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+The Project Gutenberg eBook, Antonio Azorín, by José Augusto Trinidad
+Martínez Ruiz
+
+
+This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
+almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
+re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
+with this eBook or online at www.gutenberg.org
+
+
+
+
+
+Title: Antonio Azorín
+ pequeño libro en que se habla de la vida de este peregrino señor
+
+
+Author: José Augusto Trinidad Martínez Ruiz
+
+
+
+Release Date: September 6, 2008 [eBook #26545]
+
+Language: Spanish
+
+Character set encoding: ISO-8859-1
+
+
+***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK ANTONIO AZORíN***
+
+
+E-text prepared by Chuck Greif and the Project Gutenberg Online
+Distributed Proofreading Team (http://www.pgdp.net)
+
+
+
+ANTONIO AZORÍN
+
+[Illustration]
+
+ANTONIO
+
+AZORÍN
+
+PEQUEÑO LIBRO
+
+EN QUE SE HABLA DE LA
+
+VIDA DE ESTE PEREGRINO SEÑOR
+
+
+
+
+
+
+
+[Illustration]
+
+MADRID
+
+RENACIMIENTO
+
+_Pontejos, 3._
+
+1913
+
+
+
+
+_ES PROPIEDAD_
+
+ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO EDITORIAL--PONTEJOS, 3
+
+_DEDICATORIA_
+
+
+_Quiero dedicarle este pequeño libro a Ricardo Baroja, como prueba de
+amistad. Ricardo Baroja es, a mi entender, un original y ameno artista;
+en sus charlas he encontrado muchas sutiles paradojas y un recio
+espíritu de independencia. Yo siento que mi ofrenda no sea más
+consistente; pero la vida de mi amigo Antonio Azorín no se presta a más
+complicaciones y lirismos. Porque en verdad, Azorín es un hombre vulgar,
+aunque_ Correspondencia _haya dicho que "tiene no poco de filósofo". No
+le sucede nada de extraordinario, tal como un adulterio o un simple
+desafío; ni piensa tampoco cosas hondas, de esas que conmueven a los
+sociólogos. Y si él y no yo, que soy su cronista, tuviera que llevar la
+cuenta de su vida, bien pudiera repetir la frase de nuestro común
+maestro Montaigne:_ Je ne puis tenir registre de ma vie par mes actions;
+fortune les met trop bas: je le tiens par mes fantasies.
+
+_J. M. R._
+
+
+
+
+PRIMERA PARTE
+
+I
+
+
+A lo lejos una torrentera rojiza rasga los montes; la torrentera se
+ensancha y forma un barranco; el barranco se abre y forma una amena
+cañada. Refulge en la campiña el sol de Agosto. Resalta, al frente, en
+el azul intenso, el perfil hosco de las Lometas; los altozanos hinchan
+sus lomos; bajan las laderas en suave enarcadura hasta las viñas. Y
+apelotonados, dispersos, recogidos en los barrancos, resaltantes en las
+cumbres, los pinos asientan sobre la tierra negruzca la verdosa mancha
+de sus copas rotundas. La luz pone vivo claror en los resaltos; las
+hondonadas quedan en la penumbra; un haz de rayos que resbala por una
+cima hiende los aires en franja luminosa, corre en diagonal por un
+terrero, llega a esclarecer un bosquecillo. Una senda blanca serpentea
+entre las peñas, se pierde tras los pinos, surge, se esconde, desaparece
+en las alturas. Aparecen, acá y allá, solitarios, cenicientos, los
+olivos; las manchas amarillentas de los rastrojos contrastan con la
+verdura de los pámpanos. Y las viñas extienden su sedoso tapiz de verde
+claro en anchos cuadros, en agudos cornijales, en estrechas bandas que
+presidían blancos ribazos por los que desborda la impetuosa verdura de
+los pámpanos.
+
+La cañada se abre en amplio collado. Entre el follaje, allá en el fondo,
+surge la casa con sus paredes blancas y sus techos negruzcos. Comienzan
+las plantaciones de almendros; sus troncos se retuercen tormentosos; sus
+copas matizan con notas claras la tierra jalde. El collado se dilata en
+ancho valle. A los almendros suceden los viñedos, que cierran con orla
+de esmeralda el manchón azul de una laguna. Grandes juncales rompen el
+cerco de los pámpanos; un grupo de álamos desmedrados se espejea en sus
+aguas inmóviles.
+
+A la otra parte de la laguna recomienza la verde sábana. Entre los
+viñedos destacan las manchas amarillentas de las tierras paniegas y las
+manchas rojizas de las tierras protoxidadas con la labranza nueva.
+Ejércitos de olivos, puestos en liños cuidadosos, descienden por los
+declives; solapadas entre los olmos asoman las casas de la Umbría; un
+tenue telón zarco cierra el horizonte. A la izquierda se yergue el
+cabezo árido de Cabreras; a la derecha el monte de Castalla avanza
+decidido; se detiene de pronto en una mella enorme; en el centro, sobre
+el azul del fondo, resalta el ingente peñón de Sax, coronado de un
+torreón moruno.
+
+El sol blanquea las quebradas de las montañas y hácelas resaltar en
+aristas luminosas; el cielo es diáfano; los pinos cantan con un manso
+rumor sonoro; los lentiscos refulgen en sus diminutas hojas charoladas;
+las abejas zumban; dos cuervos cruzan aleteando blandamente.
+
+* * *
+
+Cae la tarde; la sombra enorme de las Lometas se ensancha, cubre el
+collado, acaba en recia punta sobre los lejanos almendros; se
+entenebrecen los pinos; resaltan las bermejas hazas labradas; el débil
+sol rasero ilumina el borde de los ribazos y guarnece con una cinta de
+verde claro el verde oscuro de los viñedos bañados en la sombra.
+
+Cambia la coloración de las montañas. El pico de Cabreras se tinta en
+rosa; la cordillera del fondo toma una suave entonación violeta; el
+castillo de Sax refulge áureo; blanquea la laguna; las viñas, en la
+claror difusa, se tiñen de un morado tenue.
+
+Lentamente la sombra gana el valle. Una a una las blancas casitas
+lejanas se van apagando. La tierra se recoge en un profundo silencio;
+murmuran los pinos; flota en el aire grato olor de resina. El cascabeleo
+de un verderol suena precipitado; calla, suena de nuevo. Y en la
+lejanía el dorado castillo refulge con un postrer destello y desaparece.
+
+* * *
+
+Anochece. Se oye el traqueteo persistente de un carro; tintinea a
+intervalos una esquila. El cielo está pálido; la negrura ha ascendido de
+los barrancos a las cumbres; los bancales, las viñas, los almendros se
+confunden en una mancha informe. Destacan indecisos los bosquecillos de
+pinos en las laderas. La laguna desaparece borrosa. Y vibra una canción
+lejana que sube, baja, ondula, plañe, ríe, calla...
+
+El campo está en silencio. Pasan grandes insectos que zumban un
+instante; suena de cuando en cuando la flauta de un cuclillo; un
+murciélago gira calladamente entre los pinos. Y los grillos abren su
+coro rítmico: los comunes, en notas rápidas y afanosas; los reales, en
+una larga, amplia y sostenida nota sonora.
+
+Ya el campo reposa en las tinieblas. De pronto pardea a lo lejos una
+fogata. Y de los confines remotos llega y retumba en todo el valle el
+formidable y sordo rumor de un tren que pasa...
+
+
+
+
+II
+
+
+La casa se levanta en lo hondo del collado, sobre una ancha explanada.
+Tiene la casa cuatro cuerpos en pintorescos altibajos. El primero es un
+solo piso terrero; el segundo, de tres; el tercero, de dos; el cuarto,
+de otros dos.
+
+El primero lo compone el horno. El ancho tejado negruzco baja en
+pendiente rápida; el alero sombrea el dintel de la puerta. Dentro, el
+piso está empedrado de menudos guijarros. En un ángulo hay un montón de
+leña; apoyadas en la pared yacen la horquilla, la escoba y la pala de
+rabera desmesurada. Una tapa de hierro cierra la boca del hogar; sobre
+la bóveda secan hacecillos de plantas olorosas y rotenes descortezados.
+La puerta del amasador aparece a un lado. La luz entra en el amasador
+por una pequeña ventana finamente alambrada. La artesa, ancha, larga,
+con sus dos replanos en los extremos, reposa junto a la pared, colocada
+en recias estacas horizontales. Sobre la artesa están los tableros, la
+raedera, los pintorescos mandiles de lana: unos de anchas viras
+amarillas y azules, bordeadas de pequeñas rayas bermejas; otros de
+anchas viras pardas divididas por una rayita azul, y anchas viras azules
+divididas por una rayita parda. En un rincón está la olla de la
+levadura; del techo penden grandes horones repletos de panes; en las
+paredes cuelgan tres cernederas y cuatro cedazos de espesa urdimbre a
+diminutos cuadros blancos, rojos y pardos, con blancas cintas
+entrecruzadas que refuerzan la malla.
+
+El segundo cuerpo de la casa tiene las paredes doradas por los años. En
+la fachada se abren: dos balcones en el piso primero, tres ventanas en
+el piso segundo. Los huecos están bordeados de ancha cenefa de yeso
+gris. Y entre los dos balcones hay un gran cuadro de azulejos
+resguardado con un estrecho colgadizo. Representa, en vivos colores,
+rojos, amarillos, verdes, azules, a la Trinidad santa. El tiempo ha ido
+echando abajo las losetas, y entre anchos claros aparecen el remate de
+una cruz, una alada cabeza de ángel, el busto del Padre con su barba
+blanca y el brazo extendido.
+
+El tercer cuerpo tiene una diminuta ventana y un balconcillo rebozado
+con el follaje de una parra que deja caer su alegría verde sobre la
+puerta de la casa. Esta casa la habitan los labriegos. La entrada es
+ancha y empedrada, jaharradas de yeso las paredes, con pequeñas vigas el
+techo. A la izquierda está la cocina; a la derecha, el cantarero; junto
+a él una pequeña puerta. Esta puerta cierra un pequeño cuarto sombrío
+donde se guardan los apechusques de la limpieza.
+
+El cuarto cuerpo tiene cuatro ventanas que dan luz a una espaciosa
+cámara, con vigas borneadas en el techo, colgada de ristras de pimientos
+y de horcas de cebollas y ajos, llena de simples mantenimientos para la
+comida cotidiana.
+
+Enfrente de la casa, formando plazoleta, hay una cochera y una ermita.
+
+La ermita es pequeña; es de orden clásico. Tiene cuatro altares
+laterales con lienzos; tiene uno central con cuatro columnas jónicas;
+tiene una imagen; tiene ramos enhiestos; tiene velas blancas; tiene
+velas verdes. En la sacristía cuelga un diminuto espejo con marco de
+talladas hojas de roble, y un aguamanil blanco rameado de azul pone en
+la pared su nota gaya. En los muros, entre viejas estampas, hay un
+cartel amarillento que dice en gruesas letras: _Sumario de dos mil
+quinientos y ochenta días de indulgencia concedidos a los que
+devotamente pronuncien estas palabras_: «_Ave María Purísima_»; y abajo,
+a dos columnas, una nutrida lista de obispos y arzobispos. En un armario
+reposan antiguas casullas, bernegales con coronas de oro abiertas sobre
+el cristal, un cáliz con un blasón en el pie y una leyenda que dice: _Se
+izo en 24 de Agosto de 1714. Del Dr. Pedro Ruiz y Miralles._
+
+Junto a la cochera está el aljibe, ancho, cuadrado, con una bóveda que
+se hincha a flor de tierra. Las pilas son de piedra arenisca; el pozal
+es de madera; sobre la puertecilla destaca un cuadro de azulejos. San
+Antonio, vestido de azul, mira extático, cruzados los brazos, a un niño
+que desciende entre una nube amarillenta y le ofrece un ramo de blancas
+azucenas.
+
+Detrás del aljibe hay una balsa pequeña y profunda. La cubre una parra.
+Es una parra joven. «Este año--según la bella frase de uno de estos
+labriegos tan panteístas en el fondo--, este año es el primero que
+trabaja.» Y es laboriosa, y es aplicada, y es vehemente. Sus sarmientos
+se enroscan y agarran con los zarcillos al encañado, cuelgan profusos
+los racimos, y los redondos pámpanos anchos forman un toldo de suave
+color presado sobre las aguas quietas.
+
+En el borde de la balsa hay una pila de fondo verdinegro. Las abejas se
+abrevan en su agua limpia. El agua nace en un montecillo propincuo,
+corre por subterráneos atanores de barro, surte de un limpio caño, cae
+transparente con un placentero murmurio en la ancha pila.
+
+La casa es grande, de pisos desiguales, de estancias laberínticas. Hay
+espaciosas salas con toscas cornucopias, con viejos grabados alemanes,
+con pequeñas litografías en las que se explica cómo «Matilde, hermana de
+Ricardo de Inglaterra, antes de pronunciar su voto», etc. Hay una
+biblioteca con cuatro mil volúmenes en varias lenguas y de todos los
+tiempos. Hay una pequeña alacena que hace veces de archivo, con papeles
+antiguos, con títulos de las Universidades de Orihuela y Gandía, con
+cartas de desposorio, con ejecutorias de hidalguía, con nombramientos de
+inquisidores. Hay viejas cámaras con puertas cuadradas, con cerraduras
+chirriantes, con techos inclinados de retorcidas vigas, con lejas
+anchas, con armarios telarañosos que encierran un espejo roto, un velón,
+una careta de colmenero; con largas cañas colgadas del techo, de las que
+en otoño penden colgajos de uvas, melones reverendos, gualdos
+membrillos, manojos de hierbas olorosas. Hay graneros oscuros,
+sosegados, silenciosos, con largas filas de alhorines hechos de delgadas
+citaras. Hay un tinajero para el aceite con veinte panzudas tinajas,
+cubiertas con tapaderas de pino, enjalbegadas de ceniza. Hay una gran
+bodega, con sus cubos, sus prensas, sus conos, sus largas ringleras de
+toneles. Hay una almazara, con su alfarje de molón cónico, y su ancha
+zafa, y su tolva. Hay dos cocinas con humero de ancha campana. Hay
+palomares eminentes. Hay una cuadra con mulas y otra con bueyes. Hay un
+corral con pavos, gallos, gallinas, patos, y otro con cerdos, negros,
+blancos, jaros. Hay dos pajares repletos de blanda y cálida paja...
+
+Ante la casa se abre una alameda de almendros. Cuatro, seis olmos gayan
+la plazoleta con su follaje. En lo hondo, sobre la pincelada verde del
+ramaje, resalta la pincelada azul de las montañas; más bajo, por entre
+los troncos, a pedazos, espejea la laguna. El cielo está diáfano. Las
+palomas giran con su aleteo sonoro. Y un acridio misterioso chirría con
+una nota larga, hace una pausa, chirría de nuevo, hace otra pausa...
+
+* * *
+
+La entrada de la casa principal es ancha. Está enladrillada de losetas
+amarillentas. Hay una puerta a la derecha y otra a la izquierda; una y
+otra están ceñidas por resaltantes cenefas lisas. Recia viga, jaharrada
+de yeso blanco, sostiene las maderas del techo. A los lados, dos
+ménsulas entasadas adornan la jacena. Sobre la pared, bajo las ménsulas,
+resaltan los emblemas de Jesús y María.
+
+Al piso principal se asciende por una escalera oscura. La escalera tiene
+una barandilla de hierros sencillos; el pasamanos es de madera; en los
+ángulos lucen grandes bolas pulimentadas.
+
+La primera puerta del piso principal da paso a dos claras habitaciones:
+una es un cuarto de estudio, la otra sirve de alcoba.
+
+El estudio tiene el techo alto y las paredes limpias. Lo amueblan dos
+sillones, una mecedora, seis sillas, un velador, una mesa y una consola.
+Los sillones son de tapicería a grandes ramos de adelfas blancas y rojas
+sobre fondo gris. La mecedora es de madera curvada. Las sillas son
+ligeras, frágiles, con el asiento de rejilla, con la armadura negra y
+pulimentada, con el respaldo en arco trilobulado. El velador es redondo;
+está cargado de infolios en pergamino y pequeños volúmenes amarillos. La
+mesa es de trabajo; la consola, colocada junto a la mesa, sirve para
+tener a mano libros y papeles.
+
+La mesa es ancha y fuerte; tiene un pupitre; sobre el pupitre hay un
+tintero cuadrado de cristal y tres plumas. Reposan en la mesa una gran
+botella de tinta, un enorme fajo de inmensas cuartillas jaldes, un
+diccionario general de la lengua, otro latino, otro de términos de arte,
+otro de agricultura, otro geográfico, otro biográfico. Hay también un
+vocabulario de filosofía y otro de economía política; hay, además, en su
+edición lyonesa de 1675, el curiosísimo _Tesoro de las dos lenguas,
+francesa y española_, que compuso César Oudín, «intérprete del rey».
+
+La consola es de nogal. Los pies delanteros son ligeras columnillas
+negras con capiteles clásicos de hueso, con sencillas bases toscanas.
+Los tiradores del cajón son de cristal límpido; un gran tablero de
+madera se extiende a ras del suelo, entre las bases de las columnas y
+los pies de la mesa. Sobre esta mesa yacen libros grandes y libros
+pequeños, un cuaderno de dibujos de Gavarni, cartapacios repletos de
+papeles, números de _La Revue Blanche_ y de la _Revue Philosophique_,
+fascículos de un censo electoral, mapas locales y mapas generales. El
+cajón está repleto de fotografías de monumentos y paisajes españoles,
+fotografías de cuadros del museo del Prado, fotografías de periodistas y
+actores, fotografías pequeñas, hechas por Laurent, de las notabilidades
+de 1860, daguerrotipos, en sus estuches lindos, de interesantes mujeres
+de 1850.
+
+Las paredes del estudio están adornadas diversamente. En la primera
+pared, a los lados de la puerta, hay dos grandes fotografías en sus
+marcos de noguera pulida: una es de la divina marquesa de Leganés, de
+Van Dyck; otra, cuidadosamente iluminada, es de _Las Meninas_, de
+Velázquez.
+
+En la segunda pared, correspondiente al balcón, cuelga una fotografía de
+_Doña Mariana de Austria_, de Velázquez, con su enorme guardainfante y
+su pañuelo de batista. Sobre esta fotografía se eleva, surgiendo del
+marco e inclinándose sobre el retrato, una fina y dorada pluma de pavo
+real; y esta pluma es como un símbolo de esta mujer altiva, desdeñosa,
+con su eterno gesto de displicencia que perpetuó Velázquez, que perpetuó
+Carreño, que perpetuó Del Mazo.
+
+El segundo cuadro es una litografía francesa. Se titula _La Música_;
+representa una mujer que toca un arpa. Lleva los cabellos en dos
+lucientes cocas; sus mejillas están amapoladas; sus pechos palpitan
+descubiertos; un gran brial de seda blanca cae sobre el césped y forma a
+sus pies un remolino airoso. Esta litografía está encerrada en un óvalo
+bordeado de un estrecho filete de oro; el óvalo destaca en una amplia y
+cuadrada margen blanca, y el cuadro todo está ceñido por un ancho y
+plano marco negro.
+
+Junto a él está el retrato en busto de Felipe IV, por Velázquez. Tiene
+el rey austriaco ancha la cara de mentón saledizo; sus bigotes ascienden
+engomados por las mejillas fofas; pone la luz un tenue reflejo sobre la
+abundosa melena que cae sobre la gola enhiesta. Y sus ojos distraídos,
+vagorosos, parecen mirar estúpidamente toda la irremediable decadencia
+de un pueblo.
+
+En la tercera pared--en la que se abre la puerta de la alcoba--hay tres
+cuadros. El primero es una fotografía que lleva por título:
+_Guadalajara; vista de la carretera por las entrepeñas del Tajo._ El río
+se desliza ahocinado por su hondo cauce; resbala el sol por los altos
+peñascos y besa las aguas en viva luminaria; y la carretera, a la
+izquierda, se pierde a lo lejos, en rápido culebreo blanco, por la
+estrecha garganta.
+
+El segundo cuadro es un paisaje al óleo de un pintor desconocido y
+meritísimo: Adelardo Parrilla. Es una tabla pequeña. En el fondo cierra
+el horizonte una fronda verde y bravía; cuatro, seis álamos esbeltos se
+han separado del boscaje y se adelantan a mirarse en un ancho y claro
+arroyo; sus hojas tiemblan de placer; el cielo es de un violeta pálido,
+tenue. Y el agua--a través del cristal en que sabiamente está puesto el
+cuadro--parece que corre, irisa, palpita bajo la luz suave.
+
+Al lado de este paisaje hay una fotografía titulada: _Salamanca; vista
+del seminario desde los Irlandeses._ En primer término, una baja
+techumbre con sus simétricas ringlas de tejas, corre de punta a punta. A
+la otra banda, en los cuadros de un huertecillo y a lo largo de las
+paredes blancas de la cerca, se desgreña el claro boscaje de una parra y
+se esponjan las copas de los frutales florecidos. Más allá, entre el
+follaje, asoma el remate de un enorme letrero blanco:... _SAL_; más
+lejos aparece otra huerta con sus bancales y su noria. Y por todas
+partes, sobre las albardillas, en los rincones de los patios, cabe a
+misteriosas ventanas, surgiendo de la oleada de casuchas que se alza, se
+deprime, ondula entre el ábside de los Irlandeses y el Seminario lejano,
+destaca la apacible copa de un árbol. Sobre los tejados negruzcos las
+chimeneas ponen su trazo blanco, las lumbreras se abren inquietadoras. Y
+en el fondo, el Seminario con sus dos cuerpos formidables, trepados por
+infinitas ventanas, cierra hoscamente la perspectiva. Es primavera; la
+verdura de los huertos no está aún tupida; resaltan alegres las paredes
+a la luz viva; y las torres y las cúpulas de las dos catedrales se
+yerguen serenas en el ambiente diáfano.
+
+En la tercera pared--sobre la cual está adosada la mesa de
+trabajo--lucen otras tres litografías de la misma colección que la
+pasada; se titulan: _La Escultura_, _La Poesía_ y _La Pintura_. Entre la
+primera y la segunda hay colgado un zapatito auténtico de una dama del
+siglo XVIII. Es de tafilete rosa, con la punta agudísima y con el tacón
+altísimo de madera, aforrado en piel; tiene la cara bordada al realce,
+con seda blanca.
+
+Entre la segunda y tercera litografía penden, de rojas cintas de seda,
+dos lucientes braserillos de cobre, en los que antaño se ponía la lumbre
+para encender pajuelas y cigarros. Debajo, encerrado en un patinoso
+marco dorado, pendiente de un viejo listón descolorido, hay un dibujo de
+Ramón Casas. Es una de esas cabezas de mujeres meditativas y perversas
+en que el artista ha sabido poner toda el alma femenina contemporánea.
+
+Frente al pupitre, en sencillo marco de caoba, está una fotografía del
+autorretrato del _Greco_. Destacan en la negrura la mancha blanca de la
+calva y los trazos de la blanda gorguera; sus mejillas están secas,
+arrugadas, y sus ojos, puestos en anchos y redondos cajos, miran con
+melancolía a quien frente por frente a él va embujando palabras en las
+cuartillas.
+
+Las paredes del estudio son de brillante estucado blanco; las puertas
+están pintadas de blanco; las placas de las cerraduras son niqueladas;
+el piso, en diminutos mosaicos a losanges azules, blancos y grises,
+forma una pintoresca tracería encerrada en una ancha cenefa de color
+lila. Tamiza la luz una persiana verde, y una tenue cortina blanca de
+hilo vuelve a tamizarla y la difluye con claridad suave. Reina un
+profundo silencio; de rato en rato suena el grito agudo de un pavo real.
+Las palomas, que en el palomar de arriba saltan y corren, hacen sobre el
+techo con sus menudas patas un presto y entrecortado ruido seco.
+
+* * *
+
+La alcoba es amplia y clara. Recibe la luz por un balcón. Están
+entornadas las maderas; en la suave penumbra, la luz que se cuela por la
+persiana marca en el techo unas vivas listas de claror blanca.
+
+Adornan las paredes cuatro fotografías de los tapices de Goya. Las
+esbeltas figuras juegan, bailan, retozan, platican sentadas en un pretil
+de sillares blancos; el cielo es azul; a lo lejos la crestería del
+Guadarrama palidece.
+
+Amueblan la alcoba: una cama de hierro, un lavabo de mármol con su
+espejo, una cómoda con ramos y ángeles en blanca taracea, una percha,
+tres sillas, un sillón de reps verde.
+
+En este sillón verde está sentado Azorín. Tiene ante sí una maleta
+abierta. Y de ella va sacando unas camisas, unos pañuelos, unos
+calzoncillos, cuatro tomitos encuadernados en piel y en cuyos tejuelos
+rojos pone: MONTAIGNE.
+
+
+
+
+III
+
+
+Azorín pasa toda la mañana leyendo, tomando notas. A las doce, cuando
+tocan el caracol--a modo de bocina--para que los labriegos acudan, baja
+al comedor. El comedor es una pequeña pieza blanca; en las paredes
+cuelgan apaisados cuadros antiguos--que como están completamente negros
+es de suponer que no son malos--; frente a la puerta destaca un armario,
+en que están colocados cuidadosamente los platos, las tazas, las
+jícaras, guarnecidos por las copas puestas en simetría de tamaños,
+dominado todo por un diminuto toro de cristal verdoso como los que
+Azorín ha visto en el museo Arqueológico.
+
+Sirve a la mesa Remedios. Remedios es una moza fina, rubia, limpia,
+compuestita, callada, que pasa y repasa suavemente la mano por encima de
+las viandas, oxeando las moscas, cuando las pone sobre la mesa; que
+coloca el vaso del agua en un plato; que permanece a un lado silenciosa,
+apoyada la cara en la mano izquierda y la derecha puesta debajo del
+codo izquierdo; que algunas veces, cuando por incidencia habla, mueve la
+pierna con la punta del pie apoyada en tierra.
+
+Esta moza tan meticulosa y apañada--piensa Azorín--me recuerda esas
+mujeres que se ven en los cuadros flamencos, metidas en una cocina
+limpia, con un banco, con un armario coronado de relucientes cacharros,
+con una ventana que deja ver a lo lejos un verde prado por el que
+serpentea un camino blanco...
+
+* * *
+
+Después de comer, Azorín se tumba un rato. A esta siesta le llama Azorín
+_la siesta de las cigarras_. No porque las cigarras duerman, no; antes
+bien porque Azorín se duerme a sus roncos sones.
+
+La habitación está en la penumbra; fuera, en los olmos, comienza la
+sinfonía estrepitosa... Las cigarras caen sobre los troncos de los olmos
+lentas, torpes, pesadas, como seres que no conceden importancia al
+esfuerzo extraestético. Son cenicientas y se solapan en la corteza
+cenicienta. Tienen la cabeza ancha, las antenas breves, los ojos
+saltones, las alas diáfanas. Son graves, sacerdotales, dogmáticas,
+hieráticas. Se reposan un momento; saludan un poco desdeñosas a los
+árades agazapados en las grietas; miran indiferentes a las hormigas
+diminutas que suben rápidas en procesión interminable. Y de pronto suena
+un chirrido largo, igual, uniforme, que se quiebra a poco en un ris-rás
+ligero y cadencioso. Luego, otra cigarra comienza; luego, otra; luego,
+otra... Y todas cantan con una algarabía de ritmos sonorosos.
+
+
+
+
+IV
+
+
+Azorín gusta de observar las plantas. En sus paseos por el monte y por
+los campos, este estudio es uno de sus recreos predilectos. Porque en
+las plantas, lo mismo que en los insectos, se puede estudiar el hombre.
+Quizá parezca tal aserto una paradoja; pero los que no creen que sólo en
+el hombre se manifiesta la voluntad y la inteligencia, es decir, los que
+son un poco paganos y lo ven todo animado, desde un cristal de cloruro
+de sodio hasta el _homo sapiens_, no encontrarán lo dicho paradójico.
+
+Las plantas, como todos los seres vivos, se adaptan al medio, varían a
+lo largo del tiempo en sus especies, triunfan en la concurrencia vital.
+Los que se adaptan y los que triunfan son los más fuertes y los más
+inteligentes. Y este triunfo y esta adaptación, ¿no constituyen una
+finalidad? Y ¿puede nunca ser obra del azar ciego una finalidad,
+cualquiera que sea? No, la selección no es una obra casual; hay una
+energía, una voluntad, una inteligencia, o como queramos llamarlo, que
+mueve las plantas como el mineral y como el hombre, y hace esplender en
+ellos la vida, y los lleva al acabamiento, de que han de resurgir de
+nuevo, en una u otra forma, perdurablemente.
+
+Así nadie se extrañe de que digamos que existen plantas buenas y plantas
+malas; unas poseen salutíferos jugos; otras, ponzoñas violentísimas.
+Pero como no hay nada bueno ni malo en sí--como ya notó Hobbes--y la
+ética es una pura fantasía, podría resultar en último caso que las
+plantas no son buenas ni malas. Sin embargo, esto sería destruir una de
+las bases más firmes de la sociedad; la moral desaparecería. Por lo
+tanto, hemos de mantener el criterio tradicional: las plantas, unas son
+buenas y otras son malas.
+
+Las hay también que, como muchos hombres, viven a costa del prójimo; es
+decir, son explotadoras, lo cual sucede, por ejemplo, con las orobancas,
+que crecen sobre ajenas raíces. Otras, en cambio, vienen a ser lo que
+las clases productoras en las sociedades humanas. Linneo llamó a las
+gramíneas _los proletarios del reino vegetal_. No le faltaba razón a
+Linneo, porque no hay entre todas las plantas otras más humildes, más
+laboriosas, y, sobre todo, más resignadas.
+
+Las plantas aman unas la vida libre y sacudida; otras el trato político
+y medido; aquéllas viven en las montañas; éstas crecen a gusto recoletas
+en los jardines y en los huertos. Sin embargo, así como de las familias
+campesinas salen a veces sutiles cortesanos, así también las plantas
+campestres se truecan en urbanas. Ello debe de ser, en parte al menos,
+obra de los hortelanos. Los hortelanos son arteros y maliciosos; ya lo
+dicen los viejos sainetes y los cuentecillos de las _florestas_. Con sus
+mañas los hortelanos persuaden a las plantas silvestres a que dejen sus
+parajes bravíos; les dicen que en los cuadros de los huertos lucirán más
+su belleza; que tendrán lindas compañeras; que, en fin, estarán mejor
+cuidadas. Las plantas se dejan seducir: ¿quién se resiste a los halagos
+de la vanidad? De las montañas pasan a los huertos, como, por ejemplo,
+el tomillo, que de _silvestre_ se convierte en _salsero_; o lo que es lo
+mismo, de hosco y solitario se cambia en sociable, y como tal da gusto
+con su presencia a las salsas y asaborea gratamente las conservas.
+
+Sucede, sin embargo, que del mismo modo que los campesinos no logran
+hacerse nunca por completo a la vida de las ciudades, en las cuales
+parece que les falta sol y aire, y en las que se encuentran molestos por
+sus mil triquiñuelas, hasta el punto de que enflaquecen y se opilan, del
+mismo modo estas plantas selváticas que vienen a los huertos, crecen en
+ellos desmedradas y acaban por perecer si no se las acorre
+oportunamente. Estos auxilios a que aludo los conocen los hortelanos:
+consisten en plantar entre ellas, «para ayudarlas», otras plantas
+alegres y animosas que les quiten las tristes añoranzas; por ejemplo:
+las orucas, que confortan y animan a la manzanilla; el orégano, la
+mejorana, la toronjina y otras tales. La higuera es también muy amiga de
+la ruda; el ciprés, de la avena; y así por este estilo podrían irse
+nombrando, si hiciera falta, muchas amistades y predilecciones de las
+plantas, que, como es natural, también tienen sus odios y sus
+desavenencias.
+
+¿Quién contará, por otra parte, sus buenas y malas cualidades? Crea el
+lector que es empresa ardua, pero, con todo, intentaremos decir algo. La
+borraja es alegre; quien la coma puede estar seguro de tener ánimo
+divertido. En cambio, la berenjena trae cogitaciones malignas a quien la
+gusta. Dicen los autores que «es una planta de mala complexión». Sí lo
+es; los hortelanos, para quitarle algo de sus intenciones aviesas,
+plantan junto a ellas albahacas y tomillos; estas hierbas, como son
+bondadosas e inocentes, acaban por amansar un poco a las berenjenas.
+
+Las espinacas y el perejil son metódicos, amigos del orden, muy apegados
+a la casa donde siempre han vivido y donde, por decirlo así, están
+vinculadas las tradiciones de sus mayores. Lo cual significa que tanto
+la espinaca como el perejil «_no quieren_ ser trasplantados». Esta frase
+es de un viejo tratadista de horticultura; yo creo que hubiese encantado
+al autor de _La Voluntad de la Naturaleza_, o sea, Schopenhaüer.
+
+También acompaña a estas plantas en sus ideas conservadoras la
+hierbabuena. Ya el nombre lo dice: es una buena hierba. Pero si no
+estuviera ya honrada suficientemente por su mismo nombre, habría que
+declarar a la hierbabuena emblema del patriotismo. No existe ninguna
+hierba que se aferre más a la tierra donde ha crecido; se la puede
+arrancar, perseguir con el arado y la azada... es inútil; la hierbabuena
+vuelve a retoñar indómita.
+
+La cebolla es recia, valerosa, ardiente. Su linaje pica en ilustre;
+algunos pueblos remotos se dice que la adoraban, y los soldados romanos
+la comían para ganar fortaleza con que vencer a los pueblos extraños. De
+modo que se puede decir que la cebolla ha dado a los Césares el imperio
+del mundo. No olvidemos otro dato importante. El Rey Sabio, que
+recomienda en sus _Partidas_ que los barcos de las escuadras lleven yeso
+para cegar a los adversarios y jabón para hacerles resbalar, no se
+olvida tampoco de encarecerles que se provean también de cebollas,
+porque las cebollas--dice él--les librarán del «corrompimiento del yacer
+de la mar».
+
+La calabaza tiene de dúctil lo que la cebolla tiene de fuerte; pudiera
+decirse, sin intención malévola, que la calabaza simboliza la
+diplomacia. La calabaza se pliega a todo, contemporiza, transige, posee
+un alto sentido mimetista. Si se la pone cuando es pequeña dentro de una
+caña hueca, corre por dentro y toma su forma; y si se la deposita en
+jarros y pucheros de formas extrañas, o aun en los más humildes
+recipientes, también se adapta a ellos y crece según el molde.
+
+La albahaca es caprichosa; todas las plantas han de ser regadas, según
+la buena horticultura, por la mañana o por la tarde; la albahaca pide el
+riego a mediodía. Esta planta, tan ufana con su agradable aroma, parece
+una mujer bonita. Los viejos dicen que el olerla produce jaquecas;
+también las producen las mujeres bonitas.
+
+El cilandro es apasionado; ama al anís. Dicen los labradores que es el
+macho del anís; así lo parece. Él ama al anís con locura, junta sus
+tallos a sus tallos, acaricia sus hojas, besa sus olorosos frutos
+pubescentes. El cilandro también es oloroso, pero su olor es hediondo.
+Vais a cogerlo, lo apañuscáis entre los dedos y lo soltáis aina. Esta es
+una superchería del cilandro; es que no quiere ser cogido entonces,
+cuando está verde, cuando es joven, cuando puede gozar aún de la alegría
+y del amor. Dejad que envejezca, es decir, que se seque, y entonces
+cogedlo y veréis cómo sus frutos despiden una fragancia exquisita, que
+es como un recuerdo delicado de sus pasadas ilusiones.
+
+La malva es humilde; no requiere cultivo, ni necesita ninguna clase de
+cuidado. Crece en cualquier sitio, y es tan modesta y tan exorable, que
+aun las mismas durezas y tumefacciones de los hombres ablanda. Pero con
+ser tan humilde, guarda esta hierba una ambición secreta y de tal
+magnitud, que casi se puede afirmar que es una monstruosidad. ¡Esta
+planta está enamorada del sol! Cuando el sol sale, ella abre sus hojas;
+cuando se pone, las cierra en señal de tristeza; no vive, en resolución,
+sino para su amado. Es el eterno caso del villano que se enamora de la
+princesa.
+
+En cambio, la arrebolera tiene por el sol un profundo desprecio; cierra
+sus flores de día y las abre de noche. ¿Hace bien la arrebolera? Azorín
+cree que sí. Francisco de Rioja le dedicó una silva, y en ella aprueba
+su conducta en versos que parecen hechos para censurar la insana pasión
+de la malva. Véase lo que dice Rioja:
+
+ ¡Oh, como es error vano
+ fatigarse por ver los resplandores
+ de un ardiente tirano,
+ que impío roba a las flores
+ el lustre, el aliento y los colores!
+
+Todas las plantas tienen, en suma, sus veleidades, sus odios, sus
+amores. Las pasiones que nosotros creemos que sólo en el hombre
+alientan, alientan también en toda la Naturaleza. Todo vive, ama, goza,
+sufre, perece. El ácido y la base se estrechan en la sal; el cilandro
+ama al anís; el hombre ansía las bellas criaturas que palpitan de amor
+entre sus brazos.
+
+
+
+
+V
+
+
+Las sociedades animales son tan interesantes como las sociedades
+humanas. Los sociólogos las estudian con gran cuidado. Las hormigas y
+las abejas se agrupan en urbes regimentadas sabiamente; son metódicas
+unas y otras, son laboriosas, son sagaces, son perseverantes, son
+humildes, son industriosas. Las arañas, en cambio, no se agrupan en
+sociedad jerarquizada; son los más fuertes de todos los insectos. Los
+naturalistas se plañen de su insociabilidad. Y no hay animal más
+difundido sobre el planeta.
