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diff --git a/.gitattributes b/.gitattributes new file mode 100644 index 0000000..6833f05 --- /dev/null +++ b/.gitattributes @@ -0,0 +1,3 @@ +* text=auto +*.txt text +*.md text diff --git a/29703-8.txt b/29703-8.txt new file mode 100644 index 0000000..c48f6a6 --- /dev/null +++ b/29703-8.txt @@ -0,0 +1,5290 @@ +The Project Gutenberg EBook of El Abate Constanín, by Ludovic Halévy + +This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with +almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: El Abate Constanín + +Author: Ludovic Halévy + +Release Date: August 15, 2009 [EBook #29703] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL ABATE CONSTANÍN *** + + + + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at https://www.pgdp.net + + + + + + + + + +BIBLIOTECA DE «LA NACION» + +LUDOVIC HALÉVY + +EL ABATE CONSTANTIN + +BUENOS AIRES +1909 + +Ludovic Halévy, hijo de León Halévy--literato y autor dramático--sobrino +del célebre compositor Fromental Halévy, ambos del Instituto de Francia. +Nació en París; estudió en el liceo Luis el Grande; entró a la +administración pública como redactor en la Secretaría del Ministerio de +Estado (1852); fue nombrado jefe de sección del Ministerio de Argelia y +de las Colonias (1858), puesto que desempeñó hasta 1861, pasando +entonces a ocupar el de secretario redactor del Cuerpo Legislativo. En +1864 fue condecorado con la Legión de Honor. Y en 1868 se casó con la +señorita Luisa Bréguet. Hacia esta época abandonó la administración para +dedicarse por completo a la literatura dramática, en la que ya había +obtenido buenos triunfos. + +Halévy principió por escribir libretos de operetas; fue el libretista de +Offenbach. Después de haber dado a los Bufos Parisienses, con el +seudónimo de Julio Servières, las operetas en un acto: _Adelante, +señores y señoras_, prólogo de apertura, en colaboración con Méry; +_Lleno de agua_; _Madama Papillón_; hizo representar otras obras con su +nombre. Colaboró con León Battu, Héctor Cremieux y sobre todo con +Enrique Meilhac. + +«Dotado de un sentimiento exquisito de la calidad--dice Sarcey,--ha +mantenido lo que hay de fanático y raro en el carácter de la imaginación +de Meilhac. El trabajo en común ha producido obras que no han sido +suficientemente apreciadas. + +»Se las ha tratado como a esas mujeres ligeras en cuya sociedad uno se +divierte mucho, pero que no se les estima; se les ha visto cientos de +veces y se habla de ellas con desdén. Tales son: _La bella Elena_, +_Barba Azul_, _Los brigantes_, _La gran Duquesa_, _La vida parisiense_, +_El castillo de Toto_. Hay en estas parodias entretenidísimas de la +vida ordinaria, mucha imaginación, alegría y buen sentido. Son sátiras +en acción que resaltan sobre las simples bufonerías que ha producido +este género en los últimos tiempos.» + +He aquí las obras que ha escrito para el teatro: _Bataclán_ (1855), +opereta; _El empresario_ (1856), opereta; _Rosa y Rosita_ (1858), +comedia; _El marido sin saberlo_ (1860), opereta en colaboración con su +padre y cuya música es del Duque de Morny; _La canción de Fortunio_; _El +puente de los suspiros_; _Orfeo en los infiernos_ (1861), operetas dadas +en los Bufos, siendo la última de éstas su primer gran triunfo; _Las +ovejas de Panurgo_ (1862), en la que colaboró Meilhac, con quien no dejó +de trabajar desde entonces; _La llave de Metella_ (1862); _Los molinos +de viento_ (1862); _El brasileño_ (1863); _El tren de media noche_ +(1864); _Nemea_, baile con representación (1864); _La bella Helena_ +(1865), parodia en tres actos de la Grecía antigua, representada en el +teatro Variedades con éxito enorme; _Barba Azul_ (1866), tres actos; _La +vida parisiense_ (1866), cinco actos; _La gran Duquesa de Gerolstein_ +(1867), quizá es la pieza que haya alcanzado mayor fortuna; _La +pericholle_ (1868), dos actos; _Fanny Lear_ (1868), drama tremendo +desarrollado en una ligera comedia de cinco actos; _Frou-frou_ (1869), +elegía parisiense en cinco actos; _La diva_ (1869), tres actos; _Los +brigantes_ (1869), tres actos; _Tricoche y Cacolet_ (1871), comedia bufa +en cinco actos; _La señora espera al señor_ (1872); _Velada_ (1872), +comedia en tres actos; _Dos mujeres o el cuarto condenado_ (1875), +comedia en verso. Y en colaboración con V. Busnach: _Manzanita_, opereta +de Offenbach. + +Con Meilhac ha producido: _¡Todo para las damas!_ (1868); _El hombre con +llave_; _Las campanillas_ (1872), piececita moderna que los grandes +maestros antiguos no hubieran desdeñado firmar; _Toto en casa de tata_ +(1873); _El rey Candaule_ (1873); _El verano de la San Martín_ (1873); +_La ingenua_ (1874); _Media cuaresma_ (1874), todas piezas muy graciosas +en un acto; _La panadera a dos escudos_ (1875), ópera bufa en tres +actos, música de Offenbach; _La bola_ (1875), comedia en cuatro actos; +_Pasaje de Venus_ (1875); _La viuda_ (1875), tres actos; _Loulou_ +(1876); _El ramo_ (1876); _El mono de Nicolás_ (1876), piezas en un +acto; _El príncipe_ (1876), en cuatro actos; _La cigarra_ (1877), en +tres actos; _Fandango_ (noviembre 26 de 1887), gran ópera, baile con +representación; _El duquecito_ (1878), ópera cómica en tres actos; _El +marido de la debutante_ (1879), en cuatro actos; _La casita_ (1879), +Lolotte (1879); _La pequeña señorita_ (1879), ópera cómica en tres +actos; _La madrecita_ (1880), tres actos; _Janot_ (1881), ópera cómica +en tres actos; _La Roussotte_ (1881), comedia en tres actos. + +Además de sus producciones para el teatro, Halévy ha publicado _La +señora y el señor Cardinal_ (1872); _La invasión, recuerdos y +narraciones_, colección de artículos sobre la invasión prusiana, que +vieron la luz pública en «Le Temps»; _El sueño_; _El caballo del +trompa_; _El último capítulo_ (1873); _Notas y recuerdos_ (1870-1872); +_Marcelo_ (1876); _Las pequeñas Cardinal_ (1880); _Un matrimonio por +amor_ (1881); _El abate Constantín_ (1882); _Criquette_ (1883); _La +familia Cardinal_ (1883); _Princesa_ (1886); _Tres centellas_ (1886); +_Karikari_, _Un vals_, _etc._ (1891), forman un volumen de preciosas +narraciones. + +Aunque no haya escrito para el teatro sino en colaboración, y su +personalidad desaparezca en casi todas sus obras colectivas, Halévy ha +sabido desprenderla en sus novelas, obras individuales, como lo dice +Pailleron, concebidas en un sentimiento particular, expresadas en una +forma completamente moderna, selladas de parisianísmo; «en libros cortos +para que los lea el parisiense; en su lengua de iniciados para que los +comprenda, con espíritu despreocupado aparentemente, burlón, alegre, y +con pretextos bastante hábiles para emocionar sin ser descubiertos.» + +Ludovic Halévy fue elegido académico, y en la sesión pública del 4 de +febrero de 1886, ocupó el sillón vacío por muerte del Conde +D'Haussonville. Del discurso pronunciado por Pailleron, director de la +Academia, sacamos el juicio sobre _El Abate Constantín_: + +«...De este género fino hasta refinado, de esta literatura elegante y +discreta, vuestro volumen _Dos matrimonios_ es quizá el tipo más +acabado, ejemplar más simpático, pero el tiempo me ha sido contado para +que pueda detenerme. Prefiero ir directa, francamente, a aquellas obras +que señalan las fechas de vuestros más grandes triunfos: _El Abate +Constantín_, _La invasión_, y desde luego, y sobre todo... miro si la +bóveda de esta cúpula austera va a desplomarse en mi cabeza... sobre +todo _El señor y la señora Cardinal_. + + * * * * * + +»Pero habéis hecho obra de varón, señor, en otro de vuestros libros; +habéis rehabilitado la virtud. Habéis emprendido la tarea de hacerla +amar por ella y para ella. Ahí hay audacia, algunos la llaman habilidad +porque habéis triunfado; pero ¿quién hubiese sido bastante hábil para +prever, en los tiempos que corren, el éxito de semejante tentativa? +Nadie... ni aun vos mismo. + +»Porque al fin, por triste que sea es necesario confesarlo, por poco +académico que sea, es preciso decirlo: la virtud no figura ya en el +movimiento moderno. + +»¡Pobre virtud! los vulgares la ridiculizan, los fisiólogos la niegan, +la gente alegre la encuentra fastidiosa, y las personas prácticas la +consideran inútil. Nuestros autores dramáticos, que desde tiempo +inmemorial la recompensaban en el último acto, decididamente le han +suprimido las migajas del desenlace clásico y remunerador. Nuestros +poetas lanzan contra ella imprecaciones que no tienen de original sino +la grosería. En cuanto a nuestras novelas, sabéis hasta dónde brilla por +su ausencia la virtud, cuando en ellas no es maltratada. Para verla +respetada hay que abrir la _Biblioteca Rosa_; para verla respetada, es +necesario venir a la Academia... ¡una vez por año! ¡Pobre virtud! + +»¡Escuchad! ¿queréis saber dónde está literariamente? Algunas veces +espigamos fuera de los jardines académicos, bien puedo contaros esta +historia: + +»Conozco a una señora joven que está al día, ya lo creo, muy al día, y +que es muy golosa de las producciones intelectuales, por más que es +mundana, y aunque virtuosa, adora la literatura que no lo es. Y no sólo +la adora sino que la defiende, la propaga, la proclama eminentemente +buena y útil, y esto con un entusiasmo, con una pasión, peor aún, con un +gusto que ha concluido por inspirarme ciertos temores por ella y aun +hasta dudas sobre ella... ¡si tengo razón, juzgadlo! + +»Un día--el de su santo--voy a saludarla y la encuentro sola, leyendo. +Apenas me ve, oculta el libro con presteza y emprende una conversación +rápida, con la evidente intención de desviarme. Visiblemente emocionada +y hasta confusa, la mirada baja, distraída, preocupada; acababa de ser +sorprendida en una lectura que la turbaba notablemente; era claro. ¿Qué +podía leer que la inmutara a tal extremo después de todo lo que había +leído, y que no quería confesar después de todo lo que había confesado? +Mis dudas se convirtieron en sospechas. En ese momento, el sirviente +anunció la visita de una señora, y como nuestra amiga se levantara a +recibirla, pude ver el libro sospechado; leí el título... ¡Ah! señor, +¿sabéis lo que leía esta honesta mujer, lo que leía así, a escondidas y +con el rubor en la frente?... era _El Abate Constantín_. + +»¡Ahí está la virtud! Porque en cuanto a virtuoso, lo es vuestro +romance, lo es absolutamente, con cinismo. Es la única crítica que se le +ha hecho. Allí, no podrían satirizar el encanto, el talento, el éxito. +¡Pero demasiadas ovejitas, no bastantes lobos! ¡demasiada honestidad! +¡demasiadas virtudes! ¡muchas flores, señor! Esa buena americana que +tiene un buen marido y una buena hermana enamorada de un buen oficial, +sobrino de un buen cura, toda esta buena novela que de buenas en buenas +acciones, concluye por un buen matrimonio... ¡no está en la verdad ni en +la naturaleza! He ahí lo que se le reprocha y es precisamente lo que nos +encanta, a mí y a vuestros millares de lectores; he ahí lo que nos +acomoda, nos alivia, nos templa y, sobre todo, nos cambia. Cuando se +vive en una atmósfera irrespirable y malsana y se nos alcanza un frasco +de esencias, no nos quejamos si sentimos demasiado bien, se le respira y +se renace. El público que se asfixiaba os debe esta fresca ráfaga de +aire puro y vos veis cómo os lo ha agradecido.» + +_El Abate Constantín_ gozó desde su aparición de una boga inmensa, hoy +va por la 174ª edición. En el mismo año que apareció, se publicó en +la _Biblioteca Popular de Buenos Aires_, dirigida por el Dr. Miguel +Navarro Viola, la traducción que ahora reproducimos. + +En 1887 esta novela fue arreglada para el teatro por el mismo autor. + + + + +EL ABATE CONSTANTIN + +I + + +Con paso firme y ligero aún, caminaba un anciano sacerdote por la vía +cubierta de polvo, bajo los rayos del sol de mediodía. Más de treinta +años habían transcurrido desde que el abate Constantín era cura de la +pequeña aldea que dormía, allá en la llanura, a orillas de un débil +curso de agua llamado el Lizotte. + +Un cuarto de hora hacía que el abate costeaba el muro del castillo de +Longueval, cuando llegó a la puerta de entrada, que se apoyaba alta y +maciza sobre dos enormes pilares de viejas piedras ennegrecidas y roídas +por el tiempo. El cura se detuvo y miró con tristeza los grandes avisos +azules pegados a los pilares. + +Los avisos anunciaban que el miércoles 18 de mayo de 1881, a la 1 p. m. +tendría lugar, en la sala de audiencia del Tribunal civil de Souvigny, +la venta del dominio de Longueval, dividido en cuatro lotes: + +1.º El castillo de Longueval y sus dependencias, lindos estanques, +vastos canales, parque de ciento cincuenta hectáreas, todo cercado de +pared y atravesado por el río Lizotte. Base para la venta: seiscientos +mil francos. + +2.º La granja de Blanche-Couronne, trescientas hectáreas. Base: +quinientos mil francos. + +3.º La granja de la Rozeraie, doscientas cincuenta hectáreas. Base: +cuatrocientos mil francos. + +4.º Los plantíos y los bosques de la Mionne, cuatrocientas cincuenta +hectáreas. Base para la venta: quinientos cincuenta mil francos. + +Y estas cuatro cifras adicionadas al pie del aviso, daban la respetable +suma de dos millones cincuenta mil francos. + +Así, pues, iba a dividirse la magnífica propiedad que desde dos siglos +atrás siempre había escapado a la división, pasando intacta de padres a +hijos, en la familia de Longueval. El aviso anunciaba también que +después de la venta provisional de los cuatro lotes, habría derecho a +reunirlos para rematar toda la propiedad entera; pero era demasiado +grande, y según todas las apariencias, no se presentaría ningún +comprador. + +La Marquesa de Longueval había muerto seis meses antes. En 1873, perdió +a su hijo único, Roberto de Longueval; los herederos eran los tres +nietos de la Marquesa: Pedro, Elena y Camila. Tuvieron que sacar a +remate la propiedad, porque Elena y Camila eran menores. Pedro, joven +de veintitrés años de edad, había hecho mil locuras, estaba +semiarruinado y no podía pensar en rescatar a Longueval. + +Eran las doce del día. Dentro de una hora el castillo de Longueval +tendría un nuevo dueño. Y ese dueño, ¿quién sería? + +¿Qué mujer ocuparía, en el gran salón cubierto de tapices antiguos, +junto a la chimenea, el lugar de la Marquesa, la vieja amiga del pobre +cura de la aldea? Ella fue quien reconstruyó la iglesia, ella quien +mantenía la botica del presbiterio a cargo de Paulina, la sirvienta del +cura, ella quien, dos veces por semana venía en su gran landó, cubierto +de vestiditos de niños y gruesas enaguas de lana, a buscar el abate +Constantín para salir a caza de pobres, como ella decía. + +El anciano sacerdote continuó su camino pensando en todo esto. Además, +los más grandes santos tienen sus pequeñas debilidades, pensaba también +en sus buenos hábitos de treinta años bruscamente interrumpidos. Todos +los jueves y domingos comía en el castillo. Cómo lo mimaban, lo +obsequiaban, lo traían en palmas... La pequeña Camila, tenía ocho años, +venía a sentarse sobre sus rodillas y le decía: + +--Mirad, señor cura, en vuestra iglesia es donde quiero casarme, y mi +mamá llenará toda, toda la iglesia de flores... más que para el mes de +María. Será como un gran jardín, todo blanco, blanco, blanco. + +¡El mes de María!... En ese momento era el mes de María. Antes el altar +desaparecía bajo las flores traídas de los invernáculos del castillo, y +este año sólo se veían algunos ramos de lirios y lilas blancas, en +floreros de porcelana dorada. Antes, todos los domingos, en la misa +mayor, y todas las tardes, durante el mes de María, la señorita Hebert, +la lectora de madama de Longueval, tocaba el pequeño armonium regalado +por la Marquesa. Hoy el pobre armonium no acompañaba ya la voz de los +chantres, ni los cánticos de los niños. La señorita Marbeau, la +directora de correos, era algo música, y con mucho gusto habría ocupado +el lugar de la señorita Hebert, pero no se atrevía, temía que la +anotaran como clerical y verse denunciada por el alcalde, que era +librepensador. Eso habría obstado quizá a su ascenso. + +La pared del parque había terminado; de ese parque, cuyos rincones todos +eran familiares al anciano cura. El camino seguía ahora las orillas del +Lizotte, y del otro lado del pequeño río, se extendían las praderas de +las dos granjas; después, más allá, elevábanse los altos bosques de la +Mionne. ¡Dividida!... ¡la propiedad iba a ser dividida! Tal pensamiento +desgarraba el corazón del pobre sacerdote. Para él, todo ésto, hacía +treinta años que era un conjunto, formaba un solo cuerpo. También eran +casi su propiedad, sus bienes aquellos dominios. Se sentía en su casa +en las tierras de Longueval. Más de una vez le había sucedido detenerse +con placer ante aquel inmenso trigal, arrancar una espiga, desgranarla, +y decirse: + +--¡Vamos! los granos son buenos, firmes y bien formados; este año +tendremos una excelente cosecha. + +Y alegremente continuaba su camino a través de sus campos, sus +plantaciones y sus praderas. En una palabra, por todas las cosas de su +vida, por todos sus hábitos y sus recuerdos, quería esa propiedad, cuya +última hora había llegado. + +El abate divisaba a lo lejos la granja de Blanche-Couronne; sus techos +de teja francesa se destacaban sobre el verde del bosque. Allí también +el cura se encontraba como en su casa. Bernardo, el quintero de la +Marquesa, era su amigo, y cuando el anciano sacerdote se había demorado +en sus visitas a los pobres y enfermos, cuando el sol tocaba a su ocaso +y el abate sentíase fatigado y con apetito, deteníase, comía en casa de +Bernardo un buen plato de tocino con papas, vaciaba su jarro de sidra, y +luego, concluida la cena, Bernardo enganchaba su viejo cabriolet para +conducir al cura hasta Longueval. Durante todo el camino los dos +charlaban y se contradecían. El cura reprochaba a Bernardo que no fuera +a misa, y éste respondía: + +--Mi mujer y mis hijas van por mí... Bien sabéis, señor cura, que así +somos nosotros. Las mujeres tienen religión por los hombres. Ellas nos +harán abrir la puerta del Paraíso.--Y maliciosamente añadía, dando un +suave latigazo a la vieja yegua:--¡Si lo hay! + +--¡Cómo! ¿si lo hay? Pero ¡verdaderamente lo hay! + +--Entonces vos entraréis allí, señor cura. Decís que esto no es +seguro... y yo os digo que sí. ¡Vos estaréis allí! en la puerta espiando +a vuestros parroquianos y seguiréis ocupándoos de nuestros asuntos. Y +le diréis a San Pedro... ¿es San Pedro quien tiene las llaves del +Paraíso, no es así? + +--Sí, es San Pedro. + +--Pues bien, le diréis a San Pedro, si quiere, si quiere cerrarme las +puertas en las narices, so pretexto de que yo no iba a misa, le diréis: +«¡Bah! no importa, dejadlo pasar... es Bernardo, uno de los +arrendatarios de la señora Marquesa, muy buena persona. Pertenecía al +concejo municipal, y votó por que conservaran a las hermanas que querían +echar de la escuela.» Esto conmoverá a San Pedro, que responderá: +«Bueno, entonces, pasad, Bernardo, pero tened entendido que es por darle +gusto al señor cura.» Porque allá arriba todavía seréis cura, y cura de +Longueval. Sería demasiado triste el Paraíso para vos si no fuerais cura +de Longueval. + +Cura de Longueval, sí, toda su vida no había sido otra cosa, nunca había +soñado ni querido más que eso. Tres o cuatro veces le propusieron +grandes curatos de cantón, con buena renta y uno o dos tenientes. +Siempre había rehusado. El adoraba su pequeña iglesia, su pequeña aldea, +su microscópico presbiterio. Allí estaba solo, tranquilo, hacía todo él +mismo; siempre por las calles y caminos, bajo el sol y la lluvia, el +viento y la nieve. Su cuerpo se había endurecido al cansancio, pero su +alma permanecía tierna y cariñosa. + +Vivía en su presbiterio, una gran casa de campo, separada de la iglesia +sólo por el cementerio. Cuando el cura subía la escalera para podar sus +perales y sus parras, por encima de la pared divisaba las tumbas sobre +las que había dicho las últimas oraciones y echado las primeras paladas +de tierra. + +Entonces, continuando su trabajo de jardinero, decía mentalmente una +corta plegaria por la salvación de aquellos de sus muertos que más lo +inquietaban, y que podían estar detenidos en el purgatorio. Poseía una +fe cándida y tranquila. + +Pero entre aquellas tumbas existía una que con más frecuencia que las +otras recibía sus visitas y sus oraciones. Era la tumba de su viejo +amigo, el doctor Reynaud, muerto en sus brazos en 1871, y ¡en qué +circunstancias! El doctor era como Bernardo, nunca iba a misa, y jamás +se confesaba; ¡pero era tan bueno, tan caritativo, tan compasivo con los +que sufrían!... + +Esta era la gran preocupación, la grande inquietud del cura. Su amigo +Reynaud, ¿dónde estaría? Luego recordaba la noble vida del médico de +aldea, toda de valor y abnegación; recordaba su muerte, sobre todo su +muerte, y se decía: + +--¡En el Paraíso; no puede estar sino en el Paraíso! El buen Dios quizá +lo haya hecho pasar un momento por el purgatorio... por forma... pero ha +debido sacarlo de allí al cabo de cinco minutos. + +Todo esto pasaba por la imaginación del anciano sacerdote, mientras +continuaba su camino hacia Souvigny. Se iba a la ciudad, a casa del +abogado de la Marquesa, para conocer el resultado de la venta, para +saber quiénes eran los nuevos propietarios de Longueval; quedábale +todavía un kilómetro que correr antes de llegar a las primeras casas de +Souvigny; pasaba por el parque de Lavardens, cuando oyó sobre su cabeza +voces que lo llamaban. + +--¡Señor cura, señor cura! + +En este sitio la larga calle de tilos que costeaba el muro, formaba un +terrado. Levantando la cabeza, el abate vio a la señora de Lavardens con +su hijo Pablo. + +--¿Dónde vais, señor cura?--preguntó la Condesa. + +--A Souvigny, al Tribunal, para saber... + +--Quedaos con nosotros. M. de Larnac vendrá después de la venta a darnos +cuenta del resultado. + +El abate Constantín subió al terrado. + +Gertrudis de Lannilis, condesa de Lavardens, había sido una mujer muy +desgraciada. A los dieciocho años hizo una locura, la única de su vida, +pero irreparable: casose, por amor, en un arranque de entusiasmo y +exaltación, con M. de Lavardens, uno de los hombres más seductores y +espirituales de aquel tiempo. El no la amaba y se casaba sólo por +necesidad: había devorado hasta el último céntimo de su patrimonio, y +hacía dos o tres años que se sostenía en el mundo a fuerza de intrigas, +acribillado de deudas. Gertrudis Lannilis sabía todo esto y no se hacía +al respecto ninguna ilusión; pero pensaba: «Lo amaré tanto, que +concluirá por amarme.» + +De ahí nacieron todas sus desdichas. Su existencia habría sido +tolerable, si no hubiera amado tanto a su marido; pero lo amaba +demasiado, y sólo consiguió fatigarlo con sus halagos y cariños. El +continuó su vida antigua, que por cierto era bastante desordenada. Así +pasaron quince años de eterno martirio, soportado por madama de +Lavardens con toda la apariencia de una apacible resignación; +resignación que no existía en su corazón. Nada pudo distraerla, ni +curarla de este amor que la consumía. + +El señor de Lavardens murió en 1869, dejando un hijo de catorce años, en +el cual despuntaban ya todos los defectos y calidades de su padre. Sin +estar seriamente comprometida, la fortuna de madama de Lavardens había +disminuido considerablemente. Con tal motivo, la Condesa vendió su casa +de París, y se retiró al campo, donde vivió con mucho orden y economía, +consagrándose por completo a la educación de su hijo. + +Aquí también le esperaban nuevas penas y tristezas. Pablo de Lavardens +era inteligente, amable y bueno, pero absolutamente rebelde a toda +obligación y a todo trabajo. Desesperó en poco tiempo a los tres o +cuatro profesores que en vano se esforzaron por hacerle entrar algo +serio en la cabeza; presentose en Saint-Cyr, donde no fue admitido, y +comenzó por malgastar en París, lo más rápida y locamente del mundo, dos +o trescientos mil francos. + +Hecho esto, enrolose en el primer regimiento de cazadores de Africa; +tuvo la suerte desde el principio de formar parte de una pequeña columna +expedicionaria en el desierto de Sahara, condújose valerosamente, obtuvo +con mucha rapidez algunos grados, y al cabo de tres años iba a ser +nombrado subteniente, cuando se enamoró de una joven que representaba +_La fille de madame Angot_, en el teatro de Argel. + +Pablo, que había concluido su compromiso en el regimiento, dejó el +servicio y volvió a París con su joven cantora de opereta... luego fue +una bailarina... después una cómica... más tarde una amazona del circo. +Ensayaba todos los tipos. Así vivía con la brillante y miserable vida +de los desocupados. Pero sólo permanecía en París tres o cuatro meses +del año, pues su madre le pasaba una pensión de treinta mil francos, y +le había asegurado que nunca, mientras ella viviera, obtendría un real +más antes de su casamiento. + +La conocía y sabía que debía tomar sus palabras a lo serio. + +De manera que, como quería hacer buena figura, y llevar vida alegre en +París, gastaba sus treinta mil francos entre los meses de marzo a mayo, +y luego volvía dócilmente a someterse a la vida tranquila de Lavardens: +cazaba, pescaba y montaba a caballo con los oficiales del regimiento de +artillería que estaba de guarnición en Souvigny. Las modistas y las +grisetas de provincia reemplazaban, sin hacérselas olvidar, a las +cantoras y cómicas de París. Buscando un poco se encuentran aún grisetas +en las provincias, y Pablo buscaba mucho. + +Apenas estuvo el cura en presencia de la señora de Lavardens, díjole +ésta: + +--Yo puedo, sin esperar la llegada de M. de Larnac, deciros los nombres +de los compradores de Longueval. Estoy enteramente tranquila y no pongo +en duda el éxito de nuestra combinación. + +Para no hacernos tontamente la guerra, nos hemos puesto de acuerdo, mi +vecino M. de Larnac, M. Gallard, un fuerte banquero de París, y yo. M. +de Larnac se quedará con la Mionne; M. Gallard con el castillo y +Blanche-Couronne; y yo con la Rozeraie. Os conozco, señor cura, debéis +estar inquieto por vuestros pobres, pero tranquilizaos; estos Gallard +son muy ricos y os darán mucho dinero. + +En aquel momento apareció a lo lejos un carruaje envuelto en una nube de +polvo. + +--Ahí viene M. de Larnac; conozco sus poneys. + +Los tres, muy apurados, descendieron del terrado, corrieron al castillo +y llegaron en el momento en que el carruaje se detenía ante el portón. + +--Y bien, ¿qué hay?--preguntó madama de Lavardens. + +--¡Qué hay!--respondió M. de Larnac,--que no tenemos nada. + +--¿Cómo nada?--interrogó la Marquesa bastante pálida y visiblemente +conmovida. + +--Nada, nada, absolutamente nada, ni unos ni otros. + +M. de Larnac saltó del coche para referir lo que había pasado en la +audiencia del Tribunal de Souvigny. + +--Al principio--dijo,--todo salió a pedir de boca. El castillo se le +adjudicó a M. Gallard, en seiscientos mil cincuenta francos. No apareció +un solo competidor, de manera que le bastó un aumento de cincuenta +francos. En cambio una pequeña batalla por Blanche-Couronne. Las ofertas +llegan de quinientos hasta quinientos veinte mil francos, y vence +también M. Gallard. Nueva batalla y más encarnizada por la Rozeraie; +por fin salís victoriosa vos, señora, por cuatrocientos cincuenta y +cinco mil francos... y yo me quedo con el bosque de la Mionne con sólo +un aumento de cien francos sobre la tasación. Todo parecía terminado, +los asistentes estaban ya de pie, rodeando a nuestros abogados para +saber el nombre de los compradores. Pero M. Brazier, el juez encargado +de la venta, reclama de nuevo silencio, y el ujier pone en venta los +cuatro lotes reunidos por dos millones ciento cincuenta o sesenta mil +francos, no recuerdo bien. Un murmullo irónico circuló por el auditorio. +Por todos lados se oía decir: Nadie, ¡bah, no habrá nadie! Pero el señor +Gibert, el abogado que se había sentado en primera fila, y que hasta +entonces no había dado señales de vida, levantose tranquilamente y dijo: +«Tengo comprador para los cuatro lotes juntos en dos millones doscientos +mil francos.» ¡Esto fue como un rayo! Un inmenso clamor seguido de un +gran silencio. La sala estaba llena de agricultores de las cercanías, a +quienes tanto dinero por pedazos de tierra los sumergía en una especie +de respetuoso estupor. Sin embargo, M. Gallard se inclina hacia +Sandrier, el abogado que hacía la oferta para él. Trábase una lucha +entre Gibert y Sandrier. Llegan hasta dos millones quinientos mil +francos. Breve momento de vacilación en Gallard. Decídese y continúa +hasta tres millones. Ahí se detiene, y se le adjudica la propiedad a M. +Gibert. Arrójanse todos sobre él, lo rodean, lo abruman... «¡El nombre, +el nombre del comprador!»--Es una americana--responde Gibert,--madama +Scott. + +--¡Madama Scott!--exclama Pablo. + +--¿La conoces tú?--pregunta madame de Lavardens. + +--¡Si la conozco, si la... no, absolutamente! Pero he estado en un baile +en su casa, hará como seis semanas. + +--¡En un baile en su casa... y no la conoces! ¿Qué clase de mujer es +entonces? + +--¡Encantadora, deliciosa, ideal, una maravilla! + +--¿Y existe un señor Scott? + +--Seguramente; un hombre alto y rubio que estaba en el baile. Allí me lo +mostraron. Un hombre que saludaba al acaso, a derecha e izquierda, y no +se divertía nada, os lo aseguro. Nos miraba a todos, y parecía decirse: +«¿Qué significa tanta gente? ¿Qué viene a hacer en mi casa?» Nosotros +íbamos a ver a la señora Scott y a la señorita Percival, su hermana. ¡Y +os garantizo que valía la pena! + +--¿Y vos conocéis a estos Scott?--preguntó la Condesa, dirigiéndose a M. +Larnac. + +--Sí, señora, los conozco. M. Scott es un americano colosalmente rico, +que vino a instalarse en París el año pasado. Desde que se pronunció su +nombre, comprendí que la victoria debía ser decisiva. Gallard estaba +vencido de antemano. Los Scott comenzaron por comprar en París una casa +de dos millones de francos, cerca del parque Monceau. + +--Sí, calle de Murillo, donde dieron el baile; era... + +--Deja hablar a M. de Larnac. Después nos contarás la historia de tu +baile en casa de madama Scott. + +--Apenas se instalaron mis americanos en París, comenzó una lluvia de +oro. Verdaderos _par-venus_ que se divertían en arrojar locamente el +dinero por la ventana. Esta inmensa fortuna la poseen recientemente; +cuentan que hace diez años, madama Scott mendigaba por las calles de +New-York. + +--¡Mendigaba! + +--Así dicen, señora. Luego se casó con este Scott, hijo de un banquero +de New-York. Y de repente, un pleito ganado, les puso entre las manos, +no millones, sino decenas de millones. Poseen en alguna parte, en +América creo, una mina de plata; pero una mina seria, verdadera, una +mina de plata... en la cual hay plata. ¡Ah, ya veréis qué lujo +estallará en Longueval!... Todos parecemos pobres en la ciudad. Según +dicen, ellos pueden gastar cien mil francos por día. + +--¡Y esos son nuestros vecinos!--exclamó madama de Lavardens.--¡Una +aventurera! Y no es nada eso todavía... ¡una hereje, señor abate, una +protestante! + +¡Una hereje, una protestante! ¡pobre cura! en eso estaba pensando +precisamente desde que oyó decir: «Una americana, madama Scott.» ¡La +nueva castellana no iría a misa! ¡Qué le importaba que hubiera sido +mendiga! ¡Qué le importaban sus millones de millones, ella no era +católica! Ya no bautizaría él a los niños nacidos en Longueval, y la +capilla del castillo, donde tantas veces había dicho misa, se vería +transformada en oratorio protestante, y oiría la palabra glacial de +algún pastor calvinista o luterano. + +En medio de toda esta gente consternada, desolada, sólo Pablo parecía +estar radiante. + +--En todo caso, una preciosa hereje--dijo,--y hasta podría deciros, ¡dos +divinas herejes! Son dignas de verse las dos hermanas a caballo, en el +Bosque, con dos pequeños grooms, de este alto, por detrás. + +--Vamos, Pablo, cuéntanos ahora, lo que sepas... ese baile de que +hablabas... ¿Cómo fuiste a casa de las americanas? + +--¡Por una gran casualidad! Mi tía Valentina se quedaba en su casa +aquella noche. Yo llegué como a las diez... y os aseguro que los +miércoles de mi tía Valentina no sobresalían por su loca alegría. Hacía +veinte minutos que me aburría, cuando vi a Rogerio de Puymartin que se +esquivaba con mucho disimulo. Lo alcanzo en el vestíbulo y le digo: +«Espera, te acompañaré a tu casa.--¡Oh! no voy a casa.--¿Y dónde vas?--A +un baile.--¿En casa de quién?--En casa de Scott, ¿quieres venir +conmigo?--Pero si no estoy invitado.--¡Ni yo tampoco!--¿Cómo, tú +tampoco?--Voy en busca de uno de mis amigos.--¿Y conoce a los Scott, tu +amigo?--Apenas; pero lo bastante para presentarnos a los dos. Ven, pues, +y verás a madama Scott.--¡Bah! ya la he visto a caballo en el Bosque.--A +caballo no va escotada; tú no has visto sus hombros, y eso es lo que +tiene que ver... No hay nada mejor en París, por el momento.»--Y así me +decidí a ir al baile... y vi los cabellos rubios de madama Scott, y +admiré los blancos hombros de madama Scott... y espero que los volveré a +ver cuando den bailes en Longueval. + +--¡Pablo!--dijo la Condesa, señalando al cura. + +--¡Oh! dispensad, señor cura, os pido mil perdones... He dicho acaso +algo... No, me parece que no... + +El pobre sacerdote no lo había oído. Su pensamiento estaba fuera de +allí. Ya por las calles de la aldea veía al pastor del castillo +detenerse ante cada casa, y deslizar por debajo de las puertas sus +pequeños panfletos evangélicos. + +Continuando su historia, Pablo hizo una entusiasta descripción del +palacio, que era una maravilla... + +--De mal gusto y de lujo chillón--interrumpió madama de Lavardens. + +--¡Nada de eso, mamá, absolutamente!... Nada chillón, ni chocante. +Muebles admirables, dispuestos con suma gracia y originalidad. Un +invernáculo incomparable, inundado de luz eléctrica; la mesa instalada +en el invernáculo, bajo un parral cargado de racimos... en el mes de +abril, y se podían sacar cuantos quisierais! Sólo los accesorios del +cotillón parece que habían costado cuarenta mil francos. Alhajas, +bomboneras, y mil adornos deliciosos... que rogaban a la concurrencia se +los llevara. Yo no tomé nada; pero muchos otros no tenían tanto +escrúpulo... Esa noche Puymartin me contó la historia de madama Scott; +pero no como la refirió M. de Larnac. Rogerio me dijo que madama Scott +había sido robada por unos saltimbanquis cuando era niña, y que su padre +la había encontrado haciendo piruetas en un circo ambulante, saltando +por sobre gallardetes y atravesando aros de papel. + +--¡Una saltimbanqui!--exclamó la madre de Pablo,--¡yo prefería la +mendiga! + +--Y mientras Rogerio me contaba esta historia del _Petit Journal_, yo +veía venir desde el fondo de una galería a la amazona del circo, +envuelta en un maravilloso conjunto de raso y encajes, y admiraba sus +hombros, su deslumbradora garganta sobre la cual se mecía un collar de +brillantes, grandes como tapones de botella. Se decía que el ministro de +Hacienda había vendido secretamente a madama Scott la mitad de los +brillantes de la corona, y esta era la razón por la cual el mes anterior +había tenido un sobrante de quince millones en su presupuesto. Agrega a +todo esto que tiene un aire muy de señora, la antigua saltimbanqui, y +que se encuentra lo más bien en medio de tantos esplendores. + +Pablo estaba tan entusiasmado, que su madre lo detuvo. Delante de M. de +Larnac, que estaba bastante disgustado, dejaba estallar con demasiada +candidez la satisfacción de tener por vecina a la maravillosa americana. + +El abate Constantín se preparaba a tomar el camino de Longueval; pero +Pablo al verlo pronto a partir, exclamó: + +--¡Oh! no, señor cura, no haréis a pie por segunda vez, con semejante +calor, la travesía hasta Longueval; permitidme que os lleve en carruaje. +Siento mucho veros tan triste, y procuraré distraeros. ¡Oh, por más +santo que seáis, algunas veces os hago reír con mis locuras! + +Media hora después, los dos iban en dirección a la aldea. Pablo hablaba, +hablaba, hablaba! + +Su madre no estaba allí para calmarlo y moderarlo, de manera que su +alegría se desbordaba. + +--Mirad, señor cura, hacéis muy mal en tomar las cosas por su lado +trágico... ¡Ved cómo trota mi yegua! ¡cómo levanta las patas! Vos no la +conocíais. ¿Sabéis cuánto he pagado por ella? Cuatrocientos francos. La +descubrí como hace quince días en las varas de un carro. Una vez que +toma bien el trote, es capaz de andar cuatro leguas por hora, y siempre +os lleva las riendas tirantes, no afloja. ¡Mirad, mirad cómo tira, cómo +tira!... ¡Vamos despacio, despacio!... No estamos de prisa, ¿no es +verdad, señor cura? ¿Queréis entrar en el bosque? Siempre os sentará +bien el aire del bosque... Si supierais, señor cura, cuánto os quiero... +y os respeto... ¿No habré dicho demasiados disparates hoy, delante de +vos? Porque sentiría tanto... + +--No, hijo mío, no he oído nada. + +--Entonces tomaremos el camino de los estudiantes. + +Después de haber doblado a la izquierda por el bosque, Pablo volvió a su +primera frase: + +--Os decía, pues, señor cura, que hacíais mal en tomar así las cosas por +su lado trágico. ¿Queréis que os comunique lo que pienso? Es una gran +felicidad lo que acaba de suceder. + +--¿Una gran felicidad? + +--Sí, y muy grande... Prefiero los Scott a los Gallard en Longueval. No +habéis oído hace un momento a M. de Larnac que se atrevía a reprocharles +que gastaban locamente su dinero? Nunca es una locura gastar el dinero. +La locura es guardarlo. Vuestros pobres, pues estoy seguro que es lo que +más os da que pensar, han tenido hoy buena suerte. Esa es mi opinión. +¿La religión? sí, la religión... ¡Ellos no irán a misa! eso os causa +pena; es natural; pero en cambio os enviarán dinero, mucho dinero... y +vos lo tomaréis y haréis bien. Ya veis como no protestáis. Va a caer +una lluvia de oro sobre toda la comarca... ¡Un movimiento! ¡un barullo! +carruajes de cuatro caballos, postillones empolvados, _rally-papers_, +paseos, bailes, fuegos artificiales... Y aquí en el bosque, en este +mismo camino que llevamos, encontraré quizá a París dentro de poco. Y +veré a las dos amazonas con los dos pequeños grooms de que hablaba no +hace mucho. ¡Si vierais qué elegantes son las dos hermanas a caballo! +Una mañana, detrás de ellas, di toda la vuelta al Bosque de Boulogne, en +París. Todavía me parece que las veo: llevaban sombreros altos, grises, +con velitos cortos muy ajustados al rostro, y dos largos vestidos de +amazonas, sin costura, con una sola abertura que seguía la línea de la +espalda... ¡y es preciso que una mujer sea verdaderamente bien formada +para llevar vestidos así! Porque, mirad, señor cura, con los trajes de +amazonas sin costura no hay engaño posible... + +Hacía rato que el cura no prestaba la menor atención al discurso de +Pablo. El carruaje había entrado en una calle bastante larga y +perfectamente recta. Al fin de esta calle el cura veía venir a un +caballero a galope. + +--Mirad--dijo el cura a Pablo,--mirad vos que tenéis mejores ojos que +yo; ¿no es Juan el que viene allá? + +--Sí, pues, es Juan, reconozco su yegua mora. + +Pablo tenía mucha afición a los caballos; siempre, antes de mirar al +caballero, miraba al caballo. En efecto, era Juan, que, al divisar de +lejos al cura y a Pablo, agitó en el aire su quepis, que llevaba dos +galones de oro. Juan era teniente del regimiento de artillería de +guarnición en Souvigny. + +Algunos momentos después se detenía junto al carruaje, y dirigiéndose al +cura, le dijo: + +--Vengo de vuestra casa, mi padrino. Paulina me dijo que habíais ido a +Souvigny por la venta... Y... ¿quién compró el castillo? + +--Una americana, madama Scott. + +--¿Y Blanche-Couronne? + +--La misma madama Scott. + +--¿Y la Rozeraie? + +--También madama Scott. + +--Y el bosque... ¿todavía madama Scott? + +--Tú lo has dicho--replicó Pablo...--Y yo la conozco a madama Scott... y +vamos a divertirnos en Longueval y te presentaré... Pero todo esto causa +pena al señor cura... porque es una americana, una protestante. + +--¡Ah! es verdad, mi pobre padrino... En fin, de eso hablaremos mañana, +que iré a comer con vos: ya se lo previne a Paulina. Ahora no puedo +detenerme, estoy de semana, y a las tres debo hallarme en el cuartel. + +--¿Para la revista?--preguntó Pablo. + +--Sí, para la revista. ¡Hasta la vista, Pablo!... ¡Hasta mañana, +padrino! + +El teniente de artillería continuó su galope, Pablo soltó las riendas a +su yegua. + +--¡Qué buen muchacho es este Juan!--dijo Pablo. + +--¡Oh! sí. + +--¡No hay en el mundo nada mejor que Juan! + +--No, nada mejor. + +El cura se volvió para mirar a Juan que se perdía ya en la espesura del +bosque. + +--Sí, señor, hay algo, y sois vos, señor cura. + +--No, yo no. + +--¡Pues bien! ¿queréis que os lo diga, señor? no hay en el mundo nada +mejor que vosotros dos, Juan y vos. ¡Esa es la pura verdad!... ¡Ah! ved +qué lindo terreno para trotar! Voy a dejar correr a Niniche... ¿Sabéis +que la llamo Niniche? + +Con la punta del látigo, Pablo acarició en flanco de Niniche, que +comenzó a trotar con un trote infernal. + +--¡Mirad cómo levanta las patas, señor cura, mirad cómo levanta las +patas! ¡con tanta regularidad!... Parece una verdadera máquina... +Inclinaos para ver. + +El cura, por dar gusto a Pablo, se asomó a ver _cómo levantaba las patas +Niniche_... mientras seguía pensando en otra cosa. + + + + +II + + +Llamábase este teniente de artillería Juan Reynaud, y era hijo único del +médico de aldea que descansaba en el cementerio de Longueval. Cuando en +1846, el abate Constantín vino a tomar posesión de su pequeño curato, un +doctor Reynaud, el abuelo de Juan, hallábase instalado en una risueña +casita, sobre el camino de Souvigny, entre los dos castillos de +Longueval y de Lavardens. + +Marcelo, el hijo de este doctor, terminaba en París sus cursos de +medicina. Era muy estudioso y poseía un espíritu muy distinguido. Fue el +primero en el concurso de agregación, y estaba resuelto a permanecer en +París, para tentar fortuna; todo le prometía la más feliz y brillante +carrera, cuando recibió en 1852 la noticia de la muerte de su padre, +ocasionada por un ataque de apoplejía. Marcelo corrió a Longueval con el +corazón desgarrado: adoraba a su padre. Pasó un mes al lado de su madre, +y al cabo de ese tiempo, le manifestó la necesidad de volver a París. + +--Es verdad--le dijo ella,--es preciso que te vayas. + +--¡Cómo! ¿que me vaya?... Que nos vayamos los dos. ¿Crees, acaso, que te +dejaré aquí sola? Te llevo conmigo. + +--¡Ir a vivir a París yo!... ¡Abandonar la tierra en que nací, donde +vivió y murió tu padre! ¡No, nunca lo haré, hijo mío, jamás! Vete solo, +porque tu vida y tu porvenir te llaman allá. Te conozco y sé que no me +olvidarás, que vendrás a verme siempre, siempre. + +--No, madre mía--respondió él,--me quedaré. + +Quedose... Sus esperanzas, sus ambiciones, todo desapareció en un +minuto. Sólo vio una cosa: el deber, que consistía en no abandonar a su +madre anciana y enferma. En este deber aceptado y cumplido con toda su +naturalidad, halló su felicidad. Por lo demás, siempre en el +cumplimiento del deber, es donde se encuentra la felicidad. + +Marcelo se plegó de buena voluntad y con gusto a su nueva existencia; +continuando la vida de su padre, siguiendo su camino desde el mismo +lugar en que él lo dejara. Entregose completamente, sin pesar, con +placer más bien, a la obscura profesión de médico de aldea. Su padre le +había dejado un poco de dinero, algunas tierras, y él vivía +modestamente, consagrando la mitad de su existencia a los pobres, de +quienes jamás recibió un sueldo. Este era su único lujo. + +Una joven sin fortuna se encontró en su camino, preciosa y sola en el +mundo. Se casó con ella en 1855, y el año siguiente reservaba un gran +dolor y una grande alegría: la muerte de su anciana madre y el +nacimiento de su hijo Juan. + +Con seis semanas de intervalo, el abate Constantín recitó la plegaria de +los muertos en la tumba de la abuela y asistió, en calidad de padrino, +al bautismo del nieto. + +A fuerza de encontrarse a la cabecera de los que sufrían y de los que +morían, el sacerdote y el médico con el mismo corazón y el mismo +movimiento, se sintieron atraídos uno hacia el otro. Sintieron que +pertenecían a la misma familia, a la misma raza, a la raza de los +buenos, los justos y los bienhechores. + +Los años sucedieron a los años, tranquilos, suaves, en el goce de la +plena satisfacción del trabajo y del deber cumplido. Juan crecía... + +Su padre le dio las primeras lecciones de ortografía, y el cura las +primeras de latín. Juan era inteligente y laborioso, e hizo tales +progresos, que sus dos profesores, el cura sobre todo, al cabo de +algunos años se inquietaron, pues su discípulo sabía ya casi más que +ellos. Por ese tiempo fue la Condesa, después de la muerte de su marido, +a establecerse en Lavardens, trayendo un preceptor para su hijo Pablo, +el cual era un hombrecillo precioso, pero de los más perezosos. Los dos +niños contaban la misma edad, y se conocían desde sus primeros años. + +Madama de Lavardens quería mucho al doctor Reynaud, y un día le hizo la +siguiente proposición: + +--Enviadme a Juan todas las mañanas, y os lo devolveré todas las noches; +el preceptor de Pablo es un joven muy distinguido, que hará adelantar a +los dos niños, y me prestaréis un señalado servicio, doctor, pues Juan +dará el ejemplo a Pablo. + +Así se arreglaron las cosas, y el pequeño burgués dio, en efecto, al +pequeño gentil-hombre excelentes ejemplos de trabajo y aplicación; mas +estos excelentes ejemplos no fueron seguidos. + +Estalló la guerra. El 14 de septiembre, a las siete de la mañana, los +movilizados de Souvigny se reunieron en la plaza principal de la aldea; +llevando por capellán al abate Constantín y por cirujano mayor al doctor +Reynaud. Los dos habían concebido la misma idea, al mismo tiempo: el +sacerdote contaba sesenta y dos años y el médico cincuenta. + +El batallón, al partir, siguió el camino que atravesaba Longueval y +pasaba ante la casa del doctor. Madama Reynaud y Juan esperaban a la +orilla del camino. El niño se arrojó en los brazos de su padre: +«Llévame, papá, llévame.» La madre lloraba. El doctor los abrazó +fuertemente a los dos, y continuó su marcha. + +A cien pasos de allí el camino hacía un recodo. El doctor se volvió, +lanzando hacia su mujer y su hijo una larga y profunda mirada... ¡La +última! Ya no debía volver a verlos. + +El 8 de enero de 1871, los movilizados de Souvigny atacaban la aldea de +Villersexel, ocupada por los prusianos, que habían almenado las paredes +y habían formado barricadas en las casas. La fusilería estalló. Un +movilizado que marchaba a la cabeza, recibió una bala en el pecho y +cayó. Hubo un momento de confusión y duda. «¡Adelante, adelante!» +gritaron los oficiales. Los hombres pasaron por sobre el cuerpo de su +camarada, y bajo una lluvia de balas entraron en la aldea. + +El doctor Reynaud y el abate Constantín, que marchaban con las tropas, +se detuvieron junto al herido, que arrojaba gran cantidad de sangre por +la boca. + +--No hay nada que hacer--dijo el doctor;--se muere, es vuestro. + +El sacerdote se arrodilló junto al moribundo, el doctor, levantándose, +se dirigió hacia la aldea. No habría andado diez pasos, cuando se +detuvo, abrió los brazos y cayó de golpe al suelo. El sacerdote corrió +hacia él; pero ya estaba muerto, herido por una bala en la sien. + +Esa noche la aldea era nuestra, y al siguiente día se depositó en el +cementerio de Villersexel el cuerpo del doctor Reynaud. Dos meses +después, el abate Constantín traía a Longueval los restos de su amigo, y +detrás del ataúd, a la salida de la iglesia, caminaba un huérfano. Juan +había perdido también a su madre. Al recibir la noticia de la muerte de +su marido, quedose anonadada, embrutecida, sin poder pronunciar una +palabra ni derramar una lágrima. Después fue presa de la fiebre, el +delirio, y al cabo de quince días murió. + +Juan se encontraba solo en el mundo a los catorce años. De esta familia +en que todos, desde un siglo hasta entonces, habían sido honorables, +sólo quedaba un niño arrodillado sobre una tumba, y que prometía también +ser lo que había sido su abuelo, lo que había sido su padre: trabajador +y bueno. Hay en Francia familias como ésta, muchas, muchas más de lo que +se cree; nuestro país se ve calumniado cruelmente por ciertos novelistas +que hacen de él pinturas violentas y exageradas. Verdad es que la +historia de la gente buena es con frecuencia monótona o dolorosa, como +lo prueba esta narración. + +El dolor de Juan fue un dolor de hombre. Durante largo tiempo permaneció +triste y silencioso. La noche del entierro de su padre, el abate +Constantín lo llevó consigo al presbiterio. + +El día había sido lluvioso y frío. Juan se hallaba sentado junto al +fuego; el sacerdote leía su breviario; la vieja Paulina iba y venía +arreglando todo. Una hora pasaron sin pronunciar una palabra, cuando +Juan, de repente, levantando la cabeza dijo: + +--Padrino, ¿mi padre me ha dejado algún dinero? + +La pregunta era tan extraña, que el abate estupefacto creyó haber oído +mal. + +--¿Me preguntas si tu padre?... + +--Pregunto, padrino, si mi padre me ha dejado algún dinero. + +--Sí, ha debido dejarte dinero... + +--¿Mucho, no es verdad? He oído decir siempre en la comarca que mi padre +era rico. Decidme, más o menos, ¿cuánto me habrá dejado? + +--Pero, yo no sé... Me preguntas unas cosas... + +El pobre sacerdote sentía desgarrársele el corazón. ¡Esta pregunta, en +semejante momento! No obstante, creía conocer el corazón de Juan, y en +ese corazón no debían caber tales pensamientos. + +--Por favor, padrino, decidme...--continuó Juan con dulzura,--después os +explicaré por qué os lo pregunto. + +--Pues bien, tu padre poseía, según dicen, dos o trescientos mil +francos. + +--¿Y eso es mucho dinero? + +--Sí, es mucho dinero. + +--¿Y todo ese dinero es mío? + +--Sí, todo ese dinero es tuyo. + +--¡Ah! me alegro, porque el día en que murió mi padre, allá, durante la +guerra, los prusianos mataron al mismo tiempo que a él, al hijo de una +pobre mujer de Longueval... la anciana Clement, ¿sabéis? Y también al +hermano de Rosalía, con quien yo jugaba cuando era niño. Bueno, pues ya +que yo soy rico y ellas pobres, quiero dividir con la señora Clement y +con Rosalía el dinero que me deja mi padre. + +Al oír estas palabras, el cura se levantó, tomó las dos manos de Juan, y +atrayéndolo hacia sí, lo rodeó con sus brazos, apoyando su cabeza blanca +sobre la cabeza rubia del joven. + +Dos gruesas lágrimas se desprendieron de los ojos del anciano sacerdote, +rodaron lentamente sobre sus mejillas, y vinieron a perderse en las +arrugas de su rostro. + +Sin embargo, el cura explicó a Juan que, aunque poseedor de la herencia +de su padre, no tenía aún el derecho de disponer de ella a su antojo. +Habría un consejo de familia, y le darían un tutor. + +--Vos, sin duda, mi padrino. + +--No, yo no, hijo mío, un sacerdote no tiene derecho para ejercer la +tutela. Creo que nombrarán a M. Lenient, el notario de Souvigny, que era +uno de los mejores amigos de tu padre, tú le hablarás y le explicarás lo +que deseas. + +En efecto, el consejo de familia designó a M. Lenient para desempeñar +las funciones de tutor. Y las instancias de Juan fueron tan vivas, tan +conmovedoras, que el notario consintió en tomar de las rentas la suma de +dos mil cuatrocientos francos que todos los años, hasta la mayor edad de +Juan, se dividió entre la anciana Clement y la joven Rosalía. + +Madama de Lavardens se condujo perfectamente en esta circunstancia. + +--Dadme a Juan--dijo al abate Constantín,--dádmelo hasta el fin de sus +estudios; yo os lo traeré todos los años durante las vacaciones. No es +un servicio que os ofrezco, sino un servicio que os pido. No puedo +desear nada mejor para mi hijo. Me resigno a abandonar momentáneamente +Lavardens, porque Pablo quiere ser soldado, entrar en Saint-Cyr, y sólo +en París encontraré los maestros y recursos necesarios para ello. +Llevaré allá a los dos niños, que se educarán juntos, bajo mi +vigilancia, fraternalmente. Podréis estar seguro de que no haré la más +mínima diferencia entre ellos. + +Era difícil no aceptar una oferta como ésta. El anciano sacerdote habría +deseado tener a Juan a su lado, y su alma se desgarraba al pensar en la +separación; ¿pero dónde estaba el interés de Juan? era lo único que +debía preguntarse. Lo demás no era nada... Llamaron a Juan. + +--Hijo mío--le dijo madama de Lavardens,--¿quieres venir a vivir conmigo +y con Pablo durante algunos años, en París? + +--Sois demasiado buena señora; ¡pero habría deseado tanto poder quedarme +aquí!--dijo, mirando al cura que volvió la cara a otro lado.--¿Por qué +partís?--continuó.--¿Por qué queréis llevarnos a Pablo y a mí? + +--Porque sólo en París podréis terminar seria y útilmente vuestros +estudios. Pablo se preparará para los exámenes de Saint-Cyr, pues quiere +ser soldado. + +--Y yo también, señora, quiero serlo. + +--¡Tú soldado!--exclamó el cura;--pero no eran esas las miras de tu +padre... Muchas veces, en presencia mía, tu padre hablaba de tu +porvenir, de tu carrera: debías ser médico, como él, médico de aldea, +médico de Longueval... y como él asistir a los pobres, y como él cuidar +a los enfermos. Juan, hijo mío, acuérdate. + +--Me acuerdo, me acuerdo. + +--Bueno, entonces, debes hacer lo que tu padre deseaba... Es tu deber, y +para eso tienes que ir a París. Tú desearías quedarte aquí, ¡oh! yo lo +comprendo y yo también quisiera... pero no puede ser... Es preciso ir a +París a trabajar, a trabajar bien. Por esto no me inquieto, porque eres +verdadero hijo de tu padre, y serás un hombre honrado y trabajador; no +se puede ser lo uno sin lo otro. Y un día en la casa de tu padre, en el +mismo lugar donde él ha hecho tanto bien, los pobres de la aldea +hallarán otro doctor Reynaud que los socorrerá como él. Y si por +casualidad ese día soy todavía de este mundo, me consideraré tan feliz, +¡tan feliz!... Pero hago mal en hablar de mí... No debería... yo no soy +nada... En tu padre sólo debes pensar. Te lo repito, Juan, eran sus más +ardientes votos; no puedes haberlo olvidado. + +--No, no lo he olvidado; pero si mi padre me ve, y si me oye, estoy +seguro que me comprende, y me perdona, pues es por él... + +--¿Por él?... + +--Sí, cuando supe que había muerto, cuando supe cómo había muerto en el +acto, sin tener necesidad de reflexionar me dije que yo sería soldado... +¡y seré soldado!... Mi padrino, y vos, señora, os ruego que no os +opongáis... + +El niño se echó a llorar en una verdadera crisis de desesperación. La +Condesa y el abate lo calmaron con dulces palabras. + +--Sí... sí... convenido... todo lo que quieras, serás todo lo que +quieras... + +Los dos tenían el mismo pensamiento: dejemos obrar al tiempo. Juan es un +niño y cambiará de idea. En lo cual los dos se engañaban: Juan no cambió +de idea. + +En el mes de septiembre de 1876, Pablo fue rechazado en Saint-Cyr y Juan +recibió el undécimo lugar en la Escuela Politécnica. El día en que se +publicó la lista de los candidatos admitidos, escribió al abate +Constantín. + +«He sido recibido y muy bien recibido, pues quiero salir en el ejército +y no en el servicio civil... En fin, si conservo mi lugar en la +escuela, haré un bien a uno de mis camaradas, que obtendrá mi puesto.» + +Así sucedió... Juan hizo más que conservar su lugar, pues en las +clasificaciones de salida obtuvo el número siete. Pero en vez de entrar +a la Escuela de Puentes y Calzadas, ingresó a la Escuela de Aplicación +de Fontainebleau, en 1878. Acababa de cumplir veintiún años. Era mayor +de edad, dueño y señor de su fortuna, y el primer acto de su +administración fue un grande, grandísimo gasto. Compró para la anciana +Clement y para la pequeña Rosalía, que ya era grande, dos títulos de +renta de mil quinientos francos cada uno, los cuales le costaron setenta +mil francos, casi lo que gastó Pablo en su primer año de libertad en +París, por la señorita Lise Bruyère, del teatro del Palais-Royal. + +Dos años después, Juan salió el primero en la Escuela de Fontainebleau, +lo que le daba el derecho de elegir uno de los puestos vacantes. Había +uno en el regimiento acuartelado en Souvigny, y Souvigny distaba tres +kilómetros de Longueval; Juan pidió este puesto y lo obtuvo. + +Por estas razones, Juan Reynaud, subteniente del 9.