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| author | Roger Frank <rfrank@pglaf.org> | 2025-10-15 02:47:54 -0700 |
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You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: Las Solteronas + +Author: Claude Mancey + +Release Date: August 5, 2009 [EBook #29610] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LAS SOLTERONAS *** + + + + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at https://www.pgdp.net + + + + + + + + + +BIBLIOTECA DE «LA NACION» + +CLAUDE MANCEY + +LAS + +SOLTERONAS + +BUENOS AIRES + +1909 + +Imp. y estereotipia de LA NACIÓN.--Buenos Aires. + + + + +LAS SOLTERONAS + + +Las páginas que se van a leer no necesitan un largo discurso para ser +presentadas al público. + +El título que llevan basta para hacer conocer su objeto. + +Y basta también, añadiré, para revelar su actualidad. + +¡Las solteronas! + +Existe hoy una cuestión de las solteronas. + +Y el autor de esta obra ha querido exponerla, o, mejor, plantearla. + +Su libro--confesémoslo, puesto que es la verdad--es, ante todo, una +tesis de sociología. + +Si le ha dado la forma de una novela es porque sabe, como ha dicho La +Fontaine, que + +Una moral desnuda trae consigo el fastidio, + +mientras que + +El cuento hace pasar a la moral con él. + +La «moral» que el autor quisiera hacer «pasar» sin «fastidio» a la mente +de los lectores, es que hay en la actualidad una crisis del matrimonio +y que, por consecuencia de ella, muchas existencias femeninas +transcurren no sólo en una soledad dolorosa para la que las mujeres no +están hechas, sino en una semiesterilidad que viene en detrimento +público. + +Hay en esto un mal social considerable. + +A los moralistas, a los economistas y a los legisladores toca buscar y +encontrar los remedios. + +Toda la ambición del «Diario» que sigue es notar los signos y marcar las +manifestaciones de ese mal. + +C. M. + + + + +Aiglemont, 26 septiembre 1903 + + +--Abuela, abuela--grité aquella mañana al salir de la cama,--felicítame, +porque hoy cumplo veinticinco años... + +Y, muy dichosa, me precipité como una tromba en el cuarto de la abuela, +que está al lado del mío. Sorprendida por mi brusca invasión--la abuela +no puede acostumbrarse a mis modales de torbellino--la encontré enredada +en las bridas de su cofia de dormir, y tratando de sujetársela en la +cabeza del modo que convenía a la solemnidad de las circunstancias. + +La abuela es aficionada a la etiqueta--con E mayúscula, como ella la +escribe,--y, para ella, estaba yo faltando a las más elementales +conveniencias al anunciarle sin más ceremonia el alba de mi +vigésimasexta primavera. + +¡Ay! jamás he podido aprender la calma, esa calma de las tropas +veteranas de que habla sin cesar mi primo el comandante Harmel. + +--¿Felicitarte?--articuló por fin la abuela, besándome con todo su +corazón, mientras que su gorro se caía decididamente al +suelo.--¿Felicitarte?... Verdaderamente, señora nieta, no veo por qué. + +¡Adiós mi dinero! + +Aquel «señora nieta» me indicaba que la aurora de mi vigésimasexta +primavera iba a conocer la reprimenda de que fueron testigos sus +hermanas mayores y que era preciso prestar un oído atento y sumiso a los +consejos matrimoniales de la abuela. + +--Sí--continuó, persiguiendo su idea y la colocación del gorro fugitivo +en sus hermosos cabellos blancos,--sí, por mucho que busco, no veo nada +particularmente glorioso en el hecho de tener veinticinco años. + +--Abuela--respondí afectando una expresión escandalizada,--a los +veinticinco años es cuando aparece solamente la segunda y durable gracia +de la fisonomía... + +--¿Qué estás ahí diciendo, chiquilla?--interrumpió la abuela haciendo un +visible esfuerzo para recordar el autor de esa frase conocida. + +--Es una canción de Legouvé, querida abuela--si se puede llamar a eso +una canción--añadí _in petto_.--Legouvé supone que hasta los veinticinco +años no brilla en la mirada de la mujer el fuego de la inteligencia; que +la agudeza del ingenio se revela en las narices más movibles y más +acusadas; que el alma, sobre todo, el alma de abnegación y de ternura, +al asomar a los labios, a la sonrisa y a las lágrimas, muestra a la +mujer con todo el brillo con que Dios la ha adornado al crearla; y, en +fin, que una mujer no está llena de riqueza de sentimientos y de +inteligencia hasta los veinticinco años. Abuela, tú no eres de la +opinión de Legouvé, confiésalo... + +--En una mujer casada--respondió la abuela--todo eso puede ser verdad, +pero... en una solterona... + +--¡Solterona!--exclamé lanzando una alegre carcajada.--¡Qué gran error, +abuela!... Soltera sí, y a mucha honra; pero solterona, jamás... + +Y mostré a la abuela con el gesto la linda silueta que reflejaba el +espejo del armario de familia, una silueta a lo Legouvé. Blanca y +delgada, con mi gran peinador de mañana, no tenía yo verdaderamente el +aspecto de una triste solterona. + +Mis ojos negros no hacían pensar que yo me impacientase en las tristezas +de la espera de un esposo soñado; mis cabellos indisciplinados, de +matices cenicientos, no atestiguaban un carácter melancólico, y mi +sonrisa no indicaba ninguna decepción del corazón. + +La abuela sonrió maliciosamente sin dejar de mover la cabeza. + +--Sí, sí; confieso que no has llegado todavía a la decrepitud. + +--¡Decrepitud! malísima abuela, retira pronto esa fea palabra. + +--¡Diablo! Una solterona... + +--¡Injusto calificativo!... ¿Por qué ese epíteto de viejas en una edad +en que lo somos tan poco? + +--Es el uso--respondió la abuela en un tono que significaba que no había +nada que replicar.--A los veinticinco años se viste la primera imagen y +se entra en el gremio de las solteronas, por muy joven y muy linda que +una se crea. Pero la belleza y la juventud son cosas fútiles. En vez de +enorgullecerte por tus cualidades físicas, cuida tu belleza moral, hija +mía. + +--¿A los veinticinco años?... Tú bromeas, abuela. Si mi belleza moral no +está completa a la hora actual, puedes creer que es inútil que trabaje +en ella. A esta edad no brotan ya esas cosas. + +--Anda de ahí, chiquilla--replicó la abuela;--no eres seria. + +--Vaya si lo soy--respondí.--La prueba es que ahora mismo me voy a +prender un bonito lazo rosa en la belleza moral. Verás como eso la +realza a los ojos de los mortales. Sabes, abuela, que no todo el mundo +descubre la belleza moral... mientras que un lazo rosa... + +--Niña mimada--suspiró la abuela,--no quieres comprender qué feliz sería +yo viéndote casada con un buen marido y... + +--¡Oh! abuela querida--supliqué,--soy tan feliz a tu lado... No me eches +de aquí, te lo ruego... + +--¡Echarte!--exclamó la abuela con infinita ternura en los ojos.--¿Echa +nadie a su alegría, a su rayo de sol, a su pajarillo parlero? + +--No--respondí vivamente afectando un tono de broma,--no se les echa, +pero se les pone bonitamente en la puerta. La cosa es igual aunque no lo +parezca. + +--Piensa, Magdalena, que puedo faltarte. ¿Qué sería de ti sola en la +vida? + +--¡Oh! abuela, no entristezcas el día de mi cumpleaños, te lo suplico. +No me digas cosas tan horribles. En primer lugar, tú vivirás siempre. + +--No, hija mía--respondió la abuela con una conmovedora angustia en la +mirada,--no viviré siempre; no hay que hacerse ilusiones. Soy vieja, me +moriré como los demás y, te lo repito, ¡qué será de ti sin parientes, +sin familia allegada!... + +--¡Abuela! ten piedad de mí--supliqué con lágrimas en los ojos;--déjame +gozar de mi vigésimoquinto aniversario... No me obligues a pensar cosas +tristes... No me hables de la muerte, y sobre todo de la tuya... + +--Es, sin embargo, una ley de la Naturaleza siempre respetada y siempre +obedecida--respondió dulcemente la abuela.--Tu padre y tu madre te han +dejado. ¿Por qué yo, la abuela, he de ser inmortal?... Los viejos dejan +el sitio a los jóvenes, y los pajarillos vuelan del nido para ir a +construir otro... + +--Los pajarillos sin corazón, es posible--dije dejando caer un lagrimón +en la mano que la abuela me ofrecía--pero las nietas agradecidas... + +--¡Bah!--respondió la abuela,--ya salió la gran palabra... Por +agradecimiento querrías permanecer a mi lado para cuidarme, para +endulzar mis dolores, para alegrar mis últimos años. Pero yo, por deber, +no quiero tal cosa. Mi deseo es que te cases y pronto. ¿Entiendes? + +--Sí, entiendo tu abnegación. Me has recogido a la muerte de mis padres, +me has consagrado veinte años de tu vida que hubieras podido pasar más +tranquilamente; y ahora te olvidas de ti misma una vez más queriendo lo +que crees que es mi felicidad. ¿Estás segura de qué lo será el +matrimonio? + +--¡Cómo si estoy segura! Perfectamente, tontilla. No hay más que dos +maneras honradas para una mujer de tomar puesto en la vida: el +matrimonio y el convento. + +--No comprendo por qué el celibato no es tan honroso como los otros dos +medios. + +--No necesitas comprenderlo--respondió la abuela con energía.--No se +permanece soltera; eso no se hace. + +--Entonces, casamiento o monasterio. El convento no me dice gran +cosa--dije bajando la cabeza.--La obediencia no es mi fuerte, la pobreza +me molestaría y sólo me seduce la castidad. Tales gustos son los de una +solterona, pero no son una vocación religiosa. Pero el matrimonio no me +seduce tampoco mucho. ¿Estás segura, abuela, de que tengo la vocación +del matrimonio? + +--¡Cómo disparatas, hija mía, cómo disparatas!--suspiró la abuela +encogiéndose de hombros.--Cuando una mujer no está llamada a la más +perfecta de las vocaciones, que es la religiosa, es que Dios la llama al +matrimonio. No hay vocación del celibato. El matrimonio es indispensable +para las mujeres destinadas a vivir en el mundo. Piensa, Magdalena, que +la mujer no es nada por sí misma... + +--¿Nada? ¿Yo no soy más que una apariencia? Soy muy real, te lo aseguro. + +--Nada en lo moral, hija mía. La mujer necesita un apoyo para +sostenerla... + +--Sí, vamos, una especie de tutor. + +--Un protector para representarla... + +--Como un paraguas... + +--No digas tonterías, hija mía, hablo en serio. La mujer necesita hijos +y familia; es preciso que su sensibilidad se emplee en los seres a +quienes ha dado la luz. Esta es la sola dicha de la mujer y su única +dignidad. + +--¿Crees, abuela?--articulé pensativa.--Sin embargo, una muchacha de mi +edad que empieza a comprender la vida, y ve de qué regateos son objeto +las jóvenes casaderas, no puede tener prisa por dejarse pesar como un +saco de dinero. Un marido que se compra no es más tentador que un muñeco +de la feria. Y, todavía, se tiene el muñeco por unos cuantos centavos, +mientras que el hombre... + +--Sí, ya sé, ya sé--replicó la abuela distraída.--Digan lo que quieran, +siempre ha sido así. Las muchachas con buen dote siempre han sido +buscadas; las otras se casaban como podían. Hoy, el matrimonio no es +fácil cuando no se tiene nada; pero tú no estás en ese caso. Tu pequeña +fortuna y lo poco que yo te dejaré, te permiten hacer una elección +honrosa. No veo nada que se oponga a tu matrimonio. + +--¿Nada? ¿Y el marido, abuela, qué haces de él? + +--El marido yo lo encontraré--respondió la abuela.--Eso es sencillo y +fácil. Prométeme solamente ser razonable y no rechazar a ciegas +cualquier proyecto de matrimonio. + +--Sí, abuela, te prometo tratar de hacerlo--respondí con firmeza.--Pero +concédeme una gracia en cambio de esta promesa. Antes de tomar una +resolución, déjame algún tiempo para estudiarme a mí misma y estudiar a +los demás. Tú estás segura de que seré feliz en el matrimonio; yo lo +dudo, y quisiera ver claro en mi corazón antes de decidir nada. ¿Es +mucho pedir? + +--No, querida--respondió la abuela con un relámpago de satisfacción en +los ojos.--Tengo confianza en tu promesa. Estudia todo lo que quieras, +puesto que el estudio es la manía de las jóvenes de ahora; te doy carta +blanca. Vaya, vístete--añadió echando una mirada al reloj,--para que no +llegues tarde a misa de ocho. + +--¡Llegar tarde a misa en el día de mi cumpleaños!... No, abuela; Dios +querría castigarme y sería capaz de casarme de repente... + +He aquí cómo, a consecuencia de esta conversación con la abuela, he +tomado la resolución de escribir de vez en cuando mi diario, a fin de +darme cuenta de lo que pienso y de lo que deseo. Tengo alguna libertad +para decidir mi porvenir y descubrirme la vocación del matrimonio; +aprovechémosla. Hasta ahora mi vocación es más bien vaga, lo confieso. +¡Qué lástima que la abuela encuentre tan inconveniente el quedarse +soltera! Creo que me estaría como un guante la vocación del celibato. + + + + +4 de octubre. + + +La abuela ha tomado en serio su idea del matrimonio. + +Al salir de la primera misa, en la que habíamos hecho nuestras +devociones--hoy es la fiesta del Rosario,--mi querida abuela me condujo +vivamente hacia San José, y yo comprendí inmediatamente de qué se +trataba. San José, protector de los matrimonios, es el más solicitado +de los santos, a pesar de San Antonio, que empieza a hacerle una +competencia temible. Todas las mamás ávidas de casar a su progenitura +están a los pies del santo patriarca, y todas las solteras y solteronas +en busca de un marido le hacen una corte asidua. + +Al salir de la Catedral quise darme el placer de parecer ignorar lo que +la abuela podía tener que pedir tan largamente al bueno de San José. + +--Muchas coqueterías te traes con San José--le dije en cuanto salimos de +la iglesia.--Supongo que le has pedido muchas gracias en la larga +estación que acabas de hacer delante de él. + +--Una sola, Magdalena--dijo la abuela con una convicción absoluta. + +--¡Ah! + +--La gracia de un buen matrimonio para ti. + +--¡Pobre abuela! + +La ocasión era tan tentadora, que dije muy de prisa: + +--Yo también he rezado por ti, querida abuela, aunque no para obtener la +misma gracia. He suplicado a San José que te quite de la cabeza todo lo +que pueda parecerse a una idea fija. + +Si no hubiéramos estado en medio de la calle, la abuela me hubiera +tirado de las orejas; pero no pudiendo administrarme su castigo +favorito, se contentó con sonreír con indulgencia. En esto nos +encontramos de manos a boca a una charlatana, a la que la abuela recibe +sin quererla mucho, la señora Siberot. + +--Querida amiga--dijo ésta, apoderándose de la mano que la abuela le +ofrecía;--qué contenta estoy de ver a usted. + +--Y nosotras también, amiga mía--respondió la abuela con política. + +--¿Conque piensa usted casar a Magdalena?--preguntó aquella buena alma. + +--¿Quién le ha dicho a usted eso?--respondió la abuela. + +--Tres personas me lo han afirmado después de la misa de ocho. + +--¡Ah!--replicó la abuela mirando al reloj.--Hemos salido a las ocho y +cuarenta y son ahora las ocho y cincuenta. En diez minutos se ha hablado +mucho. + +--Ha rezado usted tanto tiempo a San José, como decía ahora mismo la +señora de Robertier, que todo el mundo ha deducido que desea usted casar +a su nieta. + +--De modo--respondió con complacencia la abuela,--que no se puede rezar +a San José por otros motivos... + +--No, señora--dijo la omnipotente charlatana,--sobre todo cuando se +tiene hija o nieta casaderas. + +Y viendo a lo lejos a una de sus amigas, saludó con prisa a la abuela +para correr a la recién llegada y emprender con ella el chisme del día. + +--Abuela, me pones en evidencia--dije furiosa por las murmuraciones de +que era objeto. + +--No te importe, hija mía--dijo la abuela siempre filósofa.--Hay que +saber sufrir lo que no se puede evitar. + +De vuelta a casa, encontramos a Celestina, la cocinera, con una +expresión consternada. + +--¿Qué hay, Celestina?--le pregunta la abuela. + +Celestina no responde y finge absorberse buscando un objeto perdido. La +abuela, que sabe lo que significan los silencios de Celestina, sigue su +camino y se va a su cuarto. Oigo a Celestina murmurar algo sobre San +José, y comprendo. Aquella mujer, ferviente del celibato, está ya al +corriente de la historia de la oración de la abuela y protesta a su +modo. + +¡Dichoso país, donde las noticias se propagan con tal facilidad! +Verdaderamente, nos sobra el teléfono. + +Esta tarde, en las vísperas, había poca gente, a pesar del atractivo de +un predicador forastero. Apenas han acabado las vacaciones y los +retrasados están gozando de los últimos placeres campestres y de los +penúltimos rayos de sol. + +Era lamentable para el predicador, que debe de tener una mala opinión de +la piedad de las aiglemontesas, y muy triste para mí, que, si no me +intereso siempre por el sermón, me fijo mucho en la manera especial que +tiene cada cual de escucharle. + +Nada más curioso que ver el aspecto de avidez del auditorio femenino por +poco que se trate de un predicador desconocido. Desde el cuarto salmo, +los ojos empiezan a errar desde la gran nave hasta los lados de la +iglesia, con el ánimo de no dejar de ver la subida al púlpito. Se espera +al predicador con impaciencia no disimulada y las plumas y los sombreros +se levantan con un movimiento de ola en el sentido indicado por la +curiosidad del momento. El movimiento de ola era hoy más acentuado que +de ordinario, pues el orador conquistó a su auditorio solamente con el +modo autoritario con que tomó posesión del púlpito. Plumas y flores se +inclinaron con respeto enternecido. + +Hay que confesar que el olfato especial de las aiglemontesas en materia +de sermones no les había engañado. El predicador ha hablado muy bien y, +sobre todo, de un modo original, lo que, vista la rareza del caso, +produce siempre placer. A propósito de la vida interior y del alma no +comprendida, el orador encontró el medio de llegar a decir que ésta era +con frecuencia la resultante de un estado no comprendido: el celibato. + +El sombrero de la abuela no se movió, pero, delante de mí, una porción +de plumas, opinaron con una elocuente unanimidad en pro de tan deliciosa +explicación. Todas parecían exclamar: + +--Sí, el celibato es calumniado, muy calumniado. + +El predicador se extendió sobre las ventajas espirituales de la +virginidad y no temió asegurar, con gran escándalo de mi abuela, que se +agitó en su silla, que el horror del mundo por las solteronas, no viene +más que de un resto de paganismo. En cualquiera otra circunstancia, es +probable que todo esto no me hubiera chocado; pero viniendo en seguida +de la reprimenda de la abuela para celebrar mi vigésimoquinto +aniversario, me sentí poseída de una ardiente curiosidad: + +--El horror de la abuela--pensé instantáneamente,--¿será un resto de +paganismo olvidado en su cerebro? + +Me sonreí ligeramente ante esta sospecha, cómica a fuerza de +inverosimilitud, y eché una mirada a la abuela para ver si se daba +cuenta ella también de que era pagana sin saberlo. Pero vi que afectaba +una expresión un poco incrédula. La gracia no la había tocado y seguía +en sus errores acerca de las solteronas. + +Concentré toda mi atención en la idea que expresaba el predicador +tratando de demostrar que esa falta de estima por el celibato venía de +las religiones paganas y estaba en contradicción con el cristianismo. + +El origen del desprecio en que se tiene a las solteronas es +verdaderamente curioso y mi memoria ha guardado un recuerdo casi fiel. + +Todo lo lejos que se remonta en la historia, se ve que los muertos +pasaban por seres sagrados. Los antiguos les daban los epítetos más +respetuosos que podían encontrar. Los llamaban santos, buenos y +bienaventurados, y tenían por ellos, cualquiera que hubiera sido su +vida, toda la veneración que el hombre puede tener por la divinidad a +quien ama o teme. En el pensamiento antiguo cada hombre era un Dios que, +aun siéndolo, no estaba bastante desprendido de la humanidad para no +tener necesidad de alimento. No sólo, en ciertos días del año, se +llevaba una comida a cada tumba, sino que los vivos debían tener fe en +la presencia continua alrededor de ellos, de los muertos de su sangre. +El padre de familia volvía a ser huésped invisible del hogar que había +habitado, para recibir en él todos los días las primicias de la comida +de la tarde y gozar del cariño fiel de sus hijos y de su viuda. + +¡Desgraciado el que faltaba al deber de alimentar a sus antepasados!... +¡Desgraciado el que no era alimentado por sus descendientes!... + +Si, por una razón cualquiera, la cadena de las comidas llegaba a +interrumpirse, el alma del muerto salía de su morada apacible y se +convertía en un alma vagabunda cuya única ocupación era molestar y +atormentar a los vivos. + +Unas veces les jugaba todas las malas pasadas posibles aplicándose a +contrariar sus proyectos, a quitarles los objetos que les pertenecían y +a hacer desaparecer las cosas más necesarias para la vida. Otras veces +se les aparecía por la noche en formas pálidas y fantásticas, les +perseguía y les arrancaba gritos de espanto. Después, cambiando de +aspecto, era él quien gemía en la tempestad, quien lloraba con el viento +de la tarde y lanzaba como un ave nocturna esas quejas agrias y +discordantes que hacen pasar por el alma de los vivos, como por las +cimas de los árboles, un largo escalofrío de hielo. + +Las ánimas no eran verdaderamente dioses más que en cuanto los vivos los +honraban con un culto fiel, y la primera manifestación de ese culto era +el darles alimento. + +Ese culto, que se encuentra en Oriente como en Occidente, tenía por +primera regla el no poder ser tributado por cada familia más que a los +muertos que le pertenecían por la sangre. Si una familia llegaba a +extinguirse, las almas de los antepasados, siempre errantes en la tierra +entre los malos genios, no podían llegar jamás al eterno reposo. + +El único gran interés de la vida humana era, pues, forzosamente, +continuar la filiación para perpetuar el culto. El celibato, por +consecuencia, era para la antigüedad una impiedad grave y una desgracia: +una impiedad porque el soltero ponía en peligro la dicha de los manes de +su familia; una desgracia porque él mismo no debía recibir otro culto +después de su muerte y no debía conocer lo que regocija a los manes. Era +a la vez para él y para sus antepasados una especie de condenación. + +De aquí la imposibilidad de permanecer soltero. + +Confieso que estas nuevas consideraciones sobre las solteronas me +interesaron de tal modo que olvidé que tenía que oír el resto del +sermón. Vi entonces que la peroración había terminado y empujé +dulcemente a la abuela perdida en las dulzuras de un sueño reparador. + +Al salir de la Catedral, la voz de Francisca Dumais me interpeló: + +--Magdalena, ahí tienes un sermón de tu cuerda. A una amiga de las +solteronas le gusta que se ocupen de ellas. + +--¿Por qué no?--respondí alegremente.--¿Y tú? + +--Eso no va conmigo--dijo Francisca con una mueca de infinito +desdén.--Además, yo tengo respeto a la familia y no quiero condenar a +mi pobre mamá a andar errante por toda la eternidad, como en otro +tiempo. Los gemidos de mamá son extremadamente penosos. + +--Debieras estar acostumbrada sin embargo, Francisca. No pareces +satisfecha más que cuando gime tu madre. + +--A mi pobre mamá le gusta eso. + +--¡Francisca!--protestó la señora de Dumais que llegó con la abuela +adonde estábamos nosotras. + +La abuela sonrió con expresión equívoca, pues no aprecia el carácter +libre de que se jacta Francisca. Pertenece ésta, en efecto, a un género +poco conforme con las sanas tradiciones, que son las que gustan a la +abuela y a sus amigas. No hay, pues, ninguna más criticada ni vigilada +que mi pobre Francisca. Se cuenta el número de sus sombreros y se espía +el color de sus corbatas. A esto hay que añadir que el espíritu infantil +de Francisca le atrae numerosas enemistades. En un país de solteronas +como el nuestro, Francisca lleva la imprudencia hasta burlarse +continuamente de ellas. En misa, cuando se la cree sumida en una seria +meditación, está ahogándose de risa entre las manos piadosamente juntas, +y es el vestido de una o la actitud de otra lo que provoca su +intempestiva alegría. Su madre se pasa la vida murmurando con espanto: + +--¡Oh! Francisca... + +Y se comprende. La buena y plácida señora de Dumais no puede creer a sus +ojos ni a su oído desde hace veintitrés años que Francisca está en el +mundo. Conserva el asombro de una gallina que ha empollado un huevo de +pato creyendo empollar uno de su raza. No es posible volver jamás de +esas sorpresas... Pobre señora Dumais. + + + + +7 de octubre. + + +Esta mañana he entrado triunfalmente en el comedor con un gran librote +debajo del brazo. La abuela retrocedió espantada. + +--¡Dios mío, Magdalena! ¿te vas a examinar? + +--No, abuela querida, estoy haciendo un examen. + +--¿A quién? ¿De qué?--exclamó sorprendida. + +--De la cuestión de las solteronas... + +--Cuestión tonta y detestable idea--respondió la abuela +enfurruñada.--Mejor harías de decirme qué te pareció aquel joven moreno +que estaba ayer en el rosario al lado de la señorita de Sarcicourt. + +--Un joven moreno... en el rosario... al lado de la señorita de +Sarcicourt... No le reparé. + +--Sí, sí, recuerda bien... + +--¡Dios mío! otro pretendiente... + +--¿Por qué no? + +--Porque no quiero... No me hables de eso, abuela, te lo ruego. ¿Cómo +quieres que haya encontrado a un joven que no he visto? + +--Si tú... + +--No, no, que no se me hable de matrimonio... Por el momento pertenezco +a las solteronas... Abuela--proseguí tiernamente,--no puedes querer que +me case con un caballero porque es moreno, porque va al rosario y porque +está al lado de la señorita de Sarcicourt... + +--Es una garantía. + +--¿El ser moreno es una garantía?--dije dando una carcajada.--¡Ah! +querida abuela... + +Y aprovechando la alegría que se leía en el semblante de la buena +señora, cambié bruscamente de conversación. + +--¿Sabes--dije,--que las leyes, según este librote, se acordaban en otro +tiempo con la religión para condenar el celibato? + +--¡Ah!--suspiró la abuela,--eso era sin duda en el tiempo en que se +hacían aún buenas leyes... + +--Era en el tiempo feliz en que florecían los hebreos, los indos, los +persas, los griegos, los romanos, los germanos... + +--¿Y qué me importa a mí toda esa gente? + +--Un poco de paciencia, si quieres--exclamé volviendo unas hojas.--Los +hebreos tenían enteramente tus ideas sobre el matrimonio. + +--No te comprendo, Magdalena. ¿Adónde vas a parar? + +--Continúo el sermón del domingo. + +--¿Cómo? + +--Buscando si las leyes estaban de acuerdo con las ideas religiosas... + +--Y has encontrado. + +--Que todas las legislaciones no han hecho más que confirmar lo que +estaba ya edictado en las diferentes religiones. + +--¿Y eso te interesa? + +--En extremo. + +--¡Qué nieta tan rara!--exclamó la abuela encogiéndose de +hombros.--¿Estás ahora ocupada de las solteronas? + +--Sí. Oye cómo comprendían los hebreos el deber de la mujer. Su única +misión, según ellos, era dar los más hijos posibles a la familia y al +Estado... De aquí el matrimonio obligatorio... + +--Tenían mucha razón. + +--Los indios, abuela, son también, según tú, gente razonable. A los ojos +del legislador indio, todo el destino de la mujer se reduce a dar al +hombre hijos y a perpetuar la especie humana. La mujer no goza de los +favores que la ley le concede hasta que se convierte en esposa y madre. + +--Los indios eran gente de buen sentido--dijo la abuela con aplomo. + +--¿Y Zoroastro?--exclamé riendo.--Este es tu mejor apoyo... Zoroastro +recomienda a las persas el matrimonio como la obra más meritoria y +declara que la joven que rehusase casarse irá a los infiernos hasta la +resurrección, aunque haya hecho buenas acciones. + +--Lo de los infiernos es acaso excesivo--dijo la abuela con +malicia,--pero opino que haga una temporada de purgatorio... + +--Entre los griegos--continué libro en mano,--no es ya el infierno lo +que se tiene en perspectiva, sino el Código Penal. Parece que en toda la +Grecia el matrimonio era obligatorio, no sólo para la mujer sino también +para el hombre y para el tutor de la mujer. La ley castigaba... + +--A las jóvenes recalcitrantes que... + +--Que se negaban a escuchar a su abuela... Es posible. En todo caso +castigaba seguramente al soltero y al tutor que tardaba en casar a su +pupila. + +--Ya ves, Magdalena--dijo la abuela sonriendo,--qué culpable eres +conmigo. Si fuese griega, hubiera sido castigada por las leyes sin que +tu estado de soltería me sea imputable. + +--Yo lo hubiera proclamado a voz en cuello, y, lejos de castigarte, el +tribunal te hubiera felicitado por el modo que tienes de cumplir tu +misión. Un joven moreno... La señorita de Sarcicourt... el rosario... +Abuela, si yo hubiera sido romana, no hubiera podido reclamar contra ti +ante el magistrado... Y las leyes permitían a la joven romana obligar a +su padre o a su tutor a casarla. + +--Ya ves--interrumpió la abuela,--que cumplo con mi deber tratando de +influir sobre ti en favor del matrimonio. + +--Sí, le cumples demasiado bien. En esto eres de la opinión de Dionisio +de Halicarnaso, que, compulsando las antiguas leyes de Roma, ha +descubierto una que obligaba a los jóvenes al matrimonio. El tratado de +las Leyes de Cicerón, que reproduce en forma filosófica las antiguas +leyes de Roma, contiene también una sobre el celibato. + +--En adelante--repuso la abuela con buen humor,--tendré en gran estima a +Dionisio de Halicarnaso y a Cicerón. Ignoraba que esos señores fuesen +tan amigos míos... + +--Hubieras debido sospecharlo... Y te hago gracia de los germanos, pues +eran unos horribles polígamos y por este mismo hecho no admitían la +solterona... + +--Y tenían mucha razón--exclamó la abuela. + +¿Tenían razón de ser polígamos?... ¡Ah! abuela... + +--¡No!--dijo la abuela dando un salto,--no es eso lo que digo. La +poligamia hubiera debido ser siempre un caso de horca; pero, en fin, +las solteronas... + +--¿También merecían ser ahorcadas?... + +--A medias, para que se les pasase el gusto del celibato. + +--¡Qué antigua eres, abuela!... Razonas como los pueblos paganos. + +--Cuestión de atavismo. Durante siglos y siglos se ha considerado el +celibato como impío, y me ha quedado algo. + +--Pues bien, yo también siento el atavismo. + +--Tú eres de la generación nueva, y con esto está dicho todo. No sentís +ni hacéis nada como nosotros. Os pasan por la cabeza ideas que jamás se +nos hubieran ocurrido. Y, todavía, cuando esas ideas son un poco +razonables, como la que ahora te preocupa, no me quejo. Pero, +francamente, Magdalena, me das miedo. Te hubiera, acaso, comprendido +mejor tu madre...--terminó la abuela con una lágrima en los ojos. + +--¡No! no creas eso; eres la más perfecta y la más querida de las +abuelas... No puedes tomar a mal que yo estudie la cuestión de las +solteronas. + +--¡Ay! en mi tiempo no había semejante cuestión. Todo lo que pedían las +mujeres era un buen marido y unos hermosos hijos. + +--Ya ves cómo han cambiado los tiempos... Un buen marido es un mito, +abuela... Por mucho que muevas la cabeza, no puedes menos de reconocer +que los maridos actuales no valen lo que los de entonces. + +--Sí, hija mía, sí, valen lo mismo. Solamente, en otro tiempo, las +mujeres tenían... ¿cómo diré yo?... tenían más paciencia... más +dulzura... más abnegación. Estaban menos poseídas de su personalidad y +sabían anularse a tiempo... + +--Aquello era la esclavitud, abuela. + +--No, querida--dijo la abuela con voz persuasiva;--aquello era el amor. + +--¡El amor!--respondí.--¿Qué es eso?... En las novelas veo lo que es; +pero en la vida real... + +--Es inútil decírtelo si tú no has de sentirlo; y si lo sientes, es aún +más inútil definírtelo. + +Dicho esto, la abuela me dio un beso y me dejó muy pensativa. + +¿Ha podido realmente la abuela conocer el amor?... Me parece tan +extraordinario... Es verdad que cuando habla del abuelo su voz toma una +inflección tan profunda que se ve que hay en ella un mundo de recuerdos +dichosos e íntimos ocultos en la menor palabra... ¡Querida abuela! + +En el momento en que ella salía, entró en el comedor Celestina y se +acercó a mí tan quedito que casi me dio un susto al exclamar: + +--Estoy segura de que la señora acaba de hacer un sermón sobre las +solteras, para el uso de la señorita. + +--No, Celestina--respondí maquinalmente;--la abuela me hablaba de amor. + +--¡De amor, a una joven como usted!... Nuestra pobre señora pierde la +cabeza... + +--¡Una joven como yo, a los veinticinco años!... ¡Vaya una juventud! Hay +que vivir en un medio petrificado como el nuestro, pobre vieja, para no +conocer nada de la vida a mi edad... Algunas veces casi me sublevo, pero +después se me pasa... + +--Esas ideas no son de usted, señorita. Me parece estar oyendo a la +señorita Francisca--respondió Celestina escandalizada.--Creo que es esa +una sociedad que no le conviene a usted gran cosa... + +No respondí por no envenenar la discusión. Celestina es pudibunda hasta +el exceso y no ve nada más hermoso en la existencia que poseer el +derecho virginal de vestirse de blanco en los días de procesión, a pesar +de su cara apergaminada. Al lado de ese ideal, el matrimonio, que priva +de la dicha de llevar semejante traje, no puede ser evidentemente, más +que un estado reprobado por Dios y legitimado por alguna cosa que está +en el fondo de un falso sacramento. + +--No hay que pensar en el amor, señorita--murmuró mientras yo me +disponía a subir a mi cuarto.--Es la perdición de las jóvenes. + +--¿Tú crees?--dije, divertida por los terrores de la buena anciana, cuyo +principal título de gloria--después del derecho de vestirse de +blanco--es el haberme recibido en su delantal el día de mi entrada en +este valle de lágrimas. Celestina deduce de este alto hecho el derecho +de reprenderme en todas las circunstancias notables, y no se priva de +ejercerlo. + +En el movimiento febril que agitaba su mano vi bien que tenía que +hacerme un largo discurso--los estremecimientos de la mano traducen +siempre en Celestina un gran deseo de agitar la lengua--pero la voz de +la abuela, que le llamaba, puso término a su comezón de hablar. + +Vuelta a mi cuarto, me encuentro más perpleja que nunca y, para no +pensar más en el matrimonio, hago lo que puedo por ocupar el pensamiento +en otra cosa. + +¡Qué pesados me parecen ahora mis veinticinco años!... La abuela tiene +razón; llevo un mundo en los hombros... + +Cuánto más feliz era cuando, en vez de soñar con un marido por la +voluntad de la abuela, no tenía más preocupaciones que mi muñeca. + +¡Mi muñeca!... ¡Qué lejos está!... + +Y, sin embargo, me parece que era ayer cuando ese querido objeto, +informe y sin nombre, que había llegado a ser mi hija a consecuencia de +múltiples desgracias, me absorbía hasta tal punto, que a su lado, a +fuerza de amor, no sentía ya que era yo huérfana... + +No he conocido a mi madre, que murió al nacer yo. Mi padre, desesperado +por la muerte de su mujer, a la que amaba apasionadamente, no la +sobrevivió más que cuatro años. En unos días fue arrebatado por una +tifoidea, dejándome a mi abuela materna, mi única parienta próxima y a +la que no he dejado desde entonces... No tengo más que cerrar los ojos +para acordarme de la silueta de aquel pobre padre y de aquella mirada +tan triste y tan buena con que todas las noches iba a vigilar el +comienzo de mi sueño llevándome la impresión de una profunda ternura... +¡Pobre padre!... ¡Cuánto tiempo le reclamó mi corazón de niña, no +creyendo ni en la eterna separación ni en la muerte!... Aquel viaje de +que me hablaban debía terminarse para mí por un feliz regreso y, sobre +todo, por un cargamento de numerosos recuerdos después de una ausencia +tan prolongada... ¡Ay! me informaba yo mucho menos de la fecha en que +debía ver a mi padre que de la en que le vería llegar cargado de +muñecas, de globos y de cocinitas... Aun siendo desgraciados, qué +felices son los niños... + +Mi querida abuela cuidó de mi infancia y, a pesar de su tristeza y de su +dolor, de ella me vinieron todas las alegrías y todas las felicidades de +niña. + +Mi vida entera cabe en esta palabra: la abuela. + +Todos mis recuerdos están concentrados en ella, pues no puedo, como la +mayor parte de las niñas, cifrar mi vida en la visión de un alegre hogar +atestado de niños pequeños y protegido por la doble ternura de un padre +y una madre... Tenía, sin embargo, amiguitas que iban a jugar y a reír +conmigo; pero detrás de aquel cuadro de cándida alegría, veo siempre +aparecer la sombra melancólica del largo velo de la abuela. + +No se sabe de qué secretas e incomprensibles angustias están formados +los recuerdos de niño cubiertos con un velo de crespón... He esperado +durante años el día glorioso y seductor en que la abuela, como las +madres de mis amigas, llevase por fin un sombrero con un ramo de +flores... Ese día no ha llegado jamás... + +Ahora, cuando voy a casa de mis amigas y veo de cerca lo que es la vida +ordinaria para la generalidad de las jóvenes de mi sociedad, cuanto más +sufro por los sitios que hay vacíos a mi lado, más vivo y más profundo +es mi agradecimiento por mi querida abuela, cuya abnegación me ha +rehecho un hogar y reconstituido una familia. + +Por eso amo a todo lo que ama la abuela... + +A pesar de las ideas que oigo emitir a mi alrededor, coloco la estancia +en nuestro antiguo pueblo por encima de toda otra estancia y la dichosa +posesión de nuestra casa de familia superior a todas las felicidades. + +No es muy grande nuestra sencilla casa. Blanca y limpia con sus +persianas inmaculadas y sus cristales brillantes bajo unas cortinas un +poco antiguas, se abre con discreta elegancia en un patio plantado de +árboles y adornado de canastillos floridos, al que llamamos pomposamente +«nuestro jardín...» Tengo en él mis rosas preferidas y mis plantas +favoritas; y cultivo con éxito cuanto tiene la dicha de agradarme, con +tal de que no necesite mucho sol, ni mucha sombra, ni muchos cuidados... +En un rincón de nuestro minúsculo jardín y debajo de un fresno llorón, +tengo hasta un banco, un banco inmenso, una mesa de labor y unos cuantos +sillones de mimbre... En verano, hacemos allí salón, y llevo la fantasía +hasta dar tés... Mis amigas pretenden que una taza de té perfumada con +la fragancia de las rosas que nos rodean, no es ya una taza de té, sino +una taza de néctar... ¡Dichosa ilusión! + +Una planta baja muy elevada, un primer piso de una altura inverosímil y +un sobrado que hace la admiración de las lavanderas cuando tienden en él +la ropa mojada y perfumada de espliego y lirio: he aquí todo nuestro +_home_. + +La planta baja tiene cuatro piezas inmensas, profundas, frías y casi +desnudas en su inmensidad. La cocina podría albergar un ejército de +marmitones; sólo las cacerolas y los peroles de cobre vigorosamente +frotados ponen en ella una nota alegre que continúa la cocinera, +reluciente como una alhaja. Aquel es el domicilio de Celestina, su +triunfo, su admiración, su gloria, el orgullo y el amor de su vida. + +La sala de baños es grande y bien dispuesta; la abuela no deja nunca de +explicarme su comodidad asegurándome que ha empleado en aquel arreglo +las economías de un año de rentas. Por esta confidencia, con frecuencia +renovada, mido yo toda la extensión de la belleza de la instalación y... +la del sacrificio realizado por la abuela, pues las rentas, según ella, +están hechas para ser economizadas y no para ser gastadas... + +El comedor, en el que la abuela y yo estamos como alejadas, y el salón, +en el que parecen perdidas las butacas en cuanto estamos solas en él, +completan la planta baja. En el piso primero se encuentran todas las +alcobas, de dimensiones más ordinarias, gracias al cuarto de tocador de +que cada una está provista. Por todas partes un diluvio de armarios y +una inundación de comodidades perfectamente inútiles... + +Antes del sobrado, hay una gran pieza abohardillada que es el dominio de +Celestina y en la que las paredes están cubiertas de imágenes sagradas; +hay hasta diecinueve San Antonios en diversas actitudes y ocho San +Benitos; en cambio no hay más que un Sagrado Corazón, una sola Virgen y +un San José. Celestina practica la piedad actual, que exalta a los +santos de moda con detrimento de los demás. ¡Pobres antiguos santos!... +Estos son precisamente mis preferidos. + +Exceptuando el cuarto de Celestina, ¿está todo esto al gusto del día? + +Para una mujer mundana, no, evidentemente. El mueblaje, que presenta +huellas de las generaciones pasadas, es viejo y está un poco ajado, pero +a mí me gusta tal como es. En cada una de sus arrugas se escribe la edad +de un matiz claro, o en algo más rapado. Yo leo en estos signos +venerables la historia de los que se han marchado; y la forma un poco +anticuada de todo lo que me rodea hace vivir y palpitar en mí el alma +de las cosas viejas que han existido y no existirán más acaso. + +En el comedor, la abuela hace admirar como una reliquia la inmensa y +antigua tapicería que ocupa todo un ancho hueco: una historia de caza, +en la que se adivina una historia de amor. He crecido y he vivido +delante de esa eterna historia de una eterna caza y de un eterno amor, +preguntándome sin cesar qué sucedería cuando los personajes en escena +hubiesen vuelto al antiguo castillo de torrecillas que se ven en una +lontananza degradada... Pero jamás mi pregunta infantil tuvo la +satisfacción de una respuesta, y mis sueños siguieron meciéndose con los +sonidos encantadores que yo suponía que debían salir de las diferentes +trompas llevadas por legendarios caballeros. Era yo una bella princesa +encantada que esperaba al hermoso caballero encantador del tapiz, pues +en aquel tiempo--que ha pasado después,--tenía la vocación del +matrimonio, una vocación seria, ardiente y resuelta... + +Encontraba al príncipe también en el salón bajo la forma de un joven y +bizarro oficial de la Restauración, mi bisabuelo. Otras lindas damas, de +graciosas papalinas de encajes y bonitas pañoletas de gasa, le formaban +una corte un poco paliducha y envejecida. Cuando se entra en el salón de +la abuela, se hace una reverencia infalible e instintivamente. No le +falta a una nada para levantarse la falda, con un movimiento de +coquetería anticuada, de la que le gusta a la abuela. + +Sí, todo es viejo e insípido, y, sin embargo, exquisito. + + + + +10 de octubre. + + +Francisca está furiosa. + +He ido esta tarde a pedirle un dibujo de bordado, que me hacía falta, y +la he encontrado en un estado de irritación indescriptible. + +--¡Maldito país! ¡Maldita gente!... Pueblo de chismes! + +Por poco me tira de espaldas aquel huracán; pero como conozco a +Francisca, tomé el partido de esperar que hubiese acabado su letanía de +tontunas. + +--¿Qué pasa? + +--No me hables; estoy furiosa. + +--Ya lo veo. + +--Tengo una rabia... + +--También eso es visible. + +--Figúrate que la señorita Bonnetable acaba de venir a traer a mamá un +gran chisme sobre mí... + +--¡Ah!... Se puede saber... + +--Sí--respondió Francisca, vacilando un poco.--Se trata del capitán +Tronchet, que, según parece, ha pasado dos veces por delante de mis +ventanas, en el momento en que yo las abría. + +--¿Y qué? + +--Que no es verdad lo que se dice... ¡Oh! esas solteronas... + +--¿No has abierto las ventanas, y no ha pasado el capitán? + +--Sí--respondió Francisca, con su desparpajo habitual,--pero cuando yo +he abierto la ventana, ignoraba que pasaba el capitán, y cuando éste +pasó, no sabía que yo abría la ventana. Y suponen que estábamos de +acuerdo... + +--¿Y qué? + +--Que me ofende horriblemente que se crea que hago caso de ese capitán, +que estoy segura que no se ocupa de mí... Es rico, y... + +--Y tú no mucho... Piensas, no sin razón, que hay incompatibilidad de +fortuna, y te abstienes de cuidados inútiles. + +--Justamente--respondió Francisca un poco dulcificada.--Pero como todo +el mundo sabe que deseo casarme, aprovechan la ocasión para colgarme una +porción de historias a cual más tontas. + +--Eso gusta a todo el mundo. + +--Eso es precisamente lo que me indigna... ¡Ah! Magdalena, cuándo saldré +de este pueblo, de este medio y de estos inconvenientes... ¡Qué sueño! + +--Qué ida la de apurarte de ese modo--dije descontenta.--Se está muy +bien aquí... + +--Sí, habla por ti, tranquila y dulce Magdalena; yo me ahogo en medio de +las ideas antidiluvianas que nos rodean. Me horrorizo ante estas cadenas +de prejuicios... Todo esto me irrita, y acabará por volverme mala. + +--Qué exageración, mi pobre Francisca... + +--¡Cómo!--exclamó Francisca con cólera,--¿encuentras divertido vivir en +medio de los aiglemonteses?... Pues sólo con pasar por las calles un +poco estrechas de este viejo Aiglemont, atrapo yo el _spleen_... + +--¡Pobre Francisca!--dije con sonrisa burlona. + +--Sí, búrlate de mí, pero eso no quita que esté muy harta de esta vida. +Es divertido... Aquí cada cual vive en familia, o mejor dicho, en +camarilla. No se admite más que un pequeño núcleo de fieles y se cierra +desdeñosamente la puerta a todo lo que huele a nuevo y original. Somos +anticuados como un diablo... Es como si estuviéramos dando vueltas +perpetuamente en un pequeño círculo. + +--¡Crimen imperdonable!--murmuró en sordina para no ofender a la +irritable Francisca. + +--Sí, crimen imperdonable... Es aburrido estar atada toda la vida; +primero por los prejuicios de educación. Hay que hacer esto o lo otro; +esto no, ni aquello tampoco... Tal cosa es sacrosanta y tal otra levanta +una polvareda general sin que se sepa por qué ni cómo... Sí--continuó +Francisca,--sé por qué y cómo, por el grito de mamá: «¡Oh! Francisca...» +Es cargante esa pobre mamá... + +--¡Oh! Francisca...--dije, imitando a la señora de Dumais. + +--No me pongas nerviosa, Magdalena... Y después, ¿conoces algo más +inepto que los prejuicios de sociedad? Piensa en los gritos que darían +nuestras amigas si la camarilla llamada alta burguesía se reuniese con +la pequeña, y si la gente aristocrática acogiese al comercio y a los que +participan de las ideas gubernamentales... ¡Dios mío! la mitad de +Aiglemont sucumbiría del ataque causado por la indignación. + +--Qué le hemos de hacer--dije con cierta indiferencia;--no querrás +reformar las costumbres y las ideas de las pequeñas poblaciones... + +--Sí que querría--replicó Francisca exaltada.--Es insoportable vivir +aquí... Y esas historias sin fin sobre el prójimo, y esa malevolencia +universal... ¡Qué horror! + +--Cálmate, Francisca--le dije al besarla para despedirme.--Te aseguro +que los aiglemonteses no son tan malos como crees. + +--¡Que no son tan malos!--exclamó Francisca, al salir a +despedirme.--Bien se ve que eres una aiglemontesa... Piensas como yo, +pero no haya miedo de que lo confieses. Anda, eres una hipócrita... + +--Gracias--dije con la filosofía que caracteriza mis relaciones con +Francisca. + +--De modo que tú encuentras que aquí la gente no es mala--siguió +diciendo Francisca con una recrudescencia de acritud. Pues se pasa la +vida arañándose, mordiéndose, desgarrándose y devorándose. + +--Hasta la vista, Francisca--dije para cortar aquella inundación de +invectivas...--Sin el capitán Tronchet, no dirías todo eso... + +--Puede ser--respondió Francisca en un rasgo repentino de buen +humor.--Sabes, Magdalena, que eres una buena persona y que te quiero +mucho--terminó dando una carcajada. + +No es muy halagüeño que digamos el cumplimiento de Francisca, y de otra +no le aceptaría, seguramente; pero está convenido que Francisca puede +decir todo lo que se le pone en la cabeza. Esto hace saltar algunas +veces a la abuela, pero como mi amiga ostenta una vocación por el +matrimonio muy caracterizada, la abuela tiene por ella alguna +indulgencia en consideración de sus buenas disposiciones. + +No comprendo la antipatía de Francisca por este pobre Aiglemont. Nunca +pierde la ocasión de embestir a la población de las solteronas, como +ella la llama. + +Es, sin embargo, muy pintoresco mi pueblo natal y yo estoy muy orgullosa +de él... + +Situado en el extremo de una cadena de montañas, a modo de un punto +final, Aiglemont, mi tranquilo pueblo natal, se levanta en la roca con +la majestad de una cosa vieja dormida en la serena conciencia de un +largo pasado. Cuando todo desaparece de las antiguas fortalezas, y la +ciencia militar, tocada por el progreso, destruye todo lo que nuestros +antepasados habían tenido a honor construir, Aiglemont escapa a la +destrucción y sigue presentándose orgullosamente en su recinto de +fortificaciones que la mantienen y la protegen contra una caída posible +en el valle. Limpia y coqueta, sonríe en medio de un cinturón de verdor +del que surgen sus torres grises. + +Aquellas fortificaciones son celebradas en diez leguas a la redonda. Son +el paseo favorito de los aiglemonteses, que no se cansan de admirar sus +puntos de vista, y es la primera visita que se impone a los extranjeros +a quienes los azares o las exigencias de la vida conducen hasta nuestra +peña. Se les cuenta la historia de nuestras fortificaciones llenas de +torres y de temerosas prisiones, y las historias que circulan a +propósito de ellas. Se les muestra con orgullo cierta roca que se abrió +para dejar pasar un santo apóstol amenazado por una tropa de bárbaros. +Se les conduce a la famosa torre Sarracena y se les hace admirar la +belleza del paisaje que cambia de aspecto en cada uno de los cuatro +puntos cardinales. Después, si el guía está dotado de un alma +verdaderamente aiglemontesa, pondera el pasado en detrimento del +presente: + +--Aiglemont--dice con énfasis en el tono arrastrado y nasal peculiar de +los aiglemonteses,--es la última fortaleza del catolicismo. Hasta la +Revolución éramos posesión eclesiástica y moriremos fieles a nuestros +destinos. Nada de ideas nuevas... + +El habitante de nuevo cuño tiene un lenguaje muy distinto: + +--Aiglemont--dice,--es la fortaleza del obscurantismo, del clericalismo +y del fanatismo. Es un país de supersticiones; transformémosle en país +de luz. + +Y detrás de sus fortificaciones, los aiglemonteses, divididos en dos +campos, miran con malos ojos a todo el que no piensa como ellos. Los +católicos condenan a los librepensadores y éstos tratan a aquéllos de +imbéciles, sin más ceremonias. + +Existe un terreno de unión, sin embargo, en los días de grandes fiestas. +Católicos y librepensadores se agolpan con entusiasmo en la antigua +Catedral para oír los incomparables acentos de nuestro incomparable +coro. + +--Estáis cogidos, odiosos impíos--parecen decir las caras de los devotos +asiduos ante la invasión de los nuevos filisteos. + +--El coro nos pertenece como a vosotros, estúpidos santurrones--parece +que responden los impíos aludidos. + +Y unos y otros, al salir de la Catedral, exclaman con satisfacción: + +--La verdad es que Aiglemont puede estar orgulloso de su coro. + +Se dice Aiglemont y no la Catedral. + +En Aiglemont, en efecto, hay dos parroquias, San Aprúnculo, la +Catedral, y San Gengulfo, la parroquia secundaria. La guerra es casi +continua entre aprunculinos y gengulfianos, y los primeros desdeñan a +los segundos por su iglesia, por supuesto. Unos y otros cuentan en sus +filas numerosas solteronas, pues el matrimonio, preciso es confesarlo, +está poco de moda en nuestro pueblo. En teoría se habla mucho de él; las +muchachas pululan en Aiglemont. Pero el número limitado de los jóvenes +casaderos hace que, si son muchos los llamados al sacramento del +matrimonio, son pocos los escogidos. + +No sé si es ese medio ambiente lo que me hace ser también refractaria al +matrimonio, o si es la poca costumbre de ver casar a las jóvenes de mi +sociedad lo que me hace considerar mi propio matrimonio como una +eventualidad temible. La verdad es que, a pesar de mi deseo de claridad, +no consigo poner estar cosas en claro. + +--Estas muchachas...--diría la abuela,--qué imposibles son... + + + + +14 de octubre. + + +Llueve, hace viento y reina un tiempo frío y obscuro. En la prisión en +que la prudencia manda estarse, vuelvo a ocuparme de la cuestión de las +solteronas. Esta mañana he declarado a la abuela que deseaba estudiar +seriamente ese asunto tan interesante. + +--No veo el interés--respondió la abuela. + +--Pero, abuela, en una población como ésta, el pueblo de las solteronas, +como le llama Francisca, es... + +--Francisca no es seria--exclamó Celestina, que iba a arreglar el fuego +de la chimenea, y aprovechó la oportunidad para mezclarse en la +conversación. + +--¿Tú qué sabes?--dije descontenta. + +--Sé lo que sé--respondió Celestina con la dignidad de los grandes +días.--Una señorita que no habla más que de casarse, no es una señorita +seria... + +--Cállese usted, Celestina--replicó la abuela.--Tú no entiendes nada de +eso, hija mía. + +Celestina no dijo palabra, muy ofendida por la observación de la abuela. +Vi, en efecto, por su mirada despreciativa y por su labio en forma de +pila de agua bendita, que las personas que hablaban de matrimonio eran +sospechosas para ella; tan sospechosas, que tomó el partido de volvernos +la espalda sin más ceremonia. + +--Sí, abuela--dije en cuanto se fue Celestina,--quiero seguir a las +solteronas a través de las edades. ¿Ves en ello algún inconveniente? + +--Veo los de hacer un viaje muy fastidioso y de singularizarte de un +modo ridículo. + +--Sin embargo, antes de decir si estoy madura para el matrimonio, me +gustaría saber si el celibato me tienta definitivamente... + +La abuela hizo un movimiento de tan excesivo mal humor, que me quedé +ligeramente aturdida. + +--¿Es necesario hacer un estudio tan profundo para poner en claro ese +grave problema?... ¡Qué rara eres, hija mía! + +--Pero, en fin, tú permites que me ocupe en esto; es todo lo que reclamo +de tu indulgencia... + +--¡Ay!--suspiró la abuela,--cuánto preferiría verte reclamar un buen +marido... Sabes que la mujer del coronel Dauvat me ha hablado para ti de +un joven teniente que... + +--Me escapo; abuela, me escapo... Nada de tenientes, por amor de Dios... +Por ahora, vivan las solteronas... + +--Chiquilla--murmuró la abuela, encogiéndose de hombros.--Mala +chiquilla... + +Tranquila con el permiso de la abuela, registré la biblioteca y busqué +con ardor todo lo que pudiera ilustrarme sobre el concepto de la mujer +en la antigüedad respecto del celibato. ¿Aceptaba sin repugnancia la +idea del matrimonio?... ¿Sentía alguna contrariedad al casarse?... +¿Hubiera experimentado cierto alivio sabiendo que estaba libre de una +obligación que le creaban las leyes religiosas y civiles?... + +Mis investigaciones me pusieron pronto al corriente. + +No hay la menor incertidumbre en estas cuestiones. + +El único sueño de la mujer antigua es un marido. Su cerebro está tan +hecho a la idea de la necesidad del matrimonio y su corazón tan +desequilibrado fuera del marido obligatorio, que no puede concebir otro +ideal. Todo su ser moral va todavía a apoyar esas buenas razones por el +terror de los castigos de la otra vida que esperan a la mujer +desprovista de la égida de un marido. La pobre mujer de la antigüedad +está, pues, colocada en el dilema más espantoso: un marido, o nada de +dicha en la tierra, ni de reposo eterno. + +El desprecio y la abyección en que viven las mujeres sin marido le dan +desde luego en el mundo una muestra de lo que tendrá que soportar en el +otro. No puede considerar el celibato más que como la más terrible +desgracia, la única que compromete al mismo tiempo el mundo y la +eternidad. + +Una desgracia que persigue durante la vida y sigue aún a la eternidad, +es para hacer reflexionar, convengo en ello. Si la abuela, en vez de +prodigarme argumentos discutibles me ofreciese algo semejante, se puede +apostar a que no vacilaría yo lo más mínimo, pues preferiría aventurar +la desgracia de mi existencia mortal a arriesgar la salvación eterna... +Pero el caso es que como no hay nada sólido en el mundo, las ideas han +cambiado de tal modo, que la abuela no puede llamar al Cielo en su +ayuda, aunque no le faltarían ganas. Desde San Pablo... Pero no +anticipemos. + +En aquellos abominables tiempos de matrimonio forzoso, las leyes que +regían los bienes agravaban todavía la dependencia de la mujer. Aquellas +leyes, fieles reflejos del pensamiento antiguo, multiplicaban las trabas +en torno del sexo débil y acentuaban en él la creencia en la necesidad +absoluta del matrimonio. No sólo hacía falta un marido para asegurar la +dicha eterna, sino que ese marido era igualmente necesario para ser +admitida al derecho de vivir, implicado en el de poseer. + +Cuando, por el mayor de los azares, se encuentra en la antigüedad una +mujer honrada sin casar, la trompeta de la fama invita a la posteridad a +guardar la memoria de un hecho tan sorprendente. No se dice: Tal mujer +no se casó porque no quiso. No. Se busca, se comenta y se considera que +algo sobrehumano protegió una determinación que todos califican de +extraordinaria. Si se trata de la hija de Pitágoras, una de las primeras +que ilustró el nombre de solterona, se cuenta que el filósofo, +suponiendo haber sido mujer en una vida anterior, tenía una alta idea de +la excelencia de la mujer, en lo que difería extraordinariamente de sus +contemporáneos, y había reivindicado la encarnación de la antigua +sabiduría en un hermoso tipo femenino. Ese tipo lo encontró en su propia +familia. Damo, su hija, llegó a ser su discípulo más ardiente; y la +consagró a los dioses por un voto de virginidad perpetua, le confió +todos los secretos de su psicología y se dice que le dejó sus escritos, +haciéndole prometer que no los publicaría jamás. Damo, el asombro y la +admiración de toda la Grecia, tuvo el valor de la obediencia y se llevó +a la tumba los secretos del ilustre anciano. + +Aun cuando se debilita en Occidente el culto por los muertos y +disminuye, por consecuencia, la hostilidad que creaba contra el +celibato, la antipatía subsiste, a pesar de todo. Se hace constar con +asombro que una mujer pintora de Grecia, la famosa Lala, de Cycique, que +vivió 80 años antes de Jesucristo, no se casó, y se cuida de hacer +observar que fue su gran fervor por su arte lo que la llevó a esa +extremidad lamentable. Del mismo modo, la hija de Plinio, el célebre +naturalista, necesita la reputación de su padre para hacer aceptar su +situación de solterona. + +Si la antigüedad cuida de hacernos notar particularmente ilustres +excepciones a la ley común del matrimonio, no quiere esto decir que esa +ley no haya sufrido ningún eclipse a través de los siglos. Cuando, en el +momento de la decadencia, fue necesario multiplicar las leyes en favor +del matrimonio, es evidente que, esa multiplicación indicaba que el +matrimonio caía en olvido. + +Es de notar, en efecto, que la multiplicación de las leyes morales no +prueba que un pueblo se mejore, sino precisamente lo contrario. Cuando +la moral está en peligro, es cuando tiene que pedir socorro. Y toma +entonces de la autoridad de las leyes la última, y casi siempre +impotente sanción. + +Este hecho es particularmente cierto cuando se trata de las leyes +concernientes al matrimonio en los pueblos monógamos, como Grecia y +Roma. Cuando el matrimonio se hundió por todas partes fue cuando las +leyes civiles, que no hay que confundir con las religiosas, +multiplicaron sus prescripciones para obligar a realizarlo. ¿Quién +pensaría en buscar penas severas para los recalcitrantes ni en acentuar +los castigos que les están destinados si no hubiese necesidad de +castigar ni de obligar? + +La verdad exige declarar que en este caso los recalcitrantes fueron los +hombres y no las mujeres. Los solterones son los que han producido las +solteronas. + +La mujer ocupaba tan poca plaza en el mundo antiguo, que era fácil +tratarla como una cantidad despreciable; y sin preocuparse de lo que +podía pensar, los señores hombres no pensaron más que en hacer una vida +de placeres y de feliz quietud, exenta de los cuidados de la paternidad +y de las cargas de familia. + +Influida todavía por siglos de hostilidad contra el celibato, la mujer +tuvo que sublevarse contra tal abandono. Hay que confesar que todo +concurría a hacerle la resignación difícil. Sin gran esfuerzo de +imaginación, podemos figurarnos el estado de alma de una de aquellas +romanas o de aquellas griegas honradas a quienes las leyes civiles y +religiosas llamaban al matrimonio y que no encontraban marido. + +Extrañadas al principio, cada cual podía pensar que siendo más amable y +más bella que su vecina, su juventud no se pasaría en un lamentable +aislamiento. Después, pasada la edad fijada por las leyes, y fuertemente +estropeada la juventud, venían las inquietudes y triunfaban los +cuidados. El deseo de agradar ponía un fulgor febril en la mirada de la +solterona anticipada y en la más estudiada de sus sonrisas había una +crispación. Iba, venía, rogaba a la diosa favorable al matrimonio, +suplicaba a su padre o a su tutor que la encontrasen un marido, los +llevaba en caso de necesidad a los tribunales, y no por eso encontraba +lo que era el objeto de sus sueños. Agriábase entonces su carácter, su +humor se ponía triste y acerbo su pensamiento. Y juventud, belleza y +salud, se consumían en la vana espera del que no venía ni vendría +jamás... ¡Pobres solteronas! + +Fue preciso el cristianismo para cambiar el ideal de una gran parte del +mundo. En cuanto apareció, la existencia de la mujer sufrió una +transformación tan completa como prodigiosa; de esclava que era, se +encontró de repente con una personalidad justamente respetada. Después, +la divinización de la virgen echó por tierra todas las ideas admitidas y +fue posible a la mujer vivir honrada y casta al lado del matrimonio. +Bajo la influencia del cristianismo se llegó a comprender que el término +«solterona,» cuyo equivalente existía ciertamente en la lengua del +tiempo, no era en sí mismo nada deshonroso. Una vez admitido el estado +de virginidad, era natural que se envejeciese en él. ¿Qué es una +solterona? Una virgen vieja. Tener cabellos blancos y la cara arrugada +no ha sido nunca una mala acción, que yo sepa. + +En esto estaban mis reflexiones, cuando juzgué a propósito hacer +participar de mi admiración a la abuela. + +Sorprendida por mi brusca entrada en el salón donde ella estaba, me echó +una mirada interrogadora. + +--Abuela--exclamé triunfante,--es el cristianismo el que ha hecho las +solteronas; así, pues... + +--¡Qué tonterías dices, hija mía! ¿Cómo quieres que el cristianismo haya +hecho las solteronas?... + +--Divinizando la virginidad. + +--Ya ves que tú misma te contradices. El cristianismo ha divinizado la +virginidad, es cierto. Pero si ha hecho de la virgen la esposa de Dios, +no ha querido en modo alguno divinizar a las vírgenes mundanas, a las +que uno de vuestros autores de moda llama las «semivírgenes.» + +--Yo tampoco, abuela, hablo de las solteronas que conocemos... + +--Dejemos en paz sus lenguas, hija mía; no despertemos al gato que +duerme...--murmuró la abuela sonriendo. + +Y no quiso oír nada más. + +Es obstinada la abuela... No le gustan las solteronas y no consiente en +escuchar nada en su favor. Por fortuna, estoy aquí yo para +rehabilitarlas en mi propia mente. + + + + +16 de octubre. + + +Pensaba poder continuar hoy lo que yo llamo con cierto énfasis «mis +estudios históricos,» pero había contado sin la abuela. Lo que le conté +del resultado de mis investigaciones la tenía muy contrariada, según +pude juzgar por su expresión nada satisfecha, al tomar el desayuno. + +--Estas chiquillas--murmuró al sentarse a la mesa,--tienen una +independencia y unas ideas... + +Y en cuanto terminamos, me dijo sencillamente: + +--Ponte el sombrero, Magdalena. + +Obedecí de prisa, y la encontré dispuesta a salir conmigo. El sombrero, +puesto ligeramente torcido en la cabeza, indicaba en la abuela ideas +belicosas. No hice ninguna pregunta y la seguí dócilmente, preguntándome +dónde me llevaba. ¿Era al convento para hacerme reflexionar sobre el +matrimonio? ¿Era a la cárcel, para castigar mi falta de vocación +espontánea?... + +No era, por fortuna, a ninguno de los dos sitios, sino sencillamente a +casa de su director y amigo, el señor canónigo Tomás, profesor del +Colegio Libre. La abuela tiene la costumbre de consultar con él todos +sus asuntos, pequeños y grandes. + +Era, pues, el caso de hacerlo. + +En cuanto entramos en su despacho, el padre Tomás comprendió que había +electricidad en el aire. + +--¿La señorita Magdalena ha roto su muñeca?--preguntó sonriendo al ver +la seriedad de la abuela. + +--Si no fuera más que eso...--suspiró la abuela, sentándose en una +cómoda butaca, mientras yo me instalaba modestamente en una +silla.--Magdalena me tiene consternada. + +Y se puso a contar con vehemencia sus penas. Narró al cura su deseo de +casarme, mi poco entusiasmo por obedecerla, mi manía de profundizarlo +todo y el estudio que yo estaba haciendo de las solteronas; en una +palabra, todo salió a relucir. + +El cura, repantigado en su butaca, escuchó con atención las quejas de la +abuela. En su buena y plácida cara, iluminada por una mirada de +sorprendente inteligencia, no se hubiera podido leer ninguna impresión +si el brillo malicioso de sus ojos no le hubiera hecho traición. El cura +se divertía. + +Cuando la abuela lo hubo dicho todo, el padre Tomás clavó un instante +sus chispeantes pupilas en las de la abuela y se echó a reír. + +La abuela dio un salto de indignación. + +El cura, que la conocía, vio que no debía tirar más de la cuerda +sensible, y respondió tranquilamente, ajustándose los anteojos: + +--Al desear casar a su nieta, señora, cumple usted con su deber... + +La abuela me lanzó una mirada de triunfo. + +--Pero Magdalena está en su derecho al querer reflexionar--añadió. + +Y, a mi vez, levanté la cabeza victoriosamente. + +El cura hizo como que no echaba de ver lo que pasaba entre nosotras. + +--El matrimonio es cosa tan grave--continuó,--que cierto moralista ha +dicho que no era demasiado toda la vida para reflexionar antes de +comprometerse a él... + +La abuela bajó los ojos en señal de desaprobación. + +--No digo que ese parecer sea eminentemente práctico... Pero, en +fin--dijo el cura moviendo la cabeza,--no podemos menos de reconocerle +cierta prudencia... + +La abuela se estremeció, y yo me eché a reír. + +--Sin aconsejar a Magdalena que llevé las cosas tan lejos, es bueno, sin +embargo, que reflexione, y mucho, antes de contraer los lazos sagrados +del matrimonio. + +--Pero, padre--interrumpió la abuela, que perdía la paciencia,--¿hacían +falta tantas ceremonias en otro tiempo para casarse? Los padres +presentaban un partido conveniente, y las jóvenes se casaban sin decir +palabra. Nadie pensaba en estas dilaciones de que usted habla, y que no +comprendo más que cuando una joven es llamada hacia Dios... + +--Evidentemente--respondió el cura, cogiendo su caja de rapé y tomando +un buen polvo.--Así sucedía y así sucede todavía con las jóvenes +acostumbradas a la obediencia pasiva... + +--Señor cura, le cojo a usted en flagrante delito de contradicción. +Habla usted de obediencia pasiva... ¿Quién me ha aconsejado desarrollar +la personalidad de mi nieta?... ¿Quién me ha impulsado a formarle un +carácter suyo?... ¿Quién me ha dicho a cada uno de sus caprichos: +«Déjelo usted pasar; será una mujer y no una figurante?...» ¿No ha sido +usted, señor cura? + +--Sí, señora--respondió el cura sin confusión alguna.--Y hoy lo +repetiría una vez más. Los tiempos han marchado, y nosotros con ellos. +La vida fácil de otro tiempo se ha acabado, y ante las generaciones +nuevas se abre una vida de combate. Hay que combatir para tener un sitio +al sol, y educar a las jóvenes como se las educaba en otro tiempo, sería +un verdadero anacronismo. + +--¿Por qué?--dijo la abuela, no convencida. + +--Porque la joven figurante ha dejado de existir. En otro tiempo, la +joven era educada exclusivamente para el matrimonio, y se trataba de +formarle un carácter fácilmente maleable para asegurar la felicidad +conyugal. Las ricas se casaban todas. Hoy no es ya lo mismo. Al lado de +las muchachas sin dote, que no encuentran con quién casarse, existen las +jóvenes de dote pequeño o mediano, que no son más buscadas por los +hombres. Hacer del matrimonio el ideal de todas las jóvenes es, pues, un +grave error, puesto que es condenarlas de antemano a desengaños +ciertos... + +--No veo en qué--replicó la abuela. + +--¡Que no ve usted en qué!--dijo el cura sorprendido.--Piense usted, +señora, en la crueldad de condenar a una joven al celibato cuando todas +sus aspiraciones y todo su ser tiendan hacia la dicha del matrimonio... +¿Qué quiere usted que haga en la vida una pobre joven cuyo espíritu, +cuya voluntad y cuyo corazón no están formados y necesitan equilibrarse +con el espíritu, la voluntad y el corazón de un hombre?... + +--Entonces, usted cree en la dificultad creciente del matrimonio para +las mujeres...--preguntó la abuela. + +--Sí, señora, creo en ella. + +--Magdalena tiene un bonito dote y... + +--Sí, es posible, y se casará fácilmente--respondió el cura.--Pero como +posee un carácter muy personal y fuertemente equilibrado, la dificultad +vendrá de su parte. Querrá reflexionar, elegir, calcular... + +--Entonces, Dios mío, ¿qué va a ser de nosotras? Las jóvenes que no +tienen carácter, están expuestas a ser desgraciadas no casándose... Las +que lo tienen, están amenazadas de sufrir casándose... ¡Qué dilema, +señor cura! + +--Sí--dijo el cura pensativo;--es cierto que ahí está el escollo. El +matrimonio sufre la suerte común a las cosas de la tierra; está +atravesando una crisis... + +--Por eso mismo hay que combatirla--afirmó la abuela con gran energía. + +--¿Cómo?--dijo el cura más y más pensativo.--Lo que pasa en los grandes +centros industriales es una imagen de lo que ocurre en todas partes. Hay +tendencias a la huelga general... + +--¡La huelga contra el matrimonio!--exclamó la abuela, que no sabía si +reír o enfadarse. + +--La huelga contra el matrimonio, sí--articuló claramente el cura.--Lo +que hace al grevista es la conciencia de sus derechos y la posibilidad +de hacerlos valer... Transporte usted la huelga de la industria al +matrimonio, y tendrá la palabra de la situación. + +--Entonces--exclamó la abuela desesperada,--Magdalena es una +huelguista... + +--No, todavía no--dijo dulcemente el cura,--pero tiene tendencias. + +Y añadió designándome a la abuela: + +--¿Se puede saber lo que pasa en una cabeza de veinte años? + +--Veinticinco, señor cura, veinticinco--rectificó la abuela, un poco +humillada por la cifra respetable de mis primaveras. + +--Veinticinco años--repuso el cura;--entonces es más grave... A los +veinticinco años no se es ya un alma cualquiera y se tiene una +personalidad... Sí, es más grave... A esa edad se sabe que la vida de la +mujer casada es una vida relativa y que su dicha está a merced de +otro... No hay que extrañar que ciertas naturalezas se subleven y +retrocedan ante esta dependencia absoluta... Note usted, señora, qué +general es la huelga del matrimonio; tan difícil es decidir a ciertos +jóvenes a casarse como a ciertas muchachas a contraer matrimonio. + +--Sin embargo, señor cura, todavía se casa la gente--objetó la abuela. + +--Sí--respondió el cura con bondad,--todos los obreros no están en +huelga, pero sí muchos. Hay huelguistas hombres y huelguistas mujeres; +entre éstas habrá usted de contar a todas las que no quieren casarse por +motivos de abnegación, de salud, de sentimientos de pureza virginal, de +amor al estudio, de exceso de escepticismo... de menor necesidad de la +persona complementaria, es decir, del marido. + +Bajé la cabeza y me ruboricé ante la mirada investigadora del cura. + +--Además--prosiguió éste,--hay los huelguistas hombres, de los que no +tenemos para qué ocuparnos, pues los motivos que les impiden casarse +son de interés o de egoísmo, lo que es poco caballeresco... Entre los +huelguistas mujeres y los huelguistas hombres hay, como siempre, +víctimas de la misma huelga, que son algunas buenas y puras jóvenes que +no encuentran con quién casarse por falta de un poco de dinero. Esta es +una de las plagas de nuestra época--concluyó el cura haciendo un gesto +de desanimación. + +--Entonces--respondió la abuela con un resplandor de esperanza,--puesto +que usted califica de plaga semejante estado de cosas, es que está por +el matrimonio... + +--Sin duda, señora--afirmó el cura,--el matrimonio es una necesidad +social a la que deben someterse los que están llamados a ese estado... + +La abuela volvió a tomar aspecto de triunfo. + +--Pero no soy de opinión de que se violenten las vocaciones... + +A mi vez cobré valor. + +--Deje usted a Magdalena estudiar su cuestión de las solteronas, puesto +que eso le interesa. Acaso nos descubrirá cosas asombrosas--añadió con +una risa sonora que hizo temblar los cristales del despacho. + +--Señor cura--dije en tono de protesta,--si usted supiera cuánto deseo +complacer a la abuela... + +--Eso está muy bien dicho, pequeña--respondió la abuela muy contenta. + +--Vaya, la señorita Magdalena no se quedará solterona, lo preveo--dijo +el cura sin dejar de sonreír. + +--No será porque no las quiera ni porque no las defienda--contesté +arriesgando una mirada del lado de la abuela. + +--Sí, sí, usted quiere jugar a los perros de Terranova--exclamó el cura +satisfecho al ver que estábamos más contentas.--Tiene usted razón. La +solterona de otro tiempo, aquella caricatura física de la mujer, ha +dejado, casi, de existir. Ya no se encuentran aquellos buenos tipos +clásicos de trajes anticuados y estrechos como sus ideas. La solterona +actual es con frecuencia una mujer de gusto, cuando no es la mujer de +todas las caridades y de todas las abnegaciones. + +--¡Ah!--exclamé aturdidamente,--siendo el cristianismo el que ha hecho +posible la vida de la solterona, es muy natural que inspire esa vida... + +--Otra tontería de Magdalena--murmuró la abuela. + +--¿Cómo?--dijo el cura con estupor,--¿encuentra usted que Magdalena ha +dicho una tontería porque quiere que el cristianismo inspire la vida de +la solterona? + +--No, señor cura, no es eso. Esta chica nos marea suponiendo que sólo el +cristianismo ha hecho las solteronas... + +--¿Y usted quisiera que yo le dijese que se equivoca?--preguntó el cura +maliciosamente. + +--¡Oh! sí, señor cura--suspiró la abuela. + +--Pues bien, señora, para complacer a usted, quiero recordar a Magdalena +el respeto que debe a esos cabellos blancos--prosiguió el cura con su +franca sonrisa.--Pero no puedo desmentirla por completo en cuanto a lo +demás... + +--¡Imposible!--exclamó la abuela.--No va usted a decirme que es el +cristianismo el que ha hecho las solteronas... No, no... Eso es una +herejía... + +--Sin embargo, señora, las palabras de San Pablo son formales. «El que +no estando obligado por ninguna necesidad y siendo enteramente dueño de +hacer lo que quiera, ha tomado la firme resolución de guardar su hija, +hace bien. Porque el que casa a su hija hace bien, pero el que no la +casa hace mejor.» ¿Lo oye usted, señora? San Pablo dice «hace mejor...» + +--¡Ah!--exclamó la abuela indignada,--jamás hubiera esperado semejante +lenguaje de un apóstol y un santo... + +--Cálmese usted, señora--dijo el cura muy divertido,--y observe qué +alivio representaba el consejo de San Pablo a los padres de familia de +la época, obligados por las leyes a casar a sus hijas e impotentes por +las costumbres para hallar el esposo obligatorio... + +--No--exclamó la abuela,--no hubiera creído jamás que un apóstol, que un +santo, aconsejase el celibato mundano... + +--Y en esto tiene usted razón--respondió el cura.--Tan lejos ha estado +San Pablo de hacer la solterona, que no se encuentran muchas en los +primeros siglos del cristianismo, ni en la Edad Media ni, siquiera, en +los tiempos modernos. + +--¿Por qué?--pregunté interesada, mientras la abuela se reponía de su +indignación. + +--A consecuencia de los cambios que las invasiones de los bárbaros +trajeron a las costumbres y, sobre todo, a causa de la transformación +propia de las cosas humanas. San Pablo no había dado más que un consejo +y los siglos que siguieron encontraron en él un amplio permiso para +condenar a una cantidad innumerable de mujeres, no al celibato mundano +voluntario, sino al celibato religioso forzado, tan penoso para las +almas a quienes no atrae una vocación especial... + +--¿En interés de qué?--dije más y más poseída de mi asunto. + +--En el interés personal de las familias de entonces. Vamos a ver, +Magdalena--dijo el cura en tono regañón,--un poco de memoria... Usted +debe de recordar la historia... Pues bien, dígame usted lo que sepa de +la transformación de las leyes en el momento de la invasión de los +bárbaros. + +--No es difícil, señor cura--respondí con entusiasmo.--Ayer precisamente +he estado hojeando la «Historia moral de las mujeres» de mi amigo +Legouvé, y he visto que las luchas perpetuas y las guerras continuas +acabaron por poner los bienes en manos masculinas. Entre los invasores, +las hijas estaban excluidas de la propiedad. + +--Bien--dijo el cura con satisfacción,--muy bien... + +--Los bárbaros decían: «Nada de hijas ante los hijos,» lo que no es +justo--añadí con convicción. + +--Eso es un detalle--dijo el cura en tono doctoral.--¿Y qué pasó después +de la conquista? + +--Una cosa muy sencilla, señor cura. Los dueños del suelo, en plena y +legítima posesión de sus bienes, no tuvieron más que un deseo, asegurar +la conservación de esos bienes en toda su integridad a una descendencia +única. El feudalismo no dice ya «nada de hijas delante de los hijos,» +sino «nada de hijos delante de los primogénitos...» + +--Perfectamente--exclamó el cura.--Va usted a ver en seguida el +encadenamiento de los hechos. Por una rara asociación de ideas, la +dureza del padre de familia, que excluye de su herencia a la totalidad +de sus hijos menos uno, se une a la fe sincera del creyente que quiere +la prosperidad de la religión. Estos dos sentimientos, al parecer, +inconciliables, impulsan al padre de familia a poner continuamente en +práctica y hasta exagerar el consejo de San Pablo... Así pues, no se +casa a las hijas más que cuando se encuentra una unión ventajosa para el +padre o para el hijo mayor; en el caso contrario, se las mete en un +convento, sean los que quieran sus gustos o deseos. + +--¡Infelices!--exclamé llena de conmiseración por aquellas hermanas de +antaño. + +--Los siglos pasados--continuó el cura, que se creía en su +cátedra,--están llenos del ruido de esas vocaciones obligatorias, +gracias a las cuales no había entonces más que pocas o ninguna solterona +en el mundo. La totalidad o poco menos de las mujeres no casadas, eran +entonces encerradas en los conventos... + +--¡Qué admirado debió estar San Pablo con semejante éxito!--exclamé con +una risa tan ruidosa que la abuela se estremeció. + +--San Pablo...--murmuró con rencor,--San Pablo es un mal santo. + +--¡Oh! señora--respondió el cura descontento,--San Pablo es la gloria de +la Iglesia... Pero como no quiero que le crea usted el padre de las +solteronas voy a leerle una carta muy curiosa del Papa Inocencio IV a +propósito de las solteronas. Allí verá usted la doctrina de la Iglesia +en plena Edad Media, y, por consecuencia, una rehabilitación de San +Pablo. + +El cura desapareció un instante en su biblioteca y volvió con un gran +librote que abrió por la página en cuestión. + +--Se trata, señoras--dijo,--de la Princesa Isabel de Francia, hermana de +San Luis. Aquella virtuosa Princesa resolvió no casarse, siendo así que +su hermano deseaba que lo hiciera con el hijo del Emperador Federico II. +Si la Princesa hubiera querido hacerse religiosa no hubiera encontrado +ciertamente ninguna oposición en su familia, pero la desgraciada hablaba +de celibato mundano... «No tendré--respondía a todas las +instancias,--otro esposo más que Jesucristo; sin pasar el resto de mis +días en un claustro, viviré en medio del mundo en un estado de +virginidad.» Blanca de Castilla, su madre, y el Rey Luis IX, su hermano, +a quien esta resolución contrariaba en extremo, se dirigieron al Papa +Inocencio IV para que la combatiese. Inocencio escribió a la Princesa +una carta llena de razón y de dulzura, en la que se esforzaba por +demostrar a la joven qué desagradable sería para la familia real contar +con una «solterona» entre sus miembros. + +El cura recalcó la palabra «solterona» con entonación tan burlona, que +la abuela y yo soltamos la carcajada. + +--Escuchen ustedes la lectura de esta carta, que va a consolar a usted, +señora. «Me dicen--escribía el Pontífice,--que queréis vivir en el mundo +y que vuestra inclinación os lleva a hacer en él una existencia separada +de los vivos, sin pretender el matrimonio ni las esperanzas de +posteridad. Sin embargo, según me informan, no tenéis la intención de +entrar en un monasterio para vivir en él en la profesión religiosa, sino +que vuestra mente se forma una vida neutra que no es ordinaria en el +siglo y que no puede recibir la aprobación de aquellos a quienes debéis +obediencia.» + +--Eso está bien hablado--exclamó la abuela;--Inocencio IV me consuela +de San Pablo... ¿Qué tienes que responder a esto, hija mía? + +--Lo que probablemente respondería Isabel de Francia... + +--Isabel--continuó el cura,--escribió al Papa una larga carta para +justificar su conducta y solicitar su perdón. «No soy una +rebelde--decía,--ni una desobediente; quiero obedecer y morir a vuestros +pies, cuando me hayáis hecho el favor de oír una sola palabra para mi +justificación.» Inocencio IV había hablado a la Princesa de la +excelencia y de la santidad del matrimonio... + +--¡Qué gran Papa!--exclamó la abuela llena de admiración. + +--...Isabel respondió en estos términos: «Sé que el matrimonio es +honroso, y el lecho de las esposas castas inmaculado; pero no puedo +olvidar lo que dijo el apóstol San Pablo...» + +--¡Otra vez San Pablo!--gruñó la abuela...--¡Qué santo!... + +--«...Que hay que tener una santa emulación por los dones de Dios y +desear los más excelentes. He oído con frecuencia que la virginidad está +tan por encima del matrimonio como la claridad del sol sobre la de las +estrellas. Es la vida que Jesucristo ha consagrado en su purísima carne +y aquélla de que la Santísima Virgen nos ha dado ejemplo. ¿Qué daño hago +a mi nacimiento renunciando al hijo del Emperador para casarme con el +soberano Monarca del Cielo y de la tierra? El poco conocimiento que +tengo de las letras sagradas no me permite ignorar unas palabras de San +Agustín, que dice: «Más vale dar vírgenes a Jesucristo que Césares al +mundo.» + +--Es encantador que también San Agustín se meta en esto--dijo la +abuela.--Y añadió volviéndose hacia mí.--¿De modo que las ideas de la +Princesa son las tuyas? + +--No por completo--confesé.--La Princesa es una santa y yo no. Además, +su celibato no es más que una vida religiosa... + +--Precisamente--confirmó el cura.--La historia nos enseña que si la +Princesa Isabel ganó su causa, no perseveró en su deseo de celibato +mundano. Rompiendo con aquella vida neutra que afligía al Papa, se hizo +monja, y murió siéndolo. + +--¡Bah!--dijo la abuela,--para ser una solterona tan convencida de su +derecho, la Princesa no tuvo mucha perseverancia... + +--Es verdad--contestó el buen cura, que no quería contrariar de nuevo a +la abuela.--Note usted, sin embargo, qué progreso en el desarrollo de la +personalidad femenina denota ese proyecto de la Princesa... Cincuenta +años antes supongo que no hubiera habido grandes escrúpulos para vencer +la resistencia de una joven colocada en oposición directa con los +suyos... + +--Ese fue entonces el comienzo de la rebelión--objetó la abuela, +levantándose para despedirse del cura, al que habíamos hecho perder un +tiempo precioso. + +--Nada de eso, señora--respondió con bondad el cura;--es el primer +vagido de una personalidad que se ignora. + +--¡Singular vagido!--dijo la abuela.--En fin... a San Pablo y San +Agustín se lo debemos--añadió con rencor.--Verdaderamente, no puedo +digerir eso... + +--Sí, sí--respondió el cura con condescendencia,--ya lo digerirá usted. +Ya verá, ya verá. + +Y al acompañarnos galantemente hasta la puerta, nos dijo con malicia: + +--Vayan en paz, señoras, vayan en paz... + +Aquel deseo no debía realizarse, pues apenas entramos en casa, a la +abuela le faltó tiempo para dar parte a Celestina del supuesto horror +del Papa Inocencio IV por las solteronas. + +--¡Eso un Papa!--exclamó Celestina.--Debe de ser, todo lo más, un Papa +falso... + +Iba la abuela a protestar vigorosamente, cuando me apresuré a calmar a +Celestina recordándole las palabras de San Pablo: «El que casa a su hija +hace bien; el que no la casa hace mejor.» + +Creí que se iba a desmayar de gusto al oír estas palabras. + +--Ese es un santo bueno... Ese es un santo grande... Ese es un santo... +santo. No hay como los apóstoles. + +--No hay como los Papas--replicó la abuela. + +Celestina es tan intransigente en sus ideas que no va a dejar vivir a la +abuela con San Pablo. La guerra está declarada entre el apóstol y el +Papa, ¡Pobre Inocencio IV! ¡Bueno le va a poner Celestina! + +Estaba yo escribiendo estas palabras, cuando oí un golpe en la puerta y +me vi entrar a Celestina muy sofocada. + +--No comprendo--acabó por decir cuando pudo recobrar el uso de la +palabra,--no comprendo que la señora dé tanta importancia a lo que dice +un «inocente.» + +--Inocencio IV no era un inocente--repliqué.--Fue, por el contrario, un +gran Papa que se llamaba Inocente como tú te llamas Celestina. + +--¡Bah!--dijo Celestina incrédula;--la señorita no me hará creer que +nadie se llame Inocente sin tener buenas razones para ello. + +Y me dejó muy indignada por lo que ella llamaba mi obstinación en +defender a aquel «inocente.» Tenía yo razón al exclamar: ¡Pobre +Inocencio IV! + + + + +18 de octubre. + + +Hoy he dado un buen paseo con el que no contaba. Estaban dando las dos +cuando la campanilla sonó alegremente a impulso de un mano viva y +nerviosa. + +--Es la señorita Francisca, seguramente--dijo Celestina, yendo a abrir +sin apresurarse. + +Era ella, en efecto, que venía con Petra Brenay, Genoveva Ribert y sus +madres, a buscarme para dar un paseo. Acepté con entusiasmo. La abuela +tiene dificultad para andar y me confía con placer a esas señoras que me +acogen siempre con gran amabilidad. + +Genoveva y Petra son, como Francisca, de mis más antiguas amigas, y, +como yo, son aiglemontesas de nacimiento. + +Genoveva nuestra decana, frisa en los veintiocho años. Es una morenita +delgada y esbelta, de facciones acentuadas y dulces al mismo tiempo. +Elegante sin exceso, piadosa sin mogigatería y adicta sin ostentación, +es enteramente mi ideal. A ella es a quien confío más fácilmente mis +pensamientos, y la abuela, que aprecia mucho el carácter firme y leal de +Genoveva, protege nuestra intimidad. Genoveva quiere permanecer soltera +por gusto, según dice ella, pero la abuela, que no podría soportar +semejante inconveniencia, asegura que es más bien por abnegación para su +madre, a la que cuida y consuela en sus dolores físicos y morales. Yo +soy de la misma opinión. + +Petra es extremadamente fina y menuda, muy rubia y con una aristocrática +silueta. Es la gracia hecha mujer, aunque un poco caprichosa y +fantástica y algo niña mimada. Su padre, el Barón de Brenay, no ve más +que por los ojos de su querida hija, que es la única bonita, la única +bien nacida y la única posible. A fuerza de oírlo repetir, Petra lo cree +y espera con serena convicción la hora encantadora y deseada en que la +renta de sus veinte mil pesos de dote, o sean seiscientos pesos, le +atraerán algún millonario por marido. Los señores de Brenay desean el +millón, como es de suponer, y Petra, hija respetuosa, comparte +enteramente las opiniones de sus padres. Está convenido que Petra no se +casa con menos de un millón. + +--No se puede vivir con menos de seis u ocho mil pesos al año--dice a +cada momento el Barón de Brenay. + +--Es lo justo para no morirse de hambre--añade la Baronesa. + +Y como los dos tienen una fe ardiente y convencida en el valor de la +partícula «de» colocada delante de un nombre, conservan la dulce o +inocente ilusión de que toda la humanidad participa de esa fe. Un +riquísimo plebeyo será indudablemente muy halagado al depositar a los +pies de la divina Petra un número incalculable de billetes de banco... +Esperan a ese novio ideal y le aceptan de antemano con una +condescendencia muy divertida. Muchas veces nos reímos entre nosotras +de los sueños dorados de Petra, pero sin permitirnos discutirlos. Los +dogmas de fe no se discuten. + +Dejando a las mamás que hablasen entre ellas, tomamos rápidamente la +delantera en cuanto estuvimos fuera de la población. + +--Y bien, Magdalena--exclamó de repente Francisca,--¿sigues defendiendo +a las aiglemontesas? + +--Como las ataques mucho, puede ser. + +--¡Ah! veo que cedes, caballeresca Magdalena--exclamó Francisca +triunfante.--El otro día te alzabas en los espolones como un gallo +inglés. + +--Si alguien enseñaba los espolones--dije reprimiendo una fuerte gana de +reír,--no creo que fui yo... + +--No, joven virtuosa; confieso que debió de ser mi modesta persona la +que se agrió con los golpes repetidos que me asestan ciertas malas +solteronas... + +--Si tú las provocas, no tienes más que lo que mereces. + +--Eso es, métete en esa pandilla, y contra mí además... ¡Ah!--dijo +Francisca dando un gran suspiro,--bastante desgraciado es pensar que se +va una a enmohecer como las otras en la piel de una solterona... + +--Nadie te obliga a enmohecer--objetó Genoveva. + +--Sí, se acartona una a pesar suyo cuando el celibato le ata las alas. + +--Pues bien, cásate--exclamé. + +--¡Ah! como llegue a pasar al alcance de mi mano un pretendiente, os +prevengo que salto a él y de grado o por fuerza le llevo al cura y al +alcalde. + +--¿Aunque no te guste?...--pregunté interesada. + +--Un pretendiente gusta siempre. + +--¿Aunque sea feo y viejo? + +--Me tiene sin cuidado--respondió Francisca con su desenvoltura +habitual. + +--¡Oh!--dije indignada.--No creo que te casaras con alguien que no te +gustara... + +--¿No?... Como que le iba a dejar... ¿Estás todavía en los dichosos +tiempos de los matrimonios por amor? + +--¡Cómo!--exclamé consternada.--¿No estás tú ya en ellos? + +--El amor sublime...--respondió la incorregible burlona;--creo que no me +sentaría bien. + +--Dices tonterías--hizo observar la prudente Genoveva, también muy +sofocada. + +--Tonterías... no. En realidad--añadió Francisca viendo que había ido +demasiado lejos, estoy hablando en broma.--Me sacáis de mis casillas con +vuestros gustos de celibato. Es horrible volverse un ser ridículo, malo, +maldiciente y charlatán... una sobra. + +--Yo no creo ser una sobra--protestó vivamente Genoveva. + +--Tú, puede que no--concedió con generosidad Francisca,--pero las +demás... Dios mío, no es ese mi ideal. + +--Ni el mío--afirmó Petra.--A mí me gustará comerme el dinero de un +marido muy rico. + +--¡Comerte el dinero!--objeté.--¿Es eso todo lo que tú ves en el +matrimonio? + +--Evidentemente--respondió Petra con su gran aspecto de las +cruzadas.--Comprenderás que si me caso con un plebeyo rico, no voy a +pasar el tiempo en amar a ese caballero... Amar a su dinero y hacerle +valsar, es otra cosa... + +--Pobre plebeyo--dijo Francisca con compasión.--Estoy segura de que le +harás ver que es un honor para él dejarse roer el dinero por tus lindos +dientecitos aristocráticos. + +Petra sonrió sin responder. + +--¡Bah!--replicó Francisca sin poderse contener, una partícula no es +cosa que se come...--¿Qué le vas a dar en cambio a tu marido? + +--Nada--respondió Petra desdeñosa. + +--Pobre señor; su vida va a ser un perpetuo viernes... + +Genoveva, para cambiar de conversación, nos llamó la atención sobre el +paisaje de otoño que se ofrecía a nuestra vista. + +--No, no, Genoveva, nada de poesía; nada de hojas muertas o a punto de +morir... Estoy harta de eso... Hace veintitrés años que estoy +contemplando las bellezas de nuestro pueblo y ya no me entusiasma la +Naturaleza... Es aburrido. + +--Qué alma de artista--murmuré _in petto_; y después, armándome de +valor, me atreví a hablarles de mis estudios sobre las solteronas. +Francisca aprovechó la ocasión para lanzar gritos de horror, que Petra +imitó a la sordina. Envalentonada por la mirada de aprobación de +Genoveva, conté mis descubrimientos sobre el origen de las solteronas y +les dije que en los pueblos polígamos no las había. + +--¿No?--exclamó Francisca.