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diff --git a/25320-h/25320-h.htm b/25320-h/25320-h.htm new file mode 100644 index 0000000..8245b16 --- /dev/null +++ b/25320-h/25320-h.htm @@ -0,0 +1,4811 @@ +<!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN" + "http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd"> + +<html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml"> + <head> + <meta http-equiv="Content-Type" content="text/html;charset=iso-8859-1" /> + <title> + The Project Gutenberg eBook of Paternidad, por André Theuriet. + </title> + <style type="text/css"> +/*<![CDATA[ XML blockout */ +<!-- + p { margin-top: .75em; + text-align: justify; + margin-bottom: .75em; + text-indent: 2%; + } + .dots {letter-spacing:3px; + text-align: center; + text-indent:0%; + } + h1,h2 { + text-align: center; + clear: both; + } + h3 { margin-top:15%; + text-align: center; + clear: both; + } + .top15 {margin-top: 15%;} + .top5 {margin-top: 5%;} + hr { width: 90%; + margin-top: 2em; + margin-bottom: 2em; + margin-left: auto; + margin-right: auto; + clear: both; + color:black; + } + hr.full { width: 100%; + margin-top: 5%; + margin-bottom: 5%; + border: solid black; + height: 5px; } + table {margin-left: auto; margin-right: auto;} + body{margin-left: 10%; + margin-right: 10%; + background:#fdfdfd; + color:black; + font-family: "Times New Roman", serif; + font-size: large; + } + ul {list-style-type: none; + text-indent:0%; + margin-left:5%; + margin-right:auto; + } + .un {text-decoration: underline;font-size:125%; + } + a:link {background-color: #ffffff; color: blue; text-decoration: none; } + link {background-color: #ffffff; color: blue; text-decoration: none; } + a:visited {background-color: #ffffff; color: blue; text-decoration: none; } + a:hover {background-color: #ffffff; color: red; text-decoration:underline; } + .smcap {font-variant: small-caps; + font-family: "Times New Roman", serif; + font-size: large; + } + .img {border: none; + text-align: center; + text-indent: 0%; + margin-top:5%; + margin-bottom:5%; + } + .c {text-align: center; + text-indent: 0%; + } + // --> + /* XML end ]]>*/ + </style> + </head> +<body> + + +<pre> + +The Project Gutenberg EBook of Paternidad, by André Theuriet + +This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with +almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: Paternidad + +Author: André Theuriet + +Translator: Ramón Pomés + +Release Date: May 3, 2008 [EBook #25320] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK PATERNIDAD *** + + + + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at DP Europe (http://dp.rastko.net) + + + + + + +</pre> + +<hr class="full" /> + +<p class="c un">BIBLIOTECA <span class="smcap">de</span> LA NACIÓN</p> + +<p class="c">ANDRÉ THEURIET</p> +<p class="c">———</p> +<h1>PATERNIDAD</h1> + +<p class="c smcap">traducción castellana</p> + +<p class="c smcap">de</p> + +<p class="c">RAMÓN POMÉS</p> +<p class="img"><img src="images/001.png" alt="medallion" /></p> +<p class="c">BUENOS AIRES</p> + +<p class="c">1912</p> + +<p class="c">Derechos reservados.</p> + +<p class="c">Imp. de <span class="smcap">La Nación</span>.—Buenos Aires</p> + +<ul class="top15"> +<li><a href="#PRIMERA_PARTE"><b>PRIMERA PARTE</b></a> +<ul> + +<li><a href="#I"><b>I, </b></a> +<a href="#II"><b>II, </b></a> +<a href="#III"><b>III, </b></a> +<a href="#IV"><b>IV, </b></a> +<a href="#V"><b>V, </b></a> +<a href="#VI"><b>VI, </b></a> +<a href="#VII"><b>VII, </b></a> +<a href="#VIII"><b>VIII, </b></a> +<a href="#IX"><b>IX, </b></a> +<a href="#X"><b>X</b></a></li> + +</ul></li> + +<li><a href="#SEGUNDA_PARTE"><b>SEGUNDA PARTE</b></a> +<ul><li><a href="#Ia"><b>I, </b></a> +<a href="#IIa"><b>II, </b></a> +<a href="#IIIa"><b>III, </b></a> +<a href="#IVa"><b>IV, </b></a> +<a href="#Va"><b>V, </b></a> +<a href="#VIa"><b>VI, </b></a> +<a href="#VIIa"><b>VII, </b></a> +<a href="#VIIIa"><b>VIII, </b></a> +<a href="#IXa"><b>IX, </b></a> +<a href="#Xa"><b>X</b></a></li> +</ul></li> +</ul> + + +<h3><a name="PRIMERA_PARTE" id="PRIMERA_PARTE"></a>PRIMERA PARTE</h3> + + + + +<h3><a name="I" id="I"></a>I</h3> + + +<p>El rápido de París a Belfort atraviesa velozmente los arrabales. Aunque +estamos en mayo, la mañana sin sol es fría. Un fuerte viento del +Noroeste impulsa grandes nubarrones que se deshacen en lluvia sobre los +campos de trigo, de cebada y de alfalfa que cubren con sus variados +matices las monótonas llanuras de la Brie. Las gotas de lluvia pintan +los más extraños dibujos sobre los cristales de un vagón de primera +clase en que va un solo viajero quien parece preocuparse muy poco del +mal tiempo. Abrigadas las piernas por ancha manta y una gorrilla sobre +los ojos, está absorto en la lectura de unos documentos y en el examen +de unos planos que va sacando de una gran carpeta puesta sobre los +almohadones y en la que puede leerse esta inscripción: <i>Bosques de +Val-Clavin.</i>—<i>Petición de deslindes.</i> Al través de la lluvia poco tiene +de interesante el paisaje; pero, por la tensión de los músculos de su +rostro y por la honda preocupación del viajero, se adivina que seguiría +del mismo modo indiferente a lo de afuera aunque llenara el sol el +espacio todo y fuese el paisaje mucho más pintoresco.</p> + +<p>Es hombre de unos cincuenta años y, sin embargo, sus movimientos son +ligeros, ágiles; su vestir, muy cuidado y de una elegancia +irreprochable, le da un aspecto de plena juventud. Sus rasgos son finos +y correctos, en su barba cortada en punta y en sus cabellos castaños se +ven mezclados algunos hilillos blancos; el firme modelado de su boca y +de su nariz aguileña, con las dos arrugas verticales que afirman su +entrecejo, indican en él una fuerte voluntad. Cuándo levanta un poco su +gorrilla para limpiar los cristales del vagón empañados por la humedad, +se ven a plena luz sus ojos, hermosamente azules y de mirar dulcísimo, +que corrigen por la expresión un poco dura y fría de todo el rostro.</p> + +<p>En la solapa de la negra americana se destaca con fuerza una roseta +roja. Una gran distinción de maneras, junto con sus actitudes reservadas +y una bien estudiada gravedad descubren a un personaje perteneciente al +mundo administrativo, y, aunque el expediente que examina no revelase su +profesión, adivinaríase en él a un funcionario que ha escalado elevados +puestos y que está bien penetrado de la importancia de su cargo.</p> + +<p>En efecto, «Amado Francisco Delaberge, oficial de la Legión de Honor», +como dice el anuario, es inspector general de montes. Salido de la +escuela de Nancy a los veintidós años, ha ascendido rápida y +merecidamente. No sólo posee vastísimos conocimientos en materia de +selvicultura, sino que se mostró siempre como un notable administrador. +Lleno de amor por el oficio y dotado de una gran fuerza de trabajo, +reúne al espíritu de organización la habilidad práctica del hombre de +negocios. Así, hablan de él sus compañeros como de un futuro director +general. La única cosa de que se le podría acusar es de una cierta +frialdad de alma—esa impasibilidad egoísta del célibe, a quien la vida +ha hecho sufrir poco y que no está dispuesto a comprender los +sufrimientos de los demás.—En Delaberge, este defecto débese menos a +una natural sequedad de corazón que a las particulares condiciones en +que su infancia y su juventud se desenvolvieron.</p> + +<p>Hijo de empleado, desde sus primeros años ha sido víctima de esa vida +nómada de pájaro silvestre, de esos múltiples cambios de residencia que +hacen pequeños <i>sin patria</i> de los hijos del funcionario público. +Llevado de un colegio a otro colegio hasta el día de su entrada en la +Escuela Forestal, puede decirse que no conoció el pueblo en que había +nacido, y por consiguiente, nada sabía de aquellos cariños que +lentamente se forman en el corazón del hombre y le unen para siempre a +la provincia en que nació, a la casa en que se hizo hombre, a las +piedras, a los árboles, a los horizontes que cada día sus ojos +contemplaron. Los numerosos y fuertes lazos que van del mundo exterior +al mundo de nuestro espíritu son otros tantos agentes creadores de la +sensibilidad. Los primeros colores del nido pintan las primeras +imaginaciones del niño y penetran profundamente y para siempre en su +corazón; esto faltó a Delaberge.</p> + +<p>Su juventud ha transcurrido en una atmósfera llena de frialdad, en medio +de las preocupaciones de los exámenes y de los ascensos que había que +conquistar a punta de espada. Ha ignorado aquella pasión que vuelve +tierna el alma hiriéndola de muerte. A lo sumo, ha tenido en esa época +de su vida alguna ligera amistad femenina tan rápidamente anudada como +prontamente rota. Separado muy joven aún de sus padres, que perdió antes +de haber llegado a los treinta años, ha podido gustar muy poco de las +alegrías de la familia. Sin la menor fortuna, no ha pensado más que en +hacer rápida y honrosamente su camino. El trabajo ha llenado toda su +vida y el deseo de llegar pronto ha dirigido todas sus facultades hacia +la realización de sus ambiciosos proyectos.</p> + +<p>Como muchos funcionarios sin fortuna, retrocedió ante lo desconocido del +matrimonio, creyendo que las obligaciones y las responsabilidades de la +vida conyugal son obstáculo para las funciones administrativas. Ha +permanecido soltero y se ha absorbido cada vez más en trabajos que le +han robado por completo los días y aun con frecuencia las noches; ha +llegado el primero a la oficina, ha salido el último, ha comido en el +restaurant o en cualquier mesa oficinesca y no ha entrado en su casa +sino para dormir. Así, desde los treinta a los cincuenta años, se ha +deslizado su metódica y correcta existencia, digna y laboriosa, pero +también sin el calorcillo de una dulce intimidad, sin hacer el menor +alto en el ensueño o en la fantasía...</p> + +<p>No obstante, hoy que goza ya de un relativo bienestar, que su ambición +administrativa está ya casi satisfecha, alguna vez vuelve +melancólicamente la vista hacia atrás y con espanto se ha de confesar a +sí mismo que su pasado está vacío de recuerdos alentadores y se da +cuenta de su triste aislamiento. Cuando al salir de la casa de un amigo +en que ha oído voces infantiles y risas de juventud, vuelve a su triste +cuarto de soltero, siéntese lleno de añoranza por lo pasado y de +inquietud por lo porvenir, pensando en la rapidez con que pasan los +años, en la época cada vez más cercana del retiro, en las prosaicas +miserias y los asquerosos servilismos que turban el ocaso de la vida de +un solterón.</p> + +<p>Llegado a la meseta de los cincuenta se parece el hombre a un extraviado +viajero que ha escalado la cima de la montaña por abruptos y pedregosos +senderos y que, una vez llegado arriba, comprende que equivocó por +completo la senda. Entonces, ve el camino verdadero que dulcemente va +subiendo por entre alegres pueblecillos y bosques en que cantan las +fuentes y los pájaros, y por entre prados que las flores de todo color +esmaltan, sin que pueda volver atrás para gozar de aquellos perdidos +encantos...</p> + +<p>Cuando siente Delaberge tales añoranzas pregúntase si no ha despreciado +estúpidamente el todo por la nada, y entonces llena su mente y le +obsesiona la idea del matrimonio. Se mira al espejo, se dice que es +joven todavía y murmura como Juan de Lafontaine: «¿Ha pasado ya para mí +el tiempo del amor?» Pero ni aun durante estas crisis de tristeza le +abandona del todo su habitual egoísmo. Piensa menos en amar que en ser +amado. No ve en el matrimonio sino una compañía que alegre su +existencia, un hijo en quien su propio ser reviva. En medio de ese +despertar de la juventud, de esos deseos de romper con su vida monótona, +la preocupación de sí mismo es lo que en él predomina. Quiere dar calor +a su corazón, conocer la alegría de lo imprevisto, gozar las emociones +raras y nunca sentidas...