º regimiento de +artillería, volvió en el mes de octubre de 1880 a tomar posesión de la +casa del doctor Marcelo Reynaud, y por esto se encontraba en la aldea +donde transcurrió su infancia y donde todo el mundo conservaba el +recuerdo de la vida y la muerte de su padre. Y el abate Constantín pudo +gozar la alegría de tener tan cerca al hijo de su amigo... Y si +debiéramos decirlo todo, no sentía mucho que Juan hubiera dejado de ser +médico. Cuando salía de su iglesia, después de haber dicho su misa, y +veía flotar por el camino una nube de polvo, cuando sentía temblar la +tierra bajo el peso de los cañones... se detenía, y como un niño, se +complacía en ver pasar el regimiento... ¡Pero el regimiento para él era +Juan! Era ese robusto y sólido caballero en cuya fisonomía se leía +claramente la rectitud, el valor y la bondad. + +Apenas divisaba Juan a lo lejos al cura, galopaba y venía a charlar un +momento con su padrino. El caballo volvía la cabeza hacia el abate, pues +sabía que siempre había un terrón de azúcar para él en el bolsillo de +aquella vieja sotana negra, gastada, remendada, la sotana de por la +mañana. El abate poseía otra muy linda y muy nueva, que se guardaba para +las grandes ocasiones. + +Las trompetas del regimiento sonaban mientras atravesaban la aldea... y +todas las miradas buscaban a Juan, al pequeño Juan; pues para los viejos +de Longueval siempre era el _pequeño Juan_. Cierto paisano todo arrugado +y agobiado, no pudo nunca quitarse la costumbre de decirle al pasar: +«¡Eh! buen día, chicuelo, ¿cómo te va?» Y tenía seis pies de altura el +tal chicuelo. + +Juan no atravesaba nunca la aldea sin divisar en sus respectivas +ventanas el apergaminado rostro de la vieja Clement y la risueña cara de +Rosalía. Esta última se había casado el año anterior, siendo Juan uno de +los testigos, y de los que más alegremente bailaron la noche de la boda +con las jóvenes de Longueval. + +Tal era el subteniente de artillería que el sábado 28 de mayo de 1881, a +eso de las cinco de la tarde, echó pie a tierra ante la puerta del +presbiterio del Longueval. Entró seguido dócilmente por su caballo, que +por sí mismo fue a colocarse bajo una especie de establo que había en el +patio. Paulina se hallaba en la ventana de la cocina. Juan se acercó y +la besó con cariño en las dos mejillas. + +--Buen día, mi buena Paulina, ¿cómo te va? + +--Muy bien, ocupándome de tu comida. ¿Quieres saber lo que hay? Sopa de +papas, una pata de carnero y crema. + +--¡Admirable! Adoro todo eso y me muero de hambre. + +--Y ensalada, se me olvidaba ensalada que tú me ayudarás a preparar. +Comerán a las seis y media en punto, porque esta noche, a las siete y +media, comienza el mes de María. + +--¿Dónde está mi padrino? + +--En el jardín. Está muy triste el señor cura, a causa de la venta de... + +--Sí, ya sé, ya sé... + +--Al verte se alegrará un poco. ¡Se pone tan contento cuando tú vienes! +Cuidado... mira que Loulou se va a comer los rosales... ¡Qué calor tiene +Loulou! + +--Di toda la vuelta al bosque tan aprisa... + +Juan tomó a Loulou que se dirigía a los rosales, la desensilló, la ató y +le alcanzó un gran montón de pasto seco. Después entró a la casa, +quitose el sable y cambió el quepis por un viejo sombrero de paja de +cinco sueldos, y se fue a buscar al cura al jardín. + +En efecto, el pobre abate estaba muy triste. No había pegado los ojos en +toda la noche, él, que generalmente dormía con tanta facilidad como un +niño. Su alma estaba desgarrada. ¡Longueval en manos de una extranjera, +de una hereje, de una aventurera! Juan repetía lo que Pablo había dicho +la víspera: + +--Tendréis dinero, mucho dinero para vuestros pobres. + +--¡Dinero, dinero!... Sí, mis pobres no perderán nada, quizá ganarán... +Pero ese dinero tendré que ir a pedirlo, y en el salón, en vez de mi +vieja amiga encontraré a esa americana de cabellos rojos, ¡parece que +tiene los cabellos rojos! Iré seguramente por mis pobres, iré... y ella +me dará dinero, pero no me dará nada más que dinero. La Marquesa daba +algo más, daba parte de su vida, parte de su corazón, juntos íbamos +todas las semanas a visitar a los pobres y enfermos. Ella conocía todos +los sufrimientos y todas las miserias de la aldea. Y cuando yo estaba +clavado por la gota en mi sillón, ella hacía las visitas sola, tan bien +o mejor que yo. + +Paulina vino a interrumpir esta conversación apareciendo con una inmensa +ensaladera de loza, sobre la cual campeaban, violentas y chillonas, +grandes flores rojas. + +--Aquí vengo a buscar la ensalada. Juan, ¿quieres lechuga o achicoria? + +--Achicoria--respondió Juan alegremente.--Hace mucho tiempo que no como +achicoria. + +--Pues bien, esta noche comerás... Toma, tenme la ensaladera... + +Paulina comenzó a cortar la achicoria, y Juan se inclinaba para recibir +las hojas en la gran ensaladera. El cura los miraba hacer. + +En ese momento se oyó un ruido de cascabeles. Se acercaba un carruaje +que sonaba demasiado. + +El jardincito del abate Constantín, sólo estaba separado del camino por +una verja muy baja, en medio de la cual había una pequeña puerta. + +Los tres miraron y vieron venir un carruaje de alquiler de forma +primitiva, tirado por dos grandes caballos blancos, manejados por un +cochero de blusa. Junto al cochero iba un criado con librea de la más +severa y perfecta corrección. En el carruaje iban dos jóvenes que +llevaban trajes iguales de viaje, muy elegantes, pero muy sencillos. + +Cuando el carruaje se encontró ante la verja del jardín, el cochero +detuvo los caballos y dirigiéndose al cura, dijo: + +--Señor cura, estas señoras os buscan.--Luego, volviéndose a sus +clientas:--Ahí tenéis al señor cura de Longueval. + +El abate Constantín se aproximó y abrió la pequeña puerta. Las viajeras +descendieron, deteniendo sus miradas, no sin cierto asombro, en el joven +oficial que se encontraba allí algo confuso con su sombrero de paja en +la mano derecha y en la izquierda la gran ensaladera rebosando de +achicoria. + +Las dos mujeres entraron al jardín, y la mayor (representaba veinticinco +años), dirigiéndose al abate, le dijo con acento extranjero, algo +extraño y muy original: + +--Me veo obligada, señor cura, a presentarme a mí misma... Madama Scott, +la que compró ayer el castillo, y la granja, y todo lo demás. ¿No os +molesto, señor, y podréis acordarme durante cinco minutos vuestra +atención?--Luego, designando a su compañera de viaje:--Miss Bettina +Percival, mi hermana: lo habríais adivinado, creo. Nos parecemos mucho, +¿no es verdad? ¡Ah! Bettina, hemos olvidado en el carruaje nuestras +carteras, y las necesitaremos. + +--Voy a buscarlas. + +Y como miss Percival se preparara a ir por ellas, Juan le dijo: + +--Permitidme, señorita, que os las traiga. + +--Siento, señor, molestaros... El sirviente os las entregará. Están en +el asiento de adelante. + +Miss Percival tenía el mismo acento de su hermana, los mismos grandes +ojos negros, risueños y alegres, y los mismos cabellos, no rojos, sino +rubios, con reflejos dorados en los que jugaba con delicadeza la luz del +sol. Saludó a Juan con una graciosa sonrisa, y éste, después de entregar +a Paulina la ensaladera de achicoria, se fue a buscar las dos carteras. + +Entretanto, muy conmovido, muy turbado, el abate Constantín introducía +en el presbiterio a la nueva castellana de Longueval. + + + + +III + + +En verdad, no era un palacio el presbiterio de Longueval. La misma pieza +del piso bajo, servía de salón y comedor con puerta de comunicación para +la cocina; esta pieza estaba adornada con los muebles más precisos: dos +viejos sillones, seis sillas de paja, un aparador y una mesa redonda, +sobre la cual Paulina había puesto ya los asientos del abate y de Juan. + +Madama Scott y miss Percival iban y venían, examinando con infantil +curiosidad la instalación del cura. + +--El jardín, la casa, todo es precioso aquí--decía madama Scott. + +Las dos entraron resueltamente a la cocina. El abate Constantín las +seguía sofocado, azorado, estupefacto ante tan brusca y repentina +invasión americana. La vieja Paulina miraba a las dos extranjeras con +aire inquieto y sombrío. + +--¡Estas son--pensaba,--las herejes, las excomulgadas! + +Y con sus manos agitadas, temblorosas, continuaba preparando la +ensalada. + +--¡Os felicito, señorita--le dijo Bettina,--por el perfecto orden que +reina en vuestra cocina! Mirad, Zuzie; ¿no era así el presbiterio que +deseabais? + +--Y el cura también--respondió madama Scott.--¡Ah! sí, señor cura, +¿queréis dejarme decíroslo? ¡Si supierais cuán feliz me considero por +haberos encontrado tal cual sois! Esta mañana en el tren, ¿qué os decía, +Bettina? ¿y hace un momento en el carruaje? + +--Mi hermana me decía, señor cura, que deseaba, sobre todo, encontrar +un cura que no fuera ya joven, ni triste, ni severo, un cura de cabellos +blancos, y aire bondadoso y tranquilo. + +--Y vos reunís todas esas condiciones, señor cura. No podíamos haber +encontrado nada mejor. Escuchad, os ruego, mi modo de hablar. Las +parisienses saben dar un buen giro a sus frases, presentándolas de una +manera conveniente y complicada, pero yo no sé... y hablando francés me +costaría mucho salir del paso si no dijera las cosas lisa y llanamente +como se me ocurren. En fin, estoy contenta, en extremo contenta, señor +cura, y espero que vos también quedaréis satisfecho de vuestras nuevas +parroquianas. + +--¡Mis parroquianas!--exclamó el cura, recobrando al fin la palabra, el +movimiento, la vida, todas estas cosas que desde hacía algunos minutos +lo habían abandonado completamente.--Mis parroquianas! Perdón, señora, +señorita... ¡Estoy tan conmovido! ¿Seríais... sois, acaso, católicas? + +--¡Sí, señor, somos católicas! + +--¡Católicas, católicas!--repitió el cura. + +--¡Católicas, católicas!--exclamó la vieja Paulina, apareciendo +radiante, con los brazos levantados hacia el cielo, en el umbral de la +cocina. + +Madama Scott miraba al cura, miraba a Paulina, muy asombrada de haber +producido tal efecto con una sola palabra, y para completar el cuadro, +apareció Juan trayendo las dos bolsas de viaje. El cura y Paulina lo +recibieron con la misma palabra. + +--¡Católicas, católicas! + +--¡Ah! comprendo al fin--dijo madama Scott riendo;--¡nuestro nombre y +nuestra patria os hicieron creer que éramos protestantes! No lo somos, +nuestra madre era del Canadá, de origen francés y católica; por eso mi +hermana y yo hablamos francés, con acento extranjero y ciertos modismos +americanos, pero en fin, decimos, más o menos lo que deseamos decir. Mi +marido es protestante, pero me deja entera libertad, y mis dos hijos son +católicos. Por esto hemos querido desde el primer día venir a saludaros, +señor abate. + +--Por eso y por otra cosa--continuó Bettina,--mas para la otra cosa +necesitamos nuestras carteras. + +--Aquí las tenéis, señorita--respondió Juan. + +--Esta es la mía. + +--Y esta otra la mía. + +Mientras las carteras pasaban de las manos del oficial a las de madama +Scott y Bettina, el cura presentaba a Juan a las dos americanas, pero +estaba aún tan conmovido, que la presentación no fue hecha en toda +regla. El cura no olvidó más que una cosa; pero algo muy esencial en una +presentación: el apellido de Juan. + +--Es Juan--dijo,--mi ahijado, subteniente del regimiento de artillería +de guarnición en Souvigny; es de la casa. + +Juan hizo dos grandes cortesías, las americanas dos pequeñas, y +comenzaron a buscar en sus bolsas, sacando cada una un rollo de mil +francos, bonitamente encerrados en dos bolsitas verdes de piel de +serpiente con anillos de oro. + +--Os traía esto para vuestros pobres, señor cura--dijo madama Scott. + +--Y yo esto otro--agregó Bettina. + +Con toda delicadeza deslizaron su ofrenda en la mano derecha e izquierda +del anciano cura, y éste mirando alternativamente sus dos manos, +pensaba: + +--¿Qué serán estas dos cosas? son muy pesadas; debe haber oro aquí +dentro... Sí, pero ¿cuánto, cuánto? + +Sesenta y dos años contaba el abate Constantín, y mucho dinero había +pasado por sus manos para no permanecer en ellas largo tiempo, es +verdad; pero este dinero lo recibía por pequeñas cantidades y la +sospecha de una ofrenda semejante no le cabía en la cabeza. ¡Dos mil +francos! Jamás tuvo dos mil francos en su poder, ni mil siquiera. + +No sabiendo, pues, cuánto le daban, el cura no sabía cómo agradecer; +balbuceaba: + +--Os doy muchísimas gracias, señora; sois demasiado buena, señorita. + +En fin, como no agradeciera lo bastante, Juan creyó deber intervenir. + +--Mi padrino, estas señoras acaban de daros dos mil francos. + +Entonces, presa de una gran emoción y agradecimiento, el cura exclamó: + +--¡Dos mil francos, dos mil francos para mis pobres! + +Paulina hizo bruscamente una nueva aparición. + +--¡Dos mil francos, dos mil francos! + +--Así parece... así parece... tomad, Paulina, guardad este dinero, y +tened mucho cuidado con él... + +Muchas cosas era en la casa la vieja Paulina: sirvienta, cocinera, +boticaria, tesorera. Sus manos recibieron, con respetuoso temor los dos +paquetitos de oro que representaban tantas miserias aliviadas, tantos +dolores disminuidos. + +--No es eso todo, señor cura--dijo madama Scott,--os daré quinientos +francos todos los meses. + +--Y yo haré como mi hermana. + +--¡Mil francos por mes! pero entonces ya no habrá pobres en la comarca. + +--Es lo que deseamos. Soy rica, muy rica, y mi hermana también. Ella es +más rica que yo, porque a una joven le cuesta más gastar mucho... +¡mientras que yo! ¡ah, yo! ¡todo lo que puedo, gasto todo lo que puedo! +Cuando se tiene mucho dinero, demasiado dinero, más de lo que es justo, +decid, señor cura, ¿para hacérselo perdonar, hay otro medio que tener la +mano siempre abierta y dar, dar, dar lo más y mejor posible? Además, vos +también vais a darme algo. + +Y dirigiéndose a Paulina agregó: + +--¿Queréis tener la bondad de darme un vaso de agua fresca, señorita? +No, nada más... un vaso de agua fresca, porque me muero de sed. + +--Y yo--dijo riendo Bettina, mientras Paulina corría en busca del vaso +de agua,--yo me muero de otra cosa, me muero de hambre. Señor cura, voy +a decir algo horriblemente indiscreto... Pero veo la mesa puesta y... +¿No podríais invitarnos a comer? + +--¡Bettina!--dijo madama Scott. + +--Dejadme, Zuzie, dejadme en paz... ¿No es verdad que queréis, señor +cura? + +Pero el anciano cura no encontraba nada que responder. No sabía lo que +le pasaba. ¡Ellas tomaban por asalto el presbiterio, eran católicas! ¡Le +traían dos mil francos; le ofrecían mil francos mensuales! y querían +comer con él; ¡ah! ¡esto era el colmo! el terror lo paralizaba al pensar +que tendría que hacer los honores de la pata de carnero y la crema a +esas dos americanas locamente ricas que debían alimentarse de cosas +extraordinarias, fantásticas, inusitadas, y sólo murmuraba: + +--¡A comer... a comer! ¿queríais quedaros a comer aquí? + +Juan intervino una vez más. + +--Mi padrino se consideraría demasiado feliz, si quisierais quedaros; +pero comprendo lo que le inquieta... Debíamos comer los dos solos; no +esperéis, pues, un festín, señoras. En fin, seréis indulgentes. + +--Sí, sí--respondió Bettina,--muy indulgentes. + +Luego, dirigiéndose a su hermana: + +--Vamos, Zuzie, no me pongáis mala cara porque he sido un poco... sabéis +que acostumbro a ser un poco... Quedémonos, ¿queréis? Descansaremos +pasando aquí una hora tranquilamente. Hemos hecho una jornada horrible, +en el tren, en el carruaje, en medio del polvo, ¡y con un calor! ¡Nos +sirvieron un almuerzo tan espantoso esta mañana en el hotel! y debíamos +volver a comer allá a las siete, en el mismo hotel, para tomar en +seguida el tren de París... Pero comer aquí será mucho mejor. Ya no +decís que no. ¡Ah! ¡cuán buena sois, mi Zuzie! + +Besó a su hermana con mucha zalamería, y volviéndose al cura, dijo: + +--Si supierais, señor cura, cuán buena es. + +--¡Bettina, Bettina! + +--Vamos, Paulina--dijo Juan,--pronto, dos asientos más; yo te ayudaré. + +--Y yo también--exclamó Bettina,--yo también quiero ayudaros. ¡Oh! ¡esto +me divertirá tanto! Pero, señor cura, permitidme hacer de cuenta que +estoy en casa. + +Con prontitud se quitó su abrigo, y Juan pudo admirar, en su exquisita +perfección, un cuerpo maravillosamente flexible y gracioso. + +Miss Percival, quitose en seguida el sombrero, pero con demasiada +rapidez; pues fue la señal de un precioso desorden. Toda una avalancha +de cabellos se escapó y esparció en torrentes, en largas cascadas sobre +los hombros de Bettina, que se encontraba ante una ventana por donde +penetraban los rayos del sol... y aquella luz radiante que daba de lleno +sobre su cabellera de oro, ponía en un cuadro delicioso la espléndida +belleza de la joven. Confusa y ruborizada, Bettina llamó en su ayuda a +su hermana, que tuvo gran trabajo para volver a poner las cosas en +orden. + +Cuando quedó así reparada la catástrofe nadie pudo impedir a Bettina que +se precipitara sobre los platos, cuchillos y tenedores. + +--Pero, señor--le decía a Juan,--yo sé muy bien poner la mesa. +Preguntadle a mi hermana... ¿Decid, Zuzie, cuando yo era chica en +New-York, no ponía bien la mesa? + +--Sí, muy bien--respondió madama Scott. + +Y ella también, rogando al cura excusara la indiscreción de Bettina, +quitose el sombrero y el abrigo; y Juan gozó una vez más del muy +agradable espectáculo de un cuerpo precioso y admirables cabellos. Pero +el desorden, y Juan lo sintió, no tuvo segunda edición. + +Algunos minutos después, madama Scott, miss Percival, el cura y el +oficial, tomaban asiento alrededor de la mesa del presbiterio; luego, +con mucha rapidez, gracias a la sorpresa y originalidad del encuentro, +gracias, sobre todo, al buen humor y alegría algo audaz de Bettina, la +conversación tomaba el giro de la más franca y cordial familiaridad. + +--Vais a ver, señor cura--dijo Bettina,--vais a ver cómo no he mentido, +si no me moría realmente de hambre. Os prevengo que voy a devorar. Nunca +me he sentado a la mesa con tanto gusto. ¡Esta comida terminará también +la jornada! Estamos tan contentas mi hermana y yo, de ser dueñas del +castillo, la granja, los bosques... + +--Y yo de poseer todo eso de una manera tan extraordinaria como +imprevista. ¡No nos lo imaginábamos! + +--Ni lo soñábamos, Zuzie... Sabéis, señor cura, que ayer fue el +cumpleaños de mi hermana... Pero primero, perdonad, señor... señor Juan, +¿no es así? + +--Sí, señorita, así es. + +--¡Pues bien, señor Juan, servidme un poco más de esta excelente sopa, +os lo ruego! + +El abate Constantín comenzaba a volver en sí, a tranquilizarse; pero, +sin embargo, estaba aún demasiado conmovido para cumplir correctamente +con sus deberes de dueño de casa; por eso Juan tomaba la dirección de la +modesta comida de su padrino. Llenó hasta los bordes el plato de la +preciosa americana, que fijaba resueltamente en él la mirada de dos +grandes ojos en los que brillaba la franqueza, la osadía y el contento. + +Los ojos de Juan pagaban a miss Percival en la misma moneda. No hacía +tres cuartos de hora que en el jardín del cura la joven americana y el +joven oficial, se habían dirigido la palabra por primera vez, y los dos +se sentían alegres, tenían plena confianza mutua, casi como camaradas. + +--Os decía, señor cura--continuó Bettina,--que ayer fue el santo de mi +hermana, su cumpleaños. Mi cuñado partió forzosamente para América hará +unos ocho días, y al partir dijo a mi hermana: «No estaré aquí para +vuestro día, mas recibiréis noticias mías.» + +Ayer, pues, recibimos regalos y ramos de todas partes; pero de mi +cuñado, hasta las cinco, nada... nada. Salimos a dar una vuelta a +caballo por el bosque... y a propósito de caballo... + +Bettina se inclinó a un lado y miró con curiosidad las grandes botas de +Juan, cubiertas de polvo. + +--Pero, señor, ¿usáis espuelas? + +--Sí, señorita. + +--¿Estáis en la caballería? + +--Estoy en la artillería, señorita, y la artillería es la caballería. + +--¿Y vuestro regimiento está de guarnición?... + +--Muy cerca de aquí. + +--¿Entonces saldréis a caballo con nosotras? + +--Convenido. ¿Veamos ahora en qué estaba? + +--No sabéis lo que decís, Bettina, y contáis a estos señores cosas que +no pueden interesarles. + +--¡Oh! dispensad, señora--dijo el cura.--En toda la comarca no se trata +por el momento más que de la venta de este castillo, y la narración de +la señorita nos interesa mucho. + +--Ves, Zuzie, mi historia interesa mucho al señor cura. Continúo, pues. +Salimos a caballo, volvimos a las siete, nada. Comimos, y en el momento +que nos levantábamos de la mesa, llega un telegrama de América, dos +líneas solamente: «He hecho comprar para vos, hoy el castillo de +Longueval y sus dependencias, cerca de Souvigny, sobre la línea del +Norte.» Entonces las dos fuimos presas de una risa loca al pensar... + +--No, no, Bettina, eso no es exacto. Nos calumniáis a las dos. Primero +sentimos un movimiento de emoción y agradecimiento muy sincero. Nos +gusta mucho el campo a mi hermana y a mí, y mi marido, que es excelente, +sabía que deseábamos con ardor poseer algunas tierras en Francia, y +desde hacía seis meses buscaba, sin encontrar, hasta que por último, sin +decírnoslo, descubrió este castillo que se vendía precisamente el día de +mi santo. Era una delicada atención de su parte. + +--Sí, Zuzie, tenéis razón; pero después del acceso de emoción, hubo uno +grande de alegría. + +--Eso sí, lo reconozco. Cuando pensamos que bruscamente las dos éramos +dueñas, pues lo que es de la una es de la otra, propietarias de un +castillo, sin saber dónde se encontraba, cómo era, ni cuánto había +costado; se asemejaba tanto a un cuento de hadas, que... + +--En fin, durante unos cinco minutos reímos de todo corazón. Luego nos +arrojamos sobre un mapa de Francia, y no sin trabajo conseguimos +descubrir a Souvigny. Después del atlas tomamos una guía de +ferrocarriles, y esta mañana, por el tren de las diez, desembarcamos en +Souvigny. + +--Todo el día lo empleamos en visitar el castillo, las caballerizas, los +jardines. No hemos visto todo porque es inmenso; pero estamos encantadas +de lo que hemos visto. No obstante, señor cura, hay algo que me intriga. +Sé que la propiedad ha sido vendida públicamente: he visto por todo el +camino los grandes avisos... Mas no me he atrevido a preguntar a las +personas que me han acompañado hoy en mi paseo, pues mi ignorancia +habría parecido extraordinaria, cuánto ha costado todo esto. Mi marido +se olvidó de decírmelo en su telegrama. Desde que estoy encantada con la +adquisición, esto no constituye más que un detalle, pero que no me +disgustaría saber... Decid, señor cura, si lo sabéis, decidme el +precio. + +--Un precio enorme--respondió el cura,--pues se agitaban muchas +esperanzas y ambiciones en torno de Longueval. + +--¡Un precio enorme! me asustáis... ¿Cuánto, exactamente? + +--¡Tres millones! + +--¡Nada más!--exclamó madama Scott;--¿el castillo, las granjas, el +bosque, todo por tres millones? + +--Pero es tirado--dijo Bettina.--Sólo el precioso río que pasea por el +parque, vale los tres millones. + +--¿Y decíais, señor cura, que muchas personas nos disputaban las tierras +y el castillo? + +--Sí, señora. + +--¿Y ante esas personas, después de la venta, se pronunció mi nombre? + +--Sí, señora. + +--¿Cuando lo pronunciaron, hubo alguien que me conociera, que hablara de +mí?... sí... sí... Vuestro silencio me responde; hablaron de mí. Pues +bien, señor cura, ahora que estoy seria, muy seria, os ruego, por +favor, me repitáis lo que dijeron de mí. + +--Pero, señora--respondió el pobre cura, que estaba sobre +ascuas,--hablaron de vuestra inmensa fortuna... + +--Sí, debieron hablar de eso; sin duda, dirían que era muy rica, de poco +tiempo a esta parte... una _parvenue_, ¿no es así? Está bien, pero no es +todo, debieron decir otras cosas. + +--No, no he oído nada... + +--¡Oh! señor cura, estáis cometiendo, por culpa mía, una mentira +caritativa, como vos diríais... y os hago desgraciado, pues debéis ser +la sinceridad en persona. Mas si os atormento así, es porque tengo +grande interés en saber lo que se ha dicho, lo que... + +--¡Por Dios! señora--interrumpió Juan,--tenéis razón, han dicho otra +cosa, y mi padrino no sabe cómo repetírosla; pero ya que lo exigís, +dijeron que erais una de las más elegantes, de las más brillantes y de +las más... + +--¿Y de las más lindas mujeres de París? Con alguna indulgencia han +podido decirlo. Pero aun no es todo. Hay algo más... + +--¡Ah! ¿sí? + +--Sí, hay algo más, y yo quisiera tener con vosotros, una explicación +bien clara y bien franca. No sé por qué me parece que he tenido buena +estrella hoy; creo que ya sois en cierto modo mis amigos, y que un día +lo seréis verdaderamente. Pues bien, decidme, si corren sobre mi persona +historias absurdas y falsas, ¿no tendré razón de pensar que me ayudaréis +a desmentirlas? + +--Sí, señora--respondió Juan con extrema vivacidad,--hacéis bien en +pensarlo. + +--Pues a vos me dirijo, señor. Sois soldado, debéis tener valor; +prometedme ser valiente; ¿me lo prometéis? + +--¿Qué entendéis, señora, por ser valiente? + +--Prometed, prometed, sin explicaciones, sin condiciones. + +--Está bien; lo prometo... + +--¿Vais a responder francamente, por sí o por no, a las preguntas que os +dirija? + +--Responderé. + +--¿Os han dicho que yo mendigaba en las calles de New-York? + +--Sí, señora, me lo han dicho. + +--¿Y que había sido amazona de un circo ambulante? + +--Me lo han dicho, señora. + +--¡Sea enhorabuena! Esto se llama hablar. ¡Pues bien! notad primero, que +en todo eso no habría nada deshonroso... Pero si no es cierto, ¿no tengo +derecho para desmentirlo? Y os aseguro que no es cierto. Mi historia, os +la referiré en pocas palabras, y si os la cuento así desde el primer +día, es para que tengáis la bondad de repetirla a todos los que os +hablen de mí... Pasaré una parte de mi vida en esta aldea, y deseo que +sepan de dónde vengo y quién soy. Principio, pues. Pobre, sí, lo he +sido, y muy pobre; hará de esto ocho años... Acababa de morir mi padre, +siguiendo de muy cerca a mi madre. Yo contaba dieciocho años y Bettina +nueve; quedábamos solas en el mundo, con fuertes deudas y un gran +pleito. Las últimas palabras de mi padre fueron estas: «Zuzie, no hagas +ninguna transacción en el pleito, nunca, nunca, nunca, y tendréis +millones, hijas mías, ¡millones!» y nos besó a las dos, a Bettina y a +mí... Lo acometió el delirio, y murió repitiendo: «¡Millones!» Al día +siguiente, se presentó un procurador, ofreciéndome pagar todas las +deudas y darme además diez mil dollars, si yo le transfería mis derechos +al pleito. Se trataba de la posesión de una gran extensión de tierras en +el Colorado. Rehusé. Entonces fue cuando, durante algunos meses, +estuvimos muy pobres. + +--Y entonces era cuando yo ponía la mesa--dijo Bettina. + +--Pasaba mi vida en casa de los _Solicitors_ de New-York. Pero nadie +quería hacerse cargo de mis intereses. En todas partes recibía la misma +respuesta: «Vuestra causa es muy dudosa, tenéis adversarios ricos y +temibles, se necesita dinero, mucho dinero, para llevar a cabo el +pleito, y ya no os queda nada. Os ofrecen pagaros las deudas y diez mil +dollars, aceptad, vended el pleito.» + +Pero yo conservaba siempre en el oído las últimas palabras de mi padre, +y no aceptaba... Sin embargo, la miseria iba a obligarme, cuando un día +fui a ver a uno de los amigos de mi padre, un banquero de New-York, M. +William Scott, que no me recibió solo; junto a su escritorio estaba +sentado un joven: «¡Podéis hablar, me dijo, es mi hijo Richard Scott!» +Miro al joven, él me mira y nos reconocemos... «¡Zuzie!--¡Richard!» y +nos tendemos la mano. El tenía veintitrés años y yo dieciocho, y muchas +veces, cuando niños, habíamos jugado juntos, siendo entonces muy buenos +amigos. Después, siete u ocho años antes de esto, él fue a terminar su +educación en Francia e Inglaterra. Su padre me hizo sentar, +preguntándome qué deseaba, y se lo dije. Me escuchó y respondió: +«Necesitaríais veinte a treinta mil dollars, y nadie os prestará esa +suma sobre las inciertas probabilidades de un pleito muy complicado; +¡sería una locura! Si sois desgraciada, si necesitáis algún +socorro...--No es eso lo que pide miss Percival, padre mío, dijo con +viveza Richard.--Bien lo sé, pero lo que pretende es imposible...» Y se +levantó para acompañarme... Entonces tuve un acceso de debilidad, el +primero desde que era huérfana; hasta ese día había sido fuerte, pero +sentía agotado mi valor. Sufrí un ataque de nervios y de lágrimas. Me +repuse, al fin, y partí. Una hora después, Richard Scott estaba en mi +casa. «Zuzie, me dijo, prometedme aceptar lo que voy a ofreceros, +prometédmelo.» Yo le prometí. «Pues bien, con la sola condición de que +mi padre no sepa nada, pongo a vuestra disposición la suma que +necesitáis.--¡Pero vos no conocéis el pleito, y es preciso que sepáis lo +que es, lo que vale!--No lo conozco absolutamente, ni quiero conocerlo. +¿Qué mérito tendría mi proceder si tuviera la seguridad de cobrar mi +dinero? Además, os habéis comprometido a aceptar, y no podéis rehusar.» +Se me ofrecía con tanta sencillez, con tanta franqueza, que acepté. Tres +meses después ganamos el pleito, y por los terrenos que, ya sin +apelación posible, eran propiedad de las dos, nos ofrecían cinco +millones. Fui a consultar a Richard. «Rehusad, y esperad; si os ofrecen +esa suma, es porque los terrenos valen el doble.--Pero es preciso que os +devuelva vuestro dinero, os debo mucho, mucho dinero.--¡Oh! por eso no, +más tarde, no tengo apuro, ahora estoy muy tranquilo! mi crédito no +corre ningún peligro.--Pero quisiera pagaros ahora mismo; ¡odio las +deudas!... Existe un medio, quizá, sin vender los terrenos... Richard, +¿queréis ser mi marido?» Sí, señor cura--dijo madama Scott, riendo,--fui +yo quien salí al encuentro de mi marido: yo quien le pidió su mano; esto +lo podéis decir a todo el mundo, porque es la verdad. Por otra parte, me +veía obligada a hacerlo así, pues nunca, ¡oh! estoy tan segura, nunca +habría hablado él primero. Yo era demasiado rica, y como él me amaba a +mí y no a mi dinero, mi dinero le causaba horror. Tal es la historia de +mi casamiento. + +En cuanto a la historia de mi fortuna, os la diré en pocas palabras. +Existían realmente millones en esos terrenos del Colorado, pues se +descubrieron abundantes minas de plata, de las que sacamos todos los +años una renta asombrosa. Pero estamos de acuerdo, mi marido, mi hermana +y yo, en separar de estas rentas una gran parte para los pobres. Ya lo +veis, señor cura... porque nosotras también hemos conocido días +crueles, porque Bettina recuerda haber puesto la mesa en nuestro pequeño +comedor de un quinto piso en New-York, nos encontraréis siempre prontas +a socorrer a los que están, como estuvimos nosotras, en presencia de las +dificultades y los dolores de la vida... Y ahora, señor Juan, ¿queréis +perdonarme mi largo discurso y ofrecerme un poco de esa crema que parece +excelente? + +Mientras Juan se apresuraba a servir a madama, Scott, ésta continuó: + +--No lo he dicho todo aún. Es preciso que sepáis de dónde nacen estas +historias extravagantes. Cuando vinimos a establecernos en París, hace +un año, creímos deber dar desde nuestra llegada, cierta suma para los +pobres. ¿Quién habló de ésto? No fuimos nosotras, seguramente; pero la +historia salió en un diario con la cifra, y en el acto dos jóvenes +reporters acudieron a hacer sufrir un interrogatorio sobre su pasado a +M. Scott, pues querían escribir sobre nosotros una crónica en sus +diarios. M. Scott es a veces algo vivo, y ese día lo fue bastante, +despidiendo bruscamente a esos señores sin decirles nada. Entonces, no +sabiendo nuestra verdadera historia, inventaron una a su antojo. El +primero contó que yo había mendigado en las calles de New-York, y el +segundo, al día siguiente, para publicar algo que causara más sensación, +me hizo atravesar circunferencias de papel en un circo de Filadelfia. +Tenéis en Francia unos diarios muy originales; verdad es que en América +no lo son menos. + +Cinco minutos harían que Paulina dirigía al cura señas desesperadas; que +éste se obstinaba en no comprender, tanto, que la pobre mujer, reuniendo +todo su valor, dijo al fin: + +--Señor cura, son las siete y cuarto. + +--¡Las siete y cuarto! ¡Oh! señoras, dispensadme, pero esta tarde tengo +que rezar el oficio del mes de María. + +--¿El mes de María va a principiar en seguida? + +--Sí, en seguida. + +--¿Y a qué hora exacta parte el tren de París? + +--A las nueve y media--respondió Juan,--y emplearéis quince a veinte +minutos, para llegar a la estación, en carruaje. + +--Entonces, Zuzie, podemos ir a la iglesia. + +--Vamos--respondió madama Scott,--pero antes de separarnos, señor cura, +tengo que pediros un servicio. Quiero que vayáis a comer con nosotras, +la primera vez que vengamos a Longueval, y vos también, señor... los +cuatro solos, como hoy. ¡Oh! no rehuséis, tengo tanto gusto en +invitaros. + +--Y nosotros más en aceptar, señora--respondió Juan. + +--Os escribiré anunciándoos el día. Vendré lo más pronto posible, para +que estrenemos juntos el castillo. + +Entretanto, Paulina, en un rincón de la pieza hablaba con mucha +animación y misterio con miss Percival. Su conversación terminó con +estas palabras: + +--¿Vos estaréis allí?--decía Bettina. + +--Sí, estaré. + +--¿Y me diréis en qué momento? + +--Os lo diré, pero cuidado... ahí viene el señor cura, y es preciso que +ni sospeche... + +Las dos hermanas, el cura y Juan salieron de la casa, y tuvieron que +atravesar el cementerio para ir a la iglesia. La tarde era deliciosa. +Lenta y silenciosamente los cuatro, bajo los rayos del sol poniente, +caminaban por la avenida. + +En el camino se encontraba el monumento del doctor Reynaud, muy +sencillo, pero, sin embargo, por sus proporciones se distinguía de las +demás tumbas. Madama Scott y Bettina se detuvieron al ver esta +inscripción grabada sobre la piedra: + +_Aquí yace el doctor Marcelo Reynaud, cirujano mayor de los movilizados +de Souvigny, muerto el 8 de enero de 1871, en la batalla de +Villersexel. Rogad por él._ + +Cuando concluyeron de leer, el cura designando a Juan, les dijo: + +--¡Era su padre! + +Entonces las dos mujeres se aproximaron a la tumba y con la cabeza +inclinada, permanecieron allí durante algunos instantes pensativas, +conmovidas, recogidas. Luego, volviéndose las dos al mismo tiempo, con +el mismo movimiento tendieron la mano al joven oficial, y continuaron su +marcha hacia la iglesia. El padre de Juan había obtenido su primera +plegaria en Longueval. + +El cura se fue a poner su sobrepelliz y su estola. + +Juan condujo a madama Scott al banco reservado, desde siglos atrás, a +las dueñas de Longueval. Paulina tomó la delantera y esperó a Bettina a +la sombra de un pilar de la iglesia, para hacerla subir por una escalera +estrecha y empinada, e instalarla ante el armonium. + +Precedido de los monaguillos, el viejo cura salió de la sacristía, y en +el instante en que se arrodillaba sobre las gradas del altar: + +--Ahora es el momento, señorita--dijo Paulina, cuyo corazón latía de +impaciencia.--¡Pobre viejo, qué contento se va a poner! + +Cuando oyó el canto del órgano que se elevaba suavemente, como un +murmullo esparciéndose por toda la iglesia, el abate Constantín se +sintió tan conmovido, tan contento, que los ojos se le llenaron de +lágrimas. No recordaba haber llorado desde el día que Juan le dijo que +quería repartir su patrimonio con la madre y la hermana de los que +cayeron al lado de su padre bajo las balas alemanas. + +Para hacer brotar lágrimas aún de los ojos del anciano sacerdote, fue +preciso que una joven americana cruzara los mares y viniera a ejecutar +una _rêverie_ de Chopín, en la iglesia de Longueval. + +Al día siguiente, a las cinco y media de la mañana, tocaban botasilla en +el patio del cuartel. Juan montaba a caballo y tomaba el mando de su +batería. A fines del mes de mayo todos los reclutas del regimiento están +instruidos, y son capaces de formar parte de las evoluciones en +conjunto, y casi todos los días se ejecutan en el polígono maniobras de +baterías organizadas. + +Juan tenía mucha afición por su carrera y acostumbraba a vigilar +cuidadosamente los tiros y guarniciones de las piezas, el equipo y +apostura de sus hombres; pero esa mañana prestó poca atención a los +pequeños detalles del servicio. + +Un problema lo agitaba, lo atormentaba, lo dejaba indeciso, y este +problema era de aquellos cuya solución no se aprende en la escuela +politécnica. Juan no encontraba respuesta categórica a esta pregunta: + +--¿Cuál de las dos es más linda? + +En el polígono, durante la primera parte de la maniobra, cada batería +trabajaba por su cuenta, bajo las órdenes del capitán, que muchas veces +cede su puesto a uno de los tenientes, para habituarlos a la dirección +de las seis piezas. Aquel día precisamente, desde el principio de la +maniobra, se le confió el mando a Juan: mas con gran sorpresa del +capitán, que tenía a su teniente por un oficial muy instruido, muy capaz +y muy hábil, las cosas salieron todas al revés. Juan indicó dos o tres +movimientos falsos; no supo mantener ni rectificar las distancias; las +piezas se encontraron varias veces en contacto, hasta que el capitán +tuvo que intervenir, dirigiendo a Juan una pequeña reprimenda terminada +por estas palabras: + +--No lo comprendo. ¿Qué tenéis hoy? Es la primera vez que esto os +sucede. + +También era la primera vez que Juan, en el polígono de Souvigny, veía +otra cosa que cañones y trenes, tiros y conductores. En las oleadas de +polvo levantadas por las ruedas y las patas de los caballos, Juan veía, +no la segunda batería montada del 9.º de artillería, sino la imagen +distinta de las dos americanas de ojos negros y cabellos de oro. Y en el +momento en que recibía el merecido sermón de su capitán, Juan se decía: + +--¡La más linda es madama Scott! + +La maniobra se divide todas las mañanas en dos partes, con intervalo de +diez minutos, durante los cuales los oficiales se reúnen a conversar. +Juan se mantuvo separado, solo, con los recuerdos de la víspera. Su +pensamiento lo atraía con obstinación hacia el presbiterio de +Longueval... Sí, la más linda de las dos era madama Scott. Miss Percival +era una criatura. Volvía a ver a madama Scott en la mesa del cura; oía +aquella historia contada con tanta franqueza, tanta naturalidad, y la +armonía algo extraña de su voz particular y penetrante encantaba aún su +oído. Volvía a encontrarse en la iglesia, y ella estaba allí, ante él, +inclinada sobre su reclinatorio con su linda cabeza encerrada en sus dos +pequeñas manos. Luego principiaba a sonar el órgano, y allá en la +sombra, a lo lejos, vagamente, Juan divisaba la elegante y fina silueta +de Bettina. + +¡Una niña, no era más que una niña! Las trompetas llamaron y comenzó de +nuevo la maniobra. Felizmente, esta vez ya no tenía el mando ni la +responsabilidad. Las cuatro baterías ejecutaban evoluciones de conjunto. +Veíase girar en todos sentidos a aquella enorme masa de hombres, +caballos, cañones, ora desplegada en una sola línea de batalla, ora +reunida en un grupo compacto, todo se detenía al mismo tiempo, de un +solo golpe, sobre toda la extensión del polígono. Los conductores +saltaban de sus caballos, corrían a la pieza, la desprendían del tren +delantero que se alejaba al trote, y la disponían a hacer fuego con +sorprendente rapidez. Luego volvían los tiros, los conductores +enganchaban las piezas, montaban con presteza y el regimiento se lanzaba +a gran trote a través de los campos de maniobras. + +Poco a poco, Bettina recobraba la ventaja sobre madama Scott, en el +pensamiento de Juan. Aparecíasele risueña y ruborosa, en medio de las +olas de oro de sus cabellos sueltos. _Señor Juan_... ella lo había +llamado _señor Juan_... y nunca su nombre le pareció tan lindo. ¡Y los +últimos apretones de manos al partir, antes de subir al carruaje!... +Miss Percival había estrechado más que madama Scott, un poco más, +seguramente. Habíase quitado los guantes para tocar el órgano, y Juan +sentía aún el contacto de aquella pequeña mano desnuda que vino a +posarse fresca y suave en su gran manaza de artillero. + +--Me engañaba hace un momentose decía Juan,--la más linda es miss +Percival. + +La maniobra había terminado. Las baterías se colocaron una detrás de +otra con cortos intervalos, perfectamente alineadas las piezas, y el +desfile tuvo lugar al gran trote con un ruido atronador y en medio de un +huracán de polvo. Cuando Juan, sable en mano, pasó ante el coronel, las +dos imágenes de las dos hermanas, se reunían, se confundían tan bien en +sus recuerdos, que entraban y desaparecían, por decirlo así, una en la +otra, formando una sola y misma persona. Todo paralelo se hacía +imposible, gracias a esta singular confusión de los dos términos de +comparación. + +Madama Scott y miss Percival permanecieron así inseparables en el +pensamiento de Juan hasta el día en que le fue dado el placer de +volverlas a ver. La impresión de este brusco encuentro no se borró; +persistió muy viva y muy dulce, hasta el punto de sentirse Juan agitado +e inquieto. + +--¿Habré cometido--pensaba,--el desatino de enamorarme locamente a +primera vista? Pero no, uno se enamora de una mujer, y no de dos mujeres +a la vez. + +Esta reflexión lo tranquilizaba. Muy joven era este muchachón de +veinticuatro años. Nunca el amor había penetrado plena, franca y +abiertamente en su corazón. Sólo conocía el amor por las novelas ¡y +había leído tan pocas! No era, sin embargo, un ángel; encontraba bonitas +y graciosas a las muchachas de Souvigny, y cuando le permitían que les +dijera frases amables, las decía con gusto, pero en cuanto a tomar por +amor fantasías pasajeras, que no dejaban en su corazón la más leve o +superficial agitación, nunca lo había pensado. + +Pablo de Lavardens poseía maravillosas facultades de entusiasmo e +idealización. Su corazón alojaba siempre tres o cuatro grandes pasiones +que vivían allí fraternalmente y en buena armonía. Tenía el talento de +encontrar siempre, en esa aldea de quince mil almas, una cantidad de +lindas jóvenes, nacidas para ser adoradas. Perpetuamente creía descubrir +la América cuando no hacía más que volverla a encontrar. + +Juan apenas había entrevisto el mundo. Se había dejado llevar por Pablo, +una docena de veces quizá, a veladas y bailes en los castillos vecinos, +de donde traía siempre una impresión de malestar y fastidio. Y de ahí +dedujo que esos placeres no se hicieron para él. + +Sus gustos eran serios y sencillos; amaba la soledad, el trabajo, los +largos paseos, los grandes espacios, los caballos y los libros. Adoraba +su aldea y todos los viejos testigos de su infancia que le hablaban de +otros tiempos. Una cuadrilla en un salón le causaba invencible terror; +mas todos los años, para la fiesta de Longueval, bailaba de buen grado +con las aldeanas de la comarca. + +Si hubiera visto a madama Scott y miss Percival en su casa de París, en +medio de todos los esplendores del lujo, en todo el brillo de su +elegancia, las habría mirado de lejos, con curiosidad, como preciosos +objetos de arte; luego habría vuelto a su casa y dormido, como de +costumbre, lo más tranquila y apaciblemente del mundo. + +Sí; mas no había sucedido así, y de ahí nacía su asombro, su turbación. +Aquellas dos mujeres se le presentaron, por la más grande casualidad, en +un medio que le era familiar y por lo mismo les fue singularmente +favorable. Sencillas, buenas, francas, cordiales, tales se le mostraron +desde el primer día. Y para colmo, deliciosamente bellas, lo que nunca +está demás. Juan se sintió en el acto bajo la influencia del encanto, y +todavía lo estaba. + +En momentos que él bajaba del caballo a las nueve de la mañana, en el +patio del cuartel, el abate Constantín se ponía alegremente en campaña. +La cabeza del buen anciano ardía desde la víspera; Juan no había dormido +mucho, pero el pobre cura no había dormido nada. + +Muy temprano se levantó, y a puerta cerrada, solo con Paulina, contó y +recontó su dinero, extendiendo sobre la mesa sus cien luises, y gozando +como un avaro en hacerlos sonar. ¡Suyo, todo aquello era suyo! es decir, +de los pobres. + +--No os apuréis tanto, señor cura--decía Paulina;--sed económico; creo +que distribuyendo hoy unos cien francos... + +--No es bastante, Paulina, no es bastante. No tendré otro día como éste +en mi vida, pero lo habré tenido. ¿Sabéis cuánto daré hoy, Paulina? + +--¿Cuánto, señor cura? + +--¡Mil francos! + +--¡Mil francos! + +Sí, ahora somos millonarios; poseemos todos los tesoros de la América, +¿y me pondría a hacer economías? Hoy no, no tengo derecho a ello. + +Dicha la misa, a las nueve, salió y hubo una verdadera lluvia de oro a +su paso. + +Todos tuvieron su parte, los pobres que confesaban su miseria y los que +la ocultaban, yendo cada limosna acompañada del mismo pequeño discurso. + +--Esto proviene de los nuevos dueños de Longueval: dos americanas, +madama Scott y miss Percival. Retened bien sus nombres y rogad por ellas +esta noche. + +Luego, se escapaba, sin esperar las gracias; a través de los campos, a +través de los bosques, de casa en casa, de cabaña en cabaña, andaba, +andaba, andaba... Una especie de embriaguez le subía al cerebro. Por +todos lados en su camino oía gritos de alegría y asombro. Todos aquellos +luises de oro caían como por encanto, en aquellas pobres manos +habituadas a recibir pequeñas monedas de plata. El cura hizo locuras, +verdaderas locuras; se había lanzado, y no podía contenerse. Daba hasta +a aquellos que no pedían nada. + +Encontró a Claudio Rigal, antiguo sargento que dejó un brazo en +Sebastopol, algo agobiado ya y con la cabeza gris, pues el tiempo pasa, +y los soldados de Crimea pronto serán ancianos, y le dijo: + +--Tomad, ahí tenéis veinte francos. + +--¡Veinte francos! pero yo no pido nada, no necesito nada. Tengo mi +pensión. + +¡Su pensión!... ¡setecientos francos al año! + +--Pues bien--respondió el cura,--será para cigarros, pero escuchad bien: +esto viene de América... + +Y comenzaba de nuevo el panegírico de los dueños de Longueval. + +Entró en casa de una buena mujer, cuyo hijo había partido el mes +anterior para Túnez. + +--Y bien, ¿cómo está vuestro hijo? + +--Bueno, señor cura, ayer recibí una carta suya. Está bueno, no se +queja, sólo dice que no hay Kroumirs allá... ¡Pobre muchacho! yo he +hecho algunas economías este mes, y podré enviarle diez francos. + +--Le enviaréis treinta... Tomad... + +--¡Veinte francos! ¡señor cura, me dais veinte francos! + +--Sí, os los doy... + +--¿Para mi hijo? + +--Para vuestro hijo... Pero oídme bien, es preciso que sepáis de dónde +viene esto, y acordaos de decírselo a vuestro hijo cuando le escribáis. + +El cura, por la vigésima vez, repitió su discurso sobre madama Scott y +miss Percival. A las seis volvió a su casa, muerto de fatiga, pero con +la alegría en el corazón. + +--¡Lo he dado todo!--exclamó, apenas divisó a Paulina,--¡todo, todo! + +Comió y se fue al mes de María; mas en el momento en que subía al altar, +el armonium permaneció mudo. Miss Percival no se hallaba ya allí. + +La joven organista de la víspera estaba en aquel momento muy perpleja. +Sobre los dos divanes de su cuarto de vestir, se ostentaban dos +preciosos trajes, uno blanco, y azul el otro. Bettina se preguntaba cuál +de los dos se pondría para ir esa noche a la Opera. Encontraba +deliciosos los dos; pero tenía que elegir, no podía ponerse más que uno. +Después de largas vacilaciones se decidió por el blanco. + +A las nueve y media las dos hermanas subían la gran escalera de la +Opera. Cuando entraron a su palco, el telón se levantaba sobre el +segundo cuadro del segundo acto de _Aida_, el acto del baile y de la +marcha. + +Dos jóvenes, Rogerio de Puymartin y Luis de Martillet, se hallaban +sentados en primera fila en un palco bajo. Las señoritas del cuerpo de +baile no estaban aún en la escena, y estos señores desocupados se +entretenían en mirar la sala. La aparición de miss Percival causó a los +dos una impresión muy viva. + +--¡Ah, ah!--dijo Puymartin,--ahí está el pequeño lingote de oro. + +Los dos dirigieron sus anteojos sobre Bettina. + +--Está deslumbrador esta noche, el lingote de oro--continuó +Martillet.--Mira, pues, la línea del cuello... los hombros... tan joven +y ya tan mujer. + +--Sí, está preciosa, y alegre también, mira... + +--¡Quince millones, según parece, quince millones de ella sola, y la +mina de plata que continúan explotando! + +--Berulle me dijo veinticinco millones... y Berulle está muy al +corriente de las cosas de América. + +--¡Veinticinco millones! ¡Un buen bocado para Romanelli! + +--¡Cómo! ¿Romanelli? + +--Se corre que se casa con ella, que ya está decidido el matrimonio. + +--Matrimonio decidido, sea; pero con Montessan, no con Romanelli... +¡Ah, al fin principia el baile! + +Cesaron de hablar. El baile de _Aida_ no dura más que cinco minutos y +ellos sólo iban al teatro por esos cinco minutos; de manera que les +importaba gozarlos religiosa y respetuosamente; pues existe esta +particularidad en ciertos abonados a la Opera, que charlan como loros +cuando deberían callar y escuchar, y por el contrario observan un +admirable silencio cuando les sería permitido conversar mirando. + +Las trompetas heroicas de _Aida_ arrojaron su último sonido en honor de +Ramadés, y ante las grandes esfinges, bajo las verdes hojas de las +palmeras, se adelantaban chispeantes las bailarinas a tomar posesión de +la escena. + +Madama Scott, con mucha atención y placer seguía las evoluciones del +baile; pero Bettina se había quedado pensativa al divisar en un palco de +enfrente a un joven alto y moreno. Miss Percival se hablaba a sí misma: +¿Qué hacer? ¿qué decidir? ¿deberé casarme con ese joven que está +enfrente y me mira?... pues es a mí a quien mira... Dentro de un +momento, en el entreacto, vendrá y no tendría más que decirle: «¡Está +bien! he aquí mi mano... Seré vuestra esposa.» ¡Y así lo haría! +¡Princesa, yo sería Princesa, Princesa Romanelli! ¡Princesa Bettina! +¡Bettina Romanelli! Queda bien, suena muy bien al oído: «La señora +Princesa está servida. ¿La señora Princesa montará a caballo hoy?...» +¿Me divertiría siendo Princesa? Sí y no... Entre todos los jóvenes que +desde hace un año en París corren tras mi fortuna, este Príncipe +Romanelli es hasta ahora lo mejor... Preciso será, que uno de estos días +me decida a casarme... Creo que me ama... Sí, ¿pero acaso lo amo? No, no +lo creo... ¡y me gustaría tanto amar!... ¡Oh, sí, me gustaría tanto!... + +A la misma hora en que estas reflexiones cruzaban por la linda cabeza de +Bettina, Juan, solo en su gabinete de estudio, sentado ante el +escritorio con un gran libro bajo la pantalla de la lámpara, repasaba, +tomando notas, la historia de las campañas de Turena. Al día siguiente +debía dar clase a sus subalternos en el regimiento, y con toda prudencia +preparaba su lección. + +Pero de repente, en medio de sus notas: Nördlingen, 1645; las Dunes, +1658; Mülhausen y Türckheim, 1674-1675, vio un croquis... Juan no +dibujaba mal. Un retrato de mujer vino a colocarse por sí solo bajo su +pluma. ¿Qué venía a hacer allí en medio de las victorias de Turena, +aquella buena mujercita? ¿Y cuál de las dos era?... ¿Madama Scott o miss +Percival? ¿Cómo saberlo?... ¡Se parecían tanto! Y Juan, penosa, +trabajosamente, volvía a la historia de las campañas de Turena. + +En el mismo momento también, el abate Constantín, de rodillas ante su +camita de nogal, con todo el fervor de su alma, pedía las gracias del +Cielo para las dos mujeres que le hicieron pasar el día más feliz de su +vida. Rogaba a Dios bendijera a madama Scott en sus hijos, y diera a +miss Percival un marido, según su corazón. + + + + +IV + + +Antes, París pertenecía a los parisienses, y este antes no está muy +lejos de nosotros, treinta o cuarenta años apenas. Los franceses, en +esta época, eran dueños de París, como los ingleses lo son de Londres, +los españoles de Madrid y los rusos de San Petersburgo. Pasaron esos +tiempos. Los otros países tienen aún fronteras, pero la Francia ya no +las tiene. París se ha convertido en una inmensa torre de Babel, una +ciudad internacional y universal. Los extranjeros no sólo vienen a +visitar París, sino también a vivir en él. + +Tenemos ahora en París una colonia rusa, una colonia española, una +colonia levantina, una colonia americana, y estas colonias poseen cada +una sus iglesias, sus banqueros, sus médicos, sus diarios, sus pastores, +sus pobres y sus dentistas. Los extranjeros han conquistado ya sobre +nosotros la mayor parte de los Campos Elíseos y del bulevar Malesherbes; +ellos avanzan, se extienden; nosotros retrocedemos, rechazados por la +invasión, y nos vemos obligados a expatriarnos. Vamos a fundar colonias +parisienses en la llanura de Passy, en la llanura de Monceau, en los +barrios que antes no eran absolutamente París, y que aun hoy no lo son +del todo. + +Entre estas colonias extranjeras, la más numerosa, la más rica, la más +brillante, es la colonia americana. Llega un momento en que el americano +se siente bastante rico; el francés, jamás tiene bastante. El americano +se detiene entonces, respira un poco, y cuidando el capital, no cuenta +ya la renta, pues sabe gastarla; el francés no sabe más que ahorrar. + +El francés sólo tiene un lujo verdadero: sus revoluciones. Prudente y +cautelosamente se reserva para ellas, sabiendo que costarán muy caro a +la Francia, pero al mismo tiempo darán ocasión a muy ventajosos empleos. +El presupuesto de nuestro país es un grande empréstito, perpetuamente +abierto. El francés dice: + +--¡Atesoremos, atesoremos! Una de estas mañanas estallará una revolución +que hará caer el cinco por ciento a cincuenta o sesenta francos, y +entonces compraré. Puesto que las revoluciones son inevitables, +procuremos al menos sacar algún provecho de ellas. + +Sin cesar se habla de la gente arruinada por las revoluciones, y quizá +es mayor el número de las personas enriquecidas por las revoluciones. + +Los americanos sufren fuertemente la atracción de París. No existe en el +mundo otra ciudad en que sea tan agradable y tan fácil gastar el dinero. +Por razones de raza y origen, esta atracción se ejercía sobre madama +Scott y miss Percival de una manera extraordinaria. + +La más francesa de nuestras colonias, es el Canadá, que ya no nos +pertenece. El recuerdo de la primera patria ha subsistido profunda y +dulcemente en el corazón de los emigrados de Quebec y Montreal. Zuzie +Percival recibió de su madre una educación muy francesa, y ella educó a +su hermana en los mismos sentimientos de amor a nuestro país. Las dos +hermanas se sentían enteramente francesas, más aún, parisienses. + +Apenas les cayó encima aquella avalancha de millones, el mismo deseo se +apoderó de las dos: venir a vivir en París. Pidieron la Francia como se +pide la patria. M. Scott opuso alguna resistencia. + +--Si yo no estoy aquí--decía,--y vengo sólo dos o tres meses del año a +América, para vigilar nuestros intereses, las rentas disminuirán. + +--¡Qué importa!--respondía Zuzie,--somos ricos, demasiado ricos... +Partamos, os ruego. ¡Estaremos tan contentas, seremos tan felices allá! + +M. Scott se dejó convencer, y Zuzie, en los primeros días de enero de +1880, escribió la carta siguiente a su amiga Katie Norton, que desde +hacía algunos años habitaba París: + +«¡Victoria, está decidido! Richard consiente. Llegaré en el mes de abril +y volveré a ser francesa. Vos me ofrecisteis encargaros de todos los +preparativos de nuestra instalación en París, y como soy horriblemente +indiscreta, acepto. + +»Quiero, apenas ponga los pies en París, poder gozar de París, y no +perder el primer mes en viajes a casa del tapicero, del carruajero y de +los caballerizos. Desearía, al bajar del tren, encontrar en el patio de +la estación, _mi_ carruaje, _mi_ cochero y _mis_ caballos, y que ese día +nos acompañaseis a comer en _mi_ casa. Alquilad o comprad una casa, +tomad criados, elegid carruajes, caballos, libreas. Confío enteramente +en vos. Que las libreas sean azules, y nada más. Esta línea la agrego a +pedido de Bettina, que por sobre mi hombro lee lo que escribo. + +»Sólo siete criados irán con nosotros a Francia; Richard lleva sus +camareros; Bettina y yo las nuestras; las dos ayas de los niños, y +además dos _boys_, Toby y Boby, que nos siguen a caballo y montan +perfectamente. Son dos monadas; del mismo alto, la misma figura, y casi +la misma cara; nunca encontraríamos en París dos grooms más iguales. + +»Todo lo demás, cosas y gente, queda en New-York. No, no todo lo demás, +se me olvidaban los cuatro poneys, cuatro joyas, negros como tinta, con +manchas blancas los cuatro en las cuatro patas; no tendríamos valor para +separarnos de ellos. ¡Los atamos a un canasto y quedan preciosos! +Bettina y yo los manejamos muy bien a los cuatro. ¿Puede una señora +manejar, sin gran escándalo, por la mañana temprano, en el Bosque? Aquí +se hace. + +»Sobre todo, mi querida Katie, no os fijéis en el dinero. Haced locuras, +verdaderas locuras, es todo lo que os pido.» + +El día en que madama Norton recibía esta carta, corrió la noticia de la +quiebra de cierto señor Garneville, gran especulador que no había tenido +buen tacto, sintiendo la baja cuando debió sentir la alza. Seis semanas +antes, este Garneville se había instalado en una gran casa toda recién +amueblada, que no tenía más defecto que ser de una magnificencia +demasiado violenta. + +Madama Norton firmó un contrato de alquiler, cien mil francos al año, +con opción a comprar la casa y el mueblaje por dos millones en el primer +año. Un tapicero de gran nombre se encargó de corregir y suavizar el +desmedido lujo de un mueblaje chillón y extravagante. + +Hecho esto, la amiga de madama Scott tuvo la suerte de encontrar, desde +el primer momento dos artistas eminentes, sin los cuales no podría +fundarse ni funcionar una gran casa. + +Primero, un maestro cocinero de primer orden, que acababa de abandonar +una antigua casa del faubourg Saint-Germain, con gran pesar, pues tenía +sentimientos aristocráticos, y le costaba mucho ir a servir a algún +burgués, o a extranjeros. + +--Nunca habría dejado a la señora Baronesa--dijo a madama Norton,--si la +casa hubiera seguido en el mismo pie de lujo; pero la señora Baronesa +tiene cuatro hijos, dos que han hecho locuras, y dos niñas que pronto +serán casaderas, y deberá dotarlas. En fin, la señora Baronesa se ve +obligada a estrecharse, y la casa no es bastante importante para mí. + +Este distinguido funcionario puso sus condiciones, y aunque excesivas, +no asustaron a madama Norton, que sabía se trataba de un hombre de +verdadero mérito; mas él, antes de decidirse, pidió permiso para +telegrafiar a New-York pidiendo informes, y como la respuesta fuera +favorable, aceptó. + +El segundo artista era un picador de rara y grande capacidad, que +acababa de retirarse del servicio después de hecha su fortuna. Sin +embargo, consintió en organizar las caballerizas de madama Scott, con la +expresa condición de tener entera libertad para la adquisición de +caballos, de no usar librea, de elegir a su gusto los cocheros, grooms y +palafreneros; de no tener nunca menos de quince caballos disponibles, de +que no harían ningún trato con el carruajero ni el talabartero sin su +intervención, y que sólo subiría al pescante por la mañana, en traje +particular, para dar lecciones a las señoras o los niños, si fuera +necesario. + +El maestro tomó posesión de sus hornillas y el picador de sus +caballerizas. Lo demás era únicamente cuestión de dinero, y madama +Norton aprovechó sus plenos poderes, conformándose con las instrucciones +recibidas. En el corto espacio de dos meses hizo verdaderos prodigios +para que la instalación de los Scott, fuese completa y absolutamente +irreprochable. + +Y el 15 de abril de 1880, M. Scott, Zuzie y Bettina bajaron del tren del +Havre a las cuatro y media, en la estación Saint-Lazare, y encontraron a +madama Norton, que les dijo: + +--Ahí tenéis vuestra calesa en el patio, y detrás de la calesa está el +landó para los niños, y más allá un ómnibus para los criados, todos con +vuestras iniciales, conducidos por vuestros cocheros y tirados por +vuestros caballos. Vivís en el número 24 de la calle de Murillo, y aquí +tenéis el _menú_ de vuestra comida de hoy. Me invitasteis hace dos +meses, y acepté, tomándome la libertad de traeros unas quince personas +más. Soy la proveedora de todo, hasta de los convidados. Pero +tranquilizaos, a todos los conocéis, son nuestros amigos comunes... y +desde esta noche podremos juzgar de los méritos de vuestro cocinero. + +Madama Norton entregó a madama Scott una linda tarjeta con filete de +oro, que decía: _Menu du dîner du 15 Avril 1880_, y más abajo: _Consommé +à la parisienne, truîtes saumonées à la russe_, etcétera. + +El primer parisiense que tuvo el honor y el placer de rendir homenaje a +la belleza de madama Scott y miss Percival, fue un pequeño pinche de +quince años que se encontraba allí, vestido de blanco, con su canasta de +mimbres en la cabeza, en momentos en que el cochero de madama Scott, +molestado por tanto carruaje, salía con dificultad del patio de la +estación. El pinche se paró de golpe en la acera, abrió tamaños ojos, +miró a las dos hermanas con aire de asombro y les lanzó valientemente al +rostro esta simple palabra: + +--¡Cáspita! + +Cuando madama de Récamier vio venir las canas y las arrugas, decía a una +de sus amigas: + +--¡Ah! querida mía, ya no me hago ninguna ilusión; desde el día en que +los pequeños deshollinadores no se volvían en la calle para mirarme, +comprendí que todo había concluido. + +La opinión de los pinches vale, en caso semejante, tanto como la de los +deshollinadores... Todo no había concluido aún para Zuzie y Bettina, por +el contrario, todo empezaba. + +Cinco minutos después, el carruaje de madama Scott subía por el bulevar +Haussmann al trote lento y cadencioso de dos soberbios caballos; París +contaba dos parisienses más. + +El éxito de madama Scott y miss Percival fue inmediato, decisivo, como +un rayo. Las bellezas de París no están clasificadas y catalogadas como +las bellezas de Londres; no hacen publicar sus retratos en los +periódicos ilustrados, ni dejan vender sus fotografías en las +papelerías!... Sin embargo, existe un pequeño estado mayor de una +veintena de mujeres, que representan la gracia, la elegancia y la +belleza parisienses, cuyas mujeres, después de diez o doce años de +servicio, pasan al cuadro de reserva, ni más ni menos que los viejos +generales. + +Zuzie y Bettina formaron en el acto parte de este pequeño estado mayor. +Fue asunto de veinticuatro horas; ni tanto, pues esto sucedió entre las +ocho de la mañana y las doce de la noche, al día siguiente de su llegada +a París. + +Imaginaos una especie de ronda mágica en tres actos y cuyo éxito fuera +creciendo de cuadro en cuadro: + +1.