--Pronto, Petra, vámonos a esos pueblos +felices. + +--No creas que me conformaría con la vida de harén--respondió Petra en +tono desdeñoso. + +--Es verdad--exclamó Francisca;--ya he dicho otra tontería. + +--No me extraña--dijo dando un suspiro la pobre señora de Dumais que nos +había seguido. + +--Esperaba eso de mamá--respondió Francisca con filosofía. + +A mí tampoco me extrañan las reflexiones maternales... + +Cuando llegamos a mi casa ofrecí a todas las señoras una taza de té. Las +de Brenay y Dumais tenían prisa por volver a sus casas, y rehusaron; +pero las tres jóvenes aceptaron. Celestina, que sabe cuánto me gusta +tomar un refrigerio al volver de paseo, lo preparó todo en seguida, y +entre una galleta y una tostada continué mis confidencias. + +La idea de que San Pablo, con gran escándalo de la abuela y gran +contento de Celestina, era el padre de las solteronas, divirtió mucho a +mis amigas. Francisca, que tiene siempre ideas originales, me pidió que +llamase a Celestina para contemplar su gozo. Hícelo yo de buen grado y +pedí una cosa cualquiera a mi buena vieja para explicar mi campanillazo. + +--Y bien, Celestina--dijo Francisca,--San Pablo es un gran santo... + +--Sí, señorita--respondió respetuosamente Celestina, que pareció mirar a +Francisca con mejores ojos.--No es como ese inocente... + +--¿Qué inocente?--interrogó Francisca asombrada. + +--Ya te contaré eso dentro de un momento--dije.--Vamos, Celestina, dinos +lo que piensas de San Pablo--continué dirigiéndome a la anciana, que se +obstinaba en pasarse la mano por las narices como para quitarse una +humedad molesta. + +--Pienso--respondió la aludida, a la que halagaba la atención de que era +objeto,--pienso que Dios ha enviado a San Pablo para impedir que las +jóvenes se pierdan casándose. + +--Pero, Celestina--dijo Genoveva con una débil sonrisa,--no es una +perdición el casarse. + +--Sí, señorita--aseguró Celestina;--en los hombres es puro vicio y en +las mujeres una torpeza... + +--¡Bueno!... Ya está la especie humana rápidamente juzgada--exclamó +Petra en medio de las risas de todas. + +--Pues bien, Celestina--añadió Francisca muy seria,--encuentro que tiene +usted razón. En su lugar de usted daría algún paso cerca del señor cura +para obtener que Santa Catalina, que es una solterona de pacotilla, sea +puesta en la puerta de la corporación y que San Pablo sea nombrado +patrono en su lugar. + +--¡Cuánta razón tiene la señorita y qué bien estaría eso!... + +--Me apresuré a despedir a Celestina e hice reproches a Francisca. La +aturdida no ha pensado que Celestina va a tomar todo esto en serio y +acaso a intentar con el cura el paso aconsejado... En fin, ya veremos. + +Reanudé mi narración de las solteronas para explicar el «inocente» de +Celestina, y aquello fue un concierto de risas. Francisca por poco se +ahoga con una castaña en dulce y Petra se atragantó completamente al +beber el último sorbo de té. + +Por fin se restableció el silencio y emprendimos una nueva conversación +más seria, aunque sobre el mismo asunto. + +Genoveva me preguntó con qué objeto hacía mis investigaciones, y le +respondí que todo mi deseo era encontrar libros que me inicien en la +introducción de las solteronas en la sociedad moderna, pues hasta ahora +no me daba cuenta más que de la solterona involuntaria. + +--Mi madre debe de tener algo sobre eso--dijo Genoveva después de +reflexionar.--Buscaré y te enviaré todo lo que encuentre. + +--Le di las gracias con efusión, y como se hacía tarde, unos +campanillazos vinieron a poner término a nuestra alegre conversación. +Era que venían a buscar a mis amigas. + +Francisca fue todavía la que tuvo la última ocurrencia. Había ya salido +de la antesala, cuando, dando media vuelta, vino hacia mí y me dijo con +su gracia acostumbrada: + +--Hasta la vista, solterona... + +--Adiós y gracias--repitieron en coro Genoveva y Petra. + +--Adiós, hasta la vista, muchachas...--respondí gozosa, mientras se +restablecía el silencio en nuestra tranquila casa y resonaban todavía a +lo lejos las notas del alegre terceto. + +¡Solterona!... Pues bien, acepto el augurio... + + + + +20 de octubre. + + +Con gran desesperación de la abuela, Genoveva me envió al día siguiente +los libros prometidos y desde entonces los leo y los devoro. Aunque la +abuela dice que estoy ridícula con mis solteronas, la verdad es que las +encuentro un serio interés. Mis estudios me deleitan y los continúo. + +Hubiera deseado encontrar otra Isabel de Francia para tener derecho a +sentar un sólido juicio sobre una base no menos seria; pero con gran +sentimiento mío, la vocación del celibato no parece haber sido +voluntaria en los siglos pasados. Casarse es decididamente una cosa de +un orden esencialmente natural y parece que la solterona por gusto es +una creación exclusivamente moderna. + +¿De dónde viene? + +Eso es lo que he procurado investigar con una paciencia tan +extraordinaria como inusitada. He reanudado mis estudios en pleno +feudalismo, en medio del vigoroso impulso del espíritu caballeresco. Me +ha parecido curioso estudiar esa época, ya muy brumosa, en la que «Mi +Dios y mi Dama» era el grito de los infanzones que iban a la batalla con +una cruz en la mano y los colores de la señora de sus pensamientos en el +corazón. Eso difiere un poco de nuestros jóvenes modernos, que no han +conservado, evidentemente, esas nobles maneras. + +¿Qué era esa dama evocada por la imaginación de nuestros antepasados? + +Algunas veces era una delicada niña de púdica sonrisa; con frecuencia +era la esposa de algún caballero renombrado, pero ni una sola vez, que +yo sepa, se la encuentra bajo las facciones de una honrada y casta +solterona. El estado neutro de que hablaba el Papa no está muy en honor +ni en el mundo eclesiástico ni en la sociedad seglar. Preciso es añadir, +por otra parte, que el enorme éxito de lo que se llamaba tan exactamente +«cortes de amor» no era para fomentar el estado de virginidad ni para +darle muchos elogios. El espíritu caballeresco, basado en el amor, debía +ser hostil al celibato, y todas sus adoraciones y homenajes se dirigían +a aquellas que, lejos de estar armadas contra los sentimientos tiernos, +sabían animarlos graciosamente. + +La caballería, a pesar de la aureola con que ha llegado hasta nosotros, +no se alimentaba exclusivamente de flores azules cogidas en el país del +ideal. Práctica y dura, apreciaba muy bien las especies contantes y +sonantes o los hermosos dominios dorados por el sol. + +El sistema feudal, al privar a las hijas de toda fortuna, aumentó +considerablemente el número de las muchachas pobres y, por consiguiente, +imposibles de casar, pues en aquel noble tiempo de sentimientos +caballerescos hacía falta un dote para conquistar un marido. La historia +no nos dice si bardos o trovadores consagraron a este asunto, sin +embargo tan interesante, sus versos y sus melodías. Es de creer que ni +unos ni otros hubieran logrado transformar una sociedad que exaltaba a +la mujer y buscaba el dinero. + +La nobleza y la burguesía, encontrando la mayor facilidad para +desembarazarse de las hijas sin soltar dinero, preferían darlas sin dote +al convento a dotarlas para casarlas. + +Pero las dificultades de la vida se acentuaban para las jóvenes +casaderas y para los conventos que las servían de refugio. El número de +monjas obligadas crecía hasta tal punto, que ciertas casas faltas de +recursos tuvieron que recurrir a la bondad real para obtener algunas +larguezas. Luis XIV permitió a algunas comunidades aceptar dotes a +condición de que se dedicasen a la instrucción profesional de las hijas +del pueblo. Pero con esta ocasión se renovaron los antiguos edictos para +los conventos ricos con agravación de las penas para los infractores. El +Parlamento de París castigó a las religiosas de la Virginidad por haber +medido una vocación «más al peso del metal que al del santuario.» + +La sociedad meticulosa de la época prefería la desgracia de sus hijas en +un claustro, a su dicha relativa en el mundo, en el que no se admitía el +celibato. Las conveniencias lo mismo que el espíritu religioso de la +época se oponían a este último partido. + +Los predicadores tronaban en el púlpito contra el entristecedor +espectáculo del celibato involuntario, y uno de ellos llegó a decir que +las hijas solteras que se quedan en el mundo son en él objeto de +escándalo y un obstáculo a las buenas costumbres. + +¿Cómo, después de esto, atreverse a permanecer solterona? Era necesario +tomar el camino del claustro, donde nadie pensaba en averiguar el grado +de vocación que llevaba a tantas pobres almas. + +Los moralistas hablaban también en favor del matrimonio, demostrando, +como Montesquieu, que «cuanto más se disminuye el número de los +matrimonios que pudieran hacerse, más se corrompe a los que están ya +hechos: cuantas menos personas casadas hay, menos fidelidad existe en +los matrimonios, como cuando hay más ladrones existen más robos.» + +Y como la causa del matrimonio no avanzaba un paso, se decidió dejar +resueltamente a un lado a las jóvenes feas y pobres para dar, al menos, +a las que no lo eran un puesto más ancho en el mundo. Un sabio casuista, +el padre Bonacina, jesuita, declaraba «exenta de pecado a la madre que +desee la muerte de sus hijas sino puede casarlas a su gusto a causa de +su fealdad o de su pobreza.» + +Con el convento para las unas, el matrimonio para las otras y la muerte +para las que no entraban en ninguno de los dos estados, pudiérase creer +que en adelante no habría ya esas desgraciadas jóvenes cuya vista +producía en la conciencia pública el efecto de un remordimiento. Pero la +especie no quiso desaparecer. Al fin del siglo XVIII, el moralista +Sebastián Mercier declara que «en todas las casas burguesas de París se +encuentran cuatro jóvenes casaderas por una casada.» + +Dejé la pluma, pensativa, reflexionando que en provincias, a la hora +actual, el matrimonio está por lo menos tan abandonado como en tiempo de +Sebastián Mercier, cuando la abuela me arrancó bruscamente de mis +demasiado sabias meditaciones. + +--Un poco de memoria, Magdalena. Olvida que tenemos que ir esta tarde a +ver a la señora de Brenay. + +--Es verdad--exclamé,--no me acordaba... + +--Las solteronas te hacen perder la cabeza, pobre hija mía... Vamos, +despáchate. Voy a ponerme el sombrero y te espero en el salón. + +En diez minutos hice el milagro de estar compuesta y acicalada. La +abuela, satisfecha, se dignó sonreírme con una benevolencia en la que +entraba un poco de inocente admiración. + +Pasar de repente de la calma absoluta a una intensa tempestad, es +siempre desagradable, y esto fue lo que nos sucedió a la abuela y a mí. +Dejamos la apacible tranquilidad de nuestro _home_ y nos encontramos en +pleno huracán en casa de los Brenay. + +El señor de Brenay, que no parece más que raras veces por su salón, +estaba paseándose con agitación febril que sacudía con bruscos +movimientos sus bigotes largos y retorcidos. La de Brenay, desplomada en +una butaca, parecía aniquilada y olvidaba por completo el cuidado de +conservar sus maneras aristocráticas. Petra, muy encarnada y como +vergonzosa, estaba mordiendo rabiosamente el pañuelo. Era indudable que +caíamos en plena escena de familia. La abuela y yo cambiamos rápidamente +una mirada de estupor, pero era imposible retroceder. + +El salón de los Brenay, siempre tan animado, tan alegre, tan en armonía +con los gustos de los dueños de la casa, me pareció ensombrecido por +negras nubes cuando tomé posesión de una silla al lado de Petra. El +señor de Brenay, hombre muy corrido, creyó que debía, en cuanto se +cambiaron los primeros cumplimientos, ponernos al corriente de lo que +motivaba semejante perturbación en su interior. + +--Esta democracia...--dijo con un desdén exasperado,--esta democracia es +audaz en extremo... ¿Creerá usted, señora, que un teniente de +infantería... sin apellido... casi sin fortuna... mil doscientos pesos +de renta--¿qué es eso?--se atreve a levantar los ojos hasta mi hija? + +--Audaz es en efecto--dijo la abuela en tono de broma.--Un gusano de la +tierra enamorado de una estrella... + +--Precisamente--exclamó Brenay con acento de aprobación.--El teniente +Cotorrac... + +--¿Es posible--dijo la señora de Brenay confundida,--que con semejante +nombre se atreva a pensar en mi hija?... + +--¡Ah!--gimió Petra,--estoy avergonzada... Qué apellido para anunciar en +un salón... La señora de Cotorrac... + +La desesperación de Petra era tan franca, que reprimí valerosamente toda +hilaridad. Y tuve mérito, porque la escena era divertida. + +--¡Cállate, hija mía, cállate!... Ese ganapán, ese perdido merecería +seis meses de castillo por haberse permitido pensar en ti... ¡Si +volviera el antiguo régimen! + +--Si se nos permitiese solamente hacer que nuestros criados dieran una +buena paliza a esos insolentes...--acentuó la señora de Brenay,--no +pasarían estas cosas. + +--Dios mío--se atrevió a decir la abuela, bastante divertida en el fondo +por aquella tragicomedia.--¿Creen ustedes que el crimen no tiene +excusa?... Petra es tan linda y tan seductora... + +--Mi hija no debe ser linda ni seductora para quien no es de su +clase--gruñó el padre. + +--Un pobre diablo puede tener ojos--añadió la abuela,--y hasta +corazón... Y si ese pobre diablo es un oficial y tiene mil doscientos +pesos de renta... la cosa cambia de punto de vista. + +--No cambia nada--exclamó Brenay.--¿Es bien nacido?... No... ¿Tiene +fortuna?... No... ¡Ah! el lado vergonzoso del negocio es que ese mozo +afirma que está loco por mi hija... + +--Papá, por Dios, no repitas semejante cosa... + +--¿Y qué?--preguntó la abuela. + +--Que es un amor inadmisible--respondió Brenay con su voz más +mordaz,--que estoy seguro de que hace estremecerse de horror en sus +tumbas a todos los Brenay pasados... + +--Sin contar los Mauval a que yo pertenezco,--apoyó la de Brenay. + +La abuela se esforzó en vano por establecer que la respetabilidad +personal, las cualidades del joven, su sinceridad y su lealtad evidente +eran dignas de otra acogida. Ni el señor de Brenay ni su mujer quisieron +conceder nada, y Petra, herida en su amor propio, no consintió tampoco +en deponer su cólera. + +Después de un cuarto de hora de una conversación difícil, cuyo asunto +era imposible de cambiar, tan violenta era la exasperación reciente, la +abuela se levantó con gran satisfacción mía. Yo, que me complazco mucho +habitualmente con la compañía de Petra, fui feliz al dejarla. Tales +prejuicios de casta, o de pandilla, como diría Francisca, son tan +extraordinarios que me producen el efecto de un gran anacronismo. + +--¡Bah!--dije a la abuela, que estaba un poco sublevada con lo que +acababa de oír;--supongamos que vivimos en el siglo XVIII en lugar de +encontrarnos en el XX, y todo será natural... + +--Las enseñanzas de la historia son letra muerta para muchos--murmuró la +abuela...--Es curioso--añadió,--el ver cuántas personas inteligentes hay +entre nosotros a quienes la historia no ha enseñado nada. + +--¡Aprender!... Esa es toda la filosofía de la vida, abuela querida... +Pides demasiado. + +La abuela, sorprendida, me miró atentamente. + +--Acaso tengas razón--añadió cuando se dio cuenta de que era yo quien +había hablado.--En todo caso, la pobre Petra está en la dolorosa vía del +celibato. + +--¡Dolorosa!... no, abuela, muy feliz. + +Y para ahorrarme un sermón de la abuela, desaparecí prontamente de su +horizonte. Abríase ante mí la puerta de mi casa y me metí en ella más +que de prisa. + + + + +22 de octubre. + + +Mis investigaciones van tomando cuerpo... Las solteronas se enredan en +una madeja inesperada. Estaba yo gimiendo en mi interior por las +dificultades de mi tarea, cuando la Providencia, bajo las facciones del +padre Tomás, vino a llamar a la puerta de la abuela. El buen cura +deseaba averiguar el estado de nuestras cabezas y el de nuestros +corazones. + +Apenas entró en el salón, iluminado por un lindo rayo de sol, que +aureolaban los primeros fuegos del hogar en un dulce resplandor, cuando +llegaron también la de Ribert y Genoveva para informarse del resultado +de mis lecturas. + +La abuela no reanuda sus días de recibir hasta noviembre, pero acoge con +gusto a las personas de nuestra intimidad que se presentan. No cierra su +puerta desde julio hasta Todos los Santos más que a los indiferentes +que, con pretexto de interés, van a casa ajena a informarse del matiz de +las ideas y del aspecto de las caras para inventar historias +sorprendentes e inverosímiles. + +Me puse tan alegre por aquella doble visita que de buena gana hubiera +saltado al cuello del cura y al de la señora de Ribert para +manifestarles mi satisfacción. Me indemnicé de la imposibilidad +absoluta de hacerlo precipitándome a las mejillas de Genoveva que +recibieron cada una dos sonoros besos. + +La de Ribert es el vivo retrato de su hija o más bien, ésta es la +reproducción exacta de lo que ha debido de ser su madre. El cabello gris +de la de Ribert, parece ser el sucesor designado de la opulenta +cabellera de Genoveva. Sólo ha cambiado el talle, engruesado por la +edad, y, sobre todo, ha venido la enfermedad triste e implacable que la +mitad del tiempo clava a Genoveva en la cabecera de su madre, sin que la +una ni la otra pierdan por eso una sola de sus sonrisas ni un átomo de +su apacible amabilidad. + +El padre Tomás, conocido y apreciado por el pueblo entero, lo que no es +frecuente en Aiglemont, es también íntimo de los Ribert. El cura sacó en +seguida la conversación de las solteronas, ayudado por la de Ribert, +apasionada por todo lo que se refiere a la evolución femenina. Es, al +contrario que la abuela, enemiga del matrimonio y se dice por lo bajo +que su marido, muerto hace muchos años, no la hizo precisamente feliz. + +--Y bien, ¿cómo van esos estudios?--dijo el cura con una risa sonora que +hizo estremecerse hasta las tenazas de la chimenea. + +--Están suspendidos, señor cura. + +--¿Por qué? + +--Porque no encuentro el lazo que debe unir a la solterona involuntaria +de otro tiempo con la de hoy. He llegado casi al fin del siglo XVIII y +me falta una Princesa Isabel... + +--¡Dios mío!--gimió la abuela,--no se concibe semejante obstinación. + +--Sí, señora, ciertamente--respondió el cura con bondad. + +Y añadió dirigiéndose a mí: + +--Si necesita usted absolutamente una princesa, me parece que la Corte +de Luis XVI le ofrece una solterona distinguida... + +--¡Qué aturdida soy!--dije con convicción.--Es verdad, olvidaba a madama +Isabel, la hermana de Luis XVI... + +--Sí, madama Isabel, sin hablar de otras ilustres solteronas. En cuanto +al lazo que usted reclama entre las solteronas involuntarias y las +voluntarias, existe muy claro. ¿Qué hace usted de la Revolución y del +Código de Napoleón?... + +--Nada absolutamente, señor cura--dejé escapar a pesar mío.--Esas dos +cosas no me dicen nada que valga. + +--Pues es un error--respondió el cura.--La Revolución y el Código de +Napoleón, por el establecimiento de principios nuevos y por la abolición +del derecho de primogenitura, han dado a las jóvenes de las clases +acomodadas una independencia real para permitirles vivir como les +acomoda. De aquí se deduce... + +--¿Entonces, señor cura--preguntó la de Ribert muy interesada,--usted +cree que la Revolución y el Código entran por mucho en este temor del +matrimonio que manifiestan tantas jóvenes modernas... + +--Evidentemente... ¿No se nota ese temor precisamente en la +burguesía?... + +--Sí, es cierto. Sin embargo... + +--No hay sin embargo--afirmó el cura con autoridad.--Desde el momento en +que se suprimió el derecho de primogenitura y la mujer mayor, no +casada, fue admitida a gozar de sus bienes, se ha desarrollado, por la +fuerza de las cosas, el gusto por el celibato voluntario. Abra usted el +Código... + +--No, no--dijimos en coro,--la cosa no es distraída. + +--Pues bien, no le abran. Pero si le abrieran, verían que la mujer +soltera es más generosamente tratada que la que se encuentra bajo la +potencia del marido. La primera goza de todos sus derechos en cuanto es +mayor de edad; la segunda es una eterna menor. + +--Pero dije cautivada por la demostración;--entonces usted cree... + +--Sin duda, sin duda--replicó el cura.--Es claro que al convertirse la +soltera en protegida del Código, el celibato, hasta entonces objeto de +aversión, adquiere rápidamente, bajo el imperio de nuevas costumbres, +toda la apariencia de una posición escogida. + +--Si lo que usted dice es exacto--repuso la abuela olvidando su +antipatía por este asunto,--habría que buscar en esa transformación de +las leyes el comienzo de otras muchas evoluciones. + +--Así lo creo, señora--respondió el cura.--La evolución femenina de que +habla todo el mundo, me parece que no tiene otra causa primera. Los +cambios de hechos acarrean siempre cambios de ideas, cuando no es el +cambio de éstas lo que produce el de los primeros. + +--Es curioso, muy curioso--exclamó la de Ribert.--Sin +embargo--objetó,--no comprendo bien la importancia extraordinaria que da +usted al Código de Napoleón desde el punto de vista femenino. + +--Va usted a comprenderlo--respondió el cura, muy contento por la +atención de su auditorio.--Por primera vez en la historia de los siglos, +la mujer de las clases acomodadas es llamada de soltera a la libre +posesión de sus bienes de familia. ¿Cómo quiere usted que tal evolución +no traiga consigo otra? + +--Es verdad--dijo Genoveva,--todo se enlaza. + +--Usted me comprende, señorita Genoveva--dijo el cura con una mirada de +aprobación.--La mujer que posee, es naturalmente una mujer que obra y +llega a ser por la fuerza de las cosas una personalidad con la que hay +que contar. + +--¡Qué lejos estamos--exclamé,--de las leyes de Manou, del Génesis y del +Corán!... Unas y otras declaraban con una notable unanimidad que la +mujer sin marido no era nada y no podía nada... + +--Sí--aprobó el cura,--todo está muy cambiado. Las mujeres, que no eran +nada en otro tiempo, están a punto de serlo todo, gracias a las +solteronas--añadió con malicia. + +--¡Todo!--exclamó la abuela.--Las solteronas son entonces, según usted, +abominables feministas.... + +--No, no--respondió el cura divertido por la alarma de la abuela.--Usted +exagera... Afirmo sencillamente que la posesión legal de los bienes +fomenta en la soltera el desarrollo de su personalidad. Y hay que +confesarlo, no se puede creer que el desarrollo de la personalidad en la +mujer sea un excelente factor de matrimonio. + +--Es verdad--aprobó la de Ribert.--La independencia de bienes provoca la +de la voluntad y la de la mente. No querría deducir que la independencia +del corazón sigue el mismo movimiento, pues eso traería serias +consecuencias. Pero hay una evidente propensión a un individualismo +que, como usted dice, está muy lejos del matrimonio. + +La abuela no pudo contener una exclamación de horror. + +--Sí--dijo el cura pensativo sin ocuparse ya de los suspiros de la +abuela,--el individualismo es ahora una especie de contagio. Es la idea +fija de muchas jóvenes... ¿Es un bien o un mal?... El porvenir lo dirá. +Por el momento, se hace un pedestal a la mujer moderna sin pensar que, +acaso, el individualismo llegará a ser sinónimo de egoísmo... + +--No, señor cura--respondió Genoveva con energía.--Se puede tener una +personalidad bien caracterizada sin caer en el horrible defecto que +usted señala. + +--He dicho «acaso» y no «ciertamente...» Hay en esto un escollo, un gran +escollo. Muchas jóvenes--añadió con tristeza más acentuada, mirándome +con fijeza;--muchas jóvenes de las mejores y de las más inteligentes, no +sienten ya la necesidad de apoyarse en el brazo de un marido... + +--Y bien--dijo alegremente la de Ribert mientras la abuela volvía a +suspirar,--tanto mejor... Puesto que se dice que ya no es posible casar +a las hijas, dichosas la que no tienen la vocación del matrimonio. + +--Sí, lo concedo--dijo el cura.--¿Pero por qué ese estado de alma reina +precisamente entre las jóvenes que se casarían más fácilmente? Sí, es +bueno en general que las jóvenes no coloquen en el matrimonio su única +probabilidad de dicha... + +--¡Pobre probabilidad!--interrumpió la de Ribert. + +--...Es preciso, sin embargo, no complicar la situación haciendo que se +implante demasiado ese miedo del matrimonio. + +--Eso es lo que me canso de decir--exclamó la abuela.--Es malo, es +espantoso...--acabó en el último grado de la indignación.--¡Ah! señor +cura, señor cura... ¿Qué ha hecho usted de Magdalena? + +--Caín, ¿qué has hecho de tu hermano?--parodió dulcemente el +sacerdote.--Pero señora,--continuó con más vivacidad,--no he hecho nada +malo de Magdalena, que yo sepa. Es verdaderamente buena,--añadió con la +satisfacción del que se complace en su obra moral, mientras sus buenos +ojos se fijaban en mí con una indulgencia enteramente paternal. + +--Sí, lo concedo, no es mala--dijo la abuela halagada en su amor +maternal.--Pero esa personalidad... ese modo de bastarse a sí misma... + +--Ya sé, ya sé--replicó el cura confuso.--Verdaderamente, no había +previsto ese peligro. + +--¡Un peligro!--exclamó la de Ribert, contenta al ver al cura habérselas +con la abuela.--¿Dónde ve usted ese peligro? + +--Un peligro desde el punto de vista del matrimonio, se +entiende--explicó el sacerdote.--Involuntariamente, al armar a las +muchachas para el famoso _struggle for life_, las armamos contra el +matrimonio. En el día en que sienten verdaderamente que son alguien, +saben por esto mismo razonar. Ahora bien, el razonamiento mata la +ilusión; la ilusión perdida da el golpe de muerte a la confianza; y +aniquilada la confianza, ¿dónde quiere usted que se coloque el amor en +un corazón femenino?... Pero, en realidad--continuó el buen cura +levantando la cabeza con confianza,--Magdalena no ha dicho que renuncia +al matrimonio. + +--Sí, sí, haga usted el buen apóstol... ¿No ve usted que va por ese +camino? + +--Todavía no, señora. Magdalena está en el período de la reflexión. + +--Admito que reflexione sobre tal o cual pretendiente, señor cura, pero +sobre el matrimonio... sobre el matrimonio... + +--San Pablo, señora... + +--No me hable usted de San Pablo, por amor de Dios--dijo la abuela con +agitación. + +--Y bien, Magdalena--preguntó la de Ribert para evitar a San Pablo una +nueva algarada;--¿qué tiene usted que reprochar al matrimonio, hija mía? + +--El marido--respondí con sincera convicción. + +--¡El marido!--exclamó la de Ribert riendo, con gran contento de +Genoveva, que gozaba deliciosamente de la alegría de su madre.--¡El +marido!... Qué gran verdad... + +La abuela, consternada, nos miraba a las tres alternativamente con tal +expresión de reproche, que el cura tomó el prudente partido de dejarnos +para cortar la conversación. La de Ribert y Genoveva se quedaron todavía +unos instantes, y cuando vieron tranquila a la abuela, se levantaron con +la promesa de vernos muy pronto. + +--Estas señoras son muy amables--dijo la abuela en cuanto se +marcharon,--pero es lástima que tengan ideas falsas... ¡Qué mal se +razona ahora!... En mi tiempo no era así. + +--En tu tiempo, abuela--repliqué apoyando dulcemente la cabeza en su +hombro,--todo el mundo era perfecto. + +--Aduladora--respondió la abuela dándome un beso.--Bien sabes que haces +de mí todo lo que quieres... + +Y se firmó la paz con otro beso. + +¡Ah! si la abuela quisiera ser razonable, qué felices seríamos... + + + + +24 de octubre. + + +Hay personas a quienes la suerte se complace en jugar malas pasadas. Y +ese es mi caso... + +Creía la paz asegurada enteramente entre la abuela y yo y me preparaba a +gozar de nuevos días de serena tranquilidad, cuando esta mañana la +abuela me dirigió este discurso: + +--Hija mía, puedes hacerme justicia... + +--No tengo otra intención, abuela. + +--Te dejo perfectamente libre para tomar el pulso a tu vocación +futura... + +Aquí hice un movimiento de cabeza afirmativo. + +--Pero estimo que si esos estudios preliminares van a durar diez años... + +--¡Adiós!... Estoy cogida. + +--...No habrá ya para ti ninguna probabilidad de matrimonio. + +--¿Y la señorita Romanot, que acaba de casarse a los treinta y ocho +años?... ¿Y la de Ormont, cuya cuadragésimasexta primavera ha conocido +al fin los triunfos del matrimonio?... ¿Dónde me las dejas? + +--Son ejemplos que no hay que seguir. Considero sencillamente esas +uniones tardías como asociaciones amistosas y no como matrimonios. + +--¡Bah! todo lo que se busca hoy es una asociación amistosa. + +--¡Otra vez!--exclamó la abuela con alguna impaciencia.--¿Soy yo, a mi +edad, quien debe recordarte las ilusiones de la tuya?... Dios mío, qué +desabridas y singulares son esas muchachas... + +--No es culpa mía. La desilusión y la singularidad están en el aire que +se respira. + +--Empiezo a creerlo--replicó la abuela descontenta.--Pero como quiero +cumplir con mi deber a pesar de todo, quiero verte aceptar dócilmente, +al lado de tus estudios sobre las solteronas... + +Aquí la abuela se encogió de hombros con expresión de supremo desdén. + +--...Un examen atento de las proposiciones de matrimonio que se te +puedan hacer... + +--Abuela, me habías prometido... + +--Te he prometido no influir en tu resolución definitiva, sí, Magdalena. +Lo que no he prometido es dejarte echar a perder tu vida como lo estás +haciendo. + +--Abuela--protesté,--soy tan feliz... No trato más que de estar a tu +lado. + +--Sí, ya lo sé, mala nieta... Y eso es lo que no comprendo... A los +veinticinco años encontrarse dichosa sin el apoyo de un marido, no es +natural... + +--Además, querida abuela, ¿para qué necesito un marido puesto que te +tengo a ti? + +--¿Para qué?... ¡Ah! Magdalena... + +Y la abuela, suspirando fuertemente, me miró con tierna piedad. No me +comprende, es seguro, y yo no la comprendo tampoco. + +--He recibido hace un momento--prosiguió la abuela,--una esquela de +nuestro notario y amigo el señor Boulmet, que me ruega que le reciba a +las dos. No me oculta que su visita tiene por objeto un proyecto de +matrimonio... + +--¡Oh! no, no--exclamé con espanto.--¡Ah! San José... + +--He dicho un proyecto y no un matrimonio... Te dejo absolutamente libre +de resolver lo que te acomode, pero quiero... + +La abuela puso en esta palabra toda su energía. + +--...Quiero que estés presente en la entrevista. A los veinticinco años +debe una mujer decidir ella misma su vida... Te prevengo que no toleraré +más que te sustraigas a la menor petición de matrimonio como lo has +hecho hasta hoy. + +--Pero abuela--repliqué victoriosa,--sabes que no estaré libre a las +dos. La señora de Dumais y Francisca van a venir a buscarme para ir a +paseo, de modo... + +--Escribe dos letras a Francisca para excusarte--respondió la abuela con +su tranquila firmeza de los grandes días. + +Cuando la abuela se expresa así no hay más que obedecer, y así lo hice. + +A las dos en punto, el señor Boulmet, tieso y atildado como de +costumbre, entró en el salón bajo la poco benévola mirada de Celestina, +que sospecha evidentemente algo. Habitualmente encuentro muy bien al +señor Boulmet, pero hoy me es sencillamente odioso... + +Su cráneo desnudo me parecía el receptáculo de un mundo infinito de +malos pensamientos; aquellas dos cositas brillantes que esconde bajo sus +anteojos de oro despedían para mí fulgores satánicos, y hasta su bigote +gris, de aspecto ordinariamente bondadoso, tomó a mis ojos una +significación agresiva. Hízome estremecer su perfecta levita negra +abierta sobre una correcta corbata, y el alto cuello en que el señor +Boulmet aprisiona las gracias conquistadoras que le quedan, me pareció +una alusión directa a la dicha del matrimonio. + +El señor Boulmet me conoce demasiado bien para no echar de ver que su +visita, o más bien, su objeto, me entusiasmaba poco. + +--Ea, Magdalena--me dijo después de los primeros cumplimientos,--no +ponga usted esa cara tan triste. Qué diablo, un matrimonio no es un +entierro... + +--Casi--exclamé dando un suspiro. + +--Entonces--preguntó el notario volviéndose hacia la abuela,--¿la +conversión no se ha verificado?... + +--¡Ay!--murmuró la abuela. + +--Es muy singular--siguió diciendo el señor Boulmet.--¿Querrá usted +creer, señora, que su nieta de usted no es una excepción y que existe +esta antipatía por el matrimonio en una gran parte de mi clientela?... +Así como las jóvenes sencillas y sin gran instrucción ni dote parecen +entusiasmadas por el matrimonio, las dotadas de talento y fortuna +manifiestan respecto de él una frialdad significativa. + +--Semejante disposición huele a feminismo--dijo la abuela pensando +todavía en la conversación del cura con la de Ribert. + +--¡El feminismo!... ¡El feminismo en Aiglemont!--exclamó con horror el +Señor Boulmet.--Me deja usted estupefacto, señora... Después de +todo--añadió volviendo a tomar su aspecto profesional,--tengo tan poco +tiempo para ocuparme en semejante cuestión, que me dispensará usted si +me declaro incompetente. + +--Sí, lo comprendo--respondió la abuela.--Pero dígame usted, entre +nosotros, ¿qué piensa usted de estas jóvenes de hoy? + +--Que son muy viejas para su edad. + +--¡Gracias a Dios que encuentro alguien de mi opinión!--exclamó la +abuela triunfante. + +--Sí, confieso que estas cuestiones nuevas me confunden un poco y +trastornan también mi estudio... Tenemos menos contratos de matrimonio +y, sobre todo, menos buenos contratos... Es muy deplorable... Sé que +habitamos en un clima templado y que éstos son especiales para las +solteras... + +--¿Por qué?--pregunté interesada por mis queridas solteronas. + +--Porque la acción del clima influye en el desarrollo de la vida de +familia y en el temperamento personal. + +--¿Cómo?--pregunté con emoción y sorpresa. + +--Porque las ideas más serias... una naturaleza más fría... y una gran +dificultad para los cuidados materiales son las causas de esta +propensión al celibato. + +--¡Gran Dios! hacia los polos eso debe de ser un ideal... + +--No--respondió el notario sonriendo por mi ardor.--En los países muy +fríos las dificultades de la vida son tales y los rigores del clima tan +implacables, que la gente se casa con entusiasmo por motivos opuestos a +los que hacen de los meridionales celosos partidarios del matrimonio. +Allí se necesitan los unos a los otros, y la existencia de una +solterona... + +--Sería un escándalo--añadió la abuela contenta al ver que había en la +tierra numerosas personas sensatas.--Pero--continuó,--no nos +extraviemos... Magdalena me ha prometido escuchar cuerdamente la +proposición que nos hace usted el honor de trasmitirnos. Cuento con su +razón y con sus sentimientos para hacerle comprender que tiene algo +mucho mejor que hacer que permanecer solterona... + +--Evidentemente--exclamó el señor Boulmet.--Una joven tan bonita, tan +inteligente, tan instruida... Una mujer superior... + +--Señor Boulmet--dije en tono de súplica, ofendida por unos +cumplimientos que tomaba por una burla. + +--Con tan hermoso dote--prosiguió nuestro notario,--sería una lástima... +Su boda de usted sería para mí la ocasión de uno de mis mejores +contratos. + +Después sacó una cartera, cogió unos papeles y siguió diciendo: + +--Vean ustedes la proposición que vengo a comunicarles. Mi colega de +Plany en Val me escribe que está encargado por uno de sus clientes de +encontrar una joven de buena familia, de 22 a 26 años, bonita, seria, +bien educada y perfecta dueña de su casa, que tenga tanto en dote como +en esperanzas... + +--¡Oh!--exclamé con indignación. + +--¿Qué hay?--me preguntó el notario muy tranquilo.--Acaso la palabra +esperanzas... Es el término corriente. + +--Sí--respondí mientras sentía en el corazón un agudo dolor,--es el +término para hablar de la muerte de las personas queridas... La +esperanza, palabra de alegría y de dicha, se convierte en ciertas +circunstancias en sinónima de tristeza y de luto... + +Boulmet hizo el gesto vago de un hombre que no puede cambiar nada de las +cosas y siguió su relato sin que la abuela hubiese manifestado la menor +emoción. + +--Decíamos que debe tener, tanto en dote como en esperanzas de cuarenta +a sesenta mil pesos; Magdalena me ha parecido que estaba indicada. Los +28.600 pesos que tiene de sus padres y los 20.000 que usted le dejará, +la ponen en una bonita situación. Sé que para la mayor parte de nuestros +modernos «Arribistas» no será mucho, pero como el joven en cuestión se +contenta, todo está bien. Así, pues... + +--¿Y el joven?--preguntó la abuela. + +--¡Ah! es verdad; olvidaba hablar del joven... Pues bien; ese caballero +me parece perfecto. Hasta ahora ignoro su nombre y sólo sé que es un +industrial del norte del departamento. Linda fábrica de familia, grandes +esperanzas, 31 años, bien parecido, buena salud, bien educado, +principios religiosos... + +--Perfectamente--exclamó la abuela,--queremos ante todo principios +religiosos... + +--Tiene actualmente 40.000 pesos de capital y gana un año con otro de +cuatro a cinco mil pesos. + +--Soberbio--exclamó la abuela encantada.--¡Oh! querido amigo, qué +agradecimiento... + +--Tiene un automóvil, caballos, coches... + +--¡Dios mío! qué hermosa vida puedes hacer... Veamos, responde algo, +Magdalena. + +--Estoy escuchando y espero... + +--¿Qué? + +--Saber algo del joven. + +--¡Cómo! ¿no sabe usted bastante?--dijo el notario sorprendido.--¿Qué +más quiere usted saber?... + +--¿Cómo es ese caballero?... + +--¡Ah! es muy justo--dijo el notario tomando de su cartera otro +sobre.--Vea usted su fotografía... + +Y dándosela a la abuela, esperó el resultado del examen. + +--No es feo...--exclamó la abuela acercándose y retirándose la +fotografía a los ojos para ver sus diversas expresiones.--Me gusta esta +expresión enérgica, esos ojos francamente abiertos, esta boca medio +sonriente... Tiene hermosos cabellos... y buen bigote... Sí, no es +feo... Mira, Magdalena. + +No eché más que una ojeada a la fotografía, que representaba, en efecto, +un buen mozo. Para mí importa tan poco el físico en la cuestión del +matrimonio, que no me fijé gran cosa en las facciones de aquel señor que +me ofrecían como pudieran ofrecerme otra cosa. + +--Ha comprendido usted mal, caballero--dije al notario devolviéndole su +fotografía.--Preguntaba cómo era moralmente ese caballero, el señor X... +hasta más amplia información. + +--No tiene ningún vicio--afirmó redondamente el notario.--Si fuese +jugador, mujeriego o borracho, mi colega de Plany no me lo recomendaría +tan eficazmente. + +--Seguramente--apoyó la abuela muy satisfecha. + +--¿Constituye, pues, una cualidad el no ser jugador, mujeriego, ni +borracho?--pregunté. + +--No, no, no digo eso; pero, en fin, así se tiene la seguridad de que no +hay tacha. + +--¿Tiene corazón?--pregunté sencillamente. + +--¿Corazón?--dijo el notario sorprendido.--Creo que sí; todo el mundo +posee en el pecho una víscera de ese nombre. + +--¿Se le conocen sentimientos generosos?... + +--Diablo, diablo... Eso no lo sé; lo supongo... + +--¿Ha sido bueno con su familia?... ¿Es humano con sus obreros? ¿Se +ocupa de ellos?... + +--¿Cómo diantre quiere usted que yo lo sepa? + +--¿Le gusta la música?... ¿Se interesa por la literatura?... ¿Sabe +hablar?... ¿Es de los que tienen en la boca más que historias de caza o +chismes de política?... + +--¡Demonio!--exclamó el digno notario.--Esto no es una proposición de +matrimonio; es un examen... + +--Sí--respondí sonriendo;--es un examen. El matrimonio es cosa bastante +seria para que desee no casarme solamente con una cara y una fábrica. Al +lado de los hechos exteriores hay muchas cosas pequeñas que revelan a un +hombre. Esas cosas pequeñas son las que yo quisiera conocer... + +--Precisamente estoy encargado de solicitar el favor de una entrevista +y... + +--¡Oh! todavía no--respondí con espanto.--No estoy decidida a tomar en +consideración este proyecto, pues no puedo admitir la posibilidad de +confiar mi vida a un desconocido. + +--Ya le conocerás y le amarás--dijo la abuela con fuego. + +--No, abuela, no te hagas ilusiones--objeté moviendo la cabeza.--Entre +algunas de mi generación y la generalidad de la tuya hay un mundo de +distancia... Vosotras os casabais a ciegas y el amor venía después o no +venía. Yo quiero saber con quién me caso. Quisiera conocer a ese +elegido, escogerle entre todos y, sobre todo--añadí más bajo,--quisiera +amarle antes de casarme, pues después... tendría miedo de que no +ocurriera tal cosa... + +--¡Dios mío! qué niñería en una cabeza de veinticinco años...--gimió la +abuela.--¿Comprende usted, amigo, el estado de alma de estas jóvenes +instruidas y razonadoras? + +--Puede ser--dijo el notario ligeramente pensativo.--Magdalena tiene +alguna razón. + +--¿Verdad, caballero?--dije con confianza.--La abuela encuentra extraño +que yo no manifieste gran simpatía por el matrimonio... Le aseguro a +usted que preferiría mil veces permanecer soltera... + +--Es sabido--respondió la abuela en tono seco poniéndose las manos en +los oídos para no oír el resto. + +--...Antes que hacer una boda como las que veo todos los días... No +quiero arreglar un negocio, sino asegurar mi dicha. + +--Bueno, pero, una entrevista...--propuso el notario. + +--Sí--dije con amargura;--una entrevista en la que los dos estaremos +tiesos y falsos iluminará enormemente mi juicio... + +--En fin, di adónde vas a parar--exclamó la abuela violenta.--El uso +quiere que las cosas se hagan así... + +--El uso sí, abuela--respondí dulcemente,--pero la prudencia... + +--¡La prudencia!... ¡Eres tú la que habla de prudencia!... No sabes lo +que dices... En fin--dijo al señor Boulmet,--dejemos a esta razonadora +reflexionar hasta el primero de noviembre. Hasta entonces, usted será +tan bueno que tomará los informes complementarios, pues espero que +Magdalena consentirá, por darme gusto, en aceptar esta entrevista... +Sería una locura el rehusar tal situación... + +--Sí--confirmé políticamente al notario,--la situación es tentadora, +pero el hombre... + +--¡Bah!--respondió bruscamente el notario levantándose para +despedirse.--La situación vale lo que vale el hombre... + +--Es cierto--confirmó la abuela con seguridad.--Ese caballero me es muy +simpático. + +--A mí no--respondí por lo bajo, mientras la abuela daba unos pasos para +acompañar al notario llenándole de testimonios de agradecimiento. + +En cuanto desapareció, la abuela se me acercó bruscamente. + +--Y bien Magdalena--dijo con ternura,--reflexiona, te lo suplico... +Piensa que puedes darme una gran alegría... + +Apoyada en la abuela, que me tenía abrazada y bien apretada contra ella, +prometí todo lo que ella quiso... Tengo, pues, seis días para descubrir +si quiero o no ver al señor X... + +¡Ah! llévese el diablo al señor X... y al notario con él... San José ha +escuchado demasiado bien a la abuela... + + + + +28 de octubre. + + +La abuela afecta una expresión de absoluta seguridad. Celestina, que +sospecha alguna cosa, me mira con lástima, y esta mañana llegó a decirme +mientras la abuela estaba en misa: + +--No tenga usted miedo, señorita; San Pablo va a sacarla del mal paso. + +--¿Qué quieres decir? + +--No estoy ciega--respondió mi vieja Celestina, y su cara tomó una +expresión de astucia tan intensa, que tomé el partido de reír sin pedir +otra explicación. + +Estoy muy contrariada, y Celestina lo ve muy bien. Paso los días y las +noches en las más serias reflexiones y no llego a decidir si quiero o no +ver al señorito X... + +Para complacer a la abuela, me siento muy capaz de decir sí, y aceptar +la entrevista. + +Para complacerme a mí misma, me siento igualmente capaz de gritar no, y +no aceptar nada. + +Cambio de opinión cada cinco minutos, lo que no es para llegar a una +solución. + +Los estudios que he hecho en estos últimos tiempos sobre las solteronas, +unidos a la intervención del padre Tomás, me ilustran asombrosamente. +Hasta ahora no lograba comprender por qué me era tan indiferente el +matrimonio y, al ver el espanto de la abuela, llegaba a creerme un ser +desequilibrado. Ahora estoy tranquila. Veo muy bien que esta +indiferencia que yo tomaba por una cosa anormal y alarmante no es más +que el resultado de la educación que he recibido y el fruto de una +evolución que todo el mundo echa de ver. + +No sé si esto es feminismo; pero, en todo caso, mis reivindicaciones son +modestas. Quisiera solamente que la sociedad cambiase la manera de casar +a las jóvenes y la hiciese más conforme con la educación que recibimos. +Si se nos educa con cuidado, si se trata de aumentar el número de +nuestras cualidades y de disminuir el de nuestros defectos, si se nos da +una educación cuidada y una instrucción extensa, si se nos inicia en el +culto de la belleza en todas sus formas, si, sobre todo, se nos forma +una voluntad y un juicio personales, ¿es para arrojarnos sin más +miramientos en los brazos del primer individuo que pasa?... + +Evidentemente, hay en esto una flagrante contradicción. + +Para aceptar un matrimonio de este género era necesario que nos +preparase a él una educación especial, la de otro tiempo. Entonces se +formaban generalmente «tipos flácidos,» como dice el presidente +Roosevelt, de esos tipos propios para recibir cualquiera impresión. En +cuanto se les presentaba un marido, las jóvenes de ese tipo le aceptaban +con los ojos cerrados. El mundo, las conveniencias, la familia y la +razón querían ese matrimonio, y era imposible resistir a tales +argumentos. + +Ahora se ha hecho una revolución. + +Si hay todavía jóvenes del tipo «flácido,» las hay que han aprendido a +bastarse a sí mismas y, por consecuencia, a pasarse sin el apoyo de un +marido. + +Esas jóvenes, lejos de ser figurantes, según la graciosa expresión del +padre Tomás, se sienten capaces de ocupar en su hogar una categoría +equivalente a la de su futuro marido. Sin pensar en destronarle y +conservándole las señales exteriores del respeto conyugal más completo, +quieren ser amigas, consejeras, confidentes, y no simples criadas +solamente admitidas al honor de remendar los calcetines del señor o de +presidir al buen orden de las comidas. + +Los seres modernos que nos hemos vuelto, las personalidades +perfectamente vivientes que se mueven en nosotras, no pueden ir con +entusiasmo al matrimonio tal como le comprenden las costumbres +provincianas estrechas y desconfiadas, malévolas, celosas y tiránicas. + +Sería, pues, preciso tener la facultad de recibir en nuestra casa al +joven con quien pudiéramos casarnos y llegar así por el conocimiento al +amor. Pero esto está terminantemente prohibido. Recibir jóvenes en una +casa donde hay muchachas sin hermanos, sería exponerse a perder la buena +reputación y atraerse toda clase de molestias mezcladas con las más +estúpidas observaciones. + +Mi asunto, pues, es claro. + +Si quiero complacer a la abuela, no tengo más recurso que el flechazo. +Ver a un caballero, vislumbrarle tan sólo, y enamorarme de él; esto es +lo que necesito... + +¡Si yo pudiera sentir y razonar como Francisca y Petra no tendría +dificultades!... Pero nunca, jamás podré ver un salvador en un marido. + +¿Qué hacer?... ¿Negarme a la entrevista?... La verdad es que me dan +buenas ganas... + + + + +31 de octubre. + + + Mucho la mujer varía, + Loco quien de ella se fía... + +La sabiduría de las naciones habla en este momento por mi boca, sin que +mi propia sabiduría la contradiga... Al contrario. + +Encuentro tonto el ir así en contra de todo lo que siento; y sin +embargo, por complacer a la abuela, primero, y por otro motivo después, +acepto la entrevista... Me encojo de hombros por adelantado, pero lo +hecho hecho está. Resignémonos a la aventura... + +Esta mañana, en la Catedral, mientras esperaba mi vez para confesarme y +estaba meditando sobre los proyectos de la abuela, preguntándome si +debía confiarme o no a mi confesor, fui distraída de mis pensamientos +por un murmullo molesto. Volví discretamente la cabeza para darme cuenta +de lo que pasaba, y vi con terror que me había colocado justamente +delante de las dos peores lenguas de Aiglemont, dos solteronas, +naturalmente. Confieso que mi amor a las solteras se alía muy bien con +un justo conocimiento de los defectos de algunas de ellas. Entre muchos +ángeles hay algunas víboras. Estaban éstas aguzando sus aguijones a +costa del señor cura, del vicario de semana, de cierta capilla mal +arreglada, etc. + +No presté al principio gran atención a lo que se decía tan cerca de mí y +me contenté con experimentar una fuerte distracción representándome la +fisonomía feliz de mis dos charlatanas. Sus ojos chispeaban ciertamente +de malicia bajo los párpados devotamente bajos y la sonrisa de sus +delgados labios debía de ser agria. No pude menos de volverme +ligeramente para contemplar el delicioso cuadro que mis falsas santas +ofrecían a las miradas del prójimo... Tan ocupadas estaban con sus +chismes y tan expertas eran en disimularlos, que no vieron mi movimiento +y pude impregnar los ojos a mi gusto en su exquisita hipocresía. Sus +palabras me llegaban ahora distintamente: + +--¿Quién se confiesa tan largamente? + +--La de Bormel. + +--Mucho tiene que decir... Mire usted... agita los pies... No parece que +está muy a sus anchas... + +--Lo creo... Si confiesa la mitad de lo que tiene de qué acusarse, +tendrá para toda la mañana. + +--¡Es posible!... Es verdad entonces lo que se dice... + +--Vaya si es verdad. + +--¿Está usted segura de que el capitán Clarmont?... + +--Está todo el día metido en su casa... + +Púseme en seguida de rodillas para no oír la continuación de la +historia, que prometía ser picante aunque poco a propósito para castos +oídos. Traté de reanudar el curso de pensamientos más serios, pero me +fue imposible... Apenas me había vuelto a sentar el murmullo llegó a mí +más fuerte. + +Es el cuarto sombrero desde el mes de junio. + +--¿De veras? + +--Como usted lo oye, querida... Tiene una rosa, otro negro y otro +encarnado... El que usted ve es el encarnado... Es indigno de una +joven... + +Alcé los ojos para contemplar a mi vez el famoso sombrero indigno, y me +vi en la sombra de la capilla el perfil de Francisca Dumais debajo del +sombrero incriminado. ¡Pobre Francisca! Era de ella de quien hablaban... + +--Con dos mil pesos de dote es vergonzoso ponerse tan maja--siguió +diciendo una de las solteronas en un devoto susurro. + +--Sí--respondió la otra,--así es como se llega insensiblemente a la +perdición... Esa chica de los Dumais tiene la simiente de las malas +personas. + +Hice un esfuerzo para no oír más y hasta tosí con furor. Las habladoras +siguieron impertérritas. + +--¿Qué le pasa a la chica de Gardier?... Hace un ruido... Es casi +indecente... + +--Es que se da importancia--respondió la otra por lo bajo...--Piense +usted, querida, que el señor Boulmet, el notario, se está ocupando de +casarla... + +--¿Hace mucho tiempo? + +--Me han dicho que estuvo en casa de la señora Sermet, la abuela de esta +chica, el sábado último... Entró a las dos y salió a las tres y trece... +Ya comprende usted... + +--¡Digo!... la buena señora estará muy contenta porque se va a +desembarazar de su nieta. + +--Lo creo... parece que la muchacha le da una guerra... Tiene un +carácter infernal y no hace más que lo que se le antoja... + +--No me extraña, porque está muy mal educada. + +--Como todas las jóvenes de ahora. ¿Querrá usted creer, amiga mía, que +esa chica no quiere casarse? + +--¿Es posible?... No me gustan nada tales ideas... ¿Y es seria esta +farsante? + +--No lo creo. + +--Ya decía yo... Habrá probablemente algún oficial bajo cuerda... + +Estaba yo tan indignada que me quedé incapaz de todo esfuerzo de +voluntad. + +¡Cómo!... Yo doy guerra a la abuela, tengo un carácter infernal y, por +añadidura, no soy seria... La cosa era fuerte. + +Detrás de mí seguía el susurro, pero con pausas. Bien necesitaban tomar +aliento... Al cabo de unos instantes las dos buenas almas echaron de ver +probablemente que no estaban nada edificantes o se les acabó el asunto +de la conversación. + +--Querida--dijo una de ellas,--me está usted distrayendo. + +--Es verdad--confesó la otra,--y voy a rezar humildemente un diez del +rosario para pedir perdón a Dios. + +Se puso de rodillas y sentí pasar por mis cabellos su aliento de víbora. +Yo también me arrodillé para evitarlo. Estaba furiosa. + +En la calma de la capilla apenas iluminada por el resplandor rojizo que +entraba por los vidrios, me sentía irritada y nerviosa. Quería rezar y +no podía... En vez de formular actos de contrición no hacía más que +repetir: + +--Estúpidas, perversas, ridículas... ¡Estas solteronas!... + +Mi imaginación excitada no tenía en cuenta el sitio en que estaba; y en +la sombra del altar, apenas visible entre los fieles, me parecía ver +levantarse la silueta de la abuela que me gritaba: + +--Ahí tienes lo que tú serás si te obstinas en tus ideas de celibato... + +¡Oh! no, no es así. A Dios gracias, no todas las solteronas tienen la +devoción llena de hiel ni son tan falsas y mordaces. Si hay entre ellas +frutas podridas, no lo están todas, por fortuna, y las hay sanas y +agradables de saborear en las relaciones cotidianas... Los pensamientos +se agolpaban en mi pobre cerebro y me hacían sufrir. Me preguntaba lo +que valen a los ojos de Dios las oraciones de esas malas almas... ¿Las +escucha?... ¿Las perdona cuando por toda reparación pasan unas cuentas +del rosario creyendo que eso basta para expiar una calumnia o una +maledicencia?... + +Empezaba a sentirme muy severa para todas esas faltas y sus autoras, +cuando me llegó la vez de confesarme. + + * * * * * + +Las buenas palabras del cura me repusieron tan pronto como las otras me +habían desequilibrado. Encontré por milagro mi serenidad habitual y +perdoné por completo a mis detractoras. + +En cuanto entré en casa corrí al cuarto de la abuela y le dije que +estaba decidida a hacer lo que ella deseaba. Le di la segunda edición de +la conversación de mis charlatanas esperando un gran acceso de +indignación, pero no hubo nada de eso. La abuela sonrió con perfecta +tranquilidad. + +--¿Tienes la pretensión, Magdalena, de reformar las cabezas y las +lenguas? + +--De ningún modo, abuela. + +--Entonces, hija mía, ¿qué te importa? + +--Me subleva oír hablar mal de todo el mundo... y en la iglesia sobre +todo. + +--Dios está en todas partes--respondió la abuela,--y ofenderle aquí o +allá siempre es ofenderle. + +Después, cambiando de conversación, la abuela, muy alegre, me anunció +que corría a casa del notario para darle la buena noticia y pedirle +algunos informes complementarios. + +Durante todo el día la abuela mostró una actividad febril y estuvo yendo +y viniendo de la casa del padre Tomás a la del notario y viceversa. +Aquello era el cuento de nunca acabar. Era tal su gozo, que no se fijó +en las cosas que más le chocaban habitualmente. No hizo ninguna +observación a propósito de la chimenea, en la que se veía una capa de +polvo que databa de la víspera, y soportó heroicamente el pescado +quemado que Celestina nos sirvió para castigarnos, por tener secretos +para ella. + +Parece que el padre Tomás está encantado por la felicidad de la abuela, +aunque no comprende muy bien las causas de mi repentino cambio de +parecer. + +--Después de todo--dijo,--una entrevista no compromete a nada... + +Como soy absolutamente de su parecer, empiezo a recobrar la libre +posesión de mí misma, que me faltaba esta mañana. + +Está convenido que el señor Desmaroy, así se llama el pretendiente, +vendrá el sábado próximo. Después de mil conferencias y reflexiones, la +abuela se ha decidido por una simple entrevista en casa. Con el pretexto +de ver las antigüedades--el tapiz del comedor, por ejemplo, y no a +mí,--el notario nos traerá a su protegido. Es la manera más práctica de +evitar los comentarios de los habladores, siempre en acecho. El tapiz de +la abuela pasa a los ojos de todos por una maravilla, que los amigos de +nuestros amigos están en la obligación de venir a admirar. Así todo será +natural para Celestina, y nos evitará una crisis de indignación de su +parte, que no dejaría de ocurrir si ella supiera... + +Ya la alegría de la abuela le parece sospechosa, y esta tarde, en la +mesa, cuando pasó a mi lado para servir el postre, le oí murmurar _sotto +voce_: + +--Todos estos misterios huelen a casorio... + +Hice como que no comprendía. ¿Para qué? + +La imaginación de la abuela tiene alas y anticipa grandemente los +acontecimientos. Ya le parece que me está viendo en el altar, al que +está convenido que debe conducirme nuestro primo el comandante Harmel. +Yo creí que aquí se detendrían los arreglos futuros, pero nada de eso. +Al darme, hace un momento, el beso de la noche, la abuela me ha +preguntado muy seria si me gusta más el terciopelo o el raso... + +--¿Para qué, abuela? + +--Para tu traje, hija mía, para tu traje de boda. + +--¡Mi traje de boda!--exclamé con estupor.--Dios mío, todavía no estamos +en ese caso. + +Ante la cara de contrariedad de la abuela, contuve la risa, pronta a +escaparse. La abuela, seguramente no puede imaginar que yo pueda +desagradar al señor Desmaroy, y no se le pasa tampoco por la cabeza que +yo pueda renunciar a un partido tan soberbio. + +--¡Cuarenta mil pesos de capital!... Cuatro o cinco mil de +beneficios!... Es el yerno soñado... Positivamente, si yo lo hubiera +encargado a mi gusto, no sería de otro modo... ¡Y sentimientos +religiosos!... ¡Qué suerte tienes, Magdalena!... + +Magdalena no dice nada, pero piensa. Todo lo que dice la abuela está muy +bien. La situación es hermosa, no lo niego, y hasta me gusta mucho... +Pero el marido... ¿Me gustará el marido?... + + + + +2 de noviembre. + + +Día de duelo y de tristeza... + +La vida está hoy como suspendida, y todos olvidan los cuidados +cotidianos para no pensar más que en sus queridos muertos, segados por +la inexorable fatalidad y acostados en la tumba donde duermen su último +sueño. + +La abuela no hace ninguna alusión al señor Desmaroy, y yo sigo su +ejemplo, contenta por escapar, durante algunas horas, al pensamiento +mortificante del cambio que se prepara. + +¡Qué miserables son todas estas fruslerías miradas a la luz de la +muerte!... Hay que vivir, sin duda, y es preciso elegir el género de +vida que se prefiere; pero, pasada aquí o allí, ¿qué importa la vida?... +Lo esencial es evitar el más pequeño mal y realizar todo el bien +posible. + +La única cosa cierta en esta pobre vida es la implacable ley de la +muerte. Sé que moriré, mientras ignoro si seré o no dichosa en la vida +que elija. Si me caso, preciso será, tarde o temprano, dejar a mi +marido; si tengo hijos, también a ellos tendré que darles un eterno +adiós... Multiplicar las afecciones es multiplicar las probabilidades de +dolor... ¿Para qué buscar causas de sufrimiento?... + +¡Ay!... ¿Qué responder a esto? + +Me gusta, en el día de los muertos, una atmósfera gris y obscura, un +cielo cubierto y bajo en armonía con la tristeza de los corazones. En +aquella mañana el sol brillaba y el azul del cielo, apenas velado por +unas nubecillas, se ensombrecía de pálidos tintes bajo la mordedura de +los primeros fríos. Lo mismo en el infinito del horizonte que en un +círculo más reducido, todo revestía una especie de aspecto alegre que +adornaba de poesía a aquella fiesta melancólica de los muertos. + +En el camino, atestado de hojas amarillas, desarrollaba sus largos +anillos la procesión lenta y recogida. Los niños de las escuelas, +olvidados de la tristeza ambiente, cantaban el _De Profundis_, y se +sonreían los unos a los otros; en seguida los coristas, muy graves +también, con sus sobrepellices blancas, entonaban el _miserere_. A lo +lejos sonaban por todas partes las campanas, y su fúnebre clamor ponía +una nota sorda en aquellas voces humanas, entonando el canto de los +Muertos... En el cementerio todos se acercaban a las tumbas amadas, en +las que una profusión de crisantemos, en brillantes haces, arrojaban +sobre los difuntos todas las quimeras y las ilusiones de los vivos... De +repente, todo quedó en silencio, y llegaron a nosotras las estrofas del +_Libera_, desgarradoras y monótonas. El velo de la abuela, aquel velo +eterno, se enlutó más todavía bajo el peso de las penas sin cesar +renacientes. Las horas de agonía, implacables y torturadoras volvieron a +empezar... Bajo el aliento de nuestras ardientes oraciones, los muertos +amados volvieron a vivir ante nuestros ojos durante un segundo, para +caer una vez más sin vida en el fondo de sus tumbas, cerradas para +siempre... Sentimos que estaban bien muertos aquellos a quien +llevábamos el fiel tributo del recuerdo... En dulce y plañidera cadencia +cayeron entonces sobre ellos las oraciones finales que entonaba la voz +del que presidía la procesión; diose la bendición, se restableció el +silencio... y cada cual, alejándose del campo del reposo, fue a coger de +nuevo el fardo de la vida, pensando en los que ya no existen... + + + + +5 de noviembre. + + +La abuela ha reanudado sus días de recepción hoy, primer jueves de +noviembre. + +Muy de mañana he tenido una larga conversación con la abuela, a +propósito del señor Desmaroy, y aproveché sus buenas disposiciones, +causadas por mi docilidad para sus proyectos, para formular algunos +deseos, el primero de los cuales era continuar mis estudios sobre las +solteronas. + +La abuela se encogió de hombros, como de costumbre, al oír ese nombre +aborrecido, pero, a pesar de su antipatía, me permitió hacer lo que +quisiera. Todos estos preliminares no tenían otro objeto que obtener que +la abuela me llamase al salón si se presentaban hoy algunas solteronas, +pues quería hacer mis estudios del natural. + +Generalmente a la abuela le gusta recibir sola, y no me llama más que +cuando viene con su madre alguna de mis amigas. Dice, como razón de ese +ostracismo, que sus recepciones serían mortalmente fastidiosas para una +cabeza como la mía, siendo así que el elemento ligero falta en ellas por +completo. Es poco halagüeño para mí... + +Las íntimas de la abuela son personas de edad madura. Muchas solteronas +y no pocas señoras ancianas, son asiduas a sus jueves. Los caballeros +son escasos, por el contrario, y la juventud no se muestra más que para +mí. Mis amigas y yo formamos en el salón un grupo especial llamado el +«rincón de las malas cabezas,» según una frase de cierta amiga de la +abuela. Aquel rincón querido está formado por un ancho biombo japonés, +entre cuyos repliegues se esconden las banquetas destinadas a la +juventud, mientras inmensas palmeras proyectan su sombra fantástica +sobre nuestro asilo. Cuando las señoras quieren librarse de nuestra +importuna presencia, la abuela me hace una señal y me voy dócilmente a +nuestro refugio, llevándome a mis amigas encantadas. Dicho sea entre +nosotros, no es siempre divertido oír hablar del sermón del día antes, +del de mañana, de la actitud del señor cura, de las congregaciones, del +Gobierno, de tal señora que espera un nuevo hijo, de una desgraciada, +cuyo marido es borracho, de una tal que es gastadora, de la doncella de +la de fulano que tiene mala conducta, etc., etc. + +Estamos lejos de aquellos salones en que se hablaba y de los que mi +imaginación deslumbrada ha conservado un literario recuerdo. + +El salón en que se conversa, es la excepción en Provincias; el en que se +chismorrea, es enteramente la regla general... En casa de la abuela se +conversa un poco... a veces; se chismorrea siempre... Con dulzura, +seguramente, sin maldad y con una notoria benevolencia, pero, en fin, se +chismorrea. + +Hasta ahora estaba yo casi excluida de esas reuniones, sin gran +sentimiento mío, lo confieso. Hoy han cambiado mis ideas. Con mis +pretensiones al estudio de mis semejantes, mis alas se desarrollan y se +ensanchan y pido conocer el mundo, la vida, las solteronas... y qué sé +yo cuántas cosas... En una palabra, la abuela está un poco asustada al +ver tal actividad intelectual. + +--Espero, Magdalena, que no te vas a volver una cerebral--gime aterrada. + +Esa palabra en la boca de la abuela, es sinónimo de desequilibrada, pero +yo no me ofendo. Un cumplimiento más de los que tienen poco de +halagüeños... ¡Bah! no hay más que acorazarse... + +La primera visita de esta tarde ha sido el padre Tomás. Estaba yo +terminando de arreglar las flores en los inmensos jarrones de los +ángulos, y echando una ojeada a los almohadones para convencerme de que +estaban bien colocados, cuando el cura me sorprendió, en el momento en +que me disponía a subir a mi cuarto a esperar que la abuela tuviese a +bien llamarme. El padre Tomás penetró en el salón con tan prodigiosa +vivacidad, que tropezó en una mesita en la que la abuela expone--pues es +una verdadera exposición,--preciosas miniaturas antiguas. La mesa +retembló en sus patas vacilantes, los caballetes se estremecieron bajo +su gracioso peso de cuadritos y retratos, y el cura se quedó tan +confundido que sus gafas temblaron en la rebelde nariz. + +--¡Cómo, Magdalena! vaya un modo de abandonar a las solteronas--me dijo +en cuanto se calmó un poco la emoción de una entrada tan bien combinada +y no bien se hubo sentado en la silla que le indicó la abuela.--Esto es +una traición. + +--No, señor cura--respondí alegremente.--Continúo mis estudios, con +permiso de la abuela. + +--¿Y el señor Desmaroy, le autoriza a usted igualmente?--preguntó el +cura con tono bastante irónico. + +--Se lo ruego a usted, señor cura, dejemos al señor Desmaroy en paz por +ahora, y hasta pasado mañana--imploré más con la mirada que con la +palabra.--Hoy me propongo aumentar mi ciencia del celibato y cuento con +usted para ayudarme, ya que ha venido. + +--Muy bien--dijo el cura, comprendiendo que no había cambiado tanto de +ideas como él creía, lo que me valió una dulce sonrisa, pues el cura +detesta a las veletas.--¿Qué desea usted saber de éste su humilde +servidor?--prosiguió, con mirada maliciosa. + +--¿Me van ustedes a condenar a otra conversación sobre las +solteronas?--preguntó la abuela descontenta.--Creo, señor cura, que es +usted tan insoportable como mi nieta... + +--¿Cree usted?--preguntó el cura con una de esas buenas sonrisas de que +él tiene el secreto.--Y yo que me hacía ilusiones... + +La abuela movió la cabeza con expresión de duda, lo que puso el colmo a +la alegría del cura, pues es éste tan feliz como un rey cuando puede +contrariar a la abuela. + +--Y bien, Magdalena, ¿en qué está usted?--me dijo por fin, cuando +recobró el aliento. + +--Me detiene la dificultad de distinguir las solteronas voluntarias de +las involuntarias... + +--¿Cómo es eso? + +--En las jóvenes reconozco muy bien las diferentes categorías. Así, por +ejemplo, veo sin microscopio que si Francisca y Petra, sin contar otras +amigas en el mismo caso, no llegan a casarse, serán ciertamente +solteronas involuntarias, recalcitrantes del celibato. Es igualmente +visible a simple vista que si Genoveva y yo no nos casamos, pasamos +inmediatamente a la categoría de solteronas voluntarias. Lo que es +menos claro es lo que pasa con las solteronas llegadas. + +--¿Llegadas a qué?--preguntó el cura abriendo los ojos interrogadores +detrás de las gafas. + +--Llegadas al pleno esplendor del celibato, a la completa y profunda +posesión de su yo personal. + +--¡Vaya! si empiezan ustedes con eso del «yo personal»--protestó la +abuela,--van a decir, ciertamente, muchas tonterías... Estamos perdidos. + +--No tanto como usted cree--respondió vivamente el cura.--Si he +comprendido bien--continuó dirigiéndose a mí,--querría usted saber cómo +se distingue una solterona voluntaria de una forzosa, cuando ambas son +de cierta edad... + +--Eso es, señor cura, enteramente eso. + +--Entonces--replicó el cura sonriendo a medias,--se tiene ya la +murmuración del pueblo como base de información... + +--¡Oh!--protesté vivamente, un poco conmovida por semejante frase. + +--No deja usted de saber--prosiguió con acento burlón más marcado,--que +la señorita X, que tiene sesenta años, tenía una vocación pronunciada +por el matrimonio; que la señorita Y, de cinco años más que ella, tuvo +un amor desgraciado segado en flor; que la señorita Z, de unas cuantas +primaveras menos, asustó a sus pretendientes por su mal carácter; que +ésta no tenía dote; que aquélla tenía demasiadas pretensiones, etc., +etc. + +--Sí, señor cura, se pueden, en efecto, conocer las hablillas; pero sé +por mí misma lo que valen los chismes de una población pequeña, para +darles ninguna fe. Eso es la fábula, y yo querría la historia. + +--Veo--respondió el cura riéndose,--que no ha olvidado usted la +conversación que sorprendió en la víspera de cierta fiesta... + +Yo también me reí, pues sabía que la abuela le había contado de cabo a +rabo mi escena de la Catedral. + +--Comprendo ese rencor--continuó el cura. + +--He perdonado, señor cura. + +--Muy bien; digamos entonces su memoria. El consejo de referirse a las +hablillas corrientes ha sido una broma; nada más falso, con frecuencia, +ni más malo siempre. Hay, por otra parte, un medio muy sencillo de +formular el distingo que usted busca. Cuando, por ejemplo, ve usted en +el mundo una madre de familia cuidadosa de sus deberes, celosa de su +dignidad, buena esposa, buena madre, y adicta de una manera absoluta a +aquel cuyo nombre lleva, ¿qué piensa usted? + +--Que está dentro de su vocación, señor cura. + +--Tiene usted razón. + +--¡Bonitas cosas dicen ustedes!--exclamó la abuela con repentina +energía...--¿Qué cree usted entonces de esas malas cabezas que hacen la +desgracia de su matrimonio?... ¿Que no están dentro de su vocación?... +Entonces, esa vocación... Señor cura, me hace usted ruborizarme... + +--No hay por qué, señora--respondió el cura con un dejo de +impaciencia.--Esas malas cabezas, están, sin duda, en su vocación. No se +han engañado más que en la línea general que convenía tomar, puesto que +estaban hechas para el matrimonio; lo que les ha faltado es el marido +que les convenía. Hay mala cabeza con un marido que podía ser una mujer +perfecta con otro. Hace usted más el proceso del matrimonio moderno que +el del matrimonio en sí mismo, ¿sabe usted, señora? + +--Cómo me espanta ese matrimonio en que ninguno de los dos se +conoce--murmuré estremeciéndome... + +--No hablemos de matrimonios--exclamó el cura.--Estamos en el celibato, +hablemos de él... No tenemos más que transportar a las solteronas las +cualidades de bondad que admiramos en la mujer casada, para darnos +cuenta si está o no en su vocación. + +--Eso es muy fuerte--protestó la abuela indignada.--¿Hay, pues, ahora +una vocación del celibato?... + +--Puede ser--dijo el cura sonriendo. ¿Qué es la vocación sino la +atracción que sentimos por una vida especial?... ¿Podemos negar que +ciertas almas tienen una simpatía particular por el celibato? + +--Pero eso es abominable--exclamó la abuela con espanto. + +--No, no tanto como usted supone--respondió el cura un tanto +malicioso.--Lo que estoy exponiendo en este momento son las ideas +nuevas. Ahora bien, estando casi admitida la vocación al celibato, se +puede decir de un modo general que toda solterona agria, malévola y +malhumorada es una solterona involuntaria. No le ha faltado más que el +matrimonio para hacer de ella una mujer encantadora, puesto que _a +priori_, toda mujer debe ser encantadora... + +--Sin embargo, señor cura--repliqué sin recoger la alusión a mí +contenida en las últimas palabras,--esa mujer ha podido atravesar +pruebas que hayan transformado su carácter... + +--No creo que tales causas puedan producir ese efecto. La desgracia +eleva a las almas hermosas y no abate más que a los caracteres débiles. +Conozco solteronas para quienes la vida ha sido muy dura, y son mujeres +casi perfectas. Así, cuando encuentro a una de esas solteronas buena, +servicial, contenta con su suerte, benévola en sus juicios y caritativa +en palabras y en obras, pienso siempre con satisfacción: He aquí un alma +en su vía... Qué rica naturaleza... + +--Pero entonces--interrumpí prorrumpiendo en una carcajada muy poco +reverente,--si lo que usted dice es exacto, como lo moral influye en lo +físico, no hay más que mirar a las solteronas para distinguir la +voluntaria de la que no lo es... Una fisonomía animada, una mirada de +bondad, una sonrisa satisfecha y una conversación amable, deben ser la +característica de la soltera por vocación... + +--No tan de prisa--exclamó el cura.--¿Qué hace usted de la enfermedad, +que cambia la animación en tristeza, sobre todo en las nerviosas?... +¿Qué de la sordera que ensombrece la mirada y le da una expresión +inquieta?... No hay que ser tan categórico. El buen fruto se distingue +del averiado por las palabras y los actos. Además, entre las solteras +voluntarias y las que no lo son, hay que colocar a las resignadas. + +--¡Ah!--dije interesada,--¿en qué se puede reconocer a éstas; en el +color de sus cintas, en la flor de sus sombreros, en la armonía de su +traje?... + +--No--respondió el cura, divertido por mi interés.--Se las conoce... +¿cómo diré yo?... en su resignación, qué diablo... Son blandas, +grisáceas, dulces y borrosas. Son más bien cuadros despintados que +mujeres de edad... + +--Sí, comprendo, señor cura--dije conteniendo la risa,--son las +«Flácidas» de la corporación... + +Un ruido de pasos, una puerta que se abre, y nuestra conversación queda +interrumpida. Celestina, con su voz especial de los jueves--se anuncia +todavía en casa de la abuela,--anunció: + +--La señorita Sarcicourt. + +El cura me echó una mirada rápida que significaba: «Va usted a estudiar +en lo vivo.» + +Aprovechando las efusiones a que se entregaban la abuela y la señorita +Sarcicourt, el padre Tomás se retiró, con gran desesperación de aquellas +señoras, que querían retenerle. + +--¡Oh! señor cura, soy yo quien le echa... Qué lástima...--murmuraba la +señorita Sarcicourt haciendo monadas. + +--Nada de eso, nada de eso--respondía el cura, que no entendía de +finuras...--Me voy porque me voy... Buenas tardes... Adiós, señoras. + +Acompañé al cura hasta la puerta, y sus últimas palabras fueron: + +--Sobre todo, no falte usted a la caridad... + +Cuando volví al salón, la conversación era ya animada. La de Sarcicourt +estaba dando a la abuela una receta exquisita para hacer el _pudign_ con +fresas. Volví a ocupar mi puesto, sin intervenir en la tal receta, y me +divertí en observar a la señorita Sarcicourt, como si no la hubiera +visto nunca. + +Unos sesenta años. Alta, flaca, después de haber sido delgada, la +señorita Sarcicourt carece de proporciones en lo alto de su larga +silueta. Tiene una cabeza de pájaro en un cuello de jirafa. Su cabeza +está siempre cubierta con un vasto sombrero de plumas desmayadas, que se +agitan en cadencia a cada una de las palabras que pronuncia. La +fisonomía de la buena mujer es más bien simpática, sus frases son +bastante benévolas y sus recetas culinarias, en las que sobresale, son +exquisitas. Los ojos azules, que fueron hermosos, según asegura la +abuela, y la sonrisa, que debió de ser encantadora, son, por el momento, +los primeros muy tiernos y la segunda profundamente melancólica. Se ve +el alma no comprendida a la que ha faltado el alma hermana para ser +dichosa... ¡Pobre señorita Sarcicourt!... + +La clasifico inmediatamente y la clavo con un alfiler en mi colección: +«Resignada en toda la línea. Inútil profundizar. Alma grisácea, dulce, +borrosa, cuadro despintado...» + +Iba, sin embargo, a escuchar la conversación comenzada para comprobar mi +impresión con todo conocimiento de causa, cuando Celestina introdujo +nuevas visitantes: + +--La señorita Bonnetable. + +--La señora y la señorita Dumais. + +De un salto estuve en los brazos de Francisca y le expliqué en dos +palabras mi estudio del natural y mi deseo de no tomar posesión aquella +tarde del rincón de las malas cabezas. Francisca me echa una mirada de +pesar, lanzando un suspiro hacia nuestro querido biombo, y un gesto +hacia la señorita Bonnetable. Mi amiga se inclina con su gracia habitual +ante la abuela, que la besa en la frente, y va a sentarse a mi lado +después de haber yo saludado a las recién llegadas y preguntado por +Pomme, la gata favorita de la señorita Bonnetable, y por Loustic, su +perro. + +La Bonnetable no se parece en nada a la Sarcicourt, de la que es casi +contemporánea. Pequeña y corta, la primera parece un tambor mayor con +las piernas cortadas, pues goza de una estatura desmesuradamente larga, +con relación a los miembros inferiores. En pie es una enana; sentada +parece inmensa. Su voz, retumbante, hace eco en todos los departamentos +que tienen la suerte de recibirla; habla alto y firme y no admite que se +discuta con ella. Sus palabras adquieren así una importancia capital, y +todos la escuchan con respeto. Pero si cuando habla sabe tomar aspecto +de maza, cuando se calla es todavía más aterradora; su silencio es de +plomo. + +--¿Qué hay de nuevo, señoras?--preguntó en cuanto estuvo +sentada.--Supongo que sabrán ustedes que la doncella de la Courtin deja +a su ama... + +--¿De veras?--exclamó la señorita Sarcicourt. + +--Es un desagradable acontecimiento para esa buena señora de Courtin... + +--¡Buena!... ¡Buena!...--replicó la Bonnetable, ya a la defensiva.--Si +lo que se dice es verdad, la de Courtin no tiene nada de buena... + +--Me asombra usted--exclamó la de Dumais. + +--Figúrense ustedes, señoras... + +--La señora y la señorita Aimont--anunció Celestina en este momento. + +Corrí a recibir a Paulina, una de mis buenas amigas, y la coloqué al +lado de Francisca, después de haberme inclinado delante de la de Aimont, +que me respondió con un vigoroso _shake-hand_. + +Muy amable y jovial la señora de Aimont. No tiene más que un sueño: +casar a su hija... Pero Paulina tiene 10.000 pesos de dote y cree que +con esa suma puede conquistar un yerno en una posición fantásticamente +hermosa. Lo que la de Brenay y Petra sueñan en aristocracia o en dinero, +la de Aimont lo desea en posición. No tiene más que estas palabras en la +boca: + +--Mi hija se casará con una posición. + +Si se la incita un poco, se la obliga a precisar: + +--Mi hija no se casará más que con un forastero. En Aiglemont no hay +posiciones... + +Todos aquí compadecen a esta pobre muchacha destinada a casarse con un +forastero. Es cosa corriente, como un proverbio, que no hay en Aiglemont +ninguna situación digna de la señorita Aimont, y la interesada, que es +de mi edad, no es pedida con frecuencia en matrimonio. Los que pudieran +arriesgarse no se atreven, y los que serían aceptados no se presentan. + +Paulina sufre con invariable buen humor los inconvenientes de tener una +madre demasiado ambiciosa y acepta por adelantado la famosa posición +venidera. A todo lo que dice su madre, responde dócilmente: + +--Sí, mamá. + +Su bonita y agradable cara no refleja más que sentimientos amables y +plácidos. Sin ser preciosa, no es fea, y hasta se parece bastante a un +bombón pequeñito, rosado y apetitoso. Lo que le da sobre todo ese +aspecto es la falta de expresión de su mirada. Sus ojos grises están +invariablemente tranquilos y como fijos en el blanco lechoso que los +rodea. Francisca, que tiene para cada cual su frase picante, exclamó un +día dirigiéndose a Paulina: + +--Lo que tú tienes no son ojos, sino linternas sordas... + +La frase ha hecho fortuna y es corriente, cuando se habla de Paulina, el +decir, para distinguirla de su prima del mismo nombre, «la de las +linternas sordas.» Su madre lo sabe y es la primera en reírse. + +--Linternas de 10.000 pesos--exclamó.--No está tan mal. ¡Cuántas cosas +se pueden alumbrar con ellas!... + +Se reanudó la conversación en cuanto se dieron noticias de la salud de +todas, y se supo al fin que la de Courtin pesaba el pan a su doncella, +le medía el vino y no dejaba a su disposición ni el más pequeño terrón +de azúcar. + +--Si esa muchacha se hubiera puesto mala en la noche, decía la +Bonnetable en tono trágico, no hubiera tenido azúcar para hacerse una +infusión... + +Era lamentable, en efecto. + +En resumen, después de diversas peripecias en las que el vino se +mezclaba con el azúcar y el pan, la doncella se había despedido. + +Debió hacerlo antes... + +--¿No hay ningún matrimonio en el horizonte?--preguntó la de Aimont +queriendo llevar la conversación a su asunto favorito. + +--Ni uno--respondió la Bonnetable en tono contundente. + +--Sin embargo--insinuó la Sarcicourt,--¿no se habla del matrimonio de la +señorita de Brenay con el capitán Bellortet? + +--¡Qué disparate!--exclamó la Bonnetable.--La chica de Brenay no puede +encontrar un marido serio... + +--¡Víbora!--murmuró Francisca entre dientes. + +--¡Oh!--protestó la abuela,--Petra es amiga de mi nieta y es +encantadora. + +--Y muy distinguida--confirmó la de Aimont. + +--Enteramente como es debido--afirmó la de Dumais.--¡Ah! si Francisca se +le pareciese...--terminó dando un suspiro. + +--La señorita de Brenay puede ser encantadora, no digo que no--dijo +categóricamente la Bonnetable,--pero es gastadora hasta el extremo... Y +después, esa pretensión a millones cuando se tiene un dote modesto... + +--No es tan modesto un dote de 20.000 pesos--exclamó la de Aimont pronta +a indignarse. + +--Es modesto para la señorita de Brenay que quiere hacer una vida de +10.000--afirmó la Bonnetable con bastante razón esta vez.--No se +comprenden semejantes exigencias... Su cocinera dijo una vez a la mía... + +--Si escucha usted los chismes de las criadas--dijo la abuela,--no oirá +nada serio... + +--No los escucho, los oigo--respondió la Bonnetable ofendida por la +observación de la abuela, lo que no es lo mismo--afirmó con un tono de +superioridad aplastante...--Esos chismes, como usted los llama, enseñan +por lo menos a conocer a las personas de que se habla... + +--Como no sirvan precisamente para lo contrario--rectificó la abuela +descontenta. + +--En todo caso--añadió la Bonnetable más y más ofendida por la oposición +de la abuela,--la de Brenay es ridícula y su hija también... + +--¡Oh!--protestaron las señoras en coro. + +--Eso se llama ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el +propio--dijo Francisca a media voz. + +--Sí, son ridículas, lo mantengo--replicó la Bonnetable, dispuesta esta +vez a dar la cabeza, si era preciso, para sostener su opinión.--Hase +visto querer casarse con un hombre que tenga millones y un nombre +histórico cuando se tiene 20.000 pesos y un nombre que no tiene nada de +eso... + +--Los Brenay son de buena familia--dijo la de Aimont. + +--No digo que no en cuanto a la honradez--se dignó responder la +Bonnetable.--Pero en cuanto a su partícula--acentuó con perfecto +desprecio,--es una broma. Los Brenay son burgueses de partícula usurpada +y no pertenecen en modo alguno a la aristocracia... Yo soy de tan buena +familia como ellos, y jamás he tenido tales pretensiones... en los +tiempos en que las tenía--añadió la amable vieja. + +--Menos mal--dejó escapar Francisca por lo bajo. + +--¿Usted ha tenido pretensiones?--preguntó alegremente la de Aimont +tratando de evitar la tempestad que amenazaba.--Yo creí que estaba usted +libre de tales debilidades... + +--No...--dijo haciendo monadas la Bonnetable con voz que ella se +esforzaba por hacer aflautada;--he pagado mi tributo a la juventud como +todo el mundo... He sido muy solicitada. + +--¡Qué guasa!--exclamó Francisca empujándome con el codo. + +--Y muy adulada... Si no he hecho un brillante matrimonio ha sido porque +no he querido. + +--Embustera--dijo Francisca a la sordina, mientras yo me mordía los +labios para no reír. + +--¡Ah!--gimió la de Dumais,--nuestras pobres hijas no podrán decir otro +tanto... + +--Lo diremos de todos modos, mamá. A cuarenta años de distancia se dicen +siempre esas cosas aunque sean inexactas--exclamó Francisca sin poder +contener su maldita lengua. + +El silencio, un terrible silencio de plomo se extendió como por encanto +por el salón. La Bonnetable tomó la actitud de una persona gravemente +ultrajada y la de Dumais, aplastada en su butaca, no tuvo siquiera el +recurso de decir como de costumbre: + +--¡Oh! Francisca... + +--Sí--siguió diciendo la de Aimont, tratando de salvar la situación,--es +indiscutible que el matrimonio es difícil para nuestras hijas. ¡Hay tan +pocas buenas posiciones!... Es imposible casarlas con un empleadillo de +600 o 800 pesos de sueldo. ¿Verdad, Paulina? + +--Sí, mamá. + +--Sin embargo--se atrevió a decir la Sarcicourt con una apariencia de +valor,--esos son los sueldos ordinarios de los jóvenes. Solamente más +adelante... + +--Queremos un marido que haya llegado. ¿Verdad, Paulina? + +--Sí, mamá. + +--En la industria y en el alto comercio se encuentran muy buenas +posiciones--dijo la de Aimont, que no quería que se creyese la verdad, +es decir, que dejaría a Paulina casarse con un vejestorio con tal de que +hubiese llegado. + +--El alto comercio y la industria--respondió victoriosamente la +Bonnetable,--tienen otras pretensiones que las que usted puede +atribuirles. ¿Qué son 10.000 pesos para un industrial o un comerciante +tales como usted los concibe?... Una gota de agua. + +--¿Y 2.000 pesos--preguntó Francisca con un candor inimitable,--qué +serán entonces?... Serán la quinta parte de una gota... Una miseria. + +--Sí, señorita--respondió la Bonnetable lanzando a la pobre Francisca +unos ojos furibundos,--2.000 pesos de dote son la miseria... Por otra +parte--siguió diciendo la dulce solterona,--haría falta una fortuna +para corregir los desastres de la educación moderna. Las jóvenes +actuales están muy mal educadas--terminó con una intención que no se +ocultó a nadie. + +--¿Están mucho peor educadas que las de otro tiempo?--preguntó Francisca +en tono de exquisita urbanidad. + +--¡Oh! Francisca...--murmuró la de Dumais pálida de espanto. + +--Ciertamente--respondió la Bonnetable aniquilándola con la mirada.--En +mis tiempos las jóvenes no preguntaban jamás a las personas mayores y +esperaban modestamente que se les dirigiese la palabra. + +--Debía de ser muy fastidioso--dijo Francisca con la modestia de una +sólida convicción. + +--En aquellos tiempos--siguió diciendo la Bonnetable más severa que +nunca,--las jóvenes no pensaban más que en la corrección de su actitud. + +--Qué mujeres tan distinguidas debían de ser...--suspiró Francisca con +una expresión ingenua que velaba la impertinencia de sus palabras. + +La de Dumais parecía literalmente sobre ascuas, la abuela fruncía la +nariz y la de Aimont contenía una enorme gana de reír, mientras que la +de Sarcicourt y Paulina echaban a su alrededor miradas de ciervas +moribundas. Hacer frente a la intrépida señorita Bonnetable... Qué +audacia... + +Seguramente, ésta no es del tipo resignado... En su humor agresivo y +autoritario, adivinaba yo una rabiosa recalcitrante. ¿Pero cómo +cerciorarme? + +Sin adivinar el precipicio que se abría ante mis pasos, me lancé +inocentemente en la pelea preguntando a la Bonnetable si estaba +satisfecha de haber permanecido soltera. + +¡Dios mío, qué éxito!... + +Fue aquello un estupor tan general en todo el salón, que comprendí +instantáneamente que había metido los pies en el plato. Preciso era +retirarlos... + +La abuela vino por fortuna en mi socorro y reanudó la conversación como +pudo para mantenerla en alturas inofensivas. Y sin la señorita +Bonnetable, que respiraba con ruido como para tragar una píldora enorme, +se hubiera creído que no había pasado nada extraordinario. + +Al fin la situación se mejoró por completo en cuanto la inefable +señorita Bonnetable se dignó levantarse para despedirse. Dio un adiós +bastante seco a la abuela, nos volvió la espalda a Francisca y a mí y +apenas estuvo política con las otras personas que allí estaban. + +--¡Uf!--murmuró Francisca en cuanto se cerró la puerta después de dar +salida a la dulce señorita Bonnetable.--¡Qué solterona! + +Solamente entonces supe que la Bonnetable no se ha consolado todavía de +su situación de solterona, debida a su carácter irascible y +desagradable. «En los tiempos en que tenía pretensiones,» según su +expresión, se dice que puso en fuga a cinco pretendientes; los cinco +habían estado muy enamorados del dote, que era bueno, pero nunca +pudieron resignarse a casarse con la mujer. Hasta se cuenta que uno de +ellos ofreció a su futuro suegro tomar el dote sin la mujer. A lo que el +señor Bonnetable contestó: + +--¡Por vida del demonio! ¡Cómo le comprendo a usted, amigo mío!... + +--¿Y yo?--respondió Francisca.--En lugar de ese pretendiente hubiera +hecho duplicar el dote y tomado la mujer para ahogarla. Hubiera sido un +servicio a la humanidad. + +--¡Oh! Francisca...--protestó su madre angustiada.--No hables así... + +La risa que se apoderó de todo el mundo acabó de restablecer el perfecto +equilibrio de la conversación. Cuando todos se marcharon la abuela me +regañó por mi indiscreta curiosidad y por las reflexiones de Francisca. + +--Las faltas son personales--hice observar a la abuela.--Bastante tengo +con mi tontería sin echar sobre mis hombros las de Francisca. + +Pues, señor, he aquí un feliz estudio del natural... + +A pocas torpezas de este género, estoy segura de ser despellejada viva +antes de mucho tiempo... La abuela, que no quiere mi muerte, me ha +impuesto que en adelante haga mis investigaciones con más discreción, y +hasta ha añadido a modo de peroración: + +--Ese género de torpezas, Magdalena, son señal de una educación +detestable. + +¡Qué humillación!... + + + + +7 de noviembre. + + +El gran día ha pasado... + +Se acabó la entrevista y desapareció el miedo... _Deo gratias_. + +En cuanto me desperté esta mañana me sentí la cabeza pesada, oprimido el +corazón y contraído el estómago. Traté en vano de recobrar mi calma +habitual... El pensamiento de pasar a mi vez por las exigencias de la +feria del matrimonio me tenía un poco embobada. + +--Señorita, he aquí un marido que le conviene a usted--zumbaba a mi oído +no sé qué voz discordante del dominio de la pesadilla.--Véale usted... +Examínele... este hombre es perfecto... + +--Caballero...--me figuré que otras voces murmuraban en el mismo momento +al señor Desmaroy,--acuda usted pronto a Aiglemont... En esa peña viven +en buena armonía el dote y la mujer que le esperan... Tome usted a peso +el primero y sea indulgente con la segunda... ¿Qué importa ésta si aquél +le agrada?... + +--Estos son--pensé,--los preliminares del matrimonio... del santo +matrimonio cristiano... ¿Dónde está usted, monseñor Dupanloup?... + +Resuelta, a pesar de estas terribles reflexiones, a afrontar las +necesidades de mi no menos terrible situación de joven casadera, me +presté de buen grado a los preliminares de ese comienzo de acuerdo entre +dos almas... ¡Dos almas!... ¡Qué ironía!... + +Un lindo cuerpo de seda azul pálido, moldeaba mi talle; y mi cabello, +más cuidadosamente ondulado que de ordinario, realzaba mi modesta +fisonomía. Una ojeada al espejo me dijo lo que yo sabía, es decir, que +con menos de mis 28.600 pesos tendría aún alguna probabilidad de gustar +a un pretendiente que no fuese ciego. + +Concedido esto a la imparcialidad, me encontré sobre las armas a las dos +menos cuarto. En seguida bajé al salón donde encontré a la abuela muy +agitada. + +--Y bien, Magdalena, ¿te late el corazón?--preguntó la abuela con +emoción. + +--No, querida abuela, mi corazón está muy tranquilo... El cerebro es +otra cosa... Tengo un horrible dolor de cabeza. + +--Muy tonta vas a estar, mi pobre Magdalena. Al diablo se le ocurre +tener dolor de cabeza en un momento semejante... + +--Poco importa, abuela, puesto que no soy ni coja, ni torcida, ni manca, +ni muda, ni sorda, y tengo 28.600 pesos de dote... Con esta cifra +supongo que no se exige tener ingenio. Por 28.600 pesos tiene una mujer +todos los derechos posibles a la tontería. + +--¡Siempre tus ideas!... ¡Qué extraña eres!... En fin, explica de una +vez lo que quieres... + +--¿Lo que quiero?... no hago más que repetirlo, abuela. Desearía, +sencillamente, elegir yo misma mi marido... si debo casarme. Quisiera +que se me permitiese ver seres masculinos de carne y hueso y aprender a +conocerlos de otro modo que de oídas. Mi satisfacción sería completa si +un día sintiese en el corazón el estremecimiento preludio del amor y +pudiera decirte designándote al que lo hubiera provocado: ese es mi +marido, con ese me casaré, no porque tiene el bigote rubio o los ojos de +tal color, una fábrica o una fortuna, sino porque me gusta bastante para +seguirle para siempre en el dolor como en la alegría... + +--¡Qué demencia!--exclamó la abuela consternada.