</p> + +<p>Así, aceptó con verdadera alegría la misión de arreglar amistosamente +con los propietarios y campesinos el interminable asunto de los +deslindes de Val-Clavin...</p> + +<p>Un prolongado silbido anuncia la proximidad de una estación. El tren, +pasado ya Bar-sur-Aube, va a detenerse en Clairvaux. Delaberge levanta +la cabeza, deja sobre el asiento sus papeles y baja el cristal de la +ventanilla para respirar un poco de aire puro.</p> + + + + +<h3><a name="II" id="II"></a>II</h3> + + +<p>El aspecto del paisaje se ha ido modificando poco a poco. Las montañas +son más altas y el valle se ha estrechado. Ha cambiado también el +aspecto del cielo. Aparece a trechos el azulado espacio y no llueve ya. +Los negros nubarrones huyen rápidos y caen los rayos del sol sobre los +campos, haciendo humear las mojadas praderas y brillar como diamantes +las gotas de lluvia en los manzanos en flor. Por entre el rasgado de +negra nube descúbrese un trozo de intenso azul más allá de un pequeño +bosque de álamos cuyas hojas de oro pálido parecen temblar bajo la +inesperada luz, mientras sobre unos sombríos nubarrones se destaca +triunfante y luminoso el arco iris. En esos intervalos de sol y sombra +corre por encima de la tierra verdeante como una alegría primaveral, del +mismo modo que el viento riza la argentada superficie de un lago. Esta +radiante alegría solar brilla a trechos sobre toda la campiña, sobre +los ondulantes campos de cebada y de centeno, sobre los taludes llenos +de rojas amapolas y va comunicándose sucesivamente a los huertos, en que +de nuevo vuelven los insectos de todas clases y colores a zumbar +contentos, y a los grupos de árboles en que los pájaros entonan otra vez +su amoroso trino. Toda esta alegría penetra dulcemente en el cerebro de +Delaberge y le distrae de sus laboriosas meditaciones jurídicas.</p> + +<p>Después de un alto de pocos minutos en Clairvaux, marcha el tren por +entre colinas cubiertas de bosque que dejan ver de vez en cuando las +clarísimas aguas del Aube. El sol ha triunfado decididamente y el cielo +todo es ya de un sedoso azul. Una pacificadora serenidad emana de las +húmedas selvas, de vez en cuando interrumpidas por anchos vallados en +que la mirada se refresca como en un baño de verdor... El inspector +general ha cerrado la carpeta del expediente y la ha metido en su +valija. Después vuelve a la ventanilla del vagón y apoyándose de codos +en ella respira con avidez el fuerte olor de la tierra refrescada por la +lluvia. Como buen funcionario forestal, su corazón se alegra a la vista +de los árboles. A decir verdad, el bosque ha sido el único amor +fervoroso de su vida y siéntese enternecido al encontrarse de nuevo en +la campiña donde pasó sus años juveniles.</p> + +<p>Este enternecimiento le recuerda los melancólicos pesares que conturban +su alma hace algún tiempo... Un grupo de árboles bajo los cuales hacen +la siesta los leñadores después de haber comido; un pueblecillo en que +se oye el toque de misa matutina y en que tenues humaredas se deslizan +por encima de las techumbres de teja; una casuca campesina con sus +ventanas abiertas en que flotan cortinillas blancas, puesta la ropa a +secar tendida en la valla y cubriendo la suave colina la viña y el +huerto... Todo eso le induce a dulcísimos ensueños de vida rústica.</p> + +<p>Pregúntase entonces si la existencia de un honrado menestral, entre su +mujer que le quiere y sus hijos que se hacen hombres poco a poco, no +ofrece en realidad una suma de satisfacciones más verdaderas que +aquellos mentidos placeres parisienses de que tan poco disfruta. ¿El, +Delaberge, encadenado a su oficina, ocupado desde la mañana a la noche +en dar vueltas a la rueda administrativa, no permanece extraño a las +cosas del corazón y de la inteligencia cien veces más que ese +propietario que vive olvidado en su pueblo? Y dentro de diez, de quince +años todo lo más, cuando deje de ser una de las ruedas importantes de la +administración, ¿cuál será la perspectiva de su existencia? Será aquella +vejez sin apoyo y solitaria de todo funcionario retirado, que languidece +en su ociosidad y no sabe dónde plantar su tienda...</p> + +<p>Y de nuevo entonces, como una esfinge atormentadora, surge en su mente +la pregunta de si ha pasado o no la edad en que sin imprudencia puede el +hombre casarse y crear una familia. Esta vez, debido quizás al influjo +de ese alegre sol de mayo, la respuesta se formula en su espíritu con +menos vacilaciones, con mayor claridad que nunca.</p> + +<p>Ha llevado siempre una existencia sobria, y sabe que existe en él +todavía un gran fondo de vigor, una buena reserva de los tesoros +juveniles. No es una ilusión, no se deja engañar por falsas apariencias. +Goza de una salud de hierro, conserva todos sus dientes y sus cabellos; +sus músculos tienen aún toda su fuerza, sus articulaciones toda su +agilidad. En el mundo oficial que frecuenta ha observado alguna vez que +las mujeres no desdeñan su conversación ni su compañía. Además, nunca ha +de ser tan loco que se case con una jovencita; mas si por acaso +encontraba una mujer que se acercase a los treinta, agradable y +simpática, nada se había de oponer a que pensase en el matrimonio. No +tiene más que cincuenta años y podría ver aún a sus hijos crecer, pasar +de la adolescencia a la juventud y ¿quién sabe? tal vez viviría bastante +tiempo para verles también casados...</p> + +<p>Tener hijos, un hijo en quien él mismo reviviera, eso daría nuevo +impulso a su vida y una hermosa finalidad a sus energías... Cuando se +examina a fondo, Delaberge llega a confesarse que, en ese cambio de +vida, lo que con mayor fuerza le atrae no son precisamente los encantos +de la compañía conyugal, sino la esperanza y las alegrías de la +paternidad.</p> + +<p>Mientras va el inspector general abstraído en tan hondas meditaciones, +corre el tren a toda marcha y el aspecto del paisaje cambia otra vez. +Deja la vía férrea el valle del Aube, sube raudo una pendiente y +atraviesa luego una llanura pedregosa en que crece raquítico el centeno +y en que de vez en cuando rompen la monotonía de la línea recta pequeños +grupos de árboles desmedrados. Rasga el aire un silbido agudísimo. Corre +ligero el tren por un largo viaducto de tres filas de arcos desde el +cual se ve el río Suize ondular lo mismo que una culebra, por entre los +prados. Aparecen en el horizonte siluetas de campanarios, de cúpulas y +de techumbres de teja, destacándose sobre el oscuro verdor de los +árboles, y el tren detiene poco a poco su marcha.</p> + +<p>—«¡Chaumont! ¡Diez minutos y fonda!»</p> + +<p>Aquí es donde Delaberge ha de bajar. Arregla su equipaje y se asoma a la +portezuela buscando en los andenes al inspector provincial, su antiguo +camarada de Escuela a quien advirtió de su llegada y en cuya casa se ha +de hospedar.</p> + +<p>Allí está, en efecto, el inspector buscando también a su amigo. Es un +hombre pequeño y gordinflón, metido en estrecha casaca, cubierta la +cabeza con sombrero de anchas alas y con guantes negros. Su vestir, +mitad ceremonioso y mitad descuidado, afirma todavía su aspecto +provincial.</p> + +<p>Baja Delaberge del vagón y los dos antiguos camaradas se estrechan la +mano.</p> + +<p>—Mi querido inspector general—comienza el hombre gordinflón,—estoy +contentísimo de verle otra vez... ¿Ha tenido usted buen viaje?</p> + +<p>—Excelente, querido Voinchet... pero ¿cómo es eso, vas a tratarme de +<i>usted</i> ahora, tú que eres mi más antiguo amigo?</p> + +<p>—¡Dios mío—murmura Voinchet,—creí que las conveniencias de la +jerarquía!...</p> + +<p>—No bromees... Nada, tienen que ver con nosotros las conveniencias +jerárquicas... Háblame ahora mismo de <i>tú</i> o voy a pedir albergue a la +hospedería.</p> + +<p>—Te obedezco—contesta el inspector provincial y queda con ello más a +sus anchas.</p> + +<p>Mientras aguardaba al tren, más de un cuarto de hora estuvo +preguntándose con ansiedad si tutearía a Delaberge, como en otros +tiempos, o si por deferencia a su grado superior le hablaría de <i>usted</i>. +Ahora ya, libre de aquel peso, se muestra alegre y decidor. Y mientras +se saca del vagón y se carga el equipaje del inspector general contempla +a su camarada y amablemente sonríe.</p> + +<p>—¿Sabes que no noto en ti ningún cambio?... Te encuentro hoy tan ágil y +tan fuerte como al salir de la Escuela.</p> + +<p>—¡Adulador!—replica Delaberge,—la verdad es que nuestros cabellos +comienzan a blanquear y que llevamos cada uno veintiocho años más sobre +la cabeza.</p> + +<p>En el fondo, sin embargo, le han halagado no poco las palabras de su +camarada, sobre todo al ver que éste parece mucho más viejo que él.</p> + +<p>Los años han engordado al inspector provincial y han quitado expresión a +su fisonomía; la somnolencia de la vida de provincia ha apagado la viva +luz de sus ojos; la costumbre de tener que hablar y obrar siempre con +cierta parsimonia ha quitado a su rostro toda expresión.</p> + +<p>Rueda ya el coche carretera adelante y habla Voinchet de nuevo.</p> + +<p>—Mi mujer nos aguarda para almorzar... ¡Oh!... Un almuerzo sencillo, +después del cual podrás irte a descansar... Te advierto, querido, que +esta tarde te será preciso sufrir una pequeña molestia... En honor tuyo, +hemos invitado a algunas personas a comer.</p> + +<p>—¡Diablo!—murmura Delaberge visiblemente contrariado.—No esperaba +eso...</p> + +<p>—Dispénsame, pero los periódicas han dado la noticia de tu llegada... Y +habríamos dejado agraviadas a todas nuestras relaciones si les +hubiésemos quitado el placer de estar y de hablar contigo algunas +horas... No tienes idea, amigo mío, de las suspicacias provinciales... +Por otra parte, no seremos muchos... Estarán el presidente del tribunal, +el secretario general de la prefectura, un segundo inspector y su +esposa... y nadie más.</p> + +<p>—Ya son bastantes—dice Delaberge con sonrisa de resignado.</p> + +<p>—¡Ah! se me olvidaba... Estará también una amiga de mi mujer, la señora +Liénard, la que principalmente hace uso de los bosques de Val-Clavin... +Quizás no te arrepientas de hablar con ella, pues si logras hacerle +entender la razón, este negocio del deslinde irá como sobre ruedas... Es +la más ardorosa y la más fuerte adversaria de la Administración... ¡Ea, +hemos llegado ya!</p> + +<p>El carruaje se ha detenido a la entrada de una calle desierta en que +verdea la hierba por entre las piedras. Enfrente de la iglesia de San +Juan se abren los porches de una antigua casona que se levanta entre el +patio y los huertos. Mientras el conductor descarga el equipaje, +Voinchet entra en la casa llamando a un criado. Habiendo quedado solo un +momento, Delaberge contempla la dormida calle sobre la cual las paredes +de la vieja iglesia extienden una sombra de claustro. Y en la fría +austeridad de este sitio solitario, la perspectiva de una comida oficial +con los notables que habitan en esta ciudad muerta le da un escalofrío +de hondo malestar.</p> + + + + +<h3><a name="III" id="III"></a>III</h3> + + +<p>Hacia las seis y media de la tarde, rehecho completamente por una buena +siesta, pensó Delaberge que se acercaba el momento de la comida y +procedió a vestirse y arreglarse esmeradamente, no por coquetería, sino +por pura costumbre. Creía que una presencia irreprochable se impone a +los funcionarios que representan a la Administración pública.