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+The Project Gutenberg EBook of El Abate Constanín, by Ludovic Halévy
+
+This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
+almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
+re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
+with this eBook or online at www.gutenberg.org
+
+
+Title: El Abate Constanín
+
+Author: Ludovic Halévy
+
+Release Date: August 15, 2009 [EBook #29703]
+
+Language: Spanish
+
+Character set encoding: ISO-8859-1
+
+*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL ABATE CONSTANÍN ***
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+Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
+Proofreading Team at https://www.pgdp.net
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+BIBLIOTECA DE «LA NACION»
+
+LUDOVIC HALÉVY
+
+EL ABATE CONSTANTIN
+
+BUENOS AIRES
+1909
+
+Ludovic Halévy, hijo de León Halévy--literato y autor dramático--sobrino
+del célebre compositor Fromental Halévy, ambos del Instituto de Francia.
+Nació en París; estudió en el liceo Luis el Grande; entró a la
+administración pública como redactor en la Secretaría del Ministerio de
+Estado (1852); fue nombrado jefe de sección del Ministerio de Argelia y
+de las Colonias (1858), puesto que desempeñó hasta 1861, pasando
+entonces a ocupar el de secretario redactor del Cuerpo Legislativo. En
+1864 fue condecorado con la Legión de Honor. Y en 1868 se casó con la
+señorita Luisa Bréguet. Hacia esta época abandonó la administración para
+dedicarse por completo a la literatura dramática, en la que ya había
+obtenido buenos triunfos.
+
+Halévy principió por escribir libretos de operetas; fue el libretista de
+Offenbach. Después de haber dado a los Bufos Parisienses, con el
+seudónimo de Julio Servières, las operetas en un acto: _Adelante,
+señores y señoras_, prólogo de apertura, en colaboración con Méry;
+_Lleno de agua_; _Madama Papillón_; hizo representar otras obras con su
+nombre. Colaboró con León Battu, Héctor Cremieux y sobre todo con
+Enrique Meilhac.
+
+«Dotado de un sentimiento exquisito de la calidad--dice Sarcey,--ha
+mantenido lo que hay de fanático y raro en el carácter de la imaginación
+de Meilhac. El trabajo en común ha producido obras que no han sido
+suficientemente apreciadas.
+
+»Se las ha tratado como a esas mujeres ligeras en cuya sociedad uno se
+divierte mucho, pero que no se les estima; se les ha visto cientos de
+veces y se habla de ellas con desdén. Tales son: _La bella Elena_,
+_Barba Azul_, _Los brigantes_, _La gran Duquesa_, _La vida parisiense_,
+_El castillo de Toto_. Hay en estas parodias entretenidísimas de la
+vida ordinaria, mucha imaginación, alegría y buen sentido. Son sátiras
+en acción que resaltan sobre las simples bufonerías que ha producido
+este género en los últimos tiempos.»
+
+He aquí las obras que ha escrito para el teatro: _Bataclán_ (1855),
+opereta; _El empresario_ (1856), opereta; _Rosa y Rosita_ (1858),
+comedia; _El marido sin saberlo_ (1860), opereta en colaboración con su
+padre y cuya música es del Duque de Morny; _La canción de Fortunio_; _El
+puente de los suspiros_; _Orfeo en los infiernos_ (1861), operetas dadas
+en los Bufos, siendo la última de éstas su primer gran triunfo; _Las
+ovejas de Panurgo_ (1862), en la que colaboró Meilhac, con quien no dejó
+de trabajar desde entonces; _La llave de Metella_ (1862); _Los molinos
+de viento_ (1862); _El brasileño_ (1863); _El tren de media noche_
+(1864); _Nemea_, baile con representación (1864); _La bella Helena_
+(1865), parodia en tres actos de la Grecía antigua, representada en el
+teatro Variedades con éxito enorme; _Barba Azul_ (1866), tres actos; _La
+vida parisiense_ (1866), cinco actos; _La gran Duquesa de Gerolstein_
+(1867), quizá es la pieza que haya alcanzado mayor fortuna; _La
+pericholle_ (1868), dos actos; _Fanny Lear_ (1868), drama tremendo
+desarrollado en una ligera comedia de cinco actos; _Frou-frou_ (1869),
+elegía parisiense en cinco actos; _La diva_ (1869), tres actos; _Los
+brigantes_ (1869), tres actos; _Tricoche y Cacolet_ (1871), comedia bufa
+en cinco actos; _La señora espera al señor_ (1872); _Velada_ (1872),
+comedia en tres actos; _Dos mujeres o el cuarto condenado_ (1875),
+comedia en verso. Y en colaboración con V. Busnach: _Manzanita_, opereta
+de Offenbach.
+
+Con Meilhac ha producido: _¡Todo para las damas!_ (1868); _El hombre con
+llave_; _Las campanillas_ (1872), piececita moderna que los grandes
+maestros antiguos no hubieran desdeñado firmar; _Toto en casa de tata_
+(1873); _El rey Candaule_ (1873); _El verano de la San Martín_ (1873);
+_La ingenua_ (1874); _Media cuaresma_ (1874), todas piezas muy graciosas
+en un acto; _La panadera a dos escudos_ (1875), ópera bufa en tres
+actos, música de Offenbach; _La bola_ (1875), comedia en cuatro actos;
+_Pasaje de Venus_ (1875); _La viuda_ (1875), tres actos; _Loulou_
+(1876); _El ramo_ (1876); _El mono de Nicolás_ (1876), piezas en un
+acto; _El príncipe_ (1876), en cuatro actos; _La cigarra_ (1877), en
+tres actos; _Fandango_ (noviembre 26 de 1887), gran ópera, baile con
+representación; _El duquecito_ (1878), ópera cómica en tres actos; _El
+marido de la debutante_ (1879), en cuatro actos; _La casita_ (1879),
+Lolotte (1879); _La pequeña señorita_ (1879), ópera cómica en tres
+actos; _La madrecita_ (1880), tres actos; _Janot_ (1881), ópera cómica
+en tres actos; _La Roussotte_ (1881), comedia en tres actos.
+
+Además de sus producciones para el teatro, Halévy ha publicado _La
+señora y el señor Cardinal_ (1872); _La invasión, recuerdos y
+narraciones_, colección de artículos sobre la invasión prusiana, que
+vieron la luz pública en «Le Temps»; _El sueño_; _El caballo del
+trompa_; _El último capítulo_ (1873); _Notas y recuerdos_ (1870-1872);
+_Marcelo_ (1876); _Las pequeñas Cardinal_ (1880); _Un matrimonio por
+amor_ (1881); _El abate Constantín_ (1882); _Criquette_ (1883); _La
+familia Cardinal_ (1883); _Princesa_ (1886); _Tres centellas_ (1886);
+_Karikari_, _Un vals_, _etc._ (1891), forman un volumen de preciosas
+narraciones.
+
+Aunque no haya escrito para el teatro sino en colaboración, y su
+personalidad desaparezca en casi todas sus obras colectivas, Halévy ha
+sabido desprenderla en sus novelas, obras individuales, como lo dice
+Pailleron, concebidas en un sentimiento particular, expresadas en una
+forma completamente moderna, selladas de parisianísmo; «en libros cortos
+para que los lea el parisiense; en su lengua de iniciados para que los
+comprenda, con espíritu despreocupado aparentemente, burlón, alegre, y
+con pretextos bastante hábiles para emocionar sin ser descubiertos.»
+
+Ludovic Halévy fue elegido académico, y en la sesión pública del 4 de
+febrero de 1886, ocupó el sillón vacío por muerte del Conde
+D'Haussonville. Del discurso pronunciado por Pailleron, director de la
+Academia, sacamos el juicio sobre _El Abate Constantín_:
+
+«...De este género fino hasta refinado, de esta literatura elegante y
+discreta, vuestro volumen _Dos matrimonios_ es quizá el tipo más
+acabado, ejemplar más simpático, pero el tiempo me ha sido contado para
+que pueda detenerme. Prefiero ir directa, francamente, a aquellas obras
+que señalan las fechas de vuestros más grandes triunfos: _El Abate
+Constantín_, _La invasión_, y desde luego, y sobre todo... miro si la
+bóveda de esta cúpula austera va a desplomarse en mi cabeza... sobre
+todo _El señor y la señora Cardinal_.
+
+ * * * * *
+
+»Pero habéis hecho obra de varón, señor, en otro de vuestros libros;
+habéis rehabilitado la virtud. Habéis emprendido la tarea de hacerla
+amar por ella y para ella. Ahí hay audacia, algunos la llaman habilidad
+porque habéis triunfado; pero ¿quién hubiese sido bastante hábil para
+prever, en los tiempos que corren, el éxito de semejante tentativa?
+Nadie... ni aun vos mismo.
+
+»Porque al fin, por triste que sea es necesario confesarlo, por poco
+académico que sea, es preciso decirlo: la virtud no figura ya en el
+movimiento moderno.
+
+»¡Pobre virtud! los vulgares la ridiculizan, los fisiólogos la niegan,
+la gente alegre la encuentra fastidiosa, y las personas prácticas la
+consideran inútil. Nuestros autores dramáticos, que desde tiempo
+inmemorial la recompensaban en el último acto, decididamente le han
+suprimido las migajas del desenlace clásico y remunerador. Nuestros
+poetas lanzan contra ella imprecaciones que no tienen de original sino
+la grosería. En cuanto a nuestras novelas, sabéis hasta dónde brilla por
+su ausencia la virtud, cuando en ellas no es maltratada. Para verla
+respetada hay que abrir la _Biblioteca Rosa_; para verla respetada, es
+necesario venir a la Academia... ¡una vez por año! ¡Pobre virtud!
+
+»¡Escuchad! ¿queréis saber dónde está literariamente? Algunas veces
+espigamos fuera de los jardines académicos, bien puedo contaros esta
+historia:
+
+»Conozco a una señora joven que está al día, ya lo creo, muy al día, y
+que es muy golosa de las producciones intelectuales, por más que es
+mundana, y aunque virtuosa, adora la literatura que no lo es. Y no sólo
+la adora sino que la defiende, la propaga, la proclama eminentemente
+buena y útil, y esto con un entusiasmo, con una pasión, peor aún, con un
+gusto que ha concluido por inspirarme ciertos temores por ella y aun
+hasta dudas sobre ella... ¡si tengo razón, juzgadlo!
+
+»Un día--el de su santo--voy a saludarla y la encuentro sola, leyendo.
+Apenas me ve, oculta el libro con presteza y emprende una conversación
+rápida, con la evidente intención de desviarme. Visiblemente emocionada
+y hasta confusa, la mirada baja, distraída, preocupada; acababa de ser
+sorprendida en una lectura que la turbaba notablemente; era claro. ¿Qué
+podía leer que la inmutara a tal extremo después de todo lo que había
+leído, y que no quería confesar después de todo lo que había confesado?
+Mis dudas se convirtieron en sospechas. En ese momento, el sirviente
+anunció la visita de una señora, y como nuestra amiga se levantara a
+recibirla, pude ver el libro sospechado; leí el título... ¡Ah! señor,
+¿sabéis lo que leía esta honesta mujer, lo que leía así, a escondidas y
+con el rubor en la frente?... era _El Abate Constantín_.
+
+»¡Ahí está la virtud! Porque en cuanto a virtuoso, lo es vuestro
+romance, lo es absolutamente, con cinismo. Es la única crítica que se le
+ha hecho. Allí, no podrían satirizar el encanto, el talento, el éxito.
+¡Pero demasiadas ovejitas, no bastantes lobos! ¡demasiada honestidad!
+¡demasiadas virtudes! ¡muchas flores, señor! Esa buena americana que
+tiene un buen marido y una buena hermana enamorada de un buen oficial,
+sobrino de un buen cura, toda esta buena novela que de buenas en buenas
+acciones, concluye por un buen matrimonio... ¡no está en la verdad ni en
+la naturaleza! He ahí lo que se le reprocha y es precisamente lo que nos
+encanta, a mí y a vuestros millares de lectores; he ahí lo que nos
+acomoda, nos alivia, nos templa y, sobre todo, nos cambia. Cuando se
+vive en una atmósfera irrespirable y malsana y se nos alcanza un frasco
+de esencias, no nos quejamos si sentimos demasiado bien, se le respira y
+se renace. El público que se asfixiaba os debe esta fresca ráfaga de
+aire puro y vos veis cómo os lo ha agradecido.»
+
+_El Abate Constantín_ gozó desde su aparición de una boga inmensa, hoy
+va por la 174ª edición. En el mismo año que apareció, se publicó en
+la _Biblioteca Popular de Buenos Aires_, dirigida por el Dr. Miguel
+Navarro Viola, la traducción que ahora reproducimos.
+
+En 1887 esta novela fue arreglada para el teatro por el mismo autor.
+
+
+
+
+EL ABATE CONSTANTIN
+
+I
+
+
+Con paso firme y ligero aún, caminaba un anciano sacerdote por la vía
+cubierta de polvo, bajo los rayos del sol de mediodía. Más de treinta
+años habían transcurrido desde que el abate Constantín era cura de la
+pequeña aldea que dormía, allá en la llanura, a orillas de un débil
+curso de agua llamado el Lizotte.
+
+Un cuarto de hora hacía que el abate costeaba el muro del castillo de
+Longueval, cuando llegó a la puerta de entrada, que se apoyaba alta y
+maciza sobre dos enormes pilares de viejas piedras ennegrecidas y roídas
+por el tiempo. El cura se detuvo y miró con tristeza los grandes avisos
+azules pegados a los pilares.
+
+Los avisos anunciaban que el miércoles 18 de mayo de 1881, a la 1 p. m.
+tendría lugar, en la sala de audiencia del Tribunal civil de Souvigny,
+la venta del dominio de Longueval, dividido en cuatro lotes:
+
+1.º El castillo de Longueval y sus dependencias, lindos estanques,
+vastos canales, parque de ciento cincuenta hectáreas, todo cercado de
+pared y atravesado por el río Lizotte. Base para la venta: seiscientos
+mil francos.
+
+2.º La granja de Blanche-Couronne, trescientas hectáreas. Base:
+quinientos mil francos.
+
+3.º La granja de la Rozeraie, doscientas cincuenta hectáreas. Base:
+cuatrocientos mil francos.
+
+4.º Los plantíos y los bosques de la Mionne, cuatrocientas cincuenta
+hectáreas. Base para la venta: quinientos cincuenta mil francos.
+
+Y estas cuatro cifras adicionadas al pie del aviso, daban la respetable
+suma de dos millones cincuenta mil francos.
+
+Así, pues, iba a dividirse la magnífica propiedad que desde dos siglos
+atrás siempre había escapado a la división, pasando intacta de padres a
+hijos, en la familia de Longueval. El aviso anunciaba también que
+después de la venta provisional de los cuatro lotes, habría derecho a
+reunirlos para rematar toda la propiedad entera; pero era demasiado
+grande, y según todas las apariencias, no se presentaría ningún
+comprador.
+
+La Marquesa de Longueval había muerto seis meses antes. En 1873, perdió
+a su hijo único, Roberto de Longueval; los herederos eran los tres
+nietos de la Marquesa: Pedro, Elena y Camila. Tuvieron que sacar a
+remate la propiedad, porque Elena y Camila eran menores. Pedro, joven
+de veintitrés años de edad, había hecho mil locuras, estaba
+semiarruinado y no podía pensar en rescatar a Longueval.
+
+Eran las doce del día. Dentro de una hora el castillo de Longueval
+tendría un nuevo dueño. Y ese dueño, ¿quién sería?
+
+¿Qué mujer ocuparía, en el gran salón cubierto de tapices antiguos,
+junto a la chimenea, el lugar de la Marquesa, la vieja amiga del pobre
+cura de la aldea? Ella fue quien reconstruyó la iglesia, ella quien
+mantenía la botica del presbiterio a cargo de Paulina, la sirvienta del
+cura, ella quien, dos veces por semana venía en su gran landó, cubierto
+de vestiditos de niños y gruesas enaguas de lana, a buscar el abate
+Constantín para salir a caza de pobres, como ella decía.
+
+El anciano sacerdote continuó su camino pensando en todo esto. Además,
+los más grandes santos tienen sus pequeñas debilidades, pensaba también
+en sus buenos hábitos de treinta años bruscamente interrumpidos. Todos
+los jueves y domingos comía en el castillo. Cómo lo mimaban, lo
+obsequiaban, lo traían en palmas... La pequeña Camila, tenía ocho años,
+venía a sentarse sobre sus rodillas y le decía:
+
+--Mirad, señor cura, en vuestra iglesia es donde quiero casarme, y mi
+mamá llenará toda, toda la iglesia de flores... más que para el mes de
+María. Será como un gran jardín, todo blanco, blanco, blanco.
+
+¡El mes de María!... En ese momento era el mes de María. Antes el altar
+desaparecía bajo las flores traídas de los invernáculos del castillo, y
+este año sólo se veían algunos ramos de lirios y lilas blancas, en
+floreros de porcelana dorada. Antes, todos los domingos, en la misa
+mayor, y todas las tardes, durante el mes de María, la señorita Hebert,
+la lectora de madama de Longueval, tocaba el pequeño armonium regalado
+por la Marquesa. Hoy el pobre armonium no acompañaba ya la voz de los
+chantres, ni los cánticos de los niños. La señorita Marbeau, la
+directora de correos, era algo música, y con mucho gusto habría ocupado
+el lugar de la señorita Hebert, pero no se atrevía, temía que la
+anotaran como clerical y verse denunciada por el alcalde, que era
+librepensador. Eso habría obstado quizá a su ascenso.
+
+La pared del parque había terminado; de ese parque, cuyos rincones todos
+eran familiares al anciano cura. El camino seguía ahora las orillas del
+Lizotte, y del otro lado del pequeño río, se extendían las praderas de
+las dos granjas; después, más allá, elevábanse los altos bosques de la
+Mionne. ¡Dividida!... ¡la propiedad iba a ser dividida! Tal pensamiento
+desgarraba el corazón del pobre sacerdote. Para él, todo ésto, hacía
+treinta años que era un conjunto, formaba un solo cuerpo. También eran
+casi su propiedad, sus bienes aquellos dominios. Se sentía en su casa
+en las tierras de Longueval. Más de una vez le había sucedido detenerse
+con placer ante aquel inmenso trigal, arrancar una espiga, desgranarla,
+y decirse:
+
+--¡Vamos! los granos son buenos, firmes y bien formados; este año
+tendremos una excelente cosecha.
+
+Y alegremente continuaba su camino a través de sus campos, sus
+plantaciones y sus praderas. En una palabra, por todas las cosas de su
+vida, por todos sus hábitos y sus recuerdos, quería esa propiedad, cuya
+última hora había llegado.
+
+El abate divisaba a lo lejos la granja de Blanche-Couronne; sus techos
+de teja francesa se destacaban sobre el verde del bosque. Allí también
+el cura se encontraba como en su casa. Bernardo, el quintero de la
+Marquesa, era su amigo, y cuando el anciano sacerdote se había demorado
+en sus visitas a los pobres y enfermos, cuando el sol tocaba a su ocaso
+y el abate sentíase fatigado y con apetito, deteníase, comía en casa de
+Bernardo un buen plato de tocino con papas, vaciaba su jarro de sidra, y
+luego, concluida la cena, Bernardo enganchaba su viejo cabriolet para
+conducir al cura hasta Longueval. Durante todo el camino los dos
+charlaban y se contradecían. El cura reprochaba a Bernardo que no fuera
+a misa, y éste respondía:
+
+--Mi mujer y mis hijas van por mí... Bien sabéis, señor cura, que así
+somos nosotros. Las mujeres tienen religión por los hombres. Ellas nos
+harán abrir la puerta del Paraíso.--Y maliciosamente añadía, dando un
+suave latigazo a la vieja yegua:--¡Si lo hay!
+
+--¡Cómo! ¿si lo hay? Pero ¡verdaderamente lo hay!
+
+--Entonces vos entraréis allí, señor cura. Decís que esto no es
+seguro... y yo os digo que sí. ¡Vos estaréis allí! en la puerta espiando
+a vuestros parroquianos y seguiréis ocupándoos de nuestros asuntos. Y
+le diréis a San Pedro... ¿es San Pedro quien tiene las llaves del
+Paraíso, no es así?
+
+--Sí, es San Pedro.
+
+--Pues bien, le diréis a San Pedro, si quiere, si quiere cerrarme las
+puertas en las narices, so pretexto de que yo no iba a misa, le diréis:
+«¡Bah! no importa, dejadlo pasar... es Bernardo, uno de los
+arrendatarios de la señora Marquesa, muy buena persona. Pertenecía al
+concejo municipal, y votó por que conservaran a las hermanas que querían
+echar de la escuela.» Esto conmoverá a San Pedro, que responderá:
+«Bueno, entonces, pasad, Bernardo, pero tened entendido que es por darle
+gusto al señor cura.» Porque allá arriba todavía seréis cura, y cura de
+Longueval. Sería demasiado triste el Paraíso para vos si no fuerais cura
+de Longueval.
+
+Cura de Longueval, sí, toda su vida no había sido otra cosa, nunca había
+soñado ni querido más que eso. Tres o cuatro veces le propusieron
+grandes curatos de cantón, con buena renta y uno o dos tenientes.
+Siempre había rehusado. El adoraba su pequeña iglesia, su pequeña aldea,
+su microscópico presbiterio. Allí estaba solo, tranquilo, hacía todo él
+mismo; siempre por las calles y caminos, bajo el sol y la lluvia, el
+viento y la nieve. Su cuerpo se había endurecido al cansancio, pero su
+alma permanecía tierna y cariñosa.
+
+Vivía en su presbiterio, una gran casa de campo, separada de la iglesia
+sólo por el cementerio. Cuando el cura subía la escalera para podar sus
+perales y sus parras, por encima de la pared divisaba las tumbas sobre
+las que había dicho las últimas oraciones y echado las primeras paladas
+de tierra.
+
+Entonces, continuando su trabajo de jardinero, decía mentalmente una
+corta plegaria por la salvación de aquellos de sus muertos que más lo
+inquietaban, y que podían estar detenidos en el purgatorio. Poseía una
+fe cándida y tranquila.
+
+Pero entre aquellas tumbas existía una que con más frecuencia que las
+otras recibía sus visitas y sus oraciones. Era la tumba de su viejo
+amigo, el doctor Reynaud, muerto en sus brazos en 1871, y ¡en qué
+circunstancias! El doctor era como Bernardo, nunca iba a misa, y jamás
+se confesaba; ¡pero era tan bueno, tan caritativo, tan compasivo con los
+que sufrían!...
+
+Esta era la gran preocupación, la grande inquietud del cura. Su amigo
+Reynaud, ¿dónde estaría? Luego recordaba la noble vida del médico de
+aldea, toda de valor y abnegación; recordaba su muerte, sobre todo su
+muerte, y se decía:
+
+--¡En el Paraíso; no puede estar sino en el Paraíso! El buen Dios quizá
+lo haya hecho pasar un momento por el purgatorio... por forma... pero ha
+debido sacarlo de allí al cabo de cinco minutos.
+
+Todo esto pasaba por la imaginación del anciano sacerdote, mientras
+continuaba su camino hacia Souvigny. Se iba a la ciudad, a casa del
+abogado de la Marquesa, para conocer el resultado de la venta, para
+saber quiénes eran los nuevos propietarios de Longueval; quedábale
+todavía un kilómetro que correr antes de llegar a las primeras casas de
+Souvigny; pasaba por el parque de Lavardens, cuando oyó sobre su cabeza
+voces que lo llamaban.
+
+--¡Señor cura, señor cura!
+
+En este sitio la larga calle de tilos que costeaba el muro, formaba un
+terrado. Levantando la cabeza, el abate vio a la señora de Lavardens con
+su hijo Pablo.
+
+--¿Dónde vais, señor cura?--preguntó la Condesa.
+
+--A Souvigny, al Tribunal, para saber...
+
+--Quedaos con nosotros. M. de Larnac vendrá después de la venta a darnos
+cuenta del resultado.
+
+El abate Constantín subió al terrado.
+
+Gertrudis de Lannilis, condesa de Lavardens, había sido una mujer muy
+desgraciada. A los dieciocho años hizo una locura, la única de su vida,
+pero irreparable: casose, por amor, en un arranque de entusiasmo y
+exaltación, con M. de Lavardens, uno de los hombres más seductores y
+espirituales de aquel tiempo. El no la amaba y se casaba sólo por
+necesidad: había devorado hasta el último céntimo de su patrimonio, y
+hacía dos o tres años que se sostenía en el mundo a fuerza de intrigas,
+acribillado de deudas. Gertrudis Lannilis sabía todo esto y no se hacía
+al respecto ninguna ilusión; pero pensaba: «Lo amaré tanto, que
+concluirá por amarme.»
+
+De ahí nacieron todas sus desdichas. Su existencia habría sido
+tolerable, si no hubiera amado tanto a su marido; pero lo amaba
+demasiado, y sólo consiguió fatigarlo con sus halagos y cariños. El
+continuó su vida antigua, que por cierto era bastante desordenada. Así
+pasaron quince años de eterno martirio, soportado por madama de
+Lavardens con toda la apariencia de una apacible resignación;
+resignación que no existía en su corazón. Nada pudo distraerla, ni
+curarla de este amor que la consumía.
+
+El señor de Lavardens murió en 1869, dejando un hijo de catorce años, en
+el cual despuntaban ya todos los defectos y calidades de su padre. Sin
+estar seriamente comprometida, la fortuna de madama de Lavardens había
+disminuido considerablemente. Con tal motivo, la Condesa vendió su casa
+de París, y se retiró al campo, donde vivió con mucho orden y economía,
+consagrándose por completo a la educación de su hijo.
+
+Aquí también le esperaban nuevas penas y tristezas. Pablo de Lavardens
+era inteligente, amable y bueno, pero absolutamente rebelde a toda
+obligación y a todo trabajo. Desesperó en poco tiempo a los tres o
+cuatro profesores que en vano se esforzaron por hacerle entrar algo
+serio en la cabeza; presentose en Saint-Cyr, donde no fue admitido, y
+comenzó por malgastar en París, lo más rápida y locamente del mundo, dos
+o trescientos mil francos.
+
+Hecho esto, enrolose en el primer regimiento de cazadores de Africa;
+tuvo la suerte desde el principio de formar parte de una pequeña columna
+expedicionaria en el desierto de Sahara, condújose valerosamente, obtuvo
+con mucha rapidez algunos grados, y al cabo de tres años iba a ser
+nombrado subteniente, cuando se enamoró de una joven que representaba
+_La fille de madame Angot_, en el teatro de Argel.
+
+Pablo, que había concluido su compromiso en el regimiento, dejó el
+servicio y volvió a París con su joven cantora de opereta... luego fue
+una bailarina... después una cómica... más tarde una amazona del circo.
+Ensayaba todos los tipos. Así vivía con la brillante y miserable vida
+de los desocupados. Pero sólo permanecía en París tres o cuatro meses
+del año, pues su madre le pasaba una pensión de treinta mil francos, y
+le había asegurado que nunca, mientras ella viviera, obtendría un real
+más antes de su casamiento.
+
+La conocía y sabía que debía tomar sus palabras a lo serio.
+
+De manera que, como quería hacer buena figura, y llevar vida alegre en
+París, gastaba sus treinta mil francos entre los meses de marzo a mayo,
+y luego volvía dócilmente a someterse a la vida tranquila de Lavardens:
+cazaba, pescaba y montaba a caballo con los oficiales del regimiento de
+artillería que estaba de guarnición en Souvigny. Las modistas y las
+grisetas de provincia reemplazaban, sin hacérselas olvidar, a las
+cantoras y cómicas de París. Buscando un poco se encuentran aún grisetas
+en las provincias, y Pablo buscaba mucho.
+
+Apenas estuvo el cura en presencia de la señora de Lavardens, díjole
+ésta:
+
+--Yo puedo, sin esperar la llegada de M. de Larnac, deciros los nombres
+de los compradores de Longueval. Estoy enteramente tranquila y no pongo
+en duda el éxito de nuestra combinación.
+
+Para no hacernos tontamente la guerra, nos hemos puesto de acuerdo, mi
+vecino M. de Larnac, M. Gallard, un fuerte banquero de París, y yo. M.
+de Larnac se quedará con la Mionne; M. Gallard con el castillo y
+Blanche-Couronne; y yo con la Rozeraie. Os conozco, señor cura, debéis
+estar inquieto por vuestros pobres, pero tranquilizaos; estos Gallard
+son muy ricos y os darán mucho dinero.
+
+En aquel momento apareció a lo lejos un carruaje envuelto en una nube de
+polvo.
+
+--Ahí viene M. de Larnac; conozco sus poneys.
+
+Los tres, muy apurados, descendieron del terrado, corrieron al castillo
+y llegaron en el momento en que el carruaje se detenía ante el portón.
+
+--Y bien, ¿qué hay?--preguntó madama de Lavardens.
+
+--¡Qué hay!--respondió M. de Larnac,--que no tenemos nada.
+
+--¿Cómo nada?--interrogó la Marquesa bastante pálida y visiblemente
+conmovida.
+
+--Nada, nada, absolutamente nada, ni unos ni otros.
+
+M. de Larnac saltó del coche para referir lo que había pasado en la
+audiencia del Tribunal de Souvigny.
+
+--Al principio--dijo,--todo salió a pedir de boca. El castillo se le
+adjudicó a M. Gallard, en seiscientos mil cincuenta francos. No apareció
+un solo competidor, de manera que le bastó un aumento de cincuenta
+francos. En cambio una pequeña batalla por Blanche-Couronne. Las ofertas
+llegan de quinientos hasta quinientos veinte mil francos, y vence
+también M. Gallard. Nueva batalla y más encarnizada por la Rozeraie;
+por fin salís victoriosa vos, señora, por cuatrocientos cincuenta y
+cinco mil francos... y yo me quedo con el bosque de la Mionne con sólo
+un aumento de cien francos sobre la tasación. Todo parecía terminado,
+los asistentes estaban ya de pie, rodeando a nuestros abogados para
+saber el nombre de los compradores. Pero M. Brazier, el juez encargado
+de la venta, reclama de nuevo silencio, y el ujier pone en venta los
+cuatro lotes reunidos por dos millones ciento cincuenta o sesenta mil
+francos, no recuerdo bien. Un murmullo irónico circuló por el auditorio.
+Por todos lados se oía decir: Nadie, ¡bah, no habrá nadie! Pero el señor
+Gibert, el abogado que se había sentado en primera fila, y que hasta
+entonces no había dado señales de vida, levantose tranquilamente y dijo:
+«Tengo comprador para los cuatro lotes juntos en dos millones doscientos
+mil francos.» ¡Esto fue como un rayo! Un inmenso clamor seguido de un
+gran silencio. La sala estaba llena de agricultores de las cercanías, a
+quienes tanto dinero por pedazos de tierra los sumergía en una especie
+de respetuoso estupor. Sin embargo, M. Gallard se inclina hacia
+Sandrier, el abogado que hacía la oferta para él. Trábase una lucha
+entre Gibert y Sandrier. Llegan hasta dos millones quinientos mil
+francos. Breve momento de vacilación en Gallard. Decídese y continúa
+hasta tres millones. Ahí se detiene, y se le adjudica la propiedad a M.
+Gibert. Arrójanse todos sobre él, lo rodean, lo abruman... «¡El nombre,
+el nombre del comprador!»--Es una americana--responde Gibert,--madama
+Scott.
+
+--¡Madama Scott!--exclama Pablo.
+
+--¿La conoces tú?--pregunta madame de Lavardens.
+
+--¡Si la conozco, si la... no, absolutamente! Pero he estado en un baile
+en su casa, hará como seis semanas.
+
+--¡En un baile en su casa... y no la conoces! ¿Qué clase de mujer es
+entonces?
+
+--¡Encantadora, deliciosa, ideal, una maravilla!
+
+--¿Y existe un señor Scott?
+
+--Seguramente; un hombre alto y rubio que estaba en el baile. Allí me lo
+mostraron. Un hombre que saludaba al acaso, a derecha e izquierda, y no
+se divertía nada, os lo aseguro. Nos miraba a todos, y parecía decirse:
+«¿Qué significa tanta gente? ¿Qué viene a hacer en mi casa?» Nosotros
+íbamos a ver a la señora Scott y a la señorita Percival, su hermana. ¡Y
+os garantizo que valía la pena!
+
+--¿Y vos conocéis a estos Scott?--preguntó la Condesa, dirigiéndose a M.
+Larnac.
+
+--Sí, señora, los conozco. M. Scott es un americano colosalmente rico,
+que vino a instalarse en París el año pasado. Desde que se pronunció su
+nombre, comprendí que la victoria debía ser decisiva. Gallard estaba
+vencido de antemano. Los Scott comenzaron por comprar en París una casa
+de dos millones de francos, cerca del parque Monceau.
+
+--Sí, calle de Murillo, donde dieron el baile; era...
+
+--Deja hablar a M. de Larnac. Después nos contarás la historia de tu
+baile en casa de madama Scott.
+
+--Apenas se instalaron mis americanos en París, comenzó una lluvia de
+oro. Verdaderos _par-venus_ que se divertían en arrojar locamente el
+dinero por la ventana. Esta inmensa fortuna la poseen recientemente;
+cuentan que hace diez años, madama Scott mendigaba por las calles de
+New-York.
+
+--¡Mendigaba!
+
+--Así dicen, señora. Luego se casó con este Scott, hijo de un banquero
+de New-York. Y de repente, un pleito ganado, les puso entre las manos,
+no millones, sino decenas de millones. Poseen en alguna parte, en
+América creo, una mina de plata; pero una mina seria, verdadera, una
+mina de plata... en la cual hay plata. ¡Ah, ya veréis qué lujo
+estallará en Longueval!... Todos parecemos pobres en la ciudad. Según
+dicen, ellos pueden gastar cien mil francos por día.
+
+--¡Y esos son nuestros vecinos!--exclamó madama de Lavardens.--¡Una
+aventurera! Y no es nada eso todavía... ¡una hereje, señor abate, una
+protestante!
+
+¡Una hereje, una protestante! ¡pobre cura! en eso estaba pensando
+precisamente desde que oyó decir: «Una americana, madama Scott.» ¡La
+nueva castellana no iría a misa! ¡Qué le importaba que hubiera sido
+mendiga! ¡Qué le importaban sus millones de millones, ella no era
+católica! Ya no bautizaría él a los niños nacidos en Longueval, y la
+capilla del castillo, donde tantas veces había dicho misa, se vería
+transformada en oratorio protestante, y oiría la palabra glacial de
+algún pastor calvinista o luterano.
+
+En medio de toda esta gente consternada, desolada, sólo Pablo parecía
+estar radiante.
+
+--En todo caso, una preciosa hereje--dijo,--y hasta podría deciros, ¡dos
+divinas herejes! Son dignas de verse las dos hermanas a caballo, en el
+Bosque, con dos pequeños grooms, de este alto, por detrás.
+
+--Vamos, Pablo, cuéntanos ahora, lo que sepas... ese baile de que
+hablabas... ¿Cómo fuiste a casa de las americanas?
+
+--¡Por una gran casualidad! Mi tía Valentina se quedaba en su casa
+aquella noche. Yo llegué como a las diez... y os aseguro que los
+miércoles de mi tía Valentina no sobresalían por su loca alegría. Hacía
+veinte minutos que me aburría, cuando vi a Rogerio de Puymartin que se
+esquivaba con mucho disimulo. Lo alcanzo en el vestíbulo y le digo:
+«Espera, te acompañaré a tu casa.--¡Oh! no voy a casa.--¿Y dónde vas?--A
+un baile.--¿En casa de quién?--En casa de Scott, ¿quieres venir
+conmigo?--Pero si no estoy invitado.--¡Ni yo tampoco!--¿Cómo, tú
+tampoco?--Voy en busca de uno de mis amigos.--¿Y conoce a los Scott, tu
+amigo?--Apenas; pero lo bastante para presentarnos a los dos. Ven, pues,
+y verás a madama Scott.--¡Bah! ya la he visto a caballo en el Bosque.--A
+caballo no va escotada; tú no has visto sus hombros, y eso es lo que
+tiene que ver... No hay nada mejor en París, por el momento.»--Y así me
+decidí a ir al baile... y vi los cabellos rubios de madama Scott, y
+admiré los blancos hombros de madama Scott... y espero que los volveré a
+ver cuando den bailes en Longueval.
+
+--¡Pablo!--dijo la Condesa, señalando al cura.
+
+--¡Oh! dispensad, señor cura, os pido mil perdones... He dicho acaso
+algo... No, me parece que no...
+
+El pobre sacerdote no lo había oído. Su pensamiento estaba fuera de
+allí. Ya por las calles de la aldea veía al pastor del castillo
+detenerse ante cada casa, y deslizar por debajo de las puertas sus
+pequeños panfletos evangélicos.
+
+Continuando su historia, Pablo hizo una entusiasta descripción del
+palacio, que era una maravilla...
+
+--De mal gusto y de lujo chillón--interrumpió madama de Lavardens.
+
+--¡Nada de eso, mamá, absolutamente!... Nada chillón, ni chocante.
+Muebles admirables, dispuestos con suma gracia y originalidad. Un
+invernáculo incomparable, inundado de luz eléctrica; la mesa instalada
+en el invernáculo, bajo un parral cargado de racimos... en el mes de
+abril, y se podían sacar cuantos quisierais! Sólo los accesorios del
+cotillón parece que habían costado cuarenta mil francos. Alhajas,
+bomboneras, y mil adornos deliciosos... que rogaban a la concurrencia se
+los llevara. Yo no tomé nada; pero muchos otros no tenían tanto
+escrúpulo... Esa noche Puymartin me contó la historia de madama Scott;
+pero no como la refirió M. de Larnac. Rogerio me dijo que madama Scott
+había sido robada por unos saltimbanquis cuando era niña, y que su padre
+la había encontrado haciendo piruetas en un circo ambulante, saltando
+por sobre gallardetes y atravesando aros de papel.
+
+--¡Una saltimbanqui!--exclamó la madre de Pablo,--¡yo prefería la
+mendiga!
+
+--Y mientras Rogerio me contaba esta historia del _Petit Journal_, yo
+veía venir desde el fondo de una galería a la amazona del circo,
+envuelta en un maravilloso conjunto de raso y encajes, y admiraba sus
+hombros, su deslumbradora garganta sobre la cual se mecía un collar de
+brillantes, grandes como tapones de botella. Se decía que el ministro de
+Hacienda había vendido secretamente a madama Scott la mitad de los
+brillantes de la corona, y esta era la razón por la cual el mes anterior
+había tenido un sobrante de quince millones en su presupuesto. Agrega a
+todo esto que tiene un aire muy de señora, la antigua saltimbanqui, y
+que se encuentra lo más bien en medio de tantos esplendores.
+
+Pablo estaba tan entusiasmado, que su madre lo detuvo. Delante de M. de
+Larnac, que estaba bastante disgustado, dejaba estallar con demasiada
+candidez la satisfacción de tener por vecina a la maravillosa americana.
+
+El abate Constantín se preparaba a tomar el camino de Longueval; pero
+Pablo al verlo pronto a partir, exclamó:
+
+--¡Oh! no, señor cura, no haréis a pie por segunda vez, con semejante
+calor, la travesía hasta Longueval; permitidme que os lleve en carruaje.
+Siento mucho veros tan triste, y procuraré distraeros. ¡Oh, por más
+santo que seáis, algunas veces os hago reír con mis locuras!
+
+Media hora después, los dos iban en dirección a la aldea. Pablo hablaba,
+hablaba, hablaba!
+
+Su madre no estaba allí para calmarlo y moderarlo, de manera que su
+alegría se desbordaba.
+
+--Mirad, señor cura, hacéis muy mal en tomar las cosas por su lado
+trágico... ¡Ved cómo trota mi yegua! ¡cómo levanta las patas! Vos no la
+conocíais. ¿Sabéis cuánto he pagado por ella? Cuatrocientos francos. La
+descubrí como hace quince días en las varas de un carro. Una vez que
+toma bien el trote, es capaz de andar cuatro leguas por hora, y siempre
+os lleva las riendas tirantes, no afloja. ¡Mirad, mirad cómo tira, cómo
+tira!... ¡Vamos despacio, despacio!... No estamos de prisa, ¿no es
+verdad, señor cura? ¿Queréis entrar en el bosque? Siempre os sentará
+bien el aire del bosque... Si supierais, señor cura, cuánto os quiero...
+y os respeto... ¿No habré dicho demasiados disparates hoy, delante de
+vos? Porque sentiría tanto...
+
+--No, hijo mío, no he oído nada.
+
+--Entonces tomaremos el camino de los estudiantes.
+
+Después de haber doblado a la izquierda por el bosque, Pablo volvió a su
+primera frase:
+
+--Os decía, pues, señor cura, que hacíais mal en tomar así las cosas por
+su lado trágico. ¿Queréis que os comunique lo que pienso? Es una gran
+felicidad lo que acaba de suceder.
+
+--¿Una gran felicidad?
+
+--Sí, y muy grande... Prefiero los Scott a los Gallard en Longueval. No
+habéis oído hace un momento a M. de Larnac que se atrevía a reprocharles
+que gastaban locamente su dinero? Nunca es una locura gastar el dinero.
+La locura es guardarlo. Vuestros pobres, pues estoy seguro que es lo que
+más os da que pensar, han tenido hoy buena suerte. Esa es mi opinión.
+¿La religión? sí, la religión... ¡Ellos no irán a misa! eso os causa
+pena; es natural; pero en cambio os enviarán dinero, mucho dinero... y
+vos lo tomaréis y haréis bien. Ya veis como no protestáis. Va a caer
+una lluvia de oro sobre toda la comarca... ¡Un movimiento! ¡un barullo!
+carruajes de cuatro caballos, postillones empolvados, _rally-papers_,
+paseos, bailes, fuegos artificiales... Y aquí en el bosque, en este
+mismo camino que llevamos, encontraré quizá a París dentro de poco. Y
+veré a las dos amazonas con los dos pequeños grooms de que hablaba no
+hace mucho. ¡Si vierais qué elegantes son las dos hermanas a caballo!
+Una mañana, detrás de ellas, di toda la vuelta al Bosque de Boulogne, en
+París. Todavía me parece que las veo: llevaban sombreros altos, grises,
+con velitos cortos muy ajustados al rostro, y dos largos vestidos de
+amazonas, sin costura, con una sola abertura que seguía la línea de la
+espalda... ¡y es preciso que una mujer sea verdaderamente bien formada
+para llevar vestidos así! Porque, mirad, señor cura, con los trajes de
+amazonas sin costura no hay engaño posible...
+
+Hacía rato que el cura no prestaba la menor atención al discurso de
+Pablo. El carruaje había entrado en una calle bastante larga y
+perfectamente recta. Al fin de esta calle el cura veía venir a un
+caballero a galope.
+
+--Mirad--dijo el cura a Pablo,--mirad vos que tenéis mejores ojos que
+yo; ¿no es Juan el que viene allá?
+
+--Sí, pues, es Juan, reconozco su yegua mora.
+
+Pablo tenía mucha afición a los caballos; siempre, antes de mirar al
+caballero, miraba al caballo. En efecto, era Juan, que, al divisar de
+lejos al cura y a Pablo, agitó en el aire su quepis, que llevaba dos
+galones de oro. Juan era teniente del regimiento de artillería de
+guarnición en Souvigny.
+
+Algunos momentos después se detenía junto al carruaje, y dirigiéndose al
+cura, le dijo:
+
+--Vengo de vuestra casa, mi padrino. Paulina me dijo que habíais ido a
+Souvigny por la venta... Y... ¿quién compró el castillo?
+
+--Una americana, madama Scott.
+
+--¿Y Blanche-Couronne?
+
+--La misma madama Scott.
+
+--¿Y la Rozeraie?
+
+--También madama Scott.
+
+--Y el bosque... ¿todavía madama Scott?
+
+--Tú lo has dicho--replicó Pablo...--Y yo la conozco a madama Scott... y
+vamos a divertirnos en Longueval y te presentaré... Pero todo esto causa
+pena al señor cura... porque es una americana, una protestante.
+
+--¡Ah! es verdad, mi pobre padrino... En fin, de eso hablaremos mañana,
+que iré a comer con vos: ya se lo previne a Paulina. Ahora no puedo
+detenerme, estoy de semana, y a las tres debo hallarme en el cuartel.
+
+--¿Para la revista?--preguntó Pablo.
+
+--Sí, para la revista. ¡Hasta la vista, Pablo!... ¡Hasta mañana,
+padrino!
+
+El teniente de artillería continuó su galope, Pablo soltó las riendas a
+su yegua.
+
+--¡Qué buen muchacho es este Juan!--dijo Pablo.
+
+--¡Oh! sí.
+
+--¡No hay en el mundo nada mejor que Juan!
+
+--No, nada mejor.
+
+El cura se volvió para mirar a Juan que se perdía ya en la espesura del
+bosque.
+
+--Sí, señor, hay algo, y sois vos, señor cura.
+
+--No, yo no.
+
+--¡Pues bien! ¿queréis que os lo diga, señor? no hay en el mundo nada
+mejor que vosotros dos, Juan y vos. ¡Esa es la pura verdad!... ¡Ah! ved
+qué lindo terreno para trotar! Voy a dejar correr a Niniche... ¿Sabéis
+que la llamo Niniche?
+
+Con la punta del látigo, Pablo acarició en flanco de Niniche, que
+comenzó a trotar con un trote infernal.
+
+--¡Mirad cómo levanta las patas, señor cura, mirad cómo levanta las
+patas! ¡con tanta regularidad!... Parece una verdadera máquina...
+Inclinaos para ver.
+
+El cura, por dar gusto a Pablo, se asomó a ver _cómo levantaba las patas
+Niniche_... mientras seguía pensando en otra cosa.
+
+
+
+
+II
+
+
+Llamábase este teniente de artillería Juan Reynaud, y era hijo único del
+médico de aldea que descansaba en el cementerio de Longueval. Cuando en
+1846, el abate Constantín vino a tomar posesión de su pequeño curato, un
+doctor Reynaud, el abuelo de Juan, hallábase instalado en una risueña
+casita, sobre el camino de Souvigny, entre los dos castillos de
+Longueval y de Lavardens.
+
+Marcelo, el hijo de este doctor, terminaba en París sus cursos de
+medicina. Era muy estudioso y poseía un espíritu muy distinguido. Fue el
+primero en el concurso de agregación, y estaba resuelto a permanecer en
+París, para tentar fortuna; todo le prometía la más feliz y brillante
+carrera, cuando recibió en 1852 la noticia de la muerte de su padre,
+ocasionada por un ataque de apoplejía. Marcelo corrió a Longueval con el
+corazón desgarrado: adoraba a su padre. Pasó un mes al lado de su madre,
+y al cabo de ese tiempo, le manifestó la necesidad de volver a París.
+
+--Es verdad--le dijo ella,--es preciso que te vayas.
+
+--¡Cómo! ¿que me vaya?... Que nos vayamos los dos. ¿Crees, acaso, que te
+dejaré aquí sola? Te llevo conmigo.
+
+--¡Ir a vivir a París yo!... ¡Abandonar la tierra en que nací, donde
+vivió y murió tu padre! ¡No, nunca lo haré, hijo mío, jamás! Vete solo,
+porque tu vida y tu porvenir te llaman allá. Te conozco y sé que no me
+olvidarás, que vendrás a verme siempre, siempre.
+
+--No, madre mía--respondió él,--me quedaré.
+
+Quedose... Sus esperanzas, sus ambiciones, todo desapareció en un
+minuto. Sólo vio una cosa: el deber, que consistía en no abandonar a su
+madre anciana y enferma. En este deber aceptado y cumplido con toda su
+naturalidad, halló su felicidad. Por lo demás, siempre en el
+cumplimiento del deber, es donde se encuentra la felicidad.
+
+Marcelo se plegó de buena voluntad y con gusto a su nueva existencia;
+continuando la vida de su padre, siguiendo su camino desde el mismo
+lugar en que él lo dejara. Entregose completamente, sin pesar, con
+placer más bien, a la obscura profesión de médico de aldea. Su padre le
+había dejado un poco de dinero, algunas tierras, y él vivía
+modestamente, consagrando la mitad de su existencia a los pobres, de
+quienes jamás recibió un sueldo. Este era su único lujo.
+
+Una joven sin fortuna se encontró en su camino, preciosa y sola en el
+mundo. Se casó con ella en 1855, y el año siguiente reservaba un gran
+dolor y una grande alegría: la muerte de su anciana madre y el
+nacimiento de su hijo Juan.
+
+Con seis semanas de intervalo, el abate Constantín recitó la plegaria de
+los muertos en la tumba de la abuela y asistió, en calidad de padrino,
+al bautismo del nieto.
+
+A fuerza de encontrarse a la cabecera de los que sufrían y de los que
+morían, el sacerdote y el médico con el mismo corazón y el mismo
+movimiento, se sintieron atraídos uno hacia el otro. Sintieron que
+pertenecían a la misma familia, a la misma raza, a la raza de los
+buenos, los justos y los bienhechores.
+
+Los años sucedieron a los años, tranquilos, suaves, en el goce de la
+plena satisfacción del trabajo y del deber cumplido. Juan crecía...
+
+Su padre le dio las primeras lecciones de ortografía, y el cura las
+primeras de latín. Juan era inteligente y laborioso, e hizo tales
+progresos, que sus dos profesores, el cura sobre todo, al cabo de
+algunos años se inquietaron, pues su discípulo sabía ya casi más que
+ellos. Por ese tiempo fue la Condesa, después de la muerte de su marido,
+a establecerse en Lavardens, trayendo un preceptor para su hijo Pablo,
+el cual era un hombrecillo precioso, pero de los más perezosos. Los dos
+niños contaban la misma edad, y se conocían desde sus primeros años.
+
+Madama de Lavardens quería mucho al doctor Reynaud, y un día le hizo la
+siguiente proposición:
+
+--Enviadme a Juan todas las mañanas, y os lo devolveré todas las noches;
+el preceptor de Pablo es un joven muy distinguido, que hará adelantar a
+los dos niños, y me prestaréis un señalado servicio, doctor, pues Juan
+dará el ejemplo a Pablo.
+
+Así se arreglaron las cosas, y el pequeño burgués dio, en efecto, al
+pequeño gentil-hombre excelentes ejemplos de trabajo y aplicación; mas
+estos excelentes ejemplos no fueron seguidos.
+
+Estalló la guerra. El 14 de septiembre, a las siete de la mañana, los
+movilizados de Souvigny se reunieron en la plaza principal de la aldea;
+llevando por capellán al abate Constantín y por cirujano mayor al doctor
+Reynaud. Los dos habían concebido la misma idea, al mismo tiempo: el
+sacerdote contaba sesenta y dos años y el médico cincuenta.
+
+El batallón, al partir, siguió el camino que atravesaba Longueval y
+pasaba ante la casa del doctor. Madama Reynaud y Juan esperaban a la
+orilla del camino. El niño se arrojó en los brazos de su padre:
+«Llévame, papá, llévame.» La madre lloraba. El doctor los abrazó
+fuertemente a los dos, y continuó su marcha.
+
+A cien pasos de allí el camino hacía un recodo. El doctor se volvió,
+lanzando hacia su mujer y su hijo una larga y profunda mirada... ¡La
+última! Ya no debía volver a verlos.
+
+El 8 de enero de 1871, los movilizados de Souvigny atacaban la aldea de
+Villersexel, ocupada por los prusianos, que habían almenado las paredes
+y habían formado barricadas en las casas. La fusilería estalló. Un
+movilizado que marchaba a la cabeza, recibió una bala en el pecho y
+cayó. Hubo un momento de confusión y duda. «¡Adelante, adelante!»
+gritaron los oficiales. Los hombres pasaron por sobre el cuerpo de su
+camarada, y bajo una lluvia de balas entraron en la aldea.
+
+El doctor Reynaud y el abate Constantín, que marchaban con las tropas,
+se detuvieron junto al herido, que arrojaba gran cantidad de sangre por
+la boca.
+
+--No hay nada que hacer--dijo el doctor;--se muere, es vuestro.
+
+El sacerdote se arrodilló junto al moribundo, el doctor, levantándose,
+se dirigió hacia la aldea. No habría andado diez pasos, cuando se
+detuvo, abrió los brazos y cayó de golpe al suelo. El sacerdote corrió
+hacia él; pero ya estaba muerto, herido por una bala en la sien.
+
+Esa noche la aldea era nuestra, y al siguiente día se depositó en el
+cementerio de Villersexel el cuerpo del doctor Reynaud. Dos meses
+después, el abate Constantín traía a Longueval los restos de su amigo, y
+detrás del ataúd, a la salida de la iglesia, caminaba un huérfano. Juan
+había perdido también a su madre. Al recibir la noticia de la muerte de
+su marido, quedose anonadada, embrutecida, sin poder pronunciar una
+palabra ni derramar una lágrima. Después fue presa de la fiebre, el
+delirio, y al cabo de quince días murió.
+
+Juan se encontraba solo en el mundo a los catorce años. De esta familia
+en que todos, desde un siglo hasta entonces, habían sido honorables,
+sólo quedaba un niño arrodillado sobre una tumba, y que prometía también
+ser lo que había sido su abuelo, lo que había sido su padre: trabajador
+y bueno. Hay en Francia familias como ésta, muchas, muchas más de lo que
+se cree; nuestro país se ve calumniado cruelmente por ciertos novelistas
+que hacen de él pinturas violentas y exageradas. Verdad es que la
+historia de la gente buena es con frecuencia monótona o dolorosa, como
+lo prueba esta narración.
+
+El dolor de Juan fue un dolor de hombre. Durante largo tiempo permaneció
+triste y silencioso. La noche del entierro de su padre, el abate
+Constantín lo llevó consigo al presbiterio.
+
+El día había sido lluvioso y frío. Juan se hallaba sentado junto al
+fuego; el sacerdote leía su breviario; la vieja Paulina iba y venía
+arreglando todo. Una hora pasaron sin pronunciar una palabra, cuando
+Juan, de repente, levantando la cabeza dijo:
+
+--Padrino, ¿mi padre me ha dejado algún dinero?
+
+La pregunta era tan extraña, que el abate estupefacto creyó haber oído
+mal.
+
+--¿Me preguntas si tu padre?...
+
+--Pregunto, padrino, si mi padre me ha dejado algún dinero.
+
+--Sí, ha debido dejarte dinero...
+
+--¿Mucho, no es verdad? He oído decir siempre en la comarca que mi padre
+era rico. Decidme, más o menos, ¿cuánto me habrá dejado?
+
+--Pero, yo no sé... Me preguntas unas cosas...
+
+El pobre sacerdote sentía desgarrársele el corazón. ¡Esta pregunta, en
+semejante momento! No obstante, creía conocer el corazón de Juan, y en
+ese corazón no debían caber tales pensamientos.
+
+--Por favor, padrino, decidme...--continuó Juan con dulzura,--después os
+explicaré por qué os lo pregunto.
+
+--Pues bien, tu padre poseía, según dicen, dos o trescientos mil
+francos.
+
+--¿Y eso es mucho dinero?
+
+--Sí, es mucho dinero.
+
+--¿Y todo ese dinero es mío?
+
+--Sí, todo ese dinero es tuyo.
+
+--¡Ah! me alegro, porque el día en que murió mi padre, allá, durante la
+guerra, los prusianos mataron al mismo tiempo que a él, al hijo de una
+pobre mujer de Longueval... la anciana Clement, ¿sabéis? Y también al
+hermano de Rosalía, con quien yo jugaba cuando era niño. Bueno, pues ya
+que yo soy rico y ellas pobres, quiero dividir con la señora Clement y
+con Rosalía el dinero que me deja mi padre.
+
+Al oír estas palabras, el cura se levantó, tomó las dos manos de Juan, y
+atrayéndolo hacia sí, lo rodeó con sus brazos, apoyando su cabeza blanca
+sobre la cabeza rubia del joven.
+
+Dos gruesas lágrimas se desprendieron de los ojos del anciano sacerdote,
+rodaron lentamente sobre sus mejillas, y vinieron a perderse en las
+arrugas de su rostro.
+
+Sin embargo, el cura explicó a Juan que, aunque poseedor de la herencia
+de su padre, no tenía aún el derecho de disponer de ella a su antojo.
+Habría un consejo de familia, y le darían un tutor.
+
+--Vos, sin duda, mi padrino.
+
+--No, yo no, hijo mío, un sacerdote no tiene derecho para ejercer la
+tutela. Creo que nombrarán a M. Lenient, el notario de Souvigny, que era
+uno de los mejores amigos de tu padre, tú le hablarás y le explicarás lo
+que deseas.
+
+En efecto, el consejo de familia designó a M. Lenient para desempeñar
+las funciones de tutor. Y las instancias de Juan fueron tan vivas, tan
+conmovedoras, que el notario consintió en tomar de las rentas la suma de
+dos mil cuatrocientos francos que todos los años, hasta la mayor edad de
+Juan, se dividió entre la anciana Clement y la joven Rosalía.
+
+Madama de Lavardens se condujo perfectamente en esta circunstancia.
+
+--Dadme a Juan--dijo al abate Constantín,--dádmelo hasta el fin de sus
+estudios; yo os lo traeré todos los años durante las vacaciones. No es
+un servicio que os ofrezco, sino un servicio que os pido. No puedo
+desear nada mejor para mi hijo. Me resigno a abandonar momentáneamente
+Lavardens, porque Pablo quiere ser soldado, entrar en Saint-Cyr, y sólo
+en París encontraré los maestros y recursos necesarios para ello.
+Llevaré allá a los dos niños, que se educarán juntos, bajo mi
+vigilancia, fraternalmente. Podréis estar seguro de que no haré la más
+mínima diferencia entre ellos.
+
+Era difícil no aceptar una oferta como ésta. El anciano sacerdote habría
+deseado tener a Juan a su lado, y su alma se desgarraba al pensar en la
+separación; ¿pero dónde estaba el interés de Juan? era lo único que
+debía preguntarse. Lo demás no era nada... Llamaron a Juan.
+
+--Hijo mío--le dijo madama de Lavardens,--¿quieres venir a vivir conmigo
+y con Pablo durante algunos años, en París?
+
+--Sois demasiado buena señora; ¡pero habría deseado tanto poder quedarme
+aquí!--dijo, mirando al cura que volvió la cara a otro lado.--¿Por qué
+partís?--continuó.--¿Por qué queréis llevarnos a Pablo y a mí?
+
+--Porque sólo en París podréis terminar seria y útilmente vuestros
+estudios. Pablo se preparará para los exámenes de Saint-Cyr, pues quiere
+ser soldado.
+
+--Y yo también, señora, quiero serlo.
+
+--¡Tú soldado!--exclamó el cura;--pero no eran esas las miras de tu
+padre... Muchas veces, en presencia mía, tu padre hablaba de tu
+porvenir, de tu carrera: debías ser médico, como él, médico de aldea,
+médico de Longueval... y como él asistir a los pobres, y como él cuidar
+a los enfermos. Juan, hijo mío, acuérdate.
+
+--Me acuerdo, me acuerdo.
+
+--Bueno, entonces, debes hacer lo que tu padre deseaba... Es tu deber, y
+para eso tienes que ir a París. Tú desearías quedarte aquí, ¡oh! yo lo
+comprendo y yo también quisiera... pero no puede ser... Es preciso ir a
+París a trabajar, a trabajar bien. Por esto no me inquieto, porque eres
+verdadero hijo de tu padre, y serás un hombre honrado y trabajador; no
+se puede ser lo uno sin lo otro. Y un día en la casa de tu padre, en el
+mismo lugar donde él ha hecho tanto bien, los pobres de la aldea
+hallarán otro doctor Reynaud que los socorrerá como él. Y si por
+casualidad ese día soy todavía de este mundo, me consideraré tan feliz,
+¡tan feliz!... Pero hago mal en hablar de mí... No debería... yo no soy
+nada... En tu padre sólo debes pensar. Te lo repito, Juan, eran sus más
+ardientes votos; no puedes haberlo olvidado.
+
+--No, no lo he olvidado; pero si mi padre me ve, y si me oye, estoy
+seguro que me comprende, y me perdona, pues es por él...
+
+--¿Por él?...
+
+--Sí, cuando supe que había muerto, cuando supe cómo había muerto en el
+acto, sin tener necesidad de reflexionar me dije que yo sería soldado...
+¡y seré soldado!... Mi padrino, y vos, señora, os ruego que no os
+opongáis...
+
+El niño se echó a llorar en una verdadera crisis de desesperación. La
+Condesa y el abate lo calmaron con dulces palabras.
+
+--Sí... sí... convenido... todo lo que quieras, serás todo lo que
+quieras...
+
+Los dos tenían el mismo pensamiento: dejemos obrar al tiempo. Juan es un
+niño y cambiará de idea. En lo cual los dos se engañaban: Juan no cambió
+de idea.
+
+En el mes de septiembre de 1876, Pablo fue rechazado en Saint-Cyr y Juan
+recibió el undécimo lugar en la Escuela Politécnica. El día en que se
+publicó la lista de los candidatos admitidos, escribió al abate
+Constantín.
+
+«He sido recibido y muy bien recibido, pues quiero salir en el ejército
+y no en el servicio civil... En fin, si conservo mi lugar en la
+escuela, haré un bien a uno de mis camaradas, que obtendrá mi puesto.»
+
+Así sucedió... Juan hizo más que conservar su lugar, pues en las
+clasificaciones de salida obtuvo el número siete. Pero en vez de entrar
+a la Escuela de Puentes y Calzadas, ingresó a la Escuela de Aplicación
+de Fontainebleau, en 1878. Acababa de cumplir veintiún años. Era mayor
+de edad, dueño y señor de su fortuna, y el primer acto de su
+administración fue un grande, grandísimo gasto. Compró para la anciana
+Clement y para la pequeña Rosalía, que ya era grande, dos títulos de
+renta de mil quinientos francos cada uno, los cuales le costaron setenta
+mil francos, casi lo que gastó Pablo en su primer año de libertad en
+París, por la señorita Lise Bruyère, del teatro del Palais-Royal.
+
+Dos años después, Juan salió el primero en la Escuela de Fontainebleau,
+lo que le daba el derecho de elegir uno de los puestos vacantes. Había
+uno en el regimiento acuartelado en Souvigny, y Souvigny distaba tres
+kilómetros de Longueval; Juan pidió este puesto y lo obtuvo.
+
+Por estas razones, Juan Reynaud, subteniente del 9.º regimiento de
+artillería, volvió en el mes de octubre de 1880 a tomar posesión de la
+casa del doctor Marcelo Reynaud, y por esto se encontraba en la aldea
+donde transcurrió su infancia y donde todo el mundo conservaba el
+recuerdo de la vida y la muerte de su padre. Y el abate Constantín pudo
+gozar la alegría de tener tan cerca al hijo de su amigo... Y si
+debiéramos decirlo todo, no sentía mucho que Juan hubiera dejado de ser
+médico. Cuando salía de su iglesia, después de haber dicho su misa, y
+veía flotar por el camino una nube de polvo, cuando sentía temblar la
+tierra bajo el peso de los cañones... se detenía, y como un niño, se
+complacía en ver pasar el regimiento... ¡Pero el regimiento para él era
+Juan! Era ese robusto y sólido caballero en cuya fisonomía se leía
+claramente la rectitud, el valor y la bondad.
+
+Apenas divisaba Juan a lo lejos al cura, galopaba y venía a charlar un
+momento con su padrino. El caballo volvía la cabeza hacia el abate, pues
+sabía que siempre había un terrón de azúcar para él en el bolsillo de
+aquella vieja sotana negra, gastada, remendada, la sotana de por la
+mañana. El abate poseía otra muy linda y muy nueva, que se guardaba para
+las grandes ocasiones.
+
+Las trompetas del regimiento sonaban mientras atravesaban la aldea... y
+todas las miradas buscaban a Juan, al pequeño Juan; pues para los viejos
+de Longueval siempre era el _pequeño Juan_. Cierto paisano todo arrugado
+y agobiado, no pudo nunca quitarse la costumbre de decirle al pasar:
+«¡Eh! buen día, chicuelo, ¿cómo te va?» Y tenía seis pies de altura el
+tal chicuelo.
+
+Juan no atravesaba nunca la aldea sin divisar en sus respectivas
+ventanas el apergaminado rostro de la vieja Clement y la risueña cara de
+Rosalía. Esta última se había casado el año anterior, siendo Juan uno de
+los testigos, y de los que más alegremente bailaron la noche de la boda
+con las jóvenes de Longueval.
+
+Tal era el subteniente de artillería que el sábado 28 de mayo de 1881, a
+eso de las cinco de la tarde, echó pie a tierra ante la puerta del
+presbiterio del Longueval. Entró seguido dócilmente por su caballo, que
+por sí mismo fue a colocarse bajo una especie de establo que había en el
+patio. Paulina se hallaba en la ventana de la cocina. Juan se acercó y
+la besó con cariño en las dos mejillas.
+
+--Buen día, mi buena Paulina, ¿cómo te va?
+
+--Muy bien, ocupándome de tu comida. ¿Quieres saber lo que hay? Sopa de
+papas, una pata de carnero y crema.
+
+--¡Admirable! Adoro todo eso y me muero de hambre.
+
+--Y ensalada, se me olvidaba ensalada que tú me ayudarás a preparar.
+Comerán a las seis y media en punto, porque esta noche, a las siete y
+media, comienza el mes de María.
+
+--¿Dónde está mi padrino?
+
+--En el jardín. Está muy triste el señor cura, a causa de la venta de...
+
+--Sí, ya sé, ya sé...
+
+--Al verte se alegrará un poco. ¡Se pone tan contento cuando tú vienes!
+Cuidado... mira que Loulou se va a comer los rosales... ¡Qué calor tiene
+Loulou!
+
+--Di toda la vuelta al bosque tan aprisa...
+
+Juan tomó a Loulou que se dirigía a los rosales, la desensilló, la ató y
+le alcanzó un gran montón de pasto seco. Después entró a la casa,
+quitose el sable y cambió el quepis por un viejo sombrero de paja de
+cinco sueldos, y se fue a buscar al cura al jardín.
+
+En efecto, el pobre abate estaba muy triste. No había pegado los ojos en
+toda la noche, él, que generalmente dormía con tanta facilidad como un
+niño. Su alma estaba desgarrada. ¡Longueval en manos de una extranjera,
+de una hereje, de una aventurera! Juan repetía lo que Pablo había dicho
+la víspera:
+
+--Tendréis dinero, mucho dinero para vuestros pobres.
+
+--¡Dinero, dinero!... Sí, mis pobres no perderán nada, quizá ganarán...