--Esas son ilusiones +románticas... La vida no es una novela... + +--¿Por qué no?... ¿Qué inconveniente verías en que la vida de dos en el +matrimonio fuese una deliciosa novela?... Debe ser una de esas novelas +cuya lectura puede permitir una madre a su hija... con tal de que esté +bien escrita, entendámonos... Me gusta cuidar el estilo... + +--Locuras--balbució la abuela. + +Un campanillazo, un ademán de la abuela para asegurarse de que su +peinado está como es debido, un dolor más fuerte en mi cabeza, y entró +en el salón mi destino bajo la forma del señor Boulmet acompañado del +señor Desmaroy. + +Boulmet estaba radiante y, con una gracia antigua, solemnizada por +cuarenta años de notariado, nos presentó al señor Desmaroy como un +ferviente aficionado a antigüedades, lo que trajo a los labios de todos +una leve sonrisa... + +Desmaroy, muy en su papel, no parecía cortado para un hombre en su caso, +y se resignó con visible buen humor a ver todas las antigüedades +posibles, incluso mi persona. + +Aproveché el interés que manifestaba el visitante, suspendido de los +labios de la abuela, que le explicaba la procedencia de una consola, la +historia de un cuadro o la leyenda de una miniatura, para observar en +detalle a mi pretendiente. + +Era visible que se esforzaba por conquistar a la abuela por una atención +respetuosa y delicada a todas sus palabras. Un buen punto por esto... + +Ni bajo ni alto, ni gordo ni delgado, Desmaroy tiene unas señas +personales que corresponden a no pocos ciudadanos franceses... Es de los +que se dice: frente regular, nariz regular, etc... Sólo su mirada +autoritaria y su barbilla testaruda ofrecen algo bastante +característico. + +Desmaroy no es ciertamente un cualquiera y hasta estoy dispuesta a creer +que posee cualidades eminentes. Los ojos y la sonrisa son francos, pero +la voz, voluntariamente dulcificada, tiene a veces singulares +inflexiones. Es cortante y punzante. Además, ese diablo de barbilla... +esa mirada... huelo el dueño, el hombre seguro de su fuerza y que quiere +imponérsela a todos... Es verdaderamente guapo; y, sin embargo, tengo la +intuición de la antipatía de nuestros defectos, así como creo en la +probable simpatía de nuestras cualidades. Su autoritarismo da miedo a mi +independencia. Si me decido a tomar un marido, no quiero darme un dueño. + +Poco a poco, el señor Desmaroy olvida su dulzura convencional. Su mirada +es la de un comisario cuando inspecciona las cosas que le enseña +Boulmet, el cual, correcto en extremo, se mata por presentar a su +cliente todas las antigüedades de la abuela. + +--Esto, señor mío, es del siglo XIII... Esto del XIV... Tal cosa data +del reinado de Luis XIV... Tal otra es del más puro Enrique II... + +Y el señor Desmaroy mira, toma a peso, aprecia y estima. + +Ni una sola vez habla del valor artístico del objeto designado... No... +vale tanto o cuánto. Su admiración no empieza hasta los 100 pesos; hasta +esa cifra hace un gesto desdeñoso. + +Es halagüeño para mí... Si soy pesada en la misma balanza, qué ideal... + +Al llegar al inmenso tapiz de Beauvais, del comedor, el señor Desmaroy +deja escapar un grito del corazón: + +--Qué error dejar dormir tanto dinero... Cuánto dinero improductivo... +Si este tapiz fuese mío, qué pronto le vendería... + +La abuela disimula su asombro con una sonrisa que lo mismo significa +adhesión que reprobación. De prisa va el caballero... «Si fuese mío...» +¡Oh! hablar de vender el tapiz de Beauvais... + +La mirada del señor Desmaroy se cruza con la mía. Nuestras dos +voluntades cruzan el hierro. La suya, un poco arrepentida de la +reflexión que se le ha escapado; la mía bastante desdeñosa por la +indiscreción cometida. + +Evidentemente mi antipatía se precisa. + +Desmaroy sostiene sus ideas y yo las mías, nos miramos otra vez, no como +amigos sino como luchadores. + +Leo en sus ojos: + +--Esta muchacha es demasiado absoluta... Qué cabeza... Yo la meteré en +cintura... Una mujer está hecha para obedecer. + +Bajo los ojos y mis párpados ocultan una respuesta acerba e irritada... + +--No, no me meterá usted en cintura, porque jamás seré su mujer... + +Desde este momento mi cerebro se despeja, póngome alegre y sonriente, la +preocupación desaparece y me encuentro libre... ¡Dichosa sensación!... +Ya no hay pretendiente, ni estudio, ni cuidado, ni veo en el señor +Desmaroy más que un aficionado a antigüedades... + +Mi buena querida abuela está encantada viendo aquel cambio repentino y +la visita se acaba con todas las apariencias de un acuerdo cordial. +Adivino que el señor Desmaroy me encuentra muy a su gusto y salta a la +vista que Boulmet está orgulloso de su cliente; la abuela se enorgullece +ostensiblemente con una nieta tan linda. + +--Estas tablas--le dice,--son modernas; están pintadas por mi nieta... +Este almohadón bordado ha sido copiado por mi nieta de un modelo +antiguo... + +No faltó más sino que la abuela me hiciese ponerme al piano para tocar +una pieza o cantar una romancita... + +Por fin se termina la sesión. Todo el mundo está satisfecho y yo +también... Decididamente, la feria del matrimonio tiene de bueno que +enseña a estar contento de uno mismo y de los demás. Esto último es +mucho más raro que lo primero. La abuela no cesa de elogiar al +pretendiente. + +--¿Y el tapiz, abuela?... + +--¿Qué tapiz?... ¡Ah! sí, la venta... Razonamiento de hombre de +negocios, hija mía... Piensa como un hombre serio. + +Pido ocho días de reflexión. Es imposible decir hoy a la abuela: + +--Los defectos de ese caballero son antipáticos a los míos; no le +quiero. + +La buena señora me creería loca y se pondría enferma de pena. En ocho +días todo se arregla. El tiempo es un hábil auxiliar... + +Mientras tanto respiro a mis anchas y me siento libre de un peso +enorme... ¡Qué bien voy a dormir esta noche!... + + + + +15 de noviembre. + + +Hacía bien en contar con mi buena estrella para sacarme del mal paso. +Todo se ha arreglado con una sencillez asombrosa. + +Una aventura no muy lejana ocurrida al señor Desmaroy y descubierta por +el padre Tomás, encargado por la abuela de comprobar los informes del +notario, ha puesto fuego a la pólvora y apresurado el no final. La +abuela ha suspirado un poco por la forma al pronunciarle +categóricamente, pero su negativa ha sido espontánea porque no podía +prescindir de la cosa... Boulmet se ha mostrado menos fácil. + +--Pardiez--exclamó,--puesto que la novela en cuestión se terminó ocho +días antes de las negociaciones, ¿qué más quieren ustedes?... + +--Nada de novelas--repliqué. + +--¡Nada de novelas!--repitió el señor Boulmet en el colmo de la +estupefacción.--¿Dónde encontrará usted un hombre de treinta años que no +haya tenido su novela?... ¿Su novela?... Sus novelas, su colección de +novelas... + +--De acuerdo--replicó la abuela, contrariada por encontrar una tacha en +su pájaro raro.--Pero si desgraciadamente es imposible ignorar que +existen esas novelas, se puede exigir al menos que la última no se haya +terminado hace tan poco tiempo... y, sobre todo, que no haya lugar a +temer que la última hoja de esa novela no se haya vuelto tan +definitivamente como se quiere asegurar... + +--Señora--respondió Boulmet,--el señor Desmaroy es un hombre de honor. + +--¿Qué tiene que ver el honor de un hombre con esta especie de cosas?... +¿Ignora usted, acaso, que hay hombres que se jactan de pagar sus deudas +y no temen faltar a sus juramentos? El honor humano es poca garantía +cuando se trata de la fe conyugal. + +--El señor Desmaroy tiene principios religiosos, de modo que... + +--¿Le han protegido los principios religiosos? + +--Acaso le han sostenido y preservado mucho tiempo... Y después, qué +diablo--añadió nuestro notario falto de argumentos,--los principios +religiosos salvan el edificio, pero no impiden las grietas... en ciertas +naturalezas. + +--Y bien--dijo la abuela,--nosotras no queremos grietas, está decidido. + +He vuelto, pues, a ser una joven como las demás... ¡Qué suerte! + +La de Ribert y Genoveva, a quienes había puesto al corriente de las +peripecias de los últimos días, me aprobaron completamente cuando fui a +contarles el desenlace de nuestros proyectos de matrimonio. + +--Magdalena--me dijo la de Ribert con una melancolía que no es en ella +habitual--desconfíe usted de las locuras pasadas en un futuro marido... +Estas locuras vuelven a empezar muchas veces. + +Es lo que yo pensaba. Me ha satisfecho, sin embargo, oírselo repetir a +una mujer que ha tenido ciertamente algo de ese género que reprochar a +su marido. Aunque se suponga lo contrario, la experiencia de los demás +nos aprovecha siempre un poco. + +Con la de Ribert he reanudado mis averiguaciones relativas a las +solteronas. Le he contado nuestro pique con la Bonnetable y mi +desencanto a propósito de las solteronas desde que las estudio al +natural. En primer lugar, la maldad de algunas de ellas, mis dos malas +lenguas de la Catedral; después el matiz grisáceo y desteñido de las +pobres solteronas resignadas con su estado, en lugar de estar alegres; +en fin, la omnipotencia notable de las recalcitrantes del celibato que +dejan caer sobre todo el mundo, en general, y sobre cada cual, en +particular, el peso de su descontento perpetuo. + +--Hará usted mal de juzgar por el carácter de la excepción el carácter +de la masa--me respondió la de Ribert.--¿Cree usted de buena fe que las +solteronas tienen el monopolio de la maldad en la charla, y que sólo una +de ellas puede presentar el carácter de la Bonnetable?... + +--No--respondí convencida por el razonamiento.--Tiene usted razón. El +amor a los chismes no es solamente un defecto de solterona, sino la +pasión de todas las mujeres desocupadas y frívolas. En cuanto al +carácter de la Bonnetable, debe ciertamente de encontrarse en mujeres +casadas. + +--Conozco algunas, por mi parte, que no dejan nada que desear en cuanto +al órgano, al gesto y a la manía del mando. Esas hacen marchar su casa +con la punta del dedo, y no están contentas más que de ellas mismas y de +su progenitura. Todo lo que no toca inmediatamente al círculo reducido +de su familia, es implacablemente criticado, denigrado y +pisoteado...--dijo Genoveva. + +--Eso no es raro--repuso la de Ribert, sonriendo.--Hasta hay mujeres que +se dicen bien educadas que llegan a decir palabrotas... Pero no hablemos +de esas monstruosas excepciones. El matrimonio es un gran sacramento, es +verdad, pero sería pueril reconocerle la facultad de dar a las que le +reciben inteligencia, dulzura y virtud. Existen las agriadas del +matrimonio, como las agriadas del celibato. Y así como no se dice que +todas las casadas son desagradables, porque lo son algunas, se debe +tener la misma circunspección respecto de las solteras. + +--Es verdad--respondí.--Pero el mundo no hace esas distinciones y +condena a las solteronas en conjunto. La abuela, de acuerdo con el +mundo, no las quiere nada, aunque tenga una profunda amistad con algunas +de ellas... La abuela estaría enteramente desolada si yo me quedase +soltera. + +--Comprendo que la buena señora desee establecer a usted, pero en fin, +¿qué reprocha al celibato? Confieso que no veo bien el por qué de su +animosidad, aunque me dé cuenta del de su preferencia. + +--Afirma que el celibato es una situación anormal, antinatural y... ¿qué +se yo? + +--Sí, la mujer debe casarse, tener hijos... eso es conocido... ¿Y qué +más? + +--Según ella, la mayor parte de las solteronas son egoístas. + +--¿Y los premios Montyon?...--objetó Genoveva.--Esos premios son de +solteras y no para las egoístas... + +--La abuela dice también que las solteras tienen la devoción estrecha, +meticulosa y hecha de menudas prácticas, más que de profunda piedad; que +son charlatanas y envidiosas; que tienen ideas mezquinas y atrasadas, y, +en fin, que poseen todos los defectillos imaginables, entendiendo por +defectillos todo lo que achica un carácter, todo lo que apaga un alma... + +--Sí, pero el conjunto de esos defectos constituye una tacha enteramente +femenina y no es sólo aplicable a las solteronas... No creía yo que la +señora de Sermet tenía respecto a ellas esa opinión tan poco fundada... + +--Sí, señora--respondí,--y eso es lo que me ha hecho empezar mis +investigaciones. Me sentía tan poca vocación por el matrimonio y tanta +por el celibato, que he querido darme cuenta de lo que se podía +reprochar a esas pobres criticadas. + +--¿Y has encontrado algo?--preguntó Genoveva con interés. + +--No mucho... Veo, sobre todo, muchos prejuicios e ideas hechas que +pasan de generación en generación como un gabán viejo que cada cual +adapta a su talla y a su gusto. + +--Creo--dijo Genoveva,--que lo que más ha contribuido a dar un aspecto +ridículo a la solterona, es la inconsecuencia de algunas de ellas--las +recalcitrantes del celibato, como tú las llamas,--que tienen la mala +costumbre de gritar sus penas al primero que se presenta, y de ir de +puerta en puerta pidiendo un marido. + +--¡De puerta en puerta!--murmuré sorprendida... + +--Pregunta a mamá--interrumpió Genoveva. + +--Genoveva tiene razón, Magdalena. Conozco personalmente solteras, +contemporáneas mías, cuya juventud se ha pasado en repetir a todas sus +relaciones: «Cáseme usted... Por Dios, encuéntreme usted un marido... No +se olvide usted de mí.» Esto se repite al principio con compasión, +después con un dejo de burla y luego con un desdén acentuado. Y se +deduce ligeramente que todas las solteronas se encuentran en este caso +ridículo y no forman en su conjunto más que una gran colección de +«dejadas por cuenta.» + +--Es injusto--exclamé con emoción. + +--No, Magdalena--respondió sencillamente la de Ribert.--Supongamos que +Francisca, Petra y Paulina no se casen. ¿Qué pensará usted? + +--Que no han encontrado el pretendiente de sus sueños--respondí sin +reflexionar. + +--Ya lo ve usted... Usted misma, una amiga, participa de la opinión +general. Si no encuentran el pretendiente de sus sueños, es +evidentemente porque éste no es tal pretendiente... Convengamos en que +hay aquí un «dejado por cuenta» evidente. + +--Acaso mis amigas tienen pretensiones por encima de su situación de +fortuna y... + +--Sí, lo concedo, y de eso tiene la culpa la educación moderna; pero, en +suma, sus amigas de usted serían «dejadas por cuenta» puesto que los +pretendientes que ellas aceptarían no las quieren... + +--Pero--entonces balbucí confundida,--las solteronas han hecho ellas +mismas su reputación... + +--En mucha parte, sí--afirmó la de Ribert.--Las solteras forzosas han +gritado tanto sus desilusiones, que el mundo, generalmente poco +benévolo, ha creído que todas las solteras estaban en el mismo caso. + +--¡Vírgenes y mártires!--exclamó muy contrariada por esta nueva +concepción.--¡Es completo! + +La de Ribert y Genoveva se echaron a reír. Mi consternación les +divertía. + +--Y bien, ese maravilloso estado, ¿te tienta todavía?--preguntó Genoveva +con los ojos brillantes de malicia. + +--Sí--respondí con alguna vacilación.--Pero me fastidia, sin embargo, +pensar que las solteronas tienen un lado un tanto ridículo... ¡Qué idea, +reclamar un marido con tanta insistencia y tan poca discrección!... +¡Bah!--exclamé con más firmeza,--me siento, con todo, una aptitud +sublime para esa vocación tan desacreditada... Sin embargo, por +complacer a mi abuela, consiento en poner toda mi buena voluntad al +servicio del matrimonio. Mi amor a las solteronas no me impedirá, +probablemente, volver a empezar dentro de poco la ceremonia de los +últimos días con otro caballero. + +--¿No te ha curado el señor Desmaroy de esa buena voluntad?--preguntó +Genoveva sonriendo. + +--No, ese señor ha respondido simplemente a la pregunta que yo había +hecho al señor Boulmet. «¿Tiene corazón?» Ha resultado que tenía más del +necesario, y no ha habido más. + +--Sí--dijo la de Ribert muy animada,--y además no le gustaba a usted... + +--Absolutamente nada--exclamé con una seguridad inmutable. + +La de Ribert y Genoveva me abrazaron con efusión, y las dejé para volver +a mi casa. + +Al entrar en la cocina para decir una cosa a la buena anciana, me la vi +muy afanada delante de la mesa, con la pluma en la mano y la cara +congestionada, por los esfuerzos que hacía para escribir una carta. + +--Mi pobre Celestina--dije al pasar,--te vas a poner mala. + +--No hay cuidado... La señorita no se casa ya, y siendo así... Sé lo que +sé, y cumplo mi voto... + +--¿Qué voto? + +--Eso es cuenta mía... Asunto de conciencia...--respondió +misteriosamente Celestina.--He hecho un voto, y puesto que no se casa +usted, voy a cumplirlo... No hay más. + +Veo que no sacaré nada de esta obstinada y tomo el sabio partido de +dejarla cumplir su voto, que no puede ser más que alguna cosa +edificante, pues Celestina piensa siempre en todo y por todo, en la +edificación del prójimo... ¡Es hermoso!... + + + + +22 de noviembre. + + +Esta mañana nos hemos reído mucho la abuela y yo. + +Tenía necesidad la abuela de ver al señor cura a propósito de unos +pobres a quienes socorremos, y se fue a casa del padre Tomás. La abuela +recibió de su pastor la acogida más alegre que se puede desear. De tan +buena gana reía el señor cura, que ya empezaba la abuela a amoscarse +ligeramente, cuando aquel sacó una carta de su escritorio y se la dio +sin más explicaciones. + +Copio textualmente esta obra maestra que la abuela me ha traído como +dato para mis estudios sobre las solteronas; pues se trata de una carta +de Celestina al cura, la carta que tanta curiosidad me había inspirado. +Corrijo las faltas de ortografía, para facilitar su lectura. + +Celestina Robert al señor cura de San Aprúnculo. + + * * * * * + +«Aiglemont 15 de noviembre de 1903. + +»Señor cura: + +»Ya no se casa nuestra señorita. Como tengo gran confianza en el buen +San Pablo, había prometido al gran apóstol dar un paso cerca de usted +en el caso de que nuestra señorita no se casara con el señor que ha +venido con motivo de las antigüedades de la señora. + +»Cumplo mi voto. + +»Pienso, señor cura, que Santa Catalina no es una verdadera solterona, +puesto que murió joven. Por esto no hay obligación de conservarla como +nuestra patrona. Este honor corresponde, sin disputa, al apóstol San +Pablo, que permitió a la gente de su tiempo y a la de los tiempos de +después, no casar a sus hijas. Aunque se enfade mi pobre señora, que no +es de esta opinión. + +»El día de Santa Catalina está próximo, señor cura. Para cumplir mi voto +pido al señor cura que no se celebre esta santa y que deje la fiesta de +las señoritas para San Pablo. + +»Su humilde servidora + +»CELESTINA ROBERT. + + »Miembro de la orden tercera de San Francisco, cofrade de la + Propagación de la fe, de la Santa Infancia, de San José, del + Sagrado Corazón, de las ánimas del Purgatorio, de San Antonio, + etc., etc...» + + * * * * * + +Solté una sonora carcajada al leer esta epístola fantástica y también la +abuela se rió de buena gana. + +--Está decididamente en el aire la manía de escribir--dijo enjugándose +los ojos que estaban llenos de lágrimas.--¡En qué siglo vivimos!... Y +proponer a San Pablo... + +--Es una broma de Francisca--dije a la abuela, en cuanto pude +respirar.--La pobre Celestina ha sido sugestionada. + +--¿Cómo es eso?--preguntó la abuela incrédula. + +Le conté lo que había pasado con Francisca a propósito de San Pablo y el +presentimiento que yo tuve de lo que podría hacer la vieja cocinera. + +--¿Y qué ha dicho el señor cura?--pregunté. + +--Estaba tan divertido por esta petición poco común, que no pensaba en +decir su opinión. Mira la carta que me ha dado para Celestina. Léela; no +está cerrada. + + * * * * * + +«AGUSTÍN LABERTAL, + +»Cura arcipreste de la catedral de Aiglemont,» + +»da las gracias a la señorita Celestina Robert por su interesante +comunicación, que ha llegado tarde. Por este año no es posible ningún +cambio en la reglamentación de las fiestas habituales. El señor Labertal +aprovecha la ocasión para recomendaros a las buenas oraciones de la +señorita Robert.» + + * * * * * + +--¡Calla!--dije estupefacta,--el señor cura parece que toma en serio +esta comunicación... + +--Tiene que usar ciertas consideraciones... + +--¡Consideraciones!... ¿Por qué? + +--Ofender a una solterona de la intransigencia de Celestina, sería +peligroso... + +--Sí, comprendo... El señor cura temería legítimas represalias... + +--Ciertamente--dijo la abuela con convicción. + +--Pobre señor cura, tiene miedo... Teme a los gendarmes de Dios, +¿verdad, abuela? + +--¿Qué gendarmes, hija mía? + +--Todas las devotas del género de Celestina, son los gendarmes de +Dios... A ellas corresponde la vigilancia de la parroquia entera, desde +el señor cura hasta el último niño del catecismo... Es seguramente un +monopolio. + +--Exageras, Magdalena. + +--Bien sabe usted lo contrario, abuela... Si el señor cura llega tarde a +misa, si se enreda en un _oremus_ si no estaba en el confesionario a la +hora exacta, si la señora de Tal ha ido a buscarle a la sacristía, si la +señorita Fulana ha tosido en misa, todo es materia de numerosas +reflexiones... Pobre señor cura, buena falta le hace tener diplomacia... + +--Sí--respondió la abuela contrariada por el sesgo que tomaba la +conversación.--La diplomacia ha sido siempre una cosa tan hábil como +inteligente. + +--Es verdad--dije después de unos momentos de reflexión,--más vale +rodear las dificultades que tomarlas por asalto... ¿Sabes, abuela, que +no debe de ser agradable ocuparse de tantas fruslerías cuando parece que +el alma no debiera ser atraída más que por las grandes cosas?... + +--Ve a decir a Celestina que su proyecto no es de una importancia +capital, y verás cómo te recibe. + +--Pobre Celestina... ¿En qué consiste que el cerebro llega a estrecharse +hasta ese punto? + +--No creo que el de Celestina haya tenido nunca una amplitud notable... + +--Lo admito, en cuanto a Celestina. Pero ¿crees que es una excepción? + +--No, hija mía. Ese es uno de los escollos del celibato, pues, en mi +concepto, hay más peligro de mezquindad en la mujer que vive sola que en +la que tiene marido e hijos. Al contacto de las inteligencias que se +mueven alrededor suyo, es más difícil que una mujer se disminuya, +intelectualmente hablando: su cerebro, en vez de disminuir, tiene +tendencia a ensancharse. Lejos de atrofiarse en la tristeza de la +soledad, se expansiona en los goces de la familia... Realmente, habría +mucho que hablar respecto de esto... + +--¡Oh! abuela--protesté con vehemencia,--no se puede decir que una vida +está truncada cuando se tiene la dicha de vivir sin un marido, sin un +dueño, y libre de tantas vicisitudes... + +--Admitamos que exagero en cuanto a algunas; pero me concederás que +muchas solteronas participan de mi opinión. No todas tienen tus ideas y +las hay que se resignan difícilmente al celibato. + +--Las hay que no se resignan--exclamé riendo al recordar a la Bonnetable +y su mal humor. + +--Y bien, puesto que somos del mismo parecer, al menos en ciertos casos, +es fácil que nos entendamos. Tomemos por ejemplo, si quieres, una +soltera que lo es a pesar de sus deseos más sinceros. ¿Crees que será +dichosa y apta para ensanchar su horizonte?... + +--Qué sé yo...--dije con alguna vacilación. + +--Fatalmente tendrá que encerrarse en su concha. En lugar de tener una +piedad sincera e ilustrada, sus desilusiones la impulsan a los extremos +de la exaltación religiosa. Será una fanática de las pequeñas +devociones, de las pequeñas distracciones y de las ocupaciones pequeñas. +Pisoteará sin escrúpulo la reputación del prójimo, y se creerá en el +camino del infierno si falta a un rosario o a un sermón. Después, si no +tiene el corazón bastante noble para entregarse por completo a todos, no +pensará más que en sí misma, se replegará en su alma, en su cerebro y en +su conciencia. A fuerza de investigar sus propios pensamientos y sus más +ínfimos deseos, llegará a inspeccionar al prójimo de un modo igualmente +meticuloso. Poco a poco pensará menos en sus defectos que en los de los +demás. ¡Ah! Magdalena, una vida truncada es terrible para ella misma y +para los otros. La malevolencia sistemática engendra tantas +catástrofes... + +--Sí--respondí un poco pensativa,--la solterona, tal como tú la pintas, +vive en un martirio perpetuo. Todo el calor desocupado de su corazón se +transforma y se pierde... Da en hiel lo que hubiera debido prodigar en +miel... ¡Pobre solterona!... + +--Sí, por lo mismo que compadezco con toda mi alma a esas víctimas de la +vida, no querría, hija mía, verte tomar un camino semejante... + +--Yo no soy de la madera de esas solteronas... Yo no deseo casarme, sé +pensar y no estoy desocupada... No, tranquilízate; si permanezco soltera +tendré siempre el alma igual y alegre y seré un ejemplo extraordinario +de felicidad en el celibato. + +--Quién sabe...--murmuró la abuela pasándose la mano por la +frente.--Quién sabe... Dios te preserve de las tempestades del corazón, +mi querida nieta... Pero--dijo de pronto para ahuyentar la +melancolía,--nos hemos extraviado de Celestina... Cierra la esquela del +cura para que yo pueda entregársela, y no hables de esto a la buena +mujer. Si sospechase que estamos al corriente de su paso, guardaría +rencor al señor cura por esta indiscreción, permitida sin embargo. + +--¡Rencor de solterona!--exclamé fingiendo un escalofrío.--¡Qué cosa tan +espantosa!... + +Esperaba yo ver en Celestina los efectos de una cruel decepción, como +vajilla rota, platos echados a perder, gruñidos, empujones... Pero no, +Celestina estuvo de buen humor todo el día y hasta le oí cantar a voz +en cuello un cántico a la Virgen. + +La esperanza permanece en el fondo de su corazón, es cierto. Ha llegado +tarde este año, pero el que viene... ¡Pobre Santa Catalina! Ya puede +aprovechar lo poco que le queda... ¡Viva San Pablo!... + + + + +25 de noviembre. + + +Hoy gran fiesta para las solteras, jóvenes y viejas. + +A primera hora, esta mañana, Celestina, de muy buen humor, se paseaba en +su cocina con ardor febril. + +--Pero, mujer, te estás cansando--le dije con conmiseración. + +--No--exclamó alegremente...--Quiero que el té de la señora sea +perfecto. Eso hará rabiar a Mariana, la cocinera de la señorita +Bonnetable--añadió con la cara llena de satisfacción. + +--¿Por qué ha de rabiar? + +--La señorita sabe bien que en el último té de la señorita Bonnetable +los pasteles de chocolate estaban quemados. + +--¡Ah! y los tuyos... + +--Los míos son siempre perfectos--respondió Celestina con +vehemencia.--Además--dijo entre dientes,--he prometido dos centavos a +San Antonio si sale bien la gran merienda. + +Esa gran merienda de que habla Celestina con énfasis, es un simple té +que todos los años, el 25 de noviembre, ofrece la abuela a sus amigas y +a las mías solteras. De un año a otro Celestina piensa con ardor en la +cantidad de novedades que podrá introducir en los pasteles y por toda +recompensa no ambiciona más que cumplimientos, lo que, entre paréntesis, +no le falta, pues todas conocen su flaco y la adulan. + +A las dos y media empezó a oírse la campanilla. Genoveva, Petra, Paulina +y Francisca llegaron de las primeras. Siguioles de cerca la señorita +Sarcicourt. La Bonnetable, no habiendo podido digerir la «incalificable +agresión» de que fue objeto de parte de Francisca y de la mía, se había +excusado. Llegaron después la señorita Fontane, encantadora solterona +por convicción; la señorita Melanval, presidenta de no sé cuántas +asociaciones y ligas, y cuya única ocupación consiste en apuntar en una +cartera los nombres de las nuevas adherentes a sus queridas obras; la +señora Roubinet, de buena conversación, muy farsante y demasiado ocupada +en procurar su efecto personal para pensar mucho en los demás, con lo +que va ganando una sólida reputación de benevolencia que nadie piensa en +discutir. Faltaron otras dos amigas de la abuela, que estaban +resfriadas. + +Por disposición de la abuela, que temía las ocurrencias de Francisca y, +un poco, las mías, toda la juventud ocupaba el «rincón de las malas +cabezas.» Las personas serias rodeaban a la abuela. + +Como yo estaba un poco silenciosa, contra mi costumbre, Petra me +interpeló de repente: + +--Pero di algo, Magdalena; estás en las nubes. Parece que no oyes lo que +se dice. + +--En efecto--respondí,--estaba distraída mirando al grupo de la abuela. + +--¡Ah!--exclamó Petra tan desdeñosa como si se tratara del pobre +teniente Cotorrac.--¿Te interesan esas señoritas? + +--Mucho. Estaba pensando precisamente que la señorita Fontane debe de +ser una solterona por vocación... + +--Pienso como tú--exclamó Genoveva. + +--Sí, se ve la buena voluntad... Observad qué armoniosa es toda su +persona. La mirada, la sonrisa, la voz, el gesto, todo respira el +contento. + +--¿Y la señorita Roubinet?--prosiguió Genoveva.--¿Creéis que no acusa +una satisfacción perfecta? + +--Sí--respondí,--pero no es lo mismo. La Roubinet finge la satisfacción +de cabeza y la Fontane posee la de corazón. + +--¿Y la Melanval, la encuentran ustedes bien armonizada?--preguntó +Paulina, que habla poco y escucha mucho. + +--Esa es el colmo de la satisfacción--respondió Francisca, absorta hasta +entonces en algún pensamiento íntimo, y que pareció que se despertaba de +repente.--¡Cómo! tener la presidencia de tantas cosas y poseer el honor +de apuntar en su libro de memorias los nombres de tantas personas... es +un goce que renace sin cesar... Se está a la cabeza de una sociedad con +tan poderoso juego en las manos... Se acabó en Aiglemont el privilegio +de la aristocracia--añadió echando a Petra una mirada maliciosa;--ahora +es el reinado de la virtud... Por otra parte, sólo al ver el modo que +tiene la Melanval de mover las plumas del sombrero, de colocar la cabeza +y de hacer reverencias, se comprende su inefable dicha, al lado de la +cual no es nada la felicidad paradisíaca... + +--La Sarcicourt no participa de esa felicidad--hizo observar +Genoveva.--Vean ustedes cómo contrastan sus aires modestos y su palidez +con la amable animación de la Fontane y con la alegría de la Roubinet al +buscar una frase o una cita. + +--Veo que te vuelves burlona, Genoveva--le dije amenazándola con el +dedo. + +La única respuesta de Santa Genoveva como nosotras la llamamos, fue una +fina sonrisa. + +--¡Ay!--exclamó de pronto Francisca levantando al techo unos ojos +desesperados;--qué fastidioso es pasar la vida con solteronas... + +--Veo que sigues con tan poco gusto por ese glorioso estado--dijo +Genoveva con compasión. + +--Tengo tanto horror al celibato--respondió Francisca,--que me siento +con malas disposiciones hacia las solteras... Soy capaz de todas las +bajezas por atrapar un marido... + +--Yo no--respondió Petra con un movimiento de protesta.--Si deseo +casarme, al menos estoy segura de no ir hasta la bajeza. Los Brenay no +han cometido jamás malas acciones... + +--Tampoco los Dumais--replicó orgullosamente Francisca.--Pero--terminó +con filosofía,--alguna vez han de empezar... + +--Francisca exagera--se apresuró a decir Genoveva para evitar toda +protesta nuestra.--Francisca exagera siempre... + +--Nada de eso; no exagero--exclamó Francisca.--Quiero casarme y me +casaré--añadió con un fruncimiento de cejas que envejeció de un modo +extraño su cara, de ordinario tan animada. + +--¿Y tú, Paulina?--pregunté para evitar otra declaración de principios +de Francisca. + +--Yo--dijo Paulina ligeramente sorprendida por la pregunta,--haré lo que +quiera mamá. + +--¡Dios mío! qué paloma...--murmuró Francisca con despecho.--Esto se +llama un carácter fácil... + +--¿Por qué no he de hacer lo que quiera mamá?--replicó Paulina +asombrada.--Mamá no puede querer más que mi bien. + +--Sí, sí--respondió Francisca muy nerviosa.--Déjate conducir y guiar... +No pienses... No hables... No andes... Tu mamá hará todo eso por ti... + +--¡Oh! Francisca... + +--Y si necesitas sonarte, espera que tu madre te prepare el pañuelo, so +mema... + +--¡Oh! Francisca...--volvió a decir la pobre Paulina completamente +enfadada esta vez. + +--Ea, no hables tú ahora como mi madre--exclamó Francisca cada vez más +exasperada.--Me fastidias y me irritas... + +--¡Vamos, niñas!... ¿Qué pasa?--preguntó la abuela desde el extremo del +salón. + +--Pasa, señora, que estoy muy enfadada--respondió Francisca. + +--Venid un poco con nosotras; nuestro juicio corregirá vuestra +exuberancia. + +--No, no, voy a decir tonterías... No me llamen ustedes a su lado. + +--Sí--respondió mi querida abuela con indulgencia.--Estando prevenidas +no nos asustaremos. + +--Sí, sí, vengan ustedes, señoritas--insistió la Melanval, la presidenta +de las presidentas...--Tengo justamente una nueva obra que +presentarles... + +--¡Ah!--exclamó Francisca precipitándose de un salto a la silla que le +indicaba la abuela a su lado.--Si es una obra para casar a las muchachas +en busca de marido, cuente usted conmigo. + +Todas nos echamos a reír al instalarnos junto al grupo serio. + +--¿Está usted tan descontenta de su suerte?--preguntó la Fontane con su +amabilidad habitual. + +--Murmurar o quejarse--dijo sentenciosamente la Roubinet,--es oponerse a +las leyes universales... + +--¿Es usted quien ha inventado eso, señorita?--preguntó Francisca con +fingida dulzura volviéndose hacia la oradora. + +--No Francisca--respondió la Roubinet con una modestia tan afectada como +la dulzura de Francisca.--Esas palabras son de Federico el Grande. + +--¡Un prusiano!... ¡Qué horror!... ¿Cómo puede usted citar frases de un +enemigo de Francia?--objetó Francisca lo más seria que pudo. + +--El genio no tiene patria--respondió la Roubinet convencida. + +--Internacionalista y solterona... Es el colmo... ¡Ah!--añadió Francisca +cada vez más nerviosa,--no quiero quedarme soltera... + +--¿Sueña usted con el acuerdo de dos almas hermanas?--preguntó la +Roubinet, que no pensaba en enfadarse por las ocurrencias de +Francisca.--Lo comprendo... Encontrar en la vida una alma a nuestro +diapasón... ¡Qué ideal!... + +--La verdad es que me importa poco el diapasón--respondió +Francisca.--Hasta consiento en dar el sí bemol cuando mi alma hermana dé +el la natural... Pero, por amor de Dios que me encuentren un marido... + +--Pero, Francisca, ¿qué tiene usted? Algo ha debido de ocurrirle, porque +no la conozco... + +--Sí--respondió francamente Francisca.--Me ha ocurrido, que se +presentaba un pretendiente para mí, y mis 2.000 pesos de dote le han +puesto en fuga... como de costumbre. + +--¿No tenía fortuna?--preguntó la abuela. + +--No, señora, ninguna. 500 pesos de sueldo por toda renta. + +--Con los intereses de los 2.000 pesos--dijo la Sarcicourt,--pongamos 80 +pesos, el total de 580. ¿Espera usted vivir con esa cifra? + +--¿Por qué no?--respondió ingenuamente Francisca. + +--Es posible vivir con 580 pesos--replicó la abuela,--pero con otra +educación que la de usted. + +--Eso es lo que ha dicho el pretendiente--confesó con franqueza +Francisca.--¿Creerá, usted, señora--añadió,--que ese caballero llegó a +querer convencer a papá de que cuando no se tienen más que 2.000 pesos +de dote se impone otra educación que la mía? + +--¿Si?--dijo la abuela interesada.--¿Y qué respondió el señor Dumais? + +--Papá se enfadó al principio, y cuando volvió a casa regañó a mamá +diciendo que su debilidad era la causa de este nuevo incidente. + +--Pobre señora de Dumais--gimió la Sarcicourt.--Es tan buena... + +--Demasiado buena--dijo la abuela entre dientes.--De modo--siguió +diciendo más alto,--que no se casa usted, Francisca... + +--¡Ay!--respondió la aludida,--mis pretendientes no cesan de correr... +Señorita--dijo yendo a arrodillarse delante de la Melanval,--¿no tiene +usted una liga por pequeña que sea, que se ocupe de las jóvenes +casaderas?... Si no la hay debiera haberla... Sería cien veces más +útil--terminó levantándose,--que todas esas ligas que fastidian a todo +el mundo... + +--¡Francisca!--dijo la abuela con cierto tono de severidad,--va usted a +decir tonterías, hija mía. + +--Sí, es verdad... Me callo--respondió Francisca con esa gracia +irresistible que hace que se le perdonen todas sus imprudencias. + +--No comprendo--dijo la Fontane,--el horror que usted manifiesta por el +celibato... Eso estaba bien en otro tiempo, pero hoy le aseguro a usted +que está bien visto el quedarse soltera. + +--No, amiga mía--respondió vivamente la abuela.--Eso es inadmisible. + +--Sin embargo--añadió la Fontane reprimiendo una fuerte gana de +reír,--estamos aquí cuatro representantes del celibato, sin contar la +quinta--dijo echando una mirada a Genoveva,--y no veo lo que tenemos de +reprensible. + +--Eso depende de los motivos que han ocasionado en cada una el celibato. +Los hay que yo admito y otros que no--terminó la abuela, ya descontenta +al ver que iba yo a caer en mi tema favorito. + +--¿Cuáles son esos motivos admitidos?--suspiró la Sarcicourt,--¿es +indiscreto preguntarlo? + +--De ningún modo, querida amiga--dijo la abuela, ya en pleno buen +humor.--El padre Tomás, explicando este asunto a mi nieta, los enumeró +bastante sumariamente. Voy a tratar de recordarlos para complacer a +usted, aunque estoy muy cansada. + +--No se tome usted esa molestia, señora--interrumpió la Fontane.--Ese +asunto le es a usted antipático y voy a tratar de reemplazar a usted. +Creo--continuó, mirando a la Sarcicourt,--que una de las primeras +razones que impulsan al celibato es la abnegación. + +--¡La abnegación!--exclamó la Roubinet con todo el ardor de una persona +que nunca ha sabido lo que es eso.--¡Qué poesía en ese motivo!... ¡Qué +suavidad!... + +--Hay muchos géneros de abnegación--hizo observar Genoveva. + +--En efecto, puede una sacrificarse de mil modos--repuso la Fontane muy +risueña. + +--Se trata de encontrar el bueno--dijo Francisca, que generalmente +proclama que la abnegación es un asunto de edad y de temperamento. + +--Todos son buenos--respondió la Fontane.--Entre la abnegación de una +hija que se consagra a sus padres y la de una hermana que se sacrifica +por sus hermanos menores, no sé, en verdad, a cuál dar la preferencia. +Aquí son los padres muertos que dejan una familia que criar; allí unos +padres pobres o enfermos a quienes hay que atender o cuidar... Se puede +una quedar al lado de un hermano soltero para cuidarle la casa... Un +hermano que se queda viudo necesita a su hermana para vigilar a los +pequeños, dirigir a los mayores y ser una madre para todos... Un hermano +sacerdote nos reclama... Una hermana enferma nos absorbe... Y luego, +fuera de la familia, se encuentran nobles causas de abnegación... + +--Dios mío--interrumpió Francisca,--bastantes hay ya; no añada usted +más... + +--¡Niña mimada!... Debe usted comprender, Francisca--siguió diciendo la +Fontane,--que hay almas que sienten la necesidad de sacrificarse por el +prójimo en un marco más ancho que el de la familia. Existen muchas +nobles hermanas de la caridad, seglares. + +--Sí--respondió Francisca poco convencida,--para las almas hermosas +puede tener atractivos todo eso... Para las almas inferiores como la +mía, no tiene ninguno. + +--Yo creí, Francisca--dijo la abuela con tono de reproche,--que tenía +usted corazón. + +--Mi corazón se atrofia en el celibato--respondió Francisca sin +miramientos.--Siento que me voy volviendo mala... + +--Buena solterona--murmuró Petra a la sordina.--Esto promete para el +porvenir. + +--Entonces, Francisca--dijo la Fontane,--no es usted de aquellas a +quienes retiene en la pendiente del matrimonio un sentimiento de pudor +virginal... + +--Absolutamente--respondió Francisca con la inconsciente franqueza que +brilla en todas sus palabras y que le vale tantas críticas.--¿Existen, +pues, casos de ese género?... + +--Ciertamente. ¡Cuántas almas temen los rozamientos de la vida!... + +--Sí--hizo observar la Melanval bajando púdicamente los párpados,--el +matrimonio no es un modo de existencia propio de las naturalezas finas y +delicadas... + +--¡Oh!--protestaron la abuela, Francisca y Petra. + +--Yo misma--continuó la presidenta,--me he estremecido siempre de horror +al pensar que un caballero hubiera podido besarme... + +--Entonces--exclamó Francisca,--no tenía usted más que besarlo la +primera, y así... + +--¡Francisca!--dijeron todas a coro.--_Schoking_... + +--Francisca razona como una niña caprichosa--respondió la +Melanval.--Habrá que cuidar esa imaginación--añadió un poco +descontenta.--Si no pone usted remedio se va a destruir cerebro, corazón +y alma. Mala pendiente, hija mía; muy mala pendiente... + +--¿Qué le voy a hacer?--suspiró Francisca en tono burlón.--Es el efecto +en mí del celibato... Hay jóvenes que se vuelven de azúcar, como +Genoveva; hay otras que se ponen más agrias que un limón, como yo... No +comprendo por qué tienen ustedes todas, trazas de encontrar magnífico +ese sentimiento de pureza virginal de que hablan. Eso es bueno para una +monja, pero cuando no se siente una llamada hacia Dios... + +--Ciertas almas--respondió la Fontane,--prefieren su blancura de armiño +a todos los goces de la vida... Ese sentimiento purísimo es +infinitamente respetable, tanto como hermoso. + +--Y muy raro--dijo la abuela echando a Francisca una mirada terrible +para que no dijera alguna nueva tontería. + +--Es muy difícil el saberlo exactamente--respondió la Fontane.--La +pureza extrema siendo silenciosa, las almas que han huido del matrimonio +para sacrificarse a ese deseo virginal, no lo cuentan generalmente. Es +un secreto entre ellas y Dios. + +--¡Secreto ideal!... ¡Secreto de amor!...--murmuró la Roubinet con la +cara satisfecha de un niño que está comiendo dulces. + +--En materia de secretos de amor--dijo la Fontane,--hay también +afecciones interrumpidas por la muerte, la traición o cualquiera otra +causa. Esas afecciones dejan en el corazón de ciertas jóvenes una huella +bastante profunda para que no sea posible otro amor... No habiendo +podido casarse con el que amaban, esos corazones fieles prefieren vivir, +envejecer y morir solos... + +--¡Ah!--dijo Francisca estremeciéndose.--Nos deja usted heladas... Si +eso es el amor no le quiero. + +--¡Qué hermoso es el amor!--murmuró la Roubinet. + +--Muy hermoso--replicó la abuela,--pero muy peligroso para cabezas +jóvenes. + +--No para la mía--objetó Francisca triunfante. + +--¿Quién sabe?...--exhaló Genoveva en un aliento apenas perceptible. + +--Una de las causas más frecuentes de celibato--dijo la Fontane,--es +tener un carácter demasiado independiente. + +--Detestable causa--exclamó la abuela dirigiéndome un suspiro. + +--No es ese mi caso--afirmó la Sarcicourt, que temía probablemente que +se le imputase semejante disposición.--En mi vida he sabido lo que era +tener ideas fijas y personales... + +--¡Pobre amiga!--respondió Francisca llena de lástima. + +--Esa independencia de carácter--continuó la Fontane,--no sólo es un +motivo de celibato del lado femenino, sino que asusta también a no pocos +jóvenes. ¿Qué vamos a hacer--piensan--de una mujer autoritaria y +déspota?... + +--Ahogarla--exclamó Francisca pensando en la Bonnetable y en el deseo ya +formulado. + +--Es un remedio un poquito radical--opinó la Sarcicourt, que no está por +las medidas violentas. + +--No se emplea casi nunca--respondió la Fontane.--Existe, por otra +parte, el contraste de la independiente, y es la joven a quien todo +asusta, la que teme las responsabilidades del matrimonio y rehuye la +carga de almas que ese estado lleva consigo. + +--¡Qué valentía!--exclamó Genoveva riendo.--Eso huele a las Cruzadas, +¿eh, Petra? + +Petra se encogió de hombros amablemente sin decir nada. + +--El divorcio y la inseguridad en el matrimonio--prosiguió la +Fontane,--provocan igualmente la vocación del celibato en algunas +muchachas... + +--Lo que pasa en el mundo es verdaderamente espantoso... ¡Qué negro +abismo!--exclamó la Melanval. + +--«Corromper y ser corrompido, ha dicho Tácito, es lo que se llama el +siglo»--dijo la Roubinet orgullosa de su frase. + +--Por fortuna--observó la Melanval,--tenemos obras para evitar todos +esos peligros... Así, la obra de la reforma social... + +--No es suficiente--terminó Francisca con un resplandor malicioso en los +ojos.--Haría falta una obra de los desengañados, una unión de las +separadas, una liga contra los divorcios, una federación de celosas, y +qué sé yo cuántas cosas más... ¿Tiene usted una asociación contra el +celibato obligatorio?... Pues sería de primera utilidad. Admitirá usted +fácilmente que si los motivos enumerados por la señorita Fontane +impulsan al celibato, hay otros que le crean... sin impulsar a él... + +--Ciertamente--respondió la Fontane con sonrisa burlona.--La +insuficiencia del dote cuando se es gastadora, es una de esas causas +temibles y temidas. + +--Esto es lo que se llama recibir una estocada--articuló +Francisca.--_Mea culpa_... _Mea culpa_... + +--Los pretendientes toman miedo a las mujeres que les llevarían tan +graves motivos de alarma.... Además, hay que tener en cuenta las +presunciones de las muchachas que se estiman en un alto valor, siendo +así que... + +--Que no valen gran cosa...--concluyó Petra.--Me reconozco a mi vez... +_Mea máxima culpa_... + +--¿Para qué tantas pretensiones?--preguntó la Melanval. + +--Es muy sencillo--respondió Petra.--Yo deseo el nombre, la familia, la +fortuna, la respetabilidad, las relaciones y un físico agradable. + +--¡Mucho es eso!--exclamó la Melanval. + +--Tengo veinte mil pesos de dote... + +--Es poco--hizo constar la Melanval.--Hagamos un pequeño sacrificio... +¿El nombre? + +--Imposible... ¿Un matrimonio desigual?... Horror... + +--La familia va con el nombre. ¿La fortuna?... + +--Jamás... Se va el dinero de las manos sin echarlo de ver. + +--Entonces--replicó la Melanval un poco extrañada--no queda nada que +sacrificar, pues la respetabilidad es necesaria. Como no sea el +físico... + +--Me es indispensable--respondió sencillamente Petra. + +--¡Bah! ya irá usted rebajando, hija mía--dijo la abuela con su dulce +filosofía.--Y quiera Dios que no sea tarde--suspiró pensando en el +teniente Cotorrac. + +--Es lo que yo digo algunas voces a mamá--dijo Paulina un poco confusa +por no ser de la opinión de su madre.--Mamá, que me quiere mucho, sueña +para mí con una situación brillante, y... con diez mil pesos de dote... +no sé si... + +--¿Si conquistarás esa situación?--acabó Francisca riéndose.--Creo que +no, mi pobre Paulina... Rebaja pronto... pronto... Ya quisiera yo tener +que rebajar algo--gimió Francisca,--pero no puedo disminuir mis +pretensiones a no ser que me case con un gañán, con un marmitón o con un +mono vestido, lo que está lejos de ser tentador. + +--¡Ah!--suspiró la Sarcicourt;--no estamos ya en los tiempos en que la +gente se contentaba con una choza y un corazón... + +--¡Dichosa época!--exclamó la Roubinet.--Pero si no tenemos ya esas +graciosas costumbres, sepamos acomodarnos, como decía Máximo del Camp, +al tiempo en que vivimos; sólo en esto reside el gran arte de la vida. + +--La falta de salud--dijo la Fontane, llevando la conversación a su +punto de partida,--asusta también a muchos pretendientes. ¿Qué hacer de +una mujer enferma?... + +--Cuidarla--murmuró Francisca con irónica piedad.--Pero esos hombres son +tan detestables enfermeros... + +--Es cierto--dijo la abuela,--que se debería vigilar escrupulosamente la +salud de la mujer lo mismo que la del hombre en todos los matrimonios, +y, en caso de incertidumbre, prohibirles una unión llena de peligros. + +--¡Cómo!--exclamó asombrada.--Ahora es la abuela partidaria del +celibato... ¡Qué conquista!... + +--¿Y dónde me dejan ustedes el amor al estudio y la pasión por las +artes?--interumpió la Roubinet.--En nuestra época hay muchas jóvenes +que prescinden del matrimonio para seguir esa vía privilegiada. + +--¡Bah!--dijo la abuela.--¿Son las jóvenes sabias y las artistas en flor +las que renuncian al matrimonio, o es el matrimonio el que no las +quiere? + +--La estadística se calla en este punto--respondió la Roubinet +ligeramente confusa.--Pero he leído con gran satisfacción la vida de +ciertas solteronas sabias o artistas--dijo con su énfasis habitual. + +--¡Oh!--exclamó Petra.--Creo que sueña usted. + +--No, por cierto--insistió la Roubinet.--Así, en literatura... + +En este momento entró Celestina con una bandeja cargada de pasteles de +perfumes variados, e interrumpió a la Roubinet. + +--Suplico a usted que espere un poco--dije a la oradora.--Déjeme servir +el té, pues sentiría mucho no oír a usted. + +--Vaya usted, vaya, Magdalena--respondió la Roubinet muy halagada por mi +petición. + +--¡Qué delicioso perfume de flor de azahar!--exclamó Francisca +apoderándose de un plato de mostachones para presentárselo a las +invitadas.--Es un perfume de circunstancias... Hoy, fiesta de Santa +Catalina, todo debe ser flor de azahar. + +--¡Oh!--dijo haciendo monadas la Roubinet,--yo prefiero unas gotas de +ron en el té... Si me hace usted el favor, Magdalena... + +--¡Cuidado!--exclamó Francisca;--el ron es un perfume de coraceros... + +--No me importa--aseguró la Roubinet,--mi estómago le recibe muy bien. + +--El mío no--dijo dulcemente la Sarcicourt.--El médico me prohíbe los +licores fuertes... Una gotita de leche, Magdalena, si usted gusta. + +Cada cual tuvo al fin lo que deseaba, y la conversación se volvió a +animar. + +--¿Cree usted--dijo Genoveva dirigiéndose a la Roubinet,--que las +solteronas cuentan en sus filas muchas literatas distinguidas? + +--¡Cómo! Genoveva--dijo la Fontane,--¿olvida usted a nuestra ilustre +Eugenia de Guerín?... + +--No, pensaba en ella, así como en Clarisa Bader y en la Bremer. Pero no +conozco muchas más. + +--¡Cómo!--exclamó la Roubinet con indignación.--¿No conoce usted a la +señorita de Marchef, que compuso un libro titulado «_Las mujeres, su +pasado, su presente y su porvenir..._»? ¿Ni a la señorita Bertin, que +hizo un volumen coronado por la Academia Francesa y hasta compuso dos +óperas?... Hay además Miss Frances Brown, poetisa; Miss Martineau, la +ilustre filósofa de opiniones un poco atrevidas... Miss Cummins, Miss +Sedwick, Miss Wetherell, Miss Lothropp, Miss Johnson, americanas cuyas +obras habrá usted leído; Miss Pardoc y Miss Kavanagh, novelistas +inglesas; las señoritas Poulet y Luisa Stappaerts, poetisas belgas; la +señorita Gatti de Gamond, prosista de mérito; las señoritas Fleuriot, +Marechal y Monniot, cuyas obras han hecho la dicha de las generaciones +nuevas, y no sé cuántas más... + +--¡Qué diluvio!--exclamó la abuela.--¡Cómo las solteronas tienen la +pluma tan intemperante!... Ya no me extraña que Magdalena... + +--¡Abuela!--imploré. + +--La pintura--prosiguió la Roubinet poseída de su asunto--cuenta también +solteronas de talento. No citaré a usted más que dos de las más +ilustres: la gran artista holandesa María Van-Osterroyek, que vivió en +el siglo XVII, y nuestra gran francesa Rosa Bonheur... + +--¡Qué nombres y qué artistas!... Cuánto celebro ver que las solteronas +están tan favorecidas... + +--¿Por qué no habían de serlo?--preguntó la Melanval.--Las solteras +encierran bastantes mujeres de bien para tener el derecho de +enorgullecerse con las mujeres de talento que figuran en sus filas. + +--Con más motivo--añadió la abuela,--porque no pueden ustedes citar +personas vivas. Nada asegura que no se casarán... + +--Sí--dijo la Fontane,--se han visto casos en estos últimos tiempos. + +--Hablen ustedes de las mujeres de bien--dijo la Melanval;--será más +edificante... + +--Ahí tenemos a Celestina--exclamó Francisca dirigiendo una sonría a la +anciana criada que entraba en este instante para llevarse las tazas del +té y todo lo que nos molestaba. Pero Celestina hizo como que no había +oído. + +--Las mujeres de bien solteronas son demasiado numerosas--siguió +diciendo la Fontane.--Creo que habría que nombrarlas todas para no +cometer error. ¿Qué solterona no ha contribuido al bien de la familia o +de la sociedad?... + +--La señorita Bonnetable--aseguró Francisca. + +--Silencio, Francisca,--exclamó la abuela.--El carácter de la señorita +Bonnetable no le impide ser muy buena en el fondo. + +--Sí, señora--respondió Francisca,--en el último fondo, en el sitio que +no se ve ni se oye, es buena y dulce como el azúcar. + +--Niña cruel--dijo la abuela encogiéndose de hombros. + +--Lo cierto es--siguió diciendo la Melanval,--que la mayor parte de +nuestras obras tienen como presidentas o como fundadoras mujeres +solteras... Sería imposible hacer una lista... + +--No veo la dificultad--dijo Francisca disimulando un bostezo.--No hay +más que coger la nomenclatura de los premios de virtud en la Academia; +eso no puede servir de base. + +--Detestable burlona--murmuró la Melanval contrariada. Y añadió +dirigiéndose a la Fontane:--creo que hay que convenir entre nosotras que +si todas las mujeres de bien no son solteras, en cambio todas las +solteras son mujeres de bien. + +--¡Felices ellas!--exclamó Petra.--Ese es un panegírico bien sentido... + +--En un día de Santa Catalina era obligatorio,--repuso Francisca.--Y por +cierto que han olvidado ustedes el citar a esta pobre santa entre las +ilustres solteronas... Tengo una vaga idea de que fue una filósofa +distinguida. + +--Y una mártir incomparable--añadió la Melanval santiguándose.--¡Buena +Santa Catalina!... + +--_Ora pro nobis_--exclamaron a la vez Petra y Francisca que se reían +con toda su alma. + +--No, no--dijo Francisca dando un salto;--no queremos formar parte de la +corporación. + +--Y tienen ustedes razón, hijas mías--respondió la abuela siempre llena +de indulgencia por las jóvenes deseosas de casarse.--Recen ustedes a +San José y será mucho mejor... + +--Además--añadió la Roubinet mirando a Francisca con intención,--al +rezar a nuestro gran patriarca cuide usted de conservar su gracia y su +humor apacible: + + Con la sonrisa en los labios + Y con la gracia en los ojos + La virtud es aún más bella... + +--Bonitos versos--dijo la abuela.--¿De quién son? + +--De uno de mis autores favoritos--respondió la Roubinet muy contenta +por haber hecho efecto.--Son de Laprade. + +--¿Laprade?--murmuró Francisca reuniendo sus recuerdos.--Creo haber +leído algo de ese buen señor... ¡Qué aburrido era!... + +Genoveva y Paulina trataron de hacer callar a Francisca, pero fue inútil +felizmente, pues sus palabras se perdieron en el ruido de las +despedidas. + +--Espera--me dijo Francisca al oído al tiempo de despedirse de la +abuela,--voy a dejar con la boca abierta a la Roubinet con mi erudición. +Escucha bien. + +Y haciendo una graciosa reverencia a la abuela, Francisca declamó con +gracia: + + Si el tiempo se va, señora, + Nosotras también nos vamos... + +Una risa general acogió esta nueva broma de Francisca, que había +encontrado medio de desnaturalizar el pensamiento del poeta. + +--Delicioso--exclamó la Roubinet extasiada.--Yo conozco estos versos, +pero no recuerdo el nombre del autor... Venga usted al socorro de mi +memoria infiel, Francisca. + +--Esos versos son de uno de mis autores favoritos--parodió +Francisca.--Son de Ronsard... + +--¡De Ronsard!--exclamó la Roubinet sofocada. + +--Sí, señorita--terminó Francisca,--rabie usted... Usted no nos ha dado +más que Laprade...--Y repitió con una mueca desdeñosa:--Laprade... + +Todas exclamaron en coro en medio de las risas que reinaban: + +--¡Oh! Francisca... + + + + +3 de diciembre. + + +He pasado una gran parte del día en la Catedral. Hoy era la fiesta de +Santa Catalina, fiesta parroquial tan sólo, pero interesante por el gran +número de personas a quienes se refiere. + +¡Cuántas distracciones tuve en la misa mayor! + +Aunque salí de la casa con buenas disposiciones de fervor, mi +insoportable imaginación hizo de las suyas. Hasta el Ofertorio todo fue +bien, pero en ese momento, curiosa de reflexionar un poco sobre la +innumerable cantidad de solteronas que desfilaban delante de mi vista, +me extravié completamente. + +En seguida clasifiqué a las personas que pasaban en mis tres grandes +divisiones: + +Solteronas voluntarias. + +Solteronas resignadas. + +Solteronas recalcitrantes. + +Vuelta a casa, continué mis meditaciones y he aquí lo que llegué a poner +en claro en conjunto. + +La solterona voluntaria, diga lo que quiera el padre Tomás, se distingue +a primera vista. Es viva, aunque sea reumática y sobre todo si es +nerviosa. Su fisonomía es apacible y animada, su mirada benévola y su +sonrisa bondadosa. + +La resignada es melancólicamente trivial: mirada apagada, sonrisa +triste, modo de andar frío. A diez pasos y aun de más lejos se la conoce +de una mirada. + +La recalcitrante es... recalcitrante. ¡Qué aspecto de mal genio!... En +lugar de la sonrisa amable de la primera y de la dulzura borrosa de la +segunda, es enteramente alarmante. Mirada dura, labios secos, modo de +andar irritado. En vano se esfuerza la piedad por dar a su fisonomía un +aspecto de ternura; se ve el esfuerzo y no se adivina la paz. + +Irremediablemente formadas en mi mente las tres grandes divisiones, pasé +a las subdivisiones. + +Las solteronas voluntarias se reclutan evidentemente entre las que se +han dejado guiar en la elección de su existencia por motivos de +abnegación, o un sentimiento de pureza virginal, o el recuerdo de una +afección muerta, o el amor de la independencia, o ese vago esceptismo +que se apodera de tantas jóvenes, o por el temor de las +responsabilidades, espantosas en efecto para quien reflexiona. + +El amor al estudio y a las artes hace descontentas o satisfechas, según +que el celibato proviene de la libre elección o del encadenamiento de +las circunstancias. Estas, según sus tendencias personales, se vuelven +entonces resignadas, si son de humor acomodaticio, o sublevadas si +pertenecen a la categoría de las violentas. + +La misma observación respecto de la falta de salud. La solterona se ha +sustraído por sí misma al matrimonio o la han sustraído. En la primera +suposición, su alma tranquila y estoica impone silencio a su corazón y +le da los medios de llegar a las dulzuras del celibato voluntario. En +la segunda, se lamenta, se entristece, no piensa más que en su mala +salud, envidia la suerte de las jóvenes más favorecidas en este concepto +y acaba por dar un ejemplo notable de rebelión en el celibato. + +--Sin mi mala salud--murmura,--hubiera podido casarme... A mi mala salud +debo, pues, el tener que vivir sola... + +--En cuanto a la insuficiencia de dote o a la exageración de +pretensiones, que hace que una solterona sería feliz al aceptar a los +cuarenta años el partido que ha renunciado a los veinte, no creo +engañarme haciendo de esos dos motivos la causa inicial del gran +ejército de las recalcitrantes. + +Estas recalcitrantes no han renunciado al matrimonio; son los +pretendientes los que no han querido presentarse. Por una parte, el dote +era tan pequeño y tan desproporcionado con la fortuna, que era imposible +que los hombres de buen sentido se arriesgasen a la gran aventura del +matrimonio con semejantes jóvenes. Por otra parte, el dote estaba tan +poco en relación con las pretensiones emitidas, que había pretendientes +que no se atrevían a pedir lo que otros no se dignaban solicitar. + +En las pequeñas poblaciones es cosa corriente que la joven de buena +familia, sin dote o con uno muy pequeño, participe de la educación y de +los placeres de las muchachas ricas: piano torturado, pintura profanada, +fútiles trabajos de aguja de los que enseñan a una joven a apasionarse +por lo superfino cuando no tiene siquiera lo necesario... + +Todos estos tipos de solteronas viven juntas en medio del alegre +concierto de burlas imparcialmente distribuidas a todas sin distinción +de mérito. + +Cuando se quiere designar un carácter susceptible se dice: + +--Es una solterona. + +Cuando se habla de un espíritu estrecho y vulgar, se exclama con mirada +desdeñosa: + +--Qué se puede esperar de una solterona... + +Si se trata de una devoción mal comprendida, todo el mundo se encoge de +hombros y murmura:--Es una verdadera solterona... + +Si por casualidad se hace alusión a costumbres rutinarias, al egoísmo o +a las conversaciones agridulces, todos repiten: + +--Qué propio es de una solterona... + +Para pintar un traje extravagante se exclama: + +--Vaya una facha de solterona... + +Si por ventura recae la conversación sobre la pasión de los gatos, de +los perros, de los pájaros o de los cintajos amarillos, brota un grito +unánime: + +--Gustos de solterona... + +En fin, última y suprema ofensa, si se quiere calificar a alguna persona +profundamente inútil a la sociedad, todos proclaman: + +--Inútil como una solterona... + +Véase cómo la solterona se convierte en un objeto antipático cuando +debiera ofrecer el más singular de los atractivos, el de un enigma que +descifrar. + + + + +9 de diciembre. + + +¡Cuántas mudanzas en lo que constituye una vida de joven soltera!... +Ayer todo era tranquilidad absoluta; hoy empiezo de nuevo a subir el +calvario de una muchacha casadera... ¡Qué fastidio!... Y pensar que es +el padre Tomás a quien debo esta resurrección de las complicaciones. + +Esta mañana me previno la abuela que deseaba hacer conmigo algunas +visitas por la tarde. A las dos subí a mi cuarto para ponerme el traje +de rigor, cuando la abuela me hizo sufrir un examen imprevisto. + +--¿Qué vestido te pones? + +--El gris, corte de sastre. + +--El gris... No, yo preferiría el azul marino con aquella linda pechera +que tan bien te sienta. Debajo del abrigo de pieles ligeramente +entreabierto, hace muy bien... + +--Pero yo no tengo conquistas que hacer, abuela... ¿Cree usted útil que +me ponga el traje número uno?... + +--Sí... sí... ¿Qué sombrero?... + +--El Santos Dumont. + +--No, ese no... Ponte más bien el de la pluma amazona que te sienta +maravillosamente sobre tu cabello rubio. + +--¿Maravillosamente?... Bueno, abuela. + +Me vestí muy pensativa... ¿Qué significaban esas precauciones +inusitadas?... ¿Qué las idas y venidas de la abuela, que ha salido estos +días varias veces de tapadillo?... Verdaderamente todo esto me parecía +poco claro y empezaba a temer seriamente un atentado premeditado contra +mi libertad, cuando tomé confianza al ver que la abuela se dirigía, y me +dirigía por consiguiente, hacia el Colegio Libre. + +--En casa del padre Tomás--murmuré para mis adentros,--no hay nada que +temer... La feria del matrimonio no tiene allí puesto. + +Llamé, pues, con todo el candor de una perfecta quietud y no encontré +extraordinario que el cura no estuviese solo. Muy ocupado en hablar de +buenas obras con un caballero bastante feo, que parecía un tarro de +tabaco, el cura nos acogió, sin embargo, con una alegría muy +halagüeña... Evidentemente no había la menor mala intención en aquellos +ojos eternamente maliciosos ni en aquella risa tan franca. + +La abuela, no queriendo interrumpir la conversación de aquellos señores, +se confundió en excusas y suplicó al cura que nos dejase aprovechar sus +luces comunes continuando su plática. + +El caballero tarro de tabaco nos fue presentado. Se llama Teodoro +Baurepois y practica como especialidad la salvación de Francia. Tuvimos +el gusto de oír interesantes cosas sobre el socialismo cristiano, los +círculos obreros, la protección de los patronos, los retiros y un +diluvio de teorías... El caballero habla bien y se expresa con +facilidad y hasta con elegancia. El padre Tomás parece que le da gran +importancia y le exhibe como una coqueta enseñaría una sortija. + +La abuela, por discreción, hizo una visita muy corta. Mi inocencia no +sospechó del señor de Baurepois, el cual no me parecía de la madera de +que se hacen los maridos. + +En casa de la Bonnetable, olvidada ya de su enfado, esperé en vano al +señor en honor del cual me había puesto mi traje azul y el sombrero cuya +pluma, etc. + +En casa de la señora de Ribert, ni sombra de pretendiente. + +En casa de la Roubinet, nada más que un diluvio de flores de retórica. + +En casa de la Sarcicourt, absolutamente nada... + +Me resigné fácilmente a pensar que el pretendiente--porque debía de +haberlo--había llegado tarde al tren. + +--Otro día será--pensé con alguna angustia ante la idea de volver a +empezar las fases de mi atavío de conquista. + +La abuela se encargó de desengañarme con una pregunta tan brusca como +imprevista. + +--¿Qué te parece el señor de Baurepois, Magdalena? + +--Muy feo--respondí con indiscutible sinceridad. + +--Sí, no es un Adonis, ya lo sé... Pero su corazón... su inteligencia... + +--Su corazón, abuela, parece muy vasto a juzgar por la extensión y el +número de las obras a que se dedica... Su inteligencia debe de tener +las mismas dimensiones... Seguramente es un alma poco vulgar... + +--¡Ah! querida--exclamó la abuela besándome con efusión.--Qué dichosa +soy al oírte juzgar así al señor Baurepois... Temía que su físico... + +--¿Su físico?...--respondí disimulando una sonrisa. + +--Sí, temí que te impresionase contra él... Pero el padre Tomás, que es +un hombre de gran talento, me había dicho que él conduciría la +conversación de manera que quedases conquistada... + +--¿Conquistada?... Entonces se conquista ahora a las muchachas con +discusiones sociales... + +--Las muchachas serias--respondió la abuela ligeramente +ofendida,--tienen así ocasión de apreciar a un pretendiente... ¿Qué más +quieren? + +Solté una carcajada vibrante, prolongada, interminable. + +--De modo, abuela, que el señor de Baurepois era un pretendiente... + +--Ciertamente--balbuceó la abuela.--¿Por qué no? + +--¿Y el padre Tomás ha tratado de encontrar una conversación seductora? + +--Seguramente--dijo la abuela, que no comprendía mis preguntas. + +--Pues bien, el señor de Baurepois es horrible y su conversación... +cargante, como diría Francisca. + +--¡Oh! estas muchachas... + +--Figúrate una conferencia entre un señor que quiere salvar a Francia y +su pobre mujer... Cada uno de sus desengaños recaerá en la +desgraciada... Cada _meeting_ fracasado será una ocasión de +recriminaciones... Cada _speech_ interrumpido constituirá un motivo de +discordia... Y los artículos de los periódicos... Y los ataques +personales... Y las perfidias de los amigos políticos... Figúrate el +despertar por la mañana: «¡Ah! amiga mía, _La Linterna_ se va a meter +conmigo»--«No, amigo mío.»--«Sí sí, siento que voy a recibir alguna cosa +desagradable.»--«Pero mi pobre Teodoro, te alarmas sin motivo.»--«Pues +si no es _La Linterna_, será _La Acción_.»--«Nada de eso, está +tranquilo. Además, _La Autoridad_ te defenderá si te atanca.»--«¿Tú +crees?»--«_La Autoridad_ está en el caso de administrarme una paliza +disimulada... Me defenderá criticándome.»--«Pues bien, amigo, espera +para apurarte a que ocurran todas estas cosas.»--«¡Ah! así sois las +mujeres, descuidadas, frívolas, egoístas... El padre Tomás me ha +engañado sobre tu carácter. No tienes nada de lo que hace falta para un +hombre de mi valía.» ¡Ay! abuela, no quiero despertar de esta manera... + +La abuela se encogió de hombros. + +--¡Qué niñada, Magdalena!... Estás desbarrando... Y yo que esperaba que +la belleza moral del señor de Baurepois... + +--Permíteme, abuela. No niego la belleza moral del señor de Baurepois... +Es hasta probable que si yo conociera a ese señor un poco más, me +gustaría bastante para olvidar a la larga las imperfecciones físicas que +me ciegan por el momento. Esa belleza moral está demasiado oculta... El +salvar a Francia es hermoso, no digo que no, pero, entre nosotras, yo no +tengo tanta ambición. Mi alma burguesa estaría más conforme con una +dicha más tranquila y menos ilusoria... Un marido que me hiciera feliz +es todo lo que yo pediría. + +--Y bien, el señor Baurepois... + +--Temo que me aburriría mortalmente. + +--Trate usted de gustar a una muchacha...--murmuró la abuela con una +desesperación que hubiera sido cómica a no ser tan sincera.--Oye--me +dijo dejándome para no ceder a la tentación de regañarme,--quiero creer +que no es esa tu última palabra. Tengo los informes más perfectos sobre +el señor de Baurepois. Como fortuna y como relaciones no encontrarás +cosa mejor... Es un hombre serio... Reflexiona. + +Y la abuela desapareció sin dejarme decir una palabra. + +De modo que estoy lucida... Después del señor Desmaroy, el señor de +Baurepois... De Escila a Caribdis... ¡Qué agradable situación la de una +joven casadera!... + + + + +16 de diciembre. + + +La abuela acepta difícilmente mi negativa respecto del señor de +Baurepois, dice que me porto como un chorlito y lamenta mi deplorable +obstinación. + +El padre Tomás, aunque más conciliador, confiesa que le ha sorprendido +desagradablemente lo que él llama el fracaso de mi inteligencia y de mi +razón. + +--Rehusar un joven ocupado en cuestiones tan elevadas... Y yo, que creía +que su conversación había encantado a usted... + +--Me interesó, señor cura, lo que no es lo mismo. El interés está lejos +del encanto... + +Por la gesticulación del cura se ve que no comprende mi estado de alma y +que no se da cuenta tampoco de la psicología de un corazón de muchacha. + +La de Ribert y Genoveva son más indulgentes conmigo. Sin dejar de apoyar +a la abuela ponderándome las ventajas de una unión con el señor de +Baurepois, una de las fuerzas del partido militante conservador, han +depuesto las armas las primeras. + +--No ha llegado la hora de Magdalena, ha dicho la de Ribert a Genoveva. +Cuando esa hora suene, discutirá menos... Su convicción se formará sola +y ella misma reclamará el derecho de casarse con el que le haya gustado. + +--¡Oh! señora--respondí con cierta melancolía,--renuncio a conocer jamás +esa hora... Jamás podré acostumbrarme a ese modo de casarse... + +--Pero, Magdalena--dijo la buena Genoveva,--todo el mundo se casa así en +nuestra sociedad. + +--Sí--respondí suspirando,--el matrimonio de inclinación es considerado +como un suceso raro y muy peligroso. Todos predican las peores +calamidades a los que se dejan llevar al matrimonio por un cariño +apasionado. Lo que no obsta para que yo encuentre odioso casarse en las +condiciones ordinarias... + +Estaba yo tan nerviosa por las interminables discusiones que había +tenido que sostener con la abuela en los últimos días, que me eché a +llorar. Genoveva me abrazó. + +--¡Oh! no llores, Magdalena... Qué niña eres... Nadie te obliga a +casarte... Sé razonable... + +Razonable... Que si quieres... Cada vez lloraba más... La de Ribert +parecía consternada y Genoveva, para consolarme, acabó por llorar +también. + +--No llore usted así, Magdalena, hija mía... Su abuela de usted no +piensa obligarla al matrimonio. + +--No, señora--respondí entre dos sollozos,--pero todas ustedes me +encuentran poco razonable y novelesca porque no puedo decidirme a +casarme con un hombre a quien no conozco. Es ese juicio lo que me hace +daño, mucho daño en el corazón... + +--¡Bah! tontuela, nadie juzga a usted así--me dijo con bondad la de +Ribert.--No llore usted más, no sea niña... + +--Tranquilízate--añadió Genoveva enjugándose los ojos, muy +encarnados.--Te lo ruego; me das pena... + +Al fin logré dominarme y me decidí a guardarme el pañuelo en el +bolsillo. + +--Vamos, ¿se acabó la pena?--me preguntó amablemente la de Ribert +dándome un beso. + +--Así lo espero--dije mientras se me saltaban otra vez las lágrimas por +el tono de la pregunta y por el beso maternal de la buena señora. + +En cuanto me tranquilicé un poco, expliqué a aquellas señoras que había +algo en mí que se negaba absolutamente al matrimonio con un desconocido. + +--Sí--exclamé,--no puedo, no podré nunca decidirme... + +--Pues bien--respondió la de Ribert, que comprendió que no era el +momento de insistir,--espere usted, la cosa no corre prisa... Si Dios +quiere que usted se case, él sabrá enviarle el marido que la convenga. + +--Sí, sí--añadió Genoveva.--Hablemos de las solteronas... Eso distraerá +a Magdalena. + +Pronto recobró mi alegría su vivacidad habitual. Al contar mis últimas +impresiones sobre mi asunto favorito, hablé del deseo de saber lo que +piensan los hombres que no se casan. + +--¿Para qué?--preguntó la de Ribert un poco asombrada. + +--Para comprender sus motivos de celibato. Puesto que hay solteronas +recalcitrantes que lo son a pesar suyo, tendría curiosidad de saber los +motivos que alegan esos caballeros para despreciarlas de ese modo. + +--La falta de dote y las pretensiones de las jóvenes casaderas son +motivos suficientes--dijo Genoveva.--No veo qué más puedes desear para +informarte... + +--Sí--repliqué--hay además otra cosa. No me harás creer que el egoísmo +está bastante extendido en la tierra para que no haya otros motivos +serios que expliquen ese abandono del matrimonio... Además--añadí +bajando los ojos a la chimenea, que ostentaba un hermoso fuego,--no +pueden ustedes figurarse qué curiosa estoy por saber si hay entre los +hombres algunos que piensen como yo... Debo de poseer un alma hermana +que se asuste de casarse con una desconocida. + +--¿Y quisieras conocer a esa alma hermana?--preguntó con curiosidad +Genoveva sonriendo. + +--Puede ser--dije sintiendo que me ponía colorada.--Quisiera al menos +saber si existe... + +--Vean ustedes esta joven razonable que quisiera hacer un estudio del +natural--exclamó la de Ribert sonriendo...--Después de todo--añadió +después de una corta vacilación,--¿por qué no?... + +--¡Cómo!--exclamó Genoveva.--¿Qué diría la de Sermet? + +--Sí, comprendo, hija mía, pero no se trata de Magdalena... ¿Por qué no +he de hacer yo lo que no puede hacer ella? Yo tengo ya la edad de la +razón. + +--¡Oh! señora--exclamé con ardor arrojándome en sus brazos.--¡Qué buena +es usted!... + +--No, no tan buena... Sabe usted que hace mucho tiempo que me ocupo en +cuestiones femeninas... Me gusta tener datos precisos. Algunas veces, +esto entre nosotras, he escrito a un periódico para obtener informes... +Ese periódico se llama «Preguntas y Respuestas». Inserta las preguntas +que se le envían, y entre sus lectores o lectoras, hay siempre personas +de buena voluntad que dan una respuesta cualquiera... ¿Quiere usted que +trate de tener lo que desea en su lugar?... + +--Sí, pero ¿cómo?--dije interesada. + +--No es difícil poner un anuncio pidiendo las noticias que deseamos. Los +que quisieran dar respuesta dirigirían sus misivas al periódico, y éste +me las transmitiría bajo sobre con iniciales. + +--¡Oh! sí--respondí llena de entusiasmo.--Haga usted eso por mí, +señora... Genoveva, corramos a pedir permiso a la abuela... + +--No, ve tú sola--dijo Genoveva riendo de mi entusiasmo.--Tu abuela se +va a enfadar y no me atrevo a ser yo la que haga semejante petición. + +--Anda Genoveva, te lo suplico--dije abrazándola.--La abuela te lo +concederá todo... Sabe que eres tan buena y razonable... + +--¿Qué hago?--preguntó Genoveva a su madre.--¿Debo arriesgarme? + +--Sí--respondió la de Ribert.--Bien puedes hacer eso por Magdalena. + +El tiempo de echarse una falda, de ponerse los guantes y el sombrero, y +Genoveva estuvo pronta a acompañarme a casa de la abuela, que se quedó +sorprendida de nuestra entrada repentina. Costole mil trabajos ponerse +al corriente de lo que queríamos y empezó por llenarse de indignación en +cuanto supo poco más o menos de lo que se trataba. Se calmó un poco al +oír las dulces razones de Genoveva y acabó por enviarnos al padre +Tomás, sin cuya opinión no podía pasarse en semejante caso. + +--La cosa se sale tanto de las conveniencias...--murmuró la pobre abuela +consternada.--En verdad, no sé si estáis locas o si soy yo la que no +está en el movimiento de ideas moderno... ¡En qué siglo vivimos!... + +Genoveva nos acompañó a casa del padre Tomás, que, felizmente para +nosotras, tiene la indignación menos fácil que la abuela. El cura +escuchó con atención las explicaciones de Genoveva, la cual se abstuvo, +sin embargo, de hablar de mi deseo de encontrar un alma hermana. Un poco +sorprendido al principio, movió largo tiempo la cabeza antes de +responder... Era seguro que vacilaba. + +--¡Dios mío!--dijo por fin,--si fuese Magdalena la que pusiera ese +anuncio, diría que era imposible de todo punto... + +--Así lo comprende mamá--hizo observar Genoveva. + +--Pero la señora de Ribert, a quien todo el mundo conoce como mujer +seria, inteligente y ocupada en trabajos intelectuales, puede +perfectamente hacer lo que le plazca. No veo ninguna razón para negar la +autorización solicitada. + +--Entonces, señor cura, suplico a usted dos letras para la abuela... +Sería capaz de no creernos... + +--Esperen ustedes--dijo el cura lleno de condescendencia. + +Cogió una tarjeta y escribió debajo: + +«¿Por qué impedir el vuelo de un pajarillo? Hay más grandeza verdadera +en lanzarse por encima de lo convencional que en permanecer +obstinadamente atado a lo vulgar... + +»Todos mis respetos.» + +--Gracias, señor cura, gracias de todo corazón--exclamé con un intenso +acento de triunfo. + +--Calma, calma...--dijo el cura.--Si su cerebro de usted se pone en +ebullición, retiro el permiso... + +Una dulce sonrisa de Genoveva le tranquilizó. Y nos fuimos rápidamente a +casa. Celestina tuvo mil trabajos para seguirnos a nuestro paso. + +--Abuela--dije con expresión vencedora dándole la carta del cura,--aquí +tienes la respuesta que esperabas. + +La abuela se sujetó las gafas con cuidado, cogió la tarjeta, la leyó, la +releyó, la meditó y dijo finalmente encogiéndose de hombros: + +--El cura descarrila... y vosotras también. + +--¡Oh! abuela--dije horriblemente alarmada,--¿niegas el permiso? + +--No... haz lo que quieras. Francamente, no puedo hacerme a estas +costumbres nuevas... Escribir a un periódico... Poner un anuncio... ¡Y +qué anuncio!... + +--Gracias, abuela, gracias de todos modos--exclamé con transporte. + +--No hay de qué--respondió la abuela.--Pasa por el mundo entero una +especie de viento de locura... No me habléis más de todo esto--concluyó +volviéndonos la espalda. + +La de Ribert, que esperaba una oposición obstinada de la abuela, se +quedó sorprendida de nuestro éxito. + +--Bueno--dijo alegremente,--aprovechemos el permiso y ocupémonos del +anuncio. Aquí tenéis el que he redactado durante vuestra ausencia. + + * * * * * + +«Persona seria que hace estudios sobre las solteronas, desea conocer los +motivos que alejan a los hombres del matrimonio. Respuesta a las +iniciales A. B. C. Oficinas del periódico.» + + * * * * * + +--¿Qué pensáis de esto? + +--¡Perfecto!--exclamé saltando de alegría.--Pronto, un sobre... ¡Oh! +señora, qué agradecimiento... Qué feliz soy... + +--Espere usted, Magdalena--dijo la pobre señora de Ribert, aturdida por +mi turbulencia.--Espere usted; hacen falta aún mil cosas. Qué niña... + +Por fin salió la carta... Volví a casa, donde encontré a la abuela casi +repuesta de su exceso de indignación, y ya me encuentro alegre como... +me falta término de comparación. + +Cuánto quisiera tener rápidamente una respuesta. + + + + +22 de diciembre. + + +¡Nada!... No hay respuesta... Qué largo es esto... + +Hoy, el día en que recibe la señora de Brenay, hemos ido a verla. +También ha ido Francisca y su madre, Paulina y la señora de Aimont. Se +habló mucho del baile blanco que da la señora de Geraumont con motivo de +los esponsales de su hija, que se casa con un riquísimo banquero. Los +Geraumont son unos opulentos molineros retirados de los negocios y no +tienen la suerte de agradar a lo que se llama «la alta sociedad,» que +les pone mala cara. + +--¿Vas a ese baile, Magdalena?--me preguntó Petra. + +--Magdalena no sale más que en la intimidad--respondió la abuela.--Una +huérfana no está en su lugar en reuniones muy numerosas. + +--Pero es un baile blanco--observó la de Brenay. + +--Sí, lo sé; pero es todavía demasiado mundano para Magdalena. ¿Y usted +ha aceptado?--preguntó la abuela a la de Brenay. + +--Los Geraumont no son de nuestra sociedad--respondió la de Brenay +desdeñosa. + +--¡Ah!--respondió sencillamente la abuela, que, a pesar de ser +aiglemontesa, no admite tan sutiles distinciones.--¿Y usted, +señora?--preguntó a la de Aimont. + +--No me halaga el exponerme a bailar con los proveedores--respondió +ésta.--Es un baile de comerciantes, de modo que... + +--Pues nosotros aceptamos--dijo Francisca antes de que se lo +preguntaran.--Siempre encontraremos algunos amigos para hacer banda +aparte, y será divertido... + +--Y, sobre todo, muy fino para la dueña de la casa--murmuró la abuela a +la sordina. + +--Me hace usted reflexionar--dijo la de Aimont.--Si estuviera segura de +encontrar en casa de esa gente personas conocidas, puede que aceptase +por Paulina... Hay tan pocas distracciones en Aiglemont... + +La abuela logró apenas contener una sonrisa que yo adiviné en su mirada +casi maliciosa. Demasiado inteligente para apreciar mucho esas +estrecheces tan en boga en Aiglemont, la abuela cambió la conversación, +que amenazaba ser funesta para los pobres Geraumont. + +--¿No hay ningún matrimonio en el horizonte?--preguntó sabiendo que así +complacía a todas aquellas señoras.--La chica de Geraumont no es, sin +embargo, la única joven casadera... + +En este momento entraron otros visitantes en el salón, con tal +estrépito, que la conversación se suspendió. Grande fue la sorpresa +general al ver que eran el padre Tomás y la Melanval que se anonadaban +mutuamente de testimonios de finura y se negaban a pasar el uno delante +del otro. Por fin encontraron el secreto de ponerse de acuerdo +precipitándose los dos a un tiempo a la puerta, lo que produjo un ruido +espantoso y provocó una risa enorme en el interior del salón. + +En cuanto se restableció la calma, siguió la conversación con toda su +vivacidad. + +--Señor cura--dijo la de Brenay,--háganos usted saber lo que piensa del +desgraciado estado de cosas que íbamos a hacer constar una vez más; la +dificultad de casar a las jóvenes que tienen un dote mediano... + +--Y a las que le tiene pequeño--añadió la de Dumais con una convicción +de las más sinceras. + +--Lo cierto es--prosiguió la de Aimont,--que en nuestra población, como +en otras muchas, hay muchas jóvenes cuyos padres viven en buena +posición... Esas jóvenes no tienen ni más ni menos atractivos que los +que tenían sus madres a su edad, y, sin embargo, no encuentran marido... + +--Sí--convino el padre Tomás.--Ya he tenido una larga conversación sobre +esto con la señora de Sermet y Magdalena. Nada se opone a que la +continuemos... Las condiciones de la vida moderna aumentan +considerablemente las probabilidades que tiene una muchacha para no +casarse--dijo mirándonos una tras otra a todas las jóvenes +presentes.--Los hechos están ahí, innegables, casi palpables... + +--Destruya usted esos hechos, señor cura, destrúyalos usted--interrumpió +Francisca con su petulancia habitual.--Es horrible condenarnos con +hechos... y con hechos palpables... + +--¿Y qué quiere usted que yo le haga?--objetó el cura.--En primer lugar, +nacen indiscutiblemente más mujeres que hombres, al menos en Francia... +Después la muerte se lleva más pronto a los hombres que a las mujeres, +lo que hace el elogio de ustedes, señoras--observó graciosamente el +cura,--porque prueba la pureza de su vida. El hombre paga sus locuras o +sus debilidades... En tercer lugar, la aspereza creciente de la famosa +lucha por la vida exalta los sentimientos egoístas en el hombre. «Tengo +bastante para mí--se dice,--pero no para tres o cuatro, si tengo +hijos...» Esta tendencia, por otra parte, no es reciente; Michelet +hablaba de ella en su libro sobre la mujer. + +--Y bien, ¿por qué no educar a las jóvenes con arreglo a este nuevo +estado de cosas?--exclamó la Melanval. + +--Es verdad--respondió el cura.--Últimamente he leído un artículo de +Marcel Prevost... + +--¡Oh!--balbució la Melanval con espanto.--Usted lee a Marcel Prevost... + +--¡Los canónigos leen, pues, a Marcel Prevost!--murmuró Francisca con +una apariencia de ingenuidad que no engañó a nadie. + +--Los canónigos... no lo sé. En cuanto a los profesores, su deber es +ponerse al corriente de todo lo que puede ser útil al cumplimiento de su +misión y... + +--Señor cura--dijo en tono lastimero la de Dumais,--perdone usted a +Francisca. + +--No hay nada en todo esto que necesite perdón. Francisca me hacía una +pregunta y yo respondo... Los profesores están hechos para +responder--añadió el cura con una buena sonrisa.--Decíamos, pues--dijo +reanudando el hilo de sus ideas,--que Marcel Prevost se ocupaba en la +cuestión del celibato y va hasta aconsejar que se eduque a las muchachas +para ese estado. El escritor dirige a las jóvenes un discurso, muy bien +hecho a fe mía, en el que les dice poco más o menos: + +«Soñad con un marido, unos hijos y un hogar; es legítimo. Tratad de ser +unas muchachas casaderas tan cumplidas, que el dejaros por cuenta +atestigüe una inverosímil ceguera. Pero concebid paralelamente otro +porvenir además del matrimonio para el caso de que no os caséis a pesar +de todo... Sobre todo, no vayáis a meteros en la cabeza que vuestra vida +quedará truncada si no habéis encontrado esposo. Hay algo que el +celibato no perjudicará ni disminuirá, y es vuestra propia personalidad, +o, más sencillamente, las probabilidades de gozar honradamente de la +vida que os ofrecen vuestro corazón, vuestra inteligencia y hasta +vuestras facultades físicas, desarrolladas con cuidado. El celibato no +es, en suma, más que una desgracia negativa, la falta de una añadidura. +Guardaos de jugar todo vuestro destino a un suceso que no depende de +vosotras. Antes de ser esposas, antes de ser casaderas, sois personas; +el perfeccionamiento de esa persona depende sólo de vosotras.» + +--¡Bravo por Marcel Prevost!--exclamé con entusiasmo.--Todo eso es +justamente lo que yo pienso... ¡Y qué bien dicho está!... + +--Ya tenemos a Marcel Prevost elevado a la altura de un padre de la +Iglesia--dijo la abuela descontenta de sus teorías.--¡Si nos vamos a +preocupar de la opinión de los literatos modernos!... + +--Querida señora--respondió el cura, otra vez en discordancia con su +antigua amiga,--esa opinión tiene su valor... Mientras los novelistas +tengan la especialidad de pintar las ideas de una época, habrá que tener +en cuenta lo que ellos indican y... + +--¿Son acaso las ideas de nuestra época lo que ese señor ha expuesto en +el discurso que acaba usted de leernos?... ¡Ah! señor cura, jamás, +jamás--respondió la abuela en un acceso de violenta indignación.--¿Qué +madre tendría semejante lenguaje? + +--Una madre prudente y lista--dijo el cura muy bajo.--Pero, en realidad, +señora ¿se cree usted de esta época?... Usted, abuela, ¿comprende todos +los pensamientos de su nieta? + +--Verdaderamente no--repuso la abuela confusa.--Todo lo que oigo ahora +es tan contrario a lo que se decía y se pensaba en mi juventud, que no +puedo acostumbrarme... Esta Magdalena me trastorna. + +--¿Yo?--balbucí sorprendida.--Diga usted más bien Marcel Prevost... En +cuanto a mí, te engañas seguramente, abuela. + +--No, no, sé lo que me digo... Ya estás entusiasmada por las teorías de +ese caballero... ¡Ah! qué jóvenes las actuales... + +--¡Ay!--gimió la de Dumais a modo de aprobación. + +--¿Por qué educar a las jóvenes como se hace ahora?--dijo la abuela con +más energía.--En mi tiempo éramos más prácticos y no educábamos a las +jóvenes más que para esposas ni les inculcábamos cualidades o talentos +más que para el matrimonio... Aquel era mejor tiempo. + +--De eso habría mucho que hablar--respondió el cura moviendo la +cabeza.--En la dichosa época de que usted habla, los prejuicios eran +tales, que los padres no se atrevían a desarrollar en sus hijas una de +las más puras pasiones de un gran corazón, el amor a la belleza... +Entonces existían muchas mujeres para las cuales la cultura de la +inteligencia y la generosidad del alma eran causas incesantes de lucha +y de discordia con sus maridos... + +--¿Y cree usted que se han acabado esos tiempos?--preguntó la de Aimont +en tono de burla.--¿Los señores maridos se han vuelto tan perfectos que +pueden apreciar la idealidad en sus mujeres?... + +--Eso--dijo el cura confuso,--depende de las mujeres y... de los +maridos. + +--Sí--añadió la de Brenay,--sin contar que el intelectualismo exagerado +de que padecemos no es muy apreciado por esos pobres maridos... ¿Qué se +hace con una intelectual?--terminó con una sonrisa llena de malicia. + +--Esa es una objeción pueril--respondió el cura.--Nunca el corazón de +las mujeres encontrará mejor sostén ni un alimento más poderoso que el +estudio de la Naturaleza. ¿Verdad, Magdalena? + +--Predica usted a una convertida--dijo la abuela.--Magdalena piensa como +usted... Usted es para ella la ley de los profetas... Sin embargo, +admitiendo que tenga usted razón, ¿todas esas bellas cosas mejorarán la +situación de las solteronas?... Esa es la cuestión. + +--Por lo menos les harán soportar una situación que muchas de ellas no +han creado ni deseado--respondió el cura,--pues en esta clase de cosas +las costumbres pueden mucho... En Inglaterra una mujer no está obligada +a tomar un nombre que no es el suyo para ser respetada. Los ingleses +llegan hasta a encontrar muy práctica esa multiplicación de las +solteronas... + +--No me extraña--dijo Francisca,--los ingleses razonan siempre en contra +del sentido común. + +--No tanto, no tanto--murmuró el cura.--En estos tiempos está cada cual +tan absorbido por sus intereses que no tiene tiempo más que para pensar +en sí mismo. Ahora bien, las solteronas, que no tienen nada que hacer, +están destinadas a pensar en los demás. + +--¡Es delicioso!--exclamó Francisca con convicción. + +--Es hermoso--dijo la abuela levantándose para despedirse.--Pero, sin +embargo, ¿es esa la dicha?... + +El cura contempló durante unos segundos la silueta de la abuela plantada +delante de él como una verdadera interrogación. + +--¿La dicha?--respondió.--La dicha se encuentra allí donde está el +deber. + +--¡Ay!--exclamó Francisca,--esa es la dicha a precios reducidos. + +--Yo hubiera preferido otros deberes--replicó la abuela moviendo la +cabeza con melancolía. + +--Sí, ya sé... Pero el deber cambia con la época en que se vive. + +--Puede ser--respondió la abuela.--La generación actual es eléctrica +hasta en el deber... Tiene usted razón, señor cura, yo no soy de este +siglo... + +El saludo de la abuela se resintió de la tristeza de su última frase y +careció, casi, de la tradicional reverencia. Las mías indicaron mi +serenidad habitual. Yo estoy siempre contenta cuando se habla de las +solteronas. + +¡Cuánto voy a tener que escribir esta noche!... + +Ya acabé... Qué suerte... + + + + +29 de diciembre. + + +Empiezan a llegar las respuestas... Soy feliz como el pez en el agua. Mi +dicha está, sin embargo, un poco empañada por el aspecto frío de la +abuela, cada vez más disgustada por las ideas de su nieta; así es que no +me atrevo a hablar de este asunto espinoso y mi alegría es silenciosa. + +La de Ribert, que es la bondad misma, ha venido con Genoveva para darme +lectura de los primeros envíos. Hasta ahora no sirven para ilustrar +mucho la situación: egoísmo, filosofía, mal humor y recriminaciones, +esto es lo que nos dan las cuatro primeras muestras. La de Ribert +asegura que esto es ya un éxito enorme que nos promete para los días +siguientes cartas de un interés palpitante. Como yo no pido más que +palpitar, espero... + + * * * * * + +«Bernardo Monastiel a una persona seria. + +»Apreciable persona seria: + +»Soy hombre y soltero. + +»Confieso francamente que el matrimonio me tentaba bastante y hasta iba +a sacrificar en su altar, cuando el Destino misericordioso me inundó de +luz colocando ante mis ojos dos inocentes frases llenas de +consecuencias. + +»Una de ellas estaba concebida de este modo: + +»Serás demasiado feliz si no tienes mujer. + +»Ya me sonreía el ser feliz; ¿cómo resistir a serlo demasiado? + +»La otra, con su laconismo, acabó lo que la primera había empezado: + +»No hay nada tan hermoso ni tan bueno como el celibato. + +»Menandro y Horacio son los únicos culpables... Sólo a ellos, señora, +debe usted dirigir sus reproches... si los hay. + +»Reciba usted, apreciable persona seria, el homenaje de todo mi respeto. + +»BERNARDO MONASTIEL.» + + * * * * * + +--Esto es hablar para no decir nada--dije a Genoveva, devolviéndole la +carta. + +--No--replicó la de Ribert,--es el lenguaje de un amable egoísta... La +belleza y la bondad del celibato son la eterna canción de los que +rehuyen las cargas de una familia. Se pueden encontrar mejores +razones... + +--Empiezo la otra--exclamó Genoveva.--No nos detengamos en el egoísmo. + + * * * * * + +«X. Y. Z. a la señora... + +»Señora: + +»La pregunta que usted hace me hiere en lo vivo y me obliga a confesar +una situación deplorable, en la que nos hallamos muchos jóvenes de mi +edad, sin atrevernos a quejarnos. + +»Nadie desea casarse más que yo. Desgraciadamente, no tengo fortuna. +Siendo reducidos mis recursos, me es tan imposible encontrar una mujer +rica, como casarme con una pobre. + +»Homenajes respetuosos. + +»X. Y. Z.» + + * * * * * + +--¡Pobre mozo!--exclamé.