás. Con los dos primeros pasos
+expresamos nuestra firme voluntad, el ardor arrebatado de nuestras
+almas, el deseo irresistible de dar cima a nuestra empresa; mientras que
+el paso atrás manifiesta nuestra sensatez y nuestra prudencia. Al darlo,
+damos, por decirlo así, prueba de nuestra lealtad, de nuestro propósito
+de obrar con moderación. La historia, señores, no conoce saltos. Y no
+hay que olvidar que en este momento la historia, esa justiciera
+implacable, está personificada en nosotros. Tocad la marcha.</p>
+
+<p><i>(Las trompetas empiezan a tocar, ora en tono mayor y solemne, ora
+lanzando quejas y gemidos. Los sabinos avanzan del modo indicado por
+Marcio: dos pasos al frente, un paso atrás. De esta suerte atraviesan
+lentamente la escena y desaparecen entre bastidores. Se sigue oyendo
+largo rato los acordes de la marcha lúgubre.)</i></p>
+
+<p class="telon">TELÓN</p>
+
+<hr class="half" />
+
+<h3><a name="CUADRO_TERCERO" id="CUADRO_TERCERO"></a>CUADRO TERCERO</h3>
+
+<p class="hang"><i>La escena del primer cuadro. El aspecto es ya menos inculto. Ante
+una de las chozas hállase, en pie, el romano Escipión en una
+postura perezosa. Sale de entre bastidores el ejército sabino, que
+avanza gravemente, dos pasos al frente, un paso atrás. Al advertir
+su presencia, el romano se anima un poco y los mira con curiosidad;
+pero la monotonía de su marcha le cansa; empieza a bostezar, se
+despereza y se sienta, flemático, en una piedra.</i></p>
+
+<p class="hang"><i>A una señal de Anco Marcio, las trompetas cesan de tocar.</i></p>
+
+
+<p class="top5"><span class="smcap">Marcio.</span> <i>(Gritando con desesperación.)</i>&mdash;¡Alto, señores sabinos! ¿Os
+detenéis o no?</p>
+
+<p><i>(Se detienen bruscamente.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span>&mdash;¿Os detenéis o no? ¡Dios mío, no es fácil atajar un torrente
+que se precipita hacia el mar! ¡Al fin os habéis detenido! Ahora,
+obedeced. ¡Atrás los trompetas! ¡Adelante los profesores! Los demás que
+sigan en su lugar, sin moverse.</p>
+
+<p><i>(Los trompetas retroceden. Los profesores avanzan. Los demás se quedan
+como paralizados.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span>&mdash;¡Señores profesores, preparaos!</p>
+
+<p><i>(Los profesores arman unos pupitres portátiles, y sobre cada uno de
+ellos colocan un grueso volumen; todos a la vez abren su libro
+respectivo ruidosamente, lo que produce la impresión del disparo de una
+batería. Escipión se anima de nuevo y contempla con curiosidad todos
+estos preparativos.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;¿De qué se trata, señores? ¿Podría yo quizá seros útil? Pero
+si se trata de un circo, debo advertiros que el coliseo no está
+terminado todavía.</p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span> <i>(Con frialdad.)</i>&mdash;¡Cállate, innoble raptor! <i>(Dirigiéndose a
+los suyos.)</i> ¡Al cabo, señores sabinos, estamos a punto de conseguir el
+objeto que perseguimos! Tras nosotros queda un largo camino de
+privaciones, de hambre, de soledad; ante nosotros se presenta una
+batalla única en la historia humana. Animaos, dominaos, calmaos;
+contened la cólera sagrada que rebosa en vuestros corazones y esperad
+tranquilos el fatal desenlace. ¿Recordáis lo que os ha traído aquí?</p>
+
+<p><i>(Los sabinos guardan silencio.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span>&mdash;¡Recordadlo! Creo que no ha sido por dar un paseo por lo que
+hemos venido con esos pesados libros. ¿Con qué objeto hemos venido aquí?
+¡Decidlo!</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;¡Verdaderamente, señores, debéis responder cuando se os
+pregunta!</p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span> <i>(A Escipión.)</i>&mdash;¡Figuraos que no he podido, en todo el camino,
+sacarles una sola palabra!</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;¿Es posible?</p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span>&mdash;¡Palabra de honor! Toda paciencia es poca para aguantar a estos
+imbéciles. Parecen mudos.</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;Os compadezco de todo corazón.</p>
+
+<p><span class="smcap">Una voz.</span>&mdash;¡Proserpinita mía! ¿Dónde estás?</p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span> <i>(Con nerviosidad.)</i>&mdash;¡Silencio! En seguida vamos a reclamar la
+devolución de nuestras mujeres, y guay de los raptores si su conciencia
+no ha empezado ya a remorderlos. ¡Les impondremos el respeto a la ley!
+¡Eh, tú, raptor innoble! ¡Llama a tus innobles camaradas y prepárate a
+rendir cuenta de tu acto abominable!</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;Voy a llamar a mi mujer.</p>
+
+<p><i>(Se dirige a su cabaña y grita:</i> «¡Cleopatrita mía, sal un momento; han
+venido a verte!» <i>Sale de entre bastidores Pablo Emilio, y, al reconocer
+a los sabinos, grita lleno de júbilo):</i></p>
+
+<p>&mdash;¡Los maridos han llegado! ¡Levantaos, señores romanos de la
+antigüedad! ¡Los maridos han llegado!</p>
+
+<p><i>(Se lanza sobre Marcio, y llorando de alegría le abraza efusivamente.
