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diff --git a/.gitattributes b/.gitattributes new file mode 100644 index 0000000..6833f05 --- /dev/null +++ b/.gitattributes @@ -0,0 +1,3 @@ +* text=auto +*.txt text +*.md text diff --git a/27064-8.txt b/27064-8.txt new file mode 100644 index 0000000..0b95819 --- /dev/null +++ b/27064-8.txt @@ -0,0 +1,10554 @@ +The Project Gutenberg EBook of Dulce y sabrosa, by Jacinto Octavio Picón + +This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with +almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: Dulce y sabrosa + +Author: Jacinto Octavio Picón + +Release Date: October 27, 2008 [EBook #27064] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK DULCE Y SABROSA *** + + + + +Produced by Chuck Greif + + + + + + + + +Dulce y sabrosa + +Jacinto Octavio Picón + + + + +Advertencia para esta edición + + +Si creyera que el publicar un escritor sus obras completas implica falta +de modestia, no reimprimiría las mías. Lo hago porque están casi todas +agotadas; pensando que es deber de padre no consentir que mueran sus +hijos, aunque no sean tan buenos ni tan hermosos como él quiso +engendrarlos; y también porque considero que el hombre tiene derecho a +despedirse de la juventud recordando lo que durante ella hizo +honradamente y con amor. + +Otra disculpa pienso que atenúa mi atrevimiento. Porque ser partidario +del arte por el arte, y yo lo soy muy convencido, no puede amenguar ni +estorbar, aun cultivando esta que se llama amena literatura, el +entusiasmo por ideas de distinta índole; las cuales unas veces +veladamente se transparentan y otras ostensiblemente se muestran en la +labor de cada uno; pues no es posible, y menos en nuestra época, que el +literato y el artista sientan y piensen ajenos al ambiente que respiran. +Quien carece de fuerzas para conquistar la costosa gloria de adelantarse +a su tiempo, tenga la persistente virtud de servirle: así lo he +pretendido; mas él ha caminado tan deprisa, que hoy acaso parezcamos +tímidos los que ayer fuimos osados. De éstos quise ser: de los que al +estudiar lo pasado y observar lo presente procuran preparar lo porvenir +y se esperanzan con ello. Por eso rindo tributo de constancia y firmeza +a las ideas de mi juventud, algunas hoy tan combatidas, reuniendo estos +pobres libros, sin que me arredre el recuerdo de cómo unos fueron +censurados, ni espere que retoñe la benevolencia con que otros fueron +alabados. Discurro al igual de aquel gran prosista que decía: «No es +temor, como no es vanidad». + +Bien quisiera, lector, que pensáramos a dúo y que mi conciencia hallase +siempre eco en la tuya: si por torpe desespero de lograrlo, por sincero +creo merecerlo. + +No busques en mis cuentos y novelas lección ni enseñanza: quédese el +adoctrinar para el docto, como el moralizar para el virtuoso: sólo +tienes que agradecerme el empeño que puse en divertir y acortar tus +horas de aburrimiento y tristeza. + +Sea cual fuere tu fallo, hazme la justicia de reconocer dos cosas: la +primera, que he procurado entender y practicar el arte literario con +aquel criterio y temperamento español más atento a reflejar lo natural +que a dar lo imaginado por sucedido: nunca quise hacerte soñar, sino +sentir; la segunda, que soy de los apasionados de esta hermosa y +magnífica lengua castellana, si huraña y esquiva para quien la desconoce +o menosprecia, en cambio agradecida y espléndida para los que, haciendo +de ella su Dulcinea, aunque no lleguen a lograrla, tienen honra en +servirla y placer en amarla. + + J. O. P. + +Madrid, Abril de 1909. + + +_Figúrate, lector, que vuelves a tu casa mohíno y aburrido, lacio el +cuerpo, acibarado el ánimo por la desengañada labor del día. Cae la +tarde; el amigo a quien esperas, no viene; la mujer querida está lejos, +y aún no te llaman para comer. Luego el tiempo cierra en lluvia; y tú, +apoyada la frente en la vidriera del balcón, te aburres viendo la +inmensa comba de agua que se desprende de las nubes. Llegada la noche, +el viento gime dolorosamente formando eco, y acaso despertando las +tristezas de tu alma... No quieres dormir ni tienes sueño, y recelas que +al reclinar la cabeza en la almohada se pueble tu pensamiento de +recuerdos amargos y esperanzas frustradas. ¿A quién le faltan en la vida +días negros, estériles para el trabajo, en que la soledad trae de la +mano a la melancolía?_ + +Contra ellos está escrito este libro, que, entre desconfiado y medroso, +dejo pasar de mis manos a las tuyas. Recíbelo, no como novela que mueve +a pensar, sino como juguete novelesco, contraveneno del tedio y engañifa +de las horas. + + JACINTO OCTAVIO PICÓN. + +Madrid, 1891. + + + + +A quien leyere + + +Figúrate, lector, que vuelves a tu casa mohíno y aburrido, lacio el +cuerpo, acibarado el ánimo por la desengañada labor del día. Cae la +tarde; el amigo a quien esperas, no viene; la mujer querida está lejos, +y aún no te llaman para comer. Luego el tiempo cierra en lluvia; y tú, +apoyada la frente en la vidriera del balcón, te aburres viendo la +inmensa comba de agua que se desprende de las nubes. Llegada la noche, +el viento gime dolorosamente formando eco, y acaso despertando las +tristezas de tu alma... No quieres dormir ni tienes sueño, y recelas que +al reclinar la cabeza en la almohada se pueble tu pensamiento de +recuerdos amargos y esperanzas frustradas. ¿A quién le faltan en la vida +días negros, estériles para el trabajo, en que la soledad trae de la +mano a la melancolía? + +Contra ellos está escrito este libro, que, entre desconfiado y medroso, +dejo pasar de mis manos a las tuyas. Recíbelo, no como novela que mueve +a pensar, sino como juguete novelesco, contraveneno del tedio y engañifa +de las horas. + + JACINTO OCTAVIO PICÓN. + +Madrid, 1891. + + + + + + +Capítulo I + +Donde se traza el retrato de don Juan y se habla de otro personaje que, +sin ser de los principales, influye mucho en el curso de este verídico +relato + + +Dijo uno de los siete sabios de Grecia, y sin ser sabio ni griego pudo +afirmarlo cualquier simple mortal, que todo hombre es algo maníaco, y +que la índole de su manía y la fuerza con que es dominado por ella, +determinan o modifican cuanto en la vida le sucede. + +Admitiendo esto como cierto, fácilmente puede ser comprendida y +apreciada la personalidad de don Juan de Todellas, caballero madrileño y +contemporáneo nuestro, cuya manía consiste en cortejar y seducir el +mayor número posible de mujeres, con una circunstancia característica: y +es, que así como hay quien se deleita y entusiasma con las ciencias, no +en razón de las verdades que demuestran, sino en proporción del esfuerzo +que ha menester su estudio, así don Juan, más que en poseer y gozar +beldades, se complace en atraerlas y rendirlas; por donde, luego de +lograda la victoria, viene a pecar de olvidadizo y despegado, +entrándosele al alma el hastío en el punto mismo de la posesión. + +En cuanto al origen de su apellido no cabe duda de que Todellas es +corruptela y, contracción de _Todas-Ellas_, alias o apodo que debió de +usar alguno de sus ascendientes, y que, andando el tiempo, se ha +convertido en nombre patronímico. De casta le viene al galgo ser +rabilargo, y a don Juan ser enamoradizo. + +Como otros hombres se enorgullecen por descender de Guzmanes, Laras y +Toledos, él se precia de contar entre sus abuelos al célebre Mañara, y +si no dice lo mismo de Tenorio, es por no estar demostrado que en +realidad haya existido: en cambio alardea de que, a no impedírselo las +parejas de agentes de orden público, los serenos, el alumbrado por gas y +otras trabas, hubiera sido cien veces más terrible que aquellos dos +famosos libertinos. + +Sin embargo, no es don Juan tan perverso, o no está tan pervertido como +se le antoja, para vanidosa satisfacción de su manía; porque cuando +algún mal grave engendran sus hechos, antes es en virtud de la fuerza de +las circunstancias y de las costumbres modernas, que como resultado de +su voluntad. + +En una palabra: no carece de sentido moral, pero instintivamente profesa +la doctrina de aquellos cirenaicos griegos que fundaban la vida en el +placer. A ser posible, quisiera burlar a las mujeres sin deshonrarlas ni +perderlas, aspirando el perfume sin ajar la flor, bebiendo en el vaso +sin empañar el cristal; limitándose a enseñar a sus queridas lo que es +amor, sin que luego en brazos ajenos tengan que sonrojarse por lo que +hayan aprendido en los suyos. No es un seductor vulgar, ni un calavera +vicioso, ni un malvado, sino un hombre enamoradizo que se siente +impulsado hacia _ellas_, para iniciarles en los deliciosos misterios del +amor, semejante a los creyentes fanáticos, que a toda costa pretenden +inculcar al prójimo su fe. + +Imitando al borracho que dividía los vinos en buenos y mejores, por +negar que los hubiese malos, don Juan clasifica a las mujeres en bellas +y bellísimas, y añade que las feas pertenecen a una raza inferior, digna +de lástima, cuya existencia sobre la tierra constituye un crimen del +Destino, por no decir un lamentable error de la Providencia. Sin +embargo, antes de calificar de fea a una mujer, la mira y remira +despacito, madurando mucho la opinión, pues sabe que aun las menos +favorecidas de la Naturaleza se hacen a veces deseables, como acontece +verse las almas empecatadas súbitamente favorecidas por la gracia +divina. + +Don Juan vive exclusivamente para ellas, o, hablando con mayor +propiedad, para ella, pues cifra su culto a la especie en la adoración a +la individua, en singular, porque jamás persigue, enamora ni disfruta +dos mujeres a la vez, ni simultanea dos aventuras; diciendo que el amor +es compuesto de estrategia y filosofía, y que jamás ningún gran capitán +entró en campaña con dos planes, ni hubo verdadero filósofo que fundase +sistema en dos ideas. + +La existencia de don Juan es continuo pensamiento en la mujer: si +duerme, sueña con ella; si vela, medita enseñorearse de alguna; si come, +es para adquirir vigor; si bebe, para que la imaginación se le avive y +abrillante, inspirándole frases apasionadas; si gasta, es por ganar +voluntades; si descansa, es para aumentar el reposo de que nace la +fuerza. + +Según el estado de su ánimo y la índole de la conquista que trama, don +Juan lee mucho, y siempre cosas o casos de amor. Conoce perfectamente la +literatura amatoria, desde la más espiritualista, casta y platónica, +hasta la más carnal, pecadora y lasciva. De cuantos autores han escrito +sobre el amor, sólo a Safo rechaza; de cuantas tierras han sido teatro +de aventuras eróticas, sólo muestra horror a Lesbos; de cuantas ciudades +fueron en el mundo aniquiladas, sólo le parece justa la destrucción de +Sodoma; y es tal y tan ferviente su adoración a la mujer, que, atraído +por todas con igual intensidad, aun ignora cuál sea su tipo favorito, si +el de la bacante desnuda, voluptuosa y medio ebria, que convirtió en +lechos de placer los montones de heno recién segado, o el de la virgen +cristiana que entregaba el cuerpo a la voracidad de las bestias antes +que acceder a sentirlo profanado por caricias de paganos. + +Circunscribiéndose a la época en que vive, no repara en diferencias +sociales: siendo limpia y bonita, requiebra con igual placer a una +menestrala que a una dama, y posee arte tan exquisito para lograrlas, +que la más arisca y desabrida se convierte con sus halagos en +complaciente y mimosa, infiltrándoles a todas en el alma, como veneno +que voluntariamente saborean, aquel consejo de la _Celestina_: «Gozad +vuestras frescas mocedades; que quien tiempo tiene y mejor le espera, +tiempo viene que se arrepiente.» + +Posee don Juan la envidiable cualidad de hablar y pedir a cada una según +quien ella es, y con arreglo al momento en que solicita y suplica. La +que reniega de la timidez, le halla osado, y comedido la que desconfía +de su atrevimiento; con las muy castas observa la virtud de la +paciencia, esperando y logrando del tiempo y la ocasión lo que le +regatea la honestidad; a unas sólo intenta seducir con miradas y +palabras; a otras en seguida les persuade de que los brazos del hombre +se han hecho para estrechar lindos talles. Es religioso con la devota, a +quien obsequia con primorosos rosarios y virgencillas de plata; +dicharachero y juguetón con la coqueta, a quien agasaja con adornos y +telas; espléndido con la interesada, y aquí de las alhajas; adulador con +la vanidosa, romántico con la poética, mañoso con la esquiva; y se +amolda tan por completo al genio de la que corteja, que sentando con +ella plaza de mandadero, luego queda convertido en prior. Mientras +ejerce señorío sobre una, la hace dichosa. Su cariño es miel, su amor +fuego, sus deseos un continuo servir, sus manos un perpetuo regalar; y +además de estas fecundas cualidades, que le abren los corazones más +cerrados y le entregan los cuerpos más deseables, emplea dos recursos, +en los que funda grandes victorias. Consiste uno en murmurar y maldecir +de todas las mujeres mientras habla con la que codicia, y estriba el +otro en ser o parecer tan discreto y callado, que la que peca con él le +queda doblemente sujeta con el encanto del amor y la magia del misterio. + +En las rupturas es donde mejor demuestra su habilidad. Lo primero que +intenta, cuando quiere renunciar a una mujer, es persuadirla de que a +ella no le conviene seguir en relaciones con él: ya invoca el temor a la +murmuración y el respeto al decoro de quien le ha hecho feliz; ya, si ve +pretendiente que la persiga, alardea de sacrificarse dejándola en +libertad para que otro pueda hacerla dichosa. Si esto no basta, simula +reveses de fortuna que le apartan de la que le cansa, con lo cual el +hastío toma forma de delicadeza; o miente celos, fomenta coqueteos, +tiende lazos, acusa de traiciones, provoca desdenes, y fingiéndose +agraviado, se aleja satisfecho. Con las pegajosas recalcitrantes emplea, +si son tímidas, la amenaza del escándalo; y si son de las feroces y +bravías, lo arrostra valerosamente, cortando el nudo, como Alejandro, +cuando no puede desatarlo. Finalmente, muchas veces acepta el cobarde +pero seguro recurso de la fuga; asiste a la última cita, mostrándose tan +rendido como en la primera, y desaparece groseramente, dejando tras sí +la humillación y el despecho, que cierran las puertas a la +reconciliación. + +Los que conocen poco a don Juan creen que es un libertino vulgar, +empeñado en jugar al Tenorio: en realidad, es un hombre que ha puesto +sus facultades, potencias y sentidos al servicio de sus gustos, con el +entusiasmo y la tenacidad propios del que consagra a un invento la +existencia. Visto en la calle o el teatro, es un caballero elegante sin +afectación, un buen mozo que parece ignorar la gentileza y gallardía de +su persona; a solas con ellas, tan pronto resulta conquistador +irresistible como villano medroso que desea rendirse. Dice que no es más +diestro quien sabe vencer, sino quien acierta y aprovecha el instante de +darse por vencido: y llegado aquel momento que, según un Santo Padre, +sirve para renovar el mundo, no hay mujer que no le reconozca por señor, +gozándose él en hacerles creer que le poseen cuando acaban de hacerle +entrega de lo mejor que poseían. + +Don Juan tiene treinta y tantos años, es soltero, por lo cual da gracias +a Dios lo menos una vez al día, y vive solo, sin más compañía que la de +sus criados. Uno entre ellos es digno de elogio: Benigno, el ayuda de +cámara, que es listo, discreto, trabajador y hasta fiel, porque le trae +cuenta la honradez. Nadie sabe como él llevar una carta a su destino, y, +según los casos, dejarla precipitadamente o lograr en seguida la +contestación. Es maestro en negar o permitir oportunamente la entrada a +las visitas, y en cuanto a intervenir y ser ayudante y, tercero en +aventuras e intrigas amorosas, no hay Mercurio ni Celestina que le +aventaje. + +Pero de quien conserva don Juan recuerdo gratísimo es de Mónica, +cocinera que guisó para él durante muchos años. No era una fregatriz +vulgar, sino una sacerdotisa del fogón. Instintivamente tenía idea de la +alteza de su misión; nació artista, y sin haber leído a Ruperto de Nola, +ni a Martínez Motiño, ni a Juan de Altimiras, ni a la Mata, ni a +Brillat-Savarin, ni a Carême, sabía que quien da bien de comer a sus +semejantes merece que se le abran de par en par en este mundo las +puertas del agradecimiento y en el otro las del Paraíso. + +En las épocas en que don Juan tenía buen apetito, Mónica se lo +satisfacía con escogidos platos, que jamás le proporcionaron indigestión +ni hartazgo; cuando desganado, le excitaba el hambre comprándole y +condimentándole moderadamente lo que mejor pudiese regalarle el paladar. +Si el calor del verano o los excesos amorosos le debilitaban, aquella +mujer incomparable le preparaba caldos sustanciosos, asados nutritivos y +sabrosos postres. Si, por el contrario, sabía que su amo gozaba de +perfecta salud y traía conquista entre manos, guisaba para él, con +abundancia de vinos generosos, especias y estimulantes que contribuyesen +a su vigor, a su alegría y a sus triunfos. Mónica era ecléctica, es +decir, no trabajaba con sujeción a la rutina de ninguna escuela, sino +que las cultivaba todas. Con igual maestría guisaba los delicados y +finos manjares franceses que los suculentos platos de resistencia a la +española; tan ricas salían de sus admirables manos, por ejemplo, las +chochas a la Montmorency o las langostas a la Colbert, como la castiza +perdiz estofada o la deliciosa empanada de lampreas. Don Juan decía que +apreciaba a su cocinera más que a su médico, porque éste le curaba las +enfermedades a fuerza de pócimas y drogas, y aquélla le conservaba la +salud con exquisitos bocados. + +Dos o tres años antes de comenzar la acción de este relato tuvo don Juan +que ausentarse de Madrid, y queriendo dar a Mónica una prueba del cariño +que le profesaba, le regaló unos cuantos miles de reales, que ella +invirtió en poner una casa de huéspedes, mas sin envilecerse guisando +para ellos; antes al contrario, tomó cocinera que lo hiciese: de este +modo se improvisó señora y no puso mano en cazuela a beneficio de quien +acaso no supiese saborear su trabajo. Por supuesto, la generosidad de +don Juan halló eco en el corazón de Mónica, la cual prometió a su amo +volver a servirle cuando tornase a la corte. + +La casa de don Juan está alhajada con cuantos primores pueden allegar el +buen gusto y el dinero. El principal adorno de sus habitaciones es una +preciosa colección de estatuillas, dibujos, aguasfuertes, fotografías y +pinturas, en que se refleja la pasión que le domina. Allí todo habla de +amor. Hay reproducciones de las Venus más célebres, efigies de santas +que amaron, como Magdalena y María Egipciaca; copias de las cortesanas y +princesas desnudas, inmortalizadas por los pintores del Renacimiento +italiano; miniaturas y pasteles de damas francesas, deliciosamente +escotadas; mujeres adorables, que fueron hermosas hasta en la vejez, +ruinas de la galantería, mártires de la pasión y sacerdotisas de la +voluptuosidad; pero sin que figure en aquel precioso conjunto de obras +artísticas ninguna que sea de mal gusto, o tan libre que haga repugnante +el amor, en vez de presentarlo apetecible. No: don Juan aborrece la +obscenidad y la grosería tanto como se deleita en la belleza y en la +gracia. Ni en los más recónditos secretos y escondrijos de sus muebles +podrá encontrarse una fotografía desvergonzadamente impúdica; pero en +cambio le parece honesta sobre todo encarecimiento aquella ninfa que, +sorprendida desnuda y acosada por un sátiro, se escondió... tras el +tenue y plateado hilo que formó una oruga entre dos ramas de árbol. + +Don Juan es deísta, pues dice que sólo la Divinidad pudo concebir y +crear la belleza femenina: y es bastante buen cristiano, recordando que +Cristo absolvía a las pecadoras y perdonaba a las adúlteras: mas al +propio tiempo es por sus gustos artísticos e inclinaciones literarias, +algo pagano; lo cual le ha hecho colocar a la cabecera de la cama una +estatuilla de Eros, muy afanado en avivar con sus soplos la llama de una +antorcha que sustenta entre las manos. Y si alguien manifiesta sorpresa +al verlo, don Juan declara que, no pudiendo hallar imagen auténtica del +Dios omnipotente, y pareciéndole un poco tristes los crucifijos, ha +colocado en su lugar aquella representación del amor, que es delicia y +mantenimiento del mundo. + +En cuanto al retrato de las prendas físicas de don Juan... mejor es no +hacerlo; a los lectores poco ha de importarles la omisión, y en cuanto a +las lectoras, preferible es que cada una se le figure y finja con +arreglo al tipo que más le agrade. Baste decir que es simpático, y, +aunque sin afeminación ni _dandysmo_, cuidadoso de su persona, tanto que +se ha preocupado mucho de cómo debe llevar repartidos los pelos en el +rostro quien se consagra a perfecto amante. + +Algún tiempo anduvo lampiño, como dicen los arqueólogos que están las +estatuas de Paris, a quien amó Elena, y el busto del famoso Antinóo; +luego lució bigote a la borgoñona, a semejanza de aquellos galanes +españoles del siglo XVII, que fueron regocijo de damas, monjas y +villanas; por fin resolvió dejarse barba apuntada, según es fama que la +tuvo el duque de Gandía cuando amó a Isabel de Portugal, y bigotes +largos, como aquel conde de Villamediana que murió por haber puesto en +otra reina los ojos. + +Bien quisiera don Juan vestir de manera que la ropa favoreciese su buen +talle; alguna vez imaginó verse engalanado con capotillo de terciopelo +negro, esmaltado por la venera roja de Santiago, gregüescos acuchillados +de raso, calzas de seda, zapatos de veludillo, chambergo de plumas, con +su joyel de pedrería, guantes de ámbar, espada de taza y lazo, y +escarcela, bien preñada de doblas: pero no siendo carnaval todo el año, +se ha resignado a usar prosaicos pantalones de _patén_, levitas de +_tricot_ y americanas de _chiviot_, conservando como único elemento +práctico de otros tiempos las monedas de oro que lleva en el bolsillo +del chaleco, por cierto en abundancia, aunque parezca inverosímil. Los +billetes de banco no le gustan, porque dice que las damas no deben tocar +más papeles que cartas de amor y cuentas pagadas, y que con las criadas +oros son triunfos. + +De todo lo dicho se deduce que la amatividad de don Juan no le domina y +absorbe tan por entero, que llegue a cegarle; antes por el contrario, él +la dirige y encauza de modo que, en vez de quedar esclavo de sus +pasiones, las ordena con arreglo a sus deseos. + +Pero puede afirmarse que extrema la filantropía en lo que a la mujer se +refiere, hasta la exageración, y aun sostiene que con ser tan sublime y +adorable virtud la caridad, le lleva ventaja el amor; porque la caridad +alegra un solo corazón, y el amor regocija dos almas y dos cuerpos. + + + + +Capítulo II + +En que, para satisfacción del lector, aparece una mujer bonita + + +Estaba don Juan hacía pocos días de regreso en Madrid, tras una ausencia +de dos años y medio, semana más o menos, cuando una tarde, después de +almorzar como debe hacerlo quien vive en servicio del amor, no pudo +resistir a la tentación de abrir el balcón de su despacho y asomarse a +dar, apoyado en la barandilla, las primeras chupadas a un buen veguero. +Dos ideas ocupaban su imaginación: la primera mandar que buscasen y +avisasen a la célebre Mónica para que estuviese dispuesta a volver a su +servicio si la cocinera provisional no cumplía bien su sagrada +obligación; y la segunda, no permanecer ocioso en materia de amores, +para evitar lo cual, entre cada dos bocanadas de humo, dirigía unas +cuantas miradas a la casa de enfrente, donde vivía una viuda de +peregrina belleza, pero de tan fresca y reciente viudez, que don Juan no +juzgaba cuerdo empezar todavía su conquista. A pesar de ello, miró +discretamente varias veces hacia los visillos medio levantados, tras +cuya muselina se dibujaba la figura de la viuda, entretenida en hacer +labor. Acaso aquellas miradas fuesen estériles, mas también podían dar +resultado; porque hay galanterías, homenajes y aun simples +demostraciones de agrado, que son como letras de cambio a muchos días +vista. + +Luego se vistió don Juan con su habitual elegancia, tomó de sobre una +mesa el sombrero, los guantes de piel de perro avellanados, con +pespuntes rojos, el bastón con puño de plata labrada, y se echó a la +calle deseoso de pasear, andando a la ventura y a lo que saliere, porque +a la sazón no tenía mujer determinada que le ocupase el ánimo. + +Al cabo de media hora llegó a una de aquellas alamedas del Retiro que +empiezan junto a la _Casa de fieras_ y terminan en el estanque llamado +_Baño de la elefanta_. + +El sol iba cayendo lentamente hacia la parte de Madrid, cuyas torres, +puntiagudas y negruzcas, aparecían envueltas en una atmósfera de polvo +luminoso, y a lo lejos se oía el rumor confuso de muchos ruidos juntos, +que semejaban la turbulenta respiración de la ciudad. La temperatura era +grata y el paseo estaba muy lucido, como si aquella tarde se hubiesen +citado allí las madrileñas más lindas y elegantes, al contrario de otros +días, en que parece que se congregan las cursis y feas para amargarnos +la vida, atormentarnos los ojos y hacernos dudar del Todopoderoso. + +Don Juan miraba sin descaro, pero con bastante detenimiento a cuantas +pasaban cerca de él, y las miraba comenzando por abajo, es decir, +procurando verles primero los pies, luego el talle, y últimamente la +cabeza. Si aquéllos eran feos o muy grandes, no proseguía el examen; si +el cuerpo no era airoso, desviaba la vista: mujer en quien llegase a +investigar con la mirada el color del pelo, la forma del cuello o el +encaje de la cabeza sobre los hombros, podía mostrarse orgullosa de sus +pies y su cintura. Acaso resultara demasiado minucioso y rigorista en +estos exámenes; pero él los disculpaba diciendo que si a un caballo de +carrera se exigen innumerables cualidades para ser calificado de bello, +muchas más deben desearse reunidas en la mujer, que es lo principal de +la vida para todo hombre de mediano entendimiento. + +En esta ocupación iba gratamente entretenido, cuando acertó a pasar a su +lado una señora elegantísima. Comenzó don Juan el examen. + +Los pies de la dama eran de forma irreprochable, finos, algo elevados +por el tarso, ni tan largos como de bolera, ni tan cortos como de china, +y no calzados, afectando descuido, con zapatones a la inglesa, sino con +medias de seda roja y zapatos de charol a la francesa, de tacón un +poquito alto y sujetos con lazo de cinta negra. (Dicho sea de paso, don +Juan maldecía con sagrada indignación de la pérfida Inglaterra que, no +contenta con habernos robado a Gibraltar, ha hecho adoptar a nuestras +mujeres la aborrecible moda de los zapatos grandes.) + +Aquella mujer no llevaba ridícula y dañosamente apretada la cintura; su +talle, sin que nada le oprimiera, resultaba en perfecta armonía de +líneas con las curvas que hacia arriba dibujaban el pecho y con las que +hacia abajo modelaban las caderas. El traje no podía ser más elegante. +Componíanlo falda negra y plegada en menudas tablas con primoroso arte, +abrigo corto de rico paño gris muy bordado, que se ajustaba +perfectamente a su hechicero cuerpo, y gran sombrero, también negro, +guarnecido de plumas rizadas, y velo de tul con motas que, fingiendo +lunares, sombreaba dulcemente su rostro. Vista de espalda, descubría por +bajo del sombrero gran parte del rodete bien prieto, formado por una +cabellera rubia oscura, surcada de hebras algo más claras, que, heridas +por la luz, parecían de oro. Su andar era pausado y firme; pisaba bien y +sus movimientos estaban animados por una gracia encantadora. Don Juan se +dio en seguida a pensar en lo bonita que estaría aquella mujer envuelta +en una bata lujosa, lánguidamente tumbada en una butaca, o vestida de +baile con los brazos desnudos, ceñido el cuerpo en sedas y encajes, o +mejor aún, en el momento de lavarse y peinarse, que es el instante más +favorable para saber si la belleza femenina está en aquel punto de sazón +y frescura que la hace ser la obra maestra de Dios. + +Aquella mujer era de las que resisten el más minucioso análisis, de las +escogidas entre las hermosas, de las que redimen perversos o pervierten +santos, según se les antoja. Luzbel se hubiera hecho humilde por una +sonrisa de su boca, y el santo que vivió en el desierto, sin más +compañía que un cerdo, hubiera renunciado a su parte de paraíso a la +menor indicación que ella le hiciese de cenarse juntos el marrano. + +Don Juan la miró primero de refilón, y en conjunto, luego por la +espalda, después de perfil, y, pareciéndole guapa, pasó junto a ella +para verla mejor. Entonces se quedó parado, cual si le hubiesen detenido +poniéndole una mano sobre el hombro, porque creyó conocerla, o, mejor +dicho, reconocerla. Su memoria le trajo al pensamiento un nombre en que +iban compendiados muchos recuerdos, pero la desconfianza le hizo decirse +en seguida: «No, no es ella..., con esa ropa... ¡imposible!». Sin +embargo, no se rindió a la duda, y tornó a mirarla. Ella ni aceleró ni +acortó el paso; la insistencia casi descarada de don Juan no descompuso +su tranquilo caminar de diosa vestida a la moderna; pero a la segunda +vez que le sintió pasar a su lado, alzó el manguito en que llevaba +metidas las manos, y se oprimió el velillo contra el rostro, como +queriendo recatarse, lo cual avivó en el hombre la curiosidad y la +sospecha. De pronto, ella, casi gritando, dijo: + +--¡Ten cuidado, monín! + +Hasta entonces no había notado don Juan que a pocos pasos delante de la +dama marchaba un pequeñuelo, de dos años a lo más, y una muchacha +vestida a lo niñera, cuyas ropas mostraban estar sirviendo en casa rica. +El niño iba hecho un pimpollo, cubierto todo el vestidito de cintas y +encajes, y la criada rodaba, para divertirle, un aro con cascabeles, +hacia los cuales él tendía las manecitas. Hubo un momento en que por +abalanzarse al juguete vacilaron sus pies, aún no hechos al ingrato +contacto de la tierra; estuvo a punto de caer, y entonces la madre +(porque debía de ser su madre), repitió sobresaltada: + +--¡Cuidado, monín! + +«¡Su voz!», pensó don Juan; mas en seguida, fijándose en el costoso +sombrero de la dama (harto sabía él lo que cuesta un sombrero de mujer), +añadió mentalmente: «¿Se habrá casado?» y esta suposición le hizo +sonreír, como burlándose de alguien. Después se puso serio, diciéndose: +«rara es la fruta que llega a los labios de su legítimo poseedor sin que +la hayan picoteado los pájaros». + +Llevaba andada más de media alameda y aún no había don Juan logrado que +la memoria le aclarase las dudas sugeridas por el espectáculo de aquella +mujer. Apretó el paso, adelantose casi rozándole la falda, y a los diez +o doce metros se volvió y vino hacia ella, resuelto a mirarla como las +águilas miran al sol, cara a cara. Cruzáronse entonces las miradas de +ambos; ella permaneció impasible, serena, y con voz que denotaba +perfecta tranquilidad de ánimo, dijo a la niñera: + +--Haga usted seña a Manolo para que arrime. + +Entre mirarla y oírla no le quedó duda a don Juan; y fue tal la +impresión que le produjo ver confirmada su sospecha, que, parándose +involuntariamente, murmuró: «¡Cristeta!» + +Tan claro pronunció este nombre, que ella no pudo menos de oírle; pero +no se le inmutó el semblante. Avanzó hacia la berlina que venía +siguiéndola, esperó a que se detuviese, y sin volver el rostro, abrió la +portezuela; en seguida dejó que montase la niñera, después levantó al +pequeñín en brazos para que aquélla lo acomodara sobre sí, y, por +último, subió ella, descubriendo algo más que el pie, con lo cual don +Juan quedó maravillado y suspenso, experimentando una impresión parecida +a la que debió de sentir Moisés cuando le enseñaron de lejos la tierra +prometida. + +En el instante de arrancar el carruaje, la desconocida se alzó el +velillo. + +Don Juan pudo dudar mientras vio el rostro al través del tul; pero toda +perplejidad quedó desvanecida al mirarlo libre de aquel adorno. ¡Qué +cara! Los ojos eran azules, oscuros, hermosísimos; la boca un poquito +grande, como hecha adrede para que se admirasen bien los dientes; el +color trigueño claro; las facciones delicadas; las orejas chicas; la +expresión de la fisonomía entre seria y picaresca; en conjunto, un tipo +popular realzado por una elegancia y dignidad exquisitas. + +Se había perdido ya de vista el coche, y don Juan seguía inmóvil +pensando: «Esto es increíble. ¿Estará _con alguno_? Pero ¿y el niño?». Y +volvió a sonreír, porque aquellos grandes ojos de azul sombrío, aquella +graciosísima boca y airoso talle los había él contemplado muchas veces +de cerca, tan de cerca que se los sabía de memoria, como se saben las +cosas aprendidas a gusto. En un principio dudó por ver tales hechizos +rodeados de prendas costosas, lazos y perifollos caros. Una voz íntima +le había dicho, poco más o menos: «Zapatos, siete duros; abrigo, setenta +duros; medias de seda, seis duros; sombrero, veinte duros; manguito de +legítima nutria, qué sé yo cuántos duros»... etc., etc., y estas +etcéteras ascendían a mucho; por lo cual se decía don Juan: «Sí, ella +todo lo vale; cualquiera que tenga buen gusto se gastará en contentarla +el oro y el moro; pero ¿y el chiquillo?» + +<tb> + +Don Juan volvió a su casa muy pensativo. Por la noche fue al teatro, a +una tertulia, al club, y con nada logró distraerse. En los palcos, en +los salones, en el cuarto del tresillo, en todas partes creyó tenerla +delante de los ojos. Unos momentos le miraba cariñosa, otros le sonreía +burlona; de pronto se le borraba de la imaginación y surgía su propia +figura, la del mismo don Juan, en actitud de ir a coger amorosamente las +manos de Cristeta, que ella retiraba esquiva. A la fingida visión que +así gozaban los ojos, sucedía luego la ilusión de voces y palabras +confusamente recordadas: promesas, juramentos, ternezas; todo el +interminable repertorio de frases deliciosas que el diablo inspira a los +que van a pecar, están pecando o acaban de pecar. + +Casi de madrugada se acostó con un periódico en la mano, según su +costumbre. Leyó y no entendió: letras, líneas, párrafos y columnas +bailaban trocando sus puestos y componiendo estupendos disparates. «Ha +sido detenido por blasfemo... el santo del día. CULTOS: en las +Calatravas... la _Traviata_» y otras incongruencias por el estilo. De +pronto, extendiendo el brazo, mató de un periodicazo la bujía; después +su espíritu fluctuó largo rato entre vigilia y soñolencia, y comenzaron +a borrársele las ideas, sustituyéndose los antojos de lo soñado a las +impresiones de lo real. + +E imaginó ver una figura de mujer hermosísima, que surgía de entre un +macizo de plantas tropicales, intensamente iluminadas por la batería del +gas de un escenario, y envuelta en humo rojizo de bengalas. Estaba medio +desnuda y circundada de resplandor vivísimo, destacando las gallardas +líneas y el blanco bulto de su cuerpo sobre un amplísimo manto rojo que +le pendía de los hombros. Era ninfa de apoteosis zarzuelesca, profanada +por el carmín barato, los polvos de arroz y el arrebol; aprisionadas las +formas en lascivas mallas; pero en su rostro no se dibujaba la sonrisa +forzadamente sensual de la comiquilla aventurera. No estaba provocativa +y desapudorada, sino bellísima y muy seria. De pronto comenzó a sonar +una música suave y mortecina, a intervalos interrumpida por +reminiscencias de giros canallescos. Luego un caballero en quien don +Juan se reconocía, salía precipitadamente de un palco proscenio, bajaba +una escalera ancha, atravesaba un patio, subía otra escalera muy +estrecha, cruzaba un pasillo lleno de mujeres, unas sudorosas, otras +tiritando, todas casi desnudas, y sin hacer caso de ellas ni de sus +dicharachos y sus risas, se detenía ante una puerta, sobre la cual +estaba escrito este letrero: + + _Señorita Moreruela._ + +El caballero daba en la puerta unos golpecitos con el puño del bastón; +oíase una voz que decía: «Espera...» + +Don Juan quedó profundamente dormido. + + + + +Capítulo III + +Donde el autor dice quién es la mujer bonita + + +El padre de Cristeta fue covachuelista a la antigua, con poco sueldo, +menos consideración, gorrito de pana y mangotes[1] de percalina negra: la +madre fue encajera de primorosas manos, que así componía, dejándolo +nuevo, un entredós de Malinas, como restauraba un cuello de Alençon. +Durante muchos años vivieron amantes y felices con el producto de su +trabajo; pero llegó un día en que él quedó cesante, porque fue preciso +emplear al sobrino del querido de la querida de un ministro, y a ella le +faltó labor porque pasaron de moda los encajes. Entonces comenzaron a +sufrir adversidades, escasez, pobreza, y hubieran llegado hasta verse +miserables, si la muerte, que esta vez llegó a tiempo, no atajara sus +desdichas. Ambos murieron con pocas semanas de diferencia, dejando en el +mundo una niña de diez años, fruto de su amor, la cual tuvo por única +herencia el despejo y la hermosura de su madre. Recogió a Cristeta una +tía, casada, hermana de aquélla, que tenía estanco en uno de los sitios +más céntricos de Madrid; y aunque las malas lenguas del barrio dijeron +que el amparar a la huérfana fue arbitrar medio de tener persona de +confianza que ayudase al despacho, es lo cierto que no sólo no sufrió +malos tratos la niña, sino que hasta fue acogida con cariño y enviada a +la maestra, donde aprendió a leer, escribir, contar, bordar y coser, +pasando luego a encargarse del mostrador, hecha ya una mocita muy mona, +y tan lista, que jamás se equivocaba en dar las vueltas, ni recibía +moneda falsa, ni trabucaba los sellos de las cartas. Sus tíos no la +mataban a trabajar; antes al contrario, le concedían permiso para salir +de paseo los domingos con sus amiguitas, y la tenían limpia y +decentemente vestida; limpieza y decencia que, según Cristeta fue +creciendo, comenzaron a convertirse en extraordinario aseo y primoroso +gusto. + +[1] El autor había escrito manguitos. La Academia dice mangotes. ¡Paciencia! (N. del E.) + +Mientras ella despachaba sellos y cigarros, su tía permanecía junto al +mostrador, en invierno haciendo calceta con el gato en la falda y +puestos los pies en la tarima del brasero; en verano dormitando o +abanicándose, y en todo tiempo celosa de que ningún comprador sostuviera +conversación larga o palique peligroso con la chica, que ya exigía +aquella vigilancia, porque según se iba desarrollando, aumentaba el +número de los que la echaban chicoleos y flores, no siempre de aroma muy +puro. Así llegó a tener fama de bonita, sin que nadie pudiera jactarse +de haber conseguido de ella una mirada cariñosa. + +Era lista y comprendía perfectamente, de un lado, que no le convenía +incurrir en el desagrado de sus tíos ni desacreditarse a fuerza de +coqueteos; y de otro, que no podía encontrar con facilidad, entre los +hombres que frecuentaban el estanco, quien honrosamente mejorase su +suerte. No le gustaban los jornaleros, y con instinto superior a sus +años, adivinaba que los señoritos eran peligrosos. + +Como crecida a puerta de calle, sabía mucho más de lo que debe ignorar +la pureza; pero esto que, a ser ella tonta, hubiera constituido un +escollo, dado su natural despejo se trocaba en ventaja. Las doncellas +ricas que despiertan a la vida entre muebles lujosos y en casas +suntuosas, conocen las sirtes donde naufraga la virtud por la torpe +murmuración de las visitas y el grosero lenguaje de ayas y criadas; pero +lo inmoral y pecaminoso llega a su entendimiento desfigurado, incompleto +y hasta poetizado con cierto aroma de encanto prohibido que acrecienta +el peligro. En cambio, las pobres como Cristeta, desde pequeñas se +codean simultáneamente con lo vedado y lo lícito, aprenden a defenderse +por sí mismas, se acorazan contra los hombres, y con perfecto +conocimiento de causa se esfuerzan en conservar lo que tanto les importa +no perder. + +Cristeta vendía con amabilidad, sin hablar más de lo necesario; y en +cuanto despachaba lo que le pedían, se ponía a leer, apoyada de codos en +el mostrador, siendo su lectura favorita la de dramas y comedias. + +Apenas se estrenaba en cualquier teatro una obra, ya la tenía entre las +manos: y como los ejemplares cuestan dinero y ella no lo gastaba, claro +está que alguien se los prestaba. + +Sus tíos eran muy cariñosos, pero no podían vigilarla con igual interés +que lo hubieran hecho sus padres, así que le dejaban leer cuanto quería; +de modo que, a fuerza de devorar escenas de apasionamientos románticos y +exageraciones realistas, llegó la chica a saber, teóricamente, mil cosas +de amor que fueron aleccionándola en tan peligrosa y dulce enseñanza. +Pero ¿quién proveía a Cristeta de dramas y comedias? + +En el piso principal de la misma casa del estanco vivía un editor, +quien, por ser pequeña su habitación, tenía arrendado en la planta baja +un cuarto, convertido en almacén de las obras que administraba. Cristeta +escogía cuidadosamente los puros que el editor fumaba, daba a sus +dependientes las cajetillas más gruesas, y, a cambio de esta amabilidad, +ellos le prestaban cuantos libros pedía. Además, el cuarto--almacén tenía +la entrada por un patio, que era de los estanqueros, y éstos cuidaban de +que sólo entrasen allí los dependientes del editor, con lo cual él, +seguro de robos, pagaba la custodia con billetes de favor para los +teatros, a que de ese modo asistía Cristeta gratis y a menudo. + +Por último, los dependientes, que frecuentaban el estanco, habían puesto +a Cristeta al corriente de quiénes eran los autores de las más de las +obras que tenía leídas: así que la chica, merced a lo céntrico del sitio +y a la mucha gente que allí entraba, llegó a conocer de vista y por sus +nombres a casi todos los actores y poetas dramáticos y cómicos de +Madrid. + +Entre semejantes lecturas y el roce de tales parroquianos, Cristeta fue +cobrando desmesurada afición al teatro. Aquella mujercita sería, hasta +parecer esquiva con la generalidad de los compradores, reservaba las +sonrisas y el agrado para los escritores y cómicos, a quienes en el +fondo de su imaginación no veía según la realidad, sino que pensaba en +ellos como en seres superiores, de cuyos cerebros surgían y en cuyos +labios tomaban vida todos los lances, intrigas, amores y aventuras que +le encantaban el ánimo. + +Su fantasía transfiguraba y ennoblecía a los autores de los versos que +se sabía de memoria. En vano le decían, por ejemplo, mostrándole un +poeta sucio, grosero y malhablado: «Ése es quien ha escrito _La vida por +el amor_». Ella en seguida le confundía con su obra, le limpiaba con la +poesía de sus propias frases, acabando por figurárselo y verlo, no tal +cual era, sino ennoblecido, pulcro y elegante. Venía al estanco un +comicastro, injerto en payaso, rodeado de amigos tabernarios; pedía +entre ternos y tacos una cajetilla de las más baratas, pagaba mostrando +puercas las manos, sebosa la ropa, y apenas Cristeta le servía y veía +marchar, ya no era su figura real la que conservaba en la imaginación, +sino la de algún apuesto y enamorado caballero que le vio representar en +las tablas. + +Pero estas pequeñas emociones nada eran ni valían comparadas con su +alegría cuando el editor, por tener propicios a los estanqueros, les +enviaba un par de butacas _de tifus_ en las últimas filas de cualquier +teatro que andaba mal. Entonces Cristeta se vestía y emperejilaba, +cepillaba cuidadosamente a su tío la americana o ayudaba a su tía a +ponerse la mantilla, y con el que había de acompañarla partía gozosa, +siendo completa su satisfacción la noche que, durante algún entreacto, +la saludaba familiarmente cualquier poeta ramplón o se le acercaba un +actor, por malo que fuese, a echarle cuatro requiebros. + +En medio del contento que Cristeta experimentaba viendo así halagados +sus gustos, aún le quedaba una gran curiosidad por satisfacer. Conocía a +muchos actores y poetas, músicos y danzantes, pero nunca había hablado +con una cómica, dama joven o graciosa, ni siquiera característica, a +quienes ella se fingía poco menos que como criaturas extraordinarias, +completamente felices, que no tenían tiempo de sufrir ni padecer, +perpetuamente ocupadas en ser grandes señoras, reinas y hasta diosas, +cuya misión única en el mundo consistía en escuchar frases bonitas y +estar preparadas para raptos de esos que, según los casos, terminan en +muerte violenta, o boda y perdón de padre bondadoso. + +Para Cristeta una actriz era una mujer que nunca deja de tener a sus +pies un hombre arrodillado, y en su camarín un mueble lleno de doblas +con que pagar albricias por los mensajes de amor. Ignoraba que muchas +veces la que en las tablas hace de princesa es en su casa criada de sí +misma. Por fin llegó un día en que vio de cerca a una cómica, y no de +las que andan de pueblo en pueblo trabajando a partido, sino de las que +triunfan en Madrid y pagan a su modista cuentas que importan miles de +pesetas. + +Había entrado un poeta en el estanco, le vio la comedianta, que en aquel +momento pasaba por la calle, y, deseando hacerle algunas preguntas, +entró tras él. La conversación que sostuvieron fue larga, y mientras +duró pudo Cristeta contemplar a su sabor la elegantísima figura de +aquella mujer a quien tantas veces había visto en la escena. Llevaba un +primoroso traje negro con lunares blancos, el cuerpo del vestido cortado +con tal arte que, sin formar la más leve arruga, dibujaba un busto de +hermosas líneas; iba coquetamente calzada y sobre sus guantes grises, +muy altos, brillaban tres o cuatro aros de plata y de oro. El sombrero +era de ala ancha y estaba guarnecido con una pluma grande y rizada. Sus +ademanes eran vivos, se movía mucho y jugueteaba rápidamente con el +mango de la sombrilla; su voz, aunque dulce, denotaba carácter hecho a +dominar y vencer. + +Cristeta, mirándola y remirándola, se anegaba en la admiración que +sentía: hasta llegó a forjarse la ilusión de ser ella misma la que tenía +delante de los ojos, antojándosele ser ella la cómica y ésta la +estanquera; y que después, en vez de continuar allí vendiendo sellos y +pitillos, podría irse a representar comedias por la noche y observar +desde la escena cómo la miraban los hombres y la envidiaban las +mujeres... Luego caería a sus pies una lluvia de ramos, y por el pasillo +central de las butacas entrarían los acomodadores cargados con +canastillas de flores y chucherías de regalo... Durante unos instantes +soñó despierta, y hasta el ruido confuso de la cercana calle le pareció +rumor de aplausos. + +Al marcharse la cómica, el poeta dijo a Cristeta que aquella mujer +ganaba una onza de oro diaria; pero la estanquerita no dio señal de +envidioso asombro ni de cosa que denotase codicia. No; lo que le parecía +realmente envidiable era el constante triunfar, el bien vestir, el +hablar y oír cosas bonitas, el vivir, aunque fuese con existencia +fingida, en un mundo más poético y extraordinario que el de la realidad. + +Cuando Cristeta cumplió los dieciocho años, ya estaban en ella +perfectamente desarrolladas la hermosura y la afición al teatro. +Respecto a la primera, su belleza era indiscutible; y en cuanto a la +segunda, que tanto había de influir en su vida, aquellas lecturas +dramáticas y diálogos con poetas y cómicos, tanto ir a ver comedias y +admirar a las actrices, concluyeron por entusiasmarla y sorberla el seso +en tal grado que, aun sin atreverse todavía a comunicárselo a sus tíos, +formó propósito de dedicarse a la escena. + +La casualidad o la Providencia, que acaso sean hermanas según la +semejanza de sus obras, vino al poco tiempo en ayuda de Cristeta. + +Una mañana, mientras se peinaba, comenzó a cantar coplas de cierta +zarzuela que a la sazón estaba en moda. Era verano y los balcones de la +vecindad que daban al patio aparecían entornados. De repente, sin que +ella lo advirtiera, se asomó a uno de ellos el editor, acompañado de +otro caballero, y, suspendiendo ambos la conversación, escucharon a +Cristeta, que siguió cantando con agradables modulaciones, ajena de toda +pretensión vanidosa, como pájaro incapaz de sospechar que nadie se +detenga a oírle. Su acento era gracioso y picaresco; su voz escasa, pero +argentina, juvenil, y no viciada por los esfuerzos ni la mala enseñanza. +No era voz potente ni de gran extensión, pero sí dulcísima, alegre y +fresca, como debieron de ser las de aquellas ninfas que en la antigüedad +jugueteaban llamando a su compañera Eco, corriendo y ocultándose tras +los troncos de los bosques sagrados. + +--¿Oye usted eso?--preguntó al editor su amigo. + +--Sí; es la chiquilla de los estanqueros. + +--¿Bonita? + +--Un primor. + +--¿Se convence usted--añadió el caballero--de que si uno se propusiera +buscarlas, encontraría mujeres para el teatro? + +--Hombre, no sea usted niño. Desde que no sé quién encontró un tenor en +una herrería, todo el mundo se maravilla de cualquier voz que escucha en +cualquier parte. Pero, en fin, si quiere usted hacerle proposiciones... +Yo le ayudaré a usted. Me consta que la muchacha tiene la querencia de +las tablas; vamos, que se pirra por el teatro. + +Poco después Cristeta, que sin saberlo acababa de probarse la voz, +calló, concluyendo de peinarse con su acostumbrada gracia; hecho lo cual +salió al estanco y comenzó a vender. + +Aquella misma noche, casi en el momento de cerrar, entró a comprar +cigarros el dependiente mayor de la casa editorial y, trabando +conversación con Cristeta, le dijo sin rodeos ni ambages: + +--¡Ni que lo hubiera usted hecho adrede! ¡Vaya una vocecita que ha sacado +usted esta mañana mientras se peinaba! En fin... ¿quiere usted salir al +teatro? + +--¿Yo?--repuso en el colmo del asombro.--¡Usted sí que se quiere quedar +conmigo! + +Estaban solos: el dependiente, que no era viejo ni feo, tenía las manos +apoyadas en el mostrador; ella estaba turbada, recelosa, esforzándose +por sonreír, y agitada por un presentimiento incomprensible. El +sota--editor se había puesto muy serio; a la chica un sudor se le iba y +otro se le venía; de pronto, en un momento en que ella alzaba con cierta +coquetería una mano para retocarse el peinado, dijo el hombre: + +--Vamos a ver: ¿le parece a usted que se han hecho esos dedos para pegar +sellos y contar calderilla? Vaya, me ha dicho don Pedro, mi principal, +que suba usted mañana con su tío, que tiene que hablar con ustedes. + +--¿Para qué? + +--Para saber si quiere usted ser cómica. + +--¡Yo artista!--exclamó Cristeta con indefinible sorpresa. + +--La misma que viste y calza. Es usted joven, guapa, tiene talento, voz, +afición. + +--Lo que es afición sí que tengo. + +--Bueno, pues con estudiar un poco... En fin, suban ustedes mañana. + +Y se fue. + +Cuando Cristeta quedó sola, tuvo que apoyarse en la anaquelería para no +caerse. Acostose sin cenar casi, ni hablar con nadie; permaneció largo +rato sentada en la cama, tardó mucho en desnudarse, lloró sin saber por +qué, se le olvidó rezar y, por fin, al deslizarse entre las sábanas +sintiendo las frías caricias del lienzo, tornó a sus pasadas ilusiones, +antojándosele que el ruido de los coches que pasaban por la calle era +estrepitoso rumor de aplausos y que las voces de los vendedores de +periódicos eran bravos frenéticos. + + + + +Capítulo IV + +En el cual queda demostrado que la virtud, como el agua, brota donde +menos se espera + + +A las pocas semanas de lo narrado estaba Cristeta contratada como _otra +tiple cómica_ en un teatrillo de tercer orden, cuyo empresario era el +amigo del editor que la oyó cantar mientras se peinaba. Los tíos de +Cristeta, engolosinados con la oferta de dos duros diarios, consintieron +en el ajuste. Convínose en que al principio no representaría la niña +sino papelitos cuya parte musical pudiese aprender al oído, y también en +que, sin pérdida de tiempo, comenzase a tomar lecciones de canto. Ella +se puso loca de contento y los estanqueros, imaginando que su sobrina +tenía una mina en la garganta, transigieron en pagar maestro. + +El teatro donde quedó Cristeta escriturada era de los que dividen por +horas las funciones, y en él se representaban cuatro cada noche. A la +primera apenas iba gente; a la segunda asistían familias de los barrios +cercanos cansadas de jugar a la perejila, jovenzuelos sin permiso para +retirarse tarde, matrimonios de larga fecha que iban a pasar el rato +para no verse solos, y forasteros deseosos de olvidar los sofiones +recibidos en los ministerios con la agradable perspectiva del _coro de +señoras_. Provinciano de éstos había capaz de renunciar a la esperada +credencial con tal de poder contar en su pueblo que había sido dueño de +cualquiera de aquellas infelices, condenadas a estar siempre haciendo +muecas voluptuosas con la cara pintada y trenzados con las piernas +presas en las desvergonzadas mallas. El público que frecuentaba la +tercera y cuarta función se componía casi exclusivamente de hombres +aficionados a comprar hecho el amor, y de pecadoras elegantes. A última +hora se ponían las piezas y zarzuelitas más verdes, y cual si esto les +sirviese de aperitivo, era de ver cómo a la salida muchos caballeros, o +vestidos de tales, esperaban en la calle la salida de bailarinas, +coristas y figurantas: por fin, cuando terminado el espectáculo +comenzaba la puerta del escenario a vomitar mujeres envueltas en +mantones y con toquillas de estambre a la cabeza, cada hombre se llevaba +su prójima, que solía ser ajena; alguna, envidiada de las demás, subía +en coche, y ya formadas las parejas, que a veces en realidad eran +tercetos, todos se iban contentos; ellas haciéndose las conquistadas, y +ellos imaginando triunfo lo que, a lo más, era compra. + +A llevar y recoger a Cristeta iba el tío estanquero, no sin repugnancia +y protestas de su cónyuge, la respetable y añosa doña Frasquita. + +Las primeras noches intentaron algunos chuscos divertirse a costa suya; +pero advertidos de que tenía mal genio, le dejaron en paz; en cambio, +los señoritos que pretendían acercarse a Cristeta solicitaban su +conversación, llamándole _don_ o _señor de_; y él, no acostumbrado a que +gente tan bien vestida le tratase de igual a igual, acabó por creer que +para codearse con personas finas era necesario andar entre bastidores. + +El día en que trabajó Cristeta por primera vez, estuvo mal servido el +estanco. Nadie pensó sino en hacer viajes o enviar recados a casa de la +modista, autora del traje que había de sacar a escena, en peinar y +repeinar a la nueva artista, y en prepararle una banasta para las ropas +y una caja para los untos, cosméticos, polvos, mano de gato y otros +afeites. + +Por la mañana, un asturiano que tenía en la esquina inmediata puesto de +café económico, vulgo _de a cuarto_, entró en el estanco a comprar +pitillos y dijo a la criada, especie de Maritornes a medio desbastar, +que el nombre de Cristeta estaba en el cartel del teatro con todas sus +letras; y la palurda, aunque no sabía leer, salió corriendo a que se lo +mostrasen; luego cruzó la calle con el mismo objeto la estanquera, sin +lograr nada, porque se le habían olvidado los espejuelos, y, por último, +fue también el tío, permaneciendo largo rato en contemplación de aquella +línea del reparto donde decía: + + «CHULA PRIMERA-SEÑORITA MORERUELA» + +Tal fue la emoción del pobre hombre, que señalando con el bastón las +letras, dijo enfáticamente a un cochero de punto que allí estaba: «¡Es +mi sobrina!», y la frase salió de sus labios con aquella entonación de +noble orgullo que debía de emplear la romana Cornelia cuando dijera: +«¡Yo soy la madre de los Gracos!» + +Cristeta se estrenó (_debutó_, dijeron los periódicos) en un papel de +chula, y lo hizo con mucha gracia y desparpajo, luciendo un mantón gris +de ocho puntas, que por la mañana costó setenta reales en la calle de +Toledo, vestido de lanilla oscura con dibujitos claros, y a la cabeza un +vistoso pañuelo de seda, a listas azules y amarillas, entre cuyos +pliegues aparecía su bonitísima cara de madrileña picaresca. Iba calzada +con medias rayadas y zapatos bajos, mostrando en cada movimiento las +enaguas muy blancas. Sin que incurriese en desvergüenza ni descaro, su +figura resultaba tan gallarda y airosa como encantador era su rostro. Se +presentó en escena con los ojos turbados del miedo; pero en la segunda +salida, al terminar una tirada de redondillas, sonaron unos cuantos +aplausos y perdió el temor. En el resto de la zarzuelita estuvo +saladísima, y en la única pieza que cantó, también la aplaudieron. +Moviéndose y accionando parecía cómica veterana. + +Cuando al retirarse a casa salió acompañada de su tío, había en la +puerta una manada de caballeretes esperando para verla de cerca; don +Quintín, que así se llamaba su Argos, puso cara feroz y ella, +esforzándose por reprimir la alegría, procuró estar seria. + +Nadie durmió sosegadamente aquella noche en el estanco. La tía, porque a +pesar de la edad de su marido, estaba solevantada con lo peligroso que +era, según dijeron las vecinas, que el bueno del hombre fuese a pasar +las noches entre bailarinas y coristas; el tío porque, asombrado de la +facilidad con que Cristeta se ganaba sus cuarenta reales, pensaba ya en +el cobro de la quincena, y la muchacha porque aún le zumbaban en los +oídos las palmadas. Mas su verdadera satisfacción fue a la mañana +siguiente, cuando en la sección de espectáculos de un periódico leyó que +la señorita Moreruela era de agraciada figura y tenía brillantes +disposiciones, y estaba llamada a conquistar grandes triunfos en el +difícil arte a que se dedicaba. + +Hasta final de temporada trabajó en otras dos obras, y por una de ellas +experimentó la primera contrariedad de las muchas a que había de estar +sujeta. + +Citáronla para asistir a la lectura, y acabada ésta le entregaron su +papel, de poco más de un pliego, en cuya primera hoja estaban +manuscritas las siguientes palabras: + + NINFA ELÉCTRICA + +La obra era una _revista_, manojo de desvergüenzas mal escritas, +adornado con música populachera de aires franceses disfrazados a la +chulesca. + +La esperanza del éxito estaba fundada en media docena de decoraciones y +en los trajes de las actrices, o, más claro, en la poquísima ropa que +habían de ponerse. Cristeta tenía que salir con el pelo suelto, corpiño +liso, muy escotado, de raso _azul eléctrico_, zapatos de lo mismo, nada +en los brazos y en las piernas mallas hasta la cintura; es decir, +desnuda: porque aunque de sus carnes sólo habrían de verse el escote y +brazos, todas las líneas y prominencias del cuerpo quedaban de +manifiesto. + +Cuando una de sus compañeras se lo explicó detalle por detalle, la pobre +muchacha se puso como la grana y su primer impulso fue decir que +renunciaba a ser cómica, pero le dio vergüenza avergonzarse. Volvió a su +casa malhumorada, se encerró en su cuarto y estuvo llorando hasta la +hora de tornar al teatro. + +Seguramente hubo por fuerza de ocurrírsele mucho tiempo antes que +aquello había de llegar, mas no lo imaginó para tan pronto; así que su +sorpresa fue terrible. Si al menos hubiese salido a escena un día muy de +corto y otro muy escotada... pero así, de repente, sin preparación... ¡y +casi desnuda! Buscando luego paliativos a su disgusto, se dijo que el +exceso de pudor ahogaría su porvenir artístico. ¡Pues qué! ¿No había +visto, por ejemplo, y nada menos que a célebres cantantes, lucir las +piernas haciendo el paje de los _Hugonotes_, y algo más que las piernas +en la Venus del _Tannhauser_? En realidad, lo que le enfadaba +extraordinariamente no era ostentar sus encantos, porque estaba cierta +de no hacer gesto, ademán ni movimiento indecoroso: la causa principal +de su enojo era el tener que salir entre otras mujeres desapudoradas y +venales que alardeaban de su desnudez, y con quienes había de alternar y +confundirse. Esto la sacaba de sus casillas. En vano tenía ya +acostumbrados los oídos al grosero lenguaje usado en lo interior del +teatro y a las frases soeces con que algunos gomosos la perseguían; su +mirada severa y su ceno adusto ponían a todo el mundo a raya; pero +ahora, obligada a circular por entre bastidores de aquel modo, ¿cómo +evitar las bromas insolentes, los dicharachos lascivos? Y luego, al +salir a escena, ¡cómo caerían sobre su cuerpo las miradas! ¡Qué +vergüenza!... En cambio, no se reirían de ella, cual les acontecía a +algunas de sus compañeras que tenían los brazos flacos, las piernas +torcidas, las caderas desconcertadas y el escote huesoso. Segura estaba +de obtener un triunfo la noche en que se estrenase la _revista_, porque +el espejo y la comparación de sí misma con aquellas desdichadas le +habían dicho que su cuerpo era un prodigio de hermosura. + +En tales dudas y vacilaciones dejó pasar días y días, hasta que se echó +encima la víspera del estreno. Entonces tuvo miedo del ridículo, pensó +que aquello no era más que una contrariedad inherente a su profesión, y +cuando al concluir el ensayo general le preguntó la sastra que a qué +hora podría ir a probarla _el traje_, la citó sin oponer resistencia +para la misma tarde, sumisa e indiferente como si se tratase de un +asunto zanjado. + +Llegó la hora convenida, fue la sastra a su casa, entró en el cuartito +de Cristeta y comenzó ésta a desnudarse, dejando por fin caer sobre la +estera de cordelillo las ropas y prendas dichosas que llevaba más +inmediatas al cuerpo. Entonces la encargada de vestir y desnudar +cómicas, según los casos, no pudo reprimir una exclamación de sorpresa +y, haciendo ademán de santiguarse, dijo: + +--¡Bendito sea Dios! ¡Ay, señorita; mujeres hermosas tengo vistas, pero +como usted, ninguna! + +Cristeta se sintió halagada y su pudor murió a manos de su vanidad. + +Letra y música de la _revista_ fueron estrepitosamente silbadas, +contribuyendo esto a realzar el triunfo de Cristeta porque cuando +mayores eran las muestras de desagrado, salió ella a las tablas y, lo +mismo fue verla el público, que acallarse el bastoneo y los chicheos. En +seguida cantó bien dos o tres coplas, de esas que luego alcanzan los +honores del organillo, y aquella música, que por sí sola no hubiese +arrancado una palmada, fue aplaudida. Al terminar hizo la artista una +pirueta, dio un saltito muy mono, y se metió entre bastidores. + +Lo que entonces estalló no fue entusiasmo, sino delirio: el público +quiso que se repitiera la canción, no por oírla, sino por ver nuevamente +a Cristeta; y ésta, animada con aquel éxito personalísimo, cantó mejor y +aún se movió con más libertad. Las mujeres pensaban mirándola: «¿Qué +harán estas bribonas para ponerse tan guapas?» Los hombres se la comían +con los ojos. + +A partir de aquella noche, no hubo trapero literario de los que surten +de majaderías propias y ajenas a los teatros de último orden, en cuyas +cavilaciones no entrasen como elemento dramático los encantos corporales +de Cristeta. + +El empresario recibió muchas obras, donde se adjudicaban a la nueva +artista papeles que requerían poquísima ropa, con lo cual la pobre +muchacha se persuadió de que no eran su voz y su talento los que la iban +sacando a flote, sino su belleza. + +Esta fue su primera desilusión. + +Los pretendientes cayeron sobre Cristeta como moscas sobre pastel +fresco; mas por ninguna de aquellas conquistas se sintió halagada. +Cuantos hombres se le acercaban traían imaginado que era cosa de llegar +y besar el santo, con tal de echar antes alguna limosna en el cepillo. +Un banquero riquísimo, y muy conocido en Madrid por la protección que +dispensaba a las chicas de vida alegre, le propuso descaradamente +amueblarle un entresuelito y ponerle coche; un caballerete trapisondista +y jugador intentó llevársela una noche a cenar, imaginando que cuatro +copas de Champaña y un gabinete de fonda le asegurarían la conquista; un +autor le ofreció un papel de gran lucimiento a cambio de una cita, y +hasta el director de escena se brindó a solicitar para ella un +beneficio, a condición de que ensayasen a solas lo que hubiera de +cantar. A ser ella interesada o de temperamento fácilmente inflamable, +pronto hubiera sucumbido: su salvación estuvo, por entonces, en que ni +la deslumbraba el brillo del oro, ni la imaginación se le exaltaba hasta +poner en peligro su castidad; antes al contrario, aquella larga serie de +acometidas bruscas, en que sin poesía ni delicadeza trataron de comprar +barata su belleza, concluyó por darle asco. No se le exacerbó la virtud, +pero vio claro el peligro. + +Alguna vez, al refugiarse en el cuarto del teatro, contemplando a solas +su gallarda figura ante el espejo, sintió deseo de riqueza; quizá, ebria +de adulaciones, resplandores y músicas, soñó despierta con la realidad +del amor, mas ni el fantasma del lujo ni la tentadora voz de la +Naturaleza lograron rendirla, porque se sentía humillada de no despertar +en los hombres más que la misma impureza que les inspiraban aquellas de +sus compañeras, viciosas o hambrientas, que se vendían por un traje o se +prostituían por una joya. ¿Era esto castidad ingénita, frío cálculo, +tibieza de sangre o señal de orgullo? + +Cristeta no era hipócrita ni desdeñosa del amor, ni de las que, por lo +ariscas, hacen antipática la virtud; pero instintivamente consideraba su +hermosura como complemento de su corazón: quien no poseyese éste, no +disfrutaría de aquélla. Se reconocía hermosa, y no concebía que pudiera +tasarse su belleza. Era capaz de disimular el enojo y hasta de no +enojarse contra un buen mozo que, atrayéndola con exquisito arte o por +sorpresa, la besase, imprimiendo al beso aquella deliciosa ingenuidad +del niño que se apodera de una golosina; pero a cuantos se atrevieron a +propasarse con ella ofreciéndole dinero, les recibió como se recibe a un +perro en un juego de bolos. En su corazón tenían entrada libre la +impremeditada flaqueza que vence el ánimo más fuerte, la voluptuosidad +que a veces flota en el ambiente y se desliza suavemente por los +sentidos hasta lo más recóndito del alma, la ocasión traidora que llega +cuando menos se piensa; en una palabra, todos los estimulantes del amor; +en cambio, su pensamiento estaba cerrado al interés. Un día de campo, un +rayo de sol o cuatro frases dichas a tiempo, podían hacer que Cristeta +cayese trémula en los brazos de un hombre; pero quien se arriesgase a +proponerle crudamente la compra de sus labios, los vería trocados en +manantial de indignación; el enojo de Lucrecia fuera pálido comparado +con el suyo. + +Sí: Cristeta era romántica, como casi todas las mujeres españolas; y de +igual suerte que en un aduar de negruzcos gitanos se puede descubrir un +niño sonrosado de pelito rubio y rizoso; a semejanza del grano de oro +que corre arrastrado entre el légamo y las toscas piedras del río, así +en aquel teatrucho donde toda obscenidad tenían su asiento, vivía ella +cercada de ex--vírgenes andariegas y mamás alquiladizas, esperando, no el +chocar de los centenes ni el crujir de las sedas, sino la voz de un +hombre que murmurase en su oído: «¡Quiéreme!» + +Mujer que así pensaba no podía transigir con la perspectiva de quedarse +sin flor, exponiéndose a dar fruto que acaso no tuviese dueño conocido. + +Su entereza estaba además cimentada en otra base de resistencia, acaso +más salvadora que la misma castidad romántica. + +A poco de ingresar en el teatro observó Cristeta que a cuantas +compañeras suyas pecaban y se envilecían por codicia, les salía errado +el cálculo. Hoy se entregaban a un calavera rico, mañana a un señorito +achulado, tal noche a un marido ajeno, tal otra a un pollancón estúpido; +y total, alguna cena, algún traje, desempeñar a costa de uno lo que +había de lucir con otro, y a la postre el rostro ajado y la juventud +malbaratada: vida de moza mesonera, trajín constante, pocas propinas y +vejez: mendiga. + +Tales fueron, durante algún tiempo, sus pensamientos. + +La maledicencia y la calumnia se cebaron en ella. Quién dijo que no era +buena, sino pecadora a escondidas; quién que por avariciosa se hacía +deseable, para venderse cara; quién, llegando hasta el colmo de la +infamia, afirmó que Safo había retoñado en ella: lo cierto fue que nadie +pudo probar acusación alguna. + +Por fin, cierta mañana circuló en el ensayo una noticia estupenda. +Díjose que la noche anterior Cristeta no había salido del teatro +acompañada sólo de su tío; que con ellos iba un caballero de treinta y +tantos años, buen mozo y elegante; añadiose que Cristeta se apoyó en su +brazo para llegar desde su cuarto a la calle, que luego siguieron +juntos, ella bien arrebujada en su abrigo, él subido el cuello del gabán +de pieles, y detrás, a dos pasos, como guardia de respeto, el tío +estanquero. La fiera debía de estar domada y el domador se llamaba don +Juan de Todellas. + + + + +Capítulo V + +Que puede dejar dudas sobre la compatibilidad del amor y la virtud + + +Pocos días antes de nacer aquellas murmuraciones, paseaba don Juan por +los pasillos del teatro con un amigo, que le decía así: + +--No recuerdo dónde afirma Cervantes que los alcahuetes son gentes útiles +a la república, y que debieran ser muy considerados. Bueno: pues +escudado en tan autorizada opinión, no tengo inconveniente en +presentarte a la _incorruptible_. + +--¡No sabes la impresión que me ha causado esa mujer! ¿Y tú crees que +nadie ha...? + +--Eso dicen, aunque también le quitan mucho el pellejo. Yo creo que es +honrada. Veremos hasta dónde llega tu buena suerte..., y te advierto dos +cosas: primera, que no te propases a ciertos atrevimientos, como cerrar +la puerta del cuarto estando solo con ella, y segunda, que te congracies +con el tío. Háblale de Espartero, elogia a la milicia nacional, quema +incienso en honor del difunto partido progresista. Por último, aunque te +parezca ridículo, enamórala _por lo fino_. + +Cuando el que hizo la cita cervantesca y dio estos consejos a don Juan +entró con él en el cuarto de Cristeta, estaba ella vestida a lo gitana, +con falda de percal de mucho vuelo, pañuelo de espuma al talle, rizos en +las sienes y moño bajo, hecho un jardín a puras flores. El tío sentado +en un sillón gótico de guardarropía, leía un periódico. + +Luego de las frases usuales en toda presentación, el amigo dio tres o +cuatro noticias de teatros y, pretextando saludar a una cómica, se salió +al pasillo. Don Juan, fingiendo turbación, adoptó la postura más decente +que pudo, como si estuviera en el salón de una gran señora. Frente a él +Cristeta, recostada en un pequeño diván, se entretenía en hacer nuditos +con el fleco de la pañoleta. El tío, como de encargo, no chistaba. Ya +iba don Juan a entablar conversación, temeroso de que el traspunte +llamase a Cristeta, cuando ésta, por decir algo, dijo poniéndose en pie: + +--¿Qué tal? ¿Resulta gitano el traje? + +--Muy característico, muy típico... + +Y calló, sin terminar la frase. + +--Hable usted con franqueza. + +--Que no hay analogía entre usted y ese atavío. + +Y como ella hiciese un mohín de sorpresa, continuó: + +--Quiero decir que esa falda tan hueca, ese moño tan bajo, esos rizos +tan... subversivos, todo tan... flamenco no está en relación con la +belleza elegante y distinguida de usted. Cuanto lleva usted encima pide +una cara más, enérgica, facciones duras... + +--Gracias por la galantería--repuso ella secamente. + +Pero no le fue desagradable la lisonja. Estaba acostumbrada a que la +llamasen _rica en el mundo_ o barbiana, y aquella era la primera vez que +un hombre la galanteaba con finura. + +--Vamos--siguió él--; convenga usted conmigo en que su fisonomía y su porte +son demasiado aristocráticos para estas flamenquerías: mejor estaría +usted con un traje de baile, de raso muy claro, por ejemplo, y con un +gran abrigo forrado de pieles que le llegase hasta los pies...; pero que +no los ocultase... Nada de alhajas: el lugar que cubrieran valdría más +que el mejor brillante. En fin, me resulta usted una gitana demasiado +señorita. + +Cristeta sonrió con mayor afabilidad y repuso: + +--Pues ya lo ve usted; al público le da por esto. + +--Lo triste es que artistas como usted tengan que hacer estas obras. + +Cristeta estaba muy acostumbrada a oír elogiar sus encantos corporales; +pero no le sucedía lo mismo respecto de sus facultades artísticas y, +sorprendida por la última frase de don Juan, repuso con más sinceridad +que amor propio: + +--Pues qué, ¿cree usted que yo sirvo para otra cosa? + +Con distinta mujer, don Juan hubiera aprovechado la pregunta para hacer +un juego de palabras y un chiste picante: con Cristeta no se atrevió. + +--¡No lo he de creer! En cuanto se forme una buena compañía de zarzuela, +de ópera cómica española quiero decir, verá usted cómo la buscan. El día +en que haga usted un papel de sentimiento, una obra fina... se la comen +a usted. + +De repente se asomó el traspunte a la puerta del cuarto y, sin +detenerse, dijo: + +--Voy a empezar. + +Don Juan se despidió de Cristeta prendado hasta donde él se podía +prendar de una mujer. + +Aquella noche no pasó más. Sin embargo, para completa exactitud, es +necesario añadir que Cristeta trabajó más a gusto que de ordinario, y +que luego, a solas en la alcoba de su casa, recordó las palabras de don +Juan, pensando con agrado y amor propio satisfecho, en la posibilidad de +ser artista de las que rara vez tienen que ensenar en escena lo que la +mujer debe cubrir casi en todas partes. Después se esforzó por +reconstruir mentalmente su diálogo con don Juan, y le pareció que había +dado prueba de buen gusto censurando el exagerado atavío gitanesco. Por +último, pensó que otros trajes y otros papeles le sentarían mejor: por +ejemplo, el de la Princesa de _Pan y Toros_, el de la Magdalena de _La +Marsellesa_, el de Aurora en _Luz y sombra_. Sí, sí; zarzuela seria. Y +se durmió. + +Don Juan no incurrió en la torpeza de volver al cuarto de la señorita +Moreruela a la noche inmediata, ni a la siguiente, ni a la otra: dejó +pasar algunos días, hasta que hubo estreno en que ella trabajase; de +modo que al verle entrar en su cuarto no sospechó que fuese por +visitarla, sino con ocasión de la obra nueva. + +El tío, que había tomado muy en serio el papel de Argos, estaba, como de +costumbre, leyendo un periódico, sentado en su sillón gótico, del cual +no se levantaba más que cuando Cristeta decía: «que me voy a mudar». +Entonces se trasladaba a un rincón del pasillo, y situándose bajo un +mechero de gas, seguía leyendo, charlaba con el bombero de servicio o +daba palique a alguna de las coristas que andaban de un lado para otro +pidiéndose prestados los peines, la borla de los polvos o la mano de +gato. + +Cristeta interpretaba en la pieza nueva un papel de mocita traviesa que +se fingía juiciosa. Se había vestido con sencillez, y lo que más +contribuía a su aspecto de modestia y candor era el peinado, con la raya +partida por medio y alisado luego el pelo hacia las sienes. Parecía una +colegiala. Apenas la vio don Juan, dijo como si tratase de reanudar la +conversación que anteriormente tuvieron: + +--Hoy sí que está usted monísima. ¡Cualquiera diría que se ha escapado +usted de uno de esos conventos donde se educan las señoritas de la +grandeza! + +--Pues mire usted, estoy que rabio. Hoy me han repartido otro papel... +también de esos que... en fin, véalo usted. + +Y tomando unos pliegos de sobre la mesa del tocador, se los mostró a don +Juan, quien los hojeó rápidamente. Se trataba de otra _revista_, y en la +escena en que se hacía referencia a la última Exposición de Bellas +Artes, salían personificadas en tres guapas chicas la Arquitectura, la +Pintura y la Escultura. Había de sacar la primera corona mural, túnica +blanca, y en la mano la escuadra; la segunda era un mancebo de la época +del Renacimiento, y llevaba como atributo una paleta; y la Escultura +debía aparecer sobre un pedestal a modo de estatua, en la mayor desnudez +posible, y sin más ropaje que un trozo de paño liado a las caderas. Todo +esto lo explicó rápidamente Cristeta, añadiendo malhumorada: + +--¡Y la estatua... soy yo! + +Frunció don Juan el entrecejo, y exclamó, tirando los papeles sobre el +diván: + +--Da grima. ¡No haga usted eso! + +Tan claramente manifestó su desagrado, que Cristeta no pudo menos de +sentir sorpresa. + +¿Qué le importaría a aquel buen señor, que apenas la conocía, que ella +saliese a escena más o menos ligera de ropa? + +--No tengo más remedio--dijo--que conformarme. No estoy, ni acaso llegue a +verme nunca, en situación de imponerme a una empresa. + +--Hasta que sea yo empresario; bien es verdad que entonces trabajará +usted lo menos posible. + +Don Juan no acertó a expresar bien su pensamiento, o no se atrevió a +completarlo. Ella lo adivinó, sin embargo, y no queriendo dárselo a +entender, repuso: + +--¡Pues buen modo de protegerme! + +En noches sucesivas don Juan asistió con frecuencia al cuarto de +Cristeta, y por el lenguaje que usó con ella comprendió la muchacha que +había producido honda impresión en aquel hombre: mas no llegó a tener +que aceptarle ni rechazarle categóricamente. + +Estaba convencida de que la cortejaba, pero con tal comedimiento, que no +le era fácil decidir la disposición de ánimo que debía adoptar respecto +de él: el mucho agrado pudiera parecer liviandad, la esquivez fuera +grosería, y despedirle con cajas destempladas era exponerse a que él la +pusiese en ridículo encogiéndose de hombros, o acaso diciéndole +claramente que se había hecho ilusiones. Por todo lo cual determinó +esperar, discurriendo de este modo: «Si piensa en mí, por muy astuto que +sea, algún día se clareará, y según sus intenciones... veremos. Una +cómica como yo no puede pensar en casarse con un hombre como él: _lo +otro_ no debe ser, no me conviene, no quisiera... Malo es que esté ya +tan preocupada. En fin...¡Dios dirá!» + +Cristeta no tenía estipulado beneficio en la escritura: ¿quién podía +haber adivinado que en tan poco tiempo creciera tanto, respecto de ella, +el favor del público? Pero a falta de beneficio, el día de su santo la +empresa le hizo regalo de una corona, y sus admiradores le llenaron el +cuarto de flores y multitud de esas baratijas más o menos inútiles, como +jarroncillos bomboneras, muñecos de loza y sortijeros. Cada uno de los +que la regalaron, deseoso de mostrar su largueza o buen gusto, envió el +obsequio al teatro. Una sola persona se lo mandó a casa; y consistió el +regalo en un magnífico neceser de costura, formado por una gran caja de +piel de Rusia, colocada sobre un precioso mueblecito, y provista de +tijeras, pasacintas, devanaderas, carretes y dedal, todo de plata: nada +faltaba de cuanto puede desear una mujer aficionada a hacer labores. +Cristeta recibió el presente por la tarde, antes de ir al teatro, y +abrió la caja con alegría infantil mezclada de sorpresa, como Margarita +debió de abrir el estuche de las joyas. En uno de los casilleros +destinados al hilo había una tarjeta de don Juan, y bajo su nombre estas +palabras escritas con lápiz: + +«B. L. P. a su amiga la señorita de Moreruela y le envía ese humilde +recuerdo». + +Cristeta lo apreció todo de una ojeada: _amiga... señorita... humilde +recuerdo..._ ¡Cuánta finura y qué poca ostentación! + +La estanquera se quedó pasmada: el tío tomó las piezas del costurero una +por una, pensando con respeto en el hombre que hacía regalo de tres o +cuatro o seis libras, de plata. Cristeta se dio a reflexionar en aquello +con más calma. Primero. ¿Por qué, contra lo acostumbrado, le envió el +presente a su casa? Sí: esto indudablemente era horror a la ostentación. +Segundo. ¿Por qué, pues el obsequio era costoso, haber gastado tanto +para ella? Aquí estaban claras la esplendidez y el deseo de agradar. +Finalmente, ¿a qué regalar un costurero a una mujer que no tenía tiempo +de dar puntada? Esto no podía explicarse. + +El resultado de las anteriores y análogas cavilaciones fue que, llegada +la noche, cuando don Juan entró a saludarla en su cuarto del teatro, +apenas pudieron hablar a solas, le dijo ella sin disimular su +pensamiento ni prever la respuesta: + +--Muchas, muchísimas gracias; pero señor Todellas, ¿cómo diablo ha +regalado usted eso a una infeliz que no tiene tiempo para coserse una +cinta? ¡Y cuidado que es lujoso y bonito!... Sobre todo de buen gusto. + +Entonces don Juan se puso muy serio, se aproximó a la cómica, como quien +sacando fuerzas de flaqueza ha hecho propósito de osadía, y dijo con voz +sabiamente turbada: + +--Cristeta, perdóneme usted la torpeza; arrincónelo usted si no le sirve; +pero mí regalo obedece a una idea que no puedo desechar. + +--¿Qué idea es esa?--preguntó ella, volviendo la cabeza para mirarse al +espejo y ocultar de algún modo la emoción que le causó la fingida +turbación de don Juan. + +--Pues bien, Cristeta, lo diré, aunque se ría usted de mí: cuando pienso +en usted, cosa que me ocurre con muchísima frecuencia, no veo con los +ojos de la imaginación esta mujer que ahora tengo delante, no me acuerdo +de la actriz ni del teatro, ni me gusta figurármela a usted haciendo de +ninfa, ni de chula, ni de paje...; me exaspera la idea de que todo el +mundo pueda contemplar...; en fin, cuando yo la veo a usted con los ojos +del alma, se me antoja que es usted una señorita que vive recogida en su +casa, sin que nadie pueda saber todo lo hermosa que es, sin que nadie la +profane con deseos ni miradas. Lo confieso; me hace daño... hasta sufro +viniendo aquí a verla a usted, y, sin embargo, vengo... y seguiré +viniendo mientras no comprenda que mi presencia la enoja. + +Más claro, agua: pero estaba dicha la cosa de tal modo, que, aun +suponiendo que Cristeta recibiera disgusto, no podía manifestarlo. La +verdad es que en el fondo del alma sintió aquella satisfacción dulce y +apacible que en las novelas románticas experimentan las zagalas +galanteadas por grandes y poderosos señores. El diálogo terminó así: + +--¡Válgame Dios, y qué formal se pone usted para decirme esas cosas! ¿No +conoce usted que todo eso tan fino se despega de estos sitios? + +--Pues para probar que hablo seriamente, me voy a permitir darle a usted +un consejo. + +--Diga usted. + +--Haga usted una prueba... doble. La empresa está ya convencida de que +usted sirve, y de que el público ha de quererla más cada día. En cuanto +usted lo intente, verá cómo le guardan ciertas consideraciones. Niéguese +usted a hacer el papel de la pieza nueva... ese de la estatua. ¿A que no +le tuercen a usted la voluntad? Si es usted franca al decir que le +disgustan las mallas, saldrá usted ganando no tener que ponérselas. Y de +paso se convencerá usted de la alegría que yo experimentaré al saber que +no han de verla otra vez medio desnuda... y reflexione usted un poco +sobre qué clase de sentimiento será el que me inspira para que yo piense +todo esto. + +--Pero... ¿qué diablos le importará a usted que salga así o de otro +modo?--le interrumpió Cristeta con dureza; y en seguida, deseando apurar +la situación, añadió--: ¿Imagina usted que voy a creer en esas +delicadezas? ¿Se le dicen de veras semejantes cosas a una actriz de este +teatro? + +No deseaba ella sino que don Juan cayese en el lazo y hablara más claro. +Y como está escrito que todo Hércules tropiece con su Onfalia, don Juan +cogió una mano a Cristeta y siguió hablando de este modo: + +--La temporada va a concluir; evite usted hacer ahora ese papel; nos +trataremos durante el verano, procuraré que me conozca usted a fondo, +que seamos verdaderos amigos... y ¡quién sabe! tal vez para el otoño +empiece usted a pensar en si le conviene renunciar al teatro. + +Entonces no experimentó Cristeta lo que las pastorcillas solicitadas por +príncipes, sino que sintió agitársele su viva sangre madrileña, y +encarándose con don Juan, repuso ásperamente: + +--Sí, que renuncie al teatro, donde al fin y al cabo puedo ser buena, +aunque no lo parezca, para dejar de serlo a beneficio de usted. Luego se +cansa usted de mí, y me deja. Lo de siempre, usted a otra... y yo... + +--Es usted injusta, cruel y mal pensada--dijo don Juan, poniéndose en pie +y haciendo ademán de coger el sombrero para irse. + +Cristeta le detuvo con una sonrisa, y mirándole con la más hechicera +mezcla que imaginarse puede de tristeza y ternura, repuso: + +--¡Si hablara usted de veras! ¡Bah!... ¡Imposible!... Además, tengo una +contrata para salir fuera este verano. + +--Pero no irá usted sola. + +--Probablemente con mi tío. + +--Y yo detrás. + +--Veremos...; pero crea usted que desde ahora hasta el verano ya se le +habrá quitado a usted eso de la cabeza. + +--No vaya usted a creer que es un capricho. + +Cristeta le miró algo severa, frunció el ceño y respondió: + +--Nunca he creído yo que pudiera servir para satisfacer caprichos. + +<tb> + +Aquella misma semana tuvieron varias conversaciones parecidas. Por fin, +una noche, dando pasto a la murmuración, Cristeta y su tío salieron del +teatro acompañados de don Juan: delante iba la pareja enamorada y detrás +el estanquero. + +Nadie hubo en el teatro que no diera por cierta la caída y perdición de +la Morteruelo; y, sin embargo, el diablo no tenía todavía motivo para +regocijarse. Lo único grave que pasó entre ella y su adorador fue que +una noche, mientras el tío había salido a comprar un periódico, llegó +don Juan, entró en el cuarto, se acercó de puntillas y la besó en el +cuello. Cristeta le vio por el espejo aproximarse, pero ni esquivó el +cuerpo ni mostró enfado, y mirándole con mayor dulzura que severidad, le +dijo: + +--Pase... como extraordinario. + +Quien presenciase el atrevimiento de él y la indulgencia de ella, acaso +imaginara que ya habían trocado el amor platónico por el experimental: y +sin embargo, Cristeta estaba tan limpia de pecado, como la madre Eva +antes de verse obligada a estrenar el primer vestido de hojas de parra +entretejidas. + + + + +Capítulo VI + +En el cual don Juan despliega su astucia, y don Quintín se hace la +ilusión de que pueden volver «aquellos tiempos» + + +La noticia del viaje a provincias llenó al pronto de júbilo a don Juan, +quedando luego su alegría algo mermada con la perspectiva de que +Cristeta fuese bajo la guarda de don Quintín; así que resolvió evitar a +todo trance dicha compañía, pero sin contar con la complicidad de +aquélla. + +Don Juan decidió poner en práctica uno de sus más profundos axiomas, que +dice: «Conviene a veces, para lograr una mujer buena, utilizar los +servicios de otra maleada». No se crea por esto que pensó en recurrir a +ninguna corredora de alhajas, prendera a domicilio, o cualquiera otra +congénere de la famosa vieja que perdió a Melibea: no buscó quien +hiciese de demonio tentador, sino simplemente quien le despejase el +camino. + +Se propuso que don Quintín no saliese a provincias con Cristeta, y he +aquí cómo lo consiguió. + +Una tarde en que su amada no tenía ensayo, fue a la puerta del teatro, +esperó a que saliesen las coristas, y siguió de lejos a una con quien en +otro tiempo tuvo una aventurilla, y de la cual, por haberse mostrado +generoso y conocerla bien, podía fiarse. + +Iba la muchacha a entrar en el portal de su casa, cuando la detuvo +llamándola por su nombre: volvió el rostro la chica, acercose el +caballero y cambiaron unas cuantas frases, que denotaban gran confianza. +Hablaron en broma de lo pasado, como quien revuelve cenizas sin temor a +encontrar rescoldo, y, por fin, don Juan, con aquel tono autoritario, +propio del hombre que tiene seguridad de haberse portado bien con la +mujer a quien habla, le dijo: + +--La verdad: ¿tienes algún lío? Porque no quiero comprometerte. + +--¡No pasa un alma! Suba usted y hablaremos. + +--¿Aún me llamas de usted? + +--Ya sabe usted que nunca pude acostumbrarme a otra cosa. Vamos arriba. + +Y comenzaron a subir la escalera, no con la impaciencia de antaño, sino +como dos buenos amigos que traen entre manos un negocio. Media hora duró +la conversación, y debieron de entenderse, porque al despedirse, don +Juan decía: + +--Marearle un poco, mucha conversación, nada de hacerle concesiones, de +cuando en cuando una dedadita de miel... y, sobre todo, que lo sepa su +mujer. + +--Vaya usted descuidado: le voy a volver tarumba. + +<tb> + +Aquella misma noche, en un momento en que don Quintín salió del cuarto +de Cristeta para que ésta se mudase de traje, y mientras estaba sentado +leyendo el periódico bajo el mechero de gas que había en el corredor, se +le acercó la corista a quien por la tarde habló don Juan. + +Venía hecha la caricatura de una gran señora, con traje de baile muy +escotado y guantes hasta el codo, uno de ellos sin abotonar. + +--Vamos, don Quintín, hágame usted el favor de echarme estos +botoncitos--dijo al estanquero, presentándole la mano y acercándosele +mucho. + +No tuvo más remedio que acceder: púsose en pie, y cruzando las piernas y +sujetando entre ellas el periódico, comenzó a meter botones en los +ojales. + +Sus dedos eran demasiado gruesos y torpes para aquella operación: +además, ojales y botones, aquéllos por chicos y éstos por grandes, +parecían preparados con diabólica astucia; y entretanto sus miradas +venían a caer precisamente en medio del escote de la corista, cuyos +rizos le rozaban al menor movimiento, cosquilleándole en la frente. + +Nunca había visto tan de cerca mujer engalanada de aquel modo. A lo que +más se asemejaba era a las figuras de grandes damas que adornaban +algunas novelas de las que él solía leer en sus ratos de ocio. Doña +Frasquita fue en sus buenos tiempos una real moza; varias criadas que +logró conquistar le dejaron recuerdos de índole picaresca; pero jamás +soñó, en sus largos monólogos de estanquero aburrido, tener tan cerca de +sí una señora como aquélla. Si Mariquita, que así se llamaba, no era +pura ni a juzgar por su aspecto podía ceñirse justificadamente la corona +de azahar, en cambio estaba guapísima. Sus ojos eran tan expresivos, que +parecían habladores; su boca tenía sonrisas entre mimosas y burlonas; y +en conjunto, por su talle y rostro recordaba los tipos de aquellas +muchachas diabólicamente hermosas que algunos pintores han trazado en +torno de los santos combatidos de voluptuosas tentaciones. + +Lo que a don Quintín le producía más turbadora impresión era el olor que +de ella se desprendía: tal vez fuese perfume barato, pero a él se le +antojaba efluvio de diosa. + +Entre aspirar aquellas que le parecían suavísimas emanaciones y hacer +esfuerzos por ajustarle el guante, lo menos tardó diez minutos en meter +los catorce botones por sus correspondientes ojales; hecho lo cual se +dejó caer sudoroso sobre la silla, diciendo: + +--¡Qué trabajos! + +A lo que ella repuso: + +--Para otras fatigas tendrá usted más habilidad. + +Y sentándosele de golpe en las rodillas, como niña juguetona, permaneció +encima de él un instante: en seguida se levantó, y, alzándose la falda, +echó a correr, mientras el pobre hombre se quedaba pasmado, semejante a +devoto fanático que imaginase haberse visto favorecido por una aparición +sagrada. En las manos sentía el calor de los brazos desnudos que acababa +de tocar, ante los ojos creía tener aún el escote tentador, y el +olorcillo a hembra le andaba escarabajeando en el olfato, como el dejo +de una sensación gratísima. Hubo un momento en que enderezando el cuerpo +sobre el asiento, soltó el periódico y se irguió, a modo de caballo +viejo que ha guerreado mucho y se engalla y estira el pescuezo al +percibir ruido de trompetas lejanas. ¡Oh, memoria, qué dulces recuerdos +trajiste! ¡Oh, fantasía, cómo los poetizaste! Mozuela que allá en el +pobre lugarejo le esperabas en el pajar; sabrosa luna de miel pasada con +Frasquita; cocinerilla vencida en la trastienda, en una sofocante siesta +de verano; dichosas y felices aventuras, ¡cómo y con qué fuerza +surgisteis en la imaginación del estanquero, poblándola de halagadoras +reminiscencias que le inspiraron deseos de nuevos triunfos! + +El episodio del guante fue prólogo de otros conmovedores sucesos. + +Al día siguiente la corista tuvo que ponerse, por razón de una de las +obras en que cantaba, el más caprichoso traje que imaginarse puede. A +modo de antenas, llevaba entre el revuelto peinado dos cuernecillos; el +arca del cuerpo, encerrada en un corsé de terciopelo casi negro +tornasolado, a listas pardas y de oro; y en lo restante de su persona, +o, mejor dicho, personilla, porque era pequeña y traviesa, malla del +color de la carne; las eternas mallas, que eran como el alma y principal +aliciente de aquel templo de Talía. Así ataviada, y en todo semejante a +una avispa, la gentil muchacha anduvo largo rato por un pasillo, hasta +que, viendo a don Quintín sentado bajo el mechero de gas y enfrascado en +la lectura, se le acercó y le dijo, aludiendo al periódico que tenía en +las manos: + +--Si ve usted en los anuncios que alguien busque casa para vivir en +compañía, dígamelo usted, que tengo un gabinete muy mono. + +Don Quintín no pudo reprimir el atrevido pensamiento, y repuso: + +--Monina, ¿me quieres a mí de huésped? + +--No, porque vivo solita; un señor mayor, sí; pero hombres de buena edad, +así como usted... ¡nones! + +¡De buena edad! ¿Qué cosa podía lisonjearle más? Una mujer joven y +bonita le consideraba peligroso. Se atusó el áspero bigote, tosió con +fuerza, se acordó de las asonadas del cuarenta y del cincuenta, de las +formaciones en que lucía el gallardo cuerpo, hasta de las barricadas, y +recobrando el pasado ardimiento, cogió a la hechicera avispa las manos, +que ella tuvo buen cuidado en no retirar. + +--Oye--le dijo--, gachoncita, pimpollo, ¿me tendrías miedo? + +--Miedo no, porque no asustan más que los feos; pero no quisiera que +nadie murmurase de mí... + +Don Quintín creyó ver que el rostro de la chicuela se cubría de pudoroso +carmín. + +--¿Te gustaría más un joven, un mocito? + +--No quiero nada con chiquilicuatros, que no tienen pizca de formalidad. + +--¿Prefieres hombres serios..., por ejemplo, yo? + +--Sí; pero usted no es para mí. La mujer debe buscar uno de su igual. + +En seguida bajó los ojos, fingió turbarse, y terminó diciendo: + +--Por Dios, don Quintín, déjeme usted vivir tranquila. + +Claramente comprendió el vejete que aquella mujer le consideraba como +caballero, y además como peligroso. No le faltó más que oírse llamar +guapo. + +En seguida sacó la chica un caramelo que llevaba oculto entre los +pliegues del corpiño, le quitó el papel, se lo llevó a la boca, hizo +como si quisiese y no pudiese partirlo con los dientes, y, por último, +se lo presentó, húmedo todavía, a don Quintín, diciéndole: + +--Pártalo usted y deme la mitad. + +El estanquero no pudo más. Miró a uno y otro lado del pasillo, vio que +nadie venía, y cogiendo a la avispa por el talle, a riesgo de quebrarle +un ala, la atrajo hacia sí y le plantó en el cuello un beso como no se +lo había dado a mujer alguna desde la regencia de Espartero, exclamando: + +--¡Tú vas a ser mi perdición! + +--¡Y usted la mía!--repuso ella con la voz trémula, como desposada que +viera descorrerse las cortinas del tálamo. + +El momento fue solemne. Los dedos del ex--miliciano oprimían la cintura +de la corista, cuyo cuerpo temblaba como pájaro en poder de niño. + +Mariquita murmuró con extraordinaria dulzura: + +--¡Por Dios, don Quintín! + +--Él, estrechándola con más fuerza, dijo: + +--¡Llámame Quintín nada más! + +--¡No, no quiero!--repuso balbuciente y medrosa--. ¡No sea usted malo... +no quiero perderme... no me pierda usted! + +<tb> + +En los sucios pasillos del teatro comenzó a desarrollarse el idilio más +conmovedor del mundo. ¿Dónde hay poesía tan intensa como la del tronco +viejo que de improviso empieza a reverdecer y retoñar? + +Don Quintín se relajó en el cuidado y vigilancia de Cristeta, quien, a +decir verdad, no lo sentía, porque mientras estaba con don Juan, para +nada se acordaba de su tío y éste, prescindiendo de su sobrina, como en +justa reciprocidad, siempre andaba en busca o en espera de Mariquita. + +La endiablada mozuela, ciñéndose a las instrucciones de don Juan, se +hacía desear mucho, tardaba en acudir a las citas, luego venía armada de +malicia, fingiendo estremecimientos, vacilaciones y sonrojos que la +hacían más apetitosa; y si se dejaba tocar por el ex--miliciano +remozado, en seguida se le escapaba de entre las manos, como si le +tuviese condenado a eterna dedada de miel, sin esperanza de mayores +goces. Las burlas de su amor eran muchas y frecuentes: las veras, +escasas y tardías; de suerte que don Quintín pasaba, no las de Caín, +sino las de Tántalo; pero era tal su pasión, que con un apretoncillo +cada cuatro o seis días, con un abrazo de cuando en cuando, tenía +bastante para seguir entusiasmado. No había cosa que no estuviera pronto +a sacrificar por Mariquita: el estanco con anaquelería, puros, carteras +de sellos, papeles de matrículas, todo se le antojaba poco para +arrojarlo a los pies de aquella sirena. ¡Cuán horrible le parecía, al +volver a casa, la severa figura de su esposa doña Frasquita! ¡Qué fea +estaba con aquellos parches de alquitira en las sienes y aquella eterna +labor de calceta azul entre las manos! Y no era lo malo que doña +Frasquita hiciese medias, sino que luego se las ponía. ¡Qué diferencia +entre aquellas groseras fundas de algodón, con que cubría sus escuálidas +piernas, y las mallas que apretaban y contenían los bien formados +encantos de Mariquita! ¡Oh amor, cómo pusiste al pobre don Quintín! +¡Desde la guerra de Troya no había hecho la pasión tan cruel estrago en +un hogar como lo hizo en aquel estanco! + +Porque sucedió que mientras don Quintín y Mariquita pudieron verse en el +teatro, de nada se enteró la esposa engañada; pero luego, al terminar el +año cómico, ni él tuvo pretexto para salir a callejear todas las noches, +ni su enamoramiento quiso transigir con la ausencia del bien amado. La +corista entonces, cumpliendo órdenes de don Juan, tan bien dispuestas +como generosamente pagadas, empezó a enviar misivas a don Quintín. + +En vano rogó éste a la que consideraba su amante que no le mandase +chicos con recaditos, ni mozos de cordel con cartas. + +Mariquita llegó a decirle: + +--¡Eres un mandria; anda, bayeta, si me quisieras de veras, no tendrías +miedo a la estantigua de tu mujer! + +Por fin, la catástrofe se vino encima. + +Uno de aquellos billetes amorosos cayó en manos de doña Frasquita. ¡Y en +qué momentos! Precisamente cuando era cosa resuelta que don Quintín +acompañase a Cristeta en su campaña de verano. La carta interceptada +estaba escrita con la peor intención del mundo; la fraguó don Juan, dijo +luego a Mariquilla cuál había de ser su contenido, y después ella misma +la redactó con espantables faltas de ortografía. Sus párrafos no dejaban +lugar a duda. Doña Frasquita supo de un golpe que la querida de su +marido era corista, que habían tenido sus diálogos pecadores en el +teatro, y que, según ella le ofrecía, en el punto donde durante el +verano había de trabajar Cristeta continuarían aquellos vergonzosos +desórdenes. Para que nada faltase, la individua debía de ser una +desuellabolsas y sacadineros, porque la epístola concluía de este modo: + + _Quintín mío, esta es para decirte que no se te olbide benir a + buscarme pronto una noche, para yevarme a desempeñar el mantón, que + me lo as ofrecido, y a ber si me traes o me compras, para trabajar + afuera este berano, media dozena de pares de medias muy vistosos, + mono mío. Adiós, pichón, y es tullo el corazón de esta que te + quiere y verte desea y no te olbida._ + + _Mariquita._ + +La cólera de Jehová cuando supo los retozos de Adán y Eva, fue cosa de +risa comparada con el furor de la estanquera. No bastaron a torcer la +resolución que adoptó ni el temor a que se malease la sobrina ni +siquiera los cuatro duros diarios que llevaba de sueldo. Doña Frasquita +era algo avara; pero antes de tolerar que su marido acabase de +corromperse y perderse comprando medias a una sinvergüenza, consintió en +que Cristeta saliese de Madrid acompañada de una doncella, costara lo +que costara. Menos ruinosa resultaría la doncella que la pérdida de su +marido. La escena que pasó entre los cónyuges fue trágica. Primero +Frasquita rogó, suplicó y lloró, mientras don Quintín aguantó, cruzado +de brazos, jurando y perjurando que el origen de aquello debía de ser +una broma pesada de algún mal intencionado; por último, exasperada la +esposa, empuñó un formón viejo que servía para desclavar cajones, y +amenazó enérgicamente a su marido, diciéndole: + +--¡Te mato cuando estés durmiendo, y luego me mato yo! ¡Vamos a salir en +los papeles! + +El pobre don Quintín cedió amedrentado. + +La maquinación del conquistador estaba bien urdida. El mismo día y en el +mismo tren en que partió Cristeta para Santurroriaga salió el utilísimo +Benigno, el ayuda de cámara de don Juan, destinado por éste a servicios +análogos a los que el padre de los dioses exigía de Mercurio. Benigno +iba vestido a lo burgués, llevaba instrucciones reservadas, y Cristeta +no le conocía. + + + + + + +Capítulo VII + +En el cual hay viaje, separación, monólogo y principio de algo más grave + + +No queriendo don Juan que su amada viajase en compañía de los demás +cómicos ni en coche de segunda, como correspondía a su categoría +artística, le proporcionó para sí y la doncella un reservado y fue a +despedirla a la estación, donde cubrió el asiento que debía ocupar con +un precioso ramillete de flores y una cestilla llena de exquisitas +provisiones de boca. + +Cristeta se presentó en el andén vestida con elegante sencillez. Ya no +era la chiquilla que años antes salía muy de mañana con un pañuelo a la +cabeza y un vestidillo de percal a comprar buñuelos para que sus tíos +tomaran chocolate, ni recordaba en nada la humilde comiquilla de los +primeros meses de contrata, en que iba a los ensayos con velo negro, +como van al taller las oficialas de modista. Ahora parecía un figurín +francés: llevaba un magnífico abrigo gris, largo y muy ajustado al +talle; sombrero de anchas alas, adornado con lazos negros; en la mano un +saquillo de piel de Rusia, y al subir al vagón mostró que, según su +costumbre, iba primorosamente calzada. La doncella vestía con decencia, +pero de modo que nadie pudiera dudar que fuese criada. + +Ella sentada dentro del vagón, y él de pie en el estribo, Cristeta y don +Juan estuvieron hablando un buen rato y sin testigos enojosos, porque +doña Frasquita no permitió que su marido fuese a la estación para +despedir a su sobrina. + +--¿Qué día vendrás?--preguntó ella a su amante. + +--Lo antes posible. + +--Piénsalo bien--dijo luego Cristeta mirándole con severidad no exenta +de cariño--. Te agradezco mucho todas tus finezas; pero..., no puedo +adivinar qué fin va a tener esto. Conozco que te quiero, y éste es un +mal... ¡sabe Dios! Ahora estamos a tiempo... Si te has de portar mal +conmigo... déjame. Por lo menos, el recuerdo que conserve de ti no +tendrá nada de rencor. + +--¡Tonta mía! ¡Qué cavilosa eres! + +--Es que... entiéndelo bien... nunca me resignaré a que mi amor sea cosa +de juego. Yo podré no tener exigencias ridículas; pero tampoco me dejaré +tratar como... ya me comprendes. + +Don Juan, no sabiendo qué responder a tan sinceros avisos, se contentaba +con mirarla rendidamente. + +De pronto silbó la locomotora, lanzó tremendos resoplidos, crujieron los +herrajes, arrancó el tren, dejando al galán en el andén con un «adiós, +vida mía», en la boca y Cristeta permaneció asomada a la ventanilla +hasta que le perdió de vista, agitando el pañuelo en la mano. + +Durante el viaje adquirió el convencimiento de que aquel hombre se le +había entrado al corazón más de lo que acaso conviniera. Todo el camino +fue pensando en lo distinto que era Juan de cuantos pretendientes tuvo. + +Echada en el fondo del vagón, sin dormir ni cambiar palabra con la +doncella, se quedó como ensimismada. Unos ratos sus reflexiones +semejaban examen de conciencia: mentalmente se hacía reproches por haber +dado oídos al amor; otros momentos parecía complacerse en los recuerdos +que su memoria iba evocando... En verdad que las galanterías de Juan +habían sido de extraordinaria delicadeza: fue el único que, al dirigirse +a ella, no tuvo en cuenta exclusivamente su belleza: no cabía duda de +que le parecía, no hermosa, sino hermosísima; pero jamás se lo expresó +con osadía ni se permitió atrevimientos de mal gusto... algún beso, eso +sí; pero un beso casi respetuoso. Nunca mostró desconocer ni olvidarse +del decoro debido a la mujer amada. Otros procuraron seducirla +fingiéndose enloquecidos por su belleza, no elogiando más que sus +encantos materiales: Juan le había dado a entender muchas veces que +también apreciaba en ella el ingenio y la bondad: además, había hecho lo +posible por despertar en su ánimo aversión a la vida teatral, en lo que +tenía de peligrosa. Y sobre esto último pensó mucho Cristeta, porque el +teatro y el arte que ella se había fingido leyendo dramas y comedias en +la trastienda del estanco o apoyada de codos en el mostrador, no eran el +arte y el teatro que la realidad le presentaba. Soñó con una vida toda +poesía y encanto, y tropezó con una existencia llena de vulgaridad y +desilusión. Por otra parte, ya no podía confundir su afición con su +disposición: ya sabía que sus facultades no eran bastantes a eternizar +su fama, ni muchísimo menos. Acaso estuviera predestinada a tener que +contentarse con ser actriz mediana, de aquellas a quienes nadie echa de +menos cuando mueren o se retiran. Era aplaudida por elegante, picaresca, +graciosa y bonita, o por salir medio desnuda: todos decían al verla: +«¡qué guapa!», rara vez la celebraban como artista. Harto lo comprendía +ella, sin forjarse esas dañosas ilusiones con que el amor propio ciega y +pierde a los vanidosos... y, además, recordaba que la única persona que +había contribuido a promover estas ideas era Juan. Por supuesto, que sus +indicaciones fueron hechas con exquisita discreción. Sí; aquel hombre lo +tenía todo: galante, fino, cariñoso, espléndido, inteligente, bien +educado... hasta guapo mozo, que es la última de las condiciones que +debe exigir la mujer. ¡Vaya si era guapo! ¡Qué modo tenía de mirarla! +Sus expresivos ojos sabían decir cuanto callaba su comedida lengua. Pero +lo que causaba a Cristeta verdadera delicia era la convicción de que don +Juan se apenaba cada vez que la veía salir a escena ligera de ropa. +Indudablemente tenía celos del público, y por lo mismo que el seductor +puso empeño en alejar del pensamiento de la mujer toda idea de pasión +exclusivamente sensual, la mujer se obstinaba en persuadirse de que, no +sólo con sus perfecciones morales, sino también con sus encantos +físicos, le había enamorado. + +Toda la noche soñó despierta con don Juan, experimentando dulzura +inefable ante la idea de que _él_ compartiese el sentimiento que había +inspirado. El monólogo fue muy largo, e innumerables las ideas que +mientras duró se encadenaron y sucedieron, quedando al término de todas +evidenciada la existencia de un grave peligro para Cristeta. Don Juan +era hombre de posición social muy superior a la suya; ella no lo +ignoraba, y a pesar de esto le había rendido el albedrío. Don Juan no se +aventuró a una sola demostración que indicase atrevimiento, ni dio un +paso en el camino de la conquista material; nunca tuvo ella que decirle: +«las manos quietas», pero ¿qué pasaría si llegasen las cosas a este +terreno? ¿Cómo ponerle a raya, si tal aconteciera? Pensar en boda, sería +bobada: don Juan no había de casarse con una comiquilla. ¿Qué quedaba, +pues, en el fondo de aquella mutua inclinación sino la perspectiva de +unas relaciones predestinadas a morir sin madurar o a convertirse en +contrato pasajero? + +Cristeta no quería acostumbrarse a la idea de que su pasión creciese +fuera de la Iglesia y a espaldas del Registro civil; pero aún le +repugnaba más la posibilidad de perder a don Juan. + +Mirando tristemente el ramo que le había dado al salir de Madrid, +imaginaba que a veces el amor tiene igual destino que las flores: se +cortan con mimo, se les quitan las espinas con cuidado, se agrupan con +arte, se aspira su aroma con delicia, se conservan artificialmente unas +cuantas horas, y luego quien las deseó con vehemencia, las tira con +desprecio. + +En suma, Cristeta desconfiaba sinceramente de saber ni poder ni querer +resistir a don Juan, y al mismo tiempo su dignidad femenina se +sublevaba, temiendo que el abandono pudiera ser para ella el mismo +despeñadero que para tantas otras. Acaso llegase a conformarse con la +idea de perderse por amor; mas no podía transigir con la perspectiva de +ser una pérdida. Amar y entregar el alma, y, considerándolo como +miserable esclavo del alma, hacer también regalo de su cuerpo... tal +vez; pero a un solo hombre, y ese había de ser _él_. + +<tb> + +Llegada que fue a Santurroriaga se hospedó en el piso segundo de la +_Fonda de España_. El criado de don Juan, que no la perdió de vista +desde que se apeó del tren, se albergó en el mismo establecimiento, y +después de saber dónde se había alojado, a fuerza de propinas, consiguió +que le trasladasen a una pieza contigua a la que ella ocupaba: en +seguida de lo cual dirigió a su amo un telegrama. Después aquel hombre +utilísimo, más digno de mandar que de servir, esperó a don Juan, el cual +llegó a las cuarenta y ocho horas. + +Así urdida la trama, amo y criado se encontraron _casualmente_ en la +puerta del hospedaje, y ante el encargado de la fonda, como amigos a +quienes el azar reúne, hablaron de este modo: + +_El criado_.--Si va usted a estar aquí muchos días, pida usted que le +den el cuarto que yo tengo, porque la vista del mar es una delicia... Yo +me voy pasado mañana. + +_El señor_.--Hombre, se lo agradezco a usted mucho. Y luego, +dirigiéndose al encargado: + +--¿Hay inconveniente en que ocupe la habitación de este caballero? + +_El de la fonda_.--Ninguno. ¿Qué más nos da? + +Don Juan tomó posesión del cuarto inmediato al de Cristeta. + +Un conquistador principiante o adocenado, hubiera incurrido en la +inexperiencia de ir aquella misma noche al teatro de la villa en busca +de la mujer asediada, para demostrarle su amor haciendo valer la +presteza del viaje. Don Juan, con maquiavélica sagacidad, no se dejó +ver. Salía de la fonda muy de mañana, comía fuera, paseaba lejos y +regresaba tarde. No hubo compañero de Cristeta que tropezase con él. + +Luego transcurrieron unos cuantos días sin que ella recibiese cartas de +su amartelado caballero, lo cual estimuló su impaciencia, y ya comenzaba +a darse casi por olvidada, cuando una noche el desasosiego se le trocó +en alegría. + +Regresaba del teatro y subía de prisa la escalera, seguida de la +doncella, que por llevar un lío de ropa andaba más despacio, cuando al +llegar al descansillo que separaba dos tramos, vio a un hombre que, +palmatoria en mano, entraba rápidamente en una habitación. No pudo +distinguir bien la figura del desconocido, que abrió y cerró la puerta +con extraordinaria precipitación; pero le pareció que aquel hombre era +don Juan. + +«¡Dios mío!», murmuró la enamorada muchacha; y dándole un vuelco el +corazón, quedó parada, sintiendo que comenzaban a temblarle las piernas. +Haciendo un esfuerzo llegó a su cuarto, aguardó a que subiese la +doncella, despidiola en seguida sin consentir en que la desnudase, y +apenas se vio sola, cerró la puerta con llave y la aseguró con el +pestillo. + +No se había repuesto de la emoción sufrida, cuando una tosecilla seca y +entrecortada confirmó sus sospechas. Aquella era la seña que tenían +concertada en el teatro de Madrid, para conocer que él había llegado y +que esperaba en el pasillo. + +Cristeta, entre acobardada y gozosa, se dejó caer en una butaca. Estaba +sola, y don Juan a dos pasos. Sólo les separaba un miserable pestillo, +que con el dedo meñique podía descorrerse. Su turbación fue grande: +estaba segura de que había de venir a pasar algún tiempo en la misma +ciudad, y le aguardaba impaciente, no por días, sino por horas; pero no +imaginaba que viniese a la misma fonda, ni que se alojase en el cuarto +de al lado. + +La sacudida nerviosa que experimentó fue indefinible mezcla de pudor +alarmado y esperanza satisfecha. Miró con recelo hacia la puerta, y +viéndola cerrada y asegurada, se le serenaron algo los ojos, como si +juzgase alejado el peligro. En seguida oyó otra vez sonar la tosecilla y +sonrió orgullosa diciéndose: «¡Hasta el fin del mundo es capaz de ir por +mí!» + +De repente se puso pálida como la cera; quiso suspirar, no pudo, y se le +vino al rostro una oleada de sangre. La cosa no era para menos. Acababa +de fijarse en una puerta de que hasta entonces no hizo caso, o en que no +reparó, por hallarse clavada en ella, según es frecuente en las fondas, +una percha, de la cual su doncella había colgado varías faldas y otras +ropas largas ocultando la entrada; y era lo terrible que esta puerta +ponía en comunicación el cuarto de Cristeta con el inmediato. + +Se levantó temblando, se acercó de puntillas y quitó las ropas: la +puerta estaba cerrada y tenía el pasador echado; pero... ¿podrían +abrirla desde la parte opuesta? Mejor dicho: ¿podría Juan entrar por +allí? + +«No me acuesto», pensó; y volviendo a sentarse en la butaca, dejó pasar +unos minutos, que le parecieron siglos. + +¿Se habría equivocado? ¿Sería Juan, u otro cualquiera que se le +pareciese en el modo de toser? Si fuese él, ¡qué dulcísimo miedo! Si no, +¡qué tranquilidad... y qué desilusión! + +Era en verano, y el cuarto había permanecido todo el día cerrado; así +que entre su propio sofoco y el calor de la habitación, Cristeta no +respiraba a gusto. + +Sin mover ruido fue al balcón y lo abrió. + +¡Qué hermosa noche! La ciudad estaba dormida, el mar en calma, el aire +diáfano, la atmósfera serena, y en el cielo brillaban millares de +millones de estrellas. Cristeta se apoyó de codos en la barandilla y +aspiró con delicia el aire que venía saturado de emanaciones salinas. En +vano quería serenarse. El corazón le latía como avisando un peligro, y +los oídos le zumbaban remedando una canción de amor. + +De pronto oyó una voz suave y grata, que pronunciaba su nombre con sin +igual ternura, y le pareció que ni antes, ni después, ni nunca en lo +infinito del tiempo, se dijo ni dirá nombre de mujer con semejante +acento. + +En el balcón inmediato al que ocupaba Cristeta estaba don Juan. +Alargando un brazo cada amante, pudieron estrecharse las manos. + +--¡Imprudente!--dijo ella--. ¡Quieres comprometerme! + +--Nadie sabe que he venido. Peor sería ir al teatro no habiendo aquí +nadie de tu familia. Ni siquiera el bobalicón de tu tío. + +--¡Pobrecillo! Bueno le dejé... El teatro le ha vuelto el juicio, o, +mejor dicho, aquella corista... Mariquilla. Está loco. Pero el loco de +atar eres tú. ¿Cómo te las has compuesto para que te den ese cuarto? + +--El cómo, no lo sé; el para qué, figúratelo. Estoy harto de verte ante +testigos. Tengo hambre de estar solo contigo, de cogerte una mano, nada +más que una mano, ¿entiendes? y comérmela a besos. + +--¿Me quieres? + +--Más que tú a mí. + +--¿Tú que sabes? + +--¡Rica mía! + +--¡Vida! + +--¡Cariño! + +Y así siguieron largo rato, dulcísimamente entretenidos en aquel +estupendo y delicioso dúo que por primera vez tuvieron Adán y Eva, y que +probablemente sostendrán, pareciéndoles original, el postrer hombre y la +última mujer que queden sobre el haz de la tierra. + +El poético canto de la alondra avisaba a Julieta y Romeo que era llegada +la hora de la separación; mas como allí no había pájaros, el aire fresco +de la madrugada fue quien impuso la separación a los amantes, +recogiéndose ambos a sus cuartos al despuntar el día; y conste que, en +obsequio al lector, el autor prescinde de describir la llegada de la +aurora. Cristeta se sintió más enamorada que nunca, y don Juan más +esperanzado con la victoria, a semejanza de los grandes capitanes que no +arriesgan ni proponen batalla hasta después de haber irritado al enemigo +en largos días de desear la lucha, porque de esta suerte queden la +sangre fría y la calma triunfantes del entusiasmo y del coraje. + +<tb> + +Sabed ¡oh tímidas y pudorosas doncellas merecedoras del blanco azahar! +que la puerta de comunicación no se abrió aquella noche. + +Acostose Cristeta, y al apagar la bujía vio que por el ojo de la +cerradura entraba un hilo de luz, al cual parecían dejar paso mal +intencionadamente las prendas colgadas de la percha. Entonces, pensando +que aquel agujerito podría convertirse en observatorio peligroso para su +honestidad, se levantó a oscuras y lo tapó a tientas con la punta de una +toalla, murmurando al meterse segunda vez entre las sábanas: «¡Válgame +Dios lo que es la vida! ¡Todo Madrid me ha visto medio desnuda en el +teatro, y ahora tomo precauciones para que no me vea el único hombre a +quien quiero...!» + + + + +Capítulo VIII + +Lo que en éste sucede, mejor es para sentido que para escrito + + +Durante cuatro noches se hablaron de balcón a balcón. A la quinta +descargó sobre la ciudad una tempestad horrible, y hubieron de suspender +el diálogo. Tan fragorosos eran los truenos, tan frecuentes los +relámpagos, que ambos amantes juzgaron prudente retirarse cada cual a su +cuarto, don Juan maldiciendo de Júpiter y de Eolo, y Cristeta, que +ignoraba la Mitología, renegando de su mala estrella. + +Era la una de la madrugada, y acababan de recogerse cerrando persianas y +vidrieras, cuando Cristeta oyó golpecitos dados en la puerta por donde +comunicaban las dos habitaciones. + +Aproximose al tabique, dio otros golpecitos, y acercando la boca al ojo +de la cerradura preguntó: + +--¿Eres tú? + +Pasaron unos cuantos segundos, y de pronto vio caer al suelo la toalla, +que pocos días antes colocara con pudorosa cautela, a modo de tapón, +notando al mismo tiempo que por el agujerito destinado a la llave +asomaba un mango de pluma, con el cual don Juan había empujado el lienzo +hasta tirarlo. Venirse abajo el paño de manos, retirarse el mango de +pluma y mirar ella por el agujerito, todo fue uno. Al pronto no +distinguió nada; pero apartándose un poco hacia atrás, volvió a mirar, y +entonces vio una ceja; luego se quitó la ceja, y en su lugar aparecieron +los labios de don Juan, cuya voz entraba por aquel estrecho conducto +casi silbando, y decía: + +--¿Estás ahí, vida mía? + +--Sí. + +--¿Quieres que hablemos por aquí? + +--Bueno; ¡pero me da una risa!... + +--¡Qué angostos son a veces--dijo don Juan--los senderos que Dios nos +deja para que caminemos hacia la dicha! + +--Chico, parece que nos amamos por cerbatana. + +--¿Oyes bien? + +--Sí, pero tengo que pegar la oreja a la cerradura. + +--¡Alma mía! + +--¡Juan de mis ojos! ¡Monín! + +A la media docena de exclamaciones melosas sonaron simultáneamente dos +carcajadas, y en seguida dijo don Juan: + +--Cristeta, vida mía, esto me parece el colmo de la ridiculez. + +--A mí también: tu voz suena como silbido de mirlo. + +--Pues abre la puerta. + +--¡Calla, loco! + +--Nada más que entornada. + +--¿Para qué? + +--Tú lo has dicho: para no ponernos en ridículo ante nosotros mismos. + +--Sí, pero, ¿y luego? Tengamos juicio. + +--No seas tonta. + +--¿Quieres que sea loca? + +--¿No estoy yo loco por ti? + +--Sí, pero tu locura buscará alivio en mi perdición, y para la mía no +habría remedio. + +--¡Vaya un discreteo, y cómo se conoce que eres mujer de teatro! + +--Y tú hombre de mucho mundo, que es uno de los tres enemigos del alma. + +--Vamos, abre, paloma. + +--¿Y qué prometes? + +--Cerrar cuando tú lo mandes. + +--¿Palabra de honor? + +--Lo juro. + +Oyose el estridente correrse del pestillo, entreabriose la puerta, y, +merced a la luz que cada interlocutor tenía en su cuarto, pudieron ambos +verse perfectamente. + +La puerta quedó separada de su marco cosa de un palmo, y por aquel +espacio alargó don Juan ambas manos, estrechando entre ellas una de +Cristeta, que ésta tuvo la caridad de no retirar. + +--¡Parece mentira!--decía él--. La prueba de que te quiero está en la +cobardía, en el temor de ofenderte con que te miro y te deseo. + +--Sí, pero te agarras. + +--¡Maldita tormenta! ¡Estábamos tan bien en el balcón!... + +La alegría retratada en el rostro de don Juan le acusaba claramente de +mentiroso. Había empezado por no tomar a Cristeta más que una mano; +después fue subiendo las suyas hasta cogerle la mórbida y delicada +carnosidad del brazo, que mostraba desnudo fuera de la manga de la bata, +y acabó por dar un golpecillo a la puerta con el pecho, dejándola medio +abierta; de suerte que pudo acercarse mucho más a su novia y cogerle +amorosamente la cintura, aunque sin oprimírsela con demasiada libertad. + +--¿Qué es esto?--exclamó ella fingiendo un enojo que no sentía, y +moviendo la puerta con un pie. + +--¿Qué ha de ser? Que con esta maldita puerta me hago daño. ¿Pero qué +tienes? ¿Desconfías de mí? ¿No hemos estado solos mil veces en tu cuarto +del teatro en Madrid? + +--Es verdad... esto es bufo, y vamos a concluir burlándonos uno de otro. + +--Y en amor--añadió don Juan--no hay cosa peor que el ridículo. + +Estaban en lo cierto. La situación era propia de sainete. Cristeta tenía +el cuerpo echado hacia adelante, para que don Juan pudiera estrecharla +el talle, y él, ansioso de no perder lo conquistado, había metido medio +cuerpo por entre puerta y marco; con lo cual, en vez de personas +formales, parecían chiquillos jugando al escondite. + +--Basta de niñerías--dijo don Juan de repente, atrayendo hacia sí la +puerta y abriéndola de par en par--. Entra en mi cuarto, o déjame que +entre en el tuyo, y hablaremos tranquilamente. + +--¿Tranquilamente? + +--¿Lo dudas? + +--¡Como no me has avisado que venías, y luego has tomado ese cuarto! + +--¿Había de irme lejos pudiendo estar cerca? ¡Dilo, alma mía! + +Don Juan se había ya entrado a la habitación de Cristeta, y con la mayor +naturalidad, sin arranque de enamorado fogoso ni señal de ataque a lo +que debía respetar, fue a sentarse en el sofá, ni más ni menos que si +llegara de visita. Ella, sonriente, monísima, se colocó frente a él, en +una silla baja, y durante unos segundos ambos permanecieron callados. + +Don Juan pensaba: «Todavía no». Cristeta se decía: «¡Veremos!» + +Luego hablaron de cómo hizo cada cual el viaje, del tiempo que Cristeta +había de estar allí, de cuándo partiría él, hasta que, según costumbre +en tales casos, sin saber por dónde, volvieron al eterno dúo en que las +promesas de amor se resuelven en suspiros, y se acaban en mimos las +frases comenzadas con palabras. Sin duda que andaba cerca de allí un +diablo ocioso, y quiso atormentarles, que es, según San Macario, lo más +grave que puede acaecer a cristianos, porque al poco rato sucedió que +don Juan, alzando suavemente a Cristeta de la silla baja donde estaba y +sentándosela muy junto a sí en el sofá, comenzó a decirle miles de cosas +amorosísimas, que ella escuchaba dándole gracias con los ojos. No +pretendió el diablo tentarles más, o don Juan quiso dejar la tentación +para otro día, porque levantándose de repente, como quien se aparta de +un grave peligro, se pasó las manos por el rostro, y dijo: + +--No, Cristeta, esto es una locura... Adiós, hasta mañana; estás +hermosísima y te quiero demasiado.--Y echando a andar hacía su cuarto, +entró y cerró la puerta, mientras Cristeta quedaba en el sofá confusa y +asombrada, no sabiendo qué sentimiento dominaba en su espíritu, si pena +de amor contrariado o gratitud por el respeto que recibía. + +Al encerrarse don Juan en su habitación se dejó caer sobre una silla, +admirado de su propia heroicidad. No hubo en aquel momento rasgo de +casta entereza que no recordara con desprecio. ¿Qué José, huyendo de la +mujer de Putifar? ¿Qué Octavio, esquivando a Cleopatra, podían +comparársele? Porque estas dos damas fueron caprichosas pervertidas, y +estaban cansadas de darse a quien quisiera disfrutarlas; mas Cristeta +era la juventud no estrenada, la belleza por nadie poseída, que +espontáneamente se le brindaban en el silencio de la noche, como en la +soledad de un campo se ofrecen al sediento peregrino los jugosos racimos +de la vid. + +Don Juan se portó así, seguro de que aquello no era renunciar a la +victoria, sino asegurarla, dilatándola; prefirió sitiar la plaza por +hambre a tomarla por asalto. + +Aunque a la noche siguiente estuvieron el cielo sereno y el aire +templado, no se le ocurrió a ninguno de ambos amantes ponerse al balcón +ni entornar la puerta. Cristeta fue la primera que, al volver del +teatro, como viese el hilillo de luz que penetraba por el agujerito de +la cerradura, despidió a la doncella lo más presto que pudo, y apenas la +oyó subirse al piso en que dormía, tosió para que don Juan supiese que +era esperado, y descorrió el cerrojillo. Sonar la falsa tos, rechinar el +hierro y abrirse la puerta, apareciendo en ella el galán, fue obra de un +momento. + +A estar Cristeta menos enamorada, habría podido, durante las +veinticuatro horas transcurridas desde la entrevista anterior, +reflexionar sobre la conducta que le convenía seguir; pero ya no +discurría tan frescamente como al salir de Madrid. Primero el +alejamiento de su amado, luego los diálogos de balcón a balcón, y por +último el peligroso encanto de aquella misteriosa proximidad, acaloraron +su imaginación, haciéndola sentir mucho y pensar poco; así que, en vez +de apercibirse contra la cita, no supo sino esperarla con impaciencia. +Al dirigirse hacia la puerta miró al sofá con miedo, a la cama con +terror, y, sin embargo... abrió gozosa. + +Don Juan adelantó dos pasos, la cogió amorosamente por el talle y la +besó en una mejilla con aparente inocencia, reanudando el dúo de la +noche pasada con aquella misma naturalidad que emplearía Fray Luis de +León al exclamar: «Decíamos ayer...» Cristeta, sin rehuir el beso, habló +de este modo: + +--¡Vaya una temeridad! ¡No sabes qué cavilosa he pasado el día! + +--¿Por qué, vida? + +--No debemos continuar viéndonos de esta manera. Si alguien lo sabe, +estoy perdida. + +--Tú podrás perderte, pero yo lo estoy ya; perdido de amor por ti, que +ni descanso, ni duermo, ni sosiego, ni hago cosa a derechas; todo el día +estoy contando minutos y esperando que llegue este momento para decirte +que te quiero... ¡Qué hermosa estás! + +--¿De veras? ¡Nunca lo he oído con gusto hasta que tú me lo has dicho! + +--Como que nadie te lo ha dicho queriéndote: con esa cara y ese cuerpo +que tienes, ¡claro! alguno habrá habido chiflado por ti, pero... no sé +de qué modo expresártelo, no por cariño, como yo... sino... en fin, por +lo guapa y por lo mareante que eres, vamos, con hambre de abrazarte... +Ya me entiendes... ¡Quita, quita; no me mires así, que me vuelves loco! + +--Y tú ¿me quieres de otro modo? + +--¿Yo? De los dos. Cuando no te tengo al lado soy dueño de mí, pienso +fríamente, y recordándote, siento un placer grandísimo... y tranquilo... +vamos, como sí gozara sólo con el entendimiento, como si en vez de ser +hombre fuese un ser maravilloso incapaz de... ¿Comprendes?... + +--Se me figura que sí. + +--Bueno; pero luego, en cuanto me acerco a ti, ¡adiós frialdad! Tú no +habrás estado nunca borracha, ya me lo figuro; pero alguna vez, el día +del santo de tu tía, o de una amiga, habrás bebido una copita de licor +que se te haya subido a la cabeza... No se pierden la voluntad ni el +sentido, pero se exalta la imaginación, todo lo demás flaquea y desmaya; +parece que los ojos no ven sino lo que quieren ver, lo que da gusto al +alma, y se queda uno soñando despierto, perdido de ideas... ¡Se me +ocurren unas cosas!... + +--Juan, calla, o vete. ¡Déjame! + +--La culpa es tuya. Tienes un modo de mirar que me estremece. Como +cuando pasa un pájaro aleteando sobre el agua, y parece que el agua +tiembla... ¡No te rías! Pues agallado. + +--No digas tontunas: ¡ni que estuviéramos en escena en el teatro! + +--¿Qué teatro? ¿Quién te ha hablado nunca con la sinceridad que yo? Si +hasta se me olvida lo que pienso lejos de ti. Mientras no te veo, se me +ocurren cien mil cosas con que volverte loca; me siento más poeta que +Dios, y en cuanto te tengo al lado, me quedo tonto, inútil, como un +muñeco descompuesto. + +Cristeta respiraba penosamente, y en lo interior del pecho sentía una +sensación extraña, como de hervor latente. Las palabras de Juan se le +iban entrando al alma, haciendo escala en los sentidos. Por fin, igual +que otras veces, le dijo, mirándole con melancólica ternura: + +--¡Si fuera verdad!... + +--¿Y qué derecho tienes para dudarlo? + +--No lo sé. Corazonadas... miedo. Vamos a ver; apártate un poquito y +hablemos fríamente. No dudo de tu sinceridad; pero no confundamos las +cosas. ¿Es que me quieres, o es que te parezco bonita? Piénsalo bien: +¿qué soy yo para ti? + +--¡Mi vida! ¡Mi cielo! + +--¡Quiá! Una mujer que te gusta... una más. Y por otra parte, ¿qué puedo +yo esperar de ti? ¡Nada! ¿No conoces que, aunque te quiera como te +quiero, no debo hacerme ilusiones? Vamos, calla, calla. ¡Si no puede +ser! Un hombre como tú, tan distinto de mi clase... Yo, que no he pisado +alfombras más que en escena... No tendríamos perdón de Dios: yo, por +vanidosa; tú, por creer que es amor eso... que es otra cosa. + +--¿Y qué es?--preguntó Juan con extraordinaria vehemencia. + +Cristeta se puso roja como la grana. + +--¿Lo ves?