--¿Cree usted que ese motivo es verdadero? + +--Vaya si lo creo--respondió la de Ribert;--ese muchacho es +absolutamente sincero. Ya conoce usted las pretensiones de las mujeres +ricas, que jamás se casan con jóvenes pobres o sin gran porvenir... +¿Cómo casarse con muchachas sin fortuna, cuando la bolsa está mal +provista?... Eso sería, como dice el proverbio, casar el hambre con la +gana de comer. + +--Es muy triste para los jóvenes--dije con compasión.--¿Cómo remediarlo? + +--Es difícil--respondió la de Ribert. Hay en esto todo un problema de +economía social que hace retroceder a las inteligencias más juiciosas. + +--Retrocedamos, entonces, sin vergüenza--dijo Genoveva.--Propongo que +las muchachas ricas se conformen con maridos sin fortuna, a fin de +restablecer el equilibrio, puesto en peligro por la acumulación de +riquezas en las mismas manos... + +--¡Miren la socialista!--exclamé riéndome.--Esta Genoveva tiene teorías +aventuradas. Si la oyese la abuela... + +--¡Bah!--dijo Genoveva con serenidad.--Mi socialismo no hace daño a +nadie, y estoy segura de que tu abuela lo aprobaría. + +--En teoría, puede ser que sí. Pero en la práctica, puedes estar segura +de que no sería lo mismo. Jamás me dejará la abuela casarme con un +joven sin fortuna... + +--Pasemos al número tres--dijo la de Ribert.--Es una linda muestra de +los productos modernos, con una ligera tintura de bellas letras. + + * * * * * + +«Un perfecto egoísta a la Esfinge del Periódico de las preguntas y +respuestas: + +»Oh, Esfinge, que se oculta bajo la modesta apelación de «persona +seria,» siento que es usted mujer joven y bonita...» + +--Cuando se quiere mostrar ingenio--interrumpió la de Ribert,--se engaña +uno algunas veces... + +«Porque es usted esas tres cosas, respondo a su pregunta. + +»No soy más que un vulgar egoísta, que, saturado de bellas letras, dice +con Anaxándrides: + + * * * * * + +»Voy a casarme.--Tanto peor.--¡Cómo tanto peor!--Sí, es abrir tu hogar a +todos los males: Si eres pobre y tomas mujer rica, serás esclavo hasta +la muerte; si la mujer no tiene nada, serás más desgraciado, porque en +lugar de un estómago, tendrás que alimentar dos...» + +»Quisiera besar a usted la mano, amable Esfinge, pero no puedo... + +»UN PERFECTO EGOÍSTA.» + + * * * * * + +--El matrimonio pobre--dije riéndome,--es el efecto terrible. No había +yo reflexionado en la cruel necesidad de alimentar dos estómagos, en +lugar de uno... + +--¿Dos?...--terminó Genoveva;--di más bien tres... cuatro... cinco... +seis... + +--¿Por qué no doce... o dieciocho?... + +--Como en el Canadá--hizo observar la de Ribert.--Pero en el Canadá +produciría vergüenza escribir semejante carta. Allí se considera una +familia numerosa como una bendición divina. Mientras que aquí es... + +--Una maldición--terminé, un poco pensativa.--Cómo huele esta carta a +decadencia... El retoño de una raza fuerte, no escribiría una carta +semejante. + +--El espíritu caballeresco, Magdalena, está muy enfermo--respondió la de +Ribert.--En ninguna de estas cartas se encuentra la más pequeña huella +de él. + +Cogí las cartas esparcidas en la mesa, y las recorrí con los ojos +durante unos segundos. + +--En suma--dije a modo de conclusión,--es el _yo_, siempre el _yo_ lo +que domina... Ninguna otra razón... ¿Piensan así todos los hombres, +señora? + +--Todos no, Magdalena, pero sí muchos. Note usted, hija mía, cómo se +desprende de todas estas cartas el cuidado del bienestar personal... +¡Pobres mujeres!... + +--Sí--suspiré.--Y pensar que van tan alegremente al matrimonio con +individuos de ese género... + +--Van muy alegres, es verdad... ¿Pero siguen estándolo?...--murmuró la +de Ribert con inconsciente tristeza. + +--Dios mío--exclamé para cortar las meditaciones de la de Ribert, que +parecían dolorosas;--qué contenta estoy de aprender a conocer a los +señores hombres... Nuestra averiguación me va a abrir horizontes +enteramente nuevos. Con tal de que todas las cartas no se parezcan a +éstas... Quisiera encontrar mi alma hermana. + +--¿Y qué harás cuando la hayas descubierto? + +--Nada--aseguré con toda convicción.--Lo quiero por amor al arte, y sólo +para convencerme de que no soy un objeto descabalado en la gran feria +del matrimonio. + +--¿Sólo para eso?--repitió la de Ribert mirándome con atención.--¿Está +usted segura de su imaginación y de su corazón, Magdalena?... + +--No comprendo--exclamé estupefacta. + +La de Ribert me besó con efusión por toda respuesta. Decididamente, cada +vez comprendo menos... + + + + +1.º de enero 1904. + + +El mes de enero ha hecho su aparición esta mañana. La abuela está +desolada. + +--Piensa, hija mía--me dijo, cuando fui a cumplimentarla por el año +nuevo,--piensa que tendrás 26 años en septiembre próximo... Es horrible. + +--¿Por qué?... ¿tendré que matarme para no llegar a esta época +nefasta?... Confieso que quiero conservar la cabeza y... + +--No digas tonterías, Magdalena, ya me comprendes.... Tener 26 años y no +estar casada, es humillante. + +--Pues yo no siento semejante humillación. + +--Tú no sientes nada, como todo el mundo... Pregunta a Francisca, a +Petra y a Paulina, y a tantas otras, lo que pensarían si se encontrasen +en una situación tan ridícula. + +--¡Bah! se lo preguntaré cuando lo estén, porque llegarán como yo, +querida abuela. + +--No será por su culpa--respondió la abuela, dando un gran +suspiro.--¡Ah! Magdalena, si tú quisieras... + +Magdalena se hizo la sorda y ofreció a su abuela un almohadón bordado +como recuerdo del día de año nuevo. Recibí, en cambio, un gran cuello +de encaje de Venecia, del que tenía yo mucha gana, y que excedía mucho +de los recursos de mi modesta pensión. La abuela, que es inflexible en +la economía, me asigna 100 pesos al año para vestirme y para mis gastos +personales. Con ningún pretexto puedo gastar más. Pero, por fortuna mía, +están ahí el día de año nuevo y el de mi santo para corregir los rigores +de mi presupuesto. Y la abuela es tan buena con su nieta... + +Al salir de misa, las de Ribert me llevaron a su casa, para darme +lectura de dos nuevas epístolas. En cuanto estuvimos instaladas en su +saloncillo, Genoveva me puso en la mano las cartas en cuestión, y +después, quitándome prestamente la corbata, me puso al cuello un +delicioso lazo, obra maestra de sus primorosos dedos. + +--Es mi aguinaldo--me dijo, abrazándome con todo su corazón.--Te deseo +un buen año y... un alma hermana... + +Sin recoger la broma, puse en las manos de Genoveva mi recuerdo de año +nuevo, que era un velillo de butaca, pintado a mano. Genoveva pareció +contenta de mi trabajo, y fui dichosa al ver su placer. + +--¿Y las cartas?--dijo la de Ribert.--Pensemos en las cosas serias... + +Iba a abrir una cuando se presentó Francisca. + +--Estoy haciendo visitas--nos dijo al entrar,--a todas las personas +queridas, para desearles un buen año. + +Genoveva recibió sonriendo su entusiasta abrazo, cambiaron las dos sus +regalitos, y nos pusimos a hablar al lado del claro fuego de los leños +monumentales en uso en Aiglemont. + +--¿Vamos a leer estas cartas a Francisca?--exclamó de pronto +aturdidamente. + +--«Las cartas a Francisca»--dijo la de Ribert, frunciendo las +cejas,--son la propiedad de uno de nuestros novelistas... + +--Sí, señora, pero yo no hablo de Marcel Prevost, sino de las cartas, de +las famosas cartas... + +--¡Niña charlatana! exclamó la de Ribert, cuyo fruncimiento de cejas +comprendí entonces. No quería, evidentemente, que Francisca estuviese al +corriente de nuestras averiguaciones, y yo había hablado como una tonta. + +Viendo que no había modo de retroceder, la de Ribert explicó a Francisca +el estudio que estaba haciendo sobre el celibato, pero se abstuvo de +hacerme intervenir en el asunto. Francisca se quedó entusiasmada. + +--¡Qué gusto, saber lo que piensan esos bribones de hombres, cuando no +las echan de gran corazón!... ¡Cuánto me alegro de que me admita usted a +conocer las lucubraciones de esos caballeros!... + +--Y con más motivo--dijo la de Ribert,--puesto que encuentro que las dos +cartas de que se trata, le convienen a usted bastante... + +--¡Qué suerte!--dijo Francisca interesada.--¿Hay, pues, personas que me +aprecian?... Esto me hará encontrar una novedad después de mi querida +mamá. + +--Genoveva, léenos esas cartas--dijo la de Ribert a su hija.--Francisca +va en seguida a saber a qué atenerse... + +--¡Qué!--exclamó Francisca;--si se trata de una reprimenda, me tapo los +oídos; para esa ingrata tarea, basta con mi madre... + +Pero era curiosa, y abrió las orejas cuanto pudo, a fin de no perder +sílaba de una lectura tan poco común. + +--Qué asombrados se quedarían los aiglemonteses si tuvieran noticias de +una correspondencia escandalosa como ésta...--dijo, todavía, antes de +callarse definitivamente. + +--Se trata de un secreto entre nosotras--hizo observar la de Ribert,--y +cuento con la discreción de usted, Francisca. + +--A fe de hombre honrado--respondió la aludida,--lo prometo. + +--Y la incorregible niña mimada se repantigó cómodamente en un sillón +para escuchar mejor. Francisca asegura que su moral no está a gusto más +que cuando su físico no sufre ninguna molestia. + + * * * * * + + «Pedro Marcelier, +Registrador de la Propiedad en Santa Rosa, + a una persona desconocida. + +»Caballero o señora: + +»Empiezo por presentarme. + +»Soy soltero, partidario del matrimonio, veintisiete años, 560 pesos de +sueldo y una posición honrosa cuando me jubile; familia considerada y +apreciables probabilidades de fortuna por herencia. + +»En lo físico, se me encuentra, generalmente, bien, sobre todo mis tías, +que son tan indulgentes. + +»En lo moral, no me conozco ninguna deformidad, pero esta vez, soy yo el +indulgente... signo característico de mi buen temperamento: busco una +mujer, y no un dote...» + + * * * * * + +--Eso es lo que me hace falta--exclamó Francisca.--Buen muchacho... + +--Silencio--dijo Genoveva.--Continúo... + + * * * * * + +«El sutil talento de usted, señora o caballero, percibirá en seguida la +diferencia enorme, inconmensurable, que me separa de los demás solteros, +y su corazón preverá un éxito fácil. + +»Error grave, señora. (Creo decididamente que es usted mujer.) + +»Hago a usted juez de la situación. + +»Hará unos tres meses, una de esas excelentes tías de que he tenido el +honor de hablar, me hizo insinuaciones a propósito de un proyecto de +matrimonio. + +»--Desgraciadamente--me dijo,--la muchacha no tiene otro dote más que +sus veinte primaveras, sus bellos ojos y sus muchas habilidades... + +»--Es mucho, tía. + +»--¿Cómo mucho? + +»--Sí, soy joven, me gusta el trabajo, y en vez de un matrimonio rico, +me contentaré con un matrimonio feliz. + +»--Bravo muchacho--respondió mi tía, dándome un abrazo.» + + * * * * * + +--¡Diablo!--exclamó Francisca,--yo haría otro tanto... Ese Pedro es un +corazón de oro... + + * * * * * + +«Mi tía corrió a casa de su amiga, madre de la joven, e hizo +triunfalmente su proposición: pero, en lugar del éxito esperado, la +respuesta fue rotundamente negativa. Le dijeron que era yo muy joven y +no bastante rico. Aquella muchacha de tantas perfecciones, no quería +casarse más que con un caballero llegado a la fortuna y... a la edad de +los ataques reumáticos. Evidentemente, no era yo su ideal. + +»Mi tía se quedó consternada. + +»Para consolarme de aquel fracaso, quiso probarme que no todas las +jóvenes pensaban del mismo modo, y yo la creí de buen grado. + +»Pocos días después me anunció el descubrimiento de la mujer soñada, que +era una linda joven, también sin fortuna, hija de una prima de la amiga +de una amiga suya. Yo dejé correr las cosas. + +»Con 560 pesos y los 240 de renta que me producirían los 8.000 que mis +padres me constituyen como dote, lo que me da 800 pesos, no tengo la +pretensión de hacer una vida brillante, pero puedo bien dar a mi hogar +un aspecto honroso si mi mujer posee las cualidades serias que convienen +a una joven sin fortuna. Ahora bien: he aquí cómo trataban de establecer +nuestro presupuesto la señora X... y su hija: + +»--¿Qué pensión piensa usted señalar a mi hija para vestirse?--me +preguntó mi futura suegra. + +»--La que ella quiera--respondí galantemente. + +»--Muy bien--continuó la señora X,--Susana no es exigente. Ya sabe usted +que se hace ella misma casi todos los trajes, y que no manda hacer más +que los de ceremonia. Una pensión pequeña, bastará. ¿Qué diría usted de +80 pesos? + +»--Concedido--respondí, dando gracias a la Providencia por haberme dado +una suegra tan razonable. + +»¡Ay! la hora del desengaño llegó rápidamente. + +»Ante mis ojos espantados desfilaron cifras amenazadoras: + +»200 pesos para los gastos de una criada. Susana había sido demasiado +bien educada, para hacer ella misma los quehaceres de la casa. + +»40 pesos para las comidas que tendríamos que devolver. A Susana le +gustaba la sociedad. + +»20 pesos para accesorios de pintura, bordado, música, etc. Susana tenía +tantas habilidades... + +»80 pesos para veranear. A Susana le gustaban los viajes. + +»20 pesos para las buenas obras. Susana daba su óbolo a todo el que se +lo pedía. + +»En una palabra, llegamos rápidamente a un total de 440 pesos, y mis +recursos se elevan a 800. + +»--¿Ha calculado usted, señora--dije con algún embarazo,--que hemos +gastado ya 440 pesos, y que no quedan más que 360 para la casa, la +comida, mis gastos personales, calefacción, alumbrado, lavandera, +seguro, médico, boticario, etcétera, etc.? Y si nuestra casa se poblase, +si hubiera una cuna... o varias... + +»--¡Dios mío! es verdad--exclamó mi futura suegra.--¿Qué hacemos? + +»¿Qué hacemos?... + +»Yo encontré la respuesta en seguida; no me casé, y no trataré de +hacerlo, mientras la categoría de las muchachas casaderas no se +transforme. + +»Puesto que desea usted conocer los motivos que alejan a los jóvenes del +matrimonio, puede poner entre los más frecuentes, el que me atrevo a +exponerle. La educación superficial y brillante de que sufren las +jóvenes sin fortuna, y pertenecientes a cierta sociedad, es ciertamente +una causa de celibato forzoso para ellas. + +»Si con 800 pesos no puedo yo nivelar un presupuesto, qué dirán los que +están reducidos a vivir con 400 ó 600 pesos... + +»Mientras las muchachas pobres sean la reproducción exacta, en +cualidades, defectos y gustos, de las ricas, que no se extrañen de que +éstas sean preferidas. + +»Someto mi caso y mis reflexiones a su alto juicio, y ruego a usted que +se sirva aceptar mis homenajes. + +»PEDRO MARCELIER.» + + * * * * * + +--¿Qué decís de esto, hijas mías?--preguntó la de Ribert. + +--Es muy interesante--respondí pensativa. Iba a añadir:--«Y muy +verdad,»--pero me contuvo el pensar que aquella carta aludía +directamente a Francisca. No se podía hacer más claramente el proceso de +su caso particular, y el de las jóvenes educadas como ella. Genoveva se +abstuvo de hacer ninguna observación, por el mismo motivo. Francisca +observó el embarazo general, y con su vivacidad de siempre, se apresuró +a quitar al asunto todo carácter personal. + +--¡Vaya un cargante!--exclamó.--Qué manía de hacer sumas y restas... +Solamente en el registro se puede tener un gusto tan pronunciado por el +cálculo y sus complicaciones... + +--Siempre es útil saber contar--dijo dulcemente Genoveva. + +--Sí, lo concedo--respondió Francisca en tono de condescendencia.--Pero +ese señor, en vez de volver la espalda en seguida, pudo decir claramente +lo que pensaba a la madre de la joven. Pudieron entenderse, economizar, +borrar uno de los gastos... + +--¿Cuál hubiera usted borrado, Francisca?--preguntó la de Ribert con una +sonrisa ligeramente burlona. + +--¿Yo?... Ni uno, señora,--respondió Francisca muy convencida.--Todo eso +es estrictamente necesario... + +--Sí--dijo la de Ribert,--un gasto a que se está acostumbrado, se +convierte, en efecto, en una necesidad. El período que precede al +matrimonio es generalmente una amable suspensión de todas las facultades +prácticas, y se tira el dinero por las ventanas... Es, con frecuencia, +una fiebre de las más malignas, de la que las jóvenes se resisten +durante algún tiempo... Y se acostumbra uno pronto a no calcular... + +--¡Qué exageración!--exclamó Francisca. + +--No, no exagero. Después de los esplendores de unos esponsales +dichosos, vienen los faustos de la boda, completados por los gastos del +viaje obligatorio... Los jóvenes que poseen pocos bienes, hacen las +cosas tan regiamente como aquellos cuya fortuna está sólidamente +establecida... Hace falta voluntad y energía para resistir a la +corriente de los placeres y arreglar los gastos de tal modo, que se +salve el equilibrio del presupuesto, conservando las apariencias de una +vida acomodada... ¿Cree usted que las jóvenes modernas ven bien ese +grave aspecto del matrimonio?... + +--La verdad es que no lo sé--dijo Francisca.--Por mi parte prefiero +confesar en seguida que no entiendo nada de todo eso. + +--Ya ve usted--respondió sencillamente la de Ribert,--que el señor +Marcelier tenía razón. + +--¿Y la otra carta?--preguntó Francisca, queriendo cambiar de +conversación. + +Genoveva puso en la mesa la carta que acababa de leer, y cogió la +reclamada por Francisca. + +--Te prevengo--dijo riendo,--que esta carta no te va a gustar mucho más. +Escucha. + + * * * * * + +«Juan Dormal al abonado X. Y. Z. + +»Nadie era más partidario que yo del matrimonio. Soñaba yo con amor y +con agua fresca, cuando las muchachas se encargaron de administrarme +dicha agua fresca en forma de duchas desilusionantes. + +»Tres intentos de matrimonio a cual más desgraciado, me han desanimado +para mucho tiempo, y he abandonado la idea de casarme. + +»Permítame usted que le cuente estos ensayos lo más sucintamente +posible, a fin de contribuir así modestamente a sus interesantes +estudios. + +»Hace unos seis meses, mi madre me presentó en una casa donde debía +encontrar una señorita llena de cualidades y limpia de todo defecto. +Encontré, en efecto, una encantadora joven, de una elegancia perfecta, +amable, graciosa, alegre, y, en una palabra, enteramente seductora. +Antes de inflamarme por esta maravilla, el último resplandor de buen +sentido, me hizo averiguar los gustos de la que mi madre llamaba ya en +el fondo de su corazón «mi deliciosa hija.» + +»No soy un lobo, ni tengo nada de salvaje, pero tampoco tengo los gustos +de un mundano decidido. Confieso que mi ideal sería un hogar apacible y +dichoso, y que encontraría muy desagradable que mi mujer estuviese +siempre rodeada de una multitud de adoradores. + +»Ahora, bien, en pocas horas supe que Gilberta M... era una coqueta +empedernida, muy experta en audaces amoríos... Se citaba el número de +sus adoradores, casi igual al de sus trajes... Se me dijo que aquella +joven tan perfecta, era tan desagradable en el interior de su casa, como +encantadora fuera... Supe que era incapaz de coger una aguja, pero que, +en cambio, sobresalía en el piano, en el _tennis_ y en el _croquet_, que +nadie montaba en bicicleta como ella y que no tenía rival en la +gabota... + +»Como sujeto de amoríos encontré a Gilberta ideal, pero como esposa... +diablo, aquello dejaba que desear. Abandoné, pues, el proyecto de mi +madre, y declaré francamente que no me casaría más que con una joven +seriamente educada... Se casa uno para estar tranquilo, después de todo. + +»Mi segundo ensayo fue lamentable, en otro concepto. Di con una joven +profundamente seria, pero una verdadera mujer mecánica. Sofía D... se +había impuesto cinco horas diarias de estudio de piano, dos de pintura, +una de canto y dos de paseo higiénico: total, diez horas de ocupaciones +sagradas que nada ni nadie tenía derecho a distraer... Condiciones _sine +qua non_ del matrimonio; había que tomarla así o dejarla... Yo la dejé +con mucho gusto... ¡Cinco horas de piano!... ¡Cabeza hacía falta!... + +»--Búscame--dije a mi madre,--una buena camarada, ni muy mundana ni muy +seria; una joven de buena familia, sin demasiadas habilidades... Una +hija de la Naturaleza... + +»Esta perla estaba esta vez en un castillo de la Edad Media, muy +pintoresco, a fe mía... Fui a él en la estación de la caza, y sufrí +desengaño tras desengaño... + +»Micaela S..., buena muchacha, fraternal como un diablo, camarada con +exceso; tenía una conversación que indicaba demasiado que era, +realmente, una hija de la Naturaleza... + +»No podía decir tres palabras sin añadir una patochada y soltar una +desvergüenza digna de un carretero. No pude hacerme a aquella fantástica +educación, y llegué al colmo del asombro cuando le oí llamar a su padre: +«Mi viejo Teófilo» y a su madre: «La buena Isabel.» Cerré la maleta, y +volví a tomar el tren. + +»He aquí el relato muy abreviado de mis tentativas matrimoniales, la más +desagradable de las cuales, fue la de la camarada. + +»Una camarada es la mujer a quien se prohíbe tener ese encanto femenino +que nos cautiva; es la loca que firma riendo un contrato de igualdad, +que es para ella un engaño... La camarada es la mujer que renuncia a las +consideraciones que da la ternura, a los miramientos que da el respeto y +a los matices que da el amor... La camarada es la mujer ante la cual se +puede hacer todo, es la mujer con la que nadie debe casarse... + +»Rogando a usted que me dispense tan larga misiva, suplícole que acepte +la expresión de mis respetos. + +»JUAN DORMAL, +»Capitán de Artillería.» + + + * * * * * + +Cuando Genoveva terminó la lectura, nos quedamos todas en silencio. +Francisca mordisqueaba la punta del pañuelo y columpiaba un pie puesto +sobre el otro. Yo me reía en mis adentros de su evidente disgusto. Ella, +que tiene por principio que la camarada es la mujer del porvenir, no +podía evidentemente conformarse con este nuevo concepto de la camarada, +y esto le hacía perder su buen humor acostumbrado. + +--Este señor razona muy bien... ¿Qué os parece?--preguntó la de Ribert, +echando una mirada a Francisca. + +--Ese señor es un imbécil--dijo levantándose bruscamente. + +--No te enfades, Francisca--exclamé, echándome a reír...--No te he oído +nunca decir las palabrotas de que habla el señor Dormal... No se trata +de ti. + +--Sí, sí, sabes bien que todas esas frases sobre la camarada me dan en +pleno estómago. ¡Ah! el muy idiota... + +--¿Tu estómago?... + +--No, ese capitán del diablo. + +--Vamos, Francisca, tranquilícese usted--dijo la de Ribert.--Si hubiera +previsto que estas cartas iban a contrariar a usted tanto, no se las +hubiera leído. + +--No lo sienta usted, señora--respondió Francisca con una vivacidad +enteramente elástica,--soy yo quien lo ha pedido... Pero ese señor +ridículo que afirma que no se casa nadie con la mujer camarada, se +engaña... Yo me casaré--añadió con una expresión repentinamente +endurecida,--diga lo que quiera ese señor y sus admiradores... + +Estas fueron las últimas palabras de la fantástica Francisca, que dijo +que nos dejaba porque tenía que terminar sus visitas de primero de año. +En cuanto se marchó, me levanté para despedirme de aquellas señoras, +pero la de Ribert me detuvo. + +--Esta Francisca es alarmante, muy alarmante... Su gana de casarse le +turba el entendimiento--dijo moviendo la cabeza con expresión +meditabunda. + +--¡Bah!--respondió Genoveva siempre indulgente.--Es esa una crisis por +la que pasan muchas jóvenes... Ya pasará; te lo aseguro. + +--Pero es una crisis peligrosa--observó la de Ribert;--su corazón y su +cabeza se atrofian visiblemente... No se fíe usted, Magdalena... No +debía usted decírselo todo a Francisca como lo hace. + +--Siento en el alma haber iniciado a Francisca en nuestras +averiguaciones, puesto que esto contraría a usted--respondí un poco +confusa.--Me he arrepentido en seguida de mi indiscreción, y... + +--Sí, hubiera preferido no ponerla al corriente de lo que +hacemos--murmuró la de Ribert un poco ensombrecida.--Pero a lo hecho, +pecho--añadió con su sonrisa habitual.--Esa Francisca desea demasiado +casarse y ese deseo es chocante en una señorita... + +--¡Bah! váyase por las que no lo desean bastante--dijo Genoveva.--Hay en +esto un buen sistema de compensaciones... + +La de Ribert no respondió, pero su cara expresaba una penosa ansiedad. + +--Magdalena--dijo dirigiéndose a mí,--disminuya usted un poco sus +relaciones con Francisca... Casi me dan ganas de hablar de esto con la +señora de Sermet... + +Genoveva y yo le suplicamos que no lo hiciese. Francisca es buena en el +fondo, muy amable y muy divertida. No comprendo que se sea tan severa +con ella. La de Ribert es un poco dura... + +Por la tarde han venido a vernos todas nuestras amigas, con gran +satisfacción de Celestina, orgullosa de ver tanta gente. + +--Hay aquí más visitas que en casa del alcalde--decía. + +Francisca ha estado a punto de tener otro pique con la Bonnetable, a la +que se obstina en contrariar en todo; pero la abuela lo ha evitado dos +veces, cortando la palabra a la incorregible niña mimada. La Roubinet, +como de costumbre, ha dicho lindas frases sobre el primero de enero, y +cuando deseó amablemente un marido a las solteras presentes, la virtuosa +Melanval no dejó de exclamar: + +--Con el permiso de Dios, por supuesto... + +A lo que Francisca, nerviosa, por su comienzo de escaramuza con la +Bonnetable, respondió por lo bajo: + +--O del diablo, me importa poco... + +La Bonnetable, al oírlo, dio tal salto, que su silla produjo un horrible +gemido y dio ocasión a la abuela para variar de conversación hablando de +la poca solidez de los muebles modernos. + +Mientras tanto, Petra y Paulina hablaron mucho de la próxima fiesta del +general. Parece que el regimiento se ha aumentado con un nuevo capitán, +el Barón de Erinois, viudo y padre de cinco hijos, pero poseedor de +12.000 pesos de renta. La de Brenay está tratando de pescar en sus redes +a este incomparable capitalista, mientras la ingeniosa madre de Paulina +ha descubierto en Martimprey, el pueblo de al lado, un joven industrial +cuya posición es tan tentadora, que la de Aimont ha inaugurado su plan +de campaña haciendo la corte al cura del pueblo, que tiene una gran +influencia con el joven en cuestión... + +Dios las bendiga... Como en el día de año nuevo se cambian los votos más +estrafalarios, nada se opone a que desee a estas señoras un pronto +éxito. + + + + +8 de enero. + + +Estaba hace ocho días deleitándome en el análisis de las cartas +recibidas y encontrando que los hombres tienen a veces buenas razones +para no casarse, cuando esta mañana recibí con gran satisfacción esta +esquela de Genoveva: + + * * * * * + +«Querida amiga: + +»El alma hermana no es un mito, pues ha dado señales de vida. Adjuntas +esas señales, con muchos besos de tu + +»GENOVEVA.» + + * * * * * + +Abro la carta y descubro con encanto el milagroso hallazgo... El alma +hermana está en mis manos, al menos por la expresión de sus +pensamientos... ¡Qué dichosa soy!... + + * * * * * + +«Señora: + +«Agradezco infinito al periódico que me procure el honor de escribir a +usted sobre un asunto que tanto me interesa. + +»Soy soltero y estaría bastante resuelto a casarme, si tuviese la +suerte de encontrar una mujer que me gustase a mí y no a la servicial +persona que quiera mediar para probarme que tal joven me conviene +muchísimo. Tengo horror a los intermediarios en esta especie de cosas y +votaría con gran placer una ley que castigase a las personas cuya +especialidad consiste en hacer la felicidad de los demás. + +»A mi edad--30 años el mes próximo,--se sabe bien lo que se quiere y lo +que no se quiere. Puedo juzgar por mí mismo, y como mi fortuna me +permite no mirar a la de la mujer con quien me case, no me molesta +ningún prejuicio...» + +--¡Ah! eso es--exclamé sin dejar de leer. + +«No deseo ni dote, ni relaciones, ni gran trascendencia intelectual en +mi prometida, y sé que solamente con sentirla en perfecta comunidad de +ideas conmigo, podré amarla. + +--Lo mismo que yo con un marido, murmuré con unos latidos del corazón +que no me dejaban respirar. + +«Ahora bien, señora, no creo que se puede amar a una joven que en la +primera entrevista aparece desempeñando un papel convenido de antemano. +Cualesquiera que sean sus atractivos, son artificiales, y confieso que, +por mi parte, renunciaría a adivinar lo que pasa en aquel cerebro +velado, como no me arriesgaría a augurar las causas que hacen moverse a +un corazón que vive bajo tan lindos atavíos. + +»La joven casadera es un enigma difícil de descifrar, siendo así, que yo +quiero descifrar a mi prometida antes de querer a mi mujer. Para amar +hay que conocer y no basta la etiqueta... + +»Como usted ve, señora, tengo la debilidad de desear un matrimonio de +inclinación, pero, desagraciadamente, la vida de nuestras pequeñas +poblaciones se presta poco a ello. En Bellefontaine, donde vivo, los +hombres están agrupados de un lado y las mujeres de otro. Conocemos el +color de los sombreros de esas señoritas, pero no el de sus ideas. + +»Me es imposible casarme en esas condiciones. + +»Tengo fe, sin embargo, en la Providencia y espero tranquilamente que +suene mi hora. La mujer con quien debo casarme existe seguramente y +vendrá a mí. La espero con confianza y una ternura que no pide más que +entregarse... + +»Perdone usted esta confidencia demasiado personal, en gracia de la +intención que la ha motivado. He querido dar a usted parte de esta causa +de celibato, más frecuente de lo que se cree. Nosotros, los hombres, +somos con frecuencia tímidos. ¿Por qué no confesarlo? + +»Reciba usted, señora, el testimonio de mis respetos. + +MAURICIO BALTET.» + + * * * * * + +Me quedé muy pensativa después de la lectura de esta carta singular que +tan bien concuerda con mis ideas... Genoveva, pues, no se había +engañado; existe realmente un joven que piensa como yo en esta cuestión +del matrimonio... ¡Lástima que el señor Baltet viva en Bellefontaine en +lugar de vivir en Aiglemont!... En fin, qué le hemos de hacer... + +Fui por la tarde a dar las gracias a Genoveva por su amable envío, y mi +amiga se arrojó a mis brazos para felicitarme por mi buena suerte, +mientras su madre me preguntaba con interés si estaba satisfecha. + +No pude negarlo, puesto que a mi satisfacción de los primeros momentos +se unía otro sentimiento muy comprensible, que era éste; el señor Baltet +empezaba a pertenecerme por derecho de conquista. La de Ribert decía +hablando de él: + +--El alma hermana de usted. + +Genoveva iba más lejos y decía: + +--Tu _alter ego_. + +--Figúrese usted, señora, que este señor Baltet no me parece ya un +extraño... Le adopto, le acaparo y hago causa común con él... + +--De prisa vas--respondió Genoveva maliciosamente.--¡Qué lástima, mamá, +que el señor Baltet y Magdalena no se conozcan!... + +No pude menos de ruborizarme al oír estas palabras que estaban tan en el +tono de mis ideas, y me apresuré a distraer la atención de Genoveva, que +empezaba a pesarme un poco. + +--Nuestros estudios adelantan mucho, ¿verdad?--dije con una flexibilidad +de tono digna de Francisca. + +--Sí--respondió la de Ribert,--y estoy muy satisfecha al ver que los +hombres no son tan egoístas como yo temía. Decididamente, hay unanimidad +en las quejas contra la educación de las jóvenes actuales... Tengo aquí +otras cartas en el mismo sentido. + +--¿Sí?--exclamé esforzándome por olvidar al señor Baltet para no pensar +más que en la correspondencia de la de Ribert.--¿Qué se les reprocha de +nuevo? + +--De nuevo, poco. Esos señores se quejan con una notable unanimidad del +espíritu de independencia, de la coquetería y del ardor por los +_sports_ que distinguen a las muchachas... Y el piano, el pobre piano, +qué tempestades levanta... + +--Y hay madres que creen que la música es una preciosa añadidura al dote +de sus hijas--dijo Genoveva con una risa que nos puso de buen humor. + +--Se equivocan como unas estúpidas--exclamó una voz burlona y vibrante, +la voz de Francisca, que entraba en este momento en el saloncillo.--Y +bien--añadió, después de darnos un vigoroso apretón de manos,--¿hay +indiscreción en preguntar a ustedes qué dicen esos imbéciles?... + +Y sin oír el grito ordinario de protesta que se nos escapó a pesar +nuestro: «¡Oh! Francisca,» se instaló cómodamente en un sillón. La de +Ribert le echó una mirada escandalizada al verla sentarse con las +piernas cruzadas, postura con que la incorregible Francisca se complace +en excitar la indignación de las respetables aiglemontesas. La buena +señora se calló sin embargo. + +--He encontrado mi alma hermana, Francisca... He... + +Una imperiosa mirada de la de Ribert me cortó la frase. Era visible que, +según ella, acababa de cometer otra tontería. No comprendo esos +misterios para una cosa tan sencilla... Pero como ya no podía retroceder +di a Francisca la carta del señor Baltet diciéndole sencillamente: + +--De mi alma hermana. + +--Entonces será tan mema como tú--respondió Francisca,--y no es poco +decir, mi pobre Magdalena... + +Leyó y releyó la carta como para pesar sus términos. + +--¿De modo que este majadero es tu ideal?--preguntó en tono burlón en +cuanto acabó la lectura.--¿No ves, inocente, que tiene todas las +cualidades para ser engañado?... + +--¿Cómo es eso?--dije admirada por la apreciación de Francisca. + +--Ese señor es demasiado cándido--continuó.--Para cogerle y acapararle +no hay más que hacerle creer que se tienen los mismos gustos que él, y +¡pan! ya está pescado... + +--Qué cosas dices--murmuré confundida. + +--De tu alma hermana... ¿eh?... Si tu abuela te hubiera dejado leer la +mitad solamente de los librotes que yo he leído, razonarías como yo, mi +pobre Magdalena. + +--Y sería una lástima--respondió la de Ribert, muy descontenta esta +vez.--Usted, Francisca, tiene un modo de ser poco tranquilizador... No +comprendo... + +--¿Que tenga estas ideas sobre la especie masculina?... ¡Ah!--suspiró +Francisca cómicamente,--yo puedo asegurar que los hombres no valen nada, +puesto que... + +--Puesto que no se casan contigo--añadió Genoveva. + +--Tú lo has dicho--respondió Francisca imperturbable.--¿Sabe usted lo +que a los mejores les gusta más en nosotras? + +--No--contestó la de Ribert divertida a pesar suyo. + +--Nuestros defectos. + +--Pero, Francisca--dijimos con indignación,--¿cómo puede usted decir una +cosa semejante? + +--Dios mío, no griten ustedes tanto--respondió poniéndose las manos en +los oídos.--Certifico que un exceso de cualidades en la mujer aleja a +los pretendientes... En cambio una llena de defectos se casa en +seguida. + +--Entonces está usted madura para el matrimonio--respondió la de Ribert +medio enfadada, medio en broma... + +--Lo creo... con un poco más de mis 2.000 pesos de dote, hace mucho +tiempo que estaría casada. Esos caballeros me encuentran encantadora. + +--Y muy mal educada--añadió la de Ribert. + +--Eso es lo más sabroso... Usted, señora, no entiende nada de amor... + +--Francisca--replicó la de Ribert, muy severa esta vez,--si sigue usted +así voy a ponerla en la puerta. + +--Señora--exclamó Francisca con una flexibilidad enteramente +felina,--hablaba en broma, no me regañe usted... Era para escandalizar a +Magdalena, cuya expresión de inocencia me divierte mucho. + +Y Francisca me envió un beso con los dedos mientras la de Ribert seguía +mirándola de un modo poco tierno... Qué idea la de tomar en serio lo que +dice esta loca de Francisca... Es tan niña... + +--¿Puedo escuchar aún, algunos párrafos de esa correspondencia de +solteros?--preguntó Francisca.--Prometo ser buena como una imagen y +respetuosa como un leño. + +La mirada de la de Ribert se dulcificó ante el tono de la petición, que +produjo en todas una franca carcajada. + +--Al lado--dijo,--de todos los motivos de abstención ya enumerados, hay +aquí una carta según la cual se debe atribuir el celibato de muchos al +desarrollo del lujo. Su autor, hijo de un antiguo zuavo pontificio, +cita una frase de Pío IX a la señorita de Gentelles: «Es el lujo lo que +con frecuencia desune a los esposos y con más frecuencia todavía impide +la conclusión de los matrimonios; pues apenas se encuentran hombres que +consientan en cargarse con tan enorme gasto.» + +--Pío IX debía de tener la presciencia de mis pretendientes--exclamó +Francisca con graciosa convicción.--¿Y qué van ustedes a hacer de todas +estas noticias? + +--Nada--respondió la de Ribert.--Es una satisfacción para mí saber que +los jóvenes tienen buenas razones para no lanzarse a un matrimonio +arriesgado... Las muchachas de la clase media están muy mal educadas y +no quieren a los hombres de posición análoga a la suya. + +--Eso no es cierto--dijo Francisca.--Un marido no importa cómo, sea +quien quiera, en cualquier parte que se encuentre, aunque sea en la +China, es todo lo que yo pido. + +--¡Qué Francisca ésta!--murmuró la indulgente Genoveva con una mirada +suplicante hacia su madre para que no respondiese a Francisca. + +La de Ribert me leyó todas las cartas recibidas, y dejé a aquellas +señoras, llevándome la carta de mi alma hermana, que Genoveva me puso en +la mano en el momento de salir. + +Cuando entré en casa, la abuela, que estaba en el salón, notó en seguida +mi alegría y levantó la cabeza tan bruscamente que se le cayeron las +gafas a la alfombra. + +--Muy risueña estás, hija mía--me dijo con su bondad habitual.--¿Qué +hay? + +Sin tener en cuenta su animosidad por nuestras investigaciones, se lo +conté todo y le leí triunfalmente la carta del señor Baltet. Esperaba yo +un sermón sobre las costumbres actuales y violentos reproches sobre el +modo de ser de las jóvenes modernas, pero, con gran asombro mío, la +abuela se contentó con mirarme con sorpresa y exclamó en tres tonos +diferentes: + +--Calla... calla... calla... + +Después se aseguró tranquilamente las gafas en la nariz, cogió su labor +y habló de otra cosa... + +¡Y yo, que esperaba una reprimenda!... + + + + +15 de enero. + + +Es curioso cómo me interesa el señor Baltet... Llevo dos noches soñando +con él. Le veo rubio, delgado, bastante alto. Sus ojos azules son dulces +y su voz agradable. + +Bajo el imperio de mi preocupación involuntaria, me interesan menos las +cartas que recibe la de Ribert, que no comprende mi repentina +indiferencia... Hago vanos esfuerzos para recobrar mi ardor, pero no lo +consigo. + +Genoveva ha descubierto una parte de la verdad. + +--Ahora que Magdalena posee su alma hermana, no le interesa ya el resto. + +Es eso y no lo es. Pero cómo explicar... + +La de Ribert me leyó una porción de misivas explicando de diversos modos +la escasez de maridos... ¡Cómo me hubiera interesado todo esto hace +quince días!... Hubiera sido para mí un placer transcribir todas estas +cartas, estudiarlas de cerca, discutirlas. Hoy no tengo paciencia para +ello ni lo deseo... Cómo se cambia... + +Lo que yo quisiera, a todo esto, es saber si el señor Baltet es rubio o +moreno... Me gustaría que se pareciese a mi sueño... + + + + +24 de enero. + + +¡Qué cosa tan singular es una idea fija!... + +Creo, palabra de honor, que no pienso ya más que en el señor Baltet... +Llevo la necedad hasta poner su carta debajo de mi almohada... Es un +colmo y un colmo estúpido, como diría Francisca. ¿Qué necesidad tengo de +la carta del señor Baltet para dormir?... + +¿Estaré enferma? + +Saco la lengua delante del espejo, y la encuentro magnífica... Me tomo +el pulso y nada tiene de anormal... ¿Qué es entonces todo esto?... +¿Existe un resfriado moral?... + +Todo me lleva invariablemente a ese señor Baltet a quien no conozco. +Ayer encontré a Petra que, con tierna solicitud, iba a acompañar a paseo +a Simona y Gertrudis de Erinois, y no pude menos de pensar que sería yo +muy feliz paseándome así con las niñas de Baltet... si es que existen +niñas de Baltet... La de Brenay acapara a los Erinois, padre e hijos; +todo Aiglemont se interesa por la lucha Brenay-Erinois, como llaman a la +nueva intentona de esta ambiciosa señora de Brenay. Se hacen apuestas, y +Paulina me ha contado que su padre ha apostado un peso a que la boda no +se hace. La de Aimont está muy descontenta porque teme que esta historia +de la apuesta llegue a oídos de los Brenay, que se pondrían furiosos. + +--Pero también--objetaba la de Aimont,--no se comprende semejante +imprudencia... Petra ha recorrido ayer toda la calle de Thiers con las +niñas de Erinois... Es correr detrás del padre demasiado visiblemente. + +No veo que haya una relación tan visible entre el padre y las hijas, +pero esto debe de consistir en mis preocupaciones personales. + +¿Será que mi cabeza descarrila, como dice algunas veces la abuela?... + + + + +29 de enero. + + +Esta tarde, me ha sorprendido la abuela registrando el diccionario +geográfico. + +--¿Qué buscas, Magdalena? + +--Nada, abuela... El nombre de una población--balbucí ruborizándome de +un modo anormal. + +--¿Qué nombre? + +--Bellefontaine--murmuré ocultando esta vez la cara en el libro.--Tiene +6.000 habitantes--dije sin atreverme a levantar los ojos. + +--Un poco menos que Aiglemont--respondió la abuela sin fijarse lo más +mínimo en mi confusión.--Me gustan esos pueblos pequeños... Las +costumbres son en ellos apacibles y honradas... + +Dicho esto, me dejó con el pretexto de dar órdenes a Celestina. No sé +por qué me pareció sorprender un relámpago de satisfacción en la mirada +que me echó al cerrar la puerta... + + + + +2 de febrero. + + +Descarrilo, positivamente. + +Esta mañana, después de misa, me he encontrado delante de la imagen de +San Antonio con la de Aimont. San Antonio es menos comprometedor que San +José y las muchachas casaderas pueden rezarle sin que todo el pueblo sea +informado inmediatamente de que están en instancia con el Cielo para +obtener un marido. + +La de Aimont estaba confusa y yo también. Ella rezaba por el señor de +Martimprey a fin de que el santo favoreciese el matrimonio de su hija. +Yo suplicaba a San Antonio en favor del señor Baltet. Pero sin precisar. + +--He perdido unas llaves que me hacen mucha falta y vengo a encomendar +mi causa a San Antonio--me dijo la de Aimont al oído. + +--Yo he extraviado un pañuelo de valor--respondí con la misma +sinceridad,--y espero que San Antonio... + +Cambiamos un apretón de manos y no hubo más. + +La de Ribert, a quien encontré al salir de la Catedral, me dio broma +amablemente sobre mi repentino desencanto respecto de nuestros +estudios... + +Protesté, pero débilmente y sin convicción. Para explicar mi cambio de +actitud alegué unos trabajos urgentes de pintura. La abuela, que se +reunió con nosotros en este momento, cambió con la de Ribert una mirada +de inteligencia que me ruborizó... Por fortuna, la conversación tomó +otro sesgo. + +¡Dios mío, te lo ruego, haz que ni la abuela ni la de Ribert adivinen mi +niñería! + + + + +10 de febrero. + + +Francisca, extrañada porque no me encuentra en ninguna parte, ha venido +a buscarme esta mañana. + +Vamos a ver, Magdalena--me gritó desde el umbral de la puerta,--vengo a +saber por qué desapareces así de la circulación. ¿Por qué no has ido a +casa de Petra ni a la de Paulina?... Te hemos echado mucho de menos... +Si supieras cómo nos hemos reído... La de Brenay se cree ya suegra del +Barón de Erinois; habla de él con un orgullo extravagante y mima a las +chiquillas cuanto puede... + +--¡Ah!--dije aparentando interés. + +--Simona de Erinois dijo el otro día una frase que no tiene precio. +Figúrate que se atrevió a decir a la de Brenay: «Eres amable porque +quieres a papá...» Imagínate el cuadro... + +--¡Ah!... + +--Lo que me parece que va bien es el matrimonio de Paulina. Según lo que +cuenta la de Aimont, el joven que tiene tan bonita fortuna en Martimprey +exige 20.000 pesos de dote. La de Aimont protesta... «¡Qué +exigencia!--murmura;--es draconiano...» + +--Y ella, ¿no se encuentra exigente? + +--Nada de eso--respondió Francisca con una burlona carcajada.--Ella es +natural que tenga las pretensiones que quiera, eso es permitido... Lo +que no lo es, es que el caballero haga lo mismo. + +--¡Ah!--respondí pensando en otra cosa. + +Francisca se acercó a mí y me levantó la cabeza cogiéndome por la +barbilla. + +--¿Me quieres decir qué significan esas distracciones?--me preguntó +meneándome.--La verdad es que no te conozco... Vamos, no me mires así, +porque creeré que no tienes la conciencia tranquila... + +Por toda respuesta me eché a llorar sin poder más que decir débilmente: + +--No sé lo que tengo... Creo que estoy enferma... + +Francisca me miró un instante en silencio, registró mi escritorio, +descubrió mi diario y leyó las últimas páginas sin que yo pensase +siquiera en oponerme. + +--¡Vamos! esto es... Estás cogida, mi pobre amiga... + +--¿Cómo cogida?... + +--Sí, estás chiflada por el señor Baltet. + +--Chiflada... + +--Ciertamente... Le amas... ¿Comprendes ahora? + +--No, no, Francisca, no te figures eso--exclamé espantada y sin llorar +ya esta vez;--estoy enferma... + +--Enferma... ¿Dónde? + +--Por todas partes... + +--Una especie de angustia, ¿eh?... + +--Sí. + +--Falta de interés hacia todo... Una idea fija... + +--Sí, sí... + +--Accesos de tristeza... Ganas de llorar... + +--Sí, sí--dije sintiendo que las lágrimas se me escapaban con +abundancia. + +--Pues bien, eso es el amor--exclamó Francisca con entonación +triunfante.--Te aseguro, hija mía, que eso es el amor... + +--No es posible--respondí indignada.--No conozco siquiera a ese señor y +quieres que le ame... + +--No es necesario conocer para amar--dijo Francisca con vivacidad.--En +las novelas no se conoce más que a los amigos. Con los enamorados la +cosa es más rápida... Una chispa, y brota el amor... + +--En las novelas, Francisca, pero en la vida... + +--En la vida pasa como en las novelas... Créeme, Magdalena, he leído +bastante para conocer la materia... + +--¿Crees entonces?...--pregunté un poco influida por la convicción de +Francisca. + +--Sí... Con tus ideas y tu educación, tenía que suceder... ¡Ah! +Magdalena, la solterona se transforma en una enamorada... Es +graciosísimo... + +Sonreí débilmente. + +--No te burles, Francisca... Piensa que te puede suceder lo mismo... + +--¿A mí?--exclamó indignada;--jamás... ¿Yo enamorada?... El amor, amiga +mía, no es de mi cuerda. + +--¿Y lo es de la mía?... + +--Completamente... Tú eres cariñosa, Magdalena, y yo no... Por otra +parte--añadió,--prefiero mi carácter al tuyo... + +--Cada cual es como Dios le ha hecho--suspiré, envidiándole su filosofía +y su buen humor. + +--Desgraciadamente para ti. Teniendo corazón se sufre... Con un corazón +de similor como el mío, todo importa poco... ¡Viva el similor!... + +--¡Viva el amor!--respondí por lo bajo. + +--¡Qué gusto!--exclamó Francisca muy contenta.--Va a ser divertido ver a +una enamorada de carne y hueso... ¿Me lo contarás todo, eh, +Magdalena?... + +La niñada de Francisca me hizo reír, y prometí todo lo que quiso. He +aquí a la buena Francisca elevada al papel de confidente... Se calumnia +al decir que no tiene corazón, y todo el mundo es injusto con ella... +Es, sin embargo, la única que me ha comprendido... Qué buena y segura +amiga... + +--¡Pensar que estoy enamorada!... Es lindo el amor, pero triste... Y +hasta hace un poco de daño... + + + + +16 de febrero. + + +La abuela va con frecuencia a casa de la Ribert, el padre Tomás viene a +la nuestra, Genoveva aparece y desaparece y me envía amables sonrisas, y +Celestina afecta cierto aire de discreción... Con tal de que no piensen +otra vez en casarme... ¡Oh! no, no estoy para entrevistas... + +No he podido menos de dar parte a Francisca de mis temores, y me ha +animado a la resistencia. + +--El amor es siempre contrariado por la familia--observó, dándose +importancia. + +--¿Crees eso? + +--Sí. Hay que tener energía y no dejarte influir... + +--Pero... + +--Si cedes, todo está perdido. + +--No cedo--respondí;--pero, en fin, Francisca, yo no conozco al señor +Baltet... + +--Que no le conoces... ¿Y la famosa carta?... + +--Es verdad; existe la carta. + +--Una carta como esa, basta para inflamar un corazón... + +--Un corazón inflamable--rectifiqué,--pero no uno como el tuyo. + +--No se trata de mí--respondió Francisca.--sabes que yo no represento +más que los papeles de coqueta, mientras que tú eres una enamorada de +nacimiento... + +--¿Verdad?... + +--Sí, cuando yo te lo digo... + +¡Buena y querida Francisca!... Qué suerte tiene de saber tanto... Hemos +discutido juntas el santo a quien hay que rezar para conseguir que el +señor Baltet llegue a conocerme. Yo me inclinaba a San Antonio, pero +Francisca no es de mi opinión y me encomienda a Santa Magdalena. Me ha +traído el librito del padre Lacordaire para excitar mi confianza en la +querida santa. + + + + +20 de febrero. + + +--¡Qué revolución en mi vida!... + +--¡Oh! qué inmenso agradecimiento el mío a mi buena y querida abuela... +Y pensar que estaba yo a punto de creer que su abnegación se +debilitaba... Qué monstruoso error y qué ingratitud sin ejemplo... + +Esta mañana, almorzando, la abuela me hizo observar que estaba quedando +mal con la de Ribert y que no debía abandonarla así, después de haberla +molestado tanto con mis deseos de estudio. + +Si ahora te interesan menos las solteronas--dijo la abuela con fina +sonrisa,--no por eso debes tomar ese aspecto despegado... Hace más de +cinco meses nos estás fastidiando con tus solteronas... ¡Dios mío! qué +disgustos me has dado... En fin, ya pasó... + +--¿Qué es lo que ha pasado?--pregunté fingiendo no comprender el +pensamiento de la abuela. + +--Tu incomprensible gusto... Para ti no había más que las solteronas... +Sólo ellas eran buenas y perfectas... + +--No, abuela. Pero convengamos en que son tan buenas y tan perfectas +como las casadas... o más. + +--¡Bah! no hablemos más... Para salvar tu reputación, iremos esta tarde +a casa de la de Ribert... No quiero que esta excelente amiga te juzgue +mal. + +Se convino que a las tres dadas me encontraría dispuesta para acompañar +a la abuela, y como no quería, de ningún modo, sufrir un interrogatorio +malicioso, envié dos letras a Francisca para que se encontrase a las +tres en casa de la de Ribert. Contaba con ella para cambiar de +conversación e impedirla que fuese desagradable para mí. + +A la hora indicada, y en el momento de entrar en casa de nuestras +amigas, nos tropezamos con Francisca, la cual, después de haber saludado +amablemente a la abuela, nos propuso acompañarnos. La abuela hizo un +movimiento de protesta que Francisca aparentó no ver ni yo tampoco. En +seguida llamé, para evitar la hostilidad de la abuela, a la que no hacía +ninguna gracia la compañía de Francisca. + +Marieta, la doncella, nos abrió la puerta, y cambió un mirada con la +abuela, que me asombró. Pareció que la abuela le preguntaba: + +--¿Hay alguien con la señora? + +Y que Marieta había respondido: + +--Sí. + +Mientras subía la escalera, me sentí oprimida y rara. Francisca me +empujó con el codo y me dijo: + +--Esto huele a misterio, ¿eh?... + +Mi opresión aumentaba, y me parecía que marchaba hacia mi destino, casi +hacia mi desgracia... Si me hubiera atrevido, me hubiera escapado... Por +fin, se abre la puerta del salón y... ¿qué veo? + +Delante de la ventana, ocupados en mirar fotografías, estaban la de +Ribert y un joven rubio... alto... delgado... de ojos azules... Es el +señor Baltet, estoy segura... + +Las presentaciones no me enseñaron nada. Le había conocido... ¡Cómo se +parecía al hombre de mis sueños!... Su voz tiene las mismas inflexiones +corteses... ¡Es él!... + +Pero... si es él, es que la abuela y la de Ribert me han adivinado... +¡Qué vergüenza! + +Por un violento esfuerzo, logro recobrar un poco la calma, pero no puedo +hablar... Francisca, que lo ha comprendido todo, se divierte +grandemente, ríe, habla, afecta su expresión reservada de los buenos +días, y exhibe de vez en cuando algún ingenio. Está encantadora, +mientras que yo tengo la sensación de estar estúpida como una docena de +gansos reunidos... La de Ribert me mira con reproche, la abuela con +ansiedad, y las dos están casi duras con Francisca, y cortan +intencionadamente sus frases más brillantes... Por fortuna para mi +amiga, su humor parece estar en buen tiempo fijo y me quedo asombrada +de su dulzura desusada. ¡Pobre Francisca! Hace eso por mí... Qué buena +es... + +La de Ribert nos explicó en pocas palabras cómo había conocido al señor +Baltet, y habló de sus investigaciones sobre el celibato... La abuela +sonrió... El señor Baltet tomó parte en la conversación... Genoveva +habló también... Solamente a mí no se me ocurrió nada que decir... Era +tan feliz con mi absurda angustia... No sé cuánto tiempo duró la visita, +pero cuando la abuela se levantó, di un suspiro de pena... La abuela lo +notó probablemente, pues invitó al señor Baltet a ir a casa al día +siguiente, con aquellas señoras, para ver unas antigüedades que podía +enseñarles. + +El señor Baltet dio las gracias y aceptó, diciendo que quería aprovechar +su estancia en Aiglemont para hacer unos estudios arqueológicos del +mayor interés. Tiene una carta de recomendación para el padre Tomás, lo +que pareció encantar a la abuela. + +Pero Francisca dio un violento golpe a su encanto, expresando que +tendría mucho gusto en ser admitida a contemplar esas cosas que tanto le +gustan. La abuela no había comprendido ciertamente a Francisca en la +invitación, pero la curiosilla desempeñó perfectamente bien el papel de +aficionada a antigüedades, y hasta tomó cierta expresión profunda al +hablar de arqueología, todo para ablandar a la abuela y conseguir que no +se le cerrase la puerta... El señor Baltet parecía ver con placer las +diversas evoluciones de Francisca. Cómo se hubiera reído si hubiera +sospechado la comedia que nos estaba representando... + +Genoveva me acompañó hasta la puerta y me dio un beso tan tierno, que +me sentí instantáneamente animada y libre de mi absurda angustia. + +--Qué lástima, dejar a la de Ribert--dije a la abuela en cuanto +salimos.--Creo ahora haber recobrado mi presencia de ánimo y hubiera +gozado más de la presencia de mi alma hermana... + +--Silencio--dijo la abuela;--esperemos a estar en casa para hablar +libremente... + +Al llegar, me eché en los brazos de la abuela, y sólo mis lágrimas le +dijeron elocuentemente mi agradecimiento. + +--¡Querida abuela!--suspiré, cubriéndola de besos. + +--¿Estás contenta, hija mía?--me preguntó con voz conmovida, +devolviéndome con usura mis caricias. + +--Abuela, abuela... ¿Habías adivinado?... Qué ángel guardián... + +--No era difícil--respondió.--Eres tan misteriosa, pobre hija mía, que +llevas el secreto escrito en la frente... + +--¡Dios mío! y yo que apenas lo sabía... Sin Francisca, no lo hubiera +sospechado siquiera... + +--Dichosa inocencia--exclamó la abuela riéndose.--Pero--añadió más +severamente,--te ruego, Magdalena, que no acojas a Francisca como lo +haces... Es astuta esa muchacha... Me contraría el verla mañana con el +señor Baltet... + +--¿Por qué?--pregunté sorprendida. + +--Por nada--respondió la abuela, haciendo un movimiento como para +ahuyentar un pensamiento importuno.--Hablemos de nuestro complot... + +Me contó entonces que había vigilado mis impresiones, que se había +confiado al padre Tomás, y que la de Ribert había prestado su concurso +a la conspiración. Con el pretexto de comunidad de ideas, había +respondido directamente al señor Baltet. Este había pedido con la misma +ocasión algunos datos sobre los descubrimientos arqueológicos hechos en +Aiglemont, y la de Ribert había respondido tan bien, que el señor Baltet +manifestó el deseo de venir a juzgar personalmente. Y todo se había +arreglado. + +--De modo--pregunté mordida en el corazón por una secreta angustia,--que +no se ha tratado de mí... + +--Nada de eso--respondió la abuela.--Acuérdate de la declaración de +principios del señor Baltet... Creo que hablaba de exterminar a todo +intermediario en un asunto matrimonial... No era este el caso de +probar... + +--Mejor--respondí;--me quitas un gran peso... + +--Un poco de buen sentido, Magdalena--dijo la abuela.--Ya me haces +incurrir en cosas bastante extraordinarias sin llegar a ofrecer a nadie +mi nieta... ¡Ah! qué débil es el corazón de una abuela... Por cariño a +ti, me veo metida en la más tonta historia que he visto jamás... La +culpa es de las solteronas... Las abomino... + +--Querida abuela--respondí, apoyando la cabeza en su hombro,--si esas +aborrecidas solteronas fuesen la causa de mi felicidad, ¿las +detestarías?... + +--No, hija mía--dijo la abuela enternecida.--Tu dicha es mi única +preocupación... de modo que tú crees... + +--Sí--balbucí confusa,--sí, creo... + +--¿Ya no eres opuesta al matrimonio? + +--Muy poquito ya... casi nada. + +--¡Ay! hija mía, qué alegría me das... Al fin podré morir tranquila... + +--No hables así, abuela adorada. Lo que hace falta es que vivas mucho +tiempo... siempre. + +La abuela movió la cabeza con expresión de pena, y para no enternecerse +más, me habló de la buena posición del señor Baltet, de sus gustos +serios y de sus relaciones con el mundo de la ciencia. + +--¡Es alguien!--dijo la abuela. + +--Con tal de que yo llegue a ser algo para ese alguien...--murmuré con +nueva angustia. + +--¿Por qué no?--respondió la abuela con orgullo.--Tendría que ver que a +ese señor se le ocurriera criticarte... + +--Sin criticarme, podría sencillamente no reparar en mí... + +--¿En ti?... + +Esta pregunta fue un poema de amor, de confianza y de admiración y dijo +todo el cariño de mi abuela querida y su fe ciega en el porvenir de su +nieta. + +¡Pobre abuela!... + + + + +21 de febrero. + + +El señor Baltet me gusta cada vez más. + +Ha estado delicioso esta tarde. Cada uno de los objetos que le +presentaba la abuela, era motivo para una disertación medio seria, +medio jocosa. La de Ribert y Genoveva han quedado conquistadas como +yo... aunque en distinto grado. Hasta Celestina manifiesta alguna +indulgencia hacia el señor Baltet. La abuela no habla más que de él, y +su nombre sale a cada instante en la conversación... Yo sonrío y me +pongo encarnada... Dios mío, qué dichosa soy... + +Francisca me asombra prodigiosamente. Ella, que no tiene la costumbre de +hablar seriamente, está admirable de formalidad y de oportunidad. No sé +dónde ha ido a buscar las anécdotas que nos ha contado sobre un plato de +Bernardo Palissy; todas la hemos escuchado con la misma sorpresa. Sin +ese airecito reservado y dulce que ha inaugurado, sin duda en obsequio +del señor Baltet, se hubiera ganado algunas observaciones de la abuela o +de la de Ribert; pero nadie ha dicho nada, en consideración a un +esfuerzo tan meritorio. El mismo señor Baltet escuchaba con gusto lo que +decía Francisca. En varias ocasiones ha buscado su mirada y casi +solicitado su aprobación; y la deliciosa Francisca, encantadora de +ingenuidad y de modestia, sonreía, decía algunas palabras sin +incorrecciones, se callaba y bajaba los ojos... Hasta he notado que le +sale muy bien ese juego de miradas... Qué milagrosa conversión... No he +podido menos de hacérselo observar: + +--Dime, Francisca, ¿se trata de una apuesta? + +--No hagas caso, Magdalena--me respondió, soltando una carcajada, que me +pareció nerviosa,--es mi cara de hacer conquistas... + +--¡Su cara de hacer conquistas!... ¡Qué broma!... + + + + +25 de febrero. + + +Se ha marchado, y todo mi horizonte se ha ensombrecido de repente... El +cielo me parece obscuro, las nubes tristes, las calles enlutadas, la +gente fea y me pesa la vida diaria... ¿Es esto el amor?... ¿Amaré +verdaderamente a un hombre a quien apenas conozco y en el que pienso sin +cesar?... + +La abuela asegura que le he gustado y apoya su opinión en las +confidencias que le ha hecho el padre Tomás. El señor Baltet le ha +hablado de su deseo de casarse y de su voluntad de no hacerlo más que +con una mujer que le guste absolutamente. El cura, con su espiritual +bondad, le ha animado, y ha sabido por él que mi alma hermana se +interesa por una joven descubierta hace poco tiempo... ¡Salto de +alegría!... Gracias, Dios mío... + +El señor Baltet debe de estar contento de la recepción que se le ha +hecho en Aiglemont. El padre Tomás le ha mostrado una benevolencia +excesiva. El señor Dumais, a ruego de Francisca, se ha desvivido por +acompañarle y enseñarle las curiosidades de la población, y, en una +palabra, todos han puesto de su parte para que el arqueólogo encuentre +en Aiglemont algo más que la antigüedad... ¿Ha encontrado, +verdaderamente?... ¿Se lleva una impresión seria y duradera?... ¡Cómo +quisiera saberlo!... + +He tratado de ver a Francisca para saber su pensamiento sobre esto, y me +ha sido imposible... Francisca, que se encontraba como por milagro ante +los pasos del señor Baltet, es ahora invisible. + +--La señorita ha salido. + +Tal es la respuesta que responde a mi campanillazo, cada vez que trato +de ver a esta fantástica Francisca. + +Es curioso... Creí tener muchas cosas que escribir esta noche, y no me +ocurre nada... Estoy distraída... Busco las palabras, y mis ideas se +confunden... ¿Qué estará haciendo el señor Baltet mientras yo +escribo?... + + + + +1.º de marzo. + + +La de Ribert ha recibido una carta de mi alma hermana, llena de +esperanzas para mí. El señor Baltet escribe con todas sus letras: + +«Espero que tendré pronto una gran confidencia que hacer a usted, +confidencia a que tiene derecho, puesto que está usted un poco en el +fondo del secreto que me interesa.» + +Genoveva me ha dado broma sobre esto. + +--El señor Baltet ha descubierto un sarcófago o alguna moneda muy rara, +y quiere participárselo a mi madre... Es muy amable--ha añadido, +dirigiéndome una linda sonrisa. + +Yo también me he reído... Qué lejos está el señor Baltet de tal asunto +de confidencias... Tan lejos como yo... + +He podido echar la vista encima a Francisca, durante un minuto. Estaba +nerviosa, molesta e impresionable en exceso. + +--Sabes--le dije, con toda la exuberancia de mi alegría,--la de Ribert +tiene una carta... + +--¡Ah!--dijo con voz apagada.--¿Y qué dice?... + +--Nada preciso, pero hay muchas esperanzas... + +--¿Nada preciso?... ¿Seguramente?...--preguntó en un tono violento y +temeroso a la vez. + +--Puesto que yo te lo digo--respondí extrañada al ver aquel temor +incomprensible.--Nadie está más interesado que yo en creer otra cosa... + +--Es verdad--replicó Francisca con voz extraña,--tú eres la más +interesada en la cuestión... + +--Sin duda--dije.--Y dime, ¿cómo le encuentras?... + +--¿Yo?...--preguntó Francisca...--Pero cogió de prisa el sombrero, que +estaba en una mesa de su cuarto, y se lo puso en un momento...--¡Y yo +que olvidaba el encargo de mamá!...--exclamó, con una prisa +extraordinaria en ella.--Dispénsame, Magdalena, tengo que salir... ¡Ah! +sí--dijo en el momento en que la dejaba,--me preguntabas cómo le +encuentro... Pues bien, mi opinión no ha cambiado... El señor Baltet es +un majadero, a quien la primera mujer un poco lista escamoteará cuándo y +cómo le plazca... + +--Si soy yo--exclamé,--no me quejo. + +--Y tienes razón--respondió Francisca, con no sé qué relámpago en los +ojos. + +Es singular esta Francisca... + +Mi destino empieza a dibujarse... Voy a él confiada y dichosa, creyendo +al fin en la felicidad de la mujer en posesión de un marido amado y de +unos hijos queridos... ¡Qué camino recorrido en pocas semanas!... + +No he podido menos de hacérselo observar a la de Ribert, cuya +indulgencia conozco. + +--Es el momento psicológico, Magdalena... Esa hora suena para todas... + +--Pero hay que oírla--murmuré con una fantástica visión en el corazón y +en los ojos. + +--¡Bah! habría de ser sorda para no oír, al menos, las campanadas de una +parte... + +--Es verdad... pero con algodón en los oídos... + +--¿Tiene usted algodón ahora?--me preguntó la de Ribert, con una sonrisa +enteramente maternal. + +--No--respondí, ruborizándome;--al menos para lo que viene de +Bellefontaine... + +Y me marché con el corazón en fiesta y el alma en ebullición. + + + + +5 de marzo. + + +No se habla en el pueblo más que del chasco de la de Brenay con el Barón +de Erinois. La Bonnetable hace el oficio de tambor municipal y va de +casa en casa a llevar la noticia. El brillante capitán se vuelve a +casar, pero no con Petra. Sus 13.000 pesos de renta han encontrado otra +renta de 4.000 en una joven, sin más antepasados que unos fabricantes de +productos químicos... La crónica añade que las esperanzas de la novia +exceden con mucho a su dote... + +La abuela lo siente por Petra, puesto que ésta lo deseaba, pero vitupera +vivamente a la de Brenay, por desear tanto la gran riqueza. + +--¡Qué singulares matrimonios se hacen ahora!--dice.--Todo desaparece +ante la fortuna... Todo el mundo se arrodilla ante el becerro de oro... +Qué costumbres... + +No hay noticias del señor Baltet... La de Ribert le espera todos los +días... ¡Y yo!... + +--Dígale usted que sí en seguida, señora, no le haga usted esperar--le +digo muy bajo. + +--De modo que hay que decir sí... + +--Sí... sí... sí... + +--Cómo me recuerdas a tu pobre madre--dijo la abuela, con voz +temblorosa.--Así estaba el día en que tu padre la solicitó... + +--Y los dos te dan las gracias, abuela adorada, por la dicha que das a +su hija... + +--Así lo espero--respondió la abuela mirando las fotografías de los +muertos queridos...--He hecho cuanto he podido para reemplazarlos +contigo... ¿Lo he conseguido? + +--Bien sabes que sí. + +Mis besos pusieron fin a la conversación. + +Como el señor Baltet no sea un buen nieto para la abuela, estoy pronta +al divorcio... Cuidado con el papel sellado... + + + + +9 de marzo. + + +Por fin ha habido una carta suya, dirigida esta vez al padre Tomás, a +propósito de un volumen que no se encuentra en las librerías... Pero +como el volumen me interesa poco, retengo sobre todo la frase en que el +señor Baltet asegura que su viaje a Aiglemont ha sido su camino de +Damasco, y que su sueño dorado sería llamar su mujer a aquella de quien +conserva tan profundo recuerdo... + +¡Qué bien dicho está! + +Cinco veces he leído el famoso pasaje, y, finalmente, para escapar a las +miradas maliciosas del padre Tomás, me he arrojado llorando en los +brazos de la abuela. + +El cura se quedó un poco sorprendido por esta conclusión imprevista. + +--¡Cómo!... ¿Lágrimas?...--murmuró levantando las gafas para ver mejor. + +--Sí--respondió la abuela,--esta niña está muy sensible... + +--¿Y es esa frase, que parece insignificante, la que ha provocado tal +diluvio? + +--Ciertamente... Señor cura--añadió la abuela descontenta,--no tiene +usted corazón, sino comprende estas lágrimas. + +--¡Bah!--respondió el cura, comprimiendo políticamente la risa,--creo +tenerlo un poco, aunque mis glándulas lacrimales no tengan la misma +capacidad que las de Magdalena... + +No pude menos de reírme de la evidente sinceridad del cura, el cual dio +un salto al oír la carcajada burlona que dejé escapar. + +--¿Ahora se ríe?...--exclamó abriendo los ojos con intensa +sorpresa.--Qué hermosa es la juventud... Se llora y se ríe sin saber por +qué... + +En seguida, para evitar otra emoción, me preguntó a quemarropa: + +--¿Y las solteronas?... veo que las abandona usted definitivamente... No +está bien interrumpir tan bonitos estudios... + +--Así es la vida--respondí;--pero no crea usted que las abandono, puesto +que les deberé mi felicidad... + +El cura me miró con expresión de asombro, y la abuela me dirigió una +sonrisa. + +--Eso--dijo,--no es de la competencia de usted, señor cura... sea +indulgente... Magdalena es tan feliz... + +--Feliz por una frasecilla sin estilo, sin citación...--dijo +despidiéndonos,--sí, no lo comprendo... + +--Lo creo, señor cura, que no lo comprende usted... Eso no es de su +competencia, como dice la abuela... + + + + +12 de marzo. + + +¡Ay!... todo está acabado desde ayer... desapareció aquella dicha que +tanto me ilusionaba... + +El señor Baltet se casa, sí, pero... con Francisca... + +Es en Francisca en quien ha reparado; es a Francisca a quien ama; a ella +es a quien pide en matrimonio, por medio de la de Ribert, consternada. + +En el primer momento, la de Ribert quería devolver la carta y rogar al +señor... no, no puedo escribir su nombre... que hiciese sus encargos él +mismo, pero le supliqué que salvase mi amor propio y aceptase la misión +que se le confiaba. + +La abuela echa chispas contra Francisca; la de Ribert y Genoveva están +indignadas, y el cura afirma que desde Dalila no se ha visto un ejemplo +de traición semejante... Me esfuerzo por parecer animosa, pero estoy +herida en el corazón... + +--¡Queridos sueños míos!... ¡Qué derrumbamiento! + + + + +20 de marzo. + + +Se han hecho los esponsales de Francisca... La de Dumais vino ayer a +participar el matrimonio a la abuela, pero ésta, muy delicada, no pudo +recibirla... + +¡Cuánto sufro, Dios mío!... ¿Le amaba, pues, hasta ese punto? + + + + +25 de marzo. + + +Parece que hay que salvar la situación y tener el valor de no cambiar +mis costumbres para escapar de las hablillas del pueblo. La abuela me +suplica que reciba a Francisca, que ha venido ya a verme cuatro veces... +Hasta ahora he resistido, pero la abuela tiene razón... A la misma +Celestina no dejaría de chocarle... Ayer dejó escapar una reflexión +significativa: + +--No vale la pena de ponerse una persona en las niñas de los ojos para +dejarla luego en la puerta...--murmuró cuando iba a decir a Francisca +que había yo salido. + +Recibiré, pues, a Francisca... Qué penoso momento... Con tal de que +tenga valor... + + + + +28 de marzo. + + +He visto a Francisca y he tenido con ella una escena muy dura. + +La abuela me había suplicado tanto que me dominase, y tan vigorosamente +me había sermoneado el padre Tomás, que estuve casi correcta. + +Francisca entró un poco desconcertada. Evidentemente tenía conciencia de +su mala acción. Sin hacerle un reproche, le ofrecí la mano. + +--¿Me guardas rencor, Magdalena? + +--Mucho. + +--Sin embargo, te juro que ha sucedido a pesar mío... + +--De modo que te casas a pesar tuyo... + +--No... lo confieso... Pero... ¿Cómo diré yo?... Al principio no pensé +en tal cosa. + +--Sin duda--dije con amargura.--Sin pensar, estuviste provocadora y +coqueta. Sin querer, prodigaste mil gracias conquistadoras y lo hiciste +todo, todo, para quitármele... + +Me callé de repente, viendo que iba demasiado lejos, y seguí diciendo +con más calma: + +--¿Por qué me has hecho traición? + +--¡Traición!... que palabra... + +--Es la justa. + +--Pues bien, sí, te he hecho traición, pero al principio, créeme, +Magdalena, no pensaba en ello... + +--Que no pensabas... + +--No, te lo juro... estuviste tan torpe... no hablabas... apenas +sonreías... + +--Sí, estuve torpe como un ganso y tú ingeniosa como un demonio... es +sabido... ¿Y qué?... + +--¿Y qué?... Que vi en seguida que no le gustarías jamás... jamás... +¿entiendes?... + +--¿Por qué jamás? + +--Los hombres como él, no aprecian a las mujeres como tú... Su razón no +podía simpatizar con la tuya... Su prudencia tenía necesidad de mi +locura... + +--¡Ah!... + +--La prueba es--dijo Francisca con energía,--que en seguida comprendí su +inclinación hacia mí y su indiferencia contigo. + +--Debiste decírmelo. + +--¿Para hacer imposible mi juego?... No, por cierto, Magdalena. El señor +Baltet es un hombre serio, un hombre que no ha vivido... Te +aseguro--continuó Francisca casi suplicante,--que esa clase de hombres +no se aficionan más que a... + +--A las bribonas, tienes razón. + +La palabra era dura, y la sentí inmediatamente, aunque sin desear +retirarla. + +--¡Bien!--articuló Francisca, respirando profundamente.--Pero, por muy +bribona que sea, oye lo que tengo que decirte... Mi prometido... era el +único marido posible para mí... + +--¿Por qué? + +--Porque es uno de los raros jóvenes que desprecian la fortuna... + +--Desprecio no recíproco, ¿verdad?... + +--No recíproco--confirmó Francisca muy sombría.--El es rico y le es +fácil ese desprecio... yo, soy pobre y quiero vivir... + +--Pues bien, tus medios te lo permitirán ahora--dejé escapar... + +--¡Ah! Magdalena, eres cruel... + +--Es que sufro... ¿Pero qué te importa eso a ti?--exclamé bruscamente. + +--Yo también he sufrido--dijo Francisca...--tú no sabes lo que es desear +casarse... No comprendes el infierno de no concebir otra vida más que la +del matrimonio, ni más dicha que la de una buena unión, y pensar que +jamás... jamás... se tendrá marido... + +--Se toma el de las demás... + +--El señor Baltet no lo era tuyo. + +--No, pero sin ti, lo hubiera sido... + +--Nunca... + +--¿Qué sabes tú? + +--El me lo ha dicho. + +--¡Ah!--exclamé yendo hacia ella en actitud amenazadora,--¿me has hecho +traición dos veces?... + +--No--me respondió sin bajar los ojos;--le he preguntado sencillamente +por qué me había preferido siendo pobre, a ti que eres rica... + +--¡Ah!... + +--Jamás--me respondió,--me hubiera casado con una mujer que tuviese +fortuna... Quiero que mi esposa me lo deba todo, lo mismo su bienestar +que su amor... + +--De modo que te has perdonado tu traición... + +--Todavía no... Quisiera, Magdalena, que te dieses cuenta de los +sentimientos que puede experimentar una muchacha pobre cuando contempla +la vida de las dichosas de la tierra desde el fondo del abismo en que +vegeta... Ninguna probabilidad de casarse... Ninguna esperanza en la +vida... Entonces deja una de darse cuenta del bien y del mal... No se +piensa, no se vive, ni se desea más que conquistar lo imposible... + +--Aunque sea destrozando el corazón de otra... + +--Qué importa... Es la lucha por la vida... + +--Lucha horrible... + +--Pero permitida. + +--¿Por qué, desgraciada?... + +--Por el instinto de la dicha... ¿Es ésta, acaso, un monopolio de las +jóvenes que tienen dote? + +--¿Somos tan felices?... + +--Vuestra felicidad es insolente... + +--¡Ah! Francisca--dije enternecida.--No tengo padre ni madre y me quitas +el único hombre a quien hubiera podido amar... + +--Era el único con quien podía yo casarme... Tú puedes escoger... + +--Ya había escogido. + +--Peor para ti... La cuestión no está en escoger, sino en ser +escogida... + +--Bueno--respondí.--Estoy vencida, luego no tengo razón... No te deseo +ningún mal, pero quiera Dios, Francisca, que seas más honrada como +esposa que como amiga... ¿Le amas al menos? + +--Todavía no--respondió Francisca después de un instante de +vacilación.--Pero ya le amaré--añadió precipitadamente. + +--O no le amarás--murmuré llena de angustia...--¡Qué triste es vivir!... + +Francisca me miró, vaciló y se atrevió por fin a invitarme a su boda. +Entregada a mí misma, hubiera rehusado con indignación; para salvar las +apariencias, acepté. + +--Para ti como para mí, vale más que nada se sepa fuera... Nuestra +amistad ha muerto... + +--¡Oh, Magdalena! + +--Sí, ha muerto... de nada sirve negar la evidencia. Vas a salir de +Aiglemont; hasta que te vayas, estaremos en la misma actitud en que +estábamos. ¿Has comprendido?... + +--Acepto tus condiciones puesto que he obrado mal contigo... Pero... +yo... Magdalena... te quiero como siempre... + +--Sin duda... el gato quiere al ratón con que juega... Adiós, Francisca. + +Hizo un movimiento para abrazarme, pero yo permanecí helada. + +--Adiós, Magdalena... Eres dura... + +--Sí, las víctimas lo son siempre, es sabido. Pero me es imposible darte +las gracias a pesar de mi buena voluntad... Adiós, pues... + +Y Francisca desapareció, muy feliz sin duda, por haber terminado su +nueva comedia. + +Qué razón tenía la de Ribert y la abuela al ponerme en guardia contra +ella... ¿Por qué no las he escuchado?... ¡Ay! ya es tarde... + + + + +31 de marzo + + +Se habla mucho del matrimonio de Francisca. Yo estoy heroica y me +callo... La de Aimont gime al hablar de la increíble suerte de esta +muchacha que ha encontrado el secreto de pescar tan buen partido. La +cosa les es más sensible porque el joven de Martimprey exige 20.000 +pesos de dote en vez de 10.000, para casarse con Paulina. Es lo +último... + +Los Aimont están furiosos por tal regateo, y es natural. + +--¿Cómo va una a hacer para casar a sus hijas, Dios mío?--murmura la de +Aimont.--No puede una, sin embargo, ponerse al acecho detrás de un muro +protector y tirar sobre los yernos posibles... + +--A eso se llegará, señora--dijo la abuela como consuelo...--La caza a +los maridos amenaza con hacerse bárbara... ¡Qué costumbres!... + +Pobre abuela... Siente mi pena a pesar de la calma aparente que ha +logrado conquistar. Está triste y pálida y me mira con inquietud... En +pocos días ha envejecido muchos años... Y pensar que hubiera querido +tanto hacerla dichosa... + + + + +16 de abril. + + +He pasado una parte del día leyendo este voluminoso diario, relato de +mis deseos y de mis ilusiones y testigo de mi decepción. Estaba +recorriéndole con toda la melancolía de un ensueño interrumpido, cuando +han venido a pedir noticias mías el padre Tomás, la de Ribert y +Genoveva. + +Les he leído unos pasajes de mi precioso cuaderno, y el padre Tomás me +aconseja que le continúe. + +--¿Qué voy a continuar?--pregunté.--¿Se continúa lo que está acabado? + +--¿Cómo que está acabado?... + +--Sí... ¿Qué quiere usted que añada a mis solteronas?--dije sonriendo +tristemente. + +--Un último capítulo--respondió el cura con fingida alegría.--Alguna +cosa original. + +--Ese capítulo--respondí,--está escrito... Me faltaba la solterona por +decepción, y ya la tengo... Después, como cosa inédita... + +--Permítame usted... + +--Hacía falta añadir la lucha vergonzosa que atraviesa la joven sin +fortuna en el camino de la que la posee... También está relatado. + +--No hablemos de eso--exclamó la de Ribert con lágrimas en los +ojos.--Distráigase usted, Magdalena, y no piense más en esa decepción +que nos incumbe a todos, y a mí sobre todo... + +--Por favor, déjeme usted toda la responsabilidad de lo que ha +pasado--dije con voz poco segura.--Así como ignoraba lo que era una +decepción, no sabía hasta donde podía ir la joven hipnotizada por el +deseo de casarse... Ahora lo sé--añadí temblando ligeramente;--la cosa +hace poco honor a la sociedad... + +--La sociedad no tiene que ver con eso--dijo la abuela estudiándome con +angustia;--todo depende del carácter particular. + +--No siempre--respondí en tono más firme.--La lucha está emprendida de +abajo a arriba en esta vieja sociedad alterada. Solamente en este +combate por la vida, desgraciados los tímidos, desgraciados los débiles, +desgraciados los concienzudos... Esos están vencidos de antemano... + +--Vaya--respondió el cura,--usted exagera las cosas... + +--¿No soy yo una vencida?... + +--Sin embargo--replicó el cura mientras la abuela se enjugaba una +lágrima,--no hay que ver las cosas tan negras... Podría usted ganar una +enfermedad del estómago--añadió intentando una broma. + +--Tengo ya tan malo el corazón...--murmuré apoyando la cabeza en el +respaldo de la butaca.--Siento rencor por la sociedad entera. + +--¿Por qué?--preguntó Genoveva. + +--Una sociedad que hace tan poco para proteger a sus miembros más +débiles es una sociedad a la que falta algo... + +--Le faltan tantas cosas--suspiró el cura. + +--Sí, pero sobre todo la presciencia de los peligros que hace correr a +aquellos a quienes tiene la misión de guardar y no guarda... En el +estado actual de nuestras costumbres, ¿qué puede hacer una joven que +quiere casarse y no encuentra con quién?... + +--Resignarse en el celibato--respondió la de Ribert.--No hay otra cosa. + +--¿Y para la que no acepta la resignación?... Para esa no hay más que la +rebelión--añadí convencida.--Las honradas faltarán al honor haciendo +traición a quien puedan... Las otras caerán más bajo todavía... Es +triste--continué,--pues si la sociedad no protege a sus individuos, se +protegerán ellos mismos y volverá a empezar la lucha cuerpo a cuerpo, +con la traición además... + +El padre Tomás movió la cabeza, la abuela me miró con expresión de +alarma y la de Ribert y Genoveva parecieron confusas. + +--Es duro--añadí bajando los ojos,--ser engañada por la amistad y por lo +que se cree ser el amor... + +Nadie respondió. + +Al cabo de un instante, el cura tosió, para aclararse la voz, y dijo: + +--Por encima de la amistad que hace traición y del amor que desilusiona, +hay, sin embargo, Magdalena, algo, o más bien, alguien que usted +olvida... + +Le miré con incertidumbre. + +--Está Dios--continuó en un tono majestuoso que me conmovió;--Dios que +castiga las traiciones y consuela a los engañados... + +--Sí--respondí en un impulso de sinceridad.--Pero mi decepción está tan +reciente que... + +--¿Quiere usted una receta para curarla? + +--¿Una receta?--pregunté sonriendo esta vez, con gran contento de la +abuela.--Démela usted pronto, señor cura, pues bastante la necesito... + +--No penar en lo que se sufre, sino en lo que sufren los demás... Esta +es mi receta. + +--Pero... es una receta de solteronas--exclamé. + +--Por eso es de circunstancias... + +--Sí--respondí valientemente.--Puesto que soy una solterona +involuntaria, utilicemos las recetas de las solteronas... Resumamos, +señor cura... Para hacer una solterona se toma una joven, se la +desilusiona, se le hace traición... + +--No siempre--protestó Genoveva. + +--Y si no se le hace traición, se le acapara y se la ocupa de los demás +y no de sí misma... Vive para los pobres, para los desgraciados y para +los enfermos... Envejece... se acartona... se deseca... + +--Y muere--dijo la de Ribert en tono trágico. + +--Y va derecha al Cielo--añadió el cura,--escoltada por las lágrimas de +todos los que ha aliviado y acogida por las sonrisas de los +bienaventurados que la han precedido... + +--Entonces, la solterona...--pregunté. + +--Es una reina en el Cielo... cuando ha sido buena. + +--¿Y si no lo ha sido?... + +--Ha tenido bastante purgatorio en la tierra para no necesitar pasarlo +de nuevo en el otro mundo--dijo el cura en tono un poquito sarcástico. + +--Dichosas solteronas--suspiró la abuela. + +--Sí--respondí sintiendo cierto alivio...--Dichosa la que sufre sin +haber hecho nunca sufrir... + +--¡Sufrir y no hacer sufrir! sí--murmuró la abuela con su voz grave de +los grandes días de duelo;--sí, esa debiera ser la fórmula de la vida de +la mujer, aun de la más feliz de todas. + +FIN + + + + + +End of the Project Gutenberg EBook of Las Solteronas, by Claude Mancey + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LAS SOLTERONAS *** + +***** This file should be named 29610-8.txt or 29610-8.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + https://www.gutenberg.org/2/9/6/1/29610/ + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at https://www.pgdp.net + + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: Las Solteronas + +Author: Claude Mancey + +Release Date: August 5, 2009 [EBook #29610] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LAS SOLTERONAS *** + + + + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at https://www.pgdp.net + + + + + + +</pre> + +<hr class="full" /> + +<p class="c un top15"><b>BIBLIOTECA DE «LA NACION»</b></p> + +<h2>CLAUDE MANCEY</h2> + +<h2>LAS</h2> + +<h1>SOLTERONAS</h1> + +<p class="c top15"><img src="images/001.png" +alt="logo" +width="75" +height="78" +/></p> + +<p class="c top15">BUENOS AIRES<br />1909</p> + +<p class="c">Imp. y estereotipia de <span class="smcap">La Nación</span>.—Buenos Aires.</p> + +<hr /> + +<p class="cabez">LAS SOLTERONAS</p> + + +<p>Las páginas que se van a leer no necesitan un largo discurso para ser +presentadas al público.</p> + +<p>El título que llevan basta para hacer conocer su objeto.</p> + +<p>Y basta también, añadiré, para revelar su actualidad.</p> + +<p>¡Las solteronas!</p> + +<p>Existe hoy una cuestión de las solteronas.</p> + +<p>Y el autor de esta obra ha querido exponerla, o, mejor, plantearla.</p> + +<p>Su libro—confesémoslo, puesto que es la verdad—es, ante todo, una +tesis de sociología.</p> + +<p>Si le ha dado la forma de una novela es porque sabe, como ha dicho La +Fontaine, que</p> + +<p> +Una moral desnuda trae consigo el fastidio,<br /> +<br /> +mientras que<br /> +</p> + +<p>El cuento hace pasar a la moral con él.<br /> +</p> + +<p>La «moral» que el autor quisiera hacer «pasar» sin «fastidio» a la mente +de los lectores, es que hay en la actualidad una crisis del matrimonio +y que, por consecuencia de ella, muchas existencias femeninas +transcurren no sólo en una soledad dolorosa para la que las mujeres no +están hechas, sino en una semiesterilidad que viene en detrimento +público.</p> + +<p>Hay en esto un mal social considerable.</p> + +<p>A los moralistas, a los economistas y a los legisladores toca buscar y +encontrar los remedios.</p> + +<p>Toda la ambición del «Diario» que sigue es notar los signos y marcar las +manifestaciones de ese mal.</p> + +<p class="r">C. M.</p> + + + +<p class="fecha">Aiglemont, 26 septiembre 1903</p> + + +<p>—Abuela, abuela—grité aquella mañana al salir de la cama,—felicítame, +porque hoy cumplo veinticinco años...</p> + +<p>Y, muy dichosa, me precipité como una tromba en el cuarto de la abuela, +que está al lado del mío. Sorprendida por mi brusca invasión—la abuela +no puede acostumbrarse a mis modales de torbellino—la encontré enredada +en las bridas de su cofia de dormir, y tratando de sujetársela en la +cabeza del modo que convenía a la solemnidad de las circunstancias.</p> + +<p>La abuela es aficionada a la etiqueta—con E mayúscula, como ella la +escribe,—y, para ella, estaba yo faltando a las más elementales +conveniencias al anunciarle sin más ceremonia el alba de mi +vigésimasexta primavera.</p> + +<p>¡Ay! jamás he podido aprender la calma, esa calma de las tropas +veteranas de que habla sin cesar mi primo el comandante Harmel.</p> + +<p>—¿Felicitarte?—articuló por fin la abuela, besándome con todo su +corazón, mientras que su gorro se caía decididamente al +suelo.—¿Felicitarte?... Verdaderamente, señora nieta, no veo por qué.</p> + +<p>¡Adiós mi dinero!</p> + +<p>Aquel «señora nieta» me indicaba que la aurora de mi vigésimasexta +primavera iba a conocer la reprimenda de que fueron testigos sus +hermanas mayores y que era preciso prestar un oído atento y sumiso a los +consejos matrimoniales de la abuela.</p> + +<p>—Sí—continuó, persiguiendo su idea y la colocación del gorro fugitivo +en sus hermosos cabellos blancos,—sí, por mucho que busco, no veo nada +particularmente glorioso en el hecho de tener veinticinco años.</p> + +<p>—Abuela—respondí afectando una expresión escandalizada,—a los +veinticinco años es cuando aparece solamente la segunda y durable gracia +de la fisonomía...</p> + +<p>—¿Qué estás ahí diciendo, chiquilla?—interrumpió la abuela haciendo un +visible esfuerzo para recordar el autor de esa frase conocida.</p> + +<p>—Es una canción de Legouvé, querida abuela—si se puede llamar a eso +una canción—añadí <i>in petto</i>.—Legouvé supone que hasta los veinticinco +años no brilla en la mirada de la mujer el fuego de la inteligencia; que +la agudeza del ingenio se revela en las narices más movibles y más +acusadas; que el alma, sobre todo, el alma de abnegación y de ternura, +al asomar a los labios, a la sonrisa y a las lágrimas, muestra a la +mujer con todo el brillo con que Dios la ha adornado al crearla; y, en +fin, que una mujer no está llena de riqueza de sentimientos y de +inteligencia hasta los veinticinco años. Abuela, tú no eres de la +opinión de Legouvé, confiésalo...</p> + +<p>—En una mujer casada—respondió la abuela—todo eso puede ser verdad, +pero... en una solterona...</p> + +<p>—¡Solterona!—exclamé lanzando una alegre carcajada.—¡Qué gran error, +abuela!... Soltera sí, y a mucha honra; pero solterona, jamás...</p> + +<p>Y mostré a la abuela con el gesto la linda silueta que reflejaba el +espejo del armario de familia, una silueta a lo Legouvé. Blanca y +delgada, con mi gran peinador de mañana, no tenía yo verdaderamente el +aspecto de una triste solterona.</p> + +<p>Mis ojos negros no hacían pensar que yo me impacientase en las tristezas +de la espera de un esposo soñado; mis cabellos indisciplinados, de +matices cenicientos, no atestiguaban un carácter melancólico, y mi +sonrisa no indicaba ninguna decepción del corazón.</p> + +<p>La abuela sonrió maliciosamente sin dejar de mover la cabeza.</p> + +<p>—Sí, sí; confieso que no has llegado todavía a la decrepitud.</p> + +<p>—¡Decrepitud! malísima abuela, retira pronto esa fea palabra.</p> + +<p>—¡Diablo! Una solterona...</p> + +<p>—¡Injusto calificativo!... ¿Por qué ese epíteto de viejas en una edad +en que lo somos tan poco?</p> + +<p>—Es el uso—respondió la abuela en un tono que significaba que no había +nada que replicar.—A los veinticinco años se viste la primera imagen y +se entra en el gremio de las solteronas, por muy joven y muy linda que +una se crea. Pero la belleza y la juventud son cosas fútiles. En vez de +enorgullecerte por tus cualidades físicas, cuida tu belleza moral, hija +mía.</p> + +<p>—¿A los veinticinco años?... Tú bromeas, abuela. Si mi belleza moral no +está completa a la hora actual, puedes creer que es inútil que trabaje +en ella. A esta edad no brotan ya esas cosas.</p> + +<p>—Anda de ahí, chiquilla—replicó la abuela;—no eres seria.</p> + +<p>—Vaya si lo soy—respondí.—La prueba es que ahora mismo me voy a +prender un bonito lazo rosa en la belleza moral. Verás como eso la +realza a los ojos de los mortales. Sabes, abuela, que no todo el mundo +descubre la belleza moral... mientras que un lazo rosa...</p> + +<p>—Niña mimada—suspiró la abuela,—no quieres comprender qué feliz sería +yo viéndote casada con un buen marido y...</p> + +<p>—¡Oh! abuela querida—supliqué,—soy tan feliz a tu lado... No me eches +de aquí, te lo ruego...</p> + +<p>—¡Echarte!—exclamó la abuela con infinita ternura en los ojos.—¿Echa +nadie a su alegría, a su rayo de sol, a su pajarillo parlero?</p> + +<p>—No—respondí vivamente afectando un tono de broma,—no se les echa, +pero se les pone bonitamente en la puerta. La cosa es igual aunque no lo +parezca.</p> + +<p>—Piensa, Magdalena, que puedo faltarte. ¿Qué sería de ti sola en la +vida?</p> + +<p>—¡Oh! abuela, no entristezcas el día de mi cumpleaños, te lo suplico. +No me digas cosas tan horribles. En primer lugar, tú vivirás siempre.</p> + +<p>—No, hija mía—respondió la abuela con una conmovedora angustia en la +mirada,—no viviré siempre; no hay que hacerse ilusiones. Soy vieja, me +moriré como los demás y, te lo repito, ¡qué será de ti sin parientes, +sin familia allegada!...</p> + +<p>—¡Abuela! ten piedad de mí—supliqué con lágrimas en los ojos;—déjame +gozar de mi vigésimoquinto aniversario... No me obligues a pensar cosas +tristes... No me hables de la muerte, y sobre todo de la tuya...</p> + +<p>—Es, sin embargo, una ley de la Naturaleza siempre respetada y siempre +obedecida—respondió dulcemente la abuela.—Tu padre y tu madre te han +dejado. ¿Por qué yo, la abuela, he de ser inmortal?... Los viejos dejan +el sitio a los jóvenes, y los pajarillos vuelan del nido para ir a +construir otro...</p> + +<p>—Los pajarillos sin corazón, es posible—dije dejando caer un lagrimón +en la mano que la abuela me ofrecía—pero las nietas agradecidas...</p> + +<p>—¡Bah!—respondió la abuela,—ya salió la gran palabra... Por +agradecimiento querrías permanecer a mi lado para cuidarme, para +endulzar mis dolores, para alegrar mis últimos años. Pero yo, por deber, +no quiero tal cosa. Mi deseo es que te cases y pronto. ¿Entiendes?</p> + +<p>—Sí, entiendo tu abnegación. Me has recogido a la muerte de mis padres, +me has consagrado veinte años de tu vida que hubieras podido pasar más +tranquilamente; y ahora te olvidas de ti misma una vez más queriendo lo +que crees que es mi felicidad. ¿Estás segura de qué lo será el +matrimonio?</p> + +<p>—¡Cómo si estoy segura! Perfectamente, tontilla. No hay más que dos +maneras honradas para una mujer de tomar puesto en la vida: el +matrimonio y el convento.</p> + +<p>—No comprendo por qué el celibato no es tan honroso como los otros dos +medios.</p> + +<p>—No necesitas comprenderlo—respondió la abuela con energía.—No se +permanece soltera; eso no se hace.</p> + +<p>—Entonces, casamiento o monasterio. El convento no me dice gran +cosa—dije bajando la cabeza.—La obediencia no es mi fuerte, la pobreza +me molestaría y sólo me seduce la castidad. Tales gustos son los de una +solterona, pero no son una vocación religiosa. Pero el matrimonio no me +seduce tampoco mucho. ¿Estás segura, abuela, de que tengo la vocación +del matrimonio?</p> + +<p>—¡Cómo disparatas, hija mía, cómo disparatas!—suspiró la abuela +encogiéndose de hombros.—Cuando una mujer no está llamada a la más +perfecta de las vocaciones, que es la religiosa, es que Dios la llama al +matrimonio. No hay vocación del celibato. El matrimonio es indispensable +para las mujeres destinadas a vivir en el mundo. Piensa, Magdalena, que +la mujer no es nada por sí misma...</p> + +<p>—¿Nada? ¿Yo no soy más que una apariencia? Soy muy real, te lo aseguro.</p> + +<p>—Nada en lo moral, hija mía. La mujer necesita un apoyo para +sostenerla...