+Marcio parece asombradísimo. Pablo Emilio recorre la escena gritando con
+voz jubilosa):</i></p>
+
+<p>&mdash;¡Los maridos han llegado!</p>
+
+<p><i>(Van apareciendo romanos, restregándose los ojos, y ocupan el lado
+derecho de la escena. Marcio, en una actitud belicosa, espera que todos
+los romanos estén reunidos.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">El grueso romano.</span>&mdash;¡Por la cabeza de Baco, he dormido como la primera
+noche después de la fundación de Roma! ¿Qué espantajos son ésos?</p>
+
+<p>&mdash;¡Silencio, son los maridos!</p>
+
+<p><span class="smcap">El grueso romano.</span>&mdash;¿De veras? ¡Dios mío, qué sed tengo! ¡Proserpinita
+mía, dame un poco de sidra!</p>
+
+<p><span class="smcap">Una voz tímida.</span>&mdash;¡Proserpinita querida! ¿Dónde estás?</p>
+
+<p><span class="smcap">El grueso romano.</span>&mdash;¿Qué diablos quiere éste? ¡Llama también a mi mujer!</p>
+
+<p>&mdash;¡Silencio, es su marido!</p>
+
+<p><span class="smcap">El grueso romano.</span>&mdash;¡Ah, sí, no me acordaba ya! ¡Cielos, qué sed tengo!
+Me bebería un lago entero, sobre todo con la cenita que me dieron
+anoche. ¡Si supierais, señores romanos, qué bien guisa mi Proserpina!
+¡Es toda una artista!</p>
+
+<p>&mdash;¡Silencio!</p>
+
+<p><span class="smcap">El grueso romano.</span>&mdash;Bueno, he soñado esta noche que la Roma fundada por
+nosotros se desmoronaba. Casa por casa, piedra por piedra...</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué no vienen nuestras mujeres? Tienen una visita, y la cortesía
+más elemental exige que salgan.</p>
+
+<p>&mdash;Probablemente estarán vistiéndose.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué coquetas son! Lo lógico sería que no se emperejilasen mucho para
+sus antiguos maridos, y, sin embargo... ¡No, no comprenderé nunca la
+psicología femenina!</p>
+
+<p><span class="smcap">El grueso romano.</span>&mdash;¡Cielos, qué sed tengo!</p>
+
+<p>Y esos sabinos parece que están petrificados... Se los tomaría por
+ídolos de piedra. ¡Si al menos tocasen algo con sus trompetas!</p>
+
+<p>&mdash;¡Mirad, se mueven!</p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span>&mdash;¡Señores romanos! Ahora, que nos encontramos frente a frente,
+espero que no intentaréis escaparos y nos daréis una respuesta clara y
+franca. ¿Recordáis, señores romanos, el delito que cometisteis la
+memorable noche del veinte al veintiuno de abril?</p>
+
+<p><i>(Los romanos se miran, confusos, y no contestan.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span>&mdash;¿Lo recordáis o no? ¿Vosotros también os habéis olvidado de
+todo? No puedo continuar mientras no hagáis memoria.</p>
+
+<p><i>(El grueso romano cuchichea, asustado, a su vecino:</i> «Quizá lo
+recuerdes tú, Agripa. Debe de ser algo muy grave.» «No, no lo recuerdo.»
+<i>Los demás romanos también se preguntan unos a otros y se encogen de
+hombros sin comprender nada.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span> <i>(Con tono solemne.)</i>&mdash;Bueno, señores romanos, voy a refrescaros
+la memoria. ¡Escuchad! La noche del veinte al veintiuno de abril se
+cometió el mayor crimen de la historia humana: unos malhechores, que
+nombraré luego, raptaron a nuestras mujeres, las bellas sabinas.</p>
+
+<p><i>(Los romanos se acuerdan y parecen encantados.)</i></p>
+
+<p>&mdash;¡Sí, es verdad!</p>
+
+<p>&mdash;¡Completamente exacto!</p>
+
+<p>&mdash;¡Justamente, el veinte de abril por la noche!</p>
+
+<p>&mdash;¡Vaya una memoria!</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué talento, Dios mío!</p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span>&mdash;¡Los raptores innobles fuisteis vosotros, señores romanos! No
+se me oculta que trataréis de justificaros, de negar los hechos, de
+desnaturalizar las normas jurídicas, recurriendo a todo linaje de
+sofismas, como es uso y costumbre entre los refractarios a las leyes.