--añadió él--. Hasta te da vergüenza lo que se te ocurre. Dilo +claro: ¿crees que yo no siento por ti más que un deseo... un +capricho?... + +--Ya te he dicho otra vez que me lastima esa idea; yo no he nacido para +satisfacer caprichos. Sólo la palabra me ofende y me repugna. Lo que +quiero decirte es que tú confundes lo poco que me puedas querer con... +lo otro. + +--Tú sí que me ofendes. ¿Cuándo se te ha acercado un hombre que te +respete más que yo? + +--Es que yo sé hacerme respetar. + +--Pues conmigo no tienes necesidad de eso. + +Cristeta sostenía el diálogo con dificultad: sus frases eran diversas de +sus pensamientos y contrarias a sus deseos; semejaba un sofista ansioso +de dejarse convencer. + +Juan no había llevado la vela de su cuarto; en el de ella, aunque +espacioso, puesto como de fonda, con pocos y baratos muebles, no lucía +más que la llama temblorosa de una bujía, colocada sobre un veladorcito, +en tal disposición, que dejando en sombra los rincones, daba de lleno en +el rostro de Cristeta, iluminaba la cama, la mesa de noche y el sofá en +que estaban sentados los amantes. Pendientes de perchas y sobre varias +sillas, se veían ropas de calle y de escena, resaltando entre éstas una +faldilla de seda a listas de colores vivos y tan corta, que habría de +dejar las piernas al descubierto. Encima de un baúl había un par de +botas altas de raso blanco con cordones de oro. + +La calle estaba desierta, al través de los visillos del balcón se +divisaba el centelleo de las estrellas y a lo lejos sonaba el bramido +ronco y tenaz que subía de la playa. + +En la fonda y su proximidad el silencio era completo. Mientras Cristeta +hablaba o escuchaba, su propia voz y la de Juan parecían infundirle +tranquilidad y sosiego: pero en los breves intervalos en que permanecían +callados, entre frase y frase, aquel silencio era para ella un nuevo y +peligroso incentivo, añadido a la fascinación que en su ánimo juntamente +levantaban la sed de amor y las palabras del hombre. Medrosa por la +ocasión y medio rendida ante la idea del amor, fijaba de cuando en +cuando la mirada en Juan, cual si pretendiese adivinarle los +pensamientos; otras veces dirigía la vista hacia el faldellín y botas de +raso, que simbolizaban su peligrosa vida artística, y luego desviaba con +desdén los ojos. En los del hombre no descubría presagio de infortunio; +antes al contrario, estaban expresivos, atrayentes, llenos de promesas +dulcísimas. En cambio--¡hay momentos en que las cosas hablan!--el +faldellín y las botas de raso parecían augurar más sinsabores que el +coro de la tragedia antigua. + +Un reloj de cuco que había en el pasillo inmediato, dio pausadamente las +tres de la madrugada. Cristeta, retirando una mano que don Juan le tenía +cogida entre las suyas, se puso en pie como tocada de un resorte. No +hizo ademán de resistencia premeditada, ni fue el suyo acto sugerido por +la voluntad, sino movimiento instintivo con que, sintiéndose flaquear, +se apercibió a la defensa, viendo inevitable y cercana su amorosa +derrota. + +Al verla levantarse, don Juan se puso también en pie, comprendiendo que +en aquel instante podía intentar un asalto decisivo. La noche, el sitio, +la soledad, el silencio, la excitabilidad de que Cristeta parecía +poseída, hacían apetitosa y deleitable la ocasión; mas ¿a qué atacar una +fortaleza a la cual faltaba tan poco para rendirse voluntariamente? Don +Juan sabía que gozar una mujer, en el más noble y lato sentido de la +palabra, no es descerrajar una puerta. La violencia es el peor enemigo +del amor. El viento huracanado y raudo roba brutalmente su perfume a las +flores y lo esparce sin disfrutarlo; en cambio el aura suave, el céfiro +que dicen los poetas, vuela apacible y manso sobre los plantíos y aspira +voluptuosamente sus delicadísimos efluvios. Don Juan prefería lo último. + +--Adiós, alma mía, hasta mañana... Anda, busca otro hombre que a esta +hora, estando así, a tu lado, sea tan... + +--Sí, ya lo sé; tan caballero. Nunca esperé menos de ti. + +--Hay momentos en que caballero y tonto son sinónimos--dijo él. + +--No lo creas--repuso ella tendiéndole ambas manos en señal de despedida, +y añadió--Quien sabe amar sabe agradecer. + +«Ya me las pagarás todas juntas», pensó don Juan. Y al mismo tiempo, +según la tenía cogida por las yemas de los dedos, la atrajo contra sí +hasta juntarse ambos cuerpos, y le dio un beso sonoro, largo y apretado, +uno de esos besos que despiertan en los ángeles deseo de pedir licencia +para venirse al mundo. + +En seguida, dejándola presa de aquella impresión, como si la caricia +fuese la flecha que arrojaban los partos al huir, se entró en su +habitación. Al verse Cristeta sola en la suya y cerrada la puerta, +comprendió que había triunfado, mejor dicho, que se había vencido a sí +misma. ¡Triunfo efímero y pobre vencimiento que dejaron su imaginación +poblada de dudas!; porque aquella aparente victoria, aquel momentáneo +éxito de castidad, era pan para hoy y hambre para mañana. + +No faltarán almas ruines y fantasías pervertidas que al llegar aquí +tachen a don Juan de estúpido y a la pobre Cristeta de fácil y liviana. +Los mismos que tal piensen no habrían vacilado en explotar su amorosa +turbación. Así es el hombre, pronto a censurar toda flaqueza que no +redunda en su provecho. Dios, que cuando tiene tiempo penetra en el +corazón de los mortales, sabe que Cristeta no era fácil ni liviana: lo +que pasaba era que le había llegado su hora. + +Su amor era semejante al agua que se desliza secreta y soterrada, hasta +que llega un punto donde surge y brota, trocándose la inútil e ignorada +corriente en manantial fresco y fecundo. ¿Sería don Juan quien en él +apagara su sed? ¿Lo enturbiaría luego? Ello fue que tampoco aquella +noche perdió el pudor sus fueros ni tuvieron por qué regocijarse los +diablos. Lejos de darse a ellos, como hubiese hecho cualquier adorador +impaciente--y conste que la impaciencia es el error que malogra más +victorias amorosas--, don Juan se recogió a reflexionar con frialdad +sobre la situación, ni más ni menos que podría un filósofo meditar sobre +la ruina de un imperio. + +Y consideró lo siguiente: + +Que era hombre aguerrido en aquellas luchas, pero que estaba colocado en +circunstancias enteramente nuevas. Había rendido mujeres sosas de las +que caen sin lucha ni gracia, como fardos abandonados a su propio peso; +señoritas imbéciles, tocadas de fría sensualidad; mozuelas que ceden por +cálculo y se equivocan en la cuenta; casadas de las que se visten con +gajes del adulterio; viudas aventureras, semejantes a los aros de circo +con el papel ya roto, en que no deja señal un salto más o menos; +pecadoras por hambre, que soportan los besos haciendo números de +desempeños y deudas; lascivas por codicia que ponen el cuerpo a interés +compuesto; y también disfrutó alguna de esas mujeres inocentemente +viciosas, alocadas, que se entregan sin pensarlo, y a quienes se goza de +improviso cortando la monotonía de la vida, como esas ráfagas de aire +fresco que interrumpen de pronto el bochorno asfixiante de un día +abrasador. + +Cristeta era un caso enteramente distinto. Sus encantos físicos podían +calificarse de excepcionales. En estado normal era una de esas beldades +serenas, de aspecto castísimo, en cuya contemplación se deleita el alma; +y luego, cuando menos podía esperarse, aquella placidez y decoro dejaban +el puesto a una sonrisa picaresca, hija de una sensualidad mimosa y +dulce, natural y espontánea, que le resplandecía en los ojos +abrillantándole las miradas, o parecía florecer en la humedad rojiza de +los labios. Era imposible que su lenguaje fuese muy escogido, porque no +es dado usar términos elegantes y frases primorosas a la que nace pobre, +crece en una trastienda y entra en la vida social por el proscenio de un +teatrucho; mas, en desquite de esta falta de atildamiento, en sus ideas +se transparentaba siempre un fondo de delicadeza y honradez de +sentimientos, que la hacían en extremo simpática. Aun con palabras mal +empleadas revelaba pensamientos sanos. Un clásico hubiese dicho de ella +que era hermosa como Diana, amante como Alcestes, compasiva como +Antígona, y, sobre todo, enamorada como Cloe. Además, sin ser ignorante +ni cándida, tampoco resultaba sosa ni simplona: no creía que los niños +se encargan a París, pero el altar de su pureza no había recibido +ofrendas, y, su misma reflexiva castidad le daba conciencia del valor de +lo que podía perder. De todo lo cual colegía don Juan que no se trataba +de una mujer vulgar, buena para poseída una temporadita, a quien se +pudiese luego echar o devolver a la circulación como se compra y revende +un caballo de lujo. + +Resumen: primero: Cristeta era una verdadera conquista, inapreciable, +sabrosísima, pero también un origen de pavorosa responsabilidad. +Segundo: en esto mismo radicaba la fascinadora atracción que sobre él +ejercía. Y tercero: tratándose de una mujer excepcional, era necesario +emplear medios extraordinarios para lograrla. + +Don Juan se durmió pensando en estas cosas y en sus derivados. + +Ella monologueó bastante menos. Luego de cerrar la puerta y tapar con el +paño de manos el ojo de la cerradura, se quitó las horquillas, lavose a +chapuz la cara porque estaba muy acalorada, y se acostó. + +Ambos soñaron disparatadamente, porque como durante el sueño trabaja el +espíritu abandonado a sí propio, no crea sino desatinos y +extravagancias. Sin duda por esto quiso Dios que el espíritu tuviese +como base de operaciones, el cuerpo, la vil materia, tan calumniada por +los espiritualistas. Además, ¿quien sería capaz de comprender o +interpretar los ensueños de una doncella? + +Dijo Zenón que nunca desentrañará el hombre la esencia de las cosas; mas +se le olvidó añadir que el sumo grado de lo imposible es descifrar lo +que sueña la mujer. + + + + +Capítulo IX + +Busca don Quintín a una mujer y cae en las redes de otra + + +Ni marido pobre de mujer acaudalada, ni yerno de suegra intolerante, ni +protegido por rico vanidoso, se vieron nunca tan privados de libertad +como el mísero don Quintín a partir de aquel día en que doña Frasquita +se enteró del devaneo que su esposo traía entre manos; porque la +aventura con Mariquita, que para él fue simple pecado de pensamiento, +semejante a la delectación morosa que dicen los teólogos, a la vieja le +pareció adulterio consumado. A fin de tenerle más sujeto, dispuso aquel +_Tetrarca_ con faldas que la criada hiciese los pocos recados que en la +casa se ofrecían; buscó y pagó persona que acudiese a los centros +oficiales de donde había que recoger las sacas del tabaco y los pedidos +del papel sellado; obligó a su esposo a encargarse de la venta desde que +se abría hasta que se cerraba el estanco para que no tuviera momento +libre, y, finalmente, decidió pasar el día sentada junto al mostrador, +en continua vigilancia, con propósito de morder y arañar a quien se +presentase trayendo carta o recado sospechoso. Tan horrible fue el +cautiverio, que el infeliz llegó a no poner los pies en la calle sino +los domingos y fiestas de guardar, a primera hora, cuando su esposa le +llevaba a misa, sacándole a que tomase el aire, como las doncellas de +servir sacan a los perritos falderos para que no empuerquen las +alfombras. + +Don Quintín pasó muy triste la primera quincena (desde que se había +identificado con las cosas del teatro contaba por quincenas); luego, +prescindiendo de atractivos inútiles, dejó de usar corbata y de teñirse +los bigotes, y, por último, cayó en una melancolía tan dramática para él +como risible para los que le rodeaban. Ratos había en que se quedaba +embobado, despachando automáticamente lo que le pedían, hasta que la +severa y desapacible voz de Frasquita venía a turbar sus arrobos con +frases crueles. + +--¿En qué piensas, burro?--solía decirle--; ¿te estás acordando de aquella +sinvergüenza? ¡Cochino! + +Otras veces era más expresiva y humillante. + +--¿Y todo para qué?--exclamaba con gesto de pitonisa descreída--¡No puedes +con la comida de casa, y querías ir de fonda! + +Lo que más hirió la delicadeza de su amor fue que un día, aludiendo a +Mariquita, dijese: + +--¡Si fuera una persona decente! ¡Pero una sacadineros y desbaratacamas! + +¡Cuánto sufría! ¡Interesada ella, que sólo le hizo gastar en unos +cuantos cafés! ¡Desbaratacamas una mujer a quien no consiguió besar sino +tres o cuatro veces en la nuca y por sorpresa! + +Así pasó algún tiempo, hasta que una mañana, después de haber leído en +alta voz cierto periódico que contenía una lista de compañía lírica que +la víspera había salido a provincias y en la que figuraba Mariquilla +como partiquina, resolvió sacudir el yugo. No podría verla, pues estaba +ausente, pero averiguaría su paradero, la escribiría, y acaso le +contestara diciéndole la fecha de su regreso. La perspectiva de +recibir--buscando medio seguro--una carta suya, le infundió ánimo, y +arrojando el periódico sobre el velador de la trastienda, dijo a su +mujer: + +--¡Tranquilízate! Esa infeliz no está en Madrid... Ahora mismo me largo a +respirar un rato a gusto, lejos de ti... ¡fiera!--Y sin esperar +respuesta, se calzó y salió. + +Aunque, gracias a lo rápido de su resolución, estaba seguro de que no +podía ser espiado, anduvo largo rato vagando por calles y plazas, +volviéndose de vez en cuando a mirar si le seguían, hasta que, +convencido de que no existía tal peligro, tomó el camino de la casa de +Mariquita. Nunca la había visitado, pero sabía sus señas: Cuervo, 14, +sotabanco, cerca del cielo. ¡Siempre, anda la felicidad por las nubes! + +Antes de llegar se le llenó el alma de ilusiones. ¿Se habría, como es +frecuente, retrasado la salida de la compañía, y estaría Mariquilla en +su casa? ¡Cuán sabroso desquite tomaría de la tiránica Frasquita! Mas +discurriendo de esta suerte, le asaltó una duda horripilante... ¿Tendría +razón su mujer? Él, que nunca sentía apetito en casa, ¿podría soportar +la comida de fonda? Parose un momento, como cuentan que se detuvieron +Osmán ante Alejandría y Tito ante Jerusalén, y luego avanzó +denodadamente, pensando: «¡Sí... aunque me muera... Cuervo, 14!» + +Allí fue la primera decepción. La portera le dijo que efectivamente +había vivido en la casa una chica que era _del treato_, pero que el mes +anterior la desahució el amo porque no pagaba, y además por escandalosa +y descarada. Don Quintín se alejó tristemente, imaginando que pues +Mariquita, a pesar de ser tan guapa, no tenía con qué pagar el cuarto, +era criminal poner en duda su moralidad, y que la acusación de escándalo +y descaro era calumnia porteril. + +Desde la calle del Cuervo fue a ver al conserje del teatro para +preguntarle dónde habitaba otra corista llamada Carolina, muy amiga de +Mariquita y que tal vez supiese su paradero. + +¡Oh impremeditada determinación, qué de males trajiste! ¡Pobre viejo, +que imaginando hacer una visita, cayó es un abismo! + +Al pisar la entrada del teatro el corazón le latía con desusada fuerza. +Ponte, lector, en situación análoga; haz memoria de si siendo colegial +te enamoraste de una primita o de una amiga de tu hermana; recuerda +luego si pasados los años de la juventud, y ya hecho hombre, tornaste a +pisar los lugares donde, al conocerla, sentiste o creíste sentir amor; +deja que en tu alma, tal vez vieja y gastada, reverdezca aquella +primavera de tu mocedad; adórnala de reminiscencias dulcísimas, y +entonces ¡sólo entonces! comprenderás cómo la fantasía de don Quintín se +deleitó en recordar la que a él se le antojaba pasión avasalladora. + +Previo regalo de un cigarro con que don Quintín le obsequió, el portero +del teatro le dijo dónde vivía la corista por quien iba preguntando, y +allá se fue a buscarla, deseoso de hablar de Mariquilla y esperanzado en +saber cuándo regresaría para precipitarse en su busca; porque durante +aquella larga caminata, según se había ido alejando de su casa y +cónyuge, sintió que el amor se enseñoreaba de su espíritu y de sus +sentidos, y hasta le pareció que si encontrase a Mariquilla podría +llevársela a comer de fonda, contra lo que suponía la desengañada +Frasquita. + +Dominado por tales pensamientos, subió la escalera estrecha y muy pina, +de una casa de aspecto pobre y nada limpio, detúvose en un descansillo, +tiró de un cordón mugriento y abriole Carolina; el prototipo de la +corista que contratan las empresas, no por lo bonitas, sino por tener +mucho repertorio y por no faltarles nunca quien pague con un ajuste el +recuerdo de una conquista. + +Era mujer de cuarenta y tantos años, gruesa, ex--guapa, en buen estado de +conservación, aunque algo ajada, y con más experiencia de los hombres de +la que a don Quintín hubiera entonces convenido. Vestía bata flotante de +percal claro; no debía de llevar corsé, porque se le notaba el temblor +de las carnes libres; estaba recién peinada, y de su cuerpo se +desprendía aquella emanación intensa de perfumes baratos con que el +estanquero experimentó sensaciones indefinibles cuando habló por primera +vez con Mariquilla. + +--¡Don Quintín de mis entretelas! ¡Tanto bueno por mi casa! ¿Qué le trae +a usted por aquí? + +--Lo primero, el gusto de verla, que no es grano de anís; y luego... + +--¡Me lo he maliciado; preguntarme por la María! + +--No crea usted que sólo por eso. Pues qué, ¿no es nada contemplar ese +cuerpo tan hermoso? + +--Déjese usted de requiebros. ¡Bonita me encuentra usted! Ni tiempo he +tenido de ponerme el corsé. + +--¡Mejor que mejor!--Repuso don Quintín, echando una mirada codiciosa al +busto de Carolina. + +Ésta, cogiéndole de la mano para guiarle por la oscuridad del pasillo, +le llevó hasta el comedorcito, donde se sentaron: ella en una silla baja +de hacer labor, y él en una butaca vieja y desvencijada. El comedor era +muy pequeño, y en la estancia inmediata, que era la alcoba, se veía una +cama cubierta con colcha de indiana. + +El día estaba caluroso; el estanquero, a fuerza de pensar en la +coristilla, venía predispuesto al amor, y Carolina no era la última +encarnación de Lucrecia, la casta. + +--Sí, señora--repitió él, disimulando su pensamiento; lo primero, el +gustazo de verla, como que está usted hermosísima. + +--No es usted mal adulador... ahora. Puede que sea usted el único que no +me dijo en el teatro «buenos ojos tienes». ¡Andaba usted tan embobado +con aquélla! + +Aquí le pareció a don Quintín que para averiguar algo debía emplear +juntamente la sagacidad y la galantería, por lo cual añadió: + +--¿Qué quería usted? ¿Qué anduviese a la greña con todos los que la +solicitaban? ¡Buen trabajo! Hubiese tenido que pelearme con ciento y la +madre. Pero lo que es guapa... ¡ya lo creo que me lo parecía usted! +¡Vaya un cuerpo... en fin, aquí está, gracias a Dios, y se puede ver! + +Poseído de súbito ardimiento amoroso, extendió ambas manos hacia el +talle de Carolina, quien, deseando mostrarse pudorosa, pero no arisca, +echó el cuerpo para atrás, diciendo con mucha monería: + +--¿Qué había usted de fijarse en nadie, sí estaba usted chalado con +aquélla? + +--Aquélla... aquélla...--murmuró él con fingido desprecio--. No sé por +dónde anda, ni me importa. Valiente... + +Sus labios intentaron decir una ofensa, pero no acertaron a formularla. +Comprendió que era una villanía hablar mal de Mariquilla, aunque fuese +en son de astucia para averiguar su paradero. + +--Entonces, ¿qué diablos le trae a usted por aquí? ¡Ya está usted buena +maula! ¿No sé yo que se gastaba usted con ella los ojos de la cara? ¡Y +que no es usted poco rumboso, decían allí! + +--¡Bah! Una cosa es gastar y otra querer. + +Harto sabía Carolina que el amor de don Quintín no había llegado al +terreno práctico, y desde que le abrió la puerta comprendió que iba en +busca de noticias de su compañera; pero con la rapidez del pensamiento +concibió el atrevido proyecto de seducirle. No era rico, ni de él podían +esperarse solitarios para las orejas ni entresuelo amueblado; mas +tampoco sería imposible sacarle unos cuantos duros al mes. Su estanco +estaba en sitio céntrico, debía de producir bastante... la mujer muy +vieja... Nadie es capaz de prever hasta dónde puede llegar un anciano +tocado de la tarántula amorosa. Suponiendo que se mostrase insensible y +la despreciase, ¿qué le importaba? Aquello era jugar un décimo de +lotería: por de contado, no había de caerle el premio gordo; mas acaso +el estanquero le ayudase a pagar el cuarto o le regalase algún +vestidillo. Por su larga experiencia teatral no ignoraba Carolina que +hay en la vida del hombre dos períodos durante los cuales es fácilmente +poseído de la pasión impetuosa y arrebatada: la primera juventud, en que +las cortesanas parecen ángeles caídos, y la entrada de la vejez, en que +uno quiere despedirse de la naturaleza con aquella música de besos que +en la adolescencia nos abrió las puertas de la dicha. + +A estos picarescos y sabios propósitos de Carolina correspondía +perfectamente la situación de ánimo en que se hallaba don Quintín; +porque, aunque él lo ignorase o no pudiera razonarlo, lo que sentía por +Mariquilla no era enamoramiento exclusivo, sino exacerbación de la +facultad amorosa, pronta a extinguirse en su organismo. Estaba en el +caso del niño que, deseando un juguete, ambiciona el primero que ve, y +luego se satisface, contenta y entretiene con cualquiera otro que le +dan. + +La táctica de Carolina estribó en hacerle creer que le consideraba como +hombre conquistador, enamoradizo, mujeriego y rumboso; y comenzó a +mirarle del modo más dulce y hechicero que supo, diciéndole: + +--¡Ya, ya, ni que fuéramos tontas! Todos son ustedes iguales. Hoy ésta, +mañana la otra... Mariquilla está fuera, y se habrá usted dicho: «Vamos +a ver a lo que sabe su amiga». + +--¡Qué mal pensada! Verdad que tiene usted disculpa, porque como está +usted tan guapa, no haría ningún disparate quien se volviese loco por +usted. + +Las miradas de Carolina eran incendiarias; don Quintín empezaba a +olvidarse de Mariquilla. Hubo un momento en que, comparándola +mentalmente con la garbosa hembra que tenía delante, resultó de esta +comparación que la primera no pasaba de muchacha vivarachuela y +graciosilla, en tanto que la segunda era mujer formada y en plena +madurez de belleza. + +--Vamos, dígamelo usted claro. ¿Ha venido usted a preguntarme por +_aquélla_, o a verme a mí? Porque para lo primero todavía soy joven, y +para lo segundo... + +--¿Estoy demasiado viejo? + +--No he dicho tal. + +--Viejo, ¿eh? ¿Conque viejo? Pues la leña seca es la que arde mejor.--Y al +decir esto se levantó y abrazó a Carolina, como en un célebre cuadro de +Rubens abrazan los sátiros a las ninfas, sin que ella le rechazara. + +¿Cuál será el alma cruel y despiadada que la vitupere? Mandan los santos +preceptos que se dé de beber al sediento, pan a quien tiene hambre, y +posada al peregrino. Pues, ¿dónde agua más fresca, ni pan más tierno, ni +albergue más grato que el amor? Además, la caridad bien ordenada empieza +por uno mismo, y Carolina también sentía necesidad de amor. + +<tb> + +Pasadas dos horas en deliciosa y culpable intimidad, tanto más grata +cuanto menos premeditada y prevista, dijo Carolina, mientras él se ponía +los tirantes y ella, ante un espejo roto, se atusaba los desordenados +rizos. + +--Anda, tontín, rico mío, más vale gallinita que pollita. Mejor te irá +conmigo que con aquella embaucadora, bribona, que se estaba burlando de +ti. ¡Me daba una rabia! + +--¿Y cómo lo sabes?--repuso él saboreando la delicia de tutear a una mujer +que no era legalmente suya, e indignado al mismo tiempo ante la idea de +haber servido de hazmerreír a Mariquilla. + +--¡Vaya si lo sé! ¡Qué borricotes sois los hombres! Ahora que ya eres +mío, porque supongo que vendrás a menudo, te lo voy a decir. ¡Me +gustabas de un modo atroz! ¿Y verdad que tu Carola te gusta también más +que aquella gata esmirriada? Mira... no sé los años que tienes; nadie +tiene más de los que representa; pero ya quisieran muchos jóvenes +igualarse contigo. + +--¿De veras, pichona? + +--¡Buenos están los jóvenes!... ¡Tísicos! Parece que se va a concluir el +mundo. Yo también valgo más que cualquier chiquilla. Compara, compara +este pecho y esta mata de pelo con aquellos pellejos colganderos y +aquella cabeza llena de añadidos. + +--¡Buena diferencia va de mujer a mujer! + +--Pues para ti soy. Veremos cómo te las compones en tu casa... porque has +de venir a verme casi todos los días. + +--¿A diario, chica?... No sé si podré--dijo él algo intranquilo. + +--¿No has de poder? ¡Anda, pillín, que no te arrepentirás! + +--¿Estás siempre sola? + +--Siempre, vidita. Y vive tranquilo: no soy yo como aquella perdida +que... + +--Mala voluntad la tienes. + +--Como que me tenías chaladita y me daba ira de verla cómo se burlaba de +ti. + +--¿Qué hacía? + +En parte mintiendo, en parte diciendo verdad, Carolina resolvió asegurar +la adquisición que acababa de hacer. Mezcló en sus frases lo cierto con +lo calumnioso, y procuró apartar a don Quintín de Mariquilla, haciéndole +creer que le consideraba capaz de la mayor generosidad y lleno de +ardimiento para los dúos amorosos. + +--Vamos, ¿qué hacía aquella... desdichada?--tornó a preguntar don Quintín. + +--No merece que vuelvas a pensar en la muy sinvergüenza. ¿Que qué hacía? +Ponerte cuernos. ¡Como si con un granadero como tú no tuviera bastante +una _pitifláutica_ como aquélla! Todas las del coro sabíamos que tú le +regalaste el mantón bordado y _la mar_ de medias. Decía que te iba a +dejar el estanco hasta sin esponja para mojar los sellos. Y al mismo +tiempo, como después de la función te ibas con tu sobrina, ella se +largaba con el segundo apunte. ¡Me daba una rabia! Porque cuando la +mujer es libre, bueno; lo que yo digo, que se amontone con quienquiera, +pero que no engañe a nadie... Un hombre es un hombre. + +--De modo que ella... + +--¡Ya lo creo! Y no era eso lo peor. Algunos del teatro creían que todo +era mentira, que no teníais nada que ver, vamos, que os hablábais y nada +más..., porque ella no se dejaba... ¿estamos? ¡Como si tú fueras un +_lila_ que se gastase la plata sólo por mirarla! Y también decían que +don Juan, el querido o novio, lo que fuese, de tu sobrina, era quien +había encargado a la María que te hablase y te marease para mientras +tanto quedarse solo con la tiple. En fin, distraerte para que no +estorbases. Mira que si hubiese sido verdad... ¡bonito papel! + +Ante tan cruda y horrible revelación, faltó poco para que don Quintín se +enfureciese. Su emoción fue grandísima, porque indudablemente Carola +decía verdad. ¿Cómo había él de dudar, sabiendo por experiencia, o mejor +dicho por falta de ella, que no había logrado de Mariquita sino algunos +besos y apretujones a hurtadillas? En seguida se dio a recordar +pormenores e incidentes que confirmaron sus sospechas. No cabía duda. +Sí: todo fue comedia. Acaso Cristeta no entrase en la conspiración, pero +se aprovechó de ella; Mariquita sirvió de agente a don Juan; los +diálogos enloquecedores pasados bajo el mechero de gas que había en el +pasillo, fueron otras tantas ocasiones de que los novios se hablasen +libremente. ¡Y pensar que él no consiguió de Mariquilla nada sustancioso +y positivo! ¡Ni una sola vez! ¡Qué burla tan infame! Lo único que le +consolaba era que hubiese quien se lo diera por comido, juzgándole como +amante rumboso, pagano y favorecido. + +--¿Conque les serví de tapadera?--decía sonriendo--. ¡Tiene gracia! ¡Y yo +me contentaba con mirarla... vaya, vaya! + +--De lo segundo no te digo nada. Ahora que eres mío, comprendo con +conocimiento de causa que no te limitarías a mirarla como si fuera +estampa; pero lo que es de que servías de tapadera y de que don Juan fue +quien te preparó la conquista de la sinvergüenza... de eso no te quepa +la menor duda. + +Harto sabía él a qué atenerse. Sí: tapadera, y además _lila_. Le costó +gran esfuerzo disimular el enojo; pasó un rato muy malo, pero los mimos +y carantoñas de su Circe le endulzaron algo el pesar. + +--¿Vendrás pronto a verme?--le decía, poniéndose archizalamera--. Cuanto +antes mejor. Yo no soy exigente; si tienes miedo a que lo sepan en tu +casa, pasearemos por las afueras... y luego nos vendremos aquí a nuestro +nido, como dos tortolitos. + +--Sí, sí; vendré, vendré--repetía el estanquero, que ya sentía prisa por +marcharse: mas ella, como si quisiese sellar su amoroso contrato de un +modo inolvidable, dio un salto de pantera celosa, y arrojándosele al +cuello le abrazó, besándole el cerdoso bigote, al mismo tiempo que decía +con la voz astutamente entrecortada por la emoción: + +--¡Quintín, qué felices vamos a ser! + +Desasiose de ella con suavidad, como don Florambel se apartaba de la +encantadora princesa Graselinda, y comenzó a bajar despacio la escalera, +repitiendo dulcemente: + +--Adiós, rica; vendré, vendré, y seremos buenos amigos. + +Ella le vio marchar entre satisfecha y desconfiada... ¿Sería aquella una +verdadera conquista, al menos una ayuda para pagar la casa? ¡Y qué +lástima que el diablo del hombre no tuviera veinte años menos! + +Don Quintín salió a la calle tan engreído y hueco como mujer fea a quien +por casualidad chicolean en paseo. La cosa lo merecía. Acababa de +adquirir la grata convicción de que, aunque fuese de tarde en tarde, +podía comer de fonda. + +Mas como no hay dicha completa en corazón humano, junto de este regocijo +se alzó en su pecho un mal sentimiento, un odio terrible hacia don Juan, +que había jugado con él como con un chiquillo. «Sí--iba gruñendo entre un +diente sí y otro no, pues los tenía salteados--; he sido tapadera, +Celestina macho, alcahuete sin saberlo... ¡Yo haciendo el buey con la +mocosa de la chiquilla en el pasillo, y él encerrado con la otra... sabe +Dios! ¡Ah, don Juan de los demonios, ya me las pagarás algún día! +¡Pensar que la trastuela no me dejó... ni una vez!» + +Y en lo más íntimo de su alma hizo acopio de rencor, y se juró que si la +suerte, la casualidad o su propia astucia se le mostraban favorables, +tomaría de don Juan espantosa venganza. + + + + +Capítulo X + +En que ocurre el más grave y deleitoso suceso de esta historia + + +Don Juan resolvió triunfar de Cristeta, empleando medios +extraordinarios. + +Una de aquellas noches de los dúos forzosamente castos, con reservas +mentales, abrió ella la puerta, pasó él, y sentados en el sofá lo más +cerca que permitían el pudor y el respeto, comenzaron la cantata mil y +tantos diciéndose esas eternas frases juntamente dulzonas, picarescas, +inocentes, maliciosas, arteras, ingenuas, sinceras y mentidas, muchas +veces estúpidas, pero siempre gratas, con que se entretienen y engañan +los amantes mientras se prepara la catástrofe del drama a que la +Providencia les tiene predestinados. Aquella noche la elocuencia de don +Juan era maravillosa, y su ternura exquisita; a pesar de lo cual +Cristeta tardó pocos minutos en notar que estaba caviloso. Traía +fruncido el entrecejo y sus miradas denotaban mal disimulada +preocupación. + +--¿Qué tienes?--le preguntó cariñosamente. + +--Nada. + +--Me engañas, algo te pasa. + +--No, mujer. + +--Es claro; como no soy nada para ti... + +--Demasiado sabes que te adoro...; pero no voy a inventar cosas graves +por capricho. + +--Bueno, cállatelo; luego dirás que me quieres. + +Don Juan puso cara de gran pesadumbre, lo más triste que pudo, y dejó +caer la cabeza sobre el pecho. Entonces Cristeta se la levantó +suavemente con ambas manos, y mirándole de hito en hito, cual si +quisiera leerle en las pupilas el secreto, dijo: + +--Juan... ¡mientes! a ti te pasa algo. + +Hubo un instante de ese silencio que los novelistas llaman solemne. + +Quien hubiese podido bucear en el pensamiento de don Juan, habría visto +que le repugnaba mentir. Por vez primera condenaba su conciencia los +medios que iba pronto a emplear su astucia. Cristeta le seguía mirando +con todo el poderoso encanto del amor sincero. + +--Anda... Juan... ¡dímelo! + +Él fingió ceder. + +--Sí, me ocurre... y muy grave... Oye. + +Y sacando del bolsillo una carta, hizo como que buscaba con la mirada un +párrafo, y leyó lo siguiente: + + _«Lo de París va mal, muy mal, y es preciso que estemos dispuestos + a obrar con rapidez y energía si se nos echa encima alguna + complicación. Sé de buena tinta que la casa Garcitola está haciendo + negocios desastrosos. Desconfío de que, si nos lo propusiéramos, + pudiésemos recoger ahora los fondos, y por otra parte reclamarlos + en estas circunstancias, acaso sea perjudicarnos contribuyendo al + nublado que se les viene encima. En fin, sirvan estas líneas de + toque de alarma. En cuanto sepa algo concreto, le avisaré a usted + para que me dé órdenes. En asunto tan grave no me atrevo a tomar la + iniciativa.»_ + +Todo lo cual oído con profunda atención, dijo Cristeta: + +--Bueno, ahora explícamelo. + +--Yo tenía valores de importancia colocados en esa casa Garcitola y +Compañía, de París. Hace unos cuantos meses se empezó a decir si andaban +o no andaban mal y, la verdad, como es una casa tan fuerte, cometí la +tontería de no hacer caso...; y ahora, ya lo ves, mi agente de Madrid me +escribe lo que acabas de oír... Nada, que si quiebran, me van a dejar +por puertas. + +Cristeta le escuchó atónita. Él se puso en pie, y sin temor de mover +ruido, dio dos o tres paseos por el cuarto, a modo de león enjaulado. + +Ella asustada, pero respetando su disgusto, se limitó a mirarle como +implorando prudencia. Don Juan--¡parece mentira que sea el hombre capaz +de tal perversidad!--aprovechó la ocasión, se acercó de puntillas a +Cristeta, y arrojándose en sus brazos dijo en voz muy queda, casi, y sin +casi, pegando los labios a la linda oreja de su amada: + +--Perdóname, no sé lo que me hago. + +Lo grave fue que, en lugar de desasirse en seguida, siguió agarrado a +ella. Parecía hombre harto de esperar a la Fortuna, que de pronto la ve, +la asalta, la sorprende, la sujeta, y decide no soltarla en su vida. +Cristeta nada hizo por despegar su cuerpo del cuerpo de su amante, sino +murmurar con voz preñada de caricias: + +--¡Juan... Juan mío! + +Él, sin aflojar los brazos, decía: + +--Figúrate... cobraré, si cobro, en créditos, en papeles que tendré que +realizar poco a poco, con pérdidas enormes, y al fin y a la postre +quedaré mal, muy mal, con una renta miserable, gustos costosos, sin +hábitos de trabajo... + +--Un hombre como tú hace con el trabajo lo que quiere. + +--¡Quiá! Me iré a vivir a un pueblo, sin más lujo que una escopeta, ni +más amigo que un perro. + +De pronto soltó a Cristeta, se sentó en una silla, y juntando las manos, +comenzó a dar vueltas con los pulgares, como suelen hacer los que están +muy aburridos. + +Cristeta, discurriendo con el sublime egoísmo del amor, pensó:--«¡Pobre! +¡Tal vez se quede pobre! ¡Así será más fácilmente mío!» + +--Ya supondrás--continuó él--que tendré pronto necesidad de ir, no sé aún +si a Paris o a Madrid. Y luego... se acabaron las locuras. + +--Pero ¿qué locuras haces? + +--El vivir como vivo. ¡Buen porvenir me espera! Un ama de llaves más +vieja que dueña de teatro antiguo, una criada de cincuenta reales... y +si no, al pueblo, al pueblo. + +--Calla, hombre...; no querrá Dios que lo hayas perdido todo. + +--Eso no lo puedo saber hasta que vaya a París y hable con el banquero, o +vea en Madrid a mi agente. Hoy por hoy nada sé de cierto. + +--No quiero decir eso: digo si supones que ya se ha concluido todo para +ti en el mundo. ¡Ingrato! ¿No vale ni significa nada mi cariño? + +Don Juan la miró con ternura, la cogió una mano, oprimiéndosela +fuertemente, y en seguida, cual si cediese a la dolorosa impresión que +acibaraba su ánimo, dejó caer la cabeza sobre el pecho de Cristeta. + +A ser otra la ocasión, ésta se hubiera echado hacia atrás con oportuno +pudor; pero en aquellos tristes momentos no quiso mostrar esquivez ni +parecer arisca. + +Ambos permanecieron silenciosos: ella inmóvil, sin valor para +rechazarle; él en la misma postura, sintiendo en la frente el dulce +calor del pecho de su amada. Al cabo de unos cuantos minutos dijo +Cristeta: + +--Vamos, no te apures... mírame cara a cara. ¿Sirve esta pobre mujer para +convencerte de que no lo has perdido todo? Vaya, hombre, si supiera que +esto nos aproximaba... ya te pagaría yo en amor lo que perdieses en +dinero. ¡Te quiero tanto!--Y en seguida, como si se arrepintiese de su +sinceridad, añadió:--No; no; soy una egoísta. Vete mañana mismo a cuidar +de tu fortuna. ¡Yo no debo ni puedo ser nada para ti! + +Fueron dichas estas palabras con acento de tan honda tristeza, y +produjeron tal emoción en don Juan, que se avergonzó de emplear aquella +estratagema ruin y mentirosa. Comprendió que la infeliz a quien estaba +engañando no era casada trapisondista que mereciese desprecio por faltar +a su deber, ni viuda buscona armada por la experiencia contra la +seducción, ni siquiera mozuela desenvuelta y sabedora de cómo se finge +la pérdida de la honestidad: era una pobre mujer realmente apasionada, +que sin carecer de perspicacia y malicia, las tenía como adormecidas y +embotadas por el pícaro amor. Era lista, capaz de la más artera +coquetería, pero en frío, respecto de un hombre por quien no hubiese +llegado a interesarse. Así lo entendía don Juan, quien comenzó a +experimentar lástima de ella y severidad para consigo; mas ambos +sentimientos quedaron ahogados por el influjo de la belleza de Cristeta. +La perspectiva de que al empobrecer fuese aquel hombre más fácilmente +suyo, el afán de mostrarle cariño, y lo mucho que don Juan se había +arrimado a ella, la pusieron hermosísima. Tenía los ojos húmedos y +brillantes, los labios secos y la tez muy pálida. Sus miradas variaban +rápidamente de expresión; tan pronto parecían medrosas, como lucía en +ellas la llamarada propia del deseo amoroso. + +Durante un rato bastante largo, don Juan siguió hablando de la casa de +banca y presagiando infortunios: ella de cuando en cuando le decía: + +--No te disgustes...; puede que todo se arregle... mírame...; anda, +mírame. ¿No me quieres ya? + +En esto, sin saber cómo, ni quien atrajo a quién, ni cuál fue el primero +en sentarse, volvieron al sofá--mueble en ciertos casos peligrosísimo--, y +sucedió que los brazos de Juan rodearon y ciñeron la cintura de +Cristeta, las manos de ésta se le posaron a él amorosamente una en cada +hombro, cogiéndole luego la cabeza entremedias, y por fin y remate, para +que fuese más bello el grupo, Dios, que es supremo artista, dispuso que +el rostro del amante viniese a caer y descansar, por segunda vez, encima +del pecho de la amada. + +Así permanecieron unos minutos, mudas las bocas, embebecidos los +espíritus y quietas las manos de ambos, especialmente las de ella, cual +si bastase para su doble delicia aquel dulce calor que los cuerpos se +comunicaban. Después sonaron de labio a labio palabras dichas en voz +baja, y, por fin, mutuamente sorbidas las almas y atraídas las bocas, se +besaron. Ella en seguida, confusa y atemorizada, apartó el rostro; mas +él, buscándole la mirada para leerle el pensamiento, le cogió la cara +entre las manos y permaneció contemplándola. + +El instante fue sublime. A Juan se le olvidaron las teorías de +conquistador, el cálculo, la lástima, la astucia, todo, hasta el temor a +las consecuencias, mezquina consideración que acibara grandes placeres. +De su alma y de su cuerpo se enseñoreó una fuerza incontrastable que le +impulsaba a poseer el alma y el cuerpo de Cristeta, para sumarse e +identificarse con ella, como se compenetran y confunden dos rayos de +luz. En la muchacha tampoco tenía ya imperio la voluntad; desfallecía de +amor, miraba y no veía, las palabras de don Juan no le parecían voces +humanas; se le antojaba estar oyendo el ruido delicioso que las puertas +de los cielos deben de producir al abrirse para que penetre en la gloria +un elegido del Señor. Algo semejante a lo que ambos sintieron +experimentarían de fijo nuestros primeros padres cuando emprendieron la +tarea de poblar el mundo para que hubiese quien alabase a Dios. Sonó un +beso digno del Paraíso. La mano izquierda de don Juan se posó sobre la +doble y turgente redondez del pecho de Cristeta... Poco después, el +corsé, tibio aún por el calor del hermoso tesoro que guardaba, caía +sobre la alfombrilla al pie del sofá... Pero, ¡tente pluma! + +¿Y por qué? ¿Por qué ha de considerarse vituperable y deshonesta la +pintura del amor material en lo que tiene de artístico y poético? +Permítese al novelista y al poeta describir todas las fases de la +ambición soberbia, de la vanidad ridícula, del odio aborrecible, del +rencor infame; podemos desmenuzar en prosa y verso todos los malos +sentimientos: ¿y no hemos de poder pintar la deliciosa y natural +aproximación de los sexos que instintivamente aspiran a juntarse hasta +ser, como el Señor dispuso que fueran, carne de una carne, hueso de un +hueso, dos en uno? ¡Es triste cosa! Sólo algún lírico cursi, sólo algún +académico fósil, culpan de loco al telescopio que escudriña el espacio, +o de cruel al bisturí que dilacera las carnes; y sin embargo, son muchas +las gentes que llaman indigna y pecadora a la pluma que pinta los +deliciosos transportes del amor. + +Arrebata el viento el polen de una flor, lo deja caer en otra de la +misma especie, y de allí a poco brotan nuevas yemas y pimpollos. Sacude +el céfiro el ramaje de la palmera macho, y llevando un algo misterioso +de ella a la palmera hembra, la hermosea y fructifica. ¿Acaso se tacha +de inmoral al botánico que lo observa y escribe? Entre las concavidades +de las rocas marinas, en lechos de algas o sobre las cernidas arenas de +la playa, deposita el pez hembra sus huevas; deslízase luego sobre ellas +el amoroso macho, y las fecunda. ¿Culpa nadie de obsceno al naturalista +que lo consigna en sus libros? + +Si de la humildad de plantas y bestias pasamos a lo más excelso que cabe +en el pensamiento, vemos que las religiones que amamantaron a la +humanidad en el culto de lo divino, están saturadas de amor. Los dioses +amaban como hombres; por eso inspiraron fe; las diosas se dejaban +abrazar como mujeres; por eso fueron tan amables y dignas de adoración. +El Olimpo pagano era un semillero de aventuras eróticas: Júpiter y Apolo +perseguían a las ninfas como los banqueros de nuestro siglo a las +costurerillas; Venus y Juno tenían caprichos como nuestras grandes +damas, se prendaban de la gallardía varonil, y escogían amante entre +semidioses de segunda fila y rústicos pastores. La antigüedad clásica, +no deja, sin embargo, de llevar ofrendas a las aras. Los más grandes +poetas, sin que nadie les tache de pervertidores, fundan sus obras +admirables en aquellas pasiones que convertían en alcobas las grutas, +las florestas, los prados, las selvas y los bosques. + +Vienen luego los tiempos en que el verdadero Dios escoge por suyo un +pueblo entre los que habitan la tierra, y el amor no pierde sus +prerrogativas ni sus fueros. Antes al contrario, el mismo Señor lo +emplea en su servicio: ÉL hace que la hermosa Thamar conciba de Judá; ÉL +dispone que la desvalida Ruth se tienda en la era junto a Booz para que +se perpetúe su raza; ÉL aumenta la belleza de Judith para que aparezca +incomparable y fascine a Holofernes; ordena que los patriarcas duerman +con sus siervas, los reyes con sus esclavas, que Asuero repudie a +Vasthi, y que Makeda, reina de Saba, soberana del dichoso Yemen, +desfallezca de voluptuosidad en el lecho de Salomón. ¿Qué más? El +Redentor perdona a la adúltera, y por haber amado mucho, María de +Magdalena es preferida y escogida entre todas para que, merced a su +intervención, se funde el sagrado misterio de la Resurrección. No: no +quiso el Redentor, después de muerto, aparecerse a ninguna virgen +ignorante, a ninguna casada cumplidora de sus deberes, a ninguna viuda +sorbida por la devoción; sino que radiante de esplendorosa gloria, +circundado de luz, se apareció a una pobre pecadora. Las mujeres +hebreas, siriacas y caldeas que en desprecio del amor se rapaban el +pelo, no hallaron gracia delante del Señor; en cambio permitió a +Magdalena que con su rubia cabellera enjugase los divinos pies. + +--«Amor--dice uno de los más admirables místicos españoles--, es río de +paz, dulce sueño del alma, transformación del hombre que ni piensa ni +siente ni quiere más que amor. Como a la flor se sigue el fruto, se +sigue a la perfección el amor ardiente. Amor es el fin de la ley de +gracia.» ¡Cuán mezquinas parecen luego las palabras del filósofo moderno +que ha dicho que el amor es sólo impulso de los sentidos, que toma +origen en el celo! + +Sí: amor es esencialmente celestial; la hipocresía, exclusivamente +humana. Dijo el Señor: «Creced y multiplicáos»; y sucede que nadie +censura a la mujer ni al hombre porque se desarrollen ni crezcan; mas +¡oh terrible inconsecuencia! en cuanto dos que bien se quieren tratan de +multiplicarse o se colocan en disposición de que la operación sea +posible, todo es ponerles trabas, prohibiciones y obstáculos para que no +cumplan la segunda mitad del divino mandato. De esta intolerancia ha +nacido, sin duda, la invención de las formalidades civiles y canónicas, +pues en el Paraíso no hubo bendición ni juez municipal. ¡Cuán sabio y +generoso es Dios! ¡Cuán mezquinos los hombres! Sobre todo, ¡cuán necios! +Porque jamás ha intentado la locura humana que los ríos retrocedan cauce +arriba desde el mar hasta sus fuentes, ni que los astros, desviándose de +sus órbitas, valseen caprichosamente en el éter; ni ha querido nadie +trocar en compasivo al tigre, ni en feroz al tórtolo, y, sin embargo, +hay quien pretende que el hombre y la mujer no se atraigan. A la luz del +día muestran los hombres la codicia, la crueldad, la ira, hasta la +asquerosa envidia; sólo para el amor buscan la oscuridad: guerrean y se +despedazan al sol; aman y se engendran, como si conspirasen, entre las +sombras de la noche. Y es que encima de cada uno de los grandes dones +con que Dios nos ha favorecido, hemos echado una mancha. Sobre la +sinceridad la mentira, sobre la fe la duda, sobre la caridad el egoísmo, +sobre el amor la hipocresía. Porque habéis de saber--niñas inocentes y +mujeres contenidas por el falso decoro--que cuando vais por la alameda +con el elegido de vuestro corazón y se confunde el rumor de vuestras +frases con el ruido del ramaje, y luego suena un beso, puede haber +imprudencia, pero no hay delito: cuando en la tentadora soledad del +gabinete, siendo ambos libres y estando enamorados, os aproximáis sin +desdoro de tercero y sin acordaros luego de quien fue el primero en +acercarse, tampoco se enfurruñan los cielos. ¿Sabéis lo que es +pecaminoso y detestable sobre todo encarecimiento? La venta de las +caricias, el robo del placer ajeno, el rompimiento de la fe jurada, el +ultraje al nombre de esposo, el repugnante comercio del amor, que +convierte el lecho en posada y la memoria en índice de liviandades. +¡Cuán tristes las que, comerciando con el amor, han de ofrecer la +mercancía! ¡Cuán despreciables las que lo dan a cambio de joyas y de +galas! Mas las apasionadas que se rinden, ¡cuán dignas de indulgencia! +San Pedro no dejará paso a las que ostenten en torno de los ojos el +livor que deja el cansancio sensual soportado para comprar brillantes; +pero dará entrada en la gloria a las que vea con el rostro demacrado, +mitad por el hambre y mitad por el placer; será cariñoso con las que +hayan desfallecido de amor, y los Arcángeles, las Dominaciones y los +Tronos que gozan perdurablemente la presencia de Dios, cantarán +diciendo: «¡Bienaventuradas las que supieron amar, porque de ellas es el +reino de los cielos!» + +<tb> + +Iba ya el resplandor del día dibujando líneas de luz por entre los +resquicios y rendijas del maderaje del balcón, cuando don Juan, +desasiéndose de los brazos de Cristeta, entre melosidades y ternezas, se +fue a su cuarto, donde desbarató su propia cama para que los criados +ignorasen que no había dormido allí. En seguida se lavó, casi a +disgusto, porque el frescor del agua le arrancaba de la piel el perfume +de los halagos de Cristeta, y después se marchó a dar un paseo. + +Ella, al verse sola, pasó un rato presa de verdadero estupor: luego +quedó entre atónita y apenada. ¿Qué había hecho? ¡Deshonrada... +perdida... pero dichosa! No le parecía ser la misma. Unos instantes +experimentaba sensaciones análogas a las que sufriría una ciega, para +quien la lobreguez de la ceguera se trocase de improviso en viva +claridad; se sentía deslumbrada por el amor. Sus conjeturas, sus dudas, +su ignorancia medio desflorada por la malicia, todo se había +desvanecido, quedando en su lugar la sabrosa certidumbre del pecado. +Otros ratos le parecía ser ángel caído sin redención posible. ¿Qué fue +de los propósitos de tenaz virtud? ¿Dónde estaban el _no debo... no me +conviene... yo no soy de esas_? Un instante de pasión había dado al +traste con todo. + +Por cima del vencimiento sufrido, quedaba, sin embargo, en el alma de +Cristeta un motivo de respetable orgullo. En la abdicación de su +albedrío, en la entrega de su cuerpo, no influyó nada el cálculo. +Complacíase en recordar que no tenía cosa que echarse en cara. Vio +entrar a su amado pensativo y triste por malas noticias que recibiera, e +intentó consolarle; él, agradecido a su piedad, la estrechó entre los +brazos. De lo demás no hacía memoria... + +La bella Kadjira, contemplando el infortunio de Mahoma, le dijo: «¡Yo +seré tu primer creyente!» Cristeta, viendo desdichado a su amante se le +entregó diciendo: «Mis labios son manantial de consuelo. ¡Bebe!» +Después... suspiros sofocados por caricias y una sensación nueva, +indefinible, mitad material, mitad extrasensual. ¿Hizo bien? ¿Cometió +gran pecado? ¡Ah! Si pudiese afirmar o negar... ¡qué gran problema +habría resuelto! + +Lo indudable era que sentía pena por no tenerle allí. ¿Por qué se iría +tan pronto? ¿Qué le importaba que aquello se supiese? Juan no era ya a +sus ojos el personaje de un ensueño amoroso; debía ser el compañero de +su vida, pero sin obligación, sin vínculo forzoso, sin lazo que le +sujetase, por propia y complacida voluntad. El alma de la mujer podía en +ella más que el instinto de la hembra. El amor material le pareció cosa +baladí. Se había entregado; bueno ¿y qué? ¿no era libre? ¡así como así, +jamás había de pertenecer a otro! No en vano tenía metida en el cerebro +la vehemencia romántica de cuantas escenas dramáticas leyó y vio +representar. + +A medio día salió al ensayo. Al andar por las calles le pareció que +pisaba con más fuerza, que era más mujer. A la hora de la comida oyó que +uno de varios huéspedes que había sentados cerca de ella decía, +mirándola de reojo:--«La Moreruela está hoy más guapa que nunca.» +Cristeta pensó: «¡Mejor para mi Juan!» En el teatro, durante la función, +trabajó apriesa; por su gusto hubiese llevado a escape las escenas, no +movida de la grosera impaciencia del deseo, sino dulcemente estimulada +por el anhelo de ver a Juan. + +El segundo canto del poema comenzó en seguida de retirarse a su cuarto +de la fonda. Entrar y despedir a la doncella, todo fue uno. Sonaron las +dos de la madrugada. Tosió; ahora era ella la que tosía. La puertecilla +de comunicación se abrió al momento. + +Y así sucesivamente muchos días. + +Cristeta estaba muy contenta. La satisfacción por el pleno disfrute de +su amor, podía en ella más que el miedo a las desdichas que su debilidad +le acarrease. + +Don Juan pasaba noches felicísimas, gozando con los sentidos, porque la +belleza de Cristeta le enloquecía; y con el entendimiento, porque de la +boca de aquella mujer incomparable no salían sino frases de sinceridad y +sumisión. Gratos eran sus besos, ya frescos como agua de peña viva, ya +ardorosos como latidos de fiebre; pero ¡cuán más deleitosas eran las +cosas que decía! ¡Qué mezcla tan extraña de impuro desenfreno y +exquisita ternura! + +Las manifestaciones de su apasionamiento juntamente extremosas y +sinceras, convencieron a don Juan de una verdad terrible: la de que +aquella mujer se había dejado poseer materialmente porque estaba +enamorada con toda su alma: rindió primero el albedrío y luego como +derivación ineludible hizo entrega de su hermosura. + +La cosa no podía ser más grave. + +Cristeta le parecía hermosísima, encantadora; pero cada día más suya. Le +tenía como hechizado. Algunas noches hasta se le olvidaban los +preparativos de fuga. Ni siquiera mentaba la quiebra de Garcitola y +Compañía. + +Por fin, comenzó a monologuear, ni más ni menos que personaje dramático. +Sabía perfectamente que con una aventurera a quien no se debe exigir +fidelidad, es posible prolongar ciertos devaneos; pero profesaba la +máxima de que, tratándose de una mujer no pervertida, es peligrosísimo +pasar al segundo mes, porque suelen sobrevenir aquellas lamentables +complicaciones a que tanto horror mostraba el gran don Francisco de +Quevedo. Por grande que fuese el placer de don Juan, comenzó a +experimentar temor. Su sentido moral, hasta cierto punto, le consentía +apoderarse de una beldad, como quien se posesiona de un hermoso palacio; +pero la idea de que el palacio llegase a estar de pronto habitado, y la +consecuencia de tener él luego que cargar con el habitante, era cosa que +le ponía los pelos de punta. + +Los diálogos íntimos entre amantes mientras dura el primer período de la +posesión, son exclusivamente amorosos: ella se despepita en juramentos, +él se deshace en promesas, ella fantasea proyectos para lo futuro, él +pone por las nubes su dicha y su agradecimiento... como si aquello no +hubiese de acabar nunca; hasta que llega una época en que, sin +prescindir de hablar y practicar amores, se habla también de otras +cosas. El giro que entonces toman estas conversaciones _a posteriori_ +decide la suerte de los enamorados. Don Juan sabía todo esto por propia +experiencia, y veía con espanto que cuando Cristeta hacía alguna alusión +a lo porvenir, sus palabras eran tan sinceras y acusaban un amor tan +hondo, que era imposible descubrir en ellas asomo de cálculo ni sombra +de interés. No cabía duda: aquella mujer alcanzaba la importancia de su +nueva situación; no se dolía de lo ocurrido, ni denotaba la más remota +veleidad de querer explotar su sacrificio, mas tampoco le cabía en la +cabeza la sospecha de que pudiese ser víctima de una infamia. En +resumen: don Juan llegó a convencerse de que la Providencia, o su buena +suerte, le habían deparado un regalo digno del más afortunado mortal; +pero un regalo al cual era imposible renunciar sin cometer una verdadera +canallada. + +Por primera vez sentía disgusto pensando en cómo deshacerse de una +mujer, no porque estuviera realmente enamorado, aunque Cristeta le +gustaba sobremanera, sino por lástima. Tenía la costumbre de gozar las +conquistas y renunciar a ellas con indiferencia, sin pensar poco ni +mucho en cuál fuese luego la suerte de la que abandonaba. En no lastimar +ni escarnecer a sus víctimas puso siempre gran cuidado; mas era la +verdad que sus concubinas y queridas, ya duraderas, ya momentáneas, +todos sus _líos_, habían sido muy diferentes de Cristeta. Y, sin +embargo, aquello tenía que concluir, so pena de que, el mejor día, es +decir, el peor, surgiese una complicación gravísima. A veces, +esforzándose en supeditar el pensamiento a la voluntad, imaginaba que la +palabra _canallada_ no era propia ni exacta. ¿Habló él nunca de boda? +¿Exigió ella promesa en que él consintiese? Nada de esto. Pues entonces +¿cómo había de figurarse Cristeta que tal hombre podría llegar a ser su +esposo? Además, el matrimonio entre un caballero y una comiquilla de un +teatro de cuarto orden, era un disparate. Sobre todo, cuando él esquivó +cuidadosísimamente dar margen a la menor esperanza de vicaría, ¿qué +podía temer? ¡No tendría uno poco trabajo si hubiese de entregar mano, +porvenir, fortuna y nombre a cuantas se dejan prender en las redes de la +seducción! Cristeta era bellísima, sentimental, ingenua, _codorniz +sencilla_, sobre todo desinteresada; mas sus muchas prendas físicas y +morales no justificaban que hombre tal quedase por siempre sometido a su +imperio. Lo grave era que don Juan comprendía, no sólo que le agradaba +la posesión y goce de los encantos de Cristeta, sino que también le +cautivaba su trato, carácter y conversación, y esto es lo más peligroso +que respecto de la mujer puede acontecerle a uno. Luego se imponía el +rompimiento. El gusto que de ella y con ella recibía, no era razón para +perpetuar el amorío. También le gustaba el Borgoña, y, sin embargo, no +renunciaba al Jerez; comía con deleite las chochas y no prescindía del +salmón. ¿Por qué, pues, había de limitarse a Cristeta, si su paladar +amoroso estaba en disposición de saborear infinitos manjares? La pobre +muchacha quedó condenada a olvido. + +En seguida vino el excogitar procedimiento; y respecto de éste, don Juan +comprendió que se le imponían la dulzura y la generosidad, casi la +piedad y la largueza. Era preciso portarse del modo que causase en ella +el menor daño posible: se había hecho acreedora a todo miramiento. Las +bases que en su ánimo adoptó, fueron las siguientes: primera, huir +evitando toda escena triste y enojosa, ya que, dado el carácter de +Cristeta, no había temor a gritos, pelotera ni escándalo. Harto sabía él +que Cristeta era de las que lloran y no alborotan, sufren y no insultan. +Esta misma humildad le hacía más desagradable el abandono. Segunda base: +regalarle una cantidad de dinero de relativa importancia, como obsequio +a su ternura y en compensación del desengaño y desperfectos causados. + +En cuanto a la huida, no había dificultad: a las diez de la noche pasaba +por Santurroriaga un tren hacia Francia, y Cristeta no volvía del teatro +hasta las doce. Lo del dinero había que pensarlo despacio, calculando +bien el desembolso. No podía ser tan cuantioso que delatando riqueza +despertase codicia, ni tan pobre que resultara mezquino; ¡eso no! +Cristeta era el mejor libro de amor que él había leído, el volumen cuyas +páginas le proporcionaron goces a la vez más intensos y más plácidos, el +más original y nuevo, pues era texto escrito con admirable ingenuidad, y +ejemplar por nadie manoseado: ¡ni siquiera tenía cortadas las hojas! +¡Qué prólogo tan deleitoso y lleno de promesas! ¡Qué capítulos tan +impregnados de sincera pasión! ¡Cómo, párrafo tras párrafo, había ido +viendo al amor quedar victorioso de la castidad!... Quien leyese luego +todo aquello, ¿sería capaz de apreciarlo? Acaso el tomo cayera en manos +de un hombre zafio y rudo. ¡Vaya usted a saber si un escribano, un +comerciante, un militarote, tendrán sensibilidad para apreciar la +candorosa impaciencia de Cloe en _Las Pastorales_, de Longo, o la +exquisita voluptuosidad que hace palpitar el corazón de la Sulamita en +el divino _Cantar de los Cantares_! + +A fuerza de ahondar en eso, don Juan se convenció de que Cristeta +despertaba en él cierto interés, algo que no le hizo experimentar +ninguna de cuantas había conocido hasta entonces. No obstante lo cual, +sin pararse a desentrañar lo significativo del síntoma, quedaron en su +ánimo resueltos el regalo y la fuga. + + + + +Capítulo XI + +A consecuencia del cual perderá don Juan la simpatía de las lectoras + + +Durante varias noches observó Cristeta que su amante volvía a estar +caviloso, y que sus impulsos amorosos sufrían intervalos en los cuales +se quedaba ensimismado y triste. La verdad era que al pobre conquistador +le costaba esfuerzo y pena fingir preocupación y mal humor: lo de tener +que ponerse melancólico entre dos caricias, le iba pareciendo +intolerable. Había momentos en que le daban ganas de echarlo todo a +rodar, declarándose vencido y confesando que la casa Garcitola y su +quiebra eran pura embustería. Al mismo tiempo, y esto sí que era grave, +cuanto más dueño se hacía de Cristeta, más se asombraba de no sentir +amagos de hastío: indudablemente el amor de aquella mujer era un +bebedizo que en vez de calmar la sed, la producía y excitaba. Por lo +cual don Juan suponiéndose puesto en ridículo ante sí mismo, se asustó y +resolvió convencerse de que no había degenerado, y de que estaba en +pleno uso de su libre albedrío. Entonces, rechazando como vergonzosa la +posibilidad de haberse enamorado, sacrificó su gusto al pícaro amor +propio, y determinó huir cuanto antes de Cristeta, en cuyos encantos +comenzaba a vislumbrar, no una conquista semejante a sus anteriores +hazañas, sino una red capaz de aprisionarle para siempre. + +<tb> + +Eran las dos de la madrugada. + +La bujía colocada encima de la mesa estaba a punto de consumirse. De +pronto el pábilo vaciló, cayendo sobre la esperma liquidada, brilló un +momento con mucha intensidad, y se apagó. Las tinieblas aminoraron el +pudor de Cristeta y dieron valor a don Juan. + +Aguardábale ella con los brazos abiertos, cuando en vez de recibir el +beso esperado, oyó la voz de don Juan que decía: + +--Lo malo es que no tengo fósforos. + +--Bueno... no hacen falta. + +En vano siguió esperando el beso, prólogo de mayores dulzuras. + +--¿Sabes, chica, que hoy he recibido carta del agente? + +--¿Y qué?--preguntó con gran vehemencia. + +--Lo peor: que el día menos pensado voy a tener que marcharme. + +--¿Por mucho tiempo? + +--No lo sé. + +Don Juan sintió posarse en sus hombros los brazos desnudos de la +enamorada y oyó estas palabras, que le hicieron experimentar una +indefinible confusión de miedo y de placer. + +--¡Juan mío, por lo que mas quieras en el mundo, no me dejes! + +¿Cómo hablar, en tal momento, de intereses? + +--¿Qué va a ser de mí?--seguía ella--. No tengo miedo al porvenir. Ya sé +que no me ha de faltar contrata, que tengo seguro el pan en casa de mis +tíos..; pero no podré vivir sin ti. Dime que volverás, que me quieres, +que eres mío para siempre. + +--Vamos, mujer, no te pongas dramática. ¿No has venido solita a +Santurroriaga y he tardado que sé yo cuántos días en llegar? + +--Sí; pero aún no era como ahora... no éramos todavía uno de otro. +¡Venías... por lo que yo me sé!... ¡A estas alturas sabe Dios si tendré +encanto ni atractivo para ti! + +--No seas simple, vidita, antes te quería por lo que esperaba, ahora por +lo que tengo. ¡Cualquiera diría que ir quince días a París, a Madrid, o +donde sea, es una separación eterna! + +Aunque continuaban a oscuras y abrazados, ambos tenían más despabilado +el recelo que el deseo. Cristeta debió de notar algo anómalo en la voz +de don Juan; tal vez en la tiniebla favorecedora del engaño le pareciese +sospechoso su lenguaje, porque de repente exclamó: + +--¡Luz, luz, quiero verte la cara!... No me beses..., déjame llorar... +¡Luz... luz! + +Oyose el rápido posarse de los pies de Cristeta sobre el entarimado. +Luego añadió: + +--Aquí..., encima del tocador: trae tu palmatoria. + +Sonó el frotamiento de un fósforo, y quedó débilmente iluminado el +cuarto. + +Estaba ella casi en paños menores, mas no considerando el momento +propicio al amor, en seguida se vistió y calzó; arrebujose en una bata, +y al ver a don Juan que volvía de su cuarto palmatoria en mano, le dijo: + +--Ven, siéntate aquí; la verdad... nada te pido... + +Y rompió de nuevo en llanto. + +Nunca había visto él llorar así: en vano quiso que aquellas lágrimas le +pareciesen falsas o ridículas. Por fortuna, sólo duraron unos cuantos +segundos, porque ella las contuvo como tragándoselas; procuró serenarse, +y habló sin gimoteos ni sollozos. + +--Sé que no tengo sobre ti ningún derecho. No te pido nada, ni por +soñación. ¿Será cierto eso de la casa de banca y el dinero? Aunque me +engañes, me alegraré de que sea mentira, porque prefiero mi desdicha a +tu ruina. + +Estaba tan nerviosa, que era inútil su empeño por aparecer serena: +denotaba tan verdadero pesar, que don Juan comenzó a darse a todos +diablos. + +--Mira--prosiguió ella--: si aquí hay mal, toda la culpa es mía. Nos +conocimos, te gusté, tú a mí más...; luego ha pasado lo que Dios ha +querido... Vamos, para que veas si te quiero, no me arrepiento. Conque +está tranquilo: no soy mujer que arme trapatiesta ni escándalo; pero no +me engañes. Ya no me quieres, ¿verdad? Consiento en ser desgraciada, y +lo seré si me dejas; pero no mientas por lástima. Francamente, +¿volverás? + +Aunque redunde en descrédito de la pericia de don Juan, forzoso es decir +que el giro que tomó la escena le hizo perder su habitual serenidad. El +compromiso era de marca mayor. Le mortificaba mentir, y al mismo tiempo +le faltaba valor para decirlo en crudo: ¡como que es necesario más +coraje para decir a una mujer «ahí queda eso» que para tomar una +barricada a pecho descubierto! + +En vano intentó hacer un llamamiento al amor físico. Cristeta se mostró +refractaria a las caricias. Hay instantes en que resulta grosera la más +delicada voluptuosidad: amar sin deseo es peor que comer sin hambre. + +--Anda--dijo ella, tragándose el salado amargor de las lágrimas--; confiesa +que no vuelves..., que te has cansado de mí. + +Entonces él no pudo más, y mintió por salir del atolladero, exclamando: + +--¡No he de volver! + +A esta frase se agarró ella como a clavo ardiendo. + +--No te pido juramento ni promesa, ni mucho menos palabra de honor; pero +si esto se acabó, desengáñame de una vez. Comprendo que he hecho mal en +ser tuya, y sin embargo, ni me arrepiento ni quiero que me lo +agradezcas...; pero tampoco me confundas con otras que hayan sido tuyas +sin quererte. + +Don Juan había luchado mucho contra la coquetería y la astucia +femeninas; había burlado a veteranas de la galantería, a beatas +lagartonas, a señoras raposas, quedando siempre victorioso de sus malas +artes y enredos; pero no acertó a luchar abiertamente con aquella +sinceridad. + +¿Fue ternura repentina, de la que se creía incapaz, o vergonzosa +abdicación de sus principios y presagio de mayores debilidades? Nadie le +culpe. ¿Cómo ser cruel con una mujer que, lejos de echar en cara los +favores otorgados, ni arrepentirse de ellos, ni solicitar cosa alguna +para lo porvenir, se limitaba a pedir lealtad? De la desvergonzada +Zaluka, de la sagaz Cleopatra, cualquiera triunfa, porque el hombre se +deleita tanto en humillar la soberbia como en poseer la belleza, pero +¿quién es capaz de permanecer insensible ante la enamorada humilde y +suplicante? + +--Ignoro cuánto tiempo tendré que estar en Madrid o en París--dijo don +Juan--. No sé dónde iré...; en fin, no me voy del mundo. Claro que +volveré; y si no te encuentro aquí..., en Madrid nos reuniremos. + +--¿Me escribirás a menudo? ¿Podré yo escribirte? + +--Siempre que quieras. + +--¿Verdad que no estás hastiado de mí? ¿Me quieres? + +--¡Con toda mi alma! + +(Evocando sus propios recuerdos, ponga el lector aquí cuanto haya +experimentado en casos parecidos.) + +¡Oh inacabable encadenamiento de frases, tan tontas para escritas como +deliciosas para pronunciadas y oídas! + +Cuanto hizo don Juan encaminado a enardecer los sentidos de Cristeta, +fue trabajo perdido. La ninfa de abrasadora voluptuosidad se había +trocado en fría escultura. Estaba triste, lleno su pensamiento de cosas +amargas. Recibía los besos como Dios las oraciones, sin darse cuenta de +ello. + +--No..., hoy no..., déjame...; dime que eres mío..., y nada más. No sabes +quererme así..., vamos..., sin eso. + +El último diálogo fue casto. A las siete de la mañana, después de haber +pasado la noche en triste honestidad, don Juan se retiró a su cuarto. En +el instante de separarse la abrazó y besó mucho, sin que Cristeta +experimentara emoción. Fue despedida de manos quietas. + +Ella, al quedarse sola, se tiró llorando sobre la cama. + +«Nada, nada--se decía don Juan poco después, haciendo preparativos de +viaje--, la carta, el dinero y tierra por medio. Con esto y con que no lo +quiera tomar...; sería la primera. ¿Cómo se lo doy, y cuánto le dejo? +Dejarlo..., en un talón contra el Banco, para que lo cobre aquí o en +Madrid...; lo difícil de precisar es el cuánto. Por supuesto que a +ninguna se lo he dado con tanto gusto. Ni codicia ni exigencias... +¡Lástima de chica! La verdad es que da compasión. Pero yo no he de +cargar con ella para toda la vida. Lo que no puedo hacer es andar con +tacañerías. Conque... estudiemos fríamente el caso. A una pérdida le +daría tanto o cuanto, según su categoría y su modo de vivir, como quien +paga cuenta de fonda con arreglo al lujo y fama de la casa. Con una +mujer de género intermedio, por ejemplo, una de esas viudas que jamás +tuvieron marido, tampoco habría duda: todo era cuestión de darle lo +bastante con que vivir hasta que hallara quien me reemplazase. A una +señora... ¡éstas sí que salen caras!, una alhaja. Pero con esta +desdichada, que no es aventurera, ni perdida, ni soltera de nadie, ni +viuda de todos, ni siquiera señora..., ¿qué hago? ¡Maldita sea la hora +en que la busqué! No, eso no...; no vengamos ahora con exageraciones: lo +malo es tener que dejarla, porque... bonita... ¡como ninguna! Y ¿qué +haré? ¡Cuando digo que este problema de quedar bien es en ciertos casos +imposible de resolver! Lo esencial es componérmelas de modo que no haya +reanudación posible. En amor las soldaduras son fatales..., ya lo sé. Lo +malo es que para esto sería necesario que yo me portase como un sucio, y +la chica no lo merece..., tan guapa, de tan buen fondo..., ¡pues y la +forma! Una cosa es escurrir el bulto, y otra dejar de ser caballero. Hay +que hacer el desembolso de una vez. Sí: dar hoy de sobra es adquirir la +seguridad de que no pida en lo sucesivo... Aunque bien mirado..., no es +de las que piden. Hago cuenta que me asaltó la tentación de ir al +Casino.... subí a la _sala del crimen_..., _bacarrat_, _treinta y +cuarenta_, cualquier cosa, unos cuantos pases con mala sombra..., y +veinte o treinta mil reales fuera del bolsillo. ¿Mil quinientos duros? +¡Mucho es! Me parece que me he escurrido. ¿Y si se engolosina, y yo +mismo la echo a perder, despertándole la codicia? En realidad..., ¿qué +clase de mujer es? No es cosa de hacer el primo. Una chicuela criada a +puerta de calle, en un estanco, una corista distinguida... ¡Me da una +rabia pensar que si hubiera tenido paciencia la pesco con cuatro cenas y +un traje! Pero ¡quiá! esta mujer ha cedido porque se ha enamorado de mí. +Además, ha llegado a mis manos... como nieve recién caída..., intacta. +Lo dicho: acabar de una vez, pero portándome como quien soy. La cosa +sale cara: ¡bah! cada uno lo gasta como le da la gana. No tengo potros +de carrera, ni bebo, ni compro antiguallas, ni juego. Mujeres, eso sí. +Bueno, ¿y qué? ¿en qué mejor? Si sabiendo lo que es esta chica le +pidiera a uno _antes_ el oro y el moro, daría hasta la última peseta; +conque, ¡fuera tacañería!» Y siguió el monólogo. + +«Veinte mil... treinta mil reales... mil... mil quinientos... Bueno, mil +duretes, cifra redonda. En su vida ha visto tanto dinero junto. Casi +puede decirse que no hay en Madrid mujer que no se logre con eso; aunque +no, todas no. Lo cierto es que cuanto más espléndido me muestre, más +claro verá ella el propósito de romper, y aquí de lo que se trata es de +cortar por lo sano... Bien pesado y medido todo, puede que los mil duros +sean su perdición... si se los gasta en trapos y se echa a rodar por +esos mundos de Dios. Lo sentiría porque la pobre no lo merece. ¿Y a mí +qué me importa? Si se ha de perder, lo mismo sucederá dándole poco que +mucho. Con tres o cuatro mil pesetillas se vuelve loca. No serían muchos +los hombres que hicieran esto en igual caso, sobre todo pudiendo +largarse impunemente sin chistar. Por otra parte, según yo escriba la +carta de despedida, así será la impresión que ella reciba. Vamos con +calma: la carta no debe ser un rompimiento a raja tabla, porque con lo +entusiasmada que la tengo y con dinero a mano, se viene detrás de mí. +¡Horror! Hay que decirle que vendré... cuando pueda... plazo +indeterminado... los negocios... y al volver a Madrid no parezco por el +teatro en que ella esté. Son diez o doce mil reales tirados a la calle, +pero lo bailado nadie me lo quita. Diez, no, tienen que ser más... No +vayamos mermándola tanto que resulte una mezquindad. Ya sé yo que otro +no se los daría. ¡Doce mil reales a una mujer! En el teatro resultaría +absurdo, inverosímil; ¡pero yo soy quien soy! La chica me gusta como no +me ha gustado ninguna mujer. ¡Si no fuera por miedo a la duplicación de +mi individuo, un demonio la dejaba yo! La verdad es que Dios debió +decir: _Crescite et multiplicamini..._ si os conviene, y si no, no. En +fin, ¿para qué tengo el dinero? ¿me da la gana de quedar bien? ¡pues lo +hago y _San Seacabó_! ¡Quién me dice a mí que luego, cuando ande yo +rodando de juerga en juerga y de amorío en amorío, no me la encuentro y +reanudamos por unos días! ¡También somos burros los hombres! Tendría +gracia que fuese yo capaz de recogerla de los brazos de otro, cuando +ahora es mía, y nada más que mía. Eso sería lo mismo que no saborear un +buen plato, dejar que se lo llevaran a la cocina, y cuando lo hubieran +catado y pringado en él los criados, volver a pedirlo para chuparme los +dedos de gusto. ¡Qué mal organizado está el mundo! Vamos a ver, ¿por qué +no había yo de seguir con esta mujer hasta que nos cansáramos, y +después, sin reñir, separarnos pacíficamente como dos buenos amigos que +han hecho juntos un negocio? ¿Dónde mejor negocio que pasar una +temporadita en plena felicidad? Y en seguida, lo mismo con otra. Pero... +que no me salieran tan caras; porque... ¿En qué quedamos? ¿Cuánto le +doy? ¿Diez, doce, veinte, treinta mil reales...?» + +Se puso a escribir sin tenerlo fijamente resuelto. Comenzó una carta, la +rompió, y después otras. Por fin le pareció que la tercera o cuarta +quedaba bien. Luego sacó de la cartera un sobre, y de éste tres talones, +con los huecos en blanco, contra el Banco de España. Tomó uno de ellos, +y al ir a llenar los claros del impreso, se quedó pensativo, mordiendo +el mango de la pluma, como poeta que no halla consonante. + +¡Qué animalucho tan despreciable es el hombre! Cuando Cristeta le abrió +los brazos no vaciló en poseerla, y ahora llevaba una eternidad pensando +si habían de ser diez o veinte. ¡Ah, mujeres! Sabed que al hombre, como +al hierro, hay que pedirle las cosas en caliente, porque pasados en uno +el entusiasmo amoroso, y la incandescencia en otro, quedan fríos y +duros, y a nada se prestan. + +Sin embargo, hay hombres de hombres. Don Juan se quitó de la boca el +mango de pluma y escribió con letra clarísima _cinco mil pesetas_. Hecho +lo cual, arrojó sobre la mesa el palitroque, murmurando: «¡Quien tal +hizo, que tal pague!» + +¿Lo tenéis por inverosímil? Pues sois tacaños. ¿Os parece demasiado? Es +que no habéis sentido los embriagadores halagos de Cristeta. ¿Fue +arranque de hermosísima liberalidad? Tampoco. Si la Venus antigua, +manca, mutilada, de la cual sólo gozan los ojos, y que no se digna bajar +de su pedestal, no tiene precio, ¿cuánto vale una mujer de veinte años, +estatua viva y cariñosa? + +Repuesto del esfuerzo que le costó aquel rasgo, don Juan guardó en el +baúl las pocas ropas que tenía sobre las sillas y colgadas de las +perchas. La cuenta de la fonda no había que pensar en pagarla hasta más +tarde: no hiciese el diablo que Cristeta por casualidad se enterara y se +escamase. + +Al día siguiente, comió mientras Cristeta estaba en el teatro; pagó al +amo, en persona, y le entregó la carta para la pobre muchacha, +diciéndole: + +--No sabía que la Moreruela y yo éramos vecinos de cuarto. Dele usted +esto. Son proposiciones que le hace un empresario amigo mío. + +--Vaya usted tranquilo. + +A las diez salía el tren, y aunque la estación distaba poco de la fonda, +a las nueve andaba ya don Juan paseando su impaciencia por el andén, tan +contrariado y en tal estado de ánimo, que si en aquellos momentos +hubiese aparecido ella, se la lleva consigo. + +Luego, al reclinar la cabeza en los ásperos almohadones del vagón, se +acordó del suave pecho de Cristeta. La forma del recuerdo no era en +verdad, muy desinteresada; pero lo cierto es que echó de menos a su +víctima, cosa en él enteramente nueva. + +Al otro día pernoctó en Burdeos. Comió poco, callejeó sin saber por +dónde, y se acostó. ¡Santo Dios qué noche! Ni momento de sueño ni +instante de reposo. ¡Qué desasosiego, qué cama... y _qué espantosa +soledad_! + +¿Era que se arrepentía, o simplemente que la echaba de menos? En vano +intentó explicárselo. + +Cuanto sentía estaba en abierta contradicción con sus antecedentes, sus +ideas y sus prácticas amorosas; al par le daban orgullo los recuerdos y +vergüenza lo presente. + +Probándose don Juan ropa en casa de su sastre, vio cierto día a una +linda muchacha, de oficio chalequera, que iba a _entregar_. El lenguaje +al par candoroso y achulado de la menestrala, su inexperiencia amatoria +y su tipo mitad picaresco y distinguido, le sorbieron el seso; casi +llegó a temer haberse enamorado de veras, cuando a las pocas semanas la +dejó por otra, no sin endulzarle el disgusto a fuerza de generosidad. + +En los últimos días de una primavera cortejó a una viuda aristocrática +tan honesta y virtuosa, que no murmuraban de ella ni aun sus íntimas +amigas. Al empezar el verano logró rendirla, y comenzado en Madrid el +idilio, se dieron cita para continuarlo en un pueblecillo de baños. La +ilustre cuna de la dama, su fama de virtuosa y su intenso amor de viuda +con deseos atrasados, le cautivaron en tal grado, que también esta vez +imaginó hallarse en vías de sincero apasionamiento. Pronto se convenció +de que su entusiasmo era mero resultado del contraste que formaban los +picantes atractivos de la chalequera con el exquisito libertinaje de la +gran señora. Por temor al qué dirán no quisieron viajar juntos, +conviniendo en que él se adelantaría tres días. Despidiéronse con +derroche de caricias; hubo dúo de amor con música de juramentos; partió +el dichoso amante maldiciendo la separación, luego ella, a pesar de lo +convenido, adelantó su marcha veinticuatro horas, y en premio de tanta +priesa lo primero que vio al llegar al balneario fue al traidor don +Juan, no entretenido, sino embobado en decir melosidades a una señorita +pazguata y cursi, cuyo modesto atavío y encogidos modales formaban nuevo +y apetitoso contraste con la elegancia de la viuda. + +Entre estos dos extremos, uno plebeyo y otro linajudo, yacían olvidadas +en el corazón de don Juan docenas de conquistas intermedias, de las +cuales ninguna hubo que le dejase en la memoria recuerdos mortificantes. +Así que el hombre estaba triste y desazonado, porque ahora Cristeta le +ocasionaba, juntamente, pesar de haberla perdido y casi disgusto por su +proceder respecto de ella. Jamás hasta entonces se preocupó del porvenir +que cupiese en suerte a la mujer por él abandonada. Y ahora... ¡qué +diferencia entre el estúpido diálogo en que estaba engolfado con su +propio pensamiento y el que a tales horas pudiera tener con Cristeta! +Además, su olfato estaba hecho a deleitarse con el perfume juvenil del +hermoso cuerpo de la muchacha, y las sábanas de la fonda le olían a +jabón ordinario. Y casi sentía remordimiento. ¿Qué sería de ella? Si se +perdiese, ¿quién tendría la culpa? Aunque bien miradas las cosas, ¿qué +le importaba? ¿Quién era aquella mujer? Una chica guapa que se había +dejado atrapar. ¡Bonito estaría que don Juan de Todellas se desvelase +por tan poco! Caída... seducción... engaño... palabrería ridícula. +Pasados los dieciocho años _ella_ no es nunca seducida, sino seductora. + +A pesar de todas estas reflexiones, el pobre hombre pasó la noche +pensando en Cristeta como colegial enamorado de la hermanita de un +compañero. + +<tb> + +Mientras don Juan escapaba cobardemente, falseando su carácter y +sintiendo un desasosiego moral que le avergonzaba, Cristeta volvía del +teatro a la fonda. + +Entró en el vestíbulo, se acercó al casillero donde estaban las +palmatorias y las llaves, y vio junto a la de su cuarto una carta. Sin +saber por que, le dio un vuelco el corazón. La víspera había recibido +noticias de sus tíos. ¿Quién la escribiría? + +En seguida, observando que el sobre carecía de sello, se tragó la +partida. + +Subió precipitadamente la escalera, tiró sobre la cama el abrigo, y dejó +la carta sobre la mesilla de noche... ¡la misma mesita donde él ponía la +vela para ver mejor los encantos de su cuerpo! Despidió a la doncella, +rasgó el sobre y buscó con la mirada la firma... _tuyo, Juan_. ¡Qué +mentira! + +Los ojos se le arrasaron en llanto. Lo menos tardó un cuarto de hora en +poder leer con tranquilidad de espíritu aquellas malhadadas líneas. +Decían así: + + _«Cristeta mía: Lo que temíamos. Esta mañana he recibido carta del + agente. Estoy casi arruinado. Tengo forzosamente que ir a París, + desde donde te escribiré. Lo que no puedo decirte aún es cuánto + tiempo estaremos separados. Me ha faltado valor para despedirme de + ti. Si te veo no me voy. Escríbeme a mi nombre, Poste Restante (que + es como a la lista del Correo) París. El cariño que te profeso me + autoriza, sin que puedas ofenderte, para pensar en ti, por si tardo + en volver, y te dejo ese papelillo, que es un talón contra el + Banco: puedes cobrarlo aquí o en Madrid. Cuando lo presentes te + darán, sin excusa ni demora, cinco mil pesetas. No son regalo; es + por si necesitas algo. Creo que tendrás bastante hasta que nos + veamos. Escríbeme en seguida para que yo sepa que no ha habido + extravío. Las circunstancias disculpan esta precipitada marcha. + Además, tú eres muy buena y me perdonarás. Muchos, muchos besos._ + + _Tuyo,_ + + _Juan.»_ + +Mientras Cristeta leía la carta, se le cayó al suelo el talón contra el +Banco. + +Llenósele el alma de tristeza, y lloró silenciosamente. No existen +palabras con que expresar su pena. La prosa vulgar y llana sería pálida; +la retórica, falsa e insufrible. No hay vocablo que dé idea de lo amarga +que es una lágrima, ni giro que refleje el desconsuelo que se enseñorea +del corazón desposeído de esperanza. Por supuesto que ni por asomo pensó +en que se acostaría sola. Y es que la mujer, por sensual y materialista +que sea, tiene en los instantes de dolor una pureza de sentimientos que +rara vez brilla en el hombre. + +<tb> + +A la hora del alba, cansada de martirizarse el pensamiento, se asomó al +balcón. + +Las auras, cargadas de sales marinas, vinieron frescas y vivas a besarla +el rostro, pálidamente iluminado por la claridad difusa y temblorosa. + +¡Qué hermosa descripción podría hacerse de mujer romántica, joven, +bonita y abandonada! El hueco del balcón donde destaca la gallarda +figura esfumada en el incierto resplandor del amanecer; las gentiles +formas ceñidas por un abrigo de viaje; el rostro pálido y ojeroso; +aquellos labios huérfanos del beso; aquel pecho sin corsé, cuya blandura +descansaba, no en las avariciosas manos del amante, sino en la fría +barandilla de hierro..., el ánimo combatido por la desesperación, el +cuerpo invadido de laxitud... y el sol oculto entre un cendal de nubes, +como pesaroso de alumbrar tanta tristeza. + +¡Pobre Cristeta! ¡Qué infame abandono! + +En grandes errores incurre a veces la Providencia: mientras las personas +padecen hambre y sed, las bestias de sabrosa carne pastan libres en las +montañas, y los arroyos culebrean inútiles por el llano; mientras tantos +hombres permanecían castos por fuerza, aquella mujer estaba sola. Pero +Cristeta no era groseramente materialista: ¡no! lo que traía lágrimas a +sus ojos era la pérdida de las ilusiones, aves misteriosas que anidan en +el corazón, donde jamás tornan, si el desengaño las ahuyenta... Tin, +tin... Las seis. Ya pasaba gente por la calle. + +Poco a poco sus pensamientos se apaciguaron, las ideas impuestas por la +realidad se abrieron paso a través del dolor exacerbado por la fantasía, +y finalmente surgió la voluntad, imponiendo cordura y calma. ¡La calma, +el recurso de los desdichados! + +Borráronse de la linda frente las arrugas del ceño fruncido por la +tristeza... ¿En qué pensaba? ¡Misterio! También los hay en la realidad, +que es una gran novela. + +Permaneció largo rato apoyada en la barandilla: sus labios se movían +como si hablase. Por fin, transida de frío, se entró al cuarto y cerró +el balcón. Entonces vio caído en el suelo un papel y recogiéndolo +murmuró con desprecio: + +--¡Ah, sí, el dinero! + +Y quedó como ensimismada. + +La mujer es poco dada a pensar; mas cuando piensa despacio, ¡pobre del +hombre! + +Las ropas que tenía puestas no eran lujosas; el ajuar del cuarto era +mezquino, pero ella por la actitud y la expresión de su semblante, +parecía una reina destronada, en el instante de concebir el irrevocable +propósito de reconquistar lo perdido. + +Felipe II solía decir: _«El tiempo y yo para otros dos»_; Cristeta, se +contentó con murmurar: + +«Haré lo que pueda.» + + + + +Capítulo XII + +Siguen, Cristeta enamorada, don Quintín echándose a perder, y don Juan +sin sospechar la que le espera + + +Cuando, pasados algunos días, se convenció Cristeta de que don Juan no +se acordaba de ella para escribirle cuatro líneas, su tristeza rayó en +melancolía. Lo primero que se le ocurrió fue romper la contrata, volver +a Madrid, renunciar al teatro y resignarse a vivir en el estanco con sus +tíos. Lo que no se le pasó por el magín fue buscar ni desear heredero al +amante fugitivo y perdido; porque, no cabía duda, don Juan se había +escapado como chico que pone pies en polvorosa después de robar la +golosina largo tiempo deseada. Unos ratos esta idea hacía presa en su +pensamiento, otros momentos se esperanzaba con la posibilidad de +reconquistarle. Por fin, comprendió que no era cuerdo aquello de romper +la escritura. ¿Con qué pretexto? ¿Qué haría si la empresa, auxiliada por +el gobernador, se obstinase en obligarla a trabajar? Era forzoso seguir +en el teatro. + +Estaba una noche sentada en su cuarto, después de concluida la última +obra en que cantaba, cuando entró a saludarla uno de sus más entusiastas +galanteadores, hijo de una rica familia comercial de Santurroriaga. + +--Me alegro de que venga usted--dijo ella--porque tengo que pedirle un +favor. + +--Usted no pide... manda. Y luego, aunque no me pague usted, yo me daré +por recompensado con el gusto de haberla servido. + +--Hará usted bien, porque no tengo nada que dar. + +--Como usted quisiera... + +--Bueno, ya sabe usted que es servicio gratuito, desinteresado, sin otra +esperanza que la de que seamos buenos amigos. + +--¿Nada más? + +--¿Hará usted lo que yo le pida? + +--De cabeza. + +--Dios se lo premie. Deseo que averigüe usted, y me diga, dónde está en +París una casa de banca española que se llama de Garcitola y Compañía. +Vamos, las señas para poder enviar una carta. + +--Pues... se me figura que en ninguna parte. + +--¿Por qué? + +--Porque mi padre está en relación con casi todas las casas españolas de +París, y esa no la he oído nombrar nunca. Conque, si tiene usted +negocios, déjese usted de semejante casa y entiéndase usted conmigo. + +--¿Pero usted no lo sabe con certeza? + +--Certeza, no: me enteraré, y mañana sabrá usted lo que haya, con toda +seguridad. + +--Se lo agradeceré a usted con toda mi alma. + +--¿Nada más con el alma? + +--Déjese usted de bromas: no hemos de ser nunca más que amigos. + +--¿Ni siquiera me dejará usted que la bese, como la besa un compañero en +escena? + +--Bueno; me besará usted la mano, y entendiendo que el beso no tiene +importancia ni trastienda de ninguna clase. + +--Quiere decir que la besaré a usted como los chicos besaban antes la +mano a los curas. + +--Igualito. + +A la noche siguiente supo Cristeta que ni en París ni en Madrid había +tal casa de Garcitola ni solo ni con compañía: y lo peor del caso era +que su adorador no mentía. + +--¡Lo que yo me figuré!--exclamó ella. + +--Ahora venga la mano--dijo él. + +--Le advierto a usted que mi interés en saber si existía esa casa era por +averiguar el paradero de un hombre...; de modo que recibiré el beso que +usted me dé como quien no recibe nada. Ya ve usted si soy leal. Ahora, +si usted quiere... + +Aquel hombre era discreto, y no insistió. Luego, a solas, Cristeta, se +quedó muy pensativa. + +«Ésta ya me la tenía yo tragada. Ni quiebra... ni disgustos... ¡Todo +mentira! Y, sin embargo, Juan algo siente por mí... algún cariño o +principio de cariño me tiene... y miedo de que vaya en aumento, porque +si no... ¡quiá! no se escapa él con semejante cobardía. No hubiera +preparado las cosas con tanta astucia y con tales visos de verdad. ¡Ha +sido todo tan verosímil! ¡Y a mí que me dio lástima! Lo que es bien +urdido sí que ha estado. Pero ha tenido miedo, mucho miedo... Le ha +faltado valor para decirme cara a cara: 'esto se acabó'. Por supuesto +que ha pensado despacio en mí: el dinero lo demuestra. No me ha regalado +una alhaja como quien deja un recuerdo a una mujer coqueta y +vanidosa...; no, ha sido dinero, como quien dice: 'por si necesitas +algo': luego su deseo no ha sido regalarme, sino que no llegue a +faltarme nada. ¡Me dan unas ganas de devolvérselo! Pero... ¿cómo? Y +además... no, mientras yo conserve ese dinero siempre habrá algo entre +nosotros. Poco he de poder... En fin, veremos.» + +A partir de entonces, Cristeta recobró aparentemente la tranquilidad de +espíritu, sobre todo en el teatro y en presencia de gentes extrañas; +hasta se dejó cortejar; pero con frecuencia se quedaba ensimismada, +sujeta al imperio de una idea, como persona que medita y fragua un plan +calculando todos los casos, incidentes y peripecias que en su desarrollo +pueden sobrevenir. + +Por fin un día, tras cavilar y sufrir mucho, determinó escribirle, +procurando que sus palabras no acusaran despecho sino amargura. La +carta, después de muy pensada, quedó con estas mismas frases y +ortografía; bien es verdad que no podían exigirse superiores a quien se +crió en un estanco y comenzó a vivir en un teatro de tercer orden. + + _«Querido Juan mío: No tengas miedo de que te aburra echándote en + cara lo mal y remal que te as portado conmigo. No quiero más que + decirte una cosa, y esa cosa es que no puedes tener queja de mí que + e sido tonta de remate por demasiado buena, porque lo que as hecho + tú no lo hace un cabayero, y, sin embargo, eres bueno y te quiero: + lo que no sé es por qué te as ido así, cuando yo no te he faltado + ni por soñación. También te quiero decir que no me hago ilusiones + contigo, pues estoy combencida de que ni me escribirás ni arás por + verme: yo, aunque te quiero con toda mi alma, ojalá no fuese la + pura verdad, tampoco procuraré de que lleguemos a encontrarnos en + ningún lado, porque te había de ver azorao, y no quiero que le dé + bergüenza de aber se portao mal al hombre a quien yo he, querido. + Ésta es también para decirte que ya sé que no tengo derecho ninguno + para obligarte a nada. Figúrate cuando yo no he sabido guardarme, + cómo voy a decirte por qué no has mirado por mí; los hombres sois + así, y la que se fía de vosotros merece que la maten por tonta. No + creas que me consuelo tan fácilmente, porque perdiéndote seme a ido + toda la alegría, y no por lo que tú te figurarás, sino cuando estoy + sola, muy sola, es cuando te echo de menos, porque las cosas que me + decías parecía que me querías. En fin, esto se acabó, y no soy nada + para ti, y te deseo que seas muy feliz con la que busques, pero + para mí se acabaron los hombres. Lo mucho que te he querido Juan + mío, no me ha dejado nada para otros. En fin, adiós Juan, y + disimula que haya sido tan larga; pero no lo puedo remediar, porque + estoy yorando. Ya sé que tú no me querías, y me engañabas y mentías + al revés de esta que te a querido y no te a engañao nunca tu_ + + CRISTA. + + PORDATA: _Te doy las gracias por el dinero que me as regalado. La + primera intención que me dio fue debolvértelo, porque yo no lo he + echo por el interés; pero me lo guardo por si algún día lo + necesito, que lo sacaré pensando que me lo a dado el único hombre + de quien yo puedo tomarlo sin que me dé vergüenza, porque siempre + te he mirado como si fueras mío de beras, aunque ya sabía yo que + todo esto era por pasar el tiempo. En fin, adiós por última vez, y + que la Birgen te perdone, que yo no te deseo mal ninguno. Cuando te + as ido así, es que no volverás nunca.»_ + +La letra era torpe y temblorosa; algunas palabras estaban medio borradas +por las lágrimas que habían caído sobre el papel, mezclándose a la tinta +fresca. + +Aunque don Juan se lo dejó encargado, no quiso dirigirle la carta a +_París-Poste Restante_, y deseosa de que no se extraviara se la remitió +a don Quintín, cerrada, y acompañada de otra para él, en que le decía lo +siguiente: + + _«Querido tío: Ésta es para decirle a usted que le mando por + Fernández, como el mes pasado, dieciséis duros para ayuda de la + casa, y para que vean ustedes que no soy descastada, porque lo que + yo pueda ganar ustedes lo an echo. También ba con ésta otra carta + para el señor Todellas, y ará usted lo que yo le digo, ya le diré a + usted por qué cuando nos veamos, que será pronto, porque aquí + llueve y se acaba el berano, y se va la gente y el teatro anda + perdido esta quincena. Yo no me voy antes por no pagarme el biaje + de mi bolsillo, y con la compañía no. Pues con la carta azjunta ará + usted lo siguiente: irá usted a su casa, preguntará usted en dónde + está y sus señas, y, si no lo dicen irá usted al casino, y sino lo + preguntará usted como pueda, y enviará la carta certificada con + lacre, como cuando se manda dinero. También se me ocurre la idea de + que pregunte usted a los periodistas que iban por el teatro, y no + deje usted de hacerlo, que va se lo explicaré a usted todo, y no + quiero que sepa nada la tía, y usted me escribirá enseguida. Sin + más por hoy que me digan ustedes enseguida si han recibido ésta. + Muchos recuerdos para usted y besos para la tía de ésta su sobrina + que les quiere mucho y berles desea,_ + + CRISTETA MORERUELA.» + +<tb> + +Por los días en que don Quintín recibió ambas cartas, brillaba para él +con vivo resplandores la estrella del amor: estaba sometido al imperio +de Venus, representada por Carola. + +Cometió la imprudencia de mostrarse generoso, en cuanto permitían sus +ahorros, comprando hoy un vestido, mañana un abrigo; le dio para +desempeñar alhajillas, hasta la llevó a cenar al café, con todo lo cual +Carola llegó a persuadirse de que el vejete tenía dinero. Resultado: la +corista machucha y corrida determinó, primero, desplegar cuantas +zalamerías y gatadas pudiese sugerirle su deseo de asegurar la presa, y +segundo, recurrir, si fuese necesario, a la bronca y el escándalo para +evitar el abandono: cuando no bastasen las cucamonas y los mimos, +emplearía el terror. Estaba en el otoño, ya muy entrado, de su azarosa +vida, y comprendía que aquel hombre era una ganga. + +Entregáronse, pues, al mayor desenfreno amoroso: ella por cálculo y él +por torpe apasionamiento. + +Cuentan las historias de Oriente que Seleuco, rey de Antioquía, mandó +fabricar un estanque con fondo y muros de plata bruñida, lleno de agua +limpísima y aromatizada, donde dispuso que su prometida Maiouma nadase +desnuda a la luz de la luna, antes de serle llevada a la cámara nupcial: +y refieren las crónicas arábigas que Yusuf de Granada gozó a su favorita +Jandaya teniendo por tálamo un montón que mandó formar deshojando las +rosas más encendidas y rojas que pudieron cogerse en el Generalife; pero +estas son exageraciones de historiadores, o fantasías de poetas, que +resultan pobres y mezquinas comparadas con los modos que Carolina +inventaba para enloquecer a su amante. + +Un día, fingiendo que para airearlos había sacado del cofre los trajes +de teatro, le esperó vestida de odalisca zarzuelera, con perlas de +vidrio entre las trenzas, collar de monedillas de cobre, y el cuerpo +impúdicamente semioculto entre rasos deslucidos y gasas tazadas, pero al +fin rasos y gasas como don Quintín no los había visto ni en sueños. Otra +tarde, pues aquellos desórdenes eran vespertinos, le aguardó vestida de +aldeana, y otra vez en traje de bailarina. Carola no era mujer: era un +serrallo. Pero lo que le ponía fuera de sí era admirarla de señora, con +abanico de plumas, vestido de cola, escotada y con prendido de flores en +el pecho. Cuando la veía engalanada de este modo, no se sentaba, sino +que se dejaba caer estupefacto en un sillón desvencijado: ella entonces +se ponía de media anqueta en uno de los brazos del butacón, y alzando +una copa de Champaña, que compró en el Rastro, brindaba con pardillo de +la taberna cercana: luego paladeaban a medias los incendiados sorbos, y +de fijo que no gozaron la mitad que ellos los más venturosos amantes de +la historia. No hizo tanto Aspasia, prendada de Alcibíades. Don Quintín +se anegaba en un mar de impurezas: sus amorosos aspavientos sólo eran +comparables a las convulsiones de una rana sometida a una corriente +eléctrica. Aquel hombre que imponía respeto a sus convecinos mientras +despachaba sellos y cajetillas, más serio que San Luis cuando +administraba justicia bajo el legendario roble, era por las tardes un +personaje enteramente distinto. Lo único que sentía era no tener ropa +con que disfrazarse de magnate o de emperador; de algo, en fin, con +autoridad para hacer que el mundo entero se postrara en adoración de +aquella sirena. + +Sin embargo, en medio de tan enloquecedoras orgías sentía punzadas de +amargura, porque junto a los rasgados ojos de Carola descubría la +terrible pata de gallo, y el exceso de celo con que le procuraba +placeres nuevos y sensaciones desconocidas le hacía pensar en que +aquella mujer debía de haber aprendido tan impuro arte en brazos de +otros amantes: sobre todo, le molestaba que se desesperase y quedara +rendida cuando él tardaba en responder, o no respondía, al llamamiento +voluptuoso a que ella le incitaba con todo linaje de rebuscados +artificios. Finalmente: varias veces, al hundir sus dedos en los +desordenados rizos de Carola, había sorprendido mechones de canas +ocultas en lo más recóndito del moño. ¡Terrible descubrimiento! En un +principio Carola le pareció apropiada a su edad y estado de +conservación; pero luego se le antojó algo entrada en años. ¡Cuánto más +intensas hubieran sido aquellas dulzuras compartidas con una querida +joven! Entonces, del fondo de su pensamiento surgía el recuerdo de +Mariquilla, y junto a ella, por relación de ideas, la odiosa figura de +don Juan, el hombre aborrecido, porque para don Quintín era verdad +incontrovertible que, a no evitarlo aquél, la muchacha se le hubiera +rendido. Los paralelos que establecía con la imaginación al pensar en +tales cosas, resultaban poco favorables a Carola. ¡Qué diferencia entre +sus blanduchos y manoseados encantos y el duro y levantado pecho de +Mariquilla! + +Había también otro motivo para que don Quintín persistiese en su rencor +hacia don Juan; y era, que desde la época en que doña Frasquita dio +crédito a los supuestos desórdenes de su esposo con Mariquilla, no dejó +de atormentarle con furibundos celos. Consentía de mala gana en las +salidas al caer la tarde, que él aprovechaba para convertir en harén el +sotabanco de Carola; pero de noche no le permitía poner el pie en la +calle. Además, de los labios de doña Frasquita continuamente brotaban +dichos y apóstrofes tan destemplados como éstos:--«¡Carcamal! ¡No haber +tenido familia a los veinte, y querer correrla con un pie en la +sepultura! ¡Cochino! ¡Buen chasco se llevaría la que fuese, porque... al +burro que no puede con la albarda, échele usted doble carga!» + +Don Quintín sonreía y callaba, esperanzado con tomar secreta venganza de +tan ofensivas frases, a falta de Mariquilla, en brazos de Carola, aunque +no fuese más que una o dos veces por semana. + +Lo peor era que, sorbido por el amor, se cuidaba muy poco del estanco. +No hacía oportunamente las sacas del tabaco, no iba _al sello_ cuando +debía, se le olvidaba escoger los _peninsulares_, y hasta llegó a tomar +moneda falsa. + +Tal era su situación cuando recibió las dos cartas de Cristeta. Leyó +primero la que le iba destinada, y en seguida ocultó la otra, temeroso +de que doña Frasquita la viese. Luego comenzó la curiosidad a roerle el +pensamiento. ¿Por qué escribiría su sobrina con tanto misterio al +aborrecido don Juan? ¿Qué habría pasado entre ambos? ¿Estarían en +relaciones... íntimas... _arrimaos_, que dice la gente ordinaria? El +empeño de Cristeta en averiguar su paradero, autorizaba las más +ofensivas conjeturas y don Quintín tenía el espíritu predispuesto a +concebir pecados y liviandades. ¿No estaba él enamorado hasta las +cachas? ¿Pues cómo había de ser inverosímil que Cristeta hubiese +incurrido en alguna desenvoltura? + +Claro está que al imaginarlo no se apenó como si se tratara de una hija +suya; pero se disgustó y, sobre todo, aprovechó la ocasión para +acrecentar con justa causa su odio hacia don Juan; casi alegrándose por +tener motivo que atizara su deseo de venganza. Consideró a Cristeta +seducida, abandonada, y le dio lástima; mas el sentimiento que le dominó +fue el rencor. Cuando se le ocurría la idea de que tal vez la desdicha +de Cristeta fuese figuración suya, se ponía triste cual si viese +quebrantada la base de sus proyectos de venganza. ¿Se habría ella, tan +lista y juiciosa, dejado atrapar por aquel bribón? El único medio de +salir de dudas era abrir la segunda carta. ¿Con qué derecho? Con el +mismo que tuvo don Juan para burlarse de él, haciéndole juguete de una +chicuela y, lo que era peor, estorbando que la conquistase. La +dificultad estaba en abrir la carta sin que luego se conociera. Tras +largas cavilaciones, obedeciendo a una idea que le pareció tan original +como atrevida y segura, sin pararse en peligros, rasgó el sobre y leyó. + +La carta le dijo claramente el infortunio de su sobrina. En el alma de +don Quintín sonó una voz que pareció gritar ¡venganza! con aquella +terrible entonación que en los dramas históricos emplean los racionistas +para gritar: «¡Arma, arma, guerra, guerra!» Después se quedó abismado en +un mar de dudas. ¿Se daría por enterado del secreto que acababa de +descubrir, confesando a Cristeta la violación de la carta? No, porque se +enfurecería. Lo conveniente era ayudarla, tenerla contenta, aparentando +ignorancia, y buscar en ella un aliado, con cuyo auxilio fuese posible +domesticar a doña Franquista y gozar de mayor libertad. Por último, +encerrado en su cuarto, releyó tres o cuatro veces la carta para +empaparse bien de sus quejas. Después buscó un sobre parecido al que +había roto, y colocando el viejo sobre el vidrio de un balcón y poniendo +el nuevo encima, calcó el primero al trasluz, haciéndolo con tanta +habilidad, que su misma sobrina hubiera quedado engañada. + +Al día siguiente estuvo en la secretaría del Casino, averiguó dónde +vivía don Juan, fue a su casa, esperó al cartero, le siguió hasta +Correos, y mostrándoselo a otro cartero amigo suyo que allí estaba, hizo +que éste preguntase a su colega dónde dejó encargado don Juan que le +remitiesen las cartas que para él llegaron. La respuesta fue +satisfactoria: _12, rue de Rochechouart, París._ Y allí envió el pliego, +certificado en toda regla. + +<tb> + +A las pocas semanas de esto llegó Cristeta, triste de ánimo y +desmejorada de cuerpo. Lo primero que hizo fue comunicar a sus tíos que +había formado irrevocable propósito de renunciar al teatro. Prometioles +que en la casa les aliviaría cuanto pudiese del trabajo, habló de +ponerse a oficio, y añadió que, a ser forzoso, se buscaría de cualquier +modo honradamente la vida: todo menos volver a pisar un escenario. Tan +firme la vieron en su resolución, que no intentaron disuadirla; don +Quintín nada objetó, comprendiendo que hubiera sido inútil; doña +Franquista lo sintió, calculando que ya no volverían sus guardadores +dedos a tocar el importe de las quincenas; pero al mismo tiempo se +alegró, imaginando que, alejada Cristeta del teatro, no habría pretexto +para que lo frecuentase su marido. + +La regla de conducta que Cristeta se había impuesto consistía en esperar +los acontecimientos y dar tiempo al tiempo. En lo más recóndito del +pensamiento dejó que anidara la esperanza; en el fondo del corazón +ocultó su amor a Juan, y en lo más seguro de su cómoda guardó el pequeño +fajo de billetes de banco que cobró en Santurroriaga al presentar el +talón firmado por su ex--amante. + +Su vida fue desde entonces toda recogimiento y prudencia. Por la mañana +temprano se alisaba el pelo, sin tufos, rizos, ni flequillo; se vestía +modestamente, y comenzaba a despachar en el estanco sin más descanso que +el preciso para almorzar y comer. Luego de cerrada la tienda, se +retiraba a su cuarto y allí poblaba de recuerdos su triste soledad, o +lloraba, doliéndole como a verdadera enamorada, antes la injusticia del +abandono, que la crueldad de la deshonra. Otras veces, embriagándose de +esperanzas, acariciaba proyectos, y soñando juntamente con lo porvenir y +lo pasado, le parecía que las lágrimas que le resbalaban desde las +mejillas a los labios, tenían el sabor dulcísimo de los besos perdidos. +¡La deshonra! ¿Qué le importaba? ¿Ni a qué echar de menos el encanto de +la doncellez sí jamás había de sentir no poder ofrecérselo a otro +hombre?... ¡Qué días tan largos! ¡Qué noches tan tristes! Comparaba las +de ahora, con las pasadas, y aunque exenta de grosera sensualidad, veía +que la almohada de su cama era para ella sola demasiado grande. Como de +hoguera encendida en campo raso que cuando parece apagada, de pronto se +aviva y chisporrotea al menor soplo de aire, así en su mente se iban +alzando los recuerdos. Largas y turbulentas veladas de amor, estabais +lejanas, pero no olvidadas. ¡Qué impaciencia en la espera! ¡Qué alegría +cuando llegaba! ¡En la posesión, qué completa entrega de alma y cuerpo! +¡Qué dulce laxitud en el reposo! Y en la despedida, ¡qué dulcísima pena! +¿Quién hacía la última caricia? Esto sí que era irrecordable. Las +escenas y momentos que Cristeta se complacía en evocar, no le venían a +la memoria como delirio de imaginación viciosa obstinada en reproducir +mentalmente lo que aun para el pensamiento debe ser pudoroso; eran +reminiscencias espontáneas, dispersas e incompletas, rememoradas como +versos sueltos de un poema leído en días venturosos. ¡Cuánto gozaba _él_ +sepultando las manos entre sus rizos de oro, y con qué delicia aspiraba +la leve ráfaga de perfume que de ellos se escapaba! Después venía el +ruido rápido que producen las trencillas del corsé al deslizarse por +entre los ojetes metálicos; luego caían sobre la alfombra las ropas, con +gemir de ola en playa, oíase el murmullo de las frases ahogadas en +besos, y en seguida comenzaban esos primores de refinamiento amoroso que +condenan los hipócritas y disculpan los sabios. ¡Cómo los recordaba! +Juan tenía la costumbre de colocar la luz sobre la mesa de noche, porque +no le gustaba poseerla sin mirarla; durante los primeros abrazos +charlaban mucho, boca con oído. Después... un pecho anheloso sirviendo +de almohada palpitante a un rostro agradecido, y, por fin, el resplandor +del alba que, como virgen pálida y envidiosa, llamaba temblando en los +vidrios del balcón para decir a los felices amantes: «¡Basta!» Mas no +todo lo que Cristeta sentía era deliciosamente impuro, no; que junto a +la involuntaria tentación del deseo también bullían en su alma ideas +ajenas al placer. Sí; cien cuerpos quisiera tener para que él, como +señor, los poseyera, y cada noche una virginidad para entregársela; pero +al mismo tiempo, si enfermase, ¡con qué sincera abnegación le cuidaría! +Si el dolor le postrara dejándole años y años sin fuerza para oprimirla +ni voluptuosidad para besarla, ¡cuán tranquila y resignadamente se +trocaría de querida en enfermera! Entonces vendría la lujuria del +cariño, el no dormir para velarle, el contar los minutos para darle a su +tiempo los remedios, el espiar el hervor de su respiración y el ardor de +la frente y la transpiración de la piel; y los bajos oficios que a otras +personas fueran repugnantes y que ella haría gozosa saboreando su triste +y voluntaria servidumbre. Le amaba mucho, pero aún le quería más. Capaz +era de sorberle la vida y destrozarle la salud a fuerza de pedirle amor; +pero también tenía en el alma un tesoro de cariño, donde, como en un +Jordán, podían purificarse sus caricias y sus besos. + +De esta suerte, entre avivar recuerdos y esperanzas con espejismos del +deseo, se le fue pasando el tiempo. Transcurrieron semanas, meses, y +llegó el aniversario del día en que le conoció... No: no fue de día, fue +de noche. Lo recordaba hasta en los menores detalles. Estaba vestida de +gitana: falda de percal muy hueca, rizos en las sienes, moño bajo y la +nuca acariciada por un manojillo de flores que parecían colocadas por el +mismo diablo. Cuantos así la vieron la elogiaron achuladamente: sólo él +tuvo valor para decir que todo aquello, por flamenco y grosero, desdecía +de su tipo elegante y fino. ¡De cuántas cosas parecidas se acordaba! + +Ansiosa de saber si Juan había llegado a Madrid, fue a los teatros en +días de estreno, al primer turno del Real, y nada. Llegaba a primera +hora, acompañada de su tío, se acomodaba en una galería alta, tendía la +vista por la sala, y cuando se convencía de que Juan no estaba, se +volvía a casa con las lágrimas agolpadas a los ojos y la esperanza +refugiada en lo más hondo del alma. No era su propósito hacerse la +encontradiza, ni hablarle, ni menos reconvenirle; lo que ansiaba era +verle. + +Acabó el invierno; pasaron la primavera y el verano siguiente sin que +pudiese averiguar su paradero. Cada vez que don Quintín, enviado por +ella, iba al portal de la casa en que vivía le daban la misma respuesta: +«No sabemos nada; se plantará aquí sin avisar, como siempre; luego come +unos días de fonda hasta que puede venir Mónica, su cocinera.» De cuando +en cuando Cristeta leía en los periódicos las revistas de salones por +ver si el nombre de Juan figuraba en la relación de algún baile; y si +entraba en el estanco persona de quien ella supiese que le conocía, +preguntaba con timidez mezclada de astucia. Todo era inútil: en los +teatros no se le veía, la portera seguía esperándole, y los revisteros +de salones sin nombrarle. ¿Cuál sería la causa de tan prolongada +ausencia? ¿Por huir de ella? ¡Ojalá! Señal de que no la había olvidado. +¿Estaría preso en brazos de otra? Amarga era la suposición; pero no +importaba gran cosa, porque Juan no permanecía nunca mucho tiempo en tal +cautividad: se prendaba de un cuerpo hermoso hasta conocerlo poco a +poco, beso a beso; pero enamorarse... ¡imposible! En esto precisamente +fundaba Cristeta su esperanza. ¿Cuál era su plan? A nadie lo comunicó. +Doña Franquista ignoraba que hubiese sido seducida y abandonada: don +Quintín, merced a su pasada indiscreción, sabía la verdad incompleta; +que don Juan se portó villanamente; pero del provecto que ella abrigase, +ni palabra. + +Mientras tanto don Juan continuaba en París haciendo vida de hombre +alegre, libre y rico. ¿A qué narrar sus aventuras? Hoy, una pecadora más +o menos cara, de esas cuyo amor gozado sin ilusión, deja en alma y +cuerpo el descaecimiento y el hastío propios de todo lo forzado; mañana, +una gran señora de aquellas a quienes se corteja por vanidad, cuyas +caricias no valen el sobresalto que cuestan; otro día, una camarera de +fonda de las que a primera vista parecen limpias y resultan +insoportables; de cuando en cuando, la mujer con quien se tropieza en +viaje, posesión de lo anónimo, encanto de lo desconocido, los besos en +el túnel, la parada en la misma fonda, noche, almuerzo, regalo y +despedida con tristeza falsificada. Pero entre tanto desatino amoroso, +entre tanto deleite comprado, ni un solo latido de verdadera pasión. Ni +en las almohadas recién puestas de la cortesana, que diariamente se +mudan sin que su dueño sepa quién habrá de arrugarlas, ni en los cojines +sedosos del gabinete de la gran señora, aún oprimidos por el peso de +otro adulterio, ni en las camas de fonda cuyos muelles crujen hoy para +uno y mañana para otro, en ninguna parte gozó don Juan aquel plácido y +tranquilo deleite que le ofrecieron los brazos de Cristeta. No la echó +de menos ni se arrepintió de haberla huido; pero la recordaba porque las +otras mujeres se la traían a la memoria sugiriéndole involuntarias +comparaciones de que siempre salía victoriosa. Ocurríale, sin embargo, +que cuanto mayor era el encanto con que la recordaba, más intenso era +también el desasosiego que le producía, porque la reflexión se hartaba +de decirle que Cristeta no era flor de un día o estrella de una noche. +Sólo pudo librarse de ella empleando el cobarde recurso de la fuga. ¿Qué +sucedería si volviese a encontrarla en su camino? Aunque por propia +voluntad nunca evocaba su recuerdo, muchas veces, en la impaciencia de +una cita, en el ficticio entusiasmo de una parodia de amor, en medio del +enojo que causa la posesión de lo que se ha deseado tibiamente, surgía +en su pensamiento la imagen de Cristeta, única mujer que al entregársele +le había dado, al par del cuerpo, algo del alma. + +Hubo antiguamente en tierra de Indias una princesa que poseyendo un +arenal extenso, quiso convertirlo en jardín. A fuerza de gastar vidas de +esclavos y talegos de monedas, pobló el arenal de flores +maravillosamente raras cada una de las cuales representaba un tesoro. Y +ocurrió, que estando un día la princesa apoyada de codos en la baranda +de ágata que dominaba aquel campo de colores vivos y movibles, vio una +flor sencillísima, blanca y ligeramente sonrosada como mejilla pudorosa, +que había brotado espontáneamente sin costar una gota de sudor ni un +hilo de agua. Y desde entonces, por mucho que la princesa se deleitase +en contemplar las flores que representaban vidas de esclavos y montones +de riquezas, siempre se le iban los ojos hacia la florecilla humilde, +cuya semilla trajo el aire misterioso de regiones lejanas. + +Lo mismo le pasaba a don Juan. Las ropas casi impalpables por lo finas, +los perfumes más rebuscados, los corsés llenos de encajes no conseguían +destronar de su memoria los lienzos que envolvían a Cristeta, el natural +aroma de su limpio cuerpo y el modesto corsé blanco que tanto les hacía +reír, entre impacientes y burlones, cuando se le hacía nudos la +trencilla. + +¡Misterio incomprensible! Las reminiscencias de don Juan no eran castas, +y, sin embargo, al desvanecerse y borrarse le dejaban en el alma cierta +serena placidez; semejantes al humo que cuando se alza de la tierra es +vapor sucio, y que a veces acaba por parecer en el espacio nube +resplandeciente y limpia. + +Dos años y unos cuantos meses pasaron Cristeta y don Juan, viviendo de +esta suerte, cada uno por su lado. + +Recordaba él de tarde en tarde, sin querer; ella no dejó un solo día de +esperarle. + + + + +Capítulo XIII + +Hacen alianza el amor, que es niño, y la travesura, que es mujer + + +En el estanco hubo notables alteraciones originadas de aquella +alborotada pasión que se apoderó del viejo; pues lo que le hubiera +ocurrido con Mariquilla, si don Juan no lo estorbara, le sucedió con +Carola. Comenzó yendo a verla una vez por semana, como periódico de +modas o entrega de novelón patibulario; luego cada tres días, cual si su +amor fuese terciana, y acabó visitándola casi diariamente; no siendo lo +lastimoso que menudeara las visitas, sino que entre el desasosiego que +las precedía y lo desmazalado y lacio que solían dejarle, ni fuerza le +quedaba en la lengua para humedecer un sello. A consecuencia de las +cenas, y particularmente de los postres, el infeliz no tenía cabeza para +nada. + +Doña Franquista, creyendo que su mal humor era rabia por habérsele +frustrado la aventura que ella evitó, le oía refunfuñar y maldecir sin +hacerle pizca de caso, hasta que irritado con aquella ofensiva +indiferencia y envalentonado por su senil amor, llegó a convertirse en +tiranuelo del hogar donde dos años antes tenía idéntica autoridad que el +gato. En vano pretendió su mujer recobrar el perdido ascendiente: +Quintín estaba desconocido: tan pronto se enfurecía por un quítame allá +esas pajas, como respondía a las lágrimas con desdeñoso encogimiento de +hombros, acabando por quedarse impasible, a modo de ídolo chino de los +que se contemplan el ombligo, con lo cual ella llegaba al paroxismo de +la cólera. + +Por contera, se hizo rumboso, y no para su casa. No podía regalar a su +Circe piedras preciosas ni brocados; pero en la medida de sus posibles, +le compraba los diamantes americanos por libras, y las telas de lanilla +por kilómetros. En metálico le fue llevando primero poco a poco, y en +seguida mucho a mucho, cuanto tenía ahorrado desde que vendió la primera +tagarnina de a tres cuartos, y luego dio en la flor de sangrar el cajón +de la venta diaria, dejándolo algunas veces sin cambio de dos pesetas. +Si no trasladó al sotabanco de Carola cuanto había en la trastienda, fue +por considerarlo indigno de tan gran señora; pero la única prenda lujosa +que tenía Frasquita, un soberbio pañolón de Manila poblado de chinos y +guacamayos multicolores, pasó del cofre marital al baúl del adulterio. +Afortunadamente, la ultrajada esposa tardó mucho en saberlo. + +En el estanco no se comía más que sopa, cocido, ensalada, y de postre +fruta, cuando por barata hasta los soldados podían comprarla. La +tacañería de Quintín suprimió los buñuelos de Todos los Santos, el +besugo de Nochebuena y los panecillos de San Antón; en cambio para su +daifa, pavo y perniles se le antojaban poco. Raro era el día que al ir a +visitarla no le llevaba alguna golosina; unas veces jamón con huevos +hilados, otras _píos nonos_ rellenos de dulce crema, y en viéndola +bostezar de aburrimiento, que le parecía flato, bajaba de tres en tres +las escaleras para que del café cercano trajesen un _bisté_ sepultado +bajo un cerrillo de patatas. Su mayor delicia consistía en obsequiarla +con merengues, que luego ambos comían a medias, mordiéndolos al mismo +tiempo por opuestos extremos, hasta que, tropezándose las culpables +bocas, sonaban escandalosos besos. + +So pretexto de adecentarse por la mucha gente que entraba en el estanco, +y en realidad por deseo de aparecer más elegante a los ojos de su amada, +don Quintín se hizo casi gomoso. La americana pardusca, de codos raídos +y solapas sebosas, fue sustituida con otra de paño _fantasía_ a cuadros +azul--verdoso y ocre; las corbatas de tres vueltas, contemporáneas de la +_vicalvarada_, se trocaron en nudos a la marinera, ya morados como +pellejo de ciruela damascena, ya blanquisucios como cuello de tórtola; +con asombro de Frasquita, se acostumbró a mudarse de camisa dos veces +por semana; y desafiando al reuma, en lugar de calzoncillos de bayeta +amarilla, comenzó a usarlos de bombasí, que otros llaman fustán, tela +peluda, con lo cual de medio cuerpo abajo, más que hombre parecía oso +blanco. ¡Irracional y triste condición que le trajo la ponzoña de la +sensualidad! + +Lo peor fue que por tanto emperejilarse y tanto ir a casa de su querida, +se relajó en la vigilancia y cuidado del despacho, de tal modo, que +cuando no le faltaban cajetillas se le concluían los sellos; resultando +que empezó por perder la confianza de los parroquianos a quienes escogía +puros, y acabó por desacreditar la tienda en pocos meses. + +Lo que sucedió entonces, fue horrible. Cierto individuo que ambicionaba +el estanco y que servía de agente electoral a un personaje político, +logró que para dárselo a él se lo quitaran a don Quintín, el cual al +volver una tarde de casa de Carola, deshecho a puras caricias, se +encontró sobre el mostrador un oficio en que la Dirección de Rentas +Estancadas le desposeía de aquella concesión estanqueril, cambiándosela +por otra en los barrios bajos, que seguramente produciría mucho menos. + +El golpe fue tremendo. ¡Un estanco en la calle de la Pingarrona! «¡Un +miserable tenducho donde sólo entrarían jornaleros y verduleras, donde +no se despacharía un céntimo de _escogidos_, ni sobres, ni plumas, ni +boquillas, ni más sellos que de a quince, ni apenas papel sellado! +Además, derrochados los ahorros reunidos desde tiempo de Narváez, ¿con +qué tesoros pagaría los caprichos de su adorada? ¡Adiós, regalos +agradecidos con caricias de pantera enamorada! ¡Adiós, huevos hilados y +_bistés_ con patatas, y cafés con tostada como no los soñó ningún +sátrapa de Oriente! Jamás ilusiones humanas se derrumbaron desde tan +alto. ¡Infeliz estanquero, en quien la suerte hacía escarnio, +mostrándole brutalmente que el amor, cuanto más caro cuesta, con mayor +facilidad se pierde! + +Le fue preciso resignarse, y aceptó el traslado desde el estanco +céntrico al de la calle de la Pingarrona. + +Antes de que se verificara la mudanza ocurrieron en la casa grandes +novedades. + +Hacía tiempo que don Quintín estaba cariñosísimo y muy servicial con +Cristeta, impulsándole a ello, primero, el afán de influir en su ánimo +para que tornase al teatro, de lo cual a él no podía menos de seguírsele +provecho; y segundo, el haber adivinado que a la chica le bullía en el +pensamiento alguna maquinación contra don Juan, empresa en que estaba +dispuesto a favorecerla. «Si no tiene a ese maldito entre ceja y +ceja--pensaba--, ¿a qué viene el encargarme cada tres días que averigüe si +ha vuelto?» Ello fue que, por aquellos mismos días en que sobrevino la +traslación del estanco, supo que don Juan estaba de regreso y acto +continuo se lo comunicó a Cristeta. + +¡Con qué dulcísima emoción recibió ésta la noticia! Ante la idea de +verle, su alma se bañó en alegría, después frunció el lindo ceño, +revelando perplejidad, y, por último, su actitud y la expresión de su +rostro fueron los mismos que cuando dos años atrás quedó abandonada en +la fonda de Santurroriaga. Como entonces, el ajuar de su cuarto era +modestísimo; como entonces, ella, por su arrogancia y seriedad, tomó +aspecto de reina destronada y resuelta a reconquistar el cetro. Lo que +fraguaba era misterio impenetrable. Con nadie comunicó su designio, pero +su plan debía de estar erizado de obstáculos, porque aquella noche +durmió mal. No la desvelaron voluntarios ensueños de amor sino cálculos +de presupuestos, cuentas y números. + +A la mañana siguiente, hallándose con sus tíos en la trastienda, que +todos habían de abandonar en breve, les habló de esta suerte: + +--Tiítos, no crean ustedes que lo que les voy a decir es por falta de +cariño...; pero en fin..., aquí todo va muy mal, y con la picardía que +han hecho de quitarles a ustedes este estanco, comprendo que habrá que +reducir mucho los gastos. + +--Habla, que nos tienes con el alma en un hilo--dijo don Quintín. + +--Si creen ustedes que hago lo que voy a hacer por no estar a las duras, +como he estado a las maduras, que se les quite eso de la cabeza. Yo +seguiré ayudándoles a ustedes en lo que pueda; por de pronto, aquí están +estos treinta duros para la mudanza. Y como doña Frasquita abriese más +boca que un horno, Cristeta prosiguió:--Déjenme ustedes concluir. No +quiero serles gravosa y me voy. + +--¡Muchacha! + +--¿Estás en tu juicio? + +--Nada, nada; quiero vivir sola. Además, tal vez vuelva al teatro, y como +ustedes comprenderán, no puedo ser artista y vivir en la calle de la +Pingarrona, donde ustedes van a parar. + +La conversación fue larga, mostrándose Cristeta tan firme en su +propósito, que los vicios bajaron la cabeza. Doña Frasquita tembló ante +la idea de que, si su sobrina volvía al teatro, tornase su marido a las +pasadas liviandades: don Quintín, barruntando que en aquello andaba +Juan, calló seguro de que Cristeta le hablaría luego reservadamente. + +No se había equivocado. Cuando tío y sobrina se quedaron solos, dijo +ella con la energía de quien no admite contradicción: + +--Óigame usted bien, tío. Quiero irme a vivir solita, porque me conviene; +no hay fuerzas humanas que me hagan desistir. Y le advierto a usted una +cosa: que sé todo lo que se trae usted con la Carolina, la que estaba de +corista cuando yo trabajaba. Y hasta me malicio que si le han quitado a +usted el estanco, es porque no piensa usted más que en ella ni se cuida +usted de nada, y a eso se han _agarrao_. + +Don Quintín abrió desmesuradamente los ojos. + +--Bueno--continuó Cristeta--; pues no quiero que nadie, ¿lo entiende +usted?, que absolutamente nadie sepa dónde voy a vivir. Venga quien +venga, usted como si no supiese jota. Mientras yo no disponga otra cosa. + +--¿Y si viene don Juan? + +--A ése menos que a nadie. + +--¿Pero qué líos traes entre manos? + +--A su tiempo se sabrá todo; ahora no. Y le advierto a usted que ya puede +enseñar bien la lección a la tía. Compónganselas ustedes como quieran; +pero en cuantito que digan a alguien, sea quien fuere, mi paradero, +vengo y le cuento a la tía de pe a pa todas sus trapisondas de usted; lo +de Mariquilla, que si no fue... no quedó por usted, y lo de esta mala +pécora de ahora, que le tiene a usted sorbido el seso. + +--¡Chiquilla! Yo hago de mi capa... + +--Usted no hace más que tonterías. Clarito; armo la de Dios es Cristo, y +entre la tía y Carola le sacan a usted los ojos. Usted verá lo que ha de +hacer para tenerme contenta; en cambio, le daré a usted de cuando en +cuando lo que pueda, no por ayudarle a mantener vicios, ¿estamos? sino +para que no meta usted mano al cajón y evitar disgustos a la tía, porque +esa chifladura de hacerse el enamorado no habrá medio de quitársela a +usted de la cabeza... es cosa de los años. + +--Muchacha... ¿es que vas a darme lecciones? ¿Te has vuelto loca? + +--Usted sí que está chocho; pero yo no puedo evitarlo. ¿Qué adelantaría +con tirar de la manta? La tía se moría del sofocón. + +--O me ahogaba. + +--Pues lo dicho. En cuanto alguien sepa, por culpa de usted, dónde vivo +yo, sabrá doña Frasquita dónde tiene usted la querida. + +Tan vanidoso es el hombre, que la palabra _querida_ sonó en los oídos de +don Quintín como una música deliciosa. Luego, por la cuenta que le +traía, convenció a su mujer de que a Cristeta le era indispensable vivir +sola. Ambos viejos, medio en serio, medio en broma, la llamaron +descastada, ingratona y mala cabeza; pero se conformaron, quedando +resuelto que a nadie dirían su paradero. + +Aquella tarde Cristeta permaneció encerrada en su cuarto arreglando +ropas y baúles, y al día siguiente salió muy de mañana, tan pobremente +vestida, que parecía una modistilla. Desde la Plaza Mayor bajó por la +calle de Toledo, torció luego hacia la derecha, a los pocos minutos de +marcha se detuvo en una calle cercana a San Francisco el Grande, miró el +número de una casa, entró en el portal sin vacilar, subió la escalera, y +en uno de los pisos altos llamó. A los pocos segundos le abría la puerta +una joven, guapetona y de fisonomía inteligente. Se llamaba Inés, y +había sido criada de doña Frasquita, de cuya casa salió para casarse con +un ex--cochero que, tras haber servido a un grande, con la protección de +éste y sus propios ahorros, estableció un servicio de carruajes por +abono. + +Mientras duró el noviazgo de Inés y Manolo, que así se llamaba el mozo, +Cristeta compadecida de ellos, les protegió cuanto pudo, facilitando +salidas a la muchacha, disculpándola si tardaba, y hasta espumando el +puchero cuando la enamorada se entretenía un rato en la esquina +inmediata. Por último, al celebrarse la boda se prestó a ser madrina, en +nombre de una condesa a quien había servido el novio, y desde entonces, +agradecida la pareja, aunque parezca inverosímil, mostró siempre cariño +a la _señorita Cristeta_, sin parar mientes en que, a pesar de este +señorío, eran ellos casi ricos con relación a la sobrina de los +estanqueros. + +Al verse Inés y Cristeta cruzaron unas cuantas frases llanamente +afectuosas, y según hablaban fueron entrando a un cuarto, en cuyas +paredes se veía hasta media docena de litografías con color que +representaban caballos y carruajes de distintas formas, láminas +arrancadas sin duda del catálogo de algún constructor de coches. +Componían el modesto mueblaje una consola, sillas de tapicería muy +usadas, procedentes de casa de los condes, y un sofá de gutapercha en +plena decrepitud. Sobre la consola había un santo bajo fanal, dos +floreros de loza con ramos de mano y varias fotografías; el retrato de +la condesa con galas de baile, haciendo pareja a éste el de Cristeta en +traje de teatro, el del conde a caballo y, por último, los de Manolo e +Inés, él con capa y ella con mantilla de casco. + +Grave y trascendental debió de ser lo que trataron ambas mujeres, porque +a pesar de hallarse solas, Cristeta bajó la voz cuanto pudo, limitándose +Inés a contestar con inclinaciones de cabeza y caídas de párpados, que +denotaban conformidad y sumisión. Después el diálogo se hizo más +entrecortado, pero tan a la sordina, que quien hubiese estado cerca +habría oído unas palabras sí y otras no, quedando, por lo tanto, +incompleto y truncado el sentido de las frases. Por ejemplo: + +_Cristeta_.--No sé..., dos, tres meses... Esencial..., niñera. + +_Inés_.--Sí..., doña Jesualda..., don Pedro, casa vieja..., el +administrador conocido... Chico... mañana iremos juntas. + +_Cristeta_.--Berlina..., tu marido. Los sitios convenidos de antemano... +¿Comprendes? + +_Inés_.--Hablarán ustedes. + +La conversación se prolongó mucho, y al final hablaron un poco más alto, +refiriéndose a lo anteriormente dicho. + +_Inés_.--Todo se arreglará. + +_Cristeta_.--Convéncele tú. + +_Inés_.--Mañana sin falta. + +_Cristeta_.--No tengo más esperanza. + +_Inés_.--¿Quién sabe? + +_Cristeta_.--Tómalo con empeño. + +_Inés_.--Vaya usted tranquila, y hasta mañana...; pero, la verdad.... +¡qué granujas son los hombres! + +_Cristeta_.--Y nosotras, ¡qué simples! + +_Inés_.--No, pues si todas fuéramos tan listas come usted, ¡pobrecitos! + +_Cristeta_.--Con eso y con que no me sirva de nada... + +_Inés_.