+Pero ese dinero tendré que ir a pedirlo, y en el salón, en vez de mi
+vieja amiga encontraré a esa americana de cabellos rojos, ¡parece que
+tiene los cabellos rojos! Iré seguramente por mis pobres, iré... y ella
+me dará dinero, pero no me dará nada más que dinero. La Marquesa daba
+algo más, daba parte de su vida, parte de su corazón, juntos íbamos
+todas las semanas a visitar a los pobres y enfermos. Ella conocía todos
+los sufrimientos y todas las miserias de la aldea. Y cuando yo estaba
+clavado por la gota en mi sillón, ella hacía las visitas sola, tan bien
+o mejor que yo.
+
+Paulina vino a interrumpir esta conversación apareciendo con una inmensa
+ensaladera de loza, sobre la cual campeaban, violentas y chillonas,
+grandes flores rojas.
+
+--Aquí vengo a buscar la ensalada. Juan, ¿quieres lechuga o achicoria?
+
+--Achicoria--respondió Juan alegremente.--Hace mucho tiempo que no como
+achicoria.
+
+--Pues bien, esta noche comerás... Toma, tenme la ensaladera...
+
+Paulina comenzó a cortar la achicoria, y Juan se inclinaba para recibir
+las hojas en la gran ensaladera. El cura los miraba hacer.
+
+En ese momento se oyó un ruido de cascabeles. Se acercaba un carruaje
+que sonaba demasiado.
+
+El jardincito del abate Constantín, sólo estaba separado del camino por
+una verja muy baja, en medio de la cual había una pequeña puerta.
+
+Los tres miraron y vieron venir un carruaje de alquiler de forma
+primitiva, tirado por dos grandes caballos blancos, manejados por un
+cochero de blusa. Junto al cochero iba un criado con librea de la más
+severa y perfecta corrección. En el carruaje iban dos jóvenes que
+llevaban trajes iguales de viaje, muy elegantes, pero muy sencillos.
+
+Cuando el carruaje se encontró ante la verja del jardín, el cochero
+detuvo los caballos y dirigiéndose al cura, dijo:
+
+--Señor cura, estas señoras os buscan.--Luego, volviéndose a sus
+clientas:--Ahí tenéis al señor cura de Longueval.
+
+El abate Constantín se aproximó y abrió la pequeña puerta. Las viajeras
+descendieron, deteniendo sus miradas, no sin cierto asombro, en el joven
+oficial que se encontraba allí algo confuso con su sombrero de paja en
+la mano derecha y en la izquierda la gran ensaladera rebosando de
+achicoria.
+
+Las dos mujeres entraron al jardín, y la mayor (representaba veinticinco
+años), dirigiéndose al abate, le dijo con acento extranjero, algo
+extraño y muy original:
+
+--Me veo obligada, señor cura, a presentarme a mí misma... Madama Scott,
+la que compró ayer el castillo, y la granja, y todo lo demás. ¿No os
+molesto, señor, y podréis acordarme durante cinco minutos vuestra
+atención?--Luego, designando a su compañera de viaje:--Miss Bettina
+Percival, mi hermana: lo habríais adivinado, creo. Nos parecemos mucho,
+¿no es verdad? ¡Ah! Bettina, hemos olvidado en el carruaje nuestras
+carteras, y las necesitaremos.
+
+--Voy a buscarlas.
+
+Y como miss Percival se preparara a ir por ellas, Juan le dijo:
+
+--Permitidme, señorita, que os las traiga.
+
+--Siento, señor, molestaros... El sirviente os las entregará. Están en
+el asiento de adelante.
+
+Miss Percival tenía el mismo acento de su hermana, los mismos grandes
+ojos negros, risueños y alegres, y los mismos cabellos, no rojos, sino
+rubios, con reflejos dorados en los que jugaba con delicadeza la luz del
+sol. Saludó a Juan con una graciosa sonrisa, y éste, después de entregar
+a Paulina la ensaladera de achicoria, se fue a buscar las dos carteras.
+
+Entretanto, muy conmovido, muy turbado, el abate Constantín introducía
+en el presbiterio a la nueva castellana de Longueval.
+
+
+
+
+III
+
+
+En verdad, no era un palacio el presbiterio de Longueval. La misma pieza
+del piso bajo, servía de salón y comedor con puerta de comunicación para
+la cocina; esta pieza estaba adornada con los muebles más precisos: dos
+viejos sillones, seis sillas de paja, un aparador y una mesa redonda,
+sobre la cual Paulina había puesto ya los asientos del abate y de Juan.
+
+Madama Scott y miss Percival iban y venían, examinando con infantil
+curiosidad la instalación del cura.
+
+--El jardín, la casa, todo es precioso aquí--decía madama Scott.
+
+Las dos entraron resueltamente a la cocina. El abate Constantín las
+seguía sofocado, azorado, estupefacto ante tan brusca y repentina
+invasión americana. La vieja Paulina miraba a las dos extranjeras con
+aire inquieto y sombrío.
+
+--¡Estas son--pensaba,--las herejes, las excomulgadas!
+
+Y con sus manos agitadas, temblorosas, continuaba preparando la
+ensalada.
+
+--¡Os felicito, señorita--le dijo Bettina,--por el perfecto orden que
+reina en vuestra cocina! Mirad, Zuzie; ¿no era así el presbiterio que
+deseabais?
+
+--Y el cura también--respondió madama Scott.--¡Ah! sí, señor cura,
+¿queréis dejarme decíroslo? ¡Si supierais cuán feliz me considero por
+haberos encontrado tal cual sois! Esta mañana en el tren, ¿qué os decía,
+Bettina? ¿y hace un momento en el carruaje?
+
+--Mi hermana me decía, señor cura, que deseaba, sobre todo, encontrar
+un cura que no fuera ya joven, ni triste, ni severo, un cura de cabellos
+blancos, y aire bondadoso y tranquilo.
+
+--Y vos reunís todas esas condiciones, señor cura. No podíamos haber
+encontrado nada mejor. Escuchad, os ruego, mi modo de hablar. Las
+parisienses saben dar un buen giro a sus frases, presentándolas de una
+manera conveniente y complicada, pero yo no sé... y hablando francés me
+costaría mucho salir del paso si no dijera las cosas lisa y llanamente
+como se me ocurren. En fin, estoy contenta, en extremo contenta, señor
+cura, y espero que vos también quedaréis satisfecho de vuestras nuevas
+parroquianas.
+
+--¡Mis parroquianas!--exclamó el cura, recobrando al fin la palabra, el
+movimiento, la vida, todas estas cosas que desde hacía algunos minutos
+lo habían abandonado completamente.--Mis parroquianas! Perdón, señora,
+señorita... ¡Estoy tan conmovido! ¿Seríais... sois, acaso, católicas?
+
+--¡Sí, señor, somos católicas!
+
+--¡Católicas, católicas!--repitió el cura.
+
+--¡Católicas, católicas!--exclamó la vieja Paulina, apareciendo
+radiante, con los brazos levantados hacia el cielo, en el umbral de la
+cocina.
+
+Madama Scott miraba al cura, miraba a Paulina, muy asombrada de haber
+producido tal efecto con una sola palabra, y para completar el cuadro,
+apareció Juan trayendo las dos bolsas de viaje. El cura y Paulina lo
+recibieron con la misma palabra.
+
+--¡Católicas, católicas!
+
+--¡Ah! comprendo al fin--dijo madama Scott riendo;--¡nuestro nombre y
+nuestra patria os hicieron creer que éramos protestantes! No lo somos,
+nuestra madre era del Canadá, de origen francés y católica; por eso mi
+hermana y yo hablamos francés, con acento extranjero y ciertos modismos
+americanos, pero en fin, decimos, más o menos lo que deseamos decir. Mi
+marido es protestante, pero me deja entera libertad, y mis dos hijos son
+católicos. Por esto hemos querido desde el primer día venir a saludaros,
+señor abate.
+
+--Por eso y por otra cosa--continuó Bettina,--mas para la otra cosa
+necesitamos nuestras carteras.
+
+--Aquí las tenéis, señorita--respondió Juan.
+
+--Esta es la mía.
+
+--Y esta otra la mía.
+
+Mientras las carteras pasaban de las manos del oficial a las de madama
+Scott y Bettina, el cura presentaba a Juan a las dos americanas, pero
+estaba aún tan conmovido, que la presentación no fue hecha en toda
+regla. El cura no olvidó más que una cosa; pero algo muy esencial en una
+presentación: el apellido de Juan.
+
+--Es Juan--dijo,--mi ahijado, subteniente del regimiento de artillería
+de guarnición en Souvigny; es de la casa.
+
+Juan hizo dos grandes cortesías, las americanas dos pequeñas, y
+comenzaron a buscar en sus bolsas, sacando cada una un rollo de mil
+francos, bonitamente encerrados en dos bolsitas verdes de piel de
+serpiente con anillos de oro.
+
+--Os traía esto para vuestros pobres, señor cura--dijo madama Scott.
+
+--Y yo esto otro--agregó Bettina.
+
+Con toda delicadeza deslizaron su ofrenda en la mano derecha e izquierda
+del anciano cura, y éste mirando alternativamente sus dos manos,
+pensaba:
+
+--¿Qué serán estas dos cosas? son muy pesadas; debe haber oro aquí
+dentro... Sí, pero ¿cuánto, cuánto?
+
+Sesenta y dos años contaba el abate Constantín, y mucho dinero había
+pasado por sus manos para no permanecer en ellas largo tiempo, es
+verdad; pero este dinero lo recibía por pequeñas cantidades y la
+sospecha de una ofrenda semejante no le cabía en la cabeza. ¡Dos mil
+francos! Jamás tuvo dos mil francos en su poder, ni mil siquiera.
+
+No sabiendo, pues, cuánto le daban, el cura no sabía cómo agradecer;
+balbuceaba:
+
+--Os doy muchísimas gracias, señora; sois demasiado buena, señorita.
+
+En fin, como no agradeciera lo bastante, Juan creyó deber intervenir.
+
+--Mi padrino, estas señoras acaban de daros dos mil francos.
+
+Entonces, presa de una gran emoción y agradecimiento, el cura exclamó:
+
+--¡Dos mil francos, dos mil francos para mis pobres!
+
+Paulina hizo bruscamente una nueva aparición.
+
+--¡Dos mil francos, dos mil francos!
+
+--Así parece... así parece... tomad, Paulina, guardad este dinero, y
+tened mucho cuidado con él...
+
+Muchas cosas era en la casa la vieja Paulina: sirvienta, cocinera,
+boticaria, tesorera. Sus manos recibieron, con respetuoso temor los dos
+paquetitos de oro que representaban tantas miserias aliviadas, tantos
+dolores disminuidos.
+
+--No es eso todo, señor cura--dijo madama Scott,--os daré quinientos
+francos todos los meses.
+
+--Y yo haré como mi hermana.
+
+--¡Mil francos por mes! pero entonces ya no habrá pobres en la comarca.
+
+--Es lo que deseamos. Soy rica, muy rica, y mi hermana también. Ella es
+más rica que yo, porque a una joven le cuesta más gastar mucho...
+¡mientras que yo! ¡ah, yo! ¡todo lo que puedo, gasto todo lo que puedo!
+Cuando se tiene mucho dinero, demasiado dinero, más de lo que es justo,
+decid, señor cura, ¿para hacérselo perdonar, hay otro medio que tener la
+mano siempre abierta y dar, dar, dar lo más y mejor posible? Además, vos
+también vais a darme algo.
+
+Y dirigiéndose a Paulina agregó:
+
+--¿Queréis tener la bondad de darme un vaso de agua fresca, señorita?
+No, nada más... un vaso de agua fresca, porque me muero de sed.
+
+--Y yo--dijo riendo Bettina, mientras Paulina corría en busca del vaso
+de agua,--yo me muero de otra cosa, me muero de hambre. Señor cura, voy
+a decir algo horriblemente indiscreto... Pero veo la mesa puesta y...
+¿No podríais invitarnos a comer?
+
+--¡Bettina!--dijo madama Scott.
+
+--Dejadme, Zuzie, dejadme en paz... ¿No es verdad que queréis, señor
+cura?
+
+Pero el anciano cura no encontraba nada que responder. No sabía lo que
+le pasaba. ¡Ellas tomaban por asalto el presbiterio, eran católicas! ¡Le
+traían dos mil francos; le ofrecían mil francos mensuales! y querían
+comer con él; ¡ah! ¡esto era el colmo! el terror lo paralizaba al pensar
+que tendría que hacer los honores de la pata de carnero y la crema a
+esas dos americanas locamente ricas que debían alimentarse de cosas
+extraordinarias, fantásticas, inusitadas, y sólo murmuraba:
+
+--¡A comer... a comer! ¿queríais quedaros a comer aquí?
+
+Juan intervino una vez más.
+
+--Mi padrino se consideraría demasiado feliz, si quisierais quedaros;
+pero comprendo lo que le inquieta... Debíamos comer los dos solos; no
+esperéis, pues, un festín, señoras. En fin, seréis indulgentes.
+
+--Sí, sí--respondió Bettina,--muy indulgentes.
+
+Luego, dirigiéndose a su hermana:
+
+--Vamos, Zuzie, no me pongáis mala cara porque he sido un poco... sabéis
+que acostumbro a ser un poco... Quedémonos, ¿queréis? Descansaremos
+pasando aquí una hora tranquilamente. Hemos hecho una jornada horrible,
+en el tren, en el carruaje, en medio del polvo, ¡y con un calor! ¡Nos
+sirvieron un almuerzo tan espantoso esta mañana en el hotel! y debíamos
+volver a comer allá a las siete, en el mismo hotel, para tomar en
+seguida el tren de París... Pero comer aquí será mucho mejor. Ya no
+decís que no. ¡Ah! ¡cuán buena sois, mi Zuzie!
+
+Besó a su hermana con mucha zalamería, y volviéndose al cura, dijo:
+
+--Si supierais, señor cura, cuán buena es.
+
+--¡Bettina, Bettina!
+
+--Vamos, Paulina--dijo Juan,--pronto, dos asientos más; yo te ayudaré.
+
+--Y yo también--exclamó Bettina,--yo también quiero ayudaros. ¡Oh! ¡esto
+me divertirá tanto! Pero, señor cura, permitidme hacer de cuenta que
+estoy en casa.
+
+Con prontitud se quitó su abrigo, y Juan pudo admirar, en su exquisita
+perfección, un cuerpo maravillosamente flexible y gracioso.
+
+Miss Percival, quitose en seguida el sombrero, pero con demasiada
+rapidez; pues fue la señal de un precioso desorden. Toda una avalancha
+de cabellos se escapó y esparció en torrentes, en largas cascadas sobre
+los hombros de Bettina, que se encontraba ante una ventana por donde
+penetraban los rayos del sol... y aquella luz radiante que daba de lleno
+sobre su cabellera de oro, ponía en un cuadro delicioso la espléndida
+belleza de la joven. Confusa y ruborizada, Bettina llamó en su ayuda a
+su hermana, que tuvo gran trabajo para volver a poner las cosas en
+orden.
+
+Cuando quedó así reparada la catástrofe nadie pudo impedir a Bettina que
+se precipitara sobre los platos, cuchillos y tenedores.
+
+--Pero, señor--le decía a Juan,--yo sé muy bien poner la mesa.
+Preguntadle a mi hermana... ¿Decid, Zuzie, cuando yo era chica en
+New-York, no ponía bien la mesa?
+
+--Sí, muy bien--respondió madama Scott.
+
+Y ella también, rogando al cura excusara la indiscreción de Bettina,
+quitose el sombrero y el abrigo; y Juan gozó una vez más del muy
+agradable espectáculo de un cuerpo precioso y admirables cabellos. Pero
+el desorden, y Juan lo sintió, no tuvo segunda edición.
+
+Algunos minutos después, madama Scott, miss Percival, el cura y el
+oficial, tomaban asiento alrededor de la mesa del presbiterio; luego,
+con mucha rapidez, gracias a la sorpresa y originalidad del encuentro,
+gracias, sobre todo, al buen humor y alegría algo audaz de Bettina, la
+conversación tomaba el giro de la más franca y cordial familiaridad.
+
+--Vais a ver, señor cura--dijo Bettina,--vais a ver cómo no he mentido,
+si no me moría realmente de hambre. Os prevengo que voy a devorar. Nunca
+me he sentado a la mesa con tanto gusto. ¡Esta comida terminará también
+la jornada! Estamos tan contentas mi hermana y yo, de ser dueñas del
+castillo, la granja, los bosques...
+
+--Y yo de poseer todo eso de una manera tan extraordinaria como
+imprevista. ¡No nos lo imaginábamos!
+
+--Ni lo soñábamos, Zuzie... Sabéis, señor cura, que ayer fue el
+cumpleaños de mi hermana... Pero primero, perdonad, señor... señor Juan,
+¿no es así?
+
+--Sí, señorita, así es.
+
+--¡Pues bien, señor Juan, servidme un poco más de esta excelente sopa,
+os lo ruego!
+
+El abate Constantín comenzaba a volver en sí, a tranquilizarse; pero,
+sin embargo, estaba aún demasiado conmovido para cumplir correctamente
+con sus deberes de dueño de casa; por eso Juan tomaba la dirección de la
+modesta comida de su padrino. Llenó hasta los bordes el plato de la
+preciosa americana, que fijaba resueltamente en él la mirada de dos
+grandes ojos en los que brillaba la franqueza, la osadía y el contento.
+
+Los ojos de Juan pagaban a miss Percival en la misma moneda. No hacía
+tres cuartos de hora que en el jardín del cura la joven americana y el
+joven oficial, se habían dirigido la palabra por primera vez, y los dos
+se sentían alegres, tenían plena confianza mutua, casi como camaradas.
+
+--Os decía, señor cura--continuó Bettina,--que ayer fue el santo de mi
+hermana, su cumpleaños. Mi cuñado partió forzosamente para América hará
+unos ocho días, y al partir dijo a mi hermana: «No estaré aquí para
+vuestro día, mas recibiréis noticias mías.»
+
+Ayer, pues, recibimos regalos y ramos de todas partes; pero de mi
+cuñado, hasta las cinco, nada... nada. Salimos a dar una vuelta a
+caballo por el bosque... y a propósito de caballo...
+
+Bettina se inclinó a un lado y miró con curiosidad las grandes botas de
+Juan, cubiertas de polvo.
+
+--Pero, señor, ¿usáis espuelas?
+
+--Sí, señorita.
+
+--¿Estáis en la caballería?
+
+--Estoy en la artillería, señorita, y la artillería es la caballería.
+
+--¿Y vuestro regimiento está de guarnición?...
+
+--Muy cerca de aquí.
+
+--¿Entonces saldréis a caballo con nosotras?
+
+--Convenido. ¿Veamos ahora en qué estaba?
+
+--No sabéis lo que decís, Bettina, y contáis a estos señores cosas que
+no pueden interesarles.
+
+--¡Oh! dispensad, señora--dijo el cura.--En toda la comarca no se trata
+por el momento más que de la venta de este castillo, y la narración de
+la señorita nos interesa mucho.
+
+--Ves, Zuzie, mi historia interesa mucho al señor cura. Continúo, pues.
+Salimos a caballo, volvimos a las siete, nada. Comimos, y en el momento
+que nos levantábamos de la mesa, llega un telegrama de América, dos
+líneas solamente: «He hecho comprar para vos, hoy el castillo de
+Longueval y sus dependencias, cerca de Souvigny, sobre la línea del
+Norte.» Entonces las dos fuimos presas de una risa loca al pensar...
+
+--No, no, Bettina, eso no es exacto. Nos calumniáis a las dos. Primero
+sentimos un movimiento de emoción y agradecimiento muy sincero. Nos
+gusta mucho el campo a mi hermana y a mí, y mi marido, que es excelente,
+sabía que deseábamos con ardor poseer algunas tierras en Francia, y
+desde hacía seis meses buscaba, sin encontrar, hasta que por último, sin
+decírnoslo, descubrió este castillo que se vendía precisamente el día de
+mi santo. Era una delicada atención de su parte.
+
+--Sí, Zuzie, tenéis razón; pero después del acceso de emoción, hubo uno
+grande de alegría.
+
+--Eso sí, lo reconozco. Cuando pensamos que bruscamente las dos éramos
+dueñas, pues lo que es de la una es de la otra, propietarias de un
+castillo, sin saber dónde se encontraba, cómo era, ni cuánto había
+costado; se asemejaba tanto a un cuento de hadas, que...
+
+--En fin, durante unos cinco minutos reímos de todo corazón. Luego nos
+arrojamos sobre un mapa de Francia, y no sin trabajo conseguimos
+descubrir a Souvigny. Después del atlas tomamos una guía de
+ferrocarriles, y esta mañana, por el tren de las diez, desembarcamos en
+Souvigny.
+
+--Todo el día lo empleamos en visitar el castillo, las caballerizas, los
+jardines. No hemos visto todo porque es inmenso; pero estamos encantadas
+de lo que hemos visto. No obstante, señor cura, hay algo que me intriga.
+Sé que la propiedad ha sido vendida públicamente: he visto por todo el
+camino los grandes avisos... Mas no me he atrevido a preguntar a las
+personas que me han acompañado hoy en mi paseo, pues mi ignorancia
+habría parecido extraordinaria, cuánto ha costado todo esto. Mi marido
+se olvidó de decírmelo en su telegrama. Desde que estoy encantada con la
+adquisición, esto no constituye más que un detalle, pero que no me
+disgustaría saber... Decid, señor cura, si lo sabéis, decidme el
+precio.
+
+--Un precio enorme--respondió el cura,--pues se agitaban muchas
+esperanzas y ambiciones en torno de Longueval.
+
+--¡Un precio enorme! me asustáis... ¿Cuánto, exactamente?
+
+--¡Tres millones!
+
+--¡Nada más!--exclamó madama Scott;--¿el castillo, las granjas, el
+bosque, todo por tres millones?
+
+--Pero es tirado--dijo Bettina.--Sólo el precioso río que pasea por el
+parque, vale los tres millones.
+
+--¿Y decíais, señor cura, que muchas personas nos disputaban las tierras
+y el castillo?
+
+--Sí, señora.
+
+--¿Y ante esas personas, después de la venta, se pronunció mi nombre?
+
+--Sí, señora.
+
+--¿Cuando lo pronunciaron, hubo alguien que me conociera, que hablara de
+mí?... sí... sí... Vuestro silencio me responde; hablaron de mí. Pues
+bien, señor cura, ahora que estoy seria, muy seria, os ruego, por
+favor, me repitáis lo que dijeron de mí.
+
+--Pero, señora--respondió el pobre cura, que estaba sobre
+ascuas,--hablaron de vuestra inmensa fortuna...
+
+--Sí, debieron hablar de eso; sin duda, dirían que era muy rica, de poco
+tiempo a esta parte... una _parvenue_, ¿no es así? Está bien, pero no es
+todo, debieron decir otras cosas.
+
+--No, no he oído nada...
+
+--¡Oh! señor cura, estáis cometiendo, por culpa mía, una mentira
+caritativa, como vos diríais... y os hago desgraciado, pues debéis ser
+la sinceridad en persona. Mas si os atormento así, es porque tengo
+grande interés en saber lo que se ha dicho, lo que...
+
+--¡Por Dios! señora--interrumpió Juan,--tenéis razón, han dicho otra
+cosa, y mi padrino no sabe cómo repetírosla; pero ya que lo exigís,
+dijeron que erais una de las más elegantes, de las más brillantes y de
+las más...
+
+--¿Y de las más lindas mujeres de París? Con alguna indulgencia han
+podido decirlo. Pero aun no es todo. Hay algo más...
+
+--¡Ah! ¿sí?
+
+--Sí, hay algo más, y yo quisiera tener con vosotros, una explicación
+bien clara y bien franca. No sé por qué me parece que he tenido buena
+estrella hoy; creo que ya sois en cierto modo mis amigos, y que un día
+lo seréis verdaderamente. Pues bien, decidme, si corren sobre mi persona
+historias absurdas y falsas, ¿no tendré razón de pensar que me ayudaréis
+a desmentirlas?
+
+--Sí, señora--respondió Juan con extrema vivacidad,--hacéis bien en
+pensarlo.
+
+--Pues a vos me dirijo, señor. Sois soldado, debéis tener valor;
+prometedme ser valiente; ¿me lo prometéis?
+
+--¿Qué entendéis, señora, por ser valiente?
+
+--Prometed, prometed, sin explicaciones, sin condiciones.
+
+--Está bien; lo prometo...
+
+--¿Vais a responder francamente, por sí o por no, a las preguntas que os
+dirija?
+
+--Responderé.
+
+--¿Os han dicho que yo mendigaba en las calles de New-York?
+
+--Sí, señora, me lo han dicho.
+
+--¿Y que había sido amazona de un circo ambulante?
+
+--Me lo han dicho, señora.
+
+--¡Sea enhorabuena! Esto se llama hablar. ¡Pues bien! notad primero, que
+en todo eso no habría nada deshonroso... Pero si no es cierto, ¿no tengo
+derecho para desmentirlo? Y os aseguro que no es cierto. Mi historia, os
+la referiré en pocas palabras, y si os la cuento así desde el primer
+día, es para que tengáis la bondad de repetirla a todos los que os
+hablen de mí... Pasaré una parte de mi vida en esta aldea, y deseo que
+sepan de dónde vengo y quién soy. Principio, pues. Pobre, sí, lo he
+sido, y muy pobre; hará de esto ocho años... Acababa de morir mi padre,
+siguiendo de muy cerca a mi madre. Yo contaba dieciocho años y Bettina
+nueve; quedábamos solas en el mundo, con fuertes deudas y un gran
+pleito. Las últimas palabras de mi padre fueron estas: «Zuzie, no hagas
+ninguna transacción en el pleito, nunca, nunca, nunca, y tendréis
+millones, hijas mías, ¡millones!» y nos besó a las dos, a Bettina y a
+mí... Lo acometió el delirio, y murió repitiendo: «¡Millones!» Al día
+siguiente, se presentó un procurador, ofreciéndome pagar todas las
+deudas y darme además diez mil dollars, si yo le transfería mis derechos
+al pleito. Se trataba de la posesión de una gran extensión de tierras en
+el Colorado. Rehusé. Entonces fue cuando, durante algunos meses,
+estuvimos muy pobres.
+
+--Y entonces era cuando yo ponía la mesa--dijo Bettina.
+
+--Pasaba mi vida en casa de los _Solicitors_ de New-York. Pero nadie
+quería hacerse cargo de mis intereses. En todas partes recibía la misma
+respuesta: «Vuestra causa es muy dudosa, tenéis adversarios ricos y
+temibles, se necesita dinero, mucho dinero, para llevar a cabo el
+pleito, y ya no os queda nada. Os ofrecen pagaros las deudas y diez mil
+dollars, aceptad, vended el pleito.»
+
+Pero yo conservaba siempre en el oído las últimas palabras de mi padre,
+y no aceptaba... Sin embargo, la miseria iba a obligarme, cuando un día
+fui a ver a uno de los amigos de mi padre, un banquero de New-York, M.
+William Scott, que no me recibió solo; junto a su escritorio estaba
+sentado un joven: «¡Podéis hablar, me dijo, es mi hijo Richard Scott!»
+Miro al joven, él me mira y nos reconocemos... «¡Zuzie!--¡Richard!» y
+nos tendemos la mano. El tenía veintitrés años y yo dieciocho, y muchas
+veces, cuando niños, habíamos jugado juntos, siendo entonces muy buenos
+amigos. Después, siete u ocho años antes de esto, él fue a terminar su
+educación en Francia e Inglaterra. Su padre me hizo sentar,
+preguntándome qué deseaba, y se lo dije. Me escuchó y respondió:
+«Necesitaríais veinte a treinta mil dollars, y nadie os prestará esa
+suma sobre las inciertas probabilidades de un pleito muy complicado;
+¡sería una locura! Si sois desgraciada, si necesitáis algún
+socorro...--No es eso lo que pide miss Percival, padre mío, dijo con
+viveza Richard.--Bien lo sé, pero lo que pretende es imposible...» Y se
+levantó para acompañarme... Entonces tuve un acceso de debilidad, el
+primero desde que era huérfana; hasta ese día había sido fuerte, pero
+sentía agotado mi valor. Sufrí un ataque de nervios y de lágrimas. Me
+repuse, al fin, y partí. Una hora después, Richard Scott estaba en mi
+casa. «Zuzie, me dijo, prometedme aceptar lo que voy a ofreceros,
+prometédmelo.» Yo le prometí. «Pues bien, con la sola condición de que
+mi padre no sepa nada, pongo a vuestra disposición la suma que
+necesitáis.--¡Pero vos no conocéis el pleito, y es preciso que sepáis lo
+que es, lo que vale!--No lo conozco absolutamente, ni quiero conocerlo.
+¿Qué mérito tendría mi proceder si tuviera la seguridad de cobrar mi
+dinero? Además, os habéis comprometido a aceptar, y no podéis rehusar.»
+Se me ofrecía con tanta sencillez, con tanta franqueza, que acepté. Tres
+meses después ganamos el pleito, y por los terrenos que, ya sin
+apelación posible, eran propiedad de las dos, nos ofrecían cinco
+millones. Fui a consultar a Richard. «Rehusad, y esperad; si os ofrecen
+esa suma, es porque los terrenos valen el doble.--Pero es preciso que os
+devuelva vuestro dinero, os debo mucho, mucho dinero.--¡Oh! por eso no,
+más tarde, no tengo apuro, ahora estoy muy tranquilo! mi crédito no
+corre ningún peligro.--Pero quisiera pagaros ahora mismo; ¡odio las
+deudas!... Existe un medio, quizá, sin vender los terrenos... Richard,
+¿queréis ser mi marido?» Sí, señor cura--dijo madama Scott, riendo,--fui
+yo quien salí al encuentro de mi marido: yo quien le pidió su mano; esto
+lo podéis decir a todo el mundo, porque es la verdad. Por otra parte, me
+veía obligada a hacerlo así, pues nunca, ¡oh! estoy tan segura, nunca
+habría hablado él primero. Yo era demasiado rica, y como él me amaba a
+mí y no a mi dinero, mi dinero le causaba horror. Tal es la historia de
+mi casamiento.
+
+En cuanto a la historia de mi fortuna, os la diré en pocas palabras.
+Existían realmente millones en esos terrenos del Colorado, pues se
+descubrieron abundantes minas de plata, de las que sacamos todos los
+años una renta asombrosa. Pero estamos de acuerdo, mi marido, mi hermana
+y yo, en separar de estas rentas una gran parte para los pobres. Ya lo
+veis, señor cura... porque nosotras también hemos conocido días
+crueles, porque Bettina recuerda haber puesto la mesa en nuestro pequeño
+comedor de un quinto piso en New-York, nos encontraréis siempre prontas
+a socorrer a los que están, como estuvimos nosotras, en presencia de las
+dificultades y los dolores de la vida... Y ahora, señor Juan, ¿queréis
+perdonarme mi largo discurso y ofrecerme un poco de esa crema que parece
+excelente?
+
+Mientras Juan se apresuraba a servir a madama, Scott, ésta continuó:
+
+--No lo he dicho todo aún. Es preciso que sepáis de dónde nacen estas
+historias extravagantes. Cuando vinimos a establecernos en París, hace
+un año, creímos deber dar desde nuestra llegada, cierta suma para los
+pobres. ¿Quién habló de ésto? No fuimos nosotras, seguramente; pero la
+historia salió en un diario con la cifra, y en el acto dos jóvenes
+reporters acudieron a hacer sufrir un interrogatorio sobre su pasado a
+M. Scott, pues querían escribir sobre nosotros una crónica en sus
+diarios. M. Scott es a veces algo vivo, y ese día lo fue bastante,
+despidiendo bruscamente a esos señores sin decirles nada. Entonces, no
+sabiendo nuestra verdadera historia, inventaron una a su antojo. El
+primero contó que yo había mendigado en las calles de New-York, y el
+segundo, al día siguiente, para publicar algo que causara más sensación,
+me hizo atravesar circunferencias de papel en un circo de Filadelfia.
+Tenéis en Francia unos diarios muy originales; verdad es que en América
+no lo son menos.
+
+Cinco minutos harían que Paulina dirigía al cura señas desesperadas; que
+éste se obstinaba en no comprender, tanto, que la pobre mujer, reuniendo
+todo su valor, dijo al fin:
+
+--Señor cura, son las siete y cuarto.
+
+--¡Las siete y cuarto! ¡Oh! señoras, dispensadme, pero esta tarde tengo
+que rezar el oficio del mes de María.
+
+--¿El mes de María va a principiar en seguida?
+
+--Sí, en seguida.
+
+--¿Y a qué hora exacta parte el tren de París?
+
+--A las nueve y media--respondió Juan,--y emplearéis quince a veinte
+minutos, para llegar a la estación, en carruaje.
+
+--Entonces, Zuzie, podemos ir a la iglesia.
+
+--Vamos--respondió madama Scott,--pero antes de separarnos, señor cura,
+tengo que pediros un servicio. Quiero que vayáis a comer con nosotras,
+la primera vez que vengamos a Longueval, y vos también, señor... los
+cuatro solos, como hoy. ¡Oh! no rehuséis, tengo tanto gusto en
+invitaros.
+
+--Y nosotros más en aceptar, señora--respondió Juan.
+
+--Os escribiré anunciándoos el día. Vendré lo más pronto posible, para
+que estrenemos juntos el castillo.
+
+Entretanto, Paulina, en un rincón de la pieza hablaba con mucha
+animación y misterio con miss Percival. Su conversación terminó con
+estas palabras:
+
+--¿Vos estaréis allí?--decía Bettina.
+
+--Sí, estaré.
+
+--¿Y me diréis en qué momento?
+
+--Os lo diré, pero cuidado... ahí viene el señor cura, y es preciso que
+ni sospeche...
+
+Las dos hermanas, el cura y Juan salieron de la casa, y tuvieron que
+atravesar el cementerio para ir a la iglesia. La tarde era deliciosa.
+Lenta y silenciosamente los cuatro, bajo los rayos del sol poniente,
+caminaban por la avenida.
+
+En el camino se encontraba el monumento del doctor Reynaud, muy
+sencillo, pero, sin embargo, por sus proporciones se distinguía de las
+demás tumbas. Madama Scott y Bettina se detuvieron al ver esta
+inscripción grabada sobre la piedra:
+
+_Aquí yace el doctor Marcelo Reynaud, cirujano mayor de los movilizados
+de Souvigny, muerto el 8 de enero de 1871, en la batalla de
+Villersexel. Rogad por él._
+
+Cuando concluyeron de leer, el cura designando a Juan, les dijo:
+
+--¡Era su padre!
+
+Entonces las dos mujeres se aproximaron a la tumba y con la cabeza
+inclinada, permanecieron allí durante algunos instantes pensativas,
+conmovidas, recogidas. Luego, volviéndose las dos al mismo tiempo, con
+el mismo movimiento tendieron la mano al joven oficial, y continuaron su
+marcha hacia la iglesia. El padre de Juan había obtenido su primera
+plegaria en Longueval.
+
+El cura se fue a poner su sobrepelliz y su estola.
+
+Juan condujo a madama Scott al banco reservado, desde siglos atrás, a
+las dueñas de Longueval. Paulina tomó la delantera y esperó a Bettina a
+la sombra de un pilar de la iglesia, para hacerla subir por una escalera
+estrecha y empinada, e instalarla ante el armonium.
+
+Precedido de los monaguillos, el viejo cura salió de la sacristía, y en
+el instante en que se arrodillaba sobre las gradas del altar:
+
+--Ahora es el momento, señorita--dijo Paulina, cuyo corazón latía de
+impaciencia.--¡Pobre viejo, qué contento se va a poner!
+
+Cuando oyó el canto del órgano que se elevaba suavemente, como un
+murmullo esparciéndose por toda la iglesia, el abate Constantín se
+sintió tan conmovido, tan contento, que los ojos se le llenaron de
+lágrimas. No recordaba haber llorado desde el día que Juan le dijo que
+quería repartir su patrimonio con la madre y la hermana de los que
+cayeron al lado de su padre bajo las balas alemanas.
+
+Para hacer brotar lágrimas aún de los ojos del anciano sacerdote, fue
+preciso que una joven americana cruzara los mares y viniera a ejecutar
+una _rêverie_ de Chopín, en la iglesia de Longueval.
+
+Al día siguiente, a las cinco y media de la mañana, tocaban botasilla en
+el patio del cuartel. Juan montaba a caballo y tomaba el mando de su
+batería. A fines del mes de mayo todos los reclutas del regimiento están
+instruidos, y son capaces de formar parte de las evoluciones en
+conjunto, y casi todos los días se ejecutan en el polígono maniobras de
+baterías organizadas.
+
+Juan tenía mucha afición por su carrera y acostumbraba a vigilar
+cuidadosamente los tiros y guarniciones de las piezas, el equipo y
+apostura de sus hombres; pero esa mañana prestó poca atención a los
+pequeños detalles del servicio.
+
+Un problema lo agitaba, lo atormentaba, lo dejaba indeciso, y este
+problema era de aquellos cuya solución no se aprende en la escuela
+politécnica. Juan no encontraba respuesta categórica a esta pregunta:
+
+--¿Cuál de las dos es más linda?
+
+En el polígono, durante la primera parte de la maniobra, cada batería
+trabajaba por su cuenta, bajo las órdenes del capitán, que muchas veces
+cede su puesto a uno de los tenientes, para habituarlos a la dirección
+de las seis piezas. Aquel día precisamente, desde el principio de la
+maniobra, se le confió el mando a Juan: mas con gran sorpresa del
+capitán, que tenía a su teniente por un oficial muy instruido, muy capaz
+y muy hábil, las cosas salieron todas al revés. Juan indicó dos o tres
+movimientos falsos; no supo mantener ni rectificar las distancias; las
+piezas se encontraron varias veces en contacto, hasta que el capitán
+tuvo que intervenir, dirigiendo a Juan una pequeña reprimenda terminada
+por estas palabras:
+
+--No lo comprendo. ¿Qué tenéis hoy? Es la primera vez que esto os
+sucede.
+
+También era la primera vez que Juan, en el polígono de Souvigny, veía
+otra cosa que cañones y trenes, tiros y conductores. En las oleadas de
+polvo levantadas por las ruedas y las patas de los caballos, Juan veía,
+no la segunda batería montada del 9.º de artillería, sino la imagen
+distinta de las dos americanas de ojos negros y cabellos de oro. Y en el
+momento en que recibía el merecido sermón de su capitán, Juan se decía:
+
+--¡La más linda es madama Scott!
+
+La maniobra se divide todas las mañanas en dos partes, con intervalo de
+diez minutos, durante los cuales los oficiales se reúnen a conversar.
+Juan se mantuvo separado, solo, con los recuerdos de la víspera. Su
+pensamiento lo atraía con obstinación hacia el presbiterio de
+Longueval... Sí, la más linda de las dos era madama Scott. Miss Percival
+era una criatura. Volvía a ver a madama Scott en la mesa del cura; oía
+aquella historia contada con tanta franqueza, tanta naturalidad, y la
+armonía algo extraña de su voz particular y penetrante encantaba aún su
+oído. Volvía a encontrarse en la iglesia, y ella estaba allí, ante él,
+inclinada sobre su reclinatorio con su linda cabeza encerrada en sus dos
+pequeñas manos. Luego principiaba a sonar el órgano, y allá en la
+sombra, a lo lejos, vagamente, Juan divisaba la elegante y fina silueta
+de Bettina.
+
+¡Una niña, no era más que una niña! Las trompetas llamaron y comenzó de
+nuevo la maniobra. Felizmente, esta vez ya no tenía el mando ni la
+responsabilidad. Las cuatro baterías ejecutaban evoluciones de conjunto.
+Veíase girar en todos sentidos a aquella enorme masa de hombres,
+caballos, cañones, ora desplegada en una sola línea de batalla, ora
+reunida en un grupo compacto, todo se detenía al mismo tiempo, de un
+solo golpe, sobre toda la extensión del polígono. Los conductores
+saltaban de sus caballos, corrían a la pieza, la desprendían del tren
+delantero que se alejaba al trote, y la disponían a hacer fuego con
+sorprendente rapidez. Luego volvían los tiros, los conductores
+enganchaban las piezas, montaban con presteza y el regimiento se lanzaba
+a gran trote a través de los campos de maniobras.
+
+Poco a poco, Bettina recobraba la ventaja sobre madama Scott, en el
+pensamiento de Juan. Aparecíasele risueña y ruborosa, en medio de las
+olas de oro de sus cabellos sueltos. _Señor Juan_... ella lo había
+llamado _señor Juan_... y nunca su nombre le pareció tan lindo. ¡Y los
+últimos apretones de manos al partir, antes de subir al carruaje!...
+Miss Percival había estrechado más que madama Scott, un poco más,
+seguramente. Habíase quitado los guantes para tocar el órgano, y Juan
+sentía aún el contacto de aquella pequeña mano desnuda que vino a
+posarse fresca y suave en su gran manaza de artillero.
+
+--Me engañaba hace un momentose decía Juan,--la más linda es miss
+Percival.
+
+La maniobra había terminado. Las baterías se colocaron una detrás de
+otra con cortos intervalos, perfectamente alineadas las piezas, y el
+desfile tuvo lugar al gran trote con un ruido atronador y en medio de un
+huracán de polvo. Cuando Juan, sable en mano, pasó ante el coronel, las
+dos imágenes de las dos hermanas, se reunían, se confundían tan bien en
+sus recuerdos, que entraban y desaparecían, por decirlo así, una en la
+otra, formando una sola y misma persona. Todo paralelo se hacía
+imposible, gracias a esta singular confusión de los dos términos de
+comparación.
+
+Madama Scott y miss Percival permanecieron así inseparables en el
+pensamiento de Juan hasta el día en que le fue dado el placer de
+volverlas a ver. La impresión de este brusco encuentro no se borró;
+persistió muy viva y muy dulce, hasta el punto de sentirse Juan agitado
+e inquieto.
+
+--¿Habré cometido--pensaba,--el desatino de enamorarme locamente a
+primera vista? Pero no, uno se enamora de una mujer, y no de dos mujeres
+a la vez.
+
+Esta reflexión lo tranquilizaba. Muy joven era este muchachón de
+veinticuatro años. Nunca el amor había penetrado plena, franca y
+abiertamente en su corazón. Sólo conocía el amor por las novelas ¡y
+había leído tan pocas! No era, sin embargo, un ángel; encontraba bonitas
+y graciosas a las muchachas de Souvigny, y cuando le permitían que les
+dijera frases amables, las decía con gusto, pero en cuanto a tomar por
+amor fantasías pasajeras, que no dejaban en su corazón la más leve o
+superficial agitación, nunca lo había pensado.
+
+Pablo de Lavardens poseía maravillosas facultades de entusiasmo e
+idealización. Su corazón alojaba siempre tres o cuatro grandes pasiones
+que vivían allí fraternalmente y en buena armonía. Tenía el talento de
+encontrar siempre, en esa aldea de quince mil almas, una cantidad de
+lindas jóvenes, nacidas para ser adoradas. Perpetuamente creía descubrir
+la América cuando no hacía más que volverla a encontrar.
+
+Juan apenas había entrevisto el mundo. Se había dejado llevar por Pablo,
+una docena de veces quizá, a veladas y bailes en los castillos vecinos,
+de donde traía siempre una impresión de malestar y fastidio. Y de ahí
+dedujo que esos placeres no se hicieron para él.
+
+Sus gustos eran serios y sencillos; amaba la soledad, el trabajo, los
+largos paseos, los grandes espacios, los caballos y los libros. Adoraba
+su aldea y todos los viejos testigos de su infancia que le hablaban de
+otros tiempos. Una cuadrilla en un salón le causaba invencible terror;
+mas todos los años, para la fiesta de Longueval, bailaba de buen grado
+con las aldeanas de la comarca.
+
+Si hubiera visto a madama Scott y miss Percival en su casa de París, en
+medio de todos los esplendores del lujo, en todo el brillo de su
+elegancia, las habría mirado de lejos, con curiosidad, como preciosos
+objetos de arte; luego habría vuelto a su casa y dormido, como de
+costumbre, lo más tranquila y apaciblemente del mundo.
+
+Sí; mas no había sucedido así, y de ahí nacía su asombro, su turbación.
+Aquellas dos mujeres se le presentaron, por la más grande casualidad, en
+un medio que le era familiar y por lo mismo les fue singularmente
+favorable. Sencillas, buenas, francas, cordiales, tales se le mostraron
+desde el primer día. Y para colmo, deliciosamente bellas, lo que nunca
+está demás. Juan se sintió en el acto bajo la influencia del encanto, y
+todavía lo estaba.
+
+En momentos que él bajaba del caballo a las nueve de la mañana, en el
+patio del cuartel, el abate Constantín se ponía alegremente en campaña.
+La cabeza del buen anciano ardía desde la víspera; Juan no había dormido
+mucho, pero el pobre cura no había dormido nada.
+
+Muy temprano se levantó, y a puerta cerrada, solo con Paulina, contó y
+recontó su dinero, extendiendo sobre la mesa sus cien luises, y gozando
+como un avaro en hacerlos sonar. ¡Suyo, todo aquello era suyo! es decir,
+de los pobres.
+
+--No os apuréis tanto, señor cura--decía Paulina;--sed económico; creo
+que distribuyendo hoy unos cien francos...
+
+--No es bastante, Paulina, no es bastante. No tendré otro día como éste
+en mi vida, pero lo habré tenido. ¿Sabéis cuánto daré hoy, Paulina?
+
+--¿Cuánto, señor cura?
+
+--¡Mil francos!
+
+--¡Mil francos!
+
+Sí, ahora somos millonarios; poseemos todos los tesoros de la América,
+¿y me pondría a hacer economías? Hoy no, no tengo derecho a ello.
+
+Dicha la misa, a las nueve, salió y hubo una verdadera lluvia de oro a
+su paso.
+
+Todos tuvieron su parte, los pobres que confesaban su miseria y los que
+la ocultaban, yendo cada limosna acompañada del mismo pequeño discurso.
+
+--Esto proviene de los nuevos dueños de Longueval: dos americanas,
+madama Scott y miss Percival. Retened bien sus nombres y rogad por ellas
+esta noche.
+
+Luego, se escapaba, sin esperar las gracias; a través de los campos, a
+través de los bosques, de casa en casa, de cabaña en cabaña, andaba,
+andaba, andaba... Una especie de embriaguez le subía al cerebro. Por
+todos lados en su camino oía gritos de alegría y asombro. Todos aquellos
+luises de oro caían como por encanto, en aquellas pobres manos
+habituadas a recibir pequeñas monedas de plata. El cura hizo locuras,
+verdaderas locuras; se había lanzado, y no podía contenerse. Daba hasta
+a aquellos que no pedían nada.
+
+Encontró a Claudio Rigal, antiguo sargento que dejó un brazo en
+Sebastopol, algo agobiado ya y con la cabeza gris, pues el tiempo pasa,
+y los soldados de Crimea pronto serán ancianos, y le dijo:
+
+--Tomad, ahí tenéis veinte francos.
+
+--¡Veinte francos! pero yo no pido nada, no necesito nada. Tengo mi
+pensión.
+
+¡Su pensión!... ¡setecientos francos al año!
+
+--Pues bien--respondió el cura,--será para cigarros, pero escuchad bien:
+esto viene de América...
+
+Y comenzaba de nuevo el panegírico de los dueños de Longueval.
+
+Entró en casa de una buena mujer, cuyo hijo había partido el mes
+anterior para Túnez.
+
+--Y bien, ¿cómo está vuestro hijo?
+
+--Bueno, señor cura, ayer recibí una carta suya. Está bueno, no se
+queja, sólo dice que no hay Kroumirs allá... ¡Pobre muchacho! yo he
+hecho algunas economías este mes, y podré enviarle diez francos.
+
+--Le enviaréis treinta... Tomad...
+
+--¡Veinte francos! ¡señor cura, me dais veinte francos!
+
+--Sí, os los doy...
+
+--¿Para mi hijo?
+
+--Para vuestro hijo... Pero oídme bien, es preciso que sepáis de dónde
+viene esto, y acordaos de decírselo a vuestro hijo cuando le escribáis.
+
+El cura, por la vigésima vez, repitió su discurso sobre madama Scott y
+miss Percival. A las seis volvió a su casa, muerto de fatiga, pero con
+la alegría en el corazón.
+
+--¡Lo he dado todo!--exclamó, apenas divisó a Paulina,--¡todo, todo!
+
+Comió y se fue al mes de María; mas en el momento en que subía al altar,
+el armonium permaneció mudo. Miss Percival no se hallaba ya allí.
+
+La joven organista de la víspera estaba en aquel momento muy perpleja.
+Sobre los dos divanes de su cuarto de vestir, se ostentaban dos
+preciosos trajes, uno blanco, y azul el otro. Bettina se preguntaba cuál
+de los dos se pondría para ir esa noche a la Opera. Encontraba
+deliciosos los dos; pero tenía que elegir, no podía ponerse más que uno.
+Después de largas vacilaciones se decidió por el blanco.
+
+A las nueve y media las dos hermanas subían la gran escalera de la
+Opera. Cuando entraron a su palco, el telón se levantaba sobre el
+segundo cuadro del segundo acto de _Aida_, el acto del baile y de la
+marcha.
+
+Dos jóvenes, Rogerio de Puymartin y Luis de Martillet, se hallaban
+sentados en primera fila en un palco bajo. Las señoritas del cuerpo de
+baile no estaban aún en la escena, y estos señores desocupados se
+entretenían en mirar la sala. La aparición de miss Percival causó a los
+dos una impresión muy viva.
+
+--¡Ah, ah!--dijo Puymartin,--ahí está el pequeño lingote de oro.
+
+Los dos dirigieron sus anteojos sobre Bettina.
+
+--Está deslumbrador esta noche, el lingote de oro--continuó
+Martillet.--Mira, pues, la línea del cuello... los hombros... tan joven
+y ya tan mujer.
+
+--Sí, está preciosa, y alegre también, mira...
+
+--¡Quince millones, según parece, quince millones de ella sola, y la
+mina de plata que continúan explotando!
+
+--Berulle me dijo veinticinco millones... y Berulle está muy al
+corriente de las cosas de América.
+
+--¡Veinticinco millones! ¡Un buen bocado para Romanelli!
+
+--¡Cómo! ¿Romanelli?
+
+--Se corre que se casa con ella, que ya está decidido el matrimonio.
+
+--Matrimonio decidido, sea; pero con Montessan, no con Romanelli...
+¡Ah, al fin principia el baile!
+
+Cesaron de hablar. El baile de _Aida_ no dura más que cinco minutos y
+ellos sólo iban al teatro por esos cinco minutos; de manera que les
+importaba gozarlos religiosa y respetuosamente; pues existe esta
+particularidad en ciertos abonados a la Opera, que charlan como loros
+cuando deberían callar y escuchar, y por el contrario observan un
+admirable silencio cuando les sería permitido conversar mirando.
+
+Las trompetas heroicas de _Aida_ arrojaron su último sonido en honor de
+Ramadés, y ante las grandes esfinges, bajo las verdes hojas de las
+palmeras, se adelantaban chispeantes las bailarinas a tomar posesión de
+la escena.
+
+Madama Scott, con mucha atención y placer seguía las evoluciones del
+baile; pero Bettina se había quedado pensativa al divisar en un palco de
+enfrente a un joven alto y moreno. Miss Percival se hablaba a sí misma:
+¿Qué hacer? ¿qué decidir? ¿deberé casarme con ese joven que está
+enfrente y me mira?... pues es a mí a quien mira... Dentro de un
+momento, en el entreacto, vendrá y no tendría más que decirle: «¡Está
+bien! he aquí mi mano... Seré vuestra esposa.» ¡Y así lo haría!
+¡Princesa, yo sería Princesa, Princesa Romanelli! ¡Princesa Bettina!
+¡Bettina Romanelli! Queda bien, suena muy bien al oído: «La señora
+Princesa está servida. ¿La señora Princesa montará a caballo hoy?...»
+¿Me divertiría siendo Princesa? Sí y no... Entre todos los jóvenes que
+desde hace un año en París corren tras mi fortuna, este Príncipe
+Romanelli es hasta ahora lo mejor... Preciso será, que uno de estos días
+me decida a casarme... Creo que me ama... Sí, ¿pero acaso lo amo? No, no
+lo creo... ¡y me gustaría tanto amar!... ¡Oh, sí, me gustaría tanto!...
+
+A la misma hora en que estas reflexiones cruzaban por la linda cabeza de
+Bettina, Juan, solo en su gabinete de estudio, sentado ante el
+escritorio con un gran libro bajo la pantalla de la lámpara, repasaba,
+tomando notas, la historia de las campañas de Turena. Al día siguiente
+debía dar clase a sus subalternos en el regimiento, y con toda prudencia
+preparaba su lección.
+
+Pero de repente, en medio de sus notas: Nördlingen, 1645; las Dunes,
+1658; Mülhausen y Türckheim, 1674-1675, vio un croquis... Juan no
+dibujaba mal. Un retrato de mujer vino a colocarse por sí solo bajo su
+pluma. ¿Qué venía a hacer allí en medio de las victorias de Turena,
+aquella buena mujercita? ¿Y cuál de las dos era?... ¿Madama Scott o miss
+Percival? ¿Cómo saberlo?... ¡Se parecían tanto! Y Juan, penosa,
+trabajosamente, volvía a la historia de las campañas de Turena.
+
+En el mismo momento también, el abate Constantín, de rodillas ante su
+camita de nogal, con todo el fervor de su alma, pedía las gracias del
+Cielo para las dos mujeres que le hicieron pasar el día más feliz de su
+vida. Rogaba a Dios bendijera a madama Scott en sus hijos, y diera a
+miss Percival un marido, según su corazón.
+
+
+
+
+IV
+
+
+Antes, París pertenecía a los parisienses, y este antes no está muy
+lejos de nosotros, treinta o cuarenta años apenas. Los franceses, en
+esta época, eran dueños de París, como los ingleses lo son de Londres,
+los españoles de Madrid y los rusos de San Petersburgo. Pasaron esos
+tiempos. Los otros países tienen aún fronteras, pero la Francia ya no
+las tiene. París se ha convertido en una inmensa torre de Babel, una
+ciudad internacional y universal. Los extranjeros no sólo vienen a
+visitar París, sino también a vivir en él.
+
+Tenemos ahora en París una colonia rusa, una colonia española, una
+colonia levantina, una colonia americana, y estas colonias poseen cada
+una sus iglesias, sus banqueros, sus médicos, sus diarios, sus pastores,
+sus pobres y sus dentistas. Los extranjeros han conquistado ya sobre
+nosotros la mayor parte de los Campos Elíseos y del bulevar Malesherbes;
+ellos avanzan, se extienden; nosotros retrocedemos, rechazados por la
+invasión, y nos vemos obligados a expatriarnos. Vamos a fundar colonias
+parisienses en la llanura de Passy, en la llanura de Monceau, en los
+barrios que antes no eran absolutamente París, y que aun hoy no lo son
+del todo.
+
+Entre estas colonias extranjeras, la más numerosa, la más rica, la más
+brillante, es la colonia americana. Llega un momento en que el americano
+se siente bastante rico; el francés, jamás tiene bastante. El americano
+se detiene entonces, respira un poco, y cuidando el capital, no cuenta
+ya la renta, pues sabe gastarla; el francés no sabe más que ahorrar.
+
+El francés sólo tiene un lujo verdadero: sus revoluciones. Prudente y
+cautelosamente se reserva para ellas, sabiendo que costarán muy caro a
+la Francia, pero al mismo tiempo darán ocasión a muy ventajosos empleos.
+El presupuesto de nuestro país es un grande empréstito, perpetuamente
+abierto. El francés dice:
+
+--¡Atesoremos, atesoremos! Una de estas mañanas estallará una revolución
+que hará caer el cinco por ciento a cincuenta o sesenta francos, y
+entonces compraré. Puesto que las revoluciones son inevitables,
+procuremos al menos sacar algún provecho de ellas.
+
+Sin cesar se habla de la gente arruinada por las revoluciones, y quizá
+es mayor el número de las personas enriquecidas por las revoluciones.
+
+Los americanos sufren fuertemente la atracción de París. No existe en el
+mundo otra ciudad en que sea tan agradable y tan fácil gastar el dinero.
+Por razones de raza y origen, esta atracción se ejercía sobre madama
+Scott y miss Percival de una manera extraordinaria.
+
+La más francesa de nuestras colonias, es el Canadá, que ya no nos
+pertenece. El recuerdo de la primera patria ha subsistido profunda y
+dulcemente en el corazón de los emigrados de Quebec y Montreal. Zuzie
+Percival recibió de su madre una educación muy francesa, y ella educó a
+su hermana en los mismos sentimientos de amor a nuestro país. Las dos
+hermanas se sentían enteramente francesas, más aún, parisienses.
+
+Apenas les cayó encima aquella avalancha de millones, el mismo deseo se
+apoderó de las dos: venir a vivir en París. Pidieron la Francia como se
+pide la patria. M. Scott opuso alguna resistencia.
+
+--Si yo no estoy aquí--decía,--y vengo sólo dos o tres meses del año a
+América, para vigilar nuestros intereses, las rentas disminuirán.
+
+--¡Qué importa!--respondía Zuzie,--somos ricos, demasiado ricos...
+Partamos, os ruego. ¡Estaremos tan contentas, seremos tan felices allá!
+
+M. Scott se dejó convencer, y Zuzie, en los primeros días de enero de
+1880, escribió la carta siguiente a su amiga Katie Norton, que desde
+hacía algunos años habitaba París:
+
+«¡Victoria, está decidido! Richard consiente. Llegaré en el mes de abril
+y volveré a ser francesa. Vos me ofrecisteis encargaros de todos los
+preparativos de nuestra instalación en París, y como soy horriblemente
+indiscreta, acepto.
+
+»Quiero, apenas ponga los pies en París, poder gozar de París, y no
+perder el primer mes en viajes a casa del tapicero, del carruajero y de
+los caballerizos. Desearía, al bajar del tren, encontrar en el patio de
+la estación, _mi_ carruaje, _mi_ cochero y _mis_ caballos, y que ese día
+nos acompañaseis a comer en _mi_ casa. Alquilad o comprad una casa,
+tomad criados, elegid carruajes, caballos, libreas. Confío enteramente
+en vos. Que las libreas sean azules, y nada más. Esta línea la agrego a
+pedido de Bettina, que por sobre mi hombro lee lo que escribo.
+
+»Sólo siete criados irán con nosotros a Francia; Richard lleva sus
+camareros; Bettina y yo las nuestras; las dos ayas de los niños, y
+además dos _boys_, Toby y Boby, que nos siguen a caballo y montan
+perfectamente. Son dos monadas; del mismo alto, la misma figura, y casi
+la misma cara; nunca encontraríamos en París dos grooms más iguales.
+
+»Todo lo demás, cosas y gente, queda en New-York. No, no todo lo demás,
+se me olvidaban los cuatro poneys, cuatro joyas, negros como tinta, con
+manchas blancas los cuatro en las cuatro patas; no tendríamos valor para
+separarnos de ellos. ¡Los atamos a un canasto y quedan preciosos!
+Bettina y yo los manejamos muy bien a los cuatro. ¿Puede una señora
+manejar, sin gran escándalo, por la mañana temprano, en el Bosque? Aquí
+se hace.
+
+»Sobre todo, mi querida Katie, no os fijéis en el dinero. Haced locuras,
+verdaderas locuras, es todo lo que os pido.»
+
+El día en que madama Norton recibía esta carta, corrió la noticia de la
+quiebra de cierto señor Garneville, gran especulador que no había tenido
+buen tacto, sintiendo la baja cuando debió sentir la alza. Seis semanas
+antes, este Garneville se había instalado en una gran casa toda recién
+amueblada, que no tenía más defecto que ser de una magnificencia
+demasiado violenta.
+
+Madama Norton firmó un contrato de alquiler, cien mil francos al año,
+con opción a comprar la casa y el mueblaje por dos millones en el primer
+año. Un tapicero de gran nombre se encargó de corregir y suavizar el
+desmedido lujo de un mueblaje chillón y extravagante.
+
+Hecho esto, la amiga de madama Scott tuvo la suerte de encontrar, desde
+el primer momento dos artistas eminentes, sin los cuales no podría
+fundarse ni funcionar una gran casa.
+
+Primero, un maestro cocinero de primer orden, que acababa de abandonar
+una antigua casa del faubourg Saint-Germain, con gran pesar, pues tenía
+sentimientos aristocráticos, y le costaba mucho ir a servir a algún
+burgués, o a extranjeros.
+
+--Nunca habría dejado a la señora Baronesa--dijo a madama Norton,--si la
+casa hubiera seguido en el mismo pie de lujo; pero la señora Baronesa
+tiene cuatro hijos, dos que han hecho locuras, y dos niñas que pronto
+serán casaderas, y deberá dotarlas. En fin, la señora Baronesa se ve
+obligada a estrecharse, y la casa no es bastante importante para mí.
+
+Este distinguido funcionario puso sus condiciones, y aunque excesivas,
+no asustaron a madama Norton, que sabía se trataba de un hombre de
+verdadero mérito; mas él, antes de decidirse, pidió permiso para
+telegrafiar a New-York pidiendo informes, y como la respuesta fuera
+favorable, aceptó.
+
+El segundo artista era un picador de rara y grande capacidad, que
+acababa de retirarse del servicio después de hecha su fortuna. Sin
+embargo, consintió en organizar las caballerizas de madama Scott, con la
+expresa condición de tener entera libertad para la adquisición de
+caballos, de no usar librea, de elegir a su gusto los cocheros, grooms y
+palafreneros; de no tener nunca menos de quince caballos disponibles, de
+que no harían ningún trato con el carruajero ni el talabartero sin su
+intervención, y que sólo subiría al pescante por la mañana, en traje
+particular, para dar lecciones a las señoras o los niños, si fuera
+necesario.
+
+El maestro tomó posesión de sus hornillas y el picador de sus
+caballerizas. Lo demás era únicamente cuestión de dinero, y madama
+Norton aprovechó sus plenos poderes, conformándose con las instrucciones
+recibidas. En el corto espacio de dos meses hizo verdaderos prodigios
+para que la instalación de los Scott, fuese completa y absolutamente
+irreprochable.
+
+Y el 15 de abril de 1880, M. Scott, Zuzie y Bettina bajaron del tren del
+Havre a las cuatro y media, en la estación Saint-Lazare, y encontraron a
+madama Norton, que les dijo:
+
+--Ahí tenéis vuestra calesa en el patio, y detrás de la calesa está el
+landó para los niños, y más allá un ómnibus para los criados, todos con
+vuestras iniciales, conducidos por vuestros cocheros y tirados por
+vuestros caballos. Vivís en el número 24 de la calle de Murillo, y aquí
+tenéis el _menú_ de vuestra comida de hoy. Me invitasteis hace dos
+meses, y acepté, tomándome la libertad de traeros unas quince personas
+más. Soy la proveedora de todo, hasta de los convidados. Pero
+tranquilizaos, a todos los conocéis, son nuestros amigos comunes... y
+desde esta noche podremos juzgar de los méritos de vuestro cocinero.
+
+Madama Norton entregó a madama Scott una linda tarjeta con filete de
+oro, que decía: _Menu du dîner du 15 Avril 1880_, y más abajo: _Consommé
+à la parisienne, truîtes saumonées à la russe_, etcétera.
+
+El primer parisiense que tuvo el honor y el placer de rendir homenaje a
+la belleza de madama Scott y miss Percival, fue un pequeño pinche de
+quince años que se encontraba allí, vestido de blanco, con su canasta de
+mimbres en la cabeza, en momentos en que el cochero de madama Scott,
+molestado por tanto carruaje, salía con dificultad del patio de la
+estación. El pinche se paró de golpe en la acera, abrió tamaños ojos,
+miró a las dos hermanas con aire de asombro y les lanzó valientemente al
+rostro esta simple palabra:
+
+--¡Cáspita!
+
+Cuando madama de Récamier vio venir las canas y las arrugas, decía a una
+de sus amigas:
+
+--¡Ah! querida mía, ya no me hago ninguna ilusión; desde el día en que
+los pequeños deshollinadores no se volvían en la calle para mirarme,
+comprendí que todo había concluido.
+
+La opinión de los pinches vale, en caso semejante, tanto como la de los
+deshollinadores... Todo no había concluido aún para Zuzie y Bettina, por
+el contrario, todo empezaba.
+
+Cinco minutos después, el carruaje de madama Scott subía por el bulevar
+Haussmann al trote lento y cadencioso de dos soberbios caballos; París
+contaba dos parisienses más.
+
+El éxito de madama Scott y miss Percival fue inmediato, decisivo, como
+un rayo. Las bellezas de París no están clasificadas y catalogadas como
+las bellezas de Londres; no hacen publicar sus retratos en los
+periódicos ilustrados, ni dejan vender sus fotografías en las
+papelerías!... Sin embargo, existe un pequeño estado mayor de una
+veintena de mujeres, que representan la gracia, la elegancia y la
+belleza parisienses, cuyas mujeres, después de diez o doce años de
+servicio, pasan al cuadro de reserva, ni más ni menos que los viejos
+generales.
+
+Zuzie y Bettina formaron en el acto parte de este pequeño estado mayor.
+Fue asunto de veinticuatro horas; ni tanto, pues esto sucedió entre las
+ocho de la mañana y las doce de la noche, al día siguiente de su llegada
+a París.
+
+Imaginaos una especie de ronda mágica en tres actos y cuyo éxito fuera
+creciendo de cuadro en cuadro:
+
+1.º Paseo a caballo por la mañana, a las diez, en el Bosque, con dos
+maravillosos _grooms_ traídos de América;
+
+2.º Paseo a pie, a las seis, en la avenida de las Acacias;
+
+3.º Aparición en la Opera, a eso de las diez, en el palco de madama
+Norton.
+
+Las dos extranjeras fueron inmediatamente notadas y apreciadas como
+merecían, por las treinta o cuarenta personas que constituyen una
+especie de tribunal misterioso, que sentencia a nombre de todo París, y
+cuyas sentencias son sin apelación. Estas treinta o cuarenta personas
+tienen de tiempo en tiempo el capricho de llamar _deliciosa_ a una mujer
+evidentemente fea, y es lo bastante para que desde ese día parezca
+_deliciosa_.
+
+La belleza de las dos hermanas no era discutible. Por la mañana
+admiraron su gracia, elegancia y distinción; a mediodía declararon que
+tenían el andar preciso y majestuoso de las jóvenes diosas, y por la
+noche, lanzaron un grito unánime sobre la ideal perfección de sus
+hombros. La partida había sido ganada. Desde entonces, todo París tuvo
+para las dos hermanas los ojos del pequeño pinche de la calle Amsterdam;
+todo París repitió su: _¡Cáspita!_ bien entendido, con las variantes y
+modificaciones impuestas por los usos de la sociedad.