+Pero estamos dispuestos a rebatir, uno por uno, vuestros argumentos
+mendaces. ¡Señores profesores, manos a la obra!</p>
+
+<p><i>(El profesor que se encuentra más cerca de los espectadores comienza a
+leer con voz monótona, fuera del tiempo y del espacio.)</i></p>
+
+<p>&mdash;Los crímenes contra la propiedad. Volumen primero, primera parte,
+primer capítulo, primera página. El robo en general. En la edad antigua,
+aun más antigua que la actual, cuando las aves y los insectos
+revoloteaban sin temor bajo los rayos del sol y no se conocía aún el
+crimen...</p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span>&mdash;¡Escuchad! ¡Escuchad!</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;¿No habría modo de abreviar un poco?</p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span>&mdash;No, no es posible.</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;Pues se dormirán.</p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span>&mdash;¿Creéis?</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;¡Claro! Están ya dando cabezadas, y cuando se hallan en tal
+estado, su comprensión es nula. Si pudierais empezar por el final, por
+decirlo así... Tened la bondad de decirnos lisa y llanamente a qué
+habéis venido.</p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span>&mdash;¡Extraño modo de concebir una discusión jurídica! Pero, puesto
+que no estáis habituados a discutir seriamente, os diré en dos palabras
+de lo que se trata: queremos demostraros que no os asiste el derecho de
+raptar a nuestras mujeres; que sois, señores romanos, unos raptores, y
+que, pese a vuestros esfuerzos y a vuestros sofismas jurídicos, no
+lograréis nunca justificar vuestro innoble acto. ¡Hasta el Cielo se
+indignará escuchando nuestra requisitoria!</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;Permitid, amigo mío. No tenemos, en modo alguno, la intención
+de justificarnos. Nos apresuramos a deciros que tenéis razón que os
+sobra.</p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span>&mdash;¿Cómo? ¿Para qué hemos venido entonces?</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;¡Qué sé yo! Acaso hayáis venido por gusto de dar un buen
+paseo.</p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span>&mdash;¡No, no! ¡Hemos venido con el propósito de demostraros!... ¡Es
+muy extraño todo esto! ¿Confesáis, pues, que sois raptores?</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;Desde luego. Somos raptores; tenéis razón que os sobra para
+llamárnoslo.</p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span>&mdash;Pero acaso no estéis por completo convictos. En ese caso, el
+señor profesor se encuentra dispuesto... ¿No es verdad, señor profesor?</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;¡No, no! No vale la pena. Estamos por completo convictos.
+Decidle, señores romanos, que estáis de acuerdo con él, porque, de lo
+contrario, va a comenzar de nuevo.</p>
+
+<p><span class="smcap">Numerosas voces.</span>&mdash;¡Estamos de acuerdo! ¡Completamente de acuerdo!</p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span>&mdash;¿De veras? Entonces no lo entiendo.</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;Y, sin embargo, es muy sencillo.</p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span>&mdash;Aquí hay algún error. Pero, en fin, ya que insistís... ¡Señores
+sabinos, congratulaos! Los culpables confiesan sus crímenes. Sin más que
+ver nuestros preparativos para la batalla de derecho, experimentan
+remordimientos de conciencia. Sólo nos toca ahora, una vez cumplido
+nuestro deber sagrado, volver la espalda y regresar a nuestra casa...</p>
+
+<p><span class="smcap">Una voz tímida.</span>&mdash;¿Cómo? ¿Y mi Proserpinita?</p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span>&mdash;¡Ah, sí! Tenéis razón, compañero; me había expresado mal.
+Señores romanos, he aquí una lista detallada y exacta de nuestras
+mujeres; tened la bondad de entregárnoslas. Naturalmente, sois
+responsables, según la ley, de todo lo que...</p>
+
+<p><i>(En este momento aparecen las mujeres sabinas. Todos los ojos se
+vuelven hacia ellas.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span>&mdash;¡He aquí nuestras mujeres! Señores sabinos, dominaos. Os
+suplico que contengáis vuestros impulsos amorosos mientras no está
+arreglada la cuestión jurídica. Dos pasos al frente, un paso atrás; no
+olvidéis que es nuestra divisa. <i>(Luego dirigiéndose a las mujeres:</i>
+¡Salud, mujeres sabinas! ¡Buenos días, querida Cleopatra!)</p>
+
+<p><i>(Las mujeres ocupan el centro de la escena. Tienen los ojos bajos, su
+actitud es modesta, aunque llena de dignidad.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span> <i>(Sin alzar los ojos.)</i>&mdash;Si habéis venido para hacernos
+reproches, no los merecemos. Hemos resistido largo tiempo a los raptores
+y sólo hemos cedido a la fuerza. Os juro, querido Anco Marcio, que no he
+cesado de verter lágrimas pensando en vos.</p>
+
+<p><i>(Llora, lo mismo que las demás sabinas.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span>&mdash;Cálmate, Cleopatra; han confesado ya que son raptores.
+¡Tornemos, pues, a nuestros penates, Cleopatra!</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span> <i>(Siempre con los ojos bajos.)</i>&mdash;Temo que nos hagáis
+reproches. Además, estamos ya tan habituadas a este paraje... ¿Verdad,
+Marcio, que son preciosas estas montañas?</p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span>&mdash;No te entiendo, Cleopatra; ¿a qué viene ahora el hablarme de
+las montañas?</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;Os enojáis; pero os aseguro, Marcio, que no somos culpables.