--Adiós, señorita. + +Aquella misma noche discutieron marido y mujer el caso, hasta que él +cedió a los deseos que tenía ella de complacer a la que fue protectora +de su amor. + +Volvió Cristeta al día siguiente, y en la misma salita de la víspera fue +recibida por Inés, que la estaba esperando, acompañada de una mujer +entrada en años, corpulenta, ex--guapa, muy achulada y al parecer amable. +Inés dijo presentándolas mutuamente: + +--Esta es la señorita de quien hemos hablado, aquí tiene usted a doña +Jesualda. A ver si se entienden ustedes. + +La Jesualda habitaba un cuarto tercero interior de una casa de la calle +de Don Pedro; había sido prestamista, pero se le torcieron los negocios +y tuvo que renunciar al comercio. Entonces quiso vivir en compañía de +alguien que le ayudase a pagar el inquilinato, mas por lo apartado de +aquel barrio no halló gente de la condición que deseaba. Al oír la +proposición de Cristeta, comenzó presentando obstáculos y haciendo +aspavientos, luego sonrió maliciosamente, después fingió sentirse +súbitamente movida de simpatía, y concluyó aceptando el trato previo +ajuste del pago y otras condiciones. Hubo aquello de «con tal que no +haya escándalo..., yo no quiero líos..., usted parece persona decente, +etc., etc.». Todo lo cual oyó Cristeta violentándose para no enviar a la +Jesualda noramala. + +En conclusión: por una cantidad módica dispondría de una alcoba y un +gabinetito con cuatro sillas, cómoda y un sofá de Vitoria; daría un +tanto para la comida, y habían de correr por cuenta suya el lavado y el +planchado de su ropa. Al final menudearon las promesas de fidelidad y +complacencia. Cuando se despidieron, Cristeta pensaba: «¡Bah!..., por +dos o tres meses...» Jesualda se decía: «Ahora rompe a volar...; pero +esta mocita se pierde de vista. Puede que sea una mina.» + +Pasado un rato, Inés y Cristeta salieron juntas dirigiéndose a una casa +de la calle de San Lucas, que tenía un portalón, sobre el cual se leía +este letrero: + + COCHES DE LUJO + ABONOS POR MESES + <b>Se admiten caballos a pupilo</b> + +--Aquí es--dijo Inesilla al llegar, cediendo el paso a la señorita. + +«La Virgen me ayude»,--pensó Cristeta, que iba muy preocupada. + +Entraron: al fondo, bajo cobertizo, había varios coches; a la derecha +una gran cuadra; a la izquierda, un cuartito con una mesa, sobre la cual +se veían un tintero, varias plumas y dos gruesos cuadernos: era el sitio +donde Inés ayudaba a su marido tomando apuntación de los encargos y +reclamaciones. + +Manolo, que estaba esperándolas, salió a recibirlas, y como lo tenía +todo hablado con su mujer, en seguida se entendió con Cristeta. A cuanto +ella decía contestaba: + +--Con usted no quiero ganar; en no perdiendo, lo que usted mande; como +que es usted más buena que el pan. + +Al despedirse estaban de acuerdo. + +Cristeta e Inés quedaron juntas en el cuartito; la segunda decía: + +--Con la Jesualda no estará usted mal; es formalota y no tiene mala +vecindad; abajo, una viuda y su hija que cosen para el corte; en el +segundo, una tal Mónica, que tiene huéspedes de medio pelo, ¡figúrese +usted en aquel barrio qué huéspedes ha de haber!; arriba, un militar +_retirao_ que vive con una que dicen si es sobrina _u lo otro_; y en el +sotabanco, la madre del niño y la sobrina, que ahora las llamaré. Toda +esta gente en lo interior; la parte que _tié_ vistas a la calle, ya lo +sabe usted, es de los señores dueños de la casa. Lo _prencipal_ es que +yo estoy cerca, y si se pone usted mala no ha de faltarle _ná_. Yo no +acabo de hacerme cargo de lo que usted prepara; en fin, cuando usted lo +hace, sus motivos tendrá. En cuanto a mi Manolo... es _callao_, no lo +sabrá ni la tierra, y como él arree un _cabayo_..., ya _puén golverse_ +locos los que la busquen a usted. + +En seguida llamó a la mujer de un mozo, la cual se presentó a los pocos +momentos acompañada de una sobrina, de dieciséis años, graciosa, +esbelta, vivaracha, al parecer muy inteligente, y que traía de la mano a +un niño de dos años. Aunque desarrapado, sucio y mocoso, el chiquitín +parecía un angelito. Muchos lores ingleses hubieran dado sus bosques de +Escocia y sus rentas de la India por ser padres de un muñeco como aquél. +La chiquilla tenía trazas de descarada. + +Cristeta habló en voz baja con ella y con su tía. Ésta dijo: + +--Ya _má enterao_ la _señá_ Inés de lo que usted desea. No hay +_deficultad_, _mayormente_. De cuartos, lo que diga la _señá_ Inés, +porque yo la debo el pan... La chica es ésta..., ya la ve usted, ¡más +lista!, parte un pelo en el aire, como que la querían en un taller _pá_ +ir a la cobranza de cuentas _atrasás_ a las señoras que no pagan..., y +el niño, aunque sea mío..., _velay_ que _paece_ un _capuyo_ de rosa. Por +supuesto, que ha de dormir en mi casa. + +Cristeta cogió al niño, hízole fiestas y, mirando a la sobrina, +preguntó: + +--¿Cómo te llamas? + +--Julia, para servir a Dios y a _ustéz_. + +--Bueno, pues tú y yo hablaremos despacio. ¿Harás todo lo que te mande? + +--Ya lo verá _ustéz_; todo. + +Intentó Cristeta dar a la muchacha instrucciones detalladas, pero la tía +interrumpió la explicación, que amenazaba ser larga, con estas palabras: + +--Eso mañana, en su casa de _ustéz_, o lo que es lo _mesmo_, en la +nuestra, porque va le habrá _esplicao_ a _ustéz_ la señorita Inés que +nosotras vivimos encima de doña Jesualda, en el sotabanco. En cuanto a +la chica, es obediente, _espabilá_ y _tóo_ lo ha de hacer a +_satisfación_. + +--Entonces, asunto concluido--dijo Inés. + +Luego acompañó a la señorita hasta el centro de Madrid, donde cerca del +estanco se separaron. Cristeta siguió sola, tan ensimismada, que ni +siquiera se fijaba en que, a pesar de lo humildemente que iba vestida, +los hombres se la comían con los ojos. + +Al día siguiente, muy temprano, salió del estanco y fue a casa de una +modista, con la cual, tiempo atrás, contrajo amistad mientras trabajó en +el teatro. + +Estuvo largo rato viendo telas, escogiendo colores, examinando +figurines, probándose modelos y dejándose tomar medidas. Todo lo que se +encargó fue sencillo y elegantísimo; pero caro para ella. La modista +sonreía maliciosamente, como diciendo: «Esta ya cayó. Parroquiana +tenemos. ¿Quién será el pagano?» + +Otras dos mañanas pasó Cristeta comprando de tienda en tienda guantes, +velitos, menudencias de adorno y pequeñas galas de esas que son +complemento de todo traje femenino. Y por último, después de haber +preparado cuanto consideró necesario, una tarde, entre dos luces, se +mudó al tercero interior de doña Jesualda, en la calle de Don Pedro. En +un carrito fueron la cama, sus dos baúles, un arca y varios líos de +ropa; ella montó en un simón, llevando sobre las rodillas el costurero +que en días más tranquilos le regaló don Juan. + +La despedida de los tíos no fue dramática. Doña Frasquita parecía decir: +«Hágase tu voluntad.» Para ella Cristeta simbolizaba el teatro, es +decir, la perdición y los vicios de su marido. Don Quintín sonreía +mirando socarronamente a su sobrina; desde que la sabía conocedora de +sus liviandades, recelaba que hablase. Cristeta estuvo muy cariñosa, y +en el momento de salir del estanco, lloró. Allí había pasado los +primeros años de la juventud; allí había soñado con damas, galanes, +romances, raptos, aventuras, trajes y aplausos; allí, sobre todo, sufrió +las primeras noches de insomnio pensando en Juan. + +Por la noche, ya en su nueva casa, permaneció largo rato, primero +echando cuentas por los dedos y luego haciendo números en un papelito. +Temía que le faltase dinero. + +Después de acostada, sus recuerdos y esperanzas comenzaron a desvelarla. + +Borrosas memorias de la infancia, primeros latidos de la juventud, +amarguras, goces conseguidos, deseos frustrados, proyectos rotos, +espejismos que finge la ambición, retazos de lo pasado y visiones de lo +porvenir... ¡Parece que os refugiáis entre los pliegues de la almohada y +que, cuando en ella reclinamos la cabeza, salís a estorbar el sueño, +hermosa imagen de la nada! + +«Sí, esta es la tercera o cuarta cama en que duermo... De chiquita... no +hago memoria... ¡Ah, sí! Mi madre era rubia, muy guapa: siempre estaba +trabajando con almohadillas, encajes y alfileres...; el pelo como el +oro, la voz dulce...; debió de ser muy desgraciada. ¡Por qué no habrá +vivido mi madre! Luego he dormido en casa de los tíos. ¡Pobrecillos, +nunca les abandonaré! Después la cama de la fonda en Santurroriaga... +¡con él!..., y ahora esta alcoba, porque la cama es la mía. Si algún día +tuviera yo casa, quisiera conservar esta cama. ¡Dios mío, qué será de +mí!... Juan... Aunque no me tocara nunca...; pero sentirle cerca..., +verle todos los días..., saber lo que piensa..., cuidarle..., que me +hable con cariño... ¿Por qué encontrarán otras mujeres quien las +quiera?...» + +Se quedó dormida con un brazo caído fuera del embozo, despechugada y el +pelo revuelto en primoroso desorden sobre la almohada, como madeja que +hubiesen enmarañado ángeles. + + + + + + +Capítulo XIV + +Del cual se colige la vulgarísima verdad de que el hombre es un +animalucho que desprecia lo que posee y torna a desearlo cuando le +parece ajeno + + +Dos años y algunos meses pasaron desde que don Juan abandonó a Cristeta +en Santurroriaga hasta que volvió a Madrid. + +Al encontrarse con su víctima en las alamedas del Retiro, se quedó +asombrado. Pasó casi toda la noche pensando en ella, y lo poco que +durmió, contemplándola en sueños. Puesta su memoria en constante +trabajo, recordó cuanto a la pobre muchacha se refería: la primera vez +que hablaron, su diplomacia en cortejarla, los diálogos en el cuartito +del teatro, interrumpidos bruscamente por las entradas del segundo +apunte... ¡Qué guapa estaba con aquellos trajes! Creía verla de paje, de +chula, de princesa, de gitana, y a veces medio desnuda, envuelta en un +amplio manto rojo, destacando sobre un fondo de plantas tropicales y +aureolada por los resplandores de la luz eléctrica. Al caer el telón (le +parecía que fue ayer), abandonado el palco, bajaba las escalerillas de +estampía... Después, Santurroriaga, la fonda... ¡y el Paraíso! + +A la madrugada despertó intranquilo. Sin poder ni querer sofocar los +impulsos de la imaginación, siguió complaciéndose en recordar lo que +sintió por Cristeta, semejante al niño que, tras haber destrozado un +juguete, se obstina, desvive y rabia por recomponerlo y restaurarlo. +Después hizo mil conjeturas, fundadas en la diferencia que existía entre +la Cristeta que le perteneció y la que acababa de ver en el Retiro. +¡Cuánto mejor le sentaban las galas de señora que los oropelescos e +impúdicos disfraces del teatro! Le parecía mentira que fuese la misma a +quien tantas veces tuvo entre los brazos. No podía decirse que hubiese +sufrido, sino gozado cambio; antes era fina, gentil y airosa; ahora, sin +perder elegancia, esbeltez ni gallardía, estaba más llenita y +redondeada; de linda se había trocado en hermosa. ¡Y qué modo de vestir! +¡Buena modista y buen pagano!, porque todo lo que llevaba puesto era +rico. ¿En poder de quién estaría? ¿Qué vida habría hecho desde que él la +dejó burlada? Fuese amante o marido, hombre había por medio; era +imposible explicarse de otra suerte el lujo que ostentaba, y mucho menos +la existencia del niño. Lo más verosímil era que se hubiese casado, +porque su severa elegancia, exenta de perifollos llamativos, no era +propia de aventurera, sino de muy señora. Pero... ¿habría tenido la +criminal imprudencia de casarse engañando a un hombre, ocultándole su +pasado? ¡Lo pasado! En el largo catálogo de sus conquistas, ninguna +recordaba don Juan que valiese lo que aquélla. No; en el alma de +Cristeta no cabía la doblez de hacerse valer como doncella intacta..., y +aún era menos admisible la suposición de que ella, tan poética y +desinteresada, cobrase amor a un hombre capaz de quererla como propia +sabiendo que otro la gozó primero. Lo cierto era que él había tenido +sucesor, y la existencia del niño demostraba que el reemplazo fue +rapidísimo. Nunca pudo--recordarse con más oportunidad aquello de «a rey +muerto, rey puesto». «¡Al fin, mujer! Tanta promesa, tanto juramento, y +luego... Todas son iguales--seguía monologueando don Juan--. Mientras no +tienen idea exacta de lo que es el hombre, se embriagan de poesía y de +ilusiones; pero en cuanto lo saben, quieren hartarse de realidad. A +otras no es el amor ni el hombre quien las pierde, sino el lujo: la +serpiente del Paraíso debió de presentar a Eva la manzana envuelta en un +corte de vestido o metida en una capota. Sin embargo, mucho ha de haber +variado Cristeta hasta igualarse con las que se prostituyen por cintas y +brillantes. Aunque la cosa resulte anómala, tiene que estar casada... +¡tal vez casada por amor!» + +No le faltaba razón. En la hermosura de los hijos suele reflejarse el +amor que se tuvieron los padres, y aquel niño tan lindo no era escultura +modelada con indiferencia. ¿Qué edad tendría? Un par de años, +aproximadamente el tiempo transcurrido desde que él dejó a la madre. +«Entonces... ¿cómo explicar?... Calma, calma--continuaba--, vamos a ver. +Fue en agosto..., un año, dos... no sale la cuenta. Sería preciso creer +que en seguida, en seguidita que yo escurrí el bulto se _lió_ con otro. +¡Qué falta de pudor! Lo único claro y patente es que los mimos, las +ternezas, aquel entusiasmo... ¡todo farsa! También esto lo repugno; no, +Cristeta no es mujer que se entregue a cualquiera de la noche a la +mañana, mucho menos en aquellas circunstancias, sin necesidad, porque yo +le regalé mil duros... para vivir un año. Entonces, ¿en qué quedamos? +No, pues lo que es yo no he colaborado a la venida del angelito al +mundo. ¡Poca prisa que se hubiese dado ella a buscarme! Por otra +parte..., ni su aspecto de ahora, ni su índole, ni su carácter, me +autorizan para creer que haya _dado el salto_, es decir, que esté +entregada a la circulación como un billete de banco. Luego no hay +escape: cuando yo hice la memada de dejarla, encontró con quien casarse +y aprovechó la ocasión. ¡Bien le ha sentado el matrimonio!... Está mil +veces más guapa que antes. ¡Y yo que llegué a creer que me quería! Es +decir, quererme..., no..., aunque sí, como se quiere al primero..., la +novedad, la sorpresa, el despertar de los sentidos..., pero yo buscaré +modo de darle a entender que no me ha engañado. ¡Cómo se habrá reído de +mí! Aunque no sea más que un cuartito de hora tengo que hablar con ella +y decirle: ¿Conque me querías tanto..., estabas loquita..., a mí +solito?... ¡Embustera! Si hubiese creído que me querías no me habría +marchado... Está hecha una real moza... ¡qué modo de andar y qué cuerpo, +y qué señorío, y qué boca!... Pero, en fin, para mí es cosa perdida..., +aunque nadie sabe lo que puede suceder. Si está casada con un hombre de +cierta clase, vamos, de buena sociedad, persona conocida, algún día nos +encontraremos en teatro, baile o tertulia, y entonces... ¡Una vez, nada +más que una vez, por capricho, por el gustazo de avergonzarla! Y sin +temor de ninguna clase, estando casada... todo consiste en ser prudente. +No hay comparación: vale ahora infinitamente más. Antes era... lo que +era: una comiquilla decentita y graciosa; ayer parecía una duquesa. +¡Daría cualquier cosa por saber todo lo que ha sucedido! A mí no me +importa..., vayan benditos de Dios ella y el estúpido a quien haya +pescado...; pero, ¡como yo la coja un día!..., vamos, que no me quedo +sin plantarle cuatro besos y decirle cuatro verdades.» + +Siguió pensando largo rato. La sospecha de que el chico fuese suyo le +parecía lisa y llanamente absurda y, sin embargo, estaba dentro de lo +posible. ¿Se habría casado? Todo el empeño de don Juan estribaba en +persuadirse de que el tal matrimonio le tenía sin cuidado, a pesar de lo +cual la hipótesis iba tomando amarga intensidad de torcedor. ¿Lo habría +callado todo, engañando a un hombre o, por el contrario, le confesaría +su pasado? Si lo primero, era infame y despreciable; si lo segundo, +necia y sinvergüenza por unirse a quien tales tragaderas tuviese. Tal +vez viviera poniendo precio a su belleza. Esta suposición era la que más +daño le hacía. Casada... malo...; pero lo _otro_, peor mil veces. La +sangre se le agolpaba al cerebro. + +Cuando desmenuzando con la reflexión todas aquellas verosimilitudes y +conjeturas cayó en la cuenta de que la suerte de Cristeta le preocupaba, +y que además le entristecía la posibilidad de su perdición, experimentó +una emoción indefinible. En el reloj del despacho sonaron las ocho de la +mañana. Entonces, irritado y mohíno al considerar que había pasado la +noche en blanco, se obstinó en pensar claro y armarse de sangre fría. +¿Qué diablos era aquello? ¿De cuándo acá meditaba él con semejante +aquilatamiento sobre lo que hubiese podido suceder a una ex--querida? Lo +cierto era que sólo había dormido un rato, y ése soñando con ella. La +mayor parte de la noche fue de completo desvelo, de verdadero insomnio. +Era necedad resistirse a la evidencia; desvelado... ¡y casi febril! +¡Quitarle el sueño una mujer! Y no una señora curtida en achaque de +aventuras, ni una doncellita boba temible por su misma ingenuidad, ni +una astuta sabedora de todas las bajezas que el hombre es capaz de +cometer _antes_, y de las infamias que hace _después_, nada de esto, +sino que se trataba de una mujer incauta, inexperta, gozada y +abandonada. Cierto que la dejó, pero sin escarnecerla ni despreciarla. +En cambio ella se vengaba turbando el tranquilo curso de su vida, +haciéndole sufrir una dolorosa mortificación de amor propio y, lo que +era más grave, inspirándole ideas cuyo alcance no podía calcular. + +Las últimas frases que don Juan pronunció mentalmente en aquel largo y +humillante monólogo fueron estas: «Sí, ¿eh?... Pues ahora me gusta más +que antes... ¡ella caerá! No es que me importe, nada de eso... lo único +que quiero es tenerla una vez entre los brazos... porque sí... ¿Qué se +habrá figurado la grandísima tonta?» + + + + +Capítulo XV + +Donde se ve que cuando el hombre tiende la red, ya está pescando la +mujer + + +El día en que don Juan vio a Cristeta en el Retiro, fue domingo. Al +siguiente, hizo el viaje en balde: procuró distraerse mirando y +remirando a cuantas pasaban; mas en vano. Acaso no faltasen en el paseo +mujeres guapas y elegantes, pero todas se le antojaron cursis o feas. La +de bonitos pies, tenía el cuerpo atalegado; la de cintura esbelta, era +antipática de rostro; la bien vestida, horrible; la hermosa, iba hecha +un adefesio. ¿Sería cosa providencial? No, sino que él llevaba grabada +en el magín, como única apetecible y codiciable, la que realmente +deseaba. + +Entretanto, la maquiavélica Cristeta estaba solita en su modesto +albergue de la calle de Don Pedro, diciéndose: «Hoy me andará buscando.» + +Martes. Hermoso día de otoño, aunque algo fresco. En el Retiro muy poca +gente: don Juan llega de los primeros, se cansa de andar, se disgusta y +siente impulsos de volverse a casa. Por fin comienzan a venir paseantes. +A las cinco aparece Cristeta al término de una alameda: traje, el mismo +del día pasado; lleva al niño cogidito de la mano y el coche les sigue a +corta distancia. Don Juan se adelanta, acorta la marcha, la deja pasar, +la alcanza y retrocede, todo sin dejar de mirarla. Ella, calmosa, +serena, impasible, como si no le conociera. Fue tan marcada su +indiferencia, que don Juan se dijo: «¡Tendría gracia que yo me hubiese +equivocado!» Pero tornó a mirarla y se convenció de que era ella, la +misma, la propia Cristeta, que tantas veces le había dicho: «¡Juan mío!» +Poco le faltó para llegarse a ella y hablarla. Por fortuna se contuvo +pensando: «¿Y si me pega un bufido y me pongo en ridículo? No, todavía +no.» Final, el mismo de la primera vez. El coche se para, Manolito, que +va en el pescante, se quita respetuosamente el sombrero. Cristeta coge +al niño, lo sienta, sube y desaparece sin que don Juan pueda sorprender +una mirada de reojo, ni el más leve indicio de curiosidad. Atormentado +del despecho, no se le ocurre más que esto: «Un cochero _de abono_ no +saluda de esa manera; el carruaje es suyo. No me cabe duda; está casada. +¡mejor!» + +Miércoles. La tarde fría, las alamedas desiertas; llega don Juan, abarca +con la vista aquella soledad y piensa: «¡Si viniese ahora mismo!» +Después anda un buen rato a paso largo para entrar en calor, hasta que +aparece Cristeta seguida de la niñera, que trae al pequeñuelo en brazos. +Comienza a soplar un Norte muy desapacible; las hojas secas, arrebatadas +de los árboles, forman en el suelo ruidosos remolinos de oro. Ella se +muestra más indiferente que nunca. El viento, al agitar su falda, le +pega la tela a las piernas, modelando indiscretamente sus formas y +dejando al descubierto los pies. Diez o doce minutos de paseo. Una +turbonada; aquello se hace insoportable. Otro día perdido. + +Jueves. Lloviznando. Cristeta, encerrada en casa, se distrae zurciendo +ropa blanca. De rato en rato, hilos y aguja se le caen sobre el regazo. +«Veremos... ya lleva tres ojeos. ¡Se me pasan unas ganas de hacerle +señas para que se acerque!» + +Don Juan anda mientras tanto aburriéndose en visitas y sin poder +desechar de la imaginación aquellos pies que pisan la arena como sin +tocarla. «Sí, el traje el mismo, menos las medias; las de ayer eran +negras con lunares azules... Parece que se le han agrandado los ojos. ¡Y +qué cuerpo!» + +Viernes, sábado y domingo. Lluvia continuada: un temporal. Ella con +jaqueca, tumbada en el sofá de Vitoria y fija la vista en la pared. Al +caer la tarde, cuando escasea la luz, cree ver dibujarse sobre la blanca +superficie del muro una serie de escenas en que don Juan, arrodillado a +sus pies, le pide perdón con frases muy apasionadas. Por desgracia o por +fortuna aquello es una visión destituida de realidad, un sueño, porque +si él entrase... ¡sabe Dios! + +Segundo lunes. Hermoso día, pero el piso demasiado húmedo. Don Juan +piensa: «No irá», y se queda en casa leyendo. Cristeta sale. Al fin +mujer. Paseo en balde. Luego, noche de insomnio pensando: «¿Estará +malo?» + +Martes. Sol esplendoroso, piso seco, ambiente primaveral. Casi al mismo +tiempo llegan ambos espoleados por la impaciencia. Ella con otro traje: +falda ceniza y abrigo muy oscuro, de paño todo bordado; sombrero gris +con gran lazo y velillo; en vez de zapatos, botas. Don Juan, que va +resuelto a hablar, se acobarda viendo a la niñera. «No: los criados son +enemigos, no quiero comprometerla. Pero cuando viene aquí, cuando no se +va de paseo a otra parte... por algo es.» + +En estos y parecidos lances, es decir, sin ninguno notable, +transcurrieron veintitantos días. + +Por fin, una tarde, cuando don Juan iba por frente a la Cibeles, +dirigiéndose al Retiro, vio a la niñera sola con el chico. Buscó con las +miradas a Cristeta; pero en balde, y se dijo: «Ésta es la mía.» + +La niñera era pequeña, menudita, lista, graciosilla y achulada; un +aperitivo o un _hors d'oeuvre_, si don Juan no tuviese puesto en más +alta empresa el pensamiento. La chica, llevando al pequeñín de la mano, +se dirigía hacia la parte del Prado donde paran los cochecillos tirados +por cabras o burritos para recreo de niños. «Bueno--pensó don Juan--; +luego vendrá la madre a buscarles.» Una hora fue siguiéndoles a larga +distancia y gruñendo entre dientes: «¡Que haga yo esto!» + +Las cinco; Cristeta no viene y la niñera endereza los pasos hacia la +Carrera de San Jerónimo; don Juan no aguanta más y, colocándose junto a +ella, le habla de este modo: + +--Cuerpo bonito..., ¿vamos de retirada? Parece que hoy no ha salido la +señorita. + +--¿Y a usted qué se _l'importa_? + +--No te atufes, mujer; cuando te lo pregunto, por algo será. + +--Es que yo no sé quién es _ustéz_. + +--¿Crees que te voy a comer? + +--Ya... como que no soy hierba... + +--¡Qué mal genio tienes y que reguapa eres! + +--Es que no quiero músicas y no se meta usted conmigo, que yo voy por mi +camino y la calle es del rey. + +--No seas tonta y baja la voz. ¿Qué trabajo te cuesta contestarme a +cuatro preguntas? No te arrepentirás; mira que soy muy agradecido. + +Julia se detuvo diciendo al chiquitín: + +--Aguarda, hijo, que este _cabayero_ me va a sacar de pobre. + +--Tu señorita se llama doña Cristeta, ¿verdad? ¿Dónde vivís? ¿Cómo se +llama su marido? ¿Cuánto tiempo hace que están casados? + +--¡Pero, hombre, se _l'a figurao_ a _ustéz_ que soy catecismo _pa_ +responder a tantas cosas! + +--Bueno, pues dime lo que sepas. + +--¿No ve _ustéz_ que _entavía soy yo_ muy joven _pa_ ese oficio? + +--No seas tonta. Lo que ganas tú en dos meses te lo doy yo en un minuto. +Por hablar nadie se pierde. + +--_Sigún_... y yo no quiero líos. + +Don Juan sacó del bolsillo del chaleco cuatro monedas de a veinte reales +y quiso ponérselas en la mano. + +--¿Va usted a comprar la barandilla del _Prao_? + +--Toma, mujer. + +Ella hizo un movimiento como para alargar la mano; pero de repente se +echó hacía atrás esquivando el cuerpo y diciendo rapidísimamente: + +--_Quitesusté pa_ un _lao_ que viene el coche con la señora...--y en voz +baja, muy baja, añadió--: Agur, hasta otro día, cuando me vea usted sola. + +Don Juan, iluminado de súbita inspiración, repuso también muy aprisa: + +--Aquí mismo, a esta hora, la primera tarde que llueva. No te +arrepentirás. + +Julia no había mentido. La berlina bajaba echando chispas por la Plaza +de las Cortes. El cochero, al ver a la niñera, detuvo; abrió Cristeta +desde dentro la portezuela y subió la chica con el nene. + +<tb> + +Como si el diablo fuese ordenador del tiempo en perjuicio del amor, +tardó bastantes días en llover, con lo cual don Juan comenzó a +desesperarse; tanto, que pensó en dar un golpe decisivo para inquirir +dónde vivía Cristeta. Pensó primero en que lo averiguase Benigno, su +ayuda de cámara; pero Julia era guapa, el hombre podía encapricharse... +Resolvió hacer la diligencia por sí mismo. + +Una tarde fue al Retiro en una victoria tirada por un buen caballo, con +cochero previamente instruido y seguro de ser gratificado. Debía éste, +mientras don Juan pasease a pie, no perderle de vista, aproximarse a una +seña convenida y seguir luego tras la berlina de Cristeta. La traza no +era mala; pero falló. Manolo fue más listo, su caballo mejor y el +cochero de don Juan se quedó rezagado en un cruce de calles, donde hubo +confusión de carros y carruajes. + +A esta intentona siguieron varios días de buen tiempo en Madrid, y de +mal humor en don Juan, porque ni la señora ni la niñera aparecieron por +el Retiro ni el Prado. + +Cristeta dejó de ir a paseo y no permitió salir a la chica, con objeto +de excitar y enardecer más la curiosidad de don Juan; pero a la par que +esto hacía por reflexión, se apoderó de ella tal impaciencia que estuvo +a pique de escribirle diciéndole con terrible laconismo: «Ven.» Por +supuesto que si lo hace él se presenta de fijo en su casa o dondequiera +le citase, sin miedo a marido, aunque fuera más temible que el Gran +Turco. El pobre don Juan estaba rabioso por lo que le sucedía. Más de un +mes llevaba perdido en persecución de una mujer a quien dos años antes +había considerado peligrosa. «En realidad--pensaba, tratando de +explicarse su conducta--, esto es... una locura... un capricho. (Cuando +en materia de amor el hombre califica su gusto de capricho, es que está +ciego de amor propio.) Nada más que un capricho. ¿Se ha casado? Ha hecho +bien...; pero de mí no se burla una mujer a quien he tenido en los +brazos. Yo le enseñaré quién soy. Cuando se me antoja una la logro, y +cuando quiero la dejo, y luego, si me da la gana, vuelta a empezar. Una +noche... una tarde... una hora, y después vaya bendita de Dios. Aunque +esté casada con el mismísimo Padre Santo. ¡Se ha puesto tan guapa!» + +Hasta entonces nunca había entrado en sus teorías ni en sus prácticas +intentar la repetición de semejantes aventuras, porque +despreciativamente calificaba esto de reincidencia vergonzosa. Pero ¿era +sólo amor propio lo que ahora le impulsaba al quebrantamiento de tales +doctrinas? No; y la demostración, terrible por cierto, consistía en que, +desde la tarde del primer encuentro con Cristeta, no se le había +ocurrido acercarse ni conocer, en sentido bíblico, a ninguna mujer. Y +fue sin premeditarlo, como si por instinto ahorrara brío, esfuerzo y +terneza, ilusionado con la esperanza de que se presentase la ocasión de +reanudar la lectura del poema estúpidamente interrumpido en +Santurroriaga. + +Cuando, a fuerza de reflexionar sobre su situación, se dio cuenta de +aquella castidad, experimentó una sensación rarísima, mezcla de terror y +vergüenza: lo primero, porque le espeluznaba la perspectiva de que una +mujer le absorbiese y tiranizara el pensamiento; lo segundo, porque para +un hombre como él era ridícula semejante continencia. Quiso entonces +persuadirse de que no estaba cautivo de una idea fija, de que el +fantasma de Cristeta no le había sorbido la voluntad, y determinó +visitar a cualquiera de aquellas antiguas conocidas suyas, y de otros, +siempre dispuestas a representar papel de Danae no por una lluvia de +oro, sino por unos cuantos duros. + +A fuer de inteligente y delicado en cosas de amor, era don Juan, aunque +no invulnerable a la seducción poco sensible a los halagos de +_vengadoras_, _momentáneas_ y _horizontales_. No le importaba que le +costase caro el viaje a Citerea; pero sentía repugnancia invencible a +pagarlo al contado, como si besos y caricias fuesen guantes y corbatas: +gustábale, por el contrario, dejar espacio entre el placer y la +remuneración para poetizar y envolver en voluntarias ilusiones lo +prosaico de la realidad, prefiriendo gastarse muchos centenares en un +regalo a dejar unos pocos sobre una mesa de noche o dentro de un +sortijero. Y tenía razón: ¿dónde hay cosa que tanto descorazone y +repugne como besar a una mujer y cinco minutos después darle dinero? +¡Todo se puede perdonar al oro menos que sirva para comprar el amor! + +El resultado de esta quintaesencia de romanticismo bien entendido, era +que no conocía gran número de pecadoras. En cambio, aquellas a quienes +trataba constituían la flor y nata del gremio; el estado mayor de los +ejércitos del diablo. Unas, nacidas en baja condición, fueron +encumbradas en virtud de su belleza; otras habían trocado la miseria +vergonzante de la clase media por el esplendor lujoso de la corrupción. +A todas sirvió de escabel la imbecilidad de los hombres. + +¿Cuál sería la que él utilizase de _modus vivendi_ y como remedio +pasajero a la soledad que le atormentaba? ¿A cuál de ellas se dirigiría? + +¿A la encantadora Elvira? Cierto que tenía el cuerpo escultural, +vivificado por venas azuladas que parecían serpear entre tibia +carnosidad de rosas; mas su belleza estaba deslucida porque, teniendo el +pelo tan negro como las bayas de la yedra, había dado en la estúpida +manía de teñírselo de rubio lino. Además, era muy bestia, no podía +sostener una conversación, y con ella el dúo del amor casi se convertía +en triste soliloquio. + +¿Enriqueta? Lánguida, esbelta, pálida y ojerosa, parecía sentimental y +romántica; pero al comer devoraba, bebía como un tudesco y amaba con +estremecimientos de epilepsia: pecar con ella no era rendir grato +tributo a la Naturaleza, sino hacer un favor. + +¿Flora? La cara valía poco: chatilla y morenucha; lo demás, admirable, +el pecho como de Venus victoriosa, las caderas con curvas de ánfora, las +piernas como de Diana Cazadora; por mirarla desnudarse hubiera Orestes +prescindido de su venganza. Pero luego, no había que contar con ella: en +la situación culminante del coloquio amoroso se quedaba insensible, +entreteniéndose en seguir con la vista los dibujos del papel de la pared +o contando las estrías de las columnillas de la cama. Hacía concebir +grandes esperanzas y acababa prestándose al amor como a una servidumbre. +Durante el prólogo, sus sonrisas eran un estímulo; después, una mueca de +doloroso hastío. + +¿Araceli? ¡Pobre muchacha! Tez de rosa enfermiza, piel dorada con +reflejos de ámbar. Cuando se destrenzaba el pelo, dejándolo caer suelto +hebra a hebra en torno del cuerpo, envolviéndose en un manto de oro +luminoso, parecía la diosa del pudor. ¿Por qué estaría siempre triste? +Bajo los rasgos de lápiz azulado con que se agrandaba los ojos brillaba +perpetua humedad de lágrimas. ¿Qué habría en su alma? ¿Laxitud de +pecadora cansada o nostalgia de castidad atropellada? + +¿Marcela? Guapísima, juguetona, sensual, elegante, mimosa y zalamera +hasta el punto de aparentar que se entregaba ilusionada; pero... la +codicia en persona. No hablaba más que de previsión, ahorros y +peluconas. Oyéndola sin mirarla, podía uno imaginar que escuchaba +consejos de pariente tacaño. Un día, entre gatadas y bromas, le quitó a +un amante dos perlas de la pechera, y retorciendo una horquilla de las +llamadas invisibles, con su alambre finísimo improvisó un par de +pendientes, y se quedó con ellos. + +¿Mercedes? La mentira en todo su esplendor. Afectaba exceso de pasión; +una noche de caricias suyas rendía más que tres días de caza. + +¿Alberta? El tipo de la gran señora frustrada; no era cortesana por +miedo al trabajo, sino por ansia de brillar; hablaba inglés y francés; +leía a Byron y Musset en el original; el membrete de sus cartas +ostentaba este lema: _Una para todos y todos para una_. Sus manos eran +de reina, sus pies de niña, los ojos como violetas claras mojadas de +rocío..., pero tenía en su casa para abrir la puerta una hermana de +dieciocho años, tísica, que daba compasión. ¡La antesala del placer +parecía custodiada por el ángel de la muerte! + +¿Leonor?... No la recordaba bien... ¡Ah, sí! La insaciable; hembra +peligrosísima. A semejanza de Diógenes, siempre andaba buscando un +hombre. + +¿Blanca? La hermosura sin alma, la coquetería sin delicadeza. Poseía la +ciencia de vestirse e ignoraba el arte de desnudarse. + +Margarita..., Paz..., Asunción...; profesionales vulgares que no sabían +más que entregarse como insensible mercancía a tantos o cuantos duros +vista. ¡No! Ninguna le servía. Pobres imbéciles condenadas a vender lo +inapreciable. ¡Farsantas de la comedia del amor, incapaces de imitar la +poesía de la realidad! ¡Ah, Cristeta! Tú, amante toda verdad, sinceridad +y entusiasmo, ¿dónde estabas? ¡Tú, la única que en cada beso daba un +poco del alma! ¡Sólo poner tu nombre junto con los de aquellas +desgraciadas, era ofenderte! + +Don Juan no estableció comparación ni paralelo entre ella y las +sacerdotisas de Venus; pero instintivamente, sin quererlo, a cada +cuerpo, a cada rostro, a cada boca, a cada rasgo femenino que evocaba, +le parecían superiores el cuerpo, el rostro, la boca y el recuerdo todo +de Cristeta. ¿Por qué la dejaría? Y ella, ¿cómo se había entregado a +otro hombre? Lo primero fue insensatez; lo segundo pedía venganza. + +Don Juan iba excitándose por grados. ¿Qué sería aquello? ¿Vanidad +herida, amor propio humillado, capricho incompletamente satisfecho? +Cristeta le ocupaba el ánimo, le absorbía la voluntad y le llenaba el +pensamiento. En ninguna encontró aquella rara mezcla de amor ardiente y +de cariño impecable, aquella voluptuosidad empapada de ternura, ni aquel +sensualismo exento de vicio. ¡Los labios de fuego, las miradas castas! +¡Ah, necio y mentecato, que por propia culpa la perdió! + +«Ella..., ella ha hecho bien en casarse, o en regalarse a quien le haya +dado gana. La demostración de lo que vale--se decía él--está en la +conducta que observa. En el Retiro ni una sola mirada, y luego ha dejado +de ir. Indudablemente no va porque cuando me ve, sufre.» + +¡Qué mezcla de risa, gozo y orgullo hubiera experimentado Cristeta si +por arte de magia le fuese dado asistir a tales monólogos! Y +generalizando el caso, ¡cómo se reirían las mujeres de los hombres si +les vieran pensar! + +<tb> + +A todo esto sin llover; es decir, don Juan, imposibilitado de hablar con +Julia, la niñera, que ni se acordaría tal vez de la cita. + +En cambio, fue a todos los teatros de Madrid, visitando varios cada +noche; asistió a estrenos, funciones de beneficencia y turnos distintos; +todo en balde. «No la dejará su marido, o no querrá ella separarse del +niño. ¡Claro! Una mujer así tiene que ser buena madre. Además, le dará +pena ir al teatro... ¡sitio en que me conoció! La verdad es que me he +portado muy mal. ¿Cómo buscarla sin comprometerla?... ¿Cuándo lloverá? +¿Se acordará Julia?» Poco faltó para que mandase hacer rogativas. + +Por fin llovió, y con tal abundancia que acudir a la cita era ponerse +hecho una sopa. + +Se calzó fuerte, se puso el impermeable y bajó al Prado, yendo a +colocarse ante la fuente de Neptuno, con los pies en un lago, el diluvio +en torno y la imaginación barrenada por la impaciencia. Transcurrió +media hora: según el reloj treinta miserables minutos; para el +pensamiento, treinta siglos de malestar y desesperación. Repentinamente +su espíritu se inundó de luz. A distancia de cien metros apareció Julia, +paraguas en mano pisando adoquines, saltando charquitos, tan airosa como +indecorosamente arremangada. Al llegar a cuatro pasos de él, dijo +chulescamente: + +--Oiga usted, señorito, ¿me _tié_ usted que contar muchas cosas _ú_ es +que vamos a hacer de patos? + +--Nos meteremos en un portal. + +--¿Y si pasa alguno que me _conozga_ y lo cuenta? + +--Tienes razón; vámonos a un café, sígueme. + +Andando muy de prisa, llegaron a un cafetín cercano a la calle de +Atocha, sentáronse y acercóseles el mozo: + +--¿Qué va a ser? + +--¿Qué quieres tomar?--preguntó don Juan a la muchacha. + +--Café con media de abajo. + +--Pues yo... chica de cerveza. + +--Hasta en botella le gustan a usted. + +--Si son como tú, ya lo creo. + +--No me peino _pa_ señores. Conque hable usted claro, que estamos lejos y +cae agua. + +El lugar era ignominioso: un café con tabladillo para cantadores, +banquetas más destripadas que caballo de picador, el techo ennegrecido a +fuerza de humo, el ambiente apestando a tabaco de colillas, el piso +escurridizo y viscoso de saliva; al fondo, un mostrador lleno de vasijas +sucias y, en último término, una entre cocina y cueva, especie de +laboratorio infernal consagrado al dios Cólico. El local casi desierto. +Sólo en un rincón una pareja de chula y chulo, a quienes se oía decir: + +_Él_.--Tres pesetas...; anda rica, tres pelas. + +_Ella_.--Tres pares de cuernos..., so gandul. + +_Él_.--Te voy a cortar la cara. + +_Ella_.--¿La traes _afilá_? + +Luego él cuchicheaba requiebros; la mujer sonreía lascivamente y, +después, sobre el mármol del velador, sonaban cuartos. + +Sirvió el mozo lo que le habían pedido; comenzó don Juan haciendo muecas +al beber cerveza, quitó la chica un pelo que traía la tostada y, +guardándose las sobras del azúcar, habló de este modo: + +--Ya he dicho que vivo lejos. + +--¿Dónde? + +--Es que si _paece_ usted por allí y huele mi señorita que tengo yo la +culpa, me planta en la calle. + +--¿Tu señora se llama doña Cristeta Moreruela? + +--No señor, es decir, Cristeta sí que se llama, pero el apellido es +Martínez. + +--¡Imposible! + +--_Pos_ si lo sabe usted, ¿_pa_ qué he hecho yo esta caminata? El señor +se llama Martínez, conque _sacusté_ la consecuencia. + +--De modo que está casada, ¿desde cuándo? + +--_Ende_ que le dijeron los latines, si se los han dicho. + +--¿No estás segura? + +--Segura no, porque no me convidaron; lo que sé es que el señor está en +_Felipinas ú_ en la Habana, de cierto no sé... vamos, en América. +Escribe _toos_ los correos y manda el _conquibus_, y la señora no para +de hablar del amo, y es buena, aunque _tié_ el genio _mu soberbio_, y no +se visita con nadie. + +--¿Hacía cuándo crees tú que se casaron? + +--El niño _tié_ veintiséis meses, conque... + +--Y él en la Habana, ¿qué hace? + +--¿Qué ha de hacer? _Empleao_. En la primavera viene. + +Al decir _primavera_, Julia sonrió sin que don Juan lo notase, porque se +había quedado muy pensativo. De pronto, exclamó: + +--Bueno, mujer. Pues... yo te pagaré bien, ¿entiendes?; pero desde hoy a +quien sirves es a mí. + +--Eso no _pué_ ser. + +--¿Por qué? + +--Porque me va usted a pedir cosas que... me tendré que ir de la casa y +no me trae cuenta, porque el señor, cuando venga, va a emplear a mi papá +en consumos. + +--Yo emplearé a tu papá y a toda tu familia. + +--¡Qué fuerte se conoce que le ha _entrao_ a usted! Por supuesto que no +me extraña, porque a mi señorita _toos_ los hombres se la comen con los +ojos...; verdad que se quedan iguales, con las ganas. + +--Debe de ser muy buena. + +--Mal genio; pero tocante a... vamos, a eso que usted anda buscando, me +_paece_ a mí que es perder el tiempo. En fin, yo haré lo que usted me +mande, con una sola condición: que no _parezga_ usted por donde vivimos, +a lo menos hasta que... + +--¿Hasta que nos arreglemos? + +--Cabalito. + +--Te lo prometo; me ayudas, te pago bien, y por ahora no pongo los pies +en vuestro barrio. Otra cosa: ¿son ricos? ¿Cómo tienen puesta la casa? +Aunque yo no haya de ir... ¿dónde vive? + +--Vaya... pues... la calle no se la digo a usted, vamos, que tengo mucho +miedo a que me despidan. + +Don Juan fingió resignarse con la negativa, y formó propósito de irse +luego siguiendo de lejos a Julia. Ésta continuó: + +--El cuarto es _manífico_, de casa grande, muy hermoso, con vistas a un +jardín antiguo. Los muebles buenos; _pa_ la compra dan cuatro _ú_ cinco +duros diarios, y la señorita gasta unas ropas blancas muy ricas. + +Don Juan permaneció un instante silencioso y luego dijo: + +--Bueno, pues lo primero es que me averigües, con seguridad, si están +casados, y el punto, el pueblo donde está él, y qué empleo tiene. +Además, le entregarás esta carta a la señorita... y esto para ti. + +Dicho lo cual, alargando la mano por bajo de la mesa, colocó sobre la +falda de Julia cinco monedas de a duro. El mágico efecto que causaron se +reflejó en la respuesta: + +--¿Y cuándo nos _golvemos_ a ver?--dijo embolsando carta y dinero. + +--Si contestara... + +--¡Están verdes! + +--Pues cuando le des la carta o la hayas puesto donde la coja, al otro +día haces una escapada. + +--Muy tempranito ha de ser. + +La perspectiva de un madrugón disgustó a don Juan; pero repuso +bravamente: + +--¡No importa! + +--¿Sabe usted el jardinillo de la Plaza Mayor? Pues... pasado mañana a +las siete y media. + +--De siete y media a ocho. + +--Corriente. + +--Adiós. + +Julia salió del café arrebujándose en el mantón; don Juan pagó en un +abrir y cerrar de ojos, se echó a la calle, miró en todas direcciones +deseoso de ver a la muchacha para seguirla y... nada; como si se la +hubiese tragado la tierra. Se acercó a una esquina cercana, luego a otra +un poco más distante, se paró, tornó a mirar hacia los lados, de frente; +todo fue inútil. + +La grandísima pícara estaba escondida en una tienda de ultramarinos +inmediata al café: desde allí observó los movimientos de don Juan hasta +que le vio marcharse despacio, tan mohíno y preocupado, que, a pesar de +la lluvia, llevaba el impermeable sin abotonar, y la cabeza tan caída +sobre el pecho, que el agua le iba entrando por el cogote. + +Luego que le perdió de vista salió ella de su escondrijo. La risa le +retozaba en el cuerpo, con los dedos metidos en la faltriquera iba +palpando los duros, y de trecho en trecho, temerosa de ser seguida, +volvía la cara. Precaución inútil. Don Juan marchaba en dirección +contraria, y de tan mal humor, que ni siquiera dirigía una mirada a las +mujeres que, al cruzar las calles enlodadas, se recogían las faldas, +enseñando algo de lo que a él tanto le gustaba. + + + + +Capítulo XVI + +Donde se prosigue la demostración de que el amor puede hacer astuta a la +engañada y crédulo al engañador + + +La carta confiada por don Juan a Julia y leída con avidez por Cristeta, +decía lo siguiente: + + _«Sé que no tengo derecho a pedirte nada, ni lo merezco, pero es + necesario que hablemos una sola vez; cinco minutos, donde tú + quieras. Puedes escribirme a mi casa con entera confianza. Creo + inútil firmar.»_ + +Cristeta pensó: «¡Qué lacónico y qué escamado! Lo que él quiere es +visita, entrevista para empezar a mentir, ponerse cariñoso y volverme +loca. No, pues todavía no.» + +Llegado el día de la segunda cita entre Julia y don Juan, éste acudió +primero. A las siete y cinco estaba embozado en la capa y dando vueltas +por el jardinillo de la Plaza Mayor, que aparecía envuelta en la neblina +llorona y gris de la mañana. Paseo arriba, paseo abajo, empezó a +monologuear como todo el que espera: + +«Esto es levantarse con el sol; estoy convertido en pájaro; no me falta +más que trinar..., todo se andará. ¡Cuánto tiempo hacía que no +madrugaba!; desde que troné con la devota. ¡Buen catarro me hizo pescar +en las Jerónimas! ¡Y qué habilidad tenía para entrar y salir en una +iglesia sin que la conociesen! Cualquiera hubiese creído que eran dos +mujeres distintas; entraba muy de prisa, inclinada la cabeza sobre el +pecho, recogida la falda, tan caído el velo que no se le veía más que la +punta de la nariz; salía derecha, irguiéndose para parecer más alta, +suelta la falda, el velo echado hacia atrás y pisando fuerte; nada, dos +personas distintas. Recuerdo que usaba un escapulario tamaño casi como +un ladrillo, pero muy perfumado con heliotropo blanco, y dentro del cual +escondía el retrato de su primer amante. Yo creo que era sinceramente +religiosa. Una tarde, mientras se quitaba el corsé, me dijo: «Mira tú si +el Señor es bueno que, según la doctrina, lo primero es amar a Dios +sobre todas las cosas, y fíjate en que no dice sobre todos los hombres.» +Los días en que se confesaba me decía entre caricias y besos: «Chico, +esto es coser por la mañana y deshacer la labor por la noche.» ¡Pobre +muchacha! Luego quiso seducirla un cura, y se hizo escéptica. ¡Con qué +poco se pierde la fe! ¡Bah! Aquello pasó... Ya tenía yo olvidado el +Madrid de por la mañana. Lo mismo está hoy que cuando iba yo a la +Universidad. Puestos de buñoleras, burras de leche, traperos, cocineras, +albañiles con blusa y tartera, el carro de la basura con un barrendero +encima que parece un cónsul romano preparándose para entrar en triunfo, +alguna pareja de estudiante y modista... ¡quién fuera él!... y yo aquí +hecho un imbécil esperando a una niñera..., ni más ni menos que un +soldado... Esa es la estatua de Felipe III o Felipe IV, no estoy +seguro... igual da. ¡Aquella sí que era buena época! Capa, espada, +linterna, escala, un buen criado, en las comedias antiguas les llaman +lacayos, el bolsillo bien repleto de doblas... y a perseguir tapadas. +¡Famosa debía de estar la corte! Libertad no habría; pero en cuanto a +divertirse, cada oveja con su pareja..., mejor que ahora. Ellas siempre +encerradas como monjas; así que cuando podían salir o meterle a uno en +casa, se volvían locas. Y eso que había frailes. ¡Los frailes! Eran +sabios que en materia de agricultura recogían sin sembrar, y en amor +sembraban sin recoger. Yo tengo la preocupación de creer que no hay +español que no tenga en las venas sangre de fraile... Siempre que se me +ocurre una idea mala, digo: esto, esto es atavismo, reminiscencia del +padre Tal o Cual, que debió de tener algo con alguna de mis abuelas... +El Madrid de hoy es insoportable. Todos los pisos bajos son tiendas, +apenas hay rejas. ¿Cómo se las arreglarían ahora aquellos galanes? ¡Qué +cosas se les ocurrirían a Villamediana y a Quevedo, viendo este Madrid, +que tiene la Plaza de Oriente al Norte, la estatua de la Comedia delante +del teatro italiano, y aquí en la Plaza de la Constitución la estatua de +un rey absoluto! ¡Cuánto disparate!... Pero, ¿no vendrá esa chiquilla? +¿Se estarán burlando de mí? No: Cristeta no es capaz... ¿Estará +realmente casada?... Importarme, no me importa nada; pero me +mortificaría que conmigo presumiese de incorruptible...» + +A las ocho menos cuarto apareció Julia bajo el arco que da a la calle de +Toledo. Al verla, se dirigió hacia ella con mal disimulada impaciencia: + +--¿Qué hay, buena pieza? + +--_Pos_ verá usted. Lo primero que se me ocurrió fue decir a la señorita +que, estando yo en el portal, _yegó_ un _cabayero_ a dejar una carta, y +que como no estaba la portera, la tomé yo. Por lo pronto no se malició +nada; pero luego en cuantito que la leyó, se tragó la partida. + +--¿Y qué cara puso? + +--Sabe más que Lepe, Lepijo y toda su parentela. Me llamó, se encaró +conmigo, y me dijo que la carta me la habían _dao_ a mí _diretamente_, y +que si tomaba otra, me plantaba en la calle. + +--Bueno; pero ¿crees tú que fue pamema o que se incomodó de veras? + +--Le diré a usted; yo salí del gabinete haciendo como que me largaba a la +cocina, y me planté detrás de la puerta, y por una rendija miré... Se +quedó más blanca que el papel..., luego se sentó de espaldas; pero me +pareció que _yoraba_, _lo cual que_ no me lo explico. + +--Vamos por partes: ¿te preguntó las señas del caballero de quien tomaste +la carta? + +--Sí, y dije: buen mozo, con barba corta y bigote largo, bien _plantao, +mu fino_... en fin, usted. + +--Gracias, prenda. Pues mañana tienes que venir aquí para que te dé otra +carta. + +--Mire usted que me despiden. + +--Calla, y escucha. Te daré la carta y la dejas sobre un mueble donde +ella la vea, Si riñe, hemos concluido, y pensaremos otra cosa: si calla, +ya sabemos a qué atenernos. Tú sírveme bien, y no te importe lo demás. +Toma, para ti.--La propina fue respetable. + +--Me _paece_ a mí que me está usted metiendo en un berenjenal. A ver si +usted se come el queso y yo pierdo el pan. + +--Yo lo remediaría. Otra cosa. Por lo que pueda ocurrir, es indispensable +que me digas dónde vivís. + +--Bueno, pues mire usted, yo se lo diré a usted en cuanto huela que la +señorita _está por usté_; antes no porque me quedo en _mitá_ de la +calle: luego _ustés_ harán lo que quieran; pero le _azvierto_ a usted +una cosa, y es que..., la verdad, yo no sé si la señorita el día de +mañana le pondrá a usted buenos ojos, no la _conozgo_ bastante... y ya +sabe usted lo que son las señoras...; lo que sé, de seguro, es que tiene +mucho miedo a la _vecindaz_, que está llena de amigas y _conocías_ suyas +por _toos laos_; en casa no entra _dengún_ señor... y, en fin, que en +cuanto se asome usted por allí, ha _perdío_ usted el pleito. Como veo +que es usted una persona decente, no le quiero engañar. ¿Sabe usted lo +que le digo? Y mire usted, que aquí donde me ve usted tan joven, he +_servío_ en muchas casas. + +--Habla mujer. + +--Pues que de _yevar_ el gato al agua _tié_ que ser en otro barrio; pero +_mu_ lejos. Con el _caráter_ y las _cercunstancias_ de mi señorita, +_tié_ usted que ir a robar lejos, como los gitanos. + +--Puede que tengas razón. En fin, por ahora seguiré tu consejo. Sin +embargo, a pesar de esto, quiero resueltamente que me digas dónde vivís; +yo no pareceré por allí, pero necesito saberlo. Y vive tranquila; lo que +a ti te trae cuenta es estar a bien conmigo. Conque habla, pimpollo. + +Julia fingió vacilar, y por fin repuso: + +--Bueno, pues vivimos en la calle de Don Pedro, número 20, la única casa +que _tié_ jardín con tapias _mu_ altas que dan a otra calleja +_estrechisma_. Pero ya le diré yo a usted cuándo _tié_ que _dir_ por +allí, no vaya usted a ensuciarlo _too_ por _pricipitación_. + +--Corriente. ¿Vendrás mañana por la carta? + +--Sí: agur, que se va a levantar el ama. + +--Adiós, salerosa. ¿Sabes que me gustas? + +--¿También le gustan a usted las sirvientas? _Pa_ mucha gente quiere +usted servir a la vez. + +La segunda carta fue redactada en estos términos: + + _«Cristeta: No quiero resignarme a que conserves mal recuerdo de + mí. Es necesario que te explique muchas cosas. Concédeme unos + cuantos minutos, y no volveré a molestarte nunca. Sé que la única + persona a quien puedes temer no está en Madrid. Espero con + impaciencia un recado o dos líneas tuyas. Recibe un respetuoso + saludo de_ + + J.» + +Nuevo intervalo de veinticuatro horas, y nueva entrevista de la niñera +con don Juan al pie de la estatua de Felipe III. ¡Triste cosa, ser rey y +presenciar alcahueterías! + +La mañana, extremadamente fría; lluvia mentidita de calabobos; don Juan +ojeroso y falto de sueño; la chica burlona, desenfadada y alegre. + +--¿Qué hay? + +--_Rigular._ + +--Explícate. + +--Dejé la carta encima del tocador, entré poco después y la estaba +leyendo _mu_ seria. En seguida la rompió en pedacitos y la tiró a la +chimenea, diciendo, como para que yo me hiciese cargo: «Ya se cansará.» +Después _me se_ quedó mirando _clavá_, y dijo: «Muchacha, ¿tú te has +_empeñao_ en irte a servir a otro _lao_?» + +Don Juan hizo un gesto de disgusto: Julia prosiguió. + +--Pero lo que yo me digo: cuando no me ha _despedío_ ya..., es _güena_ +señal. Y ha de saber usted que no me lo esperaba yo; creí que la +señorita sería más dura de pelar; pero desengáñese usted..., _pa_ ver +picardías no hay más que servir a las amas. Crea usted que nosotras nos +vamos con un hortera o un _soldao_; pero lo que es las señoras, en +viendo _cabayeros_... como si no fueran tales señoras. + +--Tienes razón. + +--Por supuesto que también los hombres son _negaos_: no lo tome usted a +mala parte; pero ¿se le figura a usted que el _marío_ de mi ama no está +_dejao_ de la mano de Dios _pa dirse_ a la Habana _ú_ donde sea, +mientras ella está tan reguapa que da gloria, y más fresca que una rosa? +Lo que yo digo: si él está en el _otro mundo_, ella como si estuviera +viuda, y las viudas son del diablo. + +--¡Ah! Bueno, y ¿qué hay de eso? ¿Cuándo se casaron? + +--Verá usted: me ha dicho la cocinera, que es la más antigua, que el +señor es bastante mayor, no viejo, ¿eh?; pero la _yeva_ veinte años, lo +menos. Se conocieron fuera de Madrid, en un pueblo donde hay mar, ya va +_pa_ tres años, y el casarse fue por la posta. Vamos, que les entró muy +fuerte... como a usted ahora. + +--Sigue. + +--Luego, hace tres meses, el señor, que estaba _empleao_ aquí, se ha ido +a la Habana; dicen que es _pa_ tener no sé qué categoría o señorío, y +_golverse_ y _cobrar_ más; después, si se muere habiendo _estao_ allí, +porque él ha _estao_ antes también, pues, si se lo lleva Pateta, le deja +_mu_ buena orfandad a la señora. + +--Viudedad, mujer, viudedad. + +--¡Ah! _me se_ olvidaba lo mejor. A la cocinera le han dicho que la +señorita había sido de las que trabajan en el _treato_. + +--Eso debe de ser una paparrucha. No tiene trazas de cómica. Lo que has +de averiguar es si tiene unos parientes estanqueros, y si habla de que +vuelva pronto tu señor. + +--De parientes nunca habla, como si fuera inclusera. El señor _tié_ que +estar allá un año... le faltan nueve meses. Ingénieselas usted ahora +mientras él está allá..., en _golviendo_..., pues, entonces... ya +¡maldita la falta que le hace usted a ella! + +--Bien, hija, bien. Eres jovencita; pero piensas claro. + +--Lo que la enseñan a una. En fin, yo me tengo que largar. ¿Manda usted +algo? ¡Ah, _me se_ olvidaba una cosa que _l'importa_ a usted mucho! +Según la cocinera, el amo es muy bruto... ¡conque, ojo al Cristo! + +--¿Cómo? + +--Que es hombre que gasta malas pulgas, y si se entera de que usted u +otro _cualisisquiera_ anda buscándole las vueltas _pa_ torearle, pues, a +la señorita y a usted, _ú_ al que sea, lo hace polvo. El tal señor de +Martínez es atroz de grosero y de mal _hablao_. + +--Me tiene sin cuidado. Lo principal es que yo me haga simpático a la +señorita..., luego..., si viene ya nos las compondremos como podamos. +Vamos a lo que importa. Mira..., mañana..., no, mejor ahora mismo, +espera. Vengo prevenido para ver si me ahorro otro madrugón. + +Sacó de la petaca una tarjeta, un sobre pequeño y un lápiz; miró en +torno, y convencido de que la gente que pasaba no era tal que pudiese +conocerle, hizo ademán de escribir sosteniendo la tarjeta en la mano +izquierda. + +--Poco cabe ahí--dijo Julia mirando el pedazo de cartulina--. ¿_Sabusté_ lo +que le digo? _Póngala_ usted a la señorita que si no contesta se +plantifica usted en su casa _pa_ hablar con ella, y apuesto las orejas a +que, por miedo, contesta. En fin, así sabrá usted si da lumbre, porque +hasta hoy está usted como alma en pena. + +«¡Oh malicia, oh ingenio, hasta en los más humildes resplandeces!»--pensó +don Juan y añadió en voz alta: + +--Hablas como un libro. + +En seguida escribió estas líneas: + + _«Cristeta: Esto y resuelto a que nos veamos. Si no me contestas, + si no accedes a ello, pasado mañana, sin falta, me presentaré en tu + casa. Date por avisada. Perdóname; pero ni puedo ni quiero estar + más tiempo sin hablarte._ + + _Tuyo, Juan.»_ + +Metió en el sobre la tarjeta, se la dio a Julia, despidiéronse, y ya +estaban a punto de separarse, cuando él, por precaución para lo +sucesivo, dijo: + +--Oye, por si yo te necesito o tú tienes algo nuevo que decirme, cada dos +días por la mañana, a la misma hora de hoy, aquí nos veremos. ¿Vendrás? + +--Bueno, vendré; pero usted las lía de tanto madrugar. + +Y cada uno se fue por su camino. + +Poco después, don Juan, resuelto a seguir el consejo de Julia, quiso, +para orientarse, conocer el terreno que acaso habría de pisar, y tomando +un coche de punto, encargó al simón que pasase despacito por la calle de +Don Pedro. + +Se quedó asombrado. La casa de que Julia le hablara era la de los duques +de Barbacana, una de las más antiguas y señoriales de Madrid, un +edificio de mediados del siglo XVIII, caserón destartalado, con honores +de palacio, formando esquina con una calleja inmediata y rodeado de +altas tapias, tras las cuales se alzaban unas cuantas acacias. «No cabe +duda--se dijo--, la casa de los de Barbacana. Pues les costará carísimo. +¿Con quién se habrá casado esa mujer? ¿Qué señor Martínez será ese? ¿A +que está nadando en la opulencia y resulta inútil cuanto yo intente?» + +Al tornar hacia el centro de Madrid, llevaba la cabeza llena de dudas, +conjeturas y suposiciones. La vista de aquella fachada con grandes +huecos, el portal enarenado y lleno de tiestos, el arranque de la +escalera alfombrada, el farolón monumental y, sobre todo, la grave +figura del portero augustamente envuelto en un levitón con cada botón +como un platillo, y con gorra de cinta blasonada, aquel conjunto de +señorío rancio y fortuna segura, le dejó estupefacto. «¡Qué barbaridad! +Pues aunque los duques vivan en el principal y alquilen el segundo y sea +interior, lo menos... ¡qué sé yo cuánto! ¿Se habrá casado con el +administrador y les darán casa? No, porque no estaría él en América.» + +Don Juan empezó a creer que la situación se complicaba. Cristeta debía +de estar rica, y no necesitaría para nada de su antiguo amante; además, +era mujer capaz de entregarse, pero incapaz de venderse; por último, +también pudiera suceder que estuviese enamorada de su marido. Al +ocurrírsele esta idea frunció el entrecejo, y pasándose la mano por la +frente, pensó: «¿Enamorada del otro? ¡Imposible! Pero... ¿y a mí qué? +Mejor. Lo esencial es que se ha puesto hermosísima, mucho más guapa que +antes. En fin, tengo ese capricho y me da la gana. Ha engordado..., +antes tenía el pecho como de ninfa jovencilla, hoy debe de tenerlo como +la diosa de la abundancia. ¡Me da una ira pensar que el burro de +Martínez!... No es que yo me arrepienta; pero la verdad es que anduve +algo precipitado en dejarla.» + +Evocando recuerdos se le vinieron a la imaginación muchas cosas. Ninguna +mujer poseyó que fuese tan cariñosa. ¡Qué modo de echarle al cuello los +brazos! ¡Pues y aquella lánguida monería con que se le ceñía al cuerpo, +posando la gentil cabeza sobre su hombro! Sin saber cómo, se le caían +las horquillas, y el pelo suelto, rizoso y perfumado le rozaba la +frente. Lo particular era que la sensualidad, la parte grosera del amor, +permanecía en ella velada por un pudor admirable. Jamás habló de +resistencia, ni de perdición, ni echó en cara lo que daba, ni tuvo +miedo, ni alardeó de doncellez. Se dejó poseer con prodigiosa +naturalidad, como quien tiene sed y bebe agua, pareciéndole que la +entrega de su cuerpo era lógica, fatal e ineludible consecuencia de +haber sometido el alma. ¡Qué momentos tan dulces! La verdad es que todo +el mundo se ríe de estas cosas cuando las ve escritas; pero cuando las +trae uno mismo a la propia memoria, parece que saltan chispas de los +nervios y que ruedan lagrimones por las mejillas. Lo inolvidable para +don Juan era el modo que Cristeta tenía de besarle. A la llegada, un +beso repentino, brusco y rápido; el desahogo de la impaciencia. Luego, +según el momento y la situación de ánimo, variedad infinita; todo un +curso espontáneo de filosofía sentimental. Si le veía triste, besos de +cariño dulces y desinteresados, como caricias aniñadas. Si estaba +contento, besos juguetones y mimosos, algo lentos. Cuando quería +marcharse, besos prietos y tercos, en que la húmeda tersura de los +labios palpitaba con deliciosa laxitud, queriendo sorberle el alma. Nada +de grosería ni lujuria. Estos besos eran el maravilloso límite que +separa lo físico de lo inmaterial. Las bocas se unían como si tuvieran +vida propia, e independiente del resto del cuerpo. La confusión de los +alientos era símbolo del maridaje de las almas. ¿Quién ha dicho que esto +es pecaminoso? Si Dios ha desparramado en los labios, con infinito arte, +las papilas nerviosas que perciben y sutilizan la sensibilidad, y no +sirven para besar, entonces, ¿para qué sirven? El principal encanto de +las caricias de Cristeta consistía en que no permitían precisar dónde +acababa el amor puro y dónde empezaba la sensualidad. Tenía los enlaces +perezosos y movimientos lánguidos con que ciertos animales mitológicos, +mitad mujeres, mitad serpientes, se ciñen a los troncos de árbol; pero +al mismo tiempo sus miradas permanecían limpias y exentas de lascivia. +El cuerpo era blanco, no con la blancura mate, yesosa y seca de la +gardenia, ni con el tono marfilesco sucio de la magnolia, sino +ligeramente carminoso como el de una rosa blanca que tuviera pudor y se +ruborizase. En punto a modales no era una duquesa de tiempo de Luis XV, +mas poseía en grado superlativo esa aptitud femenina, merced a la cual +la muchacha que por primera vez se enrosca al cuello un collar de +perlas, parece que las ha llevado toda la vida. «Bueno--todo esto lo +pensaba don Juan--; pues dé usted a una mujer así trapos, galas, joyas, +ropas interiores finísimas, casa lujosa, criados, perfumes, blondas, +muebles cómodos, lámparas que adormezcan la luz... y ¡a morir los +caballeros! A pesar de todo lo cual, Cristeta ha venido a parar en +esposa de un señor Martínez. ¿Quién será él...? empleado en Cuba..., no +quisiera pensar mal; pero probablemente un ladrón..., es decir, un +hombre sin delicadeza. Ella, juzgándose perdida ¡por culpa mía!, habrá +transigido; no puede ser feliz. Un hombre que la deja sola por sumar +años de servicios y adquirir categoría, es un bestia.» Había momentos en +que don Juan se ponía malo a fuerza de recordar, discurrir, esperanzarse +y darse a los diablos. + +Al día siguiente de haber confiado a Julia la tarjeta escrita con lápiz, +recibió una carta. El papel, finísimo, pliego pequeño, algo perfumado, +sin cifra ni sello: la letra desfigurada y temblorosa, no decía más que +esto: + + _«Tú lo as querido. No tienes derecho de comprometer con tantas + imprudencias a una pobre mujer que ningún daño te a causado. + Mañana, por única vez, para despedirnos, a las ocho de la mañana en + la Moncloa, entrando por la parte de la Bombilla iré en coche y por + la Birgen rompe este papel._ + + C.» + +<tb> + +¡Dios santo, qué noche! Averiguó, porque no lo sabía, hacia dónde estaba +la Bombilla, ajustó y citó un carruaje para las seis y media de la +mañana, pensando en tener, si éste faltaba, tiempo de buscar otro; +estuvo leyendo, sin enterarse, hasta las dos; intentó dormir, no pudo, y +desconfiando de que le despertasen oportunamente, se levantó antes de +que amaneciese. A las siete en punto tenía la capa puesta. + +Poco después se apeaba ante la ermita de San Antonio de la Florida, y +deseoso de que nadie fuese testigo de lo que ocurriera, dijo al cochero +que le aguardase, y se internó andando por las alamedas de la Moncloa. + +La mañana estaba fría, el paseo triste y solitario. Hacia el fondo, en +la lejanía del paisaje, visto a trozos entre grupos de troncos, la +niebla, aún no disipada por el sol pálido y débil, formaba un tenue velo +gris, sobre el cual destacaban los intrincados arabescos del ramaje +seco, los cipreses, cuyo vértice mecía el aire, y las apretadas copas de +los pinos. Una nubecilla brumosa pegada al suelo marcaba el sitio de un +estanque terso como un espejo negro. En los sitios sombríos la escarcha, +no derretida todavía, brillaba como polvo diamantino sobre el musgo +aterciopelado. Las hojas caídas, secas y abarquilladas, se arremolinaban +al menor soplo del viento en torno de los hoyos y socavas. A los lados +de las alamedas, en las cunetas del riego, había charquitos de agua +helada. De largo en largo se retorcían en la atmósfera las espirales +azuladas que formaba el humo de las hoguerillas encendidas por los +guardas. El silencio era tan completo que hasta se percibía el aleteo de +los pájaros al desprenderse de las temblorosas ramas, y de cuando en +cuando, a gran distancia, sonaba el silbato de una locomotora, o el +rechinar de las ruedas de algún carro que pasaba por el camino del +Pardo. + +Don Juan andaba despacio, pisando hojarasca, que crujía bajo sus pies +como quejándose. Aguijoneado por la impaciencia se desembozaba +frecuentemente para mirar el reloj; y pareciéndole que las manecillas +estaban inmóviles, se lo aplicaba al oído. De pronto se detenía, y +volviendo pies atrás, desandaba parte de lo andado; parábase de nuevo, +ávido de oír el acercarse de algún coche..., y nada. + +¿Sería posible que no viniese? ¿Habría sido capaz de citarle sólo por +dar largas al asunto? ¿Acaso para exasperarle? Si tal sucediera, él se +tendría la culpa por la amenaza de plantarse en su casa. Para una mujer +casada el lance podía resultar comprometido. Sin embargo, como su marido +estaba tan lejos... También para él era..., no enojosa, sino delicada la +entrevista. ¿Cómo no pensó antes en esto? ¿Qué iba a decir para +disculparse de la infamia pasada? ¿Por dónde iba a comenzar? ¿Qué +táctica seguiría? Si aquella mujer por él inicuamente...--no cabía +negarlo, inicuamente seducida y abandonada--, encontró después un hombre, +un filósofo que, mediante matrimonio, o fuese como fuese, aseguró su +porvenir, ¿con qué derecho iba él a turbar su reposo? Si le dijese, que +ciertamente se lo diría: «yo no tengo la culpa», ¿qué contestaría? +Además, ¿qué iba a solicitar? ¿Amor platónico? ¡Absurdo! El amor +platónico es la falsa resignación de los que no pueden besarse. Cuando +una mujer y un hombre se han devorado a caricias, ya no hay platonismo +posible. ¿Volver a las andadas? ¿Para qué? ¿Para cansarse al cabo de un +par de meses, sentir el mismo hastío de la vez primera, y portarse de +nuevo como un charrán? + +No estaba seguro de poder reanudar el idilio, y ya entreveía la +contingencia de tener que romperlo. Sin embargo, ni por un momento se le +ocurrió la idea de salirse fuera del paseo y volverse a casa, +renunciando a la cita. Sólo la idea de mirar a Cristeta cerca de sí, de +contemplar su hermosura y oír el timbre de su voz, bastaba para que +olvidase todo lo demás. Lo peor que le podía ocurrir era quedar en +ridículo. ¿En ridículo él? ¡Imposible! La escena tomaría sin duda tono +romántico, al menos al principio. Después... según. Su papel era rogar +mucho, mostrándose arrepentido, en pocas y bien sentidas palabras. Ella +se negaría rotundamente.... ¡pero le oiría! Tal vez trajese el ánimo +dispuesto a concesiones. ¿Cuáles? ¿Citarle nuevamente? ¿Dónde ni con qué +objeto? ¿Para entregársele renovando en perjuicio de otro las venturas +pasadas? Don Juan lo deseaba... y lo temía. Reconquistarla, estrecharla +contra su pecho, volverla loca..., bueno; pero arriesgarse a tener algún +día que esconderse cobardemente, ¡eso no! por muy bravo que fuese el +señor Martínez. En el momento en que ella, casada o libre, accediese a +la consumación del engaño, ya fuese real y positivamente adúltera, ya +tan sólo traidora, dejaría de ser la mujer que le agradaba; seguiría +siendo hermosa...; pero le parecería falsa, viciosa, vulgar. Suponiendo +que se _arreglaran_, palabra vil en este sentido, ¿cómo ponerse de +acuerdo? ¿Pertenecía legítimamente a otro? Pues habría que andar a salto +de mata, recatándose, escondiéndose. Cuando el marido volviese, la +humillación sería completa. Lo raro, el síntoma grave, consistía en que +otras veces no paró mientes ante la perspectiva del placer robado, y +ahora sí. ¡Ruin cosa sería verse obligado a guardar respetos a un +marido! Por supuesto que si no estuviera realmente casada ¡ah!, +entonces, aun transigiría menos. Ocultarse de un legítimo esposo..., tal +vez; pero de un simple poseedor, ¡jamás! No había que perder la +esperanza. En el mero hecho de citarle... ¡Tendría chiste que no +viniese! Pero sí; un coche se acerca; su berlina. + +Efectivamente; el carruaje avanzaba de prisa por el centro del paseo. +Don Juan se hizo a un lado, ocultándose tras el grueso tronco de un +álamo. Cristeta, que le había visto desde lejos, mandó parar, y se apeó. + +Por su figura y traje venía primorosa. Llevaba falda lisa de paño gris, +formando grandes pliegues, corta para lucir los pies, calzados con +medias negras y zapatitos a la francesa, abrigo muy oscuro, ceñido al +talle con cordones de seda que pendían hasta el suelo, y forro de felpa +roja que se descubría a cada paso; sombrerillo de terciopelo ceniciento +con velito y lazos encarnados; cuello largo de piel que culebreaba sobre +el pecho, y manguito. Tenía la tez algo carminosa, como excitada por el +aire fresco de la mañana; los ojos acusando insomnio y llanto, +contorneados de un livor apenas perceptible; el garbo, la esbeltez, la +manera de andar, eran una delicia. + +No estaba todavía lo bastante cerca de don Juan para que pudiera +desmenuzarla con los ojos, pero la presintió; el corazón le brincaba +dentro del pecho como pájaro inquieto en jaula estrecha. Un hombre +ducho, corrido y experimentado en tales lances, ¡temblar de aquel modo, +ni más ni menos que un estudiantillo! ¡Qué vergüenza! + +El coche dio la vuelta y quedó parado. Ella cruzó ante el árbol tras el +que don Juan estaba escondido y pasó de largo; él, entonces, salió, +llamándola en voz baja: + +--¡Cristeta, Cristeta mía! + +Sin detenerse, repuso: + +--Anda... anda hasta que perdamos de vista el coche. + +Uno tras otro, a veinte pasos de distancia, siguieron cosa de cien +metros, internándose luego hacia la derecha en los jardinillos donde hay +una plazoleta con macizos de boj y bancos de piedra en torno de una +fuente. Allí se detuvo Cristeta, y volviéndose, aguardó al galán; éste +avanzó rápidamente, al llegar junto a ella se desembozó, y mirándola con +ternura, sin desplegar los labios, le tendió las manos. Ella no sacó las +suyas del manguito, y bajando los párpados quedó silenciosa, impasible e +inmóvil, como deidad que se dignase escuchar a un mortal. Viéndola don +Juan en actitud tan indiferente y desdeñosa se amilanó por completo. +Cristeta, después de complacerse unos segundos en saborear aquella +turbación, dijo fríamente: + +--Aquí me tienes. + +--¡Cuánto te agradezco... vida mía! + +--No, Juan, tuya no. He venido y he hecho mal, lo sé; ahora lo siento. +Pero quería suplicarte de rodillas, exigirte, si es necesario, que no +vuelvas a pensar en mí. + +--¡Imposible! + +--¡Calla! No sabes lo que te dices. En ti sería una locura, en mí una +infamia. + +Don Juan, sin dejarla seguir, preguntó dolorosamente: + +--¿Luego estás casada? + +Cristeta, en vez de contestar categóricamente, dejó caer los brazos +rectos a lo largo del cuerpo, con ademán de profunda resignación, y sin +desplegar los labios inclinó la cabeza sobre el pecho. + +Entonces él exclamó: + +--¡Mentira parece que hayas tenido valor! + +--No tienes derecho a reconvenirme. Te gusté, era libre, y además tonta: +te creí... ¿qué había de suceder? Después me abandonaste sin el más leve +motivo de queja. + +Al llegar aquí, don Juan creyó notar que los ojos de Cristeta brillaban +humedecidos en llanto, y que su voz acusaba profunda turbación de +espíritu. + +En cuanto a él, no sabía cómo disculparse para salir del paso. + +--Mi situación... aquel maldito negocio...--dijo apartando la mirada. + +--Todo mentira; ya lo sé. Me dejaste a sangre fría, con una perfidia +inconcebible... Ahora... ¡tú lo has querido! Nada puede haber entre +nosotros. + +Estaban solos; no había en torno paseantes, jardineros ni guardas; +nadie. Don Juan hizo ademán de querer sentarse en un banco, y miró a +Cristeta para que también lo hiciese; mas ella movió la cabeza negando, +y aproximándose a la fuente, se apoyó de espalda en los sillares del +pilón. + +Los tibios rayos del sol, que ya iban haciendo jirones en la niebla, +comenzaron a reverberar en la limpia superficie del agua, sobre la cual +caía con rumor unísono y constante el chorrito del surtidor. De cuando +en cuando venía una hoja seca revoloteando por el aire, como mariposa de +oro, hasta quedar presa entre los pliegues de la falda de Cristeta, +quien distraída, casi maquinalmente, la tomaba con las puntas de los +dedos, dejándola sobre el haz del agua. + +Viendo don Juan que no quería sentarse, permaneció en pie frente a ella +sin atreverse a proferir palabra. Cristeta tornó al pasado juego de +bajar la cabeza para evitar encuentro de miradas, hasta que pasados unos +cuantos segundos, tendió con desconfianza la vista en torno, y dijo: + +--Déjame, ingrato, déjame que me vaya... esto es una locura.--Y +apartándose de la fuente, anduvo algunos pasos. + +--¡No, por Dios!--exclamó él suplicante--. Tenemos mucho que hablar. No +puedo seguir así; ¿cómo quieres que me resigne a perderte? + +--¡Qué remedio! Juan, piénsalo; ni yo soy mujer capaz de cometer una +infamia, ni tú transigirías con ciertas cosas... + +--¡Eso jamás! + +--Entonces... ¡ya lo ves! Adiós, Juan. ¡Bien sabe Dios que la culpa no es +mía! + +--No me has querido nunca. + +--¡Qué sabes tú lo que es querer! Sí, con toda mi alma... es decir, te +quise cuando podía quererte. + +--No me hubieras olvidado tan pronto. + +--¿Merecías otra cosa? En fin, ni tú debes hablar más, ni yo escucharte. +He venido, ¿qué se yo?, por debilidad, por miedo a que tuvieras el +atrevimiento de plantarte en mi casa. + +--Estaba resuelto. + +--Pues si es verdad que me has querido, que aún me quieres, +demuéstramelo... dejándome vivir tranquila y no te guardaré rencor, es +más, te lo agradeceré con toda mi alma. + +--Calla, eso no se le dice a un hombre como yo. ¿Crees que pueden quedar +así las cosas? + +--No te forjes ilusiones: aquello acabó para siempre. Ya que no supiste +quererme, veremos si sabes respetarme. Adiós, adiós, Juan, que se hace +tarde y puede venir gente. + +Esto dijo con la voz penosamente entrecortada y los ojos nublados de las +mal contenidas lágrimas. + +Don Juan concibió, sin embargo, alguna esperanza. Indudablemente, +aquella mujer había ido decidida a darlo todo por concluido; pero sus +miradas, su turbación, el constante aludir a lo pasado, como echándolo +de menos, indicaban que le costaba gran pena resignarse. + +--Mira, Cristeta--dijo bajando los ojos, al modo de quien hace una +confesión vergonzosa--, tienes razón. Mi conducta... tú no sabes lo que +es la vida de un hombre... estaba en circunstancias excepcionales... +podré haberme portado mal... pero caro lo estoy pagando. + +--Y ahora que no tiene remedio--le interrumpió ella con un mohín +delicioso--es cuando caes en la cuenta. + +--¡Si me quisieses de veras! + +--¡No sueñes! Nuestras relaciones fueron antes un juego peligroso en que +yo salí perdiendo. Hoy, en cuanto a mí, serían un crimen, y por parte +tuya una vileza. Concluiríamos aborreciéndonos. + +--Bueno, como quieras, puede que tengas razón; pero yo no me conformo. +¡Qué impresión me causó encontrarte! ¡Cuánto me has hecho soñar! Ahora, +ahora es cuando te adoro. ¡Idea, imagina, propón un medio, un recurso! +Soy capaz... + +--¿De qué? No hables más, que me ofendes. + +Don Juan miró rápidamente a todos lados, vio que nadie podía +sorprenderles, y alargando los brazos, intentó coger las manos a +Cristeta; mas ella, echándose hacia atrás, las esquivó temblorosa, +exclamando: + +--¡No! ¡No me toques!... Adiós, adiós. + +Y al decir esto, se apartó muy despacio. + +Entonces, envalentonado él por la soledad y aún mas por la emoción que +el semblante de Cristeta revelaba, la alcanzó, cogiéndola por una manga +del abrigo, al mismo tiempo que con voz trémula e intención resuelta, +decía: + +--¡No te irás! Tú no puedes ser de nadie más que mía. ¿Entiendes? ¡Mía o +de nadie! + +--Te digo que me dejes. ¡No eres caballero! + +--Aquí no hay caballero que valga; no hay más que un hombre que te +quiere, que tiene derecho... + +--¡Calla, o me marcho! + +--¡Me oirás! ¿Conque has tenido valor de engañar a un pobre hombre y +ahora quieres sentar plaza de virtud arisca? ¡Es tarde! + +Aun pareciéndole a Cristeta dura y grosera la frase, se alegró de oírla, +porque la energía con que don Juan la dijo denotaba sinceridad. Ningún +halago de los que recibiera en otro tiempo fue tan de su gusto como +aquel espontáneo arranque de despecho. + +--Me abandonaste--replicó--, y lo que se tira por la ventana es de quien +primero lo recoge. + +--Eso será si yo lo consiento. ¡Buscaré a ese hombre...! + +--¡No, por Dios! + +--Pues prométeme que...--y no siguió. + +--¿Ves? No puedes decirlo. ¿Qué he de prometer? + +--Quiero verte..., nada más que verte alguna vez. ¡Mira que estoy +dispuesto a todo! + +Deseando ella cortar la entrevista, fingió ceder, y dirigiéndose hacia +el sitio donde el coche la esperaba, echó a andar diciendo: + +--Bueno..., ahora déjame..., procuraré que nos veamos, cuando pueda +ser..., pero tú mismo te persuadirás de que no debemos..., sería indigno +de nosotros...; por piedad, déjame marchar, que es tarde. + +Don Juan insistió: + +--Pues dime que nos veremos. ¿Dónde? ¿Cuándo? ¡Cristeta, tú no sabes cómo +estoy! + +--Una vez..., te lo prometo...; quédate aquí, no me acompañes más..., y +luego ten prudencia y no me sigas. + +--Te obedeceré..., lo que tú quieras...; pero júrame que nos veremos +pronto, que no me has olvidado por completo.--Y con mezcla de solemnidad +y enternecimiento, añadió, clavando en ella sus expresivos ojos--: +¡Cristeta..., júramelo..., por tu hijo! + +--Bien; te lo juro por el niño, y ten prudencia, por la Virgen del +Carmen. + +Corrió hacia el coche, y don Juan se quedó mirándola embelesado. + +Al arrancar la berlina se asomó a la ventanilla fingiendo que se +incorporaba para acomodarse en el asiento. Un instante después, mientras +el carruaje corría camino de Madrid, no pudo contener la risa pensando: +«Pobrecito niño... ¡jurar en falso! ¡Válgame María Santísima!... aunque +no es mío, no quisiera que le sucediese cosa mala. ¡Angelito de su +madre!» + +Don Juan, loco de contento, dio la vuelta hacia San Antonio, diciéndose +mentalmente: «Es indudable que se ha casado por despecho; todavía me +quiere..., ha consentido en que nos veamos, lo ha jurado por su hijo, +¡pobrecilla!, y después ha dicho 'prudencia', es decir, todo se +arreglará. El arreglo corre de mi cuenta. La cosa no es tan fácil como +parece. Vamos a cuentas. Aunque no se parece a ninguna otra, al fin es +mujer. Está casada, y, sin embargo, ha consentido en que nos viéramos... +luego es mía... en espíritu. El tiempo hará lo demás. Lo imposible, +inútil y absurdo, dadas las circunstancias, sería repetir las citas al +aire libre. Una vez, pase, por lo que tiene de poético. ¡Ya lo creo que +tiene poesía! La mañana, la niebla, el miedo, el misterio, ¡hasta el +sitio...! Aquí venían con sus amantes las damas de tiempo de Carlos IV; +en este palacio de la Moncloa debían de tener sus citas Godoy y María +Luisa. ¡Cuántas picardías habrán visto esos merenderos! ¡Si pudiese +hablar esa ropa que hay tendida! ¡Pobre Manzanares, cuánta burla le han +hecho!; _arroyo aprendiz de río_, dijo Quevedo; _río con mal de piedra_, +le llamó Lope... ¡Si hubiese por aquí una casita decente! Pero ¡quiá!, +no es mujer que se deje llevar a cualquier parte. De amigas no querrá +fiarse, y hará bien. Tengo observado que cuando una mujer le presta a +otra su casa, concluye por robarle el amante. Si consintiera en venir a +mi casa, sería lo mejor. ¿Qué tiene de particular que una señora entre a +cualquier hora del día en un portal de la calle de las Infantas? Nada. +¡Si fuese en sitio apartado, en barrio sospechoso! Cuanto más céntrica y +frecuentada es una calle menos se escama la gente de ver a un hombre +parado con una señora o acompañándola; lo que huele a pecado es +encontrarse una pareja fuera de puertas o por calles extraviadas. Sólo +el hecho de haberme citado en la Moncloa demuestra que esta pobre chica +no tiene experiencia ni pizca de malicia. ¡Está monísima! Ahora, ahora +que no está en Madrid el bestia de su marido, es cuando tengo que +domesticarla. Y ha de ser en mi casita. ¡Venus a domicilio! ¡Vaya si +vendrá! La verdad es que lo más cómodo es que ellas vengan a verle a +uno. ¡Y cómo les gusta! Se hacen la ilusión de que se truecan los sexos +y arrostran el peligro con más valor que nosotros... Me acuerdo de +aquella que me decía sentada en el sillón de mí despacho: «Un día vas a +poner en el balcón una muestra con un letrero que diga MODAS, para que +yo me asome impunemente o para que me traiga mi marido hasta la puerta.» +Cristeta no es capaz de semejante desvergüenza, pero vendrá. Esto es lo +primero que hay que procurar. Si no quiere, buscaremos otro medio.» + +<tb> + +Aquel mismo día por la noche Cristeta mandó recado a don Quintín +rogándole que fuese a verla. Obedeció el vejete, y hablaron largo y +tendido. La sobrina dio encargos e instrucciones; el tío, por la cuenta +que le tenía, prometió obedecer. + +Fue conferencia importantísima, pero secreta; semejante a esos consejos +de ministros en que se tratan cosas graves, que sólo andando el tiempo +se descubren. + + + + +Capítulo XVII + +Donde el zorro se forja la ilusión de que la gallina puede venir a +entregársele + + +Tanto se envalentonó don Juan a consecuencia de la entrevista en la +Moncloa que, por conducto de Julia, envió a su hermosa deseada la carta +siguiente: + + _«Cristeta de mi vida: No renuncio a que hablemos en lugar seguro. + Tu marido está muy lejos de Madrid, y nada tiene de particular que + una señora pase a cualquier hora del día por esta calle. Aquí en mi + casa te aguardo mañana a las tres. No hay ni puede haber lugar más + seguro. En lo porvenir acaso esto fuese imprudente: ahora no. Ven + sin miedo. No tendrás necesidad de llamar porque estaré solo y al + cuidado para recibirte, y al salir hallarás en la puerta un coche + que te llevará hasta donde quieras. ¿Vendrás? Me dice el corazón + que sí, y por supuesto, te doy palabra de honor de que no haré + nada, absolutamente nada que pueda enojarte. Vienes a casa de un + caballero. Te he querido, te quiero, y haré los imposibles por + demostrarte que estoy resuelto a poner remedio a tan dolorosa y + difícil situación. Piensa que vas a decidir de los dos para siempre + y ven sin miedo y quema este papel. Por Dios, no faltes. Tuyo + siempre,_ + + _Juan_ + + _Infantas, 80 duplicado, entresuelo.»_ + +Luego de enviada la carta, cayó en la cuenta de que tal vez fuese +demasiado expresiva y comprometedora; pero tal era la exaltación de su +ánimo, que se dijo: «No importa; hoy por hoy no hay peligro y aunque +estuviese aquí el marido, haría lo mismo. Lo esencial es que ella venga, +y vendrá.» + +Aquella noche durmió mal, tras madrugar mucho, almorzó sin gana y se +vistió como quien pretende agradar. + +Sobre la chimenea del despacho colocó dos jarroncillos llenos de flores; +en seguida, por si era curiosa y le revolvía los papeles, como habían +hecho otras, escondió varias cartas en una sombrerera vieja, arrojándola +encima de un armario, y quitó de la vista dos retratos de antiguas +conocidas y otro de una cómica fotografiada en ademán provocativo. En un +veladorcito puso un sortijero con alfileres, horquillas, agujas, +imperdibles y un gran frasco de agua de Colonia sin destapar, con su +caperuza de pergamino y sus cordones de colores. Pero, de allí a poco, +pensándolo mejor, e imaginando que aquello, además de estar en +contradicción con su carta, denotaba práctica de libertino a sangre +fría, solamente dejó el perfume y las flores. + +Según las manecillas del reloj iban avanzando despacito, comenzó a +recapacitar si todo estaba dispuesto y en su punto. Nada ni nadie podría +turbarles. Los criados fueron alejados engañosamente, y la portera +advertida de que sólo dejase subir a la señora que había de llegar a las +tres. + +Comenzó don Juan a dar paseos por el cuarto, y cada vez que llegaba +hasta la puerta de la escalera, aguzaba el oído, esforzándose en +distinguir y diferenciar los pasos de las gentes que subían... Los +peldaños crujen... ¡no es ella!; debe de ser una mujer muy gorda; luego +un chico que baja de estampía; después la pausada y ruidosa ascensión +del... De pronto sonó un campanillazo; tornó de puntillas hasta la +puerta, descorrió con gran tiento el ventanillo, y por una rendija +imperceptible, conteniendo la respiración, miró. Era un amigo: la +portera se había descuidado. Otro campanillazo, dos más, el último a la +desesperada, mucho más fuerte... y el inoportuno bajó lentamente la +escalera como quien da tiempo a que abran y le llamen. + +Las tres menos diez. Hasta las flores, mal puestas en los búcaros, +caídas y doblados los tallos, parecían cansadas de esperar. Silencio +completo. De repente don Juan se dirige hacia la alcoba, porque más allá +del hueco que la separa del despacho, se ve la cama cubierta de un rico +paño japonés. + +«Esto está mal; no debe verse tanto» pensó, y desplegando un biombo de +telas antiguas, ocultó el lecho, del cual sólo quedaron visibles las +almohadas, blancas, limpísimas, aún cuadriculadas por los dobleces del +planchado. + +Al pasar ante un espejo se miró un instante y sonrió satisfecho. Tenía +la barba sedosa y muy cuidada; los ojos algo tristes, como de quien +espera una dicha, desconfiando lograrla porque no cree merecerla... El +gozo, la alegría, serán luego, cuando ella entre, porque no ha de +faltar. El marido no está en Madrid, el sitio es seguro, la impunidad +completa. Por otra parte, él se ha resignado de antemano a portarse como +caballero, a estar casi platónico para inspirar confianza. Lo demás +vendrá con el tiempo. + +De cuatro miradas examinó el cuarto y le pareció que no estaba mal. +Alejando toda sospecha de ocio y frivolidad, había sobre una mesa varios +libros con señales interpoladas entre las hojas, y páginas dobladas. En +un testero de pared, llenando un hueco entre dos cuadros, se veían +brillar dos espadas de duelo que representaban la dignidad y el valor. +La alfombra no tenía motas, ni manchas de ceniza de cigarro; ni un átomo +de polvo empañaba los muebles. + +¡Menos cinco! Se dirigió al balcón, y apoyando la frente contra el +vidrio, miró hacia la calle que enfilaba con el portal, por donde ella +probablemente vendría. Así permaneció un rato, que se le antojó muy +largo; mas al consultar de nuevo el reloj, vio que apenas se había +movido el minutero. + +«Es difícil que una señora sea puntual; ¡tardan tanto en emperejilarse!» + +Quiso distraerse leyendo periódicos; pero su imaginación tomó rumbo +hacia Cristeta y comenzó a fingírsela presente deleitándose en ella +igual que si la tuviese ante los ojos. Ensimismado y desprendido de +cuanto le rodeaba, creyó verla mientras en su casa se vestía, desazonada +y trémula, engalanándose con premeditación para venir a rendírsele. ¡Oh +portentosa fuerza de abstracción! ¡Oh bienhechora potencia imaginativa!, +¡sed benditas, porque dais al hombre la visión de la dicha deseada +cuando aún la tiene lejos... cuando acaso jamás ha de llegar!... + +<tb> + +No, no es visión, es realidad; no imagina verla, sino que la está +mirando. + +Su tocador, ni grande ni lujoso, respira limpieza y elegancia. Cristeta, +en pie, frente al espejo, pincha en el rodete rubio la última horquilla, +y con la yema de los dedos se arregla los ensortijados ricillos de la +nuca. Estremecida de pudor y de frío, se quita la bata y la tira sobre +un sofá. Las ropas interiores son finísimas; están adornadas de +estrechas cintas de tonos pálidos, y trascienden suavemente a verbena. +Las medias son negras, como exige la impúdica perversión de la moda; las +ligas, de color de rosa. Ya se calza los bien formados pies. Ahora se +pone el corsé, lleno de vistosos pespuntes, y encima el cuerpo de suave +batista para no ensuciarlo. En seguida el vestido que, arrugando el +canesú de la camisa, oculta el nacimiento del pecho y los hermosos +brazos. La falda cae, resbalando a lo largo de la enagua; se abrocha de +prisa; busca entre varias horquillas un alfiler largo para sujetar el +sombrero, y se lo prende, dejando que el velo caiga, sombreándola el +rostro dulcemente. Los guantes..., una pulsera..., la lisa de plata, +nada que tenga pedrería. Se acabó. Algo falta: pudorosa, aunque nadie +puede verla, se vuelve de espaldas a la puerta y se estira una media. + +«¡Qué hermosa es! ¡Cuánta cosa bonita y elegante se ha puesto! ¡Y pensar +que tal vez yo se lo vaya quitando todo poco a poco, con mimo, +lentamente, lazo a lazo, botón a botón, broche a broche, sin que oponga +resistencia ni enfado! Pero sabe Dios lo que sucederá, porque es una +mujer excepcional, capaz, aunque venga, de no dejarse besar ni las yemas +de los dedos. Sería desesperante y ridículo que sólo viniese para que +tuviéramos una escena romántica... con lágrimas.» + +El reloj marca las tres en punto, la máquina produce un quejido metálico +y el timbre suena pausadamente. ¡Qué espacio tan largo entre una y otra +campanada! Hasta los objetos parece que aguardan impacientes. Don Juan +vuelve de nuevo a pasear, atento el oído hacía la puerta y fruncido el +entrecejo por el enojo. Empieza a desconfiar. + +«¡No viene! ¿Qué ridículo miedo, qué recelo se le habrá metido en el +alma? ¡Virtud de última hora!» + +Torna al balcón, apoya la cabeza en la vidriera, que se empaña con el +vaho de su aliento, y exclama, hablando solo: + +--¡Gracias a Dios! ¡Allí está! + +Cristeta viene por lo alto de la calle, vestida como él la soñó. Sus +enguantadas manos oprimen un grueso devocionario, sujeto con un elástico +rojo, y bajo el tul del velo brillan sus rizos de oro. A cada instante +vuelve la cabeza hacia atrás. Entonces, don Juan sonríe con orgullo y se +dirige lentamente a la puerta. + +Al cruzar el despacho, lo inspecciona todo por última vez. Nada falta. +Para ella la butaca en que descansará su cuerpo agitado por la emoción y +el miedo, ¡quizá por el amor! En el suelo, el almohadón, bordado por +otra mujer ya olvidada, y muy cerca, la silla baja de fumar, que él +tomará para sí, cogiéndola como al descuido, procurando tener la presa +al alcance de la mano. + +Pero en la escalera no suena el esperado taconeo ni el roce crujiente de +la falda. + +«¿Qué será esto?» + +Vuelve precipitadamente al balcón, alza el visillo y la ve en la acera +opuesta parada ante un escaparate, como si con disimulo se contemplara +en su cristal. En realidad, lo que hace es mirar con terror a derecha e +izquierda; hasta se nota la respiración alterada que levanta y deprime +su hermosísimo pecho, Don Juan piensa: + +«Esta es la última vacilación.» + +De pronto, Cristeta se vuelve, avanza en dirección al portal... se +detiene para dejar paso a un hombre que va cargado, y en seguida, +obedeciendo a un impulso inesperado, con un movimiento nervioso, se +vuelve de espaldas y echa a andar muy de prisa, calle arriba, por donde +vino. Pero aún queda esperanza: de repente acorta el paso, sigue +despacio, parece que duda, vacilando entre la cita y el deber... Por fin +acelera la marcha, se aleja casi corriendo, y allá, en lo alto de la +calle, se pierde confundida en un grupo de gente, mientras don Juan, +humillado y rabioso, murmura entre dientes, rasgando el visillo del +balcón: + +--¡Cobarde! ¡Bribona! + +Si la coge en aquel momento, la mata. + +<tb> + +Al anochecer se presentó en la casa un mozo de cuerda, mostrando tal +empeño por entregar al señor una carta en propia mano, que para tomarla +de la suya don Juan, todavía mohíno, salió al recibimiento. + +Rasgó el sobre: lo que dentro venía era una tarjeta: el nombre +litografiado decía: _Cristeta Moreruela de Martínez_, y encima, escritas +con lápiz y mano temblorosa, estas palabras: + + _«He ido asta la puerta de tu casa, y me a faltado balor. No pidas + lo imposible. Perdona a esta pobre mujer que sufre mucho, y + holbídame adiós para sienpre._ + + CRISTA.» + +Al releer aquellas cuatro líneas, luego de ido el mozo, don Juan sonrió +como si contemplara un billete de lotería premiado. + +«No me esperaba esta satisfacción, que casi es una promesa--se decía +paseando desde la sala al despacho y viceversa--: nos acercamos al +momento supremo de la crisis. Lo que me figuré: casada por despecho, y +arrepentida. Me quiere... y le falta valor... lo cual prueba que no es +mala. Yo tengo la culpa de todo. ¡Qué lucha habrá sostenido la pobre +consigo misma! ¡Qué noche habrá pasado! Porque... vamos a cuentas: si se +ha casado, aunque me quiera, por fuerza ha de costarle trabajo hacer +traición... traición, no; pero, en fin, engañar al otro. Lo que en +realidad no es más que la vuelta al primer amor, creerá ella que es una +liviandad imperdonable, y no le faltará razón, pero ¿a mí qué? Yo no soy +el marido. Por supuesto que si no hay tal marido, si sólo se trata de un +amante, y le deja por mí, ella tiene que considerarse como una mujer que +va de hombre a hombre, como hueso de perro a perro, o baraja de mano en +mano. En fin, me parece que está al caer. Lo cierto es que nosotros +somos responsables de todos los pecados, desórdenes y zorrerías que +cometen las pobres mujeres. Ésta, por ejemplo, me gustó; preparé las +cosas... y ¡mía! Luego la dejo plantada, y ella encuentra modo de +remediarse o redimirse, y lo acepta: vuelvo a verla, me encapricho de +nuevo y ¡seamos justos! ¿qué derecho tengo para quejarme ni para +llamarle _las cuatro letras_ porque también ella vuelva a encapricharse +conmigo? Indudablemente ha experimentado al verme lo mismo que yo he +sentido al mirarla... ¡Cómo se habrá acordado de las noches de +Santurroriaga! Yo estaba enviciado con amores de otra clase. La verdad +es que cuantas se me han entregado, lo han hecho por interés o por _lo +otro_: cuando no he sido pagano, he sido apagafuegos, casi un bombero +del amor. Con Crista, no. Esta tarde la hubiera matado... Y el caso es +que ha venido, ha llegado hasta la puerta... después debió de darle +miedo, es decir, no precisamente de mí, sino de sí misma, de verse +conmigo a solas. No podríamos contenernos. Mientras nos veamos al aire +libre, todo va bueno; pero como lleguemos a encontrarnos entre cuatro +paredes ¡solos! del primer beso la dejo los labios descoloridos. Ella sí +que cuando me besaba, parecía que me sorbía el alma. Hablaba más con los +ojos que con los labios. Me sucedía respecto de ella una cosa +enteramente nueva: con todas las mujeres, el verdadero encanto es antes; +con ella, la verdadera delicia era después, porque cuando se le adormece +la voluptuosidad, se le despierta la ternura. A pesar de lo cual, me +largué por cobardía, pero sin hastío. Lo cierto es que si, uno pensara +mucho en estas cosas, se volvería loco. En toda posesión hay un momento +terrible, un instante en que, al separarse las cabezas, cada uno quiere +respirar solo, a gusto, como si no hubiera pasado nada: con Crista, +no... jamás sentí a su lado el egoísmo del reposo. Los últimos besos me +sabían mejor que los primeros. Entonces, ¿por qué hice la burrada de +marcharme, humillándola y dejándola mil duros, es decir, lo que cuesta +en ramos, palcos y dijes cualquier señora de las que no tienen +vergüenza? Sin embargo, esa mujer ha venido hasta la puerta de mi casa. +Por codicia no es; basta ver la elegancia con que viste para comprender +que no necesita nada: por lujuria tampoco, porque no es viciosa. ¡Pues +si ha venido, señal de que sufre y me quiere! ¡Daría el alma por +saberlo! ¿Qué habrá hecho, qué habrá pensado antes de decidirse a venir? +La chica, Julia, me dará detalles; ataré cabos, y por el hilo sacaré el +ovillo. Mañana lo sabré.» + +Toda la noche se pasó en claro el pobre don Juan haciendo planes, +ideando recursos y arrostrando mentalmente las consecuencias de cuanto +se le ocurría, que era gravísimo, porque en sus pensamientos, cálculos y +temores, ya no figuraba él solo frente a la irresoluta Cristeta, sino +que entre ambos se alzaba, misterioso y tremendo, un nuevo personaje: el +señor Martínez, propietario legítimo de aquel cuerpo adorable, dueño +legal de la mujer amada. + +«¿Amada?--se decía--. No, esto no es amor, es obcecación, empeño, vanidad, +capricho: tiene que ser mía veinticuatro horas o lo que me dé la +gana...: si quiero, toda la vida: pero mía y remía como mis ideas, como +mis pensamientos. ¿Qué puede suceder? ¿Que me encapriche seriamente? Así +como así, ninguna vale lo que ella; y además, si ésta es buena, ¿voy a +pasar años y más años cambiando de mujeres?» + +Muy de mañana, yerto de frío y nervioso de impaciencia, esperó a Julia +en la Plaza Mayor, viéndola llegar como el reo de muerte a quien le trae +el indulto. La chica venía esperanzada en que sus palabras se trocarían +pronto en buena propina, y sin dar tiempo a que él desplegase los +labios, dijo: + +--Hoy sí que tengo cosas que hablar con usted. Pero ¿qué le ha hecho +usted a mi señorita? Razón tenía yo _pa_ maliciarme que iba usted a +meternos en un lío _mú_ gordo. + +--Cuenta, cuenta. ¿Qué ha pasado? Dímelo todo; ya sabes que tu señorito +soy yo. + +--¿Lo que ha pasado? La mar de lágrimas. Cuando el otro día _golví_ a +casa con la tarjeta de usted, me dije: «Suceda lo que quiera, no ando +con tapujos»; y se la di como si fuera cosa corriente. Ni chistó: +_endispués_ de leerla se puso pálida, como _amortajá_, ¡y le entró un +temblor! ¡Me daba una lástima! ¡Y _miusté_ que _pa_ darme a mí lástima +una señorita! La noche... ¡ha _tomao_ más tila! _Cá_ vez que una mujer +_tié_ que tomar tila, le debían dar rejalgar a un hombre. Al otro día, +es decir, ayer, comenzó a vestirse a las doce: se puso maja de veras. En +enaguas... un ángel. Pidió el coche _pa_ las dos. Luego supe yo, por el +cochero, que lo dejó esperando junto al oratorio de la calle de +Valverde, y se fue sola, y tardó... menos de media hora. Poco tiempo es +_pa_ cosa mala. + +--Sigue, sigue. + +--Yo creí, pues, que había ido _enonde_ usted, a buscarle; pero me chocó +que volviera _demasiao_ pronto: y lo mismo fue entrar en casa, que ir y +tirarse llorando encima de la cama. Y llora que te llora la _tié_ usted. +Esto acabará _mú remal_. En fin, que _golvió_ hecha una _Madalena_. Si +sigue así, se pone mala de verdad. Por supuesto, el día que venga el +amo, no paro en la casa ni _pa_ tomar dulces. + +--De modo que tú crees que ella... está interesada. + +--Ella está por usted, pero tiene un miedo atroz...; _lo cual que_ el +miedo puede más que usted. + +--Pues adelante con los faroles, y ya sabes que todos estos paseos yo te +los pagaré bien. + +--Es que... hay más, y gordo. Usted me dijo que averiguara aquello de +cuándo se había _casao_, y del _treato_, y de si tenía unos parientes +con tienda. + +--Todo ello importantísimo. + +--Pues la cocinera _m'a_ dicho que la señorita ha _sío_ cómica, que una +vez la vio _de_ trabajar, pero que ahora está _desconocía_, porque está +muchísimo más guapa; y que fuera de Madrid tomó relaciones con un señor +y se casó; pero algunos dicen que no están _casaos_, y que por eso no la +_quién_ ver sus tíos, que son estanqueros; y otros dicen que ella es la +que no le da la gana de _ajuntarse_ con ellos, porque le da vergüenza de +que son gente ordinaria; y me extraña, porque la señorita es buena. + +--En resumen; seguro no sabes nada. + +--¡Si _quedrá_ usted que le traigan a la señorita ya mansa y conforme!... +¿_Tié_ usted más que buscar a esos estanqueros, y ponerse al habla con +ellos y que desembuchen la verdad? + +Don Juan, considerando inútil enterar a Julia de cuanto sabía relativo a +los antecedentes de Cristeta y sus tíos, calló; y acordándose de don +Quintín, se dijo que podría sacar de él gran partido. + +--No andas descaminada: buscaré a los estanqueros. + +--_Qué icir_ que si no está casada...; pero lo que yo me digo: si no lo +está, si es dueña de hacer de su capa un sayo, ¿por qué llora tanto? + +--Muchacha, eres un dije: toma--(la propina fue espléndida)--, y desde +mañana vienes aquí, sin falta, todos los días a la misma hora, a recibir +órdenes como un corneta. + +--Es que la señorita se ha _calao_ que yo salgo por hablar con usted. Si +me regaña o me dice cualquier cosa, ¿qué contesto? + +--Por ahora... dices que no te dejo a sol ni a sombra; que tú crees que +yo ando loco por ella, sobre todo muy triste... + +--_Pa_ triste, ella. ¡Si la viera usted _de_ llorar! En fin, Dios nos +tenga de su mano. Mire usted que, según me han dicho, ¡el marido es más +bruto! Una fiera. Si se plantase aquí de repente, salíamos en los +papeles. + +El grupo que durante estos diálogos formaba la pareja de señorito y +niñera, merecía tomarse como asunto de un buen romance castizo. Ella, +traviesa y pícara, rebosándole malicia los ojos y desparpajo los labios, +sin pañuelo a la cabeza, y liada en el mantón, dentro del cual removía +el airoso cuerpo para sentirse acariciada del calor; él soñoliento, +molesto, desasosegado y frío, trayéndose a cada instante sobre el hombro +el embozo de la capa; la chica, toda viveza, el hombre, todo +impaciencia. En torno, gente que pasaba mirándoles de reojo y +barruntando trapicheo; algún chico parado, con los libros sujetos entre +las piernas, ocupados dientes y manos en el aceitoso buñuelo; al fondo, +los soportales de la Plaza esfumados en la neblina temprana; las mulas +del tranvía despidiendo del cuerpo nubes de vaho; la atmósfera húmeda, +impregnada del olor al café que un mancebo tostaba ante una tienda; el +ambiente sucio, como si en él se condensaran los soeces ternos y tacos +de los carreteros; las piedras resbaladizas, y en el centro del +jardinillo, descollando sobre un macizo de arbustos amoratados por los +hielos, la estatua del pobre Felipe III, con el cetro y los bigotes +acaramelados por la escarcha. + +Pero lo más notable era la cara que ponía Julia cuando se separaba de +Juan. De fijo que no se divirtieron tanto con el inmortal Manchego las +doncellas de los Duques, ni la propia Lozana con los clérigos a quienes +se vendía por nueva, como ella gozaba en contribuir al rendimiento del +Tenorio decadente. + +Julia servía con el mayor celo a Cristeta: primero, por obediencia a sus +padres y a Inés, que se lo encargaron; segundo, porque don Juan, +espléndido y dadivoso, le regalaba continuamente duros y pesetas con +novelesca prodigalidad; además, se divertía mucho contribuyendo a traer +engañado a un caballero. Acordábase instintivamente de que era mujer y +trabajaba en provecho ajeno como si fuera en causa propia. ¿Dónde mayor +alegría para una mujer lista que entrar en pacto contra un hombre? Así +que, tras cada entrevista con don Juan, refería a su ama cuanto con él +hablaba. Aquel día Cristeta la escuchó con vivo interés. + +--Todo va bien--dijo después de oírla--; de modo que... + +--Ese _señor_ está _perdío_ por usted: debe de ser..., no se enfade +usted..., vamos, ¡un _gatera_ más listo!; pero esta vez..., ya no sabe +el hombre lo que se pesca. De fijo que a estas horas anda por esas +calles brincando como una cabra en busca de sus tíos de usted. ¿No era +eso lo que hacía falta? + +--Cabal. + +--¿Y esto, señorita? ¡Mire usted que es mucha plata!--dijo Julia +presentando el puñado de pesetas, fruto de la última propina. + +--Eso es tuyo. Lo que yo te doy de menos él te lo da de más. Anda, que +pronto se te acabará. + +--Lo que hace falta es que usted acabe con él..., es decir, que empiece. +Cuando la señorita se case me lleva de doncella, y luego, si Dios es +servido... de niñera. + +--¡Ave María Purísima! + +Las dos sonrieron, pero de distinto modo; la criada con la satisfacción +de la codicia lograda; el ama, con la esperanza de la dicha. + +Al quedarse sola Cristeta se sentó en una silla baja de hacer labor, y +tapándose los ojos para no ver las cosas de este mundo, se puso +voluntariamente soñadora, pareciéndole ver a don Juan, también solo en +su casa, triste, malhumorado, vuelto hacia ella el pensamiento y +sintiendo lo que jamás hasta entonces ninguna otra mujer le hizo sentir. + +¿Existirá en el mundo de las pasiones influencia secreta que aproxime y +relacione las almas separadas moviéndolas simultáneamente con un mismo +afecto, como viento invisible que a un tiempo menea en parajes apartados +las ramas de los árboles? ¡Quién sabe! Lo cierto es que, mientras la +esperanzada Cristeta veía posible la realización de su ventura, don +Juan, puestos en ella los cinco sentidos con amoroso empeño, tomaba la +resolución de buscar a don Quintín para que éste le sacase de dudas +sobre si era o no verdad lo del casorio, y pensando en él se decía: +«Está visto que ese pobre majadero ha nacido en provecho mío.» + + + + +Capítulo XVIII + +De la importantísima conferencia que celebraron el Tenorio decadente y +el estanquero libertino, con otros graves sucesos + + +Ignorante don Juan de que don Quintín hubiese venido a menos, resolvió +visitarle en su estanco, donde hasta entonces, por prudencia, jamás puso +los pies. Fue allá, entró, pidió puros, escogiolos despacio mirando +hacia la trastienda... y nada. Entonces se atrevió a preguntar al +chicuelo mugriento, mofletudo y asabañonado que le despachaba. + +--¿Está el amo? + +--El señor Juaneca ha salido. + +--No, don Quintín. + +--Ese era el de _enantes_, que vendía pitillos de contrabando y lo +quitaron por gandul. + +--¿Y dónde ha ido a parar? + +--Le dieron otro estanco, y no sé más. ¡Valientes puercos debían de estar +él y toda su casta! ¡Cómo dejaron la casa de telarañas! Nos encontramos +esto, mal _comparao_, lo _mesmo_ que una pocilga, con perdón de usted; +menos el cuartito que da al patio, ese estaba limpio. + +«¡El cuartito que ella tenía y del cual me habló tantas veces!»--pensó +don Juan, y en seguida dijo: + +--¿Conque le dieron otro estanco? ¿dónde? + +--En la taberna de al _lao ú_ en _ofecinas_ de estancadas, le darán a +usted razón. + +Don Juan pagó los Puros, dejando la vuelta como propina, y salió. + +Luego, mediante encargo que confió a un diputado amigo suyo, el cual +hizo minuciosas gestiones, supo que la nueva madriguera estanqueril de +don Quintín estaba en la poco aristocrática calle de la Pingarrona, y +allí imaginó ir a buscarle; pero pensándolo mejor, mandó a su ayuda de +cámara, el inapreciable y fiel Benigno, que volvió con más noticias que +un corresponsal del _Times_. Primero, pagando _tintas_ al doncel de los +sabañones, y después a un vecino pingarronesco, Benigno averiguó cuanto +a su amo interesaba, sin omitir los amores de don Quintín con Carola, +trapicheo que sólo doña Frasquita ignoraba en el barrio: criadas, +vecinos, porteros y parroquianos, todos sabían que el estanquero tenía, +como ellos decían, un _apaño_. De lo que nadie tenía pleno conocimiento +era de la precaria situación a que se veía reducido el ex--miliciano +mujeriego. + +La mudanza de tienda y calle no fue para él venir a menos, sino llegar a +casi nada, por lo cual Carola empezó a mostrársele despegada y arisca, +tanto como antes fue apasionada y pegajosa. Con la buena parroquia y +aquel cajón siempre lleno, que semejaba esportillo del Banco, acabaron +los mimos y complacencias de la jamona impúdica. Hízose, sobre todo, +pedigüeña en grado inaguantable. + +Lo primero que el pobre hombre se vio imposibilitado de comprarle fue un +corsé de cuatro duros, lleno de puntillas, lazos, pespuntes y +escarolados. La corsetera había dicho a Carola: + +--¡Vaya una prenda _pa_ una señora que la pueda lucir!;--y ella lo deseó +como un guerrero desea una buena arma de combate. Pidióselo a su +Quintín, y éste, fingiendo bromear, repuso: + +--¿Corsé? A fuerza de aceros y ballenas me vas a estropear ese cuerpecito +tan rico. Ya sabes que me da rabia ir a cogerte y encontrarme con esas +cosas tan duras. + +--En casa no te digo; pero por la calle no he de ir con las carnes +colgando como una vaca. + +--Para eso no necesitas corsé de cuatro pesos. + +--¡Ah! ¿Es por el dinero, don Roñoso? + +--No, palabra; es que estos días... ¿te es igual a fin de mes? + +Carola no quiso insistir; pero miró a su amante con profundo desprecio, +como las grandes cortesanas de Atenas debían de mirar a los esclavos +persas. Luego él faltó algunas noches o acortó las visitas, quejándose +de pesadez en el estómago. Para ella subían cena del café; pero ya la +ingrata no le daba, como antes, con sus propios dientes, alguna patata +frita, ni se dejaba arrancar las pasas de los labios. Interesada y +rencorosa, tenía clavadas en el pensamiento todas las ballenas del corsé +negado. Transcurridos algunos días, dijo al vejestorio: + +--Oye, capitalista, lo del corsé lo mismo me da una semana que otra; pero +la cama está hecha _peazos_, y el herrero pide tres duros por +componerla. + +--¿Tres duros? + +--¡Tú sabes cómo está, si parece que dan batallas encima! + +--¿Y ha de ser el herrero? Con un cordel o un alambre la dejo yo más +firme que el propio suelo. + +--_U_ con saliva de mona--repuso ella muy enojada--: ¿no sabes que la has +_desatornillao_ toda a puros brincos? ¿Quién tiene la culpa? + +--Déjalo, mujer... por ahora; el mes que viene... + +--Estoy viendo que te voy a pedir de comer y me vas a decir que aguarde a +otro mes. Pues el casero es como el tren, que no espera por nadie, y ha +cumplido ayer; conque venga _parné_ o me busco un _señor_. + +Lívido de angustia y coraje, repuso: + +--Yo me veré con el administrador. Es forzoso que tengamos paciencia. + +--Vamos, tú estás más _arrancao_ que árbol viejo. + +Engañado Quintín por la pausada entonación con que Carola le dijo esto, +imaginó que el instante era favorable a un desbordamiento de lealtad, al +cual ella forzosamente respondería con una explosión de ternura. + +--¡Carola, Carola mía!--exclamó hiposo y sollozante--; tengo que decírtelo +todo. + +--Lo que has de hacer es darme algo. + +Entonces, poniendo cara muy compungida, extendió las manos en busca de +las de su amada, y dijo: + +--¡Vida mía, todo se arreglará! Ahora no puedo nada, nada; el estanco +nuevo es una perdición. Yo te traeré... unos días... ¡demasiado sabes! + +--Lo que sé es que ni ropa, ni casa, ni pagar un triste catre, que tú +mismo has _desfondicao_... ni _ná_. + +--Más lo siento yo que tú. + +Y quiso prodigarle en besos lo que no podía en pesetas; mas ella se +desprendió de sus brazos, diciendo desabridamente: + +--Estos marranos de hombres creen que tener querida es tener guitarra, +que se deja tocar sin que la den de comer. + +--Por Dios, nena; tú no eres mi querida; ¡eres mi alma! + +--Yo soy una mujer que _tié_ que gastar en comer, y en vestir, y en +zapatos, y cuando un zángano no dispone de posibles... ¿o es que me voy +a guisar el aire? + +--Cuando he tenido... y en cuanto tenga... + +--_Pus_ entonces _güelves_. + +Carola se iba enfurruñando por momentos. Él la escuchaba pasmado, +acordándose de las grandes _cocottes_ de París, de quienes en los +folletines había leído que despiden como lacayos a los lores ingleses +luego que les han arruinado. De pronto, se le acercó humilde y +cariacontecido, temblándole los labios, sublime y ridículo de amor, +gritando: + +--¡Qué! ¿Vas a dejarme sospechar que me querías por el interés? +¡Permíteme que te bese, o creeré que eres una cualquier cosa! + +Adelantó con indecible majestad, como el león hacia su hembra; hubo en +su actitud impulso de amante y arrogancia de señorío. Carola, +miserablemente asustada con aquello de la traslación de estanco y +penuria del nuevo establecimiento, comprendió que el odre estaba seco. +Ni corsé, ni cenas, ni recibo de inquilinato... no pudo más. Miró al +pobre viejo con expresión de frío desprecio, y plegando en burlona mueca +los labios por él tantas y tantas veces besados, le dijo: + +--Oiga usted, don Baboso de Singuita, ¿te has _figurao_ que una hembra +como yo va a esperar _pa_ dejarse querer a que llueva dinero el mes que +viene? Si no me _pués_ mantener con decoro, ¿_pá_ qué te me has +_arrimao_, cara de siglo? + +Quiso erguirse altanero y tremendo; pero vencido de la emoción, sintió +que flaqueaba todo el edificio de su cuerpo, y lanzando a su cruel +señora una mirada lánguida de bestia moribunda, entre súplica y +reproche, dejose caer, abatido y lacio, en aquel mismo sillón donde +antes los dos solían sentarse para que él la estrechase entre los +avarientos brazos, mientras ella, vestida de gran señora y copa en mano, +entonaba un vals callejero convertido en brindis orgiástico... El +recuerdo de aquellos momentos fue como visión rapidísima que le llenó de +amargura el alma. En seguida se quedó absorto, con los ojos asombrados y +saltones, y los labios fruncidos por una sonrisa diabólica de ángel +caído. Tan feo se puso que Carola soltó la carcajada. Entonces, pasando +de la estupidez al furor, sintió que en lo más hondo del pensamiento +surgía la idea del crimen, no para cometerlo, sino comprendiendo que en +situaciones análogas se den puñaladas y mueran las queridas traidoras a +manos de sus amantes. Estaba grandiosamente ridículo. Carola se +convenció de que aquel pobre hombre era incapaz de pegarle ni un tirón +de orejas; pero vio claro que haría cualquier disparate por seguir +poseyéndola o por hacerse la ilusión de que la poseía, y con aviesa +intención, para enloquecerle y hechizarle, comenzó a desabrocharse el +cuerpo del vestido y luego se alzó ligeramente la falda mientras +moviendo en ondulaciones canallescas todo su cuerpo pecador, decía con +voz de chula raída y descocada: + +--¿Crees que esta personilla se va a quedar sin corsé, y que estos pies +van a salir a ganarlo, y que este cuerpo ha _nacío_ para tumbarse en un +catre _desvencijao_? ¿Crees que voy a domesticar al _administraor_ +pagándole en carne? Si no tenías dinero, podías haberte _quedao_ dando +_cabezás_ contra el mostrador, _ú_ poniendo bizmas a la vieja, que +_paece_ un vencejo _atontao_. + +--¡Carola! ¡Señora! + +--Aquí no hay más señora que una fiera, porque ¿sabes lo que te digo? Que +me temo que te lo estés gastando con otras; ¡conque fuera de aquí, a +buscar guita! Lo que decía mi pobrecita madre: «sin bolsa llena, ni +rubia ni morena». + +Empujándole hacia la puerta, le echó del cuarto; pero en el pasillo, a +oscuras, varió de súbito el tono de la voz, y ciñéndole al cuello los +brazos, le dijo dulzonamente entre dos largos besos: + +--Rico del alma, fuera de broma, tráeme unos durillos, que me hacen mucha +falta. + +Y le plantó en el descansillo de la escalera, dejándole turulato, ya +convencido de que, a pesar de aquellos besos, el amor y sus derivados +eran para él cosa perdida como no arbitrase recursos. + +¿A quién pediría prestado, qué malbarató o empeñó? No se sabe; pero a la +tarde siguiente llevó trece duros, mediante los cuales, Carola tuvo +corsé y quedó restaurado el catre. Sin embargo, en días posteriores, +menudearon las exigencias de la impura. Pidió un boa, jabón de olor, un +palanganero, chambras bordadas y una bata. El espíritu de don Quintín se +llenó de sombras: parecía que en su pensamiento se habían juntado el +furor de los héroes clásicos, la melancolía de los galanes románticos y +el escepticismo de los protagonistas de drama moderno, todo lo cual, el +pobre hombre, instintivamente, resumía en aquella horrible frase de su +querida: «Sin bolsa llena, ni rubia ni morena.» + +Tal era su situación de ánimo cuando una mañana se le presentó Benigno +en el estanco, y sin ambages ni rodeos, le dio el siguiente recado: + +--De parte de mi amo, don Juan de Todellas, que desea hablar con usted, y +que le espera mañana a las doce en su casa--(y dio las señas)--para +almorzar. + +Dicho lo cual se fue. + +Acordándose entonces del último diálogo que tuvo con su sobrina cuando +ella le mandó llamar después de ver a don Juan en la Moncloa, el +estanquero pensó: + +«El grandísimo pillo me busca; tenía razón la chica; pues sí que iré, y +veremos por dónde respira. ¡Canalla...! ¡A ese sí que no le faltará +dinero para tener queridas!» + +<tb> + +Son las once Y media de la mañana. La escena pasa en el gabinete de don +Juan. + +Las paredes están cubiertas de pinturas, fotografías y grabados que +representan retratos de beldades célebres más o menos vestidas, y +episodios de amor, donde se ven reproducidas todas las fases de la +pasión: mitos sagrados, tradiciones históricas y engendros literarios. +Psiquis se quema las alas en la antorcha del divino Eros; la fiel +Penélope desteje su labor; el necio Candaules muestra a Gyjes la hermosa +desnudez de su esposa Nyssia; Florinda y don Rodrigo, enlazados bajo un +naranjo, dan pretexto a la venida del moro; Carlos I y Bárbara de +Blomberg se abrazan enamorados y orgullosos, presintiendo que ha de +nacer quien venza en Lepanto; la desvergonzada Lozana se deja tentar por +un canónigo a quien pide dineros; Felipe II se exalta mirando el ojo +sano de la Éboli; el Burlador de Sevilla descansa en brazos de Tisbea; +Felipe IV desciñe a la Calderona los cordones de un justillo; Luis XV se +divierte en pintar a la Dubarry un lunar junto a la boca; Mirabeau besa +el retrato de Sofía; Fernando VII hace cosquillas a _Pepa la Naranjera_; +Rodolfo de Austria expira en brazos de María Véscera, y como síntesis de +la dulce locura que a todos agitó, el gran Don Quijote muere resignado +sin haber poseído jamás a Dulcinea. + +En el centro del cuarto está puesta la mesa; el mantel es adamascado y +fino; los cubiertos de plata labrada; la vajilla con cifra de oro; las +copas, de tan sutil cristal, que semejan aire cuajado. Sobre un +veladorcito hay cuatro botellas; dos de Burdeos que, como buenas +girondinas, tienen a modo de gorritos frigios sus cápsulas rojas, una de +Champaña con capellina de plata, y otra de Jerez que parece oro líquido. + +Don Juan espera impaciente abrochándose el batín oscuro de alamares +negros. Cuatro minutos antes de las doce suena un campanillazo. Benigno, +servilleta al hombro, se dirige hacia la puerta poniéndose los guantes +blancos de algodoncillo. + +Don Quintín, de levita, prestada y archicumplida, entra escamado, +receloso, pero sonriente y haciendo cortesías. Acude a la cita porque a +ello le obliga su situación respecto de Cristeta, que puede contar a +Frasquita lo que ésta debe ignorar, y también porque, descubriendo los +pensamientos de don Juan, le será más fácil la venganza. + +Su antiguo conocido le recibe amabilísimamente. + +--¡Mi señor don Quintín, y cuántos deseos tenía de que honrase usted mi +choza! ¿Cómo va ese valor? + +--¿A esto llama usted choza, y están las paredes llenas de santos? + +--Vaya, vaya, usted me perdonará el atrevimiento; pero yo necesitaba +hablar con usted, y pensé que almorzando se entienden las gentes. + +--Tantas gracias. + +Se sientan cerca de la chimenea, cuyas llamas se reflejan en los vidrios +de los cuadros, y comienza el festín. + +Ostras: don Quintín desprende de sus conchas las primeras con el +cuchillo, hasta que al ver emplear a don Juan el tenedorcillo _ad hoc_, +le imita torpemente, pensando mientras come: «¿Quién sería el primero +que probase esta porquería?» + +Benigno presenta una fuente, y al mismo tiempo dice don Juan: + +--Huevos _al plato_. + +Don Quintín, sirviéndose, reflexiona: «¿Pues dónde los había de poner?» + +Apaciguada la primera furia del hambre, dice el anfitrión: + +--Sí, tenemos que hablar largo y tendido. + +--Soy todo orejas. + +--Pues bien: ha de saber usted que yo presté dinero a un amigo mío +empresario del _Teatro de las Musas_; no ha podido pagarme, y por tratos +y combinaciones que hemos hecho, y con los cuales no quiero molestar a +usted..., total, que me quedo de empresario. En mi vida las he visto más +gordas; pero estoy decidido a defender mi dinero, para lo cual formaré +una compañía como en Madrid no se ha oído, y necesito que usted me +ayude. + +--¿Yo? + +--Usted. Llevo adelantados los trabajos, cuento con artistas..., un coro +que... ya verá usted...; pero nada puedo ultimar si usted no me +favorece. + +--No entiendo. + +--Yo no hago nada sin contar con su sobrina Cristeta; y además, necesito +una persona de toda confianza para representante de la empresa, y esa +persona es usted. + +A don Quintín se le atragantó un sorbo de Burdeos, que para él tenía +sabor de chacolí detestable. Las palabras que acababa de oír le +parecieron el principio de una complicadísima serie de mentiras; pero en +seguida se le ocurrió la idea de que si aquello fuese cierto, no habría +de faltarle contrato para Carola, es decir, querida por cuenta ajena... +y un coro a su disposición. Ocultando la sorpresa, repuso: + +--De mí disponga usted; en cuanto a mi sobrina, se ha retirado del +teatro. + +--Por eso le busco a usted, que es quien ha de convencerla. Yo no me +atrevo..., las mujeres... En fin, usted, antes que tío es usted hombre +de talento y comprenderá mi situación. Yo me permití galantearla, +cortejarla, cuatro bromas: ¡como es tan guapa! No me hizo caso; total, +nada, una niñería..., y es posible que ella tenga reparo de tratar +conmigo. En suma: yo le ofrezco a usted, como tal representante, +cincuenta pesos al mes, y a ella una escritura con mi firma en blanco +para que fije el sueldo que quiera. ¡Verá usted qué temporada! + +Estaban comiendo solomillo con trufas, que a don Quintín le parecieron +patatas de luto; don Juan seguía hablando entre bocado y sorbo. + +--Hay que regenerar el gusto del público: nada de revistas ni +pantorrillas..., ésas para usted y para mí. Arte serio; ya ve usted que +la Moreruela es indispensable. + +Don Quintín, rebañando con un migote la rica salsa, guardó silencio unos +instantes, cual si dudase de la oportunidad de lo que iba a decir, y, +por último, habló resueltamente, aunque sonriendo para disminuir el +alcance de sus frases: + +--Señor mío; usted sí que tiene remuchísimo talento; y todo eso está muy +bien urdido...; pero a perro viejo no hay tus tus. + +--¿Cómo? + +--Que no me engaña usted. A usted le tienen sin cuidado el arte, la +empresa y hasta las buenas mozas del coro. + +--Explíquese usted. + +--Lo que a usted le interesa es... la muchacha. + +--Ahora sí que tiene usted que explicarse--repuso don Juan desconcertado. + +--Sí, mi sobrina: y hablando en plata, lo que usted pretende es que yo le +ponga en contacto con ella. + +Don Juan se quedó atónito y a dos dedos de contestar ásperamente; mas no +podía permitirse frase dura en su propia casa, y el gesto que ponía don +Quintín no era de enojo, sino casi de broma. + +--Usted ha pensado en mí--prosiguió el estanquero--, para dar más seriedad +a su conducta... y, sobre todo, me ha buscado porque no halla medio ni +manera de acercarse a la chica, y como no había usted de decirme +descaradamente y en seco su propósito, ha inventado usted eso del +teatro. Pero usted ignora muchas cosas. Primera: que mi sobrina no es mi +sobrina, sino de mi mujer..., es decir, _ná_. Segunda: que se ha portado +cochinamente conmigo y no la veo hace mucho tiempo..., ni ganas. Y, por +último, que puede hacer, o ha hecho ya, de su capa un sayo, sin que yo +tenga derecho ni voluntad de meterme en sus interioridades. Conque, +favor por favor; usted me honra convidándome y ofreciéndome un +destino... que buena falta me hace, y yo le declaro a usted que la tal +sobrina... puede irse al moro sin que me importe. Vamos, que se ha +equivocado usted de medio a medio. + +--Yo no he querido lastimar en lo más mínimo... + +--Esté usted tranquilo; dos hombres formales no pueden reñir por esa... +ingrata. Harto sé yo lo que son mujeres, ¿Le gusta a usted? Bueno..., +pues usted ¡a ella! y nosotros tan amigos como antes. + +Don Juan, en el colmo del asombro, exclamó: + +--¿Que no le importa a usted? + +--Absolutamente nada. + +Pausa de unos segundos: el amo hace seña al criado, y éste echa Jerez en +la copa grande de don Quintín. + +El diálogo continúa del siguiente modo: + +--Me deja usted espantado. + +--Ni tres cominos, por trastuela, ingrata y mala cabeza. + +--¿Mala cabeza, y se ha casado? + +--¿Está usted seguro de eso? Pues sabe usted más que yo. Desde +Santurroriaga me mandó a pedir ciertos papeles: su fe de bautismo, las +partidas de muerto de sus padres... qué sé yo, algunos documentos tenía +ella...; yo no estuve delante si le dijeron los latines, ni fui padrino; +¡y la grandísima necia descastada, viene luego a Madrid, recoge cuatro +trastos de mi casa; y abur! Yo no he de pedirle ni agua, ni quiero +meterme en su vida privada. + +Sorprendido don Juan por la actitud y palabras de don Quintín, cambió de +táctica, y queriendo sacar fruto de su indiferencia, le dijo: + +--Vaya, vaya... déjese usted de resentimientos y de delicadezas y piense +usted que lo que le propongo, si es beneficioso para ella, no lo es +menos para usted. Usted no ha de ir a pedirle nada, sino a ofrecerle una +contrata ventajosa. + +--Sí; y además a procurar que se vean ustedes. + +Don Juan, fingiendo no haber oído, siguió: + +--Si no está casada... aceptará, y si lo está, saldremos de dudas. + +Don Quintín, puesta de babero la servilleta y empuñando una pata de +pollo frío, se balanceó en la silla, riendo como un sátiro viejo. + +Entonces, obediente a una seña de su amo, Benigno escanció otro largo +chorro de sol embotellado en la copa del estanquero, quien sin perder la +serenidad, habló de este modo: + +--No quiere usted entenderme... Usted parte un pelo en el aire...; pero +yo, aunque no he recibido cierta educación, tampoco soy _negao_. Me va +usted a llamar sinvergüenza; pero, en fin... juguemos a cartas vistas y +cada cual atienda a su juego. Lo que usted desea es que yo le saque de +dudas sobre lo del casorio, y que le ponga a usted al habla con ella, y +lo ha querido usted conseguir sin que yo me diese cuenta. No me ofendo; +pero en vez de un memo se encuentra usted con un hombre franco que le +dice: mi sobrina nada me importa. ¿Se ha casado? Vaya bendita de Dios. +¿No se ha casado y anda usted tras ella? Me es igual. + +Don Juan resolvió jugarse el todo por el todo, a lo menos en lo tocante +a valerse de don Quintín, y apoyando los codos en el mantel, dijo: + +--Es usted un lince y un hombre... leal. Franqueza por franqueza. Sí, +señor, me gusta Cristeta... + +--A todos nos gustan las mujeres; ¿cree usted que no tengo yo también lo +que necesito?... + +--... me gusta Cristeta; pero ¿y si fuera también verdad que deseo +meterme a empresario? Como usted ve, mi casa es pequeña, necesito poner +un cuarto, una oficina donde ultimar contratos, hacer ajustes, etc., y +necesito un representante. ¿Quiere usted serlo? Mil realitos al mes... y +luego si usted logra que yo ajuste a esa señorita... + +--¡Ahí le duele!... No andemos con hipocresías. Ya le he dicho a usted +que yo también tengo mis debilidades. + +--Entonces... entre hombres debemos ayudarnos. El día menos pensado tiene +usted una conquista seria, y me dice usted: «Amigo Todellas, présteme +usted la llave y váyase usted de paseo»; por un amigo todo se hace. + +A don Quintín se le ocurrió una idea portentosa: pareciole que no cabía +más en cerebro humano. Aquel hombre que se había burlado de él, le +estaba facilitando el camino de la más sabrosa venganza. Otra era la que +él tenía pensada; pero, pues las cosas venían rodadas... ¡también +aquélla! + +Don Juan continuaba diciendo: + +--¿No está usted quejoso de ella, no se ha portado con usted +indignamente? + +--Tiene usted razón; trato hecho. Yo le llevaré a usted la... tiple. + +--Y yo le nombro a usted... eso que he dicho antes. + +Don Quintín representaba la comedia por imposición y encargo ajeno; pero +al mismo tiempo, le sonreía la perspectiva de aquella venganza que había +imaginado; además, si lo de la empresa teatral fuese recurso cierto, +ideado por don Juan para entenderse con Cristeta, también de esto +sacaría él partido, procurando el ajuste de Carola. En vista de lo cual, +aunque desconfiaba de la farsa, fingió aceptarla, considerándola como un +_modus vivendi_ necesario para sellar el vergonzoso pacto. El taponazo +del Champaña le sacó de sus cavilaciones. + +Don Juan, alzando la espumante copa, le dijo, como si fuesen antiguos +compañeros de calaveradas: + +--Cuando dos caballeros quieren entenderse, no hay quien pueda con ellos. +Todavía tiene usted que hacer buenas migas con este cura... ya sé yo los +puntos que usted calza. (_Pausa larga_.) Vaya, el día que se canse usted +de Carola, le voy a presentar a usted a una chica de veinte que le +vuelve a usted tarumba. + +--¿Pero usted sabía?... + +--¿Lo de Carolina? Todo Madrid lo sabe, y ándese usted con tiento..., es +guapa mujer, pero costosa, exigente, acostumbrada a mucho señorío; no le +vendrán a usted mal los cincuenta de la representación. Lo grave sería +que lo supiese su esposa de usted. + +Este momento fue el único en que don Quintín perdió terreno. No era sólo +Cristeta quien podía perderle; también aquel hombre conocía su +secreto...; pero ¿qué secreto si acababa de oír que Carola era mujer de +fama? + +--¿Quedamos--preguntó don Juan--, en que somos buenos amigos? + +--Sí, señor. ¡Tiene usted un modo de tratar las cosas!... Vaya, y para +que usted no pueda tener queja de mí, le diré a usted una sospecha, no +pasa de sospecha, que yo tengo. Usted sabe que Cristeta fue a +Santurroriaga hace cerca de tres años. Pues bien; la doncella que la +acompañó me ha contado que allí tuvo algo con no sabe quién..., de +cierto, nada; pero algún lío debía de traer entre manos, porque, según +la chica, en cuanto llegaban por la noche del teatro a la fonda, +Cristeta la despedía sin dejar que la desnudase; y otras veces se +quedaba escribiendo hasta muy tarde. + +Aquí a don Juan se le alegra la mirada de un modo apenas perceptible, y +rueda por sus labios una sonrisa. + +Prosigue don Quintín: + +--En seguida, o poco después, vino lo del casorio con Martínez que, según +mis noticias, es un animalote ordinario que se chifló atrozmente por +ella. + +Don Juan se pone muy serio y escucha con mayor interés. + +El estanquero continúa: + +--Bueno; pues yo, teniendo en cuenta lo lista que es Cristeta y lo +apasionado que llegó a estar Martínez por ella, me hago la siguiente +pregunta, y usted dirá si es un disparate: ¿no es posible que el chico +sea del otro de quien habla la doncella, suponiendo que sea verdad, y +que Cristeta, al casarse con el Martínez, le haya hecho apechugar con el +muñeco... ya nacido o en vísperas? Crea usted que una mujer que se ve +perdida es capaz de todo, y un hombre enamorado también. He dicho +sospecha, nada más que sospecha; pero tiene su poquito de fundamento, +porque fíjese usted: primero lo que dice la doncella, y luego el casarse +con un tío tan ordinario, sólo puede haberlo hecho por cálculo; ¿y qué +mayor provecho que legalizar la situación en que se hallaba?; por +último: ¿a qué esconderse de mí y de mi mujer, a quienes debía estar tan +agradecida, esquivándonos como lo ha hecho? Vamos, yo veo la cosa +turbia. + +La impresión que recibió don Juan fue horrible. + +Fingió escucharlo todo sin darle importancia, haciendo como que jugaba +distraídamente con el regojuelo que había quedado sobre la mesa, pero en +realidad estaba profundamente pensativo. + +Aquella idea se le había ocurrido alguna vez, muy vagamente, pero jamás +la formuló su pensamiento con tan espantables caracteres de posibilidad. +¡Suyo el hijo de Cristeta! ¡Vaya un final de almuerzo! Poco le faltó +para exigir a don Quintín con malos modos que confesara cuanto supiese; +mas comprendió que la violencia era inútil. Sólo su propio ingenio y la +confesión de Cristeta podían sacarle de dudas: era forzoso que mediase +entre ambos una explicación. Al cabo de unos instantes, sobreponiéndose +al disgusto que experimentaba, reanudó el diálogo y se mostró +amabilísimo con don Quintín. Aquel hombre le era, desgraciadamente, +necesario. + +Tomaron exquisito moka, que al estanquero le pareció inferior al del +café, y luego, saboreando unas copas de licor, don Juan le ofreció +habanos. + +--No es mal tabaco--decía don Quintín--; pero crea usted que no hay nada +como los peninsulares bien elegidos. + +Separáronse tras grandes protestas de lealtad y mutua protección. + +Poco después don Quintín iba por la calle haciendo estas reflexiones: +«¡Vaya un tío cuco...! pero se ha fastidiado. ¡Cincuenta duros...! +¡Carola, segura...! En cuanto a lo demás... Cristeta verá lo que hace: +he cumplido sus órdenes; ahora... me lavo las manos.» + +Hasta quedarse solo no sintió don Juan en toda su intensidad el +disgustazo que acababan de darle. + +Había en los razonamientos de don Quintín, o, mejor dicho, se desprendía +de ellos una consideración de muchísima fuerza. ¿Cómo se explicaba que +Cristeta, tan sentimental y delicada, hubiese consentido en entregarse a +un hombre como Martínez, rico, pero vulgarote y ordinario? Don Juan +recordaba perfectamente las repetidas veces en que Julia le habló de su +amo tratándole de grosero, basto y a la pata la llana. Pensándolo bien, +estas confidencias de la niñera podían servir de base a las conjeturas +en que ahora le hacían caer las frases del estanquero; todo indicaba que +sólo el interés, pero un interés poderosísimo, había determinado la +boda. Por otra parte, no siendo ella codiciosa... ¿qué interés podía +tener...? sólo el de regularizar la falsa situación en que se hallase, o +el ansia de asegurar el porvenir del niño, si ya estaba camino del +mundo. + +«Este mamarracho de viejo--se decía--, es un sinvergüenza capaz, por +dinero, de hacernos el embozo de la cama...; pero ¡ella, ella! Ahora me +explico sus lágrimas, su miedo de acercarse a mí, sus palabras +tristes...; no puede menos de quererme. Y el chico... ¿mío? ¡sabe Dios!; +pero no es ningún imposible... y ese señor Martínez... ¡anima!, aunque +no, puede que no esté sino perdidamente enamorado, loco, ¿no ha de poder +trastornarse otro hombre si a mí me están dando ganas de llorar?» + +<tb> + +Aquella misma noche el estanquero refirió a su sobrina cuanto habló con +don Juan durante el almuerzo; pero puso gran cuidado en callar todas +aquellas sospechas que le hizo concebir relacionadas con el origen del +niño, y que respondían a su particular deseo de vengarse. No obstante la +omisión, Cristeta escuchó todo lo demás inquieta y azorada, miedosa de +su propia obra. Una imprudencia, por pequeña que fuese, y estaba +perdida; el menor descuido, y en vez de ingeniosa enamorada, semejaría +codiciosa enredadora. + +¡Triste condición de toda mujer amante y burlada, que al reconquistar el +bien perdido, parece trapisondista despreciable! + + + + + + +Capítulo XIX + +De cómo Cristeta representó en un palco mejor que cuando lo hacía en el +escenario + + +Don Juan tenía pensado alquilar un cuarto y amueblar en él dos +habitaciones: una tal que pareciese oficina, para dar sombra de +apariencia a lo de la empresa teatral, y otra cuidadosamente alhajada, +donde, atraída Cristeta, quedara su resistencia vencida; pero en vista +de la conferencia con don Quintín, consideró inútil lo primero, pues el +grandísimo bribón no había menester disimulo, sino dinero; por lo cual a +otro día del almuerzo le mandó a Benigno con una carta en que, a modo de +primer mes de sueldo, le remitía mil reales, es decir, el amor de Carola +provisionalmente asegurado. En cuanto a lo de alhajar cómoda y +lujosamente un nido donde recibir a Cristeta, también varió algo su +propósito, discurriendo que tal vez careciera de sentido común el +forjarse ilusiones si la paloma había ya anidado en otro lado, y hasta +hecho cría. + +El deseo de aquel hombre iba sufriendo una transformación tan radical +como justificada. Lo que hasta entonces le movió fue el apetito amoroso +que juntamente despertaban en su ánimo la belleza de Cristeta, la +envidia de su legítimo poseedor y la vanidad herida; pero a consecuencia +del almuerzo con don Quintín, todo cambió. Ya no podía bastarle poseer a +Cristeta como a una mujer cualquiera; quería saber si aún era amado de +ella; aquilatar qué clase de afecto profesaba a su marido, o lo que +fuese; obtener pleno conocimiento del origen del niño; en fin, salir de +dudas. La frívola pertinacia del galanteador de oficio, la tenacidad +irritante del mujeriego afortunado, habían cedido el puesto a móviles +más serios. Lo que comenzó a guisa de vulgar conquista, iba +transformándose en drama psicológico, sin puñalada, pistoletazo, ni +catástrofe, pero muy serio: acaso con su catástrofe y todo, porque +¿quién era capaz de prever las complicaciones a que podría dar ocasión +el odioso Martínez? Pero lo grave era que la mujer antes perseguida y +deseada sólo por gentil y graciosa, se había trocado en hechicera +enigmática: ya no era don Juan un temperamento atraído por la belleza, +sino una voluntad obstinada en descubrir el arcano que llevaba una mujer +dentro del pecho. Hasta el pecho ¡lo más hermoso del cuerpo de Cristeta! +se le olvidaba pensando en su corazón. + +Tomó un piso entresuelo en cierta casa de un amigo suyo (la calle, +aunque céntrica, casi solitaria), y en cuatro días, a fuerza de dinero y +con ayuda de don Quintín, hizo que le amueblaran un precioso gabinete +donde todo era sencillo y de exquisito gusto. La alfombra, clara; sobre +una mesita, una lámpara preparada, y como adorno, muchas flores. No +había reloj, para indicar que quien lo dirigió todo no quería tasado el +tiempo. Por precaución tenía la estancia puertas francas a escaleras +distintas, y en los balcones visillos muy tupidos. Junto a la chimenea +se veía uno de esos asientos llamados confidentes, dispuestos en forma +de ese, donde una pareja puede mirarse rostro a rostro, llegando tibio +el aliento del que habla a la oreja del que escucha: para diálogo +amoroso, imposible hallarlo mejor; pero no era mueble incitante y +traidor de aquellos en que la castidad suele reclinarse sana y +levantarse herida. + +Al quinto día, luego que la casa estuvo dispuesta, don Juan entregó a su +representante una llave por si encontraba momento propicio de llevar a +Cristeta o de hacer que se resolviese a ir; y envolviendo el ruego en +promesas, le suplicó que apurara todos los medios imaginables para que +su sobrina le concediese la deseada entrevista. + +En un principio, de acuerdo con ella, don Quintín dio largas pretextando +que no había logrado verla; después dijo que vacilaba y temía; por +último, que comenzaba a desesperar. Así transcurrieron dos semanas, de +beneficioso resultado para su bolsillo y de triste incertidumbre para +don Juan, quien al cabo determinó escribir a su adorada; de lo que se +originó nueva cita con Julia en la Plaza Mayor, y nueva carta, que a la +letra decía estas palabras: + + _«Cristeta de mi alma: Ha pasado qué sé yo cuánto tiempo desde que + nos vimos; no tengo ya ninguna esperanza y, sin embargo, no me + resigno a perderte. ¿Dejarás que me marche de Madrid? Porque no + puedo vivir así. No te pido más que una entrevista muy breve, y te + doy palabra de honor que no tendrás que arrepentirte._ + + _He puesto un cuartito en la calle de Belén, 78, entresuelo. Allí + te aguardo mañana y pasado, desde la una de la tarde hasta el + anochecer. Si no me contestas dentro de cuarenta y ocho horas, será + señal de que nada puedo esperar, y esta misma semana saldré de + Madrid para no volver nunca. Adiós, Cristeta de mis ojos. Medita + bien lo que resuelves, que va de veras, y acuérdate de tu + desgraciado_ + + JUAN.» + +Al expirar el plazo, cuyo término caía en lunes, don Juan recibió +respuesta con estas palabras, de mano de Cristeta: + + _«Estoy malucha, y además no puedo ni debo aceptar eso que + propones; el domingo que biene toma un palco alto, para por la + tarde, en cualquier teatro, y enbiamelo: de otro modo, nada._ + + C.» + +¡Qué semana! Ni educanda encerrada que aguarda el día de salida para ver +al primer muchacho que a hurtadillas le oprime la mano, y con quien soñó +castamente en el lecho virginal del convento; ni príncipe en vísperas de +ser coronado rey; ni miserable usurero a punto de cobrar; ni madre de +marino que en la costa espera el navío donde su hijo torna, nadie se +impacientó ni desesperó tanto como el pobre don Juan. + +Llegó el sábado; fijáronse en las esquinas los carteles teatrales, +leyolos, calculó cuál sería la función más larga, y vio que en la +Zarzuela representaban un melodrama en cinco actos, seguido de sainete; +es decir, cinco entreactos, que era lo que a él le interesaba. Tomó para +sí una butaca, escogió un buen palco y se lo mandó a Cristeta. «¿Quién +la acompañará?