º Paseo a caballo por la mañana, a las diez, en el Bosque, con dos +maravillosos _grooms_ traídos de América; + +2.º Paseo a pie, a las seis, en la avenida de las Acacias; + +3.º Aparición en la Opera, a eso de las diez, en el palco de madama +Norton. + +Las dos extranjeras fueron inmediatamente notadas y apreciadas como +merecían, por las treinta o cuarenta personas que constituyen una +especie de tribunal misterioso, que sentencia a nombre de todo París, y +cuyas sentencias son sin apelación. Estas treinta o cuarenta personas +tienen de tiempo en tiempo el capricho de llamar _deliciosa_ a una mujer +evidentemente fea, y es lo bastante para que desde ese día parezca +_deliciosa_. + +La belleza de las dos hermanas no era discutible. Por la mañana +admiraron su gracia, elegancia y distinción; a mediodía declararon que +tenían el andar preciso y majestuoso de las jóvenes diosas, y por la +noche, lanzaron un grito unánime sobre la ideal perfección de sus +hombros. La partida había sido ganada. Desde entonces, todo París tuvo +para las dos hermanas los ojos del pequeño pinche de la calle Amsterdam; +todo París repitió su: _¡Cáspita!_ bien entendido, con las variantes y +modificaciones impuestas por los usos de la sociedad. + +Los salones de madama Scott, se hicieron inmediatamente a la moda. Los +visitantes a las tres o cuatro grandes casas americanas se transportaron +en masa a casa de Scott, que recibió trescientas personas en su primer +miércoles. Su círculo aumentó rápidamente; de todo había en su +clientela: americanos, españoles, italianos, húngaros, rusos y hasta +parisienses. + +Cuando contó su historia al abate Constantín, madama Scott no se lo dijo +todo... nunca se cuenta todo. Ella sabía que era preciosa, le gustaba +que la vieran, y no le disgustaba que se lo dijeran... En una palabra, +era coqueta. Sin eso, ¿habría sido parisiense? M. Scott tenía en su +mujer plena confianza y le dejaba entera libertad. El se presentaba poco +en sociedad. Era un _galantuomo_ que se sentía vagamente molestado por +haber hecho un casamiento semejante, por haberse casado con tanto +dinero. Tenía vocación por los negocios, se complacía en consagrarse por +completo a la administración de las dos enormes fortunas que tenía entre +manos, en acrecentarlas sin cesar, y decir todos los años a su mujer y a +su cuñada: + +--Sois más ricas que el año pasado... + +No sólo velaba con mucha prudencia y habilidad sobre los intereses que +había dejado en América, sino que en Francia también se lanzó en grandes +negocios, que llevó a cabo en París como en New-York con el mayor éxito. +Para ganar dinero no hay nada mejor que no tener necesidad de ganarlo. + +Hiciéronle la corte a madama Scott, hiciéronsela enormemente... se la +hicieron en francés, en inglés, en italiano, en español; pues conocía +los cuatro idiomas... esta es otra ventaja que tienen las extranjeras +sobre las parisienses, que generalmente no conocen más que la lengua +materna y no tienen el recurso de las pasiones internacionales. + +Madama Scott no tomó un palo para echar de su casa a aquella gente. Tuvo +a la vez diez, veinte, treinta adoradores; pero ninguno pudo jactarse de +la más mínima preferencia, a todos opuso la misma resistencia amable, +alegre, risueña... Claro era que se divertía en el juego, y no tomaba ni +por un instante la partida a lo serio. Jugaba por placer, por honor, por +amor al arte. M. Scott jamás manifestó la menor inquietud, y tenía +perfecta razón para estar tranquilo... Más aún, gozaba con los triunfos +de su mujer; era feliz al verla contenta. ¡La amaba tanto!... un poco +más que ella a él, quizá. + +En cuanto a Bettina, formose a su alrededor una carrera fantástica, ¡una +ronda infernal! ¡Semejante fortuna! ¡Y semejante belleza! Miss Percival +llegó a París el 15 de abril, y no habían transcurrido quince días, +cuando empezaron a llover los pretendientes. En el curso de este primer +año, Bettina se entretuvo en llevar la cuenta con exactitud; en este +primer año, habría podido, si hubiera querido, casarse treinta y cuatro +veces... ¡Y qué variedad de pretendientes! + +Pidieron su mano para un joven desterrado que, mediante ciertas +eventualidades, podía ser llamado a subir sobre un trono, pequeño, es +verdad, pero que, sin embargo, era un trono. + +Pidieron su mano para un joven Duque, que haría una gran figura en la +Corte, cuando la Francia, y esto era inevitable, reconociera sus errores +y se inclinara ante sus legítimos señores. + +Pidieron su mano para un joven Príncipe que tendría su puesto sobre las +gradas del trono, cuando la Francia, que esto era imprescindible, +reanudara la cadena de las tradiciones napoleónicas. + +Pidieron su mano para un joven diputado republicano, que acababa de +presentarse con mucho brillo en la Cámara, y a quien el porvenir +reservaba los puestos más encumbrados, pues la República estaba ahora +fundada en Francia sobre bases indestructibles. + +Pidieron su mano para un joven español de la más alta categoría, y le +dieron a entender que la fiesta del contrato tendría lugar en el palacio +de una Reina que no vive muy lejos del arco de la Estrella... +Encuéntrase también su dirección en el almanaque Bottín... pues hay +Reinas cuya dirección se halla en el Bottín, entre un notario y un +herborista. Sólo los Reyes de Francia no habitan ya la Francia. + +Pidieron su mano para el hijo de un par de Inglaterra y para el hijo de +un miembro de la Cámara de los señores de Viena; su mano para el hijo +de un banquero de París, y para el hijo de un embajador de Rusia; su +mano para un Conde húngaro, y para un Príncipe italiano... y también +para muchos jóvenes que no eran nada, ni tenían nada, ni nombre, ni +fortuna. Pero Bettina les había concedido una vuelta de vals, y +creyéndose irresistibles, esperaban haber hecho latir su corazón. + +Mas hasta entonces nada había hecho latir aquel corazón, y la respuesta +para todos era la misma: + +--¡No!... ¡no!... ¡Todavía no!... ¡Siempre no! + +Algunos días después de la representación de _Aida_, las dos hermanas +habían tenido una larga conversación sobre la grave, la eterna cuestión +del matrimonio. Madama Scott pronunció cierto nombre que provocó el +rechazo más neto y más enérgico por parte de miss Percival. + +Y Zuzie, sonriendo, dijo a su hermana: + +--Sin embargo, Bettina, te verás obligada a acabar por casarte. + +--¡Sí, ciertamente!... ¡Pero me disgustaría tanto casarme sin amar! +Paréceme que para resolverme a una cosa semejante, sería preciso que me +viera en peligro inminente de morir solterona... ¡Y no he llegado a ese +extremo todavía! + +--No, todavía no. + +--¡Esperemos, entonces, esperemos! + +--¡Esperemos!... Pero entre tanto pretendiente que anda tras de ti desde +hace un año, hay muchos simpáticos, amables, y es verdaderamente extraño +que ninguno de ellos... + +--¡Ninguno... mi Zuzie, absolutamente ninguno! ¿Por qué no os había de +decir la verdad? ¿Es culpa de ellos? ¿Han sido poco inteligentes? +¿Habrían podido con más habilidad encontrar el camino de mi corazón? ¿O +será culpa mía? ¿Este camino será, quizá, un mal camino escarpado, +rocalloso, inaccesible, y por donde nadie pasará nunca? ¿Seré, tal vez, +una mala criatura, seca, fría y condenada a no amar jamás? + +--No lo creo... + +--Ni yo tampoco. ¡Pero no obstante, hasta ahora esa es mi historia! No, +nunca he sentido nada que se asemeje al amor... Os reís... Y yo adivino +por qué os reís... Pensáis: «Vean, pues, a esta niña que pretende saber +lo que es amar.» Tenéis razón, no lo sé... pero lo imagino, ¿Amar, no es +preferir a todos y a todo, cierta persona? + +--Sí, eso es. + +--¿Es no poder cansarse de oír y ver a esta persona? ¿Es cesar de vivir +cuando ella no está presente, para revivir en el acto que reaparece? + +--¡Oh, oh, es un gran amor ese! + +--¡Pues bien, ese es el amor con que yo sueño! + +--¿Y es ese el amor que no llega? + +--Absolutamente... hasta ahora. Y, sin embargo, existe la persona que +yo prefiero a todos y a todas... ¿Sabéis quién es? + +--No, no lo sé... pero lo imagino... + +--Sí, sois vos, mi querida, y quizá sois vos, mi mala hermana, quien me +hace insensible y cruel hasta el extremo. Os quiero demasiado; con todo +mi corazón. Lo ocupáis todo entero, no hay lugar para nadie más. +¡Preferir a alguien! ¡amar a alguien más que a vos!... jamás lo +conseguiré. + +--¡Oh, sí!... + +--¡Oh, no! Amar de otra manera... tal vez, pero más no. Que no cuente +con eso el señor que espero y no llega. + +--No temáis nada, mi Betty; habrá lugar en vuestro corazón para todos +aquellos a quienes debáis amar, para vuestro marido, para vuestros +hijos, y eso sin que pierda nada vuestra vieja hermana... Es muy +chiquito el corazón, y es muy grande al mismo tiempo. + +Bettina besó con cariño a su hermana; luego quedose con la cabeza +apoyada amorosamente sobre el hombro de Zuzie. + +--Pero si estuvierais cansada de tenerme a vuestro lado, si tuvierais +apuro de veros libre de mí, ¿sabéis lo que haría? Pondría en una +canastilla el nombre de dos de estos señores, y tiraría a la suerte. Hay +dos que, a decir verdad, no me serían absolutamente desagradables. + +--¿Cuáles son? + +--Adivinad... + +--El Príncipe Romanelli... + +--¡Y va uno! ¿El otro?... + +--M. de Montessan... + +--¡Y van dos! Eso es; sí, esos dos serían aceptables, pero nada, nada +más que aceptables, y eso no basta. + +Por eso Bettina esperaba con impaciencia el día de la partida y la +instalación en Longueval. Sentíase fatigada de tantos placeres, de +tantos triunfos, de tantos pedidos matrimoniales. El torbellino +parisiense la había tomado desde su llegada, para no soltarla más. Ni +una hora de alto ni descanso. Sentía la necesidad de entregarse a sí +misma, a solas durante algunos días, por lo menos, de consultarse, +interrogarse a su gusto en la plena tranquilidad y soledad del campo, +pertenecerse, en fin, tener un momento suyo. + +Por eso estaba tan alegre Bettina el 14 de junio, a mediodía, al subir +al tren que debía conducirla a Longueval. Apenas se vio sola en el vagón +con su hermana, exclamó: + +--¡Ah, cuán contenta estoy! Respiremos un poco. ¡Sola con vos durante +diez días, qué suerte! pues los Norton y los Turner no vendrán hasta el +25, ¿no es así? + +--Sí, el 25. + +--Pasaremos nuestra vida a caballo, en carruaje, por los campos y los +bosques. ¡Diez días de libertad! ¡Y durante estos días no se presentará +ningún pretendiente, ni uno solo! ¡Dios mío! todos estos pretendientes +¿de qué estarán enamorados? ¿de mí o de mi dinero? Este es el misterio, +el misterio impenetrable. + +La máquina silbó, el tren se movió lentamente. Una idea extravagante +cruzó por la cabeza de Bettina, inclinose sobre la portezuela y exclamó, +acompañando sus palabras con un pequeño saludo con la mano: + +--¡Adiós, mis pretendientes, adiós! + +Luego se echó bruscamente para atrás, presa de un acceso de risa +nerviosa. + +--¡Ah, Zuzie, Zuzie! + +--¿Qué hay? + +--Un hombre con una bandera roja en la mano... me ha visto... ¡me ha +oído!... ¡Y se ha quedado asombrado!... + +--¡Sois tan poco razonable! + +--Sí, es cierto, por haber gritado así por la portezuela; pero no por +considerarme feliz al pensar que vamos a vivir solas las dos, en +completa libertad. + +--¡Solas! No tan solas como os imagináis. Por lo pronto, hoy recibiremos +dos personas a comer con nosotras. + +--¡Ah! es verdad, pero no me disgusta mucho volver a ver esas dos +personas. Sí, me alegro de que volvamos a ver al viejo cura, y, sobre +todo, al joven oficial... + +--¡Cómo! ¿sobre todo? + +--Seguramente... porque era tan conmovedor lo que el notario de Souvigny +nos contó de él, el otro día, tan noble la acción del artillero cuando +era niño, tan noble, tan noble, que yo buscaré esta noche la ocasión de +decirle lo que pienso, y la encontraré! + +Luego Bettina cambió bruscamente el curso de la conversación. + +--¿Enviaron el telegrama a Edwards ayer para los poneys? + +--Sí; ayer antes de comer... + +--¡Oh! ¿me dejaréis manejarlos hasta el castillo? ¡me alegraré tanto de +poder atravesar la ciudad y hacer una linda entrada al patio del +castillo sin detenerme en la puerta!... decid... ¿querréis, verdad? + +--Sí, sí, convenido, conduciréis los poneys. + +--¡Ah, que buena sois, mi Zuzie! + +Edward era el picador. Había llegado hacía tres días al castillo para la +instalación de las caballerizas y la organización del servicio. Dignose +salir al encuentro de madama Scott y miss Percival, trayendo los cuatro +poneys con el carruaje, y esperaba en el patio de la estación con +numeroso acompañamiento. Puede decirse que todo Souvigny estaba allí. El +paso de los poneys a través de la gran calle de la aldea había causado +efecto; todos los habitantes se habían precipitado fuera de sus casas +preguntándose con avidez: + +--¿Qué es eso; qué es eso? + +Algunas personas pensaban: + +--Un circo ambulante, quizá... + +Pero de todos lados exclamaban: + +--¿Habéis visto qué bien iban? El carruaje y las guarniciones brillaban +como si fueran de oro, y los caballitos con sus rosas blancas a cada +lado de la cabeza. + +La muchedumbre se había aglomerado en el patio de la estación, y allí +supieron que tendrían el honor de asistir a la llegada de las +castellanas de Longueval. + +Hubo cierto desencanto cuando las dos hermanas se presentaron muy +lindas, pero muy sencillas con sus trajes de viaje. + +Aquellas buenas gentes esperaban ver aparecer dos princesas mágicas +vestidas de seda y brocato, cubiertas de rubíes y brillantes. Pero +abrieron tamaños ojos al ver a Bettina dar lentamente la vuelta +alrededor de los cuatro poneys, acariciándolos uno después de otro, +suavemente con la mano, y examinando con aire de suficiencia los +detalles del tiro... No le disgustaba a Bettina, debemos confesarlo, +hacer algún efecto sobre aquella multitud de paisanos azorados. + +Concluida la revista, Bettina, sin mucho apuro, quitose sus largos +guantes de piel de Suecia, reemplazándolos por gruesos guantes de +gamuza, sacados del bolsillo del carruaje. Luego se deslizó sobre el +pescante en el asiento de Edwards, recibiendo de éste las riendas y el +látigo con extrema destreza y sin que los caballos, muy excitados, +tuviesen tiempo de apercibirse del cambio de mano. Madama Scott se sentó +al lado de su hermana. Los poneys pateaban, bailaban, amenazaban +encabritarse. + +--Cuidado, señorita--dijo Edwards;--los poneys están muy briosos hoy. + +--Ya los conozco--respondió Bettina;--no temáis. + +Miss Percival tenía la mano firme y suave a la vez, y muy segura. +Contuvo a los poneys durante algunos instantes, obligándolos a estarse +quietos en su lugar; luego, envolviendo a los delanteros con una doble y +larga ondulación de su látigo, los hizo arrancar de un solo golpe, con +incomparable destreza, y salió magistralmente del patio de la estación, +en medio de un prolongado murmullo de asombro y admiración. + +El trote de los cuatro caballos sonaba sobre las piedras de Souvigny. +Bettina, hasta la salida de la ciudad, les hizo marchar pausadamente, +pero en cuanto vio ante sí dos kilómetros de camino llano, sin subida ni +bajada, dejó los poneys ponerse progresivamente a gran trote... y +llevaban un trote infernal. + +--¡Oh! cuán feliz soy, Zuzie. Podremos trotar y galopar solas por estos +caminos. ¿Queréis manejar, Zuzie? ¡Es tan lindo cuando se les puede +dejar andar! ¡Son tan trotadores y tan buenos! Mirad, tomad las riendas. + +--No, conservadlas, prefiero ver que os divertís. + +--¡Oh! sí, me divierto y bien. Me gusta tanto manejar cuatro caballos, +cuando hay espacio para correr! En París, aun por la mañana, yo no me +atrevía; me miraban demasiado, y eso me molestaba... Pero aquí... +¡nadie!... ¡nadie!... ¡nadie!... + +En el momento en que Bettina, algo embriagada ya con el aire y la +libertad, lanzaba triunfante sus tres: «¡Nadie, nadie, nadie!» apareció +un caballero, que se adelantaba al paso, al encuentro del carruaje. + +Era Pablo de Lavardens, que desde hacía una hora esperaba allí para +tener el gusto de ver pasar a las americanas. + +--Os engañáis--dijo Zuzie a Bettina,--ahí viene alguien. + +--Un paisano. Los paisanos no se cuentan; esos no pedirán mi mano. + +--No tiene nada de paisano, mirad. + +Pablo de Lavardens, al pasar al lado del carruaje, hizo a las dos +hermanas un saludo de la más alta corrección, y que de lejos descubría +al parisiense. + +Los poneys corrían tan ligero, que el encuentro tuvo la rapidez de un +relámpago. Bettina exclamó: + +--¿Quién es ese señor que acaba de saludarnos? + +--Apenas tuve tiempo de verlo, pero me parece que lo conozco. + +--¿Lo conocéis? + +--Y apostaría a que lo he visto este invierno en casa. + +--¡Dios mío! ¿será uno de los treinta y cuatro? Volveremos a empezar +otra vez. + + + + +V + + +Ese mismo día, a las siete y media, Juan fue a buscar al cura al +presbiterio, y los dos tomaron el camino del castillo. + +Hacía un mes que un verdadero ejército de obreros se había apoderado de +Longueval; las fondas y tabernas del lugar, ganaban una fortuna. +Inmensos carros de mudanza vinieron de París cargados de muebles y +tapices. Cuarenta y ocho horas antes de la llegada de madama Scott, la +señorita Marbeau, directora de correos, y la señora Lormier, la +alcaldesa, se habían deslizado en el castillo, y sus descripciones +enloquecían a todo el pueblo. Los muebles antiguos habían desaparecido; +paseábanse ellas en medio de un verdadero cúmulo de maravillas. ¡Y las +caballerizas, y las cocheras! Un tren especial trajo de París, bajo la +inmediata vigilancia de Edwards, unos diez carruajes, ¡y qué carruajes! +una veintena de caballos, ¡y qué caballos! + +El abate Constantín creía saber lo que era lujo. Comía una vez por año +en casa de su obispo, monseñor Faubert, prelado amable y rico, que +recibía con bastante largueza. Hasta entonces el cura creía que no podía +haber en el mundo nada más suntuoso que el palacio episcopal de +Souvigny, que los castillos de Lavardens y Longueval... Y ahora +comenzaba a comprender, según lo que oía contar de los nuevos +esplendores de Longueval, que el lujo de las grandes casas de hoy, debía +sobrepasar extremadamente al lujo serio y severo de las viejas casas de +antes. + +Apenas el cura y Juan dieron algunos pasos por la avenida del parque que +conducía al castillo: + +--Mira, Juan--dijo el cura,--¡qué cambio! Toda esta parte del parque +estaba abandonada, y hoy todo está enarenado, rastrillado. Ya no me +sentiré aquí en mis dominios como antes. ¡Va a ser demasiado lindo! No +encontraré mi viejo sillón de terciopelo marrón, donde tantas veces me +dormía después de comer. Y si me duermo esta noche, ¿qué será de mí? +Fíjate bien, Juan, si ves que comienzo a cabecear, te acercarás a +tocarme en el hombre por detrás. ¿Me lo prometes? + +--Sí, padrino, os lo prometo. + +Juan sólo prestaba mediana atención al discurso del cura. Sentía una +impaciencia extrema por volver a ver a madama Scott y miss Percival; +pero esta impaciencia iba acompañada de viva inquietud. ¿Las encontraría +en el gran salón de Longueval, como las vio en el pequeño comedor del +presbiterio? Quizá, en lugar de aquellas dos mujeres tan sencillas y +familiares, que se divirtieron tanto en la comida improvisada, y que +desde el primer momento lo acogieron con suma gracia y confianza; quizá +encontraría dos lindas muñecas de salón, elegantes, frías y correctas en +sus maneras. ¿Se borraría su primera impresión, desaparecería? O por el +contrario ¿se haría más suave y más profunda en su corazón? + +Subieron las seis gradas del pórtico y fueron recibidos en el vestíbulo +por dos grandes sirvientes de aire digno e imponente. Este vestíbulo que +antes era una inmensa pieza glacial y desnuda, con sus paredes de +piedra, hallábase ahora cubierto de admirables tapices que representaban +escenas mitológicas. El cura miró apenas estos tapices; pero lo bastante +para notar que las diosas que se paseaban a través del boscaje llevaban +trajes de una simplicidad demasiado antigua. + +Uno de los criados abrió de par en par la puerta del gran salón. + +Allí era donde generalmente se encontraba la vieja Marquesa, a la +derecha de la alta chimenea, y a la izquierda se hallaba el sillón +marrón. ¡Ya no había sillón marrón! Los viejos muebles del imperio, que +constituían el fondo del arreglo del salón, habían sido reemplazados por +unos maravillosos muebles de tapicería de fines del siglo pasado, y una +multitud de pequeños sillones y banquillos de todas formas y colores, se +hallaban esparcidos aquí y allá con una apariencia de desorden que era +el colmo del arte. + +Madama Scott, al ver entrar al cura y a Juan, se levantó a recibirlos: + +--Cuán amables sois--dijo,--señor cura, en haber venido, y vos también, +señor... Me alegro tanto de volver a veros a vosotros mis primeros, mis +únicos amigos en este país. + +Juan respiró. Era la misma mujer. + +--¿Queréis permitirme que os presente a mis hijos?... Harry y Bella, +venid. + +Harry era un precioso muchacho de seis años y Bella una linda niñita de +cinco; ambos tenían los grandes ojos negros de la madre y sus dorados +cabellos. + +Después que el cura besó a los dos niños, Harry, que miraba con +admiración el uniforme de Juan, preguntó: + +--¿Y al militar debemos besarle también, mamá? + +--Si queréis--respondió ella,--y si él consiente. + +Un minuto después los dos niños estaban instalados en las rodillas de +Juan y lo abrumaban a preguntas. + +--¿Sois oficial? + +--Sí, soy oficial. + +--¿De qué? + +--De artillería. + +--¿Los artilleros, son los que manejan el cañón? ¡Oh, cómo me gustaría +oír tirar un cañonazo y estar muy cerca de allí! + +¿Nos llevaréis un día cuando tiren cañonazos, no es verdad? + +Durante este tiempo, madama Scott conversaba con el cura, y Juan, +mientras respondía a las preguntas de los niños, no dejaba de mirarla. +Llevaba un traje de muselina blanca, pero ésta desaparecía bajo una +verdadera avalancha de voladitos de valencianas. La bata estaba abierta +en cuadro por delante. Los brazos desnudos hasta el codo; un gran ramo +de rosas rojas en la abertura de la bata, una rosa prendida en los +cabellos con un alfiler de brillantes y nada más. + +Madama Scott notó, de repente, que Juan estaba militarmente ocupado por +sus dos hijos. + +--¡Oh, señor, os pido mil perdones! Harry, Bella... + +--Dejadlos, señora, os lo ruego. + +--¡Estoy sumamente contrariada, por haceros comer tan tarde! Mi hermana +no ha bajado aún. ¡Ah! ya viene. + +Bettina hizo su entrada con el mismo vestido de muselina blanca y el +mismo grupo de encajes, la misma belleza y la misma acogida amable, +risueña, franca. + +--Servidora de usted, señor cura. ¿Me habéis perdonado mi horrible +indiscreción del otro día? + +Luego, volviéndose hacia Juan y tendiéndole la mano: + +--¿Cómo estáis, señor... señor... ¡bueno!... ya no me acuerdo de vuestro +nombre, y, sin embargo, me parece que somos amigos antiguos... +¿señor?... + +--Juan Reynaud. + +--Juan Reynaud... eso es. ¡Buenas tardes, señor Reynaud! Pero lealmente +os prevengo que cuando en realidad seamos antiguos amigos, os llamaré +señor Juan. Es un nombre muy lindo Juan. + +Anunciaron la comida. El aya vino a buscar a los niños; madama Scott +tomó el brazo del cura; Bettina el de Juan... Hasta el momento de la +aparición de Bettina, Juan se había dicho: «¡La más linda es madama +Scott!» Cuando vio la pequeña mano de Bettina deslizarse bajo su brazo, +y cuando ella volvió su delicioso rostro hacia él, pensó: «¡La más linda +es miss Percival!» Mas pronto volvió a caer en su indecisión cuando se +halló sentado entre las dos hermanas. Si miraba hacia la derecha, de ese +lado sentíase amenazado de enamorarse... y si miraba a la izquierda, el +peligro cambiaba en el acto pasando a la izquierda. + +La conversación comenzó fácil, animada, franca. Las dos hermanas estaban +contentas. Ya habían dado un paseo a pie por el parque. Y al día +siguiente pensaban hacer un gran paseo a caballo por el bosque. ¡Montar +a caballo era su pasión, su locura! Y era la pasión de Juan también, +tanto, que al cabo de un cuarto de hora le rogaban que fuera de la +partida para el día siguiente, y él aceptaba con alegría. Nadie conocía +mejor que él los alrededores: era su tierra. Se consideraba feliz +pudiendo hacerle los honores y mostrarles una multitud de parajes +preciosos, que sin él nunca habrían descubierto. + +--¿Todos los días montáis a caballo?--preguntó Bettina. + +--Todos los días, y generalmente dos veces. Por la mañana para el +servicio y en la tarde por paseo. + +--¿Muy temprano por la mañana? + +--A las cinco y media. + +--¿A las cinco y media todas las mañanas? + +--Sí, excepto el domingo. + +--¿Entonces os levantáis?... + +--A las cuatro y media. + +--¿Y es de día? + +--¡Oh! en este tiempo sí. + +--Levantarse así, a las cuatro y media, ¡es admirable! Nosotros +terminamos nuestra jornada muchas veces a la hora en que vos la +comenzáis. ¿Y os gusta vuestra carrera? + +--Mucho, señorita. ¡Es tan lindo tener su existencia recta ante sí, con +sus deberes bien claros y bien definidos! + +--Sin embargo--observó madama Scott,--¡no ser dueño de sí, tener siempre +que obedecer!... + +--Eso tal vez es lo que más me agrada. No hay nada más fácil que +obedecer, y, además, aprender a obedecer es aprender a mandar. + +--¡Oh, cuán cierto debe ser lo que decís! + +--Sí, sin duda, pero lo que no os dice es que él es el oficial más +distinguido de su regimiento, y que... + +--¡Padrino, por Dios! + +El cura, a pesar de la resistencia de Juan, iba a lanzarse en el +panegírico de su ahijado, cuando Bettina intervino, diciendo: + +--Es inútil, señor cura; no digáis nada... todo lo que podríais decir, +lo sabemos. Hemos cometido la indiscreción de tomar informes sobre el +señor... ¡oh! casi dije el señor Juan... sobre el señor Reynaud. ¡Y nos +los han dado admirables! + +--Tendría curiosidad de saber...--dijo Juan. + +--Nada, nada; no sabréis nada. No quiero haceros ruborizar, y os veríais +obligado a ruborizaros. + +Luego, volviéndose hacia el cura, agregó: + +--Y sobre vos también, señor cura, hemos pedido datos. Parece que sois +un santo... + +--¡Oh! eso sí que es bien cierto--exclamó Juan. + +Esta vez fue el cura quien interrumpió la elocuencia de Juan. La comida +iba a concluir, comida que para el cura había pasado en medio de +terribles emociones. Muchas veces le habían presentado construcciones +sabias y complicadas, sobre las que apenas acercaba una mano temblorosa, +pues temía ver derrumbarse todo de un golpe: los castillos movedizos de +gelatina, las pirámides de trufas, las fortalezas de crema, los +baluartes de pastelería, las rocas de helados. El abate Constantín, sin +embargo, comió con buen apetito, y no retrocedió ante dos o tres copas +de champagne. No odiaba la buena mesa. La perfección no pertenece a este +mundo, y si la gula es, como lo dicen, un pecado capital, cuántas buenas +gentes irían al infierno. + +El café lo sirvieron sobre el terrado del castillo. A lo lejos se oía el +sonido algo cascado del viejo reloj de la aldea que daba las nueve. El +parque no conservaba ya más que líneas ondulantes e indecisas. La luna +aparecía lentamente sobre las copas de los grandes árboles. + +Bettina tomó de sobre la mesa una caja de cigarros. + +--¿Fumáis?--preguntó a Juan. + +--Sí, señorita. + +--Tomad, entonces, señor Juan... Tanto peor, ya lo dije. Tomad... pero +no, escuchad primero. + +Y hablando a media voz mientras le presentaba la caja de cigarros: + +--Ahora está obscuro, podréis ruborizaros sin ser visto. Voy a deciros +lo que no quise en la mesa. Un antiguo notario de Souvigny, que fue +vuestro tutor, ha ido a ver a mi hermana, en París, para el pago del +castillo, y nos contó lo que habíais hecho después de muerto vuestro +padre, cuando erais aún muy niño, por aquella pobre madre, y por la +pobre joven. Mucho nos conmovió vuestra acción a mi hermana y a mí. + +--Sí, señor--continuó madama Scott,--y por esto hemos tenido tanto gusto +en recibiros hoy. No a todos habríamos dispensado la misma acogida, os +lo aseguro. Ahora bien, podéis ya tomar vuestro cigarro; mi hermana +espera desde hace rato. + +Juan no halló una palabra para responder. Bettina estaba allí, plantada +ante él, con la caja de cigarros en las dos manos, y los ojos fijos con +toda franqueza en el rostro de Juan; gozando del placer muy real y muy +vivo que puede traducirse por estas palabras: + +--Me parece que estoy mirando a un buen muchacho. + +--Ahora sentémonos aquí--dijo madama Scott,--ante esta preciosa noche... +tomad vuestro café... fumad. + +--Y no hablemos, Zuzie, no hablemos. Este gran silencio del campo, +después del inmenso bullicio de París, ¡es adorable! Quedémonos ahí, sin +decir nada. Miremos el cielo, la luna y las estrellas. + +Los cuatro, con sumo placer, ejecutaron este pequeño programa. Zuzie y +Bettina, tranquilas, en calma, en absoluto olvido de su existencia de la +víspera, tomándole cariño ya a esa comarca que acababa de recibirlas y +las conservaría por algún tiempo. + +Juan no se hallaba tan tranquilo; las palabras de miss Percival le +habían causado una profunda emoción; su corazón no recobraba aún su +marcha regular. + +Pero de todos, el más feliz era el abate Constantín. Había gozado con +delicia el pequeño incidente que puso la modestia de Juan a tan ruda +como grata prueba. ¡El abate quería tanto a su ahijado! El más tierno de +los padres no amó nunca tanto al más querido de sus hijos. Cuando el +anciano cura miraba al joven oficial, muchas veces se decía: + +--El Cielo me ha colmado de bendiciones: soy sacerdote y tengo un hijo. + +El abate se perdió en una meditación muy agradable; se encontraba como +en su casa, demasiado en su casa; sus ideas se confundían y embrollaban +poco a poco. La meditación volviose pesadez, y la pesadez somnolencia; +pronto el desastre fue completo, irreparable. El cura se durmió; se +durmió profundamente. La maravillosa comida y las dos o tres copas de +champagne, tenían, en parte la culpa de esta catástrofe. + +Juan no había notado nada. Olvidó la promesa hecha a su padrino ¿Y por +qué la olvidó? Porque a madama Scott y miss Percival se les ocurrió +poner los pies sobre los taburetes del jardín, colocados ante los +grandes sillones de mimbre cubiertos de almohadones. Luego se recostaron +perezosamente en los sillones, y sus vestidos de muselina se levantaron +un poco, muy poco, pero lo bastante, sin embargo, para dejar ver cuatro +piececitos, cuyas líneas se destacaban claras y distintas bajo dos +lindas cascadas de encajes blancos iluminados por la luna. Juan miraba +aquellos pies y se preguntaba: + +--¿Cuáles son los más pequeños? + +Mientras procuraba resolver este problema, Bettina, de repente, le dijo +a media voz: + +--¡Señor Juan, señor Juan! + +--¿Señorita? + +--Mirad al señor cura, se ha dormido. + +--¡Oh, Dios mío! yo tengo la culpa. + +--¡Cómo! ¿vos tenéis la culpa?--preguntó madama Scott, en voz baja +también. + +--Sí... mi padrino se levanta al alba y se acuesta muy temprano; me +recomendó mucho que no le dejara dormir. Frecuentemente, en casa de +madama de Longueval, después de comer, dormitaba un poco. Vosotras le +habéis acogido con tanta bondad, que ha recobrado su antigua costumbre. + +--Y ha hecho muy bien--dijo Bettina.--No hagamos ruido, no le +despertemos. + +--Sois demasiado buena, señorita; pero la noche está muy fresca. + +--¡Ah! es verdad, podría resfriarse. Esperad, voy a buscar un tapado. + +--Creo, señorita, que mejor sería procurar despertarlo discretamente +para que no comprenda que lo habéis visto dormir. + +--Dejadme hacer--dijo Bettina.--Zuzie, cantemos algo, juntas, a media +voz primero, luego la elevaremos poco a poco... Cantemos. + +--Bueno; pero ¿qué cantamos? + +--Cantemos: _Something childish_... La letra es de circunstancia. + +Las dos hermanas comenzaron a cantar: + + _If I had but two little wings_ + _And were a little feathery bird, etc._ + +Sus voces suaves y penetrantes tenían en aquel profundo silencio una +exquisita sonoridad. El abate no oía nada, ni se movía. Encantado con +este pequeño concierto, Juan se decía: + +--¡Con tal que mi padrino no se despierte pronto! + +Las voces seguían más claras y más altas: + + _But in my sleep to you I fly:_ + _I am always with you in my sleep! etc._ + +Y el abate continuaba inmóvil. + +--¡Cómo duerme!... es un crimen despertarlo. + +--¡Es preciso!... ¡Más alto, Zuzie, más alto! + +Zuzie y Bettina dejaron estallar libremente sus voces: + + _Sleep stays not, though a monarch bids;_ + _So I love to wake ere break of day; etc._ + +El cura despertó sobresaltado. Después de un corto momento de inquietud, +respiró... nadie, evidentemente nadie, había notado que él dormía. +Enderezose, estirose prudente y lentamente... ¡Se había salvado!... + +Un cuarto de hora más tarde, las dos hermanas acompañaban al cura y a +Juan hasta la pequeña puerta del parque, que daba a la aldea, a un +centenar de pasos del presbiterio. Llegaban a esta puerta, cuando +Bettina dijo a Juan, de repente: + +--¡Ah, señor! hace tres horas que tengo una pregunta que haceros. Esta +mañana, de llegada, encontramos en el camino a un joven alto, delgado, +de bigotes rubios; montaba un caballo negro y nos saludó al pasar. + +--Es Pablo de Lavardens, un amigo mío. Ya ha tenido el honor de seros +presentado, pero algo ligeramente; por eso toda su ambición es que os lo +vuelvan a presentar. + +--¡Pues bien! traedlo uno de estos días--dijo madama Scott. + +--Después del 15--exclamó Bettina.--¡Antes no, antes no! Nadie hasta +entonces, no queremos ver a nadie, excepto a vos, señor Juan... pero +vos, es extraordinario, no sé cómo sucede esto; pero vos no sois nadie +para nosotras... El cumplimiento no está muy bien hecho; mas fijaos bien +y veréis que es un cumplimiento; tengo la intención de ser excesivamente +amable con vos al hablar así. + +--Y lo sois, señorita. + +--Tanto mejor, si he tenido la felicidad de hacerme comprender bien. +Hasta la vista, señor Juan, hasta mañana. + +Madama Scott y miss Percival tomaron pausadamente el camino del +castillo. + +--Y ahora, Zuzie, reñidme bien fuerte... Lo espero... Y lo he +merecido... + +--Reñiros, ¿por qué? + +--Diréis, sin duda, estoy segura, que he demostrado mucha familiaridad a +ese joven. + +--No, no os diré eso... Ese joven, desde el primer día, me hizo la mejor +impresión, y me inspira una confianza absoluta. + +--Y a mí también. + +--Persuadida estoy de que haremos bien en aplicarnos las dos a +conquistar su amistad. + +--De todo corazón, por mi parte, tanto más, Zuzie, cuanto que he visto +ya muchos jóvenes desde que vivimos en Francia... ¡oh, sí, +muchísimos!... pues bien, este es el primero, positivamente el primero, +en cuyos ojos no he leído con claridad esta frase: «¡Señor, Dios, cuán +contento estaría yo si pudiera casarme con los millones de esta +personita!» Esto estaba escrito claramente en los ojos de todos los +demás, y no en los de él. Bueno, ya estamos en casa. Buenas noches, +Zuzie, hasta mañana. + +Madama Scott fue a ver a sus hijos, y a besarlos dormidos. + +Bettina permaneció largo tiempo de codos en el balcón. + +--Me parece--se decía,--que voy a tomar cariño a esta aldea. + + + + +VI + + +Al día siguiente, por la mañana, a la vuelta del ejercicio, Pablo de +Lavardens esperaba a Juan en el patio del cuartel. Apenas le dio tiempo +para bajar del caballo, y cuando estuvieron solos: + +--Cuenta--le dijo,--pronto, cuenta tu comida de ayer. Las vi por la +mañana. La menor manejaba cuatro poneys negros, ¡con un desenfado! Las +saludé... ¿Has hablado de mí? ¿Me conocieron? ¿Cuándo me llevas a +Longueval? ¡Pero responde, pues, respóndeme! + +--¡Responder, responder! ¿A qué pregunta, primero? + +--A la última. + +--¿Cuándo te llevo a Longueval? + +--Sí. + +--Dentro de diez días. No quieren ver a nadie, por el momento. + +--¿Entonces, no volverás a Longueval antes de diez días? + +--¡Oh! iré hoy a las cuatro. ¡Pero yo no soy nadie! ¡Juan Reynaud, el +ahijado del cura! Por eso he penetrado con tanta facilidad en la +confianza de estas dos preciosas mujeres; me presenté bajo el patronato +y con la garantía de la iglesia. Y a más descubrieron que yo podía +prestar pequeños servicios; conozco muy bien los caminos, y van a +utilizarme como guía. En fin, yo no soy nadie, mientras que tú, Conde +Pablo de Lavardens, tú eres alguien. Así, no temas nada, llegará tu +turno con los bailes y las fiestas cuando sea preciso brillar, cuando +se necesite bailar. Tú resplandecerás entonces con todo tu fulgor, y yo +volveré muy humildemente a mi obscuridad. + +--Búrlate de mí cuanto quieras. Por eso no es menos cierto que durante +estos diez días tomarás una ventaja... ¡una gran ventaja sobre mí! + +--¿Cómo una ventaja? + +--Vamos, Juan, acaso quieres hacerme creer que no estás todavía +enamorado de una de estas dos mujeres. ¿Es posible? ¡tanta belleza, +tanto lujo! ¡Oh... el lujo quizá más que la belleza! El lujo en ese +grado me aturde, me trastorna. Los cuatro poneys negros con sus cucardas +de rosas blancas me han hecho soñar esta noche. Y la joven... Bettina... +¿no es así? + +--Sí, Bettina. + +--¿Bettina?... ¿Condesa Bettina de Lavardens? ¿No te parece muy bonito? +Y qué marido tan perfecto tendría en mí. ¡Ser el marido de una mujer +locamente rica, esa es mi ambición! ¡No es tan fácil como se supone! Es +preciso saber ser rico, y yo tendré esa ciencia. Ya he hecho la prueba; +he comido ya bastante dinero ¡y si mamá no me hubiera detenido!... pero +estoy pronto para volver a empezar. ¡Ah, cuán feliz sería conmigo! Le +haría pasar una existencia de princesa encantada... En su lujo vería el +gusto, el arte y la ciencia de su marido. Pasaría mi vida en componerla, +engalanarla, emperifollarla y pasearla triunfante a través del mundo. +Estudiaría su belleza para ponerla bien en el cuadro que le +conviniera!... «Si él no estuviera ahí, se diría ella, yo sería menos +linda.» No sólo sabría amarla, sino también divertirla. ¡Tendría amor y +placeres en cambio de su dinero!... Vamos, Juan, un buen movimiento, +llévame hoy a casa de madama Scott. + +--No puedo, te lo aseguro. + +--¡Bueno! dentro de diez días solamente, pero te advierto que entonces +me instalo en Longueval para no salir más de allí. En primer lugar, con +esto daré gusto a mamá, que aunque todavía está un poco fastidiada con +las americanas, y dice que buscará medio de no encontrarlas nunca, ¡yo +la conozco bien a mamá! Y sé que la noche que le diga al volver: Mamá, +he ganado el corazón de una preciosa persona, cuyo mayor defecto es +poseer un capital de unos veinte millones y una renta de dos o tres +millones... Se exagera siempre que se habla de centenares de millones: +para mí yo sabré las verdaderas cifras, y eso me basta... Esa noche, +mamá se quedará encantada, porque en resumidas cuentas, ¿qué desea ella +para mí? Lo que todas las buenas madres desean para sus hijos, sobre +todo cuando sus hijos han hecho locuras... un rico casamiento o una +buena amistad. En Longueval encuentro las dos combinaciones, y +aprovecharé una u otra. Dentro de diez días me harás el gusto de +prevenirme, de hacerme saber cuál de las dos me abandonas: madama Scott +o miss Percival. + +--¡Estás loco! No pienso ni pensaré nunca... + +--Oye, Juan, tú eres la prudencia y la razón encarnadas, en eso estoy +conforme; pero por más que digas y hagas... Escucha, y acuérdate de +esto, Juan; de esa casa saldrás enamorado. + +--No lo creo--respondió Juan, riendo. + +--Y yo estoy seguro de lo que digo... ¡Hasta la vista! Te dejo en tus +asuntos. + +Aquella mañana Juan hablaba sinceramente: había dormido muy bien la +noche anterior. Su segunda entrevista con las dos hermanas disipó, como +por encanto, la ligera turbación que agitó su alma en el primer +encuentro. Preparábase a volver a verlas con mucho placer, pero con toda +tranquilidad. Había demasiado dinero en aquella casa, para que pudiera +caber el amor de un pobre diablo como él. + +La amistad era otra cosa. De todo corazón deseaba, y con todas sus +fuerzas iba a procurar conquistar la estimación y tranquilo afecto de +las dos mujeres. Trataría de no ver demasiado la belleza de Zuzie y +Bettina; trataría de no perderse, como lo hizo la víspera, en la +contemplación de los cuatro piececitos colocados sobre los dos taburetes +del jardín. Le dijeron con toda franqueza y cordialidad: «Seréis nuestro +amigo.» ¡Era lo que él deseaba! ¡Ser su amigo! Y lo sería. + +Durante los diez días siguientes todo conspiró para el éxito de esta +empresa. Zuzie, Bettina, el abate y Juan vivieron con la misma vida, en +la más estrecha y confiada intimidad. Las dos hermanas hacían por la +mañana largos paseos en carruaje con el cura, y por la tarde grandes +excursiones con Juan, a caballo. + +Juan no analizaba sus sentimientos; no se preguntaba si iba a inclinarse +a la derecha o a la izquierda. Sentía por ambas la misma abnegación, +idéntico afecto, y era completamente feliz, estaba completamente +tranquilo. Luego no estaba enamorado, pues el amor y la tranquilidad +rara vez hacen buenas migas en un mismo corazón. + +No obstante, Juan veía con cierta inquietud y tristeza acercarse el día +que traería a Longueval a los Turner, los Norton y toda la colonia +americana. Ese día llegó muy pronto. + +El viernes 24 de junio, a las cuatro de la tarde, cuando Juan vino al +castillo, Bettina lo recibió muy triste. + +--¡Qué contratiempo! mi hermana está indispuesta, un poco de jaqueca, no +es nada; mañana estará bien; pero hoy no me atrevo a salir sola con vos. +Allá, en América, me animaría; pero aquí no, ¿no es verdad? + +--Seguramente--respondió Juan. + +--Me veo obligada a despediros, y lo siento mucho. + +--Yo también siento irme y perder esta última tarde que creía poder +pasar con vos. ¡Pero ya que es preciso!... mañana volveré a saber de +vuestra hermana. + +--Ella misma os recibirá. Os repito que no es nada lo que tiene. Pero no +os escapéis tan pronto, os ruego; concededme siquiera un cuarto de hora +de conversación. Tengo que hablaros. Sentaos ahí y escuchadme. Teníamos +intención, mi hermana y yo, de bloquearos esta noche después de comer, +en un rincón del salón, y entonces mi hermana tomaría la palabra para +deciros lo que voy a tratar de expresaros a nombre de las dos. Pero +estoy algo conmovida... No os riáis, que es muy serio. Queríamos +agradeceros las dos, porque desde nuestra llegada os habéis mostrado tan +amable, tan bueno, tan cariñoso, tan... + +--¡Por Dios! señorita, yo soy quien debe agradecer... + +--¡Oh! no me interrumpáis... vais a enredarme, y no sabré salir del +paso. Además, sostengo que nosotras debemos agradeceros a vos; pues +llegamos aquí como dos extranjeras, y en el acto tuvimos el placer de +encontrar amigos, sí, amigos. Vos nos habéis llevado de la mano a casa +de nuestros inquilinos, de nuestros guardabosques; en tanto que vuestro +padrino nos llevaba a casa de sus pobres. Y por todas partes os querían +tanto, que en seguida, con confianza comenzaron a querernos un poco por +vuestra recomendación... ¿Sabéis que os adoran en toda la comarca? + +--Aquí he nacido. Todas estas buenas gentes me conocen desde mi +infancia, y me agradecen los servicios que mi padre y mi abuelo les +prestaron. Además, soy de su raza, de la raza de los paisanos. Mi +bisabuelo era agricultor en Bargecout, una aldea a dos leguas de aquí. + +--¡Oh, oh! ¡parecéis estar orgulloso de ello! + +--Ni orgulloso ni humillado. + +--Dispensad, pero habéis tenido un pequeño movimiento de orgullo. Pues +bien, yo os responderé que mi bisabuelo también era agricultor en +Bretaña, y se trasladó al Canadá a fines del siglo pasado, cuando el +Canadá era aún francés... Y ¿queréis mucho la aldea en que habéis +nacido? + +--Mucho, y pronto me veré obligado a abandonarla. + +--¿Por qué? + +--Si obtengo un ascenso, me enviarán a otro regimiento, y me pasaré de +guarnición en guarnición... pero cuando sea un viejo comandante o un +viejo coronel retirado del servicio, vendré a vivir y morir aquí, en la +casita de mi padre. + +--¿Siempre solo? + +--¿Por qué solo? Espero que no. + +--¿Tendréis intención de casaros? + +--Seguramente sí. + +--¿Y buscáis con quién casaros? + +--No. Puede uno pensar en casarse, pero no debe buscar con quién +casarse. + +--Sin embargo, hay gente que busca... sí, os lo aseguro; sin ir más +lejos, a vos os han buscado para casaros. + +--¿Cómo sabéis? + +--¡Ah! ¡Conozco tan bien vuestra historia! sois lo que se llama _un buen +partido_, y lo repito han querido casaros. + +--¿Quién os lo ha dicho? + +--El señor cura. + +--Mi padrino ha hecho mal--dijo Juan, con cierta vivacidad. + +--No, no; no ha hecho mal. Si hay algún culpable soy yo, y culpable por +caridad, no por curiosidad, os lo juro. Descubrí que vuestro padrino +nunca estaba tan contento como cuando hablaba de vos; entonces, por la +mañana, en nuestros paseos, cuando estoy sola con él, para darle gusto, +le hablo de vos, y él me cuenta vuestra historia. Estáis bien de +fortuna, estáis muy bien. Recibís del Gobierno doscientos trece francos +y algunos céntimos al mes. ¿No es así? + +--Sí--dijo Juan, decidido a no enojarse por las indiscreciones del cura. + +--Tenéis ocho mil francos de renta. + +--Más o menos, no completos. + +--Agregad a esto vuestra casa, que valdrá unos treinta mil francos. En +fin, tenéis una excelente posición, y ya han pedido vuestra mano. + +--¿Pedido mi mano?... ¡No, no! + +--¡Sí, sí, dos veces! y vos habéis rehusado dos buenos casamientos, o +dos lindas dotes, si lo preferís. ¡Para tanta gente es la misma cosa! +Doscientos mil francos por un lado, trescientos mil por otro. ¡Según +parece es una suma enorme para la aldea, y vos la rehusasteis! Decidme +¿por qué? ¡Si supierais la curiosidad que tengo de saberlo! + +--Se trataba de dos preciosas jóvenes... + +--Convenido, eso se dice siempre. + +--Pero a las que apenas conocía. Me obligaron, pues yo me resistía, me +obligaron a conversar con ellas dos o tres noches el invierno pasado. + +--¿Y entonces? + +--Entonces... no sé cómo explicároslo, no experimenté ningún sentimiento +de emoción, inquietud, turbación. + +--En fin--dijo resueltamente Bettina,--ni la menor sombra de amor... + +--No, ni la más mínima. Y volví con toda calma a mi cuartujo de soltero; +pues pienso que vale más no casarse, que casarse sin amar. Esa es mi +opinión. + +--Y también la mía. + +Ella lo miraba; él la miraba. Y de pronto, con gran sorpresa de ambos, +no encontraron nada que decirse, absolutamente nada. + +Felizmente en ese instante, Harry y Bella se precipitaron al salón dando +grandes gritos de alegría. + +--¡Señor Juan, señor Juan! ¡estáis ahí, señor Juan, venid a ver nuestros +poneys! + +--¡Ah!--dijo Bettina, con voz algo incierta.--Eduardo acaba de llegar de +París, trayendo para los niños unos poneys microscópicos. Vamos a +verlos, ¿queréis? + +Y salieron a ver los poneys, que, en efecto, eran dignos de figurar en +las caballerizas del rey de Liliput. + + + + +VII + + +Han transcurrido tres semanas. Juan debe partir al día siguiente con su +regimiento para las escuelas de artillería; va a vivir como verdadero +soldado durante veinte días; diez días de camino para ir y volver, y +diez bajo la tienda del campamento de Cercottes, en el bosque de +Orleans. El regimiento volverá a Souvigny el 10 de agosto. + +Juan no está ya tranquilo; Juan ya no es feliz. Con impaciencia ve venir +el momento de la partida, y al mismo tiempo con terror... Con +impaciencia, porque sufre un verdadero martirio, al que quiere escapar +cuanto antes. Con terror, porque durante estos veinte días que pasará +sin verla, sin hablarla, sin ella, en fin, ¿qué será de él? ¡Ella es +Bettina y él la adora! + +¿Desde cuándo? ¡Desde el primer día, desde aquel encuentro en el mes de +mayo, en el jardín del cura! Esa es la verdad. Pero Juan lucha y se +rebela contra esta verdad. Cree que sólo ama a Bettina desde el día en +que conversaban los dos alegre y amistosamente en el saloncito azul. +Ella se hallaba sentada en el diván, cerca de la ventana, y mientras +charlaba, se entretenía en reparar el desorden de la toilette de una +princesa japonesa, muñeca de Bella, que yacía sobre un sillón, y Bettina +la levantó maquinalmente. + +¿Por qué se le ocurrió a Bettina hablarle de las dos jóvenes con quienes +pudo haberse casado? La pregunta no lo turbó nada, y respondió que no +sintió entonces ninguna inclinación al matrimonio, porque sus +entrevistas con las dos jóvenes no le causaron ninguna emoción, ninguna +agitación. Y sonreía al hablar así; pero algunos momentos después, ya no +sonreía. Pues repentinamente aprendió a conocer esas turbaciones, esas +agitaciones, y no se hizo la menor ilusión sobre la profundidad de su +herida; conoció que le había atacado en pleno corazón. + +Sin embargo, no desesperó. Aquel día, al partir, se decía: «Sí, es +grave, muy grave; pero curaré.» Y buscaba una excusa a su locura, que +atribuía a las circunstancias. Durante diez días, aquella deliciosa +joven había estado demasiado con él, ¡demasiado con él solo! ¿Cómo +resistir a semejante tentación? Habíase embriagado con su encanto, su +gracia y su belleza. Mas al siguiente día llegarían veinte personas al +castillo a poner término a tan peligrosa intimidad. El tendría valor, se +alejaría; perdiéndose entre la multitud, vería a Bettina con menos +frecuencia y de más lejos... ¡No volver a verla, no podía ni pensarlo! +Quería seguir siendo amigo de Bettina, ya que sólo podría ser su amigo. +Pues había otro pensamiento que no cabía siquiera en el espíritu de +Juan; ese pensamiento no sólo le parecía extravagante, sino monstruoso. +No había hombre más caballero que Juan en el mundo, y el dinero de +Bettina le causaba horror, verdaderamente horror. + +Desde el 25 de junio un mundo de gente invadió Longueval. Madama Norton +llegó con su hijo Daniel Norton, y madama Turner con su hijo Felipe +Turner, y ambos jóvenes formaban parte de la famosa cofradía de los +treinta y cuatro. Eran amigos antiguos, a quienes Bettina trató como +tales, declarándoles con toda franqueza que perdían completamente su +tiempo; mas ellos no desalentaban, y formaban el centro de una pequeña +corte muy obsequiosa y muy asidua que giraba en torno de Bettina. + +Pablo de Lavardens hizo su entrada en la escena, captándose rápidamente +la amistad de todo el mundo. Había recibido la brillante y complicada +educación de un joven destinado a los placeres; mientras no se tratara +más que de divertirse: caballos, croquet, lawn-tennis, polo, baile, +charadas y comedias, estaba siempre pronto a todo, sobresalía en todo. +Su superioridad estalló, y se impuso, llegando a ser con el +consentimiento general, el organizador y director de las fiestas de +Longueval. + +Bettina no se engañó ni un segundo. Juan le presentó a Pablo de +Lavardens, y éste acababa apenas el pequeño cumplimiento de estilo, +cuando ya Bettina inclinándose hacia Zuzie, le decía al oído: + +--¡El trigésimo quinto! + +Sin embargo, prestó buena acogida a Pablo; tan buena, que éste, durante +algunos días, tuvo la debilidad de equivocarse, pensando que sus gracias +personales le valían tan amable y cordial recepción: mas estaba en un +grave error. Había sido presentado por Juan, era amigo de Juan, y a los +ojos de Bettina en esto estribaba todo su mérito. + +El castillo de madama Scott tenía la puerta franca; las invitaciones no +se recibían para una noche, sino para todas las noches, y Pablo, con +entusiasmo, se encaminaba allí todas las noches. Su sueño se realizaba. +¡Hallaba a París en Longueval! + +Pero Pablo no era tonto ni fatuo. Era, sin duda, objeto, de parte de +miss Percival, de atenciones y favores especiales; gustábale a ella +hablar larga, muy largamente a solas con él... mas ¿cuál era el eterno, +el inagotable tema de estas conversaciones? ¿Juan, aún Juan, y siempre +Juan? + +Pablo era ligero, disipado, frívolo, pero volvíase serio apenas se +trataba de Juan; sabía apreciarlo, sabía amarlo. Nada le era tan grato, +ni tan fácil como decir de su amigo todo el bien que pensaba. Y como +veía que Bettina se complacía en escucharlo, daba libre curso a su +elocuencia. + +Pero una noche Pablo quiso, y estaba en su derecho, obtener el beneficio +de su caballeresca conducta. Acababa de hablar durante más de un cuarto +de hora con Bettina. Terminada la conversación fuese a buscar a Juan al +otro extremo del salón, diciéndole: + +--Me dejaste el campo libre... y me lancé intrépidamente sobre miss +Percival. + +--¡Y bien! no creo que estés descontento del resultado de la empresa; +sois los mejores amigos del mundo. + +--Sí, ciertamente... esto marcha... esto marcha y no marcha. No hay otra +persona más amable que miss Percival; pero, en fin, tengo el mérito de +reconocerlo; acá, para entre nosotros, te diré que me hace representar +un papel ingrato y ridículo, un papel que no es para mi edad. Cuento la +edad de los enamorados, mas no la de los confidentes. + +--¿De los confidentes? + +--Sí, querido mío, de los confidentes; ¡tal es mi empleo en esta casa! +Tú nos mirabas hace un momento... ¡Oh! tengo buena vista... Tú nos +mirabas. Pues bien ¿sabes de qué hablábamos? ¡De ti, querido, de ti, y +nada más que de ti! Y todas las noches es la misma cosa. Preguntas que +no tienen fin. «¿Os habéis educado juntos? ¿Tomásteis lecciones los dos +con el abate Constantín? ¿Dentro de poco será capitán? ¿Y después? +comandante. ¿Y después? coronel _et cætera_... _et cætera_...» ¡Ah, +Juan, amigo mío, Juan, si tú quisieras realizar un lindo sueño!... + +Juan se fastidió, casi se enojó. Pablo quedó asombrado ante este acceso +de brusca irritación. + +--¿Qué tienes? Me parece que no he dicho nada... + +--Dispensa. He hecho mal; pero también ¿por qué se te ocurre una idea +tan absurda? + +--¡Absurda!... No veo el motivo... La he tenido yo por mi propia +cuenta, esta idea absurda. + +--¡Ah! tú... + +--¡Cómo, ah! ¿yo?... Si yo la he tenido, la puedes tener tú... Tú vales +más que yo... + +--¡Pablo, por favor!... + +El disgusto de Juan era evidente. + +--No hablemos más de esto... no hablemos más... En suma, lo que yo +quería decir, es que miss Percival me encuentra muy bonito, muy +gracioso, muy entretenido; pero en cuanto a tomarme a lo serio... jamás +me tomará a lo serio esa personita. Voy a lanzarme sobre madama Scott, +pero sin gran confianza... Mira, Juan, yo me divertiré mucho en esta +casa; pero no sacaré ningún provecho de aquí. + +Pablo se dirigió hacia madama Scott: mas desde el día siguiente tuvo la +sorpresa de tropezar con Juan, que vino a tomar asiento con toda +regularidad en el círculo particular de madama Scott, que, como Bettina, +tenía su pequeña corte. Lo que Juan buscaba allí era una protección, un +abrigo, un asilo. + +El día de aquella tremenda conversación sobre los matrimonios sin amor, +Bettina también sintió por la primera vez despertarse de pronto en ella +esa necesidad de amar que duerme, mas no muy profundamente, en el +corazón de todas las jóvenes. La sensación fue la misma, en el mismo +momento, en el alma de Juan y en el alma de Bettina. El, aterrado, se +echó bruscamente atrás. Ella, por el contrario, se dejó arrastrar, en +todo el candor de su plena inocencia, por aquel acceso de emoción y +enternecimiento. + +Ella esperaba el amor... ¡si fuera el amor! El hombre que debía ser su +pensamiento, su vida, su alma... si fuera él, este Juan. ¿Por qué no? Lo +conocía más que a todos aquellos que desde hacía un año giraban en torno +de su fortuna, y de todo lo que de él sabía, nada era como para +desalentar la confianza y el amor de una joven. ¡Lejos de eso! + +En fin, los dos hacían bien, los dos estaban en el deber y la verdad: +ella dejándose arrastrar; él, resistiendo; ella, sin pensar en un +momento en la obscuridad de Juan ni en su pobreza; él, retrocediendo +ante aquella montaña de millones como lo habría hecho ante un crimen; +ella, pensando que no tenía derecho para discutir con el amor; él +pensando que no tenía derecho para discutir con el honor. + +Por esto, a medida que Bettina se hacía más cariñosa, y se abandonaba +con más franqueza al primer llamado del amor, Juan, de día en día, +estaba más taciturno y agitado. No sólo tenía miedo de amar él, sino +también de ser amado. + +Debió haberse quedado en su casa, no venir... Lo ensayó, mas no pudo... +La tentación era demasiado fuerte, y lo arrastraba. Llegaba, y ella +venía en el acto hacia él con las manos tendidas, la sonrisa en los +labios y el corazón en los ojos. Todo en ella decía: «¡Procuremos +amarnos, y si podemos, amémonos!» + +El miedo lo embargaba. Apenas se atrevía a tocar aquellas dos manos que +iban al encuentro de las suyas. Trataba de evitar aquella mirada que +cariñosa y risueña, inquieta y curiosa, buscaba la suya. Temblaba ante +la necesidad de hablar a Bettina, ante la necesidad de oírla, y entonces +se refugiaba junto a madama Scott, y ésta recibía sus palabras +indecisas, conmovidas, turbadas, que no se dirigían a ella, y que, sin +embargo, ella tomaba para sí. + +Zuzie no podía dejar de engañarse. Bettina no le había dicho nada, no le +había manifestado aún los sentimientos vagos y confusos que la agitaban. +Guardaba y acariciaba el secreto de su amor naciente, como un avaro +guarda y acaricia las primeras monedas de su tesoro... El día en que +viera claro en su corazón, el día en que estuviera segura de amarlo, +¡ah! ¡entonces le hablaría a Zuzie, y sería feliz contándoselo todo!... + +Madama Scott acabó por atribuirse el honor de la melancolía de Juan, que +de día en día tomaba un carácter más marcado. Estaba halagada, pues +nunca disgusta a una mujer el creerse amada, halagada, pero triste al +mismo tiempo. Tenía grande estimación y afecto por Juan, y la afligía el +pensar que ella era la causa de su sufrimiento y desgracia. + +Por otra parte, Zuzie tenía el sentimiento de su inocencia. Con los +demás, algunas veces era coqueta, muy coqueta. Atormentarlos un poco no +era un gran crimen. Los otros no tenían nada que hacer, no servían para +nada, y esto los ocupaba, mientras la divertía a ella; les hacía matar +el tiempo a ellos y a ella también... Pero Zuzie no se reprochaba +ninguna coquetería con Juan; pues se daba cuenta de su mérito y +superioridad sobre los demás; comprendía que era hombre capaz de sufrir +seriamente, y madama Scott no quería esto. Ya dos o tres veces estuvo a +punto de hablarle, con mucha dulzura y afectuosamente, pero +reflexionó... Juan iba a partir por unos veinte días; a su vuelta, si +aun fuese necesario, le haría un pequeño discurso moral, y le hablaría +tan bien, que el amor no volvería a meterse tontamente a través de su +amistad. + +Juan partía al día siguiente... Bettina le rogó con insistencia viniera +a pasar el último día en Longueval, a comer con ellas. Pero Juan se +negó, alegando sus ocupaciones la víspera de la partida. Llegó a la +noche, como a las diez y media. Había venido a pie, y más de una vez en +el camino, pensó volver sobre sus pasos. + +--Si tuviera valor--se decía,--no la volvería a ver. Partiré mañana y no +volveré a Longueval mientras ella esté ahí. Mi resolución está tomada, +bien tomada. + +Pero continuó su camino; quería verla... por última vez. + +Apenas entró al salón, Bettina corrió a recibirlo: + +--¡Al fin llegasteis!... ¡Qué tarde! + +--He estado muy ocupado. + +--¿Y partís mañana? + +--Sí, mañana. + +--¿Temprano? + +--A las cinco de la mañana. + +--¿Saldréis por la calle que costea el parque y atraviesa la aldea? + +--Sí, por ese camino pasaremos. + +--¿Por qué tan temprano? Yo habría ido a veros pasar y deciros adiós +desde el terrado. Bettina conservaba en su mano la mano de Juan, que +estaba ardiente, hasta que éste se desprendió dolorosamente, haciendo un +esfuerzo, y dijo: + +--Tengo que ir a saludar a vuestra hermana. + +--¡Ahora!... no os ha visto... hay diez personas con ella... Venid a +sentaros un momento aquí conmigo. + +El se vio obligado a sentarse a su lado. + +--Nosotras también partiremos. + +--¿Vosotras? + +--Sí, hoy recibimos un telegrama de mi cuñado que nos causó mucha +alegría. No lo esperábamos hasta dentro de un mes, y estará aquí dentro +de doce días; se embarca pasado mañana en New-York en el _Labrador_... Y +nosotras iremos a esperarlo al Havre... Saldremos de aquí pasado mañana, +llevando a los niños, a quienes sentará muy bien pasar unos diez días a +orillas del mar... ¡Cuánto se alegrará mi cuñado al conoceros!... Al +conoceros... pero, si ya os conoce, tanto le hablamos de vos en todas +las cartas. Segura estoy de que simpatizaréis mutuamente. El es +excelente... ¿Cuánto tiempo tardaréis en volver? + +--Veinte días. + +--¿Veinte días... en un campamento? + +--Sí, señorita, en el campamento Cercottes. + +--En medio de los bosques de Orleans. Esta mañana me hice explicar todo +esto por vuestro padrino. Estoy contenta, porque vamos a ver a mi +cuñado; pero al mismo tiempo siento partir, pues si me quedara, iría +todas las mañanas a hacer una visita a vuestro padrino... y él me daría +noticias vuestras. ¿Queréis escribir a mi hermana, dentro de diez días, +una cartita de cuatro líneas, que no os quitará mucho tiempo, diciéndole +cómo estáis y que no nos olvidáis? + +--¡Oh! en cuanto a olvidaros... perder el recuerdo de vuestra gracia, de +vuestra bondad... ¡nunca, señorita, jamás! + +Su voz temblaba. Tuvo miedo de su emoción, y se levantó. + +--Os repito, señorita, que debo ir a saludar a vuestra hermana... me ha +visto... y debe estar asombrada... + +Atravesó el salón, mientras Bettina lo seguía con la vista. Madama +Norton acababa de instalarse en el piano para hacer bailar un poco a los +jóvenes. Pablo de Lavardens se acercó a miss Percival. + +--¿Queréis hacerme el honor, señorita? + +--¡Ah! Creo haber prometido este vals al señor Juan. + +--En fin, ¿si no es con él... será conmigo? + +--Convenido. + +Bettina se dirigió hacia Juan que se había sentado cerca de madama +Scott. + +--Acabo de echar una gran mentira. El señor de Lavardens vino a +invitarme para este vals, y le respondí que os lo había prometido... Sí, +¿no es verdad, queréis? + +¡Estrecharla en sus brazos, respirar el perfume de sus cabellos!... Juan +estaba desesperado... No se atrevió a aceptar. + +--Siento, señorita; mas no puedo... no me encuentro bien esta noche. He +venido por no partir sin despedirme; pero bailar es imposible. + +Madama Norton comenzaba el preludio del vals. + +--¡Y bien!