+Harto he llorado ya recordándoos. ¿Qué más queréis? ¿Que continuemos
+llorando? ¡Todo lo que queráis! Queridas amigas, les parece que no hemos
+llorado bastante; complazcámoslos. ¡Lloremos, queridas amigas! ¡Os amo
+tanto, Marcio!</p>
+
+<p><i>(Las mujeres prorrumpen en sollozos.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;¡Querida Cleopatrita, cálmate! En el estado en que te
+encuentras, el ponerte así puede hacerte daño. <i>(Dirigiéndose a
+Marcio.)</i> Bueno, señor, ¿habéis oído? Lo mejor que podéis hacer es
+volveros por donde vinisteis. Y tú, Cleopatra, vete a la cama. Yo mismo
+prepararé la comida.</p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span>&mdash;¡Permitid! ¿Por qué habláis de la comida? Cálmate, Cleopatra;
+aquí hay un error. Por lo visto, no te haces cargo de que has sido
+ilegalmente raptada.</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span> <i>(Llorando.)</i>&mdash;Ya veis: tenía yo razón al decir que ibais a
+hacernos reproches. Escipioncito, déjame el pañuelo.</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;¡Tómalo, querida!</p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span>&mdash;¡Permitid! No comprendo por qué se habla aquí de un pañuelo,
+cuando se trata...</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span> <i>(Sin dejar de llorar.)</i>&mdash;¡No digo!... Ahora va a armarme un
+escándalo a propósito del pañuelo. ¿Cómo voy a secarme las lágrimas...
+que derramo por vos? ¡Es cruel, Anco Marcio! ¡Sois un verdadero
+monstruo!</p>
+
+<p><i>(En este momento, casi todos lloran: las sabinas, los sabinos y hasta
+muchos romanos.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Una voz.</span>&mdash;¡Proserpinita querida!</p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span>&mdash;¡Calmaos, señores sabinos! ¡Dominaos! Voy a arreglarlo todo.
+Aquí hay un error jurídico. La desgraciada mujer no se da cuenta de que
+es víctima de estos innobles raptores. Vamos a probárselo. ¡Señores
+profesores, manos a la obra!</p>
+
+<p><i>(Los profesores se preparan. El pánico se apodera de los romanos.
+Escipión coge de la mano a Cleopatra.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;¡Confiesa, confiesa! Si no, va a comenzar de nuevo. ¡Dios nos
+libre!</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;No tengo nada que confesar. Soy víctima de una calumnia.</p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span>&mdash;¡Señor profesor, estamos esperando!</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;¡Date prisa, te lo suplico! ¡Confiesa! ¡Oh, Júpiter, ya abre
+la boca! Esperad, señores sabinos: confiesa. Tapadle la boca a vuestro
+profesor, puesto que confiesa.</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;Bueno, confieso. <i>(A las demás mujeres.)</i> Vosotras también,
+queridas amigas, ¿verdad?</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span> <i>(Con apresuramiento.)</i>&mdash;Todas, todas confiesan. El asunto
+está arreglado.</p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span> <i>(Sin comprender una palabra.)</i>&mdash;Permitid. Así, pues, Cleopatra,
+¿reconoces que tú y las demás mujeres sabinas fuisteis raptadas durante
+la noche del veinte al veintiuno de abril? ¿No es eso?</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;¡Ya lo creo! ¡Desde luego no nos fugamos solas!</p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span>&mdash;No, veo que no comprende todavía. Señor pro...</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;¡Esto es demasiado, Marcio! Permitisteis que nos robasen, no
+nos defendisteis, nos abandonasteis cobardemente, y ahora nos acusáis de
+habernos venido, gustosas, con los romanos. Yo declaro, Marcio, que
+fuimos robadas, raptadas del modo más innoble. Podéis leer el relato de
+nuestro rapto en cualquier manual de historia, amén <i>(Solloza.)</i> del
+diccionario enciclopédico.</p>
+
+<p><span class="smcap">Escipión.</span>&mdash;¡Vamos, vamos! ¡Tapadle la boca al profesor!</p>
+
+<p><i>(Pero la boca del profesor continúa abierta. El pánico aumenta entre
+los romanos. Algunos huyen.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span>&mdash;Todo se arregla, pues; reconocen que fueron raptadas. Hemos
+logrado nuestro objeto. Hasta el Cielo se indigna de tal crimen.
+¡Vámonos, por tanto, a nuestros penates, Cleopatra!</p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;¡No quiero ir a los penates!</p>
+
+<p><span class="smcap">Las demás mujeres.</span>&mdash;¡No queremos ir a los penates! ¡Abajo los penates!
+¡Nos quedamos aquí! ¡Nos insultan, quieren raptarnos! ¡Salvadnos!
+¡Defendednos!</p>
+
+<p><i>(Los romanos, blandiendo las armas, se interponen entre los sabinos y
+las mujeres. Poco a poco hacen retroceder a éstas hasta el foro. Lanzan
+a los sabinos miradas amenazadoras.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Voces romanas.</span>&mdash;¡A las armas, ciudadanos! ¡Defended a nuestras mujeres!
+¡A las armas!</p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span> <i>(Agita la campanilla.)</i>&mdash;¿Qué diablos pasa aquí? ¡Se diría que
+quieren reñir! ¡Yo me vuelvo loco, señores sabinos!</p>
+
+<p><span class="smcap">Proserpina.</span> (<i>Acercándose a los sabinos, y con acento
+persuasivo.)</i>&mdash;Calmaos. Dejadme hablar a Marcio.</p>
+
+<p><span class="smcap">Una voz tímida.</span>&mdash;¿Eres tú, Proserpinita querida?</p>
+
+<p><span class="smcap">Proserpina.</span>&mdash;Sí, soy yo, amigo mío. ¿Cómo te va?... Venid aquí, Marcio.