--pensó--. Cuando lo ha pedido para por la tarde, es que +lleva al chico.» Y al recordar al niño se le puso carne de gallina. + +El domingo amaneció sereno, hermosísimo. Con el temor de que se +suspendiera la función, se puso don Juan más nervioso que mujer en +tienda de sedas. Por fortuna, al medio día se nubló el cielo y comenzó a +llover. Su primera impresión fue de alegría; pero luego se dijo: «¿A que +no va porque no coja humedad el chiquillo?» + +Hasta la hora del espectáculo permaneció encerrado en casa y, según su +costumbre, quiso distraerse leyendo; pero todo fue inútil. Tal estaba su +ánimo, que no le hizo gracia _Don Quijote_. Si llega a hojear _La divina +comedia_ se ríe del conde Ugolino. Al oír que daban las tres en el reloj +del despacho, púsose el gabán y salió. + +Madrid estaba convertido en un lodazal; soplaba norte pulmoníaco, y la +lluvia, por lo terca y violenta, se burlaba de toda prenda impermeable; +pero a don Juan le pareció que caminaba por las secas alamedas de un +jardín donde corría suavísimo céfiro y que del cielo caía tibio rocío +perfumado, como aquel que un alarife cordobés hizo llover en el serrallo +del califa. + +Cuando llegó al teatro aún estaba el pórtico cerrado, y ante él +esperaban, devorados de impaciencia y roídos de mal humor, grupos de +papás, manadas de niñeras y enjambres de chicos. Por fin, abrieron, y la +puerta comenzó a engullir gente. Todos se apresuraron: nadie dio tantos +codazos como don Juan. + +Otros llevaban al niño de la mano: él llevaba dentro al niño Amor, que, +aposentado en su corazón y su pensamiento, lugares donde antes jamás +entró, corría de uno para otro. + +La sala estaba a media luz: don Juan, que llevaba tres horas +diciéndose:--_«Principal, número nueve»_, miró al palco. + +Los violines, mal afinados, gruñían como cochinillos hambrientos, oíase +algún quejido gangoso de clarinete y rasgaban el aire alegres carcajadas +infantiles. + +Don Juan, de pie en el callejón central de las butacas, tenía fija la +mirada en el palco. De pronto, levantose la cortina, apareció Julia con +el niño en brazos, y tras ella, destacando por claro sobre el fondo +oscuro del palco, se dibujó la encantadora figura de Cristeta, en +actitud de alzar las manos para quitarse un precioso sombrerillo. ¡Qué +semblante y qué talle! A no estar trastornado por sus preocupaciones, +don Juan hubiese comprendido mirándola, que la esbeltez de aquella mujer +era incompatible con la maternidad. Lo de llevar al teatro un niño de +dos años, le pareció insensato...; pero era el pretexto: y además, los +padres llevan a sus hijos demasiado pronto al teatro, porque se hacen la +ilusión de que entienden lo que ven. + +Cuando aumentó repentinamente la intensidad del alumbrado, Julia y el +chico lanzaron a dúo un ¡aah! formidable. Cristeta se sonrió, y a don +Juan le pareció que de aquella sonrisa había brotado la claridad. + +¡Qué hermosa estaba la antigua comiquilla! Lo que descubría del traje +por cima del antepecho del palco, era un primor. Vestía una chaquetilla +de paño gris perla, bien ceñida y sin adornos, luciendo, al quitársela, +el cuerpo del vestido, liso y rojo muy oscuro, con muchos botoncitos de +plata; al cuello una gola de piel negrísima, sobre la cual brillaba, +como enroscada sierpe de oro, el moño de pelo sedoso y rubio. Nada de +joyas, ni siquiera un brazalete; pero, en cambio, sus movimientos, +ademanes y posturas estaban impregnados de aristocrática gentileza. + +Don Juan enderezó hacia ella los gemelos, y viéndola tan hermosa creyó +no haberla poseído nunca. No parecía muchacha plebeya elegantizada de +repente, sino hija de grandes, hecha desde niña a todos los +refinamientos del lujo. + +Lo poco que don Juan oyó del acto primero, se le hizo interminable. ¡Y +qué malo! Arte para la galería, espectáculo propio de pueblos atrasados; +lo de siempre: la dama perseguida, el traidor eterno, el vulgar +gracioso. Por supuesto, que Lope o Alarcón no le hubieran aquel día +parecido mejores. Miró hacia el palco muchas veces, y en dos notó que +ella le correspondía con amables sonrisas. Terminado el acto, repitió +las miradas con gran insistencia, moviendo hacia arriba la cabeza, +indicando que quería subir: ella, disimuladamente, extendió el brazo y +abrió la mano, moviéndola hacia abajo, lo cual, con toda claridad, +significaba: «Espera.» Don Juan puso cara de pariente desheredado. En el +segundo, tercero y penúltimo entreacto, que por fortuna no fueron +largos, ocurrió exactamente lo mismo, con lo cual el disgusto del +enamorado arreció tanto, que comenzó a retorcerse en la butaca como +diablo que se ahogase en agua bendita. ¿Si habría pensado aquella mujer +que iba él a contentarse con una ración de vista? + +Por fin, al caer el telón tras el último acto del melodrama, cuando no +quedaban más que un intermedio y el sainete, don Juan, ya tan impaciente +que aun sin permiso ni consentimiento subiera, repitió la seña de +levantar la cabeza como preguntando: «¿Voy?» Entonces Cristeta le +dirigió una mirada cariñosa, haciendo al mismo tiempo un gesto de +conformidad, que quería decir: «Ven.» + +Salió de la platea, y echando escaleras arriba, medio derribó a un +chico, pisó a una señora y tropezó con un caballero, a quien tiró el +cigarro. Le pareció oír insultos a su espalda, pero no hizo caso. El +corazón le latía como a chico en examen. + +Antes de que acudiese el acomodador ya tenía Cristeta entornada la +puerta del palco, cuyas cortinas caían rectas, dejando sólo entre sí una +estrecha abertura por donde penetraban el resplandor y los rumores de la +sala. Juan cerró con tiento; y no por estudiada osadía, como en otros +tiempos, sino por sincero e irresistible impulso, cogiendo con fuerza +las manos de Cristeta, la empujó hacia atrás, sentándola en la banqueta +del antepalco; y en seguida, alzando hasta su boca las manos deseadas, +despacio, tembloroso, casi con respeto, se las besó, seguro de que no +podían ser vistos, mientras ella, al través de la cabritilla, sintió +algo que la quemaba dulcemente. + +Pasaron unos segundos sin que ninguno de ambos profanase aquel silencio, +que lo decía todo. Por fin habló Juan en voz baja: + +--Tú mandas y yo obedezco; pero mía ¡para siempre! + +La respuesta fue un suspiro salido de muy hondo, y un movimiento de +cabeza triste y negativo. + +Estaban en sombra, nadie podía verles, y por entre la separación del +cortinaje penetraba una faja de luz que Cristeta procuraba esquivar +echando el cuerpo hacia atrás. Al moverse creyó dar con la espalda en el +muro; pero Juan había sabiamente deslizado una de sus manos entre la +pared y el cuerpo de ella, de modo que al querer recostarse quedó +aprisionada por el talle. Ambos se estremecieron, pareciéndoles que no +había transcurrido tiempo desde la última caricia. Aquello fue la +repetición del bien pasado; acaso la dicha más grata que da el amor. +¡Qué recuerdos! Astucia de mujer, cavilosidad de hombre, entereza de +ánimo, escozor de vanidad ajada, ¡cómo vinisteis a tierra fundidos por +aquel calor que, traspasando las telas y penetrando las carnes, llegaba +por los nervios al centro de las almas! + +--¡Vida mía! + +--¡Juan, por piedad! + +Fueron dos exclamaciones más henchidas de poesía que el mejor poema. Sin +embargo, Cristeta, que todo lo arriesgaba en la partida, se rehizo, y +dominando su primera impresión, se aprestó a la lucha. Era llegado el +instante de lo que ella, a solas con su pensamiento, llamaba el último +acto de su comedia. Sin apartar el cuerpo del brazo de Juan ni retirar +la mano que le tenía abandonada, pero mostrándose fría y serena (la +procesión andaba por dentro), dijo: + +--¿Por qué no me dejas vivir tranquila? ¿Qué quieres? ¿No comprendes que +todo debe ser inútil? + +--Lo veremos. Hay mucho que hablar. Un hombre que se ve en mi situación, +tiene derecho a... + +--A nada. + +--Te equivocas. No queda tiempo, ni éste es sitio para explicarse; pero +como tú no has querido nunca venir a terreno mío... + +--¿Era decoroso? + +--En fin, aprovechemos los instantes. ¿Cuál ha sido tu conducta desde que +me fui a París? + +--¿Desde que me abandonaste en la fonda de Santurroriaga? + +--Bueno, como quieras, te abandoné; de eso luego se tratará. ¿Qué +hiciste? + +--¿Y no se te ha ocurrido preguntártelo a ti mismo hasta que has vuelto a +verme? + +--¡Responde! + +--¿Y por qué has de ser tú y no yo quien interrogue? ¿Porque eres hombre? +Ten calma. + +--No puedo, la tendré cuando hayas vuelto a mi poder. + +--¡Ah! Me quieres ahora porque no puedo ser tuya. + +--Más de lo que te figuras. Estoy dispuesto a todo. + +--Y yo a nada. + +--¡Parece mentira que se te hayan olvidado ciertas cosas! + +--¿Cómo he de olvidar lo que hiciste conmigo? + +--Bueno..., ¿qué buscas, qué pretendes? ¿La satisfacción de oírme que +hice mal? ¿que te diga que me arrepiento? ¿que ni siquiera me porté como +caballero? Corriente; no merezco ni lástima...; humíllame, véngate +cuanto quieras; pero, ¡por Dios, Cristeta, vida mía! ¿a quién has +querido, de quién eres...? ¡yo no puedo vivir así! + +Tal sinceridad había en su acento, que de buena gana Cristeta se hubiese +dejado comer a besos, si no temiera que la precipitación malograse su +plan. Se limitó a mirarle con dulzura, respondiendo: + +--¿Pues qué clase de mujer crees que soy? ¿de las que tú estabas +acostumbrado a tratar? + +--Es que no puedo callártelo.... esa criatura--y extendió el brazo hacia +donde estaba el niño--esa criatura me tiene loco... Cuando yo me marché +de Santurroriaga..., porque..., la verdad..., ¿al cabo de cuánto tiempo +te casaste? Aun suponiendo que hallases un hombre tonto o... poco +escrupuloso, en fin, uno que pasara por todo, ¿no tenía yo algún derecho +a saber la resolución que ibas a tomar? + +Cristeta, sorprendida, le dejó concluir. Ignoraba las insidiosas frases +pronunciadas por su tío el día del almuerzo para herir a don Juan, y no +esperaba semejante ataque. Cierto que había, desde un principio, ideado +acompañarse del niño para dar más viso de verdad a su condición de +casada; pero, a pesar de su travesura, jamás imaginó, ni entró en sus +cálculos, excitar a Juan martirizándole con la creencia de que el chico +pudiera ser suyo; y en aquel momento comprendió, por fortuna, que el +recurso que a las manos se le venía era efímero y de muy peligroso +aprovechamiento. Además, su orgullo legítimo de mujer amante le inspiró +el recelo de que si don Juan aceptase aquella paternidad, ya no sería +ella misma quien venciera, sino el niño, y por último pensó también que +como al fin y a la postre habría de descubrirse la mentira, sería fatal +para ella que su ingenio de enamorada pudiese ser calificado como +ambiciosa tramoya y conspiración de aventurera. + +Juan estaba pendiente de sus labios. + +Cristeta suspiró; luego guardó silencio en larga pausa, mirándole +fríamente, mostrándole impávida el azul profundo de sus ojos; se pasó la +lengua húmeda por los labios secos, y muy despacio, levantando una mano +y posándosela en el hombro, le dijo con melancólica solemnidad, al mismo +tiempo que dejaba caer ruborosa los párpados de larguísimas pestañas. + +--Vive tranquilo; te juro que ese niño no es tuyo. + +Juan reprimió un suspiro de desahogo, y acentuando el fervor amoroso, +por disimular la emoción, repuso a modo de acusador: + +--Entonces, infame... sí, perdóname, infame, ¿qué cariño era el tuyo, qué +pasión era aquélla, si cuando apenas me fui te entregaste a otro y con +tal entusiasmo que... ¡ahí están las pruebas! (Y volvió a señalar al +chico.) Yo pude ser falso, engañador, traidor, sobre todo, tonto, +porque, al dejarte, en la culpa llevaba la pena; pero ¿qué nombre merece +tu conducta? + +--¿Es decir, que mi obligación era quedarme toda la vida esperando a que +se te antojase volver a acordarte de mí, como se queda un libro en un +estante, hasta que su dueño tenga capricho de volverlo a leer? Sé +franco, mírame cara a cara y dime: si yo fuera libre, ¿hubieras vuelto a +pensar en mí? Dispensa la dureza, pero lo que ahora sientes no es amor, +es envidia de otro. + +--De ese otro a quien odio y aborrezco, también tenemos que hablar; pero +quien me importa verdaderamente, eres tú. Ya lo estás viendo: me has +dicho que el niño nada tiene que ver conmigo, y sigo diciéndote que no +puedo vivir sin ti. + +--¿Pues qué recurso sino conformarse? + +--¡Si fuera en Francia! + +--Sí, allí creo que se casan y se descasan como perros. + +--¡Bendito país, donde la traición, el engaño y hasta el error tienen +remedio! + +--¿Y quién te dice que yo sea capaz de aceptar eso? ¿Acaso no puedo +quererle? + +--¿Al niño? Naturalmente; al fin, es hijo tuyo. + +--No me has comprendido...--repuso sin atreverse a concluir. + +--¡Calla, traidora! porque no respondo de mí. + +Y alzó tanto la voz, que ella hizo ademán de taparle la boca con la +mano. + +--No pensemos en lo imposible--añadió Cristeta tristemente--¿Has querido +verme para que sufriéramos los dos? Ya estarás satisfecho; pero basta... +¡por la Virgen Santa! + +Intentó incorporarse, Juan la contuvo oprimiéndola el talle, y aún más +con el suplicar de su mirada, al mismo tiempo que decía: + +--No perdamos tiempo en recriminaciones inútiles. ¿Me he portado mal?, +pues te pido perdón. ¿Has obrado por despecho?, te perdono. ¿Nos hemos +equivocado los dos, yo al dejarte y tú al olvidarme?, pues venzamos a la +desgracia. Manda, ordena, dispón, decide lo que quieras; paso por todo, +¡pero mía, mía para siempre! + +--¿Y qué sabes tú lo que es _siempre_? ¿Cuánto tardarías en cansarte otra +vez de mí? Y, sobre todo, no reparas en lo que hablas... y me estás +ofendiendo. Óyelo bien; jamás engañaré a Martínez, lo juro. Lo hecho, +hecho está.--Y al decir esto, sonrió ligeramente, como burlándose de sus +propias palabras. + +--¡Pues yo lo deshago!--replicó Juan en fogoso arranque. + +--Eso se dice ahí, en el escenario, pero aquí en la vida... ¡ya no +podemos ser dichosos! + +--¿Luego me quieres? ¡alma mía! ¿No eres feliz? ¿Qué hombre es ése? ¿Por +qué te has enamorado? Cuéntamelo todo. + +--No me atormentes más, que estoy sufriendo mucho...; mira, mira--añadió +levantando un poco la cortina--márchate, que ha comenzado el sainete. + +No había comenzado, sino que faltaba poco para que concluyera. + +--¡Quiá! ¡Qué he de irme! ¿Crees que he venido sólo para esto? Vuelves a +ser mía... y hoy te acompaño hasta tu casa. + +--Ni una palabra más. Accedí a oírte, porque supuse que tendrías juicio. +Esto se acabó; yo no transigiré nunca con ciertas cosas. + +--Ni yo con perderte. + +--Entonces, ¿qué pretendes? ¿que sea de dos a un tiempo? ¿Quién +resultaría despreciable, nosotros o _él_? Figúrate lo absurdo, que _él_ +lo tolerase: ¿crees que yo podría tenerle al lado? + +--Cuanto dices prueba que no has dejado de quererme: ¡eso es lo que yo +deseaba saber! Ahora, la última pregunta, y ¡mira que hablas con un +hombre resuelto a todo!: ¿estás realmente casada? porque hay quien... no +lo cree. + +Cristeta vaciló un punto, sin atreverse a responder categóricamente. +Hasta entonces había puesto especial empeño en no afirmarlo. Tampoco en +aquel instante quiso decirlo, y en vez de contestar de palabra, como si +cediese a una languidez incontrastable, dejó caer el dulce peso de su +cuerpo sobre el hombro de Juan, al mismo tiempo que decía: + +--¡Qué desgraciada soy! ¡Déjame, déjame! + +Al sentir Juan acariciado el rostro por el cosquilleo del pelo de +Cristeta, dio al olvido la pregunta que hizo, la respuesta que esperaba, +hubiera olvidado hasta la gloria si entonces se la hubiesen ofrecido, y +estrechando contra el pecho la cabeza de su amada y pegando los labios a +su oído, le dijo: + +--Iremos donde quieras, solos... o con tu chico..., yo seré su..., lo que +tú mandes, ¡alma mía! + +Y la besó callada y blandamente entre el rizo y la oreja. + +Cristeta levantó la cabeza, mostrando involuntariamente los ojos llenos +de felicidad. Juan había pronunciado aquellas palabras con una expresión +nueva, desconocida para ella, y aquel beso fue más casto, más sincero, +menos egoísta que los dados en otro tiempo por los mismos labios. No se +sintió deseada, sino querida, y en lo más íntimo de su espíritu se alzó +una voz que le decía: «Es tan mío como yo suya.» + +La función estaba concluyendo. Púsose Cristeta en pie sin que ya él lo +estorbase, esquivó sus miradas como aterrada, y le dijo: + +--Vete. Quiero salir sola. + +--¿No viene nadie, ni tu tío, para acompañarte? + +--¡Ah!... A propósito de mi tío. Tengo que pedirte un favor. + +A no estar tan ciego el pobre don Juan hubiera notado que no era propio +de situación tan grave hablar del ridículo don Quintín; mas sin pensar +en ello, repuso: + +--¿Tú pedirme favores? Pon un bando, y hago que te obedezca... hasta el +mismo Nuncio. + +--No exageres. Lo que quiero es que no contribuyas a volver loco a ese +pobre hombre. En cuanto tiene dinero hace cada barbaridad... Con que no +le des ni un duro. ¿Me lo prometes? + +--Pero, mujer... + +--No hay pero que valga; cuanto le das es para su mal. + +--¿Por qué? + +--Porque tiene... Vamos, que se lo gasta todo con una bribona, no para en +casa, descuida el estanco, trata mal a la pobre tía... y se pone malo. +¿Lo harás? + +--Te prometo no volver a darle ni una peseta. Adiós, y piensa que ya eres +mía. Ahora cuando quieras nos veremos para convenir lo que más te +agrade. + +Cristeta, comprendiendo que había llegado uno de los momentos más +amargos y difíciles de su empresa, hizo un esfuerzo, y arqueando con +gesto de desesperación los labios, alterada y sombría la voz, dijo, +llenando de pesar a Juan: + +--No nos hagamos ilusiones... Me despreciarías, y harías bien... Esto es +un sueño... Me estás volviendo loca, ¡pobre de mí!... Perdóname... +Imposible. ¡Adiós! + +Las palabras salieron de sus labios saturadas de amargura; pero al mismo +tiempo, sin que pudiera evitarlo, brilló en sus ojos tal llamarada de +pasión, que aquella mezcla de negativa y de amor fue lo sumo de la +coquetería. Don Juan no sabía a qué santo encomendarse. La boca de +Cristeta decía: «Nunca»; los ojos gritaban: «Llévame.» + +Reclinada en la pared del antepalco, desordenadillo el rizoso pelo, +acarminadas las mejillas y voluptuosa la mirada, estaba realmente +encantadora. + +Don Juan, medio enloquecido, dijo: + +--¿Eres Cristeta, o eres un tigre que está jugando con mi felicidad? + +--¡Felicidad!--exclamó ella con acento melodramático, oportuna +reminiscencia de su carrera artística--¡Felicidad!... Juan, no me hagas +ser mala... ¡No quiero!... Adiós. ¡Jamás volveremos a vernos! + +En seguida hizo a la niñera una seña, salió ésta con el chico, le +arroparon, pusiéronse la moza su mantón, la señora su linda chaquetilla, +y salieron del palco. En el pasillo, Cristeta habló a su adorador en voz +baja: + +--¡Por caridad... vete! + +--¿Hablaremos?--repuso él suplicante. + +--No me hagas ser mala. No quiero. Vete... + +El pasillo estaba ya lleno de gente. Don Juan comprendió que no era +posible seguir hablando sin ponerse en ridículo. + +Mustio, alicaído y rabioso, bajó tras ella la escalera. Su propósito era +seguirlas; pero apenas pisaron la calle se metieron en el coche que +estaba aguardando. No debió de quedarse tan triste ni asombrado aquel +hidalgo de la leyenda que vio ante sus ojos pasar su propio entierro, +como quedó don Juan mirando alejarse rápida mente la berlina + +Cristeta iba encogida y como acurrucada en el fondo del coche, medrosa +por lo que acababa de hacer. El riesgo de su ventura la tenía muerta de +miedo. Pensó que acaso fue más allá de lo prudente. ¿Llegaría él a +razonar, sentir y disculpar los móviles que la impulsaron, y, sobre +todo, a empaparse bien de que eran desinteresados? Si creía que su +objeto era atraparle, como en su soez lenguaje dicen los hombres entre +sí, estaba perdida. Ocurríasele que con otro hombre habría empleado +recursos diferentes; pero en seguida reflexionaba que a otro no le +hubiera querido. En cuanto a Juan... él mismo, con su carácter, +suministró idea del estímulo que había menester. ¿Estaba enviciado en la +facilidad, madre del hastío?, pues hacerse desear. ¿Eran sus amores +pasajeros y compradizos?, pues demostrarle que ella no se vendía, ni era +su corazón tesoro para derrochado en unos días. ¿Lograría que Juan viese +claro el sentimiento que la impulsó a tales aventuras? En caso +afirmativo, el éxito sería doble: primero, porque adquiriría la +persuasión de que Juan la conocía a fondo, como debe ser conocida la +mujer amada; y segundo, porque así la conquista sería definitiva. +Hallando mujer tan encariñada y animosa, sólo un necio podía renunciar a +ella. En cambio, el fracaso no era únicamente la pérdida de la dicha, +sino el descrédito a los ojos de Juan. ¡Adiós esperanza, amor..., todo! +No se arredraba pensando en la vuelta al estanco y la pobreza; pero +Juan, Juan... ¿Por qué se le habría metido aquel hombre tan adentro del +alma? De todos modos, era imposible prolongar mucho la situación. + +Y, sin embargo, faltaba el último cartucho por quemar. + +Según costumbre, se apeó del coche en sitio apartado y volvió a casa a +pie, sola y dando rodeos. + +Desnudose despacio, engolfada en sus ideas, entreteniéndose en guardar +con cuidado sus ropas, relativamente lujosas, como el guerrero cuida y +guarda las armas. Luego dirigió una mirada a los pobres muebles y +blancas paredes de su cuarto, y suspiró pensando: + +«¡Quién sabe! ¡El beso de hoy me ha parecido beso de cariño!» + +<tb> + +Don Juan se retiró como chico a quien dan cañazo en la escuela. + +«¿Qué mujer es ésta?--se decía al entrar en su casa--. ¿La coqueta más +temible del mundo, o una desdichada que fluctúa entre el deber y el +amor? Porque, ¡vaya si me quiere! ¡Cómo temblaba cuando la besé... y qué +modo de mirar!» + +Ya no se le ocurría todo aquello de capricho, vanidad, lo que me dé la +gana, un día, una hora... La quería por suya como se desea la felicidad, +sin fijar término ni plazo, lo antes posible y para siempre: ya no era +el temible Burlador de Sevilla, que seduce, logra y desprecia, sino el +Tenorio apasionado que se rinde a doña Inés. + +Entre su deseo y su esperanza surgía el recuerdo de las últimas frases +que Cristeta le dijo en el antepalco. Las recordaba claras, indudables, +palabra por palabra, sílaba por sílaba. «... No me hagas ser mala... ¡No +quiero!... Vete... ¡Nunca!» + +Entonces el hombre insustancial y frívolo, que no había vertido una +lágrima desde la muerte de su madre, se dejó caer en una butaca, +cubriose el rostro temiendo que le hicieran burla las Venus de bronce, +las fotografías de mujeres hermosas o los retratos de queridas olvidadas +y se echó a llorar como un niño. + + + + +Capítulo XX + +Los favores que don Juan hizo antaño a su cocinera Mónica, le fueron +grandemente pagados sin que él lo sospechara + + +Cartas impregnadas de ternura, junto a las cuales resultarían pálidas +aquellas que se escribieron en el Paracleto; recados apremiantes +enviados por conducto de Julia; súplicas, amenazas, todo fue inútil. +Cristeta, voluntariamente recluida en su casa, daba la callada por +respuesta. Entonces, al modo que el general sitiador a quien es adversa +la fortuna suspende el ataque y se encierra en su tienda, don Juan +comenzó a filosofar, recurso de desgraciados, y le pareció que su pasado +era ridículo; su presente, amarguísimo; su porvenir, incierto. El mal +humor fue poco a poco convirtiéndosele en tristeza y ésta en melancolía. +Haciendo retrospectivo examen de conciencia, consideró que su vida fue +hasta entonces una serie de aventuras vulgares. Las mujeres a quienes +venció no eran dignas de ser conquistadas: unas, porque valiendo poco le +costaron mucho; otras, porque no se rindieron al galán seductor, sino a +su propia desesperada lascivia; ya eran jovencillas viciosas, +ex--vírgenes locas; ya mal casadas, ya viudas consumidas en forzosa +continencia. Todas le dieron sobras de amor, escoria de los sentidos; +pocas recordaba que no le hiciesen reír o avergonzarse. Ahora comprendía +que cuanta fruta mordió era de la que se pudre en agraz o de la que por +su peso cae dañada del árbol: la única vez que llegó a cogerla sazonada +y fragante, dejó, como un estúpido, que otro la saborease, y al querer +recobrarla... «Imposible». El acento con que Cristeta pronunció esta +palabra le taladraba los oídos y le acibaraba el alma. + +A fuerza de permanecer encerrado en casa, comenzó a digerir mal, y luego +a comer poco: uniose al desasosiego moral el malestar físico, ayudó la +inapetencia a la melancolía, y en menos de tres semanas se quedó flaco y +triste como fiera enjaulada. + +Benigno, a quien el retiro de su amo tenía la libertad mermada, le +propuso llamar a Mónica, la incomparable cocinera que en situaciones +menos graves había restaurado sus fuerzas. Don Juan le preguntó: + +--¿Recuerdas dónde vive? + +--No, pero lo preguntaré. + +--Bueno. Haz lo que quieras. + +Un poco movida del agradecimiento a la pasada generosidad de don Juan, y +un mucho estimulada por el interés, Mónica dejó sus huéspedes +encomendados a la cocinera que antaño tomó por hacer papel de ama, y +volvió al servicio de su señor. Mas sus habilidades culinarias fueron +estériles. ¿Qué vale el buen caldo contra la pasión de ánimo? ¿Qué +pueden Vatel ni Motiño contra la lobreguez de ideas? ¡Mísero don Juan! +La más suculenta gelatina se le acedaba, irritábanle los mariscos, la +carne asada le daba náuseas, lo caliente le producía frío, con lo helado +sudaba, las trufas le enfurecían, el rico Borgoña se le antojaba brebaje +despreciable y la manzanilla le daba ganas de llorar; púsose al fin más +triste que San Juan cuando descubrió la estrella del ajenjo que vertía +hiel sobre la tierra. Llamó al médico, y al verle entrar en su cuarto +túvole por precursor y heraldo de la muerte. Nada sacó en limpio. ¿Era +dispepsia, gastralgia, pirosis? ¡Oh, inútil ciencia! ¡Oh, vanidad +moderna! Una buena Celestina le hubiese valido más que el mismo +Hipócrates. + +Cierta mañana Mónica le preparó ostras, huevos con cabezas de +espárragos, solomillo en salsa de vino de Madera, pastel de chochas +frías: todo ello en compañía de buen _Pomar_, incomparable _Tío Pepe_ y +café como el que hacen las huríes a Mahoma. Trabajo perdido. Los +manjares volvieron, casi intactos, a la cocina. Supuso la vestal del +fogón que la inapetencia era desprecio, y por salir de dudas, movida de +santa indignación, entró al despacho. + +Estaba don Juan macilento, escuálido, sentado en un sillón y más sombrío +que Bruto la víspera de Filipos. Recibiola sin sonrisas, sin gana de +bromas, preguntando con voz desfallecida: + +--¿Qué te pasa, mujer? + +--Eso pregunto yo. ¿Qué le pasa al señor? + +--No tengo apetito. + +--Pues el almuerzo de hoy era para abrírselo a cualquiera. + +--Estoy malo. + +--Lo que estará el señor será... + +Y se detuvo respetuosa. + +--Di, mujer; ya sabes que te quiero y que siempre te he permitido que me +hables con franqueza. ¡Al cabo de tantos años! + +--Pues lo que estará el señor será enamorado, y le habrá _dao_ más fuerte +que otras veces. + +El silencio de don Juan fue una especie de afirmación. + +--El señor es joven y está un real mozo...; pero a cada puerco le llega +su San Martín... + +--Gracias. + +--Perdone el señor. Vamos, señorito, he querido decir que se habrá usted +_estragao_ con tanto variar de _guisaos_, y estará usted _reventao_ de +andar a salto de mata, cazando en sotos ajenos, y tendrá gana de +fincarse. + +--No te entiendo. + +--Decía el cura de mi pueblo que el hombre que anda tras las mujeres es +como el que ve muchas tierras, que al fin se cansa y quiere tener un +rinconcito suyo..., pues; no quiero el monte del tío, sino el terruño +mío. + +Esta tosca imagen le pareció a don Juan la síntesis de su situación; +pero no era cosa de poner a la cocinera en antecedentes de su +desventura. Sonrió con benevolencia y repuso: + +--Puede que no te falte razón. + +--Será alguna de esas señoritas de ahora que van tan majas y tienen unos +cuerpos que da gloria. Convídela usted a comer con los papás, y pongo +unos platos que se chupan los dedos, se entusiasman y para postre le +regalan a usted la niña. ¿O será alguna de las antiguas? ¿Doña Purita, +la que llegaba aquí en lunes y se marchaba en domingo, y venía su madre +a traerle la muda? ¿La señorita Elisa, que le dejó a usted la mesa del +despacho _perdía_ de polvos de arroz? ¿La señora condesa...? + +--¡Calla, por Dios, mujer! + +--Sí, que sería el cuento de nunca acabar. La verdad es que ya esas no le +convienen a usted: más vale que se busque usted otro remedio: a cabeza +cansada, almohada nueva. Lo que importa es caer bien. No ha de faltarle +a usted árbol donde ahorcarse. ¡Si viera usted qué chicas hay por esos +rincones del mundo! + +Don Juan escuchaba por distraerse. Mónica seguía: + +--Yo tengo la tema de que los señores se gastan _ustés_ el dinero con las +que valen menos: _toos_ los _cabayeros_ de Madrid se están _ustés_ +arruinando por docenas de mujeres _perdías_ y las mejores se las dejan +_pa_ los estudiantillos y los horteras. ¡Hay por ahí _ca_ menestral, y +_ca_ señorita cursi..., y _ustés_ gastándose el dinero con unos +_plumeros_! En mis barrios, en mi casa, sin ir más lejos, conozco yo una +muchacha que _paece_ un ángel, y allí se está como flor en cerro, que ni +la huelen ni la cogen... hasta que pase el burro y se la coma...; es +decir, cualquiera. + +--Guapa, ¿eh? ¿Alguna modista o peinadora? + +--Por ahí, por ahí; pero monísima. Esbelta, graciosa... y cara de buena. +Vive sola, en el tercero interior, y debe de ser muy pobrecita. Yo, +cuando la vi al principio de vivir en la casa, que usted me dio el +dinero _pa_ eso de tener huéspedes, tuve _intinciones_ de hablarla _pa_ +que viviese conmigo en compañía: vamos, mi idea era darle cuarto y +comida, y que ella, en cambio, me cuidase de la casa, porque yo no puedo +atender a todo. + +--¿Y no lo hiciste? + +--Poco faltó: lo dejé, porque como tengo seis o siete huéspedes jóvenes, +y ella es tan guapa, me dije: se va a armar aquí una que ni la Inclusa +en diciembre. + +--¿Por qué dices eso? + +--Porque nueve meses después del Carnaval es cuando llevan más chicos. + +--¿De modo que no os arreglasteis? Además, naturalmente, siendo bonita, +tendrá sus aventuras. + +--Quiá, no señor. ¡Si vive allí que parece una monja! No recibe +_vesitas_, ni van señores, ni tiene novio, ni se le conocen trapisondas, +ni apenas sale. Mire usted que es en mis barrios, donde todo se sabe, y +no murmuran de ella: está igual que las que tienen el novio en Cuba y lo +esperan, como si no hubiera más hombres en el mundo. + +--Eso es un fenómeno. + +--Aunque usted se burle, debe de ser una bendita, porque tan joven, tan +guapa y vivir así... Por la mañana va una chiquilla, por cierto muy +chula, y le trae de la plaza _cualisquier_ cosa para comer, y le pone el +puchero, y le barre el cuarto, y se larga. Luego ella se las arregla +solita, y se pasa el día cose que cose... y también lee mucho. + +--¿Y dices que no tiene _lío_? + +--No creo, porque vive como huéspeda con una que le llaman Jesualda, y +digo yo, que sí..., vamos, si fuese mala..., _pos_ no andaría tan mal de +cuartos. Lo que tendrá si acaso, es alguna cosa muy _callá_ y que no lo +sienta ni la tierra; pero no debe de ser muy a su gusto, porque la mayor +parte de los días _tié_ los ojos así como de haber _yorao_, y siempre +está _mú_ triste y con cara de pocos amigos; a mí me da mucha lástima. + +Don Juan clasificó mentalmente a la desconocida diciendo para sus +adentros: «Modista romántica: conozco la clase.» Mónica continuó +hablando: + +--En fin, tan sería y tan _ensimismá_ me pareció a mí la tal muchacha, +que desistí de proponerle que se viniese conmigo; porque lo que yo me +dije: si anda siempre con sus cavilaciones a vueltas, no puede tener +cuenta de la casa. + +--¿Y vive completamente sola? + +--Como canario en jaula: ahora _paece_ un pardillo o un gorrión, porque +está mal _vestía_; pero si la tuviera un señor, con _güena_ casa y mejor +ropa..., ¡vaya una pájara bonita! Por supuesto que _tié_ en la cara una +bondad y así unas trazas de muchacha de las que no se echan a perder... + +--¿Cómo se llama? + +--No me acuerdo bien; pero el nombre no es bonito: creo que es Crisanta, +o Cristina, o Críspula. + +Don Juan, acordándose instantáneamente de su amada, preguntó: + +--¿Cristeta? + +--Ya le digo a usted que no me acuerdo bien; pero algo así como eso que +usted dice: Cristeta... Crisanta... ¿qué sé yo? + +Entonces él volvió a preguntar, animándose: + +--¿Qué señas tiene? + +--Ojos azules, grandes y oscuros; las pestañas larguísimas; el pelo rubio +como un trigal, y ¡vaya un cuerpo! Pero ya las gastará usted mejores. + +Aquel retrato podía ser el de muchas mujeres, pero a don Juan se le +antojó la pintura de Cristeta: el presentimiento, sospecha o lo que +fuese le pareció, sin embargo, ridículo; no obstante lo cual, hizo dos +últimas preguntas: + +--¿Está casada? ¿Tiene un niño? + +--¿No le he dicho al señor que vive sola como un hongo? Y lo que es +chico..., no hay más que verla; es necesario ser _negao ú_ estar memo +_pa_ suponer que pueda tener aquel cuerpo y aquel talle una mujer que... + +--¿Qué? + +--Vamos, que _haiga_ parido, señor. + +La sospecha de don Juan se desvaneció por completo. ¿Qué tenía que ver +Cristeta, casada, madre y en buena posición, con una pobre muchacha sola +y que seguramente viviría de sus manos? ¿Lo parecido del nombre? Una +coincidencia. ¿Rubia, con ojos azules? ¡Hay tantas! + +Mónica presenciaba, respetuosamente callada, la actitud pensativa de su +amo; y al cabo de unos minutos, creyendo que estorbaba, se despidió: + +--¿Tiene el señor algo que mandarme? + +--Nada, Mónica, gracias. + +--Que se mejore el señor. Nunca me han gustado ciertos papeles; porque lo +que yo me digo: si no hubiera alcahuetas, no habría... de las otras. +¡Pero si yo pudiera traerle a usted mi vecinita! + +--Abur, mujer. + +--Quede con Dios el señor. + +Marchose la cocinera y, al quedarse solo el caballero, tornaron a +entristecerle sus ideas. Todavía flotó un momento en su imaginación el +fantasma indeterminado y vago de aquella pobre muchacha que, como él, +acaso vivía consumida por las penas. Una chica guapa que trabajaba para +comer. Ese debió de ser también el destino de Cristeta. La suerte lo +quiso de otro modo. ¡La suerte, próspera para ella, contraria para él! +¿Quién le había de decir, años atrás, que por una mujer se vería en tal +estado? Porque, no había que forjarse ilusiones, estaba enfermizo, +inapetente, aburrido y enamorado de un imposible. La situación era +desesperante. La verdad es que hoy el galán desdeñado no tiene más +remedio que aguantarse. ¡Dichosos tiempos aquellos en que a un caballero +era posible rodearse de allegados, deudos, parientes y escuderos, y +sorprender palacio, asaltar castillo o violar convento para llevarse +como en volandas a la mujer querida, así fuese dama, emperatriz o +abadesa de las Huelgas! ¡Oh, miserables y menguados días modernos, en +que cualquier juez protege a un egoísta y miserable marido! + +A tales y tan disparatados pensamientos se entregaba, que si no +enloquecía le faltaba poco. Aquella noche fue de las más crueles de su +vida. + +De repente, levantándose del sillón, donde había permanecido caviloso +largo rato, dio unos paseos por el cuarto, miró con tristeza las +pinturas, grabados y retratos de mujeres hermosas que ahora le parecían +feas; contemplolo todo con amargura, como si estuviese resuelto a +perderlo pronto de vista, y en seguida, sentándose ante la mesa de +despacho, escribió la siguiente carta: + + _«Cristeta mía (y te llamo así por última vez). Me marcho de + Madrid. Quisiera despedirme de ti, pero tú no lo consentirás y no + me atrevo a suplicarte que nos veamos. Me has hecho muy + desgraciado. No sabía yo que te quería tanto. Adiós, y si algún día + crees que puede tener remedio el mal que has causado, llámame. + Entonces sabrás lo que yo soy capaz de hacer por ti._ + + _Tuyo,_ + + JUAN. + + _Si consigo arreglar mis asuntos, me marcharé esta misma semana. + Adiós por última vez.»_ + + + + +Capítulo XXI + +Del fin que tuvieron los desordenados amores de don Quintín y del +principio de su cautividad + + + _Vuela pensamiento y diles_ + _a los ojos que más quiero_ + _que hay dinero._ + +Esto, poco más o menos, pensó don Quintín, sin haber leído al gran +Quevedo, cuando recibió los cincuenta duros que don Juan le enviara con +pretexto de hacerle su representante, y en realidad por esperanza de +convertirle en alcahuete. + +Lo triste del caso fue que aquellos mil reales que el estanquero +consideró como el primer filón de una mina quedaron reducidos a la +triste condición de prólogo sin libro y preludio sin ópera. + +He aquí cómo y por qué. + +Tornar don Quintín los cincuenta pesos y correr a casa de Carola todo +fue uno; treinta regaló a su querida, regiamente, de un golpe; con un +billete de veinte, ocultándolo en el forro del hongo, se quedó él para +satisfacción de atrasos y menudencias. Los seiscientos reales cayeron en +manos de la corista igual que agua en criba, y no fue lo peor que los +derrochara en cuatro días, sino que, engolosinada con tal esplendidez, +llegó a sospechar si su amante habría descubierto modo de convertir los +_perros chicos_ en centenes. + +Luego que hubo invertido la fabulosa cantidad en lazos, cosméticos, +afeites y menjurjes, pidió más, exigiéndolo con tal imperio que don +Quintín, de un lado sujeto al hechizo de su Circe, y de otro confiado en +que tenía por banquero a don Juan, determinó ir a su casa y darle un +fenomenal sablazo. Allí no fue Troya, pero fue la gallina de los huevos +de oro. + +Después de urdir en su pobre entendimiento una mentira burda, +presentósele don Quintín diciéndole en sustancia que Cristeta se le +mostraba cada día más entera y rebelde; pero que él había discurrido +manera de amansarla y rendirla. Añadió que la muchacha se había +entrampado por gastar en ropas y galas mucho más de lo que podía con +arreglo a lo que su marido le enviaba, llegando a deber a una modista +hasta dos mil reales, por lo cual él proponía a don Juan que éste le +entregase dicha cantidad para que satisficiese en su nombre la cuenta +pendiente, rasgo con que ella se ablandaría, demostrándolo en seguida +aceptando cita o acudiendo a entrevista. + +Don Juan, avisado como estaba por Cristeta, le oyó sin hacerle caso, +comprendió que su amada era incapaz de dejarse influir por una cuenta de +quinientas ni de quinientas mil pesetas y, poniendo cara de hereje a la +petición, negó en redondo el dinero. Entonces don Quintín quiso alardear +de franqueza, y le pidió lisa y desvergonzadamente cuarenta duros +prestados a cuenta de sus futuras mensualidades como representante, con +lo cual don Juan, persuadido de que Cristeta tenía razón al exigirle que +no le diera un cuarto, también se los negó en pocas y desabridas +palabras, sin alegar pretexto ni excusa. Tal hizo, primero por +obediencia de amante, y segundo, porque si de algo se convence pronto el +hombre es de que no debe dar. + +De haberle prestado, tal vez se le apaciguase a don Quintín el odio que +le profesaba; pero aquella descortés negativa recrudeció hasta lo +indecible sus antiguos deseos de venganza. + +«¡Habrá tío marrano--se decía--, que me da de almorzar vino agrio y +patatas negras; me propone que le ayude a engatusar a mi pobre sobrina, +que al fin es mi sobrina, y ahora me niega cuarenta miserables duros!» + +Irri, sobre todo, la consideración de que ya no era una, sino dos, +las conquistas que por su culpa se le malograron: antes la de Mariquita, +y ahora la de Carola, pues indudablemente, apenas ésta le viese +arruinado, le plantaría de patitas en la calle. + +Y no era el suyo falso pesimismo ideológico, sino exacto conocimiento de +la realidad. + +Carola, engolosinada por aquel fabuloso regalo de los treinta pesos, +pidió más; el estanquero se deshizo en promesas, dio largas, rogó +plazos, tomose prórrogas, pasaron muchos días, no llevó un cuarto, y la +corista fue trocándose rápidamente de jamona complaciente y lúbrica en +arpía exigente y pedigüeña. Más de una semana transcurrió sin que don +Quintín la convidase a cenar, hasta que aquel día infausto del sablazo +frustrado se presentó en su casa llevándole por todo regalo un cuarterón +de butifarra y siendo recibido con tal desabrimiento que pudo conjeturar +cercano el fin de sus placeres. En vano quiso mostrarse dulce y +apasionado. ¿Qué ternura ni qué vehemencia pueden amansar a una pantera? +Carola, que necesitaba dinero, rechazó el embutido de don Quintín, +alardeando de burlona, coqueta y desesperante. + +Días atrás le había pedido con qué comprarse un abrigo adornado, según +dijo el tendero, con piel de marta cibelina, que sería nutria de alero, +y don Quintín, ¡tacañería insufrible!, demoró el regalo, así que la +presentación de la butifarra fue considerada como un insulto. + +--Guárdatela--le dijo--para la desdentada de tu mujer, que se contentará +con eso. + +--Vidita, no he podido más y cálmate, que mi señora no tiene nada que ver +en nuestras diferencias. + +--¡Qué _difiriencias_, si siempre es lo mismo; yo pedir y tú negar! + +--Ya lucirán días mejores. + +--Pues entonces vienes, galán. + +--Vamos, fierecilla, no seas tan brava, que tu Quintín es capaz de vender +el alma al diablo por complacerte. + +--¡Buena venta nos dé Dios! Por lo visto el demonio no da más que para +butifarra, y esa poca y pasada. + +La sonrisa con que Carola subrayó esta frase fue un modelo de canallesco +desgarro. + +Don Quintín, para desarmarla, quiso darle un beso; pero ella le apartó +de un codazo, gritando: + +--No estoy de humor, _agüelo_; esta tarde no quiero babas. + +--¡Carola! + +--Lo dicho. ¿Te parece ni medio decente que una mujer que te da su +cuerpecito _haiga_ de estarse siempre pidiendo como chico goloso? Tú +quieres mucho mimo por poco trigo. No podemos seguir así. Me das para +vivir con decoro o despejas la plaza. + +--Ya te doy cuanto puedo..., todo lo que puedo. + +--Pues en vez de esas _roñoserías_ es preciso que me pases una cosa fija +cada mes, como hacen todos los caballeros. Pero, ¡qué sabes tú de +caballero! Vergüenza debía darte tenerme así. Vamos a ver: ¿cuándo me +pones un cuarto como Dios manda? + +Esta especie de invocación a hombres que ponen casa a la querida, dejó +muy caviloso a don Quintín, haciéndole discurrir amargamente sobre las +injusticias sociales. + +«¡Unos tanto y otros tan poco!--pensaba--. Hay quien está como yo y quien +regala a la querida caballos rusos, y quien, como ese maldito, amuebla +casa para una sola cita... No ha puesto más que un gabinete; pero para +el caso es igual.» + +De este rápido hermanar en su imaginación la propia miseria con la +riqueza del aborrecido don Juan, brotó en su lóbrego y envidioso +pensamiento una llamarada de odio y venganza. La desgracia le hizo mal +filósofo, y la mala filosofía le trastornó el seso. + +Sin hacer caso de Carola, siguió monologueando tristemente: + +«Sí..., esto se acaba... por culpa de ese tuno. Y podría reventarle de +mil modos. Yo me quedo sin Carola, pero antes voy a darme el gustazo de +gozarla a costa suya, en su propia casa... y además le hago romper con +la otra. No está mal pensado. Llevo a Carola, hago que Cristeta lo sepa, +con lo cual se creerá engañada y le deja compuesto y sin novia. La cosa +tiene un peligro muy gordo: porque si luego se sabe la verdad, Cristeta +se lo cuenta todo a Frasquita y ésta me saca los ojos. Además, lo que +debo hacer no es apartarle de Cristeta, sino todo lo contrario. Anda, +que se arreglen, que se casen si pueden, y ya se cansarán como me he +cansado yo de mi mujer. ¡Si pudiera darle a su Cristeta para toda la +vida! ¿Quiere conquistar a lo rico, sistema de llegar y besar el santo? +Pues santo para _in eternum_. Como hubiese modo de casarlos, ya se vería +él, andando el tiempo, con Cristeta hecha Frasquita: los ojos tiernos, +la boca desdentada, los zapatitos coquetones convertidos en zapatillas +de orillo, medias caseras de algodón azul, y en vez de ligas color de +rosa, cinta balduque. ¡Si pudiera casarle! Hay que madurarlo. Ahora, por +lo pronto, algo he de hacer con él..., ¡cochino!, y con esta pícara que +se me va de entre las manos. ¡Un hombre que pone un gabinete como aquel +para una cita nada más, y luego me niega cuarenta duros!... Lo salado +sería que yo llevase allí a Carola, pero no para hacer una comedia, sino +para pasar una tardecita de _juerga_ en los muebles que él ha pagado. +¡Hay allí unos almohadones! ¡Buena broma llevar mi pájara al nido que él +fabricó para la suya! La cosa es fácil, porque tengo la llave que me dio +por si Cristeta quería ir... Nada, nada, que lo hago.» + +Carola, viéndole tan largo rato callado y con la cabeza baja, e +imaginando que su silencio y humildad eran implícita confusión y +vergüenza por su carencia de recursos, comenzó a afirmarse en la idea de +que aquel hombre no tenía un cuarto, y discurrió que pues no le servía +ni de pagano ni para _capricho_, lo mejor era darle pasaporte. Por lo +cual, deseosa de exasperarle y provocar la ruptura definitiva, le dijo +con gran sorna: + +--¿Estás pensando en comprarme la Casa de la Moneda? + +Don Quintín, seducido por aquella idea de sabrosa venganza, miró a su +querida, gozándose de antemano en la sorpresa que había de causarle y, +tras larga pausa, habló tranquilo y sonriente: + +--¡Parece mentira qué repoquísimo olfato tenéis las hembras! Vengo a +darte la gran prueba de que siempre estoy pensando en ti, y me recibes +con cara de vinagre. + +--¿Qué me traes? + +--Hoy, nada; pero mañana... + +--Habla clarito... + +--Sabrás, pichona--repuso él urdiendo la más enmarañada trama de cosas +verdaderas y falsas--, has de saber, monina, que un señor, amigo mío, +toma el teatro de las Musas para este año, y me ha nombrado su +representante. Como comprenderás, no han de faltarte dos duritos +diarios, por supuesto, sin obligación de ir a ensayo más que cuando te +dé la gana. + +--¿De verdad? + +--Lo que oyes. Un tío muy rico, con vocación de caballo blanco. + +--He conocido muchos. + +--Como la perdida de mi sobrina fue del teatro, y yo andaba metido +siempre entre bastidores, ese señor cree que yo debo saber algo de tales +negocios... Yo le he dicho a todo que sí. Tú me pondrás al corriente de +ciertas cosas. Lo principal es que nos ponemos las botas..., y mientras +dura... vida y dulzura. + +--Te _azvierto_ que yo no vuelvo al coro... Quiero ser parte, y tres +duros. + +--Todo se andará, Y escucha, prenda, que el bien y el mal nunca vienen +solos. Lo que tiene gracia es que ese caballero está _liado_ con una +señora de alto copete, condesa creo que es, y para verse con seguridad +han puesto un cuartito..., ¡vaya un gabinete!, donde tienen sus citas. + +--¿Y nosotros qué sacamos con eso? + +--Ahora lo verás. Te digo que es un gabinete como una caja de dulces: +¡con un lujo! Pero como ella es casada no van allí más que con grandes +precauciones... Bueno, pues nos ha venido Dios a ver. + +--¿Por qué? + +--Como yo antes salía poco de casa y ahora siempre falto de ella porque +estoy aquí contigo, mi mujer anda loca de puro escamada; tanto, que me +ha mandado seguir por un chico que afortunadamente me lo ha dicho, y +callará. Pero estamos amenazados de que el mejor día haga Frasquita +averiguaciones, se plante aquí y nos arme la _escandalera_ del siglo. + +--Eso será lo que tase un sastre, porque si viene, del primer trastazo la +dejo _perniquebrá_. + +--Tú no eres capaz de hacer tal cosa, porque, al fin y al cabo, se trata +de mi señora. + +--Te _azvierto_ que de tres _patás_ la _espampirolo_ y te quedas más +viudo que el marido de una difunta. + +--Cálmate. No llegará el caso de que nos pesque, porque vamos a curarnos +en salud. + +--¿Tapujos? + +--No, hija, sino la gran comodidad para pasar unas horitas como unos +marqueses, sin que lo sepa nadie. ¡Verás qué gabinete! Nos citamos, +entramos con cinco minutos de diferencia: yo primero, tú en seguida, y +al salir lo mismo. Cuando veas el cuarto, querrás quedarte allí. + +--¿Puesto con lujo? + +--Así quisiera yo arreglarte uno... y ¡quién sabe! Mira, tengo la +esperanza de que ese señor, por lo que me ha contado, en cuanto pueda +rompe con la dama, la deja plantada y... yo veré cómo me las ingenio, +pero malo será que no discurramos modo de quedarnos con alfombras, +espejos, muebles: en fin, todo. ¿Y para quién será, rica del alma? + +--Eso es vender la piel del lobo antes de haberlo _matao_. Por ahora, lo +que tú tienes es un miedo atroz a _la_ fantasma de tu mujer. + +--No es miedo; pero no quiero que pudiendo evitarlo nos den una desazón +en tonto. ¿Y dónde me dejas el tratarnos a cuerpo de rey? Chica, ¡qué +cuarto! Hay un sofá retorcido para sentarse dos y comerse a besos... +Nada más que mirarlo da vergüenza. + +--Lo que dará serán ganas de sentarse. + +--Anda, paloma, ¿vendrás? + +--_Me se_ figura un disparate. De aquí nadie puede echarnos..., y de +allí, ¡sabe Dios! + +--Por ir una tarde, tomarnos allí media librita de jamón y unas copitas, +y tirarte yo cuatro bocados, no perdemos nada. Tengo la llave; mi amigo +no va nunca sin que yo lo sepa. Pasado mañana está citado con la +condesa; de modo que mañana tenemos por nuestra toda la tarde. ¿Querrás, +gachona? + +Por fin consintió y se citaron. + +--Bueno; pues mañana, a las tres, sin falta. Belén, 78, entresuelo; allí +estaré para recibirte. + +--Te prometo que no faltaré. + +--Adiós, reina. + +--Abur, capitalista. + +Movida por la curiosidad y espoleada por su instinto de mujer perdida, +aceptó Carola la proposición; pero lo que más inclinó su ánimo fue +aquella remota posibilidad de que llegasen a ser suyos los muebles a que +se refirió el vejete. Si no había mentido, y cuenta que el caso, por lo +vulgar, parecía verosímil, no era soñar con lo imposible. El caballero +que alquila un cuarto donde recibir a una casada, puede necesitar la +ayuda de otro hombre para mil cosas en que el secreto es necesario, como +hablar al administrador, firmar recibo, comprar trastos, pagar cuentas, +etc., etc., y puede luego tronar con la conquista y, por último, decir a +su complaciente auxiliar que se quede con los muebles, que él no sabe +dónde guardar, o acaso se le hayan hecho aborrecibles por el recuerdo de +quien se los hizo pagar. No dijo, pues, don Quintín ninguna majadería +cuando admitió la posibilidad de que aquellos primores de que se +componía el gabinete pasaran, andando, y tal vez volando el tiempo, a +manos de Carola, quien se alegró tanto con esta esperanza que siguió +largo rato acariciándola, y aun ideando traza con que anticiparla. + +Pero luego el mucho pensar, como sucede siempre, enturbió su alegría, +porque de la reflexión nacieron la duda y el desasosiego. ¿Quiénes +serían el caballero y la dama que tan misteriosamente se amaban? ¿No +podía suceder también que don Quintín fuese rico y buscara medio de +evitar mayores gastos, atribuyendo al capricho de otro lo que él +fraguase para su seguridad y regalo? Su proceder autorizaba las +sospechas: le había dado dinero con gran desigualdad de plazos y +desproporción de cantidades; sus regalos fueron muy rogados o +imprevistos; sus intermitencias y variaciones tenían marcado tinte de +tacañería. Aquel caballero, ¿sería él? ¿Tendría mucho dinero, o tal vez +fuese todo una broma grosera, una venganza por las pasadas esquiveces y +amenazas de mandarle noramala? ¿Y si el estanquero tuviese gato? ¡Buena +torpeza estaría el tratarle despreciativamente, pudiendo, con maña, +sacarle el oro y el moro! + +¿Habría en realidad otro caballero? Aquello del teatro..., salir del +coro..., ser parte..., dos o tres duros..., los muebles... + +¡Era cosa de volverse loca! ¿Y si todo fuera embustería de don Quintín, +que tratase de llevarla a una indecente casa de citas por miedo a su +mujer? + +Resuelta a salir de dudas, aquella misma tarde se lió en un mantón, +púsose un pañuelo de seda a la cabeza y en tan chulesco atavío, que era +como mejor estaba, se fue al núm. 78 de la calle de Belén, apenas cerró +la noche. + +Cinco minutos después, según suele acontecer entre gente de poco más o +menos, estaba en amigable diálogo con la portera. ¿Cómo se las arregló? +Ideando una de esas mentiras mujeriles que de puro sencillas se +confunden con la verdad. El diálogo fue del modo siguiente: + +--Diga usted, señora--preguntó muy arrebujada en el mantón--, ¿_m'hace_ +usted el _orsequio_ de decirme si es cierto que hay aquí un sotabanco +_desarquilao_? + +--No lo hay. + +--Pos me lo habían _asegurao_. + +--_Pos l'han engañao_ a _ustez_. + +--Me lo ha dicho una compañera, que trabajamos ella y yo en _ca_ el +tapicero que ha traído muebles al entresuelo, _pa_ ese señor que ha +puesto el cuarto. + +No fue necesario más. La portera, que había visto alquilar el piso, +ignorando el objeto, traer los muebles sin saber de dónde, y quedar +luego la casa cerrada, ardía en deseos de aclarar el enigma: de suerte +que, al oír a Carola, quien por su astucia parecía enterada de algo, en +seguida entró en conversación con ella. + +--Pues esa oficiala, compañera mía--hablaba Carola--me ha dicho que por los +chicos que trajeron los muebles sabe que hay un sotabanco de cincuenta +_riales_. + +--No hay tal; son guardillas trasteras de los _enquilinos_..., buenas +familias.--Y fue enumerando cuanta gente había en la casa, hasta llegar +al cuarto entresuelo. + +--Sí, al señor del entresuelo le _conozgo_ yo: es alto, flaco, viejo, de +bigote recio--dijo Carola detallando las señas de don Quintín. + +La portera comenzó a negar moviendo la cabeza. + +--¿Cómo que no? + +--Como que no; ese caballero anciano que usted dice, y que también ha +venido por aquí, debe de ser el mayordomo _u_ cosa tal, de otro más +joven, que es quien ha puesto el cuarto.... por cierto que ahora lo +quita. + +--¡Cómo que lo quita! + +--Quitándolo y llevándose los trastos. Ya me olí yo que se trataba de una +trapisonda, vamos, de un señor _arrimao_ con una señora. Verá usted: +primero vino el joven y tomó el cuarto, luego volvió con el viejo ese +que usted dice, que le trataba al joven con mucho miramiento, dejándole +pasar siempre por delante...; no, amigos no son, más parecen amo y +mayordomo. El joven le dio una de las dos _yaves_ para que _golviese_ a +_inspecionar_; pero crea usted que, según les he visto yo _de_ hablar, +uno manda y otro calla y obedece. + +--¿Y no ha venido nadie más? + +--Nadie. Y ya va _pa_ cinco semanas que trajeron los muebles. +Indudablemente esto era con _ojebto_ de traer una mujer _casá_ y luego +se les habrá _torcío_ el carro, _ú pa_ una de esas _ofecinas_ que dan +timos. En fin, la última vez que estuvieron los dos, el joven le dijo al +viejo aquí en el portal: «no importa nada; total, un trimestre de +alquiler y los muebles, que como son pocos y buenos no estorban; la +semana que viene me los llevaré a mi casa y servirán para renovar el +gabinete..., o por si algún día me caso.» + +Carola, rabiosa y despechada, pero disimulando el enojo, preguntó: + +--¿De modo que el viejo es un lacayón alcahuete, cochino? + +--No digo tanto; pero me malicio que hacen de él repoquísimo caso; vamos, +es un criado antiguo de esos que hay en las casas grandes. + +Carola sabía cuanto deseaba. Todo quedó explicado. Don Quintín estaba +sirviendo de aquello que dijo la portera al caballero de los muebles, +luego éste dispondría que le llevasen los trastos a su casa, y sobre tal +fundamento se le ocurrió al viejo la idea de engatusarla con esperanzas. +Resumen: el estanquero era un imbécil chocho, sin una peseta y además +_lioso_ y trapalón que, viéndose amenazado de calabazas, pretendía ganar +tiempo... y tener querida de balde. Se puso furiosa. Aquel hombre de +quien, por lo menos esperó el cuarto pagado, algún vestido, cenas y +chucherías, era un farsante tronado, _ganguero_, sinvergüenza. Tuvo +ahorrillos, se los gastó, y aquí paz y después gloria. En una palabra: +no era proporción para conservada, ni había que esperar de él cosa +buena. «Lo mejor--se decía Carola--es despedirle pronto, cuanto antes, de +modo que no volvamos a vernos, lo _cual que_ hay que armarle un tiberio +_mu_ gordo. Los muebles..., vaya una guasa..., me la _tié_ que pagar. +Demasiado sabía que no habían de ser para él. ¡Marranote! ¿Cómo haría yo +para que me dejase en paz? Lo seguro es que lo sepa su mujer y lo mate +de un sofocón.» + +Siguió muy cavilosa andando hacia su calle, y poco antes de llegar, como +quien acaba de adoptar una resolución, entró en una lonja de +ultramarinos, donde compró un pliego de papel y un sobre. + +«Es lo mejor--pensaba--, una marimorena espantosa, y se acabó.» + +Su plan era canallesco, pero terrible y de seguro resultado. Llegó a su +casa, buscó una pluma, un resto de tinta clarucha que tenía en una +jícara y, desfigurando la letra, escribió en el papel recién comprado +las siguientes palabras: + + _«Doña Frasquita, si quiere ustez saber lo que es el pérdis de su + marido, baya ustez mañana a las cuatro y media, calle de Belén, 78, + piso entresuelo, que allí estará él con una bribona (esta palabra + la tachó y luego la volvió a poner) que es la que te tié esmirriao + y le saca los cuartos, y a plique ustez remedio porque es una mala + vergüenza, y se lo avisa quien bien la quiere, y rascarse agüela.»_ + +Escrito el anónimo, puso el sobre _a doña Frasquita_, y llamando a un +muchacho de la vecindad, de quien podía fiarse, le dijo: + +--Vas al estanco que hay a lo último de la calle de la Pingarrona, +preguntas por esta señora, _la_ entregas la carta en propia mano, +teniendo cuidado de que esté sola, y en seguida aprietas a correr. + +<tb> + +A las tres y media de la tarde siguiente llegaba don Quintín a la casa +de la calle de Belén. + +--Dentro de un rato--advirtió a la portera--, vendrá una señora; no +necesita usted preguntarle a qué cuarto sube. + +--Corriente--repuso ella, pensando para su capote--: «ya pareció el peine.» + +Luego que don Quintín se quedó solo en el gabinete, sacó de bajo la capa +una botella de Jerez barato y tres o cuatro paquetes: en uno traía jamón +en dulce, en otro pasteles y aceitunas, en el último y más voluminoso, +una rosca para Carola, que tenía buenos dientes, y para él un panecillo +bajo, todo miga. En seguida salió para pedir a la portera un vaso, uno +solo; pues, sin haber leído a Béranger, sabía que los amantes deben +beber en la misma copa: y tornando a encerrarse, encendió la chimenea, y +paseo arriba, paseo abajo por el corredor, esperó. + +«¡Ah, infame don Juan; empiezas a pagármelas! ¿Conque muebles, +alfombras, almohadas, sedas, palitroques dorados y silla en forma de +ocho para traer a mi sobrina? ¿Pues ahora verás! Tú lo gastas y yo lo +aprovecho. Y si puedo, te caso. ¿Cómo? Todavía no lo sé, pero ya +veremos.» + +Estas y análogas majaderías se repetía mentalmente por vigésima vez, +cuando sintiendo pasos tras la puerta de la escalera, abrió antes que +llamasen. No se había equivocado: era Carola, que acababa de pasar de +largo sin corresponder al saludo porteril. + +El estanquero recibió a su amada con un largo beso. Luego ella, con +miradas displicentes y poniendo a todo reparos, como quien sabe que +aquello no ha de ser jamás suyo, inspeccionó el gabinete. Sin embargo, +en su interior, quedó maravillada y envidiosa. + +Nunca había visto muebles tan ricos. Eran pocos, pero elegantísimos. Dos +butacas de raso entre azulado y ceniciento, con flecos de borlitas y +madroños multicolores y brillantes; en la pared, un magnífico espejo con +ancho marco de dorada hojarasca; en el centro, un veladorcito de ónix y +bronce, sobre el cual había una canastilla de porcelana de Sèvres, llena +de las flores, ya marchitas, que llevó don Juan el primer día; ante la +chimenea encendida, la famosa doble silla en forma de S, y en el suelo, +para que la esperada beldad pusiese los lindos piececitos, dos grandes +almohadones de seda oscura, que destacaban sobre la alfombra casi blanca +cuajada de rosas amarillentas. + +Carola, pensando que todo aquello pudo ser y no sería jamás suyo, lo +contempló despreciativamente, escupió sin mirar dónde, y encarándose con +don Quintín, dijo con gran sorna: + +--Este es lujo para mujeres malas. Oye, galán, ¿y que has traído en esos +papeles? + +Deshizo él los paquetes, destapó la botella, y extendiendo la mano, +repuso triunfalmente: + +--Mira. + +--¡Vaya una merienda para un cuarto como éste! ¿No te da vergüenza? +¿Cuándo me llevas estos trastos a casa? + +--Veremos... + +--Dijo el ciego, y nunca vio. + +--Rica, dame un beso, y toma un bocadito de estas golosinas. + +Carola, dejándole con la palabra en la boca, recorrió las demás +habitaciones en que no había muebles, y volvió al gabinete diciendo con +desapudorada malicia: + +--Chico, ¿sabes que aquí falta un mueble muy importante?: aquel que se +nos desvencijó a nosotros, ¿_u_ es que el caballero amigo tuyo trata a +la señora como santo de barro, que se mira y no se toca? + +--Déjate de eso, y pensemos en nosotros. + +--¡Mira, mira qué cortinas! + +--Siéntate en esa butaca, y yo a tus pies, en ese almohadón como un +perrito; luego nos iremos a tu casa. + +--Salimos _acaloraos_ y nos da un aire... + +--Otra cosa mejor; ven a esa silla que parece un ocho, y te doy ocho mil +besos. + +--No, chico: los besos son como las aceitunas: que abren el apetito, y +tenemos que largarnos pronto. + +El envidioso asombro que aquellos muebles le inspiraban, se traducía en +movimientos nerviosos y gestos desabridos; desparramaba las miradas por +la estancia, y en seguida se le contraían los labios y se le dilataban +las ventanas de la nariz. ¿No era una desesperación que andando por el +mundo hombres capaces de gastarse aquello, hubiese mujeres como ella +que, aun siendo pródigas de su cuerpo, tenían que vivir entre hambre y +remiendo? De repente, clavando los ojos en don Quintín, lanzó sobre el +pobre vejete toda la envidia acumulada en sus cuarenta y muchos años de +deslices, caídas por capricho y complacencias cobradas muy barato para +poder vivir. ¿No era irritante que algunas compañeras suyas hubiesen +hallado imbéciles que de buenas a primeras les pusieron coche, y ella, +con haber rodado tanto, viera llegar la vejez sin pan y sin lumbre? Unas +cuanto más se venden, más caras valen, y otras... Se acordó del anónimo +y comenzó a desasosegarse. Doña Frasquita lo habría recibido la víspera +al anochecer... No tardaría en llegar. El escándalo iba a ser mayúsculo, +pero así acababa todo de una vez. ¿Qué podía esperar del vejestorio? Ni +dinero ni placer. Nada. Si fuese un señor rico como el que había pagado +todo aquello... La suntuosidad de la estancia le inspiró envidia, y la +envidia amargura, porque la más abominable de las pasiones torpes lleva +en sí propia su castigo. + +Don Quintín se mostraba resplandeciente de alegría. Las sedas, los +rasos, la grata comodidad de los muebles, cuyas curvas incitaban a la +voluptuosidad, la satisfacción de aprovecharlo todo, siendo ajeno, y la +presencia de aquella mujer, que aunque ordinaria parecía una figura de +Rubens, le tenían extático, suspenso el espíritu y alborotados los +sentidos. A ratos se acordaba de don Juan, imaginando que la jugarreta +tenía muchísima gracia; y cada vez que al recostarse se hundían, bajo su +peso, los muelles de las butacas, creía sentarse sobre la propia +dignidad de su enemigo. + +Alardeando de fino, colocó los almohadones ante la chimenea, y dijo a +Carola: + +--Anda, gachona, ven y siéntate aquí conmigo, en el suelo, como los +moros; nos calentaremos los pies, que estoy hecho un sorbete. + +--Burro, ¡mira que tener frío junto a mí!--Y en seguida, con pérfida +premeditación, añadió--: ¡Vaya una fogata que has _armao_!... Me ahogo... +yo me quito la esclavina, y si quieres creerme, desabotónate el chaleco, +que luego, en la calle, te hielas. + +Dicho lo cual, se desabrochó el cuerpo del vestido enseñando la chambra +y el nacimiento del pecho, para que quien les sorprendiese supusiera que +estaban entregados a impuras y culpables caricias. + +Don Quintín se desabrochó también el chaleco, mostrando la pechera de la +camisa. Después, alargando una mano, según estaba sentado, cogió de +sobre el velador la botella de Jerez, hizo que Carola empinase, y en +seguida pretendió que, con los labios húmedos, le besara. + +--¿No te dan gusto este vinillo y ese fuego tan cariñoso? + +--¡Vaya un hombre, que _tié_ al lado una mujer y se pone en cuclillas +junto a la chimenea! + +--¿Qué te parece el cuartito? ¡Mira que si pudiéramos quedarnos, es +decir, quedarte con todo esto! + +De repente, sonó un campanillazo. Don Quintín tembló de miedo, como los +convidados de Tenorio al oír el aldabonazo del Comendador. Carola se +dijo: «a lo hecho, pecho.» + +Ambos guardaron medroso silencio. + +Siguió un segundo campanillazo, y entonces dijo él: + +--Nosotros no abrimos: ya se cansarán. + +--_Panoli_, ¿tienes miedo? Yo iré, que a mí no me conocerán, y diré que +no hay nadie. + +Adivinando lo que había de suceder, se puso el mantón, cogió +disimuladamente el velo para estar dispuesta a la fuga, y se dirigió +hacia el pasillo. + +Transcurrió un minuto; aún rechinaban los goznes de la puerta, cuando +don Quintín oyó el timbre de una voz que le dejó trémulo de espanto; +apenas sus labios acertaron a balbucear un nombre: + +--¡¡Es Frasquita!! + +También sonó la voz de Carola: + +--Buena mujer--decía--, aquí no vive ese señor. + +--¡Ya lo sé, ya lo sé!--repetía la voz espantable--; pero ahí dentro está; +¡déjeme usted pasar! + +--¿Es usted su criada? + +--¡Es mi marido! + +Carola, fingiendo tremenda ira, comenzó a gritar: + +--¿Marido? Embustera, vieja, estantigua, si lo que _paece_ usted es la +estampa de las cuarenta horas. + +Y vuelto el rostro hacia dentro, añadió: + +--Quintinito, hijo, mono, sal y pega un empellón a esta fiera. + +Al mismo tiempo retrocedió con malicia por el pasillo, dejando avanzar a +la exasperada Frasquita, que al fin penetró en el gabinete, desencajada +y colérica. + +Era alta, flaca, barbipeluda, huesosa, sin pecho, recta de caderas; la +figura espantable, los ademanes ridículamente trágicos. Venía toda +vestida de oscuro, con largo velo a la cabeza, de suerte que, por su +traje y catadura, parecía una de aquellas entre brujas y dueñas +calderonianas que hace doscientos años servían para arredrar galanes, +vigilar mozas y asustar chiquillos. + +En el instante de pisar ella el gabinete, don Quintín estaba tumbado +ante la chimenea, con la cabeza reclinada en un almohadón, desabrochado +el chaleco y sujetando en una mano la botella de Jerez medio vacía. + +Verle Frasquita y abalanzarse a él, todo fue uno. + +--Canalla, indecente, sucio, vicioso, ¿en esto te gastas el dinero? +¿Quién es esa tía? + +El pobre hombre se quedó como muerto. Carola, afinando su astuta +perversidad, se había desabotonado por completo el cuerpo del vestido, +deslazándose, además, la cinta de las enaguas, como si tuviera la ropa +en tal desorden antes que llegara Frasquita, y al mismo tiempo, +encarándose con ella, decía: + +--¿Pero es usted su mujer? ¡Jesús, qué antigua! Diga usted, señora, ¿qué +sucedió el Dos de Mayo? Oye, Quintín, ahora te digo, que haces bien en +buscar carne fresca fuera de casa, porque tu parienta está mojama. Anda, +calzonazos, échala o me marcho. + +Frasquita, espantada de tales improperios y aturdida por la estúpida +pasividad de su esposo, dudó un momento entre arañar al infiel o +agarrarse con la desvergonzada manceba; por fin, temerosa de que ésta la +maltratase, se arrancó contra el estanquero, y a pellizcos y tirones de +pelos, le levantó del suelo, vociferando: + +--¡Despídela, pégala, quiero que la mates!, _ustez_, mala mujer, ladrona +de hombres, ¡fuera de aquí! + +Quintín continuaba mudo. Tenía la seguridad de que la menor imprudencia +de sus labios contra Carola empeoraría la situación, y con su mujer +tampoco se atrevía. + +--¿Qué hacíais?--preguntó Frasquita, clavando los ojos en el desnudo pecho +de la corista pecadora. + +Carola miraba socarronamente al estanquero, diciéndole con retintín: + +--¿Y es esto lo que usas _pa_ diario? Elige pronto: la bruja o yo...; +pero luego no me vengas a casa babeando. + +--¡Cállese usted, so _chupacharcos_!--gritó Frasquita, lívida de puro +encorajada. + +--¿Escuchas? Ya te lo había yo _anunciao_, que no tendrías hígados _pa_ +decir a esta vieja en su cara lo que a mí me dices cuando tú sabes... +Adiós, hombre, adiós, y que seáis felices. ¡Bueno te vas a poner de +huesos! ¡_Mia_ que se podían sacar hormillas de esta buena señora!--Y +dirigiéndose a la esposa ofendida, añadió--: Guárdelo usted como oro en +paño, que todavía pueden _ustés_ tener familia. En esto ha _parao_ tanta +monería, que parecías un perrito faldero--dijo--, y salió lentamente por +el pasillo, mientras Frasquita, temblona de pura rabia, continuaba dando +a don Quintín pechugones, arañazos, pellizcos, tirones de pelo y, lo que +era peor, dirigiéndole un interrogatorio, cuya entonación y preguntas +auguraban la más espantable venganza. + +--¿Por qué estaba contigo?¿Cuánto tiempo hace que os habláis? ¿Quién es? +¿Quién ha pagado todo esto? Gorrinos, ¿por qué estabais desabrochados? +¿De dónde sacas el dinero? + +No pudo más. El sofoco había llegado a su límite; zumbáronle los oídos, +tambaleose y dio con su cuerpo sobre aquellos mismos almohadones que +Quintín dispuso para distinto empleo. + +Al cabo de un rato, tras mucho rociarle su marido el rostro con Jerez, +volvió en sí; pero enteramente transformada. Ya no era la arpía que +araña, ni la euménide que desgarra, sino una terrible y serena parca +que, extendiendo trágicamente el brazo hacia la puerta, dijo en olímpico +reposo: + +--Señor mío, vámonos; en casita ajustaremos cuentas. + +Después enmudeció, como si se hubiese tragado la lengua. No hubo medio +de que rompiese aquel mutismo pavoroso. Salieron, pasaron calles y +plazas; él, cabizbajo y anonadado, delante; ella, implacable y +rencorosa, detrás; ambos medio muertos, uno de miedo y otro de coraje, +hasta llegar a la calle de la Pingarrona. + +Al entrar en el estanco, Frasquita, solemne y triunfadora, levantó la +trampilla del mostrador, y dejando paso a Quintín, al par que le +señalaba la silla puesta junto al brasero, en la trastienda, dijo con +voz reposada y grave: + +--Viciosote; usted, que siempre estaba en casa, flojo y alicaído, como +bandera en día sin viento, ¿salía a presumir fuera? ¡Ya te daré yo +_querindangas_! ¡Cochino! ¡Mientras yo viva, no saldrás a la calle más +que conmigo! + +La escuchó atónito, dejó escapar un suspiro de galeote recién sujeto al +banco, y tendió la vista por la oscura mansión estanqueril, como debió +de hacer, al verse abandonado de sus verdugos, aquel príncipe faraónico +a quien sepultaron vivo en las entrañas de la gran pirámide. + +Tal fin tuvieron los desórdenes quintinescos, y es fama en el barrio que +jamás ha vuelto el pobre viejo a salir solo. + +Bien dice el _Ecclesiastes_: «Cada cosa tiene su tiempo y sazón, y es +mucha la aflicción del hombre». + + + + +Capítulo XXII + +El delirio + + +Pocas horas después de enviar don Juan a Cristeta su romántica y +desesperada carta de despedida, recibió de ella un papelito que traía +estas palabras escritas con mano temblorosa: + + _«Juan: Oy mismo a las once de la noche te espero en la plaza de + oriente frente a la puerta de Palacio, y si no estás decidido a + todo no bayas._ + + _Cristeta.»_ + +<tb> + +Don Juan, de hongo y capa, impaciente y nervioso, aguarda en el sitio y +hora que le marcaron. + +En un reloj cercano da el cuarto para las once. Del Guadarrama, y +haciendo escala en la _Punta del Diamante_ y la _Garita del Diablo_, +viene un norte sutil y helado que traspasa los tuétanos. Los enormes y +desnarigados reyes de piedra que rodean el jardinillo, surgen de entre +los árboles como grandes espectros blancos. Las llamas del gas se agitan +en sus fanales de vidrio, proyectando sombras temblorosas en el suelo +húmedo y barroso. No pasa casi nadie: sólo se oye de rato en rato la +sorda trepidación del tranvía y continuamente el rápido y corto pasear +de los centinelas de Palacio. + +Don Juan, que comienza a malhumorarse, lanza sin cesar miradas hacia el +sitio donde arranca el Viaducto de la calle de Segovia, cuando +repentinamente, de entre la negrura del ambiente, surge un bulto de +mujer, a quien delatan su airosidad y gallardía. Viene modestísimamente +vestida con traje oscuro, mantón, y toquilla de estambre blanco a la +cabeza. Don Juan cree asistir a la resurrección de su antigua Cristeta, +la que salía del teatro en su primera época de comedianta pobre. No se +ha equivocado; ella es. + +--Dame el brazo--le dice en voz baja y acercándose. + +Cristeta obedece, y el galán, al rozar el cuerpo de su amada, siente +algo parecido al latigazo de una descarga eléctrica. La mujer tiembla +pudorosamente, pero sin medrosa hipocresía. + +--Cristeta de mi alma, ¿qué es esto?, ¿te has decidido? ¡No me engañes, +que me moriría de pena! + +--No hay momento que perder, quiero volverme pronto. + +--Habla, vida mía. Todo lo que quieras, menos que yo viva sin ti. + +--Juan..., estamos locos. + +--Dime que me quieres y me dejo matar. + +Sus voces languidecían; sus cuerpos, poseídos de atracción mutua e +imperiosa, se juntaban como dos hojas de árbol que el viento agita. +Acortaron el paso. Juan, deseoso de prolongar aquella emoción +paradisíaca, exclamó sin tener en cuenta el intenso frío: + +--¡Qué hermosa noche! ¡Cristeta, ya eres mía! + +--Espera--dijo ella--; antes tienes que oírme. Se trata de nuestro +porvenir... Toda la vida. ¡Piensa lo que haces! + +--Te juro que te quiero como no he querido a nadie. Ahora dispón lo que +se te antoje. + +Mirole ella con inefable ternura, adhiriéndose a su brazo como planta +endeble que ha menester apoyo, y murmuró: + +--¿Qué será de mí? ¿Me quieres de veras? + +La respuesta fue un delicioso apretujón por bajo de la capa, y al mismo +tiempo una mirada en que iba envuelta la promesa de la felicidad. + +--Pues bien, Juan, no puedo luchar más; soy tuya..., haz lo que quieras; +manda, llévame donde quieras. + +--No: mandar tú, obedecer yo. + +--¿Me abandonarás otra vez? + +Don Juan aflojó el embozo, y subiendo hasta sus labios la mano de +Cristeta, se la besó con más fervor que si la tocara por vez primera, +diciendo al mismo tiempo: + +--Traigo dinero de sobra; vengo dispuesto a todo... + +--Por ahora, paciencia--continuó ella--, tengo que irme en seguida; pero... +pocas horas faltan. Mañana a las dos de la tarde ven a mi casa. +¿Entiendes? Quiero que vengas a buscarme y quiero salir de mi casa +contigo, a la luz del sol..., iremos donde quieras... para siempre. +¿Comprendes? ¡Toda la vida! ¿Querrás? Pero te advierto que jamás volveré +a mi casa ni a soportar a ningún hombre que no seas tú. Tuya, y nada más +que tuya... + +--Te juro--interrumpió él con acento solemne--, que nunca te abandonaré..., +y si algún día eres libre..., en fin, ya hablaremos. + +Pretendió ir por la calle de Bailén abajo para prolongar el paseo, mas +Cristeta le hizo volver. + +--Vámonos, tengo prisa--decía--; acompáñame hasta pasado el Viaducto. + +--Como quieras; pero ¿te arrepentirás de lo dicho? + +Anduvieron largo trecho silenciosos: al pasar sobre el puente de hierro, +mirando por bajo la pavorosa negrura del abismo, se les ocurrió a los +dos una idea espantosa. ¿Fue natural romanticismo de sus almas, o +resultado de la exaltación de sus espíritus? ¡Quién sabe! Lo cierto es +que ambos temblaron, y al temblar se pegaron uno a otro. + +Cerca de la calle de Don Pedro, dijo Cristeta: + +--Vete desde aquí. Hasta mañana. ¿Sabes el número? + +Entonces ella, deteniéndose bajo una farola para ser bien vista, fijó en +don Juan sus hermosísimos ojos; y oprimiéndole las manos en señal de +despedida, repitió: + +--Toda la noche, te queda toda la noche; ¡piénsalo bien! ¿Verdad que +serás bueno conmigo? Y ya lo sabes, es para toda la vida, porque yo no +soy capaz más que de resoluciones extremas. + +Dicho lo cual, desasiéndose de él y dejándole confuso en medio de la +acera, se alejó precipitadamente hasta entrar en el anchuroso portal de +la casa donde vivía. + +Don Juan pasó de largo, miró con disimulo, y después de verla torcer +hacia el arranque de la escalera, apretó el paso. Luego, dando rodeos +para no encontrarse con nadie, se fue a su casa, impaciente por saborear +a solas la realización de su esperanza. + +Encerrose en el despacho, abrió el cajoncito más recóndito de su mesa, y +fue reuniendo y apuntando todo el dinero que tenía: sesenta y tantos +duros en plata, unas cuantas monedas de oro y ocho mil pesetas en +billetes. Además, de su último viaje a Francia le quedaban diecisiete +luises y dos o tres billetes de cien francos. Total, dinero sobrado para +llegar a cualquier parte. Después, a modo de novio en víspera de boda, +quemó en la chimenea varios retratos y un puñado de cartas, y, por +último, llamó a Benigno, quien oyó con verdadero asombro estas palabras: + +--Mañana temprano me pones encima de esa butaca un traje gris, de +americana, la manta de viaje con las correas, una gorra y el gabán de +pieles. Prepara un maletín con los avíos de tocador y ropa interior; +nada de frac, ropa de etiqueta, ninguna. Saldré en cuanto almuerce; +puede que vuelva acompañado... y entonces ya te daré órdenes; pero lo +probable es que no vuelva. Si te envío recado, llevarás el maletín donde +te mande, y hasta que recibas noticias mías, mucho cuidado con la casa, +y cuando te escriba harás lo que te indique al pie de la letra. ¿Te has +enterado? + +--De todo, señor. + +--Ya lo sabes. No te muevas de aquí hasta que recibas orden por escrito; +puede que vuelva..., no lo sé, y puede que te mande cerrar la casa y +venir donde yo esté. + +--Comprendido, señor. + +--Pues ahora déjame. + +Al quedarse solo volvió a contar el dinero, y al cabo de una hora se +acostó. Estaba tranquilo, con esa falsa serenidad propia de quien, tras +desearlo mucho, adopta una resolución muy grave. + +Tardó largo rato en conciliar el sueño. Su imaginación vagaba +desvariando de unas ideas a otras, como si el razonamiento fuese incapaz +de sujetarlas. Quería pensar despacio, aquilatar la trascendencia de su +propósito, traer a juicio su pasado, considerar lo presente..., adivinar +lo porvenir... Inútil empeño. + +La fantasía, estimulándose más cada instante, quedaba triunfante del +raciocinio. Compromisos, obligaciones, conflictos, luchas, catástrofes, +todo lo grave que le parecía cercano y probable, se desvanecía, quedando +en su lugar un fantasma encantador e imperioso que le abría los brazos y +le llamaba con promesas de perdurable felicidad. Era Cristeta; pero una +Cristeta nueva, renovada, hacia la cual se sentía impulsado, no sólo por +inclinación amatoria, sino también por algo misterioso, privativo del +espíritu y puramente anímico, en que no entraba para nada la fascinación +de la hermosura. Antes, al pensar en beldades deseadas y no poseídas, +siempre le dominó el encanto de la forma: ahora sus sentidos parecían +aletargados, y en cambio el ansia de perfecciones morales surgía potente +y avasalladora. + +Los ojos de Cristeta oscuros y azulados, como cielo en noche serena; la +boca, fuente de ternura y sumidero de besos; el pelo rubio y largo, como +crecido para cubrir la almohada formando al rostro un nimbo de oro; el +pecho blanco y firme, donde parecían palpitar impacientes dos rubíes +carnosos perdidos entre nieve; todo el conjunto de atractivos que +formaban lo material de la mujer, lo veía don Juan desvanecido, borroso, +deseable, pero secundario; y en cambio, al poner su pensamiento en el +pensamiento de ella, experimentaba una sensación de ansia y desasosiego +entre penosa y grata, como si la voluntad y el alma carecieran de algo +que sólo pudiese hallar satisfacción y plenitud en la posesión pura e +inmaterial de Cristeta. Tormento y placer análogo debieron de sentir y +gozar los místicos que, abrasados en fervor religioso, tendían a +identificarse y sumarse con la divina esencia, cual si anhelaran ver +anonadarse su alma dentro de otra alma superior e increada. Tuvo luego +también momentos de intensa embriaguez amorosa; pero brevísimos, +fugaces, y apaciguada pronto aquella excitación, se rindió al cansancio +físico. + +Entonces el espíritu, libre de influjo externo, prosiguió su incansable +labor, y comenzó a soñar disparatadamente, mezclándose y trabándose en +sus desvaríos lo verosímil con lo imposible, y las reminiscencias de lo +real con las locuras de lo imaginario. + +De igual suerte que cuando el maestro duerme los chicos arman bulla y +algazara, así al quedar en reposo la voluntad de don Juan, se le +avivaron los deseos, excitáronsele los recuerdos, y las imágenes creadas +por la fantasía, unas brillantes, otras pálidas, pero todas de intensa +realidad para su mente, comenzaron a desfilar en ronda interminable. + +No creyó ver sino que con los ojos del alma vio a Cristeta como estaba +la primera vez que hablaron: falda muy hueca, de percal, pañoleta de +espuma al talle, zapatitos con galgas y moño bajo, lleno de flores; todo +el atavío gitanesco; pero no en el cuarto del teatro, sino en aquella +plazoleta de la Moncloa situada junto a la fuentecilla. Servían de fondo +a la figura los troncos de los árboles atigrados por manchas musgosas, y +en torno de su cabeza revoloteaban hojas secas de plátano que, traídas y +llevadas por el viento, semejaban errantes estrellas de oro. De pronto, +mujer, paisaje y fuente, se deshicieron como humo ingrávido, el espacio +quedó vacío, y en la atmósfera desierta, pero alumbrada por un sol +invisible, sonaron muchos ruidos diferentes que juntos simulaban un coro +de mujeres burlonas. Hubo crujir de sedas manoseadas, rumor de +varillajes de abanicos, chasquidos de besos, sonoridades de monedas de +oro caídas sobre mármol, y luego grandes carcajadas, como si alguien +diabólicamente se mofara de la hermosura, el lujo y el amor. De +improviso, todo cambió, apareciendo por arte de magia un cuarto +vulgarmente amueblado con cama de hierro, sofá de espadaña, dos baúles y +una percha clavada en la puerta. Sobre asientos y muebles había muchas +ropas adornadas de oropel y talco. + +Contemplando aquello el hombre dormido se obstina en avivar recuerdos y +coordinar ideas, pero es en vano; porque las memorias no obedecen a la +evocación y los pensamientos se alteran. Luego su atención y sus ojos +son imperiosamente atraídos por algo que le suspende y encanta. + +Al pie de la cama deshecha, hay una mujer sentada en una silla baja: +tiene el pelo revuelto, el rostro abrillantado por las lágrimas +restregadas, y la boca contraída por el amargo dejo de una felicidad +apenas gozada y ya perdida. Junto a ella, caídos en el entarimado del +piso, se ven dos papeles arrugados: una carta y un impreso pequeño con +cifras manuscritas. Después todo aquello se transforma en una capilla +oscura y sucia, donde huele a sudor y a cera. Un hombre y una mujer se +arrodillan ante otro hombre que lee un librote, trazando con las manos +en el aire figuras misteriosas: la mujer es Cristeta; pero la fisonomía +y el aspecto de su acompañante carecen de rasgos definidos. No es alto +ni bajo, flaco ni grueso; a ratos lampiño, a ratos barbudo... Al sonar +un campanillazo la visión se disipa y el lúgubre recinto se trueca en un +paseo enarenado, por donde corretea un niño tras un ato de madera. El +chiquitín tropieza, cae, se lastima... y suena un grito. Una mujer queda +tendida en tierra y dos hombres se abalanzan a socorrerla; en el primero +se reconoce don Juan; el segundo es el otro, el desconocido de la +capilla, el monstruo sin fisonomía. Su audacia no tiene límites. Se +inclina sobre el cuerpo de la desmayada, y con la insolente autoridad de +un poseedor legítimo, hace ademán de ir a desabrocharle el cuerpo del +vestido para que, respirando mejor, cese la congoja. Entonces a don Juan +se le sube la sangre a la cabeza. ¡Tocar aquel hombre el pecho de +Cristeta! ¡Profanación! Tanto valdría que un bárbaro escupiese al Apolo +Délfico o que un judío cometiese irreverencia ante Jesús Sacramentado. +Don Juan se arroja, o cree arrojarse, sobre el marido, y ofendiéndole de +palabra, le sujeta, le zarandea y le sacude... Suena una bofetada. La +mano invisible del hombre sin fisonomía ha caído ruidosamente sobre el +rostro de don Juan como cae el mazo del batán sobre la superficie del +agua. El ofendido saca un revólver, dispara y se oye un ruido semejante +al desplome de un cuerpo exánime. Al desvanecerse el humo del fogonazo, +todo desaparece y se disipa; por el aire vuelan pedazos de papeles que +llevan impresas palabras terroríficas: asesinato..., mujer casada..., +amante..., niño huérfano. Después, en la lejanía de un campo, junto a +unos murallones de ladrillo, se alza un tablado, encima del cual, +destacando sobre el cielo, se ven cuatro hombres que sientan a otro por +fuerza en un banquillo, tras el cual, a manera de respaldo, hay un +madero tieso... + +¡Qué horrible pesadilla! Por fortuna, un cambio de postura desvía la +sangre de ciertos sitios del cerebro, quedan libres los nervios +oprimidos, sufren otros la presión y... + +Un bosque fantástico, cuyos árboles tienen, en vez de hojas, monedas de +oro. Don Juan camina silenciosamente por una vereda, cuando de pronto, +hendiéndose las cortezas de los troncos, dejan paso a mujeres +magníficamente ataviadas y ninfas en todo el esplendor de su sagrada +desnudez. + +Las hay blancas con el transparente blancor del alabastro; rubias como +hebras de mazorca; morenas en que parecen haberse deleitado las miradas +del sol, y también las hay enteramente negras, al igual de aquella +princesa de las leyendas árabes que fue engendrada por el misterio en el +vientre de la noche. + +Agitadas de neurosis, exasperadas de lujuria, como diablos súcubos se +dejan poseer por don Juan, y apenas poseídas, se truecan en pelados y +mal olientes esqueletos. Gasas, tisúes y rasos quedan desfilachados y en +jirones, flotando sobre las osamentas. En derredor de las vértebras +cervicales caen desgranados y sueltos los collares. De los cúbitos +penden los brazaletes rotos. En torno de las sienes calvas, con la +amarillez del marfil viejo, se marchitan las coronas de rosas, y en la +medrosa concavidad de las órbitas vacías, en vez de las pupilas bañadas +de efluvios amorosos, brilla la pálida fosforescencia de las larvas +inquietas. El suelo todo es podredumbre; el espacio todo luz: y he aquí +que, de repente, la figura de Cristeta vestida de hilos de agua y rayos +de luna entretejidos, cruza el éter impasible y angélica, dejando tras +sí una estela de polvo luminoso. El alma de don Juan da un vuelco hacia +ella, la alcanza, la detiene, y al tocarla queda convertida en estatua. +En vano pretende vivificarla acariciando sus hermosas caderas, y +gimiendo de dolor entre sus marmóreos pechos. Ya no es mujer, es una +divinidad. + +Es la diosa del amor en nueva forma, con caracteres desconocidos. No es +Afrodita a quien se rinde culto de pasiones sensuales; no es la Venus +Cálvica, que recibe en ofrenda cabelleras de vírgenes; parece la Venus +Apostropha, que desdeña y castiga los pensamientos impuros. A fuerza de +besarla éntrasele a don Juan por los labios hasta el alma el frío de la +piedra, y paralizada su sangre, se desploma rendido. + +Cuando torna en sí, la amargura se ha enseñoreado de su alma: la +privación del placer le ha hecho filósofo; pero la filosofía seca su +corazón, y sediento de esperanza, se hace religioso y degenera en +místico... + +Sueña que es el apóstol único de una religión nueva, agradable y +tolerante, que abarca y atesora la poesía pagana, la severidad +protestante, el fausto católico, el sentido práctico hebreo y el poder +político del islam, simbolizándolo todo en ritos fantásticos y +heterogéneos de que él es gran sacerdote, y en que se hallan +representadas todas las aspiraciones del espíritu y todos los apetitos +de la carne, desde el ascetismo de los anacoretas hasta los bailes +misteriosos y lúbricos del Oriente primitivo. + +La efigie de Cristeta-Venus se transforma de repente en la Eva mosaica +que perdió el Paraíso, y en torno de ella comienza el desfile de una +procesión interminable. Allí van las virginales deidades indias, +moradoras de los lagos, que con el calor de sus pechos entibian el agua +que ha de regar la flor del loto; las impúdicas danzadoras egipcias y +malacitanas, que acuden a Roma para divertimiento de Césares; las +doncellas corintias consagradas a Palas, que asisten a las Panateneas; +las sacerdotisas galas que lanzan a los bárbaros contra el antiguo +mundo; las damas de las cortes de amor que tiñen en la púrpura de su +sangre la flor que ha de premiar a su poeta; las cortesanas del +Renacimiento, que el arte convierte en imágenes de dolorosas; las monjas +españolas, devoradas de histerismo religioso; las damas galantes de la +Francia borbónica, que sin traicionar al amor supieron hacer de cada +hombre un amante; y, por último, la mujer moderna, cuyo tipo varía, +desde la Hermana de la Caridad que riega con sus piadosas lágrimas las +llagas del herido, hasta la pecadora de oficio que, vendiéndose al rico +y regalándose al pobre, ofrece a todos la ilusión del amor. Y aparecen +figuras extraordinarias, enigmáticas, en quienes palpitan encarnaciones +distintas y olvidadas de la eterna Eva. Allí se acercan la Venus +Fecunda, ensangrentada por un cilicio, envuelta en un sudario, y María +de Nazareth, coronada de pámpanos y esgrimiendo el tirso de las +bacantes. La diosa gentílica canta el _Dies irae_. La virgen cristiana +recita los versos impíos de Lucrecio... + +Entre tantas, ¿cuál es la dispensadora de la dicha, cuál la verdadera +mujer? ¡Nadie lo sabrá nunca! + +Poco a poco todo aquello se borra, reaparece la noche oscura, y del +cielo comienzan a caer las estrellas, metamorfoseadas en almeas desnudas +mal envueltas en gasas transparentes. Don Juan se aleja de ellas, y +llega a la orilla de un lago, por cuyas tranquilas aguas se desliza una +barca tripulada de doncellas, que se alejan cantando tristemente. Las +mira y ve que son sus propias ilusiones, que bogan río abajo de la vida +despidiéndose de él para siempre. + +Por último, todo cambia: lo fantástico se trueca en realidad pavorosa. + +Es de noche: un hombre viejo y enfermo está solo en un gabinete. La tos +le desgarra el pecho, tiene las piernas hinchadas por la gota, el +estómago roído de dolores, y para que el sufrimiento sea completo, +conserva el cerebro despierto y sano. Una criada torpe y gruñona le +asiste con malos modos, sin solicitud ni cariño. ¡Qué soledad tan +triste! ¡Ni una hija, ni una caricia, ni un beso! ¡Oh mocedad +malbaratada! ¡Oh presente amarguísimo! Perdidos en la lejanía de la +juventud y vigorosamente evocados por el pensamiento, vienen a la mente +los recuerdos: pasan muchas mujeres: don Juan las ve, violenta su +imaginación para acordarse de sus nombres y no puede; porque si todas le +dieron su cuerpo, ninguna le dejó la dulzura del cariño en la memoria. +La postrera de todas trae las miradas impregnadas de amor, la boca +prometedora de besos, pero al mismo tiempo sus labios murmuran una +palabra: «Imposible». Es Cristeta. Don Juan, reconociéndola, suplica, +implora, ruega, grita, procura detenerla, y nuevamente el fantasma se +disipa, dejándole en las manos la sensación de un sudor frío y pegajoso. + +<tb> + +Suena el lento y ruidoso rodar de un carro; luego el campanilleo de las +burras de leche; óyese a lo lejos el vocear de un pobre vendedor +ambulante; y por los resquicios y rendijas del balcón penetra, en hilos +plateados, la clara luz del día. + +Don Juan despierta y se arroja del lecho abajo, restregándose los ojos. + +Todo ha sido un sueño mentiroso. Es joven, está en su casa, no ha matado +a nadie, y... a las dos le espera Cristeta; no en forma de impalpable +fantasma ni de fría escultura, sino en carne y hueso, amante y cariñosa. +Entonces, sacudiendo el sopor morboso de la pesadilla, mira en torno. Lo +primero que ve es la ropa de viaje colocada sobre una butaca, y en un +rincón el mueblecillo donde la víspera guardó el dinero para huir con +ella, robándosela al hombre misterioso sin rostro ni facciones. Un +nombre se le viene a los labios: «¡Martínez!» Esta es la única tristeza +indudable que pasa del sueño a la vigilia. + +Al dar la una en el reloj del despacho, don Juan sale de su casa +llevando el corazón henchido de amor, el ánimo resuelto a todo y los +bolsillos repletos de dinero. + +¿Qué más necesita el hombre a quien aguarda una mujer? + + + + +Capítulo XXIII + +Concluye ésta, entre verídica o imaginaria historia, con el raro ejemplo +de una mujer que todo lo pospone al deseo de ser amada + + +Salió don Juan vestido de viaje, tomó un coche, apeose cerca de la calle +de Don Pedro, y por fin llegó al portal de la casa en que vivía +Cristeta. No arribó Ulises a la deseada Itaca, ni vieron los Magos el +sagrado pesebre poseídos de tan honda emoción como la que él sentía. + +Penetró en el zaguán, y acercándose casi respetuosamente al portero, de +suntuoso levitón y gorra blasonada, le preguntó: + +--¿La señora de Martínez? + +--No vive aquí. + +--¿Cómo? + +--Que no es aquí. + +--Sí, hombre; una señora joven y guapa que se llama doña Cristeta. + +--¡Acabara usted! Sí, señor. Segundo patio, escalera interior, piso +tercero. + +--¿Está usted seguro? + +--¿_Quedrá_ usted saber de la casa más que yo? + +En otra ocasión, don Juan hubiera castigado con un sopapo la porteril +arrogancia; pero en aquellos momentos no estaba para provocar +conflictos. + +Dejando a su derecha el arranque de la escalera señorial, lujosamente +alfombrada, atravesó el patio, empedrado como para espera de coches, y +comenzó a subir la otra humilde y estrecha escalera que le indicaron. La +contestación del portero le había dejado confuso. ¿Qué significaba +aquello? ¿Cristeta en piso interior y con entrada miserable? ¿Cómo tan +gran dicha por tan ruin camino? Tal vez el siervo enlevitonado hubiese +recibido discreta orden para enviarle por la escalera de servicio. ¡Oh +mujer, cuán grande es tu prudencia que a todo atiendes y remedias! + +De pronto, en un descansillo, vio un niño jugando solito con unas cajas +viejas de fósforos; representaba, poco más o menos, tres años, y se +parecía, como una gota de agua a otra gota de agua, al chiquitín de +quien iba Cristeta acompañada la tarde que se la encontró en el Retiro. +Creyendo reconocerle, pero resistiéndose a dar crédito a sus ojos, +pensó: «Parece imposible que descuide al niño de este modo. No, no puede +ser. ¿Cómo es posible que esta criatura sucia, desarrapada y mocosa, sea +el angelito vestido de encajes a quien vi en el Paseo de Coches?» Subió +los seis tramos que le faltaban y tuvo que detenerse a respirar. ¿Por +cansancio? No. ¿Por miedo? Tampoco. Por incertidumbre y turbación de +espíritu. En su memoria flotaba una frase preñada de misterios. Cristeta +le había dicho al separarse la noche anterior: «... ¡resoluciones +extremas!» ¿Qué pretendería? En un segundo imaginó don Juan mil clases +diversas de resoluciones extremas. La fuga, el sud--expreso, el _sleeping +car_, la ocultación en su propia casa, la vida errante por el extranjero +con nombres supuestos... ¿Querría, tal vez, que provocara y matase a su +marido? ¡Absurdo! ¿Habría pensado en un doble y romántico suicidio? Al +ocurrírsele esto se acordó de cómo temblaba la pobrecilla cuando pasaron +por el Viaducto de la calle de Segovia. Lo que faltaba de escalera no +dio tiempo a más suposiciones. + +Estaba en el descansillo del piso tercero, ante una puerta de +cuarterones, groseramente pintada de azul. El cordel de la campanilla, +de puro mugriento, parecía negro. + +«¡Cosa más rara!» + +Llamó con mano temblorosa, y casi al mismo tiempo abrió la puerta, no +una criada, ni la esperada niñera, sino la propia Cristeta, cuya esbelta +figura destacó sobre la pared blanca de un pasillo. Estaba vestida y +peinada con adorable sencillez; el traje, de lana oscura sin adornos; el +pelo, modestamente recogido hacia las sienes. Esforzábase por aparentar +serenidad, pero sus ojos revelaban haber llorado mucho, y su hermoso +pecho, alzándose y deprimiéndose a intervalos muy cortos, daba prueba de +agitación mal contenida. Tendió a don Juan la mano derecha, que él +estrechó entre las suyas, y calladamente, sin soltarle, le guió hacia +dentro. + +El pasillo era muy corto, y a su término había un cuarto de humilde +aspecto. Constaba el mueblaje de cuatro sillas de Vitoria, un sofá viejo +de espadaña y una cómoda de nogal. Por la ventana, que descubría mucho +cielo, entraba la claridad a torrentes. Tras una puerta vidriera +entreabierta veíase la alcoba y en ella un catre de hierro cubierto por +una colcha de cotonía. Sobre las sillas no había nada, pero el sofá +quedaba casi oculto por un montón de ropas relativamente lujosas, que +formaban contraste con lo modesto y pobre de la estancia. Allí estaban +la falda negra plegada en menudas tablas con primoroso arte, y el abrigo +corto de rico paño gris que tiempo atrás lució Cristeta en el paseo del +Retiro, el otro abrigo forrado de seda roja que llevó a la cita en la +Moncloa, el cuerpo encarnado con botoncitos de plata que se puso la +tarde del teatro, y encima de todo un boa gris y un sombrero negro de +ala grande y pluma rizada. + +Don Juan, mudo y absorto, permanecía en pie; Cristeta separó a un lado +las ropas e hizo a su amante seña de que se sentara junto a ella en el +sofá. Obedeció él, y en seguida, mirándolo todo con extrema curiosidad, +sin poder ni querer contenerse, dijo: + +--Esto es imposible, no puede ser. ¿Vives aquí? + +Cristeta, con grandísima calma, pero algo alterada la voz por la +emoción, repuso: + +--Esta es mi casa. + +--¿Pero no tienes criados? + +Suspiró lentamente, y replicó: + +--No tengo criados. + +--¿Tu hijo? + +--No tengo hijo. + +--¿Tu marido?... + +--No tengo marido. + +Entonces... explícame... ¿Verdad que eres mi Cristeta de mi vida? + +--Eso no lo sé todavía. Veremos. + +--¡Habla! + +Por el ancho hueco de la ventana se veían torres, veletas, campanarios, +las masas rojizas y las líneas quebradas de los tejados vecinos, y +dominándolo todo, el cielo azul radiante de esplendorosa claridad. Un +rayo de sol venía a juguetear sobre los ladrillos del piso haciendo +dibujos luminosos. Don Juan pensó llegar a una casa de burgueses ricos y +estaba rodeado de pobreza. Las riquezas del mundo parecían refugiadas en +las pupilas de Cristeta, donde brillaba un tesoro de amor. + +--Habla, por piedad--repitió él. + +Cristeta, violentándose mucho, como jugador nervioso que arriesga su +porvenir entero al azar de un naipe, dijo así: + +--¿Te acuerdas de cómo me dejaste abandonada en Santurroriaga? + +--Sí; pero, ¿verdad que me has perdonado? Ahora soy otro, y te adoro. + +--Yo hasta entonces no había querido a nadie ni me había dejado +querer..., ni poseer. Fuiste el primero y el único, porque después... +tampoco. + +--¿Qué? + +--La pura verdad. En cambio, a ti te quise como te quiero en este +momento. Cuando te fuiste hice propósito de ser para toda la vida tuya o +de nadie. Soy libre, enteramente libre, y lo único que sé de amor es lo +que aprendí en tus brazos. Luego volviste a verme, creíste otra cosa, me +deseaste de nuevo, y aquí estás. + +--¡Por Dios te pido que no me vuelvas loco! ¡Habla claro! + +--Que tu Cristeta es la misma de siempre, la de antes, tuya, nada más que +tuya, y que te ha engañado para no perderte. + +--Pero ¿y tu marido, tu hijo, tu modo de vivir, el coche, el lujo? + +--Todo mentira. + +--¿Has hecho una comedia? + +--No me culpes. Si yo hubiera sido mujer rica, señora que frecuentase la +misma sociedad que tú, te habría buscado de otro modo: en bailes, +teatros y tertulias; pero estábamos tan lejos uno de otro, que por +fuerza tenía que valerme de medios extraordinarios. Y, sobre todo, +piensa una cosa: yo no te he dicho nunca, ni una sola vez, ¡buen cuidado +he tenido!, que estuviese casada; te lo he dejado creer y nada más. + +--¿Pero es posible? + +--¿No fue posible que tú me dejases sin motivo, queriéndome como decías? +¿De qué te sorprendes? ¿Quién ha buscado a quién? Mientras fui tuya, +¡vergüenza me da recordarlo!, ni siquiera sospechaste el cariño que mi +corazón encerraba para ti. Después, suponiendo que era de otro hombre, +me has deseado con rabia, con locura, como se desea lo ajeno. Ahora ves +que no tengo dueño y comienzas a dudar. + +--¿Y esas ropas, ese lujo, el coche, todo lo que yo he sabido de otro +hombre... un señor Martínez... un niño? + +--¡Pobre de mí! ¿Cuánto dinero me dejaste al marcharte de Santurroriaga? + +--Veinte mil reales. + +--Pues aún me quedan algunos duros. Lo demás lo he gastado en ese lujo de +que hablas, en alquilar este cuartito y ese coche que has visto, en +tener niñera, una chica que, a pesar de tu experiencia, te ha engañado +como a un chino, y en que unas pobres gentes me dejasen por unas cuantas +veces ese niño a quien yo he vestido y de quien tú te has figurado... + +--¡No me mientes eso! + +--Total: la mujer a quien abandonaste siendo tuya y nada más que tuya, te +ha enloquecido por sólo parecerte ajena. + +En seguida, punto por punto, minuciosamente, sin omitir detalle, le +refirió cuanto había tramado y hecho con propósito de atraerle, desde +que en la fonda de Santurroriaga se quedó pensativa como reina +destronada que medita reconquistar lo perdido, hasta el instante en que, +sintiéndole subir la escalera, colocó sobre el sofá aquellos trajes con +que se había engalanado. Nada calló; ni el auxilio recibido de Inés, ni +la complicidad de don Quintín, ni el alquiler de la berlina, ni el +precio de aquel pobre cuartito, ni sus muchas y amargas lágrimas. Fue +una confesión larga y completa, un examen de conciencia en que dejó que +se transparentase su alma, mostrando a don Juan lo íntimo de su corazón +tan franca y lealmente como en otro tiempo le dio a besar la blanca y +tibia redondez de su pecho. Por último, añadió: + +--Ya lo sabes todo, y ahora sólo te pido que respondas a esta pregunta: +¿Cuándo has sentido verdadero amor por mí? ¿Mientras fui tuya honrada y +pobremente, a pesar de lo cual me despreciaste, o ahora, cuando nada más +que con darte oídos debí parecerte infame y despreciable? + +Don Juan, avergonzado, callaba. Cristeta prosiguió: + +--Tal vez no me perdones estos engaños, hijos de mi amor, y, sin embargo, +me agradecerías los besos que ahora te diera, aunque fuesen robados a +otro hombre. Te juro que no he mentido en nada. Mis tíos, la falsa +niñera que tantos plantones te ha dado, mi antigua criada Inés, su +marido, a quien alquilé la berlina, la madre del chico, cuantas personas +me conocen, hasta la Mónica, una mujer que tiene aquí abajo casa de +huéspedes y que ha servido en la tuya; todos pueden decirte cuál ha sido +mi vida. Te dirán también que alguna vez salía muy bien vestida: ya +sabes para qué. Mucho he sufrido, pero todo lo doy por bien empleado, +porque al verte seguirme, y perseguirme, y rogarme, y temblar en mis +brazos, y besarme, como temblaste y me besaste la tarde del teatro... +vamos, he llegado a creer que me amas de veras. ¿Me perdonas? + +Estaba hermosísima. Un ligero estremecimiento hacía palpitar sus labios; +los ojos, prometiendo amor, imploraban piedad, y el rostro iba tomando +la palidez marmórea de la estatua que vio don Juan en sueños; pero ésta +no era piedra esculpida, sino hermosa carne modelada por Dios y +vivificada con el soplo de su espíritu para delicia del hombre. + +Don Juan no pudo aguantar más. Levantose del sofá, la miró frente a +frente, como para buscar en el abismo azul de sus ojos confirmación a +sus palabras, y luego, alzándola y atrayéndola lentamente hacia sí, pegó +los labios a la oreja encendida de su amada, y murmuró estas palabras: + +--¿Tanto me quieres? + +Ella dobló la cabeza sobre el hombro del amante, pegose a él, cuerpo con +cuerpo, y en voz muy queda, como se dicen las grandes cosas de la vida, +repuso: + +--¿No me dejarás nunca? + +Entonces--nadie sabrá jamás si fue sincero arranque o astucia +premeditada--volvió a mirarla fijamente, y presentándole la mano derecha, +preguntó con increíble valor: + +--¿Quieres ser mi mujer? + +Ella, desasiéndose de sus brazos, apartó el cuerpo, se restañó con el +pañuelo las lágrimas, y revelando la energía de quien en todo ha pensado +y tiene, hace tiempo, adoptada una resolución, contestó: + +--¡Eso... jamás! + +--¿Por qué? + +Cristeta quiso expresar todo lo que sentía, y acordándose tal vez de que +fue comedianta, lo formuló en lenguaje, aunque sincero, un poquito +dramático, diciendo: + +--Lo que yo quiero no es tu libertad, sino tu cariño. ¿Casarnos? ¿Para +qué? ¿Para darte por seca y rigurosa obligación lo que por libre y +complacido albedrío quiero que sea tuyo? ¿Para mermar a la pasión el +encanto de la espontaneidad? ¿Por ventura serán entonces más cariñosos +tus besos, más prietos tus abrazos? ¿Tendremos mayor firmeza en la +confianza ni más brava abnegación en la desgracia? ¿Qué ceremonia, qué +rito, que fórmula ha puesto el Señor por cima de este anhelo con que mi +pensamiento quiere volar para hacer nido en tu alma? + +--¡Cristeta! + +--Yo te serviré en el bien, de estímulo, en el mal, de rémora. Duplicaré +tus venturas y compartiré tus penas. ¿Te veré dichoso?, pues mi amor +será la gota que llene el vaso de tu felicidad. ¿Desgraciado?, yo +lloraré por ambos... Pero ¿casarme? ¿Y si te arrepintieras? ¡Qué horror +si algún día confundieses mi gratitud con mi cariño! ¿Llevar tu nombre? +Bajando está siempre de mi pensamiento a mis labios; mío es aunque no +quieras, y al dormirme siento que se me asoma a la boca para guardarte +todo el aliento de mi vida. ¡No! tú, libre como el aire; yo esclava, +quieta, callada y mansa como el agua eternamente enamorada del cielo +que, aun sin darse cuenta de ello, igual refleja los alegres arreboles +del alba que las tristes nubes de la tempestad. + +Don Juan hizo ademán de arrodillarse--la cosa no era para menos--; mas +ella no lo consintió, y poniéndole una mano en cada hombro le miró +embebecida, al mismo tiempo que decía: + +--En el momento en que nos sujetase algo superior a nuestra voluntad, el +amor no sería dulce impulso del alma, sino tributo doloroso. + +--¿Y el mundo, la sociedad y las gentes? + +--¿Ahora te preocupas por eso? ¿Te cuidabas de ello al perseguir casadas? +Los que acaso me disculparan adúltera, me rechazarán amante... ¡Ya lo +sé! Pero ¿a quién consagro yo mi existencia, a ti o al prójimo? + +--¿Me prometes que serás siempre mía? + +--Vive tranquilo. Si he hecho tanto para que vuelvas a mí, ¿qué no seré +capaz de hacer por merecerte y conservarte? + +Callaron, cambiando dos miradas que hacían inútil toda protesta de +sinceridad. En la imaginación de ambos surgió la misma idea, formulada +en sentido contrario. Él pensó: «Será mi mujer»; y ella se dijo: «Si me +caso le pierdo». + +Juan abrió los brazos, y Cristeta, limpia de pensamiento impuro, pero +llorosa de felicidad, se arrojó en ellos. Oprimiola él cariñosamente +contra sí, y mientras sentía sobre el pecho su dulce sollozar, hundió +los labios entre sus rizos de oro y los cubrió de besos. + +Madrid, 1891. + + + + + +End of Project Gutenberg's Dulce y sabrosa, by Jacinto Octavio Picón + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK DULCE Y SABROSA *** + +***** This file should be named 27064-8.txt or 27064-8.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + http://www.gutenberg.org/2/7/0/6/27064/ + +Produced by Chuck Greif + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. Special rules, +set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to +copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to +protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark. Project +Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you +charge for the eBooks, unless you receive specific permission. If you +do not charge anything for copies of this eBook, complying with the +rules is very easy. You may use this eBook for nearly any purpose +such as creation of derivative works, reports, performances and +research. They may be modified and printed and given away--you may do +practically ANYTHING with public domain eBooks. 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It exists +because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from +people in all walks of life. + +Volunteers and financial support to provide volunteers with the +assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's +goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will +remain freely available for generations to come. In 2001, the Project +Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure +and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. +To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation +and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 +and the Foundation web page at http://www.pglaf.org. + + +Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive +Foundation + +The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit +501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the +state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal +Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification +number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at +http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg +Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent +permitted by U.S. federal laws and your state's laws. + +The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. +Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered +throughout numerous locations. Its business office is located at +809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email +business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact +information can be found at the Foundation's web site and official +page at http://pglaf.org + +For additional contact information: + Dr. Gregory B. Newby + Chief Executive and Director + gbnewby@pglaf.org + + +Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg +Literary Archive Foundation + +Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide +spread public support and donations to carry out its mission of +increasing the number of public domain and licensed works that can be +freely distributed in machine readable form accessible by the widest +array of equipment including outdated equipment. Many small donations +($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt +status with the IRS. + +The Foundation is committed to complying with the laws regulating +charities and charitable donations in all 50 states of the United +States. Compliance requirements are not uniform and it takes a +considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up +with these requirements. We do not solicit donations in locations +where we have not received written confirmation of compliance. To +SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any +particular state visit http://pglaf.org + +While we cannot and do not solicit contributions from states where we +have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition +against accepting unsolicited donations from donors in such states who +approach us with offers to donate. + +International donations are gratefully accepted, but we cannot make +any statements concerning tax treatment of donations received from +outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff. + +Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation +methods and addresses. Donations are accepted in a number of other +ways including checks, online payments and credit card donations. +To donate, please visit: http://pglaf.org/donate + + +Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic +works. + +Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm +concept of a library of electronic works that could be freely shared +with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project +Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support. + + +Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed +editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S. +unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily +keep eBooks in compliance with any particular paper edition. + + +Most people start at our Web site which has the main PG search facility: + + http://www.gutenberg.org + +This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, +including how to make donations to the Project Gutenberg Literary +Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to +subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. diff --git a/27064-8.zip b/27064-8.zip Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..9780ea5 --- /dev/null +++ b/27064-8.zip diff --git a/27064-h.zip b/27064-h.zip Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..c8218c0 --- /dev/null +++ b/27064-h.zip diff --git a/27064-h/27064-h.htm b/27064-h/27064-h.htm new file mode 100644 index 0000000..7f0bd9d --- /dev/null +++ b/27064-h/27064-h.htm @@ -0,0 +1,10648 @@ +<!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN" + "http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd"> + +<html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml" lang="es" xml:lang="es"> + <head> + <meta http-equiv="Content-Type" content="text/html;charset=iso-8859-1" /> + <title> + The Project Gutenberg eBook of Dulce y sabrosa, +por Jacinto Octavio Picón. + </title> + <style type="text/css"> +/*<![CDATA[ XML blockout */ +<!-- + p { margin-top: .5em; + text-align: justify; + margin-bottom: .55em; + text-indent: 2%; + } + .puntos {letter-spacing:2px;font-weight:700;font-size:110%; + text-align: center;line-height:10px; + text-indent: 0%;margin:2% auto 2% auto; + } + .r {text-align: right; + margin-right:25%; + + } + h1 {margin-top:15%;font-size:300%; + text-align: center; + clear: both; + } + h2 {text-align: center; + clear: both;margin-top:10%; + } + h3 {margin-top:15%; + text-align: center; + clear: both; + } + hr.full { width: 100%; + margin-top: 5%; + margin-bottom: 5%; + border: solid black; + height: 5px; } + + table {margin: 15% 5% 15% 5%;text-align:center; + border:4px dotted silver;padding:2%;} + body{margin-left: 10%; + margin-right: 10%; + background:#fdfdfd; + color:black; + font-family: "Times New Roman", serif; + font-size: large; + } + a:link {background-color: #ffffff; color: blue; text-decoration: none; } + link {background-color: #ffffff; color: blue; text-decoration: none; } + a:visited {background-color: #ffffff; color: blue; text-decoration: none; } + a:hover {background-color: #ffffff; color: red; text-decoration:underline; } + .blockquot{margin:3% 8% 3% 5%;} + .c {text-align: center;margin:3% auto 3% auto; + text-indent: 0%; + } + .footnote {margin-left: 10%; margin-right: 10%;} + .footnote .label {position: absolute; right: 84%; text-align: right; font-size: 0.7em;} + .fnanchor {vertical-align: super; font-size: .6em; text-decoration: none;} + .poem {margin-left:25%; + white-space:nowrap; + text-indent: 0%; + } + // --> + /* XML end ]]>*/ + </style> + </head> +<body> + + +<pre> + +The Project Gutenberg EBook of Dulce y sabrosa, by Jacinto Octavio Picón + +This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with +almost no restrictions whatsoever. 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Lo hago porque están casi todas +agotadas; pensando que es deber de padre no consentir que mueran sus +hijos, aunque no sean tan buenos ni tan hermosos como él quiso +engendrarlos; y también porque considero que el hombre tiene derecho a +despedirse de la juventud recordando lo que durante ella hizo +honradamente y con amor.</p> + +<p>Otra disculpa pienso que atenúa mi atrevimiento. Porque ser partidario +del arte por el arte, y yo lo soy muy convencido, no puede amenguar ni +estorbar, aun cultivando esta que se llama amena literatura, el +entusiasmo por ideas de distinta índole; las cuales unas veces +veladamente se transparentan y otras ostensiblemente se muestran en la +labor de cada uno; pues no es posible, y menos en nuestra época, que el +literato y el artista sientan y piensen ajenos al ambiente que respiran. +Quien carece de fuerzas para conquistar la costosa gloria de adelantarse +a su tiempo, tenga la persistente virtud de servirle: así lo he +pretendido; mas él ha caminado tan deprisa, que hoy acaso parezcamos +tímidos los que ayer fuimos osados. De éstos quise ser: de los que al +estudiar lo pasado y observar lo presente procuran preparar lo porvenir +y se esperanzan con ello. Por eso rindo tributo de constancia y firmeza +a las ideas de mi juventud, algunas hoy tan combatidas, reuniendo estos +pobres libros, sin que me arredre el recuerdo de cómo unos fueron +censurados, ni espere que retoñe la benevolencia con que otros fueron +alabados. Discurro al igual de aquel gran prosista que decía: «No es +temor, como no es vanidad».</p> + +<p>Bien quisiera, lector, que pensáramos a dúo y que mi conciencia hallase +siempre eco en la tuya: si por torpe desespero de lograrlo, por sincero +creo merecerlo.</p> + +<p>No busques en mis cuentos y novelas lección ni enseñanza: quédese el +adoctrinar para el docto, como el moralizar para el virtuoso: sólo +tienes que agradecerme el empeño que puse en divertir y acortar tus +horas de aburrimiento y tristeza.</p> + +<p>Sea cual fuere tu fallo, hazme la justicia de reconocer dos cosas: la +primera, que he procurado entender y practicar el arte literario con +aquel criterio y temperamento español más atento a reflejar lo natural +que a dar lo imaginado por sucedido: nunca quise hacerte soñar, sino +sentir; la segunda, que soy de los apasionados de esta hermosa y +magnífica lengua castellana, si huraña y esquiva para quien la desconoce +o menosprecia, en cambio agradecida y espléndida para los que, haciendo +de ella su Dulcinea, aunque no lleguen a lograrla, tienen honra en +servirla y placer en amarla.</p> + + +<p class="r">J. O. P.</p> + +<p>Madrid, Abril de 1909.</p> + + +<p><i>Figúrate, lector, que vuelves a tu casa mohíno y aburrido, lacio el +cuerpo, acibarado el ánimo por la desengañada labor del día. Cae la +tarde; el amigo a quien esperas, no viene; la mujer querida está lejos, +y aún no te llaman para comer. Luego el tiempo cierra en lluvia; y tú, +apoyada la frente en la vidriera del balcón, te aburres viendo la +inmensa comba de agua que se desprende de las nubes. Llegada la noche, +el viento gime dolorosamente formando eco, y acaso despertando las +tristezas de tu alma... No quieres dormir ni tienes sueño, y recelas que +al reclinar la cabeza en la almohada se pueble tu pensamiento de +recuerdos amargos y esperanzas frustradas. ¿A quién le faltan en la vida +días negros, estériles para el trabajo, en que la soledad trae de la +mano a la melancolía?</i></p> + +<p>Contra ellos está escrito este libro, que, entre desconfiado y medroso, +dejo pasar de mis manos a las tuyas. Recíbelo, no como novela que mueve +a pensar, sino como juguete novelesco, contraveneno del tedio y engañifa +de las horas.</p> + + +<p class="r">JACINTO OCTAVIO PICÓN.</p> + +<p>Madrid, 1891.</p> + + + +<h3>A quien leyere</h3> + + +<p>Figúrate, lector, que vuelves a tu casa mohíno y aburrido, lacio el +cuerpo, acibarado el ánimo por la desengañada labor del día. Cae la +tarde; el amigo a quien esperas, no viene; la mujer querida está lejos, +y aún no te llaman para comer. Luego el tiempo cierra en lluvia; y tú, +apoyada la frente en la vidriera del balcón, te aburres viendo la +inmensa comba de agua que se desprende de las nubes. Llegada la noche, +el viento gime dolorosamente formando eco, y acaso despertando las +tristezas de tu alma... No quieres dormir ni tienes sueño, y recelas que +al reclinar la cabeza en la almohada se pueble tu pensamiento de +recuerdos amargos y esperanzas frustradas. ¿A quién le faltan en la vida +días negros, estériles para el trabajo, en que la soledad trae de la +mano a la melancolía?