+
+Los salones de madama Scott, se hicieron inmediatamente a la moda. Los
+visitantes a las tres o cuatro grandes casas americanas se transportaron
+en masa a casa de Scott, que recibió trescientas personas en su primer
+miércoles. Su círculo aumentó rápidamente; de todo había en su
+clientela: americanos, españoles, italianos, húngaros, rusos y hasta
+parisienses.
+
+Cuando contó su historia al abate Constantín, madama Scott no se lo dijo
+todo... nunca se cuenta todo. Ella sabía que era preciosa, le gustaba
+que la vieran, y no le disgustaba que se lo dijeran... En una palabra,
+era coqueta. Sin eso, ¿habría sido parisiense? M. Scott tenía en su
+mujer plena confianza y le dejaba entera libertad. El se presentaba poco
+en sociedad. Era un _galantuomo_ que se sentía vagamente molestado por
+haber hecho un casamiento semejante, por haberse casado con tanto
+dinero. Tenía vocación por los negocios, se complacía en consagrarse por
+completo a la administración de las dos enormes fortunas que tenía entre
+manos, en acrecentarlas sin cesar, y decir todos los años a su mujer y a
+su cuñada:
+
+--Sois más ricas que el año pasado...
+
+No sólo velaba con mucha prudencia y habilidad sobre los intereses que
+había dejado en América, sino que en Francia también se lanzó en grandes
+negocios, que llevó a cabo en París como en New-York con el mayor éxito.
+Para ganar dinero no hay nada mejor que no tener necesidad de ganarlo.
+
+Hiciéronle la corte a madama Scott, hiciéronsela enormemente... se la
+hicieron en francés, en inglés, en italiano, en español; pues conocía
+los cuatro idiomas... esta es otra ventaja que tienen las extranjeras
+sobre las parisienses, que generalmente no conocen más que la lengua
+materna y no tienen el recurso de las pasiones internacionales.
+
+Madama Scott no tomó un palo para echar de su casa a aquella gente. Tuvo
+a la vez diez, veinte, treinta adoradores; pero ninguno pudo jactarse de
+la más mínima preferencia, a todos opuso la misma resistencia amable,
+alegre, risueña... Claro era que se divertía en el juego, y no tomaba ni
+por un instante la partida a lo serio. Jugaba por placer, por honor, por
+amor al arte. M. Scott jamás manifestó la menor inquietud, y tenía
+perfecta razón para estar tranquilo... Más aún, gozaba con los triunfos
+de su mujer; era feliz al verla contenta. ¡La amaba tanto!... un poco
+más que ella a él, quizá.
+
+En cuanto a Bettina, formose a su alrededor una carrera fantástica, ¡una
+ronda infernal! ¡Semejante fortuna! ¡Y semejante belleza! Miss Percival
+llegó a París el 15 de abril, y no habían transcurrido quince días,
+cuando empezaron a llover los pretendientes. En el curso de este primer
+año, Bettina se entretuvo en llevar la cuenta con exactitud; en este
+primer año, habría podido, si hubiera querido, casarse treinta y cuatro
+veces... ¡Y qué variedad de pretendientes!
+
+Pidieron su mano para un joven desterrado que, mediante ciertas
+eventualidades, podía ser llamado a subir sobre un trono, pequeño, es
+verdad, pero que, sin embargo, era un trono.
+
+Pidieron su mano para un joven Duque, que haría una gran figura en la
+Corte, cuando la Francia, y esto era inevitable, reconociera sus errores
+y se inclinara ante sus legítimos señores.
+
+Pidieron su mano para un joven Príncipe que tendría su puesto sobre las
+gradas del trono, cuando la Francia, que esto era imprescindible,
+reanudara la cadena de las tradiciones napoleónicas.
+
+Pidieron su mano para un joven diputado republicano, que acababa de
+presentarse con mucho brillo en la Cámara, y a quien el porvenir
+reservaba los puestos más encumbrados, pues la República estaba ahora
+fundada en Francia sobre bases indestructibles.
+
+Pidieron su mano para un joven español de la más alta categoría, y le
+dieron a entender que la fiesta del contrato tendría lugar en el palacio
+de una Reina que no vive muy lejos del arco de la Estrella...
+Encuéntrase también su dirección en el almanaque Bottín... pues hay
+Reinas cuya dirección se halla en el Bottín, entre un notario y un
+herborista. Sólo los Reyes de Francia no habitan ya la Francia.
+
+Pidieron su mano para el hijo de un par de Inglaterra y para el hijo de
+un miembro de la Cámara de los señores de Viena; su mano para el hijo
+de un banquero de París, y para el hijo de un embajador de Rusia; su
+mano para un Conde húngaro, y para un Príncipe italiano... y también
+para muchos jóvenes que no eran nada, ni tenían nada, ni nombre, ni
+fortuna. Pero Bettina les había concedido una vuelta de vals, y
+creyéndose irresistibles, esperaban haber hecho latir su corazón.
+
+Mas hasta entonces nada había hecho latir aquel corazón, y la respuesta
+para todos era la misma:
+
+--¡No!... ¡no!... ¡Todavía no!... ¡Siempre no!
+
+Algunos días después de la representación de _Aida_, las dos hermanas
+habían tenido una larga conversación sobre la grave, la eterna cuestión
+del matrimonio. Madama Scott pronunció cierto nombre que provocó el
+rechazo más neto y más enérgico por parte de miss Percival.
+
+Y Zuzie, sonriendo, dijo a su hermana:
+
+--Sin embargo, Bettina, te verás obligada a acabar por casarte.
+
+--¡Sí, ciertamente!... ¡Pero me disgustaría tanto casarme sin amar!
+Paréceme que para resolverme a una cosa semejante, sería preciso que me
+viera en peligro inminente de morir solterona... ¡Y no he llegado a ese
+extremo todavía!
+
+--No, todavía no.
+
+--¡Esperemos, entonces, esperemos!
+
+--¡Esperemos!... Pero entre tanto pretendiente que anda tras de ti desde
+hace un año, hay muchos simpáticos, amables, y es verdaderamente extraño
+que ninguno de ellos...
+
+--¡Ninguno... mi Zuzie, absolutamente ninguno! ¿Por qué no os había de
+decir la verdad? ¿Es culpa de ellos? ¿Han sido poco inteligentes?
+¿Habrían podido con más habilidad encontrar el camino de mi corazón? ¿O
+será culpa mía? ¿Este camino será, quizá, un mal camino escarpado,
+rocalloso, inaccesible, y por donde nadie pasará nunca? ¿Seré, tal vez,
+una mala criatura, seca, fría y condenada a no amar jamás?
+
+--No lo creo...
+
+--Ni yo tampoco. ¡Pero no obstante, hasta ahora esa es mi historia! No,
+nunca he sentido nada que se asemeje al amor... Os reís... Y yo adivino
+por qué os reís... Pensáis: «Vean, pues, a esta niña que pretende saber
+lo que es amar.» Tenéis razón, no lo sé... pero lo imagino, ¿Amar, no es
+preferir a todos y a todo, cierta persona?
+
+--Sí, eso es.
+
+--¿Es no poder cansarse de oír y ver a esta persona? ¿Es cesar de vivir
+cuando ella no está presente, para revivir en el acto que reaparece?
+
+--¡Oh, oh, es un gran amor ese!
+
+--¡Pues bien, ese es el amor con que yo sueño!
+
+--¿Y es ese el amor que no llega?
+
+--Absolutamente... hasta ahora. Y, sin embargo, existe la persona que
+yo prefiero a todos y a todas... ¿Sabéis quién es?
+
+--No, no lo sé... pero lo imagino...
+
+--Sí, sois vos, mi querida, y quizá sois vos, mi mala hermana, quien me
+hace insensible y cruel hasta el extremo. Os quiero demasiado; con todo
+mi corazón. Lo ocupáis todo entero, no hay lugar para nadie más.
+¡Preferir a alguien! ¡amar a alguien más que a vos!... jamás lo
+conseguiré.
+
+--¡Oh, sí!...
+
+--¡Oh, no! Amar de otra manera... tal vez, pero más no. Que no cuente
+con eso el señor que espero y no llega.
+
+--No temáis nada, mi Betty; habrá lugar en vuestro corazón para todos
+aquellos a quienes debáis amar, para vuestro marido, para vuestros
+hijos, y eso sin que pierda nada vuestra vieja hermana... Es muy
+chiquito el corazón, y es muy grande al mismo tiempo.
+
+Bettina besó con cariño a su hermana; luego quedose con la cabeza
+apoyada amorosamente sobre el hombro de Zuzie.
+
+--Pero si estuvierais cansada de tenerme a vuestro lado, si tuvierais
+apuro de veros libre de mí, ¿sabéis lo que haría? Pondría en una
+canastilla el nombre de dos de estos señores, y tiraría a la suerte. Hay
+dos que, a decir verdad, no me serían absolutamente desagradables.
+
+--¿Cuáles son?
+
+--Adivinad...
+
+--El Príncipe Romanelli...
+
+--¡Y va uno! ¿El otro?...
+
+--M. de Montessan...
+
+--¡Y van dos! Eso es; sí, esos dos serían aceptables, pero nada, nada
+más que aceptables, y eso no basta.
+
+Por eso Bettina esperaba con impaciencia el día de la partida y la
+instalación en Longueval. Sentíase fatigada de tantos placeres, de
+tantos triunfos, de tantos pedidos matrimoniales. El torbellino
+parisiense la había tomado desde su llegada, para no soltarla más. Ni
+una hora de alto ni descanso. Sentía la necesidad de entregarse a sí
+misma, a solas durante algunos días, por lo menos, de consultarse,
+interrogarse a su gusto en la plena tranquilidad y soledad del campo,
+pertenecerse, en fin, tener un momento suyo.
+
+Por eso estaba tan alegre Bettina el 14 de junio, a mediodía, al subir
+al tren que debía conducirla a Longueval. Apenas se vio sola en el vagón
+con su hermana, exclamó:
+
+--¡Ah, cuán contenta estoy! Respiremos un poco. ¡Sola con vos durante
+diez días, qué suerte! pues los Norton y los Turner no vendrán hasta el
+25, ¿no es así?
+
+--Sí, el 25.
+
+--Pasaremos nuestra vida a caballo, en carruaje, por los campos y los
+bosques. ¡Diez días de libertad! ¡Y durante estos días no se presentará
+ningún pretendiente, ni uno solo! ¡Dios mío! todos estos pretendientes
+¿de qué estarán enamorados? ¿de mí o de mi dinero? Este es el misterio,
+el misterio impenetrable.
+
+La máquina silbó, el tren se movió lentamente. Una idea extravagante
+cruzó por la cabeza de Bettina, inclinose sobre la portezuela y exclamó,
+acompañando sus palabras con un pequeño saludo con la mano:
+
+--¡Adiós, mis pretendientes, adiós!
+
+Luego se echó bruscamente para atrás, presa de un acceso de risa
+nerviosa.
+
+--¡Ah, Zuzie, Zuzie!
+
+--¿Qué hay?
+
+--Un hombre con una bandera roja en la mano... me ha visto... ¡me ha
+oído!... ¡Y se ha quedado asombrado!...
+
+--¡Sois tan poco razonable!
+
+--Sí, es cierto, por haber gritado así por la portezuela; pero no por
+considerarme feliz al pensar que vamos a vivir solas las dos, en
+completa libertad.
+
+--¡Solas! No tan solas como os imagináis. Por lo pronto, hoy recibiremos
+dos personas a comer con nosotras.
+
+--¡Ah! es verdad, pero no me disgusta mucho volver a ver esas dos
+personas. Sí, me alegro de que volvamos a ver al viejo cura, y, sobre
+todo, al joven oficial...
+
+--¡Cómo! ¿sobre todo?
+
+--Seguramente... porque era tan conmovedor lo que el notario de Souvigny
+nos contó de él, el otro día, tan noble la acción del artillero cuando
+era niño, tan noble, tan noble, que yo buscaré esta noche la ocasión de
+decirle lo que pienso, y la encontraré!
+
+Luego Bettina cambió bruscamente el curso de la conversación.
+
+--¿Enviaron el telegrama a Edwards ayer para los poneys?
+
+--Sí; ayer antes de comer...
+
+--¡Oh! ¿me dejaréis manejarlos hasta el castillo? ¡me alegraré tanto de
+poder atravesar la ciudad y hacer una linda entrada al patio del
+castillo sin detenerme en la puerta!... decid... ¿querréis, verdad?
+
+--Sí, sí, convenido, conduciréis los poneys.
+
+--¡Ah, que buena sois, mi Zuzie!
+
+Edward era el picador. Había llegado hacía tres días al castillo para la
+instalación de las caballerizas y la organización del servicio. Dignose
+salir al encuentro de madama Scott y miss Percival, trayendo los cuatro
+poneys con el carruaje, y esperaba en el patio de la estación con
+numeroso acompañamiento. Puede decirse que todo Souvigny estaba allí. El
+paso de los poneys a través de la gran calle de la aldea había causado
+efecto; todos los habitantes se habían precipitado fuera de sus casas
+preguntándose con avidez:
+
+--¿Qué es eso; qué es eso?
+
+Algunas personas pensaban:
+
+--Un circo ambulante, quizá...
+
+Pero de todos lados exclamaban:
+
+--¿Habéis visto qué bien iban? El carruaje y las guarniciones brillaban
+como si fueran de oro, y los caballitos con sus rosas blancas a cada
+lado de la cabeza.
+
+La muchedumbre se había aglomerado en el patio de la estación, y allí
+supieron que tendrían el honor de asistir a la llegada de las
+castellanas de Longueval.
+
+Hubo cierto desencanto cuando las dos hermanas se presentaron muy
+lindas, pero muy sencillas con sus trajes de viaje.
+
+Aquellas buenas gentes esperaban ver aparecer dos princesas mágicas
+vestidas de seda y brocato, cubiertas de rubíes y brillantes. Pero
+abrieron tamaños ojos al ver a Bettina dar lentamente la vuelta
+alrededor de los cuatro poneys, acariciándolos uno después de otro,
+suavemente con la mano, y examinando con aire de suficiencia los
+detalles del tiro... No le disgustaba a Bettina, debemos confesarlo,
+hacer algún efecto sobre aquella multitud de paisanos azorados.
+
+Concluida la revista, Bettina, sin mucho apuro, quitose sus largos
+guantes de piel de Suecia, reemplazándolos por gruesos guantes de
+gamuza, sacados del bolsillo del carruaje. Luego se deslizó sobre el
+pescante en el asiento de Edwards, recibiendo de éste las riendas y el
+látigo con extrema destreza y sin que los caballos, muy excitados,
+tuviesen tiempo de apercibirse del cambio de mano. Madama Scott se sentó
+al lado de su hermana. Los poneys pateaban, bailaban, amenazaban
+encabritarse.
+
+--Cuidado, señorita--dijo Edwards;--los poneys están muy briosos hoy.
+
+--Ya los conozco--respondió Bettina;--no temáis.
+
+Miss Percival tenía la mano firme y suave a la vez, y muy segura.
+Contuvo a los poneys durante algunos instantes, obligándolos a estarse
+quietos en su lugar; luego, envolviendo a los delanteros con una doble y
+larga ondulación de su látigo, los hizo arrancar de un solo golpe, con
+incomparable destreza, y salió magistralmente del patio de la estación,
+en medio de un prolongado murmullo de asombro y admiración.
+
+El trote de los cuatro caballos sonaba sobre las piedras de Souvigny.
+Bettina, hasta la salida de la ciudad, les hizo marchar pausadamente,
+pero en cuanto vio ante sí dos kilómetros de camino llano, sin subida ni
+bajada, dejó los poneys ponerse progresivamente a gran trote... y
+llevaban un trote infernal.
+
+--¡Oh! cuán feliz soy, Zuzie. Podremos trotar y galopar solas por estos
+caminos. ¿Queréis manejar, Zuzie? ¡Es tan lindo cuando se les puede
+dejar andar! ¡Son tan trotadores y tan buenos! Mirad, tomad las riendas.
+
+--No, conservadlas, prefiero ver que os divertís.
+
+--¡Oh! sí, me divierto y bien. Me gusta tanto manejar cuatro caballos,
+cuando hay espacio para correr! En París, aun por la mañana, yo no me
+atrevía; me miraban demasiado, y eso me molestaba... Pero aquí...
+¡nadie!... ¡nadie!... ¡nadie!...
+
+En el momento en que Bettina, algo embriagada ya con el aire y la
+libertad, lanzaba triunfante sus tres: «¡Nadie, nadie, nadie!» apareció
+un caballero, que se adelantaba al paso, al encuentro del carruaje.
+
+Era Pablo de Lavardens, que desde hacía una hora esperaba allí para
+tener el gusto de ver pasar a las americanas.
+
+--Os engañáis--dijo Zuzie a Bettina,--ahí viene alguien.
+
+--Un paisano. Los paisanos no se cuentan; esos no pedirán mi mano.
+
+--No tiene nada de paisano, mirad.
+
+Pablo de Lavardens, al pasar al lado del carruaje, hizo a las dos
+hermanas un saludo de la más alta corrección, y que de lejos descubría
+al parisiense.
+
+Los poneys corrían tan ligero, que el encuentro tuvo la rapidez de un
+relámpago. Bettina exclamó:
+
+--¿Quién es ese señor que acaba de saludarnos?
+
+--Apenas tuve tiempo de verlo, pero me parece que lo conozco.
+
+--¿Lo conocéis?
+
+--Y apostaría a que lo he visto este invierno en casa.
+
+--¡Dios mío! ¿será uno de los treinta y cuatro? Volveremos a empezar
+otra vez.
+
+
+
+
+V
+
+
+Ese mismo día, a las siete y media, Juan fue a buscar al cura al
+presbiterio, y los dos tomaron el camino del castillo.
+
+Hacía un mes que un verdadero ejército de obreros se había apoderado de
+Longueval; las fondas y tabernas del lugar, ganaban una fortuna.
+Inmensos carros de mudanza vinieron de París cargados de muebles y
+tapices. Cuarenta y ocho horas antes de la llegada de madama Scott, la
+señorita Marbeau, directora de correos, y la señora Lormier, la
+alcaldesa, se habían deslizado en el castillo, y sus descripciones
+enloquecían a todo el pueblo. Los muebles antiguos habían desaparecido;
+paseábanse ellas en medio de un verdadero cúmulo de maravillas. ¡Y las
+caballerizas, y las cocheras! Un tren especial trajo de París, bajo la
+inmediata vigilancia de Edwards, unos diez carruajes, ¡y qué carruajes!
+una veintena de caballos, ¡y qué caballos!
+
+El abate Constantín creía saber lo que era lujo. Comía una vez por año
+en casa de su obispo, monseñor Faubert, prelado amable y rico, que
+recibía con bastante largueza. Hasta entonces el cura creía que no podía
+haber en el mundo nada más suntuoso que el palacio episcopal de
+Souvigny, que los castillos de Lavardens y Longueval... Y ahora
+comenzaba a comprender, según lo que oía contar de los nuevos
+esplendores de Longueval, que el lujo de las grandes casas de hoy, debía
+sobrepasar extremadamente al lujo serio y severo de las viejas casas de
+antes.
+
+Apenas el cura y Juan dieron algunos pasos por la avenida del parque que
+conducía al castillo:
+
+--Mira, Juan--dijo el cura,--¡qué cambio! Toda esta parte del parque
+estaba abandonada, y hoy todo está enarenado, rastrillado. Ya no me
+sentiré aquí en mis dominios como antes. ¡Va a ser demasiado lindo! No
+encontraré mi viejo sillón de terciopelo marrón, donde tantas veces me
+dormía después de comer. Y si me duermo esta noche, ¿qué será de mí?
+Fíjate bien, Juan, si ves que comienzo a cabecear, te acercarás a
+tocarme en el hombre por detrás. ¿Me lo prometes?
+
+--Sí, padrino, os lo prometo.
+
+Juan sólo prestaba mediana atención al discurso del cura. Sentía una
+impaciencia extrema por volver a ver a madama Scott y miss Percival;
+pero esta impaciencia iba acompañada de viva inquietud. ¿Las encontraría
+en el gran salón de Longueval, como las vio en el pequeño comedor del
+presbiterio? Quizá, en lugar de aquellas dos mujeres tan sencillas y
+familiares, que se divirtieron tanto en la comida improvisada, y que
+desde el primer momento lo acogieron con suma gracia y confianza; quizá
+encontraría dos lindas muñecas de salón, elegantes, frías y correctas en
+sus maneras. ¿Se borraría su primera impresión, desaparecería? O por el
+contrario ¿se haría más suave y más profunda en su corazón?
+
+Subieron las seis gradas del pórtico y fueron recibidos en el vestíbulo
+por dos grandes sirvientes de aire digno e imponente. Este vestíbulo que
+antes era una inmensa pieza glacial y desnuda, con sus paredes de
+piedra, hallábase ahora cubierto de admirables tapices que representaban
+escenas mitológicas. El cura miró apenas estos tapices; pero lo bastante
+para notar que las diosas que se paseaban a través del boscaje llevaban
+trajes de una simplicidad demasiado antigua.
+
+Uno de los criados abrió de par en par la puerta del gran salón.
+
+Allí era donde generalmente se encontraba la vieja Marquesa, a la
+derecha de la alta chimenea, y a la izquierda se hallaba el sillón
+marrón. ¡Ya no había sillón marrón! Los viejos muebles del imperio, que
+constituían el fondo del arreglo del salón, habían sido reemplazados por
+unos maravillosos muebles de tapicería de fines del siglo pasado, y una
+multitud de pequeños sillones y banquillos de todas formas y colores, se
+hallaban esparcidos aquí y allá con una apariencia de desorden que era
+el colmo del arte.
+
+Madama Scott, al ver entrar al cura y a Juan, se levantó a recibirlos:
+
+--Cuán amables sois--dijo,--señor cura, en haber venido, y vos también,
+señor... Me alegro tanto de volver a veros a vosotros mis primeros, mis
+únicos amigos en este país.
+
+Juan respiró. Era la misma mujer.
+
+--¿Queréis permitirme que os presente a mis hijos?... Harry y Bella,
+venid.
+
+Harry era un precioso muchacho de seis años y Bella una linda niñita de
+cinco; ambos tenían los grandes ojos negros de la madre y sus dorados
+cabellos.
+
+Después que el cura besó a los dos niños, Harry, que miraba con
+admiración el uniforme de Juan, preguntó:
+
+--¿Y al militar debemos besarle también, mamá?
+
+--Si queréis--respondió ella,--y si él consiente.
+
+Un minuto después los dos niños estaban instalados en las rodillas de
+Juan y lo abrumaban a preguntas.
+
+--¿Sois oficial?
+
+--Sí, soy oficial.
+
+--¿De qué?
+
+--De artillería.
+
+--¿Los artilleros, son los que manejan el cañón? ¡Oh, cómo me gustaría
+oír tirar un cañonazo y estar muy cerca de allí!
+
+¿Nos llevaréis un día cuando tiren cañonazos, no es verdad?
+
+Durante este tiempo, madama Scott conversaba con el cura, y Juan,
+mientras respondía a las preguntas de los niños, no dejaba de mirarla.
+Llevaba un traje de muselina blanca, pero ésta desaparecía bajo una
+verdadera avalancha de voladitos de valencianas. La bata estaba abierta
+en cuadro por delante. Los brazos desnudos hasta el codo; un gran ramo
+de rosas rojas en la abertura de la bata, una rosa prendida en los
+cabellos con un alfiler de brillantes y nada más.
+
+Madama Scott notó, de repente, que Juan estaba militarmente ocupado por
+sus dos hijos.
+
+--¡Oh, señor, os pido mil perdones! Harry, Bella...
+
+--Dejadlos, señora, os lo ruego.
+
+--¡Estoy sumamente contrariada, por haceros comer tan tarde! Mi hermana
+no ha bajado aún. ¡Ah! ya viene.
+
+Bettina hizo su entrada con el mismo vestido de muselina blanca y el
+mismo grupo de encajes, la misma belleza y la misma acogida amable,
+risueña, franca.
+
+--Servidora de usted, señor cura. ¿Me habéis perdonado mi horrible
+indiscreción del otro día?
+
+Luego, volviéndose hacia Juan y tendiéndole la mano:
+
+--¿Cómo estáis, señor... señor... ¡bueno!... ya no me acuerdo de vuestro
+nombre, y, sin embargo, me parece que somos amigos antiguos...
+¿señor?...
+
+--Juan Reynaud.
+
+--Juan Reynaud... eso es. ¡Buenas tardes, señor Reynaud! Pero lealmente
+os prevengo que cuando en realidad seamos antiguos amigos, os llamaré
+señor Juan. Es un nombre muy lindo Juan.
+
+Anunciaron la comida. El aya vino a buscar a los niños; madama Scott
+tomó el brazo del cura; Bettina el de Juan... Hasta el momento de la
+aparición de Bettina, Juan se había dicho: «¡La más linda es madama
+Scott!» Cuando vio la pequeña mano de Bettina deslizarse bajo su brazo,
+y cuando ella volvió su delicioso rostro hacia él, pensó: «¡La más linda
+es miss Percival!» Mas pronto volvió a caer en su indecisión cuando se
+halló sentado entre las dos hermanas. Si miraba hacia la derecha, de ese
+lado sentíase amenazado de enamorarse... y si miraba a la izquierda, el
+peligro cambiaba en el acto pasando a la izquierda.
+
+La conversación comenzó fácil, animada, franca. Las dos hermanas estaban
+contentas. Ya habían dado un paseo a pie por el parque. Y al día
+siguiente pensaban hacer un gran paseo a caballo por el bosque. ¡Montar
+a caballo era su pasión, su locura! Y era la pasión de Juan también,
+tanto, que al cabo de un cuarto de hora le rogaban que fuera de la
+partida para el día siguiente, y él aceptaba con alegría. Nadie conocía
+mejor que él los alrededores: era su tierra. Se consideraba feliz
+pudiendo hacerle los honores y mostrarles una multitud de parajes
+preciosos, que sin él nunca habrían descubierto.
+
+--¿Todos los días montáis a caballo?--preguntó Bettina.
+
+--Todos los días, y generalmente dos veces. Por la mañana para el
+servicio y en la tarde por paseo.
+
+--¿Muy temprano por la mañana?
+
+--A las cinco y media.
+
+--¿A las cinco y media todas las mañanas?
+
+--Sí, excepto el domingo.
+
+--¿Entonces os levantáis?...
+
+--A las cuatro y media.
+
+--¿Y es de día?
+
+--¡Oh! en este tiempo sí.
+
+--Levantarse así, a las cuatro y media, ¡es admirable! Nosotros
+terminamos nuestra jornada muchas veces a la hora en que vos la
+comenzáis. ¿Y os gusta vuestra carrera?
+
+--Mucho, señorita. ¡Es tan lindo tener su existencia recta ante sí, con
+sus deberes bien claros y bien definidos!
+
+--Sin embargo--observó madama Scott,--¡no ser dueño de sí, tener siempre
+que obedecer!...
+
+--Eso tal vez es lo que más me agrada. No hay nada más fácil que
+obedecer, y, además, aprender a obedecer es aprender a mandar.
+
+--¡Oh, cuán cierto debe ser lo que decís!
+
+--Sí, sin duda, pero lo que no os dice es que él es el oficial más
+distinguido de su regimiento, y que...
+
+--¡Padrino, por Dios!
+
+El cura, a pesar de la resistencia de Juan, iba a lanzarse en el
+panegírico de su ahijado, cuando Bettina intervino, diciendo:
+
+--Es inútil, señor cura; no digáis nada... todo lo que podríais decir,
+lo sabemos. Hemos cometido la indiscreción de tomar informes sobre el
+señor... ¡oh! casi dije el señor Juan... sobre el señor Reynaud. ¡Y nos
+los han dado admirables!
+
+--Tendría curiosidad de saber...--dijo Juan.
+
+--Nada, nada; no sabréis nada. No quiero haceros ruborizar, y os veríais
+obligado a ruborizaros.
+
+Luego, volviéndose hacia el cura, agregó:
+
+--Y sobre vos también, señor cura, hemos pedido datos. Parece que sois
+un santo...
+
+--¡Oh! eso sí que es bien cierto--exclamó Juan.
+
+Esta vez fue el cura quien interrumpió la elocuencia de Juan. La comida
+iba a concluir, comida que para el cura había pasado en medio de
+terribles emociones. Muchas veces le habían presentado construcciones
+sabias y complicadas, sobre las que apenas acercaba una mano temblorosa,
+pues temía ver derrumbarse todo de un golpe: los castillos movedizos de
+gelatina, las pirámides de trufas, las fortalezas de crema, los
+baluartes de pastelería, las rocas de helados. El abate Constantín, sin
+embargo, comió con buen apetito, y no retrocedió ante dos o tres copas
+de champagne. No odiaba la buena mesa. La perfección no pertenece a este
+mundo, y si la gula es, como lo dicen, un pecado capital, cuántas buenas
+gentes irían al infierno.
+
+El café lo sirvieron sobre el terrado del castillo. A lo lejos se oía el
+sonido algo cascado del viejo reloj de la aldea que daba las nueve. El
+parque no conservaba ya más que líneas ondulantes e indecisas. La luna
+aparecía lentamente sobre las copas de los grandes árboles.
+
+Bettina tomó de sobre la mesa una caja de cigarros.
+
+--¿Fumáis?--preguntó a Juan.
+
+--Sí, señorita.
+
+--Tomad, entonces, señor Juan... Tanto peor, ya lo dije. Tomad... pero
+no, escuchad primero.
+
+Y hablando a media voz mientras le presentaba la caja de cigarros:
+
+--Ahora está obscuro, podréis ruborizaros sin ser visto. Voy a deciros
+lo que no quise en la mesa. Un antiguo notario de Souvigny, que fue
+vuestro tutor, ha ido a ver a mi hermana, en París, para el pago del
+castillo, y nos contó lo que habíais hecho después de muerto vuestro
+padre, cuando erais aún muy niño, por aquella pobre madre, y por la
+pobre joven. Mucho nos conmovió vuestra acción a mi hermana y a mí.
+
+--Sí, señor--continuó madama Scott,--y por esto hemos tenido tanto gusto
+en recibiros hoy. No a todos habríamos dispensado la misma acogida, os
+lo aseguro. Ahora bien, podéis ya tomar vuestro cigarro; mi hermana
+espera desde hace rato.
+
+Juan no halló una palabra para responder. Bettina estaba allí, plantada
+ante él, con la caja de cigarros en las dos manos, y los ojos fijos con
+toda franqueza en el rostro de Juan; gozando del placer muy real y muy
+vivo que puede traducirse por estas palabras:
+
+--Me parece que estoy mirando a un buen muchacho.
+
+--Ahora sentémonos aquí--dijo madama Scott,--ante esta preciosa noche...
+tomad vuestro café... fumad.
+
+--Y no hablemos, Zuzie, no hablemos. Este gran silencio del campo,
+después del inmenso bullicio de París, ¡es adorable! Quedémonos ahí, sin
+decir nada. Miremos el cielo, la luna y las estrellas.
+
+Los cuatro, con sumo placer, ejecutaron este pequeño programa. Zuzie y
+Bettina, tranquilas, en calma, en absoluto olvido de su existencia de la
+víspera, tomándole cariño ya a esa comarca que acababa de recibirlas y
+las conservaría por algún tiempo.
+
+Juan no se hallaba tan tranquilo; las palabras de miss Percival le
+habían causado una profunda emoción; su corazón no recobraba aún su
+marcha regular.
+
+Pero de todos, el más feliz era el abate Constantín. Había gozado con
+delicia el pequeño incidente que puso la modestia de Juan a tan ruda
+como grata prueba. ¡El abate quería tanto a su ahijado! El más tierno de
+los padres no amó nunca tanto al más querido de sus hijos. Cuando el
+anciano cura miraba al joven oficial, muchas veces se decía:
+
+--El Cielo me ha colmado de bendiciones: soy sacerdote y tengo un hijo.
+
+El abate se perdió en una meditación muy agradable; se encontraba como
+en su casa, demasiado en su casa; sus ideas se confundían y embrollaban
+poco a poco. La meditación volviose pesadez, y la pesadez somnolencia;
+pronto el desastre fue completo, irreparable. El cura se durmió; se
+durmió profundamente. La maravillosa comida y las dos o tres copas de
+champagne, tenían, en parte la culpa de esta catástrofe.
+
+Juan no había notado nada. Olvidó la promesa hecha a su padrino ¿Y por
+qué la olvidó? Porque a madama Scott y miss Percival se les ocurrió
+poner los pies sobre los taburetes del jardín, colocados ante los
+grandes sillones de mimbre cubiertos de almohadones. Luego se recostaron
+perezosamente en los sillones, y sus vestidos de muselina se levantaron
+un poco, muy poco, pero lo bastante, sin embargo, para dejar ver cuatro
+piececitos, cuyas líneas se destacaban claras y distintas bajo dos
+lindas cascadas de encajes blancos iluminados por la luna. Juan miraba
+aquellos pies y se preguntaba:
+
+--¿Cuáles son los más pequeños?
+
+Mientras procuraba resolver este problema, Bettina, de repente, le dijo
+a media voz:
+
+--¡Señor Juan, señor Juan!
+
+--¿Señorita?
+
+--Mirad al señor cura, se ha dormido.
+
+--¡Oh, Dios mío! yo tengo la culpa.
+
+--¡Cómo! ¿vos tenéis la culpa?--preguntó madama Scott, en voz baja
+también.
+
+--Sí... mi padrino se levanta al alba y se acuesta muy temprano; me
+recomendó mucho que no le dejara dormir. Frecuentemente, en casa de
+madama de Longueval, después de comer, dormitaba un poco. Vosotras le
+habéis acogido con tanta bondad, que ha recobrado su antigua costumbre.
+
+--Y ha hecho muy bien--dijo Bettina.--No hagamos ruido, no le
+despertemos.
+
+--Sois demasiado buena, señorita; pero la noche está muy fresca.
+
+--¡Ah! es verdad, podría resfriarse. Esperad, voy a buscar un tapado.
+
+--Creo, señorita, que mejor sería procurar despertarlo discretamente
+para que no comprenda que lo habéis visto dormir.
+
+--Dejadme hacer--dijo Bettina.--Zuzie, cantemos algo, juntas, a media
+voz primero, luego la elevaremos poco a poco... Cantemos.
+
+--Bueno; pero ¿qué cantamos?
+
+--Cantemos: _Something childish_... La letra es de circunstancia.
+
+Las dos hermanas comenzaron a cantar:
+
+ _If I had but two little wings_
+ _And were a little feathery bird, etc._
+
+Sus voces suaves y penetrantes tenían en aquel profundo silencio una
+exquisita sonoridad. El abate no oía nada, ni se movía. Encantado con
+este pequeño concierto, Juan se decía:
+
+--¡Con tal que mi padrino no se despierte pronto!
+
+Las voces seguían más claras y más altas:
+
+ _But in my sleep to you I fly:_
+ _I am always with you in my sleep! etc._
+
+Y el abate continuaba inmóvil.
+
+--¡Cómo duerme!... es un crimen despertarlo.
+
+--¡Es preciso!... ¡Más alto, Zuzie, más alto!
+
+Zuzie y Bettina dejaron estallar libremente sus voces:
+
+ _Sleep stays not, though a monarch bids;_
+ _So I love to wake ere break of day; etc._
+
+El cura despertó sobresaltado. Después de un corto momento de inquietud,
+respiró... nadie, evidentemente nadie, había notado que él dormía.
+Enderezose, estirose prudente y lentamente... ¡Se había salvado!...
+
+Un cuarto de hora más tarde, las dos hermanas acompañaban al cura y a
+Juan hasta la pequeña puerta del parque, que daba a la aldea, a un
+centenar de pasos del presbiterio. Llegaban a esta puerta, cuando
+Bettina dijo a Juan, de repente:
+
+--¡Ah, señor! hace tres horas que tengo una pregunta que haceros. Esta
+mañana, de llegada, encontramos en el camino a un joven alto, delgado,
+de bigotes rubios; montaba un caballo negro y nos saludó al pasar.
+
+--Es Pablo de Lavardens, un amigo mío. Ya ha tenido el honor de seros
+presentado, pero algo ligeramente; por eso toda su ambición es que os lo
+vuelvan a presentar.
+
+--¡Pues bien! traedlo uno de estos días--dijo madama Scott.
+
+--Después del 15--exclamó Bettina.--¡Antes no, antes no! Nadie hasta
+entonces, no queremos ver a nadie, excepto a vos, señor Juan... pero
+vos, es extraordinario, no sé cómo sucede esto; pero vos no sois nadie
+para nosotras... El cumplimiento no está muy bien hecho; mas fijaos bien
+y veréis que es un cumplimiento; tengo la intención de ser excesivamente
+amable con vos al hablar así.
+
+--Y lo sois, señorita.
+
+--Tanto mejor, si he tenido la felicidad de hacerme comprender bien.
+Hasta la vista, señor Juan, hasta mañana.
+
+Madama Scott y miss Percival tomaron pausadamente el camino del
+castillo.
+
+--Y ahora, Zuzie, reñidme bien fuerte... Lo espero... Y lo he
+merecido...
+
+--Reñiros, ¿por qué?
+
+--Diréis, sin duda, estoy segura, que he demostrado mucha familiaridad a
+ese joven.
+
+--No, no os diré eso... Ese joven, desde el primer día, me hizo la mejor
+impresión, y me inspira una confianza absoluta.
+
+--Y a mí también.
+
+--Persuadida estoy de que haremos bien en aplicarnos las dos a
+conquistar su amistad.
+
+--De todo corazón, por mi parte, tanto más, Zuzie, cuanto que he visto
+ya muchos jóvenes desde que vivimos en Francia... ¡oh, sí,
+muchísimos!... pues bien, este es el primero, positivamente el primero,
+en cuyos ojos no he leído con claridad esta frase: «¡Señor, Dios, cuán
+contento estaría yo si pudiera casarme con los millones de esta
+personita!» Esto estaba escrito claramente en los ojos de todos los
+demás, y no en los de él. Bueno, ya estamos en casa. Buenas noches,
+Zuzie, hasta mañana.
+
+Madama Scott fue a ver a sus hijos, y a besarlos dormidos.
+
+Bettina permaneció largo tiempo de codos en el balcón.
+
+--Me parece--se decía,--que voy a tomar cariño a esta aldea.
+
+
+
+
+VI
+
+
+Al día siguiente, por la mañana, a la vuelta del ejercicio, Pablo de
+Lavardens esperaba a Juan en el patio del cuartel. Apenas le dio tiempo
+para bajar del caballo, y cuando estuvieron solos:
+
+--Cuenta--le dijo,--pronto, cuenta tu comida de ayer. Las vi por la
+mañana. La menor manejaba cuatro poneys negros, ¡con un desenfado! Las
+saludé... ¿Has hablado de mí? ¿Me conocieron? ¿Cuándo me llevas a
+Longueval? ¡Pero responde, pues, respóndeme!
+
+--¡Responder, responder! ¿A qué pregunta, primero?
+
+--A la última.
+
+--¿Cuándo te llevo a Longueval?
+
+--Sí.
+
+--Dentro de diez días. No quieren ver a nadie, por el momento.
+
+--¿Entonces, no volverás a Longueval antes de diez días?
+
+--¡Oh! iré hoy a las cuatro. ¡Pero yo no soy nadie! ¡Juan Reynaud, el
+ahijado del cura! Por eso he penetrado con tanta facilidad en la
+confianza de estas dos preciosas mujeres; me presenté bajo el patronato
+y con la garantía de la iglesia. Y a más descubrieron que yo podía
+prestar pequeños servicios; conozco muy bien los caminos, y van a
+utilizarme como guía. En fin, yo no soy nadie, mientras que tú, Conde
+Pablo de Lavardens, tú eres alguien. Así, no temas nada, llegará tu
+turno con los bailes y las fiestas cuando sea preciso brillar, cuando
+se necesite bailar. Tú resplandecerás entonces con todo tu fulgor, y yo
+volveré muy humildemente a mi obscuridad.
+
+--Búrlate de mí cuanto quieras. Por eso no es menos cierto que durante
+estos diez días tomarás una ventaja... ¡una gran ventaja sobre mí!
+
+--¿Cómo una ventaja?
+
+--Vamos, Juan, acaso quieres hacerme creer que no estás todavía
+enamorado de una de estas dos mujeres. ¿Es posible? ¡tanta belleza,
+tanto lujo! ¡Oh... el lujo quizá más que la belleza! El lujo en ese
+grado me aturde, me trastorna. Los cuatro poneys negros con sus cucardas
+de rosas blancas me han hecho soñar esta noche. Y la joven... Bettina...
+¿no es así?
+
+--Sí, Bettina.
+
+--¿Bettina?... ¿Condesa Bettina de Lavardens? ¿No te parece muy bonito?
+Y qué marido tan perfecto tendría en mí. ¡Ser el marido de una mujer
+locamente rica, esa es mi ambición! ¡No es tan fácil como se supone! Es
+preciso saber ser rico, y yo tendré esa ciencia. Ya he hecho la prueba;
+he comido ya bastante dinero ¡y si mamá no me hubiera detenido!... pero
+estoy pronto para volver a empezar. ¡Ah, cuán feliz sería conmigo! Le
+haría pasar una existencia de princesa encantada... En su lujo vería el
+gusto, el arte y la ciencia de su marido. Pasaría mi vida en componerla,
+engalanarla, emperifollarla y pasearla triunfante a través del mundo.
+Estudiaría su belleza para ponerla bien en el cuadro que le
+conviniera!... «Si él no estuviera ahí, se diría ella, yo sería menos
+linda.» No sólo sabría amarla, sino también divertirla. ¡Tendría amor y
+placeres en cambio de su dinero!... Vamos, Juan, un buen movimiento,
+llévame hoy a casa de madama Scott.
+
+--No puedo, te lo aseguro.
+
+--¡Bueno! dentro de diez días solamente, pero te advierto que entonces
+me instalo en Longueval para no salir más de allí. En primer lugar, con
+esto daré gusto a mamá, que aunque todavía está un poco fastidiada con
+las americanas, y dice que buscará medio de no encontrarlas nunca, ¡yo
+la conozco bien a mamá! Y sé que la noche que le diga al volver: Mamá,
+he ganado el corazón de una preciosa persona, cuyo mayor defecto es
+poseer un capital de unos veinte millones y una renta de dos o tres
+millones... Se exagera siempre que se habla de centenares de millones:
+para mí yo sabré las verdaderas cifras, y eso me basta... Esa noche,
+mamá se quedará encantada, porque en resumidas cuentas, ¿qué desea ella
+para mí? Lo que todas las buenas madres desean para sus hijos, sobre
+todo cuando sus hijos han hecho locuras... un rico casamiento o una
+buena amistad. En Longueval encuentro las dos combinaciones, y
+aprovecharé una u otra. Dentro de diez días me harás el gusto de
+prevenirme, de hacerme saber cuál de las dos me abandonas: madama Scott
+o miss Percival.
+
+--¡Estás loco! No pienso ni pensaré nunca...
+
+--Oye, Juan, tú eres la prudencia y la razón encarnadas, en eso estoy
+conforme; pero por más que digas y hagas... Escucha, y acuérdate de
+esto, Juan; de esa casa saldrás enamorado.
+
+--No lo creo--respondió Juan, riendo.
+
+--Y yo estoy seguro de lo que digo... ¡Hasta la vista! Te dejo en tus
+asuntos.
+
+Aquella mañana Juan hablaba sinceramente: había dormido muy bien la
+noche anterior. Su segunda entrevista con las dos hermanas disipó, como
+por encanto, la ligera turbación que agitó su alma en el primer
+encuentro. Preparábase a volver a verlas con mucho placer, pero con toda
+tranquilidad. Había demasiado dinero en aquella casa, para que pudiera
+caber el amor de un pobre diablo como él.
+
+La amistad era otra cosa. De todo corazón deseaba, y con todas sus
+fuerzas iba a procurar conquistar la estimación y tranquilo afecto de
+las dos mujeres. Trataría de no ver demasiado la belleza de Zuzie y
+Bettina; trataría de no perderse, como lo hizo la víspera, en la
+contemplación de los cuatro piececitos colocados sobre los dos taburetes
+del jardín. Le dijeron con toda franqueza y cordialidad: «Seréis nuestro
+amigo.» ¡Era lo que él deseaba! ¡Ser su amigo! Y lo sería.
+
+Durante los diez días siguientes todo conspiró para el éxito de esta
+empresa. Zuzie, Bettina, el abate y Juan vivieron con la misma vida, en
+la más estrecha y confiada intimidad. Las dos hermanas hacían por la
+mañana largos paseos en carruaje con el cura, y por la tarde grandes
+excursiones con Juan, a caballo.
+
+Juan no analizaba sus sentimientos; no se preguntaba si iba a inclinarse
+a la derecha o a la izquierda. Sentía por ambas la misma abnegación,
+idéntico afecto, y era completamente feliz, estaba completamente
+tranquilo. Luego no estaba enamorado, pues el amor y la tranquilidad
+rara vez hacen buenas migas en un mismo corazón.
+
+No obstante, Juan veía con cierta inquietud y tristeza acercarse el día
+que traería a Longueval a los Turner, los Norton y toda la colonia
+americana. Ese día llegó muy pronto.
+
+El viernes 24 de junio, a las cuatro de la tarde, cuando Juan vino al
+castillo, Bettina lo recibió muy triste.
+
+--¡Qué contratiempo! mi hermana está indispuesta, un poco de jaqueca, no
+es nada; mañana estará bien; pero hoy no me atrevo a salir sola con vos.
+Allá, en América, me animaría; pero aquí no, ¿no es verdad?
+
+--Seguramente--respondió Juan.
+
+--Me veo obligada a despediros, y lo siento mucho.
+
+--Yo también siento irme y perder esta última tarde que creía poder
+pasar con vos. ¡Pero ya que es preciso!... mañana volveré a saber de
+vuestra hermana.
+
+--Ella misma os recibirá. Os repito que no es nada lo que tiene. Pero no
+os escapéis tan pronto, os ruego; concededme siquiera un cuarto de hora
+de conversación. Tengo que hablaros. Sentaos ahí y escuchadme. Teníamos
+intención, mi hermana y yo, de bloquearos esta noche después de comer,
+en un rincón del salón, y entonces mi hermana tomaría la palabra para
+deciros lo que voy a tratar de expresaros a nombre de las dos. Pero
+estoy algo conmovida... No os riáis, que es muy serio. Queríamos
+agradeceros las dos, porque desde nuestra llegada os habéis mostrado tan
+amable, tan bueno, tan cariñoso, tan...
+
+--¡Por Dios! señorita, yo soy quien debe agradecer...
+
+--¡Oh! no me interrumpáis... vais a enredarme, y no sabré salir del
+paso. Además, sostengo que nosotras debemos agradeceros a vos; pues
+llegamos aquí como dos extranjeras, y en el acto tuvimos el placer de
+encontrar amigos, sí, amigos. Vos nos habéis llevado de la mano a casa
+de nuestros inquilinos, de nuestros guardabosques; en tanto que vuestro
+padrino nos llevaba a casa de sus pobres. Y por todas partes os querían
+tanto, que en seguida, con confianza comenzaron a querernos un poco por
+vuestra recomendación... ¿Sabéis que os adoran en toda la comarca?
+
+--Aquí he nacido. Todas estas buenas gentes me conocen desde mi
+infancia, y me agradecen los servicios que mi padre y mi abuelo les
+prestaron. Además, soy de su raza, de la raza de los paisanos. Mi
+bisabuelo era agricultor en Bargecout, una aldea a dos leguas de aquí.
+
+--¡Oh, oh! ¡parecéis estar orgulloso de ello!
+
+--Ni orgulloso ni humillado.
+
+--Dispensad, pero habéis tenido un pequeño movimiento de orgullo. Pues
+bien, yo os responderé que mi bisabuelo también era agricultor en
+Bretaña, y se trasladó al Canadá a fines del siglo pasado, cuando el
+Canadá era aún francés... Y ¿queréis mucho la aldea en que habéis
+nacido?
+
+--Mucho, y pronto me veré obligado a abandonarla.
+
+--¿Por qué?
+
+--Si obtengo un ascenso, me enviarán a otro regimiento, y me pasaré de
+guarnición en guarnición... pero cuando sea un viejo comandante o un
+viejo coronel retirado del servicio, vendré a vivir y morir aquí, en la
+casita de mi padre.
+
+--¿Siempre solo?
+
+--¿Por qué solo? Espero que no.
+
+--¿Tendréis intención de casaros?
+
+--Seguramente sí.
+
+--¿Y buscáis con quién casaros?
+
+--No. Puede uno pensar en casarse, pero no debe buscar con quién
+casarse.
+
+--Sin embargo, hay gente que busca... sí, os lo aseguro; sin ir más
+lejos, a vos os han buscado para casaros.
+
+--¿Cómo sabéis?
+
+--¡Ah! ¡Conozco tan bien vuestra historia! sois lo que se llama _un buen
+partido_, y lo repito han querido casaros.
+
+--¿Quién os lo ha dicho?
+
+--El señor cura.
+
+--Mi padrino ha hecho mal--dijo Juan, con cierta vivacidad.
+
+--No, no; no ha hecho mal. Si hay algún culpable soy yo, y culpable por
+caridad, no por curiosidad, os lo juro. Descubrí que vuestro padrino
+nunca estaba tan contento como cuando hablaba de vos; entonces, por la
+mañana, en nuestros paseos, cuando estoy sola con él, para darle gusto,
+le hablo de vos, y él me cuenta vuestra historia. Estáis bien de
+fortuna, estáis muy bien. Recibís del Gobierno doscientos trece francos
+y algunos céntimos al mes. ¿No es así?
+
+--Sí--dijo Juan, decidido a no enojarse por las indiscreciones del cura.
+
+--Tenéis ocho mil francos de renta.
+
+--Más o menos, no completos.
+
+--Agregad a esto vuestra casa, que valdrá unos treinta mil francos. En
+fin, tenéis una excelente posición, y ya han pedido vuestra mano.
+
+--¿Pedido mi mano?... ¡No, no!
+
+--¡Sí, sí, dos veces! y vos habéis rehusado dos buenos casamientos, o
+dos lindas dotes, si lo preferís. ¡Para tanta gente es la misma cosa!
+Doscientos mil francos por un lado, trescientos mil por otro. ¡Según
+parece es una suma enorme para la aldea, y vos la rehusasteis! Decidme
+¿por qué? ¡Si supierais la curiosidad que tengo de saberlo!
+
+--Se trataba de dos preciosas jóvenes...
+
+--Convenido, eso se dice siempre.
+
+--Pero a las que apenas conocía. Me obligaron, pues yo me resistía, me
+obligaron a conversar con ellas dos o tres noches el invierno pasado.
+
+--¿Y entonces?
+
+--Entonces... no sé cómo explicároslo, no experimenté ningún sentimiento
+de emoción, inquietud, turbación.
+
+--En fin--dijo resueltamente Bettina,--ni la menor sombra de amor...
+
+--No, ni la más mínima. Y volví con toda calma a mi cuartujo de soltero;
+pues pienso que vale más no casarse, que casarse sin amar. Esa es mi
+opinión.
+
+--Y también la mía.
+
+Ella lo miraba; él la miraba. Y de pronto, con gran sorpresa de ambos,
+no encontraron nada que decirse, absolutamente nada.
+
+Felizmente en ese instante, Harry y Bella se precipitaron al salón dando
+grandes gritos de alegría.
+
+--¡Señor Juan, señor Juan! ¡estáis ahí, señor Juan, venid a ver nuestros
+poneys!
+
+--¡Ah!--dijo Bettina, con voz algo incierta.--Eduardo acaba de llegar de
+París, trayendo para los niños unos poneys microscópicos. Vamos a
+verlos, ¿queréis?
+
+Y salieron a ver los poneys, que, en efecto, eran dignos de figurar en
+las caballerizas del rey de Liliput.
+
+
+
+
+VII
+
+
+Han transcurrido tres semanas. Juan debe partir al día siguiente con su
+regimiento para las escuelas de artillería; va a vivir como verdadero
+soldado durante veinte días; diez días de camino para ir y volver, y
+diez bajo la tienda del campamento de Cercottes, en el bosque de
+Orleans. El regimiento volverá a Souvigny el 10 de agosto.
+
+Juan no está ya tranquilo; Juan ya no es feliz. Con impaciencia ve venir
+el momento de la partida, y al mismo tiempo con terror... Con
+impaciencia, porque sufre un verdadero martirio, al que quiere escapar
+cuanto antes. Con terror, porque durante estos veinte días que pasará
+sin verla, sin hablarla, sin ella, en fin, ¿qué será de él? ¡Ella es
+Bettina y él la adora!
+
+¿Desde cuándo? ¡Desde el primer día, desde aquel encuentro en el mes de
+mayo, en el jardín del cura! Esa es la verdad. Pero Juan lucha y se
+rebela contra esta verdad. Cree que sólo ama a Bettina desde el día en
+que conversaban los dos alegre y amistosamente en el saloncito azul.
+Ella se hallaba sentada en el diván, cerca de la ventana, y mientras
+charlaba, se entretenía en reparar el desorden de la toilette de una
+princesa japonesa, muñeca de Bella, que yacía sobre un sillón, y Bettina
+la levantó maquinalmente.
+
+¿Por qué se le ocurrió a Bettina hablarle de las dos jóvenes con quienes
+pudo haberse casado? La pregunta no lo turbó nada, y respondió que no
+sintió entonces ninguna inclinación al matrimonio, porque sus
+entrevistas con las dos jóvenes no le causaron ninguna emoción, ninguna
+agitación. Y sonreía al hablar así; pero algunos momentos después, ya no
+sonreía. Pues repentinamente aprendió a conocer esas turbaciones, esas
+agitaciones, y no se hizo la menor ilusión sobre la profundidad de su
+herida; conoció que le había atacado en pleno corazón.
+
+Sin embargo, no desesperó. Aquel día, al partir, se decía: «Sí, es
+grave, muy grave; pero curaré.» Y buscaba una excusa a su locura, que
+atribuía a las circunstancias. Durante diez días, aquella deliciosa
+joven había estado demasiado con él, ¡demasiado con él solo! ¿Cómo
+resistir a semejante tentación? Habíase embriagado con su encanto, su
+gracia y su belleza. Mas al siguiente día llegarían veinte personas al
+castillo a poner término a tan peligrosa intimidad. El tendría valor, se
+alejaría; perdiéndose entre la multitud, vería a Bettina con menos
+frecuencia y de más lejos... ¡No volver a verla, no podía ni pensarlo!
+Quería seguir siendo amigo de Bettina, ya que sólo podría ser su amigo.
+Pues había otro pensamiento que no cabía siquiera en el espíritu de
+Juan; ese pensamiento no sólo le parecía extravagante, sino monstruoso.
+No había hombre más caballero que Juan en el mundo, y el dinero de
+Bettina le causaba horror, verdaderamente horror.
+
+Desde el 25 de junio un mundo de gente invadió Longueval. Madama Norton
+llegó con su hijo Daniel Norton, y madama Turner con su hijo Felipe
+Turner, y ambos jóvenes formaban parte de la famosa cofradía de los
+treinta y cuatro. Eran amigos antiguos, a quienes Bettina trató como
+tales, declarándoles con toda franqueza que perdían completamente su
+tiempo; mas ellos no desalentaban, y formaban el centro de una pequeña
+corte muy obsequiosa y muy asidua que giraba en torno de Bettina.
+
+Pablo de Lavardens hizo su entrada en la escena, captándose rápidamente
+la amistad de todo el mundo. Había recibido la brillante y complicada
+educación de un joven destinado a los placeres; mientras no se tratara
+más que de divertirse: caballos, croquet, lawn-tennis, polo, baile,
+charadas y comedias, estaba siempre pronto a todo, sobresalía en todo.
+Su superioridad estalló, y se impuso, llegando a ser con el
+consentimiento general, el organizador y director de las fiestas de
+Longueval.
+
+Bettina no se engañó ni un segundo. Juan le presentó a Pablo de
+Lavardens, y éste acababa apenas el pequeño cumplimiento de estilo,
+cuando ya Bettina inclinándose hacia Zuzie, le decía al oído:
+
+--¡El trigésimo quinto!
+
+Sin embargo, prestó buena acogida a Pablo; tan buena, que éste, durante
+algunos días, tuvo la debilidad de equivocarse, pensando que sus gracias
+personales le valían tan amable y cordial recepción: mas estaba en un
+grave error. Había sido presentado por Juan, era amigo de Juan, y a los
+ojos de Bettina en esto estribaba todo su mérito.
+
+El castillo de madama Scott tenía la puerta franca; las invitaciones no
+se recibían para una noche, sino para todas las noches, y Pablo, con
+entusiasmo, se encaminaba allí todas las noches. Su sueño se realizaba.
+¡Hallaba a París en Longueval!
+
+Pero Pablo no era tonto ni fatuo. Era, sin duda, objeto, de parte de
+miss Percival, de atenciones y favores especiales; gustábale a ella
+hablar larga, muy largamente a solas con él... mas ¿cuál era el eterno,
+el inagotable tema de estas conversaciones? ¿Juan, aún Juan, y siempre
+Juan?
+
+Pablo era ligero, disipado, frívolo, pero volvíase serio apenas se
+trataba de Juan; sabía apreciarlo, sabía amarlo. Nada le era tan grato,
+ni tan fácil como decir de su amigo todo el bien que pensaba. Y como
+veía que Bettina se complacía en escucharlo, daba libre curso a su
+elocuencia.
+
+Pero una noche Pablo quiso, y estaba en su derecho, obtener el beneficio
+de su caballeresca conducta. Acababa de hablar durante más de un cuarto
+de hora con Bettina. Terminada la conversación fuese a buscar a Juan al
+otro extremo del salón, diciéndole:
+
+--Me dejaste el campo libre... y me lancé intrépidamente sobre miss
+Percival.
+
+--¡Y bien! no creo que estés descontento del resultado de la empresa;
+sois los mejores amigos del mundo.
+
+--Sí, ciertamente... esto marcha... esto marcha y no marcha. No hay otra
+persona más amable que miss Percival; pero, en fin, tengo el mérito de
+reconocerlo; acá, para entre nosotros, te diré que me hace representar
+un papel ingrato y ridículo, un papel que no es para mi edad. Cuento la
+edad de los enamorados, mas no la de los confidentes.
+
+--¿De los confidentes?
+
+--Sí, querido mío, de los confidentes; ¡tal es mi empleo en esta casa!
+Tú nos mirabas hace un momento... ¡Oh! tengo buena vista... Tú nos
+mirabas. Pues bien ¿sabes de qué hablábamos? ¡De ti, querido, de ti, y
+nada más que de ti! Y todas las noches es la misma cosa. Preguntas que
+no tienen fin. «¿Os habéis educado juntos? ¿Tomásteis lecciones los dos
+con el abate Constantín? ¿Dentro de poco será capitán? ¿Y después?
+comandante. ¿Y después? coronel _et cætera_... _et cætera_...» ¡Ah,
+Juan, amigo mío, Juan, si tú quisieras realizar un lindo sueño!...
+
+Juan se fastidió, casi se enojó. Pablo quedó asombrado ante este acceso
+de brusca irritación.
+
+--¿Qué tienes? Me parece que no he dicho nada...
+
+--Dispensa. He hecho mal; pero también ¿por qué se te ocurre una idea
+tan absurda?
+
+--¡Absurda!... No veo el motivo... La he tenido yo por mi propia
+cuenta, esta idea absurda.
+
+--¡Ah! tú...
+
+--¡Cómo, ah! ¿yo?... Si yo la he tenido, la puedes tener tú... Tú vales
+más que yo...
+
+--¡Pablo, por favor!...
+
+El disgusto de Juan era evidente.
+
+--No hablemos más de esto... no hablemos más... En suma, lo que yo
+quería decir, es que miss Percival me encuentra muy bonito, muy
+gracioso, muy entretenido; pero en cuanto a tomarme a lo serio... jamás
+me tomará a lo serio esa personita. Voy a lanzarme sobre madama Scott,
+pero sin gran confianza... Mira, Juan, yo me divertiré mucho en esta
+casa; pero no sacaré ningún provecho de aquí.
+
+Pablo se dirigió hacia madama Scott: mas desde el día siguiente tuvo la
+sorpresa de tropezar con Juan, que vino a tomar asiento con toda
+regularidad en el círculo particular de madama Scott, que, como Bettina,
+tenía su pequeña corte. Lo que Juan buscaba allí era una protección, un
+abrigo, un asilo.
+
+El día de aquella tremenda conversación sobre los matrimonios sin amor,
+Bettina también sintió por la primera vez despertarse de pronto en ella
+esa necesidad de amar que duerme, mas no muy profundamente, en el
+corazón de todas las jóvenes. La sensación fue la misma, en el mismo
+momento, en el alma de Juan y en el alma de Bettina. El, aterrado, se
+echó bruscamente atrás. Ella, por el contrario, se dejó arrastrar, en
+todo el candor de su plena inocencia, por aquel acceso de emoción y
+enternecimiento.
+
+Ella esperaba el amor... ¡si fuera el amor! El hombre que debía ser su
+pensamiento, su vida, su alma... si fuera él, este Juan. ¿Por qué no? Lo
+conocía más que a todos aquellos que desde hacía un año giraban en torno
+de su fortuna, y de todo lo que de él sabía, nada era como para
+desalentar la confianza y el amor de una joven. ¡Lejos de eso!
+
+En fin, los dos hacían bien, los dos estaban en el deber y la verdad:
+ella dejándose arrastrar; él, resistiendo; ella, sin pensar en un
+momento en la obscuridad de Juan ni en su pobreza; él, retrocediendo
+ante aquella montaña de millones como lo habría hecho ante un crimen;
+ella, pensando que no tenía derecho para discutir con el amor; él
+pensando que no tenía derecho para discutir con el honor.
+
+Por esto, a medida que Bettina se hacía más cariñosa, y se abandonaba
+con más franqueza al primer llamado del amor, Juan, de día en día,
+estaba más taciturno y agitado. No sólo tenía miedo de amar él, sino
+también de ser amado.
+
+Debió haberse quedado en su casa, no venir... Lo ensayó, mas no pudo...
+La tentación era demasiado fuerte, y lo arrastraba. Llegaba, y ella
+venía en el acto hacia él con las manos tendidas, la sonrisa en los
+labios y el corazón en los ojos. Todo en ella decía: «¡Procuremos
+amarnos, y si podemos, amémonos!»
+
+El miedo lo embargaba. Apenas se atrevía a tocar aquellas dos manos que
+iban al encuentro de las suyas. Trataba de evitar aquella mirada que
+cariñosa y risueña, inquieta y curiosa, buscaba la suya. Temblaba ante
+la necesidad de hablar a Bettina, ante la necesidad de oírla, y entonces
+se refugiaba junto a madama Scott, y ésta recibía sus palabras
+indecisas, conmovidas, turbadas, que no se dirigían a ella, y que, sin
+embargo, ella tomaba para sí.
+
+Zuzie no podía dejar de engañarse. Bettina no le había dicho nada, no le
+había manifestado aún los sentimientos vagos y confusos que la agitaban.
+Guardaba y acariciaba el secreto de su amor naciente, como un avaro
+guarda y acaricia las primeras monedas de su tesoro... El día en que
+viera claro en su corazón, el día en que estuviera segura de amarlo,
+¡ah! ¡entonces le hablaría a Zuzie, y sería feliz contándoselo todo!...
+
+Madama Scott acabó por atribuirse el honor de la melancolía de Juan, que
+de día en día tomaba un carácter más marcado. Estaba halagada, pues
+nunca disgusta a una mujer el creerse amada, halagada, pero triste al
+mismo tiempo. Tenía grande estimación y afecto por Juan, y la afligía el
+pensar que ella era la causa de su sufrimiento y desgracia.
+
+Por otra parte, Zuzie tenía el sentimiento de su inocencia. Con los
+demás, algunas veces era coqueta, muy coqueta. Atormentarlos un poco no
+era un gran crimen. Los otros no tenían nada que hacer, no servían para
+nada, y esto los ocupaba, mientras la divertía a ella; les hacía matar
+el tiempo a ellos y a ella también... Pero Zuzie no se reprochaba
+ninguna coquetería con Juan; pues se daba cuenta de su mérito y
+superioridad sobre los demás; comprendía que era hombre capaz de sufrir
+seriamente, y madama Scott no quería esto. Ya dos o tres veces estuvo a
+punto de hablarle, con mucha dulzura y afectuosamente, pero
+reflexionó... Juan iba a partir por unos veinte días; a su vuelta, si
+aun fuese necesario, le haría un pequeño discurso moral, y le hablaría
+tan bien, que el amor no volvería a meterse tontamente a través de su
+amistad.
+
+Juan partía al día siguiente... Bettina le rogó con insistencia viniera
+a pasar el último día en Longueval, a comer con ellas. Pero Juan se
+negó, alegando sus ocupaciones la víspera de la partida. Llegó a la
+noche, como a las diez y media. Había venido a pie, y más de una vez en
+el camino, pensó volver sobre sus pasos.
+
+--Si tuviera valor--se decía,--no la volvería a ver. Partiré mañana y no
+volveré a Longueval mientras ella esté ahí. Mi resolución está tomada,
+bien tomada.
+
+Pero continuó su camino; quería verla... por última vez.
+
+Apenas entró al salón, Bettina corrió a recibirlo:
+
+--¡Al fin llegasteis!... ¡Qué tarde!
+
+--He estado muy ocupado.
+
+--¿Y partís mañana?
+
+--Sí, mañana.
+
+--¿Temprano?
+
+--A las cinco de la mañana.
+
+--¿Saldréis por la calle que costea el parque y atraviesa la aldea?
+
+--Sí, por ese camino pasaremos.
+
+--¿Por qué tan temprano? Yo habría ido a veros pasar y deciros adiós
+desde el terrado. Bettina conservaba en su mano la mano de Juan, que
+estaba ardiente, hasta que éste se desprendió dolorosamente, haciendo un
+esfuerzo, y dijo:
+
+--Tengo que ir a saludar a vuestra hermana.
+
+--¡Ahora!... no os ha visto... hay diez personas con ella... Venid a
+sentaros un momento aquí conmigo.
+
+El se vio obligado a sentarse a su lado.
+
+--Nosotras también partiremos.
+
+--¿Vosotras?