</p> + +<p>Anudando su corbata pensaba ya en la molestia de esa comida oficial en +que durante largas horas estaría como en representación ante los +invitados de su amigo y en que el deber profesional le obligaría a +conversar con la principal interesada en el asunto de los bosques de +Val-Clavin. A juzgar por la esposa de su amigo, excelente mujer de su +casa, pero cuarentona más que insignificante, su amiga la señora +Liénard, debía ser ya una mujer de edad madura y de trato poco +agradable. Delaberge veíase ya discutiendo con una pleiteante campesina +y esta enfadosa perspectiva le ponía de mal humor.</p> + +<p>Cuando entró en el salón verde y oro, lleno de muebles y adornado con +chucherías de dudoso gusto, casi todos los invitados habían llegado ya. y +le fueron presentados formando una sola fila. El presidente del +tribunal, un hombre pequeñito que habla con pretensión florida, recién +afeitado y de piel sonrosada, con unos ojos brillantes y siempre +inquietos; el secretario general de la prefectura, alto, de anchas +espaldas, tieso siempre, como orgulloso de los triunfos que le valía su +voz de barítono; el segundo inspector, moreno, de grandes cejas, con los +bigotes como de cepillo, con los cabellos cortados según la ordenanza, +presentaba el tipo completo del forestal a la manera antigua, feo como +un jabalí y rugoso como un roble.</p> + +<p>Y mientras su esposa la inspectora, delgaducha y metida en su vestido +marrón bordado de azabache, conversaba con la señora de Voinchet +hablándole de lo difícil que es hoy procurarse buenos criados, Delaberge +se llevaba al inspector su amigo a un rincón de la sala preguntándole +sobre todos los detalles del asunto que allí le había traído. El +forestal, envanecido de absorber por completo la atención de su +superior, le iba dando toda clase de noticias técnicas. Y hacía más de +un cuarto de hora que hablaba, cuando Delaberge, al través de las +prolijas frases de su subordinado, oyó a la señora de Voinchet que +decía:</p> + +<p>—¡Ah! por fin... Ya comenzaba usted a inquietarme... Muy tarde llega, +amiga mía.</p> + +<p>A lo que una voz alegre y limpia contestaba así con un ligero acento +provincial:</p> + +<p>—Perdóneme, he querido, para honrar mejor su casa, estrenar un vestido +nuevo y la modista no me lo ha traído sino hasta ahora mismo... cuando +ya comenzaba a enfadarme.</p> + +<p>En aquel mismo instante abríase de par en par la puerta del comedor y un +criado con guantes blancos y casaca negra decía así: «La señora está +servida».</p> + +<p>—Señor inspector general—dice la señora de Voinchet acercándose a +Delaberge,—el brazo, si usted gusta...</p> + +<p>Y éste galantemente lo presentaba ya para que se apoyase en él la +señora, cuando interrumpiéndose ésta con aire consternado se volvía +hacia la recién llegada y tomándole una de las manos murmuraba:</p> + +<p>—¡Qué distraída soy!... Es necesario que antes le presente a mi querida +amiga... Camila Liénard, propietaria de la Rosalinda, en Val-Clavin... +El señor Delaberge, inspector general de montes.</p> + +<p>Aunque ordinariamente dueño de sí mismo, Delaberge no supo disimular una +viva expresión de sorpresa. En lugar de la vieja pleiteante que se había +imaginado, veía ante sí a una mujer joven, de unos veintiséis años, +esbelta, fresca, amable, con unos sonrientes ojos oscuros que ya desde +el primer momento le gustaron de un modo infinito. Algo aturdido, +Delaberge saludó.</p> + +<p>No le habría pasado ciertamente inadvertida su gran sorpresa a la señora +Liénard si ella no se hubiese sentido también conmovida por una sorpresa +igual. Sus clarísimos ojos contemplaban a Delaberge y parecía reflejarse +en su rostro la sorpresa de quien recuerda vagamente una semejanza o se +pregunta dónde y cuándo vio alguna otra vez a la persona que tiene +delante. Todo esto, no obstante, pudo durar tan sólo unos segundos. La +señora Liénard insinuó una amable reverencia; Delaberge tomó de nuevo el +brazo de la señora de la casa y entraron todos en el comedor.</p> + +<p>En la mesa el inspector general fue, naturalmente, puesto a la derecha +de la señora Voinchet; enfrente sentábase su amigo y a su lado estaba la +señora Liénard; de manera que Delaberge tenía frente a frente a la +propietaria de Rosalinda y durante aquellos momentos de solemne quietud +que suele reinar en los principios de toda comida pudo examinarla con +sosegado detenimiento.</p> + +<p>El famoso vestido nuevo que había motivado el retraso de Camila Liénard +era negro y guarnecido con cintas malva; Delaberge, acostumbrado a los +refinamientos de la elegancia parisiense, hubo de confesarse que la +modista hubiera podido emplear mejor el tiempo. El cuerpo, que era de +satén, no favorecía mucho al talle de la dama, el cual parecía no +obstante bien contorneado. La ropa se arrugaba feamente en los hombros, +y en el cuello parecía querer ahogarla. En suma, la joven aparecía muy +mal vestida, pero demostraba preocuparse por ello muy poco. Su buen +humor no se resentía para nada de la fealdad del traje ni éste lograba +contener la expresiva vivacidad de sus movimientos. Con su boca un poco +grande, su barbilla algo gruesa y sus cejas finísimas, no parecía +precisamente bella, pero tenía unos hermosos ojos llenos de luz y +viveza, unos abundantes cabellos castaños que le caían graciosamente +sobre las sienes, una gran frescura en toda su persona, un modo +graciosísimo de reír, y todo esto junto producía una agradable impresión +de juventud, de espiritualidad, de alegría sana y fuerte que llenaba de +gozo el corazón. Comprendíase que era una mujer noblemente expresiva, +llena de una natural espontaneidad.</p> + +<p>—¿La señora Liénard está casada?—preguntó en voz baja Delaberge a su +vecina de mesa.</p> + +<p>—No, es viuda... Hace más de dos años que perdió a su marido... Un +señor no muy digno de ser amado... No tiene hijos y vive sola en +Rosalinda donde está haciendo mucho bien.</p> + +<p>Delaberge contempló entonces con mayor complacencia aun a aquella +mujer... La señora Liénard estaba discutiendo a media voz con el +inspector provincial, su vecino de mesa, y sin abandonar su aire de +amable alegría le atacaba con maliciosas recriminaciones, ante las +cuales se rebelaba el otro con tonos de malhumor.</p> + +<p>—¡Ah! no es usted muy amable con los pobres—exclamaba ella.</p> + +<p>Y en ese momento levantó la cabeza y sorprendió la atenta y curiosa +mirada de Delaberge. Lejos de sentirse ofendida por ello, sonrió al +encontrar su mirada los ojos de éste y prosiguió:</p> + +<p>—Vaya, decididamente es mucho mejor dirigirse a Dios que a sus +santos... Que lo diga si no el señor inspector general.</p> + +<p>Tomado así como testigo, Delaberge preguntó con su aire gravemente +amable:</p> + +<p>—¿De qué se trata, señora?</p> + +<p>—De ese deslinde que la Administración forestal quiere imponer. Bajo el +pretexto de que es imposible evaluar por separado los derechos de los +usuarios, el señor inspector provincial aquí presente nos ofrece como +compensación un bosque que está a una legua de Val-Clavin... Y yo +sostengo que esto es inicuo y aun bárbaro.</p> + +<p>—Palabras muy duras son éstas—objetó Delaberge riendo.</p> + +<p>—Duras, pero exactas... Veamos: yo tengo el derecho de cortar leña en +Val-Clavin y los campesinos de Val-Clavin tienen también el derecho de +pastos... Y a cambio de todo esto se nos ofrece un terreno impropio y +muy lejano... ¿Se puede a esto llamar justicia?</p> + +<p>—Señora—interrumpió complacientemente el inspector general,—la +felicito a usted, pues trata el asunto como un verdadero jurisconsulto.</p> + +<p>—¡Oh!—dijo a esto el inspector provincial.</p> + +<p>—Te advierto que te las habrás con un contrincante fuerte... La señora +Liénard está muy aferrada en sus derechos.</p> + +<p>—En los míos y en los derechos de los demás también, señor +Voinchet—repuso la joven con animada entonación;—los habitantes de +Val-Clavin, aun más que yo, merecen ver atendidas sus reclamaciones: son +gente pobre y para conducir su ganado al pastoreo les será preciso +caminar más de una legua a campo traviesa, pues no hay vía directa que +una el pueblo con la tierra que ahora se les ofrece.</p> + +<p>—Ya les indemnizaremos construyéndoles un magnífico camino.</p> + +<p>—¿Les indemnizarán ustedes también de la pérdida de tiempo y de la mala +calidad de los pastos?... Los bosques de Carboneras están llenos de +pantanos y si usted conociese el país, señor inspector general...</p> + +<p>—Lo conozco perfectamente—repuso Delaberge,—pues en Val-Clavin +comencé mi carrera forestal.</p> + +<p>—¡Ah! ¿de veras?...—exclamó la señora Liénard;—en tal caso...</p> + +<p>Dirigió en torno suyo la mirada y vio que el presidente y la inspectora +se esforzaban por disimular sus bostezos y se echó a reír exclamando:</p> + +<p>—¡Perdónenme! ya me olvidaba de que esta discusión no interesa nada a +los invitados del señor Voinchet; dejémoslo por ahora, mas conste que no +me doy por vencida.</p> + +<p>La conversación se hizo general con gran sentimiento de Delaberge. La +vivacidad con que la señora Liénard defendía sus derechos había +despertado su interés. La originalidad evidentísima de aquella mujer +contrastaba extraordinariamente con la falta de carácter de la mayoría +de los invitados.</p> + +<p>En el calor de la discusión tomaba su rostro expresiones encantadoras. +Nada había en ella rudo o fingido; nada tampoco de aquella prudencia +timorata que da tan monótona insignificancia a las mujeres de provincia. +Sentíase en ella estallar la sinceridad, la generosidad de su noble +corazón. La señora Liénard gustaba a Delaberge por cualidades que eran +opuestas a las suyas. Ese hombre reservado, discreto y reflexivo por +temperamento, sentíase interesado por aquella mujer de un carácter tan +abierto y tan noblemente alegre...</p> + +<p>Y cuando se levantaron de la mesa y volvieron los invitados al salón, se +las arregló de manera que pudiese encontrarse cerca de la joven.</p> + + + + +<h3><a name="IV" id="IV"></a>IV</h3> + + +<p>Precisamente se dirigía ella hacia Delaberge llevando en una mano la +cafetera y en otra una taza que le ofreció. Cuando hubo servido a todos, +volvió a sentarse en el canapé, no lejos de Delaberge, quien, de pie +todavía, acababa de beberse su taza.</p> + +<p>—Señor inspector—le dijo ella,—estaría usted muchísimo mejor si +tomase asiento.</p> + +<p>Y diciendo esto se hizo un poco a un lado para dejarle sitio en el mismo +canapé. El inspector general no deseaba sino obedecer a invitación tan +amable; pero, no sabiendo qué hacer de la taza que tenía, en la mano, +hizo ademán de ir a dejarla sobre una mesilla. La señora Liénard se +levantó corriendo, le tomó la taza de las manos y fue a darla a un +criado que pasaba entonces con una bandeja. Tan graciosa amabilidad, tan +previsora deferencia, trastornaron profundamente a Delaberge. Aunque +poco inclinado a la fatuidad, se imaginó que la joven se esforzaba para +serle agradable y sintió como un cosquilleo de satisfacción, sin pensar +que un hombre de cincuenta años le parece casi un viejo a una mujer que +tiene veintiséis. Pero Delaberge, como la mayoría de los hombres, no se +veía envejecer.</p> + +<p>Razonaba como un hombre convencido de que puede inspirar todavía +amorosos sentimientos; no quería confesarse a sí mismo que las +amabilidades de la señora Liénard podían sencillamente proceder de la +espontaneidad de un alma, por naturaleza afectuosa e inclinada a +mostrarse amable precisamente porque la diferencia de edad había de +quitar todo pretexto a una interpretación maliciosa.</p> + +<p>Sin embargo, mientras la joven con su vivacidad de siempre, volvía a +sentarse cerca de él, se despertó en el inspector general una vaga +desconfianza; se dijo que tal vez iba a ser juguete de la malicia +femenina, pensando que la señora Liénard había creído ganar así su ánimo +en favor de la causa de los usuarios de Val-Clavin y vencer su natural +rigor administrativo.