+
+Viven bajo las aguas, como la argironeta; corren sobre la superficie de
+los lagos, como el dolomelo orlado; fabrican su morada so las piedras,
+como la segestria; se agazapan en un pozo guateado de blanca seda, como
+la teniza minera; se columpian en aéreas redes, como la tejenaria.
+Corren, nadan, saltan, vuelan, minan, trepan, tejen, patinan. Y en su
+insociabilidad hosca tienen como mira capital, como sentido
+esencialísimo, el amor a la raza. El amor a la raza está en las arañas
+sobrepuesto a todo interés peculiarísimo. La raza ha de ser fuerte,
+recia, audaz, incontrastable. La hembra, a este fin, devora
+despiadadamente al macho débil que se le acerca a cortejarla. Y de este
+modo sólo los machos fuertes triunfan y legan a las nuevas generaciones
+su audacia y fortaleza.
+
+¿Es un animal nietzschano la araña? Yo creo que sí. Y entre todas las
+arañas hay un orden que más que ningún otro profesa en el reino animal
+esta novísima filosofía que ahora nos obsesiona a los hombres. Tres de
+estos arácnidos--Ron, King y Pic--ha estudiado Azorín pacientemente. A
+continuación doy, en forma amena, algunas de sus observaciones. Excúseme
+el lector si las encuentra deficientes, y vea sólo en estas líneas un
+modesto intento de contribuir al estudio de la sociología comparada.
+
+* * *
+
+Ron es un varón fuerte, a quien los naturalistas llaman _saltador
+escénico_, y dicen que es de la clase de los _aracnoides_, y aseguran
+que pertenece al orden de los _atidos_. Los saltadores son los más
+intelectuales y elegantes de los arácnidos. No son metódicos, no son
+extáticos. Corren, brincan, se mueven prestamente. No fabrican
+urdimbres donde permanecer hastiados; no labran agujeros donde esperar
+aburridos. Son mundanos, son errabundos. Vagan ligeros por las puertas y
+por las paredes soleadas. Persiguen las moscas; las atrapan saltando. Y
+de este modo han sabido unir a la utilidad la belleza, puesto que su
+caza es un deporte airoso.
+
+Ron vive en una confortable casa; tiene catorce centímetros de larga y
+seis de ancha. Son de cartón sus muros, es de cristal su techumbre. El
+interior es blanco. Y en la blancura, Ron va y viene gallardo y se
+destaca intenso.
+
+Ron es grande; mide más de un centímetro; tiene henchido el abdomen; su
+cuerpo parece afelpado de fina seda; sobre el fondo blanquecino resaltan
+caprichosos dibujos negros. Ron es ligero; tiene ocho patas cortas. Ron
+es polividente; tiene en la frente dos ojuelos negros, fúlgidos; y junto
+a éstos, a cada lado, otros dos más pequeños; y encima de éstos, sobre
+la testa, otros dos diminutos. Ron es nervioso; tiene dos palpos, como
+minúsculos abanicos de plumas blancas, que él mueve a intervalos con el
+movimiento rítmico de un nadador. Ron es voluble; corre por pequeños
+avances de dos o tres segundos; se detiene un momento; yergue la cabeza;
+da media vuelta; se pasa los palpos por la cara; torna a correr un
+poco...
+
+Azorín cree que a Ron le ha parecido bien la nueva casa. El ha entrado
+tranquilo, indiferente, impasible; luego ha dado una vuelta con el
+discreto desdén de un hombre de mundo. Azorín lo observaba; esta
+frivolidad le ha molestado un poco. Y, sin embargo, esta frivolidad no
+era ficticia. He aquí la prueba: Ron, _sin pensarlo_, ha dado un
+topetazo con una mosca que se hallaba muy tranquila en medio de la caja.
+La mosca se ha sobresaltado un tanto. Entonces Ron, ya vuelto a la
+realidad, ha advertido su presencia.
+
+«He hecho una tontería»--debe de haber pensado--; «tenía aquí a mi lado
+una mosca y yo estaba completamente distraído.» Inmediatamente ha
+retrocedido con cautela hasta separarse de la mosca cinco centímetros.
+Ha transcurrido un instante de espera. Ron se contrae, se repliega como
+un felino. Luego, lentamente, con suavidad, avanza un centímetro; luego,
+más lentamente, otro centímetro; luego se para, aplanado, encogido. La
+mosca está inmóvil; Ron no se mueve tampoco. Transcurren treinta
+segundos, solemnes, angustiosos, trágicos. La mosca hace un ligero
+movimiento. Ron salta de pronto sobre ella y la coge por la cabeza. Esta
+pobre mosca se mueve violentamente, patalea estremecida de terror. No,
+no se marchará; Ron la tiene bien cogida. «Las moscas--debe de pensar
+él, que, como hombre de grueso abdomen, será conservador, y como
+conservador, creerá en las causas finales--; las moscas se han hecho
+para los saltadores; yo soy saltador, luego esta mosca ha nacido y se
+ha criado para que yo me la coma.»
+
+Y se la come, en efecto; pero como es un saltador afectuoso, le da de
+cuando en cuando golpecitos con los palpos sobre la espalda, como
+queriendo convencerla de su teleología. Azorín no sabe si la mosca
+quedará convencida; ello es que sus patas han cesado de moverse y que
+Ron se la lleva a un ángulo, donde permanece quieto con ella un gran
+rato.
+
+Después de comer, Ron se pasa los palpos por la cara, como
+limpiándosela, con el mismo gesto que los gatos; a veces se lleva
+también su segunda pata izquierda a la boca, como si se estuviese
+hurgando los dientes. Una mosca cogida por Ron tarda en morir poco más
+de un minuto. En la succión del tórax emplea Ron veintiocho, treinta,
+treinta y tres minutos; en la del abdomen, uno o dos. Cuando el hambre
+no aprieta, suele desdeñar el abdomen; esto es plausible.
+
+Ron pasea por la caja, camina boca arriba por el cristal, se deja caer y
+cae de pie con suave movimiento elástico. De cuando en cuando se frota
+los ojos con los palpos, con gesto inteligentísimo. A las moscas las
+percibe a 12 centímetros de distancia. Entonces se yergue gallardo como
+un león; alza la cabeza; pone las dos patas delanteras en el aire; las
+observa atento; se vuelve rápido cuando ellas se vuelven... La
+Naturaleza es maravillosa; estos saltadores diriase que son felinos
+diminutos.
+
+Ron es audaz y feroz. Azorín ha soltado en la caja un moscardón fuerte y
+voluminoso. Es grisáceo; tiene cerca de dos centímetros; salta e intenta
+volar, y cuando cae de espaldas hace sobre el cartón un ruido sonoro de
+tambor. Ron, al principio, se ha azorado un poco de este estrépito.
+Corría velozmente; no me atrevo a decir que huía. «Este bicho--pensaría
+él--es demasiado grande para mí.» Luego, cuando el moscardón se ha
+amansado, Ron, que estaba a su derecha, ha descrito un perfecto medio
+círculo y se ha colocado frente a frente de su adversario. Entonces el
+moscardón se ha movido, y Ron ha desandado el camino recorrido. Después
+ha tornado a describir el medio círculo, y como el moscardón se
+estuviese quedo, se ha lanzado contra él audazmente.
+
+He dicho que Ron es feroz; añadiré que no tiene ni un átomo de piedad.
+Esto de la piedad es cosa para él totalmente desconocida. Azorín ha
+metido en la caja un saltador joven, casi un niño, a juzgar por su
+aspecto, puesto que caminaba lentamente y apenas sabía hacer nada. Pues
+bien; a la mañana siguiente, Azorín ha visto que los despojos de este
+saltador pendían de una de las paredes; lo cual indica que Ron lo había
+devorado durante la noche.
+
+Ha soltado también Azorín en la caja una tejenaria, o sea una de esas
+arañas domésticas de largas patas. ¿Qué ha sucedido con esta tejenaria?
+Lo primero que ha hecho esta araña es fabricar una tela en medio de la
+caja, seguramente con la esperanza de que en ella caiga una mosca, cosa
+asaz absurda, porque las moscas son para Ron, según su filosofía
+teleológica. En su tela permanecía inmóvil la tejenaria; cuando se daba
+un golpecito sobre el cristal, se agitaba en un baile frenético. Así ha
+permanecido dos días, y al fin ha sucedido lo que había de suceder, es
+decir, que Ron ha devorado también a la tejenaria.
+
+He de declarar que Ron tiene una cama. Esta cama es como una especie de
+hamaca, que él ha colgado en un rincón; en ella dormita algunos ratos
+después de haber comido.
+
+Cuando se despierta vuelve a sus paseos. El suelo está sembrado de
+cadáveres. Al principio, Ron veía uno de estos cadáveres y los creía
+cuerpos vivos; esto era una desagradable sorpresa. Azorín ha observado
+que en una ocasión, para evitar decepciones, Ron se ha aproximado con
+discreción a un cadáver y ha alargado una pata y lo ha tocado
+ligeramente para averiguar si estaba muerto o vivo.
+
+* * *
+
+King es más chico que Ron. Es delgado y negro; los palpos los tiene
+también negros y sin plumas, con una rayita blanca en la base. Vive en
+una casa más pequeña.
+
+King ha probado a correr por el cristal y no podía. Luego se ha comido
+dos moscas y se deslizaba por él perfectamente. Sin duda, este saltador
+hacía tiempo que no encontraba moscas en su camino y estaba, por
+consiguiente, bastante débil.
+
+King tarda en matar una mosca un minuto y cuarenta y cinco segundos. En
+sorber el tórax emplea treinta y un minutos; desdeña el abdomen. King,
+como todas las arañas, ama la noche. Aplacado su apetito, mira
+indiferente a las moscas que corren por la caja; pero a la mañana
+siguiente, todas, sean las que fueren, aparecerán muertas.
+
+* * *
+
+Pic es el más pequeño de todos y el que más ancha casa habita. Pic mide
+medio centímetro; tiene también negros los palpos, y el cuerpo es a
+rayas pardas y blancas, que le cogen de arriba abajo, como esos bellos
+trajes del Renacimiento italiano.
+
+Es, indudablemente, Pic un niño de estirpe principesca. Es gallardo,
+vivo; se yergue hasta poner en el aire las cuatro patas anteriores; sube
+por las paredes, y corre, seguro, por el cristal; da, de cuando en
+cuando, rápidos saltitos; se deja caer del techo, y permanece un
+instante balanceándose cogido a un hilo tenue.
+
+Cuatro moscas le han sido puestas en la caja; cuando se encuentra con
+alguna, huye azorado. «Decididamente--ha pensado Azorín--, es muy niño
+aún este saltador para atreverse con una mosca.» Toda la tarde ha estado
+Pic sin tocarlas; a la mañana siguiente, cuando Azorín ha ido a ver qué
+tal había pasado Pic la noche, ha encontrado las cuatro moscas difuntas.
+
+Porque Pic será pequeño, pero tiene arrestos. Una mosca yace patas
+arriba en medio de la caja; Pic se acerca, creyéndola, sin duda, muerta;
+la mosca suelta una patada; Pic se queda atónito. Después se vuelve a
+acercar y la torna a tocar en el ala; la mosca rebulle y se pone de pie.
+He aquí un terrible compromiso; pero Pic no se arredra. Al contrario,
+salta sobre ella tratando de cogerla; la mosca, como es natural, es
+esquiva. Al fin, Pic la coge por la cabeza, y entonces, como Pic es
+pequeñito y la mosca tiene mucha fuerza, arrastra la mosca a Pic y lo
+lleva un momento revolando por el aire. Pero Pic no la suelta y logra
+afianzarla en un rincón, donde la mosca permanece cuatro minutos
+pataleando, y al cabo sucumbe.
+
+
+
+
+VI
+
+
+Azorín, cansado de los insectos y de las plantas, se ha venido a
+Monóvar.
+
+La casa que Azorín habita en Monóvar está en la calle del Bohuero,
+esquina a la de Masianet, en lo alto de la pendiente sobre que el pueblo
+se asienta, en limpia hilera de viviendas bajas, en un barrio
+silencioso, blanco, soleado. La casa de Azorín tiene una fachada
+pequeña, jaharrada de albo yeso, con dos ventanas diminutas. Desde la
+esquina se divisa abajo, al final de la calleja, el boscaje de un
+huerto, una palmera que arquea blanda sus ramas, una colina que se
+perfila sobre el azul luminoso del cielo.
+
+La entrada de la casa está pavimentada con grandes losas cuadradas; la
+amueblan seis sillas de esparto y una mesita de pino. En un ángulo está
+el cantarero, que es una gran losa, finamente escodada, empotrada en la
+pared y sostenida por otras dos losas verticales. Encima del cantarero
+se yerguen cuatro cántaros, y encima de cada cántaro, acomodadas en su
+ancha boca, cuatro alcarrazas que rezuman en brilladoras gotas. Y hay
+también una tinaja con una tapadera de palo, y un pequeño lebrillo
+puesto en un soporte que está clavado en el centro de un pintoresco
+cuadro de azulejos, y una toalla limpia que cuelga de la pared y flamea
+al viento que se cuela del patio.
+
+El cual patio está también enlosado y tiene una cisterna en un ángulo,
+que recibe sus aguas de un canal de latón que recorre el borde del
+tejado, que desciende por la pared, que llega a una pila repleta de
+menuda grava por donde las aguas se filtran y bajan en un claro raudal a
+lo profundo. Una parra se enrosca a un varillaje de hierro, extiende su
+toldo verde, festonea un balconcillo de madera. A este balcón es al que
+se asoma Azorín de cuando en cuando, porque es el de su cuarto, y aquí
+en este cuarto es donde él pasa sus graves meditaciones y sus
+tremebundas tormentas espirituales.
+
+Azorín se sienta, lee un momento, baja, sale, también de cuando en
+cuando, a la puerta. Salir a la puerta es una cosa que no se puede hacer
+en Madrid; es una de las pequeñas voluptuosidades de provincias. Salir a
+la puerta es asomarse, un poco indeciso, un poco hastiado, mirar al
+cielo, escupir, saludar a un transeúnte, auparse el pantalón... y
+volverse adentro, hasta otra media hora, en que volver a salir, también
+cansado, también indeciso, a escudriñar la monotonía del cielo y la
+soledad de la calle.
+
+Otras veces Azorín permanece largos ratos en una modorra plácida,
+vagamente, traído, llevado, mecido por ideas sin forma y sensaciones
+esfumadas. Cerca, en la casa de al lado, hay un taller de modistas, y a
+ratos estas simples mujeres cantan largas tonadas melancólicas, tal vez
+acompañadas por la guitarra de un visitador galante. Y las voces frescas
+y traviesas vuelan junto a las voces serias y graves, que las persiguen,
+que las amonestan, que reclaman de ellas cordura, mientras las notas de
+la guitarra, prestas, armoniosas, volubles, se mezclan agudas en los
+retozos de las unas, se adhieren profundas a los consejos de las otras.
+
+Y Azorín escucha a través de su letargo este concierto de centenarias
+melodías, este concierto de melodías tan dulces, tan voluptuosas, que
+traen a su espíritu consoladoras olvidanzas.
+
+
+
+
+VII
+
+
+Entonces, cuando una débil claridad penetra por las rendijas de la
+ventana, se oye sobre la canal de latón, que pasa sobre ella, un
+traqueteo sonoro, ruido de saltos, carreras precipitadas, idas y venidas
+afanosas. Y los trinos alegres se mezclan a este estrépito y sacan a
+Azorín de su sueño. Todo está aún en silencio. La calle reposa. Y de
+pronto suena una campana dulce y aguda: en el umbral de una puerta
+aparece una vieja vestida de negro con una sillita en la mano. El cielo
+está azul; en lo hondo, las palmeras del huerto destacan sus ramas
+péndulas; detrás aparecen los senos redondos de la colina yerma.
+
+Ya los pardillos han descendido del tejado hasta el patio. Desde la
+parra caen rápidos sobre las losas del piso y corren a saltitos comiendo
+las migajas que Azorín ha esparcido por la noche. Cacarea a lo lejos un
+gallo; suena el grito largo de un vendedor; se oye sobre la acera el
+rascar de una escoba. Y la campana vuelve a llamar con golpes
+menuditos.
+
+La ciudad ha despertado. Tintinea a lo lejos una herrería, y unos
+muchachos se han sentado en una esquina y tiran contra la pared,
+jugando, unas monedas. El sol reverbera en las blancas fachadas; se abre
+un balcón con estrépito de cristales. Y luego, una moza se asoma y
+sacude contra la pared una escoba metida en un pequeño saco. Cuatro o
+seis palomas blancas cruzan volando lentamente; al final de la calleja,
+bañada por el sol, resalta la nota roja de un refajo. Y en el horno
+cercano comienza el rumor de comadres que entran y salen con sus
+tableros en la cabeza. Se percibe un grato olor a sabina y romero
+quemados; una blanca columna de humo surte del tejado terrero; parlan a
+gritos la hornera y las vecinas. Y una campana tañe a lo lejos con
+lentas, solemnes vibraciones.
+
+La ciudad está ya en plena vida cotidiana. Se han abierto todas las
+puertas; los carpinteros trabajan en sus amplios zaguanes alfombrados de
+virutas; van las mozas con sus cántaros a coger el agua en las fuentes
+de rojo mármol, donde los caños caen rumorosos. Y de cuando en cuando,
+al pasar junto a un portal, se oye el traqueteo ligero de los bolillos
+con que las niñas urden la fina randa.
+
+
+
+
+VIII
+
+
+Hoy Azorín ha causado un pequeño desorden en una casa. Lo ha hecho sin
+querer. El iba tranquilamente por una calle cuando ha levantado la
+cabeza, y ha visto en un balcón a un amigo. Este amigo suyo, a quien
+hacía mucho tiempo que no veía, le ha llamado. ¿Cómo negarse a los
+requerimientos de la amistad? No era discreto negarse, tanto más, cuanto
+este amigo es un excelente pianista, y Azorín se ha regodeado ya por
+adelantado con unos cuantos fragmentos de buena música.
+
+Tenía razón en sus augurios. Después de saludarse los dos antiguos
+amigos y hablar de algo, aunque no tenían que decirse nada (cosa que
+ocurre casi siempre que se encuentran dos amigos al cabo de largos
+años); después, digo, de cambiar cuatro frivolidades, Azorín ha rogado a
+su amigo que tocase. Este amigo ha titubeado algo antes de sentarse al
+piano. ¿Por qué dudaba? No sería porque Azorín le infundiese respeto;
+Azorín es un hombre vulgar, aunque escriba todo lo que quiera en los
+periódicos (o por eso mismo de que escribe); las perplejidades de su
+amigo obedecían a otra causa; ya se dirá después.
+
+Sin embargo, el amigo ha abierto el piano; luego se ha atrevido a
+preludiar unas notas. Digo que se ha atrevido, porque también antes de
+poner los dedos en el teclado parecía irresoluto, bien así como si fuese
+a cometer una enormidad. Pero si era una enormidad, al fin ha sido
+cometida. Y bien cometida. Porque el pianista ha tocado un concierto de
+Humel (ópera 83, hay que ser precisos); luego la sinfonía de _El Barbero
+de Sevilla_ (que al maestro Yuste gustaba tanto y que Azorín ha oído
+profundamente conmovido); y, por último, los dedos seguros y expertos
+del pianista han hecho brotar las notas enérgicas, altivas, con que
+comienza el conocido concierto de Chopín en _mi menor_...
+
+Yo no voy a expresar ahora lo que Azorín ha sentido mientras llegaba a
+los senos de su espíritu esta música delicada, inefable. El mismo
+epíteto que yo acabo de dar a esta música me excusa de esta tarea:
+_inefable_, es decir, que no se puede explicar, hacer patente,
+exteriorizar lo que sugiere.
+
+Cuando ha terminado de tocar el pianista, él y Azorín han hablado de
+otras pocas cosas indiferentes, y luego Azorín se ha retirado.
+
+¿Dónde está el escándalo?--preguntará el lector. El escándalo está en
+que en esta casa se haya tocado el piano. Es muy difícil explicar a un
+lector cortesano, o sea a un hombre que vive en una gran ciudad, donde
+los dolores son fugitivos, el ambiente de dolor, de tristeza, de
+resignación, casi agresiva--y pase la antítesis--que se forma en ciertas
+casas de pueblo cuando se conlleva un duelo por la muerte de un deudo.
+El deudo que ha muerto aquí es lejano y hace muchos meses que ha muerto.
+Durante todos estos meses el piano ha permanecido cerrado.
+
+Esta tarde ha sido la primera vez que se ha abierto; no podía negarse el
+amigo a la recuesta del amigo. ¿Hubiera sido ridículo? Hubiera sido
+ridículo; pero, en cambio, lo que ha sucedido ha sido trágico. Estas
+notas de los grandes maestros han resonado audazmente en toda la casa;
+desde el fondo de las habitaciones lejanas, las mujeres enlutadas--esas
+mujeres tristes de los pueblos--oirían llenas de espanto y de
+indignación las melodías de Chopín y Rossini. Una ráfaga de frescura y
+sanidad ha pasado por el aire; algo parecía conmoverse y desgajarse...
+
+Y yo siento, al llegar aquí, el tener que dolerme de que las palabras a
+veces sean demasiado grandes para expresar cosas pequeñas; hay ya en la
+vida sensaciones delicadas que no pueden ser expresadas con los vocablos
+corrientes. Es casi imposible poner en las cuartillas uno de estos
+interiores de pueblo en que la tristeza se va condensando poco a poco y
+llega a determinar una modalidad enfermiza, malsana, abrumadora.
+
+He aquí dos o tres seres humanos que viven en un caserón oscuro, que van
+enlutados, que tienen las puertas y las ventanas cerradas, que mantienen
+vivas continuamente unas candelicas ante unos santos, que rezan a cada
+campanada que da el reloj, que se acuerdan a cada momento de sus
+difuntos. Ya en esta pendiente se desciende fácilmente hasta lo último.
+Lo último es la muerte. Y la muerte está continuamente ante la vista de
+estos seres. Un día, una de estas mujeres se siente un poco enferma;
+suspira; implora al Señor; todos los que la rodean suspiran e imploran
+también. Ya ha huido para siempre la alegría. ¿Es grave la dolencia? No,
+la dolencia está en el medio, en la autosugestión; pero esta
+autosugestión acabará por hacer enfermar de veras a esta doliente y a
+todos los de la casa.
+
+Así pasan dos o tres meses, y se va viendo que la enferma va empeorando.
+Las pequeñas contrariedades parecen obstáculos insuperables: un grito
+ocasiona un espasmo; la caída de un mueble produce una conmoción
+dolorosa... No se sale ya de casa; las puertas están cerradas día y
+noche; se anda sigilosamente por los pasillos. De cuando en cuando un
+suspiro rasga los aires. Y parece que todo el mundo se viene encima
+cuando hay que ponerse en contacto con la multitud y salir a evacuar un
+negocio en que es preciso hablar, insistir, volver, porfiar.
+
+La autosugestión hace entretanto su camino; la enferma, que ya andaba
+poco, acaba por no moverse de su asiento. ¿Para qué pintar las diversas
+gradaciones de este proceso doloroso? En todos los pueblos, en todos
+estos pueblos españoles, tan opacos, tan sedentarios, tan melancólicos,
+ocurre lo mismo. Se habla de la tristeza española, y se habla con razón.
+Es preciso vivir en provincias, observar el caso concreto de estas
+casas, para capacitarse de lo hondo que está en nuestra raza esta
+melancolía.
+
+Bastaría abrir las puertas y dejar entrar el sol, salir, viajar, gritar,
+chapuzarse en agua fresca, correr, saltar, comer grandes trozos de
+carne, para que esta tristeza se acabase. Pero esto no lo haremos los
+españoles; y mientras no lo hagamos, las notas de un piano pueden causar
+una indignación terrible.
+
+Esto es lo que ha ocurrido en la casa del amigo de Azorín. Azorín lo
+siente y se explica ahora por qué el piano estaba lleno de polvo y por
+qué la lámpara eléctrica del gabinete no tenía bombillas.
+
+
+
+
+IX
+
+
+Esta pieza, donde la buena vieja está siempre sentada, es el comedor.
+Este comedor tiene las paredes cubiertas con papeles que representan un
+bosque, una catarata cruzada por un puentecillo rústico, una playa de
+doradas arenas, en las que aparece encallada una barquichuela. En un
+ángulo hay una rinconera con un loro disecado; en el otro ángulo hay
+otra rinconera con un despertador que siempre marcha con su tic-tac
+monótono. Yo creo que este tic-tac y el loro, que se inclina inmóvil
+sobre su alcándara, son los únicos compañeros de la pobre vieja.
+
+¿Qué hace esta vieja? La casa es pequeña y oscura; la puerta siempre
+está cerrada; no entra ni sale nadie. Por la mañana la vieja se levanta
+y suspira: «¡Ay, Señor!» Luego se sienta en el comedor, junto a la
+ventana que da al solitario y diminuto patio. Allí coge una media que
+está haciendo y se pone a trabajar. Suenan campanadas lejanas; la vieja
+vuelve a suspirar. ¿Por qué suspira? Hace diez años que vive así; no se
+sabe para qué vive. Ella no hace más que pensar en que se ha de morir;
+lo piensa todos los días y en todos los momentos desde hace diez años,
+que fue cuando «faltó» su marido. Si oye unas campanadas se acuerda de
+la muerte; si ve una carta de luto se sobresalta un poco; si dicen en su
+presencia: «¡Caramba!, yo creía que se había usted muerto», entonces se
+pone pálida y cierra los ojos... Por eso lo mejor que ha hecho es no
+salir de casa para no ver a nadie ni oír nada; sólo sale de tarde en
+tarde a alguna novena. Aquí, dentro de casa, está completamente sola; ya
+sus antiguas amigas se han muerto; no tiene tampoco hijos. Y, sin
+embargo, a pesar de que no ve a nadie ni oye nada, ella se acuerda
+siempre de la deuda terrible. Esta es la causa de que esté suspirando
+desde por la mañana hasta por la noche.
+
+Cuando llega la noche, la vieja enciende una capuchina y la pone sobre
+la mesa. En el recazo de esta capuchina hay unos fósforos usados; de
+estos fósforos coge uno la vieja, lo enciende en la capuchina, y luego
+enciende un poco fuego, en el que hace su cena. No es mucho lo que cena:
+cena lo bastante para pasar la vida--esta vida que al fin, tarde o
+temprano, se ha de acabar. Esto es lo que piensa también la vieja; y
+entonces suspira otra vez: «¡Ay, Señor!»
+
+Luego que ha cenado, reza unas oraciones. Terminadas las oraciones,
+coge la lamparilla y se dirige a _la sala_, y entra en la alcoba. En la
+alcoba hay una cama grande de madera pintada; hay también un cuadro que
+representa a la Divina Pastora. La vieja reza un poco ante este cuadro.
+Y luego se acuesta, y se duerme pensando que esta noche acaso sea la
+última de su vida.
+
+* * *
+
+Esta tarde la vieja ha ido a la novena. Es una novena que le hacen a San
+Francisco. Delante de la iglesia se abre una plazoleta plantada de
+acacias; en el fondo luce un huerto con frutales y palmeras.
+
+San Francisco cae por Octubre. Los pámpanos comienzan a amarillear;
+sopla el viento por las noches y hace gemir una ventana que se ha
+quedado abierta; el cielo se cubre de nubes plomizas, y llueve de cuando
+en cuando en largas cortinas de agua.
+
+La vieja, sin embargo de que hace mal tiempo, ha salido a la novena.
+Mejor hubiera sido que no lo hubiera hecho, porque en la puerta de la
+iglesia le han dado una mala noticia.
+
+--¿Sabe usted? Don Pedro Antonio se ha muerto...
+
+La vieja se ha puesto pálida. Don Pedro Antonio estaba muy viejo; ella
+también está muy vieja; luego puede morirse lo mismo que él cualquier
+día. Sin embargo, recapacita y dice que don Pedro Antonio padecía de
+muchos achaques y era natural que se muriera.
+
+Después pregunta de qué se ha muerto, y le contestan que se quedó de
+pronto frío porque le faltó el aire, es decir, que se ahogó. Entonces la
+vieja piensa que ella padece también de asma y que bien puede suceder
+que un día le falte el aire como a don Pedro Antonio.
+
+Ya no le hace provecho la novena. La vieja está muy triste; no somos
+nada; en un momento podemos vernos privados de la vida. «Señor,
+Señor--dice la vieja--, ¿por qué pones ante mí la muerte a todas horas?
+Ya que me he de morir, llévame de este mundo sin angustias y sin
+sobresaltos.»
+
+Pero el Señor no oye a la pobre vieja. A la mitad de la novena sale de
+la sacristía un monaguillo que lleva un farol y va tocando una
+campanilla; detrás viene un clérigo con el Viático. Es que van a
+llevárselo a un enfermo que agoniza... La vieja al verlo sufre una gran
+conmoción. Y vuelve a suspirar y a invocar al Señor, mientras entre sus
+dedos secos van pasando los granos del rosario.
+
+De que se ha terminado la novena vuelve a su casa la vieja. Algunas
+veces se detiene en la puerta charlando un momento; pero esta tarde está
+tan triste por las emociones recibidas, que no tiene gusto de hablar con
+nadie.
+
+* * *
+
+Este año ha apedreado. El aparcero que lleva las tierras de la vieja ha
+venido y se lo ha dicho. Ella ya había visto caer los granizos en su
+patio, a través de la ventana del comedor. Las tierras son muy pocas;
+ella, verdad es que necesitaba muy poco para vivir. Pero este año, ¿qué
+va a hacer? ¿Quién la socorrerá? El tic-tac del reloj suena monótono; el
+loro la mira con sus ojos de vidrio. La vieja piensa en su soledad y en
+su tristeza. Todas las pequeñas contrariedades que ha ido sufriendo
+durante diez años vienen ahora a condensarse en una catástrofe grande.
+
+Hace un día nublado; la vieja deja la media en el pequeño tabaque de
+mimbre y se pone a mirar al cielo--a este cielo que le ha apedreado sus
+viñas. Pero es muy breve el tiempo que permanece mirándolo, porque de
+pronto suenan en la calle unos cantos terribles. ¿Qué son estos cantos?
+Son sencillamente los responsos que van echándole a un muerto que llevan
+a enterrar. Al oírlos, la vieja siente que un gran terror se apodera de
+todo su cuerpo. No, no; esos cantos no son para el muerto que pasan por
+la calle, sino para ella. Y entonces se recoge en su asiento, toda
+arrugadita, toda temblorosa, y llora como una niña.
+
+Cuando se ha hecho de noche, la vieja se ha levantado y ha encendido la
+capuchina. Sonaban, unas largas, otras breves, las campanadas del
+Angelus, y ella ha rezado sus habituales oraciones a la Virgen. Después
+de estos rezos, ella tiene por costumbre hacer la cena; pero esta noche
+no la ha hecho. No tenía apetito; era tan grande su dolor, que no tenía
+ganas ni siquiera de abrir la boca. De modo que después de rezar otra
+vez se ha dirigido a la sala. En la sala ha tenido una tentación. ¿Por
+qué no decirlo? Sí, ha tenido una tentación; es decir, ha querido
+mirarse al espejo. ¿Estará ella tan vieja como piensa? ¿Se podrá colegir
+por el aspecto de su cara si ha de vivir aún algunos años? Ello es que
+ha ido a mirarse al espejo; pero valiera más que no hubiese ido. Cuando
+ha acercado la luz al cristal ha visto una araña que corría por él. La
+araña era pequeñita; pero tal susto se ha llevado, que por poco si deja
+caer la lamparilla. Y ahora sí que ha sentido que este presagio le
+anunciaba que todo iba a acabar para ella. ¿Cuándo? Acaso esta noche.
+
+Con estas ideas se ha quedado dormida.
+
+Cuando a la mañana siguiente han llamado para llevarle el pan, viendo
+que no abría, han tenido que forzar la puerta.
+
+La vieja estaba muerta en su cama. Tal vez había tenido alguna espantosa
+pesadilla.
+
+
+
+
+X
+
+
+Este viejo está llorando. Este viejo tiene un bigote blanco, recortado,
+como un pequeño cepillo; viste un pantalón a cuadritos negros y blancos;
+lleva unos lentes colgados de una cinta negra; se apoya en un bastón de
+color de avellana, con el puño de cuerno, en forma de pata de cabra.
+Este viejo llora de alegría. Se ha pasado toda su vida en el teatro;
+cuando vio su fortuna deshecha se vino al pueblo. Aquí ha organizado una
+compañía de aficionados; no podía estarse quieto. Esta noche es la
+primera que trabajan.
+
+El viejo va y viene con pasito ligero y menudo por el escenario, entra
+en los cuartos de los cómicos, sube al telar, desciende al foso. Lleva
+en la mano un libro delgado; de cuando en cuando se para bajo una luz y
+lee un poco; otras veces se dirige a un carpintero que da fuertes
+martillazos y le dice:
+
+--No, ese árbol no debe ir aquí. ¿No comprende usted que colocar un
+árbol aquí es un absurdo?
+
+El carpintero no comprende que colocar un árbol allí es un absurdo, pero
+lo coloca en otra parte; lo mismo le da a él.
+
+Después el viejo da con el libro en una mano fuertes golpes y llama:
+
+--¡Pedro! ¡Pedro!... A ver, que suban una verja para el fondo del
+jardín.
+
+Pedro dice que no hay ninguna verja.
+
+Entonces él replica que sí, que acaba de verla. ¿Cómo puede haberla
+visto si no la hay? Así lo afirma Pedro, pero, sin duda, Pedro está
+trascordado, porque el viejo insiste en que él la ha visto. Y se va
+corriendo hacia el foso y baja las escaleras a saltitos.
+
+Llega al foso, y efectivamente no hay verja. Lo que hay es una
+empalizada de un huerto. Esto le contraría un poco al viejo; pero en fin
+acuerdan poner la empalizada. La realidad escénica padecerá con este
+detalle; pero, después de todo, si se piensa bien, puede haber jardines
+que tengan empalizadas.
+
+El viejo deja el bastón y se pone a arreglar la escena. Cuando está
+subido en una escalera vienen a llamarlo porque un actor necesita saber
+si se ha de poner bigote o ha de salir todo afeitado. Entonces el viejo
+que ha visto Azorín allí cerca le llama y le dice:
+
+--Azorín, haga usted el favor de sostener _esto_ mientras yo voy un
+momento a ver lo que quieren.
+
+Luego vuelve rápidamente, con su paso menudo.
+
+--¡Parece mentira--exclama--no saber que en el siglo XVIII iba todo el
+mundo afeitado!
+
+Como la empalizada ha quedado ya en su sitio y está lista la escena, el
+viejo sacude las manos una contra otra, toma el bastón y se retira hacia
+el fondo.
+
+--Azorín--dice respirando holgadamente--, ¡qué gratos recuerdos guardo
+yo del teatro! ¡Qué cosas podría yo contarle a usted! ¿Usted no ha
+conocido a Pepe Ortiz? No; usted no ha conocido a Pepe Ortiz. Era un
+actor excelente. Esta cadena la llevó él una semana. Mírela usted;
+tóquela usted.
+
+El viejo, con un gesto rápido, se quita la cadena. Es una cadena de oro,
+compuesta de dos finos ramales juntos; tiene pendiente del sujetador un
+medallón cuadrado. Azorín examina la cadena. Luego el viejo se la vuelve
+a poner y dice:
+
+--Una tarde fuimos los dos a una joyería de la calle de la Montera a
+comprar cada uno una cadena; nos sacaron varias, pero entre todas nos
+gustaron dos de ellas. A los dos nos gustaban las dos, y no sabíamos por
+cuál decidirnos. Al fin, Pepe Ortiz tomó una y yo tomé otra. Pero al
+cabo de una semana encontré a Ortiz y me dijo que mi cadena le gustaba
+más que la suya; entonces yo le di la mía y el me dio la suya, que es
+ésta...
+
+Vienen a decirle al viejo que todos los actores están dispuestos para
+comenzar la función. Él da orden de que principie a tocar la orquesta. Y
+como desea echar una última ojeada a la escena, inclina la cabeza y se
+pone los lentes con un movimiento rápido. A lo lejos columbra a un
+cómico que espera reclinado en un bastidor, y se dirige a él dando
+saltitos automáticos.
+
+--Cuidado--le advierte--cuando recite usted aquello de
+
+ Feliz tú, que en lo profundo
+ de aquel bendito rincón...
+
+dígalo usted con brío, con cierto énfasis.
+
+Luego vuelve al lado de Azorín. El telón se ha levantado. El viejo dice:
+
+--¿Usted no conoce esta obra? Es preciosa; yo se la vi estrenar a
+Caltañazor, a Becerra, a la Ramírez, a la Di Franco, que entonces era
+una niña... Camprodón tenía mucho talento. Yo conocía también a su
+mujer, doña Concha... Él y yo tomábamos muchas tardes café juntos en el
+de Levante. ¿Sigue aún ese café, querido Azorín?
+
+Azorín contesta que aún dura ese café. De pronto estalla en la sala una
+larga salva de aplausos. Y el viejo tiende los brazos hacia Azorín, lo
+abraza y llora en silencio.
+
+
+
+
+XI
+
+
+Estos son unos viejos, muy viejos. Llevan un pantalón negro, un chaleco
+negro, una chaqueta negra de terciopelo. Esta chaqueta es muy corta. Ya
+casi no quedan en el pueblo más chaquetas cortas que las de estos viejos
+labriegos. Van encorvados un poco y se apoyan en cayados amarillos. ¿En
+qué piensan estos viejos? ¿Qué hacen estos viejos? Al anochecer salen a
+la huerta y se sientan sobre unas piedras blancas. Cuando se han sentado
+en las piedras permanecen un rato en silencio; luego, tal vez uno tose;
+otro levanta la mano y golpea con ella abierta la vuelta del cayado;
+otro apoya los brazos cruzados sobre el bastón e inclina la cabeza
+pensativo... Estos viejos han visto sucederse las generaciones; las
+casas que ellos vieron construir están ya viejas, como ellos. Y ellos
+salen a la huerta y se sientan en sus piedras blancas.