+
+--Sí, hoy recibimos un telegrama de mi cuñado que nos causó mucha
+alegría. No lo esperábamos hasta dentro de un mes, y estará aquí dentro
+de doce días; se embarca pasado mañana en New-York en el _Labrador_... Y
+nosotras iremos a esperarlo al Havre... Saldremos de aquí pasado mañana,
+llevando a los niños, a quienes sentará muy bien pasar unos diez días a
+orillas del mar... ¡Cuánto se alegrará mi cuñado al conoceros!... Al
+conoceros... pero, si ya os conoce, tanto le hablamos de vos en todas
+las cartas. Segura estoy de que simpatizaréis mutuamente. El es
+excelente... ¿Cuánto tiempo tardaréis en volver?
+
+--Veinte días.
+
+--¿Veinte días... en un campamento?
+
+--Sí, señorita, en el campamento Cercottes.
+
+--En medio de los bosques de Orleans. Esta mañana me hice explicar todo
+esto por vuestro padrino. Estoy contenta, porque vamos a ver a mi
+cuñado; pero al mismo tiempo siento partir, pues si me quedara, iría
+todas las mañanas a hacer una visita a vuestro padrino... y él me daría
+noticias vuestras. ¿Queréis escribir a mi hermana, dentro de diez días,
+una cartita de cuatro líneas, que no os quitará mucho tiempo, diciéndole
+cómo estáis y que no nos olvidáis?
+
+--¡Oh! en cuanto a olvidaros... perder el recuerdo de vuestra gracia, de
+vuestra bondad... ¡nunca, señorita, jamás!
+
+Su voz temblaba. Tuvo miedo de su emoción, y se levantó.
+
+--Os repito, señorita, que debo ir a saludar a vuestra hermana... me ha
+visto... y debe estar asombrada...
+
+Atravesó el salón, mientras Bettina lo seguía con la vista. Madama
+Norton acababa de instalarse en el piano para hacer bailar un poco a los
+jóvenes. Pablo de Lavardens se acercó a miss Percival.
+
+--¿Queréis hacerme el honor, señorita?
+
+--¡Ah! Creo haber prometido este vals al señor Juan.
+
+--En fin, ¿si no es con él... será conmigo?
+
+--Convenido.
+
+Bettina se dirigió hacia Juan que se había sentado cerca de madama
+Scott.
+
+--Acabo de echar una gran mentira. El señor de Lavardens vino a
+invitarme para este vals, y le respondí que os lo había prometido... Sí,
+¿no es verdad, queréis?
+
+¡Estrecharla en sus brazos, respirar el perfume de sus cabellos!... Juan
+estaba desesperado... No se atrevió a aceptar.
+
+--Siento, señorita; mas no puedo... no me encuentro bien esta noche. He
+venido por no partir sin despedirme; pero bailar es imposible.
+
+Madama Norton comenzaba el preludio del vals.
+
+--¡Y bien!--dijo Pablo, llegando alegremente,--¿es con él o conmigo,
+señorita?
+
+--Con vos--respondió tristemente ella, sin separar los ojos de Juan.
+
+Estaba muy turbada, y contestó eso sin saber lo que decía. Mas en
+seguida sintió haber aceptado. Habría deseado quedarse al lado de él...
+pero era demasiado tarde. Pablo le tomó la mano y la arrastró.
+
+Juan se levantó, y los siguió con la vista a los dos, Bettina y Pablo.
+Una nube le pasó ante los ojos. Sufría atrozmente.
+
+--No me queda más recurso que aprovechar este momento y partir--se
+dijo.--Mañana escribiré algunas líneas a madama Scott disculpándome.
+
+Dirigiose a la puerta, sin mirar a Bettina... Si la hubiera mirado, se
+habría quedado.
+
+Pero Bettina lo miraba, y de repente díjole a Pablo:
+
+--Os agradezco mucho, señor, mas estoy fatigada... Detengámonos, os
+ruego... ¿Me perdonáis, no es verdad?
+
+Pablo le ofreció el brazo.
+
+--No, gracias--dijo ella.
+
+La puerta acababa de cerrarse. Juan no estaba ya allí. Bettina atravesó
+el salón corriendo, y Pablo se quedó solo, sin comprender lo que le
+pasaba.
+
+Juan llegaba al pórtico, cuando oyó que lo llamaban.
+
+--¡Señor Juan! ¡señor Juan!
+
+Detúvose y se volvió; ella estaba a su lado.
+
+--¿Os vais... sin decirme adiós?
+
+--Dispensad, señorita, estoy muy fatigado.
+
+--Entonces, no os vayáis así, a pie. Va a llover.
+
+Y extendió la mano hacia fuera.
+
+--¡Mirad! ya llueve.
+
+--¡Oh! apenas.
+
+--Venid a tomar una taza de té conmigo sola en el saloncito, y os haré
+llevar en carruaje.
+
+Y volviéndose a uno de los criados:
+
+--Decid que pongan el cupé, en seguida.
+
+--No, señorita, no, os ruego. El aire libre me calmará... tengo
+necesidad de caminar... dejadme partir.
+
+--¡Partid, pues!... Pero no tenéis abrigo... Tomad este chal para
+cubrios.
+
+--No tengo frío... mientras que vos... con ese traje... parto para
+obligaros a entrar.
+
+Sin tenderle siquiera la mano, se escapó, bajando rápidamente las gradas
+del pórtico.
+
+«Si toco su mano, pensaba, estoy perdido, descubro mi secreto.»
+
+¡Su secreto! El no sabía que Bettina leía en su corazón como en un libro
+abierto.
+
+Cuando llegó a la puerta, tuvo un breve momento de hesitación. Tenía
+esta frase en los labios:
+
+«¡Os amo! ¡os adoro! ¡Y por eso no quiero volver a veros!»
+
+Mas no la pronunció, alejose, perdiéndose pronto en la obscuridad...
+Bettina permaneció en el pórtico, en el cuadro luminoso de la puerta.
+Gruesas gotas de lluvia impelidas por el viento azotaban sus espaldas
+desnudas y la hacían temblar; ella no lo notaba; sentía claramente latir
+su corazón.
+
+--Bien sabía que él me amaba--se dijo;--pero ahora estoy segura de que
+yo también lo amo... ¡oh! sí... yo también...
+
+De pronto, en uno de los grandes espejos de la puerta, vio reflejarse a
+los dos criados que estaban de pie inmóviles, junto a la mesa de encina
+del vestíbulo. Bettina dio algunos pasos en dirección al salón... Oyó
+alegres risas, y el vals que continuaba. Detiénese. Quiere estar sola,
+completamente sola, y dirigiéndose a uno de los criados:
+
+--Id a decir a la señora que yo estaba fatigada, y he subido a mi
+cuarto.
+
+Annie, su camarera, dormitaba en un sillón. Despidiola, pues ella misma
+quería desvestirse. Dejose caer en un diván experimentando un delicioso
+cansancio.
+
+La puerta del cuarto se abre; es madama Scott.
+
+--¿Estáis enferma, Bettina?
+
+--¡Ah! Zuzie, ¡sois vos, mi Zuzie! ¡Qué bien habéis hecho en venir!
+Sentaos aquí, junto a mí, muy cerca de mí.
+
+Y se recostó como un niño en los brazos de su hermana, acariciando con
+su cabeza ardiente los frescos hombros de Zuzie; después, de repente, se
+echó a llorar, con grandes sollozos que la sofocaban.
+
+--Bettina, mi querida Bettina, ¿qué tenéis?
+
+--Nada, nada... son los nervios... es la alegría.
+
+--¿La alegría?
+
+--Sí, sí... esperad, pero dejadme llorar un poco... ¡Me hace tanto
+bien!... no tengáis cuidado... no es nada.
+
+Bajo los besos de su hermana, Bettina se calma, se tranquiliza.
+
+--Ya se acabó, se acabó, y voy a deciros... tengo que hablaros de Juan.
+
+--¡Juan! ¿lo llamáis Juan?
+
+--Sí, lo llamo Juan... ¿No habéis notado, de algún tiempo a esta parte,
+que estaba triste y parecía ser muy desgraciado?
+
+--Sí, en efecto.
+
+--Apenas llegaba... iba a instalarse a vuestro lado, y permanecía allí,
+pensativo y silencioso; tanto, que durante varios días me pregunté,
+perdonadme que os hable con esta franqueza, sabéis que es mi costumbre,
+si no os amaría a vos, mi Zuzie. ¡Sois tan linda, tan buena, que habría
+sido lo más natural! ¡Pero no, no era a vos, sino a mí!
+
+--¿A vos?
+
+--Sí, a mí. Escuchadme bien... Apenas se atrevía a mirarme. Me evitaba,
+me huía... Me tenía miedo. Evidentemente me tenía miedo. ¡Pues bien!
+¿decidme, con franqueza, si soy como para inspirar miedo? No, ¿no es
+verdad?
+
+--Seguramente, no.
+
+--¡Ah! pero no me tenía miedo a mí, sino a mi dinero ¡a mi horrible
+dinero! Ese dinero que los atrae a todos con una tentación tan fuerte;
+ese dinero lo aterra a él, y lo desespera... porque no es como los
+demás, porque...
+
+--Cuidado, querida, si os engañarais...
+
+--¡Oh! no, no, yo, no me engaño. No hace mucho, en la puerta, al partir,
+me dijo algunas palabras... Las palabras no decían nada; pero si
+hubierais visto su turbación, ¡a pesar de todos sus esfuerzos por
+contenerse!... Zuzie, mi Zuzie, por el cariño que os tengo, y Dios sabe
+cuán grande es, voy a revelaros mi convicción, mi convicción absoluta:
+si en vez de ser miss Percival, hubiera sido yo una pobre joven sin
+ningún dinero, Juan me habría tomado la mano, en ese momento,
+diciéndome que me amaba, y si así me hubiese hablado ¿sabéis lo que le
+habría respondido?
+
+--Que vos también le amabais.
+
+--Sí, y por eso soy tan feliz. Era una idea fija en mí, adorar al hombre
+que fuera mi marido... Pues bien, no digo que adoro a Juan, no, todavía
+no... pero, en fin, ya principio, Zuzie... ¡y el principio es tan grato!
+
+--Bettina, me inquieta veros en esa exaltación. Convengo en que M.
+Reynaud tenga mucho afecto por vos...
+
+--¡Oh! más que eso, mucho más.
+
+--Mucho amor, si queréis. Sí, tenéis razón, habéis visto bien... El os
+ama... y sois digna de todo el amor que sientan por vos, mi querida. En
+cuanto a Juan, decididamente esto es contagioso, yo también le llamo
+Juan, bueno, sabéis la opinión que de él tengo formada; desde un mes a
+esta parte hemos tenido muchas veces ocasión de decírnosla... Pienso
+muy bien de él, muy bien... Pero, en fin, a pesar de todo, ¿será éste el
+marido que os conviene?
+
+--Sí, si lo amo.
+
+--Procuro hablaros razonablemente, y vos me contestáis siempre...
+Bettina, tengo mucha más experiencia que vos... Escuchadme bien... Desde
+que llegamos a París nos hemos visto lanzadas en un mundo muy animado,
+muy brillante, aristocrático... Podríais ser ya, si hubierais querido,
+Marquesa o Princesa...
+
+--Sí, pero no he querido.
+
+--¿Os sería completamente indiferente llamaros madama Reynaud?
+
+--Absolutamente, si lo amo...
+
+--¡Ah! insistís...
+
+--Porque es la verdadera cuestión. No hay otra... y a mi vez quiero ser
+razonable. Os concedo que esta cuestión no esté completamente resuelta,
+y que quizá he procedido con demasiada ligereza. Ya veis cómo soy
+razonable. Juan parte mañana, y no volveré a verlo hasta dentro de
+veinte días, durante los cuales tendré tiempo de interrogarme,
+consultarme, y saber lo que pasa en mí. Bajo mi aire ligero, soy seria y
+reflexiva... ¿No es así?
+
+--Sí, lo reconozco.
+
+--Pues bien, voy a dirigiros una súplica, como lo haría con nuestra
+madre si estuviera aquí presente. Si dentro de veinte días os digo:
+«¡Zuzie, estoy segura de amarlo!» me permitiréis que vaya hacia él, yo
+misma, yo sola, a preguntarle si me quiere por esposa. Es lo que
+hicisteis vos con Richard... Decid, Zuzie, ¿me lo permitiréis?
+
+--Sí, os lo permitiré.
+
+Bettina besó a su hermana, murmurándole al oído:
+
+--¡Gracias, mamá!
+
+--¡Mamá, mamá! Así me llamabais cuando erais muy niña, cuando estábamos
+solas en el mundo las dos, cuando os desnudaba de noche en New-York en
+nuestro pobre cuartito, y os tenía en mis brazos antes de poneros en la
+cuna, cantando para haceros dormir. Y desde entonces, Bettina, no he
+deseado más que una sola cosa en el mundo: vuestra felicidad. Por eso os
+pido que reflexionéis bien. No me respondáis; no hablemos más de eso.
+Quiero dejaros muy tranquila, bien calmada. ¿Despachasteis a Annie?...
+¿Queréis que esta noche también os desnude y os acueste vuestra mamá,
+como antes?
+
+--Sí, quiero.
+
+--¿Y cuando estéis acostada, me prometeréis ser buena?
+
+--Buena, como una santa.
+
+--¿Y haréis todo lo posible por dormiros?
+
+--Todo lo que pueda...
+
+--¿Con mucho juicio, sin pensar en nada?
+
+--Con juicio y sin pensar en nada.
+
+--¡Sea enhorabuena!
+
+Diez minutos después, la cabeza de Bettina reposaba suavemente entre
+bordados y encajes, mientras Zuzie decía a su hermana:
+
+--Voy donde está toda esa gente que me fastidia en extremo esta noche. Y
+antes de pasar a mi cuarto, vendré a ver si dormís. Silencio... dormíos.
+
+Y salió dejando sola a Bettina; que, según lo prometido, hizo los más
+sinceros esfuerzos para dormirse, no consiguiéndolo sino a medias. Cayó
+en un semisueño, en una modorra que la dejó flotante entre el sueño y la
+realidad. Prometió no pensar en nada, y, sin embargo, pensaba en él,
+nada más que en él, siempre en él; pero vaga y confusamente. Cuánto
+tiempo pasó así, no habría sabido decirlo. De pronto, sintió pasos en el
+cuarto; entreabrió los ojos y creyó reconocer a su hermana, y con voz
+somnolienta le dijo:
+
+--¿Sabéis?... lo amo.
+
+--Chit... ¡Dormid, dormid!
+
+--Duermo, duermo.
+
+Y se durmió en realidad; mas no tan profundamente como de costumbre,
+pues a las cuatro de la mañana despertose sobresaltada por un ruido, que
+la víspera no habría turbado absolutamente su sueño. La lluvia, que caía
+a torrentes, azotaba las ventanas del cuarto de Bettina.
+
+--¡Oh! ¡cómo llueve, cómo se va a mojar!
+
+Fue su primer pensamiento. Levántase, atraviesa su cuarto con los pies
+desnudos y entreabre un postigo. Empieza a despuntar el día, con una luz
+gris, opaca, pesada; el cielo está cargado de agua; el viento sopla
+tempestuoso, por ráfagas que hace girar la lluvia en torbellinos.
+
+Bettina no se acuesta ya. Comprende que le sería del todo imposible
+volverse a dormir. Pónese un peinador y permanece junto a la ventana,
+viendo caer la lluvia. Ya que debía partir, habría deseado que se fuera
+con buen tiempo, y que un claro sol iluminara su primera etapa.
+
+Hace un mes, cuando llegó a Longueval, Bettina no sabía lo que era una
+etapa. Hoy sabe que una etapa de artillería es una marcha de treinta a
+cuarenta kilómetros, con una hora de alto para almorzar. El abate
+Constantín se lo ha enseñado; pues durante las visitas que hacen juntos
+a los pobres, Bettina lo abruma a preguntas sobre las cosas militares y
+especialmente sobre el servicio de artillería.
+
+¡Ocho o diez leguas bajo esta lluvia azotadora! ¡Pobre Juan! Bettina
+piensa en los jóvenes Turner, Norton, en Pablo de Lavardens, que
+dormirán tranquilamente hasta las diez de la mañana, mientras Juan
+recibirá este diluvio.
+
+¡Pablo de Lavardens! este nombre despierta en su espíritu un recuerdo
+doloroso: el vals de la víspera... ¡Haber bailado así, cuando la pena de
+Juan era manifiesta! A los ojos de Bettina, la vuelta de vals que dio,
+toma las proporciones de un crimen; es horrible lo que ha hecho.
+
+Y después no tuvo valor ni franqueza en la última conversación con Juan.
+El no podía, no se atrevía a decir nada, pero ella debió demostrar más
+cariño, más confianza. Triste y enfermo como estaba, no debió nunca
+dejarlo partir a pie. Debió haberlo retenido, retenido a toda costa. La
+imaginación de Bettina trabaja y se exalta. Juan llevaría la impresión
+de haber estado con una mala criatura sin corazón y sin piedad...
+
+Y dentro de media hora partirá, partirá por veinte días... ¡Ah! si
+pudiera de algún modo!... Pero existe un medio... El regimiento
+desfilará por delante del parque, frente al terrado. Y Bettina es presa
+de un vehemente deseo de ir a ver pasar a Juan. Así comprenderá él,
+viéndola a esas horas, que viene a pedirle perdón de sus crueldades de
+la víspera. Sí, irá... Pero prometió a Zuzie ser juiciosa, estarse
+quieta como una santa, y ¿hacer lo que hace, es portarse como una santa?
+Al volver confesará a Zuzie todo, y ella le perdonará.
+
+¡Irá, irá! Mas ¿con qué se vestirá? No tiene a mano sino un traje de
+baile y un peinador de muselina, babuchas con tacón y zapatos de baile
+de raso celeste. ¿Qué hacer? Despertar a su camarera, nunca se
+atrevería... y además el tiempo urge... ¡las cinco menos cuarto! El
+regimiento sale a las cinco.
+
+Puede salir del paso con el peinador de muselina y los zapatos de raso,
+si encuentra en el vestíbulo un sombrero, sus zuecos de jardín y el gran
+chal escocés que se pone los días de lluvia para manejar. Entreabre su
+puerta con infinitas precauciones; todos duermen en el castillo;
+deslízase a lo largo de las paredes, a través de los corredores, y baja
+la escalera.
+
+¡Con tal que los zuecos estén en su lugar! Es su mayor preocupación. Ahí
+están. Los ata por sobre los zapatos de baile y se envuelve en su gran
+chal. Siente afuera redoblar la violencia de la lluvia. Ve un enorme
+paraguas, del que se sirven los criados cuando van en el pescante;
+apodérase de él: ya está pronta... mas cuando quiere salir nota que la
+puerta del vestíbulo se halla cerrada por una gran barra de hierro.
+Procura levantarla, pero la barra está fuerte, resiste, y el gran reloj
+del vestíbulo deja oír en aquel momento cinco golpes. ¡El sale en ese
+instante!
+
+¡Y ella quiere verlo, quiere verlo! Su voluntad se irrita con los
+obstáculos; hace un gran esfuerzo. La barra cede y se desliza por la
+puerta... Pero Bettina se ha hecho en la mano un largo tajo que deja ver
+un pequeño hilo de sangre. Envuélvese la mano en el pañuelo, toma el
+gran paraguas, da vuelta la llave en la cerradura, y abre la puerta. ¡Al
+fin está afuera!
+
+El tiempo es horrible. El viento y la lluvia continúan. Necesítanse
+cinco o seis minutos para llegar al terrado que da a la calle. Bettina
+se lanza valientemente adelante, con la cabeza baja, oculta debajo de
+su inmenso paraguas. Habría andado unos cincuenta pasos, cuando un
+remolino ciego, loco, furioso, se arroja sobre Bettina, le abre el chal,
+la arrastra, la levanta, casi la hace perder pie, y da vuelta con
+violencia el paraguas. Esto no es nada todavía. El desastre fue
+completo. Bettina ha perdido uno de sus zuecos... No eran muy serios
+estos zuecos, eran muy bonitos para el buen tiempo.
+
+Y en ese momento, cuando Bettina desesperada, lucha contra la tempestad,
+con su zapato de raso celeste que se entierra en la arena mojada, en ese
+momento el viento le trae el eco lejano de un toque de trompetas. ¡Es el
+regimiento que sale! Bettina toma una gran resolución: abandona el
+paraguas, levanta el zueco, vuelve a atárselo mal o bien, y parte
+corriendo con un diluvio en la cabeza.
+
+Por fin se encuentra bajo el bosque, donde los árboles la protejen un
+poco. Otro toque más; más cercano esta vez, Bettina cree oír los pasos
+de los caballos. Hace un último esfuerzo y llega al terrado... ¡Ya era
+tiempo! A veinte metros de distancia divisa los caballos blancos de los
+cornetas, y más lejos ve ondular vagamente en medio de la neblina, una
+larga fila de cañones. Pónese al abrigo bajo los tilos que rodean el
+terrado, y mira y espera. El viene ahí entre esa masa confusa de
+caballeros. ¿Podrá reconocerlo? Alguna feliz casualidad le hará volver
+la cabeza hacia ese lado.
+
+Bettina sabe que es teniente de la segunda batería de su regimiento;
+sabe que una batería se compone de seis cañones y seis cajas. El abate
+Constantín le enseñó también esto. Debe, pues, dejar pasar la primera
+batería, es decir, contar seis cañones, seis cajas y en seguida vendrá
+él...
+
+Es él, en efecto, envuelto en su gran capa, y es él, el primero que la
+ve y la reconoce. Unos momentos antes recordaba un largo paseo que
+hiciera con ella, al caer la tarde, hasta este terrado. Levantó los
+ojos hacia donde recordaba haberla visto y la encontró allí mismo.
+
+La saluda, y con la cabeza descubierta, bajo la lluvia, volviéndose
+sobre el caballo, a medida que se alejaba, la miró hasta perderla de
+vista, repitiendo lo que se había dicho la víspera:
+
+--¡Será la última vez!
+
+Ella, con las manos le decía adiós, y este ademán repetido muchas veces,
+traía sus manos tan cerca, tan cerca de su boca, que se habría podido
+creer...
+
+--¡Ah--pensaba,--si después de esto no comprende que lo amo, si no me
+perdona mi dinero!
+
+
+
+
+VIII
+
+
+Estamos a 10 de agosto, día en que debe volver Juan a Longueval.
+
+Bettina se despierta muy temprano, se levanta y corre a la ventana. Un
+gran sol naciente disipa los vapores de la mañana. La víspera, por la
+noche, el cielo estaba amenazando, cargado de nubes. Bettina ha dormido
+muy poco, y durante toda la noche decía:
+
+--¡Con tal que no llueva mañana!
+
+Va a ser un día precioso, y como Bettina es algo supersticiosa, esto le
+infunde esperanza y valor. La jornada principia bien y terminará bien.
+
+M. Scott ha vuelto hace unos días. Bettina lo esperaba en el muelle del
+Havre con Zuzie y los niños.
+
+Después de abrazarse tiernamente, varias veces, Richard, dirigiéndose a
+su cuñada, pregunta riendo:
+
+--¡Y bien! ¿cuándo es el casamiento?
+
+--¿Qué casamiento?
+
+--Con M. Juan Reynaud.
+
+--¡Ah, mi hermana os ha escrito!
+
+--¿Zuzie? No. Zuzie no me ha dicho ni una palabra. Vos, Bettina, me
+habéis escrito. Desde hace un mes, en todas vuestras cartas, sólo se
+trata de este joven oficial.
+
+--¿En todas mis cartas?
+
+--Sí, sí, y me escribíais con más frecuencia y más detención que antes.
+No me quejo, pero os pregunto, ¿cuándo me presentaréis a mi cuñado?
+
+El hablaba así por broma, mas Bettina le responde seriamente:
+
+--Espero que será muy pronto.
+
+M. Scott sólo ahora sabe que el asunto es serio. Bettina le pide sus
+cartas, al volver en el vagón para releerlas, y ve que, en efecto, en
+todas habla de él. Halla allí los más mínimos detalles de su primer
+encuentro; el retrato de Juan en el jardín del presbiterio con su
+sombrero de paja y la ensaladera de loza... y después el señor Juan, y
+siempre el señor Juan. Descubre que lo ama desde mucho antes que lo
+pensaba.
+
+Estamos, pues, a 10 de agosto. Acaba de concluirse el almuerzo en el
+castillo. Harry y Bella están impacientes. Saben que de una a dos el
+regimiento atravesará la aldea, y les han prometido llevarlos a ver
+pasar los soldados, y para ellos, tanto como para Bettina, la vuelta del
+9.º de artillería es un gran acontecimiento.
+
+--Tía Betty--dijo Bella,--tía Betty, ven con nosotros.
+
+--Sí, ven--dijo Harry,--ven, veremos a nuestro amigo Juan sobre su gran
+caballo moro.
+
+Bettina resiste, rehúsa, y, sin embargo, ¡qué tentación! Pero no, no
+irá, no verá a Juan hasta la noche para la explicación decisiva que
+viene preparando desde hace veinte días.
+
+Los niños salen con su aya, mientras Bettina, Zuzie y Richard se sientan
+en el parque, cerca del castillo.
+
+--Zuzie--dice Bettina,--voy a recordaros hoy vuestra promesa. ¿Os
+acordáis de lo que pasó entre nosotras la noche de su partida?
+Convinimos en que si a su vuelta yo os decía: Zuzie, estoy segura de
+amarlo, vos me permitiríais dirigirme a él francamente y preguntarle si
+me quería por esposa.
+
+--Sí, os lo prometí. ¿Pero estáis segura?
+
+--Completamente segura. Os prevengo, pues, que tengo la intención de
+traerlo... aquí mismo, a este banco--continuó, sonriendo,--y hablarle,
+más o menos, como vos lo hicisteis con Richard. La prueba salió bien,
+Zuzie... sois enteramente feliz, y yo también quiero serlo. Richard,
+¿Zuzie os ha hablado de M. Reynaud?
+
+--Sí, me ha dicho que de ningún hombre pensaba tan bien como de éste,
+pero...
+
+--Pero también os ha dicho que quizá sería para mí un casamiento
+demasiado tranquilo, muy poco brillante. ¡Oh, qué mala hermana! ¡Queréis
+creer, Richard, que no consigo quitarle ese temor; no comprende que ante
+todo quiero amar y ser amada! ¡Creeréis, Richard, que la semana pasada
+me tendió un lazo horrible! ¿Sabéis que en el mundo existe un príncipe
+Romanelli?
+
+--Sí, y habríais podido ser Princesa.
+
+--Creo que no hubiera encontrado inmensas dificultades. Pues bien, un
+día cometí la imprudencia de decir a Zuzie que el príncipe Romanelli, en
+último caso, me parecía aceptable. ¿No os imagináis lo que hizo? Los
+Turner estaban en Trouville; y con ayuda de ellos tramó el complot. Me
+hicieron almorzar con el Príncipe... mas el resultado fue desastroso.
+¡Aceptable! Durante las dos horas que pasé con él, me pregunté cómo
+había podido yo decir semejante palabra. No, Richard; no, Zuzie; no
+quiero ser Princesa, ni Condesa, ni Marquesa, sino simplemente madama
+Juan Reynaud... si el señor Juan Reynaud consiente... lo cual no es muy
+seguro.
+
+El regimiento entraba a la aldea, y bruscamente estalló la música
+marcial y alegre a través del espacio. Los tres permanecieron en
+silencio. Era el regimiento, era Juan quien pasaba. Los sonidos
+disminuyeron, hasta extinguirse, y Bettina continuó:
+
+--No, no es seguro, aunque él me ama mucho, y sin conocerme bien. Yo
+pienso que merezco ser amada de otra manera, pienso que si me conociera
+mejor, no le causaría un terror semejante, por esto os pido permiso para
+hablarle esta noche, libre y francamente.
+
+--Os lo acordamos--respondió Richard,--los dos os lo acordamos.
+Sabemos, Bettina, que nunca haréis nada que no sea noble y generoso.
+
+--Procuraré hacerlo, al menos.
+
+Los niños vuelven corriendo. Han visto a Juan, que iba cubierto de
+polvo, y los saludó.
+
+--Pero--agrega Bella,--no ha sido bueno con nosotros hoy, no se paró a
+hablarnos... siempre lo hace, y hoy no ha querido.
+
+--Sí, ha querido--responde Harry,--porque al principio hizo un
+movimiento así... y después no quiso, y se fue.
+
+--En fin, no se detuvo. Y es tan divertido hablar con un militar, sobre
+todo, cuando está a caballo.
+
+--No es eso sólo, sino que nosotros lo queremos tanto, al señor Juan. Si
+supieras, papá, ¡qué bueno es, y qué bien sabe jugar con nosotros!
+
+--¡Y qué lindos dibujos hace! ¿Te acuerdas, Harry, de aquel gran
+polichinela tan raro, con su bastón?
+
+--Y el gato, también había un gato, como en Guignol.
+
+Los niños se alejaron hablando de su amigo Juan.
+
+--Decididamente--dijo M. Scott,--todo el mundo lo quiere en esta casa.
+
+--Y vos haréis otro tanto, cuando lo conozcáis--responde Bettina.
+
+El regimiento sigue al trote por el camino real, al salir de la aldea.
+He ahí el terrado donde se hallaba Bettina la otra mañana... Juan
+piensa: ¡si estuviera ahí! Lo teme y lo espera al mismo tiempo. Levanta
+la cabeza, mira... ¡No está!
+
+¡No la ha visto! Ni volverá a verla... en mucho tiempo, al menos. Esa
+misma noche partirá, a las seis, para París. Uno de los directores del
+ministerio de la Guerra se interesa por él, y procurará hacerse enviar a
+otro regimiento.
+
+Juan ha reflexionado mucho sobre esto en Cercottes, y el resultado de
+sus reflexiones es el siguiente: él no puede, no debe ser el marido de
+Bettina.
+
+Los hombres echan pie a tierra en el patio del cuartel, mientras Juan
+se despide de su coronel y sus camaradas. Todo ha concluido, es libre,
+puede partir... y, sin embargo, no lo hace. Mira a su alrededor... ¡cuán
+feliz era tres meses antes, cuando salía de aquel gran patio, a caballo,
+en medio del ruido de los cañones que rodaban en el suelo de Souvigny!
+¡Y cuán tristemente saldrá hoy! Antes su vida se limitaba ahí... ahora
+¿hasta dónde irá?
+
+Entra y sube a su cuarto, para escribir a madama Scott, diciéndole que
+por asuntos de servicio se ve obligado a partir al instante, y no podrá
+comer en el castillo; ruega a madama Scott presente sus respetos a la
+señorita Bettina. ¡Bettina! ¡Ah, cuánta pena le da escribir este nombre!
+Cierra la carta para enviarla más tarde.
+
+Hace sus preparativos de viaje, para ir a despedirse, después, de su
+padrino. Esto es lo que más le cuesta... aunque sólo le hablará de una
+breve ausencia.
+
+Al abrir uno de los cajones del escritorio para sacar dinero, lo
+primero que hiere su vista es una carta escrita sobre papel azulado: el
+único billete que ha recibido de ella.
+
+«¿Queréis tener la bondad de entregar al portador el libro de que me
+hablasteis anoche? Quizá sea algo serio para mí; pero desearía ensayar
+su lectura. Hasta luego; venid lo más temprano posible.--_Bettina_.»
+
+Juan lee y relee estas pocas líneas... hasta que no puede leer más, pues
+se le nublan los ojos.
+
+--Esto es todo lo que me quedará de ella--piensa.
+
+En el mismo momento, el abate Constantín está en conferencia con
+Paulina. Hacen sus cuentas. La situación financiera es admirable, tienen
+más de dos mil francos en caja. Y se han cumplido los votos de Zuzie y
+Bettina: ya no hay pobres en toda la comarca. La vieja Paulina, por
+momentos, tiene ligeros escrúpulos de conciencia.
+
+--Mirad, señor cura, quizá damos demasiado. Correrá la voz hasta las
+otras aldeas de que aquí se hace la caridad a ojos cerrados, y uno de
+estos días vendrán a establecerse infinidad de pobres a Longueval.
+
+El cura da cincuenta francos a Paulina, que sale a llevárselos a un
+pobre hombre que se rompió un brazo al caer de arriba de una carreta de
+pasto.
+
+El abate Constantín queda solo y pensativo en el presbiterio. Esperó al
+regimiento al pasar, pero Juan no se detuvo más que un instante;
+¡llevaba un aire tan triste! Hace algún tiempo que el abate nota que
+Juan no tiene ya su alegría y buen humor de antes. Mas no se ha
+inquietado mucho, creyendo sería una de esas penas pasajeras de la
+juventud, que no interesan a un pobre cura viejo.
+
+Pero hoy la preocupación de Juan es muy notable.
+
+--Vuelvo en seguida, mi padrino--le dijo;--pues tengo necesidad de
+hablaros.
+
+Y salió bruscamente, sin que el abate tuviera tiempo para darle un
+terrón de azúcar a Loulou, o más bien dicho, unos terrones de azúcar,
+pues llevaba cinco o seis en el bolsillo, considerando que bien merecía
+Loulou este regalo por los diez días de marcha y las veinte noches
+pasadas al raso. Además, desde la instalación de madama Scott en el
+castillo, Loulou tenía siempre varios terrones de azúcar. El abate
+Constantín se había hecho gastador, pródigo; sentíase millonario, y los
+terrones para el caballo de Juan, eran una de sus locuras. Un día casi
+le dirigió a Loulou su eterno discurso.
+
+--Esto procede de las nuevas castellanas de Longueval. Rogad por ellas
+esta noche.
+
+Eran cerca de las tres cuando Juan llegó al presbiterio.
+
+--Me dijiste hoy, que tenías que hablarme... ¿de qué se trata?
+
+--De algo, padrino, que va a sorprenderos, a entristeceros, y me
+entristece a mí también. Vengo a despedirme de vos.
+
+--¡A despedirte! ¿Partes?
+
+--Sí, parto.
+
+--¿Cuándo?
+
+--Hoy mismo... dentro de dos horas.
+
+--¡Dentro de dos horas! pero esta tarde debíamos comer en el castillo.
+
+--Acabo de escribir a madama Scott, excusándome. Me veo obligado
+indefectiblemente a partir.
+
+--¿En seguida?
+
+--En seguida.
+
+--¿Y vas?
+
+--A París.
+
+--¡A París! ¿Y por qué esta repentina determinación?
+
+--No tan repentina. Hace tiempo ya que pensaba partir.
+
+--Y no me habéis dicho nada... Juan, algo te pasa... Eres un hombre, y
+no tengo ya derecho para tratarte como a un niño; pero, en fin, tú sabes
+cuánto te quiero... Si tienes alguna pena, alguna contrariedad, ¿por
+qué no me lo dices? Quizá podría darte algún buen consejo. Juan, ¿a qué
+vas a París?
+
+--No quería decíroslo... porque os causará pena... mas tenéis derecho a
+saberlo... Voy a París a pedir que me manden a otro regimiento.
+
+--¿A otro regimiento? ¿Salir de Souvigny?
+
+--Sí, precisamente, salir de Souvigny... por algún tiempo, por poco
+tiempo; pero, en fin, salir de Souvigny, es lo que deseo, lo que
+necesito.
+
+--¿Y yo? Juan, tú ya no piensas en mí... ¡Por poco tiempo! ¡Poco tiempo!
+es lo que me queda de vida, muy poco tiempo. Y durante estos últimos
+días que debo a la gracia de Dios, sentirte cerca de mí, era mi
+felicidad, sí, Juan, era mi mayor felicidad. ¿Y te vas así? Juan, espera
+un poco, ten paciencia, que no tardará mucho, espera a que el Señor me
+llame a sí, espera a que vaya a reunirme allí con tu padre y tu
+madre... No te vayas, Juan, no te vayas.
+
+--Si vos me queréis, yo también os quiero... y bien lo sabéis vos...
+
+--Sí, lo sé.
+
+--Conservo por vos el mismo cariño que tenía cuando era niño, cuando me
+recogisteis y me educasteis. Mi corazón no ha cambiado, ni cambiará
+jamás... Pero si el deber, si el honor me obliga a partir...
+
+--¡Ah! si es el deber, si es el honor... No digo nada más, Juan... ¡Todo
+queda después de eso, todo, todo! Siempre has sido buen juez de tu
+deber, buen juez de tu honor... Parte, hijo mío, parte. No te pregunto
+nada más, ni quiero saber nada más.
+
+--¡Pues bien! yo voy a decíroslo todo--exclamó Juan, vencido por su
+emoción.--Vale más que lo sepáis todo, vos que quedáis aquí, y volveréis
+al castillo... ¡y la volveréis a ver... a ella!
+
+--¿A quién?... ¿Quién es ella?
+
+--¡Bettina!
+
+--¡Bettina!
+
+--¡Yo la adoro, padrino, la adoro!
+
+--¡Pobre hijo mío!
+
+--Perdonad que os hable de estas cosas... pero os lo digo como se lo
+diría a mi padre. Y además... nunca he hablado de esto a nadie, y me
+ahoga el secreto. Sí, es una locura que se ha apoderado de mí, poco a
+poco, a pesar mío, pues bien comprendéis... ¡Dios mío! aquí mismo fue
+donde principié a amarla. ¿Sabéis aquel día que llegó con su hermana?...
+con los paquetitos de mil francos... con los cabellos sueltos... ¿y la
+noche del mes de María?... Luego he podido verla libre y
+familiarmente... y vos mismo me hablabais de ella sin cesar,
+ponderándome su carácter, su bondad. ¡Cuántas veces me repetisteis que
+no había en el mundo nada mejor!
+
+--Y lo pensaba... y lo pienso aún... Nadie la conoce aquí como yo, pues
+yo sólo la veo en casa de los pobres. Si la vieras en nuestras visitas
+por la mañana ¡cuán cariñosa y valiente es! Ni la miseria, ni el
+sufrimiento la desaniman... Pero hago mal en hablarte de esto...
+
+--No, no, no quiero volver a verla, pero no me niego a oír hablar de
+ella.
+
+--En tu vida encontrarás, Juan, una mujer mejor que ésta, ni de
+sentimientos más elevados. Tanto, que un día que me llevaba en un
+carruaje abierto, lleno de juguetes para una chiquita enferma, y al
+dárselos para hacerla reír y divertirla, le hablaba con tanta gracia,
+que yo pensaba en ti y me decía, ahora lo recuerdo: «¡Ah, si fuera
+pobre!»
+
+--¡Sí, si fuera pobre, mas no lo es!
+
+--¡Oh! no... ¡En fin, qué quieres, hijo mío! si te hace mal verla, vivir
+cerca de ella, como ante todo es preciso que no sufras... vete ¿no es
+así? vete... Y, sin embargo... y, sin embargo...
+
+El anciano sacerdote quedó pensativo, dejó caer la cabeza entre las
+manos, y permaneció en silencio durante algunos minutos; luego continuó:
+
+--Y, sin embargo, Juan, ¿sabes en qué pensaba? La he visto mucho a la
+señorita Bettina desde que llegó a Longueval. ¡Pues bien! ahora
+reflexiono, antes no me asombraba, me parecía tan natural que se
+interesasen por ti, pero en fin, ella no hablaba sino de ti, siempre,
+siempre de ti.
+
+--¿De mí?
+
+--Sí, y de tu padre y de tu madre. Tenía curiosidad de saber cómo vivías
+y me pedía le explicara lo que era la existencia de un soldado, de un
+verdadero soldado que cumple con su deber. Es extraordinaria la reunión
+de recuerdos que tiene lugar en mi mente desde que me has dicho eso. Mil
+pequeños incidentes se agrupan, se acercan... Anteayer, a las tres,
+volvió del Havre, una hora después estaba aquí, hablándome de ti. Me
+preguntó si habías escrito, si no habías estado enfermo, cuándo
+llegabas, a qué hora, si el regimiento pasaría por la aldea...
+
+--Es inútil, padrino, que busquéis todos esos recuerdos.
+
+--No, no es inútil... ¡Estaba tan contenta, considerábase tan feliz al
+pensar que iba a volverte a ver! La comida de esta tarde era una gran
+fiesta para ello... pensaba presentarte a su cuñado, que vino con ella.
+No habrá nadie hoy en el castillo, ni un solo invitado; mucho insistió
+sobre esto, y recuerdo su última frase, cuando estaba ahí en el umbral
+de la puerta: «No seremos más que cinco, vos, el señor Juan, mi hermana,
+mi cuñado y yo,» y agregó riendo: «¡Una verdadera comida de familia!»
+Diciendo esto salió corriendo. ¡Una verdadera comida de familia! ¿Sabes
+lo que yo creo, Juan, lo sabes?
+
+--No debéis creer eso, mi padrino, no debéis...
+
+--¡Juan, yo creo que ella te ama!
+
+--¡Y yo también lo creo!
+
+--¡Tú también!
+
+--Cuando la dejé hace veinte días, estaba tan agitada, tan conmovida.
+Veíame triste y desgraciado, y no quería dejarme partir. Esto pasaba en
+el pórtico del castillo, de donde salí huyendo... sí... huyendo; pues
+iba a hablar, a estallar, a decírselo todo. Después de haber andado unos
+cincuenta pasos, me detuve, y me volví; ella no podía verme, yo estaba
+en completa obscuridad; pero yo la veía, que permanecía allí, inmóvil,
+con los hombros y los brazos desnudos bajo la lluvia, mirando hacia el
+lado por donde yo había partido. Quizá soy un loco al pensar que... Tal
+vez era sólo un sentimiento de compasión. Pero no, era algo más que
+compasión, ¿pues sabéis lo que hizo al día siguiente? Vino a las cinco
+de la mañana, con un tiempo horrible, a verme pasar con el regimiento, y
+allí su modo de decirme adiós... ¡Ah! ¡padrino, padrino!...
+
+--Pero, entonces--dijo el pobre cura, completamente trastornado,
+enteramente desorientado;--pero entonces yo no comprendo nada. ¡Si tu
+la amas, Juan, y si ella te ama!...
+
+--Por eso mismo quiero partir. ¡Si no fuera más que yo! Si estuviera
+seguro de que ella no había notado mi amor, seguro de que no se
+compadecía de mí, me quedaría... me quedaría... sólo por tener la dicha
+de verla, y la amaría de lejos, sin esperanza ninguna, sólo por el
+placer de amarla... Pero no, ella ha comprendido muy bien... y lejos de
+desalentarme... en fin, esto es lo que me obliga a partir...
+
+--No, no lo comprendo. Bien sé, hijo mío, que hablamos de cosas en que
+no soy muy entendido... pero, en fin, los dos sois buenos, jóvenes,
+encantadores... Tú la amas... ella te ama... ¡y no podríais!...
+
+--¡Y su dinero, padrino, y su dinero!
+
+--¡Qué importa su dinero! ¡qué tiene que ver su dinero! ¿Acaso la has
+amado por su dinero?... Pues a pesar de su dinero, mejor. Tu conciencia,
+mi Juan, estará bien tranquila a este respecto, y eso basta.
+
+--No, eso no basta. Tener buena opinión de sí mismo no es bastante; es
+preciso que de esta buena opinión participen los demás.
+
+--¡Oh! Juan, entre los que te conocen, ¿quién dudaría de ti?
+
+--Quién sabe... Y después hay otra cosa además de la cuestión dinero,
+otra cosa más seria y más grave. No soy el marido que le conviene.
+
+--¿Y quién sería más digno que tú?
+
+--No se trata de ver lo que yo pueda valer, sino de considerar lo que
+ella es, y lo que soy yo; de saber lo que debe ser su vida, y lo que
+será la mía... Un día Pablo, sabéis que él tiene un modo algo brusco de
+decir las cosas, pero muchas veces eso da al pensamiento mayor claridad,
+se trataba de ella... Pablo no se imaginaba nada... sin eso... es bueno
+y no habría hablado así. Pues bien, me decía: «Lo que necesita, es un
+marido que se consagre a ella completamente, un marido que no tenga más
+pensamiento que hacer de su existencia una perpetua fiesta, un marido,
+en fin, que pase su vida procurándole diversiones.» Vos me conocéis...
+Un marido semejante, no puedo, no debo serlo. Soy soldado y seguiré
+siéndolo. Si los azares de mi carrera me envían un día de guarnición a
+algún rincón de los Alpes o a alguna aldea perdida de Argel, ¿podré
+pedirle que me siga? ¿Puedo condenarla a esta existencia de mujer de
+soldado, que en suma es, más o menos, la existencia del soldado? ¡Pensad
+en la vida que lleva hoy, en todo ese lujo, todos esos placeres!...
+
+--Sí--dijo el abate,--esto es más serio que la cuestión dinero.
+
+--Tan serio, que no cabe duda posible. Durante los veinte días que pasé
+allá solo en el campamento, he pensado mucho en esto... no he pensado
+más que en esto... y amándola como la amo es preciso que haya pensado
+bien las razones, y que ellas me muestren claramente mi deber. Debo
+irme... lejos, muy lejos, lo más lejos posible. ¡Sufriré mucho... mas no
+debo volverla a ver, no debo volver a verla!
+
+Juan se dejó caer en un sillón junto a la chimenea, y permaneció allí
+abrumado. El anciano sacerdote lo miraba.
+
+--¡Verte tan desgraciado, pobre hijo mío! Que un dolor semejante caiga
+sobre ti... Es demasiado cruel, demasiado injusto...
+
+En este momento llamaron suavemente a la puerta.
+
+--¡Ah! no tengas cuidado, Juan... no dejaré entrar.
+
+El abate se dirigió hacia la puerta, la abrió y retrocedió como ante una
+aparición inesperada.
+
+Era Bettina, que en el acto vio a Juan y se dirigió derecho a él.
+
+--¿Sois vos?... ¡Oh, cuánto me alegro!
+
+El se había levantado, y ella le tomó las dos manos, y dirigiéndose al
+cura, agregó:
+
+--Dispensad, señor cura, si lo he saludado a él primero... A vos os he
+visto ayer... y a él no le veo desde hace veinte largos días, desde
+cierta noche que salió de casa triste y enfermo.
+
+Ella conservaba entre las suyas las manos de Juan, y él no se sentía con
+fuerzas para hacer el menor movimiento ni pronunciar una sola palabra.
+
+--¿Ahora estáis mejor?--continuó Bettina.--No, aun no... lo veo...
+triste aún... ¡Oh, qué bien he hecho en venir! He tenido una
+inspiración... Sin embargo, siento algo, siento mucho encontraros aquí.
+Y comprenderéis por qué, cuando sepáis lo que vengo a pedir a vuestro
+padrino.
+
+Bettina soltó las manos de Juan, y se volvió hacia el abate.
+
+--Vengo, señor cura, a rogaros queráis escuchar mi confesión. Sí, mi
+confesión... Pero no penséis en iros, señor Juan. Haré mi confesión
+públicamente, con mucho gusto hablaré delante de vos... y hasta pienso
+que será mejor así. Sentémonos, ¿queréis?
+
+Bettina sentíase llena de confianza y osadía. Tenía fiebre, pero esa
+fiebre que en el campo de batalla da al soldado el ardor, el heroísmo y
+el desprecio del peligro. La emoción que aceleraba los latidos de su
+corazón era una emoción elevada y generosa. Ella se decía:
+
+«¡Quiero ser amada! ¡Quiero amar! ¡Quiero ser feliz! ¡Quiero que él sea
+feliz! Y puesto que él no tiene valor, yo lo tendré por los dos, y
+marcharé sola, con la cabeza erguida y el corazón tranquilo, a
+conquistar nuestro amor, a conquistar nuestra dicha.»
+
+Desde el primer momento, Bettina sintió su completa superioridad sobre
+el abate y Juan. Ellos la dejaban hablar, la dejaban obrar, sintiendo
+que la hora era suprema. Comprendían que iba a pasar algo decisivo,
+irrevocable, pero que ni uno ni otro estaban en estado de prever.
+Habíanse sentado dócil casi automáticamente. Entre aquellos dos hombres
+aturdidos, sólo Bettina conservaba su sangre fría, y con voz clara y
+precisa comenzó de esta manera:
+
+--Para tranquilidad de vuestra conciencia, os diré primero, señor cura,
+que estoy aquí con el consentimiento de mi hermana y mi cuñado, que
+saben por qué he venido y lo que pienso hacer: no sólo lo saben, sino
+que lo aprueban también. Me habéis comprendido, ¿verdad? Bueno. Lo que
+me trae aquí es vuestra carta, señor Juan; la carta en que decís a mi
+hermana que no podéis ir a comer con nosotros esta tarde, pues os veis
+obligado a partir. Esa carta desbarató todos mis proyectos. Yo pensaba,
+siempre con el permiso de mi hermana y mi cuñado, llevaros esta tarde,
+después de comer, al parque, señor Juan, y sentarme con vos en un banco.
+Tuve hasta la niñería de elegir el paraje de antemano, y allí os habría
+recitado un pequeño discurso, muy preparado, muy estudiado, casi
+aprendido de memoria, pues desde vuestra partida no pienso más que en
+este discurso, y me lo recito a mí misma desde la mañana hasta la noche.
+Esto era lo que me proponía hacer, y comprendéis que vuestra carta...
+desconcertó mi plan. Reflexioné un tanto, y pensé que si yo dirigiera mi
+discurso a vuestro padrino, sería, más o menos, como si os lo dirigiera
+a vos mismo. He venido, pues, señor cura, a rogaros tengáis la bondad de
+escucharme. Cuando vine aquí traía una buena dósis de valor; pero ya se
+me acaba, y quisiera deciros aún ciertas cosas... las más importantes.
+Juan, escuchadme bien: no quiero que me deis una respuesta arrancada a
+vuestra emoción. Sé que me amáis... Y si debéis casaros conmigo, no
+quiero que sea sólo por amor, sino también por razonamiento. Durante los
+quince días que precedieron vuestra partida, pusisteis tal empeño en
+huir de mí, en evitar hasta la más simple conversación, que no pude
+mostrarme a vuestros ojos tal como soy. Y poseo, quizá, algunas
+cualidades que no conocéis... Sé, Juan, lo que sois vos, y sé los
+compromisos que contraigo tomándoos por esposo: seré para vos no sólo
+una mujer cariñosa y buena, sino también valiente y firme. Conozco toda
+vuestra vida, vuestro padrino me la ha referido; sé por qué sois
+soldado, y cuántos deberes y sacrificios podéis entrever en el
+porvenir... No lo dudéis, Juan, jamás os desviaré de ninguno de estos
+deberes, de ninguno de estos sacrificios. Si pudiera resentirme con vos
+por algo, lo haría por ese pensamiento, ¡oh, sí, lo habéis tenido! el
+pensamiento de que yo os querría todo para mí, que os pediría
+abandonarais vuestra carrera. ¡No, nunca, jamás! oíd bien, jamás os
+pediré una cosa semejante... Una joven amiga mía hizo eso al casarse;
+pero hizo mal... os amo tal como sois, y porque vivís de otra manera y
+mejor que todos los que me deseaban por esposa, yo os deseo por marido.
+Os amaría menos, nada quizá, aunque esto sería muy difícil, si
+llevarais la vida que llevan todos aquellos a quienes he desechado...
+Cuando pueda seguiros os seguiré, y donde quiera que estéis, allí estará
+mi deber; donde quiera que vayáis, irá mi felicidad, y si llegara día en
+que no pudierais llevarme, día en que debierais partir solo, pues bien,
+Juan, ese día os prometo que tendré valor suficiente para no quitaros el
+vuestro... Y ahora, señor cura, no es a él, sino a vos a quien me
+dirijo... quiero que respondáis vos, y no él. Decid... ¿si él me ama y
+me considera digna de él, será justo que me haga expiar tan duramente mi
+fortuna?... Decid... ¿no debe aceptar ser mi marido?
+
+--Juan--dijo gravemente el anciano sacerdote,--¡sé su esposo... es tu
+deber... y será tu felicidad!
+
+Juan se acercó a Bettina, la tomó en sus brazos y posó en su frente un
+primer beso.
+
+Bettina se separó suavemente, y dirigiéndose al abate:
+
+--Ahora, señor cura, tengo aún algo que pediros... quisiera...
+quisiera...
+
+--¿Quisierais?...
+
+--Que me besarais, señor cura.
+
+El anciano sacerdote la besó paternalmente en las dos mejillas.
+
+--Muchas veces me habéis dicho, señor cura, que Juan era como vuestro
+hijo. Yo también, no es verdad, seré un poco vuestra hija, y así
+tendréis dos hijos.
+
+ * * * * *
+
+Un mes después, el 12 de septiembre, a mediodía, Bettina con el más
+sencillo traje de novia, atravesaba la iglesia de Longueval, mientras
+que colocada detrás del altar la banda del 9.º de artillería tocaba
+alegremente bajo las bóvedas de la vieja iglesia.
+
+Nancy Turner solicitó el honor de tocar el órgano en tan solemne
+circunstancia, pues el pequeño armonium había desaparecido. Un órgano de
+resplandecientes tubos se elevaba en el coro de la iglesia: era el
+regalo de bodas de miss Percival al abate Constantín.
+
+El anciano cura dijo la misa. Juan y Bettina se arrodillaron ante él,
+que pronunció la fórmula de la bendición permaneciendo en seguida,
+durante algunos instantes, en oración, con los brazos extendidos,
+pidiendo con toda su alma cayesen las gracias del Cielo sobre la cabeza
+de sus dos hijos.
+
+El órgano dejó oír entonces la misma _rêverie_ de Chopín que tocara
+Bettina la vez primera que entró en la pequeña iglesia de aldea, donde
+debía consagrarse la felicidad de su vida.
+
+Y esta vez fue Bettina quien lloró.
+
+FIN
+
+
+
+
+
+End of the Project Gutenberg EBook of El Abate Constanín, by Ludovic Halévy
+
+*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL ABATE CONSTANÍN ***
+
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+works. See paragraph 1.E below.
+
+1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
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+ The Project Gutenberg eBook of El abate constantin, par Ludovic Halévy
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+<pre>
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+The Project Gutenberg EBook of El Abate Constanín, by Ludovic Halévy
+
+This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
+almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
+re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
+with this eBook or online at www.gutenberg.org
+
+
+Title: El Abate Constanín
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+Author: Ludovic Halévy
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+Release Date: August 15, 2009 [EBook #29703]
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+*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL ABATE CONSTANÍN ***
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+Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
+Proofreading Team at https://www.pgdp.net
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+<hr />
+
+<p class="c un top15">&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; BIBLIOTECA DE «LA NACION» &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;</p>
+
+<h2>LUDOVIC HALÉVY</h2>
+
+<h1>EL ABATE CONSTANTIN</h1>
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+<p class="c"><b>BUENOS AIRES<br />
+1909</b></p>
+
+
+<ul>
+<li>Capítulos:
+<a href="#I"><b>I, </b></a>
+<a href="#II"><b>II, </b></a>
+<a href="#III"><b>III, </b></a>
+<a href="#IV"><b>IV, </b></a>
+<a href="#V"><b>V, </b></a>
+<a href="#VI"><b>VI, </b></a>
+<a href="#VII"><b>VII, </b></a>
+<a href="#VIII"><b>VIII</b></a></li>
+</ul>
+
+<p>Ludovic Halévy, hijo de León Halévy&mdash;literato y autor dramático&mdash;sobrino
+del célebre compositor Fromental Halévy, ambos del Instituto de Francia.
+Nació en París; estudió en el liceo Luis el Grande; entró a la
+administración pública como redactor en la Secretaría del Ministerio de
+Estado (1852); fue nombrado jefe de sección del Ministerio de Argelia y
+de las Colonias (1858), puesto que desempeñó hasta 1861, pasando
+entonces a ocupar el de secretario redactor del Cuerpo Legislativo. En
+1864 fue condecorado con la Legión de Honor. Y en 1868 se casó con la
+señorita Luisa Bréguet. Hacia esta época abandonó la administración para
+dedicarse por completo a la literatura dramática, en la que ya había
+obtenido buenos triunfos.</p>
+
+<p>Halévy principió por escribir libretos de operetas; fue el libretista de
+Offenbach. Después de haber dado a los Bufos Parisienses, con el
+seudónimo de Julio Servières, las operetas en un acto: <i>Adelante,
+señores y señoras</i>, prólogo de apertura, en colaboración con Méry;
+<i>Lleno de agua</i>; <i>Madama Papillón</i>; hizo representar otras obras con su
+nombre. Colaboró con León Battu, Héctor Cremieux y sobre todo con
+Enrique Meilhac.</p>
+
+<p>«Dotado de un sentimiento exquisito de la calidad&mdash;dice Sarcey,&mdash;ha
+mantenido lo que hay de fanático y raro en el carácter de la imaginación
+de Meilhac. El trabajo en común ha producido obras que no han sido
+suficientemente apreciadas.</p>
+
+<p>»Se las ha tratado como a esas mujeres ligeras en cuya sociedad uno se
+divierte mucho, pero que no se les estima; se les ha visto cientos de
+veces y se habla de ellas con desdén. Tales son: <i>La bella Elena</i>,
+<i>Barba Azul</i>, <i>Los brigantes</i>, <i>La gran Duquesa</i>, <i>La vida parisiense</i>,
+<i>El castillo de Toto</i>. Hay en estas parodias entretenidísimas de la
+vida ordinaria, mucha imaginación, alegría y buen sentido. Son sátiras
+en acción que resaltan sobre las simples bufonerías que ha producido
+este género en los últimos tiempos.»</p>
+
+<p>He aquí las obras que ha escrito para el teatro: <i>Bataclán</i> (1855),
+opereta; <i>El empresario</i> (1856), opereta; <i>Rosa y Rosita</i> (1858),
+comedia; <i>El marido sin saberlo</i> (1860), opereta en colaboración con su
+padre y cuya música es del Duque de Morny; <i>La canción de Fortunio</i>; <i>El
+puente de los suspiros</i>; <i>Orfeo en los infiernos</i> (1861), operetas dadas
+en los Bufos, siendo la última de éstas su primer gran triunfo; <i>Las
+ovejas de Panurgo</i> (1862), en la que colaboró Meilhac, con quien no dejó
+de trabajar desde entonces; <i>La llave de Metella</i> (1862); <i>Los molinos
+de viento</i> (1862); <i>El brasileño</i> (1863); <i>El tren de media noche</i>
+(1864); <i>Nemea</i>, baile con representación (1864); <i>La bella Helena</i>
+(1865), parodia en tres actos de la Grecía antigua, representada en el
+teatro Variedades con éxito enorme; <i>Barba Azul</i> (1866), tres actos; <i>La
+vida parisiense</i> (1866), cinco actos; <i>La gran Duquesa de Gerolstein</i>
+(1867), quizá es la pieza que haya alcanzado mayor fortuna; <i>La
+pericholle</i> (1868), dos actos; <i>Fanny Lear</i> (1868), drama tremendo
+desarrollado en una ligera comedia de cinco actos; <i>Frou-frou</i> (1869),
+elegía parisiense en cinco actos; <i>La diva</i> (1869), tres actos; <i>Los
+brigantes</i> (1869), tres actos; <i>Tricoche y Cacolet</i> (1871), comedia bufa
+en cinco actos; <i>La señora espera al señor</i> (1872); <i>Velada</i> (1872),
+comedia en tres actos; <i>Dos mujeres o el cuarto condenado</i> (1875),
+comedia en verso. Y en colaboración con V. Busnach: <i>Manzanita</i>, opereta
+de Offenbach.</p>
+
+<p>Con Meilhac ha producido: <i>¡Todo para las damas!</i> (1868); <i>El hombre con
+llave</i>; <i>Las campanillas</i> (1872), piececita moderna que los grandes
+maestros antiguos no hubieran desdeñado firmar; <i>Toto en casa de tata</i>
+(1873); <i>El rey Candaule</i> (1873); <i>El verano de la San Martín</i> (1873);
+<i>La ingenua</i> (1874); <i>Media cuaresma</i> (1874), todas piezas muy graciosas
+en un acto; <i>La panadera a dos escudos</i> (1875), ópera bufa en tres
+actos, música de Offenbach; <i>La bola</i> (1875), comedia en cuatro actos;
+<i>Pasaje de Venus</i> (1875); <i>La viuda</i> (1875), tres actos; <i>Loulou</i>
+(1876); <i>El ramo</i> (1876); <i>El mono de Nicolás</i> (1876), piezas en un
+acto; <i>El príncipe</i> (1876), en cuatro actos; <i>La cigarra</i> (1877), en
+tres actos; <i>Fandango</i> (noviembre 26 de 1887), gran ópera, baile con
+representación; <i>El duquecito</i> (1878), ópera cómica en tres actos; <i>El
+marido de la debutante</i> (1879), en cuatro actos; <i>La casita</i> (1879),
+Lolotte (1879); <i>La pequeña señorita</i> (1879), ópera cómica en tres
+actos; <i>La madrecita</i> (1880), tres actos; <i>Janot</i> (1881), ópera cómica
+en tres actos; <i>La Roussotte</i> (1881), comedia en tres actos.</p>
+
+<p>Además de sus producciones para el teatro, Halévy ha publicado <i>La
+señora y el señor Cardinal</i> (1872); <i>La invasión, recuerdos y
+narraciones</i>, colección de artículos sobre la invasión prusiana, que
+vieron la luz pública en «Le Temps»; <i>El sueño</i>; <i>El caballo del
+trompa</i>; <i>El último capítulo</i> (1873); <i>Notas y recuerdos</i> (1870-1872);
+<i>Marcelo</i> (1876); <i>Las pequeñas Cardinal</i> (1880); <i>Un matrimonio por
+amor</i> (1881); <i>El abate Constantín</i> (1882); <i>Criquette</i> (1883); <i>La
+familia Cardinal</i> (1883); <i>Princesa</i> (1886); <i>Tres centellas</i> (1886);
+<i>Karikari</i>, <i>Un vals</i>, <i>etc.</i> (1891), forman un volumen de preciosas
+narraciones.</p>
+
+<p>Aunque no haya escrito para el teatro sino en colaboración, y su
+personalidad desaparezca en casi todas sus obras colectivas, Halévy ha
+sabido desprenderla en sus novelas, obras individuales, como lo dice
+Pailleron, concebidas en un sentimiento particular, expresadas en una
+forma completamente moderna, selladas de parisianísmo; «en libros cortos
+para que los lea el parisiense; en su lengua de iniciados para que los
+comprenda, con espíritu despreocupado aparentemente, burlón, alegre, y
+con pretextos bastante hábiles para emocionar sin ser descubiertos.»</p>
+
+<p>Ludovic Halévy fue elegido académico, y en la sesión pública del 4 de
+febrero de 1886, ocupó el sillón vacío por muerte del Conde
+D'Haussonville. Del discurso pronunciado por Pailleron, director de la
+Academia, sacamos el juicio sobre <i>El Abate Constantín</i>:</p>
+
+<p class="puntos">«...De este género fino hasta refinado, de esta literatura elegante y
+discreta, vuestro volumen <i>Dos matrimonios</i> es quizá el tipo más
+acabado, ejemplar más simpático, pero el tiempo me ha sido contado para
+que pueda detenerme. Prefiero ir directa, francamente, a aquellas obras
+que señalan las fechas de vuestros más grandes triunfos: <i>El Abate
+Constantín</i>, <i>La invasión</i>, y desde luego, y sobre todo... miro si la
+bóveda de esta cúpula austera va a desplomarse en mi cabeza... sobre
+todo <i>El señor y la señora Cardinal</i>.</p>
+
+<p>»Pero habéis hecho obra de varón, señor, en otro de vuestros libros;
+habéis rehabilitado la virtud. Habéis emprendido la tarea de hacerla
+amar por ella y para ella. Ahí hay audacia, algunos la llaman habilidad
+porque habéis triunfado; pero ¿quién hubiese sido bastante hábil para
+prever, en los tiempos que corren, el éxito de semejante tentativa?
+Nadie... ni aun vos mismo.</p>
+
+<p>»Porque al fin, por triste que sea es necesario confesarlo, por poco
+académico que sea, es preciso decirlo: la virtud no figura ya en el
+movimiento moderno.</p>
+
+<p>»¡Pobre virtud! los vulgares la ridiculizan, los fisiólogos la niegan,
+la gente alegre la encuentra fastidiosa, y las personas prácticas la
+consideran inútil. Nuestros autores dramáticos, que desde tiempo
+inmemorial la recompensaban en el último acto, decididamente le han
+suprimido las migajas del desenlace clásico y remunerador. Nuestros
+poetas lanzan contra ella imprecaciones que no tienen de original sino
+la grosería. En cuanto a nuestras novelas, sabéis hasta dónde brilla por
+su ausencia la virtud, cuando en ellas no es maltratada. Para verla
+respetada hay que abrir la <i>Biblioteca Rosa</i>; para verla respetada, es
+necesario venir a la Academia... ¡una vez por año! ¡Pobre virtud!</p>
+
+<p>»¡Escuchad! ¿queréis saber dónde está literariamente? Algunas veces
+espigamos fuera de los jardines académicos, bien puedo contaros esta
+historia:</p>
+
+<p>»Conozco a una señora joven que está al día, ya lo creo, muy al día, y
+que es muy golosa de las producciones intelectuales, por más que es
+mundana, y aunque virtuosa, adora la literatura que no lo es. Y no sólo
+la adora sino que la defiende, la propaga, la proclama eminentemente
+buena y útil, y esto con un entusiasmo, con una pasión, peor aún, con un
+gusto que ha concluido por inspirarme ciertos temores por ella y aun
+hasta dudas sobre ella... ¡si tengo razón, juzgadlo!</p>
+
+<p>»Un día&mdash;el de su santo&mdash;voy a saludarla y la encuentro sola, leyendo.
+Apenas me ve, oculta el libro con presteza y emprende una conversación
+rápida, con la evidente intención de desviarme. Visiblemente emocionada
+y hasta confusa, la mirada baja, distraída, preocupada; acababa de ser
+sorprendida en una lectura que la turbaba notablemente; era claro. ¿Qué
+podía leer que la inmutara a tal extremo después de todo lo que había
+leído, y que no quería confesar después de todo lo que había confesado?
+Mis dudas se convirtieron en sospechas. En ese momento, el sirviente
+anunció la visita de una señora, y como nuestra amiga se levantara a
+recibirla, pude ver el libro sospechado; leí el título... ¡Ah! señor,
+¿sabéis lo que leía esta honesta mujer, lo que leía así, a escondidas y
+con el rubor en la frente?... era <i>El Abate Constantín</i>.</p>
+
+<p>»¡Ahí está la virtud! Porque en cuanto a virtuoso, lo es vuestro
+romance, lo es absolutamente, con cinismo. Es la única crítica que se le
+ha hecho. Allí, no podrían satirizar el encanto, el talento, el éxito.