</p> + +<p>Se recostó descuidadamente en uno de los brazos del canapé y, por encima +de su abanico que agitaba lentamente, se quedó contemplando a Delaberge +con la sonrisa en los labios. Este, ya receloso y colocado en actitud +defensiva, estudiaba detenidamente el rostro de su vecina.</p> + +<p>Pronto sintióse tranquilizado por completo. No, en esos límpidos ojos, +en esa purísima frente, en esos labios francamente amables, no podía +haber la menor huella de engaño o duplicidad. En el fondo de esos +clarísimos ojos no se descubría la menor de aquellas turbadoras y +fugitivas fulguraciones que son indicio de mentira. Ni en la frente, ni +en la boca se descubrían aquellas desagradables arrugas que son +revelación de un alma falsa o llena de complicados sentimientos. +Decididamente, la señora Liénard no tenía nada de una Dalila.</p> + +<p>Cerró bruscamente el abanico, se inclinó un poco hacia Delaberge y dijo:</p> + +<p>—¿De manera que ha vivido usted en Val-Clavin?</p> + +<p>—Sí, señora; viví dos años.</p> + +<p>—¿Hace mucho tiempo?</p> + +<p>—¡Oh! sí, mucho... Quizás no había usted nacido todavía. Pero recuerdo +el país como si fuese ayer mismo. Veo perfectamente en mi imaginación el +camino que lleva a Rosalinda, por el cual daba mi paseo cotidiano. Se +penetraba en la hacienda por una calle plantada de fresnos, muy +pequeñines entonces.</p> + +<p>—Los fresnos han crecido y dan hoy una magnífica sombra.</p> + +<p>—Entonces—prosiguió Delaberge—vivía en Rosalinda un hombre muy +original llamado Le Maroise. Tenía costumbres muy singulares, se pasaba +el santo día en un cuarto con las ventanas cerradas y no salía sino +después de anochecido, en una vieja berlina que guiaba un cochero tan +extravagante como su dueño...</p> + +<p>—¡Ese hombre original era mi tío!—interrumpió ella riendo.</p> + +<p>—¡Ah!... Perdóneme...</p> + +<p>—No se ha de excusar—replicó.—Era realmente un hombre extraño y poco +me costaría confesar a usted que llegó a serme odioso... Vivía aún +cuando me casé; me hizo su heredera a condición de que mi marido y yo +viviríamos con él... No es posible imaginar cómo nos hizo insoportable +la vida. Finalmente se murió el pobre hombre, y no he de decir que le +lloré muy poco... A punto estuvo de hacerme odiar Rosalinda.</p> + +<p>—¿Vive usted en ella todo el año?</p> + +<p>—¿Cómo no? Apenas si voy dos o tres veces a Dijón o a Chaumont y sólo +por asuntos de intereses. A los seis o siete días que estoy en la ciudad +ya no tengo más que un deseo, el de volver a mi casa lo antes posible.</p> + +<p>—¿A su edad no le parece esta soledad demasiado austera? ¿No se aburre +usted jamás?</p> + +<p>—Muy raramente... En primer lugar, ha de saber usted que tengo un +temperamento de verdadera campesina. Apenas comienza la primavera, vivo +constantemente al aire libre... Me tienen sobradamente ocupada mis +gallinas, mis flores, mis árboles; cuido yo misma la corta de mis +bosques y le aseguro a usted que no sé apenas qué cosa sea el aburrirse.</p> + +<p>—¿Y en invierno?</p> + +<p>—En invierno enciendo un hermosísimo fuego y me instalo cerca de la +chimenea con un buen libro en la mano... Hay en Rosalinda una biblioteca +muy bien nutrida y la cual yo aumento todavía procurando estar al +corriente de cuanto se publica... Soy una endiablada lectora... Cuando +tengo un libro interesante, y al alcance de la mano un buen puñado de +almendras, me paso horas deliciosísimas junto al fuego.</p> + +<p>Mientras hablaban ellos aparte, el inspector provincial organizaba una +mesa de <i>whist</i> y habiéndose negado Delaberge y la señora Liénard a +tomar parte en el juego, sentáronse en torno de la mesa la +subinspectora, el presidente, el secretario y el propio señor Voinchet. +La esposa de éste y el subinspector se quedaron contemplando el juego y +aguardando el momento en que alguno de los dos pudiese tomar parte en +él; de suerte que la viuda y su interlocutor, gracias a la preocupación +de los jugadores de <i>whist</i>, se quedaron en el canapé tan aislados como +pudieran estarlo en el fondo de un bosque.</p> + +<p>Esa conversación mantenida en la penumbra, les iba acercando +familiarmente y revestía de una mayor confianza y de una más completa +intimidad su diálogo. La señora Liénard no parecía en lo más mínimo +cohibida por la gravedad de su interlocutor y aun se extrañaba de +encontrarse hablando tan llanamente con ese parisiense a quien desde tan +pocas horas antes conocía. En cuanto a Delaberge sentíase a la vez +sorprendido y encantado de la visible simpatía de que le daba testimonio +aquella mujer. La escuchaba con placer y sentíase refrescada el alma por +la gracia natural del buen sentido y la noble alegría de su vecina.</p> + +<p>Olvidaba su acento provincial, su vestido tan mal hecho y aun los +rasgos irregulares de su fisonomía, pues poseía en cambio la joven una +cultura de espíritu, un juicio claro y sereno y sobre todo una facultad +de entusiasmo que no se encuentra frecuentemente ni aun en París. A +propósito de sus lecturas se expresaba con una independencia, un sentido +crítico y una vivacidad que encantaban de veras a ese parisiense, +acostumbrado a las reticencias prudentes, a las admiraciones convenidas +y a las opiniones superficiales del mundo oficinesco en que vivía.</p> + +<p>Al cabo de una hora de conversación, estaba ya encantado de la señora +Liénard y se felicitaba de tan dichosa velada. Observó con placer que +durante su entretenido y largo coloquio la propietaria de Rosalinda no +había hecho la menor alusión al asunto de los deslindes y le agradeció +tan delicada reserva. Sentíase secretamente halagado de no deber sino a +sí mismo la graciosa predilección de la viuda; se acusaba de sus +injustas sospechas y, como para indemnizarla de ellas, esforzábase en +mostrarse a su vez expansivo, amable, casi galante.</p> + +<p>De pronto e interrumpiéndose en medio de una animada discusión, la +señora Liénard sacó del pecho un pequeño reloj y consultándolo exclamó:</p> + +<p>—¡Las once ya!... Habíame olvidado de que duermo hoy en casa de unos +amigos y que molesto a tan excelentes personas obligándoles a +aguardarme...</p> + +<p>Se puso en pie y tendiendo su mano a Delaberge continuó:</p> + +<p>—Buenas noches, señor, y hasta otro día, pues irá usted pronto a +Val-Clavin... Vuelvo mañana a Rosalinda y aunque seamos enemigos, +administrativamente hablando, espero recibir su visita durante su +estancia en aquellos bosques.</p> + +<p>Se inclinó en rápida reverencia ante Delaberge, corrió a besar a la +señora Voinchet, saludó a todos y, lo mismo que la Cenicienta al dar la +media noche, salió casi corriendo del salón, sin permitir que nadie la +acompañase.</p> + + + + +<h3><a name="V" id="V"></a>V</h3> + + +<p>Francisco Delaberge se despertó con una sensación de confusa alegría, +según sucede cuando por la mañana se conserva aún la impresión de un +hermoso sueño desvanecido; después, disipadas ya las últimas brumas del +ensueño, se percató de que su vaga alegría era causada por el recuerdo +de su conversación con la señora Liénard; pero al propio tiempo recordó +que aquel mismo día había de regresar la joven viuda a Rosalinda y su +alegría se desvaneció al pensar en su prolongada residencia en Chaumont. +La pequeña ciudad le pareció más fría y más triste que la víspera. La +sombra que la iglesia de San Juan lanzaba sobre el húmedo patio de la +casa de Voinchet parecía extenderse y penetrar hasta el fondo del alma +del inspector general... Esto le hizo tomar la resolución de adelantar +todo lo posible su partida.</p> + +<p>Apenas estuvo vestido y arreglado, comenzó el examen del expediente y +recogió todas las notas que creyó precisas, en cuyo trabajo empleó toda +la mañana; después, acabado el almuerzo y a pesar de las instancias de +su amigo Voinchet, tomó el rápido y descendió en Langres; allí buscó un +coche de alquiler.</p> + +<p>Hay, lo menos, seis leguas de Langres a ese puebluco poco menos que +escondido entre los bosques. Después de haber rodado un buen trecho por +la carretera de Dijón, el carruaje tomó a la derecha y emprendió el +camino vecinal que corre a través de una extensa llanura pedregosa, de +una triste desnudez.</p> + +<p>La luz de la tarde, velada por finísimas nubecillas, suavizaba los +contornos de la llanura verdeante y de los bosques que el lejano +horizonte pintaba de gris. El velado azul del cielo y la difusa claridad +que llenaba los espacios se armonizaban muy bien con los flotantes +pensamientos de Delaberge. Para decirlo, en verdad más eran aquello +ensueños que pensamientos. Fatigado por su trabajo de la mañana, mecido +por el rodar del carruaje, se abandonaba a una soñolienta contemplación +en que las imágenes percibidas despertaban en su espíritu vagos +recuerdos. La silueta de los lejanos bosques, le hacía pensar en el +asunto de los deslindes y de pronto se decía, no sin una secreta +satisfacción, que entre los usuarios de Val-Clavin estaba una cierta +viuda, de serenos y límpidos ojos, de cabellos castaños que le caían en +graciosos rizos sobre las sienes, en compañía de la cual había pasado +una agradabilísima velada.</p> + +<p>De un campo de centeno levantóse en rápido vuelo una alondra y se perdió +en las nubes, mientras su alegre canto recordaba a Francisco la voz de +purísimo timbre de la señora Liénard; entonces, en medio de su ensueño, +la idea de ver a la joven en Rosalinda, filtró dulcemente en su alma una +emoción profunda, tan suave como la tenue claridad que la muselina de +las nubes tamizaba.</p> + +<p>Al llegar al pie de la colina de Piedrafontana, saltó del carruaje el +conductor, pues la rampa que se había de subir era larga y muy rápida; +el caballo caminaba al paso y con mucho esfuerzo. Para aligerarle un +poco más y también para sacudir su somnolencia, Delaberge imitó al +conductor y, con paso todavía ligero y la cabeza un poco inclinada, +comenzó a andar a lo largo de un camino que bordeaban toda clase de +flores silvestres.</p> + +<p>Detrás de él, hacía el cochero restallar con fuerza su látigo y allá en +el fondo del valle se oía el pausado martilleo de un herrador; durante +los intervalos de silencio se percibía, como sones de pífanos +invisibles, el canto de las alondras. Poco a poco todos estos rústicos +rumores fueron despertando en el alma del inspector general el recuerdo +de cosas desde largo tiempo adormecidas.</p> + +<p>Y se vio a sí mismo subiendo esta misma rampa, cuando sólo contaba +veinticuatro años, en una tarde de otoño muy semejante a ésa. Iba +entonces, pobre de dinero y rico de esperanzas, a tomar posesión de su +puesto de guarda general de los bosques de Val-Clavin.</p> + +<p>Más ligero de piernas, pero menos filósofo que hoy, contemplaba a la +sazón con ojos inquietos la ruda soledad de las llanuras de Langres y no +se tranquilizaba un poco sino al penetrar en los pintorescos y +agradables bosques que rodean el pueblecillo.</p> + +<p>Delaberge recordaba muy bien la sensación de aislamiento que había +sentido al llegar una tarde a ese pequeño pueblo de trescientas casas, +situado en la confluencia de dos riachuelos, cuya unión da nacimiento al +Aube. Al caer en ese país tan extremadamente rústico, sin transición +ninguna y al salir de la Escuela de Nancy, se encontró en él al +principio desorientado y triste. El invierno era allí muy duro y toda +distracción imposible. La sociedad se componía de dos o tres empleados, +de algunos propietarios campesinos, todos ellos casados y poco +dispuestos a recibir en su casa al forastero. Muy tristemente vivió allí +durante los sombríos días de diciembre y de enero. Durante esos dos +mortales meses cubría siempre la tierra una espesa capa de nieve y era +imposible salir. El trabajo no era mucho y su ociosidad casi completa le +hacía aún más insoportables los días. No se atrevía a leer de nuevo los +pocos libros que se había traído consigo y que se sabía ya de memoria. +Sucedíanse las horas tan largas y tan vacías, le era la soledad tan +odiosa, que llegó a apoderarse de su ánimo un profundo mal humor, una +extraordinaria melancolía.