+
+Va anocheciendo. El pueblo luce intensamente dorado por los resplandores
+del ocaso; las palmeras y los cipreses de los huertos se recortan sobre
+el azul pálido; la luna resalta blanca.
+
+Y un viejo levanta la cabeza y dice:
+
+--La luna está en creciente.
+
+--El día 17--observa otro--será la luna llena.
+
+--A ver si llueve antes de la vendimia--replica un tercero--y la uva
+reverdece.
+
+Y todos vuelven a callar.
+
+Cierra la noche; un viento ligero mece las palmeras que destacan en el
+cielo fuliginoso. Un viejo mira hacia Poniente. Este viejo está
+completamente afeitado, como todos; sus ojuelos son grises, blandos; en
+su cara afilada, los labios aparecen sumidos y le prestan un gesto de
+bondad picaresca. Este viejo es el más viejo de todos; cuando camina
+agachado sobre su palo lleva la mano izquierda puesta sobre la espalda.
+Mira hacia Poniente y dice:
+
+--El año 60 hizo un viento grande que derribó una palmera.
+
+--Yo la vi--contesta otro--; cayó sobre la pared del huerto y abrió un
+boquete.
+
+--Era una palmera muy alta.
+
+--Sí, era una palmera muy alta.
+
+Se hace otra larga pausa. Los murciélagos revuelan calladamente; brillan
+las luces en el pueblo. Entonces el viejo más viejo da dos golpes en el
+suelo con el cayado, y se levanta.
+
+--¿Se marcha usted?
+
+--Sí; ya es tarde.
+
+--Entonces nos marcharemos todos.
+
+Y todos se levantan de sus piedras blancas y se van al pueblo, un poco
+encorvados, silenciosos.
+
+
+
+
+XII
+
+
+--Yo le daré a usted un libro--dice el clérigo--que le dejará
+convencido.
+
+Azorín está ya casi convencido de todo lo que quieran convencerle; pero,
+sin embargo, acepta el libro.
+
+Este libro se titula _El Deísmo refutado por sí mismo_. El clérigo lo ha
+cogido del estante, lo ha sacudido golpeándolo contra la palma de la
+mano y se lo ha dado a Azorín. El cual lo ha tomado como quien toma algo
+importantísimo, y se ha quedado examinándolo por fuera gravemente.
+Después le ha parecido bien mirar quién era el autor de este libro, y ha
+visto que se llama Bergier. ¿Quién es Bergier? Azorín no lo sabe, y, sin
+embargo, debería saber que los diccionarios biográficos dicen, entre
+otras cosas, de este autor que «era un lógico hábil en deducir sus ideas
+rigurosamente unas de las otras».
+
+--Aquí verá usted--dice el clérigo--cómo Voltaire era un sofista y cómo
+Rousseau, «el tristemente célebre autor del _Emilio_», como le ha
+llamado el señor obispo de Madrid, era un corruptor de las buenas
+costumbres.
+
+Después de dicho esto, el clérigo da un paseo por la estancia con las
+manos metidas en los bolsillos del pantalón y se asoma distraídamente a
+una ventana tarareando una copla. ¿He de decir la verdad? Azorín no
+tiene interés en defender a Voltaire y Rousseau; casi estima más a este
+clérigo ingenuo y jovial que a los dos famosos escritores. Por eso,
+mientras por una parte no lee el _Diccionario filosófico_ ni el
+_Emilio_, por otra no deja de venir todas las tardes a charlar un rato
+con este clérigo. Charlan casi siempre de cosas indiferentes; pero esta
+tarde, por una casualidad, ha recaído la conversación sobre cosas de
+teología, y el clérigo ha echado mano a su Bergier. He de confesar que
+el libro estaba lleno de polvo. ¿Es que el clérigo no lee tampoco?
+
+Luego que han platicado un rato, el clérigo coge su bastón, se pone el
+sombrero, y él y Azorín se marchan. Antes de marcharse, el clérigo llena
+la petaca de tabaco, tomándolo de una caja que hay sobre la camilla, y
+se mete también en el bolsillo un libro pequeño. El tabaco, como es
+natural, le sirve para proporcionarse una honesta distracción, y el
+libro pequeño es un diminuto breviario en que ora de cuando en cuando.
+
+Los dos, Azorín y el clérigo, salen del pueblo y van caminando por un
+tortuoso camino plantado de moreras. A un lado queda el pueblo, que
+asoma sobre la verdura de los huertos; la blanca torre de la iglesia
+resalta junto a un ciprés enorme; las palmeras se recortan con sus ramas
+péndulas en el azul luminoso.
+
+Al final de este camino sesgo se encuentra una alameda. Es una alameda
+compuesta de cuatro liños de olmos y acacias. La tierra es intensamente
+roja; el cielo aparece diáfano entre el boscaje de las copas. Azorín y
+el clérigo pasean despacio. Casi no hablan. Todo está en silencio. A
+ratos llega el traqueteo de un carro, o se perciben los gritos de los
+muchachos que juegan a lo lejos.
+
+Y así en este paseo va llegando el crepúsculo. El cielo se enrojece;
+brillan en el pueblo los puntos de las luces eléctricas; las sombras van
+borrando las casas y el campo.
+
+--¿Le parece a usted que nos marchemos?--pregunta el clérigo.
+
+--Sí, vámonos; es ya tarde--contesta Azorín.
+
+En los pueblos sobran las horas, que son más largas que en ninguna otra
+parte, y, sin embargo, siempre es tarde. ¿Por qué? La vida se desliza
+monótona, lenta, siempre igual. Todos los días vemos las mismas caras y
+el mismo paisaje; las palabras que vamos a oír son siempre idénticas. Y
+ved la extraña paradoja: aquí la vida será más gris, más uniforme, más
+difluida, _menos vida_ que en las grandes ciudades; pero se la ama más,
+se la ama fervorosamente, se la ama con pasión intensa. Y por eso el
+egoísmo es tan terrible en los pueblos, y por eso la idea de la muerte
+maltrata y atosiga tantos espíritus...
+
+* * *
+
+Cuando han vuelto al pueblo, ya las campanas estaban tocando a la
+novena; es decir, no es novena; son los pasos que se rezan todos los
+viernes y domingos de cuaresma. La sacristía estaba casi a oscuras; dos
+monaguillos vestidos con sus cotas rojas han tomado sendos faroles
+opacos, sucios, goteados de cera; el clérigo se ha puesto una estola y
+los tres, con el sacristán, han salido a la iglesia.
+
+Azorín se ha quedado en la sacristía. Estaba sentado en un amplio
+sillón, junto a la larga cajonería de nogal. ¿En qué pensaba Azorín? En
+nada, seguramente; lo mejor es no pensar nada. Junto a él hablaban en
+voz baja dos clérigos; uno de ellos es joven, casi recién salido del
+Seminario. Azorín lo conoce. Ha podido hacer la carrera gracias a la
+munificencia de un protector; su inteligencia no es muy amplia, pero
+posee ingenuidad y resignación. Resignación sobre todo. A veces Azorín
+se figura que éste es uno de aquellos místicos españoles que tan
+tremendas privaciones conllevaban con la cara risueña. «La
+tristeza--decían--corrompe los espíritus; el Señor no quiere la
+tristeza.» Y si no le pegaban un bofetón al mozo cacoquímico, como hizo
+San Felipe de Neri con un novicio para que estuviera alegre (bien que el
+procedimiento me parezca contraproducente); si no llevaban las cosas tan
+al cabo, procuraban al menos por otros medios desterrar de los
+monasterios la odiosa acidia.
+
+Este clérigo gana una peseta, que es a lo que monta su misa diaria. «Y
+muchos días--ha oído decir Azorín--le falta la celebración.» Con esta
+escasa renta ha de mantener a su madre y a una hermana. «Y gracias--ha
+oído decir también Azorín--que un hermano que tenía, y que se había
+pegado también a la sotana, se ha casado ya.»
+
+Yo creo que este clérigo, como otros muchos, merece nuestro respeto y
+hasta nuestra admiración. Es discreto; su sotana podrá estar raída y
+verdosa, pero luce de limpia. ¿Cómo es posible que él pueda costearse
+otra? Hace un momento, y mientras el señor con quien hablaba sacaba la
+petaca, yo he visto que él también se llevaba la mano al bolsillo. Pero
+¿para qué se la llevaba? Yo sé que era completamente inútil. Hace
+cuatro, seis, diez días, acaso más, que su petaca está vacía.
+
+Azorín ha sentido no tener costumbre de fumar, porque de buena gana le
+hubiera alargado un cigarro a este clérigo. Y como éste era un pequeño
+sentimiento, que pensando y repensándolo podía hacerse mayor--como
+ocurre con todos--, ha decidido dejar el sillón y salir a la iglesia.
+
+En la iglesia los monaguillos y el clérigo estaban delante de una
+pilastra; los devotos los rodeaban de rodillas. El sacristán, también
+arrodillado, invita a los fieles con voz plañidera a que consideren el
+lugar «donde unas piadosas mujeres, viendo al Señor que le llevaban a
+crucificar, lloraron amargamente de verle tan injuriado». Luego rezan
+todos un padrenuestro y un avemaría; y después, sacristán y fieles, a
+coro, dicen:
+
+«Bendita y alabada sea la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo y
+los Dolores de su afligida Madre. Amén.»
+
+El clérigo lleva en las manos un enorme crucifijo; su sombra se
+extiende, deformada, por las anchas paredes blancas; arriba, en los
+altos ventanales, se apagan, imperceptibles, los últimos clarores del
+crepúsculo.
+
+Azorín ha salido de la iglesia. Creo que ha obrado prudentemente, dado
+que era ya un poco tarde. Y vea el lector cómo en los pueblos siempre es
+tarde.
+
+Las calles están solitarias; de algunas tiendas, acá y allá, se escapan
+resplandores mortecinos. Las puertas aparecen cerradas. Se oyen de
+cuando en cuando los golpes de los aldabones. Una puerta se abre, torna
+a cerrarse.
+
+
+
+
+XIII
+
+
+Este es un casino amplio, nuevo, cómodo. Está rodeado de un jardín; el
+edificio consta de dos pisos, con balcones de piedra torneada. Primero
+aparece un vestíbulo enladrillado de menuditos mosaicos pintorescos; los
+montantes de las puertas cierran con vidrieras de colores. Después se
+pasa a un salón octógono; enfrente está el gabinete de lectura, con una
+agradable sillería gris y estantes llenos de esos libros grandes que se
+imprimen para ornamentación de las bibliotecas en que no lee nadie. A la
+derecha hay un gran salón vacío (porque no hace falta tanto local), y a
+la izquierda otro gran salón igual al anterior, donde los socios se
+reúnen con preferencia. Mesas cuadradas y redondas, de mármol, se hallan
+esparcidas acá y allá alternando con otras de tapete verde; junto a la
+pared corre un ancho diván de peluche rojo; en un ángulo destaca un
+piano de cola, y verdes jazmineros cuajados de florecillas blancas
+festonean las ventanas.
+
+Son los primeros días de otoño; los balcones están cerrados; el viento
+mueve un leve murmullo en el jardín; poco a poco van llegando los socios
+a su recreo de la noche; brillan las lámparas eléctricas.
+
+Estos socios, unos juegan a los naipes; otros, al dominó--juego muy en
+predicamento en provincias--, otros charlan sin jugar a nada. Entre los
+que charlan se cuentan los señores provectos y respetables. Son seis u
+ocho que constantemente se reúnen en el mismo sitio: un ángulo del salón
+de la izquierda. Allí pasan revista en una conversación discreta y
+apacible a las cosas del día, unas veces, y otras evocan recuerdos de la
+juventud pasada.
+
+--Aquéllos--dice uno de los contertulios--, aquéllos eran otros tiempos.
+Yo no diré que eran mejores que éstos, pero eran otros. No sólo había
+notabilidades de primera fila, sino hombres modestos que valían mucho.
+Yo recuerdo, por ejemplo, que don Juan Pedro Muchada era un gran
+hacendista.
+
+--Sí--dice otro señor--, yo lo recuerdo también. Cuando estábamos los
+dos estudiando en Madrid, fuimos un día a verle con una carta de
+recomendación.
+
+--Era entonces diputado por Cádiz. A mí me regaló su libro _La Hacienda
+de España y modo de reorganizarla_.
+
+--Yo lo recuerdo como si fuera ahora. Era un señor grueso, alto, con la
+cara llena, todo afeitado...
+
+Pausa ligera. Suenan las fichas sobre los mármoles; el pianista preludia
+una melodía.
+
+--Yo a quien conocí y traté, porque era gran amigo de mi padre--observa
+otro contertulio--, fue a don Juan Manuel Montalbán y Herranz... Ahí
+tiene usted otro hombre de los que no hicieron mucho ruido, y que, sin
+embargo, tenía un mérito positivo. Cuando yo estudiaba era rector de la
+Universidad Central; fue también senador el año 72... La mejor edición
+que se ha hecho del _Febrero_ se debe a él... Sabía mucho y era muy
+modesto.
+
+--Eran otros hombres aquéllos. Ante todo, había menos palabrería que
+ahora. Ya predijeron algunos lo que iba a suceder luego; muchas de las
+cosas que aquellos hombres recomendaban, luego se han tenido que
+realizar, porque todo el mundo ha reconocido que eran convenientes y se
+podían atajar con ellas muchos males... Don Juan Pedro Muchada
+recomendaba en su libro la formación de sociedades cooperativas para
+obreros; entonces (esto era el año 1846), entonces no había ni rastro de
+ellas. Vean ustedes ahora si hay pocas.
+
+Hace un momento ha llegado un viejo que tiene un bigotito blanco en
+forma de cepillo, que viste un pantalón a cuadritos negros y blancos, y
+se apoya en un bastón de color de avellana. Este viejo oye en silencio
+estas añoranzas del tiempo luengo, y dice después, dando golpes con el
+bastón, poniéndose los lentes con un gesto rápido:
+
+--Yo les puedo asegurar a ustedes que en lo que toca a lo que yo he
+conocido algo, que es el teatro, no hay ahora actores como aquéllos...
+Será una ilusión mía, muy natural, dado que aquél fue el tiempo de mi
+juventud...; pero a mí se me antoja que realmente eran mejores. Sin
+contar los de primera fila: Romea, Latorre, Matilde Díez, Arjona,
+Catalina, Valero..., había muchos de segunda, que yo hoy, relativamente,
+no los encuentro; por ejemplo: Pizarroso, Oltra y Vega, que trabajaba en
+la compañía de Romea: el mismo hermano de Romea, Florencio, Luján, a
+quien yo vi debutar el año 1865 en el teatro del Recreo... Y como
+cantantes de zarzuela, no digamos. ¿Quién no se acuerda de Escriú? ¡Qué
+bien hacía! ¡_Quién es el loco_!... Y ahora que hablo de locos me
+acuerdo del pobre Tirso Obregón, que murió loco en su pueblo, Molina de
+Aragón. Creo que no he conocido un barítono de más bríos que el pobre
+Tirso; tenía también una arrogante presencia... Él fue, puede decirse,
+el último intérprete de la zarzuela clásica, de Barbieri, de
+Oudrid--¡cuánto me acuerdo yo de Oudrid!--, de Gaztambide... Después de
+él, ya aquello se fue...
+
+El viejo calla en un silencio triste; todo un pasado rebulle en su
+cerebro; toda una época de actores aclamados y actrices adorables que
+poco a poco se esfuman en el olvido.
+
+La sala se ha ido quedando vacía; en un rincón se inclinan dos jugadores
+sobre una mesilla verde; de cuando en cuando profieren una exclamación,
+levantan el brazo y lo dejan caer pesadamente sobre el tapete. El vaho y
+el humo borran las líneas y hacen que destaquen en mancha, sin contorno,
+las notas verdes y blancas de las mesas y la larga pincelada roja del
+diván. Un reloj suena con diez metálicas vibraciones.
+
+--¿Está usted vendimiando ya en la Umbría?--pregunta uno de los
+contertulios a otro.
+
+--Sí, ayer di orden de que principiaran.
+
+--Yo mañana me marcho a la Fontana; quiero principiar pasado mañana.
+
+--La uva ya está en su punto--dice un tercero.
+
+--Y es necesario--añade otro--cogerla antes de que una nube se nos
+adelante.
+
+Y todos, durante estas últimas palabras, han ido levantándose y se
+despiden hasta otro día.
+
+
+
+
+XIV
+
+
+Hoy han tocado a la puerta: _tan_, _tan_. Azorín ha creído que era el
+viento. La idea de que llamen a su puerta le parece absurda. Pero sí que
+llamaban; han vuelto a tocar: _tan_, _tan_, _tarán_. Azorín ha
+comprendido la realidad y ha bajado a abrir. Era un viejo que le ha
+saludado cortésmente, esforzándose por sonreír; pero era un esfuerzo
+penoso. ¿No habéis visto cuando estáis tristes y un niño o una mujer os
+miran, cómo en su cara ingenua se refleja instintivamente vuestro gesto
+triste? Pues Azorín, mirando a este viejo, ha puesto también cara
+triste.
+
+¿Qué quiere este viejo? Hay hombres que parecen cerrados como armarios;
+un extraño no sabe lo que hay dentro. Este viejo es de esos hombres.
+¿Por qué ha llamado? ¿Qué quiere? ¿Qué va a decir? Es un viejo menudito,
+con una barba blanca que termina en una punta corta un poco doblada
+hacia arriba, envuelto en una capa parda; es uno de esos viejos que
+llevan el pañuelo del bolsillo siempre doblado cuidadosamente y de
+cuando en cuando lo sacan y lo pasan con suavidad por la nariz. Como
+lleva la capa cerrada y él va tan encogido, mirando casi asustado a un
+lado y a otro, parece que va a realizar algo importante.
+
+Es, efectivamente, algo importante.
+
+--Perdone usted--ha dicho el viejo--; usted es crítico...
+
+Azorín ha sonreído con benevolencia; se sentía halagado por las palabras
+de este desconocido.
+
+El viejo ha sacado de debajo de la capa un grueso cartapacio y mientras
+lo ponía sobre la mesa ha repetido:
+
+--Sí, sí; usted es crítico.
+
+Azorín, al ver el cartapacio, ha sentido un ligero escalofrío; toda su
+anterior complacencia se ha trocado en temor.
+
+--No, no--ha replicado--; yo se lo aseguro a usted: yo no soy crítico.
+
+Pero el viejo movía la cabeza en señal de incredulidad y se ha puesto a
+relatar el objeto de su visita.
+
+Este viejo ha dicho que él es autor cómico. Azorín se ha quedado
+estupefacto. Autor dramático, acaso; pero cómico le parecía una
+enormidad. Luego ha añadido que a él le han dicho que Azorín tiene en
+Madrid muchas relaciones y que podrá ayudarle, porque es muy benévolo.
+Azorín se ha ruborizado, pero ha convenido interiormente en que algo
+benévolo debe de ser cuando se apresta a oír la lectura que el viejo va
+a hacerle de tres zarzuelas suyas, cada una en un acto.
+
+--Yo--dice el viejo--vivo solo; esto constituye mi única alegría. Hace
+dos años estuve en Madrid y llevé una obra a la Zarzuela y otra a
+Apolo... Me hicieron ir y venir muchas veces; me daban mil excusas
+inverosímiles; yo estaba ya cansado. Y al fin me dijeron que habían
+leído las obras y que les parecían anticuadas. Anticuadas, ¿por qué? El
+arte, ¿puede nunca ser anticuado? Sin embargo, he escrito otras y con
+ellas volveré a Madrid; son éstas que aquí traigo... El viejo comienza
+la lectura. A ratos se detiene un momento; saca su pañuelo doblado, lo
+pasa por la nariz y pregunta:
+
+--¿Usted cree que esta escena está bien preparada?
+
+Azorín tiene, como no podía ser menos, su estética teatral, que algunos
+críticos han encontrado exagerada. Pero sería terrible que la sacase en
+esta ocasión. Mejor es que le parezcan bien todas las escenas y hasta
+las tres obras enteras. Sí, a Azorín le parecen excelentes las tres
+zarzuelas.
+
+--¿Usted--pregunta el viejo--no conoce a Sinesio Delgado?
+
+--No, no conozco al señor Delgado.
+
+--¿Conocerá usted, _por lo menos_, a López Silva?
+
+Azorín, horrorizado a la sola idea de conocer a López Silva, se ha
+apresurado a protestar.
+
+--¡Oh, no no, tampoco!
+
+Entonces el viejo ha movido la cabeza como conformándose con su
+desgracia, y ha exclamado tristemente:
+
+--¡Todo sea por Dios!
+
+Este viejo ha venido esta mañana en el tren; esta noche regresará a su
+casa. Cuando entre en ella y cierre tras sí la puerta y se vea otra vez
+solo, lanzará un suspiro y pensará que hoy se le ha disipado una
+esperanza.
+
+
+
+
+XV
+
+
+Azorín ha recibido hoy una carta; la fecha decía: _Petrel_; la firma
+rezaba: _Tu infortunado tío, Pascual Verdú_.
+
+¡Pascual Verdú! Azorín, de lo hondo de su memoria, ha visto surgir la
+figura de su tío Verdú. Ha columbrado, confusamente, entre sus recuerdos
+de niño, como una visión única, una sala ancha, un poco oscura,
+empapelada de papeles grises a grandes flores rojas, con una sillería de
+reps verde, con una consola sobre la que hay dos hermosos ramos bajo
+fanales, y entre los dos ramos, también bajo otro fanal, una muñeca que
+figura una dama a la moda de 1850, con la larga cadena de oro y el
+relojito en la cadera.
+
+Esta sala es húmeda. Azorín cree percibir aún la sensación de humedad.
+En el sofá está sentada una señora que se abanica lentamente; en uno de
+los sillones laterales está un señor vestido con un traje blanquecino,
+con un cuello a listitas azules, con un sombrero de jipijapa que tiene
+una estrecha cinta negra. Este señor--recuerda Azorín--se yergue,
+entorna los ojos, extiende los brazos y comienza a declamar unos versos
+con modulación rítmica, con inflexiones dulces que ondulan en arpegios
+extraños, mezcla de imprecación y de plegaria. Después saca un fino
+pañuelo de batista, se limpia la frente y sonríe, mientras mi madre
+mueve suavemente la cabeza y dice: «¡Qué hermoso, Pascual! ¡Qué
+hermoso!»
+
+Se hace un ligero silencio, durante el cual se oye el ruido del abanico
+al chocar contra el imperdible del pecho. Y de pronto suena otra vez la
+voz de este señor del traje claro. Ya no es dulce la voz ni los gestos
+son blandos; ahora la palabra parece un rumor lejano que crece, se
+ensancha, estalla en una explosión formidable. Y yo veo a este señor de
+pie, con los ojos alzados, con los brazos extendidos, con la cabeza
+enhiesta. En este momento el sombrero de jipijapa rueda por el suelo; yo
+me acerco pasito, lo cojo y lo tengo con las dos manos en tanto que oigo
+los versos con la boca abierta.
+
+Luego que acaba de recitar este señor, charla ligero con mi madre; luego
+se pone en pie, me coge, me levanta en vilo y grita: «¡Antoñito,
+Antoñito, yo quiero que seas un gran artista!» Y se marcha rápido,
+voluble, ondulante, hablando sin volver la cabeza, poniéndose al revés
+el sombrero, que después torna a ponerse a derechas, volviendo por el
+bastón que se había dejado olvidado en la sala...
+
+Y de idea en idea, de imagen en imagen, Azorín ha recordado haber visto
+en el _Boletín del Ateneo de Madrid_, del año 1877, algo referente a su
+tío Verdú. Sí, sí; lo recuerda bien. Se discutió aquel año sobre la
+poesía religiosa; fue una discusión memorable. Revilla, Simarro, Reus,
+Montoro dijeron cosas estupendas en contra del espiritualismo; en
+cambio, los espiritualistas dijeron cosas atroces contra el
+materialismo. Estos espiritualistas eran tres, tres nada más al menos,
+puros de toda mácula: Moreno Nieto, que murió sobre el trabajo;
+Hinojosa, que luego ha sabido encontrar el espíritu en los presupuestos,
+y Pascual Verdú, que ahora vive solo, desconocido, enfermo, torturado,
+en ese pueblecillo levantino. Don Francisco de Paula Canalejas hizo el
+resumen de los debates, y en su discurso, al hablar de los diversos
+contendientes, puede verse (página 536 del _Boletín_) cómo trata a
+Verdú. Le llama «el fácil y apasionado señor Verdú».
+
+¡El fácil y apasionado señor Verdú! Sí; indudablemente, éste es el señor
+amable, éste es el señor voluble, éste es el señor ardoroso que recitaba
+versos _aquel día_, allá en mi niñez, en una sala húmeda con una
+sillería de reps verde.
+
+
+
+
+XVI
+
+
+La carta que Azorín ha recibido de Pascual Verdú dice así:
+
+«Petrel...
+
+Querido Antonio: He leído en _La Voz de Monóvar_ que acabas de
+llegar a ésa. ¡Qué malo que estoy, hijo mío, y cuánto me alegraría
+de poder abrazarte!
+
+Te espero mañana en el correo.
+
+El mal del cerebro ha apretado, y _todo se pierde_. No tengo
+ilusión de nada. ¿Qué han hecho de mí?
+
+Tu infortunado tío,
+
+_Pascual Verdú._»
+
+
+
+
+XVII
+
+
+A las once, en el correo, Azorín ha recibido otra carta de Verdú. (La
+anterior ha llegado en las primeras horas de la mañana, por el tren
+mixto.)
+
+«Petrel...
+
+Querido Antonio: No sé si continuar instándote para que no dejes de
+venir. Creo que me dará mucho sentimiento verte, pero te quiero
+tanto y tanto...
+
+Si vienes, ven pronto.
+
+Lo que me sucede, querido Antonio, es muy extraordinario. Ni tomo
+más alimento que jícaras de caldo y leche y alguna pequeña galleta,
+ni duermo más que algunos minutos, y estoy tan débil, que hace
+veintiséis días que no he puesto los pies en la calle, porque no
+puedo andar.
+
+Te abraza tu tío
+
+_Pascual._»
+
+
+
+
+XVIII
+
+
+En la tarde del mismo día en que Azorín ha recibido estas dos cartas,
+poco después de comer, ha llegado un criado y le ha puesto en sus manos
+otra voluminosa.
+
+Azorín, después de leerla, ha decidido salir la misma tarde para Petrel,
+a pie, dando un paseo.
+
+La carta de Verdú es como sigue:
+
+«Querido Azorín: Después de acostarme y levantarme veinte veces, da la
+una de la madrugada y no puedo estar en la cama ni fuera de ella; y no
+tengo más remedio, para luchar con el mal, que escribir; pero ¡ay! que
+no puedo ya.
+
+»Mi situación, Antonio, es horrible. No puedo tomar caldo ni leche, y,
+sin embargo, mi estómago está bueno; pero no funciona porque no le puedo
+dar alimento. La tirantez, sequedad, dolor y debilidad de la cabeza son
+insufribles.
+
+»Como mi debilidad es tan grande, apenas puedo tenerme de pie; y, sin
+embargo, el delirio, el desasosiego me obligan a andar... a pasear por
+la sala y a escribir, para ver si puedo apartar de mí los tristes
+pensamientos que me devoran. Un mar de moscas no me deja tener las manos
+sobre el papel. Me quejo al Criador de mis grandes sufrimientos y de su
+impasibilidad y de la tristísima suerte que me espera, sin hijos, sin
+amigos, sin médico, sin sacerdotes, sin nadie. Mi profecía de hace doce
+años acerca de mi triste fin se cumple. Hace ocho días repetí mis
+vaticinios en la poesía _Lágrimas_ que he compuesto.
+
+»En confianza te diré que mis ideas religioso filosóficas son un caos...
+Sin embargo, en _Lágrimas_ hice un esfuerzo, y acudí a Dios,
+demandándole que no permita acabe en tal estado.«(_Hasta aquí la carta
+es de letra de Verdú, fina, enrevesada, desigual, ininteligible; lo que
+sigue va escrito en caracteres firmes y regulares._)
+
+»Tú, querido Antonio, apenas me has conocido. ¿Por qué no contarte algo
+de mi vida? Acaso sea para mí como un alivio.
+
+»Estudié en Valencia la carrera de Derecho; me gradué de abogado en
+Julio de 1859.
+
+»De allí a cuatro meses, en Noviembre del mismo año, recibí en el mismo
+sitio donde me había licenciado, es decir, en el Paraninfo de la
+Universidad, una flor de oro y plata, como premio a mi oda a la
+_Conquista de Valencia_ en los Juegos florales celebrados en dicha
+ciudad bajo el patrocinio del excelentísimo Ayuntamiento; y con tal
+motivo, en nombre de mis compañeros igualmente premiados (don Víctor
+Balaguer, don Teodoro Llorente, don Wenceslao Querol y don Fernando León
+y de Vera), y en nombre propio, pronuncié un discurso que me valió
+calurosos plácemes.
+
+»En esos mismos Juegos florales se ofreció una pluma de oro a la mejor
+Memoria histórico-filosófica acerca de la expulsión de los moriscos y
+sus consecuencias en el reino de Valencia, a cuyo premio también opté,
+presentando una Memoria con el lema _El tiempo es la mejor prueba de la
+justicia_. Mi trabajo suscitó en el seno del jurado una discusión
+importantísima, de la cual se ocupó mi hermano Julio en la carta que con
+tal motivo dirigió al barón de Mayals. Yo atacaba valientemente la
+medida de la expulsión, demostrando hasta la evidencia que fue injusta y
+cruel, aparte de antieconómica y antisocial. Con la venida de la Casa de
+Austria a España--decía yo--se inauguró un sistema de intolerancias
+contrario a las doctrinas de paz y caridad y verdadera libertad
+proclamadas por Jesucristo. Se debía haber empleado la persuasión, la
+dulzura, la caridad, y se empleó el rigor y la dureza por casi todos los
+encargados de la expulsión de los moriscos. Se debía haber continuado el
+sistema de conciliación inaugurado por don Jaime el Conquistador, y se
+tomaron medidas humillantes y vejatorias, que dieron por resultado la
+exasperación de los ánimos, las situaciones violentas y, por fin, la
+expulsión, que se realizó de la manera más cruel, pues muchos murieron
+de hambre y de sufrimientos en los desiertos de África, si es que no
+eran robados y muertos en el camino.
+
+»Sin duda, la exposición de estas verdades, tan dolorosamente amargas,
+perjudicó algún tanto a mi trabajo, y el premio no se me concedió,
+habiéndose entregado la pluma de oro, faltando a las condiciones del
+certamen, a una composición poética.
+
+»En el aquel mismo año de 1859 fui nombrado secretario general de la
+Academia de Legislación y Jurisprudencia de Valencia; y en el siguiente
+de 1860 gané las asignaturas del Doctorado en la Universidad de Madrid,
+habiendo estudiado privadamente en Valencia, por conceder la ley en
+aquellos tiempos este privilegio a los que hubiesen obtenido todas o
+casi todas las notas de sobresaliente durante la carrera de leyes, en
+cuyo caso me encontraba yo. También hice oposiciones (aunque no tenía la
+edad reglamentaria, y sólo por complacer a la familia, pues no era ésa
+mi vocación) a una relatoría vacante en la Audiencia de Valencia. Me
+colocaron en segundo lugar; pero como, según he dicho, no eran ésas mis
+inclinaciones, no hice gestión ninguna en Madrid para que se me eligiese
+dispensándome de la edad.
+
+»Esta era mi situación a principios de 1860, cuando apenas había
+cumplido veintidós años. Se me presentaba un porvenir brillante; me
+querían mis amigos y compañeros; gozaba de una naturaleza privilegiada y
+de unas facultades mentales superiores; amaba a mi patria hasta el
+sacrificio, y me sentía poeta y dueño de una palabra fácil y atractiva.
+
+»Pero el cólera morbo, que ya en 1834 atacó a mi madre y la dejó
+enfermiza para toda su vida, volvió a herir a mi familia en 1860,
+arrebatándonos a mi hermano Julio, letrado notabilísimo, y atacándome
+también a mí, que, habiendo quedado sumamente débil, tuve que
+trasladarme a la provincia de Alicante, donde tenían mis padres unas
+tierras. Al poco tiempo murieron también mis padres. Estando en
+Valencia, algún tiempo después, me casé con una joven distinguidísima.
+No habrían transcurrido muchos meses de nuestro matrimonio, cuando mi
+mujer murió, tras una larga y penosísima enfermedad. Todo esto me
+anonadó y fue causa de que saliera de Valencia por segunda vez.
+
+»De 1860 a 1870 me dediqué en Petrel al ejercicio de la abogacía y a
+mejorar las pocas tierras que había heredado de mis padres. Al mismo
+tiempo remitía a mi compañero y amigo Teodoro Llorente, director de _Las
+Provincias_, correspondencias y artículos sobre el fomento de la
+agricultura en general y el arbolado en particular, tan notables, que la
+Sociedad de Amigos del País y la de Agricultura y los periódicos de la
+capital me felicitaron por mis trabajos de tanta utilidad social, y
+aquellas Sociedades, además, me honraron nombrándome socio corresponsal.
+
+»Entre mis escritos apareció uno titulado: «Causas de la despoblación de
+los montes de España; sus fatales consecuencias para la agricultura,
+salubridad y seguridad públicas. Sus remedios.» Y entre los que yo
+proponía para evitar la destrucción de los montes públicos y conseguir
+su repoblación, fue la completa y absoluta desamortización de la
+propiedad forestal.
+
+»Mis artículos llamaron la atención; muchos periódicos de Madrid y
+provincias, pero en particular _La Gaceta Económica_, que era el órgano
+más autorizado de la escuela economista, reprodujeron dichos trabajos,
+elogiándolos calurosamente. El cuerpo de Ingenieros de Montes comprendió
+que tenía delante un enemigo, y, aparte de fundar _La Revista Forestal_,
+sin duda (aunque otra cosa quisiera dar a entender) con el principal
+objeto de contrarrestar las doctrinas desamortizadoras sostenidas por mí
+y toda la escuela economista, delegó en el ilustrado y elocuente
+escritor y orador don Juan Navarro Reverter la tarea de contestar a mis
+artículos. Lanzose Navarro Reverter al combate, remitiendo a _Las
+Provincias_ una serie de artículos en que intentaba demostrar que la
+medida desamortizadora que yo había propuesto bastaba por sí sola para,
+si se realizaba, acabar con lo poco que quedaba en España de arbolado en
+los montes públicos. Contesté yo, replicó Navarro Reverter; pero mis
+argumentos quedaban en pie a pesar de todo. Y la prueba es clara. _La
+Revista Forestal_ publicó todos los artículos de Navarro Reverter; de
+los míos, _ni uno solo_. Si mi argumentación hubiera sido frívola, ya
+los hubieran reproducido.
+
+»No llevaba mucho tiempo en Petrel cuando fui elegido diputado
+provincial, y al poco tiempo individuo de la Comisión, y, por fin,
+vicepresidente de la Diputación. ¿Qué te diré de mi gestión en la Casa
+de la provincia? Defendí siempre los derechos e intereses provinciales
+de una manera que no está bien que yo lo diga. Cuando estuvieron los
+reyes Amadeo y Victoria en Alicante, en 1871, Bossio, el famoso
+fondista, presentó una cuenta de 17.000 duros. Mis compañeros todos
+estaban pagados. Yo me opuse, y cuando el presidente dijo: _¡A votar!_,
+dije: _Ustedes votarán lo que quieran, pero yo me marcho a casa, tomo mi
+pluma y digo al público lo que he de decir._ Resultado, que la cuenta
+quedó reducida a poco más de la mitad.
+
+»Maissonnave quería que la Diputación le subvencionase un ferrocarril de
+Alicante a Alcoy con varios millones. Todos estaban pagados. A mí nadie
+se me acercó; pero el expediente nunca se despachaba. Maissonnave lo
+tomó como una ofensa personal, y me desafió, ¡a mí, que, como el don
+Diego de _Flor de un día_, mataba las golondrinas con bala y era digno
+rival en esgrima de mi maestro valenciano don Juan Rives! Pero mis
+creencias religiosas no me permitían batirme. Así se lo dije a
+Maissonnave en una carta; pero añadiéndole que aquellas creencias no me
+impedían defenderme. La subvención no se concedió; pero en Alicante le
+han levantado ahora una estatua a Maissonnave.
+
+»En Orihuela querían un hospital provincial. Toda la Diputación estaba
+conforme, y los que se oponían lo hacían fríamente. Mi conciencia como
+presidente de la Comisión me obligaba a oponerme; en primer lugar,
+porque la Diputación debía muchos miles de duros por obligaciones de
+beneficencia, carreteras, etc., y en segundo, porque con el hospital de
+Elda bastaba. Sabía también lo que sucedía en los hospitales de
+distrito. Me llamó el gobernador, diciéndome que el ministro deseaba
+complacer a sus amigos de Orihuela. Me hablaron Santonja y don Tomás
+Capdepón, diputado por Orihuela. Me escribió Rebagliatto, gran cacique
+de aquella ciudad, y a más, íntimo de mi padre, pues se querían como
+hermanos. A todos contesté que mi conciencia me lo impedía. Vino la
+discusión en la Diputación. Hablé, y hubo empate en la primera votación.
+Volví a hablar, volvió a votarse, y tuve mayoría. Y no se concedió el
+hospital a Orihuela.