--dijo Pablo, llegando alegremente,--¿es con él o conmigo, +señorita? + +--Con vos--respondió tristemente ella, sin separar los ojos de Juan. + +Estaba muy turbada, y contestó eso sin saber lo que decía. Mas en +seguida sintió haber aceptado. Habría deseado quedarse al lado de él... +pero era demasiado tarde. Pablo le tomó la mano y la arrastró. + +Juan se levantó, y los siguió con la vista a los dos, Bettina y Pablo. +Una nube le pasó ante los ojos. Sufría atrozmente. + +--No me queda más recurso que aprovechar este momento y partir--se +dijo.--Mañana escribiré algunas líneas a madama Scott disculpándome. + +Dirigiose a la puerta, sin mirar a Bettina... Si la hubiera mirado, se +habría quedado. + +Pero Bettina lo miraba, y de repente díjole a Pablo: + +--Os agradezco mucho, señor, mas estoy fatigada... Detengámonos, os +ruego... ¿Me perdonáis, no es verdad? + +Pablo le ofreció el brazo. + +--No, gracias--dijo ella. + +La puerta acababa de cerrarse. Juan no estaba ya allí. Bettina atravesó +el salón corriendo, y Pablo se quedó solo, sin comprender lo que le +pasaba. + +Juan llegaba al pórtico, cuando oyó que lo llamaban. + +--¡Señor Juan! ¡señor Juan! + +Detúvose y se volvió; ella estaba a su lado. + +--¿Os vais... sin decirme adiós? + +--Dispensad, señorita, estoy muy fatigado. + +--Entonces, no os vayáis así, a pie. Va a llover. + +Y extendió la mano hacia fuera. + +--¡Mirad! ya llueve. + +--¡Oh! apenas. + +--Venid a tomar una taza de té conmigo sola en el saloncito, y os haré +llevar en carruaje. + +Y volviéndose a uno de los criados: + +--Decid que pongan el cupé, en seguida. + +--No, señorita, no, os ruego. El aire libre me calmará... tengo +necesidad de caminar... dejadme partir. + +--¡Partid, pues!... Pero no tenéis abrigo... Tomad este chal para +cubrios. + +--No tengo frío... mientras que vos... con ese traje... parto para +obligaros a entrar. + +Sin tenderle siquiera la mano, se escapó, bajando rápidamente las gradas +del pórtico. + +«Si toco su mano, pensaba, estoy perdido, descubro mi secreto.» + +¡Su secreto! El no sabía que Bettina leía en su corazón como en un libro +abierto. + +Cuando llegó a la puerta, tuvo un breve momento de hesitación. Tenía +esta frase en los labios: + +«¡Os amo! ¡os adoro! ¡Y por eso no quiero volver a veros!» + +Mas no la pronunció, alejose, perdiéndose pronto en la obscuridad... +Bettina permaneció en el pórtico, en el cuadro luminoso de la puerta. +Gruesas gotas de lluvia impelidas por el viento azotaban sus espaldas +desnudas y la hacían temblar; ella no lo notaba; sentía claramente latir +su corazón. + +--Bien sabía que él me amaba--se dijo;--pero ahora estoy segura de que +yo también lo amo... ¡oh! sí... yo también... + +De pronto, en uno de los grandes espejos de la puerta, vio reflejarse a +los dos criados que estaban de pie inmóviles, junto a la mesa de encina +del vestíbulo. Bettina dio algunos pasos en dirección al salón... Oyó +alegres risas, y el vals que continuaba. Detiénese. Quiere estar sola, +completamente sola, y dirigiéndose a uno de los criados: + +--Id a decir a la señora que yo estaba fatigada, y he subido a mi +cuarto. + +Annie, su camarera, dormitaba en un sillón. Despidiola, pues ella misma +quería desvestirse. Dejose caer en un diván experimentando un delicioso +cansancio. + +La puerta del cuarto se abre; es madama Scott. + +--¿Estáis enferma, Bettina? + +--¡Ah! Zuzie, ¡sois vos, mi Zuzie! ¡Qué bien habéis hecho en venir! +Sentaos aquí, junto a mí, muy cerca de mí. + +Y se recostó como un niño en los brazos de su hermana, acariciando con +su cabeza ardiente los frescos hombros de Zuzie; después, de repente, se +echó a llorar, con grandes sollozos que la sofocaban. + +--Bettina, mi querida Bettina, ¿qué tenéis? + +--Nada, nada... son los nervios... es la alegría. + +--¿La alegría? + +--Sí, sí... esperad, pero dejadme llorar un poco... ¡Me hace tanto +bien!... no tengáis cuidado... no es nada. + +Bajo los besos de su hermana, Bettina se calma, se tranquiliza. + +--Ya se acabó, se acabó, y voy a deciros... tengo que hablaros de Juan. + +--¡Juan! ¿lo llamáis Juan? + +--Sí, lo llamo Juan... ¿No habéis notado, de algún tiempo a esta parte, +que estaba triste y parecía ser muy desgraciado? + +--Sí, en efecto. + +--Apenas llegaba... iba a instalarse a vuestro lado, y permanecía allí, +pensativo y silencioso; tanto, que durante varios días me pregunté, +perdonadme que os hable con esta franqueza, sabéis que es mi costumbre, +si no os amaría a vos, mi Zuzie. ¡Sois tan linda, tan buena, que habría +sido lo más natural! ¡Pero no, no era a vos, sino a mí! + +--¿A vos? + +--Sí, a mí. Escuchadme bien... Apenas se atrevía a mirarme. Me evitaba, +me huía... Me tenía miedo. Evidentemente me tenía miedo. ¡Pues bien! +¿decidme, con franqueza, si soy como para inspirar miedo? No, ¿no es +verdad? + +--Seguramente, no. + +--¡Ah! pero no me tenía miedo a mí, sino a mi dinero ¡a mi horrible +dinero! Ese dinero que los atrae a todos con una tentación tan fuerte; +ese dinero lo aterra a él, y lo desespera... porque no es como los +demás, porque... + +--Cuidado, querida, si os engañarais... + +--¡Oh! no, no, yo, no me engaño. No hace mucho, en la puerta, al partir, +me dijo algunas palabras... Las palabras no decían nada; pero si +hubierais visto su turbación, ¡a pesar de todos sus esfuerzos por +contenerse!... Zuzie, mi Zuzie, por el cariño que os tengo, y Dios sabe +cuán grande es, voy a revelaros mi convicción, mi convicción absoluta: +si en vez de ser miss Percival, hubiera sido yo una pobre joven sin +ningún dinero, Juan me habría tomado la mano, en ese momento, +diciéndome que me amaba, y si así me hubiese hablado ¿sabéis lo que le +habría respondido? + +--Que vos también le amabais. + +--Sí, y por eso soy tan feliz. Era una idea fija en mí, adorar al hombre +que fuera mi marido... Pues bien, no digo que adoro a Juan, no, todavía +no... pero, en fin, ya principio, Zuzie... ¡y el principio es tan grato! + +--Bettina, me inquieta veros en esa exaltación. Convengo en que M. +Reynaud tenga mucho afecto por vos... + +--¡Oh! más que eso, mucho más. + +--Mucho amor, si queréis. Sí, tenéis razón, habéis visto bien... El os +ama... y sois digna de todo el amor que sientan por vos, mi querida. En +cuanto a Juan, decididamente esto es contagioso, yo también le llamo +Juan, bueno, sabéis la opinión que de él tengo formada; desde un mes a +esta parte hemos tenido muchas veces ocasión de decírnosla... Pienso +muy bien de él, muy bien... Pero, en fin, a pesar de todo, ¿será éste el +marido que os conviene? + +--Sí, si lo amo. + +--Procuro hablaros razonablemente, y vos me contestáis siempre... +Bettina, tengo mucha más experiencia que vos... Escuchadme bien... Desde +que llegamos a París nos hemos visto lanzadas en un mundo muy animado, +muy brillante, aristocrático... Podríais ser ya, si hubierais querido, +Marquesa o Princesa... + +--Sí, pero no he querido. + +--¿Os sería completamente indiferente llamaros madama Reynaud? + +--Absolutamente, si lo amo... + +--¡Ah! insistís... + +--Porque es la verdadera cuestión. No hay otra... y a mi vez quiero ser +razonable. Os concedo que esta cuestión no esté completamente resuelta, +y que quizá he procedido con demasiada ligereza. Ya veis cómo soy +razonable. Juan parte mañana, y no volveré a verlo hasta dentro de +veinte días, durante los cuales tendré tiempo de interrogarme, +consultarme, y saber lo que pasa en mí. Bajo mi aire ligero, soy seria y +reflexiva... ¿No es así? + +--Sí, lo reconozco. + +--Pues bien, voy a dirigiros una súplica, como lo haría con nuestra +madre si estuviera aquí presente. Si dentro de veinte días os digo: +«¡Zuzie, estoy segura de amarlo!» me permitiréis que vaya hacia él, yo +misma, yo sola, a preguntarle si me quiere por esposa. Es lo que +hicisteis vos con Richard... Decid, Zuzie, ¿me lo permitiréis? + +--Sí, os lo permitiré. + +Bettina besó a su hermana, murmurándole al oído: + +--¡Gracias, mamá! + +--¡Mamá, mamá! Así me llamabais cuando erais muy niña, cuando estábamos +solas en el mundo las dos, cuando os desnudaba de noche en New-York en +nuestro pobre cuartito, y os tenía en mis brazos antes de poneros en la +cuna, cantando para haceros dormir. Y desde entonces, Bettina, no he +deseado más que una sola cosa en el mundo: vuestra felicidad. Por eso os +pido que reflexionéis bien. No me respondáis; no hablemos más de eso. +Quiero dejaros muy tranquila, bien calmada. ¿Despachasteis a Annie?... +¿Queréis que esta noche también os desnude y os acueste vuestra mamá, +como antes? + +--Sí, quiero. + +--¿Y cuando estéis acostada, me prometeréis ser buena? + +--Buena, como una santa. + +--¿Y haréis todo lo posible por dormiros? + +--Todo lo que pueda... + +--¿Con mucho juicio, sin pensar en nada? + +--Con juicio y sin pensar en nada. + +--¡Sea enhorabuena! + +Diez minutos después, la cabeza de Bettina reposaba suavemente entre +bordados y encajes, mientras Zuzie decía a su hermana: + +--Voy donde está toda esa gente que me fastidia en extremo esta noche. Y +antes de pasar a mi cuarto, vendré a ver si dormís. Silencio... dormíos. + +Y salió dejando sola a Bettina; que, según lo prometido, hizo los más +sinceros esfuerzos para dormirse, no consiguiéndolo sino a medias. Cayó +en un semisueño, en una modorra que la dejó flotante entre el sueño y la +realidad. Prometió no pensar en nada, y, sin embargo, pensaba en él, +nada más que en él, siempre en él; pero vaga y confusamente. Cuánto +tiempo pasó así, no habría sabido decirlo. De pronto, sintió pasos en el +cuarto; entreabrió los ojos y creyó reconocer a su hermana, y con voz +somnolienta le dijo: + +--¿Sabéis?... lo amo. + +--Chit... ¡Dormid, dormid! + +--Duermo, duermo. + +Y se durmió en realidad; mas no tan profundamente como de costumbre, +pues a las cuatro de la mañana despertose sobresaltada por un ruido, que +la víspera no habría turbado absolutamente su sueño. La lluvia, que caía +a torrentes, azotaba las ventanas del cuarto de Bettina. + +--¡Oh! ¡cómo llueve, cómo se va a mojar! + +Fue su primer pensamiento. Levántase, atraviesa su cuarto con los pies +desnudos y entreabre un postigo. Empieza a despuntar el día, con una luz +gris, opaca, pesada; el cielo está cargado de agua; el viento sopla +tempestuoso, por ráfagas que hace girar la lluvia en torbellinos. + +Bettina no se acuesta ya. Comprende que le sería del todo imposible +volverse a dormir. Pónese un peinador y permanece junto a la ventana, +viendo caer la lluvia. Ya que debía partir, habría deseado que se fuera +con buen tiempo, y que un claro sol iluminara su primera etapa. + +Hace un mes, cuando llegó a Longueval, Bettina no sabía lo que era una +etapa. Hoy sabe que una etapa de artillería es una marcha de treinta a +cuarenta kilómetros, con una hora de alto para almorzar. El abate +Constantín se lo ha enseñado; pues durante las visitas que hacen juntos +a los pobres, Bettina lo abruma a preguntas sobre las cosas militares y +especialmente sobre el servicio de artillería. + +¡Ocho o diez leguas bajo esta lluvia azotadora! ¡Pobre Juan! Bettina +piensa en los jóvenes Turner, Norton, en Pablo de Lavardens, que +dormirán tranquilamente hasta las diez de la mañana, mientras Juan +recibirá este diluvio. + +¡Pablo de Lavardens! este nombre despierta en su espíritu un recuerdo +doloroso: el vals de la víspera... ¡Haber bailado así, cuando la pena de +Juan era manifiesta! A los ojos de Bettina, la vuelta de vals que dio, +toma las proporciones de un crimen; es horrible lo que ha hecho. + +Y después no tuvo valor ni franqueza en la última conversación con Juan. +El no podía, no se atrevía a decir nada, pero ella debió demostrar más +cariño, más confianza. Triste y enfermo como estaba, no debió nunca +dejarlo partir a pie. Debió haberlo retenido, retenido a toda costa. La +imaginación de Bettina trabaja y se exalta. Juan llevaría la impresión +de haber estado con una mala criatura sin corazón y sin piedad... + +Y dentro de media hora partirá, partirá por veinte días... ¡Ah! si +pudiera de algún modo!... Pero existe un medio... El regimiento +desfilará por delante del parque, frente al terrado. Y Bettina es presa +de un vehemente deseo de ir a ver pasar a Juan. Así comprenderá él, +viéndola a esas horas, que viene a pedirle perdón de sus crueldades de +la víspera. Sí, irá... Pero prometió a Zuzie ser juiciosa, estarse +quieta como una santa, y ¿hacer lo que hace, es portarse como una santa? +Al volver confesará a Zuzie todo, y ella le perdonará. + +¡Irá, irá! Mas ¿con qué se vestirá? No tiene a mano sino un traje de +baile y un peinador de muselina, babuchas con tacón y zapatos de baile +de raso celeste. ¿Qué hacer? Despertar a su camarera, nunca se +atrevería... y además el tiempo urge... ¡las cinco menos cuarto! El +regimiento sale a las cinco. + +Puede salir del paso con el peinador de muselina y los zapatos de raso, +si encuentra en el vestíbulo un sombrero, sus zuecos de jardín y el gran +chal escocés que se pone los días de lluvia para manejar. Entreabre su +puerta con infinitas precauciones; todos duermen en el castillo; +deslízase a lo largo de las paredes, a través de los corredores, y baja +la escalera. + +¡Con tal que los zuecos estén en su lugar! Es su mayor preocupación. Ahí +están. Los ata por sobre los zapatos de baile y se envuelve en su gran +chal. Siente afuera redoblar la violencia de la lluvia. Ve un enorme +paraguas, del que se sirven los criados cuando van en el pescante; +apodérase de él: ya está pronta... mas cuando quiere salir nota que la +puerta del vestíbulo se halla cerrada por una gran barra de hierro. +Procura levantarla, pero la barra está fuerte, resiste, y el gran reloj +del vestíbulo deja oír en aquel momento cinco golpes. ¡El sale en ese +instante! + +¡Y ella quiere verlo, quiere verlo! Su voluntad se irrita con los +obstáculos; hace un gran esfuerzo. La barra cede y se desliza por la +puerta... Pero Bettina se ha hecho en la mano un largo tajo que deja ver +un pequeño hilo de sangre. Envuélvese la mano en el pañuelo, toma el +gran paraguas, da vuelta la llave en la cerradura, y abre la puerta. ¡Al +fin está afuera! + +El tiempo es horrible. El viento y la lluvia continúan. Necesítanse +cinco o seis minutos para llegar al terrado que da a la calle. Bettina +se lanza valientemente adelante, con la cabeza baja, oculta debajo de +su inmenso paraguas. Habría andado unos cincuenta pasos, cuando un +remolino ciego, loco, furioso, se arroja sobre Bettina, le abre el chal, +la arrastra, la levanta, casi la hace perder pie, y da vuelta con +violencia el paraguas. Esto no es nada todavía. El desastre fue +completo. Bettina ha perdido uno de sus zuecos... No eran muy serios +estos zuecos, eran muy bonitos para el buen tiempo. + +Y en ese momento, cuando Bettina desesperada, lucha contra la tempestad, +con su zapato de raso celeste que se entierra en la arena mojada, en ese +momento el viento le trae el eco lejano de un toque de trompetas. ¡Es el +regimiento que sale! Bettina toma una gran resolución: abandona el +paraguas, levanta el zueco, vuelve a atárselo mal o bien, y parte +corriendo con un diluvio en la cabeza. + +Por fin se encuentra bajo el bosque, donde los árboles la protejen un +poco. Otro toque más; más cercano esta vez, Bettina cree oír los pasos +de los caballos. Hace un último esfuerzo y llega al terrado... ¡Ya era +tiempo! A veinte metros de distancia divisa los caballos blancos de los +cornetas, y más lejos ve ondular vagamente en medio de la neblina, una +larga fila de cañones. Pónese al abrigo bajo los tilos que rodean el +terrado, y mira y espera. El viene ahí entre esa masa confusa de +caballeros. ¿Podrá reconocerlo? Alguna feliz casualidad le hará volver +la cabeza hacia ese lado. + +Bettina sabe que es teniente de la segunda batería de su regimiento; +sabe que una batería se compone de seis cañones y seis cajas. El abate +Constantín le enseñó también esto. Debe, pues, dejar pasar la primera +batería, es decir, contar seis cañones, seis cajas y en seguida vendrá +él... + +Es él, en efecto, envuelto en su gran capa, y es él, el primero que la +ve y la reconoce. Unos momentos antes recordaba un largo paseo que +hiciera con ella, al caer la tarde, hasta este terrado. Levantó los +ojos hacia donde recordaba haberla visto y la encontró allí mismo. + +La saluda, y con la cabeza descubierta, bajo la lluvia, volviéndose +sobre el caballo, a medida que se alejaba, la miró hasta perderla de +vista, repitiendo lo que se había dicho la víspera: + +--¡Será la última vez! + +Ella, con las manos le decía adiós, y este ademán repetido muchas veces, +traía sus manos tan cerca, tan cerca de su boca, que se habría podido +creer... + +--¡Ah--pensaba,--si después de esto no comprende que lo amo, si no me +perdona mi dinero! + + + + +VIII + + +Estamos a 10 de agosto, día en que debe volver Juan a Longueval. + +Bettina se despierta muy temprano, se levanta y corre a la ventana. Un +gran sol naciente disipa los vapores de la mañana. La víspera, por la +noche, el cielo estaba amenazando, cargado de nubes. Bettina ha dormido +muy poco, y durante toda la noche decía: + +--¡Con tal que no llueva mañana! + +Va a ser un día precioso, y como Bettina es algo supersticiosa, esto le +infunde esperanza y valor. La jornada principia bien y terminará bien. + +M. Scott ha vuelto hace unos días. Bettina lo esperaba en el muelle del +Havre con Zuzie y los niños. + +Después de abrazarse tiernamente, varias veces, Richard, dirigiéndose a +su cuñada, pregunta riendo: + +--¡Y bien! ¿cuándo es el casamiento? + +--¿Qué casamiento? + +--Con M. Juan Reynaud. + +--¡Ah, mi hermana os ha escrito! + +--¿Zuzie? No. Zuzie no me ha dicho ni una palabra. Vos, Bettina, me +habéis escrito. Desde hace un mes, en todas vuestras cartas, sólo se +trata de este joven oficial. + +--¿En todas mis cartas? + +--Sí, sí, y me escribíais con más frecuencia y más detención que antes. +No me quejo, pero os pregunto, ¿cuándo me presentaréis a mi cuñado? + +El hablaba así por broma, mas Bettina le responde seriamente: + +--Espero que será muy pronto. + +M. Scott sólo ahora sabe que el asunto es serio. Bettina le pide sus +cartas, al volver en el vagón para releerlas, y ve que, en efecto, en +todas habla de él. Halla allí los más mínimos detalles de su primer +encuentro; el retrato de Juan en el jardín del presbiterio con su +sombrero de paja y la ensaladera de loza... y después el señor Juan, y +siempre el señor Juan. Descubre que lo ama desde mucho antes que lo +pensaba. + +Estamos, pues, a 10 de agosto. Acaba de concluirse el almuerzo en el +castillo. Harry y Bella están impacientes. Saben que de una a dos el +regimiento atravesará la aldea, y les han prometido llevarlos a ver +pasar los soldados, y para ellos, tanto como para Bettina, la vuelta del +9.º de artillería es un gran acontecimiento. + +--Tía Betty--dijo Bella,--tía Betty, ven con nosotros. + +--Sí, ven--dijo Harry,--ven, veremos a nuestro amigo Juan sobre su gran +caballo moro. + +Bettina resiste, rehúsa, y, sin embargo, ¡qué tentación! Pero no, no +irá, no verá a Juan hasta la noche para la explicación decisiva que +viene preparando desde hace veinte días. + +Los niños salen con su aya, mientras Bettina, Zuzie y Richard se sientan +en el parque, cerca del castillo. + +--Zuzie--dice Bettina,--voy a recordaros hoy vuestra promesa. ¿Os +acordáis de lo que pasó entre nosotras la noche de su partida? +Convinimos en que si a su vuelta yo os decía: Zuzie, estoy segura de +amarlo, vos me permitiríais dirigirme a él francamente y preguntarle si +me quería por esposa. + +--Sí, os lo prometí. ¿Pero estáis segura? + +--Completamente segura. Os prevengo, pues, que tengo la intención de +traerlo... aquí mismo, a este banco--continuó, sonriendo,--y hablarle, +más o menos, como vos lo hicisteis con Richard. La prueba salió bien, +Zuzie... sois enteramente feliz, y yo también quiero serlo. Richard, +¿Zuzie os ha hablado de M. Reynaud? + +--Sí, me ha dicho que de ningún hombre pensaba tan bien como de éste, +pero... + +--Pero también os ha dicho que quizá sería para mí un casamiento +demasiado tranquilo, muy poco brillante. ¡Oh, qué mala hermana! ¡Queréis +creer, Richard, que no consigo quitarle ese temor; no comprende que ante +todo quiero amar y ser amada! ¡Creeréis, Richard, que la semana pasada +me tendió un lazo horrible! ¿Sabéis que en el mundo existe un príncipe +Romanelli? + +--Sí, y habríais podido ser Princesa. + +--Creo que no hubiera encontrado inmensas dificultades. Pues bien, un +día cometí la imprudencia de decir a Zuzie que el príncipe Romanelli, en +último caso, me parecía aceptable. ¿No os imagináis lo que hizo? Los +Turner estaban en Trouville; y con ayuda de ellos tramó el complot. Me +hicieron almorzar con el Príncipe... mas el resultado fue desastroso. +¡Aceptable! Durante las dos horas que pasé con él, me pregunté cómo +había podido yo decir semejante palabra. No, Richard; no, Zuzie; no +quiero ser Princesa, ni Condesa, ni Marquesa, sino simplemente madama +Juan Reynaud... si el señor Juan Reynaud consiente... lo cual no es muy +seguro. + +El regimiento entraba a la aldea, y bruscamente estalló la música +marcial y alegre a través del espacio. Los tres permanecieron en +silencio. Era el regimiento, era Juan quien pasaba. Los sonidos +disminuyeron, hasta extinguirse, y Bettina continuó: + +--No, no es seguro, aunque él me ama mucho, y sin conocerme bien. Yo +pienso que merezco ser amada de otra manera, pienso que si me conociera +mejor, no le causaría un terror semejante, por esto os pido permiso para +hablarle esta noche, libre y francamente. + +--Os lo acordamos--respondió Richard,--los dos os lo acordamos. +Sabemos, Bettina, que nunca haréis nada que no sea noble y generoso. + +--Procuraré hacerlo, al menos. + +Los niños vuelven corriendo. Han visto a Juan, que iba cubierto de +polvo, y los saludó. + +--Pero--agrega Bella,--no ha sido bueno con nosotros hoy, no se paró a +hablarnos... siempre lo hace, y hoy no ha querido. + +--Sí, ha querido--responde Harry,--porque al principio hizo un +movimiento así... y después no quiso, y se fue. + +--En fin, no se detuvo. Y es tan divertido hablar con un militar, sobre +todo, cuando está a caballo. + +--No es eso sólo, sino que nosotros lo queremos tanto, al señor Juan. Si +supieras, papá, ¡qué bueno es, y qué bien sabe jugar con nosotros! + +--¡Y qué lindos dibujos hace! ¿Te acuerdas, Harry, de aquel gran +polichinela tan raro, con su bastón? + +--Y el gato, también había un gato, como en Guignol. + +Los niños se alejaron hablando de su amigo Juan. + +--Decididamente--dijo M. Scott,--todo el mundo lo quiere en esta casa. + +--Y vos haréis otro tanto, cuando lo conozcáis--responde Bettina. + +El regimiento sigue al trote por el camino real, al salir de la aldea. +He ahí el terrado donde se hallaba Bettina la otra mañana... Juan +piensa: ¡si estuviera ahí! Lo teme y lo espera al mismo tiempo. Levanta +la cabeza, mira... ¡No está! + +¡No la ha visto! Ni volverá a verla... en mucho tiempo, al menos. Esa +misma noche partirá, a las seis, para París. Uno de los directores del +ministerio de la Guerra se interesa por él, y procurará hacerse enviar a +otro regimiento. + +Juan ha reflexionado mucho sobre esto en Cercottes, y el resultado de +sus reflexiones es el siguiente: él no puede, no debe ser el marido de +Bettina. + +Los hombres echan pie a tierra en el patio del cuartel, mientras Juan +se despide de su coronel y sus camaradas. Todo ha concluido, es libre, +puede partir... y, sin embargo, no lo hace. Mira a su alrededor... ¡cuán +feliz era tres meses antes, cuando salía de aquel gran patio, a caballo, +en medio del ruido de los cañones que rodaban en el suelo de Souvigny! +¡Y cuán tristemente saldrá hoy! Antes su vida se limitaba ahí... ahora +¿hasta dónde irá? + +Entra y sube a su cuarto, para escribir a madama Scott, diciéndole que +por asuntos de servicio se ve obligado a partir al instante, y no podrá +comer en el castillo; ruega a madama Scott presente sus respetos a la +señorita Bettina. ¡Bettina! ¡Ah, cuánta pena le da escribir este nombre! +Cierra la carta para enviarla más tarde. + +Hace sus preparativos de viaje, para ir a despedirse, después, de su +padrino. Esto es lo que más le cuesta... aunque sólo le hablará de una +breve ausencia. + +Al abrir uno de los cajones del escritorio para sacar dinero, lo +primero que hiere su vista es una carta escrita sobre papel azulado: el +único billete que ha recibido de ella. + +«¿Queréis tener la bondad de entregar al portador el libro de que me +hablasteis anoche? Quizá sea algo serio para mí; pero desearía ensayar +su lectura. Hasta luego; venid lo más temprano posible.--_Bettina_.» + +Juan lee y relee estas pocas líneas... hasta que no puede leer más, pues +se le nublan los ojos. + +--Esto es todo lo que me quedará de ella--piensa. + +En el mismo momento, el abate Constantín está en conferencia con +Paulina. Hacen sus cuentas. La situación financiera es admirable, tienen +más de dos mil francos en caja. Y se han cumplido los votos de Zuzie y +Bettina: ya no hay pobres en toda la comarca. La vieja Paulina, por +momentos, tiene ligeros escrúpulos de conciencia. + +--Mirad, señor cura, quizá damos demasiado. Correrá la voz hasta las +otras aldeas de que aquí se hace la caridad a ojos cerrados, y uno de +estos días vendrán a establecerse infinidad de pobres a Longueval. + +El cura da cincuenta francos a Paulina, que sale a llevárselos a un +pobre hombre que se rompió un brazo al caer de arriba de una carreta de +pasto. + +El abate Constantín queda solo y pensativo en el presbiterio. Esperó al +regimiento al pasar, pero Juan no se detuvo más que un instante; +¡llevaba un aire tan triste! Hace algún tiempo que el abate nota que +Juan no tiene ya su alegría y buen humor de antes. Mas no se ha +inquietado mucho, creyendo sería una de esas penas pasajeras de la +juventud, que no interesan a un pobre cura viejo. + +Pero hoy la preocupación de Juan es muy notable. + +--Vuelvo en seguida, mi padrino--le dijo;--pues tengo necesidad de +hablaros. + +Y salió bruscamente, sin que el abate tuviera tiempo para darle un +terrón de azúcar a Loulou, o más bien dicho, unos terrones de azúcar, +pues llevaba cinco o seis en el bolsillo, considerando que bien merecía +Loulou este regalo por los diez días de marcha y las veinte noches +pasadas al raso. Además, desde la instalación de madama Scott en el +castillo, Loulou tenía siempre varios terrones de azúcar. El abate +Constantín se había hecho gastador, pródigo; sentíase millonario, y los +terrones para el caballo de Juan, eran una de sus locuras. Un día casi +le dirigió a Loulou su eterno discurso. + +--Esto procede de las nuevas castellanas de Longueval. Rogad por ellas +esta noche. + +Eran cerca de las tres cuando Juan llegó al presbiterio. + +--Me dijiste hoy, que tenías que hablarme... ¿de qué se trata? + +--De algo, padrino, que va a sorprenderos, a entristeceros, y me +entristece a mí también. Vengo a despedirme de vos. + +--¡A despedirte! ¿Partes? + +--Sí, parto. + +--¿Cuándo? + +--Hoy mismo... dentro de dos horas. + +--¡Dentro de dos horas! pero esta tarde debíamos comer en el castillo. + +--Acabo de escribir a madama Scott, excusándome. Me veo obligado +indefectiblemente a partir. + +--¿En seguida? + +--En seguida. + +--¿Y vas? + +--A París. + +--¡A París! ¿Y por qué esta repentina determinación? + +--No tan repentina. Hace tiempo ya que pensaba partir. + +--Y no me habéis dicho nada... Juan, algo te pasa... Eres un hombre, y +no tengo ya derecho para tratarte como a un niño; pero, en fin, tú sabes +cuánto te quiero... Si tienes alguna pena, alguna contrariedad, ¿por +qué no me lo dices? Quizá podría darte algún buen consejo. Juan, ¿a qué +vas a París? + +--No quería decíroslo... porque os causará pena... mas tenéis derecho a +saberlo... Voy a París a pedir que me manden a otro regimiento. + +--¿A otro regimiento? ¿Salir de Souvigny? + +--Sí, precisamente, salir de Souvigny... por algún tiempo, por poco +tiempo; pero, en fin, salir de Souvigny, es lo que deseo, lo que +necesito. + +--¿Y yo? Juan, tú ya no piensas en mí... ¡Por poco tiempo! ¡Poco tiempo! +es lo que me queda de vida, muy poco tiempo. Y durante estos últimos +días que debo a la gracia de Dios, sentirte cerca de mí, era mi +felicidad, sí, Juan, era mi mayor felicidad. ¿Y te vas así? Juan, espera +un poco, ten paciencia, que no tardará mucho, espera a que el Señor me +llame a sí, espera a que vaya a reunirme allí con tu padre y tu +madre... No te vayas, Juan, no te vayas. + +--Si vos me queréis, yo también os quiero... y bien lo sabéis vos... + +--Sí, lo sé. + +--Conservo por vos el mismo cariño que tenía cuando era niño, cuando me +recogisteis y me educasteis. Mi corazón no ha cambiado, ni cambiará +jamás... Pero si el deber, si el honor me obliga a partir... + +--¡Ah! si es el deber, si es el honor... No digo nada más, Juan... ¡Todo +queda después de eso, todo, todo! Siempre has sido buen juez de tu +deber, buen juez de tu honor... Parte, hijo mío, parte. No te pregunto +nada más, ni quiero saber nada más. + +--¡Pues bien! yo voy a decíroslo todo--exclamó Juan, vencido por su +emoción.--Vale más que lo sepáis todo, vos que quedáis aquí, y volveréis +al castillo... ¡y la volveréis a ver... a ella! + +--¿A quién?... ¿Quién es ella? + +--¡Bettina! + +--¡Bettina! + +--¡Yo la adoro, padrino, la adoro! + +--¡Pobre hijo mío! + +--Perdonad que os hable de estas cosas... pero os lo digo como se lo +diría a mi padre. Y además... nunca he hablado de esto a nadie, y me +ahoga el secreto. Sí, es una locura que se ha apoderado de mí, poco a +poco, a pesar mío, pues bien comprendéis... ¡Dios mío! aquí mismo fue +donde principié a amarla. ¿Sabéis aquel día que llegó con su hermana?... +con los paquetitos de mil francos... con los cabellos sueltos... ¿y la +noche del mes de María?... Luego he podido verla libre y +familiarmente... y vos mismo me hablabais de ella sin cesar, +ponderándome su carácter, su bondad. ¡Cuántas veces me repetisteis que +no había en el mundo nada mejor! + +--Y lo pensaba... y lo pienso aún... Nadie la conoce aquí como yo, pues +yo sólo la veo en casa de los pobres. Si la vieras en nuestras visitas +por la mañana ¡cuán cariñosa y valiente es! Ni la miseria, ni el +sufrimiento la desaniman... Pero hago mal en hablarte de esto... + +--No, no, no quiero volver a verla, pero no me niego a oír hablar de +ella. + +--En tu vida encontrarás, Juan, una mujer mejor que ésta, ni de +sentimientos más elevados. Tanto, que un día que me llevaba en un +carruaje abierto, lleno de juguetes para una chiquita enferma, y al +dárselos para hacerla reír y divertirla, le hablaba con tanta gracia, +que yo pensaba en ti y me decía, ahora lo recuerdo: «¡Ah, si fuera +pobre!» + +--¡Sí, si fuera pobre, mas no lo es! + +--¡Oh! no... ¡En fin, qué quieres, hijo mío! si te hace mal verla, vivir +cerca de ella, como ante todo es preciso que no sufras... vete ¿no es +así? vete... Y, sin embargo... y, sin embargo... + +El anciano sacerdote quedó pensativo, dejó caer la cabeza entre las +manos, y permaneció en silencio durante algunos minutos; luego continuó: + +--Y, sin embargo, Juan, ¿sabes en qué pensaba? La he visto mucho a la +señorita Bettina desde que llegó a Longueval. ¡Pues bien! ahora +reflexiono, antes no me asombraba, me parecía tan natural que se +interesasen por ti, pero en fin, ella no hablaba sino de ti, siempre, +siempre de ti. + +--¿De mí? + +--Sí, y de tu padre y de tu madre. Tenía curiosidad de saber cómo vivías +y me pedía le explicara lo que era la existencia de un soldado, de un +verdadero soldado que cumple con su deber. Es extraordinaria la reunión +de recuerdos que tiene lugar en mi mente desde que me has dicho eso. Mil +pequeños incidentes se agrupan, se acercan... Anteayer, a las tres, +volvió del Havre, una hora después estaba aquí, hablándome de ti. Me +preguntó si habías escrito, si no habías estado enfermo, cuándo +llegabas, a qué hora, si el regimiento pasaría por la aldea... + +--Es inútil, padrino, que busquéis todos esos recuerdos. + +--No, no es inútil... ¡Estaba tan contenta, considerábase tan feliz al +pensar que iba a volverte a ver! La comida de esta tarde era una gran +fiesta para ello... pensaba presentarte a su cuñado, que vino con ella. +No habrá nadie hoy en el castillo, ni un solo invitado; mucho insistió +sobre esto, y recuerdo su última frase, cuando estaba ahí en el umbral +de la puerta: «No seremos más que cinco, vos, el señor Juan, mi hermana, +mi cuñado y yo,» y agregó riendo: «¡Una verdadera comida de familia!» +Diciendo esto salió corriendo. ¡Una verdadera comida de familia! ¿Sabes +lo que yo creo, Juan, lo sabes? + +--No debéis creer eso, mi padrino, no debéis... + +--¡Juan, yo creo que ella te ama! + +--¡Y yo también lo creo! + +--¡Tú también! + +--Cuando la dejé hace veinte días, estaba tan agitada, tan conmovida. +Veíame triste y desgraciado, y no quería dejarme partir. Esto pasaba en +el pórtico del castillo, de donde salí huyendo... sí... huyendo; pues +iba a hablar, a estallar, a decírselo todo. Después de haber andado unos +cincuenta pasos, me detuve, y me volví; ella no podía verme, yo estaba +en completa obscuridad; pero yo la veía, que permanecía allí, inmóvil, +con los hombros y los brazos desnudos bajo la lluvia, mirando hacia el +lado por donde yo había partido. Quizá soy un loco al pensar que... Tal +vez era sólo un sentimiento de compasión. Pero no, era algo más que +compasión, ¿pues sabéis lo que hizo al día siguiente? Vino a las cinco +de la mañana, con un tiempo horrible, a verme pasar con el regimiento, y +allí su modo de decirme adiós... ¡Ah! ¡padrino, padrino!... + +--Pero, entonces--dijo el pobre cura, completamente trastornado, +enteramente desorientado;--pero entonces yo no comprendo nada. ¡Si tu +la amas, Juan, y si ella te ama!... + +--Por eso mismo quiero partir. ¡Si no fuera más que yo! Si estuviera +seguro de que ella no había notado mi amor, seguro de que no se +compadecía de mí, me quedaría... me quedaría... sólo por tener la dicha +de verla, y la amaría de lejos, sin esperanza ninguna, sólo por el +placer de amarla... Pero no, ella ha comprendido muy bien... y lejos de +desalentarme... en fin, esto es lo que me obliga a partir... + +--No, no lo comprendo. Bien sé, hijo mío, que hablamos de cosas en que +no soy muy entendido... pero, en fin, los dos sois buenos, jóvenes, +encantadores... Tú la amas... ella te ama... ¡y no podríais!... + +--¡Y su dinero, padrino, y su dinero! + +--¡Qué importa su dinero! ¡qué tiene que ver su dinero! ¿Acaso la has +amado por su dinero?... Pues a pesar de su dinero, mejor. Tu conciencia, +mi Juan, estará bien tranquila a este respecto, y eso basta. + +--No, eso no basta. Tener buena opinión de sí mismo no es bastante; es +preciso que de esta buena opinión participen los demás. + +--¡Oh! Juan, entre los que te conocen, ¿quién dudaría de ti? + +--Quién sabe... Y después hay otra cosa además de la cuestión dinero, +otra cosa más seria y más grave. No soy el marido que le conviene. + +--¿Y quién sería más digno que tú? + +--No se trata de ver lo que yo pueda valer, sino de considerar lo que +ella es, y lo que soy yo; de saber lo que debe ser su vida, y lo que +será la mía... Un día Pablo, sabéis que él tiene un modo algo brusco de +decir las cosas, pero muchas veces eso da al pensamiento mayor claridad, +se trataba de ella... Pablo no se imaginaba nada... sin eso... es bueno +y no habría hablado así. Pues bien, me decía: «Lo que necesita, es un +marido que se consagre a ella completamente, un marido que no tenga más +pensamiento que hacer de su existencia una perpetua fiesta, un marido, +en fin, que pase su vida procurándole diversiones.» Vos me conocéis... +Un marido semejante, no puedo, no debo serlo. Soy soldado y seguiré +siéndolo. Si los azares de mi carrera me envían un día de guarnición a +algún rincón de los Alpes o a alguna aldea perdida de Argel, ¿podré +pedirle que me siga? ¿Puedo condenarla a esta existencia de mujer de +soldado, que en suma es, más o menos, la existencia del soldado? ¡Pensad +en la vida que lleva hoy, en todo ese lujo, todos esos placeres!... + +--Sí--dijo el abate,--esto es más serio que la cuestión dinero. + +--Tan serio, que no cabe duda posible. Durante los veinte días que pasé +allá solo en el campamento, he pensado mucho en esto... no he pensado +más que en esto... y amándola como la amo es preciso que haya pensado +bien las razones, y que ellas me muestren claramente mi deber. Debo +irme... lejos, muy lejos, lo más lejos posible. ¡Sufriré mucho... mas no +debo volverla a ver, no debo volver a verla! + +Juan se dejó caer en un sillón junto a la chimenea, y permaneció allí +abrumado. El anciano sacerdote lo miraba. + +--¡Verte tan desgraciado, pobre hijo mío! Que un dolor semejante caiga +sobre ti... Es demasiado cruel, demasiado injusto... + +En este momento llamaron suavemente a la puerta. + +--¡Ah! no tengas cuidado, Juan... no dejaré entrar. + +El abate se dirigió hacia la puerta, la abrió y retrocedió como ante una +aparición inesperada. + +Era Bettina, que en el acto vio a Juan y se dirigió derecho a él. + +--¿Sois vos?... ¡Oh, cuánto me alegro! + +El se había levantado, y ella le tomó las dos manos, y dirigiéndose al +cura, agregó: + +--Dispensad, señor cura, si lo he saludado a él primero... A vos os he +visto ayer... y a él no le veo desde hace veinte largos días, desde +cierta noche que salió de casa triste y enfermo. + +Ella conservaba entre las suyas las manos de Juan, y él no se sentía con +fuerzas para hacer el menor movimiento ni pronunciar una sola palabra. + +--¿Ahora estáis mejor?--continuó Bettina.--No, aun no... lo veo... +triste aún... ¡Oh, qué bien he hecho en venir! He tenido una +inspiración... Sin embargo, siento algo, siento mucho encontraros aquí. +Y comprenderéis por qué, cuando sepáis lo que vengo a pedir a vuestro +padrino. + +Bettina soltó las manos de Juan, y se volvió hacia el abate. + +--Vengo, señor cura, a rogaros queráis escuchar mi confesión. Sí, mi +confesión... Pero no penséis en iros, señor Juan. Haré mi confesión +públicamente, con mucho gusto hablaré delante de vos... y hasta pienso +que será mejor así. Sentémonos, ¿queréis? + +Bettina sentíase llena de confianza y osadía. Tenía fiebre, pero esa +fiebre que en el campo de batalla da al soldado el ardor, el heroísmo y +el desprecio del peligro. La emoción que aceleraba los latidos de su +corazón era una emoción elevada y generosa. Ella se decía: + +«¡Quiero ser amada! ¡Quiero amar! ¡Quiero ser feliz! ¡Quiero que él sea +feliz! Y puesto que él no tiene valor, yo lo tendré por los dos, y +marcharé sola, con la cabeza erguida y el corazón tranquilo, a +conquistar nuestro amor, a conquistar nuestra dicha.» + +Desde el primer momento, Bettina sintió su completa superioridad sobre +el abate y Juan. Ellos la dejaban hablar, la dejaban obrar, sintiendo +que la hora era suprema. Comprendían que iba a pasar algo decisivo, +irrevocable, pero que ni uno ni otro estaban en estado de prever. +Habíanse sentado dócil casi automáticamente. Entre aquellos dos hombres +aturdidos, sólo Bettina conservaba su sangre fría, y con voz clara y +precisa comenzó de esta manera: + +--Para tranquilidad de vuestra conciencia, os diré primero, señor cura, +que estoy aquí con el consentimiento de mi hermana y mi cuñado, que +saben por qué he venido y lo que pienso hacer: no sólo lo saben, sino +que lo aprueban también. Me habéis comprendido, ¿verdad? Bueno. Lo que +me trae aquí es vuestra carta, señor Juan; la carta en que decís a mi +hermana que no podéis ir a comer con nosotros esta tarde, pues os veis +obligado a partir. Esa carta desbarató todos mis proyectos. Yo pensaba, +siempre con el permiso de mi hermana y mi cuñado, llevaros esta tarde, +después de comer, al parque, señor Juan, y sentarme con vos en un banco. +Tuve hasta la niñería de elegir el paraje de antemano, y allí os habría +recitado un pequeño discurso, muy preparado, muy estudiado, casi +aprendido de memoria, pues desde vuestra partida no pienso más que en +este discurso, y me lo recito a mí misma desde la mañana hasta la noche. +Esto era lo que me proponía hacer, y comprendéis que vuestra carta... +desconcertó mi plan. Reflexioné un tanto, y pensé que si yo dirigiera mi +discurso a vuestro padrino, sería, más o menos, como si os lo dirigiera +a vos mismo. He venido, pues, señor cura, a rogaros tengáis la bondad de +escucharme. Cuando vine aquí traía una buena dósis de valor; pero ya se +me acaba, y quisiera deciros aún ciertas cosas... las más importantes. +Juan, escuchadme bien: no quiero que me deis una respuesta arrancada a +vuestra emoción. Sé que me amáis... Y si debéis casaros conmigo, no +quiero que sea sólo por amor, sino también por razonamiento. Durante los +quince días que precedieron vuestra partida, pusisteis tal empeño en +huir de mí, en evitar hasta la más simple conversación, que no pude +mostrarme a vuestros ojos tal como soy. Y poseo, quizá, algunas +cualidades que no conocéis... Sé, Juan, lo que sois vos, y sé los +compromisos que contraigo tomándoos por esposo: seré para vos no sólo +una mujer cariñosa y buena, sino también valiente y firme. Conozco toda +vuestra vida, vuestro padrino me la ha referido; sé por qué sois +soldado, y cuántos deberes y sacrificios podéis entrever en el +porvenir... No lo dudéis, Juan, jamás os desviaré de ninguno de estos +deberes, de ninguno de estos sacrificios. Si pudiera resentirme con vos +por algo, lo haría por ese pensamiento, ¡oh, sí, lo habéis tenido! el +pensamiento de que yo os querría todo para mí, que os pediría +abandonarais vuestra carrera. ¡No, nunca, jamás! oíd bien, jamás os +pediré una cosa semejante... Una joven amiga mía hizo eso al casarse; +pero hizo mal... os amo tal como sois, y porque vivís de otra manera y +mejor que todos los que me deseaban por esposa, yo os deseo por marido. +Os amaría menos, nada quizá, aunque esto sería muy difícil, si +llevarais la vida que llevan todos aquellos a quienes he desechado... +Cuando pueda seguiros os seguiré, y donde quiera que estéis, allí estará +mi deber; donde quiera que vayáis, irá mi felicidad, y si llegara día en +que no pudierais llevarme, día en que debierais partir solo, pues bien, +Juan, ese día os prometo que tendré valor suficiente para no quitaros el +vuestro... Y ahora, señor cura, no es a él, sino a vos a quien me +dirijo... quiero que respondáis vos, y no él. Decid... ¿si él me ama y +me considera digna de él, será justo que me haga expiar tan duramente mi +fortuna?... Decid... ¿no debe aceptar ser mi marido? + +--Juan--dijo gravemente el anciano sacerdote,--¡sé su esposo... es tu +deber... y será tu felicidad! + +Juan se acercó a Bettina, la tomó en sus brazos y posó en su frente un +primer beso. + +Bettina se separó suavemente, y dirigiéndose al abate: + +--Ahora, señor cura, tengo aún algo que pediros... quisiera... +quisiera... + +--¿Quisierais?... + +--Que me besarais, señor cura. + +El anciano sacerdote la besó paternalmente en las dos mejillas. + +--Muchas veces me habéis dicho, señor cura, que Juan era como vuestro +hijo. Yo también, no es verdad, seré un poco vuestra hija, y así +tendréis dos hijos. + + * * * * * + +Un mes después, el 12 de septiembre, a mediodía, Bettina con el más +sencillo traje de novia, atravesaba la iglesia de Longueval, mientras +que colocada detrás del altar la banda del 9.º de artillería tocaba +alegremente bajo las bóvedas de la vieja iglesia. + +Nancy Turner solicitó el honor de tocar el órgano en tan solemne +circunstancia, pues el pequeño armonium había desaparecido. Un órgano de +resplandecientes tubos se elevaba en el coro de la iglesia: era el +regalo de bodas de miss Percival al abate Constantín. + +El anciano cura dijo la misa. Juan y Bettina se arrodillaron ante él, +que pronunció la fórmula de la bendición permaneciendo en seguida, +durante algunos instantes, en oración, con los brazos extendidos, +pidiendo con toda su alma cayesen las gracias del Cielo sobre la cabeza +de sus dos hijos. + +El órgano dejó oír entonces la misma _rêverie_ de Chopín que tocara +Bettina la vez primera que entró en la pequeña iglesia de aldea, donde +debía consagrarse la felicidad de su vida. + +Y esta vez fue Bettina quien lloró. + +FIN + + + + + +End of the Project Gutenberg EBook of El Abate Constanín, by Ludovic Halévy + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL ABATE CONSTANÍN *** + +***** This file should be named 29703-8.txt or 29703-8.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + https://www.gutenberg.org/2/9/7/0/29703/ + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at https://www.pgdp.net + + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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It exists +because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from +people in all walks of life. + +Volunteers and financial support to provide volunteers with the +assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's +goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will +remain freely available for generations to come. In 2001, the Project +Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure +and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. +To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation +and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 +and the Foundation web page at https://www.pglaf.org. + + +Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive +Foundation + +The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit +501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the +state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal +Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification +number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at +https://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg +Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent +permitted by U.S. federal laws and your state's laws. + +The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. +Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered +throughout numerous locations. Its business office is located at +809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email +business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact +information can be found at the Foundation's web site and official +page at https://pglaf.org + +For additional contact information: + Dr. Gregory B. Newby + Chief Executive and Director + gbnewby@pglaf.org + + +Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg +Literary Archive Foundation + +Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide +spread public support and donations to carry out its mission of +increasing the number of public domain and licensed works that can be +freely distributed in machine readable form accessible by the widest +array of equipment including outdated equipment. Many small donations +($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt +status with the IRS. + +The Foundation is committed to complying with the laws regulating +charities and charitable donations in all 50 states of the United +States. 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Donations are accepted in a number of other +ways including including checks, online payments and credit card +donations. To donate, please visit: https://pglaf.org/donate + + +Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic +works. + +Professor Michael S. Hart was the originator of the Project Gutenberg-tm +concept of a library of electronic works that could be freely shared +with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project +Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support. + + +Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed +editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S. +unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily +keep eBooks in compliance with any particular paper edition. + + +Most people start at our Web site which has the main PG search facility: + + https://www.gutenberg.org + +This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, +including how to make donations to the Project Gutenberg Literary +Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to +subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. diff --git a/29703-8.zip b/29703-8.zip Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..1ae26e2 --- /dev/null +++ b/29703-8.zip diff --git a/29703-h.zip b/29703-h.zip Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..ab3ca1b --- /dev/null +++ b/29703-h.zip diff --git a/29703-h/29703-h.htm b/29703-h/29703-h.htm new file mode 100644 index 0000000..9ef0e19 --- /dev/null +++ b/29703-h/29703-h.htm @@ -0,0 +1,5372 @@ +<!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN" +"http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd"> + +<html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml" lang="es" xml:lang="es"> + <head> +<meta http-equiv="Content-Type" content="text/html;charset=iso-8859-1" /> +<title> + The Project Gutenberg eBook of El abate constantin, par Ludovic Halévy +</title> +<style type="text/css"> + p {margin-top:.75em;text-align:justify;margin-bottom:.75em;text-indent:2%;} + +.puntos {border-bottom:dotted gray 3px;padding-bottom:1%;} + +.c {text-align:center;text-indent:0%;} + + h1,h2 {text-align:center;clear:both;font-family:sans-serif, serif;padding:3%;} + + h3 {margin-top:15%;text-align:center;clear:both;} + +.top15 {margin-top:15%;} + + hr {width:100%;margin:5% auto 5% auto;border:4px double gray;} + + body{margin-left:10%;margin-right:10%;background:#fdfdfd;color:black;font-family:"Times New Roman", serif;font-size:medium;} + + ul {list-style-type:none;text-indent:0em;margin:5% 28% 5% 28%;text-align:center;border:4px double gray;padding:1%;} + +.un {text-decoration:underline;} + +a:link {background-color:#ffffff;color:blue;text-decoration:none;} + + link {background-color:#ffffff;color:blue;text-decoration:none;} + +a:visited {background-color:#ffffff;color:purple;text-decoration:none;} + +a:hover {background-color:#ffffff;color:#FF0000;text-decoration:underline;} + + img {border:none;padding:5%;} + +.poem {margin-left:25%;white-space:nowrap;text-indent:0%;font-size:85%;} +</style> + </head> +<body> + + +<pre> + +The Project Gutenberg EBook of El Abate Constanín, by Ludovic Halévy + +This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with +almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: El Abate Constanín + +Author: Ludovic Halévy + +Release Date: August 15, 2009 [EBook #29703] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL ABATE CONSTANÍN *** + + + + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at https://www.pgdp.net + + + + + + +</pre> + +<hr /> + +<p class="c un top15"> BIBLIOTECA DE «LA NACION» </p> + +<h2>LUDOVIC HALÉVY</h2> + +<h1>EL ABATE CONSTANTIN</h1> + +<p class="c"><img src="images/001.png" +alt="logo" +width="75" +height="78" +/></p> + +<p class="c"><b>BUENOS AIRES<br /> +1909</b></p> + + +<ul> +<li>Capítulos: +<a href="#I"><b>I, </b></a> +<a href="#II"><b>II, </b></a> +<a href="#III"><b>III, </b></a> +<a href="#IV"><b>IV, </b></a> +<a href="#V"><b>V, </b></a> +<a href="#VI"><b>VI, </b></a> +<a href="#VII"><b>VII, </b></a> +<a href="#VIII"><b>VIII</b></a></li> +</ul> + +<p>Ludovic Halévy, hijo de León Halévy—literato y autor dramático—sobrino +del célebre compositor Fromental Halévy, ambos del Instituto de Francia. +Nació en París; estudió en el liceo Luis el Grande; entró a la +administración pública como redactor en la Secretaría del Ministerio de +Estado (1852); fue nombrado jefe de sección del Ministerio de Argelia y +de las Colonias (1858), puesto que desempeñó hasta 1861, pasando +entonces a ocupar el de secretario redactor del Cuerpo Legislativo. En +1864 fue condecorado con la Legión de Honor. Y en 1868 se casó con la +señorita Luisa Bréguet. Hacia esta época abandonó la administración para +dedicarse por completo a la literatura dramática, en la que ya había +obtenido buenos triunfos.</p> + +<p>Halévy principió por escribir libretos de operetas; fue el libretista de +Offenbach. Después de haber dado a los Bufos Parisienses, con el +seudónimo de Julio Servières, las operetas en un acto: <i>Adelante, +señores y señoras</i>, prólogo de apertura, en colaboración con Méry; +<i>Lleno de agua</i>; <i>Madama Papillón</i>; hizo representar otras obras con su +nombre. Colaboró con León Battu, Héctor Cremieux y sobre todo con +Enrique Meilhac.