</p> + +<p>Contra ellos está escrito este libro, que, entre desconfiado y medroso, +dejo pasar de mis manos a las tuyas. Recíbelo, no como novela que mueve +a pensar, sino como juguete novelesco, contraveneno del tedio y engañifa +de las horas.</p> + + +<p class="r">JACINTO OCTAVIO PICÓN.</p> + +<p>Madrid, 1891.</p> + + + + + +<h3><a name="Capitulo_I" id="Capitulo_I"></a>Capítulo I</h3> + +<p>Donde se traza el retrato de don Juan y se habla de otro personaje que, +sin ser de los principales, influye mucho en el curso de este verídico +relato</p> + + +<p>Dijo uno de los siete sabios de Grecia, y sin ser sabio ni griego pudo +afirmarlo cualquier simple mortal, que todo hombre es algo maníaco, y +que la índole de su manía y la fuerza con que es dominado por ella, +determinan o modifican cuanto en la vida le sucede.</p> + +<p>Admitiendo esto como cierto, fácilmente puede ser comprendida y +apreciada la personalidad de don Juan de Todellas, caballero madrileño y +contemporáneo nuestro, cuya manía consiste en cortejar y seducir el +mayor número posible de mujeres, con una circunstancia característica: y +es, que así como hay quien se deleita y entusiasma con las ciencias, no +en razón de las verdades que demuestran, sino en proporción del esfuerzo +que ha menester su estudio, así don Juan, más que en poseer y gozar +beldades, se complace en atraerlas y rendirlas; por donde, luego de +lograda la victoria, viene a pecar de olvidadizo y despegado, +entrándosele al alma el hastío en el punto mismo de la posesión.</p> + +<p>En cuanto al origen de su apellido no cabe duda de que Todellas es +corruptela y, contracción de <i>Todas-Ellas</i>, alias o apodo que debió de +usar alguno de sus ascendientes, y que, andando el tiempo, se ha +convertido en nombre patronímico. De casta le viene al galgo ser +rabilargo, y a don Juan ser enamoradizo.</p> + +<p>Como otros hombres se enorgullecen por descender de Guzmanes, Laras y +Toledos, él se precia de contar entre sus abuelos al célebre Mañara, y +si no dice lo mismo de Tenorio, es por no estar demostrado que en +realidad haya existido: en cambio alardea de que, a no impedírselo las +parejas de agentes de orden público, los serenos, el alumbrado por gas y +otras trabas, hubiera sido cien veces más terrible que aquellos dos +famosos libertinos.</p> + +<p>Sin embargo, no es don Juan tan perverso, o no está tan pervertido como +se le antoja, para vanidosa satisfacción de su manía; porque cuando +algún mal grave engendran sus hechos, antes es en virtud de la fuerza de +las circunstancias y de las costumbres modernas, que como resultado de +su voluntad.</p> + +<p>En una palabra: no carece de sentido moral, pero instintivamente profesa +la doctrina de aquellos cirenaicos griegos que fundaban la vida en el +placer. A ser posible, quisiera burlar a las mujeres sin deshonrarlas ni +perderlas, aspirando el perfume sin ajar la flor, bebiendo en el vaso +sin empañar el cristal; limitándose a enseñar a sus queridas lo que es +amor, sin que luego en brazos ajenos tengan que sonrojarse por lo que +hayan aprendido en los suyos. No es un seductor vulgar, ni un calavera +vicioso, ni un malvado, sino un hombre enamoradizo que se siente +impulsado hacia <i>ellas</i>, para iniciarles en los deliciosos misterios del +amor, semejante a los creyentes fanáticos, que a toda costa pretenden +inculcar al prójimo su fe.</p> + +<p>Imitando al borracho que dividía los vinos en buenos y mejores, por +negar que los hubiese malos, don Juan clasifica a las mujeres en bellas +y bellísimas, y añade que las feas pertenecen a una raza inferior, digna +de lástima, cuya existencia sobre la tierra constituye un crimen del +Destino, por no decir un lamentable error de la Providencia. Sin +embargo, antes de calificar de fea a una mujer, la mira y remira +despacito, madurando mucho la opinión, pues sabe que aun las menos +favorecidas de la Naturaleza se hacen a veces deseables, como acontece +verse las almas empecatadas súbitamente favorecidas por la gracia +divina.</p> + +<p>Don Juan vive exclusivamente para ellas, o, hablando con mayor +propiedad, para ella, pues cifra su culto a la especie en la adoración a +la individua, en singular, porque jamás persigue, enamora ni disfruta +dos mujeres a la vez, ni simultanea dos aventuras; diciendo que el amor +es compuesto de estrategia y filosofía, y que jamás ningún gran capitán +entró en campaña con dos planes, ni hubo verdadero filósofo que fundase +sistema en dos ideas.</p> + +<p>La existencia de don Juan es continuo pensamiento en la mujer: si +duerme, sueña con ella; si vela, medita enseñorearse de alguna; si come, +es para adquirir vigor; si bebe, para que la imaginación se le avive y +abrillante, inspirándole frases apasionadas; si gasta, es por ganar +voluntades; si descansa, es para aumentar el reposo de que nace la +fuerza.</p> + +<p>Según el estado de su ánimo y la índole de la conquista que trama, don +Juan lee mucho, y siempre cosas o casos de amor. Conoce perfectamente la +literatura amatoria, desde la más espiritualista, casta y platónica, +hasta la más carnal, pecadora y lasciva. De cuantos autores han escrito +sobre el amor, sólo a Safo rechaza; de cuantas tierras han sido teatro +de aventuras eróticas, sólo muestra horror a Lesbos; de cuantas ciudades +fueron en el mundo aniquiladas, sólo le parece justa la destrucción de +Sodoma; y es tal y tan ferviente su adoración a la mujer, que, atraído +por todas con igual intensidad, aun ignora cuál sea su tipo favorito, si +el de la bacante desnuda, voluptuosa y medio ebria, que convirtió en +lechos de placer los montones de heno recién segado, o el de la virgen +cristiana que entregaba el cuerpo a la voracidad de las bestias antes +que acceder a sentirlo profanado por caricias de paganos.</p> + +<p>Circunscribiéndose a la época en que vive, no repara en diferencias +sociales: siendo limpia y bonita, requiebra con igual placer a una +menestrala que a una dama, y posee arte tan exquisito para lograrlas, +que la más arisca y desabrida se convierte con sus halagos en +complaciente y mimosa, infiltrándoles a todas en el alma, como veneno +que voluntariamente saborean, aquel consejo de la <i>Celestina</i>: «Gozad +vuestras frescas mocedades; que quien tiempo tiene y mejor le espera, +tiempo viene que se arrepiente.»</p> + +<p>Posee don Juan la envidiable cualidad de hablar y pedir a cada una según +quien ella es, y con arreglo al momento en que solicita y suplica. La +que reniega de la timidez, le halla osado, y comedido la que desconfía +de su atrevimiento; con las muy castas observa la virtud de la +paciencia, esperando y logrando del tiempo y la ocasión lo que le +regatea la honestidad; a unas sólo intenta seducir con miradas y +palabras; a otras en seguida les persuade de que los brazos del hombre +se han hecho para estrechar lindos talles. Es religioso con la devota, a +quien obsequia con primorosos rosarios y virgencillas de plata; +dicharachero y juguetón con la coqueta, a quien agasaja con adornos y +telas; espléndido con la interesada, y aquí de las alhajas; adulador con +la vanidosa, romántico con la poética, mañoso con la esquiva; y se +amolda tan por completo al genio de la que corteja, que sentando con +ella plaza de mandadero, luego queda convertido en prior. Mientras +ejerce señorío sobre una, la hace dichosa. Su cariño es miel, su amor +fuego, sus deseos un continuo servir, sus manos un perpetuo regalar; y +además de estas fecundas cualidades, que le abren los corazones más +cerrados y le entregan los cuerpos más deseables, emplea dos recursos, +en los que funda grandes victorias. Consiste uno en murmurar y maldecir +de todas las mujeres mientras habla con la que codicia, y estriba el +otro en ser o parecer tan discreto y callado, que la que peca con él le +queda doblemente sujeta con el encanto del amor y la magia del misterio.</p> + +<p>En las rupturas es donde mejor demuestra su habilidad. Lo primero que +intenta, cuando quiere renunciar a una mujer, es persuadirla de que a +ella no le conviene seguir en relaciones con él: ya invoca el temor a la +murmuración y el respeto al decoro de quien le ha hecho feliz; ya, si ve +pretendiente que la persiga, alardea de sacrificarse dejándola en +libertad para que otro pueda hacerla dichosa. Si esto no basta, simula +reveses de fortuna que le apartan de la que le cansa, con lo cual el +hastío toma forma de delicadeza; o miente celos, fomenta coqueteos, +tiende lazos, acusa de traiciones, provoca desdenes, y fingiéndose +agraviado, se aleja satisfecho. Con las pegajosas recalcitrantes emplea, +si son tímidas, la amenaza del escándalo; y si son de las feroces y +bravías, lo arrostra valerosamente, cortando el nudo, como Alejandro, +cuando no puede desatarlo. Finalmente, muchas veces acepta el cobarde +pero seguro recurso de la fuga; asiste a la última cita, mostrándose tan +rendido como en la primera, y desaparece groseramente, dejando tras sí +la humillación y el despecho, que cierran las puertas a la +reconciliación.</p> + +<p>Los que conocen poco a don Juan creen que es un libertino vulgar, +empeñado en jugar al Tenorio: en realidad, es un hombre que ha puesto +sus facultades, potencias y sentidos al servicio de sus gustos, con el +entusiasmo y la tenacidad propios del que consagra a un invento la +existencia. Visto en la calle o el teatro, es un caballero elegante sin +afectación, un buen mozo que parece ignorar la gentileza y gallardía de +su persona; a solas con ellas, tan pronto resulta conquistador +irresistible como villano medroso que desea rendirse. Dice que no es más +diestro quien sabe vencer, sino quien acierta y aprovecha el instante de +darse por vencido: y llegado aquel momento que, según un Santo Padre, +sirve para renovar el mundo, no hay mujer que no le reconozca por señor, +gozándose él en hacerles creer que le poseen cuando acaban de hacerle +entrega de lo mejor que poseían.</p> + +<p>Don Juan tiene treinta y tantos años, es soltero, por lo cual da gracias +a Dios lo menos una vez al día, y vive solo, sin más compañía que la de +sus criados. Uno entre ellos es digno de elogio: Benigno, el ayuda de +cámara, que es listo, discreto, trabajador y hasta fiel, porque le trae +cuenta la honradez. Nadie sabe como él llevar una carta a su destino, y, +según los casos, dejarla precipitadamente o lograr en seguida la +contestación. Es maestro en negar o permitir oportunamente la entrada a +las visitas, y en cuanto a intervenir y ser ayudante y, tercero en +aventuras e intrigas amorosas, no hay Mercurio ni Celestina que le +aventaje.</p> + +<p>Pero de quien conserva don Juan recuerdo gratísimo es de Mónica, +cocinera que guisó para él durante muchos años. No era una fregatriz +vulgar, sino una sacerdotisa del fogón. Instintivamente tenía idea de la +alteza de su misión; nació artista, y sin haber leído a Ruperto de Nola, +ni a Martínez Motiño, ni a Juan de Altimiras, ni a la Mata, ni a +Brillat-Savarin, ni a Carême, sabía que quien da bien de comer a sus +semejantes merece que se le abran de par en par en este mundo las +puertas del agradecimiento y en el otro las del Paraíso.</p> + +<p>En las épocas en que don Juan tenía buen apetito, Mónica se lo +satisfacía con escogidos platos, que jamás le proporcionaron indigestión +ni hartazgo; cuando desganado, le excitaba el hambre comprándole y +condimentándole moderadamente lo que mejor pudiese regalarle el paladar. +Si el calor del verano o los excesos amorosos le debilitaban, aquella +mujer incomparable le preparaba caldos sustanciosos, asados nutritivos y +sabrosos postres. Si, por el contrario, sabía que su amo gozaba de +perfecta salud y traía conquista entre manos, guisaba para él, con +abundancia de vinos generosos, especias y estimulantes que contribuyesen +a su vigor, a su alegría y a sus triunfos. Mónica era ecléctica, es +decir, no trabajaba con sujeción a la rutina de ninguna escuela, sino +que las cultivaba todas. Con igual maestría guisaba los delicados y +finos manjares franceses que los suculentos platos de resistencia a la +española; tan ricas salían de sus admirables manos, por ejemplo, las +chochas a la Montmorency o las langostas a la Colbert, como la castiza +perdiz estofada o la deliciosa empanada de lampreas. Don Juan decía que +apreciaba a su cocinera más que a su médico, porque éste le curaba las +enfermedades a fuerza de pócimas y drogas, y aquélla le conservaba la +salud con exquisitos bocados.</p> + +<p>Dos o tres años antes de comenzar la acción de este relato tuvo don Juan +que ausentarse de Madrid, y queriendo dar a Mónica una prueba del cariño +que le profesaba, le regaló unos cuantos miles de reales, que ella +invirtió en poner una casa de huéspedes, mas sin envilecerse guisando +para ellos; antes al contrario, tomó cocinera que lo hiciese: de este +modo se improvisó señora y no puso mano en cazuela a beneficio de quien +acaso no supiese saborear su trabajo. Por supuesto, la generosidad de +don Juan halló eco en el corazón de Mónica, la cual prometió a su amo +volver a servirle cuando tornase a la corte.</p> + +<p>La casa de don Juan está alhajada con cuantos primores pueden allegar el +buen gusto y el dinero. El principal adorno de sus habitaciones es una +preciosa colección de estatuillas, dibujos, aguasfuertes, fotografías y +pinturas, en que se refleja la pasión que le domina. Allí todo habla de +amor. Hay reproducciones de las Venus más célebres, efigies de santas +que amaron, como Magdalena y María Egipciaca; copias de las cortesanas y +princesas desnudas, inmortalizadas por los pintores del Renacimiento +italiano; miniaturas y pasteles de damas francesas, deliciosamente +escotadas; mujeres adorables, que fueron hermosas hasta en la vejez, +ruinas de la galantería, mártires de la pasión y sacerdotisas de la +voluptuosidad; pero sin que figure en aquel precioso conjunto de obras +artísticas ninguna que sea de mal gusto, o tan libre que haga repugnante +el amor, en vez de presentarlo apetecible. No: don Juan aborrece la +obscenidad y la grosería tanto como se deleita en la belleza y en la +gracia. Ni en los más recónditos secretos y escondrijos de sus muebles +podrá encontrarse una fotografía desvergonzadamente impúdica; pero en +cambio le parece honesta sobre todo encarecimiento aquella ninfa que, +sorprendida desnuda y acosada por un sátiro, se escondió... tras el +tenue y plateado hilo que formó una oruga entre dos ramas de árbol.</p> + +<p>Don Juan es deísta, pues dice que sólo la Divinidad pudo concebir y +crear la belleza femenina: y es bastante buen cristiano, recordando que +Cristo absolvía a las pecadoras y perdonaba a las adúlteras: mas al +propio tiempo es por sus gustos artísticos e inclinaciones literarias, +algo pagano; lo cual le ha hecho colocar a la cabecera de la cama una +estatuilla de Eros, muy afanado en avivar con sus soplos la llama de una +antorcha que sustenta entre las manos. Y si alguien manifiesta sorpresa +al verlo, don Juan declara que, no pudiendo hallar imagen auténtica del +Dios omnipotente, y pareciéndole un poco tristes los crucifijos, ha +colocado en su lugar aquella representación del amor, que es delicia y +mantenimiento del mundo.</p> + +<p>En cuanto al retrato de las prendas físicas de don Juan... mejor es no +hacerlo; a los lectores poco ha de importarles la omisión, y en cuanto a +las lectoras, preferible es que cada una se le figure y finja con +arreglo al tipo que más le agrade. Baste decir que es simpático, y, +aunque sin afeminación ni <i>dandysmo</i>, cuidadoso de su persona, tanto que +se ha preocupado mucho de cómo debe llevar repartidos los pelos en el +rostro quien se consagra a perfecto amante.</p> + +<p>Algún tiempo anduvo lampiño, como dicen los arqueólogos que están las +estatuas de Paris, a quien amó Elena, y el busto del famoso Antinóo; +luego lució bigote a la borgoñona, a semejanza de aquellos galanes +españoles del siglo XVII, que fueron regocijo de damas, monjas y +villanas; por fin resolvió dejarse barba apuntada, según es fama que la +tuvo el duque de Gandía cuando amó a Isabel de Portugal, y bigotes +largos, como aquel conde de Villamediana que murió por haber puesto en +otra reina los ojos.</p> + +<p>Bien quisiera don Juan vestir de manera que la ropa favoreciese su buen +talle; alguna vez imaginó verse engalanado con capotillo de terciopelo +negro, esmaltado por la venera roja de Santiago, gregüescos acuchillados +de raso, calzas de seda, zapatos de veludillo, chambergo de plumas, con +su joyel de pedrería, guantes de ámbar, espada de taza y lazo, y +escarcela, bien preñada de doblas: pero no siendo carnaval todo el año, +se ha resignado a usar prosaicos pantalones de <i>patén</i>, levitas de +<i>tricot</i> y americanas de <i>chiviot</i>, conservando como único elemento +práctico de otros tiempos las monedas de oro que lleva en el bolsillo +del chaleco, por cierto en abundancia, aunque parezca inverosímil. Los +billetes de banco no le gustan, porque dice que las damas no deben tocar +más papeles que cartas de amor y cuentas pagadas, y que con las criadas +oros son triunfos.</p> + +<p>De todo lo dicho se deduce que la amatividad de don Juan no le domina y +absorbe tan por entero, que llegue a cegarle; antes por el contrario, él +la dirige y encauza de modo que, en vez de quedar esclavo de sus +pasiones, las ordena con arreglo a sus deseos.</p> + +<p>Pero puede afirmarse que extrema la filantropía en lo que a la mujer se +refiere, hasta la exageración, y aun sostiene que con ser tan sublime y +adorable virtud la caridad, le lleva ventaja el amor; porque la caridad +alegra un solo corazón, y el amor regocija dos almas y dos cuerpos.</p> + + + +<h3><a name="Capitulo_II" id="Capitulo_II"></a>Capítulo II</h3> + +<p>En que, para satisfacción del lector, aparece una mujer bonita</p> + + +<p>Estaba don Juan hacía pocos días de regreso en Madrid, tras una ausencia +de dos años y medio, semana más o menos, cuando una tarde, después de +almorzar como debe hacerlo quien vive en servicio del amor, no pudo +resistir a la tentación de abrir el balcón de su despacho y asomarse a +dar, apoyado en la barandilla, las primeras chupadas a un buen veguero. +Dos ideas ocupaban su imaginación: la primera mandar que buscasen y +avisasen a la célebre Mónica para que estuviese dispuesta a volver a su +servicio si la cocinera provisional no cumplía bien su sagrada +obligación; y la segunda, no permanecer ocioso en materia de amores, +para evitar lo cual, entre cada dos bocanadas de humo, dirigía unas +cuantas miradas a la casa de enfrente, donde vivía una viuda de +peregrina belleza, pero de tan fresca y reciente viudez, que don Juan no +juzgaba cuerdo empezar todavía su conquista. A pesar de ello, miró +discretamente varias veces hacia los visillos medio levantados, tras +cuya muselina se dibujaba la figura de la viuda, entretenida en hacer +labor. Acaso aquellas miradas fuesen estériles, mas también podían dar +resultado; porque hay galanterías, homenajes y aun simples +demostraciones de agrado, que son como letras de cambio a muchos días +vista.</p> + +<p>Luego se vistió don Juan con su habitual elegancia, tomó de sobre una +mesa el sombrero, los guantes de piel de perro avellanados, con +pespuntes rojos, el bastón con puño de plata labrada, y se echó a la +calle deseoso de pasear, andando a la ventura y a lo que saliere, porque +a la sazón no tenía mujer determinada que le ocupase el ánimo.</p> + +<p>Al cabo de media hora llegó a una de aquellas alamedas del Retiro que +empiezan junto a la <i>Casa de fieras</i> y terminan en el estanque llamado +<i>Baño de la elefanta</i>.</p> + +<p>El sol iba cayendo lentamente hacia la parte de Madrid, cuyas torres, +puntiagudas y negruzcas, aparecían envueltas en una atmósfera de polvo +luminoso, y a lo lejos se oía el rumor confuso de muchos ruidos juntos, +que semejaban la turbulenta respiración de la ciudad. La temperatura era +grata y el paseo estaba muy lucido, como si aquella tarde se hubiesen +citado allí las madrileñas más lindas y elegantes, al contrario de otros +días, en que parece que se congregan las cursis y feas para amargarnos +la vida, atormentarnos los ojos y hacernos dudar del Todopoderoso.</p> + +<p>Don Juan miraba sin descaro, pero con bastante detenimiento a cuantas +pasaban cerca de él, y las miraba comenzando por abajo, es decir, +procurando verles primero los pies, luego el talle, y últimamente la +cabeza. Si aquéllos eran feos o muy grandes, no proseguía el examen; si +el cuerpo no era airoso, desviaba la vista: mujer en quien llegase a +investigar con la mirada el color del pelo, la forma del cuello o el +encaje de la cabeza sobre los hombros, podía mostrarse orgullosa de sus +pies y su cintura. Acaso resultara demasiado minucioso y rigorista en +estos exámenes; pero él los disculpaba diciendo que si a un caballo de +carrera se exigen innumerables cualidades para ser calificado de bello, +muchas más deben desearse reunidas en la mujer, que es lo principal de +la vida para todo hombre de mediano entendimiento.</p> + +<p>En esta ocupación iba gratamente entretenido, cuando acertó a pasar a su +lado una señora elegantísima. Comenzó don Juan el examen.</p> + +<p>Los pies de la dama eran de forma irreprochable, finos, algo elevados +por el tarso, ni tan largos como de bolera, ni tan cortos como de china, +y no calzados, afectando descuido, con zapatones a la inglesa, sino con +medias de seda roja y zapatos de charol a la francesa, de tacón un +poquito alto y sujetos con lazo de cinta negra. (Dicho sea de paso, don +Juan maldecía con sagrada indignación de la pérfida Inglaterra que, no +contenta con habernos robado a Gibraltar, ha hecho adoptar a nuestras +mujeres la aborrecible moda de los zapatos grandes.)</p> + +<p>Aquella mujer no llevaba ridícula y dañosamente apretada la cintura; su +talle, sin que nada le oprimiera, resultaba en perfecta armonía de +líneas con las curvas que hacia arriba dibujaban el pecho y con las que +hacia abajo modelaban las caderas. El traje no podía ser más elegante. +Componíanlo falda negra y plegada en menudas tablas con primoroso arte, +abrigo corto de rico paño gris muy bordado, que se ajustaba +perfectamente a su hechicero cuerpo, y gran sombrero, también negro, +guarnecido de plumas rizadas, y velo de tul con motas que, fingiendo +lunares, sombreaba dulcemente su rostro. Vista de espalda, descubría por +bajo del sombrero gran parte del rodete bien prieto, formado por una +cabellera rubia oscura, surcada de hebras algo más claras, que, heridas +por la luz, parecían de oro. Su andar era pausado y firme; pisaba bien y +sus movimientos estaban animados por una gracia encantadora. Don Juan se +dio en seguida a pensar en lo bonita que estaría aquella mujer envuelta +en una bata lujosa, lánguidamente tumbada en una butaca, o vestida de +baile con los brazos desnudos, ceñido el cuerpo en sedas y encajes, o +mejor aún, en el momento de lavarse y peinarse, que es el instante más +favorable para saber si la belleza femenina está en aquel punto de sazón +y frescura que la hace ser la obra maestra de Dios.</p> + +<p>Aquella mujer era de las que resisten el más minucioso análisis, de las +escogidas entre las hermosas, de las que redimen perversos o pervierten +santos, según se les antoja. Luzbel se hubiera hecho humilde por una +sonrisa de su boca, y el santo que vivió en el desierto, sin más +compañía que un cerdo, hubiera renunciado a su parte de paraíso a la +menor indicación que ella le hiciese de cenarse juntos el marrano.</p> + +<p>Don Juan la miró primero de refilón, y en conjunto, luego por la +espalda, después de perfil, y, pareciéndole guapa, pasó junto a ella +para verla mejor. Entonces se quedó parado, cual si le hubiesen detenido +poniéndole una mano sobre el hombro, porque creyó conocerla, o, mejor +dicho, reconocerla. Su memoria le trajo al pensamiento un nombre en que +iban compendiados muchos recuerdos, pero la desconfianza le hizo decirse +en seguida: «No, no es ella..., con esa ropa... ¡imposible!». Sin +embargo, no se rindió a la duda, y tornó a mirarla. Ella ni aceleró ni +acortó el paso; la insistencia casi descarada de don Juan no descompuso +su tranquilo caminar de diosa vestida a la moderna; pero a la segunda +vez que le sintió pasar a su lado, alzó el manguito en que llevaba +metidas las manos, y se oprimió el velillo contra el rostro, como +queriendo recatarse, lo cual avivó en el hombre la curiosidad y la +sospecha. De pronto, ella, casi gritando, dijo:</p> + +<p>—¡Ten cuidado, monín!</p> + +<p>Hasta entonces no había notado don Juan que a pocos pasos delante de la +dama marchaba un pequeñuelo, de dos años a lo más, y una muchacha +vestida a lo niñera, cuyas ropas mostraban estar sirviendo en casa rica. +El niño iba hecho un pimpollo, cubierto todo el vestidito de cintas y +encajes, y la criada rodaba, para divertirle, un aro con cascabeles, +hacia los cuales él tendía las manecitas. Hubo un momento en que por +abalanzarse al juguete vacilaron sus pies, aún no hechos al ingrato +contacto de la tierra; estuvo a punto de caer, y entonces la madre +(porque debía de ser su madre), repitió sobresaltada:</p> + +<p>—¡Cuidado, monín!</p> + +<p>«¡Su voz!», pensó don Juan; mas en seguida, fijándose en el costoso +sombrero de la dama (harto sabía él lo que cuesta un sombrero de mujer), +añadió mentalmente: «¿Se habrá casado?» y esta suposición le hizo +sonreír, como burlándose de alguien. Después se puso serio, diciéndose: +«rara es la fruta que llega a los labios de su legítimo poseedor sin que +la hayan picoteado los pájaros».</p> + +<p>Llevaba andada más de media alameda y aún no había don Juan logrado que +la memoria le aclarase las dudas sugeridas por el espectáculo de aquella +mujer. Apretó el paso, adelantose casi rozándole la falda, y a los diez +o doce metros se volvió y vino hacia ella, resuelto a mirarla como las +águilas miran al sol, cara a cara. Cruzáronse entonces las miradas de +ambos; ella permaneció impasible, serena, y con voz que denotaba +perfecta tranquilidad de ánimo, dijo a la niñera:</p> + +<p>—Haga usted seña a Manolo para que arrime.</p> + +<p>Entre mirarla y oírla no le quedó duda a don Juan; y fue tal la +impresión que le produjo ver confirmada su sospecha, que, parándose +involuntariamente, murmuró: «¡Cristeta!»</p> + +<p>Tan claro pronunció este nombre, que ella no pudo menos de oírle; pero +no se le inmutó el semblante. Avanzó hacia la berlina que venía +siguiéndola, esperó a que se detuviese, y sin volver el rostro, abrió la +portezuela; en seguida dejó que montase la niñera, después levantó al +pequeñín en brazos para que aquélla lo acomodara sobre sí, y, por +último, subió ella, descubriendo algo más que el pie, con lo cual don +Juan quedó maravillado y suspenso, experimentando una impresión parecida +a la que debió de sentir Moisés cuando le enseñaron de lejos la tierra +prometida.</p> + +<p>En el instante de arrancar el carruaje, la desconocida se alzó el +velillo.</p> + +<p>Don Juan pudo dudar mientras vio el rostro al través del tul; pero toda +perplejidad quedó desvanecida al mirarlo libre de aquel adorno. ¡Qué +cara! Los ojos eran azules, oscuros, hermosísimos; la boca un poquito +grande, como hecha adrede para que se admirasen bien los dientes; el +color trigueño claro; las facciones delicadas; las orejas chicas; la +expresión de la fisonomía entre seria y picaresca; en conjunto, un tipo +popular realzado por una elegancia y dignidad exquisitas.</p> + +<p>Se había perdido ya de vista el coche, y don Juan seguía inmóvil +pensando: «Esto es increíble. ¿Estará <i>con alguno</i>? Pero ¿y el niño?». Y +volvió a sonreír, porque aquellos grandes ojos de azul sombrío, aquella +graciosísima boca y airoso talle los había él contemplado muchas veces +de cerca, tan de cerca que se los sabía de memoria, como se saben las +cosas aprendidas a gusto. En un principio dudó por ver tales hechizos +rodeados de prendas costosas, lazos y perifollos caros. Una voz íntima +le había dicho, poco más o menos: «Zapatos, siete duros; abrigo, setenta +duros; medias de seda, seis duros; sombrero, veinte duros; manguito de +legítima nutria, qué sé yo cuántos duros»... etc., etc., y estas +etcéteras ascendían a mucho; por lo cual se decía don Juan: «Sí, ella +todo lo vale; cualquiera que tenga buen gusto se gastará en contentarla +el oro y el moro; pero ¿y el chiquillo?»</p> + +<p class="puntos">*<br />* *</p> + +<p>Don Juan volvió a su casa muy pensativo. Por la noche fue al teatro, a +una tertulia, al club, y con nada logró distraerse. En los palcos, en +los salones, en el cuarto del tresillo, en todas partes creyó tenerla +delante de los ojos. Unos momentos le miraba cariñosa, otros le sonreía +burlona; de pronto se le borraba de la imaginación y surgía su propia +figura, la del mismo don Juan, en actitud de ir a coger amorosamente las +manos de Cristeta, que ella retiraba esquiva. A la fingida visión que +así gozaban los ojos, sucedía luego la ilusión de voces y palabras +confusamente recordadas: promesas, juramentos, ternezas; todo el +interminable repertorio de frases deliciosas que el diablo inspira a los +que van a pecar, están pecando o acaban de pecar.</p> + +<p>Casi de madrugada se acostó con un periódico en la mano, según su +costumbre. Leyó y no entendió: letras, líneas, párrafos y columnas +bailaban trocando sus puestos y componiendo estupendos disparates. «Ha +sido detenido por blasfemo... el santo del día. CULTOS: en las +Calatravas... la <i>Traviata</i>» y otras incongruencias por el estilo. De +pronto, extendiendo el brazo, mató de un periodicazo la bujía; después +su espíritu fluctuó largo rato entre vigilia y soñolencia, y comenzaron +a borrársele las ideas, sustituyéndose los antojos de lo soñado a las +impresiones de lo real.</p> + +<p>E imaginó ver una figura de mujer hermosísima, que surgía de entre un +macizo de plantas tropicales, intensamente iluminadas por la batería del +gas de un escenario, y envuelta en humo rojizo de bengalas. Estaba medio +desnuda y circundada de resplandor vivísimo, destacando las gallardas +líneas y el blanco bulto de su cuerpo sobre un amplísimo manto rojo que +le pendía de los hombros. Era ninfa de apoteosis zarzuelesca, profanada +por el carmín barato, los polvos de arroz y el arrebol; aprisionadas las +formas en lascivas mallas; pero en su rostro no se dibujaba la sonrisa +forzadamente sensual de la comiquilla aventurera. No estaba provocativa +y desapudorada, sino bellísima y muy seria. De pronto comenzó a sonar +una música suave y mortecina, a intervalos interrumpida por +reminiscencias de giros canallescos. Luego un caballero en quien don +Juan se reconocía, salía precipitadamente de un palco proscenio, bajaba +una escalera ancha, atravesaba un patio, subía otra escalera muy +estrecha, cruzaba un pasillo lleno de mujeres, unas sudorosas, otras +tiritando, todas casi desnudas, y sin hacer caso de ellas ni de sus +dicharachos y sus risas, se detenía ante una puerta, sobre la cual +estaba escrito este letrero:</p> + +<p class="c"><i>Señorita Moreruela.</i></p> + +<p>El caballero daba en la puerta unos golpecitos con el puño del bastón; +oíase una voz que decía: «Espera...»</p> + +<p>Don Juan quedó profundamente dormido.</p> + + + +<h3><a name="Capitulo_III" id="Capitulo_III"></a>Capítulo III</h3> + +<p>Donde el autor dice quién es la mujer bonita</p> + + +<p>El padre de Cristeta fue covachuelista a la antigua, con poco sueldo, +menos consideración, gorrito de pana y mangotes<a name="FNanchor_1_1" id="FNanchor_1_1"></a><a href="#Footnote_1_1" class="fnanchor">[1]</a> de percalina negra: la +madre fue encajera de primorosas manos, que así componía, dejándolo +nuevo, un entredós de Malinas, como restauraba un cuello de Alençon. +Durante muchos años vivieron amantes y felices con el producto de su +trabajo; pero llegó un día en que él quedó cesante, porque fue preciso +emplear al sobrino del querido de la querida de un ministro, y a ella le +faltó labor porque pasaron de moda los encajes. Entonces comenzaron a +sufrir adversidades, escasez, pobreza, y hubieran llegado hasta verse +miserables, si la muerte, que esta vez llegó a tiempo, no atajara sus +desdichas. Ambos murieron con pocas semanas de diferencia, dejando en el +mundo una niña de diez años, fruto de su amor, la cual tuvo por única +herencia el despejo y la hermosura de su madre. Recogió a Cristeta una +tía, casada, hermana de aquélla, que tenía estanco en uno de los sitios +más céntricos de Madrid; y aunque las malas lenguas del barrio dijeron +que el amparar a la huérfana fue arbitrar medio de tener persona de +confianza que ayudase al despacho, es lo cierto que no sólo no sufrió +malos tratos la niña, sino que hasta fue acogida con cariño y enviada a +la maestra, donde aprendió a leer, escribir, contar, bordar y coser, +pasando luego a encargarse del mostrador, hecha ya una mocita muy mona, +y tan lista, que jamás se equivocaba en dar las vueltas, ni recibía +moneda falsa, ni trabucaba los sellos de las cartas. Sus tíos no la +mataban a trabajar; antes al contrario, le concedían permiso para salir +de paseo los domingos con sus amiguitas, y la tenían limpia y +decentemente vestida; limpieza y decencia que, según Cristeta fue +creciendo, comenzaron a convertirse en extraordinario aseo y primoroso +gusto.</p> + +<div class="footnote"><p><a name="Footnote_1_1" id="Footnote_1_1"></a><a href="#FNanchor_1_1"><span class="label">[1]</span></a> El autor había escrito manguitos. La Academia dice mangotes. ¡Paciencia! (N. del E.) </p></div> + +<p>Mientras ella despachaba sellos y cigarros, su tía permanecía junto al +mostrador, en invierno haciendo calceta con el gato en la falda y +puestos los pies en la tarima del brasero; en verano dormitando o +abanicándose, y en todo tiempo celosa de que ningún comprador sostuviera +conversación larga o palique peligroso con la chica, que ya exigía +aquella vigilancia, porque según se iba desarrollando, aumentaba el +número de los que la echaban chicoleos y flores, no siempre de aroma muy +puro. Así llegó a tener fama de bonita, sin que nadie pudiera jactarse +de haber conseguido de ella una mirada cariñosa.</p> + +<p>Era lista y comprendía perfectamente, de un lado, que no le convenía +incurrir en el desagrado de sus tíos ni desacreditarse a fuerza de +coqueteos; y de otro, que no podía encontrar con facilidad, entre los +hombres que frecuentaban el estanco, quien honrosamente mejorase su +suerte. No le gustaban los jornaleros, y con instinto superior a sus +años, adivinaba que los señoritos eran peligrosos.</p> + +<p>Como crecida a puerta de calle, sabía mucho más de lo que debe ignorar +la pureza; pero esto que, a ser ella tonta, hubiera constituido un +escollo, dado su natural despejo se trocaba en ventaja. Las doncellas +ricas que despiertan a la vida entre muebles lujosos y en casas +suntuosas, conocen las sirtes donde naufraga la virtud por la torpe +murmuración de las visitas y el grosero lenguaje de ayas y criadas; pero +lo inmoral y pecaminoso llega a su entendimiento desfigurado, incompleto +y hasta poetizado con cierto aroma de encanto prohibido que acrecienta +el peligro. En cambio, las pobres como Cristeta, desde pequeñas se +codean simultáneamente con lo vedado y lo lícito, aprenden a defenderse +por sí mismas, se acorazan contra los hombres, y con perfecto +conocimiento de causa se esfuerzan en conservar lo que tanto les importa +no perder.</p> + +<p>Cristeta vendía con amabilidad, sin hablar más de lo necesario; y en +cuanto despachaba lo que le pedían, se ponía a leer, apoyada de codos en +el mostrador, siendo su lectura favorita la de dramas y comedias.</p> + +<p>Apenas se estrenaba en cualquier teatro una obra, ya la tenía entre las +manos: y como los ejemplares cuestan dinero y ella no lo gastaba, claro +está que alguien se los prestaba.</p> + +<p>Sus tíos eran muy cariñosos, pero no podían vigilarla con igual interés +que lo hubieran hecho sus padres, así que le dejaban leer cuanto quería; +de modo que, a fuerza de devorar escenas de apasionamientos románticos y +exageraciones realistas, llegó la chica a saber, teóricamente, mil cosas +de amor que fueron aleccionándola en tan peligrosa y dulce enseñanza. +Pero ¿quién proveía a Cristeta de dramas y comedias?</p> + +<p>En el piso principal de la misma casa del estanco vivía un editor, +quien, por ser pequeña su habitación, tenía arrendado en la planta baja +un cuarto, convertido en almacén de las obras que administraba. Cristeta +escogía cuidadosamente los puros que el editor fumaba, daba a sus +dependientes las cajetillas más gruesas, y, a cambio de esta amabilidad, +ellos le prestaban cuantos libros pedía. Además, el cuarto—almacén tenía +la entrada por un patio, que era de los estanqueros, y éstos cuidaban de +que sólo entrasen allí los dependientes del editor, con lo cual él, +seguro de robos, pagaba la custodia con billetes de favor para los +teatros, a que de ese modo asistía Cristeta gratis y a menudo.</p> + +<p>Por último, los dependientes, que frecuentaban el estanco, habían puesto +a Cristeta al corriente de quiénes eran los autores de las más de las +obras que tenía leídas: así que la chica, merced a lo céntrico del sitio +y a la mucha gente que allí entraba, llegó a conocer de vista y por sus +nombres a casi todos los actores y poetas dramáticos y cómicos de +Madrid.</p> + +<p>Entre semejantes lecturas y el roce de tales parroquianos, Cristeta fue +cobrando desmesurada afición al teatro. Aquella mujercita sería, hasta +parecer esquiva con la generalidad de los compradores, reservaba las +sonrisas y el agrado para los escritores y cómicos, a quienes en el +fondo de su imaginación no veía según la realidad, sino que pensaba en +ellos como en seres superiores, de cuyos cerebros surgían y en cuyos +labios tomaban vida todos los lances, intrigas, amores y aventuras que +le encantaban el ánimo.</p> + +<p>Su fantasía transfiguraba y ennoblecía a los autores de los versos que +se sabía de memoria. En vano le decían, por ejemplo, mostrándole un +poeta sucio, grosero y malhablado: «Ése es quien ha escrito <i>La vida por +el amor</i>». Ella en seguida le confundía con su obra, le limpiaba con la +poesía de sus propias frases, acabando por figurárselo y verlo, no tal +cual era, sino ennoblecido, pulcro y elegante. Venía al estanco un +comicastro, injerto en payaso, rodeado de amigos tabernarios; pedía +entre ternos y tacos una cajetilla de las más baratas, pagaba mostrando +puercas las manos, sebosa la ropa, y apenas Cristeta le servía y veía +marchar, ya no era su figura real la que conservaba en la imaginación, +sino la de algún apuesto y enamorado caballero que le vio representar en +las tablas.</p> + +<p>Pero estas pequeñas emociones nada eran ni valían comparadas con su +alegría cuando el editor, por tener propicios a los estanqueros, les +enviaba un par de butacas <i>de tifus</i> en las últimas filas de cualquier +teatro que andaba mal. Entonces Cristeta se vestía y emperejilaba, +cepillaba cuidadosamente a su tío la americana o ayudaba a su tía a +ponerse la mantilla, y con el que había de acompañarla partía gozosa, +siendo completa su satisfacción la noche que, durante algún entreacto, +la saludaba familiarmente cualquier poeta ramplón o se le acercaba un +actor, por malo que fuese, a echarle cuatro requiebros.</p> + +<p>En medio del contento que Cristeta experimentaba viendo así halagados +sus gustos, aún le quedaba una gran curiosidad por satisfacer. Conocía a +muchos actores y poetas, músicos y danzantes, pero nunca había hablado +con una cómica, dama joven o graciosa, ni siquiera característica, a +quienes ella se fingía poco menos que como criaturas extraordinarias, +completamente felices, que no tenían tiempo de sufrir ni padecer, +perpetuamente ocupadas en ser grandes señoras, reinas y hasta diosas, +cuya misión única en el mundo consistía en escuchar frases bonitas y +estar preparadas para raptos de esos que, según los casos, terminan en +muerte violenta, o boda y perdón de padre bondadoso.</p> + +<p>Para Cristeta una actriz era una mujer que nunca deja de tener a sus +pies un hombre arrodillado, y en su camarín un mueble lleno de doblas +con que pagar albricias por los mensajes de amor. Ignoraba que muchas +veces la que en las tablas hace de princesa es en su casa criada de sí +misma. Por fin llegó un día en que vio de cerca a una cómica, y no de +las que andan de pueblo en pueblo trabajando a partido, sino de las que +triunfan en Madrid y pagan a su modista cuentas que importan miles de +pesetas.</p> + +<p>Había entrado un poeta en el estanco, le vio la comedianta, que en aquel +momento pasaba por la calle, y, deseando hacerle algunas preguntas, +entró tras él. La conversación que sostuvieron fue larga, y mientras +duró pudo Cristeta contemplar a su sabor la elegantísima figura de +aquella mujer a quien tantas veces había visto en la escena. Llevaba un +primoroso traje negro con lunares blancos, el cuerpo del vestido cortado +con tal arte que, sin formar la más leve arruga, dibujaba un busto de +hermosas líneas; iba coquetamente calzada y sobre sus guantes grises, +muy altos, brillaban tres o cuatro aros de plata y de oro. El sombrero +era de ala ancha y estaba guarnecido con una pluma grande y rizada. Sus +ademanes eran vivos, se movía mucho y jugueteaba rápidamente con el +mango de la sombrilla; su voz, aunque dulce, denotaba carácter hecho a +dominar y vencer.</p> + +<p>Cristeta, mirándola y remirándola, se anegaba en la admiración que +sentía: hasta llegó a forjarse la ilusión de ser ella misma la que tenía +delante de los ojos, antojándosele ser ella la cómica y ésta la +estanquera; y que después, en vez de continuar allí vendiendo sellos y +pitillos, podría irse a representar comedias por la noche y observar +desde la escena cómo la miraban los hombres y la envidiaban las +mujeres... Luego caería a sus pies una lluvia de ramos, y por el pasillo +central de las butacas entrarían los acomodadores cargados con +canastillas de flores y chucherías de regalo... Durante unos instantes +soñó despierta, y hasta el ruido confuso de la cercana calle le pareció +rumor de aplausos.</p> + +<p>Al marcharse la cómica, el poeta dijo a Cristeta que aquella mujer +ganaba una onza de oro diaria; pero la estanquerita no dio señal de +envidioso asombro ni de cosa que denotase codicia. No; lo que le parecía +realmente envidiable era el constante triunfar, el bien vestir, el +hablar y oír cosas bonitas, el vivir, aunque fuese con existencia +fingida, en un mundo más poético y extraordinario que el de la realidad.</p> + +<p>Cuando Cristeta cumplió los dieciocho años, ya estaban en ella +perfectamente desarrolladas la hermosura y la afición al teatro. +Respecto a la primera, su belleza era indiscutible; y en cuanto a la +segunda, que tanto había de influir en su vida, aquellas lecturas +dramáticas y diálogos con poetas y cómicos, tanto ir a ver comedias y +admirar a las actrices, concluyeron por entusiasmarla y sorberla el seso +en tal grado que, aun sin atreverse todavía a comunicárselo a sus tíos, +formó propósito de dedicarse a la escena.</p> + +<p>La casualidad o la Providencia, que acaso sean hermanas según la +semejanza de sus obras, vino al poco tiempo en ayuda de Cristeta.</p> + +<p>Una mañana, mientras se peinaba, comenzó a cantar coplas de cierta +zarzuela que a la sazón estaba en moda. Era verano y los balcones de la +vecindad que daban al patio aparecían entornados. De repente, sin que +ella lo advirtiera, se asomó a uno de ellos el editor, acompañado de +otro caballero, y, suspendiendo ambos la conversación, escucharon a +Cristeta, que siguió cantando con agradables modulaciones, ajena de toda +pretensión vanidosa, como pájaro incapaz de sospechar que nadie se +detenga a oírle. Su acento era gracioso y picaresco; su voz escasa, pero +argentina, juvenil, y no viciada por los esfuerzos ni la mala enseñanza. +No era voz potente ni de gran extensión, pero sí dulcísima, alegre y +fresca, como debieron de ser las de aquellas ninfas que en la antigüedad +jugueteaban llamando a su compañera Eco, corriendo y ocultándose tras +los troncos de los bosques sagrados.</p> + +<p>—¿Oye usted eso?—preguntó al editor su amigo.</p> + +<p>—Sí; es la chiquilla de los estanqueros.</p> + +<p>—¿Bonita?</p> + +<p>—Un primor.</p> + +<p>—¿Se convence usted—añadió el caballero—de que si uno se propusiera +buscarlas, encontraría mujeres para el teatro?</p> + +<p>—Hombre, no sea usted niño. Desde que no sé quién encontró un tenor en +una herrería, todo el mundo se maravilla de cualquier voz que escucha en +cualquier parte. Pero, en fin, si quiere usted hacerle proposiciones... +Yo le ayudaré a usted. Me consta que la muchacha tiene la querencia de +las tablas; vamos, que se pirra por el teatro.</p> + +<p>Poco después Cristeta, que sin saberlo acababa de probarse la voz, +calló, concluyendo de peinarse con su acostumbrada gracia; hecho lo cual +salió al estanco y comenzó a vender.</p> + +<p>Aquella misma noche, casi en el momento de cerrar, entró a comprar +cigarros el dependiente mayor de la casa editorial y, trabando +conversación con Cristeta, le dijo sin rodeos ni ambages:</p> + +<p>—¡Ni que lo hubiera usted hecho adrede! ¡Vaya una vocecita que ha sacado +usted esta mañana mientras se peinaba! En fin... ¿quiere usted salir al +teatro?</p> + +<p>—¿Yo?—repuso en el colmo del asombro.—¡Usted sí que se quiere quedar +conmigo!</p> + +<p>Estaban solos: el dependiente, que no era viejo ni feo, tenía las manos +apoyadas en el mostrador; ella estaba turbada, recelosa, esforzándose +por sonreír, y agitada por un presentimiento incomprensible. El +sota—editor se había puesto muy serio; a la chica un sudor se le iba y +otro se le venía; de pronto, en un momento en que ella alzaba con cierta +coquetería una mano para retocarse el peinado, dijo el hombre:</p> + +<p>—Vamos a ver: ¿le parece a usted que se han hecho esos dedos para pegar +sellos y contar calderilla? Vaya, me ha dicho don Pedro, mi principal, +que suba usted mañana con su tío, que tiene que hablar con ustedes.</p> + +<p>—¿Para qué?</p> + +<p>—Para saber si quiere usted ser cómica.</p> + +<p>—¡Yo artista!—exclamó Cristeta con indefinible sorpresa.</p> + +<p>—La misma que viste y calza. Es usted joven, guapa, tiene talento, voz, +afición.</p> + +<p>—Lo que es afición sí que tengo.</p> + +<p>—Bueno, pues con estudiar un poco... En fin, suban ustedes mañana.</p> + +<p>Y se fue.</p> + +<p>Cuando Cristeta quedó sola, tuvo que apoyarse en la anaquelería para no +caerse. Acostose sin cenar casi, ni hablar con nadie; permaneció largo +rato sentada en la cama, tardó mucho en desnudarse, lloró sin saber por +qué, se le olvidó rezar y, por fin, al deslizarse entre las sábanas +sintiendo las frías caricias del lienzo, tornó a sus pasadas ilusiones, +antojándosele que el ruido de los coches que pasaban por la calle era +estrepitoso rumor de aplausos y que las voces de los vendedores de +periódicos eran bravos frenéticos.</p> + + + +<h3><a name="Capitulo_IV" id="Capitulo_IV"></a>Capítulo IV</h3> + +<p>En el cual queda demostrado que la virtud, como el agua, brota donde +menos se espera</p> + + +<p>A las pocas semanas de lo narrado estaba Cristeta contratada como <i>otra +tiple cómica</i> en un teatrillo de tercer orden, cuyo empresario era el +amigo del editor que la oyó cantar mientras se peinaba. Los tíos de +Cristeta, engolosinados con la oferta de dos duros diarios, consintieron +en el ajuste. Convínose en que al principio no representaría la niña +sino papelitos cuya parte musical pudiese aprender al oído, y también en +que, sin pérdida de tiempo, comenzase a tomar lecciones de canto. Ella +se puso loca de contento y los estanqueros, imaginando que su sobrina +tenía una mina en la garganta, transigieron en pagar maestro.</p> + +<p>El teatro donde quedó Cristeta escriturada era de los que dividen por +horas las funciones, y en él se representaban cuatro cada noche. A la +primera apenas iba gente; a la segunda asistían familias de los barrios +cercanos cansadas de jugar a la perejila, jovenzuelos sin permiso para +retirarse tarde, matrimonios de larga fecha que iban a pasar el rato +para no verse solos, y forasteros deseosos de olvidar los sofiones +recibidos en los ministerios con la agradable perspectiva del <i>coro de +señoras</i>. Provinciano de éstos había capaz de renunciar a la esperada +credencial con tal de poder contar en su pueblo que había sido dueño de +cualquiera de aquellas infelices, condenadas a estar siempre haciendo +muecas voluptuosas con la cara pintada y trenzados con las piernas +presas en las desvergonzadas mallas. El público que frecuentaba la +tercera y cuarta función se componía casi exclusivamente de hombres +aficionados a comprar hecho el amor, y de pecadoras elegantes. A última +hora se ponían las piezas y zarzuelitas más verdes, y cual si esto les +sirviese de aperitivo, era de ver cómo a la salida muchos caballeros, o +vestidos de tales, esperaban en la calle la salida de bailarinas, +coristas y figurantas: por fin, cuando terminado el espectáculo +comenzaba la puerta del escenario a vomitar mujeres envueltas en +mantones y con toquillas de estambre a la cabeza, cada hombre se llevaba +su prójima, que solía ser ajena; alguna, envidiada de las demás, subía +en coche, y ya formadas las parejas, que a veces en realidad eran +tercetos, todos se iban contentos; ellas haciéndose las conquistadas, y +ellos imaginando triunfo lo que, a lo más, era compra.</p> + +<p>A llevar y recoger a Cristeta iba el tío estanquero, no sin repugnancia +y protestas de su cónyuge, la respetable y añosa doña Frasquita.</p> + +<p>Las primeras noches intentaron algunos chuscos divertirse a costa suya; +pero advertidos de que tenía mal genio, le dejaron en paz; en cambio, +los señoritos que pretendían acercarse a Cristeta solicitaban su +conversación, llamándole <i>don</i> o <i>señor de</i>; y él, no acostumbrado a que +gente tan bien vestida le tratase de igual a igual, acabó por creer que +para codearse con personas finas era necesario andar entre bastidores.</p> + +<p>El día en que trabajó Cristeta por primera vez, estuvo mal servido el +estanco. Nadie pensó sino en hacer viajes o enviar recados a casa de la +modista, autora del traje que había de sacar a escena, en peinar y +repeinar a la nueva artista, y en prepararle una banasta para las ropas +y una caja para los untos, cosméticos, polvos, mano de gato y otros +afeites.</p> + +<p>Por la mañana, un asturiano que tenía en la esquina inmediata puesto de +café económico, vulgo <i>de a cuarto</i>, entró en el estanco a comprar +pitillos y dijo a la criada, especie de Maritornes a medio desbastar, +que el nombre de Cristeta estaba en el cartel del teatro con todas sus +letras; y la palurda, aunque no sabía leer, salió corriendo a que se lo +mostrasen; luego cruzó la calle con el mismo objeto la estanquera, sin +lograr nada, porque se le habían olvidado los espejuelos, y, por último, +fue también el tío, permaneciendo largo rato en contemplación de aquella +línea del reparto donde decía:</p> + +<p class="c">«CHULA PRIMERA-SEÑORITA MORERUELA»</p> + +<p>Tal fue la emoción del pobre hombre, que señalando con el bastón las +letras, dijo enfáticamente a un cochero de punto que allí estaba: «¡Es +mi sobrina!», y la frase salió de sus labios con aquella entonación de +noble orgullo que debía de emplear la romana Cornelia cuando dijera: +«¡Yo soy la madre de los Gracos!»</p> + +<p>Cristeta se estrenó (<i>debutó</i>, dijeron los periódicos) en un papel de +chula, y lo hizo con mucha gracia y desparpajo, luciendo un mantón gris +de ocho puntas, que por la mañana costó setenta reales en la calle de +Toledo, vestido de lanilla oscura con dibujitos claros, y a la cabeza un +vistoso pañuelo de seda, a listas azules y amarillas, entre cuyos +pliegues aparecía su bonitísima cara de madrileña picaresca. Iba calzada +con medias rayadas y zapatos bajos, mostrando en cada movimiento las +enaguas muy blancas. Sin que incurriese en desvergüenza ni descaro, su +figura resultaba tan gallarda y airosa como encantador era su rostro. Se +presentó en escena con los ojos turbados del miedo; pero en la segunda +salida, al terminar una tirada de redondillas, sonaron unos cuantos +aplausos y perdió el temor. En el resto de la zarzuelita estuvo +saladísima, y en la única pieza que cantó, también la aplaudieron. +Moviéndose y accionando parecía cómica veterana.</p> + +<p>Cuando al retirarse a casa salió acompañada de su tío, había en la +puerta una manada de caballeretes esperando para verla de cerca; don +Quintín, que así se llamaba su Argos, puso cara feroz y ella, +esforzándose por reprimir la alegría, procuró estar seria.</p> + +<p>Nadie durmió sosegadamente aquella noche en el estanco. La tía, porque a +pesar de la edad de su marido, estaba solevantada con lo peligroso que +era, según dijeron las vecinas, que el bueno del hombre fuese a pasar +las noches entre bailarinas y coristas; el tío porque, asombrado de la +facilidad con que Cristeta se ganaba sus cuarenta reales, pensaba ya en +el cobro de la quincena, y la muchacha porque aún le zumbaban en los +oídos las palmadas. Mas su verdadera satisfacción fue a la mañana +siguiente, cuando en la sección de espectáculos de un periódico leyó que +la señorita Moreruela era de agraciada figura y tenía brillantes +disposiciones, y estaba llamada a conquistar grandes triunfos en el +difícil arte a que se dedicaba.</p> + +<p>Hasta final de temporada trabajó en otras dos obras, y por una de ellas +experimentó la primera contrariedad de las muchas a que había de estar +sujeta.</p> + +<p>Citáronla para asistir a la lectura, y acabada ésta le entregaron su +papel, de poco más de un pliego, en cuya primera hoja estaban +manuscritas las siguientes palabras:</p> + +<p class="c">NINFA ELÉCTRICA</p> + +<p>La obra era una <i>revista</i>, manojo de desvergüenzas mal escritas, +adornado con música populachera de aires franceses disfrazados a la +chulesca.</p> + +<p>La esperanza del éxito estaba fundada en media docena de decoraciones y +en los trajes de las actrices, o, más claro, en la poquísima ropa que +habían de ponerse. Cristeta tenía que salir con el pelo suelto, corpiño +liso, muy escotado, de raso <i>azul eléctrico</i>, zapatos de lo mismo, nada +en los brazos y en las piernas mallas hasta la cintura; es decir, +desnuda: porque aunque de sus carnes sólo habrían de verse el escote y +brazos, todas las líneas y prominencias del cuerpo quedaban de +manifiesto.</p> + +<p>Cuando una de sus compañeras se lo explicó detalle por detalle, la pobre +muchacha se puso como la grana y su primer impulso fue decir que +renunciaba a ser cómica, pero le dio vergüenza avergonzarse. Volvió a su +casa malhumorada, se encerró en su cuarto y estuvo llorando hasta la +hora de tornar al teatro.</p> + +<p>Seguramente hubo por fuerza de ocurrírsele mucho tiempo antes que +aquello había de llegar, mas no lo imaginó para tan pronto; así que su +sorpresa fue terrible. Si al menos hubiese salido a escena un día muy de +corto y otro muy escotada... pero así, de repente, sin preparación... ¡y +casi desnuda! Buscando luego paliativos a su disgusto, se dijo que el +exceso de pudor ahogaría su porvenir artístico. ¡Pues qué! ¿No había +visto, por ejemplo, y nada menos que a célebres cantantes, lucir las +piernas haciendo el paje de los <i>Hugonotes</i>, y algo más que las piernas +en la Venus del <i>Tannhauser</i>? En realidad, lo que le enfadaba +extraordinariamente no era ostentar sus encantos, porque estaba cierta +de no hacer gesto, ademán ni movimiento indecoroso: la causa principal +de su enojo era el tener que salir entre otras mujeres desapudoradas y +venales que alardeaban de su desnudez, y con quienes había de alternar y +confundirse. Esto la sacaba de sus casillas. En vano tenía ya +acostumbrados los oídos al grosero lenguaje usado en lo interior del +teatro y a las frases soeces con que algunos gomosos la perseguían; su +mirada severa y su ceno adusto ponían a todo el mundo a raya; pero +ahora, obligada a circular por entre bastidores de aquel modo, ¿cómo +evitar las bromas insolentes, los dicharachos lascivos? Y luego, al +salir a escena, ¡cómo caerían sobre su cuerpo las miradas! ¡Qué +vergüenza!... En cambio, no se reirían de ella, cual les acontecía a +algunas de sus compañeras que tenían los brazos flacos, las piernas +torcidas, las caderas desconcertadas y el escote huesoso. Segura estaba +de obtener un triunfo la noche en que se estrenase la <i>revista</i>, porque +el espejo y la comparación de sí misma con aquellas desdichadas le +habían dicho que su cuerpo era un prodigio de hermosura.</p> + +<p>En tales dudas y vacilaciones dejó pasar días y días, hasta que se echó +encima la víspera del estreno. Entonces tuvo miedo del ridículo, pensó +que aquello no era más que una contrariedad inherente a su profesión, y +cuando al concluir el ensayo general le preguntó la sastra que a qué +hora podría ir a probarla <i>el traje</i>, la citó sin oponer resistencia +para la misma tarde, sumisa e indiferente como si se tratase de un +asunto zanjado.</p> + +<p>Llegó la hora convenida, fue la sastra a su casa, entró en el cuartito +de Cristeta y comenzó ésta a desnudarse, dejando por fin caer sobre la +estera de cordelillo las ropas y prendas dichosas que llevaba más +inmediatas al cuerpo. Entonces la encargada de vestir y desnudar +cómicas, según los casos, no pudo reprimir una exclamación de sorpresa +y, haciendo ademán de santiguarse, dijo:</p> + +<p>—¡Bendito sea Dios! ¡Ay, señorita; mujeres hermosas tengo vistas, pero +como usted, ninguna!</p> + +<p>Cristeta se sintió halagada y su pudor murió a manos de su vanidad.</p> + +<p>Letra y música de la <i>revista</i> fueron estrepitosamente silbadas, +contribuyendo esto a realzar el triunfo de Cristeta porque cuando +mayores eran las muestras de desagrado, salió ella a las tablas y, lo +mismo fue verla el público, que acallarse el bastoneo y los chicheos. En +seguida cantó bien dos o tres coplas, de esas que luego alcanzan los +honores del organillo, y aquella música, que por sí sola no hubiese +arrancado una palmada, fue aplaudida. Al terminar hizo la artista una +pirueta, dio un saltito muy mono, y se metió entre bastidores.</p> + +<p>Lo que entonces estalló no fue entusiasmo, sino delirio: el público +quiso que se repitiera la canción, no por oírla, sino por ver nuevamente +a Cristeta; y ésta, animada con aquel éxito personalísimo, cantó mejor y +aún se movió con más libertad. Las mujeres pensaban mirándola: «¿Qué +harán estas bribonas para ponerse tan guapas?» Los hombres se la comían +con los ojos.</p> + +<p>A partir de aquella noche, no hubo trapero literario de los que surten +de majaderías propias y ajenas a los teatros de último orden, en cuyas +cavilaciones no entrasen como elemento dramático los encantos corporales +de Cristeta.</p> + +<p>El empresario recibió muchas obras, donde se adjudicaban a la nueva +artista papeles que requerían poquísima ropa, con lo cual la pobre +muchacha se persuadió de que no eran su voz y su talento los que la iban +sacando a flote, sino su belleza.</p> + +<p>Esta fue su primera desilusión.</p> + +<p>Los pretendientes cayeron sobre Cristeta como moscas sobre pastel +fresco; mas por ninguna de aquellas conquistas se sintió halagada. +Cuantos hombres se le acercaban traían imaginado que era cosa de llegar +y besar el santo, con tal de echar antes alguna limosna en el cepillo. +Un banquero riquísimo, y muy conocido en Madrid por la protección que +dispensaba a las chicas de vida alegre, le propuso descaradamente +amueblarle un entresuelito y ponerle coche; un caballerete trapisondista +y jugador intentó llevársela una noche a cenar, imaginando que cuatro +copas de Champaña y un gabinete de fonda le asegurarían la conquista; un +autor le ofreció un papel de gran lucimiento a cambio de una cita, y +hasta el director de escena se brindó a solicitar para ella un +beneficio, a condición de que ensayasen a solas lo que hubiera de +cantar. A ser ella interesada o de temperamento fácilmente inflamable, +pronto hubiera sucumbido: su salvación estuvo, por entonces, en que ni +la deslumbraba el brillo del oro, ni la imaginación se le exaltaba hasta +poner en peligro su castidad; antes al contrario, aquella larga serie de +acometidas bruscas, en que sin poesía ni delicadeza trataron de comprar +barata su belleza, concluyó por darle asco. No se le exacerbó la virtud, +pero vio claro el peligro.</p> + +<p>Alguna vez, al refugiarse en el cuarto del teatro, contemplando a solas +su gallarda figura ante el espejo, sintió deseo de riqueza; quizá, ebria +de adulaciones, resplandores y músicas, soñó despierta con la realidad +del amor, mas ni el fantasma del lujo ni la tentadora voz de la +Naturaleza lograron rendirla, porque se sentía humillada de no despertar +en los hombres más que la misma impureza que les inspiraban aquellas de +sus compañeras, viciosas o hambrientas, que se vendían por un traje o se +prostituían por una joya. ¿Era esto castidad ingénita, frío cálculo, +tibieza de sangre o señal de orgullo?</p> + +<p>Cristeta no era hipócrita ni desdeñosa del amor, ni de las que, por lo +ariscas, hacen antipática la virtud; pero instintivamente consideraba su +hermosura como complemento de su corazón: quien no poseyese éste, no +disfrutaría de aquélla. Se reconocía hermosa, y no concebía que pudiera +tasarse su belleza. Era capaz de disimular el enojo y hasta de no +enojarse contra un buen mozo que, atrayéndola con exquisito arte o por +sorpresa, la besase, imprimiendo al beso aquella deliciosa ingenuidad +del niño que se apodera de una golosina; pero a cuantos se atrevieron a +propasarse con ella ofreciéndole dinero, les recibió como se recibe a un +perro en un juego de bolos. En su corazón tenían entrada libre la +impremeditada flaqueza que vence el ánimo más fuerte, la voluptuosidad +que a veces flota en el ambiente y se desliza suavemente por los +sentidos hasta lo más recóndito del alma, la ocasión traidora que llega +cuando menos se piensa; en una palabra, todos los estimulantes del amor; +en cambio, su pensamiento estaba cerrado al interés. Un día de campo, un +rayo de sol o cuatro frases dichas a tiempo, podían hacer que Cristeta +cayese trémula en los brazos de un hombre; pero quien se arriesgase a +proponerle crudamente la compra de sus labios, los vería trocados en +manantial de indignación; el enojo de Lucrecia fuera pálido comparado +con el suyo.</p> + +<p>Sí: Cristeta era romántica, como casi todas las mujeres españolas; y de +igual suerte que en un aduar de negruzcos gitanos se puede descubrir un +niño sonrosado de pelito rubio y rizoso; a semejanza del grano de oro +que corre arrastrado entre el légamo y las toscas piedras del río, así +en aquel teatrucho donde toda obscenidad tenían su asiento, vivía ella +cercada de ex—vírgenes andariegas y mamás alquiladizas, esperando, no el +chocar de los centenes ni el crujir de las sedas, sino la voz de un +hombre que murmurase en su oído: «¡Quiéreme!»</p> + +<p>Mujer que así pensaba no podía transigir con la perspectiva de quedarse +sin flor, exponiéndose a dar fruto que acaso no tuviese dueño conocido.</p> + +<p>Su entereza estaba además cimentada en otra base de resistencia, acaso +más salvadora que la misma castidad romántica.</p> + +<p>A poco de ingresar en el teatro observó Cristeta que a cuantas +compañeras suyas pecaban y se envilecían por codicia, les salía errado +el cálculo. Hoy se entregaban a un calavera rico, mañana a un señorito +achulado, tal noche a un marido ajeno, tal otra a un pollancón estúpido; +y total, alguna cena, algún traje, desempeñar a costa de uno lo que +había de lucir con otro, y a la postre el rostro ajado y la juventud +malbaratada: vida de moza mesonera, trajín constante, pocas propinas y +vejez: mendiga.</p> + +<p>Tales fueron, durante algún tiempo, sus pensamientos.</p> + +<p>La maledicencia y la calumnia se cebaron en ella. Quién dijo que no era +buena, sino pecadora a escondidas; quién que por avariciosa se hacía +deseable, para venderse cara; quién, llegando hasta el colmo de la +infamia, afirmó que Safo había retoñado en ella: lo cierto fue que nadie +pudo probar acusación alguna.</p> + +<p>Por fin, cierta mañana circuló en el ensayo una noticia estupenda. +Díjose que la noche anterior Cristeta no había salido del teatro +acompañada sólo de su tío; que con ellos iba un caballero de treinta y +tantos años, buen mozo y elegante; añadiose que Cristeta se apoyó en su +brazo para llegar desde su cuarto a la calle, que luego siguieron +juntos, ella bien arrebujada en su abrigo, él subido el cuello del gabán +de pieles, y detrás, a dos pasos, como guardia de respeto, el tío +estanquero. La fiera debía de estar domada y el domador se llamaba don +Juan de Todellas.</p> + + + +<h3><a name="Capitulo_V" id="Capitulo_V"></a>Capítulo V</h3> + +<p>Que puede dejar dudas sobre la compatibilidad del amor y la virtud</p> + + +<p>Pocos días antes de nacer aquellas murmuraciones, paseaba don Juan por +los pasillos del teatro con un amigo, que le decía así:</p> + +<p>—No recuerdo dónde afirma Cervantes que los alcahuetes son gentes útiles +a la república, y que debieran ser muy considerados. Bueno: pues +escudado en tan autorizada opinión, no tengo inconveniente en +presentarte a la <i>incorruptible</i>.</p> + +<p>—¡No sabes la impresión que me ha causado esa mujer! ¿Y tú crees que +nadie ha...?</p> + +<p>—Eso dicen, aunque también le quitan mucho el pellejo. Yo creo que es +honrada. Veremos hasta dónde llega tu buena suerte..., y te advierto dos +cosas: primera, que no te propases a ciertos atrevimientos, como cerrar +la puerta del cuarto estando solo con ella, y segunda, que te congracies +con el tío. Háblale de Espartero, elogia a la milicia nacional, quema +incienso en honor del difunto partido progresista. Por último, aunque te +parezca ridículo, enamórala <i>por lo fino</i>.</p> + +<p>Cuando el que hizo la cita cervantesca y dio estos consejos a don Juan +entró con él en el cuarto de Cristeta, estaba ella vestida a lo gitana, +con falda de percal de mucho vuelo, pañuelo de espuma al talle, rizos en +las sienes y moño bajo, hecho un jardín a puras flores. El tío sentado +en un sillón gótico de guardarropía, leía un periódico.</p> + +<p>Luego de las frases usuales en toda presentación, el amigo dio tres o +cuatro noticias de teatros y, pretextando saludar a una cómica, se salió +al pasillo. Don Juan, fingiendo turbación, adoptó la postura más decente +que pudo, como si estuviera en el salón de una gran señora. Frente a él +Cristeta, recostada en un pequeño diván, se entretenía en hacer nuditos +con el fleco de la pañoleta. El tío, como de encargo, no chistaba. Ya +iba don Juan a entablar conversación, temeroso de que el traspunte +llamase a Cristeta, cuando ésta, por decir algo, dijo poniéndose en pie:</p> + +<p>—¿Qué tal? ¿Resulta gitano el traje?</p> + +<p>—Muy característico, muy típico...</p> + +<p>Y calló, sin terminar la frase.</p> + +<p>—Hable usted con franqueza.</p> + +<p>—Que no hay analogía entre usted y ese atavío.</p> + +<p>Y como ella hiciese un mohín de sorpresa, continuó:</p> + +<p>—Quiero decir que esa falda tan hueca, ese moño tan bajo, esos rizos +tan... subversivos, todo tan... flamenco no está en relación con la +belleza elegante y distinguida de usted. Cuanto lleva usted encima pide +una cara más, enérgica, facciones duras...</p> + +<p>—Gracias por la galantería—repuso ella secamente.</p> + +<p>Pero no le fue desagradable la lisonja. Estaba acostumbrada a que la +llamasen <i>rica en el mundo</i> o barbiana, y aquella era la primera vez que +un hombre la galanteaba con finura.</p> + +<p>—Vamos—siguió él—; convenga usted conmigo en que su fisonomía y su porte +son demasiado aristocráticos para estas flamenquerías: mejor estaría +usted con un traje de baile, de raso muy claro, por ejemplo, y con un +gran abrigo forrado de pieles que le llegase hasta los pies...; pero que +no los ocultase... Nada de alhajas: el lugar que cubrieran valdría más +que el mejor brillante. En fin, me resulta usted una gitana demasiado +señorita.</p> + +<p>Cristeta sonrió con mayor afabilidad y repuso:</p> + +<p>—Pues ya lo ve usted; al público le da por esto.</p> + +<p>—Lo triste es que artistas como usted tengan que hacer estas obras.</p> + +<p>Cristeta estaba muy acostumbrada a oír elogiar sus encantos corporales; +pero no le sucedía lo mismo respecto de sus facultades artísticas y, +sorprendida por la última frase de don Juan, repuso con más sinceridad +que amor propio:</p> + +<p>—Pues qué, ¿cree usted que yo sirvo para otra cosa?</p> + +<p>Con distinta mujer, don Juan hubiera aprovechado la pregunta para hacer +un juego de palabras y un chiste picante: con Cristeta no se atrevió.</p> + +<p>—¡No lo he de creer! En cuanto se forme una buena compañía de zarzuela, +de ópera cómica española quiero decir, verá usted cómo la buscan. El día +en que haga usted un papel de sentimiento, una obra fina... se la comen +a usted.</p> + +<p>De repente se asomó el traspunte a la puerta del cuarto y, sin +detenerse, dijo:</p> + +<p>—Voy a empezar.</p> + +<p>Don Juan se despidió de Cristeta prendado hasta donde él se podía +prendar de una mujer.</p> + +<p>Aquella noche no pasó más. Sin embargo, para completa exactitud, es +necesario añadir que Cristeta trabajó más a gusto que de ordinario, y +que luego, a solas en la alcoba de su casa, recordó las palabras de don +Juan, pensando con agrado y amor propio satisfecho, en la posibilidad de +ser artista de las que rara vez tienen que ensenar en escena lo que la +mujer debe cubrir casi en todas partes. Después se esforzó por +reconstruir mentalmente su diálogo con don Juan, y le pareció que había +dado prueba de buen gusto censurando el exagerado atavío gitanesco. Por +último, pensó que otros trajes y otros papeles le sentarían mejor: por +ejemplo, el de la Princesa de <i>Pan y Toros</i>, el de la Magdalena de <i>La +Marsellesa</i>, el de Aurora en <i>Luz y sombra</i>. Sí, sí; zarzuela seria. Y +se durmió.</p> + +<p>Don Juan no incurrió en la torpeza de volver al cuarto de la señorita +Moreruela a la noche inmediata, ni a la siguiente, ni a la otra: dejó +pasar algunos días, hasta que hubo estreno en que ella trabajase; de +modo que al verle entrar en su cuarto no sospechó que fuese por +visitarla, sino con ocasión de la obra nueva.</p> + +<p>El tío, que había tomado muy en serio el papel de Argos, estaba, como de +costumbre, leyendo un periódico, sentado en su sillón gótico, del cual +no se levantaba más que cuando Cristeta decía: «que me voy a mudar». +Entonces se trasladaba a un rincón del pasillo, y situándose bajo un +mechero de gas, seguía leyendo, charlaba con el bombero de servicio o +daba palique a alguna de las coristas que andaban de un lado para otro +pidiéndose prestados los peines, la borla de los polvos o la mano de +gato.</p> + +<p>Cristeta interpretaba en la pieza nueva un papel de mocita traviesa que +se fingía juiciosa. Se había vestido con sencillez, y lo que más +contribuía a su aspecto de modestia y candor era el peinado, con la raya +partida por medio y alisado luego el pelo hacia las sienes. Parecía una +colegiala. Apenas la vio don Juan, dijo como si tratase de reanudar la +conversación que anteriormente tuvieron:</p> + +<p>—Hoy sí que está usted monísima. ¡Cualquiera diría que se ha escapado +usted de uno de esos conventos donde se educan las señoritas de la +grandeza!</p> + +<p>—Pues mire usted, estoy que rabio. Hoy me han repartido otro papel... +también de esos que... en fin, véalo usted.</p> + +<p>Y tomando unos pliegos de sobre la mesa del tocador, se los mostró a don +Juan, quien los hojeó rápidamente. Se trataba de otra <i>revista</i>, y en la +escena en que se hacía referencia a la última Exposición de Bellas +Artes, salían personificadas en tres guapas chicas la Arquitectura, la +Pintura y la Escultura. Había de sacar la primera corona mural, túnica +blanca, y en la mano la escuadra; la segunda era un mancebo de la época +del Renacimiento, y llevaba como atributo una paleta; y la Escultura +debía aparecer sobre un pedestal a modo de estatua, en la mayor desnudez +posible, y sin más ropaje que un trozo de paño liado a las caderas. Todo +esto lo explicó rápidamente Cristeta, añadiendo malhumorada:</p> + +<p>—¡Y la estatua... soy yo!</p> + +<p>Frunció don Juan el entrecejo, y exclamó, tirando los papeles sobre el +diván:</p> + +<p>—Da grima. ¡No haga usted eso!</p> + +<p>Tan claramente manifestó su desagrado, que Cristeta no pudo menos de +sentir sorpresa.</p> + +<p>¿Qué le importaría a aquel buen señor, que apenas la conocía, que ella +saliese a escena más o menos ligera de ropa?</p> + +<p>—No tengo más remedio—dijo—que conformarme. No estoy, ni acaso llegue a +verme nunca, en situación de imponerme a una empresa.</p> + +<p>—Hasta que sea yo empresario; bien es verdad que entonces trabajará +usted lo menos posible.</p> + +<p>Don Juan no acertó a expresar bien su pensamiento, o no se atrevió a +completarlo. Ella lo adivinó, sin embargo, y no queriendo dárselo a +entender, repuso:</p> + +<p>—¡Pues buen modo de protegerme!</p> + +<p>En noches sucesivas don Juan asistió con frecuencia al cuarto de +Cristeta, y por el lenguaje que usó con ella comprendió la muchacha que +había producido honda impresión en aquel hombre: mas no llegó a tener +que aceptarle ni rechazarle categóricamente.</p> + +<p>Estaba convencida de que la cortejaba, pero con tal comedimiento, que no +le era fácil decidir la disposición de ánimo que debía adoptar respecto +de él: el mucho agrado pudiera parecer liviandad, la esquivez fuera +grosería, y despedirle con cajas destempladas era exponerse a que él la +pusiese en ridículo encogiéndose de hombros, o acaso diciéndole +claramente que se había hecho ilusiones. Por todo lo cual determinó +esperar, discurriendo de este modo: «Si piensa en mí, por muy astuto que +sea, algún día se clareará, y según sus intenciones... veremos. Una +cómica como yo no puede pensar en casarse con un hombre como él: <i>lo +otro</i> no debe ser, no me conviene, no quisiera... Malo es que esté ya +tan preocupada. En fin...¡Dios dirá!»</p> + +<p>Cristeta no tenía estipulado beneficio en la escritura: ¿quién podía +haber adivinado que en tan poco tiempo creciera tanto, respecto de ella, +el favor del público? Pero a falta de beneficio, el día de su santo la +empresa le hizo regalo de una corona, y sus admiradores le llenaron el +cuarto de flores y multitud de esas baratijas más o menos inútiles, como +jarroncillos bomboneras, muñecos de loza y sortijeros. Cada uno de los +que la regalaron, deseoso de mostrar su largueza o buen gusto, envió el +obsequio al teatro. Una sola persona se lo mandó a casa; y consistió el +regalo en un magnífico neceser de costura, formado por una gran caja de +piel de Rusia, colocada sobre un precioso mueblecito, y provista de +tijeras, pasacintas, devanaderas, carretes y dedal, todo de plata: nada +faltaba de cuanto puede desear una mujer aficionada a hacer labores. +Cristeta recibió el presente por la tarde, antes de ir al teatro, y +abrió la caja con alegría infantil mezclada de sorpresa, como Margarita +debió de abrir el estuche de las joyas. En uno de los casilleros +destinados al hilo había una tarjeta de don Juan, y bajo su nombre estas +palabras escritas con lápiz:</p> + +<p>«B. L. P. a su amiga la señorita de Moreruela y le envía ese humilde +recuerdo».</p> + +<p>Cristeta lo apreció todo de una ojeada: <i>amiga... señorita... humilde +recuerdo...</i> ¡Cuánta finura y qué poca ostentación!</p> + +<p>La estanquera se quedó pasmada: el tío tomó las piezas del costurero una +por una, pensando con respeto en el hombre que hacía regalo de tres o +cuatro o seis libras, de plata. Cristeta se dio a reflexionar en aquello +con más calma. Primero. ¿Por qué, contra lo acostumbrado, le envió el +presente a su casa? Sí: esto indudablemente era horror a la ostentación. +Segundo. ¿Por qué, pues el obsequio era costoso, haber gastado tanto +para ella? Aquí estaban claras la esplendidez y el deseo de agradar. +Finalmente, ¿a qué regalar un costurero a una mujer que no tenía tiempo +de dar puntada? Esto no podía explicarse.</p> + +<p>El resultado de las anteriores y análogas cavilaciones fue que, llegada +la noche, cuando don Juan entró a saludarla en su cuarto del teatro, +apenas pudieron hablar a solas, le dijo ella sin disimular su +pensamiento ni prever la respuesta:</p> + +<p>—Muchas, muchísimas gracias; pero señor Todellas, ¿cómo diablo ha +regalado usted eso a una infeliz que no tiene tiempo para coserse una +cinta? ¡Y cuidado que es lujoso y bonito!... Sobre todo de buen gusto.</p> + +<p>Entonces don Juan se puso muy serio, se aproximó a la cómica, como quien +sacando fuerzas de flaqueza ha hecho propósito de osadía, y dijo con voz +sabiamente turbada:</p> + +<p>—Cristeta, perdóneme usted la torpeza; arrincónelo usted si no le sirve; +pero mí regalo obedece a una idea que no puedo desechar.</p> + +<p>—¿Qué idea es esa?—preguntó ella, volviendo la cabeza para mirarse al +espejo y ocultar de algún modo la emoción que le causó la fingida +turbación de don Juan.</p> + +<p>—Pues bien, Cristeta, lo diré, aunque se ría usted de mí: cuando pienso +en usted, cosa que me ocurre con muchísima frecuencia, no veo con los +ojos de la imaginación esta mujer que ahora tengo delante, no me acuerdo +de la actriz ni del teatro, ni me gusta figurármela a usted haciendo de +ninfa, ni de chula, ni de paje...; me exaspera la idea de que todo el +mundo pueda contemplar...; en fin, cuando yo la veo a usted con los ojos +del alma, se me antoja que es usted una señorita que vive recogida en su +casa, sin que nadie pueda saber todo lo hermosa que es, sin que nadie la +profane con deseos ni miradas. Lo confieso; me hace daño... hasta sufro +viniendo aquí a verla a usted, y, sin embargo, vengo... y seguiré +viniendo mientras no comprenda que mi presencia la enoja.</p> + +<p>Más claro, agua: pero estaba dicha la cosa de tal modo, que, aun +suponiendo que Cristeta recibiera disgusto, no podía manifestarlo. La +verdad es que en el fondo del alma sintió aquella satisfacción dulce y +apacible que en las novelas románticas experimentan las zagalas +galanteadas por grandes y poderosos señores. El diálogo terminó así:</p> + +<p>—¡Válgame Dios, y qué formal se pone usted para decirme esas cosas! ¿No +conoce usted que todo eso tan fino se despega de estos sitios?</p> + +<p>—Pues para probar que hablo seriamente, me voy a permitir darle a usted +un consejo.</p> + +<p>—Diga usted.</p> + +<p>—Haga usted una prueba... doble. La empresa está ya convencida de que +usted sirve, y de que el público ha de quererla más cada día. En cuanto +usted lo intente, verá cómo le guardan ciertas consideraciones. Niéguese +usted a hacer el papel de la pieza nueva... ese de la estatua. ¿A que no +le tuercen a usted la voluntad? Si es usted franca al decir que le +disgustan las mallas, saldrá usted ganando no tener que ponérselas. Y de +paso se convencerá usted de la alegría que yo experimentaré al saber que +no han de verla otra vez medio desnuda... y reflexione usted un poco +sobre qué clase de sentimiento será el que me inspira para que yo piense +todo esto.</p> + +<p>—Pero... ¿qué diablos le importará a usted que salga así o de otro +modo?—le interrumpió Cristeta con dureza; y en seguida, deseando apurar +la situación, añadió—: ¿Imagina usted que voy a creer en esas +delicadezas? ¿Se le dicen de veras semejantes cosas a una actriz de este +teatro?</p> + +<p>No deseaba ella sino que don Juan cayese en el lazo y hablara más claro. +Y como está escrito que todo Hércules tropiece con su Onfalia, don Juan +cogió una mano a Cristeta y siguió hablando de este modo:</p> + +<p>—La temporada va a concluir; evite usted hacer ahora ese papel; nos +trataremos durante el verano, procuraré que me conozca usted a fondo, +que seamos verdaderos amigos... y ¡quién sabe! tal vez para el otoño +empiece usted a pensar en si le conviene renunciar al teatro.</p> + +<p>Entonces no experimentó Cristeta lo que las pastorcillas solicitadas por +príncipes, sino que sintió agitársele su viva sangre madrileña, y +encarándose con don Juan, repuso ásperamente:</p> + +<p>—Sí, que renuncie al teatro, donde al fin y al cabo puedo ser buena, +aunque no lo parezca, para dejar de serlo a beneficio de usted. Luego se +cansa usted de mí, y me deja. Lo de siempre, usted a otra... y yo...</p> + +<p>—Es usted injusta, cruel y mal pensada—dijo don Juan, poniéndose en pie +y haciendo ademán de coger el sombrero para irse.</p> + +<p>Cristeta le detuvo con una sonrisa, y mirándole con la más hechicera +mezcla que imaginarse puede de tristeza y ternura, repuso:</p> + +<p>—¡Si hablara usted de veras! ¡Bah!... ¡Imposible!... Además, tengo una +contrata para salir fuera este verano.</p> + +<p>—Pero no irá usted sola.</p> + +<p>—Probablemente con mi tío.</p> + +<p>—Y yo detrás.</p> + +<p>—Veremos...; pero crea usted que desde ahora hasta el verano ya se le +habrá quitado a usted eso de la cabeza.</p> + +<p>—No vaya usted a creer que es un capricho.</p> + +<p>Cristeta le miró algo severa, frunció el ceño y respondió:</p> + +<p>—Nunca he creído yo que pudiera servir para satisfacer caprichos.</p> + +<p class="puntos">*<br />* *</p> + +<p>Aquella misma semana tuvieron varias conversaciones parecidas. Por fin, +una noche, dando pasto a la murmuración, Cristeta y su tío salieron del +teatro acompañados de don Juan: delante iba la pareja enamorada y detrás +el estanquero.</p> + +<p>Nadie hubo en el teatro que no diera por cierta la caída y perdición de +la Morteruelo; y, sin embargo, el diablo no tenía todavía motivo para +regocijarse. Lo único grave que pasó entre ella y su adorador fue que +una noche, mientras el tío había salido a comprar un periódico, llegó +don Juan, entró en el cuarto, se acercó de puntillas y la besó en el +cuello. Cristeta le vio por el espejo aproximarse, pero ni esquivó el +cuerpo ni mostró enfado, y mirándole con mayor dulzura que severidad, le +dijo:</p> + +<p>—Pase... como extraordinario.</p> + +<p>Quien presenciase el atrevimiento de él y la indulgencia de ella, acaso +imaginara que ya habían trocado el amor platónico por el experimental: y +sin embargo, Cristeta estaba tan limpia de pecado, como la madre Eva +antes de verse obligada a estrenar el primer vestido de hojas de parra +entretejidas.</p> + + + +<h3><a name="Capitulo_VI" id="Capitulo_VI"></a>Capítulo VI</h3> + +<p>En el cual don Juan despliega su astucia, y don Quintín se hace la +ilusión de que pueden volver «aquellos tiempos»</p> + + +<p>La noticia del viaje a provincias llenó al pronto de júbilo a don Juan, +quedando luego su alegría algo mermada con la perspectiva de que +Cristeta fuese bajo la guarda de don Quintín; así que resolvió evitar a +todo trance dicha compañía, pero sin contar con la complicidad de +aquélla.</p> + +<p>Don Juan decidió poner en práctica uno de sus más profundos axiomas, que +dice: «Conviene a veces, para lograr una mujer buena, utilizar los +servicios de otra maleada». No se crea por esto que pensó en recurrir a +ninguna corredora de alhajas, prendera a domicilio, o cualquiera otra +congénere de la famosa vieja que perdió a Melibea: no buscó quien +hiciese de demonio tentador, sino simplemente quien le despejase el +camino.</p> + +<p>Se propuso que don Quintín no saliese a provincias con Cristeta, y he +aquí cómo lo consiguió.</p> + +<p>Una tarde en que su amada no tenía ensayo, fue a la puerta del teatro, +esperó a que saliesen las coristas, y siguió de lejos a una con quien en +otro tiempo tuvo una aventurilla, y de la cual, por haberse mostrado +generoso y conocerla bien, podía fiarse.</p> + +<p>Iba la muchacha a entrar en el portal de su casa, cuando la detuvo +llamándola por su nombre: volvió el rostro la chica, acercose el +caballero y cambiaron unas cuantas frases, que denotaban gran confianza. +Hablaron en broma de lo pasado, como quien revuelve cenizas sin temor a +encontrar rescoldo, y, por fin, don Juan, con aquel tono autoritario, +propio del hombre que tiene seguridad de haberse portado bien con la +mujer a quien habla, le dijo:</p> + +<p>—La verdad: ¿tienes algún lío? Porque no quiero comprometerte.</p> + +<p>—¡No pasa un alma! Suba usted y hablaremos.</p> + +<p>—¿Aún me llamas de usted?</p> + +<p>—Ya sabe usted que nunca pude acostumbrarme a otra cosa. Vamos arriba.</p> + +<p>Y comenzaron a subir la escalera, no con la impaciencia de antaño, sino +como dos buenos amigos que traen entre manos un negocio. Media hora duró +la conversación, y debieron de entenderse, porque al despedirse, don +Juan decía:</p> + +<p>—Marearle un poco, mucha conversación, nada de hacerle concesiones, de +cuando en cuando una dedadita de miel... y, sobre todo, que lo sepa su +mujer.</p> + +<p>—Vaya usted descuidado: le voy a volver tarumba.</p> + +<p class="puntos">*<br />* *</p> + +<p>Aquella misma noche, en un momento en que don Quintín salió del cuarto +de Cristeta para que ésta se mudase de traje, y mientras estaba sentado +leyendo el periódico bajo el mechero de gas que había en el corredor, se +le acercó la corista a quien por la tarde habló don Juan.</p> + +<p>Venía hecha la caricatura de una gran señora, con traje de baile muy +escotado y guantes hasta el codo, uno de ellos sin abotonar.</p> + +<p>—Vamos, don Quintín, hágame usted el favor de echarme estos +botoncitos—dijo al estanquero, presentándole la mano y acercándosele +mucho.</p> + +<p>No tuvo más remedio que acceder: púsose en pie, y cruzando las piernas y +sujetando entre ellas el periódico, comenzó a meter botones en los +ojales.</p> + +<p>Sus dedos eran demasiado gruesos y torpes para aquella operación: +además, ojales y botones, aquéllos por chicos y éstos por grandes, +parecían preparados con diabólica astucia; y entretanto sus miradas +venían a caer precisamente en medio del escote de la corista, cuyos +rizos le rozaban al menor movimiento, cosquilleándole en la frente.</p> + +<p>Nunca había visto tan de cerca mujer engalanada de aquel modo. A lo que +más se asemejaba era a las figuras de grandes damas que adornaban +algunas novelas de las que él solía leer en sus ratos de ocio. Doña +Frasquita fue en sus buenos tiempos una real moza; varias criadas que +logró conquistar le dejaron recuerdos de índole picaresca; pero jamás +soñó, en sus largos monólogos de estanquero aburrido, tener tan cerca de +sí una señora como aquélla. Si Mariquita, que así se llamaba, no era +pura ni a juzgar por su aspecto podía ceñirse justificadamente la corona +de azahar, en cambio estaba guapísima. Sus ojos eran tan expresivos, que +parecían habladores; su boca tenía sonrisas entre mimosas y burlonas; y +en conjunto, por su talle y rostro recordaba los tipos de aquellas +muchachas diabólicamente hermosas que algunos pintores han trazado en +torno de los santos combatidos de voluptuosas tentaciones.</p> + +<p>Lo que a don Quintín le producía más turbadora impresión era el olor que +de ella se desprendía: tal vez fuese perfume barato, pero a él se le +antojaba efluvio de diosa.</p> + +<p>Entre aspirar aquellas que le parecían suavísimas emanaciones y hacer +esfuerzos por ajustarle el guante, lo menos tardó diez minutos en meter +los catorce botones por sus correspondientes ojales; hecho lo cual se +dejó caer sudoroso sobre la silla, diciendo:</p> + +<p>—¡Qué trabajos!</p> + +<p>A lo que ella repuso:</p> + +<p>—Para otras fatigas tendrá usted más habilidad.</p> + +<p>Y sentándosele de golpe en las rodillas, como niña juguetona, permaneció +encima de él un instante: en seguida se levantó, y, alzándose la falda, +echó a correr, mientras el pobre hombre se quedaba pasmado, semejante a +devoto fanático que imaginase haberse visto favorecido por una aparición +sagrada. En las manos sentía el calor de los brazos desnudos que acababa +de tocar, ante los ojos creía tener aún el escote tentador, y el +olorcillo a hembra le andaba escarabajeando en el olfato, como el dejo +de una sensación gratísima. Hubo un momento en que enderezando el cuerpo +sobre el asiento, soltó el periódico y se irguió, a modo de caballo +viejo que ha guerreado mucho y se engalla y estira el pescuezo al +percibir ruido de trompetas lejanas. ¡Oh, memoria, qué dulces recuerdos +trajiste! ¡Oh, fantasía, cómo los poetizaste! Mozuela que allá en el +pobre lugarejo le esperabas en el pajar; sabrosa luna de miel pasada con +Frasquita; cocinerilla vencida en la trastienda, en una sofocante siesta +de verano; dichosas y felices aventuras, ¡cómo y con qué fuerza +surgisteis en la imaginación del estanquero, poblándola de halagadoras +reminiscencias que le inspiraron deseos de nuevos triunfos!</p> + +<p>El episodio del guante fue prólogo de otros conmovedores sucesos.</p> + +<p>Al día siguiente la corista tuvo que ponerse, por razón de una de las +obras en que cantaba, el más caprichoso traje que imaginarse puede. A +modo de antenas, llevaba entre el revuelto peinado dos cuernecillos; el +arca del cuerpo, encerrada en un corsé de terciopelo casi negro +tornasolado, a listas pardas y de oro; y en lo restante de su persona, +o, mejor dicho, personilla, porque era pequeña y traviesa, malla del +color de la carne; las eternas mallas, que eran como el alma y principal +aliciente de aquel templo de Talía. Así ataviada, y en todo semejante a +una avispa, la gentil muchacha anduvo largo rato por un pasillo, hasta +que, viendo a don Quintín sentado bajo el mechero de gas y enfrascado en +la lectura, se le acercó y le dijo, aludiendo al periódico que tenía en +las manos:</p> + +<p>—Si ve usted en los anuncios que alguien busque casa para vivir en +compañía, dígamelo usted, que tengo un gabinete muy mono.</p> + +<p>Don Quintín no pudo reprimir el atrevido pensamiento, y repuso:</p> + +<p>—Monina, ¿me quieres a mí de huésped?</p> + +<p>—No, porque vivo solita; un señor mayor, sí; pero hombres de buena edad, +así como usted... ¡nones!</p> + +<p>¡De buena edad! ¿Qué cosa podía lisonjearle más? Una mujer joven y +bonita le consideraba peligroso. Se atusó el áspero bigote, tosió con +fuerza, se acordó de las asonadas del cuarenta y del cincuenta, de las +formaciones en que lucía el gallardo cuerpo, hasta de las barricadas, y +recobrando el pasado ardimiento, cogió a la hechicera avispa las manos, +que ella tuvo buen cuidado en no retirar.</p> + +<p>—Oye—le dijo—, gachoncita, pimpollo, ¿me tendrías miedo?</p> + +<p>—Miedo no, porque no asustan más que los feos; pero no quisiera que +nadie murmurase de mí...</p> + +<p>Don Quintín creyó ver que el rostro de la chicuela se cubría de pudoroso +carmín.</p> + +<p>—¿Te gustaría más un joven, un mocito?</p> + +<p>—No quiero nada con chiquilicuatros, que no tienen pizca de formalidad.</p> + +<p>—¿Prefieres hombres serios..., por ejemplo, yo?</p> + +<p>—Sí; pero usted no es para mí. La mujer debe buscar uno de su igual.</p> + +<p>En seguida bajó los ojos, fingió turbarse, y terminó diciendo:</p> + +<p>—Por Dios, don Quintín, déjeme usted vivir tranquila.</p> + +<p>Claramente comprendió el vejete que aquella mujer le consideraba como +caballero, y además como peligroso. No le faltó más que oírse llamar +guapo.</p> + +<p>En seguida sacó la chica un caramelo que llevaba oculto entre los +pliegues del corpiño, le quitó el papel, se lo llevó a la boca, hizo +como si quisiese y no pudiese partirlo con los dientes, y, por último, +se lo presentó, húmedo todavía, a don Quintín, diciéndole:</p> + +<p>—Pártalo usted y deme la mitad.</p> + +<p>El estanquero no pudo más. Miró a uno y otro lado del pasillo, vio que +nadie venía, y cogiendo a la avispa por el talle, a riesgo de quebrarle +un ala, la atrajo hacia sí y le plantó en el cuello un beso como no se +lo había dado a mujer alguna desde la regencia de Espartero, exclamando:</p> + +<p>—¡Tú vas a ser mi perdición!</p> + +<p>—¡Y usted la mía!—repuso ella con la voz trémula, como desposada que +viera descorrerse las cortinas del tálamo.</p> + +<p>El momento fue solemne. Los dedos del ex—miliciano oprimían la cintura +de la corista, cuyo cuerpo temblaba como pájaro en poder de niño.</p> + +<p>Mariquita murmuró con extraordinaria dulzura:</p> + +<p>—¡Por Dios, don Quintín!</p> + +<p>—Él, estrechándola con más fuerza, dijo:</p> + +<p>—¡Llámame Quintín nada más!</p> + +<p>—¡No, no quiero!—repuso balbuciente y medrosa—. ¡No sea usted malo... no +quiero perderme... no me pierda usted!</p> + +<p class="puntos">*<br />* *</p> + +<p>En los sucios pasillos del teatro comenzó a desarrollarse el idilio más +conmovedor del mundo. ¿Dónde hay poesía tan intensa como la del tronco +viejo que de improviso empieza a reverdecer y retoñar?</p> + +<p>Don Quintín se relajó en el cuidado y vigilancia de Cristeta, quien, a +decir verdad, no lo sentía, porque mientras estaba con don Juan, para +nada se acordaba de su tío y éste, prescindiendo de su sobrina, como en +justa reciprocidad, siempre andaba en busca o en espera de Mariquita.</p> + +<p>La endiablada mozuela, ciñéndose a las instrucciones de don Juan, se +hacía desear mucho, tardaba en acudir a las citas, luego venía armada de +malicia, fingiendo estremecimientos, vacilaciones y sonrojos que la +hacían más apetitosa; y si se dejaba tocar por el ex—miliciano remozado, +en seguida se le escapaba de entre las manos, como si le tuviese +condenado a eterna dedada de miel, sin esperanza de mayores goces. Las +burlas de su amor eran muchas y frecuentes: las veras, escasas y +tardías; de suerte que don Quintín pasaba, no las de Caín, sino las de +Tántalo; pero era tal su pasión, que con un apretoncillo cada cuatro o +seis días, con un abrazo de cuando en cuando, tenía bastante para seguir +entusiasmado. No había cosa que no estuviera pronto a sacrificar por +Mariquita: el estanco con anaquelería, puros, carteras de sellos, +papeles de matrículas, todo se le antojaba poco para arrojarlo a los +pies de aquella sirena. ¡Cuán horrible le parecía, al volver a casa, la +severa figura de su esposa doña Frasquita! ¡Qué fea estaba con aquellos +parches de alquitira en las sienes y aquella eterna labor de calceta +azul entre las manos! Y no era lo malo que doña Frasquita hiciese +medias, sino que luego se las ponía. ¡Qué diferencia entre aquellas +groseras fundas de algodón, con que cubría sus escuálidas piernas, y las +mallas que apretaban y contenían los bien formados encantos de +Mariquita! ¡Oh amor, cómo pusiste al pobre don Quintín! ¡Desde la guerra +de Troya no había hecho la pasión tan cruel estrago en un hogar como lo +hizo en aquel estanco!</p> + +<p>Porque sucedió que mientras don Quintín y Mariquita pudieron verse en el +teatro, de nada se enteró la esposa engañada; pero luego, al terminar el +año cómico, ni él tuvo pretexto para salir a callejear todas las noches, +ni su enamoramiento quiso transigir con la ausencia del bien amado. La +corista entonces, cumpliendo órdenes de don Juan, tan bien dispuestas +como generosamente pagadas, empezó a enviar misivas a don Quintín.</p> + +<p>En vano rogó éste a la que consideraba su amante que no le mandase +chicos con recaditos, ni mozos de cordel con cartas.</p> + +<p>Mariquita llegó a decirle:</p> + +<p>—¡Eres un mandria; anda, bayeta, si me quisieras de veras, no tendrías +miedo a la estantigua de tu mujer!</p> + +<p>Por fin, la catástrofe se vino encima.</p> + +<p>Uno de aquellos billetes amorosos cayó en manos de doña Frasquita. ¡Y en +qué momentos! Precisamente cuando era cosa resuelta que don Quintín +acompañase a Cristeta en su campaña de verano. La carta interceptada +estaba escrita con la peor intención del mundo; la fraguó don Juan, dijo +luego a Mariquilla cuál había de ser su contenido, y después ella misma +la redactó con espantables faltas de ortografía. Sus párrafos no dejaban +lugar a duda. Doña Frasquita supo de un golpe que la querida de su +marido era corista, que habían tenido sus diálogos pecadores en el +teatro, y que, según ella le ofrecía, en el punto donde durante el +verano había de trabajar Cristeta continuarían aquellos vergonzosos +desórdenes. Para que nada faltase, la individua debía de ser una +desuellabolsas y sacadineros, porque la epístola concluía de este modo:</p> + +<div class="blockquot"><p><i>Quintín mío, esta es para decirte que no se te olbide benir a +buscarme pronto una noche, para yevarme a desempeñar el mantón, que me +lo as ofrecido, y a ber si me traes o me compras, para trabajar afuera +este berano, media dozena de pares de medias muy vistosos, mono mío. +Adiós, pichón, y es tullo el corazón de esta que te quiere y verte desea +y no te olbida.</i></p> + +<p class="r"><i>Mariquita.</i></p></div> + +<p>La cólera de Jehová cuando supo los retozos de Adán y Eva, fue cosa de +risa comparada con el furor de la estanquera. No bastaron a torcer la +resolución que adoptó ni el temor a que se malease la sobrina ni +siquiera los cuatro duros diarios que llevaba de sueldo. Doña Frasquita +era algo avara; pero antes de tolerar que su marido acabase de +corromperse y perderse comprando medias a una sinvergüenza, consintió en +que Cristeta saliese de Madrid acompañada de una doncella, costara lo +que costara. Menos ruinosa resultaría la doncella que la pérdida de su +marido. La escena que pasó entre los cónyuges fue trágica. Primero +Frasquita rogó, suplicó y lloró, mientras don Quintín aguantó, cruzado +de brazos, jurando y perjurando que el origen de aquello debía de ser +una broma pesada de algún mal intencionado; por último, exasperada la +esposa, empuñó un formón viejo que servía para desclavar cajones, y +amenazó enérgicamente a su marido, diciéndole:</p> + +<p>—¡Te mato cuando estés durmiendo, y luego me mato yo! ¡Vamos a salir en +los papeles!</p> + +<p>El pobre don Quintín cedió amedrentado.</p> + +<p>La maquinación del conquistador estaba bien urdida. El mismo día y en el +mismo tren en que partió Cristeta para Santurroriaga salió el utilísimo +Benigno, el ayuda de cámara de don Juan, destinado por éste a servicios +análogos a los que el padre de los dioses exigía de Mercurio. Benigno +iba vestido a lo burgués, llevaba instrucciones reservadas, y Cristeta +no le conocía.</p> + + + + + +<h3><a name="Capitulo_VII" id="Capitulo_VII"></a>Capítulo VII</h3> + +<p>En el cual hay viaje, separación, monólogo y principio de algo más grave</p> + + +<p>No queriendo don Juan que su amada viajase en compañía de los demás +cómicos ni en coche de segunda, como correspondía a su categoría +artística, le proporcionó para sí y la doncella un reservado y fue a +despedirla a la estación, donde cubrió el asiento que debía ocupar con +un precioso ramillete de flores y una cestilla llena de exquisitas +provisiones de boca.</p> + +<p>Cristeta se presentó en el andén vestida con elegante sencillez. Ya no +era la chiquilla que años antes salía muy de mañana con un pañuelo a la +cabeza y un vestidillo de percal a comprar buñuelos para que sus tíos +tomaran chocolate, ni recordaba en nada la humilde comiquilla de los +primeros meses de contrata, en que iba a los ensayos con velo negro, +como van al taller las oficialas de modista. Ahora parecía un figurín +francés: llevaba un magnífico abrigo gris, largo y muy ajustado al +talle; sombrero de anchas alas, adornado con lazos negros; en la mano un +saquillo de piel de Rusia, y al subir al vagón mostró que, según su +costumbre, iba primorosamente calzada. La doncella vestía con decencia, +pero de modo que nadie pudiera dudar que fuese criada.</p> + +<p>Ella sentada dentro del vagón, y él de pie en el estribo, Cristeta y don +Juan estuvieron hablando un buen rato y sin testigos enojosos, porque +doña Frasquita no permitió que su marido fuese a la estación para +despedir a su sobrina.</p> + +<p>—¿Qué día vendrás?—preguntó ella a su amante.</p> + +<p>—Lo antes posible.</p> + +<p>—Piénsalo bien—dijo luego Cristeta mirándole con severidad no exenta de +cariño—. Te agradezco mucho todas tus finezas; pero..., no puedo +adivinar qué fin va a tener esto. Conozco que te quiero, y éste es un +mal... ¡sabe Dios! Ahora estamos a tiempo... Si te has de portar mal +conmigo... déjame. Por lo menos, el recuerdo que conserve de ti no +tendrá nada de rencor.</p> + +<p>—¡Tonta mía! ¡Qué cavilosa eres!</p> + +<p>—Es que... entiéndelo bien... nunca me resignaré a que mi amor sea cosa +de juego. Yo podré no tener exigencias ridículas; pero tampoco me dejaré +tratar como... ya me comprendes.</p> + +<p>Don Juan, no sabiendo qué responder a tan sinceros avisos, se contentaba +con mirarla rendidamente.</p> + +<p>De pronto silbó la locomotora, lanzó tremendos resoplidos, crujieron los +herrajes, arrancó el tren, dejando al galán en el andén con un «adiós, +vida mía», en la boca y Cristeta permaneció asomada a la ventanilla +hasta que le perdió de vista, agitando el pañuelo en la mano.</p> + +<p>Durante el viaje adquirió el convencimiento de que aquel hombre se le +había entrado al corazón más de lo que acaso conviniera. Todo el camino +fue pensando en lo distinto que era Juan de cuantos pretendientes tuvo.</p> + +<p>Echada en el fondo del vagón, sin dormir ni cambiar palabra con la +doncella, se quedó como ensimismada. Unos ratos sus reflexiones +semejaban examen de conciencia: mentalmente se hacía reproches por haber +dado oídos al amor; otros momentos parecía complacerse en los recuerdos +que su memoria iba evocando... En verdad que las galanterías de Juan +habían sido de extraordinaria delicadeza: fue el único que, al dirigirse +a ella, no tuvo en cuenta exclusivamente su belleza: no cabía duda de +que le parecía, no hermosa, sino hermosísima; pero jamás se lo expresó +con osadía ni se permitió atrevimientos de mal gusto... algún beso, eso +sí; pero un beso casi respetuoso. Nunca mostró desconocer ni olvidarse +del decoro debido a la mujer amada. Otros procuraron seducirla +fingiéndose enloquecidos por su belleza, no elogiando más que sus +encantos materiales: Juan le había dado a entender muchas veces que +también apreciaba en ella el ingenio y la bondad: además, había hecho lo +posible por despertar en su ánimo aversión a la vida teatral, en lo que +tenía de peligrosa. Y sobre esto último pensó mucho Cristeta, porque el +teatro y el arte que ella se había fingido leyendo dramas y comedias en +la trastienda del estanco o apoyada de codos en el mostrador, no eran el +arte y el teatro que la realidad le presentaba. Soñó con una vida toda +poesía y encanto, y tropezó con una existencia llena de vulgaridad y +desilusión. Por otra parte, ya no podía confundir su afición con su +disposición: ya sabía que sus facultades no eran bastantes a eternizar +su fama, ni muchísimo menos. Acaso estuviera predestinada a tener que +contentarse con ser actriz mediana, de aquellas a quienes nadie echa de +menos cuando mueren o se retiran. Era aplaudida por elegante, picaresca, +graciosa y bonita, o por salir medio desnuda: todos decían al verla: +«¡qué guapa!», rara vez la celebraban como artista. Harto lo comprendía +ella, sin forjarse esas dañosas ilusiones con que el amor propio ciega y +pierde a los vanidosos... y, además, recordaba que la única persona que +había contribuido a promover estas ideas era Juan. Por supuesto, que sus +indicaciones fueron hechas con exquisita discreción. Sí; aquel hombre lo +tenía todo: galante, fino, cariñoso, espléndido, inteligente, bien +educado... hasta guapo mozo, que es la última de las condiciones que +debe exigir la mujer. ¡Vaya si era guapo! ¡Qué modo tenía de mirarla! +Sus expresivos ojos sabían decir cuanto callaba su comedida lengua. Pero +lo que causaba a Cristeta verdadera delicia era la convicción de que don +Juan se apenaba cada vez que la veía salir a escena ligera de ropa. +Indudablemente tenía celos del público, y por lo mismo que el seductor +puso empeño en alejar del pensamiento de la mujer toda idea de pasión +exclusivamente sensual, la mujer se obstinaba en persuadirse de que, no +sólo con sus perfecciones morales, sino también con sus encantos +físicos, le había enamorado.</p> + +<p>Toda la noche soñó despierta con don Juan, experimentando dulzura +inefable ante la idea de que <i>él</i> compartiese el sentimiento que había +inspirado. El monólogo fue muy largo, e innumerables las ideas que +mientras duró se encadenaron y sucedieron, quedando al término de todas +evidenciada la existencia de un grave peligro para Cristeta. Don Juan +era hombre de posición social muy superior a la suya; ella no lo +ignoraba, y a pesar de esto le había rendido el albedrío. Don Juan no se +aventuró a una sola demostración que indicase atrevimiento, ni dio un +paso en el camino de la conquista material; nunca tuvo ella que decirle: +«las manos quietas», pero ¿qué pasaría si llegasen las cosas a este +terreno? ¿Cómo ponerle a raya, si tal aconteciera? Pensar en boda, sería +bobada: don Juan no había de casarse con una comiquilla. ¿Qué quedaba, +pues, en el fondo de aquella mutua inclinación sino la perspectiva de +unas relaciones predestinadas a morir sin madurar o a convertirse en +contrato pasajero?</p> + +<p>Cristeta no quería acostumbrarse a la idea de que su pasión creciese +fuera de la Iglesia y a espaldas del Registro civil; pero aún le +repugnaba más la posibilidad de perder a don Juan.</p> + +<p>Mirando tristemente el ramo que le había dado al salir de Madrid, +imaginaba que a veces el amor tiene igual destino que las flores: se +cortan con mimo, se les quitan las espinas con cuidado, se agrupan con +arte, se aspira su aroma con delicia, se conservan artificialmente unas +cuantas horas, y luego quien las deseó con vehemencia, las tira con +desprecio.</p> + +<p>En suma, Cristeta desconfiaba sinceramente de saber ni poder ni querer +resistir a don Juan, y al mismo tiempo su dignidad femenina se +sublevaba, temiendo que el abandono pudiera ser para ella el mismo +despeñadero que para tantas otras. Acaso llegase a conformarse con la +idea de perderse por amor; mas no podía transigir con la perspectiva de +ser una pérdida. Amar y entregar el alma, y, considerándolo como +miserable esclavo del alma, hacer también regalo de su cuerpo... tal +vez; pero a un solo hombre, y ese había de ser <i>él</i>.</p> + +<p class="puntos">*<br />* *</p> + +<p>Llegada que fue a Santurroriaga se hospedó en el piso segundo de la +<i>Fonda de España</i>. El criado de don Juan, que no la perdió de vista +desde que se apeó del tren, se albergó en el mismo establecimiento, y +después de saber dónde se había alojado, a fuerza de propinas, consiguió +que le trasladasen a una pieza contigua a la que ella ocupaba: en +seguida de lo cual dirigió a su amo un telegrama. Después aquel hombre +utilísimo, más digno de mandar que de servir, esperó a don Juan, el cual +llegó a las cuarenta y ocho horas.</p> + +<p>Así urdida la trama, amo y criado se encontraron <i>casualmente</i> en la +puerta del hospedaje, y ante el encargado de la fonda, como amigos a +quienes el azar reúne, hablaron de este modo:</p> + +<p><i>El criado</i>.—Si va usted a estar aquí muchos días, pida usted que le +den el cuarto que yo tengo, porque la vista del mar es una delicia... Yo +me voy pasado mañana.</p> + +<p><i>El señor</i>.—Hombre, se lo agradezco a usted mucho. Y luego, +dirigiéndose al encargado:</p> + +<p>—¿Hay inconveniente en que ocupe la habitación de este caballero?</p> + +<p><i>El de la fonda</i>.—Ninguno. ¿Qué más nos da?</p> + +<p>Don Juan tomó posesión del cuarto inmediato al de Cristeta.</p> + +<p>Un conquistador principiante o adocenado, hubiera incurrido en la +inexperiencia de ir aquella misma noche al teatro de la villa en busca +de la mujer asediada, para demostrarle su amor haciendo valer la +presteza del viaje. Don Juan, con maquiavélica sagacidad, no se dejó +ver. Salía de la fonda muy de mañana, comía fuera, paseaba lejos y +regresaba tarde. No hubo compañero de Cristeta que tropezase con él.</p> + +<p>Luego transcurrieron unos cuantos días sin que ella recibiese cartas de +su amartelado caballero, lo cual estimuló su impaciencia, y ya comenzaba +a darse casi por olvidada, cuando una noche el desasosiego se le trocó +en alegría.</p> + +<p>Regresaba del teatro y subía de prisa la escalera, seguida de la +doncella, que por llevar un lío de ropa andaba más despacio, cuando al +llegar al descansillo que separaba dos tramos, vio a un hombre que, +palmatoria en mano, entraba rápidamente en una habitación. No pudo +distinguir bien la figura del desconocido, que abrió y cerró la puerta +con extraordinaria precipitación; pero le pareció que aquel hombre era +don Juan.</p> + +<p>«¡Dios mío!», murmuró la enamorada muchacha; y dándole un vuelco el +corazón, quedó parada, sintiendo que comenzaban a temblarle las piernas. +Haciendo un esfuerzo llegó a su cuarto, aguardó a que subiese la +doncella, despidiola en seguida sin consentir en que la desnudase, y +apenas se vio sola, cerró la puerta con llave y la aseguró con el +pestillo.</p> + +<p>No se había repuesto de la emoción sufrida, cuando una tosecilla seca y +entrecortada confirmó sus sospechas. Aquella era la seña que tenían +concertada en el teatro de Madrid, para conocer que él había llegado y +que esperaba en el pasillo.</p> + +<p>Cristeta, entre acobardada y gozosa, se dejó caer en una butaca. Estaba +sola, y don Juan a dos pasos. Sólo les separaba un miserable pestillo, +que con el dedo meñique podía descorrerse. Su turbación fue grande: +estaba segura de que había de venir a pasar algún tiempo en la misma +ciudad, y le aguardaba impaciente, no por días, sino por horas; pero no +imaginaba que viniese a la misma fonda, ni que se alojase en el cuarto +de al lado.</p> + +<p>La sacudida nerviosa que experimentó fue indefinible mezcla de pudor +alarmado y esperanza satisfecha. Miró con recelo hacia la puerta, y +viéndola cerrada y asegurada, se le serenaron algo los ojos, como si +juzgase alejado el peligro. En seguida oyó otra vez sonar la tosecilla y +sonrió orgullosa diciéndose: «¡Hasta el fin del mundo es capaz de ir por +mí!»</p> + +<p>De repente se puso pálida como la cera; quiso suspirar, no pudo, y se le +vino al rostro una oleada de sangre. La cosa no era para menos. Acababa +de fijarse en una puerta de que hasta entonces no hizo caso, o en que no +reparó, por hallarse clavada en ella, según es frecuente en las fondas, +una percha, de la cual su doncella había colgado varías faldas y otras +ropas largas ocultando la entrada; y era lo terrible que esta puerta +ponía en comunicación el cuarto de Cristeta con el inmediato.</p> + +<p>Se levantó temblando, se acercó de puntillas y quitó las ropas: la +puerta estaba cerrada y tenía el pasador echado; pero... ¿podrían +abrirla desde la parte opuesta? Mejor dicho: ¿podría Juan entrar por +allí?</p> + +<p>«No me acuesto», pensó; y volviendo a sentarse en la butaca, dejó pasar +unos minutos, que le parecieron siglos.</p> + +<p>¿Se habría equivocado? ¿Sería Juan, u otro cualquiera que se le +pareciese en el modo de toser? Si fuese él, ¡qué dulcísimo miedo! Si no, +¡qué tranquilidad... y qué desilusión!</p> + +<p>Era en verano, y el cuarto había permanecido todo el día cerrado; así +que entre su propio sofoco y el calor de la habitación, Cristeta no +respiraba a gusto.</p> + +<p>Sin mover ruido fue al balcón y lo abrió.</p> + +<p>¡Qué hermosa noche! La ciudad estaba dormida, el mar en calma, el aire +diáfano, la atmósfera serena, y en el cielo brillaban millares de +millones de estrellas. Cristeta se apoyó de codos en la barandilla y +aspiró con delicia el aire que venía saturado de emanaciones salinas. En +vano quería serenarse. El corazón le latía como avisando un peligro, y +los oídos le zumbaban remedando una canción de amor.</p> + +<p>De pronto oyó una voz suave y grata, que pronunciaba su nombre con sin +igual ternura, y le pareció que ni antes, ni después, ni nunca en lo +infinito del tiempo, se dijo ni dirá nombre de mujer con semejante +acento.</p> + +<p>En el balcón inmediato al que ocupaba Cristeta estaba don Juan. +Alargando un brazo cada amante, pudieron estrecharse las manos.</p> + +<p>—¡Imprudente!—dijo ella—. ¡Quieres comprometerme!</p> + +<p>—Nadie sabe que he venido. Peor sería ir al teatro no habiendo aquí +nadie de tu familia. Ni siquiera el bobalicón de tu tío.</p> + +<p>—¡Pobrecillo! Bueno le dejé... El teatro le ha vuelto el juicio, o, +mejor dicho, aquella corista... Mariquilla. Está loco. Pero el loco de +atar eres tú. ¿Cómo te las has compuesto para que te den ese cuarto?</p> + +<p>—El cómo, no lo sé; el para qué, figúratelo. Estoy harto de verte ante +testigos. Tengo hambre de estar solo contigo, de cogerte una mano, nada +más que una mano, ¿entiendes? y comérmela a besos.</p> + +<p>—¿Me quieres?</p> + +<p>—Más que tú a mí.</p> + +<p>—¿Tú que sabes?</p> + +<p>—¡Rica mía!</p> + +<p>—¡Vida!</p> + +<p>—¡Cariño!</p> + +<p>Y así siguieron largo rato, dulcísimamente entretenidos en aquel +estupendo y delicioso dúo que por primera vez tuvieron Adán y Eva, y que +probablemente sostendrán, pareciéndoles original, el postrer hombre y la +última mujer que queden sobre el haz de la tierra.</p> + +<p>El poético canto de la alondra avisaba a Julieta y Romeo que era llegada +la hora de la separación; mas como allí no había pájaros, el aire fresco +de la madrugada fue quien impuso la separación a los amantes, +recogiéndose ambos a sus cuartos al despuntar el día; y conste que, en +obsequio al lector, el autor prescinde de describir la llegada de la +aurora. Cristeta se sintió más enamorada que nunca, y don Juan más +esperanzado con la victoria, a semejanza de los grandes capitanes que no +arriesgan ni proponen batalla hasta después de haber irritado al enemigo +en largos días de desear la lucha, porque de esta suerte queden la +sangre fría y la calma triunfantes del entusiasmo y del coraje.</p> + +<p class="puntos">*<br />* *</p> + +<p>Sabed ¡oh tímidas y pudorosas doncellas merecedoras del blanco azahar! +que la puerta de comunicación no se abrió aquella noche.</p> + +<p>Acostose Cristeta, y al apagar la bujía vio que por el ojo de la +cerradura entraba un hilo de luz, al cual parecían dejar paso mal +intencionadamente las prendas colgadas de la percha. Entonces, pensando +que aquel agujerito podría convertirse en observatorio peligroso para su +honestidad, se levantó a oscuras y lo tapó a tientas con la punta de una +toalla, murmurando al meterse segunda vez entre las sábanas: «¡Válgame +Dios lo que es la vida! ¡Todo Madrid me ha visto medio desnuda en el +teatro, y ahora tomo precauciones para que no me vea el único hombre a +quien quiero...!»</p> + + + +<h3><a name="Capitulo_VIII" id="Capitulo_VIII"></a>Capítulo VIII</h3> + +<p>Lo que en éste sucede, mejor es para sentido que para escrito</p> + + +<p>Durante cuatro noches se hablaron de balcón a balcón. A la quinta +descargó sobre la ciudad una tempestad horrible, y hubieron de suspender +el diálogo. Tan fragorosos eran los truenos, tan frecuentes los +relámpagos, que ambos amantes juzgaron prudente retirarse cada cual a su +cuarto, don Juan maldiciendo de Júpiter y de Eolo, y Cristeta, que +ignoraba la Mitología, renegando de su mala estrella.</p> + +<p>Era la una de la madrugada, y acababan de recogerse cerrando persianas y +vidrieras, cuando Cristeta oyó golpecitos dados en la puerta por donde +comunicaban las dos habitaciones.</p> + +<p>Aproximose al tabique, dio otros golpecitos, y acercando la boca al ojo +de la cerradura preguntó:</p> + +<p>—¿Eres tú?</p> + +<p>Pasaron unos cuantos segundos, y de pronto vio caer al suelo la toalla, +que pocos días antes colocara con pudorosa cautela, a modo de tapón, +notando al mismo tiempo que por el agujerito destinado a la llave +asomaba un mango de pluma, con el cual don Juan había empujado el lienzo +hasta tirarlo. Venirse abajo el paño de manos, retirarse el mango de +pluma y mirar ella por el agujerito, todo fue uno. Al pronto no +distinguió nada; pero apartándose un poco hacia atrás, volvió a mirar, y +entonces vio una ceja; luego se quitó la ceja, y en su lugar aparecieron +los labios de don Juan, cuya voz entraba por aquel estrecho conducto +casi silbando, y decía:</p> + +<p>—¿Estás ahí, vida mía?</p> + +<p>—Sí.</p> + +<p>—¿Quieres que hablemos por aquí?</p> + +<p>—Bueno; ¡pero me da una risa!...</p> + +<p>—¡Qué angostos son a veces—dijo don Juan—los senderos que Dios nos deja +para que caminemos hacia la dicha!</p> + +<p>—Chico, parece que nos amamos por cerbatana.</p> + +<p>—¿Oyes bien?</p> + +<p>—Sí, pero tengo que pegar la oreja a la cerradura.</p> + +<p>—¡Alma mía!</p> + +<p>—¡Juan de mis ojos! ¡Monín!</p> + +<p>A la media docena de exclamaciones melosas sonaron simultáneamente dos +carcajadas, y en seguida dijo don Juan:</p> + +<p>—Cristeta, vida mía, esto me parece el colmo de la ridiculez.</p> + +<p>—A mí también: tu voz suena como silbido de mirlo.</p> + +<p>—Pues abre la puerta.</p> + +<p>—¡Calla, loco!</p> + +<p>—Nada más que entornada.</p> + +<p>—¿Para qué?</p> + +<p>—Tú lo has dicho: para no ponernos en ridículo ante nosotros mismos.</p> + +<p>—Sí, pero, ¿y luego? Tengamos juicio.</p> + +<p>—No seas tonta.</p> + +<p>—¿Quieres que sea loca?</p> + +<p>—¿No estoy yo loco por ti?</p> + +<p>—Sí, pero tu locura buscará alivio en mi perdición, y para la mía no +habría remedio.</p> + +<p>—¡Vaya un discreteo, y cómo se conoce que eres mujer de teatro!</p> + +<p>—Y tú hombre de mucho mundo, que es uno de los tres enemigos del alma.</p> + +<p>—Vamos, abre, paloma.</p> + +<p>—¿Y qué prometes?</p> + +<p>—Cerrar cuando tú lo mandes.</p> + +<p>—¿Palabra de honor?</p> + +<p>—Lo juro.</p> + +<p>Oyose el estridente correrse del pestillo, entreabriose la puerta, y, +merced a la luz que cada interlocutor tenía en su cuarto, pudieron ambos +verse perfectamente.</p> + +<p>La puerta quedó separada de su marco cosa de un palmo, y por aquel +espacio alargó don Juan ambas manos, estrechando entre ellas una de +Cristeta, que ésta tuvo la caridad de no retirar.</p> + +<p>—¡Parece mentira!—decía él—. La prueba de que te quiero está en la +cobardía, en el temor de ofenderte con que te miro y te deseo.</p> + +<p>—Sí, pero te agarras.</p> + +<p>—¡Maldita tormenta! ¡Estábamos tan bien en el balcón!...</p> + +<p>La alegría retratada en el rostro de don Juan le acusaba claramente de +mentiroso. Había empezado por no tomar a Cristeta más que una mano; +después fue subiendo las suyas hasta cogerle la mórbida y delicada +carnosidad del brazo, que mostraba desnudo fuera de la manga de la bata, +y acabó por dar un golpecillo a la puerta con el pecho, dejándola medio +abierta; de suerte que pudo acercarse mucho más a su novia y cogerle +amorosamente la cintura, aunque sin oprimírsela con demasiada libertad.</p> + +<p>—¿Qué es esto?—exclamó ella fingiendo un enojo que no sentía, y moviendo +la puerta con un pie.</p> + +<p>—¿Qué ha de ser? Que con esta maldita puerta me hago daño. ¿Pero qué +tienes? ¿Desconfías de mí? ¿No hemos estado solos mil veces en tu cuarto +del teatro en Madrid?</p> + +<p>—Es verdad... esto es bufo, y vamos a concluir burlándonos uno de otro.</p> + +<p>—Y en amor—añadió don Juan—no hay cosa peor que el ridículo.</p> + +<p>Estaban en lo cierto. La situación era propia de sainete. Cristeta tenía +el cuerpo echado hacia adelante, para que don Juan pudiera estrecharla +el talle, y él, ansioso de no perder lo conquistado, había metido medio +cuerpo por entre puerta y marco; con lo cual, en vez de personas +formales, parecían chiquillos jugando al escondite.</p> + +<p>—Basta de niñerías—dijo don Juan de repente, atrayendo hacia sí la +puerta y abriéndola de par en par—. Entra en mi cuarto, o déjame que +entre en el tuyo, y hablaremos tranquilamente.</p> + +<p>—¿Tranquilamente?</p> + +<p>—¿Lo dudas?</p> + +<p>—¡Como no me has avisado que venías, y luego has tomado ese cuarto!</p> + +<p>—¿Había de irme lejos pudiendo estar cerca? ¡Dilo, alma mía!</p> + +<p>Don Juan se había ya entrado a la habitación de Cristeta, y con la mayor +naturalidad, sin arranque de enamorado fogoso ni señal de ataque a lo +que debía respetar, fue a sentarse en el sofá, ni más ni menos que si +llegara de visita. Ella, sonriente, monísima, se colocó frente a él, en +una silla baja, y durante unos segundos ambos permanecieron callados.</p> + +<p>Don Juan pensaba: «Todavía no». Cristeta se decía: «¡Veremos!»</p> + +<p>Luego hablaron de cómo hizo cada cual el viaje, del tiempo que Cristeta +había de estar allí, de cuándo partiría él, hasta que, según costumbre +en tales casos, sin saber por dónde, volvieron al eterno dúo en que las +promesas de amor se resuelven en suspiros, y se acaban en mimos las +frases comenzadas con palabras. Sin duda que andaba cerca de allí un +diablo ocioso, y quiso atormentarles, que es, según San Macario, lo más +grave que puede acaecer a cristianos, porque al poco rato sucedió que +don Juan, alzando suavemente a Cristeta de la silla baja donde estaba y +sentándosela muy junto a sí en el sofá, comenzó a decirle miles de cosas +amorosísimas, que ella escuchaba dándole gracias con los ojos. No +pretendió el diablo tentarles más, o don Juan quiso dejar la tentación +para otro día, porque levantándose de repente, como quien se aparta de +un grave peligro, se pasó las manos por el rostro, y dijo:</p> + +<p>—No, Cristeta, esto es una locura... Adiós, hasta mañana; estás +hermosísima y te quiero demasiado.—Y echando a andar hacía su cuarto, +entró y cerró la puerta, mientras Cristeta quedaba en el sofá confusa y +asombrada, no sabiendo qué sentimiento dominaba en su espíritu, si pena +de amor contrariado o gratitud por el respeto que recibía.</p> + +<p>Al encerrarse don Juan en su habitación se dejó caer sobre una silla, +admirado de su propia heroicidad. No hubo en aquel momento rasgo de +casta entereza que no recordara con desprecio. ¿Qué José, huyendo de la +mujer de Putifar? ¿Qué Octavio, esquivando a Cleopatra, podían +comparársele? Porque estas dos damas fueron caprichosas pervertidas, y +estaban cansadas de darse a quien quisiera disfrutarlas; mas Cristeta +era la juventud no estrenada, la belleza por nadie poseída, que +espontáneamente se le brindaban en el silencio de la noche, como en la +soledad de un campo se ofrecen al sediento peregrino los jugosos racimos +de la vid.</p> + +<p>Don Juan se portó así, seguro de que aquello no era renunciar a la +victoria, sino asegurarla, dilatándola; prefirió sitiar la plaza por +hambre a tomarla por asalto.</p> + +<p>Aunque a la noche siguiente estuvieron el cielo sereno y el aire +templado, no se le ocurrió a ninguno de ambos amantes ponerse al balcón +ni entornar la puerta. Cristeta fue la primera que, al volver del +teatro, como viese el hilillo de luz que penetraba por el agujerito de +la cerradura, despidió a la doncella lo más presto que pudo, y apenas la +oyó subirse al piso en que dormía, tosió para que don Juan supiese que +era esperado, y descorrió el cerrojillo. Sonar la falsa tos, rechinar el +hierro y abrirse la puerta, apareciendo en ella el galán, fue obra de un +momento.</p> + +<p>A estar Cristeta menos enamorada, habría podido, durante las +veinticuatro horas transcurridas desde la entrevista anterior, +reflexionar sobre la conducta que le convenía seguir; pero ya no +discurría tan frescamente como al salir de Madrid. Primero el +alejamiento de su amado, luego los diálogos de balcón a balcón, y por +último el peligroso encanto de aquella misteriosa proximidad, acaloraron +su imaginación, haciéndola sentir mucho y pensar poco; así que, en vez +de apercibirse contra la cita, no supo sino esperarla con impaciencia. +Al dirigirse hacia la puerta miró al sofá con miedo, a la cama con +terror, y, sin embargo... abrió gozosa.</p> + +<p>Don Juan adelantó dos pasos, la cogió amorosamente por el talle y la +besó en una mejilla con aparente inocencia, reanudando el dúo de la +noche pasada con aquella misma naturalidad que emplearía Fray Luis de +León al exclamar: «Decíamos ayer...» Cristeta, sin rehuir el beso, habló +de este modo:</p> + +<p>—¡Vaya una temeridad! ¡No sabes qué cavilosa he pasado el día!</p> + +<p>—¿Por qué, vida?</p> + +<p>—No debemos continuar viéndonos de esta manera. Si alguien lo sabe, +estoy perdida.</p> + +<p>—Tú podrás perderte, pero yo lo estoy ya; perdido de amor por ti, que ni +descanso, ni duermo, ni sosiego, ni hago cosa a derechas; todo el día +estoy contando minutos y esperando que llegue este momento para decirte +que te quiero... ¡Qué hermosa estás!</p> + +<p>—¿De veras? ¡Nunca lo he oído con gusto hasta que tú me lo has dicho!</p> + +<p>—Como que nadie te lo ha dicho queriéndote: con esa cara y ese cuerpo +que tienes, ¡claro! alguno habrá habido chiflado por ti, pero... no sé +de qué modo expresártelo, no por cariño, como yo... sino... en fin, por +lo guapa y por lo mareante que eres, vamos, con hambre de abrazarte... +Ya me entiendes... ¡Quita, quita; no me mires así, que me vuelves loco!</p> + +<p>—Y tú ¿me quieres de otro modo?</p> + +<p>—¿Yo? De los dos. Cuando no te tengo al lado soy dueño de mí, pienso +fríamente, y recordándote, siento un placer grandísimo... y tranquilo... +vamos, como sí gozara sólo con el entendimiento, como si en vez de ser +hombre fuese un ser maravilloso incapaz de... ¿Comprendes?...</p> + +<p>—Se me figura que sí.</p> + +<p>—Bueno; pero luego, en cuanto me acerco a ti, ¡adiós frialdad! Tú no +habrás estado nunca borracha, ya me lo figuro; pero alguna vez, el día +del santo de tu tía, o de una amiga, habrás bebido una copita de licor +que se te haya subido a la cabeza... No se pierden la voluntad ni el +sentido, pero se exalta la imaginación, todo lo demás flaquea y desmaya; +parece que los ojos no ven sino lo que quieren ver, lo que da gusto al +alma, y se queda uno soñando despierto, perdido de ideas... ¡Se me +ocurren unas cosas!...</p> + +<p>—Juan, calla, o vete. ¡Déjame!</p> + +<p>—La culpa es tuya. Tienes un modo de mirar que me estremece. Como cuando +pasa un pájaro aleteando sobre el agua, y parece que el agua tiembla... +¡No te rías! Pues agallado.</p> + +<p>—No digas tontunas: ¡ni que estuviéramos en escena en el teatro!</p> + +<p>—¿Qué teatro? ¿Quién te ha hablado nunca con la sinceridad que yo? Si +hasta se me olvida lo que pienso lejos de ti. Mientras no te veo, se me +ocurren cien mil cosas con que volverte loca; me siento más poeta que +Dios, y en cuanto te tengo al lado, me quedo tonto, inútil, como un +muñeco descompuesto.</p> + +<p>Cristeta respiraba penosamente, y en lo interior del pecho sentía una +sensación extraña, como de hervor latente. Las palabras de Juan se le +iban entrando al alma, haciendo escala en los sentidos. Por fin, igual +que otras veces, le dijo, mirándole con melancólica ternura:</p> + +<p>—¡Si fuera verdad!...</p> + +<p>—¿Y qué derecho tienes para dudarlo?</p> + +<p>—No lo sé. Corazonadas... miedo. Vamos a ver; apártate un poquito y +hablemos fríamente. No dudo de tu sinceridad; pero no confundamos las +cosas. ¿Es que me quieres, o es que te parezco bonita? Piénsalo bien: +¿qué soy yo para ti?</p> + +<p>—¡Mi vida! ¡Mi cielo!</p> + +<p>—¡Quiá! Una mujer que te gusta... una más. Y por otra parte, ¿qué puedo +yo esperar de ti? ¡Nada! ¿No conoces que, aunque te quiera como te +quiero, no debo hacerme ilusiones? Vamos, calla, calla. ¡Si no puede +ser! Un hombre como tú, tan distinto de mi clase... Yo, que no he pisado +alfombras más que en escena... No tendríamos perdón de Dios: yo, por +vanidosa; tú, por creer que es amor eso... que es otra cosa.</p> + +<p>—¿Y qué es?—preguntó Juan con extraordinaria vehemencia.</p> + +<p>Cristeta se puso roja como la grana.</p> + +<p>—¿Lo ves?—añadió él—. Hasta te da vergüenza lo que se te ocurre. Dilo +claro: ¿crees que yo no siento por ti más que un deseo... un +capricho?...</p> + +<p>—Ya te he dicho otra vez que me lastima esa idea; yo no he nacido para +satisfacer caprichos. Sólo la palabra me ofende y me repugna. Lo que +quiero decirte es que tú confundes lo poco que me puedas querer con... +lo otro.</p> + +<p>—Tú sí que me ofendes. ¿Cuándo se te ha acercado un hombre que te +respete más que yo?</p> + +<p>—Es que yo sé hacerme respetar.</p> + +<p>—Pues conmigo no tienes necesidad de eso.</p> + +<p>Cristeta sostenía el diálogo con dificultad: sus frases eran diversas de +sus pensamientos y contrarias a sus deseos; semejaba un sofista ansioso +de dejarse convencer.</p> + +<p>Juan no había llevado la vela de su cuarto; en el de ella, aunque +espacioso, puesto como de fonda, con pocos y baratos muebles, no lucía +más que la llama temblorosa de una bujía, colocada sobre un veladorcito, +en tal disposición, que dejando en sombra los rincones, daba de lleno en +el rostro de Cristeta, iluminaba la cama, la mesa de noche y el sofá en +que estaban sentados los amantes. Pendientes de perchas y sobre varias +sillas, se veían ropas de calle y de escena, resaltando entre éstas una +faldilla de seda a listas de colores vivos y tan corta, que habría de +dejar las piernas al descubierto. Encima de un baúl había un par de +botas altas de raso blanco con cordones de oro.</p> + +<p>La calle estaba desierta, al través de los visillos del balcón se +divisaba el centelleo de las estrellas y a lo lejos sonaba el bramido +ronco y tenaz que subía de la playa.</p> + +<p>En la fonda y su proximidad el silencio era completo. Mientras Cristeta +hablaba o escuchaba, su propia voz y la de Juan parecían infundirle +tranquilidad y sosiego: pero en los breves intervalos en que permanecían +callados, entre frase y frase, aquel silencio era para ella un nuevo y +peligroso incentivo, añadido a la fascinación que en su ánimo juntamente +levantaban la sed de amor y las palabras del hombre. Medrosa por la +ocasión y medio rendida ante la idea del amor, fijaba de cuando en +cuando la mirada en Juan, cual si pretendiese adivinarle los +pensamientos; otras veces dirigía la vista hacia el faldellín y botas de +raso, que simbolizaban su peligrosa vida artística, y luego desviaba con +desdén los ojos. En los del hombre no descubría presagio de infortunio; +antes al contrario, estaban expresivos, atrayentes, llenos de promesas +dulcísimas. En cambio—¡hay momentos en que las cosas hablan!