+¡Pero demasiadas ovejitas, no bastantes lobos! ¡demasiada honestidad!
+¡demasiadas virtudes! ¡muchas flores, señor! Esa buena americana que
+tiene un buen marido y una buena hermana enamorada de un buen oficial,
+sobrino de un buen cura, toda esta buena novela que de buenas en buenas
+acciones, concluye por un buen matrimonio... ¡no está en la verdad ni en
+la naturaleza! He ahí lo que se le reprocha y es precisamente lo que nos
+encanta, a mí y a vuestros millares de lectores; he ahí lo que nos
+acomoda, nos alivia, nos templa y, sobre todo, nos cambia. Cuando se
+vive en una atmósfera irrespirable y malsana y se nos alcanza un frasco
+de esencias, no nos quejamos si sentimos demasiado bien, se le respira y
+se renace. El público que se asfixiaba os debe esta fresca ráfaga de
+aire puro y vos veis cómo os lo ha agradecido.»</p>
+
+<p><i>El Abate Constantín</i> gozó desde su aparición de una boga inmensa, hoy
+va por la 174ª edición. En el mismo año que apareció, se publicó en
+la <i>Biblioteca Popular de Buenos Aires</i>, dirigida por el Dr. Miguel
+Navarro Viola, la traducción que ahora reproducimos.</p>
+
+<p>En 1887 esta novela fue arreglada para el teatro por el mismo autor.</p>
+
+
+
+<hr />
+
+<h1>EL ABATE CONSTANTIN</h1>
+
+
+
+<h3><a name="I" id="I"></a>I</h3>
+
+
+<p>Con paso firme y ligero aún, caminaba un anciano sacerdote por la vía
+cubierta de polvo, bajo los rayos del sol de mediodía. Más de treinta
+años habían transcurrido desde que el abate Constantín era cura de la
+pequeña aldea que dormía, allá en la llanura, a orillas de un débil
+curso de agua llamado el Lizotte.</p>
+
+<p>Un cuarto de hora hacía que el abate costeaba el muro del castillo de
+Longueval, cuando llegó a la puerta de entrada, que se apoyaba alta y
+maciza sobre dos enormes pilares de viejas piedras ennegrecidas y roídas
+por el tiempo. El cura se detuvo y miró con tristeza los grandes avisos
+azules pegados a los pilares.</p>
+
+<p>Los avisos anunciaban que el miércoles 18 de mayo de 1881, a la 1 p. m.
+tendría lugar, en la sala de audiencia del Tribunal civil de Souvigny,
+la venta del dominio de Longueval, dividido en cuatro lotes:</p>
+
+<p>1.º El castillo de Longueval y sus dependencias, lindos estanques,
+vastos canales, parque de ciento cincuenta hectáreas, todo cercado de
+pared y atravesado por el río Lizotte. Base para la venta: seiscientos
+mil francos.</p>
+
+<p>2.º La granja de Blanche-Couronne, trescientas hectáreas. Base:
+quinientos mil francos.</p>
+
+<p>3.º La granja de la Rozeraie, doscientas cincuenta hectáreas. Base:
+cuatrocientos mil francos.</p>
+
+<p>4.º Los plantíos y los bosques de la Mionne, cuatrocientas cincuenta
+hectáreas. Base para la venta: quinientos cincuenta mil francos.</p>
+
+<p>Y estas cuatro cifras adicionadas al pie del aviso, daban la respetable
+suma de dos millones cincuenta mil francos.</p>
+
+<p>Así, pues, iba a dividirse la magnífica propiedad que desde dos siglos
+atrás siempre había escapado a la división, pasando intacta de padres a
+hijos, en la familia de Longueval. El aviso anunciaba también que
+después de la venta provisional de los cuatro lotes, habría derecho a
+reunirlos para rematar toda la propiedad entera; pero era demasiado
+grande, y según todas las apariencias, no se presentaría ningún
+comprador.</p>
+
+<p>La Marquesa de Longueval había muerto seis meses antes. En 1873, perdió
+a su hijo único, Roberto de Longueval; los herederos eran los tres
+nietos de la Marquesa: Pedro, Elena y Camila. Tuvieron que sacar a
+remate la propiedad, porque Elena y Camila eran menores. Pedro, joven
+de veintitrés años de edad, había hecho mil locuras, estaba
+semiarruinado y no podía pensar en rescatar a Longueval.</p>
+
+<p>Eran las doce del día. Dentro de una hora el castillo de Longueval
+tendría un nuevo dueño. Y ese dueño, ¿quién sería?</p>
+
+<p>¿Qué mujer ocuparía, en el gran salón cubierto de tapices antiguos,
+junto a la chimenea, el lugar de la Marquesa, la vieja amiga del pobre
+cura de la aldea? Ella fue quien reconstruyó la iglesia, ella quien
+mantenía la botica del presbiterio a cargo de Paulina, la sirvienta del
+cura, ella quien, dos veces por semana venía en su gran landó, cubierto
+de vestiditos de niños y gruesas enaguas de lana, a buscar el abate
+Constantín para salir a caza de pobres, como ella decía.</p>
+
+<p>El anciano sacerdote continuó su camino pensando en todo esto. Además,
+los más grandes santos tienen sus pequeñas debilidades, pensaba también
+en sus buenos hábitos de treinta años bruscamente interrumpidos. Todos
+los jueves y domingos comía en el castillo. Cómo lo mimaban, lo
+obsequiaban, lo traían en palmas... La pequeña Camila, tenía ocho años,
+venía a sentarse sobre sus rodillas y le decía:</p>
+
+<p>&mdash;Mirad, señor cura, en vuestra iglesia es donde quiero casarme, y mi
+mamá llenará toda, toda la iglesia de flores... más que para el mes de
+María. Será como un gran jardín, todo blanco, blanco, blanco.</p>
+
+<p>¡El mes de María!... En ese momento era el mes de María. Antes el altar
+desaparecía bajo las flores traídas de los invernáculos del castillo, y
+este año sólo se veían algunos ramos de lirios y lilas blancas, en
+floreros de porcelana dorada. Antes, todos los domingos, en la misa
+mayor, y todas las tardes, durante el mes de María, la señorita Hebert,
+la lectora de madama de Longueval, tocaba el pequeño armonium regalado
+por la Marquesa. Hoy el pobre armonium no acompañaba ya la voz de los
+chantres, ni los cánticos de los niños. La señorita Marbeau, la
+directora de correos, era algo música, y con mucho gusto habría ocupado
+el lugar de la señorita Hebert, pero no se atrevía, temía que la
+anotaran como clerical y verse denunciada por el alcalde, que era
+librepensador. Eso habría obstado quizá a su ascenso.</p>
+
+<p>La pared del parque había terminado; de ese parque, cuyos rincones todos
+eran familiares al anciano cura. El camino seguía ahora las orillas del
+Lizotte, y del otro lado del pequeño río, se extendían las praderas de
+las dos granjas; después, más allá, elevábanse los altos bosques de la
+Mionne. ¡Dividida!... ¡la propiedad iba a ser dividida! Tal pensamiento
+desgarraba el corazón del pobre sacerdote. Para él, todo ésto, hacía
+treinta años que era un conjunto, formaba un solo cuerpo. También eran
+casi su propiedad, sus bienes aquellos dominios. Se sentía en su casa
+en las tierras de Longueval. Más de una vez le había sucedido detenerse
+con placer ante aquel inmenso trigal, arrancar una espiga, desgranarla,
+y decirse:</p>
+
+<p>&mdash;¡Vamos! los granos son buenos, firmes y bien formados; este año
+tendremos una excelente cosecha.</p>
+
+<p>Y alegremente continuaba su camino a través de sus campos, sus
+plantaciones y sus praderas. En una palabra, por todas las cosas de su
+vida, por todos sus hábitos y sus recuerdos, quería esa propiedad, cuya
+última hora había llegado.</p>
+
+<p>El abate divisaba a lo lejos la granja de Blanche-Couronne; sus techos
+de teja francesa se destacaban sobre el verde del bosque. Allí también
+el cura se encontraba como en su casa. Bernardo, el quintero de la
+Marquesa, era su amigo, y cuando el anciano sacerdote se había demorado
+en sus visitas a los pobres y enfermos, cuando el sol tocaba a su ocaso
+y el abate sentíase fatigado y con apetito, deteníase, comía en casa de
+Bernardo un buen plato de tocino con papas, vaciaba su jarro de sidra, y
+luego, concluida la cena, Bernardo enganchaba su viejo cabriolet para
+conducir al cura hasta Longueval. Durante todo el camino los dos
+charlaban y se contradecían. El cura reprochaba a Bernardo que no fuera
+a misa, y éste respondía:</p>
+
+<p>&mdash;Mi mujer y mis hijas van por mí... Bien sabéis, señor cura, que así
+somos nosotros. Las mujeres tienen religión por los hombres. Ellas nos
+harán abrir la puerta del Paraíso.&mdash;Y maliciosamente añadía, dando un
+suave latigazo a la vieja yegua:&mdash;¡Si lo hay!</p>
+
+<p>&mdash;¡Cómo! ¿si lo hay? Pero ¡verdaderamente lo hay!</p>
+
+<p>&mdash;Entonces vos entraréis allí, señor cura. Decís que esto no es
+seguro... y yo os digo que sí. ¡Vos estaréis allí! en la puerta espiando
+a vuestros parroquianos y seguiréis ocupándoos de nuestros asuntos. Y
+le diréis a San Pedro... ¿es San Pedro quien tiene las llaves del
+Paraíso, no es así?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, es San Pedro.</p>
+
+<p>&mdash;Pues bien, le diréis a San Pedro, si quiere, si quiere cerrarme las
+puertas en las narices, so pretexto de que yo no iba a misa, le diréis:
+«¡Bah! no importa, dejadlo pasar... es Bernardo, uno de los
+arrendatarios de la señora Marquesa, muy buena persona. Pertenecía al
+concejo municipal, y votó por que conservaran a las hermanas que querían
+echar de la escuela.» Esto conmoverá a San Pedro, que responderá:
+«Bueno, entonces, pasad, Bernardo, pero tened entendido que es por darle
+gusto al señor cura.» Porque allá arriba todavía seréis cura, y cura de
+Longueval. Sería demasiado triste el Paraíso para vos si no fuerais cura
+de Longueval.</p>
+
+<p>Cura de Longueval, sí, toda su vida no había sido otra cosa, nunca había
+soñado ni querido más que eso. Tres o cuatro veces le propusieron
+grandes curatos de cantón, con buena renta y uno o dos tenientes.
+Siempre había rehusado. El adoraba su pequeña iglesia, su pequeña aldea,
+su microscópico presbiterio. Allí estaba solo, tranquilo, hacía todo él
+mismo; siempre por las calles y caminos, bajo el sol y la lluvia, el
+viento y la nieve. Su cuerpo se había endurecido al cansancio, pero su
+alma permanecía tierna y cariñosa.</p>
+
+<p>Vivía en su presbiterio, una gran casa de campo, separada de la iglesia
+sólo por el cementerio. Cuando el cura subía la escalera para podar sus
+perales y sus parras, por encima de la pared divisaba las tumbas sobre
+las que había dicho las últimas oraciones y echado las primeras paladas
+de tierra.</p>
+
+<p>Entonces, continuando su trabajo de jardinero, decía mentalmente una
+corta plegaria por la salvación de aquellos de sus muertos que más lo
+inquietaban, y que podían estar detenidos en el purgatorio. Poseía una
+fe cándida y tranquila.</p>
+
+<p>Pero entre aquellas tumbas existía una que con más frecuencia que las
+otras recibía sus visitas y sus oraciones. Era la tumba de su viejo
+amigo, el doctor Reynaud, muerto en sus brazos en 1871, y ¡en qué
+circunstancias! El doctor era como Bernardo, nunca iba a misa, y jamás
+se confesaba; ¡pero era tan bueno, tan caritativo, tan compasivo con los
+que sufrían!...</p>
+
+<p>Esta era la gran preocupación, la grande inquietud del cura. Su amigo
+Reynaud, ¿dónde estaría? Luego recordaba la noble vida del médico de
+aldea, toda de valor y abnegación; recordaba su muerte, sobre todo su
+muerte, y se decía:</p>
+
+<p>&mdash;¡En el Paraíso; no puede estar sino en el Paraíso! El buen Dios quizá
+lo haya hecho pasar un momento por el purgatorio... por forma... pero ha
+debido sacarlo de allí al cabo de cinco minutos.</p>
+
+<p>Todo esto pasaba por la imaginación del anciano sacerdote, mientras
+continuaba su camino hacia Souvigny. Se iba a la ciudad, a casa del
+abogado de la Marquesa, para conocer el resultado de la venta, para
+saber quiénes eran los nuevos propietarios de Longueval; quedábale
+todavía un kilómetro que correr antes de llegar a las primeras casas de
+Souvigny; pasaba por el parque de Lavardens, cuando oyó sobre su cabeza
+voces que lo llamaban.</p>
+
+<p>&mdash;¡Señor cura, señor cura!</p>
+
+<p>En este sitio la larga calle de tilos que costeaba el muro, formaba un
+terrado. Levantando la cabeza, el abate vio a la señora de Lavardens con
+su hijo Pablo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Dónde vais, señor cura?&mdash;preguntó la Condesa.</p>
+
+<p>&mdash;A Souvigny, al Tribunal, para saber...</p>
+
+<p>&mdash;Quedaos con nosotros. M. de Larnac vendrá después de la venta a darnos
+cuenta del resultado.</p>
+
+<p>El abate Constantín subió al terrado.</p>
+
+<p>Gertrudis de Lannilis, condesa de Lavardens, había sido una mujer muy
+desgraciada. A los dieciocho años hizo una locura, la única de su vida,
+pero irreparable: casose, por amor, en un arranque de entusiasmo y
+exaltación, con M. de Lavardens, uno de los hombres más seductores y
+espirituales de aquel tiempo. El no la amaba y se casaba sólo por
+necesidad: había devorado hasta el último céntimo de su patrimonio, y
+hacía dos o tres años que se sostenía en el mundo a fuerza de intrigas,
+acribillado de deudas. Gertrudis Lannilis sabía todo esto y no se hacía
+al respecto ninguna ilusión; pero pensaba: «Lo amaré tanto, que
+concluirá por amarme.»</p>
+
+<p>De ahí nacieron todas sus desdichas. Su existencia habría sido
+tolerable, si no hubiera amado tanto a su marido; pero lo amaba
+demasiado, y sólo consiguió fatigarlo con sus halagos y cariños. El
+continuó su vida antigua, que por cierto era bastante desordenada. Así
+pasaron quince años de eterno martirio, soportado por madama de
+Lavardens con toda la apariencia de una apacible resignación;
+resignación que no existía en su corazón. Nada pudo distraerla, ni
+curarla de este amor que la consumía.</p>
+
+<p>El señor de Lavardens murió en 1869, dejando un hijo de catorce años, en
+el cual despuntaban ya todos los defectos y calidades de su padre. Sin
+estar seriamente comprometida, la fortuna de madama de Lavardens había
+disminuido considerablemente. Con tal motivo, la Condesa vendió su casa
+de París, y se retiró al campo, donde vivió con mucho orden y economía,
+consagrándose por completo a la educación de su hijo.</p>
+
+<p>Aquí también le esperaban nuevas penas y tristezas. Pablo de Lavardens
+era inteligente, amable y bueno, pero absolutamente rebelde a toda
+obligación y a todo trabajo. Desesperó en poco tiempo a los tres o
+cuatro profesores que en vano se esforzaron por hacerle entrar algo
+serio en la cabeza; presentose en Saint-Cyr, donde no fue admitido, y
+comenzó por malgastar en París, lo más rápida y locamente del mundo, dos
+o trescientos mil francos.</p>
+
+<p>Hecho esto, enrolose en el primer regimiento de cazadores de Africa;
+tuvo la suerte desde el principio de formar parte de una pequeña columna
+expedicionaria en el desierto de Sahara, condújose valerosamente, obtuvo
+con mucha rapidez algunos grados, y al cabo de tres años iba a ser
+nombrado subteniente, cuando se enamoró de una joven que representaba
+<i>La fille de madame Angot</i>, en el teatro de Argel.</p>
+
+<p>Pablo, que había concluido su compromiso en el regimiento, dejó el
+servicio y volvió a París con su joven cantora de opereta... luego fue
+una bailarina... después una cómica... más tarde una amazona del circo.
+Ensayaba todos los tipos. Así vivía con la brillante y miserable vida
+de los desocupados. Pero sólo permanecía en París tres o cuatro meses
+del año, pues su madre le pasaba una pensión de treinta mil francos, y
+le había asegurado que nunca, mientras ella viviera, obtendría un real
+más antes de su casamiento.</p>
+
+<p>La conocía y sabía que debía tomar sus palabras a lo serio.</p>
+
+<p>De manera que, como quería hacer buena figura, y llevar vida alegre en
+París, gastaba sus treinta mil francos entre los meses de marzo a mayo,
+y luego volvía dócilmente a someterse a la vida tranquila de Lavardens:
+cazaba, pescaba y montaba a caballo con los oficiales del regimiento de
+artillería que estaba de guarnición en Souvigny. Las modistas y las
+grisetas de provincia reemplazaban, sin hacérselas olvidar, a las
+cantoras y cómicas de París. Buscando un poco se encuentran aún grisetas
+en las provincias, y Pablo buscaba mucho.</p>
+
+<p>Apenas estuvo el cura en presencia de la señora de Lavardens, díjole
+ésta:</p>
+
+<p>&mdash;Yo puedo, sin esperar la llegada de M. de Larnac, deciros los nombres
+de los compradores de Longueval. Estoy enteramente tranquila y no pongo
+en duda el éxito de nuestra combinación.</p>
+
+<p>Para no hacernos tontamente la guerra, nos hemos puesto de acuerdo, mi
+vecino M. de Larnac, M. Gallard, un fuerte banquero de París, y yo. M.
+de Larnac se quedará con la Mionne; M. Gallard con el castillo y
+Blanche-Couronne; y yo con la Rozeraie. Os conozco, señor cura, debéis
+estar inquieto por vuestros pobres, pero tranquilizaos; estos Gallard
+son muy ricos y os darán mucho dinero.</p>
+
+<p>En aquel momento apareció a lo lejos un carruaje envuelto en una nube de
+polvo.</p>
+
+<p>&mdash;Ahí viene M. de Larnac; conozco sus poneys.</p>
+
+<p>Los tres, muy apurados, descendieron del terrado, corrieron al castillo
+y llegaron en el momento en que el carruaje se detenía ante el portón.</p>
+
+<p>&mdash;Y bien, ¿qué hay?&mdash;preguntó madama de Lavardens.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué hay!&mdash;respondió M. de Larnac,&mdash;que no tenemos nada.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo nada?&mdash;interrogó la Marquesa bastante pálida y visiblemente
+conmovida.</p>
+
+<p>&mdash;Nada, nada, absolutamente nada, ni unos ni otros.</p>
+
+<p>M. de Larnac saltó del coche para referir lo que había pasado en la
+audiencia del Tribunal de Souvigny.</p>
+
+<p>&mdash;Al principio&mdash;dijo,&mdash;todo salió a pedir de boca. El castillo se le
+adjudicó a M. Gallard, en seiscientos mil cincuenta francos. No apareció
+un solo competidor, de manera que le bastó un aumento de cincuenta
+francos. En cambio una pequeña batalla por Blanche-Couronne. Las ofertas
+llegan de quinientos hasta quinientos veinte mil francos, y vence
+también M. Gallard. Nueva batalla y más encarnizada por la Rozeraie;
+por fin salís victoriosa vos, señora, por cuatrocientos cincuenta y
+cinco mil francos... y yo me quedo con el bosque de la Mionne con sólo
+un aumento de cien francos sobre la tasación. Todo parecía terminado,
+los asistentes estaban ya de pie, rodeando a nuestros abogados para
+saber el nombre de los compradores. Pero M. Brazier, el juez encargado
+de la venta, reclama de nuevo silencio, y el ujier pone en venta los
+cuatro lotes reunidos por dos millones ciento cincuenta o sesenta mil
+francos, no recuerdo bien. Un murmullo irónico circuló por el auditorio.
+Por todos lados se oía decir: Nadie, ¡bah, no habrá nadie! Pero el señor
+Gibert, el abogado que se había sentado en primera fila, y que hasta
+entonces no había dado señales de vida, levantose tranquilamente y dijo:
+«Tengo comprador para los cuatro lotes juntos en dos millones doscientos
+mil francos.» ¡Esto fue como un rayo! Un inmenso clamor seguido de un
+gran silencio. La sala estaba llena de agricultores de las cercanías, a
+quienes tanto dinero por pedazos de tierra los sumergía en una especie
+de respetuoso estupor. Sin embargo, M. Gallard se inclina hacia
+Sandrier, el abogado que hacía la oferta para él. Trábase una lucha
+entre Gibert y Sandrier. Llegan hasta dos millones quinientos mil
+francos. Breve momento de vacilación en Gallard. Decídese y continúa
+hasta tres millones. Ahí se detiene, y se le adjudica la propiedad a M.
+Gibert. Arrójanse todos sobre él, lo rodean, lo abruman... «¡El nombre,
+el nombre del comprador!»&mdash;Es una americana&mdash;responde Gibert,&mdash;madama
+Scott.</p>
+
+<p>&mdash;¡Madama Scott!&mdash;exclama Pablo.</p>
+
+<p>&mdash;¿La conoces tú?&mdash;pregunta madame de Lavardens.</p>
+
+<p>&mdash;¡Si la conozco, si la... no, absolutamente! Pero he estado en un baile
+en su casa, hará como seis semanas.</p>
+
+<p>&mdash;¡En un baile en su casa... y no la conoces! ¿Qué clase de mujer es
+entonces?</p>
+
+<p>&mdash;¡Encantadora, deliciosa, ideal, una maravilla!</p>
+
+<p>&mdash;¿Y existe un señor Scott?</p>
+
+<p>&mdash;Seguramente; un hombre alto y rubio que estaba en el baile. Allí me lo
+mostraron. Un hombre que saludaba al acaso, a derecha e izquierda, y no
+se divertía nada, os lo aseguro. Nos miraba a todos, y parecía decirse:
+«¿Qué significa tanta gente? ¿Qué viene a hacer en mi casa?» Nosotros
+íbamos a ver a la señora Scott y a la señorita Percival, su hermana. ¡Y
+os garantizo que valía la pena!</p>
+
+<p>&mdash;¿Y vos conocéis a estos Scott?&mdash;preguntó la Condesa, dirigiéndose a M.
+Larnac.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, señora, los conozco. M. Scott es un americano colosalmente rico,
+que vino a instalarse en París el año pasado. Desde que se pronunció su
+nombre, comprendí que la victoria debía ser decisiva. Gallard estaba
+vencido de antemano. Los Scott comenzaron por comprar en París una casa
+de dos millones de francos, cerca del parque Monceau.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, calle de Murillo, donde dieron el baile; era...</p>
+
+<p>&mdash;Deja hablar a M. de Larnac. Después nos contarás la historia de tu
+baile en casa de madama Scott.</p>
+
+<p>&mdash;Apenas se instalaron mis americanos en París, comenzó una lluvia de
+oro. Verdaderos <i>par-venus</i> que se divertían en arrojar locamente el
+dinero por la ventana. Esta inmensa fortuna la poseen recientemente;
+cuentan que hace diez años, madama Scott mendigaba por las calles de
+New-York.</p>
+
+<p>&mdash;¡Mendigaba!</p>
+
+<p>&mdash;Así dicen, señora. Luego se casó con este Scott, hijo de un banquero
+de New-York. Y de repente, un pleito ganado, les puso entre las manos,
+no millones, sino decenas de millones. Poseen en alguna parte, en
+América creo, una mina de plata; pero una mina seria, verdadera, una
+mina de plata... en la cual hay plata. ¡Ah, ya veréis qué lujo
+estallará en Longueval!... Todos parecemos pobres en la ciudad. Según
+dicen, ellos pueden gastar cien mil francos por día.</p>
+
+<p>&mdash;¡Y esos son nuestros vecinos!&mdash;exclamó madama de Lavardens.&mdash;¡Una
+aventurera! Y no es nada eso todavía... ¡una hereje, señor abate, una
+protestante!</p>
+
+<p>¡Una hereje, una protestante! ¡pobre cura! en eso estaba pensando
+precisamente desde que oyó decir: «Una americana, madama Scott.» ¡La
+nueva castellana no iría a misa! ¡Qué le importaba que hubiera sido
+mendiga! ¡Qué le importaban sus millones de millones, ella no era
+católica! Ya no bautizaría él a los niños nacidos en Longueval, y la
+capilla del castillo, donde tantas veces había dicho misa, se vería
+transformada en oratorio protestante, y oiría la palabra glacial de
+algún pastor calvinista o luterano.</p>
+
+<p>En medio de toda esta gente consternada, desolada, sólo Pablo parecía
+estar radiante.</p>
+
+<p>&mdash;En todo caso, una preciosa hereje&mdash;dijo,&mdash;y hasta podría deciros, ¡dos
+divinas herejes! Son dignas de verse las dos hermanas a caballo, en el
+Bosque, con dos pequeños grooms, de este alto, por detrás.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, Pablo, cuéntanos ahora, lo que sepas... ese baile de que
+hablabas... ¿Cómo fuiste a casa de las americanas?</p>
+
+<p>&mdash;¡Por una gran casualidad! Mi tía Valentina se quedaba en su casa
+aquella noche. Yo llegué como a las diez... y os aseguro que los
+miércoles de mi tía Valentina no sobresalían por su loca alegría. Hacía
+veinte minutos que me aburría, cuando vi a Rogerio de Puymartin que se
+esquivaba con mucho disimulo. Lo alcanzo en el vestíbulo y le digo:
+«Espera, te acompañaré a tu casa.&mdash;¡Oh! no voy a casa.&mdash;¿Y dónde vas?&mdash;A
+un baile.&mdash;¿En casa de quién?&mdash;En casa de Scott, ¿quieres venir
+conmigo?&mdash;Pero si no estoy invitado.&mdash;¡Ni yo tampoco!&mdash;¿Cómo, tú
+tampoco?&mdash;Voy en busca de uno de mis amigos.&mdash;¿Y conoce a los Scott, tu
+amigo?&mdash;Apenas; pero lo bastante para presentarnos a los dos. Ven, pues,
+y verás a madama Scott.&mdash;¡Bah! ya la he visto a caballo en el Bosque.&mdash;A
+caballo no va escotada; tú no has visto sus hombros, y eso es lo que
+tiene que ver... No hay nada mejor en París, por el momento.»&mdash;Y así me
+decidí a ir al baile... y vi los cabellos rubios de madama Scott, y
+admiré los blancos hombros de madama Scott... y espero que los volveré a
+ver cuando den bailes en Longueval.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pablo!&mdash;dijo la Condesa, señalando al cura.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh! dispensad, señor cura, os pido mil perdones... He dicho acaso
+algo... No, me parece que no...</p>
+
+<p>El pobre sacerdote no lo había oído. Su pensamiento estaba fuera de
+allí. Ya por las calles de la aldea veía al pastor del castillo
+detenerse ante cada casa, y deslizar por debajo de las puertas sus
+pequeños panfletos evangélicos.</p>
+
+<p>Continuando su historia, Pablo hizo una entusiasta descripción del
+palacio, que era una maravilla...</p>
+
+<p>&mdash;De mal gusto y de lujo chillón&mdash;interrumpió madama de Lavardens.</p>
+
+<p>&mdash;¡Nada de eso, mamá, absolutamente!... Nada chillón, ni chocante.
+Muebles admirables, dispuestos con suma gracia y originalidad. Un
+invernáculo incomparable, inundado de luz eléctrica; la mesa instalada
+en el invernáculo, bajo un parral cargado de racimos... en el mes de
+abril, y se podían sacar cuantos quisierais! Sólo los accesorios del
+cotillón parece que habían costado cuarenta mil francos. Alhajas,
+bomboneras, y mil adornos deliciosos... que rogaban a la concurrencia se
+los llevara. Yo no tomé nada; pero muchos otros no tenían tanto
+escrúpulo... Esa noche Puymartin me contó la historia de madama Scott;
+pero no como la refirió M. de Larnac. Rogerio me dijo que madama Scott
+había sido robada por unos saltimbanquis cuando era niña, y que su padre
+la había encontrado haciendo piruetas en un circo ambulante, saltando
+por sobre gallardetes y atravesando aros de papel.</p>
+
+<p>&mdash;¡Una saltimbanqui!&mdash;exclamó la madre de Pablo,&mdash;¡yo prefería la
+mendiga!</p>
+
+<p>&mdash;Y mientras Rogerio me contaba esta historia del <i>Petit Journal</i>, yo
+veía venir desde el fondo de una galería a la amazona del circo,
+envuelta en un maravilloso conjunto de raso y encajes, y admiraba sus
+hombros, su deslumbradora garganta sobre la cual se mecía un collar de
+brillantes, grandes como tapones de botella. Se decía que el ministro de
+Hacienda había vendido secretamente a madama Scott la mitad de los
+brillantes de la corona, y esta era la razón por la cual el mes anterior
+había tenido un sobrante de quince millones en su presupuesto. Agrega a
+todo esto que tiene un aire muy de señora, la antigua saltimbanqui, y
+que se encuentra lo más bien en medio de tantos esplendores.</p>
+
+<p>Pablo estaba tan entusiasmado, que su madre lo detuvo. Delante de M. de
+Larnac, que estaba bastante disgustado, dejaba estallar con demasiada
+candidez la satisfacción de tener por vecina a la maravillosa americana.</p>
+
+<p>El abate Constantín se preparaba a tomar el camino de Longueval; pero
+Pablo al verlo pronto a partir, exclamó:</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh! no, señor cura, no haréis a pie por segunda vez, con semejante
+calor, la travesía hasta Longueval; permitidme que os lleve en carruaje.
+Siento mucho veros tan triste, y procuraré distraeros. ¡Oh, por más
+santo que seáis, algunas veces os hago reír con mis locuras!</p>
+
+<p>Media hora después, los dos iban en dirección a la aldea. Pablo hablaba,
+hablaba, hablaba!</p>
+
+<p>Su madre no estaba allí para calmarlo y moderarlo, de manera que su
+alegría se desbordaba.</p>
+
+<p>&mdash;Mirad, señor cura, hacéis muy mal en tomar las cosas por su lado
+trágico... ¡Ved cómo trota mi yegua! ¡cómo levanta las patas! Vos no la
+conocíais. ¿Sabéis cuánto he pagado por ella? Cuatrocientos francos. La
+descubrí como hace quince días en las varas de un carro. Una vez que
+toma bien el trote, es capaz de andar cuatro leguas por hora, y siempre
+os lleva las riendas tirantes, no afloja. ¡Mirad, mirad cómo tira, cómo
+tira!... ¡Vamos despacio, despacio!... No estamos de prisa, ¿no es
+verdad, señor cura? ¿Queréis entrar en el bosque? Siempre os sentará
+bien el aire del bosque... Si supierais, señor cura, cuánto os quiero...
+y os respeto... ¿No habré dicho demasiados disparates hoy, delante de
+vos? Porque sentiría tanto...</p>
+
+<p>&mdash;No, hijo mío, no he oído nada.</p>
+
+<p>&mdash;Entonces tomaremos el camino de los estudiantes.</p>
+
+<p>Después de haber doblado a la izquierda por el bosque, Pablo volvió a su
+primera frase:</p>
+
+<p>&mdash;Os decía, pues, señor cura, que hacíais mal en tomar así las cosas por
+su lado trágico. ¿Queréis que os comunique lo que pienso? Es una gran
+felicidad lo que acaba de suceder.</p>
+
+<p>&mdash;¿Una gran felicidad?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, y muy grande... Prefiero los Scott a los Gallard en Longueval. No
+habéis oído hace un momento a M. de Larnac que se atrevía a reprocharles
+que gastaban locamente su dinero? Nunca es una locura gastar el dinero.
+La locura es guardarlo. Vuestros pobres, pues estoy seguro que es lo que
+más os da que pensar, han tenido hoy buena suerte. Esa es mi opinión.
+¿La religión? sí, la religión... ¡Ellos no irán a misa! eso os causa
+pena; es natural; pero en cambio os enviarán dinero, mucho dinero... y
+vos lo tomaréis y haréis bien. Ya veis como no protestáis. Va a caer
+una lluvia de oro sobre toda la comarca... ¡Un movimiento! ¡un barullo!
+carruajes de cuatro caballos, postillones empolvados, <i>rally-papers</i>,
+paseos, bailes, fuegos artificiales... Y aquí en el bosque, en este
+mismo camino que llevamos, encontraré quizá a París dentro de poco. Y
+veré a las dos amazonas con los dos pequeños grooms de que hablaba no
+hace mucho. ¡Si vierais qué elegantes son las dos hermanas a caballo!
+Una mañana, detrás de ellas, di toda la vuelta al Bosque de Boulogne, en
+París. Todavía me parece que las veo: llevaban sombreros altos, grises,
+con velitos cortos muy ajustados al rostro, y dos largos vestidos de
+amazonas, sin costura, con una sola abertura que seguía la línea de la
+espalda... ¡y es preciso que una mujer sea verdaderamente bien formada
+para llevar vestidos así! Porque, mirad, señor cura, con los trajes de
+amazonas sin costura no hay engaño posible...</p>
+
+<p>Hacía rato que el cura no prestaba la menor atención al discurso de
+Pablo. El carruaje había entrado en una calle bastante larga y
+perfectamente recta. Al fin de esta calle el cura veía venir a un
+caballero a galope.</p>
+
+<p>&mdash;Mirad&mdash;dijo el cura a Pablo,&mdash;mirad vos que tenéis mejores ojos que
+yo; ¿no es Juan el que viene allá?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, pues, es Juan, reconozco su yegua mora.</p>
+
+<p>Pablo tenía mucha afición a los caballos; siempre, antes de mirar al
+caballero, miraba al caballo. En efecto, era Juan, que, al divisar de
+lejos al cura y a Pablo, agitó en el aire su quepis, que llevaba dos
+galones de oro. Juan era teniente del regimiento de artillería de
+guarnición en Souvigny.</p>
+
+<p>Algunos momentos después se detenía junto al carruaje, y dirigiéndose al
+cura, le dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Vengo de vuestra casa, mi padrino. Paulina me dijo que habíais ido a
+Souvigny por la venta... Y... ¿quién compró el castillo?</p>
+
+<p>&mdash;Una americana, madama Scott.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y Blanche-Couronne?</p>
+
+<p>&mdash;La misma madama Scott.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y la Rozeraie?</p>
+
+<p>&mdash;También madama Scott.</p>
+
+<p>&mdash;Y el bosque... ¿todavía madama Scott?</p>
+
+<p>&mdash;Tú lo has dicho&mdash;replicó Pablo...&mdash;Y yo la conozco a madama Scott... y
+vamos a divertirnos en Longueval y te presentaré... Pero todo esto causa
+pena al señor cura... porque es una americana, una protestante.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! es verdad, mi pobre padrino... En fin, de eso hablaremos mañana,
+que iré a comer con vos: ya se lo previne a Paulina. Ahora no puedo
+detenerme, estoy de semana, y a las tres debo hallarme en el cuartel.</p>
+
+<p>&mdash;¿Para la revista?&mdash;preguntó Pablo.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, para la revista. ¡Hasta la vista, Pablo!... ¡Hasta mañana,
+padrino!</p>
+
+<p>El teniente de artillería continuó su galope, Pablo soltó las riendas a
+su yegua.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué buen muchacho es este Juan!&mdash;dijo Pablo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh! sí.</p>
+
+<p>&mdash;¡No hay en el mundo nada mejor que Juan!</p>
+
+<p>&mdash;No, nada mejor.</p>
+
+<p>El cura se volvió para mirar a Juan que se perdía ya en la espesura del
+bosque.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, señor, hay algo, y sois vos, señor cura.</p>
+
+<p>&mdash;No, yo no.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pues bien! ¿queréis que os lo diga, señor? no hay en el mundo nada
+mejor que vosotros dos, Juan y vos. ¡Esa es la pura verdad!... ¡Ah! ved
+qué lindo terreno para trotar! Voy a dejar correr a Niniche... ¿Sabéis
+que la llamo Niniche?</p>
+
+<p>Con la punta del látigo, Pablo acarició en flanco de Niniche, que
+comenzó a trotar con un trote infernal.</p>
+
+<p>&mdash;¡Mirad cómo levanta las patas, señor cura, mirad cómo levanta las
+patas! ¡con tanta regularidad!... Parece una verdadera máquina...
+Inclinaos para ver.</p>
+
+<p>El cura, por dar gusto a Pablo, se asomó a ver <i>cómo levantaba las patas
+Niniche</i>... mientras seguía pensando en otra cosa.</p>
+
+
+
+<h3><a name="II" id="II"></a>II</h3>
+
+
+<p>Llamábase este teniente de artillería Juan Reynaud, y era hijo único del
+médico de aldea que descansaba en el cementerio de Longueval. Cuando en
+1846, el abate Constantín vino a tomar posesión de su pequeño curato, un
+doctor Reynaud, el abuelo de Juan, hallábase instalado en una risueña
+casita, sobre el camino de Souvigny, entre los dos castillos de
+Longueval y de Lavardens.</p>
+
+<p>Marcelo, el hijo de este doctor, terminaba en París sus cursos de
+medicina. Era muy estudioso y poseía un espíritu muy distinguido. Fue el
+primero en el concurso de agregación, y estaba resuelto a permanecer en
+París, para tentar fortuna; todo le prometía la más feliz y brillante
+carrera, cuando recibió en 1852 la noticia de la muerte de su padre,
+ocasionada por un ataque de apoplejía. Marcelo corrió a Longueval con el
+corazón desgarrado: adoraba a su padre. Pasó un mes al lado de su madre,
+y al cabo de ese tiempo, le manifestó la necesidad de volver a París.</p>
+
+<p>&mdash;Es verdad&mdash;le dijo ella,&mdash;es preciso que te vayas.</p>
+
+<p>&mdash;¡Cómo! ¿que me vaya?... Que nos vayamos los dos. ¿Crees, acaso, que te
+dejaré aquí sola? Te llevo conmigo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ir a vivir a París yo!... ¡Abandonar la tierra en que nací, donde
+vivió y murió tu padre! ¡No, nunca lo haré, hijo mío, jamás! Vete solo,
+porque tu vida y tu porvenir te llaman allá. Te conozco y sé que no me
+olvidarás, que vendrás a verme siempre, siempre.</p>
+
+<p>&mdash;No, madre mía&mdash;respondió él,&mdash;me quedaré.</p>
+
+<p>Quedose... Sus esperanzas, sus ambiciones, todo desapareció en un
+minuto. Sólo vio una cosa: el deber, que consistía en no abandonar a su
+madre anciana y enferma. En este deber aceptado y cumplido con toda su
+naturalidad, halló su felicidad. Por lo demás, siempre en el
+cumplimiento del deber, es donde se encuentra la felicidad.</p>
+
+<p>Marcelo se plegó de buena voluntad y con gusto a su nueva existencia;
+continuando la vida de su padre, siguiendo su camino desde el mismo
+lugar en que él lo dejara. Entregose completamente, sin pesar, con
+placer más bien, a la obscura profesión de médico de aldea. Su padre le
+había dejado un poco de dinero, algunas tierras, y él vivía
+modestamente, consagrando la mitad de su existencia a los pobres, de
+quienes jamás recibió un sueldo. Este era su único lujo.</p>
+
+<p>Una joven sin fortuna se encontró en su camino, preciosa y sola en el
+mundo. Se casó con ella en 1855, y el año siguiente reservaba un gran
+dolor y una grande alegría: la muerte de su anciana madre y el
+nacimiento de su hijo Juan.</p>
+
+<p>Con seis semanas de intervalo, el abate Constantín recitó la plegaria de
+los muertos en la tumba de la abuela y asistió, en calidad de padrino,
+al bautismo del nieto.</p>
+
+<p>A fuerza de encontrarse a la cabecera de los que sufrían y de los que
+morían, el sacerdote y el médico con el mismo corazón y el mismo
+movimiento, se sintieron atraídos uno hacia el otro. Sintieron que
+pertenecían a la misma familia, a la misma raza, a la raza de los
+buenos, los justos y los bienhechores.</p>
+
+<p>Los años sucedieron a los años, tranquilos, suaves, en el goce de la
+plena satisfacción del trabajo y del deber cumplido. Juan crecía...</p>
+
+<p>Su padre le dio las primeras lecciones de ortografía, y el cura las
+primeras de latín. Juan era inteligente y laborioso, e hizo tales
+progresos, que sus dos profesores, el cura sobre todo, al cabo de
+algunos años se inquietaron, pues su discípulo sabía ya casi más que
+ellos. Por ese tiempo fue la Condesa, después de la muerte de su marido,
+a establecerse en Lavardens, trayendo un preceptor para su hijo Pablo,
+el cual era un hombrecillo precioso, pero de los más perezosos. Los dos
+niños contaban la misma edad, y se conocían desde sus primeros años.</p>
+
+<p>Madama de Lavardens quería mucho al doctor Reynaud, y un día le hizo la
+siguiente proposición:</p>
+
+<p>&mdash;Enviadme a Juan todas las mañanas, y os lo devolveré todas las noches;
+el preceptor de Pablo es un joven muy distinguido, que hará adelantar a
+los dos niños, y me prestaréis un señalado servicio, doctor, pues Juan
+dará el ejemplo a Pablo.</p>
+
+<p>Así se arreglaron las cosas, y el pequeño burgués dio, en efecto, al
+pequeño gentil-hombre excelentes ejemplos de trabajo y aplicación; mas
+estos excelentes ejemplos no fueron seguidos.</p>
+
+<p>Estalló la guerra. El 14 de septiembre, a las siete de la mañana, los
+movilizados de Souvigny se reunieron en la plaza principal de la aldea;
+llevando por capellán al abate Constantín y por cirujano mayor al doctor
+Reynaud. Los dos habían concebido la misma idea, al mismo tiempo: el
+sacerdote contaba sesenta y dos años y el médico cincuenta.</p>
+
+<p>El batallón, al partir, siguió el camino que atravesaba Longueval y
+pasaba ante la casa del doctor. Madama Reynaud y Juan esperaban a la
+orilla del camino. El niño se arrojó en los brazos de su padre:
+«Llévame, papá, llévame.» La madre lloraba. El doctor los abrazó
+fuertemente a los dos, y continuó su marcha.</p>
+
+<p>A cien pasos de allí el camino hacía un recodo. El doctor se volvió,
+lanzando hacia su mujer y su hijo una larga y profunda mirada... ¡La
+última! Ya no debía volver a verlos.</p>
+
+<p>El 8 de enero de 1871, los movilizados de Souvigny atacaban la aldea de
+Villersexel, ocupada por los prusianos, que habían almenado las paredes
+y habían formado barricadas en las casas. La fusilería estalló. Un
+movilizado que marchaba a la cabeza, recibió una bala en el pecho y
+cayó. Hubo un momento de confusión y duda. «¡Adelante, adelante!»
+gritaron los oficiales. Los hombres pasaron por sobre el cuerpo de su
+camarada, y bajo una lluvia de balas entraron en la aldea.</p>
+
+<p>El doctor Reynaud y el abate Constantín, que marchaban con las tropas,
+se detuvieron junto al herido, que arrojaba gran cantidad de sangre por
+la boca.</p>
+
+<p>&mdash;No hay nada que hacer&mdash;dijo el doctor;&mdash;se muere, es vuestro.</p>
+
+<p>El sacerdote se arrodilló junto al moribundo, el doctor, levantándose,
+se dirigió hacia la aldea. No habría andado diez pasos, cuando se
+detuvo, abrió los brazos y cayó de golpe al suelo. El sacerdote corrió
+hacia él; pero ya estaba muerto, herido por una bala en la sien.</p>
+
+<p>Esa noche la aldea era nuestra, y al siguiente día se depositó en el
+cementerio de Villersexel el cuerpo del doctor Reynaud. Dos meses
+después, el abate Constantín traía a Longueval los restos de su amigo, y
+detrás del ataúd, a la salida de la iglesia, caminaba un huérfano. Juan
+había perdido también a su madre. Al recibir la noticia de la muerte de
+su marido, quedose anonadada, embrutecida, sin poder pronunciar una
+palabra ni derramar una lágrima. Después fue presa de la fiebre, el
+delirio, y al cabo de quince días murió.</p>
+
+<p>Juan se encontraba solo en el mundo a los catorce años. De esta familia
+en que todos, desde un siglo hasta entonces, habían sido honorables,
+sólo quedaba un niño arrodillado sobre una tumba, y que prometía también
+ser lo que había sido su abuelo, lo que había sido su padre: trabajador
+y bueno. Hay en Francia familias como ésta, muchas, muchas más de lo que
+se cree; nuestro país se ve calumniado cruelmente por ciertos novelistas
+que hacen de él pinturas violentas y exageradas. Verdad es que la
+historia de la gente buena es con frecuencia monótona o dolorosa, como
+lo prueba esta narración.</p>
+
+<p>El dolor de Juan fue un dolor de hombre. Durante largo tiempo permaneció
+triste y silencioso. La noche del entierro de su padre, el abate
+Constantín lo llevó consigo al presbiterio.</p>
+
+<p>El día había sido lluvioso y frío. Juan se hallaba sentado junto al
+fuego; el sacerdote leía su breviario; la vieja Paulina iba y venía
+arreglando todo. Una hora pasaron sin pronunciar una palabra, cuando
+Juan, de repente, levantando la cabeza dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Padrino, ¿mi padre me ha dejado algún dinero?</p>
+
+<p>La pregunta era tan extraña, que el abate estupefacto creyó haber oído
+mal.</p>
+
+<p>&mdash;¿Me preguntas si tu padre?...</p>
+
+<p>&mdash;Pregunto, padrino, si mi padre me ha dejado algún dinero.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, ha debido dejarte dinero...</p>
+
+<p>&mdash;¿Mucho, no es verdad? He oído decir siempre en la comarca que mi padre
+era rico. Decidme, más o menos, ¿cuánto me habrá dejado?</p>
+
+<p>&mdash;Pero, yo no sé... Me preguntas unas cosas...</p>
+
+<p>El pobre sacerdote sentía desgarrársele el corazón. ¡Esta pregunta, en
+semejante momento! No obstante, creía conocer el corazón de Juan, y en
+ese corazón no debían caber tales pensamientos.</p>
+
+<p>&mdash;Por favor, padrino, decidme...&mdash;continuó Juan con dulzura,&mdash;después os
+explicaré por qué os lo pregunto.</p>
+
+<p>&mdash;Pues bien, tu padre poseía, según dicen, dos o trescientos mil
+francos.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y eso es mucho dinero?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, es mucho dinero.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y todo ese dinero es mío?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, todo ese dinero es tuyo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! me alegro, porque el día en que murió mi padre, allá, durante la
+guerra, los prusianos mataron al mismo tiempo que a él, al hijo de una
+pobre mujer de Longueval... la anciana Clement, ¿sabéis? Y también al
+hermano de Rosalía, con quien yo jugaba cuando era niño. Bueno, pues ya
+que yo soy rico y ellas pobres, quiero dividir con la señora Clement y
+con Rosalía el dinero que me deja mi padre.</p>
+
+<p>Al oír estas palabras, el cura se levantó, tomó las dos manos de Juan, y
+atrayéndolo hacia sí, lo rodeó con sus brazos, apoyando su cabeza blanca
+sobre la cabeza rubia del joven.</p>
+
+<p>Dos gruesas lágrimas se desprendieron de los ojos del anciano sacerdote,
+rodaron lentamente sobre sus mejillas, y vinieron a perderse en las
+arrugas de su rostro.</p>
+
+<p>Sin embargo, el cura explicó a Juan que, aunque poseedor de la herencia
+de su padre, no tenía aún el derecho de disponer de ella a su antojo.
+Habría un consejo de familia, y le darían un tutor.</p>
+
+<p>&mdash;Vos, sin duda, mi padrino.</p>
+
+<p>&mdash;No, yo no, hijo mío, un sacerdote no tiene derecho para ejercer la
+tutela. Creo que nombrarán a M. Lenient, el notario de Souvigny, que era
+uno de los mejores amigos de tu padre, tú le hablarás y le explicarás lo
+que deseas.</p>
+
+<p>En efecto, el consejo de familia designó a M. Lenient para desempeñar
+las funciones de tutor. Y las instancias de Juan fueron tan vivas, tan
+conmovedoras, que el notario consintió en tomar de las rentas la suma de
+dos mil cuatrocientos francos que todos los años, hasta la mayor edad de
+Juan, se dividió entre la anciana Clement y la joven Rosalía.</p>
+
+<p>Madama de Lavardens se condujo perfectamente en esta circunstancia.</p>
+
+<p>&mdash;Dadme a Juan&mdash;dijo al abate Constantín,&mdash;dádmelo hasta el fin de sus
+estudios; yo os lo traeré todos los años durante las vacaciones. No es
+un servicio que os ofrezco, sino un servicio que os pido. No puedo
+desear nada mejor para mi hijo. Me resigno a abandonar momentáneamente
+Lavardens, porque Pablo quiere ser soldado, entrar en Saint-Cyr, y sólo
+en París encontraré los maestros y recursos necesarios para ello.
+Llevaré allá a los dos niños, que se educarán juntos, bajo mi
+vigilancia, fraternalmente. Podréis estar seguro de que no haré la más
+mínima diferencia entre ellos.</p>
+
+<p>Era difícil no aceptar una oferta como ésta. El anciano sacerdote habría
+deseado tener a Juan a su lado, y su alma se desgarraba al pensar en la
+separación; ¿pero dónde estaba el interés de Juan? era lo único que
+debía preguntarse. Lo demás no era nada... Llamaron a Juan.</p>
+
+<p>&mdash;Hijo mío&mdash;le dijo madama de Lavardens,&mdash;¿quieres venir a vivir conmigo
+y con Pablo durante algunos años, en París?</p>
+
+<p>&mdash;Sois demasiado buena señora; ¡pero habría deseado tanto poder quedarme
+aquí!&mdash;dijo, mirando al cura que volvió la cara a otro lado.&mdash;¿Por qué
+partís?&mdash;continuó.&mdash;¿Por qué queréis llevarnos a Pablo y a mí?</p>
+
+<p>&mdash;Porque sólo en París podréis terminar seria y útilmente vuestros
+estudios. Pablo se preparará para los exámenes de Saint-Cyr, pues quiere
+ser soldado.</p>
+
+<p>&mdash;Y yo también, señora, quiero serlo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Tú soldado!&mdash;exclamó el cura;&mdash;pero no eran esas las miras de tu
+padre... Muchas veces, en presencia mía, tu padre hablaba de tu
+porvenir, de tu carrera: debías ser médico, como él, médico de aldea,
+médico de Longueval... y como él asistir a los pobres, y como él cuidar
+a los enfermos. Juan, hijo mío, acuérdate.</p>
+
+<p>&mdash;Me acuerdo, me acuerdo.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno, entonces, debes hacer lo que tu padre deseaba... Es tu deber, y
+para eso tienes que ir a París. Tú desearías quedarte aquí, ¡oh! yo lo
+comprendo y yo también quisiera... pero no puede ser... Es preciso ir a
+París a trabajar, a trabajar bien. Por esto no me inquieto, porque eres
+verdadero hijo de tu padre, y serás un hombre honrado y trabajador; no
+se puede ser lo uno sin lo otro. Y un día en la casa de tu padre, en el
+mismo lugar donde él ha hecho tanto bien, los pobres de la aldea
+hallarán otro doctor Reynaud que los socorrerá como él. Y si por
+casualidad ese día soy todavía de este mundo, me consideraré tan feliz,
+¡tan feliz!... Pero hago mal en hablar de mí... No debería... yo no soy
+nada... En tu padre sólo debes pensar. Te lo repito, Juan, eran sus más
+ardientes votos; no puedes haberlo olvidado.</p>
+
+<p>&mdash;No, no lo he olvidado; pero si mi padre me ve, y si me oye, estoy
+seguro que me comprende, y me perdona, pues es por él...</p>
+
+<p>&mdash;¿Por él?...</p>
+
+<p>&mdash;Sí, cuando supe que había muerto, cuando supe cómo había muerto en el
+acto, sin tener necesidad de reflexionar me dije que yo sería soldado...
+¡y seré soldado!... Mi padrino, y vos, señora, os ruego que no os
+opongáis...</p>
+
+<p>El niño se echó a llorar en una verdadera crisis de desesperación. La
+Condesa y el abate lo calmaron con dulces palabras.</p>
+
+<p>&mdash;Sí... sí... convenido... todo lo que quieras, serás todo lo que
+quieras...</p>
+
+<p>Los dos tenían el mismo pensamiento: dejemos obrar al tiempo. Juan es un
+niño y cambiará de idea. En lo cual los dos se engañaban: Juan no cambió
+de idea.</p>
+
+<p>En el mes de septiembre de 1876, Pablo fue rechazado en Saint-Cyr y Juan
+recibió el undécimo lugar en la Escuela Politécnica. El día en que se
+publicó la lista de los candidatos admitidos, escribió al abate
+Constantín.</p>
+
+<p>«He sido recibido y muy bien recibido, pues quiero salir en el ejército
+y no en el servicio civil... En fin, si conservo mi lugar en la
+escuela, haré un bien a uno de mis camaradas, que obtendrá mi puesto.»</p>
+
+<p>Así sucedió... Juan hizo más que conservar su lugar, pues en las
+clasificaciones de salida obtuvo el número siete. Pero en vez de entrar
+a la Escuela de Puentes y Calzadas, ingresó a la Escuela de Aplicación
+de Fontainebleau, en 1878. Acababa de cumplir veintiún años. Era mayor
+de edad, dueño y señor de su fortuna, y el primer acto de su
+administración fue un grande, grandísimo gasto. Compró para la anciana
+Clement y para la pequeña Rosalía, que ya era grande, dos títulos de
+renta de mil quinientos francos cada uno, los cuales le costaron setenta
+mil francos, casi lo que gastó Pablo en su primer año de libertad en
+París, por la señorita Lise Bruyère, del teatro del Palais-Royal.</p>
+
+<p>Dos años después, Juan salió el primero en la Escuela de Fontainebleau,
+lo que le daba el derecho de elegir uno de los puestos vacantes. Había
+uno en el regimiento acuartelado en Souvigny, y Souvigny distaba tres
+kilómetros de Longueval; Juan pidió este puesto y lo obtuvo.</p>
+
+<p>Por estas razones, Juan Reynaud, subteniente del 9.º regimiento de
+artillería, volvió en el mes de octubre de 1880 a tomar posesión de la
+casa del doctor Marcelo Reynaud, y por esto se encontraba en la aldea
+donde transcurrió su infancia y donde todo el mundo conservaba el
+recuerdo de la vida y la muerte de su padre. Y el abate Constantín pudo
+gozar la alegría de tener tan cerca al hijo de su amigo... Y si
+debiéramos decirlo todo, no sentía mucho que Juan hubiera dejado de ser
+médico. Cuando salía de su iglesia, después de haber dicho su misa, y
+veía flotar por el camino una nube de polvo, cuando sentía temblar la
+tierra bajo el peso de los cañones... se detenía, y como un niño, se
+complacía en ver pasar el regimiento... ¡Pero el regimiento para él era
+Juan! Era ese robusto y sólido caballero en cuya fisonomía se leía
+claramente la rectitud, el valor y la bondad.</p>
+
+<p>Apenas divisaba Juan a lo lejos al cura, galopaba y venía a charlar un
+momento con su padrino. El caballo volvía la cabeza hacia el abate, pues
+sabía que siempre había un terrón de azúcar para él en el bolsillo de
+aquella vieja sotana negra, gastada, remendada, la sotana de por la
+mañana. El abate poseía otra muy linda y muy nueva, que se guardaba para
+las grandes ocasiones.</p>
+
+<p>Las trompetas del regimiento sonaban mientras atravesaban la aldea... y
+todas las miradas buscaban a Juan, al pequeño Juan; pues para los viejos
+de Longueval siempre era el <i>pequeño Juan</i>. Cierto paisano todo arrugado
+y agobiado, no pudo nunca quitarse la costumbre de decirle al pasar:
+«¡Eh! buen día, chicuelo, ¿cómo te va?» Y tenía seis pies de altura el
+tal chicuelo.</p>
+
+<p>Juan no atravesaba nunca la aldea sin divisar en sus respectivas
+ventanas el apergaminado rostro de la vieja Clement y la risueña cara de
+Rosalía. Esta última se había casado el año anterior, siendo Juan uno de
+los testigos, y de los que más alegremente bailaron la noche de la boda
+con las jóvenes de Longueval.</p>
+
+<p>Tal era el subteniente de artillería que el sábado 28 de mayo de 1881, a
+eso de las cinco de la tarde, echó pie a tierra ante la puerta del
+presbiterio del Longueval. Entró seguido dócilmente por su caballo, que
+por sí mismo fue a colocarse bajo una especie de establo que había en el
+patio. Paulina se hallaba en la ventana de la cocina. Juan se acercó y
+la besó con cariño en las dos mejillas.</p>
+
+<p>&mdash;Buen día, mi buena Paulina, ¿cómo te va?</p>
+
+<p>&mdash;Muy bien, ocupándome de tu comida. ¿Quieres saber lo que hay? Sopa de
+papas, una pata de carnero y crema.</p>
+
+<p>&mdash;¡Admirable! Adoro todo eso y me muero de hambre.</p>
+
+<p>&mdash;Y ensalada, se me olvidaba ensalada que tú me ayudarás a preparar.
+Comerán a las seis y media en punto, porque esta noche, a las siete y
+media, comienza el mes de María.</p>
+
+<p>&mdash;¿Dónde está mi padrino?</p>
+
+<p>&mdash;En el jardín. Está muy triste el señor cura, a causa de la venta de...</p>
+
+<p>&mdash;Sí, ya sé, ya sé...</p>
+
+<p>&mdash;Al verte se alegrará un poco. ¡Se pone tan contento cuando tú vienes!
+Cuidado... mira que Loulou se va a comer los rosales... ¡Qué calor tiene
+Loulou!</p>
+
+<p>&mdash;Di toda la vuelta al bosque tan aprisa...</p>
+
+<p>Juan tomó a Loulou que se dirigía a los rosales, la desensilló, la ató y
+le alcanzó un gran montón de pasto seco. Después entró a la casa,
+quitose el sable y cambió el quepis por un viejo sombrero de paja de
+cinco sueldos, y se fue a buscar al cura al jardín.</p>
+
+<p>En efecto, el pobre abate estaba muy triste. No había pegado los ojos en
+toda la noche, él, que generalmente dormía con tanta facilidad como un
+niño. Su alma estaba desgarrada. ¡Longueval en manos de una extranjera,
+de una hereje, de una aventurera! Juan repetía lo que Pablo había dicho
+la víspera:</p>
+
+<p>&mdash;Tendréis dinero, mucho dinero para vuestros pobres.</p>
+
+<p>&mdash;¡Dinero, dinero!... Sí, mis pobres no perderán nada, quizá ganarán...
+Pero ese dinero tendré que ir a pedirlo, y en el salón, en vez de mi
+vieja amiga encontraré a esa americana de cabellos rojos, ¡parece que
+tiene los cabellos rojos! Iré seguramente por mis pobres, iré... y ella
+me dará dinero, pero no me dará nada más que dinero. La Marquesa daba
+algo más, daba parte de su vida, parte de su corazón, juntos íbamos
+todas las semanas a visitar a los pobres y enfermos. Ella conocía todos
+los sufrimientos y todas las miserias de la aldea. Y cuando yo estaba
+clavado por la gota en mi sillón, ella hacía las visitas sola, tan bien
+o mejor que yo.</p>
+
+<p>Paulina vino a interrumpir esta conversación apareciendo con una inmensa
+ensaladera de loza, sobre la cual campeaban, violentas y chillonas,
+grandes flores rojas.</p>
+
+<p>&mdash;Aquí vengo a buscar la ensalada. Juan, ¿quieres lechuga o achicoria?</p>
+
+<p>&mdash;Achicoria&mdash;respondió Juan alegremente.&mdash;Hace mucho tiempo que no como
+achicoria.</p>
+
+<p>&mdash;Pues bien, esta noche comerás... Toma, tenme la ensaladera...</p>
+
+<p>Paulina comenzó a cortar la achicoria, y Juan se inclinaba para recibir
+las hojas en la gran ensaladera. El cura los miraba hacer.</p>
+
+<p>En ese momento se oyó un ruido de cascabeles. Se acercaba un carruaje
+que sonaba demasiado.</p>
+
+<p>El jardincito del abate Constantín, sólo estaba separado del camino por
+una verja muy baja, en medio de la cual había una pequeña puerta.</p>
+
+<p>Los tres miraron y vieron venir un carruaje de alquiler de forma
+primitiva, tirado por dos grandes caballos blancos, manejados por un
+cochero de blusa. Junto al cochero iba un criado con librea de la más
+severa y perfecta corrección. En el carruaje iban dos jóvenes que
+llevaban trajes iguales de viaje, muy elegantes, pero muy sencillos.</p>
+
+<p>Cuando el carruaje se encontró ante la verja del jardín, el cochero
+detuvo los caballos y dirigiéndose al cura, dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Señor cura, estas señoras os buscan.&mdash;Luego, volviéndose a sus
+clientas:&mdash;Ahí tenéis al señor cura de Longueval.</p>
+
+<p>El abate Constantín se aproximó y abrió la pequeña puerta. Las viajeras
+descendieron, deteniendo sus miradas, no sin cierto asombro, en el joven
+oficial que se encontraba allí algo confuso con su sombrero de paja en
+la mano derecha y en la izquierda la gran ensaladera rebosando de
+achicoria.</p>
+
+<p>Las dos mujeres entraron al jardín, y la mayor (representaba veinticinco
+años), dirigiéndose al abate, le dijo con acento extranjero, algo
+extraño y muy original:</p>
+
+<p>&mdash;Me veo obligada, señor cura, a presentarme a mí misma... Madama Scott,
+la que compró ayer el castillo, y la granja, y todo lo demás. ¿No os
+molesto, señor, y podréis acordarme durante cinco minutos vuestra
+atención?&mdash;Luego, designando a su compañera de viaje:&mdash;Miss Bettina
+Percival, mi hermana: lo habríais adivinado, creo. Nos parecemos mucho,
+¿no es verdad? ¡Ah! Bettina, hemos olvidado en el carruaje nuestras
+carteras, y las necesitaremos.</p>
+
+<p>&mdash;Voy a buscarlas.</p>
+
+<p>Y como miss Percival se preparara a ir por ellas, Juan le dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Permitidme, señorita, que os las traiga.</p>
+
+<p>&mdash;Siento, señor, molestaros... El sirviente os las entregará. Están en
+el asiento de adelante.</p>
+
+<p>Miss Percival tenía el mismo acento de su hermana, los mismos grandes
+ojos negros, risueños y alegres, y los mismos cabellos, no rojos, sino
+rubios, con reflejos dorados en los que jugaba con delicadeza la luz del
+sol. Saludó a Juan con una graciosa sonrisa, y éste, después de entregar
+a Paulina la ensaladera de achicoria, se fue a buscar las dos carteras.</p>
+
+<p>Entretanto, muy conmovido, muy turbado, el abate Constantín introducía
+en el presbiterio a la nueva castellana de Longueval.</p>
+
+
+
+<h3><a name="III" id="III"></a>III</h3>
+
+
+<p>En verdad, no era un palacio el presbiterio de Longueval. La misma pieza
+del piso bajo, servía de salón y comedor con puerta de comunicación para
+la cocina; esta pieza estaba adornada con los muebles más precisos: dos
+viejos sillones, seis sillas de paja, un aparador y una mesa redonda,
+sobre la cual Paulina había puesto ya los asientos del abate y de Juan.</p>
+
+<p>Madama Scott y miss Percival iban y venían, examinando con infantil
+curiosidad la instalación del cura.</p>
+
+<p>&mdash;El jardín, la casa, todo es precioso aquí&mdash;decía madama Scott.</p>
+
+<p>Las dos entraron resueltamente a la cocina. El abate Constantín las
+seguía sofocado, azorado, estupefacto ante tan brusca y repentina
+invasión americana. La vieja Paulina miraba a las dos extranjeras con
+aire inquieto y sombrío.</p>
+
+<p>&mdash;¡Estas son&mdash;pensaba,&mdash;las herejes, las excomulgadas!</p>
+
+<p>Y con sus manos agitadas, temblorosas, continuaba preparando la
+ensalada.</p>
+
+<p>&mdash;¡Os felicito, señorita&mdash;le dijo Bettina,&mdash;por el perfecto orden que
+reina en vuestra cocina! Mirad, Zuzie; ¿no era así el presbiterio que
+deseabais?</p>
+
+<p>&mdash;Y el cura también&mdash;respondió madama Scott.&mdash;¡Ah! sí, señor cura,
+¿queréis dejarme decíroslo? ¡Si supierais cuán feliz me considero por
+haberos encontrado tal cual sois! Esta mañana en el tren, ¿qué os decía,
+Bettina? ¿y hace un momento en el carruaje?</p>
+
+<p>&mdash;Mi hermana me decía, señor cura, que deseaba, sobre todo, encontrar
+un cura que no fuera ya joven, ni triste, ni severo, un cura de cabellos
+blancos, y aire bondadoso y tranquilo.</p>
+
+<p>&mdash;Y vos reunís todas esas condiciones, señor cura. No podíamos haber
+encontrado nada mejor. Escuchad, os ruego, mi modo de hablar. Las
+parisienses saben dar un buen giro a sus frases, presentándolas de una
+manera conveniente y complicada, pero yo no sé... y hablando francés me
+costaría mucho salir del paso si no dijera las cosas lisa y llanamente
+como se me ocurren. En fin, estoy contenta, en extremo contenta, señor
+cura, y espero que vos también quedaréis satisfecho de vuestras nuevas
+parroquianas.</p>
+
+<p>&mdash;¡Mis parroquianas!&mdash;exclamó el cura, recobrando al fin la palabra, el
+movimiento, la vida, todas estas cosas que desde hacía algunos minutos
+lo habían abandonado completamente.&mdash;Mis parroquianas! Perdón, señora,
+señorita... ¡Estoy tan conmovido! ¿Seríais... sois, acaso, católicas?</p>
+
+<p>&mdash;¡Sí, señor, somos católicas!</p>
+
+<p>&mdash;¡Católicas, católicas!&mdash;repitió el cura.</p>
+
+<p>&mdash;¡Católicas, católicas!&mdash;exclamó la vieja Paulina, apareciendo
+radiante, con los brazos levantados hacia el cielo, en el umbral de la
+cocina.</p>
+
+<p>Madama Scott miraba al cura, miraba a Paulina, muy asombrada de haber
+producido tal efecto con una sola palabra, y para completar el cuadro,
+apareció Juan trayendo las dos bolsas de viaje. El cura y Paulina lo
+recibieron con la misma palabra.</p>
+
+<p>&mdash;¡Católicas, católicas!</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! comprendo al fin&mdash;dijo madama Scott riendo;&mdash;¡nuestro nombre y
+nuestra patria os hicieron creer que éramos protestantes! No lo somos,
+nuestra madre era del Canadá, de origen francés y católica; por eso mi
+hermana y yo hablamos francés, con acento extranjero y ciertos modismos
+americanos, pero en fin, decimos, más o menos lo que deseamos decir. Mi
+marido es protestante, pero me deja entera libertad, y mis dos hijos son
+católicos. Por esto hemos querido desde el primer día venir a saludaros,
+señor abate.</p>
+
+<p>&mdash;Por eso y por otra cosa&mdash;continuó Bettina,&mdash;mas para la otra cosa
+necesitamos nuestras carteras.</p>
+
+<p>&mdash;Aquí las tenéis, señorita&mdash;respondió Juan.</p>
+
+<p>&mdash;Esta es la mía.</p>
+
+<p>&mdash;Y esta otra la mía.</p>
+
+<p>Mientras las carteras pasaban de las manos del oficial a las de madama
+Scott y Bettina, el cura presentaba a Juan a las dos americanas, pero
+estaba aún tan conmovido, que la presentación no fue hecha en toda
+regla. El cura no olvidó más que una cosa; pero algo muy esencial en una
+presentación: el apellido de Juan.</p>
+
+<p>&mdash;Es Juan&mdash;dijo,&mdash;mi ahijado, subteniente del regimiento de artillería
+de guarnición en Souvigny; es de la casa.</p>
+
+<p>Juan hizo dos grandes cortesías, las americanas dos pequeñas, y
+comenzaron a buscar en sus bolsas, sacando cada una un rollo de mil
+francos, bonitamente encerrados en dos bolsitas verdes de piel de
+serpiente con anillos de oro.</p>
+
+<p>&mdash;Os traía esto para vuestros pobres, señor cura&mdash;dijo madama Scott.</p>
+
+<p>&mdash;Y yo esto otro&mdash;agregó Bettina.</p>
+
+<p>Con toda delicadeza deslizaron su ofrenda en la mano derecha e izquierda
+del anciano cura, y éste mirando alternativamente sus dos manos,
+pensaba:</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué serán estas dos cosas? son muy pesadas; debe haber oro aquí
+dentro... Sí, pero ¿cuánto, cuánto?</p>
+
+<p>Sesenta y dos años contaba el abate Constantín, y mucho dinero había
+pasado por sus manos para no permanecer en ellas largo tiempo, es
+verdad; pero este dinero lo recibía por pequeñas cantidades y la
+sospecha de una ofrenda semejante no le cabía en la cabeza. ¡Dos mil
+francos! Jamás tuvo dos mil francos en su poder, ni mil siquiera.</p>
+
+<p>No sabiendo, pues, cuánto le daban, el cura no sabía cómo agradecer;
+balbuceaba:</p>
+
+<p>&mdash;Os doy muchísimas gracias, señora; sois demasiado buena, señorita.</p>
+
+<p>En fin, como no agradeciera lo bastante, Juan creyó deber intervenir.</p>
+
+<p>&mdash;Mi padrino, estas señoras acaban de daros dos mil francos.</p>
+
+<p>Entonces, presa de una gran emoción y agradecimiento, el cura exclamó:</p>
+
+<p>&mdash;¡Dos mil francos, dos mil francos para mis pobres!</p>
+
+<p>Paulina hizo bruscamente una nueva aparición.</p>
+
+<p>&mdash;¡Dos mil francos, dos mil francos!</p>
+
+<p>&mdash;Así parece... así parece... tomad, Paulina, guardad este dinero, y
+tened mucho cuidado con él...</p>
+
+<p>Muchas cosas era en la casa la vieja Paulina: sirvienta, cocinera,
+boticaria, tesorera. Sus manos recibieron, con respetuoso temor los dos
+paquetitos de oro que representaban tantas miserias aliviadas, tantos
+dolores disminuidos.</p>
+
+<p>&mdash;No es eso todo, señor cura&mdash;dijo madama Scott,&mdash;os daré quinientos
+francos todos los meses.</p>
+
+<p>&mdash;Y yo haré como mi hermana.</p>
+
+<p>&mdash;¡Mil francos por mes! pero entonces ya no habrá pobres en la comarca.</p>
+
+<p>&mdash;Es lo que deseamos. Soy rica, muy rica, y mi hermana también. Ella es
+más rica que yo, porque a una joven le cuesta más gastar mucho...