</p> + +<p>«Dotado de un sentimiento exquisito de la calidad—dice Sarcey,—ha +mantenido lo que hay de fanático y raro en el carácter de la imaginación +de Meilhac. El trabajo en común ha producido obras que no han sido +suficientemente apreciadas.</p> + +<p>»Se las ha tratado como a esas mujeres ligeras en cuya sociedad uno se +divierte mucho, pero que no se les estima; se les ha visto cientos de +veces y se habla de ellas con desdén. Tales son: <i>La bella Elena</i>, +<i>Barba Azul</i>, <i>Los brigantes</i>, <i>La gran Duquesa</i>, <i>La vida parisiense</i>, +<i>El castillo de Toto</i>. Hay en estas parodias entretenidísimas de la +vida ordinaria, mucha imaginación, alegría y buen sentido. Son sátiras +en acción que resaltan sobre las simples bufonerías que ha producido +este género en los últimos tiempos.»</p> + +<p>He aquí las obras que ha escrito para el teatro: <i>Bataclán</i> (1855), +opereta; <i>El empresario</i> (1856), opereta; <i>Rosa y Rosita</i> (1858), +comedia; <i>El marido sin saberlo</i> (1860), opereta en colaboración con su +padre y cuya música es del Duque de Morny; <i>La canción de Fortunio</i>; <i>El +puente de los suspiros</i>; <i>Orfeo en los infiernos</i> (1861), operetas dadas +en los Bufos, siendo la última de éstas su primer gran triunfo; <i>Las +ovejas de Panurgo</i> (1862), en la que colaboró Meilhac, con quien no dejó +de trabajar desde entonces; <i>La llave de Metella</i> (1862); <i>Los molinos +de viento</i> (1862); <i>El brasileño</i> (1863); <i>El tren de media noche</i> +(1864); <i>Nemea</i>, baile con representación (1864); <i>La bella Helena</i> +(1865), parodia en tres actos de la Grecía antigua, representada en el +teatro Variedades con éxito enorme; <i>Barba Azul</i> (1866), tres actos; <i>La +vida parisiense</i> (1866), cinco actos; <i>La gran Duquesa de Gerolstein</i> +(1867), quizá es la pieza que haya alcanzado mayor fortuna; <i>La +pericholle</i> (1868), dos actos; <i>Fanny Lear</i> (1868), drama tremendo +desarrollado en una ligera comedia de cinco actos; <i>Frou-frou</i> (1869), +elegía parisiense en cinco actos; <i>La diva</i> (1869), tres actos; <i>Los +brigantes</i> (1869), tres actos; <i>Tricoche y Cacolet</i> (1871), comedia bufa +en cinco actos; <i>La señora espera al señor</i> (1872); <i>Velada</i> (1872), +comedia en tres actos; <i>Dos mujeres o el cuarto condenado</i> (1875), +comedia en verso. Y en colaboración con V. Busnach: <i>Manzanita</i>, opereta +de Offenbach.</p> + +<p>Con Meilhac ha producido: <i>¡Todo para las damas!</i> (1868); <i>El hombre con +llave</i>; <i>Las campanillas</i> (1872), piececita moderna que los grandes +maestros antiguos no hubieran desdeñado firmar; <i>Toto en casa de tata</i> +(1873); <i>El rey Candaule</i> (1873); <i>El verano de la San Martín</i> (1873); +<i>La ingenua</i> (1874); <i>Media cuaresma</i> (1874), todas piezas muy graciosas +en un acto; <i>La panadera a dos escudos</i> (1875), ópera bufa en tres +actos, música de Offenbach; <i>La bola</i> (1875), comedia en cuatro actos; +<i>Pasaje de Venus</i> (1875); <i>La viuda</i> (1875), tres actos; <i>Loulou</i> +(1876); <i>El ramo</i> (1876); <i>El mono de Nicolás</i> (1876), piezas en un +acto; <i>El príncipe</i> (1876), en cuatro actos; <i>La cigarra</i> (1877), en +tres actos; <i>Fandango</i> (noviembre 26 de 1887), gran ópera, baile con +representación; <i>El duquecito</i> (1878), ópera cómica en tres actos; <i>El +marido de la debutante</i> (1879), en cuatro actos; <i>La casita</i> (1879), +Lolotte (1879); <i>La pequeña señorita</i> (1879), ópera cómica en tres +actos; <i>La madrecita</i> (1880), tres actos; <i>Janot</i> (1881), ópera cómica +en tres actos; <i>La Roussotte</i> (1881), comedia en tres actos.</p> + +<p>Además de sus producciones para el teatro, Halévy ha publicado <i>La +señora y el señor Cardinal</i> (1872); <i>La invasión, recuerdos y +narraciones</i>, colección de artículos sobre la invasión prusiana, que +vieron la luz pública en «Le Temps»; <i>El sueño</i>; <i>El caballo del +trompa</i>; <i>El último capítulo</i> (1873); <i>Notas y recuerdos</i> (1870-1872); +<i>Marcelo</i> (1876); <i>Las pequeñas Cardinal</i> (1880); <i>Un matrimonio por +amor</i> (1881); <i>El abate Constantín</i> (1882); <i>Criquette</i> (1883); <i>La +familia Cardinal</i> (1883); <i>Princesa</i> (1886); <i>Tres centellas</i> (1886); +<i>Karikari</i>, <i>Un vals</i>, <i>etc.</i> (1891), forman un volumen de preciosas +narraciones.</p> + +<p>Aunque no haya escrito para el teatro sino en colaboración, y su +personalidad desaparezca en casi todas sus obras colectivas, Halévy ha +sabido desprenderla en sus novelas, obras individuales, como lo dice +Pailleron, concebidas en un sentimiento particular, expresadas en una +forma completamente moderna, selladas de parisianísmo; «en libros cortos +para que los lea el parisiense; en su lengua de iniciados para que los +comprenda, con espíritu despreocupado aparentemente, burlón, alegre, y +con pretextos bastante hábiles para emocionar sin ser descubiertos.»</p> + +<p>Ludovic Halévy fue elegido académico, y en la sesión pública del 4 de +febrero de 1886, ocupó el sillón vacío por muerte del Conde +D'Haussonville. Del discurso pronunciado por Pailleron, director de la +Academia, sacamos el juicio sobre <i>El Abate Constantín</i>:</p> + +<p class="puntos">«...De este género fino hasta refinado, de esta literatura elegante y +discreta, vuestro volumen <i>Dos matrimonios</i> es quizá el tipo más +acabado, ejemplar más simpático, pero el tiempo me ha sido contado para +que pueda detenerme. Prefiero ir directa, francamente, a aquellas obras +que señalan las fechas de vuestros más grandes triunfos: <i>El Abate +Constantín</i>, <i>La invasión</i>, y desde luego, y sobre todo... miro si la +bóveda de esta cúpula austera va a desplomarse en mi cabeza... sobre +todo <i>El señor y la señora Cardinal</i>.</p> + +<p>»Pero habéis hecho obra de varón, señor, en otro de vuestros libros; +habéis rehabilitado la virtud. Habéis emprendido la tarea de hacerla +amar por ella y para ella. Ahí hay audacia, algunos la llaman habilidad +porque habéis triunfado; pero ¿quién hubiese sido bastante hábil para +prever, en los tiempos que corren, el éxito de semejante tentativa? +Nadie... ni aun vos mismo.</p> + +<p>»Porque al fin, por triste que sea es necesario confesarlo, por poco +académico que sea, es preciso decirlo: la virtud no figura ya en el +movimiento moderno.</p> + +<p>»¡Pobre virtud! los vulgares la ridiculizan, los fisiólogos la niegan, +la gente alegre la encuentra fastidiosa, y las personas prácticas la +consideran inútil. Nuestros autores dramáticos, que desde tiempo +inmemorial la recompensaban en el último acto, decididamente le han +suprimido las migajas del desenlace clásico y remunerador. Nuestros +poetas lanzan contra ella imprecaciones que no tienen de original sino +la grosería. En cuanto a nuestras novelas, sabéis hasta dónde brilla por +su ausencia la virtud, cuando en ellas no es maltratada. Para verla +respetada hay que abrir la <i>Biblioteca Rosa</i>; para verla respetada, es +necesario venir a la Academia... ¡una vez por año! ¡Pobre virtud!</p> + +<p>»¡Escuchad! ¿queréis saber dónde está literariamente? Algunas veces +espigamos fuera de los jardines académicos, bien puedo contaros esta +historia:</p> + +<p>»Conozco a una señora joven que está al día, ya lo creo, muy al día, y +que es muy golosa de las producciones intelectuales, por más que es +mundana, y aunque virtuosa, adora la literatura que no lo es. Y no sólo +la adora sino que la defiende, la propaga, la proclama eminentemente +buena y útil, y esto con un entusiasmo, con una pasión, peor aún, con un +gusto que ha concluido por inspirarme ciertos temores por ella y aun +hasta dudas sobre ella... ¡si tengo razón, juzgadlo!</p> + +<p>»Un día—el de su santo—voy a saludarla y la encuentro sola, leyendo. +Apenas me ve, oculta el libro con presteza y emprende una conversación +rápida, con la evidente intención de desviarme. Visiblemente emocionada +y hasta confusa, la mirada baja, distraída, preocupada; acababa de ser +sorprendida en una lectura que la turbaba notablemente; era claro. ¿Qué +podía leer que la inmutara a tal extremo después de todo lo que había +leído, y que no quería confesar después de todo lo que había confesado? +Mis dudas se convirtieron en sospechas. En ese momento, el sirviente +anunció la visita de una señora, y como nuestra amiga se levantara a +recibirla, pude ver el libro sospechado; leí el título... ¡Ah! señor, +¿sabéis lo que leía esta honesta mujer, lo que leía así, a escondidas y +con el rubor en la frente?... era <i>El Abate Constantín</i>.</p> + +<p>»¡Ahí está la virtud! Porque en cuanto a virtuoso, lo es vuestro +romance, lo es absolutamente, con cinismo. Es la única crítica que se le +ha hecho. Allí, no podrían satirizar el encanto, el talento, el éxito. +¡Pero demasiadas ovejitas, no bastantes lobos! ¡demasiada honestidad! +¡demasiadas virtudes! ¡muchas flores, señor! Esa buena americana que +tiene un buen marido y una buena hermana enamorada de un buen oficial, +sobrino de un buen cura, toda esta buena novela que de buenas en buenas +acciones, concluye por un buen matrimonio... ¡no está en la verdad ni en +la naturaleza! He ahí lo que se le reprocha y es precisamente lo que nos +encanta, a mí y a vuestros millares de lectores; he ahí lo que nos +acomoda, nos alivia, nos templa y, sobre todo, nos cambia. Cuando se +vive en una atmósfera irrespirable y malsana y se nos alcanza un frasco +de esencias, no nos quejamos si sentimos demasiado bien, se le respira y +se renace. El público que se asfixiaba os debe esta fresca ráfaga de +aire puro y vos veis cómo os lo ha agradecido.»</p> + +<p><i>El Abate Constantín</i> gozó desde su aparición de una boga inmensa, hoy +va por la 174ª edición. En el mismo año que apareció, se publicó en +la <i>Biblioteca Popular de Buenos Aires</i>, dirigida por el Dr. Miguel +Navarro Viola, la traducción que ahora reproducimos.</p> + +<p>En 1887 esta novela fue arreglada para el teatro por el mismo autor.</p> + + + +<hr /> + +<h1>EL ABATE CONSTANTIN</h1> + + + +<h3><a name="I" id="I"></a>I</h3> + + +<p>Con paso firme y ligero aún, caminaba un anciano sacerdote por la vía +cubierta de polvo, bajo los rayos del sol de mediodía. Más de treinta +años habían transcurrido desde que el abate Constantín era cura de la +pequeña aldea que dormía, allá en la llanura, a orillas de un débil +curso de agua llamado el Lizotte.</p> + +<p>Un cuarto de hora hacía que el abate costeaba el muro del castillo de +Longueval, cuando llegó a la puerta de entrada, que se apoyaba alta y +maciza sobre dos enormes pilares de viejas piedras ennegrecidas y roídas +por el tiempo. El cura se detuvo y miró con tristeza los grandes avisos +azules pegados a los pilares.</p> + +<p>Los avisos anunciaban que el miércoles 18 de mayo de 1881, a la 1 p. m. +tendría lugar, en la sala de audiencia del Tribunal civil de Souvigny, +la venta del dominio de Longueval, dividido en cuatro lotes:</p> + +<p>1.º El castillo de Longueval y sus dependencias, lindos estanques, +vastos canales, parque de ciento cincuenta hectáreas, todo cercado de +pared y atravesado por el río Lizotte. Base para la venta: seiscientos +mil francos.</p> + +<p>2.º La granja de Blanche-Couronne, trescientas hectáreas. Base: +quinientos mil francos.</p> + +<p>3.º La granja de la Rozeraie, doscientas cincuenta hectáreas. Base: +cuatrocientos mil francos.</p> + +<p>4.º Los plantíos y los bosques de la Mionne, cuatrocientas cincuenta +hectáreas. Base para la venta: quinientos cincuenta mil francos.</p> + +<p>Y estas cuatro cifras adicionadas al pie del aviso, daban la respetable +suma de dos millones cincuenta mil francos.</p> + +<p>Así, pues, iba a dividirse la magnífica propiedad que desde dos siglos +atrás siempre había escapado a la división, pasando intacta de padres a +hijos, en la familia de Longueval. El aviso anunciaba también que +después de la venta provisional de los cuatro lotes, habría derecho a +reunirlos para rematar toda la propiedad entera; pero era demasiado +grande, y según todas las apariencias, no se presentaría ningún +comprador.</p> + +<p>La Marquesa de Longueval había muerto seis meses antes. En 1873, perdió +a su hijo único, Roberto de Longueval; los herederos eran los tres +nietos de la Marquesa: Pedro, Elena y Camila. Tuvieron que sacar a +remate la propiedad, porque Elena y Camila eran menores. Pedro, joven +de veintitrés años de edad, había hecho mil locuras, estaba +semiarruinado y no podía pensar en rescatar a Longueval.</p> + +<p>Eran las doce del día. Dentro de una hora el castillo de Longueval +tendría un nuevo dueño. Y ese dueño, ¿quién sería?</p> + +<p>¿Qué mujer ocuparía, en el gran salón cubierto de tapices antiguos, +junto a la chimenea, el lugar de la Marquesa, la vieja amiga del pobre +cura de la aldea? Ella fue quien reconstruyó la iglesia, ella quien +mantenía la botica del presbiterio a cargo de Paulina, la sirvienta del +cura, ella quien, dos veces por semana venía en su gran landó, cubierto +de vestiditos de niños y gruesas enaguas de lana, a buscar el abate +Constantín para salir a caza de pobres, como ella decía.</p> + +<p>El anciano sacerdote continuó su camino pensando en todo esto. Además, +los más grandes santos tienen sus pequeñas debilidades, pensaba también +en sus buenos hábitos de treinta años bruscamente interrumpidos. Todos +los jueves y domingos comía en el castillo. Cómo lo mimaban, lo +obsequiaban, lo traían en palmas... La pequeña Camila, tenía ocho años, +venía a sentarse sobre sus rodillas y le decía:</p> + +<p>—Mirad, señor cura, en vuestra iglesia es donde quiero casarme, y mi +mamá llenará toda, toda la iglesia de flores... más que para el mes de +María. Será como un gran jardín, todo blanco, blanco, blanco.</p> + +<p>¡El mes de María!... En ese momento era el mes de María. Antes el altar +desaparecía bajo las flores traídas de los invernáculos del castillo, y +este año sólo se veían algunos ramos de lirios y lilas blancas, en +floreros de porcelana dorada. Antes, todos los domingos, en la misa +mayor, y todas las tardes, durante el mes de María, la señorita Hebert, +la lectora de madama de Longueval, tocaba el pequeño armonium regalado +por la Marquesa. Hoy el pobre armonium no acompañaba ya la voz de los +chantres, ni los cánticos de los niños. La señorita Marbeau, la +directora de correos, era algo música, y con mucho gusto habría ocupado +el lugar de la señorita Hebert, pero no se atrevía, temía que la +anotaran como clerical y verse denunciada por el alcalde, que era +librepensador. Eso habría obstado quizá a su ascenso.</p> + +<p>La pared del parque había terminado; de ese parque, cuyos rincones todos +eran familiares al anciano cura. El camino seguía ahora las orillas del +Lizotte, y del otro lado del pequeño río, se extendían las praderas de +las dos granjas; después, más allá, elevábanse los altos bosques de la +Mionne. ¡Dividida!... ¡la propiedad iba a ser dividida! Tal pensamiento +desgarraba el corazón del pobre sacerdote. Para él, todo ésto, hacía +treinta años que era un conjunto, formaba un solo cuerpo. También eran +casi su propiedad, sus bienes aquellos dominios. Se sentía en su casa +en las tierras de Longueval. Más de una vez le había sucedido detenerse +con placer ante aquel inmenso trigal, arrancar una espiga, desgranarla, +y decirse:</p> + +<p>—¡Vamos! los granos son buenos, firmes y bien formados; este año +tendremos una excelente cosecha.</p> + +<p>Y alegremente continuaba su camino a través de sus campos, sus +plantaciones y sus praderas. En una palabra, por todas las cosas de su +vida, por todos sus hábitos y sus recuerdos, quería esa propiedad, cuya +última hora había llegado.</p> + +<p>El abate divisaba a lo lejos la granja de Blanche-Couronne; sus techos +de teja francesa se destacaban sobre el verde del bosque. Allí también +el cura se encontraba como en su casa. Bernardo, el quintero de la +Marquesa, era su amigo, y cuando el anciano sacerdote se había demorado +en sus visitas a los pobres y enfermos, cuando el sol tocaba a su ocaso +y el abate sentíase fatigado y con apetito, deteníase, comía en casa de +Bernardo un buen plato de tocino con papas, vaciaba su jarro de sidra, y +luego, concluida la cena, Bernardo enganchaba su viejo cabriolet para +conducir al cura hasta Longueval. Durante todo el camino los dos +charlaban y se contradecían. El cura reprochaba a Bernardo que no fuera +a misa, y éste respondía:</p> + +<p>—Mi mujer y mis hijas van por mí... Bien sabéis, señor cura, que así +somos nosotros. Las mujeres tienen religión por los hombres. Ellas nos +harán abrir la puerta del Paraíso.—Y maliciosamente añadía, dando un +suave latigazo a la vieja yegua:—¡Si lo hay!</p> + +<p>—¡Cómo! ¿si lo hay? Pero ¡verdaderamente lo hay!</p> + +<p>—Entonces vos entraréis allí, señor cura. Decís que esto no es +seguro... y yo os digo que sí. ¡Vos estaréis allí! en la puerta espiando +a vuestros parroquianos y seguiréis ocupándoos de nuestros asuntos. Y +le diréis a San Pedro... ¿es San Pedro quien tiene las llaves del +Paraíso, no es así?</p> + +<p>—Sí, es San Pedro.</p> + +<p>—Pues bien, le diréis a San Pedro, si quiere, si quiere cerrarme las +puertas en las narices, so pretexto de que yo no iba a misa, le diréis: +«¡Bah! no importa, dejadlo pasar... es Bernardo, uno de los +arrendatarios de la señora Marquesa, muy buena persona. Pertenecía al +concejo municipal, y votó por que conservaran a las hermanas que querían +echar de la escuela.» Esto conmoverá a San Pedro, que responderá: +«Bueno, entonces, pasad, Bernardo, pero tened entendido que es por darle +gusto al señor cura.» Porque allá arriba todavía seréis cura, y cura de +Longueval. Sería demasiado triste el Paraíso para vos si no fuerais cura +de Longueval.</p> + +<p>Cura de Longueval, sí, toda su vida no había sido otra cosa, nunca había +soñado ni querido más que eso. Tres o cuatro veces le propusieron +grandes curatos de cantón, con buena renta y uno o dos tenientes. +Siempre había rehusado. El adoraba su pequeña iglesia, su pequeña aldea, +su microscópico presbiterio. Allí estaba solo, tranquilo, hacía todo él +mismo; siempre por las calles y caminos, bajo el sol y la lluvia, el +viento y la nieve. Su cuerpo se había endurecido al cansancio, pero su +alma permanecía tierna y cariñosa.</p> + +<p>Vivía en su presbiterio, una gran casa de campo, separada de la iglesia +sólo por el cementerio. Cuando el cura subía la escalera para podar sus +perales y sus parras, por encima de la pared divisaba las tumbas sobre +las que había dicho las últimas oraciones y echado las primeras paladas +de tierra.</p> + +<p>Entonces, continuando su trabajo de jardinero, decía mentalmente una +corta plegaria por la salvación de aquellos de sus muertos que más lo +inquietaban, y que podían estar detenidos en el purgatorio. Poseía una +fe cándida y tranquila.</p> + +<p>Pero entre aquellas tumbas existía una que con más frecuencia que las +otras recibía sus visitas y sus oraciones. Era la tumba de su viejo +amigo, el doctor Reynaud, muerto en sus brazos en 1871, y ¡en qué +circunstancias! El doctor era como Bernardo, nunca iba a misa, y jamás +se confesaba; ¡pero era tan bueno, tan caritativo, tan compasivo con los +que sufrían!...</p> + +<p>Esta era la gran preocupación, la grande inquietud del cura. Su amigo +Reynaud, ¿dónde estaría? Luego recordaba la noble vida del médico de +aldea, toda de valor y abnegación; recordaba su muerte, sobre todo su +muerte, y se decía:</p> + +<p>—¡En el Paraíso; no puede estar sino en el Paraíso! El buen Dios quizá +lo haya hecho pasar un momento por el purgatorio... por forma... pero ha +debido sacarlo de allí al cabo de cinco minutos.</p> + +<p>Todo esto pasaba por la imaginación del anciano sacerdote, mientras +continuaba su camino hacia Souvigny. Se iba a la ciudad, a casa del +abogado de la Marquesa, para conocer el resultado de la venta, para +saber quiénes eran los nuevos propietarios de Longueval; quedábale +todavía un kilómetro que correr antes de llegar a las primeras casas de +Souvigny; pasaba por el parque de Lavardens, cuando oyó sobre su cabeza +voces que lo llamaban.</p> + +<p>—¡Señor cura, señor cura!</p> + +<p>En este sitio la larga calle de tilos que costeaba el muro, formaba un +terrado. Levantando la cabeza, el abate vio a la señora de Lavardens con +su hijo Pablo.</p> + +<p>—¿Dónde vais, señor cura?—preguntó la Condesa.</p> + +<p>—A Souvigny, al Tribunal, para saber...</p> + +<p>—Quedaos con nosotros. M. de Larnac vendrá después de la venta a darnos +cuenta del resultado.</p> + +<p>El abate Constantín subió al terrado.</p> + +<p>Gertrudis de Lannilis, condesa de Lavardens, había sido una mujer muy +desgraciada. A los dieciocho años hizo una locura, la única de su vida, +pero irreparable: casose, por amor, en un arranque de entusiasmo y +exaltación, con M. de Lavardens, uno de los hombres más seductores y +espirituales de aquel tiempo. El no la amaba y se casaba sólo por +necesidad: había devorado hasta el último céntimo de su patrimonio, y +hacía dos o tres años que se sostenía en el mundo a fuerza de intrigas, +acribillado de deudas. Gertrudis Lannilis sabía todo esto y no se hacía +al respecto ninguna ilusión; pero pensaba: «Lo amaré tanto, que +concluirá por amarme.»</p> + +<p>De ahí nacieron todas sus desdichas. Su existencia habría sido +tolerable, si no hubiera amado tanto a su marido; pero lo amaba +demasiado, y sólo consiguió fatigarlo con sus halagos y cariños. El +continuó su vida antigua, que por cierto era bastante desordenada. Así +pasaron quince años de eterno martirio, soportado por madama de +Lavardens con toda la apariencia de una apacible resignación; +resignación que no existía en su corazón. Nada pudo distraerla, ni +curarla de este amor que la consumía.</p> + +<p>El señor de Lavardens murió en 1869, dejando un hijo de catorce años, en +el cual despuntaban ya todos los defectos y calidades de su padre. Sin +estar seriamente comprometida, la fortuna de madama de Lavardens había +disminuido considerablemente. Con tal motivo, la Condesa vendió su casa +de París, y se retiró al campo, donde vivió con mucho orden y economía, +consagrándose por completo a la educación de su hijo.</p> + +<p>Aquí también le esperaban nuevas penas y tristezas. Pablo de Lavardens +era inteligente, amable y bueno, pero absolutamente rebelde a toda +obligación y a todo trabajo. Desesperó en poco tiempo a los tres o +cuatro profesores que en vano se esforzaron por hacerle entrar algo +serio en la cabeza; presentose en Saint-Cyr, donde no fue admitido, y +comenzó por malgastar en París, lo más rápida y locamente del mundo, dos +o trescientos mil francos.</p> + +<p>Hecho esto, enrolose en el primer regimiento de cazadores de Africa; +tuvo la suerte desde el principio de formar parte de una pequeña columna +expedicionaria en el desierto de Sahara, condújose valerosamente, obtuvo +con mucha rapidez algunos grados, y al cabo de tres años iba a ser +nombrado subteniente, cuando se enamoró de una joven que representaba +<i>La fille de madame Angot</i>, en el teatro de Argel.</p> + +<p>Pablo, que había concluido su compromiso en el regimiento, dejó el +servicio y volvió a París con su joven cantora de opereta... luego fue +una bailarina... después una cómica... más tarde una amazona del circo. +Ensayaba todos los tipos. Así vivía con la brillante y miserable vida +de los desocupados. Pero sólo permanecía en París tres o cuatro meses +del año, pues su madre le pasaba una pensión de treinta mil francos, y +le había asegurado que nunca, mientras ella viviera, obtendría un real +más antes de su casamiento.</p> + +<p>La conocía y sabía que debía tomar sus palabras a lo serio.</p> + +<p>De manera que, como quería hacer buena figura, y llevar vida alegre en +París, gastaba sus treinta mil francos entre los meses de marzo a mayo, +y luego volvía dócilmente a someterse a la vida tranquila de Lavardens: +cazaba, pescaba y montaba a caballo con los oficiales del regimiento de +artillería que estaba de guarnición en Souvigny. Las modistas y las +grisetas de provincia reemplazaban, sin hacérselas olvidar, a las +cantoras y cómicas de París. Buscando un poco se encuentran aún grisetas +en las provincias, y Pablo buscaba mucho.</p> + +<p>Apenas estuvo el cura en presencia de la señora de Lavardens, díjole +ésta:</p> + +<p>—Yo puedo, sin esperar la llegada de M. de Larnac, deciros los nombres +de los compradores de Longueval. Estoy enteramente tranquila y no pongo +en duda el éxito de nuestra combinación.</p> + +<p>Para no hacernos tontamente la guerra, nos hemos puesto de acuerdo, mi +vecino M. de Larnac, M. Gallard, un fuerte banquero de París, y yo. M. +de Larnac se quedará con la Mionne; M. Gallard con el castillo y +Blanche-Couronne; y yo con la Rozeraie. Os conozco, señor cura, debéis +estar inquieto por vuestros pobres, pero tranquilizaos; estos Gallard +son muy ricos y os darán mucho dinero.</p> + +<p>En aquel momento apareció a lo lejos un carruaje envuelto en una nube de +polvo.</p> + +<p>—Ahí viene M. de Larnac; conozco sus poneys.</p> + +<p>Los tres, muy apurados, descendieron del terrado, corrieron al castillo +y llegaron en el momento en que el carruaje se detenía ante el portón.</p> + +<p>—Y bien, ¿qué hay?—preguntó madama de Lavardens.</p> + +<p>—¡Qué hay!—respondió M. de Larnac,—que no tenemos nada.</p> + +<p>—¿Cómo nada?—interrogó la Marquesa bastante pálida y visiblemente +conmovida.</p> + +<p>—Nada, nada, absolutamente nada, ni unos ni otros.</p> + +<p>M. de Larnac saltó del coche para referir lo que había pasado en la +audiencia del Tribunal de Souvigny.</p> + +<p>—Al principio—dijo,—todo salió a pedir de boca. El castillo se le +adjudicó a M. Gallard, en seiscientos mil cincuenta francos. No apareció +un solo competidor, de manera que le bastó un aumento de cincuenta +francos. En cambio una pequeña batalla por Blanche-Couronne. Las ofertas +llegan de quinientos hasta quinientos veinte mil francos, y vence +también M. Gallard. Nueva batalla y más encarnizada por la Rozeraie; +por fin salís victoriosa vos, señora, por cuatrocientos cincuenta y +cinco mil francos... y yo me quedo con el bosque de la Mionne con sólo +un aumento de cien francos sobre la tasación. Todo parecía terminado, +los asistentes estaban ya de pie, rodeando a nuestros abogados para +saber el nombre de los compradores. Pero M. Brazier, el juez encargado +de la venta, reclama de nuevo silencio, y el ujier pone en venta los +cuatro lotes reunidos por dos millones ciento cincuenta o sesenta mil +francos, no recuerdo bien. Un murmullo irónico circuló por el auditorio. +Por todos lados se oía decir: Nadie, ¡bah, no habrá nadie! Pero el señor +Gibert, el abogado que se había sentado en primera fila, y que hasta +entonces no había dado señales de vida, levantose tranquilamente y dijo: +«Tengo comprador para los cuatro lotes juntos en dos millones doscientos +mil francos.» ¡Esto fue como un rayo! Un inmenso clamor seguido de un +gran silencio. La sala estaba llena de agricultores de las cercanías, a +quienes tanto dinero por pedazos de tierra los sumergía en una especie +de respetuoso estupor. Sin embargo, M. Gallard se inclina hacia +Sandrier, el abogado que hacía la oferta para él. Trábase una lucha +entre Gibert y Sandrier. Llegan hasta dos millones quinientos mil +francos. Breve momento de vacilación en Gallard. Decídese y continúa +hasta tres millones. Ahí se detiene, y se le adjudica la propiedad a M. +Gibert. Arrójanse todos sobre él, lo rodean, lo abruman... «¡El nombre, +el nombre del comprador!»—Es una americana—responde Gibert,—madama +Scott.</p> + +<p>—¡Madama Scott!—exclama Pablo.</p> + +<p>—¿La conoces tú?—pregunta madame de Lavardens.</p> + +<p>—¡Si la conozco, si la... no, absolutamente! Pero he estado en un baile +en su casa, hará como seis semanas.</p> + +<p>—¡En un baile en su casa... y no la conoces! ¿Qué clase de mujer es +entonces?</p> + +<p>—¡Encantadora, deliciosa, ideal, una maravilla!</p> + +<p>—¿Y existe un señor Scott?</p> + +<p>—Seguramente; un hombre alto y rubio que estaba en el baile. Allí me lo +mostraron. Un hombre que saludaba al acaso, a derecha e izquierda, y no +se divertía nada, os lo aseguro. Nos miraba a todos, y parecía decirse: +«¿Qué significa tanta gente? ¿Qué viene a hacer en mi casa?» Nosotros +íbamos a ver a la señora Scott y a la señorita Percival, su hermana. ¡Y +os garantizo que valía la pena!</p> + +<p>—¿Y vos conocéis a estos Scott?—preguntó la Condesa, dirigiéndose a M. +Larnac.</p> + +<p>—Sí, señora, los conozco. M. Scott es un americano colosalmente rico, +que vino a instalarse en París el año pasado. Desde que se pronunció su +nombre, comprendí que la victoria debía ser decisiva. Gallard estaba +vencido de antemano. Los Scott comenzaron por comprar en París una casa +de dos millones de francos, cerca del parque Monceau.</p> + +<p>—Sí, calle de Murillo, donde dieron el baile; era...</p> + +<p>—Deja hablar a M. de Larnac. Después nos contarás la historia de tu +baile en casa de madama Scott.</p> + +<p>—Apenas se instalaron mis americanos en París, comenzó una lluvia de +oro. Verdaderos <i>par-venus</i> que se divertían en arrojar locamente el +dinero por la ventana. Esta inmensa fortuna la poseen recientemente; +cuentan que hace diez años, madama Scott mendigaba por las calles de +New-York.</p> + +<p>—¡Mendigaba!</p> + +<p>—Así dicen, señora. Luego se casó con este Scott, hijo de un banquero +de New-York. Y de repente, un pleito ganado, les puso entre las manos, +no millones, sino decenas de millones. Poseen en alguna parte, en +América creo, una mina de plata; pero una mina seria, verdadera, una +mina de plata... en la cual hay plata. ¡Ah, ya veréis qué lujo +estallará en Longueval!... Todos parecemos pobres en la ciudad. Según +dicen, ellos pueden gastar cien mil francos por día.</p> + +<p>—¡Y esos son nuestros vecinos!—exclamó madama de Lavardens.—¡Una +aventurera! Y no es nada eso todavía... ¡una hereje, señor abate, una +protestante!</p> + +<p>¡Una hereje, una protestante! ¡pobre cura! en eso estaba pensando +precisamente desde que oyó decir: «Una americana, madama Scott.» ¡La +nueva castellana no iría a misa! ¡Qué le importaba que hubiera sido +mendiga! ¡Qué le importaban sus millones de millones, ella no era +católica! Ya no bautizaría él a los niños nacidos en Longueval, y la +capilla del castillo, donde tantas veces había dicho misa, se vería +transformada en oratorio protestante, y oiría la palabra glacial de +algún pastor calvinista o luterano.</p> + +<p>En medio de toda esta gente consternada, desolada, sólo Pablo parecía +estar radiante.</p> + +<p>—En todo caso, una preciosa hereje—dijo,—y hasta podría deciros, ¡dos +divinas herejes! Son dignas de verse las dos hermanas a caballo, en el +Bosque, con dos pequeños grooms, de este alto, por detrás.</p> + +<p>—Vamos, Pablo, cuéntanos ahora, lo que sepas... ese baile de que +hablabas... ¿Cómo fuiste a casa de las americanas?</p> + +<p>—¡Por una gran casualidad! Mi tía Valentina se quedaba en su casa +aquella noche. Yo llegué como a las diez... y os aseguro que los +miércoles de mi tía Valentina no sobresalían por su loca alegría. Hacía +veinte minutos que me aburría, cuando vi a Rogerio de Puymartin que se +esquivaba con mucho disimulo. Lo alcanzo en el vestíbulo y le digo: +«Espera, te acompañaré a tu casa.—¡Oh! no voy a casa.—¿Y dónde vas?—A +un baile.—¿En casa de quién?—En casa de Scott, ¿quieres venir +conmigo?—Pero si no estoy invitado.—¡Ni yo tampoco!—¿Cómo, tú +tampoco?—Voy en busca de uno de mis amigos.—¿Y conoce a los Scott, tu +amigo?—Apenas; pero lo bastante para presentarnos a los dos. Ven, pues, +y verás a madama Scott.—¡Bah! ya la he visto a caballo en el Bosque.—A +caballo no va escotada; tú no has visto sus hombros, y eso es lo que +tiene que ver... No hay nada mejor en París, por el momento.»—Y así me +decidí a ir al baile... y vi los cabellos rubios de madama Scott, y +admiré los blancos hombros de madama Scott... y espero que los volveré a +ver cuando den bailes en Longueval.</p> + +<p>—¡Pablo!—dijo la Condesa, señalando al cura.</p> + +<p>—¡Oh! dispensad, señor cura, os pido mil perdones... He dicho acaso +algo... No, me parece que no...</p> + +<p>El pobre sacerdote no lo había oído. Su pensamiento estaba fuera de +allí. Ya por las calles de la aldea veía al pastor del castillo +detenerse ante cada casa, y deslizar por debajo de las puertas sus +pequeños panfletos evangélicos.</p> + +<p>Continuando su historia, Pablo hizo una entusiasta descripción del +palacio, que era una maravilla...</p> + +<p>—De mal gusto y de lujo chillón—interrumpió madama de Lavardens.</p> + +<p>—¡Nada de eso, mamá, absolutamente!... Nada chillón, ni chocante. +Muebles admirables, dispuestos con suma gracia y originalidad. Un +invernáculo incomparable, inundado de luz eléctrica; la mesa instalada +en el invernáculo, bajo un parral cargado de racimos... en el mes de +abril, y se podían sacar cuantos quisierais! Sólo los accesorios del +cotillón parece que habían costado cuarenta mil francos. Alhajas, +bomboneras, y mil adornos deliciosos... que rogaban a la concurrencia se +los llevara. Yo no tomé nada; pero muchos otros no tenían tanto +escrúpulo... Esa noche Puymartin me contó la historia de madama Scott; +pero no como la refirió M. de Larnac. Rogerio me dijo que madama Scott +había sido robada por unos saltimbanquis cuando era niña, y que su padre +la había encontrado haciendo piruetas en un circo ambulante, saltando +por sobre gallardetes y atravesando aros de papel.</p> + +<p>—¡Una saltimbanqui!—exclamó la madre de Pablo,—¡yo prefería la +mendiga!</p> + +<p>—Y mientras Rogerio me contaba esta historia del <i>Petit Journal</i>, yo +veía venir desde el fondo de una galería a la amazona del circo, +envuelta en un maravilloso conjunto de raso y encajes, y admiraba sus +hombros, su deslumbradora garganta sobre la cual se mecía un collar de +brillantes, grandes como tapones de botella. Se decía que el ministro de +Hacienda había vendido secretamente a madama Scott la mitad de los +brillantes de la corona, y esta era la razón por la cual el mes anterior +había tenido un sobrante de quince millones en su presupuesto. Agrega a +todo esto que tiene un aire muy de señora, la antigua saltimbanqui, y +que se encuentra lo más bien en medio de tantos esplendores.</p> + +<p>Pablo estaba tan entusiasmado, que su madre lo detuvo. Delante de M. de +Larnac, que estaba bastante disgustado, dejaba estallar con demasiada +candidez la satisfacción de tener por vecina a la maravillosa americana.</p> + +<p>El abate Constantín se preparaba a tomar el camino de Longueval; pero +Pablo al verlo pronto a partir, exclamó:</p> + +<p>—¡Oh! no, señor cura, no haréis a pie por segunda vez, con semejante +calor, la travesía hasta Longueval; permitidme que os lleve en carruaje. +Siento mucho veros tan triste, y procuraré distraeros. ¡Oh, por más +santo que seáis, algunas veces os hago reír con mis locuras!</p> + +<p>Media hora después, los dos iban en dirección a la aldea. Pablo hablaba, +hablaba, hablaba!</p> + +<p>Su madre no estaba allí para calmarlo y moderarlo, de manera que su +alegría se desbordaba.</p> + +<p>—Mirad, señor cura, hacéis muy mal en tomar las cosas por su lado +trágico... ¡Ved cómo trota mi yegua! ¡cómo levanta las patas! Vos no la +conocíais. ¿Sabéis cuánto he pagado por ella? Cuatrocientos francos. La +descubrí como hace quince días en las varas de un carro. Una vez que +toma bien el trote, es capaz de andar cuatro leguas por hora, y siempre +os lleva las riendas tirantes, no afloja. ¡Mirad, mirad cómo tira, cómo +tira!... ¡Vamos despacio, despacio!... No estamos de prisa, ¿no es +verdad, señor cura? ¿Queréis entrar en el bosque? Siempre os sentará +bien el aire del bosque... Si supierais, señor cura, cuánto os quiero... +y os respeto... ¿No habré dicho demasiados disparates hoy, delante de +vos? Porque sentiría tanto...</p> + +<p>—No, hijo mío, no he oído nada.</p> + +<p>—Entonces tomaremos el camino de los estudiantes.</p> + +<p>Después de haber doblado a la izquierda por el bosque, Pablo volvió a su +primera frase:</p> + +<p>—Os decía, pues, señor cura, que hacíais mal en tomar así las cosas por +su lado trágico. ¿Queréis que os comunique lo que pienso? Es una gran +felicidad lo que acaba de suceder.</p> + +<p>—¿Una gran felicidad?</p> + +<p>—Sí, y muy grande... Prefiero los Scott a los Gallard en Longueval. No +habéis oído hace un momento a M. de Larnac que se atrevía a reprocharles +que gastaban locamente su dinero? Nunca es una locura gastar el dinero. +La locura es guardarlo. Vuestros pobres, pues estoy seguro que es lo que +más os da que pensar, han tenido hoy buena suerte. Esa es mi opinión. +¿La religión? sí, la religión... ¡Ellos no irán a misa! eso os causa +pena; es natural; pero en cambio os enviarán dinero, mucho dinero... y +vos lo tomaréis y haréis bien. Ya veis como no protestáis. Va a caer +una lluvia de oro sobre toda la comarca... ¡Un movimiento! ¡un barullo! +carruajes de cuatro caballos, postillones empolvados, <i>rally-papers</i>, +paseos, bailes, fuegos artificiales... Y aquí en el bosque, en este +mismo camino que llevamos, encontraré quizá a París dentro de poco. Y +veré a las dos amazonas con los dos pequeños grooms de que hablaba no +hace mucho. ¡Si vierais qué elegantes son las dos hermanas a caballo! +Una mañana, detrás de ellas, di toda la vuelta al Bosque de Boulogne, en +París. Todavía me parece que las veo: llevaban sombreros altos, grises, +con velitos cortos muy ajustados al rostro, y dos largos vestidos de +amazonas, sin costura, con una sola abertura que seguía la línea de la +espalda... ¡y es preciso que una mujer sea verdaderamente bien formada +para llevar vestidos así! Porque, mirad, señor cura, con los trajes de +amazonas sin costura no hay engaño posible...</p> + +<p>Hacía rato que el cura no prestaba la menor atención al discurso de +Pablo. El carruaje había entrado en una calle bastante larga y +perfectamente recta. Al fin de esta calle el cura veía venir a un +caballero a galope.</p> + +<p>—Mirad—dijo el cura a Pablo,—mirad vos que tenéis mejores ojos que +yo; ¿no es Juan el que viene allá?</p> + +<p>—Sí, pues, es Juan, reconozco su yegua mora.</p> + +<p>Pablo tenía mucha afición a los caballos; siempre, antes de mirar al +caballero, miraba al caballo. En efecto, era Juan, que, al divisar de +lejos al cura y a Pablo, agitó en el aire su quepis, que llevaba dos +galones de oro. Juan era teniente del regimiento de artillería de +guarnición en Souvigny.</p> + +<p>Algunos momentos después se detenía junto al carruaje, y dirigiéndose al +cura, le dijo:</p> + +<p>—Vengo de vuestra casa, mi padrino. Paulina me dijo que habíais ido a +Souvigny por la venta... Y... ¿quién compró el castillo?</p> + +<p>—Una americana, madama Scott.</p> + +<p>—¿Y Blanche-Couronne?</p> + +<p>—La misma madama Scott.</p> + +<p>—¿Y la Rozeraie?</p> + +<p>—También madama Scott.</p> + +<p>—Y el bosque... ¿todavía madama Scott?</p> + +<p>—Tú lo has dicho—replicó Pablo...—Y yo la conozco a madama Scott... y +vamos a divertirnos en Longueval y te presentaré... Pero todo esto causa +pena al señor cura... porque es una americana, una protestante.</p> + +<p>—¡Ah! es verdad, mi pobre padrino... En fin, de eso hablaremos mañana, +que iré a comer con vos: ya se lo previne a Paulina. Ahora no puedo +detenerme, estoy de semana, y a las tres debo hallarme en el cuartel.</p> + +<p>—¿Para la revista?—preguntó Pablo.</p> + +<p>—Sí, para la revista. ¡Hasta la vista, Pablo!... ¡Hasta mañana, +padrino!</p> + +<p>El teniente de artillería continuó su galope, Pablo soltó las riendas a +su yegua.</p> + +<p>—¡Qué buen muchacho es este Juan!—dijo Pablo.</p> + +<p>—¡Oh! sí.</p> + +<p>—¡No hay en el mundo nada mejor que Juan!</p> + +<p>—No, nada mejor.</p> + +<p>El cura se volvió para mirar a Juan que se perdía ya en la espesura del +bosque.</p> + +<p>—Sí, señor, hay algo, y sois vos, señor cura.</p> + +<p>—No, yo no.</p> + +<p>—¡Pues bien! ¿queréis que os lo diga, señor? no hay en el mundo nada +mejor que vosotros dos, Juan y vos. ¡Esa es la pura verdad!... ¡Ah! ved +qué lindo terreno para trotar! Voy a dejar correr a Niniche... ¿Sabéis +que la llamo Niniche?</p> + +<p>Con la punta del látigo, Pablo acarició en flanco de Niniche, que +comenzó a trotar con un trote infernal.</p> + +<p>—¡Mirad cómo levanta las patas, señor cura, mirad cómo levanta las +patas! ¡con tanta regularidad!... Parece una verdadera máquina... +Inclinaos para ver.</p> + +<p>El cura, por dar gusto a Pablo, se asomó a ver <i>cómo levantaba las patas +Niniche</i>... mientras seguía pensando en otra cosa.</p> + + + +<h3><a name="II" id="II"></a>II</h3> + + +<p>Llamábase este teniente de artillería Juan Reynaud, y era hijo único del +médico de aldea que descansaba en el cementerio de Longueval. Cuando en +1846, el abate Constantín vino a tomar posesión de su pequeño curato, un +doctor Reynaud, el abuelo de Juan, hallábase instalado en una risueña +casita, sobre el camino de Souvigny, entre los dos castillos de +Longueval y de Lavardens.</p> + +<p>Marcelo, el hijo de este doctor, terminaba en París sus cursos de +medicina. Era muy estudioso y poseía un espíritu muy distinguido. Fue el +primero en el concurso de agregación, y estaba resuelto a permanecer en +París, para tentar fortuna; todo le prometía la más feliz y brillante +carrera, cuando recibió en 1852 la noticia de la muerte de su padre, +ocasionada por un ataque de apoplejía. Marcelo corrió a Longueval con el +corazón desgarrado: adoraba a su padre. Pasó un mes al lado de su madre, +y al cabo de ese tiempo, le manifestó la necesidad de volver a París.</p> + +<p>—Es verdad—le dijo ella,—es preciso que te vayas.</p> + +<p>—¡Cómo! ¿que me vaya?... Que nos vayamos los dos. ¿Crees, acaso, que te +dejaré aquí sola? Te llevo conmigo.</p> + +<p>—¡Ir a vivir a París yo!... ¡Abandonar la tierra en que nací, donde +vivió y murió tu padre! ¡No, nunca lo haré, hijo mío, jamás! Vete solo, +porque tu vida y tu porvenir te llaman allá. Te conozco y sé que no me +olvidarás, que vendrás a verme siempre, siempre.</p> + +<p>—No, madre mía—respondió él,—me quedaré.</p> + +<p>Quedose... Sus esperanzas, sus ambiciones, todo desapareció en un +minuto. Sólo vio una cosa: el deber, que consistía en no abandonar a su +madre anciana y enferma. En este deber aceptado y cumplido con toda su +naturalidad, halló su felicidad. Por lo demás, siempre en el +cumplimiento del deber, es donde se encuentra la felicidad.</p> + +<p>Marcelo se plegó de buena voluntad y con gusto a su nueva existencia; +continuando la vida de su padre, siguiendo su camino desde el mismo +lugar en que él lo dejara. Entregose completamente, sin pesar, con +placer más bien, a la obscura profesión de médico de aldea. Su padre le +había dejado un poco de dinero, algunas tierras, y él vivía +modestamente, consagrando la mitad de su existencia a los pobres, de +quienes jamás recibió un sueldo. Este era su único lujo.</p> + +<p>Una joven sin fortuna se encontró en su camino, preciosa y sola en el +mundo. Se casó con ella en 1855, y el año siguiente reservaba un gran +dolor y una grande alegría: la muerte de su anciana madre y el +nacimiento de su hijo Juan.</p> + +<p>Con seis semanas de intervalo, el abate Constantín recitó la plegaria de +los muertos en la tumba de la abuela y asistió, en calidad de padrino, +al bautismo del nieto.</p> + +<p>A fuerza de encontrarse a la cabecera de los que sufrían y de los que +morían, el sacerdote y el médico con el mismo corazón y el mismo +movimiento, se sintieron atraídos uno hacia el otro. Sintieron que +pertenecían a la misma familia, a la misma raza, a la raza de los +buenos, los justos y los bienhechores.</p> + +<p>Los años sucedieron a los años, tranquilos, suaves, en el goce de la +plena satisfacción del trabajo y del deber cumplido. Juan crecía...</p> + +<p>Su padre le dio las primeras lecciones de ortografía, y el cura las +primeras de latín. Juan era inteligente y laborioso, e hizo tales +progresos, que sus dos profesores, el cura sobre todo, al cabo de +algunos años se inquietaron, pues su discípulo sabía ya casi más que +ellos. Por ese tiempo fue la Condesa, después de la muerte de su marido, +a establecerse en Lavardens, trayendo un preceptor para su hijo Pablo, +el cual era un hombrecillo precioso, pero de los más perezosos. Los dos +niños contaban la misma edad, y se conocían desde sus primeros años.</p> + +<p>Madama de Lavardens quería mucho al doctor Reynaud, y un día le hizo la +siguiente proposición:</p> + +<p>—Enviadme a Juan todas las mañanas, y os lo devolveré todas las noches; +el preceptor de Pablo es un joven muy distinguido, que hará adelantar a +los dos niños, y me prestaréis un señalado servicio, doctor, pues Juan +dará el ejemplo a Pablo.</p> + +<p>Así se arreglaron las cosas, y el pequeño burgués dio, en efecto, al +pequeño gentil-hombre excelentes ejemplos de trabajo y aplicación; mas +estos excelentes ejemplos no fueron seguidos.</p> + +<p>Estalló la guerra. El 14 de septiembre, a las siete de la mañana, los +movilizados de Souvigny se reunieron en la plaza principal de la aldea; +llevando por capellán al abate Constantín y por cirujano mayor al doctor +Reynaud. Los dos habían concebido la misma idea, al mismo tiempo: el +sacerdote contaba sesenta y dos años y el médico cincuenta.</p> + +<p>El batallón, al partir, siguió el camino que atravesaba Longueval y +pasaba ante la casa del doctor. Madama Reynaud y Juan esperaban a la +orilla del camino. El niño se arrojó en los brazos de su padre: +«Llévame, papá, llévame.» La madre lloraba. El doctor los abrazó +fuertemente a los dos, y continuó su marcha.</p> + +<p>A cien pasos de allí el camino hacía un recodo. El doctor se volvió, +lanzando hacia su mujer y su hijo una larga y profunda mirada... ¡La +última! Ya no debía volver a verlos.</p> + +<p>El 8 de enero de 1871, los movilizados de Souvigny atacaban la aldea de +Villersexel, ocupada por los prusianos, que habían almenado las paredes +y habían formado barricadas en las casas. La fusilería estalló. Un +movilizado que marchaba a la cabeza, recibió una bala en el pecho y +cayó. Hubo un momento de confusión y duda. «¡Adelante, adelante!» +gritaron los oficiales. Los hombres pasaron por sobre el cuerpo de su +camarada, y bajo una lluvia de balas entraron en la aldea.</p> + +<p>El doctor Reynaud y el abate Constantín, que marchaban con las tropas, +se detuvieron junto al herido, que arrojaba gran cantidad de sangre por +la boca.</p> + +<p>—No hay nada que hacer—dijo el doctor;—se muere, es vuestro.</p> + +<p>El sacerdote se arrodilló junto al moribundo, el doctor, levantándose, +se dirigió hacia la aldea. No habría andado diez pasos, cuando se +detuvo, abrió los brazos y cayó de golpe al suelo. El sacerdote corrió +hacia él; pero ya estaba muerto, herido por una bala en la sien.</p> + +<p>Esa noche la aldea era nuestra, y al siguiente día se depositó en el +cementerio de Villersexel el cuerpo del doctor Reynaud. Dos meses +después, el abate Constantín traía a Longueval los restos de su amigo, y +detrás del ataúd, a la salida de la iglesia, caminaba un huérfano. Juan +había perdido también a su madre. Al recibir la noticia de la muerte de +su marido, quedose anonadada, embrutecida, sin poder pronunciar una +palabra ni derramar una lágrima. Después fue presa de la fiebre, el +delirio, y al cabo de quince días murió.</p> + +<p>Juan se encontraba solo en el mundo a los catorce años. De esta familia +en que todos, desde un siglo hasta entonces, habían sido honorables, +sólo quedaba un niño arrodillado sobre una tumba, y que prometía también +ser lo que había sido su abuelo, lo que había sido su padre: trabajador +y bueno. Hay en Francia familias como ésta, muchas, muchas más de lo que +se cree; nuestro país se ve calumniado cruelmente por ciertos novelistas +que hacen de él pinturas violentas y exageradas. Verdad es que la +historia de la gente buena es con frecuencia monótona o dolorosa, como +lo prueba esta narración.</p> + +<p>El dolor de Juan fue un dolor de hombre. Durante largo tiempo permaneció +triste y silencioso. La noche del entierro de su padre, el abate +Constantín lo llevó consigo al presbiterio.</p> + +<p>El día había sido lluvioso y frío. Juan se hallaba sentado junto al +fuego; el sacerdote leía su breviario; la vieja Paulina iba y venía +arreglando todo. Una hora pasaron sin pronunciar una palabra, cuando +Juan, de repente, levantando la cabeza dijo:</p> + +<p>—Padrino, ¿mi padre me ha dejado algún dinero?</p> + +<p>La pregunta era tan extraña, que el abate estupefacto creyó haber oído +mal.</p> + +<p>—¿Me preguntas si tu padre?...</p> + +<p>—Pregunto, padrino, si mi padre me ha dejado algún dinero.</p> + +<p>—Sí, ha debido dejarte dinero...</p> + +<p>—¿Mucho, no es verdad? He oído decir siempre en la comarca que mi padre +era rico. Decidme, más o menos, ¿cuánto me habrá dejado?</p> + +<p>—Pero, yo no sé... Me preguntas unas cosas...</p> + +<p>El pobre sacerdote sentía desgarrársele el corazón. ¡Esta pregunta, en +semejante momento! No obstante, creía conocer el corazón de Juan, y en +ese corazón no debían caber tales pensamientos.</p> + +<p>—Por favor, padrino, decidme...—continuó Juan con dulzura,—después os +explicaré por qué os lo pregunto.</p> + +<p>—Pues bien, tu padre poseía, según dicen, dos o trescientos mil +francos.</p> + +<p>—¿Y eso es mucho dinero?</p> + +<p>—Sí, es mucho dinero.</p> + +<p>—¿Y todo ese dinero es mío?</p> + +<p>—Sí, todo ese dinero es tuyo.</p> + +<p>—¡Ah! me alegro, porque el día en que murió mi padre, allá, durante la +guerra, los prusianos mataron al mismo tiempo que a él, al hijo de una +pobre mujer de Longueval... la anciana Clement, ¿sabéis? Y también al +hermano de Rosalía, con quien yo jugaba cuando era niño. Bueno, pues ya +que yo soy rico y ellas pobres, quiero dividir con la señora Clement y +con Rosalía el dinero que me deja mi padre.</p> + +<p>Al oír estas palabras, el cura se levantó, tomó las dos manos de Juan, y +atrayéndolo hacia sí, lo rodeó con sus brazos, apoyando su cabeza blanca +sobre la cabeza rubia del joven.</p> + +<p>Dos gruesas lágrimas se desprendieron de los ojos del anciano sacerdote, +rodaron lentamente sobre sus mejillas, y vinieron a perderse en las +arrugas de su rostro.</p> + +<p>Sin embargo, el cura explicó a Juan que, aunque poseedor de la herencia +de su padre, no tenía aún el derecho de disponer de ella a su antojo. +Habría un consejo de familia, y le darían un tutor.</p> + +<p>—Vos, sin duda, mi padrino.</p> + +<p>—No, yo no, hijo mío, un sacerdote no tiene derecho para ejercer la +tutela. Creo que nombrarán a M. Lenient, el notario de Souvigny, que era +uno de los mejores amigos de tu padre, tú le hablarás y le explicarás lo +que deseas.</p> + +<p>En efecto, el consejo de familia designó a M. Lenient para desempeñar +las funciones de tutor. Y las instancias de Juan fueron tan vivas, tan +conmovedoras, que el notario consintió en tomar de las rentas la suma de +dos mil cuatrocientos francos que todos los años, hasta la mayor edad de +Juan, se dividió entre la anciana Clement y la joven Rosalía.</p> + +<p>Madama de Lavardens se condujo perfectamente en esta circunstancia.</p> + +<p>—Dadme a Juan—dijo al abate Constantín,—dádmelo hasta el fin de sus +estudios; yo os lo traeré todos los años durante las vacaciones. No es +un servicio que os ofrezco, sino un servicio que os pido. No puedo +desear nada mejor para mi hijo. Me resigno a abandonar momentáneamente +Lavardens, porque Pablo quiere ser soldado, entrar en Saint-Cyr, y sólo +en París encontraré los maestros y recursos necesarios para ello. +Llevaré allá a los dos niños, que se educarán juntos, bajo mi +vigilancia, fraternalmente. Podréis estar seguro de que no haré la más +mínima diferencia entre ellos.</p> + +<p>Era difícil no aceptar una oferta como ésta. El anciano sacerdote habría +deseado tener a Juan a su lado, y su alma se desgarraba al pensar en la +separación; ¿pero dónde estaba el interés de Juan? era lo único que +debía preguntarse. Lo demás no era nada... Llamaron a Juan.</p> + +<p>—Hijo mío—le dijo madama de Lavardens,—¿quieres venir a vivir conmigo +y con Pablo durante algunos años, en París?</p> + +<p>—Sois demasiado buena señora; ¡pero habría deseado tanto poder quedarme +aquí!—dijo, mirando al cura que volvió la cara a otro lado.—¿Por qué +partís?—continuó.—¿Por qué queréis llevarnos a Pablo y a mí?</p> + +<p>—Porque sólo en París podréis terminar seria y útilmente vuestros +estudios. Pablo se preparará para los exámenes de Saint-Cyr, pues quiere +ser soldado.</p> + +<p>—Y yo también, señora, quiero serlo.</p> + +<p>—¡Tú soldado!—exclamó el cura;—pero no eran esas las miras de tu +padre... Muchas veces, en presencia mía, tu padre hablaba de tu +porvenir, de tu carrera: debías ser médico, como él, médico de aldea, +médico de Longueval... y como él asistir a los pobres, y como él cuidar +a los enfermos. Juan, hijo mío, acuérdate.</p> + +<p>—Me acuerdo, me acuerdo.</p> + +<p>—Bueno, entonces, debes hacer lo que tu padre deseaba... Es tu deber, y +para eso tienes que ir a París. Tú desearías quedarte aquí, ¡oh! yo lo +comprendo y yo también quisiera... pero no puede ser... Es preciso ir a +París a trabajar, a trabajar bien. Por esto no me inquieto, porque eres +verdadero hijo de tu padre, y serás un hombre honrado y trabajador; no +se puede ser lo uno sin lo otro. Y un día en la casa de tu padre, en el +mismo lugar donde él ha hecho tanto bien, los pobres de la aldea +hallarán otro doctor Reynaud que los socorrerá como él. Y si por +casualidad ese día soy todavía de este mundo, me consideraré tan feliz, +¡tan feliz!... Pero hago mal en hablar de mí... No debería... yo no soy +nada... En tu padre sólo debes pensar. Te lo repito, Juan, eran sus más +ardientes votos; no puedes haberlo olvidado.</p> + +<p>—No, no lo he olvidado; pero si mi padre me ve, y si me oye, estoy +seguro que me comprende, y me perdona, pues es por él...</p> + +<p>—¿Por él?...</p> + +<p>—Sí, cuando supe que había muerto, cuando supe cómo había muerto en el +acto, sin tener necesidad de reflexionar me dije que yo sería soldado... +¡y seré soldado!... Mi padrino, y vos, señora, os ruego que no os +opongáis...</p> + +<p>El niño se echó a llorar en una verdadera crisis de desesperación. La +Condesa y el abate lo calmaron con dulces palabras.</p> + +<p>—Sí... sí... convenido... todo lo que quieras, serás todo lo que +quieras...</p> + +<p>Los dos tenían el mismo pensamiento: dejemos obrar al tiempo. Juan es un +niño y cambiará de idea. En lo cual los dos se engañaban: Juan no cambió +de idea.</p> + +<p>En el mes de septiembre de 1876, Pablo fue rechazado en Saint-Cyr y Juan +recibió el undécimo lugar en la Escuela Politécnica. El día en que se +publicó la lista de los candidatos admitidos, escribió al abate +Constantín.</p> + +<p>«He sido recibido y muy bien recibido, pues quiero salir en el ejército +y no en el servicio civil... En fin, si conservo mi lugar en la +escuela, haré un bien a uno de mis camaradas, que obtendrá mi puesto.»</p> + +<p>Así sucedió... Juan hizo más que conservar su lugar, pues en las +clasificaciones de salida obtuvo el número siete. Pero en vez de entrar +a la Escuela de Puentes y Calzadas, ingresó a la Escuela de Aplicación +de Fontainebleau, en 1878. Acababa de cumplir veintiún años. Era mayor +de edad, dueño y señor de su fortuna, y el primer acto de su +administración fue un grande, grandísimo gasto. Compró para la anciana +Clement y para la pequeña Rosalía, que ya era grande, dos títulos de +renta de mil quinientos francos cada uno, los cuales le costaron setenta +mil francos, casi lo que gastó Pablo en su primer año de libertad en +París, por la señorita Lise Bruyère, del teatro del Palais-Royal.</p> + +<p>Dos años después, Juan salió el primero en la Escuela de Fontainebleau, +lo que le daba el derecho de elegir uno de los puestos vacantes. Había +uno en el regimiento acuartelado en Souvigny, y Souvigny distaba tres +kilómetros de Longueval; Juan pidió este puesto y lo obtuvo.</p> + +<p>Por estas razones, Juan Reynaud, subteniente del 9.º regimiento de +artillería, volvió en el mes de octubre de 1880 a tomar posesión de la +casa del doctor Marcelo Reynaud, y por esto se encontraba en la aldea +donde transcurrió su infancia y donde todo el mundo conservaba el +recuerdo de la vida y la muerte de su padre. Y el abate Constantín pudo +gozar la alegría de tener tan cerca al hijo de su amigo... Y si +debiéramos decirlo todo, no sentía mucho que Juan hubiera dejado de ser +médico. Cuando salía de su iglesia, después de haber dicho su misa, y +veía flotar por el camino una nube de polvo, cuando sentía temblar la +tierra bajo el peso de los cañones... se detenía, y como un niño, se +complacía en ver pasar el regimiento... ¡Pero el regimiento para él era +Juan! Era ese robusto y sólido caballero en cuya fisonomía se leía +claramente la rectitud, el valor y la bondad.</p> + +<p>Apenas divisaba Juan a lo lejos al cura, galopaba y venía a charlar un +momento con su padrino. El caballo volvía la cabeza hacia el abate, pues +sabía que siempre había un terrón de azúcar para él en el bolsillo de +aquella vieja sotana negra, gastada, remendada, la sotana de por la +mañana. El abate poseía otra muy linda y muy nueva, que se guardaba para +las grandes ocasiones.</p> + +<p>Las trompetas del regimiento sonaban mientras atravesaban la aldea... y +todas las miradas buscaban a Juan, al pequeño Juan; pues para los viejos +de Longueval siempre era el <i>pequeño Juan</i>. Cierto paisano todo arrugado +y agobiado, no pudo nunca quitarse la costumbre de decirle al pasar: +«¡Eh! buen día, chicuelo, ¿cómo te va?» Y tenía seis pies de altura el +tal chicuelo.</p> + +<p>Juan no atravesaba nunca la aldea sin divisar en sus respectivas +ventanas el apergaminado rostro de la vieja Clement y la risueña cara de +Rosalía. Esta última se había casado el año anterior, siendo Juan uno de +los testigos, y de los que más alegremente bailaron la noche de la boda +con las jóvenes de Longueval.</p> + +<p>Tal era el subteniente de artillería que el sábado 28 de mayo de 1881, a +eso de las cinco de la tarde, echó pie a tierra ante la puerta del +presbiterio del Longueval. Entró seguido dócilmente por su caballo, que +por sí mismo fue a colocarse bajo una especie de establo que había en el +patio. Paulina se hallaba en la ventana de la cocina. Juan se acercó y +la besó con cariño en las dos mejillas.