</p> + +<p>—Sí, vamos, una especie de tutor.</p> + +<p>—Un protector para representarla...</p> + +<p>—Como un paraguas...</p> + +<p>—No digas tonterías, hija mía, hablo en serio. La mujer necesita hijos +y familia; es preciso que su sensibilidad se emplee en los seres a +quienes ha dado la luz. Esta es la sola dicha de la mujer y su única +dignidad.</p> + +<p>—¿Crees, abuela?—articulé pensativa.—Sin embargo, una muchacha de mi +edad que empieza a comprender la vida, y ve de qué regateos son objeto +las jóvenes casaderas, no puede tener prisa por dejarse pesar como un +saco de dinero. Un marido que se compra no es más tentador que un muñeco +de la feria. Y, todavía, se tiene el muñeco por unos cuantos centavos, +mientras que el hombre...</p> + +<p>—Sí, ya sé, ya sé—replicó la abuela distraída.—Digan lo que quieran, +siempre ha sido así. Las muchachas con buen dote siempre han sido +buscadas; las otras se casaban como podían. Hoy, el matrimonio no es +fácil cuando no se tiene nada; pero tú no estás en ese caso. Tu pequeña +fortuna y lo poco que yo te dejaré, te permiten hacer una elección +honrosa. No veo nada que se oponga a tu matrimonio.</p> + +<p>—¿Nada? ¿Y el marido, abuela, qué haces de él?</p> + +<p>—El marido yo lo encontraré—respondió la abuela.—Eso es sencillo y +fácil. Prométeme solamente ser razonable y no rechazar a ciegas +cualquier proyecto de matrimonio.</p> + +<p>—Sí, abuela, te prometo tratar de hacerlo—respondí con firmeza.—Pero +concédeme una gracia en cambio de esta promesa. Antes de tomar una +resolución, déjame algún tiempo para estudiarme a mí misma y estudiar a +los demás. Tú estás segura de que seré feliz en el matrimonio; yo lo +dudo, y quisiera ver claro en mi corazón antes de decidir nada. ¿Es +mucho pedir?</p> + +<p>—No, querida—respondió la abuela con un relámpago de satisfacción en +los ojos.—Tengo confianza en tu promesa. Estudia todo lo que quieras, +puesto que el estudio es la manía de las jóvenes de ahora; te doy carta +blanca. Vaya, vístete—añadió echando una mirada al reloj,—para que no +llegues tarde a misa de ocho.</p> + +<p>—¡Llegar tarde a misa en el día de mi cumpleaños!... No, abuela; Dios +querría castigarme y sería capaz de casarme de repente...</p> + +<p>He aquí cómo, a consecuencia de esta conversación con la abuela, he +tomado la resolución de escribir de vez en cuando mi diario, a fin de +darme cuenta de lo que pienso y de lo que deseo. Tengo alguna libertad +para decidir mi porvenir y descubrirme la vocación del matrimonio; +aprovechémosla. Hasta ahora mi vocación es más bien vaga, lo confieso. +¡Qué lástima que la abuela encuentre tan inconveniente el quedarse +soltera! Creo que me estaría como un guante la vocación del celibato.</p> + + + +<p class="fecha">4 de octubre.</p> + + +<p>La abuela ha tomado en serio su idea del matrimonio.</p> + +<p>Al salir de la primera misa, en la que habíamos hecho nuestras +devociones—hoy es la fiesta del Rosario,—mi querida abuela me condujo +vivamente hacia San José, y yo comprendí inmediatamente de qué se +trataba. San José, protector de los matrimonios, es el más solicitado +de los santos, a pesar de San Antonio, que empieza a hacerle una +competencia temible. Todas las mamás ávidas de casar a su progenitura +están a los pies del santo patriarca, y todas las solteras y solteronas +en busca de un marido le hacen una corte asidua.</p> + +<p>Al salir de la Catedral quise darme el placer de parecer ignorar lo que +la abuela podía tener que pedir tan largamente al bueno de San José.</p> + +<p>—Muchas coqueterías te traes con San José—le dije en cuanto salimos de +la iglesia.—Supongo que le has pedido muchas gracias en la larga +estación que acabas de hacer delante de él.</p> + +<p>—Una sola, Magdalena—dijo la abuela con una convicción absoluta.</p> + +<p>—¡Ah!</p> + +<p>—La gracia de un buen matrimonio para ti.</p> + +<p>—¡Pobre abuela!</p> + +<p>La ocasión era tan tentadora, que dije muy de prisa:</p> + +<p>—Yo también he rezado por ti, querida abuela, aunque no para obtener la +misma gracia. He suplicado a San José que te quite de la cabeza todo lo +que pueda parecerse a una idea fija.</p> + +<p>Si no hubiéramos estado en medio de la calle, la abuela me hubiera +tirado de las orejas; pero no pudiendo administrarme su castigo +favorito, se contentó con sonreír con indulgencia. En esto nos +encontramos de manos a boca a una charlatana, a la que la abuela recibe +sin quererla mucho, la señora Siberot.</p> + +<p>—Querida amiga—dijo ésta, apoderándose de la mano que la abuela le +ofrecía;—qué contenta estoy de ver a usted.</p> + +<p>—Y nosotras también, amiga mía—respondió la abuela con política.</p> + +<p>—¿Conque piensa usted casar a Magdalena?—preguntó aquella buena alma.</p> + +<p>—¿Quién le ha dicho a usted eso?—respondió la abuela.</p> + +<p>—Tres personas me lo han afirmado después de la misa de ocho.</p> + +<p>—¡Ah!—replicó la abuela mirando al reloj.—Hemos salido a las ocho y +cuarenta y son ahora las ocho y cincuenta. En diez minutos se ha hablado +mucho.</p> + +<p>—Ha rezado usted tanto tiempo a San José, como decía ahora mismo la +señora de Robertier, que todo el mundo ha deducido que desea usted casar +a su nieta.</p> + +<p>—De modo—respondió con complacencia la abuela,—que no se puede rezar +a San José por otros motivos...</p> + +<p>—No, señora—dijo la omnipotente charlatana,—sobre todo cuando se +tiene hija o nieta casaderas.</p> + +<p>Y viendo a lo lejos a una de sus amigas, saludó con prisa a la abuela +para correr a la recién llegada y emprender con ella el chisme del día.</p> + +<p>—Abuela, me pones en evidencia—dije furiosa por las murmuraciones de +que era objeto.</p> + +<p>—No te importe, hija mía—dijo la abuela siempre filósofa.—Hay que +saber sufrir lo que no se puede evitar.</p> + +<p>De vuelta a casa, encontramos a Celestina, la cocinera, con una +expresión consternada.</p> + +<p>—¿Qué hay, Celestina?—le pregunta la abuela.</p> + +<p>Celestina no responde y finge absorberse buscando un objeto perdido. La +abuela, que sabe lo que significan los silencios de Celestina, sigue su +camino y se va a su cuarto. Oigo a Celestina murmurar algo sobre San +José, y comprendo. Aquella mujer, ferviente del celibato, está ya al +corriente de la historia de la oración de la abuela y protesta a su +modo.</p> + +<p>¡Dichoso país, donde las noticias se propagan con tal facilidad! +Verdaderamente, nos sobra el teléfono.</p> + +<p>Esta tarde, en las vísperas, había poca gente, a pesar del atractivo de +un predicador forastero. Apenas han acabado las vacaciones y los +retrasados están gozando de los últimos placeres campestres y de los +penúltimos rayos de sol.</p> + +<p>Era lamentable para el predicador, que debe de tener una mala opinión de +la piedad de las aiglemontesas, y muy triste para mí, que, si no me +intereso siempre por el sermón, me fijo mucho en la manera especial que +tiene cada cual de escucharle.</p> + +<p>Nada más curioso que ver el aspecto de avidez del auditorio femenino por +poco que se trate de un predicador desconocido. Desde el cuarto salmo, +los ojos empiezan a errar desde la gran nave hasta los lados de la +iglesia, con el ánimo de no dejar de ver la subida al púlpito. Se espera +al predicador con impaciencia no disimulada y las plumas y los sombreros +se levantan con un movimiento de ola en el sentido indicado por la +curiosidad del momento. El movimiento de ola era hoy más acentuado que +de ordinario, pues el orador conquistó a su auditorio solamente con el +modo autoritario con que tomó posesión del púlpito. Plumas y flores se +inclinaron con respeto enternecido.</p> + +<p>Hay que confesar que el olfato especial de las aiglemontesas en materia +de sermones no les había engañado. El predicador ha hablado muy bien y, +sobre todo, de un modo original, lo que, vista la rareza del caso, +produce siempre placer. A propósito de la vida interior y del alma no +comprendida, el orador encontró el medio de llegar a decir que ésta era +con frecuencia la resultante de un estado no comprendido: el celibato.</p> + +<p>El sombrero de la abuela no se movió, pero, delante de mí, una porción +de plumas, opinaron con una elocuente unanimidad en pro de tan deliciosa +explicación. Todas parecían exclamar:</p> + +<p>—Sí, el celibato es calumniado, muy calumniado.</p> + +<p>El predicador se extendió sobre las ventajas espirituales de la +virginidad y no temió asegurar, con gran escándalo de mi abuela, que se +agitó en su silla, que el horror del mundo por las solteronas, no viene +más que de un resto de paganismo. En cualquiera otra circunstancia, es +probable que todo esto no me hubiera chocado; pero viniendo en seguida +de la reprimenda de la abuela para celebrar mi vigésimoquinto +aniversario, me sentí poseída de una ardiente curiosidad:</p> + +<p>—El horror de la abuela—pensé instantáneamente,—¿será un resto de +paganismo olvidado en su cerebro?</p> + +<p>Me sonreí ligeramente ante esta sospecha, cómica a fuerza de +inverosimilitud, y eché una mirada a la abuela para ver si se daba +cuenta ella también de que era pagana sin saberlo. Pero vi que afectaba +una expresión un poco incrédula. La gracia no la había tocado y seguía +en sus errores acerca de las solteronas.</p> + +<p>Concentré toda mi atención en la idea que expresaba el predicador +tratando de demostrar que esa falta de estima por el celibato venía de +las religiones paganas y estaba en contradicción con el cristianismo.</p> + +<p>El origen del desprecio en que se tiene a las solteronas es +verdaderamente curioso y mi memoria ha guardado un recuerdo casi fiel.</p> + +<p>Todo lo lejos que se remonta en la historia, se ve que los muertos +pasaban por seres sagrados. Los antiguos les daban los epítetos más +respetuosos que podían encontrar. Los llamaban santos, buenos y +bienaventurados, y tenían por ellos, cualquiera que hubiera sido su +vida, toda la veneración que el hombre puede tener por la divinidad a +quien ama o teme. En el pensamiento antiguo cada hombre era un Dios que, +aun siéndolo, no estaba bastante desprendido de la humanidad para no +tener necesidad de alimento. No sólo, en ciertos días del año, se +llevaba una comida a cada tumba, sino que los vivos debían tener fe en +la presencia continua alrededor de ellos, de los muertos de su sangre. +El padre de familia volvía a ser huésped invisible del hogar que había +habitado, para recibir en él todos los días las primicias de la comida +de la tarde y gozar del cariño fiel de sus hijos y de su viuda.</p> + +<p>¡Desgraciado el que faltaba al deber de alimentar a sus antepasados!... +¡Desgraciado el que no era alimentado por sus descendientes!...</p> + +<p>Si, por una razón cualquiera, la cadena de las comidas llegaba a +interrumpirse, el alma del muerto salía de su morada apacible y se +convertía en un alma vagabunda cuya única ocupación era molestar y +atormentar a los vivos.</p> + +<p>Unas veces les jugaba todas las malas pasadas posibles aplicándose a +contrariar sus proyectos, a quitarles los objetos que les pertenecían y +a hacer desaparecer las cosas más necesarias para la vida. Otras veces +se les aparecía por la noche en formas pálidas y fantásticas, les +perseguía y les arrancaba gritos de espanto. Después, cambiando de +aspecto, era él quien gemía en la tempestad, quien lloraba con el viento +de la tarde y lanzaba como un ave nocturna esas quejas agrias y +discordantes que hacen pasar por el alma de los vivos, como por las +cimas de los árboles, un largo escalofrío de hielo.</p> + +<p>Las ánimas no eran verdaderamente dioses más que en cuanto los vivos los +honraban con un culto fiel, y la primera manifestación de ese culto era +el darles alimento.</p> + +<p>Ese culto, que se encuentra en Oriente como en Occidente, tenía por +primera regla el no poder ser tributado por cada familia más que a los +muertos que le pertenecían por la sangre. Si una familia llegaba a +extinguirse, las almas de los antepasados, siempre errantes en la tierra +entre los malos genios, no podían llegar jamás al eterno reposo.</p> + +<p>El único gran interés de la vida humana era, pues, forzosamente, +continuar la filiación para perpetuar el culto. El celibato, por +consecuencia, era para la antigüedad una impiedad grave y una desgracia: +una impiedad porque el soltero ponía en peligro la dicha de los manes de +su familia; una desgracia porque él mismo no debía recibir otro culto +después de su muerte y no debía conocer lo que regocija a los manes. Era +a la vez para él y para sus antepasados una especie de condenación.</p> + +<p>De aquí la imposibilidad de permanecer soltero.</p> + +<p>Confieso que estas nuevas consideraciones sobre las solteronas me +interesaron de tal modo que olvidé que tenía que oír el resto del +sermón. Vi entonces que la peroración había terminado y empujé +dulcemente a la abuela perdida en las dulzuras de un sueño reparador.</p> + +<p>Al salir de la Catedral, la voz de Francisca Dumais me interpeló:</p> + +<p>—Magdalena, ahí tienes un sermón de tu cuerda. A una amiga de las +solteronas le gusta que se ocupen de ellas.</p> + +<p>—¿Por qué no?—respondí alegremente.—¿Y tú?</p> + +<p>—Eso no va conmigo—dijo Francisca con una mueca de infinito +desdén.—Además, yo tengo respeto a la familia y no quiero condenar a +mi pobre mamá a andar errante por toda la eternidad, como en otro +tiempo. Los gemidos de mamá son extremadamente penosos.</p> + +<p>—Debieras estar acostumbrada sin embargo, Francisca. No pareces +satisfecha más que cuando gime tu madre.</p> + +<p>—A mi pobre mamá le gusta eso.</p> + +<p>—¡Francisca!—protestó la señora de Dumais que llegó con la abuela +adonde estábamos nosotras.</p> + +<p>La abuela sonrió con expresión equívoca, pues no aprecia el carácter +libre de que se jacta Francisca. Pertenece ésta, en efecto, a un género +poco conforme con las sanas tradiciones, que son las que gustan a la +abuela y a sus amigas. No hay, pues, ninguna más criticada ni vigilada +que mi pobre Francisca. Se cuenta el número de sus sombreros y se espía +el color de sus corbatas. A esto hay que añadir que el espíritu infantil +de Francisca le atrae numerosas enemistades. En un país de solteronas +como el nuestro, Francisca lleva la imprudencia hasta burlarse +continuamente de ellas. En misa, cuando se la cree sumida en una seria +meditación, está ahogándose de risa entre las manos piadosamente juntas, +y es el vestido de una o la actitud de otra lo que provoca su +intempestiva alegría. Su madre se pasa la vida murmurando con espanto:</p> + +<p>—¡Oh! Francisca...</p> + +<p>Y se comprende. La buena y plácida señora de Dumais no puede creer a sus +ojos ni a su oído desde hace veintitrés años que Francisca está en el +mundo. Conserva el asombro de una gallina que ha empollado un huevo de +pato creyendo empollar uno de su raza. No es posible volver jamás de +esas sorpresas... Pobre señora Dumais.</p> + + + +<p class="fecha">7 de octubre.</p> + + +<p>Esta mañana he entrado triunfalmente en el comedor con un gran librote +debajo del brazo. La abuela retrocedió espantada.</p> + +<p>—¡Dios mío, Magdalena! ¿te vas a examinar?</p> + +<p>—No, abuela querida, estoy haciendo un examen.</p> + +<p>—¿A quién? ¿De qué?—exclamó sorprendida.</p> + +<p>—De la cuestión de las solteronas...</p> + +<p>—Cuestión tonta y detestable idea—respondió la abuela +enfurruñada.—Mejor harías de decirme qué te pareció aquel joven moreno +que estaba ayer en el rosario al lado de la señorita de Sarcicourt.</p> + +<p>—Un joven moreno... en el rosario... al lado de la señorita de +Sarcicourt... No le reparé.</p> + +<p>—Sí, sí, recuerda bien...</p> + +<p>—¡Dios mío! otro pretendiente...</p> + +<p>—¿Por qué no?</p> + +<p>—Porque no quiero... No me hables de eso, abuela, te lo ruego. ¿Cómo +quieres que haya encontrado a un joven que no he visto?</p> + +<p>—Si tú...</p> + +<p>—No, no, que no se me hable de matrimonio... Por el momento pertenezco +a las solteronas... Abuela—proseguí tiernamente,—no puedes querer que +me case con un caballero porque es moreno, porque va al rosario y porque +está al lado de la señorita de Sarcicourt...</p> + +<p>—Es una garantía.</p> + +<p>—¿El ser moreno es una garantía?—dije dando una carcajada.—¡Ah! +querida abuela...</p> + +<p>Y aprovechando la alegría que se leía en el semblante de la buena +señora, cambié bruscamente de conversación.</p> + +<p>—¿Sabes—dije,—que las leyes, según este librote, se acordaban en otro +tiempo con la religión para condenar el celibato?</p> + +<p>—¡Ah!—suspiró la abuela,—eso era sin duda en el tiempo en que se +hacían aún buenas leyes...</p> + +<p>—Era en el tiempo feliz en que florecían los hebreos, los indos, los +persas, los griegos, los romanos, los germanos...</p> + +<p>—¿Y qué me importa a mí toda esa gente?</p> + +<p>—Un poco de paciencia, si quieres—exclamé volviendo unas hojas.—Los +hebreos tenían enteramente tus ideas sobre el matrimonio.</p> + +<p>—No te comprendo, Magdalena. ¿Adónde vas a parar?</p> + +<p>—Continúo el sermón del domingo.</p> + +<p>—¿Cómo?</p> + +<p>—Buscando si las leyes estaban de acuerdo con las ideas religiosas...</p> + +<p>—Y has encontrado.</p> + +<p>—Que todas las legislaciones no han hecho más que confirmar lo que +estaba ya edictado en las diferentes religiones.</p> + +<p>—¿Y eso te interesa?</p> + +<p>—En extremo.</p> + +<p>—¡Qué nieta tan rara!—exclamó la abuela encogiéndose de +hombros.—¿Estás ahora ocupada de las solteronas?</p> + +<p>—Sí. Oye cómo comprendían los hebreos el deber de la mujer. Su única +misión, según ellos, era dar los más hijos posibles a la familia y al +Estado... De aquí el matrimonio obligatorio...</p> + +<p>—Tenían mucha razón.</p> + +<p>—Los indios, abuela, son también, según tú, gente razonable. A los ojos +del legislador indio, todo el destino de la mujer se reduce a dar al +hombre hijos y a perpetuar la especie humana. La mujer no goza de los +favores que la ley le concede hasta que se convierte en esposa y madre.</p> + +<p>—Los indios eran gente de buen sentido—dijo la abuela con aplomo.</p> + +<p>—¿Y Zoroastro?—exclamé riendo.—Este es tu mejor apoyo... Zoroastro +recomienda a las persas el matrimonio como la obra más meritoria y +declara que la joven que rehusase casarse irá a los infiernos hasta la +resurrección, aunque haya hecho buenas acciones.</p> + +<p>—Lo de los infiernos es acaso excesivo—dijo la abuela con +malicia,—pero opino que haga una temporada de purgatorio...</p> + +<p>—Entre los griegos—continué libro en mano,—no es ya el infierno lo +que se tiene en perspectiva, sino el Código Penal. Parece que en toda la +Grecia el matrimonio era obligatorio, no sólo para la mujer sino también +para el hombre y para el tutor de la mujer. La ley castigaba...</p> + +<p>—A las jóvenes recalcitrantes que...</p> + +<p>—Que se negaban a escuchar a su abuela... Es posible. En todo caso +castigaba seguramente al soltero y al tutor que tardaba en casar a su +pupila.</p> + +<p>—Ya ves, Magdalena—dijo la abuela sonriendo,—qué culpable eres +conmigo. Si fuese griega, hubiera sido castigada por las leyes sin que +tu estado de soltería me sea imputable.</p> + +<p>—Yo lo hubiera proclamado a voz en cuello, y, lejos de castigarte, el +tribunal te hubiera felicitado por el modo que tienes de cumplir tu +misión. Un joven moreno... La señorita de Sarcicourt... el rosario... +Abuela, si yo hubiera sido romana, no hubiera podido reclamar contra ti +ante el magistrado... Y las leyes permitían a la joven romana obligar a +su padre o a su tutor a casarla.</p> + +<p>—Ya ves—interrumpió la abuela,—que cumplo con mi deber tratando de +influir sobre ti en favor del matrimonio.</p> + +<p>—Sí, le cumples demasiado bien. En esto eres de la opinión de Dionisio +de Halicarnaso, que, compulsando las antiguas leyes de Roma, ha +descubierto una que obligaba a los jóvenes al matrimonio. El tratado de +las Leyes de Cicerón, que reproduce en forma filosófica las antiguas +leyes de Roma, contiene también una sobre el celibato.</p> + +<p>—En adelante—repuso la abuela con buen humor,—tendré en gran estima a +Dionisio de Halicarnaso y a Cicerón. Ignoraba que esos señores fuesen +tan amigos míos...</p> + +<p>—Hubieras debido sospecharlo... Y te hago gracia de los germanos, pues +eran unos horribles polígamos y por este mismo hecho no admitían la +solterona...</p> + +<p>—Y tenían mucha razón—exclamó la abuela.</p> + +<p>¿Tenían razón de ser polígamos?... ¡Ah! abuela...</p> + +<p>—¡No!—dijo la abuela dando un salto,—no es eso lo que digo. La +poligamia hubiera debido ser siempre un caso de horca; pero, en fin, +las solteronas...</p> + +<p>—¿También merecían ser ahorcadas?...</p> + +<p>—A medias, para que se les pasase el gusto del celibato.</p> + +<p>—¡Qué antigua eres, abuela!... Razonas como los pueblos paganos.</p> + +<p>—Cuestión de atavismo. Durante siglos y siglos se ha considerado el +celibato como impío, y me ha quedado algo.</p> + +<p>—Pues bien, yo también siento el atavismo.</p> + +<p>—Tú eres de la generación nueva, y con esto está dicho todo. No sentís +ni hacéis nada como nosotros. Os pasan por la cabeza ideas que jamás se +nos hubieran ocurrido. Y, todavía, cuando esas ideas son un poco +razonables, como la que ahora te preocupa, no me quejo. Pero, +francamente, Magdalena, me das miedo. Te hubiera, acaso, comprendido +mejor tu madre...—terminó la abuela con una lágrima en los ojos.</p> + +<p>—¡No! no creas eso; eres la más perfecta y la más querida de las +abuelas... No puedes tomar a mal que yo estudie la cuestión de las +solteronas.</p> + +<p>—¡Ay! en mi tiempo no había semejante cuestión. Todo lo que pedían las +mujeres era un buen marido y unos hermosos hijos.</p> + +<p>—Ya ves cómo han cambiado los tiempos... Un buen marido es un mito, +abuela... Por mucho que muevas la cabeza, no puedes menos de reconocer +que los maridos actuales no valen lo que los de entonces.</p> + +<p>—Sí, hija mía, sí, valen lo mismo. Solamente, en otro tiempo, las +mujeres tenían... ¿cómo diré yo?... tenían más paciencia... más +dulzura... más abnegación. Estaban menos poseídas de su personalidad y +sabían anularse a tiempo...</p> + +<p>—Aquello era la esclavitud, abuela.</p> + +<p>—No, querida—dijo la abuela con voz persuasiva;—aquello era el amor.</p> + +<p>—¡El amor!—respondí.—¿Qué es eso?... En las novelas veo lo que es; +pero en la vida real...</p> + +<p>—Es inútil decírtelo si tú no has de sentirlo; y si lo sientes, es aún +más inútil definírtelo.</p> + +<p>Dicho esto, la abuela me dio un beso y me dejó muy pensativa.</p> + +<p>¿Ha podido realmente la abuela conocer el amor?... Me parece tan +extraordinario... Es verdad que cuando habla del abuelo su voz toma una +inflección tan profunda que se ve que hay en ella un mundo de recuerdos +dichosos e íntimos ocultos en la menor palabra... ¡Querida abuela!</p> + +<p>En el momento en que ella salía, entró en el comedor Celestina y se +acercó a mí tan quedito que casi me dio un susto al exclamar:</p> + +<p>—Estoy segura de que la señora acaba de hacer un sermón sobre las +solteras, para el uso de la señorita.</p> + +<p>—No, Celestina—respondí maquinalmente;—la abuela me hablaba de amor.</p> + +<p>—¡De amor, a una joven como usted!... Nuestra pobre señora pierde la +cabeza...</p> + +<p>—¡Una joven como yo, a los veinticinco años!... ¡Vaya una juventud! Hay +que vivir en un medio petrificado como el nuestro, pobre vieja, para no +conocer nada de la vida a mi edad... Algunas veces casi me sublevo, pero +después se me pasa...</p> + +<p>—Esas ideas no son de usted, señorita. Me parece estar oyendo a la +señorita Francisca—respondió Celestina escandalizada.—Creo que es esa +una sociedad que no le conviene a usted gran cosa...</p> + +<p>No respondí por no envenenar la discusión. Celestina es pudibunda hasta +el exceso y no ve nada más hermoso en la existencia que poseer el +derecho virginal de vestirse de blanco en los días de procesión, a pesar +de su cara apergaminada. Al lado de ese ideal, el matrimonio, que priva +de la dicha de llevar semejante traje, no puede ser evidentemente, más +que un estado reprobado por Dios y legitimado por alguna cosa que está +en el fondo de un falso sacramento.</p> + +<p>—No hay que pensar en el amor, señorita—murmuró mientras yo me +disponía a subir a mi cuarto.—Es la perdición de las jóvenes.</p> + +<p>—¿Tú crees?—dije, divertida por los terrores de la buena anciana, cuyo +principal título de gloria—después del derecho de vestirse de +blanco—es el haberme recibido en su delantal el día de mi entrada en +este valle de lágrimas. Celestina deduce de este alto hecho el derecho +de reprenderme en todas las circunstancias notables, y no se priva de +ejercerlo.</p> + +<p>En el movimiento febril que agitaba su mano vi bien que tenía que +hacerme un largo discurso—los estremecimientos de la mano traducen +siempre en Celestina un gran deseo de agitar la lengua—pero la voz de +la abuela, que le llamaba, puso término a su comezón de hablar.</p> + +<p>Vuelta a mi cuarto, me encuentro más perpleja que nunca y, para no +pensar más en el matrimonio, hago lo que puedo por ocupar el pensamiento +en otra cosa.</p> + +<p>¡Qué pesados me parecen ahora mis veinticinco años!... La abuela tiene +razón; llevo un mundo en los hombros...</p> + +<p>Cuánto más feliz era cuando, en vez de soñar con un marido por la +voluntad de la abuela, no tenía más preocupaciones que mi muñeca.</p> + +<p>¡Mi muñeca!... ¡Qué lejos está!...</p> + +<p>Y, sin embargo, me parece que era ayer cuando ese querido objeto, +informe y sin nombre, que había llegado a ser mi hija a consecuencia de +múltiples desgracias, me absorbía hasta tal punto, que a su lado, a +fuerza de amor, no sentía ya que era yo huérfana...</p> + +<p>No he conocido a mi madre, que murió al nacer yo. Mi padre, desesperado +por la muerte de su mujer, a la que amaba apasionadamente, no la +sobrevivió más que cuatro años. En unos días fue arrebatado por una +tifoidea, dejándome a mi abuela materna, mi única parienta próxima y a +la que no he dejado desde entonces... No tengo más que cerrar los ojos +para acordarme de la silueta de aquel pobre padre y de aquella mirada +tan triste y tan buena con que todas las noches iba a vigilar el +comienzo de mi sueño llevándome la impresión de una profunda ternura... +¡Pobre padre!... ¡Cuánto tiempo le reclamó mi corazón de niña, no +creyendo ni en la eterna separación ni en la muerte!... Aquel viaje de +que me hablaban debía terminarse para mí por un feliz regreso y, sobre +todo, por un cargamento de numerosos recuerdos después de una ausencia +tan prolongada... ¡Ay! me informaba yo mucho menos de la fecha en que +debía ver a mi padre que de la en que le vería llegar cargado de +muñecas, de globos y de cocinitas... Aun siendo desgraciados, qué +felices son los niños...</p> + +<p>Mi querida abuela cuidó de mi infancia y, a pesar de su tristeza y de su +dolor, de ella me vinieron todas las alegrías y todas las felicidades de +niña.</p> + +<p>Mi vida entera cabe en esta palabra: la abuela.</p> + +<p>Todos mis recuerdos están concentrados en ella, pues no puedo, como la +mayor parte de las niñas, cifrar mi vida en la visión de un alegre hogar +atestado de niños pequeños y protegido por la doble ternura de un padre +y una madre... Tenía, sin embargo, amiguitas que iban a jugar y a reír +conmigo; pero detrás de aquel cuadro de cándida alegría, veo siempre +aparecer la sombra melancólica del largo velo de la abuela.</p> + +<p>No se sabe de qué secretas e incomprensibles angustias están formados +los recuerdos de niño cubiertos con un velo de crespón... He esperado +durante años el día glorioso y seductor en que la abuela, como las +madres de mis amigas, llevase por fin un sombrero con un ramo de +flores... Ese día no ha llegado jamás...</p> + +<p>Ahora, cuando voy a casa de mis amigas y veo de cerca lo que es la vida +ordinaria para la generalidad de las jóvenes de mi sociedad, cuanto más +sufro por los sitios que hay vacíos a mi lado, más vivo y más profundo +es mi agradecimiento por mi querida abuela, cuya abnegación me ha +rehecho un hogar y reconstituido una familia.</p> + +<p>Por eso amo a todo lo que ama la abuela...</p> + +<p>A pesar de las ideas que oigo emitir a mi alrededor, coloco la estancia +en nuestro antiguo pueblo por encima de toda otra estancia y la dichosa +posesión de nuestra casa de familia superior a todas las felicidades.</p> + +<p>No es muy grande nuestra sencilla casa. Blanca y limpia con sus +persianas inmaculadas y sus cristales brillantes bajo unas cortinas un +poco antiguas, se abre con discreta elegancia en un patio plantado de +árboles y adornado de canastillos floridos, al que llamamos pomposamente +«nuestro jardín...» Tengo en él mis rosas preferidas y mis plantas +favoritas; y cultivo con éxito cuanto tiene la dicha de agradarme, con +tal de que no necesite mucho sol, ni mucha sombra, ni muchos cuidados... +En un rincón de nuestro minúsculo jardín y debajo de un fresno llorón, +tengo hasta un banco, un banco inmenso, una mesa de labor y unos cuantos +sillones de mimbre... En verano, hacemos allí salón, y llevo la fantasía +hasta dar tés... Mis amigas pretenden que una taza de té perfumada con +la fragancia de las rosas que nos rodean, no es ya una taza de té, sino +una taza de néctar... ¡Dichosa ilusión!</p> + +<p>Una planta baja muy elevada, un primer piso de una altura inverosímil y +un sobrado que hace la admiración de las lavanderas cuando tienden en él +la ropa mojada y perfumada de espliego y lirio: he aquí todo nuestro +<i>home</i>.</p> + +<p>La planta baja tiene cuatro piezas inmensas, profundas, frías y casi +desnudas en su inmensidad. La cocina podría albergar un ejército de +marmitones; sólo las cacerolas y los peroles de cobre vigorosamente +frotados ponen en ella una nota alegre que continúa la cocinera, +reluciente como una alhaja. Aquel es el domicilio de Celestina, su +triunfo, su admiración, su gloria, el orgullo y el amor de su vida.</p> + +<p>La sala de baños es grande y bien dispuesta; la abuela no deja nunca de +explicarme su comodidad asegurándome que ha empleado en aquel arreglo +las economías de un año de rentas. Por esta confidencia, con frecuencia +renovada, mido yo toda la extensión de la belleza de la instalación y... +la del sacrificio realizado por la abuela, pues las rentas, según ella, +están hechas para ser economizadas y no para ser gastadas...</p> + +<p>El comedor, en el que la abuela y yo estamos como alejadas, y el salón, +en el que parecen perdidas las butacas en cuanto estamos solas en él, +completan la planta baja. En el piso primero se encuentran todas las +alcobas, de dimensiones más ordinarias, gracias al cuarto de tocador de +que cada una está provista. Por todas partes un diluvio de armarios y +una inundación de comodidades perfectamente inútiles...</p> + +<p>Antes del sobrado, hay una gran pieza abohardillada que es el dominio de +Celestina y en la que las paredes están cubiertas de imágenes sagradas; +hay hasta diecinueve San Antonios en diversas actitudes y ocho San +Benitos; en cambio no hay más que un Sagrado Corazón, una sola Virgen y +un San José. Celestina practica la piedad actual, que exalta a los +santos de moda con detrimento de los demás. ¡Pobres antiguos santos!... +Estos son precisamente mis preferidos.</p> + +<p>Exceptuando el cuarto de Celestina, ¿está todo esto al gusto del día?</p> + +<p>Para una mujer mundana, no, evidentemente. El mueblaje, que presenta +huellas de las generaciones pasadas, es viejo y está un poco ajado, pero +a mí me gusta tal como es. En cada una de sus arrugas se escribe la edad +de un matiz claro, o en algo más rapado. Yo leo en estos signos +venerables la historia de los que se han marchado; y la forma un poco +anticuada de todo lo que me rodea hace vivir y palpitar en mí el alma +de las cosas viejas que han existido y no existirán más acaso.</p> + +<p>En el comedor, la abuela hace admirar como una reliquia la inmensa y +antigua tapicería que ocupa todo un ancho hueco: una historia de caza, +en la que se adivina una historia de amor. He crecido y he vivido +delante de esa eterna historia de una eterna caza y de un eterno amor, +preguntándome sin cesar qué sucedería cuando los personajes en escena +hubiesen vuelto al antiguo castillo de torrecillas que se ven en una +lontananza degradada... Pero jamás mi pregunta infantil tuvo la +satisfacción de una respuesta, y mis sueños siguieron meciéndose con los +sonidos encantadores que yo suponía que debían salir de las diferentes +trompas llevadas por legendarios caballeros. Era yo una bella princesa +encantada que esperaba al hermoso caballero encantador del tapiz, pues +en aquel tiempo—que ha pasado después,—tenía la vocación del +matrimonio, una vocación seria, ardiente y resuelta...</p> + +<p>Encontraba al príncipe también en el salón bajo la forma de un joven y +bizarro oficial de la Restauración, mi bisabuelo. Otras lindas damas, de +graciosas papalinas de encajes y bonitas pañoletas de gasa, le formaban +una corte un poco paliducha y envejecida. Cuando se entra en el salón de +la abuela, se hace una reverencia infalible e instintivamente. No le +falta a una nada para levantarse la falda, con un movimiento de +coquetería anticuada, de la que le gusta a la abuela.</p> + +<p>Sí, todo es viejo e insípido, y, sin embargo, exquisito.</p> + + + +<p class="fecha">10 de octubre.</p> + + +<p>Francisca está furiosa.</p> + +<p>He ido esta tarde a pedirle un dibujo de bordado, que me hacía falta, y +la he encontrado en un estado de irritación indescriptible.</p> + +<p>—¡Maldito país! ¡Maldita gente!... Pueblo de chismes!</p> + +<p>Por poco me tira de espaldas aquel huracán; pero como conozco a +Francisca, tomé el partido de esperar que hubiese acabado su letanía de +tontunas.</p> + +<p>—¿Qué pasa?</p> + +<p>—No me hables; estoy furiosa.</p> + +<p>—Ya lo veo.</p> + +<p>—Tengo una rabia...</p> + +<p>—También eso es visible.</p> + +<p>—Figúrate que la señorita Bonnetable acaba de venir a traer a mamá un +gran chisme sobre mí...</p> + +<p>—¡Ah!... Se puede saber...</p> + +<p>—Sí—respondió Francisca, vacilando un poco.—Se trata del capitán +Tronchet, que, según parece, ha pasado dos veces por delante de mis +ventanas, en el momento en que yo las abría.</p> + +<p>—¿Y qué?</p> + +<p>—Que no es verdad lo que se dice... ¡Oh! esas solteronas...</p> + +<p>—¿No has abierto las ventanas, y no ha pasado el capitán?</p> + +<p>—Sí—respondió Francisca, con su desparpajo habitual,—pero cuando yo +he abierto la ventana, ignoraba que pasaba el capitán, y cuando éste +pasó, no sabía que yo abría la ventana. Y suponen que estábamos de +acuerdo...</p> + +<p>—¿Y qué?</p> + +<p>—Que me ofende horriblemente que se crea que hago caso de ese capitán, +que estoy segura que no se ocupa de mí... Es rico, y...</p> + +<p>—Y tú no mucho... Piensas, no sin razón, que hay incompatibilidad de +fortuna, y te abstienes de cuidados inútiles.</p> + +<p>—Justamente—respondió Francisca un poco dulcificada.—Pero como todo +el mundo sabe que deseo casarme, aprovechan la ocasión para colgarme una +porción de historias a cual más tontas.</p> + +<p>—Eso gusta a todo el mundo.</p> + +<p>—Eso es precisamente lo que me indigna... ¡Ah! Magdalena, cuándo saldré +de este pueblo, de este medio y de estos inconvenientes... ¡Qué sueño!</p> + +<p>—Qué ida la de apurarte de ese modo—dije descontenta.—Se está muy +bien aquí...</p> + +<p>—Sí, habla por ti, tranquila y dulce Magdalena; yo me ahogo en medio de +las ideas antidiluvianas que nos rodean. Me horrorizo ante estas cadenas +de prejuicios... Todo esto me irrita, y acabará por volverme mala.</p> + +<p>—Qué exageración, mi pobre Francisca...</p> + +<p>—¡Cómo!—exclamó Francisca con cólera,—¿encuentras divertido vivir en +medio de los aiglemonteses?... Pues sólo con pasar por las calles un +poco estrechas de este viejo Aiglemont, atrapo yo el <i>spleen</i>...</p> + +<p>—¡Pobre Francisca!—dije con sonrisa burlona.</p> + +<p>—Sí, búrlate de mí, pero eso no quita que esté muy harta de esta vida. +Es divertido... Aquí cada cual vive en familia, o mejor dicho, en +camarilla. No se admite más que un pequeño núcleo de fieles y se cierra +desdeñosamente la puerta a todo lo que huele a nuevo y original. Somos +anticuados como un diablo... Es como si estuviéramos dando vueltas +perpetuamente en un pequeño círculo.</p> + +<p>—¡Crimen imperdonable!—murmuró en sordina para no ofender a la +irritable Francisca.</p> + +<p>—Sí, crimen imperdonable... Es aburrido estar atada toda la vida; +primero por los prejuicios de educación. Hay que hacer esto o lo otro; +esto no, ni aquello tampoco... Tal cosa es sacrosanta y tal otra levanta +una polvareda general sin que se sepa por qué ni cómo... Sí—continuó +Francisca,—sé por qué y cómo, por el grito de mamá: «¡Oh! Francisca...» +Es cargante esa pobre mamá...</p> + +<p>—¡Oh! Francisca...—dije, imitando a la señora de Dumais.</p> + +<p>—No me pongas nerviosa, Magdalena... Y después, ¿conoces algo más +inepto que los prejuicios de sociedad? Piensa en los gritos que darían +nuestras amigas si la camarilla llamada alta burguesía se reuniese con +la pequeña, y si la gente aristocrática acogiese al comercio y a los que +participan de las ideas gubernamentales... ¡Dios mío! la mitad de +Aiglemont sucumbiría del ataque causado por la indignación.</p> + +<p>—Qué le hemos de hacer—dije con cierta indiferencia;—no querrás +reformar las costumbres y las ideas de las pequeñas poblaciones...</p> + +<p>—Sí que querría—replicó Francisca exaltada.—Es insoportable vivir +aquí... Y esas historias sin fin sobre el prójimo, y esa malevolencia +universal... ¡Qué horror!</p> + +<p>—Cálmate, Francisca—le dije al besarla para despedirme.—Te aseguro +que los aiglemonteses no son tan malos como crees.</p> + +<p>—¡Que no son tan malos!—exclamó Francisca, al salir a +despedirme.—Bien se ve que eres una aiglemontesa... Piensas como yo, +pero no haya miedo de que lo confieses. Anda, eres una hipócrita...</p> + +<p>—Gracias—dije con la filosofía que caracteriza mis relaciones con +Francisca.</p> + +<p>—De modo que tú encuentras que aquí la gente no es mala—siguió +diciendo Francisca con una recrudescencia de acritud. Pues se pasa la +vida arañándose, mordiéndose, desgarrándose y devorándose.</p> + +<p>—Hasta la vista, Francisca—dije para cortar aquella inundación de +invectivas...—Sin el capitán Tronchet, no dirías todo eso...</p> + +<p>—Puede ser—respondió Francisca en un rasgo repentino de buen +humor.—Sabes, Magdalena, que eres una buena persona y que te quiero +mucho—terminó dando una carcajada.</p> + +<p>No es muy halagüeño que digamos el cumplimiento de Francisca, y de otra +no le aceptaría, seguramente; pero está convenido que Francisca puede +decir todo lo que se le pone en la cabeza. Esto hace saltar algunas +veces a la abuela, pero como mi amiga ostenta una vocación por el +matrimonio muy caracterizada, la abuela tiene por ella alguna +indulgencia en consideración de sus buenas disposiciones.</p> + +<p>No comprendo la antipatía de Francisca por este pobre Aiglemont. Nunca +pierde la ocasión de embestir a la población de las solteronas, como +ella la llama.</p> + +<p>Es, sin embargo, muy pintoresco mi pueblo natal y yo estoy muy orgullosa +de él...</p> + +<p>Situado en el extremo de una cadena de montañas, a modo de un punto +final, Aiglemont, mi tranquilo pueblo natal, se levanta en la roca con +la majestad de una cosa vieja dormida en la serena conciencia de un +largo pasado. Cuando todo desaparece de las antiguas fortalezas, y la +ciencia militar, tocada por el progreso, destruye todo lo que nuestros +antepasados habían tenido a honor construir, Aiglemont escapa a la +destrucción y sigue presentándose orgullosamente en su recinto de +fortificaciones que la mantienen y la protegen contra una caída posible +en el valle. Limpia y coqueta, sonríe en medio de un cinturón de verdor +del que surgen sus torres grises.</p> + +<p>Aquellas fortificaciones son celebradas en diez leguas a la redonda. Son +el paseo favorito de los aiglemonteses, que no se cansan de admirar sus +puntos de vista, y es la primera visita que se impone a los extranjeros +a quienes los azares o las exigencias de la vida conducen hasta nuestra +peña. Se les cuenta la historia de nuestras fortificaciones llenas de +torres y de temerosas prisiones, y las historias que circulan a +propósito de ellas. Se les muestra con orgullo cierta roca que se abrió +para dejar pasar un santo apóstol amenazado por una tropa de bárbaros. +Se les conduce a la famosa torre Sarracena y se les hace admirar la +belleza del paisaje que cambia de aspecto en cada uno de los cuatro +puntos cardinales. Después, si el guía está dotado de un alma +verdaderamente aiglemontesa, pondera el pasado en detrimento del +presente:</p> + +<p>—Aiglemont—dice con énfasis en el tono arrastrado y nasal peculiar de +los aiglemonteses,—es la última fortaleza del catolicismo. Hasta la +Revolución éramos posesión eclesiástica y moriremos fieles a nuestros +destinos. Nada de ideas nuevas...</p> + +<p>El habitante de nuevo cuño tiene un lenguaje muy distinto:</p> + +<p>—Aiglemont—dice,—es la fortaleza del obscurantismo, del clericalismo +y del fanatismo. Es un país de supersticiones; transformémosle en país +de luz.</p> + +<p>Y detrás de sus fortificaciones, los aiglemonteses, divididos en dos +campos, miran con malos ojos a todo el que no piensa como ellos. Los +católicos condenan a los librepensadores y éstos tratan a aquéllos de +imbéciles, sin más ceremonias.</p> + +<p>Existe un terreno de unión, sin embargo, en los días de grandes fiestas. +Católicos y librepensadores se agolpan con entusiasmo en la antigua +Catedral para oír los incomparables acentos de nuestro incomparable +coro.</p> + +<p>—Estáis cogidos, odiosos impíos—parecen decir las caras de los devotos +asiduos ante la invasión de los nuevos filisteos.</p> + +<p>—El coro nos pertenece como a vosotros, estúpidos santurrones—parece +que responden los impíos aludidos.</p> + +<p>Y unos y otros, al salir de la Catedral, exclaman con satisfacción:</p> + +<p>—La verdad es que Aiglemont puede estar orgulloso de su coro.</p> + +<p>Se dice Aiglemont y no la Catedral.</p> + +<p>En Aiglemont, en efecto, hay dos parroquias, San Aprúnculo, la +Catedral, y San Gengulfo, la parroquia secundaria. La guerra es casi +continua entre aprunculinos y gengulfianos, y los primeros desdeñan a +los segundos por su iglesia, por supuesto. Unos y otros cuentan en sus +filas numerosas solteronas, pues el matrimonio, preciso es confesarlo, +está poco de moda en nuestro pueblo. En teoría se habla mucho de él; las +muchachas pululan en Aiglemont. Pero el número limitado de los jóvenes +casaderos hace que, si son muchos los llamados al sacramento del +matrimonio, son pocos los escogidos.</p> + +<p>No sé si es ese medio ambiente lo que me hace ser también refractaria al +matrimonio, o si es la poca costumbre de ver casar a las jóvenes de mi +sociedad lo que me hace considerar mi propio matrimonio como una +eventualidad temible. La verdad es que, a pesar de mi deseo de claridad, +no consigo poner estar cosas en claro.</p> + +<p>—Estas muchachas...—diría la abuela,—qué imposibles son...</p> + + + +<p class="fecha">14 de octubre.</p> + + +<p>Llueve, hace viento y reina un tiempo frío y obscuro. En la prisión en +que la prudencia manda estarse, vuelvo a ocuparme de la cuestión de las +solteronas. Esta mañana he declarado a la abuela que deseaba estudiar +seriamente ese asunto tan interesante.</p> + +<p>—No veo el interés—respondió la abuela.</p> + +<p>—Pero, abuela, en una población como ésta, el pueblo de las solteronas, +como le llama Francisca, es...</p> + +<p>—Francisca no es seria—exclamó Celestina, que iba a arreglar el fuego +de la chimenea, y aprovechó la oportunidad para mezclarse en la +conversación.</p> + +<p>—¿Tú qué sabes?—dije descontenta.</p> + +<p>—Sé lo que sé—respondió Celestina con la dignidad de los grandes +días.—Una señorita que no habla más que de casarse, no es una señorita +seria...</p> + +<p>—Cállese usted, Celestina—replicó la abuela.—Tú no entiendes nada de +eso, hija mía.</p> + +<p>Celestina no dijo palabra, muy ofendida por la observación de la abuela. +Vi, en efecto, por su mirada despreciativa y por su labio en forma de +pila de agua bendita, que las personas que hablaban de matrimonio eran +sospechosas para ella; tan sospechosas, que tomó el partido de volvernos +la espalda sin más ceremonia.</p> + +<p>—Sí, abuela—dije en cuanto se fue Celestina,—quiero seguir a las +solteronas a través de las edades. ¿Ves en ello algún inconveniente?</p> + +<p>—Veo los de hacer un viaje muy fastidioso y de singularizarte de un +modo ridículo.</p> + +<p>—Sin embargo, antes de decir si estoy madura para el matrimonio, me +gustaría saber si el celibato me tienta definitivamente...</p> + +<p>La abuela hizo un movimiento de tan excesivo mal humor, que me quedé +ligeramente aturdida.</p> + +<p>—¿Es necesario hacer un estudio tan profundo para poner en claro ese +grave problema?... ¡Qué rara eres, hija mía!</p> + +<p>—Pero, en fin, tú permites que me ocupe en esto; es todo lo que reclamo +de tu indulgencia...</p> + +<p>—¡Ay!—suspiró la abuela,—cuánto preferiría verte reclamar un buen +marido... Sabes que la mujer del coronel Dauvat me ha hablado para ti de +un joven teniente que...</p> + +<p>—Me escapo; abuela, me escapo... Nada de tenientes, por amor de Dios... +Por ahora, vivan las solteronas...</p> + +<p>—Chiquilla—murmuró la abuela, encogiéndose de hombros.—Mala +chiquilla...</p> + +<p>Tranquila con el permiso de la abuela, registré la biblioteca y busqué +con ardor todo lo que pudiera ilustrarme sobre el concepto de la mujer +en la antigüedad respecto del celibato. ¿Aceptaba sin repugnancia la +idea del matrimonio?... ¿Sentía alguna contrariedad al casarse?... +¿Hubiera experimentado cierto alivio sabiendo que estaba libre de una +obligación que le creaban las leyes religiosas y civiles?...</p> + +<p>Mis investigaciones me pusieron pronto al corriente.</p> + +<p>No hay la menor incertidumbre en estas cuestiones.</p> + +<p>El único sueño de la mujer antigua es un marido. Su cerebro está tan +hecho a la idea de la necesidad del matrimonio y su corazón tan +desequilibrado fuera del marido obligatorio, que no puede concebir otro +ideal. Todo su ser moral va todavía a apoyar esas buenas razones por el +terror de los castigos de la otra vida que esperan a la mujer +desprovista de la égida de un marido. La pobre mujer de la antigüedad +está, pues, colocada en el dilema más espantoso: un marido, o nada de +dicha en la tierra, ni de reposo eterno.</p> + +<p>El desprecio y la abyección en que viven las mujeres sin marido le dan +desde luego en el mundo una muestra de lo que tendrá que soportar en el +otro. No puede considerar el celibato más que como la más terrible +desgracia, la única que compromete al mismo tiempo el mundo y la +eternidad.</p> + +<p>Una desgracia que persigue durante la vida y sigue aún a la eternidad, +es para hacer reflexionar, convengo en ello. Si la abuela, en vez de +prodigarme argumentos discutibles me ofreciese algo semejante, se puede +apostar a que no vacilaría yo lo más mínimo, pues preferiría aventurar +la desgracia de mi existencia mortal a arriesgar la salvación eterna... +Pero el caso es que como no hay nada sólido en el mundo, las ideas han +cambiado de tal modo, que la abuela no puede llamar al Cielo en su +ayuda, aunque no le faltarían ganas. Desde San Pablo... Pero no +anticipemos.</p> + +<p>En aquellos abominables tiempos de matrimonio forzoso, las leyes que +regían los bienes agravaban todavía la dependencia de la mujer. Aquellas +leyes, fieles reflejos del pensamiento antiguo, multiplicaban las trabas +en torno del sexo débil y acentuaban en él la creencia en la necesidad +absoluta del matrimonio. No sólo hacía falta un marido para asegurar la +dicha eterna, sino que ese marido era igualmente necesario para ser +admitida al derecho de vivir, implicado en el de poseer.</p> + +<p>Cuando, por el mayor de los azares, se encuentra en la antigüedad una +mujer honrada sin casar, la trompeta de la fama invita a la posteridad a +guardar la memoria de un hecho tan sorprendente. No se dice: Tal mujer +no se casó porque no quiso. No. Se busca, se comenta y se considera que +algo sobrehumano protegió una determinación que todos califican de +extraordinaria. Si se trata de la hija de Pitágoras, una de las primeras +que ilustró el nombre de solterona, se cuenta que el filósofo, +suponiendo haber sido mujer en una vida anterior, tenía una alta idea de +la excelencia de la mujer, en lo que difería extraordinariamente de sus +contemporáneos, y había reivindicado la encarnación de la antigua +sabiduría en un hermoso tipo femenino. Ese tipo lo encontró en su propia +familia. Damo, su hija, llegó a ser su discípulo más ardiente; y la +consagró a los dioses por un voto de virginidad perpetua, le confió +todos los secretos de su psicología y se dice que le dejó sus escritos, +haciéndole prometer que no los publicaría jamás. Damo, el asombro y la +admiración de toda la Grecia, tuvo el valor de la obediencia y se llevó +a la tumba los secretos del ilustre anciano.</p> + +<p>Aun cuando se debilita en Occidente el culto por los muertos y +disminuye, por consecuencia, la hostilidad que creaba contra el +celibato, la antipatía subsiste, a pesar de todo. Se hace constar con +asombro que una mujer pintora de Grecia, la famosa Lala, de Cycique, que +vivió 80 años antes de Jesucristo, no se casó, y se cuida de hacer +observar que fue su gran fervor por su arte lo que la llevó a esa +extremidad lamentable. Del mismo modo, la hija de Plinio, el célebre +naturalista, necesita la reputación de su padre para hacer aceptar su +situación de solterona.</p> + +<p>Si la antigüedad cuida de hacernos notar particularmente ilustres +excepciones a la ley común del matrimonio, no quiere esto decir que esa +ley no haya sufrido ningún eclipse a través de los siglos. Cuando, en el +momento de la decadencia, fue necesario multiplicar las leyes en favor +del matrimonio, es evidente que, esa multiplicación indicaba que el +matrimonio caía en olvido.</p> + +<p>Es de notar, en efecto, que la multiplicación de las leyes morales no +prueba que un pueblo se mejore, sino precisamente lo contrario. Cuando +la moral está en peligro, es cuando tiene que pedir socorro. Y toma +entonces de la autoridad de las leyes la última, y casi siempre +impotente sanción.</p> + +<p>Este hecho es particularmente cierto cuando se trata de las leyes +concernientes al matrimonio en los pueblos monógamos, como Grecia y +Roma. Cuando el matrimonio se hundió por todas partes fue cuando las +leyes civiles, que no hay que confundir con las religiosas, +multiplicaron sus prescripciones para obligar a realizarlo. ¿Quién +pensaría en buscar penas severas para los recalcitrantes ni en acentuar +los castigos que les están destinados si no hubiese necesidad de +castigar ni de obligar?</p> + +<p>La verdad exige declarar que en este caso los recalcitrantes fueron los +hombres y no las mujeres. Los solterones son los que han producido las +solteronas.</p> + +<p>La mujer ocupaba tan poca plaza en el mundo antiguo, que era fácil +tratarla como una cantidad despreciable; y sin preocuparse de lo que +podía pensar, los señores hombres no pensaron más que en hacer una vida +de placeres y de feliz quietud, exenta de los cuidados de la paternidad +y de las cargas de familia.</p> + +<p>Influida todavía por siglos de hostilidad contra el celibato, la mujer +tuvo que sublevarse contra tal abandono. Hay que confesar que todo +concurría a hacerle la resignación difícil. Sin gran esfuerzo de +imaginación, podemos figurarnos el estado de alma de una de aquellas +romanas o de aquellas griegas honradas a quienes las leyes civiles y +religiosas llamaban al matrimonio y que no encontraban marido.</p> + +<p>Extrañadas al principio, cada cual podía pensar que siendo más amable y +más bella que su vecina, su juventud no se pasaría en un lamentable +aislamiento. Después, pasada la edad fijada por las leyes, y fuertemente +estropeada la juventud, venían las inquietudes y triunfaban los +cuidados. El deseo de agradar ponía un fulgor febril en la mirada de la +solterona anticipada y en la más estudiada de sus sonrisas había una +crispación. Iba, venía, rogaba a la diosa favorable al matrimonio, +suplicaba a su padre o a su tutor que la encontrasen un marido, los +llevaba en caso de necesidad a los tribunales, y no por eso encontraba +lo que era el objeto de sus sueños. Agriábase entonces su carácter, su +humor se ponía triste y acerbo su pensamiento. Y juventud, belleza y +salud, se consumían en la vana espera del que no venía ni vendría +jamás... ¡Pobres solteronas!</p> + +<p>Fue preciso el cristianismo para cambiar el ideal de una gran parte del +mundo. En cuanto apareció, la existencia de la mujer sufrió una +transformación tan completa como prodigiosa; de esclava que era, se +encontró de repente con una personalidad justamente respetada. Después, +la divinización de la virgen echó por tierra todas las ideas admitidas y +fue posible a la mujer vivir honrada y casta al lado del matrimonio. +Bajo la influencia del cristianismo se llegó a comprender que el término +«solterona,» cuyo equivalente existía ciertamente en la lengua del +tiempo, no era en sí mismo nada deshonroso. Una vez admitido el estado +de virginidad, era natural que se envejeciese en él. ¿Qué es una +solterona? Una virgen vieja. Tener cabellos blancos y la cara arrugada +no ha sido nunca una mala acción, que yo sepa.</p> + +<p>En esto estaban mis reflexiones, cuando juzgué a propósito hacer +participar de mi admiración a la abuela.</p> + +<p>Sorprendida por mi brusca entrada en el salón donde ella estaba, me echó +una mirada interrogadora.</p> + +<p>—Abuela—exclamé triunfante,—es el cristianismo el que ha hecho las +solteronas; así, pues...</p> + +<p>—¡Qué tonterías dices, hija mía! ¿Cómo quieres que el cristianismo haya +hecho las solteronas?...</p> + +<p>—Divinizando la virginidad.</p> + +<p>—Ya ves que tú misma te contradices. El cristianismo ha divinizado la +virginidad, es cierto. Pero si ha hecho de la virgen la esposa de Dios, +no ha querido en modo alguno divinizar a las vírgenes mundanas, a las +que uno de vuestros autores de moda llama las «semivírgenes.»</p> + +<p>—Yo tampoco, abuela, hablo de las solteronas que conocemos...</p> + +<p>—Dejemos en paz sus lenguas, hija mía; no despertemos al gato que +duerme...—murmuró la abuela sonriendo.</p> + +<p>Y no quiso oír nada más.</p> + +<p>Es obstinada la abuela... No le gustan las solteronas y no consiente en +escuchar nada en su favor. Por fortuna, estoy aquí yo para +rehabilitarlas en mi propia mente.</p> + + + +<p class="fecha">16 de octubre.</p> + + +<p>Pensaba poder continuar hoy lo que yo llamo con cierto énfasis «mis +estudios históricos,» pero había contado sin la abuela. Lo que le conté +del resultado de mis investigaciones la tenía muy contrariada, según +pude juzgar por su expresión nada satisfecha, al tomar el desayuno.</p> + +<p>—Estas chiquillas—murmuró al sentarse a la mesa,—tienen una +independencia y unas ideas...</p> + +<p>Y en cuanto terminamos, me dijo sencillamente:</p> + +<p>—Ponte el sombrero, Magdalena.</p> + +<p>Obedecí de prisa, y la encontré dispuesta a salir conmigo. El sombrero, +puesto ligeramente torcido en la cabeza, indicaba en la abuela ideas +belicosas. No hice ninguna pregunta y la seguí dócilmente, preguntándome +dónde me llevaba. ¿Era al convento para hacerme reflexionar sobre el +matrimonio? ¿Era a la cárcel, para castigar mi falta de vocación +espontánea?...</p> + +<p>No era, por fortuna, a ninguno de los dos sitios, sino sencillamente a +casa de su director y amigo, el señor canónigo Tomás, profesor del +Colegio Libre. La abuela tiene la costumbre de consultar con él todos +sus asuntos, pequeños y grandes.</p> + +<p>Era, pues, el caso de hacerlo.</p> + +<p>En cuanto entramos en su despacho, el padre Tomás comprendió que había +electricidad en el aire.</p> + +<p>—¿La señorita Magdalena ha roto su muñeca?—preguntó sonriendo al ver +la seriedad de la abuela.</p> + +<p>—Si no fuera más que eso...—suspiró la abuela, sentándose en una +cómoda butaca, mientras yo me instalaba modestamente en una +silla.—Magdalena me tiene consternada.</p> + +<p>Y se puso a contar con vehemencia sus penas. Narró al cura su deseo de +casarme, mi poco entusiasmo por obedecerla, mi manía de profundizarlo +todo y el estudio que yo estaba haciendo de las solteronas; en una +palabra, todo salió a relucir.</p> + +<p>El cura, repantigado en su butaca, escuchó con atención las quejas de la +abuela. En su buena y plácida cara, iluminada por una mirada de +sorprendente inteligencia, no se hubiera podido leer ninguna impresión +si el brillo malicioso de sus ojos no le hubiera hecho traición. El cura +se divertía.</p> + +<p>Cuando la abuela lo hubo dicho todo, el padre Tomás clavó un instante +sus chispeantes pupilas en las de la abuela y se echó a reír.</p> + +<p>La abuela dio un salto de indignación.</p> + +<p>El cura, que la conocía, vio que no debía tirar más de la cuerda +sensible, y respondió tranquilamente, ajustándose los anteojos:</p> + +<p>—Al desear casar a su nieta, señora, cumple usted con su deber...</p> + +<p>La abuela me lanzó una mirada de triunfo.</p> + +<p>—Pero Magdalena está en su derecho al querer reflexionar—añadió.</p> + +<p>Y, a mi vez, levanté la cabeza victoriosamente.</p> + +<p>El cura hizo como que no echaba de ver lo que pasaba entre nosotras.</p> + +<p>—El matrimonio es cosa tan grave—continuó,—que cierto moralista ha +dicho que no era demasiado toda la vida para reflexionar antes de +comprometerse a él...</p> + +<p>La abuela bajó los ojos en señal de desaprobación.</p> + +<p>—No digo que ese parecer sea eminentemente práctico... Pero, en +fin—dijo el cura moviendo la cabeza,—no podemos menos de reconocerle +cierta prudencia...</p> + +<p>La abuela se estremeció, y yo me eché a reír.</p> + +<p>—Sin aconsejar a Magdalena que llevé las cosas tan lejos, es bueno, sin +embargo, que reflexione, y mucho, antes de contraer los lazos sagrados +del matrimonio.</p> + +<p>—Pero, padre—interrumpió la abuela, que perdía la paciencia,—¿hacían +falta tantas ceremonias en otro tiempo para casarse? Los padres +presentaban un partido conveniente, y las jóvenes se casaban sin decir +palabra. Nadie pensaba en estas dilaciones de que usted habla, y que no +comprendo más que cuando una joven es llamada hacia Dios...</p> + +<p>—Evidentemente—respondió el cura, cogiendo su caja de rapé y tomando +un buen polvo.—Así sucedía y así sucede todavía con las jóvenes +acostumbradas a la obediencia pasiva...</p> + +<p>—Señor cura, le cojo a usted en flagrante delito de contradicción. +Habla usted de obediencia pasiva... ¿Quién me ha aconsejado desarrollar +la personalidad de mi nieta?... ¿Quién me ha impulsado a formarle un +carácter suyo?... ¿Quién me ha dicho a cada uno de sus caprichos: +«Déjelo usted pasar; será una mujer y no una figurante?...» ¿No ha sido +usted, señor cura?</p> + +<p>—Sí, señora—respondió el cura sin confusión alguna.—Y hoy lo +repetiría una vez más. Los tiempos han marchado, y nosotros con ellos. +La vida fácil de otro tiempo se ha acabado, y ante las generaciones +nuevas se abre una vida de combate. Hay que combatir para tener un sitio +al sol, y educar a las jóvenes como se las educaba en otro tiempo, sería +un verdadero anacronismo.</p> + +<p>—¿Por qué?—dijo la abuela, no convencida.</p> + +<p>—Porque la joven figurante ha dejado de existir. En otro tiempo, la +joven era educada exclusivamente para el matrimonio, y se trataba de +formarle un carácter fácilmente maleable para asegurar la felicidad +conyugal. Las ricas se casaban todas. Hoy no es ya lo mismo. Al lado de +las muchachas sin dote, que no encuentran con quién casarse, existen las +jóvenes de dote pequeño o mediano, que no son más buscadas por los +hombres. Hacer del matrimonio el ideal de todas las jóvenes es, pues, un +grave error, puesto que es condenarlas de antemano a desengaños +ciertos...</p> + +<p>—No veo en qué—replicó la abuela.</p> + +<p>—¡Que no ve usted en qué!—dijo el cura sorprendido.—Piense usted, +señora, en la crueldad de condenar a una joven al celibato cuando todas +sus aspiraciones y todo su ser tiendan hacia la dicha del matrimonio... +¿Qué quiere usted que haga en la vida una pobre joven cuyo espíritu, +cuya voluntad y cuyo corazón no están formados y necesitan equilibrarse +con el espíritu, la voluntad y el corazón de un hombre?...</p> + +<p>—Entonces, usted cree en la dificultad creciente del matrimonio para +las mujeres...—preguntó la abuela.</p> + +<p>—Sí, señora, creo en ella.</p> + +<p>—Magdalena tiene un bonito dote y...</p> + +<p>—Sí, es posible, y se casará fácilmente—respondió el cura.—Pero como +posee un carácter muy personal y fuertemente equilibrado, la dificultad +vendrá de su parte. Querrá reflexionar, elegir, calcular...</p> + +<p>—Entonces, Dios mío, ¿qué va a ser de nosotras? Las jóvenes que no +tienen carácter, están expuestas a ser desgraciadas no casándose... Las +que lo tienen, están amenazadas de sufrir casándose... ¡Qué dilema, +señor cura!</p> + +<p>—Sí—dijo el cura pensativo;—es cierto que ahí está el escollo. El +matrimonio sufre la suerte común a las cosas de la tierra; está +atravesando una crisis...</p> + +<p>—Por eso mismo hay que combatirla—afirmó la abuela con gran energía.</p> + +<p>—¿Cómo?—dijo el cura más y más pensativo.—Lo que pasa en los grandes +centros industriales es una imagen de lo que ocurre en todas partes. Hay +tendencias a la huelga general...</p> + +<p>—¡La huelga contra el matrimonio!—exclamó la abuela, que no sabía si +reír o enfadarse.</p> + +<p>—La huelga contra el matrimonio, sí—articuló claramente el cura.—Lo +que hace al grevista es la conciencia de sus derechos y la posibilidad +de hacerlos valer... Transporte usted la huelga de la industria al +matrimonio, y tendrá la palabra de la situación.</p> + +<p>—Entonces—exclamó la abuela desesperada,—Magdalena es una +huelguista...</p> + +<p>—No, todavía no—dijo dulcemente el cura,—pero tiene tendencias.</p> + +<p>Y añadió designándome a la abuela:</p> + +<p>—¿Se puede saber lo que pasa en una cabeza de veinte años?</p> + +<p>—Veinticinco, señor cura, veinticinco—rectificó la abuela, un poco +humillada por la cifra respetable de mis primaveras.</p> + +<p>—Veinticinco años—repuso el cura;—entonces es más grave... A los +veinticinco años no se es ya un alma cualquiera y se tiene una +personalidad... Sí, es más grave... A esa edad se sabe que la vida de la +mujer casada es una vida relativa y que su dicha está a merced de +otro... No hay que extrañar que ciertas naturalezas se subleven y +retrocedan ante esta dependencia absoluta... Note usted, señora, qué +general es la huelga del matrimonio; tan difícil es decidir a ciertos +jóvenes a casarse como a ciertas muchachas a contraer matrimonio.</p> + +<p>—Sin embargo, señor cura, todavía se casa la gente—objetó la abuela.</p> + +<p>—Sí—respondió el cura con bondad,—todos los obreros no están en +huelga, pero sí muchos. Hay huelguistas hombres y huelguistas mujeres; +entre éstas habrá usted de contar a todas las que no quieren casarse por +motivos de abnegación, de salud, de sentimientos de pureza virginal, de +amor al estudio, de exceso de escepticismo... de menor necesidad de la +persona complementaria, es decir, del marido.</p> + +<p>Bajé la cabeza y me ruboricé ante la mirada investigadora del cura.</p> + +<p>—Además—prosiguió éste,—hay los huelguistas hombres, de los que no +tenemos para qué ocuparnos, pues los motivos que les impiden casarse +son de interés o de egoísmo, lo que es poco caballeresco... Entre los +huelguistas mujeres y los huelguistas hombres hay, como siempre, +víctimas de la misma huelga, que son algunas buenas y puras jóvenes que +no encuentran con quién casarse por falta de un poco de dinero. Esta es +una de las plagas de nuestra época—concluyó el cura haciendo un gesto +de desanimación.</p> + +<p>—Entonces—respondió la abuela con un resplandor de esperanza,—puesto +que usted califica de plaga semejante estado de cosas, es que está por +el matrimonio...</p> + +<p>—Sin duda, señora—afirmó el cura,—el matrimonio es una necesidad +social a la que deben someterse los que están llamados a ese estado...</p> + +<p>La abuela volvió a tomar aspecto de triunfo.</p> + +<p>—Pero no soy de opinión de que se violenten las vocaciones...</p> + +<p>A mi vez cobré valor.</p> + +<p>—Deje usted a Magdalena estudiar su cuestión de las solteronas, puesto +que eso le interesa. Acaso nos descubrirá cosas asombrosas—añadió con +una risa sonora que hizo temblar los cristales del despacho.</p> + +<p>—Señor cura—dije en tono de protesta,—si usted supiera cuánto deseo +complacer a la abuela...</p> + +<p>—Eso está muy bien dicho, pequeña—respondió la abuela muy contenta.</p> + +<p>—Vaya, la señorita Magdalena no se quedará solterona, lo preveo—dijo +el cura sin dejar de sonreír.</p> + +<p>—No será porque no las quiera ni porque no las defienda—contesté +arriesgando una mirada del lado de la abuela.</p> + +<p>—Sí, sí, usted quiere jugar a los perros de Terranova—exclamó el cura +satisfecho al ver que estábamos más contentas.—Tiene usted razón. La +solterona de otro tiempo, aquella caricatura física de la mujer, ha +dejado, casi, de existir. Ya no se encuentran aquellos buenos tipos +clásicos de trajes anticuados y estrechos como sus ideas. La solterona +actual es con frecuencia una mujer de gusto, cuando no es la mujer de +todas las caridades y de todas las abnegaciones.</p> + +<p>—¡Ah!—exclamé aturdidamente,—siendo el cristianismo el que ha hecho +posible la vida de la solterona, es muy natural que inspire esa vida...</p> + +<p>—Otra tontería de Magdalena—murmuró la abuela.</p> + +<p>—¿Cómo?—dijo el cura con estupor,—¿encuentra usted que Magdalena ha +dicho una tontería porque quiere que el cristianismo inspire la vida de +la solterona?</p> + +<p>—No, señor cura, no es eso. Esta chica nos marea suponiendo que sólo el +cristianismo ha hecho las solteronas...</p> + +<p>—¿Y usted quisiera que yo le dijese que se equivoca?—preguntó el cura +maliciosamente.</p> + +<p>—¡Oh! sí, señor cura—suspiró la abuela.</p> + +<p>—Pues bien, señora, para complacer a usted, quiero recordar a Magdalena +el respeto que debe a esos cabellos blancos—prosiguió el cura con su +franca sonrisa.—Pero no puedo desmentirla por completo en cuanto a lo +demás...</p> + +<p>—¡Imposible!—exclamó la abuela.—No va usted a decirme que es el +cristianismo el que ha hecho las solteronas... No, no... Eso es una +herejía...</p> + +<p>—Sin embargo, señora, las palabras de San Pablo son formales. «El que +no estando obligado por ninguna necesidad y siendo enteramente dueño de +hacer lo que quiera, ha tomado la firme resolución de guardar su hija, +hace bien. Porque el que casa a su hija hace bien, pero el que no la +casa hace mejor.» ¿Lo oye usted, señora? San Pablo dice «hace mejor...»</p> + +<p>—¡Ah!—exclamó la abuela indignada,—jamás hubiera esperado semejante +lenguaje de un apóstol y un santo...</p> + +<p>—Cálmese usted, señora—dijo el cura muy divertido,—y observe qué +alivio representaba el consejo de San Pablo a los padres de familia de +la época, obligados por las leyes a casar a sus hijas e impotentes por +las costumbres para hallar el esposo obligatorio...</p> + +<p>—No—exclamó la abuela,—no hubiera creído jamás que un apóstol, que un +santo, aconsejase el celibato mundano...</p> + +<p>—Y en esto tiene usted razón—respondió el cura.—Tan lejos ha estado +San Pablo de hacer la solterona, que no se encuentran muchas en los +primeros siglos del cristianismo, ni en la Edad Media ni, siquiera, en +los tiempos modernos.</p> + +<p>—¿Por qué?—pregunté interesada, mientras la abuela se reponía de su +indignación.</p> + +<p>—A consecuencia de los cambios que las invasiones de los bárbaros +trajeron a las costumbres y, sobre todo, a causa de la transformación +propia de las cosas humanas. San Pablo no había dado más que un consejo +y los siglos que siguieron encontraron en él un amplio permiso para +condenar a una cantidad innumerable de mujeres, no al celibato mundano +voluntario, sino al celibato religioso forzado, tan penoso para las +almas a quienes no atrae una vocación especial...</p> + +<p>—¿En interés de qué?—dije más y más poseída de mi asunto.</p> + +<p>—En el interés personal de las familias de entonces. Vamos a ver, +Magdalena—dijo el cura en tono regañón,—un poco de memoria... Usted +debe de recordar la historia... Pues bien, dígame usted lo que sepa de +la transformación de las leyes en el momento de la invasión de los +bárbaros.</p> + +<p>—No es difícil, señor cura—respondí con entusiasmo.—Ayer precisamente +he estado hojeando la «Historia moral de las mujeres» de mi amigo +Legouvé, y he visto que las luchas perpetuas y las guerras continuas +acabaron por poner los bienes en manos masculinas. Entre los invasores, +las hijas estaban excluidas de la propiedad.</p> + +<p>—Bien—dijo el cura con satisfacción,—muy bien...</p> + +<p>—Los bárbaros decían: «Nada de hijas ante los hijos,» lo que no es +justo—añadí con convicción.</p> + +<p>—Eso es un detalle—dijo el cura en tono doctoral.—¿Y qué pasó después +de la conquista?</p> + +<p>—Una cosa muy sencilla, señor cura. Los dueños del suelo, en plena y +legítima posesión de sus bienes, no tuvieron más que un deseo, asegurar +la conservación de esos bienes en toda su integridad a una descendencia +única. El feudalismo no dice ya «nada de hijas delante de los hijos,» +sino «nada de hijos delante de los primogénitos...»</p> + +<p>—Perfectamente—exclamó el cura.—Va usted a ver en seguida el +encadenamiento de los hechos. Por una rara asociación de ideas, la +dureza del padre de familia, que excluye de su herencia a la totalidad +de sus hijos menos uno, se une a la fe sincera del creyente que quiere +la prosperidad de la religión. Estos dos sentimientos, al parecer, +inconciliables, impulsan al padre de familia a poner continuamente en +práctica y hasta exagerar el consejo de San Pablo... Así pues, no se +casa a las hijas más que cuando se encuentra una unión ventajosa para el +padre o para el hijo mayor; en el caso contrario, se las mete en un +convento, sean los que quieran sus gustos o deseos.</p> + +<p>—¡Infelices!—exclamé llena de conmiseración por aquellas hermanas de +antaño.</p> + +<p>—Los siglos pasados—continuó el cura, que se creía en su +cátedra,—están llenos del ruido de esas vocaciones obligatorias, +gracias a las cuales no había entonces más que pocas o ninguna solterona +en el mundo. La totalidad o poco menos de las mujeres no casadas, eran +entonces encerradas en los conventos...</p> + +<p>—¡Qué admirado debió estar San Pablo con semejante éxito!—exclamé con +una risa tan ruidosa que la abuela se estremeció.</p> + +<p>—San Pablo...—murmuró con rencor,—San Pablo es un mal santo.</p> + +<p>—¡Oh! señora—respondió el cura descontento,—San Pablo es la gloria de +la Iglesia... Pero como no quiero que le crea usted el padre de las +solteronas voy a leerle una carta muy curiosa del Papa Inocencio IV a +propósito de las solteronas. Allí verá usted la doctrina de la Iglesia +en plena Edad Media, y, por consecuencia, una rehabilitación de San +Pablo.</p> + +<p>El cura desapareció un instante en su biblioteca y volvió con un gran +librote que abrió por la página en cuestión.</p> + +<p>—Se trata, señoras—dijo,—de la Princesa Isabel de Francia, hermana de +San Luis. Aquella virtuosa Princesa resolvió no casarse, siendo así que +su hermano deseaba que lo hiciera con el hijo del Emperador Federico II. +Si la Princesa hubiera querido hacerse religiosa no hubiera encontrado +ciertamente ninguna oposición en su familia, pero la desgraciada hablaba +de celibato mundano... «No tendré—respondía a todas las +instancias,—otro esposo más que Jesucristo; sin pasar el resto de mis +días en un claustro, viviré en medio del mundo en un estado de +virginidad.» Blanca de Castilla, su madre, y el Rey Luis IX, su hermano, +a quien esta resolución contrariaba en extremo, se dirigieron al Papa +Inocencio IV para que la combatiese. Inocencio escribió a la Princesa +una carta llena de razón y de dulzura, en la que se esforzaba por +demostrar a la joven qué desagradable sería para la familia real contar +con una «solterona» entre sus miembros.</p> + +<p>El cura recalcó la palabra «solterona» con entonación tan burlona, que +la abuela y yo soltamos la carcajada.</p> + +<p>—Escuchen ustedes la lectura de esta carta, que va a consolar a usted, +señora. «Me dicen—escribía el Pontífice,—que queréis vivir en el mundo +y que vuestra inclinación os lleva a hacer en él una existencia separada +de los vivos, sin pretender el matrimonio ni las esperanzas de +posteridad. Sin embargo, según me informan, no tenéis la intención de +entrar en un monasterio para vivir en él en la profesión religiosa, sino +que vuestra mente se forma una vida neutra que no es ordinaria en el +siglo y que no puede recibir la aprobación de aquellos a quienes debéis +obediencia.»</p> + +<p>—Eso está bien hablado—exclamó la abuela;—Inocencio IV me consuela +de San Pablo... ¿Qué tienes que responder a esto, hija mía?</p> + +<p>—Lo que probablemente respondería Isabel de Francia...</p> + +<p>—Isabel—continuó el cura,—escribió al Papa una larga carta para +justificar su conducta y solicitar su perdón. «No soy una +rebelde—decía,—ni una desobediente; quiero obedecer y morir a vuestros +pies, cuando me hayáis hecho el favor de oír una sola palabra para mi +justificación.» Inocencio IV había hablado a la Princesa de la +excelencia y de la santidad del matrimonio...</p> + +<p>—¡Qué gran Papa!—exclamó la abuela llena de admiración.</p> + +<p>—...Isabel respondió en estos términos: «Sé que el matrimonio es +honroso, y el lecho de las esposas castas inmaculado; pero no puedo +olvidar lo que dijo el apóstol San Pablo...»</p> + +<p>—¡Otra vez San Pablo!—gruñó la abuela...—¡Qué santo!...</p> + +<p>—«...Que hay que tener una santa emulación por los dones de Dios y +desear los más excelentes. He oído con frecuencia que la virginidad está +tan por encima del matrimonio como la claridad del sol sobre la de las +estrellas. Es la vida que Jesucristo ha consagrado en su purísima carne +y aquélla de que la Santísima Virgen nos ha dado ejemplo. ¿Qué daño hago +a mi nacimiento renunciando al hijo del Emperador para casarme con el +soberano Monarca del Cielo y de la tierra? El poco conocimiento que +tengo de las letras sagradas no me permite ignorar unas palabras de San +Agustín, que dice: «Más vale dar vírgenes a Jesucristo que Césares al +mundo.»</p> + +<p>—Es encantador que también San Agustín se meta en esto—dijo la +abuela.—Y añadió volviéndose hacia mí.—¿De modo que las ideas de la +Princesa son las tuyas?</p> + +<p>—No por completo—confesé.—La Princesa es una santa y yo no. Además, +su celibato no es más que una vida religiosa...</p> + +<p>—Precisamente—confirmó el cura.—La historia nos enseña que si la +Princesa Isabel ganó su causa, no perseveró en su deseo de celibato +mundano. Rompiendo con aquella vida neutra que afligía al Papa, se hizo +monja, y murió siéndolo.</p> + +<p>—¡Bah!—dijo la abuela,—para ser una solterona tan convencida de su +derecho, la Princesa no tuvo mucha perseverancia...</p> + +<p>—Es verdad—contestó el buen cura, que no quería contrariar de nuevo a +la abuela.—Note usted, sin embargo, qué progreso en el desarrollo de la +personalidad femenina denota ese proyecto de la Princesa... Cincuenta +años antes supongo que no hubiera habido grandes escrúpulos para vencer +la resistencia de una joven colocada en oposición directa con los +suyos...</p> + +<p>—Ese fue entonces el comienzo de la rebelión—objetó la abuela, +levantándose para despedirse del cura, al que habíamos hecho perder un +tiempo precioso.</p> + +<p>—Nada de eso, señora—respondió con bondad el cura;—es el primer +vagido de una personalidad que se ignora.</p> + +<p>—¡Singular vagido!—dijo la abuela.—En fin... a San Pablo y San +Agustín se lo debemos—añadió con rencor.—Verdaderamente, no puedo +digerir eso...</p> + +<p>—Sí, sí—respondió el cura con condescendencia,—ya lo digerirá usted. +Ya verá, ya verá.</p> + +<p>Y al acompañarnos galantemente hasta la puerta, nos dijo con malicia:</p> + +<p>—Vayan en paz, señoras, vayan en paz...</p> + +<p>Aquel deseo no debía realizarse, pues apenas entramos en casa, a la +abuela le faltó tiempo para dar parte a Celestina del supuesto horror +del Papa Inocencio IV por las solteronas.</p> + +<p>—¡Eso un Papa!—exclamó Celestina.—Debe de ser, todo lo más, un Papa +falso...</p> + +<p>Iba la abuela a protestar vigorosamente, cuando me apresuré a calmar a +Celestina recordándole las palabras de San Pablo: «El que casa a su hija +hace bien; el que no la casa hace mejor.»</p> + +<p>Creí que se iba a desmayar de gusto al oír estas palabras.</p> + +<p>—Ese es un santo bueno... Ese es un santo grande... Ese es un santo... +santo. No hay como los apóstoles.</p> + +<p>—No hay como los Papas—replicó la abuela.</p> + +<p>Celestina es tan intransigente en sus ideas que no va a dejar vivir a la +abuela con San Pablo. La guerra está declarada entre el apóstol y el +Papa, ¡Pobre Inocencio IV! ¡Bueno le va a poner Celestina!</p> + +<p>Estaba yo escribiendo estas palabras, cuando oí un golpe en la puerta y +me vi entrar a Celestina muy sofocada.</p> + +<p>—No comprendo—acabó por decir cuando pudo recobrar el uso de la +palabra,—no comprendo que la señora dé tanta importancia a lo que dice +un «inocente.»</p> + +<p>—Inocencio IV no era un inocente—repliqué.—Fue, por el contrario, un +gran Papa que se llamaba Inocente como tú te llamas Celestina.</p> + +<p>—¡Bah!—dijo Celestina incrédula;—la señorita no me hará creer que +nadie se llame Inocente sin tener buenas razones para ello.</p> + +<p>Y me dejó muy indignada por lo que ella llamaba mi obstinación en +defender a aquel «inocente.» Tenía yo razón al exclamar: ¡Pobre +Inocencio IV!</p> + + + +<p class="fecha">18 de octubre.</p> + + +<p>Hoy he dado un buen paseo con el que no contaba. Estaban dando las dos +cuando la campanilla sonó alegremente a impulso de un mano viva y +nerviosa.</p> + +<p>—Es la señorita Francisca, seguramente—dijo Celestina, yendo a abrir +sin apresurarse.</p> + +<p>Era ella, en efecto, que venía con Petra Brenay, Genoveva Ribert y sus +madres, a buscarme para dar un paseo. Acepté con entusiasmo. La abuela +tiene dificultad para andar y me confía con placer a esas señoras que me +acogen siempre con gran amabilidad.</p> + +<p>Genoveva y Petra son, como Francisca, de mis más antiguas amigas, y, +como yo, son aiglemontesas de nacimiento.</p> + +<p>Genoveva nuestra decana, frisa en los veintiocho años. Es una morenita +delgada y esbelta, de facciones acentuadas y dulces al mismo tiempo. +Elegante sin exceso, piadosa sin mogigatería y adicta sin ostentación, +es enteramente mi ideal. A ella es a quien confío más fácilmente mis +pensamientos, y la abuela, que aprecia mucho el carácter firme y leal de +Genoveva, protege nuestra intimidad. Genoveva quiere permanecer soltera +por gusto, según dice ella, pero la abuela, que no podría soportar +semejante inconveniencia, asegura que es más bien por abnegación para su +madre, a la que cuida y consuela en sus dolores físicos y morales. Yo +soy de la misma opinión.</p> + +<p>Petra es extremadamente fina y menuda, muy rubia y con una aristocrática +silueta. Es la gracia hecha mujer, aunque un poco caprichosa y +fantástica y algo niña mimada. Su padre, el Barón de Brenay, no ve más +que por los ojos de su querida hija, que es la única bonita, la única +bien nacida y la única posible. A fuerza de oírlo repetir, Petra lo cree +y espera con serena convicción la hora encantadora y deseada en que la +renta de sus veinte mil pesos de dote, o sean seiscientos pesos, le +atraerán algún millonario por marido. Los señores de Brenay desean el +millón, como es de suponer, y Petra, hija respetuosa, comparte +enteramente las opiniones de sus padres. Está convenido que Petra no se +casa con menos de un millón.</p> + +<p>—No se puede vivir con menos de seis u ocho mil pesos al año—dice a +cada momento el Barón de Brenay.</p> + +<p>—Es lo justo para no morirse de hambre—añade la Baronesa.</p> + +<p>Y como los dos tienen una fe ardiente y convencida en el valor de la +partícula «de» colocada delante de un nombre, conservan la dulce o +inocente ilusión de que toda la humanidad participa de esa fe. Un +riquísimo plebeyo será indudablemente muy halagado al depositar a los +pies de la divina Petra un número incalculable de billetes de banco... +Esperan a ese novio ideal y le aceptan de antemano con una +condescendencia muy divertida. Muchas veces nos reímos entre nosotras +de los sueños dorados de Petra, pero sin permitirnos discutirlos. Los +dogmas de fe no se discuten.</p> + +<p>Dejando a las mamás que hablasen entre ellas, tomamos rápidamente la +delantera en cuanto estuvimos fuera de la población.</p> + +<p>—Y bien, Magdalena—exclamó de repente Francisca,—¿sigues defendiendo +a las aiglemontesas?</p> + +<p>—Como las ataques mucho, puede ser.</p> + +<p>—¡Ah! veo que cedes, caballeresca Magdalena—exclamó Francisca +triunfante.—El otro día te alzabas en los espolones como un gallo +inglés.</p> + +<p>—Si alguien enseñaba los espolones—dije reprimiendo una fuerte gana de +reír,—no creo que fui yo...</p> + +<p>—No, joven virtuosa; confieso que debió de ser mi modesta persona la +que se agrió con los golpes repetidos que me asestan ciertas malas +solteronas...</p> + +<p>—Si tú las provocas, no tienes más que lo que mereces.</p> + +<p>—Eso es, métete en esa pandilla, y contra mí además... ¡Ah!—dijo +Francisca dando un gran suspiro,—bastante desgraciado es pensar que se +va una a enmohecer como las otras en la piel de una solterona...</p> + +<p>—Nadie te obliga a enmohecer—objetó Genoveva.</p> + +<p>—Sí, se acartona una a pesar suyo cuando el celibato le ata las alas.</p> + +<p>—Pues bien, cásate—exclamé.</p> + +<p>—¡Ah! como llegue a pasar al alcance de mi mano un pretendiente, os +prevengo que salto a él y de grado o por fuerza le llevo al cura y al +alcalde.</p> + +<p>—¿Aunque no te guste?...—pregunté interesada.</p> + +<p>—Un pretendiente gusta siempre.</p> + +<p>—¿Aunque sea feo y viejo?</p> + +<p>—Me tiene sin cuidado—respondió Francisca con su desenvoltura +habitual.</p> + +<p>—¡Oh!—dije indignada.—No creo que te casaras con alguien que no te +gustara...</p> + +<p>—¿No?... Como que le iba a dejar... ¿Estás todavía en los dichosos +tiempos de los matrimonios por amor?</p> + +<p>—¡Cómo!—exclamé consternada.—¿No estás tú ya en ellos?</p> + +<p>—El amor sublime...—respondió la incorregible burlona;—creo que no me +sentaría bien.</p> + +<p>—Dices tonterías—hizo observar la prudente Genoveva, también muy +sofocada.</p> + +<p>—Tonterías... no. En realidad—añadió Francisca viendo que había ido +demasiado lejos, estoy hablando en broma.—Me sacáis de mis casillas con +vuestros gustos de celibato. Es horrible volverse un ser ridículo, malo, +maldiciente y charlatán... una sobra.</p> + +<p>—Yo no creo ser una sobra—protestó vivamente Genoveva.</p> + +<p>—Tú, puede que no—concedió con generosidad Francisca,—pero las +demás... Dios mío, no es ese mi ideal.</p> + +<p>—Ni el mío—afirmó Petra.—A mí me gustará comerme el dinero de un +marido muy rico.</p> + +<p>—¡Comerte el dinero!—objeté.—¿Es eso todo lo que tú ves en el +matrimonio?</p> + +<p>—Evidentemente—respondió Petra con su gran aspecto de las +cruzadas.—Comprenderás que si me caso con un plebeyo rico, no voy a +pasar el tiempo en amar a ese caballero... Amar a su dinero y hacerle +valsar, es otra cosa...</p> + +<p>—Pobre plebeyo—dijo Francisca con compasión.—Estoy segura de que le +harás ver que es un honor para él dejarse roer el dinero por tus lindos +dientecitos aristocráticos.</p> + +<p>Petra sonrió sin responder.</p> + +<p>—¡Bah!—replicó Francisca sin poderse contener, una partícula no es +cosa que se come...—¿Qué le vas a dar en cambio a tu marido?</p> + +<p>—Nada—respondió Petra desdeñosa.</p> + +<p>—Pobre señor; su vida va a ser un perpetuo viernes...</p> + +<p>Genoveva, para cambiar de conversación, nos llamó la atención sobre el +paisaje de otoño que se ofrecía a nuestra vista.</p> + +<p>—No, no, Genoveva, nada de poesía; nada de hojas muertas o a punto de +morir... Estoy harta de eso... Hace veintitrés años que estoy +contemplando las bellezas de nuestro pueblo y ya no me entusiasma la +Naturaleza... Es aburrido.</p> + +<p>—Qué alma de artista—murmuré <i>in petto</i>; y después, armándome de +valor, me atreví a hablarles de mis estudios sobre las solteronas. +Francisca aprovechó la ocasión para lanzar gritos de horror, que Petra +imitó a la sordina. Envalentonada por la mirada de aprobación de +Genoveva, conté mis descubrimientos sobre el origen de las solteronas y +les dije que en los pueblos polígamos no las había.</p> + +<p>—¿No?—exclamó Francisca.—Pronto, Petra, vámonos a esos pueblos +felices.</p> + +<p>—No creas que me conformaría con la vida de harén—respondió Petra en +tono desdeñoso.</p> + +<p>—Es verdad—exclamó Francisca;—ya he dicho otra tontería.</p> + +<p>—No me extraña—dijo dando un suspiro la pobre señora de Dumais que nos +había seguido.</p> + +<p>—Esperaba eso de mamá—respondió Francisca con filosofía.</p> + +<p>A mí tampoco me extrañan las reflexiones maternales...</p> + +<p>Cuando llegamos a mi casa ofrecí a todas las señoras una taza de té. Las +de Brenay y Dumais tenían prisa por volver a sus casas, y rehusaron; +pero las tres jóvenes aceptaron. Celestina, que sabe cuánto me gusta +tomar un refrigerio al volver de paseo, lo preparó todo en seguida, y +entre una galleta y una tostada continué mis confidencias.</p> + +<p>La idea de que San Pablo, con gran escándalo de la abuela y gran +contento de Celestina, era el padre de las solteronas, divirtió mucho a +mis amigas. Francisca, que tiene siempre ideas originales, me pidió que +llamase a Celestina para contemplar su gozo. Hícelo yo de buen grado y +pedí una cosa cualquiera a mi buena vieja para explicar mi campanillazo.</p> + +<p>—Y bien, Celestina—dijo Francisca,—San Pablo es un gran santo...</p> + +<p>—Sí, señorita—respondió respetuosamente Celestina, que pareció mirar a +Francisca con mejores ojos.—No es como ese inocente...</p> + +<p>—¿Qué inocente?—interrogó Francisca asombrada.</p> + +<p>—Ya te contaré eso dentro de un momento—dije.—Vamos, Celestina, dinos +lo que piensas de San Pablo—continué dirigiéndome a la anciana, que se +obstinaba en pasarse la mano por las narices como para quitarse una +humedad molesta.</p> + +<p>—Pienso—respondió la aludida, a la que halagaba la atención de que era +objeto,—pienso que Dios ha enviado a San Pablo para impedir que las +jóvenes se pierdan casándose.</p> + +<p>—Pero, Celestina—dijo Genoveva con una débil sonrisa,—no es una +perdición el casarse.</p> + +<p>—Sí, señorita—aseguró Celestina;—en los hombres es puro vicio y en +las mujeres una torpeza...</p> + +<p>—¡Bueno!... Ya está la especie humana rápidamente juzgada—exclamó +Petra en medio de las risas de todas.</p> + +<p>—Pues bien, Celestina—añadió Francisca muy seria,—encuentro que tiene +usted razón. En su lugar de usted daría algún paso cerca del señor cura +para obtener que Santa Catalina, que es una solterona de pacotilla, sea +puesta en la puerta de la corporación y que San Pablo sea nombrado +patrono en su lugar.</p> + +<p>—¡Cuánta razón tiene la señorita y qué bien estaría eso!...</p> + +<p>—Me apresuré a despedir a Celestina e hice reproches a Francisca. La +aturdida no ha pensado que Celestina va a tomar todo esto en serio y +acaso a intentar con el cura el paso aconsejado... En fin, ya veremos.</p> + +<p>Reanudé mi narración de las solteronas para explicar el «inocente» de +Celestina, y aquello fue un concierto de risas. Francisca por poco se +ahoga con una castaña en dulce y Petra se atragantó completamente al +beber el último sorbo de té.</p> + +<p>Por fin se restableció el silencio y emprendimos una nueva conversación +más seria, aunque sobre el mismo asunto.</p> + +<p>Genoveva me preguntó con qué objeto hacía mis investigaciones, y le +respondí que todo mi deseo era encontrar libros que me inicien en la +introducción de las solteronas en la sociedad moderna, pues hasta ahora +no me daba cuenta más que de la solterona involuntaria.</p> + +<p>—Mi madre debe de tener algo sobre eso—dijo Genoveva después de +reflexionar.—Buscaré y te enviaré todo lo que encuentre.</p> + +<p>—Le di las gracias con efusión, y como se hacía tarde, unos +campanillazos vinieron a poner término a nuestra alegre conversación. +Era que venían a buscar a mis amigas.</p> + +<p>Francisca fue todavía la que tuvo la última ocurrencia. Había ya salido +de la antesala, cuando, dando media vuelta, vino hacia mí y me dijo con +su gracia acostumbrada:</p> + +<p>—Hasta la vista, solterona...</p> + +<p>—Adiós y gracias—repitieron en coro Genoveva y Petra.</p> + +<p>—Adiós, hasta la vista, muchachas...—respondí gozosa, mientras se +restablecía el silencio en nuestra tranquila casa y resonaban todavía a +lo lejos las notas del alegre terceto.</p> + +<p>¡Solterona!... Pues bien, acepto el augurio...</p> + + + +<p class="fecha">20 de octubre.</p> + + +<p>Con gran desesperación de la abuela, Genoveva me envió al día siguiente +los libros prometidos y desde entonces los leo y los devoro. Aunque la +abuela dice que estoy ridícula con mis solteronas, la verdad es que las +encuentro un serio interés. Mis estudios me deleitan y los continúo.</p> + +<p>Hubiera deseado encontrar otra Isabel de Francia para tener derecho a +sentar un sólido juicio sobre una base no menos seria; pero con gran +sentimiento mío, la vocación del celibato no parece haber sido +voluntaria en los siglos pasados. Casarse es decididamente una cosa de +un orden esencialmente natural y parece que la solterona por gusto es +una creación exclusivamente moderna.</p> + +<p>¿De dónde viene?</p> + +<p>Eso es lo que he procurado investigar con una paciencia tan +extraordinaria como inusitada. He reanudado mis estudios en pleno +feudalismo, en medio del vigoroso impulso del espíritu caballeresco. Me +ha parecido curioso estudiar esa época, ya muy brumosa, en la que «Mi +Dios y mi Dama» era el grito de los infanzones que iban a la batalla con +una cruz en la mano y los colores de la señora de sus pensamientos en el +corazón. Eso difiere un poco de nuestros jóvenes modernos, que no han +conservado, evidentemente, esas nobles maneras.</p> + +<p>¿Qué era esa dama evocada por la imaginación de nuestros antepasados?</p> + +<p>Algunas veces era una delicada niña de púdica sonrisa; con frecuencia +era la esposa de algún caballero renombrado, pero ni una sola vez, que +yo sepa, se la encuentra bajo las facciones de una honrada y casta +solterona. El estado neutro de que hablaba el Papa no está muy en honor +ni en el mundo eclesiástico ni en la sociedad seglar. Preciso es añadir, +por otra parte, que el enorme éxito de lo que se llamaba tan exactamente +«cortes de amor» no era para fomentar el estado de virginidad ni para +darle muchos elogios. El espíritu caballeresco, basado en el amor, debía +ser hostil al celibato, y todas sus adoraciones y homenajes se dirigían +a aquellas que, lejos de estar armadas contra los sentimientos tiernos, +sabían animarlos graciosamente.</p> + +<p>La caballería, a pesar de la aureola con que ha llegado hasta nosotros, +no se alimentaba exclusivamente de flores azules cogidas en el país del +ideal. Práctica y dura, apreciaba muy bien las especies contantes y +sonantes o los hermosos dominios dorados por el sol.</p> + +<p>El sistema feudal, al privar a las hijas de toda fortuna, aumentó +considerablemente el número de las muchachas pobres y, por consiguiente, +imposibles de casar, pues en aquel noble tiempo de sentimientos +caballerescos hacía falta un dote para conquistar un marido. La historia +no nos dice si bardos o trovadores consagraron a este asunto, sin +embargo tan interesante, sus versos y sus melodías. Es de creer que ni +unos ni otros hubieran logrado transformar una sociedad que exaltaba a +la mujer y buscaba el dinero.</p> + +<p>La nobleza y la burguesía, encontrando la mayor facilidad para +desembarazarse de las hijas sin soltar dinero, preferían darlas sin dote +al convento a dotarlas para casarlas.