+No temáis nada. ¿Os habéis percatado de que ni Cleopatra, ni yo, ni
+ninguna de las demás mujeres, queremos irnos con vosotros? Creo que está
+bien claro.</p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span>&mdash;¡Cómo! Yo me vuelvo loco. No puedo vivir sin mi Cleopatra. Es
+mi mujer legítima. ¡Todo lo legítima posible! ¿Creéis que no querrá
+seguirme?</p>
+
+<p><span class="smcap">Proserpina.</span>&mdash;¡Por nada del mundo!</p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span>&mdash;¿Qué voy a hacer entonces? Como la amo, no puedo vivir sin
+ella. <i>(Llora.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Proserpina.</span>&mdash;Calmaos, Marcio. <i>(En voz baja.)</i> Me dais lástima, y voy a
+deciros en secreto el único medio que os queda.</p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span>&mdash;¿Cuál es?</p>
+
+<p><span class="smcap">Proserpina.</span>&mdash;Llevárosla a la fuerza.</p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span>&mdash;¿Y creéis que así me seguirá?</p>
+
+<p><span class="smcap">Proserpina.</span> <i>(Encogiéndose de hombros.)</i>&mdash;Si os la lleváis a la fuerza,
+se verá forzada a seguiros.</p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span>&mdash;¡Pero eso sería innoble! Me aconsejáis que cometa un acto de
+violencia, a mí, que tengo un concepto tan elevado del derecho. Ya veo
+que, a vuestro entender, el derecho está por debajo de la fuerza. ¡Oh,
+las mujeres!</p>
+
+<p><span class="smcap">Proserpina.</span>&mdash;Decididamente, Marcio, los dioses te crearon en un mal
+momento: eres demasiado tonto. Las mujeres no podemos amar sino a los
+hombres fuertes, audaces. ¿Crees que nos da gusto ser raptadas, robadas,
+reclamadas, perdidas, encontradas y vivir siempre así?</p>
+
+<p><span class="smcap">Una voz.</span>&mdash;¡Proserpinita querida!</p>
+
+<p><span class="smcap">Proserpina.</span>&mdash;¿Cómo te va, amigo mío? <i>(A Marcio.)</i> No queremos que se
+nos trate como un objeto cualquiera. Apenas me habitúo a un hombre,
+llega otro y me roba; apenas me aficiono al nuevo marido, se presenta el
+primero y se empeña en que me vaya con él. ¡No, Marcio! Si quieres
+conservar a la mujer, no la cedas a nadie; defiéndela de todo agresor,
+con las armas en la mano, sin retroceder ante los peligros, ante la
+muerte misma. Créeme, las mujeres saben apreciar tal suerte de heroísmo.
+Y ten en cuenta que las mujeres no traicionan sino a quienes las han
+traicionado antes.</p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span>&mdash;¿Pero cómo podemos reñir con ellos? ¡Están armados, y nosotros
+estamos inermes!</p>
+
+<p><span class="smcap">Proserpina.</span>&mdash;No tenéis más que armaros también.</p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span>&mdash;Tienen músculos fuertes, mientras que nosotros...</p>
+
+<p><span class="smcap">Proserpina.</span>&mdash;No tenéis más que fortaleceros también. ¡No, Marcio, eres
+terriblemente tonto!</p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span> <i>(Alejándose de ella.)</i>&mdash;Y tú, mujer, estás loca. ¡Viva la ley!
+¡Viva el derecho! Pueden arrebatarme brutalmente a mi mujer, pueden
+demoler mi casa, robar todos mis bienes; ¡yo no dejaré de conducirme
+conforme a la ley! El mundo entero puede burlarse de los desgraciados
+sabinos; ¡ellos no dejarán de respetar la ley! ¡Señores sabinos, en
+marcha! ¡Volvamos a nuestra casa! Llorad, derramad lágrimas, sin
+avergonzaros. Aunque se mofen de vosotros, aunque os tiren piedras,
+¡llorad! Aunque os insulten, aunque os escupan en la cara, no dejéis de
+llorar, señores sabinos; debemos derramar lágrimas pensando en la ley
+ultrajada, en el derecho pisoteado. ¡Adelante, sabinos! ¡Trompetas,
+tocad la marcha fúnebre! ¡Dos pasos al frente, un paso atrás! ¡Dos pasos
+al frente, un paso atrás! <i>(Las mujeres se echan a llorar.)</i></p>
+
+<p><span class="smcap">Cleopatra.</span>&mdash;Espera, Marcio... ¡Un momento!</p>
+
+<p><span class="smcap">Marcio.</span>&mdash;¡Déjame, mujer! No quiero ya nada contigo. ¡Un, dos! ¡Un, dos!</p>
+
+<p><i>(Las trompetas tocan una marcha fúnebre. Las mujeres, llorando y
+gritando, pretenden lanzarse hacia sus antiguos mandos, pero se lo
+impiden los romanos entre carcajadas de triunfo. Sin hacer caso del
+llanto de las mujeres ni de la risa de los romanos, los sabinos se
+alejan lentamente, encorvados bajo el peso de los voluminosos temas
+jurídicos.</i> ¡Dos pasos al frente, un paso atrás!)</p>
+
+<p class="telon">TELÓN</p>
+
+<hr class="full" />
+
+<div class="caja">
+
+<h2>OBRAS DE J. H. FABRE</h2>
+
+<p class="c">EDITADAS POR CALPE</p>
+
+<hr />
+
+<p class="c"><b>Cinco volúmenes en 8.º, de unas 300 páginas cada uno.</b></p>
+
+<p class="c smcap">
+la vida y costumbres maravillosas de<br /> los insectos aparecen en estas
+obras<br /> narradas con amenidad encantadora</p>
+
+<p class="c">TITULO DE CADA VOLUMEN</p>
+
+<p class="hang"><b>Maravillas del instinto en los insectos</b>, con grabados y 16 láminas fuera
+de texto, según fotografías de P. H. Fabre, y portada en color. En
+rústica, 5 pesetas; en tela, 7.</p>
+
+<p class="hang"><b>Costumbres de los insectos</b>, con grabados y 16 láminas fuera de texto,
+según fotografías de P. H. Fabre, y portada en color. En rústica, 5
+pesetas; en tela, 7.</p>
+
+<p class="hang"><b>La vida de los insectos</b>, con grabados y 11 láminas fuera de texto, según
+fotografías de P. H. Fabre, y portada en color. En rústica, 5 pesetas;
+en tela, 7.</p>
+
+<p class="hang"><b>Los destructores.</b> Lecturas acerca de los animales perjudiciales a la
+agricultura, con grabados y 16 láminas fuera de texto, según fotografías
+de P. H. Fabre, y portada en color. En rústica, 5 pesetas; en tela, 7.</p>
+
+<p class="hang"><b>Los auxiliares.</b> Lecturas acerca de los animales útiles a la agricultura,
+con grabados y 16 láminas fuera de texto, según fotografías de P. H.