</p> + +<p>—Buen día, mi buena Paulina, ¿cómo te va?</p> + +<p>—Muy bien, ocupándome de tu comida. ¿Quieres saber lo que hay? Sopa de +papas, una pata de carnero y crema.</p> + +<p>—¡Admirable! Adoro todo eso y me muero de hambre.</p> + +<p>—Y ensalada, se me olvidaba ensalada que tú me ayudarás a preparar. +Comerán a las seis y media en punto, porque esta noche, a las siete y +media, comienza el mes de María.</p> + +<p>—¿Dónde está mi padrino?</p> + +<p>—En el jardín. Está muy triste el señor cura, a causa de la venta de...</p> + +<p>—Sí, ya sé, ya sé...</p> + +<p>—Al verte se alegrará un poco. ¡Se pone tan contento cuando tú vienes! +Cuidado... mira que Loulou se va a comer los rosales... ¡Qué calor tiene +Loulou!</p> + +<p>—Di toda la vuelta al bosque tan aprisa...</p> + +<p>Juan tomó a Loulou que se dirigía a los rosales, la desensilló, la ató y +le alcanzó un gran montón de pasto seco. Después entró a la casa, +quitose el sable y cambió el quepis por un viejo sombrero de paja de +cinco sueldos, y se fue a buscar al cura al jardín.</p> + +<p>En efecto, el pobre abate estaba muy triste. No había pegado los ojos en +toda la noche, él, que generalmente dormía con tanta facilidad como un +niño. Su alma estaba desgarrada. ¡Longueval en manos de una extranjera, +de una hereje, de una aventurera! Juan repetía lo que Pablo había dicho +la víspera:</p> + +<p>—Tendréis dinero, mucho dinero para vuestros pobres.</p> + +<p>—¡Dinero, dinero!... Sí, mis pobres no perderán nada, quizá ganarán... +Pero ese dinero tendré que ir a pedirlo, y en el salón, en vez de mi +vieja amiga encontraré a esa americana de cabellos rojos, ¡parece que +tiene los cabellos rojos! Iré seguramente por mis pobres, iré... y ella +me dará dinero, pero no me dará nada más que dinero. La Marquesa daba +algo más, daba parte de su vida, parte de su corazón, juntos íbamos +todas las semanas a visitar a los pobres y enfermos. Ella conocía todos +los sufrimientos y todas las miserias de la aldea. Y cuando yo estaba +clavado por la gota en mi sillón, ella hacía las visitas sola, tan bien +o mejor que yo.</p> + +<p>Paulina vino a interrumpir esta conversación apareciendo con una inmensa +ensaladera de loza, sobre la cual campeaban, violentas y chillonas, +grandes flores rojas.</p> + +<p>—Aquí vengo a buscar la ensalada. Juan, ¿quieres lechuga o achicoria?</p> + +<p>—Achicoria—respondió Juan alegremente.—Hace mucho tiempo que no como +achicoria.</p> + +<p>—Pues bien, esta noche comerás... Toma, tenme la ensaladera...</p> + +<p>Paulina comenzó a cortar la achicoria, y Juan se inclinaba para recibir +las hojas en la gran ensaladera. El cura los miraba hacer.</p> + +<p>En ese momento se oyó un ruido de cascabeles. Se acercaba un carruaje +que sonaba demasiado.</p> + +<p>El jardincito del abate Constantín, sólo estaba separado del camino por +una verja muy baja, en medio de la cual había una pequeña puerta.</p> + +<p>Los tres miraron y vieron venir un carruaje de alquiler de forma +primitiva, tirado por dos grandes caballos blancos, manejados por un +cochero de blusa. Junto al cochero iba un criado con librea de la más +severa y perfecta corrección. En el carruaje iban dos jóvenes que +llevaban trajes iguales de viaje, muy elegantes, pero muy sencillos.</p> + +<p>Cuando el carruaje se encontró ante la verja del jardín, el cochero +detuvo los caballos y dirigiéndose al cura, dijo:</p> + +<p>—Señor cura, estas señoras os buscan.—Luego, volviéndose a sus +clientas:—Ahí tenéis al señor cura de Longueval.</p> + +<p>El abate Constantín se aproximó y abrió la pequeña puerta. Las viajeras +descendieron, deteniendo sus miradas, no sin cierto asombro, en el joven +oficial que se encontraba allí algo confuso con su sombrero de paja en +la mano derecha y en la izquierda la gran ensaladera rebosando de +achicoria.</p> + +<p>Las dos mujeres entraron al jardín, y la mayor (representaba veinticinco +años), dirigiéndose al abate, le dijo con acento extranjero, algo +extraño y muy original:</p> + +<p>—Me veo obligada, señor cura, a presentarme a mí misma... Madama Scott, +la que compró ayer el castillo, y la granja, y todo lo demás. ¿No os +molesto, señor, y podréis acordarme durante cinco minutos vuestra +atención?—Luego, designando a su compañera de viaje:—Miss Bettina +Percival, mi hermana: lo habríais adivinado, creo. Nos parecemos mucho, +¿no es verdad? ¡Ah! Bettina, hemos olvidado en el carruaje nuestras +carteras, y las necesitaremos.</p> + +<p>—Voy a buscarlas.</p> + +<p>Y como miss Percival se preparara a ir por ellas, Juan le dijo:</p> + +<p>—Permitidme, señorita, que os las traiga.</p> + +<p>—Siento, señor, molestaros... El sirviente os las entregará. Están en +el asiento de adelante.</p> + +<p>Miss Percival tenía el mismo acento de su hermana, los mismos grandes +ojos negros, risueños y alegres, y los mismos cabellos, no rojos, sino +rubios, con reflejos dorados en los que jugaba con delicadeza la luz del +sol. Saludó a Juan con una graciosa sonrisa, y éste, después de entregar +a Paulina la ensaladera de achicoria, se fue a buscar las dos carteras.</p> + +<p>Entretanto, muy conmovido, muy turbado, el abate Constantín introducía +en el presbiterio a la nueva castellana de Longueval.</p> + + + +<h3><a name="III" id="III"></a>III</h3> + + +<p>En verdad, no era un palacio el presbiterio de Longueval. La misma pieza +del piso bajo, servía de salón y comedor con puerta de comunicación para +la cocina; esta pieza estaba adornada con los muebles más precisos: dos +viejos sillones, seis sillas de paja, un aparador y una mesa redonda, +sobre la cual Paulina había puesto ya los asientos del abate y de Juan.</p> + +<p>Madama Scott y miss Percival iban y venían, examinando con infantil +curiosidad la instalación del cura.</p> + +<p>—El jardín, la casa, todo es precioso aquí—decía madama Scott.</p> + +<p>Las dos entraron resueltamente a la cocina. El abate Constantín las +seguía sofocado, azorado, estupefacto ante tan brusca y repentina +invasión americana. La vieja Paulina miraba a las dos extranjeras con +aire inquieto y sombrío.</p> + +<p>—¡Estas son—pensaba,—las herejes, las excomulgadas!</p> + +<p>Y con sus manos agitadas, temblorosas, continuaba preparando la +ensalada.</p> + +<p>—¡Os felicito, señorita—le dijo Bettina,—por el perfecto orden que +reina en vuestra cocina! Mirad, Zuzie; ¿no era así el presbiterio que +deseabais?</p> + +<p>—Y el cura también—respondió madama Scott.—¡Ah! sí, señor cura, +¿queréis dejarme decíroslo? ¡Si supierais cuán feliz me considero por +haberos encontrado tal cual sois! Esta mañana en el tren, ¿qué os decía, +Bettina? ¿y hace un momento en el carruaje?</p> + +<p>—Mi hermana me decía, señor cura, que deseaba, sobre todo, encontrar +un cura que no fuera ya joven, ni triste, ni severo, un cura de cabellos +blancos, y aire bondadoso y tranquilo.</p> + +<p>—Y vos reunís todas esas condiciones, señor cura. No podíamos haber +encontrado nada mejor. Escuchad, os ruego, mi modo de hablar. Las +parisienses saben dar un buen giro a sus frases, presentándolas de una +manera conveniente y complicada, pero yo no sé... y hablando francés me +costaría mucho salir del paso si no dijera las cosas lisa y llanamente +como se me ocurren. En fin, estoy contenta, en extremo contenta, señor +cura, y espero que vos también quedaréis satisfecho de vuestras nuevas +parroquianas.</p> + +<p>—¡Mis parroquianas!—exclamó el cura, recobrando al fin la palabra, el +movimiento, la vida, todas estas cosas que desde hacía algunos minutos +lo habían abandonado completamente.—Mis parroquianas! Perdón, señora, +señorita... ¡Estoy tan conmovido! ¿Seríais... sois, acaso, católicas?</p> + +<p>—¡Sí, señor, somos católicas!</p> + +<p>—¡Católicas, católicas!—repitió el cura.</p> + +<p>—¡Católicas, católicas!—exclamó la vieja Paulina, apareciendo +radiante, con los brazos levantados hacia el cielo, en el umbral de la +cocina.</p> + +<p>Madama Scott miraba al cura, miraba a Paulina, muy asombrada de haber +producido tal efecto con una sola palabra, y para completar el cuadro, +apareció Juan trayendo las dos bolsas de viaje. El cura y Paulina lo +recibieron con la misma palabra.</p> + +<p>—¡Católicas, católicas!</p> + +<p>—¡Ah! comprendo al fin—dijo madama Scott riendo;—¡nuestro nombre y +nuestra patria os hicieron creer que éramos protestantes! No lo somos, +nuestra madre era del Canadá, de origen francés y católica; por eso mi +hermana y yo hablamos francés, con acento extranjero y ciertos modismos +americanos, pero en fin, decimos, más o menos lo que deseamos decir. Mi +marido es protestante, pero me deja entera libertad, y mis dos hijos son +católicos. Por esto hemos querido desde el primer día venir a saludaros, +señor abate.</p> + +<p>—Por eso y por otra cosa—continuó Bettina,—mas para la otra cosa +necesitamos nuestras carteras.</p> + +<p>—Aquí las tenéis, señorita—respondió Juan.</p> + +<p>—Esta es la mía.</p> + +<p>—Y esta otra la mía.</p> + +<p>Mientras las carteras pasaban de las manos del oficial a las de madama +Scott y Bettina, el cura presentaba a Juan a las dos americanas, pero +estaba aún tan conmovido, que la presentación no fue hecha en toda +regla. El cura no olvidó más que una cosa; pero algo muy esencial en una +presentación: el apellido de Juan.</p> + +<p>—Es Juan—dijo,—mi ahijado, subteniente del regimiento de artillería +de guarnición en Souvigny; es de la casa.</p> + +<p>Juan hizo dos grandes cortesías, las americanas dos pequeñas, y +comenzaron a buscar en sus bolsas, sacando cada una un rollo de mil +francos, bonitamente encerrados en dos bolsitas verdes de piel de +serpiente con anillos de oro.</p> + +<p>—Os traía esto para vuestros pobres, señor cura—dijo madama Scott.</p> + +<p>—Y yo esto otro—agregó Bettina.</p> + +<p>Con toda delicadeza deslizaron su ofrenda en la mano derecha e izquierda +del anciano cura, y éste mirando alternativamente sus dos manos, +pensaba:</p> + +<p>—¿Qué serán estas dos cosas? son muy pesadas; debe haber oro aquí +dentro... Sí, pero ¿cuánto, cuánto?</p> + +<p>Sesenta y dos años contaba el abate Constantín, y mucho dinero había +pasado por sus manos para no permanecer en ellas largo tiempo, es +verdad; pero este dinero lo recibía por pequeñas cantidades y la +sospecha de una ofrenda semejante no le cabía en la cabeza. ¡Dos mil +francos! Jamás tuvo dos mil francos en su poder, ni mil siquiera.</p> + +<p>No sabiendo, pues, cuánto le daban, el cura no sabía cómo agradecer; +balbuceaba:</p> + +<p>—Os doy muchísimas gracias, señora; sois demasiado buena, señorita.</p> + +<p>En fin, como no agradeciera lo bastante, Juan creyó deber intervenir.</p> + +<p>—Mi padrino, estas señoras acaban de daros dos mil francos.</p> + +<p>Entonces, presa de una gran emoción y agradecimiento, el cura exclamó:</p> + +<p>—¡Dos mil francos, dos mil francos para mis pobres!</p> + +<p>Paulina hizo bruscamente una nueva aparición.</p> + +<p>—¡Dos mil francos, dos mil francos!</p> + +<p>—Así parece... así parece... tomad, Paulina, guardad este dinero, y +tened mucho cuidado con él...</p> + +<p>Muchas cosas era en la casa la vieja Paulina: sirvienta, cocinera, +boticaria, tesorera. Sus manos recibieron, con respetuoso temor los dos +paquetitos de oro que representaban tantas miserias aliviadas, tantos +dolores disminuidos.</p> + +<p>—No es eso todo, señor cura—dijo madama Scott,—os daré quinientos +francos todos los meses.</p> + +<p>—Y yo haré como mi hermana.</p> + +<p>—¡Mil francos por mes! pero entonces ya no habrá pobres en la comarca.</p> + +<p>—Es lo que deseamos. Soy rica, muy rica, y mi hermana también. Ella es +más rica que yo, porque a una joven le cuesta más gastar mucho... +¡mientras que yo! ¡ah, yo! ¡todo lo que puedo, gasto todo lo que puedo! +Cuando se tiene mucho dinero, demasiado dinero, más de lo que es justo, +decid, señor cura, ¿para hacérselo perdonar, hay otro medio que tener la +mano siempre abierta y dar, dar, dar lo más y mejor posible? Además, vos +también vais a darme algo.</p> + +<p>Y dirigiéndose a Paulina agregó:</p> + +<p>—¿Queréis tener la bondad de darme un vaso de agua fresca, señorita? +No, nada más... un vaso de agua fresca, porque me muero de sed.</p> + +<p>—Y yo—dijo riendo Bettina, mientras Paulina corría en busca del vaso +de agua,—yo me muero de otra cosa, me muero de hambre. Señor cura, voy +a decir algo horriblemente indiscreto... Pero veo la mesa puesta y... +¿No podríais invitarnos a comer?</p> + +<p>—¡Bettina!—dijo madama Scott.</p> + +<p>—Dejadme, Zuzie, dejadme en paz... ¿No es verdad que queréis, señor +cura?</p> + +<p>Pero el anciano cura no encontraba nada que responder. No sabía lo que +le pasaba. ¡Ellas tomaban por asalto el presbiterio, eran católicas! ¡Le +traían dos mil francos; le ofrecían mil francos mensuales! y querían +comer con él; ¡ah! ¡esto era el colmo! el terror lo paralizaba al pensar +que tendría que hacer los honores de la pata de carnero y la crema a +esas dos americanas locamente ricas que debían alimentarse de cosas +extraordinarias, fantásticas, inusitadas, y sólo murmuraba:</p> + +<p>—¡A comer... a comer! ¿queríais quedaros a comer aquí?</p> + +<p>Juan intervino una vez más.</p> + +<p>—Mi padrino se consideraría demasiado feliz, si quisierais quedaros; +pero comprendo lo que le inquieta... Debíamos comer los dos solos; no +esperéis, pues, un festín, señoras. En fin, seréis indulgentes.</p> + +<p>—Sí, sí—respondió Bettina,—muy indulgentes.</p> + +<p>Luego, dirigiéndose a su hermana:</p> + +<p>—Vamos, Zuzie, no me pongáis mala cara porque he sido un poco... sabéis +que acostumbro a ser un poco... Quedémonos, ¿queréis? Descansaremos +pasando aquí una hora tranquilamente. Hemos hecho una jornada horrible, +en el tren, en el carruaje, en medio del polvo, ¡y con un calor! ¡Nos +sirvieron un almuerzo tan espantoso esta mañana en el hotel! y debíamos +volver a comer allá a las siete, en el mismo hotel, para tomar en +seguida el tren de París... Pero comer aquí será mucho mejor. Ya no +decís que no. ¡Ah! ¡cuán buena sois, mi Zuzie!</p> + +<p>Besó a su hermana con mucha zalamería, y volviéndose al cura, dijo:</p> + +<p>—Si supierais, señor cura, cuán buena es.</p> + +<p>—¡Bettina, Bettina!</p> + +<p>—Vamos, Paulina—dijo Juan,—pronto, dos asientos más; yo te ayudaré.</p> + +<p>—Y yo también—exclamó Bettina,—yo también quiero ayudaros. ¡Oh! ¡esto +me divertirá tanto! Pero, señor cura, permitidme hacer de cuenta que +estoy en casa.</p> + +<p>Con prontitud se quitó su abrigo, y Juan pudo admirar, en su exquisita +perfección, un cuerpo maravillosamente flexible y gracioso.</p> + +<p>Miss Percival, quitose en seguida el sombrero, pero con demasiada +rapidez; pues fue la señal de un precioso desorden. Toda una avalancha +de cabellos se escapó y esparció en torrentes, en largas cascadas sobre +los hombros de Bettina, que se encontraba ante una ventana por donde +penetraban los rayos del sol... y aquella luz radiante que daba de lleno +sobre su cabellera de oro, ponía en un cuadro delicioso la espléndida +belleza de la joven. Confusa y ruborizada, Bettina llamó en su ayuda a +su hermana, que tuvo gran trabajo para volver a poner las cosas en +orden.</p> + +<p>Cuando quedó así reparada la catástrofe nadie pudo impedir a Bettina que +se precipitara sobre los platos, cuchillos y tenedores.</p> + +<p>—Pero, señor—le decía a Juan,—yo sé muy bien poner la mesa. +Preguntadle a mi hermana... ¿Decid, Zuzie, cuando yo era chica en +New-York, no ponía bien la mesa?</p> + +<p>—Sí, muy bien—respondió madama Scott.</p> + +<p>Y ella también, rogando al cura excusara la indiscreción de Bettina, +quitose el sombrero y el abrigo; y Juan gozó una vez más del muy +agradable espectáculo de un cuerpo precioso y admirables cabellos. Pero +el desorden, y Juan lo sintió, no tuvo segunda edición.</p> + +<p>Algunos minutos después, madama Scott, miss Percival, el cura y el +oficial, tomaban asiento alrededor de la mesa del presbiterio; luego, +con mucha rapidez, gracias a la sorpresa y originalidad del encuentro, +gracias, sobre todo, al buen humor y alegría algo audaz de Bettina, la +conversación tomaba el giro de la más franca y cordial familiaridad.</p> + +<p>—Vais a ver, señor cura—dijo Bettina,—vais a ver cómo no he mentido, +si no me moría realmente de hambre. Os prevengo que voy a devorar. Nunca +me he sentado a la mesa con tanto gusto. ¡Esta comida terminará también +la jornada! Estamos tan contentas mi hermana y yo, de ser dueñas del +castillo, la granja, los bosques...</p> + +<p>—Y yo de poseer todo eso de una manera tan extraordinaria como +imprevista. ¡No nos lo imaginábamos!</p> + +<p>—Ni lo soñábamos, Zuzie... Sabéis, señor cura, que ayer fue el +cumpleaños de mi hermana... Pero primero, perdonad, señor... señor Juan, +¿no es así?</p> + +<p>—Sí, señorita, así es.</p> + +<p>—¡Pues bien, señor Juan, servidme un poco más de esta excelente sopa, +os lo ruego!</p> + +<p>El abate Constantín comenzaba a volver en sí, a tranquilizarse; pero, +sin embargo, estaba aún demasiado conmovido para cumplir correctamente +con sus deberes de dueño de casa; por eso Juan tomaba la dirección de la +modesta comida de su padrino. Llenó hasta los bordes el plato de la +preciosa americana, que fijaba resueltamente en él la mirada de dos +grandes ojos en los que brillaba la franqueza, la osadía y el contento.</p> + +<p>Los ojos de Juan pagaban a miss Percival en la misma moneda. No hacía +tres cuartos de hora que en el jardín del cura la joven americana y el +joven oficial, se habían dirigido la palabra por primera vez, y los dos +se sentían alegres, tenían plena confianza mutua, casi como camaradas.</p> + +<p>—Os decía, señor cura—continuó Bettina,—que ayer fue el santo de mi +hermana, su cumpleaños. Mi cuñado partió forzosamente para América hará +unos ocho días, y al partir dijo a mi hermana: «No estaré aquí para +vuestro día, mas recibiréis noticias mías.»</p> + +<p>Ayer, pues, recibimos regalos y ramos de todas partes; pero de mi +cuñado, hasta las cinco, nada... nada. Salimos a dar una vuelta a +caballo por el bosque... y a propósito de caballo...</p> + +<p>Bettina se inclinó a un lado y miró con curiosidad las grandes botas de +Juan, cubiertas de polvo.</p> + +<p>—Pero, señor, ¿usáis espuelas?</p> + +<p>—Sí, señorita.</p> + +<p>—¿Estáis en la caballería?</p> + +<p>—Estoy en la artillería, señorita, y la artillería es la caballería.</p> + +<p>—¿Y vuestro regimiento está de guarnición?...</p> + +<p>—Muy cerca de aquí.</p> + +<p>—¿Entonces saldréis a caballo con nosotras?</p> + +<p>—Convenido. ¿Veamos ahora en qué estaba?</p> + +<p>—No sabéis lo que decís, Bettina, y contáis a estos señores cosas que +no pueden interesarles.</p> + +<p>—¡Oh! dispensad, señora—dijo el cura.—En toda la comarca no se trata +por el momento más que de la venta de este castillo, y la narración de +la señorita nos interesa mucho.</p> + +<p>—Ves, Zuzie, mi historia interesa mucho al señor cura. Continúo, pues. +Salimos a caballo, volvimos a las siete, nada. Comimos, y en el momento +que nos levantábamos de la mesa, llega un telegrama de América, dos +líneas solamente: «He hecho comprar para vos, hoy el castillo de +Longueval y sus dependencias, cerca de Souvigny, sobre la línea del +Norte.» Entonces las dos fuimos presas de una risa loca al pensar...</p> + +<p>—No, no, Bettina, eso no es exacto. Nos calumniáis a las dos. Primero +sentimos un movimiento de emoción y agradecimiento muy sincero. Nos +gusta mucho el campo a mi hermana y a mí, y mi marido, que es excelente, +sabía que deseábamos con ardor poseer algunas tierras en Francia, y +desde hacía seis meses buscaba, sin encontrar, hasta que por último, sin +decírnoslo, descubrió este castillo que se vendía precisamente el día de +mi santo. Era una delicada atención de su parte.</p> + +<p>—Sí, Zuzie, tenéis razón; pero después del acceso de emoción, hubo uno +grande de alegría.</p> + +<p>—Eso sí, lo reconozco. Cuando pensamos que bruscamente las dos éramos +dueñas, pues lo que es de la una es de la otra, propietarias de un +castillo, sin saber dónde se encontraba, cómo era, ni cuánto había +costado; se asemejaba tanto a un cuento de hadas, que...</p> + +<p>—En fin, durante unos cinco minutos reímos de todo corazón. Luego nos +arrojamos sobre un mapa de Francia, y no sin trabajo conseguimos +descubrir a Souvigny. Después del atlas tomamos una guía de +ferrocarriles, y esta mañana, por el tren de las diez, desembarcamos en +Souvigny.</p> + +<p>—Todo el día lo empleamos en visitar el castillo, las caballerizas, los +jardines. No hemos visto todo porque es inmenso; pero estamos encantadas +de lo que hemos visto. No obstante, señor cura, hay algo que me intriga. +Sé que la propiedad ha sido vendida públicamente: he visto por todo el +camino los grandes avisos... Mas no me he atrevido a preguntar a las +personas que me han acompañado hoy en mi paseo, pues mi ignorancia +habría parecido extraordinaria, cuánto ha costado todo esto. Mi marido +se olvidó de decírmelo en su telegrama. Desde que estoy encantada con la +adquisición, esto no constituye más que un detalle, pero que no me +disgustaría saber... Decid, señor cura, si lo sabéis, decidme el +precio.</p> + +<p>—Un precio enorme—respondió el cura,—pues se agitaban muchas +esperanzas y ambiciones en torno de Longueval.</p> + +<p>—¡Un precio enorme! me asustáis... ¿Cuánto, exactamente?</p> + +<p>—¡Tres millones!</p> + +<p>—¡Nada más!—exclamó madama Scott;—¿el castillo, las granjas, el +bosque, todo por tres millones?</p> + +<p>—Pero es tirado—dijo Bettina.—Sólo el precioso río que pasea por el +parque, vale los tres millones.</p> + +<p>—¿Y decíais, señor cura, que muchas personas nos disputaban las tierras +y el castillo?</p> + +<p>—Sí, señora.</p> + +<p>—¿Y ante esas personas, después de la venta, se pronunció mi nombre?</p> + +<p>—Sí, señora.</p> + +<p>—¿Cuando lo pronunciaron, hubo alguien que me conociera, que hablara de +mí?... sí... sí... Vuestro silencio me responde; hablaron de mí. Pues +bien, señor cura, ahora que estoy seria, muy seria, os ruego, por +favor, me repitáis lo que dijeron de mí.</p> + +<p>—Pero, señora—respondió el pobre cura, que estaba sobre +ascuas,—hablaron de vuestra inmensa fortuna...</p> + +<p>—Sí, debieron hablar de eso; sin duda, dirían que era muy rica, de poco +tiempo a esta parte... una <i>parvenue</i>, ¿no es así? Está bien, pero no es +todo, debieron decir otras cosas.</p> + +<p>—No, no he oído nada...</p> + +<p>—¡Oh! señor cura, estáis cometiendo, por culpa mía, una mentira +caritativa, como vos diríais... y os hago desgraciado, pues debéis ser +la sinceridad en persona. Mas si os atormento así, es porque tengo +grande interés en saber lo que se ha dicho, lo que...</p> + +<p>—¡Por Dios! señora—interrumpió Juan,—tenéis razón, han dicho otra +cosa, y mi padrino no sabe cómo repetírosla; pero ya que lo exigís, +dijeron que erais una de las más elegantes, de las más brillantes y de +las más...</p> + +<p>—¿Y de las más lindas mujeres de París? Con alguna indulgencia han +podido decirlo. Pero aun no es todo. Hay algo más...</p> + +<p>—¡Ah! ¿sí?</p> + +<p>—Sí, hay algo más, y yo quisiera tener con vosotros, una explicación +bien clara y bien franca. No sé por qué me parece que he tenido buena +estrella hoy; creo que ya sois en cierto modo mis amigos, y que un día +lo seréis verdaderamente. Pues bien, decidme, si corren sobre mi persona +historias absurdas y falsas, ¿no tendré razón de pensar que me ayudaréis +a desmentirlas?</p> + +<p>—Sí, señora—respondió Juan con extrema vivacidad,—hacéis bien en +pensarlo.</p> + +<p>—Pues a vos me dirijo, señor. Sois soldado, debéis tener valor; +prometedme ser valiente; ¿me lo prometéis?</p> + +<p>—¿Qué entendéis, señora, por ser valiente?</p> + +<p>—Prometed, prometed, sin explicaciones, sin condiciones.</p> + +<p>—Está bien; lo prometo...</p> + +<p>—¿Vais a responder francamente, por sí o por no, a las preguntas que os +dirija?</p> + +<p>—Responderé.</p> + +<p>—¿Os han dicho que yo mendigaba en las calles de New-York?</p> + +<p>—Sí, señora, me lo han dicho.</p> + +<p>—¿Y que había sido amazona de un circo ambulante?</p> + +<p>—Me lo han dicho, señora.</p> + +<p>—¡Sea enhorabuena! Esto se llama hablar. ¡Pues bien! notad primero, que +en todo eso no habría nada deshonroso... Pero si no es cierto, ¿no tengo +derecho para desmentirlo? Y os aseguro que no es cierto. Mi historia, os +la referiré en pocas palabras, y si os la cuento así desde el primer +día, es para que tengáis la bondad de repetirla a todos los que os +hablen de mí... Pasaré una parte de mi vida en esta aldea, y deseo que +sepan de dónde vengo y quién soy. Principio, pues. Pobre, sí, lo he +sido, y muy pobre; hará de esto ocho años... Acababa de morir mi padre, +siguiendo de muy cerca a mi madre. Yo contaba dieciocho años y Bettina +nueve; quedábamos solas en el mundo, con fuertes deudas y un gran +pleito. Las últimas palabras de mi padre fueron estas: «Zuzie, no hagas +ninguna transacción en el pleito, nunca, nunca, nunca, y tendréis +millones, hijas mías, ¡millones!» y nos besó a las dos, a Bettina y a +mí... Lo acometió el delirio, y murió repitiendo: «¡Millones!» Al día +siguiente, se presentó un procurador, ofreciéndome pagar todas las +deudas y darme además diez mil dollars, si yo le transfería mis derechos +al pleito. Se trataba de la posesión de una gran extensión de tierras en +el Colorado. Rehusé. Entonces fue cuando, durante algunos meses, +estuvimos muy pobres.</p> + +<p>—Y entonces era cuando yo ponía la mesa—dijo Bettina.</p> + +<p>—Pasaba mi vida en casa de los <i>Solicitors</i> de New-York. Pero nadie +quería hacerse cargo de mis intereses. En todas partes recibía la misma +respuesta: «Vuestra causa es muy dudosa, tenéis adversarios ricos y +temibles, se necesita dinero, mucho dinero, para llevar a cabo el +pleito, y ya no os queda nada. Os ofrecen pagaros las deudas y diez mil +dollars, aceptad, vended el pleito.»</p> + +<p>Pero yo conservaba siempre en el oído las últimas palabras de mi padre, +y no aceptaba... Sin embargo, la miseria iba a obligarme, cuando un día +fui a ver a uno de los amigos de mi padre, un banquero de New-York, M. +William Scott, que no me recibió solo; junto a su escritorio estaba +sentado un joven: «¡Podéis hablar, me dijo, es mi hijo Richard Scott!» +Miro al joven, él me mira y nos reconocemos... «¡Zuzie!—¡Richard!» y +nos tendemos la mano. El tenía veintitrés años y yo dieciocho, y muchas +veces, cuando niños, habíamos jugado juntos, siendo entonces muy buenos +amigos. Después, siete u ocho años antes de esto, él fue a terminar su +educación en Francia e Inglaterra. Su padre me hizo sentar, +preguntándome qué deseaba, y se lo dije. Me escuchó y respondió: +«Necesitaríais veinte a treinta mil dollars, y nadie os prestará esa +suma sobre las inciertas probabilidades de un pleito muy complicado; +¡sería una locura! Si sois desgraciada, si necesitáis algún +socorro...—No es eso lo que pide miss Percival, padre mío, dijo con +viveza Richard.—Bien lo sé, pero lo que pretende es imposible...» Y se +levantó para acompañarme... Entonces tuve un acceso de debilidad, el +primero desde que era huérfana; hasta ese día había sido fuerte, pero +sentía agotado mi valor. Sufrí un ataque de nervios y de lágrimas. Me +repuse, al fin, y partí. Una hora después, Richard Scott estaba en mi +casa. «Zuzie, me dijo, prometedme aceptar lo que voy a ofreceros, +prometédmelo.» Yo le prometí. «Pues bien, con la sola condición de que +mi padre no sepa nada, pongo a vuestra disposición la suma que +necesitáis.—¡Pero vos no conocéis el pleito, y es preciso que sepáis lo +que es, lo que vale!—No lo conozco absolutamente, ni quiero conocerlo. +¿Qué mérito tendría mi proceder si tuviera la seguridad de cobrar mi +dinero? Además, os habéis comprometido a aceptar, y no podéis rehusar.» +Se me ofrecía con tanta sencillez, con tanta franqueza, que acepté. Tres +meses después ganamos el pleito, y por los terrenos que, ya sin +apelación posible, eran propiedad de las dos, nos ofrecían cinco +millones. Fui a consultar a Richard. «Rehusad, y esperad; si os ofrecen +esa suma, es porque los terrenos valen el doble.—Pero es preciso que os +devuelva vuestro dinero, os debo mucho, mucho dinero.—¡Oh! por eso no, +más tarde, no tengo apuro, ahora estoy muy tranquilo! mi crédito no +corre ningún peligro.—Pero quisiera pagaros ahora mismo; ¡odio las +deudas!... Existe un medio, quizá, sin vender los terrenos... Richard, +¿queréis ser mi marido?» Sí, señor cura—dijo madama Scott, riendo,—fui +yo quien salí al encuentro de mi marido: yo quien le pidió su mano; esto +lo podéis decir a todo el mundo, porque es la verdad. Por otra parte, me +veía obligada a hacerlo así, pues nunca, ¡oh! estoy tan segura, nunca +habría hablado él primero. Yo era demasiado rica, y como él me amaba a +mí y no a mi dinero, mi dinero le causaba horror. Tal es la historia de +mi casamiento.</p> + +<p>En cuanto a la historia de mi fortuna, os la diré en pocas palabras. +Existían realmente millones en esos terrenos del Colorado, pues se +descubrieron abundantes minas de plata, de las que sacamos todos los +años una renta asombrosa. Pero estamos de acuerdo, mi marido, mi hermana +y yo, en separar de estas rentas una gran parte para los pobres. Ya lo +veis, señor cura... porque nosotras también hemos conocido días +crueles, porque Bettina recuerda haber puesto la mesa en nuestro pequeño +comedor de un quinto piso en New-York, nos encontraréis siempre prontas +a socorrer a los que están, como estuvimos nosotras, en presencia de las +dificultades y los dolores de la vida... Y ahora, señor Juan, ¿queréis +perdonarme mi largo discurso y ofrecerme un poco de esa crema que parece +excelente?</p> + +<p>Mientras Juan se apresuraba a servir a madama, Scott, ésta continuó:</p> + +<p>—No lo he dicho todo aún. Es preciso que sepáis de dónde nacen estas +historias extravagantes. Cuando vinimos a establecernos en París, hace +un año, creímos deber dar desde nuestra llegada, cierta suma para los +pobres. ¿Quién habló de ésto? No fuimos nosotras, seguramente; pero la +historia salió en un diario con la cifra, y en el acto dos jóvenes +reporters acudieron a hacer sufrir un interrogatorio sobre su pasado a +M. Scott, pues querían escribir sobre nosotros una crónica en sus +diarios. M. Scott es a veces algo vivo, y ese día lo fue bastante, +despidiendo bruscamente a esos señores sin decirles nada. Entonces, no +sabiendo nuestra verdadera historia, inventaron una a su antojo. El +primero contó que yo había mendigado en las calles de New-York, y el +segundo, al día siguiente, para publicar algo que causara más sensación, +me hizo atravesar circunferencias de papel en un circo de Filadelfia. +Tenéis en Francia unos diarios muy originales; verdad es que en América +no lo son menos.</p> + +<p>Cinco minutos harían que Paulina dirigía al cura señas desesperadas; que +éste se obstinaba en no comprender, tanto, que la pobre mujer, reuniendo +todo su valor, dijo al fin:</p> + +<p>—Señor cura, son las siete y cuarto.</p> + +<p>—¡Las siete y cuarto! ¡Oh! señoras, dispensadme, pero esta tarde tengo +que rezar el oficio del mes de María.</p> + +<p>—¿El mes de María va a principiar en seguida?</p> + +<p>—Sí, en seguida.</p> + +<p>—¿Y a qué hora exacta parte el tren de París?</p> + +<p>—A las nueve y media—respondió Juan,—y emplearéis quince a veinte +minutos, para llegar a la estación, en carruaje.</p> + +<p>—Entonces, Zuzie, podemos ir a la iglesia.</p> + +<p>—Vamos—respondió madama Scott,—pero antes de separarnos, señor cura, +tengo que pediros un servicio. Quiero que vayáis a comer con nosotras, +la primera vez que vengamos a Longueval, y vos también, señor... los +cuatro solos, como hoy. ¡Oh! no rehuséis, tengo tanto gusto en +invitaros.</p> + +<p>—Y nosotros más en aceptar, señora—respondió Juan.</p> + +<p>—Os escribiré anunciándoos el día. Vendré lo más pronto posible, para +que estrenemos juntos el castillo.</p> + +<p>Entretanto, Paulina, en un rincón de la pieza hablaba con mucha +animación y misterio con miss Percival. Su conversación terminó con +estas palabras:</p> + +<p>—¿Vos estaréis allí?—decía Bettina.</p> + +<p>—Sí, estaré.</p> + +<p>—¿Y me diréis en qué momento?</p> + +<p>—Os lo diré, pero cuidado... ahí viene el señor cura, y es preciso que +ni sospeche...</p> + +<p>Las dos hermanas, el cura y Juan salieron de la casa, y tuvieron que +atravesar el cementerio para ir a la iglesia. La tarde era deliciosa. +Lenta y silenciosamente los cuatro, bajo los rayos del sol poniente, +caminaban por la avenida.</p> + +<p>En el camino se encontraba el monumento del doctor Reynaud, muy +sencillo, pero, sin embargo, por sus proporciones se distinguía de las +demás tumbas. Madama Scott y Bettina se detuvieron al ver esta +inscripción grabada sobre la piedra:</p> + +<p><i>Aquí yace el doctor Marcelo Reynaud, cirujano mayor de los movilizados +de Souvigny, muerto el 8 de enero de 1871, en la batalla de +Villersexel. Rogad por él.</i></p> + +<p>Cuando concluyeron de leer, el cura designando a Juan, les dijo:</p> + +<p>—¡Era su padre!</p> + +<p>Entonces las dos mujeres se aproximaron a la tumba y con la cabeza +inclinada, permanecieron allí durante algunos instantes pensativas, +conmovidas, recogidas. Luego, volviéndose las dos al mismo tiempo, con +el mismo movimiento tendieron la mano al joven oficial, y continuaron su +marcha hacia la iglesia. El padre de Juan había obtenido su primera +plegaria en Longueval.</p> + +<p>El cura se fue a poner su sobrepelliz y su estola.</p> + +<p>Juan condujo a madama Scott al banco reservado, desde siglos atrás, a +las dueñas de Longueval. Paulina tomó la delantera y esperó a Bettina a +la sombra de un pilar de la iglesia, para hacerla subir por una escalera +estrecha y empinada, e instalarla ante el armonium.</p> + +<p>Precedido de los monaguillos, el viejo cura salió de la sacristía, y en +el instante en que se arrodillaba sobre las gradas del altar:</p> + +<p>—Ahora es el momento, señorita—dijo Paulina, cuyo corazón latía de +impaciencia.—¡Pobre viejo, qué contento se va a poner!</p> + +<p>Cuando oyó el canto del órgano que se elevaba suavemente, como un +murmullo esparciéndose por toda la iglesia, el abate Constantín se +sintió tan conmovido, tan contento, que los ojos se le llenaron de +lágrimas. No recordaba haber llorado desde el día que Juan le dijo que +quería repartir su patrimonio con la madre y la hermana de los que +cayeron al lado de su padre bajo las balas alemanas.</p> + +<p>Para hacer brotar lágrimas aún de los ojos del anciano sacerdote, fue +preciso que una joven americana cruzara los mares y viniera a ejecutar +una <i>rêverie</i> de Chopín, en la iglesia de Longueval.</p> + +<p>Al día siguiente, a las cinco y media de la mañana, tocaban botasilla en +el patio del cuartel. Juan montaba a caballo y tomaba el mando de su +batería. A fines del mes de mayo todos los reclutas del regimiento están +instruidos, y son capaces de formar parte de las evoluciones en +conjunto, y casi todos los días se ejecutan en el polígono maniobras de +baterías organizadas.</p> + +<p>Juan tenía mucha afición por su carrera y acostumbraba a vigilar +cuidadosamente los tiros y guarniciones de las piezas, el equipo y +apostura de sus hombres; pero esa mañana prestó poca atención a los +pequeños detalles del servicio.</p> + +<p>Un problema lo agitaba, lo atormentaba, lo dejaba indeciso, y este +problema era de aquellos cuya solución no se aprende en la escuela +politécnica. Juan no encontraba respuesta categórica a esta pregunta:</p> + +<p>—¿Cuál de las dos es más linda?</p> + +<p>En el polígono, durante la primera parte de la maniobra, cada batería +trabajaba por su cuenta, bajo las órdenes del capitán, que muchas veces +cede su puesto a uno de los tenientes, para habituarlos a la dirección +de las seis piezas. Aquel día precisamente, desde el principio de la +maniobra, se le confió el mando a Juan: mas con gran sorpresa del +capitán, que tenía a su teniente por un oficial muy instruido, muy capaz +y muy hábil, las cosas salieron todas al revés. Juan indicó dos o tres +movimientos falsos; no supo mantener ni rectificar las distancias; las +piezas se encontraron varias veces en contacto, hasta que el capitán +tuvo que intervenir, dirigiendo a Juan una pequeña reprimenda terminada +por estas palabras:</p> + +<p>—No lo comprendo. ¿Qué tenéis hoy? Es la primera vez que esto os +sucede.</p> + +<p>También era la primera vez que Juan, en el polígono de Souvigny, veía +otra cosa que cañones y trenes, tiros y conductores. En las oleadas de +polvo levantadas por las ruedas y las patas de los caballos, Juan veía, +no la segunda batería montada del 9.º de artillería, sino la imagen +distinta de las dos americanas de ojos negros y cabellos de oro. Y en el +momento en que recibía el merecido sermón de su capitán, Juan se decía:</p> + +<p>—¡La más linda es madama Scott!</p> + +<p>La maniobra se divide todas las mañanas en dos partes, con intervalo de +diez minutos, durante los cuales los oficiales se reúnen a conversar. +Juan se mantuvo separado, solo, con los recuerdos de la víspera. Su +pensamiento lo atraía con obstinación hacia el presbiterio de +Longueval... Sí, la más linda de las dos era madama Scott. Miss Percival +era una criatura. Volvía a ver a madama Scott en la mesa del cura; oía +aquella historia contada con tanta franqueza, tanta naturalidad, y la +armonía algo extraña de su voz particular y penetrante encantaba aún su +oído. Volvía a encontrarse en la iglesia, y ella estaba allí, ante él, +inclinada sobre su reclinatorio con su linda cabeza encerrada en sus dos +pequeñas manos. Luego principiaba a sonar el órgano, y allá en la +sombra, a lo lejos, vagamente, Juan divisaba la elegante y fina silueta +de Bettina.</p> + +<p>¡Una niña, no era más que una niña! Las trompetas llamaron y comenzó de +nuevo la maniobra. Felizmente, esta vez ya no tenía el mando ni la +responsabilidad. Las cuatro baterías ejecutaban evoluciones de conjunto. +Veíase girar en todos sentidos a aquella enorme masa de hombres, +caballos, cañones, ora desplegada en una sola línea de batalla, ora +reunida en un grupo compacto, todo se detenía al mismo tiempo, de un +solo golpe, sobre toda la extensión del polígono. Los conductores +saltaban de sus caballos, corrían a la pieza, la desprendían del tren +delantero que se alejaba al trote, y la disponían a hacer fuego con +sorprendente rapidez. Luego volvían los tiros, los conductores +enganchaban las piezas, montaban con presteza y el regimiento se lanzaba +a gran trote a través de los campos de maniobras.</p> + +<p>Poco a poco, Bettina recobraba la ventaja sobre madama Scott, en el +pensamiento de Juan. Aparecíasele risueña y ruborosa, en medio de las +olas de oro de sus cabellos sueltos. <i>Señor Juan</i>... ella lo había +llamado <i>señor Juan</i>... y nunca su nombre le pareció tan lindo. ¡Y los +últimos apretones de manos al partir, antes de subir al carruaje!... +Miss Percival había estrechado más que madama Scott, un poco más, +seguramente. Habíase quitado los guantes para tocar el órgano, y Juan +sentía aún el contacto de aquella pequeña mano desnuda que vino a +posarse fresca y suave en su gran manaza de artillero.</p> + +<p>—Me engañaba hace un momentose decía Juan,—la más linda es miss +Percival.</p> + +<p>La maniobra había terminado. Las baterías se colocaron una detrás de +otra con cortos intervalos, perfectamente alineadas las piezas, y el +desfile tuvo lugar al gran trote con un ruido atronador y en medio de un +huracán de polvo. Cuando Juan, sable en mano, pasó ante el coronel, las +dos imágenes de las dos hermanas, se reunían, se confundían tan bien en +sus recuerdos, que entraban y desaparecían, por decirlo así, una en la +otra, formando una sola y misma persona. Todo paralelo se hacía +imposible, gracias a esta singular confusión de los dos términos de +comparación.</p> + +<p>Madama Scott y miss Percival permanecieron así inseparables en el +pensamiento de Juan hasta el día en que le fue dado el placer de +volverlas a ver. La impresión de este brusco encuentro no se borró; +persistió muy viva y muy dulce, hasta el punto de sentirse Juan agitado +e inquieto.</p> + +<p>—¿Habré cometido—pensaba,—el desatino de enamorarme locamente a +primera vista? Pero no, uno se enamora de una mujer, y no de dos mujeres +a la vez.</p> + +<p>Esta reflexión lo tranquilizaba. Muy joven era este muchachón de +veinticuatro años. Nunca el amor había penetrado plena, franca y +abiertamente en su corazón. Sólo conocía el amor por las novelas ¡y +había leído tan pocas! No era, sin embargo, un ángel; encontraba bonitas +y graciosas a las muchachas de Souvigny, y cuando le permitían que les +dijera frases amables, las decía con gusto, pero en cuanto a tomar por +amor fantasías pasajeras, que no dejaban en su corazón la más leve o +superficial agitación, nunca lo había pensado.</p> + +<p>Pablo de Lavardens poseía maravillosas facultades de entusiasmo e +idealización. Su corazón alojaba siempre tres o cuatro grandes pasiones +que vivían allí fraternalmente y en buena armonía. Tenía el talento de +encontrar siempre, en esa aldea de quince mil almas, una cantidad de +lindas jóvenes, nacidas para ser adoradas. Perpetuamente creía descubrir +la América cuando no hacía más que volverla a encontrar.</p> + +<p>Juan apenas había entrevisto el mundo. Se había dejado llevar por Pablo, +una docena de veces quizá, a veladas y bailes en los castillos vecinos, +de donde traía siempre una impresión de malestar y fastidio. Y de ahí +dedujo que esos placeres no se hicieron para él.</p> + +<p>Sus gustos eran serios y sencillos; amaba la soledad, el trabajo, los +largos paseos, los grandes espacios, los caballos y los libros. Adoraba +su aldea y todos los viejos testigos de su infancia que le hablaban de +otros tiempos. Una cuadrilla en un salón le causaba invencible terror; +mas todos los años, para la fiesta de Longueval, bailaba de buen grado +con las aldeanas de la comarca.</p> + +<p>Si hubiera visto a madama Scott y miss Percival en su casa de París, en +medio de todos los esplendores del lujo, en todo el brillo de su +elegancia, las habría mirado de lejos, con curiosidad, como preciosos +objetos de arte; luego habría vuelto a su casa y dormido, como de +costumbre, lo más tranquila y apaciblemente del mundo.</p> + +<p>Sí; mas no había sucedido así, y de ahí nacía su asombro, su turbación. +Aquellas dos mujeres se le presentaron, por la más grande casualidad, en +un medio que le era familiar y por lo mismo les fue singularmente +favorable. Sencillas, buenas, francas, cordiales, tales se le mostraron +desde el primer día. Y para colmo, deliciosamente bellas, lo que nunca +está demás. Juan se sintió en el acto bajo la influencia del encanto, y +todavía lo estaba.</p> + +<p>En momentos que él bajaba del caballo a las nueve de la mañana, en el +patio del cuartel, el abate Constantín se ponía alegremente en campaña. +La cabeza del buen anciano ardía desde la víspera; Juan no había dormido +mucho, pero el pobre cura no había dormido nada.</p> + +<p>Muy temprano se levantó, y a puerta cerrada, solo con Paulina, contó y +recontó su dinero, extendiendo sobre la mesa sus cien luises, y gozando +como un avaro en hacerlos sonar. ¡Suyo, todo aquello era suyo! es decir, +de los pobres.</p> + +<p>—No os apuréis tanto, señor cura—decía Paulina;—sed económico; creo +que distribuyendo hoy unos cien francos...</p> + +<p>—No es bastante, Paulina, no es bastante. No tendré otro día como éste +en mi vida, pero lo habré tenido. ¿Sabéis cuánto daré hoy, Paulina?</p> + +<p>—¿Cuánto, señor cura?</p> + +<p>—¡Mil francos!</p> + +<p>—¡Mil francos!</p> + +<p>Sí, ahora somos millonarios; poseemos todos los tesoros de la América, +¿y me pondría a hacer economías? Hoy no, no tengo derecho a ello.</p> + +<p>Dicha la misa, a las nueve, salió y hubo una verdadera lluvia de oro a +su paso.</p> + +<p>Todos tuvieron su parte, los pobres que confesaban su miseria y los que +la ocultaban, yendo cada limosna acompañada del mismo pequeño discurso.</p> + +<p>—Esto proviene de los nuevos dueños de Longueval: dos americanas, +madama Scott y miss Percival. Retened bien sus nombres y rogad por ellas +esta noche.</p> + +<p>Luego, se escapaba, sin esperar las gracias; a través de los campos, a +través de los bosques, de casa en casa, de cabaña en cabaña, andaba, +andaba, andaba... Una especie de embriaguez le subía al cerebro. Por +todos lados en su camino oía gritos de alegría y asombro. Todos aquellos +luises de oro caían como por encanto, en aquellas pobres manos +habituadas a recibir pequeñas monedas de plata. El cura hizo locuras, +verdaderas locuras; se había lanzado, y no podía contenerse. Daba hasta +a aquellos que no pedían nada.</p> + +<p>Encontró a Claudio Rigal, antiguo sargento que dejó un brazo en +Sebastopol, algo agobiado ya y con la cabeza gris, pues el tiempo pasa, +y los soldados de Crimea pronto serán ancianos, y le dijo:</p> + +<p>—Tomad, ahí tenéis veinte francos.</p> + +<p>—¡Veinte francos! pero yo no pido nada, no necesito nada. Tengo mi +pensión.</p> + +<p>¡Su pensión!... ¡setecientos francos al año!</p> + +<p>—Pues bien—respondió el cura,—será para cigarros, pero escuchad bien: +esto viene de América...</p> + +<p>Y comenzaba de nuevo el panegírico de los dueños de Longueval.</p> + +<p>Entró en casa de una buena mujer, cuyo hijo había partido el mes +anterior para Túnez.</p> + +<p>—Y bien, ¿cómo está vuestro hijo?</p> + +<p>—Bueno, señor cura, ayer recibí una carta suya. Está bueno, no se +queja, sólo dice que no hay Kroumirs allá... ¡Pobre muchacho! yo he +hecho algunas economías este mes, y podré enviarle diez francos.</p> + +<p>—Le enviaréis treinta... Tomad...</p> + +<p>—¡Veinte francos! ¡señor cura, me dais veinte francos!</p> + +<p>—Sí, os los doy...</p> + +<p>—¿Para mi hijo?</p> + +<p>—Para vuestro hijo... Pero oídme bien, es preciso que sepáis de dónde +viene esto, y acordaos de decírselo a vuestro hijo cuando le escribáis.</p> + +<p>El cura, por la vigésima vez, repitió su discurso sobre madama Scott y +miss Percival. A las seis volvió a su casa, muerto de fatiga, pero con +la alegría en el corazón.</p> + +<p>—¡Lo he dado todo!—exclamó, apenas divisó a Paulina,—¡todo, todo!</p> + +<p>Comió y se fue al mes de María; mas en el momento en que subía al altar, +el armonium permaneció mudo. Miss Percival no se hallaba ya allí.</p> + +<p>La joven organista de la víspera estaba en aquel momento muy perpleja. +Sobre los dos divanes de su cuarto de vestir, se ostentaban dos +preciosos trajes, uno blanco, y azul el otro. Bettina se preguntaba cuál +de los dos se pondría para ir esa noche a la Opera. Encontraba +deliciosos los dos; pero tenía que elegir, no podía ponerse más que uno. +Después de largas vacilaciones se decidió por el blanco.</p> + +<p>A las nueve y media las dos hermanas subían la gran escalera de la +Opera. Cuando entraron a su palco, el telón se levantaba sobre el +segundo cuadro del segundo acto de <i>Aida</i>, el acto del baile y de la +marcha.</p> + +<p>Dos jóvenes, Rogerio de Puymartin y Luis de Martillet, se hallaban +sentados en primera fila en un palco bajo. Las señoritas del cuerpo de +baile no estaban aún en la escena, y estos señores desocupados se +entretenían en mirar la sala. La aparición de miss Percival causó a los +dos una impresión muy viva.</p> + +<p>—¡Ah, ah!—dijo Puymartin,—ahí está el pequeño lingote de oro.</p> + +<p>Los dos dirigieron sus anteojos sobre Bettina.</p> + +<p>—Está deslumbrador esta noche, el lingote de oro—continuó +Martillet.—Mira, pues, la línea del cuello... los hombros... tan joven +y ya tan mujer.</p> + +<p>—Sí, está preciosa, y alegre también, mira...</p> + +<p>—¡Quince millones, según parece, quince millones de ella sola, y la +mina de plata que continúan explotando!</p> + +<p>—Berulle me dijo veinticinco millones... y Berulle está muy al +corriente de las cosas de América.</p> + +<p>—¡Veinticinco millones! ¡Un buen bocado para Romanelli!</p> + +<p>—¡Cómo! ¿Romanelli?</p> + +<p>—Se corre que se casa con ella, que ya está decidido el matrimonio.</p> + +<p>—Matrimonio decidido, sea; pero con Montessan, no con Romanelli... +¡Ah, al fin principia el baile!</p> + +<p>Cesaron de hablar. El baile de <i>Aida</i> no dura más que cinco minutos y +ellos sólo iban al teatro por esos cinco minutos; de manera que les +importaba gozarlos religiosa y respetuosamente; pues existe esta +particularidad en ciertos abonados a la Opera, que charlan como loros +cuando deberían callar y escuchar, y por el contrario observan un +admirable silencio cuando les sería permitido conversar mirando.</p> + +<p>Las trompetas heroicas de <i>Aida</i> arrojaron su último sonido en honor de +Ramadés, y ante las grandes esfinges, bajo las verdes hojas de las +palmeras, se adelantaban chispeantes las bailarinas a tomar posesión de +la escena.</p> + +<p>Madama Scott, con mucha atención y placer seguía las evoluciones del +baile; pero Bettina se había quedado pensativa al divisar en un palco de +enfrente a un joven alto y moreno. Miss Percival se hablaba a sí misma: +¿Qué hacer? ¿qué decidir? ¿deberé casarme con ese joven que está +enfrente y me mira?... pues es a mí a quien mira... Dentro de un +momento, en el entreacto, vendrá y no tendría más que decirle: «¡Está +bien! he aquí mi mano... Seré vuestra esposa.» ¡Y así lo haría! +¡Princesa, yo sería Princesa, Princesa Romanelli! ¡Princesa Bettina! +¡Bettina Romanelli! Queda bien, suena muy bien al oído: «La señora +Princesa está servida. ¿La señora Princesa montará a caballo hoy?...» +¿Me divertiría siendo Princesa? Sí y no... Entre todos los jóvenes que +desde hace un año en París corren tras mi fortuna, este Príncipe +Romanelli es hasta ahora lo mejor... Preciso será, que uno de estos días +me decida a casarme... Creo que me ama... Sí, ¿pero acaso lo amo? No, no +lo creo... ¡y me gustaría tanto amar!... ¡Oh, sí, me gustaría tanto!...</p> + +<p>A la misma hora en que estas reflexiones cruzaban por la linda cabeza de +Bettina, Juan, solo en su gabinete de estudio, sentado ante el +escritorio con un gran libro bajo la pantalla de la lámpara, repasaba, +tomando notas, la historia de las campañas de Turena. Al día siguiente +debía dar clase a sus subalternos en el regimiento, y con toda prudencia +preparaba su lección.</p> + +<p>Pero de repente, en medio de sus notas: Nördlingen, 1645; las Dunes, +1658; Mülhausen y Türckheim, 1674-1675, vio un croquis... Juan no +dibujaba mal. Un retrato de mujer vino a colocarse por sí solo bajo su +pluma. ¿Qué venía a hacer allí en medio de las victorias de Turena, +aquella buena mujercita? ¿Y cuál de las dos era?... ¿Madama Scott o miss +Percival? ¿Cómo saberlo?... ¡Se parecían tanto! Y Juan, penosa, +trabajosamente, volvía a la historia de las campañas de Turena.</p> + +<p>En el mismo momento también, el abate Constantín, de rodillas ante su +camita de nogal, con todo el fervor de su alma, pedía las gracias del +Cielo para las dos mujeres que le hicieron pasar el día más feliz de su +vida. Rogaba a Dios bendijera a madama Scott en sus hijos, y diera a +miss Percival un marido, según su corazón.</p> + + + +<h3><a name="IV" id="IV"></a>IV</h3> + + +<p>Antes, París pertenecía a los parisienses, y este antes no está muy +lejos de nosotros, treinta o cuarenta años apenas. Los franceses, en +esta época, eran dueños de París, como los ingleses lo son de Londres, +los españoles de Madrid y los rusos de San Petersburgo. Pasaron esos +tiempos. Los otros países tienen aún fronteras, pero la Francia ya no +las tiene. París se ha convertido en una inmensa torre de Babel, una +ciudad internacional y universal. Los extranjeros no sólo vienen a +visitar París, sino también a vivir en él.</p> + +<p>Tenemos ahora en París una colonia rusa, una colonia española, una +colonia levantina, una colonia americana, y estas colonias poseen cada +una sus iglesias, sus banqueros, sus médicos, sus diarios, sus pastores, +sus pobres y sus dentistas. Los extranjeros han conquistado ya sobre +nosotros la mayor parte de los Campos Elíseos y del bulevar Malesherbes; +ellos avanzan, se extienden; nosotros retrocedemos, rechazados por la +invasión, y nos vemos obligados a expatriarnos. Vamos a fundar colonias +parisienses en la llanura de Passy, en la llanura de Monceau, en los +barrios que antes no eran absolutamente París, y que aun hoy no lo son +del todo.</p> + +<p>Entre estas colonias extranjeras, la más numerosa, la más rica, la más +brillante, es la colonia americana. Llega un momento en que el americano +se siente bastante rico; el francés, jamás tiene bastante. El americano +se detiene entonces, respira un poco, y cuidando el capital, no cuenta +ya la renta, pues sabe gastarla; el francés no sabe más que ahorrar.</p> + +<p>El francés sólo tiene un lujo verdadero: sus revoluciones. Prudente y +cautelosamente se reserva para ellas, sabiendo que costarán muy caro a +la Francia, pero al mismo tiempo darán ocasión a muy ventajosos empleos. +El presupuesto de nuestro país es un grande empréstito, perpetuamente +abierto. El francés dice:</p> + +<p>—¡Atesoremos, atesoremos! Una de estas mañanas estallará una revolución +que hará caer el cinco por ciento a cincuenta o sesenta francos, y +entonces compraré. Puesto que las revoluciones son inevitables, +procuremos al menos sacar algún provecho de ellas.</p> + +<p>Sin cesar se habla de la gente arruinada por las revoluciones, y quizá +es mayor el número de las personas enriquecidas por las revoluciones.</p> + +<p>Los americanos sufren fuertemente la atracción de París. No existe en el +mundo otra ciudad en que sea tan agradable y tan fácil gastar el dinero. +Por razones de raza y origen, esta atracción se ejercía sobre madama +Scott y miss Percival de una manera extraordinaria.</p> + +<p>La más francesa de nuestras colonias, es el Canadá, que ya no nos +pertenece. El recuerdo de la primera patria ha subsistido profunda y +dulcemente en el corazón de los emigrados de Quebec y Montreal. Zuzie +Percival recibió de su madre una educación muy francesa, y ella educó a +su hermana en los mismos sentimientos de amor a nuestro país. Las dos +hermanas se sentían enteramente francesas, más aún, parisienses.</p> + +<p>Apenas les cayó encima aquella avalancha de millones, el mismo deseo se +apoderó de las dos: venir a vivir en París. Pidieron la Francia como se +pide la patria. M. Scott opuso alguna resistencia.</p> + +<p>—Si yo no estoy aquí—decía,—y vengo sólo dos o tres meses del año a +América, para vigilar nuestros intereses, las rentas disminuirán.</p> + +<p>—¡Qué importa!—respondía Zuzie,—somos ricos, demasiado ricos... +Partamos, os ruego. ¡Estaremos tan contentas, seremos tan felices allá!</p> + +<p>M. Scott se dejó convencer, y Zuzie, en los primeros días de enero de +1880, escribió la carta siguiente a su amiga Katie Norton, que desde +hacía algunos años habitaba París:</p> + +<p>«¡Victoria, está decidido! Richard consiente. Llegaré en el mes de abril +y volveré a ser francesa. Vos me ofrecisteis encargaros de todos los +preparativos de nuestra instalación en París, y como soy horriblemente +indiscreta, acepto.</p> + +<p>»Quiero, apenas ponga los pies en París, poder gozar de París, y no +perder el primer mes en viajes a casa del tapicero, del carruajero y de +los caballerizos. Desearía, al bajar del tren, encontrar en el patio de +la estación, <i>mi</i> carruaje, <i>mi</i> cochero y <i>mis</i> caballos, y que ese día +nos acompañaseis a comer en <i>mi</i> casa. Alquilad o comprad una casa, +tomad criados, elegid carruajes, caballos, libreas. Confío enteramente +en vos. Que las libreas sean azules, y nada más. Esta línea la agrego a +pedido de Bettina, que por sobre mi hombro lee lo que escribo.</p> + +<p>»Sólo siete criados irán con nosotros a Francia; Richard lleva sus +camareros; Bettina y yo las nuestras; las dos ayas de los niños, y +además dos <i>boys</i>, Toby y Boby, que nos siguen a caballo y montan +perfectamente. Son dos monadas; del mismo alto, la misma figura, y casi +la misma cara; nunca encontraríamos en París dos grooms más iguales.</p> + +<p>»Todo lo demás, cosas y gente, queda en New-York. No, no todo lo demás, +se me olvidaban los cuatro poneys, cuatro joyas, negros como tinta, con +manchas blancas los cuatro en las cuatro patas; no tendríamos valor para +separarnos de ellos. ¡Los atamos a un canasto y quedan preciosos! +Bettina y yo los manejamos muy bien a los cuatro. ¿Puede una señora +manejar, sin gran escándalo, por la mañana temprano, en el Bosque? Aquí +se hace.</p> + +<p>»Sobre todo, mi querida Katie, no os fijéis en el dinero. Haced locuras, +verdaderas locuras, es todo lo que os pido.»</p> + +<p>El día en que madama Norton recibía esta carta, corrió la noticia de la +quiebra de cierto señor Garneville, gran especulador que no había tenido +buen tacto, sintiendo la baja cuando debió sentir la alza. Seis semanas +antes, este Garneville se había instalado en una gran casa toda recién +amueblada, que no tenía más defecto que ser de una magnificencia +demasiado violenta.</p> + +<p>Madama Norton firmó un contrato de alquiler, cien mil francos al año, +con opción a comprar la casa y el mueblaje por dos millones en el primer +año. Un tapicero de gran nombre se encargó de corregir y suavizar el +desmedido lujo de un mueblaje chillón y extravagante.</p> + +<p>Hecho esto, la amiga de madama Scott tuvo la suerte de encontrar, desde +el primer momento dos artistas eminentes, sin los cuales no podría +fundarse ni funcionar una gran casa.</p> + +<p>Primero, un maestro cocinero de primer orden, que acababa de abandonar +una antigua casa del faubourg Saint-Germain, con gran pesar, pues tenía +sentimientos aristocráticos, y le costaba mucho ir a servir a algún +burgués, o a extranjeros.</p> + +<p>—Nunca habría dejado a la señora Baronesa—dijo a madama Norton,—si la +casa hubiera seguido en el mismo pie de lujo; pero la señora Baronesa +tiene cuatro hijos, dos que han hecho locuras, y dos niñas que pronto +serán casaderas, y deberá dotarlas. En fin, la señora Baronesa se ve +obligada a estrecharse, y la casa no es bastante importante para mí.</p> + +<p>Este distinguido funcionario puso sus condiciones, y aunque excesivas, +no asustaron a madama Norton, que sabía se trataba de un hombre de +verdadero mérito; mas él, antes de decidirse, pidió permiso para +telegrafiar a New-York pidiendo informes, y como la respuesta fuera +favorable, aceptó.