</p> + +<p>Se albergaba en la hospedería del <i>Sol de Oro</i>. Era frecuentada esa casa +por trajinantes y mercaderes de leña, resonando en ella, desde la mañana +a la noche, los más discordantes rumores. Comía solo o en compañía de su +hospedero, el señor Princetot, un hombre de rostro sonrosado, de mirada +llena de malicia y cuya conversación giraba invariablemente sobre los +vinos que almacenaba en su bodega, para revenderlos luego lo más caro +posible a los pequeños comerciantes de la montaña. En esa gris y +tristísima sinfonía del fastidio, daba la hospedera una nota única de +color y de alegría.</p> + +<p>Miguelina Princetot iba entonces hacia sus veintiocho años. De buena +estatura, bien tallada, de sedosa piel y con unos melancólicos ojos +grises, tenía muy amables maneras y la sonrisa, de sus labios carnosos +formaba en sus mejillas aquellos atrayentes hoyuelos que el pueblo llama +«nidos de amor». Inteligente y de percepción pronta, hacía lo que quería +del gordo Princetot, quien por completo entregado a su comercio de +vinos, le dejaba gobernar la hospedería a su gusto, cosa que hacía ella +a las mil maravillas. Siempre limpia, atractiva y además excelente +cocinera sabía contentar a los clientes. Gracias a ella, los notables de +aquellos contornos iban con frecuencia al <i>Sol de Oro</i>. Alguien decía +que llevaba su coquetería, su amabilidad demasiado lejos y que, no era +tan fiel esposa como diligente mujer de su casa; como quiera que fuese, +es lo cierto que tan maliciosos dichos no llegaron nunca a quebrantar la +confianza del señor Princetot.</p> + +<p>En los comienzos, teniendo aún como quien dice en los ojos las +elegancias de las modistillas y de las señoras de Nancy, no concedió +Francisco mucha atención a las gracias campesinas de su hostelera. Pero, +en una soledad como la de Val-Clavin, una mujer joven, junto a la cual +se vive mañana y tarde, acaba por ejercer una atracción lenta y segura. +Después de haber visto a la mujer aquélla con indiferencia, gradualmente +fue descubriendo Delaberge en ella encantos que antes no había +sospechado y, gracias al aislamiento en que vivía, fue pareciéndole cada +vez más deseable. Con frecuencia, cuando el forestal comía solo, después +de quitados los manteles, la señora Miguelina se quedaba un rato +conversando con su huésped. Poco ganoso de volver a su cuarto triste y +frío, el joven prestaba gustosamente oídos a la charla de su hostelera y +sus ojos se detenían con verdadera complacencia en la blanquísima nuca +que adornaban unos ricillos de su cabello, o bien en la flexibilidad de +su cintura... A veces se quedaban ambos silenciosos; la mirada lánguida +de Miguelina se encontraba con los azules ojos del guarda general; éste, +de ordinario frío y reservado, se expansionaba, se atrevía a alguna +insinuación galante, y entonces, con su intuición femenina, la hostelera +del <i>Sol de Oro</i> adivinaba, por ciertas inflexiones de su voz llenas de +emoción, que su huésped se iba haciendo cada día menos insensible a sus +encantos.</p> + +<p>Mientras, tanto iba pasando el invierno, reverdecía la primavera en los +bosques y bajo su influencia una familiaridad cada vez mayor fue +estableciéndose entre Delaberge y la señora Princetot.</p> + +<p>Un domingo por la tarde había subido Miguelina al cuarto del forestal y +allí, asomada a la ventana, se esforzaba por alcanzar las ramas de un +florido tilo que subía por la fachada de la casa. Llevaba aquel día su +vestido más elegante y los movimientos forzados que hacía descubrían +toda la esbeltez de la figura, la graciosa flexibilidad del talle, la +exquisita morbidez de sus pechos y de sus caderas. De pie a su lado, +Delaberge le ayudaba lo mejor que podía. En un momento dado, como ella +se inclinase demasiado hacia afuera, el guarda general se atrevió a +asirla por la cintura como temiendo que se pudiese caer. La señora +Princetot se volvió riendo con aquella risa llena de sensualidad que +formaba tan graciosos hoyuelos en sus mejillas y su boca vino a +encontrarse tan cerca de los labios de Delaberge, que éste no supo +resistir la tentación... La besó ardorosamente; rodaron al suelo las +flores que ella había tomado y Miguelina cayó, sin darse cuenta, en los +brazos de su huésped.</p> + +<p>A partir de aquel día la señora Princetot fue la amante del guarda +general, y éste ya no se fastidió como antes en Val-Clavin. El señor +Princetot se ausentaba con frecuencia para ir a hacer sus compras de +vinos o para venderlos a sus clientes de la montaña, de lo que los +amantes se aprovechaban.</p> + +<p>Figurábanse que su estrecha y amorosa intimidad escapaba a la atención y +a la maledicencia de las gentes del pueblo; pero no sabían que los +amores mejor escondidos exhalan un sutilísimo perfume, que los descubre +siempre. El secreto de su amor se evaporó insensiblemente por las calles +de Val-Clavin y las lenguas de las comadres hicieron lo demás. +Unicamente Princetot continuó ignorándolo todo.</p> + +<p>Duró esta aventura diez y ocho meses, y comenzaba ya a sentir las +proximidades de la saciedad cuando recibió un día la notificación de un +cambio de residencia. Al conocer la triste nueva, la señora Miguelina se +deshizo en lágrimas. Mas era preciso que obedeciese Delaberge al mandato +administrativo; la hostelera no se había engañado nunca a sí misma y +pensaba que algún día la había de abandonar y, aunque suspirando +hondamente, al fin se resignó.</p> + +<p>Una semana después el guarda general se marchó a París, no sin sentir en +el fondo de su espíritu como una vaga liberación.</p> + +<p>Prometieron escribirse: ni uno ni otro cumplieron su promesa y un +silencio absoluto cayó entre ellos. Delaberge, que no había puesto en +aquella mujer sino los sentidos, fue olvidándola poco a poco, suponiendo +que la señora Miguelina se consolaría rápidamente y pondría a otro en su +puesto. Y muy pronto sus amoríos campesinos se le aparecieron como una +de esas estrellas fugaces que nacen en un cielo de agosto, lo atraviesan +y se apagan...</p> + +<p>Las preocupaciones del oficio y del ascenso apagaron pronto en él hasta +el menor recuerdo de aquella aventura juvenil. Años y más años pasaron, +llevándose como un torrente sus deseos y sus energías hacia riberas que +no eran precisamente las de la ternura.</p> + +<p>Si alguna vez recordaba los episodios de sus principios en Val-Clavin no +era sino para reírse desdeñosamente de ellos como hace el hombre maduro +con las locuras de la juventud. Y he aquí que los azares administrativos +le volvían a este pueblo perdido en el fondo de los bosques; he aquí +que los detalles, el aire ambiente, la fisonomía del camino tantas veces +hecho en otros tiempos, evocaban en su espíritu la imagen de la señora +Miguelina, que él creía enterrada bajo el más absoluto olvido...</p> + +<p>Pero la muerte tan sólo puede producir el verdadero y total olvido. +Mientras andamos por los caminos de la vida, podemos hallarnos otra vez +frente a frente con las personas y las cosas que habíamos para siempre +borrado de nuestra memoria.</p> + +<p>En París, apenas si alguna que otra vez pensó en la posibilidad de +encontrarse de nuevo con su antigua amante; mas ahora, al aproximarse al +pueblo en que la había conocido, Delaberge sintió nacer en su espíritu +una vaga inquietud.</p> + +<p>Sintió alarmarse la prudencia del funcionario, temiendo, en el caso de +que la señora Princetot viviese todavía en Val-Clavin, verse expuesto a +familiaridades comprometedoras para su carácter oficial. En verdad, +decíase que veintiséis años pueden producir, aun tratándose de un +pueblecillo, grandes y radicalísimos cambios. Entre las gentes que le +conocieron en otro tiempo, muchos sin duda habrían desaparecido. Los +hombres maduros de entonces serían ahora ancianos y habrían tomado su +puesto los jovenzuelos de otros días, preocupándose muy poco por lo +pasado. La misma señora Princetot tendría ya cincuenta y cuatro años, y +es natural que la edad la hubiese hecho más discreta. Y aun podría +suceder que ya no estuviese en el pueblo.</p> + +<p>Ya bastante rico Princetot, vendió tal vez su hospedería y probablemente +ni el recuerdo existía ya del famoso <i>Sol de Oro</i>...</p> + +<p>Por lo demás, fácil sería adquirir noticias sobre este punto preguntando +al cochero. Este, que llevaba con frecuencia viajeros de una parte a +otra, conocería con seguridad los sucesos del país...</p> + +<p>Precisamente habían llegado a lo más alto de la loma y comenzaban a +descender hacia el verdeante valle. Subiendo de nuevo al carruaje, +Delaberge preguntó al cochero:</p> + +<p>—¿Conoce usted Val-Clavin?</p> + +<p>—Ciertamente, señor; en verano llevo a ese pueblo gran número de +viajeros y también en tiempos de caza.</p> + +<p>—¿Cuál es la mejor hospedería?</p> + +<p>—¿La mejor?... No hay más que una que sea buena de verdad: el <i>Sol de +Oro</i>... Las demás no son sino malas tabernas.</p> + +<p>—¿Se está bien en la casa?</p> + +<p>—Ya lo creo, y se come en ella divinamente... Las gentes de Langres van +allí con frecuencia a pasar un día de campo... El <i>Sol de Oro</i> no es +precisamente de ayer; hace ya más de treinta años que da muy buenos +cuartos al <i>Príncipe</i> y a su esposa.</p> + +<p>—¿Qué Príncipe?—exclamó Delaberge algo desorientado.</p> + +<p>El cochero echóse a reír.</p> + +<p>—Quiero decir el señor Princetot, pardiez... Es un apodo que le dan, +tan rico es y tan poderoso... Le llaman el <i>Príncipe</i> y a su mujer la +<i>Princesa</i>... Yo le aseguro a usted que son gente rica... La mitad del +término es suyo. Princetot ha agregado a su casa una destilería, en la +que gana el dinero que quiere, y no es poco decir... Sin embargo, +continúan en su hospedería como si tuviesen necesidad de ella, ¿Qué +quiere usted? La costumbre...</p> + + + + +<h3><a name="VI" id="VI"></a>VI</h3> + + +<p>Delaberge se puso profundamente taciturno. Mientras rodaba el carruaje +por entre dos hileras de árboles, alguna vez interrumpidas por las +tierras cultivadas de una granja, iba pensando, no sin inquietud, en su +encuentro inevitable con la señora Princetot. ¿Cómo le recibiría y qué +se dirían? ¡Bah! Uno y otro habían cambiado mucho en veintiséis años y +tal vez ni siquiera le reconocería. Sí, pero luego sería preciso decir +los nombres y la calidad, con lo cual quedaba destruido el incógnito. +Además, su reserva podría parecer extraña al bueno de Princetot.</p> + +<p>A despecho de su experiencia y de su despierto espíritu, el inspector +general estaba hecho del mismo barro que el resto de los hombres. No se +extrañaba de que él hubiese podido olvidar a ciertas personas, pero no +comprendía que los demás le hubiesen podido olvidar a él.</p> + +<p>Mientras iba pensando en todo eso, el caballo, sintiendo ya próximo el +pesebre, trotaba más ligero que nunca; se iba acortando la distancia y +desde una pequeña altura comenzaron ya a verse las casas de Val-Clavin, +reunidas como un puñado de huevos en el fondo de un nido. Por entre los +prados brillaban a trechos las aguas del río y el gallo del puntiagudo +campanario relucía, herido por los rayos del sol poniente... Y pronto +penetró el carruaje en el pueblo, que se había modificado muy poco. A +uno y otro lado del viejo puente, los juncos del estanque temblaban como +en otro tiempo al impulso de la brisa vespertina. Con el mismo +fresquísimo rumor caían las aguas del riachuelo en la presa del molino, +y los tilos centenarios del paseo se destacaban por encima de las +techumbres de las casas que aparecían inundadas por tenues y azuladas +humaredas. A la rojiza claridad del crepúsculo, se levantaba ante los +ojos de Delaberge la sombra de los antiguos días, y las figuras de aquel +lejanísimo pasado aparecían mas límpidas y con mayor relieve al +destacarse sobre un cielo que iluminaba el sol poniente del recuerdo.