+¡mientras que yo! ¡ah, yo! ¡todo lo que puedo, gasto todo lo que puedo!
+Cuando se tiene mucho dinero, demasiado dinero, más de lo que es justo,
+decid, señor cura, ¿para hacérselo perdonar, hay otro medio que tener la
+mano siempre abierta y dar, dar, dar lo más y mejor posible? Además, vos
+también vais a darme algo.</p>
+
+<p>Y dirigiéndose a Paulina agregó:</p>
+
+<p>&mdash;¿Queréis tener la bondad de darme un vaso de agua fresca, señorita?
+No, nada más... un vaso de agua fresca, porque me muero de sed.</p>
+
+<p>&mdash;Y yo&mdash;dijo riendo Bettina, mientras Paulina corría en busca del vaso
+de agua,&mdash;yo me muero de otra cosa, me muero de hambre. Señor cura, voy
+a decir algo horriblemente indiscreto... Pero veo la mesa puesta y...
+¿No podríais invitarnos a comer?</p>
+
+<p>&mdash;¡Bettina!&mdash;dijo madama Scott.</p>
+
+<p>&mdash;Dejadme, Zuzie, dejadme en paz... ¿No es verdad que queréis, señor
+cura?</p>
+
+<p>Pero el anciano cura no encontraba nada que responder. No sabía lo que
+le pasaba. ¡Ellas tomaban por asalto el presbiterio, eran católicas! ¡Le
+traían dos mil francos; le ofrecían mil francos mensuales! y querían
+comer con él; ¡ah! ¡esto era el colmo! el terror lo paralizaba al pensar
+que tendría que hacer los honores de la pata de carnero y la crema a
+esas dos americanas locamente ricas que debían alimentarse de cosas
+extraordinarias, fantásticas, inusitadas, y sólo murmuraba:</p>
+
+<p>&mdash;¡A comer... a comer! ¿queríais quedaros a comer aquí?</p>
+
+<p>Juan intervino una vez más.</p>
+
+<p>&mdash;Mi padrino se consideraría demasiado feliz, si quisierais quedaros;
+pero comprendo lo que le inquieta... Debíamos comer los dos solos; no
+esperéis, pues, un festín, señoras. En fin, seréis indulgentes.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, sí&mdash;respondió Bettina,&mdash;muy indulgentes.</p>
+
+<p>Luego, dirigiéndose a su hermana:</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, Zuzie, no me pongáis mala cara porque he sido un poco... sabéis
+que acostumbro a ser un poco... Quedémonos, ¿queréis? Descansaremos
+pasando aquí una hora tranquilamente. Hemos hecho una jornada horrible,
+en el tren, en el carruaje, en medio del polvo, ¡y con un calor! ¡Nos
+sirvieron un almuerzo tan espantoso esta mañana en el hotel! y debíamos
+volver a comer allá a las siete, en el mismo hotel, para tomar en
+seguida el tren de París... Pero comer aquí será mucho mejor. Ya no
+decís que no. ¡Ah! ¡cuán buena sois, mi Zuzie!</p>
+
+<p>Besó a su hermana con mucha zalamería, y volviéndose al cura, dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Si supierais, señor cura, cuán buena es.</p>
+
+<p>&mdash;¡Bettina, Bettina!</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, Paulina&mdash;dijo Juan,&mdash;pronto, dos asientos más; yo te ayudaré.</p>
+
+<p>&mdash;Y yo también&mdash;exclamó Bettina,&mdash;yo también quiero ayudaros. ¡Oh! ¡esto
+me divertirá tanto! Pero, señor cura, permitidme hacer de cuenta que
+estoy en casa.</p>
+
+<p>Con prontitud se quitó su abrigo, y Juan pudo admirar, en su exquisita
+perfección, un cuerpo maravillosamente flexible y gracioso.</p>
+
+<p>Miss Percival, quitose en seguida el sombrero, pero con demasiada
+rapidez; pues fue la señal de un precioso desorden. Toda una avalancha
+de cabellos se escapó y esparció en torrentes, en largas cascadas sobre
+los hombros de Bettina, que se encontraba ante una ventana por donde
+penetraban los rayos del sol... y aquella luz radiante que daba de lleno
+sobre su cabellera de oro, ponía en un cuadro delicioso la espléndida
+belleza de la joven. Confusa y ruborizada, Bettina llamó en su ayuda a
+su hermana, que tuvo gran trabajo para volver a poner las cosas en
+orden.</p>
+
+<p>Cuando quedó así reparada la catástrofe nadie pudo impedir a Bettina que
+se precipitara sobre los platos, cuchillos y tenedores.</p>
+
+<p>&mdash;Pero, señor&mdash;le decía a Juan,&mdash;yo sé muy bien poner la mesa.
+Preguntadle a mi hermana... ¿Decid, Zuzie, cuando yo era chica en
+New-York, no ponía bien la mesa?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, muy bien&mdash;respondió madama Scott.</p>
+
+<p>Y ella también, rogando al cura excusara la indiscreción de Bettina,
+quitose el sombrero y el abrigo; y Juan gozó una vez más del muy
+agradable espectáculo de un cuerpo precioso y admirables cabellos. Pero
+el desorden, y Juan lo sintió, no tuvo segunda edición.</p>
+
+<p>Algunos minutos después, madama Scott, miss Percival, el cura y el
+oficial, tomaban asiento alrededor de la mesa del presbiterio; luego,
+con mucha rapidez, gracias a la sorpresa y originalidad del encuentro,
+gracias, sobre todo, al buen humor y alegría algo audaz de Bettina, la
+conversación tomaba el giro de la más franca y cordial familiaridad.</p>
+
+<p>&mdash;Vais a ver, señor cura&mdash;dijo Bettina,&mdash;vais a ver cómo no he mentido,
+si no me moría realmente de hambre. Os prevengo que voy a devorar. Nunca
+me he sentado a la mesa con tanto gusto. ¡Esta comida terminará también
+la jornada! Estamos tan contentas mi hermana y yo, de ser dueñas del
+castillo, la granja, los bosques...</p>
+
+<p>&mdash;Y yo de poseer todo eso de una manera tan extraordinaria como
+imprevista. ¡No nos lo imaginábamos!</p>
+
+<p>&mdash;Ni lo soñábamos, Zuzie... Sabéis, señor cura, que ayer fue el
+cumpleaños de mi hermana... Pero primero, perdonad, señor... señor Juan,
+¿no es así?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, señorita, así es.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pues bien, señor Juan, servidme un poco más de esta excelente sopa,
+os lo ruego!</p>
+
+<p>El abate Constantín comenzaba a volver en sí, a tranquilizarse; pero,
+sin embargo, estaba aún demasiado conmovido para cumplir correctamente
+con sus deberes de dueño de casa; por eso Juan tomaba la dirección de la
+modesta comida de su padrino. Llenó hasta los bordes el plato de la
+preciosa americana, que fijaba resueltamente en él la mirada de dos
+grandes ojos en los que brillaba la franqueza, la osadía y el contento.</p>
+
+<p>Los ojos de Juan pagaban a miss Percival en la misma moneda. No hacía
+tres cuartos de hora que en el jardín del cura la joven americana y el
+joven oficial, se habían dirigido la palabra por primera vez, y los dos
+se sentían alegres, tenían plena confianza mutua, casi como camaradas.</p>
+
+<p>&mdash;Os decía, señor cura&mdash;continuó Bettina,&mdash;que ayer fue el santo de mi
+hermana, su cumpleaños. Mi cuñado partió forzosamente para América hará
+unos ocho días, y al partir dijo a mi hermana: «No estaré aquí para
+vuestro día, mas recibiréis noticias mías.»</p>
+
+<p>Ayer, pues, recibimos regalos y ramos de todas partes; pero de mi
+cuñado, hasta las cinco, nada... nada. Salimos a dar una vuelta a
+caballo por el bosque... y a propósito de caballo...</p>
+
+<p>Bettina se inclinó a un lado y miró con curiosidad las grandes botas de
+Juan, cubiertas de polvo.</p>
+
+<p>&mdash;Pero, señor, ¿usáis espuelas?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, señorita.</p>
+
+<p>&mdash;¿Estáis en la caballería?</p>
+
+<p>&mdash;Estoy en la artillería, señorita, y la artillería es la caballería.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y vuestro regimiento está de guarnición?...</p>
+
+<p>&mdash;Muy cerca de aquí.</p>
+
+<p>&mdash;¿Entonces saldréis a caballo con nosotras?</p>
+
+<p>&mdash;Convenido. ¿Veamos ahora en qué estaba?</p>
+
+<p>&mdash;No sabéis lo que decís, Bettina, y contáis a estos señores cosas que
+no pueden interesarles.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh! dispensad, señora&mdash;dijo el cura.&mdash;En toda la comarca no se trata
+por el momento más que de la venta de este castillo, y la narración de
+la señorita nos interesa mucho.</p>
+
+<p>&mdash;Ves, Zuzie, mi historia interesa mucho al señor cura. Continúo, pues.
+Salimos a caballo, volvimos a las siete, nada. Comimos, y en el momento
+que nos levantábamos de la mesa, llega un telegrama de América, dos
+líneas solamente: «He hecho comprar para vos, hoy el castillo de
+Longueval y sus dependencias, cerca de Souvigny, sobre la línea del
+Norte.» Entonces las dos fuimos presas de una risa loca al pensar...</p>
+
+<p>&mdash;No, no, Bettina, eso no es exacto. Nos calumniáis a las dos. Primero
+sentimos un movimiento de emoción y agradecimiento muy sincero. Nos
+gusta mucho el campo a mi hermana y a mí, y mi marido, que es excelente,
+sabía que deseábamos con ardor poseer algunas tierras en Francia, y
+desde hacía seis meses buscaba, sin encontrar, hasta que por último, sin
+decírnoslo, descubrió este castillo que se vendía precisamente el día de
+mi santo. Era una delicada atención de su parte.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, Zuzie, tenéis razón; pero después del acceso de emoción, hubo uno
+grande de alegría.</p>
+
+<p>&mdash;Eso sí, lo reconozco. Cuando pensamos que bruscamente las dos éramos
+dueñas, pues lo que es de la una es de la otra, propietarias de un
+castillo, sin saber dónde se encontraba, cómo era, ni cuánto había
+costado; se asemejaba tanto a un cuento de hadas, que...</p>
+
+<p>&mdash;En fin, durante unos cinco minutos reímos de todo corazón. Luego nos
+arrojamos sobre un mapa de Francia, y no sin trabajo conseguimos
+descubrir a Souvigny. Después del atlas tomamos una guía de
+ferrocarriles, y esta mañana, por el tren de las diez, desembarcamos en
+Souvigny.</p>
+
+<p>&mdash;Todo el día lo empleamos en visitar el castillo, las caballerizas, los
+jardines. No hemos visto todo porque es inmenso; pero estamos encantadas
+de lo que hemos visto. No obstante, señor cura, hay algo que me intriga.
+Sé que la propiedad ha sido vendida públicamente: he visto por todo el
+camino los grandes avisos... Mas no me he atrevido a preguntar a las
+personas que me han acompañado hoy en mi paseo, pues mi ignorancia
+habría parecido extraordinaria, cuánto ha costado todo esto. Mi marido
+se olvidó de decírmelo en su telegrama. Desde que estoy encantada con la
+adquisición, esto no constituye más que un detalle, pero que no me
+disgustaría saber... Decid, señor cura, si lo sabéis, decidme el
+precio.</p>
+
+<p>&mdash;Un precio enorme&mdash;respondió el cura,&mdash;pues se agitaban muchas
+esperanzas y ambiciones en torno de Longueval.</p>
+
+<p>&mdash;¡Un precio enorme! me asustáis... ¿Cuánto, exactamente?</p>
+
+<p>&mdash;¡Tres millones!</p>
+
+<p>&mdash;¡Nada más!&mdash;exclamó madama Scott;&mdash;¿el castillo, las granjas, el
+bosque, todo por tres millones?</p>
+
+<p>&mdash;Pero es tirado&mdash;dijo Bettina.&mdash;Sólo el precioso río que pasea por el
+parque, vale los tres millones.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y decíais, señor cura, que muchas personas nos disputaban las tierras
+y el castillo?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, señora.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y ante esas personas, después de la venta, se pronunció mi nombre?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, señora.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cuando lo pronunciaron, hubo alguien que me conociera, que hablara de
+mí?... sí... sí... Vuestro silencio me responde; hablaron de mí. Pues
+bien, señor cura, ahora que estoy seria, muy seria, os ruego, por
+favor, me repitáis lo que dijeron de mí.</p>
+
+<p>&mdash;Pero, señora&mdash;respondió el pobre cura, que estaba sobre
+ascuas,&mdash;hablaron de vuestra inmensa fortuna...</p>
+
+<p>&mdash;Sí, debieron hablar de eso; sin duda, dirían que era muy rica, de poco
+tiempo a esta parte... una <i>parvenue</i>, ¿no es así? Está bien, pero no es
+todo, debieron decir otras cosas.</p>
+
+<p>&mdash;No, no he oído nada...</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh! señor cura, estáis cometiendo, por culpa mía, una mentira
+caritativa, como vos diríais... y os hago desgraciado, pues debéis ser
+la sinceridad en persona. Mas si os atormento así, es porque tengo
+grande interés en saber lo que se ha dicho, lo que...</p>
+
+<p>&mdash;¡Por Dios! señora&mdash;interrumpió Juan,&mdash;tenéis razón, han dicho otra
+cosa, y mi padrino no sabe cómo repetírosla; pero ya que lo exigís,
+dijeron que erais una de las más elegantes, de las más brillantes y de
+las más...</p>
+
+<p>&mdash;¿Y de las más lindas mujeres de París? Con alguna indulgencia han
+podido decirlo. Pero aun no es todo. Hay algo más...</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! ¿sí?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, hay algo más, y yo quisiera tener con vosotros, una explicación
+bien clara y bien franca. No sé por qué me parece que he tenido buena
+estrella hoy; creo que ya sois en cierto modo mis amigos, y que un día
+lo seréis verdaderamente. Pues bien, decidme, si corren sobre mi persona
+historias absurdas y falsas, ¿no tendré razón de pensar que me ayudaréis
+a desmentirlas?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, señora&mdash;respondió Juan con extrema vivacidad,&mdash;hacéis bien en
+pensarlo.</p>
+
+<p>&mdash;Pues a vos me dirijo, señor. Sois soldado, debéis tener valor;
+prometedme ser valiente; ¿me lo prometéis?</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué entendéis, señora, por ser valiente?</p>
+
+<p>&mdash;Prometed, prometed, sin explicaciones, sin condiciones.</p>
+
+<p>&mdash;Está bien; lo prometo...</p>
+
+<p>&mdash;¿Vais a responder francamente, por sí o por no, a las preguntas que os
+dirija?</p>
+
+<p>&mdash;Responderé.</p>
+
+<p>&mdash;¿Os han dicho que yo mendigaba en las calles de New-York?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, señora, me lo han dicho.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y que había sido amazona de un circo ambulante?</p>
+
+<p>&mdash;Me lo han dicho, señora.</p>
+
+<p>&mdash;¡Sea enhorabuena! Esto se llama hablar. ¡Pues bien! notad primero, que
+en todo eso no habría nada deshonroso... Pero si no es cierto, ¿no tengo
+derecho para desmentirlo? Y os aseguro que no es cierto. Mi historia, os
+la referiré en pocas palabras, y si os la cuento así desde el primer
+día, es para que tengáis la bondad de repetirla a todos los que os
+hablen de mí... Pasaré una parte de mi vida en esta aldea, y deseo que
+sepan de dónde vengo y quién soy. Principio, pues. Pobre, sí, lo he
+sido, y muy pobre; hará de esto ocho años... Acababa de morir mi padre,
+siguiendo de muy cerca a mi madre. Yo contaba dieciocho años y Bettina
+nueve; quedábamos solas en el mundo, con fuertes deudas y un gran
+pleito. Las últimas palabras de mi padre fueron estas: «Zuzie, no hagas
+ninguna transacción en el pleito, nunca, nunca, nunca, y tendréis
+millones, hijas mías, ¡millones!» y nos besó a las dos, a Bettina y a
+mí... Lo acometió el delirio, y murió repitiendo: «¡Millones!» Al día
+siguiente, se presentó un procurador, ofreciéndome pagar todas las
+deudas y darme además diez mil dollars, si yo le transfería mis derechos
+al pleito. Se trataba de la posesión de una gran extensión de tierras en
+el Colorado. Rehusé. Entonces fue cuando, durante algunos meses,
+estuvimos muy pobres.</p>
+
+<p>&mdash;Y entonces era cuando yo ponía la mesa&mdash;dijo Bettina.</p>
+
+<p>&mdash;Pasaba mi vida en casa de los <i>Solicitors</i> de New-York. Pero nadie
+quería hacerse cargo de mis intereses. En todas partes recibía la misma
+respuesta: «Vuestra causa es muy dudosa, tenéis adversarios ricos y
+temibles, se necesita dinero, mucho dinero, para llevar a cabo el
+pleito, y ya no os queda nada. Os ofrecen pagaros las deudas y diez mil
+dollars, aceptad, vended el pleito.»</p>
+
+<p>Pero yo conservaba siempre en el oído las últimas palabras de mi padre,
+y no aceptaba... Sin embargo, la miseria iba a obligarme, cuando un día
+fui a ver a uno de los amigos de mi padre, un banquero de New-York, M.
+William Scott, que no me recibió solo; junto a su escritorio estaba
+sentado un joven: «¡Podéis hablar, me dijo, es mi hijo Richard Scott!»
+Miro al joven, él me mira y nos reconocemos... «¡Zuzie!&mdash;¡Richard!» y
+nos tendemos la mano. El tenía veintitrés años y yo dieciocho, y muchas
+veces, cuando niños, habíamos jugado juntos, siendo entonces muy buenos
+amigos. Después, siete u ocho años antes de esto, él fue a terminar su
+educación en Francia e Inglaterra. Su padre me hizo sentar,
+preguntándome qué deseaba, y se lo dije. Me escuchó y respondió:
+«Necesitaríais veinte a treinta mil dollars, y nadie os prestará esa
+suma sobre las inciertas probabilidades de un pleito muy complicado;
+¡sería una locura! Si sois desgraciada, si necesitáis algún
+socorro...&mdash;No es eso lo que pide miss Percival, padre mío, dijo con
+viveza Richard.&mdash;Bien lo sé, pero lo que pretende es imposible...» Y se
+levantó para acompañarme... Entonces tuve un acceso de debilidad, el
+primero desde que era huérfana; hasta ese día había sido fuerte, pero
+sentía agotado mi valor. Sufrí un ataque de nervios y de lágrimas. Me
+repuse, al fin, y partí. Una hora después, Richard Scott estaba en mi
+casa. «Zuzie, me dijo, prometedme aceptar lo que voy a ofreceros,
+prometédmelo.» Yo le prometí. «Pues bien, con la sola condición de que
+mi padre no sepa nada, pongo a vuestra disposición la suma que
+necesitáis.&mdash;¡Pero vos no conocéis el pleito, y es preciso que sepáis lo
+que es, lo que vale!&mdash;No lo conozco absolutamente, ni quiero conocerlo.
+¿Qué mérito tendría mi proceder si tuviera la seguridad de cobrar mi
+dinero? Además, os habéis comprometido a aceptar, y no podéis rehusar.»
+Se me ofrecía con tanta sencillez, con tanta franqueza, que acepté. Tres
+meses después ganamos el pleito, y por los terrenos que, ya sin
+apelación posible, eran propiedad de las dos, nos ofrecían cinco
+millones. Fui a consultar a Richard. «Rehusad, y esperad; si os ofrecen
+esa suma, es porque los terrenos valen el doble.&mdash;Pero es preciso que os
+devuelva vuestro dinero, os debo mucho, mucho dinero.&mdash;¡Oh! por eso no,
+más tarde, no tengo apuro, ahora estoy muy tranquilo! mi crédito no
+corre ningún peligro.&mdash;Pero quisiera pagaros ahora mismo; ¡odio las
+deudas!... Existe un medio, quizá, sin vender los terrenos... Richard,
+¿queréis ser mi marido?» Sí, señor cura&mdash;dijo madama Scott, riendo,&mdash;fui
+yo quien salí al encuentro de mi marido: yo quien le pidió su mano; esto
+lo podéis decir a todo el mundo, porque es la verdad. Por otra parte, me
+veía obligada a hacerlo así, pues nunca, ¡oh! estoy tan segura, nunca
+habría hablado él primero. Yo era demasiado rica, y como él me amaba a
+mí y no a mi dinero, mi dinero le causaba horror. Tal es la historia de
+mi casamiento.</p>
+
+<p>En cuanto a la historia de mi fortuna, os la diré en pocas palabras.
+Existían realmente millones en esos terrenos del Colorado, pues se
+descubrieron abundantes minas de plata, de las que sacamos todos los
+años una renta asombrosa. Pero estamos de acuerdo, mi marido, mi hermana
+y yo, en separar de estas rentas una gran parte para los pobres. Ya lo
+veis, señor cura... porque nosotras también hemos conocido días
+crueles, porque Bettina recuerda haber puesto la mesa en nuestro pequeño
+comedor de un quinto piso en New-York, nos encontraréis siempre prontas
+a socorrer a los que están, como estuvimos nosotras, en presencia de las
+dificultades y los dolores de la vida... Y ahora, señor Juan, ¿queréis
+perdonarme mi largo discurso y ofrecerme un poco de esa crema que parece
+excelente?</p>
+
+<p>Mientras Juan se apresuraba a servir a madama, Scott, ésta continuó:</p>
+
+<p>&mdash;No lo he dicho todo aún. Es preciso que sepáis de dónde nacen estas
+historias extravagantes. Cuando vinimos a establecernos en París, hace
+un año, creímos deber dar desde nuestra llegada, cierta suma para los
+pobres. ¿Quién habló de ésto? No fuimos nosotras, seguramente; pero la
+historia salió en un diario con la cifra, y en el acto dos jóvenes
+reporters acudieron a hacer sufrir un interrogatorio sobre su pasado a
+M. Scott, pues querían escribir sobre nosotros una crónica en sus
+diarios. M. Scott es a veces algo vivo, y ese día lo fue bastante,
+despidiendo bruscamente a esos señores sin decirles nada. Entonces, no
+sabiendo nuestra verdadera historia, inventaron una a su antojo. El
+primero contó que yo había mendigado en las calles de New-York, y el
+segundo, al día siguiente, para publicar algo que causara más sensación,
+me hizo atravesar circunferencias de papel en un circo de Filadelfia.
+Tenéis en Francia unos diarios muy originales; verdad es que en América
+no lo son menos.</p>
+
+<p>Cinco minutos harían que Paulina dirigía al cura señas desesperadas; que
+éste se obstinaba en no comprender, tanto, que la pobre mujer, reuniendo
+todo su valor, dijo al fin:</p>
+
+<p>&mdash;Señor cura, son las siete y cuarto.</p>
+
+<p>&mdash;¡Las siete y cuarto! ¡Oh! señoras, dispensadme, pero esta tarde tengo
+que rezar el oficio del mes de María.</p>
+
+<p>&mdash;¿El mes de María va a principiar en seguida?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, en seguida.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y a qué hora exacta parte el tren de París?</p>
+
+<p>&mdash;A las nueve y media&mdash;respondió Juan,&mdash;y emplearéis quince a veinte
+minutos, para llegar a la estación, en carruaje.</p>
+
+<p>&mdash;Entonces, Zuzie, podemos ir a la iglesia.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos&mdash;respondió madama Scott,&mdash;pero antes de separarnos, señor cura,
+tengo que pediros un servicio. Quiero que vayáis a comer con nosotras,
+la primera vez que vengamos a Longueval, y vos también, señor... los
+cuatro solos, como hoy. ¡Oh! no rehuséis, tengo tanto gusto en
+invitaros.</p>
+
+<p>&mdash;Y nosotros más en aceptar, señora&mdash;respondió Juan.</p>
+
+<p>&mdash;Os escribiré anunciándoos el día. Vendré lo más pronto posible, para
+que estrenemos juntos el castillo.</p>
+
+<p>Entretanto, Paulina, en un rincón de la pieza hablaba con mucha
+animación y misterio con miss Percival. Su conversación terminó con
+estas palabras:</p>
+
+<p>&mdash;¿Vos estaréis allí?&mdash;decía Bettina.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, estaré.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y me diréis en qué momento?</p>
+
+<p>&mdash;Os lo diré, pero cuidado... ahí viene el señor cura, y es preciso que
+ni sospeche...</p>
+
+<p>Las dos hermanas, el cura y Juan salieron de la casa, y tuvieron que
+atravesar el cementerio para ir a la iglesia. La tarde era deliciosa.
+Lenta y silenciosamente los cuatro, bajo los rayos del sol poniente,
+caminaban por la avenida.</p>
+
+<p>En el camino se encontraba el monumento del doctor Reynaud, muy
+sencillo, pero, sin embargo, por sus proporciones se distinguía de las
+demás tumbas. Madama Scott y Bettina se detuvieron al ver esta
+inscripción grabada sobre la piedra:</p>
+
+<p><i>Aquí yace el doctor Marcelo Reynaud, cirujano mayor de los movilizados
+de Souvigny, muerto el 8 de enero de 1871, en la batalla de
+Villersexel. Rogad por él.</i></p>
+
+<p>Cuando concluyeron de leer, el cura designando a Juan, les dijo:</p>
+
+<p>&mdash;¡Era su padre!</p>
+
+<p>Entonces las dos mujeres se aproximaron a la tumba y con la cabeza
+inclinada, permanecieron allí durante algunos instantes pensativas,
+conmovidas, recogidas. Luego, volviéndose las dos al mismo tiempo, con
+el mismo movimiento tendieron la mano al joven oficial, y continuaron su
+marcha hacia la iglesia. El padre de Juan había obtenido su primera
+plegaria en Longueval.</p>
+
+<p>El cura se fue a poner su sobrepelliz y su estola.</p>
+
+<p>Juan condujo a madama Scott al banco reservado, desde siglos atrás, a
+las dueñas de Longueval. Paulina tomó la delantera y esperó a Bettina a
+la sombra de un pilar de la iglesia, para hacerla subir por una escalera
+estrecha y empinada, e instalarla ante el armonium.</p>
+
+<p>Precedido de los monaguillos, el viejo cura salió de la sacristía, y en
+el instante en que se arrodillaba sobre las gradas del altar:</p>
+
+<p>&mdash;Ahora es el momento, señorita&mdash;dijo Paulina, cuyo corazón latía de
+impaciencia.&mdash;¡Pobre viejo, qué contento se va a poner!</p>
+
+<p>Cuando oyó el canto del órgano que se elevaba suavemente, como un
+murmullo esparciéndose por toda la iglesia, el abate Constantín se
+sintió tan conmovido, tan contento, que los ojos se le llenaron de
+lágrimas. No recordaba haber llorado desde el día que Juan le dijo que
+quería repartir su patrimonio con la madre y la hermana de los que
+cayeron al lado de su padre bajo las balas alemanas.</p>
+
+<p>Para hacer brotar lágrimas aún de los ojos del anciano sacerdote, fue
+preciso que una joven americana cruzara los mares y viniera a ejecutar
+una <i>rêverie</i> de Chopín, en la iglesia de Longueval.</p>
+
+<p>Al día siguiente, a las cinco y media de la mañana, tocaban botasilla en
+el patio del cuartel. Juan montaba a caballo y tomaba el mando de su
+batería. A fines del mes de mayo todos los reclutas del regimiento están
+instruidos, y son capaces de formar parte de las evoluciones en
+conjunto, y casi todos los días se ejecutan en el polígono maniobras de
+baterías organizadas.</p>
+
+<p>Juan tenía mucha afición por su carrera y acostumbraba a vigilar
+cuidadosamente los tiros y guarniciones de las piezas, el equipo y
+apostura de sus hombres; pero esa mañana prestó poca atención a los
+pequeños detalles del servicio.</p>
+
+<p>Un problema lo agitaba, lo atormentaba, lo dejaba indeciso, y este
+problema era de aquellos cuya solución no se aprende en la escuela
+politécnica. Juan no encontraba respuesta categórica a esta pregunta:</p>
+
+<p>&mdash;¿Cuál de las dos es más linda?</p>
+
+<p>En el polígono, durante la primera parte de la maniobra, cada batería
+trabajaba por su cuenta, bajo las órdenes del capitán, que muchas veces
+cede su puesto a uno de los tenientes, para habituarlos a la dirección
+de las seis piezas. Aquel día precisamente, desde el principio de la
+maniobra, se le confió el mando a Juan: mas con gran sorpresa del
+capitán, que tenía a su teniente por un oficial muy instruido, muy capaz
+y muy hábil, las cosas salieron todas al revés. Juan indicó dos o tres
+movimientos falsos; no supo mantener ni rectificar las distancias; las
+piezas se encontraron varias veces en contacto, hasta que el capitán
+tuvo que intervenir, dirigiendo a Juan una pequeña reprimenda terminada
+por estas palabras:</p>
+
+<p>&mdash;No lo comprendo. ¿Qué tenéis hoy? Es la primera vez que esto os
+sucede.</p>
+
+<p>También era la primera vez que Juan, en el polígono de Souvigny, veía
+otra cosa que cañones y trenes, tiros y conductores. En las oleadas de
+polvo levantadas por las ruedas y las patas de los caballos, Juan veía,
+no la segunda batería montada del 9.º de artillería, sino la imagen
+distinta de las dos americanas de ojos negros y cabellos de oro. Y en el
+momento en que recibía el merecido sermón de su capitán, Juan se decía:</p>
+
+<p>&mdash;¡La más linda es madama Scott!</p>
+
+<p>La maniobra se divide todas las mañanas en dos partes, con intervalo de
+diez minutos, durante los cuales los oficiales se reúnen a conversar.
+Juan se mantuvo separado, solo, con los recuerdos de la víspera. Su
+pensamiento lo atraía con obstinación hacia el presbiterio de
+Longueval... Sí, la más linda de las dos era madama Scott. Miss Percival
+era una criatura. Volvía a ver a madama Scott en la mesa del cura; oía
+aquella historia contada con tanta franqueza, tanta naturalidad, y la
+armonía algo extraña de su voz particular y penetrante encantaba aún su
+oído. Volvía a encontrarse en la iglesia, y ella estaba allí, ante él,
+inclinada sobre su reclinatorio con su linda cabeza encerrada en sus dos
+pequeñas manos. Luego principiaba a sonar el órgano, y allá en la
+sombra, a lo lejos, vagamente, Juan divisaba la elegante y fina silueta
+de Bettina.</p>
+
+<p>¡Una niña, no era más que una niña! Las trompetas llamaron y comenzó de
+nuevo la maniobra. Felizmente, esta vez ya no tenía el mando ni la
+responsabilidad. Las cuatro baterías ejecutaban evoluciones de conjunto.
+Veíase girar en todos sentidos a aquella enorme masa de hombres,
+caballos, cañones, ora desplegada en una sola línea de batalla, ora
+reunida en un grupo compacto, todo se detenía al mismo tiempo, de un
+solo golpe, sobre toda la extensión del polígono. Los conductores
+saltaban de sus caballos, corrían a la pieza, la desprendían del tren
+delantero que se alejaba al trote, y la disponían a hacer fuego con
+sorprendente rapidez. Luego volvían los tiros, los conductores
+enganchaban las piezas, montaban con presteza y el regimiento se lanzaba
+a gran trote a través de los campos de maniobras.</p>
+
+<p>Poco a poco, Bettina recobraba la ventaja sobre madama Scott, en el
+pensamiento de Juan. Aparecíasele risueña y ruborosa, en medio de las
+olas de oro de sus cabellos sueltos. <i>Señor Juan</i>... ella lo había
+llamado <i>señor Juan</i>... y nunca su nombre le pareció tan lindo. ¡Y los
+últimos apretones de manos al partir, antes de subir al carruaje!...
+Miss Percival había estrechado más que madama Scott, un poco más,
+seguramente. Habíase quitado los guantes para tocar el órgano, y Juan
+sentía aún el contacto de aquella pequeña mano desnuda que vino a
+posarse fresca y suave en su gran manaza de artillero.</p>
+
+<p>&mdash;Me engañaba hace un momentose decía Juan,&mdash;la más linda es miss
+Percival.</p>
+
+<p>La maniobra había terminado. Las baterías se colocaron una detrás de
+otra con cortos intervalos, perfectamente alineadas las piezas, y el
+desfile tuvo lugar al gran trote con un ruido atronador y en medio de un
+huracán de polvo. Cuando Juan, sable en mano, pasó ante el coronel, las
+dos imágenes de las dos hermanas, se reunían, se confundían tan bien en
+sus recuerdos, que entraban y desaparecían, por decirlo así, una en la
+otra, formando una sola y misma persona. Todo paralelo se hacía
+imposible, gracias a esta singular confusión de los dos términos de
+comparación.</p>
+
+<p>Madama Scott y miss Percival permanecieron así inseparables en el
+pensamiento de Juan hasta el día en que le fue dado el placer de
+volverlas a ver. La impresión de este brusco encuentro no se borró;
+persistió muy viva y muy dulce, hasta el punto de sentirse Juan agitado
+e inquieto.</p>
+
+<p>&mdash;¿Habré cometido&mdash;pensaba,&mdash;el desatino de enamorarme locamente a
+primera vista? Pero no, uno se enamora de una mujer, y no de dos mujeres
+a la vez.</p>
+
+<p>Esta reflexión lo tranquilizaba. Muy joven era este muchachón de
+veinticuatro años. Nunca el amor había penetrado plena, franca y
+abiertamente en su corazón. Sólo conocía el amor por las novelas ¡y
+había leído tan pocas! No era, sin embargo, un ángel; encontraba bonitas
+y graciosas a las muchachas de Souvigny, y cuando le permitían que les
+dijera frases amables, las decía con gusto, pero en cuanto a tomar por
+amor fantasías pasajeras, que no dejaban en su corazón la más leve o
+superficial agitación, nunca lo había pensado.</p>
+
+<p>Pablo de Lavardens poseía maravillosas facultades de entusiasmo e
+idealización. Su corazón alojaba siempre tres o cuatro grandes pasiones
+que vivían allí fraternalmente y en buena armonía. Tenía el talento de
+encontrar siempre, en esa aldea de quince mil almas, una cantidad de
+lindas jóvenes, nacidas para ser adoradas. Perpetuamente creía descubrir
+la América cuando no hacía más que volverla a encontrar.</p>
+
+<p>Juan apenas había entrevisto el mundo. Se había dejado llevar por Pablo,
+una docena de veces quizá, a veladas y bailes en los castillos vecinos,
+de donde traía siempre una impresión de malestar y fastidio. Y de ahí
+dedujo que esos placeres no se hicieron para él.</p>
+
+<p>Sus gustos eran serios y sencillos; amaba la soledad, el trabajo, los
+largos paseos, los grandes espacios, los caballos y los libros. Adoraba
+su aldea y todos los viejos testigos de su infancia que le hablaban de
+otros tiempos. Una cuadrilla en un salón le causaba invencible terror;
+mas todos los años, para la fiesta de Longueval, bailaba de buen grado
+con las aldeanas de la comarca.</p>
+
+<p>Si hubiera visto a madama Scott y miss Percival en su casa de París, en
+medio de todos los esplendores del lujo, en todo el brillo de su
+elegancia, las habría mirado de lejos, con curiosidad, como preciosos
+objetos de arte; luego habría vuelto a su casa y dormido, como de
+costumbre, lo más tranquila y apaciblemente del mundo.</p>
+
+<p>Sí; mas no había sucedido así, y de ahí nacía su asombro, su turbación.
+Aquellas dos mujeres se le presentaron, por la más grande casualidad, en
+un medio que le era familiar y por lo mismo les fue singularmente
+favorable. Sencillas, buenas, francas, cordiales, tales se le mostraron
+desde el primer día. Y para colmo, deliciosamente bellas, lo que nunca
+está demás. Juan se sintió en el acto bajo la influencia del encanto, y
+todavía lo estaba.</p>
+
+<p>En momentos que él bajaba del caballo a las nueve de la mañana, en el
+patio del cuartel, el abate Constantín se ponía alegremente en campaña.
+La cabeza del buen anciano ardía desde la víspera; Juan no había dormido
+mucho, pero el pobre cura no había dormido nada.</p>
+
+<p>Muy temprano se levantó, y a puerta cerrada, solo con Paulina, contó y
+recontó su dinero, extendiendo sobre la mesa sus cien luises, y gozando
+como un avaro en hacerlos sonar. ¡Suyo, todo aquello era suyo! es decir,
+de los pobres.</p>
+
+<p>&mdash;No os apuréis tanto, señor cura&mdash;decía Paulina;&mdash;sed económico; creo
+que distribuyendo hoy unos cien francos...</p>
+
+<p>&mdash;No es bastante, Paulina, no es bastante. No tendré otro día como éste
+en mi vida, pero lo habré tenido. ¿Sabéis cuánto daré hoy, Paulina?</p>
+
+<p>&mdash;¿Cuánto, señor cura?</p>
+
+<p>&mdash;¡Mil francos!</p>
+
+<p>&mdash;¡Mil francos!</p>
+
+<p>Sí, ahora somos millonarios; poseemos todos los tesoros de la América,
+¿y me pondría a hacer economías? Hoy no, no tengo derecho a ello.</p>
+
+<p>Dicha la misa, a las nueve, salió y hubo una verdadera lluvia de oro a
+su paso.</p>
+
+<p>Todos tuvieron su parte, los pobres que confesaban su miseria y los que
+la ocultaban, yendo cada limosna acompañada del mismo pequeño discurso.</p>
+
+<p>&mdash;Esto proviene de los nuevos dueños de Longueval: dos americanas,
+madama Scott y miss Percival. Retened bien sus nombres y rogad por ellas
+esta noche.</p>
+
+<p>Luego, se escapaba, sin esperar las gracias; a través de los campos, a
+través de los bosques, de casa en casa, de cabaña en cabaña, andaba,
+andaba, andaba... Una especie de embriaguez le subía al cerebro. Por
+todos lados en su camino oía gritos de alegría y asombro. Todos aquellos
+luises de oro caían como por encanto, en aquellas pobres manos
+habituadas a recibir pequeñas monedas de plata. El cura hizo locuras,
+verdaderas locuras; se había lanzado, y no podía contenerse. Daba hasta
+a aquellos que no pedían nada.</p>
+
+<p>Encontró a Claudio Rigal, antiguo sargento que dejó un brazo en
+Sebastopol, algo agobiado ya y con la cabeza gris, pues el tiempo pasa,
+y los soldados de Crimea pronto serán ancianos, y le dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Tomad, ahí tenéis veinte francos.</p>
+
+<p>&mdash;¡Veinte francos! pero yo no pido nada, no necesito nada. Tengo mi
+pensión.</p>
+
+<p>¡Su pensión!... ¡setecientos francos al año!</p>
+
+<p>&mdash;Pues bien&mdash;respondió el cura,&mdash;será para cigarros, pero escuchad bien:
+esto viene de América...</p>
+
+<p>Y comenzaba de nuevo el panegírico de los dueños de Longueval.</p>
+
+<p>Entró en casa de una buena mujer, cuyo hijo había partido el mes
+anterior para Túnez.</p>
+
+<p>&mdash;Y bien, ¿cómo está vuestro hijo?</p>
+
+<p>&mdash;Bueno, señor cura, ayer recibí una carta suya. Está bueno, no se
+queja, sólo dice que no hay Kroumirs allá... ¡Pobre muchacho! yo he
+hecho algunas economías este mes, y podré enviarle diez francos.</p>
+
+<p>&mdash;Le enviaréis treinta... Tomad...</p>
+
+<p>&mdash;¡Veinte francos! ¡señor cura, me dais veinte francos!</p>
+
+<p>&mdash;Sí, os los doy...</p>
+
+<p>&mdash;¿Para mi hijo?</p>
+
+<p>&mdash;Para vuestro hijo... Pero oídme bien, es preciso que sepáis de dónde
+viene esto, y acordaos de decírselo a vuestro hijo cuando le escribáis.</p>
+
+<p>El cura, por la vigésima vez, repitió su discurso sobre madama Scott y
+miss Percival. A las seis volvió a su casa, muerto de fatiga, pero con
+la alegría en el corazón.</p>
+
+<p>&mdash;¡Lo he dado todo!&mdash;exclamó, apenas divisó a Paulina,&mdash;¡todo, todo!</p>
+
+<p>Comió y se fue al mes de María; mas en el momento en que subía al altar,
+el armonium permaneció mudo. Miss Percival no se hallaba ya allí.</p>
+
+<p>La joven organista de la víspera estaba en aquel momento muy perpleja.
+Sobre los dos divanes de su cuarto de vestir, se ostentaban dos
+preciosos trajes, uno blanco, y azul el otro. Bettina se preguntaba cuál
+de los dos se pondría para ir esa noche a la Opera. Encontraba
+deliciosos los dos; pero tenía que elegir, no podía ponerse más que uno.
+Después de largas vacilaciones se decidió por el blanco.</p>
+
+<p>A las nueve y media las dos hermanas subían la gran escalera de la
+Opera. Cuando entraron a su palco, el telón se levantaba sobre el
+segundo cuadro del segundo acto de <i>Aida</i>, el acto del baile y de la
+marcha.</p>
+
+<p>Dos jóvenes, Rogerio de Puymartin y Luis de Martillet, se hallaban
+sentados en primera fila en un palco bajo. Las señoritas del cuerpo de
+baile no estaban aún en la escena, y estos señores desocupados se
+entretenían en mirar la sala. La aparición de miss Percival causó a los
+dos una impresión muy viva.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah, ah!&mdash;dijo Puymartin,&mdash;ahí está el pequeño lingote de oro.</p>
+
+<p>Los dos dirigieron sus anteojos sobre Bettina.</p>
+
+<p>&mdash;Está deslumbrador esta noche, el lingote de oro&mdash;continuó
+Martillet.&mdash;Mira, pues, la línea del cuello... los hombros... tan joven
+y ya tan mujer.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, está preciosa, y alegre también, mira...</p>
+
+<p>&mdash;¡Quince millones, según parece, quince millones de ella sola, y la
+mina de plata que continúan explotando!</p>
+
+<p>&mdash;Berulle me dijo veinticinco millones... y Berulle está muy al
+corriente de las cosas de América.</p>
+
+<p>&mdash;¡Veinticinco millones! ¡Un buen bocado para Romanelli!</p>
+
+<p>&mdash;¡Cómo! ¿Romanelli?</p>
+
+<p>&mdash;Se corre que se casa con ella, que ya está decidido el matrimonio.</p>
+
+<p>&mdash;Matrimonio decidido, sea; pero con Montessan, no con Romanelli...
+¡Ah, al fin principia el baile!</p>
+
+<p>Cesaron de hablar. El baile de <i>Aida</i> no dura más que cinco minutos y
+ellos sólo iban al teatro por esos cinco minutos; de manera que les
+importaba gozarlos religiosa y respetuosamente; pues existe esta
+particularidad en ciertos abonados a la Opera, que charlan como loros
+cuando deberían callar y escuchar, y por el contrario observan un
+admirable silencio cuando les sería permitido conversar mirando.</p>
+
+<p>Las trompetas heroicas de <i>Aida</i> arrojaron su último sonido en honor de
+Ramadés, y ante las grandes esfinges, bajo las verdes hojas de las
+palmeras, se adelantaban chispeantes las bailarinas a tomar posesión de
+la escena.</p>
+
+<p>Madama Scott, con mucha atención y placer seguía las evoluciones del
+baile; pero Bettina se había quedado pensativa al divisar en un palco de
+enfrente a un joven alto y moreno. Miss Percival se hablaba a sí misma:
+¿Qué hacer? ¿qué decidir? ¿deberé casarme con ese joven que está
+enfrente y me mira?... pues es a mí a quien mira... Dentro de un
+momento, en el entreacto, vendrá y no tendría más que decirle: «¡Está
+bien! he aquí mi mano... Seré vuestra esposa.» ¡Y así lo haría!
+¡Princesa, yo sería Princesa, Princesa Romanelli! ¡Princesa Bettina!
+¡Bettina Romanelli! Queda bien, suena muy bien al oído: «La señora
+Princesa está servida. ¿La señora Princesa montará a caballo hoy?...»
+¿Me divertiría siendo Princesa? Sí y no... Entre todos los jóvenes que
+desde hace un año en París corren tras mi fortuna, este Príncipe
+Romanelli es hasta ahora lo mejor... Preciso será, que uno de estos días
+me decida a casarme... Creo que me ama... Sí, ¿pero acaso lo amo? No, no
+lo creo... ¡y me gustaría tanto amar!... ¡Oh, sí, me gustaría tanto!...</p>
+
+<p>A la misma hora en que estas reflexiones cruzaban por la linda cabeza de
+Bettina, Juan, solo en su gabinete de estudio, sentado ante el
+escritorio con un gran libro bajo la pantalla de la lámpara, repasaba,
+tomando notas, la historia de las campañas de Turena. Al día siguiente
+debía dar clase a sus subalternos en el regimiento, y con toda prudencia
+preparaba su lección.</p>
+
+<p>Pero de repente, en medio de sus notas: Nördlingen, 1645; las Dunes,
+1658; Mülhausen y Türckheim, 1674-1675, vio un croquis... Juan no
+dibujaba mal. Un retrato de mujer vino a colocarse por sí solo bajo su
+pluma. ¿Qué venía a hacer allí en medio de las victorias de Turena,
+aquella buena mujercita? ¿Y cuál de las dos era?... ¿Madama Scott o miss
+Percival? ¿Cómo saberlo?... ¡Se parecían tanto! Y Juan, penosa,
+trabajosamente, volvía a la historia de las campañas de Turena.</p>
+
+<p>En el mismo momento también, el abate Constantín, de rodillas ante su
+camita de nogal, con todo el fervor de su alma, pedía las gracias del
+Cielo para las dos mujeres que le hicieron pasar el día más feliz de su
+vida. Rogaba a Dios bendijera a madama Scott en sus hijos, y diera a
+miss Percival un marido, según su corazón.</p>
+
+
+
+<h3><a name="IV" id="IV"></a>IV</h3>
+
+
+<p>Antes, París pertenecía a los parisienses, y este antes no está muy
+lejos de nosotros, treinta o cuarenta años apenas. Los franceses, en
+esta época, eran dueños de París, como los ingleses lo son de Londres,
+los españoles de Madrid y los rusos de San Petersburgo. Pasaron esos
+tiempos. Los otros países tienen aún fronteras, pero la Francia ya no
+las tiene. París se ha convertido en una inmensa torre de Babel, una
+ciudad internacional y universal. Los extranjeros no sólo vienen a
+visitar París, sino también a vivir en él.</p>
+
+<p>Tenemos ahora en París una colonia rusa, una colonia española, una
+colonia levantina, una colonia americana, y estas colonias poseen cada
+una sus iglesias, sus banqueros, sus médicos, sus diarios, sus pastores,
+sus pobres y sus dentistas. Los extranjeros han conquistado ya sobre
+nosotros la mayor parte de los Campos Elíseos y del bulevar Malesherbes;
+ellos avanzan, se extienden; nosotros retrocedemos, rechazados por la
+invasión, y nos vemos obligados a expatriarnos. Vamos a fundar colonias
+parisienses en la llanura de Passy, en la llanura de Monceau, en los
+barrios que antes no eran absolutamente París, y que aun hoy no lo son
+del todo.</p>
+
+<p>Entre estas colonias extranjeras, la más numerosa, la más rica, la más
+brillante, es la colonia americana. Llega un momento en que el americano
+se siente bastante rico; el francés, jamás tiene bastante. El americano
+se detiene entonces, respira un poco, y cuidando el capital, no cuenta
+ya la renta, pues sabe gastarla; el francés no sabe más que ahorrar.</p>
+
+<p>El francés sólo tiene un lujo verdadero: sus revoluciones. Prudente y
+cautelosamente se reserva para ellas, sabiendo que costarán muy caro a
+la Francia, pero al mismo tiempo darán ocasión a muy ventajosos empleos.
+El presupuesto de nuestro país es un grande empréstito, perpetuamente
+abierto. El francés dice:</p>
+
+<p>&mdash;¡Atesoremos, atesoremos! Una de estas mañanas estallará una revolución
+que hará caer el cinco por ciento a cincuenta o sesenta francos, y
+entonces compraré. Puesto que las revoluciones son inevitables,
+procuremos al menos sacar algún provecho de ellas.</p>
+
+<p>Sin cesar se habla de la gente arruinada por las revoluciones, y quizá
+es mayor el número de las personas enriquecidas por las revoluciones.</p>
+
+<p>Los americanos sufren fuertemente la atracción de París. No existe en el
+mundo otra ciudad en que sea tan agradable y tan fácil gastar el dinero.
+Por razones de raza y origen, esta atracción se ejercía sobre madama
+Scott y miss Percival de una manera extraordinaria.</p>
+
+<p>La más francesa de nuestras colonias, es el Canadá, que ya no nos
+pertenece. El recuerdo de la primera patria ha subsistido profunda y
+dulcemente en el corazón de los emigrados de Quebec y Montreal. Zuzie
+Percival recibió de su madre una educación muy francesa, y ella educó a
+su hermana en los mismos sentimientos de amor a nuestro país. Las dos
+hermanas se sentían enteramente francesas, más aún, parisienses.</p>
+
+<p>Apenas les cayó encima aquella avalancha de millones, el mismo deseo se
+apoderó de las dos: venir a vivir en París. Pidieron la Francia como se
+pide la patria. M. Scott opuso alguna resistencia.</p>
+
+<p>&mdash;Si yo no estoy aquí&mdash;decía,&mdash;y vengo sólo dos o tres meses del año a
+América, para vigilar nuestros intereses, las rentas disminuirán.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué importa!&mdash;respondía Zuzie,&mdash;somos ricos, demasiado ricos...
+Partamos, os ruego. ¡Estaremos tan contentas, seremos tan felices allá!</p>
+
+<p>M. Scott se dejó convencer, y Zuzie, en los primeros días de enero de
+1880, escribió la carta siguiente a su amiga Katie Norton, que desde
+hacía algunos años habitaba París:</p>
+
+<p>«¡Victoria, está decidido! Richard consiente. Llegaré en el mes de abril
+y volveré a ser francesa. Vos me ofrecisteis encargaros de todos los
+preparativos de nuestra instalación en París, y como soy horriblemente
+indiscreta, acepto.</p>
+
+<p>»Quiero, apenas ponga los pies en París, poder gozar de París, y no
+perder el primer mes en viajes a casa del tapicero, del carruajero y de
+los caballerizos. Desearía, al bajar del tren, encontrar en el patio de
+la estación, <i>mi</i> carruaje, <i>mi</i> cochero y <i>mis</i> caballos, y que ese día
+nos acompañaseis a comer en <i>mi</i> casa. Alquilad o comprad una casa,
+tomad criados, elegid carruajes, caballos, libreas. Confío enteramente
+en vos. Que las libreas sean azules, y nada más. Esta línea la agrego a
+pedido de Bettina, que por sobre mi hombro lee lo que escribo.</p>
+
+<p>»Sólo siete criados irán con nosotros a Francia; Richard lleva sus
+camareros; Bettina y yo las nuestras; las dos ayas de los niños, y
+además dos <i>boys</i>, Toby y Boby, que nos siguen a caballo y montan
+perfectamente. Son dos monadas; del mismo alto, la misma figura, y casi
+la misma cara; nunca encontraríamos en París dos grooms más iguales.</p>
+
+<p>»Todo lo demás, cosas y gente, queda en New-York. No, no todo lo demás,
+se me olvidaban los cuatro poneys, cuatro joyas, negros como tinta, con
+manchas blancas los cuatro en las cuatro patas; no tendríamos valor para
+separarnos de ellos. ¡Los atamos a un canasto y quedan preciosos!
+Bettina y yo los manejamos muy bien a los cuatro. ¿Puede una señora
+manejar, sin gran escándalo, por la mañana temprano, en el Bosque? Aquí
+se hace.</p>
+
+<p>»Sobre todo, mi querida Katie, no os fijéis en el dinero. Haced locuras,
+verdaderas locuras, es todo lo que os pido.»</p>
+
+<p>El día en que madama Norton recibía esta carta, corrió la noticia de la
+quiebra de cierto señor Garneville, gran especulador que no había tenido
+buen tacto, sintiendo la baja cuando debió sentir la alza. Seis semanas
+antes, este Garneville se había instalado en una gran casa toda recién
+amueblada, que no tenía más defecto que ser de una magnificencia
+demasiado violenta.</p>
+
+<p>Madama Norton firmó un contrato de alquiler, cien mil francos al año,
+con opción a comprar la casa y el mueblaje por dos millones en el primer
+año. Un tapicero de gran nombre se encargó de corregir y suavizar el
+desmedido lujo de un mueblaje chillón y extravagante.</p>
+
+<p>Hecho esto, la amiga de madama Scott tuvo la suerte de encontrar, desde
+el primer momento dos artistas eminentes, sin los cuales no podría
+fundarse ni funcionar una gran casa.</p>
+
+<p>Primero, un maestro cocinero de primer orden, que acababa de abandonar
+una antigua casa del faubourg Saint-Germain, con gran pesar, pues tenía
+sentimientos aristocráticos, y le costaba mucho ir a servir a algún
+burgués, o a extranjeros.</p>
+
+<p>&mdash;Nunca habría dejado a la señora Baronesa&mdash;dijo a madama Norton,&mdash;si la
+casa hubiera seguido en el mismo pie de lujo; pero la señora Baronesa
+tiene cuatro hijos, dos que han hecho locuras, y dos niñas que pronto
+serán casaderas, y deberá dotarlas. En fin, la señora Baronesa se ve
+obligada a estrecharse, y la casa no es bastante importante para mí.</p>
+
+<p>Este distinguido funcionario puso sus condiciones, y aunque excesivas,
+no asustaron a madama Norton, que sabía se trataba de un hombre de
+verdadero mérito; mas él, antes de decidirse, pidió permiso para
+telegrafiar a New-York pidiendo informes, y como la respuesta fuera
+favorable, aceptó.</p>
+
+<p>El segundo artista era un picador de rara y grande capacidad, que
+acababa de retirarse del servicio después de hecha su fortuna. Sin
+embargo, consintió en organizar las caballerizas de madama Scott, con la
+expresa condición de tener entera libertad para la adquisición de
+caballos, de no usar librea, de elegir a su gusto los cocheros, grooms y
+palafreneros; de no tener nunca menos de quince caballos disponibles, de
+que no harían ningún trato con el carruajero ni el talabartero sin su
+intervención, y que sólo subiría al pescante por la mañana, en traje
+particular, para dar lecciones a las señoras o los niños, si fuera
+necesario.</p>
+
+<p>El maestro tomó posesión de sus hornillas y el picador de sus
+caballerizas. Lo demás era únicamente cuestión de dinero, y madama
+Norton aprovechó sus plenos poderes, conformándose con las instrucciones
+recibidas. En el corto espacio de dos meses hizo verdaderos prodigios
+para que la instalación de los Scott, fuese completa y absolutamente
+irreprochable.</p>
+
+<p>Y el 15 de abril de 1880, M. Scott, Zuzie y Bettina bajaron del tren del
+Havre a las cuatro y media, en la estación Saint-Lazare, y encontraron a
+madama Norton, que les dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Ahí tenéis vuestra calesa en el patio, y detrás de la calesa está el
+landó para los niños, y más allá un ómnibus para los criados, todos con
+vuestras iniciales, conducidos por vuestros cocheros y tirados por
+vuestros caballos. Vivís en el número 24 de la calle de Murillo, y aquí
+tenéis el <i>menú</i> de vuestra comida de hoy. Me invitasteis hace dos
+meses, y acepté, tomándome la libertad de traeros unas quince personas
+más. Soy la proveedora de todo, hasta de los convidados. Pero
+tranquilizaos, a todos los conocéis, son nuestros amigos comunes... y
+desde esta noche podremos juzgar de los méritos de vuestro cocinero.</p>
+
+<p>Madama Norton entregó a madama Scott una linda tarjeta con filete de
+oro, que decía: <i>Menu du dîner du 15 Avril 1880</i>, y más abajo: <i>Consommé
+à la parisienne, truîtes saumonées à la russe</i>, etcétera.</p>
+
+<p>El primer parisiense que tuvo el honor y el placer de rendir homenaje a
+la belleza de madama Scott y miss Percival, fue un pequeño pinche de
+quince años que se encontraba allí, vestido de blanco, con su canasta de
+mimbres en la cabeza, en momentos en que el cochero de madama Scott,
+molestado por tanto carruaje, salía con dificultad del patio de la
+estación. El pinche se paró de golpe en la acera, abrió tamaños ojos,
+miró a las dos hermanas con aire de asombro y les lanzó valientemente al
+rostro esta simple palabra:</p>
+
+<p>&mdash;¡Cáspita!</p>
+
+<p>Cuando madama de Récamier vio venir las canas y las arrugas, decía a una
+de sus amigas:</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! querida mía, ya no me hago ninguna ilusión; desde el día en que
+los pequeños deshollinadores no se volvían en la calle para mirarme,
+comprendí que todo había concluido.</p>
+
+<p>La opinión de los pinches vale, en caso semejante, tanto como la de los
+deshollinadores... Todo no había concluido aún para Zuzie y Bettina, por
+el contrario, todo empezaba.</p>
+
+<p>Cinco minutos después, el carruaje de madama Scott subía por el bulevar
+Haussmann al trote lento y cadencioso de dos soberbios caballos; París
+contaba dos parisienses más.</p>
+
+<p>El éxito de madama Scott y miss Percival fue inmediato, decisivo, como
+un rayo. Las bellezas de París no están clasificadas y catalogadas como
+las bellezas de Londres; no hacen publicar sus retratos en los
+periódicos ilustrados, ni dejan vender sus fotografías en las
+papelerías!... Sin embargo, existe un pequeño estado mayor de una
+veintena de mujeres, que representan la gracia, la elegancia y la
+belleza parisienses, cuyas mujeres, después de diez o doce años de
+servicio, pasan al cuadro de reserva, ni más ni menos que los viejos
+generales.</p>
+
+<p>Zuzie y Bettina formaron en el acto parte de este pequeño estado mayor.
+Fue asunto de veinticuatro horas; ni tanto, pues esto sucedió entre las
+ocho de la mañana y las doce de la noche, al día siguiente de su llegada
+a París.</p>
+
+<p>Imaginaos una especie de ronda mágica en tres actos y cuyo éxito fuera
+creciendo de cuadro en cuadro:</p>
+
+<p>1.º Paseo a caballo por la mañana, a las diez, en el Bosque, con dos
+maravillosos <i>grooms</i> traídos de América;</p>
+
+<p>2.º Paseo a pie, a las seis, en la avenida de las Acacias;</p>
+
+<p>3.º Aparición en la Opera, a eso de las diez, en el palco de madama
+Norton.</p>
+
+<p>Las dos extranjeras fueron inmediatamente notadas y apreciadas como
+merecían, por las treinta o cuarenta personas que constituyen una
+especie de tribunal misterioso, que sentencia a nombre de todo París, y
+cuyas sentencias son sin apelación. Estas treinta o cuarenta personas
+tienen de tiempo en tiempo el capricho de llamar <i>deliciosa</i> a una mujer
+evidentemente fea, y es lo bastante para que desde ese día parezca
+<i>deliciosa</i>.</p>
+
+<p>La belleza de las dos hermanas no era discutible. Por la mañana
+admiraron su gracia, elegancia y distinción; a mediodía declararon que
+tenían el andar preciso y majestuoso de las jóvenes diosas, y por la
+noche, lanzaron un grito unánime sobre la ideal perfección de sus
+hombros. La partida había sido ganada. Desde entonces, todo París tuvo
+para las dos hermanas los ojos del pequeño pinche de la calle Amsterdam;
+todo París repitió su: <i>¡Cáspita!</i> bien entendido, con las variantes y
+modificaciones impuestas por los usos de la sociedad.</p>
+
+<p>Los salones de madama Scott, se hicieron inmediatamente a la moda. Los
+visitantes a las tres o cuatro grandes casas americanas se transportaron
+en masa a casa de Scott, que recibió trescientas personas en su primer
+miércoles. Su círculo aumentó rápidamente; de todo había en su
+clientela: americanos, españoles, italianos, húngaros, rusos y hasta
+parisienses.</p>
+
+<p>Cuando contó su historia al abate Constantín, madama Scott no se lo dijo
+todo... nunca se cuenta todo. Ella sabía que era preciosa, le gustaba
+que la vieran, y no le disgustaba que se lo dijeran... En una palabra,
+era coqueta. Sin eso, ¿habría sido parisiense? M. Scott tenía en su
+mujer plena confianza y le dejaba entera libertad. El se presentaba poco
+en sociedad. Era un <i>galantuomo</i> que se sentía vagamente molestado por
+haber hecho un casamiento semejante, por haberse casado con tanto
+dinero. Tenía vocación por los negocios, se complacía en consagrarse por
+completo a la administración de las dos enormes fortunas que tenía entre
+manos, en acrecentarlas sin cesar, y decir todos los años a su mujer y a
+su cuñada:</p>
+
+<p>&mdash;Sois más ricas que el año pasado...</p>
+
+<p>No sólo velaba con mucha prudencia y habilidad sobre los intereses que
+había dejado en América, sino que en Francia también se lanzó en grandes
+negocios, que llevó a cabo en París como en New-York con el mayor éxito.