</p> + +<p>El segundo artista era un picador de rara y grande capacidad, que +acababa de retirarse del servicio después de hecha su fortuna. Sin +embargo, consintió en organizar las caballerizas de madama Scott, con la +expresa condición de tener entera libertad para la adquisición de +caballos, de no usar librea, de elegir a su gusto los cocheros, grooms y +palafreneros; de no tener nunca menos de quince caballos disponibles, de +que no harían ningún trato con el carruajero ni el talabartero sin su +intervención, y que sólo subiría al pescante por la mañana, en traje +particular, para dar lecciones a las señoras o los niños, si fuera +necesario.</p> + +<p>El maestro tomó posesión de sus hornillas y el picador de sus +caballerizas. Lo demás era únicamente cuestión de dinero, y madama +Norton aprovechó sus plenos poderes, conformándose con las instrucciones +recibidas. En el corto espacio de dos meses hizo verdaderos prodigios +para que la instalación de los Scott, fuese completa y absolutamente +irreprochable.</p> + +<p>Y el 15 de abril de 1880, M. Scott, Zuzie y Bettina bajaron del tren del +Havre a las cuatro y media, en la estación Saint-Lazare, y encontraron a +madama Norton, que les dijo:</p> + +<p>—Ahí tenéis vuestra calesa en el patio, y detrás de la calesa está el +landó para los niños, y más allá un ómnibus para los criados, todos con +vuestras iniciales, conducidos por vuestros cocheros y tirados por +vuestros caballos. Vivís en el número 24 de la calle de Murillo, y aquí +tenéis el <i>menú</i> de vuestra comida de hoy. Me invitasteis hace dos +meses, y acepté, tomándome la libertad de traeros unas quince personas +más. Soy la proveedora de todo, hasta de los convidados. Pero +tranquilizaos, a todos los conocéis, son nuestros amigos comunes... y +desde esta noche podremos juzgar de los méritos de vuestro cocinero.</p> + +<p>Madama Norton entregó a madama Scott una linda tarjeta con filete de +oro, que decía: <i>Menu du dîner du 15 Avril 1880</i>, y más abajo: <i>Consommé +à la parisienne, truîtes saumonées à la russe</i>, etcétera.</p> + +<p>El primer parisiense que tuvo el honor y el placer de rendir homenaje a +la belleza de madama Scott y miss Percival, fue un pequeño pinche de +quince años que se encontraba allí, vestido de blanco, con su canasta de +mimbres en la cabeza, en momentos en que el cochero de madama Scott, +molestado por tanto carruaje, salía con dificultad del patio de la +estación. El pinche se paró de golpe en la acera, abrió tamaños ojos, +miró a las dos hermanas con aire de asombro y les lanzó valientemente al +rostro esta simple palabra:</p> + +<p>—¡Cáspita!</p> + +<p>Cuando madama de Récamier vio venir las canas y las arrugas, decía a una +de sus amigas:</p> + +<p>—¡Ah! querida mía, ya no me hago ninguna ilusión; desde el día en que +los pequeños deshollinadores no se volvían en la calle para mirarme, +comprendí que todo había concluido.</p> + +<p>La opinión de los pinches vale, en caso semejante, tanto como la de los +deshollinadores... Todo no había concluido aún para Zuzie y Bettina, por +el contrario, todo empezaba.</p> + +<p>Cinco minutos después, el carruaje de madama Scott subía por el bulevar +Haussmann al trote lento y cadencioso de dos soberbios caballos; París +contaba dos parisienses más.</p> + +<p>El éxito de madama Scott y miss Percival fue inmediato, decisivo, como +un rayo. Las bellezas de París no están clasificadas y catalogadas como +las bellezas de Londres; no hacen publicar sus retratos en los +periódicos ilustrados, ni dejan vender sus fotografías en las +papelerías!... Sin embargo, existe un pequeño estado mayor de una +veintena de mujeres, que representan la gracia, la elegancia y la +belleza parisienses, cuyas mujeres, después de diez o doce años de +servicio, pasan al cuadro de reserva, ni más ni menos que los viejos +generales.</p> + +<p>Zuzie y Bettina formaron en el acto parte de este pequeño estado mayor. +Fue asunto de veinticuatro horas; ni tanto, pues esto sucedió entre las +ocho de la mañana y las doce de la noche, al día siguiente de su llegada +a París.</p> + +<p>Imaginaos una especie de ronda mágica en tres actos y cuyo éxito fuera +creciendo de cuadro en cuadro:</p> + +<p>1.º Paseo a caballo por la mañana, a las diez, en el Bosque, con dos +maravillosos <i>grooms</i> traídos de América;</p> + +<p>2.º Paseo a pie, a las seis, en la avenida de las Acacias;</p> + +<p>3.º Aparición en la Opera, a eso de las diez, en el palco de madama +Norton.</p> + +<p>Las dos extranjeras fueron inmediatamente notadas y apreciadas como +merecían, por las treinta o cuarenta personas que constituyen una +especie de tribunal misterioso, que sentencia a nombre de todo París, y +cuyas sentencias son sin apelación. Estas treinta o cuarenta personas +tienen de tiempo en tiempo el capricho de llamar <i>deliciosa</i> a una mujer +evidentemente fea, y es lo bastante para que desde ese día parezca +<i>deliciosa</i>.</p> + +<p>La belleza de las dos hermanas no era discutible. Por la mañana +admiraron su gracia, elegancia y distinción; a mediodía declararon que +tenían el andar preciso y majestuoso de las jóvenes diosas, y por la +noche, lanzaron un grito unánime sobre la ideal perfección de sus +hombros. La partida había sido ganada. Desde entonces, todo París tuvo +para las dos hermanas los ojos del pequeño pinche de la calle Amsterdam; +todo París repitió su: <i>¡Cáspita!</i> bien entendido, con las variantes y +modificaciones impuestas por los usos de la sociedad.</p> + +<p>Los salones de madama Scott, se hicieron inmediatamente a la moda. Los +visitantes a las tres o cuatro grandes casas americanas se transportaron +en masa a casa de Scott, que recibió trescientas personas en su primer +miércoles. Su círculo aumentó rápidamente; de todo había en su +clientela: americanos, españoles, italianos, húngaros, rusos y hasta +parisienses.</p> + +<p>Cuando contó su historia al abate Constantín, madama Scott no se lo dijo +todo... nunca se cuenta todo. Ella sabía que era preciosa, le gustaba +que la vieran, y no le disgustaba que se lo dijeran... En una palabra, +era coqueta. Sin eso, ¿habría sido parisiense? M. Scott tenía en su +mujer plena confianza y le dejaba entera libertad. El se presentaba poco +en sociedad. Era un <i>galantuomo</i> que se sentía vagamente molestado por +haber hecho un casamiento semejante, por haberse casado con tanto +dinero. Tenía vocación por los negocios, se complacía en consagrarse por +completo a la administración de las dos enormes fortunas que tenía entre +manos, en acrecentarlas sin cesar, y decir todos los años a su mujer y a +su cuñada:</p> + +<p>—Sois más ricas que el año pasado...</p> + +<p>No sólo velaba con mucha prudencia y habilidad sobre los intereses que +había dejado en América, sino que en Francia también se lanzó en grandes +negocios, que llevó a cabo en París como en New-York con el mayor éxito. +Para ganar dinero no hay nada mejor que no tener necesidad de ganarlo.</p> + +<p>Hiciéronle la corte a madama Scott, hiciéronsela enormemente... se la +hicieron en francés, en inglés, en italiano, en español; pues conocía +los cuatro idiomas... esta es otra ventaja que tienen las extranjeras +sobre las parisienses, que generalmente no conocen más que la lengua +materna y no tienen el recurso de las pasiones internacionales.</p> + +<p>Madama Scott no tomó un palo para echar de su casa a aquella gente. Tuvo +a la vez diez, veinte, treinta adoradores; pero ninguno pudo jactarse de +la más mínima preferencia, a todos opuso la misma resistencia amable, +alegre, risueña... Claro era que se divertía en el juego, y no tomaba ni +por un instante la partida a lo serio. Jugaba por placer, por honor, por +amor al arte. M. Scott jamás manifestó la menor inquietud, y tenía +perfecta razón para estar tranquilo... Más aún, gozaba con los triunfos +de su mujer; era feliz al verla contenta. ¡La amaba tanto!... un poco +más que ella a él, quizá.</p> + +<p>En cuanto a Bettina, formose a su alrededor una carrera fantástica, ¡una +ronda infernal! ¡Semejante fortuna! ¡Y semejante belleza! Miss Percival +llegó a París el 15 de abril, y no habían transcurrido quince días, +cuando empezaron a llover los pretendientes. En el curso de este primer +año, Bettina se entretuvo en llevar la cuenta con exactitud; en este +primer año, habría podido, si hubiera querido, casarse treinta y cuatro +veces... ¡Y qué variedad de pretendientes!</p> + +<p>Pidieron su mano para un joven desterrado que, mediante ciertas +eventualidades, podía ser llamado a subir sobre un trono, pequeño, es +verdad, pero que, sin embargo, era un trono.</p> + +<p>Pidieron su mano para un joven Duque, que haría una gran figura en la +Corte, cuando la Francia, y esto era inevitable, reconociera sus errores +y se inclinara ante sus legítimos señores.</p> + +<p>Pidieron su mano para un joven Príncipe que tendría su puesto sobre las +gradas del trono, cuando la Francia, que esto era imprescindible, +reanudara la cadena de las tradiciones napoleónicas.</p> + +<p>Pidieron su mano para un joven diputado republicano, que acababa de +presentarse con mucho brillo en la Cámara, y a quien el porvenir +reservaba los puestos más encumbrados, pues la República estaba ahora +fundada en Francia sobre bases indestructibles.</p> + +<p>Pidieron su mano para un joven español de la más alta categoría, y le +dieron a entender que la fiesta del contrato tendría lugar en el palacio +de una Reina que no vive muy lejos del arco de la Estrella... +Encuéntrase también su dirección en el almanaque Bottín... pues hay +Reinas cuya dirección se halla en el Bottín, entre un notario y un +herborista. Sólo los Reyes de Francia no habitan ya la Francia.</p> + +<p>Pidieron su mano para el hijo de un par de Inglaterra y para el hijo de +un miembro de la Cámara de los señores de Viena; su mano para el hijo +de un banquero de París, y para el hijo de un embajador de Rusia; su +mano para un Conde húngaro, y para un Príncipe italiano... y también +para muchos jóvenes que no eran nada, ni tenían nada, ni nombre, ni +fortuna. Pero Bettina les había concedido una vuelta de vals, y +creyéndose irresistibles, esperaban haber hecho latir su corazón.</p> + +<p>Mas hasta entonces nada había hecho latir aquel corazón, y la respuesta +para todos era la misma:</p> + +<p>—¡No!... ¡no!... ¡Todavía no!... ¡Siempre no!</p> + +<p>Algunos días después de la representación de <i>Aida</i>, las dos hermanas +habían tenido una larga conversación sobre la grave, la eterna cuestión +del matrimonio. Madama Scott pronunció cierto nombre que provocó el +rechazo más neto y más enérgico por parte de miss Percival.</p> + +<p>Y Zuzie, sonriendo, dijo a su hermana:</p> + +<p>—Sin embargo, Bettina, te verás obligada a acabar por casarte.</p> + +<p>—¡Sí, ciertamente!... ¡Pero me disgustaría tanto casarme sin amar! +Paréceme que para resolverme a una cosa semejante, sería preciso que me +viera en peligro inminente de morir solterona... ¡Y no he llegado a ese +extremo todavía!</p> + +<p>—No, todavía no.</p> + +<p>—¡Esperemos, entonces, esperemos!</p> + +<p>—¡Esperemos!... Pero entre tanto pretendiente que anda tras de ti desde +hace un año, hay muchos simpáticos, amables, y es verdaderamente extraño +que ninguno de ellos...</p> + +<p>—¡Ninguno... mi Zuzie, absolutamente ninguno! ¿Por qué no os había de +decir la verdad? ¿Es culpa de ellos? ¿Han sido poco inteligentes? +¿Habrían podido con más habilidad encontrar el camino de mi corazón? ¿O +será culpa mía? ¿Este camino será, quizá, un mal camino escarpado, +rocalloso, inaccesible, y por donde nadie pasará nunca? ¿Seré, tal vez, +una mala criatura, seca, fría y condenada a no amar jamás?</p> + +<p>—No lo creo...</p> + +<p>—Ni yo tampoco. ¡Pero no obstante, hasta ahora esa es mi historia! No, +nunca he sentido nada que se asemeje al amor... Os reís... Y yo adivino +por qué os reís... Pensáis: «Vean, pues, a esta niña que pretende saber +lo que es amar.» Tenéis razón, no lo sé... pero lo imagino, ¿Amar, no es +preferir a todos y a todo, cierta persona?</p> + +<p>—Sí, eso es.</p> + +<p>—¿Es no poder cansarse de oír y ver a esta persona? ¿Es cesar de vivir +cuando ella no está presente, para revivir en el acto que reaparece?</p> + +<p>—¡Oh, oh, es un gran amor ese!</p> + +<p>—¡Pues bien, ese es el amor con que yo sueño!</p> + +<p>—¿Y es ese el amor que no llega?</p> + +<p>—Absolutamente... hasta ahora. Y, sin embargo, existe la persona que +yo prefiero a todos y a todas... ¿Sabéis quién es?</p> + +<p>—No, no lo sé... pero lo imagino...</p> + +<p>—Sí, sois vos, mi querida, y quizá sois vos, mi mala hermana, quien me +hace insensible y cruel hasta el extremo. Os quiero demasiado; con todo +mi corazón. Lo ocupáis todo entero, no hay lugar para nadie más. +¡Preferir a alguien! ¡amar a alguien más que a vos!... jamás lo +conseguiré.</p> + +<p>—¡Oh, sí!...</p> + +<p>—¡Oh, no! Amar de otra manera... tal vez, pero más no. Que no cuente +con eso el señor que espero y no llega.</p> + +<p>—No temáis nada, mi Betty; habrá lugar en vuestro corazón para todos +aquellos a quienes debáis amar, para vuestro marido, para vuestros +hijos, y eso sin que pierda nada vuestra vieja hermana... Es muy +chiquito el corazón, y es muy grande al mismo tiempo.</p> + +<p>Bettina besó con cariño a su hermana; luego quedose con la cabeza +apoyada amorosamente sobre el hombro de Zuzie.</p> + +<p>—Pero si estuvierais cansada de tenerme a vuestro lado, si tuvierais +apuro de veros libre de mí, ¿sabéis lo que haría? Pondría en una +canastilla el nombre de dos de estos señores, y tiraría a la suerte. Hay +dos que, a decir verdad, no me serían absolutamente desagradables.</p> + +<p>—¿Cuáles son?</p> + +<p>—Adivinad...</p> + +<p>—El Príncipe Romanelli...</p> + +<p>—¡Y va uno! ¿El otro?...</p> + +<p>—M. de Montessan...</p> + +<p>—¡Y van dos! Eso es; sí, esos dos serían aceptables, pero nada, nada +más que aceptables, y eso no basta.</p> + +<p>Por eso Bettina esperaba con impaciencia el día de la partida y la +instalación en Longueval. Sentíase fatigada de tantos placeres, de +tantos triunfos, de tantos pedidos matrimoniales. El torbellino +parisiense la había tomado desde su llegada, para no soltarla más. Ni +una hora de alto ni descanso. Sentía la necesidad de entregarse a sí +misma, a solas durante algunos días, por lo menos, de consultarse, +interrogarse a su gusto en la plena tranquilidad y soledad del campo, +pertenecerse, en fin, tener un momento suyo.</p> + +<p>Por eso estaba tan alegre Bettina el 14 de junio, a mediodía, al subir +al tren que debía conducirla a Longueval. Apenas se vio sola en el vagón +con su hermana, exclamó:</p> + +<p>—¡Ah, cuán contenta estoy! Respiremos un poco. ¡Sola con vos durante +diez días, qué suerte! pues los Norton y los Turner no vendrán hasta el +25, ¿no es así?</p> + +<p>—Sí, el 25.</p> + +<p>—Pasaremos nuestra vida a caballo, en carruaje, por los campos y los +bosques. ¡Diez días de libertad! ¡Y durante estos días no se presentará +ningún pretendiente, ni uno solo! ¡Dios mío! todos estos pretendientes +¿de qué estarán enamorados? ¿de mí o de mi dinero? Este es el misterio, +el misterio impenetrable.</p> + +<p>La máquina silbó, el tren se movió lentamente. Una idea extravagante +cruzó por la cabeza de Bettina, inclinose sobre la portezuela y exclamó, +acompañando sus palabras con un pequeño saludo con la mano:</p> + +<p>—¡Adiós, mis pretendientes, adiós!</p> + +<p>Luego se echó bruscamente para atrás, presa de un acceso de risa +nerviosa.</p> + +<p>—¡Ah, Zuzie, Zuzie!</p> + +<p>—¿Qué hay?</p> + +<p>—Un hombre con una bandera roja en la mano... me ha visto... ¡me ha +oído!... ¡Y se ha quedado asombrado!...</p> + +<p>—¡Sois tan poco razonable!</p> + +<p>—Sí, es cierto, por haber gritado así por la portezuela; pero no por +considerarme feliz al pensar que vamos a vivir solas las dos, en +completa libertad.</p> + +<p>—¡Solas! No tan solas como os imagináis. Por lo pronto, hoy recibiremos +dos personas a comer con nosotras.</p> + +<p>—¡Ah! es verdad, pero no me disgusta mucho volver a ver esas dos +personas. Sí, me alegro de que volvamos a ver al viejo cura, y, sobre +todo, al joven oficial...</p> + +<p>—¡Cómo! ¿sobre todo?</p> + +<p>—Seguramente... porque era tan conmovedor lo que el notario de Souvigny +nos contó de él, el otro día, tan noble la acción del artillero cuando +era niño, tan noble, tan noble, que yo buscaré esta noche la ocasión de +decirle lo que pienso, y la encontraré!</p> + +<p>Luego Bettina cambió bruscamente el curso de la conversación.</p> + +<p>—¿Enviaron el telegrama a Edwards ayer para los poneys?</p> + +<p>—Sí; ayer antes de comer...</p> + +<p>—¡Oh! ¿me dejaréis manejarlos hasta el castillo? ¡me alegraré tanto de +poder atravesar la ciudad y hacer una linda entrada al patio del +castillo sin detenerme en la puerta!... decid... ¿querréis, verdad?</p> + +<p>—Sí, sí, convenido, conduciréis los poneys.</p> + +<p>—¡Ah, que buena sois, mi Zuzie!</p> + +<p>Edward era el picador. Había llegado hacía tres días al castillo para la +instalación de las caballerizas y la organización del servicio. Dignose +salir al encuentro de madama Scott y miss Percival, trayendo los cuatro +poneys con el carruaje, y esperaba en el patio de la estación con +numeroso acompañamiento. Puede decirse que todo Souvigny estaba allí. El +paso de los poneys a través de la gran calle de la aldea había causado +efecto; todos los habitantes se habían precipitado fuera de sus casas +preguntándose con avidez:</p> + +<p>—¿Qué es eso; qué es eso?</p> + +<p>Algunas personas pensaban:</p> + +<p>—Un circo ambulante, quizá...</p> + +<p>Pero de todos lados exclamaban:</p> + +<p>—¿Habéis visto qué bien iban? El carruaje y las guarniciones brillaban +como si fueran de oro, y los caballitos con sus rosas blancas a cada +lado de la cabeza.</p> + +<p>La muchedumbre se había aglomerado en el patio de la estación, y allí +supieron que tendrían el honor de asistir a la llegada de las +castellanas de Longueval.</p> + +<p>Hubo cierto desencanto cuando las dos hermanas se presentaron muy +lindas, pero muy sencillas con sus trajes de viaje.</p> + +<p>Aquellas buenas gentes esperaban ver aparecer dos princesas mágicas +vestidas de seda y brocato, cubiertas de rubíes y brillantes. Pero +abrieron tamaños ojos al ver a Bettina dar lentamente la vuelta +alrededor de los cuatro poneys, acariciándolos uno después de otro, +suavemente con la mano, y examinando con aire de suficiencia los +detalles del tiro... No le disgustaba a Bettina, debemos confesarlo, +hacer algún efecto sobre aquella multitud de paisanos azorados.</p> + +<p>Concluida la revista, Bettina, sin mucho apuro, quitose sus largos +guantes de piel de Suecia, reemplazándolos por gruesos guantes de +gamuza, sacados del bolsillo del carruaje. Luego se deslizó sobre el +pescante en el asiento de Edwards, recibiendo de éste las riendas y el +látigo con extrema destreza y sin que los caballos, muy excitados, +tuviesen tiempo de apercibirse del cambio de mano. Madama Scott se sentó +al lado de su hermana. Los poneys pateaban, bailaban, amenazaban +encabritarse.</p> + +<p>—Cuidado, señorita—dijo Edwards;—los poneys están muy briosos hoy.</p> + +<p>—Ya los conozco—respondió Bettina;—no temáis.</p> + +<p>Miss Percival tenía la mano firme y suave a la vez, y muy segura. +Contuvo a los poneys durante algunos instantes, obligándolos a estarse +quietos en su lugar; luego, envolviendo a los delanteros con una doble y +larga ondulación de su látigo, los hizo arrancar de un solo golpe, con +incomparable destreza, y salió magistralmente del patio de la estación, +en medio de un prolongado murmullo de asombro y admiración.</p> + +<p>El trote de los cuatro caballos sonaba sobre las piedras de Souvigny. +Bettina, hasta la salida de la ciudad, les hizo marchar pausadamente, +pero en cuanto vio ante sí dos kilómetros de camino llano, sin subida ni +bajada, dejó los poneys ponerse progresivamente a gran trote... y +llevaban un trote infernal.</p> + +<p>—¡Oh! cuán feliz soy, Zuzie. Podremos trotar y galopar solas por estos +caminos. ¿Queréis manejar, Zuzie? ¡Es tan lindo cuando se les puede +dejar andar! ¡Son tan trotadores y tan buenos! Mirad, tomad las riendas.</p> + +<p>—No, conservadlas, prefiero ver que os divertís.</p> + +<p>—¡Oh! sí, me divierto y bien. Me gusta tanto manejar cuatro caballos, +cuando hay espacio para correr! En París, aun por la mañana, yo no me +atrevía; me miraban demasiado, y eso me molestaba... Pero aquí... +¡nadie!... ¡nadie!... ¡nadie!...</p> + +<p>En el momento en que Bettina, algo embriagada ya con el aire y la +libertad, lanzaba triunfante sus tres: «¡Nadie, nadie, nadie!» apareció +un caballero, que se adelantaba al paso, al encuentro del carruaje.</p> + +<p>Era Pablo de Lavardens, que desde hacía una hora esperaba allí para +tener el gusto de ver pasar a las americanas.</p> + +<p>—Os engañáis—dijo Zuzie a Bettina,—ahí viene alguien.</p> + +<p>—Un paisano. Los paisanos no se cuentan; esos no pedirán mi mano.</p> + +<p>—No tiene nada de paisano, mirad.</p> + +<p>Pablo de Lavardens, al pasar al lado del carruaje, hizo a las dos +hermanas un saludo de la más alta corrección, y que de lejos descubría +al parisiense.</p> + +<p>Los poneys corrían tan ligero, que el encuentro tuvo la rapidez de un +relámpago. Bettina exclamó:</p> + +<p>—¿Quién es ese señor que acaba de saludarnos?</p> + +<p>—Apenas tuve tiempo de verlo, pero me parece que lo conozco.</p> + +<p>—¿Lo conocéis?</p> + +<p>—Y apostaría a que lo he visto este invierno en casa.</p> + +<p>—¡Dios mío! ¿será uno de los treinta y cuatro? Volveremos a empezar +otra vez.</p> + + + +<h3><a name="V" id="V"></a>V</h3> + + +<p>Ese mismo día, a las siete y media, Juan fue a buscar al cura al +presbiterio, y los dos tomaron el camino del castillo.</p> + +<p>Hacía un mes que un verdadero ejército de obreros se había apoderado de +Longueval; las fondas y tabernas del lugar, ganaban una fortuna. +Inmensos carros de mudanza vinieron de París cargados de muebles y +tapices. Cuarenta y ocho horas antes de la llegada de madama Scott, la +señorita Marbeau, directora de correos, y la señora Lormier, la +alcaldesa, se habían deslizado en el castillo, y sus descripciones +enloquecían a todo el pueblo. Los muebles antiguos habían desaparecido; +paseábanse ellas en medio de un verdadero cúmulo de maravillas. ¡Y las +caballerizas, y las cocheras! Un tren especial trajo de París, bajo la +inmediata vigilancia de Edwards, unos diez carruajes, ¡y qué carruajes! +una veintena de caballos, ¡y qué caballos!</p> + +<p>El abate Constantín creía saber lo que era lujo. Comía una vez por año +en casa de su obispo, monseñor Faubert, prelado amable y rico, que +recibía con bastante largueza. Hasta entonces el cura creía que no podía +haber en el mundo nada más suntuoso que el palacio episcopal de +Souvigny, que los castillos de Lavardens y Longueval... Y ahora +comenzaba a comprender, según lo que oía contar de los nuevos +esplendores de Longueval, que el lujo de las grandes casas de hoy, debía +sobrepasar extremadamente al lujo serio y severo de las viejas casas de +antes.</p> + +<p>Apenas el cura y Juan dieron algunos pasos por la avenida del parque que +conducía al castillo:</p> + +<p>—Mira, Juan—dijo el cura,—¡qué cambio! Toda esta parte del parque +estaba abandonada, y hoy todo está enarenado, rastrillado. Ya no me +sentiré aquí en mis dominios como antes. ¡Va a ser demasiado lindo! No +encontraré mi viejo sillón de terciopelo marrón, donde tantas veces me +dormía después de comer. Y si me duermo esta noche, ¿qué será de mí? +Fíjate bien, Juan, si ves que comienzo a cabecear, te acercarás a +tocarme en el hombre por detrás. ¿Me lo prometes?</p> + +<p>—Sí, padrino, os lo prometo.</p> + +<p>Juan sólo prestaba mediana atención al discurso del cura. Sentía una +impaciencia extrema por volver a ver a madama Scott y miss Percival; +pero esta impaciencia iba acompañada de viva inquietud. ¿Las encontraría +en el gran salón de Longueval, como las vio en el pequeño comedor del +presbiterio? Quizá, en lugar de aquellas dos mujeres tan sencillas y +familiares, que se divirtieron tanto en la comida improvisada, y que +desde el primer momento lo acogieron con suma gracia y confianza; quizá +encontraría dos lindas muñecas de salón, elegantes, frías y correctas en +sus maneras. ¿Se borraría su primera impresión, desaparecería? O por el +contrario ¿se haría más suave y más profunda en su corazón?</p> + +<p>Subieron las seis gradas del pórtico y fueron recibidos en el vestíbulo +por dos grandes sirvientes de aire digno e imponente. Este vestíbulo que +antes era una inmensa pieza glacial y desnuda, con sus paredes de +piedra, hallábase ahora cubierto de admirables tapices que representaban +escenas mitológicas. El cura miró apenas estos tapices; pero lo bastante +para notar que las diosas que se paseaban a través del boscaje llevaban +trajes de una simplicidad demasiado antigua.</p> + +<p>Uno de los criados abrió de par en par la puerta del gran salón.</p> + +<p>Allí era donde generalmente se encontraba la vieja Marquesa, a la +derecha de la alta chimenea, y a la izquierda se hallaba el sillón +marrón. ¡Ya no había sillón marrón! Los viejos muebles del imperio, que +constituían el fondo del arreglo del salón, habían sido reemplazados por +unos maravillosos muebles de tapicería de fines del siglo pasado, y una +multitud de pequeños sillones y banquillos de todas formas y colores, se +hallaban esparcidos aquí y allá con una apariencia de desorden que era +el colmo del arte.</p> + +<p>Madama Scott, al ver entrar al cura y a Juan, se levantó a recibirlos:</p> + +<p>—Cuán amables sois—dijo,—señor cura, en haber venido, y vos también, +señor... Me alegro tanto de volver a veros a vosotros mis primeros, mis +únicos amigos en este país.</p> + +<p>Juan respiró. Era la misma mujer.</p> + +<p>—¿Queréis permitirme que os presente a mis hijos?... Harry y Bella, +venid.</p> + +<p>Harry era un precioso muchacho de seis años y Bella una linda niñita de +cinco; ambos tenían los grandes ojos negros de la madre y sus dorados +cabellos.</p> + +<p>Después que el cura besó a los dos niños, Harry, que miraba con +admiración el uniforme de Juan, preguntó:</p> + +<p>—¿Y al militar debemos besarle también, mamá?</p> + +<p>—Si queréis—respondió ella,—y si él consiente.</p> + +<p>Un minuto después los dos niños estaban instalados en las rodillas de +Juan y lo abrumaban a preguntas.</p> + +<p>—¿Sois oficial?</p> + +<p>—Sí, soy oficial.</p> + +<p>—¿De qué?</p> + +<p>—De artillería.</p> + +<p>—¿Los artilleros, son los que manejan el cañón? ¡Oh, cómo me gustaría +oír tirar un cañonazo y estar muy cerca de allí!</p> + +<p>¿Nos llevaréis un día cuando tiren cañonazos, no es verdad?</p> + +<p>Durante este tiempo, madama Scott conversaba con el cura, y Juan, +mientras respondía a las preguntas de los niños, no dejaba de mirarla. +Llevaba un traje de muselina blanca, pero ésta desaparecía bajo una +verdadera avalancha de voladitos de valencianas. La bata estaba abierta +en cuadro por delante. Los brazos desnudos hasta el codo; un gran ramo +de rosas rojas en la abertura de la bata, una rosa prendida en los +cabellos con un alfiler de brillantes y nada más.</p> + +<p>Madama Scott notó, de repente, que Juan estaba militarmente ocupado por +sus dos hijos.</p> + +<p>—¡Oh, señor, os pido mil perdones! Harry, Bella...</p> + +<p>—Dejadlos, señora, os lo ruego.</p> + +<p>—¡Estoy sumamente contrariada, por haceros comer tan tarde! Mi hermana +no ha bajado aún. ¡Ah! ya viene.</p> + +<p>Bettina hizo su entrada con el mismo vestido de muselina blanca y el +mismo grupo de encajes, la misma belleza y la misma acogida amable, +risueña, franca.</p> + +<p>—Servidora de usted, señor cura. ¿Me habéis perdonado mi horrible +indiscreción del otro día?</p> + +<p>Luego, volviéndose hacia Juan y tendiéndole la mano:</p> + +<p>—¿Cómo estáis, señor... señor... ¡bueno!... ya no me acuerdo de vuestro +nombre, y, sin embargo, me parece que somos amigos antiguos... +¿señor?...</p> + +<p>—Juan Reynaud.</p> + +<p>—Juan Reynaud... eso es. ¡Buenas tardes, señor Reynaud! Pero lealmente +os prevengo que cuando en realidad seamos antiguos amigos, os llamaré +señor Juan. Es un nombre muy lindo Juan.</p> + +<p>Anunciaron la comida. El aya vino a buscar a los niños; madama Scott +tomó el brazo del cura; Bettina el de Juan... Hasta el momento de la +aparición de Bettina, Juan se había dicho: «¡La más linda es madama +Scott!» Cuando vio la pequeña mano de Bettina deslizarse bajo su brazo, +y cuando ella volvió su delicioso rostro hacia él, pensó: «¡La más linda +es miss Percival!» Mas pronto volvió a caer en su indecisión cuando se +halló sentado entre las dos hermanas. Si miraba hacia la derecha, de ese +lado sentíase amenazado de enamorarse... y si miraba a la izquierda, el +peligro cambiaba en el acto pasando a la izquierda.</p> + +<p>La conversación comenzó fácil, animada, franca. Las dos hermanas estaban +contentas. Ya habían dado un paseo a pie por el parque. Y al día +siguiente pensaban hacer un gran paseo a caballo por el bosque. ¡Montar +a caballo era su pasión, su locura! Y era la pasión de Juan también, +tanto, que al cabo de un cuarto de hora le rogaban que fuera de la +partida para el día siguiente, y él aceptaba con alegría. Nadie conocía +mejor que él los alrededores: era su tierra. Se consideraba feliz +pudiendo hacerle los honores y mostrarles una multitud de parajes +preciosos, que sin él nunca habrían descubierto.</p> + +<p>—¿Todos los días montáis a caballo?—preguntó Bettina.</p> + +<p>—Todos los días, y generalmente dos veces. Por la mañana para el +servicio y en la tarde por paseo.</p> + +<p>—¿Muy temprano por la mañana?</p> + +<p>—A las cinco y media.</p> + +<p>—¿A las cinco y media todas las mañanas?</p> + +<p>—Sí, excepto el domingo.</p> + +<p>—¿Entonces os levantáis?...</p> + +<p>—A las cuatro y media.</p> + +<p>—¿Y es de día?</p> + +<p>—¡Oh! en este tiempo sí.</p> + +<p>—Levantarse así, a las cuatro y media, ¡es admirable! Nosotros +terminamos nuestra jornada muchas veces a la hora en que vos la +comenzáis. ¿Y os gusta vuestra carrera?</p> + +<p>—Mucho, señorita. ¡Es tan lindo tener su existencia recta ante sí, con +sus deberes bien claros y bien definidos!</p> + +<p>—Sin embargo—observó madama Scott,—¡no ser dueño de sí, tener siempre +que obedecer!...</p> + +<p>—Eso tal vez es lo que más me agrada. No hay nada más fácil que +obedecer, y, además, aprender a obedecer es aprender a mandar.</p> + +<p>—¡Oh, cuán cierto debe ser lo que decís!</p> + +<p>—Sí, sin duda, pero lo que no os dice es que él es el oficial más +distinguido de su regimiento, y que...</p> + +<p>—¡Padrino, por Dios!</p> + +<p>El cura, a pesar de la resistencia de Juan, iba a lanzarse en el +panegírico de su ahijado, cuando Bettina intervino, diciendo:</p> + +<p>—Es inútil, señor cura; no digáis nada... todo lo que podríais decir, +lo sabemos. Hemos cometido la indiscreción de tomar informes sobre el +señor... ¡oh! casi dije el señor Juan... sobre el señor Reynaud. ¡Y nos +los han dado admirables!</p> + +<p>—Tendría curiosidad de saber...—dijo Juan.</p> + +<p>—Nada, nada; no sabréis nada. No quiero haceros ruborizar, y os veríais +obligado a ruborizaros.</p> + +<p>Luego, volviéndose hacia el cura, agregó:</p> + +<p>—Y sobre vos también, señor cura, hemos pedido datos. Parece que sois +un santo...</p> + +<p>—¡Oh! eso sí que es bien cierto—exclamó Juan.</p> + +<p>Esta vez fue el cura quien interrumpió la elocuencia de Juan. La comida +iba a concluir, comida que para el cura había pasado en medio de +terribles emociones. Muchas veces le habían presentado construcciones +sabias y complicadas, sobre las que apenas acercaba una mano temblorosa, +pues temía ver derrumbarse todo de un golpe: los castillos movedizos de +gelatina, las pirámides de trufas, las fortalezas de crema, los +baluartes de pastelería, las rocas de helados. El abate Constantín, sin +embargo, comió con buen apetito, y no retrocedió ante dos o tres copas +de champagne. No odiaba la buena mesa. La perfección no pertenece a este +mundo, y si la gula es, como lo dicen, un pecado capital, cuántas buenas +gentes irían al infierno.</p> + +<p>El café lo sirvieron sobre el terrado del castillo. A lo lejos se oía el +sonido algo cascado del viejo reloj de la aldea que daba las nueve. El +parque no conservaba ya más que líneas ondulantes e indecisas. La luna +aparecía lentamente sobre las copas de los grandes árboles.</p> + +<p>Bettina tomó de sobre la mesa una caja de cigarros.</p> + +<p>—¿Fumáis?—preguntó a Juan.</p> + +<p>—Sí, señorita.</p> + +<p>—Tomad, entonces, señor Juan... Tanto peor, ya lo dije. Tomad... pero +no, escuchad primero.</p> + +<p>Y hablando a media voz mientras le presentaba la caja de cigarros:</p> + +<p>—Ahora está obscuro, podréis ruborizaros sin ser visto. Voy a deciros +lo que no quise en la mesa. Un antiguo notario de Souvigny, que fue +vuestro tutor, ha ido a ver a mi hermana, en París, para el pago del +castillo, y nos contó lo que habíais hecho después de muerto vuestro +padre, cuando erais aún muy niño, por aquella pobre madre, y por la +pobre joven. Mucho nos conmovió vuestra acción a mi hermana y a mí.</p> + +<p>—Sí, señor—continuó madama Scott,—y por esto hemos tenido tanto gusto +en recibiros hoy. No a todos habríamos dispensado la misma acogida, os +lo aseguro. Ahora bien, podéis ya tomar vuestro cigarro; mi hermana +espera desde hace rato.</p> + +<p>Juan no halló una palabra para responder. Bettina estaba allí, plantada +ante él, con la caja de cigarros en las dos manos, y los ojos fijos con +toda franqueza en el rostro de Juan; gozando del placer muy real y muy +vivo que puede traducirse por estas palabras:</p> + +<p>—Me parece que estoy mirando a un buen muchacho.</p> + +<p>—Ahora sentémonos aquí—dijo madama Scott,—ante esta preciosa noche... +tomad vuestro café... fumad.</p> + +<p>—Y no hablemos, Zuzie, no hablemos. Este gran silencio del campo, +después del inmenso bullicio de París, ¡es adorable! Quedémonos ahí, sin +decir nada. Miremos el cielo, la luna y las estrellas.</p> + +<p>Los cuatro, con sumo placer, ejecutaron este pequeño programa. Zuzie y +Bettina, tranquilas, en calma, en absoluto olvido de su existencia de la +víspera, tomándole cariño ya a esa comarca que acababa de recibirlas y +las conservaría por algún tiempo.</p> + +<p>Juan no se hallaba tan tranquilo; las palabras de miss Percival le +habían causado una profunda emoción; su corazón no recobraba aún su +marcha regular.</p> + +<p>Pero de todos, el más feliz era el abate Constantín. Había gozado con +delicia el pequeño incidente que puso la modestia de Juan a tan ruda +como grata prueba. ¡El abate quería tanto a su ahijado! El más tierno de +los padres no amó nunca tanto al más querido de sus hijos. Cuando el +anciano cura miraba al joven oficial, muchas veces se decía:</p> + +<p>—El Cielo me ha colmado de bendiciones: soy sacerdote y tengo un hijo.</p> + +<p>El abate se perdió en una meditación muy agradable; se encontraba como +en su casa, demasiado en su casa; sus ideas se confundían y embrollaban +poco a poco. La meditación volviose pesadez, y la pesadez somnolencia; +pronto el desastre fue completo, irreparable. El cura se durmió; se +durmió profundamente. La maravillosa comida y las dos o tres copas de +champagne, tenían, en parte la culpa de esta catástrofe.</p> + +<p>Juan no había notado nada. Olvidó la promesa hecha a su padrino ¿Y por +qué la olvidó? Porque a madama Scott y miss Percival se les ocurrió +poner los pies sobre los taburetes del jardín, colocados ante los +grandes sillones de mimbre cubiertos de almohadones. Luego se recostaron +perezosamente en los sillones, y sus vestidos de muselina se levantaron +un poco, muy poco, pero lo bastante, sin embargo, para dejar ver cuatro +piececitos, cuyas líneas se destacaban claras y distintas bajo dos +lindas cascadas de encajes blancos iluminados por la luna. Juan miraba +aquellos pies y se preguntaba:</p> + +<p>—¿Cuáles son los más pequeños?</p> + +<p>Mientras procuraba resolver este problema, Bettina, de repente, le dijo +a media voz:</p> + +<p>—¡Señor Juan, señor Juan!</p> + +<p>—¿Señorita?</p> + +<p>—Mirad al señor cura, se ha dormido.</p> + +<p>—¡Oh, Dios mío! yo tengo la culpa.</p> + +<p>—¡Cómo! ¿vos tenéis la culpa?—preguntó madama Scott, en voz baja +también.</p> + +<p>—Sí... mi padrino se levanta al alba y se acuesta muy temprano; me +recomendó mucho que no le dejara dormir. Frecuentemente, en casa de +madama de Longueval, después de comer, dormitaba un poco. Vosotras le +habéis acogido con tanta bondad, que ha recobrado su antigua costumbre.</p> + +<p>—Y ha hecho muy bien—dijo Bettina.—No hagamos ruido, no le +despertemos.</p> + +<p>—Sois demasiado buena, señorita; pero la noche está muy fresca.</p> + +<p>—¡Ah! es verdad, podría resfriarse. Esperad, voy a buscar un tapado.</p> + +<p>—Creo, señorita, que mejor sería procurar despertarlo discretamente +para que no comprenda que lo habéis visto dormir.</p> + +<p>—Dejadme hacer—dijo Bettina.—Zuzie, cantemos algo, juntas, a media +voz primero, luego la elevaremos poco a poco... Cantemos.</p> + +<p>—Bueno; pero ¿qué cantamos?</p> + +<p>—Cantemos: <i>Something childish</i>... La letra es de circunstancia.</p> + +<p>Las dos hermanas comenzaron a cantar:</p> + +<p class="poem"> +<span style="margin-left: 2em;"><i>If I had but two little wings</i></span><br /> +<span style="margin-left: 2em;"><i>And were a little feathery bird, etc.</i></span><br /> +</p> + +<p>Sus voces suaves y penetrantes tenían en aquel profundo silencio una +exquisita sonoridad. El abate no oía nada, ni se movía. Encantado con +este pequeño concierto, Juan se decía:</p> + +<p>—¡Con tal que mi padrino no se despierte pronto!</p> + +<p>Las voces seguían más claras y más altas:</p> + +<p class="poem"> +<span style="margin-left: 2em;"><i>But in my sleep to you I fly:</i></span><br /> +<span style="margin-left: 2em;"><i>I am always with you in my sleep! etc.</i></span><br /> +</p> + +<p>Y el abate continuaba inmóvil.</p> + +<p>—¡Cómo duerme!... es un crimen despertarlo.</p> + +<p>—¡Es preciso!... ¡Más alto, Zuzie, más alto!</p> + +<p>Zuzie y Bettina dejaron estallar libremente sus voces:</p> + +<p class="poem"> +<span style="margin-left: 2em;"><i>Sleep stays not, though a monarch bids;</i></span><br /> +<span style="margin-left: 2em;"><i>So I love to wake ere break of day; etc.</i></span><br /> +</p> + +<p>El cura despertó sobresaltado. Después de un corto momento de inquietud, +respiró... nadie, evidentemente nadie, había notado que él dormía. +Enderezose, estirose prudente y lentamente... ¡Se había salvado!...</p> + +<p>Un cuarto de hora más tarde, las dos hermanas acompañaban al cura y a +Juan hasta la pequeña puerta del parque, que daba a la aldea, a un +centenar de pasos del presbiterio. Llegaban a esta puerta, cuando +Bettina dijo a Juan, de repente:</p> + +<p>—¡Ah, señor! hace tres horas que tengo una pregunta que haceros. Esta +mañana, de llegada, encontramos en el camino a un joven alto, delgado, +de bigotes rubios; montaba un caballo negro y nos saludó al pasar.</p> + +<p>—Es Pablo de Lavardens, un amigo mío. Ya ha tenido el honor de seros +presentado, pero algo ligeramente; por eso toda su ambición es que os lo +vuelvan a presentar.</p> + +<p>—¡Pues bien! traedlo uno de estos días—dijo madama Scott.</p> + +<p>—Después del 15—exclamó Bettina.—¡Antes no, antes no! Nadie hasta +entonces, no queremos ver a nadie, excepto a vos, señor Juan... pero +vos, es extraordinario, no sé cómo sucede esto; pero vos no sois nadie +para nosotras... El cumplimiento no está muy bien hecho; mas fijaos bien +y veréis que es un cumplimiento; tengo la intención de ser excesivamente +amable con vos al hablar así.</p> + +<p>—Y lo sois, señorita.</p> + +<p>—Tanto mejor, si he tenido la felicidad de hacerme comprender bien. +Hasta la vista, señor Juan, hasta mañana.</p> + +<p>Madama Scott y miss Percival tomaron pausadamente el camino del +castillo.</p> + +<p>—Y ahora, Zuzie, reñidme bien fuerte... Lo espero... Y lo he +merecido...</p> + +<p>—Reñiros, ¿por qué?</p> + +<p>—Diréis, sin duda, estoy segura, que he demostrado mucha familiaridad a +ese joven.</p> + +<p>—No, no os diré eso... Ese joven, desde el primer día, me hizo la mejor +impresión, y me inspira una confianza absoluta.</p> + +<p>—Y a mí también.</p> + +<p>—Persuadida estoy de que haremos bien en aplicarnos las dos a +conquistar su amistad.</p> + +<p>—De todo corazón, por mi parte, tanto más, Zuzie, cuanto que he visto +ya muchos jóvenes desde que vivimos en Francia... ¡oh, sí, +muchísimos!... pues bien, este es el primero, positivamente el primero, +en cuyos ojos no he leído con claridad esta frase: «¡Señor, Dios, cuán +contento estaría yo si pudiera casarme con los millones de esta +personita!» Esto estaba escrito claramente en los ojos de todos los +demás, y no en los de él. Bueno, ya estamos en casa. Buenas noches, +Zuzie, hasta mañana.</p> + +<p>Madama Scott fue a ver a sus hijos, y a besarlos dormidos.</p> + +<p>Bettina permaneció largo tiempo de codos en el balcón.</p> + +<p>—Me parece—se decía,—que voy a tomar cariño a esta aldea.</p> + + + +<h3><a name="VI" id="VI"></a>VI</h3> + + +<p>Al día siguiente, por la mañana, a la vuelta del ejercicio, Pablo de +Lavardens esperaba a Juan en el patio del cuartel. Apenas le dio tiempo +para bajar del caballo, y cuando estuvieron solos:</p> + +<p>—Cuenta—le dijo,—pronto, cuenta tu comida de ayer. Las vi por la +mañana. La menor manejaba cuatro poneys negros, ¡con un desenfado! Las +saludé... ¿Has hablado de mí? ¿Me conocieron? ¿Cuándo me llevas a +Longueval? ¡Pero responde, pues, respóndeme!</p> + +<p>—¡Responder, responder! ¿A qué pregunta, primero?</p> + +<p>—A la última.</p> + +<p>—¿Cuándo te llevo a Longueval?</p> + +<p>—Sí.</p> + +<p>—Dentro de diez días. No quieren ver a nadie, por el momento.</p> + +<p>—¿Entonces, no volverás a Longueval antes de diez días?</p> + +<p>—¡Oh! iré hoy a las cuatro. ¡Pero yo no soy nadie! ¡Juan Reynaud, el +ahijado del cura! Por eso he penetrado con tanta facilidad en la +confianza de estas dos preciosas mujeres; me presenté bajo el patronato +y con la garantía de la iglesia. Y a más descubrieron que yo podía +prestar pequeños servicios; conozco muy bien los caminos, y van a +utilizarme como guía. En fin, yo no soy nadie, mientras que tú, Conde +Pablo de Lavardens, tú eres alguien. Así, no temas nada, llegará tu +turno con los bailes y las fiestas cuando sea preciso brillar, cuando +se necesite bailar. Tú resplandecerás entonces con todo tu fulgor, y yo +volveré muy humildemente a mi obscuridad.</p> + +<p>—Búrlate de mí cuanto quieras. Por eso no es menos cierto que durante +estos diez días tomarás una ventaja... ¡una gran ventaja sobre mí!</p> + +<p>—¿Cómo una ventaja?</p> + +<p>—Vamos, Juan, acaso quieres hacerme creer que no estás todavía +enamorado de una de estas dos mujeres. ¿Es posible? ¡tanta belleza, +tanto lujo! ¡Oh... el lujo quizá más que la belleza! El lujo en ese +grado me aturde, me trastorna. Los cuatro poneys negros con sus cucardas +de rosas blancas me han hecho soñar esta noche. Y la joven... Bettina... +¿no es así?</p> + +<p>—Sí, Bettina.</p> + +<p>—¿Bettina?... ¿Condesa Bettina de Lavardens? ¿No te parece muy bonito? +Y qué marido tan perfecto tendría en mí. ¡Ser el marido de una mujer +locamente rica, esa es mi ambición! ¡No es tan fácil como se supone! Es +preciso saber ser rico, y yo tendré esa ciencia. Ya he hecho la prueba; +he comido ya bastante dinero ¡y si mamá no me hubiera detenido!... pero +estoy pronto para volver a empezar. ¡Ah, cuán feliz sería conmigo! Le +haría pasar una existencia de princesa encantada... En su lujo vería el +gusto, el arte y la ciencia de su marido. Pasaría mi vida en componerla, +engalanarla, emperifollarla y pasearla triunfante a través del mundo. +Estudiaría su belleza para ponerla bien en el cuadro que le +conviniera!... «Si él no estuviera ahí, se diría ella, yo sería menos +linda.» No sólo sabría amarla, sino también divertirla. ¡Tendría amor y +placeres en cambio de su dinero!... Vamos, Juan, un buen movimiento, +llévame hoy a casa de madama Scott.</p> + +<p>—No puedo, te lo aseguro.</p> + +<p>—¡Bueno! dentro de diez días solamente, pero te advierto que entonces +me instalo en Longueval para no salir más de allí. En primer lugar, con +esto daré gusto a mamá, que aunque todavía está un poco fastidiada con +las americanas, y dice que buscará medio de no encontrarlas nunca, ¡yo +la conozco bien a mamá! Y sé que la noche que le diga al volver: Mamá, +he ganado el corazón de una preciosa persona, cuyo mayor defecto es +poseer un capital de unos veinte millones y una renta de dos o tres +millones... Se exagera siempre que se habla de centenares de millones: +para mí yo sabré las verdaderas cifras, y eso me basta... Esa noche, +mamá se quedará encantada, porque en resumidas cuentas, ¿qué desea ella +para mí? Lo que todas las buenas madres desean para sus hijos, sobre +todo cuando sus hijos han hecho locuras... un rico casamiento o una +buena amistad. En Longueval encuentro las dos combinaciones, y +aprovecharé una u otra. Dentro de diez días me harás el gusto de +prevenirme, de hacerme saber cuál de las dos me abandonas: madama Scott +o miss Percival.</p> + +<p>—¡Estás loco! No pienso ni pensaré nunca...</p> + +<p>—Oye, Juan, tú eres la prudencia y la razón encarnadas, en eso estoy +conforme; pero por más que digas y hagas... Escucha, y acuérdate de +esto, Juan; de esa casa saldrás enamorado.</p> + +<p>—No lo creo—respondió Juan, riendo.</p> + +<p>—Y yo estoy seguro de lo que digo... ¡Hasta la vista! Te dejo en tus +asuntos.</p> + +<p>Aquella mañana Juan hablaba sinceramente: había dormido muy bien la +noche anterior. Su segunda entrevista con las dos hermanas disipó, como +por encanto, la ligera turbación que agitó su alma en el primer +encuentro. Preparábase a volver a verlas con mucho placer, pero con toda +tranquilidad. Había demasiado dinero en aquella casa, para que pudiera +caber el amor de un pobre diablo como él.</p> + +<p>La amistad era otra cosa. De todo corazón deseaba, y con todas sus +fuerzas iba a procurar conquistar la estimación y tranquilo afecto de +las dos mujeres. Trataría de no ver demasiado la belleza de Zuzie y +Bettina; trataría de no perderse, como lo hizo la víspera, en la +contemplación de los cuatro piececitos colocados sobre los dos taburetes +del jardín. Le dijeron con toda franqueza y cordialidad: «Seréis nuestro +amigo.» ¡Era lo que él deseaba! ¡Ser su amigo! Y lo sería.</p> + +<p>Durante los diez días siguientes todo conspiró para el éxito de esta +empresa. Zuzie, Bettina, el abate y Juan vivieron con la misma vida, en +la más estrecha y confiada intimidad. Las dos hermanas hacían por la +mañana largos paseos en carruaje con el cura, y por la tarde grandes +excursiones con Juan, a caballo.</p> + +<p>Juan no analizaba sus sentimientos; no se preguntaba si iba a inclinarse +a la derecha o a la izquierda. Sentía por ambas la misma abnegación, +idéntico afecto, y era completamente feliz, estaba completamente +tranquilo. Luego no estaba enamorado, pues el amor y la tranquilidad +rara vez hacen buenas migas en un mismo corazón.</p> + +<p>No obstante, Juan veía con cierta inquietud y tristeza acercarse el día +que traería a Longueval a los Turner, los Norton y toda la colonia +americana. Ese día llegó muy pronto.</p> + +<p>El viernes 24 de junio, a las cuatro de la tarde, cuando Juan vino al +castillo, Bettina lo recibió muy triste.</p> + +<p>—¡Qué contratiempo! mi hermana está indispuesta, un poco de jaqueca, no +es nada; mañana estará bien; pero hoy no me atrevo a salir sola con vos. +Allá, en América, me animaría; pero aquí no, ¿no es verdad?</p> + +<p>—Seguramente—respondió Juan.</p> + +<p>—Me veo obligada a despediros, y lo siento mucho.</p> + +<p>—Yo también siento irme y perder esta última tarde que creía poder +pasar con vos. ¡Pero ya que es preciso!... mañana volveré a saber de +vuestra hermana.</p> + +<p>—Ella misma os recibirá. Os repito que no es nada lo que tiene. Pero no +os escapéis tan pronto, os ruego; concededme siquiera un cuarto de hora +de conversación. Tengo que hablaros. Sentaos ahí y escuchadme. Teníamos +intención, mi hermana y yo, de bloquearos esta noche después de comer, +en un rincón del salón, y entonces mi hermana tomaría la palabra para +deciros lo que voy a tratar de expresaros a nombre de las dos. Pero +estoy algo conmovida... No os riáis, que es muy serio. Queríamos +agradeceros las dos, porque desde nuestra llegada os habéis mostrado tan +amable, tan bueno, tan cariñoso, tan...</p> + +<p>—¡Por Dios! señorita, yo soy quien debe agradecer...</p> + +<p>—¡Oh! no me interrumpáis... vais a enredarme, y no sabré salir del +paso. Además, sostengo que nosotras debemos agradeceros a vos; pues +llegamos aquí como dos extranjeras, y en el acto tuvimos el placer de +encontrar amigos, sí, amigos. Vos nos habéis llevado de la mano a casa +de nuestros inquilinos, de nuestros guardabosques; en tanto que vuestro +padrino nos llevaba a casa de sus pobres. Y por todas partes os querían +tanto, que en seguida, con confianza comenzaron a querernos un poco por +vuestra recomendación... ¿Sabéis que os adoran en toda la comarca?</p> + +<p>—Aquí he nacido. Todas estas buenas gentes me conocen desde mi +infancia, y me agradecen los servicios que mi padre y mi abuelo les +prestaron. Además, soy de su raza, de la raza de los paisanos. Mi +bisabuelo era agricultor en Bargecout, una aldea a dos leguas de aquí.</p> + +<p>—¡Oh, oh! ¡parecéis estar orgulloso de ello!</p> + +<p>—Ni orgulloso ni humillado.</p> + +<p>—Dispensad, pero habéis tenido un pequeño movimiento de orgullo. Pues +bien, yo os responderé que mi bisabuelo también era agricultor en +Bretaña, y se trasladó al Canadá a fines del siglo pasado, cuando el +Canadá era aún francés... Y ¿queréis mucho la aldea en que habéis +nacido?</p> + +<p>—Mucho, y pronto me veré obligado a abandonarla.</p> + +<p>—¿Por qué?</p> + +<p>—Si obtengo un ascenso, me enviarán a otro regimiento, y me pasaré de +guarnición en guarnición... pero cuando sea un viejo comandante o un +viejo coronel retirado del servicio, vendré a vivir y morir aquí, en la +casita de mi padre.</p> + +<p>—¿Siempre solo?</p> + +<p>—¿Por qué solo? Espero que no.</p> + +<p>—¿Tendréis intención de casaros?</p> + +<p>—Seguramente sí.</p> + +<p>—¿Y buscáis con quién casaros?</p> + +<p>—No. Puede uno pensar en casarse, pero no debe buscar con quién +casarse.</p> + +<p>—Sin embargo, hay gente que busca... sí, os lo aseguro; sin ir más +lejos, a vos os han buscado para casaros.</p> + +<p>—¿Cómo sabéis?</p> + +<p>—¡Ah! ¡Conozco tan bien vuestra historia! sois lo que se llama <i>un buen +partido</i>, y lo repito han querido casaros.</p> + +<p>—¿Quién os lo ha dicho?</p> + +<p>—El señor cura.</p> + +<p>—Mi padrino ha hecho mal—dijo Juan, con cierta vivacidad.</p> + +<p>—No, no; no ha hecho mal. Si hay algún culpable soy yo, y culpable por +caridad, no por curiosidad, os lo juro. Descubrí que vuestro padrino +nunca estaba tan contento como cuando hablaba de vos; entonces, por la +mañana, en nuestros paseos, cuando estoy sola con él, para darle gusto, +le hablo de vos, y él me cuenta vuestra historia. Estáis bien de +fortuna, estáis muy bien. Recibís del Gobierno doscientos trece francos +y algunos céntimos al mes. ¿No es así?</p> + +<p>—Sí—dijo Juan, decidido a no enojarse por las indiscreciones del cura.</p> + +<p>—Tenéis ocho mil francos de renta.</p> + +<p>—Más o menos, no completos.</p> + +<p>—Agregad a esto vuestra casa, que valdrá unos treinta mil francos. En +fin, tenéis una excelente posición, y ya han pedido vuestra mano.</p> + +<p>—¿Pedido mi mano?... ¡No, no!</p> + +<p>—¡Sí, sí, dos veces! y vos habéis rehusado dos buenos casamientos, o +dos lindas dotes, si lo preferís. ¡Para tanta gente es la misma cosa! +Doscientos mil francos por un lado, trescientos mil por otro. ¡Según +parece es una suma enorme para la aldea, y vos la rehusasteis! Decidme +¿por qué? ¡Si supierais la curiosidad que tengo de saberlo!</p> + +<p>—Se trataba de dos preciosas jóvenes...</p> + +<p>—Convenido, eso se dice siempre.</p> + +<p>—Pero a las que apenas conocía. Me obligaron, pues yo me resistía, me +obligaron a conversar con ellas dos o tres noches el invierno pasado.</p> + +<p>—¿Y entonces?</p> + +<p>—Entonces... no sé cómo explicároslo, no experimenté ningún sentimiento +de emoción, inquietud, turbación.</p> + +<p>—En fin—dijo resueltamente Bettina,—ni la menor sombra de amor...</p> + +<p>—No, ni la más mínima. Y volví con toda calma a mi cuartujo de soltero; +pues pienso que vale más no casarse, que casarse sin amar. Esa es mi +opinión.</p> + +<p>—Y también la mía.</p> + +<p>Ella lo miraba; él la miraba. Y de pronto, con gran sorpresa de ambos, +no encontraron nada que decirse, absolutamente nada.</p> + +<p>Felizmente en ese instante, Harry y Bella se precipitaron al salón dando +grandes gritos de alegría.</p> + +<p>—¡Señor Juan, señor Juan! ¡estáis ahí, señor Juan, venid a ver nuestros +poneys!</p> + +<p>—¡Ah!—dijo Bettina, con voz algo incierta.—Eduardo acaba de llegar de +París, trayendo para los niños unos poneys microscópicos. Vamos a +verlos, ¿queréis?</p> + +<p>Y salieron a ver los poneys, que, en efecto, eran dignos de figurar en +las caballerizas del rey de Liliput.</p> + + + +<h3><a name="VII" id="VII"></a>VII</h3> + + +<p>Han transcurrido tres semanas. Juan debe partir al día siguiente con su +regimiento para las escuelas de artillería; va a vivir como verdadero +soldado durante veinte días; diez días de camino para ir y volver, y +diez bajo la tienda del campamento de Cercottes, en el bosque de +Orleans. El regimiento volverá a Souvigny el 10 de agosto.</p> + +<p>Juan no está ya tranquilo; Juan ya no es feliz. Con impaciencia ve venir +el momento de la partida, y al mismo tiempo con terror... Con +impaciencia, porque sufre un verdadero martirio, al que quiere escapar +cuanto antes. Con terror, porque durante estos veinte días que pasará +sin verla, sin hablarla, sin ella, en fin, ¿qué será de él? ¡Ella es +Bettina y él la adora!</p> + +<p>¿Desde cuándo? ¡Desde el primer día, desde aquel encuentro en el mes de +mayo, en el jardín del cura! Esa es la verdad. Pero Juan lucha y se +rebela contra esta verdad. Cree que sólo ama a Bettina desde el día en +que conversaban los dos alegre y amistosamente en el saloncito azul. +Ella se hallaba sentada en el diván, cerca de la ventana, y mientras +charlaba, se entretenía en reparar el desorden de la toilette de una +princesa japonesa, muñeca de Bella, que yacía sobre un sillón, y Bettina +la levantó maquinalmente.</p> + +<p>¿Por qué se le ocurrió a Bettina hablarle de las dos jóvenes con quienes +pudo haberse casado? La pregunta no lo turbó nada, y respondió que no +sintió entonces ninguna inclinación al matrimonio, porque sus +entrevistas con las dos jóvenes no le causaron ninguna emoción, ninguna +agitación. Y sonreía al hablar así; pero algunos momentos después, ya no +sonreía. Pues repentinamente aprendió a conocer esas turbaciones, esas +agitaciones, y no se hizo la menor ilusión sobre la profundidad de su +herida; conoció que le había atacado en pleno corazón.</p> + +<p>Sin embargo, no desesperó. Aquel día, al partir, se decía: «Sí, es +grave, muy grave; pero curaré.» Y buscaba una excusa a su locura, que +atribuía a las circunstancias. Durante diez días, aquella deliciosa +joven había estado demasiado con él, ¡demasiado con él solo! ¿Cómo +resistir a semejante tentación? Habíase embriagado con su encanto, su +gracia y su belleza. Mas al siguiente día llegarían veinte personas al +castillo a poner término a tan peligrosa intimidad. El tendría valor, se +alejaría; perdiéndose entre la multitud, vería a Bettina con menos +frecuencia y de más lejos... ¡No volver a verla, no podía ni pensarlo! +Quería seguir siendo amigo de Bettina, ya que sólo podría ser su amigo. +Pues había otro pensamiento que no cabía siquiera en el espíritu de +Juan; ese pensamiento no sólo le parecía extravagante, sino monstruoso. +No había hombre más caballero que Juan en el mundo, y el dinero de +Bettina le causaba horror, verdaderamente horror.</p> + +<p>Desde el 25 de junio un mundo de gente invadió Longueval. Madama Norton +llegó con su hijo Daniel Norton, y madama Turner con su hijo Felipe +Turner, y ambos jóvenes formaban parte de la famosa cofradía de los +treinta y cuatro. Eran amigos antiguos, a quienes Bettina trató como +tales, declarándoles con toda franqueza que perdían completamente su +tiempo; mas ellos no desalentaban, y formaban el centro de una pequeña +corte muy obsequiosa y muy asidua que giraba en torno de Bettina.</p> + +<p>Pablo de Lavardens hizo su entrada en la escena, captándose rápidamente +la amistad de todo el mundo. Había recibido la brillante y complicada +educación de un joven destinado a los placeres; mientras no se tratara +más que de divertirse: caballos, croquet, lawn-tennis, polo, baile, +charadas y comedias, estaba siempre pronto a todo, sobresalía en todo. +Su superioridad estalló, y se impuso, llegando a ser con el +consentimiento general, el organizador y director de las fiestas de +Longueval.</p> + +<p>Bettina no se engañó ni un segundo. Juan le presentó a Pablo de +Lavardens, y éste acababa apenas el pequeño cumplimiento de estilo, +cuando ya Bettina inclinándose hacia Zuzie, le decía al oído:</p> + +<p>—¡El trigésimo quinto!</p> + +<p>Sin embargo, prestó buena acogida a Pablo; tan buena, que éste, durante +algunos días, tuvo la debilidad de equivocarse, pensando que sus gracias +personales le valían tan amable y cordial recepción: mas estaba en un +grave error. Había sido presentado por Juan, era amigo de Juan, y a los +ojos de Bettina en esto estribaba todo su mérito.</p> + +<p>El castillo de madama Scott tenía la puerta franca; las invitaciones no +se recibían para una noche, sino para todas las noches, y Pablo, con +entusiasmo, se encaminaba allí todas las noches. Su sueño se realizaba. +¡Hallaba a París en Longueval!</p> + +<p>Pero Pablo no era tonto ni fatuo. Era, sin duda, objeto, de parte de +miss Percival, de atenciones y favores especiales; gustábale a ella +hablar larga, muy largamente a solas con él... mas ¿cuál era el eterno, +el inagotable tema de estas conversaciones? ¿Juan, aún Juan, y siempre +Juan?