</p> + +<p>Con un pequeño latir en el corazón, pensaba Delaberge en la vieja +hospedería con su umbral, al que se subía por cinco escalones y con su +muestra de hierro enmohecido, en los ojos lánguidamente soñadores de la +señora Miguelina y en la figura rabelesiana y llena de malicia de su +esposo...</p> + +<p>De pronto se paró el carruaje ante una casa toda recién enjalbegada y en +la que apenas pudo Francisco reconocer la antigua hospedería, pues había +sido renovada por completo. La antigua muestra había desaparecido +también y en cambio leíase en la fachada en hermosas letras mayúsculas:</p> + +<p class="c">HOTEL DEL SOL DE ORO</p> + +<p>Más lejos, hacia la esquina de la calle, se veían las paredes de piedra +de talla y la techumbre de tejas de la nueva destilería que había +construido Princetot... Allí estaba éste precisamente apoyando sus +anchísimas espaldas en la misma puerta... Encendido el rostro, enorme el +vientre, vestido de paño ordinario, medio cerrados los ojos que la +grasa invadía, y sin moverse, examinaba con su flema de siempre al nuevo +huésped que llegaba de Langres.</p> + +<p>Mientras el viajero saltaba del coche, el señor Princetot se decidió a +llamar a su criado, ordenándole que se hiciese cargo del equipaje. +Delaberge había resuelto por último marchar valientemente hacia las +soluciones más breves. Subió ligero los cinco escalones, entró con el +dueño de la casa en la cocina en que relucían innúmeras cacerolas de +cobre y fue el primero en hablar.</p> + +<p>—Buenas tardes, señor Princetot... Ya veo que no me reconoce usted.</p> + +<p>El <i>Príncipe</i> medio cerró de nuevo sus pequeños ojos, se pasó la mano +por sus cabellos ya enteramente blancos, se rascó la oreja y dijo +descubriendo su gran perplejidad:</p> + +<p>—A fe mía, señor, que no tengo el placer...</p> + +<p>—Soy, no obstante, uno de sus antiguos huéspedes... El señor Delaberge.</p> + +<p>Una mujer en quien antes no había reparado y que estaba ocupada en el +fondo de la cocina se volvió bruscamente, y sólo por la visible emoción +que demostró la dama adivinó el inspector general que tenía enfrente a +Miguelina... Respiraba penosamente, bajaba los ojos, retorcía con gesto +maquinal las puntas del pañuelo que tenía en la mano y acabó por saludar +sin despegar los labios.</p> + +<p>¡Ay! no se parecía mucho a la seductora Miguelina de otros tiempos... +Había engordado, había perdido su rostro toda expresión, sus tocas le +caían sobre la frente y escondían sus cabellos ya bien canosos. Su +vestido de oscuro color, de rectos pliegues, sus ojos medio cerrados, su +cara de cera, la expresión reservada y dulzona de su fisonomía, le daban +todo el aspecto de una beatucha.</p> + +<p>—¡Señor Delaberge!—murmuró con mayor sorpresa que alegría.</p> + +<p>Después añadió, mordiéndose los labios y sin levantar los ojos:</p> + +<p>—No pensábamos verle a usted de nuevo en Val-Clavin.</p> + +<p>—¿El señor Delaberge?—preguntaba de nuevo el <i>Príncipe</i>.—Aguarde... +Ahora caigo... ¿Estaba usted aquí, como guarda general en la época en +que reconstruían la iglesia?... Dispense que no le haya reconocido +antes, pero ha pasado desde entonces por esta casa tantísima gente...</p> + +<p>Mientras hablaba iba examinando al recién llegado y al ver que lucía una +hermosa roseta en la solapa y sospechando que se las había ahora con un +parroquiano de consideración, se mostró ya menos indiferente.</p> + +<p>—¡Ah!—continuó diciendo,—el caso es que todos hemos envejecido un +poco y veinticinco o veintiséis años cambian endiabladamente las +fisonomías... Y he aquí que le tenemos de nuevo entre nosotros... +Miguelina, habrá que dar al señor la sala roja.</p> + +<p>Delaberge algo desconcertado por tan vulgar acogida y aún más por la +comprobación de tan mortificante olvido, declaró que no estaba por la +sala roja y que prefería el cuarto que había ocupado en otros tiempos y +cuya ventana daba al jardín.</p> + +<p>—¿Su antigua habitación?—replicó el hostelero.—¡Ah! sí, pero, vea +usted... El caso es que no la tenemos libre... La hicimos restaurar por +completo y la ocupa ahora nuestro hijo... Simón, que regresó hace dos +años de la Escuela de Cluny con todos sus títulos.</p> + +<p>—¿Tienen ustedes un hijo?—preguntó el inspector general con alguna +sorpresa.</p> + +<p>—En realidad no podía usted saberlo... Nuestro Simón no había nacido +entonces todavía... Se ha hecho aguardar un poco, pero de todas maneras +ha sido en nuestra casa el bienvenido, ¿no es verdad, señora Princetot?</p> + +<p>La señora Miguelina parecía disgustada por la charla de su marido; su +plácido rostro de mujer devota tomaba una expresión de vivo descontento +y sus labios se plegaban con gesto nervioso. Hizo notar que el señor +Delaberge tendría necesidad de descanso y que era inútil fatigarle +hablándole de un muchacho a quien no conocía.</p> + +<p>—Pero—replicó obstinadamente Princetot,—el señor podrá conocerle si +se queda algunos días en Val-Clavin, y Simón es muchacho que lo vale... +Por desgracia volverá tarde esta noche, pues ha ido al monte para una +cuestión de peritaje... Algunas personas del pueblo han recorrido a sus +luces para un asunto de deslindes y como es muy despierto y conoce a +fondo el régimen de montes, se le ha encargado la defensa de los +derechos del pueblo...</p> + +<p>—Sí, sí, un asunto de que en mal hora se ha encargado—interrumpió la +señora Princetot.</p> + +<p>Más perspicaz que el <i>Príncipe</i> su esposo, ella había ya sospechado que +Delaberge venía sin duda por esta misma cuestión de deslindes y temió +que su marido hablase demasiado.</p> + +<p>—¿Qué sabes tú de estas cosas?—replicó Princetot guiñando con gesto +de misterio sus ojos.—Simón tiene mucho talento y es ya bastante +crecido para andar solo.</p> + +<p>—En fin—exclamó suspirando la señora Miguelina,—es de desear que de +todo ese enredo no saque más disgustos que provecho.</p> + +<p>Después, para cortar en seco esta conversación, preguntó al viajero si +comería en la mesa común.</p> + +<p>—No—contestó Delaberge;—tengan la bondad de servirme en mi cuarto y +háganme el favor de avisar mi llegada al guarda general... Necesito +hablar con él esta misma noche.</p> + +<p>Algunos minutos después estaba ya instalado en la sala roja, reservada +de ordinario a los huéspedes de importancia. En este cuarto había una +gran cama muy bien puesta y tenía dos ventanas, una que daba a la calle +y la otra al jardín, el cual iba subiendo en suavísimo declive hacia los +bosques.</p> + +<p>Apenas había tenido tiempo Delaberge de quitarse el polvo del camino y +de arreglarse un poco, cuando llamaron discretamente en la puerta de su +cuarto y no sin una pequeña emoción contestó Delaberge que se podía +entrar. Creyó ver aparecer a la señora Miguelina, deseosa, sin duda, de +poder hablar a solas con él, pero muy pronto salió de su engaño. Entró +en la habitación una joven delgada y de vivos movimientos, la cual traía +platos, botellas y manteles y comenzó a poner la mesa, después de lo +cual se retiró para volver a poco con la humeante sopera.</p> + +<p>Al hacerse servir en su cuarto el inspector general había creído que +podría de este modo tener con la señora Miguelina una amistosa +explicación que valiese por todas. Mas era evidente que la señora +Miguelina no pensaba provocar una semejante explicación retrospectiva. +¿Era eso indiferencia o bien que, desde un principio, deseaba hacer +comprender a su huésped la necesidad de evitar toda alusión al pasado?</p> + +<p>«—Como quiera ella—se dijo Delaberge—y aun tal vez vale más que sea +así.»</p> + +<p>No obstante, en su fuero interno, sentía Delaberge una especie de +desencanto. Mientras a lo largo del camino se hundía su imaginación en +el recuerdo del pasado y revivía los tiempos de Val-Clavin, no creía que +se le hubiese tan completamente olvidado, ni esperaba que se le tratase +como a un extraño... Esto le puso profundamente melancólico y con gesto +displicente se sentó ante su mesa solitaria.</p> + +<p>Cuando estaba ya en los postres le anunciaron al guarda general: un +muchacho lleno de obsequiosidad y balbuciente, que se confundía en +salutaciones y no osaba sentarse, tanto le intimidaba la presencia del +inspector general. Hizo Delaberge inútiles esfuerzos para ponerle a +tono, acabando por darle brevemente sus instrucciones e indicándole la +hora en que se encontrarían para ir juntos al monte; luego salió con él +de la hospedería y una vez solo se quedó paseando unos momentos por las +riberas del Aube.</p> + +<p>La noche era oscura, pero en el cielo relucían millares de estrellas y +cantaban los ruiseñores en las alamedas próximas... Era la misma música +que en otros tiempos acompañó sus dúos de amor con la señora Miguelina. +Sentía surgir en su espíritu el sentimentalismo; pero, por desdicha +suya, al notar que le molestaba un poco la frescura del río, comprendió +que no vivía ya en aquella dichosa edad en que se sueña con las +estrellas. Volvió sobre sus pasos y deshizo el camino andado.</p> + +<p>Al regresar a la hospedería habían ya desaparecido el señor Princetot y +su esposa. En la cocina no había sino una criada, que encendió una bujía +y le acompañó hasta su habitación, dándole después las buenas noches. Al +cerrar Delaberge las ventanas del cuarto, pensó que Rosalinda estaba +muy cerca y que al día siguiente, si quería, podría indemnizarse de su +desencanto de aquella tarde haciendo una visita a la señora Liénard. +Esta idea volvió la serenidad a su espíritu. Se desnudó y +filosóficamente se metió en la cama.</p> + + + + +<h3><a name="VII" id="VII"></a>VII</h3> + + +<p>Delaberge era la puntualidad misma. A la hora convenida y en compañía +del guarda general y de otros funcionarios subalternos, estaba ya +examinando los campos de Carboneras que el inspector de Chaumont +proponía afectar al servicio de los usuarios de Val-Clavin.</p> + +<p>A fines de mayo es cuando los bosques de las montañas de Langres se +muestran en toda su gloria y el tiempo convida como nunca al paseo. Un +suave vientecillo había secado los caminos; el cielo, de un azul +purísimo, sonreía, por encima del renaciente follaje; bordaban toda +clase de flores las márgenes de los caminos y los pajarillos cantaban +por doquier. Delaberge, cuyas funciones sedentarias le habían recluido +en París tanto tiempo y que no conocía ya más verdores que los de las +carpetas de la oficina, gozaba de esta fiesta primaveral en pleno bosque +como se goza de un antiguo amigo otra vez hallado. Respiraba con +verdadera delicia el penetrante perfume que despedían los cerezos en +flor y poco a poco su mal humor y su melancolía de la noche antes se +fueron disipando...</p> + +<p>Por la mañana, en la hora del desayuno pudo comprobar que la señora +Miguelina procuraba prudentemente substraerse a sus miradas cada vez que +entraba en la cocina. Esta reserva de su antigua amante, que al +principio le molestó, le parecía ya entonces el mejor <i>modus vivendi</i> +que se pudiese desear. Esto dejaba más clara su situación y el contento +experimentado le disponía para mejor saborear las alegrías de su regreso +a los bosques. Sentía un placer casi infantil, al reconocer los caminos +que había recorrido en otros tiempos. Dotado de una excelente memoria +local se envanecía sorprendiendo al guarda, al indicarle por adelantado +la naturaleza del terreno y la dirección de las capas terrosas. Y a cada +momento exclamaba con grandes explosiones de alegría:</p> + +<p>—¡Todo está igual!... Nada ha cambiado y, sin embargo, hace ya +veintiséis años.