+
+»Permanecí en la Diputación de Alicante desde el año 1871 hasta el
+1876, en que me trasladé a Madrid. Durante estos cinco años me
+encontraba en lo mejor de la vida, de los treinta a los treinta y cuatro
+años; atendía a muchos y variados trabajos; por una parte, a la
+Diputación, cuyo peso llevaba casi yo solo; por otra, continuaba al
+frente de mi despacho de abogado, que tenía abierto en Petrel, primero,
+y en Alicante después, el cual despacho llegó a adquirir tal prestigio
+que me fue preciso tener en él dos compañeros que me ayudasen, uno de
+ellos don José Maestre y Vera, presidente que ha sido de la Diputación y
+gobernador de Vizcaya. Puedo decir que he tenido tanto éxito en los
+asuntos por mí tratados, que no he perdido ni un solo pleito. A pesar de
+tanto trabajo, aún me quedaba tiempo para asistir a las veladas
+literarias del excelente literato y cronista de la provincia don Juan
+Vila y del inspirado poeta Alejandro Harssem, barón de Mayals. En este
+período de cinco años escribí la mayor parte de mis poesías. De esta
+época es mi composición _A la Purísima_, que leí por primera vez en una
+sesión celebrada el 8 de Diciembre de 1872, en el altar mayor de Santa
+María, de Alicante, presidida por el señor obispo de Orihuela, don Pedro
+María Cubero, la cual poesía despertó un entusiasmo extraordinario.
+Entonces tomé todos los años la costumbre, el día 8 de Diciembre, de
+corregir o adicionar la dicha oda a la Inmaculada, y en tal estado la
+dejé, que más que oda es un canto épico.
+
+»También escribí en Alicante, con motivo de la restauración de la
+iglesia de San Roque, mi poesía _La erección de un templo_. Y también,
+en distintas ocasiones, la égloga _A la primavera_, la elegía _A la
+muerte de una niña_, y otras. Pero el principal trabajo literario que
+hice en Alicante fue el romance histórico _don Jaime el Conquistador_,
+que obtuvo el primer premio, consistente en una pluma de oro y plata, en
+el certamen poético celebrado en Mayo de 1876.
+
+»Como siempre sucedía en casos semejantes, yo pronuncié, en el acto de
+la distribución de premios, un breve discurso que produjo en Alicante un
+inmenso entusiasmo. Al poco tiempo de celebrado este certamen trasladé
+mi domicilio a Madrid, renunciando a mi cargo de vicepresidente de la
+Diputación, con el objeto de dedicarme exclusivamente a la práctica del
+foro. Esto ocurría por el mes de Julio de 1876, y al reunirse la
+Diputación en Noviembre de dicho año me dedicó en su Memoria semestral
+el siguiente párrafo: «No cumpliría con un deber que a la vez imponen
+los fueros de la cortesía y el homenaje que las rectas conciencias
+rinden a la verdad, si al comenzar este trabajo, la Comisión no hiciese
+público el sentimiento de consideración que debe al que fue su dignísimo
+vicepresidente, don Pascual Verdú, el cual renunció su cargo en Julio
+último, no por disentimiento con sus compañeros, sino por tener que
+trasladar su residencia a Madrid. Al consignar estas breves frases en
+honor al celoso funcionario que ha prestado el concurso de su palabra,
+siempre elocuente, y de su voluntad, siempre inquebrantable, en pro de
+los intereses de la provincia, la Comisión cree que se hace intérprete
+de los sentimientos de la Diputación, al dejar estampado en este
+documento el tributo de respetuosa consideración que le merece el
+inteligente diputado y vicepresidente que fue de la Comisión.»
+
+»En Madrid permanecí de Julio de 1876 a Diciembre de 1882. El tiempo que
+estuve en la corte lo dediqué exclusivamente a mis trabajos de abogado y
+a la práctica de la caridad, como socio de San Vicente de Paúl y
+Asociación de Católicos. Fui también socio del Ateneo y de la Juventud
+Católica. Esta última sociedad me honró con el cargo de presidente de la
+sección de Derecho. Cuando yo leía en la Juventud Católica, Selgas
+(1876) dijo una vez a Monasterio (el violinista): «¿Usted no ha oído
+recitar versos a Verdú?» «No»--contestó Monasterio. «Pues imagínese
+usted a Calvo y Vico fundidos en uno, y no llegará en cien leguas al
+encanto que produce oír leer a este hombre.»
+
+»Cuando hablaba en el Tribunal Supremo y en el Consejo de Estado, a las
+primeras palabras quedaban como en suspenso los magistrados, y don
+Carlos Bonet, fiscal del Supremo, me decía: «¿Qué demonios tienes, que
+esta gente, que ya está empachada de informes, cuando tú hablas parecen
+unos memos oyéndote?»
+
+»De labios de varios prelados, que de paso en Madrid asistían a las
+veladas de la Juventud Católica, he oído lo que nadie ha oído, y lo
+mismo de los nuncios y demás sacerdotes ilustrados. El padre Ceferino
+González me dijo: «Sevilla tiene la gloria de ser la patria del mejor
+pintor de la Virgen; Valencia, la de serlo del mejor poeta de la
+Purísima». Rampolla quiso que fuera a Roma. «Es necesario que venga
+usted a Roma--me dijo--. Quiero que Su Santidad le oiga leer a usted sus
+poesías... ¿Por qué no funda usted un periódico?»
+
+»Manterola se entusiasmaba también oyéndome.
+
+»En el Ateneo hablé tres noches, tomando parte en las discusiones sobre
+_la poesía religiosa y el arte por el arte_. Mis discursos fueron
+elogiados y aplaudidos...
+
+»La Juventud Católica me designó como su representante para asistir al
+certamen que se celebró en Sevilla en honor de Murillo; pero no pude
+asistir porque me lo impidieron mis asuntos profesionales. En cambio,
+asistí al centenario de Santa Teresa y en su honor publiqué en _La Unión
+Católica_ una poesía.»
+
+(_Al llegar aquí acaba la letra gruesa y comienza otra vez la fina y
+enredijada de Verdú._)
+
+»Todo marchaba para mí en dirección al éxito. ¿Cómo me veo otra vez en
+este pueblo, enfermo, solo, olvidado?
+
+»En el verano de 1883 tuve una ligera indisposición; no parecía nada,
+pero se fue agravando hasta tal punto, que estuve largo tiempo enfermo.
+No tenía a nadie; estaba mal cuidado, y para colmo de infortunio caí en
+manos de médicos desaprensivos. Cuando pude levantarme me fui a
+Valencia. Allí me recibieron en palmas; fui socio del _Rat Penat_, de la
+Sociedad de Agricultura, de la Academia de la Juventud Católica... De
+pronto, un verano no volví a aparecer más por Valencia, porque había
+vuelto a caer enfermo en Petrel, y aquí comenzó mi calvario.
+
+»¡Cuánto he sufrido y cuánto sufro, querido Antonio! Mi vida ha
+fracasado; podía haber sido algo y no he sido nada. ¿Por qué, por qué?
+
+»Ven pronto.
+
+»Te abraza tu tío
+
+PASCUAL.»
+
+* * *
+
+Y ésta es la carta que ha recibido Azorín--una página de nuestra
+historia contemporánea, un fragmento vivo, auténtico, con detalles
+vulgares, con rasgos épicos--¡en la realidad todo va junto!--de nuestra
+vida de provincias literaria y política.
+
+
+
+
+XIX
+
+
+Hoy Azorín se ha marchado a Petrel. Petrel se asienta en el declive de
+una colina, solapado en la fronda, a la otra banda del valle de Elda,
+dominando con sus casas blancas y su castillo bermejo el oleaje, verde,
+gris, azul, de la campiña. Monóvar está a la parte de acá, frente a
+frente, sobre una ancha meseta. El camino desciende en empinados
+recuestos, culebrea entre rapadas lomas, toca en un huertecillo de
+granados, se acosta a un plantel de oliveras, empareja con un azarbe de
+aguas tranquilas, pasa rozando el cubo de un molino, entra, por fin, en
+las huertas frescas y amenas de Elda.
+
+Y he aquí la misma Elda, que los iberos, grandes poetas, llamaron
+_Idaella_, de _Daellos_, que en nuestra lengua es _casa de regalo_. El
+palacio vetusto de los Coloma, virreyes de Cerdeña, muestra en lo alto
+sus dorados muros ruinosos; abajo, el pueblo se extiende en tortuosas
+callejas apretadas. El Vinalapó corre en lo hondo. Y dos fuentes, la de
+Alfaguar y la Encantada, parten y reparten sus aguas en una red de plata
+que se esparce y refulge por la llanura. Espaciosos cuadros de
+hortalizas ensamblan con plantaciones de viñedos; junto a los granados
+se enhiestan los almendros. Y los anchos y redondos nogales ponen con su
+penumbra, sobre el verde claro de la alfalfa, grandes círculos de
+azulado verdoso.
+
+Elda es un pueblo activo. La agricultura no bastaba para su vida: ha
+nacido la industria. Y es una sola industria, que hace trabajar a todos
+los obreros en lo mismo, que los conforma con iguales aptitudes, que
+mueve toda la actividad del pueblo en una orientación idéntica. Cuatro,
+seis fábricas alientan rumorosas. Y en todas las calles, en todas las
+casas, en todos los rincones suena el afanoso y sonoro tac-tac del
+martillo sobre la horma.
+
+Los domingos, todos estos hombres, un poco encorvados, un poco pálidos,
+dejan sus mesillas terreras y se disgregan en grupos numerosos y alegres
+por los pueblos circunvecinos. Los labriegos miran absortos y envidiosos
+a sus antiguos compañeros. Y ellos gritan, bravuconean, cantan la eterna
+romanza de _Marina_, hacen sonar con garbo sus monedas sobre los
+mármoles.
+
+Hoy es domingo. Los cafés de Elda están repletos. Azorín ha entrado en
+uno de ellos. A su lado un grupo de obreros leía un periódico. Y Azorín
+estaba tomando tranquilamente un refresco cuando ha visto que estos
+obreros se le acercaban y decían:
+
+--Señor Azorín, nosotros le conocemos a usted... y desearíamos que nos
+dijese cuatro palabras.
+
+¿Estos hombres quieren que Azorín les diga cuatro palabras? ¡Azorín,
+orador! Esto es enorme. Azorín ha protestado cortésmente; los obreros
+han insistido con no menos cortesía. Y entonces Azorín, ya puesto en tan
+terrible trance, se ha levantado. Después de levantarse ha sonreído con
+discreción. Y después de sonreír, mientras todos los concurrentes
+esperaban en un profundo silencio, se ha puesto por fin a hablar y ha
+dicho:
+
+«Amigos: Una vez era un pobre hombre que estaba muy enfermo. Y como era
+pobre, no tenía dinero para comprarse ni alimentos ni medicinas. Pero
+tenía un amigo periodista. Los periodistas son buenos, son sencillos,
+son amables. Y este periodista--que, como es natural, tampoco tenía
+dinero--publicó en su periódico un suelto en que demandaba la caridad
+para su amigo.
+
+Cuando salió el periódico, mucha gente leyó el suelto y no hizo caso;
+pero hubo tres hombres que sacaron un cuadernito pequeño y apuntaron las
+señas. De estos tres hombres, uno era grueso y con la barba negra; otro
+era delgado y con la barba rubia, y el tercero, que no era grueso ni
+delgado, no tenía barba. Pero los tres pensaron seriamente en que había
+que socorrer al pobre enfermo, y los tres se encaminaron a su casa,
+cada uno por distinto camino.
+
+Todos llegaron al mismo tiempo a ella, y como se saludaron
+familiarmente, se puede decir que se conocían de antiguo. Ya ante el
+enfermo, el que no tenía barba bajó los ojos, cruzó las manos sobre el
+pecho y dijo:
+
+--El mal es grave, pero, en mi humilde juicio, puede curarse con
+resignación de una parte y caridad de otra...
+
+Al oír esto el de la barba rubia se estiró los puños, arqueó los brazos
+y le atajó diciendo:
+
+--Perdone usted; el pueblo es soberano. Lo que importa es que conozca
+sus derechos y que los conquiste...
+
+Al llegar aquí, el de la barba negra levantó la cabeza, les miró con
+desprecio y arguyó en esta forma:
+
+--Están ustedes en un error; el mal tiene más hondas causas. Ante todo,
+hay que nacionalizar la tierra...
+
+Apenas hubo dicho estas palabras, cuando los otros dos le interrumpieron
+dando voces; replicó en el mismo tono el de la barba negra, y tal
+escándalo promovieron entre los tres, que las gentes de la vecindad, que
+eran todas muy pobres, acudieron a la casa del enfermo y los arrojaron
+de ella.
+
+Y estas pobres gentes decían:
+
+--No, no queremos a nuestro lado falsos doctores; no queremos palabras
+seductoras; no queremos bellos proyectos. Nosotros somos pobres y nos
+bastamos a nosotros mismos. En nosotros está la salud, y nosotros
+curaremos a este hombre.
+
+Y entonces este hombre sonrió con una sonrisa divina, y los miró con una
+mirada dulce, y cogió sus manos, y las estrechaba blandamente contra su
+pecho.
+
+Porque había visto que estos hombres eran sus hermanos y que la
+verdadera salud estaba en ellos.»
+
+* * *
+
+Azorín ha continuado su viaje hacia Petrel. De Elda a Petrel hay media
+hora; el camino corre entre grata y fresca verdura.
+
+Petrel es un pueblecillo tranquilo y limpio. Hay en él calles que se
+llaman de Cantararias, del Horno de la Virgen, de la Abadía, de la
+Boquera; hay gentes que llevan por apellidos Broqués, Boyé, Bellot,
+Férriz, Guill, Meri, Mollá; hay casas viejas con balcones de madera
+tosca, y casas modernas con aéreos balcones que descansan en tableros de
+rojo mármol; hay huertos de limoneros y parrales, lamidos por un arroyo
+de limpias aguas; hay una plaza grande, callada, con una fuente en medio
+y en el fondo una iglesia. La fuente es redonda; tiene en el centro del
+pilón una columna que sostiene una taza; de la taza chorrea por cuatro
+caños perennemente el agua. La iglesia es de piedra blanca; la
+flanquean dos torres achatadas; se asciende a ella por dos espaciosas y
+divergentes escaleras. Es una bella fuente que susurra armoniosa; es una
+bella iglesia que se destaca serena en el azul diáfano. Las golondrinas
+giran y pían en torno de las torres; el agua de la fuente murmura
+placentera. Y un viejo reloj lanza de hora en hora sus campanadas
+graves, monótonas.
+
+
+
+
+SEGUNDA PARTE
+
+
+
+
+I
+
+
+La casa de Verdú es ancha, clara, limpia. Tiene un zaguán solado de
+grandes losas; a la derecha, la escalera asciende con su barandilla de
+forjados hierros; en el fondo se abre la recia puerta de nogal que
+franquea el despacho. El despacho es de paredes blancas, con dos
+armarios llenos de libros, con una mesa de columnillas salomónicas, con
+anchos fraileros acá y allá adornados de chatones lucientes. En las
+paredes, entre los estantes, lucen dos grandes litografías lyonesas; en
+la una pone: _Comme l'amour vient aux garçons_, y representa un mozuelo
+ensimismado, compuestito, que se aleja con una muchacha hacia un baile;
+en la otra dice: _Comme l'amour vient aux filles_, y figura dos niñas
+que oyen embelesadas la dulce música de un garzón lindo.
+
+Cuidadosamente colocados en una vitrina, todo limpio, todo de plata,
+relucen una imagen de la Virgen aragonesa, un servicio de afeitar--con
+su palangana de collete, su jarro, su bola para jabón--, seis macerinas
+y una bandeja cuadrada. «Todo esto--declara una cartela--le tocó a doña
+Eulalia Verdú y Brotóns en la rifa que se ejecutó en Zaragoza a
+beneficio del Santo Hospital Real y general de Nuestra Señora de Gracia
+el día 7 de Noviembre de 1830.»
+
+A la derecha, en el fondo del despacho, se abre una espaciosa alcoba, y
+frente a la puerta de entrada una gran reja movediza que da paso a un
+patio. El patio está enladrillado de cuadrilongos ladrillos rojos; una
+parra lo anubla con fresco toldo; al final, una cancela deja ver por
+entre sus varillajes, festoneados de encendidos geranios, una sombrosa
+huerta de naranjos, de higueras con sus brevas adustas, de ciruelos con
+sus doradas prunas, de manzanos con sus grandes pomas rosadas... En
+otoño, los racimos de granos alongados cuelgan entre los pámpanos en
+vistosas estalactitas de oro; las abejas zumban; van y vienen en vuelo
+sinuoso las mariposas, que se despiden de la vida. Y un sosiego
+armonioso se exhala de los crepúsculos vespertinos en el callado patio,
+bajo la parra umbría, mientras el huerto se sume en la penumbra y suenan
+lentas, una a una, las campanadas del Angelus.
+
+* * *
+
+Verdú pasea por la estancia. Es alto; su cabellera es larga; la barba la
+tiene intonsa; su cara pálida está ligeramente abotagada. Camina
+despacio, deteniéndose, apoyándose en los muebles. A veces hace una
+larga inspiración, echa la cabeza hacia atrás y la mueve a un lado y a
+otro. No puede dormir; casi no come.
+
+Sobre la mesa hay un vaso con leche y unos bizcochos; de tarde en tarde
+Verdú se detiene ante la mesa, coge un bizcocho y lo sume en el vaso;
+luego se lo lleva a la boca, poniendo la muñeca casi a la altura de la
+frente, con el metacarpo diagonal y los dedos caídos, en un gesto de
+supremo cansancio. Verdú viste con traje oscuro, holgado; la camisa es
+de batista, blanda, sin corbata; calza unos zapatos suizos; lleva los
+tres últimos botones del chaleco sin abrochar.
+
+--¡Ay, Antonio!--exclama Verdú--. Yo no puedo soportar más este dolor
+que me abruma y no me deja reposar un momento.
+
+Azorín mira pensativo a Verdú, como antaño miraba a Yuste. Un mundo de
+ideas le separa de Verdú; pero ¿qué importan las ideas rojas o blancas?
+Lo que importan son los bellos movimientos del alma; lo que importa es
+la espontaneidad, la largueza, la tolerancia, el ímpetu generoso, el
+arrebato lírico. Y Verdú es un bello ejemplar de esos hombres-fuerzas
+que cantan, ríen, se apasionan, luchan, caen en desesperaciones hondas,
+se exaltan en alegrías súbitas; de uno de esos hombres que accionan
+fáciles, que caminan rápidos, que hablan tumultuosos, que dicen
+jovialmente a los necesitados: «¡Ah! sí, sí, desde luego», que tienden
+los brazos para abrazar desde la segunda entrevista, que piensan
+sinceramente al recibir la ofensa: «Soy yo, soy yo el que tiene la
+culpa», que suben sesenta escalones, y otros sesenta, y otros cincuenta
+para hacer un favor al amigo del amigo de un amigo, que contestan las
+cartas a correo vuelto, que lanzan largos telegramas entusiastas por
+nimias felicitaciones, que son buenos, que son sencillos, que son
+grandes.
+
+* * *
+
+A ratos, fragmentariamente, charlan Verdú y Azorín. Largos silencios
+entrecortan los coloquios. Un jilguero, colgado en el patio, canta en
+arpegios cristalinos. Y en un rincón, ensimismado, encogido, triste, muy
+triste, callado siempre, un viejo que viene invariablemente todas las
+tardes, se acaricia con un gesto automático sus claras patillas blancas.
+
+Este viejo se llama don Víctor y tiene dos o tres apellidos como todos
+los mortales; pero, ¿para qué consignarlos? Ya don Víctor no es casi
+nada; es un resto de personalidad; es un rezago lejano de ente humano. Y
+ni aun don Víctor cabe llamarle, sino _un viejo_--uno de esos viejos
+tan viejos que si dicen alguna vez: _Cuando yo era joven..._ parece que
+abren un cuarto oscuro del que sale una bocanada de aire húmedo.
+
+* * *
+
+--Yo no quiero creer, Azorín--dice Verdú--, que esto sea todo
+perecedero, que esto sea todo mortal y deleznable, que esto sea todo
+materia. Yo oigo decir... yo leo... yo observo... por todas partes,
+todos los días, que las ideas consoladoras se disgregan, se pierden,
+huyen de las Universidades y las Academias, desertan de los libros y de
+los periódicos, se refugian--¡único refugio!--en las almas de los
+labriegos y de las mujeres sencillas... ¡Ah, qué tristeza, querido
+Azorín, qué tristeza tan honda!... Yo siento cómo desaparece de una
+sociedad nueva todo lo que yo más amo, todo lo que ha sido mi vida, mis
+ilusiones, mi fe, mis esperanzas... Y no puedo creer que aquí remate
+todo, que la substancia sea única, que la causa primera sea inminente...
+Y, sin embargo, todo lo dice ya en el mundo... por todas partes, a pesar
+de todo, contra todo, estas ideas se van infiltrando..., estas ideas
+inspiran el arte, impulsan las ciencias, rigen los Estados, informan los
+tratos y contratos de los hombres...
+
+Ligera pausa. Verdú mueve su cabeza suavemente para sacudir el dolor.
+Don Víctor se acaricia sus patillas blancas. Azorín mira a lo lejos, en
+el huerto, cómo giran y tornan las mariposas, sobre el follaje, bajo el
+cielo diáfano.
+
+Y Verdú añade:
+
+--No, no, Azorín; todo no es perecedero, todo no muere... ¡El espíritu
+es inmortal! ¡El espíritu es indestructible!
+
+Y luego, exaltado, abriendo mucho sus ojos tristes, golpeándose la
+frente:
+
+--¡Ah, mi espíritu, mi espíritu!... ¡Mi vida perdida, mis energías
+muertas!... ¡Ah, el desconsuelo de sentirse inerte en medio de la
+vibración universal de las almas!
+
+Y se ha hecho un gran silencio. Y en el aire parece que había sollozos y
+lágrimas. Y han sonado lentas, una a una, las campanadas del Angelus.
+
+
+
+
+II
+
+
+Sarrió es gordo y bajo; tiene los ojos chiquitos y bailadores, llena la
+cara, tintadas las mejillas de vivos rojos. Y su boca se contrae en un
+gesto picaresco y tímido, apocado y audaz, un gesto como el de los niños
+cuando persiguen una mariposa y van a echarle la mano encima. Sarrió
+lleva, a veces, un sombrero hongo un poco en punta; otras, una antigua
+gorra con dos cintitas detrás colgando. Su chaleco aparece siempre con
+los cuatro botones superiores desabrochados; la cadena es de plata,
+gorda y con muletilla.
+
+Sarrió es un epicúreo; pero un epicúreo en rama y sin distingos. Ama las
+buenas yántigas; es bebedor fino, y cuando alza la copa entorna los ojos
+y luego contrae los labios y chasca la lengua. Sarrió no se apasiona por
+nada, no discute, no grita; todo le es indiferente. Todo menos esos
+gordos capones que traen del campo y a los cuales él les pasa con amor y
+veneración la mano por el buche; todo menos esos sólidos jamones que
+chorrean bermejo adobo, o penden colgados del humero; todo menos esos
+largos salchichones aforrados en plata que él sospesa en la mano y
+vuelve a sospesar como diciendo: «Sí, éste tiene tres libras»; todo
+menos esas opulentas empanadas de repulgos preciosos, atiborradas de mil
+cosas pintorescas; todo menos esas chacinas extremeñas; todo menos esos
+morteruelos gustosos; todo menos esas deleznables mantecadas, menos esos
+retesados alfajores, menos esos sequillos, esos turrones, esos
+mazapanes, esos pestiños, esas hojuelas, esos almendrados, esos
+piñonates, esas sopaipas, esos diacitrones, esos arropes, esos
+mostillos, esas compotas...
+
+Sarrió vive en una casa vieja, espaciosa, soleada, con un huerto, con
+una ancha acequia que pasa por el patio en un raudal de agua
+transparente. Sarrió tiene una mujer gruesa y tres hijas esbeltas,
+pálidas, de cabellera espléndida: Pepita, Lola, Carmen. Tres muchachas
+vestidas de negro que pajarean por la casa ligeras y alegres. Llevan
+unos zapatitos de charol, fina obra de los zapateros de Elda, y sobre el
+traje negro resaltan los delantales blancos, que se extienden
+ampliamente por la falda y suben por el seno abombado, guarnecidos de
+sutiles encajes rojos.
+
+Por la mañana, Pepita, Carmen, Lola se peinan en la entrada, luciente en
+sus mosaicos pintorescos. El sol entra fúlgido y cálido por los
+cuarterones de la puerta; los muebles destacan limpios; gorjea un
+canario. Y la peinadora va esparciendo sobre la espalda las blondas y
+ondulantes matas. Y un momento estas tres niñas blancas, gallardas, con
+sus cabelleras de oro sueltas, con la cabeza caída, semejan esas bellas
+mujeres desmelenadas de Rafael en su _Pasmo_, de Ghirlandajo en su _San
+Zenobio_.
+
+Luego, Pepita, Carmen, Lola trabajan en esta misma entrada, durante el
+día, con sus bolillos, urdiendo fina randa. Las tres tienen las manos
+pequeñas, suaves, carnositas, con hoyuelos en los artejos, con las uñas
+combadas. Y estas manos van, vienen, saltan, vuelan sobre el encaje,
+cogen los bolillos, mudan los alfileres, mientras el dedo meñique,
+enarcado, vibra nerviosamente y los macitos de nogal hacen un leve
+traqueteo. De rato en rato, Pepita, o Lola, o Carmen, se detienen un
+momento, se llevan la mano suavemente al pelo, sacan la rosada punta de
+la lengua y se mojan los labios...
+
+Y así hora tras hora. Al anochecer, ellas y sus amigas pasean por esta
+bella plaza solitaria, de dos en dos, de tres en tres, cogidas de la
+cintura, con la cabeza inclinada a un lado, mientras cuchichean,
+mientras ríen, mientras cantan alguna vieja tonada melancólica. En el
+fondo, la iglesia se perfila en el azul negruzco; el aire es dulce; las
+estrellas fulguran. Y el agua de la fuente cae con un manso susurro
+interminable...
+
+
+
+
+III
+
+
+El cielo se nubla; relampaguea; caen sonoros goterones sobre la parra. Y
+un chubasco se deshace en hilos brilladores entre los pámpanos.
+
+Verdú mira el sol que de nuevo ha vuelto a surgir tras la borrasca. Don
+Víctor, en un rincón, siempre inmóvil, siempre triste, muy triste, se
+acaricia en silencio sus blancas patillas ralas.
+
+--Yo amo la Naturaleza, Antonio--dice Verdú--: yo amo, sobre todas las
+cosas, el agua. El cardenal Belarmino dice que el agua es una de las
+escalas para subir al conocimiento de Dios.
+
+El agua,--escribe él--«lava y quita las manchas, apaga el fuego,
+refrigera y templa el ardor de la sed, une muchas cosas y las hace un
+cuerpo, y últimamente, cuanto baja, tanto sube y se levanta después...»
+Pero Belarmino no sabía que el agua tiene sus amores; los santos no
+saben estas cosas. Y yo te diré los amores del agua.
+
+El agua ama la sal; es un amor apasionado y eterno. Cuando se
+encuentran se abrazan estrechamente; el agua llama hacia sí la sal, y la
+sal, toda llena de ternura, se deshace en los brazos del agua... ¿No has
+visto nunca en el verano cómo desciende la lluvia en esos turbiones
+rápidos que refrescan y esponjan la verdura? El agua cae sobre las
+anchas y porosas hojas y busca a su amiga la sal; pero la sal está
+aprisionada en el menudo tejido de la planta. Entonces el agua se
+lamenta de los desdenes de la sal, le reprocha su inconstancia, la
+amenaza con olvidarla. Y la sal, enternecida, hace un esfuerzo por salir
+de su prisión y se une en un abrazo con su amada. Sin embargo, ocurre
+que el sol, que tiene celos del agua, a la que también adora, sorprende
+a los dos amantes y se pone furioso. «¡Ah!--exclama en ese tono con que
+se dicen estas cosas en las comedias--¡ah! ¿Conque estás hablando de
+amores con la sal? ¿Conque la has hecho salir de su cárcel, donde estaba
+encerrada por orden mía? ¡Pues yo voy a castigarte!» Y entonces el sol,
+que es un hombre terrible, manda un rayo feroz contra el agua; la cual,
+como es tan inocente, tan medrosica, abandona a la sal y huye toda
+asustada.
+
+Y ésta es la causa, Antonio, por qué en el verano, cuando ha pasado el
+chubasco y el sol luce de nuevo, vemos sobre las hojas de algunas
+plantas, las cucurbitáceas, por ejemplo, unas pequeñas y brilladoras
+eflorescencias salinas...
+
+
+
+
+IV
+
+
+Hoy ha llegado un músico errabundo. Él se hace llamar Orsi, pero yo sé
+que se llama sencillamente Ríos. Ríos toca el violoncello; es alto,
+gordo; su cráneo está casi glabro; sobre las sienes asoman unos aladares
+húmedos y estirados; una melenita blanquinosa baja hasta el cuello.
+
+A Orsi acompaña una muchacha esbelta. Esta muchacha tiene la cara
+ovalada, largas las pestañas, los ojos dulcemente atristados; viste un
+traje nuevo con remembranzas viejas, y hay en toda ella, en sus gestos,
+en su andar, en sus arreos, un aire de esas figuras que dibujaba
+Gavarni, tan simples, tan elegantes, tan simpáticas, con la cabeza
+inclinada, con el pelo en tirabuzones, con las manos finas y agudas
+cruzadas sobre la falda, que cae en tres grandes alforzas sobre los pies
+buidos.
+
+Orsi tiene un monóculo. Este monóculo ha sido el origen de su amistad
+con Azorín. Un hombre que gasta monóculo es, desde luego, digno de la
+consideración más profunda. Esta tarde Orsi recorría indolentemente las
+calles. De rato en rato Orsi se ponía su monóculo y se dignaba mirar a
+estos pobres hombres que viven en un pueblo. De pronto un joven ha
+aparecido en un portal. ¿Necesitaré describir este joven? Es alto; va
+vestido de negro; lleva una cadenita de oro, en alongados eslabones, que
+refulge en la negrura, como otra idéntica que lleva el consejero Corral,
+pintado por Velázquez. Es posible que Orsi no conozca este cuadro de
+Velázquez, y, por lo tanto, no haya advertido dicho detalle. Por eso,
+sin duda, ha dirigido al citado joven una mirada piadosa a través de su
+cristal. Entonces el joven, lentamente, se ha llevado la mano al pecho,
+ha cogido otro monóculo, se lo ha puesto y ha mirado a Orsi con cierta
+conmiseración altiva.
+
+Orsi, claro está, se ha quedado inmóvil, estupefacto, asombrado. En
+Petrel, en este pueblo oscuro, en este pueblo diminuto, ¿hay un hombre
+que gasta monóculo? Y ¿este monóculo tiene una cinta ancha y una gruesa
+armadura de concha? Y ¿es más grande, y más recio, más formidable, más
+agresivo que el suyo? Todas estas ideas han pasado rápidamente por el
+cerebro un poco hueco de Orsi. «Indudablemente--ha concluido--, yo puedo
+ser un genio, pero he de reconocer que aquí, en este pueblo, _no estoy
+solo_.»
+
+Y ante el burgués innoble, entre este vulgo ignaro, Orsi y Azorín--¡no
+podía ser de otro modo!--se han reconocido como dos almas superiores, y
+han ido en compañía de Sarrió--que también a su manera es un alma
+superior--a tomar unas olorosas copas de ajenjo.
+
+* * *
+
+El concierto se ha celebrado en el casino. Había poca gente; era una
+noche plácida de estío. La niña simple se sienta al piano; Orsi coge el
+violoncello, y lo limpia, y lo acaricia, y arranca de él agudos y graves
+arpegios.
+
+Luego se hace un gran silencio. El piano preludia unas notas
+cristalinas, lentas, lánguidas. Y el violoncello comienza su canto
+grave, sonoro, melancólico, misterioso; un canto que poco a poco se
+apaga como un eco formidable, mientras una voz fina surge,
+imperceptible, y plañe dolores inefables, y muere tenue. Es el _Spirto
+gentil_, de _La Favorita_. Orsi inclina la cabeza con unción; su mano
+izquierda asciende, baja, salta a lo largo del asta...
+
+Cuando acaba la pieza, Orsi se levanta sudoroso y Azorín le ofrece un
+refresco.
+
+--No, no, Azorín--contesta Orsi;--tengo miedo... un poquito de cognac...
+
+El concierto vuelve a empezar. El arco pasa y repasa; el violoncello
+canta y gime. Un mozo discurre con una bandeja; la concurrencia se va
+retirando calladamente. Y el violoncello se queja discreto, sonríe
+irónico, parte en una furibunda nota larga.
+
+--¡Qué calor, qué calor!--exclama Orsi cuando acaba--. Azorín a ver, un
+poquito de cognac...
+
+Son las doce. El salón está casi vacío. Diminutas mariposas giran en
+torno a las lámparas; por los grandes balcones abiertos entra como una
+calma densa y profunda que se exhala del pueblo dormido, de la oscuridad
+que en la calle silenciosa ahoga los anchos cuadros de luz de las
+ventanas.
+
+Y entonces, en ese profundo silencio, Azorín ha dicho:
+
+--Orsi, toque usted algo de Beethoven... la última sinfonía... estamos
+solos...
+
+Y Orsi ha contestado:
+
+--Beethoven... Beethoven... Azorín, un poquito de cognac por Beethoven.
+
+Y el violoncello, por última vez, ha cantado en notas hondas y
+misteriosas, en notas que plañían dolores y semejaban como una despedida
+trágica de la vida.
+
+Orsi levanta la cabeza; sus ojos brillan; su mano izquierda se abate con
+un gesto instintivo, todo vuelve al silencio.
+
+* * *
+
+Luego, en casa de Sarrió, los tres, en el misterio de la noche, ante las
+copas, bajo la lámpara, evocan viejos recuerdos.
+
+--Azorín--dice Orsi--, ¿usted no conoció a Bottesini? Bottesini logró
+hacer con el violón lo que Sarasate con el violín. ¡Qué admirable! Yo le
+oí en Madrid; cuando yo le conocí llevaba un pantalón blanco a rayitas
+negras.
+
+Callan un largo rato. Y después Sarrió pregunta:
+
+--¿A que no saben ustedes lo que me sucedió a mí en Madrid una noche?
+
+Azorín y Orsi miran a Sarrió con visibles muestras de ansiedad. Sarrió
+prosigue.
+
+--Una noche estaba yo en los Bufos; no recuerdo qué función
+representaban. Era una en que salían unas mujeres que llevaban grandes
+carteras de ministro, y había otra que era reina... Yo estaba viendo la
+función muy tranquilo, cuando de pronto me vuelvo y veo a mi lado... ¿a
+quién dirán ustedes? A don Luis María Pastor. ¡Don Luis María Pastor en
+los Bufos!
+
+Azorín pregunta quién era don Luis María Pastor. Y Sarrió contesta:
+
+--No lo sé yo a punto fijo, pero era un gran personaje de entonces. Lo
+que sí recuerdo es que iba todo afeitado.
+
+Vuelven a callar. Y Azorín se acerca la copa a los labios y piensa que
+en la vida no hay nada grande ni pequeño, puesto que un grano de arena
+puede ser para un hombre sencillo una montaña.
+
+
+
+
+V
+
+
+Verdú está cada vez más débil y achacoso. Esta tarde, en el despacho,
+ante el huerto florido, Verdú iba y venía como siempre con su paso
+indeciso. En un rincón, inconmovible, eterno, don Víctor calla y se
+acaricia sus barbas blancas. Y Azorín contempla extático al maestro. Y
+el maestro dice:
+
+--Azorín, todo es perecedero acá en la tierra, y la belleza es tan
+contingente y deleznable como todo... Cuando las generaciones nuevas
+tratan de destruir los nombres antiguos, «consagrados», se estremecen de
+horror los viejos. Y no hay nada definitivo: los viejos hicieron sus
+consagraciones: ¿qué razón hay para que las acepten los jóvenes? Su
+criterio vale, por lo menos, tanto como el de sus antecesores. Yo me
+siento viejo, enfermo y olvidado, pero mi espíritu ansía la juventud
+perenne.
+
+No hay nadie «consagrado». La vida es movimiento, cambio,
+transformación. Y esa inmovilidad que los viejos pretenden poner en sus
+consagraciones va contra todo el orden de las cosas. La sensibilidad del
+hombre se afina a través de los tiempos. El sentido estético no es el
+mismo. La belleza cambia. Tenemos otra sintaxis, otra analogía, otra
+dialéctica, hasta otra ortología, ¿cómo hemos de encontrar el mismo
+placer en las obras viejas que en las nuevas?
+
+Los jóvenes que admiten sin regateos las innovaciones de la estética son
+más humanos que los viejos. La innovación es al fin admitida por todos;
+pero los jóvenes la acogen desde el primer momento con entusiasmo, y los
+viejos cuando la fuerza del uso general les pone en el trance de
+admitirla, es decir, cuando ya está sancionada por dos o tres
+generaciones. De modo que los jóvenes tienen más espíritu de justicia
+que los viejos, y además se dan el placer--¡el más intenso de todos los
+placeres!--de gozar de una sensación estética todavía no desflorada por
+las muchedumbres.
+
+He dicho que los viejos admiten, al fin y al cabo, las innovaciones del
+modernismo (o como se quieran llamar tales audacias), y es muy cierto.