—el +faldellín y las botas de raso parecían augurar más sinsabores que el +coro de la tragedia antigua.</p> + +<p>Un reloj de cuco que había en el pasillo inmediato, dio pausadamente las +tres de la madrugada. Cristeta, retirando una mano que don Juan le tenía +cogida entre las suyas, se puso en pie como tocada de un resorte. No +hizo ademán de resistencia premeditada, ni fue el suyo acto sugerido por +la voluntad, sino movimiento instintivo con que, sintiéndose flaquear, +se apercibió a la defensa, viendo inevitable y cercana su amorosa +derrota.</p> + +<p>Al verla levantarse, don Juan se puso también en pie, comprendiendo que +en aquel instante podía intentar un asalto decisivo. La noche, el sitio, +la soledad, el silencio, la excitabilidad de que Cristeta parecía +poseída, hacían apetitosa y deleitable la ocasión; mas ¿a qué atacar una +fortaleza a la cual faltaba tan poco para rendirse voluntariamente? Don +Juan sabía que gozar una mujer, en el más noble y lato sentido de la +palabra, no es descerrajar una puerta. La violencia es el peor enemigo +del amor. El viento huracanado y raudo roba brutalmente su perfume a las +flores y lo esparce sin disfrutarlo; en cambio el aura suave, el céfiro +que dicen los poetas, vuela apacible y manso sobre los plantíos y aspira +voluptuosamente sus delicadísimos efluvios. Don Juan prefería lo último.</p> + +<p>—Adiós, alma mía, hasta mañana... Anda, busca otro hombre que a esta +hora, estando así, a tu lado, sea tan...</p> + +<p>—Sí, ya lo sé; tan caballero. Nunca esperé menos de ti.</p> + +<p>—Hay momentos en que caballero y tonto son sinónimos—dijo él.</p> + +<p>—No lo creas—repuso ella tendiéndole ambas manos en señal de despedida, +y añadió—Quien sabe amar sabe agradecer.</p> + +<p>«Ya me las pagarás todas juntas», pensó don Juan. Y al mismo tiempo, +según la tenía cogida por las yemas de los dedos, la atrajo contra sí +hasta juntarse ambos cuerpos, y le dio un beso sonoro, largo y apretado, +uno de esos besos que despiertan en los ángeles deseo de pedir licencia +para venirse al mundo.</p> + +<p>En seguida, dejándola presa de aquella impresión, como si la caricia +fuese la flecha que arrojaban los partos al huir, se entró en su +habitación. Al verse Cristeta sola en la suya y cerrada la puerta, +comprendió que había triunfado, mejor dicho, que se había vencido a sí +misma. ¡Triunfo efímero y pobre vencimiento que dejaron su imaginación +poblada de dudas!; porque aquella aparente victoria, aquel momentáneo +éxito de castidad, era pan para hoy y hambre para mañana.</p> + +<p>No faltarán almas ruines y fantasías pervertidas que al llegar aquí +tachen a don Juan de estúpido y a la pobre Cristeta de fácil y liviana. +Los mismos que tal piensen no habrían vacilado en explotar su amorosa +turbación. Así es el hombre, pronto a censurar toda flaqueza que no +redunda en su provecho. Dios, que cuando tiene tiempo penetra en el +corazón de los mortales, sabe que Cristeta no era fácil ni liviana: lo +que pasaba era que le había llegado su hora.</p> + +<p>Su amor era semejante al agua que se desliza secreta y soterrada, hasta +que llega un punto donde surge y brota, trocándose la inútil e ignorada +corriente en manantial fresco y fecundo. ¿Sería don Juan quien en él +apagara su sed? ¿Lo enturbiaría luego? Ello fue que tampoco aquella +noche perdió el pudor sus fueros ni tuvieron por qué regocijarse los +diablos. Lejos de darse a ellos, como hubiese hecho cualquier adorador +impaciente—y conste que la impaciencia es el error que malogra más +victorias amorosas—, don Juan se recogió a reflexionar con frialdad +sobre la situación, ni más ni menos que podría un filósofo meditar sobre +la ruina de un imperio.</p> + +<p>Y consideró lo siguiente:</p> + +<p>Que era hombre aguerrido en aquellas luchas, pero que estaba colocado en +circunstancias enteramente nuevas. Había rendido mujeres sosas de las +que caen sin lucha ni gracia, como fardos abandonados a su propio peso; +señoritas imbéciles, tocadas de fría sensualidad; mozuelas que ceden por +cálculo y se equivocan en la cuenta; casadas de las que se visten con +gajes del adulterio; viudas aventureras, semejantes a los aros de circo +con el papel ya roto, en que no deja señal un salto más o menos; +pecadoras por hambre, que soportan los besos haciendo números de +desempeños y deudas; lascivas por codicia que ponen el cuerpo a interés +compuesto; y también disfrutó alguna de esas mujeres inocentemente +viciosas, alocadas, que se entregan sin pensarlo, y a quienes se goza de +improviso cortando la monotonía de la vida, como esas ráfagas de aire +fresco que interrumpen de pronto el bochorno asfixiante de un día +abrasador.</p> + +<p>Cristeta era un caso enteramente distinto. Sus encantos físicos podían +calificarse de excepcionales. En estado normal era una de esas beldades +serenas, de aspecto castísimo, en cuya contemplación se deleita el alma; +y luego, cuando menos podía esperarse, aquella placidez y decoro dejaban +el puesto a una sonrisa picaresca, hija de una sensualidad mimosa y +dulce, natural y espontánea, que le resplandecía en los ojos +abrillantándole las miradas, o parecía florecer en la humedad rojiza de +los labios. Era imposible que su lenguaje fuese muy escogido, porque no +es dado usar términos elegantes y frases primorosas a la que nace pobre, +crece en una trastienda y entra en la vida social por el proscenio de un +teatrucho; mas, en desquite de esta falta de atildamiento, en sus ideas +se transparentaba siempre un fondo de delicadeza y honradez de +sentimientos, que la hacían en extremo simpática. Aun con palabras mal +empleadas revelaba pensamientos sanos. Un clásico hubiese dicho de ella +que era hermosa como Diana, amante como Alcestes, compasiva como +Antígona, y, sobre todo, enamorada como Cloe. Además, sin ser ignorante +ni cándida, tampoco resultaba sosa ni simplona: no creía que los niños +se encargan a París, pero el altar de su pureza no había recibido +ofrendas, y, su misma reflexiva castidad le daba conciencia del valor de +lo que podía perder. De todo lo cual colegía don Juan que no se trataba +de una mujer vulgar, buena para poseída una temporadita, a quien se +pudiese luego echar o devolver a la circulación como se compra y revende +un caballo de lujo.</p> + +<p>Resumen: primero: Cristeta era una verdadera conquista, inapreciable, +sabrosísima, pero también un origen de pavorosa responsabilidad. +Segundo: en esto mismo radicaba la fascinadora atracción que sobre él +ejercía. Y tercero: tratándose de una mujer excepcional, era necesario +emplear medios extraordinarios para lograrla.</p> + +<p>Don Juan se durmió pensando en estas cosas y en sus derivados.</p> + +<p>Ella monologueó bastante menos. Luego de cerrar la puerta y tapar con el +paño de manos el ojo de la cerradura, se quitó las horquillas, lavose a +chapuz la cara porque estaba muy acalorada, y se acostó.</p> + +<p>Ambos soñaron disparatadamente, porque como durante el sueño trabaja el +espíritu abandonado a sí propio, no crea sino desatinos y +extravagancias. Sin duda por esto quiso Dios que el espíritu tuviese +como base de operaciones, el cuerpo, la vil materia, tan calumniada por +los espiritualistas. Además, ¿quien sería capaz de comprender o +interpretar los ensueños de una doncella?</p> + +<p>Dijo Zenón que nunca desentrañará el hombre la esencia de las cosas; mas +se le olvidó añadir que el sumo grado de lo imposible es descifrar lo +que sueña la mujer.</p> + + + +<h3><a name="Capitulo_IX" id="Capitulo_IX"></a>Capítulo IX</h3> + +<p>Busca don Quintín a una mujer y cae en las redes de otra</p> + + +<p>Ni marido pobre de mujer acaudalada, ni yerno de suegra intolerante, ni +protegido por rico vanidoso, se vieron nunca tan privados de libertad +como el mísero don Quintín a partir de aquel día en que doña Frasquita +se enteró del devaneo que su esposo traía entre manos; porque la +aventura con Mariquita, que para él fue simple pecado de pensamiento, +semejante a la delectación morosa que dicen los teólogos, a la vieja le +pareció adulterio consumado. A fin de tenerle más sujeto, dispuso aquel +<i>Tetrarca</i> con faldas que la criada hiciese los pocos recados que en la +casa se ofrecían; buscó y pagó persona que acudiese a los centros +oficiales de donde había que recoger las sacas del tabaco y los pedidos +del papel sellado; obligó a su esposo a encargarse de la venta desde que +se abría hasta que se cerraba el estanco para que no tuviera momento +libre, y, finalmente, decidió pasar el día sentada junto al mostrador, +en continua vigilancia, con propósito de morder y arañar a quien se +presentase trayendo carta o recado sospechoso. Tan horrible fue el +cautiverio, que el infeliz llegó a no poner los pies en la calle sino +los domingos y fiestas de guardar, a primera hora, cuando su esposa le +llevaba a misa, sacándole a que tomase el aire, como las doncellas de +servir sacan a los perritos falderos para que no empuerquen las +alfombras.</p> + +<p>Don Quintín pasó muy triste la primera quincena (desde que se había +identificado con las cosas del teatro contaba por quincenas); luego, +prescindiendo de atractivos inútiles, dejó de usar corbata y de teñirse +los bigotes, y, por último, cayó en una melancolía tan dramática para él +como risible para los que le rodeaban. Ratos había en que se quedaba +embobado, despachando automáticamente lo que le pedían, hasta que la +severa y desapacible voz de Frasquita venía a turbar sus arrobos con +frases crueles.</p> + +<p>—¿En qué piensas, burro?—solía decirle—; ¿te estás acordando de aquella +sinvergüenza? ¡Cochino!</p> + +<p>Otras veces era más expresiva y humillante.</p> + +<p>—¿Y todo para qué?—exclamaba con gesto de pitonisa descreída—¡No puedes +con la comida de casa, y querías ir de fonda!</p> + +<p>Lo que más hirió la delicadeza de su amor fue que un día, aludiendo a +Mariquita, dijese:</p> + +<p>—¡Si fuera una persona decente! ¡Pero una sacadineros y desbaratacamas!</p> + +<p>¡Cuánto sufría! ¡Interesada ella, que sólo le hizo gastar en unos +cuantos cafés! ¡Desbaratacamas una mujer a quien no consiguió besar sino +tres o cuatro veces en la nuca y por sorpresa!</p> + +<p>Así pasó algún tiempo, hasta que una mañana, después de haber leído en +alta voz cierto periódico que contenía una lista de compañía lírica que +la víspera había salido a provincias y en la que figuraba Mariquilla +como partiquina, resolvió sacudir el yugo. No podría verla, pues estaba +ausente, pero averiguaría su paradero, la escribiría, y acaso le +contestara diciéndole la fecha de su regreso. La perspectiva de +recibir—buscando medio seguro—una carta suya, le infundió ánimo, y +arrojando el periódico sobre el velador de la trastienda, dijo a su +mujer:</p> + +<p>—¡Tranquilízate! Esa infeliz no está en Madrid... Ahora mismo me largo a +respirar un rato a gusto, lejos de ti... ¡fiera!—Y sin esperar +respuesta, se calzó y salió.</p> + +<p>Aunque, gracias a lo rápido de su resolución, estaba seguro de que no +podía ser espiado, anduvo largo rato vagando por calles y plazas, +volviéndose de vez en cuando a mirar si le seguían, hasta que, +convencido de que no existía tal peligro, tomó el camino de la casa de +Mariquita. Nunca la había visitado, pero sabía sus señas: Cuervo, 14, +sotabanco, cerca del cielo. ¡Siempre, anda la felicidad por las nubes!</p> + +<p>Antes de llegar se le llenó el alma de ilusiones. ¿Se habría, como es +frecuente, retrasado la salida de la compañía, y estaría Mariquilla en +su casa? ¡Cuán sabroso desquite tomaría de la tiránica Frasquita! Mas +discurriendo de esta suerte, le asaltó una duda horripilante... ¿Tendría +razón su mujer? Él, que nunca sentía apetito en casa, ¿podría soportar +la comida de fonda? Parose un momento, como cuentan que se detuvieron +Osmán ante Alejandría y Tito ante Jerusalén, y luego avanzó +denodadamente, pensando: «¡Sí... aunque me muera... Cuervo, 14!»</p> + +<p>Allí fue la primera decepción. La portera le dijo que efectivamente +había vivido en la casa una chica que era <i>del treato</i>, pero que el mes +anterior la desahució el amo porque no pagaba, y además por escandalosa +y descarada. Don Quintín se alejó tristemente, imaginando que pues +Mariquita, a pesar de ser tan guapa, no tenía con qué pagar el cuarto, +era criminal poner en duda su moralidad, y que la acusación de escándalo +y descaro era calumnia porteril.</p> + +<p>Desde la calle del Cuervo fue a ver al conserje del teatro para +preguntarle dónde habitaba otra corista llamada Carolina, muy amiga de +Mariquita y que tal vez supiese su paradero.</p> + +<p>¡Oh impremeditada determinación, qué de males trajiste! ¡Pobre viejo, +que imaginando hacer una visita, cayó es un abismo!</p> + +<p>Al pisar la entrada del teatro el corazón le latía con desusada fuerza. +Ponte, lector, en situación análoga; haz memoria de si siendo colegial +te enamoraste de una primita o de una amiga de tu hermana; recuerda +luego si pasados los años de la juventud, y ya hecho hombre, tornaste a +pisar los lugares donde, al conocerla, sentiste o creíste sentir amor; +deja que en tu alma, tal vez vieja y gastada, reverdezca aquella +primavera de tu mocedad; adórnala de reminiscencias dulcísimas, y +entonces ¡sólo entonces! comprenderás cómo la fantasía de don Quintín se +deleitó en recordar la que a él se le antojaba pasión avasalladora.</p> + +<p>Previo regalo de un cigarro con que don Quintín le obsequió, el portero +del teatro le dijo dónde vivía la corista por quien iba preguntando, y +allá se fue a buscarla, deseoso de hablar de Mariquilla y esperanzado en +saber cuándo regresaría para precipitarse en su busca; porque durante +aquella larga caminata, según se había ido alejando de su casa y +cónyuge, sintió que el amor se enseñoreaba de su espíritu y de sus +sentidos, y hasta le pareció que si encontrase a Mariquilla podría +llevársela a comer de fonda, contra lo que suponía la desengañada +Frasquita.</p> + +<p>Dominado por tales pensamientos, subió la escalera estrecha y muy pina, +de una casa de aspecto pobre y nada limpio, detúvose en un descansillo, +tiró de un cordón mugriento y abriole Carolina; el prototipo de la +corista que contratan las empresas, no por lo bonitas, sino por tener +mucho repertorio y por no faltarles nunca quien pague con un ajuste el +recuerdo de una conquista.</p> + +<p>Era mujer de cuarenta y tantos años, gruesa, ex—guapa, en buen estado de +conservación, aunque algo ajada, y con más experiencia de los hombres de +la que a don Quintín hubiera entonces convenido. Vestía bata flotante de +percal claro; no debía de llevar corsé, porque se le notaba el temblor +de las carnes libres; estaba recién peinada, y de su cuerpo se +desprendía aquella emanación intensa de perfumes baratos con que el +estanquero experimentó sensaciones indefinibles cuando habló por primera +vez con Mariquilla.</p> + +<p>—¡Don Quintín de mis entretelas! ¡Tanto bueno por mi casa! ¿Qué le trae +a usted por aquí?</p> + +<p>—Lo primero, el gusto de verla, que no es grano de anís; y luego...</p> + +<p>—¡Me lo he maliciado; preguntarme por la María!</p> + +<p>—No crea usted que sólo por eso. Pues qué, ¿no es nada contemplar ese +cuerpo tan hermoso?</p> + +<p>—Déjese usted de requiebros. ¡Bonita me encuentra usted! Ni tiempo he +tenido de ponerme el corsé.</p> + +<p>—¡Mejor que mejor!—Repuso don Quintín, echando una mirada codiciosa al +busto de Carolina.</p> + +<p>Ésta, cogiéndole de la mano para guiarle por la oscuridad del pasillo, +le llevó hasta el comedorcito, donde se sentaron: ella en una silla baja +de hacer labor, y él en una butaca vieja y desvencijada. El comedor era +muy pequeño, y en la estancia inmediata, que era la alcoba, se veía una +cama cubierta con colcha de indiana.</p> + +<p>El día estaba caluroso; el estanquero, a fuerza de pensar en la +coristilla, venía predispuesto al amor, y Carolina no era la última +encarnación de Lucrecia, la casta.</p> + +<p>—Sí, señora—repitió él, disimulando su pensamiento; lo primero, el +gustazo de verla, como que está usted hermosísima.</p> + +<p>—No es usted mal adulador... ahora. Puede que sea usted el único que no +me dijo en el teatro «buenos ojos tienes». ¡Andaba usted tan embobado +con aquélla!</p> + +<p>Aquí le pareció a don Quintín que para averiguar algo debía emplear +juntamente la sagacidad y la galantería, por lo cual añadió:</p> + +<p>—¿Qué quería usted? ¿Qué anduviese a la greña con todos los que la +solicitaban? ¡Buen trabajo! Hubiese tenido que pelearme con ciento y la +madre. Pero lo que es guapa... ¡ya lo creo que me lo parecía usted! +¡Vaya un cuerpo... en fin, aquí está, gracias a Dios, y se puede ver!</p> + +<p>Poseído de súbito ardimiento amoroso, extendió ambas manos hacia el +talle de Carolina, quien, deseando mostrarse pudorosa, pero no arisca, +echó el cuerpo para atrás, diciendo con mucha monería:</p> + +<p>—¿Qué había usted de fijarse en nadie, sí estaba usted chalado con +aquélla?</p> + +<p>—Aquélla... aquélla...—murmuró él con fingido desprecio—. No sé por +dónde anda, ni me importa. Valiente...</p> + +<p>Sus labios intentaron decir una ofensa, pero no acertaron a formularla. +Comprendió que era una villanía hablar mal de Mariquilla, aunque fuese +en son de astucia para averiguar su paradero.</p> + +<p>—Entonces, ¿qué diablos le trae a usted por aquí? ¡Ya está usted buena +maula! ¿No sé yo que se gastaba usted con ella los ojos de la cara? ¡Y +que no es usted poco rumboso, decían allí!</p> + +<p>—¡Bah! Una cosa es gastar y otra querer.</p> + +<p>Harto sabía Carolina que el amor de don Quintín no había llegado al +terreno práctico, y desde que le abrió la puerta comprendió que iba en +busca de noticias de su compañera; pero con la rapidez del pensamiento +concibió el atrevido proyecto de seducirle. No era rico, ni de él podían +esperarse solitarios para las orejas ni entresuelo amueblado; mas +tampoco sería imposible sacarle unos cuantos duros al mes. Su estanco +estaba en sitio céntrico, debía de producir bastante... la mujer muy +vieja... Nadie es capaz de prever hasta dónde puede llegar un anciano +tocado de la tarántula amorosa. Suponiendo que se mostrase insensible y +la despreciase, ¿qué le importaba? Aquello era jugar un décimo de +lotería: por de contado, no había de caerle el premio gordo; mas acaso +el estanquero le ayudase a pagar el cuarto o le regalase algún +vestidillo. Por su larga experiencia teatral no ignoraba Carolina que +hay en la vida del hombre dos períodos durante los cuales es fácilmente +poseído de la pasión impetuosa y arrebatada: la primera juventud, en que +las cortesanas parecen ángeles caídos, y la entrada de la vejez, en que +uno quiere despedirse de la naturaleza con aquella música de besos que +en la adolescencia nos abrió las puertas de la dicha.</p> + +<p>A estos picarescos y sabios propósitos de Carolina correspondía +perfectamente la situación de ánimo en que se hallaba don Quintín; +porque, aunque él lo ignorase o no pudiera razonarlo, lo que sentía por +Mariquilla no era enamoramiento exclusivo, sino exacerbación de la +facultad amorosa, pronta a extinguirse en su organismo. Estaba en el +caso del niño que, deseando un juguete, ambiciona el primero que ve, y +luego se satisface, contenta y entretiene con cualquiera otro que le +dan.</p> + +<p>La táctica de Carolina estribó en hacerle creer que le consideraba como +hombre conquistador, enamoradizo, mujeriego y rumboso; y comenzó a +mirarle del modo más dulce y hechicero que supo, diciéndole:</p> + +<p>—¡Ya, ya, ni que fuéramos tontas! Todos son ustedes iguales. Hoy ésta, +mañana la otra... Mariquilla está fuera, y se habrá usted dicho: «Vamos +a ver a lo que sabe su amiga».</p> + +<p>—¡Qué mal pensada! Verdad que tiene usted disculpa, porque como está +usted tan guapa, no haría ningún disparate quien se volviese loco por +usted.</p> + +<p>Las miradas de Carolina eran incendiarias; don Quintín empezaba a +olvidarse de Mariquilla. Hubo un momento en que, comparándola +mentalmente con la garbosa hembra que tenía delante, resultó de esta +comparación que la primera no pasaba de muchacha vivarachuela y +graciosilla, en tanto que la segunda era mujer formada y en plena +madurez de belleza.</p> + +<p>—Vamos, dígamelo usted claro. ¿Ha venido usted a preguntarme por +<i>aquélla</i>, o a verme a mí? Porque para lo primero todavía soy joven, y +para lo segundo...</p> + +<p>—¿Estoy demasiado viejo?</p> + +<p>—No he dicho tal.</p> + +<p>—Viejo, ¿eh? ¿Conque viejo? Pues la leña seca es la que arde mejor.—Y al +decir esto se levantó y abrazó a Carolina, como en un célebre cuadro de +Rubens abrazan los sátiros a las ninfas, sin que ella le rechazara.</p> + +<p>¿Cuál será el alma cruel y despiadada que la vitupere? Mandan los santos +preceptos que se dé de beber al sediento, pan a quien tiene hambre, y +posada al peregrino. Pues, ¿dónde agua más fresca, ni pan más tierno, ni +albergue más grato que el amor? Además, la caridad bien ordenada empieza +por uno mismo, y Carolina también sentía necesidad de amor.</p> + +<p class="puntos">*<br />* *</p> + +<p>Pasadas dos horas en deliciosa y culpable intimidad, tanto más grata +cuanto menos premeditada y prevista, dijo Carolina, mientras él se ponía +los tirantes y ella, ante un espejo roto, se atusaba los desordenados +rizos.</p> + +<p>—Anda, tontín, rico mío, más vale gallinita que pollita. Mejor te irá +conmigo que con aquella embaucadora, bribona, que se estaba burlando de +ti. ¡Me daba una rabia!</p> + +<p>—¿Y cómo lo sabes?—repuso él saboreando la delicia de tutear a una mujer +que no era legalmente suya, e indignado al mismo tiempo ante la idea de +haber servido de hazmerreír a Mariquilla.</p> + +<p>—¡Vaya si lo sé! ¡Qué borricotes sois los hombres! Ahora que ya eres +mío, porque supongo que vendrás a menudo, te lo voy a decir. ¡Me +gustabas de un modo atroz! ¿Y verdad que tu Carola te gusta también más +que aquella gata esmirriada? Mira... no sé los años que tienes; nadie +tiene más de los que representa; pero ya quisieran muchos jóvenes +igualarse contigo.</p> + +<p>—¿De veras, pichona?</p> + +<p>—¡Buenos están los jóvenes!... ¡Tísicos! Parece que se va a concluir el +mundo. Yo también valgo más que cualquier chiquilla. Compara, compara +este pecho y esta mata de pelo con aquellos pellejos colganderos y +aquella cabeza llena de añadidos.</p> + +<p>—¡Buena diferencia va de mujer a mujer!</p> + +<p>—Pues para ti soy. Veremos cómo te las compones en tu casa... porque has +de venir a verme casi todos los días.</p> + +<p>—¿A diario, chica?... No sé si podré—dijo él algo intranquilo.</p> + +<p>—¿No has de poder? ¡Anda, pillín, que no te arrepentirás!</p> + +<p>—¿Estás siempre sola?</p> + +<p>—Siempre, vidita. Y vive tranquilo: no soy yo como aquella perdida +que...</p> + +<p>—Mala voluntad la tienes.</p> + +<p>—Como que me tenías chaladita y me daba ira de verla cómo se burlaba de +ti.</p> + +<p>—¿Qué hacía?</p> + +<p>En parte mintiendo, en parte diciendo verdad, Carolina resolvió asegurar +la adquisición que acababa de hacer. Mezcló en sus frases lo cierto con +lo calumnioso, y procuró apartar a don Quintín de Mariquilla, haciéndole +creer que le consideraba capaz de la mayor generosidad y lleno de +ardimiento para los dúos amorosos.</p> + +<p>—Vamos, ¿qué hacía aquella... desdichada?—tornó a preguntar don Quintín.</p> + +<p>—No merece que vuelvas a pensar en la muy sinvergüenza. ¿Que qué hacía? +Ponerte cuernos. ¡Como si con un granadero como tú no tuviera bastante +una <i>pitifláutica</i> como aquélla! Todas las del coro sabíamos que tú le +regalaste el mantón bordado y <i>la mar</i> de medias. Decía que te iba a +dejar el estanco hasta sin esponja para mojar los sellos. Y al mismo +tiempo, como después de la función te ibas con tu sobrina, ella se +largaba con el segundo apunte. ¡Me daba una rabia! Porque cuando la +mujer es libre, bueno; lo que yo digo, que se amontone con quienquiera, +pero que no engañe a nadie... Un hombre es un hombre.</p> + +<p>—De modo que ella...</p> + +<p>—¡Ya lo creo! Y no era eso lo peor. Algunos del teatro creían que todo +era mentira, que no teníais nada que ver, vamos, que os hablábais y nada +más..., porque ella no se dejaba... ¿estamos? ¡Como si tú fueras un +<i>lila</i> que se gastase la plata sólo por mirarla! Y también decían que +don Juan, el querido o novio, lo que fuese, de tu sobrina, era quien +había encargado a la María que te hablase y te marease para mientras +tanto quedarse solo con la tiple. En fin, distraerte para que no +estorbases. Mira que si hubiese sido verdad... ¡bonito papel!</p> + +<p>Ante tan cruda y horrible revelación, faltó poco para que don Quintín se +enfureciese. Su emoción fue grandísima, porque indudablemente Carola +decía verdad. ¿Cómo había él de dudar, sabiendo por experiencia, o mejor +dicho por falta de ella, que no había logrado de Mariquita sino algunos +besos y apretujones a hurtadillas? En seguida se dio a recordar +pormenores e incidentes que confirmaron sus sospechas. No cabía duda. +Sí: todo fue comedia. Acaso Cristeta no entrase en la conspiración, pero +se aprovechó de ella; Mariquita sirvió de agente a don Juan; los +diálogos enloquecedores pasados bajo el mechero de gas que había en el +pasillo, fueron otras tantas ocasiones de que los novios se hablasen +libremente. ¡Y pensar que él no consiguió de Mariquilla nada sustancioso +y positivo! ¡Ni una sola vez! ¡Qué burla tan infame! Lo único que le +consolaba era que hubiese quien se lo diera por comido, juzgándole como +amante rumboso, pagano y favorecido.</p> + +<p>—¿Conque les serví de tapadera?—decía sonriendo—. ¡Tiene gracia! ¡Y yo +me contentaba con mirarla... vaya, vaya!</p> + +<p>—De lo segundo no te digo nada. Ahora que eres mío, comprendo con +conocimiento de causa que no te limitarías a mirarla como si fuera +estampa; pero lo que es de que servías de tapadera y de que don Juan fue +quien te preparó la conquista de la sinvergüenza... de eso no te quepa +la menor duda.</p> + +<p>Harto sabía él a qué atenerse. Sí: tapadera, y además <i>lila</i>. Le costó +gran esfuerzo disimular el enojo; pasó un rato muy malo, pero los mimos +y carantoñas de su Circe le endulzaron algo el pesar.</p> + +<p>—¿Vendrás pronto a verme?—le decía, poniéndose archizalamera—. Cuanto +antes mejor. Yo no soy exigente; si tienes miedo a que lo sepan en tu +casa, pasearemos por las afueras... y luego nos vendremos aquí a nuestro +nido, como dos tortolitos.</p> + +<p>—Sí, sí; vendré, vendré—repetía el estanquero, que ya sentía prisa por +marcharse: mas ella, como si quisiese sellar su amoroso contrato de un +modo inolvidable, dio un salto de pantera celosa, y arrojándosele al +cuello le abrazó, besándole el cerdoso bigote, al mismo tiempo que decía +con la voz astutamente entrecortada por la emoción:</p> + +<p>—¡Quintín, qué felices vamos a ser!</p> + +<p>Desasiose de ella con suavidad, como don Florambel se apartaba de la +encantadora princesa Graselinda, y comenzó a bajar despacio la escalera, +repitiendo dulcemente:</p> + +<p>—Adiós, rica; vendré, vendré, y seremos buenos amigos.</p> + +<p>Ella le vio marchar entre satisfecha y desconfiada... ¿Sería aquella una +verdadera conquista, al menos una ayuda para pagar la casa? ¡Y qué +lástima que el diablo del hombre no tuviera veinte años menos!</p> + +<p>Don Quintín salió a la calle tan engreído y hueco como mujer fea a quien +por casualidad chicolean en paseo. La cosa lo merecía. Acababa de +adquirir la grata convicción de que, aunque fuese de tarde en tarde, +podía comer de fonda.</p> + +<p>Mas como no hay dicha completa en corazón humano, junto de este regocijo +se alzó en su pecho un mal sentimiento, un odio terrible hacia don Juan, +que había jugado con él como con un chiquillo. «Sí—iba gruñendo entre un +diente sí y otro no, pues los tenía salteados—; he sido tapadera, +Celestina macho, alcahuete sin saberlo... ¡Yo haciendo el buey con la +mocosa de la chiquilla en el pasillo, y él encerrado con la otra... sabe +Dios! ¡Ah, don Juan de los demonios, ya me las pagarás algún día! +¡Pensar que la trastuela no me dejó... ni una vez!»</p> + +<p>Y en lo más íntimo de su alma hizo acopio de rencor, y se juró que si la +suerte, la casualidad o su propia astucia se le mostraban favorables, +tomaría de don Juan espantosa venganza.</p> + + + +<h3><a name="Capitulo_X" id="Capitulo_X"></a>Capítulo X</h3> + +<p>En que ocurre el más grave y deleitoso suceso de esta historia</p> + + +<p>Don Juan resolvió triunfar de Cristeta, empleando medios +extraordinarios.</p> + +<p>Una de aquellas noches de los dúos forzosamente castos, con reservas +mentales, abrió ella la puerta, pasó él, y sentados en el sofá lo más +cerca que permitían el pudor y el respeto, comenzaron la cantata mil y +tantos diciéndose esas eternas frases juntamente dulzonas, picarescas, +inocentes, maliciosas, arteras, ingenuas, sinceras y mentidas, muchas +veces estúpidas, pero siempre gratas, con que se entretienen y engañan +los amantes mientras se prepara la catástrofe del drama a que la +Providencia les tiene predestinados. Aquella noche la elocuencia de don +Juan era maravillosa, y su ternura exquisita; a pesar de lo cual +Cristeta tardó pocos minutos en notar que estaba caviloso. Traía +fruncido el entrecejo y sus miradas denotaban mal disimulada +preocupación.</p> + +<p>—¿Qué tienes?—le preguntó cariñosamente.</p> + +<p>—Nada.</p> + +<p>—Me engañas, algo te pasa.</p> + +<p>—No, mujer.</p> + +<p>—Es claro; como no soy nada para ti...</p> + +<p>—Demasiado sabes que te adoro...; pero no voy a inventar cosas graves +por capricho.</p> + +<p>—Bueno, cállatelo; luego dirás que me quieres.</p> + +<p>Don Juan puso cara de gran pesadumbre, lo más triste que pudo, y dejó +caer la cabeza sobre el pecho. Entonces Cristeta se la levantó +suavemente con ambas manos, y mirándole de hito en hito, cual si +quisiera leerle en las pupilas el secreto, dijo:</p> + +<p>—Juan... ¡mientes! a ti te pasa algo.</p> + +<p>Hubo un instante de ese silencio que los novelistas llaman solemne.</p> + +<p>Quien hubiese podido bucear en el pensamiento de don Juan, habría visto +que le repugnaba mentir. Por vez primera condenaba su conciencia los +medios que iba pronto a emplear su astucia. Cristeta le seguía mirando +con todo el poderoso encanto del amor sincero.</p> + +<p>—Anda... Juan... ¡dímelo!</p> + +<p>Él fingió ceder.</p> + +<p>—Sí, me ocurre... y muy grave... Oye.</p> + +<p>Y sacando del bolsillo una carta, hizo como que buscaba con la mirada un +párrafo, y leyó lo siguiente:</p> + +<div class="blockquot"><p><i>«Lo de París va mal, muy mal, y es preciso que estemos +dispuestos a obrar con rapidez y energía si se nos echa encima alguna +complicación. Sé de buena tinta que la casa Garcitola está haciendo +negocios desastrosos. Desconfío de que, si nos lo propusiéramos, +pudiésemos recoger ahora los fondos, y por otra parte reclamarlos en +estas circunstancias, acaso sea perjudicarnos contribuyendo al nublado +que se les viene encima. En fin, sirvan estas líneas de toque de alarma. +En cuanto sepa algo concreto, le avisaré a usted para que me dé órdenes. +En asunto tan grave no me atrevo a tomar la iniciativa.»</i></p></div> + +<p>Todo lo cual oído con profunda atención, dijo Cristeta:</p> + +<p>—Bueno, ahora explícamelo.</p> + +<p>—Yo tenía valores de importancia colocados en esa casa Garcitola y +Compañía, de París. Hace unos cuantos meses se empezó a decir si andaban +o no andaban mal y, la verdad, como es una casa tan fuerte, cometí la +tontería de no hacer caso...; y ahora, ya lo ves, mi agente de Madrid me +escribe lo que acabas de oír... Nada, que si quiebran, me van a dejar +por puertas.</p> + +<p>Cristeta le escuchó atónita. Él se puso en pie, y sin temor de mover +ruido, dio dos o tres paseos por el cuarto, a modo de león enjaulado.</p> + +<p>Ella asustada, pero respetando su disgusto, se limitó a mirarle como +implorando prudencia. Don Juan—¡parece mentira que sea el hombre capaz +de tal perversidad!—aprovechó la ocasión, se acercó de puntillas a +Cristeta, y arrojándose en sus brazos dijo en voz muy queda, casi, y sin +casi, pegando los labios a la linda oreja de su amada:</p> + +<p>—Perdóname, no sé lo que me hago.</p> + +<p>Lo grave fue que, en lugar de desasirse en seguida, siguió agarrado a +ella. Parecía hombre harto de esperar a la Fortuna, que de pronto la ve, +la asalta, la sorprende, la sujeta, y decide no soltarla en su vida. +Cristeta nada hizo por despegar su cuerpo del cuerpo de su amante, sino +murmurar con voz preñada de caricias:</p> + +<p>—¡Juan... Juan mío!</p> + +<p>Él, sin aflojar los brazos, decía:</p> + +<p>—Figúrate... cobraré, si cobro, en créditos, en papeles que tendré que +realizar poco a poco, con pérdidas enormes, y al fin y a la postre +quedaré mal, muy mal, con una renta miserable, gustos costosos, sin +hábitos de trabajo...</p> + +<p>—Un hombre como tú hace con el trabajo lo que quiere.</p> + +<p>—¡Quiá! Me iré a vivir a un pueblo, sin más lujo que una escopeta, ni +más amigo que un perro.</p> + +<p>De pronto soltó a Cristeta, se sentó en una silla, y juntando las manos, +comenzó a dar vueltas con los pulgares, como suelen hacer los que están +muy aburridos.</p> + +<p>Cristeta, discurriendo con el sublime egoísmo del amor, pensó:—«¡Pobre! +¡Tal vez se quede pobre! ¡Así será más fácilmente mío!»</p> + +<p>—Ya supondrás—continuó él—que tendré pronto necesidad de ir, no sé aún +si a Paris o a Madrid. Y luego... se acabaron las locuras.</p> + +<p>—Pero ¿qué locuras haces?</p> + +<p>—El vivir como vivo. ¡Buen porvenir me espera! Un ama de llaves más +vieja que dueña de teatro antiguo, una criada de cincuenta reales... y +si no, al pueblo, al pueblo.</p> + +<p>—Calla, hombre...; no querrá Dios que lo hayas perdido todo.</p> + +<p>—Eso no lo puedo saber hasta que vaya a París y hable con el banquero, o +vea en Madrid a mi agente. Hoy por hoy nada sé de cierto.</p> + +<p>—No quiero decir eso: digo si supones que ya se ha concluido todo para +ti en el mundo. ¡Ingrato! ¿No vale ni significa nada mi cariño?</p> + +<p>Don Juan la miró con ternura, la cogió una mano, oprimiéndosela +fuertemente, y en seguida, cual si cediese a la dolorosa impresión que +acibaraba su ánimo, dejó caer la cabeza sobre el pecho de Cristeta.</p> + +<p>A ser otra la ocasión, ésta se hubiera echado hacia atrás con oportuno +pudor; pero en aquellos tristes momentos no quiso mostrar esquivez ni +parecer arisca.</p> + +<p>Ambos permanecieron silenciosos: ella inmóvil, sin valor para +rechazarle; él en la misma postura, sintiendo en la frente el dulce +calor del pecho de su amada. Al cabo de unos cuantos minutos dijo +Cristeta:</p> + +<p>—Vamos, no te apures... mírame cara a cara. ¿Sirve esta pobre mujer para +convencerte de que no lo has perdido todo? Vaya, hombre, si supiera que +esto nos aproximaba... ya te pagaría yo en amor lo que perdieses en +dinero. ¡Te quiero tanto!—Y en seguida, como si se arrepintiese de su +sinceridad, añadió:—No; no; soy una egoísta. Vete mañana mismo a cuidar +de tu fortuna. ¡Yo no debo ni puedo ser nada para ti!</p> + +<p>Fueron dichas estas palabras con acento de tan honda tristeza, y +produjeron tal emoción en don Juan, que se avergonzó de emplear aquella +estratagema ruin y mentirosa. Comprendió que la infeliz a quien estaba +engañando no era casada trapisondista que mereciese desprecio por faltar +a su deber, ni viuda buscona armada por la experiencia contra la +seducción, ni siquiera mozuela desenvuelta y sabedora de cómo se finge +la pérdida de la honestidad: era una pobre mujer realmente apasionada, +que sin carecer de perspicacia y malicia, las tenía como adormecidas y +embotadas por el pícaro amor. Era lista, capaz de la más artera +coquetería, pero en frío, respecto de un hombre por quien no hubiese +llegado a interesarse. Así lo entendía don Juan, quien comenzó a +experimentar lástima de ella y severidad para consigo; mas ambos +sentimientos quedaron ahogados por el influjo de la belleza de Cristeta. +La perspectiva de que al empobrecer fuese aquel hombre más fácilmente +suyo, el afán de mostrarle cariño, y lo mucho que don Juan se había +arrimado a ella, la pusieron hermosísima. Tenía los ojos húmedos y +brillantes, los labios secos y la tez muy pálida. Sus miradas variaban +rápidamente de expresión; tan pronto parecían medrosas, como lucía en +ellas la llamarada propia del deseo amoroso.</p> + +<p>Durante un rato bastante largo, don Juan siguió hablando de la casa de +banca y presagiando infortunios: ella de cuando en cuando le decía:</p> + +<p>—No te disgustes...; puede que todo se arregle... mírame...; anda, +mírame. ¿No me quieres ya?</p> + +<p>En esto, sin saber cómo, ni quien atrajo a quién, ni cuál fue el primero +en sentarse, volvieron al sofá—mueble en ciertos casos peligrosísimo—, y +sucedió que los brazos de Juan rodearon y ciñeron la cintura de +Cristeta, las manos de ésta se le posaron a él amorosamente una en cada +hombro, cogiéndole luego la cabeza entremedias, y por fin y remate, para +que fuese más bello el grupo, Dios, que es supremo artista, dispuso que +el rostro del amante viniese a caer y descansar, por segunda vez, encima +del pecho de la amada.</p> + +<p>Así permanecieron unos minutos, mudas las bocas, embebecidos los +espíritus y quietas las manos de ambos, especialmente las de ella, cual +si bastase para su doble delicia aquel dulce calor que los cuerpos se +comunicaban. Después sonaron de labio a labio palabras dichas en voz +baja, y, por fin, mutuamente sorbidas las almas y atraídas las bocas, se +besaron. Ella en seguida, confusa y atemorizada, apartó el rostro; mas +él, buscándole la mirada para leerle el pensamiento, le cogió la cara +entre las manos y permaneció contemplándola.</p> + +<p>El instante fue sublime. A Juan se le olvidaron las teorías de +conquistador, el cálculo, la lástima, la astucia, todo, hasta el temor a +las consecuencias, mezquina consideración que acibara grandes placeres. +De su alma y de su cuerpo se enseñoreó una fuerza incontrastable que le +impulsaba a poseer el alma y el cuerpo de Cristeta, para sumarse e +identificarse con ella, como se compenetran y confunden dos rayos de +luz. En la muchacha tampoco tenía ya imperio la voluntad; desfallecía de +amor, miraba y no veía, las palabras de don Juan no le parecían voces +humanas; se le antojaba estar oyendo el ruido delicioso que las puertas +de los cielos deben de producir al abrirse para que penetre en la gloria +un elegido del Señor. Algo semejante a lo que ambos sintieron +experimentarían de fijo nuestros primeros padres cuando emprendieron la +tarea de poblar el mundo para que hubiese quien alabase a Dios. Sonó un +beso digno del Paraíso. La mano izquierda de don Juan se posó sobre la +doble y turgente redondez del pecho de Cristeta... Poco después, el +corsé, tibio aún por el calor del hermoso tesoro que guardaba, caía +sobre la alfombrilla al pie del sofá... Pero, ¡tente pluma!</p> + +<p>¿Y por qué? ¿Por qué ha de considerarse vituperable y deshonesta la +pintura del amor material en lo que tiene de artístico y poético? +Permítese al novelista y al poeta describir todas las fases de la +ambición soberbia, de la vanidad ridícula, del odio aborrecible, del +rencor infame; podemos desmenuzar en prosa y verso todos los malos +sentimientos: ¿y no hemos de poder pintar la deliciosa y natural +aproximación de los sexos que instintivamente aspiran a juntarse hasta +ser, como el Señor dispuso que fueran, carne de una carne, hueso de un +hueso, dos en uno? ¡Es triste cosa! Sólo algún lírico cursi, sólo algún +académico fósil, culpan de loco al telescopio que escudriña el espacio, +o de cruel al bisturí que dilacera las carnes; y sin embargo, son muchas +las gentes que llaman indigna y pecadora a la pluma que pinta los +deliciosos transportes del amor.</p> + +<p>Arrebata el viento el polen de una flor, lo deja caer en otra de la +misma especie, y de allí a poco brotan nuevas yemas y pimpollos. Sacude +el céfiro el ramaje de la palmera macho, y llevando un algo misterioso +de ella a la palmera hembra, la hermosea y fructifica. ¿Acaso se tacha +de inmoral al botánico que lo observa y escribe? Entre las concavidades +de las rocas marinas, en lechos de algas o sobre las cernidas arenas de +la playa, deposita el pez hembra sus huevas; deslízase luego sobre ellas +el amoroso macho, y las fecunda. ¿Culpa nadie de obsceno al naturalista +que lo consigna en sus libros?</p> + +<p>Si de la humildad de plantas y bestias pasamos a lo más excelso que cabe +en el pensamiento, vemos que las religiones que amamantaron a la +humanidad en el culto de lo divino, están saturadas de amor. Los dioses +amaban como hombres; por eso inspiraron fe; las diosas se dejaban +abrazar como mujeres; por eso fueron tan amables y dignas de adoración. +El Olimpo pagano era un semillero de aventuras eróticas: Júpiter y Apolo +perseguían a las ninfas como los banqueros de nuestro siglo a las +costurerillas; Venus y Juno tenían caprichos como nuestras grandes +damas, se prendaban de la gallardía varonil, y escogían amante entre +semidioses de segunda fila y rústicos pastores. La antigüedad clásica, +no deja, sin embargo, de llevar ofrendas a las aras. Los más grandes +poetas, sin que nadie les tache de pervertidores, fundan sus obras +admirables en aquellas pasiones que convertían en alcobas las grutas, +las florestas, los prados, las selvas y los bosques.</p> + +<p>Vienen luego los tiempos en que el verdadero Dios escoge por suyo un +pueblo entre los que habitan la tierra, y el amor no pierde sus +prerrogativas ni sus fueros. Antes al contrario, el mismo Señor lo +emplea en su servicio: ÉL hace que la hermosa Thamar conciba de Judá; ÉL +dispone que la desvalida Ruth se tienda en la era junto a Booz para que +se perpetúe su raza; ÉL aumenta la belleza de Judith para que aparezca +incomparable y fascine a Holofernes; ordena que los patriarcas duerman +con sus siervas, los reyes con sus esclavas, que Asuero repudie a +Vasthi, y que Makeda, reina de Saba, soberana del dichoso Yemen, +desfallezca de voluptuosidad en el lecho de Salomón. ¿Qué más? El +Redentor perdona a la adúltera, y por haber amado mucho, María de +Magdalena es preferida y escogida entre todas para que, merced a su +intervención, se funde el sagrado misterio de la Resurrección. No: no +quiso el Redentor, después de muerto, aparecerse a ninguna virgen +ignorante, a ninguna casada cumplidora de sus deberes, a ninguna viuda +sorbida por la devoción; sino que radiante de esplendorosa gloria, +circundado de luz, se apareció a una pobre pecadora. Las mujeres +hebreas, siriacas y caldeas que en desprecio del amor se rapaban el +pelo, no hallaron gracia delante del Señor; en cambio permitió a +Magdalena que con su rubia cabellera enjugase los divinos pies.</p> + +<p>—«Amor—dice uno de los más admirables místicos españoles—, es río de +paz, dulce sueño del alma, transformación del hombre que ni piensa ni +siente ni quiere más que amor. Como a la flor se sigue el fruto, se +sigue a la perfección el amor ardiente. Amor es el fin de la ley de +gracia.» ¡Cuán mezquinas parecen luego las palabras del filósofo moderno +que ha dicho que el amor es sólo impulso de los sentidos, que toma +origen en el celo!</p> + +<p>Sí: amor es esencialmente celestial; la hipocresía, exclusivamente +humana. Dijo el Señor: «Creced y multiplicáos»; y sucede que nadie +censura a la mujer ni al hombre porque se desarrollen ni crezcan; mas +¡oh terrible inconsecuencia! en cuanto dos que bien se quieren tratan de +multiplicarse o se colocan en disposición de que la operación sea +posible, todo es ponerles trabas, prohibiciones y obstáculos para que no +cumplan la segunda mitad del divino mandato. De esta intolerancia ha +nacido, sin duda, la invención de las formalidades civiles y canónicas, +pues en el Paraíso no hubo bendición ni juez municipal. ¡Cuán sabio y +generoso es Dios! ¡Cuán mezquinos los hombres! Sobre todo, ¡cuán necios! +Porque jamás ha intentado la locura humana que los ríos retrocedan cauce +arriba desde el mar hasta sus fuentes, ni que los astros, desviándose de +sus órbitas, valseen caprichosamente en el éter; ni ha querido nadie +trocar en compasivo al tigre, ni en feroz al tórtolo, y, sin embargo, +hay quien pretende que el hombre y la mujer no se atraigan. A la luz del +día muestran los hombres la codicia, la crueldad, la ira, hasta la +asquerosa envidia; sólo para el amor buscan la oscuridad: guerrean y se +despedazan al sol; aman y se engendran, como si conspirasen, entre las +sombras de la noche. Y es que encima de cada uno de los grandes dones +con que Dios nos ha favorecido, hemos echado una mancha. Sobre la +sinceridad la mentira, sobre la fe la duda, sobre la caridad el egoísmo, +sobre el amor la hipocresía. Porque habéis de saber—niñas inocentes y +mujeres contenidas por el falso decoro—que cuando vais por la alameda +con el elegido de vuestro corazón y se confunde el rumor de vuestras +frases con el ruido del ramaje, y luego suena un beso, puede haber +imprudencia, pero no hay delito: cuando en la tentadora soledad del +gabinete, siendo ambos libres y estando enamorados, os aproximáis sin +desdoro de tercero y sin acordaros luego de quien fue el primero en +acercarse, tampoco se enfurruñan los cielos. ¿Sabéis lo que es +pecaminoso y detestable sobre todo encarecimiento? La venta de las +caricias, el robo del placer ajeno, el rompimiento de la fe jurada, el +ultraje al nombre de esposo, el repugnante comercio del amor, que +convierte el lecho en posada y la memoria en índice de liviandades. +¡Cuán tristes las que, comerciando con el amor, han de ofrecer la +mercancía! ¡Cuán despreciables las que lo dan a cambio de joyas y de +galas! Mas las apasionadas que se rinden, ¡cuán dignas de indulgencia! +San Pedro no dejará paso a las que ostenten en torno de los ojos el +livor que deja el cansancio sensual soportado para comprar brillantes; +pero dará entrada en la gloria a las que vea con el rostro demacrado, +mitad por el hambre y mitad por el placer; será cariñoso con las que +hayan desfallecido de amor, y los Arcángeles, las Dominaciones y los +Tronos que gozan perdurablemente la presencia de Dios, cantarán +diciendo: «¡Bienaventuradas las que supieron amar, porque de ellas es el +reino de los cielos!»</p> + +<p class="puntos">*<br />* *</p> + +<p>Iba ya el resplandor del día dibujando líneas de luz por entre los +resquicios y rendijas del maderaje del balcón, cuando don Juan, +desasiéndose de los brazos de Cristeta, entre melosidades y ternezas, se +fue a su cuarto, donde desbarató su propia cama para que los criados +ignorasen que no había dormido allí. En seguida se lavó, casi a +disgusto, porque el frescor del agua le arrancaba de la piel el perfume +de los halagos de Cristeta, y después se marchó a dar un paseo.</p> + +<p>Ella, al verse sola, pasó un rato presa de verdadero estupor: luego +quedó entre atónita y apenada. ¿Qué había hecho? ¡Deshonrada... +perdida... pero dichosa! No le parecía ser la misma. Unos instantes +experimentaba sensaciones análogas a las que sufriría una ciega, para +quien la lobreguez de la ceguera se trocase de improviso en viva +claridad; se sentía deslumbrada por el amor. Sus conjeturas, sus dudas, +su ignorancia medio desflorada por la malicia, todo se había +desvanecido, quedando en su lugar la sabrosa certidumbre del pecado. +Otros ratos le parecía ser ángel caído sin redención posible. ¿Qué fue +de los propósitos de tenaz virtud? ¿Dónde estaban el <i>no debo... no me +conviene... yo no soy de esas</i>? Un instante de pasión había dado al +traste con todo.</p> + +<p>Por cima del vencimiento sufrido, quedaba, sin embargo, en el alma de +Cristeta un motivo de respetable orgullo. En la abdicación de su +albedrío, en la entrega de su cuerpo, no influyó nada el cálculo. +Complacíase en recordar que no tenía cosa que echarse en cara. Vio +entrar a su amado pensativo y triste por malas noticias que recibiera, e +intentó consolarle; él, agradecido a su piedad, la estrechó entre los +brazos. De lo demás no hacía memoria...</p> + +<p>La bella Kadjira, contemplando el infortunio de Mahoma, le dijo: «¡Yo +seré tu primer creyente!» Cristeta, viendo desdichado a su amante se le +entregó diciendo: «Mis labios son manantial de consuelo. ¡Bebe!» +Después... suspiros sofocados por caricias y una sensación nueva, +indefinible, mitad material, mitad extrasensual. ¿Hizo bien? ¿Cometió +gran pecado? ¡Ah! Si pudiese afirmar o negar... ¡qué gran problema +habría resuelto!</p> + +<p>Lo indudable era que sentía pena por no tenerle allí. ¿Por qué se iría +tan pronto? ¿Qué le importaba que aquello se supiese? Juan no era ya a +sus ojos el personaje de un ensueño amoroso; debía ser el compañero de +su vida, pero sin obligación, sin vínculo forzoso, sin lazo que le +sujetase, por propia y complacida voluntad. El alma de la mujer podía en +ella más que el instinto de la hembra. El amor material le pareció cosa +baladí. Se había entregado; bueno ¿y qué? ¿no era libre? ¡así como así, +jamás había de pertenecer a otro! No en vano tenía metida en el cerebro +la vehemencia romántica de cuantas escenas dramáticas leyó y vio +representar.</p> + +<p>A medio día salió al ensayo. Al andar por las calles le pareció que +pisaba con más fuerza, que era más mujer. A la hora de la comida oyó que +uno de varios huéspedes que había sentados cerca de ella decía, +mirándola de reojo:—«La Moreruela está hoy más guapa que nunca.» +Cristeta pensó: «¡Mejor para mi Juan!» En el teatro, durante la función, +trabajó apriesa; por su gusto hubiese llevado a escape las escenas, no +movida de la grosera impaciencia del deseo, sino dulcemente estimulada +por el anhelo de ver a Juan.</p> + +<p>El segundo canto del poema comenzó en seguida de retirarse a su cuarto +de la fonda. Entrar y despedir a la doncella, todo fue uno. Sonaron las +dos de la madrugada. Tosió; ahora era ella la que tosía. La puertecilla +de comunicación se abrió al momento.</p> + +<p>Y así sucesivamente muchos días.</p> + +<p>Cristeta estaba muy contenta. La satisfacción por el pleno disfrute de +su amor, podía en ella más que el miedo a las desdichas que su debilidad +le acarrease.</p> + +<p>Don Juan pasaba noches felicísimas, gozando con los sentidos, porque la +belleza de Cristeta le enloquecía; y con el entendimiento, porque de la +boca de aquella mujer incomparable no salían sino frases de sinceridad y +sumisión. Gratos eran sus besos, ya frescos como agua de peña viva, ya +ardorosos como latidos de fiebre; pero ¡cuán más deleitosas eran las +cosas que decía! ¡Qué mezcla tan extraña de impuro desenfreno y +exquisita ternura!</p> + +<p>Las manifestaciones de su apasionamiento juntamente extremosas y +sinceras, convencieron a don Juan de una verdad terrible: la de que +aquella mujer se había dejado poseer materialmente porque estaba +enamorada con toda su alma: rindió primero el albedrío y luego como +derivación ineludible hizo entrega de su hermosura.</p> + +<p>La cosa no podía ser más grave.</p> + +<p>Cristeta le parecía hermosísima, encantadora; pero cada día más suya. Le +tenía como hechizado. Algunas noches hasta se le olvidaban los +preparativos de fuga. Ni siquiera mentaba la quiebra de Garcitola y +Compañía.</p> + +<p>Por fin, comenzó a monologuear, ni más ni menos que personaje dramático. +Sabía perfectamente que con una aventurera a quien no se debe exigir +fidelidad, es posible prolongar ciertos devaneos; pero profesaba la +máxima de que, tratándose de una mujer no pervertida, es peligrosísimo +pasar al segundo mes, porque suelen sobrevenir aquellas lamentables +complicaciones a que tanto horror mostraba el gran don Francisco de +Quevedo. Por grande que fuese el placer de don Juan, comenzó a +experimentar temor. Su sentido moral, hasta cierto punto, le consentía +apoderarse de una beldad, como quien se posesiona de un hermoso palacio; +pero la idea de que el palacio llegase a estar de pronto habitado, y la +consecuencia de tener él luego que cargar con el habitante, era cosa que +le ponía los pelos de punta.</p> + +<p>Los diálogos íntimos entre amantes mientras dura el primer período de la +posesión, son exclusivamente amorosos: ella se despepita en juramentos, +él se deshace en promesas, ella fantasea proyectos para lo futuro, él +pone por las nubes su dicha y su agradecimiento... como si aquello no +hubiese de acabar nunca; hasta que llega una época en que, sin +prescindir de hablar y practicar amores, se habla también de otras +cosas. El giro que entonces toman estas conversaciones <i>a posteriori</i> +decide la suerte de los enamorados. Don Juan sabía todo esto por propia +experiencia, y veía con espanto que cuando Cristeta hacía alguna alusión +a lo porvenir, sus palabras eran tan sinceras y acusaban un amor tan +hondo, que era imposible descubrir en ellas asomo de cálculo ni sombra +de interés. No cabía duda: aquella mujer alcanzaba la importancia de su +nueva situación; no se dolía de lo ocurrido, ni denotaba la más remota +veleidad de querer explotar su sacrificio, mas tampoco le cabía en la +cabeza la sospecha de que pudiese ser víctima de una infamia. En +resumen: don Juan llegó a convencerse de que la Providencia, o su buena +suerte, le habían deparado un regalo digno del más afortunado mortal; +pero un regalo al cual era imposible renunciar sin cometer una verdadera +canallada.</p> + +<p>Por primera vez sentía disgusto pensando en cómo deshacerse de una +mujer, no porque estuviera realmente enamorado, aunque Cristeta le +gustaba sobremanera, sino por lástima. Tenía la costumbre de gozar las +conquistas y renunciar a ellas con indiferencia, sin pensar poco ni +mucho en cuál fuese luego la suerte de la que abandonaba. En no lastimar +ni escarnecer a sus víctimas puso siempre gran cuidado; mas era la +verdad que sus concubinas y queridas, ya duraderas, ya momentáneas, +todos sus <i>líos</i>, habían sido muy diferentes de Cristeta. Y, sin +embargo, aquello tenía que concluir, so pena de que, el mejor día, es +decir, el peor, surgiese una complicación gravísima. A veces, +esforzándose en supeditar el pensamiento a la voluntad, imaginaba que la +palabra <i>canallada</i> no era propia ni exacta. ¿Habló él nunca de boda? +¿Exigió ella promesa en que él consintiese? Nada de esto. Pues entonces +¿cómo había de figurarse Cristeta que tal hombre podría llegar a ser su +esposo? Además, el matrimonio entre un caballero y una comiquilla de un +teatro de cuarto orden, era un disparate. Sobre todo, cuando él esquivó +cuidadosísimamente dar margen a la menor esperanza de vicaría, ¿qué +podía temer? ¡No tendría uno poco trabajo si hubiese de entregar mano, +porvenir, fortuna y nombre a cuantas se dejan prender en las redes de la +seducción! Cristeta era bellísima, sentimental, ingenua, <i>codorniz +sencilla</i>, sobre todo desinteresada; mas sus muchas prendas físicas y +morales no justificaban que hombre tal quedase por siempre sometido a su +imperio. Lo grave era que don Juan comprendía, no sólo que le agradaba +la posesión y goce de los encantos de Cristeta, sino que también le +cautivaba su trato, carácter y conversación, y esto es lo más peligroso +que respecto de la mujer puede acontecerle a uno. Luego se imponía el +rompimiento. El gusto que de ella y con ella recibía, no era razón para +perpetuar el amorío. También le gustaba el Borgoña, y, sin embargo, no +renunciaba al Jerez; comía con deleite las chochas y no prescindía del +salmón. ¿Por qué, pues, había de limitarse a Cristeta, si su paladar +amoroso estaba en disposición de saborear infinitos manjares? La pobre +muchacha quedó condenada a olvido.</p> + +<p>En seguida vino el excogitar procedimiento; y respecto de éste, don Juan +comprendió que se le imponían la dulzura y la generosidad, casi la +piedad y la largueza. Era preciso portarse del modo que causase en ella +el menor daño posible: se había hecho acreedora a todo miramiento. Las +bases que en su ánimo adoptó, fueron las siguientes: primera, huir +evitando toda escena triste y enojosa, ya que, dado el carácter de +Cristeta, no había temor a gritos, pelotera ni escándalo. Harto sabía él +que Cristeta era de las que lloran y no alborotan, sufren y no insultan. +Esta misma humildad le hacía más desagradable el abandono. Segunda base: +regalarle una cantidad de dinero de relativa importancia, como obsequio +a su ternura y en compensación del desengaño y desperfectos causados.</p> + +<p>En cuanto a la huida, no había dificultad: a las diez de la noche pasaba +por Santurroriaga un tren hacia Francia, y Cristeta no volvía del teatro +hasta las doce. Lo del dinero había que pensarlo despacio, calculando +bien el desembolso. No podía ser tan cuantioso que delatando riqueza +despertase codicia, ni tan pobre que resultara mezquino; ¡eso no! +Cristeta era el mejor libro de amor que él había leído, el volumen cuyas +páginas le proporcionaron goces a la vez más intensos y más plácidos, el +más original y nuevo, pues era texto escrito con admirable ingenuidad, y +ejemplar por nadie manoseado: ¡ni siquiera tenía cortadas las hojas! +¡Qué prólogo tan deleitoso y lleno de promesas! ¡Qué capítulos tan +impregnados de sincera pasión! ¡Cómo, párrafo tras párrafo, había ido +viendo al amor quedar victorioso de la castidad!... Quien leyese luego +todo aquello, ¿sería capaz de apreciarlo? Acaso el tomo cayera en manos +de un hombre zafio y rudo. ¡Vaya usted a saber si un escribano, un +comerciante, un militarote, tendrán sensibilidad para apreciar la +candorosa impaciencia de Cloe en <i>Las Pastorales</i>, de Longo, o la +exquisita voluptuosidad que hace palpitar el corazón de la Sulamita en +el divino <i>Cantar de los Cantares</i>!</p> + +<p>A fuerza de ahondar en eso, don Juan se convenció de que Cristeta +despertaba en él cierto interés, algo que no le hizo experimentar +ninguna de cuantas había conocido hasta entonces. No obstante lo cual, +sin pararse a desentrañar lo significativo del síntoma, quedaron en su +ánimo resueltos el regalo y la fuga.</p> + + + +<h3><a name="Capitulo_XI" id="Capitulo_XI"></a>Capítulo XI</h3> + +<p>A consecuencia del cual perderá don Juan la simpatía de las lectoras</p> + + +<p>Durante varias noches observó Cristeta que su amante volvía a estar +caviloso, y que sus impulsos amorosos sufrían intervalos en los cuales +se quedaba ensimismado y triste. La verdad era que al pobre conquistador +le costaba esfuerzo y pena fingir preocupación y mal humor: lo de tener +que ponerse melancólico entre dos caricias, le iba pareciendo +intolerable. Había momentos en que le daban ganas de echarlo todo a +rodar, declarándose vencido y confesando que la casa Garcitola y su +quiebra eran pura embustería. Al mismo tiempo, y esto sí que era grave, +cuanto más dueño se hacía de Cristeta, más se asombraba de no sentir +amagos de hastío: indudablemente el amor de aquella mujer era un +bebedizo que en vez de calmar la sed, la producía y excitaba. Por lo +cual don Juan suponiéndose puesto en ridículo ante sí mismo, se asustó y +resolvió convencerse de que no había degenerado, y de que estaba en +pleno uso de su libre albedrío. Entonces, rechazando como vergonzosa la +posibilidad de haberse enamorado, sacrificó su gusto al pícaro amor +propio, y determinó huir cuanto antes de Cristeta, en cuyos encantos +comenzaba a vislumbrar, no una conquista semejante a sus anteriores +hazañas, sino una red capaz de aprisionarle para siempre.</p> + +<p class="puntos">*<br />* *</p> + +<p>Eran las dos de la madrugada.</p> + +<p>La bujía colocada encima de la mesa estaba a punto de consumirse. De +pronto el pábilo vaciló, cayendo sobre la esperma liquidada, brilló un +momento con mucha intensidad, y se apagó. Las tinieblas aminoraron el +pudor de Cristeta y dieron valor a don Juan.</p> + +<p>Aguardábale ella con los brazos abiertos, cuando en vez de recibir el +beso esperado, oyó la voz de don Juan que decía:</p> + +<p>—Lo malo es que no tengo fósforos.</p> + +<p>—Bueno... no hacen falta.</p> + +<p>En vano siguió esperando el beso, prólogo de mayores dulzuras.</p> + +<p>—¿Sabes, chica, que hoy he recibido carta del agente?</p> + +<p>—¿Y qué?—preguntó con gran vehemencia.</p> + +<p>—Lo peor: que el día menos pensado voy a tener que marcharme.</p> + +<p>—¿Por mucho tiempo?</p> + +<p>—No lo sé.</p> + +<p>Don Juan sintió posarse en sus hombros los brazos desnudos de la +enamorada y oyó estas palabras, que le hicieron experimentar una +indefinible confusión de miedo y de placer.</p> + +<p>—¡Juan mío, por lo que mas quieras en el mundo, no me dejes!</p> + +<p>¿Cómo hablar, en tal momento, de intereses?</p> + +<p>—¿Qué va a ser de mí?—seguía ella—. No tengo miedo al porvenir. Ya sé +que no me ha de faltar contrata, que tengo seguro el pan en casa de mis +tíos..; pero no podré vivir sin ti. Dime que volverás, que me quieres, +que eres mío para siempre.</p> + +<p>—Vamos, mujer, no te pongas dramática. ¿No has venido solita a +Santurroriaga y he tardado que sé yo cuántos días en llegar?</p> + +<p>—Sí; pero aún no era como ahora... no éramos todavía uno de otro. +¡Venías... por lo que yo me sé!... ¡A estas alturas sabe Dios si tendré +encanto ni atractivo para ti!</p> + +<p>—No seas simple, vidita, antes te quería por lo que esperaba, ahora por +lo que tengo. ¡Cualquiera diría que ir quince días a París, a Madrid, o +donde sea, es una separación eterna!</p> + +<p>Aunque continuaban a oscuras y abrazados, ambos tenían más despabilado +el recelo que el deseo. Cristeta debió de notar algo anómalo en la voz +de don Juan; tal vez en la tiniebla favorecedora del engaño le pareciese +sospechoso su lenguaje, porque de repente exclamó:</p> + +<p>—¡Luz, luz, quiero verte la cara!... No me beses..., déjame llorar... +¡Luz... luz!</p> + +<p>Oyose el rápido posarse de los pies de Cristeta sobre el entarimado. +Luego añadió:</p> + +<p>—Aquí..., encima del tocador: trae tu palmatoria.</p> + +<p>Sonó el frotamiento de un fósforo, y quedó débilmente iluminado el +cuarto.</p> + +<p>Estaba ella casi en paños menores, mas no considerando el momento +propicio al amor, en seguida se vistió y calzó; arrebujose en una bata, +y al ver a don Juan que volvía de su cuarto palmatoria en mano, le dijo:</p> + +<p>—Ven, siéntate aquí; la verdad... nada te pido...</p> + +<p>Y rompió de nuevo en llanto.</p> + +<p>Nunca había visto él llorar así: en vano quiso que aquellas lágrimas le +pareciesen falsas o ridículas. Por fortuna, sólo duraron unos cuantos +segundos, porque ella las contuvo como tragándoselas; procuró serenarse, +y habló sin gimoteos ni sollozos.</p> + +<p>—Sé que no tengo sobre ti ningún derecho. No te pido nada, ni por +soñación. ¿Será cierto eso de la casa de banca y el dinero? Aunque me +engañes, me alegraré de que sea mentira, porque prefiero mi desdicha a +tu ruina.</p> + +<p>Estaba tan nerviosa, que era inútil su empeño por aparecer serena: +denotaba tan verdadero pesar, que don Juan comenzó a darse a todos +diablos.</p> + +<p>—Mira—prosiguió ella—: si aquí hay mal, toda la culpa es mía. Nos +conocimos, te gusté, tú a mí más...; luego ha pasado lo que Dios ha +querido... Vamos, para que veas si te quiero, no me arrepiento. Conque +está tranquilo: no soy mujer que arme trapatiesta ni escándalo; pero no +me engañes. Ya no me quieres, ¿verdad? Consiento en ser desgraciada, y +lo seré si me dejas; pero no mientas por lástima. Francamente, +¿volverás?</p> + +<p>Aunque redunde en descrédito de la pericia de don Juan, forzoso es decir +que el giro que tomó la escena le hizo perder su habitual serenidad. El +compromiso era de marca mayor. Le mortificaba mentir, y al mismo tiempo +le faltaba valor para decirlo en crudo: ¡como que es necesario más +coraje para decir a una mujer «ahí queda eso» que para tomar una +barricada a pecho descubierto!</p> + +<p>En vano intentó hacer un llamamiento al amor físico. Cristeta se mostró +refractaria a las caricias. Hay instantes en que resulta grosera la más +delicada voluptuosidad: amar sin deseo es peor que comer sin hambre.</p> + +<p>—Anda—dijo ella, tragándose el salado amargor de las lágrimas—; confiesa +que no vuelves..., que te has cansado de mí.</p> + +<p>Entonces él no pudo más, y mintió por salir del atolladero, exclamando:</p> + +<p>—¡No he de volver!</p> + +<p>A esta frase se agarró ella como a clavo ardiendo.</p> + +<p>—No te pido juramento ni promesa, ni mucho menos palabra de honor; pero +si esto se acabó, desengáñame de una vez. Comprendo que he hecho mal en +ser tuya, y sin embargo, ni me arrepiento ni quiero que me lo +agradezcas...; pero tampoco me confundas con otras que hayan sido tuyas +sin quererte.</p> + +<p>Don Juan había luchado mucho contra la coquetería y la astucia +femeninas; había burlado a veteranas de la galantería, a beatas +lagartonas, a señoras raposas, quedando siempre victorioso de sus malas +artes y enredos; pero no acertó a luchar abiertamente con aquella +sinceridad.</p> + +<p>¿Fue ternura repentina, de la que se creía incapaz, o vergonzosa +abdicación de sus principios y presagio de mayores debilidades? Nadie le +culpe. ¿Cómo ser cruel con una mujer que, lejos de echar en cara los +favores otorgados, ni arrepentirse de ellos, ni solicitar cosa alguna +para lo porvenir, se limitaba a pedir lealtad? De la desvergonzada +Zaluka, de la sagaz Cleopatra, cualquiera triunfa, porque el hombre se +deleita tanto en humillar la soberbia como en poseer la belleza, pero +¿quién es capaz de permanecer insensible ante la enamorada humilde y +suplicante?</p> + +<p>—Ignoro cuánto tiempo tendré que estar en Madrid o en París—dijo don +Juan—. No sé dónde iré...; en fin, no me voy del mundo. Claro que +volveré; y si no te encuentro aquí..., en Madrid nos reuniremos.</p> + +<p>—¿Me escribirás a menudo? ¿Podré yo escribirte?</p> + +<p>—Siempre que quieras.</p> + +<p>—¿Verdad que no estás hastiado de mí? ¿Me quieres?</p> + +<p>—¡Con toda mi alma!</p> + +<p>(Evocando sus propios recuerdos, ponga el lector aquí cuanto haya +experimentado en casos parecidos.)</p> + +<p>¡Oh inacabable encadenamiento de frases, tan tontas para escritas como +deliciosas para pronunciadas y oídas!</p> + +<p>Cuanto hizo don Juan encaminado a enardecer los sentidos de Cristeta, +fue trabajo perdido. La ninfa de abrasadora voluptuosidad se había +trocado en fría escultura. Estaba triste, lleno su pensamiento de cosas +amargas. Recibía los besos como Dios las oraciones, sin darse cuenta de +ello.</p> + +<p>—No..., hoy no..., déjame...; dime que eres mío..., y nada más. No sabes +quererme así..., vamos..., sin eso.</p> + +<p>El último diálogo fue casto. A las siete de la mañana, después de haber +pasado la noche en triste honestidad, don Juan se retiró a su cuarto. En +el instante de separarse la abrazó y besó mucho, sin que Cristeta +experimentara emoción. Fue despedida de manos quietas.</p> + +<p>Ella, al quedarse sola, se tiró llorando sobre la cama.</p> + +<p>«Nada, nada—se decía don Juan poco después, haciendo preparativos de +viaje—, la carta, el dinero y tierra por medio. Con esto y con que no lo +quiera tomar...; sería la primera. ¿Cómo se lo doy, y cuánto le dejo? +Dejarlo..., en un talón contra el Banco, para que lo cobre aquí o en +Madrid...; lo difícil de precisar es el cuánto. Por supuesto que a +ninguna se lo he dado con tanto gusto. Ni codicia ni exigencias... +¡Lástima de chica! La verdad es que da compasión. Pero yo no he de +cargar con ella para toda la vida. Lo que no puedo hacer es andar con +tacañerías. Conque... estudiemos fríamente el caso. A una pérdida le +daría tanto o cuanto, según su categoría y su modo de vivir, como quien +paga cuenta de fonda con arreglo al lujo y fama de la casa. Con una +mujer de género intermedio, por ejemplo, una de esas viudas que jamás +tuvieron marido, tampoco habría duda: todo era cuestión de darle lo +bastante con que vivir hasta que hallara quien me reemplazase. A una +señora... ¡éstas sí que salen caras!, una alhaja. Pero con esta +desdichada, que no es aventurera, ni perdida, ni soltera de nadie, ni +viuda de todos, ni siquiera señora..., ¿qué hago? ¡Maldita sea la hora +en que la busqué! No, eso no...; no vengamos ahora con exageraciones: lo +malo es tener que dejarla, porque... bonita... ¡como ninguna! Y ¿qué +haré? ¡Cuando digo que este problema de quedar bien es en ciertos casos +imposible de resolver! Lo esencial es componérmelas de modo que no haya +reanudación posible. En amor las soldaduras son fatales..., ya lo sé. Lo +malo es que para esto sería necesario que yo me portase como un sucio, y +la chica no lo merece..., tan guapa, de tan buen fondo..., ¡pues y la +forma! Una cosa es escurrir el bulto, y otra dejar de ser caballero. Hay +que hacer el desembolso de una vez. Sí: dar hoy de sobra es adquirir la +seguridad de que no pida en lo sucesivo... Aunque bien mirado..., no es +de las que piden. Hago cuenta que me asaltó la tentación de ir al +Casino.... subí a la <i>sala del crimen</i>..., <i>bacarrat</i>, <i>treinta y +cuarenta</i>, cualquier cosa, unos cuantos pases con mala sombra..., y +veinte o treinta mil reales fuera del bolsillo. ¿Mil quinientos duros? +¡Mucho es! Me parece que me he escurrido. ¿Y si se engolosina, y yo +mismo la echo a perder, despertándole la codicia? En realidad..., ¿qué +clase de mujer es? No es cosa de hacer el primo. Una chicuela criada a +puerta de calle, en un estanco, una corista distinguida... ¡Me da una +rabia pensar que si hubiera tenido paciencia la pesco con cuatro cenas y +un traje! Pero ¡quiá! esta mujer ha cedido porque se ha enamorado de mí. +Además, ha llegado a mis manos... como nieve recién caída..., intacta. +Lo dicho: acabar de una vez, pero portándome como quien soy. La cosa +sale cara: ¡bah! cada uno lo gasta como le da la gana. No tengo potros +de carrera, ni bebo, ni compro antiguallas, ni juego. Mujeres, eso sí. +Bueno, ¿y qué? ¿en qué mejor? Si sabiendo lo que es esta chica le +pidiera a uno <i>antes</i> el oro y el moro, daría hasta la última peseta; +conque, ¡fuera tacañería!» Y siguió el monólogo.</p> + +<p>«Veinte mil... treinta mil reales... mil... mil quinientos... Bueno, mil +duretes, cifra redonda. En su vida ha visto tanto dinero junto. Casi +puede decirse que no hay en Madrid mujer que no se logre con eso; aunque +no, todas no. Lo cierto es que cuanto más espléndido me muestre, más +claro verá ella el propósito de romper, y aquí de lo que se trata es de +cortar por lo sano... Bien pesado y medido todo, puede que los mil duros +sean su perdición... si se los gasta en trapos y se echa a rodar por +esos mundos de Dios. Lo sentiría porque la pobre no lo merece. ¿Y a mí +qué me importa? Si se ha de perder, lo mismo sucederá dándole poco que +mucho. Con tres o cuatro mil pesetillas se vuelve loca. No serían muchos +los hombres que hicieran esto en igual caso, sobre todo pudiendo +largarse impunemente sin chistar. Por otra parte, según yo escriba la +carta de despedida, así será la impresión que ella reciba. Vamos con +calma: la carta no debe ser un rompimiento a raja tabla, porque con lo +entusiasmada que la tengo y con dinero a mano, se viene detrás de mí. +¡Horror! Hay que decirle que vendré... cuando pueda... plazo +indeterminado... los negocios... y al volver a Madrid no parezco por el +teatro en que ella esté. Son diez o doce mil reales tirados a la calle, +pero lo bailado nadie me lo quita. Diez, no, tienen que ser más... No +vayamos mermándola tanto que resulte una mezquindad. Ya sé yo que otro +no se los daría. ¡Doce mil reales a una mujer! En el teatro resultaría +absurdo, inverosímil; ¡pero yo soy quien soy! La chica me gusta como no +me ha gustado ninguna mujer. ¡Si no fuera por miedo a la duplicación de +mi individuo, un demonio la dejaba yo! La verdad es que Dios debió +decir: <i>Crescite et multiplicamini...</i> si os conviene, y si no, no. En +fin, ¿para qué tengo el dinero? ¿me da la gana de quedar bien? ¡pues lo +hago y <i>San Seacabó</i>! ¡Quién me dice a mí que luego, cuando ande yo +rodando de juerga en juerga y de amorío en amorío, no me la encuentro y +reanudamos por unos días! ¡También somos burros los hombres! Tendría +gracia que fuese yo capaz de recogerla de los brazos de otro, cuando +ahora es mía, y nada más que mía. Eso sería lo mismo que no saborear un +buen plato, dejar que se lo llevaran a la cocina, y cuando lo hubieran +catado y pringado en él los criados, volver a pedirlo para chuparme los +dedos de gusto. ¡Qué mal organizado está el mundo! Vamos a ver, ¿por qué +no había yo de seguir con esta mujer hasta que nos cansáramos, y +después, sin reñir, separarnos pacíficamente como dos buenos amigos que +han hecho juntos un negocio? ¿Dónde mejor negocio que pasar una +temporadita en plena felicidad? Y en seguida, lo mismo con otra. Pero... +que no me salieran tan caras; porque... ¿En qué quedamos? ¿Cuánto le +doy? ¿Diez, doce, veinte, treinta mil reales...?»</p> + +<p>Se puso a escribir sin tenerlo fijamente resuelto. Comenzó una carta, la +rompió, y después otras. Por fin le pareció que la tercera o cuarta +quedaba bien. Luego sacó de la cartera un sobre, y de éste tres talones, +con los huecos en blanco, contra el Banco de España. Tomó uno de ellos, +y al ir a llenar los claros del impreso, se quedó pensativo, mordiendo +el mango de la pluma, como poeta que no halla consonante.</p> + +<p>¡Qué animalucho tan despreciable es el hombre! Cuando Cristeta le abrió +los brazos no vaciló en poseerla, y ahora llevaba una eternidad pensando +si habían de ser diez o veinte. ¡Ah, mujeres! Sabed que al hombre, como +al hierro, hay que pedirle las cosas en caliente, porque pasados en uno +el entusiasmo amoroso, y la incandescencia en otro, quedan fríos y +duros, y a nada se prestan.</p> + +<p>Sin embargo, hay hombres de hombres. Don Juan se quitó de la boca el +mango de pluma y escribió con letra clarísima <i>cinco mil pesetas</i>. Hecho +lo cual, arrojó sobre la mesa el palitroque, murmurando: «¡Quien tal +hizo, que tal pague!»</p> + +<p>¿Lo tenéis por inverosímil? Pues sois tacaños. ¿Os parece demasiado? Es +que no habéis sentido los embriagadores halagos de Cristeta. ¿Fue +arranque de hermosísima liberalidad? Tampoco. Si la Venus antigua, +manca, mutilada, de la cual sólo gozan los ojos, y que no se digna bajar +de su pedestal, no tiene precio, ¿cuánto vale una mujer de veinte años, +estatua viva y cariñosa?</p> + +<p>Repuesto del esfuerzo que le costó aquel rasgo, don Juan guardó en el +baúl las pocas ropas que tenía sobre las sillas y colgadas de las +perchas. La cuenta de la fonda no había que pensar en pagarla hasta más +tarde: no hiciese el diablo que Cristeta por casualidad se enterara y se +escamase.</p> + +<p>Al día siguiente, comió mientras Cristeta estaba en el teatro; pagó al +amo, en persona, y le entregó la carta para la pobre muchacha, +diciéndole:</p> + +<p>—No sabía que la Moreruela y yo éramos vecinos de cuarto. Dele usted +esto. Son proposiciones que le hace un empresario amigo mío.</p> + +<p>—Vaya usted tranquilo.</p> + +<p>A las diez salía el tren, y aunque la estación distaba poco de la fonda, +a las nueve andaba ya don Juan paseando su impaciencia por el andén, tan +contrariado y en tal estado de ánimo, que si en aquellos momentos +hubiese aparecido ella, se la lleva consigo.</p> + +<p>Luego, al reclinar la cabeza en los ásperos almohadones del vagón, se +acordó del suave pecho de Cristeta. La forma del recuerdo no era en +verdad, muy desinteresada; pero lo cierto es que echó de menos a su +víctima, cosa en él enteramente nueva.</p> + +<p>Al otro día pernoctó en Burdeos. Comió poco, callejeó sin saber por +dónde, y se acostó. ¡Santo Dios qué noche! Ni momento de sueño ni +instante de reposo. ¡Qué desasosiego, qué cama... y <i>qué espantosa +soledad</i>!</p> + +<p>¿Era que se arrepentía, o simplemente que la echaba de menos? En vano +intentó explicárselo.</p> + +<p>Cuanto sentía estaba en abierta contradicción con sus antecedentes, sus +ideas y sus prácticas amorosas; al par le daban orgullo los recuerdos y +vergüenza lo presente.</p> + +<p>Probándose don Juan ropa en casa de su sastre, vio cierto día a una +linda muchacha, de oficio chalequera, que iba a <i>entregar</i>. El lenguaje +al par candoroso y achulado de la menestrala, su inexperiencia amatoria +y su tipo mitad picaresco y distinguido, le sorbieron el seso; casi +llegó a temer haberse enamorado de veras, cuando a las pocas semanas la +dejó por otra, no sin endulzarle el disgusto a fuerza de generosidad.</p> + +<p>En los últimos días de una primavera cortejó a una viuda aristocrática +tan honesta y virtuosa, que no murmuraban de ella ni aun sus íntimas +amigas. Al empezar el verano logró rendirla, y comenzado en Madrid el +idilio, se dieron cita para continuarlo en un pueblecillo de baños. La +ilustre cuna de la dama, su fama de virtuosa y su intenso amor de viuda +con deseos atrasados, le cautivaron en tal grado, que también esta vez +imaginó hallarse en vías de sincero apasionamiento. Pronto se convenció +de que su entusiasmo era mero resultado del contraste que formaban los +picantes atractivos de la chalequera con el exquisito libertinaje de la +gran señora. Por temor al qué dirán no quisieron viajar juntos, +conviniendo en que él se adelantaría tres días. Despidiéronse con +derroche de caricias; hubo dúo de amor con música de juramentos; partió +el dichoso amante maldiciendo la separación, luego ella, a pesar de lo +convenido, adelantó su marcha veinticuatro horas, y en premio de tanta +priesa lo primero que vio al llegar al balneario fue al traidor don +Juan, no entretenido, sino embobado en decir melosidades a una señorita +pazguata y cursi, cuyo modesto atavío y encogidos modales formaban nuevo +y apetitoso contraste con la elegancia de la viuda.</p> + +<p>Entre estos dos extremos, uno plebeyo y otro linajudo, yacían olvidadas +en el corazón de don Juan docenas de conquistas intermedias, de las +cuales ninguna hubo que le dejase en la memoria recuerdos mortificantes. +Así que el hombre estaba triste y desazonado, porque ahora Cristeta le +ocasionaba, juntamente, pesar de haberla perdido y casi disgusto por su +proceder respecto de ella. Jamás hasta entonces se preocupó del porvenir +que cupiese en suerte a la mujer por él abandonada. Y ahora... ¡qué +diferencia entre el estúpido diálogo en que estaba engolfado con su +propio pensamiento y el que a tales horas pudiera tener con Cristeta! +Además, su olfato estaba hecho a deleitarse con el perfume juvenil del +hermoso cuerpo de la muchacha, y las sábanas de la fonda le olían a +jabón ordinario. Y casi sentía remordimiento. ¿Qué sería de ella? Si se +perdiese, ¿quién tendría la culpa? Aunque bien miradas las cosas, ¿qué +le importaba? ¿Quién era aquella mujer? Una chica guapa que se había +dejado atrapar. ¡Bonito estaría que don Juan de Todellas se desvelase +por tan poco! Caída... seducción... engaño... palabrería ridícula. +Pasados los dieciocho años <i>ella</i> no es nunca seducida, sino seductora.</p> + +<p>A pesar de todas estas reflexiones, el pobre hombre pasó la noche +pensando en Cristeta como colegial enamorado de la hermanita de un +compañero.</p> + +<p class="puntos">*<br />* *</p> + +<p>Mientras don Juan escapaba cobardemente, falseando su carácter y +sintiendo un desasosiego moral que le avergonzaba, Cristeta volvía del +teatro a la fonda.</p> + +<p>Entró en el vestíbulo, se acercó al casillero donde estaban las +palmatorias y las llaves, y vio junto a la de su cuarto una carta. Sin +saber por que, le dio un vuelco el corazón. La víspera había recibido +noticias de sus tíos. ¿Quién la escribiría?</p> + +<p>En seguida, observando que el sobre carecía de sello, se tragó la +partida.</p> + +<p>Subió precipitadamente la escalera, tiró sobre la cama el abrigo, y dejó +la carta sobre la mesilla de noche... ¡la misma mesita donde él ponía la +vela para ver mejor los encantos de su cuerpo! Despidió a la doncella, +rasgó el sobre y buscó con la mirada la firma... <i>tuyo, Juan</i>. ¡Qué +mentira!</p> + +<p>Los ojos se le arrasaron en llanto. Lo menos tardó un cuarto de hora en +poder leer con tranquilidad de espíritu aquellas malhadadas líneas. +Decían así:</p> + +<div class="blockquot"><p><i>«Cristeta mía: Lo que temíamos. Esta mañana he recibido carta +del agente. Estoy casi arruinado. Tengo forzosamente que ir a París, +desde donde te escribiré. Lo que no puedo decirte aún es cuánto tiempo +estaremos separados. Me ha faltado valor para despedirme de ti. Si te +veo no me voy. Escríbeme a mi nombre, Poste Restante (que es como a la +lista del Correo) París. El cariño que te profeso me autoriza, sin que +puedas ofenderte, para pensar en ti, por si tardo en volver, y te dejo +ese papelillo, que es un talón contra el Banco: puedes cobrarlo aquí o +en Madrid. Cuando lo presentes te darán, sin excusa ni demora, cinco mil +pesetas. No son regalo; es por si necesitas algo. Creo que tendrás +bastante hasta que nos veamos. Escríbeme en seguida para que yo sepa que +no ha habido extravío. Las circunstancias disculpan esta precipitada +marcha. Además, tú eres muy buena y me perdonarás. Muchos, muchos +besos.</i></p> + +<p><i>Tuyo,</i></p> + +<p class="r"><i>Juan.»</i></p></div> + +<p>Mientras Cristeta leía la carta, se le cayó al suelo el talón contra el +Banco.</p> + +<p>Llenósele el alma de tristeza, y lloró silenciosamente. No existen +palabras con que expresar su pena. La prosa vulgar y llana sería pálida; +la retórica, falsa e insufrible. No hay vocablo que dé idea de lo amarga +que es una lágrima, ni giro que refleje el desconsuelo que se enseñorea +del corazón desposeído de esperanza. Por supuesto que ni por asomo pensó +en que se acostaría sola. Y es que la mujer, por sensual y materialista +que sea, tiene en los instantes de dolor una pureza de sentimientos que +rara vez brilla en el hombre.</p> + +<p class="puntos">*<br />* *</p> + +<p>A la hora del alba, cansada de martirizarse el pensamiento, se asomó al +balcón.</p> + +<p>Las auras, cargadas de sales marinas, vinieron frescas y vivas a besarla +el rostro, pálidamente iluminado por la claridad difusa y temblorosa.</p> + +<p>¡Qué hermosa descripción podría hacerse de mujer romántica, joven, +bonita y abandonada! El hueco del balcón donde destaca la gallarda +figura esfumada en el incierto resplandor del amanecer; las gentiles +formas ceñidas por un abrigo de viaje; el rostro pálido y ojeroso; +aquellos labios huérfanos del beso; aquel pecho sin corsé, cuya blandura +descansaba, no en las avariciosas manos del amante, sino en la fría +barandilla de hierro..., el ánimo combatido por la desesperación, el +cuerpo invadido de laxitud... y el sol oculto entre un cendal de nubes, +como pesaroso de alumbrar tanta tristeza.</p> + +<p>¡Pobre Cristeta! ¡Qué infame abandono!</p> + +<p>En grandes errores incurre a veces la Providencia: mientras las personas +padecen hambre y sed, las bestias de sabrosa carne pastan libres en las +montañas, y los arroyos culebrean inútiles por el llano; mientras tantos +hombres permanecían castos por fuerza, aquella mujer estaba sola. Pero +Cristeta no era groseramente materialista: ¡no! lo que traía lágrimas a +sus ojos era la pérdida de las ilusiones, aves misteriosas que anidan en +el corazón, donde jamás tornan, si el desengaño las ahuyenta... Tin, +tin... Las seis. Ya pasaba gente por la calle.</p> + +<p>Poco a poco sus pensamientos se apaciguaron, las ideas impuestas por la +realidad se abrieron paso a través del dolor exacerbado por la fantasía, +y finalmente surgió la voluntad, imponiendo cordura y calma. ¡La calma, +el recurso de los desdichados!</p> + +<p>Borráronse de la linda frente las arrugas del ceño fruncido por la +tristeza... ¿En qué pensaba? ¡Misterio! También los hay en la realidad, +que es una gran novela.</p> + +<p>Permaneció largo rato apoyada en la barandilla: sus labios se movían +como si hablase. Por fin, transida de frío, se entró al cuarto y cerró +el balcón. Entonces vio caído en el suelo un papel y recogiéndolo +murmuró con desprecio:</p> + +<p>—¡Ah, sí, el dinero!</p> + +<p>Y quedó como ensimismada.</p> + +<p>La mujer es poco dada a pensar; mas cuando piensa despacio, ¡pobre del +hombre!</p> + +<p>Las ropas que tenía puestas no eran lujosas; el ajuar del cuarto era +mezquino, pero ella por la actitud y la expresión de su semblante, +parecía una reina destronada, en el instante de concebir el irrevocable +propósito de reconquistar lo perdido.</p> + +<p>Felipe II solía decir: <i>«El tiempo y yo para otros dos»</i>; Cristeta, se +contentó con murmurar:</p> + +<p>«Haré lo que pueda.»</p> + + + +<h3><a name="Capitulo_XII" id="Capitulo_XII"></a>Capítulo XII</h3> + +<p>Siguen, Cristeta enamorada, don Quintín echándose a perder, y don Juan +sin sospechar la que le espera</p> + + +<p>Cuando, pasados algunos días, se convenció Cristeta de que don Juan no +se acordaba de ella para escribirle cuatro líneas, su tristeza rayó en +melancolía. Lo primero que se le ocurrió fue romper la contrata, volver +a Madrid, renunciar al teatro y resignarse a vivir en el estanco con sus +tíos. Lo que no se le pasó por el magín fue buscar ni desear heredero al +amante fugitivo y perdido; porque, no cabía duda, don Juan se había +escapado como chico que pone pies en polvorosa después de robar la +golosina largo tiempo deseada. Unos ratos esta idea hacía presa en su +pensamiento, otros momentos se esperanzaba con la posibilidad de +reconquistarle. Por fin, comprendió que no era cuerdo aquello de romper +la escritura. ¿Con qué pretexto? ¿Qué haría si la empresa, auxiliada por +el gobernador, se obstinase en obligarla a trabajar? Era forzoso seguir +en el teatro.</p> + +<p>Estaba una noche sentada en su cuarto, después de concluida la última +obra en que cantaba, cuando entró a saludarla uno de sus más entusiastas +galanteadores, hijo de una rica familia comercial de Santurroriaga.</p> + +<p>—Me alegro de que venga usted—dijo ella—porque tengo que pedirle un +favor.</p> + +<p>—Usted no pide... manda. Y luego, aunque no me pague usted, yo me daré +por recompensado con el gusto de haberla servido.</p> + +<p>—Hará usted bien, porque no tengo nada que dar.</p> + +<p>—Como usted quisiera...</p> + +<p>—Bueno, ya sabe usted que es servicio gratuito, desinteresado, sin otra +esperanza que la de que seamos buenos amigos.</p> + +<p>—¿Nada más?</p> + +<p>—¿Hará usted lo que yo le pida?</p> + +<p>—De cabeza.</p> + +<p>—Dios se lo premie. Deseo que averigüe usted, y me diga, dónde está en +París una casa de banca española que se llama de Garcitola y Compañía. +Vamos, las señas para poder enviar una carta.</p> + +<p>—Pues... se me figura que en ninguna parte.</p> + +<p>—¿Por qué?</p> + +<p>—Porque mi padre está en relación con casi todas las casas españolas de +París, y esa no la he oído nombrar nunca. Conque, si tiene usted +negocios, déjese usted de semejante casa y entiéndase usted conmigo.</p> + +<p>—¿Pero usted no lo sabe con certeza?</p> + +<p>—Certeza, no: me enteraré, y mañana sabrá usted lo que haya, con toda +seguridad.</p> + +<p>—Se lo agradeceré a usted con toda mi alma.</p> + +<p>—¿Nada más con el alma?</p> + +<p>—Déjese usted de bromas: no hemos de ser nunca más que amigos.</p> + +<p>—¿Ni siquiera me dejará usted que la bese, como la besa un compañero en +escena?</p> + +<p>—Bueno; me besará usted la mano, y entendiendo que el beso no tiene +importancia ni trastienda de ninguna clase.</p> + +<p>—Quiere decir que la besaré a usted como los chicos besaban antes la +mano a los curas.</p> + +<p>—Igualito.</p> + +<p>A la noche siguiente supo Cristeta que ni en París ni en Madrid había +tal casa de Garcitola ni solo ni con compañía: y lo peor del caso era +que su adorador no mentía.</p> + +<p>—¡Lo que yo me figuré!—exclamó ella.</p> + +<p>—Ahora venga la mano—dijo él.</p> + +<p>—Le advierto a usted que mi interés en saber si existía esa casa era por +averiguar el paradero de un hombre...; de modo que recibiré el beso que +usted me dé como quien no recibe nada. Ya ve usted si soy leal. Ahora, +si usted quiere...</p> + +<p>Aquel hombre era discreto, y no insistió. Luego, a solas, Cristeta, se +quedó muy pensativa.</p> + +<p>«Ésta ya me la tenía yo tragada. Ni quiebra... ni disgustos... ¡Todo +mentira! Y, sin embargo, Juan algo siente por mí... algún cariño o +principio de cariño me tiene... y miedo de que vaya en aumento, porque +si no... ¡quiá! no se escapa él con semejante cobardía. No hubiera +preparado las cosas con tanta astucia y con tales visos de verdad. ¡Ha +sido todo tan verosímil! ¡Y a mí que me dio lástima! Lo que es bien +urdido sí que ha estado. Pero ha tenido miedo, mucho miedo... Le ha +faltado valor para decirme cara a cara: 'esto se acabó'. Por supuesto +que ha pensado despacio en mí: el dinero lo demuestra. No me ha regalado +una alhaja como quien deja un recuerdo a una mujer coqueta y +vanidosa...; no, ha sido dinero, como quien dice: 'por si necesitas +algo': luego su deseo no ha sido regalarme, sino que no llegue a +faltarme nada. ¡Me dan unas ganas de devolvérselo! Pero... ¿cómo? Y +además... no, mientras yo conserve ese dinero siempre habrá algo entre +nosotros. Poco he de poder... En fin, veremos.»</p> + +<p>A partir de entonces, Cristeta recobró aparentemente la tranquilidad de +espíritu, sobre todo en el teatro y en presencia de gentes extrañas; +hasta se dejó cortejar; pero con frecuencia se quedaba ensimismada, +sujeta al imperio de una idea, como persona que medita y fragua un plan +calculando todos los casos, incidentes y peripecias que en su desarrollo +pueden sobrevenir.</p> + +<p>Por fin un día, tras cavilar y sufrir mucho, determinó escribirle, +procurando que sus palabras no acusaran despecho sino amargura. La +carta, después de muy pensada, quedó con estas mismas frases y +ortografía; bien es verdad que no podían exigirse superiores a quien se +crió en un estanco y comenzó a vivir en un teatro de tercer orden.</p> + +<div class="blockquot"><p><i>«Querido Juan mío: No tengas miedo de que te aburra echándote en +cara lo mal y remal que te as portado conmigo. No quiero más que decirte +una cosa, y esa cosa es que no puedes tener queja de mí que e sido tonta +de remate por demasiado buena, porque lo que as hecho tú no lo hace un +cabayero, y, sin embargo, eres bueno y te quiero: lo que no sé es por +qué te as ido así, cuando yo no te he faltado ni por soñación. También +te quiero decir que no me hago ilusiones contigo, pues estoy combencida +de que ni me escribirás ni arás por verme: yo, aunque te quiero con toda +mi alma, ojalá no fuese la pura verdad, tampoco procuraré de que +lleguemos a encontrarnos en ningún lado, porque te había de ver azorao, +y no quiero que le dé bergüenza de aber se portao mal al hombre a quien +yo he, querido. Ésta es también para decirte que ya sé que no tengo +derecho ninguno para obligarte a nada. Figúrate cuando yo no he sabido +guardarme, cómo voy a decirte por qué no has mirado por mí; los hombres +sois así, y la que se fía de vosotros merece que la maten por tonta. No +creas que me consuelo tan fácilmente, porque perdiéndote seme a ido toda +la alegría, y no por lo que tú te figurarás, sino cuando estoy sola, muy +sola, es cuando te echo de menos, porque las cosas que me decías parecía +que me querías. En fin, esto se acabó, y no soy nada para ti, y te deseo +que seas muy feliz con la que busques, pero para mí se acabaron los +hombres. Lo mucho que te he querido Juan mío, no me ha dejado nada para +otros. En fin, adiós Juan, y disimula que haya sido tan larga; pero no +lo puedo remediar, porque estoy yorando. Ya sé que tú no me querías, y +me engañabas y mentías al revés de esta que te a querido y no te a +engañao nunca tu</i></p> + +<p class="r">CRISTA.</p> + +<p>PORDATA: <i>Te doy las gracias por el dinero que me as regalado. La +primera intención que me dio fue debolvértelo, porque yo no lo he echo +por el interés; pero me lo guardo por si algún día lo necesito, que lo +sacaré pensando que me lo a dado el único hombre de quien yo puedo +tomarlo sin que me dé vergüenza, porque siempre te he mirado como si +fueras mío de beras, aunque ya sabía yo que todo esto era por pasar el +tiempo. En fin, adiós por última vez, y que la Birgen te perdone, que yo +no te deseo mal ninguno. Cuando te as ido así, es que no volverás +nunca.»</i></p></div> + +<p>La letra era torpe y temblorosa; algunas palabras estaban medio borradas +por las lágrimas que habían caído sobre el papel, mezclándose a la tinta +fresca.</p> + +<p>Aunque don Juan se lo dejó encargado, no quiso dirigirle la carta a +<i>París-Poste Restante</i>, y deseosa de que no se extraviara se la remitió +a don Quintín, cerrada, y acompañada de otra para él, en que le decía lo +siguiente:</p> + +<div class="blockquot"><p><i>«Querido tío: Ésta es para decirle a usted que le mando por +Fernández, como el mes pasado, dieciséis duros para ayuda de la casa, y +para que vean ustedes que no soy descastada, porque lo que yo pueda +ganar ustedes lo an echo. También ba con ésta otra carta para el señor +Todellas, y ará usted lo que yo le digo, ya le diré a usted por qué +cuando nos veamos, que será pronto, porque aquí llueve y se acaba el +berano, y se va la gente y el teatro anda perdido esta quincena. Yo no +me voy antes por no pagarme el biaje de mi bolsillo, y con la compañía +no. Pues con la carta azjunta ará usted lo siguiente: irá usted a su +casa, preguntará usted en dónde está y sus señas, y, si no lo dicen irá +usted al casino, y sino lo preguntará usted como pueda, y enviará la +carta certificada con lacre, como cuando se manda dinero. También se me +ocurre la idea de que pregunte usted a los periodistas que iban por el +teatro, y no deje usted de hacerlo, que va se lo explicaré a usted todo, +y no quiero que sepa nada la tía, y usted me escribirá enseguida. Sin +más por hoy que me digan ustedes enseguida si han recibido ésta. Muchos +recuerdos para usted y besos para la tía de ésta su sobrina que les +quiere mucho y berles desea,</i></p> + +<p class="r">CRISTETA MORERUELA.»</p></div> + +<p class="puntos">*<br />* *</p> + +<p>Por los días en que don Quintín recibió ambas cartas, brillaba para él +con vivo resplandores la estrella del amor: estaba sometido al imperio +de Venus, representada por Carola.</p> + +<p>Cometió la imprudencia de mostrarse generoso, en cuanto permitían sus +ahorros, comprando hoy un vestido, mañana un abrigo; le dio para +desempeñar alhajillas, hasta la llevó a cenar al café, con todo lo cual +Carola llegó a persuadirse de que el vejete tenía dinero. Resultado: la +corista machucha y corrida determinó, primero, desplegar cuantas +zalamerías y gatadas pudiese sugerirle su deseo de asegurar la presa, y +segundo, recurrir, si fuese necesario, a la bronca y el escándalo para +evitar el abandono: cuando no bastasen las cucamonas y los mimos, +emplearía el terror. Estaba en el otoño, ya muy entrado, de su azarosa +vida, y comprendía que aquel hombre era una ganga.</p> + +<p>Entregáronse, pues, al mayor desenfreno amoroso: ella por cálculo y él +por torpe apasionamiento.</p> + +<p>Cuentan las historias de Oriente que Seleuco, rey de Antioquía, mandó +fabricar un estanque con fondo y muros de plata bruñida, lleno de agua +limpísima y aromatizada, donde dispuso que su prometida Maiouma nadase +desnuda a la luz de la luna, antes de serle llevada a la cámara nupcial: +y refieren las crónicas arábigas que Yusuf de Granada gozó a su favorita +Jandaya teniendo por tálamo un montón que mandó formar deshojando las +rosas más encendidas y rojas que pudieron cogerse en el Generalife; pero +estas son exageraciones de historiadores, o fantasías de poetas, que +resultan pobres y mezquinas comparadas con los modos que Carolina +inventaba para enloquecer a su amante.</p> + +<p>Un día, fingiendo que para airearlos había sacado del cofre los trajes +de teatro, le esperó vestida de odalisca zarzuelera, con perlas de +vidrio entre las trenzas, collar de monedillas de cobre, y el cuerpo +impúdicamente semioculto entre rasos deslucidos y gasas tazadas, pero al +fin rasos y gasas como don Quintín no los había visto ni en sueños. Otra +tarde, pues aquellos desórdenes eran vespertinos, le aguardó vestida de +aldeana, y otra vez en traje de bailarina. Carola no era mujer: era un +serrallo. Pero lo que le ponía fuera de sí era admirarla de señora, con +abanico de plumas, vestido de cola, escotada y con prendido de flores en +el pecho. Cuando la veía engalanada de este modo, no se sentaba, sino +que se dejaba caer estupefacto en un sillón desvencijado: ella entonces +se ponía de media anqueta en uno de los brazos del butacón, y alzando +una copa de Champaña, que compró en el Rastro, brindaba con pardillo de +la taberna cercana: luego paladeaban a medias los incendiados sorbos, y +de fijo que no gozaron la mitad que ellos los más venturosos amantes de +la historia. No hizo tanto Aspasia, prendada de Alcibíades. Don Quintín +se anegaba en un mar de impurezas: sus amorosos aspavientos sólo eran +comparables a las convulsiones de una rana sometida a una corriente +eléctrica. Aquel hombre que imponía respeto a sus convecinos mientras +despachaba sellos y cajetillas, más serio que San Luis cuando +administraba justicia bajo el legendario roble, era por las tardes un +personaje enteramente distinto. Lo único que sentía era no tener ropa +con que disfrazarse de magnate o de emperador; de algo, en fin, con +autoridad para hacer que el mundo entero se postrara en adoración de +aquella sirena.</p> + +<p>Sin embargo, en medio de tan enloquecedoras orgías sentía punzadas de +amargura, porque junto a los rasgados ojos de Carola descubría la +terrible pata de gallo, y el exceso de celo con que le procuraba +placeres nuevos y sensaciones desconocidas le hacía pensar en que +aquella mujer debía de haber aprendido tan impuro arte en brazos de +otros amantes: sobre todo, le molestaba que se desesperase y quedara +rendida cuando él tardaba en responder, o no respondía, al llamamiento +voluptuoso a que ella le incitaba con todo linaje de rebuscados +artificios. Finalmente: varias veces, al hundir sus dedos en los +desordenados rizos de Carola, había sorprendido mechones de canas +ocultas en lo más recóndito del moño. ¡Terrible descubrimiento! En un +principio Carola le pareció apropiada a su edad y estado de +conservación; pero luego se le antojó algo entrada en años. ¡Cuánto más +intensas hubieran sido aquellas dulzuras compartidas con una querida +joven! Entonces, del fondo de su pensamiento surgía el recuerdo de +Mariquilla, y junto a ella, por relación de ideas, la odiosa figura de +don Juan, el hombre aborrecido, porque para don Quintín era verdad +incontrovertible que, a no evitarlo aquél, la muchacha se le hubiera +rendido. Los paralelos que establecía con la imaginación al pensar en +tales cosas, resultaban poco favorables a Carola. ¡Qué diferencia entre +sus blanduchos y manoseados encantos y el duro y levantado pecho de +Mariquilla!</p> + +<p>Había también otro motivo para que don Quintín persistiese en su rencor +hacia don Juan; y era, que desde la época en que doña Frasquita dio +crédito a los supuestos desórdenes de su esposo con Mariquilla, no dejó +de atormentarle con furibundos celos. Consentía de mala gana en las +salidas al caer la tarde, que él aprovechaba para convertir en harén el +sotabanco de Carola; pero de noche no le permitía poner el pie en la +calle. Además, de los labios de doña Frasquita continuamente brotaban +dichos y apóstrofes tan destemplados como éstos:—«¡Carcamal! ¡No haber +tenido familia a los veinte, y querer correrla con un pie en la +sepultura! ¡Cochino! ¡Buen chasco se llevaría la que fuese, porque... al +burro que no puede con la albarda, échele usted doble carga!»</p> + +<p>Don Quintín sonreía y callaba, esperanzado con tomar secreta venganza de +tan ofensivas frases, a falta de Mariquilla, en brazos de Carola, aunque +no fuese más que una o dos veces por semana.</p> + +<p>Lo peor era que, sorbido por el amor, se cuidaba muy poco del estanco. +No hacía oportunamente las sacas del tabaco, no iba <i>al sello</i> cuando +debía, se le olvidaba escoger los <i>peninsulares</i>, y hasta llegó a tomar +moneda falsa.</p> + +<p>Tal era su situación cuando recibió las dos cartas de Cristeta. Leyó +primero la que le iba destinada, y en seguida ocultó la otra, temeroso +de que doña Frasquita la viese. Luego comenzó la curiosidad a roerle el +pensamiento. ¿Por qué escribiría su sobrina con tanto misterio al +aborrecido don Juan? ¿Qué habría pasado entre ambos? ¿Estarían en +relaciones... íntimas... <i>arrimaos</i>, que dice la gente ordinaria? El +empeño de Cristeta en averiguar su paradero, autorizaba las más +ofensivas conjeturas y don Quintín tenía el espíritu predispuesto a +concebir pecados y liviandades. ¿No estaba él enamorado hasta las +cachas? ¿Pues cómo había de ser inverosímil que Cristeta hubiese +incurrido en alguna desenvoltura?</p> + +<p>Claro está que al imaginarlo no se apenó como si se tratara de una hija +suya; pero se disgustó y, sobre todo, aprovechó la ocasión para +acrecentar con justa causa su odio hacia don Juan; casi alegrándose por +tener motivo que atizara su deseo de venganza. Consideró a Cristeta +seducida, abandonada, y le dio lástima; mas el sentimiento que le dominó +fue el rencor. Cuando se le ocurría la idea de que tal vez la desdicha +de Cristeta fuese figuración suya, se ponía triste cual si viese +quebrantada la base de sus proyectos de venganza. ¿Se habría ella, tan +lista y juiciosa, dejado atrapar por aquel bribón? El único medio de +salir de dudas era abrir la segunda carta. ¿Con qué derecho? Con el +mismo que tuvo don Juan para burlarse de él, haciéndole juguete de una +chicuela y, lo que era peor, estorbando que la conquistase. La +dificultad estaba en abrir la carta sin que luego se conociera. Tras +largas cavilaciones, obedeciendo a una idea que le pareció tan original +como atrevida y segura, sin pararse en peligros, rasgó el sobre y leyó.</p> + +<p>La carta le dijo claramente el infortunio de su sobrina. En el alma de +don Quintín sonó una voz que pareció gritar ¡venganza! con aquella +terrible entonación que en los dramas históricos emplean los racionistas +para gritar: «¡Arma, arma, guerra, guerra!» Después se quedó abismado en +un mar de dudas. ¿Se daría por enterado del secreto que acababa de +descubrir, confesando a Cristeta la violación de la carta? No, porque se +enfurecería. Lo conveniente era ayudarla, tenerla contenta, aparentando +ignorancia, y buscar en ella un aliado, con cuyo auxilio fuese posible +domesticar a doña Franquista y gozar de mayor libertad. Por último, +encerrado en su cuarto, releyó tres o cuatro veces la carta para +empaparse bien de sus quejas. Después buscó un sobre parecido al que +había roto, y colocando el viejo sobre el vidrio de un balcón y poniendo +el nuevo encima, calcó el primero al trasluz, haciéndolo con tanta +habilidad, que su misma sobrina hubiera quedado engañada.</p> + +<p>Al día siguiente estuvo en la secretaría del Casino, averiguó dónde +vivía don Juan, fue a su casa, esperó al cartero, le siguió hasta +Correos, y mostrándoselo a otro cartero amigo suyo que allí estaba, hizo +que éste preguntase a su colega dónde dejó encargado don Juan que le +remitiesen las cartas que para él llegaron. La respuesta fue +satisfactoria: <i>12, rue de Rochechouart, París.</i> Y allí envió el pliego, +certificado en toda regla.</p> + +<p class="puntos">*<br />* *</p> + +<p>A las pocas semanas de esto llegó Cristeta, triste de ánimo y +desmejorada de cuerpo. Lo primero que hizo fue comunicar a sus tíos que +había formado irrevocable propósito de renunciar al teatro. Prometioles +que en la casa les aliviaría cuanto pudiese del trabajo, habló de +ponerse a oficio, y añadió que, a ser forzoso, se buscaría de cualquier +modo honradamente la vida: todo menos volver a pisar un escenario. Tan +firme la vieron en su resolución, que no intentaron disuadirla; don +Quintín nada objetó, comprendiendo que hubiera sido inútil; doña +Franquista lo sintió, calculando que ya no volverían sus guardadores +dedos a tocar el importe de las quincenas; pero al mismo tiempo se +alegró, imaginando que, alejada Cristeta del teatro, no habría pretexto +para que lo frecuentase su marido.</p> + +<p>La regla de conducta que Cristeta se había impuesto consistía en esperar +los acontecimientos y dar tiempo al tiempo. En lo más recóndito del +pensamiento dejó que anidara la esperanza; en el fondo del corazón +ocultó su amor a Juan, y en lo más seguro de su cómoda guardó el pequeño +fajo de billetes de banco que cobró en Santurroriaga al presentar el +talón firmado por su ex—amante.</p> + +<p>Su vida fue desde entonces toda recogimiento y prudencia. Por la mañana +temprano se alisaba el pelo, sin tufos, rizos, ni flequillo; se vestía +modestamente, y comenzaba a despachar en el estanco sin más descanso que +el preciso para almorzar y comer. Luego de cerrada la tienda, se +retiraba a su cuarto y allí poblaba de recuerdos su triste soledad, o +lloraba, doliéndole como a verdadera enamorada, antes la injusticia del +abandono, que la crueldad de la deshonra. Otras veces, embriagándose de +esperanzas, acariciaba proyectos, y soñando juntamente con lo porvenir y +lo pasado, le parecía que las lágrimas que le resbalaban desde las +mejillas a los labios, tenían el sabor dulcísimo de los besos perdidos. +¡La deshonra! ¿Qué le importaba? ¿Ni a qué echar de menos el encanto de +la doncellez sí jamás había de sentir no poder ofrecérselo a otro +hombre?... ¡Qué días tan largos! ¡Qué noches tan tristes! Comparaba las +de ahora, con las pasadas, y aunque exenta de grosera sensualidad, veía +que la almohada de su cama era para ella sola demasiado grande. Como de +hoguera encendida en campo raso que cuando parece apagada, de pronto se +aviva y chisporrotea al menor soplo de aire, así en su mente se iban +alzando los recuerdos. Largas y turbulentas veladas de amor, estabais +lejanas, pero no olvidadas. ¡Qué impaciencia en la espera! ¡Qué alegría +cuando llegaba! ¡En la posesión, qué completa entrega de alma y cuerpo! +¡Qué dulce laxitud en el reposo! Y en la despedida, ¡qué dulcísima pena! +¿Quién hacía la última caricia? Esto sí que era irrecordable. Las +escenas y momentos que Cristeta se complacía en evocar, no le venían a +la memoria como delirio de imaginación viciosa obstinada en reproducir +mentalmente lo que aun para el pensamiento debe ser pudoroso; eran +reminiscencias espontáneas, dispersas e incompletas, rememoradas como +versos sueltos de un poema leído en días venturosos. ¡Cuánto gozaba <i>él</i> +sepultando las manos entre sus rizos de oro, y con qué delicia aspiraba +la leve ráfaga de perfume que de ellos se escapaba! Después venía el +ruido rápido que producen las trencillas del corsé al deslizarse por +entre los ojetes metálicos; luego caían sobre la alfombra las ropas, con +gemir de ola en playa, oíase el murmullo de las frases ahogadas en +besos, y en seguida comenzaban esos primores de refinamiento amoroso que +condenan los hipócritas y disculpan los sabios. ¡Cómo los recordaba! +Juan tenía la costumbre de colocar la luz sobre la mesa de noche, porque +no le gustaba poseerla sin mirarla; durante los primeros abrazos +charlaban mucho, boca con oído. Después... un pecho anheloso sirviendo +de almohada palpitante a un rostro agradecido, y, por fin, el resplandor +del alba que, como virgen pálida y envidiosa, llamaba temblando en los +vidrios del balcón para decir a los felices amantes: «¡Basta!» Mas no +todo lo que Cristeta sentía era deliciosamente impuro, no; que junto a +la involuntaria tentación del deseo también bullían en su alma ideas +ajenas al placer. Sí; cien cuerpos quisiera tener para que él, como +señor, los poseyera, y cada noche una virginidad para entregársela; pero +al mismo tiempo, si enfermase, ¡con qué sincera abnegación le cuidaría! +Si el dolor le postrara dejándole años y años sin fuerza para oprimirla +ni voluptuosidad para besarla, ¡cuán tranquila y resignadamente se +trocaría de querida en enfermera! Entonces vendría la lujuria del +cariño, el no dormir para velarle, el contar los minutos para darle a su +tiempo los remedios, el espiar el hervor de su respiración y el ardor de +la frente y la transpiración de la piel; y los bajos oficios que a otras +personas fueran repugnantes y que ella haría gozosa saboreando su triste +y voluntaria servidumbre. Le amaba mucho, pero aún le quería más. Capaz +era de sorberle la vida y destrozarle la salud a fuerza de pedirle amor; +pero también tenía en el alma un tesoro de cariño, donde, como en un +Jordán, podían purificarse sus caricias y sus besos.</p> + +<p>De esta suerte, entre avivar recuerdos y esperanzas con espejismos del +deseo, se le fue pasando el tiempo. Transcurrieron semanas, meses, y +llegó el aniversario del día en que le conoció... No: no fue de día, fue +de noche. Lo recordaba hasta en los menores detalles. Estaba vestida de +gitana: falda de percal muy hueca, rizos en las sienes, moño bajo y la +nuca acariciada por un manojillo de flores que parecían colocadas por el +mismo diablo. Cuantos así la vieron la elogiaron achuladamente: sólo él +tuvo valor para decir que todo aquello, por flamenco y grosero, desdecía +de su tipo elegante y fino. ¡De cuántas cosas parecidas se acordaba!</p> + +<p>Ansiosa de saber si Juan había llegado a Madrid, fue a los teatros en +días de estreno, al primer turno del Real, y nada. Llegaba a primera +hora, acompañada de su tío, se acomodaba en una galería alta, tendía la +vista por la sala, y cuando se convencía de que Juan no estaba, se +volvía a casa con las lágrimas agolpadas a los ojos y la esperanza +refugiada en lo más hondo del alma. No era su propósito hacerse la +encontradiza, ni hablarle, ni menos reconvenirle; lo que ansiaba era +verle.</p> + +<p>Acabó el invierno; pasaron la primavera y el verano siguiente sin que +pudiese averiguar su paradero. Cada vez que don Quintín, enviado por +ella, iba al portal de la casa en que vivía le daban la misma respuesta: +«No sabemos nada; se plantará aquí sin avisar, como siempre; luego come +unos días de fonda hasta que puede venir Mónica, su cocinera.» De cuando +en cuando Cristeta leía en los periódicos las revistas de salones por +ver si el nombre de Juan figuraba en la relación de algún baile; y si +entraba en el estanco persona de quien ella supiese que le conocía, +preguntaba con timidez mezclada de astucia. Todo era inútil: en los +teatros no se le veía, la portera seguía esperándole, y los revisteros +de salones sin nombrarle. ¿Cuál sería la causa de tan prolongada +ausencia? ¿Por huir de ella? ¡Ojalá! Señal de que no la había olvidado. +¿Estaría preso en brazos de otra? Amarga era la suposición; pero no +importaba gran cosa, porque Juan no permanecía nunca mucho tiempo en tal +cautividad: se prendaba de un cuerpo hermoso hasta conocerlo poco a +poco, beso a beso; pero enamorarse... ¡imposible! En esto precisamente +fundaba Cristeta su esperanza. ¿Cuál era su plan? A nadie lo comunicó. +Doña Franquista ignoraba que hubiese sido seducida y abandonada: don +Quintín, merced a su pasada indiscreción, sabía la verdad incompleta; +que don Juan se portó villanamente; pero del provecto que ella abrigase, +ni palabra.</p> + +<p>Mientras tanto don Juan continuaba en París haciendo vida de hombre +alegre, libre y rico. ¿A qué narrar sus aventuras? Hoy, una pecadora más +o menos cara, de esas cuyo amor gozado sin ilusión, deja en alma y +cuerpo el descaecimiento y el hastío propios de todo lo forzado; mañana, +una gran señora de aquellas a quienes se corteja por vanidad, cuyas +caricias no valen el sobresalto que cuestan; otro día, una camarera de +fonda de las que a primera vista parecen limpias y resultan +insoportables; de cuando en cuando, la mujer con quien se tropieza en +viaje, posesión de lo anónimo, encanto de lo desconocido, los besos en +el túnel, la parada en la misma fonda, noche, almuerzo, regalo y +despedida con tristeza falsificada. Pero entre tanto desatino amoroso, +entre tanto deleite comprado, ni un solo latido de verdadera pasión. Ni +en las almohadas recién puestas de la cortesana, que diariamente se +mudan sin que su dueño sepa quién habrá de arrugarlas, ni en los cojines +sedosos del gabinete de la gran señora, aún oprimidos por el peso de +otro adulterio, ni en las camas de fonda cuyos muelles crujen hoy para +uno y mañana para otro, en ninguna parte gozó don Juan aquel plácido y +tranquilo deleite que le ofrecieron los brazos de Cristeta. No la echó +de menos ni se arrepintió de haberla huido; pero la recordaba porque las +otras mujeres se la traían a la memoria sugiriéndole involuntarias +comparaciones de que siempre salía victoriosa. Ocurríale, sin embargo, +que cuanto mayor era el encanto con que la recordaba, más intenso era +también el desasosiego que le producía, porque la reflexión se hartaba +de decirle que Cristeta no era flor de un día o estrella de una noche. +Sólo pudo librarse de ella empleando el cobarde recurso de la fuga. ¿Qué +sucedería si volviese a encontrarla en su camino? Aunque por propia +voluntad nunca evocaba su recuerdo, muchas veces, en la impaciencia de +una cita, en el ficticio entusiasmo de una parodia de amor, en medio del +enojo que causa la posesión de lo que se ha deseado tibiamente, surgía +en su pensamiento la imagen de Cristeta, única mujer que al entregársele +le había dado, al par del cuerpo, algo del alma.</p> + +<p>Hubo antiguamente en tierra de Indias una princesa que poseyendo un +arenal extenso, quiso convertirlo en jardín. A fuerza de gastar vidas de +esclavos y talegos de monedas, pobló el arenal de flores +maravillosamente raras cada una de las cuales representaba un tesoro. Y +ocurrió, que estando un día la princesa apoyada de codos en la baranda +de ágata que dominaba aquel campo de colores vivos y movibles, vio una +flor sencillísima, blanca y ligeramente sonrosada como mejilla pudorosa, +que había brotado espontáneamente sin costar una gota de sudor ni un +hilo de agua. Y desde entonces, por mucho que la princesa se deleitase +en contemplar las flores que representaban vidas de esclavos y montones +de riquezas, siempre se le iban los ojos hacia la florecilla humilde, +cuya semilla trajo el aire misterioso de regiones lejanas.</p> + +<p>Lo mismo le pasaba a don Juan. Las ropas casi impalpables por lo finas, +los perfumes más rebuscados, los corsés llenos de encajes no conseguían +destronar de su memoria los lienzos que envolvían a Cristeta, el natural +aroma de su limpio cuerpo y el modesto corsé blanco que tanto les hacía +reír, entre impacientes y burlones, cuando se le hacía nudos la +trencilla.</p> + +<p>¡Misterio incomprensible! Las reminiscencias de don Juan no eran castas, +y, sin embargo, al desvanecerse y borrarse le dejaban en el alma cierta +serena placidez; semejantes al humo que cuando se alza de la tierra es +vapor sucio, y que a veces acaba por parecer en el espacio nube +resplandeciente y limpia.</p> + +<p>Dos años y unos cuantos meses pasaron Cristeta y don Juan, viviendo de +esta suerte, cada uno por su lado.</p> + +<p>Recordaba él de tarde en tarde, sin querer; ella no dejó un solo día de +esperarle.</p> + + + +<h3><a name="Capitulo_XIII" id="Capitulo_XIII"></a>Capítulo XIII</h3> + +<p>Hacen alianza el amor, que es niño, y la travesura, que es mujer</p> + + +<p>En el estanco hubo notables alteraciones originadas de aquella +alborotada pasión que se apoderó del viejo; pues lo que le hubiera +ocurrido con Mariquilla, si don Juan no lo estorbara, le sucedió con +Carola. Comenzó yendo a verla una vez por semana, como periódico de +modas o entrega de novelón patibulario; luego cada tres días, cual si su +amor fuese terciana, y acabó visitándola casi diariamente; no siendo lo +lastimoso que menudeara las visitas, sino que entre el desasosiego que +las precedía y lo desmazalado y lacio que solían dejarle, ni fuerza le +quedaba en la lengua para humedecer un sello. A consecuencia de las +cenas, y particularmente de los postres, el infeliz no tenía cabeza para +nada.</p> + +<p>Doña Franquista, creyendo que su mal humor era rabia por habérsele +frustrado la aventura que ella evitó, le oía refunfuñar y maldecir sin +hacerle pizca de caso, hasta que irritado con aquella ofensiva +indiferencia y envalentonado por su senil amor, llegó a convertirse en +tiranuelo del hogar donde dos años antes tenía idéntica autoridad que el +gato. En vano pretendió su mujer recobrar el perdido ascendiente: +Quintín estaba desconocido: tan pronto se enfurecía por un quítame allá +esas pajas, como respondía a las lágrimas con desdeñoso encogimiento de +hombros, acabando por quedarse impasible, a modo de ídolo chino de los +que se contemplan el ombligo, con lo cual ella llegaba al paroxismo de +la cólera.</p> + +<p>Por contera, se hizo rumboso, y no para su casa. No podía regalar a su +Circe piedras preciosas ni brocados; pero en la medida de sus posibles, +le compraba los diamantes americanos por libras, y las telas de lanilla +por kilómetros. En metálico le fue llevando primero poco a poco, y en +seguida mucho a mucho, cuanto tenía ahorrado desde que vendió la primera +tagarnina de a tres cuartos, y luego dio en la flor de sangrar el cajón +de la venta diaria, dejándolo algunas veces sin cambio de dos pesetas. +Si no trasladó al sotabanco de Carola cuanto había en la trastienda, fue +por considerarlo indigno de tan gran señora; pero la única prenda lujosa +que tenía Frasquita, un soberbio pañolón de Manila poblado de chinos y +guacamayos multicolores, pasó del cofre marital al baúl del adulterio. +Afortunadamente, la ultrajada esposa tardó mucho en saberlo.</p> + +<p>En el estanco no se comía más que sopa, cocido, ensalada, y de postre +fruta, cuando por barata hasta los soldados podían comprarla. La +tacañería de Quintín suprimió los buñuelos de Todos los Santos, el +besugo de Nochebuena y los panecillos de San Antón; en cambio para su +daifa, pavo y perniles se le antojaban poco. Raro era el día que al ir a +visitarla no le llevaba alguna golosina; unas veces jamón con huevos +hilados, otras <i>píos nonos</i> rellenos de dulce crema, y en viéndola +bostezar de aburrimiento, que le parecía flato, bajaba de tres en tres +las escaleras para que del café cercano trajesen un <i>bisté</i> sepultado +bajo un cerrillo de patatas. Su mayor delicia consistía en obsequiarla +con merengues, que luego ambos comían a medias, mordiéndolos al mismo +tiempo por opuestos extremos, hasta que, tropezándose las culpables +bocas, sonaban escandalosos besos.</p> + +<p>So pretexto de adecentarse por la mucha gente que entraba en el estanco, +y en realidad por deseo de aparecer más elegante a los ojos de su amada, +don Quintín se hizo casi gomoso. La americana pardusca, de codos raídos +y solapas sebosas, fue sustituida con otra de paño <i>fantasía</i> a cuadros +azul—verdoso y ocre; las corbatas de tres vueltas, contemporáneas de la +<i>vicalvarada</i>, se trocaron en nudos a la marinera, ya morados como +pellejo de ciruela damascena, ya blanquisucios como cuello de tórtola; +con asombro de Frasquita, se acostumbró a mudarse de camisa dos veces +por semana; y desafiando al reuma, en lugar de calzoncillos de bayeta +amarilla, comenzó a usarlos de bombasí, que otros llaman fustán, tela +peluda, con lo cual de medio cuerpo abajo, más que hombre parecía oso +blanco. ¡Irracional y triste condición que le trajo la ponzoña de la +sensualidad!</p> + +<p>Lo peor fue que por tanto emperejilarse y tanto ir a casa de su querida, +se relajó en la vigilancia y cuidado del despacho, de tal modo, que +cuando no le faltaban cajetillas se le concluían los sellos; resultando +que empezó por perder la confianza de los parroquianos a quienes escogía +puros, y acabó por desacreditar la tienda en pocos meses.</p> + +<p>Lo que sucedió entonces, fue horrible. Cierto individuo que ambicionaba +el estanco y que servía de agente electoral a un personaje político, +logró que para dárselo a él se lo quitaran a don Quintín, el cual al +volver una tarde de casa de Carola, deshecho a puras caricias, se +encontró sobre el mostrador un oficio en que la Dirección de Rentas +Estancadas le desposeía de aquella concesión estanqueril, cambiándosela +por otra en los barrios bajos, que seguramente produciría mucho menos.</p> + +<p>El golpe fue tremendo. ¡Un estanco en la calle de la Pingarrona! «¡Un +miserable tenducho donde sólo entrarían jornaleros y verduleras, donde +no se despacharía un céntimo de <i>escogidos</i>, ni sobres, ni plumas, ni +boquillas, ni más sellos que de a quince, ni apenas papel sellado! +Además, derrochados los ahorros reunidos desde tiempo de Narváez, ¿con +qué tesoros pagaría los caprichos de su adorada? ¡Adiós, regalos +agradecidos con caricias de pantera enamorada! ¡Adiós, huevos hilados y +<i>bistés</i> con patatas, y cafés con tostada como no los soñó ningún +sátrapa de Oriente! Jamás ilusiones humanas se derrumbaron desde tan +alto. ¡Infeliz estanquero, en quien la suerte hacía escarnio, +mostrándole brutalmente que el amor, cuanto más caro cuesta, con mayor +facilidad se pierde!</p> + +<p>Le fue preciso resignarse, y aceptó el traslado desde el estanco +céntrico al de la calle de la Pingarrona.</p> + +<p>Antes de que se verificara la mudanza ocurrieron en la casa grandes +novedades.</p> + +<p>Hacía tiempo que don Quintín estaba cariñosísimo y muy servicial con +Cristeta, impulsándole a ello, primero, el afán de influir en su ánimo +para que tornase al teatro, de lo cual a él no podía menos de seguírsele +provecho; y segundo, el haber adivinado que a la chica le bullía en el +pensamiento alguna maquinación contra don Juan, empresa en que estaba +dispuesto a favorecerla. «Si no tiene a ese maldito entre ceja y +ceja—pensaba—, ¿a qué viene el encargarme cada tres días que averigüe si +ha vuelto?» Ello fue que, por aquellos mismos días en que sobrevino la +traslación del estanco, supo que don Juan estaba de regreso y acto +continuo se lo comunicó a Cristeta.</p> + +<p>¡Con qué dulcísima emoción recibió ésta la noticia! Ante la idea de +verle, su alma se bañó en alegría, después frunció el lindo ceño, +revelando perplejidad, y, por último, su actitud y la expresión de su +rostro fueron los mismos que cuando dos años atrás quedó abandonada en +la fonda de Santurroriaga. Como entonces, el ajuar de su cuarto era +modestísimo; como entonces, ella, por su arrogancia y seriedad, tomó +aspecto de reina destronada y resuelta a reconquistar el cetro. Lo que +fraguaba era misterio impenetrable. Con nadie comunicó su designio, pero +su plan debía de estar erizado de obstáculos, porque aquella noche +durmió mal. No la desvelaron voluntarios ensueños de amor sino cálculos +de presupuestos, cuentas y números.</p> + +<p>A la mañana siguiente, hallándose con sus tíos en la trastienda, que +todos habían de abandonar en breve, les habló de esta suerte:</p> + +<p>—Tiítos, no crean ustedes que lo que les voy a decir es por falta de +cariño...; pero en fin..., aquí todo va muy mal, y con la picardía que +han hecho de quitarles a ustedes este estanco, comprendo que habrá que +reducir mucho los gastos.</p> + +<p>—Habla, que nos tienes con el alma en un hilo—dijo don Quintín.</p> + +<p>—Si creen ustedes que hago lo que voy a hacer por no estar a las duras, +como he estado a las maduras, que se les quite eso de la cabeza. Yo +seguiré ayudándoles a ustedes en lo que pueda; por de pronto, aquí están +estos treinta duros para la mudanza. Y como doña Frasquita abriese más +boca que un horno, Cristeta prosiguió:—Déjenme ustedes concluir. No +quiero serles gravosa y me voy.</p> + +<p>—¡Muchacha!</p> + +<p>—¿Estás en tu juicio?</p> + +<p>—Nada, nada; quiero vivir sola. Además, tal vez vuelva al teatro, y como +ustedes comprenderán, no puedo ser artista y vivir en la calle de la +Pingarrona, donde ustedes van a parar.</p> + +<p>La conversación fue larga, mostrándose Cristeta tan firme en su +propósito, que los vicios bajaron la cabeza. Doña Frasquita tembló ante +la idea de que, si su sobrina volvía al teatro, tornase su marido a las +pasadas liviandades: don Quintín, barruntando que en aquello andaba +Juan, calló seguro de que Cristeta le hablaría luego reservadamente.</p> + +<p>No se había equivocado. Cuando tío y sobrina se quedaron solos, dijo +ella con la energía de quien no admite contradicción:</p> + +<p>—Óigame usted bien, tío. Quiero irme a vivir solita, porque me conviene; +no hay fuerzas humanas que me hagan desistir. Y le advierto a usted una +cosa: que sé todo lo que se trae usted con la Carolina, la que estaba de +corista cuando yo trabajaba. Y hasta me malicio que si le han quitado a +usted el estanco, es porque no piensa usted más que en ella ni se cuida +usted de nada, y a eso se han <i>agarrao</i>.</p> + +<p>Don Quintín abrió desmesuradamente los ojos.</p> + +<p>—Bueno—continuó Cristeta—; pues no quiero que nadie, ¿lo entiende +usted?, que absolutamente nadie sepa dónde voy a vivir. Venga quien +venga, usted como si no supiese jota. Mientras yo no disponga otra cosa.</p> + +<p>—¿Y si viene don Juan?</p> + +<p>—A ése menos que a nadie.</p> + +<p>—¿Pero qué líos traes entre manos?</p> + +<p>—A su tiempo se sabrá todo; ahora no. Y le advierto a usted que ya puede +enseñar bien la lección a la tía. Compónganselas ustedes como quieran; +pero en cuantito que digan a alguien, sea quien fuere, mi paradero, +vengo y le cuento a la tía de pe a pa todas sus trapisondas de usted; lo +de Mariquilla, que si no fue... no quedó por usted, y lo de esta mala +pécora de ahora, que le tiene a usted sorbido el seso.</p> + +<p>—¡Chiquilla! Yo hago de mi capa...</p> + +<p>—Usted no hace más que tonterías. Clarito; armo la de Dios es Cristo, y +entre la tía y Carola le sacan a usted los ojos. Usted verá lo que ha de +hacer para tenerme contenta; en cambio, le daré a usted de cuando en +cuando lo que pueda, no por ayudarle a mantener vicios, ¿estamos? sino +para que no meta usted mano al cajón y evitar disgustos a la tía, porque +esa chifladura de hacerse el enamorado no habrá medio de quitársela a +usted de la cabeza... es cosa de los años.</p> + +<p>—Muchacha... ¿es que vas a darme lecciones? ¿Te has vuelto loca?</p> + +<p>—Usted sí que está chocho; pero yo no puedo evitarlo. ¿Qué adelantaría +con tirar de la manta? La tía se moría del sofocón.</p> + +<p>—O me ahogaba.</p> + +<p>—Pues lo dicho. En cuanto alguien sepa, por culpa de usted, dónde vivo +yo, sabrá doña Frasquita dónde tiene usted la querida.</p> + +<p>Tan vanidoso es el hombre, que la palabra <i>querida</i> sonó en los oídos de +don Quintín como una música deliciosa. Luego, por la cuenta que le +traía, convenció a su mujer de que a Cristeta le era indispensable vivir +sola. Ambos viejos, medio en serio, medio en broma, la llamaron +descastada, ingratona y mala cabeza; pero se conformaron, quedando +resuelto que a nadie dirían su paradero.</p> + +<p>Aquella tarde Cristeta permaneció encerrada en su cuarto arreglando +ropas y baúles, y al día siguiente salió muy de mañana, tan pobremente +vestida, que parecía una modistilla. Desde la Plaza Mayor bajó por la +calle de Toledo, torció luego hacia la derecha, a los pocos minutos de +marcha se detuvo en una calle cercana a San Francisco el Grande, miró el +número de una casa, entró en el portal sin vacilar, subió la escalera, y +en uno de los pisos altos llamó. A los pocos segundos le abría la puerta +una joven, guapetona y de fisonomía inteligente. Se llamaba Inés, y +había sido criada de doña Frasquita, de cuya casa salió para casarse con +un ex—cochero que, tras haber servido a un grande, con la protección de +éste y sus propios ahorros, estableció un servicio de carruajes por +abono.</p> + +<p>Mientras duró el noviazgo de Inés y Manolo, que así se llamaba el mozo, +Cristeta compadecida de ellos, les protegió cuanto pudo, facilitando +salidas a la muchacha, disculpándola si tardaba, y hasta espumando el +puchero cuando la enamorada se entretenía un rato en la esquina +inmediata. Por último, al celebrarse la boda se prestó a ser madrina, en +nombre de una condesa a quien había servido el novio, y desde entonces, +agradecida la pareja, aunque parezca inverosímil, mostró siempre cariño +a la <i>señorita Cristeta</i>, sin parar mientes en que, a pesar de este +señorío, eran ellos casi ricos con relación a la sobrina de los +estanqueros.</p> + +<p>Al verse Inés y Cristeta cruzaron unas cuantas frases llanamente +afectuosas, y según hablaban fueron entrando a un cuarto, en cuyas +paredes se veía hasta media docena de litografías con color que +representaban caballos y carruajes de distintas formas, láminas +arrancadas sin duda del catálogo de algún constructor de coches. +Componían el modesto mueblaje una consola, sillas de tapicería muy +usadas, procedentes de casa de los condes, y un sofá de gutapercha en +plena decrepitud. Sobre la consola había un santo bajo fanal, dos +floreros de loza con ramos de mano y varias fotografías; el retrato de +la condesa con galas de baile, haciendo pareja a éste el de Cristeta en +traje de teatro, el del conde a caballo y, por último, los de Manolo e +Inés, él con capa y ella con mantilla de casco.</p> + +<p>Grave y trascendental debió de ser lo que trataron ambas mujeres, porque +a pesar de hallarse solas, Cristeta bajó la voz cuanto pudo, limitándose +Inés a contestar con inclinaciones de cabeza y caídas de párpados, que +denotaban conformidad y sumisión. Después el diálogo se hizo más +entrecortado, pero tan a la sordina, que quien hubiese estado cerca +habría oído unas palabras sí y otras no, quedando, por lo tanto, +incompleto y truncado el sentido de las frases. Por ejemplo:</p> + +<p><i>Cristeta</i>.—No sé..., dos, tres meses... Esencial..., niñera.</p> + +<p><i>Inés</i>.—Sí..., doña Jesualda..., don Pedro, casa vieja..., el +administrador conocido... Chico... mañana iremos juntas.</p> + +<p><i>Cristeta</i>.—Berlina..., tu marido. Los sitios convenidos de antemano... +¿Comprendes?