+Para ganar dinero no hay nada mejor que no tener necesidad de ganarlo.</p>
+
+<p>Hiciéronle la corte a madama Scott, hiciéronsela enormemente... se la
+hicieron en francés, en inglés, en italiano, en español; pues conocía
+los cuatro idiomas... esta es otra ventaja que tienen las extranjeras
+sobre las parisienses, que generalmente no conocen más que la lengua
+materna y no tienen el recurso de las pasiones internacionales.</p>
+
+<p>Madama Scott no tomó un palo para echar de su casa a aquella gente. Tuvo
+a la vez diez, veinte, treinta adoradores; pero ninguno pudo jactarse de
+la más mínima preferencia, a todos opuso la misma resistencia amable,
+alegre, risueña... Claro era que se divertía en el juego, y no tomaba ni
+por un instante la partida a lo serio. Jugaba por placer, por honor, por
+amor al arte. M. Scott jamás manifestó la menor inquietud, y tenía
+perfecta razón para estar tranquilo... Más aún, gozaba con los triunfos
+de su mujer; era feliz al verla contenta. ¡La amaba tanto!... un poco
+más que ella a él, quizá.</p>
+
+<p>En cuanto a Bettina, formose a su alrededor una carrera fantástica, ¡una
+ronda infernal! ¡Semejante fortuna! ¡Y semejante belleza! Miss Percival
+llegó a París el 15 de abril, y no habían transcurrido quince días,
+cuando empezaron a llover los pretendientes. En el curso de este primer
+año, Bettina se entretuvo en llevar la cuenta con exactitud; en este
+primer año, habría podido, si hubiera querido, casarse treinta y cuatro
+veces... ¡Y qué variedad de pretendientes!</p>
+
+<p>Pidieron su mano para un joven desterrado que, mediante ciertas
+eventualidades, podía ser llamado a subir sobre un trono, pequeño, es
+verdad, pero que, sin embargo, era un trono.</p>
+
+<p>Pidieron su mano para un joven Duque, que haría una gran figura en la
+Corte, cuando la Francia, y esto era inevitable, reconociera sus errores
+y se inclinara ante sus legítimos señores.</p>
+
+<p>Pidieron su mano para un joven Príncipe que tendría su puesto sobre las
+gradas del trono, cuando la Francia, que esto era imprescindible,
+reanudara la cadena de las tradiciones napoleónicas.</p>
+
+<p>Pidieron su mano para un joven diputado republicano, que acababa de
+presentarse con mucho brillo en la Cámara, y a quien el porvenir
+reservaba los puestos más encumbrados, pues la República estaba ahora
+fundada en Francia sobre bases indestructibles.</p>
+
+<p>Pidieron su mano para un joven español de la más alta categoría, y le
+dieron a entender que la fiesta del contrato tendría lugar en el palacio
+de una Reina que no vive muy lejos del arco de la Estrella...
+Encuéntrase también su dirección en el almanaque Bottín... pues hay
+Reinas cuya dirección se halla en el Bottín, entre un notario y un
+herborista. Sólo los Reyes de Francia no habitan ya la Francia.</p>
+
+<p>Pidieron su mano para el hijo de un par de Inglaterra y para el hijo de
+un miembro de la Cámara de los señores de Viena; su mano para el hijo
+de un banquero de París, y para el hijo de un embajador de Rusia; su
+mano para un Conde húngaro, y para un Príncipe italiano... y también
+para muchos jóvenes que no eran nada, ni tenían nada, ni nombre, ni
+fortuna. Pero Bettina les había concedido una vuelta de vals, y
+creyéndose irresistibles, esperaban haber hecho latir su corazón.</p>
+
+<p>Mas hasta entonces nada había hecho latir aquel corazón, y la respuesta
+para todos era la misma:</p>
+
+<p>&mdash;¡No!... ¡no!... ¡Todavía no!... ¡Siempre no!</p>
+
+<p>Algunos días después de la representación de <i>Aida</i>, las dos hermanas
+habían tenido una larga conversación sobre la grave, la eterna cuestión
+del matrimonio. Madama Scott pronunció cierto nombre que provocó el
+rechazo más neto y más enérgico por parte de miss Percival.</p>
+
+<p>Y Zuzie, sonriendo, dijo a su hermana:</p>
+
+<p>&mdash;Sin embargo, Bettina, te verás obligada a acabar por casarte.</p>
+
+<p>&mdash;¡Sí, ciertamente!... ¡Pero me disgustaría tanto casarme sin amar!
+Paréceme que para resolverme a una cosa semejante, sería preciso que me
+viera en peligro inminente de morir solterona... ¡Y no he llegado a ese
+extremo todavía!</p>
+
+<p>&mdash;No, todavía no.</p>
+
+<p>&mdash;¡Esperemos, entonces, esperemos!</p>
+
+<p>&mdash;¡Esperemos!... Pero entre tanto pretendiente que anda tras de ti desde
+hace un año, hay muchos simpáticos, amables, y es verdaderamente extraño
+que ninguno de ellos...</p>
+
+<p>&mdash;¡Ninguno... mi Zuzie, absolutamente ninguno! ¿Por qué no os había de
+decir la verdad? ¿Es culpa de ellos? ¿Han sido poco inteligentes?
+¿Habrían podido con más habilidad encontrar el camino de mi corazón? ¿O
+será culpa mía? ¿Este camino será, quizá, un mal camino escarpado,
+rocalloso, inaccesible, y por donde nadie pasará nunca? ¿Seré, tal vez,
+una mala criatura, seca, fría y condenada a no amar jamás?</p>
+
+<p>&mdash;No lo creo...</p>
+
+<p>&mdash;Ni yo tampoco. ¡Pero no obstante, hasta ahora esa es mi historia! No,
+nunca he sentido nada que se asemeje al amor... Os reís... Y yo adivino
+por qué os reís... Pensáis: «Vean, pues, a esta niña que pretende saber
+lo que es amar.» Tenéis razón, no lo sé... pero lo imagino, ¿Amar, no es
+preferir a todos y a todo, cierta persona?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, eso es.</p>
+
+<p>&mdash;¿Es no poder cansarse de oír y ver a esta persona? ¿Es cesar de vivir
+cuando ella no está presente, para revivir en el acto que reaparece?</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh, oh, es un gran amor ese!</p>
+
+<p>&mdash;¡Pues bien, ese es el amor con que yo sueño!</p>
+
+<p>&mdash;¿Y es ese el amor que no llega?</p>
+
+<p>&mdash;Absolutamente... hasta ahora. Y, sin embargo, existe la persona que
+yo prefiero a todos y a todas... ¿Sabéis quién es?</p>
+
+<p>&mdash;No, no lo sé... pero lo imagino...</p>
+
+<p>&mdash;Sí, sois vos, mi querida, y quizá sois vos, mi mala hermana, quien me
+hace insensible y cruel hasta el extremo. Os quiero demasiado; con todo
+mi corazón. Lo ocupáis todo entero, no hay lugar para nadie más.
+¡Preferir a alguien! ¡amar a alguien más que a vos!... jamás lo
+conseguiré.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh, sí!...</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh, no! Amar de otra manera... tal vez, pero más no. Que no cuente
+con eso el señor que espero y no llega.</p>
+
+<p>&mdash;No temáis nada, mi Betty; habrá lugar en vuestro corazón para todos
+aquellos a quienes debáis amar, para vuestro marido, para vuestros
+hijos, y eso sin que pierda nada vuestra vieja hermana... Es muy
+chiquito el corazón, y es muy grande al mismo tiempo.</p>
+
+<p>Bettina besó con cariño a su hermana; luego quedose con la cabeza
+apoyada amorosamente sobre el hombro de Zuzie.</p>
+
+<p>&mdash;Pero si estuvierais cansada de tenerme a vuestro lado, si tuvierais
+apuro de veros libre de mí, ¿sabéis lo que haría? Pondría en una
+canastilla el nombre de dos de estos señores, y tiraría a la suerte. Hay
+dos que, a decir verdad, no me serían absolutamente desagradables.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cuáles son?</p>
+
+<p>&mdash;Adivinad...</p>
+
+<p>&mdash;El Príncipe Romanelli...</p>
+
+<p>&mdash;¡Y va uno! ¿El otro?...</p>
+
+<p>&mdash;M. de Montessan...</p>
+
+<p>&mdash;¡Y van dos! Eso es; sí, esos dos serían aceptables, pero nada, nada
+más que aceptables, y eso no basta.</p>
+
+<p>Por eso Bettina esperaba con impaciencia el día de la partida y la
+instalación en Longueval. Sentíase fatigada de tantos placeres, de
+tantos triunfos, de tantos pedidos matrimoniales. El torbellino
+parisiense la había tomado desde su llegada, para no soltarla más. Ni
+una hora de alto ni descanso. Sentía la necesidad de entregarse a sí
+misma, a solas durante algunos días, por lo menos, de consultarse,
+interrogarse a su gusto en la plena tranquilidad y soledad del campo,
+pertenecerse, en fin, tener un momento suyo.</p>
+
+<p>Por eso estaba tan alegre Bettina el 14 de junio, a mediodía, al subir
+al tren que debía conducirla a Longueval. Apenas se vio sola en el vagón
+con su hermana, exclamó:</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah, cuán contenta estoy! Respiremos un poco. ¡Sola con vos durante
+diez días, qué suerte! pues los Norton y los Turner no vendrán hasta el
+25, ¿no es así?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, el 25.</p>
+
+<p>&mdash;Pasaremos nuestra vida a caballo, en carruaje, por los campos y los
+bosques. ¡Diez días de libertad! ¡Y durante estos días no se presentará
+ningún pretendiente, ni uno solo! ¡Dios mío! todos estos pretendientes
+¿de qué estarán enamorados? ¿de mí o de mi dinero? Este es el misterio,
+el misterio impenetrable.</p>
+
+<p>La máquina silbó, el tren se movió lentamente. Una idea extravagante
+cruzó por la cabeza de Bettina, inclinose sobre la portezuela y exclamó,
+acompañando sus palabras con un pequeño saludo con la mano:</p>
+
+<p>&mdash;¡Adiós, mis pretendientes, adiós!</p>
+
+<p>Luego se echó bruscamente para atrás, presa de un acceso de risa
+nerviosa.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah, Zuzie, Zuzie!</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué hay?</p>
+
+<p>&mdash;Un hombre con una bandera roja en la mano... me ha visto... ¡me ha
+oído!... ¡Y se ha quedado asombrado!...</p>
+
+<p>&mdash;¡Sois tan poco razonable!</p>
+
+<p>&mdash;Sí, es cierto, por haber gritado así por la portezuela; pero no por
+considerarme feliz al pensar que vamos a vivir solas las dos, en
+completa libertad.</p>
+
+<p>&mdash;¡Solas! No tan solas como os imagináis. Por lo pronto, hoy recibiremos
+dos personas a comer con nosotras.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! es verdad, pero no me disgusta mucho volver a ver esas dos
+personas. Sí, me alegro de que volvamos a ver al viejo cura, y, sobre
+todo, al joven oficial...</p>
+
+<p>&mdash;¡Cómo! ¿sobre todo?</p>
+
+<p>&mdash;Seguramente... porque era tan conmovedor lo que el notario de Souvigny
+nos contó de él, el otro día, tan noble la acción del artillero cuando
+era niño, tan noble, tan noble, que yo buscaré esta noche la ocasión de
+decirle lo que pienso, y la encontraré!</p>
+
+<p>Luego Bettina cambió bruscamente el curso de la conversación.</p>
+
+<p>&mdash;¿Enviaron el telegrama a Edwards ayer para los poneys?</p>
+
+<p>&mdash;Sí; ayer antes de comer...</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh! ¿me dejaréis manejarlos hasta el castillo? ¡me alegraré tanto de
+poder atravesar la ciudad y hacer una linda entrada al patio del
+castillo sin detenerme en la puerta!... decid... ¿querréis, verdad?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, sí, convenido, conduciréis los poneys.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah, que buena sois, mi Zuzie!</p>
+
+<p>Edward era el picador. Había llegado hacía tres días al castillo para la
+instalación de las caballerizas y la organización del servicio. Dignose
+salir al encuentro de madama Scott y miss Percival, trayendo los cuatro
+poneys con el carruaje, y esperaba en el patio de la estación con
+numeroso acompañamiento. Puede decirse que todo Souvigny estaba allí. El
+paso de los poneys a través de la gran calle de la aldea había causado
+efecto; todos los habitantes se habían precipitado fuera de sus casas
+preguntándose con avidez:</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué es eso; qué es eso?</p>
+
+<p>Algunas personas pensaban:</p>
+
+<p>&mdash;Un circo ambulante, quizá...</p>
+
+<p>Pero de todos lados exclamaban:</p>
+
+<p>&mdash;¿Habéis visto qué bien iban? El carruaje y las guarniciones brillaban
+como si fueran de oro, y los caballitos con sus rosas blancas a cada
+lado de la cabeza.</p>
+
+<p>La muchedumbre se había aglomerado en el patio de la estación, y allí
+supieron que tendrían el honor de asistir a la llegada de las
+castellanas de Longueval.</p>
+
+<p>Hubo cierto desencanto cuando las dos hermanas se presentaron muy
+lindas, pero muy sencillas con sus trajes de viaje.</p>
+
+<p>Aquellas buenas gentes esperaban ver aparecer dos princesas mágicas
+vestidas de seda y brocato, cubiertas de rubíes y brillantes. Pero
+abrieron tamaños ojos al ver a Bettina dar lentamente la vuelta
+alrededor de los cuatro poneys, acariciándolos uno después de otro,
+suavemente con la mano, y examinando con aire de suficiencia los
+detalles del tiro... No le disgustaba a Bettina, debemos confesarlo,
+hacer algún efecto sobre aquella multitud de paisanos azorados.</p>
+
+<p>Concluida la revista, Bettina, sin mucho apuro, quitose sus largos
+guantes de piel de Suecia, reemplazándolos por gruesos guantes de
+gamuza, sacados del bolsillo del carruaje. Luego se deslizó sobre el
+pescante en el asiento de Edwards, recibiendo de éste las riendas y el
+látigo con extrema destreza y sin que los caballos, muy excitados,
+tuviesen tiempo de apercibirse del cambio de mano. Madama Scott se sentó
+al lado de su hermana. Los poneys pateaban, bailaban, amenazaban
+encabritarse.</p>
+
+<p>&mdash;Cuidado, señorita&mdash;dijo Edwards;&mdash;los poneys están muy briosos hoy.</p>
+
+<p>&mdash;Ya los conozco&mdash;respondió Bettina;&mdash;no temáis.</p>
+
+<p>Miss Percival tenía la mano firme y suave a la vez, y muy segura.
+Contuvo a los poneys durante algunos instantes, obligándolos a estarse
+quietos en su lugar; luego, envolviendo a los delanteros con una doble y
+larga ondulación de su látigo, los hizo arrancar de un solo golpe, con
+incomparable destreza, y salió magistralmente del patio de la estación,
+en medio de un prolongado murmullo de asombro y admiración.</p>
+
+<p>El trote de los cuatro caballos sonaba sobre las piedras de Souvigny.
+Bettina, hasta la salida de la ciudad, les hizo marchar pausadamente,
+pero en cuanto vio ante sí dos kilómetros de camino llano, sin subida ni
+bajada, dejó los poneys ponerse progresivamente a gran trote... y
+llevaban un trote infernal.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh! cuán feliz soy, Zuzie. Podremos trotar y galopar solas por estos
+caminos. ¿Queréis manejar, Zuzie? ¡Es tan lindo cuando se les puede
+dejar andar! ¡Son tan trotadores y tan buenos! Mirad, tomad las riendas.</p>
+
+<p>&mdash;No, conservadlas, prefiero ver que os divertís.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh! sí, me divierto y bien. Me gusta tanto manejar cuatro caballos,
+cuando hay espacio para correr! En París, aun por la mañana, yo no me
+atrevía; me miraban demasiado, y eso me molestaba... Pero aquí...
+¡nadie!... ¡nadie!... ¡nadie!...</p>
+
+<p>En el momento en que Bettina, algo embriagada ya con el aire y la
+libertad, lanzaba triunfante sus tres: «¡Nadie, nadie, nadie!» apareció
+un caballero, que se adelantaba al paso, al encuentro del carruaje.</p>
+
+<p>Era Pablo de Lavardens, que desde hacía una hora esperaba allí para
+tener el gusto de ver pasar a las americanas.</p>
+
+<p>&mdash;Os engañáis&mdash;dijo Zuzie a Bettina,&mdash;ahí viene alguien.</p>
+
+<p>&mdash;Un paisano. Los paisanos no se cuentan; esos no pedirán mi mano.</p>
+
+<p>&mdash;No tiene nada de paisano, mirad.</p>
+
+<p>Pablo de Lavardens, al pasar al lado del carruaje, hizo a las dos
+hermanas un saludo de la más alta corrección, y que de lejos descubría
+al parisiense.</p>
+
+<p>Los poneys corrían tan ligero, que el encuentro tuvo la rapidez de un
+relámpago. Bettina exclamó:</p>
+
+<p>&mdash;¿Quién es ese señor que acaba de saludarnos?</p>
+
+<p>&mdash;Apenas tuve tiempo de verlo, pero me parece que lo conozco.</p>
+
+<p>&mdash;¿Lo conocéis?</p>
+
+<p>&mdash;Y apostaría a que lo he visto este invierno en casa.</p>
+
+<p>&mdash;¡Dios mío! ¿será uno de los treinta y cuatro? Volveremos a empezar
+otra vez.</p>
+
+
+
+<h3><a name="V" id="V"></a>V</h3>
+
+
+<p>Ese mismo día, a las siete y media, Juan fue a buscar al cura al
+presbiterio, y los dos tomaron el camino del castillo.</p>
+
+<p>Hacía un mes que un verdadero ejército de obreros se había apoderado de
+Longueval; las fondas y tabernas del lugar, ganaban una fortuna.
+Inmensos carros de mudanza vinieron de París cargados de muebles y
+tapices. Cuarenta y ocho horas antes de la llegada de madama Scott, la
+señorita Marbeau, directora de correos, y la señora Lormier, la
+alcaldesa, se habían deslizado en el castillo, y sus descripciones
+enloquecían a todo el pueblo. Los muebles antiguos habían desaparecido;
+paseábanse ellas en medio de un verdadero cúmulo de maravillas. ¡Y las
+caballerizas, y las cocheras! Un tren especial trajo de París, bajo la
+inmediata vigilancia de Edwards, unos diez carruajes, ¡y qué carruajes!
+una veintena de caballos, ¡y qué caballos!</p>
+
+<p>El abate Constantín creía saber lo que era lujo. Comía una vez por año
+en casa de su obispo, monseñor Faubert, prelado amable y rico, que
+recibía con bastante largueza. Hasta entonces el cura creía que no podía
+haber en el mundo nada más suntuoso que el palacio episcopal de
+Souvigny, que los castillos de Lavardens y Longueval... Y ahora
+comenzaba a comprender, según lo que oía contar de los nuevos
+esplendores de Longueval, que el lujo de las grandes casas de hoy, debía
+sobrepasar extremadamente al lujo serio y severo de las viejas casas de
+antes.</p>
+
+<p>Apenas el cura y Juan dieron algunos pasos por la avenida del parque que
+conducía al castillo:</p>
+
+<p>&mdash;Mira, Juan&mdash;dijo el cura,&mdash;¡qué cambio! Toda esta parte del parque
+estaba abandonada, y hoy todo está enarenado, rastrillado. Ya no me
+sentiré aquí en mis dominios como antes. ¡Va a ser demasiado lindo! No
+encontraré mi viejo sillón de terciopelo marrón, donde tantas veces me
+dormía después de comer. Y si me duermo esta noche, ¿qué será de mí?
+Fíjate bien, Juan, si ves que comienzo a cabecear, te acercarás a
+tocarme en el hombre por detrás. ¿Me lo prometes?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, padrino, os lo prometo.</p>
+
+<p>Juan sólo prestaba mediana atención al discurso del cura. Sentía una
+impaciencia extrema por volver a ver a madama Scott y miss Percival;
+pero esta impaciencia iba acompañada de viva inquietud. ¿Las encontraría
+en el gran salón de Longueval, como las vio en el pequeño comedor del
+presbiterio? Quizá, en lugar de aquellas dos mujeres tan sencillas y
+familiares, que se divirtieron tanto en la comida improvisada, y que
+desde el primer momento lo acogieron con suma gracia y confianza; quizá
+encontraría dos lindas muñecas de salón, elegantes, frías y correctas en
+sus maneras. ¿Se borraría su primera impresión, desaparecería? O por el
+contrario ¿se haría más suave y más profunda en su corazón?</p>
+
+<p>Subieron las seis gradas del pórtico y fueron recibidos en el vestíbulo
+por dos grandes sirvientes de aire digno e imponente. Este vestíbulo que
+antes era una inmensa pieza glacial y desnuda, con sus paredes de
+piedra, hallábase ahora cubierto de admirables tapices que representaban
+escenas mitológicas. El cura miró apenas estos tapices; pero lo bastante
+para notar que las diosas que se paseaban a través del boscaje llevaban
+trajes de una simplicidad demasiado antigua.</p>
+
+<p>Uno de los criados abrió de par en par la puerta del gran salón.</p>
+
+<p>Allí era donde generalmente se encontraba la vieja Marquesa, a la
+derecha de la alta chimenea, y a la izquierda se hallaba el sillón
+marrón. ¡Ya no había sillón marrón! Los viejos muebles del imperio, que
+constituían el fondo del arreglo del salón, habían sido reemplazados por
+unos maravillosos muebles de tapicería de fines del siglo pasado, y una
+multitud de pequeños sillones y banquillos de todas formas y colores, se
+hallaban esparcidos aquí y allá con una apariencia de desorden que era
+el colmo del arte.</p>
+
+<p>Madama Scott, al ver entrar al cura y a Juan, se levantó a recibirlos:</p>
+
+<p>&mdash;Cuán amables sois&mdash;dijo,&mdash;señor cura, en haber venido, y vos también,
+señor... Me alegro tanto de volver a veros a vosotros mis primeros, mis
+únicos amigos en este país.</p>
+
+<p>Juan respiró. Era la misma mujer.</p>
+
+<p>&mdash;¿Queréis permitirme que os presente a mis hijos?... Harry y Bella,
+venid.</p>
+
+<p>Harry era un precioso muchacho de seis años y Bella una linda niñita de
+cinco; ambos tenían los grandes ojos negros de la madre y sus dorados
+cabellos.</p>
+
+<p>Después que el cura besó a los dos niños, Harry, que miraba con
+admiración el uniforme de Juan, preguntó:</p>
+
+<p>&mdash;¿Y al militar debemos besarle también, mamá?</p>
+
+<p>&mdash;Si queréis&mdash;respondió ella,&mdash;y si él consiente.</p>
+
+<p>Un minuto después los dos niños estaban instalados en las rodillas de
+Juan y lo abrumaban a preguntas.</p>
+
+<p>&mdash;¿Sois oficial?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, soy oficial.</p>
+
+<p>&mdash;¿De qué?</p>
+
+<p>&mdash;De artillería.</p>
+
+<p>&mdash;¿Los artilleros, son los que manejan el cañón? ¡Oh, cómo me gustaría
+oír tirar un cañonazo y estar muy cerca de allí!</p>
+
+<p>¿Nos llevaréis un día cuando tiren cañonazos, no es verdad?</p>
+
+<p>Durante este tiempo, madama Scott conversaba con el cura, y Juan,
+mientras respondía a las preguntas de los niños, no dejaba de mirarla.
+Llevaba un traje de muselina blanca, pero ésta desaparecía bajo una
+verdadera avalancha de voladitos de valencianas. La bata estaba abierta
+en cuadro por delante. Los brazos desnudos hasta el codo; un gran ramo
+de rosas rojas en la abertura de la bata, una rosa prendida en los
+cabellos con un alfiler de brillantes y nada más.</p>
+
+<p>Madama Scott notó, de repente, que Juan estaba militarmente ocupado por
+sus dos hijos.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh, señor, os pido mil perdones! Harry, Bella...</p>
+
+<p>&mdash;Dejadlos, señora, os lo ruego.</p>
+
+<p>&mdash;¡Estoy sumamente contrariada, por haceros comer tan tarde! Mi hermana
+no ha bajado aún. ¡Ah! ya viene.</p>
+
+<p>Bettina hizo su entrada con el mismo vestido de muselina blanca y el
+mismo grupo de encajes, la misma belleza y la misma acogida amable,
+risueña, franca.</p>
+
+<p>&mdash;Servidora de usted, señor cura. ¿Me habéis perdonado mi horrible
+indiscreción del otro día?</p>
+
+<p>Luego, volviéndose hacia Juan y tendiéndole la mano:</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo estáis, señor... señor... ¡bueno!... ya no me acuerdo de vuestro
+nombre, y, sin embargo, me parece que somos amigos antiguos...
+¿señor?...</p>
+
+<p>&mdash;Juan Reynaud.</p>
+
+<p>&mdash;Juan Reynaud... eso es. ¡Buenas tardes, señor Reynaud! Pero lealmente
+os prevengo que cuando en realidad seamos antiguos amigos, os llamaré
+señor Juan. Es un nombre muy lindo Juan.</p>
+
+<p>Anunciaron la comida. El aya vino a buscar a los niños; madama Scott
+tomó el brazo del cura; Bettina el de Juan... Hasta el momento de la
+aparición de Bettina, Juan se había dicho: «¡La más linda es madama
+Scott!» Cuando vio la pequeña mano de Bettina deslizarse bajo su brazo,
+y cuando ella volvió su delicioso rostro hacia él, pensó: «¡La más linda
+es miss Percival!» Mas pronto volvió a caer en su indecisión cuando se
+halló sentado entre las dos hermanas. Si miraba hacia la derecha, de ese
+lado sentíase amenazado de enamorarse... y si miraba a la izquierda, el
+peligro cambiaba en el acto pasando a la izquierda.</p>
+
+<p>La conversación comenzó fácil, animada, franca. Las dos hermanas estaban
+contentas. Ya habían dado un paseo a pie por el parque. Y al día
+siguiente pensaban hacer un gran paseo a caballo por el bosque. ¡Montar
+a caballo era su pasión, su locura! Y era la pasión de Juan también,
+tanto, que al cabo de un cuarto de hora le rogaban que fuera de la
+partida para el día siguiente, y él aceptaba con alegría. Nadie conocía
+mejor que él los alrededores: era su tierra. Se consideraba feliz
+pudiendo hacerle los honores y mostrarles una multitud de parajes
+preciosos, que sin él nunca habrían descubierto.</p>
+
+<p>&mdash;¿Todos los días montáis a caballo?&mdash;preguntó Bettina.</p>
+
+<p>&mdash;Todos los días, y generalmente dos veces. Por la mañana para el
+servicio y en la tarde por paseo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Muy temprano por la mañana?</p>
+
+<p>&mdash;A las cinco y media.</p>
+
+<p>&mdash;¿A las cinco y media todas las mañanas?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, excepto el domingo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Entonces os levantáis?...</p>
+
+<p>&mdash;A las cuatro y media.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y es de día?</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh! en este tiempo sí.</p>
+
+<p>&mdash;Levantarse así, a las cuatro y media, ¡es admirable! Nosotros
+terminamos nuestra jornada muchas veces a la hora en que vos la
+comenzáis. ¿Y os gusta vuestra carrera?</p>
+
+<p>&mdash;Mucho, señorita. ¡Es tan lindo tener su existencia recta ante sí, con
+sus deberes bien claros y bien definidos!</p>
+
+<p>&mdash;Sin embargo&mdash;observó madama Scott,&mdash;¡no ser dueño de sí, tener siempre
+que obedecer!...</p>
+
+<p>&mdash;Eso tal vez es lo que más me agrada. No hay nada más fácil que
+obedecer, y, además, aprender a obedecer es aprender a mandar.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh, cuán cierto debe ser lo que decís!</p>
+
+<p>&mdash;Sí, sin duda, pero lo que no os dice es que él es el oficial más
+distinguido de su regimiento, y que...</p>
+
+<p>&mdash;¡Padrino, por Dios!</p>
+
+<p>El cura, a pesar de la resistencia de Juan, iba a lanzarse en el
+panegírico de su ahijado, cuando Bettina intervino, diciendo:</p>
+
+<p>&mdash;Es inútil, señor cura; no digáis nada... todo lo que podríais decir,
+lo sabemos. Hemos cometido la indiscreción de tomar informes sobre el
+señor... ¡oh! casi dije el señor Juan... sobre el señor Reynaud. ¡Y nos
+los han dado admirables!</p>
+
+<p>&mdash;Tendría curiosidad de saber...&mdash;dijo Juan.</p>
+
+<p>&mdash;Nada, nada; no sabréis nada. No quiero haceros ruborizar, y os veríais
+obligado a ruborizaros.</p>
+
+<p>Luego, volviéndose hacia el cura, agregó:</p>
+
+<p>&mdash;Y sobre vos también, señor cura, hemos pedido datos. Parece que sois
+un santo...</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh! eso sí que es bien cierto&mdash;exclamó Juan.</p>
+
+<p>Esta vez fue el cura quien interrumpió la elocuencia de Juan. La comida
+iba a concluir, comida que para el cura había pasado en medio de
+terribles emociones. Muchas veces le habían presentado construcciones
+sabias y complicadas, sobre las que apenas acercaba una mano temblorosa,
+pues temía ver derrumbarse todo de un golpe: los castillos movedizos de
+gelatina, las pirámides de trufas, las fortalezas de crema, los
+baluartes de pastelería, las rocas de helados. El abate Constantín, sin
+embargo, comió con buen apetito, y no retrocedió ante dos o tres copas
+de champagne. No odiaba la buena mesa. La perfección no pertenece a este
+mundo, y si la gula es, como lo dicen, un pecado capital, cuántas buenas
+gentes irían al infierno.</p>
+
+<p>El café lo sirvieron sobre el terrado del castillo. A lo lejos se oía el
+sonido algo cascado del viejo reloj de la aldea que daba las nueve. El
+parque no conservaba ya más que líneas ondulantes e indecisas. La luna
+aparecía lentamente sobre las copas de los grandes árboles.</p>
+
+<p>Bettina tomó de sobre la mesa una caja de cigarros.</p>
+
+<p>&mdash;¿Fumáis?&mdash;preguntó a Juan.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, señorita.</p>
+
+<p>&mdash;Tomad, entonces, señor Juan... Tanto peor, ya lo dije. Tomad... pero
+no, escuchad primero.</p>
+
+<p>Y hablando a media voz mientras le presentaba la caja de cigarros:</p>
+
+<p>&mdash;Ahora está obscuro, podréis ruborizaros sin ser visto. Voy a deciros
+lo que no quise en la mesa. Un antiguo notario de Souvigny, que fue
+vuestro tutor, ha ido a ver a mi hermana, en París, para el pago del
+castillo, y nos contó lo que habíais hecho después de muerto vuestro
+padre, cuando erais aún muy niño, por aquella pobre madre, y por la
+pobre joven. Mucho nos conmovió vuestra acción a mi hermana y a mí.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, señor&mdash;continuó madama Scott,&mdash;y por esto hemos tenido tanto gusto
+en recibiros hoy. No a todos habríamos dispensado la misma acogida, os
+lo aseguro. Ahora bien, podéis ya tomar vuestro cigarro; mi hermana
+espera desde hace rato.</p>
+
+<p>Juan no halló una palabra para responder. Bettina estaba allí, plantada
+ante él, con la caja de cigarros en las dos manos, y los ojos fijos con
+toda franqueza en el rostro de Juan; gozando del placer muy real y muy
+vivo que puede traducirse por estas palabras:</p>
+
+<p>&mdash;Me parece que estoy mirando a un buen muchacho.</p>
+
+<p>&mdash;Ahora sentémonos aquí&mdash;dijo madama Scott,&mdash;ante esta preciosa noche...
+tomad vuestro café... fumad.</p>
+
+<p>&mdash;Y no hablemos, Zuzie, no hablemos. Este gran silencio del campo,
+después del inmenso bullicio de París, ¡es adorable! Quedémonos ahí, sin
+decir nada. Miremos el cielo, la luna y las estrellas.</p>
+
+<p>Los cuatro, con sumo placer, ejecutaron este pequeño programa. Zuzie y
+Bettina, tranquilas, en calma, en absoluto olvido de su existencia de la
+víspera, tomándole cariño ya a esa comarca que acababa de recibirlas y
+las conservaría por algún tiempo.</p>
+
+<p>Juan no se hallaba tan tranquilo; las palabras de miss Percival le
+habían causado una profunda emoción; su corazón no recobraba aún su
+marcha regular.</p>
+
+<p>Pero de todos, el más feliz era el abate Constantín. Había gozado con
+delicia el pequeño incidente que puso la modestia de Juan a tan ruda
+como grata prueba. ¡El abate quería tanto a su ahijado! El más tierno de
+los padres no amó nunca tanto al más querido de sus hijos. Cuando el
+anciano cura miraba al joven oficial, muchas veces se decía:</p>
+
+<p>&mdash;El Cielo me ha colmado de bendiciones: soy sacerdote y tengo un hijo.</p>
+
+<p>El abate se perdió en una meditación muy agradable; se encontraba como
+en su casa, demasiado en su casa; sus ideas se confundían y embrollaban
+poco a poco. La meditación volviose pesadez, y la pesadez somnolencia;
+pronto el desastre fue completo, irreparable. El cura se durmió; se
+durmió profundamente. La maravillosa comida y las dos o tres copas de
+champagne, tenían, en parte la culpa de esta catástrofe.</p>
+
+<p>Juan no había notado nada. Olvidó la promesa hecha a su padrino ¿Y por
+qué la olvidó? Porque a madama Scott y miss Percival se les ocurrió
+poner los pies sobre los taburetes del jardín, colocados ante los
+grandes sillones de mimbre cubiertos de almohadones. Luego se recostaron
+perezosamente en los sillones, y sus vestidos de muselina se levantaron
+un poco, muy poco, pero lo bastante, sin embargo, para dejar ver cuatro
+piececitos, cuyas líneas se destacaban claras y distintas bajo dos
+lindas cascadas de encajes blancos iluminados por la luna. Juan miraba
+aquellos pies y se preguntaba:</p>
+
+<p>&mdash;¿Cuáles son los más pequeños?</p>
+
+<p>Mientras procuraba resolver este problema, Bettina, de repente, le dijo
+a media voz:</p>
+
+<p>&mdash;¡Señor Juan, señor Juan!</p>
+
+<p>&mdash;¿Señorita?</p>
+
+<p>&mdash;Mirad al señor cura, se ha dormido.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh, Dios mío! yo tengo la culpa.</p>
+
+<p>&mdash;¡Cómo! ¿vos tenéis la culpa?&mdash;preguntó madama Scott, en voz baja
+también.</p>
+
+<p>&mdash;Sí... mi padrino se levanta al alba y se acuesta muy temprano; me
+recomendó mucho que no le dejara dormir. Frecuentemente, en casa de
+madama de Longueval, después de comer, dormitaba un poco. Vosotras le
+habéis acogido con tanta bondad, que ha recobrado su antigua costumbre.</p>
+
+<p>&mdash;Y ha hecho muy bien&mdash;dijo Bettina.&mdash;No hagamos ruido, no le
+despertemos.</p>
+
+<p>&mdash;Sois demasiado buena, señorita; pero la noche está muy fresca.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! es verdad, podría resfriarse. Esperad, voy a buscar un tapado.</p>
+
+<p>&mdash;Creo, señorita, que mejor sería procurar despertarlo discretamente
+para que no comprenda que lo habéis visto dormir.</p>
+
+<p>&mdash;Dejadme hacer&mdash;dijo Bettina.&mdash;Zuzie, cantemos algo, juntas, a media
+voz primero, luego la elevaremos poco a poco... Cantemos.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno; pero ¿qué cantamos?</p>
+
+<p>&mdash;Cantemos: <i>Something childish</i>... La letra es de circunstancia.</p>
+
+<p>Las dos hermanas comenzaron a cantar:</p>
+
+<p class="poem">
+<span style="margin-left: 2em;"><i>If I had but two little wings</i></span><br />
+<span style="margin-left: 2em;"><i>And were a little feathery bird, etc.</i></span><br />
+</p>
+
+<p>Sus voces suaves y penetrantes tenían en aquel profundo silencio una
+exquisita sonoridad. El abate no oía nada, ni se movía. Encantado con
+este pequeño concierto, Juan se decía:</p>
+
+<p>&mdash;¡Con tal que mi padrino no se despierte pronto!</p>
+
+<p>Las voces seguían más claras y más altas:</p>
+
+<p class="poem">
+<span style="margin-left: 2em;"><i>But in my sleep to you I fly:</i></span><br />
+<span style="margin-left: 2em;"><i>I am always with you in my sleep! etc.</i></span><br />
+</p>
+
+<p>Y el abate continuaba inmóvil.</p>
+
+<p>&mdash;¡Cómo duerme!... es un crimen despertarlo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Es preciso!... ¡Más alto, Zuzie, más alto!</p>
+
+<p>Zuzie y Bettina dejaron estallar libremente sus voces:</p>
+
+<p class="poem">
+<span style="margin-left: 2em;"><i>Sleep stays not, though a monarch bids;</i></span><br />
+<span style="margin-left: 2em;"><i>So I love to wake ere break of day; etc.</i></span><br />
+</p>
+
+<p>El cura despertó sobresaltado. Después de un corto momento de inquietud,
+respiró... nadie, evidentemente nadie, había notado que él dormía.
+Enderezose, estirose prudente y lentamente... ¡Se había salvado!...</p>
+
+<p>Un cuarto de hora más tarde, las dos hermanas acompañaban al cura y a
+Juan hasta la pequeña puerta del parque, que daba a la aldea, a un
+centenar de pasos del presbiterio. Llegaban a esta puerta, cuando
+Bettina dijo a Juan, de repente:</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah, señor! hace tres horas que tengo una pregunta que haceros. Esta
+mañana, de llegada, encontramos en el camino a un joven alto, delgado,
+de bigotes rubios; montaba un caballo negro y nos saludó al pasar.</p>
+
+<p>&mdash;Es Pablo de Lavardens, un amigo mío. Ya ha tenido el honor de seros
+presentado, pero algo ligeramente; por eso toda su ambición es que os lo
+vuelvan a presentar.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pues bien! traedlo uno de estos días&mdash;dijo madama Scott.</p>
+
+<p>&mdash;Después del 15&mdash;exclamó Bettina.&mdash;¡Antes no, antes no! Nadie hasta
+entonces, no queremos ver a nadie, excepto a vos, señor Juan... pero
+vos, es extraordinario, no sé cómo sucede esto; pero vos no sois nadie
+para nosotras... El cumplimiento no está muy bien hecho; mas fijaos bien
+y veréis que es un cumplimiento; tengo la intención de ser excesivamente
+amable con vos al hablar así.</p>
+
+<p>&mdash;Y lo sois, señorita.</p>
+
+<p>&mdash;Tanto mejor, si he tenido la felicidad de hacerme comprender bien.
+Hasta la vista, señor Juan, hasta mañana.</p>
+
+<p>Madama Scott y miss Percival tomaron pausadamente el camino del
+castillo.</p>
+
+<p>&mdash;Y ahora, Zuzie, reñidme bien fuerte... Lo espero... Y lo he
+merecido...</p>
+
+<p>&mdash;Reñiros, ¿por qué?</p>
+
+<p>&mdash;Diréis, sin duda, estoy segura, que he demostrado mucha familiaridad a
+ese joven.</p>
+
+<p>&mdash;No, no os diré eso... Ese joven, desde el primer día, me hizo la mejor
+impresión, y me inspira una confianza absoluta.</p>
+
+<p>&mdash;Y a mí también.</p>
+
+<p>&mdash;Persuadida estoy de que haremos bien en aplicarnos las dos a
+conquistar su amistad.</p>
+
+<p>&mdash;De todo corazón, por mi parte, tanto más, Zuzie, cuanto que he visto
+ya muchos jóvenes desde que vivimos en Francia... ¡oh, sí,
+muchísimos!... pues bien, este es el primero, positivamente el primero,
+en cuyos ojos no he leído con claridad esta frase: «¡Señor, Dios, cuán
+contento estaría yo si pudiera casarme con los millones de esta
+personita!» Esto estaba escrito claramente en los ojos de todos los
+demás, y no en los de él. Bueno, ya estamos en casa. Buenas noches,
+Zuzie, hasta mañana.</p>
+
+<p>Madama Scott fue a ver a sus hijos, y a besarlos dormidos.</p>
+
+<p>Bettina permaneció largo tiempo de codos en el balcón.</p>
+
+<p>&mdash;Me parece&mdash;se decía,&mdash;que voy a tomar cariño a esta aldea.</p>
+
+
+
+<h3><a name="VI" id="VI"></a>VI</h3>
+
+
+<p>Al día siguiente, por la mañana, a la vuelta del ejercicio, Pablo de
+Lavardens esperaba a Juan en el patio del cuartel. Apenas le dio tiempo
+para bajar del caballo, y cuando estuvieron solos:</p>
+
+<p>&mdash;Cuenta&mdash;le dijo,&mdash;pronto, cuenta tu comida de ayer. Las vi por la
+mañana. La menor manejaba cuatro poneys negros, ¡con un desenfado! Las
+saludé... ¿Has hablado de mí? ¿Me conocieron? ¿Cuándo me llevas a
+Longueval? ¡Pero responde, pues, respóndeme!</p>
+
+<p>&mdash;¡Responder, responder! ¿A qué pregunta, primero?</p>
+
+<p>&mdash;A la última.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cuándo te llevo a Longueval?</p>
+
+<p>&mdash;Sí.</p>
+
+<p>&mdash;Dentro de diez días. No quieren ver a nadie, por el momento.</p>
+
+<p>&mdash;¿Entonces, no volverás a Longueval antes de diez días?</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh! iré hoy a las cuatro. ¡Pero yo no soy nadie! ¡Juan Reynaud, el
+ahijado del cura! Por eso he penetrado con tanta facilidad en la
+confianza de estas dos preciosas mujeres; me presenté bajo el patronato
+y con la garantía de la iglesia. Y a más descubrieron que yo podía
+prestar pequeños servicios; conozco muy bien los caminos, y van a
+utilizarme como guía. En fin, yo no soy nadie, mientras que tú, Conde
+Pablo de Lavardens, tú eres alguien. Así, no temas nada, llegará tu
+turno con los bailes y las fiestas cuando sea preciso brillar, cuando
+se necesite bailar. Tú resplandecerás entonces con todo tu fulgor, y yo
+volveré muy humildemente a mi obscuridad.</p>
+
+<p>&mdash;Búrlate de mí cuanto quieras. Por eso no es menos cierto que durante
+estos diez días tomarás una ventaja... ¡una gran ventaja sobre mí!</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo una ventaja?</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, Juan, acaso quieres hacerme creer que no estás todavía
+enamorado de una de estas dos mujeres. ¿Es posible? ¡tanta belleza,
+tanto lujo! ¡Oh... el lujo quizá más que la belleza! El lujo en ese
+grado me aturde, me trastorna. Los cuatro poneys negros con sus cucardas
+de rosas blancas me han hecho soñar esta noche. Y la joven... Bettina...
+¿no es así?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, Bettina.</p>
+
+<p>&mdash;¿Bettina?... ¿Condesa Bettina de Lavardens? ¿No te parece muy bonito?
+Y qué marido tan perfecto tendría en mí. ¡Ser el marido de una mujer
+locamente rica, esa es mi ambición! ¡No es tan fácil como se supone! Es
+preciso saber ser rico, y yo tendré esa ciencia. Ya he hecho la prueba;
+he comido ya bastante dinero ¡y si mamá no me hubiera detenido!... pero
+estoy pronto para volver a empezar. ¡Ah, cuán feliz sería conmigo! Le
+haría pasar una existencia de princesa encantada... En su lujo vería el
+gusto, el arte y la ciencia de su marido. Pasaría mi vida en componerla,
+engalanarla, emperifollarla y pasearla triunfante a través del mundo.
+Estudiaría su belleza para ponerla bien en el cuadro que le
+conviniera!... «Si él no estuviera ahí, se diría ella, yo sería menos
+linda.» No sólo sabría amarla, sino también divertirla. ¡Tendría amor y
+placeres en cambio de su dinero!... Vamos, Juan, un buen movimiento,
+llévame hoy a casa de madama Scott.</p>
+
+<p>&mdash;No puedo, te lo aseguro.</p>
+
+<p>&mdash;¡Bueno! dentro de diez días solamente, pero te advierto que entonces
+me instalo en Longueval para no salir más de allí. En primer lugar, con
+esto daré gusto a mamá, que aunque todavía está un poco fastidiada con
+las americanas, y dice que buscará medio de no encontrarlas nunca, ¡yo
+la conozco bien a mamá! Y sé que la noche que le diga al volver: Mamá,
+he ganado el corazón de una preciosa persona, cuyo mayor defecto es
+poseer un capital de unos veinte millones y una renta de dos o tres
+millones... Se exagera siempre que se habla de centenares de millones:
+para mí yo sabré las verdaderas cifras, y eso me basta... Esa noche,
+mamá se quedará encantada, porque en resumidas cuentas, ¿qué desea ella
+para mí? Lo que todas las buenas madres desean para sus hijos, sobre
+todo cuando sus hijos han hecho locuras... un rico casamiento o una
+buena amistad. En Longueval encuentro las dos combinaciones, y
+aprovecharé una u otra. Dentro de diez días me harás el gusto de
+prevenirme, de hacerme saber cuál de las dos me abandonas: madama Scott
+o miss Percival.</p>
+
+<p>&mdash;¡Estás loco! No pienso ni pensaré nunca...</p>
+
+<p>&mdash;Oye, Juan, tú eres la prudencia y la razón encarnadas, en eso estoy
+conforme; pero por más que digas y hagas... Escucha, y acuérdate de
+esto, Juan; de esa casa saldrás enamorado.</p>
+
+<p>&mdash;No lo creo&mdash;respondió Juan, riendo.</p>
+
+<p>&mdash;Y yo estoy seguro de lo que digo... ¡Hasta la vista! Te dejo en tus
+asuntos.</p>
+
+<p>Aquella mañana Juan hablaba sinceramente: había dormido muy bien la
+noche anterior. Su segunda entrevista con las dos hermanas disipó, como
+por encanto, la ligera turbación que agitó su alma en el primer
+encuentro. Preparábase a volver a verlas con mucho placer, pero con toda
+tranquilidad. Había demasiado dinero en aquella casa, para que pudiera
+caber el amor de un pobre diablo como él.</p>
+
+<p>La amistad era otra cosa. De todo corazón deseaba, y con todas sus
+fuerzas iba a procurar conquistar la estimación y tranquilo afecto de
+las dos mujeres. Trataría de no ver demasiado la belleza de Zuzie y
+Bettina; trataría de no perderse, como lo hizo la víspera, en la
+contemplación de los cuatro piececitos colocados sobre los dos taburetes
+del jardín. Le dijeron con toda franqueza y cordialidad: «Seréis nuestro
+amigo.» ¡Era lo que él deseaba! ¡Ser su amigo! Y lo sería.</p>
+
+<p>Durante los diez días siguientes todo conspiró para el éxito de esta
+empresa. Zuzie, Bettina, el abate y Juan vivieron con la misma vida, en
+la más estrecha y confiada intimidad. Las dos hermanas hacían por la
+mañana largos paseos en carruaje con el cura, y por la tarde grandes
+excursiones con Juan, a caballo.</p>
+
+<p>Juan no analizaba sus sentimientos; no se preguntaba si iba a inclinarse
+a la derecha o a la izquierda. Sentía por ambas la misma abnegación,
+idéntico afecto, y era completamente feliz, estaba completamente
+tranquilo. Luego no estaba enamorado, pues el amor y la tranquilidad
+rara vez hacen buenas migas en un mismo corazón.</p>
+
+<p>No obstante, Juan veía con cierta inquietud y tristeza acercarse el día
+que traería a Longueval a los Turner, los Norton y toda la colonia
+americana. Ese día llegó muy pronto.</p>
+
+<p>El viernes 24 de junio, a las cuatro de la tarde, cuando Juan vino al
+castillo, Bettina lo recibió muy triste.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué contratiempo! mi hermana está indispuesta, un poco de jaqueca, no
+es nada; mañana estará bien; pero hoy no me atrevo a salir sola con vos.
+Allá, en América, me animaría; pero aquí no, ¿no es verdad?</p>
+
+<p>&mdash;Seguramente&mdash;respondió Juan.</p>
+
+<p>&mdash;Me veo obligada a despediros, y lo siento mucho.</p>
+
+<p>&mdash;Yo también siento irme y perder esta última tarde que creía poder
+pasar con vos. ¡Pero ya que es preciso!... mañana volveré a saber de
+vuestra hermana.</p>
+
+<p>&mdash;Ella misma os recibirá. Os repito que no es nada lo que tiene. Pero no
+os escapéis tan pronto, os ruego; concededme siquiera un cuarto de hora
+de conversación. Tengo que hablaros. Sentaos ahí y escuchadme. Teníamos
+intención, mi hermana y yo, de bloquearos esta noche después de comer,
+en un rincón del salón, y entonces mi hermana tomaría la palabra para
+deciros lo que voy a tratar de expresaros a nombre de las dos. Pero
+estoy algo conmovida... No os riáis, que es muy serio. Queríamos
+agradeceros las dos, porque desde nuestra llegada os habéis mostrado tan
+amable, tan bueno, tan cariñoso, tan...</p>
+
+<p>&mdash;¡Por Dios! señorita, yo soy quien debe agradecer...</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh! no me interrumpáis... vais a enredarme, y no sabré salir del
+paso. Además, sostengo que nosotras debemos agradeceros a vos; pues
+llegamos aquí como dos extranjeras, y en el acto tuvimos el placer de
+encontrar amigos, sí, amigos. Vos nos habéis llevado de la mano a casa
+de nuestros inquilinos, de nuestros guardabosques; en tanto que vuestro
+padrino nos llevaba a casa de sus pobres. Y por todas partes os querían
+tanto, que en seguida, con confianza comenzaron a querernos un poco por
+vuestra recomendación... ¿Sabéis que os adoran en toda la comarca?</p>
+
+<p>&mdash;Aquí he nacido. Todas estas buenas gentes me conocen desde mi
+infancia, y me agradecen los servicios que mi padre y mi abuelo les
+prestaron. Además, soy de su raza, de la raza de los paisanos. Mi
+bisabuelo era agricultor en Bargecout, una aldea a dos leguas de aquí.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh, oh! ¡parecéis estar orgulloso de ello!</p>
+
+<p>&mdash;Ni orgulloso ni humillado.</p>
+
+<p>&mdash;Dispensad, pero habéis tenido un pequeño movimiento de orgullo. Pues
+bien, yo os responderé que mi bisabuelo también era agricultor en
+Bretaña, y se trasladó al Canadá a fines del siglo pasado, cuando el
+Canadá era aún francés... Y ¿queréis mucho la aldea en que habéis
+nacido?</p>
+
+<p>&mdash;Mucho, y pronto me veré obligado a abandonarla.</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué?</p>
+
+<p>&mdash;Si obtengo un ascenso, me enviarán a otro regimiento, y me pasaré de
+guarnición en guarnición... pero cuando sea un viejo comandante o un
+viejo coronel retirado del servicio, vendré a vivir y morir aquí, en la
+casita de mi padre.</p>
+
+<p>&mdash;¿Siempre solo?</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué solo? Espero que no.</p>
+
+<p>&mdash;¿Tendréis intención de casaros?</p>
+
+<p>&mdash;Seguramente sí.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y buscáis con quién casaros?</p>
+
+<p>&mdash;No. Puede uno pensar en casarse, pero no debe buscar con quién
+casarse.</p>
+
+<p>&mdash;Sin embargo, hay gente que busca... sí, os lo aseguro; sin ir más
+lejos, a vos os han buscado para casaros.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo sabéis?</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! ¡Conozco tan bien vuestra historia! sois lo que se llama <i>un buen
+partido</i>, y lo repito han querido casaros.</p>
+
+<p>&mdash;¿Quién os lo ha dicho?</p>
+
+<p>&mdash;El señor cura.</p>
+
+<p>&mdash;Mi padrino ha hecho mal&mdash;dijo Juan, con cierta vivacidad.</p>
+
+<p>&mdash;No, no; no ha hecho mal. Si hay algún culpable soy yo, y culpable por
+caridad, no por curiosidad, os lo juro. Descubrí que vuestro padrino
+nunca estaba tan contento como cuando hablaba de vos; entonces, por la
+mañana, en nuestros paseos, cuando estoy sola con él, para darle gusto,
+le hablo de vos, y él me cuenta vuestra historia. Estáis bien de
+fortuna, estáis muy bien. Recibís del Gobierno doscientos trece francos
+y algunos céntimos al mes. ¿No es así?</p>
+
+<p>&mdash;Sí&mdash;dijo Juan, decidido a no enojarse por las indiscreciones del cura.</p>
+
+<p>&mdash;Tenéis ocho mil francos de renta.</p>
+
+<p>&mdash;Más o menos, no completos.</p>
+
+<p>&mdash;Agregad a esto vuestra casa, que valdrá unos treinta mil francos. En
+fin, tenéis una excelente posición, y ya han pedido vuestra mano.</p>
+
+<p>&mdash;¿Pedido mi mano?... ¡No, no!</p>
+
+<p>&mdash;¡Sí, sí, dos veces! y vos habéis rehusado dos buenos casamientos, o
+dos lindas dotes, si lo preferís. ¡Para tanta gente es la misma cosa!
+Doscientos mil francos por un lado, trescientos mil por otro. ¡Según
+parece es una suma enorme para la aldea, y vos la rehusasteis! Decidme
+¿por qué? ¡Si supierais la curiosidad que tengo de saberlo!</p>
+
+<p>&mdash;Se trataba de dos preciosas jóvenes...</p>
+
+<p>&mdash;Convenido, eso se dice siempre.</p>
+
+<p>&mdash;Pero a las que apenas conocía. Me obligaron, pues yo me resistía, me
+obligaron a conversar con ellas dos o tres noches el invierno pasado.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y entonces?</p>
+
+<p>&mdash;Entonces... no sé cómo explicároslo, no experimenté ningún sentimiento
+de emoción, inquietud, turbación.</p>
+
+<p>&mdash;En fin&mdash;dijo resueltamente Bettina,&mdash;ni la menor sombra de amor...</p>
+
+<p>&mdash;No, ni la más mínima. Y volví con toda calma a mi cuartujo de soltero;
+pues pienso que vale más no casarse, que casarse sin amar. Esa es mi
+opinión.</p>
+
+<p>&mdash;Y también la mía.</p>
+
+<p>Ella lo miraba; él la miraba. Y de pronto, con gran sorpresa de ambos,
+no encontraron nada que decirse, absolutamente nada.</p>
+
+<p>Felizmente en ese instante, Harry y Bella se precipitaron al salón dando
+grandes gritos de alegría.</p>
+
+<p>&mdash;¡Señor Juan, señor Juan! ¡estáis ahí, señor Juan, venid a ver nuestros
+poneys!</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah!&mdash;dijo Bettina, con voz algo incierta.&mdash;Eduardo acaba de llegar de
+París, trayendo para los niños unos poneys microscópicos. Vamos a
+verlos, ¿queréis?</p>
+
+<p>Y salieron a ver los poneys, que, en efecto, eran dignos de figurar en
+las caballerizas del rey de Liliput.</p>
+
+
+
+<h3><a name="VII" id="VII"></a>VII</h3>
+
+
+<p>Han transcurrido tres semanas. Juan debe partir al día siguiente con su
+regimiento para las escuelas de artillería; va a vivir como verdadero
+soldado durante veinte días; diez días de camino para ir y volver, y
+diez bajo la tienda del campamento de Cercottes, en el bosque de
+Orleans. El regimiento volverá a Souvigny el 10 de agosto.</p>
+
+<p>Juan no está ya tranquilo; Juan ya no es feliz. Con impaciencia ve venir
+el momento de la partida, y al mismo tiempo con terror... Con
+impaciencia, porque sufre un verdadero martirio, al que quiere escapar
+cuanto antes. Con terror, porque durante estos veinte días que pasará
+sin verla, sin hablarla, sin ella, en fin, ¿qué será de él? ¡Ella es
+Bettina y él la adora!</p>
+
+<p>¿Desde cuándo? ¡Desde el primer día, desde aquel encuentro en el mes de
+mayo, en el jardín del cura! Esa es la verdad. Pero Juan lucha y se
+rebela contra esta verdad. Cree que sólo ama a Bettina desde el día en
+que conversaban los dos alegre y amistosamente en el saloncito azul.
+Ella se hallaba sentada en el diván, cerca de la ventana, y mientras
+charlaba, se entretenía en reparar el desorden de la toilette de una
+princesa japonesa, muñeca de Bella, que yacía sobre un sillón, y Bettina
+la levantó maquinalmente.</p>
+
+<p>¿Por qué se le ocurrió a Bettina hablarle de las dos jóvenes con quienes
+pudo haberse casado? La pregunta no lo turbó nada, y respondió que no
+sintió entonces ninguna inclinación al matrimonio, porque sus
+entrevistas con las dos jóvenes no le causaron ninguna emoción, ninguna
+agitación. Y sonreía al hablar así; pero algunos momentos después, ya no
+sonreía. Pues repentinamente aprendió a conocer esas turbaciones, esas
+agitaciones, y no se hizo la menor ilusión sobre la profundidad de su
+herida; conoció que le había atacado en pleno corazón.</p>
+
+<p>Sin embargo, no desesperó. Aquel día, al partir, se decía: «Sí, es
+grave, muy grave; pero curaré.» Y buscaba una excusa a su locura, que
+atribuía a las circunstancias. Durante diez días, aquella deliciosa
+joven había estado demasiado con él, ¡demasiado con él solo! ¿Cómo
+resistir a semejante tentación? Habíase embriagado con su encanto, su
+gracia y su belleza. Mas al siguiente día llegarían veinte personas al
+castillo a poner término a tan peligrosa intimidad. El tendría valor, se
+alejaría; perdiéndose entre la multitud, vería a Bettina con menos
+frecuencia y de más lejos... ¡No volver a verla, no podía ni pensarlo!
+Quería seguir siendo amigo de Bettina, ya que sólo podría ser su amigo.
+Pues había otro pensamiento que no cabía siquiera en el espíritu de
+Juan; ese pensamiento no sólo le parecía extravagante, sino monstruoso.
+No había hombre más caballero que Juan en el mundo, y el dinero de
+Bettina le causaba horror, verdaderamente horror.</p>
+
+<p>Desde el 25 de junio un mundo de gente invadió Longueval. Madama Norton
+llegó con su hijo Daniel Norton, y madama Turner con su hijo Felipe
+Turner, y ambos jóvenes formaban parte de la famosa cofradía de los
+treinta y cuatro. Eran amigos antiguos, a quienes Bettina trató como
+tales, declarándoles con toda franqueza que perdían completamente su
+tiempo; mas ellos no desalentaban, y formaban el centro de una pequeña
+corte muy obsequiosa y muy asidua que giraba en torno de Bettina.</p>
+
+<p>Pablo de Lavardens hizo su entrada en la escena, captándose rápidamente
+la amistad de todo el mundo. Había recibido la brillante y complicada
+educación de un joven destinado a los placeres; mientras no se tratara
+más que de divertirse: caballos, croquet, lawn-tennis, polo, baile,
+charadas y comedias, estaba siempre pronto a todo, sobresalía en todo.
+Su superioridad estalló, y se impuso, llegando a ser con el
+consentimiento general, el organizador y director de las fiestas de
+Longueval.</p>
+
+<p>Bettina no se engañó ni un segundo. Juan le presentó a Pablo de
+Lavardens, y éste acababa apenas el pequeño cumplimiento de estilo,
+cuando ya Bettina inclinándose hacia Zuzie, le decía al oído:</p>
+
+<p>&mdash;¡El trigésimo quinto!</p>
+
+<p>Sin embargo, prestó buena acogida a Pablo; tan buena, que éste, durante
+algunos días, tuvo la debilidad de equivocarse, pensando que sus gracias
+personales le valían tan amable y cordial recepción: mas estaba en un
+grave error. Había sido presentado por Juan, era amigo de Juan, y a los
+ojos de Bettina en esto estribaba todo su mérito.</p>
+
+<p>El castillo de madama Scott tenía la puerta franca; las invitaciones no
+se recibían para una noche, sino para todas las noches, y Pablo, con
+entusiasmo, se encaminaba allí todas las noches. Su sueño se realizaba.
+¡Hallaba a París en Longueval!</p>
+
+<p>Pero Pablo no era tonto ni fatuo. Era, sin duda, objeto, de parte de
+miss Percival, de atenciones y favores especiales; gustábale a ella
+hablar larga, muy largamente a solas con él... mas ¿cuál era el eterno,
+el inagotable tema de estas conversaciones? ¿Juan, aún Juan, y siempre
+Juan?</p>
+
+<p>Pablo era ligero, disipado, frívolo, pero volvíase serio apenas se
+trataba de Juan; sabía apreciarlo, sabía amarlo. Nada le era tan grato,
+ni tan fácil como decir de su amigo todo el bien que pensaba. Y como
+veía que Bettina se complacía en escucharlo, daba libre curso a su
+elocuencia.</p>
+
+<p>Pero una noche Pablo quiso, y estaba en su derecho, obtener el beneficio
+de su caballeresca conducta. Acababa de hablar durante más de un cuarto
+de hora con Bettina. Terminada la conversación fuese a buscar a Juan al
+otro extremo del salón, diciéndole:</p>
+
+<p>&mdash;Me dejaste el campo libre... y me lancé intrépidamente sobre miss
+Percival.</p>
+
+<p>&mdash;¡Y bien! no creo que estés descontento del resultado de la empresa;
+sois los mejores amigos del mundo.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, ciertamente... esto marcha... esto marcha y no marcha. No hay otra
+persona más amable que miss Percival; pero, en fin, tengo el mérito de
+reconocerlo; acá, para entre nosotros, te diré que me hace representar
+un papel ingrato y ridículo, un papel que no es para mi edad. Cuento la
+edad de los enamorados, mas no la de los confidentes.</p>
+
+<p>&mdash;¿De los confidentes?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, querido mío, de los confidentes; ¡tal es mi empleo en esta casa!
+Tú nos mirabas hace un momento... ¡Oh! tengo buena vista... Tú nos
+mirabas. Pues bien ¿sabes de qué hablábamos? ¡De ti, querido, de ti, y
+nada más que de ti! Y todas las noches es la misma cosa. Preguntas que
+no tienen fin. «¿Os habéis educado juntos? ¿Tomásteis lecciones los dos
+con el abate Constantín? ¿Dentro de poco será capitán? ¿Y después?
+comandante. ¿Y después? coronel <i>et cætera</i>... <i>et cætera</i>...» ¡Ah,
+Juan, amigo mío, Juan, si tú quisieras realizar un lindo sueño!...</p>
+
+<p>Juan se fastidió, casi se enojó. Pablo quedó asombrado ante este acceso
+de brusca irritación.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué tienes? Me parece que no he dicho nada...</p>
+
+<p>&mdash;Dispensa. He hecho mal; pero también ¿por qué se te ocurre una idea
+tan absurda?</p>
+
+<p>&mdash;¡Absurda!... No veo el motivo... La he tenido yo por mi propia
+cuenta, esta idea absurda.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! tú...</p>
+
+<p>&mdash;¡Cómo, ah! ¿yo?... Si yo la he tenido, la puedes tener tú... Tú vales
+más que yo...</p>
+
+<p>&mdash;¡Pablo, por favor!...</p>
+
+<p>El disgusto de Juan era evidente.</p>
+
+<p>&mdash;No hablemos más de esto... no hablemos más... En suma, lo que yo
+quería decir, es que miss Percival me encuentra muy bonito, muy
+gracioso, muy entretenido; pero en cuanto a tomarme a lo serio... jamás
+me tomará a lo serio esa personita. Voy a lanzarme sobre madama Scott,
+pero sin gran confianza... Mira, Juan, yo me divertiré mucho en esta
+casa; pero no sacaré ningún provecho de aquí.</p>
+
+<p>Pablo se dirigió hacia madama Scott: mas desde el día siguiente tuvo la
+sorpresa de tropezar con Juan, que vino a tomar asiento con toda
+regularidad en el círculo particular de madama Scott, que, como Bettina,
+tenía su pequeña corte. Lo que Juan buscaba allí era una protección, un
+abrigo, un asilo.</p>
+
+<p>El día de aquella tremenda conversación sobre los matrimonios sin amor,
+Bettina también sintió por la primera vez despertarse de pronto en ella
+esa necesidad de amar que duerme, mas no muy profundamente, en el
+corazón de todas las jóvenes. La sensación fue la misma, en el mismo
+momento, en el alma de Juan y en el alma de Bettina. El, aterrado, se
+echó bruscamente atrás. Ella, por el contrario, se dejó arrastrar, en
+todo el candor de su plena inocencia, por aquel acceso de emoción y
+enternecimiento.</p>
+
+<p>Ella esperaba el amor... ¡si fuera el amor! El hombre que debía ser su
+pensamiento, su vida, su alma... si fuera él, este Juan. ¿Por qué no? Lo
+conocía más que a todos aquellos que desde hacía un año giraban en torno
+de su fortuna, y de todo lo que de él sabía, nada era como para
+desalentar la confianza y el amor de una joven. ¡Lejos de eso!</p>
+
+<p>En fin, los dos hacían bien, los dos estaban en el deber y la verdad:
+ella dejándose arrastrar; él, resistiendo; ella, sin pensar en un
+momento en la obscuridad de Juan ni en su pobreza; él, retrocediendo
+ante aquella montaña de millones como lo habría hecho ante un crimen;
+ella, pensando que no tenía derecho para discutir con el amor; él
+pensando que no tenía derecho para discutir con el honor.</p>
+
+<p>Por esto, a medida que Bettina se hacía más cariñosa, y se abandonaba
+con más franqueza al primer llamado del amor, Juan, de día en día,
+estaba más taciturno y agitado. No sólo tenía miedo de amar él, sino
+también de ser amado.</p>
+
+<p>Debió haberse quedado en su casa, no venir... Lo ensayó, mas no pudo...
+La tentación era demasiado fuerte, y lo arrastraba. Llegaba, y ella
+venía en el acto hacia él con las manos tendidas, la sonrisa en los
+labios y el corazón en los ojos. Todo en ella decía: «¡Procuremos
+amarnos, y si podemos, amémonos!»</p>
+
+<p>El miedo lo embargaba. Apenas se atrevía a tocar aquellas dos manos que
+iban al encuentro de las suyas. Trataba de evitar aquella mirada que
+cariñosa y risueña, inquieta y curiosa, buscaba la suya. Temblaba ante
+la necesidad de hablar a Bettina, ante la necesidad de oírla, y entonces
+se refugiaba junto a madama Scott, y ésta recibía sus palabras
+indecisas, conmovidas, turbadas, que no se dirigían a ella, y que, sin
+embargo, ella tomaba para sí.</p>
+
+<p>Zuzie no podía dejar de engañarse. Bettina no le había dicho nada, no le
+había manifestado aún los sentimientos vagos y confusos que la agitaban.