</p> + +<p>Pero las dificultades de la vida se acentuaban para las jóvenes +casaderas y para los conventos que las servían de refugio. El número de +monjas obligadas crecía hasta tal punto, que ciertas casas faltas de +recursos tuvieron que recurrir a la bondad real para obtener algunas +larguezas. Luis XIV permitió a algunas comunidades aceptar dotes a +condición de que se dedicasen a la instrucción profesional de las hijas +del pueblo. Pero con esta ocasión se renovaron los antiguos edictos para +los conventos ricos con agravación de las penas para los infractores. El +Parlamento de París castigó a las religiosas de la Virginidad por haber +medido una vocación «más al peso del metal que al del santuario.»</p> + +<p>La sociedad meticulosa de la época prefería la desgracia de sus hijas en +un claustro, a su dicha relativa en el mundo, en el que no se admitía el +celibato. Las conveniencias lo mismo que el espíritu religioso de la +época se oponían a este último partido.</p> + +<p>Los predicadores tronaban en el púlpito contra el entristecedor +espectáculo del celibato involuntario, y uno de ellos llegó a decir que +las hijas solteras que se quedan en el mundo son en él objeto de +escándalo y un obstáculo a las buenas costumbres.</p> + +<p>¿Cómo, después de esto, atreverse a permanecer solterona? Era necesario +tomar el camino del claustro, donde nadie pensaba en averiguar el grado +de vocación que llevaba a tantas pobres almas.</p> + +<p>Los moralistas hablaban también en favor del matrimonio, demostrando, +como Montesquieu, que «cuanto más se disminuye el número de los +matrimonios que pudieran hacerse, más se corrompe a los que están ya +hechos: cuantas menos personas casadas hay, menos fidelidad existe en +los matrimonios, como cuando hay más ladrones existen más robos.»</p> + +<p>Y como la causa del matrimonio no avanzaba un paso, se decidió dejar +resueltamente a un lado a las jóvenes feas y pobres para dar, al menos, +a las que no lo eran un puesto más ancho en el mundo. Un sabio casuista, +el padre Bonacina, jesuita, declaraba «exenta de pecado a la madre que +desee la muerte de sus hijas sino puede casarlas a su gusto a causa de +su fealdad o de su pobreza.»</p> + +<p>Con el convento para las unas, el matrimonio para las otras y la muerte +para las que no entraban en ninguno de los dos estados, pudiérase creer +que en adelante no habría ya esas desgraciadas jóvenes cuya vista +producía en la conciencia pública el efecto de un remordimiento. Pero la +especie no quiso desaparecer. Al fin del siglo <span class="smcap">XVIII</span>, el moralista +Sebastián Mercier declara que «en todas las casas burguesas de París se +encuentran cuatro jóvenes casaderas por una casada.»</p> + +<p>Dejé la pluma, pensativa, reflexionando que en provincias, a la hora +actual, el matrimonio está por lo menos tan abandonado como en tiempo de +Sebastián Mercier, cuando la abuela me arrancó bruscamente de mis +demasiado sabias meditaciones.</p> + +<p>—Un poco de memoria, Magdalena. Olvida que tenemos que ir esta tarde a +ver a la señora de Brenay.</p> + +<p>—Es verdad—exclamé,—no me acordaba...</p> + +<p>—Las solteronas te hacen perder la cabeza, pobre hija mía... Vamos, +despáchate. Voy a ponerme el sombrero y te espero en el salón.</p> + +<p>En diez minutos hice el milagro de estar compuesta y acicalada. La +abuela, satisfecha, se dignó sonreírme con una benevolencia en la que +entraba un poco de inocente admiración.</p> + +<p>Pasar de repente de la calma absoluta a una intensa tempestad, es +siempre desagradable, y esto fue lo que nos sucedió a la abuela y a mí. +Dejamos la apacible tranquilidad de nuestro <i>home</i> y nos encontramos en +pleno huracán en casa de los Brenay.</p> + +<p>El señor de Brenay, que no parece más que raras veces por su salón, +estaba paseándose con agitación febril que sacudía con bruscos +movimientos sus bigotes largos y retorcidos. La de Brenay, desplomada en +una butaca, parecía aniquilada y olvidaba por completo el cuidado de +conservar sus maneras aristocráticas. Petra, muy encarnada y como +vergonzosa, estaba mordiendo rabiosamente el pañuelo. Era indudable que +caíamos en plena escena de familia. La abuela y yo cambiamos rápidamente +una mirada de estupor, pero era imposible retroceder.</p> + +<p>El salón de los Brenay, siempre tan animado, tan alegre, tan en armonía +con los gustos de los dueños de la casa, me pareció ensombrecido por +negras nubes cuando tomé posesión de una silla al lado de Petra. El +señor de Brenay, hombre muy corrido, creyó que debía, en cuanto se +cambiaron los primeros cumplimientos, ponernos al corriente de lo que +motivaba semejante perturbación en su interior.</p> + +<p>—Esta democracia...—dijo con un desdén exasperado,—esta democracia es +audaz en extremo... ¿Creerá usted, señora, que un teniente de +infantería... sin apellido... casi sin fortuna... mil doscientos pesos +de renta—¿qué es eso?—se atreve a levantar los ojos hasta mi hija?</p> + +<p>—Audaz es en efecto—dijo la abuela en tono de broma.—Un gusano de la +tierra enamorado de una estrella...</p> + +<p>—Precisamente—exclamó Brenay con acento de aprobación.—El teniente +Cotorrac...</p> + +<p>—¿Es posible—dijo la señora de Brenay confundida,—que con semejante +nombre se atreva a pensar en mi hija?...</p> + +<p>—¡Ah!—gimió Petra,—estoy avergonzada... Qué apellido para anunciar en +un salón... La señora de Cotorrac...</p> + +<p>La desesperación de Petra era tan franca, que reprimí valerosamente toda +hilaridad. Y tuve mérito, porque la escena era divertida.</p> + +<p>—¡Cállate, hija mía, cállate!... Ese ganapán, ese perdido merecería +seis meses de castillo por haberse permitido pensar en ti... ¡Si +volviera el antiguo régimen!</p> + +<p>—Si se nos permitiese solamente hacer que nuestros criados dieran una +buena paliza a esos insolentes...—acentuó la señora de Brenay,—no +pasarían estas cosas.</p> + +<p>—Dios mío—se atrevió a decir la abuela, bastante divertida en el fondo +por aquella tragicomedia.—¿Creen ustedes que el crimen no tiene +excusa?... Petra es tan linda y tan seductora...</p> + +<p>—Mi hija no debe ser linda ni seductora para quien no es de su +clase—gruñó el padre.</p> + +<p>—Un pobre diablo puede tener ojos—añadió la abuela,—y hasta +corazón... Y si ese pobre diablo es un oficial y tiene mil doscientos +pesos de renta... la cosa cambia de punto de vista.</p> + +<p>—No cambia nada—exclamó Brenay.—¿Es bien nacido?... No... ¿Tiene +fortuna?... No... ¡Ah! el lado vergonzoso del negocio es que ese mozo +afirma que está loco por mi hija...</p> + +<p>—Papá, por Dios, no repitas semejante cosa...</p> + +<p>—¿Y qué?—preguntó la abuela.</p> + +<p>—Que es un amor inadmisible—respondió Brenay con su voz más +mordaz,—que estoy seguro de que hace estremecerse de horror en sus +tumbas a todos los Brenay pasados...</p> + +<p>—Sin contar los Mauval a que yo pertenezco,—apoyó la de Brenay.</p> + +<p>La abuela se esforzó en vano por establecer que la respetabilidad +personal, las cualidades del joven, su sinceridad y su lealtad evidente +eran dignas de otra acogida. Ni el señor de Brenay ni su mujer quisieron +conceder nada, y Petra, herida en su amor propio, no consintió tampoco +en deponer su cólera.</p> + +<p>Después de un cuarto de hora de una conversación difícil, cuyo asunto +era imposible de cambiar, tan violenta era la exasperación reciente, la +abuela se levantó con gran satisfacción mía. Yo, que me complazco mucho +habitualmente con la compañía de Petra, fui feliz al dejarla. Tales +prejuicios de casta, o de pandilla, como diría Francisca, son tan +extraordinarios que me producen el efecto de un gran anacronismo.</p> + +<p>—¡Bah!—dije a la abuela, que estaba un poco sublevada con lo que +acababa de oír;—supongamos que vivimos en el siglo <span class="smcap">XVIII</span> en lugar de +encontrarnos en el <span class="smcap">XX</span>, y todo será natural...</p> + +<p>—Las enseñanzas de la historia son letra muerta para muchos—murmuró la +abuela...—Es curioso—añadió,—el ver cuántas personas inteligentes hay +entre nosotros a quienes la historia no ha enseñado nada.</p> + +<p>—¡Aprender!... Esa es toda la filosofía de la vida, abuela querida... +Pides demasiado.</p> + +<p>La abuela, sorprendida, me miró atentamente.</p> + +<p>—Acaso tengas razón—añadió cuando se dio cuenta de que era yo quien +había hablado.—En todo caso, la pobre Petra está en la dolorosa vía del +celibato.</p> + +<p>—¡Dolorosa!... no, abuela, muy feliz.</p> + +<p>Y para ahorrarme un sermón de la abuela, desaparecí prontamente de su +horizonte. Abríase ante mí la puerta de mi casa y me metí en ella más +que de prisa.</p> + + + +<p class="fecha">22 de octubre.</p> + + +<p>Mis investigaciones van tomando cuerpo... Las solteronas se enredan en +una madeja inesperada. Estaba yo gimiendo en mi interior por las +dificultades de mi tarea, cuando la Providencia, bajo las facciones del +padre Tomás, vino a llamar a la puerta de la abuela. El buen cura +deseaba averiguar el estado de nuestras cabezas y el de nuestros +corazones.</p> + +<p>Apenas entró en el salón, iluminado por un lindo rayo de sol, que +aureolaban los primeros fuegos del hogar en un dulce resplandor, cuando +llegaron también la de Ribert y Genoveva para informarse del resultado +de mis lecturas.</p> + +<p>La abuela no reanuda sus días de recibir hasta noviembre, pero acoge con +gusto a las personas de nuestra intimidad que se presentan. No cierra su +puerta desde julio hasta Todos los Santos más que a los indiferentes +que, con pretexto de interés, van a casa ajena a informarse del matiz de +las ideas y del aspecto de las caras para inventar historias +sorprendentes e inverosímiles.</p> + +<p>Me puse tan alegre por aquella doble visita que de buena gana hubiera +saltado al cuello del cura y al de la señora de Ribert para +manifestarles mi satisfacción. Me indemnicé de la imposibilidad +absoluta de hacerlo precipitándome a las mejillas de Genoveva que +recibieron cada una dos sonoros besos.</p> + +<p>La de Ribert es el vivo retrato de su hija o más bien, ésta es la +reproducción exacta de lo que ha debido de ser su madre. El cabello gris +de la de Ribert, parece ser el sucesor designado de la opulenta +cabellera de Genoveva. Sólo ha cambiado el talle, engruesado por la +edad, y, sobre todo, ha venido la enfermedad triste e implacable que la +mitad del tiempo clava a Genoveva en la cabecera de su madre, sin que la +una ni la otra pierdan por eso una sola de sus sonrisas ni un átomo de +su apacible amabilidad.</p> + +<p>El padre Tomás, conocido y apreciado por el pueblo entero, lo que no es +frecuente en Aiglemont, es también íntimo de los Ribert. El cura sacó en +seguida la conversación de las solteronas, ayudado por la de Ribert, +apasionada por todo lo que se refiere a la evolución femenina. Es, al +contrario que la abuela, enemiga del matrimonio y se dice por lo bajo +que su marido, muerto hace muchos años, no la hizo precisamente feliz.</p> + +<p>—Y bien, ¿cómo van esos estudios?—dijo el cura con una risa sonora que +hizo estremecerse hasta las tenazas de la chimenea.</p> + +<p>—Están suspendidos, señor cura.</p> + +<p>—¿Por qué?</p> + +<p>—Porque no encuentro el lazo que debe unir a la solterona involuntaria +de otro tiempo con la de hoy. He llegado casi al fin del siglo XVIII y +me falta una Princesa Isabel...</p> + +<p>—¡Dios mío!—gimió la abuela,—no se concibe semejante obstinación.</p> + +<p>—Sí, señora, ciertamente—respondió el cura con bondad.</p> + +<p>Y añadió dirigiéndose a mí:</p> + +<p>—Si necesita usted absolutamente una princesa, me parece que la Corte +de Luis XVI le ofrece una solterona distinguida...</p> + +<p>—¡Qué aturdida soy!—dije con convicción.—Es verdad, olvidaba a madama +Isabel, la hermana de Luis XVI...</p> + +<p>—Sí, madama Isabel, sin hablar de otras ilustres solteronas. En cuanto +al lazo que usted reclama entre las solteronas involuntarias y las +voluntarias, existe muy claro. ¿Qué hace usted de la Revolución y del +Código de Napoleón?...</p> + +<p>—Nada absolutamente, señor cura—dejé escapar a pesar mío.—Esas dos +cosas no me dicen nada que valga.</p> + +<p>—Pues es un error—respondió el cura.—La Revolución y el Código de +Napoleón, por el establecimiento de principios nuevos y por la abolición +del derecho de primogenitura, han dado a las jóvenes de las clases +acomodadas una independencia real para permitirles vivir como les +acomoda. De aquí se deduce...</p> + +<p>—¿Entonces, señor cura—preguntó la de Ribert muy interesada,—usted +cree que la Revolución y el Código entran por mucho en este temor del +matrimonio que manifiestan tantas jóvenes modernas...</p> + +<p>—Evidentemente... ¿No se nota ese temor precisamente en la +burguesía?...</p> + +<p>—Sí, es cierto. Sin embargo...</p> + +<p>—No hay sin embargo—afirmó el cura con autoridad.—Desde el momento en +que se suprimió el derecho de primogenitura y la mujer mayor, no +casada, fue admitida a gozar de sus bienes, se ha desarrollado, por la +fuerza de las cosas, el gusto por el celibato voluntario. Abra usted el +Código...</p> + +<p>—No, no—dijimos en coro,—la cosa no es distraída.</p> + +<p>—Pues bien, no le abran. Pero si le abrieran, verían que la mujer +soltera es más generosamente tratada que la que se encuentra bajo la +potencia del marido. La primera goza de todos sus derechos en cuanto es +mayor de edad; la segunda es una eterna menor.</p> + +<p>—Pero dije cautivada por la demostración;—entonces usted cree...</p> + +<p>—Sin duda, sin duda—replicó el cura.—Es claro que al convertirse la +soltera en protegida del Código, el celibato, hasta entonces objeto de +aversión, adquiere rápidamente, bajo el imperio de nuevas costumbres, +toda la apariencia de una posición escogida.</p> + +<p>—Si lo que usted dice es exacto—repuso la abuela olvidando su +antipatía por este asunto,—habría que buscar en esa transformación de +las leyes el comienzo de otras muchas evoluciones.</p> + +<p>—Así lo creo, señora—respondió el cura.—La evolución femenina de que +habla todo el mundo, me parece que no tiene otra causa primera. Los +cambios de hechos acarrean siempre cambios de ideas, cuando no es el +cambio de éstas lo que produce el de los primeros.</p> + +<p>—Es curioso, muy curioso—exclamó la de Ribert.—Sin +embargo—objetó,—no comprendo bien la importancia extraordinaria que da +usted al Código de Napoleón desde el punto de vista femenino.</p> + +<p>—Va usted a comprenderlo—respondió el cura, muy contento por la +atención de su auditorio.—Por primera vez en la historia de los siglos, +la mujer de las clases acomodadas es llamada de soltera a la libre +posesión de sus bienes de familia. ¿Cómo quiere usted que tal evolución +no traiga consigo otra?</p> + +<p>—Es verdad—dijo Genoveva,—todo se enlaza.</p> + +<p>—Usted me comprende, señorita Genoveva—dijo el cura con una mirada de +aprobación.—La mujer que posee, es naturalmente una mujer que obra y +llega a ser por la fuerza de las cosas una personalidad con la que hay +que contar.</p> + +<p>—¡Qué lejos estamos—exclamé,—de las leyes de Manou, del Génesis y del +Corán!... Unas y otras declaraban con una notable unanimidad que la +mujer sin marido no era nada y no podía nada...</p> + +<p>—Sí—aprobó el cura,—todo está muy cambiado. Las mujeres, que no eran +nada en otro tiempo, están a punto de serlo todo, gracias a las +solteronas—añadió con malicia.</p> + +<p>—¡Todo!—exclamó la abuela.—Las solteronas son entonces, según usted, +abominables feministas....</p> + +<p>—No, no—respondió el cura divertido por la alarma de la abuela.—Usted +exagera... Afirmo sencillamente que la posesión legal de los bienes +fomenta en la soltera el desarrollo de su personalidad. Y hay que +confesarlo, no se puede creer que el desarrollo de la personalidad en la +mujer sea un excelente factor de matrimonio.</p> + +<p>—Es verdad—aprobó la de Ribert.—La independencia de bienes provoca la +de la voluntad y la de la mente. No querría deducir que la independencia +del corazón sigue el mismo movimiento, pues eso traería serias +consecuencias. Pero hay una evidente propensión a un individualismo +que, como usted dice, está muy lejos del matrimonio.</p> + +<p>La abuela no pudo contener una exclamación de horror.</p> + +<p>—Sí—dijo el cura pensativo sin ocuparse ya de los suspiros de la +abuela,—el individualismo es ahora una especie de contagio. Es la idea +fija de muchas jóvenes... ¿Es un bien o un mal?... El porvenir lo dirá. +Por el momento, se hace un pedestal a la mujer moderna sin pensar que, +acaso, el individualismo llegará a ser sinónimo de egoísmo...</p> + +<p>—No, señor cura—respondió Genoveva con energía.—Se puede tener una +personalidad bien caracterizada sin caer en el horrible defecto que +usted señala.</p> + +<p>—He dicho «acaso» y no «ciertamente...» Hay en esto un escollo, un gran +escollo. Muchas jóvenes—añadió con tristeza más acentuada, mirándome +con fijeza;—muchas jóvenes de las mejores y de las más inteligentes, no +sienten ya la necesidad de apoyarse en el brazo de un marido...</p> + +<p>—Y bien—dijo alegremente la de Ribert mientras la abuela volvía a +suspirar,—tanto mejor... Puesto que se dice que ya no es posible casar +a las hijas, dichosas la que no tienen la vocación del matrimonio.</p> + +<p>—Sí, lo concedo—dijo el cura.—¿Pero por qué ese estado de alma reina +precisamente entre las jóvenes que se casarían más fácilmente? Sí, es +bueno en general que las jóvenes no coloquen en el matrimonio su única +probabilidad de dicha...</p> + +<p>—¡Pobre probabilidad!—interrumpió la de Ribert.</p> + +<p>—...Es preciso, sin embargo, no complicar la situación haciendo que se +implante demasiado ese miedo del matrimonio.</p> + +<p>—Eso es lo que me canso de decir—exclamó la abuela.—Es malo, es +espantoso...—acabó en el último grado de la indignación.—¡Ah! señor +cura, señor cura... ¿Qué ha hecho usted de Magdalena?</p> + +<p>—Caín, ¿qué has hecho de tu hermano?—parodió dulcemente el +sacerdote.—Pero señora,—continuó con más vivacidad,—no he hecho nada +malo de Magdalena, que yo sepa. Es verdaderamente buena,—añadió con la +satisfacción del que se complace en su obra moral, mientras sus buenos +ojos se fijaban en mí con una indulgencia enteramente paternal.</p> + +<p>—Sí, lo concedo, no es mala—dijo la abuela halagada en su amor +maternal.—Pero esa personalidad... ese modo de bastarse a sí misma...</p> + +<p>—Ya sé, ya sé—replicó el cura confuso.—Verdaderamente, no había +previsto ese peligro.</p> + +<p>—¡Un peligro!—exclamó la de Ribert, contenta al ver al cura habérselas +con la abuela.—¿Dónde ve usted ese peligro?</p> + +<p>—Un peligro desde el punto de vista del matrimonio, se +entiende—explicó el sacerdote.—Involuntariamente, al armar a las +muchachas para el famoso <i>struggle for life</i>, las armamos contra el +matrimonio. En el día en que sienten verdaderamente que son alguien, +saben por esto mismo razonar. Ahora bien, el razonamiento mata la +ilusión; la ilusión perdida da el golpe de muerte a la confianza; y +aniquilada la confianza, ¿dónde quiere usted que se coloque el amor en +un corazón femenino?... Pero, en realidad—continuó el buen cura +levantando la cabeza con confianza,—Magdalena no ha dicho que renuncia +al matrimonio.</p> + +<p>—Sí, sí, haga usted el buen apóstol... ¿No ve usted que va por ese +camino?</p> + +<p>—Todavía no, señora. Magdalena está en el período de la reflexión.</p> + +<p>—Admito que reflexione sobre tal o cual pretendiente, señor cura, pero +sobre el matrimonio... sobre el matrimonio...</p> + +<p>—San Pablo, señora...</p> + +<p>—No me hable usted de San Pablo, por amor de Dios—dijo la abuela con +agitación.</p> + +<p>—Y bien, Magdalena—preguntó la de Ribert para evitar a San Pablo una +nueva algarada;—¿qué tiene usted que reprochar al matrimonio, hija mía?</p> + +<p>—El marido—respondí con sincera convicción.</p> + +<p>—¡El marido!—exclamó la de Ribert riendo, con gran contento de +Genoveva, que gozaba deliciosamente de la alegría de su madre.—¡El +marido!... Qué gran verdad...</p> + +<p>La abuela, consternada, nos miraba a las tres alternativamente con tal +expresión de reproche, que el cura tomó el prudente partido de dejarnos +para cortar la conversación. La de Ribert y Genoveva se quedaron todavía +unos instantes, y cuando vieron tranquila a la abuela, se levantaron con +la promesa de vernos muy pronto.</p> + +<p>—Estas señoras son muy amables—dijo la abuela en cuanto se +marcharon,—pero es lástima que tengan ideas falsas... ¡Qué mal se +razona ahora!... En mi tiempo no era así.</p> + +<p>—En tu tiempo, abuela—repliqué apoyando dulcemente la cabeza en su +hombro,—todo el mundo era perfecto.</p> + +<p>—Aduladora—respondió la abuela dándome un beso.—Bien sabes que haces +de mí todo lo que quieres...</p> + +<p>Y se firmó la paz con otro beso.</p> + +<p>¡Ah! si la abuela quisiera ser razonable, qué felices seríamos...</p> + + + +<p class="fecha">24 de octubre.</p> + + +<p>Hay personas a quienes la suerte se complace en jugar malas pasadas. Y +ese es mi caso...</p> + +<p>Creía la paz asegurada enteramente entre la abuela y yo y me preparaba a +gozar de nuevos días de serena tranquilidad, cuando esta mañana la +abuela me dirigió este discurso:</p> + +<p>—Hija mía, puedes hacerme justicia...</p> + +<p>—No tengo otra intención, abuela.</p> + +<p>—Te dejo perfectamente libre para tomar el pulso a tu vocación +futura...</p> + +<p>Aquí hice un movimiento de cabeza afirmativo.</p> + +<p>—Pero estimo que si esos estudios preliminares van a durar diez años...</p> + +<p>—¡Adiós!... Estoy cogida.</p> + +<p>—...No habrá ya para ti ninguna probabilidad de matrimonio.</p> + +<p>—¿Y la señorita Romanot, que acaba de casarse a los treinta y ocho +años?... ¿Y la de Ormont, cuya cuadragésimasexta primavera ha conocido +al fin los triunfos del matrimonio?... ¿Dónde me las dejas?</p> + +<p>—Son ejemplos que no hay que seguir. Considero sencillamente esas +uniones tardías como asociaciones amistosas y no como matrimonios.</p> + +<p>—¡Bah! todo lo que se busca hoy es una asociación amistosa.</p> + +<p>—¡Otra vez!—exclamó la abuela con alguna impaciencia.—¿Soy yo, a mi +edad, quien debe recordarte las ilusiones de la tuya?... Dios mío, qué +desabridas y singulares son esas muchachas...</p> + +<p>—No es culpa mía. La desilusión y la singularidad están en el aire que +se respira.</p> + +<p>—Empiezo a creerlo—replicó la abuela descontenta.—Pero como quiero +cumplir con mi deber a pesar de todo, quiero verte aceptar dócilmente, +al lado de tus estudios sobre las solteronas...</p> + +<p>Aquí la abuela se encogió de hombros con expresión de supremo desdén.</p> + +<p>—...Un examen atento de las proposiciones de matrimonio que se te +puedan hacer...</p> + +<p>—Abuela, me habías prometido...</p> + +<p>—Te he prometido no influir en tu resolución definitiva, sí, Magdalena. +Lo que no he prometido es dejarte echar a perder tu vida como lo estás +haciendo.</p> + +<p>—Abuela—protesté,—soy tan feliz... No trato más que de estar a tu +lado.</p> + +<p>—Sí, ya lo sé, mala nieta... Y eso es lo que no comprendo... A los +veinticinco años encontrarse dichosa sin el apoyo de un marido, no es +natural...</p> + +<p>—Además, querida abuela, ¿para qué necesito un marido puesto que te +tengo a ti?</p> + +<p>—¿Para qué?... ¡Ah! Magdalena...</p> + +<p>Y la abuela, suspirando fuertemente, me miró con tierna piedad. No me +comprende, es seguro, y yo no la comprendo tampoco.</p> + +<p>—He recibido hace un momento—prosiguió la abuela,—una esquela de +nuestro notario y amigo el señor Boulmet, que me ruega que le reciba a +las dos. No me oculta que su visita tiene por objeto un proyecto de +matrimonio...</p> + +<p>—¡Oh! no, no—exclamé con espanto.—¡Ah! San José...</p> + +<p>—He dicho un proyecto y no un matrimonio... Te dejo absolutamente libre +de resolver lo que te acomode, pero quiero...</p> + +<p>La abuela puso en esta palabra toda su energía.</p> + +<p>—...Quiero que estés presente en la entrevista. A los veinticinco años +debe una mujer decidir ella misma su vida... Te prevengo que no toleraré +más que te sustraigas a la menor petición de matrimonio como lo has +hecho hasta hoy.</p> + +<p>—Pero abuela—repliqué victoriosa,—sabes que no estaré libre a las +dos. La señora de Dumais y Francisca van a venir a buscarme para ir a +paseo, de modo...</p> + +<p>—Escribe dos letras a Francisca para excusarte—respondió la abuela con +su tranquila firmeza de los grandes días.</p> + +<p>Cuando la abuela se expresa así no hay más que obedecer, y así lo hice.</p> + +<p>A las dos en punto, el señor Boulmet, tieso y atildado como de +costumbre, entró en el salón bajo la poco benévola mirada de Celestina, +que sospecha evidentemente algo. Habitualmente encuentro muy bien al +señor Boulmet, pero hoy me es sencillamente odioso...</p> + +<p>Su cráneo desnudo me parecía el receptáculo de un mundo infinito de +malos pensamientos; aquellas dos cositas brillantes que esconde bajo sus +anteojos de oro despedían para mí fulgores satánicos, y hasta su bigote +gris, de aspecto ordinariamente bondadoso, tomó a mis ojos una +significación agresiva. Hízome estremecer su perfecta levita negra +abierta sobre una correcta corbata, y el alto cuello en que el señor +Boulmet aprisiona las gracias conquistadoras que le quedan, me pareció +una alusión directa a la dicha del matrimonio.</p> + +<p>El señor Boulmet me conoce demasiado bien para no echar de ver que su +visita, o más bien, su objeto, me entusiasmaba poco.</p> + +<p>—Ea, Magdalena—me dijo después de los primeros cumplimientos,—no +ponga usted esa cara tan triste. Qué diablo, un matrimonio no es un +entierro...</p> + +<p>—Casi—exclamé dando un suspiro.</p> + +<p>—Entonces—preguntó el notario volviéndose hacia la abuela,—¿la +conversión no se ha verificado?...</p> + +<p>—¡Ay!—murmuró la abuela.</p> + +<p>—Es muy singular—siguió diciendo el señor Boulmet.—¿Querrá usted +creer, señora, que su nieta de usted no es una excepción y que existe +esta antipatía por el matrimonio en una gran parte de mi clientela?... +Así como las jóvenes sencillas y sin gran instrucción ni dote parecen +entusiasmadas por el matrimonio, las dotadas de talento y fortuna +manifiestan respecto de él una frialdad significativa.</p> + +<p>—Semejante disposición huele a feminismo—dijo la abuela pensando +todavía en la conversación del cura con la de Ribert.</p> + +<p>—¡El feminismo!... ¡El feminismo en Aiglemont!—exclamó con horror el +Señor Boulmet.—Me deja usted estupefacto, señora... Después de +todo—añadió volviendo a tomar su aspecto profesional,—tengo tan poco +tiempo para ocuparme en semejante cuestión, que me dispensará usted si +me declaro incompetente.</p> + +<p>—Sí, lo comprendo—respondió la abuela.—Pero dígame usted, entre +nosotros, ¿qué piensa usted de estas jóvenes de hoy?</p> + +<p>—Que son muy viejas para su edad.</p> + +<p>—¡Gracias a Dios que encuentro alguien de mi opinión!—exclamó la +abuela triunfante.</p> + +<p>—Sí, confieso que estas cuestiones nuevas me confunden un poco y +trastornan también mi estudio... Tenemos menos contratos de matrimonio +y, sobre todo, menos buenos contratos... Es muy deplorable... Sé que +habitamos en un clima templado y que éstos son especiales para las +solteras...</p> + +<p>—¿Por qué?—pregunté interesada por mis queridas solteronas.</p> + +<p>—Porque la acción del clima influye en el desarrollo de la vida de +familia y en el temperamento personal.</p> + +<p>—¿Cómo?—pregunté con emoción y sorpresa.</p> + +<p>—Porque las ideas más serias... una naturaleza más fría... y una gran +dificultad para los cuidados materiales son las causas de esta +propensión al celibato.</p> + +<p>—¡Gran Dios! hacia los polos eso debe de ser un ideal...</p> + +<p>—No—respondió el notario sonriendo por mi ardor.—En los países muy +fríos las dificultades de la vida son tales y los rigores del clima tan +implacables, que la gente se casa con entusiasmo por motivos opuestos a +los que hacen de los meridionales celosos partidarios del matrimonio. +Allí se necesitan los unos a los otros, y la existencia de una +solterona...</p> + +<p>—Sería un escándalo—añadió la abuela contenta al ver que había en la +tierra numerosas personas sensatas.—Pero—continuó,—no nos +extraviemos... Magdalena me ha prometido escuchar cuerdamente la +proposición que nos hace usted el honor de trasmitirnos. Cuento con su +razón y con sus sentimientos para hacerle comprender que tiene algo +mucho mejor que hacer que permanecer solterona...</p> + +<p>—Evidentemente—exclamó el señor Boulmet.—Una joven tan bonita, tan +inteligente, tan instruida... Una mujer superior...</p> + +<p>—Señor Boulmet—dije en tono de súplica, ofendida por unos +cumplimientos que tomaba por una burla.</p> + +<p>—Con tan hermoso dote—prosiguió nuestro notario,—sería una lástima... +Su boda de usted sería para mí la ocasión de uno de mis mejores +contratos.</p> + +<p>Después sacó una cartera, cogió unos papeles y siguió diciendo:</p> + +<p>—Vean ustedes la proposición que vengo a comunicarles. Mi colega de +Plany en Val me escribe que está encargado por uno de sus clientes de +encontrar una joven de buena familia, de 22 a 26 años, bonita, seria, +bien educada y perfecta dueña de su casa, que tenga tanto en dote como +en esperanzas...</p> + +<p>—¡Oh!—exclamé con indignación.</p> + +<p>—¿Qué hay?—me preguntó el notario muy tranquilo.—Acaso la palabra +esperanzas... Es el término corriente.</p> + +<p>—Sí—respondí mientras sentía en el corazón un agudo dolor,—es el +término para hablar de la muerte de las personas queridas... La +esperanza, palabra de alegría y de dicha, se convierte en ciertas +circunstancias en sinónima de tristeza y de luto...</p> + +<p>Boulmet hizo el gesto vago de un hombre que no puede cambiar nada de las +cosas y siguió su relato sin que la abuela hubiese manifestado la menor +emoción.</p> + +<p>—Decíamos que debe tener, tanto en dote como en esperanzas de cuarenta +a sesenta mil pesos; Magdalena me ha parecido que estaba indicada. Los +28.600 pesos que tiene de sus padres y los 20.000 que usted le dejará, +la ponen en una bonita situación. Sé que para la mayor parte de nuestros +modernos «Arribistas» no será mucho, pero como el joven en cuestión se +contenta, todo está bien. Así, pues...</p> + +<p>—¿Y el joven?—preguntó la abuela.</p> + +<p>—¡Ah! es verdad; olvidaba hablar del joven... Pues bien; ese caballero +me parece perfecto. Hasta ahora ignoro su nombre y sólo sé que es un +industrial del norte del departamento. Linda fábrica de familia, grandes +esperanzas, 31 años, bien parecido, buena salud, bien educado, +principios religiosos...</p> + +<p>—Perfectamente—exclamó la abuela,—queremos ante todo principios +religiosos...</p> + +<p>—Tiene actualmente 40.000 pesos de capital y gana un año con otro de +cuatro a cinco mil pesos.</p> + +<p>—Soberbio—exclamó la abuela encantada.—¡Oh! querido amigo, qué +agradecimiento...</p> + +<p>—Tiene un automóvil, caballos, coches...</p> + +<p>—¡Dios mío! qué hermosa vida puedes hacer... Veamos, responde algo, +Magdalena.</p> + +<p>—Estoy escuchando y espero...</p> + +<p>—¿Qué?</p> + +<p>—Saber algo del joven.</p> + +<p>—¡Cómo! ¿no sabe usted bastante?—dijo el notario sorprendido.—¿Qué +más quiere usted saber?...</p> + +<p>—¿Cómo es ese caballero?...</p> + +<p>—¡Ah! es muy justo—dijo el notario tomando de su cartera otro +sobre.—Vea usted su fotografía...</p> + +<p>Y dándosela a la abuela, esperó el resultado del examen.</p> + +<p>—No es feo...—exclamó la abuela acercándose y retirándose la +fotografía a los ojos para ver sus diversas expresiones.—Me gusta esta +expresión enérgica, esos ojos francamente abiertos, esta boca medio +sonriente... Tiene hermosos cabellos... y buen bigote... Sí, no es +feo... Mira, Magdalena.</p> + +<p>No eché más que una ojeada a la fotografía, que representaba, en efecto, +un buen mozo. Para mí importa tan poco el físico en la cuestión del +matrimonio, que no me fijé gran cosa en las facciones de aquel señor que +me ofrecían como pudieran ofrecerme otra cosa.</p> + +<p>—Ha comprendido usted mal, caballero—dije al notario devolviéndole su +fotografía.—Preguntaba cómo era moralmente ese caballero, el señor X... +hasta más amplia información.</p> + +<p>—No tiene ningún vicio—afirmó redondamente el notario.—Si fuese +jugador, mujeriego o borracho, mi colega de Plany no me lo recomendaría +tan eficazmente.</p> + +<p>—Seguramente—apoyó la abuela muy satisfecha.</p> + +<p>—¿Constituye, pues, una cualidad el no ser jugador, mujeriego, ni +borracho?—pregunté.</p> + +<p>—No, no, no digo eso; pero, en fin, así se tiene la seguridad de que no +hay tacha.</p> + +<p>—¿Tiene corazón?—pregunté sencillamente.</p> + +<p>—¿Corazón?—dijo el notario sorprendido.—Creo que sí; todo el mundo +posee en el pecho una víscera de ese nombre.</p> + +<p>—¿Se le conocen sentimientos generosos?...</p> + +<p>—Diablo, diablo... Eso no lo sé; lo supongo...</p> + +<p>—¿Ha sido bueno con su familia?... ¿Es humano con sus obreros? ¿Se +ocupa de ellos?...</p> + +<p>—¿Cómo diantre quiere usted que yo lo sepa?</p> + +<p>—¿Le gusta la música?... ¿Se interesa por la literatura?... ¿Sabe +hablar?... ¿Es de los que tienen en la boca más que historias de caza o +chismes de política?...</p> + +<p>—¡Demonio!—exclamó el digno notario.—Esto no es una proposición de +matrimonio; es un examen...</p> + +<p>—Sí—respondí sonriendo;—es un examen. El matrimonio es cosa bastante +seria para que desee no casarme solamente con una cara y una fábrica. Al +lado de los hechos exteriores hay muchas cosas pequeñas que revelan a un +hombre. Esas cosas pequeñas son las que yo quisiera conocer...</p> + +<p>—Precisamente estoy encargado de solicitar el favor de una entrevista +y...</p> + +<p>—¡Oh! todavía no—respondí con espanto.—No estoy decidida a tomar en +consideración este proyecto, pues no puedo admitir la posibilidad de +confiar mi vida a un desconocido.</p> + +<p>—Ya le conocerás y le amarás—dijo la abuela con fuego.</p> + +<p>—No, abuela, no te hagas ilusiones—objeté moviendo la cabeza.—Entre +algunas de mi generación y la generalidad de la tuya hay un mundo de +distancia... Vosotras os casabais a ciegas y el amor venía después o no +venía. Yo quiero saber con quién me caso. Quisiera conocer a ese +elegido, escogerle entre todos y, sobre todo—añadí más bajo,—quisiera +amarle antes de casarme, pues después... tendría miedo de que no +ocurriera tal cosa...</p> + +<p>—¡Dios mío! qué niñería en una cabeza de veinticinco años...—gimió la +abuela.—¿Comprende usted, amigo, el estado de alma de estas jóvenes +instruidas y razonadoras?</p> + +<p>—Puede ser—dijo el notario ligeramente pensativo.—Magdalena tiene +alguna razón.</p> + +<p>—¿Verdad, caballero?—dije con confianza.—La abuela encuentra extraño +que yo no manifieste gran simpatía por el matrimonio... Le aseguro a +usted que preferiría mil veces permanecer soltera...</p> + +<p>—Es sabido—respondió la abuela en tono seco poniéndose las manos en +los oídos para no oír el resto.</p> + +<p>—...Antes que hacer una boda como las que veo todos los días... No +quiero arreglar un negocio, sino asegurar mi dicha.</p> + +<p>—Bueno, pero, una entrevista...—propuso el notario.</p> + +<p>—Sí—dije con amargura;—una entrevista en la que los dos estaremos +tiesos y falsos iluminará enormemente mi juicio...</p> + +<p>—En fin, di adónde vas a parar—exclamó la abuela violenta.—El uso +quiere que las cosas se hagan así...</p> + +<p>—El uso sí, abuela—respondí dulcemente,—pero la prudencia...</p> + +<p>—¡La prudencia!... ¡Eres tú la que habla de prudencia!... No sabes lo +que dices... En fin—dijo al señor Boulmet,—dejemos a esta razonadora +reflexionar hasta el primero de noviembre. Hasta entonces, usted será +tan bueno que tomará los informes complementarios, pues espero que +Magdalena consentirá, por darme gusto, en aceptar esta entrevista... +Sería una locura el rehusar tal situación...</p> + +<p>—Sí—confirmé políticamente al notario,—la situación es tentadora, +pero el hombre...</p> + +<p>—¡Bah!—respondió bruscamente el notario levantándose para +despedirse.—La situación vale lo que vale el hombre...</p> + +<p>—Es cierto—confirmó la abuela con seguridad.—Ese caballero me es muy +simpático.</p> + +<p>—A mí no—respondí por lo bajo, mientras la abuela daba unos pasos para +acompañar al notario llenándole de testimonios de agradecimiento.</p> + +<p>En cuanto desapareció, la abuela se me acercó bruscamente.</p> + +<p>—Y bien Magdalena—dijo con ternura,—reflexiona, te lo suplico... +Piensa que puedes darme una gran alegría...</p> + +<p>Apoyada en la abuela, que me tenía abrazada y bien apretada contra ella, +prometí todo lo que ella quiso... Tengo, pues, seis días para descubrir +si quiero o no ver al señor X...</p> + +<p>¡Ah! llévese el diablo al señor X... y al notario con él... San José ha +escuchado demasiado bien a la abuela...</p> + + + +<p class="fecha">28 de octubre.</p> + + +<p>La abuela afecta una expresión de absoluta seguridad. Celestina, que +sospecha alguna cosa, me mira con lástima, y esta mañana llegó a decirme +mientras la abuela estaba en misa:</p> + +<p>—No tenga usted miedo, señorita; San Pablo va a sacarla del mal paso.</p> + +<p>—¿Qué quieres decir?</p> + +<p>—No estoy ciega—respondió mi vieja Celestina, y su cara tomó una +expresión de astucia tan intensa, que tomé el partido de reír sin pedir +otra explicación.</p> + +<p>Estoy muy contrariada, y Celestina lo ve muy bien. Paso los días y las +noches en las más serias reflexiones y no llego a decidir si quiero o no +ver al señorito X...</p> + +<p>Para complacer a la abuela, me siento muy capaz de decir sí, y aceptar +la entrevista.</p> + +<p>Para complacerme a mí misma, me siento igualmente capaz de gritar no, y +no aceptar nada.</p> + +<p>Cambio de opinión cada cinco minutos, lo que no es para llegar a una +solución.</p> + +<p>Los estudios que he hecho en estos últimos tiempos sobre las solteronas, +unidos a la intervención del padre Tomás, me ilustran asombrosamente. +Hasta ahora no lograba comprender por qué me era tan indiferente el +matrimonio y, al ver el espanto de la abuela, llegaba a creerme un ser +desequilibrado. Ahora estoy tranquila. Veo muy bien que esta +indiferencia que yo tomaba por una cosa anormal y alarmante no es más +que el resultado de la educación que he recibido y el fruto de una +evolución que todo el mundo echa de ver.</p> + +<p>No sé si esto es feminismo; pero, en todo caso, mis reivindicaciones son +modestas. Quisiera solamente que la sociedad cambiase la manera de casar +a las jóvenes y la hiciese más conforme con la educación que recibimos. +Si se nos educa con cuidado, si se trata de aumentar el número de +nuestras cualidades y de disminuir el de nuestros defectos, si se nos da +una educación cuidada y una instrucción extensa, si se nos inicia en el +culto de la belleza en todas sus formas, si, sobre todo, se nos forma +una voluntad y un juicio personales, ¿es para arrojarnos sin más +miramientos en los brazos del primer individuo que pasa?...</p> + +<p>Evidentemente, hay en esto una flagrante contradicción.</p> + +<p>Para aceptar un matrimonio de este género era necesario que nos +preparase a él una educación especial, la de otro tiempo. Entonces se +formaban generalmente «tipos flácidos,» como dice el presidente +Roosevelt, de esos tipos propios para recibir cualquiera impresión. En +cuanto se les presentaba un marido, las jóvenes de ese tipo le aceptaban +con los ojos cerrados. El mundo, las conveniencias, la familia y la +razón querían ese matrimonio, y era imposible resistir a tales +argumentos.</p> + +<p>Ahora se ha hecho una revolución.</p> + +<p>Si hay todavía jóvenes del tipo «flácido,» las hay que han aprendido a +bastarse a sí mismas y, por consecuencia, a pasarse sin el apoyo de un +marido.</p> + +<p>Esas jóvenes, lejos de ser figurantes, según la graciosa expresión del +padre Tomás, se sienten capaces de ocupar en su hogar una categoría +equivalente a la de su futuro marido. Sin pensar en destronarle y +conservándole las señales exteriores del respeto conyugal más completo, +quieren ser amigas, consejeras, confidentes, y no simples criadas +solamente admitidas al honor de remendar los calcetines del señor o de +presidir al buen orden de las comidas.</p> + +<p>Los seres modernos que nos hemos vuelto, las personalidades +perfectamente vivientes que se mueven en nosotras, no pueden ir con +entusiasmo al matrimonio tal como le comprenden las costumbres +provincianas estrechas y desconfiadas, malévolas, celosas y tiránicas.</p> + +<p>Sería, pues, preciso tener la facultad de recibir en nuestra casa al +joven con quien pudiéramos casarnos y llegar así por el conocimiento al +amor. Pero esto está terminantemente prohibido. Recibir jóvenes en una +casa donde hay muchachas sin hermanos, sería exponerse a perder la buena +reputación y atraerse toda clase de molestias mezcladas con las más +estúpidas observaciones.</p> + +<p>Mi asunto, pues, es claro.</p> + +<p>Si quiero complacer a la abuela, no tengo más recurso que el flechazo. +Ver a un caballero, vislumbrarle tan sólo, y enamorarme de él; esto es +lo que necesito...</p> + +<p>¡Si yo pudiera sentir y razonar como Francisca y Petra no tendría +dificultades!... Pero nunca, jamás podré ver un salvador en un marido.</p> + +<p>¿Qué hacer?... ¿Negarme a la entrevista?... La verdad es que me dan +buenas ganas...</p> + + + +<p class="fecha">31 de octubre.</p> + + +<p class="poem"> +<span style="margin-left: 2em;">Mucho la mujer varía,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Loco quien de ella se fía...</span><br /> +</p> + +<p>La sabiduría de las naciones habla en este momento por mi boca, sin que +mi propia sabiduría la contradiga... Al contrario.</p> + +<p>Encuentro tonto el ir así en contra de todo lo que siento; y sin +embargo, por complacer a la abuela, primero, y por otro motivo después, +acepto la entrevista... Me encojo de hombros por adelantado, pero lo +hecho hecho está. Resignémonos a la aventura...</p> + +<p>Esta mañana, en la Catedral, mientras esperaba mi vez para confesarme y +estaba meditando sobre los proyectos de la abuela, preguntándome si +debía confiarme o no a mi confesor, fui distraída de mis pensamientos +por un murmullo molesto. Volví discretamente la cabeza para darme cuenta +de lo que pasaba, y vi con terror que me había colocado justamente +delante de las dos peores lenguas de Aiglemont, dos solteronas, +naturalmente. Confieso que mi amor a las solteras se alía muy bien con +un justo conocimiento de los defectos de algunas de ellas. Entre muchos +ángeles hay algunas víboras. Estaban éstas aguzando sus aguijones a +costa del señor cura, del vicario de semana, de cierta capilla mal +arreglada, etc.</p> + +<p>No presté al principio gran atención a lo que se decía tan cerca de mí y +me contenté con experimentar una fuerte distracción representándome la +fisonomía feliz de mis dos charlatanas. Sus ojos chispeaban ciertamente +de malicia bajo los párpados devotamente bajos y la sonrisa de sus +delgados labios debía de ser agria. No pude menos de volverme +ligeramente para contemplar el delicioso cuadro que mis falsas santas +ofrecían a las miradas del prójimo... Tan ocupadas estaban con sus +chismes y tan expertas eran en disimularlos, que no vieron mi movimiento +y pude impregnar los ojos a mi gusto en su exquisita hipocresía. Sus +palabras me llegaban ahora distintamente:</p> + +<p>—¿Quién se confiesa tan largamente?</p> + +<p>—La de Bormel.</p> + +<p>—Mucho tiene que decir... Mire usted... agita los pies... No parece que +está muy a sus anchas...</p> + +<p>—Lo creo... Si confiesa la mitad de lo que tiene de qué acusarse, +tendrá para toda la mañana.</p> + +<p>—¡Es posible!... Es verdad entonces lo que se dice...</p> + +<p>—Vaya si es verdad.</p> + +<p>—¿Está usted segura de que el capitán Clarmont?...</p> + +<p>—Está todo el día metido en su casa...</p> + +<p>Púseme en seguida de rodillas para no oír la continuación de la +historia, que prometía ser picante aunque poco a propósito para castos +oídos. Traté de reanudar el curso de pensamientos más serios, pero me +fue imposible... Apenas me había vuelto a sentar el murmullo llegó a mí +más fuerte.</p> + +<p>Es el cuarto sombrero desde el mes de junio.</p> + +<p>—¿De veras?</p> + +<p>—Como usted lo oye, querida... Tiene una rosa, otro negro y otro +encarnado... El que usted ve es el encarnado... Es indigno de una +joven...</p> + +<p>Alcé los ojos para contemplar a mi vez el famoso sombrero indigno, y me +vi en la sombra de la capilla el perfil de Francisca Dumais debajo del +sombrero incriminado. ¡Pobre Francisca! Era de ella de quien hablaban...</p> + +<p>—Con dos mil pesos de dote es vergonzoso ponerse tan maja—siguió +diciendo una de las solteronas en un devoto susurro.</p> + +<p>—Sí—respondió la otra,—así es como se llega insensiblemente a la +perdición... Esa chica de los Dumais tiene la simiente de las malas +personas.</p> + +<p>Hice un esfuerzo para no oír más y hasta tosí con furor. Las habladoras +siguieron impertérritas.</p> + +<p>—¿Qué le pasa a la chica de Gardier?... Hace un ruido... Es casi +indecente...</p> + +<p>—Es que se da importancia—respondió la otra por lo bajo...—Piense +usted, querida, que el señor Boulmet, el notario, se está ocupando de +casarla...</p> + +<p>—¿Hace mucho tiempo?</p> + +<p>—Me han dicho que estuvo en casa de la señora Sermet, la abuela de esta +chica, el sábado último... Entró a las dos y salió a las tres y trece... +Ya comprende usted...</p> + +<p>—¡Digo!... la buena señora estará muy contenta porque se va a +desembarazar de su nieta.</p> + +<p>—Lo creo... parece que la muchacha le da una guerra... Tiene un +carácter infernal y no hace más que lo que se le antoja...</p> + +<p>—No me extraña, porque está muy mal educada.</p> + +<p>—Como todas las jóvenes de ahora. ¿Querrá usted creer, amiga mía, que +esa chica no quiere casarse?</p> + +<p>—¿Es posible?... No me gustan nada tales ideas... ¿Y es seria esta +farsante?</p> + +<p>—No lo creo.</p> + +<p>—Ya decía yo... Habrá probablemente algún oficial bajo cuerda...</p> + +<p>Estaba yo tan indignada que me quedé incapaz de todo esfuerzo de +voluntad.</p> + +<p>¡Cómo!... Yo doy guerra a la abuela, tengo un carácter infernal y, por +añadidura, no soy seria... La cosa era fuerte.</p> + +<p>Detrás de mí seguía el susurro, pero con pausas. Bien necesitaban tomar +aliento... Al cabo de unos instantes las dos buenas almas echaron de ver +probablemente que no estaban nada edificantes o se les acabó el asunto +de la conversación.</p> + +<p>—Querida—dijo una de ellas,—me está usted distrayendo.</p> + +<p>—Es verdad—confesó la otra,—y voy a rezar humildemente un diez del +rosario para pedir perdón a Dios.</p> + +<p>Se puso de rodillas y sentí pasar por mis cabellos su aliento de víbora. +Yo también me arrodillé para evitarlo. Estaba furiosa.</p> + +<p>En la calma de la capilla apenas iluminada por el resplandor rojizo que +entraba por los vidrios, me sentía irritada y nerviosa. Quería rezar y +no podía... En vez de formular actos de contrición no hacía más que +repetir:</p> + +<p>—Estúpidas, perversas, ridículas... ¡Estas solteronas!...</p> + +<p>Mi imaginación excitada no tenía en cuenta el sitio en que estaba; y en +la sombra del altar, apenas visible entre los fieles, me parecía ver +levantarse la silueta de la abuela que me gritaba:</p> + +<p>—Ahí tienes lo que tú serás si te obstinas en tus ideas de celibato...</p> + +<p>¡Oh! no, no es así. A Dios gracias, no todas las solteronas tienen la +devoción llena de hiel ni son tan falsas y mordaces. Si hay entre ellas +frutas podridas, no lo están todas, por fortuna, y las hay sanas y +agradables de saborear en las relaciones cotidianas... Los pensamientos +se agolpaban en mi pobre cerebro y me hacían sufrir. Me preguntaba lo +que valen a los ojos de Dios las oraciones de esas malas almas... ¿Las +escucha?... ¿Las perdona cuando por toda reparación pasan unas cuentas +del rosario creyendo que eso basta para expiar una calumnia o una +maledicencia?...</p> + +<p class="puntos">Empezaba a sentirme muy severa para todas esas faltas y sus autoras, +cuando me llegó la vez de confesarme.</p> + +<p class="top5">Las buenas palabras del cura me repusieron tan pronto como las otras me +habían desequilibrado. Encontré por milagro mi serenidad habitual y +perdoné por completo a mis detractoras.</p> + +<p>En cuanto entré en casa corrí al cuarto de la abuela y le dije que +estaba decidida a hacer lo que ella deseaba. Le di la segunda edición de +la conversación de mis charlatanas esperando un gran acceso de +indignación, pero no hubo nada de eso. La abuela sonrió con perfecta +tranquilidad.</p> + +<p>—¿Tienes la pretensión, Magdalena, de reformar las cabezas y las +lenguas?</p> + +<p>—De ningún modo, abuela.</p> + +<p>—Entonces, hija mía, ¿qué te importa?</p> + +<p>—Me subleva oír hablar mal de todo el mundo... y en la iglesia sobre +todo.</p> + +<p>—Dios está en todas partes—respondió la abuela,—y ofenderle aquí o +allá siempre es ofenderle.</p> + +<p>Después, cambiando de conversación, la abuela, muy alegre, me anunció +que corría a casa del notario para darle la buena noticia y pedirle +algunos informes complementarios.</p> + +<p>Durante todo el día la abuela mostró una actividad febril y estuvo yendo +y viniendo de la casa del padre Tomás a la del notario y viceversa. +Aquello era el cuento de nunca acabar. Era tal su gozo, que no se fijó +en las cosas que más le chocaban habitualmente. No hizo ninguna +observación a propósito de la chimenea, en la que se veía una capa de +polvo que databa de la víspera, y soportó heroicamente el pescado +quemado que Celestina nos sirvió para castigarnos, por tener secretos +para ella.</p> + +<p>Parece que el padre Tomás está encantado por la felicidad de la abuela, +aunque no comprende muy bien las causas de mi repentino cambio de +parecer.</p> + +<p>—Después de todo—dijo,—una entrevista no compromete a nada...</p> + +<p>Como soy absolutamente de su parecer, empiezo a recobrar la libre +posesión de mí misma, que me faltaba esta mañana.</p> + +<p>Está convenido que el señor Desmaroy, así se llama el pretendiente, +vendrá el sábado próximo. Después de mil conferencias y reflexiones, la +abuela se ha decidido por una simple entrevista en casa. Con el pretexto +de ver las antigüedades—el tapiz del comedor, por ejemplo, y no a +mí,—el notario nos traerá a su protegido. Es la manera más práctica de +evitar los comentarios de los habladores, siempre en acecho. El tapiz de +la abuela pasa a los ojos de todos por una maravilla, que los amigos de +nuestros amigos están en la obligación de venir a admirar. Así todo será +natural para Celestina, y nos evitará una crisis de indignación de su +parte, que no dejaría de ocurrir si ella supiera...</p> + +<p>Ya la alegría de la abuela le parece sospechosa, y esta tarde, en la +mesa, cuando pasó a mi lado para servir el postre, le oí murmurar <i>sotto +voce</i>:</p> + +<p>—Todos estos misterios huelen a casorio...</p> + +<p>Hice como que no comprendía. ¿Para qué?</p> + +<p>La imaginación de la abuela tiene alas y anticipa grandemente los +acontecimientos. Ya le parece que me está viendo en el altar, al que +está convenido que debe conducirme nuestro primo el comandante Harmel. +Yo creí que aquí se detendrían los arreglos futuros, pero nada de eso. +Al darme, hace un momento, el beso de la noche, la abuela me ha +preguntado muy seria si me gusta más el terciopelo o el raso...</p> + +<p>—¿Para qué, abuela?</p> + +<p>—Para tu traje, hija mía, para tu traje de boda.</p> + +<p>—¡Mi traje de boda!—exclamé con estupor.—Dios mío, todavía no estamos +en ese caso.</p> + +<p>Ante la cara de contrariedad de la abuela, contuve la risa, pronta a +escaparse. La abuela, seguramente no puede imaginar que yo pueda +desagradar al señor Desmaroy, y no se le pasa tampoco por la cabeza que +yo pueda renunciar a un partido tan soberbio.</p> + +<p>—¡Cuarenta mil pesos de capital!... Cuatro o cinco mil de +beneficios!... Es el yerno soñado... Positivamente, si yo lo hubiera +encargado a mi gusto, no sería de otro modo... ¡Y sentimientos +religiosos!... ¡Qué suerte tienes, Magdalena!...</p> + +<p>Magdalena no dice nada, pero piensa. Todo lo que dice la abuela está muy +bien. La situación es hermosa, no lo niego, y hasta me gusta mucho... +Pero el marido... ¿Me gustará el marido?...</p> + + + +<p class="fecha">2 de noviembre.</p> + + +<p>Día de duelo y de tristeza...</p> + +<p>La vida está hoy como suspendida, y todos olvidan los cuidados +cotidianos para no pensar más que en sus queridos muertos, segados por +la inexorable fatalidad y acostados en la tumba donde duermen su último +sueño.</p> + +<p>La abuela no hace ninguna alusión al señor Desmaroy, y yo sigo su +ejemplo, contenta por escapar, durante algunas horas, al pensamiento +mortificante del cambio que se prepara.</p> + +<p>¡Qué miserables son todas estas fruslerías miradas a la luz de la +muerte!... Hay que vivir, sin duda, y es preciso elegir el género de +vida que se prefiere; pero, pasada aquí o allí, ¿qué importa la vida?... +Lo esencial es evitar el más pequeño mal y realizar todo el bien +posible.</p> + +<p>La única cosa cierta en esta pobre vida es la implacable ley de la +muerte. Sé que moriré, mientras ignoro si seré o no dichosa en la vida +que elija. Si me caso, preciso será, tarde o temprano, dejar a mi +marido; si tengo hijos, también a ellos tendré que darles un eterno +adiós... Multiplicar las afecciones es multiplicar las probabilidades de +dolor... ¿Para qué buscar causas de sufrimiento?...</p> + +<p>¡Ay!... ¿Qué responder a esto?</p> + +<p>Me gusta, en el día de los muertos, una atmósfera gris y obscura, un +cielo cubierto y bajo en armonía con la tristeza de los corazones. En +aquella mañana el sol brillaba y el azul del cielo, apenas velado por +unas nubecillas, se ensombrecía de pálidos tintes bajo la mordedura de +los primeros fríos. Lo mismo en el infinito del horizonte que en un +círculo más reducido, todo revestía una especie de aspecto alegre que +adornaba de poesía a aquella fiesta melancólica de los muertos.</p> + +<p>En el camino, atestado de hojas amarillas, desarrollaba sus largos +anillos la procesión lenta y recogida. Los niños de las escuelas, +olvidados de la tristeza ambiente, cantaban el <i>De Profundis</i>, y se +sonreían los unos a los otros; en seguida los coristas, muy graves +también, con sus sobrepellices blancas, entonaban el <i>miserere</i>. A lo +lejos sonaban por todas partes las campanas, y su fúnebre clamor ponía +una nota sorda en aquellas voces humanas, entonando el canto de los +Muertos... En el cementerio todos se acercaban a las tumbas amadas, en +las que una profusión de crisantemos, en brillantes haces, arrojaban +sobre los difuntos todas las quimeras y las ilusiones de los vivos... De +repente, todo quedó en silencio, y llegaron a nosotras las estrofas del +<i>Libera</i>, desgarradoras y monótonas. El velo de la abuela, aquel velo +eterno, se enlutó más todavía bajo el peso de las penas sin cesar +renacientes. Las horas de agonía, implacables y torturadoras volvieron a +empezar... Bajo el aliento de nuestras ardientes oraciones, los muertos +amados volvieron a vivir ante nuestros ojos durante un segundo, para +caer una vez más sin vida en el fondo de sus tumbas, cerradas para +siempre... Sentimos que estaban bien muertos aquellos a quien +llevábamos el fiel tributo del recuerdo... En dulce y plañidera cadencia +cayeron entonces sobre ellos las oraciones finales que entonaba la voz +del que presidía la procesión; diose la bendición, se restableció el +silencio... y cada cual, alejándose del campo del reposo, fue a coger de +nuevo el fardo de la vida, pensando en los que ya no existen...</p> + + + +<p class="fecha">5 de noviembre.</p> + + +<p>La abuela ha reanudado sus días de recepción hoy, primer jueves de +noviembre.</p> + +<p>Muy de mañana he tenido una larga conversación con la abuela, a +propósito del señor Desmaroy, y aproveché sus buenas disposiciones, +causadas por mi docilidad para sus proyectos, para formular algunos +deseos, el primero de los cuales era continuar mis estudios sobre las +solteronas.</p> + +<p>La abuela se encogió de hombros, como de costumbre, al oír ese nombre +aborrecido, pero, a pesar de su antipatía, me permitió hacer lo que +quisiera. Todos estos preliminares no tenían otro objeto que obtener que +la abuela me llamase al salón si se presentaban hoy algunas solteronas, +pues quería hacer mis estudios del natural.</p> + +<p>Generalmente a la abuela le gusta recibir sola, y no me llama más que +cuando viene con su madre alguna de mis amigas. Dice, como razón de ese +ostracismo, que sus recepciones serían mortalmente fastidiosas para una +cabeza como la mía, siendo así que el elemento ligero falta en ellas por +completo. Es poco halagüeño para mí...</p> + +<p>Las íntimas de la abuela son personas de edad madura. Muchas solteronas +y no pocas señoras ancianas, son asiduas a sus jueves. Los caballeros +son escasos, por el contrario, y la juventud no se muestra más que para +mí. Mis amigas y yo formamos en el salón un grupo especial llamado el +«rincón de las malas cabezas,» según una frase de cierta amiga de la +abuela. Aquel rincón querido está formado por un ancho biombo japonés, +entre cuyos repliegues se esconden las banquetas destinadas a la +juventud, mientras inmensas palmeras proyectan su sombra fantástica +sobre nuestro asilo. Cuando las señoras quieren librarse de nuestra +importuna presencia, la abuela me hace una señal y me voy dócilmente a +nuestro refugio, llevándome a mis amigas encantadas. Dicho sea entre +nosotros, no es siempre divertido oír hablar del sermón del día antes, +del de mañana, de la actitud del señor cura, de las congregaciones, del +Gobierno, de tal señora que espera un nuevo hijo, de una desgraciada, +cuyo marido es borracho, de una tal que es gastadora, de la doncella de +la de fulano que tiene mala conducta, etc., etc.</p> + +<p>Estamos lejos de aquellos salones en que se hablaba y de los que mi +imaginación deslumbrada ha conservado un literario recuerdo.</p> + +<p>El salón en que se conversa, es la excepción en Provincias; el en que se +chismorrea, es enteramente la regla general... En casa de la abuela se +conversa un poco... a veces; se chismorrea siempre... Con dulzura, +seguramente, sin maldad y con una notoria benevolencia, pero, en fin, se +chismorrea.</p> + +<p>Hasta ahora estaba yo casi excluida de esas reuniones, sin gran +sentimiento mío, lo confieso. Hoy han cambiado mis ideas. Con mis +pretensiones al estudio de mis semejantes, mis alas se desarrollan y se +ensanchan y pido conocer el mundo, la vida, las solteronas... y qué sé +yo cuántas cosas... En una palabra, la abuela está un poco asustada al +ver tal actividad intelectual.</p> + +<p>—Espero, Magdalena, que no te vas a volver una cerebral—gime aterrada.</p> + +<p>Esa palabra en la boca de la abuela, es sinónimo de desequilibrada, pero +yo no me ofendo. Un cumplimiento más de los que tienen poco de +halagüeños... ¡Bah! no hay más que acorazarse...</p> + +<p>La primera visita de esta tarde ha sido el padre Tomás. Estaba yo +terminando de arreglar las flores en los inmensos jarrones de los +ángulos, y echando una ojeada a los almohadones para convencerme de que +estaban bien colocados, cuando el cura me sorprendió, en el momento en +que me disponía a subir a mi cuarto a esperar que la abuela tuviese a +bien llamarme. El padre Tomás penetró en el salón con tan prodigiosa +vivacidad, que tropezó en una mesita en la que la abuela expone—pues es +una verdadera exposición,—preciosas miniaturas antiguas. La mesa +retembló en sus patas vacilantes, los caballetes se estremecieron bajo +su gracioso peso de cuadritos y retratos, y el cura se quedó tan +confundido que sus gafas temblaron en la rebelde nariz.</p> + +<p>—¡Cómo, Magdalena! vaya un modo de abandonar a las solteronas—me dijo +en cuanto se calmó un poco la emoción de una entrada tan bien combinada +y no bien se hubo sentado en la silla que le indicó la abuela.—Esto es +una traición.</p> + +<p>—No, señor cura—respondí alegremente.—Continúo mis estudios, con +permiso de la abuela.</p> + +<p>—¿Y el señor Desmaroy, le autoriza a usted igualmente?—preguntó el +cura con tono bastante irónico.</p> + +<p>—Se lo ruego a usted, señor cura, dejemos al señor Desmaroy en paz por +ahora, y hasta pasado mañana—imploré más con la mirada que con la +palabra.—Hoy me propongo aumentar mi ciencia del celibato y cuento con +usted para ayudarme, ya que ha venido.</p> + +<p>—Muy bien—dijo el cura, comprendiendo que no había cambiado tanto de +ideas como él creía, lo que me valió una dulce sonrisa, pues el cura +detesta a las veletas.—¿Qué desea usted saber de éste su humilde +servidor?—prosiguió, con mirada maliciosa.</p> + +<p>—¿Me van ustedes a condenar a otra conversación sobre las +solteronas?—preguntó la abuela descontenta.—Creo, señor cura, que es +usted tan insoportable como mi nieta...</p> + +<p>—¿Cree usted?—preguntó el cura con una de esas buenas sonrisas de que +él tiene el secreto.—Y yo que me hacía ilusiones...</p> + +<p>La abuela movió la cabeza con expresión de duda, lo que puso el colmo a +la alegría del cura, pues es éste tan feliz como un rey cuando puede +contrariar a la abuela.</p> + +<p>—Y bien, Magdalena, ¿en qué está usted?—me dijo por fin, cuando +recobró el aliento.</p> + +<p>—Me detiene la dificultad de distinguir las solteronas voluntarias de +las involuntarias...</p> + +<p>—¿Cómo es eso?</p> + +<p>—En las jóvenes reconozco muy bien las diferentes categorías. Así, por +ejemplo, veo sin microscopio que si Francisca y Petra, sin contar otras +amigas en el mismo caso, no llegan a casarse, serán ciertamente +solteronas involuntarias, recalcitrantes del celibato. Es igualmente +visible a simple vista que si Genoveva y yo no nos casamos, pasamos +inmediatamente a la categoría de solteronas voluntarias. Lo que es +menos claro es lo que pasa con las solteronas llegadas.</p> + +<p>—¿Llegadas a qué?—preguntó el cura abriendo los ojos interrogadores +detrás de las gafas.</p> + +<p>—Llegadas al pleno esplendor del celibato, a la completa y profunda +posesión de su yo personal.</p> + +<p>—¡Vaya! si empiezan ustedes con eso del «yo personal»—protestó la +abuela,—van a decir, ciertamente, muchas tonterías... Estamos perdidos.</p> + +<p>—No tanto como usted cree—respondió vivamente el cura.—Si he +comprendido bien—continuó dirigiéndose a mí,—querría usted saber cómo +se distingue una solterona voluntaria de una forzosa, cuando ambas son +de cierta edad...</p> + +<p>—Eso es, señor cura, enteramente eso.</p> + +<p>—Entonces—replicó el cura sonriendo a medias,—se tiene ya la +murmuración del pueblo como base de información...</p> + +<p>—¡Oh!—protesté vivamente, un poco conmovida por semejante frase.</p> + +<p>—No deja usted de saber—prosiguió con acento burlón más marcado,—que +la señorita X, que tiene sesenta años, tenía una vocación pronunciada +por el matrimonio; que la señorita Y, de cinco años más que ella, tuvo +un amor desgraciado segado en flor; que la señorita Z, de unas cuantas +primaveras menos, asustó a sus pretendientes por su mal carácter; que +ésta no tenía dote; que aquélla tenía demasiadas pretensiones, etc., +etc.</p> + +<p>—Sí, señor cura, se pueden, en efecto, conocer las hablillas; pero sé +por mí misma lo que valen los chismes de una población pequeña, para +darles ninguna fe. Eso es la fábula, y yo querría la historia.</p> + +<p>—Veo—respondió el cura riéndose,—que no ha olvidado usted la +conversación que sorprendió en la víspera de cierta fiesta...</p> + +<p>Yo también me reí, pues sabía que la abuela le había contado de cabo a +rabo mi escena de la Catedral.</p> + +<p>—Comprendo ese rencor—continuó el cura.</p> + +<p>—He perdonado, señor cura.</p> + +<p>—Muy bien; digamos entonces su memoria. El consejo de referirse a las +hablillas corrientes ha sido una broma; nada más falso, con frecuencia, +ni más malo siempre. Hay, por otra parte, un medio muy sencillo de +formular el distingo que usted busca. Cuando, por ejemplo, ve usted en +el mundo una madre de familia cuidadosa de sus deberes, celosa de su +dignidad, buena esposa, buena madre, y adicta de una manera absoluta a +aquel cuyo nombre lleva, ¿qué piensa usted?</p> + +<p>—Que está dentro de su vocación, señor cura.</p> + +<p>—Tiene usted razón.</p> + +<p>—¡Bonitas cosas dicen ustedes!—exclamó la abuela con repentina +energía...—¿Qué cree usted entonces de esas malas cabezas que hacen la +desgracia de su matrimonio?... ¿Que no están dentro de su vocación?... +Entonces, esa vocación... Señor cura, me hace usted ruborizarme...</p> + +<p>—No hay por qué, señora—respondió el cura con un dejo de +impaciencia.—Esas malas cabezas, están, sin duda, en su vocación. No se +han engañado más que en la línea general que convenía tomar, puesto que +estaban hechas para el matrimonio; lo que les ha faltado es el marido +que les convenía. Hay mala cabeza con un marido que podía ser una mujer +perfecta con otro. Hace usted más el proceso del matrimonio moderno que +el del matrimonio en sí mismo, ¿sabe usted, señora?</p> + +<p>—Cómo me espanta ese matrimonio en que ninguno de los dos se +conoce—murmuré estremeciéndome...</p> + +<p>—No hablemos de matrimonios—exclamó el cura.—Estamos en el celibato, +hablemos de él... No tenemos más que transportar a las solteronas las +cualidades de bondad que admiramos en la mujer casada, para darnos +cuenta si está o no en su vocación.</p> + +<p>—Eso es muy fuerte—protestó la abuela indignada.—¿Hay, pues, ahora +una vocación del celibato?...</p> + +<p>—Puede ser—dijo el cura sonriendo. ¿Qué es la vocación sino la +atracción que sentimos por una vida especial?... ¿Podemos negar que +ciertas almas tienen una simpatía particular por el celibato?</p> + +<p>—Pero eso es abominable—exclamó la abuela con espanto.</p> + +<p>—No, no tanto como usted supone—respondió el cura un tanto +malicioso.—Lo que estoy exponiendo en este momento son las ideas +nuevas. Ahora bien, estando casi admitida la vocación al celibato, se +puede decir de un modo general que toda solterona agria, malévola y +malhumorada es una solterona involuntaria. No le ha faltado más que el +matrimonio para hacer de ella una mujer encantadora, puesto que <i>a +priori</i>, toda mujer debe ser encantadora...</p> + +<p>—Sin embargo, señor cura—repliqué sin recoger la alusión a mí +contenida en las últimas palabras,—esa mujer ha podido atravesar +pruebas que hayan transformado su carácter...</p> + +<p>—No creo que tales causas puedan producir ese efecto. La desgracia +eleva a las almas hermosas y no abate más que a los caracteres débiles. +Conozco solteronas para quienes la vida ha sido muy dura, y son mujeres +casi perfectas. Así, cuando encuentro a una de esas solteronas buena, +servicial, contenta con su suerte, benévola en sus juicios y caritativa +en palabras y en obras, pienso siempre con satisfacción: He aquí un alma +en su vía... Qué rica naturaleza...</p> + +<p>—Pero entonces—interrumpí prorrumpiendo en una carcajada muy poco +reverente,—si lo que usted dice es exacto, como lo moral influye en lo +físico, no hay más que mirar a las solteronas para distinguir la +voluntaria de la que no lo es... Una fisonomía animada, una mirada de +bondad, una sonrisa satisfecha y una conversación amable, deben ser la +característica de la soltera por vocación...</p> + +<p>—No tan de prisa—exclamó el cura.—¿Qué hace usted de la enfermedad, +que cambia la animación en tristeza, sobre todo en las nerviosas?... +¿Qué de la sordera que ensombrece la mirada y le da una expresión +inquieta?... No hay que ser tan categórico. El buen fruto se distingue +del averiado por las palabras y los actos. Además, entre las solteras +voluntarias y las que no lo son, hay que colocar a las resignadas.</p> + +<p>—¡Ah!—dije interesada,—¿en qué se puede reconocer a éstas; en el +color de sus cintas, en la flor de sus sombreros, en la armonía de su +traje?...</p> + +<p>—No—respondió el cura, divertido por mi interés.—Se las conoce... +¿cómo diré yo?... en su resignación, qué diablo... Son blandas, +grisáceas, dulces y borrosas. Son más bien cuadros despintados que +mujeres de edad...</p> + +<p>—Sí, comprendo, señor cura—dije conteniendo la risa,—son las +«Flácidas» de la corporación...</p> + +<p>Un ruido de pasos, una puerta que se abre, y nuestra conversación queda +interrumpida. Celestina, con su voz especial de los jueves—se anuncia +todavía en casa de la abuela,—anunció:</p> + +<p>—La señorita Sarcicourt.</p> + +<p>El cura me echó una mirada rápida que significaba: «Va usted a estudiar +en lo vivo.»</p> + +<p>Aprovechando las efusiones a que se entregaban la abuela y la señorita +Sarcicourt, el padre Tomás se retiró, con gran desesperación de aquellas +señoras, que querían retenerle.</p> + +<p>—¡Oh! señor cura, soy yo quien le echa... Qué lástima...—murmuraba la +señorita Sarcicourt haciendo monadas.</p> + +<p>—Nada de eso, nada de eso—respondía el cura, que no entendía de +finuras...—Me voy porque me voy... Buenas tardes... Adiós, señoras.</p> + +<p>Acompañé al cura hasta la puerta, y sus últimas palabras fueron:</p> + +<p>—Sobre todo, no falte usted a la caridad...</p> + +<p>Cuando volví al salón, la conversación era ya animada. La de Sarcicourt +estaba dando a la abuela una receta exquisita para hacer el <i>pudign</i> con +fresas. Volví a ocupar mi puesto, sin intervenir en la tal receta, y me +divertí en observar a la señorita Sarcicourt, como si no la hubiera +visto nunca.</p> + +<p>Unos sesenta años. Alta, flaca, después de haber sido delgada, la +señorita Sarcicourt carece de proporciones en lo alto de su larga +silueta. Tiene una cabeza de pájaro en un cuello de jirafa. Su cabeza +está siempre cubierta con un vasto sombrero de plumas desmayadas, que se +agitan en cadencia a cada una de las palabras que pronuncia. La +fisonomía de la buena mujer es más bien simpática, sus frases son +bastante benévolas y sus recetas culinarias, en las que sobresale, son +exquisitas. Los ojos azules, que fueron hermosos, según asegura la +abuela, y la sonrisa, que debió de ser encantadora, son, por el momento, +los primeros muy tiernos y la segunda profundamente melancólica. Se ve +el alma no comprendida a la que ha faltado el alma hermana para ser +dichosa... ¡Pobre señorita Sarcicourt!...</p> + +<p>La clasifico inmediatamente y la clavo con un alfiler en mi colección: +«Resignada en toda la línea. Inútil profundizar. Alma grisácea, dulce, +borrosa, cuadro despintado...»</p> + +<p>Iba, sin embargo, a escuchar la conversación comenzada para comprobar mi +impresión con todo conocimiento de causa, cuando Celestina introdujo +nuevas visitantes:</p> + +<p>—La señorita Bonnetable.</p> + +<p>—La señora y la señorita Dumais.</p> + +<p>De un salto estuve en los brazos de Francisca y le expliqué en dos +palabras mi estudio del natural y mi deseo de no tomar posesión aquella +tarde del rincón de las malas cabezas. Francisca me echa una mirada de +pesar, lanzando un suspiro hacia nuestro querido biombo, y un gesto +hacia la señorita Bonnetable. Mi amiga se inclina con su gracia habitual +ante la abuela, que la besa en la frente, y va a sentarse a mi lado +después de haber yo saludado a las recién llegadas y preguntado por +Pomme, la gata favorita de la señorita Bonnetable, y por Loustic, su +perro.</p> + +<p>La Bonnetable no se parece en nada a la Sarcicourt, de la que es casi +contemporánea. Pequeña y corta, la primera parece un tambor mayor con +las piernas cortadas, pues goza de una estatura desmesuradamente larga, +con relación a los miembros inferiores. En pie es una enana; sentada +parece inmensa. Su voz, retumbante, hace eco en todos los departamentos +que tienen la suerte de recibirla; habla alto y firme y no admite que se +discuta con ella. Sus palabras adquieren así una importancia capital, y +todos la escuchan con respeto. Pero si cuando habla sabe tomar aspecto +de maza, cuando se calla es todavía más aterradora; su silencio es de +plomo.</p> + +<p>—¿Qué hay de nuevo, señoras?—preguntó en cuanto estuvo +sentada.—Supongo que sabrán ustedes que la doncella de la Courtin deja +a su ama...</p> + +<p>—¿De veras?—exclamó la señorita Sarcicourt.</p> + +<p>—Es un desagradable acontecimiento para esa buena señora de Courtin...</p> + +<p>—¡Buena!... ¡Buena!...—replicó la Bonnetable, ya a la defensiva.—Si +lo que se dice es verdad, la de Courtin no tiene nada de buena...</p> + +<p>—Me asombra usted—exclamó la de Dumais.</p> + +<p>—Figúrense ustedes, señoras...</p> + +<p>—La señora y la señorita Aimont—anunció Celestina en este momento.</p> + +<p>Corrí a recibir a Paulina, una de mis buenas amigas, y la coloqué al +lado de Francisca, después de haberme inclinado delante de la de Aimont, +que me respondió con un vigoroso <i>shake-hand</i>.</p> + +<p>Muy amable y jovial la señora de Aimont. No tiene más que un sueño: +casar a su hija... Pero Paulina tiene 10.000 pesos de dote y cree que +con esa suma puede conquistar un yerno en una posición fantásticamente +hermosa. Lo que la de Brenay y Petra sueñan en aristocracia o en dinero, +la de Aimont lo desea en posición. No tiene más que estas palabras en la +boca:</p> + +<p>—Mi hija se casará con una posición.</p> + +<p>Si se la incita un poco, se la obliga a precisar:</p> + +<p>—Mi hija no se casará más que con un forastero. En Aiglemont no hay +posiciones...</p> + +<p>Todos aquí compadecen a esta pobre muchacha destinada a casarse con un +forastero. Es cosa corriente, como un proverbio, que no hay en Aiglemont +ninguna situación digna de la señorita Aimont, y la interesada, que es +de mi edad, no es pedida con frecuencia en matrimonio. Los que pudieran +arriesgarse no se atreven, y los que serían aceptados no se presentan.</p> + +<p>Paulina sufre con invariable buen humor los inconvenientes de tener una +madre demasiado ambiciosa y acepta por adelantado la famosa posición +venidera. A todo lo que dice su madre, responde dócilmente:</p> + +<p>—Sí, mamá.</p> + +<p>Su bonita y agradable cara no refleja más que sentimientos amables y +plácidos. Sin ser preciosa, no es fea, y hasta se parece bastante a un +bombón pequeñito, rosado y apetitoso. Lo que le da sobre todo ese +aspecto es la falta de expresión de su mirada. Sus ojos grises están +invariablemente tranquilos y como fijos en el blanco lechoso que los +rodea. Francisca, que tiene para cada cual su frase picante, exclamó un +día dirigiéndose a Paulina:</p> + +<p>—Lo que tú tienes no son ojos, sino linternas sordas...</p> + +<p>La frase ha hecho fortuna y es corriente, cuando se habla de Paulina, el +decir, para distinguirla de su prima del mismo nombre, «la de las +linternas sordas.» Su madre lo sabe y es la primera en reírse.</p> + +<p>—Linternas de 10.000 pesos—exclamó.—No está tan mal. ¡Cuántas cosas +se pueden alumbrar con ellas!...</p> + +<p>Se reanudó la conversación en cuanto se dieron noticias de la salud de +todas, y se supo al fin que la de Courtin pesaba el pan a su doncella, +le medía el vino y no dejaba a su disposición ni el más pequeño terrón +de azúcar.</p> + +<p>—Si esa muchacha se hubiera puesto mala en la noche, decía la +Bonnetable en tono trágico, no hubiera tenido azúcar para hacerse una +infusión...</p> + +<p>Era lamentable, en efecto.</p> + +<p>En resumen, después de diversas peripecias en las que el vino se +mezclaba con el azúcar y el pan, la doncella se había despedido.</p> + +<p>Debió hacerlo antes...</p> + +<p>—¿No hay ningún matrimonio en el horizonte?—preguntó la de Aimont +queriendo llevar la conversación a su asunto favorito.</p> + +<p>—Ni uno—respondió la Bonnetable en tono contundente.</p> + +<p>—Sin embargo—insinuó la Sarcicourt,—¿no se habla del matrimonio de la +señorita de Brenay con el capitán Bellortet?</p> + +<p>—¡Qué disparate!—exclamó la Bonnetable.—La chica de Brenay no puede +encontrar un marido serio...</p> + +<p>—¡Víbora!—murmuró Francisca entre dientes.</p> + +<p>—¡Oh!—protestó la abuela,—Petra es amiga de mi nieta y es +encantadora.</p> + +<p>—Y muy distinguida—confirmó la de Aimont.</p> + +<p>—Enteramente como es debido—afirmó la de Dumais.—¡Ah! si Francisca se +le pareciese...—terminó dando un suspiro.</p> + +<p>—La señorita de Brenay puede ser encantadora, no digo que no—dijo +categóricamente la Bonnetable,—pero es gastadora hasta el extremo... Y +después, esa pretensión a millones cuando se tiene un dote modesto...</p> + +<p>—No es tan modesto un dote de 20.000 pesos—exclamó la de Aimont pronta +a indignarse.</p> + +<p>—Es modesto para la señorita de Brenay que quiere hacer una vida de +10.000—afirmó la Bonnetable con bastante razón esta vez.—No se +comprenden semejantes exigencias... Su cocinera dijo una vez a la mía...</p> + +<p>—Si escucha usted los chismes de las criadas—dijo la abuela,—no oirá +nada serio...</p> + +<p>—No los escucho, los oigo—respondió la Bonnetable ofendida por la +observación de la abuela, lo que no es lo mismo—afirmó con un tono de +superioridad aplastante...—Esos chismes, como usted los llama, enseñan +por lo menos a conocer a las personas de que se habla...</p> + +<p>—Como no sirvan precisamente para lo contrario—rectificó la abuela +descontenta.</p> + +<p>—En todo caso—añadió la Bonnetable más y más ofendida por la oposición +de la abuela,—la de Brenay es ridícula y su hija también...</p> + +<p>—¡Oh!—protestaron las señoras en coro.</p> + +<p>—Eso se llama ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el +propio—dijo Francisca a media voz.</p> + +<p>—Sí, son ridículas, lo mantengo—replicó la Bonnetable, dispuesta esta +vez a dar la cabeza, si era preciso, para sostener su opinión.—Hase +visto querer casarse con un hombre que tenga millones y un nombre +histórico cuando se tiene 20.000 pesos y un nombre que no tiene nada de +eso...</p> + +<p>—Los Brenay son de buena familia—dijo la de Aimont.</p> + +<p>—No digo que no en cuanto a la honradez—se dignó responder la +Bonnetable.—Pero en cuanto a su partícula—acentuó con perfecto +desprecio,—es una broma. Los Brenay son burgueses de partícula usurpada +y no pertenecen en modo alguno a la aristocracia... Yo soy de tan buena +familia como ellos, y jamás he tenido tales pretensiones... en los +tiempos en que las tenía—añadió la amable vieja.</p> + +<p>—Menos mal—dejó escapar Francisca por lo bajo.</p> + +<p>—¿Usted ha tenido pretensiones?—preguntó alegremente la de Aimont +tratando de evitar la tempestad que amenazaba.—Yo creí que estaba usted +libre de tales debilidades...</p> + +<p>—No...—dijo haciendo monadas la Bonnetable con voz que ella se +esforzaba por hacer aflautada;—he pagado mi tributo a la juventud como +todo el mundo... He sido muy solicitada.</p> + +<p>—¡Qué guasa!—exclamó Francisca empujándome con el codo.</p> + +<p>—Y muy adulada... Si no he hecho un brillante matrimonio ha sido porque +no he querido.</p> + +<p>—Embustera—dijo Francisca a la sordina, mientras yo me mordía los +labios para no reír.</p> + +<p>—¡Ah!—gimió la de Dumais,—nuestras pobres hijas no podrán decir otro +tanto...</p> + +<p>—Lo diremos de todos modos, mamá. A cuarenta años de distancia se dicen +siempre esas cosas aunque sean inexactas—exclamó Francisca sin poder +contener su maldita lengua.</p> + +<p>El silencio, un terrible silencio de plomo se extendió como por encanto +por el salón. La Bonnetable tomó la actitud de una persona gravemente +ultrajada y la de Dumais, aplastada en su butaca, no tuvo siquiera el +recurso de decir como de costumbre:</p> + +<p>—¡Oh! Francisca...</p> + +<p>—Sí—siguió diciendo la de Aimont, tratando de salvar la situación,—es +indiscutible que el matrimonio es difícil para nuestras hijas. ¡Hay tan +pocas buenas posiciones!... Es imposible casarlas con un empleadillo de +600 u 800 pesos de sueldo. ¿Verdad, Paulina?</p> + +<p>—Sí, mamá.</p> + +<p>—Sin embargo—se atrevió a decir la Sarcicourt con una apariencia de +valor,—esos son los sueldos ordinarios de los jóvenes. Solamente más +adelante...</p> + +<p>—Queremos un marido que haya llegado. ¿Verdad, Paulina?</p> + +<p>—Sí, mamá.</p> + +<p>—En la industria y en el alto comercio se encuentran muy buenas +posiciones—dijo la de Aimont, que no quería que se creyese la verdad, +es decir, que dejaría a Paulina casarse con un vejestorio con tal de que +hubiese llegado.</p> + +<p>—El alto comercio y la industria—respondió victoriosamente la +Bonnetable,—tienen otras pretensiones que las que usted puede +atribuirles. ¿Qué son 10.000 pesos para un industrial o un comerciante +tales como usted los concibe?... Una gota de agua.</p> + +<p>—¿Y 2.000 pesos—preguntó Francisca con un candor inimitable,—qué +serán entonces?... Serán la quinta parte de una gota... Una miseria.</p> + +<p>—Sí, señorita—respondió la Bonnetable lanzando a la pobre Francisca +unos ojos furibundos,—2.000 pesos de dote son la miseria... Por otra +parte—siguió diciendo la dulce solterona,—haría falta una fortuna +para corregir los desastres de la educación moderna. Las jóvenes +actuales están muy mal educadas—terminó con una intención que no se +ocultó a nadie.</p> + +<p>—¿Están mucho peor educadas que las de otro tiempo?—preguntó Francisca +en tono de exquisita urbanidad.</p> + +<p>—¡Oh! Francisca...—murmuró la de Dumais pálida de espanto.</p> + +<p>—Ciertamente—respondió la Bonnetable aniquilándola con la mirada.—En +mis tiempos las jóvenes no preguntaban jamás a las personas mayores y +esperaban modestamente que se les dirigiese la palabra.</p> + +<p>—Debía de ser muy fastidioso—dijo Francisca con la modestia de una +sólida convicción.</p> + +<p>—En aquellos tiempos—siguió diciendo la Bonnetable más severa que +nunca,—las jóvenes no pensaban más que en la corrección de su actitud.</p> + +<p>—Qué mujeres tan distinguidas debían de ser...—suspiró Francisca con +una expresión ingenua que velaba la impertinencia de sus palabras.</p> + +<p>La de Dumais parecía literalmente sobre ascuas, la abuela fruncía la +nariz y la de Aimont contenía una enorme gana de reír, mientras que la +de Sarcicourt y Paulina echaban a su alrededor miradas de ciervas +moribundas. Hacer frente a la intrépida señorita Bonnetable... Qué +audacia...</p> + +<p>Seguramente, ésta no es del tipo resignado... En su humor agresivo y +autoritario, adivinaba yo una rabiosa recalcitrante. ¿Pero cómo +cerciorarme?</p> + +<p>Sin adivinar el precipicio que se abría ante mis pasos, me lancé +inocentemente en la pelea preguntando a la Bonnetable si estaba +satisfecha de haber permanecido soltera.</p> + +<p>¡Dios mío, qué éxito!...</p> + +<p>Fue aquello un estupor tan general en todo el salón, que comprendí +instantáneamente que había metido los pies en el plato. Preciso era +retirarlos...</p> + +<p>La abuela vino por fortuna en mi socorro y reanudó la conversación como +pudo para mantenerla en alturas inofensivas. Y sin la señorita +Bonnetable, que respiraba con ruido como para tragar una píldora enorme, +se hubiera creído que no había pasado nada extraordinario.</p> + +<p>Al fin la situación se mejoró por completo en cuanto la inefable +señorita Bonnetable se dignó levantarse para despedirse. Dio un adiós +bastante seco a la abuela, nos volvió la espalda a Francisca y a mí y +apenas estuvo política con las otras personas que allí estaban.</p> + +<p>—¡Uf!—murmuró Francisca en cuanto se cerró la puerta después de dar +salida a la dulce señorita Bonnetable.—¡Qué solterona!</p> + +<p>Solamente entonces supe que la Bonnetable no se ha consolado todavía de +su situación de solterona, debida a su carácter irascible y +desagradable. «En los tiempos en que tenía pretensiones,» según su +expresión, se dice que puso en fuga a cinco pretendientes; los cinco +habían estado muy enamorados del dote, que era bueno, pero nunca +pudieron resignarse a casarse con la mujer. Hasta se cuenta que uno de +ellos ofreció a su futuro suegro tomar el dote sin la mujer. A lo que el +señor Bonnetable contestó:</p> + +<p>—¡Por vida del demonio! ¡Cómo le comprendo a usted, amigo mío!...</p> + +<p>—¿Y yo?—respondió Francisca.—En lugar de ese pretendiente hubiera +hecho duplicar el dote y tomado la mujer para ahogarla. Hubiera sido un +servicio a la humanidad.</p> + +<p>—¡Oh! Francisca...—protestó su madre angustiada.—No hables así...</p> + +<p>La risa que se apoderó de todo el mundo acabó de restablecer el perfecto +equilibrio de la conversación. Cuando todos se marcharon la abuela me +regañó por mi indiscreta curiosidad y por las reflexiones de Francisca.</p> + +<p>—Las faltas son personales—hice observar a la abuela.—Bastante tengo +con mi tontería sin echar sobre mis hombros las de Francisca.</p> + +<p>Pues, señor, he aquí un feliz estudio del natural...</p> + +<p>A pocas torpezas de este género, estoy segura de ser despellejada viva +antes de mucho tiempo... La abuela, que no quiere mi muerte, me ha +impuesto que en adelante haga mis investigaciones con más discreción, y +hasta ha añadido a modo de peroración:</p> + +<p>—Ese género de torpezas, Magdalena, son señal de una educación +detestable.</p> + +<p>¡Qué humillación!...</p> + + + +<p class="fecha">7 de noviembre.</p> + + +<p>El gran día ha pasado...</p> + +<p>Se acabó la entrevista y desapareció el miedo... <i>Deo gratias</i>.</p> + +<p>En cuanto me desperté esta mañana me sentí la cabeza pesada, oprimido el +corazón y contraído el estómago. Traté en vano de recobrar mi calma +habitual... El pensamiento de pasar a mi vez por las exigencias de la +feria del matrimonio me tenía un poco embobada.</p> + +<p>—Señorita, he aquí un marido que le conviene a usted—zumbaba a mi oído +no sé qué voz discordante del dominio de la pesadilla.—Véale usted... +Examínele... este hombre es perfecto...</p> + +<p>—Caballero...—me figuré que otras voces murmuraban en el mismo momento +al señor Desmaroy,—acuda usted pronto a Aiglemont... En esa peña viven +en buena armonía el dote y la mujer que le esperan... Tome usted a peso +el primero y sea indulgente con la segunda... ¿Qué importa ésta si aquél +le agrada?...</p> + +<p>—Estos son—pensé,—los preliminares del matrimonio... del santo +matrimonio cristiano... ¿Dónde está usted, monseñor Dupanloup?...</p> + +<p>Resuelta, a pesar de estas terribles reflexiones, a afrontar las +necesidades de mi no menos terrible situación de joven casadera, me +presté de buen grado a los preliminares de ese comienzo de acuerdo entre +dos almas... ¡Dos almas!... ¡Qué ironía!...</p> + +<p>Un lindo cuerpo de seda azul pálido, moldeaba mi talle; y mi cabello, +más cuidadosamente ondulado que de ordinario, realzaba mi modesta +fisonomía. Una ojeada al espejo me dijo lo que yo sabía, es decir, que +con menos de mis 28.600 pesos tendría aún alguna probabilidad de gustar +a un pretendiente que no fuese ciego.</p> + +<p>Concedido esto a la imparcialidad, me encontré sobre las armas a las dos +menos cuarto. En seguida bajé al salón donde encontré a la abuela muy +agitada.</p> + +<p>—Y bien, Magdalena, ¿te late el corazón?—preguntó la abuela con +emoción.</p> + +<p>—No, querida abuela, mi corazón está muy tranquilo... El cerebro es +otra cosa... Tengo un horrible dolor de cabeza.</p> + +<p>—Muy tonta vas a estar, mi pobre Magdalena. Al diablo se le ocurre +tener dolor de cabeza en un momento semejante...</p> + +<p>—Poco importa, abuela, puesto que no soy ni coja, ni torcida, ni manca, +ni muda, ni sorda, y tengo 28.600 pesos de dote... Con esta cifra +supongo que no se exige tener ingenio. Por 28.600 pesos tiene una mujer +todos los derechos posibles a la tontería.</p> + +<p>—¡Siempre tus ideas!... ¡Qué extraña eres!... En fin, explica de una +vez lo que quieres...</p> + +<p>—¿Lo que quiero?... no hago más que repetirlo, abuela. Desearía, +sencillamente, elegir yo misma mi marido... si debo casarme. Quisiera +que se me permitiese ver seres masculinos de carne y hueso y aprender a +conocerlos de otro modo que de oídas. Mi satisfacción sería completa si +un día sintiese en el corazón el estremecimiento preludio del amor y +pudiera decirte designándote al que lo hubiera provocado: ese es mi +marido, con ese me casaré, no porque tiene el bigote rubio o los ojos de +tal color, una fábrica o una fortuna, sino porque me gusta bastante para +seguirle para siempre en el dolor como en la alegría...</p> + +<p>—¡Qué demencia!—exclamó la abuela consternada.—Esas son ilusiones +románticas... La vida no es una novela...</p> + +<p>—¿Por qué no?... ¿Qué inconveniente verías en que la vida de dos en el +matrimonio fuese una deliciosa novela?... Debe ser una de esas novelas +cuya lectura puede permitir una madre a su hija... con tal de que esté +bien escrita, entendámonos... Me gusta cuidar el estilo...</p> + +<p>—Locuras—balbució la abuela.</p> + +<p>Un campanillazo, un ademán de la abuela para asegurarse de que su +peinado está como es debido, un dolor más fuerte en mi cabeza, y entró +en el salón mi destino bajo la forma del señor Boulmet acompañado del +señor Desmaroy.</p> + +<p>Boulmet estaba radiante y, con una gracia antigua, solemnizada por +cuarenta años de notariado, nos presentó al señor Desmaroy como un +ferviente aficionado a antigüedades, lo que trajo a los labios de todos +una leve sonrisa...</p> + +<p>Desmaroy, muy en su papel, no parecía cortado para un hombre en su caso, +y se resignó con visible buen humor a ver todas las antigüedades +posibles, incluso mi persona.</p> + +<p>Aproveché el interés que manifestaba el visitante, suspendido de los +labios de la abuela, que le explicaba la procedencia de una consola, la +historia de un cuadro o la leyenda de una miniatura, para observar en +detalle a mi pretendiente.</p> + +<p>Era visible que se esforzaba por conquistar a la abuela por una atención +respetuosa y delicada a todas sus palabras. Un buen punto por esto...</p> + +<p>Ni bajo ni alto, ni gordo ni delgado, Desmaroy tiene unas señas +personales que corresponden a no pocos ciudadanos franceses... Es de los +que se dice: frente regular, nariz regular, etc... Sólo su mirada +autoritaria y su barbilla testaruda ofrecen algo bastante +característico.</p> + +<p>Desmaroy no es ciertamente un cualquiera y hasta estoy dispuesta a creer +que posee cualidades eminentes. Los ojos y la sonrisa son francos, pero +la voz, voluntariamente dulcificada, tiene a veces singulares +inflexiones. Es cortante y punzante. Además, ese diablo de barbilla... +esa mirada... huelo el dueño, el hombre seguro de su fuerza y que quiere +imponérsela a todos... Es verdaderamente guapo; y, sin embargo, tengo la +intuición de la antipatía de nuestros defectos, así como creo en la +probable simpatía de nuestras cualidades. Su autoritarismo da miedo a mi +independencia. Si me decido a tomar un marido, no quiero darme un dueño.</p> + +<p>Poco a poco, el señor Desmaroy olvida su dulzura convencional. Su mirada +es la de un comisario cuando inspecciona las cosas que le enseña +Boulmet, el cual, correcto en extremo, se mata por presentar a su +cliente todas las antigüedades de la abuela.</p> + +<p>—Esto, señor mío, es del siglo <span class="smcap">XIII</span>... Esto del <span class="smcap">XIV</span>... Tal cosa data +del reinado de Luis XIV... Tal otra es del más puro Enrique II...</p> + +<p>Y el señor Desmaroy mira, toma a peso, aprecia y estima.</p> + +<p>Ni una sola vez habla del valor artístico del objeto designado... No... +vale tanto o cuánto. Su admiración no empieza hasta los 100 pesos; hasta +esa cifra hace un gesto desdeñoso.</p> + +<p>Es halagüeño para mí... Si soy pesada en la misma balanza, qué ideal...</p> + +<p>Al llegar al inmenso tapiz de Beauvais, del comedor, el señor Desmaroy +deja escapar un grito del corazón:</p> + +<p>—Qué error dejar dormir tanto dinero... Cuánto dinero improductivo... +Si este tapiz fuese mío, qué pronto le vendería...</p> + +<p>La abuela disimula su asombro con una sonrisa que lo mismo significa +adhesión que reprobación. De prisa va el caballero... «Si fuese mío...» +¡Oh! hablar de vender el tapiz de Beauvais...</p> + +<p>La mirada del señor Desmaroy se cruza con la mía. Nuestras dos +voluntades cruzan el hierro. La suya, un poco arrepentida de la +reflexión que se le ha escapado; la mía bastante desdeñosa por la +indiscreción cometida.</p> + +<p>Evidentemente mi antipatía se precisa.</p> + +<p>Desmaroy sostiene sus ideas y yo las mías, nos miramos otra vez, no como +amigos sino como luchadores.</p> + +<p>Leo en sus ojos:</p> + +<p>—Esta muchacha es demasiado absoluta... Qué cabeza... Yo la meteré en +cintura... Una mujer está hecha para obedecer.</p> + +<p>Bajo los ojos y mis párpados ocultan una respuesta acerba e irritada...</p> + +<p>—No, no me meterá usted en cintura, porque jamás seré su mujer...