</p> + +<p>A medida que iba penetrando en los bosques, parecíale que cada uno de +los pasos que daba le quitaba de encima un año y que su juventud +reverdecía lo mismo que el follaje de las hayas. Desaparecía y no tenía +ningún valor todo aquel largo intervalo de un cuarto de siglo. Mucho +mejor que otro medio cualquiera, posee el bosque esta maravillosa virtud +del rejuvenecimiento. Menos que en parte alguna se marcan en él las +metamorfosis que el paso del tiempo produce. Vemos siempre en el bosque +los mismos árboles, las mismas floraciones, los mismos cantos de las +tiernas avecillas y esto nos da la ilusión de un alto de ensueño, de una +suspensión en el vuelo rápido de los días.</p> + +<p>Durante su paseo al través de los bosques de Carboneras, Delaberge pudo +fácilmente comprobar la exactitud de las observaciones hechas por la +señora Liénard. Las tierras que se quería ahora dar a los usuarios de +Val-Clavin, no estaban unidas al pueblo sino por antiguos caminos todos +ellos en muy mal estado y que a trechos desaparecían del todo. Varios +manantiales subterráneos humedecían el suelo esponjoso y las aguas, no +encontrando la necesaria pendiente, se estancaban formando anchos +pantanos en que crecían toda clase de plantas muy hermosas, pero +impropias para el pastoreo.</p> + +<p>La vegetación en general se resentía de la mala calidad del suelo, los +herbajes eran cortos y pobres y de trecho en trecho se veían algunos +viejos robles de tronco rugoso y cubierto de liquen, mostrando en parte +sus ramas desnudas de todo follaje. Era evidente que, tal vez por un +exceso de celo, la Administración local intentaba desembarazarse de unas +malas tierras con daño evidente para los usuarios de Val-Clavin. El +inspector general vióse obligado a confesar que las proposiciones de su +amigo Voinchet eran inicuas y abusivas.</p> + +<p>Como era natural, nada de esto dejó entender a sus subordinados; pero +después de haber tomado sus notas, dirigió la exploración hacia unas +tierras que ocupaban la vertiente opuesta del valle y pertenecían a los +bosques de Montegrande.</p> + +<p>Allí, por el contrario, el suelo era duro y fresco al mismo tiempo y +además riquísimo en humus. Las hayas y los robles crecían fuertes y +sanos, elevando al espacio su frondoso ramaje. El herbaje era excelente +y variadísimo, llenando el aire con sus aromas. Además un hermoso camino +forestal seguía toda la cresta de la colina y descendía luego suavemente +hacia Val-Clavin. En realidad la designación de esas tierras había de +satisfacer por completo a las mayores exigencias de los usuarios, sin +perjudicar en nada al Tesoro, y Delaberge se dijo a sí mismo que por +ese lado había de ser fácil encontrar una fórmula de transacción.</p> + +<p>Ciertamente que en todo eso no le guiaba, sino el deseo de conciliar el +derecho más estricto, con la justicia; sin embargo, no pudo dejar de +pensar que, si aceptaba esta proposición la Administración central, +habría de sentir él un gran placer en comunicarlo así a la señora +Liénard. Esta reflexión despertó en su espíritu el agradable recuerdo de +la viuda y de la invitación que le hizo al despedirse.</p> + +<p>Precisamente entonces entraban en una especie de ancho barranco, al otro +extremo del cual aparecía el cono puntiagudo de una torrecilla.</p> + +<p>—¿No es Rosalinda aquello?—preguntó Delaberge.</p> + +<p>—Sí, señor inspector general; este camino nos conduce a ella +directamente.</p> + +<p>Esta brusca aparición de Rosalinda en el preciso instante en que pensaba +en su dueña, fue para Delaberge dulcemente sugestiva, tanto que le +indujo a modificar sus primeros planes. Al salir por la mañana de <i>Sol +de Oro</i> no pensaba hacer aquel mismo día su visita a la señora Liénard. +Había decidido dejar pasar algunos días, temiendo que pareciese de mal +gusto una prisa excesiva. Pero la proximidad de Rosalinda obró en su +alma como un imán y modificó por completo sus resoluciones.</p> + +<p>Lanzó una rápida mirada sobre todo su vestido: su calzado, en verdad, +aparecía lleno de polvo, pero ni su americana ni su pantalón habían +sufrido gran cosa de su paseo a través de los bosques y su total +apariencia era suficientemente correcta. Recordó, además, que la señora +Liénard no concedía sino muy mediana importancia a las cuestiones de +forma y esto acabó de decidirle.</p> + +<p>En el sitio donde el camino forestal que bajaba a Val-Clavin cruzábase +con el barranco que iban siguiendo, Delaberge despidió a sus +acompañantes y se dirigió solo hacia Rosalinda; al cuarto de hora salió +del bosque y vio ante sus ojos el parque y los jardines que rodeaban la +casa.</p> + +<p>Aunque en el país se le daba todavía el nombre de <i>castillo</i>, Rosalinda +no era más que una cómoda casa burguesa, construida a fines del siglo +XVIII y flanqueada por dos torrecillas con techo de pizarra que le daban +un vago aspecto señorial. El parque se extendía a una y otra parte del +Aubette, cuyas verdosas aguas rodeaban luego la casa y alimentaban las +albercas construidas al pie mismo de las terrazas. La avenida de +fresnos cuyo recuerdo tan bien había conservado Delaberge, conducía a +una verja de hierro y después se continuaba más allá del puente de +piedra echado sobre el riachuelo.</p> + +<p>Desde la vertiente en que se había detenido, el inspector general veía +claramente la fachada principal de la casa tapizada de madreselvas y +rosales; veía también los caminillos del jardín trazados al estilo +francés y más allá del parque y de las paredes de cierre, en el espacio +que el bosque dejaba todavía libre, se veían extensos campos de hierba, +de centeno, de alfalfa que la brisa movía como las olas del mar y el sol +iluminaba esplendorosamente; más lejos comenzaban de nuevo los bosques +que iban subiendo dulcemente y coronaban con su verdor esa pacífica y +riente soledad.</p> + +<p>La casa con sus ventanas abiertas, los jardines con sus vivísimos +colores, los campos ondulantes, todo aparecía como envuelto en una +atmósfera de paz y de supremo bienestar. El conjunto tenía un aspecto +alegre y hospitalario que animó a Delaberge a persistir en sus +intenciones. Le pareció descubrir en todo ello el reflejo de la +personalidad atrayente y cordial de la propietaria.</p> + +<p>Algunos minutos después llegaba el inspector general a la verja de +hierro, llamaba en ella y preguntaba por la señora Liénard, atravesando +luego los caminillos, guiado por la jardinera que le dejó a la entrada +de la casa donde esperaba una elegante camarera, la cual le introdujo en +un salón de la planta baja.</p> + +<p>—¡Ah! señor, ¡cuánto le agradezco que haya cumplido su promesa!</p> + +<p>Y al decir esto avanzaba hacia el inspector general y le tendía +gentilmente la mano la propia señora Liénard, que vestía una vaporosa +falda de muselina y un cuerpo de lo mismo en forma de blusa que le daban +una suprema elegancia.</p> + +<p>Inclinándose Delaberge contestó lo mejor que supo al apretón de aquella +pequeña mano un poco tostada por el sol y después se excusó de lo +descuidado de su traje.</p> + +<p>—Una excursión por el bosque me ha llevado a dos pasos de Rosalinda y +no me habría perdonado jamás estar tan cerca de usted y no entrar +siquiera a saludarla...</p> + +<p>Al acabar sus cumplidos vio Delaberge en el fondo del salón a un +visitante que se había levantado al entrar él y que se disponía a +despedirse.</p> + +<p>Era un joven de mediana estatura, de aspecto rústicamente elegante y de +una evidente robustez. Muy moreno, con una barba castaña ligeramente +rizada, parecía un poco azorado por la aparición del forastero; pero +este movimiento de timidez no le quitaba nada de su natural prestancia. +De pie junto a un sillón, con el sombrero en la mano, aguardaba +seriamente que el recién llegado hubiese dejado de hablar para +despedirse de la dueña de la casa. En los primeros momentos, su +fisonomía seria y meditabunda le hacía parecer de mayor edad de la que +tenía realmente; pero, cuando se le examinaba con más atención, se +descubría en sus ojos, de un azul intenso, un brillo de juventud y de +pasión que se contradecía con la precoz madurez de sus rasgos. En el +momento en que Delaberge se volvió hacia él, acercóse el joven a la +señora y dijo con cierta brusquedad:</p> + +<p>—Hasta otra vez, señora; he de subir todavía a los bosques de +Carboneras.</p> + +<p>—¿Pero volverá usted por aquí?—exclamó la señora Liénard.—Es que +necesito todavía de usted...</p> + +<p>Y volviéndose seguidamente hacia Delaberge prosiguió la dama:</p> + +<p>—Puesto que ha venido usted a Rosalinda, permítame que le convide a +comer, sin ceremonias... Ya sabe usted que en el campo se hacen las +visitas en la mesa... Además tendrá usted compañía para volver a +Val-Clavin, pues quiero que me prometa el señor Simón que al regresar de +los bosques ha de venir aquí a comer con nosotros... ¡Buena es ésta!—se +interrumpió a sí misma riendo.—Soy tan aturdida que olvidé la +presentación... El señor Princetot... el señor Delaberge, inspector +general de montes.</p> + +<p>Los dos hombres se saludaron ceremoniosamente. Delaberge, despierta su +curiosidad por el nombre de Princetot, examinó atentamente al joven que +acababan de presentarle; pero éste se dirigía ya hacia la puerta +mientras la viuda acompañándole le repetía:</p> + +<p>—Convenido, cuento con usted... A las siete en punto nos sentaremos a +la mesa.</p> + +<p>Cuando hubo salido, Delaberge preguntó:</p> + +<p>—¿Este señor Princetot sería acaso el hijo de mi hospedero del <i>Sol de +Oro</i>?</p> + +<p>—Sí... ¿Le extraña a usted?... No ha salido a su padre, por fortuna... +Es un corazón excelente y un espíritu distinguido. Adora el pueblo en +que nació y, aunque sus padres son muy ricos, no ha querido convertirse +en un señor... Después de haber hecho excelentes estudios agrarios, ha +vuelto a su casa, y en materia forestal no dudo que puede dar quince y +raya al guarda general de Val-Clavin.</p> + +<p>Delaberge se echó a reír.</p> + +<p>—¡Apuesto, señora Liénard, que es él quien le aconseja en este asunto +de los deslindes!</p> + +<p>—Lo ha adivinado usted... Cuando hace dos años regresó Simón de la +Escuela de Cluny, ofreció a los usuarios del pueblo defender +gratuitamente sus intereses y todos le dimos plenos poderes... Y así es +como entré en relaciones con él. El joven me interesa, y si mi situación +no me obligase a una gran reserva, tendría un gran placer en recibirle +con mayor frecuencia; pero él mismo pórtase con gran discreción y no +viene nunca aquí sino para hablar de negocios... Estoy encantada, señor +inspector, de que haya sido usted bastante amable para aceptar mi +invitación: esto me ha permitido invitar a Simón también.</p> + +<p>Delaberge en su interior decíase que hubiera preferido comer a solas con +la viuda. Esta, con su vivacidad de siempre, abrió una de las ventanas y +mostrando a su huésped los jardines le dijo así:</p> + +<p>—No piense usted escapar a las molestias de una visita completa, pues +me siento siempre propietaria... Antes, sin embargo, será preciso que me +dispense por algunos minutos....</p> + +<p>Tocó el timbre, dio rápidas instrucciones a sus criadas, cubrió su +cabeza con un gran sombrero de paja y volvió en seguida a reunírsele, +diciéndole:</p> + +<p>—¿No es verdad que Rosalinda se ha embellecido mucho desde que usted no +la había visto? En tiempos de mi difunto tío estaba esto muy mal; las +aguas del riachuelo inundaban las partes bajas, los árboles crecían como +y donde les daba la gana... Yo he puesto un poco de orden en todo eso y +he convertido la finca en lo que usted va a ver.