+Guardaba y acariciaba el secreto de su amor naciente, como un avaro
+guarda y acaricia las primeras monedas de su tesoro... El día en que
+viera claro en su corazón, el día en que estuviera segura de amarlo,
+¡ah! ¡entonces le hablaría a Zuzie, y sería feliz contándoselo todo!...</p>
+
+<p>Madama Scott acabó por atribuirse el honor de la melancolía de Juan, que
+de día en día tomaba un carácter más marcado. Estaba halagada, pues
+nunca disgusta a una mujer el creerse amada, halagada, pero triste al
+mismo tiempo. Tenía grande estimación y afecto por Juan, y la afligía el
+pensar que ella era la causa de su sufrimiento y desgracia.</p>
+
+<p>Por otra parte, Zuzie tenía el sentimiento de su inocencia. Con los
+demás, algunas veces era coqueta, muy coqueta. Atormentarlos un poco no
+era un gran crimen. Los otros no tenían nada que hacer, no servían para
+nada, y esto los ocupaba, mientras la divertía a ella; les hacía matar
+el tiempo a ellos y a ella también... Pero Zuzie no se reprochaba
+ninguna coquetería con Juan; pues se daba cuenta de su mérito y
+superioridad sobre los demás; comprendía que era hombre capaz de sufrir
+seriamente, y madama Scott no quería esto. Ya dos o tres veces estuvo a
+punto de hablarle, con mucha dulzura y afectuosamente, pero
+reflexionó... Juan iba a partir por unos veinte días; a su vuelta, si
+aun fuese necesario, le haría un pequeño discurso moral, y le hablaría
+tan bien, que el amor no volvería a meterse tontamente a través de su
+amistad.</p>
+
+<p>Juan partía al día siguiente... Bettina le rogó con insistencia viniera
+a pasar el último día en Longueval, a comer con ellas. Pero Juan se
+negó, alegando sus ocupaciones la víspera de la partida. Llegó a la
+noche, como a las diez y media. Había venido a pie, y más de una vez en
+el camino, pensó volver sobre sus pasos.</p>
+
+<p>&mdash;Si tuviera valor&mdash;se decía,&mdash;no la volvería a ver. Partiré mañana y no
+volveré a Longueval mientras ella esté ahí. Mi resolución está tomada,
+bien tomada.</p>
+
+<p>Pero continuó su camino; quería verla... por última vez.</p>
+
+<p>Apenas entró al salón, Bettina corrió a recibirlo:</p>
+
+<p>&mdash;¡Al fin llegasteis!... ¡Qué tarde!</p>
+
+<p>&mdash;He estado muy ocupado.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y partís mañana?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, mañana.</p>
+
+<p>&mdash;¿Temprano?</p>
+
+<p>&mdash;A las cinco de la mañana.</p>
+
+<p>&mdash;¿Saldréis por la calle que costea el parque y atraviesa la aldea?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, por ese camino pasaremos.</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué tan temprano? Yo habría ido a veros pasar y deciros adiós
+desde el terrado. Bettina conservaba en su mano la mano de Juan, que
+estaba ardiente, hasta que éste se desprendió dolorosamente, haciendo un
+esfuerzo, y dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Tengo que ir a saludar a vuestra hermana.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ahora!... no os ha visto... hay diez personas con ella... Venid a
+sentaros un momento aquí conmigo.</p>
+
+<p>El se vio obligado a sentarse a su lado.</p>
+
+<p>&mdash;Nosotras también partiremos.</p>
+
+<p>&mdash;¿Vosotras?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, hoy recibimos un telegrama de mi cuñado que nos causó mucha
+alegría. No lo esperábamos hasta dentro de un mes, y estará aquí dentro
+de doce días; se embarca pasado mañana en New-York en el <i>Labrador</i>... Y
+nosotras iremos a esperarlo al Havre... Saldremos de aquí pasado mañana,
+llevando a los niños, a quienes sentará muy bien pasar unos diez días a
+orillas del mar... ¡Cuánto se alegrará mi cuñado al conoceros!... Al
+conoceros... pero, si ya os conoce, tanto le hablamos de vos en todas
+las cartas. Segura estoy de que simpatizaréis mutuamente. El es
+excelente... ¿Cuánto tiempo tardaréis en volver?</p>
+
+<p>&mdash;Veinte días.</p>
+
+<p>&mdash;¿Veinte días... en un campamento?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, señorita, en el campamento Cercottes.</p>
+
+<p>&mdash;En medio de los bosques de Orleans. Esta mañana me hice explicar todo
+esto por vuestro padrino. Estoy contenta, porque vamos a ver a mi
+cuñado; pero al mismo tiempo siento partir, pues si me quedara, iría
+todas las mañanas a hacer una visita a vuestro padrino... y él me daría
+noticias vuestras. ¿Queréis escribir a mi hermana, dentro de diez días,
+una cartita de cuatro líneas, que no os quitará mucho tiempo, diciéndole
+cómo estáis y que no nos olvidáis?</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh! en cuanto a olvidaros... perder el recuerdo de vuestra gracia, de
+vuestra bondad... ¡nunca, señorita, jamás!</p>
+
+<p>Su voz temblaba. Tuvo miedo de su emoción, y se levantó.</p>
+
+<p>&mdash;Os repito, señorita, que debo ir a saludar a vuestra hermana... me ha
+visto... y debe estar asombrada...</p>
+
+<p>Atravesó el salón, mientras Bettina lo seguía con la vista. Madama
+Norton acababa de instalarse en el piano para hacer bailar un poco a los
+jóvenes. Pablo de Lavardens se acercó a miss Percival.</p>
+
+<p>&mdash;¿Queréis hacerme el honor, señorita?</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! Creo haber prometido este vals al señor Juan.</p>
+
+<p>&mdash;En fin, ¿si no es con él... será conmigo?</p>
+
+<p>&mdash;Convenido.</p>
+
+<p>Bettina se dirigió hacia Juan que se había sentado cerca de madama
+Scott.</p>
+
+<p>&mdash;Acabo de echar una gran mentira. El señor de Lavardens vino a
+invitarme para este vals, y le respondí que os lo había prometido... Sí,
+¿no es verdad, queréis?</p>
+
+<p>¡Estrecharla en sus brazos, respirar el perfume de sus cabellos!... Juan
+estaba desesperado... No se atrevió a aceptar.</p>
+
+<p>&mdash;Siento, señorita; mas no puedo... no me encuentro bien esta noche. He
+venido por no partir sin despedirme; pero bailar es imposible.</p>
+
+<p>Madama Norton comenzaba el preludio del vals.</p>
+
+<p>&mdash;¡Y bien!&mdash;dijo Pablo, llegando alegremente,&mdash;¿es con él o conmigo,
+señorita?</p>
+
+<p>&mdash;Con vos&mdash;respondió tristemente ella, sin separar los ojos de Juan.</p>
+
+<p>Estaba muy turbada, y contestó eso sin saber lo que decía. Mas en
+seguida sintió haber aceptado. Habría deseado quedarse al lado de él...
+pero era demasiado tarde. Pablo le tomó la mano y la arrastró.</p>
+
+<p>Juan se levantó, y los siguió con la vista a los dos, Bettina y Pablo.
+Una nube le pasó ante los ojos. Sufría atrozmente.</p>
+
+<p>&mdash;No me queda más recurso que aprovechar este momento y partir&mdash;se
+dijo.&mdash;Mañana escribiré algunas líneas a madama Scott disculpándome.</p>
+
+<p>Dirigiose a la puerta, sin mirar a Bettina... Si la hubiera mirado, se
+habría quedado.</p>
+
+<p>Pero Bettina lo miraba, y de repente díjole a Pablo:</p>
+
+<p>&mdash;Os agradezco mucho, señor, mas estoy fatigada... Detengámonos, os
+ruego... ¿Me perdonáis, no es verdad?</p>
+
+<p>Pablo le ofreció el brazo.</p>
+
+<p>&mdash;No, gracias&mdash;dijo ella.</p>
+
+<p>La puerta acababa de cerrarse. Juan no estaba ya allí. Bettina atravesó
+el salón corriendo, y Pablo se quedó solo, sin comprender lo que le
+pasaba.</p>
+
+<p>Juan llegaba al pórtico, cuando oyó que lo llamaban.</p>
+
+<p>&mdash;¡Señor Juan! ¡señor Juan!</p>
+
+<p>Detúvose y se volvió; ella estaba a su lado.</p>
+
+<p>&mdash;¿Os vais... sin decirme adiós?</p>
+
+<p>&mdash;Dispensad, señorita, estoy muy fatigado.</p>
+
+<p>&mdash;Entonces, no os vayáis así, a pie. Va a llover.</p>
+
+<p>Y extendió la mano hacia fuera.</p>
+
+<p>&mdash;¡Mirad! ya llueve.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh! apenas.</p>
+
+<p>&mdash;Venid a tomar una taza de té conmigo sola en el saloncito, y os haré
+llevar en carruaje.</p>
+
+<p>Y volviéndose a uno de los criados:</p>
+
+<p>&mdash;Decid que pongan el cupé, en seguida.</p>
+
+<p>&mdash;No, señorita, no, os ruego. El aire libre me calmará... tengo
+necesidad de caminar... dejadme partir.</p>
+
+<p>&mdash;¡Partid, pues!... Pero no tenéis abrigo... Tomad este chal para
+cubrios.</p>
+
+<p>&mdash;No tengo frío... mientras que vos... con ese traje... parto para
+obligaros a entrar.</p>
+
+<p>Sin tenderle siquiera la mano, se escapó, bajando rápidamente las gradas
+del pórtico.</p>
+
+<p>«Si toco su mano, pensaba, estoy perdido, descubro mi secreto.»</p>
+
+<p>¡Su secreto! El no sabía que Bettina leía en su corazón como en un libro
+abierto.</p>
+
+<p>Cuando llegó a la puerta, tuvo un breve momento de hesitación. Tenía
+esta frase en los labios:</p>
+
+<p>«¡Os amo! ¡os adoro! ¡Y por eso no quiero volver a veros!»</p>
+
+<p>Mas no la pronunció, alejose, perdiéndose pronto en la obscuridad...
+Bettina permaneció en el pórtico, en el cuadro luminoso de la puerta.
+Gruesas gotas de lluvia impelidas por el viento azotaban sus espaldas
+desnudas y la hacían temblar; ella no lo notaba; sentía claramente latir
+su corazón.</p>
+
+<p>&mdash;Bien sabía que él me amaba&mdash;se dijo;&mdash;pero ahora estoy segura de que
+yo también lo amo... ¡oh! sí... yo también...</p>
+
+<p>De pronto, en uno de los grandes espejos de la puerta, vio reflejarse a
+los dos criados que estaban de pie inmóviles, junto a la mesa de encina
+del vestíbulo. Bettina dio algunos pasos en dirección al salón... Oyó
+alegres risas, y el vals que continuaba. Detiénese. Quiere estar sola,
+completamente sola, y dirigiéndose a uno de los criados:</p>
+
+<p>&mdash;Id a decir a la señora que yo estaba fatigada, y he subido a mi
+cuarto.</p>
+
+<p>Annie, su camarera, dormitaba en un sillón. Despidiola, pues ella misma
+quería desvestirse. Dejose caer en un diván experimentando un delicioso
+cansancio.</p>
+
+<p>La puerta del cuarto se abre; es madama Scott.</p>
+
+<p>&mdash;¿Estáis enferma, Bettina?</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! Zuzie, ¡sois vos, mi Zuzie! ¡Qué bien habéis hecho en venir!
+Sentaos aquí, junto a mí, muy cerca de mí.</p>
+
+<p>Y se recostó como un niño en los brazos de su hermana, acariciando con
+su cabeza ardiente los frescos hombros de Zuzie; después, de repente, se
+echó a llorar, con grandes sollozos que la sofocaban.</p>
+
+<p>&mdash;Bettina, mi querida Bettina, ¿qué tenéis?</p>
+
+<p>&mdash;Nada, nada... son los nervios... es la alegría.</p>
+
+<p>&mdash;¿La alegría?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, sí... esperad, pero dejadme llorar un poco... ¡Me hace tanto
+bien!... no tengáis cuidado... no es nada.</p>
+
+<p>Bajo los besos de su hermana, Bettina se calma, se tranquiliza.</p>
+
+<p>&mdash;Ya se acabó, se acabó, y voy a deciros... tengo que hablaros de Juan.</p>
+
+<p>&mdash;¡Juan! ¿lo llamáis Juan?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, lo llamo Juan... ¿No habéis notado, de algún tiempo a esta parte,
+que estaba triste y parecía ser muy desgraciado?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, en efecto.</p>
+
+<p>&mdash;Apenas llegaba... iba a instalarse a vuestro lado, y permanecía allí,
+pensativo y silencioso; tanto, que durante varios días me pregunté,
+perdonadme que os hable con esta franqueza, sabéis que es mi costumbre,
+si no os amaría a vos, mi Zuzie. ¡Sois tan linda, tan buena, que habría
+sido lo más natural! ¡Pero no, no era a vos, sino a mí!</p>
+
+<p>&mdash;¿A vos?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, a mí. Escuchadme bien... Apenas se atrevía a mirarme. Me evitaba,
+me huía... Me tenía miedo. Evidentemente me tenía miedo. ¡Pues bien!
+¿decidme, con franqueza, si soy como para inspirar miedo? No, ¿no es
+verdad?</p>
+
+<p>&mdash;Seguramente, no.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! pero no me tenía miedo a mí, sino a mi dinero ¡a mi horrible
+dinero! Ese dinero que los atrae a todos con una tentación tan fuerte;
+ese dinero lo aterra a él, y lo desespera... porque no es como los
+demás, porque...</p>
+
+<p>&mdash;Cuidado, querida, si os engañarais...</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh! no, no, yo, no me engaño. No hace mucho, en la puerta, al partir,
+me dijo algunas palabras... Las palabras no decían nada; pero si
+hubierais visto su turbación, ¡a pesar de todos sus esfuerzos por
+contenerse!... Zuzie, mi Zuzie, por el cariño que os tengo, y Dios sabe
+cuán grande es, voy a revelaros mi convicción, mi convicción absoluta:
+si en vez de ser miss Percival, hubiera sido yo una pobre joven sin
+ningún dinero, Juan me habría tomado la mano, en ese momento,
+diciéndome que me amaba, y si así me hubiese hablado ¿sabéis lo que le
+habría respondido?</p>
+
+<p>&mdash;Que vos también le amabais.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, y por eso soy tan feliz. Era una idea fija en mí, adorar al hombre
+que fuera mi marido... Pues bien, no digo que adoro a Juan, no, todavía
+no... pero, en fin, ya principio, Zuzie... ¡y el principio es tan grato!</p>
+
+<p>&mdash;Bettina, me inquieta veros en esa exaltación. Convengo en que M.
+Reynaud tenga mucho afecto por vos...</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh! más que eso, mucho más.</p>
+
+<p>&mdash;Mucho amor, si queréis. Sí, tenéis razón, habéis visto bien... El os
+ama... y sois digna de todo el amor que sientan por vos, mi querida. En
+cuanto a Juan, decididamente esto es contagioso, yo también le llamo
+Juan, bueno, sabéis la opinión que de él tengo formada; desde un mes a
+esta parte hemos tenido muchas veces ocasión de decírnosla... Pienso
+muy bien de él, muy bien... Pero, en fin, a pesar de todo, ¿será éste el
+marido que os conviene?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, si lo amo.</p>
+
+<p>&mdash;Procuro hablaros razonablemente, y vos me contestáis siempre...
+Bettina, tengo mucha más experiencia que vos... Escuchadme bien... Desde
+que llegamos a París nos hemos visto lanzadas en un mundo muy animado,
+muy brillante, aristocrático... Podríais ser ya, si hubierais querido,
+Marquesa o Princesa...</p>
+
+<p>&mdash;Sí, pero no he querido.</p>
+
+<p>&mdash;¿Os sería completamente indiferente llamaros madama Reynaud?</p>
+
+<p>&mdash;Absolutamente, si lo amo...</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! insistís...</p>
+
+<p>&mdash;Porque es la verdadera cuestión. No hay otra... y a mi vez quiero ser
+razonable. Os concedo que esta cuestión no esté completamente resuelta,
+y que quizá he procedido con demasiada ligereza. Ya veis cómo soy
+razonable. Juan parte mañana, y no volveré a verlo hasta dentro de
+veinte días, durante los cuales tendré tiempo de interrogarme,
+consultarme, y saber lo que pasa en mí. Bajo mi aire ligero, soy seria y
+reflexiva... ¿No es así?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, lo reconozco.</p>
+
+<p>&mdash;Pues bien, voy a dirigiros una súplica, como lo haría con nuestra
+madre si estuviera aquí presente. Si dentro de veinte días os digo:
+«¡Zuzie, estoy segura de amarlo!» me permitiréis que vaya hacia él, yo
+misma, yo sola, a preguntarle si me quiere por esposa. Es lo que
+hicisteis vos con Richard... Decid, Zuzie, ¿me lo permitiréis?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, os lo permitiré.</p>
+
+<p>Bettina besó a su hermana, murmurándole al oído:</p>
+
+<p>&mdash;¡Gracias, mamá!</p>
+
+<p>&mdash;¡Mamá, mamá! Así me llamabais cuando erais muy niña, cuando estábamos
+solas en el mundo las dos, cuando os desnudaba de noche en New-York en
+nuestro pobre cuartito, y os tenía en mis brazos antes de poneros en la
+cuna, cantando para haceros dormir. Y desde entonces, Bettina, no he
+deseado más que una sola cosa en el mundo: vuestra felicidad. Por eso os
+pido que reflexionéis bien. No me respondáis; no hablemos más de eso.
+Quiero dejaros muy tranquila, bien calmada. ¿Despachasteis a Annie?...
+¿Queréis que esta noche también os desnude y os acueste vuestra mamá,
+como antes?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, quiero.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y cuando estéis acostada, me prometeréis ser buena?</p>
+
+<p>&mdash;Buena, como una santa.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y haréis todo lo posible por dormiros?</p>
+
+<p>&mdash;Todo lo que pueda...</p>
+
+<p>&mdash;¿Con mucho juicio, sin pensar en nada?</p>
+
+<p>&mdash;Con juicio y sin pensar en nada.</p>
+
+<p>&mdash;¡Sea enhorabuena!</p>
+
+<p>Diez minutos después, la cabeza de Bettina reposaba suavemente entre
+bordados y encajes, mientras Zuzie decía a su hermana:</p>
+
+<p>&mdash;Voy donde está toda esa gente que me fastidia en extremo esta noche. Y
+antes de pasar a mi cuarto, vendré a ver si dormís. Silencio... dormíos.</p>
+
+<p>Y salió dejando sola a Bettina; que, según lo prometido, hizo los más
+sinceros esfuerzos para dormirse, no consiguiéndolo sino a medias. Cayó
+en un semisueño, en una modorra que la dejó flotante entre el sueño y la
+realidad. Prometió no pensar en nada, y, sin embargo, pensaba en él,
+nada más que en él, siempre en él; pero vaga y confusamente. Cuánto
+tiempo pasó así, no habría sabido decirlo. De pronto, sintió pasos en el
+cuarto; entreabrió los ojos y creyó reconocer a su hermana, y con voz
+somnolienta le dijo:</p>
+
+<p>&mdash;¿Sabéis?... lo amo.</p>
+
+<p>&mdash;Chit... ¡Dormid, dormid!</p>
+
+<p>&mdash;Duermo, duermo.</p>
+
+<p>Y se durmió en realidad; mas no tan profundamente como de costumbre,
+pues a las cuatro de la mañana despertose sobresaltada por un ruido, que
+la víspera no habría turbado absolutamente su sueño. La lluvia, que caía
+a torrentes, azotaba las ventanas del cuarto de Bettina.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh! ¡cómo llueve, cómo se va a mojar!</p>
+
+<p>Fue su primer pensamiento. Levántase, atraviesa su cuarto con los pies
+desnudos y entreabre un postigo. Empieza a despuntar el día, con una luz
+gris, opaca, pesada; el cielo está cargado de agua; el viento sopla
+tempestuoso, por ráfagas que hace girar la lluvia en torbellinos.</p>
+
+<p>Bettina no se acuesta ya. Comprende que le sería del todo imposible
+volverse a dormir. Pónese un peinador y permanece junto a la ventana,
+viendo caer la lluvia. Ya que debía partir, habría deseado que se fuera
+con buen tiempo, y que un claro sol iluminara su primera etapa.</p>
+
+<p>Hace un mes, cuando llegó a Longueval, Bettina no sabía lo que era una
+etapa. Hoy sabe que una etapa de artillería es una marcha de treinta a
+cuarenta kilómetros, con una hora de alto para almorzar. El abate
+Constantín se lo ha enseñado; pues durante las visitas que hacen juntos
+a los pobres, Bettina lo abruma a preguntas sobre las cosas militares y
+especialmente sobre el servicio de artillería.</p>
+
+<p>¡Ocho o diez leguas bajo esta lluvia azotadora! ¡Pobre Juan! Bettina
+piensa en los jóvenes Turner, Norton, en Pablo de Lavardens, que
+dormirán tranquilamente hasta las diez de la mañana, mientras Juan
+recibirá este diluvio.</p>
+
+<p>¡Pablo de Lavardens! este nombre despierta en su espíritu un recuerdo
+doloroso: el vals de la víspera... ¡Haber bailado así, cuando la pena de
+Juan era manifiesta! A los ojos de Bettina, la vuelta de vals que dio,
+toma las proporciones de un crimen; es horrible lo que ha hecho.</p>
+
+<p>Y después no tuvo valor ni franqueza en la última conversación con Juan.
+El no podía, no se atrevía a decir nada, pero ella debió demostrar más
+cariño, más confianza. Triste y enfermo como estaba, no debió nunca
+dejarlo partir a pie. Debió haberlo retenido, retenido a toda costa. La
+imaginación de Bettina trabaja y se exalta. Juan llevaría la impresión
+de haber estado con una mala criatura sin corazón y sin piedad...</p>
+
+<p>Y dentro de media hora partirá, partirá por veinte días... ¡Ah! si
+pudiera de algún modo!... Pero existe un medio... El regimiento
+desfilará por delante del parque, frente al terrado. Y Bettina es presa
+de un vehemente deseo de ir a ver pasar a Juan. Así comprenderá él,
+viéndola a esas horas, que viene a pedirle perdón de sus crueldades de
+la víspera. Sí, irá... Pero prometió a Zuzie ser juiciosa, estarse
+quieta como una santa, y ¿hacer lo que hace, es portarse como una santa?
+Al volver confesará a Zuzie todo, y ella le perdonará.</p>
+
+<p>¡Irá, irá! Mas ¿con qué se vestirá? No tiene a mano sino un traje de
+baile y un peinador de muselina, babuchas con tacón y zapatos de baile
+de raso celeste. ¿Qué hacer? Despertar a su camarera, nunca se
+atrevería... y además el tiempo urge... ¡las cinco menos cuarto! El
+regimiento sale a las cinco.</p>
+
+<p>Puede salir del paso con el peinador de muselina y los zapatos de raso,
+si encuentra en el vestíbulo un sombrero, sus zuecos de jardín y el gran
+chal escocés que se pone los días de lluvia para manejar. Entreabre su
+puerta con infinitas precauciones; todos duermen en el castillo;
+deslízase a lo largo de las paredes, a través de los corredores, y baja
+la escalera.</p>
+
+<p>¡Con tal que los zuecos estén en su lugar! Es su mayor preocupación. Ahí
+están. Los ata por sobre los zapatos de baile y se envuelve en su gran
+chal. Siente afuera redoblar la violencia de la lluvia. Ve un enorme
+paraguas, del que se sirven los criados cuando van en el pescante;
+apodérase de él: ya está pronta... mas cuando quiere salir nota que la
+puerta del vestíbulo se halla cerrada por una gran barra de hierro.
+Procura levantarla, pero la barra está fuerte, resiste, y el gran reloj
+del vestíbulo deja oír en aquel momento cinco golpes. ¡El sale en ese
+instante!</p>
+
+<p>¡Y ella quiere verlo, quiere verlo! Su voluntad se irrita con los
+obstáculos; hace un gran esfuerzo. La barra cede y se desliza por la
+puerta... Pero Bettina se ha hecho en la mano un largo tajo que deja ver
+un pequeño hilo de sangre. Envuélvese la mano en el pañuelo, toma el
+gran paraguas, da vuelta la llave en la cerradura, y abre la puerta. ¡Al
+fin está afuera!</p>
+
+<p>El tiempo es horrible. El viento y la lluvia continúan. Necesítanse
+cinco o seis minutos para llegar al terrado que da a la calle. Bettina
+se lanza valientemente adelante, con la cabeza baja, oculta debajo de
+su inmenso paraguas. Habría andado unos cincuenta pasos, cuando un
+remolino ciego, loco, furioso, se arroja sobre Bettina, le abre el chal,
+la arrastra, la levanta, casi la hace perder pie, y da vuelta con
+violencia el paraguas. Esto no es nada todavía. El desastre fue
+completo. Bettina ha perdido uno de sus zuecos... No eran muy serios
+estos zuecos, eran muy bonitos para el buen tiempo.</p>
+
+<p>Y en ese momento, cuando Bettina desesperada, lucha contra la tempestad,
+con su zapato de raso celeste que se entierra en la arena mojada, en ese
+momento el viento le trae el eco lejano de un toque de trompetas. ¡Es el
+regimiento que sale! Bettina toma una gran resolución: abandona el
+paraguas, levanta el zueco, vuelve a atárselo mal o bien, y parte
+corriendo con un diluvio en la cabeza.</p>
+
+<p>Por fin se encuentra bajo el bosque, donde los árboles la protejen un
+poco. Otro toque más; más cercano esta vez, Bettina cree oír los pasos
+de los caballos. Hace un último esfuerzo y llega al terrado... ¡Ya era
+tiempo! A veinte metros de distancia divisa los caballos blancos de los
+cornetas, y más lejos ve ondular vagamente en medio de la neblina, una
+larga fila de cañones. Pónese al abrigo bajo los tilos que rodean el
+terrado, y mira y espera. El viene ahí entre esa masa confusa de
+caballeros. ¿Podrá reconocerlo? Alguna feliz casualidad le hará volver
+la cabeza hacia ese lado.</p>
+
+<p>Bettina sabe que es teniente de la segunda batería de su regimiento;
+sabe que una batería se compone de seis cañones y seis cajas. El abate
+Constantín le enseñó también esto. Debe, pues, dejar pasar la primera
+batería, es decir, contar seis cañones, seis cajas y en seguida vendrá
+él...</p>
+
+<p>Es él, en efecto, envuelto en su gran capa, y es él, el primero que la
+ve y la reconoce. Unos momentos antes recordaba un largo paseo que
+hiciera con ella, al caer la tarde, hasta este terrado. Levantó los
+ojos hacia donde recordaba haberla visto y la encontró allí mismo.</p>
+
+<p>La saluda, y con la cabeza descubierta, bajo la lluvia, volviéndose
+sobre el caballo, a medida que se alejaba, la miró hasta perderla de
+vista, repitiendo lo que se había dicho la víspera:</p>
+
+<p>&mdash;¡Será la última vez!</p>
+
+<p>Ella, con las manos le decía adiós, y este ademán repetido muchas veces,
+traía sus manos tan cerca, tan cerca de su boca, que se habría podido
+creer...</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah&mdash;pensaba,&mdash;si después de esto no comprende que lo amo, si no me
+perdona mi dinero!</p>
+
+
+
+<h3><a name="VIII" id="VIII"></a>VIII</h3>
+
+
+<p>Estamos a 10 de agosto, día en que debe volver Juan a Longueval.</p>
+
+<p>Bettina se despierta muy temprano, se levanta y corre a la ventana. Un
+gran sol naciente disipa los vapores de la mañana. La víspera, por la
+noche, el cielo estaba amenazando, cargado de nubes. Bettina ha dormido
+muy poco, y durante toda la noche decía:</p>
+
+<p>&mdash;¡Con tal que no llueva mañana!</p>
+
+<p>Va a ser un día precioso, y como Bettina es algo supersticiosa, esto le
+infunde esperanza y valor. La jornada principia bien y terminará bien.</p>
+
+<p>M. Scott ha vuelto hace unos días. Bettina lo esperaba en el muelle del
+Havre con Zuzie y los niños.</p>
+
+<p>Después de abrazarse tiernamente, varias veces, Richard, dirigiéndose a
+su cuñada, pregunta riendo:</p>
+
+<p>&mdash;¡Y bien! ¿cuándo es el casamiento?</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué casamiento?</p>
+
+<p>&mdash;Con M. Juan Reynaud.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah, mi hermana os ha escrito!</p>
+
+<p>&mdash;¿Zuzie? No. Zuzie no me ha dicho ni una palabra. Vos, Bettina, me
+habéis escrito. Desde hace un mes, en todas vuestras cartas, sólo se
+trata de este joven oficial.</p>
+
+<p>&mdash;¿En todas mis cartas?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, sí, y me escribíais con más frecuencia y más detención que antes.
+No me quejo, pero os pregunto, ¿cuándo me presentaréis a mi cuñado?</p>
+
+<p>El hablaba así por broma, mas Bettina le responde seriamente:</p>
+
+<p>&mdash;Espero que será muy pronto.</p>
+
+<p>M. Scott sólo ahora sabe que el asunto es serio. Bettina le pide sus
+cartas, al volver en el vagón para releerlas, y ve que, en efecto, en
+todas habla de él. Halla allí los más mínimos detalles de su primer
+encuentro; el retrato de Juan en el jardín del presbiterio con su
+sombrero de paja y la ensaladera de loza... y después el señor Juan, y
+siempre el señor Juan. Descubre que lo ama desde mucho antes que lo
+pensaba.</p>
+
+<p>Estamos, pues, a 10 de agosto. Acaba de concluirse el almuerzo en el
+castillo. Harry y Bella están impacientes. Saben que de una a dos el
+regimiento atravesará la aldea, y les han prometido llevarlos a ver
+pasar los soldados, y para ellos, tanto como para Bettina, la vuelta del
+9.º de artillería es un gran acontecimiento.</p>
+
+<p>&mdash;Tía Betty&mdash;dijo Bella,&mdash;tía Betty, ven con nosotros.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, ven&mdash;dijo Harry,&mdash;ven, veremos a nuestro amigo Juan sobre su gran
+caballo moro.</p>
+
+<p>Bettina resiste, rehúsa, y, sin embargo, ¡qué tentación! Pero no, no
+irá, no verá a Juan hasta la noche para la explicación decisiva que
+viene preparando desde hace veinte días.</p>
+
+<p>Los niños salen con su aya, mientras Bettina, Zuzie y Richard se sientan
+en el parque, cerca del castillo.</p>
+
+<p>&mdash;Zuzie&mdash;dice Bettina,&mdash;voy a recordaros hoy vuestra promesa. ¿Os
+acordáis de lo que pasó entre nosotras la noche de su partida?
+Convinimos en que si a su vuelta yo os decía: Zuzie, estoy segura de
+amarlo, vos me permitiríais dirigirme a él francamente y preguntarle si
+me quería por esposa.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, os lo prometí. ¿Pero estáis segura?</p>
+
+<p>&mdash;Completamente segura. Os prevengo, pues, que tengo la intención de
+traerlo... aquí mismo, a este banco&mdash;continuó, sonriendo,&mdash;y hablarle,
+más o menos, como vos lo hicisteis con Richard. La prueba salió bien,
+Zuzie... sois enteramente feliz, y yo también quiero serlo. Richard,
+¿Zuzie os ha hablado de M. Reynaud?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, me ha dicho que de ningún hombre pensaba tan bien como de éste,
+pero...</p>
+
+<p>&mdash;Pero también os ha dicho que quizá sería para mí un casamiento
+demasiado tranquilo, muy poco brillante. ¡Oh, qué mala hermana! ¡Queréis
+creer, Richard, que no consigo quitarle ese temor; no comprende que ante
+todo quiero amar y ser amada! ¡Creeréis, Richard, que la semana pasada
+me tendió un lazo horrible! ¿Sabéis que en el mundo existe un príncipe
+Romanelli?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, y habríais podido ser Princesa.</p>
+
+<p>&mdash;Creo que no hubiera encontrado inmensas dificultades. Pues bien, un
+día cometí la imprudencia de decir a Zuzie que el príncipe Romanelli, en
+último caso, me parecía aceptable. ¿No os imagináis lo que hizo? Los
+Turner estaban en Trouville; y con ayuda de ellos tramó el complot. Me
+hicieron almorzar con el Príncipe... mas el resultado fue desastroso.
+¡Aceptable! Durante las dos horas que pasé con él, me pregunté cómo
+había podido yo decir semejante palabra. No, Richard; no, Zuzie; no
+quiero ser Princesa, ni Condesa, ni Marquesa, sino simplemente madama
+Juan Reynaud... si el señor Juan Reynaud consiente... lo cual no es muy
+seguro.</p>
+
+<p>El regimiento entraba a la aldea, y bruscamente estalló la música
+marcial y alegre a través del espacio. Los tres permanecieron en
+silencio. Era el regimiento, era Juan quien pasaba. Los sonidos
+disminuyeron, hasta extinguirse, y Bettina continuó:</p>
+
+<p>&mdash;No, no es seguro, aunque él me ama mucho, y sin conocerme bien. Yo
+pienso que merezco ser amada de otra manera, pienso que si me conociera
+mejor, no le causaría un terror semejante, por esto os pido permiso para
+hablarle esta noche, libre y francamente.</p>
+
+<p>&mdash;Os lo acordamos&mdash;respondió Richard,&mdash;los dos os lo acordamos.
+Sabemos, Bettina, que nunca haréis nada que no sea noble y generoso.</p>
+
+<p>&mdash;Procuraré hacerlo, al menos.</p>
+
+<p>Los niños vuelven corriendo. Han visto a Juan, que iba cubierto de
+polvo, y los saludó.</p>
+
+<p>&mdash;Pero&mdash;agrega Bella,&mdash;no ha sido bueno con nosotros hoy, no se paró a
+hablarnos... siempre lo hace, y hoy no ha querido.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, ha querido&mdash;responde Harry,&mdash;porque al principio hizo un
+movimiento así... y después no quiso, y se fue.</p>
+
+<p>&mdash;En fin, no se detuvo. Y es tan divertido hablar con un militar, sobre
+todo, cuando está a caballo.</p>
+
+<p>&mdash;No es eso sólo, sino que nosotros lo queremos tanto, al señor Juan. Si
+supieras, papá, ¡qué bueno es, y qué bien sabe jugar con nosotros!</p>
+
+<p>&mdash;¡Y qué lindos dibujos hace! ¿Te acuerdas, Harry, de aquel gran
+polichinela tan raro, con su bastón?</p>
+
+<p>&mdash;Y el gato, también había un gato, como en Guignol.</p>
+
+<p>Los niños se alejaron hablando de su amigo Juan.</p>
+
+<p>&mdash;Decididamente&mdash;dijo M. Scott,&mdash;todo el mundo lo quiere en esta casa.</p>
+
+<p>&mdash;Y vos haréis otro tanto, cuando lo conozcáis&mdash;responde Bettina.</p>
+
+<p>El regimiento sigue al trote por el camino real, al salir de la aldea.
+He ahí el terrado donde se hallaba Bettina la otra mañana... Juan
+piensa: ¡si estuviera ahí! Lo teme y lo espera al mismo tiempo. Levanta
+la cabeza, mira... ¡No está!</p>
+
+<p>¡No la ha visto! Ni volverá a verla... en mucho tiempo, al menos. Esa
+misma noche partirá, a las seis, para París. Uno de los directores del
+ministerio de la Guerra se interesa por él, y procurará hacerse enviar a
+otro regimiento.</p>
+
+<p>Juan ha reflexionado mucho sobre esto en Cercottes, y el resultado de
+sus reflexiones es el siguiente: él no puede, no debe ser el marido de
+Bettina.</p>
+
+<p>Los hombres echan pie a tierra en el patio del cuartel, mientras Juan
+se despide de su coronel y sus camaradas. Todo ha concluido, es libre,
+puede partir... y, sin embargo, no lo hace. Mira a su alrededor... ¡cuán
+feliz era tres meses antes, cuando salía de aquel gran patio, a caballo,
+en medio del ruido de los cañones que rodaban en el suelo de Souvigny!
+¡Y cuán tristemente saldrá hoy! Antes su vida se limitaba ahí... ahora
+¿hasta dónde irá?</p>
+
+<p>Entra y sube a su cuarto, para escribir a madama Scott, diciéndole que
+por asuntos de servicio se ve obligado a partir al instante, y no podrá
+comer en el castillo; ruega a madama Scott presente sus respetos a la
+señorita Bettina. ¡Bettina! ¡Ah, cuánta pena le da escribir este nombre!
+Cierra la carta para enviarla más tarde.</p>
+
+<p>Hace sus preparativos de viaje, para ir a despedirse, después, de su
+padrino. Esto es lo que más le cuesta... aunque sólo le hablará de una
+breve ausencia.</p>
+
+<p>Al abrir uno de los cajones del escritorio para sacar dinero, lo
+primero que hiere su vista es una carta escrita sobre papel azulado: el
+único billete que ha recibido de ella.</p>
+
+<p>«¿Queréis tener la bondad de entregar al portador el libro de que me
+hablasteis anoche? Quizá sea algo serio para mí; pero desearía ensayar
+su lectura. Hasta luego; venid lo más temprano posible.&mdash;<i>Bettina</i>.»</p>
+
+<p>Juan lee y relee estas pocas líneas... hasta que no puede leer más, pues
+se le nublan los ojos.</p>
+
+<p>&mdash;Esto es todo lo que me quedará de ella&mdash;piensa.</p>
+
+<p>En el mismo momento, el abate Constantín está en conferencia con
+Paulina. Hacen sus cuentas. La situación financiera es admirable, tienen
+más de dos mil francos en caja. Y se han cumplido los votos de Zuzie y
+Bettina: ya no hay pobres en toda la comarca. La vieja Paulina, por
+momentos, tiene ligeros escrúpulos de conciencia.</p>
+
+<p>&mdash;Mirad, señor cura, quizá damos demasiado. Correrá la voz hasta las
+otras aldeas de que aquí se hace la caridad a ojos cerrados, y uno de
+estos días vendrán a establecerse infinidad de pobres a Longueval.</p>
+
+<p>El cura da cincuenta francos a Paulina, que sale a llevárselos a un
+pobre hombre que se rompió un brazo al caer de arriba de una carreta de
+pasto.</p>
+
+<p>El abate Constantín queda solo y pensativo en el presbiterio. Esperó al
+regimiento al pasar, pero Juan no se detuvo más que un instante;
+¡llevaba un aire tan triste! Hace algún tiempo que el abate nota que
+Juan no tiene ya su alegría y buen humor de antes. Mas no se ha
+inquietado mucho, creyendo sería una de esas penas pasajeras de la
+juventud, que no interesan a un pobre cura viejo.</p>
+
+<p>Pero hoy la preocupación de Juan es muy notable.</p>
+
+<p>&mdash;Vuelvo en seguida, mi padrino&mdash;le dijo;&mdash;pues tengo necesidad de
+hablaros.</p>
+
+<p>Y salió bruscamente, sin que el abate tuviera tiempo para darle un
+terrón de azúcar a Loulou, o más bien dicho, unos terrones de azúcar,
+pues llevaba cinco o seis en el bolsillo, considerando que bien merecía
+Loulou este regalo por los diez días de marcha y las veinte noches
+pasadas al raso. Además, desde la instalación de madama Scott en el
+castillo, Loulou tenía siempre varios terrones de azúcar. El abate
+Constantín se había hecho gastador, pródigo; sentíase millonario, y los
+terrones para el caballo de Juan, eran una de sus locuras. Un día casi
+le dirigió a Loulou su eterno discurso.</p>
+
+<p>&mdash;Esto procede de las nuevas castellanas de Longueval. Rogad por ellas
+esta noche.</p>
+
+<p>Eran cerca de las tres cuando Juan llegó al presbiterio.</p>
+
+<p>&mdash;Me dijiste hoy, que tenías que hablarme... ¿de qué se trata?</p>
+
+<p>&mdash;De algo, padrino, que va a sorprenderos, a entristeceros, y me
+entristece a mí también. Vengo a despedirme de vos.</p>
+
+<p>&mdash;¡A despedirte! ¿Partes?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, parto.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cuándo?</p>
+
+<p>&mdash;Hoy mismo... dentro de dos horas.</p>
+
+<p>&mdash;¡Dentro de dos horas! pero esta tarde debíamos comer en el castillo.</p>
+
+<p>&mdash;Acabo de escribir a madama Scott, excusándome. Me veo obligado
+indefectiblemente a partir.</p>
+
+<p>&mdash;¿En seguida?</p>
+
+<p>&mdash;En seguida.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y vas?</p>
+
+<p>&mdash;A París.</p>
+
+<p>&mdash;¡A París! ¿Y por qué esta repentina determinación?</p>
+
+<p>&mdash;No tan repentina. Hace tiempo ya que pensaba partir.</p>
+
+<p>&mdash;Y no me habéis dicho nada... Juan, algo te pasa... Eres un hombre, y
+no tengo ya derecho para tratarte como a un niño; pero, en fin, tú sabes
+cuánto te quiero... Si tienes alguna pena, alguna contrariedad, ¿por
+qué no me lo dices? Quizá podría darte algún buen consejo. Juan, ¿a qué
+vas a París?</p>
+
+<p>&mdash;No quería decíroslo... porque os causará pena... mas tenéis derecho a
+saberlo... Voy a París a pedir que me manden a otro regimiento.</p>
+
+<p>&mdash;¿A otro regimiento? ¿Salir de Souvigny?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, precisamente, salir de Souvigny... por algún tiempo, por poco
+tiempo; pero, en fin, salir de Souvigny, es lo que deseo, lo que
+necesito.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y yo? Juan, tú ya no piensas en mí... ¡Por poco tiempo! ¡Poco tiempo!
+es lo que me queda de vida, muy poco tiempo. Y durante estos últimos
+días que debo a la gracia de Dios, sentirte cerca de mí, era mi
+felicidad, sí, Juan, era mi mayor felicidad. ¿Y te vas así? Juan, espera
+un poco, ten paciencia, que no tardará mucho, espera a que el Señor me
+llame a sí, espera a que vaya a reunirme allí con tu padre y tu
+madre... No te vayas, Juan, no te vayas.</p>
+
+<p>&mdash;Si vos me queréis, yo también os quiero... y bien lo sabéis vos...</p>
+
+<p>&mdash;Sí, lo sé.</p>
+
+<p>&mdash;Conservo por vos el mismo cariño que tenía cuando era niño, cuando me
+recogisteis y me educasteis. Mi corazón no ha cambiado, ni cambiará
+jamás... Pero si el deber, si el honor me obliga a partir...</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! si es el deber, si es el honor... No digo nada más, Juan... ¡Todo
+queda después de eso, todo, todo! Siempre has sido buen juez de tu
+deber, buen juez de tu honor... Parte, hijo mío, parte. No te pregunto
+nada más, ni quiero saber nada más.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pues bien! yo voy a decíroslo todo&mdash;exclamó Juan, vencido por su
+emoción.&mdash;Vale más que lo sepáis todo, vos que quedáis aquí, y volveréis
+al castillo... ¡y la volveréis a ver... a ella!</p>
+
+<p>&mdash;¿A quién?... ¿Quién es ella?</p>
+
+<p>&mdash;¡Bettina!</p>
+
+<p>&mdash;¡Bettina!</p>
+
+<p>&mdash;¡Yo la adoro, padrino, la adoro!</p>
+
+<p>&mdash;¡Pobre hijo mío!</p>
+
+<p>&mdash;Perdonad que os hable de estas cosas... pero os lo digo como se lo
+diría a mi padre. Y además... nunca he hablado de esto a nadie, y me
+ahoga el secreto. Sí, es una locura que se ha apoderado de mí, poco a
+poco, a pesar mío, pues bien comprendéis... ¡Dios mío! aquí mismo fue
+donde principié a amarla. ¿Sabéis aquel día que llegó con su hermana?...
+con los paquetitos de mil francos... con los cabellos sueltos... ¿y la
+noche del mes de María?... Luego he podido verla libre y
+familiarmente... y vos mismo me hablabais de ella sin cesar,
+ponderándome su carácter, su bondad. ¡Cuántas veces me repetisteis que
+no había en el mundo nada mejor!</p>
+
+<p>&mdash;Y lo pensaba... y lo pienso aún... Nadie la conoce aquí como yo, pues
+yo sólo la veo en casa de los pobres. Si la vieras en nuestras visitas
+por la mañana ¡cuán cariñosa y valiente es! Ni la miseria, ni el
+sufrimiento la desaniman... Pero hago mal en hablarte de esto...</p>
+
+<p>&mdash;No, no, no quiero volver a verla, pero no me niego a oír hablar de
+ella.</p>
+
+<p>&mdash;En tu vida encontrarás, Juan, una mujer mejor que ésta, ni de
+sentimientos más elevados. Tanto, que un día que me llevaba en un
+carruaje abierto, lleno de juguetes para una chiquita enferma, y al
+dárselos para hacerla reír y divertirla, le hablaba con tanta gracia,
+que yo pensaba en ti y me decía, ahora lo recuerdo: «¡Ah, si fuera
+pobre!»</p>
+
+<p>&mdash;¡Sí, si fuera pobre, mas no lo es!</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh! no... ¡En fin, qué quieres, hijo mío! si te hace mal verla, vivir
+cerca de ella, como ante todo es preciso que no sufras... vete ¿no es
+así? vete... Y, sin embargo... y, sin embargo...</p>
+
+<p>El anciano sacerdote quedó pensativo, dejó caer la cabeza entre las
+manos, y permaneció en silencio durante algunos minutos; luego continuó:</p>
+
+<p>&mdash;Y, sin embargo, Juan, ¿sabes en qué pensaba? La he visto mucho a la
+señorita Bettina desde que llegó a Longueval. ¡Pues bien! ahora
+reflexiono, antes no me asombraba, me parecía tan natural que se
+interesasen por ti, pero en fin, ella no hablaba sino de ti, siempre,
+siempre de ti.</p>
+
+<p>&mdash;¿De mí?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, y de tu padre y de tu madre. Tenía curiosidad de saber cómo vivías
+y me pedía le explicara lo que era la existencia de un soldado, de un
+verdadero soldado que cumple con su deber. Es extraordinaria la reunión
+de recuerdos que tiene lugar en mi mente desde que me has dicho eso. Mil
+pequeños incidentes se agrupan, se acercan... Anteayer, a las tres,
+volvió del Havre, una hora después estaba aquí, hablándome de ti. Me
+preguntó si habías escrito, si no habías estado enfermo, cuándo
+llegabas, a qué hora, si el regimiento pasaría por la aldea...</p>
+
+<p>&mdash;Es inútil, padrino, que busquéis todos esos recuerdos.</p>
+
+<p>&mdash;No, no es inútil... ¡Estaba tan contenta, considerábase tan feliz al
+pensar que iba a volverte a ver! La comida de esta tarde era una gran
+fiesta para ello... pensaba presentarte a su cuñado, que vino con ella.
+No habrá nadie hoy en el castillo, ni un solo invitado; mucho insistió
+sobre esto, y recuerdo su última frase, cuando estaba ahí en el umbral
+de la puerta: «No seremos más que cinco, vos, el señor Juan, mi hermana,
+mi cuñado y yo,» y agregó riendo: «¡Una verdadera comida de familia!»
+Diciendo esto salió corriendo. ¡Una verdadera comida de familia! ¿Sabes
+lo que yo creo, Juan, lo sabes?</p>
+
+<p>&mdash;No debéis creer eso, mi padrino, no debéis...</p>
+
+<p>&mdash;¡Juan, yo creo que ella te ama!</p>
+
+<p>&mdash;¡Y yo también lo creo!</p>
+
+<p>&mdash;¡Tú también!</p>
+
+<p>&mdash;Cuando la dejé hace veinte días, estaba tan agitada, tan conmovida.
+Veíame triste y desgraciado, y no quería dejarme partir. Esto pasaba en
+el pórtico del castillo, de donde salí huyendo... sí... huyendo; pues
+iba a hablar, a estallar, a decírselo todo. Después de haber andado unos
+cincuenta pasos, me detuve, y me volví; ella no podía verme, yo estaba
+en completa obscuridad; pero yo la veía, que permanecía allí, inmóvil,
+con los hombros y los brazos desnudos bajo la lluvia, mirando hacia el
+lado por donde yo había partido. Quizá soy un loco al pensar que... Tal
+vez era sólo un sentimiento de compasión. Pero no, era algo más que
+compasión, ¿pues sabéis lo que hizo al día siguiente? Vino a las cinco
+de la mañana, con un tiempo horrible, a verme pasar con el regimiento, y
+allí su modo de decirme adiós... ¡Ah! ¡padrino, padrino!...</p>
+
+<p>&mdash;Pero, entonces&mdash;dijo el pobre cura, completamente trastornado,
+enteramente desorientado;&mdash;pero entonces yo no comprendo nada. ¡Si tu
+la amas, Juan, y si ella te ama!...</p>
+
+<p>&mdash;Por eso mismo quiero partir. ¡Si no fuera más que yo! Si estuviera
+seguro de que ella no había notado mi amor, seguro de que no se
+compadecía de mí, me quedaría... me quedaría... sólo por tener la dicha
+de verla, y la amaría de lejos, sin esperanza ninguna, sólo por el
+placer de amarla... Pero no, ella ha comprendido muy bien... y lejos de
+desalentarme... en fin, esto es lo que me obliga a partir...</p>
+
+<p>&mdash;No, no lo comprendo. Bien sé, hijo mío, que hablamos de cosas en que
+no soy muy entendido... pero, en fin, los dos sois buenos, jóvenes,
+encantadores... Tú la amas... ella te ama... ¡y no podríais!...</p>
+
+<p>&mdash;¡Y su dinero, padrino, y su dinero!</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué importa su dinero! ¡qué tiene que ver su dinero! ¿Acaso la has
+amado por su dinero?... Pues a pesar de su dinero, mejor. Tu conciencia,
+mi Juan, estará bien tranquila a este respecto, y eso basta.</p>
+
+<p>&mdash;No, eso no basta. Tener buena opinión de sí mismo no es bastante; es
+preciso que de esta buena opinión participen los demás.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh! Juan, entre los que te conocen, ¿quién dudaría de ti?</p>
+
+<p>&mdash;Quién sabe... Y después hay otra cosa además de la cuestión dinero,
+otra cosa más seria y más grave. No soy el marido que le conviene.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y quién sería más digno que tú?</p>
+
+<p>&mdash;No se trata de ver lo que yo pueda valer, sino de considerar lo que
+ella es, y lo que soy yo; de saber lo que debe ser su vida, y lo que
+será la mía... Un día Pablo, sabéis que él tiene un modo algo brusco de
+decir las cosas, pero muchas veces eso da al pensamiento mayor claridad,
+se trataba de ella... Pablo no se imaginaba nada... sin eso... es bueno
+y no habría hablado así. Pues bien, me decía: «Lo que necesita, es un
+marido que se consagre a ella completamente, un marido que no tenga más
+pensamiento que hacer de su existencia una perpetua fiesta, un marido,
+en fin, que pase su vida procurándole diversiones.» Vos me conocéis...
+Un marido semejante, no puedo, no debo serlo. Soy soldado y seguiré
+siéndolo. Si los azares de mi carrera me envían un día de guarnición a
+algún rincón de los Alpes o a alguna aldea perdida de Argel, ¿podré
+pedirle que me siga? ¿Puedo condenarla a esta existencia de mujer de
+soldado, que en suma es, más o menos, la existencia del soldado? ¡Pensad
+en la vida que lleva hoy, en todo ese lujo, todos esos placeres!...</p>
+
+<p>&mdash;Sí&mdash;dijo el abate,&mdash;esto es más serio que la cuestión dinero.</p>
+
+<p>&mdash;Tan serio, que no cabe duda posible. Durante los veinte días que pasé
+allá solo en el campamento, he pensado mucho en esto... no he pensado
+más que en esto... y amándola como la amo es preciso que haya pensado
+bien las razones, y que ellas me muestren claramente mi deber. Debo
+irme... lejos, muy lejos, lo más lejos posible. ¡Sufriré mucho... mas no
+debo volverla a ver, no debo volver a verla!</p>
+
+<p>Juan se dejó caer en un sillón junto a la chimenea, y permaneció allí
+abrumado. El anciano sacerdote lo miraba.</p>
+
+<p>&mdash;¡Verte tan desgraciado, pobre hijo mío! Que un dolor semejante caiga
+sobre ti... Es demasiado cruel, demasiado injusto...</p>
+
+<p>En este momento llamaron suavemente a la puerta.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! no tengas cuidado, Juan... no dejaré entrar.</p>
+
+<p>El abate se dirigió hacia la puerta, la abrió y retrocedió como ante una
+aparición inesperada.</p>
+
+<p>Era Bettina, que en el acto vio a Juan y se dirigió derecho a él.</p>
+
+<p>&mdash;¿Sois vos?... ¡Oh, cuánto me alegro!</p>
+
+<p>El se había levantado, y ella le tomó las dos manos, y dirigiéndose al
+cura, agregó:</p>
+
+<p>&mdash;Dispensad, señor cura, si lo he saludado a él primero... A vos os he
+visto ayer... y a él no le veo desde hace veinte largos días, desde
+cierta noche que salió de casa triste y enfermo.</p>
+
+<p>Ella conservaba entre las suyas las manos de Juan, y él no se sentía con
+fuerzas para hacer el menor movimiento ni pronunciar una sola palabra.</p>
+
+<p>&mdash;¿Ahora estáis mejor?&mdash;continuó Bettina.&mdash;No, aun no... lo veo...
+triste aún... ¡Oh, qué bien he hecho en venir! He tenido una
+inspiración... Sin embargo, siento algo, siento mucho encontraros aquí.
+Y comprenderéis por qué, cuando sepáis lo que vengo a pedir a vuestro
+padrino.</p>
+
+<p>Bettina soltó las manos de Juan, y se volvió hacia el abate.</p>
+
+<p>&mdash;Vengo, señor cura, a rogaros queráis escuchar mi confesión. Sí, mi
+confesión... Pero no penséis en iros, señor Juan. Haré mi confesión
+públicamente, con mucho gusto hablaré delante de vos... y hasta pienso
+que será mejor así. Sentémonos, ¿queréis?</p>
+
+<p>Bettina sentíase llena de confianza y osadía. Tenía fiebre, pero esa
+fiebre que en el campo de batalla da al soldado el ardor, el heroísmo y
+el desprecio del peligro. La emoción que aceleraba los latidos de su
+corazón era una emoción elevada y generosa. Ella se decía:</p>
+
+<p>«¡Quiero ser amada! ¡Quiero amar! ¡Quiero ser feliz! ¡Quiero que él sea
+feliz! Y puesto que él no tiene valor, yo lo tendré por los dos, y
+marcharé sola, con la cabeza erguida y el corazón tranquilo, a
+conquistar nuestro amor, a conquistar nuestra dicha.»</p>
+
+<p>Desde el primer momento, Bettina sintió su completa superioridad sobre
+el abate y Juan. Ellos la dejaban hablar, la dejaban obrar, sintiendo
+que la hora era suprema. Comprendían que iba a pasar algo decisivo,
+irrevocable, pero que ni uno ni otro estaban en estado de prever.
+Habíanse sentado dócil casi automáticamente. Entre aquellos dos hombres
+aturdidos, sólo Bettina conservaba su sangre fría, y con voz clara y
+precisa comenzó de esta manera:</p>
+
+<p>&mdash;Para tranquilidad de vuestra conciencia, os diré primero, señor cura,
+que estoy aquí con el consentimiento de mi hermana y mi cuñado, que
+saben por qué he venido y lo que pienso hacer: no sólo lo saben, sino
+que lo aprueban también. Me habéis comprendido, ¿verdad? Bueno. Lo que
+me trae aquí es vuestra carta, señor Juan; la carta en que decís a mi
+hermana que no podéis ir a comer con nosotros esta tarde, pues os veis
+obligado a partir. Esa carta desbarató todos mis proyectos. Yo pensaba,
+siempre con el permiso de mi hermana y mi cuñado, llevaros esta tarde,
+después de comer, al parque, señor Juan, y sentarme con vos en un banco.
+Tuve hasta la niñería de elegir el paraje de antemano, y allí os habría
+recitado un pequeño discurso, muy preparado, muy estudiado, casi
+aprendido de memoria, pues desde vuestra partida no pienso más que en
+este discurso, y me lo recito a mí misma desde la mañana hasta la noche.
+Esto era lo que me proponía hacer, y comprendéis que vuestra carta...
+desconcertó mi plan. Reflexioné un tanto, y pensé que si yo dirigiera mi
+discurso a vuestro padrino, sería, más o menos, como si os lo dirigiera
+a vos mismo. He venido, pues, señor cura, a rogaros tengáis la bondad de
+escucharme. Cuando vine aquí traía una buena dósis de valor; pero ya se
+me acaba, y quisiera deciros aún ciertas cosas... las más importantes.
+Juan, escuchadme bien: no quiero que me deis una respuesta arrancada a
+vuestra emoción. Sé que me amáis... Y si debéis casaros conmigo, no
+quiero que sea sólo por amor, sino también por razonamiento. Durante los
+quince días que precedieron vuestra partida, pusisteis tal empeño en
+huir de mí, en evitar hasta la más simple conversación, que no pude
+mostrarme a vuestros ojos tal como soy. Y poseo, quizá, algunas
+cualidades que no conocéis... Sé, Juan, lo que sois vos, y sé los
+compromisos que contraigo tomándoos por esposo: seré para vos no sólo
+una mujer cariñosa y buena, sino también valiente y firme. Conozco toda
+vuestra vida, vuestro padrino me la ha referido; sé por qué sois
+soldado, y cuántos deberes y sacrificios podéis entrever en el
+porvenir... No lo dudéis, Juan, jamás os desviaré de ninguno de estos
+deberes, de ninguno de estos sacrificios. Si pudiera resentirme con vos
+por algo, lo haría por ese pensamiento, ¡oh, sí, lo habéis tenido! el
+pensamiento de que yo os querría todo para mí, que os pediría
+abandonarais vuestra carrera. ¡No, nunca, jamás! oíd bien, jamás os
+pediré una cosa semejante... Una joven amiga mía hizo eso al casarse;
+pero hizo mal... os amo tal como sois, y porque vivís de otra manera y
+mejor que todos los que me deseaban por esposa, yo os deseo por marido.
+Os amaría menos, nada quizá, aunque esto sería muy difícil, si
+llevarais la vida que llevan todos aquellos a quienes he desechado...
+Cuando pueda seguiros os seguiré, y donde quiera que estéis, allí estará
+mi deber; donde quiera que vayáis, irá mi felicidad, y si llegara día en
+que no pudierais llevarme, día en que debierais partir solo, pues bien,
+Juan, ese día os prometo que tendré valor suficiente para no quitaros el
+vuestro... Y ahora, señor cura, no es a él, sino a vos a quien me
+dirijo... quiero que respondáis vos, y no él. Decid... ¿si él me ama y
+me considera digna de él, será justo que me haga expiar tan duramente mi
+fortuna?... Decid... ¿no debe aceptar ser mi marido?</p>
+
+<p>&mdash;Juan&mdash;dijo gravemente el anciano sacerdote,&mdash;¡sé su esposo... es tu
+deber... y será tu felicidad!</p>
+
+<p>Juan se acercó a Bettina, la tomó en sus brazos y posó en su frente un
+primer beso.</p>
+
+<p>Bettina se separó suavemente, y dirigiéndose al abate:</p>
+
+<p>&mdash;Ahora, señor cura, tengo aún algo que pediros... quisiera...
+quisiera...</p>
+
+<p>&mdash;¿Quisierais?...</p>
+
+<p>&mdash;Que me besarais, señor cura.</p>
+
+<p>El anciano sacerdote la besó paternalmente en las dos mejillas.</p>
+
+<p class="puntos">&mdash;Muchas veces me habéis dicho, señor cura, que Juan era como vuestro
+hijo. Yo también, no es verdad, seré un poco vuestra hija, y así
+tendréis dos hijos.</p>
+
+<p>Un mes después, el 12 de septiembre, a mediodía, Bettina con el más
+sencillo traje de novia, atravesaba la iglesia de Longueval, mientras
+que colocada detrás del altar la banda del 9.º de artillería tocaba
+alegremente bajo las bóvedas de la vieja iglesia.</p>
+
+<p>Nancy Turner solicitó el honor de tocar el órgano en tan solemne
+circunstancia, pues el pequeño armonium había desaparecido. Un órgano de
+resplandecientes tubos se elevaba en el coro de la iglesia: era el
+regalo de bodas de miss Percival al abate Constantín.</p>
+
+<p>El anciano cura dijo la misa. Juan y Bettina se arrodillaron ante él,
+que pronunció la fórmula de la bendición permaneciendo en seguida,
+durante algunos instantes, en oración, con los brazos extendidos,
+pidiendo con toda su alma cayesen las gracias del Cielo sobre la cabeza
+de sus dos hijos.</p>
+
+<p>El órgano dejó oír entonces la misma <i>rêverie</i> de Chopín que tocara
+Bettina la vez primera que entró en la pequeña iglesia de aldea, donde
+debía consagrarse la felicidad de su vida.</p>
+
+<p>Y esta vez fue Bettina quien lloró.</p>
+
+<p class="c">FIN</p>
+
+<hr />
+
+
+
+
+
+
+
+<pre>
+
+
+
+
+
+End of the Project Gutenberg EBook of El Abate Constanín, by Ludovic Halévy
+
+*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL ABATE CONSTANÍN ***
+
+***** This file should be named 29703-h.htm or 29703-h.zip *****
+This and all associated files of various formats will be found in:
+ https://www.gutenberg.org/2/9/7/0/29703/
+
+Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
+Proofreading Team at https://www.pgdp.net
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+
+Updated editions will replace the previous one--the old editions
+will be renamed.
+
+Creating the works from public domain print editions means that no
+one owns a United States copyright in these works, so the Foundation
+(and you!) can copy and distribute it in the United States without
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+set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to
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+Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you
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+practically ANYTHING with public domain eBooks. Redistribution is
+subject to the trademark license, especially commercial
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+
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+
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+things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
+even without complying with the full terms of this agreement. See
+paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
+Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
+and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
+works. See paragraph 1.E below.
+
+1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
+or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
+Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual works in the
+collection are in the public domain in the United States. If an
+individual work is in the public domain in the United States and you are
+located in the United States, we do not claim a right to prevent you from
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+are removed. Of course, we hope that you will support the Project
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+through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the
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+
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+must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional
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+
+1.E.7. Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
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+ must be paid within 60 days following each date on which you
+ prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax
+ returns. Royalty payments should be clearly marked as such and
+ sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the
+ address specified in Section 4, "Information about donations to
+ the Project Gutenberg Literary Archive Foundation."
+
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+ License. You must require such a user to return or
+ destroy all copies of the works possessed in a physical medium
+ and discontinue all use of and all access to other copies of
+ Project Gutenberg-tm works.
+
+- You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of any
+ money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
+ electronic work is discovered and reported to you within 90 days
+ of receipt of the work.
+
+- You comply with all other terms of this agreement for free
+ distribution of Project Gutenberg-tm works.
+
+1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
+electronic work or group of works on different terms than are set
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+received the work on a physical medium, you must return the medium with
+your written explanation. The person or entity that provided you with
+the defective work may elect to provide a replacement copy in lieu of a
+refund. If you received the work electronically, the person or entity
+providing it to you may choose to give you a second opportunity to
+receive the work electronically in lieu of a refund. If the second copy
+is also defective, you may demand a refund in writing without further
+opportunities to fix the problem.
+
+1.F.4. Except for the limited right of replacement or refund set forth
+in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
+WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
+WARRANTIES OF MERCHANTIBILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.
+
+1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied
+warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
+If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
+law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
+interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
+the applicable state law. The invalidity or unenforceability of any
+provision of this agreement shall not void the remaining provisions.
+
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+trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
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+with this agreement, and any volunteers associated with the production,
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+harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
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+or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
+work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
+Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.
+
+
+Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
+
+Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
+electronic works in formats readable by the widest variety of computers
+including obsolete, old, middle-aged and new computers. It exists
+because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
+people in all walks of life.
+
+Volunteers and financial support to provide volunteers with the
+assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
+goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
+remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
+Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
+and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
+To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
+and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
+and the Foundation web page at https://www.pglaf.org.
+
+
+Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
+Foundation
+
+The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
+501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
+state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
+Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
+number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at
+https://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
+permitted by U.S. federal laws and your state's laws.
+
+The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
+Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
+throughout numerous locations. Its business office is located at
+809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
+business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact
+information can be found at the Foundation's web site and official
+page at https://pglaf.org
+
+For additional contact information:
+ Dr. Gregory B. Newby
+ Chief Executive and Director
+ gbnewby@pglaf.org
+
+
+Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation
+
+Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
+spread public support and donations to carry out its mission of
+increasing the number of public domain and licensed works that can be
+freely distributed in machine readable form accessible by the widest
+array of equipment including outdated equipment. Many small donations
+($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
+status with the IRS.
+
+The Foundation is committed to complying with the laws regulating
+charities and charitable donations in all 50 states of the United
+States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
+considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
+with these requirements. We do not solicit donations in locations
+where we have not received written confirmation of compliance. To
+SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
+particular state visit https://pglaf.org
+
+While we cannot and do not solicit contributions from states where we
+have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
+against accepting unsolicited donations from donors in such states who
+approach us with offers to donate.
+
+International donations are gratefully accepted, but we cannot make
+any statements concerning tax treatment of donations received from
+outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
+
+Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
+methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
+ways including including checks, online payments and credit card
+donations. To donate, please visit: https://pglaf.org/donate
+
+
+Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic
+works.
+
+Professor Michael S. Hart was the originator of the Project Gutenberg-tm
+concept of a library of electronic works that could be freely shared
+with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project
+Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.
+
+
+Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
+editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
+unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily
+keep eBooks in compliance with any particular paper edition.
+
+
+Most people start at our Web site which has the main PG search facility:
+
+ https://www.gutenberg.org
+
+This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
+including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
+Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
+subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
+
+
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+Procedures for determining public domain status are described in
+the "Copyright How-To" at https://www.gutenberg.org.
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+No investigation has been made concerning possible copyrights in
+jurisdictions other than the United States. Anyone seeking to utilize
+this eBook outside of the United States should confirm copyright
+status under the laws that apply to them.
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