</p> + +<p>Desde este momento mi cerebro se despeja, póngome alegre y sonriente, la +preocupación desaparece y me encuentro libre... ¡Dichosa sensación!... +Ya no hay pretendiente, ni estudio, ni cuidado, ni veo en el señor +Desmaroy más que un aficionado a antigüedades...</p> + +<p>Mi buena querida abuela está encantada viendo aquel cambio repentino y +la visita se acaba con todas las apariencias de un acuerdo cordial. +Adivino que el señor Desmaroy me encuentra muy a su gusto y salta a la +vista que Boulmet está orgulloso de su cliente; la abuela se enorgullece +ostensiblemente con una nieta tan linda.</p> + +<p>—Estas tablas—le dice,—son modernas; están pintadas por mi nieta... +Este almohadón bordado ha sido copiado por mi nieta de un modelo +antiguo...</p> + +<p>No faltó más sino que la abuela me hiciese ponerme al piano para tocar +una pieza o cantar una romancita...</p> + +<p>Por fin se termina la sesión. Todo el mundo está satisfecho y yo +también... Decididamente, la feria del matrimonio tiene de bueno que +enseña a estar contento de uno mismo y de los demás. Esto último es +mucho más raro que lo primero. La abuela no cesa de elogiar al +pretendiente.</p> + +<p>—¿Y el tapiz, abuela?...</p> + +<p>—¿Qué tapiz?... ¡Ah! sí, la venta... Razonamiento de hombre de +negocios, hija mía... Piensa como un hombre serio.</p> + +<p>Pido ocho días de reflexión. Es imposible decir hoy a la abuela:</p> + +<p>—Los defectos de ese caballero son antipáticos a los míos; no le +quiero.</p> + +<p>La buena señora me creería loca y se pondría enferma de pena. En ocho +días todo se arregla. El tiempo es un hábil auxiliar...</p> + +<p>Mientras tanto respiro a mis anchas y me siento libre de un peso +enorme... ¡Qué bien voy a dormir esta noche!...</p> + + + +<p class="fecha">15 de noviembre.</p> + + +<p>Hacía bien en contar con mi buena estrella para sacarme del mal paso. +Todo se ha arreglado con una sencillez asombrosa.</p> + +<p>Una aventura no muy lejana ocurrida al señor Desmaroy y descubierta por +el padre Tomás, encargado por la abuela de comprobar los informes del +notario, ha puesto fuego a la pólvora y apresurado el no final. La +abuela ha suspirado un poco por la forma al pronunciarle +categóricamente, pero su negativa ha sido espontánea porque no podía +prescindir de la cosa... Boulmet se ha mostrado menos fácil.</p> + +<p>—Pardiez—exclamó,—puesto que la novela en cuestión se terminó ocho +días antes de las negociaciones, ¿qué más quieren ustedes?...</p> + +<p>—Nada de novelas—repliqué.</p> + +<p>—¡Nada de novelas!—repitió el señor Boulmet en el colmo de la +estupefacción.—¿Dónde encontrará usted un hombre de treinta años que no +haya tenido su novela?... ¿Su novela?... Sus novelas, su colección de +novelas...</p> + +<p>—De acuerdo—replicó la abuela, contrariada por encontrar una tacha en +su pájaro raro.—Pero si desgraciadamente es imposible ignorar que +existen esas novelas, se puede exigir al menos que la última no se haya +terminado hace tan poco tiempo... y, sobre todo, que no haya lugar a +temer que la última hoja de esa novela no se haya vuelto tan +definitivamente como se quiere asegurar...</p> + +<p>—Señora—respondió Boulmet,—el señor Desmaroy es un hombre de honor.</p> + +<p>—¿Qué tiene que ver el honor de un hombre con esta especie de cosas?... +¿Ignora usted, acaso, que hay hombres que se jactan de pagar sus deudas +y no temen faltar a sus juramentos? El honor humano es poca garantía +cuando se trata de la fe conyugal.</p> + +<p>—El señor Desmaroy tiene principios religiosos, de modo que...</p> + +<p>—¿Le han protegido los principios religiosos?</p> + +<p>—Acaso le han sostenido y preservado mucho tiempo... Y después, qué +diablo—añadió nuestro notario falto de argumentos,—los principios +religiosos salvan el edificio, pero no impiden las grietas... en ciertas +naturalezas.</p> + +<p>—Y bien—dijo la abuela,—nosotras no queremos grietas, está decidido.</p> + +<p>He vuelto, pues, a ser una joven como las demás... ¡Qué suerte!</p> + +<p>La de Ribert y Genoveva, a quienes había puesto al corriente de las +peripecias de los últimos días, me aprobaron completamente cuando fui a +contarles el desenlace de nuestros proyectos de matrimonio.</p> + +<p>—Magdalena—me dijo la de Ribert con una melancolía que no es en ella +habitual—desconfíe usted de las locuras pasadas en un futuro marido... +Estas locuras vuelven a empezar muchas veces.</p> + +<p>Es lo que yo pensaba. Me ha satisfecho, sin embargo, oírselo repetir a +una mujer que ha tenido ciertamente algo de ese género que reprochar a +su marido. Aunque se suponga lo contrario, la experiencia de los demás +nos aprovecha siempre un poco.</p> + +<p>Con la de Ribert he reanudado mis averiguaciones relativas a las +solteronas. Le he contado nuestro pique con la Bonnetable y mi +desencanto a propósito de las solteronas desde que las estudio al +natural. En primer lugar, la maldad de algunas de ellas, mis dos malas +lenguas de la Catedral; después el matiz grisáceo y desteñido de las +pobres solteronas resignadas con su estado, en lugar de estar alegres; +en fin, la omnipotencia notable de las recalcitrantes del celibato que +dejan caer sobre todo el mundo, en general, y sobre cada cual, en +particular, el peso de su descontento perpetuo.</p> + +<p>—Hará usted mal de juzgar por el carácter de la excepción el carácter +de la masa—me respondió la de Ribert.—¿Cree usted de buena fe que las +solteronas tienen el monopolio de la maldad en la charla, y que sólo una +de ellas puede presentar el carácter de la Bonnetable?...</p> + +<p>—No—respondí convencida por el razonamiento.—Tiene usted razón. El +amor a los chismes no es solamente un defecto de solterona, sino la +pasión de todas las mujeres desocupadas y frívolas. En cuanto al +carácter de la Bonnetable, debe ciertamente de encontrarse en mujeres +casadas.</p> + +<p>—Conozco algunas, por mi parte, que no dejan nada que desear en cuanto +al órgano, al gesto y a la manía del mando. Esas hacen marchar su casa +con la punta del dedo, y no están contentas más que de ellas mismas y de +su progenitura. Todo lo que no toca inmediatamente al círculo reducido +de su familia, es implacablemente criticado, denigrado y +pisoteado...—dijo Genoveva.</p> + +<p>—Eso no es raro—repuso la de Ribert, sonriendo.—Hasta hay mujeres que +se dicen bien educadas que llegan a decir palabrotas... Pero no hablemos +de esas monstruosas excepciones. El matrimonio es un gran sacramento, es +verdad, pero sería pueril reconocerle la facultad de dar a las que le +reciben inteligencia, dulzura y virtud. Existen las agriadas del +matrimonio, como las agriadas del celibato. Y así como no se dice que +todas las casadas son desagradables, porque lo son algunas, se debe +tener la misma circunspección respecto de las solteras.</p> + +<p>—Es verdad—respondí.—Pero el mundo no hace esas distinciones y +condena a las solteronas en conjunto. La abuela, de acuerdo con el +mundo, no las quiere nada, aunque tenga una profunda amistad con algunas +de ellas... La abuela estaría enteramente desolada si yo me quedase +soltera.</p> + +<p>—Comprendo que la buena señora desee establecer a usted, pero en fin, +¿qué reprocha al celibato? Confieso que no veo bien el por qué de su +animosidad, aunque me dé cuenta del de su preferencia.</p> + +<p>—Afirma que el celibato es una situación anormal, antinatural y... ¿qué +se yo?</p> + +<p>—Sí, la mujer debe casarse, tener hijos... eso es conocido... ¿Y qué +más?</p> + +<p>—Según ella, la mayor parte de las solteronas son egoístas.</p> + +<p>—¿Y los premios Montyon?...—objetó Genoveva.—Esos premios son de +solteras y no para las egoístas...</p> + +<p>—La abuela dice también que las solteras tienen la devoción estrecha, +meticulosa y hecha de menudas prácticas, más que de profunda piedad; que +son charlatanas y envidiosas; que tienen ideas mezquinas y atrasadas, y, +en fin, que poseen todos los defectillos imaginables, entendiendo por +defectillos todo lo que achica un carácter, todo lo que apaga un alma...</p> + +<p>—Sí, pero el conjunto de esos defectos constituye una tacha enteramente +femenina y no es sólo aplicable a las solteronas... No creía yo que la +señora de Sermet tenía respecto a ellas esa opinión tan poco fundada...</p> + +<p>—Sí, señora—respondí,—y eso es lo que me ha hecho empezar mis +investigaciones. Me sentía tan poca vocación por el matrimonio y tanta +por el celibato, que he querido darme cuenta de lo que se podía +reprochar a esas pobres criticadas.</p> + +<p>—¿Y has encontrado algo?—preguntó Genoveva con interés.</p> + +<p>—No mucho... Veo, sobre todo, muchos prejuicios e ideas hechas que +pasan de generación en generación como un gabán viejo que cada cual +adapta a su talla y a su gusto.</p> + +<p>—Creo—dijo Genoveva,—que lo que más ha contribuido a dar un aspecto +ridículo a la solterona, es la inconsecuencia de algunas de ellas—las +recalcitrantes del celibato, como tú las llamas,—que tienen la mala +costumbre de gritar sus penas al primero que se presenta, y de ir de +puerta en puerta pidiendo un marido.</p> + +<p>—¡De puerta en puerta!—murmuré sorprendida...</p> + +<p>—Pregunta a mamá—interrumpió Genoveva.</p> + +<p>—Genoveva tiene razón, Magdalena. Conozco personalmente solteras, +contemporáneas mías, cuya juventud se ha pasado en repetir a todas sus +relaciones: «Cáseme usted... Por Dios, encuéntreme usted un marido... No +se olvide usted de mí.» Esto se repite al principio con compasión, +después con un dejo de burla y luego con un desdén acentuado. Y se +deduce ligeramente que todas las solteronas se encuentran en este caso +ridículo y no forman en su conjunto más que una gran colección de +«dejadas por cuenta.»</p> + +<p>—Es injusto—exclamé con emoción.</p> + +<p>—No, Magdalena—respondió sencillamente la de Ribert.—Supongamos que +Francisca, Petra y Paulina no se casen. ¿Qué pensará usted?</p> + +<p>—Que no han encontrado el pretendiente de sus sueños—respondí sin +reflexionar.</p> + +<p>—Ya lo ve usted... Usted misma, una amiga, participa de la opinión +general. Si no encuentran el pretendiente de sus sueños, es +evidentemente porque éste no es tal pretendiente... Convengamos en que +hay aquí un «dejado por cuenta» evidente.</p> + +<p>—Acaso mis amigas tienen pretensiones por encima de su situación de +fortuna y...</p> + +<p>—Sí, lo concedo, y de eso tiene la culpa la educación moderna; pero, en +suma, sus amigas de usted serían «dejadas por cuenta» puesto que los +pretendientes que ellas aceptarían no las quieren...</p> + +<p>—Pero—entonces balbucí confundida,—las solteronas han hecho ellas +mismas su reputación...</p> + +<p>—En mucha parte, sí—afirmó la de Ribert.—Las solteras forzosas han +gritado tanto sus desilusiones, que el mundo, generalmente poco +benévolo, ha creído que todas las solteras estaban en el mismo caso.</p> + +<p>—¡Vírgenes y mártires!—exclamó muy contrariada por esta nueva +concepción.—¡Es completo!</p> + +<p>La de Ribert y Genoveva se echaron a reír. Mi consternación les +divertía.</p> + +<p>—Y bien, ese maravilloso estado, ¿te tienta todavía?—preguntó Genoveva +con los ojos brillantes de malicia.</p> + +<p>—Sí—respondí con alguna vacilación.—Pero me fastidia, sin embargo, +pensar que las solteronas tienen un lado un tanto ridículo... ¡Qué idea, +reclamar un marido con tanta insistencia y tan poca discrección!... +¡Bah!—exclamé con más firmeza,—me siento, con todo, una aptitud +sublime para esa vocación tan desacreditada... Sin embargo, por +complacer a mi abuela, consiento en poner toda mi buena voluntad al +servicio del matrimonio. Mi amor a las solteronas no me impedirá, +probablemente, volver a empezar dentro de poco la ceremonia de los +últimos días con otro caballero.</p> + +<p>—¿No te ha curado el señor Desmaroy de esa buena voluntad?—preguntó +Genoveva sonriendo.</p> + +<p>—No, ese señor ha respondido simplemente a la pregunta que yo había +hecho al señor Boulmet. «¿Tiene corazón?» Ha resultado que tenía más del +necesario, y no ha habido más.</p> + +<p>—Sí—dijo la de Ribert muy animada,—y además no le gustaba a usted...</p> + +<p>—Absolutamente nada—exclamé con una seguridad inmutable.</p> + +<p>La de Ribert y Genoveva me abrazaron con efusión, y las dejé para volver +a mi casa.</p> + +<p>Al entrar en la cocina para decir una cosa a la buena anciana, me la vi +muy afanada delante de la mesa, con la pluma en la mano y la cara +congestionada, por los esfuerzos que hacía para escribir una carta.</p> + +<p>—Mi pobre Celestina—dije al pasar,—te vas a poner mala.</p> + +<p>—No hay cuidado... La señorita no se casa ya, y siendo así... Sé lo que +sé, y cumplo mi voto...</p> + +<p>—¿Qué voto?</p> + +<p>—Eso es cuenta mía... Asunto de conciencia...—respondió +misteriosamente Celestina.—He hecho un voto, y puesto que no se casa +usted, voy a cumplirlo... No hay más.</p> + +<p>Veo que no sacaré nada de esta obstinada y tomo el sabio partido de +dejarla cumplir su voto, que no puede ser más que alguna cosa +edificante, pues Celestina piensa siempre en todo y por todo, en la +edificación del prójimo... ¡Es hermoso!...</p> + + + +<p class="fecha">22 de noviembre.</p> + + +<p>Esta mañana nos hemos reído mucho la abuela y yo.</p> + +<p>Tenía necesidad la abuela de ver al señor cura a propósito de unos +pobres a quienes socorremos, y se fue a casa del padre Tomás. La abuela +recibió de su pastor la acogida más alegre que se puede desear. De tan +buena gana reía el señor cura, que ya empezaba la abuela a amoscarse +ligeramente, cuando aquel sacó una carta de su escritorio y se la dio +sin más explicaciones.</p> + +<p>Copio textualmente esta obra maestra que la abuela me ha traído como +dato para mis estudios sobre las solteronas; pues se trata de una carta +de Celestina al cura, la carta que tanta curiosidad me había inspirado. +Corrijo las faltas de ortografía, para facilitar su lectura.</p> + +<p class="top5">Celestina Robert al señor cura de San Aprúnculo.</p> + +<p><span style="margin-left: 2em;">«Aiglemont 15 de noviembre de 1903.</span></p> + +<p><span style="margin-left: 4em;">»Señor cura:</span></p> + +<p>»Ya no se casa nuestra señorita. Como tengo gran confianza en el buen +San Pablo, había prometido al gran apóstol dar un paso cerca de usted +en el caso de que nuestra señorita no se casara con el señor que ha +venido con motivo de las antigüedades de la señora.</p> + +<p>»Cumplo mi voto.</p> + +<p>»Pienso, señor cura, que Santa Catalina no es una verdadera solterona, +puesto que murió joven. Por esto no hay obligación de conservarla como +nuestra patrona. Este honor corresponde, sin disputa, al apóstol San +Pablo, que permitió a la gente de su tiempo y a la de los tiempos de +después, no casar a sus hijas. Aunque se enfade mi pobre señora, que no +es de esta opinión.</p> + +<p>»El día de Santa Catalina está próximo, señor cura. Para cumplir mi voto +pido al señor cura que no se celebre esta santa y que deje la fiesta de +las señoritas para San Pablo.</p> + +<p>»Su humilde servidora</p> + +<p class="r smcap">Celestina Robert.</p> + +<p class="miembro">»Miembro de la orden tercera de San Francisco, cofrade de la +Propagación de la fe, de la Santa Infancia, de San José, del +Sagrado Corazón, de las ánimas del Purgatorio, de San Antonio, +etc., etc...»</p> + +<p class="top5">Solté una sonora carcajada al leer esta epístola fantástica y también la +abuela se rió de buena gana.</p> + +<p>—Está decididamente en el aire la manía de escribir—dijo enjugándose +los ojos que estaban llenos de lágrimas.—¡En qué siglo vivimos!... Y +proponer a San Pablo...</p> + +<p>—Es una broma de Francisca—dije a la abuela, en cuanto pude +respirar.—La pobre Celestina ha sido sugestionada.</p> + +<p>—¿Cómo es eso?—preguntó la abuela incrédula.</p> + +<p>Le conté lo que había pasado con Francisca a propósito de San Pablo y el +presentimiento que yo tuve de lo que podría hacer la vieja cocinera.</p> + +<p>—¿Y qué ha dicho el señor cura?—pregunté.</p> + +<p>—Estaba tan divertido por esta petición poco común, que no pensaba en +decir su opinión. Mira la carta que me ha dado para Celestina. Léela; no +está cerrada.</p> + +<p class="top5 smcap r">Agustín Labertal,</p> + +<p class="r miembro">»Cura arcipreste de la catedral de Aiglemont,»</p> + +<p class="no">»da las gracias a la señorita Celestina Robert por su interesante +comunicación, que ha llegado tarde. Por este año no es posible ningún +cambio en la reglamentación de las fiestas habituales. El señor Labertal +aprovecha la ocasión para recomendaros a las buenas oraciones de la +señorita Robert.»</p> + +<p class="top5">—¡Calla!—dije estupefacta,—el señor cura parece que toma en serio +esta comunicación...</p> + +<p>—Tiene que usar ciertas consideraciones...</p> + +<p>—¡Consideraciones!... ¿Por qué?</p> + +<p>—Ofender a una solterona de la intransigencia de Celestina, sería +peligroso...</p> + +<p>—Sí, comprendo... El señor cura temería legítimas represalias...</p> + +<p>—Ciertamente—dijo la abuela con convicción.</p> + +<p>—Pobre señor cura, tiene miedo... Teme a los gendarmes de Dios, +¿verdad, abuela?</p> + +<p>—¿Qué gendarmes, hija mía?</p> + +<p>—Todas las devotas del género de Celestina, son los gendarmes de +Dios... A ellas corresponde la vigilancia de la parroquia entera, desde +el señor cura hasta el último niño del catecismo... Es seguramente un +monopolio.</p> + +<p>—Exageras, Magdalena.</p> + +<p>—Bien sabe usted lo contrario, abuela... Si el señor cura llega tarde a +misa, si se enreda en un <i>oremus</i> si no estaba en el confesionario a la +hora exacta, si la señora de Tal ha ido a buscarle a la sacristía, si la +señorita Fulana ha tosido en misa, todo es materia de numerosas +reflexiones... Pobre señor cura, buena falta le hace tener diplomacia...</p> + +<p>—Sí—respondió la abuela contrariada por el sesgo que tomaba la +conversación.—La diplomacia ha sido siempre una cosa tan hábil como +inteligente.</p> + +<p>—Es verdad—dije después de unos momentos de reflexión,—más vale +rodear las dificultades que tomarlas por asalto... ¿Sabes, abuela, que +no debe de ser agradable ocuparse de tantas fruslerías cuando parece que +el alma no debiera ser atraída más que por las grandes cosas?...</p> + +<p>—Ve a decir a Celestina que su proyecto no es de una importancia +capital, y verás cómo te recibe.</p> + +<p>—Pobre Celestina... ¿En qué consiste que el cerebro llega a estrecharse +hasta ese punto?</p> + +<p>—No creo que el de Celestina haya tenido nunca una amplitud notable...</p> + +<p>—Lo admito, en cuanto a Celestina. Pero ¿crees que es una excepción?</p> + +<p>—No, hija mía. Ese es uno de los escollos del celibato, pues, en mi +concepto, hay más peligro de mezquindad en la mujer que vive sola que en +la que tiene marido e hijos. Al contacto de las inteligencias que se +mueven alrededor suyo, es más difícil que una mujer se disminuya, +intelectualmente hablando: su cerebro, en vez de disminuir, tiene +tendencia a ensancharse. Lejos de atrofiarse en la tristeza de la +soledad, se expansiona en los goces de la familia... Realmente, habría +mucho que hablar respecto de esto...</p> + +<p>—¡Oh! abuela—protesté con vehemencia,—no se puede decir que una vida +está truncada cuando se tiene la dicha de vivir sin un marido, sin un +dueño, y libre de tantas vicisitudes...</p> + +<p>—Admitamos que exagero en cuanto a algunas; pero me concederás que +muchas solteronas participan de mi opinión. No todas tienen tus ideas y +las hay que se resignan difícilmente al celibato.</p> + +<p>—Las hay que no se resignan—exclamé riendo al recordar a la Bonnetable +y su mal humor.</p> + +<p>—Y bien, puesto que somos del mismo parecer, al menos en ciertos casos, +es fácil que nos entendamos. Tomemos por ejemplo, si quieres, una +soltera que lo es a pesar de sus deseos más sinceros. ¿Crees que será +dichosa y apta para ensanchar su horizonte?...</p> + +<p>—Qué sé yo...—dije con alguna vacilación.</p> + +<p>—Fatalmente tendrá que encerrarse en su concha. En lugar de tener una +piedad sincera e ilustrada, sus desilusiones la impulsan a los extremos +de la exaltación religiosa. Será una fanática de las pequeñas +devociones, de las pequeñas distracciones y de las ocupaciones pequeñas. +Pisoteará sin escrúpulo la reputación del prójimo, y se creerá en el +camino del infierno si falta a un rosario o a un sermón. Después, si no +tiene el corazón bastante noble para entregarse por completo a todos, no +pensará más que en sí misma, se replegará en su alma, en su cerebro y en +su conciencia. A fuerza de investigar sus propios pensamientos y sus más +ínfimos deseos, llegará a inspeccionar al prójimo de un modo igualmente +meticuloso. Poco a poco pensará menos en sus defectos que en los de los +demás. ¡Ah! Magdalena, una vida truncada es terrible para ella misma y +para los otros. La malevolencia sistemática engendra tantas +catástrofes...</p> + +<p>—Sí—respondí un poco pensativa,—la solterona, tal como tú la pintas, +vive en un martirio perpetuo. Todo el calor desocupado de su corazón se +transforma y se pierde... Da en hiel lo que hubiera debido prodigar en +miel... ¡Pobre solterona!...</p> + +<p>—Sí, por lo mismo que compadezco con toda mi alma a esas víctimas de la +vida, no querría, hija mía, verte tomar un camino semejante...</p> + +<p>—Yo no soy de la madera de esas solteronas... Yo no deseo casarme, sé +pensar y no estoy desocupada... No, tranquilízate; si permanezco soltera +tendré siempre el alma igual y alegre y seré un ejemplo extraordinario +de felicidad en el celibato.</p> + +<p>—Quién sabe...—murmuró la abuela pasándose la mano por la +frente.—Quién sabe... Dios te preserve de las tempestades del corazón, +mi querida nieta... Pero—dijo de pronto para ahuyentar la +melancolía,—nos hemos extraviado de Celestina... Cierra la esquela del +cura para que yo pueda entregársela, y no hables de esto a la buena +mujer. Si sospechase que estamos al corriente de su paso, guardaría +rencor al señor cura por esta indiscreción, permitida sin embargo.</p> + +<p>—¡Rencor de solterona!—exclamé fingiendo un escalofrío.—¡Qué cosa tan +espantosa!...</p> + +<p>Esperaba yo ver en Celestina los efectos de una cruel decepción, como +vajilla rota, platos echados a perder, gruñidos, empujones... Pero no, +Celestina estuvo de buen humor todo el día y hasta le oí cantar a voz +en cuello un cántico a la Virgen.</p> + +<p>La esperanza permanece en el fondo de su corazón, es cierto. Ha llegado +tarde este año, pero el que viene... ¡Pobre Santa Catalina! Ya puede +aprovechar lo poco que le queda... ¡Viva San Pablo!...</p> + + + +<p class="fecha">25 de noviembre.</p> + + +<p>Hoy gran fiesta para las solteras, jóvenes y viejas.</p> + +<p>A primera hora, esta mañana, Celestina, de muy buen humor, se paseaba en +su cocina con ardor febril.</p> + +<p>—Pero, mujer, te estás cansando—le dije con conmiseración.</p> + +<p>—No—exclamó alegremente...—Quiero que el té de la señora sea +perfecto. Eso hará rabiar a Mariana, la cocinera de la señorita +Bonnetable—añadió con la cara llena de satisfacción.</p> + +<p>—¿Por qué ha de rabiar?</p> + +<p>—La señorita sabe bien que en el último té de la señorita Bonnetable +los pasteles de chocolate estaban quemados.</p> + +<p>—¡Ah! y los tuyos...</p> + +<p>—Los míos son siempre perfectos—respondió Celestina con +vehemencia.—Además—dijo entre dientes,—he prometido dos centavos a +San Antonio si sale bien la gran merienda.</p> + +<p>Esa gran merienda de que habla Celestina con énfasis, es un simple té +que todos los años, el 25 de noviembre, ofrece la abuela a sus amigas y +a las mías solteras. De un año a otro Celestina piensa con ardor en la +cantidad de novedades que podrá introducir en los pasteles y por toda +recompensa no ambiciona más que cumplimientos, lo que, entre paréntesis, +no le falta, pues todas conocen su flaco y la adulan.</p> + +<p>A las dos y media empezó a oírse la campanilla. Genoveva, Petra, Paulina +y Francisca llegaron de las primeras. Siguioles de cerca la señorita +Sarcicourt. La Bonnetable, no habiendo podido digerir la «incalificable +agresión» de que fue objeto de parte de Francisca y de la mía, se había +excusado. Llegaron después la señorita Fontane, encantadora solterona +por convicción; la señorita Melanval, presidenta de no sé cuántas +asociaciones y ligas, y cuya única ocupación consiste en apuntar en una +cartera los nombres de las nuevas adherentes a sus queridas obras; la +señora Roubinet, de buena conversación, muy farsante y demasiado ocupada +en procurar su efecto personal para pensar mucho en los demás, con lo +que va ganando una sólida reputación de benevolencia que nadie piensa en +discutir. Faltaron otras dos amigas de la abuela, que estaban +resfriadas.</p> + +<p>Por disposición de la abuela, que temía las ocurrencias de Francisca y, +un poco, las mías, toda la juventud ocupaba el «rincón de las malas +cabezas.» Las personas serias rodeaban a la abuela.</p> + +<p>Como yo estaba un poco silenciosa, contra mi costumbre, Petra me +interpeló de repente:</p> + +<p>—Pero di algo, Magdalena; estás en las nubes. Parece que no oyes lo que +se dice.</p> + +<p>—En efecto—respondí,—estaba distraída mirando al grupo de la abuela.</p> + +<p>—¡Ah!—exclamó Petra tan desdeñosa como si se tratara del pobre +teniente Cotorrac.—¿Te interesan esas señoritas?</p> + +<p>—Mucho. Estaba pensando precisamente que la señorita Fontane debe de +ser una solterona por vocación...</p> + +<p>—Pienso como tú—exclamó Genoveva.</p> + +<p>—Sí, se ve la buena voluntad... Observad qué armoniosa es toda su +persona. La mirada, la sonrisa, la voz, el gesto, todo respira el +contento.</p> + +<p>—¿Y la señorita Roubinet?—prosiguió Genoveva.—¿Creéis que no acusa +una satisfacción perfecta?</p> + +<p>—Sí—respondí,—pero no es lo mismo. La Roubinet finge la satisfacción +de cabeza y la Fontane posee la de corazón.</p> + +<p>—¿Y la Melanval, la encuentran ustedes bien armonizada?—preguntó +Paulina, que habla poco y escucha mucho.</p> + +<p>—Esa es el colmo de la satisfacción—respondió Francisca, absorta hasta +entonces en algún pensamiento íntimo, y que pareció que se despertaba de +repente.—¡Cómo! tener la presidencia de tantas cosas y poseer el honor +de apuntar en su libro de memorias los nombres de tantas personas... es +un goce que renace sin cesar... Se está a la cabeza de una sociedad con +tan poderoso juego en las manos... Se acabó en Aiglemont el privilegio +de la aristocracia—añadió echando a Petra una mirada maliciosa;—ahora +es el reinado de la virtud... Por otra parte, sólo al ver el modo que +tiene la Melanval de mover las plumas del sombrero, de colocar la cabeza +y de hacer reverencias, se comprende su inefable dicha, al lado de la +cual no es nada la felicidad paradisíaca...</p> + +<p>—La Sarcicourt no participa de esa felicidad—hizo observar +Genoveva.—Vean ustedes cómo contrastan sus aires modestos y su palidez +con la amable animación de la Fontane y con la alegría de la Roubinet al +buscar una frase o una cita.</p> + +<p>—Veo que te vuelves burlona, Genoveva—le dije amenazándola con el +dedo.</p> + +<p>La única respuesta de Santa Genoveva como nosotras la llamamos, fue una +fina sonrisa.</p> + +<p>—¡Ay!—exclamó de pronto Francisca levantando al techo unos ojos +desesperados;—qué fastidioso es pasar la vida con solteronas...</p> + +<p>—Veo que sigues con tan poco gusto por ese glorioso estado—dijo +Genoveva con compasión.</p> + +<p>—Tengo tanto horror al celibato—respondió Francisca,—que me siento +con malas disposiciones hacia las solteras... Soy capaz de todas las +bajezas por atrapar un marido...</p> + +<p>—Yo no—respondió Petra con un movimiento de protesta.—Si deseo +casarme, al menos estoy segura de no ir hasta la bajeza. Los Brenay no +han cometido jamás malas acciones...</p> + +<p>—Tampoco los Dumais—replicó orgullosamente Francisca.—Pero—terminó +con filosofía,—alguna vez han de empezar...</p> + +<p>—Francisca exagera—se apresuró a decir Genoveva para evitar toda +protesta nuestra.—Francisca exagera siempre...</p> + +<p>—Nada de eso; no exagero—exclamó Francisca.—Quiero casarme y me +casaré—añadió con un fruncimiento de cejas que envejeció de un modo +extraño su cara, de ordinario tan animada.</p> + +<p>—¿Y tú, Paulina?—pregunté para evitar otra declaración de principios +de Francisca.</p> + +<p>—Yo—dijo Paulina ligeramente sorprendida por la pregunta,—haré lo que +quiera mamá.</p> + +<p>—¡Dios mío! qué paloma...—murmuró Francisca con despecho.—Esto se +llama un carácter fácil...</p> + +<p>—¿Por qué no he de hacer lo que quiera mamá?—replicó Paulina +asombrada.—Mamá no puede querer más que mi bien.</p> + +<p>—Sí, sí—respondió Francisca muy nerviosa.—Déjate conducir y guiar... +No pienses... No hables... No andes... Tu mamá hará todo eso por ti...</p> + +<p>—¡Oh! Francisca...</p> + +<p>—Y si necesitas sonarte, espera que tu madre te prepare el pañuelo, so +mema...</p> + +<p>—¡Oh! Francisca...—volvió a decir la pobre Paulina completamente +enfadada esta vez.</p> + +<p>—Ea, no hables tú ahora como mi madre—exclamó Francisca cada vez más +exasperada.—Me fastidias y me irritas...</p> + +<p>—¡Vamos, niñas!... ¿Qué pasa?—preguntó la abuela desde el extremo del +salón.</p> + +<p>—Pasa, señora, que estoy muy enfadada—respondió Francisca.</p> + +<p>—Venid un poco con nosotras; nuestro juicio corregirá vuestra +exuberancia.</p> + +<p>—No, no, voy a decir tonterías... No me llamen ustedes a su lado.</p> + +<p>—Sí—respondió mi querida abuela con indulgencia.—Estando prevenidas +no nos asustaremos.</p> + +<p>—Sí, sí, vengan ustedes, señoritas—insistió la Melanval, la presidenta +de las presidentas...—Tengo justamente una nueva obra que +presentarles...</p> + +<p>—¡Ah!—exclamó Francisca precipitándose de un salto a la silla que le +indicaba la abuela a su lado.—Si es una obra para casar a las muchachas +en busca de marido, cuente usted conmigo.</p> + +<p>Todas nos echamos a reír al instalarnos junto al grupo serio.</p> + +<p>—¿Está usted tan descontenta de su suerte?—preguntó la Fontane con su +amabilidad habitual.</p> + +<p>—Murmurar o quejarse—dijo sentenciosamente la Roubinet,—es oponerse a +las leyes universales...</p> + +<p>—¿Es usted quien ha inventado eso, señorita?—preguntó Francisca con +fingida dulzura volviéndose hacia la oradora.</p> + +<p>—No Francisca—respondió la Roubinet con una modestia tan afectada como +la dulzura de Francisca.—Esas palabras son de Federico el Grande.</p> + +<p>—¡Un prusiano!... ¡Qué horror!... ¿Cómo puede usted citar frases de un +enemigo de Francia?—objetó Francisca lo más seria que pudo.</p> + +<p>—El genio no tiene patria—respondió la Roubinet convencida.</p> + +<p>—Internacionalista y solterona... Es el colmo... ¡Ah!—añadió Francisca +cada vez más nerviosa,—no quiero quedarme soltera...</p> + +<p>—¿Sueña usted con el acuerdo de dos almas hermanas?—preguntó la +Roubinet, que no pensaba en enfadarse por las ocurrencias de +Francisca.—Lo comprendo... Encontrar en la vida una alma a nuestro +diapasón... ¡Qué ideal!...</p> + +<p>—La verdad es que me importa poco el diapasón—respondió +Francisca.—Hasta consiento en dar el sí bemol cuando mi alma hermana dé +el la natural... Pero, por amor de Dios que me encuentren un marido...</p> + +<p>—Pero, Francisca, ¿qué tiene usted? Algo ha debido de ocurrirle, porque +no la conozco...</p> + +<p>—Sí—respondió francamente Francisca.—Me ha ocurrido, que se +presentaba un pretendiente para mí, y mis 2.000 pesos de dote le han +puesto en fuga... como de costumbre.</p> + +<p>—¿No tenía fortuna?—preguntó la abuela.</p> + +<p>—No, señora, ninguna. 500 pesos de sueldo por toda renta.</p> + +<p>—Con los intereses de los 2.000 pesos—dijo la Sarcicourt,—pongamos 80 +pesos, el total de 580. ¿Espera usted vivir con esa cifra?</p> + +<p>—¿Por qué no?—respondió ingenuamente Francisca.</p> + +<p>—Es posible vivir con 580 pesos—replicó la abuela,—pero con otra +educación que la de usted.</p> + +<p>—Eso es lo que ha dicho el pretendiente—confesó con franqueza +Francisca.—¿Creerá, usted, señora—añadió,—que ese caballero llegó a +querer convencer a papá de que cuando no se tienen más que 2.000 pesos +de dote se impone otra educación que la mía?</p> + +<p>—¿Si?—dijo la abuela interesada.—¿Y qué respondió el señor Dumais?</p> + +<p>—Papá se enfadó al principio, y cuando volvió a casa regañó a mamá +diciendo que su debilidad era la causa de este nuevo incidente.</p> + +<p>—Pobre señora de Dumais—gimió la Sarcicourt.—Es tan buena...</p> + +<p>—Demasiado buena—dijo la abuela entre dientes.—De modo—siguió +diciendo más alto,—que no se casa usted, Francisca...</p> + +<p>—¡Ay!—respondió la aludida,—mis pretendientes no cesan de correr... +Señorita—dijo yendo a arrodillarse delante de la Melanval,—¿no tiene +usted una liga por pequeña que sea, que se ocupe de las jóvenes +casaderas?... Si no la hay debiera haberla... Sería cien veces más +útil—terminó levantándose,—que todas esas ligas que fastidian a todo +el mundo...</p> + +<p>—¡Francisca!—dijo la abuela con cierto tono de severidad,—va usted a +decir tonterías, hija mía.</p> + +<p>—Sí, es verdad... Me callo—respondió Francisca con esa gracia +irresistible que hace que se le perdonen todas sus imprudencias.</p> + +<p>—No comprendo—dijo la Fontane,—el horror que usted manifiesta por el +celibato... Eso estaba bien en otro tiempo, pero hoy le aseguro a usted +que está bien visto el quedarse soltera.</p> + +<p>—No, amiga mía—respondió vivamente la abuela.—Eso es inadmisible.</p> + +<p>—Sin embargo—añadió la Fontane reprimiendo una fuerte gana de +reír,—estamos aquí cuatro representantes del celibato, sin contar la +quinta—dijo echando una mirada a Genoveva,—y no veo lo que tenemos de +reprensible.</p> + +<p>—Eso depende de los motivos que han ocasionado en cada una el celibato. +Los hay que yo admito y otros que no—terminó la abuela, ya descontenta +al ver que iba yo a caer en mi tema favorito.</p> + +<p>—¿Cuáles son esos motivos admitidos?—suspiró la Sarcicourt,—¿es +indiscreto preguntarlo?</p> + +<p>—De ningún modo, querida amiga—dijo la abuela, ya en pleno buen +humor.—El padre Tomás, explicando este asunto a mi nieta, los enumeró +bastante sumariamente. Voy a tratar de recordarlos para complacer a +usted, aunque estoy muy cansada.</p> + +<p>—No se tome usted esa molestia, señora—interrumpió la Fontane.—Ese +asunto le es a usted antipático y voy a tratar de reemplazar a usted. +Creo—continuó, mirando a la Sarcicourt,—que una de las primeras +razones que impulsan al celibato es la abnegación.</p> + +<p>—¡La abnegación!—exclamó la Roubinet con todo el ardor de una persona +que nunca ha sabido lo que es eso.—¡Qué poesía en ese motivo!... ¡Qué +suavidad!...</p> + +<p>—Hay muchos géneros de abnegación—hizo observar Genoveva.</p> + +<p>—En efecto, puede una sacrificarse de mil modos—repuso la Fontane muy +risueña.</p> + +<p>—Se trata de encontrar el bueno—dijo Francisca, que generalmente +proclama que la abnegación es un asunto de edad y de temperamento.</p> + +<p>—Todos son buenos—respondió la Fontane.—Entre la abnegación de una +hija que se consagra a sus padres y la de una hermana que se sacrifica +por sus hermanos menores, no sé, en verdad, a cuál dar la preferencia. +Aquí son los padres muertos que dejan una familia que criar; allí unos +padres pobres o enfermos a quienes hay que atender o cuidar... Se puede +una quedar al lado de un hermano soltero para cuidarle la casa... Un +hermano que se queda viudo necesita a su hermana para vigilar a los +pequeños, dirigir a los mayores y ser una madre para todos... Un hermano +sacerdote nos reclama... Una hermana enferma nos absorbe... Y luego, +fuera de la familia, se encuentran nobles causas de abnegación...</p> + +<p>—Dios mío—interrumpió Francisca,—bastantes hay ya; no añada usted +más...</p> + +<p>—¡Niña mimada!... Debe usted comprender, Francisca—siguió diciendo la +Fontane,—que hay almas que sienten la necesidad de sacrificarse por el +prójimo en un marco más ancho que el de la familia. Existen muchas +nobles hermanas de la caridad, seglares.</p> + +<p>—Sí—respondió Francisca poco convencida,—para las almas hermosas +puede tener atractivos todo eso... Para las almas inferiores como la +mía, no tiene ninguno.</p> + +<p>—Yo creí, Francisca—dijo la abuela con tono de reproche,—que tenía +usted corazón.</p> + +<p>—Mi corazón se atrofia en el celibato—respondió Francisca sin +miramientos.—Siento que me voy volviendo mala...</p> + +<p>—Buena solterona—murmuró Petra a la sordina.—Esto promete para el +porvenir.</p> + +<p>—Entonces, Francisca—dijo la Fontane,—no es usted de aquellas a +quienes retiene en la pendiente del matrimonio un sentimiento de pudor +virginal...</p> + +<p>—Absolutamente—respondió Francisca con la inconsciente franqueza que +brilla en todas sus palabras y que le vale tantas críticas.—¿Existen, +pues, casos de ese género?...</p> + +<p>—Ciertamente. ¡Cuántas almas temen los rozamientos de la vida!...</p> + +<p>—Sí—hizo observar la Melanval bajando púdicamente los párpados,—el +matrimonio no es un modo de existencia propio de las naturalezas finas y +delicadas...</p> + +<p>—¡Oh!—protestaron la abuela, Francisca y Petra.</p> + +<p>—Yo misma—continuó la presidenta,—me he estremecido siempre de horror +al pensar que un caballero hubiera podido besarme...</p> + +<p>—Entonces—exclamó Francisca,—no tenía usted más que besarlo la +primera, y así...</p> + +<p>—¡Francisca!—dijeron todas a coro.—<i>Schoking</i>...</p> + +<p>—Francisca razona como una niña caprichosa—respondió la +Melanval.—Habrá que cuidar esa imaginación—añadió un poco +descontenta.—Si no pone usted remedio se va a destruir cerebro, corazón +y alma. Mala pendiente, hija mía; muy mala pendiente...</p> + +<p>—¿Qué le voy a hacer?—suspiró Francisca en tono burlón.—Es el efecto +en mí del celibato... Hay jóvenes que se vuelven de azúcar, como +Genoveva; hay otras que se ponen más agrias que un limón, como yo... No +comprendo por qué tienen ustedes todas, trazas de encontrar magnífico +ese sentimiento de pureza virginal de que hablan. Eso es bueno para una +monja, pero cuando no se siente una llamada hacia Dios...</p> + +<p>—Ciertas almas—respondió la Fontane,—prefieren su blancura de armiño +a todos los goces de la vida... Ese sentimiento purísimo es +infinitamente respetable, tanto como hermoso.</p> + +<p>—Y muy raro—dijo la abuela echando a Francisca una mirada terrible +para que no dijera alguna nueva tontería.</p> + +<p>—Es muy difícil el saberlo exactamente—respondió la Fontane.—La +pureza extrema siendo silenciosa, las almas que han huido del matrimonio +para sacrificarse a ese deseo virginal, no lo cuentan generalmente. Es +un secreto entre ellas y Dios.</p> + +<p>—¡Secreto ideal!... ¡Secreto de amor!...—murmuró la Roubinet con la +cara satisfecha de un niño que está comiendo dulces.</p> + +<p>—En materia de secretos de amor—dijo la Fontane,—hay también +afecciones interrumpidas por la muerte, la traición o cualquiera otra +causa. Esas afecciones dejan en el corazón de ciertas jóvenes una huella +bastante profunda para que no sea posible otro amor... No habiendo +podido casarse con el que amaban, esos corazones fieles prefieren vivir, +envejecer y morir solos...</p> + +<p>—¡Ah!—dijo Francisca estremeciéndose.—Nos deja usted heladas... Si +eso es el amor no le quiero.</p> + +<p>—¡Qué hermoso es el amor!—murmuró la Roubinet.</p> + +<p>—Muy hermoso—replicó la abuela,—pero muy peligroso para cabezas +jóvenes.</p> + +<p>—No para la mía—objetó Francisca triunfante.</p> + +<p>—¿Quién sabe?...—exhaló Genoveva en un aliento apenas perceptible.</p> + +<p>—Una de las causas más frecuentes de celibato—dijo la Fontane,—es +tener un carácter demasiado independiente.</p> + +<p>—Detestable causa—exclamó la abuela dirigiéndome un suspiro.</p> + +<p>—No es ese mi caso—afirmó la Sarcicourt, que temía probablemente que +se le imputase semejante disposición.—En mi vida he sabido lo que era +tener ideas fijas y personales...</p> + +<p>—¡Pobre amiga!—respondió Francisca llena de lástima.</p> + +<p>—Esa independencia de carácter—continuó la Fontane,—no sólo es un +motivo de celibato del lado femenino, sino que asusta también a no pocos +jóvenes. ¿Qué vamos a hacer—piensan—de una mujer autoritaria y +déspota?...</p> + +<p>—Ahogarla—exclamó Francisca pensando en la Bonnetable y en el deseo ya +formulado.</p> + +<p>—Es un remedio un poquito radical—opinó la Sarcicourt, que no está por +las medidas violentas.</p> + +<p>—No se emplea casi nunca—respondió la Fontane.—Existe, por otra +parte, el contraste de la independiente, y es la joven a quien todo +asusta, la que teme las responsabilidades del matrimonio y rehuye la +carga de almas que ese estado lleva consigo.</p> + +<p>—¡Qué valentía!—exclamó Genoveva riendo.—Eso huele a las Cruzadas, +¿eh, Petra?</p> + +<p>Petra se encogió de hombros amablemente sin decir nada.</p> + +<p>—El divorcio y la inseguridad en el matrimonio—prosiguió la +Fontane,—provocan igualmente la vocación del celibato en algunas +muchachas...</p> + +<p>—Lo que pasa en el mundo es verdaderamente espantoso... ¡Qué negro +abismo!—exclamó la Melanval.</p> + +<p>—«Corromper y ser corrompido, ha dicho Tácito, es lo que se llama el +siglo»—dijo la Roubinet orgullosa de su frase.</p> + +<p>—Por fortuna—observó la Melanval,—tenemos obras para evitar todos +esos peligros... Así, la obra de la reforma social...</p> + +<p>—No es suficiente—terminó Francisca con un resplandor malicioso en los +ojos.—Haría falta una obra de los desengañados, una unión de las +separadas, una liga contra los divorcios, una federación de celosas, y +qué sé yo cuántas cosas más... ¿Tiene usted una asociación contra el +celibato obligatorio?... Pues sería de primera utilidad. Admitirá usted +fácilmente que si los motivos enumerados por la señorita Fontane +impulsan al celibato, hay otros que le crean... sin impulsar a él...</p> + +<p>—Ciertamente—respondió la Fontane con sonrisa burlona.—La +insuficiencia del dote cuando se es gastadora, es una de esas causas +temibles y temidas.</p> + +<p>—Esto es lo que se llama recibir una estocada—articuló +Francisca.—<i>Mea culpa</i>... <i>Mea culpa</i>...</p> + +<p>—Los pretendientes toman miedo a las mujeres que les llevarían tan +graves motivos de alarma.... Además, hay que tener en cuenta las +presunciones de las muchachas que se estiman en un alto valor, siendo +así que...</p> + +<p>—Que no valen gran cosa...—concluyó Petra.—Me reconozco a mi vez... +<i>Mea máxima culpa</i>...</p> + +<p>—¿Para qué tantas pretensiones?—preguntó la Melanval.</p> + +<p>—Es muy sencillo—respondió Petra.—Yo deseo el nombre, la familia, la +fortuna, la respetabilidad, las relaciones y un físico agradable.</p> + +<p>—¡Mucho es eso!—exclamó la Melanval.</p> + +<p>—Tengo veinte mil pesos de dote...</p> + +<p>—Es poco—hizo constar la Melanval.—Hagamos un pequeño sacrificio... +¿El nombre?</p> + +<p>—Imposible... ¿Un matrimonio desigual?... Horror...</p> + +<p>—La familia va con el nombre. ¿La fortuna?...</p> + +<p>—Jamás... Se va el dinero de las manos sin echarlo de ver.</p> + +<p>—Entonces—replicó la Melanval un poco extrañada—no queda nada que +sacrificar, pues la respetabilidad es necesaria. Como no sea el +físico...</p> + +<p>—Me es indispensable—respondió sencillamente Petra.</p> + +<p>—¡Bah! ya irá usted rebajando, hija mía—dijo la abuela con su dulce +filosofía.—Y quiera Dios que no sea tarde—suspiró pensando en el +teniente Cotorrac.</p> + +<p>—Es lo que yo digo algunas voces a mamá—dijo Paulina un poco confusa +por no ser de la opinión de su madre.—Mamá, que me quiere mucho, sueña +para mí con una situación brillante, y... con diez mil pesos de dote... +no sé si...</p> + +<p>—¿Si conquistarás esa situación?—acabó Francisca riéndose.—Creo que +no, mi pobre Paulina... Rebaja pronto... pronto... Ya quisiera yo tener +que rebajar algo—gimió Francisca,—pero no puedo disminuir mis +pretensiones a no ser que me case con un gañán, con un marmitón o con un +mono vestido, lo que está lejos de ser tentador.</p> + +<p>—¡Ah!—suspiró la Sarcicourt;—no estamos ya en los tiempos en que la +gente se contentaba con una choza y un corazón...</p> + +<p>—¡Dichosa época!—exclamó la Roubinet.—Pero si no tenemos ya esas +graciosas costumbres, sepamos acomodarnos, como decía Máximo del Camp, +al tiempo en que vivimos; sólo en esto reside el gran arte de la vida.</p> + +<p>—La falta de salud—dijo la Fontane, llevando la conversación a su +punto de partida,—asusta también a muchos pretendientes. ¿Qué hacer de +una mujer enferma?...</p> + +<p>—Cuidarla—murmuró Francisca con irónica piedad.—Pero esos hombres son +tan detestables enfermeros...</p> + +<p>—Es cierto—dijo la abuela,—que se debería vigilar escrupulosamente la +salud de la mujer lo mismo que la del hombre en todos los matrimonios, +y, en caso de incertidumbre, prohibirles una unión llena de peligros.</p> + +<p>—¡Cómo!—exclamó asombrada.—Ahora es la abuela partidaria del +celibato... ¡Qué conquista!...</p> + +<p>—¿Y dónde me dejan ustedes el amor al estudio y la pasión por las +artes?—interumpió la Roubinet.—En nuestra época hay muchas jóvenes +que prescinden del matrimonio para seguir esa vía privilegiada.</p> + +<p>—¡Bah!—dijo la abuela.—¿Son las jóvenes sabias y las artistas en flor +las que renuncian al matrimonio, o es el matrimonio el que no las +quiere?</p> + +<p>—La estadística se calla en este punto—respondió la Roubinet +ligeramente confusa.—Pero he leído con gran satisfacción la vida de +ciertas solteronas sabias o artistas—dijo con su énfasis habitual.</p> + +<p>—¡Oh!—exclamó Petra.—Creo que sueña usted.</p> + +<p>—No, por cierto—insistió la Roubinet.—Así, en literatura...</p> + +<p>En este momento entró Celestina con una bandeja cargada de pasteles de +perfumes variados, e interrumpió a la Roubinet.</p> + +<p>—Suplico a usted que espere un poco—dije a la oradora.—Déjeme servir +el té, pues sentiría mucho no oír a usted.</p> + +<p>—Vaya usted, vaya, Magdalena—respondió la Roubinet muy halagada por mi +petición.</p> + +<p>—¡Qué delicioso perfume de flor de azahar!—exclamó Francisca +apoderándose de un plato de mostachones para presentárselo a las +invitadas.—Es un perfume de circunstancias... Hoy, fiesta de Santa +Catalina, todo debe ser flor de azahar.</p> + +<p>—¡Oh!—dijo haciendo monadas la Roubinet,—yo prefiero unas gotas de +ron en el té... Si me hace usted el favor, Magdalena...</p> + +<p>—¡Cuidado!—exclamó Francisca;—el ron es un perfume de coraceros...</p> + +<p>—No me importa—aseguró la Roubinet,—mi estómago le recibe muy bien.</p> + +<p>—El mío no—dijo dulcemente la Sarcicourt.—El médico me prohíbe los +licores fuertes... Una gotita de leche, Magdalena, si usted gusta.</p> + +<p>Cada cual tuvo al fin lo que deseaba, y la conversación se volvió a +animar.</p> + +<p>—¿Cree usted—dijo Genoveva dirigiéndose a la Roubinet,—que las +solteronas cuentan en sus filas muchas literatas distinguidas?</p> + +<p>—¡Cómo! Genoveva—dijo la Fontane,—¿olvida usted a nuestra ilustre +Eugenia de Guerín?...</p> + +<p>—No, pensaba en ella, así como en Clarisa Bader y en la Bremer. Pero no +conozco muchas más.</p> + +<p>—¡Cómo!—exclamó la Roubinet con indignación.—¿No conoce usted a la +señorita de Marchef, que compuso un libro titulado «<i>Las mujeres, su +pasado, su presente y su porvenir...</i>»? ¿Ni a la señorita Bertin, que +hizo un volumen coronado por la Academia Francesa y hasta compuso dos +óperas?... Hay además Miss Frances Brown, poetisa; Miss Martineau, la +ilustre filósofa de opiniones un poco atrevidas... Miss Cummins, Miss +Sedwick, Miss Wetherell, Miss Lothropp, Miss Johnson, americanas cuyas +obras habrá usted leído; Miss Pardoc y Miss Kavanagh, novelistas +inglesas; las señoritas Poulet y Luisa Stappaerts, poetisas belgas; la +señorita Gatti de Gamond, prosista de mérito; las señoritas Fleuriot, +Marechal y Monniot, cuyas obras han hecho la dicha de las generaciones +nuevas, y no sé cuántas más...</p> + +<p>—¡Qué diluvio!—exclamó la abuela.—¡Cómo las solteronas tienen la +pluma tan intemperante!... Ya no me extraña que Magdalena...</p> + +<p>—¡Abuela!—imploré.</p> + +<p>—La pintura—prosiguió la Roubinet poseída de su asunto—cuenta también +solteronas de talento. No citaré a usted más que dos de las más +ilustres: la gran artista holandesa María Van-Osterroyek, que vivió en +el siglo <span class="smcap">XVII</span>, y nuestra gran francesa Rosa Bonheur...</p> + +<p>—¡Qué nombres y qué artistas!... Cuánto celebro ver que las solteronas +están tan favorecidas...</p> + +<p>—¿Por qué no habían de serlo?—preguntó la Melanval.—Las solteras +encierran bastantes mujeres de bien para tener el derecho de +enorgullecerse con las mujeres de talento que figuran en sus filas.</p> + +<p>—Con más motivo—añadió la abuela,—porque no pueden ustedes citar +personas vivas. Nada asegura que no se casarán...</p> + +<p>—Sí—dijo la Fontane,—se han visto casos en estos últimos tiempos.</p> + +<p>—Hablen ustedes de las mujeres de bien—dijo la Melanval;—será más +edificante...</p> + +<p>—Ahí tenemos a Celestina—exclamó Francisca dirigiendo una sonría a la +anciana criada que entraba en este instante para llevarse las tazas del +té y todo lo que nos molestaba. Pero Celestina hizo como que no había +oído.</p> + +<p>—Las mujeres de bien solteronas son demasiado numerosas—siguió +diciendo la Fontane.—Creo que habría que nombrarlas todas para no +cometer error. ¿Qué solterona no ha contribuido al bien de la familia o +de la sociedad?...</p> + +<p>—La señorita Bonnetable—aseguró Francisca.</p> + +<p>—Silencio, Francisca,—exclamó la abuela.—El carácter de la señorita +Bonnetable no le impide ser muy buena en el fondo.</p> + +<p>—Sí, señora—respondió Francisca,—en el último fondo, en el sitio que +no se ve ni se oye, es buena y dulce como el azúcar.</p> + +<p>—Niña cruel—dijo la abuela encogiéndose de hombros.</p> + +<p>—Lo cierto es—siguió diciendo la Melanval,—que la mayor parte de +nuestras obras tienen como presidentas o como fundadoras mujeres +solteras... Sería imposible hacer una lista...</p> + +<p>—No veo la dificultad—dijo Francisca disimulando un bostezo.—No hay +más que coger la nomenclatura de los premios de virtud en la Academia; +eso no puede servir de base.</p> + +<p>—Detestable burlona—murmuró la Melanval contrariada. Y añadió +dirigiéndose a la Fontane:—creo que hay que convenir entre nosotras que +si todas las mujeres de bien no son solteras, en cambio todas las +solteras son mujeres de bien.</p> + +<p>—¡Felices ellas!—exclamó Petra.—Ese es un panegírico bien sentido...</p> + +<p>—En un día de Santa Catalina era obligatorio,—repuso Francisca.—Y por +cierto que han olvidado ustedes el citar a esta pobre santa entre las +ilustres solteronas... Tengo una vaga idea de que fue una filósofa +distinguida.</p> + +<p>—Y una mártir incomparable—añadió la Melanval santiguándose.—¡Buena +Santa Catalina!...</p> + +<p>—<i>Ora pro nobis</i>—exclamaron a la vez Petra y Francisca que se reían +con toda su alma.</p> + +<p>—No, no—dijo Francisca dando un salto;—no queremos formar parte de la +corporación.</p> + +<p>—Y tienen ustedes razón, hijas mías—respondió la abuela siempre llena +de indulgencia por las jóvenes deseosas de casarse.—Recen ustedes a +San José y será mucho mejor...</p> + +<p>—Además—añadió la Roubinet mirando a Francisca con intención,—al +rezar a nuestro gran patriarca cuide usted de conservar su gracia y su +humor apacible:</p> + +<p class="poem"> +<span style="margin-left: 2em;">Con la sonrisa en los labios</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Y con la gracia en los ojos</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">La virtud es aún más bella...</span><br /> +</p> + +<p>—Bonitos versos—dijo la abuela.—¿De quién son?</p> + +<p>—De uno de mis autores favoritos—respondió la Roubinet muy contenta +por haber hecho efecto.—Son de Laprade.</p> + +<p>—¿Laprade?—murmuró Francisca reuniendo sus recuerdos.—Creo haber +leído algo de ese buen señor... ¡Qué aburrido era!...</p> + +<p>Genoveva y Paulina trataron de hacer callar a Francisca, pero fue inútil +felizmente, pues sus palabras se perdieron en el ruido de las +despedidas.</p> + +<p>—Espera—me dijo Francisca al oído al tiempo de despedirse de la +abuela,—voy a dejar con la boca abierta a la Roubinet con mi erudición. +Escucha bien.</p> + +<p>Y haciendo una graciosa reverencia a la abuela, Francisca declamó con +gracia:</p> + +<p class="poem"> +<span style="margin-left: 2em;">Si el tiempo se va, señora,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Nosotras también nos vamos...</span><br /> +</p> + +<p>Una risa general acogió esta nueva broma de Francisca, que había +encontrado medio de desnaturalizar el pensamiento del poeta.</p> + +<p>—Delicioso—exclamó la Roubinet extasiada.—Yo conozco estos versos, +pero no recuerdo el nombre del autor... Venga usted al socorro de mi +memoria infiel, Francisca.</p> + +<p>—Esos versos son de uno de mis autores favoritos—parodió +Francisca.—Son de Ronsard...</p> + +<p>—¡De Ronsard!—exclamó la Roubinet sofocada.</p> + +<p>—Sí, señorita—terminó Francisca,—rabie usted... Usted no nos ha dado +más que Laprade...—Y repitió con una mueca desdeñosa:—Laprade...</p> + +<p>Todas exclamaron en coro en medio de las risas que reinaban:</p> + +<p>—¡Oh! Francisca...</p> + + + +<p class="fecha">3 de diciembre.</p> + + +<p>He pasado una gran parte del día en la Catedral. Hoy era la fiesta de +Santa Catalina, fiesta parroquial tan sólo, pero interesante por el gran +número de personas a quienes se refiere.</p> + +<p>¡Cuántas distracciones tuve en la misa mayor!</p> + +<p>Aunque salí de la casa con buenas disposiciones de fervor, mi +insoportable imaginación hizo de las suyas. Hasta el Ofertorio todo fue +bien, pero en ese momento, curiosa de reflexionar un poco sobre la +innumerable cantidad de solteronas que desfilaban delante de mi vista, +me extravié completamente.</p> + +<p>En seguida clasifiqué a las personas que pasaban en mis tres grandes +divisiones:</p> + +<p>Solteronas voluntarias.</p> + +<p>Solteronas resignadas.</p> + +<p>Solteronas recalcitrantes.</p> + +<p>Vuelta a casa, continué mis meditaciones y he aquí lo que llegué a poner +en claro en conjunto.</p> + +<p>La solterona voluntaria, diga lo que quiera el padre Tomás, se distingue +a primera vista. Es viva, aunque sea reumática y sobre todo si es +nerviosa. Su fisonomía es apacible y animada, su mirada benévola y su +sonrisa bondadosa.</p> + +<p>La resignada es melancólicamente trivial: mirada apagada, sonrisa +triste, modo de andar frío. A diez pasos y aun de más lejos se la conoce +de una mirada.</p> + +<p>La recalcitrante es... recalcitrante. ¡Qué aspecto de mal genio!... En +lugar de la sonrisa amable de la primera y de la dulzura borrosa de la +segunda, es enteramente alarmante. Mirada dura, labios secos, modo de +andar irritado. En vano se esfuerza la piedad por dar a su fisonomía un +aspecto de ternura; se ve el esfuerzo y no se adivina la paz.</p> + +<p>Irremediablemente formadas en mi mente las tres grandes divisiones, pasé +a las subdivisiones.</p> + +<p>Las solteronas voluntarias se reclutan evidentemente entre las que se +han dejado guiar en la elección de su existencia por motivos de +abnegación, o un sentimiento de pureza virginal, o el recuerdo de una +afección muerta, o el amor de la independencia, o ese vago esceptismo +que se apodera de tantas jóvenes, o por el temor de las +responsabilidades, espantosas en efecto para quien reflexiona.</p> + +<p>El amor al estudio y a las artes hace descontentas o satisfechas, según +que el celibato proviene de la libre elección o del encadenamiento de +las circunstancias. Estas, según sus tendencias personales, se vuelven +entonces resignadas, si son de humor acomodaticio, o sublevadas si +pertenecen a la categoría de las violentas.</p> + +<p>La misma observación respecto de la falta de salud. La solterona se ha +sustraído por sí misma al matrimonio o la han sustraído. En la primera +suposición, su alma tranquila y estoica impone silencio a su corazón y +le da los medios de llegar a las dulzuras del celibato voluntario. En +la segunda, se lamenta, se entristece, no piensa más que en su mala +salud, envidia la suerte de las jóvenes más favorecidas en este concepto +y acaba por dar un ejemplo notable de rebelión en el celibato.</p> + +<p>—Sin mi mala salud—murmura,—hubiera podido casarme... A mi mala salud +debo, pues, el tener que vivir sola...</p> + +<p>—En cuanto a la insuficiencia de dote o a la exageración de +pretensiones, que hace que una solterona sería feliz al aceptar a los +cuarenta años el partido que ha renunciado a los veinte, no creo +engañarme haciendo de esos dos motivos la causa inicial del gran +ejército de las recalcitrantes.</p> + +<p>Estas recalcitrantes no han renunciado al matrimonio; son los +pretendientes los que no han querido presentarse. Por una parte, el dote +era tan pequeño y tan desproporcionado con la fortuna, que era imposible +que los hombres de buen sentido se arriesgasen a la gran aventura del +matrimonio con semejantes jóvenes. Por otra parte, el dote estaba tan +poco en relación con las pretensiones emitidas, que había pretendientes +que no se atrevían a pedir lo que otros no se dignaban solicitar.</p> + +<p>En las pequeñas poblaciones es cosa corriente que la joven de buena +familia, sin dote o con uno muy pequeño, participe de la educación y de +los placeres de las muchachas ricas: piano torturado, pintura profanada, +fútiles trabajos de aguja de los que enseñan a una joven a apasionarse +por lo superfino cuando no tiene siquiera lo necesario...</p> + +<p>Todos estos tipos de solteronas viven juntas en medio del alegre +concierto de burlas imparcialmente distribuidas a todas sin distinción +de mérito.</p> + +<p>Cuando se quiere designar un carácter susceptible se dice:</p> + +<p>—Es una solterona.</p> + +<p>Cuando se habla de un espíritu estrecho y vulgar, se exclama con mirada +desdeñosa:</p> + +<p>—Qué se puede esperar de una solterona...</p> + +<p>Si se trata de una devoción mal comprendida, todo el mundo se encoge de +hombros y murmura:—Es una verdadera solterona...</p> + +<p>Si por casualidad se hace alusión a costumbres rutinarias, al egoísmo o +a las conversaciones agridulces, todos repiten:</p> + +<p>—Qué propio es de una solterona...</p> + +<p>Para pintar un traje extravagante se exclama:</p> + +<p>—Vaya una facha de solterona...</p> + +<p>Si por ventura recae la conversación sobre la pasión de los gatos, de +los perros, de los pájaros o de los cintajos amarillos, brota un grito +unánime:</p> + +<p>—Gustos de solterona...</p> + +<p>En fin, última y suprema ofensa, si se quiere calificar a alguna persona +profundamente inútil a la sociedad, todos proclaman:</p> + +<p>—Inútil como una solterona...</p> + +<p>Véase cómo la solterona se convierte en un objeto antipático cuando +debiera ofrecer el más singular de los atractivos, el de un enigma que +descifrar.</p> + + + +<p class="fecha">9 de diciembre.</p> + + +<p>¡Cuántas mudanzas en lo que constituye una vida de joven soltera!... +Ayer todo era tranquilidad absoluta; hoy empiezo de nuevo a subir el +calvario de una muchacha casadera... ¡Qué fastidio!... Y pensar que es +el padre Tomás a quien debo esta resurrección de las complicaciones.</p> + +<p>Esta mañana me previno la abuela que deseaba hacer conmigo algunas +visitas por la tarde. A las dos subí a mi cuarto para ponerme el traje +de rigor, cuando la abuela me hizo sufrir un examen imprevisto.</p> + +<p>—¿Qué vestido te pones?</p> + +<p>—El gris, corte de sastre.</p> + +<p>—El gris... No, yo preferiría el azul marino con aquella linda pechera +que tan bien te sienta. Debajo del abrigo de pieles ligeramente +entreabierto, hace muy bien...</p> + +<p>—Pero yo no tengo conquistas que hacer, abuela... ¿Cree usted útil que +me ponga el traje número uno?...</p> + +<p>—Sí... sí... ¿Qué sombrero?...</p> + +<p>—El Santos Dumont.</p> + +<p>—No, ese no... Ponte más bien el de la pluma amazona que te sienta +maravillosamente sobre tu cabello rubio.</p> + +<p>—¿Maravillosamente?... Bueno, abuela.</p> + +<p>Me vestí muy pensativa... ¿Qué significaban esas precauciones +inusitadas?... ¿Qué las idas y venidas de la abuela, que ha salido estos +días varias veces de tapadillo?... Verdaderamente todo esto me parecía +poco claro y empezaba a temer seriamente un atentado premeditado contra +mi libertad, cuando tomé confianza al ver que la abuela se dirigía, y me +dirigía por consiguiente, hacia el Colegio Libre.</p> + +<p>—En casa del padre Tomás—murmuré para mis adentros,—no hay nada que +temer... La feria del matrimonio no tiene allí puesto.</p> + +<p>Llamé, pues, con todo el candor de una perfecta quietud y no encontré +extraordinario que el cura no estuviese solo. Muy ocupado en hablar de +buenas obras con un caballero bastante feo, que parecía un tarro de +tabaco, el cura nos acogió, sin embargo, con una alegría muy +halagüeña... Evidentemente no había la menor mala intención en aquellos +ojos eternamente maliciosos ni en aquella risa tan franca.</p> + +<p>La abuela, no queriendo interrumpir la conversación de aquellos señores, +se confundió en excusas y suplicó al cura que nos dejase aprovechar sus +luces comunes continuando su plática.</p> + +<p>El caballero tarro de tabaco nos fue presentado. Se llama Teodoro +Baurepois y practica como especialidad la salvación de Francia. Tuvimos +el gusto de oír interesantes cosas sobre el socialismo cristiano, los +círculos obreros, la protección de los patronos, los retiros y un +diluvio de teorías... El caballero habla bien y se expresa con +facilidad y hasta con elegancia. El padre Tomás parece que le da gran +importancia y le exhibe como una coqueta enseñaría una sortija.</p> + +<p>La abuela, por discreción, hizo una visita muy corta. Mi inocencia no +sospechó del señor de Baurepois, el cual no me parecía de la madera de +que se hacen los maridos.</p> + +<p>En casa de la Bonnetable, olvidada ya de su enfado, esperé en vano al +señor en honor del cual me había puesto mi traje azul y el sombrero cuya +pluma, etc.</p> + +<p>En casa de la señora de Ribert, ni sombra de pretendiente.</p> + +<p>En casa de la Roubinet, nada más que un diluvio de flores de retórica.</p> + +<p>En casa de la Sarcicourt, absolutamente nada...</p> + +<p>Me resigné fácilmente a pensar que el pretendiente—porque debía de +haberlo—había llegado tarde al tren.</p> + +<p>—Otro día será—pensé con alguna angustia ante la idea de volver a +empezar las fases de mi atavío de conquista.</p> + +<p>La abuela se encargó de desengañarme con una pregunta tan brusca como +imprevista.</p> + +<p>—¿Qué te parece el señor de Baurepois, Magdalena?</p> + +<p>—Muy feo—respondí con indiscutible sinceridad.</p> + +<p>—Sí, no es un Adonis, ya lo sé... Pero su corazón... su inteligencia...</p> + +<p>—Su corazón, abuela, parece muy vasto a juzgar por la extensión y el +número de las obras a que se dedica... Su inteligencia debe de tener +las mismas dimensiones... Seguramente es un alma poco vulgar...</p> + +<p>—¡Ah! querida—exclamó la abuela besándome con efusión.—Qué dichosa +soy al oírte juzgar así al señor Baurepois... Temía que su físico...</p> + +<p>—¿Su físico?...—respondí disimulando una sonrisa.</p> + +<p>—Sí, temí que te impresionase contra él... Pero el padre Tomás, que es +un hombre de gran talento, me había dicho que él conduciría la +conversación de manera que quedases conquistada...</p> + +<p>—¿Conquistada?... Entonces se conquista ahora a las muchachas con +discusiones sociales...</p> + +<p>—Las muchachas serias—respondió la abuela ligeramente +ofendida,—tienen así ocasión de apreciar a un pretendiente... ¿Qué más +quieren?</p> + +<p>Solté una carcajada vibrante, prolongada, interminable.</p> + +<p>—De modo, abuela, que el señor de Baurepois era un pretendiente...</p> + +<p>—Ciertamente—balbuceó la abuela.—¿Por qué no?</p> + +<p>—¿Y el padre Tomás ha tratado de encontrar una conversación seductora?</p> + +<p>—Seguramente—dijo la abuela, que no comprendía mis preguntas.</p> + +<p>—Pues bien, el señor de Baurepois es horrible y su conversación... +cargante, como diría Francisca.</p> + +<p>—¡Oh! estas muchachas...</p> + +<p>—Figúrate una conferencia entre un señor que quiere salvar a Francia y +su pobre mujer... Cada uno de sus desengaños recaerá en la +desgraciada... Cada <i>meeting</i> fracasado será una ocasión de +recriminaciones... Cada <i>speech</i> interrumpido constituirá un motivo de +discordia... Y los artículos de los periódicos... Y los ataques +personales... Y las perfidias de los amigos políticos... Figúrate el +despertar por la mañana: «¡Ah! amiga mía, <i>La Linterna</i> se va a meter +conmigo»—«No, amigo mío.»—«Sí sí, siento que voy a recibir alguna cosa +desagradable.»—«Pero mi pobre Teodoro, te alarmas sin motivo.»—«Pues +si no es <i>La Linterna</i>, será <i>La Acción</i>.»—«Nada de eso, está +tranquilo. Además, <i>La Autoridad</i> te defenderá si te atanca.»—«¿Tú +crees?»—«<i>La Autoridad</i> está en el caso de administrarme una paliza +disimulada... Me defenderá criticándome.»—«Pues bien, amigo, espera +para apurarte a que ocurran todas estas cosas.»—«¡Ah! así sois las +mujeres, descuidadas, frívolas, egoístas... El padre Tomás me ha +engañado sobre tu carácter. No tienes nada de lo que hace falta para un +hombre de mi valía.» ¡Ay! abuela, no quiero despertar de esta manera...</p> + +<p>La abuela se encogió de hombros.</p> + +<p>—¡Qué niñada, Magdalena!... Estás desbarrando... Y yo que esperaba que +la belleza moral del señor de Baurepois...</p> + +<p>—Permíteme, abuela. No niego la belleza moral del señor de Baurepois... +Es hasta probable que si yo conociera a ese señor un poco más, me +gustaría bastante para olvidar a la larga las imperfecciones físicas que +me ciegan por el momento. Esa belleza moral está demasiado oculta... El +salvar a Francia es hermoso, no digo que no, pero, entre nosotras, yo no +tengo tanta ambición. Mi alma burguesa estaría más conforme con una +dicha más tranquila y menos ilusoria... Un marido que me hiciera feliz +es todo lo que yo pediría.</p> + +<p>—Y bien, el señor Baurepois...</p> + +<p>—Temo que me aburriría mortalmente.</p> + +<p>—Trate usted de gustar a una muchacha...—murmuró la abuela con una +desesperación que hubiera sido cómica a no ser tan sincera.—Oye—me +dijo dejándome para no ceder a la tentación de regañarme,—quiero creer +que no es esa tu última palabra. Tengo los informes más perfectos sobre +el señor de Baurepois. Como fortuna y como relaciones no encontrarás +cosa mejor... Es un hombre serio... Reflexiona.</p> + +<p>Y la abuela desapareció sin dejarme decir una palabra.</p> + +<p>De modo que estoy lucida... Después del señor Desmaroy, el señor de +Baurepois... De Escila a Caribdis... ¡Qué agradable situación la de una +joven casadera!...</p> + + + +<p class="fecha">16 de diciembre.</p> + + +<p>La abuela acepta difícilmente mi negativa respecto del señor de +Baurepois, dice que me porto como un chorlito y lamenta mi deplorable +obstinación.</p> + +<p>El padre Tomás, aunque más conciliador, confiesa que le ha sorprendido +desagradablemente lo que él llama el fracaso de mi inteligencia y de mi +razón.</p> + +<p>—Rehusar un joven ocupado en cuestiones tan elevadas... Y yo, que creía +que su conversación había encantado a usted...</p> + +<p>—Me interesó, señor cura, lo que no es lo mismo. El interés está lejos +del encanto...</p> + +<p>Por la gesticulación del cura se ve que no comprende mi estado de alma y +que no se da cuenta tampoco de la psicología de un corazón de muchacha.</p> + +<p>La de Ribert y Genoveva son más indulgentes conmigo. Sin dejar de apoyar +a la abuela ponderándome las ventajas de una unión con el señor de +Baurepois, una de las fuerzas del partido militante conservador, han +depuesto las armas las primeras.</p> + +<p>—No ha llegado la hora de Magdalena, ha dicho la de Ribert a Genoveva. +Cuando esa hora suene, discutirá menos... Su convicción se formará sola +y ella misma reclamará el derecho de casarse con el que le haya gustado.</p> + +<p>—¡Oh! señora—respondí con cierta melancolía,—renuncio a conocer jamás +esa hora... Jamás podré acostumbrarme a ese modo de casarse...</p> + +<p>—Pero, Magdalena—dijo la buena Genoveva,—todo el mundo se casa así en +nuestra sociedad.</p> + +<p>—Sí—respondí suspirando,—el matrimonio de inclinación es considerado +como un suceso raro y muy peligroso. Todos predican las peores +calamidades a los que se dejan llevar al matrimonio por un cariño +apasionado. Lo que no obsta para que yo encuentre odioso casarse en las +condiciones ordinarias...</p> + +<p>Estaba yo tan nerviosa por las interminables discusiones que había +tenido que sostener con la abuela en los últimos días, que me eché a +llorar. Genoveva me abrazó.</p> + +<p>—¡Oh! no llores, Magdalena... Qué niña eres... Nadie te obliga a +casarte... Sé razonable...</p> + +<p>Razonable... Que si quieres... Cada vez lloraba más... La de Ribert +parecía consternada y Genoveva, para consolarme, acabó por llorar +también.</p> + +<p>—No llore usted así, Magdalena, hija mía... Su abuela de usted no +piensa obligarla al matrimonio.</p> + +<p>—No, señora—respondí entre dos sollozos,—pero todas ustedes me +encuentran poco razonable y novelesca porque no puedo decidirme a +casarme con un hombre a quien no conozco. Es ese juicio lo que me hace +daño, mucho daño en el corazón...</p> + +<p>—¡Bah! tontuela, nadie juzga a usted así—me dijo con bondad la de +Ribert.—No llore usted más, no sea niña...</p> + +<p>—Tranquilízate—añadió Genoveva enjugándose los ojos, muy +encarnados.—Te lo ruego; me das pena...</p> + +<p>Al fin logré dominarme y me decidí a guardarme el pañuelo en el +bolsillo.</p> + +<p>—Vamos, ¿se acabó la pena?—me preguntó amablemente la de Ribert +dándome un beso.</p> + +<p>—Así lo espero—dije mientras se me saltaban otra vez las lágrimas por +el tono de la pregunta y por el beso maternal de la buena señora.</p> + +<p>En cuanto me tranquilicé un poco, expliqué a aquellas señoras que había +algo en mí que se negaba absolutamente al matrimonio con un desconocido.</p> + +<p>—Sí—exclamé,—no puedo, no podré nunca decidirme...</p> + +<p>—Pues bien—respondió la de Ribert, que comprendió que no era el +momento de insistir,—espere usted, la cosa no corre prisa... Si Dios +quiere que usted se case, él sabrá enviarle el marido que la convenga.</p> + +<p>—Sí, sí—añadió Genoveva.—Hablemos de las solteronas... Eso distraerá +a Magdalena.</p> + +<p>Pronto recobró mi alegría su vivacidad habitual. Al contar mis últimas +impresiones sobre mi asunto favorito, hablé del deseo de saber lo que +piensan los hombres que no se casan.</p> + +<p>—¿Para qué?—preguntó la de Ribert un poco asombrada.</p> + +<p>—Para comprender sus motivos de celibato. Puesto que hay solteronas +recalcitrantes que lo son a pesar suyo, tendría curiosidad de saber los +motivos que alegan esos caballeros para despreciarlas de ese modo.</p> + +<p>—La falta de dote y las pretensiones de las jóvenes casaderas son +motivos suficientes—dijo Genoveva.—No veo qué más puedes desear para +informarte...</p> + +<p>—Sí—repliqué—hay además otra cosa. No me harás creer que el egoísmo +está bastante extendido en la tierra para que no haya otros motivos +serios que expliquen ese abandono del matrimonio... Además—añadí +bajando los ojos a la chimenea, que ostentaba un hermoso fuego,—no +pueden ustedes figurarse qué curiosa estoy por saber si hay entre los +hombres algunos que piensen como yo... Debo de poseer un alma hermana +que se asuste de casarse con una desconocida.</p> + +<p>—¿Y quisieras conocer a esa alma hermana?—preguntó con curiosidad +Genoveva sonriendo.</p> + +<p>—Puede ser—dije sintiendo que me ponía colorada.—Quisiera al menos +saber si existe...</p> + +<p>—Vean ustedes esta joven razonable que quisiera hacer un estudio del +natural—exclamó la de Ribert sonriendo...—Después de todo—añadió +después de una corta vacilación,—¿por qué no?...</p> + +<p>—¡Cómo!—exclamó Genoveva.—¿Qué diría la de Sermet?</p> + +<p>—Sí, comprendo, hija mía, pero no se trata de Magdalena... ¿Por qué no +he de hacer yo lo que no puede hacer ella? Yo tengo ya la edad de la +razón.</p> + +<p>—¡Oh! señora—exclamé con ardor arrojándome en sus brazos.—¡Qué buena +es usted!...</p> + +<p>—No, no tan buena... Sabe usted que hace mucho tiempo que me ocupo en +cuestiones femeninas... Me gusta tener datos precisos. Algunas veces, +esto entre nosotras, he escrito a un periódico para obtener informes... +Ese periódico se llama «Preguntas y Respuestas». Inserta las preguntas +que se le envían, y entre sus lectores o lectoras, hay siempre personas +de buena voluntad que dan una respuesta cualquiera... ¿Quiere usted que +trate de tener lo que desea en su lugar?...</p> + +<p>—Sí, pero ¿cómo?—dije interesada.</p> + +<p>—No es difícil poner un anuncio pidiendo las noticias que deseamos. Los +que quisieran dar respuesta dirigirían sus misivas al periódico, y éste +me las transmitiría bajo sobre con iniciales.</p> + +<p>—¡Oh! sí—respondí llena de entusiasmo.—Haga usted eso por mí, +señora... Genoveva, corramos a pedir permiso a la abuela...</p> + +<p>—No, ve tú sola—dijo Genoveva riendo de mi entusiasmo.—Tu abuela se +va a enfadar y no me atrevo a ser yo la que haga semejante petición.</p> + +<p>—Anda Genoveva, te lo suplico—dije abrazándola.—La abuela te lo +concederá todo... Sabe que eres tan buena y razonable...</p> + +<p>—¿Qué hago?—preguntó Genoveva a su madre.—¿Debo arriesgarme?</p> + +<p>—Sí—respondió la de Ribert.—Bien puedes hacer eso por Magdalena.</p> + +<p>El tiempo de echarse una falda, de ponerse los guantes y el sombrero, y +Genoveva estuvo pronta a acompañarme a casa de la abuela, que se quedó +sorprendida de nuestra entrada repentina. Costole mil trabajos ponerse +al corriente de lo que queríamos y empezó por llenarse de indignación en +cuanto supo poco más o menos de lo que se trataba. Se calmó un poco al +oír las dulces razones de Genoveva y acabó por enviarnos al padre +Tomás, sin cuya opinión no podía pasarse en semejante caso.</p> + +<p>—La cosa se sale tanto de las conveniencias...—murmuró la pobre abuela +consternada.—En verdad, no sé si estáis locas o si soy yo la que no +está en el movimiento de ideas moderno... ¡En qué siglo vivimos!...</p> + +<p>Genoveva nos acompañó a casa del padre Tomás, que, felizmente para +nosotras, tiene la indignación menos fácil que la abuela. El cura +escuchó con atención las explicaciones de Genoveva, la cual se abstuvo, +sin embargo, de hablar de mi deseo de encontrar un alma hermana. Un poco +sorprendido al principio, movió largo tiempo la cabeza antes de +responder... Era seguro que vacilaba.</p> + +<p>—¡Dios mío!—dijo por fin,—si fuese Magdalena la que pusiera ese +anuncio, diría que era imposible de todo punto...</p> + +<p>—Así lo comprende mamá—hizo observar Genoveva.</p> + +<p>—Pero la señora de Ribert, a quien todo el mundo conoce como mujer +seria, inteligente y ocupada en trabajos intelectuales, puede +perfectamente hacer lo que le plazca. No veo ninguna razón para negar la +autorización solicitada.</p> + +<p>—Entonces, señor cura, suplico a usted dos letras para la abuela... +Sería capaz de no creernos...</p> + +<p>—Esperen ustedes—dijo el cura lleno de condescendencia.</p> + +<p>Cogió una tarjeta y escribió debajo:</p> + +<p>«¿Por qué impedir el vuelo de un pajarillo? Hay más grandeza verdadera +en lanzarse por encima de lo convencional que en permanecer +obstinadamente atado a lo vulgar...</p> + +<p>»Todos mis respetos.»</p> + +<p>—Gracias, señor cura, gracias de todo corazón—exclamé con un intenso +acento de triunfo.</p> + +<p>—Calma, calma...—dijo el cura.—Si su cerebro de usted se pone en +ebullición, retiro el permiso...</p> + +<p>Una dulce sonrisa de Genoveva le tranquilizó. Y nos fuimos rápidamente a +casa. Celestina tuvo mil trabajos para seguirnos a nuestro paso.</p> + +<p>—Abuela—dije con expresión vencedora dándole la carta del cura,—aquí +tienes la respuesta que esperabas.</p> + +<p>La abuela se sujetó las gafas con cuidado, cogió la tarjeta, la leyó, la +releyó, la meditó y dijo finalmente encogiéndose de hombros:</p> + +<p>—El cura descarrila... y vosotras también.</p> + +<p>—¡Oh! abuela—dije horriblemente alarmada,—¿niegas el permiso?</p> + +<p>—No... haz lo que quieras. Francamente, no puedo hacerme a estas +costumbres nuevas... Escribir a un periódico... Poner un anuncio... ¡Y +qué anuncio!...</p> + +<p>—Gracias, abuela, gracias de todos modos—exclamé con transporte.</p> + +<p>—No hay de qué—respondió la abuela.—Pasa por el mundo entero una +especie de viento de locura... No me habléis más de todo esto—concluyó +volviéndonos la espalda.</p> + +<p>La de Ribert, que esperaba una oposición obstinada de la abuela, se +quedó sorprendida de nuestro éxito.</p> + +<p>—Bueno—dijo alegremente,—aprovechemos el permiso y ocupémonos del +anuncio. Aquí tenéis el que he redactado durante vuestra ausencia.</p> + +<p class="top5">«Persona seria que hace estudios sobre las solteronas, desea conocer los +motivos que alejan a los hombres del matrimonio. Respuesta a las +iniciales A. B. C. Oficinas del periódico.»</p> + +<p class="top5">—¿Qué pensáis de esto?</p> + +<p>—¡Perfecto!—exclamé saltando de alegría.—Pronto, un sobre... ¡Oh! +señora, qué agradecimiento... Qué feliz soy...</p> + +<p>—Espere usted, Magdalena—dijo la pobre señora de Ribert, aturdida por +mi turbulencia.—Espere usted; hacen falta aún mil cosas. Qué niña...</p> + +<p>Por fin salió la carta... Volví a casa, donde encontré a la abuela casi +repuesta de su exceso de indignación, y ya me encuentro alegre como... +me falta término de comparación.</p> + +<p>Cuánto quisiera tener rápidamente una respuesta.</p> + + + +<p class="fecha">22 de diciembre.</p> + + +<p>¡Nada!... No hay respuesta... Qué largo es esto...</p> + +<p>Hoy, el día en que recibe la señora de Brenay, hemos ido a verla. +También ha ido Francisca y su madre, Paulina y la señora de Aimont. Se +habló mucho del baile blanco que da la señora de Geraumont con motivo de +los esponsales de su hija, que se casa con un riquísimo banquero. Los +Geraumont son unos opulentos molineros retirados de los negocios y no +tienen la suerte de agradar a lo que se llama «la alta sociedad,» que +les pone mala cara.</p> + +<p>—¿Vas a ese baile, Magdalena?—me preguntó Petra.</p> + +<p>—Magdalena no sale más que en la intimidad—respondió la abuela.—Una +huérfana no está en su lugar en reuniones muy numerosas.</p> + +<p>—Pero es un baile blanco—observó la de Brenay.</p> + +<p>—Sí, lo sé; pero es todavía demasiado mundano para Magdalena. ¿Y usted +ha aceptado?—preguntó la abuela a la de Brenay.</p> + +<p>—Los Geraumont no son de nuestra sociedad—respondió la de Brenay +desdeñosa.</p> + +<p>—¡Ah!—respondió sencillamente la abuela, que, a pesar de ser +aiglemontesa, no admite tan sutiles distinciones.—¿Y usted, +señora?—preguntó a la de Aimont.</p> + +<p>—No me halaga el exponerme a bailar con los proveedores—respondió +ésta.—Es un baile de comerciantes, de modo que...</p> + +<p>—Pues nosotros aceptamos—dijo Francisca antes de que se lo +preguntaran.—Siempre encontraremos algunos amigos para hacer banda +aparte, y será divertido...</p> + +<p>—Y, sobre todo, muy fino para la dueña de la casa—murmuró la abuela a +la sordina.</p> + +<p>—Me hace usted reflexionar—dijo la de Aimont.—Si estuviera segura de +encontrar en casa de esa gente personas conocidas, puede que aceptase +por Paulina... Hay tan pocas distracciones en Aiglemont...</p> + +<p>La abuela logró apenas contener una sonrisa que yo adiviné en su mirada +casi maliciosa. Demasiado inteligente para apreciar mucho esas +estrecheces tan en boga en Aiglemont, la abuela cambió la conversación, +que amenazaba ser funesta para los pobres Geraumont.</p> + +<p>—¿No hay ningún matrimonio en el horizonte?—preguntó sabiendo que así +complacía a todas aquellas señoras.—La chica de Geraumont no es, sin +embargo, la única joven casadera...</p> + +<p>En este momento entraron otros visitantes en el salón, con tal +estrépito, que la conversación se suspendió. Grande fue la sorpresa +general al ver que eran el padre Tomás y la Melanval que se anonadaban +mutuamente de testimonios de finura y se negaban a pasar el uno delante +del otro. Por fin encontraron el secreto de ponerse de acuerdo +precipitándose los dos a un tiempo a la puerta, lo que produjo un ruido +espantoso y provocó una risa enorme en el interior del salón.</p> + +<p>En cuanto se restableció la calma, siguió la conversación con toda su +vivacidad.</p> + +<p>—Señor cura—dijo la de Brenay,—háganos usted saber lo que piensa del +desgraciado estado de cosas que íbamos a hacer constar una vez más; la +dificultad de casar a las jóvenes que tienen un dote mediano...</p> + +<p>—Y a las que le tiene pequeño—añadió la de Dumais con una convicción +de las más sinceras.</p> + +<p>—Lo cierto es—prosiguió la de Aimont,—que en nuestra población, como +en otras muchas, hay muchas jóvenes cuyos padres viven en buena +posición... Esas jóvenes no tienen ni más ni menos atractivos que los +que tenían sus madres a su edad, y, sin embargo, no encuentran marido...</p> + +<p>—Sí—convino el padre Tomás.—Ya he tenido una larga conversación sobre +esto con la señora de Sermet y Magdalena. Nada se opone a que la +continuemos... Las condiciones de la vida moderna aumentan +considerablemente las probabilidades que tiene una muchacha para no +casarse—dijo mirándonos una tras otra a todas las jóvenes +presentes.—Los hechos están ahí, innegables, casi palpables...</p> + +<p>—Destruya usted esos hechos, señor cura, destrúyalos usted—interrumpió +Francisca con su petulancia habitual.—Es horrible condenarnos con +hechos... y con hechos palpables...</p> + +<p>—¿Y qué quiere usted que yo le haga?—objetó el cura.—En primer lugar, +nacen indiscutiblemente más mujeres que hombres, al menos en Francia... +Después la muerte se lleva más pronto a los hombres que a las mujeres, +lo que hace el elogio de ustedes, señoras—observó graciosamente el +cura,—porque prueba la pureza de su vida. El hombre paga sus locuras o +sus debilidades... En tercer lugar, la aspereza creciente de la famosa +lucha por la vida exalta los sentimientos egoístas en el hombre. «Tengo +bastante para mí—se dice,—pero no para tres o cuatro, si tengo +hijos...» Esta tendencia, por otra parte, no es reciente; Michelet +hablaba de ella en su libro sobre la mujer.</p> + +<p>—Y bien, ¿por qué no educar a las jóvenes con arreglo a este nuevo +estado de cosas?—exclamó la Melanval.</p> + +<p>—Es verdad—respondió el cura.—Últimamente he leído un artículo de +Marcel Prevost...</p> + +<p>—¡Oh!—balbució la Melanval con espanto.—Usted lee a Marcel Prevost...</p> + +<p>—¡Los canónigos leen, pues, a Marcel Prevost!—murmuró Francisca con +una apariencia de ingenuidad que no engañó a nadie.</p> + +<p>—Los canónigos... no lo sé. En cuanto a los profesores, su deber es +ponerse al corriente de todo lo que puede ser útil al cumplimiento de su +misión y...</p> + +<p>—Señor cura—dijo en tono lastimero la de Dumais,—perdone usted a +Francisca.</p> + +<p>—No hay nada en todo esto que necesite perdón. Francisca me hacía una +pregunta y yo respondo... Los profesores están hechos para +responder—añadió el cura con una buena sonrisa.—Decíamos, pues—dijo +reanudando el hilo de sus ideas,—que Marcel Prevost se ocupaba en la +cuestión del celibato y va hasta aconsejar que se eduque a las muchachas +para ese estado. El escritor dirige a las jóvenes un discurso, muy bien +hecho a fe mía, en el que les dice poco más o menos:</p> + +<p>«Soñad con un marido, unos hijos y un hogar; es legítimo. Tratad de ser +unas muchachas casaderas tan cumplidas, que el dejaros por cuenta +atestigüe una inverosímil ceguera. Pero concebid paralelamente otro +porvenir además del matrimonio para el caso de que no os caséis a pesar +de todo... Sobre todo, no vayáis a meteros en la cabeza que vuestra vida +quedará truncada si no habéis encontrado esposo. Hay algo que el +celibato no perjudicará ni disminuirá, y es vuestra propia personalidad, +o, más sencillamente, las probabilidades de gozar honradamente de la +vida que os ofrecen vuestro corazón, vuestra inteligencia y hasta +vuestras facultades físicas, desarrolladas con cuidado. El celibato no +es, en suma, más que una desgracia negativa, la falta de una añadidura. +Guardaos de jugar todo vuestro destino a un suceso que no depende de +vosotras. Antes de ser esposas, antes de ser casaderas, sois personas; +el perfeccionamiento de esa persona depende sólo de vosotras.»</p> + +<p>—¡Bravo por Marcel Prevost!—exclamé con entusiasmo.—Todo eso es +justamente lo que yo pienso... ¡Y qué bien dicho está!...</p> + +<p>—Ya tenemos a Marcel Prevost elevado a la altura de un padre de la +Iglesia—dijo la abuela descontenta de sus teorías.—¡Si nos vamos a +preocupar de la opinión de los literatos modernos!...</p> + +<p>—Querida señora—respondió el cura, otra vez en discordancia con su +antigua amiga,—esa opinión tiene su valor... Mientras los novelistas +tengan la especialidad de pintar las ideas de una época, habrá que tener +en cuenta lo que ellos indican y...</p> + +<p>—¿Son acaso las ideas de nuestra época lo que ese señor ha expuesto en +el discurso que acaba usted de leernos?... ¡Ah! señor cura, jamás, +jamás—respondió la abuela en un acceso de violenta indignación.—¿Qué +madre tendría semejante lenguaje?</p> + +<p>—Una madre prudente y lista—dijo el cura muy bajo.—Pero, en realidad, +señora ¿se cree usted de esta época?... Usted, abuela, ¿comprende todos +los pensamientos de su nieta?</p> + +<p>—Verdaderamente no—repuso la abuela confusa.—Todo lo que oigo ahora +es tan contrario a lo que se decía y se pensaba en mi juventud, que no +puedo acostumbrarme... Esta Magdalena me trastorna.</p> + +<p>—¿Yo?—balbucí sorprendida.—Diga usted más bien Marcel Prevost... En +cuanto a mí, te engañas seguramente, abuela.</p> + +<p>—No, no, sé lo que me digo... Ya estás entusiasmada por las teorías de +ese caballero... ¡Ah! qué jóvenes las actuales...</p> + +<p>—¡Ay!—gimió la de Dumais a modo de aprobación.</p> + +<p>—¿Por qué educar a las jóvenes como se hace ahora?—dijo la abuela con +más energía.—En mi tiempo éramos más prácticos y no educábamos a las +jóvenes más que para esposas ni les inculcábamos cualidades o talentos +más que para el matrimonio... Aquel era mejor tiempo.</p> + +<p>—De eso habría mucho que hablar—respondió el cura moviendo la +cabeza.—En la dichosa época de que usted habla, los prejuicios eran +tales, que los padres no se atrevían a desarrollar en sus hijas una de +las más puras pasiones de un gran corazón, el amor a la belleza... +Entonces existían muchas mujeres para las cuales la cultura de la +inteligencia y la generosidad del alma eran causas incesantes de lucha +y de discordia con sus maridos...</p> + +<p>—¿Y cree usted que se han acabado esos tiempos?—preguntó la de Aimont +en tono de burla.—¿Los señores maridos se han vuelto tan perfectos que +pueden apreciar la idealidad en sus mujeres?...</p> + +<p>—Eso—dijo el cura confuso,—depende de las mujeres y... de los +maridos.</p> + +<p>—Sí—añadió la de Brenay,—sin contar que el intelectualismo exagerado +de que padecemos no es muy apreciado por esos pobres maridos... ¿Qué se +hace con una intelectual?—terminó con una sonrisa llena de malicia.</p> + +<p>—Esa es una objeción pueril—respondió el cura.—Nunca el corazón de +las mujeres encontrará mejor sostén ni un alimento más poderoso que el +estudio de la Naturaleza. ¿Verdad, Magdalena?</p> + +<p>—Predica usted a una convertida—dijo la abuela.—Magdalena piensa como +usted... Usted es para ella la ley de los profetas... Sin embargo, +admitiendo que tenga usted razón, ¿todas esas bellas cosas mejorarán la +situación de las solteronas?... Esa es la cuestión.</p> + +<p>—Por lo menos les harán soportar una situación que muchas de ellas no +han creado ni deseado—respondió el cura,—pues en esta clase de cosas +las costumbres pueden mucho... En Inglaterra una mujer no está obligada +a tomar un nombre que no es el suyo para ser respetada. Los ingleses +llegan hasta a encontrar muy práctica esa multiplicación de las +solteronas...</p> + +<p>—No me extraña—dijo Francisca,—los ingleses razonan siempre en contra +del sentido común.</p> + +<p>—No tanto, no tanto—murmuró el cura.—En estos tiempos está cada cual +tan absorbido por sus intereses que no tiene tiempo más que para pensar +en sí mismo. Ahora bien, las solteronas, que no tienen nada que hacer, +están destinadas a pensar en los demás.</p> + +<p>—¡Es delicioso!—exclamó Francisca con convicción.</p> + +<p>—Es hermoso—dijo la abuela levantándose para despedirse.—Pero, sin +embargo, ¿es esa la dicha?...</p> + +<p>El cura contempló durante unos segundos la silueta de la abuela plantada +delante de él como una verdadera interrogación.</p> + +<p>—¿La dicha?—respondió.—La dicha se encuentra allí donde está el +deber.</p> + +<p>—¡Ay!—exclamó Francisca,—esa es la dicha a precios reducidos.</p> + +<p>—Yo hubiera preferido otros deberes—replicó la abuela moviendo la +cabeza con melancolía.</p> + +<p>—Sí, ya sé... Pero el deber cambia con la época en que se vive.</p> + +<p>—Puede ser—respondió la abuela.—La generación actual es eléctrica +hasta en el deber... Tiene usted razón, señor cura, yo no soy de este +siglo...</p> + +<p>El saludo de la abuela se resintió de la tristeza de su última frase y +careció, casi, de la tradicional reverencia. Las mías indicaron mi +serenidad habitual. Yo estoy siempre contenta cuando se habla de las +solteronas.</p> + +<p>¡Cuánto voy a tener que escribir esta noche!...</p> + +<p>Ya acabé... Qué suerte...</p> + + + +<p class="fecha">29 de diciembre.</p> + + +<p>Empiezan a llegar las respuestas... Soy feliz como el pez en el agua. Mi +dicha está, sin embargo, un poco empañada por el aspecto frío de la +abuela, cada vez más disgustada por las ideas de su nieta; así es que no +me atrevo a hablar de este asunto espinoso y mi alegría es silenciosa.</p> + +<p>La de Ribert, que es la bondad misma, ha venido con Genoveva para darme +lectura de los primeros envíos. Hasta ahora no sirven para ilustrar +mucho la situación: egoísmo, filosofía, mal humor y recriminaciones, +esto es lo que nos dan las cuatro primeras muestras. La de Ribert +asegura que esto es ya un éxito enorme que nos promete para los días +siguientes cartas de un interés palpitante. Como yo no pido más que +palpitar, espero...</p> + +<p class="top5"><span style="margin-left: 2em;">«Bernardo Monastiel a una persona seria.</span><br /> +<br /> +<span style="margin-left: 6em;">»Apreciable persona seria:</span><br /> +</p> + +<p>»Soy hombre y soltero.</p> + +<p>»Confieso francamente que el matrimonio me tentaba bastante y hasta iba +a sacrificar en su altar, cuando el Destino misericordioso me inundó de +luz colocando ante mis ojos dos inocentes frases llenas de +consecuencias.</p> + +<p>»Una de ellas estaba concebida de este modo:</p> + +<p>»Serás demasiado feliz si no tienes mujer.</p> + +<p>»Ya me sonreía el ser feliz; ¿cómo resistir a serlo demasiado?</p> + +<p>»La otra, con su laconismo, acabó lo que la primera había empezado:</p> + +<p>»No hay nada tan hermoso ni tan bueno como el celibato.</p> + +<p>»Menandro y Horacio son los únicos culpables... Sólo a ellos, señora, +debe usted dirigir sus reproches... si los hay.</p> + +<p>»Reciba usted, apreciable persona seria, el homenaje de todo mi respeto.</p> + +<p class="r smcap">Bernardo Monastiel.»</p> + +<p class="top5">—Esto es hablar para no decir nada—dije a Genoveva, devolviéndole la +carta.</p> + +<p>—No—replicó la de Ribert,—es el lenguaje de un amable egoísta... La +belleza y la bondad del celibato son la eterna canción de los que +rehuyen las cargas de una familia. Se pueden encontrar mejores +razones...</p> + +<p>—Empiezo la otra—exclamó Genoveva.—No nos detengamos en el egoísmo.</p> + +<p class="top5"><span style="margin-left: 6em;">«X. Y. Z. a la señora...</span><br /> +<br /> +<span style="margin-left: 10em;">»Señora:</span><br /> +</p> + +<p>»La pregunta que usted hace me hiere en lo vivo y me obliga a confesar +una situación deplorable, en la que nos hallamos muchos jóvenes de mi +edad, sin atrevernos a quejarnos.</p> + +<p>»Nadie desea casarse más que yo. Desgraciadamente, no tengo fortuna. +Siendo reducidos mis recursos, me es tan imposible encontrar una mujer +rica, como casarme con una pobre.</p> + +<p>»Homenajes respetuosos.</p> + +<p class="r">»X. Y. Z.»</p> + +<p class="top5">—¡Pobre mozo!—exclamé.—¿Cree usted que ese motivo es verdadero?