+Vicente Espinel era un modernista, hizo lo que hoy están haciendo los
+poetas jóvenes: innovó en la métrica. Y hoy los mismos viejos que
+denigran a los poetas innovadores encuentran muy lógico y natural
+componer una décima. El arcipreste de Hita se complace en haber
+_mostrado a los simples fablas et versos extrannos_. Fue un innovador
+estupendo, y esos _versos extrannos_ causarían de seguro el horror de
+los viejos de su tiempo. De Boscán y Garcilaso no hablemos; hoy se
+reprocha a los jóvenes poetas americanos de lengua castellana que vayan
+a buscar a Francia su inspiración. ¿Dónde fue a buscarla Boscán, que nos
+trajo aquí todo el modernismo italiano? Lope de Vega, el más furibundo,
+el más brutal, el más enorme de todos los modernistas, puesto que rompe
+con una abrumadora tradición clásica, será, sin duda, aplaudido por los
+viejos cuando se representa una obra suya, ¡una obra que es un insulto a
+Aristóteles, a Vida, a López Pinciano y a la multitud de gentes que
+creían en ellos, es decir, a los viejos de aquel entonces!
+
+«Imitad a los clásicos--se dice a los jóvenes--no intentéis innovar.» ¡Y
+esto es contradictorio! La buena imitación de los clásicos consiste en
+apartar los ojos de sus obras y ponerlos en lo porvenir; ellos lo
+hicieron así. No imitaban a sus antecesores: innovaban. De los que
+fueron fieles a la tradición, ¿quién se acuerda? Su obra es vulgar y
+anodina; es una repetición del arquetipo ya creado...
+
+Verdú ha callado un momento y Azorín ha dicho:
+
+--Lo que los viejos reprochan, sobre todo, a los jóvenes, maestro, son
+los medios violentos que emplean para echar abajo sus consagraciones,
+esas palabras gruesas, esos ataques furibundos...
+
+Y Verdú ha contestado:
+
+--Eso vale tanto como reprocharles su juventud. ¿Qué hicieron ellos en
+su tiempo? La vida es acción y reacción. Todo no puede ser uniforme,
+igual, gris. Los ataques de los jóvenes de ahora son la reacción natural
+de los elogios excesivos que los viejos se han fabricado durante veinte
+años. Luego, dentro de otros veinte años, los críticos y los
+historiadores pondrán en su punto las cosas; es decir, en un nivel que
+ni sea los ditirambos de los viejos ni las diatribas de los jóvenes...
+Pero ese trabajo podrán hacerlo porque ya recibirán, hecha por los
+jóvenes, la mitad de la labor; es decir, que ya se encontrará destruida
+esa obra de frívolas consagraciones que los viejos han construido.
+
+--Otro de los cargos, querido maestro, que los viejos hacen a las nuevas
+generaciones es su volubilidad, su mariposeo a través de todas las
+ideas.
+
+--Cabalmente en el fondo de esa volubilidad veo yo un instintivo
+espíritu de justicia. Los viejos, hombres de una sola idea, no pueden
+comprender que se vivan todas las ideas. ¿Que los jóvenes no tienen
+ideas fijas? ¡Sí precisamente no tener una idea fija es tenerlas todas,
+es gustarlas todas, es amarlas todas! Y como la vida no es una sola
+cosa, sino que son varias, y, a veces muy contradictorias, sólo éste es
+el eficaz medio de percibirla en todos sus matices y cambiantes, y sólo
+ésta es la regla crítica infalible para juzgar y estimar a los
+hombres... Pero los viejos no pueden comprender este mariposeo, y se
+aferran a una sola idea que representa su vida, su espíritu, su pasado.
+Y esto es fatal; es el mismo instinto que nos hace cobrar amor a un
+objeto que hemos usado durante años, un reloj, una petaca, una cartera,
+un bastón...
+
+El maestro calla. Y de pronto don Víctor--¡oh pasmo!--cesa de
+acariciarse sus patillas, abre la boca y exclama:
+
+--¡Yo tenía un bastón!
+
+Azorín y el maestro se quedan asombrados. ¿Don Víctor habla? ¿Don Víctor
+tenía un bastón? ¡Esto es insólito! ¡Esto es estupendo!
+
+Y don Víctor prosigue:
+
+--Yo tenía un bastón, ¿eh?... un bastón con el puño de vuelta, con una
+chapa de plata, ¿eh?... con una chapa de plata que hacía un ruido sordo
+al caminar...
+
+Don Víctor se detiene en una breve pausa; se siente fatigado de su
+enorme esfuerzo. Después añade:
+
+--Una vez tuve yo que hacer un viaje... un viaje largo, ¿eh?... era el
+día 20 y tenía que embarcarme en Barcelona el 21... el 21, ¿eh?... y yo
+estaba en Madrid.
+
+Don Víctor hace otra pausa. Indudablemente, su relato va adquiriendo
+aspecto trágico; don Víctor continúa:
+
+--Llego a la estación y tomo el billete... luego entro en el andén y
+cojo el coche, ¿eh?... cojo el coche y voy colocando la sombrera...
+Después la maleta... después el portamantas... el portamantas, ¿eh?...
+el portamantas que no tenía el bastón... ¡qué no tenía el bastón!...
+Entonces yo cojo mi equipaje, salgo de la estación y me voy a casa,
+¿eh?... me voy a casa, porque yo no podía acostumbrarme a la idea de
+estar sin mi bastón, ¿eh?... de estar sin mi bastón y de no oír el ruido
+de la chapa de plata...
+
+Don Víctor calla anonadado por la emoción; luego, haciendo un último
+esfuerzo, añade:
+
+--Después me lo quitaron... me quitaron mi bastón, ¿eh?... mi bastón con
+el puño de vuelta... Y desde entonces... desde entonces...
+
+Su voz tiembla y se apaga en un silencio de tristeza infinita. Y Verdú y
+Azorín permanecen silenciosos también, conmovidos, ante esta fruslería
+que es una tragedia para este pobre viejo.
+
+
+
+
+VI
+
+
+Esta noche el pobre Sarrió está muy ocupado; se encuentra metido en su
+despacho, bajo la lámpara que pone en su cabeza vivos reflejos, ante un
+libro que lee y relee con visibles muestras de un interés profundo.
+
+Este libro que lee Sarrió es un libro trascendental y filosófico; se
+titula: _Diccionario general de cocina_. Sarrió tiene fija la vista en
+una de sus páginas; su cuerpo se remueve en la silla; diríase que le
+desasosiega alguno de los pasajes del libro. Sí, sí, le inquieta a
+Sarrió uno de los pasajes de este libro. Y he aquí lo que dice este
+pasaje:
+
+«_Tiempo que un conejo debe estar al fuego, suponiendo que esté recién
+muerto._»
+
+Esto es admirable; esto es como el anuncio de que un sabio va a
+pronunciar su mágica sentencia.
+
+Luego el pasaje continúa:
+
+«Un conejo grande, casero, hora y media.--Uno de monte, una hora.»
+
+¡Y esto es lo que le inquieta a Sarrió! ¿Un conejo casero hora y media?
+¿Uno de monte una hora? Pero ¡esto es absurdo! ¡Esto es desconocer la
+realidad! Y Sarrió se remueve en su asiento, torna a leer el pasaje, lo
+lee de nuevo. Sí, esto es negar la evidencia; esto es trastocar el orden
+natural de los fenómenos. Porque un conejo de monte, siempre, desde el
+origen de las cosas, ha tardado en cocerse más que uno casero.
+
+Y Sarrió siente que su fe en este libro, único para él, vacila. Y por
+primera vez en su vida experimenta una tenue y vaga tristeza.
+Decididamente, la sabiduría humana es cosa deleznable. ¿Para qué sirven
+los sabios? ¿Para qué sirven estos libros que leemos creyendo encontrar
+en ellos la verdad infalible?
+
+Y Sarrió ha confesado a Azorín su amargura. Y Azorín le ha dicho:
+
+--Sí, querido Sarrió, los libros son falaces; los libros entristecen
+nuestra vida. Porque gastamos en leerlos y escribirlos aquellas fuerzas
+de la juventud que pudieran emplearse en la alegría y el amor. Pero
+nosotros ansiamos saber mucho. Y cuando llega la vejez y vemos que los
+libros no nos han enseñado nada, entonces clamamos por la alegría y el
+amor, ¡que ya no pueden venir a nuestros cuerpos, tristes y cansados!
+
+
+
+
+VII
+
+
+Esta tarde hemos cumplido un deber triste: hemos acompañado hasta la
+santa tierra al que en vida fue nuestro amigo don Víctor.
+
+Una rambla abre su ancho cauce entre el camposanto y el pueblo. La
+verdura se extiende en lo hondo bordeando el cauce, repta por el
+empinado tajo, se junta a la otra verdura de los huertos que respaldan
+las casas y aparecen colgados como pensiles.
+
+Sarrió y Azorín, ya de regreso, han cruzado la rambla. Y Sarrió ha
+dicho:
+
+--¿A que no sabe usted, Azorín, en lo que pensaba don Víctor cuando se
+estaba muriendo? Pensaba en un bastón, en su bastón. Y decía: «Que me
+devuelvan mi bastón... mi bastón de vuelta, ¿eh?... un bastón que tiene
+una chapa de plata... una chapa de plata que hace un ruido al caminar,
+¿eh?»... Y luego en la agonía le ha gritado: «¡Mi bastón, mi bastón!»; y
+ha muerto. ¿No le parece a usted raro, Azorín?
+
+Y Azorín ha contestado:
+
+--No, querido Sarrió, no me parece raro. Unos piden _luz, más luz_,
+cuando se mueren; otros piden _sus ideas_, este pobre hombre pedía _su
+bastón_. ¡Qué importa bastón, ideas o luz! En el fondo, todo es un
+ideal. Y la vida, que es triste, que es monótona, necesita, querido
+Sarrió, un ideal que la haga llevadera: justicia, amor, belleza, o
+sencillamente un bastón con una chapa de plata.
+
+Llegaba el crepúsculo. Y el cielo se encendía con violentos resplandores
+de incendio.
+
+
+
+
+VIII
+
+
+Verdú reposa en la ancha cama. Sus brazos están extendidos sobre la
+sábana. Y sus manos son transparentes. Y sus ojos están entornados. Y en
+su rostro se muestra un sosiego dulce. Verdú respira penosamente. De
+rato en rato un gemido se escapa de sus labios. Ya se remueve un poco;
+una ancha inspiración hincha su pecho; sus ojos se abren intranquilos. Y
+luego dice con voz larga y suave: _¡Ay, Antonio! ¡Ay, Antonio!_
+
+Ha llegado la unción hace un momento y han ido poniendo sobre sus ojos,
+sobre sus oídos, sobre sus labios, sobre sus manos, sobre sus pies los
+santos óleos.
+
+Al lado de la cama un clérigo lee con voz queda en un libro:
+
+...«_Commendo te omnipotenti Deo, charissime frater, et ei cujus es
+creatura, conmitto_»...
+
+Lentamente se ha ido sosegando el maestro; sus párpados descienden
+pesados y se cierran; su cuerpo yace inmóvil... Todo está quieto; los
+rayos del sol se filtran por la parra y caen en vivas manchas sobre los
+ladrillos del patio; el jilguero desenvuelve sus trinos; una mariposa
+blanca va, viene, torna, gira, repasa entre los verdes pámpanos. Y de
+pronto el maestro se agita nervioso, abre anchos los ojos y grita con
+angustia: _¡Mi espíritu!... ¡Mi espíritu!..._ Sus manos se contraen; su
+mirada se pierde a lo lejos, extática, espantada. Y poco a poco,
+sosegado de nuevo, su rostro se distiende como en un sueño; la
+respiración se debilita; algo a modo de una espiración sollozante flota
+en el ambiente silencioso.
+
+Entonces Azorín, que sabe que los músculos son los primeros en morir y
+que cuando ha muerto el corazón y han muerto los pulmones todavía los
+sentidos perciben en aterradora inmovilidad; entonces Azorín se ha
+inclinado sobre Verdú y ha pronunciado con voz lenta y sonora:
+
+--¡Maestro, maestro; si me oyes aún, yo te deseo la paz!
+
+Y el clérigo ha levantado los ojos al cielo y ha dicho:
+
+--¡Dios lo habrá acogido en su santo seno! _Suscipe Dómine, servum tuam
+in locum sperandoe sibi salvationis a misericordia tua._
+
+Y Azorín añade:
+
+--¡Ha vuelto al alma eterna de las cosas!
+
+Todo ha tornado a quedar en silencio; el aire es luminoso y ardiente; en
+el fondo del patio, allá en el huerto, sobre el follaje verde, brillan
+las manzanas rosadas, las ciruelas de oro, los encendidos albérchigos.
+La mariposa blanca ha desaparecido. Y suena una campanada larga, y
+después suena otra campanada breve, y después suena otra campanada
+larga...
+
+
+
+
+IX
+
+
+Sarrió y Azorín han ido a Villena.
+
+Esta es una ciudad vetusta, pero clara, limpia, riente. Tiene
+callejuelas tortuosas que reptan monte arriba; tiene vías anchas
+sombreadas por plátanos; tiene viejas casas de piedra con escudos y
+balcones voladizos; tiene una iglesia con filigranas del Renacimiento,
+con una soberbia reja dorada, con una torre puntiaguda; tiene una plaza
+donde hay un hondo estanque de aguas diáfanas que las mujeres bajan por
+una ancha gradería a coger en sus cántaros; tiene un castillo que aún
+conserva la torre del homenaje, y en cuyos salones don Diego Pacheco,
+gran protector de los moriscos, vería ondular el cuerpo serpentino de
+las troteras.
+
+Hay en la vida de estas ciudades viejas algo de plácido y arcaico. Lo
+hay en esas fondas silenciosas, con comedores que se abren de tarde en
+tarde, solemnemente, cuando por acaso llega un huésped; en esos cafés
+solitarios donde los mozos miran perplejos y espantados cuando se pide
+un pistaje exótico; en esos obradores de sastrería que al pasar se ven
+por los balcones bajos y en que un viejo maestro, con su calva, se
+inclina sobre la mesa, y cuatro o seis mozuelas canturrean; en esas
+herrerías que repiquetean sonoras; en esos conventos con las celosías de
+madera ennegrecidas por los años; en esas persianas que se mueven
+discretamente cuando se oyen resonar pasos en la calleja desierta; en
+esas comadres que van a los hornos con sus mandiles rojos y verdes, o en
+esos anacalos que van a recoger el pan a las casas; en esas viejas que
+os detienen para quitaros un hilo blanco que lleváis a la espalda; en
+esos pregones de una enjalma que se ha perdido o de un vino que se vende
+barato; en esos niños que se dirigen con sus carteras a la escuela y se
+entretienen un momento jugando en una esquina; en esas devotas con sus
+negras mantillas que sacan una enorme llave y desaparecen por los
+zaguanes oscuros...
+
+Azorín y Sarrió han pasado unas horas en la ciudad sosegada. Y a otro
+día han regresado a Petrel.
+
+En la estación han visto cuatro monjas. Estas monjas eran pobres y
+sencillas. Una era alta y morena; tenía los ojos grandes y los dientes
+muy blancos; otra era jovencita, carnosa, vivaracha, rubia, menuda. Las
+otras dos tocaban en la vejez: cenceña y rugosa la una; gordal y
+rebajeta la otra. Esta última hablaba animadamente con el encargado de
+los billetes; después, el encargado, que leía un papel blanco, se lo ha
+devuelto a la monja y le ha dado dos billetes azules. Entonces se han
+separado de la taquilla y las cuatro, con las cabezas juntas,
+cuchicheaban. Azorín ha visto que la monja gruesa le enseñaba el papel a
+la morena y que ésta sonreía con una sonrisa suave, con una sonrisa
+divina, enseñando sus blancos dientes, poniendo en éxtasis los ojos. ¿De
+qué sonreía esta monja?
+
+Han subido al tren las dos jóvenes y se han quedado en tierra las dos
+viejas. La locomotora silba. Unas y otras se han despedido y se hacían
+recomendaciones mutuas. La morena ha dicho: «... y en particular a sor
+Elisa, para que se le vayan ciertas ilusiones».
+
+Esta sor Elisa que tiene _ciertas ilusiones_--piensa Azorín--, ¿quién
+será? ¿Qué ilusiones serán las que tiene esta pobre sor Elisa, a quien
+él ya se imagina blanca, lenta, suave, un poco melancólica, a lo largo
+de los claustros callados?
+
+Las monjas han rezado una salve. La menudita se llevaba el pañuelo a los
+ojos y apretaba los labios para reprimir un sollozo. El tren avanza. Se
+abre a la vista una espaciosa llanura; se yerguen acá y allá grupos de
+álamos; las notas blancas de las casas resaltan en la verdura; un
+bosquecillo de granados se espejea en las claras aguas de un arroyo;
+revuelan grandes mariposas oscuras.
+
+Han pasado dos o tres estaciones. Las monjas han descendido del tren. Y
+se han perdido a lo lejos, con una maleta raída, con dos saquitos de
+lienzo blanco, con un paraguas viejo...
+
+
+
+
+X
+
+PETREL.
+
+
+Este viejo por la mañana había venido a traer un sobre grande en que
+decía: _Señor don Lorenzo Sarrió_. Sarrió, puesto que era para él, ha
+abierto el sobre, después que se ha marchado el viejo, y ha visto que
+dentro había una cartela con un escudo. Este escudo resulta que es el de
+Sarrió, o por lo menos, el de su apellido. Pero mejor será que digamos
+que es el del propio Sarrió, toda vez que la tarjeta pone en el centro,
+con letras doradas, su nombre y apellidos. No cabe duda; son las armas
+de él. A un lado se dice que estas armas consisten--según van
+dibujadas--en un león y un lobo que sostienen una filacteria en que se
+lee: _Nunc et semper_; y al otro se explica que el apellido Sarrió lo
+llevó por primera vez un guerrero que le prestó su caballo a Fernando
+III en la toma de Baeza. Esto ha conmovido a toda la familia; por eso,
+cuando el viejo ha vuelto esta tarde, todos han salido a conocerle.
+
+Este viejo tiene la cara pálida, sin afeitar desde hace muchos días; su
+bigote cae lacio por las comisuras de la boca, y cuando sonríe muestra
+por los lados, en sus encías lisas, dos dientes puntiagudos que asoman
+por la pelambre del mostacho. Lleva unas botas blancas de verano, pero
+están muy estropeadas; el traje es de verano también, y la chaqueta,
+abrochada y subida, oculta el cuello juntamente con un pañuelo de seda.
+Estamos ya a principios de invierno, y este viejo debería llevar un
+traje de abrigo; pero no lo lleva. Y por eso, sin duda, tose
+pertinazmente, inclinando su cuerpo flaco, poniéndose la mano delante de
+la boca.
+
+Pepita le ha dicho si estaba constipado y él ha contestado que sí, que
+había cogido un enfriamiento en el tren. Porque este viejo va de una
+parte a otra, por los pueblos, repartiendo sus cartelas con las armas de
+los apellidos. En algunas casas no le dan nada y se quedan con la
+tarjeta, que ya a él no le puede servir, puesto que ha estampado en ella
+el nombre del agraciado; pero en otras sí que le dan algo, en
+reconocimiento, sin duda, a su atención... Pasan por los pueblos o viven
+en ellos muchos personajes interesantes de los cuales los novelistas no
+se preocupan; hacen mal, evidentemente.
+
+Este viejo es uno de esos personajes. Otros podrán no ser simpáticos,
+pero éste lo es. Esta es la causa de que haya enternecido a todos
+contando sus andanzas. Y he aquí que Pepita le saca una taza de caldo, y
+Sarrió va a buscar una botella de buen vino, y Lola y Carmen aprestan
+otras cosas para que coma. Él está encantado.
+
+--Yo tenía en Madrid un escritorio--dice el--; pero este escritorio era
+muy oscuro. Cuando venían a que yo escribiera una carta, yo tenía que
+encender una luz. Esto era un gasto terrible; además, en el escritorio
+había mucha humedad. Así es que resolví mudarme... Quince años había
+estado allí en aquel zaguán, y me entristecía el tener que marcharme a
+otro lado; pero era preciso, porque yo estaba ya un poco enfermo con la
+humedad... Sin embargo, estuve buscando unos días algún sitio a
+propósito y no lo encontré. Entonces decidí dar una vuelta por
+provincias haciendo tarjetas heráldicas... Y ahora, cuando vuelva a
+Madrid, trataré de establecerme en otra parte.
+
+El viejo tose y vuelve a toser, encorvándose, poniéndose la mano delante
+de la boca. Después, cuando ha acabado de comer lo que le han traído,
+saca una petaca y trata de hacer un cigarro. Pero Sarrió no le deja. No
+hubiera estado bien no proporcionarle tabaco después de haberle dado de
+comer. Le da, pues, un cigarro, que el viejo ha encendido y fuma,
+mientras todos, con esta curiosidad tan provinciana, van mirando
+atentamente hasta sus menores gestos.
+
+
+
+
+XI
+
+ALICANTE.
+
+
+Azorín y Sarrió han ido a Alicante. Esta es una capital de provincia
+alegre y sana. Hay cafés casi cómodos, periódicos casi legibles, tiendas
+casi buenas, restaurants casi aceptables. Esto último le interesa a
+Sarrió vivamente. A Azorín debe también de interesarle.
+
+Los dos recorren las calles llevados de una curiosidad natural. Azorín,
+alto, inquieto, nervioso, vestido de negro, con un bastón que lleva
+diagonal, cogido cerca del puño a modo de tizona; Sarrió, bajo, gordo,
+pacífico, calmoso, con su chaleco abierto y su gran hongo de copa
+puntiaguda. Yo no sé si en Alicante habrán reparado en estas dos figuras
+magnas; acaso no. Los grandes hombres suelen pasar inadvertidos. Y así,
+Azorín y Sarrió, sin admiradores molestos, dan unas vueltas por una
+plaza, husmean las tiendas, compran unos periódicos, y acaban por
+sentarse en la terraza de un restaurant, bajo el cielo azul, frente al
+mar ancho.
+
+El mar se aleja en una inmensa mancha verde; se mueven, suavemente
+balanceados, los barcos; las grúas suenan con ruido de cadenas; chirrían
+las poleas; se desliza rápido, en la lejanía, un laúd con su vela latina
+y sus dos foques. Y rasga los aires una bocina ronca con tres silbidos
+largos y luego con tres silbidos breves. Sale un vapor. La chimenea,
+listada de rojo, despide un denso humacho negro; el chorro de desagüe
+surte espumeante y rumoroso; a proa se escapan ligeras nubecillas de la
+máquina de levar anclas. Lentamente va virando y enfila la boca del
+puerto; el hélice deja una larga espuma blanca; en la popa resaltan
+grandes letras doradas: _C. H. R. Broberg-Cjobenhun_; una bandera roja,
+partida por una cruz azul, flamea...
+
+Ya ha salido del puerto. Poco a poco se aleja en la inmensidad; el humo
+difumina con un trazo fuliginoso el cielo diáfano; el barco es un
+puntito imperceptible. Y el mar, impasible, inquieto, eterno, va y viene
+en su oleaje, verde a ratos, a ratos azul, tal vez, cuando soplan
+vientos de Sur, rojo profundo.
+
+El mar--decía Guyau, que escribió sus más bellas páginas al borde de
+este mismo Mediterráneo--, el mar vive, se agita, se atormenta
+perdurablemente sin objeto. Nosotros también--piensa Azorín--vivimos,
+nos movemos, nos angustiamos, y tampoco tenemos finalidad alguna. Un
+poco de espuma deshecha por el viento es el resultado del batir y
+rebatir del oleaje--dice Guyau. Y una idea, un gesto, un acto que se
+esfuman y pierden a través de las generaciones es el corolario de
+nuestros afanes y locuras...
+
+Azorín han sentido que una suave congoja llegaba de la inmensa mancha
+azul y envolvía su espíritu. Y Sarrió, que sudaba y trasudaba tratando
+de cortar inútilmente un enorme rosbif, ha levantado los ojos. Y en
+ellos también había un poco de tristeza.
+
+
+
+
+XII
+
+ALICANTE.
+
+
+Hoy, en Alicante, cuando Azorín y Sarrió paseaban bajo las palmeras,
+frente al mar, se ha parado ante ellos un señor moreno y enjuto, de
+ancha perilla cana. Luego se ha dirigido a Azorín y le ha estrechado la
+mano con un apretón seco y nervioso.
+
+--Yo sé quién es usted--le decía--y quiero tener el gusto de saludarle.
+Es usted uno de los hombres del porvenir...
+
+Azorín ha querido saber su nombre. El desconocido ha dicho que se
+llamaba Bellver y que vivía en tal parte. Después, rápido, nervioso, ha
+levantado su sombrero y se ha ido.
+
+Y Azorín se ha vuelto hacia Sarrió y le ha dicho:
+
+--Paréceme, Sarrió amigo, que acabo de ganar una gran batalla. Este
+hombre que se ha acercado a mí es un admirador mío. Yo no le conozco,
+pero él ha querido expresarme sus simpatías. Estos sencillos homenajes
+son la recompensa de los que ejercemos la noble profesión de la pluma.
+Escribe uno un libro, publica uno treinta artículos, y la crítica habla,
+los compañeros hacen sus comentarios. Todo esto, ¿qué importa? Todo esto
+está previsto. Pero ese pedazo de conversación que oímos al paso y en
+que suena nuestro nombre, esa carta anónima que nos felicita, ese lector
+entusiasta--como este Bellver--que estrecha rápidamente nuestra mano con
+efusión, con sinceridad, y luego se marcha... todo esto, ¡qué grato es y
+cómo compensa del trabajo rudo y las tristezas!
+
+Nosotros, como el Hidalgo Manchego, tenemos algo de soñadores; una
+ilusión nos vivifica. Vivimos pobres; gastamos año tras año nuestras
+fuerzas sobre los libros; la muerte sorprende nuestros cuerpos fatigados
+en plena vida; si trasponemos la juventud, nuestra vejez es mísera y
+achacosa; vemos aupados por las multitudes a hombres fatuos, mientras
+nosotros, que damos a la Humanidad lo más preciado, la belleza,
+permanecemos desamparados... Y un día, en nuestra soledad y en nuestra
+pobreza, un desconocido se acerca a nosotros y nos estrecha con
+entusiasmo la mano. Y entonces nos creemos felices y consideramos
+compensados con este minuto de satisfacción nuestros largos trabajos.
+
+Esto me sucede a mí ahora, querido Sarrió; y por eso este apretón de
+manos ha puesto en mí tanta ufanía como en Alonso Quijano la liberación
+de los galeotes o la conquista del yelmo.
+
+
+
+
+XIII
+
+ORIHUELA
+
+
+Van y vienen por las calles clérigos con la sotana recogida en la
+espalda, frailes, monjas, mandaderos de conventos con pequeños cajones y
+cestas, mozos vestidos de negro y afeitados, niños con el traje
+galoneado de oro, niñas, de dos en dos, con uniformes vestidos azules.
+Hay una diminuta catedral, una microscópica obispalía, vetustos
+caserones con la portalada redonda y zaguanes sombríos, conventos de
+monjas, conventos de frailes. A la entrada de la ciudad, lindando con la
+huerta, los jesuitas anidan en un palacio plateresco; arriba, en lo alto
+del monte, dominando el poblado, el Seminario muestra su inmensa mole.
+El río corre rumoroso, de escalón en escalón, entre dos ringlas de
+viejas casas; las calles son estrechas, sórdidas; un olor de humedad y
+cocina se exhala de los porches oscuros; tocan las campanas a las
+novenas; entran y salen en las iglesias mujeres con mantillas negras,
+hombres que remueven en el bolsillo los rosarios.
+
+Azorín y Sarrió han recorrido la ciudad; luego, de pechos sobre el
+puente, han contemplado el río que se desliza turbio. A lo lejos, entre
+unos cañaverales, al pie del palacio episcopal, unos patos se zambullen
+y nadan.
+
+Y Sarrió, viendo estos patos, ha dicho:
+
+--Esos patos que nadan en el río, ¡qué gordos que están, querido Azorín!
+
+Y Azorín ha contestado:
+
+--Yo imagino, Sarrió, que usted ya se regodea con las pechugas de esos
+patos. Y esos patos son de un buen hombre que es obispo. Este hombre,
+además de ser obispo, es un poco sabio y un poco artista, y en los ratos
+que le dejan libre sus cuidados se asoma al río y va echando migajas a
+los patos. San Bernardo era también amigo de los animalillos que Dios
+cría. Cuentan que cuando encontraba en su camino a algunos cazadores, él
+se afligía un poco y rogaba por las perdices y las liebres, y les decía
+a estos fieros hombres: _No os canséis en perseguir a esos seres
+inocentes, que yo he rogado al Señor por ellos y el Señor les conservará
+la vida._
+
+Y he aquí, querido Sarrió, que usted se regocija, allá en las
+intimidades de su espíritu, con una hecatacombe de esos patos, que son
+la alegría de un hombre sencillo, que, como San Bernardo, ama todo lo
+que Dios ha creado.
+
+
+
+
+XIV
+
+ORIHUELA
+
+
+Este buen hombre que es obispo ha convidado a almorzar a Sarrió y
+Azorín. Los dos han encontrado natural el convite; pero yo no sé quién
+lo ha encontrado más natural, si Sarrió o Azorín.
+
+El obispo es un señor simpático; es nervioso, impresionable, vivo; no
+sabe hablar; se azora cuando ha de decir en público cuatro palabras;
+pero tiene una excelente biblioteca de libros viejos y novísimos; lee
+mucho; entiende lo que lee, y escribe atinadamente y con cierta mesura
+de las cosas que opugna.
+
+La mesa está lindamente aparejada; la cristalería es luciente y fina; el
+mantel es blanquísimo, y sobre su blancura resaltan los anchos ramos de
+flores bien olientes y la loba morada del obispo.
+
+Todos se sientan. El obispo es uno de esos hombres espirituales que
+cuando comen lo hacen como a pesar de ellos, con discreción, dando a
+las elegantes razones que se cruzan entre los comensales, más
+importancia que a las viandas.
+
+--Nietzsche, Schopenhaüer, Stirner--dice el obispo--son los bellos
+libros de caballerías de hogaño. Los caballeros andantes no se han
+acabado; los hay aún en esta tierra clásica de las andanazas. Y yo veo a
+muchos jóvenes, señor Azorín, echar por las veredas de sus pensamientos
+descarriados. ¿Tienen talento? Sí, sí, talento tienen, indudablemente;
+pero les falta esa simplicidad, esa visión humilde de las cosas, esa
+compenetración con la realidad que Alonso Quijano encontró sólo en su
+lecho de muerte, ya curado de sus fantasías.
+
+El obispo come un poco separado de la mesa, con ademanes distraídos,
+como olvidándose a veces de que ha de continuar en la tarea de engullir
+las viandas.
+
+--Yo creo--continúa diciendo--que debemos mirar la realidad. Luis Vives,
+que era un buen sujeto, que, como él mismo dice, se paseaba canturreando
+por los paseos de Brujas, aunque tenía una voz detestable, como él
+también añade; Luis Vives escribe que los jóvenes deben, ante todo,
+procurar cautela y recelo en resolver y juzgar las cosas, por pequeñas
+que sean. Todo tiene su razón de ser en la vida. No podemos hacer tabla
+rasa del pasado. Lo que a veces creemos absurdo, señor Azorín, ¡qué
+natural es en el hondo proceso de las cosas!
+
+--Sí--piensa Azorín--, en el mundo todo es digno de estudio y de
+respeto; porque no hay nada, ni aun lo más pequeño, ni aun lo que
+juzgamos más inútil, que no encarne una misteriosa floración de vida y
+tenga sus causas y concausas. Todo es respetable; pero si lo
+respetásemos todo, nuestra vida quedaría petrificada, mejor dicho,
+desaparecería la vida. La vida nace de la muerte; no hay nada estable en
+el universo; las formas se engendran de las formas anteriores. La
+destrucción es necesaria. ¿Cómo evitarla, y cómo evitar el dolor que
+lleva aparejado en esta inexorable sucesión de las cosas? Habría que
+hacer de nuevo el universo...
+
+Azorín piensa en cómo sería ese otro universo; naturalmente, no da con
+ello. Y para ver si se le ocurre algo se come una aceituna; el obispo
+también se come otra y luego dice:
+
+--Estas aceitunas son de Mallorca. Vives, a quien he citado antes y por
+quien tengo especial predilección, habla de las aceitunas de Andalucía y
+de las de Mallorca; pero dice textualmente que las de Mallorca «saben
+mejor»: _magis sunt saporis sciti Balearice..._ Este es uno de los
+motivos--añade sonriendo--por lo que yo, que soy tan amante de mi
+patria, estimo al gran filósofo.
+
+Han llegado los postres. Sarrió prefiere los dulces; entre ellos hay
+unos riquísimos limoncillos en almíbar. Sarrió se sirve de este dulce;
+luego se cree en el deber de elogiarlo; luego juzga preciso comprobar
+si su elogio se ajusta en todas sus partes a la realidad, y torna a
+servirse.
+
+El obispo le dice:
+
+--Estos limoncillos son exquisitos; me los mandan de Segorbe unas buenas
+religiosas que son peritísimas en confitarlos. Y yo siempre que los como
+veo en ellos algo así como un símbolo. Esto quiere decir, señor Sarrió,
+que debemos esforzarnos para que nuestras palabras acedas, nuestras
+intenciones aviesas se tornen propósitos de concordia y de paz que unan
+a todos los hombres en cánticos de alabanza al Señor, que los ha creado;
+del mismo modo que estos limoncillos que eran antes agrios son ahora
+dulces y nos mueven en elogios hacia esas monjas que los han adobado con
+sus manos piadosas.
+
+Sarrió calla y come. Yo barrunto que a Sarrió no le interesa mucho el
+símbolo de las cosas. Él, al menos, puedo afirmar que no piensa en nada
+cuando saborea estos limoncillos.
+
+
+
+
+XV
+
+PETREL
+
+
+Hoy se han celebrado las elecciones. Han andado por el pueblo excitados
+unos y otros hombres. Azorín no comprende estas ansias; Sarrió permanece
+inerte. Los dos son algo sabios: uno por indiferencia reflexiva; otro
+por impasibilidad congénita. «Los hombres, querido Sarrió--ha dicho
+Azorín--, se afanan vanamente en sus pensamientos y en sus luchas. Yo
+creo que lo más cuerdo es remontarse sobre todas estas miserables cosas
+que exasperan a la Humanidad. Sonríamos a todo; el error y la verdad son
+indiferentes. ¿Qué importa el error? ¿Qué importa la verdad? Lo que
+importa es la vida. El bien y el mal son creaciones nuestras; no existen
+en sí mismos. El pesimismo y el optimismo son igualmente verdaderos o
+igualmente falsos. En el fondo, lo innegable es que la Naturaleza es
+ciega e indiferente al dolor y al placer...»
+
+Azorín calla; todo reposa en el limpio zaguán. El sol entra por uno de
+los cuarterones de la puerta en ancha cinta refulgente. Pepita mira a
+Azorín con sus bellos ojos azules.
+
+Y Azorín prosigue:
+
+--Hace un momento, yo hojeaba este libro que Pepita tiene aquí sobre una
+silla. Es un libro de urbanidad para uso de las jóvenes. Y bien; yo he
+encontrado en la primera página precisamente, una profunda lección de
+vida.
+
+Dice así el pasaje a que aludo:
+
+«Todo cambia, todo se renueva, y hay mil pequeñeces, una expresión, una
+prenda de vestir, una moda de tocado que denotan al punto la edad de la
+persona que las usa; y por más que el abate Delille la recomiende, me
+parece, por ejemplo, de mal gusto la costumbre de aplastar en el plato
+la cáscara de un huevo pasado por agua, costumbre calificada ya por el
+vizconde de Marenne, en su libro sobre la _Elegancia_, publicado hace
+años, de _absurda y ridícula_.»
+
+He aquí los hombres divididos sobre una cuestión tan nimia como esta de
+aplastar una cáscara de huevo. Unos la recomiendan; otros la creen
+absurda. Hagamos un esfuerzo, querido Sarrió, y sobrepongámonos a estas
+luchas; no tomemos partido ni por el abate Delille, ni por el vizconde
+de Marenne. Y pensemos que cuando a estas cosas llega la pasión de los
+hombres, ¿qué no será en aquellas otras que atañen muy de cerca a los
+grandes intereses y a los ideales perdurables?
+
+
+
+
+XVI
+
+
+Azorín está sentado junto al balcón abierto de par en par. El aire es
+tibio; viene la primavera. El sol baña la plaza y pone gratos
+resplandores en las torres chatas de la iglesia. Todo calla. A las diez,
+Pepita toca el piano, cuyas notas resuenan sonoras en la plaza. Primero
+se oyen unas lecciones lentas, monótonas, con una monotonía sedante,
+melancólica; luego parte una sinfonía de alguna vieja ópera, y por fin,
+todos los días, la _Priere des bardes_, de Godefroid. Azorín se sabe ya
+de memoria esta melodía pausada y triste, y conforme va oyéndola va
+recordando cosas pasadas, esfumadas, perdidas en los rincones de la
+memoria.
+
+Vuelve luego otra vez el silencio, y a las doce, allá enfrente se abre
+una ventana y un instante después comienzan a sonar las notas sonoras y
+claras de un bombardino. Es un artesano que viene del trabajo y
+aprovecha unos momentos antes de comer para ensayar. Unas veces las
+notas discurren seguras y llenas; de pronto flaquean y se apagan... y la
+tonada recomienza con el mismo brío, para volver a apagarse y comenzar
+de nuevo.