</p> + +<p><i>Inés</i>.—Hablarán ustedes.</p> + +<p>La conversación se prolongó mucho, y al final hablaron un poco más alto, +refiriéndose a lo anteriormente dicho.</p> + +<p><i>Inés</i>.—Todo se arreglará.</p> + +<p><i>Cristeta</i>.—Convéncele tú.</p> + +<p><i>Inés</i>.—Mañana sin falta.</p> + +<p><i>Cristeta</i>.—No tengo más esperanza.</p> + +<p><i>Inés</i>.—¿Quién sabe?</p> + +<p><i>Cristeta</i>.—Tómalo con empeño.</p> + +<p><i>Inés</i>.—Vaya usted tranquila, y hasta mañana...; pero, la verdad.... +¡qué granujas son los hombres!</p> + +<p><i>Cristeta</i>.—Y nosotras, ¡qué simples!</p> + +<p><i>Inés</i>.—No, pues si todas fuéramos tan listas come usted, ¡pobrecitos!</p> + +<p><i>Cristeta</i>.—Con eso y con que no me sirva de nada...</p> + +<p><i>Inés</i>.—Adiós, señorita.</p> + +<p>Aquella misma noche discutieron marido y mujer el caso, hasta que él +cedió a los deseos que tenía ella de complacer a la que fue protectora +de su amor.</p> + +<p>Volvió Cristeta al día siguiente, y en la misma salita de la víspera fue +recibida por Inés, que la estaba esperando, acompañada de una mujer +entrada en años, corpulenta, ex—guapa, muy achulada y al parecer amable. +Inés dijo presentándolas mutuamente:</p> + +<p>—Esta es la señorita de quien hemos hablado, aquí tiene usted a doña +Jesualda. A ver si se entienden ustedes.</p> + +<p>La Jesualda habitaba un cuarto tercero interior de una casa de la calle +de Don Pedro; había sido prestamista, pero se le torcieron los negocios +y tuvo que renunciar al comercio. Entonces quiso vivir en compañía de +alguien que le ayudase a pagar el inquilinato, mas por lo apartado de +aquel barrio no halló gente de la condición que deseaba. Al oír la +proposición de Cristeta, comenzó presentando obstáculos y haciendo +aspavientos, luego sonrió maliciosamente, después fingió sentirse +súbitamente movida de simpatía, y concluyó aceptando el trato previo +ajuste del pago y otras condiciones. Hubo aquello de «con tal que no +haya escándalo..., yo no quiero líos..., usted parece persona decente, +etc., etc.». Todo lo cual oyó Cristeta violentándose para no enviar a la +Jesualda noramala.</p> + +<p>En conclusión: por una cantidad módica dispondría de una alcoba y un +gabinetito con cuatro sillas, cómoda y un sofá de Vitoria; daría un +tanto para la comida, y habían de correr por cuenta suya el lavado y el +planchado de su ropa. Al final menudearon las promesas de fidelidad y +complacencia. Cuando se despidieron, Cristeta pensaba: «¡Bah!..., por +dos o tres meses...» Jesualda se decía: «Ahora rompe a volar...; pero +esta mocita se pierde de vista. Puede que sea una mina.»</p> + +<p>Pasado un rato, Inés y Cristeta salieron juntas dirigiéndose a una casa +de la calle de San Lucas, que tenía un portalón, sobre el cual se leía +este letrero:</p> + +<p class="c">COCHES DE LUJO<br /> +ABONOS POR MESES<br /> +<b>Se admiten caballos a pupilo</b></p> + +<p>—Aquí es—dijo Inesilla al llegar, cediendo el paso a la señorita.</p> + +<p>«La Virgen me ayude»,—pensó Cristeta, que iba muy preocupada.</p> + +<p>Entraron: al fondo, bajo cobertizo, había varios coches; a la derecha +una gran cuadra; a la izquierda, un cuartito con una mesa, sobre la cual +se veían un tintero, varias plumas y dos gruesos cuadernos: era el sitio +donde Inés ayudaba a su marido tomando apuntación de los encargos y +reclamaciones.</p> + +<p>Manolo, que estaba esperándolas, salió a recibirlas, y como lo tenía +todo hablado con su mujer, en seguida se entendió con Cristeta. A cuanto +ella decía contestaba:</p> + +<p>—Con usted no quiero ganar; en no perdiendo, lo que usted mande; como +que es usted más buena que el pan.</p> + +<p>Al despedirse estaban de acuerdo.</p> + +<p>Cristeta e Inés quedaron juntas en el cuartito; la segunda decía:</p> + +<p>—Con la Jesualda no estará usted mal; es formalota y no tiene mala +vecindad; abajo, una viuda y su hija que cosen para el corte; en el +segundo, una tal Mónica, que tiene huéspedes de medio pelo, ¡figúrese +usted en aquel barrio qué huéspedes ha de haber!; arriba, un militar +<i>retirao</i> que vive con una que dicen si es sobrina <i>u lo otro</i>; y en el +sotabanco, la madre del niño y la sobrina, que ahora las llamaré. Toda +esta gente en lo interior; la parte que <i>tié</i> vistas a la calle, ya lo +sabe usted, es de los señores dueños de la casa. Lo <i>prencipal</i> es que +yo estoy cerca, y si se pone usted mala no ha de faltarle <i>ná</i>. Yo no +acabo de hacerme cargo de lo que usted prepara; en fin, cuando usted lo +hace, sus motivos tendrá. En cuanto a mi Manolo... es <i>callao</i>, no lo +sabrá ni la tierra, y como él arree un <i>cabayo</i>..., ya <i>puén golverse</i> +locos los que la busquen a usted.</p> + +<p>En seguida llamó a la mujer de un mozo, la cual se presentó a los pocos +momentos acompañada de una sobrina, de dieciséis años, graciosa, +esbelta, vivaracha, al parecer muy inteligente, y que traía de la mano a +un niño de dos años. Aunque desarrapado, sucio y mocoso, el chiquitín +parecía un angelito. Muchos lores ingleses hubieran dado sus bosques de +Escocia y sus rentas de la India por ser padres de un muñeco como aquél. +La chiquilla tenía trazas de descarada.</p> + +<p>Cristeta habló en voz baja con ella y con su tía. Ésta dijo:</p> + +<p>—Ya <i>má enterao</i> la <i>señá</i> Inés de lo que usted desea. No hay +<i>deficultad</i>, <i>mayormente</i>. De cuartos, lo que diga la <i>señá</i> Inés, +porque yo la debo el pan... La chica es ésta..., ya la ve usted, ¡más +lista!, parte un pelo en el aire, como que la querían en un taller <i>pá</i> +ir a la cobranza de cuentas <i>atrasás</i> a las señoras que no pagan..., y +el niño, aunque sea mío..., <i>velay</i> que <i>paece</i> un <i>capuyo</i> de rosa. Por +supuesto, que ha de dormir en mi casa.</p> + +<p>Cristeta cogió al niño, hízole fiestas y, mirando a la sobrina, +preguntó:</p> + +<p>—¿Cómo te llamas?</p> + +<p>—Julia, para servir a Dios y a <i>ustéz</i>.</p> + +<p>—Bueno, pues tú y yo hablaremos despacio. ¿Harás todo lo que te mande?</p> + +<p>—Ya lo verá <i>ustéz</i>; todo.</p> + +<p>Intentó Cristeta dar a la muchacha instrucciones detalladas, pero la tía +interrumpió la explicación, que amenazaba ser larga, con estas palabras:</p> + +<p>—Eso mañana, en su casa de <i>ustéz</i>, o lo que es lo <i>mesmo</i>, en la +nuestra, porque va le habrá <i>esplicao</i> a <i>ustéz</i> la señorita Inés que +nosotras vivimos encima de doña Jesualda, en el sotabanco. En cuanto a +la chica, es obediente, <i>espabilá</i> y <i>tóo</i> lo ha de hacer a +<i>satisfación</i>.</p> + +<p>—Entonces, asunto concluido—dijo Inés.</p> + +<p>Luego acompañó a la señorita hasta el centro de Madrid, donde cerca del +estanco se separaron. Cristeta siguió sola, tan ensimismada, que ni +siquiera se fijaba en que, a pesar de lo humildemente que iba vestida, +los hombres se la comían con los ojos.</p> + +<p>Al día siguiente, muy temprano, salió del estanco y fue a casa de una +modista, con la cual, tiempo atrás, contrajo amistad mientras trabajó en +el teatro.</p> + +<p>Estuvo largo rato viendo telas, escogiendo colores, examinando +figurines, probándose modelos y dejándose tomar medidas. Todo lo que se +encargó fue sencillo y elegantísimo; pero caro para ella. La modista +sonreía maliciosamente, como diciendo: «Esta ya cayó. Parroquiana +tenemos. ¿Quién será el pagano?»</p> + +<p>Otras dos mañanas pasó Cristeta comprando de tienda en tienda guantes, +velitos, menudencias de adorno y pequeñas galas de esas que son +complemento de todo traje femenino. Y por último, después de haber +preparado cuanto consideró necesario, una tarde, entre dos luces, se +mudó al tercero interior de doña Jesualda, en la calle de Don Pedro. En +un carrito fueron la cama, sus dos baúles, un arca y varios líos de +ropa; ella montó en un simón, llevando sobre las rodillas el costurero +que en días más tranquilos le regaló don Juan.</p> + +<p>La despedida de los tíos no fue dramática. Doña Frasquita parecía decir: +«Hágase tu voluntad.» Para ella Cristeta simbolizaba el teatro, es +decir, la perdición y los vicios de su marido. Don Quintín sonreía +mirando socarronamente a su sobrina; desde que la sabía conocedora de +sus liviandades, recelaba que hablase. Cristeta estuvo muy cariñosa, y +en el momento de salir del estanco, lloró. Allí había pasado los +primeros años de la juventud; allí había soñado con damas, galanes, +romances, raptos, aventuras, trajes y aplausos; allí, sobre todo, sufrió +las primeras noches de insomnio pensando en Juan.</p> + +<p>Por la noche, ya en su nueva casa, permaneció largo rato, primero +echando cuentas por los dedos y luego haciendo números en un papelito. +Temía que le faltase dinero.</p> + +<p>Después de acostada, sus recuerdos y esperanzas comenzaron a desvelarla.</p> + +<p>Borrosas memorias de la infancia, primeros latidos de la juventud, +amarguras, goces conseguidos, deseos frustrados, proyectos rotos, +espejismos que finge la ambición, retazos de lo pasado y visiones de lo +porvenir... ¡Parece que os refugiáis entre los pliegues de la almohada y +que, cuando en ella reclinamos la cabeza, salís a estorbar el sueño, +hermosa imagen de la nada!</p> + +<p>«Sí, esta es la tercera o cuarta cama en que duermo... De chiquita... no +hago memoria... ¡Ah, sí! Mi madre era rubia, muy guapa: siempre estaba +trabajando con almohadillas, encajes y alfileres...; el pelo como el +oro, la voz dulce...; debió de ser muy desgraciada. ¡Por qué no habrá +vivido mi madre! Luego he dormido en casa de los tíos. ¡Pobrecillos, +nunca les abandonaré! Después la cama de la fonda en Santurroriaga... +¡con él!..., y ahora esta alcoba, porque la cama es la mía. Si algún día +tuviera yo casa, quisiera conservar esta cama. ¡Dios mío, qué será de +mí!... Juan... Aunque no me tocara nunca...; pero sentirle cerca..., +verle todos los días..., saber lo que piensa..., cuidarle..., que me +hable con cariño... ¿Por qué encontrarán otras mujeres quien las +quiera?...»</p> + +<p>Se quedó dormida con un brazo caído fuera del embozo, despechugada y el +pelo revuelto en primoroso desorden sobre la almohada, como madeja que +hubiesen enmarañado ángeles.</p> + + + + + +<h3><a name="Capitulo_XIV" id="Capitulo_XIV"></a>Capítulo XIV</h3> + +<p>Del cual se colige la vulgarísima verdad de que el hombre es un +animalucho que desprecia lo que posee y torna a desearlo cuando le +parece ajeno</p> + + +<p>Dos años y algunos meses pasaron desde que don Juan abandonó a Cristeta +en Santurroriaga hasta que volvió a Madrid.</p> + +<p>Al encontrarse con su víctima en las alamedas del Retiro, se quedó +asombrado. Pasó casi toda la noche pensando en ella, y lo poco que +durmió, contemplándola en sueños. Puesta su memoria en constante +trabajo, recordó cuanto a la pobre muchacha se refería: la primera vez +que hablaron, su diplomacia en cortejarla, los diálogos en el cuartito +del teatro, interrumpidos bruscamente por las entradas del segundo +apunte... ¡Qué guapa estaba con aquellos trajes! Creía verla de paje, de +chula, de princesa, de gitana, y a veces medio desnuda, envuelta en un +amplio manto rojo, destacando sobre un fondo de plantas tropicales y +aureolada por los resplandores de la luz eléctrica. Al caer el telón (le +parecía que fue ayer), abandonado el palco, bajaba las escalerillas de +estampía... Después, Santurroriaga, la fonda... ¡y el Paraíso!</p> + +<p>A la madrugada despertó intranquilo. Sin poder ni querer sofocar los +impulsos de la imaginación, siguió complaciéndose en recordar lo que +sintió por Cristeta, semejante al niño que, tras haber destrozado un +juguete, se obstina, desvive y rabia por recomponerlo y restaurarlo. +Después hizo mil conjeturas, fundadas en la diferencia que existía entre +la Cristeta que le perteneció y la que acababa de ver en el Retiro. +¡Cuánto mejor le sentaban las galas de señora que los oropelescos e +impúdicos disfraces del teatro! Le parecía mentira que fuese la misma a +quien tantas veces tuvo entre los brazos. No podía decirse que hubiese +sufrido, sino gozado cambio; antes era fina, gentil y airosa; ahora, sin +perder elegancia, esbeltez ni gallardía, estaba más llenita y +redondeada; de linda se había trocado en hermosa. ¡Y qué modo de vestir! +¡Buena modista y buen pagano!, porque todo lo que llevaba puesto era +rico. ¿En poder de quién estaría? ¿Qué vida habría hecho desde que él la +dejó burlada? Fuese amante o marido, hombre había por medio; era +imposible explicarse de otra suerte el lujo que ostentaba, y mucho menos +la existencia del niño. Lo más verosímil era que se hubiese casado, +porque su severa elegancia, exenta de perifollos llamativos, no era +propia de aventurera, sino de muy señora. Pero... ¿habría tenido la +criminal imprudencia de casarse engañando a un hombre, ocultándole su +pasado? ¡Lo pasado! En el largo catálogo de sus conquistas, ninguna +recordaba don Juan que valiese lo que aquélla. No; en el alma de +Cristeta no cabía la doblez de hacerse valer como doncella intacta..., y +aún era menos admisible la suposición de que ella, tan poética y +desinteresada, cobrase amor a un hombre capaz de quererla como propia +sabiendo que otro la gozó primero. Lo cierto era que él había tenido +sucesor, y la existencia del niño demostraba que el reemplazo fue +rapidísimo. Nunca pudo—recordarse con más oportunidad aquello de «a rey +muerto, rey puesto». «¡Al fin, mujer! Tanta promesa, tanto juramento, y +luego... Todas son iguales—seguía monologueando don Juan—. Mientras no +tienen idea exacta de lo que es el hombre, se embriagan de poesía y de +ilusiones; pero en cuanto lo saben, quieren hartarse de realidad. A +otras no es el amor ni el hombre quien las pierde, sino el lujo: la +serpiente del Paraíso debió de presentar a Eva la manzana envuelta en un +corte de vestido o metida en una capota. Sin embargo, mucho ha de haber +variado Cristeta hasta igualarse con las que se prostituyen por cintas y +brillantes. Aunque la cosa resulte anómala, tiene que estar casada... +¡tal vez casada por amor!»</p> + +<p>No le faltaba razón. En la hermosura de los hijos suele reflejarse el +amor que se tuvieron los padres, y aquel niño tan lindo no era escultura +modelada con indiferencia. ¿Qué edad tendría? Un par de años, +aproximadamente el tiempo transcurrido desde que él dejó a la madre. +«Entonces... ¿cómo explicar?... Calma, calma—continuaba—, vamos a ver. +Fue en agosto..., un año, dos... no sale la cuenta. Sería preciso creer +que en seguida, en seguidita que yo escurrí el bulto se <i>lió</i> con otro. +¡Qué falta de pudor! Lo único claro y patente es que los mimos, las +ternezas, aquel entusiasmo... ¡todo farsa! También esto lo repugno; no, +Cristeta no es mujer que se entregue a cualquiera de la noche a la +mañana, mucho menos en aquellas circunstancias, sin necesidad, porque yo +le regalé mil duros... para vivir un año. Entonces, ¿en qué quedamos? +No, pues lo que es yo no he colaborado a la venida del angelito al +mundo. ¡Poca prisa que se hubiese dado ella a buscarme! Por otra +parte..., ni su aspecto de ahora, ni su índole, ni su carácter, me +autorizan para creer que haya <i>dado el salto</i>, es decir, que esté +entregada a la circulación como un billete de banco. Luego no hay +escape: cuando yo hice la memada de dejarla, encontró con quien casarse +y aprovechó la ocasión. ¡Bien le ha sentado el matrimonio!... Está mil +veces más guapa que antes. ¡Y yo que llegué a creer que me quería! Es +decir, quererme..., no..., aunque sí, como se quiere al primero..., la +novedad, la sorpresa, el despertar de los sentidos..., pero yo buscaré +modo de darle a entender que no me ha engañado. ¡Cómo se habrá reído de +mí! Aunque no sea más que un cuartito de hora tengo que hablar con ella +y decirle: ¿Conque me querías tanto..., estabas loquita..., a mí +solito?... ¡Embustera! Si hubiese creído que me querías no me habría +marchado... Está hecha una real moza... ¡qué modo de andar y qué cuerpo, +y qué señorío, y qué boca!... Pero, en fin, para mí es cosa perdida..., +aunque nadie sabe lo que puede suceder. Si está casada con un hombre de +cierta clase, vamos, de buena sociedad, persona conocida, algún día nos +encontraremos en teatro, baile o tertulia, y entonces... ¡Una vez, nada +más que una vez, por capricho, por el gustazo de avergonzarla! Y sin +temor de ninguna clase, estando casada... todo consiste en ser prudente. +No hay comparación: vale ahora infinitamente más. Antes era... lo que +era: una comiquilla decentita y graciosa; ayer parecía una duquesa. +¡Daría cualquier cosa por saber todo lo que ha sucedido! A mí no me +importa..., vayan benditos de Dios ella y el estúpido a quien haya +pescado...; pero, ¡como yo la coja un día!..., vamos, que no me quedo +sin plantarle cuatro besos y decirle cuatro verdades.»</p> + +<p>Siguió pensando largo rato. La sospecha de que el chico fuese suyo le +parecía lisa y llanamente absurda y, sin embargo, estaba dentro de lo +posible. ¿Se habría casado? Todo el empeño de don Juan estribaba en +persuadirse de que el tal matrimonio le tenía sin cuidado, a pesar de lo +cual la hipótesis iba tomando amarga intensidad de torcedor. ¿Lo habría +callado todo, engañando a un hombre o, por el contrario, le confesaría +su pasado? Si lo primero, era infame y despreciable; si lo segundo, +necia y sinvergüenza por unirse a quien tales tragaderas tuviese. Tal +vez viviera poniendo precio a su belleza. Esta suposición era la que más +daño le hacía. Casada... malo...; pero lo <i>otro</i>, peor mil veces. La +sangre se le agolpaba al cerebro.</p> + +<p>Cuando desmenuzando con la reflexión todas aquellas verosimilitudes y +conjeturas cayó en la cuenta de que la suerte de Cristeta le preocupaba, +y que además le entristecía la posibilidad de su perdición, experimentó +una emoción indefinible. En el reloj del despacho sonaron las ocho de la +mañana. Entonces, irritado y mohíno al considerar que había pasado la +noche en blanco, se obstinó en pensar claro y armarse de sangre fría. +¿Qué diablos era aquello? ¿De cuándo acá meditaba él con semejante +aquilatamiento sobre lo que hubiese podido suceder a una ex—querida? Lo +cierto era que sólo había dormido un rato, y ése soñando con ella. La +mayor parte de la noche fue de completo desvelo, de verdadero insomnio. +Era necedad resistirse a la evidencia; desvelado... ¡y casi febril! +¡Quitarle el sueño una mujer! Y no una señora curtida en achaque de +aventuras, ni una doncellita boba temible por su misma ingenuidad, ni +una astuta sabedora de todas las bajezas que el hombre es capaz de +cometer <i>antes</i>, y de las infamias que hace <i>después</i>, nada de esto, +sino que se trataba de una mujer incauta, inexperta, gozada y +abandonada. Cierto que la dejó, pero sin escarnecerla ni despreciarla. +En cambio ella se vengaba turbando el tranquilo curso de su vida, +haciéndole sufrir una dolorosa mortificación de amor propio y, lo que +era más grave, inspirándole ideas cuyo alcance no podía calcular.</p> + +<p>Las últimas frases que don Juan pronunció mentalmente en aquel largo y +humillante monólogo fueron estas: «Sí, ¿eh?... Pues ahora me gusta más +que antes... ¡ella caerá! No es que me importe, nada de eso... lo único +que quiero es tenerla una vez entre los brazos... porque sí... ¿Qué se +habrá figurado la grandísima tonta?»</p> + + + +<h3><a name="Capitulo_XV" id="Capitulo_XV"></a>Capítulo XV</h3> + +<p>Donde se ve que cuando el hombre tiende la red, ya está pescando la +mujer</p> + + +<p>El día en que don Juan vio a Cristeta en el Retiro, fue domingo. Al +siguiente, hizo el viaje en balde: procuró distraerse mirando y +remirando a cuantas pasaban; mas en vano. Acaso no faltasen en el paseo +mujeres guapas y elegantes, pero todas se le antojaron cursis o feas. La +de bonitos pies, tenía el cuerpo atalegado; la de cintura esbelta, era +antipática de rostro; la bien vestida, horrible; la hermosa, iba hecha +un adefesio. ¿Sería cosa providencial? No, sino que él llevaba grabada +en el magín, como única apetecible y codiciable, la que realmente +deseaba.</p> + +<p>Entretanto, la maquiavélica Cristeta estaba solita en su modesto +albergue de la calle de Don Pedro, diciéndose: «Hoy me andará buscando.»</p> + +<p>Martes. Hermoso día de otoño, aunque algo fresco. En el Retiro muy poca +gente: don Juan llega de los primeros, se cansa de andar, se disgusta y +siente impulsos de volverse a casa. Por fin comienzan a venir paseantes. +A las cinco aparece Cristeta al término de una alameda: traje, el mismo +del día pasado; lleva al niño cogidito de la mano y el coche les sigue a +corta distancia. Don Juan se adelanta, acorta la marcha, la deja pasar, +la alcanza y retrocede, todo sin dejar de mirarla. Ella, calmosa, +serena, impasible, como si no le conociera. Fue tan marcada su +indiferencia, que don Juan se dijo: «¡Tendría gracia que yo me hubiese +equivocado!» Pero tornó a mirarla y se convenció de que era ella, la +misma, la propia Cristeta, que tantas veces le había dicho: «¡Juan mío!» +Poco le faltó para llegarse a ella y hablarla. Por fortuna se contuvo +pensando: «¿Y si me pega un bufido y me pongo en ridículo? No, todavía +no.» Final, el mismo de la primera vez. El coche se para, Manolito, que +va en el pescante, se quita respetuosamente el sombrero. Cristeta coge +al niño, lo sienta, sube y desaparece sin que don Juan pueda sorprender +una mirada de reojo, ni el más leve indicio de curiosidad. Atormentado +del despecho, no se le ocurre más que esto: «Un cochero <i>de abono</i> no +saluda de esa manera; el carruaje es suyo. No me cabe duda; está casada. +¡mejor!»</p> + +<p>Miércoles. La tarde fría, las alamedas desiertas; llega don Juan, abarca +con la vista aquella soledad y piensa: «¡Si viniese ahora mismo!» +Después anda un buen rato a paso largo para entrar en calor, hasta que +aparece Cristeta seguida de la niñera, que trae al pequeñuelo en brazos. +Comienza a soplar un Norte muy desapacible; las hojas secas, arrebatadas +de los árboles, forman en el suelo ruidosos remolinos de oro. Ella se +muestra más indiferente que nunca. El viento, al agitar su falda, le +pega la tela a las piernas, modelando indiscretamente sus formas y +dejando al descubierto los pies. Diez o doce minutos de paseo. Una +turbonada; aquello se hace insoportable. Otro día perdido.</p> + +<p>Jueves. Lloviznando. Cristeta, encerrada en casa, se distrae zurciendo +ropa blanca. De rato en rato, hilos y aguja se le caen sobre el regazo. +«Veremos... ya lleva tres ojeos. ¡Se me pasan unas ganas de hacerle +señas para que se acerque!»</p> + +<p>Don Juan anda mientras tanto aburriéndose en visitas y sin poder +desechar de la imaginación aquellos pies que pisan la arena como sin +tocarla. «Sí, el traje el mismo, menos las medias; las de ayer eran +negras con lunares azules... Parece que se le han agrandado los ojos. ¡Y +qué cuerpo!»</p> + +<p>Viernes, sábado y domingo. Lluvia continuada: un temporal. Ella con +jaqueca, tumbada en el sofá de Vitoria y fija la vista en la pared. Al +caer la tarde, cuando escasea la luz, cree ver dibujarse sobre la blanca +superficie del muro una serie de escenas en que don Juan, arrodillado a +sus pies, le pide perdón con frases muy apasionadas. Por desgracia o por +fortuna aquello es una visión destituida de realidad, un sueño, porque +si él entrase... ¡sabe Dios!</p> + +<p>Segundo lunes. Hermoso día, pero el piso demasiado húmedo. Don Juan +piensa: «No irá», y se queda en casa leyendo. Cristeta sale. Al fin +mujer. Paseo en balde. Luego, noche de insomnio pensando: «¿Estará +malo?»</p> + +<p>Martes. Sol esplendoroso, piso seco, ambiente primaveral. Casi al mismo +tiempo llegan ambos espoleados por la impaciencia. Ella con otro traje: +falda ceniza y abrigo muy oscuro, de paño todo bordado; sombrero gris +con gran lazo y velillo; en vez de zapatos, botas. Don Juan, que va +resuelto a hablar, se acobarda viendo a la niñera. «No: los criados son +enemigos, no quiero comprometerla. Pero cuando viene aquí, cuando no se +va de paseo a otra parte... por algo es.»</p> + +<p>En estos y parecidos lances, es decir, sin ninguno notable, +transcurrieron veintitantos días.</p> + +<p>Por fin, una tarde, cuando don Juan iba por frente a la Cibeles, +dirigiéndose al Retiro, vio a la niñera sola con el chico. Buscó con las +miradas a Cristeta; pero en balde, y se dijo: «Ésta es la mía.»</p> + +<p>La niñera era pequeña, menudita, lista, graciosilla y achulada; un +aperitivo o un <i>hors d'œuvre</i>, si don Juan no tuviese puesto en más +alta empresa el pensamiento. La chica, llevando al pequeñín de la mano, +se dirigía hacia la parte del Prado donde paran los cochecillos tirados +por cabras o burritos para recreo de niños. «Bueno—pensó don Juan—; +luego vendrá la madre a buscarles.» Una hora fue siguiéndoles a larga +distancia y gruñendo entre dientes: «¡Que haga yo esto!»</p> + +<p>Las cinco; Cristeta no viene y la niñera endereza los pasos hacia la +Carrera de San Jerónimo; don Juan no aguanta más y, colocándose junto a +ella, le habla de este modo:</p> + +<p>—Cuerpo bonito..., ¿vamos de retirada? Parece que hoy no ha salido la +señorita.</p> + +<p>—¿Y a usted qué se <i>l'importa</i>?</p> + +<p>—No te atufes, mujer; cuando te lo pregunto, por algo será.</p> + +<p>—Es que yo no sé quién es <i>ustéz</i>.</p> + +<p>—¿Crees que te voy a comer?</p> + +<p>—Ya... como que no soy hierba...</p> + +<p>—¡Qué mal genio tienes y que reguapa eres!</p> + +<p>—Es que no quiero músicas y no se meta usted conmigo, que yo voy por mi +camino y la calle es del rey.</p> + +<p>—No seas tonta y baja la voz. ¿Qué trabajo te cuesta contestarme a +cuatro preguntas? No te arrepentirás; mira que soy muy agradecido.</p> + +<p>Julia se detuvo diciendo al chiquitín:</p> + +<p>—Aguarda, hijo, que este <i>cabayero</i> me va a sacar de pobre.</p> + +<p>—Tu señorita se llama doña Cristeta, ¿verdad? ¿Dónde vivís? ¿Cómo se +llama su marido? ¿Cuánto tiempo hace que están casados?</p> + +<p>—¡Pero, hombre, se <i>l'a figurao</i> a <i>ustéz</i> que soy catecismo <i>pa</i> +responder a tantas cosas!</p> + +<p>—Bueno, pues dime lo que sepas.</p> + +<p>—¿No ve <i>ustéz</i> que <i>entavía soy yo</i> muy joven <i>pa</i> ese oficio?</p> + +<p>—No seas tonta. Lo que ganas tú en dos meses te lo doy yo en un minuto. +Por hablar nadie se pierde.</p> + +<p>—<i>Sigún</i>... y yo no quiero líos.</p> + +<p>Don Juan sacó del bolsillo del chaleco cuatro monedas de a veinte reales +y quiso ponérselas en la mano.</p> + +<p>—¿Va usted a comprar la barandilla del <i>Prao</i>?</p> + +<p>—Toma, mujer.</p> + +<p>Ella hizo un movimiento como para alargar la mano; pero de repente se +echó hacía atrás esquivando el cuerpo y diciendo rapidísimamente:</p> + +<p>—<i>Quitesusté pa</i> un <i>lao</i> que viene el coche con la señora...—y en voz +baja, muy baja, añadió—: Agur, hasta otro día, cuando me vea usted sola.</p> + +<p>Don Juan, iluminado de súbita inspiración, repuso también muy aprisa:</p> + +<p>—Aquí mismo, a esta hora, la primera tarde que llueva. No te +arrepentirás.</p> + +<p>Julia no había mentido. La berlina bajaba echando chispas por la Plaza +de las Cortes. El cochero, al ver a la niñera, detuvo; abrió Cristeta +desde dentro la portezuela y subió la chica con el nene.</p> + +<p class="puntos">*<br />* *</p> + +<p>Como si el diablo fuese ordenador del tiempo en perjuicio del amor, +tardó bastantes días en llover, con lo cual don Juan comenzó a +desesperarse; tanto, que pensó en dar un golpe decisivo para inquirir +dónde vivía Cristeta. Pensó primero en que lo averiguase Benigno, su +ayuda de cámara; pero Julia era guapa, el hombre podía encapricharse... +Resolvió hacer la diligencia por sí mismo.</p> + +<p>Una tarde fue al Retiro en una victoria tirada por un buen caballo, con +cochero previamente instruido y seguro de ser gratificado. Debía éste, +mientras don Juan pasease a pie, no perderle de vista, aproximarse a una +seña convenida y seguir luego tras la berlina de Cristeta. La traza no +era mala; pero falló. Manolo fue más listo, su caballo mejor y el +cochero de don Juan se quedó rezagado en un cruce de calles, donde hubo +confusión de carros y carruajes.</p> + +<p>A esta intentona siguieron varios días de buen tiempo en Madrid, y de +mal humor en don Juan, porque ni la señora ni la niñera aparecieron por +el Retiro ni el Prado.</p> + +<p>Cristeta dejó de ir a paseo y no permitió salir a la chica, con objeto +de excitar y enardecer más la curiosidad de don Juan; pero a la par que +esto hacía por reflexión, se apoderó de ella tal impaciencia que estuvo +a pique de escribirle diciéndole con terrible laconismo: «Ven.» Por +supuesto que si lo hace él se presenta de fijo en su casa o dondequiera +le citase, sin miedo a marido, aunque fuera más temible que el Gran +Turco. El pobre don Juan estaba rabioso por lo que le sucedía. Más de un +mes llevaba perdido en persecución de una mujer a quien dos años antes +había considerado peligrosa. «En realidad—pensaba, tratando de +explicarse su conducta—, esto es... una locura... un capricho. (Cuando +en materia de amor el hombre califica su gusto de capricho, es que está +ciego de amor propio.) Nada más que un capricho. ¿Se ha casado? Ha hecho +bien...; pero de mí no se burla una mujer a quien he tenido en los +brazos. Yo le enseñaré quién soy. Cuando se me antoja una la logro, y +cuando quiero la dejo, y luego, si me da la gana, vuelta a empezar. Una +noche... una tarde... una hora, y después vaya bendita de Dios. Aunque +esté casada con el mismísimo Padre Santo. ¡Se ha puesto tan guapa!»</p> + +<p>Hasta entonces nunca había entrado en sus teorías ni en sus prácticas +intentar la repetición de semejantes aventuras, porque +despreciativamente calificaba esto de reincidencia vergonzosa. Pero ¿era +sólo amor propio lo que ahora le impulsaba al quebrantamiento de tales +doctrinas? No; y la demostración, terrible por cierto, consistía en que, +desde la tarde del primer encuentro con Cristeta, no se le había +ocurrido acercarse ni conocer, en sentido bíblico, a ninguna mujer. Y +fue sin premeditarlo, como si por instinto ahorrara brío, esfuerzo y +terneza, ilusionado con la esperanza de que se presentase la ocasión de +reanudar la lectura del poema estúpidamente interrumpido en +Santurroriaga.</p> + +<p>Cuando, a fuerza de reflexionar sobre su situación, se dio cuenta de +aquella castidad, experimentó una sensación rarísima, mezcla de terror y +vergüenza: lo primero, porque le espeluznaba la perspectiva de que una +mujer le absorbiese y tiranizara el pensamiento; lo segundo, porque para +un hombre como él era ridícula semejante continencia. Quiso entonces +persuadirse de que no estaba cautivo de una idea fija, de que el +fantasma de Cristeta no le había sorbido la voluntad, y determinó +visitar a cualquiera de aquellas antiguas conocidas suyas, y de otros, +siempre dispuestas a representar papel de Danae no por una lluvia de +oro, sino por unos cuantos duros.</p> + +<p>A fuer de inteligente y delicado en cosas de amor, era don Juan, aunque +no invulnerable a la seducción poco sensible a los halagos de +<i>vengadoras</i>, <i>momentáneas</i> y <i>horizontales</i>. No le importaba que le +costase caro el viaje a Citerea; pero sentía repugnancia invencible a +pagarlo al contado, como si besos y caricias fuesen guantes y corbatas: +gustábale, por el contrario, dejar espacio entre el placer y la +remuneración para poetizar y envolver en voluntarias ilusiones lo +prosaico de la realidad, prefiriendo gastarse muchos centenares en un +regalo a dejar unos pocos sobre una mesa de noche o dentro de un +sortijero. Y tenía razón: ¿dónde hay cosa que tanto descorazone y +repugne como besar a una mujer y cinco minutos después darle dinero? +¡Todo se puede perdonar al oro menos que sirva para comprar el amor!</p> + +<p>El resultado de esta quintaesencia de romanticismo bien entendido, era +que no conocía gran número de pecadoras. En cambio, aquellas a quienes +trataba constituían la flor y nata del gremio; el estado mayor de los +ejércitos del diablo. Unas, nacidas en baja condición, fueron +encumbradas en virtud de su belleza; otras habían trocado la miseria +vergonzante de la clase media por el esplendor lujoso de la corrupción. +A todas sirvió de escabel la imbecilidad de los hombres.</p> + +<p>¿Cuál sería la que él utilizase de <i>modus vivendi</i> y como remedio +pasajero a la soledad que le atormentaba? ¿A cuál de ellas se dirigiría?</p> + +<p>¿A la encantadora Elvira? Cierto que tenía el cuerpo escultural, +vivificado por venas azuladas que parecían serpear entre tibia +carnosidad de rosas; mas su belleza estaba deslucida porque, teniendo el +pelo tan negro como las bayas de la yedra, había dado en la estúpida +manía de teñírselo de rubio lino. Además, era muy bestia, no podía +sostener una conversación, y con ella el dúo del amor casi se convertía +en triste soliloquio.</p> + +<p>¿Enriqueta? Lánguida, esbelta, pálida y ojerosa, parecía sentimental y +romántica; pero al comer devoraba, bebía como un tudesco y amaba con +estremecimientos de epilepsia: pecar con ella no era rendir grato +tributo a la Naturaleza, sino hacer un favor.</p> + +<p>¿Flora? La cara valía poco: chatilla y morenucha; lo demás, admirable, +el pecho como de Venus victoriosa, las caderas con curvas de ánfora, las +piernas como de Diana Cazadora; por mirarla desnudarse hubiera Orestes +prescindido de su venganza. Pero luego, no había que contar con ella: en +la situación culminante del coloquio amoroso se quedaba insensible, +entreteniéndose en seguir con la vista los dibujos del papel de la pared +o contando las estrías de las columnillas de la cama. Hacía concebir +grandes esperanzas y acababa prestándose al amor como a una servidumbre. +Durante el prólogo, sus sonrisas eran un estímulo; después, una mueca de +doloroso hastío.</p> + +<p>¿Araceli? ¡Pobre muchacha! Tez de rosa enfermiza, piel dorada con +reflejos de ámbar. Cuando se destrenzaba el pelo, dejándolo caer suelto +hebra a hebra en torno del cuerpo, envolviéndose en un manto de oro +luminoso, parecía la diosa del pudor. ¿Por qué estaría siempre triste? +Bajo los rasgos de lápiz azulado con que se agrandaba los ojos brillaba +perpetua humedad de lágrimas. ¿Qué habría en su alma? ¿Laxitud de +pecadora cansada o nostalgia de castidad atropellada?</p> + +<p>¿Marcela? Guapísima, juguetona, sensual, elegante, mimosa y zalamera +hasta el punto de aparentar que se entregaba ilusionada; pero... la +codicia en persona. No hablaba más que de previsión, ahorros y +peluconas. Oyéndola sin mirarla, podía uno imaginar que escuchaba +consejos de pariente tacaño. Un día, entre gatadas y bromas, le quitó a +un amante dos perlas de la pechera, y retorciendo una horquilla de las +llamadas invisibles, con su alambre finísimo improvisó un par de +pendientes, y se quedó con ellos.</p> + +<p>¿Mercedes? La mentira en todo su esplendor. Afectaba exceso de pasión; +una noche de caricias suyas rendía más que tres días de caza.</p> + +<p>¿Alberta? El tipo de la gran señora frustrada; no era cortesana por +miedo al trabajo, sino por ansia de brillar; hablaba inglés y francés; +leía a Byron y Musset en el original; el membrete de sus cartas +ostentaba este lema: <i>Una para todos y todos para una</i>. Sus manos eran +de reina, sus pies de niña, los ojos como violetas claras mojadas de +rocío..., pero tenía en su casa para abrir la puerta una hermana de +dieciocho años, tísica, que daba compasión. ¡La antesala del placer +parecía custodiada por el ángel de la muerte!</p> + +<p>¿Leonor?... No la recordaba bien... ¡Ah, sí! La insaciable; hembra +peligrosísima. A semejanza de Diógenes, siempre andaba buscando un +hombre.</p> + +<p>¿Blanca? La hermosura sin alma, la coquetería sin delicadeza. Poseía la +ciencia de vestirse e ignoraba el arte de desnudarse.</p> + +<p>Margarita..., Paz..., Asunción...; profesionales vulgares que no sabían +más que entregarse como insensible mercancía a tantos o cuantos duros +vista. ¡No! Ninguna le servía. Pobres imbéciles condenadas a vender lo +inapreciable. ¡Farsantas de la comedia del amor, incapaces de imitar la +poesía de la realidad! ¡Ah, Cristeta! Tú, amante toda verdad, sinceridad +y entusiasmo, ¿dónde estabas? ¡Tú, la única que en cada beso daba un +poco del alma! ¡Sólo poner tu nombre junto con los de aquellas +desgraciadas, era ofenderte!</p> + +<p>Don Juan no estableció comparación ni paralelo entre ella y las +sacerdotisas de Venus; pero instintivamente, sin quererlo, a cada +cuerpo, a cada rostro, a cada boca, a cada rasgo femenino que evocaba, +le parecían superiores el cuerpo, el rostro, la boca y el recuerdo todo +de Cristeta. ¿Por qué la dejaría? Y ella, ¿cómo se había entregado a +otro hombre? Lo primero fue insensatez; lo segundo pedía venganza.</p> + +<p>Don Juan iba excitándose por grados. ¿Qué sería aquello? ¿Vanidad +herida, amor propio humillado, capricho incompletamente satisfecho? +Cristeta le ocupaba el ánimo, le absorbía la voluntad y le llenaba el +pensamiento. En ninguna encontró aquella rara mezcla de amor ardiente y +de cariño impecable, aquella voluptuosidad empapada de ternura, ni aquel +sensualismo exento de vicio. ¡Los labios de fuego, las miradas castas! +¡Ah, necio y mentecato, que por propia culpa la perdió!</p> + +<p>«Ella..., ella ha hecho bien en casarse, o en regalarse a quien le haya +dado gana. La demostración de lo que vale—se decía él—está en la +conducta que observa. En el Retiro ni una sola mirada, y luego ha dejado +de ir. Indudablemente no va porque cuando me ve, sufre.»</p> + +<p>¡Qué mezcla de risa, gozo y orgullo hubiera experimentado Cristeta si +por arte de magia le fuese dado asistir a tales monólogos! Y +generalizando el caso, ¡cómo se reirían las mujeres de los hombres si +les vieran pensar!</p> + +<p class="puntos">*<br />* *</p> + +<p>A todo esto sin llover; es decir, don Juan, imposibilitado de hablar con +Julia, la niñera, que ni se acordaría tal vez de la cita.</p> + +<p>En cambio, fue a todos los teatros de Madrid, visitando varios cada +noche; asistió a estrenos, funciones de beneficencia y turnos distintos; +todo en balde. «No la dejará su marido, o no querrá ella separarse del +niño. ¡Claro! Una mujer así tiene que ser buena madre. Además, le dará +pena ir al teatro... ¡sitio en que me conoció! La verdad es que me he +portado muy mal. ¿Cómo buscarla sin comprometerla?... ¿Cuándo lloverá? +¿Se acordará Julia?» Poco faltó para que mandase hacer rogativas.</p> + +<p>Por fin llovió, y con tal abundancia que acudir a la cita era ponerse +hecho una sopa.</p> + +<p>Se calzó fuerte, se puso el impermeable y bajó al Prado, yendo a +colocarse ante la fuente de Neptuno, con los pies en un lago, el diluvio +en torno y la imaginación barrenada por la impaciencia. Transcurrió +media hora: según el reloj treinta miserables minutos; para el +pensamiento, treinta siglos de malestar y desesperación. Repentinamente +su espíritu se inundó de luz. A distancia de cien metros apareció Julia, +paraguas en mano pisando adoquines, saltando charquitos, tan airosa como +indecorosamente arremangada. Al llegar a cuatro pasos de él, dijo +chulescamente:</p> + +<p>—Oiga usted, señorito, ¿me <i>tié</i> usted que contar muchas cosas <i>ú</i> es +que vamos a hacer de patos?</p> + +<p>—Nos meteremos en un portal.</p> + +<p>—¿Y si pasa alguno que me <i>conozga</i> y lo cuenta?</p> + +<p>—Tienes razón; vámonos a un café, sígueme.</p> + +<p>Andando muy de prisa, llegaron a un cafetín cercano a la calle de +Atocha, sentáronse y acercóseles el mozo:</p> + +<p>—¿Qué va a ser?</p> + +<p>—¿Qué quieres tomar?—preguntó don Juan a la muchacha.</p> + +<p>—Café con media de abajo.</p> + +<p>—Pues yo... chica de cerveza.</p> + +<p>—Hasta en botella le gustan a usted.</p> + +<p>—Si son como tú, ya lo creo.</p> + +<p>—No me peino <i>pa</i> señores. Conque hable usted claro, que estamos lejos y +cae agua.</p> + +<p>El lugar era ignominioso: un café con tabladillo para cantadores, +banquetas más destripadas que caballo de picador, el techo ennegrecido a +fuerza de humo, el ambiente apestando a tabaco de colillas, el piso +escurridizo y viscoso de saliva; al fondo, un mostrador lleno de vasijas +sucias y, en último término, una entre cocina y cueva, especie de +laboratorio infernal consagrado al dios Cólico. El local casi desierto. +Sólo en un rincón una pareja de chula y chulo, a quienes se oía decir:</p> + +<p><i>Él</i>.—Tres pesetas...; anda rica, tres pelas.</p> + +<p><i>Ella</i>.—Tres pares de cuernos..., so gandul.</p> + +<p><i>Él</i>.—Te voy a cortar la cara.</p> + +<p><i>Ella</i>.—¿La traes <i>afilá</i>?</p> + +<p>Luego él cuchicheaba requiebros; la mujer sonreía lascivamente y, +después, sobre el mármol del velador, sonaban cuartos.</p> + +<p>Sirvió el mozo lo que le habían pedido; comenzó don Juan haciendo muecas +al beber cerveza, quitó la chica un pelo que traía la tostada y, +guardándose las sobras del azúcar, habló de este modo:</p> + +<p>—Ya he dicho que vivo lejos.</p> + +<p>—¿Dónde?</p> + +<p>—Es que si <i>paece</i> usted por allí y huele mi señorita que tengo yo la +culpa, me planta en la calle.</p> + +<p>—¿Tu señora se llama doña Cristeta Moreruela?</p> + +<p>—No señor, es decir, Cristeta sí que se llama, pero el apellido es +Martínez.</p> + +<p>—¡Imposible!</p> + +<p>—<i>Pos</i> si lo sabe usted, ¿<i>pa</i> qué he hecho yo esta caminata? El señor +se llama Martínez, conque <i>sacusté</i> la consecuencia.</p> + +<p>—De modo que está casada, ¿desde cuándo?</p> + +<p>—<i>Ende</i> que le dijeron los latines, si se los han dicho.</p> + +<p>—¿No estás segura?</p> + +<p>—Segura no, porque no me convidaron; lo que sé es que el señor está en +<i>Felipinas ú</i> en la Habana, de cierto no sé... vamos, en América. +Escribe <i>toos</i> los correos y manda el <i>conquibus</i>, y la señora no para +de hablar del amo, y es buena, aunque <i>tié</i> el genio <i>mu soberbio</i>, y no +se visita con nadie.</p> + +<p>—¿Hacía cuándo crees tú que se casaron?</p> + +<p>—El niño <i>tié</i> veintiséis meses, conque...</p> + +<p>—Y él en la Habana, ¿qué hace?</p> + +<p>—¿Qué ha de hacer? <i>Empleao</i>. En la primavera viene.</p> + +<p>Al decir <i>primavera</i>, Julia sonrió sin que don Juan lo notase, porque se +había quedado muy pensativo. De pronto, exclamó:</p> + +<p>—Bueno, mujer. Pues... yo te pagaré bien, ¿entiendes?; pero desde hoy a +quien sirves es a mí.</p> + +<p>—Eso no <i>pué</i> ser.</p> + +<p>—¿Por qué?</p> + +<p>—Porque me va usted a pedir cosas que... me tendré que ir de la casa y +no me trae cuenta, porque el señor, cuando venga, va a emplear a mi papá +en consumos.</p> + +<p>—Yo emplearé a tu papá y a toda tu familia.</p> + +<p>—¡Qué fuerte se conoce que le ha <i>entrao</i> a usted! Por supuesto que no +me extraña, porque a mi señorita <i>toos</i> los hombres se la comen con los +ojos...; verdad que se quedan iguales, con las ganas.</p> + +<p>—Debe de ser muy buena.</p> + +<p>—Mal genio; pero tocante a... vamos, a eso que usted anda buscando, me +<i>paece</i> a mí que es perder el tiempo. En fin, yo haré lo que usted me +mande, con una sola condición: que no <i>parezga</i> usted por donde vivimos, +a lo menos hasta que...</p> + +<p>—¿Hasta que nos arreglemos?</p> + +<p>—Cabalito.</p> + +<p>—Te lo prometo; me ayudas, te pago bien, y por ahora no pongo los pies +en vuestro barrio. Otra cosa: ¿son ricos? ¿Cómo tienen puesta la casa? +Aunque yo no haya de ir... ¿dónde vive?</p> + +<p>—Vaya... pues... la calle no se la digo a usted, vamos, que tengo mucho +miedo a que me despidan.</p> + +<p>Don Juan fingió resignarse con la negativa, y formó propósito de irse +luego siguiendo de lejos a Julia. Ésta continuó:</p> + +<p>—El cuarto es <i>manífico</i>, de casa grande, muy hermoso, con vistas a un +jardín antiguo. Los muebles buenos; <i>pa</i> la compra dan cuatro <i>ú</i> cinco +duros diarios, y la señorita gasta unas ropas blancas muy ricas.</p> + +<p>Don Juan permaneció un instante silencioso y luego dijo:</p> + +<p>—Bueno, pues lo primero es que me averigües, con seguridad, si están +casados, y el punto, el pueblo donde está él, y qué empleo tiene. +Además, le entregarás esta carta a la señorita... y esto para ti.</p> + +<p>Dicho lo cual, alargando la mano por bajo de la mesa, colocó sobre la +falda de Julia cinco monedas de a duro. El mágico efecto que causaron se +reflejó en la respuesta:</p> + +<p>—¿Y cuándo nos <i>golvemos</i> a ver?—dijo embolsando carta y dinero.</p> + +<p>—Si contestara...</p> + +<p>—¡Están verdes!</p> + +<p>—Pues cuando le des la carta o la hayas puesto donde la coja, al otro +día haces una escapada.</p> + +<p>—Muy tempranito ha de ser.</p> + +<p>La perspectiva de un madrugón disgustó a don Juan; pero repuso +bravamente:</p> + +<p>—¡No importa!</p> + +<p>—¿Sabe usted el jardinillo de la Plaza Mayor? Pues... pasado mañana a +las siete y media.</p> + +<p>—De siete y media a ocho.</p> + +<p>—Corriente.</p> + +<p>—Adiós.</p> + +<p>Julia salió del café arrebujándose en el mantón; don Juan pagó en un +abrir y cerrar de ojos, se echó a la calle, miró en todas direcciones +deseoso de ver a la muchacha para seguirla y... nada; como si se la +hubiese tragado la tierra. Se acercó a una esquina cercana, luego a otra +un poco más distante, se paró, tornó a mirar hacia los lados, de frente; +todo fue inútil.</p> + +<p>La grandísima pícara estaba escondida en una tienda de ultramarinos +inmediata al café: desde allí observó los movimientos de don Juan hasta +que le vio marcharse despacio, tan mohíno y preocupado, que, a pesar de +la lluvia, llevaba el impermeable sin abotonar, y la cabeza tan caída +sobre el pecho, que el agua le iba entrando por el cogote.</p> + +<p>Luego que le perdió de vista salió ella de su escondrijo. La risa le +retozaba en el cuerpo, con los dedos metidos en la faltriquera iba +palpando los duros, y de trecho en trecho, temerosa de ser seguida, +volvía la cara. Precaución inútil. Don Juan marchaba en dirección +contraria, y de tan mal humor, que ni siquiera dirigía una mirada a las +mujeres que, al cruzar las calles enlodadas, se recogían las faldas, +enseñando algo de lo que a él tanto le gustaba.</p> + + + +<h3><a name="Capitulo_XVI" id="Capitulo_XVI"></a>Capítulo XVI</h3> + +<p>Donde se prosigue la demostración de que el amor puede hacer astuta a la +engañada y crédulo al engañador</p> + + +<p>La carta confiada por don Juan a Julia y leída con avidez por Cristeta, +decía lo siguiente:</p> + +<div class="blockquot"><p><i>«Sé que no tengo derecho a pedirte nada, ni lo merezco, pero es +necesario que hablemos una sola vez; cinco minutos, donde tú quieras. +Puedes escribirme a mi casa con entera confianza. Creo inútil firmar.»</i></p></div> + +<p>Cristeta pensó: «¡Qué lacónico y qué escamado! Lo que él quiere es +visita, entrevista para empezar a mentir, ponerse cariñoso y volverme +loca. No, pues todavía no.»</p> + +<p>Llegado el día de la segunda cita entre Julia y don Juan, éste acudió +primero. A las siete y cinco estaba embozado en la capa y dando vueltas +por el jardinillo de la Plaza Mayor, que aparecía envuelta en la neblina +llorona y gris de la mañana. Paseo arriba, paseo abajo, empezó a +monologuear como todo el que espera:</p> + +<p>«Esto es levantarse con el sol; estoy convertido en pájaro; no me falta +más que trinar..., todo se andará. ¡Cuánto tiempo hacía que no +madrugaba!; desde que troné con la devota. ¡Buen catarro me hizo pescar +en las Jerónimas! ¡Y qué habilidad tenía para entrar y salir en una +iglesia sin que la conociesen! Cualquiera hubiese creído que eran dos +mujeres distintas; entraba muy de prisa, inclinada la cabeza sobre el +pecho, recogida la falda, tan caído el velo que no se le veía más que la +punta de la nariz; salía derecha, irguiéndose para parecer más alta, +suelta la falda, el velo echado hacia atrás y pisando fuerte; nada, dos +personas distintas. Recuerdo que usaba un escapulario tamaño casi como +un ladrillo, pero muy perfumado con heliotropo blanco, y dentro del cual +escondía el retrato de su primer amante. Yo creo que era sinceramente +religiosa. Una tarde, mientras se quitaba el corsé, me dijo: «Mira tú si +el Señor es bueno que, según la doctrina, lo primero es amar a Dios +sobre todas las cosas, y fíjate en que no dice sobre todos los hombres.» +Los días en que se confesaba me decía entre caricias y besos: «Chico, +esto es coser por la mañana y deshacer la labor por la noche.» ¡Pobre +muchacha! Luego quiso seducirla un cura, y se hizo escéptica. ¡Con qué +poco se pierde la fe! ¡Bah! Aquello pasó... Ya tenía yo olvidado el +Madrid de por la mañana. Lo mismo está hoy que cuando iba yo a la +Universidad. Puestos de buñoleras, burras de leche, traperos, cocineras, +albañiles con blusa y tartera, el carro de la basura con un barrendero +encima que parece un cónsul romano preparándose para entrar en triunfo, +alguna pareja de estudiante y modista... ¡quién fuera él!... y yo aquí +hecho un imbécil esperando a una niñera..., ni más ni menos que un +soldado... Esa es la estatua de Felipe III o Felipe IV, no estoy +seguro... igual da. ¡Aquella sí que era buena época! Capa, espada, +linterna, escala, un buen criado, en las comedias antiguas les llaman +lacayos, el bolsillo bien repleto de doblas... y a perseguir tapadas. +¡Famosa debía de estar la corte! Libertad no habría; pero en cuanto a +divertirse, cada oveja con su pareja..., mejor que ahora. Ellas siempre +encerradas como monjas; así que cuando podían salir o meterle a uno en +casa, se volvían locas. Y eso que había frailes. ¡Los frailes! Eran +sabios que en materia de agricultura recogían sin sembrar, y en amor +sembraban sin recoger. Yo tengo la preocupación de creer que no hay +español que no tenga en las venas sangre de fraile... Siempre que se me +ocurre una idea mala, digo: esto, esto es atavismo, reminiscencia del +padre Tal o Cual, que debió de tener algo con alguna de mis abuelas... +El Madrid de hoy es insoportable. Todos los pisos bajos son tiendas, +apenas hay rejas. ¿Cómo se las arreglarían ahora aquellos galanes? ¡Qué +cosas se les ocurrirían a Villamediana y a Quevedo, viendo este Madrid, +que tiene la Plaza de Oriente al Norte, la estatua de la Comedia delante +del teatro italiano, y aquí en la Plaza de la Constitución la estatua de +un rey absoluto! ¡Cuánto disparate!... Pero, ¿no vendrá esa chiquilla? +¿Se estarán burlando de mí? No: Cristeta no es capaz... ¿Estará +realmente casada?... Importarme, no me importa nada; pero me +mortificaría que conmigo presumiese de incorruptible...»</p> + +<p>A las ocho menos cuarto apareció Julia bajo el arco que da a la calle de +Toledo. Al verla, se dirigió hacia ella con mal disimulada impaciencia:</p> + +<p>—¿Qué hay, buena pieza?</p> + +<p>—<i>Pos</i> verá usted. Lo primero que se me ocurrió fue decir a la señorita +que, estando yo en el portal, <i>yegó</i> un <i>cabayero</i> a dejar una carta, y +que como no estaba la portera, la tomé yo. Por lo pronto no se malició +nada; pero luego en cuantito que la leyó, se tragó la partida.</p> + +<p>—¿Y qué cara puso?</p> + +<p>—Sabe más que Lepe, Lepijo y toda su parentela. Me llamó, se encaró +conmigo, y me dijo que la carta me la habían <i>dao</i> a mí <i>diretamente</i>, y +que si tomaba otra, me plantaba en la calle.</p> + +<p>—Bueno; pero ¿crees tú que fue pamema o que se incomodó de veras?</p> + +<p>—Le diré a usted; yo salí del gabinete haciendo como que me largaba a la +cocina, y me planté detrás de la puerta, y por una rendija miré... Se +quedó más blanca que el papel..., luego se sentó de espaldas; pero me +pareció que <i>yoraba</i>, <i>lo cual que</i> no me lo explico.</p> + +<p>—Vamos por partes: ¿te preguntó las señas del caballero de quien tomaste +la carta?</p> + +<p>—Sí, y dije: buen mozo, con barba corta y bigote largo, bien <i>plantao, +mu fino</i>... en fin, usted.</p> + +<p>—Gracias, prenda. Pues mañana tienes que venir aquí para que te dé otra +carta.</p> + +<p>—Mire usted que me despiden.</p> + +<p>—Calla, y escucha. Te daré la carta y la dejas sobre un mueble donde +ella la vea, Si riñe, hemos concluido, y pensaremos otra cosa: si calla, +ya sabemos a qué atenernos. Tú sírveme bien, y no te importe lo demás. +Toma, para ti.—La propina fue respetable.</p> + +<p>—Me <i>paece</i> a mí que me está usted metiendo en un berenjenal. A ver si +usted se come el queso y yo pierdo el pan.</p> + +<p>—Yo lo remediaría. Otra cosa. Por lo que pueda ocurrir, es indispensable +que me digas dónde vivís.</p> + +<p>—Bueno, pues mire usted, yo se lo diré a usted en cuanto huela que la +señorita <i>está por usté</i>; antes no porque me quedo en <i>mitá</i> de la +calle: luego <i>ustés</i> harán lo que quieran; pero le <i>azvierto</i> a usted +una cosa, y es que..., la verdad, yo no sé si la señorita el día de +mañana le pondrá a usted buenos ojos, no la <i>conozgo</i> bastante... y ya +sabe usted lo que son las señoras...; lo que sé, de seguro, es que tiene +mucho miedo a la <i>vecindaz</i>, que está llena de amigas y <i>conocías</i> suyas +por <i>toos laos</i>; en casa no entra <i>dengún</i> señor... y, en fin, que en +cuanto se asome usted por allí, ha <i>perdío</i> usted el pleito. Como veo +que es usted una persona decente, no le quiero engañar. ¿Sabe usted lo +que le digo? Y mire usted, que aquí donde me ve usted tan joven, he +<i>servío</i> en muchas casas.</p> + +<p>—Habla mujer.</p> + +<p>—Pues que de <i>yevar</i> el gato al agua <i>tié</i> que ser en otro barrio; pero +<i>mu</i> lejos. Con el <i>caráter</i> y las <i>cercunstancias</i> de mi señorita, +<i>tié</i> usted que ir a robar lejos, como los gitanos.</p> + +<p>—Puede que tengas razón. En fin, por ahora seguiré tu consejo. Sin +embargo, a pesar de esto, quiero resueltamente que me digas dónde vivís; +yo no pareceré por allí, pero necesito saberlo. Y vive tranquila; lo que +a ti te trae cuenta es estar a bien conmigo. Conque habla, pimpollo.</p> + +<p>Julia fingió vacilar, y por fin repuso:</p> + +<p>—Bueno, pues vivimos en la calle de Don Pedro, número 20, la única casa +que <i>tié</i> jardín con tapias <i>mu</i> altas que dan a otra calleja +<i>estrechisma</i>. Pero ya le diré yo a usted cuándo <i>tié</i> que <i>dir</i> por +allí, no vaya usted a ensuciarlo <i>too</i> por <i>pricipitación</i>.</p> + +<p>—Corriente. ¿Vendrás mañana por la carta?</p> + +<p>—Sí: agur, que se va a levantar el ama.</p> + +<p>—Adiós, salerosa. ¿Sabes que me gustas?</p> + +<p>—¿También le gustan a usted las sirvientas? <i>Pa</i> mucha gente quiere +usted servir a la vez.</p> + +<p>La segunda carta fue redactada en estos términos:</p> + +<div class="blockquot"><p><i>«Cristeta: No quiero resignarme a que conserves mal recuerdo de +mí. Es necesario que te explique muchas cosas. Concédeme unos cuantos +minutos, y no volveré a molestarte nunca. Sé que la única persona a +quien puedes temer no está en Madrid. Espero con impaciencia un recado o +dos líneas tuyas. Recibe un respetuoso saludo de</i></p> + +<p class="r">J.»</p></div> + +<p>Nuevo intervalo de veinticuatro horas, y nueva entrevista de la niñera +con don Juan al pie de la estatua de Felipe III. ¡Triste cosa, ser rey y +presenciar alcahueterías!</p> + +<p>La mañana, extremadamente fría; lluvia mentidita de calabobos; don Juan +ojeroso y falto de sueño; la chica burlona, desenfadada y alegre.</p> + +<p>—¿Qué hay?</p> + +<p>—<i>Rigular.</i></p> + +<p>—Explícate.</p> + +<p>—Dejé la carta encima del tocador, entré poco después y la estaba +leyendo <i>mu</i> seria. En seguida la rompió en pedacitos y la tiró a la +chimenea, diciendo, como para que yo me hiciese cargo: «Ya se cansará.» +Después <i>me se</i> quedó mirando <i>clavá</i>, y dijo: «Muchacha, ¿tú te has +<i>empeñao</i> en irte a servir a otro <i>lao</i>?»</p> + +<p>Don Juan hizo un gesto de disgusto: Julia prosiguió.</p> + +<p>—Pero lo que yo me digo: cuando no me ha <i>despedío</i> ya..., es <i>güena</i> +señal. Y ha de saber usted que no me lo esperaba yo; creí que la +señorita sería más dura de pelar; pero desengáñese usted..., <i>pa</i> ver +picardías no hay más que servir a las amas. Crea usted que nosotras nos +vamos con un hortera o un <i>soldao</i>; pero lo que es las señoras, en +viendo <i>cabayeros</i>... como si no fueran tales señoras.</p> + +<p>—Tienes razón.</p> + +<p>—Por supuesto que también los hombres son <i>negaos</i>: no lo tome usted a +mala parte; pero ¿se le figura a usted que el <i>marío</i> de mi ama no está +<i>dejao</i> de la mano de Dios <i>pa dirse</i> a la Habana <i>ú</i> donde sea, +mientras ella está tan reguapa que da gloria, y más fresca que una rosa? +Lo que yo digo: si él está en el <i>otro mundo</i>, ella como si estuviera +viuda, y las viudas son del diablo.</p> + +<p>—¡Ah! Bueno, y ¿qué hay de eso? ¿Cuándo se casaron?</p> + +<p>—Verá usted: me ha dicho la cocinera, que es la más antigua, que el +señor es bastante mayor, no viejo, ¿eh?; pero la <i>yeva</i> veinte años, lo +menos. Se conocieron fuera de Madrid, en un pueblo donde hay mar, ya va +<i>pa</i> tres años, y el casarse fue por la posta. Vamos, que les entró muy +fuerte... como a usted ahora.</p> + +<p>—Sigue.</p> + +<p>—Luego, hace tres meses, el señor, que estaba <i>empleao</i> aquí, se ha ido +a la Habana; dicen que es <i>pa</i> tener no sé qué categoría o señorío, y +<i>golverse</i> y <i>cobrar</i> más; después, si se muere habiendo <i>estao</i> allí, +porque él ha <i>estao</i> antes también, pues, si se lo lleva Pateta, le deja +<i>mu</i> buena orfandad a la señora.</p> + +<p>—Viudedad, mujer, viudedad.</p> + +<p>—¡Ah! <i>me se</i> olvidaba lo mejor. A la cocinera le han dicho que la +señorita había sido de las que trabajan en el <i>treato</i>.</p> + +<p>—Eso debe de ser una paparrucha. No tiene trazas de cómica. Lo que has +de averiguar es si tiene unos parientes estanqueros, y si habla de que +vuelva pronto tu señor.</p> + +<p>—De parientes nunca habla, como si fuera inclusera. El señor <i>tié</i> que +estar allá un año... le faltan nueve meses. Ingénieselas usted ahora +mientras él está allá..., en <i>golviendo</i>..., pues, entonces... ya +¡maldita la falta que le hace usted a ella!</p> + +<p>—Bien, hija, bien. Eres jovencita; pero piensas claro.</p> + +<p>—Lo que la enseñan a una. En fin, yo me tengo que largar. ¿Manda usted +algo? ¡Ah, <i>me se</i> olvidaba una cosa que <i>l'importa</i> a usted mucho! +Según la cocinera, el amo es muy bruto... ¡conque, ojo al Cristo!</p> + +<p>—¿Cómo?</p> + +<p>—Que es hombre que gasta malas pulgas, y si se entera de que usted u +otro <i>cualisisquiera</i> anda buscándole las vueltas <i>pa</i> torearle, pues, a +la señorita y a usted, <i>ú</i> al que sea, lo hace polvo. El tal señor de +Martínez es atroz de grosero y de mal <i>hablao</i>.</p> + +<p>—Me tiene sin cuidado. Lo principal es que yo me haga simpático a la +señorita..., luego..., si viene ya nos las compondremos como podamos. +Vamos a lo que importa. Mira..., mañana..., no, mejor ahora mismo, +espera. Vengo prevenido para ver si me ahorro otro madrugón.</p> + +<p>Sacó de la petaca una tarjeta, un sobre pequeño y un lápiz; miró en +torno, y convencido de que la gente que pasaba no era tal que pudiese +conocerle, hizo ademán de escribir sosteniendo la tarjeta en la mano +izquierda.</p> + +<p>—Poco cabe ahí—dijo Julia mirando el pedazo de cartulina—. ¿<i>Sabusté</i> lo +que le digo? <i>Póngala</i> usted a la señorita que si no contesta se +plantifica usted en su casa <i>pa</i> hablar con ella, y apuesto las orejas a +que, por miedo, contesta. En fin, así sabrá usted si da lumbre, porque +hasta hoy está usted como alma en pena.</p> + +<p>«¡Oh malicia, oh ingenio, hasta en los más humildes resplandeces!»—pensó +don Juan y añadió en voz alta:</p> + +<p>—Hablas como un libro.</p> + +<p>En seguida escribió estas líneas:</p> + +<div class="blockquot"><p><i>«Cristeta: Esto y resuelto a que nos veamos. Si no me contestas, +si no accedes a ello, pasado mañana, sin falta, me presentaré en tu +casa. Date por avisada. Perdóname; pero ni puedo ni quiero estar más +tiempo sin hablarte.</i></p> + +<p class="r"><i>Tuyo, Juan.»</i></p></div> + +<p>Metió en el sobre la tarjeta, se la dio a Julia, despidiéronse, y ya +estaban a punto de separarse, cuando él, por precaución para lo +sucesivo, dijo:</p> + +<p>—Oye, por si yo te necesito o tú tienes algo nuevo que decirme, cada dos +días por la mañana, a la misma hora de hoy, aquí nos veremos. ¿Vendrás?</p> + +<p>—Bueno, vendré; pero usted las lía de tanto madrugar.</p> + +<p>Y cada uno se fue por su camino.</p> + +<p>Poco después, don Juan, resuelto a seguir el consejo de Julia, quiso, +para orientarse, conocer el terreno que acaso habría de pisar, y tomando +un coche de punto, encargó al simón que pasase despacito por la calle de +Don Pedro.</p> + +<p>Se quedó asombrado. La casa de que Julia le hablara era la de los duques +de Barbacana, una de las más antiguas y señoriales de Madrid, un +edificio de mediados del siglo XVIII, caserón destartalado, con honores +de palacio, formando esquina con una calleja inmediata y rodeado de +altas tapias, tras las cuales se alzaban unas cuantas acacias. «No cabe +duda—se dijo—, la casa de los de Barbacana. Pues les costará carísimo. +¿Con quién se habrá casado esa mujer? ¿Qué señor Martínez será ese? ¿A +que está nadando en la opulencia y resulta inútil cuanto yo intente?»</p> + +<p>Al tornar hacia el centro de Madrid, llevaba la cabeza llena de dudas, +conjeturas y suposiciones. La vista de aquella fachada con grandes +huecos, el portal enarenado y lleno de tiestos, el arranque de la +escalera alfombrada, el farolón monumental y, sobre todo, la grave +figura del portero augustamente envuelto en un levitón con cada botón +como un platillo, y con gorra de cinta blasonada, aquel conjunto de +señorío rancio y fortuna segura, le dejó estupefacto. «¡Qué barbaridad! +Pues aunque los duques vivan en el principal y alquilen el segundo y sea +interior, lo menos... ¡qué sé yo cuánto! ¿Se habrá casado con el +administrador y les darán casa? No, porque no estaría él en América.»</p> + +<p>Don Juan empezó a creer que la situación se complicaba. Cristeta debía +de estar rica, y no necesitaría para nada de su antiguo amante; además, +era mujer capaz de entregarse, pero incapaz de venderse; por último, +también pudiera suceder que estuviese enamorada de su marido. Al +ocurrírsele esta idea frunció el entrecejo, y pasándose la mano por la +frente, pensó: «¿Enamorada del otro? ¡Imposible! Pero... ¿y a mí qué? +Mejor. Lo esencial es que se ha puesto hermosísima, mucho más guapa que +antes. En fin, tengo ese capricho y me da la gana. Ha engordado..., +antes tenía el pecho como de ninfa jovencilla, hoy debe de tenerlo como +la diosa de la abundancia. ¡Me da una ira pensar que el burro de +Martínez!... No es que yo me arrepienta; pero la verdad es que anduve +algo precipitado en dejarla.»</p> + +<p>Evocando recuerdos se le vinieron a la imaginación muchas cosas. Ninguna +mujer poseyó que fuese tan cariñosa. ¡Qué modo de echarle al cuello los +brazos! ¡Pues y aquella lánguida monería con que se le ceñía al cuerpo, +posando la gentil cabeza sobre su hombro! Sin saber cómo, se le caían +las horquillas, y el pelo suelto, rizoso y perfumado le rozaba la +frente. Lo particular era que la sensualidad, la parte grosera del amor, +permanecía en ella velada por un pudor admirable. Jamás habló de +resistencia, ni de perdición, ni echó en cara lo que daba, ni tuvo +miedo, ni alardeó de doncellez. Se dejó poseer con prodigiosa +naturalidad, como quien tiene sed y bebe agua, pareciéndole que la +entrega de su cuerpo era lógica, fatal e ineludible consecuencia de +haber sometido el alma. ¡Qué momentos tan dulces! La verdad es que todo +el mundo se ríe de estas cosas cuando las ve escritas; pero cuando las +trae uno mismo a la propia memoria, parece que saltan chispas de los +nervios y que ruedan lagrimones por las mejillas. Lo inolvidable para +don Juan era el modo que Cristeta tenía de besarle. A la llegada, un +beso repentino, brusco y rápido; el desahogo de la impaciencia. Luego, +según el momento y la situación de ánimo, variedad infinita; todo un +curso espontáneo de filosofía sentimental. Si le veía triste, besos de +cariño dulces y desinteresados, como caricias aniñadas. Si estaba +contento, besos juguetones y mimosos, algo lentos. Cuando quería +marcharse, besos prietos y tercos, en que la húmeda tersura de los +labios palpitaba con deliciosa laxitud, queriendo sorberle el alma. Nada +de grosería ni lujuria. Estos besos eran el maravilloso límite que +separa lo físico de lo inmaterial. Las bocas se unían como si tuvieran +vida propia, e independiente del resto del cuerpo. La confusión de los +alientos era símbolo del maridaje de las almas. ¿Quién ha dicho que esto +es pecaminoso? Si Dios ha desparramado en los labios, con infinito arte, +las papilas nerviosas que perciben y sutilizan la sensibilidad, y no +sirven para besar, entonces, ¿para qué sirven? El principal encanto de +las caricias de Cristeta consistía en que no permitían precisar dónde +acababa el amor puro y dónde empezaba la sensualidad. Tenía los enlaces +perezosos y movimientos lánguidos con que ciertos animales mitológicos, +mitad mujeres, mitad serpientes, se ciñen a los troncos de árbol; pero +al mismo tiempo sus miradas permanecían limpias y exentas de lascivia. +El cuerpo era blanco, no con la blancura mate, yesosa y seca de la +gardenia, ni con el tono marfilesco sucio de la magnolia, sino +ligeramente carminoso como el de una rosa blanca que tuviera pudor y se +ruborizase. En punto a modales no era una duquesa de tiempo de Luis XV, +mas poseía en grado superlativo esa aptitud femenina, merced a la cual +la muchacha que por primera vez se enrosca al cuello un collar de +perlas, parece que las ha llevado toda la vida. «Bueno—todo esto lo +pensaba don Juan—; pues dé usted a una mujer así trapos, galas, joyas, +ropas interiores finísimas, casa lujosa, criados, perfumes, blondas, +muebles cómodos, lámparas que adormezcan la luz... y ¡a morir los +caballeros! A pesar de todo lo cual, Cristeta ha venido a parar en +esposa de un señor Martínez. ¿Quién será él...? empleado en Cuba..., no +quisiera pensar mal; pero probablemente un ladrón..., es decir, un +hombre sin delicadeza. Ella, juzgándose perdida ¡por culpa mía!, habrá +transigido; no puede ser feliz. Un hombre que la deja sola por sumar +años de servicios y adquirir categoría, es un bestia.» Había momentos en +que don Juan se ponía malo a fuerza de recordar, discurrir, esperanzarse +y darse a los diablos.</p> + +<p>Al día siguiente de haber confiado a Julia la tarjeta escrita con lápiz, +recibió una carta. El papel, finísimo, pliego pequeño, algo perfumado, +sin cifra ni sello: la letra desfigurada y temblorosa, no decía más que +esto:</p> + +<div class="blockquot"><p><i>«Tú lo as querido. No tienes derecho de comprometer con tantas +imprudencias a una pobre mujer que ningún daño te a causado. Mañana, por +única vez, para despedirnos, a las ocho de la mañana en la Moncloa, +entrando por la parte de la Bombilla iré en coche y por la Birgen rompe +este papel.</i></p> + +<p class="r">C.»</p></div> + +<p class="puntos">*<br />* *</p> + +<p>¡Dios santo, qué noche! Averiguó, porque no lo sabía, hacia dónde estaba +la Bombilla, ajustó y citó un carruaje para las seis y media de la +mañana, pensando en tener, si éste faltaba, tiempo de buscar otro; +estuvo leyendo, sin enterarse, hasta las dos; intentó dormir, no pudo, y +desconfiando de que le despertasen oportunamente, se levantó antes de +que amaneciese. A las siete en punto tenía la capa puesta.</p> + +<p>Poco después se apeaba ante la ermita de San Antonio de la Florida, y +deseoso de que nadie fuese testigo de lo que ocurriera, dijo al cochero +que le aguardase, y se internó andando por las alamedas de la Moncloa.</p> + +<p>La mañana estaba fría, el paseo triste y solitario. Hacia el fondo, en +la lejanía del paisaje, visto a trozos entre grupos de troncos, la +niebla, aún no disipada por el sol pálido y débil, formaba un tenue velo +gris, sobre el cual destacaban los intrincados arabescos del ramaje +seco, los cipreses, cuyo vértice mecía el aire, y las apretadas copas de +los pinos. Una nubecilla brumosa pegada al suelo marcaba el sitio de un +estanque terso como un espejo negro. En los sitios sombríos la escarcha, +no derretida todavía, brillaba como polvo diamantino sobre el musgo +aterciopelado. Las hojas caídas, secas y abarquilladas, se arremolinaban +al menor soplo del viento en torno de los hoyos y socavas. A los lados +de las alamedas, en las cunetas del riego, había charquitos de agua +helada. De largo en largo se retorcían en la atmósfera las espirales +azuladas que formaba el humo de las hoguerillas encendidas por los +guardas. El silencio era tan completo que hasta se percibía el aleteo de +los pájaros al desprenderse de las temblorosas ramas, y de cuando en +cuando, a gran distancia, sonaba el silbato de una locomotora, o el +rechinar de las ruedas de algún carro que pasaba por el camino del +Pardo.</p> + +<p>Don Juan andaba despacio, pisando hojarasca, que crujía bajo sus pies +como quejándose. Aguijoneado por la impaciencia se desembozaba +frecuentemente para mirar el reloj; y pareciéndole que las manecillas +estaban inmóviles, se lo aplicaba al oído. De pronto se detenía, y +volviendo pies atrás, desandaba parte de lo andado; parábase de nuevo, +ávido de oír el acercarse de algún coche..., y nada.</p> + +<p>¿Sería posible que no viniese? ¿Habría sido capaz de citarle sólo por +dar largas al asunto? ¿Acaso para exasperarle? Si tal sucediera, él se +tendría la culpa por la amenaza de plantarse en su casa. Para una mujer +casada el lance podía resultar comprometido. Sin embargo, como su marido +estaba tan lejos... También para él era..., no enojosa, sino delicada la +entrevista. ¿Cómo no pensó antes en esto? ¿Qué iba a decir para +disculparse de la infamia pasada? ¿Por dónde iba a comenzar? ¿Qué +táctica seguiría? Si aquella mujer por él inicuamente...—no cabía +negarlo, inicuamente seducida y abandonada—, encontró después un hombre, +un filósofo que, mediante matrimonio, o fuese como fuese, aseguró su +porvenir, ¿con qué derecho iba él a turbar su reposo? Si le dijese, que +ciertamente se lo diría: «yo no tengo la culpa», ¿qué contestaría? +Además, ¿qué iba a solicitar? ¿Amor platónico? ¡Absurdo! El amor +platónico es la falsa resignación de los que no pueden besarse. Cuando +una mujer y un hombre se han devorado a caricias, ya no hay platonismo +posible. ¿Volver a las andadas? ¿Para qué? ¿Para cansarse al cabo de un +par de meses, sentir el mismo hastío de la vez primera, y portarse de +nuevo como un charrán?</p> + +<p>No estaba seguro de poder reanudar el idilio, y ya entreveía la +contingencia de tener que romperlo. Sin embargo, ni por un momento se le +ocurrió la idea de salirse fuera del paseo y volverse a casa, +renunciando a la cita. Sólo la idea de mirar a Cristeta cerca de sí, de +contemplar su hermosura y oír el timbre de su voz, bastaba para que +olvidase todo lo demás. Lo peor que le podía ocurrir era quedar en +ridículo. ¿En ridículo él? ¡Imposible! La escena tomaría sin duda tono +romántico, al menos al principio. Después... según. Su papel era rogar +mucho, mostrándose arrepentido, en pocas y bien sentidas palabras. Ella +se negaría rotundamente.... ¡pero le oiría! Tal vez trajese el ánimo +dispuesto a concesiones. ¿Cuáles? ¿Citarle nuevamente? ¿Dónde ni con qué +objeto? ¿Para entregársele renovando en perjuicio de otro las venturas +pasadas? Don Juan lo deseaba... y lo temía. Reconquistarla, estrecharla +contra su pecho, volverla loca..., bueno; pero arriesgarse a tener algún +día que esconderse cobardemente, ¡eso no! por muy bravo que fuese el +señor Martínez. En el momento en que ella, casada o libre, accediese a +la consumación del engaño, ya fuese real y positivamente adúltera, ya +tan sólo traidora, dejaría de ser la mujer que le agradaba; seguiría +siendo hermosa...; pero le parecería falsa, viciosa, vulgar. Suponiendo +que se <i>arreglaran</i>, palabra vil en este sentido, ¿cómo ponerse de +acuerdo? ¿Pertenecía legítimamente a otro? Pues habría que andar a salto +de mata, recatándose, escondiéndose. Cuando el marido volviese, la +humillación sería completa. Lo raro, el síntoma grave, consistía en que +otras veces no paró mientes ante la perspectiva del placer robado, y +ahora sí. ¡Ruin cosa sería verse obligado a guardar respetos a un +marido! Por supuesto que si no estuviera realmente casada ¡ah!, +entonces, aun transigiría menos. Ocultarse de un legítimo esposo..., tal +vez; pero de un simple poseedor, ¡jamás! No había que perder la +esperanza. En el mero hecho de citarle... ¡Tendría chiste que no +viniese! Pero sí; un coche se acerca; su berlina.</p> + +<p>Efectivamente; el carruaje avanzaba de prisa por el centro del paseo. +Don Juan se hizo a un lado, ocultándose tras el grueso tronco de un +álamo. Cristeta, que le había visto desde lejos, mandó parar, y se apeó.</p> + +<p>Por su figura y traje venía primorosa. Llevaba falda lisa de paño gris, +formando grandes pliegues, corta para lucir los pies, calzados con +medias negras y zapatitos a la francesa, abrigo muy oscuro, ceñido al +talle con cordones de seda que pendían hasta el suelo, y forro de felpa +roja que se descubría a cada paso; sombrerillo de terciopelo ceniciento +con velito y lazos encarnados; cuello largo de piel que culebreaba sobre +el pecho, y manguito. Tenía la tez algo carminosa, como excitada por el +aire fresco de la mañana; los ojos acusando insomnio y llanto, +contorneados de un livor apenas perceptible; el garbo, la esbeltez, la +manera de andar, eran una delicia.</p> + +<p>No estaba todavía lo bastante cerca de don Juan para que pudiera +desmenuzarla con los ojos, pero la presintió; el corazón le brincaba +dentro del pecho como pájaro inquieto en jaula estrecha. Un hombre +ducho, corrido y experimentado en tales lances, ¡temblar de aquel modo, +ni más ni menos que un estudiantillo! ¡Qué vergüenza!</p> + +<p>El coche dio la vuelta y quedó parado. Ella cruzó ante el árbol tras el +que don Juan estaba escondido y pasó de largo; él, entonces, salió, +llamándola en voz baja:</p> + +<p>—¡Cristeta, Cristeta mía!</p> + +<p>Sin detenerse, repuso:</p> + +<p>—Anda... anda hasta que perdamos de vista el coche.</p> + +<p>Uno tras otro, a veinte pasos de distancia, siguieron cosa de cien +metros, internándose luego hacia la derecha en los jardinillos donde hay +una plazoleta con macizos de boj y bancos de piedra en torno de una +fuente. Allí se detuvo Cristeta, y volviéndose, aguardó al galán; éste +avanzó rápidamente, al llegar junto a ella se desembozó, y mirándola con +ternura, sin desplegar los labios, le tendió las manos. Ella no sacó las +suyas del manguito, y bajando los párpados quedó silenciosa, impasible e +inmóvil, como deidad que se dignase escuchar a un mortal. Viéndola don +Juan en actitud tan indiferente y desdeñosa se amilanó por completo. +Cristeta, después de complacerse unos segundos en saborear aquella +turbación, dijo fríamente:</p> + +<p>—Aquí me tienes.</p> + +<p>—¡Cuánto te agradezco... vida mía!</p> + +<p>—No, Juan, tuya no. He venido y he hecho mal, lo sé; ahora lo siento. +Pero quería suplicarte de rodillas, exigirte, si es necesario, que no +vuelvas a pensar en mí.</p> + +<p>—¡Imposible!</p> + +<p>—¡Calla! No sabes lo que te dices. En ti sería una locura, en mí una +infamia.</p> + +<p>Don Juan, sin dejarla seguir, preguntó dolorosamente:</p> + +<p>—¿Luego estás casada?</p> + +<p>Cristeta, en vez de contestar categóricamente, dejó caer los brazos +rectos a lo largo del cuerpo, con ademán de profunda resignación, y sin +desplegar los labios inclinó la cabeza sobre el pecho.</p> + +<p>Entonces él exclamó:</p> + +<p>—¡Mentira parece que hayas tenido valor!</p> + +<p>—No tienes derecho a reconvenirme. Te gusté, era libre, y además tonta: +te creí... ¿qué había de suceder? Después me abandonaste sin el más leve +motivo de queja.</p> + +<p>Al llegar aquí, don Juan creyó notar que los ojos de Cristeta brillaban +humedecidos en llanto, y que su voz acusaba profunda turbación de +espíritu.</p> + +<p>En cuanto a él, no sabía cómo disculparse para salir del paso.</p> + +<p>—Mi situación... aquel maldito negocio...—dijo apartando la mirada.</p> + +<p>—Todo mentira; ya lo sé. Me dejaste a sangre fría, con una perfidia +inconcebible... Ahora... ¡tú lo has querido! Nada puede haber entre +nosotros.</p> + +<p>Estaban solos; no había en torno paseantes, jardineros ni guardas; +nadie. Don Juan hizo ademán de querer sentarse en un banco, y miró a +Cristeta para que también lo hiciese; mas ella movió la cabeza negando, +y aproximándose a la fuente, se apoyó de espalda en los sillares del +pilón.</p> + +<p>Los tibios rayos del sol, que ya iban haciendo jirones en la niebla, +comenzaron a reverberar en la limpia superficie del agua, sobre la cual +caía con rumor unísono y constante el chorrito del surtidor. De cuando +en cuando venía una hoja seca revoloteando por el aire, como mariposa de +oro, hasta quedar presa entre los pliegues de la falda de Cristeta, +quien distraída, casi maquinalmente, la tomaba con las puntas de los +dedos, dejándola sobre el haz del agua.</p> + +<p>Viendo don Juan que no quería sentarse, permaneció en pie frente a ella +sin atreverse a proferir palabra. Cristeta tornó al pasado juego de +bajar la cabeza para evitar encuentro de miradas, hasta que pasados unos +cuantos segundos, tendió con desconfianza la vista en torno, y dijo:</p> + +<p>—Déjame, ingrato, déjame que me vaya... esto es una locura.—Y +apartándose de la fuente, anduvo algunos pasos.</p> + +<p>—¡No, por Dios!—exclamó él suplicante—. Tenemos mucho que hablar. No +puedo seguir así; ¿cómo quieres que me resigne a perderte?</p> + +<p>—¡Qué remedio! Juan, piénsalo; ni yo soy mujer capaz de cometer una +infamia, ni tú transigirías con ciertas cosas...</p> + +<p>—¡Eso jamás!</p> + +<p>—Entonces... ¡ya lo ves! Adiós, Juan. ¡Bien sabe Dios que la culpa no es +mía!</p> + +<p>—No me has querido nunca.</p> + +<p>—¡Qué sabes tú lo que es querer! Sí, con toda mi alma... es decir, te +quise cuando podía quererte.</p> + +<p>—No me hubieras olvidado tan pronto.</p> + +<p>—¿Merecías otra cosa? En fin, ni tú debes hablar más, ni yo escucharte. +He venido, ¿qué se yo?, por debilidad, por miedo a que tuvieras el +atrevimiento de plantarte en mi casa.</p> + +<p>—Estaba resuelto.</p> + +<p>—Pues si es verdad que me has querido, que aún me quieres, +demuéstramelo... dejándome vivir tranquila y no te guardaré rencor, es +más, te lo agradeceré con toda mi alma.</p> + +<p>—Calla, eso no se le dice a un hombre como yo. ¿Crees que pueden quedar +así las cosas?</p> + +<p>—No te forjes ilusiones: aquello acabó para siempre. Ya que no supiste +quererme, veremos si sabes respetarme. Adiós, adiós, Juan, que se hace +tarde y puede venir gente.</p> + +<p>Esto dijo con la voz penosamente entrecortada y los ojos nublados de las +mal contenidas lágrimas.</p> + +<p>Don Juan concibió, sin embargo, alguna esperanza. Indudablemente, +aquella mujer había ido decidida a darlo todo por concluido; pero sus +miradas, su turbación, el constante aludir a lo pasado, como echándolo +de menos, indicaban que le costaba gran pena resignarse.</p> + +<p>—Mira, Cristeta—dijo bajando los ojos, al modo de quien hace una +confesión vergonzosa—, tienes razón. Mi conducta... tú no sabes lo que +es la vida de un hombre... estaba en circunstancias excepcionales... +podré haberme portado mal... pero caro lo estoy pagando.</p> + +<p>—Y ahora que no tiene remedio—le interrumpió ella con un mohín +delicioso—es cuando caes en la cuenta.</p> + +<p>—¡Si me quisieses de veras!</p> + +<p>—¡No sueñes! Nuestras relaciones fueron antes un juego peligroso en que +yo salí perdiendo. Hoy, en cuanto a mí, serían un crimen, y por parte +tuya una vileza. Concluiríamos aborreciéndonos.</p> + +<p>—Bueno, como quieras, puede que tengas razón; pero yo no me conformo. +¡Qué impresión me causó encontrarte! ¡Cuánto me has hecho soñar! Ahora, +ahora es cuando te adoro. ¡Idea, imagina, propón un medio, un recurso! +Soy capaz...</p> + +<p>—¿De qué? No hables más, que me ofendes.</p> + +<p>Don Juan miró rápidamente a todos lados, vio que nadie podía +sorprenderles, y alargando los brazos, intentó coger las manos a +Cristeta; mas ella, echándose hacia atrás, las esquivó temblorosa, +exclamando:</p> + +<p>—¡No! ¡No me toques!... Adiós, adiós.</p> + +<p>Y al decir esto, se apartó muy despacio.</p> + +<p>Entonces, envalentonado él por la soledad y aún mas por la emoción que +el semblante de Cristeta revelaba, la alcanzó, cogiéndola por una manga +del abrigo, al mismo tiempo que con voz trémula e intención resuelta, +decía:</p> + +<p>—¡No te irás! Tú no puedes ser de nadie más que mía. ¿Entiendes? ¡Mía o +de nadie!</p> + +<p>—Te digo que me dejes. ¡No eres caballero!</p> + +<p>—Aquí no hay caballero que valga; no hay más que un hombre que te +quiere, que tiene derecho...</p> + +<p>—¡Calla, o me marcho!</p> + +<p>—¡Me oirás! ¿Conque has tenido valor de engañar a un pobre hombre y +ahora quieres sentar plaza de virtud arisca? ¡Es tarde!</p> + +<p>Aun pareciéndole a Cristeta dura y grosera la frase, se alegró de oírla, +porque la energía con que don Juan la dijo denotaba sinceridad. Ningún +halago de los que recibiera en otro tiempo fue tan de su gusto como +aquel espontáneo arranque de despecho.</p> + +<p>—Me abandonaste—replicó—, y lo que se tira por la ventana es de quien +primero lo recoge.</p> + +<p>—Eso será si yo lo consiento. ¡Buscaré a ese hombre...!</p> + +<p>—¡No, por Dios!</p> + +<p>—Pues prométeme que...—y no siguió.</p> + +<p>—¿Ves? No puedes decirlo. ¿Qué he de prometer?</p> + +<p>—Quiero verte..., nada más que verte alguna vez. ¡Mira que estoy +dispuesto a todo!</p> + +<p>Deseando ella cortar la entrevista, fingió ceder, y dirigiéndose hacia +el sitio donde el coche la esperaba, echó a andar diciendo:</p> + +<p>—Bueno..., ahora déjame..., procuraré que nos veamos, cuando pueda +ser..., pero tú mismo te persuadirás de que no debemos..., sería indigno +de nosotros...; por piedad, déjame marchar, que es tarde.</p> + +<p>Don Juan insistió:</p> + +<p>—Pues dime que nos veremos. ¿Dónde? ¿Cuándo? ¡Cristeta, tú no sabes cómo +estoy!</p> + +<p>—Una vez..., te lo prometo...; quédate aquí, no me acompañes más..., y +luego ten prudencia y no me sigas.</p> + +<p>—Te obedeceré..., lo que tú quieras...; pero júrame que nos veremos +pronto, que no me has olvidado por completo.—Y con mezcla de solemnidad +y enternecimiento, añadió, clavando en ella sus expresivos ojos—: +¡Cristeta..., júramelo..., por tu hijo!</p> + +<p>—Bien; te lo juro por el niño, y ten prudencia, por la Virgen del +Carmen.</p> + +<p>Corrió hacia el coche, y don Juan se quedó mirándola embelesado.</p> + +<p>Al arrancar la berlina se asomó a la ventanilla fingiendo que se +incorporaba para acomodarse en el asiento. Un instante después, mientras +el carruaje corría camino de Madrid, no pudo contener la risa pensando: +«Pobrecito niño... ¡jurar en falso! ¡Válgame María Santísima!... aunque +no es mío, no quisiera que le sucediese cosa mala. ¡Angelito de su +madre!»</p> + +<p>Don Juan, loco de contento, dio la vuelta hacia San Antonio, diciéndose +mentalmente: «Es indudable que se ha casado por despecho; todavía me +quiere..., ha consentido en que nos veamos, lo ha jurado por su hijo, +¡pobrecilla!, y después ha dicho 'prudencia', es decir, todo se +arreglará. El arreglo corre de mi cuenta. La cosa no es tan fácil como +parece. Vamos a cuentas. Aunque no se parece a ninguna otra, al fin es +mujer. Está casada, y, sin embargo, ha consentido en que nos viéramos... +luego es mía... en espíritu. El tiempo hará lo demás. Lo imposible, +inútil y absurdo, dadas las circunstancias, sería repetir las citas al +aire libre. Una vez, pase, por lo que tiene de poético. ¡Ya lo creo que +tiene poesía! La mañana, la niebla, el miedo, el misterio, ¡hasta el +sitio...! Aquí venían con sus amantes las damas de tiempo de Carlos IV; +en este palacio de la Moncloa debían de tener sus citas Godoy y María +Luisa. ¡Cuántas picardías habrán visto esos merenderos! ¡Si pudiese +hablar esa ropa que hay tendida! ¡Pobre Manzanares, cuánta burla le han +hecho!; <i>arroyo aprendiz de río</i>, dijo Quevedo; <i>río con mal de piedra</i>, +le llamó Lope... ¡Si hubiese por aquí una casita decente! Pero ¡quiá!, +no es mujer que se deje llevar a cualquier parte. De amigas no querrá +fiarse, y hará bien. Tengo observado que cuando una mujer le presta a +otra su casa, concluye por robarle el amante. Si consintiera en venir a +mi casa, sería lo mejor. ¿Qué tiene de particular que una señora entre a +cualquier hora del día en un portal de la calle de las Infantas? Nada. +¡Si fuese en sitio apartado, en barrio sospechoso! Cuanto más céntrica y +frecuentada es una calle menos se escama la gente de ver a un hombre +parado con una señora o acompañándola; lo que huele a pecado es +encontrarse una pareja fuera de puertas o por calles extraviadas. Sólo +el hecho de haberme citado en la Moncloa demuestra que esta pobre chica +no tiene experiencia ni pizca de malicia. ¡Está monísima! Ahora, ahora +que no está en Madrid el bestia de su marido, es cuando tengo que +domesticarla. Y ha de ser en mi casita. ¡Venus a domicilio! ¡Vaya si +vendrá! La verdad es que lo más cómodo es que ellas vengan a verle a +uno. ¡Y cómo les gusta! Se hacen la ilusión de que se truecan los sexos +y arrostran el peligro con más valor que nosotros... Me acuerdo de +aquella que me decía sentada en el sillón de mí despacho: «Un día vas a +poner en el balcón una muestra con un letrero que diga MODAS, para que +yo me asome impunemente o para que me traiga mi marido hasta la puerta.» +Cristeta no es capaz de semejante desvergüenza, pero vendrá. Esto es lo +primero que hay que procurar. Si no quiere, buscaremos otro medio.»</p> + +<p class="puntos">*<br />* *</p> + +<p>Aquel mismo día por la noche Cristeta mandó recado a don Quintín +rogándole que fuese a verla. Obedeció el vejete, y hablaron largo y +tendido. La sobrina dio encargos e instrucciones; el tío, por la cuenta +que le tenía, prometió obedecer.</p> + +<p>Fue conferencia importantísima, pero secreta; semejante a esos consejos +de ministros en que se tratan cosas graves, que sólo andando el tiempo +se descubren.</p> + + + +<h3><a name="Capitulo_XVII" id="Capitulo_XVII"></a>Capítulo XVII</h3> + +<p>Donde el zorro se forja la ilusión de que la gallina puede venir a +entregársele</p> + + +<p>Tanto se envalentonó don Juan a consecuencia de la entrevista en la +Moncloa que, por conducto de Julia, envió a su hermosa deseada la carta +siguiente:</p> + +<div class="blockquot"><p><i>«Cristeta de mi vida: No renuncio a que hablemos en lugar +seguro. Tu marido está muy lejos de Madrid, y nada tiene de particular +que una señora pase a cualquier hora del día por esta calle. Aquí en mi +casa te aguardo mañana a las tres. No hay ni puede haber lugar más +seguro. En lo porvenir acaso esto fuese imprudente: ahora no. Ven sin +miedo. No tendrás necesidad de llamar porque estaré solo y al cuidado +para recibirte, y al salir hallarás en la puerta un coche que te llevará +hasta donde quieras. ¿Vendrás? Me dice el corazón que sí, y por +supuesto, te doy palabra de honor de que no haré nada, absolutamente +nada que pueda enojarte. Vienes a casa de un caballero. Te he querido, +te quiero, y haré los imposibles por demostrarte que estoy resuelto a +poner remedio a tan dolorosa y difícil situación. Piensa que vas a +decidir de los dos para siempre y ven sin miedo y quema este papel. Por +Dios, no faltes. Tuyo siempre,</i></p> + +<p class="r"><i>Juan</i></p> + +<p><i>Infantas, 80 duplicado, entresuelo.»</i></p></div> + +<p>Luego de enviada la carta, cayó en la cuenta de que tal vez fuese +demasiado expresiva y comprometedora; pero tal era la exaltación de su +ánimo, que se dijo: «No importa; hoy por hoy no hay peligro y aunque +estuviese aquí el marido, haría lo mismo. Lo esencial es que ella venga, +y vendrá.»</p> + +<p>Aquella noche durmió mal, tras madrugar mucho, almorzó sin gana y se +vistió como quien pretende agradar.</p> + +<p>Sobre la chimenea del despacho colocó dos jarroncillos llenos de flores; +en seguida, por si era curiosa y le revolvía los papeles, como habían +hecho otras, escondió varias cartas en una sombrerera vieja, arrojándola +encima de un armario, y quitó de la vista dos retratos de antiguas +conocidas y otro de una cómica fotografiada en ademán provocativo. En un +veladorcito puso un sortijero con alfileres, horquillas, agujas, +imperdibles y un gran frasco de agua de Colonia sin destapar, con su +caperuza de pergamino y sus cordones de colores. Pero, de allí a poco, +pensándolo mejor, e imaginando que aquello, además de estar en +contradicción con su carta, denotaba práctica de libertino a sangre +fría, solamente dejó el perfume y las flores.</p> + +<p>Según las manecillas del reloj iban avanzando despacito, comenzó a +recapacitar si todo estaba dispuesto y en su punto. Nada ni nadie podría +turbarles. Los criados fueron alejados engañosamente, y la portera +advertida de que sólo dejase subir a la señora que había de llegar a las +tres.</p> + +<p>Comenzó don Juan a dar paseos por el cuarto, y cada vez que llegaba +hasta la puerta de la escalera, aguzaba el oído, esforzándose en +distinguir y diferenciar los pasos de las gentes que subían... Los +peldaños crujen... ¡no es ella!; debe de ser una mujer muy gorda; luego +un chico que baja de estampía; después la pausada y ruidosa ascensión +del... De pronto sonó un campanillazo; tornó de puntillas hasta la +puerta, descorrió con gran tiento el ventanillo, y por una rendija +imperceptible, conteniendo la respiración, miró. Era un amigo: la +portera se había descuidado. Otro campanillazo, dos más, el último a la +desesperada, mucho más fuerte... y el inoportuno bajó lentamente la +escalera como quien da tiempo a que abran y le llamen.</p> + +<p>Las tres menos diez. Hasta las flores, mal puestas en los búcaros, +caídas y doblados los tallos, parecían cansadas de esperar. Silencio +completo. De repente don Juan se dirige hacia la alcoba, porque más allá +del hueco que la separa del despacho, se ve la cama cubierta de un rico +paño japonés.</p> + +<p>«Esto está mal; no debe verse tanto» pensó, y desplegando un biombo de +telas antiguas, ocultó el lecho, del cual sólo quedaron visibles las +almohadas, blancas, limpísimas, aún cuadriculadas por los dobleces del +planchado.</p> + +<p>Al pasar ante un espejo se miró un instante y sonrió satisfecho. Tenía +la barba sedosa y muy cuidada; los ojos algo tristes, como de quien +espera una dicha, desconfiando lograrla porque no cree merecerla... El +gozo, la alegría, serán luego, cuando ella entre, porque no ha de +faltar. El marido no está en Madrid, el sitio es seguro, la impunidad +completa. Por otra parte, él se ha resignado de antemano a portarse como +caballero, a estar casi platónico para inspirar confianza. Lo demás +vendrá con el tiempo.</p> + +<p>De cuatro miradas examinó el cuarto y le pareció que no estaba mal. +Alejando toda sospecha de ocio y frivolidad, había sobre una mesa varios +libros con señales interpoladas entre las hojas, y páginas dobladas. En +un testero de pared, llenando un hueco entre dos cuadros, se veían +brillar dos espadas de duelo que representaban la dignidad y el valor. +La alfombra no tenía motas, ni manchas de ceniza de cigarro; ni un átomo +de polvo empañaba los muebles.</p> + +<p>¡Menos cinco! Se dirigió al balcón, y apoyando la frente contra el +vidrio, miró hacia la calle que enfilaba con el portal, por donde ella +probablemente vendría. Así permaneció un rato, que se le antojó muy +largo; mas al consultar de nuevo el reloj, vio que apenas se había +movido el minutero.</p> + +<p>«Es difícil que una señora sea puntual; ¡tardan tanto en emperejilarse!»</p> + +<p>Quiso distraerse leyendo periódicos; pero su imaginación tomó rumbo +hacia Cristeta y comenzó a fingírsela presente deleitándose en ella +igual que si la tuviese ante los ojos. Ensimismado y desprendido de +cuanto le rodeaba, creyó verla mientras en su casa se vestía, desazonada +y trémula, engalanándose con premeditación para venir a rendírsele. ¡Oh +portentosa fuerza de abstracción! ¡Oh bienhechora potencia imaginativa!, +¡sed benditas, porque dais al hombre la visión de la dicha deseada +cuando aún la tiene lejos... cuando acaso jamás ha de llegar!...</p> + +<p class="puntos">*<br />* *</p> + +<p>No, no es visión, es realidad; no imagina verla, sino que la está +mirando.</p> + +<p>Su tocador, ni grande ni lujoso, respira limpieza y elegancia. Cristeta, +en pie, frente al espejo, pincha en el rodete rubio la última horquilla, +y con la yema de los dedos se arregla los ensortijados ricillos de la +nuca. Estremecida de pudor y de frío, se quita la bata y la tira sobre +un sofá. Las ropas interiores son finísimas; están adornadas de +estrechas cintas de tonos pálidos, y trascienden suavemente a verbena. +Las medias son negras, como exige la impúdica perversión de la moda; las +ligas, de color de rosa. Ya se calza los bien formados pies. Ahora se +pone el corsé, lleno de vistosos pespuntes, y encima el cuerpo de suave +batista para no ensuciarlo. En seguida el vestido que, arrugando el +canesú de la camisa, oculta el nacimiento del pecho y los hermosos +brazos. La falda cae, resbalando a lo largo de la enagua; se abrocha de +prisa; busca entre varias horquillas un alfiler largo para sujetar el +sombrero, y se lo prende, dejando que el velo caiga, sombreándola el +rostro dulcemente. Los guantes..., una pulsera..., la lisa de plata, +nada que tenga pedrería. Se acabó. Algo falta: pudorosa, aunque nadie +puede verla, se vuelve de espaldas a la puerta y se estira una media.</p> + +<p>«¡Qué hermosa es! ¡Cuánta cosa bonita y elegante se ha puesto! ¡Y pensar +que tal vez yo se lo vaya quitando todo poco a poco, con mimo, +lentamente, lazo a lazo, botón a botón, broche a broche, sin que oponga +resistencia ni enfado! Pero sabe Dios lo que sucederá, porque es una +mujer excepcional, capaz, aunque venga, de no dejarse besar ni las yemas +de los dedos. Sería desesperante y ridículo que sólo viniese para que +tuviéramos una escena romántica... con lágrimas.»</p> + +<p>El reloj marca las tres en punto, la máquina produce un quejido metálico +y el timbre suena pausadamente. ¡Qué espacio tan largo entre una y otra +campanada! Hasta los objetos parece que aguardan impacientes. Don Juan +vuelve de nuevo a pasear, atento el oído hacía la puerta y fruncido el +entrecejo por el enojo. Empieza a desconfiar.</p> + +<p>«¡No viene! ¿Qué ridículo miedo, qué recelo se le habrá metido en el +alma? ¡Virtud de última hora!»</p> + +<p>Torna al balcón, apoya la cabeza en la vidriera, que se empaña con el +vaho de su aliento, y exclama, hablando solo:</p> + +<p>—¡Gracias a Dios! ¡Allí está!</p> + +<p>Cristeta viene por lo alto de la calle, vestida como él la soñó. Sus +enguantadas manos oprimen un grueso devocionario, sujeto con un elástico +rojo, y bajo el tul del velo brillan sus rizos de oro. A cada instante +vuelve la cabeza hacia atrás. Entonces, don Juan sonríe con orgullo y se +dirige lentamente a la puerta.</p> + +<p>Al cruzar el despacho, lo inspecciona todo por última vez. Nada falta. +Para ella la butaca en que descansará su cuerpo agitado por la emoción y +el miedo, ¡quizá por el amor! En el suelo, el almohadón, bordado por +otra mujer ya olvidada, y muy cerca, la silla baja de fumar, que él +tomará para sí, cogiéndola como al descuido, procurando tener la presa +al alcance de la mano.</p> + +<p>Pero en la escalera no suena el esperado taconeo ni el roce crujiente de +la falda.</p> + +<p>«¿Qué será esto?»</p> + +<p>Vuelve precipitadamente al balcón, alza el visillo y la ve en la acera +opuesta parada ante un escaparate, como si con disimulo se contemplara +en su cristal. En realidad, lo que hace es mirar con terror a derecha e +izquierda; hasta se nota la respiración alterada que levanta y deprime +su hermosísimo pecho, Don Juan piensa:</p> + +<p>«Esta es la última vacilación.»</p> + +<p>De pronto, Cristeta se vuelve, avanza en dirección al portal... se +detiene para dejar paso a un hombre que va cargado, y en seguida, +obedeciendo a un impulso inesperado, con un movimiento nervioso, se +vuelve de espaldas y echa a andar muy de prisa, calle arriba, por donde +vino. Pero aún queda esperanza: de repente acorta el paso, sigue +despacio, parece que duda, vacilando entre la cita y el deber... Por fin +acelera la marcha, se aleja casi corriendo, y allá, en lo alto de la +calle, se pierde confundida en un grupo de gente, mientras don Juan, +humillado y rabioso, murmura entre dientes, rasgando el visillo del +balcón:</p> + +<p>—¡Cobarde! ¡Bribona!</p> + +<p>Si la coge en aquel momento, la mata.</p> + +<p class="puntos">*<br />* *</p> + +<p>Al anochecer se presentó en la casa un mozo de cuerda, mostrando tal +empeño por entregar al señor una carta en propia mano, que para tomarla +de la suya don Juan, todavía mohíno, salió al recibimiento.</p> + +<p>Rasgó el sobre: lo que dentro venía era una tarjeta: el nombre +litografiado decía: <i>Cristeta Moreruela de Martínez</i>, y encima, escritas +con lápiz y mano temblorosa, estas palabras:</p> + +<div class="blockquot"><p><i>«He ido asta la puerta de tu casa, y me a faltado balor. No +pidas lo imposible. Perdona a esta pobre mujer que sufre mucho, y +holbídame adiós para sienpre.</i></p> + +<p class="r">CRISTA.»</p></div> + +<p>Al releer aquellas cuatro líneas, luego de ido el mozo, don Juan sonrió +como si contemplara un billete de lotería premiado.</p> + +<p>«No me esperaba esta satisfacción, que casi es una promesa—se decía +paseando desde la sala al despacho y viceversa—: nos acercamos al +momento supremo de la crisis. Lo que me figuré: casada por despecho, y +arrepentida. Me quiere... y le falta valor... lo cual prueba que no es +mala. Yo tengo la culpa de todo. ¡Qué lucha habrá sostenido la pobre +consigo misma! ¡Qué noche habrá pasado! Porque... vamos a cuentas: si se +ha casado, aunque me quiera, por fuerza ha de costarle trabajo hacer +traición... traición, no; pero, en fin, engañar al otro. Lo que en +realidad no es más que la vuelta al primer amor, creerá ella que es una +liviandad imperdonable, y no le faltará razón, pero ¿a mí qué? Yo no soy +el marido. Por supuesto que si no hay tal marido, si sólo se trata de un +amante, y le deja por mí, ella tiene que considerarse como una mujer que +va de hombre a hombre, como hueso de perro a perro, o baraja de mano en +mano. En fin, me parece que está al caer. Lo cierto es que nosotros +somos responsables de todos los pecados, desórdenes y zorrerías que +cometen las pobres mujeres. Ésta, por ejemplo, me gustó; preparé las +cosas... y ¡mía! Luego la dejo plantada, y ella encuentra modo de +remediarse o redimirse, y lo acepta: vuelvo a verla, me encapricho de +nuevo y ¡seamos justos! ¿qué derecho tengo para quejarme ni para +llamarle <i>las cuatro letras</i> porque también ella vuelva a encapricharse +conmigo? Indudablemente ha experimentado al verme lo mismo que yo he +sentido al mirarla... ¡Cómo se habrá acordado de las noches de +Santurroriaga! Yo estaba enviciado con amores de otra clase. La verdad +es que cuantas se me han entregado, lo han hecho por interés o por <i>lo +otro</i>: cuando no he sido pagano, he sido apagafuegos, casi un bombero +del amor. Con Crista, no. Esta tarde la hubiera matado... Y el caso es +que ha venido, ha llegado hasta la puerta... después debió de darle +miedo, es decir, no precisamente de mí, sino de sí misma, de verse +conmigo a solas. No podríamos contenernos. Mientras nos veamos al aire +libre, todo va bueno; pero como lleguemos a encontrarnos entre cuatro +paredes ¡solos! del primer beso la dejo los labios descoloridos. Ella sí +que cuando me besaba, parecía que me sorbía el alma. Hablaba más con los +ojos que con los labios. Me sucedía respecto de ella una cosa +enteramente nueva: con todas las mujeres, el verdadero encanto es antes; +con ella, la verdadera delicia era después, porque cuando se le adormece +la voluptuosidad, se le despierta la ternura. A pesar de lo cual, me +largué por cobardía, pero sin hastío. Lo cierto es que si, uno pensara +mucho en estas cosas, se volvería loco. En toda posesión hay un momento +terrible, un instante en que, al separarse las cabezas, cada uno quiere +respirar solo, a gusto, como si no hubiera pasado nada: con Crista, +no... jamás sentí a su lado el egoísmo del reposo. Los últimos besos me +sabían mejor que los primeros. Entonces, ¿por qué hice la burrada de +marcharme, humillándola y dejándola mil duros, es decir, lo que cuesta +en ramos, palcos y dijes cualquier señora de las que no tienen +vergüenza? Sin embargo, esa mujer ha venido hasta la puerta de mi casa. +Por codicia no es; basta ver la elegancia con que viste para comprender +que no necesita nada: por lujuria tampoco, porque no es viciosa. ¡Pues +si ha venido, señal de que sufre y me quiere! ¡Daría el alma por +saberlo! ¿Qué habrá hecho, qué habrá pensado antes de decidirse a venir? +La chica, Julia, me dará detalles; ataré cabos, y por el hilo sacaré el +ovillo. Mañana lo sabré.»</p> + +<p>Toda la noche se pasó en claro el pobre don Juan haciendo planes, +ideando recursos y arrostrando mentalmente las consecuencias de cuanto +se le ocurría, que era gravísimo, porque en sus pensamientos, cálculos y +temores, ya no figuraba él solo frente a la irresoluta Cristeta, sino +que entre ambos se alzaba, misterioso y tremendo, un nuevo personaje: el +señor Martínez, propietario legítimo de aquel cuerpo adorable, dueño +legal de la mujer amada.</p> + +<p>«¿Amada?—se decía—. No, esto no es amor, es obcecación, empeño, vanidad, +capricho: tiene que ser mía veinticuatro horas o lo que me dé la +gana...: si quiero, toda la vida: pero mía y remía como mis ideas, como +mis pensamientos. ¿Qué puede suceder? ¿Que me encapriche seriamente? Así +como así, ninguna vale lo que ella; y además, si ésta es buena, ¿voy a +pasar años y más años cambiando de mujeres?»</p> + +<p>Muy de mañana, yerto de frío y nervioso de impaciencia, esperó a Julia +en la Plaza Mayor, viéndola llegar como el reo de muerte a quien le trae +el indulto. La chica venía esperanzada en que sus palabras se trocarían +pronto en buena propina, y sin dar tiempo a que él desplegase los +labios, dijo:</p> + +<p>—Hoy sí que tengo cosas que hablar con usted. Pero ¿qué le ha hecho +usted a mi señorita? Razón tenía yo <i>pa</i> maliciarme que iba usted a +meternos en un lío <i>mú</i> gordo.</p> + +<p>—Cuenta, cuenta. ¿Qué ha pasado? Dímelo todo; ya sabes que tu señorito +soy yo.</p> + +<p>—¿Lo que ha pasado? La mar de lágrimas. Cuando el otro día <i>golví</i> a +casa con la tarjeta de usted, me dije: «Suceda lo que quiera, no ando +con tapujos»; y se la di como si fuera cosa corriente. Ni chistó: +<i>endispués</i> de leerla se puso pálida, como <i>amortajá</i>, ¡y le entró un +temblor! ¡Me daba una lástima! ¡Y <i>miusté</i> que <i>pa</i> darme a mí lástima +una señorita! La noche... ¡ha <i>tomao</i> más tila! <i>Cá</i> vez que una mujer +<i>tié</i> que tomar tila, le debían dar rejalgar a un hombre. Al otro día, +es decir, ayer, comenzó a vestirse a las doce: se puso maja de veras. En +enaguas... un ángel. Pidió el coche <i>pa</i> las dos. Luego supe yo, por el +cochero, que lo dejó esperando junto al oratorio de la calle de +Valverde, y se fue sola, y tardó... menos de media hora. Poco tiempo es +<i>pa</i> cosa mala.</p> + +<p>—Sigue, sigue.</p> + +<p>—Yo creí, pues, que había ido <i>enonde</i> usted, a buscarle; pero me chocó +que volviera <i>demasiao</i> pronto: y lo mismo fue entrar en casa, que ir y +tirarse llorando encima de la cama. Y llora que te llora la <i>tié</i> usted. +Esto acabará <i>mú remal</i>. En fin, que <i>golvió</i> hecha una <i>Madalena</i>. Si +sigue así, se pone mala de verdad. Por supuesto, el día que venga el +amo, no paro en la casa ni <i>pa</i> tomar dulces.</p> + +<p>—De modo que tú crees que ella... está interesada.</p> + +<p>—Ella está por usted, pero tiene un miedo atroz...; <i>lo cual que</i> el +miedo puede más que usted.</p> + +<p>—Pues adelante con los faroles, y ya sabes que todos estos paseos yo te +los pagaré bien.</p> + +<p>—Es que... hay más, y gordo. Usted me dijo que averiguara aquello de +cuándo se había <i>casao</i>, y del <i>treato</i>, y de si tenía unos parientes +con tienda.</p> + +<p>—Todo ello importantísimo.</p> + +<p>—Pues la cocinera <i>m'a</i> dicho que la señorita ha <i>sío</i> cómica, que una +vez la vio <i>de</i> trabajar, pero que ahora está <i>desconocía</i>, porque está +muchísimo más guapa; y que fuera de Madrid tomó relaciones con un señor +y se casó; pero algunos dicen que no están <i>casaos</i>, y que por eso no la +<i>quién</i> ver sus tíos, que son estanqueros; y otros dicen que ella es la +que no le da la gana de <i>ajuntarse</i> con ellos, porque le da vergüenza de +que son gente ordinaria; y me extraña, porque la señorita es buena.</p> + +<p>—En resumen; seguro no sabes nada.</p> + +<p>—¡Si <i>quedrá</i> usted que le traigan a la señorita ya mansa y conforme!... +¿<i>Tié</i> usted más que buscar a esos estanqueros, y ponerse al habla con +ellos y que desembuchen la verdad?</p> + +<p>Don Juan, considerando inútil enterar a Julia de cuanto sabía relativo a +los antecedentes de Cristeta y sus tíos, calló; y acordándose de don +Quintín, se dijo que podría sacar de él gran partido.</p> + +<p>—No andas descaminada: buscaré a los estanqueros.</p> + +<p>—<i>Qué icir</i> que si no está casada...; pero lo que yo me digo: si no lo +está, si es dueña de hacer de su capa un sayo, ¿por qué llora tanto?</p> + +<p>—Muchacha, eres un dije: toma—(la propina fue espléndida)—, y desde +mañana vienes aquí, sin falta, todos los días a la misma hora, a recibir +órdenes como un corneta.</p> + +<p>—Es que la señorita se ha <i>calao</i> que yo salgo por hablar con usted. Si +me regaña o me dice cualquier cosa, ¿qué contesto?</p> + +<p>—Por ahora... dices que no te dejo a sol ni a sombra; que tú crees que +yo ando loco por ella, sobre todo muy triste...</p> + +<p>—<i>Pa</i> triste, ella. ¡Si la viera usted <i>de</i> llorar! En fin, Dios nos +tenga de su mano. Mire usted que, según me han dicho, ¡el marido es más +bruto! Una fiera. Si se plantase aquí de repente, salíamos en los +papeles.</p> + +<p>El grupo que durante estos diálogos formaba la pareja de señorito y +niñera, merecía tomarse como asunto de un buen romance castizo. Ella, +traviesa y pícara, rebosándole malicia los ojos y desparpajo los labios, +sin pañuelo a la cabeza, y liada en el mantón, dentro del cual removía +el airoso cuerpo para sentirse acariciada del calor; él soñoliento, +molesto, desasosegado y frío, trayéndose a cada instante sobre el hombro +el embozo de la capa; la chica, toda viveza, el hombre, todo +impaciencia. En torno, gente que pasaba mirándoles de reojo y +barruntando trapicheo; algún chico parado, con los libros sujetos entre +las piernas, ocupados dientes y manos en el aceitoso buñuelo; al fondo, +los soportales de la Plaza esfumados en la neblina temprana; las mulas +del tranvía despidiendo del cuerpo nubes de vaho; la atmósfera húmeda, +impregnada del olor al café que un mancebo tostaba ante una tienda; el +ambiente sucio, como si en él se condensaran los soeces ternos y tacos +de los carreteros; las piedras resbaladizas, y en el centro del +jardinillo, descollando sobre un macizo de arbustos amoratados por los +hielos, la estatua del pobre Felipe III, con el cetro y los bigotes +acaramelados por la escarcha.</p> + +<p>Pero lo más notable era la cara que ponía Julia cuando se separaba de +Juan. De fijo que no se divirtieron tanto con el inmortal Manchego las +doncellas de los Duques, ni la propia Lozana con los clérigos a quienes +se vendía por nueva, como ella gozaba en contribuir al rendimiento del +Tenorio decadente.</p> + +<p>Julia servía con el mayor celo a Cristeta: primero, por obediencia a sus +padres y a Inés, que se lo encargaron; segundo, porque don Juan, +espléndido y dadivoso, le regalaba continuamente duros y pesetas con +novelesca prodigalidad; además, se divertía mucho contribuyendo a traer +engañado a un caballero. Acordábase instintivamente de que era mujer y +trabajaba en provecho ajeno como si fuera en causa propia. ¿Dónde mayor +alegría para una mujer lista que entrar en pacto contra un hombre? Así +que, tras cada entrevista con don Juan, refería a su ama cuanto con él +hablaba. Aquel día Cristeta la escuchó con vivo interés.</p> + +<p>—Todo va bien—dijo después de oírla—; de modo que...</p> + +<p>—Ese <i>señor</i> está <i>perdío</i> por usted: debe de ser..., no se enfade +usted..., vamos, ¡un <i>gatera</i> más listo!; pero esta vez..., ya no sabe +el hombre lo que se pesca. De fijo que a estas horas anda por esas +calles brincando como una cabra en busca de sus tíos de usted. ¿No era +eso lo que hacía falta?</p> + +<p>—Cabal.</p> + +<p>—¿Y esto, señorita? ¡Mire usted que es mucha plata!—dijo Julia +presentando el puñado de pesetas, fruto de la última propina.</p> + +<p>—Eso es tuyo. Lo que yo te doy de menos él te lo da de más. Anda, que +pronto se te acabará.</p> + +<p>—Lo que hace falta es que usted acabe con él..., es decir, que empiece. +Cuando la señorita se case me lleva de doncella, y luego, si Dios es +servido... de niñera.</p> + +<p>—¡Ave María Purísima!</p> + +<p>Las dos sonrieron, pero de distinto modo; la criada con la satisfacción +de la codicia lograda; el ama, con la esperanza de la dicha.</p> + +<p>Al quedarse sola Cristeta se sentó en una silla baja de hacer labor, y +tapándose los ojos para no ver las cosas de este mundo, se puso +voluntariamente soñadora, pareciéndole ver a don Juan, también solo en +su casa, triste, malhumorado, vuelto hacia ella el pensamiento y +sintiendo lo que jamás hasta entonces ninguna otra mujer le hizo sentir.</p> + +<p>¿Existirá en el mundo de las pasiones influencia secreta que aproxime y +relacione las almas separadas moviéndolas simultáneamente con un mismo +afecto, como viento invisible que a un tiempo menea en parajes apartados +las ramas de los árboles? ¡Quién sabe! Lo cierto es que, mientras la +esperanzada Cristeta veía posible la realización de su ventura, don +Juan, puestos en ella los cinco sentidos con amoroso empeño, tomaba la +resolución de buscar a don Quintín para que éste le sacase de dudas +sobre si era o no verdad lo del casorio, y pensando en él se decía: +«Está visto que ese pobre majadero ha nacido en provecho mío.»</p> + + + +<h3><a name="Capitulo_XVIII" id="Capitulo_XVIII"></a>Capítulo XVIII</h3> + +<p>De la importantísima conferencia que celebraron el Tenorio decadente y +el estanquero libertino, con otros graves sucesos</p> + + +<p>Ignorante don Juan de que don Quintín hubiese venido a menos, resolvió +visitarle en su estanco, donde hasta entonces, por prudencia, jamás puso +los pies. Fue allá, entró, pidió puros, escogiolos despacio mirando +hacia la trastienda... y nada. Entonces se atrevió a preguntar al +chicuelo mugriento, mofletudo y asabañonado que le despachaba.</p> + +<p>—¿Está el amo?</p> + +<p>—El señor Juaneca ha salido.</p> + +<p>—No, don Quintín.</p> + +<p>—Ese era el de <i>enantes</i>, que vendía pitillos de contrabando y lo +quitaron por gandul.</p> + +<p>—¿Y dónde ha ido a parar?</p> + +<p>—Le dieron otro estanco, y no sé más. ¡Valientes puercos debían de estar +él y toda su casta! ¡Cómo dejaron la casa de telarañas! Nos encontramos +esto, mal <i>comparao</i>, lo <i>mesmo</i> que una pocilga, con perdón de usted; +menos el cuartito que da al patio, ese estaba limpio.</p> + +<p>«¡El cuartito que ella tenía y del cual me habló tantas veces!»—pensó +don Juan, y en seguida dijo:</p> + +<p>—¿Conque le dieron otro estanco? ¿dónde?</p> + +<p>—En la taberna de al <i>lao ú</i> en <i>ofecinas</i> de estancadas, le darán a +usted razón.</p> + +<p>Don Juan pagó los Puros, dejando la vuelta como propina, y salió.</p> + +<p>Luego, mediante encargo que confió a un diputado amigo suyo, el cual +hizo minuciosas gestiones, supo que la nueva madriguera estanqueril de +don Quintín estaba en la poco aristocrática calle de la Pingarrona, y +allí imaginó ir a buscarle; pero pensándolo mejor, mandó a su ayuda de +cámara, el inapreciable y fiel Benigno, que volvió con más noticias que +un corresponsal del <i>Times</i>. Primero, pagando <i>tintas</i> al doncel de los +sabañones, y después a un vecino pingarronesco, Benigno averiguó cuanto +a su amo interesaba, sin omitir los amores de don Quintín con Carola, +trapicheo que sólo doña Frasquita ignoraba en el barrio: criadas, +vecinos, porteros y parroquianos, todos sabían que el estanquero tenía, +como ellos decían, un <i>apaño</i>. De lo que nadie tenía pleno conocimiento +era de la precaria situación a que se veía reducido el ex—miliciano +mujeriego.</p> + +<p>La mudanza de tienda y calle no fue para él venir a menos, sino llegar a +casi nada, por lo cual Carola empezó a mostrársele despegada y arisca, +tanto como antes fue apasionada y pegajosa. Con la buena parroquia y +aquel cajón siempre lleno, que semejaba esportillo del Banco, acabaron +los mimos y complacencias de la jamona impúdica. Hízose, sobre todo, +pedigüeña en grado inaguantable.</p> + +<p>Lo primero que el pobre hombre se vio imposibilitado de comprarle fue un +corsé de cuatro duros, lleno de puntillas, lazos, pespuntes y +escarolados. La corsetera había dicho a Carola:</p> + +<p>—¡Vaya una prenda <i>pa</i> una señora que la pueda lucir!;—y ella lo deseó +como un guerrero desea una buena arma de combate. Pidióselo a su +Quintín, y éste, fingiendo bromear, repuso:</p> + +<p>—¿Corsé? A fuerza de aceros y ballenas me vas a estropear ese cuerpecito +tan rico. Ya sabes que me da rabia ir a cogerte y encontrarme con esas +cosas tan duras.</p> + +<p>—En casa no te digo; pero por la calle no he de ir con las carnes +colgando como una vaca.</p> + +<p>—Para eso no necesitas corsé de cuatro pesos.</p> + +<p>—¡Ah! ¿Es por el dinero, don Roñoso?</p> + +<p>—No, palabra; es que estos días... ¿te es igual a fin de mes?</p> + +<p>Carola no quiso insistir; pero miró a su amante con profundo desprecio, +como las grandes cortesanas de Atenas debían de mirar a los esclavos +persas. Luego él faltó algunas noches o acortó las visitas, quejándose +de pesadez en el estómago. Para ella subían cena del café; pero ya la +ingrata no le daba, como antes, con sus propios dientes, alguna patata +frita, ni se dejaba arrancar las pasas de los labios. Interesada y +rencorosa, tenía clavadas en el pensamiento todas las ballenas del corsé +negado. Transcurridos algunos días, dijo al vejestorio:</p> + +<p>—Oye, capitalista, lo del corsé lo mismo me da una semana que otra; pero +la cama está hecha <i>peazos</i>, y el herrero pide tres duros por +componerla.</p> + +<p>—¿Tres duros?</p> + +<p>—¡Tú sabes cómo está, si parece que dan batallas encima!</p> + +<p>—¿Y ha de ser el herrero? Con un cordel o un alambre la dejo yo más +firme que el propio suelo.</p> + +<p>—<i>U</i> con saliva de mona—repuso ella muy enojada—: ¿no sabes que la has +<i>desatornillao</i> toda a puros brincos? ¿Quién tiene la culpa?</p> + +<p>—Déjalo, mujer... por ahora; el mes que viene...</p> + +<p>—Estoy viendo que te voy a pedir de comer y me vas a decir que aguarde a +otro mes. Pues el casero es como el tren, que no espera por nadie, y ha +cumplido ayer; conque venga <i>parné</i> o me busco un <i>señor</i>.</p> + +<p>Lívido de angustia y coraje, repuso:</p> + +<p>—Yo me veré con el administrador. Es forzoso que tengamos paciencia.</p> + +<p>—Vamos, tú estás más <i>arrancao</i> que árbol viejo.</p> + +<p>Engañado Quintín por la pausada entonación con que Carola le dijo esto, +imaginó que el instante era favorable a un desbordamiento de lealtad, al +cual ella forzosamente respondería con una explosión de ternura.</p> + +<p>—¡Carola, Carola mía!—exclamó hiposo y sollozante—; tengo que decírtelo +todo.</p> + +<p>—Lo que has de hacer es darme algo.</p> + +<p>Entonces, poniendo cara muy compungida, extendió las manos en busca de +las de su amada, y dijo:</p> + +<p>—¡Vida mía, todo se arreglará! Ahora no puedo nada, nada; el estanco +nuevo es una perdición. Yo te traeré... unos días... ¡demasiado sabes!</p> + +<p>—Lo que sé es que ni ropa, ni casa, ni pagar un triste catre, que tú +mismo has <i>desfondicao</i>... ni <i>ná</i>.</p> + +<p>—Más lo siento yo que tú.</p> + +<p>Y quiso prodigarle en besos lo que no podía en pesetas; mas ella se +desprendió de sus brazos, diciendo desabridamente:</p> + +<p>—Estos marranos de hombres creen que tener querida es tener guitarra, +que se deja tocar sin que la den de comer.</p> + +<p>—Por Dios, nena; tú no eres mi querida; ¡eres mi alma!</p> + +<p>—Yo soy una mujer que <i>tié</i> que gastar en comer, y en vestir, y en +zapatos, y cuando un zángano no dispone de posibles... ¿o es que me voy +a guisar el aire?</p> + +<p>—Cuando he tenido... y en cuanto tenga...</p> + +<p>—<i>Pus</i> entonces <i>güelves</i>.</p> + +<p>Carola se iba enfurruñando por momentos. Él la escuchaba pasmado, +acordándose de las grandes <i>cocottes</i> de París, de quienes en los +folletines había leído que despiden como lacayos a los lores ingleses +luego que les han arruinado. De pronto, se le acercó humilde y +cariacontecido, temblándole los labios, sublime y ridículo de amor, +gritando:</p> + +<p>—¡Qué! ¿Vas a dejarme sospechar que me querías por el interés? +¡Permíteme que te bese, o creeré que eres una cualquier cosa!</p> + +<p>Adelantó con indecible majestad, como el león hacia su hembra; hubo en +su actitud impulso de amante y arrogancia de señorío. Carola, +miserablemente asustada con aquello de la traslación de estanco y +penuria del nuevo establecimiento, comprendió que el odre estaba seco. +Ni corsé, ni cenas, ni recibo de inquilinato... no pudo más. Miró al +pobre viejo con expresión de frío desprecio, y plegando en burlona mueca +los labios por él tantas y tantas veces besados, le dijo:</p> + +<p>—Oiga usted, don Baboso de Singuita, ¿te has <i>figurao</i> que una hembra +como yo va a esperar <i>pa</i> dejarse querer a que llueva dinero el mes que +viene? Si no me <i>pués</i> mantener con decoro, ¿<i>pá</i> qué te me has +<i>arrimao</i>, cara de siglo?</p> + +<p>Quiso erguirse altanero y tremendo; pero vencido de la emoción, sintió +que flaqueaba todo el edificio de su cuerpo, y lanzando a su cruel +señora una mirada lánguida de bestia moribunda, entre súplica y +reproche, dejose caer, abatido y lacio, en aquel mismo sillón donde +antes los dos solían sentarse para que él la estrechase entre los +avarientos brazos, mientras ella, vestida de gran señora y copa en mano, +entonaba un vals callejero convertido en brindis orgiástico... El +recuerdo de aquellos momentos fue como visión rapidísima que le llenó de +amargura el alma. En seguida se quedó absorto, con los ojos asombrados y +saltones, y los labios fruncidos por una sonrisa diabólica de ángel +caído. Tan feo se puso que Carola soltó la carcajada. Entonces, pasando +de la estupidez al furor, sintió que en lo más hondo del pensamiento +surgía la idea del crimen, no para cometerlo, sino comprendiendo que en +situaciones análogas se den puñaladas y mueran las queridas traidoras a +manos de sus amantes. Estaba grandiosamente ridículo. Carola se +convenció de que aquel pobre hombre era incapaz de pegarle ni un tirón +de orejas; pero vio claro que haría cualquier disparate por seguir +poseyéndola o por hacerse la ilusión de que la poseía, y con aviesa +intención, para enloquecerle y hechizarle, comenzó a desabrocharse el +cuerpo del vestido y luego se alzó ligeramente la falda mientras +moviendo en ondulaciones canallescas todo su cuerpo pecador, decía con +voz de chula raída y descocada:</p> + +<p>—¿Crees que esta personilla se va a quedar sin corsé, y que estos pies +van a salir a ganarlo, y que este cuerpo ha <i>nacío</i> para tumbarse en un +catre <i>desvencijao</i>? ¿Crees que voy a domesticar al <i>administraor</i> +pagándole en carne? Si no tenías dinero, podías haberte <i>quedao</i> dando +<i>cabezás</i> contra el mostrador, <i>ú</i> poniendo bizmas a la vieja, que +<i>paece</i> un vencejo <i>atontao</i>.</p> + +<p>—¡Carola! ¡Señora!</p> + +<p>—Aquí no hay más señora que una fiera, porque ¿sabes lo que te digo? Que +me temo que te lo estés gastando con otras; ¡conque fuera de aquí, a +buscar guita! Lo que decía mi pobrecita madre: «sin bolsa llena, ni +rubia ni morena».</p> + +<p>Empujándole hacia la puerta, le echó del cuarto; pero en el pasillo, a +oscuras, varió de súbito el tono de la voz, y ciñéndole al cuello los +brazos, le dijo dulzonamente entre dos largos besos:</p> + +<p>—Rico del alma, fuera de broma, tráeme unos durillos, que me hacen mucha +falta.</p> + +<p>Y le plantó en el descansillo de la escalera, dejándole turulato, ya +convencido de que, a pesar de aquellos besos, el amor y sus derivados +eran para él cosa perdida como no arbitrase recursos.</p> + +<p>¿A quién pediría prestado, qué malbarató o empeñó? No se sabe; pero a la +tarde siguiente llevó trece duros, mediante los cuales, Carola tuvo +corsé y quedó restaurado el catre. Sin embargo, en días posteriores, +menudearon las exigencias de la impura. Pidió un boa, jabón de olor, un +palanganero, chambras bordadas y una bata. El espíritu de don Quintín se +llenó de sombras: parecía que en su pensamiento se habían juntado el +furor de los héroes clásicos, la melancolía de los galanes románticos y +el escepticismo de los protagonistas de drama moderno, todo lo cual, el +pobre hombre, instintivamente, resumía en aquella horrible frase de su +querida: «Sin bolsa llena, ni rubia ni morena.»</p> + +<p>Tal era su situación de ánimo cuando una mañana se le presentó Benigno +en el estanco, y sin ambages ni rodeos, le dio el siguiente recado:</p> + +<p>—De parte de mi amo, don Juan de Todellas, que desea hablar con usted, y +que le espera mañana a las doce en su casa—(y dio las señas)—para +almorzar.</p> + +<p>Dicho lo cual se fue.</p> + +<p>Acordándose entonces del último diálogo que tuvo con su sobrina cuando +ella le mandó llamar después de ver a don Juan en la Moncloa, el +estanquero pensó:</p> + +<p>«El grandísimo pillo me busca; tenía razón la chica; pues sí que iré, y +veremos por dónde respira. ¡Canalla...! ¡A ese sí que no le faltará +dinero para tener queridas!»</p> + +<p class="puntos">*<br />* *</p> + +<p>Son las once Y media de la mañana. La escena pasa en el gabinete de don +Juan.</p> + +<p>Las paredes están cubiertas de pinturas, fotografías y grabados que +representan retratos de beldades célebres más o menos vestidas, y +episodios de amor, donde se ven reproducidas todas las fases de la +pasión: mitos sagrados, tradiciones históricas y engendros literarios. +Psiquis se quema las alas en la antorcha del divino Eros; la fiel +Penélope desteje su labor; el necio Candaules muestra a Gyjes la hermosa +desnudez de su esposa Nyssia; Florinda y don Rodrigo, enlazados bajo un +naranjo, dan pretexto a la venida del moro; Carlos I y Bárbara de +Blomberg se abrazan enamorados y orgullosos, presintiendo que ha de +nacer quien venza en Lepanto; la desvergonzada Lozana se deja tentar por +un canónigo a quien pide dineros; Felipe II se exalta mirando el ojo +sano de la Éboli; el Burlador de Sevilla descansa en brazos de Tisbea; +Felipe IV desciñe a la Calderona los cordones de un justillo; Luis XV se +divierte en pintar a la Dubarry un lunar junto a la boca; Mirabeau besa +el retrato de Sofía; Fernando VII hace cosquillas a <i>Pepa la Naranjera</i>; +Rodolfo de Austria expira en brazos de María Véscera, y como síntesis de +la dulce locura que a todos agitó, el gran Don Quijote muere resignado +sin haber poseído jamás a Dulcinea.</p> + +<p>En el centro del cuarto está puesta la mesa; el mantel es adamascado y +fino; los cubiertos de plata labrada; la vajilla con cifra de oro; las +copas, de tan sutil cristal, que semejan aire cuajado. Sobre un +veladorcito hay cuatro botellas; dos de Burdeos que, como buenas +girondinas, tienen a modo de gorritos frigios sus cápsulas rojas, una de +Champaña con capellina de plata, y otra de Jerez que parece oro líquido.</p> + +<p>Don Juan espera impaciente abrochándose el batín oscuro de alamares +negros. Cuatro minutos antes de las doce suena un campanillazo. Benigno, +servilleta al hombro, se dirige hacia la puerta poniéndose los guantes +blancos de algodoncillo.</p> + +<p>Don Quintín, de levita, prestada y archicumplida, entra escamado, +receloso, pero sonriente y haciendo cortesías. Acude a la cita porque a +ello le obliga su situación respecto de Cristeta, que puede contar a +Frasquita lo que ésta debe ignorar, y también porque, descubriendo los +pensamientos de don Juan, le será más fácil la venganza.</p> + +<p>Su antiguo conocido le recibe amabilísimamente.</p> + +<p>—¡Mi señor don Quintín, y cuántos deseos tenía de que honrase usted mi +choza! ¿Cómo va ese valor?</p> + +<p>—¿A esto llama usted choza, y están las paredes llenas de santos?</p> + +<p>—Vaya, vaya, usted me perdonará el atrevimiento; pero yo necesitaba +hablar con usted, y pensé que almorzando se entienden las gentes.</p> + +<p>—Tantas gracias.</p> + +<p>Se sientan cerca de la chimenea, cuyas llamas se reflejan en los vidrios +de los cuadros, y comienza el festín.</p> + +<p>Ostras: don Quintín desprende de sus conchas las primeras con el +cuchillo, hasta que al ver emplear a don Juan el tenedorcillo <i>ad hoc</i>, +le imita torpemente, pensando mientras come: «¿Quién sería el primero +que probase esta porquería?»</p> + +<p>Benigno presenta una fuente, y al mismo tiempo dice don Juan:</p> + +<p>—Huevos <i>al plato</i>.</p> + +<p>Don Quintín, sirviéndose, reflexiona: «¿Pues dónde los había de poner?»</p> + +<p>Apaciguada la primera furia del hambre, dice el anfitrión:</p> + +<p>—Sí, tenemos que hablar largo y tendido.</p> + +<p>—Soy todo orejas.</p> + +<p>—Pues bien: ha de saber usted que yo presté dinero a un amigo mío +empresario del <i>Teatro de las Musas</i>; no ha podido pagarme, y por tratos +y combinaciones que hemos hecho, y con los cuales no quiero molestar a +usted..., total, que me quedo de empresario. En mi vida las he visto más +gordas; pero estoy decidido a defender mi dinero, para lo cual formaré +una compañía como en Madrid no se ha oído, y necesito que usted me +ayude.</p> + +<p>—¿Yo?</p> + +<p>—Usted. Llevo adelantados los trabajos, cuento con artistas..., un coro +que... ya verá usted...; pero nada puedo ultimar si usted no me +favorece.</p> + +<p>—No entiendo.</p> + +<p>—Yo no hago nada sin contar con su sobrina Cristeta; y además, necesito +una persona de toda confianza para representante de la empresa, y esa +persona es usted.</p> + +<p>A don Quintín se le atragantó un sorbo de Burdeos, que para él tenía +sabor de chacolí detestable. Las palabras que acababa de oír le +parecieron el principio de una complicadísima serie de mentiras; pero en +seguida se le ocurrió la idea de que si aquello fuese cierto, no habría +de faltarle contrato para Carola, es decir, querida por cuenta ajena... +y un coro a su disposición. Ocultando la sorpresa, repuso:</p> + +<p>—De mí disponga usted; en cuanto a mi sobrina, se ha retirado del +teatro.</p> + +<p>—Por eso le busco a usted, que es quien ha de convencerla. Yo no me +atrevo..., las mujeres... En fin, usted, antes que tío es usted hombre +de talento y comprenderá mi situación. Yo me permití galantearla, +cortejarla, cuatro bromas: ¡como es tan guapa! No me hizo caso; total, +nada, una niñería..., y es posible que ella tenga reparo de tratar +conmigo. En suma: yo le ofrezco a usted, como tal representante, +cincuenta pesos al mes, y a ella una escritura con mi firma en blanco +para que fije el sueldo que quiera. ¡Verá usted qué temporada!</p> + +<p>Estaban comiendo solomillo con trufas, que a don Quintín le parecieron +patatas de luto; don Juan seguía hablando entre bocado y sorbo.</p> + +<p>—Hay que regenerar el gusto del público: nada de revistas ni +pantorrillas..., ésas para usted y para mí. Arte serio; ya ve usted que +la Moreruela es indispensable.</p> + +<p>Don Quintín, rebañando con un migote la rica salsa, guardó silencio unos +instantes, cual si dudase de la oportunidad de lo que iba a decir, y, +por último, habló resueltamente, aunque sonriendo para disminuir el +alcance de sus frases:</p> + +<p>—Señor mío; usted sí que tiene remuchísimo talento; y todo eso está muy +bien urdido...; pero a perro viejo no hay tus tus.</p> + +<p>—¿Cómo?</p> + +<p>—Que no me engaña usted. A usted le tienen sin cuidado el arte, la +empresa y hasta las buenas mozas del coro.</p> + +<p>—Explíquese usted.</p> + +<p>—Lo que a usted le interesa es... la muchacha.</p> + +<p>—Ahora sí que tiene usted que explicarse—repuso don Juan desconcertado.</p> + +<p>—Sí, mi sobrina: y hablando en plata, lo que usted pretende es que yo le +ponga en contacto con ella.</p> + +<p>Don Juan se quedó atónito y a dos dedos de contestar ásperamente; mas no +podía permitirse frase dura en su propia casa, y el gesto que ponía don +Quintín no era de enojo, sino casi de broma.</p> + +<p>—Usted ha pensado en mí—prosiguió el estanquero—, para dar más seriedad +a su conducta... y, sobre todo, me ha buscado porque no halla medio ni +manera de acercarse a la chica, y como no había usted de decirme +descaradamente y en seco su propósito, ha inventado usted eso del +teatro. Pero usted ignora muchas cosas. Primera: que mi sobrina no es mi +sobrina, sino de mi mujer..., es decir, <i>ná</i>. Segunda: que se ha portado +cochinamente conmigo y no la veo hace mucho tiempo..., ni ganas. Y, por +último, que puede hacer, o ha hecho ya, de su capa un sayo, sin que yo +tenga derecho ni voluntad de meterme en sus interioridades. Conque, +favor por favor; usted me honra convidándome y ofreciéndome un +destino... que buena falta me hace, y yo le declaro a usted que la tal +sobrina... puede irse al moro sin que me importe. Vamos, que se ha +equivocado usted de medio a medio.