+Fabre, y portada en color. En rústica, 5 pesetas; en tela, 7.</p>
+</div>
+
+<div class="caja">
+
+<h2>ACTUALIDADES CIENTÍFICAS</h2>
+
+<p class="c"><span class="smcap">de esta colección ha publicado<br /> Calpe las siguientes<br /> obras, de palpitante
+interés<br /> en el mundo científico</span></p>
+
+<p class="hang">Freundlich.&mdash;<b>Los fundamentos de la teoría de la gravitación de
+Einstein.</b>&mdash;Un tomo, 8 pesetas.</p>
+
+<p>He aquí el primer libro publicado en castellano sobre esta famosa teoría
+que tanto interés ha despertado en el mundo entero. El éxito alcanzado
+en todos los pueblos de habla española ha sido enorme; cosa natural, por
+otra parte, si se considera la importancia de esta teoría, según la cual
+resultan inciertas muchas leyes físicas que se tenían por inmutables.</p>
+
+<p>Agotada. Está en reimpresión.</p>
+
+<p class="hang">T. H. Morgan.&mdash;<b>Evolución y mendelismo.</b> (Crítica de la teoría de la
+evolución.)&mdash;Un tomo, 6 pesetas.</p>
+
+<p>Magnífico estudio del cautivante problema de la herencia mendeliana,
+visto desde los trabajos de investigación hechos por la escuela de
+Morgan.</p>
+
+<p class="hang">W. B. Scott.&mdash;<b>La teoría de la evolución.</b>&mdash;Un tomo, 8 pesetas.</p>
+
+<p>Exposición y crítica del estado actual del problema de la evolución,
+siempre candente.</p>
+
+<p class="hang">Schlick.&mdash;<b>Teoría de la relatividad.</b> (Espacio y tiempo en la Física
+actual.)&mdash;Un tomo, 6 pesetas.</p>
+
+<p>Este libro es la más clara exposición, al alcance de todos, de la famosa
+teoría de la relatividad de Einstein. En él se encuentran clarísimos los
+fundamentos de la teoría, su evolución histórica, desde los primeros
+hechos experimentales que dieron lugar a la nueva concepción.</p>
+
+<p>El estilo es sencillísimo, y la lectura del libro no exige conocimientos
+especiales de matemáticas.</p>
+
+
+<p class="c"><b>PROXIMAMENTE</b></p>
+
+<p class="hang">Eddington.&mdash;<b>Espacio, tiempo y gravitación.</b></p>
+
+<p>Libro admirable para conocer la teoría de la relatividad.</p>
+
+<p class="hang">Meumann.&mdash;<b>Introducción a la Estética actual.</b></p>
+
+<p class="hang">E. Rignano.&mdash;<b>Psicología del razonamiento.</b></p>
+</div>
+
+<div class="caja">
+
+<h2>LOS GRANDES VIAJES<br />CLASICOS</h2>
+
+<p class="c smcap">Volúmenes publicados por Calpe:</p>
+
+<p class="hang">1 y 2.&mdash;Speke (J. H.): <b>Diario del descubrimiento de las fuentes del
+Nilo</b>.&mdash;Dos tomos, con grabados y un mapa. Cada tomo, 4 pesetas.</p>
+
+<p class="hang">3 y 4.&mdash;Bougainville (L. A. de): <b>Viaje alrededor del mundo</b>. Dos tomos,
+con cartas y grabados. Cada tomo, 3,50 pesetas.</p>
+
+<p class="hang">5 y 6.&mdash;Bernier (F.): <b>Viajes al Gran Mogol, Indostán y Cachemira</b>. Dos
+tomos, con grabados, láminas y cartas. Cada tomo, 3 pesetas.</p>
+
+<p class="hang">7.&mdash;La Condamine (C. de): <b>Viaje a la América Meridional</b>. Un tomo, con
+una lámina y un mapa, 3 pesetas.</p>
+
+<p class="hang">8.&mdash;Matthews (J.): <b>Viaje a Sierra Leona, en la costa de Africa</b>. Un
+volumen, con un mapa, 2,50 pesetas.</p>
+
+<p class="hang">9 y 10.&mdash;Darwin (C.): <b>Diario del viaje de un naturalista alrededor del
+mundo</b>. Dos tomos, con grabados y mapas. Cada tomo, 4 pesetas.</p>
+
+<p class="hang">11, 12 y 13.&mdash;Cook (J.): <b>Relación de su primer viaje alrededor del
+mundo</b>. Tres tomos. En prensa.</p>
+
+<p class="hang">14, 15 y 16.&mdash;Cook (J.): <b>Viaje hacia el Polo Sur y alrededor del mundo</b>.