+
+El sol es templado y entra en una confortante oleada hasta la mesa en
+que Azorín lee y escribe. De cuando en cuando cruza la plaza una mujer
+con un tablero en la cabeza, cubierto con un mandil a rayas rojas y
+azules; otras veces se llega a la fuente una moza, una de estas mozas
+blancas, con grandes ojeras, y llena un cántaro de agua. Y el viejo
+reloj da sus lentas campanadas. Y un vendedor lanza a intervalos un
+grito agudo.
+
+Este es un vendedor de almanaques. Cuando aparece, ya la primavera y el
+verano son pasados. Entonces una dulce tristeza entra en el espíritu,
+porque un año de nuestra vida se ha disuelto... Los racimos han
+desaparecido de las vides; los pámpanos, secos, rojos, corren en
+remolinos por los bancales; el cielo está de color de plomo; llueve,
+llueve con un agua menudita durante días enteros. Y Azorín, ya recogido,
+tras los cristales, oye a lo lejos la melodía lenta y triste del piano.
+
+
+
+
+XVII
+
+
+Hace dos días ha llegado a Petrel un señor que representa a unos miles
+de hombres, que viven aquí, ante otros pocos hombres que se reúnen en
+Madrid. Estos hombres se juntan en un ameno sitio llamado Congreso. En
+este sitio hablan, pero de pie, inmóviles. No son peripatéticos. A pesar
+de esto, a Azorín le son simpáticos todos estos hombres que hablan
+siempre.
+
+--Sarrió--ha dicho Azorín--, este hombre a quien llamamos _diputado_ es
+un excelente señor. Él estrecha todas las manos, acoge todas las
+demandas, contesta con una sonrisa todos los enfados. Es un hombre
+simple y bueno. Y como a mí me encanta la simpleza, anoche, en un rato
+de ocio, compuse en su honor una liviana fabulilla. Hela aquí:
+
+EL ORIGEN DE LOS POLÍTICOS
+
+Cuando la especie humana hubo acabado de salir de las manos de Dios,
+vivió durante unos cuantos años contenta y satisfecha. Dios también
+estaba contento. Decididamente--pensaba--, he hecho una gran obra. Mis
+criaturas son felices; les he dado la belleza, el amor y la audacia, y
+por encima de todo, como don supremo, he puesto en sus cerebros la
+inteligencia.
+
+Estas criaturas, sin embargo, gozaron breve tiempo de la dicha. Poco a
+poco se fueron tornando tristes. La tierra se convirtió en un lugar de
+amargura. Unos se desesperaban, otros se volvían locos, otros llegaban
+hasta quitarse la vida. Y todos convenían en que el origen de sus males
+era la inteligencia, que por medio de la observación y el autoanálisis
+les mostraba su insignificancia en el universo y les hacía sentir la
+inutilidad de la existencia en esta ciega y perdurable corriente de las
+cosas.
+
+Entonces estas desdichadas criaturas se presentaron a Dios para pedirle
+que les quitase la inteligencia.
+
+Dios, como es natural, se quedó estupefacto ante tal embajada, y estuvo
+a punto de hacer un escarmiento severísimo; pero como es tan
+misericordioso, acabó por rendirse a las súplicas de los hombres.
+
+--Yo, hijos míos--les dijo--, no quiero que padezcáis sinsabores por mi
+causa; pero, por otra parte, no quiero quitaros tampoco la inteligencia,
+porque sé que no tardaríais en pedírmela otra vez. Además, entre
+vosotros no todos opinan de la misma manera; hay algunos a quienes les
+parece bien la inteligencia; hay otros a quienes no les ha alcanzado ni
+una chispita en el reparto y quisieran tenerla. En fin, es tal la
+confusión, que para evitar injusticias, vamos a hacer las cosas de modo
+que todos quedéis contentos. Hasta ahora la inteligencia la llevabais
+forzosamente en la cabeza, sin poder separaros de ella. Pues bien; de
+aquí en adelante, el que quiera podrá dejarla guardada en casa para
+volverla a sacar cuando le plazca.
+
+Dicho esto, el buen Dios sonrió en su bella barba blanca y despidió a
+sus hijos, que partieron contentos.
+
+Cuando volvieron a sus casas se apresuraron a guardar cuidadosamente la
+inteligencia en los armarios y en los cajones. Sin embargo, había
+algunos hombres que la llevaban siempre en la cabeza; éstos eran unos
+hombres soberbios y ridículos que querían saberlo todo.
+
+Había otros que la sacaban de cuando en cuando, por capricho o para que
+no se enmoheciese.
+
+Y había, finalmente, otros que no la sacaban nunca. Estos pobres hombres
+no la sacaban porque jamás la tuvieron; pero ellos se aprovecharon de la
+ordenanza divina para fingir que la tenían. Así, cuando les preguntaban
+en la calle por ella, respondían ingenuos y sonrientes: «¡Ah! La tengo
+muy bien guardada en casa».
+
+Esta sencillez y esta modestia encantaron a las gentes. Y las gentes
+llamaron a estos hombres los _políticos_, que es lo mismo que hombres
+urbanos y corteses. Y poco a poco estos hombres fueron ganando la
+simpatía y la confianza de todos, y en sus manos se confiaron los más
+arduos negocios humanos, es decir, la dirección y gobierno de las
+naciones.
+
+Así transcurrieron muchos siglos. Y como al fin todo se descubre, las
+gentes cayeron en la cuenta de que estos buenos hombres no llevaban la
+inteligencia en la cabeza ni la tenían guardada en casa.
+
+Y entonces pidieron que se restableciese el uso antiguo.
+
+Pero era ya tarde; la tradición estaba creada; el perjuicio se había
+consolidado.
+
+Y los políticos llenaban los parlamentos y los ministerios.
+
+
+
+
+XVIII
+
+
+Esta Pepita, cuando mira, tiene en sus ojos algo así como unos
+vislumbres que fascinan. Yo no sé--piensa Azorín--lo que es esto; pero
+yo puedo asegurar que es algo extraordinario.
+
+--Pepita--le pregunta Azorín--, ¿qué quisiera usted en el mundo?
+
+Pepita levanta los ojos al cielo; después saca la lengua y se moja los
+labios; después dice:
+
+--Yo quisiera... yo quisiera...
+
+Y de pronto rompe en una larga risa cristalina; su cuerpo vibra; sus
+hombros suben y bajan nerviosamente.
+
+--Yo no sé, Azorín; yo no sé lo que yo quisiera.
+
+Pepita no desea nada. Tiene un bello pelo rubio abundante y sedoso; sus
+ojos son azules; su tez es blanca y fina; sus manos, estas bellas manos
+que urden los encajes, son blancas, carnosas, transparentes, suaves.
+
+Pepita sabe que hay por esos mundos grandes modistos y grandes joyeros,
+pero ella no desea nada.
+
+Y Azorín, mirándola un poco extático--¿por qué negarlo?--, le dice:
+
+--La elegancia, Pepita, es la sencillez. Hay muy pocas mujeres
+elegantes, porque son muy pocas las que se resignan a ser sencillas.
+Pasa con esto lo que con nosotros, los que tenemos la manía de escribir:
+escribimos mejor cuanto más sencillamente escribimos; pero somos muy
+contados los que nos avenimos a ser naturales y claros. Y, sin embargo,
+esta naturalidad es lo más bello de todo. Las mujeres que han llegado a
+ser duchas en elegancias, acaban por ser sencillas; los escritores que
+han leído y escrito mucho, acaban también por ser naturales. Usted,
+Pepita, es sencilla y natural espontáneamente. No lo ha aprendido usted
+en ninguna parte: el pájaro tampoco ha aprendido a cantar. Y yo, que he
+escrito ya algo, quisiera tener esa simplicidad encantadora que usted
+tiene, esa fuerza, esa gracia, ese atractivo misterioso--que es el
+atractivo de la armonía eterna.
+
+
+
+
+XIX
+
+
+Pepita se halla en la entrada tramando sus encajes con sus dedos
+sutiles. Está sentada; tiene sobre la falda la almohadilla; a sus pies
+hay un periódico de modas.
+
+Este periódico lo coge Azorín; luego lo ojea; Azorín lo lee todo. Y
+pasando y repasando las grandes páginas, sus ojos caen sobre algo
+interesante. Es una consulta que el periódico ha hecho a sus
+suscriptoras sobre ciertas cuestiones; una de las preguntas es la
+siguiente: _¿Qué cree usted preferible, ser amada sin amar o amar sin
+ser amada?_ Las respuestas varían, pero todas son curiosas. He aquí lo
+que dice una de ellas, que Azorín ha leído en voz alta:
+
+«Ninguna de las dos cosas. Para una mujer de corazón, tan malo es lo uno
+como lo otro. He amado sin ser amada, y ahora soy amada sin
+corresponder, bien a pesar mío. Cuando tenía quince años me enamoré de
+un hombre que pasaba de los treinta, y él, como es natural, me
+consideraba una chiquilla. Yo me desesperaba, pero él maldito el caso
+que hacía de mí. ¡Qué pena la mía cuando un día me preguntó con cara
+burlona si me gustaban las muñecas, porque pensaba comprarme una! Me
+puse roja de indignación y, a pesar del cariño que le profesaba,
+confieso que de buena gana le habría dado un cachete.»
+
+Azorín no ha leído más y ha dicho:
+
+--Pepita, este hombre a quien esta muchacha quiso despreció frívolamente
+un gran tesoro. Era ya un poco viejo; acaso estaría ya también un poco
+cansado de la tristeza de la vida. Pudo ser feliz un momento y no quiso
+serlo.
+
+Azorín ha añadido, tras breve pausa en que contemplaba los ojos de
+Pepita:
+
+--Sí, éste era un hombre loco. Despreció un consuelo, una ilusión
+postrera que otros, ya también un poco viejos, ya también un poco
+tristes, van buscando afanosamente por el mundo y no los encuentran...
+
+Y Pepita ha bajado sus hermosos ojos limpios y azules.
+
+
+
+
+XX
+
+
+Azorín se marcha. Azorín, decididamente, no puede estar sosegado en
+ninguna parte, ni tiene perseverancia para llevar nada a término. Yo he
+leído en los diccionarios que _autotelia_ significa «cualidad de un ser
+que puede trazarse a sí mismo el fin de sus acciones». Pues bien; no es
+aventurado afirmar, aunque sea en redondo, que Azorín no tiene
+_autotelia_. Por eso se marcha repentinamente de este pueblo, sin motivo
+ninguno, como se marchará luego de otro cualquiera. Él aquí era casi
+feliz; vivía tranquilo; no se acordaba de periódicos ni de libros. Y lo
+que es el colmo de la tranquilidad, hasta no tenía nombre. Aquí nadie le
+conocía como borrajeador de papel, ni siquiera como un simple Antonio
+Azorín. Y ésta es una profunda lección de vida, porque esto significa
+que el pueblo, o sea el público grande, sano, bienintencionado, no
+estima el artificio y la melancolía torturada del artista, sino la
+jovialidad, la limpieza, la simplicidad de alma. De este modo aquí
+Sarrió lo era todo--y lo sigue siendo--mientras Azorín no era nada; o
+mejor dicho, si algo figuraba era como amigo de él, como acompañante del
+hombre bueno, como un sujeto cuyo único mérito consiste en ir
+constantemente con otro meritísimo. Por eso en este pueblo, para
+designar a Azorín, decían: _El que va con Sarrió..._
+
+* * *
+
+Azorín ha dicho:
+
+--Pepita, me marcho.
+
+Pepita se ha vuelto sobresaltada y ha exclamado:
+
+--¡Ay, Azorín! ¿Usted se marcha?
+
+Y le ha mirado fijamente con sus anchos ojos azules. Parecía que con su
+mirada le acariciaba y le decía mil cosas sutiles que Azorín no podría
+explicar aunque quisiera. Cuando oímos una música deliciosa, ¿podemos
+expresar lo que nos dice? No; pues del mismo modo Azorín no acertaría a
+explicar lo que dice Pepita con sus miradas suaves.
+
+Pepita ha querido saber dónde se iba Azorín. Pero es el caso que Azorín
+no lo sabe tampoco. ¿Dónde se irá él? ¿Qué país elegirá para pasear sus
+inquietudes? Ha estado un momento pensándolo, y como Pepita continuaba
+mirándole ansiosa, ha dicho al fin:
+
+--Yo creo... que me marcho... a París.
+
+Pepita ha proferido una ligera exclamación de terror.
+
+--¡Ay, Azorín, a París, y qué lejos que está eso!
+
+Tiene razón Pepita en asustarse. París está muy lejos; además, allí no
+hablan como nosotros. ¿Qué va a hacer Azorín en París? París es una
+ciudad donde se vive febrilmente, donde las mujeres son pérfidas, donde
+las multitudes corren por las calles con formidable estruendo. Azorín
+querrá encontrar allí la paz, y no encontrará la paz que ha sentido en
+esta plaza solitaria y bajo estos árboles sombríos; y querrá encontrar
+allí hombres sabios y no los encontrará tan sabios como este que se
+llama Sarrió.
+
+Y al despedirse, mientras Azorín estrechaba la mano de Pepita, esta mano
+tan blanca, tan carnosita, tan suave, con sus hoyuelos, con sus uñas
+combadas, Pepita ha dicho:
+
+--¿Me escribirá usted, Azorín?
+
+Y Azorín ha contestado que sí, que sí que le escribirá a Pepita una
+carta muy larga desde París, contándole las andanzas de su cuerpo y las
+terribles perplejidades de su espíritu.
+
+
+
+
+XXI
+
+
+Efectivamente, Azorín se va a París. ¿Por qué a París, y no a Brujas, a
+Florencia, a Constantinopla, a Praga, a Petersburgo? Él no lo sabe, ni
+tampoco lo quiere razonar. ¿Para qué razonar nada? Lo espontáneo es la
+más bella de las razones; la conciencia dicen los psicólogos que es un
+_epifenómeno_, es decir, una cosa que no es esencial para el proceso de
+la actividad psicológica, como no es esencial que un reloj se dé o no se
+dé cuenta de que anda...
+
+Todo esto lo piensa Azorín mientras arregla la maleta; se pueden pulir
+vidrios o arreglar una maleta y estar filosofando. Sólo que Azorín no es
+Spinoza; aunque también es verdad--y ésta es la compensación--que tiene
+mejor ropa. Y aquí en la maleta va colocando unas camisas de finísimo
+hilo, unos calzoncillos, unos calcetines, unos pañuelos--cuatro tomitos
+impresos por Didot, limpiamente, en el año 1802. Azorín los pasa, los
+repasa, los acaricia, los abre al azar. Y en uno de ellos lee:
+
+«Il y a plusieurs années que ie n'ay que moi pour visée à mes pensées,
+que ie ne contreroolle et n'estudie que moi; et si i'estudie oultre
+chose, c'est pour soubdain le coucher sur moi, ou en moi, pour mieulx
+dire.»
+
+A mí también--piensa Azorín--me sucede lo que a este hombre de Burdeos;
+pero esto es triste, monótono, y en la soledad de los pueblos esta
+tristeza y esta monotonía llegan a estado doloroso. No, yo no quiero
+sentirme vivir. Y voy a hacer un viaje largo: me marcho a una ciudad
+febril y turbulenta donde el ruido de las muchedumbres y el hervor de
+las ideas apaguen mi soliloquio interno. Y esta ciudad es París.
+
+He aquí cómo este desdichado Azorín, que no quería razonar su viaje, ha
+acabado al fin por razonarlo. ¡Tan añejado está en él este morbo feroz
+que llamamos inteligencia!
+
+
+
+
+XXII
+
+
+En el camino de Petrel a Elda, al comedio, entre la verdura de nogueras
+y almendros, se alza un humilladero. Es una cupulilla sostenida por
+cuatro columnas dóricas de piedra; en el centro, sobre una pequeña
+gradería, se levanta otra columna que sostiene una cruz de hierro
+forjado. Azorín y Sarrió se han sentado en este humilladero. Van a Elda.
+Y van a Elda porque Azorín ha de tomar el tren que por allí pasa.
+
+Azorín está triste; Sarrió también lo está un poco. Y los dos callan,
+sin saber lo que decirse en estos momentos supremos en que van a
+separarse acaso para siempre.
+
+--Azorín--dice Sarrió--, ¿usted no vendrá más por aquí?
+
+--No sé, Sarrió--contesta Azorín--; es muy posible que no vuelva.
+
+--Entonces, ¿no nos veremos más?
+
+--Sí, acaso no nos volvamos a ver más.
+
+Han callado un instante. Y se ponen otra vez en marcha. Delante de
+ellos va una tartana con el equipaje de Azorín.
+
+Cuando han arribado a la estación, Azorín, como es natural, ha sacado el
+billete y ha facturado sus bártulos. De allí a un rato ha aparecido el
+tren.
+
+Sarrió le alarga a Azorín, subido al coche, la maleta; luego, con
+tiento, una cesta. En esta cesta ha puesto él, Sarrió, una suculenta
+merienda para que Azorín se la coma en el camino. ¡Es la última muestra
+de simpatía!
+
+--Azorín--le dice Sarrió--, tenga usted cuidado de que no se estruje la
+uva que va en la cesta... Cuando se coma usted esa uva que yo he cogido
+en el huerto, acuérdese, Azorín, de que aquí deja un amigo sincero.
+
+--Sí, Sarrió--ha contestado Azorín--; yo me acordaré de usted cuando me
+coma estas uvas y siempre. Su recuerdo será en mi vida algo grato, algo
+imperecedero.
+
+Se han abrazado estrechamente.
+
+--Adiós, Azorín.
+
+--Adiós, Sarrió.
+
+Ha silbado la locomotora; el tren se ha puesto en marcha.
+
+A lo lejos, Sarrió agitaba en alto su sombrero de copa puntiaguda.
+
+
+
+
+TERCERA PARTE
+
+
+
+
+I
+
+A PEPITA SARRIÓ.
+
+_En Petrel._
+
+
+«Querida Pepita: Quedé en escribirte desde París, pero no puede ser,
+porque no he ido aún a París. Te escribo desde Madrid. Y quiero contarte
+muchas cosas. Aquí yo hago una vida terrible. Sabrás que emborrono todos
+los días un fajo de cuartillas. No me levanto muy temprano; me acuesto
+tarde. Y cuando me despierto, mientras me desperezo un poco y recapitulo
+sobre lo que he de hacer durante el día, oigo un reloj que suena las
+diez en el piso de al lado, y después otro en el piso de abajo, y luego
+otro en el piso de arriba. Y mi reloj, este reloj pequeñito que tú
+conoces, va marchando sobre la mesilla en un tic-tac suave. Como es ya
+tarde--¡las diez!--, me echo de la cama y abro el balcón. La calle está
+mojada; el cielo está de color de plomo.
+
+»Yo, cuando veo este cielo gris, oscuro, triste, me acuerdo de ese
+cielo tan limpio y tan azul. Y cuando me acuerdo de ese cielo azul, me
+acuerdo también de unos ojos anchos y azules...
+
+»Pero es preciso estar aquí, Pepita; es preciso vivir en este Madrid
+terrible; en provincias no se puede conquistar la fama. La fama no
+estamos muy acordes los que vamos tras ella en lo que consiste; pero yo
+puedo asegurar que el fajo de cuartillas que emborrono todos los días,
+lo emborrono por conquistarla.
+
+»Cuando me siento ante la mesa, después de levantarme, me esperan sobre
+ella una porción de libros. Los que han escrito estos libros quieren que
+yo los lea. ¿Por qué quieren que yo los lea? Yo no puedo leerlos todos;
+esto es un compromiso tremendo. Y digo que sí que los he leído. Sin
+embargo, no es bastante decir que los he leído: he de añadir lo que
+pienso de ellos. Yo, en realidad, Pepita, no pienso nada de la mayor
+parte de los libros que se publican. Pero a un hombre que escribe en los
+periódicos, ¿le es lícito no pensar nada de una cosa? ¡No, no! Un hombre
+que borrajea en los periódicos ha de tener siempre lista su opinión
+sobre todas las cosas. Y yo también doy mi opinión sobre estos libros:
+unas veces es benévola, y son las más, y otras, muy pocas, me pongo
+serio y escribo cosas atroces. Cuando ocurre esto, es que estoy de mal
+humor, Pepita. Entonces todo me parece malo, y un libro también ha de
+parecérmelo.
+
+»Luego me arrepiento pensando que acaso el que escribió ese libro es un
+buen hombre que tiene seis hijos y que trabaja todo el día en una
+oficina. Y resulta que al mal humor que tenía antes se añade este otro.
+Y, por eso, yo rehuyo cuanto puedo el escribir acerca de los libros que
+tengo sobre la mesa y digo que todos son admirables, aunque no los haya
+leído.
+
+»A las doce, después que he gastado una poca tinta, almuerzo. Creo que
+es malsano trabajar después de comer. Y ésta es la causa de que yo dé un
+pequeño paseo. Algunos días voy al Retiro, que es un gran jardín con
+muchos árboles; otros, si el tiempo es desapacible, me meto en el museo
+de Pinturas. A la hora en que yo voy al Retiro no hay nadie. Todo está
+silencioso; los troncos se yerguen desnudos, negruzcos, con manchas de
+líquenes verdosos; las violetas crecen, moradas y olorosas, entre el
+césped. No es mucho lo que ando yo por estos paseos: inmediatamente
+regreso y me cuelo en el Ateneo o en la Biblioteca. Y después que he
+leído un largo rato, cojo unos papeles blancos y voy escribiendo en
+ellos cosas verdaderamente tremendas. Esto que yo escribo se llama una
+crónica.
+
+»Y al día siguiente, cuando al levantarme la veo en el periódico, aparto
+los ojos de ella avergonzado, y meto el periódico en el cajón de la
+cómoda.
+
+»Y otra vez principia otro día igual al de ayer e idéntico al de mañana:
+leo, paseo un poco, vuelvo a leer, torno a escribir las cosas horribles
+sobre los pequeños papeles.
+
+»Y por la noche, cuando me acuesto, pongo el relojito sobre la mesilla:
+su andar suave resuena en la alcoba. _¡Mar-cha! ¡Mar-cha!_, parece que
+me dice. Y yo marcho, Pepita; yo leo una muchedumbre de libros, yo
+emborrono una atrocidad de cuartillas, pero esa gloria tan casquivana no
+llega, no llega...
+
+»Adiós; escríbeme.
+
+»ANTONIO.»
+
+
+
+
+II
+
+
+«Pepita: Ya soy un periodista político terrible. Para ser periodista
+político no se necesita más que tener mala intención. «¡Pero tú,
+Antonio,--me dirás--, no tienes mala intención!» Es verdad: yo no la
+tengo, pero a veces hago un esfuerzo y consigo tenerla. Claro está que
+no tengo inquina hacia nadie ni hacia nada; no me interesan tampoco
+estas o las otras ideas; por eso, Pepita, mi tarea es más fácil, porque
+hago mis artículos con entera tranquilidad, sin apresurarme, sin
+aturdirme, poniendo esas pequeñas gotas de hiel donde quiero ponerlas.
+Ayer hice un artículo. Ha ocurrido aquí una cosa muy gorda que llaman
+crisis ministerial: consiste en que los que mandan se quitan para que
+manden otros. Pues bien; yo quise hacer la historia de esta cosa: he de
+confesar que yo no sabía nada de ella. Sin embargo, las historias de las
+cosas que no sabemos son las mejores historias. Hice la historia: revelé
+detalles atroces: todos los políticos y los periodistas se quedaron
+estupefactos. Estos políticos y estos periodistas he de advertirte que
+son una gente muy inocente: con un adarme de ingenio y otro de audacia
+se les asombra a todos. Por eso no es extraño que ante mi artículo
+abrieran espantados los ojos. Mira lo que decía el _Heraldo_ (¿lees tú
+este periódico?).
+
+«Esa interpretación de lo sucedido en el regio alcázar no creemos que se
+haya insertado jamás en ningún periódico, y por añadidura ministerial,
+desde que la prensa existe. Para encontrar algo parecido, no igualado,
+sería preciso remontarse a la época en que González Bravo ejercía de
+revolucionario en el famoso _Guirigay_.» Te confieso que yo me reí
+anoche un poco cuando leí el _Heraldo_; pero luego me puse serio.
+Indudablemente--dije--, yo soy un hombre terrible.
+
+»¡Desde que la prensa existe, que no se había hecho cosa parecida!...
+¿Comprendes la trascendencia de mi obra? ¿Podía yo dormir tranquilamente
+después de haberla realizado? No; de ninguna manera. Y cuando vine a
+casa me sentía desasosegado, nervioso, obsesionado por mi tremendo
+artículo. Y tuve que pensar en ti un poquito para sentirme tranquilo y
+poder dormir como un hombre vulgar.
+
+»ANTONIO.
+
+»P. S. Ahora acaban de echarme _El Imparcial_ por debajo de la puerta, y
+veo que reproduce mi artículo, y añade que «no ha podido menos de
+motivar comentarios muy vivos».
+
+»¡Qué terrible es esto, Pepita!»
+
+
+
+
+III
+
+
+»Pepita: Todas las noches le doy cuerda a mi relojito antes de
+acostarme. Cuando estaba ahí le daba cuerda a las diez; ahora se la doy
+a las dos de la madrugada. No te asustes. Yo procuraré que esto no dure
+mucho. Ahora vengo de la redacción. Quiero ponerte dos letras antes de
+acostarme para que no digas que no te escribo. Estoy cansado. Esta vida
+precipitada me fatiga. No estoy en mí mismo. He de escribir muchas cosas
+que no tengo ganas de escribir. He de hablar mucho con gentes a quienes
+apenas estimo. Tú ya sabes que yo hablo poco. Soy un hombre de
+recogimiento y de soledad; de meditación, no de parladurías y bullicios.
+Y cuando, después de haber estado todo el día hablando y escribiendo, me
+retiro a casa a estas horas, yo trato de buscarme a mí mismo, y no me
+encuentro. ¡Mi personalidad ha desaparecido, se ha disgregado en
+diálogos insubstanciales y artículos ligeros!
+
+»Y yo no creo, Pepita, que haya un tormento mayor que éste. Nos pueden
+robar nuestra hacienda, nos pueden robar la capa y el gabán, ¡pero
+robarnos nuestro espíritu! ¿Comprendes tú, Pepita, que haya una cosa más
+terrible que ésta?
+
+»Ahora son las dos; todo está en silencio. De cuando en cuando oigo a lo
+lejos el sordo rumor de un coche; suenan las campanadas lentas del reloj
+de la Puerta del Sol; una voz turba de pronto el sosiego profundo.
+
+»Y yo me siento ante la mesa y arreglo las cuartillas. Pero no se me
+ocurre nada. Aquella espontaneidad que yo sentía afluir en mí ya no la
+siento. Quiero reflexionar, me esfuerzo en hacer una cosa bien hecha, y
+me desespero y me aburro. Las cosas bien hechas salen ellas solas, sin
+que nosotros queramos; la ingenuidad, la sencillez no pueden ser
+queridas. Cuando queramos ser ingenuos, ya no lo somos.
+
+»Tú eres ingenua, Pepita. Si yo me acuerdo mucho de ti, ¿por qué es,
+sino por esto? Tu recuerdo es para mí algo muy grato en medio de esta
+aridez de Madrid. Y por eso, yo cada día te escribo más, aunque sea
+poquito, y deseo que tú me escribas. Escríbeme: dime si paseáis por la
+plaza al anochecer, mientras suena la fuente y el cielo se va poniendo
+fosco; dime si salís a las huertas y os sentáis bajo esas nogueras
+anchas, espesas, redondas, y veis correr el agua limpia y mansa por los
+azarbes; dime si las campanadas del Angelus son las mismas campanadas
+graves y dulces que yo he oído; dime si los azahares de los naranjos se
+han abierto ya y perfuman el aire; dime si las palmeras mueven
+mansamente sus ramas péndulas en el azul intenso...
+
+»Pepita, Pepita: yo me siento conmovido y estoy a punto de sollozar
+cuando pienso en todas estas cosas... Yo me veo solo, yo me veo triste;
+yo veo que mi juventud va pasando estérilmente, sin una ternura, sin una
+caricia, sin un consuelo...
+
+»Adiós. No quiero que te pongas tú también triste.
+
+»ANTONIO.»
+
+
+
+
+IV
+
+
+Este es un viejo que va todas las tardes al Congreso. En el sombrero de
+copa, yo he visto escrito en el forro blanco, con lápiz: _Redón_. Yo no
+sé quién es Redón. Tiene una barba larga y blanca; lleva en el dedo
+índice de la mano izquierda un anillo con un sello de oro; sus ojos son
+pequeñuelos y azules; cuando sonríe se le marcan sobre las sienes unos
+hacecillos de arrugas que le dan un aire picaresco. Entra en la tribuna
+de la prensa y se sienta con mucho cuidado, levantándose el gabán,
+sosteniendo en alto el sombrero. Y luego se pone a mirar hacia allá
+abajo y tose de rato en rato...
+
+Yo creo que este viejo oye atentamente todo lo que dicen; pero no lo
+oye. ¿Cómo lo ha de oír si es sordo? Entonces, ¿para qué viene? Hace
+veinte años que viene todas las tardes, con el mismo sombrero en que
+pone: _Redón_, con el mismo gabán que se levanta escrupulosamente al
+sentarse. A veces sonríe y se pasa la mano por la barba.
+
+--¡Aquellos oradores sí que hablaban bien!--exclama este viejo.
+
+Yo quiero saber quiénes eran _aquellos oradores_. Y entonces él me dice:
+
+--Yo he oído a Martínez de la Rosa: ¿usted ha oído hablar de Martínez de
+la Rosa?
+
+¿Quién no ha oído hablar de Martínez de la Rosa?
+
+--Sí, sí que le he oído nombrar mucho.--Y el viejo me mira satisfecho y
+prosigue:
+
+--Era un orador...
+
+Al llegar aquí tose pertinazmente y se aliña después la barba.
+
+--Era un orador...
+
+Otra vez vuelve a toser durante un breve rato, y otra vez vuelve a
+pasarse la mano por su blanca barba.
+
+--Era un orador notable... Yo no he oído a nadie que tuviera la dulzura
+que tenía Martínez de la Rosa. Aquéllos eran otros hombres: ¿no le
+parece a usted?
+
+Evidentemente, me parece que aquellos hombres eran distintos que éstos.
+Yo tengo la franqueza de decirlo, y mis declaraciones le producen una
+gran satisfacción a este viejo. Por eso sonríe con su aire bondadoso y
+clava su mirada en el fondo de su sombrero. Este sombrero él se lo ha
+puesto durante una porción de años para venir al Congreso. ¡No se
+comprará otro! Y como este sombrero, que tiene un forro blanco con un
+letrero que dice: _Redón_, le recuerda tantas cosas, él le pasa la manga
+con amor por la copa. Y luego se lo pone con las dos manos y se aleja un
+poco inclinado, tosiendo, pasándose suavemente la mano por su barba
+blanca.
+
+
+
+
+V
+
+
+«Pepita: Yo tengo unas amigas. No te pongas pálida. Yo tengo unas amigas
+que cantan en golpes graves y metálicos por la mañana; que sollozan por
+la tarde en un canto largo y plañidero de despedida. Vivo al lado de una
+iglesia. Y estas amigas son las campanas. La iglesia es vieja, con las
+paredes amarillas y desconchadas, con una torre puntiaguda. Está cerca
+de la Puerta del Sol; y en medio de este estrépito frívolo de Madrid,
+mientras suenan los campanillazos de los tranvías, mientras pasan los
+coches, mientras tocan los organillos, esta iglesia parece quejarse de
+muchas amarguras. Las cosas son como los hombres. Sí, Pepita, ésta es
+una iglesia a quien no dejan vivir en su soledad. Se parece a mí: yo
+creo que por esto me he venido a morar junto a ella. Ya te he dicho que
+es un estruendo grande de cosas mundanas el que la rodea; ahora añadiré
+que bajo sus portales, casi en su mismo recinto, hay unas tiendas de
+máquinas de coser y de paraguas. Además, junto a ella hay un gran salón
+donde gritan y corren jugando a la pelota. Y por si esto no fuera
+bastante, un librero ha puesto sus estantes de libros profanos a lo
+largo de una de sus paredes, y unos hombres rápidos, que llevan una
+escalera al hombro, vienen todos los días y pegan en sus muros tristes
+grandes carteles blancos, azules, rojos. ¡No la dejan tranquila! Y estos
+muros se hinchan en redondas tumefacciones, se desconchan en grandes
+claros, dejan caer sobre los colgadizos de las puertas una costra de
+tierra donde crece el musgo... Yo vivo muy alto; aparto los visillos y
+veo abajo, sobre la piedra gris de la portada, la mancha húmeda y
+verdosa. El cielo está gris; poco a poco va apagándose la fosca claridad
+del día; pasan en formidable estrépito carromatos, coches, tranvías; se
+oyen voces, golpes violentos, rechinar de ruedas; un organillo lanza sus
+notas cristalinas. Y de pronto suenan lentas las campanas, en unas
+vibraciones largas y pausadas...
+
+»Es la voz de esta iglesia, que suplica a los hombres un poco de piedad.
+
+»Yo creo que los hombres no la oyen, Pepita; pero las oigo yo. Y cada
+vez que por la mañana o por la noche ellas ríen o lloran, vienen a mi
+espíritu recuerdos de otros días, un poco más felices que estos en que
+me veo tan solo.
+
+»Adiós. Esa sorpresa de que me hablas, ¿qué es? Claro está que si me lo
+dijeras, ya no sería sorpresa. No me lo digas. Y ya te contaré yo la
+impresión que me produzca.
+
+»ANTONIO.»
+
+
+
+
+VI
+
+
+«Pepita: Esta mañana estaba yo acostado cuando he oído llamar a mi
+puerta. Eran las ocho. A estas horas no podía ser ningún madrileño: un
+madrileño no puede ir a visitar a las ocho de la mañana a nadie. ¡Sería
+una aberración! Luego este hombre debía de ser un hombre de provincias.
+Pocos momentos antes oí yo entre sueños las campanas de enfrente. «Estas
+buenas amigas, las campanas--decía yo--, no me van a dejar dormir.» Pero
+quien no me ha dejado dormir era este hombre que llamaba a mi puerta
+dando grandes porrazos.
+
+»Me he levantado y he abierto. Y ¿sabes a quién me he encontrado? ¡A
+nuestro excelente amigo don Juan Férriz! Tú te ríes, pero tú ya lo
+sabías... Don Juan traía una cesta enorme, que ha puesto encima de la
+mesa; luego me ha abrazado y me ha señalado en silencio la cesta. Yo la
+he mirado también en silencio. Esto era solemne; esto era trágico. ¿Qué
+contenía esta cesta? ¿Para quién era esta cesta? Era para mí: ya veo que
+te vuelves a reír. Ríete: yo he pasado un susto tremendo. Pero ha sido
+sólo un momento, claro está; después don Juan me ha dicho:
+
+»--Don Lorenzo Sarrió me ha encargado que le entregue a usted esta
+cesta, y Pepita, Lola y Carmen me han dado para usted muchos recuerdos.
+
+»Estos recuerdos, Pepita, yo los he encontrado más dulces y más buenos
+que las tortadas que había dentro de la cesta. No eran sólo tortadas:
+había mantecadas, sequillos, almendrados; había también naranjas,
+naranjas de vuestro huerto, en el que yo tantos ratos he pasado. He
+descubierto entre ellas dos que estaban juntas en un mismo tallo. Y en
+el tallo tenían prendido con un alfiler un papelito con un letrero que
+decía: «Estas las he cogido yo en el huerto para ti».
+
+»Yo, Pepita, no podía decirte lo que he sentido cuando he tocado estas
+naranjas: son cosas tan etéreas que no hay palabras humanas con que
+expresarlas; lo cierto es que la sorpresa ha sido buena. A todos os doy
+las gracias por vuestra atención. Don Juan me ha estado hablando de lo
+que por ahí ocurre, que es lo mismo de siempre; todo el día he estado
+con él. Hacía quince años que no había venido a Madrid; está aturdido.
+Dice que Petrel es mejor que esto. Creo que tiene mucha razón. Yo pienso
+continuamente en Petrel. Y de lo que más me acuerdo, ¿sabes de lo que
+es?
+
+»No te lo digo. Adiós, hasta mañana.
+
+»ANTONIO.»
+
+
+
+
+VII
+
+EN EL TREN
+
+
+...En el balcón luce, imperceptible, opaca, tenue, una ancha faja de la
+claror del alba. Y en la puerta, de pronto, oigo un persistente
+tarantaneo. Me levanto: me he retirado de la redacción a las dos de la
+madrugada; es preciso salir... Las calles están desiertas; pasa de
+cuando en cuando un obrero, con blusa azul, cabizbajo, presuroso, las
+manos en los bolsillos, liada la cara en bufanda recia; pasa una moza
+con el mantón subido, pálida, ornados los ojos de anchas ojeras lívidas;
+pasa un muchacho con un enorme fajo de carteles bajo el brazo. Comienzan
+a chirriar las puertas metálicas de las tiendas; suenan lentas, graves,
+una a una, las campanadas de una iglesia. Y un coche se desliza ligero,
+con alegre tintineo, sobre el asfalto.
+
+Lo tomo. Descendemos por la carrera de San Jerónimo; luego avanzamos a
+lo largo del paseo de las Delicias, entre el ramaje seco del arbolado;
+cruzamos frente a la ronda de Valencia; bajamos por una vía ancha,
+solitaria, pendiente. A lo lejos, la enhiesta chimenea de una fábrica
+difumina, con denso humacho negro, el cielo radiante, de azul pálido;
+una tenue neblina cierra y engasa el horizonte, y entre las ramas
+desnudas de los árboles, casi a flor de tierra, en la lejanía, asciende
+lento y solemne, un enorme disco de oro encendido...