</p> + +<p>Pablo era ligero, disipado, frívolo, pero volvíase serio apenas se +trataba de Juan; sabía apreciarlo, sabía amarlo. Nada le era tan grato, +ni tan fácil como decir de su amigo todo el bien que pensaba. Y como +veía que Bettina se complacía en escucharlo, daba libre curso a su +elocuencia.</p> + +<p>Pero una noche Pablo quiso, y estaba en su derecho, obtener el beneficio +de su caballeresca conducta. Acababa de hablar durante más de un cuarto +de hora con Bettina. Terminada la conversación fuese a buscar a Juan al +otro extremo del salón, diciéndole:</p> + +<p>—Me dejaste el campo libre... y me lancé intrépidamente sobre miss +Percival.</p> + +<p>—¡Y bien! no creo que estés descontento del resultado de la empresa; +sois los mejores amigos del mundo.</p> + +<p>—Sí, ciertamente... esto marcha... esto marcha y no marcha. No hay otra +persona más amable que miss Percival; pero, en fin, tengo el mérito de +reconocerlo; acá, para entre nosotros, te diré que me hace representar +un papel ingrato y ridículo, un papel que no es para mi edad. Cuento la +edad de los enamorados, mas no la de los confidentes.</p> + +<p>—¿De los confidentes?</p> + +<p>—Sí, querido mío, de los confidentes; ¡tal es mi empleo en esta casa! +Tú nos mirabas hace un momento... ¡Oh! tengo buena vista... Tú nos +mirabas. Pues bien ¿sabes de qué hablábamos? ¡De ti, querido, de ti, y +nada más que de ti! Y todas las noches es la misma cosa. Preguntas que +no tienen fin. «¿Os habéis educado juntos? ¿Tomásteis lecciones los dos +con el abate Constantín? ¿Dentro de poco será capitán? ¿Y después? +comandante. ¿Y después? coronel <i>et cætera</i>... <i>et cætera</i>...» ¡Ah, +Juan, amigo mío, Juan, si tú quisieras realizar un lindo sueño!...</p> + +<p>Juan se fastidió, casi se enojó. Pablo quedó asombrado ante este acceso +de brusca irritación.</p> + +<p>—¿Qué tienes? Me parece que no he dicho nada...</p> + +<p>—Dispensa. He hecho mal; pero también ¿por qué se te ocurre una idea +tan absurda?</p> + +<p>—¡Absurda!... No veo el motivo... La he tenido yo por mi propia +cuenta, esta idea absurda.</p> + +<p>—¡Ah! tú...</p> + +<p>—¡Cómo, ah! ¿yo?... Si yo la he tenido, la puedes tener tú... Tú vales +más que yo...</p> + +<p>—¡Pablo, por favor!...</p> + +<p>El disgusto de Juan era evidente.</p> + +<p>—No hablemos más de esto... no hablemos más... En suma, lo que yo +quería decir, es que miss Percival me encuentra muy bonito, muy +gracioso, muy entretenido; pero en cuanto a tomarme a lo serio... jamás +me tomará a lo serio esa personita. Voy a lanzarme sobre madama Scott, +pero sin gran confianza... Mira, Juan, yo me divertiré mucho en esta +casa; pero no sacaré ningún provecho de aquí.</p> + +<p>Pablo se dirigió hacia madama Scott: mas desde el día siguiente tuvo la +sorpresa de tropezar con Juan, que vino a tomar asiento con toda +regularidad en el círculo particular de madama Scott, que, como Bettina, +tenía su pequeña corte. Lo que Juan buscaba allí era una protección, un +abrigo, un asilo.</p> + +<p>El día de aquella tremenda conversación sobre los matrimonios sin amor, +Bettina también sintió por la primera vez despertarse de pronto en ella +esa necesidad de amar que duerme, mas no muy profundamente, en el +corazón de todas las jóvenes. La sensación fue la misma, en el mismo +momento, en el alma de Juan y en el alma de Bettina. El, aterrado, se +echó bruscamente atrás. Ella, por el contrario, se dejó arrastrar, en +todo el candor de su plena inocencia, por aquel acceso de emoción y +enternecimiento.</p> + +<p>Ella esperaba el amor... ¡si fuera el amor! El hombre que debía ser su +pensamiento, su vida, su alma... si fuera él, este Juan. ¿Por qué no? Lo +conocía más que a todos aquellos que desde hacía un año giraban en torno +de su fortuna, y de todo lo que de él sabía, nada era como para +desalentar la confianza y el amor de una joven. ¡Lejos de eso!</p> + +<p>En fin, los dos hacían bien, los dos estaban en el deber y la verdad: +ella dejándose arrastrar; él, resistiendo; ella, sin pensar en un +momento en la obscuridad de Juan ni en su pobreza; él, retrocediendo +ante aquella montaña de millones como lo habría hecho ante un crimen; +ella, pensando que no tenía derecho para discutir con el amor; él +pensando que no tenía derecho para discutir con el honor.</p> + +<p>Por esto, a medida que Bettina se hacía más cariñosa, y se abandonaba +con más franqueza al primer llamado del amor, Juan, de día en día, +estaba más taciturno y agitado. No sólo tenía miedo de amar él, sino +también de ser amado.</p> + +<p>Debió haberse quedado en su casa, no venir... Lo ensayó, mas no pudo... +La tentación era demasiado fuerte, y lo arrastraba. Llegaba, y ella +venía en el acto hacia él con las manos tendidas, la sonrisa en los +labios y el corazón en los ojos. Todo en ella decía: «¡Procuremos +amarnos, y si podemos, amémonos!»</p> + +<p>El miedo lo embargaba. Apenas se atrevía a tocar aquellas dos manos que +iban al encuentro de las suyas. Trataba de evitar aquella mirada que +cariñosa y risueña, inquieta y curiosa, buscaba la suya. Temblaba ante +la necesidad de hablar a Bettina, ante la necesidad de oírla, y entonces +se refugiaba junto a madama Scott, y ésta recibía sus palabras +indecisas, conmovidas, turbadas, que no se dirigían a ella, y que, sin +embargo, ella tomaba para sí.</p> + +<p>Zuzie no podía dejar de engañarse. Bettina no le había dicho nada, no le +había manifestado aún los sentimientos vagos y confusos que la agitaban. +Guardaba y acariciaba el secreto de su amor naciente, como un avaro +guarda y acaricia las primeras monedas de su tesoro... El día en que +viera claro en su corazón, el día en que estuviera segura de amarlo, +¡ah! ¡entonces le hablaría a Zuzie, y sería feliz contándoselo todo!...</p> + +<p>Madama Scott acabó por atribuirse el honor de la melancolía de Juan, que +de día en día tomaba un carácter más marcado. Estaba halagada, pues +nunca disgusta a una mujer el creerse amada, halagada, pero triste al +mismo tiempo. Tenía grande estimación y afecto por Juan, y la afligía el +pensar que ella era la causa de su sufrimiento y desgracia.</p> + +<p>Por otra parte, Zuzie tenía el sentimiento de su inocencia. Con los +demás, algunas veces era coqueta, muy coqueta. Atormentarlos un poco no +era un gran crimen. Los otros no tenían nada que hacer, no servían para +nada, y esto los ocupaba, mientras la divertía a ella; les hacía matar +el tiempo a ellos y a ella también... Pero Zuzie no se reprochaba +ninguna coquetería con Juan; pues se daba cuenta de su mérito y +superioridad sobre los demás; comprendía que era hombre capaz de sufrir +seriamente, y madama Scott no quería esto. Ya dos o tres veces estuvo a +punto de hablarle, con mucha dulzura y afectuosamente, pero +reflexionó... Juan iba a partir por unos veinte días; a su vuelta, si +aun fuese necesario, le haría un pequeño discurso moral, y le hablaría +tan bien, que el amor no volvería a meterse tontamente a través de su +amistad.</p> + +<p>Juan partía al día siguiente... Bettina le rogó con insistencia viniera +a pasar el último día en Longueval, a comer con ellas. Pero Juan se +negó, alegando sus ocupaciones la víspera de la partida. Llegó a la +noche, como a las diez y media. Había venido a pie, y más de una vez en +el camino, pensó volver sobre sus pasos.</p> + +<p>—Si tuviera valor—se decía,—no la volvería a ver. Partiré mañana y no +volveré a Longueval mientras ella esté ahí. Mi resolución está tomada, +bien tomada.</p> + +<p>Pero continuó su camino; quería verla... por última vez.</p> + +<p>Apenas entró al salón, Bettina corrió a recibirlo:</p> + +<p>—¡Al fin llegasteis!... ¡Qué tarde!</p> + +<p>—He estado muy ocupado.</p> + +<p>—¿Y partís mañana?</p> + +<p>—Sí, mañana.</p> + +<p>—¿Temprano?</p> + +<p>—A las cinco de la mañana.</p> + +<p>—¿Saldréis por la calle que costea el parque y atraviesa la aldea?</p> + +<p>—Sí, por ese camino pasaremos.</p> + +<p>—¿Por qué tan temprano? Yo habría ido a veros pasar y deciros adiós +desde el terrado. Bettina conservaba en su mano la mano de Juan, que +estaba ardiente, hasta que éste se desprendió dolorosamente, haciendo un +esfuerzo, y dijo:</p> + +<p>—Tengo que ir a saludar a vuestra hermana.</p> + +<p>—¡Ahora!... no os ha visto... hay diez personas con ella... Venid a +sentaros un momento aquí conmigo.</p> + +<p>El se vio obligado a sentarse a su lado.</p> + +<p>—Nosotras también partiremos.</p> + +<p>—¿Vosotras?</p> + +<p>—Sí, hoy recibimos un telegrama de mi cuñado que nos causó mucha +alegría. No lo esperábamos hasta dentro de un mes, y estará aquí dentro +de doce días; se embarca pasado mañana en New-York en el <i>Labrador</i>... Y +nosotras iremos a esperarlo al Havre... Saldremos de aquí pasado mañana, +llevando a los niños, a quienes sentará muy bien pasar unos diez días a +orillas del mar... ¡Cuánto se alegrará mi cuñado al conoceros!... Al +conoceros... pero, si ya os conoce, tanto le hablamos de vos en todas +las cartas. Segura estoy de que simpatizaréis mutuamente. El es +excelente... ¿Cuánto tiempo tardaréis en volver?</p> + +<p>—Veinte días.</p> + +<p>—¿Veinte días... en un campamento?</p> + +<p>—Sí, señorita, en el campamento Cercottes.</p> + +<p>—En medio de los bosques de Orleans. Esta mañana me hice explicar todo +esto por vuestro padrino. Estoy contenta, porque vamos a ver a mi +cuñado; pero al mismo tiempo siento partir, pues si me quedara, iría +todas las mañanas a hacer una visita a vuestro padrino... y él me daría +noticias vuestras. ¿Queréis escribir a mi hermana, dentro de diez días, +una cartita de cuatro líneas, que no os quitará mucho tiempo, diciéndole +cómo estáis y que no nos olvidáis?</p> + +<p>—¡Oh! en cuanto a olvidaros... perder el recuerdo de vuestra gracia, de +vuestra bondad... ¡nunca, señorita, jamás!</p> + +<p>Su voz temblaba. Tuvo miedo de su emoción, y se levantó.</p> + +<p>—Os repito, señorita, que debo ir a saludar a vuestra hermana... me ha +visto... y debe estar asombrada...</p> + +<p>Atravesó el salón, mientras Bettina lo seguía con la vista. Madama +Norton acababa de instalarse en el piano para hacer bailar un poco a los +jóvenes. Pablo de Lavardens se acercó a miss Percival.</p> + +<p>—¿Queréis hacerme el honor, señorita?</p> + +<p>—¡Ah! Creo haber prometido este vals al señor Juan.</p> + +<p>—En fin, ¿si no es con él... será conmigo?</p> + +<p>—Convenido.</p> + +<p>Bettina se dirigió hacia Juan que se había sentado cerca de madama +Scott.</p> + +<p>—Acabo de echar una gran mentira. El señor de Lavardens vino a +invitarme para este vals, y le respondí que os lo había prometido... Sí, +¿no es verdad, queréis?</p> + +<p>¡Estrecharla en sus brazos, respirar el perfume de sus cabellos!... Juan +estaba desesperado... No se atrevió a aceptar.</p> + +<p>—Siento, señorita; mas no puedo... no me encuentro bien esta noche. He +venido por no partir sin despedirme; pero bailar es imposible.</p> + +<p>Madama Norton comenzaba el preludio del vals.</p> + +<p>—¡Y bien!—dijo Pablo, llegando alegremente,—¿es con él o conmigo, +señorita?</p> + +<p>—Con vos—respondió tristemente ella, sin separar los ojos de Juan.</p> + +<p>Estaba muy turbada, y contestó eso sin saber lo que decía. Mas en +seguida sintió haber aceptado. Habría deseado quedarse al lado de él... +pero era demasiado tarde. Pablo le tomó la mano y la arrastró.</p> + +<p>Juan se levantó, y los siguió con la vista a los dos, Bettina y Pablo. +Una nube le pasó ante los ojos. Sufría atrozmente.</p> + +<p>—No me queda más recurso que aprovechar este momento y partir—se +dijo.—Mañana escribiré algunas líneas a madama Scott disculpándome.</p> + +<p>Dirigiose a la puerta, sin mirar a Bettina... Si la hubiera mirado, se +habría quedado.</p> + +<p>Pero Bettina lo miraba, y de repente díjole a Pablo:</p> + +<p>—Os agradezco mucho, señor, mas estoy fatigada... Detengámonos, os +ruego... ¿Me perdonáis, no es verdad?</p> + +<p>Pablo le ofreció el brazo.</p> + +<p>—No, gracias—dijo ella.</p> + +<p>La puerta acababa de cerrarse. Juan no estaba ya allí. Bettina atravesó +el salón corriendo, y Pablo se quedó solo, sin comprender lo que le +pasaba.</p> + +<p>Juan llegaba al pórtico, cuando oyó que lo llamaban.</p> + +<p>—¡Señor Juan! ¡señor Juan!</p> + +<p>Detúvose y se volvió; ella estaba a su lado.</p> + +<p>—¿Os vais... sin decirme adiós?</p> + +<p>—Dispensad, señorita, estoy muy fatigado.</p> + +<p>—Entonces, no os vayáis así, a pie. Va a llover.</p> + +<p>Y extendió la mano hacia fuera.</p> + +<p>—¡Mirad! ya llueve.</p> + +<p>—¡Oh! apenas.</p> + +<p>—Venid a tomar una taza de té conmigo sola en el saloncito, y os haré +llevar en carruaje.</p> + +<p>Y volviéndose a uno de los criados:</p> + +<p>—Decid que pongan el cupé, en seguida.</p> + +<p>—No, señorita, no, os ruego. El aire libre me calmará... tengo +necesidad de caminar... dejadme partir.</p> + +<p>—¡Partid, pues!... Pero no tenéis abrigo... Tomad este chal para +cubrios.</p> + +<p>—No tengo frío... mientras que vos... con ese traje... parto para +obligaros a entrar.</p> + +<p>Sin tenderle siquiera la mano, se escapó, bajando rápidamente las gradas +del pórtico.</p> + +<p>«Si toco su mano, pensaba, estoy perdido, descubro mi secreto.»</p> + +<p>¡Su secreto! El no sabía que Bettina leía en su corazón como en un libro +abierto.</p> + +<p>Cuando llegó a la puerta, tuvo un breve momento de hesitación. Tenía +esta frase en los labios:</p> + +<p>«¡Os amo! ¡os adoro! ¡Y por eso no quiero volver a veros!»</p> + +<p>Mas no la pronunció, alejose, perdiéndose pronto en la obscuridad... +Bettina permaneció en el pórtico, en el cuadro luminoso de la puerta. +Gruesas gotas de lluvia impelidas por el viento azotaban sus espaldas +desnudas y la hacían temblar; ella no lo notaba; sentía claramente latir +su corazón.</p> + +<p>—Bien sabía que él me amaba—se dijo;—pero ahora estoy segura de que +yo también lo amo... ¡oh! sí... yo también...</p> + +<p>De pronto, en uno de los grandes espejos de la puerta, vio reflejarse a +los dos criados que estaban de pie inmóviles, junto a la mesa de encina +del vestíbulo. Bettina dio algunos pasos en dirección al salón... Oyó +alegres risas, y el vals que continuaba. Detiénese. Quiere estar sola, +completamente sola, y dirigiéndose a uno de los criados:</p> + +<p>—Id a decir a la señora que yo estaba fatigada, y he subido a mi +cuarto.</p> + +<p>Annie, su camarera, dormitaba en un sillón. Despidiola, pues ella misma +quería desvestirse. Dejose caer en un diván experimentando un delicioso +cansancio.</p> + +<p>La puerta del cuarto se abre; es madama Scott.</p> + +<p>—¿Estáis enferma, Bettina?</p> + +<p>—¡Ah! Zuzie, ¡sois vos, mi Zuzie! ¡Qué bien habéis hecho en venir! +Sentaos aquí, junto a mí, muy cerca de mí.</p> + +<p>Y se recostó como un niño en los brazos de su hermana, acariciando con +su cabeza ardiente los frescos hombros de Zuzie; después, de repente, se +echó a llorar, con grandes sollozos que la sofocaban.</p> + +<p>—Bettina, mi querida Bettina, ¿qué tenéis?</p> + +<p>—Nada, nada... son los nervios... es la alegría.</p> + +<p>—¿La alegría?</p> + +<p>—Sí, sí... esperad, pero dejadme llorar un poco... ¡Me hace tanto +bien!... no tengáis cuidado... no es nada.</p> + +<p>Bajo los besos de su hermana, Bettina se calma, se tranquiliza.</p> + +<p>—Ya se acabó, se acabó, y voy a deciros... tengo que hablaros de Juan.</p> + +<p>—¡Juan! ¿lo llamáis Juan?</p> + +<p>—Sí, lo llamo Juan... ¿No habéis notado, de algún tiempo a esta parte, +que estaba triste y parecía ser muy desgraciado?</p> + +<p>—Sí, en efecto.</p> + +<p>—Apenas llegaba... iba a instalarse a vuestro lado, y permanecía allí, +pensativo y silencioso; tanto, que durante varios días me pregunté, +perdonadme que os hable con esta franqueza, sabéis que es mi costumbre, +si no os amaría a vos, mi Zuzie. ¡Sois tan linda, tan buena, que habría +sido lo más natural! ¡Pero no, no era a vos, sino a mí!</p> + +<p>—¿A vos?</p> + +<p>—Sí, a mí. Escuchadme bien... Apenas se atrevía a mirarme. Me evitaba, +me huía... Me tenía miedo. Evidentemente me tenía miedo. ¡Pues bien! +¿decidme, con franqueza, si soy como para inspirar miedo? No, ¿no es +verdad?</p> + +<p>—Seguramente, no.</p> + +<p>—¡Ah! pero no me tenía miedo a mí, sino a mi dinero ¡a mi horrible +dinero! Ese dinero que los atrae a todos con una tentación tan fuerte; +ese dinero lo aterra a él, y lo desespera... porque no es como los +demás, porque...</p> + +<p>—Cuidado, querida, si os engañarais...</p> + +<p>—¡Oh! no, no, yo, no me engaño. No hace mucho, en la puerta, al partir, +me dijo algunas palabras... Las palabras no decían nada; pero si +hubierais visto su turbación, ¡a pesar de todos sus esfuerzos por +contenerse!... Zuzie, mi Zuzie, por el cariño que os tengo, y Dios sabe +cuán grande es, voy a revelaros mi convicción, mi convicción absoluta: +si en vez de ser miss Percival, hubiera sido yo una pobre joven sin +ningún dinero, Juan me habría tomado la mano, en ese momento, +diciéndome que me amaba, y si así me hubiese hablado ¿sabéis lo que le +habría respondido?</p> + +<p>—Que vos también le amabais.</p> + +<p>—Sí, y por eso soy tan feliz. Era una idea fija en mí, adorar al hombre +que fuera mi marido... Pues bien, no digo que adoro a Juan, no, todavía +no... pero, en fin, ya principio, Zuzie... ¡y el principio es tan grato!</p> + +<p>—Bettina, me inquieta veros en esa exaltación. Convengo en que M. +Reynaud tenga mucho afecto por vos...</p> + +<p>—¡Oh! más que eso, mucho más.</p> + +<p>—Mucho amor, si queréis. Sí, tenéis razón, habéis visto bien... El os +ama... y sois digna de todo el amor que sientan por vos, mi querida. En +cuanto a Juan, decididamente esto es contagioso, yo también le llamo +Juan, bueno, sabéis la opinión que de él tengo formada; desde un mes a +esta parte hemos tenido muchas veces ocasión de decírnosla... Pienso +muy bien de él, muy bien... Pero, en fin, a pesar de todo, ¿será éste el +marido que os conviene?</p> + +<p>—Sí, si lo amo.</p> + +<p>—Procuro hablaros razonablemente, y vos me contestáis siempre... +Bettina, tengo mucha más experiencia que vos... Escuchadme bien... Desde +que llegamos a París nos hemos visto lanzadas en un mundo muy animado, +muy brillante, aristocrático... Podríais ser ya, si hubierais querido, +Marquesa o Princesa...</p> + +<p>—Sí, pero no he querido.</p> + +<p>—¿Os sería completamente indiferente llamaros madama Reynaud?</p> + +<p>—Absolutamente, si lo amo...</p> + +<p>—¡Ah! insistís...</p> + +<p>—Porque es la verdadera cuestión. No hay otra... y a mi vez quiero ser +razonable. Os concedo que esta cuestión no esté completamente resuelta, +y que quizá he procedido con demasiada ligereza. Ya veis cómo soy +razonable. Juan parte mañana, y no volveré a verlo hasta dentro de +veinte días, durante los cuales tendré tiempo de interrogarme, +consultarme, y saber lo que pasa en mí. Bajo mi aire ligero, soy seria y +reflexiva... ¿No es así?</p> + +<p>—Sí, lo reconozco.</p> + +<p>—Pues bien, voy a dirigiros una súplica, como lo haría con nuestra +madre si estuviera aquí presente. Si dentro de veinte días os digo: +«¡Zuzie, estoy segura de amarlo!» me permitiréis que vaya hacia él, yo +misma, yo sola, a preguntarle si me quiere por esposa. Es lo que +hicisteis vos con Richard... Decid, Zuzie, ¿me lo permitiréis?</p> + +<p>—Sí, os lo permitiré.</p> + +<p>Bettina besó a su hermana, murmurándole al oído:</p> + +<p>—¡Gracias, mamá!</p> + +<p>—¡Mamá, mamá! Así me llamabais cuando erais muy niña, cuando estábamos +solas en el mundo las dos, cuando os desnudaba de noche en New-York en +nuestro pobre cuartito, y os tenía en mis brazos antes de poneros en la +cuna, cantando para haceros dormir. Y desde entonces, Bettina, no he +deseado más que una sola cosa en el mundo: vuestra felicidad. Por eso os +pido que reflexionéis bien. No me respondáis; no hablemos más de eso. +Quiero dejaros muy tranquila, bien calmada. ¿Despachasteis a Annie?... +¿Queréis que esta noche también os desnude y os acueste vuestra mamá, +como antes?</p> + +<p>—Sí, quiero.</p> + +<p>—¿Y cuando estéis acostada, me prometeréis ser buena?</p> + +<p>—Buena, como una santa.</p> + +<p>—¿Y haréis todo lo posible por dormiros?</p> + +<p>—Todo lo que pueda...</p> + +<p>—¿Con mucho juicio, sin pensar en nada?</p> + +<p>—Con juicio y sin pensar en nada.</p> + +<p>—¡Sea enhorabuena!</p> + +<p>Diez minutos después, la cabeza de Bettina reposaba suavemente entre +bordados y encajes, mientras Zuzie decía a su hermana:</p> + +<p>—Voy donde está toda esa gente que me fastidia en extremo esta noche. Y +antes de pasar a mi cuarto, vendré a ver si dormís. Silencio... dormíos.</p> + +<p>Y salió dejando sola a Bettina; que, según lo prometido, hizo los más +sinceros esfuerzos para dormirse, no consiguiéndolo sino a medias. Cayó +en un semisueño, en una modorra que la dejó flotante entre el sueño y la +realidad. Prometió no pensar en nada, y, sin embargo, pensaba en él, +nada más que en él, siempre en él; pero vaga y confusamente. Cuánto +tiempo pasó así, no habría sabido decirlo. De pronto, sintió pasos en el +cuarto; entreabrió los ojos y creyó reconocer a su hermana, y con voz +somnolienta le dijo:</p> + +<p>—¿Sabéis?... lo amo.</p> + +<p>—Chit... ¡Dormid, dormid!</p> + +<p>—Duermo, duermo.</p> + +<p>Y se durmió en realidad; mas no tan profundamente como de costumbre, +pues a las cuatro de la mañana despertose sobresaltada por un ruido, que +la víspera no habría turbado absolutamente su sueño. La lluvia, que caía +a torrentes, azotaba las ventanas del cuarto de Bettina.</p> + +<p>—¡Oh! ¡cómo llueve, cómo se va a mojar!</p> + +<p>Fue su primer pensamiento. Levántase, atraviesa su cuarto con los pies +desnudos y entreabre un postigo. Empieza a despuntar el día, con una luz +gris, opaca, pesada; el cielo está cargado de agua; el viento sopla +tempestuoso, por ráfagas que hace girar la lluvia en torbellinos.</p> + +<p>Bettina no se acuesta ya. Comprende que le sería del todo imposible +volverse a dormir. Pónese un peinador y permanece junto a la ventana, +viendo caer la lluvia. Ya que debía partir, habría deseado que se fuera +con buen tiempo, y que un claro sol iluminara su primera etapa.</p> + +<p>Hace un mes, cuando llegó a Longueval, Bettina no sabía lo que era una +etapa. Hoy sabe que una etapa de artillería es una marcha de treinta a +cuarenta kilómetros, con una hora de alto para almorzar. El abate +Constantín se lo ha enseñado; pues durante las visitas que hacen juntos +a los pobres, Bettina lo abruma a preguntas sobre las cosas militares y +especialmente sobre el servicio de artillería.</p> + +<p>¡Ocho o diez leguas bajo esta lluvia azotadora! ¡Pobre Juan! Bettina +piensa en los jóvenes Turner, Norton, en Pablo de Lavardens, que +dormirán tranquilamente hasta las diez de la mañana, mientras Juan +recibirá este diluvio.</p> + +<p>¡Pablo de Lavardens! este nombre despierta en su espíritu un recuerdo +doloroso: el vals de la víspera... ¡Haber bailado así, cuando la pena de +Juan era manifiesta! A los ojos de Bettina, la vuelta de vals que dio, +toma las proporciones de un crimen; es horrible lo que ha hecho.</p> + +<p>Y después no tuvo valor ni franqueza en la última conversación con Juan. +El no podía, no se atrevía a decir nada, pero ella debió demostrar más +cariño, más confianza. Triste y enfermo como estaba, no debió nunca +dejarlo partir a pie. Debió haberlo retenido, retenido a toda costa. La +imaginación de Bettina trabaja y se exalta. Juan llevaría la impresión +de haber estado con una mala criatura sin corazón y sin piedad...</p> + +<p>Y dentro de media hora partirá, partirá por veinte días... ¡Ah! si +pudiera de algún modo!... Pero existe un medio... El regimiento +desfilará por delante del parque, frente al terrado. Y Bettina es presa +de un vehemente deseo de ir a ver pasar a Juan. Así comprenderá él, +viéndola a esas horas, que viene a pedirle perdón de sus crueldades de +la víspera. Sí, irá... Pero prometió a Zuzie ser juiciosa, estarse +quieta como una santa, y ¿hacer lo que hace, es portarse como una santa? +Al volver confesará a Zuzie todo, y ella le perdonará.</p> + +<p>¡Irá, irá! Mas ¿con qué se vestirá? No tiene a mano sino un traje de +baile y un peinador de muselina, babuchas con tacón y zapatos de baile +de raso celeste. ¿Qué hacer? Despertar a su camarera, nunca se +atrevería... y además el tiempo urge... ¡las cinco menos cuarto! El +regimiento sale a las cinco.</p> + +<p>Puede salir del paso con el peinador de muselina y los zapatos de raso, +si encuentra en el vestíbulo un sombrero, sus zuecos de jardín y el gran +chal escocés que se pone los días de lluvia para manejar. Entreabre su +puerta con infinitas precauciones; todos duermen en el castillo; +deslízase a lo largo de las paredes, a través de los corredores, y baja +la escalera.</p> + +<p>¡Con tal que los zuecos estén en su lugar! Es su mayor preocupación. Ahí +están. Los ata por sobre los zapatos de baile y se envuelve en su gran +chal. Siente afuera redoblar la violencia de la lluvia. Ve un enorme +paraguas, del que se sirven los criados cuando van en el pescante; +apodérase de él: ya está pronta... mas cuando quiere salir nota que la +puerta del vestíbulo se halla cerrada por una gran barra de hierro. +Procura levantarla, pero la barra está fuerte, resiste, y el gran reloj +del vestíbulo deja oír en aquel momento cinco golpes. ¡El sale en ese +instante!</p> + +<p>¡Y ella quiere verlo, quiere verlo! Su voluntad se irrita con los +obstáculos; hace un gran esfuerzo. La barra cede y se desliza por la +puerta... Pero Bettina se ha hecho en la mano un largo tajo que deja ver +un pequeño hilo de sangre. Envuélvese la mano en el pañuelo, toma el +gran paraguas, da vuelta la llave en la cerradura, y abre la puerta. ¡Al +fin está afuera!</p> + +<p>El tiempo es horrible. El viento y la lluvia continúan. Necesítanse +cinco o seis minutos para llegar al terrado que da a la calle. Bettina +se lanza valientemente adelante, con la cabeza baja, oculta debajo de +su inmenso paraguas. Habría andado unos cincuenta pasos, cuando un +remolino ciego, loco, furioso, se arroja sobre Bettina, le abre el chal, +la arrastra, la levanta, casi la hace perder pie, y da vuelta con +violencia el paraguas. Esto no es nada todavía. El desastre fue +completo. Bettina ha perdido uno de sus zuecos... No eran muy serios +estos zuecos, eran muy bonitos para el buen tiempo.</p> + +<p>Y en ese momento, cuando Bettina desesperada, lucha contra la tempestad, +con su zapato de raso celeste que se entierra en la arena mojada, en ese +momento el viento le trae el eco lejano de un toque de trompetas. ¡Es el +regimiento que sale! Bettina toma una gran resolución: abandona el +paraguas, levanta el zueco, vuelve a atárselo mal o bien, y parte +corriendo con un diluvio en la cabeza.</p> + +<p>Por fin se encuentra bajo el bosque, donde los árboles la protejen un +poco. Otro toque más; más cercano esta vez, Bettina cree oír los pasos +de los caballos. Hace un último esfuerzo y llega al terrado... ¡Ya era +tiempo! A veinte metros de distancia divisa los caballos blancos de los +cornetas, y más lejos ve ondular vagamente en medio de la neblina, una +larga fila de cañones. Pónese al abrigo bajo los tilos que rodean el +terrado, y mira y espera. El viene ahí entre esa masa confusa de +caballeros. ¿Podrá reconocerlo? Alguna feliz casualidad le hará volver +la cabeza hacia ese lado.</p> + +<p>Bettina sabe que es teniente de la segunda batería de su regimiento; +sabe que una batería se compone de seis cañones y seis cajas. El abate +Constantín le enseñó también esto. Debe, pues, dejar pasar la primera +batería, es decir, contar seis cañones, seis cajas y en seguida vendrá +él...</p> + +<p>Es él, en efecto, envuelto en su gran capa, y es él, el primero que la +ve y la reconoce. Unos momentos antes recordaba un largo paseo que +hiciera con ella, al caer la tarde, hasta este terrado. Levantó los +ojos hacia donde recordaba haberla visto y la encontró allí mismo.</p> + +<p>La saluda, y con la cabeza descubierta, bajo la lluvia, volviéndose +sobre el caballo, a medida que se alejaba, la miró hasta perderla de +vista, repitiendo lo que se había dicho la víspera:</p> + +<p>—¡Será la última vez!</p> + +<p>Ella, con las manos le decía adiós, y este ademán repetido muchas veces, +traía sus manos tan cerca, tan cerca de su boca, que se habría podido +creer...</p> + +<p>—¡Ah—pensaba,—si después de esto no comprende que lo amo, si no me +perdona mi dinero!</p> + + + +<h3><a name="VIII" id="VIII"></a>VIII</h3> + + +<p>Estamos a 10 de agosto, día en que debe volver Juan a Longueval.</p> + +<p>Bettina se despierta muy temprano, se levanta y corre a la ventana. Un +gran sol naciente disipa los vapores de la mañana. La víspera, por la +noche, el cielo estaba amenazando, cargado de nubes. Bettina ha dormido +muy poco, y durante toda la noche decía:</p> + +<p>—¡Con tal que no llueva mañana!</p> + +<p>Va a ser un día precioso, y como Bettina es algo supersticiosa, esto le +infunde esperanza y valor. La jornada principia bien y terminará bien.</p> + +<p>M. Scott ha vuelto hace unos días. Bettina lo esperaba en el muelle del +Havre con Zuzie y los niños.</p> + +<p>Después de abrazarse tiernamente, varias veces, Richard, dirigiéndose a +su cuñada, pregunta riendo:</p> + +<p>—¡Y bien! ¿cuándo es el casamiento?</p> + +<p>—¿Qué casamiento?</p> + +<p>—Con M. Juan Reynaud.</p> + +<p>—¡Ah, mi hermana os ha escrito!</p> + +<p>—¿Zuzie? No. Zuzie no me ha dicho ni una palabra. Vos, Bettina, me +habéis escrito. Desde hace un mes, en todas vuestras cartas, sólo se +trata de este joven oficial.</p> + +<p>—¿En todas mis cartas?</p> + +<p>—Sí, sí, y me escribíais con más frecuencia y más detención que antes. +No me quejo, pero os pregunto, ¿cuándo me presentaréis a mi cuñado?</p> + +<p>El hablaba así por broma, mas Bettina le responde seriamente:</p> + +<p>—Espero que será muy pronto.</p> + +<p>M. Scott sólo ahora sabe que el asunto es serio. Bettina le pide sus +cartas, al volver en el vagón para releerlas, y ve que, en efecto, en +todas habla de él. Halla allí los más mínimos detalles de su primer +encuentro; el retrato de Juan en el jardín del presbiterio con su +sombrero de paja y la ensaladera de loza... y después el señor Juan, y +siempre el señor Juan. Descubre que lo ama desde mucho antes que lo +pensaba.</p> + +<p>Estamos, pues, a 10 de agosto. Acaba de concluirse el almuerzo en el +castillo. Harry y Bella están impacientes. Saben que de una a dos el +regimiento atravesará la aldea, y les han prometido llevarlos a ver +pasar los soldados, y para ellos, tanto como para Bettina, la vuelta del +9.º de artillería es un gran acontecimiento.</p> + +<p>—Tía Betty—dijo Bella,—tía Betty, ven con nosotros.</p> + +<p>—Sí, ven—dijo Harry,—ven, veremos a nuestro amigo Juan sobre su gran +caballo moro.</p> + +<p>Bettina resiste, rehúsa, y, sin embargo, ¡qué tentación! Pero no, no +irá, no verá a Juan hasta la noche para la explicación decisiva que +viene preparando desde hace veinte días.</p> + +<p>Los niños salen con su aya, mientras Bettina, Zuzie y Richard se sientan +en el parque, cerca del castillo.</p> + +<p>—Zuzie—dice Bettina,—voy a recordaros hoy vuestra promesa. ¿Os +acordáis de lo que pasó entre nosotras la noche de su partida? +Convinimos en que si a su vuelta yo os decía: Zuzie, estoy segura de +amarlo, vos me permitiríais dirigirme a él francamente y preguntarle si +me quería por esposa.</p> + +<p>—Sí, os lo prometí. ¿Pero estáis segura?</p> + +<p>—Completamente segura. Os prevengo, pues, que tengo la intención de +traerlo... aquí mismo, a este banco—continuó, sonriendo,—y hablarle, +más o menos, como vos lo hicisteis con Richard. La prueba salió bien, +Zuzie... sois enteramente feliz, y yo también quiero serlo. Richard, +¿Zuzie os ha hablado de M. Reynaud?</p> + +<p>—Sí, me ha dicho que de ningún hombre pensaba tan bien como de éste, +pero...</p> + +<p>—Pero también os ha dicho que quizá sería para mí un casamiento +demasiado tranquilo, muy poco brillante. ¡Oh, qué mala hermana! ¡Queréis +creer, Richard, que no consigo quitarle ese temor; no comprende que ante +todo quiero amar y ser amada! ¡Creeréis, Richard, que la semana pasada +me tendió un lazo horrible! ¿Sabéis que en el mundo existe un príncipe +Romanelli?</p> + +<p>—Sí, y habríais podido ser Princesa.</p> + +<p>—Creo que no hubiera encontrado inmensas dificultades. Pues bien, un +día cometí la imprudencia de decir a Zuzie que el príncipe Romanelli, en +último caso, me parecía aceptable. ¿No os imagináis lo que hizo? Los +Turner estaban en Trouville; y con ayuda de ellos tramó el complot. Me +hicieron almorzar con el Príncipe... mas el resultado fue desastroso. +¡Aceptable! Durante las dos horas que pasé con él, me pregunté cómo +había podido yo decir semejante palabra. No, Richard; no, Zuzie; no +quiero ser Princesa, ni Condesa, ni Marquesa, sino simplemente madama +Juan Reynaud... si el señor Juan Reynaud consiente... lo cual no es muy +seguro.</p> + +<p>El regimiento entraba a la aldea, y bruscamente estalló la música +marcial y alegre a través del espacio. Los tres permanecieron en +silencio. Era el regimiento, era Juan quien pasaba. Los sonidos +disminuyeron, hasta extinguirse, y Bettina continuó:</p> + +<p>—No, no es seguro, aunque él me ama mucho, y sin conocerme bien. Yo +pienso que merezco ser amada de otra manera, pienso que si me conociera +mejor, no le causaría un terror semejante, por esto os pido permiso para +hablarle esta noche, libre y francamente.</p> + +<p>—Os lo acordamos—respondió Richard,—los dos os lo acordamos. +Sabemos, Bettina, que nunca haréis nada que no sea noble y generoso.</p> + +<p>—Procuraré hacerlo, al menos.</p> + +<p>Los niños vuelven corriendo. Han visto a Juan, que iba cubierto de +polvo, y los saludó.</p> + +<p>—Pero—agrega Bella,—no ha sido bueno con nosotros hoy, no se paró a +hablarnos... siempre lo hace, y hoy no ha querido.</p> + +<p>—Sí, ha querido—responde Harry,—porque al principio hizo un +movimiento así... y después no quiso, y se fue.</p> + +<p>—En fin, no se detuvo. Y es tan divertido hablar con un militar, sobre +todo, cuando está a caballo.</p> + +<p>—No es eso sólo, sino que nosotros lo queremos tanto, al señor Juan. Si +supieras, papá, ¡qué bueno es, y qué bien sabe jugar con nosotros!</p> + +<p>—¡Y qué lindos dibujos hace! ¿Te acuerdas, Harry, de aquel gran +polichinela tan raro, con su bastón?</p> + +<p>—Y el gato, también había un gato, como en Guignol.</p> + +<p>Los niños se alejaron hablando de su amigo Juan.</p> + +<p>—Decididamente—dijo M. Scott,—todo el mundo lo quiere en esta casa.</p> + +<p>—Y vos haréis otro tanto, cuando lo conozcáis—responde Bettina.</p> + +<p>El regimiento sigue al trote por el camino real, al salir de la aldea. +He ahí el terrado donde se hallaba Bettina la otra mañana... Juan +piensa: ¡si estuviera ahí! Lo teme y lo espera al mismo tiempo. Levanta +la cabeza, mira... ¡No está!</p> + +<p>¡No la ha visto! Ni volverá a verla... en mucho tiempo, al menos. Esa +misma noche partirá, a las seis, para París. Uno de los directores del +ministerio de la Guerra se interesa por él, y procurará hacerse enviar a +otro regimiento.</p> + +<p>Juan ha reflexionado mucho sobre esto en Cercottes, y el resultado de +sus reflexiones es el siguiente: él no puede, no debe ser el marido de +Bettina.</p> + +<p>Los hombres echan pie a tierra en el patio del cuartel, mientras Juan +se despide de su coronel y sus camaradas. Todo ha concluido, es libre, +puede partir... y, sin embargo, no lo hace. Mira a su alrededor... ¡cuán +feliz era tres meses antes, cuando salía de aquel gran patio, a caballo, +en medio del ruido de los cañones que rodaban en el suelo de Souvigny! +¡Y cuán tristemente saldrá hoy! Antes su vida se limitaba ahí... ahora +¿hasta dónde irá?</p> + +<p>Entra y sube a su cuarto, para escribir a madama Scott, diciéndole que +por asuntos de servicio se ve obligado a partir al instante, y no podrá +comer en el castillo; ruega a madama Scott presente sus respetos a la +señorita Bettina. ¡Bettina! ¡Ah, cuánta pena le da escribir este nombre! +Cierra la carta para enviarla más tarde.</p> + +<p>Hace sus preparativos de viaje, para ir a despedirse, después, de su +padrino. Esto es lo que más le cuesta... aunque sólo le hablará de una +breve ausencia.</p> + +<p>Al abrir uno de los cajones del escritorio para sacar dinero, lo +primero que hiere su vista es una carta escrita sobre papel azulado: el +único billete que ha recibido de ella.</p> + +<p>«¿Queréis tener la bondad de entregar al portador el libro de que me +hablasteis anoche? Quizá sea algo serio para mí; pero desearía ensayar +su lectura. Hasta luego; venid lo más temprano posible.—<i>Bettina</i>.»</p> + +<p>Juan lee y relee estas pocas líneas... hasta que no puede leer más, pues +se le nublan los ojos.</p> + +<p>—Esto es todo lo que me quedará de ella—piensa.</p> + +<p>En el mismo momento, el abate Constantín está en conferencia con +Paulina. Hacen sus cuentas. La situación financiera es admirable, tienen +más de dos mil francos en caja. Y se han cumplido los votos de Zuzie y +Bettina: ya no hay pobres en toda la comarca. La vieja Paulina, por +momentos, tiene ligeros escrúpulos de conciencia.</p> + +<p>—Mirad, señor cura, quizá damos demasiado. Correrá la voz hasta las +otras aldeas de que aquí se hace la caridad a ojos cerrados, y uno de +estos días vendrán a establecerse infinidad de pobres a Longueval.</p> + +<p>El cura da cincuenta francos a Paulina, que sale a llevárselos a un +pobre hombre que se rompió un brazo al caer de arriba de una carreta de +pasto.</p> + +<p>El abate Constantín queda solo y pensativo en el presbiterio. Esperó al +regimiento al pasar, pero Juan no se detuvo más que un instante; +¡llevaba un aire tan triste! Hace algún tiempo que el abate nota que +Juan no tiene ya su alegría y buen humor de antes. Mas no se ha +inquietado mucho, creyendo sería una de esas penas pasajeras de la +juventud, que no interesan a un pobre cura viejo.</p> + +<p>Pero hoy la preocupación de Juan es muy notable.</p> + +<p>—Vuelvo en seguida, mi padrino—le dijo;—pues tengo necesidad de +hablaros.</p> + +<p>Y salió bruscamente, sin que el abate tuviera tiempo para darle un +terrón de azúcar a Loulou, o más bien dicho, unos terrones de azúcar, +pues llevaba cinco o seis en el bolsillo, considerando que bien merecía +Loulou este regalo por los diez días de marcha y las veinte noches +pasadas al raso. Además, desde la instalación de madama Scott en el +castillo, Loulou tenía siempre varios terrones de azúcar. El abate +Constantín se había hecho gastador, pródigo; sentíase millonario, y los +terrones para el caballo de Juan, eran una de sus locuras. Un día casi +le dirigió a Loulou su eterno discurso.</p> + +<p>—Esto procede de las nuevas castellanas de Longueval. Rogad por ellas +esta noche.</p> + +<p>Eran cerca de las tres cuando Juan llegó al presbiterio.</p> + +<p>—Me dijiste hoy, que tenías que hablarme... ¿de qué se trata?</p> + +<p>—De algo, padrino, que va a sorprenderos, a entristeceros, y me +entristece a mí también. Vengo a despedirme de vos.</p> + +<p>—¡A despedirte! ¿Partes?</p> + +<p>—Sí, parto.</p> + +<p>—¿Cuándo?</p> + +<p>—Hoy mismo... dentro de dos horas.</p> + +<p>—¡Dentro de dos horas! pero esta tarde debíamos comer en el castillo.</p> + +<p>—Acabo de escribir a madama Scott, excusándome. Me veo obligado +indefectiblemente a partir.</p> + +<p>—¿En seguida?</p> + +<p>—En seguida.</p> + +<p>—¿Y vas?</p> + +<p>—A París.</p> + +<p>—¡A París! ¿Y por qué esta repentina determinación?</p> + +<p>—No tan repentina. Hace tiempo ya que pensaba partir.</p> + +<p>—Y no me habéis dicho nada... Juan, algo te pasa... Eres un hombre, y +no tengo ya derecho para tratarte como a un niño; pero, en fin, tú sabes +cuánto te quiero... Si tienes alguna pena, alguna contrariedad, ¿por +qué no me lo dices? Quizá podría darte algún buen consejo. Juan, ¿a qué +vas a París?</p> + +<p>—No quería decíroslo... porque os causará pena... mas tenéis derecho a +saberlo... Voy a París a pedir que me manden a otro regimiento.</p> + +<p>—¿A otro regimiento? ¿Salir de Souvigny?</p> + +<p>—Sí, precisamente, salir de Souvigny... por algún tiempo, por poco +tiempo; pero, en fin, salir de Souvigny, es lo que deseo, lo que +necesito.</p> + +<p>—¿Y yo? Juan, tú ya no piensas en mí... ¡Por poco tiempo! ¡Poco tiempo! +es lo que me queda de vida, muy poco tiempo. Y durante estos últimos +días que debo a la gracia de Dios, sentirte cerca de mí, era mi +felicidad, sí, Juan, era mi mayor felicidad. ¿Y te vas así? Juan, espera +un poco, ten paciencia, que no tardará mucho, espera a que el Señor me +llame a sí, espera a que vaya a reunirme allí con tu padre y tu +madre... No te vayas, Juan, no te vayas.</p> + +<p>—Si vos me queréis, yo también os quiero... y bien lo sabéis vos...</p> + +<p>—Sí, lo sé.</p> + +<p>—Conservo por vos el mismo cariño que tenía cuando era niño, cuando me +recogisteis y me educasteis. Mi corazón no ha cambiado, ni cambiará +jamás... Pero si el deber, si el honor me obliga a partir...</p> + +<p>—¡Ah! si es el deber, si es el honor... No digo nada más, Juan... ¡Todo +queda después de eso, todo, todo! Siempre has sido buen juez de tu +deber, buen juez de tu honor... Parte, hijo mío, parte. No te pregunto +nada más, ni quiero saber nada más.</p> + +<p>—¡Pues bien! yo voy a decíroslo todo—exclamó Juan, vencido por su +emoción.—Vale más que lo sepáis todo, vos que quedáis aquí, y volveréis +al castillo... ¡y la volveréis a ver... a ella!</p> + +<p>—¿A quién?... ¿Quién es ella?</p> + +<p>—¡Bettina!</p> + +<p>—¡Bettina!</p> + +<p>—¡Yo la adoro, padrino, la adoro!</p> + +<p>—¡Pobre hijo mío!</p> + +<p>—Perdonad que os hable de estas cosas... pero os lo digo como se lo +diría a mi padre. Y además... nunca he hablado de esto a nadie, y me +ahoga el secreto. Sí, es una locura que se ha apoderado de mí, poco a +poco, a pesar mío, pues bien comprendéis... ¡Dios mío! aquí mismo fue +donde principié a amarla. ¿Sabéis aquel día que llegó con su hermana?... +con los paquetitos de mil francos... con los cabellos sueltos... ¿y la +noche del mes de María?... Luego he podido verla libre y +familiarmente... y vos mismo me hablabais de ella sin cesar, +ponderándome su carácter, su bondad. ¡Cuántas veces me repetisteis que +no había en el mundo nada mejor!</p> + +<p>—Y lo pensaba... y lo pienso aún... Nadie la conoce aquí como yo, pues +yo sólo la veo en casa de los pobres. Si la vieras en nuestras visitas +por la mañana ¡cuán cariñosa y valiente es! Ni la miseria, ni el +sufrimiento la desaniman... Pero hago mal en hablarte de esto...</p> + +<p>—No, no, no quiero volver a verla, pero no me niego a oír hablar de +ella.</p> + +<p>—En tu vida encontrarás, Juan, una mujer mejor que ésta, ni de +sentimientos más elevados. Tanto, que un día que me llevaba en un +carruaje abierto, lleno de juguetes para una chiquita enferma, y al +dárselos para hacerla reír y divertirla, le hablaba con tanta gracia, +que yo pensaba en ti y me decía, ahora lo recuerdo: «¡Ah, si fuera +pobre!»</p> + +<p>—¡Sí, si fuera pobre, mas no lo es!</p> + +<p>—¡Oh! no... ¡En fin, qué quieres, hijo mío! si te hace mal verla, vivir +cerca de ella, como ante todo es preciso que no sufras... vete ¿no es +así? vete... Y, sin embargo... y, sin embargo...</p> + +<p>El anciano sacerdote quedó pensativo, dejó caer la cabeza entre las +manos, y permaneció en silencio durante algunos minutos; luego continuó:</p> + +<p>—Y, sin embargo, Juan, ¿sabes en qué pensaba? La he visto mucho a la +señorita Bettina desde que llegó a Longueval. ¡Pues bien! ahora +reflexiono, antes no me asombraba, me parecía tan natural que se +interesasen por ti, pero en fin, ella no hablaba sino de ti, siempre, +siempre de ti.</p> + +<p>—¿De mí?</p> + +<p>—Sí, y de tu padre y de tu madre. Tenía curiosidad de saber cómo vivías +y me pedía le explicara lo que era la existencia de un soldado, de un +verdadero soldado que cumple con su deber. Es extraordinaria la reunión +de recuerdos que tiene lugar en mi mente desde que me has dicho eso. Mil +pequeños incidentes se agrupan, se acercan... Anteayer, a las tres, +volvió del Havre, una hora después estaba aquí, hablándome de ti. Me +preguntó si habías escrito, si no habías estado enfermo, cuándo +llegabas, a qué hora, si el regimiento pasaría por la aldea...</p> + +<p>—Es inútil, padrino, que busquéis todos esos recuerdos.</p> + +<p>—No, no es inútil... ¡Estaba tan contenta, considerábase tan feliz al +pensar que iba a volverte a ver! La comida de esta tarde era una gran +fiesta para ello... pensaba presentarte a su cuñado, que vino con ella. +No habrá nadie hoy en el castillo, ni un solo invitado; mucho insistió +sobre esto, y recuerdo su última frase, cuando estaba ahí en el umbral +de la puerta: «No seremos más que cinco, vos, el señor Juan, mi hermana, +mi cuñado y yo,» y agregó riendo: «¡Una verdadera comida de familia!» +Diciendo esto salió corriendo. ¡Una verdadera comida de familia! ¿Sabes +lo que yo creo, Juan, lo sabes?</p> + +<p>—No debéis creer eso, mi padrino, no debéis...</p> + +<p>—¡Juan, yo creo que ella te ama!</p> + +<p>—¡Y yo también lo creo!</p> + +<p>—¡Tú también!</p> + +<p>—Cuando la dejé hace veinte días, estaba tan agitada, tan conmovida. +Veíame triste y desgraciado, y no quería dejarme partir. Esto pasaba en +el pórtico del castillo, de donde salí huyendo... sí... huyendo; pues +iba a hablar, a estallar, a decírselo todo. Después de haber andado unos +cincuenta pasos, me detuve, y me volví; ella no podía verme, yo estaba +en completa obscuridad; pero yo la veía, que permanecía allí, inmóvil, +con los hombros y los brazos desnudos bajo la lluvia, mirando hacia el +lado por donde yo había partido. Quizá soy un loco al pensar que... Tal +vez era sólo un sentimiento de compasión. Pero no, era algo más que +compasión, ¿pues sabéis lo que hizo al día siguiente? Vino a las cinco +de la mañana, con un tiempo horrible, a verme pasar con el regimiento, y +allí su modo de decirme adiós... ¡Ah! ¡padrino, padrino!...</p> + +<p>—Pero, entonces—dijo el pobre cura, completamente trastornado, +enteramente desorientado;—pero entonces yo no comprendo nada. ¡Si tu +la amas, Juan, y si ella te ama!...</p> + +<p>—Por eso mismo quiero partir. ¡Si no fuera más que yo! Si estuviera +seguro de que ella no había notado mi amor, seguro de que no se +compadecía de mí, me quedaría... me quedaría... sólo por tener la dicha +de verla, y la amaría de lejos, sin esperanza ninguna, sólo por el +placer de amarla... Pero no, ella ha comprendido muy bien... y lejos de +desalentarme... en fin, esto es lo que me obliga a partir...</p> + +<p>—No, no lo comprendo. Bien sé, hijo mío, que hablamos de cosas en que +no soy muy entendido... pero, en fin, los dos sois buenos, jóvenes, +encantadores... Tú la amas... ella te ama... ¡y no podríais!...</p> + +<p>—¡Y su dinero, padrino, y su dinero!</p> + +<p>—¡Qué importa su dinero! ¡qué tiene que ver su dinero! ¿Acaso la has +amado por su dinero?... Pues a pesar de su dinero, mejor. Tu conciencia, +mi Juan, estará bien tranquila a este respecto, y eso basta.</p> + +<p>—No, eso no basta. Tener buena opinión de sí mismo no es bastante; es +preciso que de esta buena opinión participen los demás.</p> + +<p>—¡Oh! Juan, entre los que te conocen, ¿quién dudaría de ti?</p> + +<p>—Quién sabe... Y después hay otra cosa además de la cuestión dinero, +otra cosa más seria y más grave. No soy el marido que le conviene.</p> + +<p>—¿Y quién sería más digno que tú?</p> + +<p>—No se trata de ver lo que yo pueda valer, sino de considerar lo que +ella es, y lo que soy yo; de saber lo que debe ser su vida, y lo que +será la mía... Un día Pablo, sabéis que él tiene un modo algo brusco de +decir las cosas, pero muchas veces eso da al pensamiento mayor claridad, +se trataba de ella... Pablo no se imaginaba nada... sin eso... es bueno +y no habría hablado así. Pues bien, me decía: «Lo que necesita, es un +marido que se consagre a ella completamente, un marido que no tenga más +pensamiento que hacer de su existencia una perpetua fiesta, un marido, +en fin, que pase su vida procurándole diversiones.» Vos me conocéis... +Un marido semejante, no puedo, no debo serlo. Soy soldado y seguiré +siéndolo. Si los azares de mi carrera me envían un día de guarnición a +algún rincón de los Alpes o a alguna aldea perdida de Argel, ¿podré +pedirle que me siga? ¿Puedo condenarla a esta existencia de mujer de +soldado, que en suma es, más o menos, la existencia del soldado? ¡Pensad +en la vida que lleva hoy, en todo ese lujo, todos esos placeres!...</p> + +<p>—Sí—dijo el abate,—esto es más serio que la cuestión dinero.</p> + +<p>—Tan serio, que no cabe duda posible. Durante los veinte días que pasé +allá solo en el campamento, he pensado mucho en esto... no he pensado +más que en esto... y amándola como la amo es preciso que haya pensado +bien las razones, y que ellas me muestren claramente mi deber. Debo +irme... lejos, muy lejos, lo más lejos posible. ¡Sufriré mucho... mas no +debo volverla a ver, no debo volver a verla!</p> + +<p>Juan se dejó caer en un sillón junto a la chimenea, y permaneció allí +abrumado. El anciano sacerdote lo miraba.</p> + +<p>—¡Verte tan desgraciado, pobre hijo mío! Que un dolor semejante caiga +sobre ti... Es demasiado cruel, demasiado injusto...</p> + +<p>En este momento llamaron suavemente a la puerta.</p> + +<p>—¡Ah! no tengas cuidado, Juan... no dejaré entrar.</p> + +<p>El abate se dirigió hacia la puerta, la abrió y retrocedió como ante una +aparición inesperada.</p> + +<p>Era Bettina, que en el acto vio a Juan y se dirigió derecho a él.</p> + +<p>—¿Sois vos?... ¡Oh, cuánto me alegro!</p> + +<p>El se había levantado, y ella le tomó las dos manos, y dirigiéndose al +cura, agregó:</p> + +<p>—Dispensad, señor cura, si lo he saludado a él primero... A vos os he +visto ayer... y a él no le veo desde hace veinte largos días, desde +cierta noche que salió de casa triste y enfermo.</p> + +<p>Ella conservaba entre las suyas las manos de Juan, y él no se sentía con +fuerzas para hacer el menor movimiento ni pronunciar una sola palabra.</p> + +<p>—¿Ahora estáis mejor?—continuó Bettina.—No, aun no... lo veo... +triste aún... ¡Oh, qué bien he hecho en venir! He tenido una +inspiración... Sin embargo, siento algo, siento mucho encontraros aquí. +Y comprenderéis por qué, cuando sepáis lo que vengo a pedir a vuestro +padrino.</p> + +<p>Bettina soltó las manos de Juan, y se volvió hacia el abate.</p> + +<p>—Vengo, señor cura, a rogaros queráis escuchar mi confesión. Sí, mi +confesión... Pero no penséis en iros, señor Juan. Haré mi confesión +públicamente, con mucho gusto hablaré delante de vos... y hasta pienso +que será mejor así. Sentémonos, ¿queréis?</p> + +<p>Bettina sentíase llena de confianza y osadía. Tenía fiebre, pero esa +fiebre que en el campo de batalla da al soldado el ardor, el heroísmo y +el desprecio del peligro. La emoción que aceleraba los latidos de su +corazón era una emoción elevada y generosa. Ella se decía:</p> + +<p>«¡Quiero ser amada! ¡Quiero amar! ¡Quiero ser feliz! ¡Quiero que él sea +feliz! Y puesto que él no tiene valor, yo lo tendré por los dos, y +marcharé sola, con la cabeza erguida y el corazón tranquilo, a +conquistar nuestro amor, a conquistar nuestra dicha.»</p> + +<p>Desde el primer momento, Bettina sintió su completa superioridad sobre +el abate y Juan. Ellos la dejaban hablar, la dejaban obrar, sintiendo +que la hora era suprema. Comprendían que iba a pasar algo decisivo, +irrevocable, pero que ni uno ni otro estaban en estado de prever. +Habíanse sentado dócil casi automáticamente. Entre aquellos dos hombres +aturdidos, sólo Bettina conservaba su sangre fría, y con voz clara y +precisa comenzó de esta manera:</p> + +<p>—Para tranquilidad de vuestra conciencia, os diré primero, señor cura, +que estoy aquí con el consentimiento de mi hermana y mi cuñado, que +saben por qué he venido y lo que pienso hacer: no sólo lo saben, sino +que lo aprueban también. Me habéis comprendido, ¿verdad? Bueno. Lo que +me trae aquí es vuestra carta, señor Juan; la carta en que decís a mi +hermana que no podéis ir a comer con nosotros esta tarde, pues os veis +obligado a partir. Esa carta desbarató todos mis proyectos. Yo pensaba, +siempre con el permiso de mi hermana y mi cuñado, llevaros esta tarde, +después de comer, al parque, señor Juan, y sentarme con vos en un banco. +Tuve hasta la niñería de elegir el paraje de antemano, y allí os habría +recitado un pequeño discurso, muy preparado, muy estudiado, casi +aprendido de memoria, pues desde vuestra partida no pienso más que en +este discurso, y me lo recito a mí misma desde la mañana hasta la noche. +Esto era lo que me proponía hacer, y comprendéis que vuestra carta... +desconcertó mi plan. Reflexioné un tanto, y pensé que si yo dirigiera mi +discurso a vuestro padrino, sería, más o menos, como si os lo dirigiera +a vos mismo. He venido, pues, señor cura, a rogaros tengáis la bondad de +escucharme. Cuando vine aquí traía una buena dósis de valor; pero ya se +me acaba, y quisiera deciros aún ciertas cosas... las más importantes. +Juan, escuchadme bien: no quiero que me deis una respuesta arrancada a +vuestra emoción. Sé que me amáis... Y si debéis casaros conmigo, no +quiero que sea sólo por amor, sino también por razonamiento. Durante los +quince días que precedieron vuestra partida, pusisteis tal empeño en +huir de mí, en evitar hasta la más simple conversación, que no pude +mostrarme a vuestros ojos tal como soy. Y poseo, quizá, algunas +cualidades que no conocéis... Sé, Juan, lo que sois vos, y sé los +compromisos que contraigo tomándoos por esposo: seré para vos no sólo +una mujer cariñosa y buena, sino también valiente y firme. Conozco toda +vuestra vida, vuestro padrino me la ha referido; sé por qué sois +soldado, y cuántos deberes y sacrificios podéis entrever en el +porvenir... No lo dudéis, Juan, jamás os desviaré de ninguno de estos +deberes, de ninguno de estos sacrificios. Si pudiera resentirme con vos +por algo, lo haría por ese pensamiento, ¡oh, sí, lo habéis tenido! el +pensamiento de que yo os querría todo para mí, que os pediría +abandonarais vuestra carrera. ¡No, nunca, jamás! oíd bien, jamás os +pediré una cosa semejante... Una joven amiga mía hizo eso al casarse; +pero hizo mal... os amo tal como sois, y porque vivís de otra manera y +mejor que todos los que me deseaban por esposa, yo os deseo por marido. +Os amaría menos, nada quizá, aunque esto sería muy difícil, si +llevarais la vida que llevan todos aquellos a quienes he desechado... +Cuando pueda seguiros os seguiré, y donde quiera que estéis, allí estará +mi deber; donde quiera que vayáis, irá mi felicidad, y si llegara día en +que no pudierais llevarme, día en que debierais partir solo, pues bien, +Juan, ese día os prometo que tendré valor suficiente para no quitaros el +vuestro... Y ahora, señor cura, no es a él, sino a vos a quien me +dirijo... quiero que respondáis vos, y no él. Decid... ¿si él me ama y +me considera digna de él, será justo que me haga expiar tan duramente mi +fortuna?... Decid... ¿no debe aceptar ser mi marido?</p> + +<p>—Juan—dijo gravemente el anciano sacerdote,—¡sé su esposo... es tu +deber... y será tu felicidad!</p> + +<p>Juan se acercó a Bettina, la tomó en sus brazos y posó en su frente un +primer beso.</p> + +<p>Bettina se separó suavemente, y dirigiéndose al abate:</p> + +<p>—Ahora, señor cura, tengo aún algo que pediros... quisiera... +quisiera...</p> + +<p>—¿Quisierais?...</p> + +<p>—Que me besarais, señor cura.</p> + +<p>El anciano sacerdote la besó paternalmente en las dos mejillas.</p> + +<p class="puntos">—Muchas veces me habéis dicho, señor cura, que Juan era como vuestro +hijo. Yo también, no es verdad, seré un poco vuestra hija, y así +tendréis dos hijos.</p> + +<p>Un mes después, el 12 de septiembre, a mediodía, Bettina con el más +sencillo traje de novia, atravesaba la iglesia de Longueval, mientras +que colocada detrás del altar la banda del 9.º de artillería tocaba +alegremente bajo las bóvedas de la vieja iglesia.</p> + +<p>Nancy Turner solicitó el honor de tocar el órgano en tan solemne +circunstancia, pues el pequeño armonium había desaparecido. Un órgano de +resplandecientes tubos se elevaba en el coro de la iglesia: era el +regalo de bodas de miss Percival al abate Constantín.</p> + +<p>El anciano cura dijo la misa. Juan y Bettina se arrodillaron ante él, +que pronunció la fórmula de la bendición permaneciendo en seguida, +durante algunos instantes, en oración, con los brazos extendidos, +pidiendo con toda su alma cayesen las gracias del Cielo sobre la cabeza +de sus dos hijos.</p> + +<p>El órgano dejó oír entonces la misma <i>rêverie</i> de Chopín que tocara +Bettina la vez primera que entró en la pequeña iglesia de aldea, donde +debía consagrarse la felicidad de su vida.</p> + +<p>Y esta vez fue Bettina quien lloró.</p> + +<p class="c">FIN</p> + +<hr /> + + + + + + + +<pre> + + + + + +End of the Project Gutenberg EBook of El Abate Constanín, by Ludovic Halévy + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL ABATE CONSTANÍN *** + +***** This file should be named 29703-h.htm or 29703-h.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + https://www.gutenberg.org/2/9/7/0/29703/ + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at https://www.pgdp.net + + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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Thus, we do not necessarily +keep eBooks in compliance with any particular paper edition. + + +Most people start at our Web site which has the main PG search facility: + + https://www.gutenberg.org + +This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, +including how to make donations to the Project Gutenberg Literary +Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to +subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. + + +</pre> + +</body> +</html> diff --git a/29703-h/images/001.png b/29703-h/images/001.png Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..a6942a9 --- /dev/null +++ b/29703-h/images/001.png diff --git a/LICENSE.txt b/LICENSE.txt new file mode 100644 index 0000000..6312041 --- /dev/null +++ b/LICENSE.txt @@ -0,0 +1,11 @@ +This eBook, including all associated images, markup, improvements, +metadata, and any other content or labor, has been confirmed to be +in the PUBLIC DOMAIN IN THE UNITED STATES. + +Procedures for determining public domain status are described in +the "Copyright How-To" at https://www.gutenberg.org. + +No investigation has been made concerning possible copyrights in +jurisdictions other than the United States. 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