+Tres tomos, con 32 grandes láminas fuera de texto y mapas. Cada tomo, 4
+pesetas.</p>
+
+<p class="hang">17.&mdash;Núñez Cabeza de Vaca (Alvar): <b>Naufragios y comentarios de...</b> Un
+tomo, con mapas, 4,50 pesetas.</p>
+
+<p class="hang">18.&mdash;Colón (Cristóbal): <b>Viajes</b>. Un tomo, con un mapa, 4 pesetas.</p>
+
+<hr />
+
+<p class="c"><b>EN PRENSA</b></p>
+
+<p class="hang">Ross (John): <b>Narración de un segundo viaje en busca del paso del
+Noroeste</b>. Dos tomos.</p>
+
+<p class="hang">Mungo Park: <b>Viajes por las regiones interiores de Africa</b>.</p>
+
+<p class="hang">López de Gomara (F): <b>Historia general de las Indias</b>. Dos tomos.</p>
+
+<p class="hang">Hernán Cortés: <b>Cartas de relación sobre la conquista de Méjico</b>. Dos
+tomos.</p>
+
+<p class="hang">Cieza de León (Pedro): <b>La crónica del Perú</b>.</p>
+
+<p class="hang">Pigafetta: <b>Primer viaje alrededor del mundo.</b></p>
+
+<p class="hang">Dumont D'Urville: <b>Viaje alrededor del mundo</b>.</p>
+
+<p class="hang">Camerón: <b>A través del Africa</b>.</p>
+
+<p class="hang">Schweinfurth: <b>En el corazón del Africa</b>.</p>
+
+<p class="hang">Burton (R.): <b>Aventuras en el Dahomey</b>.</p>
+
+<p class="hang">Clavijo (Ruy González de): <b>Vida y hazañas del Gran Tamorlán</b>.</p>
+
+<p class="hang">Bonneville (B. L. E.): <b>Las montañas rocosas</b>.</p>
+
+<p class="hang">Hernández (Luis): <b>Relación de Omagua y El Dorado</b>.</p>
+
+<p class="hang">Clapperton: <b>Viaje al Africa Central</b>.</p>
+
+<p class="hang">Wood Rogers: <b>Viaje alrededor del mundo</b>.</p>
+
+<p class="hang">La Perouse: <b>Viaje alrededor del mundo</b>.</p>
+
+<p class="hang">Carver (Jonathan): <b>Viajes por el interior de América Septentrional,
+1766-1768</b>.</p>
+
+<p class="hang">Caillié (Renato): <b>Diario de un viaje a Tumbuctu y a Yenne, en el Africa
+Central</b>.</p>
+
+<p class="hang">Dampier (Guillermo): <b>Nuevo viaje alrededor del mundo, 1697</b>.</p>
+
+</div>
+
+<div class="caja">
+
+<h2>LOS GRANDES VIAJES<br />MODERNOS</h2>
+
+<p class="c smcap">Obras publicadas por Calpe:></p>
+
+<p class="hang"><b>Ansorge: Bajo el sol africano.</b> Un tomo de 432 páginas, con 123 grabados,
+14 láminas fuera de texto y portada a varios colores, 20 pesetas.</p>
+
+<p class="hang"><b>Charcot: El «Pourquoi-pas?» en el Antártico.</b> Un tomo de 478 páginas, con
+121 grabados, 43 láminas y tres mapas, cubiertas a varios colores, 20
+pesetas.</p>
+
+<p class="hang"><b>Sverdrup: Cuatro años en los hielos del Polo.</b> Dos tomos, con 908
+páginas, 35 láminas, 104 grabados y cinco mapas en colores. Cada tomo,
+20 pesetas.</p>
+
+<p class="hang"><b>Haviland: De la «taiga» y de la «tundra». (La vida en el Bajo Yenisei.)</b>
+Un volumen de 320 páginas, con numerosos grabados, 15 pesetas.</p>
+
+<p class="hang"><b>Alexander: Del Níger al Nilo.</b> Dos tomos. El tomo I consta de 436
+páginas, con 27 láminas y 99 figuras. El tomo II tiene 460 páginas, con
+24 láminas, 98 figuras y un mapa. Cada tomo, 20 pesetas.</p>
+
+<p class="hang"><b>Orjan Olsen: Los soyotos. Nómadas pastores de renos.</b> Un volumen de 240
+páginas, con 49 figuras, 8 láminas y un mapa, 14 pesetas.</p>
+
+
+<p class="c"><b>EN PRENSA</b></p>
+
+<p class="hang"><b>Algot Lange: El Bajo Amazonas.</b></p>
+
+<p class="hang"><b>Erland Nordenskjold: Exploraciones y aventuras en la América del Sur.</b></p>
+
+<p class="hang"><b>Sven Hedin: Transhimalaya.</b></p>
+</div>
+
+<p>&nbsp;</p>
+<hr class="pg" />
+<p>***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS ESPECTROS***</p>
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+will be renamed.</p>
+
+<p>Creating the works from public domain print editions means that no
+one owns a United States copyright in these works, so the Foundation
+(and you!) can copy and distribute it in the United States without
+permission and without paying copyright royalties. Special rules,
+set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to
+copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to
+protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark. Project
+Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you
+charge for the eBooks, unless you receive specific permission. If you
+do not charge anything for copies of this eBook, complying with the
+rules is very easy. You may use this eBook for nearly any purpose
+such as creation of derivative works, reports, performances and
+research. They may be modified and printed and given away--you may do
+practically ANYTHING with public domain eBooks. Redistribution is
+subject to the trademark license, especially commercial
+redistribution.</p>
+
+
+
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+THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
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+things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
+even without complying with the full terms of this agreement. See
+paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
+Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
+and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
+works. See paragraph 1.E below.