+
+He tomado el billete, y paso al andén. En la puerta dos mujeres pleitean
+con el mozo. Son dos viejas cenceñas, enjutas, acartonadas; visten los
+oscuros trajes de la gente castellana--azul oscuro, pardo negruzco,
+intenso blavo. Una de ellas tiene la nariz remangada y la boca saliente;
+otra tiene la boca hundida y la nariz bajeta. Y las dos miran al mozo,
+mientras hablan, con sus ojuelos grises, diminutos, un poco ingenuos, un
+tilde picarescos. El mozo no las quiere dejar pasar; dice que sus
+billetes de ida y vuelta están caducos. Y ellas chillan, claman al
+Señor, se llevan las manos a la cabeza, y me miran a mí, como pidiendo
+mi intervención definitiva.
+
+--¡El tío jefe--dice una de ellas--nos _vido_ montar en el tren el
+lunes!
+
+--Sí--corrobora la otra--, el tío jefe nos _vido_. Yo intervengo:
+indudablemente, el jefe de la estación de Bargas puso una fecha atrasada
+al troquelarles sus billetes. Porque estas dos viejas vienen de Bargas.
+Y luego, cuando al fin han pasado y hemos subido al coche, me han
+contado su historia.
+
+Ellas vienen a Madrid todos los sábados por la tarde; regresan los lunes
+por la mañana. De Bargas a Madrid, ida y vuelta, les cuesta el billete
+14 reales. Y en Madrid venden por las calles bollos de yema.
+
+--Bargas--les pregunto yo--, ¿es mejor pueblo que Torrijos?...
+
+Entonces, una de ellas se me queda mirando y exclama:
+
+--¡Sí, mucho mejor!
+
+Y luego, pensando, sin duda, que ha ofendido mi patriotismo, si por
+acaso soy yo de Torrijos agrega benévolamente:
+
+--¡Pero Torrijos también es _fueno_!
+
+Va a partir el tren. Ha tintineado un largo campanillazo; suenan los
+recios y secos golpes de las portezuelas. Las dos viejas han acomodado
+sus cuatro cestas y sus dos sacos sobre y bajo los bancos. Lo más
+delicado va encima; y son dos cestas llenas de jarrones y figurillas de
+escayola sobredorada. Se trata de encargos que ellas portean de retorno
+para los vecinos del pueblo.
+
+--¿Has puesto _eso_ con gobierno para que no se manchen los
+monos?--pregunta una.
+
+Y la otra inspecciona las cestas, remueve los papeles en que van liadas
+las hórridas figuras, torna a colocar sobre los bancos los encargos... Y
+silba la locomotora con un silbido largo y bronco; se remueve el tren
+con chirridos de herrumbres y atalajes mohosos; una gran claridad se
+hace en el coche...
+
+Estamos en campo abierto. La llanura se extiende inmensa en la lejanía,
+verde-oscura, verde-presada, grisácea, roja, negra en las hazas labradas
+recientemente. Las piezas del alcacel temprano ensamblan, en mosaico
+infinito, con los cuadros de los barbechos hoscos. Ni una casa, ni un
+árbol. Un camino, a intervalos, se pierde sesgo en el llano uniforme.
+Junto a la caseta de un guardabarrera, al socaire de las paredes, cuatro
+o seis gallinas negras picotean y escarban nerviosamente. Y el tren
+silba y corre, con formidable estrépito de trastos viejos, por la
+campiña solitaria.
+
+Las dos viejas permanecen silenciosas e inmóviles. Las dos tienen los
+brazos cruzados so el delantal; una cierra los ojos y echa la cabeza
+sobre el pecho; otra, las puntas del pañuelo cogidas en la boca, echa
+hacia atrás la testa y mira de cuando en cuando con los ojillos
+entornados... Pasan dos, tres estaciones; cruza el convoy sobre una
+redoblante plataforma giratoria. Las viejas se remueven sobresaltadas. Y
+luego, ya despiertas, hablan y sacan por la abertura del brial sendas
+faltriqueras de pana. De estos bolsillos, una de las viejas extrae una
+enorme y luciente llave, y la otra, otra llave disforme y un peine
+amarillento. Luego, vueltos llave y peine a los senos profundos de las
+bolsas, las dos viejas charlan de sus tráfagos y negocios.
+
+--En Bargas--les pregunto yo--, ¿no hay más que ustedes que se dediquen
+a la venta en Madrid de las rosquillas?
+
+Y ellas me contestan que hay más; están _la Daniela_ y _la Plantá_; pero
+estas dos negociantes no marchan a Madrid en ferrocarril: van por la
+carretera. Emplean en ir dos días y otros dos en volver. Llevan un
+borriquillo. Y, como es natural, han de hacer en Madrid gastos de
+alojamiento y pienso.
+
+--Entonces--observo yo filosóficamente--, ¿no les tendrá casi cuenta ir
+a Madrid?
+
+--Claro--replica una de las viejas--, como que en la posada y el borrico
+se lo dejan todo.
+
+Y la otra, bajando la voz e inclinándose hacia mí, añade
+confidencialmente:
+
+--Pero hacen muy mal el género; ponen en los bollos poco aceite y mucha
+clara, y al respective del azúcar, lo merman todo lo que pueden...
+
+Continúa la campiña paniega, verde a trechos, a trechos negruzca. La
+tierra se dilata en ondulaciones suaves de alcores y recuestos. En
+Villaluenga asalta el coche un tropel de fornidos mozos rasurados,
+mofletudos, en mangas de camisa.
+
+--¡Una perrilla para los quintos de Villaluenga!--gritan, y alargan una
+gorra ante los viajeros. Le piden también a las viejas; pero éstas se
+niegan a dar nada.
+
+--Yo también--dice una de ellas--tengo un hijo quinto.
+
+--¡Pues que tenga buena mano!--exclama uno de los mozos.
+
+Y cuando se ha puesto otra vez el tren en marcha, la vieja requerida ha
+añadido hoscamente, mientras se pasaba el reverso de la mano por las
+narices y se apretaba el pañuelo:
+
+--Quintos más sinvergüenzas que los de este pueblo, no los he visto. Yo
+no digo que no pidan los de Bargas; pero no van a otros pueblos a pedir.
+
+Ha pasado otra estación y las viejas han descendido con sus cestas y sus
+sacos. Y yo me quedo solo en el coche. A lo lejos, sobre la línea del
+horizonte, destacando en el azul límpido, aparece el enorme castillo de
+Barciense, y al pie resaltan los puntitos blancos de las casas
+enjalbegadas.
+
+Llego a Torrijos. El cielo está radiante, limpio, diáfano; brilla el sol
+en vívidas y confortadoras ondas; un gallo canta lejano con un cacareo
+fino y metálico; se desgranan en el silencio, una a una, las campanadas
+de una hora...
+
+Son las once. Avanzo por una calle de terreras viviendas, rebozadas de
+cal; llego a una espaciosa plaza; me detengo ante una casuca
+inquietadora. Tiene dos pisos; en lo alto lucen dos balconcillos
+desfondados, con los vidrios de las maderas rotos y sucios; en el bajo
+se abre una ancha puerta achaparrada. En la fachada angosta, entre los
+dos huecos, leo en gruesas letras sanguinosas: _Posada del Norte_. Y un
+momento permanezco ante este rótulo, en la plaza desierta, perplejo,
+mohino, temeroso, con la maleta en vilo.
+
+
+
+
+VIII
+
+EN TORRIJOS
+
+
+...Entro resueltamente en la _Posada del Norte_. El zaguán es largo,
+estrecho y bajo; los carros, en su entrar y salir continuo, han abierto
+en el empedrado, de agudas guijas, hondos relejes. Al fondo se abre una
+puertecilla diminuta; dos, tres, cuatro más a la derecha, cerradas por
+menguadas cortinas; y a la izquierda, una ancha franquea la entrada a un
+patio. Hay junto a la pared un grande y blanco arcaz con la
+cebada--igual que en las novelas picarescas--; penden de largas estacas,
+ringladas en los muros, enjalmas y ataharres.
+
+Doy voces; en uno de los cuartos, tras la cortina, oigo un ronroneo
+tenue, y, a intervalos, un suspiro y el traqueteo rítmico de una silla.
+Avanzo; me cuelo por la puertecilla del fondo. Estoy en una cocina
+solitaria. Cuelga de las paredes la espetera, con sus sartenes y sus
+cazos; en la chimenea, de ancho humero, puestos en el hogar ante el
+montón de brasas, cuatro o seis diminutos pucheros borbollean con
+imperceptible rezongeo y dejan escapar ligeras nubecillas blancas...
+Retrocedo al zaguán, vuelvo a gritar, espero un momento, y entro luego
+en el patio.
+
+El piso se extiende en baches y altibajos; en el centro destaca el
+brocal desgastado de un pozo; un labriego, al sol, sobre un poyo de
+adobes rojos, duerme con la cabeza sobre el pecho y los brazos caídos;
+junto a él reposa un perro largo, enjuto, negro, luciente. Yo me siento
+un instante; este sosiego se me entra en el espíritu y aplaca mis
+ardores. Todo reposa; en la techumbre pían los pájaros; el sol vívido
+marca sobre una de las paredes blancas el dentelleo de un tejado; suena
+una campana lejana...
+
+Es preciso comer. Retorno al zaguán. Y entonces grito más fuerte que
+antes, doy grandes golpazos, levanto la cortina de un cuarto. En la
+oscuridad, una mozuela duerme con un niño en los brazos; la luz la
+desendormisca, e instintivamente chasca la lengua y vuelve a balancear
+rítmicamente la silla, cunando al niño.
+
+La llamo insistentemente. Despierta, y me dice que el ama ha salido a la
+plaza. No sabe cuándo volverá; acaso al mediodía. Yo encargo de comer y
+salgo. El sol baña de lleno la inmensa plaza; en el fondo, cogiendo un
+lado, se yergue un caserón disforme, a medias destruido, con saledizos
+balcones recios, firmes los anchos sillares de los muros, afiligranado
+el blasón que campea sobre la puerta. A los otros costados de la plaza
+se muestran los bajos porches, con columnas de piedra unas, de madera
+otras, gastadas, carcomidas, con capiteles dóricos, con capiteles
+jónicos, combadas las zapatas. Pasa un perro rojo con las gruesas orejas
+cercenadas, y luego otro perro blanco, y luego otro perro a planchas
+blancas y negras, y luego otro perro negro--el que he visto en el patio
+de la posada--, esbelto y fino. Flamean las mantas rojas, amarillas,
+azules, colgadas al aire en una tienda; un mendigo, con redondo y ancho
+sombrero tieso, vestido de buriel pardo, discurre al sol, agachado sobre
+su palo; atraviesan la plaza dos borricos cargados de ramaje de olivo;
+pasa ligero, con menudo paso afirmado de viejo hidalgo, la capa al aire,
+un señor de largos bigotes grises y hongo apuntado.
+
+Salgo de la plaza. Las calles son estrechas, empedradas, sin aceras, de
+casas bajas y blancas. Un arroyuelo infecto corre por el centro, formado
+por las aguas sucias que surten de los corrales. Al paso, tras las
+vidrieras, se inclinan las manchas pálidas de los rostros curiosos; se
+oyen los gritos lejanos de unos muchachos que juegan en otra plaza. En
+esta plaza se levanta una iglesia gótica. La fachada luce hojarascas y
+filigranas del Renacimiento; la torre, cuadrilátera, se perfila con su
+chapitel puntiagudo y gris en la diafanidad del cielo azul...
+
+La maraña de las callejuelas blancas continúa. Un cerdo, de rato en
+rato, pasa gruñendo; calla, se detiene y hociquea en las aguas sucias un
+momento; gruñe de nuevo y avanza otra vez con un corto trotecillo
+nervioso... Desemboco en una anchurosa plaza formada por viviendas
+terreras y tapias de corrales, cerrada por la enorme masa rojiza de un
+convento. Me siento en una piedra y contemplo un instante el vetusto
+monasterio. Viven en él diez y siete monjas; pudieran vivir ciento. Es
+de sólida e irregular mampostería, trepado por numerosos agujeros, con
+arcos y ventanas cegados, con altas celosías de madera negruzca.
+
+La plaza está desierta; picotean al sol unas gallinas; triscan sobre el
+tejado del convento los pájaros; en la lejanía, a la derecha, se pierde
+un camino ancho, bordeado por largos liños de olmos desnudos. Suena
+lenta una campanada larga, y después otra campanada larga, y después
+tres campanadas finas y breves...
+
+Es mediodía. Regreso a la posada. Recorro las mismas callejuelas de piso
+áspero; cruzo la misma plaza en que la iglesia se alza. Y luego, por
+variar, tuerzo a la derecha y entro en una calle silenciosa, de casas
+chatas a una banda, de una larga pared ruinosa a la otra. Leo un tejuelo
+azul: es la calle de Gerindote. Unas tablas viejas cierran un portal
+ancho; por las rendijas se columbra un patio lleno de escombros, y
+entre el cascote, ante paredes desmoronadas, se yergue una arquería de
+medio punto, sostenida por elegante columnata dórica.
+
+Estoy a espaldas del palacio que muestra su fachada a la plaza
+principal. Resuenan los piquetazos de los albañiles; traquetea un
+carro... Camino dos pasos más y salgo al campo. La campiña se aleja con
+sus bancales de sembradura; una línea gris, de olivos cenicientos,
+cierra el horizonte...
+
+* * *
+
+La mesonera me ha llevado a un diminuto cuarto, cerrado por una cortina,
+sin ventanas, con la sola luz de la puerta. Me encuentro sentado ante
+una mesa cubierta con un mantel pequeño. ¡Voy a comer!
+
+Espero un poco; un perro con un cascabel al cuello entra y retoza por la
+estancia. Espero otro poco; otro perro fino, negro, luciente--el de esta
+mañana y de todas las horas--asoma su agudo hocico por la puerta y luego
+se cuela con pasito mesurado. La mesonera trae un cuenco de recia
+porcelana con diminutos pedazos de carne frita; después pone sobre la
+mesa una botella llena de una misteriosa mixtura amarilla. Dice que es
+vino.
+
+Yo como filosóficamente de la carne frita e intento sorber el acedo
+brebaje. El perro pequeño ladra y salta; el galgo negro se acerca
+mansamente y pone su hocico sobre mi muslo. ¿Me voy a comer toda la
+vianda? No, no; ya estoy harto de pedacitos de carne frita. Espero un
+poco; uno de los perros continúa ladrando; el otro restriega
+discretamente su trompa sobre mis pantalones. Espero otro poco. Y luego
+me levanto y examino en la pared una estampa piadosa. Entretanto el
+galgo ha puesto los pies sobre la mesa y va devorando el resto de la
+carne... Me canso de esperar y llamo a la huéspeda.
+
+--¿No me da usted nada más?--le pregunto.
+
+Y ella se me queda mirando, extrañada, sonriendo por mi exigencia
+estupenda, y exclama:
+
+--¿Qué más quiere usted?
+
+Es verdad; me olvido de que estoy en la Meseta y soy un hombre del
+litoral; yo no debo, en Torrijos, querer comer más cosas.
+
+La digestión no resultará pesada; pero hay que ir al casino a tomar un
+confortable digestivo. En la plaza hay una casa vieja sobre un alterón
+del piso; esta casa tiene un gran pasadizo; dentro de este pasadizo hay
+una diminuta puerta de cuarterones. Cuando yo llego ante esta puerta
+llega también un hombre vestido de pana gris y ceñido el cuerpo por
+ancha faja negra. Yo me detengo un momento ante la puerta cerrada, y él
+saca una llave de la faja y abre. Subimos un escalón; luego nos
+encontramos en un diminuto receptáculo; luego, a la derecha, reptamos
+por una escalera pendiente; ya en lo alto, llegamos a un angosto
+pasillo, torcemos luego a la izquierda, y nos hallamos en un cuarto
+reducido, con tres mesas de mármol y un ventanillo microscópico.
+
+Los gallos cantan a lo lejos; una cinta de sol fulgente cruza el blanco
+mármol y marca sobre el piso un vivo cuadro. Los minutos transcurren
+lentos, interminables. Suena a lo lejos una tos seca y persistente; se
+oye el chisporroteo de un hornillo.
+
+--¿No viene nadie?--pregunto al mozo.
+
+--Le diré a usted--me contesta--; es que anoche hubo en el pueblo baile
+de máscaras...
+
+Quedo profundamente convencido. Se hace un largo silencio. Llegan
+cacareos de gallos y ladridos de perro. Yo siento como si hubieran
+pasado tres o cuatro horas en este ambiente de soledad, de aburrimiento,
+de inercia, de ausencia total de vida y de alegría. Miro el reloj; son
+las dos; ha transcurrido media hora.
+
+* * *
+
+A lo lejos destaca el pueblo con sus techumbres negras y las manchas
+blancas de las fachadas. Resaltan en el cielo azul diáfano el caserón
+rojizo del convento y la aguda torre de la iglesia. Una larga pincelada
+azul de las montañas, sobre otra larga pincelada negra de los olivos,
+limita el horizonte. De pronto rasga los aires la nota sostenida y
+metálica de la corneta del pregonero; ladran los perros; cacarean los
+gallos; llega el silbido ondulante, apagado, de un tren que pasa...
+
+En un habar, entre las matas, un labriego va entrecavando la tierra
+dura. Sobre una manta, echado en el lindero, cabe a un cantarillo de
+agua, un perro gruñe sordamente cuando me acerco.
+
+--Buenas tardes--grito al labriego.
+
+--Buenas tardes, señor--contesta.
+
+Luego se allega, y hablamos sentados mientras él fuma.
+
+--¿No tiene usted agua para regar sus tierras?--le pregunto.
+
+--¡Agua!--contesta--. Si hiciera un pozo y pusiera _artes_, sí que la
+tendría.
+
+Torrijos es el prototipo de los pueblos castellanos muertos. Entre estos
+hombres del centro, ininteligentes y tardos, y los del litoral, vivos y
+comprensores, hay una distancia enorme. Torrijos cuenta con 2.923
+habitantes; tiene 494 casas de un piso, 152 de dos, 7 de tres. La
+agricultura se divide entre el cultivo de los cereales y el del olivo.
+No hay población rural; nadie vive en el campo. No existen manantiales
+ni arroyos.
+
+Las escasas tierras de huerta son regadas con aguas sacadas de los
+pozos. Hay en todo el término 12 pozos. Los _artes_ con que se extrae de
+ellos el agua son norias primitivas; algunas tienen arcaduces de barro;
+los arcaduces se rompen y no son repuestos, y las norias giran horas y
+horas en la llanura gris, ante el labriego extático, sin vaciar apenas
+agua en la alberca. «El agua--me dicen--se come mucho las tierras.»
+
+El riego pide abono; el abono cuesta dinero; cuanto menos se riegue,
+menos se gasta...
+
+Jovellanos ya notó esta opinión de los labradores meseteños de que «el
+riego esteriliza las tierras».
+
+He visitado una pequeña huerta; el arrendatario de las tierras posee dos
+caballerías para mover la noria; pero ahora, en la época de la molienda
+de la aceituna, este labriego, a tener sus tierras limpias y sazonadas,
+prefiere alquilar sus bestias por _tres_ reales diarios a las almazaras.
+El agricultor español es de una mentalidad arcaica; pierde lo más,
+lejano y trabajoso, por obtener lo menos, presente y voladero...
+
+* * *
+
+Cae el crepúsculo. Los olivares se ensombrecen; cobran un tinte oscuro
+los cuadros de alcacel luciente; resaltan hoscas las tierras de
+barbechos. Y por la carretera, recta y solitaria, entre las ringlas de
+olmos desnudos, me encuentro al galgo negro y enjuto, que camina ligero,
+resignado, con cierto aire de jovialidad melancólica, hacia el poblado
+triste.
+
+«Antes que la noche viniese--dice el Lazarillo de Tormes--di conmigo en
+Torrijos.» Cuando yo llego, las blancas fachadas de las casas se sumen
+en la penumbra; brillan sobre el arroyo débiles franjas de luces que
+arrojan los portales, y por las callejuelas tortuosas, en todo el
+pueblo, con clamorosa greguería de gruñidos graves, agudos,
+suplicadores, iracundos, corren los cerdos...
+
+
+
+
+IX
+
+EN TORRIJOS
+
+
+La hermosa iglesia de Torrijos la ha fundado una mujer.
+
+Esta buena mujer no quiere ponerse sus trajes suntuosos, pero se los
+pone por complacer a su marido. Y cuando se los pone se dirige al Señor
+y le dice: _Tú, Señor, sabes que nunca estos arreos y vestidos me
+pluguieron._ Y se queda un poco satisfecha, pensando que lo hace por
+obligación. ¿Qué va a hacer una señora bonita, rica, y que además tiene
+que presentarse todos los días ante los reyes? Porque su marido es
+comendador mayor y contador mayor de los Reyes Católicos. Ella se llama
+doña Teresa Enríquez y él don Gutierre de Cárdenas. Viven con gran
+atuendo; pero ella hace muchas limosnas, es piadosa, recuerda siempre a
+su marido que sea escrupuloso en el despacho de los negocios, y sobre
+todo que los despache pronto. Y don Gutierre la atiende, como es
+natural, tratándose de quien se trata, pero le choca un poco esta
+oficiosidad de su mujer. Y muchas veces le dice, «muerto de risa» (según
+cuentan los historiadores), a la reina doña Isabel: _Señora, suplico a
+vuestra alteza que me firme este negocio, que traigo quebrada la cabeza
+de las persuasiones que doña Teresa me ha hecho diciéndome que despache
+los negocios y que haga limosnas; que en verdad, más me predica ella que
+los predicadores de vuestra alteza._
+
+¿Hace bien doña Teresa? Sí; indudablemente, hace bien. Y por eso la
+reina le contesta a don Gutierre, no muerta de risa como él, pero sí
+sonriendo benévolamente: _Todo es menester, comendador._ Y además de
+esto, para que cunda el ejemplo, manda que sus damas principales
+acompañen a doña Teresa en las visitas que todos los viernes y durante
+la cuaresma hace a los hospitales. ¿Quién podrá decir, aparte de esto,
+lo que ella hizo en la guerra de Granada? Esta misma pregunta se hacen
+los historiadores y no aciertan a contestarla; tantas y tales son las
+cosas excelentes que habría que contar. Además, de su matrimonio ha
+tenido dos hijos y una hija, y todos los ha educado cristianamente. De
+los hijos, uno fue duque de Maqueda; el otro, que se llamaba Alonso,
+murió de una caída de caballo. La hija fue condesa de Miranda. No ha
+tenido más hijos, porque se ha quedado viuda.
+
+Y ahora que no tiene obligación de ponerse vistosa y elegante, sí que
+ha soltado la rienda a su modestia. Lo primero que ha hecho es vestirse
+con un hábito de viuda, es decir, con un manto de paño negro común y
+unas tocas blancas gruesas. Luego se ha venido a Torrijos y aquí ha
+vivido recogida durante treinta años. Los años son malos; se han echado
+encima hambres, crueles carestías, guerras, y doña Teresa ha tenido
+materia en que ejercitar su virtud. Las tierras que posee son inmensas;
+dispone de diez cuentos de renta. Pero muchas de las tierras que posee
+están yermas. ¿Cómo va ella a cultivarlas todas? ¿Qué sabe ella de esas
+tracamundanas? Por este motivo ha mandado pregonar que los labradores
+que quieran venir a romper y beneficiar sus dehesas pueden venir
+tranquilamente. Y han venido, en efecto, muchos, porque como son tierras
+nuevas, rinden copia de frutos. Ni en su tiempo ni siglos ainde, yo creo
+que no serán muchos los que imiten a doña Teresa.
+
+Y no para aquí su magnanimidad, sino que rescata cautivos, proporciona
+médicos y camas a los pobres, convierte a buen vivir a las mujerzuelas
+baldías. En Almería y en Maqueda ha fundado algunos conventos; en
+Torrijos también ha fundado uno; y además un hospital, y además ha
+mandado construir una iglesia. Sus coetáneos dicen que esta iglesia es
+un «maravilloso edificio», y las guías modernas confiesan que es
+«grandioso». Ni unos ni otros se equivocan.
+
+Ya parece que doña Teresa está medio sosegada; ha gastado casi toda su
+fortuna en buenas obras, y esto da tranquilidad de ánimo. Sin embargo,
+un día le enteran de que allá, muy lejos, en Roma, «cuando llevan el
+Sacramento a los enfermos no lo llevan con la reverencia que es razón».
+¿Podré pintar su desconsuelo? Doña Teresa cavila y se desazona; ella
+estaba ya un poco tranquila, y ahora vuelve a sentirse angustiada. ¡No;
+eso no puede continuar de ese modo! Y decide construir en un templo de
+Roma una suntuosa capilla, a la cual dota de espléndidos ornamentos para
+que el Señor sea llevado con decoro.
+
+Y así ha vuelto a sosegarse su espíritu, y ha continuado viviendo
+silenciosa, pobre, caritativa.
+
+Cuando ha muerto no tenía más que una mísera cama y cincuenta reales. Y
+ella ha dispuesto en su testamento que todo esto sea para los pobres.
+
+
+
+
+X
+
+EN TORRIJOS
+
+
+...Delante de mí, sentado a esta mesa con pegajoso mantel de hule, en el
+diminuto comedor de paredes rebozadas con cal azul, hay un señor
+silencioso y grave. Yo lo observo. Su cabeza es enérgica, redonda,
+fuerte, trasquilada al rape; muestra en su gesto y en sus ademanes como
+un desdén altivo, como un enojo reprimido hacia esta comida sórdida e
+indigesta que, poco a poco, con lentitud desesperante, nos van
+sirviendo. Yo sé que es el presidente del Círculo Industrial de Madrid;
+yo le reputo por uno de los hombres más enérgicos y emprendedores de la
+España laboriosa.
+
+Y su figura, en este ambiente de inercia, de renunciamiento, de
+ininteligencia, marca un contraste inevitable entre las dos Españas.
+
+La comida transcurre lenta; son viandas exiguas, mal guisadas, servidas
+en vajilla desconchada y sucia, sobre el hórrido mantel de hule. Mi
+compañero suspira, levanta los ojos al cielo, se pasa la mano por la
+ancha frente como para disipar una pesadilla terrible, cruza los
+brazos--en las largas esperas de plato a plato--como pidiendo a sí mismo
+serenidad y calma... Yo intento comer en silencio. ¿Lo consigo? Creo que
+no.
+
+Por la estrecha ventana veo un patio con el brocal de un pozo
+desgastado, y en las paredes, empotradas, cuatro o seis columnas con
+capiteles dóricos.
+
+Llegan los postres. Este silencio tétrico en este casón vetusto--antiguo
+convento--, después de esta comida intragable, me apesadumbra y enerva.
+
+--¡Qué diferencia--exclamo--entre estos pueblos inactivos de la Meseta y
+los pueblos rientes y vivos de Levante!
+
+Entonces mi compañero, que ha callado, como yo, durante toda la comida,
+me mira fijamente, como asombrado de que haya quien hable así en
+Torrijos, y replica con voz lenta y enérgica:
+
+--¡Como que son dos nacionalidades distintas y antagónicas! Levante es
+una región que se ha desenvuelto y ha progresado por su propia vitalidad
+interna, mientras que el Centro permanece inmóvil, rutinario, cerrado al
+progreso, lo mismo ahora que hace cuatro siglos... Observe usted los
+detalles de la vida doméstica; vea usted los procedimientos agrícolas;
+estudie usted las costumbres del pueblo... En todas partes, en todos
+los momentos, en lo grande y en lo pequeño, las diferencias entre los
+españoles del Centro y los de las costas saltan a la vista.
+
+Yo soy del Centro, y, sin embargo, lo reconozco sinceramente. El
+problema catalanista, en el fondo, no es más que la lucha de un pueblo
+fuerte y animoso con otro pueblo débil y pobre, al cual se encuentra
+unido por vínculos acaso transitorios...
+
+Hemos callado. Y yo pensaba que todos los esfuerzos por la generación de
+un pueblo próspero serán inútiles mientras estos campos no tengan agua,
+mientras estas tierras paniegas no sean abonadas, mientras no
+desaparezca el sistema de eriazos y barbechos, mientras las máquinas no
+realicen pronta y esmeradamente el trabajo de las industrias anexas.
+
+* * *
+
+Y luego, cuando durante toda la tarde he visitado las almazaras, me he
+afirmado en mi idea. Nada más interesante que esta sorda y tenaz lucha
+de las máquinas nuevas para vencer la obstinación del labriego y
+reemplazar a los viejos y lentos artefactos. En Torrijos hay once
+molinos aceiteros; en ellos existen siete vigas y cuatro prensas.
+
+Las vigas son unas enormes palancas que, con un peso a uno de sus
+extremos, oprimen la pasta de aceituna molida, colocada en los cofines
+cerca del otro extremo, casi en el punto de apoyo. Las vigas están aún
+en Torrijos en mayoría; el aceite se extrae como hace trescientos años.
+
+Observad ahora el litoral: en la región alicantina más olivarera--Onil,
+Castalla, Ibi--las prensas de madera y las vigas hace tiempo que han
+desaparecido por completo; todas las prensas son de hierro. Y si nos
+internamos en España veremos cómo a medida que nos acercamos al Centro,
+los viejos artefactos reaparecen, y cómo van aumentando hasta dominar en
+absoluto. En algunos puntos la lucha es empeñada, y los vetustos
+aparatos están a punto de ser derrotados por los nuevos. Todo un curso
+de civilización y de historia nacional se puede estudiar en estos
+detalles, al parecer insignificantes.
+
+Una excelente región olivarera es la que se extiende desde Logroño hasta
+Alfaro, y que comprende los pueblos enclavados a la derecha del Ebro, en
+una distancia de 10 a 15 kilómetros. Pues bien; en Alfaro, por ejemplo,
+en sus almazaras existen 14 vigas y 10 prensas de husillo; en Arnedo, 30
+y 15, respectivamente; en Nájera, 3 y 2. Los procedimientos viejos
+dominan a los nuevos; en cambio, Logroño, la capital de la región,
+cuenta con 24 vigas y 35 prensas de husillo, a más de 3 hidráulicas.
+
+Torrijos es del pasado; los procedimientos modernos se han iniciado ya,
+pero están sojuzgados aún por la rutina. Diez kilómetros más adentro,
+en Maqueda--que también he visitado--, la rutina es señora absoluta.
+
+Maqueda cuenta con 250 hectáreas de olivares; todas las cosechas del
+pueblo se muelen en una almazara de una sola viga. Y el aceite extraído
+es tan ínfimo, que sólo puede ser vendido a las fábricas de jabones.
+
+Cuando se les reprocha discretamente su incuria a estos labriegos, se
+encogen de hombros y contestan «que así se ha hecho toda la vida».
+
+Poco más o menos es lo que contestan en Torrijos. Los olivares suman 960
+hectáreas en todo el término. ¿Cómo es posible que en transformar la
+cosecha se entretengan desde Diciembre hasta últimos de Abril? Las vigas
+trabajan lentamente; una sola viga comprime 12 fanegas diarias de
+pasta--que aquí llaman _pezón_--; una prensa de hierro, de 30 a 40.
+
+Usando vigas, la extracción del aceite se prolonga doble tiempo que se
+tardaría con la prensa. Consecuencia de esta dilatación es el fermento
+que la aceituna sufre en sus trojes, desde Febrero, en que se termina de
+recolectar, hasta Mayo, en que se tritura la última. Y no es esto sólo:
+la pasta que comprimen las prensas queda completamente exhausta; la que
+se retira de las vigas, en cambio, queda con una parte considerable de
+aceite que no es utilizado.
+
+«Las prensas de hierro--me dicen--se rompen y es preciso gastar dinero
+en componerlas.» Ayer hablaba de un labrador que descuida sus tierras
+por alquilar sus mulas por _tres_ reales diarios; hoy veo a estas gentes
+que huyen de la compostura de una prensa, y en cambio dejan fermentar la
+aceituna y pierden en la pasta comprimida una parte del jugo.
+
+* * *
+
+Así viven, pobres y miserables, los labradores de la Meseta. El medio
+hace al hombre. El contraste es irreductible, entre unos y otros
+moradores de España, mientras el medio no se unifique. Porque no podrán
+pensar y sentir del mismo modo unos hombres alegres que disponen de
+aguas para regar sus campos y cultivan intensivamente sus tierras, y
+tienen comunicaciones fáciles y casas limpias y cómodas, y otros hombres
+melancólicos que viven en llanuras áridas, sin caminos, sin árboles, sin
+casas confortables, sin alimentación sana y copiosa...
+
+
+
+
+XI
+
+
+Vuelvo a Madrid. Yo quisiera decir algo de ese clérigo que he visto en
+Maqueda, sucesor, a través de los siglos, del buen clérigo del
+_Lazarillo_. He hecho el viaje por saturarme de estos recuerdos de
+nuestros clásicos. No basta leerlos; _hay que vivirlos_: contemplar el
+mismo paisaje que columbraron Cervantes o Lope, posar en los mismos
+mesones, charlar con los mismos tipos castizos--arrieros e hidalgos--,
+peregrinar por los mismos llanos polvorientos y por las mismas
+anfractuosas serranías.
+
+Maqueda es un pueblecillo caduco, con un formidable castillo gualdo, con
+los restos de una alcazaba y la osamenta de una iglesia arruinada. Desde
+lo alto del castillo he contemplado el llano inmenso, gris, negruzco,
+cerrado en la lejanía por una línea azul, surcado, en fulgente meandro,
+por un riachuelo que corre entre dos estrechas bandas de verdura.
+
+Ya pintaré, cuando esté más descansado, este pueblecillo y este campo.
+Ahora no tengo tiempo. Voy al periódico; he de ir luego a la
+Biblioteca... Esto de hacer artículos es terrible: otra vez, después de
+este breve descanso, he de volver a ser _hombre de todas horas_, como
+decía Gracián.
+
+Sobre la mesa tengo un montón de periódicos. Siento un leve terror. Les
+despojo de sus fajas y voy repasándolos lentamente... Y de pronto me
+pongo un poco pálido y dejo caer de las manos uno de los periódicos. Se
+trata de _El Pueblo_, de Valencia. ¿Qué dice? Habla de un artículo mío.
+Y este artículo «es lo más atrevido, rebelde y verdaderamente
+revolucionario que ha publicado la prensa española, tan tímida y
+parapoco, hace muchos años».
+
+¡Caramba!--exclamo--. He hecho una atrocidad sin querer. El otro día se
+conmovió el _Heraldo_ por un artículo mío, y ahora este Castrovido dice
+esas cosas tremendas hablando de otro... ¡Caramba! Yo no me atrevo a
+salir a la calle, a ir tímidamente al Ateneo, a pedir un libro en la
+Biblioteca, a entrar en la librería de Fe... ¿Tomaré el tren otra vez?
+Sí, sí; es preciso que yo coja el tren otra vez.
+
+
+
+
+XII
+
+HACIA INFANTES
+
+
+...Otra vez me veo entre cristal y cristal, liado en mi capa, el
+sombrero gacho, sobre las rodillas la manta, la inevitable maleta de
+cartón al lado. El coche resbala sobre el asfalto; pasamos entre el
+vaivén mundano, al anochecer, de la Carrera de San Jerónimo. A lo largo
+del paseo de las Delicias brillan, en la foscura, acá y allá,
+vacilantes, trémulas, entre el ramaje seco, las luces del gas. Sobre la
+fábrica de electricidad, a la derecha, se eleva un nimbo blanco del humo
+en que el resplandor refleja. Y los grandes focos, orlando las líneas de
+los desnudos árboles, arrojan una pálida claror, difusa, matizada,
+turbia.
+
+El tren va a partir. Chirrían las carretillas y diablas; suena un
+campanilleo persistente, largo, apremiante; vocea con voz plañidera un
+vendedor de periódicos. Y las portezuelas se cierran con estrépito, a
+intervalos... Es el expreso de Andalucía. Subo a un vagón. Un viejo de
+larga barba blanca arregla en las redecillas una maleta; un señor
+embozado en amplia capa parda mira con fúlgidos ojuelos sobre el embozo;
+en un ángulo frente al viejo, una joven, trajeada con hábito
+franciscano, permanece inmóvil...
+
+El tren parte. Cruzan los verdes y rojos faros; a lo lejos, en las
+tinieblas de la noche, una muchedumbre de lucecillas imperceptibles
+brilla, parpadea, desaparece, surge de nuevo, torna a ocultarse. Y en el
+cielo hosco, sobre la gran ciudad, aparece--emanación de los focos
+eléctricos--como una tenue, difuminada claridad de aurora. En el coche,
+la mortecina luz de la lamparilla cae sobre los cuadros, rojos, azules,
+negros, de una manta, resbala sobre la uniformidad parda de la pañosa
+castellana, se desliza, medrosa, entre las largas y argentadas hebras de
+la barba del anciano.
+
+Cruzamos vertiginosos ante una estación, y se oye un largo campanilleo,
+que se pierde rápidamente; luego aparece, desaparece un faro verde. Y
+las tinieblas tornan impenetrables. La ventanilla está elevada hasta el
+comedio; por el espacio abierto, en la negrura intensa del cielo, una
+estrella fulgura, ya blanca, ya azul, ya violeta, ya anaranjada, en
+rápidos, en vivos, en misteriosos cambiantes.
+
+El tren corre frenético por la llanura infinita de la estepa. El anciano
+junta su calva, en misterioso cuchicheo, a la cabeza sonriente de la
+niña.
+
+--San Francisco el Grande--oigo decir al viejo--se parece al panteón que
+vimos en Roma... al panteón de Humberto.
+
+--Sí, sí--dice la niña--; se parece al panteón de Humberto; pero aquél
+tiene luz cenital.
+
+El viejo calla un momento; está reflexionando... Y luego corrobora
+gravemente:
+
+--Sí, sí; es verdad: tiene luz cenital.