</p> + +<p>—Vaya si lo creo—respondió la de Ribert;—ese muchacho es +absolutamente sincero. Ya conoce usted las pretensiones de las mujeres +ricas, que jamás se casan con jóvenes pobres o sin gran porvenir... +¿Cómo casarse con muchachas sin fortuna, cuando la bolsa está mal +provista?... Eso sería, como dice el proverbio, casar el hambre con la +gana de comer.</p> + +<p>—Es muy triste para los jóvenes—dije con compasión.—¿Cómo remediarlo?</p> + +<p>—Es difícil—respondió la de Ribert. Hay en esto todo un problema de +economía social que hace retroceder a las inteligencias más juiciosas.</p> + +<p>—Retrocedamos, entonces, sin vergüenza—dijo Genoveva.—Propongo que +las muchachas ricas se conformen con maridos sin fortuna, a fin de +restablecer el equilibrio, puesto en peligro por la acumulación de +riquezas en las mismas manos...</p> + +<p>—¡Miren la socialista!—exclamé riéndome.—Esta Genoveva tiene teorías +aventuradas. Si la oyese la abuela...</p> + +<p>—¡Bah!—dijo Genoveva con serenidad.—Mi socialismo no hace daño a +nadie, y estoy segura de que tu abuela lo aprobaría.</p> + +<p>—En teoría, puede ser que sí. Pero en la práctica, puedes estar segura +de que no sería lo mismo. Jamás me dejará la abuela casarme con un +joven sin fortuna...</p> + +<p>—Pasemos al número tres—dijo la de Ribert.—Es una linda muestra de +los productos modernos, con una ligera tintura de bellas letras.</p> + +<p class="top5">«Un perfecto egoísta a la Esfinge del Periódico de las preguntas y +respuestas:</p> + +<p>»Oh, Esfinge, que se oculta bajo la modesta apelación de «persona +seria,» siento que es usted mujer joven y bonita...»</p> + +<p>—Cuando se quiere mostrar ingenio—interrumpió la de Ribert,—se engaña +uno algunas veces...</p> + +<p>«Porque es usted esas tres cosas, respondo a su pregunta.</p> + +<p>»No soy más que un vulgar egoísta, que, saturado de bellas letras, dice +con Anaxándrides:</p> + +<p class="top5">»Voy a casarme.—Tanto peor.—¡Cómo tanto peor!—Sí, es abrir tu hogar a +todos los males: Si eres pobre y tomas mujer rica, serás esclavo hasta +la muerte; si la mujer no tiene nada, serás más desgraciado, porque en +lugar de un estómago, tendrás que alimentar dos...»</p> + +<p>»Quisiera besar a usted la mano, amable Esfinge, pero no puedo...</p> + +<p class="r smcap">Un perfecto egoísta.»</p> + +<p class="top5">—El matrimonio pobre—dije riéndome,—es el efecto terrible. No había +yo reflexionado en la cruel necesidad de alimentar dos estómagos, en +lugar de uno...</p> + +<p>—¿Dos?...—terminó Genoveva;—di más bien tres... cuatro... cinco... +seis...</p> + +<p>—¿Por qué no doce... o dieciocho?...</p> + +<p>—Como en el Canadá—hizo observar la de Ribert.—Pero en el Canadá +produciría vergüenza escribir semejante carta. Allí se considera una +familia numerosa como una bendición divina. Mientras que aquí es...</p> + +<p>—Una maldición—terminé, un poco pensativa.—Cómo huele esta carta a +decadencia... El retoño de una raza fuerte, no escribiría una carta +semejante.</p> + +<p>—El espíritu caballeresco, Magdalena, está muy enfermo—respondió la de +Ribert.—En ninguna de estas cartas se encuentra la más pequeña huella +de él.</p> + +<p>Cogí las cartas esparcidas en la mesa, y las recorrí con los ojos +durante unos segundos.</p> + +<p>—En suma—dije a modo de conclusión,—es el <i>yo</i>, siempre el <i>yo</i> lo +que domina... Ninguna otra razón... ¿Piensan así todos los hombres, +señora?</p> + +<p>—Todos no, Magdalena, pero sí muchos. Note usted, hija mía, cómo se +desprende de todas estas cartas el cuidado del bienestar personal... +¡Pobres mujeres!...</p> + +<p>—Sí—suspiré.—Y pensar que van tan alegremente al matrimonio con +individuos de ese género...</p> + +<p>—Van muy alegres, es verdad... ¿Pero siguen estándolo?...—murmuró la +de Ribert con inconsciente tristeza.</p> + +<p>—Dios mío—exclamé para cortar las meditaciones de la de Ribert, que +parecían dolorosas;—qué contenta estoy de aprender a conocer a los +señores hombres... Nuestra averiguación me va a abrir horizontes +enteramente nuevos. Con tal de que todas las cartas no se parezcan a +éstas... Quisiera encontrar mi alma hermana.</p> + +<p>—¿Y qué harás cuando la hayas descubierto?</p> + +<p>—Nada—aseguré con toda convicción.—Lo quiero por amor al arte, y sólo +para convencerme de que no soy un objeto descabalado en la gran feria +del matrimonio.</p> + +<p>—¿Sólo para eso?—repitió la de Ribert mirándome con atención.—¿Está +usted segura de su imaginación y de su corazón, Magdalena?...</p> + +<p>—No comprendo—exclamé estupefacta.</p> + +<p>La de Ribert me besó con efusión por toda respuesta. Decididamente, cada +vez comprendo menos...</p> + + + +<p class="fecha">1.º de enero 1904.</p> + + +<p>El mes de enero ha hecho su aparición esta mañana. La abuela está +desolada.</p> + +<p>—Piensa, hija mía—me dijo, cuando fui a cumplimentarla por el año +nuevo,—piensa que tendrás 26 años en septiembre próximo... Es horrible.</p> + +<p>—¿Por qué?... ¿tendré que matarme para no llegar a esta época +nefasta?... Confieso que quiero conservar la cabeza y...</p> + +<p>—No digas tonterías, Magdalena, ya me comprendes.... Tener 26 años y no +estar casada, es humillante.</p> + +<p>—Pues yo no siento semejante humillación.</p> + +<p>—Tú no sientes nada, como todo el mundo... Pregunta a Francisca, a +Petra y a Paulina, y a tantas otras, lo que pensarían si se encontrasen +en una situación tan ridícula.</p> + +<p>—¡Bah! se lo preguntaré cuando lo estén, porque llegarán como yo, +querida abuela.</p> + +<p>—No será por su culpa—respondió la abuela, dando un gran +suspiro.—¡Ah! Magdalena, si tú quisieras...</p> + +<p>Magdalena se hizo la sorda y ofreció a su abuela un almohadón bordado +como recuerdo del día de año nuevo. Recibí, en cambio, un gran cuello +de encaje de Venecia, del que tenía yo mucha gana, y que excedía mucho +de los recursos de mi modesta pensión. La abuela, que es inflexible en +la economía, me asigna 100 pesos al año para vestirme y para mis gastos +personales. Con ningún pretexto puedo gastar más. Pero, por fortuna mía, +están ahí el día de año nuevo y el de mi santo para corregir los rigores +de mi presupuesto. Y la abuela es tan buena con su nieta...</p> + +<p>Al salir de misa, las de Ribert me llevaron a su casa, para darme +lectura de dos nuevas epístolas. En cuanto estuvimos instaladas en su +saloncillo, Genoveva me puso en la mano las cartas en cuestión, y +después, quitándome prestamente la corbata, me puso al cuello un +delicioso lazo, obra maestra de sus primorosos dedos.</p> + +<p>—Es mi aguinaldo—me dijo, abrazándome con todo su corazón.—Te deseo +un buen año y... un alma hermana...</p> + +<p>Sin recoger la broma, puse en las manos de Genoveva mi recuerdo de año +nuevo, que era un velillo de butaca, pintado a mano. Genoveva pareció +contenta de mi trabajo, y fui dichosa al ver su placer.</p> + +<p>—¿Y las cartas?—dijo la de Ribert.—Pensemos en las cosas serias...</p> + +<p>Iba a abrir una cuando se presentó Francisca.</p> + +<p>—Estoy haciendo visitas—nos dijo al entrar,—a todas las personas +queridas, para desearles un buen año.</p> + +<p>Genoveva recibió sonriendo su entusiasta abrazo, cambiaron las dos sus +regalitos, y nos pusimos a hablar al lado del claro fuego de los leños +monumentales en uso en Aiglemont.</p> + +<p>—¿Vamos a leer estas cartas a Francisca?—exclamó de pronto +aturdidamente.</p> + +<p>—«Las cartas a Francisca»—dijo la de Ribert, frunciendo las +cejas,—son la propiedad de uno de nuestros novelistas...</p> + +<p>—Sí, señora, pero yo no hablo de Marcel Prevost, sino de las cartas, de +las famosas cartas...</p> + +<p>—¡Niña charlatana! exclamó la de Ribert, cuyo fruncimiento de cejas +comprendí entonces. No quería, evidentemente, que Francisca estuviese al +corriente de nuestras averiguaciones, y yo había hablado como una tonta.</p> + +<p>Viendo que no había modo de retroceder, la de Ribert explicó a Francisca +el estudio que estaba haciendo sobre el celibato, pero se abstuvo de +hacerme intervenir en el asunto. Francisca se quedó entusiasmada.</p> + +<p>—¡Qué gusto, saber lo que piensan esos bribones de hombres, cuando no +las echan de gran corazón!... ¡Cuánto me alegro de que me admita usted a +conocer las lucubraciones de esos caballeros!...</p> + +<p>—Y con más motivo—dijo la de Ribert,—puesto que encuentro que las dos +cartas de que se trata, le convienen a usted bastante...</p> + +<p>—¡Qué suerte!—dijo Francisca interesada.—¿Hay, pues, personas que me +aprecian?... Esto me hará encontrar una novedad después de mi querida +mamá.</p> + +<p>—Genoveva, léenos esas cartas—dijo la de Ribert a su hija.—Francisca +va en seguida a saber a qué atenerse...</p> + +<p>—¡Qué!—exclamó Francisca;—si se trata de una reprimenda, me tapo los +oídos; para esa ingrata tarea, basta con mi madre...</p> + +<p>Pero era curiosa, y abrió las orejas cuanto pudo, a fin de no perder +sílaba de una lectura tan poco común.</p> + +<p>—Qué asombrados se quedarían los aiglemonteses si tuvieran noticias de +una correspondencia escandalosa como ésta...—dijo, todavía, antes de +callarse definitivamente.</p> + +<p>—Se trata de un secreto entre nosotras—hizo observar la de Ribert,—y +cuento con la discreción de usted, Francisca.</p> + +<p>—A fe de hombre honrado—respondió la aludida,—lo prometo.</p> + +<p>—Y la incorregible niña mimada se repantigó cómodamente en un sillón +para escuchar mejor. Francisca asegura que su moral no está a gusto más +que cuando su físico no sufre ninguna molestia.</p> + +<p class="top5"> +<span style="margin-left: 4em;">«Pedro Marcelier,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Registrador de la Propiedad en Santa Rosa,</span><br /> +<span style="margin-left: 9.5em;">a una persona desconocida.</span><br /> +<br /> +<span style="margin-left: 4em;">»Caballero o señora:</span><br /> +</p> + +<p>»Empiezo por presentarme.</p> + +<p>»Soy soltero, partidario del matrimonio, veintisiete años, 560 pesos de +sueldo y una posición honrosa cuando me jubile; familia considerada y +apreciables probabilidades de fortuna por herencia.</p> + +<p>»En lo físico, se me encuentra, generalmente, bien, sobre todo mis tías, +que son tan indulgentes.</p> + +<p>»En lo moral, no me conozco ninguna deformidad, pero esta vez, soy yo el +indulgente... signo característico de mi buen temperamento: busco una +mujer, y no un dote...»</p> + +<p class="top5">—Eso es lo que me hace falta—exclamó Francisca.—Buen muchacho...</p> + +<p>—Silencio—dijo Genoveva.—Continúo...</p> + +<p class="top5">«El sutil talento de usted, señora o caballero, percibirá en seguida la +diferencia enorme, inconmensurable, que me separa de los demás solteros, +y su corazón preverá un éxito fácil.</p> + +<p>»Error grave, señora. (Creo decididamente que es usted mujer.)</p> + +<p>»Hago a usted juez de la situación.</p> + +<p>»Hará unos tres meses, una de esas excelentes tías de que he tenido el +honor de hablar, me hizo insinuaciones a propósito de un proyecto de +matrimonio.</p> + +<p>»—Desgraciadamente—me dijo,—la muchacha no tiene otro dote más que +sus veinte primaveras, sus bellos ojos y sus muchas habilidades...</p> + +<p>»—Es mucho, tía.</p> + +<p>»—¿Cómo mucho?</p> + +<p>»—Sí, soy joven, me gusta el trabajo, y en vez de un matrimonio rico, +me contentaré con un matrimonio feliz.</p> + +<p>»—Bravo muchacho—respondió mi tía, dándome un abrazo.»</p> + +<p class="top5">—¡Diablo!—exclamó Francisca,—yo haría otro tanto... Ese Pedro es un +corazón de oro...</p> + +<p class="top5">«Mi tía corrió a casa de su amiga, madre de la joven, e hizo +triunfalmente su proposición: pero, en lugar del éxito esperado, la +respuesta fue rotundamente negativa. Le dijeron que era yo muy joven y +no bastante rico. Aquella muchacha de tantas perfecciones, no quería +casarse más que con un caballero llegado a la fortuna y... a la edad de +los ataques reumáticos. Evidentemente, no era yo su ideal.</p> + +<p>»Mi tía se quedó consternada.</p> + +<p>»Para consolarme de aquel fracaso, quiso probarme que no todas las +jóvenes pensaban del mismo modo, y yo la creí de buen grado.</p> + +<p>»Pocos días después me anunció el descubrimiento de la mujer soñada, que +era una linda joven, también sin fortuna, hija de una prima de la amiga +de una amiga suya. Yo dejé correr las cosas.</p> + +<p>»Con 560 pesos y los 240 de renta que me producirían los 8.000 que mis +padres me constituyen como dote, lo que me da 800 pesos, no tengo la +pretensión de hacer una vida brillante, pero puedo bien dar a mi hogar +un aspecto honroso si mi mujer posee las cualidades serias que convienen +a una joven sin fortuna. Ahora bien: he aquí cómo trataban de establecer +nuestro presupuesto la señora X... y su hija:</p> + +<p>»—¿Qué pensión piensa usted señalar a mi hija para vestirse?—me +preguntó mi futura suegra.</p> + +<p>»—La que ella quiera—respondí galantemente.</p> + +<p>»—Muy bien—continuó la señora X,—Susana no es exigente. Ya sabe usted +que se hace ella misma casi todos los trajes, y que no manda hacer más +que los de ceremonia. Una pensión pequeña, bastará. ¿Qué diría usted de +80 pesos?</p> + +<p>»—Concedido—respondí, dando gracias a la Providencia por haberme dado +una suegra tan razonable.</p> + +<p>»¡Ay! la hora del desengaño llegó rápidamente.</p> + +<p>»Ante mis ojos espantados desfilaron cifras amenazadoras:</p> + +<p>»200 pesos para los gastos de una criada. Susana había sido demasiado +bien educada, para hacer ella misma los quehaceres de la casa.</p> + +<p>»40 pesos para las comidas que tendríamos que devolver. A Susana le +gustaba la sociedad.</p> + +<p>»20 pesos para accesorios de pintura, bordado, música, etc. Susana tenía +tantas habilidades...</p> + +<p>»80 pesos para veranear. A Susana le gustaban los viajes.</p> + +<p>»20 pesos para las buenas obras. Susana daba su óbolo a todo el que se +lo pedía.</p> + +<p>»En una palabra, llegamos rápidamente a un total de 440 pesos, y mis +recursos se elevan a 800.</p> + +<p>»—¿Ha calculado usted, señora—dije con algún embarazo,—que hemos +gastado ya 440 pesos, y que no quedan más que 360 para la casa, la +comida, mis gastos personales, calefacción, alumbrado, lavandera, +seguro, médico, boticario, etcétera, etc.? Y si nuestra casa se poblase, +si hubiera una cuna... o varias...</p> + +<p>»—¡Dios mío! es verdad—exclamó mi futura suegra.—¿Qué hacemos?</p> + +<p>»¿Qué hacemos?...</p> + +<p>»Yo encontré la respuesta en seguida; no me casé, y no trataré de +hacerlo, mientras la categoría de las muchachas casaderas no se +transforme.</p> + +<p>»Puesto que desea usted conocer los motivos que alejan a los jóvenes del +matrimonio, puede poner entre los más frecuentes, el que me atrevo a +exponerle. La educación superficial y brillante de que sufren las +jóvenes sin fortuna, y pertenecientes a cierta sociedad, es ciertamente +una causa de celibato forzoso para ellas.</p> + +<p>»Si con 800 pesos no puedo yo nivelar un presupuesto, qué dirán los que +están reducidos a vivir con 400 ó 600 pesos...</p> + +<p>»Mientras las muchachas pobres sean la reproducción exacta, en +cualidades, defectos y gustos, de las ricas, que no se extrañen de que +éstas sean preferidas.</p> + +<p>»Someto mi caso y mis reflexiones a su alto juicio, y ruego a usted que +se sirva aceptar mis homenajes.</p> + +<p class="r smcap">»Pedro Marcelier.»</p> + +<p class="top5">—¿Qué decís de esto, hijas mías?—preguntó la de Ribert.</p> + +<p>—Es muy interesante—respondí pensativa. Iba a añadir:—«Y muy +verdad,»—pero me contuvo el pensar que aquella carta aludía +directamente a Francisca. No se podía hacer más claramente el proceso de +su caso particular, y el de las jóvenes educadas como ella. Genoveva se +abstuvo de hacer ninguna observación, por el mismo motivo. Francisca +observó el embarazo general, y con su vivacidad de siempre, se apresuró +a quitar al asunto todo carácter personal.</p> + +<p>—¡Vaya un cargante!—exclamó.—Qué manía de hacer sumas y restas... +Solamente en el registro se puede tener un gusto tan pronunciado por el +cálculo y sus complicaciones...</p> + +<p>—Siempre es útil saber contar—dijo dulcemente Genoveva.</p> + +<p>—Sí, lo concedo—respondió Francisca en tono de condescendencia.—Pero +ese señor, en vez de volver la espalda en seguida, pudo decir claramente +lo que pensaba a la madre de la joven. Pudieron entenderse, economizar, +borrar uno de los gastos...</p> + +<p>—¿Cuál hubiera usted borrado, Francisca?—preguntó la de Ribert con una +sonrisa ligeramente burlona.</p> + +<p>—¿Yo?... Ni uno, señora,—respondió Francisca muy convencida.—Todo eso +es estrictamente necesario...</p> + +<p>—Sí—dijo la de Ribert,—un gasto a que se está acostumbrado, se +convierte, en efecto, en una necesidad. El período que precede al +matrimonio es generalmente una amable suspensión de todas las facultades +prácticas, y se tira el dinero por las ventanas... Es, con frecuencia, +una fiebre de las más malignas, de la que las jóvenes se resisten +durante algún tiempo... Y se acostumbra uno pronto a no calcular...</p> + +<p>—¡Qué exageración!—exclamó Francisca.</p> + +<p>—No, no exagero. Después de los esplendores de unos esponsales +dichosos, vienen los faustos de la boda, completados por los gastos del +viaje obligatorio... Los jóvenes que poseen pocos bienes, hacen las +cosas tan regiamente como aquellos cuya fortuna está sólidamente +establecida... Hace falta voluntad y energía para resistir a la +corriente de los placeres y arreglar los gastos de tal modo, que se +salve el equilibrio del presupuesto, conservando las apariencias de una +vida acomodada... ¿Cree usted que las jóvenes modernas ven bien ese +grave aspecto del matrimonio?...</p> + +<p>—La verdad es que no lo sé—dijo Francisca.—Por mi parte prefiero +confesar en seguida que no entiendo nada de todo eso.</p> + +<p>—Ya ve usted—respondió sencillamente la de Ribert,—que el señor +Marcelier tenía razón.</p> + +<p>—¿Y la otra carta?—preguntó Francisca, queriendo cambiar de +conversación.</p> + +<p>Genoveva puso en la mesa la carta que acababa de leer, y cogió la +reclamada por Francisca.</p> + +<p>—Te prevengo—dijo riendo,—que esta carta no te va a gustar mucho más. +Escucha.</p> + +<p class="top5"> +<span style="margin-left: 6em;">«Juan Dormal al abonado X. Y. Z.</span><br /> +</p> + +<p class="top5">»Nadie era más partidario que yo del matrimonio. Soñaba yo con amor y +con agua fresca, cuando las muchachas se encargaron de administrarme +dicha agua fresca en forma de duchas desilusionantes.</p> + +<p>»Tres intentos de matrimonio a cual más desgraciado, me han desanimado +para mucho tiempo, y he abandonado la idea de casarme.</p> + +<p>»Permítame usted que le cuente estos ensayos lo más sucintamente +posible, a fin de contribuir así modestamente a sus interesantes +estudios.</p> + +<p>»Hace unos seis meses, mi madre me presentó en una casa donde debía +encontrar una señorita llena de cualidades y limpia de todo defecto. +Encontré, en efecto, una encantadora joven, de una elegancia perfecta, +amable, graciosa, alegre, y, en una palabra, enteramente seductora. +Antes de inflamarme por esta maravilla, el último resplandor de buen +sentido, me hizo averiguar los gustos de la que mi madre llamaba ya en +el fondo de su corazón «mi deliciosa hija.»</p> + +<p>»No soy un lobo, ni tengo nada de salvaje, pero tampoco tengo los gustos +de un mundano decidido. Confieso que mi ideal sería un hogar apacible y +dichoso, y que encontraría muy desagradable que mi mujer estuviese +siempre rodeada de una multitud de adoradores.</p> + +<p>»Ahora, bien, en pocas horas supe que Gilberta M... era una coqueta +empedernida, muy experta en audaces amoríos... Se citaba el número de +sus adoradores, casi igual al de sus trajes... Se me dijo que aquella +joven tan perfecta, era tan desagradable en el interior de su casa, como +encantadora fuera... Supe que era incapaz de coger una aguja, pero que, +en cambio, sobresalía en el piano, en el <i>tennis</i> y en el <i>croquet</i>, que +nadie montaba en bicicleta como ella y que no tenía rival en la +gabota...</p> + +<p>»Como sujeto de amoríos encontré a Gilberta ideal, pero como esposa... +diablo, aquello dejaba que desear. Abandoné, pues, el proyecto de mi +madre, y declaré francamente que no me casaría más que con una joven +seriamente educada... Se casa uno para estar tranquilo, después de todo.</p> + +<p>»Mi segundo ensayo fue lamentable, en otro concepto. Di con una joven +profundamente seria, pero una verdadera mujer mecánica. Sofía D... se +había impuesto cinco horas diarias de estudio de piano, dos de pintura, +una de canto y dos de paseo higiénico: total, diez horas de ocupaciones +sagradas que nada ni nadie tenía derecho a distraer... Condiciones <i>sine +qua non</i> del matrimonio; había que tomarla así o dejarla... Yo la dejé +con mucho gusto... ¡Cinco horas de piano!... ¡Cabeza hacía falta!...</p> + +<p>»—Búscame—dije a mi madre,—una buena camarada, ni muy mundana ni muy +seria; una joven de buena familia, sin demasiadas habilidades... Una +hija de la Naturaleza...</p> + +<p>»Esta perla estaba esta vez en un castillo de la Edad Media, muy +pintoresco, a fe mía... Fui a él en la estación de la caza, y sufrí +desengaño tras desengaño...</p> + +<p>»Micaela S..., buena muchacha, fraternal como un diablo, camarada con +exceso; tenía una conversación que indicaba demasiado que era, +realmente, una hija de la Naturaleza...</p> + +<p>»No podía decir tres palabras sin añadir una patochada y soltar una +desvergüenza digna de un carretero. No pude hacerme a aquella fantástica +educación, y llegué al colmo del asombro cuando le oí llamar a su padre: +«Mi viejo Teófilo» y a su madre: «La buena Isabel.» Cerré la maleta, y +volví a tomar el tren.</p> + +<p>»He aquí el relato muy abreviado de mis tentativas matrimoniales, la más +desagradable de las cuales, fue la de la camarada.</p> + +<p>»Una camarada es la mujer a quien se prohíbe tener ese encanto femenino +que nos cautiva; es la loca que firma riendo un contrato de igualdad, +que es para ella un engaño... La camarada es la mujer que renuncia a las +consideraciones que da la ternura, a los miramientos que da el respeto y +a los matices que da el amor... La camarada es la mujer ante la cual se +puede hacer todo, es la mujer con la que nadie debe casarse...</p> + +<p>»Rogando a usted que me dispense tan larga misiva, suplícole que acepte +la expresión de mis respetos.</p> + +<p class="r">»<span class="smcap">Juan Dormal</span>,<br /> +»Capitán de Artillería.»<br /> +</p> + +<p class="top5">Cuando Genoveva terminó la lectura, nos quedamos todas en silencio. +Francisca mordisqueaba la punta del pañuelo y columpiaba un pie puesto +sobre el otro. Yo me reía en mis adentros de su evidente disgusto. Ella, +que tiene por principio que la camarada es la mujer del porvenir, no +podía evidentemente conformarse con este nuevo concepto de la camarada, +y esto le hacía perder su buen humor acostumbrado.</p> + +<p>—Este señor razona muy bien... ¿Qué os parece?—preguntó la de Ribert, +echando una mirada a Francisca.</p> + +<p>—Ese señor es un imbécil—dijo levantándose bruscamente.</p> + +<p>—No te enfades, Francisca—exclamé, echándome a reír...—No te he oído +nunca decir las palabrotas de que habla el señor Dormal... No se trata +de ti.</p> + +<p>—Sí, sí, sabes bien que todas esas frases sobre la camarada me dan en +pleno estómago. ¡Ah! el muy idiota...</p> + +<p>—¿Tu estómago?...</p> + +<p>—No, ese capitán del diablo.</p> + +<p>—Vamos, Francisca, tranquilícese usted—dijo la de Ribert.—Si hubiera +previsto que estas cartas iban a contrariar a usted tanto, no se las +hubiera leído.</p> + +<p>—No lo sienta usted, señora—respondió Francisca con una vivacidad +enteramente elástica,—soy yo quien lo ha pedido... Pero ese señor +ridículo que afirma que no se casa nadie con la mujer camarada, se +engaña... Yo me casaré—añadió con una expresión repentinamente +endurecida,—diga lo que quiera ese señor y sus admiradores...</p> + +<p>Estas fueron las últimas palabras de la fantástica Francisca, que dijo +que nos dejaba porque tenía que terminar sus visitas de primero de año. +En cuanto se marchó, me levanté para despedirme de aquellas señoras, +pero la de Ribert me detuvo.</p> + +<p>—Esta Francisca es alarmante, muy alarmante... Su gana de casarse le +turba el entendimiento—dijo moviendo la cabeza con expresión +meditabunda.</p> + +<p>—¡Bah!—respondió Genoveva siempre indulgente.—Es esa una crisis por +la que pasan muchas jóvenes... Ya pasará; te lo aseguro.</p> + +<p>—Pero es una crisis peligrosa—observó la de Ribert;—su corazón y su +cabeza se atrofian visiblemente... No se fíe usted, Magdalena... No +debía usted decírselo todo a Francisca como lo hace.</p> + +<p>—Siento en el alma haber iniciado a Francisca en nuestras +averiguaciones, puesto que esto contraría a usted—respondí un poco +confusa.—Me he arrepentido en seguida de mi indiscreción, y...</p> + +<p>—Sí, hubiera preferido no ponerla al corriente de lo que +hacemos—murmuró la de Ribert un poco ensombrecida.—Pero a lo hecho, +pecho—añadió con su sonrisa habitual.—Esa Francisca desea demasiado +casarse y ese deseo es chocante en una señorita...</p> + +<p>—¡Bah! váyase por las que no lo desean bastante—dijo Genoveva.—Hay en +esto un buen sistema de compensaciones...</p> + +<p>La de Ribert no respondió, pero su cara expresaba una penosa ansiedad.</p> + +<p>—Magdalena—dijo dirigiéndose a mí,—disminuya usted un poco sus +relaciones con Francisca... Casi me dan ganas de hablar de esto con la +señora de Sermet...</p> + +<p>Genoveva y yo le suplicamos que no lo hiciese. Francisca es buena en el +fondo, muy amable y muy divertida. No comprendo que se sea tan severa +con ella. La de Ribert es un poco dura...</p> + +<p>Por la tarde han venido a vernos todas nuestras amigas, con gran +satisfacción de Celestina, orgullosa de ver tanta gente.</p> + +<p>—Hay aquí más visitas que en casa del alcalde—decía.</p> + +<p>Francisca ha estado a punto de tener otro pique con la Bonnetable, a la +que se obstina en contrariar en todo; pero la abuela lo ha evitado dos +veces, cortando la palabra a la incorregible niña mimada. La Roubinet, +como de costumbre, ha dicho lindas frases sobre el primero de enero, y +cuando deseó amablemente un marido a las solteras presentes, la virtuosa +Melanval no dejó de exclamar:</p> + +<p>—Con el permiso de Dios, por supuesto...</p> + +<p>A lo que Francisca, nerviosa, por su comienzo de escaramuza con la +Bonnetable, respondió por lo bajo:</p> + +<p>—O del diablo, me importa poco...</p> + +<p>La Bonnetable, al oírlo, dio tal salto, que su silla produjo un horrible +gemido y dio ocasión a la abuela para variar de conversación hablando de +la poca solidez de los muebles modernos.</p> + +<p>Mientras tanto, Petra y Paulina hablaron mucho de la próxima fiesta del +general. Parece que el regimiento se ha aumentado con un nuevo capitán, +el Barón de Erinois, viudo y padre de cinco hijos, pero poseedor de +12.000 pesos de renta. La de Brenay está tratando de pescar en sus redes +a este incomparable capitalista, mientras la ingeniosa madre de Paulina +ha descubierto en Martimprey, el pueblo de al lado, un joven industrial +cuya posición es tan tentadora, que la de Aimont ha inaugurado su plan +de campaña haciendo la corte al cura del pueblo, que tiene una gran +influencia con el joven en cuestión...</p> + +<p>Dios las bendiga... Como en el día de año nuevo se cambian los votos más +estrafalarios, nada se opone a que desee a estas señoras un pronto +éxito.</p> + + + +<p class="fecha">8 de enero.</p> + + +<p>Estaba hace ocho días deleitándome en el análisis de las cartas +recibidas y encontrando que los hombres tienen a veces buenas razones +para no casarse, cuando esta mañana recibí con gran satisfacción esta +esquela de Genoveva:</p> + +<p class="top5"><span style="margin-left: 6em;">«Querida amiga:</span><br /> +</p> + +<p>»El alma hermana no es un mito, pues ha dado señales de vida. Adjuntas +esas señales, con muchos besos de tu</p> + +<p class="r smcap">»Genoveva.»</p> + +<p class="top5">Abro la carta y descubro con encanto el milagroso hallazgo... El alma +hermana está en mis manos, al menos por la expresión de sus +pensamientos... ¡Qué dichosa soy!...</p> + +<p class="r top5">«Señora:</p> + +<p class="top5">«Agradezco infinito al periódico que me procure el honor de escribir a +usted sobre un asunto que tanto me interesa.</p> + +<p>»Soy soltero y estaría bastante resuelto a casarme, si tuviese la +suerte de encontrar una mujer que me gustase a mí y no a la servicial +persona que quiera mediar para probarme que tal joven me conviene +muchísimo. Tengo horror a los intermediarios en esta especie de cosas y +votaría con gran placer una ley que castigase a las personas cuya +especialidad consiste en hacer la felicidad de los demás.</p> + +<p>»A mi edad—30 años el mes próximo,—se sabe bien lo que se quiere y lo +que no se quiere. Puedo juzgar por mí mismo, y como mi fortuna me +permite no mirar a la de la mujer con quien me case, no me molesta +ningún prejuicio...»</p> + +<p>—¡Ah! eso es—exclamé sin dejar de leer.</p> + +<p>«No deseo ni dote, ni relaciones, ni gran trascendencia intelectual en +mi prometida, y sé que solamente con sentirla en perfecta comunidad de +ideas conmigo, podré amarla.</p> + +<p>—Lo mismo que yo con un marido, murmuré con unos latidos del corazón +que no me dejaban respirar.</p> + +<p>«Ahora bien, señora, no creo que se puede amar a una joven que en la +primera entrevista aparece desempeñando un papel convenido de antemano. +Cualesquiera que sean sus atractivos, son artificiales, y confieso que, +por mi parte, renunciaría a adivinar lo que pasa en aquel cerebro +velado, como no me arriesgaría a augurar las causas que hacen moverse a +un corazón que vive bajo tan lindos atavíos.</p> + +<p>»La joven casadera es un enigma difícil de descifrar, siendo así, que yo +quiero descifrar a mi prometida antes de querer a mi mujer. Para amar +hay que conocer y no basta la etiqueta...</p> + +<p>»Como usted ve, señora, tengo la debilidad de desear un matrimonio de +inclinación, pero, desagraciadamente, la vida de nuestras pequeñas +poblaciones se presta poco a ello. En Bellefontaine, donde vivo, los +hombres están agrupados de un lado y las mujeres de otro. Conocemos el +color de los sombreros de esas señoritas, pero no el de sus ideas.</p> + +<p>»Me es imposible casarme en esas condiciones.</p> + +<p>»Tengo fe, sin embargo, en la Providencia y espero tranquilamente que +suene mi hora. La mujer con quien debo casarme existe seguramente y +vendrá a mí. La espero con confianza y una ternura que no pide más que +entregarse...</p> + +<p>»Perdone usted esta confidencia demasiado personal, en gracia de la +intención que la ha motivado. He querido dar a usted parte de esta causa +de celibato, más frecuente de lo que se cree. Nosotros, los hombres, +somos con frecuencia tímidos. ¿Por qué no confesarlo?</p> + +<p>»Reciba usted, señora, el testimonio de mis respetos.</p> + +<p class="r smcap">Mauricio Baltet.»</p> + +<p class="top5">Me quedé muy pensativa después de la lectura de esta carta singular que +tan bien concuerda con mis ideas... Genoveva, pues, no se había +engañado; existe realmente un joven que piensa como yo en esta cuestión +del matrimonio... ¡Lástima que el señor Baltet viva en Bellefontaine en +lugar de vivir en Aiglemont!... En fin, qué le hemos de hacer...</p> + +<p>Fui por la tarde a dar las gracias a Genoveva por su amable envío, y mi +amiga se arrojó a mis brazos para felicitarme por mi buena suerte, +mientras su madre me preguntaba con interés si estaba satisfecha.</p> + +<p>No pude negarlo, puesto que a mi satisfacción de los primeros momentos +se unía otro sentimiento muy comprensible, que era éste; el señor Baltet +empezaba a pertenecerme por derecho de conquista. La de Ribert decía +hablando de él:</p> + +<p>—El alma hermana de usted.</p> + +<p>Genoveva iba más lejos y decía:</p> + +<p>—Tu <i>alter ego</i>.</p> + +<p>—Figúrese usted, señora, que este señor Baltet no me parece ya un +extraño... Le adopto, le acaparo y hago causa común con él...</p> + +<p>—De prisa vas—respondió Genoveva maliciosamente.—¡Qué lástima, mamá, +que el señor Baltet y Magdalena no se conozcan!...</p> + +<p>No pude menos de ruborizarme al oír estas palabras que estaban tan en el +tono de mis ideas, y me apresuré a distraer la atención de Genoveva, que +empezaba a pesarme un poco.</p> + +<p>—Nuestros estudios adelantan mucho, ¿verdad?—dije con una flexibilidad +de tono digna de Francisca.</p> + +<p>—Sí—respondió la de Ribert,—y estoy muy satisfecha al ver que los +hombres no son tan egoístas como yo temía. Decididamente, hay unanimidad +en las quejas contra la educación de las jóvenes actuales... Tengo aquí +otras cartas en el mismo sentido.</p> + +<p>—¿Sí?—exclamé esforzándome por olvidar al señor Baltet para no pensar +más que en la correspondencia de la de Ribert.—¿Qué se les reprocha de +nuevo?</p> + +<p>—De nuevo, poco. Esos señores se quejan con una notable unanimidad del +espíritu de independencia, de la coquetería y del ardor por los +<i>sports</i> que distinguen a las muchachas... Y el piano, el pobre piano, +qué tempestades levanta...</p> + +<p>—Y hay madres que creen que la música es una preciosa añadidura al dote +de sus hijas—dijo Genoveva con una risa que nos puso de buen humor.</p> + +<p>—Se equivocan como unas estúpidas—exclamó una voz burlona y vibrante, +la voz de Francisca, que entraba en este momento en el saloncillo.—Y +bien—añadió, después de darnos un vigoroso apretón de manos,—¿hay +indiscreción en preguntar a ustedes qué dicen esos imbéciles?...</p> + +<p>Y sin oír el grito ordinario de protesta que se nos escapó a pesar +nuestro: «¡Oh! Francisca,» se instaló cómodamente en un sillón. La de +Ribert le echó una mirada escandalizada al verla sentarse con las +piernas cruzadas, postura con que la incorregible Francisca se complace +en excitar la indignación de las respetables aiglemontesas. La buena +señora se calló sin embargo.</p> + +<p>—He encontrado mi alma hermana, Francisca... He...</p> + +<p>Una imperiosa mirada de la de Ribert me cortó la frase. Era visible que, +según ella, acababa de cometer otra tontería. No comprendo esos +misterios para una cosa tan sencilla... Pero como ya no podía retroceder +di a Francisca la carta del señor Baltet diciéndole sencillamente:</p> + +<p>—De mi alma hermana.</p> + +<p>—Entonces será tan mema como tú—respondió Francisca,—y no es poco +decir, mi pobre Magdalena...</p> + +<p>Leyó y releyó la carta como para pesar sus términos.</p> + +<p>—¿De modo que este majadero es tu ideal?—preguntó en tono burlón en +cuanto acabó la lectura.—¿No ves, inocente, que tiene todas las +cualidades para ser engañado?...</p> + +<p>—¿Cómo es eso?—dije admirada por la apreciación de Francisca.</p> + +<p>—Ese señor es demasiado cándido—continuó.—Para cogerle y acapararle +no hay más que hacerle creer que se tienen los mismos gustos que él, y +¡pan! ya está pescado...</p> + +<p>—Qué cosas dices—murmuré confundida.</p> + +<p>—De tu alma hermana... ¿eh?... Si tu abuela te hubiera dejado leer la +mitad solamente de los librotes que yo he leído, razonarías como yo, mi +pobre Magdalena.</p> + +<p>—Y sería una lástima—respondió la de Ribert, muy descontenta esta +vez.—Usted, Francisca, tiene un modo de ser poco tranquilizador... No +comprendo...</p> + +<p>—¿Que tenga estas ideas sobre la especie masculina?... ¡Ah!—suspiró +Francisca cómicamente,—yo puedo asegurar que los hombres no valen nada, +puesto que...</p> + +<p>—Puesto que no se casan contigo—añadió Genoveva.</p> + +<p>—Tú lo has dicho—respondió Francisca imperturbable.—¿Sabe usted lo +que a los mejores les gusta más en nosotras?</p> + +<p>—No—contestó la de Ribert divertida a pesar suyo.</p> + +<p>—Nuestros defectos.</p> + +<p>—Pero, Francisca—dijimos con indignación,—¿cómo puede usted decir una +cosa semejante?</p> + +<p>—Dios mío, no griten ustedes tanto—respondió poniéndose las manos en +los oídos.—Certifico que un exceso de cualidades en la mujer aleja a +los pretendientes... En cambio una llena de defectos se casa en +seguida.</p> + +<p>—Entonces está usted madura para el matrimonio—respondió la de Ribert +medio enfadada, medio en broma...</p> + +<p>—Lo creo... con un poco más de mis 2.000 pesos de dote, hace mucho +tiempo que estaría casada. Esos caballeros me encuentran encantadora.</p> + +<p>—Y muy mal educada—añadió la de Ribert.</p> + +<p>—Eso es lo más sabroso... Usted, señora, no entiende nada de amor...</p> + +<p>—Francisca—replicó la de Ribert, muy severa esta vez,—si sigue usted +así voy a ponerla en la puerta.</p> + +<p>—Señora—exclamó Francisca con una flexibilidad enteramente +felina,—hablaba en broma, no me regañe usted... Era para escandalizar a +Magdalena, cuya expresión de inocencia me divierte mucho.</p> + +<p>Y Francisca me envió un beso con los dedos mientras la de Ribert seguía +mirándola de un modo poco tierno... Qué idea la de tomar en serio lo que +dice esta loca de Francisca... Es tan niña...</p> + +<p>—¿Puedo escuchar aún, algunos párrafos de esa correspondencia de +solteros?—preguntó Francisca.—Prometo ser buena como una imagen y +respetuosa como un leño.</p> + +<p>La mirada de la de Ribert se dulcificó ante el tono de la petición, que +produjo en todas una franca carcajada.</p> + +<p>—Al lado—dijo,—de todos los motivos de abstención ya enumerados, hay +aquí una carta según la cual se debe atribuir el celibato de muchos al +desarrollo del lujo. Su autor, hijo de un antiguo zuavo pontificio, +cita una frase de Pío IX a la señorita de Gentelles: «Es el lujo lo que +con frecuencia desune a los esposos y con más frecuencia todavía impide +la conclusión de los matrimonios; pues apenas se encuentran hombres que +consientan en cargarse con tan enorme gasto.»</p> + +<p>—Pío IX debía de tener la presciencia de mis pretendientes—exclamó +Francisca con graciosa convicción.—¿Y qué van ustedes a hacer de todas +estas noticias?</p> + +<p>—Nada—respondió la de Ribert.—Es una satisfacción para mí saber que +los jóvenes tienen buenas razones para no lanzarse a un matrimonio +arriesgado... Las muchachas de la clase media están muy mal educadas y +no quieren a los hombres de posición análoga a la suya.</p> + +<p>—Eso no es cierto—dijo Francisca.—Un marido no importa cómo, sea +quien quiera, en cualquier parte que se encuentre, aunque sea en la +China, es todo lo que yo pido.</p> + +<p>—¡Qué Francisca ésta!—murmuró la indulgente Genoveva con una mirada +suplicante hacia su madre para que no respondiese a Francisca.</p> + +<p>La de Ribert me leyó todas las cartas recibidas, y dejé a aquellas +señoras, llevándome la carta de mi alma hermana, que Genoveva me puso en +la mano en el momento de salir.</p> + +<p>Cuando entré en casa, la abuela, que estaba en el salón, notó en seguida +mi alegría y levantó la cabeza tan bruscamente que se le cayeron las +gafas a la alfombra.</p> + +<p>—Muy risueña estás, hija mía—me dijo con su bondad habitual.—¿Qué +hay?</p> + +<p>Sin tener en cuenta su animosidad por nuestras investigaciones, se lo +conté todo y le leí triunfalmente la carta del señor Baltet. Esperaba yo +un sermón sobre las costumbres actuales y violentos reproches sobre el +modo de ser de las jóvenes modernas, pero, con gran asombro mío, la +abuela se contentó con mirarme con sorpresa y exclamó en tres tonos +diferentes:</p> + +<p>—Calla... calla... calla...</p> + +<p>Después se aseguró tranquilamente las gafas en la nariz, cogió su labor +y habló de otra cosa...</p> + +<p>¡Y yo, que esperaba una reprimenda!...</p> + + + +<p class="fecha">15 de enero.</p> + + +<p>Es curioso cómo me interesa el señor Baltet... Llevo dos noches soñando +con él. Le veo rubio, delgado, bastante alto. Sus ojos azules son dulces +y su voz agradable.</p> + +<p>Bajo el imperio de mi preocupación involuntaria, me interesan menos las +cartas que recibe la de Ribert, que no comprende mi repentina +indiferencia... Hago vanos esfuerzos para recobrar mi ardor, pero no lo +consigo.</p> + +<p>Genoveva ha descubierto una parte de la verdad.</p> + +<p>—Ahora que Magdalena posee su alma hermana, no le interesa ya el resto.</p> + +<p>Es eso y no lo es. Pero cómo explicar...</p> + +<p>La de Ribert me leyó una porción de misivas explicando de diversos modos +la escasez de maridos... ¡Cómo me hubiera interesado todo esto hace +quince días!... Hubiera sido para mí un placer transcribir todas estas +cartas, estudiarlas de cerca, discutirlas. Hoy no tengo paciencia para +ello ni lo deseo... Cómo se cambia...</p> + +<p>Lo que yo quisiera, a todo esto, es saber si el señor Baltet es rubio o +moreno... Me gustaría que se pareciese a mi sueño...</p> + + + +<p class="fecha">24 de enero.</p> + + +<p>¡Qué cosa tan singular es una idea fija!...</p> + +<p>Creo, palabra de honor, que no pienso ya más que en el señor Baltet... +Llevo la necedad hasta poner su carta debajo de mi almohada... Es un +colmo y un colmo estúpido, como diría Francisca. ¿Qué necesidad tengo de +la carta del señor Baltet para dormir?...</p> + +<p>¿Estaré enferma?</p> + +<p>Saco la lengua delante del espejo, y la encuentro magnífica... Me tomo +el pulso y nada tiene de anormal... ¿Qué es entonces todo esto?... +¿Existe un resfriado moral?...</p> + +<p>Todo me lleva invariablemente a ese señor Baltet a quien no conozco. +Ayer encontré a Petra que, con tierna solicitud, iba a acompañar a paseo +a Simona y Gertrudis de Erinois, y no pude menos de pensar que sería yo +muy feliz paseándome así con las niñas de Baltet... si es que existen +niñas de Baltet... La de Brenay acapara a los Erinois, padre e hijos; +todo Aiglemont se interesa por la lucha Brenay-Erinois, como llaman a la +nueva intentona de esta ambiciosa señora de Brenay. Se hacen apuestas, y +Paulina me ha contado que su padre ha apostado un peso a que la boda no +se hace. La de Aimont está muy descontenta porque teme que esta historia +de la apuesta llegue a oídos de los Brenay, que se pondrían furiosos.</p> + +<p>—Pero también—objetaba la de Aimont,—no se comprende semejante +imprudencia... Petra ha recorrido ayer toda la calle de Thiers con las +niñas de Erinois... Es correr detrás del padre demasiado visiblemente.</p> + +<p>No veo que haya una relación tan visible entre el padre y las hijas, +pero esto debe de consistir en mis preocupaciones personales.</p> + +<p>¿Será que mi cabeza descarrila, como dice algunas veces la abuela?...</p> + + + +<p class="fecha">29 de enero.</p> + + +<p>Esta tarde, me ha sorprendido la abuela registrando el diccionario +geográfico.</p> + +<p>—¿Qué buscas, Magdalena?</p> + +<p>—Nada, abuela... El nombre de una población—balbucí ruborizándome de +un modo anormal.</p> + +<p>—¿Qué nombre?</p> + +<p>—Bellefontaine—murmuré ocultando esta vez la cara en el libro.—Tiene +6.000 habitantes—dije sin atreverme a levantar los ojos.</p> + +<p>—Un poco menos que Aiglemont—respondió la abuela sin fijarse lo más +mínimo en mi confusión.—Me gustan esos pueblos pequeños... Las +costumbres son en ellos apacibles y honradas...</p> + +<p>Dicho esto, me dejó con el pretexto de dar órdenes a Celestina. No sé +por qué me pareció sorprender un relámpago de satisfacción en la mirada +que me echó al cerrar la puerta...</p> + + + +<p class="fecha">2 de febrero.</p> + + +<p>Descarrilo, positivamente.</p> + +<p>Esta mañana, después de misa, me he encontrado delante de la imagen de +San Antonio con la de Aimont. San Antonio es menos comprometedor que San +José y las muchachas casaderas pueden rezarle sin que todo el pueblo sea +informado inmediatamente de que están en instancia con el Cielo para +obtener un marido.</p> + +<p>La de Aimont estaba confusa y yo también. Ella rezaba por el señor de +Martimprey a fin de que el santo favoreciese el matrimonio de su hija. +Yo suplicaba a San Antonio en favor del señor Baltet. Pero sin precisar.</p> + +<p>—He perdido unas llaves que me hacen mucha falta y vengo a encomendar +mi causa a San Antonio—me dijo la de Aimont al oído.</p> + +<p>—Yo he extraviado un pañuelo de valor—respondí con la misma +sinceridad,—y espero que San Antonio...</p> + +<p>Cambiamos un apretón de manos y no hubo más.</p> + +<p>La de Ribert, a quien encontré al salir de la Catedral, me dio broma +amablemente sobre mi repentino desencanto respecto de nuestros +estudios...</p> + +<p>Protesté, pero débilmente y sin convicción. Para explicar mi cambio de +actitud alegué unos trabajos urgentes de pintura. La abuela, que se +reunió con nosotros en este momento, cambió con la de Ribert una mirada +de inteligencia que me ruborizó... Por fortuna, la conversación tomó +otro sesgo.</p> + +<p>¡Dios mío, te lo ruego, haz que ni la abuela ni la de Ribert adivinen mi +niñería!</p> + + + +<p class="fecha">10 de febrero.</p> + + +<p>Francisca, extrañada porque no me encuentra en ninguna parte, ha venido +a buscarme esta mañana.</p> + +<p>Vamos a ver, Magdalena—me gritó desde el umbral de la puerta,—vengo a +saber por qué desapareces así de la circulación. ¿Por qué no has ido a +casa de Petra ni a la de Paulina?... Te hemos echado mucho de menos... +Si supieras cómo nos hemos reído... La de Brenay se cree ya suegra del +Barón de Erinois; habla de él con un orgullo extravagante y mima a las +chiquillas cuanto puede...</p> + +<p>—¡Ah!—dije aparentando interés.</p> + +<p>—Simona de Erinois dijo el otro día una frase que no tiene precio. +Figúrate que se atrevió a decir a la de Brenay: «Eres amable porque +quieres a papá...» Imagínate el cuadro...</p> + +<p>—¡Ah!...</p> + +<p>—Lo que me parece que va bien es el matrimonio de Paulina. Según lo que +cuenta la de Aimont, el joven que tiene tan bonita fortuna en Martimprey +exige 20.000 pesos de dote. La de Aimont protesta... «¡Qué +exigencia!—murmura;—es draconiano...»</p> + +<p>—Y ella, ¿no se encuentra exigente?</p> + +<p>—Nada de eso—respondió Francisca con una burlona carcajada.—Ella es +natural que tenga las pretensiones que quiera, eso es permitido... Lo +que no lo es, es que el caballero haga lo mismo.</p> + +<p>—¡Ah!—respondí pensando en otra cosa.</p> + +<p>Francisca se acercó a mí y me levantó la cabeza cogiéndome por la +barbilla.</p> + +<p>—¿Me quieres decir qué significan esas distracciones?—me preguntó +meneándome.—La verdad es que no te conozco... Vamos, no me mires así, +porque creeré que no tienes la conciencia tranquila...</p> + +<p>Por toda respuesta me eché a llorar sin poder más que decir débilmente:</p> + +<p>—No sé lo que tengo... Creo que estoy enferma...</p> + +<p>Francisca me miró un instante en silencio, registró mi escritorio, +descubrió mi diario y leyó las últimas páginas sin que yo pensase +siquiera en oponerme.</p> + +<p>—¡Vamos! esto es... Estás cogida, mi pobre amiga...</p> + +<p>—¿Cómo cogida?...</p> + +<p>—Sí, estás chiflada por el señor Baltet.</p> + +<p>—Chiflada...</p> + +<p>—Ciertamente... Le amas... ¿Comprendes ahora?</p> + +<p>—No, no, Francisca, no te figures eso—exclamé espantada y sin llorar +ya esta vez;—estoy enferma...</p> + +<p>—Enferma... ¿Dónde?</p> + +<p>—Por todas partes...</p> + +<p>—Una especie de angustia, ¿eh?...</p> + +<p>—Sí.</p> + +<p>—Falta de interés hacia todo... Una idea fija...</p> + +<p>—Sí, sí...</p> + +<p>—Accesos de tristeza... Ganas de llorar...</p> + +<p>—Sí, sí—dije sintiendo que las lágrimas se me escapaban con +abundancia.</p> + +<p>—Pues bien, eso es el amor—exclamó Francisca con entonación +triunfante.—Te aseguro, hija mía, que eso es el amor...</p> + +<p>—No es posible—respondí indignada.—No conozco siquiera a ese señor y +quieres que le ame...</p> + +<p>—No es necesario conocer para amar—dijo Francisca con vivacidad.—En +las novelas no se conoce más que a los amigos. Con los enamorados la +cosa es más rápida... Una chispa, y brota el amor...</p> + +<p>—En las novelas, Francisca, pero en la vida...</p> + +<p>—En la vida pasa como en las novelas... Créeme, Magdalena, he leído +bastante para conocer la materia...</p> + +<p>—¿Crees entonces?...—pregunté un poco influida por la convicción de +Francisca.</p> + +<p>—Sí... Con tus ideas y tu educación, tenía que suceder... ¡Ah! +Magdalena, la solterona se transforma en una enamorada... Es +graciosísimo...</p> + +<p>Sonreí débilmente.</p> + +<p>—No te burles, Francisca... Piensa que te puede suceder lo mismo...</p> + +<p>—¿A mí?—exclamó indignada;—jamás... ¿Yo enamorada?... El amor, amiga +mía, no es de mi cuerda.</p> + +<p>—¿Y lo es de la mía?...</p> + +<p>—Completamente... Tú eres cariñosa, Magdalena, y yo no... Por otra +parte—añadió,—prefiero mi carácter al tuyo...</p> + +<p>—Cada cual es como Dios le ha hecho—suspiré, envidiándole su filosofía +y su buen humor.</p> + +<p>—Desgraciadamente para ti. Teniendo corazón se sufre... Con un corazón +de similor como el mío, todo importa poco... ¡Viva el similor!...</p> + +<p>—¡Viva el amor!—respondí por lo bajo.</p> + +<p>—¡Qué gusto!—exclamó Francisca muy contenta.—Va a ser divertido ver a +una enamorada de carne y hueso... ¿Me lo contarás todo, eh, +Magdalena?...</p> + +<p>La niñada de Francisca me hizo reír, y prometí todo lo que quiso. He +aquí a la buena Francisca elevada al papel de confidente... Se calumnia +al decir que no tiene corazón, y todo el mundo es injusto con ella... +Es, sin embargo, la única que me ha comprendido... Qué buena y segura +amiga...</p> + +<p>—¡Pensar que estoy enamorada!... Es lindo el amor, pero triste... Y +hasta hace un poco de daño...</p> + + + +<p class="fecha">16 de febrero.</p> + + +<p>La abuela va con frecuencia a casa de la Ribert, el padre Tomás viene a +la nuestra, Genoveva aparece y desaparece y me envía amables sonrisas, y +Celestina afecta cierto aire de discreción... Con tal de que no piensen +otra vez en casarme... ¡Oh! no, no estoy para entrevistas...</p> + +<p>No he podido menos de dar parte a Francisca de mis temores, y me ha +animado a la resistencia.</p> + +<p>—El amor es siempre contrariado por la familia—observó, dándose +importancia.</p> + +<p>—¿Crees eso?</p> + +<p>—Sí. Hay que tener energía y no dejarte influir...</p> + +<p>—Pero...</p> + +<p>—Si cedes, todo está perdido.</p> + +<p>—No cedo—respondí;—pero, en fin, Francisca, yo no conozco al señor +Baltet...</p> + +<p>—Que no le conoces... ¿Y la famosa carta?...</p> + +<p>—Es verdad; existe la carta.</p> + +<p>—Una carta como esa, basta para inflamar un corazón...</p> + +<p>—Un corazón inflamable—rectifiqué,—pero no uno como el tuyo.</p> + +<p>—No se trata de mí—respondió Francisca.—sabes que yo no represento +más que los papeles de coqueta, mientras que tú eres una enamorada de +nacimiento...</p> + +<p>—¿Verdad?...</p> + +<p>—Sí, cuando yo te lo digo...</p> + +<p>¡Buena y querida Francisca!... Qué suerte tiene de saber tanto... Hemos +discutido juntas el santo a quien hay que rezar para conseguir que el +señor Baltet llegue a conocerme. Yo me inclinaba a San Antonio, pero +Francisca no es de mi opinión y me encomienda a Santa Magdalena. Me ha +traído el librito del padre Lacordaire para excitar mi confianza en la +querida santa.</p> + + + +<p class="fecha">20 de febrero.</p> + + +<p>—¡Qué revolución en mi vida!...</p> + +<p>—¡Oh! qué inmenso agradecimiento el mío a mi buena y querida abuela... +Y pensar que estaba yo a punto de creer que su abnegación se +debilitaba... Qué monstruoso error y qué ingratitud sin ejemplo...</p> + +<p>Esta mañana, almorzando, la abuela me hizo observar que estaba quedando +mal con la de Ribert y que no debía abandonarla así, después de haberla +molestado tanto con mis deseos de estudio.</p> + +<p>Si ahora te interesan menos las solteronas—dijo la abuela con fina +sonrisa,—no por eso debes tomar ese aspecto despegado... Hace más de +cinco meses nos estás fastidiando con tus solteronas... ¡Dios mío! qué +disgustos me has dado... En fin, ya pasó...</p> + +<p>—¿Qué es lo que ha pasado?—pregunté fingiendo no comprender el +pensamiento de la abuela.</p> + +<p>—Tu incomprensible gusto... Para ti no había más que las solteronas... +Sólo ellas eran buenas y perfectas...</p> + +<p>—No, abuela. Pero convengamos en que son tan buenas y tan perfectas +como las casadas... o más.</p> + +<p>—¡Bah! no hablemos más... Para salvar tu reputación, iremos esta tarde +a casa de la de Ribert... No quiero que esta excelente amiga te juzgue +mal.</p> + +<p>Se convino que a las tres dadas me encontraría dispuesta para acompañar +a la abuela, y como no quería, de ningún modo, sufrir un interrogatorio +malicioso, envié dos letras a Francisca para que se encontrase a las +tres en casa de la de Ribert. Contaba con ella para cambiar de +conversación e impedirla que fuese desagradable para mí.</p> + +<p>A la hora indicada, y en el momento de entrar en casa de nuestras +amigas, nos tropezamos con Francisca, la cual, después de haber saludado +amablemente a la abuela, nos propuso acompañarnos. La abuela hizo un +movimiento de protesta que Francisca aparentó no ver ni yo tampoco. En +seguida llamé, para evitar la hostilidad de la abuela, a la que no hacía +ninguna gracia la compañía de Francisca.</p> + +<p>Marieta, la doncella, nos abrió la puerta, y cambió un mirada con la +abuela, que me asombró. Pareció que la abuela le preguntaba:</p> + +<p>—¿Hay alguien con la señora?</p> + +<p>Y que Marieta había respondido:</p> + +<p>—Sí.</p> + +<p>Mientras subía la escalera, me sentí oprimida y rara. Francisca me +empujó con el codo y me dijo:</p> + +<p>—Esto huele a misterio, ¿eh?...</p> + +<p>Mi opresión aumentaba, y me parecía que marchaba hacia mi destino, casi +hacia mi desgracia... Si me hubiera atrevido, me hubiera escapado... Por +fin, se abre la puerta del salón y... ¿qué veo?</p> + +<p>Delante de la ventana, ocupados en mirar fotografías, estaban la de +Ribert y un joven rubio... alto... delgado... de ojos azules... Es el +señor Baltet, estoy segura...</p> + +<p>Las presentaciones no me enseñaron nada. Le había conocido... ¡Cómo se +parecía al hombre de mis sueños!... Su voz tiene las mismas inflexiones +corteses... ¡Es él!...</p> + +<p>Pero... si es él, es que la abuela y la de Ribert me han adivinado... +¡Qué vergüenza!</p> + +<p>Por un violento esfuerzo, logro recobrar un poco la calma, pero no puedo +hablar... Francisca, que lo ha comprendido todo, se divierte +grandemente, ríe, habla, afecta su expresión reservada de los buenos +días, y exhibe de vez en cuando algún ingenio. Está encantadora, +mientras que yo tengo la sensación de estar estúpida como una docena de +gansos reunidos... La de Ribert me mira con reproche, la abuela con +ansiedad, y las dos están casi duras con Francisca, y cortan +intencionadamente sus frases más brillantes... Por fortuna para mi +amiga, su humor parece estar en buen tiempo fijo y me quedo asombrada +de su dulzura desusada. ¡Pobre Francisca! Hace eso por mí... Qué buena +es...</p> + +<p>La de Ribert nos explicó en pocas palabras cómo había conocido al señor +Baltet, y habló de sus investigaciones sobre el celibato... La abuela +sonrió... El señor Baltet tomó parte en la conversación... Genoveva +habló también... Solamente a mí no se me ocurrió nada que decir... Era +tan feliz con mi absurda angustia... No sé cuánto tiempo duró la visita, +pero cuando la abuela se levantó, di un suspiro de pena... La abuela lo +notó probablemente, pues invitó al señor Baltet a ir a casa al día +siguiente, con aquellas señoras, para ver unas antigüedades que podía +enseñarles.</p> + +<p>El señor Baltet dio las gracias y aceptó, diciendo que quería aprovechar +su estancia en Aiglemont para hacer unos estudios arqueológicos del +mayor interés. Tiene una carta de recomendación para el padre Tomás, lo +que pareció encantar a la abuela.</p> + +<p>Pero Francisca dio un violento golpe a su encanto, expresando que +tendría mucho gusto en ser admitida a contemplar esas cosas que tanto le +gustan. La abuela no había comprendido ciertamente a Francisca en la +invitación, pero la curiosilla desempeñó perfectamente bien el papel de +aficionada a antigüedades, y hasta tomó cierta expresión profunda al +hablar de arqueología, todo para ablandar a la abuela y conseguir que no +se le cerrase la puerta... El señor Baltet parecía ver con placer las +diversas evoluciones de Francisca. Cómo se hubiera reído si hubiera +sospechado la comedia que nos estaba representando...</p> + +<p>Genoveva me acompañó hasta la puerta y me dio un beso tan tierno, que +me sentí instantáneamente animada y libre de mi absurda angustia.</p> + +<p>—Qué lástima, dejar a la de Ribert—dije a la abuela en cuanto +salimos.—Creo ahora haber recobrado mi presencia de ánimo y hubiera +gozado más de la presencia de mi alma hermana...</p> + +<p>—Silencio—dijo la abuela;—esperemos a estar en casa para hablar +libremente...</p> + +<p>Al llegar, me eché en los brazos de la abuela, y sólo mis lágrimas le +dijeron elocuentemente mi agradecimiento.</p> + +<p>—¡Querida abuela!—suspiré, cubriéndola de besos.</p> + +<p>—¿Estás contenta, hija mía?—me preguntó con voz conmovida, +devolviéndome con usura mis caricias.</p> + +<p>—Abuela, abuela... ¿Habías adivinado?... Qué ángel guardián...</p> + +<p>—No era difícil—respondió.—Eres tan misteriosa, pobre hija mía, que +llevas el secreto escrito en la frente...</p> + +<p>—¡Dios mío! y yo que apenas lo sabía... Sin Francisca, no lo hubiera +sospechado siquiera...</p> + +<p>—Dichosa inocencia—exclamó la abuela riéndose.—Pero—añadió más +severamente,—te ruego, Magdalena, que no acojas a Francisca como lo +haces... Es astuta esa muchacha... Me contraría el verla mañana con el +señor Baltet...</p> + +<p>—¿Por qué?—pregunté sorprendida.</p> + +<p>—Por nada—respondió la abuela, haciendo un movimiento como para +ahuyentar un pensamiento importuno.—Hablemos de nuestro complot...</p> + +<p>Me contó entonces que había vigilado mis impresiones, que se había +confiado al padre Tomás, y que la de Ribert había prestado su concurso +a la conspiración. Con el pretexto de comunidad de ideas, había +respondido directamente al señor Baltet. Este había pedido con la misma +ocasión algunos datos sobre los descubrimientos arqueológicos hechos en +Aiglemont, y la de Ribert había respondido tan bien, que el señor Baltet +manifestó el deseo de venir a juzgar personalmente. Y todo se había +arreglado.</p> + +<p>—De modo—pregunté mordida en el corazón por una secreta angustia,—que +no se ha tratado de mí...</p> + +<p>—Nada de eso—respondió la abuela.—Acuérdate de la declaración de +principios del señor Baltet... Creo que hablaba de exterminar a todo +intermediario en un asunto matrimonial... No era este el caso de +probar...</p> + +<p>—Mejor—respondí;—me quitas un gran peso...</p> + +<p>—Un poco de buen sentido, Magdalena—dijo la abuela.—Ya me haces +incurrir en cosas bastante extraordinarias sin llegar a ofrecer a nadie +mi nieta... ¡Ah! qué débil es el corazón de una abuela... Por cariño a +ti, me veo metida en la más tonta historia que he visto jamás... La +culpa es de las solteronas... Las abomino...</p> + +<p>—Querida abuela—respondí, apoyando la cabeza en su hombro,—si esas +aborrecidas solteronas fuesen la causa de mi felicidad, ¿las +detestarías?...</p> + +<p>—No, hija mía—dijo la abuela enternecida.—Tu dicha es mi única +preocupación... de modo que tú crees...</p> + +<p>—Sí—balbucí confusa,—sí, creo...</p> + +<p>—¿Ya no eres opuesta al matrimonio?</p> + +<p>—Muy poquito ya... casi nada.</p> + +<p>—¡Ay! hija mía, qué alegría me das... Al fin podré morir tranquila...</p> + +<p>—No hables así, abuela adorada. Lo que hace falta es que vivas mucho +tiempo... siempre.</p> + +<p>La abuela movió la cabeza con expresión de pena, y para no enternecerse +más, me habló de la buena posición del señor Baltet, de sus gustos +serios y de sus relaciones con el mundo de la ciencia.</p> + +<p>—¡Es alguien!—dijo la abuela.</p> + +<p>—Con tal de que yo llegue a ser algo para ese alguien...—murmuré con +nueva angustia.</p> + +<p>—¿Por qué no?—respondió la abuela con orgullo.—Tendría que ver que a +ese señor se le ocurriera criticarte...</p> + +<p>—Sin criticarme, podría sencillamente no reparar en mí...</p> + +<p>—¿En ti?...</p> + +<p>Esta pregunta fue un poema de amor, de confianza y de admiración y dijo +todo el cariño de mi abuela querida y su fe ciega en el porvenir de su +nieta.</p> + +<p>¡Pobre abuela!...</p> + + + +<p class="fecha">21 de febrero.</p> + + +<p>El señor Baltet me gusta cada vez más.</p> + +<p>Ha estado delicioso esta tarde. Cada uno de los objetos que le +presentaba la abuela, era motivo para una disertación medio seria, +medio jocosa. La de Ribert y Genoveva han quedado conquistadas como +yo... aunque en distinto grado. Hasta Celestina manifiesta alguna +indulgencia hacia el señor Baltet. La abuela no habla más que de él, y +su nombre sale a cada instante en la conversación... Yo sonrío y me +pongo encarnada... Dios mío, qué dichosa soy...</p> + +<p>Francisca me asombra prodigiosamente. Ella, que no tiene la costumbre de +hablar seriamente, está admirable de formalidad y de oportunidad. No sé +dónde ha ido a buscar las anécdotas que nos ha contado sobre un plato de +Bernardo Palissy; todas la hemos escuchado con la misma sorpresa. Sin +ese airecito reservado y dulce que ha inaugurado, sin duda en obsequio +del señor Baltet, se hubiera ganado algunas observaciones de la abuela o +de la de Ribert; pero nadie ha dicho nada, en consideración a un +esfuerzo tan meritorio. El mismo señor Baltet escuchaba con gusto lo que +decía Francisca. En varias ocasiones ha buscado su mirada y casi +solicitado su aprobación; y la deliciosa Francisca, encantadora de +ingenuidad y de modestia, sonreía, decía algunas palabras sin +incorrecciones, se callaba y bajaba los ojos... Hasta he notado que le +sale muy bien ese juego de miradas... Qué milagrosa conversión... No he +podido menos de hacérselo observar:</p> + +<p>—Dime, Francisca, ¿se trata de una apuesta?</p> + +<p>—No hagas caso, Magdalena—me respondió, soltando una carcajada, que me +pareció nerviosa,—es mi cara de hacer conquistas...</p> + +<p>—¡Su cara de hacer conquistas!... ¡Qué broma!...</p> + + + +<p class="fecha">25 de febrero.</p> + + +<p>Se ha marchado, y todo mi horizonte se ha ensombrecido de repente... El +cielo me parece obscuro, las nubes tristes, las calles enlutadas, la +gente fea y me pesa la vida diaria... ¿Es esto el amor?... ¿Amaré +verdaderamente a un hombre a quien apenas conozco y en el que pienso sin +cesar?...</p> + +<p>La abuela asegura que le he gustado y apoya su opinión en las +confidencias que le ha hecho el padre Tomás. El señor Baltet le ha +hablado de su deseo de casarse y de su voluntad de no hacerlo más que +con una mujer que le guste absolutamente. El cura, con su espiritual +bondad, le ha animado, y ha sabido por él que mi alma hermana se +interesa por una joven descubierta hace poco tiempo... ¡Salto de +alegría!... Gracias, Dios mío...</p> + +<p>El señor Baltet debe de estar contento de la recepción que se le ha +hecho en Aiglemont. El padre Tomás le ha mostrado una benevolencia +excesiva. El señor Dumais, a ruego de Francisca, se ha desvivido por +acompañarle y enseñarle las curiosidades de la población, y, en una +palabra, todos han puesto de su parte para que el arqueólogo encuentre +en Aiglemont algo más que la antigüedad... ¿Ha encontrado, +verdaderamente?... ¿Se lleva una impresión seria y duradera?... ¡Cómo +quisiera saberlo!...</p> + +<p>He tratado de ver a Francisca para saber su pensamiento sobre esto, y me +ha sido imposible... Francisca, que se encontraba como por milagro ante +los pasos del señor Baltet, es ahora invisible.</p> + +<p>—La señorita ha salido.</p> + +<p>Tal es la respuesta que responde a mi campanillazo, cada vez que trato +de ver a esta fantástica Francisca.</p> + +<p>Es curioso... Creí tener muchas cosas que escribir esta noche, y no me +ocurre nada... Estoy distraída... Busco las palabras, y mis ideas se +confunden... ¿Qué estará haciendo el señor Baltet mientras yo +escribo?...</p> + + + +<p class="fecha">1.º de marzo.</p> + + +<p>La de Ribert ha recibido una carta de mi alma hermana, llena de +esperanzas para mí. El señor Baltet escribe con todas sus letras:</p> + +<p>«Espero que tendré pronto una gran confidencia que hacer a usted, +confidencia a que tiene derecho, puesto que está usted un poco en el +fondo del secreto que me interesa.»</p> + +<p>Genoveva me ha dado broma sobre esto.</p> + +<p>—El señor Baltet ha descubierto un sarcófago o alguna moneda muy rara, +y quiere participárselo a mi madre... Es muy amable—ha añadido, +dirigiéndome una linda sonrisa.</p> + +<p>Yo también me he reído... Qué lejos está el señor Baltet de tal asunto +de confidencias... Tan lejos como yo...</p> + +<p>He podido echar la vista encima a Francisca, durante un minuto. Estaba +nerviosa, molesta e impresionable en exceso.</p> + +<p>—Sabes—le dije, con toda la exuberancia de mi alegría,—la de Ribert +tiene una carta...</p> + +<p>—¡Ah!—dijo con voz apagada.—¿Y qué dice?...</p> + +<p>—Nada preciso, pero hay muchas esperanzas...</p> + +<p>—¿Nada preciso?... ¿Seguramente?...—preguntó en un tono violento y +temeroso a la vez.</p> + +<p>—Puesto que yo te lo digo—respondí extrañada al ver aquel temor +incomprensible.—Nadie está más interesado que yo en creer otra cosa...</p> + +<p>—Es verdad—replicó Francisca con voz extraña,—tú eres la más +interesada en la cuestión...</p> + +<p>—Sin duda—dije.—Y dime, ¿cómo le encuentras?...</p> + +<p>—¿Yo?...—preguntó Francisca...—Pero cogió de prisa el sombrero, que +estaba en una mesa de su cuarto, y se lo puso en un momento...—¡Y yo +que olvidaba el encargo de mamá!...—exclamó, con una prisa +extraordinaria en ella.—Dispénsame, Magdalena, tengo que salir... ¡Ah! +sí—dijo en el momento en que la dejaba,—me preguntabas cómo le +encuentro... Pues bien, mi opinión no ha cambiado... El señor Baltet es +un majadero, a quien la primera mujer un poco lista escamoteará cuándo y +cómo le plazca...</p> + +<p>—Si soy yo—exclamé,—no me quejo.</p> + +<p>—Y tienes razón—respondió Francisca, con no sé qué relámpago en los +ojos.</p> + +<p>Es singular esta Francisca...</p> + +<p>Mi destino empieza a dibujarse... Voy a él confiada y dichosa, creyendo +al fin en la felicidad de la mujer en posesión de un marido amado y de +unos hijos queridos... ¡Qué camino recorrido en pocas semanas!...</p> + +<p>No he podido menos de hacérselo observar a la de Ribert, cuya +indulgencia conozco.</p> + +<p>—Es el momento psicológico, Magdalena... Esa hora suena para todas...</p> + +<p>—Pero hay que oírla—murmuré con una fantástica visión en el corazón y +en los ojos.</p> + +<p>—¡Bah! habría de ser sorda para no oír, al menos, las campanadas de una +parte...</p> + +<p>—Es verdad... pero con algodón en los oídos...</p> + +<p>—¿Tiene usted algodón ahora?—me preguntó la de Ribert, con una sonrisa +enteramente maternal.</p> + +<p>—No—respondí, ruborizándome;—al menos para lo que viene de +Bellefontaine...</p> + +<p>Y me marché con el corazón en fiesta y el alma en ebullición.</p> + + + +<p class="fecha">5 de marzo.</p> + + +<p>No se habla en el pueblo más que del chasco de la de Brenay con el Barón +de Erinois. La Bonnetable hace el oficio de tambor municipal y va de +casa en casa a llevar la noticia. El brillante capitán se vuelve a +casar, pero no con Petra. Sus 13.000 pesos de renta han encontrado otra +renta de 4.000 en una joven, sin más antepasados que unos fabricantes de +productos químicos... La crónica añade que las esperanzas de la novia +exceden con mucho a su dote...</p> + +<p>La abuela lo siente por Petra, puesto que ésta lo deseaba, pero vitupera +vivamente a la de Brenay, por desear tanto la gran riqueza.</p> + +<p>—¡Qué singulares matrimonios se hacen ahora!—dice.—Todo desaparece +ante la fortuna... Todo el mundo se arrodilla ante el becerro de oro... +Qué costumbres...</p> + +<p>No hay noticias del señor Baltet... La de Ribert le espera todos los +días... ¡Y yo!...</p> + +<p>—Dígale usted que sí en seguida, señora, no le haga usted esperar—le +digo muy bajo.</p> + +<p>—De modo que hay que decir sí...</p> + +<p>—Sí... sí... sí...</p> + +<p>—Cómo me recuerdas a tu pobre madre—dijo la abuela, con voz +temblorosa.—Así estaba el día en que tu padre la solicitó...</p> + +<p>—Y los dos te dan las gracias, abuela adorada, por la dicha que das a +su hija...</p> + +<p>—Así lo espero—respondió la abuela mirando las fotografías de los +muertos queridos...—He hecho cuanto he podido para reemplazarlos +contigo... ¿Lo he conseguido?</p> + +<p>—Bien sabes que sí.</p> + +<p>Mis besos pusieron fin a la conversación.</p> + +<p>Como el señor Baltet no sea un buen nieto para la abuela, estoy pronta +al divorcio... Cuidado con el papel sellado...</p> + + + +<p class="fecha">9 de marzo.</p> + + +<p>Por fin ha habido una carta suya, dirigida esta vez al padre Tomás, a +propósito de un volumen que no se encuentra en las librerías... Pero +como el volumen me interesa poco, retengo sobre todo la frase en que el +señor Baltet asegura que su viaje a Aiglemont ha sido su camino de +Damasco, y que su sueño dorado sería llamar su mujer a aquella de quien +conserva tan profundo recuerdo...</p> + +<p>¡Qué bien dicho está!</p> + +<p>Cinco veces he leído el famoso pasaje, y, finalmente, para escapar a las +miradas maliciosas del padre Tomás, me he arrojado llorando en los +brazos de la abuela.</p> + +<p>El cura se quedó un poco sorprendido por esta conclusión imprevista.</p> + +<p>—¡Cómo!... ¿Lágrimas?...—murmuró levantando las gafas para ver mejor.</p> + +<p>—Sí—respondió la abuela,—esta niña está muy sensible...</p> + +<p>—¿Y es esa frase, que parece insignificante, la que ha provocado tal +diluvio?</p> + +<p>—Ciertamente... Señor cura—añadió la abuela descontenta,—no tiene +usted corazón, sino comprende estas lágrimas.</p> + +<p>—¡Bah!—respondió el cura, comprimiendo políticamente la risa,—creo +tenerlo un poco, aunque mis glándulas lacrimales no tengan la misma +capacidad que las de Magdalena...</p> + +<p>No pude menos de reírme de la evidente sinceridad del cura, el cual dio +un salto al oír la carcajada burlona que dejé escapar.</p> + +<p>—¿Ahora se ríe?...—exclamó abriendo los ojos con intensa +sorpresa.—Qué hermosa es la juventud... Se llora y se ríe sin saber por +qué...</p> + +<p>En seguida, para evitar otra emoción, me preguntó a quemarropa:</p> + +<p>—¿Y las solteronas?... veo que las abandona usted definitivamente... No +está bien interrumpir tan bonitos estudios...</p> + +<p>—Así es la vida—respondí;—pero no crea usted que las abandono, puesto +que les deberé mi felicidad...</p> + +<p>El cura me miró con expresión de asombro, y la abuela me dirigió una +sonrisa.</p> + +<p>—Eso—dijo,—no es de la competencia de usted, señor cura... sea +indulgente... Magdalena es tan feliz...</p> + +<p>—Feliz por una frasecilla sin estilo, sin citación...—dijo +despidiéndonos,—sí, no lo comprendo...</p> + +<p>—Lo creo, señor cura, que no lo comprende usted... Eso no es de su +competencia, como dice la abuela...</p> + + + +<p class="fecha">12 de marzo.</p> + + +<p>¡Ay!... todo está acabado desde ayer... desapareció aquella dicha que +tanto me ilusionaba...</p> + +<p>El señor Baltet se casa, sí, pero... con Francisca...</p> + +<p>Es en Francisca en quien ha reparado; es a Francisca a quien ama; a ella +es a quien pide en matrimonio, por medio de la de Ribert, consternada.</p> + +<p>En el primer momento, la de Ribert quería devolver la carta y rogar al +señor... no, no puedo escribir su nombre... que hiciese sus encargos él +mismo, pero le supliqué que salvase mi amor propio y aceptase la misión +que se le confiaba.</p> + +<p>La abuela echa chispas contra Francisca; la de Ribert y Genoveva están +indignadas, y el cura afirma que desde Dalila no se ha visto un ejemplo +de traición semejante... Me esfuerzo por parecer animosa, pero estoy +herida en el corazón...</p> + +<p>—¡Queridos sueños míos!... ¡Qué derrumbamiento!</p> + + + +<p class="fecha">20 de marzo.</p> + + +<p>Se han hecho los esponsales de Francisca... La de Dumais vino ayer a +participar el matrimonio a la abuela, pero ésta, muy delicada, no pudo +recibirla...</p> + +<p>¡Cuánto sufro, Dios mío!... ¿Le amaba, pues, hasta ese punto?</p> + + + +<p class="fecha">25 de marzo.</p> + + +<p>Parece que hay que salvar la situación y tener el valor de no cambiar +mis costumbres para escapar de las hablillas del pueblo. La abuela me +suplica que reciba a Francisca, que ha venido ya a verme cuatro veces... +Hasta ahora he resistido, pero la abuela tiene razón... A la misma +Celestina no dejaría de chocarle... Ayer dejó escapar una reflexión +significativa:</p> + +<p>—No vale la pena de ponerse una persona en las niñas de los ojos para +dejarla luego en la puerta...—murmuró cuando iba a decir a Francisca +que había yo salido.</p> + +<p>Recibiré, pues, a Francisca... Qué penoso momento... Con tal de que +tenga valor...</p> + + + +<p class="fecha">28 de marzo.</p> + + +<p>He visto a Francisca y he tenido con ella una escena muy dura.</p> + +<p>La abuela me había suplicado tanto que me dominase, y tan vigorosamente +me había sermoneado el padre Tomás, que estuve casi correcta.</p> + +<p>Francisca entró un poco desconcertada. Evidentemente tenía conciencia de +su mala acción. Sin hacerle un reproche, le ofrecí la mano.</p> + +<p>—¿Me guardas rencor, Magdalena?</p> + +<p>—Mucho.</p> + +<p>—Sin embargo, te juro que ha sucedido a pesar mío...</p> + +<p>—De modo que te casas a pesar tuyo...</p> + +<p>—No... lo confieso... Pero... ¿Cómo diré yo?... Al principio no pensé +en tal cosa.</p> + +<p>—Sin duda—dije con amargura.—Sin pensar, estuviste provocadora y +coqueta. Sin querer, prodigaste mil gracias conquistadoras y lo hiciste +todo, todo, para quitármele...</p> + +<p>Me callé de repente, viendo que iba demasiado lejos, y seguí diciendo +con más calma:</p> + +<p>—¿Por qué me has hecho traición?</p> + +<p>—¡Traición!... que palabra...</p> + +<p>—Es la justa.</p> + +<p>—Pues bien, sí, te he hecho traición, pero al principio, créeme, +Magdalena, no pensaba en ello...</p> + +<p>—Que no pensabas...</p> + +<p>—No, te lo juro... estuviste tan torpe... no hablabas... apenas +sonreías...</p> + +<p>—Sí, estuve torpe como un ganso y tú ingeniosa como un demonio... es +sabido... ¿Y qué?...</p> + +<p>—¿Y qué?... Que vi en seguida que no le gustarías jamás... jamás... +¿entiendes?...</p> + +<p>—¿Por qué jamás?</p> + +<p>—Los hombres como él, no aprecian a las mujeres como tú... Su razón no +podía simpatizar con la tuya... Su prudencia tenía necesidad de mi +locura...</p> + +<p>—¡Ah!...</p> + +<p>—La prueba es—dijo Francisca con energía,—que en seguida comprendí su +inclinación hacia mí y su indiferencia contigo.</p> + +<p>—Debiste decírmelo.</p> + +<p>—¿Para hacer imposible mi juego?... No, por cierto, Magdalena. El señor +Baltet es un hombre serio, un hombre que no ha vivido... Te +aseguro—continuó Francisca casi suplicante,—que esa clase de hombres +no se aficionan más que a...</p> + +<p>—A las bribonas, tienes razón.</p> + +<p>La palabra era dura, y la sentí inmediatamente, aunque sin desear +retirarla.</p> + +<p>—¡Bien!—articuló Francisca, respirando profundamente.—Pero, por muy +bribona que sea, oye lo que tengo que decirte... Mi prometido... era el +único marido posible para mí...</p> + +<p>—¿Por qué?</p> + +<p>—Porque es uno de los raros jóvenes que desprecian la fortuna...</p> + +<p>—Desprecio no recíproco, ¿verdad?...</p> + +<p>—No recíproco—confirmó Francisca muy sombría.—El es rico y le es +fácil ese desprecio... yo, soy pobre y quiero vivir...</p> + +<p>—Pues bien, tus medios te lo permitirán ahora—dejé escapar...</p> + +<p>—¡Ah! Magdalena, eres cruel...</p> + +<p>—Es que sufro... ¿Pero qué te importa eso a ti?—exclamé bruscamente.</p> + +<p>—Yo también he sufrido—dijo Francisca...—tú no sabes lo que es desear +casarse... No comprendes el infierno de no concebir otra vida más que la +del matrimonio, ni más dicha que la de una buena unión, y pensar que +jamás... jamás... se tendrá marido...</p> + +<p>—Se toma el de las demás...</p> + +<p>—El señor Baltet no lo era tuyo.</p> + +<p>—No, pero sin ti, lo hubiera sido...</p> + +<p>—Nunca...</p> + +<p>—¿Qué sabes tú?</p> + +<p>—El me lo ha dicho.</p> + +<p>—¡Ah!—exclamé yendo hacia ella en actitud amenazadora,—¿me has hecho +traición dos veces?...</p> + +<p>—No—me respondió sin bajar los ojos;—le he preguntado sencillamente +por qué me había preferido siendo pobre, a ti que eres rica...</p> + +<p>—¡Ah!...</p> + +<p>—Jamás—me respondió,—me hubiera casado con una mujer que tuviese +fortuna... Quiero que mi esposa me lo deba todo, lo mismo su bienestar +que su amor...</p> + +<p>—De modo que te has perdonado tu traición...</p> + +<p>—Todavía no... Quisiera, Magdalena, que te dieses cuenta de los +sentimientos que puede experimentar una muchacha pobre cuando contempla +la vida de las dichosas de la tierra desde el fondo del abismo en que +vegeta... Ninguna probabilidad de casarse... Ninguna esperanza en la +vida... Entonces deja una de darse cuenta del bien y del mal... No se +piensa, no se vive, ni se desea más que conquistar lo imposible...</p> + +<p>—Aunque sea destrozando el corazón de otra...</p> + +<p>—Qué importa... Es la lucha por la vida...</p> + +<p>—Lucha horrible...</p> + +<p>—Pero permitida.</p> + +<p>—¿Por qué, desgraciada?...</p> + +<p>—Por el instinto de la dicha... ¿Es ésta, acaso, un monopolio de las +jóvenes que tienen dote?</p> + +<p>—¿Somos tan felices?...</p> + +<p>—Vuestra felicidad es insolente...</p> + +<p>—¡Ah! Francisca—dije enternecida.—No tengo padre ni madre y me quitas +el único hombre a quien hubiera podido amar...</p> + +<p>—Era el único con quien podía yo casarme... Tú puedes escoger...</p> + +<p>—Ya había escogido.</p> + +<p>—Peor para ti... La cuestión no está en escoger, sino en ser +escogida...</p> + +<p>—Bueno—respondí.—Estoy vencida, luego no tengo razón... No te deseo +ningún mal, pero quiera Dios, Francisca, que seas más honrada como +esposa que como amiga... ¿Le amas al menos?</p> + +<p>—Todavía no—respondió Francisca después de un instante de +vacilación.—Pero ya le amaré—añadió precipitadamente.</p> + +<p>—O no le amarás—murmuré llena de angustia...—¡Qué triste es vivir!...</p> + +<p>Francisca me miró, vaciló y se atrevió por fin a invitarme a su boda. +Entregada a mí misma, hubiera rehusado con indignación; para salvar las +apariencias, acepté.</p> + +<p>—Para ti como para mí, vale más que nada se sepa fuera... Nuestra +amistad ha muerto...</p> + +<p>—¡Oh, Magdalena!</p> + +<p>—Sí, ha muerto... de nada sirve negar la evidencia. Vas a salir de +Aiglemont; hasta que te vayas, estaremos en la misma actitud en que +estábamos. ¿Has comprendido?...</p> + +<p>—Acepto tus condiciones puesto que he obrado mal contigo... Pero... +yo... Magdalena... te quiero como siempre...</p> + +<p>—Sin duda... el gato quiere al ratón con que juega... Adiós, Francisca.</p> + +<p>Hizo un movimiento para abrazarme, pero yo permanecí helada.</p> + +<p>—Adiós, Magdalena... Eres dura...</p> + +<p>—Sí, las víctimas lo son siempre, es sabido. Pero me es imposible darte +las gracias a pesar de mi buena voluntad... Adiós, pues...</p> + +<p>Y Francisca desapareció, muy feliz sin duda, por haber terminado su +nueva comedia.</p> + +<p>Qué razón tenía la de Ribert y la abuela al ponerme en guardia contra +ella... ¿Por qué no las he escuchado?... ¡Ay! ya es tarde...</p> + + + +<p class="fecha">31 de marzo</p> + + +<p>Se habla mucho del matrimonio de Francisca. Yo estoy heroica y me +callo... La de Aimont gime al hablar de la increíble suerte de esta +muchacha que ha encontrado el secreto de pescar tan buen partido. La +cosa les es más sensible porque el joven de Martimprey exige 20.000 +pesos de dote en vez de 10.000, para casarse con Paulina. Es lo +último...</p> + +<p>Los Aimont están furiosos por tal regateo, y es natural.</p> + +<p>—¿Cómo va una a hacer para casar a sus hijas, Dios mío?—murmura la de +Aimont.—No puede una, sin embargo, ponerse al acecho detrás de un muro +protector y tirar sobre los yernos posibles...</p> + +<p>—A eso se llegará, señora—dijo la abuela como consuelo...—La caza a +los maridos amenaza con hacerse bárbara... ¡Qué costumbres!...</p> + +<p>Pobre abuela... Siente mi pena a pesar de la calma aparente que ha +logrado conquistar. Está triste y pálida y me mira con inquietud... En +pocos días ha envejecido muchos años... Y pensar que hubiera querido +tanto hacerla dichosa...</p> + + + +<p class="fecha">16 de abril.</p> + + +<p>He pasado una parte del día leyendo este voluminoso diario, relato de +mis deseos y de mis ilusiones y testigo de mi decepción. Estaba +recorriéndole con toda la melancolía de un ensueño interrumpido, cuando +han venido a pedir noticias mías el padre Tomás, la de Ribert y +Genoveva.</p> + +<p>Les he leído unos pasajes de mi precioso cuaderno, y el padre Tomás me +aconseja que le continúe.</p> + +<p>—¿Qué voy a continuar?—pregunté.—¿Se continúa lo que está acabado?</p> + +<p>—¿Cómo que está acabado?...</p> + +<p>—Sí... ¿Qué quiere usted que añada a mis solteronas?—dije sonriendo +tristemente.</p> + +<p>—Un último capítulo—respondió el cura con fingida alegría.—Alguna +cosa original.</p> + +<p>—Ese capítulo—respondí,—está escrito... Me faltaba la solterona por +decepción, y ya la tengo... Después, como cosa inédita...</p> + +<p>—Permítame usted...</p> + +<p>—Hacía falta añadir la lucha vergonzosa que atraviesa la joven sin +fortuna en el camino de la que la posee... También está relatado.</p> + +<p>—No hablemos de eso—exclamó la de Ribert con lágrimas en los +ojos.—Distráigase usted, Magdalena, y no piense más en esa decepción +que nos incumbe a todos, y a mí sobre todo...</p> + +<p>—Por favor, déjeme usted toda la responsabilidad de lo que ha +pasado—dije con voz poco segura.—Así como ignoraba lo que era una +decepción, no sabía hasta donde podía ir la joven hipnotizada por el +deseo de casarse... Ahora lo sé—añadí temblando ligeramente;—la cosa +hace poco honor a la sociedad...</p> + +<p>—La sociedad no tiene que ver con eso—dijo la abuela estudiándome con +angustia;—todo depende del carácter particular.</p> + +<p>—No siempre—respondí en tono más firme.—La lucha está emprendida de +abajo a arriba en esta vieja sociedad alterada. Solamente en este +combate por la vida, desgraciados los tímidos, desgraciados los débiles, +desgraciados los concienzudos... Esos están vencidos de antemano...</p> + +<p>—Vaya—respondió el cura,—usted exagera las cosas...</p> + +<p>—¿No soy yo una vencida?...</p> + +<p>—Sin embargo—replicó el cura mientras la abuela se enjugaba una +lágrima,—no hay que ver las cosas tan negras... Podría usted ganar una +enfermedad del estómago—añadió intentando una broma.</p> + +<p>—Tengo ya tan malo el corazón...—murmuré apoyando la cabeza en el +respaldo de la butaca.—Siento rencor por la sociedad entera.</p> + +<p>—¿Por qué?—preguntó Genoveva.</p> + +<p>—Una sociedad que hace tan poco para proteger a sus miembros más +débiles es una sociedad a la que falta algo...</p> + +<p>—Le faltan tantas cosas—suspiró el cura.</p> + +<p>—Sí, pero sobre todo la presciencia de los peligros que hace correr a +aquellos a quienes tiene la misión de guardar y no guarda... En el +estado actual de nuestras costumbres, ¿qué puede hacer una joven que +quiere casarse y no encuentra con quién?...</p> + +<p>—Resignarse en el celibato—respondió la de Ribert.—No hay otra cosa.</p> + +<p>—¿Y para la que no acepta la resignación?... Para esa no hay más que la +rebelión—añadí convencida.—Las honradas faltarán al honor haciendo +traición a quien puedan... Las otras caerán más bajo todavía... Es +triste—continué,—pues si la sociedad no protege a sus individuos, se +protegerán ellos mismos y volverá a empezar la lucha cuerpo a cuerpo, +con la traición además...</p> + +<p>El padre Tomás movió la cabeza, la abuela me miró con expresión de +alarma y la de Ribert y Genoveva parecieron confusas.</p> + +<p>—Es duro—añadí bajando los ojos,—ser engañada por la amistad y por lo +que se cree ser el amor...</p> + +<p>Nadie respondió.</p> + +<p>Al cabo de un instante, el cura tosió, para aclararse la voz, y dijo:</p> + +<p>—Por encima de la amistad que hace traición y del amor que desilusiona, +hay, sin embargo, Magdalena, algo, o más bien, alguien que usted +olvida...</p> + +<p>Le miré con incertidumbre.</p> + +<p>—Está Dios—continuó en un tono majestuoso que me conmovió;—Dios que +castiga las traiciones y consuela a los engañados...</p> + +<p>—Sí—respondí en un impulso de sinceridad.—Pero mi decepción está tan +reciente que...</p> + +<p>—¿Quiere usted una receta para curarla?</p> + +<p>—¿Una receta?—pregunté sonriendo esta vez, con gran contento de la +abuela.—Démela usted pronto, señor cura, pues bastante la necesito...</p> + +<p>—No penar en lo que se sufre, sino en lo que sufren los demás... Esta +es mi receta.</p> + +<p>—Pero... es una receta de solteronas—exclamé.</p> + +<p>—Por eso es de circunstancias...</p> + +<p>—Sí—respondí valientemente.—Puesto que soy una solterona +involuntaria, utilicemos las recetas de las solteronas... Resumamos, +señor cura... Para hacer una solterona se toma una joven, se la +desilusiona, se le hace traición...</p> + +<p>—No siempre—protestó Genoveva.</p> + +<p>—Y si no se le hace traición, se le acapara y se la ocupa de los demás +y no de sí misma... Vive para los pobres, para los desgraciados y para +los enfermos... Envejece... se acartona... se deseca...</p> + +<p>—Y muere—dijo la de Ribert en tono trágico.</p> + +<p>—Y va derecha al Cielo—añadió el cura,—escoltada por las lágrimas de +todos los que ha aliviado y acogida por las sonrisas de los +bienaventurados que la han precedido...</p> + +<p>—Entonces, la solterona...—pregunté.</p> + +<p>—Es una reina en el Cielo... cuando ha sido buena.</p> + +<p>—¿Y si no lo ha sido?...</p> + +<p>—Ha tenido bastante purgatorio en la tierra para no necesitar pasarlo +de nuevo en el otro mundo—dijo el cura en tono un poquito sarcástico.</p> + +<p>—Dichosas solteronas—suspiró la abuela.</p> + +<p>—Sí—respondí sintiendo cierto alivio...—Dichosa la que sufre sin +haber hecho nunca sufrir...</p> + +<p>—¡Sufrir y no hacer sufrir! sí—murmuró la abuela con su voz grave de +los grandes días de duelo;—sí, esa debiera ser la fórmula de la vida de +la mujer, aun de la más feliz de todas.</p> + +<p class="c top15">FIN</p> + +<hr class="full" /> + + + + + + + +<pre> + + + + + +End of the Project Gutenberg EBook of Las Solteronas, by Claude Mancey + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LAS SOLTERONAS *** + +***** This file should be named 29610-h.htm or 29610-h.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + https://www.gutenberg.org/2/9/6/1/29610/ + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at https://www.pgdp.net + + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. Special rules, +set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to +copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to +protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark. Project +Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you +charge for the eBooks, unless you receive specific permission. If you +do not charge anything for copies of this eBook, complying with the +rules is very easy. You may use this eBook for nearly any purpose +such as creation of derivative works, reports, performances and +research. They may be modified and printed and given away--you may do +practically ANYTHING with public domain eBooks. Redistribution is +subject to the trademark license, especially commercial +redistribution. + + + +*** START: FULL LICENSE *** + +THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE +PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK + +To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free +distribution of electronic works, by using or distributing this work +(or any other work associated in any way with the phrase "Project +Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project +Gutenberg-tm License (available with this file or online at +https://gutenberg.org/license). + + +Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm +electronic works + +1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm +electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to +and accept all the terms of this license and intellectual property +(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all +the terms of this agreement, you must cease using and return or destroy +all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your possession. +If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project +Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the +terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or +entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8. + +1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be +used on or associated in any way with an electronic work by people who +agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few +things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works +even without complying with the full terms of this agreement. See +paragraph 1.C below. 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It exists +because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from +people in all walks of life. + +Volunteers and financial support to provide volunteers with the +assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's +goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will +remain freely available for generations to come. In 2001, the Project +Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure +and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. +To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation +and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 +and the Foundation web page at https://www.pglaf.org. + + +Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive +Foundation + +The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit +501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the +state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal +Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification +number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at +https://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg +Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent +permitted by U.S. federal laws and your state's laws. + +The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. +Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered +throughout numerous locations. Its business office is located at +809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email +business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact +information can be found at the Foundation's web site and official +page at https://pglaf.org + +For additional contact information: + Dr. Gregory B. Newby + Chief Executive and Director + gbnewby@pglaf.org + + +Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg +Literary Archive Foundation + +Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide +spread public support and donations to carry out its mission of +increasing the number of public domain and licensed works that can be +freely distributed in machine readable form accessible by the widest +array of equipment including outdated equipment. Many small donations +($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt +status with the IRS. + +The Foundation is committed to complying with the laws regulating +charities and charitable donations in all 50 states of the United +States. 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Thus, we do not necessarily +keep eBooks in compliance with any particular paper edition. + + +Most people start at our Web site which has the main PG search facility: + + https://www.gutenberg.org + +This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, +including how to make donations to the Project Gutenberg Literary +Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to +subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. + + +</pre> + +</body> +</html> diff --git a/29610-h/images/001.png b/29610-h/images/001.png Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..a6942a9 --- /dev/null +++ b/29610-h/images/001.png diff --git a/LICENSE.txt b/LICENSE.txt new file mode 100644 index 0000000..6312041 --- /dev/null +++ b/LICENSE.txt @@ -0,0 +1,11 @@ +This eBook, including all associated images, markup, improvements, +metadata, and any other content or labor, has been confirmed to be +in the PUBLIC DOMAIN IN THE UNITED STATES. + +Procedures for determining public domain status are described in +the "Copyright How-To" at https://www.gutenberg.org. + +No investigation has been made concerning possible copyrights in +jurisdictions other than the United States. 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