+
+1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
+or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
+Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual works in the
+collection are in the public domain in the United States. If an
+individual work is in the public domain in the United States and you are
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+copying, distributing, performing, displaying or creating derivative
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+are removed. Of course, we hope that you will support the Project
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+1.E.9.
+
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+electronic work, or any part of this electronic work, without
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+
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+compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including any
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+"Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official version
+posted on the official Project Gutenberg-tm web site (www.gutenberg.org),
+you must, at no additional cost, fee or expense to the user, provide a
+copy, a means of exporting a copy, or a means of obtaining a copy upon
+request, of the work in its original "Plain Vanilla ASCII" or other
+form. Any alternate format must include the full Project Gutenberg-tm
+License as specified in paragraph 1.E.1.
+
+1.E.7. Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
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+1.E.8. You may charge a reasonable fee for copies of or providing
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+- You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
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+ you already use to calculate your applicable taxes. The fee is
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+
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+ and discontinue all use of and all access to other copies of
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+
+- You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of any
+ money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
+ electronic work is discovered and reported to you within 90 days
+ of receipt of the work.
+
+- You comply with all other terms of this agreement for free
+ distribution of Project Gutenberg-tm works.
+
+1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
+electronic work or group of works on different terms than are set
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+Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark. Contact the
+Foundation as set forth in Section 3 below.
+
+1.F.
+
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+receive the work electronically in lieu of a refund. If the second copy
+is also defective, you may demand a refund in writing without further
+opportunities to fix the problem.
+
+1.F.4. Except for the limited right of replacement or refund set forth
+in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS,' WITH NO OTHER
+WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
+WARRANTIES OF MERCHANTIBILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.
+
+1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied
+warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
+If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
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+provision of this agreement shall not void the remaining provisions.
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+harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
+that arise directly or indirectly from any of the following which you do
+or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
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+Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
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+Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
+electronic works in formats readable by the widest variety of computers
+including obsolete, old, middle-aged and new computers. It exists
+because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
+people in all walks of life.
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+Volunteers and financial support to provide volunteers with the
+assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
+goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
+remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
+Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
+and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
+To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
+and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
+and the Foundation web page at http://www.gutenberg.org/fundraising/pglaf.
+
+
+Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
+Foundation
+
+The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
+501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
+state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
+Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
+number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
+permitted by U.S. federal laws and your state's laws.
+
+The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
+Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
+throughout numerous locations. Its business office is located at
+809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
+business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact
+information can be found at the Foundation's web site and official
+page at http://www.gutenberg.org/about/contact
+
+For additional contact information:
+ Dr. Gregory B. Newby
+ Chief Executive and Director
+ gbnewby@pglaf.org
+
+Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation
+
+Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
+spread public support and donations to carry out its mission of
+increasing the number of public domain and licensed works that can be
+freely distributed in machine readable form accessible by the widest
+array of equipment including outdated equipment. Many small donations
+($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
+status with the IRS.
+
+The Foundation is committed to complying with the laws regulating
+charities and charitable donations in all 50 states of the United
+States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
+considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
+with these requirements. We do not solicit donations in locations
+where we have not received written confirmation of compliance. To
+SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
+particular state visit http://www.gutenberg.org/fundraising/pglaf
+
+While we cannot and do not solicit contributions from states where we
+have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
+against accepting unsolicited donations from donors in such states who
+approach us with offers to donate.
+
+International donations are gratefully accepted, but we cannot make
+any statements concerning tax treatment of donations received from
+outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
+
+Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
+methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
+ways including checks, online payments and credit card donations.
+To donate, please visit: http://www.gutenberg.org/fundraising/donate
+
+
+Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic
+works.
+
+Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
+concept of a library of electronic works that could be freely shared
+with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project
+Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.
+
+Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
+editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
+unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily
+keep eBooks in compliance with any particular paper edition.
+
+Each eBook is in a subdirectory of the same number as the eBook's
+eBook number, often in several formats including plain vanilla ASCII,
+compressed (zipped), HTML and others.
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+new filenames and etext numbers.
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+Most people start at our Web site which has the main PG search facility:
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+Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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+EBooks posted prior to November 2003, with eBook numbers BELOW #10000,
+are filed in directories based on their release date. If you want to
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