</p> + +<p>—Yo no he querido lastimar en lo más mínimo...</p> + +<p>—Esté usted tranquilo; dos hombres formales no pueden reñir por esa... +ingrata. Harto sé yo lo que son mujeres, ¿Le gusta a usted? Bueno..., +pues usted ¡a ella! y nosotros tan amigos como antes.</p> + +<p>Don Juan, en el colmo del asombro, exclamó:</p> + +<p>—¿Que no le importa a usted?</p> + +<p>—Absolutamente nada.</p> + +<p>Pausa de unos segundos: el amo hace seña al criado, y éste echa Jerez en +la copa grande de don Quintín.</p> + +<p>El diálogo continúa del siguiente modo:</p> + +<p>—Me deja usted espantado.</p> + +<p>—Ni tres cominos, por trastuela, ingrata y mala cabeza.</p> + +<p>—¿Mala cabeza, y se ha casado?</p> + +<p>—¿Está usted seguro de eso? Pues sabe usted más que yo. Desde +Santurroriaga me mandó a pedir ciertos papeles: su fe de bautismo, las +partidas de muerto de sus padres... qué sé yo, algunos documentos tenía +ella...; yo no estuve delante si le dijeron los latines, ni fui padrino; +¡y la grandísima necia descastada, viene luego a Madrid, recoge cuatro +trastos de mi casa; y abur! Yo no he de pedirle ni agua, ni quiero +meterme en su vida privada.</p> + +<p>Sorprendido don Juan por la actitud y palabras de don Quintín, cambió de +táctica, y queriendo sacar fruto de su indiferencia, le dijo:</p> + +<p>—Vaya, vaya... déjese usted de resentimientos y de delicadezas y piense +usted que lo que le propongo, si es beneficioso para ella, no lo es +menos para usted. Usted no ha de ir a pedirle nada, sino a ofrecerle una +contrata ventajosa.</p> + +<p>—Sí; y además a procurar que se vean ustedes.</p> + +<p>Don Juan, fingiendo no haber oído, siguió:</p> + +<p>—Si no está casada... aceptará, y si lo está, saldremos de dudas.</p> + +<p>Don Quintín, puesta de babero la servilleta y empuñando una pata de +pollo frío, se balanceó en la silla, riendo como un sátiro viejo.</p> + +<p>Entonces, obediente a una seña de su amo, Benigno escanció otro largo +chorro de sol embotellado en la copa del estanquero, quien sin perder la +serenidad, habló de este modo:</p> + +<p>—No quiere usted entenderme... Usted parte un pelo en el aire...; pero +yo, aunque no he recibido cierta educación, tampoco soy <i>negao</i>. Me va +usted a llamar sinvergüenza; pero, en fin... juguemos a cartas vistas y +cada cual atienda a su juego. Lo que usted desea es que yo le saque de +dudas sobre lo del casorio, y que le ponga a usted al habla con ella, y +lo ha querido usted conseguir sin que yo me diese cuenta. No me ofendo; +pero en vez de un memo se encuentra usted con un hombre franco que le +dice: mi sobrina nada me importa. ¿Se ha casado? Vaya bendita de Dios. +¿No se ha casado y anda usted tras ella? Me es igual.</p> + +<p>Don Juan resolvió jugarse el todo por el todo, a lo menos en lo tocante +a valerse de don Quintín, y apoyando los codos en el mantel, dijo:</p> + +<p>—Es usted un lince y un hombre... leal. Franqueza por franqueza. Sí, +señor, me gusta Cristeta...</p> + +<p>—A todos nos gustan las mujeres; ¿cree usted que no tengo yo también lo +que necesito?...</p> + +<p>—... me gusta Cristeta; pero ¿y si fuera también verdad que deseo +meterme a empresario? Como usted ve, mi casa es pequeña, necesito poner +un cuarto, una oficina donde ultimar contratos, hacer ajustes, etc., y +necesito un representante. ¿Quiere usted serlo? Mil realitos al mes... y +luego si usted logra que yo ajuste a esa señorita...</p> + +<p>—¡Ahí le duele!... No andemos con hipocresías. Ya le he dicho a usted +que yo también tengo mis debilidades.</p> + +<p>—Entonces... entre hombres debemos ayudarnos. El día menos pensado tiene +usted una conquista seria, y me dice usted: «Amigo Todellas, présteme +usted la llave y váyase usted de paseo»; por un amigo todo se hace.</p> + +<p>A don Quintín se le ocurrió una idea portentosa: pareciole que no cabía +más en cerebro humano. Aquel hombre que se había burlado de él, le +estaba facilitando el camino de la más sabrosa venganza. Otra era la que +él tenía pensada; pero, pues las cosas venían rodadas... ¡también +aquélla!</p> + +<p>Don Juan continuaba diciendo:</p> + +<p>—¿No está usted quejoso de ella, no se ha portado con usted +indignamente?</p> + +<p>—Tiene usted razón; trato hecho. Yo le llevaré a usted la... tiple.</p> + +<p>—Y yo le nombro a usted... eso que he dicho antes.</p> + +<p>Don Quintín representaba la comedia por imposición y encargo ajeno; pero +al mismo tiempo, le sonreía la perspectiva de aquella venganza que había +imaginado; además, si lo de la empresa teatral fuese recurso cierto, +ideado por don Juan para entenderse con Cristeta, también de esto +sacaría él partido, procurando el ajuste de Carola. En vista de lo cual, +aunque desconfiaba de la farsa, fingió aceptarla, considerándola como un +<i>modus vivendi</i> necesario para sellar el vergonzoso pacto. El taponazo +del Champaña le sacó de sus cavilaciones.</p> + +<p>Don Juan, alzando la espumante copa, le dijo, como si fuesen antiguos +compañeros de calaveradas:</p> + +<p>—Cuando dos caballeros quieren entenderse, no hay quien pueda con ellos. +Todavía tiene usted que hacer buenas migas con este cura... ya sé yo los +puntos que usted calza. (<i>Pausa larga</i>.) Vaya, el día que se canse usted +de Carola, le voy a presentar a usted a una chica de veinte que le +vuelve a usted tarumba.</p> + +<p>—¿Pero usted sabía?...</p> + +<p>—¿Lo de Carolina? Todo Madrid lo sabe, y ándese usted con tiento..., es +guapa mujer, pero costosa, exigente, acostumbrada a mucho señorío; no le +vendrán a usted mal los cincuenta de la representación. Lo grave sería +que lo supiese su esposa de usted.</p> + +<p>Este momento fue el único en que don Quintín perdió terreno. No era sólo +Cristeta quien podía perderle; también aquel hombre conocía su +secreto...; pero ¿qué secreto si acababa de oír que Carola era mujer de +fama?</p> + +<p>—¿Quedamos—preguntó don Juan—, en que somos buenos amigos?</p> + +<p>—Sí, señor. ¡Tiene usted un modo de tratar las cosas!... Vaya, y para +que usted no pueda tener queja de mí, le diré a usted una sospecha, no +pasa de sospecha, que yo tengo. Usted sabe que Cristeta fue a +Santurroriaga hace cerca de tres años. Pues bien; la doncella que la +acompañó me ha contado que allí tuvo algo con no sabe quién..., de +cierto, nada; pero algún lío debía de traer entre manos, porque, según +la chica, en cuanto llegaban por la noche del teatro a la fonda, +Cristeta la despedía sin dejar que la desnudase; y otras veces se +quedaba escribiendo hasta muy tarde.</p> + +<p>Aquí a don Juan se le alegra la mirada de un modo apenas perceptible, y +rueda por sus labios una sonrisa.</p> + +<p>Prosigue don Quintín:</p> + +<p>—En seguida, o poco después, vino lo del casorio con Martínez que, según +mis noticias, es un animalote ordinario que se chifló atrozmente por +ella.</p> + +<p>Don Juan se pone muy serio y escucha con mayor interés.</p> + +<p>El estanquero continúa:</p> + +<p>—Bueno; pues yo, teniendo en cuenta lo lista que es Cristeta y lo +apasionado que llegó a estar Martínez por ella, me hago la siguiente +pregunta, y usted dirá si es un disparate: ¿no es posible que el chico +sea del otro de quien habla la doncella, suponiendo que sea verdad, y +que Cristeta, al casarse con el Martínez, le haya hecho apechugar con el +muñeco... ya nacido o en vísperas? Crea usted que una mujer que se ve +perdida es capaz de todo, y un hombre enamorado también. He dicho +sospecha, nada más que sospecha; pero tiene su poquito de fundamento, +porque fíjese usted: primero lo que dice la doncella, y luego el casarse +con un tío tan ordinario, sólo puede haberlo hecho por cálculo; ¿y qué +mayor provecho que legalizar la situación en que se hallaba?; por +último: ¿a qué esconderse de mí y de mi mujer, a quienes debía estar tan +agradecida, esquivándonos como lo ha hecho? Vamos, yo veo la cosa +turbia.</p> + +<p>La impresión que recibió don Juan fue horrible.</p> + +<p>Fingió escucharlo todo sin darle importancia, haciendo como que jugaba +distraídamente con el regojuelo que había quedado sobre la mesa, pero en +realidad estaba profundamente pensativo.</p> + +<p>Aquella idea se le había ocurrido alguna vez, muy vagamente, pero jamás +la formuló su pensamiento con tan espantables caracteres de posibilidad. +¡Suyo el hijo de Cristeta! ¡Vaya un final de almuerzo! Poco le faltó +para exigir a don Quintín con malos modos que confesara cuanto supiese; +mas comprendió que la violencia era inútil. Sólo su propio ingenio y la +confesión de Cristeta podían sacarle de dudas: era forzoso que mediase +entre ambos una explicación. Al cabo de unos instantes, sobreponiéndose +al disgusto que experimentaba, reanudó el diálogo y se mostró +amabilísimo con don Quintín. Aquel hombre le era, desgraciadamente, +necesario.</p> + +<p>Tomaron exquisito moka, que al estanquero le pareció inferior al del +café, y luego, saboreando unas copas de licor, don Juan le ofreció +habanos.</p> + +<p>—No es mal tabaco—decía don Quintín—; pero crea usted que no hay nada +como los peninsulares bien elegidos.</p> + +<p>Separáronse tras grandes protestas de lealtad y mutua protección.</p> + +<p>Poco después don Quintín iba por la calle haciendo estas reflexiones: +«¡Vaya un tío cuco...! pero se ha fastidiado. ¡Cincuenta duros...! +¡Carola, segura...! En cuanto a lo demás... Cristeta verá lo que hace: +he cumplido sus órdenes; ahora... me lavo las manos.»</p> + +<p>Hasta quedarse solo no sintió don Juan en toda su intensidad el +disgustazo que acababan de darle.</p> + +<p>Había en los razonamientos de don Quintín, o, mejor dicho, se desprendía +de ellos una consideración de muchísima fuerza. ¿Cómo se explicaba que +Cristeta, tan sentimental y delicada, hubiese consentido en entregarse a +un hombre como Martínez, rico, pero vulgarote y ordinario? Don Juan +recordaba perfectamente las repetidas veces en que Julia le habló de su +amo tratándole de grosero, basto y a la pata la llana. Pensándolo bien, +estas confidencias de la niñera podían servir de base a las conjeturas +en que ahora le hacían caer las frases del estanquero; todo indicaba que +sólo el interés, pero un interés poderosísimo, había determinado la +boda. Por otra parte, no siendo ella codiciosa... ¿qué interés podía +tener...? sólo el de regularizar la falsa situación en que se hallase, o +el ansia de asegurar el porvenir del niño, si ya estaba camino del +mundo.</p> + +<p>«Este mamarracho de viejo—se decía—, es un sinvergüenza capaz, por +dinero, de hacernos el embozo de la cama...; pero ¡ella, ella! Ahora me +explico sus lágrimas, su miedo de acercarse a mí, sus palabras +tristes...; no puede menos de quererme. Y el chico... ¿mío? ¡sabe Dios!; +pero no es ningún imposible... y ese señor Martínez... ¡anima!, aunque +no, puede que no esté sino perdidamente enamorado, loco, ¿no ha de poder +trastornarse otro hombre si a mí me están dando ganas de llorar?»</p> + +<p class="puntos">*<br />* *</p> + +<p>Aquella misma noche el estanquero refirió a su sobrina cuanto habló con +don Juan durante el almuerzo; pero puso gran cuidado en callar todas +aquellas sospechas que le hizo concebir relacionadas con el origen del +niño, y que respondían a su particular deseo de vengarse. No obstante la +omisión, Cristeta escuchó todo lo demás inquieta y azorada, miedosa de +su propia obra. Una imprudencia, por pequeña que fuese, y estaba +perdida; el menor descuido, y en vez de ingeniosa enamorada, semejaría +codiciosa enredadora.</p> + +<p>¡Triste condición de toda mujer amante y burlada, que al reconquistar el +bien perdido, parece trapisondista despreciable!</p> + + + + + +<h3><a name="Capitulo_XIX" id="Capitulo_XIX"></a>Capítulo XIX</h3> + +<p>De cómo Cristeta representó en un palco mejor que cuando lo hacía en el +escenario</p> + + +<p>Don Juan tenía pensado alquilar un cuarto y amueblar en él dos +habitaciones: una tal que pareciese oficina, para dar sombra de +apariencia a lo de la empresa teatral, y otra cuidadosamente alhajada, +donde, atraída Cristeta, quedara su resistencia vencida; pero en vista +de la conferencia con don Quintín, consideró inútil lo primero, pues el +grandísimo bribón no había menester disimulo, sino dinero; por lo cual a +otro día del almuerzo le mandó a Benigno con una carta en que, a modo de +primer mes de sueldo, le remitía mil reales, es decir, el amor de Carola +provisionalmente asegurado. En cuanto a lo de alhajar cómoda y +lujosamente un nido donde recibir a Cristeta, también varió algo su +propósito, discurriendo que tal vez careciera de sentido común el +forjarse ilusiones si la paloma había ya anidado en otro lado, y hasta +hecho cría.</p> + +<p>El deseo de aquel hombre iba sufriendo una transformación tan radical +como justificada. Lo que hasta entonces le movió fue el apetito amoroso +que juntamente despertaban en su ánimo la belleza de Cristeta, la +envidia de su legítimo poseedor y la vanidad herida; pero a consecuencia +del almuerzo con don Quintín, todo cambió. Ya no podía bastarle poseer a +Cristeta como a una mujer cualquiera; quería saber si aún era amado de +ella; aquilatar qué clase de afecto profesaba a su marido, o lo que +fuese; obtener pleno conocimiento del origen del niño; en fin, salir de +dudas. La frívola pertinacia del galanteador de oficio, la tenacidad +irritante del mujeriego afortunado, habían cedido el puesto a móviles +más serios. Lo que comenzó a guisa de vulgar conquista, iba +transformándose en drama psicológico, sin puñalada, pistoletazo, ni +catástrofe, pero muy serio: acaso con su catástrofe y todo, porque +¿quién era capaz de prever las complicaciones a que podría dar ocasión +el odioso Martínez? Pero lo grave era que la mujer antes perseguida y +deseada sólo por gentil y graciosa, se había trocado en hechicera +enigmática: ya no era don Juan un temperamento atraído por la belleza, +sino una voluntad obstinada en descubrir el arcano que llevaba una mujer +dentro del pecho. Hasta el pecho ¡lo más hermoso del cuerpo de Cristeta! +se le olvidaba pensando en su corazón.</p> + +<p>Tomó un piso entresuelo en cierta casa de un amigo suyo (la calle, +aunque céntrica, casi solitaria), y en cuatro días, a fuerza de dinero y +con ayuda de don Quintín, hizo que le amueblaran un precioso gabinete +donde todo era sencillo y de exquisito gusto. La alfombra, clara; sobre +una mesita, una lámpara preparada, y como adorno, muchas flores. No +había reloj, para indicar que quien lo dirigió todo no quería tasado el +tiempo. Por precaución tenía la estancia puertas francas a escaleras +distintas, y en los balcones visillos muy tupidos. Junto a la chimenea +se veía uno de esos asientos llamados confidentes, dispuestos en forma +de ese, donde una pareja puede mirarse rostro a rostro, llegando tibio +el aliento del que habla a la oreja del que escucha: para diálogo +amoroso, imposible hallarlo mejor; pero no era mueble incitante y +traidor de aquellos en que la castidad suele reclinarse sana y +levantarse herida.</p> + +<p>Al quinto día, luego que la casa estuvo dispuesta, don Juan entregó a su +representante una llave por si encontraba momento propicio de llevar a +Cristeta o de hacer que se resolviese a ir; y envolviendo el ruego en +promesas, le suplicó que apurara todos los medios imaginables para que +su sobrina le concediese la deseada entrevista.</p> + +<p>En un principio, de acuerdo con ella, don Quintín dio largas pretextando +que no había logrado verla; después dijo que vacilaba y temía; por +último, que comenzaba a desesperar. Así transcurrieron dos semanas, de +beneficioso resultado para su bolsillo y de triste incertidumbre para +don Juan, quien al cabo determinó escribir a su adorada; de lo que se +originó nueva cita con Julia en la Plaza Mayor, y nueva carta, que a la +letra decía estas palabras:</p> + +<div class="blockquot"><p><i>«Cristeta de mi alma: Ha pasado qué sé yo cuánto tiempo desde que +nos vimos; no tengo ya ninguna esperanza y, sin embargo, no me resigno a +perderte. ¿Dejarás que me marche de Madrid? Porque no puedo vivir así. +No te pido más que una entrevista muy breve, y te doy palabra de honor +que no tendrás que arrepentirte.</i></p> + +<p><i>He puesto un cuartito en la calle de Belén, 78, entresuelo. Allí +te aguardo mañana y pasado, desde la una de la tarde hasta el anochecer. +Si no me contestas dentro de cuarenta y ocho horas, será señal de que +nada puedo esperar, y esta misma semana saldré de Madrid para no volver +nunca. Adiós, Cristeta de mis ojos. Medita bien lo que resuelves, que va +de veras, y acuérdate de tu desgraciado</i></p> + +<p class="r">JUAN.»</p></div> + +<p>Al expirar el plazo, cuyo término caía en lunes, don Juan recibió +respuesta con estas palabras, de mano de Cristeta:</p> + +<div class="blockquot"><p><i>«Estoy malucha, y además no puedo ni debo aceptar eso que +propones; el domingo que biene toma un palco alto, para por la tarde, en +cualquier teatro, y enbiamelo: de otro modo, nada.</i></p> + +<p class="r">C.»</p></div> + +<p>¡Qué semana! Ni educanda encerrada que aguarda el día de salida para ver +al primer muchacho que a hurtadillas le oprime la mano, y con quien soñó +castamente en el lecho virginal del convento; ni príncipe en vísperas de +ser coronado rey; ni miserable usurero a punto de cobrar; ni madre de +marino que en la costa espera el navío donde su hijo torna, nadie se +impacientó ni desesperó tanto como el pobre don Juan.</p> + +<p>Llegó el sábado; fijáronse en las esquinas los carteles teatrales, +leyolos, calculó cuál sería la función más larga, y vio que en la +Zarzuela representaban un melodrama en cinco actos, seguido de sainete; +es decir, cinco entreactos, que era lo que a él le interesaba. Tomó para +sí una butaca, escogió un buen palco y se lo mandó a Cristeta. «¿Quién +la acompañará?—pensó—. Cuando lo ha pedido para por la tarde, es que +lleva al chico.» Y al recordar al niño se le puso carne de gallina.</p> + +<p>El domingo amaneció sereno, hermosísimo. Con el temor de que se +suspendiera la función, se puso don Juan más nervioso que mujer en +tienda de sedas. Por fortuna, al medio día se nubló el cielo y comenzó a +llover. Su primera impresión fue de alegría; pero luego se dijo: «¿A que +no va porque no coja humedad el chiquillo?»</p> + +<p>Hasta la hora del espectáculo permaneció encerrado en casa y, según su +costumbre, quiso distraerse leyendo; pero todo fue inútil. Tal estaba su +ánimo, que no le hizo gracia <i>Don Quijote</i>. Si llega a hojear <i>La divina +comedia</i> se ríe del conde Ugolino. Al oír que daban las tres en el reloj +del despacho, púsose el gabán y salió.</p> + +<p>Madrid estaba convertido en un lodazal; soplaba norte pulmoníaco, y la +lluvia, por lo terca y violenta, se burlaba de toda prenda impermeable; +pero a don Juan le pareció que caminaba por las secas alamedas de un +jardín donde corría suavísimo céfiro y que del cielo caía tibio rocío +perfumado, como aquel que un alarife cordobés hizo llover en el serrallo +del califa.</p> + +<p>Cuando llegó al teatro aún estaba el pórtico cerrado, y ante él +esperaban, devorados de impaciencia y roídos de mal humor, grupos de +papás, manadas de niñeras y enjambres de chicos. Por fin, abrieron, y la +puerta comenzó a engullir gente. Todos se apresuraron: nadie dio tantos +codazos como don Juan.</p> + +<p>Otros llevaban al niño de la mano: él llevaba dentro al niño Amor, que, +aposentado en su corazón y su pensamiento, lugares donde antes jamás +entró, corría de uno para otro.</p> + +<p>La sala estaba a media luz: don Juan, que llevaba tres horas +diciéndose:—<i>«Principal, número nueve»</i>, miró al palco.</p> + +<p>Los violines, mal afinados, gruñían como cochinillos hambrientos, oíase +algún quejido gangoso de clarinete y rasgaban el aire alegres carcajadas +infantiles.</p> + +<p>Don Juan, de pie en el callejón central de las butacas, tenía fija la +mirada en el palco. De pronto, levantose la cortina, apareció Julia con +el niño en brazos, y tras ella, destacando por claro sobre el fondo +oscuro del palco, se dibujó la encantadora figura de Cristeta, en +actitud de alzar las manos para quitarse un precioso sombrerillo. ¡Qué +semblante y qué talle! A no estar trastornado por sus preocupaciones, +don Juan hubiese comprendido mirándola, que la esbeltez de aquella mujer +era incompatible con la maternidad. Lo de llevar al teatro un niño de +dos años, le pareció insensato...; pero era el pretexto: y además, los +padres llevan a sus hijos demasiado pronto al teatro, porque se hacen la +ilusión de que entienden lo que ven.</p> + +<p>Cuando aumentó repentinamente la intensidad del alumbrado, Julia y el +chico lanzaron a dúo un ¡aah! formidable. Cristeta se sonrió, y a don +Juan le pareció que de aquella sonrisa había brotado la claridad.</p> + +<p>¡Qué hermosa estaba la antigua comiquilla! Lo que descubría del traje +por cima del antepecho del palco, era un primor. Vestía una chaquetilla +de paño gris perla, bien ceñida y sin adornos, luciendo, al quitársela, +el cuerpo del vestido, liso y rojo muy oscuro, con muchos botoncitos de +plata; al cuello una gola de piel negrísima, sobre la cual brillaba, +como enroscada sierpe de oro, el moño de pelo sedoso y rubio. Nada de +joyas, ni siquiera un brazalete; pero, en cambio, sus movimientos, +ademanes y posturas estaban impregnados de aristocrática gentileza.</p> + +<p>Don Juan enderezó hacia ella los gemelos, y viéndola tan hermosa creyó +no haberla poseído nunca. No parecía muchacha plebeya elegantizada de +repente, sino hija de grandes, hecha desde niña a todos los +refinamientos del lujo.</p> + +<p>Lo poco que don Juan oyó del acto primero, se le hizo interminable. ¡Y +qué malo! Arte para la galería, espectáculo propio de pueblos atrasados; +lo de siempre: la dama perseguida, el traidor eterno, el vulgar +gracioso. Por supuesto, que Lope o Alarcón no le hubieran aquel día +parecido mejores. Miró hacia el palco muchas veces, y en dos notó que +ella le correspondía con amables sonrisas. Terminado el acto, repitió +las miradas con gran insistencia, moviendo hacia arriba la cabeza, +indicando que quería subir: ella, disimuladamente, extendió el brazo y +abrió la mano, moviéndola hacia abajo, lo cual, con toda claridad, +significaba: «Espera.» Don Juan puso cara de pariente desheredado. En el +segundo, tercero y penúltimo entreacto, que por fortuna no fueron +largos, ocurrió exactamente lo mismo, con lo cual el disgusto del +enamorado arreció tanto, que comenzó a retorcerse en la butaca como +diablo que se ahogase en agua bendita. ¿Si habría pensado aquella mujer +que iba él a contentarse con una ración de vista?</p> + +<p>Por fin, al caer el telón tras el último acto del melodrama, cuando no +quedaban más que un intermedio y el sainete, don Juan, ya tan impaciente +que aun sin permiso ni consentimiento subiera, repitió la seña de +levantar la cabeza como preguntando: «¿Voy?» Entonces Cristeta le +dirigió una mirada cariñosa, haciendo al mismo tiempo un gesto de +conformidad, que quería decir: «Ven.»</p> + +<p>Salió de la platea, y echando escaleras arriba, medio derribó a un +chico, pisó a una señora y tropezó con un caballero, a quien tiró el +cigarro. Le pareció oír insultos a su espalda, pero no hizo caso. El +corazón le latía como a chico en examen.</p> + +<p>Antes de que acudiese el acomodador ya tenía Cristeta entornada la +puerta del palco, cuyas cortinas caían rectas, dejando sólo entre sí una +estrecha abertura por donde penetraban el resplandor y los rumores de la +sala. Juan cerró con tiento; y no por estudiada osadía, como en otros +tiempos, sino por sincero e irresistible impulso, cogiendo con fuerza +las manos de Cristeta, la empujó hacia atrás, sentándola en la banqueta +del antepalco; y en seguida, alzando hasta su boca las manos deseadas, +despacio, tembloroso, casi con respeto, se las besó, seguro de que no +podían ser vistos, mientras ella, al través de la cabritilla, sintió +algo que la quemaba dulcemente.</p> + +<p>Pasaron unos segundos sin que ninguno de ambos profanase aquel silencio, +que lo decía todo. Por fin habló Juan en voz baja:</p> + +<p>—Tú mandas y yo obedezco; pero mía ¡para siempre!</p> + +<p>La respuesta fue un suspiro salido de muy hondo, y un movimiento de +cabeza triste y negativo.</p> + +<p>Estaban en sombra, nadie podía verles, y por entre la separación del +cortinaje penetraba una faja de luz que Cristeta procuraba esquivar +echando el cuerpo hacia atrás. Al moverse creyó dar con la espalda en el +muro; pero Juan había sabiamente deslizado una de sus manos entre la +pared y el cuerpo de ella, de modo que al querer recostarse quedó +aprisionada por el talle. Ambos se estremecieron, pareciéndoles que no +había transcurrido tiempo desde la última caricia. Aquello fue la +repetición del bien pasado; acaso la dicha más grata que da el amor. +¡Qué recuerdos! Astucia de mujer, cavilosidad de hombre, entereza de +ánimo, escozor de vanidad ajada, ¡cómo vinisteis a tierra fundidos por +aquel calor que, traspasando las telas y penetrando las carnes, llegaba +por los nervios al centro de las almas!</p> + +<p>—¡Vida mía!</p> + +<p>—¡Juan, por piedad!</p> + +<p>Fueron dos exclamaciones más henchidas de poesía que el mejor poema. Sin +embargo, Cristeta, que todo lo arriesgaba en la partida, se rehizo, y +dominando su primera impresión, se aprestó a la lucha. Era llegado el +instante de lo que ella, a solas con su pensamiento, llamaba el último +acto de su comedia. Sin apartar el cuerpo del brazo de Juan ni retirar +la mano que le tenía abandonada, pero mostrándose fría y serena (la +procesión andaba por dentro), dijo:</p> + +<p>—¿Por qué no me dejas vivir tranquila? ¿Qué quieres? ¿No comprendes que +todo debe ser inútil?</p> + +<p>—Lo veremos. Hay mucho que hablar. Un hombre que se ve en mi situación, +tiene derecho a...</p> + +<p>—A nada.</p> + +<p>—Te equivocas. No queda tiempo, ni éste es sitio para explicarse; pero +como tú no has querido nunca venir a terreno mío...</p> + +<p>—¿Era decoroso?</p> + +<p>—En fin, aprovechemos los instantes. ¿Cuál ha sido tu conducta desde que +me fui a París?</p> + +<p>—¿Desde que me abandonaste en la fonda de Santurroriaga?</p> + +<p>—Bueno, como quieras, te abandoné; de eso luego se tratará. ¿Qué +hiciste?</p> + +<p>—¿Y no se te ha ocurrido preguntártelo a ti mismo hasta que has vuelto a +verme?</p> + +<p>—¡Responde!</p> + +<p>—¿Y por qué has de ser tú y no yo quien interrogue? ¿Porque eres hombre? +Ten calma.</p> + +<p>—No puedo, la tendré cuando hayas vuelto a mi poder.</p> + +<p>—¡Ah! Me quieres ahora porque no puedo ser tuya.</p> + +<p>—Más de lo que te figuras. Estoy dispuesto a todo.</p> + +<p>—Y yo a nada.</p> + +<p>—¡Parece mentira que se te hayan olvidado ciertas cosas!</p> + +<p>—¿Cómo he de olvidar lo que hiciste conmigo?</p> + +<p>—Bueno..., ¿qué buscas, qué pretendes? ¿La satisfacción de oírme que +hice mal? ¿que te diga que me arrepiento? ¿que ni siquiera me porté como +caballero? Corriente; no merezco ni lástima...; humíllame, véngate +cuanto quieras; pero, ¡por Dios, Cristeta, vida mía! ¿a quién has +querido, de quién eres...? ¡yo no puedo vivir así!</p> + +<p>Tal sinceridad había en su acento, que de buena gana Cristeta se hubiese +dejado comer a besos, si no temiera que la precipitación malograse su +plan. Se limitó a mirarle con dulzura, respondiendo:</p> + +<p>—¿Pues qué clase de mujer crees que soy? ¿de las que tú estabas +acostumbrado a tratar?</p> + +<p>—Es que no puedo callártelo.... esa criatura—y extendió el brazo hacia +donde estaba el niño—esa criatura me tiene loco... Cuando yo me marché +de Santurroriaga..., porque..., la verdad..., ¿al cabo de cuánto tiempo +te casaste? Aun suponiendo que hallases un hombre tonto o... poco +escrupuloso, en fin, uno que pasara por todo, ¿no tenía yo algún derecho +a saber la resolución que ibas a tomar?</p> + +<p>Cristeta, sorprendida, le dejó concluir. Ignoraba las insidiosas frases +pronunciadas por su tío el día del almuerzo para herir a don Juan, y no +esperaba semejante ataque. Cierto que había, desde un principio, ideado +acompañarse del niño para dar más viso de verdad a su condición de +casada; pero, a pesar de su travesura, jamás imaginó, ni entró en sus +cálculos, excitar a Juan martirizándole con la creencia de que el chico +pudiera ser suyo; y en aquel momento comprendió, por fortuna, que el +recurso que a las manos se le venía era efímero y de muy peligroso +aprovechamiento. Además, su orgullo legítimo de mujer amante le inspiró +el recelo de que si don Juan aceptase aquella paternidad, ya no sería +ella misma quien venciera, sino el niño, y por último pensó también que +como al fin y a la postre habría de descubrirse la mentira, sería fatal +para ella que su ingenio de enamorada pudiese ser calificado como +ambiciosa tramoya y conspiración de aventurera.</p> + +<p>Juan estaba pendiente de sus labios.</p> + +<p>Cristeta suspiró; luego guardó silencio en larga pausa, mirándole +fríamente, mostrándole impávida el azul profundo de sus ojos; se pasó la +lengua húmeda por los labios secos, y muy despacio, levantando una mano +y posándosela en el hombro, le dijo con melancólica solemnidad, al mismo +tiempo que dejaba caer ruborosa los párpados de larguísimas pestañas.</p> + +<p>—Vive tranquilo; te juro que ese niño no es tuyo.</p> + +<p>Juan reprimió un suspiro de desahogo, y acentuando el fervor amoroso, +por disimular la emoción, repuso a modo de acusador:</p> + +<p>—Entonces, infame... sí, perdóname, infame, ¿qué cariño era el tuyo, qué +pasión era aquélla, si cuando apenas me fui te entregaste a otro y con +tal entusiasmo que... ¡ahí están las pruebas! (Y volvió a señalar al +chico.) Yo pude ser falso, engañador, traidor, sobre todo, tonto, +porque, al dejarte, en la culpa llevaba la pena; pero ¿qué nombre merece +tu conducta?</p> + +<p>—¿Es decir, que mi obligación era quedarme toda la vida esperando a que +se te antojase volver a acordarte de mí, como se queda un libro en un +estante, hasta que su dueño tenga capricho de volverlo a leer? Sé +franco, mírame cara a cara y dime: si yo fuera libre, ¿hubieras vuelto a +pensar en mí? Dispensa la dureza, pero lo que ahora sientes no es amor, +es envidia de otro.</p> + +<p>—De ese otro a quien odio y aborrezco, también tenemos que hablar; pero +quien me importa verdaderamente, eres tú. Ya lo estás viendo: me has +dicho que el niño nada tiene que ver conmigo, y sigo diciéndote que no +puedo vivir sin ti.</p> + +<p>—¿Pues qué recurso sino conformarse?</p> + +<p>—¡Si fuera en Francia!</p> + +<p>—Sí, allí creo que se casan y se descasan como perros.</p> + +<p>—¡Bendito país, donde la traición, el engaño y hasta el error tienen +remedio!</p> + +<p>—¿Y quién te dice que yo sea capaz de aceptar eso? ¿Acaso no puedo +quererle?</p> + +<p>—¿Al niño? Naturalmente; al fin, es hijo tuyo.</p> + +<p>—No me has comprendido...—repuso sin atreverse a concluir.</p> + +<p>—¡Calla, traidora! porque no respondo de mí.</p> + +<p>Y alzó tanto la voz, que ella hizo ademán de taparle la boca con la +mano.</p> + +<p>—No pensemos en lo imposible—añadió Cristeta tristemente—¿Has querido +verme para que sufriéramos los dos? Ya estarás satisfecho; pero basta... +¡por la Virgen Santa!</p> + +<p>Intentó incorporarse, Juan la contuvo oprimiéndola el talle, y aún más +con el suplicar de su mirada, al mismo tiempo que decía:</p> + +<p>—No perdamos tiempo en recriminaciones inútiles. ¿Me he portado mal?, +pues te pido perdón. ¿Has obrado por despecho?, te perdono. ¿Nos hemos +equivocado los dos, yo al dejarte y tú al olvidarme?, pues venzamos a la +desgracia. Manda, ordena, dispón, decide lo que quieras; paso por todo, +¡pero mía, mía para siempre!</p> + +<p>—¿Y qué sabes tú lo que es <i>siempre</i>? ¿Cuánto tardarías en cansarte otra +vez de mí? Y, sobre todo, no reparas en lo que hablas... y me estás +ofendiendo. Óyelo bien; jamás engañaré a Martínez, lo juro. Lo hecho, +hecho está.—Y al decir esto, sonrió ligeramente, como burlándose de sus +propias palabras.</p> + +<p>—¡Pues yo lo deshago!—replicó Juan en fogoso arranque.</p> + +<p>—Eso se dice ahí, en el escenario, pero aquí en la vida... ¡ya no +podemos ser dichosos!</p> + +<p>—¿Luego me quieres? ¡alma mía! ¿No eres feliz? ¿Qué hombre es ése? ¿Por +qué te has enamorado? Cuéntamelo todo.</p> + +<p>—No me atormentes más, que estoy sufriendo mucho...; mira, mira—añadió +levantando un poco la cortina—márchate, que ha comenzado el sainete.</p> + +<p>No había comenzado, sino que faltaba poco para que concluyera.</p> + +<p>—¡Quiá! ¡Qué he de irme! ¿Crees que he venido sólo para esto? Vuelves a +ser mía... y hoy te acompaño hasta tu casa.</p> + +<p>—Ni una palabra más. Accedí a oírte, porque supuse que tendrías juicio. +Esto se acabó; yo no transigiré nunca con ciertas cosas.</p> + +<p>—Ni yo con perderte.</p> + +<p>—Entonces, ¿qué pretendes? ¿que sea de dos a un tiempo? ¿Quién +resultaría despreciable, nosotros o <i>él</i>? Figúrate lo absurdo, que <i>él</i> +lo tolerase: ¿crees que yo podría tenerle al lado?</p> + +<p>—Cuanto dices prueba que no has dejado de quererme: ¡eso es lo que yo +deseaba saber! Ahora, la última pregunta, y ¡mira que hablas con un +hombre resuelto a todo!: ¿estás realmente casada? porque hay quien... no +lo cree.</p> + +<p>Cristeta vaciló un punto, sin atreverse a responder categóricamente. +Hasta entonces había puesto especial empeño en no afirmarlo. Tampoco en +aquel instante quiso decirlo, y en vez de contestar de palabra, como si +cediese a una languidez incontrastable, dejó caer el dulce peso de su +cuerpo sobre el hombro de Juan, al mismo tiempo que decía:</p> + +<p>—¡Qué desgraciada soy! ¡Déjame, déjame!</p> + +<p>Al sentir Juan acariciado el rostro por el cosquilleo del pelo de +Cristeta, dio al olvido la pregunta que hizo, la respuesta que esperaba, +hubiera olvidado hasta la gloria si entonces se la hubiesen ofrecido, y +estrechando contra el pecho la cabeza de su amada y pegando los labios a +su oído, le dijo:</p> + +<p>—Iremos donde quieras, solos... o con tu chico..., yo seré su..., lo que +tú mandes, ¡alma mía!</p> + +<p>Y la besó callada y blandamente entre el rizo y la oreja.</p> + +<p>Cristeta levantó la cabeza, mostrando involuntariamente los ojos llenos +de felicidad. Juan había pronunciado aquellas palabras con una expresión +nueva, desconocida para ella, y aquel beso fue más casto, más sincero, +menos egoísta que los dados en otro tiempo por los mismos labios. No se +sintió deseada, sino querida, y en lo más íntimo de su espíritu se alzó +una voz que le decía: «Es tan mío como yo suya.»</p> + +<p>La función estaba concluyendo. Púsose Cristeta en pie sin que ya él lo +estorbase, esquivó sus miradas como aterrada, y le dijo:</p> + +<p>—Vete. Quiero salir sola.</p> + +<p>—¿No viene nadie, ni tu tío, para acompañarte?</p> + +<p>—¡Ah!... A propósito de mi tío. Tengo que pedirte un favor.</p> + +<p>A no estar tan ciego el pobre don Juan hubiera notado que no era propio +de situación tan grave hablar del ridículo don Quintín; mas sin pensar +en ello, repuso:</p> + +<p>—¿Tú pedirme favores? Pon un bando, y hago que te obedezca... hasta el +mismo Nuncio.</p> + +<p>—No exageres. Lo que quiero es que no contribuyas a volver loco a ese +pobre hombre. En cuanto tiene dinero hace cada barbaridad... Con que no +le des ni un duro. ¿Me lo prometes?</p> + +<p>—Pero, mujer...</p> + +<p>—No hay pero que valga; cuanto le das es para su mal.</p> + +<p>—¿Por qué?</p> + +<p>—Porque tiene... Vamos, que se lo gasta todo con una bribona, no para en +casa, descuida el estanco, trata mal a la pobre tía... y se pone malo. +¿Lo harás?</p> + +<p>—Te prometo no volver a darle ni una peseta. Adiós, y piensa que ya eres +mía. Ahora cuando quieras nos veremos para convenir lo que más te +agrade.</p> + +<p>Cristeta, comprendiendo que había llegado uno de los momentos más +amargos y difíciles de su empresa, hizo un esfuerzo, y arqueando con +gesto de desesperación los labios, alterada y sombría la voz, dijo, +llenando de pesar a Juan:</p> + +<p>—No nos hagamos ilusiones... Me despreciarías, y harías bien... Esto es +un sueño... Me estás volviendo loca, ¡pobre de mí!... Perdóname... +Imposible. ¡Adiós!</p> + +<p>Las palabras salieron de sus labios saturadas de amargura; pero al mismo +tiempo, sin que pudiera evitarlo, brilló en sus ojos tal llamarada de +pasión, que aquella mezcla de negativa y de amor fue lo sumo de la +coquetería. Don Juan no sabía a qué santo encomendarse. La boca de +Cristeta decía: «Nunca»; los ojos gritaban: «Llévame.»</p> + +<p>Reclinada en la pared del antepalco, desordenadillo el rizoso pelo, +acarminadas las mejillas y voluptuosa la mirada, estaba realmente +encantadora.</p> + +<p>Don Juan, medio enloquecido, dijo:</p> + +<p>—¿Eres Cristeta, o eres un tigre que está jugando con mi felicidad?</p> + +<p>—¡Felicidad!—exclamó ella con acento melodramático, oportuna +reminiscencia de su carrera artística—¡Felicidad!... Juan, no me hagas +ser mala... ¡No quiero!... Adiós. ¡Jamás volveremos a vernos!</p> + +<p>En seguida hizo a la niñera una seña, salió ésta con el chico, le +arroparon, pusiéronse la moza su mantón, la señora su linda chaquetilla, +y salieron del palco. En el pasillo, Cristeta habló a su adorador en voz +baja:</p> + +<p>—¡Por caridad... vete!</p> + +<p>—¿Hablaremos?—repuso él suplicante.</p> + +<p>—No me hagas ser mala. No quiero. Vete...</p> + +<p>El pasillo estaba ya lleno de gente. Don Juan comprendió que no era +posible seguir hablando sin ponerse en ridículo.</p> + +<p>Mustio, alicaído y rabioso, bajó tras ella la escalera. Su propósito era +seguirlas; pero apenas pisaron la calle se metieron en el coche que +estaba aguardando. No debió de quedarse tan triste ni asombrado aquel +hidalgo de la leyenda que vio ante sus ojos pasar su propio entierro, +como quedó don Juan mirando alejarse rápida mente la berlina</p> + +<p>Cristeta iba encogida y como acurrucada en el fondo del coche, medrosa +por lo que acababa de hacer. El riesgo de su ventura la tenía muerta de +miedo. Pensó que acaso fue más allá de lo prudente. ¿Llegaría él a +razonar, sentir y disculpar los móviles que la impulsaron, y, sobre +todo, a empaparse bien de que eran desinteresados? Si creía que su +objeto era atraparle, como en su soez lenguaje dicen los hombres entre +sí, estaba perdida. Ocurríasele que con otro hombre habría empleado +recursos diferentes; pero en seguida reflexionaba que a otro no le +hubiera querido. En cuanto a Juan... él mismo, con su carácter, +suministró idea del estímulo que había menester. ¿Estaba enviciado en la +facilidad, madre del hastío?, pues hacerse desear. ¿Eran sus amores +pasajeros y compradizos?, pues demostrarle que ella no se vendía, ni era +su corazón tesoro para derrochado en unos días. ¿Lograría que Juan viese +claro el sentimiento que la impulsó a tales aventuras? En caso +afirmativo, el éxito sería doble: primero, porque adquiriría la +persuasión de que Juan la conocía a fondo, como debe ser conocida la +mujer amada; y segundo, porque así la conquista sería definitiva. +Hallando mujer tan encariñada y animosa, sólo un necio podía renunciar a +ella. En cambio, el fracaso no era únicamente la pérdida de la dicha, +sino el descrédito a los ojos de Juan. ¡Adiós esperanza, amor..., todo! +No se arredraba pensando en la vuelta al estanco y la pobreza; pero +Juan, Juan... ¿Por qué se le habría metido aquel hombre tan adentro del +alma? De todos modos, era imposible prolongar mucho la situación.</p> + +<p>Y, sin embargo, faltaba el último cartucho por quemar.</p> + +<p>Según costumbre, se apeó del coche en sitio apartado y volvió a casa a +pie, sola y dando rodeos.</p> + +<p>Desnudose despacio, engolfada en sus ideas, entreteniéndose en guardar +con cuidado sus ropas, relativamente lujosas, como el guerrero cuida y +guarda las armas. Luego dirigió una mirada a los pobres muebles y +blancas paredes de su cuarto, y suspiró pensando:</p> + +<p>«¡Quién sabe! ¡El beso de hoy me ha parecido beso de cariño!»</p> + +<p class="puntos">*<br />* *</p> + +<p>Don Juan se retiró como chico a quien dan cañazo en la escuela.</p> + +<p>«¿Qué mujer es ésta?—se decía al entrar en su casa—. ¿La coqueta más +temible del mundo, o una desdichada que fluctúa entre el deber y el +amor? Porque, ¡vaya si me quiere! ¡Cómo temblaba cuando la besé... y qué +modo de mirar!»</p> + +<p>Ya no se le ocurría todo aquello de capricho, vanidad, lo que me dé la +gana, un día, una hora... La quería por suya como se desea la felicidad, +sin fijar término ni plazo, lo antes posible y para siempre: ya no era +el temible Burlador de Sevilla, que seduce, logra y desprecia, sino el +Tenorio apasionado que se rinde a doña Inés.</p> + +<p>Entre su deseo y su esperanza surgía el recuerdo de las últimas frases +que Cristeta le dijo en el antepalco. Las recordaba claras, indudables, +palabra por palabra, sílaba por sílaba. «... No me hagas ser mala... ¡No +quiero!... Vete... ¡Nunca!»</p> + +<p>Entonces el hombre insustancial y frívolo, que no había vertido una +lágrima desde la muerte de su madre, se dejó caer en una butaca, +cubriose el rostro temiendo que le hicieran burla las Venus de bronce, +las fotografías de mujeres hermosas o los retratos de queridas olvidadas +y se echó a llorar como un niño.</p> + + + +<h3><a name="Capitulo_XX" id="Capitulo_XX"></a>Capítulo XX</h3> + +<p>Los favores que don Juan hizo antaño a su cocinera Mónica, le fueron +grandemente pagados sin que él lo sospechara</p> + + +<p>Cartas impregnadas de ternura, junto a las cuales resultarían pálidas +aquellas que se escribieron en el Paracleto; recados apremiantes +enviados por conducto de Julia; súplicas, amenazas, todo fue inútil. +Cristeta, voluntariamente recluida en su casa, daba la callada por +respuesta. Entonces, al modo que el general sitiador a quien es adversa +la fortuna suspende el ataque y se encierra en su tienda, don Juan +comenzó a filosofar, recurso de desgraciados, y le pareció que su pasado +era ridículo; su presente, amarguísimo; su porvenir, incierto. El mal +humor fue poco a poco convirtiéndosele en tristeza y ésta en melancolía. +Haciendo retrospectivo examen de conciencia, consideró que su vida fue +hasta entonces una serie de aventuras vulgares. Las mujeres a quienes +venció no eran dignas de ser conquistadas: unas, porque valiendo poco le +costaron mucho; otras, porque no se rindieron al galán seductor, sino a +su propia desesperada lascivia; ya eran jovencillas viciosas, +ex—vírgenes locas; ya mal casadas, ya viudas consumidas en forzosa +continencia. Todas le dieron sobras de amor, escoria de los sentidos; +pocas recordaba que no le hiciesen reír o avergonzarse. Ahora comprendía +que cuanta fruta mordió era de la que se pudre en agraz o de la que por +su peso cae dañada del árbol: la única vez que llegó a cogerla sazonada +y fragante, dejó, como un estúpido, que otro la saborease, y al querer +recobrarla... «Imposible». El acento con que Cristeta pronunció esta +palabra le taladraba los oídos y le acibaraba el alma.</p> + +<p>A fuerza de permanecer encerrado en casa, comenzó a digerir mal, y luego +a comer poco: uniose al desasosiego moral el malestar físico, ayudó la +inapetencia a la melancolía, y en menos de tres semanas se quedó flaco y +triste como fiera enjaulada.</p> + +<p>Benigno, a quien el retiro de su amo tenía la libertad mermada, le +propuso llamar a Mónica, la incomparable cocinera que en situaciones +menos graves había restaurado sus fuerzas. Don Juan le preguntó:</p> + +<p>—¿Recuerdas dónde vive?</p> + +<p>—No, pero lo preguntaré.</p> + +<p>—Bueno. Haz lo que quieras.</p> + +<p>Un poco movida del agradecimiento a la pasada generosidad de don Juan, y +un mucho estimulada por el interés, Mónica dejó sus huéspedes +encomendados a la cocinera que antaño tomó por hacer papel de ama, y +volvió al servicio de su señor. Mas sus habilidades culinarias fueron +estériles. ¿Qué vale el buen caldo contra la pasión de ánimo? ¿Qué +pueden Vatel ni Motiño contra la lobreguez de ideas? ¡Mísero don Juan! +La más suculenta gelatina se le acedaba, irritábanle los mariscos, la +carne asada le daba náuseas, lo caliente le producía frío, con lo helado +sudaba, las trufas le enfurecían, el rico Borgoña se le antojaba brebaje +despreciable y la manzanilla le daba ganas de llorar; púsose al fin más +triste que San Juan cuando descubrió la estrella del ajenjo que vertía +hiel sobre la tierra. Llamó al médico, y al verle entrar en su cuarto +túvole por precursor y heraldo de la muerte. Nada sacó en limpio. ¿Era +dispepsia, gastralgia, pirosis? ¡Oh, inútil ciencia! ¡Oh, vanidad +moderna! Una buena Celestina le hubiese valido más que el mismo +Hipócrates.</p> + +<p>Cierta mañana Mónica le preparó ostras, huevos con cabezas de +espárragos, solomillo en salsa de vino de Madera, pastel de chochas +frías: todo ello en compañía de buen <i>Pomar</i>, incomparable <i>Tío Pepe</i> y +café como el que hacen las huríes a Mahoma. Trabajo perdido. Los +manjares volvieron, casi intactos, a la cocina. Supuso la vestal del +fogón que la inapetencia era desprecio, y por salir de dudas, movida de +santa indignación, entró al despacho.</p> + +<p>Estaba don Juan macilento, escuálido, sentado en un sillón y más sombrío +que Bruto la víspera de Filipos. Recibiola sin sonrisas, sin gana de +bromas, preguntando con voz desfallecida:</p> + +<p>—¿Qué te pasa, mujer?</p> + +<p>—Eso pregunto yo. ¿Qué le pasa al señor?</p> + +<p>—No tengo apetito.</p> + +<p>—Pues el almuerzo de hoy era para abrírselo a cualquiera.</p> + +<p>—Estoy malo.</p> + +<p>—Lo que estará el señor será...</p> + +<p>Y se detuvo respetuosa.</p> + +<p>—Di, mujer; ya sabes que te quiero y que siempre te he permitido que me +hables con franqueza. ¡Al cabo de tantos años!</p> + +<p>—Pues lo que estará el señor será enamorado, y le habrá <i>dao</i> más fuerte +que otras veces.</p> + +<p>El silencio de don Juan fue una especie de afirmación.</p> + +<p>—El señor es joven y está un real mozo...; pero a cada puerco le llega +su San Martín...</p> + +<p>—Gracias.</p> + +<p>—Perdone el señor. Vamos, señorito, he querido decir que se habrá usted +<i>estragao</i> con tanto variar de <i>guisaos</i>, y estará usted <i>reventao</i> de +andar a salto de mata, cazando en sotos ajenos, y tendrá gana de +fincarse.</p> + +<p>—No te entiendo.</p> + +<p>—Decía el cura de mi pueblo que el hombre que anda tras las mujeres es +como el que ve muchas tierras, que al fin se cansa y quiere tener un +rinconcito suyo..., pues; no quiero el monte del tío, sino el terruño +mío.</p> + +<p>Esta tosca imagen le pareció a don Juan la síntesis de su situación; +pero no era cosa de poner a la cocinera en antecedentes de su +desventura. Sonrió con benevolencia y repuso:</p> + +<p>—Puede que no te falte razón.</p> + +<p>—Será alguna de esas señoritas de ahora que van tan majas y tienen unos +cuerpos que da gloria. Convídela usted a comer con los papás, y pongo +unos platos que se chupan los dedos, se entusiasman y para postre le +regalan a usted la niña. ¿O será alguna de las antiguas? ¿Doña Purita, +la que llegaba aquí en lunes y se marchaba en domingo, y venía su madre +a traerle la muda? ¿La señorita Elisa, que le dejó a usted la mesa del +despacho <i>perdía</i> de polvos de arroz? ¿La señora condesa...?</p> + +<p>—¡Calla, por Dios, mujer!</p> + +<p>—Sí, que sería el cuento de nunca acabar. La verdad es que ya esas no le +convienen a usted: más vale que se busque usted otro remedio: a cabeza +cansada, almohada nueva. Lo que importa es caer bien. No ha de faltarle +a usted árbol donde ahorcarse. ¡Si viera usted qué chicas hay por esos +rincones del mundo!</p> + +<p>Don Juan escuchaba por distraerse. Mónica seguía:</p> + +<p>—Yo tengo la tema de que los señores se gastan <i>ustés</i> el dinero con las +que valen menos: <i>toos</i> los <i>cabayeros</i> de Madrid se están <i>ustés</i> +arruinando por docenas de mujeres <i>perdías</i> y las mejores se las dejan +<i>pa</i> los estudiantillos y los horteras. ¡Hay por ahí <i>ca</i> menestral, y +<i>ca</i> señorita cursi..., y <i>ustés</i> gastándose el dinero con unos +<i>plumeros</i>! En mis barrios, en mi casa, sin ir más lejos, conozco yo una +muchacha que <i>paece</i> un ángel, y allí se está como flor en cerro, que ni +la huelen ni la cogen... hasta que pase el burro y se la coma...; es +decir, cualquiera.</p> + +<p>—Guapa, ¿eh? ¿Alguna modista o peinadora?</p> + +<p>—Por ahí, por ahí; pero monísima. Esbelta, graciosa... y cara de buena. +Vive sola, en el tercero interior, y debe de ser muy pobrecita. Yo, +cuando la vi al principio de vivir en la casa, que usted me dio el +dinero <i>pa</i> eso de tener huéspedes, tuve <i>intinciones</i> de hablarla <i>pa</i> +que viviese conmigo en compañía: vamos, mi idea era darle cuarto y +comida, y que ella, en cambio, me cuidase de la casa, porque yo no puedo +atender a todo.</p> + +<p>—¿Y no lo hiciste?</p> + +<p>—Poco faltó: lo dejé, porque como tengo seis o siete huéspedes jóvenes, +y ella es tan guapa, me dije: se va a armar aquí una que ni la Inclusa +en diciembre.</p> + +<p>—¿Por qué dices eso?</p> + +<p>—Porque nueve meses después del Carnaval es cuando llevan más chicos.</p> + +<p>—¿De modo que no os arreglasteis? Además, naturalmente, siendo bonita, +tendrá sus aventuras.</p> + +<p>—Quiá, no señor. ¡Si vive allí que parece una monja! No recibe +<i>vesitas</i>, ni van señores, ni tiene novio, ni se le conocen trapisondas, +ni apenas sale. Mire usted que es en mis barrios, donde todo se sabe, y +no murmuran de ella: está igual que las que tienen el novio en Cuba y lo +esperan, como si no hubiera más hombres en el mundo.</p> + +<p>—Eso es un fenómeno.</p> + +<p>—Aunque usted se burle, debe de ser una bendita, porque tan joven, tan +guapa y vivir así... Por la mañana va una chiquilla, por cierto muy +chula, y le trae de la plaza <i>cualisquier</i> cosa para comer, y le pone el +puchero, y le barre el cuarto, y se larga. Luego ella se las arregla +solita, y se pasa el día cose que cose... y también lee mucho.</p> + +<p>—¿Y dices que no tiene <i>lío</i>?</p> + +<p>—No creo, porque vive como huéspeda con una que le llaman Jesualda, y +digo yo, que sí..., vamos, si fuese mala..., <i>pos</i> no andaría tan mal de +cuartos. Lo que tendrá si acaso, es alguna cosa muy <i>callá</i> y que no lo +sienta ni la tierra; pero no debe de ser muy a su gusto, porque la mayor +parte de los días <i>tié</i> los ojos así como de haber <i>yorao</i>, y siempre +está <i>mú</i> triste y con cara de pocos amigos; a mí me da mucha lástima.</p> + +<p>Don Juan clasificó mentalmente a la desconocida diciendo para sus +adentros: «Modista romántica: conozco la clase.» Mónica continuó +hablando:</p> + +<p>—En fin, tan sería y tan <i>ensimismá</i> me pareció a mí la tal muchacha, +que desistí de proponerle que se viniese conmigo; porque lo que yo me +dije: si anda siempre con sus cavilaciones a vueltas, no puede tener +cuenta de la casa.</p> + +<p>—¿Y vive completamente sola?</p> + +<p>—Como canario en jaula: ahora <i>paece</i> un pardillo o un gorrión, porque +está mal <i>vestía</i>; pero si la tuviera un señor, con <i>güena</i> casa y mejor +ropa..., ¡vaya una pájara bonita! Por supuesto que <i>tié</i> en la cara una +bondad y así unas trazas de muchacha de las que no se echan a perder...</p> + +<p>—¿Cómo se llama?</p> + +<p>—No me acuerdo bien; pero el nombre no es bonito: creo que es Crisanta, +o Cristina, o Críspula.</p> + +<p>Don Juan, acordándose instantáneamente de su amada, preguntó:</p> + +<p>—¿Cristeta?</p> + +<p>—Ya le digo a usted que no me acuerdo bien; pero algo así como eso que +usted dice: Cristeta... Crisanta... ¿qué sé yo?</p> + +<p>Entonces él volvió a preguntar, animándose:</p> + +<p>—¿Qué señas tiene?</p> + +<p>—Ojos azules, grandes y oscuros; las pestañas larguísimas; el pelo rubio +como un trigal, y ¡vaya un cuerpo! Pero ya las gastará usted mejores.</p> + +<p>Aquel retrato podía ser el de muchas mujeres, pero a don Juan se le +antojó la pintura de Cristeta: el presentimiento, sospecha o lo que +fuese le pareció, sin embargo, ridículo; no obstante lo cual, hizo dos +últimas preguntas:</p> + +<p>—¿Está casada? ¿Tiene un niño?</p> + +<p>—¿No le he dicho al señor que vive sola como un hongo? Y lo que es +chico..., no hay más que verla; es necesario ser <i>negao ú</i> estar memo +<i>pa</i> suponer que pueda tener aquel cuerpo y aquel talle una mujer que...</p> + +<p>—¿Qué?</p> + +<p>—Vamos, que <i>haiga</i> parido, señor.</p> + +<p>La sospecha de don Juan se desvaneció por completo. ¿Qué tenía que ver +Cristeta, casada, madre y en buena posición, con una pobre muchacha sola +y que seguramente viviría de sus manos? ¿Lo parecido del nombre? Una +coincidencia. ¿Rubia, con ojos azules? ¡Hay tantas!</p> + +<p>Mónica presenciaba, respetuosamente callada, la actitud pensativa de su +amo; y al cabo de unos minutos, creyendo que estorbaba, se despidió:</p> + +<p>—¿Tiene el señor algo que mandarme?</p> + +<p>—Nada, Mónica, gracias.</p> + +<p>—Que se mejore el señor. Nunca me han gustado ciertos papeles; porque lo +que yo me digo: si no hubiera alcahuetas, no habría... de las otras. +¡Pero si yo pudiera traerle a usted mi vecinita!</p> + +<p>—Abur, mujer.</p> + +<p>—Quede con Dios el señor.</p> + +<p>Marchose la cocinera y, al quedarse solo el caballero, tornaron a +entristecerle sus ideas. Todavía flotó un momento en su imaginación el +fantasma indeterminado y vago de aquella pobre muchacha que, como él, +acaso vivía consumida por las penas. Una chica guapa que trabajaba para +comer. Ese debió de ser también el destino de Cristeta. La suerte lo +quiso de otro modo. ¡La suerte, próspera para ella, contraria para él! +¿Quién le había de decir, años atrás, que por una mujer se vería en tal +estado? Porque, no había que forjarse ilusiones, estaba enfermizo, +inapetente, aburrido y enamorado de un imposible. La situación era +desesperante. La verdad es que hoy el galán desdeñado no tiene más +remedio que aguantarse. ¡Dichosos tiempos aquellos en que a un caballero +era posible rodearse de allegados, deudos, parientes y escuderos, y +sorprender palacio, asaltar castillo o violar convento para llevarse +como en volandas a la mujer querida, así fuese dama, emperatriz o +abadesa de las Huelgas! ¡Oh, miserables y menguados días modernos, en +que cualquier juez protege a un egoísta y miserable marido!</p> + +<p>A tales y tan disparatados pensamientos se entregaba, que si no +enloquecía le faltaba poco. Aquella noche fue de las más crueles de su +vida.</p> + +<p>De repente, levantándose del sillón, donde había permanecido caviloso +largo rato, dio unos paseos por el cuarto, miró con tristeza las +pinturas, grabados y retratos de mujeres hermosas que ahora le parecían +feas; contemplolo todo con amargura, como si estuviese resuelto a +perderlo pronto de vista, y en seguida, sentándose ante la mesa de +despacho, escribió la siguiente carta:</p> + +<div class="blockquot"><p><i>«Cristeta mía (y te llamo así por última vez). Me marcho de +Madrid. Quisiera despedirme de ti, pero tú no lo consentirás y no me +atrevo a suplicarte que nos veamos. Me has hecho muy desgraciado. No +sabía yo que te quería tanto. Adiós, y si algún día crees que puede +tener remedio el mal que has causado, llámame. Entonces sabrás lo que yo +soy capaz de hacer por ti.</i></p> + +<p><i>Tuyo,</i></p> + +<p class="r">JUAN.</p> + +<p><i>Si consigo arreglar mis asuntos, me marcharé esta misma semana. +Adiós por última vez.»</i></p></div> + + + +<h3><a name="Capitulo_XXI" id="Capitulo_XXI"></a>Capítulo XXI</h3> + +<p>Del fin que tuvieron los desordenados amores de don Quintín y del +principio de su cautividad</p> + + +<p class="poem"> +<span style="margin-left: 2em;"><i>Vuela pensamiento y diles</i></span><br /> +<span style="margin-left: 2em;"><i>a los ojos que más quiero</i></span><br /> +<span style="margin-left: 2em;"><i>que hay dinero.</i></span><br /> +</p> + +<p>Esto, poco más o menos, pensó don Quintín, sin haber leído al gran +Quevedo, cuando recibió los cincuenta duros que don Juan le enviara con +pretexto de hacerle su representante, y en realidad por esperanza de +convertirle en alcahuete.</p> + +<p>Lo triste del caso fue que aquellos mil reales que el estanquero +consideró como el primer filón de una mina quedaron reducidos a la +triste condición de prólogo sin libro y preludio sin ópera.</p> + +<p>He aquí cómo y por qué.</p> + +<p>Tornar don Quintín los cincuenta pesos y correr a casa de Carola todo +fue uno; treinta regaló a su querida, regiamente, de un golpe; con un +billete de veinte, ocultándolo en el forro del hongo, se quedó él para +satisfacción de atrasos y menudencias. Los seiscientos reales cayeron en +manos de la corista igual que agua en criba, y no fue lo peor que los +derrochara en cuatro días, sino que, engolosinada con tal esplendidez, +llegó a sospechar si su amante habría descubierto modo de convertir los +<i>perros chicos</i> en centenes.</p> + +<p>Luego que hubo invertido la fabulosa cantidad en lazos, cosméticos, +afeites y menjurjes, pidió más, exigiéndolo con tal imperio que don +Quintín, de un lado sujeto al hechizo de su Circe, y de otro confiado en +que tenía por banquero a don Juan, determinó ir a su casa y darle un +fenomenal sablazo. Allí no fue Troya, pero fue la gallina de los huevos +de oro.</p> + +<p>Después de urdir en su pobre entendimiento una mentira burda, +presentósele don Quintín diciéndole en sustancia que Cristeta se le +mostraba cada día más entera y rebelde; pero que él había discurrido +manera de amansarla y rendirla. Añadió que la muchacha se había +entrampado por gastar en ropas y galas mucho más de lo que podía con +arreglo a lo que su marido le enviaba, llegando a deber a una modista +hasta dos mil reales, por lo cual él proponía a don Juan que éste le +entregase dicha cantidad para que satisficiese en su nombre la cuenta +pendiente, rasgo con que ella se ablandaría, demostrándolo en seguida +aceptando cita o acudiendo a entrevista.</p> + +<p>Don Juan, avisado como estaba por Cristeta, le oyó sin hacerle caso, +comprendió que su amada era incapaz de dejarse influir por una cuenta de +quinientas ni de quinientas mil pesetas y, poniendo cara de hereje a la +petición, negó en redondo el dinero. Entonces don Quintín quiso alardear +de franqueza, y le pidió lisa y desvergonzadamente cuarenta duros +prestados a cuenta de sus futuras mensualidades como representante, con +lo cual don Juan, persuadido de que Cristeta tenía razón al exigirle que +no le diera un cuarto, también se los negó en pocas y desabridas +palabras, sin alegar pretexto ni excusa. Tal hizo, primero por +obediencia de amante, y segundo, porque si de algo se convence pronto el +hombre es de que no debe dar.</p> + +<p>De haberle prestado, tal vez se le apaciguase a don Quintín el odio que +le profesaba; pero aquella descortés negativa recrudeció hasta lo +indecible sus antiguos deseos de venganza.</p> + +<p>«¡Habrá tío marrano—se decía—, que me da de almorzar vino agrio y +patatas negras; me propone que le ayude a engatusar a mi pobre sobrina, +que al fin es mi sobrina, y ahora me niega cuarenta miserables duros!»</p> + +<p>Irri, sobre todo, la consideración de que ya no era una, sino dos, +las conquistas que por su culpa se le malograron: antes la de Mariquita, +y ahora la de Carola, pues indudablemente, apenas ésta le viese +arruinado, le plantaría de patitas en la calle.</p> + +<p>Y no era el suyo falso pesimismo ideológico, sino exacto conocimiento de +la realidad.</p> + +<p>Carola, engolosinada por aquel fabuloso regalo de los treinta pesos, +pidió más; el estanquero se deshizo en promesas, dio largas, rogó +plazos, tomose prórrogas, pasaron muchos días, no llevó un cuarto, y la +corista fue trocándose rápidamente de jamona complaciente y lúbrica en +arpía exigente y pedigüeña. Más de una semana transcurrió sin que don +Quintín la convidase a cenar, hasta que aquel día infausto del sablazo +frustrado se presentó en su casa llevándole por todo regalo un cuarterón +de butifarra y siendo recibido con tal desabrimiento que pudo conjeturar +cercano el fin de sus placeres. En vano quiso mostrarse dulce y +apasionado. ¿Qué ternura ni qué vehemencia pueden amansar a una pantera? +Carola, que necesitaba dinero, rechazó el embutido de don Quintín, +alardeando de burlona, coqueta y desesperante.</p> + +<p>Días atrás le había pedido con qué comprarse un abrigo adornado, según +dijo el tendero, con piel de marta cibelina, que sería nutria de alero, +y don Quintín, ¡tacañería insufrible!, demoró el regalo, así que la +presentación de la butifarra fue considerada como un insulto.</p> + +<p>—Guárdatela—le dijo—para la desdentada de tu mujer, que se contentará +con eso.</p> + +<p>—Vidita, no he podido más y cálmate, que mi señora no tiene nada que ver +en nuestras diferencias.</p> + +<p>—¡Qué <i>difiriencias</i>, si siempre es lo mismo; yo pedir y tú negar!</p> + +<p>—Ya lucirán días mejores.</p> + +<p>—Pues entonces vienes, galán.</p> + +<p>—Vamos, fierecilla, no seas tan brava, que tu Quintín es capaz de vender +el alma al diablo por complacerte.</p> + +<p>—¡Buena venta nos dé Dios! Por lo visto el demonio no da más que para +butifarra, y esa poca y pasada.</p> + +<p>La sonrisa con que Carola subrayó esta frase fue un modelo de canallesco +desgarro.</p> + +<p>Don Quintín, para desarmarla, quiso darle un beso; pero ella le apartó +de un codazo, gritando:</p> + +<p>—No estoy de humor, <i>agüelo</i>; esta tarde no quiero babas.</p> + +<p>—¡Carola!</p> + +<p>—Lo dicho. ¿Te parece ni medio decente que una mujer que te da su +cuerpecito <i>haiga</i> de estarse siempre pidiendo como chico goloso? Tú +quieres mucho mimo por poco trigo. No podemos seguir así. Me das para +vivir con decoro o despejas la plaza.</p> + +<p>—Ya te doy cuanto puedo..., todo lo que puedo.</p> + +<p>—Pues en vez de esas <i>roñoserías</i> es preciso que me pases una cosa fija +cada mes, como hacen todos los caballeros. Pero, ¡qué sabes tú de +caballero! Vergüenza debía darte tenerme así. Vamos a ver: ¿cuándo me +pones un cuarto como Dios manda?</p> + +<p>Esta especie de invocación a hombres que ponen casa a la querida, dejó +muy caviloso a don Quintín, haciéndole discurrir amargamente sobre las +injusticias sociales.</p> + +<p>«¡Unos tanto y otros tan poco!—pensaba—. Hay quien está como yo y quien +regala a la querida caballos rusos, y quien, como ese maldito, amuebla +casa para una sola cita... No ha puesto más que un gabinete; pero para +el caso es igual.»</p> + +<p>De este rápido hermanar en su imaginación la propia miseria con la +riqueza del aborrecido don Juan, brotó en su lóbrego y envidioso +pensamiento una llamarada de odio y venganza. La desgracia le hizo mal +filósofo, y la mala filosofía le trastornó el seso.</p> + +<p>Sin hacer caso de Carola, siguió monologueando tristemente:</p> + +<p>«Sí..., esto se acaba... por culpa de ese tuno. Y podría reventarle de +mil modos. Yo me quedo sin Carola, pero antes voy a darme el gustazo de +gozarla a costa suya, en su propia casa... y además le hago romper con +la otra. No está mal pensado. Llevo a Carola, hago que Cristeta lo sepa, +con lo cual se creerá engañada y le deja compuesto y sin novia. La cosa +tiene un peligro muy gordo: porque si luego se sabe la verdad, Cristeta +se lo cuenta todo a Frasquita y ésta me saca los ojos. Además, lo que +debo hacer no es apartarle de Cristeta, sino todo lo contrario. Anda, +que se arreglen, que se casen si pueden, y ya se cansarán como me he +cansado yo de mi mujer. ¡Si pudiera darle a su Cristeta para toda la +vida! ¿Quiere conquistar a lo rico, sistema de llegar y besar el santo? +Pues santo para <i>in eternum</i>. Como hubiese modo de casarlos, ya se vería +él, andando el tiempo, con Cristeta hecha Frasquita: los ojos tiernos, +la boca desdentada, los zapatitos coquetones convertidos en zapatillas +de orillo, medias caseras de algodón azul, y en vez de ligas color de +rosa, cinta balduque. ¡Si pudiera casarle! Hay que madurarlo. Ahora, por +lo pronto, algo he de hacer con él..., ¡cochino!, y con esta pícara que +se me va de entre las manos. ¡Un hombre que pone un gabinete como aquel +para una cita nada más, y luego me niega cuarenta duros!... Lo salado +sería que yo llevase allí a Carola, pero no para hacer una comedia, sino +para pasar una tardecita de <i>juerga</i> en los muebles que él ha pagado. +¡Hay allí unos almohadones! ¡Buena broma llevar mi pájara al nido que él +fabricó para la suya! La cosa es fácil, porque tengo la llave que me dio +por si Cristeta quería ir... Nada, nada, que lo hago.»</p> + +<p>Carola, viéndole tan largo rato callado y con la cabeza baja, e +imaginando que su silencio y humildad eran implícita confusión y +vergüenza por su carencia de recursos, comenzó a afirmarse en la idea de +que aquel hombre no tenía un cuarto, y discurrió que pues no le servía +ni de pagano ni para <i>capricho</i>, lo mejor era darle pasaporte. Por lo +cual, deseosa de exasperarle y provocar la ruptura definitiva, le dijo +con gran sorna:</p> + +<p>—¿Estás pensando en comprarme la Casa de la Moneda?</p> + +<p>Don Quintín, seducido por aquella idea de sabrosa venganza, miró a su +querida, gozándose de antemano en la sorpresa que había de causarle y, +tras larga pausa, habló tranquilo y sonriente:</p> + +<p>—¡Parece mentira qué repoquísimo olfato tenéis las hembras! Vengo a +darte la gran prueba de que siempre estoy pensando en ti, y me recibes +con cara de vinagre.</p> + +<p>—¿Qué me traes?</p> + +<p>—Hoy, nada; pero mañana...</p> + +<p>—Habla clarito...</p> + +<p>—Sabrás, pichona—repuso él urdiendo la más enmarañada trama de cosas +verdaderas y falsas—, has de saber, monina, que un señor, amigo mío, +toma el teatro de las Musas para este año, y me ha nombrado su +representante. Como comprenderás, no han de faltarte dos duritos +diarios, por supuesto, sin obligación de ir a ensayo más que cuando te +dé la gana.</p> + +<p>—¿De verdad?</p> + +<p>—Lo que oyes. Un tío muy rico, con vocación de caballo blanco.</p> + +<p>—He conocido muchos.</p> + +<p>—Como la perdida de mi sobrina fue del teatro, y yo andaba metido +siempre entre bastidores, ese señor cree que yo debo saber algo de tales +negocios... Yo le he dicho a todo que sí. Tú me pondrás al corriente de +ciertas cosas. Lo principal es que nos ponemos las botas..., y mientras +dura... vida y dulzura.</p> + +<p>—Te <i>azvierto</i> que yo no vuelvo al coro... Quiero ser parte, y tres +duros.</p> + +<p>—Todo se andará, Y escucha, prenda, que el bien y el mal nunca vienen +solos. Lo que tiene gracia es que ese caballero está <i>liado</i> con una +señora de alto copete, condesa creo que es, y para verse con seguridad +han puesto un cuartito..., ¡vaya un gabinete!, donde tienen sus citas.</p> + +<p>—¿Y nosotros qué sacamos con eso?</p> + +<p>—Ahora lo verás. Te digo que es un gabinete como una caja de dulces: +¡con un lujo! Pero como ella es casada no van allí más que con grandes +precauciones... Bueno, pues nos ha venido Dios a ver.</p> + +<p>—¿Por qué?</p> + +<p>—Como yo antes salía poco de casa y ahora siempre falto de ella porque +estoy aquí contigo, mi mujer anda loca de puro escamada; tanto, que me +ha mandado seguir por un chico que afortunadamente me lo ha dicho, y +callará. Pero estamos amenazados de que el mejor día haga Frasquita +averiguaciones, se plante aquí y nos arme la <i>escandalera</i> del siglo.</p> + +<p>—Eso será lo que tase un sastre, porque si viene, del primer trastazo la +dejo <i>perniquebrá</i>.</p> + +<p>—Tú no eres capaz de hacer tal cosa, porque, al fin y al cabo, se trata +de mi señora.</p> + +<p>—Te <i>azvierto</i> que de tres <i>patás</i> la <i>espampirolo</i> y te quedas más +viudo que el marido de una difunta.</p> + +<p>—Cálmate. No llegará el caso de que nos pesque, porque vamos a curarnos +en salud.</p> + +<p>—¿Tapujos?</p> + +<p>—No, hija, sino la gran comodidad para pasar unas horitas como unos +marqueses, sin que lo sepa nadie. ¡Verás qué gabinete! Nos citamos, +entramos con cinco minutos de diferencia: yo primero, tú en seguida, y +al salir lo mismo. Cuando veas el cuarto, querrás quedarte allí.</p> + +<p>—¿Puesto con lujo?</p> + +<p>—Así quisiera yo arreglarte uno... y ¡quién sabe! Mira, tengo la +esperanza de que ese señor, por lo que me ha contado, en cuanto pueda +rompe con la dama, la deja plantada y... yo veré cómo me las ingenio, +pero malo será que no discurramos modo de quedarnos con alfombras, +espejos, muebles: en fin, todo. ¿Y para quién será, rica del alma?</p> + +<p>—Eso es vender la piel del lobo antes de haberlo <i>matao</i>. Por ahora, lo +que tú tienes es un miedo atroz a <i>la</i> fantasma de tu mujer.</p> + +<p>—No es miedo; pero no quiero que pudiendo evitarlo nos den una desazón +en tonto. ¿Y dónde me dejas el tratarnos a cuerpo de rey? Chica, ¡qué +cuarto! Hay un sofá retorcido para sentarse dos y comerse a besos... +Nada más que mirarlo da vergüenza.</p> + +<p>—Lo que dará serán ganas de sentarse.</p> + +<p>—Anda, paloma, ¿vendrás?</p> + +<p>—<i>Me se</i> figura un disparate. De aquí nadie puede echarnos..., y de +allí, ¡sabe Dios!</p> + +<p>—Por ir una tarde, tomarnos allí media librita de jamón y unas copitas, +y tirarte yo cuatro bocados, no perdemos nada. Tengo la llave; mi amigo +no va nunca sin que yo lo sepa. Pasado mañana está citado con la +condesa; de modo que mañana tenemos por nuestra toda la tarde. ¿Querrás, +gachona?</p> + +<p>Por fin consintió y se citaron.</p> + +<p>—Bueno; pues mañana, a las tres, sin falta. Belén, 78, entresuelo; allí +estaré para recibirte.</p> + +<p>—Te prometo que no faltaré.</p> + +<p>—Adiós, reina.</p> + +<p>—Abur, capitalista.</p> + +<p>Movida por la curiosidad y espoleada por su instinto de mujer perdida, +aceptó Carola la proposición; pero lo que más inclinó su ánimo fue +aquella remota posibilidad de que llegasen a ser suyos los muebles a que +se refirió el vejete. Si no había mentido, y cuenta que el caso, por lo +vulgar, parecía verosímil, no era soñar con lo imposible. El caballero +que alquila un cuarto donde recibir a una casada, puede necesitar la +ayuda de otro hombre para mil cosas en que el secreto es necesario, como +hablar al administrador, firmar recibo, comprar trastos, pagar cuentas, +etc., etc., y puede luego tronar con la conquista y, por último, decir a +su complaciente auxiliar que se quede con los muebles, que él no sabe +dónde guardar, o acaso se le hayan hecho aborrecibles por el recuerdo de +quien se los hizo pagar. No dijo, pues, don Quintín ninguna majadería +cuando admitió la posibilidad de que aquellos primores de que se +componía el gabinete pasaran, andando, y tal vez volando el tiempo, a +manos de Carola, quien se alegró tanto con esta esperanza que siguió +largo rato acariciándola, y aun ideando traza con que anticiparla.</p> + +<p>Pero luego el mucho pensar, como sucede siempre, enturbió su alegría, +porque de la reflexión nacieron la duda y el desasosiego. ¿Quiénes +serían el caballero y la dama que tan misteriosamente se amaban? ¿No +podía suceder también que don Quintín fuese rico y buscara medio de +evitar mayores gastos, atribuyendo al capricho de otro lo que él +fraguase para su seguridad y regalo? Su proceder autorizaba las +sospechas: le había dado dinero con gran desigualdad de plazos y +desproporción de cantidades; sus regalos fueron muy rogados o +imprevistos; sus intermitencias y variaciones tenían marcado tinte de +tacañería. Aquel caballero, ¿sería él? ¿Tendría mucho dinero, o tal vez +fuese todo una broma grosera, una venganza por las pasadas esquiveces y +amenazas de mandarle noramala? ¿Y si el estanquero tuviese gato? ¡Buena +torpeza estaría el tratarle despreciativamente, pudiendo, con maña, +sacarle el oro y el moro!</p> + +<p>¿Habría en realidad otro caballero? Aquello del teatro..., salir del +coro..., ser parte..., dos o tres duros..., los muebles...</p> + +<p>¡Era cosa de volverse loca! ¿Y si todo fuera embustería de don Quintín, +que tratase de llevarla a una indecente casa de citas por miedo a su +mujer?</p> + +<p>Resuelta a salir de dudas, aquella misma tarde se lió en un mantón, +púsose un pañuelo de seda a la cabeza y en tan chulesco atavío, que era +como mejor estaba, se fue al núm. 78 de la calle de Belén, apenas cerró +la noche.</p> + +<p>Cinco minutos después, según suele acontecer entre gente de poco más o +menos, estaba en amigable diálogo con la portera. ¿Cómo se las arregló? +Ideando una de esas mentiras mujeriles que de puro sencillas se +confunden con la verdad. El diálogo fue del modo siguiente:</p> + +<p>—Diga usted, señora—preguntó muy arrebujada en el mantón—, ¿<i>m'hace</i> +usted el <i>orsequio</i> de decirme si es cierto que hay aquí un sotabanco +<i>desarquilao</i>?</p> + +<p>—No lo hay.</p> + +<p>—Pos me lo habían <i>asegurao</i>.</p> + +<p>—<i>Pos l'han engañao</i> a <i>ustez</i>.</p> + +<p>—Me lo ha dicho una compañera, que trabajamos ella y yo en <i>ca</i> el +tapicero que ha traído muebles al entresuelo, <i>pa</i> ese señor que ha +puesto el cuarto.</p> + +<p>No fue necesario más. La portera, que había visto alquilar el piso, +ignorando el objeto, traer los muebles sin saber de dónde, y quedar +luego la casa cerrada, ardía en deseos de aclarar el enigma: de suerte +que, al oír a Carola, quien por su astucia parecía enterada de algo, en +seguida entró en conversación con ella.</p> + +<p>—Pues esa oficiala, compañera mía—hablaba Carola—me ha dicho que por los +chicos que trajeron los muebles sabe que hay un sotabanco de cincuenta +<i>riales</i>.</p> + +<p>—No hay tal; son guardillas trasteras de los <i>enquilinos</i>..., buenas +familias.—Y fue enumerando cuanta gente había en la casa, hasta llegar +al cuarto entresuelo.</p> + +<p>—Sí, al señor del entresuelo le <i>conozgo</i> yo: es alto, flaco, viejo, de +bigote recio—dijo Carola detallando las señas de don Quintín.</p> + +<p>La portera comenzó a negar moviendo la cabeza.</p> + +<p>—¿Cómo que no?</p> + +<p>—Como que no; ese caballero anciano que usted dice, y que también ha +venido por aquí, debe de ser el mayordomo <i>u</i> cosa tal, de otro más +joven, que es quien ha puesto el cuarto.... por cierto que ahora lo +quita.</p> + +<p>—¡Cómo que lo quita!</p> + +<p>—Quitándolo y llevándose los trastos. Ya me olí yo que se trataba de una +trapisonda, vamos, de un señor <i>arrimao</i> con una señora. Verá usted: +primero vino el joven y tomó el cuarto, luego volvió con el viejo ese +que usted dice, que le trataba al joven con mucho miramiento, dejándole +pasar siempre por delante...; no, amigos no son, más parecen amo y +mayordomo. El joven le dio una de las dos <i>yaves</i> para que <i>golviese</i> a +<i>inspecionar</i>; pero crea usted que, según les he visto yo <i>de</i> hablar, +uno manda y otro calla y obedece.</p> + +<p>—¿Y no ha venido nadie más?</p> + +<p>—Nadie. Y ya va <i>pa</i> cinco semanas que trajeron los muebles. +Indudablemente esto era con <i>ojebto</i> de traer una mujer <i>casá</i> y luego +se les habrá <i>torcío</i> el carro, <i>ú pa</i> una de esas <i>ofecinas</i> que dan +timos. En fin, la última vez que estuvieron los dos, el joven le dijo al +viejo aquí en el portal: «no importa nada; total, un trimestre de +alquiler y los muebles, que como son pocos y buenos no estorban; la +semana que viene me los llevaré a mi casa y servirán para renovar el +gabinete..., o por si algún día me caso.»</p> + +<p>Carola, rabiosa y despechada, pero disimulando el enojo, preguntó:</p> + +<p>—¿De modo que el viejo es un lacayón alcahuete, cochino?</p> + +<p>—No digo tanto; pero me malicio que hacen de él repoquísimo caso; vamos, +es un criado antiguo de esos que hay en las casas grandes.</p> + +<p>Carola sabía cuanto deseaba. Todo quedó explicado. Don Quintín estaba +sirviendo de aquello que dijo la portera al caballero de los muebles, +luego éste dispondría que le llevasen los trastos a su casa, y sobre tal +fundamento se le ocurrió al viejo la idea de engatusarla con esperanzas. +Resumen: el estanquero era un imbécil chocho, sin una peseta y además +<i>lioso</i> y trapalón que, viéndose amenazado de calabazas, pretendía ganar +tiempo... y tener querida de balde. Se puso furiosa. Aquel hombre de +quien, por lo menos esperó el cuarto pagado, algún vestido, cenas y +chucherías, era un farsante tronado, <i>ganguero</i>, sinvergüenza. Tuvo +ahorrillos, se los gastó, y aquí paz y después gloria. En una palabra: +no era proporción para conservada, ni había que esperar de él cosa +buena. «Lo mejor—se decía Carola—es despedirle pronto, cuanto antes, de +modo que no volvamos a vernos, lo <i>cual que</i> hay que armarle un tiberio +<i>mu</i> gordo. Los muebles..., vaya una guasa..., me la <i>tié</i> que pagar. +Demasiado sabía que no habían de ser para él. ¡Marranote! ¿Cómo haría yo +para que me dejase en paz? Lo seguro es que lo sepa su mujer y lo mate +de un sofocón.»</p> + +<p>Siguió muy cavilosa andando hacia su calle, y poco antes de llegar, como +quien acaba de adoptar una resolución, entró en una lonja de +ultramarinos, donde compró un pliego de papel y un sobre.</p> + +<p>«Es lo mejor—pensaba—, una marimorena espantosa, y se acabó.»</p> + +<p>Su plan era canallesco, pero terrible y de seguro resultado. Llegó a su +casa, buscó una pluma, un resto de tinta clarucha que tenía en una +jícara y, desfigurando la letra, escribió en el papel recién comprado +las siguientes palabras:</p> + +<div class="blockquot"><p><i>«Doña Frasquita, si quiere ustez saber lo que es el pérdis de su +marido, baya ustez mañana a las cuatro y media, calle de Belén, 78, piso +entresuelo, que allí estará él con una bribona (esta palabra la tachó y +luego la volvió a poner) que es la que te tié esmirriao y le saca los +cuartos, y a plique ustez remedio porque es una mala vergüenza, y se lo +avisa quien bien la quiere, y rascarse agüela.»</i></p></div> + +<p>Escrito el anónimo, puso el sobre <i>a doña Frasquita</i>, y llamando a un +muchacho de la vecindad, de quien podía fiarse, le dijo:</p> + +<p>—Vas al estanco que hay a lo último de la calle de la Pingarrona, +preguntas por esta señora, <i>la</i> entregas la carta en propia mano, +teniendo cuidado de que esté sola, y en seguida aprietas a correr.</p> + +<p class="puntos">*<br />* *</p> + +<p>A las tres y media de la tarde siguiente llegaba don Quintín a la casa +de la calle de Belén.</p> + +<p>—Dentro de un rato—advirtió a la portera—, vendrá una señora; no +necesita usted preguntarle a qué cuarto sube.</p> + +<p>—Corriente—repuso ella, pensando para su capote—: «ya pareció el peine.»</p> + +<p>Luego que don Quintín se quedó solo en el gabinete, sacó de bajo la capa +una botella de Jerez barato y tres o cuatro paquetes: en uno traía jamón +en dulce, en otro pasteles y aceitunas, en el último y más voluminoso, +una rosca para Carola, que tenía buenos dientes, y para él un panecillo +bajo, todo miga. En seguida salió para pedir a la portera un vaso, uno +solo; pues, sin haber leído a Béranger, sabía que los amantes deben +beber en la misma copa: y tornando a encerrarse, encendió la chimenea, y +paseo arriba, paseo abajo por el corredor, esperó.</p> + +<p>«¡Ah, infame don Juan; empiezas a pagármelas! ¿Conque muebles, +alfombras, almohadas, sedas, palitroques dorados y silla en forma de +ocho para traer a mi sobrina? ¿Pues ahora verás! Tú lo gastas y yo lo +aprovecho. Y si puedo, te caso. ¿Cómo? Todavía no lo sé, pero ya +veremos.»</p> + +<p>Estas y análogas majaderías se repetía mentalmente por vigésima vez, +cuando sintiendo pasos tras la puerta de la escalera, abrió antes que +llamasen. No se había equivocado: era Carola, que acababa de pasar de +largo sin corresponder al saludo porteril.</p> + +<p>El estanquero recibió a su amada con un largo beso. Luego ella, con +miradas displicentes y poniendo a todo reparos, como quien sabe que +aquello no ha de ser jamás suyo, inspeccionó el gabinete. Sin embargo, +en su interior, quedó maravillada y envidiosa.</p> + +<p>Nunca había visto muebles tan ricos. Eran pocos, pero elegantísimos. Dos +butacas de raso entre azulado y ceniciento, con flecos de borlitas y +madroños multicolores y brillantes; en la pared, un magnífico espejo con +ancho marco de dorada hojarasca; en el centro, un veladorcito de ónix y +bronce, sobre el cual había una canastilla de porcelana de Sèvres, llena +de las flores, ya marchitas, que llevó don Juan el primer día; ante la +chimenea encendida, la famosa doble silla en forma de S, y en el suelo, +para que la esperada beldad pusiese los lindos piececitos, dos grandes +almohadones de seda oscura, que destacaban sobre la alfombra casi blanca +cuajada de rosas amarillentas.</p> + +<p>Carola, pensando que todo aquello pudo ser y no sería jamás suyo, lo +contempló despreciativamente, escupió sin mirar dónde, y encarándose con +don Quintín, dijo con gran sorna:</p> + +<p>—Este es lujo para mujeres malas. Oye, galán, ¿y que has traído en esos +papeles?</p> + +<p>Deshizo él los paquetes, destapó la botella, y extendiendo la mano, +repuso triunfalmente:</p> + +<p>—Mira.</p> + +<p>—¡Vaya una merienda para un cuarto como éste! ¿No te da vergüenza? +¿Cuándo me llevas estos trastos a casa?</p> + +<p>—Veremos...</p> + +<p>—Dijo el ciego, y nunca vio.</p> + +<p>—Rica, dame un beso, y toma un bocadito de estas golosinas.</p> + +<p>Carola, dejándole con la palabra en la boca, recorrió las demás +habitaciones en que no había muebles, y volvió al gabinete diciendo con +desapudorada malicia:</p> + +<p>—Chico, ¿sabes que aquí falta un mueble muy importante?: aquel que se +nos desvencijó a nosotros, ¿<i>u</i> es que el caballero amigo tuyo trata a +la señora como santo de barro, que se mira y no se toca?</p> + +<p>—Déjate de eso, y pensemos en nosotros.</p> + +<p>—¡Mira, mira qué cortinas!</p> + +<p>—Siéntate en esa butaca, y yo a tus pies, en ese almohadón como un +perrito; luego nos iremos a tu casa.</p> + +<p>—Salimos <i>acaloraos</i> y nos da un aire...</p> + +<p>—Otra cosa mejor; ven a esa silla que parece un ocho, y te doy ocho mil +besos.</p> + +<p>—No, chico: los besos son como las aceitunas: que abren el apetito, y +tenemos que largarnos pronto.</p> + +<p>El envidioso asombro que aquellos muebles le inspiraban, se traducía en +movimientos nerviosos y gestos desabridos; desparramaba las miradas por +la estancia, y en seguida se le contraían los labios y se le dilataban +las ventanas de la nariz. ¿No era una desesperación que andando por el +mundo hombres capaces de gastarse aquello, hubiese mujeres como ella +que, aun siendo pródigas de su cuerpo, tenían que vivir entre hambre y +remiendo? De repente, clavando los ojos en don Quintín, lanzó sobre el +pobre vejete toda la envidia acumulada en sus cuarenta y muchos años de +deslices, caídas por capricho y complacencias cobradas muy barato para +poder vivir. ¿No era irritante que algunas compañeras suyas hubiesen +hallado imbéciles que de buenas a primeras les pusieron coche, y ella, +con haber rodado tanto, viera llegar la vejez sin pan y sin lumbre? Unas +cuanto más se venden, más caras valen, y otras... Se acordó del anónimo +y comenzó a desasosegarse. Doña Frasquita lo habría recibido la víspera +al anochecer... No tardaría en llegar. El escándalo iba a ser mayúsculo, +pero así acababa todo de una vez. ¿Qué podía esperar del vejestorio? Ni +dinero ni placer. Nada. Si fuese un señor rico como el que había pagado +todo aquello... La suntuosidad de la estancia le inspiró envidia, y la +envidia amargura, porque la más abominable de las pasiones torpes lleva +en sí propia su castigo.</p> + +<p>Don Quintín se mostraba resplandeciente de alegría. Las sedas, los +rasos, la grata comodidad de los muebles, cuyas curvas incitaban a la +voluptuosidad, la satisfacción de aprovecharlo todo, siendo ajeno, y la +presencia de aquella mujer, que aunque ordinaria parecía una figura de +Rubens, le tenían extático, suspenso el espíritu y alborotados los +sentidos. A ratos se acordaba de don Juan, imaginando que la jugarreta +tenía muchísima gracia; y cada vez que al recostarse se hundían, bajo su +peso, los muelles de las butacas, creía sentarse sobre la propia +dignidad de su enemigo.</p> + +<p>Alardeando de fino, colocó los almohadones ante la chimenea, y dijo a +Carola:</p> + +<p>—Anda, gachona, ven y siéntate aquí conmigo, en el suelo, como los +moros; nos calentaremos los pies, que estoy hecho un sorbete.</p> + +<p>—Burro, ¡mira que tener frío junto a mí!—Y en seguida, con pérfida +premeditación, añadió—: ¡Vaya una fogata que has <i>armao</i>!... Me ahogo... +yo me quito la esclavina, y si quieres creerme, desabotónate el chaleco, +que luego, en la calle, te hielas.</p> + +<p>Dicho lo cual, se desabrochó el cuerpo del vestido enseñando la chambra +y el nacimiento del pecho, para que quien les sorprendiese supusiera que +estaban entregados a impuras y culpables caricias.</p> + +<p>Don Quintín se desabrochó también el chaleco, mostrando la pechera de la +camisa. Después, alargando una mano, según estaba sentado, cogió de +sobre el velador la botella de Jerez, hizo que Carola empinase, y en +seguida pretendió que, con los labios húmedos, le besara.</p> + +<p>—¿No te dan gusto este vinillo y ese fuego tan cariñoso?</p> + +<p>—¡Vaya un hombre, que <i>tié</i> al lado una mujer y se pone en cuclillas +junto a la chimenea!</p> + +<p>—¿Qué te parece el cuartito? ¡Mira que si pudiéramos quedarnos, es +decir, quedarte con todo esto!</p> + +<p>De repente, sonó un campanillazo. Don Quintín tembló de miedo, como los +convidados de Tenorio al oír el aldabonazo del Comendador. Carola se +dijo: «a lo hecho, pecho.»</p> + +<p>Ambos guardaron medroso silencio.</p> + +<p>Siguió un segundo campanillazo, y entonces dijo él:</p> + +<p>—Nosotros no abrimos: ya se cansarán.</p> + +<p>—<i>Panoli</i>, ¿tienes miedo? Yo iré, que a mí no me conocerán, y diré que +no hay nadie.</p> + +<p>Adivinando lo que había de suceder, se puso el mantón, cogió +disimuladamente el velo para estar dispuesta a la fuga, y se dirigió +hacia el pasillo.</p> + +<p>Transcurrió un minuto; aún rechinaban los goznes de la puerta, cuando +don Quintín oyó el timbre de una voz que le dejó trémulo de espanto; +apenas sus labios acertaron a balbucear un nombre:</p> + +<p>—¡¡Es Frasquita!!</p> + +<p>También sonó la voz de Carola:</p> + +<p>—Buena mujer—decía—, aquí no vive ese señor.</p> + +<p>—¡Ya lo sé, ya lo sé!—repetía la voz espantable—; pero ahí dentro está; +¡déjeme usted pasar!</p> + +<p>—¿Es usted su criada?</p> + +<p>—¡Es mi marido!</p> + +<p>Carola, fingiendo tremenda ira, comenzó a gritar:</p> + +<p>—¿Marido? Embustera, vieja, estantigua, si lo que <i>paece</i> usted es la +estampa de las cuarenta horas.</p> + +<p>Y vuelto el rostro hacia dentro, añadió:</p> + +<p>—Quintinito, hijo, mono, sal y pega un empellón a esta fiera.</p> + +<p>Al mismo tiempo retrocedió con malicia por el pasillo, dejando avanzar a +la exasperada Frasquita, que al fin penetró en el gabinete, desencajada +y colérica.</p> + +<p>Era alta, flaca, barbipeluda, huesosa, sin pecho, recta de caderas; la +figura espantable, los ademanes ridículamente trágicos. Venía toda +vestida de oscuro, con largo velo a la cabeza, de suerte que, por su +traje y catadura, parecía una de aquellas entre brujas y dueñas +calderonianas que hace doscientos años servían para arredrar galanes, +vigilar mozas y asustar chiquillos.</p> + +<p>En el instante de pisar ella el gabinete, don Quintín estaba tumbado +ante la chimenea, con la cabeza reclinada en un almohadón, desabrochado +el chaleco y sujetando en una mano la botella de Jerez medio vacía.</p> + +<p>Verle Frasquita y abalanzarse a él, todo fue uno.</p> + +<p>—Canalla, indecente, sucio, vicioso, ¿en esto te gastas el dinero? +¿Quién es esa tía?</p> + +<p>El pobre hombre se quedó como muerto. Carola, afinando su astuta +perversidad, se había desabotonado por completo el cuerpo del vestido, +deslazándose, además, la cinta de las enaguas, como si tuviera la ropa +en tal desorden antes que llegara Frasquita, y al mismo tiempo, +encarándose con ella, decía:</p> + +<p>—¿Pero es usted su mujer? ¡Jesús, qué antigua! Diga usted, señora, ¿qué +sucedió el Dos de Mayo? Oye, Quintín, ahora te digo, que haces bien en +buscar carne fresca fuera de casa, porque tu parienta está mojama. Anda, +calzonazos, échala o me marcho.</p> + +<p>Frasquita, espantada de tales improperios y aturdida por la estúpida +pasividad de su esposo, dudó un momento entre arañar al infiel o +agarrarse con la desvergonzada manceba; por fin, temerosa de que ésta la +maltratase, se arrancó contra el estanquero, y a pellizcos y tirones de +pelos, le levantó del suelo, vociferando:</p> + +<p>—¡Despídela, pégala, quiero que la mates!, <i>ustez</i>, mala mujer, ladrona +de hombres, ¡fuera de aquí!</p> + +<p>Quintín continuaba mudo. Tenía la seguridad de que la menor imprudencia +de sus labios contra Carola empeoraría la situación, y con su mujer +tampoco se atrevía.</p> + +<p>—¿Qué hacíais?—preguntó Frasquita, clavando los ojos en el desnudo pecho +de la corista pecadora.</p> + +<p>Carola miraba socarronamente al estanquero, diciéndole con retintín:</p> + +<p>—¿Y es esto lo que usas <i>pa</i> diario? Elige pronto: la bruja o yo...; +pero luego no me vengas a casa babeando.</p> + +<p>—¡Cállese usted, so <i>chupacharcos</i>!—gritó Frasquita, lívida de puro +encorajada.</p> + +<p>—¿Escuchas? Ya te lo había yo <i>anunciao</i>, que no tendrías hígados <i>pa</i> +decir a esta vieja en su cara lo que a mí me dices cuando tú sabes... +Adiós, hombre, adiós, y que seáis felices. ¡Bueno te vas a poner de +huesos! ¡<i>Mia</i> que se podían sacar hormillas de esta buena señora!—Y +dirigiéndose a la esposa ofendida, añadió—: Guárdelo usted como oro en +paño, que todavía pueden <i>ustés</i> tener familia. En esto ha <i>parao</i> tanta +monería, que parecías un perrito faldero—dijo—, y salió lentamente por +el pasillo, mientras Frasquita, temblona de pura rabia, continuaba dando +a don Quintín pechugones, arañazos, pellizcos, tirones de pelo y, lo que +era peor, dirigiéndole un interrogatorio, cuya entonación y preguntas +auguraban la más espantable venganza.</p> + +<p>—¿Por qué estaba contigo?¿Cuánto tiempo hace que os habláis? ¿Quién es? +¿Quién ha pagado todo esto? Gorrinos, ¿por qué estabais desabrochados? +¿De dónde sacas el dinero?</p> + +<p>No pudo más. El sofoco había llegado a su límite; zumbáronle los oídos, +tambaleose y dio con su cuerpo sobre aquellos mismos almohadones que +Quintín dispuso para distinto empleo.</p> + +<p>Al cabo de un rato, tras mucho rociarle su marido el rostro con Jerez, +volvió en sí; pero enteramente transformada. Ya no era la arpía que +araña, ni la euménide que desgarra, sino una terrible y serena parca +que, extendiendo trágicamente el brazo hacia la puerta, dijo en olímpico +reposo:</p> + +<p>—Señor mío, vámonos; en casita ajustaremos cuentas.</p> + +<p>Después enmudeció, como si se hubiese tragado la lengua. No hubo medio +de que rompiese aquel mutismo pavoroso. Salieron, pasaron calles y +plazas; él, cabizbajo y anonadado, delante; ella, implacable y +rencorosa, detrás; ambos medio muertos, uno de miedo y otro de coraje, +hasta llegar a la calle de la Pingarrona.</p> + +<p>Al entrar en el estanco, Frasquita, solemne y triunfadora, levantó la +trampilla del mostrador, y dejando paso a Quintín, al par que le +señalaba la silla puesta junto al brasero, en la trastienda, dijo con +voz reposada y grave:</p> + +<p>—Viciosote; usted, que siempre estaba en casa, flojo y alicaído, como +bandera en día sin viento, ¿salía a presumir fuera? ¡Ya te daré yo +<i>querindangas</i>! ¡Cochino! ¡Mientras yo viva, no saldrás a la calle más +que conmigo!</p> + +<p>La escuchó atónito, dejó escapar un suspiro de galeote recién sujeto al +banco, y tendió la vista por la oscura mansión estanqueril, como debió +de hacer, al verse abandonado de sus verdugos, aquel príncipe faraónico +a quien sepultaron vivo en las entrañas de la gran pirámide.</p> + +<p>Tal fin tuvieron los desórdenes quintinescos, y es fama en el barrio que +jamás ha vuelto el pobre viejo a salir solo.</p> + +<p>Bien dice el <i>Ecclesiastes</i>: «Cada cosa tiene su tiempo y sazón, y es +mucha la aflicción del hombre».</p> + + + +<h3><a name="Capitulo_XXII" id="Capitulo_XXII"></a>Capítulo XXII</h3> + +<p>El delirio</p> + + +<p>Pocas horas después de enviar don Juan a Cristeta su romántica y +desesperada carta de despedida, recibió de ella un papelito que traía +estas palabras escritas con mano temblorosa:</p> + +<div class="blockquot"><p><i>«Juan: Oy mismo a las once de la noche te espero en la plaza de +oriente frente a la puerta de Palacio, y si no estás decidido a todo no +bayas.</i></p> + +<p class="r"><i>Cristeta.»</i></p></div> + +<p class="puntos">*<br />* *</p> + +<p>Don Juan, de hongo y capa, impaciente y nervioso, aguarda en el sitio y +hora que le marcaron.</p> + +<p>En un reloj cercano da el cuarto para las once. Del Guadarrama, y +haciendo escala en la <i>Punta del Diamante</i> y la <i>Garita del Diablo</i>, +viene un norte sutil y helado que traspasa los tuétanos. Los enormes y +desnarigados reyes de piedra que rodean el jardinillo, surgen de entre +los árboles como grandes espectros blancos. Las llamas del gas se agitan +en sus fanales de vidrio, proyectando sombras temblorosas en el suelo +húmedo y barroso. No pasa casi nadie: sólo se oye de rato en rato la +sorda trepidación del tranvía y continuamente el rápido y corto pasear +de los centinelas de Palacio.</p> + +<p>Don Juan, que comienza a malhumorarse, lanza sin cesar miradas hacia el +sitio donde arranca el Viaducto de la calle de Segovia, cuando +repentinamente, de entre la negrura del ambiente, surge un bulto de +mujer, a quien delatan su airosidad y gallardía. Viene modestísimamente +vestida con traje oscuro, mantón, y toquilla de estambre blanco a la +cabeza. Don Juan cree asistir a la resurrección de su antigua Cristeta, +la que salía del teatro en su primera época de comedianta pobre. No se +ha equivocado; ella es.</p> + +<p>—Dame el brazo—le dice en voz baja y acercándose.</p> + +<p>Cristeta obedece, y el galán, al rozar el cuerpo de su amada, siente +algo parecido al latigazo de una descarga eléctrica. La mujer tiembla +pudorosamente, pero sin medrosa hipocresía.</p> + +<p>—Cristeta de mi alma, ¿qué es esto?, ¿te has decidido? ¡No me engañes, +que me moriría de pena!</p> + +<p>—No hay momento que perder, quiero volverme pronto.</p> + +<p>—Habla, vida mía. Todo lo que quieras, menos que yo viva sin ti.</p> + +<p>—Juan..., estamos locos.</p> + +<p>—Dime que me quieres y me dejo matar.</p> + +<p>Sus voces languidecían; sus cuerpos, poseídos de atracción mutua e +imperiosa, se juntaban como dos hojas de árbol que el viento agita. +Acortaron el paso. Juan, deseoso de prolongar aquella emoción +paradisíaca, exclamó sin tener en cuenta el intenso frío:</p> + +<p>—¡Qué hermosa noche! ¡Cristeta, ya eres mía!</p> + +<p>—Espera—dijo ella—; antes tienes que oírme. Se trata de nuestro +porvenir... Toda la vida. ¡Piensa lo que haces!</p> + +<p>—Te juro que te quiero como no he querido a nadie. Ahora dispón lo que +se te antoje.</p> + +<p>Mirole ella con inefable ternura, adhiriéndose a su brazo como planta +endeble que ha menester apoyo, y murmuró:</p> + +<p>—¿Qué será de mí? ¿Me quieres de veras?</p> + +<p>La respuesta fue un delicioso apretujón por bajo de la capa, y al mismo +tiempo una mirada en que iba envuelta la promesa de la felicidad.</p> + +<p>—Pues bien, Juan, no puedo luchar más; soy tuya..., haz lo que quieras; +manda, llévame donde quieras.</p> + +<p>—No: mandar tú, obedecer yo.</p> + +<p>—¿Me abandonarás otra vez?</p> + +<p>Don Juan aflojó el embozo, y subiendo hasta sus labios la mano de +Cristeta, se la besó con más fervor que si la tocara por vez primera, +diciendo al mismo tiempo:</p> + +<p>—Traigo dinero de sobra; vengo dispuesto a todo...</p> + +<p>—Por ahora, paciencia—continuó ella—, tengo que irme en seguida; pero... +pocas horas faltan. Mañana a las dos de la tarde ven a mi casa. +¿Entiendes? Quiero que vengas a buscarme y quiero salir de mi casa +contigo, a la luz del sol..., iremos donde quieras... para siempre. +¿Comprendes? ¡Toda la vida! ¿Querrás? Pero te advierto que jamás volveré +a mi casa ni a soportar a ningún hombre que no seas tú. Tuya, y nada más +que tuya...</p> + +<p>—Te juro—interrumpió él con acento solemne—, que nunca te abandonaré..., +y si algún día eres libre..., en fin, ya hablaremos.</p> + +<p>Pretendió ir por la calle de Bailén abajo para prolongar el paseo, mas +Cristeta le hizo volver.</p> + +<p>—Vámonos, tengo prisa—decía—; acompáñame hasta pasado el Viaducto.</p> + +<p>—Como quieras; pero ¿te arrepentirás de lo dicho?</p> + +<p>Anduvieron largo trecho silenciosos: al pasar sobre el puente de hierro, +mirando por bajo la pavorosa negrura del abismo, se les ocurrió a los +dos una idea espantosa. ¿Fue natural romanticismo de sus almas, o +resultado de la exaltación de sus espíritus? ¡Quién sabe! Lo cierto es +que ambos temblaron, y al temblar se pegaron uno a otro.</p> + +<p>Cerca de la calle de Don Pedro, dijo Cristeta:</p> + +<p>—Vete desde aquí. Hasta mañana. ¿Sabes el número?</p> + +<p>Entonces ella, deteniéndose bajo una farola para ser bien vista, fijó en +don Juan sus hermosísimos ojos; y oprimiéndole las manos en señal de +despedida, repitió:</p> + +<p>—Toda la noche, te queda toda la noche; ¡piénsalo bien! ¿Verdad que +serás bueno conmigo? Y ya lo sabes, es para toda la vida, porque yo no +soy capaz más que de resoluciones extremas.</p> + +<p>Dicho lo cual, desasiéndose de él y dejándole confuso en medio de la +acera, se alejó precipitadamente hasta entrar en el anchuroso portal de +la casa donde vivía.</p> + +<p>Don Juan pasó de largo, miró con disimulo, y después de verla torcer +hacia el arranque de la escalera, apretó el paso. Luego, dando rodeos +para no encontrarse con nadie, se fue a su casa, impaciente por saborear +a solas la realización de su esperanza.</p> + +<p>Encerrose en el despacho, abrió el cajoncito más recóndito de su mesa, y +fue reuniendo y apuntando todo el dinero que tenía: sesenta y tantos +duros en plata, unas cuantas monedas de oro y ocho mil pesetas en +billetes. Además, de su último viaje a Francia le quedaban diecisiete +luises y dos o tres billetes de cien francos. Total, dinero sobrado para +llegar a cualquier parte. Después, a modo de novio en víspera de boda, +quemó en la chimenea varios retratos y un puñado de cartas, y, por +último, llamó a Benigno, quien oyó con verdadero asombro estas palabras:</p> + +<p>—Mañana temprano me pones encima de esa butaca un traje gris, de +americana, la manta de viaje con las correas, una gorra y el gabán de +pieles. Prepara un maletín con los avíos de tocador y ropa interior; +nada de frac, ropa de etiqueta, ninguna. Saldré en cuanto almuerce; +puede que vuelva acompañado... y entonces ya te daré órdenes; pero lo +probable es que no vuelva. Si te envío recado, llevarás el maletín donde +te mande, y hasta que recibas noticias mías, mucho cuidado con la casa, +y cuando te escriba harás lo que te indique al pie de la letra. ¿Te has +enterado?</p> + +<p>—De todo, señor.</p> + +<p>—Ya lo sabes. No te muevas de aquí hasta que recibas orden por escrito; +puede que vuelva..., no lo sé, y puede que te mande cerrar la casa y +venir donde yo esté.</p> + +<p>—Comprendido, señor.</p> + +<p>—Pues ahora déjame.</p> + +<p>Al quedarse solo volvió a contar el dinero, y al cabo de una hora se +acostó. Estaba tranquilo, con esa falsa serenidad propia de quien, tras +desearlo mucho, adopta una resolución muy grave.</p> + +<p>Tardó largo rato en conciliar el sueño. Su imaginación vagaba +desvariando de unas ideas a otras, como si el razonamiento fuese incapaz +de sujetarlas. Quería pensar despacio, aquilatar la trascendencia de su +propósito, traer a juicio su pasado, considerar lo presente..., adivinar +lo porvenir... Inútil empeño.</p> + +<p>La fantasía, estimulándose más cada instante, quedaba triunfante del +raciocinio. Compromisos, obligaciones, conflictos, luchas, catástrofes, +todo lo grave que le parecía cercano y probable, se desvanecía, quedando +en su lugar un fantasma encantador e imperioso que le abría los brazos y +le llamaba con promesas de perdurable felicidad. Era Cristeta; pero una +Cristeta nueva, renovada, hacia la cual se sentía impulsado, no sólo por +inclinación amatoria, sino también por algo misterioso, privativo del +espíritu y puramente anímico, en que no entraba para nada la fascinación +de la hermosura. Antes, al pensar en beldades deseadas y no poseídas, +siempre le dominó el encanto de la forma: ahora sus sentidos parecían +aletargados, y en cambio el ansia de perfecciones morales surgía potente +y avasalladora.</p> + +<p>Los ojos de Cristeta oscuros y azulados, como cielo en noche serena; la +boca, fuente de ternura y sumidero de besos; el pelo rubio y largo, como +crecido para cubrir la almohada formando al rostro un nimbo de oro; el +pecho blanco y firme, donde parecían palpitar impacientes dos rubíes +carnosos perdidos entre nieve; todo el conjunto de atractivos que +formaban lo material de la mujer, lo veía don Juan desvanecido, borroso, +deseable, pero secundario; y en cambio, al poner su pensamiento en el +pensamiento de ella, experimentaba una sensación de ansia y desasosiego +entre penosa y grata, como si la voluntad y el alma carecieran de algo +que sólo pudiese hallar satisfacción y plenitud en la posesión pura e +inmaterial de Cristeta. Tormento y placer análogo debieron de sentir y +gozar los místicos que, abrasados en fervor religioso, tendían a +identificarse y sumarse con la divina esencia, cual si anhelaran ver +anonadarse su alma dentro de otra alma superior e increada. Tuvo luego +también momentos de intensa embriaguez amorosa; pero brevísimos, +fugaces, y apaciguada pronto aquella excitación, se rindió al cansancio +físico.</p> + +<p>Entonces el espíritu, libre de influjo externo, prosiguió su incansable +labor, y comenzó a soñar disparatadamente, mezclándose y trabándose en +sus desvaríos lo verosímil con lo imposible, y las reminiscencias de lo +real con las locuras de lo imaginario.</p> + +<p>De igual suerte que cuando el maestro duerme los chicos arman bulla y +algazara, así al quedar en reposo la voluntad de don Juan, se le +avivaron los deseos, excitáronsele los recuerdos, y las imágenes creadas +por la fantasía, unas brillantes, otras pálidas, pero todas de intensa +realidad para su mente, comenzaron a desfilar en ronda interminable.</p> + +<p>No creyó ver sino que con los ojos del alma vio a Cristeta como estaba +la primera vez que hablaron: falda muy hueca, de percal, pañoleta de +espuma al talle, zapatitos con galgas y moño bajo, lleno de flores; todo +el atavío gitanesco; pero no en el cuarto del teatro, sino en aquella +plazoleta de la Moncloa situada junto a la fuentecilla. Servían de fondo +a la figura los troncos de los árboles atigrados por manchas musgosas, y +en torno de su cabeza revoloteaban hojas secas de plátano que, traídas y +llevadas por el viento, semejaban errantes estrellas de oro. De pronto, +mujer, paisaje y fuente, se deshicieron como humo ingrávido, el espacio +quedó vacío, y en la atmósfera desierta, pero alumbrada por un sol +invisible, sonaron muchos ruidos diferentes que juntos simulaban un coro +de mujeres burlonas. Hubo crujir de sedas manoseadas, rumor de +varillajes de abanicos, chasquidos de besos, sonoridades de monedas de +oro caídas sobre mármol, y luego grandes carcajadas, como si alguien +diabólicamente se mofara de la hermosura, el lujo y el amor. De +improviso, todo cambió, apareciendo por arte de magia un cuarto +vulgarmente amueblado con cama de hierro, sofá de espadaña, dos baúles y +una percha clavada en la puerta. Sobre asientos y muebles había muchas +ropas adornadas de oropel y talco.</p> + +<p>Contemplando aquello el hombre dormido se obstina en avivar recuerdos y +coordinar ideas, pero es en vano; porque las memorias no obedecen a la +evocación y los pensamientos se alteran. Luego su atención y sus ojos +son imperiosamente atraídos por algo que le suspende y encanta.</p> + +<p>Al pie de la cama deshecha, hay una mujer sentada en una silla baja: +tiene el pelo revuelto, el rostro abrillantado por las lágrimas +restregadas, y la boca contraída por el amargo dejo de una felicidad +apenas gozada y ya perdida. Junto a ella, caídos en el entarimado del +piso, se ven dos papeles arrugados: una carta y un impreso pequeño con +cifras manuscritas. Después todo aquello se transforma en una capilla +oscura y sucia, donde huele a sudor y a cera. Un hombre y una mujer se +arrodillan ante otro hombre que lee un librote, trazando con las manos +en el aire figuras misteriosas: la mujer es Cristeta; pero la fisonomía +y el aspecto de su acompañante carecen de rasgos definidos. No es alto +ni bajo, flaco ni grueso; a ratos lampiño, a ratos barbudo... Al sonar +un campanillazo la visión se disipa y el lúgubre recinto se trueca en un +paseo enarenado, por donde corretea un niño tras un ato de madera. El +chiquitín tropieza, cae, se lastima... y suena un grito. Una mujer queda +tendida en tierra y dos hombres se abalanzan a socorrerla; en el primero +se reconoce don Juan; el segundo es el otro, el desconocido de la +capilla, el monstruo sin fisonomía. Su audacia no tiene límites. Se +inclina sobre el cuerpo de la desmayada, y con la insolente autoridad de +un poseedor legítimo, hace ademán de ir a desabrocharle el cuerpo del +vestido para que, respirando mejor, cese la congoja. Entonces a don Juan +se le sube la sangre a la cabeza. ¡Tocar aquel hombre el pecho de +Cristeta! ¡Profanación! Tanto valdría que un bárbaro escupiese al Apolo +Délfico o que un judío cometiese irreverencia ante Jesús Sacramentado. +Don Juan se arroja, o cree arrojarse, sobre el marido, y ofendiéndole de +palabra, le sujeta, le zarandea y le sacude... Suena una bofetada. La +mano invisible del hombre sin fisonomía ha caído ruidosamente sobre el +rostro de don Juan como cae el mazo del batán sobre la superficie del +agua. El ofendido saca un revólver, dispara y se oye un ruido semejante +al desplome de un cuerpo exánime. Al desvanecerse el humo del fogonazo, +todo desaparece y se disipa; por el aire vuelan pedazos de papeles que +llevan impresas palabras terroríficas: asesinato..., mujer casada..., +amante..., niño huérfano. Después, en la lejanía de un campo, junto a +unos murallones de ladrillo, se alza un tablado, encima del cual, +destacando sobre el cielo, se ven cuatro hombres que sientan a otro por +fuerza en un banquillo, tras el cual, a manera de respaldo, hay un +madero tieso...</p> + +<p>¡Qué horrible pesadilla! Por fortuna, un cambio de postura desvía la +sangre de ciertos sitios del cerebro, quedan libres los nervios +oprimidos, sufren otros la presión y...</p> + +<p>Un bosque fantástico, cuyos árboles tienen, en vez de hojas, monedas de +oro. Don Juan camina silenciosamente por una vereda, cuando de pronto, +hendiéndose las cortezas de los troncos, dejan paso a mujeres +magníficamente ataviadas y ninfas en todo el esplendor de su sagrada +desnudez.</p> + +<p>Las hay blancas con el transparente blancor del alabastro; rubias como +hebras de mazorca; morenas en que parecen haberse deleitado las miradas +del sol, y también las hay enteramente negras, al igual de aquella +princesa de las leyendas árabes que fue engendrada por el misterio en el +vientre de la noche.</p> + +<p>Agitadas de neurosis, exasperadas de lujuria, como diablos súcubos se +dejan poseer por don Juan, y apenas poseídas, se truecan en pelados y +mal olientes esqueletos. Gasas, tisúes y rasos quedan desfilachados y en +jirones, flotando sobre las osamentas. En derredor de las vértebras +cervicales caen desgranados y sueltos los collares. De los cúbitos +penden los brazaletes rotos. En torno de las sienes calvas, con la +amarillez del marfil viejo, se marchitan las coronas de rosas, y en la +medrosa concavidad de las órbitas vacías, en vez de las pupilas bañadas +de efluvios amorosos, brilla la pálida fosforescencia de las larvas +inquietas. El suelo todo es podredumbre; el espacio todo luz: y he aquí +que, de repente, la figura de Cristeta vestida de hilos de agua y rayos +de luna entretejidos, cruza el éter impasible y angélica, dejando tras +sí una estela de polvo luminoso. El alma de don Juan da un vuelco hacia +ella, la alcanza, la detiene, y al tocarla queda convertida en estatua. +En vano pretende vivificarla acariciando sus hermosas caderas, y +gimiendo de dolor entre sus marmóreos pechos. Ya no es mujer, es una +divinidad.</p> + +<p>Es la diosa del amor en nueva forma, con caracteres desconocidos. No es +Afrodita a quien se rinde culto de pasiones sensuales; no es la Venus +Cálvica, que recibe en ofrenda cabelleras de vírgenes; parece la Venus +Apostropha, que desdeña y castiga los pensamientos impuros. A fuerza de +besarla éntrasele a don Juan por los labios hasta el alma el frío de la +piedra, y paralizada su sangre, se desploma rendido.</p> + +<p>Cuando torna en sí, la amargura se ha enseñoreado de su alma: la +privación del placer le ha hecho filósofo; pero la filosofía seca su +corazón, y sediento de esperanza, se hace religioso y degenera en +místico...</p> + +<p>Sueña que es el apóstol único de una religión nueva, agradable y +tolerante, que abarca y atesora la poesía pagana, la severidad +protestante, el fausto católico, el sentido práctico hebreo y el poder +político del islam, simbolizándolo todo en ritos fantásticos y +heterogéneos de que él es gran sacerdote, y en que se hallan +representadas todas las aspiraciones del espíritu y todos los apetitos +de la carne, desde el ascetismo de los anacoretas hasta los bailes +misteriosos y lúbricos del Oriente primitivo.</p> + +<p>La efigie de Cristeta-Venus se transforma de repente en la Eva mosaica +que perdió el Paraíso, y en torno de ella comienza el desfile de una +procesión interminable. Allí van las virginales deidades indias, +moradoras de los lagos, que con el calor de sus pechos entibian el agua +que ha de regar la flor del loto; las impúdicas danzadoras egipcias y +malacitanas, que acuden a Roma para divertimiento de Césares; las +doncellas corintias consagradas a Palas, que asisten a las Panateneas; +las sacerdotisas galas que lanzan a los bárbaros contra el antiguo +mundo; las damas de las cortes de amor que tiñen en la púrpura de su +sangre la flor que ha de premiar a su poeta; las cortesanas del +Renacimiento, que el arte convierte en imágenes de dolorosas; las monjas +españolas, devoradas de histerismo religioso; las damas galantes de la +Francia borbónica, que sin traicionar al amor supieron hacer de cada +hombre un amante; y, por último, la mujer moderna, cuyo tipo varía, +desde la Hermana de la Caridad que riega con sus piadosas lágrimas las +llagas del herido, hasta la pecadora de oficio que, vendiéndose al rico +y regalándose al pobre, ofrece a todos la ilusión del amor. Y aparecen +figuras extraordinarias, enigmáticas, en quienes palpitan encarnaciones +distintas y olvidadas de la eterna Eva. Allí se acercan la Venus +Fecunda, ensangrentada por un cilicio, envuelta en un sudario, y María +de Nazareth, coronada de pámpanos y esgrimiendo el tirso de las +bacantes. La diosa gentílica canta el <i>Dies irae</i>. La virgen cristiana +recita los versos impíos de Lucrecio...</p> + +<p>Entre tantas, ¿cuál es la dispensadora de la dicha, cuál la verdadera +mujer? ¡Nadie lo sabrá nunca!</p> + +<p>Poco a poco todo aquello se borra, reaparece la noche oscura, y del +cielo comienzan a caer las estrellas, metamorfoseadas en almeas desnudas +mal envueltas en gasas transparentes. Don Juan se aleja de ellas, y +llega a la orilla de un lago, por cuyas tranquilas aguas se desliza una +barca tripulada de doncellas, que se alejan cantando tristemente. Las +mira y ve que son sus propias ilusiones, que bogan río abajo de la vida +despidiéndose de él para siempre.</p> + +<p>Por último, todo cambia: lo fantástico se trueca en realidad pavorosa.</p> + +<p>Es de noche: un hombre viejo y enfermo está solo en un gabinete. La tos +le desgarra el pecho, tiene las piernas hinchadas por la gota, el +estómago roído de dolores, y para que el sufrimiento sea completo, +conserva el cerebro despierto y sano. Una criada torpe y gruñona le +asiste con malos modos, sin solicitud ni cariño. ¡Qué soledad tan +triste! ¡Ni una hija, ni una caricia, ni un beso! ¡Oh mocedad +malbaratada! ¡Oh presente amarguísimo! Perdidos en la lejanía de la +juventud y vigorosamente evocados por el pensamiento, vienen a la mente +los recuerdos: pasan muchas mujeres: don Juan las ve, violenta su +imaginación para acordarse de sus nombres y no puede; porque si todas le +dieron su cuerpo, ninguna le dejó la dulzura del cariño en la memoria. +La postrera de todas trae las miradas impregnadas de amor, la boca +prometedora de besos, pero al mismo tiempo sus labios murmuran una +palabra: «Imposible». Es Cristeta. Don Juan, reconociéndola, suplica, +implora, ruega, grita, procura detenerla, y nuevamente el fantasma se +disipa, dejándole en las manos la sensación de un sudor frío y pegajoso.</p> + +<p class="puntos">*<br />* *</p> + +<p>Suena el lento y ruidoso rodar de un carro; luego el campanilleo de las +burras de leche; óyese a lo lejos el vocear de un pobre vendedor +ambulante; y por los resquicios y rendijas del balcón penetra, en hilos +plateados, la clara luz del día.</p> + +<p>Don Juan despierta y se arroja del lecho abajo, restregándose los ojos.</p> + +<p>Todo ha sido un sueño mentiroso. Es joven, está en su casa, no ha matado +a nadie, y... a las dos le espera Cristeta; no en forma de impalpable +fantasma ni de fría escultura, sino en carne y hueso, amante y cariñosa. +Entonces, sacudiendo el sopor morboso de la pesadilla, mira en torno. Lo +primero que ve es la ropa de viaje colocada sobre una butaca, y en un +rincón el mueblecillo donde la víspera guardó el dinero para huir con +ella, robándosela al hombre misterioso sin rostro ni facciones. Un +nombre se le viene a los labios: «¡Martínez!» Esta es la única tristeza +indudable que pasa del sueño a la vigilia.</p> + +<p>Al dar la una en el reloj del despacho, don Juan sale de su casa +llevando el corazón henchido de amor, el ánimo resuelto a todo y los +bolsillos repletos de dinero.</p> + +<p>¿Qué más necesita el hombre a quien aguarda una mujer?</p> + + + +<h3><a name="Capitulo_XXIII" id="Capitulo_XXIII"></a>Capítulo XXIII</h3> + +<p>Concluye ésta, entre verídica o imaginaria historia, con el raro ejemplo +de una mujer que todo lo pospone al deseo de ser amada</p> + + +<p>Salió don Juan vestido de viaje, tomó un coche, apeose cerca de la calle +de Don Pedro, y por fin llegó al portal de la casa en que vivía +Cristeta. No arribó Ulises a la deseada Itaca, ni vieron los Magos el +sagrado pesebre poseídos de tan honda emoción como la que él sentía.</p> + +<p>Penetró en el zaguán, y acercándose casi respetuosamente al portero, de +suntuoso levitón y gorra blasonada, le preguntó:</p> + +<p>—¿La señora de Martínez?</p> + +<p>—No vive aquí.</p> + +<p>—¿Cómo?</p> + +<p>—Que no es aquí.</p> + +<p>—Sí, hombre; una señora joven y guapa que se llama doña Cristeta.</p> + +<p>—¡Acabara usted! Sí, señor. Segundo patio, escalera interior, piso +tercero.</p> + +<p>—¿Está usted seguro?</p> + +<p>—¿<i>Quedrá</i> usted saber de la casa más que yo?</p> + +<p>En otra ocasión, don Juan hubiera castigado con un sopapo la porteril +arrogancia; pero en aquellos momentos no estaba para provocar +conflictos.</p> + +<p>Dejando a su derecha el arranque de la escalera señorial, lujosamente +alfombrada, atravesó el patio, empedrado como para espera de coches, y +comenzó a subir la otra humilde y estrecha escalera que le indicaron. La +contestación del portero le había dejado confuso. ¿Qué significaba +aquello? ¿Cristeta en piso interior y con entrada miserable? ¿Cómo tan +gran dicha por tan ruin camino? Tal vez el siervo enlevitonado hubiese +recibido discreta orden para enviarle por la escalera de servicio. ¡Oh +mujer, cuán grande es tu prudencia que a todo atiendes y remedias!</p> + +<p>De pronto, en un descansillo, vio un niño jugando solito con unas cajas +viejas de fósforos; representaba, poco más o menos, tres años, y se +parecía, como una gota de agua a otra gota de agua, al chiquitín de +quien iba Cristeta acompañada la tarde que se la encontró en el Retiro. +Creyendo reconocerle, pero resistiéndose a dar crédito a sus ojos, +pensó: «Parece imposible que descuide al niño de este modo. No, no puede +ser. ¿Cómo es posible que esta criatura sucia, desarrapada y mocosa, sea +el angelito vestido de encajes a quien vi en el Paseo de Coches?» Subió +los seis tramos que le faltaban y tuvo que detenerse a respirar. ¿Por +cansancio? No. ¿Por miedo? Tampoco. Por incertidumbre y turbación de +espíritu. En su memoria flotaba una frase preñada de misterios. Cristeta +le había dicho al separarse la noche anterior: «... ¡resoluciones +extremas!» ¿Qué pretendería? En un segundo imaginó don Juan mil clases +diversas de resoluciones extremas. La fuga, el sud—expreso, el <i>sleeping +car</i>, la ocultación en su propia casa, la vida errante por el extranjero +con nombres supuestos... ¿Querría, tal vez, que provocara y matase a su +marido? ¡Absurdo! ¿Habría pensado en un doble y romántico suicidio? Al +ocurrírsele esto se acordó de cómo temblaba la pobrecilla cuando pasaron +por el Viaducto de la calle de Segovia. Lo que faltaba de escalera no +dio tiempo a más suposiciones.</p> + +<p>Estaba en el descansillo del piso tercero, ante una puerta de +cuarterones, groseramente pintada de azul. El cordel de la campanilla, +de puro mugriento, parecía negro.</p> + +<p>«¡Cosa más rara!»</p> + +<p>Llamó con mano temblorosa, y casi al mismo tiempo abrió la puerta, no +una criada, ni la esperada niñera, sino la propia Cristeta, cuya esbelta +figura destacó sobre la pared blanca de un pasillo. Estaba vestida y +peinada con adorable sencillez; el traje, de lana oscura sin adornos; el +pelo, modestamente recogido hacia las sienes. Esforzábase por aparentar +serenidad, pero sus ojos revelaban haber llorado mucho, y su hermoso +pecho, alzándose y deprimiéndose a intervalos muy cortos, daba prueba de +agitación mal contenida. Tendió a don Juan la mano derecha, que él +estrechó entre las suyas, y calladamente, sin soltarle, le guió hacia +dentro.</p> + +<p>El pasillo era muy corto, y a su término había un cuarto de humilde +aspecto. Constaba el mueblaje de cuatro sillas de Vitoria, un sofá viejo +de espadaña y una cómoda de nogal. Por la ventana, que descubría mucho +cielo, entraba la claridad a torrentes. Tras una puerta vidriera +entreabierta veíase la alcoba y en ella un catre de hierro cubierto por +una colcha de cotonía. Sobre las sillas no había nada, pero el sofá +quedaba casi oculto por un montón de ropas relativamente lujosas, que +formaban contraste con lo modesto y pobre de la estancia. Allí estaban +la falda negra plegada en menudas tablas con primoroso arte, y el abrigo +corto de rico paño gris que tiempo atrás lució Cristeta en el paseo del +Retiro, el otro abrigo forrado de seda roja que llevó a la cita en la +Moncloa, el cuerpo encarnado con botoncitos de plata que se puso la +tarde del teatro, y encima de todo un boa gris y un sombrero negro de +ala grande y pluma rizada.</p> + +<p>Don Juan, mudo y absorto, permanecía en pie; Cristeta separó a un lado +las ropas e hizo a su amante seña de que se sentara junto a ella en el +sofá. Obedeció él, y en seguida, mirándolo todo con extrema curiosidad, +sin poder ni querer contenerse, dijo:</p> + +<p>—Esto es imposible, no puede ser. ¿Vives aquí?</p> + +<p>Cristeta, con grandísima calma, pero algo alterada la voz por la +emoción, repuso:</p> + +<p>—Esta es mi casa.</p> + +<p>—¿Pero no tienes criados?</p> + +<p>Suspiró lentamente, y replicó:</p> + +<p>—No tengo criados.</p> + +<p>—¿Tu hijo?</p> + +<p>—No tengo hijo.</p> + +<p>—¿Tu marido?...</p> + +<p>—No tengo marido.</p> + +<p>Entonces... explícame... ¿Verdad que eres mi Cristeta de mi vida?</p> + +<p>—Eso no lo sé todavía. Veremos.</p> + +<p>—¡Habla!</p> + +<p>Por el ancho hueco de la ventana se veían torres, veletas, campanarios, +las masas rojizas y las líneas quebradas de los tejados vecinos, y +dominándolo todo, el cielo azul radiante de esplendorosa claridad. Un +rayo de sol venía a juguetear sobre los ladrillos del piso haciendo +dibujos luminosos. Don Juan pensó llegar a una casa de burgueses ricos y +estaba rodeado de pobreza. Las riquezas del mundo parecían refugiadas en +las pupilas de Cristeta, donde brillaba un tesoro de amor.</p> + +<p>—Habla, por piedad—repitió él.</p> + +<p>Cristeta, violentándose mucho, como jugador nervioso que arriesga su +porvenir entero al azar de un naipe, dijo así:</p> + +<p>—¿Te acuerdas de cómo me dejaste abandonada en Santurroriaga?</p> + +<p>—Sí; pero, ¿verdad que me has perdonado? Ahora soy otro, y te adoro.</p> + +<p>—Yo hasta entonces no había querido a nadie ni me había dejado +querer..., ni poseer. Fuiste el primero y el único, porque después... +tampoco.</p> + +<p>—¿Qué?</p> + +<p>—La pura verdad. En cambio, a ti te quise como te quiero en este +momento. Cuando te fuiste hice propósito de ser para toda la vida tuya o +de nadie. Soy libre, enteramente libre, y lo único que sé de amor es lo +que aprendí en tus brazos. Luego volviste a verme, creíste otra cosa, me +deseaste de nuevo, y aquí estás.</p> + +<p>—¡Por Dios te pido que no me vuelvas loco! ¡Habla claro!</p> + +<p>—Que tu Cristeta es la misma de siempre, la de antes, tuya, nada más que +tuya, y que te ha engañado para no perderte.</p> + +<p>—Pero ¿y tu marido, tu hijo, tu modo de vivir, el coche, el lujo?</p> + +<p>—Todo mentira.</p> + +<p>—¿Has hecho una comedia?</p> + +<p>—No me culpes. Si yo hubiera sido mujer rica, señora que frecuentase la +misma sociedad que tú, te habría buscado de otro modo: en bailes, +teatros y tertulias; pero estábamos tan lejos uno de otro, que por +fuerza tenía que valerme de medios extraordinarios. Y, sobre todo, +piensa una cosa: yo no te he dicho nunca, ni una sola vez, ¡buen cuidado +he tenido!, que estuviese casada; te lo he dejado creer y nada más.</p> + +<p>—¿Pero es posible?</p> + +<p>—¿No fue posible que tú me dejases sin motivo, queriéndome como decías? +¿De qué te sorprendes? ¿Quién ha buscado a quién? Mientras fui tuya, +¡vergüenza me da recordarlo!, ni siquiera sospechaste el cariño que mi +corazón encerraba para ti. Después, suponiendo que era de otro hombre, +me has deseado con rabia, con locura, como se desea lo ajeno. Ahora ves +que no tengo dueño y comienzas a dudar.</p> + +<p>—¿Y esas ropas, ese lujo, el coche, todo lo que yo he sabido de otro +hombre... un señor Martínez... un niño?</p> + +<p>—¡Pobre de mí! ¿Cuánto dinero me dejaste al marcharte de Santurroriaga?</p> + +<p>—Veinte mil reales.</p> + +<p>—Pues aún me quedan algunos duros. Lo demás lo he gastado en ese lujo de +que hablas, en alquilar este cuartito y ese coche que has visto, en +tener niñera, una chica que, a pesar de tu experiencia, te ha engañado +como a un chino, y en que unas pobres gentes me dejasen por unas cuantas +veces ese niño a quien yo he vestido y de quien tú te has figurado...</p> + +<p>—¡No me mientes eso!</p> + +<p>—Total: la mujer a quien abandonaste siendo tuya y nada más que tuya, te +ha enloquecido por sólo parecerte ajena.</p> + +<p>En seguida, punto por punto, minuciosamente, sin omitir detalle, le +refirió cuanto había tramado y hecho con propósito de atraerle, desde +que en la fonda de Santurroriaga se quedó pensativa como reina +destronada que medita reconquistar lo perdido, hasta el instante en que, +sintiéndole subir la escalera, colocó sobre el sofá aquellos trajes con +que se había engalanado. Nada calló; ni el auxilio recibido de Inés, ni +la complicidad de don Quintín, ni el alquiler de la berlina, ni el +precio de aquel pobre cuartito, ni sus muchas y amargas lágrimas. Fue +una confesión larga y completa, un examen de conciencia en que dejó que +se transparentase su alma, mostrando a don Juan lo íntimo de su corazón +tan franca y lealmente como en otro tiempo le dio a besar la blanca y +tibia redondez de su pecho. Por último, añadió:</p> + +<p>—Ya lo sabes todo, y ahora sólo te pido que respondas a esta pregunta: +¿Cuándo has sentido verdadero amor por mí? ¿Mientras fui tuya honrada y +pobremente, a pesar de lo cual me despreciaste, o ahora, cuando nada más +que con darte oídos debí parecerte infame y despreciable?</p> + +<p>Don Juan, avergonzado, callaba. Cristeta prosiguió:</p> + +<p>—Tal vez no me perdones estos engaños, hijos de mi amor, y, sin embargo, +me agradecerías los besos que ahora te diera, aunque fuesen robados a +otro hombre. Te juro que no he mentido en nada. Mis tíos, la falsa +niñera que tantos plantones te ha dado, mi antigua criada Inés, su +marido, a quien alquilé la berlina, la madre del chico, cuantas personas +me conocen, hasta la Mónica, una mujer que tiene aquí abajo casa de +huéspedes y que ha servido en la tuya; todos pueden decirte cuál ha sido +mi vida. Te dirán también que alguna vez salía muy bien vestida: ya +sabes para qué. Mucho he sufrido, pero todo lo doy por bien empleado, +porque al verte seguirme, y perseguirme, y rogarme, y temblar en mis +brazos, y besarme, como temblaste y me besaste la tarde del teatro... +vamos, he llegado a creer que me amas de veras. ¿Me perdonas?</p> + +<p>Estaba hermosísima. Un ligero estremecimiento hacía palpitar sus labios; +los ojos, prometiendo amor, imploraban piedad, y el rostro iba tomando +la palidez marmórea de la estatua que vio don Juan en sueños; pero ésta +no era piedra esculpida, sino hermosa carne modelada por Dios y +vivificada con el soplo de su espíritu para delicia del hombre.</p> + +<p>Don Juan no pudo aguantar más. Levantose del sofá, la miró frente a +frente, como para buscar en el abismo azul de sus ojos confirmación a +sus palabras, y luego, alzándola y atrayéndola lentamente hacia sí, pegó +los labios a la oreja encendida de su amada, y murmuró estas palabras:</p> + +<p>—¿Tanto me quieres?</p> + +<p>Ella dobló la cabeza sobre el hombro del amante, pegose a él, cuerpo con +cuerpo, y en voz muy queda, como se dicen las grandes cosas de la vida, +repuso:</p> + +<p>—¿No me dejarás nunca?</p> + +<p>Entonces—nadie sabrá jamás si fue sincero arranque o astucia +premeditada—volvió a mirarla fijamente, y presentándole la mano derecha, +preguntó con increíble valor:</p> + +<p>—¿Quieres ser mi mujer?</p> + +<p>Ella, desasiéndose de sus brazos, apartó el cuerpo, se restañó con el +pañuelo las lágrimas, y revelando la energía de quien en todo ha pensado +y tiene, hace tiempo, adoptada una resolución, contestó:</p> + +<p>—¡Eso... jamás!</p> + +<p>—¿Por qué?</p> + +<p>Cristeta quiso expresar todo lo que sentía, y acordándose tal vez de que +fue comedianta, lo formuló en lenguaje, aunque sincero, un poquito +dramático, diciendo:</p> + +<p>—Lo que yo quiero no es tu libertad, sino tu cariño. ¿Casarnos? ¿Para +qué? ¿Para darte por seca y rigurosa obligación lo que por libre y +complacido albedrío quiero que sea tuyo? ¿Para mermar a la pasión el +encanto de la espontaneidad? ¿Por ventura serán entonces más cariñosos +tus besos, más prietos tus abrazos? ¿Tendremos mayor firmeza en la +confianza ni más brava abnegación en la desgracia? ¿Qué ceremonia, qué +rito, que fórmula ha puesto el Señor por cima de este anhelo con que mi +pensamiento quiere volar para hacer nido en tu alma?</p> + +<p>—¡Cristeta!</p> + +<p>—Yo te serviré en el bien, de estímulo, en el mal, de rémora. Duplicaré +tus venturas y compartiré tus penas. ¿Te veré dichoso?, pues mi amor +será la gota que llene el vaso de tu felicidad. ¿Desgraciado?, yo +lloraré por ambos... Pero ¿casarme? ¿Y si te arrepintieras? ¡Qué horror +si algún día confundieses mi gratitud con mi cariño! ¿Llevar tu nombre? +Bajando está siempre de mi pensamiento a mis labios; mío es aunque no +quieras, y al dormirme siento que se me asoma a la boca para guardarte +todo el aliento de mi vida. ¡No! tú, libre como el aire; yo esclava, +quieta, callada y mansa como el agua eternamente enamorada del cielo +que, aun sin darse cuenta de ello, igual refleja los alegres arreboles +del alba que las tristes nubes de la tempestad.</p> + +<p>Don Juan hizo ademán de arrodillarse—la cosa no era para menos—; mas +ella no lo consintió, y poniéndole una mano en cada hombro le miró +embebecida, al mismo tiempo que decía:</p> + +<p>—En el momento en que nos sujetase algo superior a nuestra voluntad, el +amor no sería dulce impulso del alma, sino tributo doloroso.</p> + +<p>—¿Y el mundo, la sociedad y las gentes?</p> + +<p>—¿Ahora te preocupas por eso? ¿Te cuidabas de ello al perseguir casadas? +Los que acaso me disculparan adúltera, me rechazarán amante... ¡Ya lo +sé! Pero ¿a quién consagro yo mi existencia, a ti o al prójimo?</p> + +<p>—¿Me prometes que serás siempre mía?</p> + +<p>—Vive tranquilo. Si he hecho tanto para que vuelvas a mí, ¿qué no seré +capaz de hacer por merecerte y conservarte?</p> + +<p>Callaron, cambiando dos miradas que hacían inútil toda protesta de +sinceridad. En la imaginación de ambos surgió la misma idea, formulada +en sentido contrario. Él pensó: «Será mi mujer»; y ella se dijo: «Si me +caso le pierdo».</p> + +<p>Juan abrió los brazos, y Cristeta, limpia de pensamiento impuro, pero +llorosa de felicidad, se arrojó en ellos. Oprimiola él cariñosamente +contra sí, y mientras sentía sobre el pecho su dulce sollozar, hundió +los labios entre sus rizos de oro y los cubrió de besos.</p> + +<p>Madrid, 1891.</p> + +<hr class="full" /> + + + + + + + +<pre> + + + + + +End of Project Gutenberg's Dulce y sabrosa, by Jacinto Octavio Picón + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK DULCE Y SABROSA *** + +***** This file should be named 27064-h.htm or 27064-h.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + http://www.gutenberg.org/2/7/0/6/27064/ + +Produced by Chuck Greif + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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