+
+Yo intento dormir; no puedo. En el centro del coche, sobre una maleta en
+pie, que no cabe en las rejillas ocupadas, a modo de velador, he
+colocado unos periódicos. Tomo uno ilustrado; leo al azar un párrafo:
+
+«El acto realizado por el joven ex ministro de Agricultura ha tenido
+gran resonancia y debe tener trascendencia.»
+
+Dejo el periódico; trato de dormir otra vez; abro de nuevo los ojos,
+exasperado. En la negrura, la estrella titilea, blanca, violeta, azul,
+anaranjada; una luz pasa vertiginosa y marca sobre los cristales una
+encendida estela fugitiva.
+
+Y cuando el tren se detiene de pronto ante una estación solitaria, oigo,
+en el profundo reposo de la llanura, el tric-trac del telégrafo, sonoro
+y presuroso.
+
+* * *
+
+A las dos de la madrugada el destartalado carricoche va rodando,
+hundiéndose en los hondos relejes, saltando sobre los agudos riscos, por
+las anchas calles blancas de la ciudad manchega. Corre un viento sutil y
+helado. Las luces eléctricas difunden una claridad opaca. A un lado y a
+otro se extienden las fachadas en anchas pinceladas de blanco sucio. La
+tartana se desliza, interminable, a lo largo de las calles
+interminables, con un ruidoso traqueteo que repercute en los ámbitos
+oscuros. Un instante; creo que se detiene. Sí, sí; se ha detenido. El
+zagal aporrea bárbaramente una puerta.
+
+Transcurre un largo rato; vuelven a sonar los recios golpes; se hace
+otra larga pausa; es de nuevo la puerta aporreada. Y entonces se percibe
+en lo hondo una voz que grita: «No, no hay habitación en esta casa».
+
+--¿Sabe usted?--me dice el zagal--. Es que ha llegado una estudiantina,
+y están todas las fondas ocupadas.
+
+Vuelve a rodar la tartana por las calles desiertas. Se oyen, a lo lejos,
+dos campanadas largas. Son las dos y media. Otra puerta torna a ser
+aporreada formidablemente. Tampoco hay habitación en esta casa. Y hay
+que volver al siniestro paseo por la enorme ciudad solitaria... Las
+luces brillan mortecinas; un perro aúlla en la lejanía. Y cuando,
+golpeada la tercera puerta, nos han abierto, yo he bajado de la tartana
+perplejo y asombrado. Sí, sí que hay habitación. Y esta habitación está
+allí cerca, a la derecha de la puerta, recayente al patio, al final del
+zaguanillo de cuadrilongos ladrillos rojizos.
+
+La casa es de dos pisos, enjalbegada de yeso blanco, con rejas coronadas
+por elegantes cruces de Santiago. El patio está formado por una
+anchurosa y cuadrada galería, sostenida por ocho columnas dóricas,
+bordeada por una vetusta barandilla, sombreada por saledizos aleros
+negros.
+
+Dos de los lados han sido tapiados para formar habitaciones; los otros
+dos permanecen al descubierto.
+
+Mi cuarto es hondo, lóbrego, estrecho, bajo; las paredes están rebozadas
+de cal blanca; la puerta, ancha y achaparrada, está compuesta por
+cuadrados y cuadrilongos cuarterones; en el centro, abierto en talla,
+entre dos flores de lis campea un escudo; sobre el dintel, una
+ventanilla aparece cerrada por diminuta reja, formada con una redonda
+cruz santiaguesa. Dentro hay una silla, un espejo, una microscópica
+palangana. Y sobre dos banquillos, que sostienen cuatro tablas, un
+colchón angosto y retesado.
+
+Me acuesto sobre el duro alfamar, apago la luz. Y oigo en la lejanía
+tres campanas, que caen lentas, solemnes, y una voz casi imperceptible
+por la distancia, que grita en un plañido largo: _Ave María Purísima..._
+
+* * *
+
+Las casas de Valdepeñas son blancas y bajas.
+
+De rato en rato, al paso, se columbra por las puertas entreabiertas el
+patio clásico con las columnas dóricas y el zócalo azul, con el evónimus
+raquítico y el canapé de enea. Una ancha faja de añil intenso encuadra
+las portadas; sobresalen adustos los viejos blasones; se destacan las
+afiligranadas rejas con la blancura de los muros. Y en la calle,
+empedrada de punzantes guijarros, entre el ángulo de la pared y el piso,
+al pie de los zócalos rosas o azules, corre una cinta de espesa y alegre
+hierba verde.
+
+El cielo está radiante, limpio, de un azul pálido. Llegan lejanos
+sonoros repiqueteos de fragua. El sol refulge en las fachadas. Cantan
+los gallos. Y de pronto la enorme diligencia parte, con formidable
+estrépito de herrumbres, en dirección a Infantes, donde expiró Quevedo,
+hacia «el antiguo y conocido campo de Montiel», por donde Cervantes hizo
+caminar a Alonso Quijano la vez primera...
+
+
+
+
+XIII
+
+EN INFANTES
+
+
+Cuando me despierto oigo en la calle, a través de las maderas cerradas,
+voces, ruido continuo de sonoros pasos, campanadas, trinos de canarios,
+ladridos de perros. Me levanto; por los cristales veo, enfrente, una
+ringla de casas bajas enjalbegadas, con las ventanas diminutas, con unos
+soportales vetustos formados por pilastras de piedra. En una tabla
+colocada en un balconcillo, a manera de banderola, leo, escrito en
+gruesas letras: _Parador Nuevo de la Plaza--de Juan el Botero--Paja
+suelta, agua dulce._ «Cervantes--pienso--dice que la posada del
+Sevillano, en Toledo, se veía muy concurrida por la abundancia de agua
+que se hallaba siempre en ella. El agua, en estos pueblos secos, es un
+señuelo hoy como en los tiempos de Cervantes.»
+
+El cielo está límpido, radiante. Salgo. Camino por las blancas calles de
+altibajos solados con guijarros. De cuando en cuando aparece un caserón
+enorme, dorado, negruzco, rojizo, con la portalada monumental de
+sillería. Dos columnas dóricas a cada lado de la puerta sostienen el
+largo balconaje de ancho saliente; otras dos columnas a una y otra banda
+del hueco rematan en un clásico frontón triangular con las cornisas de
+enroscadas volutas. Y a una y otra parte de la fachada, en los grandes
+paramentos de los muros blancos, resaltan sendos y afiligranados
+blasones pétreos.
+
+Recorro la maraña de engarabitadas callejas. Las puertas y ventanas de
+los viejos palacios están cerradas; las maderas se hienden, corconan y
+alabean; se deshacen en laminillas los herrajes de los balcones;
+descónchanse los capiteles de las columnas y se aportillan y desnivelan
+los espaciosos aleros que ensombrecen los muros... Desemboco en una
+plaza; el sol la baña vívido y confortable; me siento en el roto fuste
+de una columna. Enfrente se levanta un paredón ruinoso, resto de un
+antiguo palacio; a la derecha veo las ruinas de una iglesia, con la
+portada clásica casi intacta, con un arco ojival fino y fuerte, que se
+destaca en el cielo radiante y deja ver, en la lejanía, entre su
+delicada membratura, el ramaje seco de un álamo erguido en la llanura
+inmensa... A la derecha, otra iglesia ruinosa permanece cerrada,
+silenciosa, y se desmorona lenta e inexorablemente.
+
+Vuelvo a mi peregrinación a través de las calles. Pasan labriegos con
+sus largas cabazas amarillentas, de cogulla a la espalda; luego, de
+tarde en tarde, una vieja, vestida de negro, arrugada, seca, pajiza,
+abre una puerta claveteada con amplios chatones enmohecidos, cruza el
+umbral, desaparece; una mendiga, con las sayas amarillentas sobre los
+hombros, exangüe la cara, ribeteados de rojo los ojuelos, se acerca y
+tiende su mano suplicante. Y a todas horas, por todas las calles, van y
+vienen viejos, con sus caperuzas y zahones, montados en asnos con
+cántaros; viejos encorvados, viejos temblorosos, viejos cenceños, viejos
+que gritan paternalmente a cada sobresalto del borrico:
+
+--¡Jó, buche!... ¡Jó, buche!
+
+La plaza es ancha. A un lado se extiende una hilada de soportales; al
+otro se destaca, recia, la iglesia de sillares rojizos, con su fornida y
+cuadrilátera torre achatada, y enfrente, en la ringla de casas de dos
+pisos, corta la blanca fachada, de punta a punta, todo a lo largo, un
+balcón de madera negruzca, sostenido por gruesas ménsulas talladas, y
+encima, en el piso segundo, se destaca, salediza, una vetusta galería.
+
+Salgo de la plaza. La calle es recta. A uno y otro lado se alzan los
+negros caserones con sus rejas gruesas y balcones volados. Y otra
+iglesia, también ruinosa, también cerrada para siempre, muestra su
+fachada con medallones y capiteles clásicos... Andando, andando, doy
+con el campo. La tierra uniforme, desnuda, intensamente roja, se aleja
+en inmensos cuadros labrados, en manchones verdes de sembradura; un
+suave altozano cierra el horizonte; una fachada blanca refulge al sol en
+la remota lejanía.
+
+Camino por las afueras, bordeando los interminables tapiales de tierra
+apisonada. Un viejo camina con su borrico, cargado con los cántaros,
+hacia la fuente.
+
+--Buenos días--le grito.
+
+--Dios guarde a usted--me contesta.
+
+Y hablamos.
+
+--¿Hay muchas fuentes en el pueblo?
+
+Él mueve la cabeza, como anunciando que va a hacer una confesión
+dolorosa. Y luego dice lentamente:
+
+--No hay más que una.
+
+Yo finjo que me asombro.
+
+--¿Cómo? ¿No hay más que una fuente en Infantes?
+
+Y él me mira como reprendiéndome el que haya dudado de su palabra de
+castellano viejo.
+
+--Una nada más--insiste firmemente.--Y después añade con tristeza:
+
+--Una y mala; ¡que si fuera buena...!
+
+Llegamos a la fuente. No es fuente. Es decir, la fuente está un poco más
+hallá, en la plaza de las dos iglesias ruinosas y del palacio
+desplomado; pero como apenas surte agua por sus caños, porque los
+atanores están embrozados, se ha hecho una sangría en ellos más cerca
+al nacimiento, y a ella vienen a llenar sus vasijas los buenos viejos.
+El agua cae en una fosa cavada en tierra; luego desborda y se aleja por
+las calles abajo formando charcos y remansos de légamo verdoso... En el
+siglo XVI había en Infantes tres fuentes: la de la Moraleja, la de la
+Muela y esta otra de la ancha plaza. Los caserones solariegos están
+abandonados; las iglesias se han venido a tierra, y las fuentes, en esta
+decadencia abrumadora, se han cegado y han desaparecido...
+
+El viejo llena sus cántaros en el menguado caño.
+
+--¿A cómo venden ustedes el agua?--le pregunto.
+
+--A _patacón_ la carga--me contesta.
+
+--A diez céntimos--dice otro viejo.
+
+Y entonces el viejo a quien yo he preguntado mueve la cabeza con su
+gesto característico y replica filosóficamente:
+
+--Lo mismo da _patacón_ que diez céntimos.
+
+Cantan a lo lejos los gallos. De pronto vibra en los aires una
+campanada, larga, grave, sonora, melodiosa; y luego, al cabo de un
+momento, espaciada, otra, y después otra, otra, otra...
+
+--Esto es a agonía--dice una vieja.
+
+Y el anciano torna a mover la cabeza y exclama:
+
+--La agonía de la muerte...
+
+Y sus palabras, lentas, tristes, en este pueblo sin agua, sin árboles,
+con las puertas y las ventanas cerradas, ruinoso, vetusto, parecen una
+sentencia irremediable.
+
+* * *
+
+He visitado la casa en que, viejo, perseguido, amargado, expiró Quevedo.
+Hoy, ésta y la casa contigua forman una sola; pero aún se ven claras las
+trazas de la antigua vivienda y aún perdura íntegro el cuarto donde se
+despidió del mundo el autor de los _Sueños_... La casa era pequeña, de
+dos pisos, sencilla, casi mezquina, sin requilorios arquitectónicos.
+Tenía una puertecilla angosta, todavía marcada en el muro; por esta
+puerta se entraba a un zaguán, que más bien era pasadizo estrecho, de
+apenas dos metros de anchura y ocho o diez de largaria, por el que
+discurre, soterrado, un arbellón que conduce las aguas llovedizas desde
+el patio a la calle. El patio--aún subsistente--es pequeñuelo, empedrado
+de guijos, con cuatro columnas dóricas, con una galería guarnecida con
+barandado de madera.
+
+A la izquierda, conforme se entra en la casa, cerca de la puerta de la
+calle, se abre otra puerta chica. Y esta puerta franquea una reducida
+estancia, cuadrada, de paredes lisas, húmeda, de techo bajo, con una
+diminuta ventana.
+
+Y una vieja, una de esas viejas de pueblo, vestida de negro, recogida,
+apañada, limpia, la cara rugosa y amarilla, me ha dicho:
+
+--Aquí, aquí en este cuartico es donde dicen que murió Quevedo...
+
+* * *
+
+¿Cómo este pueblo, rico, próspero, fuerte en otros tiempos, ha llegado
+en los modernos al aniquilamiento y la ruina? Yo lo diré. Su historia es
+la Historia de España entera a través de la decadencia austriaca.
+
+Infantes, en 1575, lo componían 1.000 casas; hoy lo componen 870. «Yo no
+recuerdo haber visto en treinta años--me dice un viejo--labrar una casa
+en Infantes.» Contaba el pueblo en 1575 con 1.300 vecinos; 1.000 eran
+cristianos viejos; los otros 300 eran moriscos. Era un pueblo nuevo,
+aristócrata, enérgico, poderoso, espléndido. «Nunca fue mayor--dicen las
+_Relaciones topográficas_, inéditas, ordenadas por Felipe II--; nunca
+fue mayor; siempre ha ido en aumento y va creciendo.» En sus casas
+flamantes, de espaciosos salones, de claros y elegantes patios
+acolumnados, habitaban cuarenta hidalgos. Y este pueblo era como la
+capital del «antiguo y conocido campo de Montiel», que abarcaba
+veintidós pueblos, desde Montiel hasta Alcubillas, desde Villamanrique
+hasta Castellar.
+
+Y en esta centralización aristocrática y administrativa ha encontrado
+Infantes su ruina. Los hidalgos no se ocupan en los viles menesteres
+prosaicos. Tienen sus tierras lejos; hoy Infantes carece de población
+rural; entonces tampoco la tenía. Las clases directoras poseían sus
+haciendas en término de la Alhambra. Contaba entonces la Alhambra con
+una población densa de caseríos y granjas. Todavía en el siglo XVIII,
+según el censo de 1785, ordenado por Floridablanca, eran _veinticuatro_
+las granjas situadas dentro de los aledaños de la Alhambra. Y en 1575
+existían en sus dominios las aldeas de Laserna, con 15 o 16 casas; la
+Nava, con 15; el Cellizo, con 10; Pozo de la Cabra, con 15; La Moraleja,
+con 12; Santa María de las Flores, con 12; Chozas del Aguila, con 8...
+
+¿Cómo era posible que teniendo los señores lejos sus tierras las
+cultivasen con el amor y la atención con que, en el caso de verse libre
+de sus prejuicios antieconómicos, las hubiesen cultivado bajo su
+inmediata dependencia?
+
+Tenían el eterno mayordomo, que aún perdura en las Castillas, y en
+Albacete, y en Murcia; pasaban por alto las trabacuentas y gatuperios
+del delegado; necesitaban dinero para su vida fastuosa y lo pedían a
+todo evento. Y la ruina llegaba inexorable.
+
+Infantes, como tantos otros pueblos del Centro, se arruinó rápidamente
+en dos siglos.
+
+Ya este sistema de explotar la tierra sin contribuir a fortalecerla,
+canalizando ríos, regalándola abonos, conduce derechamente al
+agotamiento, sin remedio. Juntad ahora a esta decadencia de la
+agricultura la decadencia de la ganadería. Siempre--y éste es un mal
+gravísimo--han andado en España dispares y antagónicas la agricultura y
+la ganadería. Esta separación ha contribuido a concentrar en pocas manos
+la riqueza pecuaria; ha impedido su difusión y crecimiento; ha
+dificultado la cultura, en cada región, de las especies más
+convenientes; ha privado, en fin, de los aprovechamientos de los ganados
+al beneficio de los campos.
+
+Una y otra cultura, la de la tierra y la de la ganadería, se han
+hostilizado durante siglos; una y otra se han arruinado y han traído
+aparejada en su ruina la ruina de España. La de la tierra, por falta de
+agua (Infantes, entre 14.000 hectáreas, tiene 6 de regadío constante) y
+por la estatificación de los procedimientos de cultivo; la de la
+ganadería, por el cambio radicalísimo de la propiedad adehesada,
+producido por la desvinculación y desamortización, por la roturación de
+los pastos, por el cegamiento de veredas, cordeles y cañadas, y por la
+baja del Arancel en lo referente a importación de lanas extranjeras.
+
+Hemos de sumar aún a estas causas y concausas de abatimiento las
+continuas y formidables plagas de langosta, que, desde hace siglos, caen
+sobre estas campiñas, como las de 1754, 55, 56 y 57, de que habla Bowles
+en su _Introducción a la geografía física de España._ Hoy la langosta
+es la obsesión abrumadora de los labradores manchegos. «Más que de los
+tiempos de llover o no llover--he oído decir a un labriego esta mañana
+en la plaza--, me acuerdo de la langosta.»
+
+Añadamos también las poderosas trabas de la amortización, tanto civil
+como eclesiástica. La amortización acumula en escasas manos la propiedad
+territorial; se paraliza el comercio de las tierras fragmentadas--que no
+existen--; la dificultad de adquirir la tierra encarece su precio; las
+inmensas extensiones conglomeradas imposibilitan el cultivo intensivo,
+matan la población rural y ponen rémora incontrastable a las obras de
+irrigación y de labranza.
+
+Y cuando hayamos ensamblado y considerado todos estos motivos de ruina
+que han convergido sobre este pueblo, como sobre infinidad de tantos
+otros, todavía habremos de juntar a ellos, como calamidad suprema, otra
+poderosísima que inaugura la Casa de Austria, con Felipe II, y persevera
+con intensidad ascensional hasta estos tiempos. Hablo de la burocracia y
+del expediente.
+
+En Infantes viven y brujulean al finalizar el siglo XVI los siguientes
+funcionarios políticos y judiciales: el vicario mayor de Montiel, otro
+vicario, un notario, un alguacil fiscal, un gobernador, un teniente del
+gobernador, un alguacil mayor, un escribano de gobernación, un alcaide
+de la Cárcel, diez y siete regidores, un fiel ejecutor, un depositario
+general, un mayordomo y procurador del Concejo, un escribano del
+Concejo... El vicario no tiene sueldo fijo, pero cobra el
+aprovechamiento de los derechos de su judicatura, y para que sean
+crecidos y suculentos sabrá ingeniarse sagazmente; el gobernador percibe
+200.000 maravedís, y de ellos da 20.000 a su teniente; además, el
+gobernador «tiene, de los maravedís que en nombre de Su Majestad se
+ejecutan, ciento y cincuenta maravedís cuando la cantidad llega a cinco
+mil maravedís, y no más aunque pase, y de allí abajo, a real de plata»;
+y es preciso reconocer que el señor gobernador--ni más ni menos que los
+gobernadores de ahora en otros órdenes--hallará trazas para que los
+maravedís ejecutados lleguen siempre, caiga el que caiga, a los cinco
+mil codiciados.
+
+Falta, para dejar completa la plantilla, consignar que el alcaide de
+Cárcel cobra maravedís 12.000, que el fiel ejecutor disfruta de un
+sueldo de 6.000, y que cada regidor--y no olvidemos que son diez y
+siete--percibe por sus respectivas barbas, 600.
+
+Infantes y los pueblos comarcanos son pobres; no tienen agua; no hay en
+ellos rastro de huerta; no cultivan frutales; la cultura del grano se
+hace a dos y tres hojas. ¿Cómo con esta pobreza pudiera mantenerse tan
+complicada y costosa máquina administrativa? No es posible; apenas si
+durante un siglo alienta. El creciente desarrollo que los vecinos notan
+en su contestación al Cuestionario de Felipe II se detiene al promediar
+el siglo XVII; y luego, cuando, al final, la miseria cunde por toda
+España, Infantes se doblega; las nobles familias se arruinan; se cierran
+los grandes caserones; desaparecen hidalgos y burócratas. Y en este
+ambiente de abatimiento, de abstinencia, de ruina, el espíritu
+castellano, siempre propenso a la tristura, acaba de recogerse sobre sí
+mismo en hosquedad terrible.
+
+«No hay arboleda ninguna en estas huertas ni en la villa--declaran en
+1575 los vecinos--, porque no se dan a ello; _antes cortan los árboles
+que hay, porque son poco inclinados a ello_.» «Las casas--dicen en otra
+parte--son bajas, sin luceros ni ventanas a la calle.»
+
+* * *
+
+El odio al árbol y el odio a la luz... Aquí, en la ancha cocina de la
+posada, esta noche, al cabo de tres siglos, un viejo me dice:
+
+--En este pueblo las casas tienen las ventanas y las puertas cerradas
+siempre. Yo no recuerdo haber visto algunas nunca abiertas; los señores
+salen y entran por las puertas de servicio, a cencerros tapados. Es un
+carácter huraño el de las clases pudientes; una honda división las
+separa del pueblo. Y los señores, cuando dan las ocho de la noche, si
+quieren salir de casa, han de hacerse acompañar de dependientes y
+criados...
+
+Suena una larga campanada grave, melódica, sonorosa, pausada. Luego
+rasga los aires otra, después otra, después otra... Yo pienso en las
+palabras del viejo, esta mañana, junto al caño del agua:
+
+--Esta es la agonía; es la agonía de la muerte...
+
+Y cuando he salido a la calle y he peregrinado entre las tinieblas, en
+la noche silenciosa, a lo largo de los vetustos palacios, al ras de las
+enormes rejas saledizas, que tantos suspiros recogieron, he sentido una
+grande, una profunda, una abrumadora ternura hacia este pueblo muerto.
+
+
+
+
+XIV
+
+EN INFANTES
+
+
+Salgo, después de comer, a las afueras del pueblo; me recuesto al pie de
+un largo bardal. Delante tengo la inmensa llanura de roja arena que se
+pierde en el infinito con suaves ondulaciones. El cielo es azul; un vaho
+tibio asciende de la tierra.
+
+Leo un periódico: habla del clericalismo de España. Parece ser que una
+simple decisión del gobierno acabará con él... Los políticos y los
+periodistas--y ésta es la raíz de nuestras desventuras--ven bárbaramente
+las cosas en abstracto. Y hay que considerarlas vivas, palpitantes,
+latentes, indivisas de la realidad inexorable.
+
+* * *
+
+...Durante todo el mes--consagrado cada uno a un santo--, durante todo
+el año, las novenas suceden a las novenas: la de Animas, la de la
+Purísima, la del Niño Jesús, la de San Antonio, la de San José, la de
+los Dolores. Se celebran trisagios; se cantan rogativas; pasan por las
+calles largas procesiones de penitentes, Cristos lacios y sanguinosos,
+Vírgenes con espadas de plata; las campanas plañen por la mañana, a
+mediodía, por la noche; brillan misteriosas las luces en las naves
+sombrías; entran, salen, discurren por las calles devotas con mantillas
+negras, hombres con capas amplias, que se quejan, que sollozan, que
+hablan de angustias, que piensan en la muerte. Y la idea de la muerte,
+eterna, inexorable, domina en estos pueblos españoles, con sus novenas y
+sus tañidos fúnebres, con sus caserones destartalados y su ir y venir de
+devotas enlutadas.
+
+España es un país católico. El catolicismo ha conformado nuestro
+espíritu. Es pobre nuestro suelo (yermos están los campos por falta de
+cultivo); el pueblo apenas come; se vive en una ansiedad perdurable; se
+ve en esta angustia cómo van partiendo uno a uno de la vida los seres
+queridos; se piensa en un mañana tan doloroso como hoy y como ayer. Y
+todos estos dolores, todos estos anhelos, estos suspiros, estos
+sollozos, estos gestos de resignación van formando en los sombríos
+pueblos, sin agua, sin árboles, sin fácil acceso, un ambiente de
+postración, de fatiga ingénita, de renunciamiento heredado a la vida
+fuerte, batalladora y fecunda.
+
+Así nacen y se van perpetuando en un catolicismo hosco, agresivo,
+intolerante, generaciones y generaciones de españoles. En un pueblo así,
+¿cómo es posible realizar desde la _Gaceta_ un cambio tan radical como
+el que supone el asunto, hoy estudiado por el gobierno, de las
+Congregaciones? No lo ocultamos, porque somos liberales sinceros: la
+entraña de un país no puede renovarse de un día para otro con un simple
+real decreto. En 1823 existían en España 16.310 religiosos. ¿Qué se
+había hecho de la enorme copia de ellos que existía en el siglo XVIII?
+¿Es que habían desaparecido por los naturales progresos del país? No;
+las represiones políticas consiguieron extirparlos momentáneamente.
+
+Era un resultado violento; España no había cambiado; seguía siendo tan
+católica y tan clerical como antes. Y así, de 1823 a 1830, en que una
+reacción lógica volvió a dejar libre el alma nacional, los conventos se
+multiplicaron de un modo estupendo. En 1823 los religiosos son 16.310;
+en 1830 ascienden a 61.727.
+
+¿Hemos cambiado algo de entonces a la fecha? Hemos cambiado en frágiles
+apariencias; la entraña de nuestro pueblo es la misma. No basta disponer
+que se reduzca el número de las Ordenes y Congregaciones; ya se pensó en
+esto (con más valentía que ahora) en el siglo XVII. No basta que lo
+dispongan o finjan disponerlo los políticos--que son casi todos los
+políticos españoles--a quienes conocemos por católicos (vehementes o
+discretos), y en cuyas familias arreglan los negocios y las conciencias
+diligentísimos y avisados diplomáticos del catolicismo.
+
+Es preciso algo más hondo y más eficaz: es preciso llevar al pueblo la
+seguridad de una vida sana y placentera. Un pueblo pobre es un pueblo de
+esclavos. No puede haber independencia ni fortaleza de espíritu en quien
+se siente agobiado por la miseria del medio. En regiones como Castilla,
+como la Mancha, sin agua, sin caminos, sin árboles, sin libros, sin
+periódicos, sin casas confortables, ¿cómo va a entrar el espíritu
+moderno? ¿Somos tan ingenuos que creamos que lo va a llevar un día u
+otro la _Gaceta oficial_?
+
+El labriego, el artesano, el pequeño propietario, que pierden sus
+cosechas o las perciben escasas tras largas penalidades; que viven en
+casas pobres y visten astrosamente, sienten sus espíritus doloridos y se
+entregan--por instinto, por herencia--a estos consuelos de la
+resignación, de los rezos, de los sollozos, de las novenas, que durante
+todo el mes, durante todo el año se suceden en las iglesias sombrías,
+mientras las campanas plañen abrumadoras.
+
+Y habría que decirles que la vida no es resignación, no es tristeza, no
+es dolor, sino que es goce fuerte y fecundo; goce espontáneo, de la
+Naturaleza, del arte, del agua, de los árboles, del cielo azul, de las
+casas limpias, de los trajes elegantes, de los muebles cómodos... Y para
+demostrárselo habría que darles estas cosas.
+
+
+
+
+XV
+
+
+Cuando llego a Madrid está cayendo un agua menudita, cernida,
+persistente. Son las ocho. El cielo está sombrío. Entro en mi cuarto,
+sin aliento, fatigado. Dejo la capa y el sombrero. Voy a acostarme un
+rato. Y al ir a entornar las maderas del balcón veo sobre la mesa un
+papel azul. Un papel azul doblado y cerrado no puede ser más que un
+telegrama. Yo alargo la mano. A veces, cuando me traen un papel azul, a
+pesar de haber abierto tantos en las redacciones, siento que resurge en
+mí la superstición del provinciano. En los pueblos no se reciben
+telegramas sino para anunciar una desgracia; se conmociona toda la
+familia; el que lo abre calla y se pone un poco pálido; sus manos
+tiemblan; todos miran ansiosos... Yo he sentido un tilde de esta ansia
+cuando he visto, en esta mañana gris, cansado, soñoliento, un telegrama.
+¿Qué voy a leer en él? ¿Qué nueva vía desconocida va a abrir en mi vida?
+Y he alargado la mano perplejo, temeroso. ¡Y no era nada! Es decir, sí
+que era algo; pero era algo grato, era algo jovial y sano. He aquí lo
+que decía el telegrama:
+
+«Llego mañana en el correo.»
+
+Verdaderamente, esto no traspasa los límites de una frase vulgar;
+pudiéramos decir que no sugiere nada agradable. ¡Pero es que este
+telegrama lo firma Sarrió! ¿Sarrió va a llegar mañana en el correo? Este
+mañana, ¿cuándo es? Examino la fecha. ¡Este telegrama está puesto hace
+dos días! ¡Sarrió está en Madrid! Aquí no tendría que poner un solo
+signo admirativo, sino seis u ocho. ¡Sarrió ha llegado a Madrid sin que
+yo bajase a la estación a recibirle! Y se pasea por estas calles sin que
+yo le acompañe. Y tal vez haya comido en Lhardy solo, triste, sin que
+hayamos podido tener un rato de amena plática ante las viandas
+exquisitas... Esto es, en realidad, tremendo; ya no tengo sueño. ¿Cómo
+voy a dormir estando Sarrió en Madrid? Me voy a la calle; creo que mi
+deber me impone el visitarlo. Pero ¿dónde vive Sarrió? ¿Cómo
+encontrarlo? He preguntado en seis u ocho fondas; he entrado en los
+restaurants; me he asomado a los cafés; paso y repaso por casa de Botín;
+permanezco largos ratos parado en el escaparate de Tournié. Y no lo
+encuentro. Una vez he creído reconocerlo. Era un señor grueso que salía
+cargado con unos paquetes de un ultramarinos; yo lo he visto por la
+espalda; llevaba un sombrero puntiagudo y el cuello del gabán levantado.
+Este es Sarrió--he dicho--; ese sombrero no lo tiene nadie más que
+Sarrió; y el llevar el cuello levantado significa que, como viene del
+mediodía, tiene frío. Todo esto lo he pensado rápidamente; al mismo
+tiempo que lo pensaba le ponía la mano en el hombro al señor grueso, y
+gritaba:
+
+--¡Sarrió!
+
+Y entonces el hombre gordo ha vuelto la cara, una cara con ojos pequeños
+y ribeteados de rojo, y he visto tristemente que no era Sarrió. ¿Dónde
+vivirá? ¿Dónde comerá? Vuelvo a pasar por casa de Botín; vuelvo a
+pasarme frente a la vitrina de Lhardy. ¡Y no lo veo!
+
+Y como ya es de noche y me siento fatigado por el precipitado trajín,
+por el viaje, por el cansancio, me retiro a casa con ánimo de
+acostarme.
+
+
+
+
+XVI
+
+
+Sin embargo, no parece bien que estando Sarrió en Madrid, yo me acueste
+tranquilamente sin haberle visto.
+
+Por lo tanto, no me acuesto. Es posible--me digo--que vaya al teatro
+esta noche.
+
+¿A qué teatro?
+
+¿A un teatro honesto o a un teatro levantisco? Esto último no lo debiera
+haber pensado: es casi un insulto al buen Sarrió. Si él va al teatro,
+seguramente será al Español, a la Comedia, tal vez al Real. Entre estos
+tres, ¿por cuál me decido? Yo creo recordar que a Sarrió le gustaban los
+versos; yo a veces le declamaba algunos y él me decía que eran muy
+bonitos. Estos gustos estéticos le habrán inclinado a ir al Español;
+además, en los pueblos hay una marcada preferencia por los dramas en
+verso. La compañía de cómicos que llegan la dividen en _compañías de
+verso_ y _compañías de canto_. Claro está que los hombres graves
+prefieren la de verso, y como Sarrió es un hombre grave, habrá
+indudablemente ido al Español. Yo también voy. Y mientras voy pienso
+todas estas cosas y me dedico un aplauso por mis dotes de lógico y
+filósofo.
+
+Llego al Español cuando están a mitad de un acto. No sé si entrar en la
+sala o permanecer en el vestíbulo hasta que acaben.
+
+Me decido por entrar; procuro no molestar con el ruido de mis pasos. Al
+sentarme suena una larga salva de aplausos. Yo miro al escenario y
+también aplaudo.
+
+No sé por qué se aplaude; pero, en fin, aplaudo. ¿Cómo negarme a ello,
+cuando a mi derecha y a mi izquierda veo las manos batir entusiasmadas?
+Sobre todo a mi izquierda. ¿Quién será éste que aplaude con tal saña? Me
+vuelvo, le miro a la cara. ¡Y es Sarrió! Sarrió que mira también y me
+reconoce. Y entonces se levanta; yo también me levanto. Y me da un
+fuerte abrazo, mientras grita:
+
+--¡Lo mismo que don Luis María Pastor!
+
+--¡Sí, sí--exclamo yo--, lo mismo que don Luis María Pastor!
+
+Y en la sala del Español se ha producido un escándalo enorme. En los
+palcos, en las butacas, en el paraíso protestaban ruidosamente de
+nuestra expansión; la representación se ha interrumpido, y hemos tenido
+que marcharnos avergonzados, mohinos, cabizbajos.
+
+
+
+
+XVII
+
+
+¿Cómo había yo de reconocer a Sarrió, si se ha comprado otro sombrero?
+Este sombrero es perfectamente semiesférico. Pero Sarrió está disgustado
+con este sombrero. Creo que acabará por retirarlo y volverse a poner el
+otro; ésta es mi impresión.
+
+Esta tarde hemos estado paseando por la Castellana; al anocher, para
+descansar un poco, hemos entrado en la Mallorquina. Sarrió y yo opinamos
+que en Madrid no hay un sitio más ameno que la Mallorquina. Aquí
+estábamos tomando un pequeño refrigerio, cuando a mí se me ha ocurrido
+repasar un periódico; mis malas costumbres no pueden abandonarme. Y como
+lo más entretenido--y lo más instructivo--de un periódico son los
+_sucesos_, yo, naturalmente, he echado la vista sobre ellos. Mejor
+hubiera sido que no la hubiese echado. He aquí lo que mis ojos han
+leído:
+
+«UN CHUSCO:
+
+Anoche, en el teatro Español, un chusco trató de dar una broma a nuestro
+distinguido compañero en la prensa don Antonio Azorín. Representábase
+el segundo acto de _Reinar después de morir_, cuando de una de las
+butacas, situadas junto a la que ocupaba el señor Azorín, se levantó un
+sujeto y le abrazó, lanzando fuertes exclamaciones. Excusamos decir la
+algazara que con tal motivo se promovió en la elegante sala del Español.
+El señor Azorín y el individuo bromista tuvieron que abandonar el teatro
+entre las protestas de los espectadores.»
+
+Y Azorín, que le ha leído a Sarrió este suelto, ha dicho tristemente:
+
+--Esta es, querido Sarrió, la manera que tienen los hombres de escribir
+sus historias. Creemos saberlo todo y no sabemos nada. Nuestras
+imaginaciones caprichosas es lo que nosotros reputamos por axiomas
+infalibles. Y así la mentira pasa por verdad, y la iniquidad es
+justicia. El tiempo y la distancia lo borran y trastruecan todo. No
+sabemos lo que pasa a nuestro lado: ¿cómo saber lo que ha pasado en
+tiempos remotos y lo que ocurre en luengas tierras?
+
+Seamos sencillos: declaremos modestamente nuestra incompetencia. Y más
+valdrá, entre juzgar a los hombres y echar el peso de nuestro voto a una
+u otra banda, no echarlo a ninguna, y no juzgar a nadie ni ser juzgado.
+
+
+
+
+XVIII
+
+
+Vuelvo de la estación de Atocha de despedir a Sarrió. Si alguna vez yo
+tuviera tiempo, escribiría un libro titulado _Sarrió en Madrid_. Pero no
+lo tendré: un mazo de cuartillas me espera sobre la mesa; he de leer una
+porción de libros, he de ojear mil periódicos...
+
+Me siento ante la mesa. El recuerdo de Sarrió acude a mi cerebro: nos
+hemos abrazado estrechamente.
+
+--¿Sarrió, ya no nos volveremos a ver más?
+
+--Sí, Azorín; ya no nos volveremos a ver más.
+
+Ha silbado la locomotora. Y a lo lejos, cuando se perdía el tren en la
+penumbra de los grandes focos eléctricos, Sarrió, asomado a la
+ventanilla, agitaba su antiguo sombrero cónico.
+
+Me paso la mano por la frente como para disipar estos recuerdos. Es
+preciso volver a urdir estos artículos terribles todos los días,
+inexorablemente; es preciso ser el eterno _hombre de todas horas_, en
+perpetua renovación, siempre nuevo, siempre culto, siempre ameno.
+
+Arreglo las cuartillas: mojo la pluma. Y comienzo...
+
+
+FIN
+
+
+2 Mayo 1903.
+
+
+
+***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK ANTONIO AZORíN***
+
+
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+
+
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+works. See paragraph 1.E below.
+
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+Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
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+including obsolete, old, middle-aged and new computers. It exists
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+
+Volunteers and financial support to provide volunteers with the
+assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
+goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
+remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
+Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
+and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
+To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
+and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
+and the Foundation web page at http://www.gutenberg.org/fundraising/pglaf.
+
+
+Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
+Foundation
+
+The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
+501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
+state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
+Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
+number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
+permitted by U.S. federal laws and your state's laws.
+
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+Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
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+have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
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+approach us with offers to donate.
+
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