</p> + + + + +<h3><a name="VIII" id="VIII"></a>VIII</h3> + + +<p>Alegre y vivaracha acompañaba a su huésped a través de los jardines, +enseñándole sus colecciones de flores de todas clases, explicándole cómo +había secado las tierras y canalizado las aguas del río que ahora +serpenteaba entre orillas plantadas de iris y de cañaverales. El +escuchaba encantado su graciosa charla y admiraba su espíritu a la vez +práctico y lleno de imaginación. Durante la prolongada visita a parques +y jardines, pasaba ella sin transición ninguna de un asunto a otro con +la gracia exquisita de una mariposa que vuela o se detiene en alguna +flor según su propia fantasía. Ora disertaba sabiamente sobre la +aclimatación del pino; ora se permitía ligeras alusiones al asunto de +los deslindes; y después, haciéndose más comunicativa, contaba +ingenuamente su propia historia y la de su primer marido, sus luchas +para la transformación de Rosalinda y sus proyectos de futuros +embellecimientos. Halagado Delaberge por la confianza que le mostraba, +la encontraba cada vez más encantadora. De pronto se paró ella +exclamando:</p> + +<p>—¡Estoy cierta, señor, de que mi charla le molesta un poco!</p> + +<p>—Se engaña usted, señora—repuso Delaberge con viva entonación.—Todo +lo que me cuenta me interesa muchísimo... Hablándome de usted y de sus +ocupaciones, iniciándome en su retirada existencia, me da usted una +prueba de confianza de que estoy encantado...</p> + +<p>Y en efecto, estaba el inspector general bastante más encantado de lo +que él mismo creía.</p> + +<p>Ese carácter tan lleno de alegría y de franqueza, ese corazón de mujer +joven que se abría con tan buena fe, esos límpidos ojos que sonreían tan +confiados, esa íntima conversación en medio de unos jardines llenos de +flores, con el acompañamiento del cantar de los pájaros y el arrullo de +las palomas, todo junto iba desvaneciendo los sentidos del inspector +general como podía haber hecho un vino dulce y generoso, vino que, +cuando se ha llegado a los cincuenta, se sube con tanta mayor facilidad +a la cabeza por cuanto no se está ya acostumbrado. Para ese funcionario +que tantísimo tiempo había vivido en medio de sus expedientes +administrativos, habían de ser mucho más peligrosas que para otro +cualquiera, esas confidencias femeninas murmuradas con voz clarísima e +iluminadas por la vivacidad de dos ojos llenos de alegría y de juventud.</p> + +<p>—Sí—prosiguió diciendo con tono de profunda gravedad.—Aunque nos +conocemos tan sólo desde hace pocos días, veo que me habla usted como a +un antiguo amigo y le estoy por ello profundamente agradecido.</p> + +<p>Una llamarada de rubor coloreó las mejillas de la señora Liénard.</p> + +<p>—¡Dios mío—dijo,—quizás soy demasiado expansiva!... Es mi defecto... +Pero desde que cambiamos las primeras palabras en casa de la señora +Voinchet, me sentí inclinada a una sincera confianza con usted. A ver si +me explica usted por qué motivo ciertas personas nos atraen y nos hacen +comunicativos... A primera vista, parece usted un hombre grave y +reservado, y sin embargo, yo que soy una verdadera salvaje, me sentí en +seguida bien a su lado. Había en sus ojos algo que me tranquilizaba y me +alentaba a hablar. Yo me dije: He aquí un hombre recto, leal, serio; +puedo, sin temor ninguno, confiarme a él...</p> + +<p>—Casi tanto como al señor Simón Princetot—interrumpió riendo +Delaberge.</p> + +<p>—¿Se ríe usted?... Pues bien, el señor Simón se le parece a usted en lo +moral, y también un poco en lo físico... ¿No lo ha reparado usted?</p> + +<p>—No le he visto bastante para poderlo observar...</p> + +<p>Recorrían entonces las grandes avenidas del parque y como el camino no +era ya tan llano como antes creyó deber suyo ofrecer cortésmente su +brazo a la señora Liénard; ésta lo aceptó sin cumplidos y así siguieron +paseando hasta que la campana les avisó la hora de la comida; volvieron +hacia la terraza y allí encontraron a Simón Princetot aguardándoles.</p> + +<p>Al ver a la joven, apoyada en el brazo de Delaberge que iba atento y +sonriente, Simón pareció sentir una impresión desagradable. Se oscureció +su rostro y con una gran frialdad saludó de nuevo al inspector general. +Pasaron todos al comedor y se sentaron a la mesa.</p> + +<p>Comenzó la comida en medio de un frío malestar. Los dos hombres se +observaban sin dirigirse la palabra y eran vanos los esfuerzos que hacía +la señora Liénard para animar la conversación, pues ella deseaba +sinceramente servir como de enlace entre sus dos invitados. Así, +procuraba llevar al joven Simón a terrenos que le eran familiares. Hizo +grandes elogios de su amor por las cosas del campo, le preguntó sobre +sus estudios de selvicultura, de sus proyectos para el porvenir... El +joven contestaba con sencillez y sobriamente. Cuando hablaba de economía +agraria o forestal, demostraba conocer muy a fondo el asunto. Alguna vez +en la conversación, le ocurrió tocar, aunque solamente de soslayo, +ciertas cuestiones científicas o sociales, y su manera de tratarlas +descubría en él una cultura muy extensa y sólida. Aun contradiciéndole y +presentándole objeciones embarazosas, quedaba Delaberge sorprendido por +la claridad y la precisión de todas sus réplicas: la señora Liénard no +había exagerado. Corazón lleno de caluroso entusiasmo, firmeza de +juicio, noble generosidad, todo eso se adivinaba oyéndole hablar. Y era +realmente extraordinario en un joven que había nacido y se había educado +en una hospedería de pueblo.</p> + +<p>Mientras hablaba y desarrollaba sus ideas, con frecuencia opuestas a las +del inspector general, éste estudiaba la fisonomía de su adversario y en +vano buscaba en ella semejanzas con el matrimonio Princetot. En +realidad, el joven no había salido a su padre ni aun a su madre. No +tenía en los ojos ni la somnolencia maliciosa del <i>Príncipe</i>, ni tampoco +la indolente languidez de su madre. Solamente sus cabellos castaños, +espesos y ligeramente rizados, recordaban un poco la opulenta cabellera +de la señora Miguelina. El tono de su voz era algo brusco y áspero, +aspereza de manzana silvestre que no se dulcificaba un poco sino cuando +contestaba a las preguntas de la señora Liénard. Con ella tomaba +súbitamente su voz entonaciones afables, casi tiernas.</p> + +<p>Con una mezcla de envidia y de inconsciente interés, contemplaba +Delaberge a ese joven robusto, bien tallado, de mirada profunda y +franca, de maneras simples y correctas, y pensaba aun sin quererlo: «He +aquí un muchacho del que me gustaría ser padre». Después, dejándose +llevar por la pendiente de sus ensueños matrimoniales, añadía para sí: +«Todavía puedo tener hijos, no he de perder la esperanza; no falta sino +la mujer, y yo sé de una, no lejos de aquí, con la que me casaría de +buena gana...»</p> + +<p>Y sus ojos se dirigían con mayor complacencia cada vez hacia la señora +Liénard. Decíase que la viuda tenía ya sus veintisiete años, que unía a +un espíritu encantador, un corazón honrado, rectitud de juicio y gran +sensibilidad; que sería a la vez una excelente ama de casa y una +compañera ciertamente deseable. Y como si continuase en voz alta esta +conversación interior, se inclinaba con ternura hacia su vecina, le +prodigaba toda clase de finas atenciones y la hacía objeto de sus más +exquisitas galanterías, cuya forma algo anticuada descubría que no +habían servido mucho desde los tiempos de su juventud.</p> + +<p>En su deseo de cumplimentar a la viuda, no veía que sus galantes +cumplimientos ponían luces de disgusto en los ojos de Simón y que +ensombrecían su buen humor.</p> + +<p>Levantáronse de la mesa y pasaron a la terraza, en el momento en que el +sol desaparecía tras los bosques de Montegrande. La señora Liénard se +hizo traer una cafetera rasa y preparó por si misma el café. Cuando +ofreció el azúcar al inspector general, éste le dio las gracias, +diciendo que tomaba el café sin azúcar.</p> + +<p>—¡Es raro!—exclamó aturdidamente la viuda.—Lo mismo que el señor +Simón...</p> + +<p>Esta semejanza de gustos con un joven que, durante toda la comida le +había demostrado más hostilidad que simpatía, dejó frío e indiferente a +Delaberge, que sentía contra Simón cierto rencor por su actitud llena de +desconfianzas. Hablaron todavía un buen rato en la terraza, donde, en +medio de un suave crepúsculo, esparcían las madreselvas su penetrante +perfume; después, ya casi completamente oscurecido y cuando comenzó a +mostrarse la luna por encima de los bosques, levantóse Delaberge para +despedirse y Simón Princetot hizo lo mismo.</p> + +<p>—¡Buenas noches, señores!—dijo la señora Liénard.—Juntos harán +ustedes el camino... Señor Delaberge, puesto que se queda todavía una +semana en Val-Clavin, espero que no olvidará usted el camino de +Rosalinda...</p> + +<p>Ya fuera de la verja, los dos caminaron un buen trecho bajo la bóveda de +los fresnos, sin dirigirse una palabra. El mismo malestar que había +helado los comienzos de la comida, parecía ponerles nuevamente +taciturnos. Siendo ambos por temperamento nada comunicativos, amenazaba +eternizarse esa frialdad, cuando Delaberge, molestado por su mismo +silencio, se decidió a romperlo, diciendo:</p> + +<p>—Señor Princetot, ya sé que es usted el adversario de la Administración +a la que yo represento; pero, pues me hospedo en casa de su padre y +acabamos de comer el pan sobre unos mismos manteles, no veo el motivo +para que nos tratemos personalmente como enemigos. Por mi parte, tenga +usted la seguridad de que yo llevaré al cumplimiento de mi misión el más +conciliador espíritu, y si me parecen bien fundadas sus reclamaciones...</p> + +<p>—Lo están, señor—interrumpió Simón, sin abandonar su +frialdad;—solamente las personas extrañas al país y a sus +necesidades...</p> + +<p>—He de advertirle que no soy tan extraño al país como usted parece +creer... He vivido aquí mucho antes de que viniese usted al mundo... +¿Qué edad tiene usted?</p> + +<p>—Voy a cumplir veinticinco años.</p> + +<p>—Pues yo tenía apenas veinticuatro cuando era guarda general en +Val-Clavin... No hay un rincón en todos estos bosques que yo no haya +visitado y cuya naturaleza desconozca.</p> + +<p>—En tal caso, señor, si es usted justo cambiará el proyecto de la +Administración... Lo que la Administración propone es inadmisible; +perjudica nuestros intereses y nos arruina.</p> + +<p>—Los intereses del pueblo son respetables, pero nuestros bosques tienen +también derecho a algún miramiento... Tenemos la misión de conservarlos +y si usted fuese como yo un viejo forestal...</p> + +<p>—¡Sin ser forestal de profesión—exclamó animándose el joven—se puede +tener amor a los bosques! Ustedes los aman por el dinero que dan al +Tesoro; nosotros los amamos por ellos mismos.</p> + +<p>—¿Ama usted los árboles?—preguntó Delaberge un poco más afable.</p> + +<p>—¡Sí, los amo!...—replicó el joven con viva entonación.—Los amo como +a buenos amigos con quienes ha crecido uno, como amo a mi país cuya +hermosura ellos son. Sepa usted que nací casi en los bosques y que desde +muy niño he vivido en medio de ellos... Un árbol hermoso, vea usted, +como éste...</p> + +<p>Y al decir esto corrió hacia una de las hayas que bordeaban el camino y +prosiguió, rodeando casi con uno de sus brazos el robusto y argentado +tronco:</p> + +<p>—Un árbol sano y hermoso es para mí como una persona, como un hermano y +hasta a veces me entran ganas de besarle...</p> + +<p>Encantado Delaberge por ese rapto de entusiasmo, que brotó de pronto +como una fuente de agua viva, contemplaba con emoción a ese esbelto +muchacho de veinticinco años, cuyos ojos brillaban a la luz de la luna. +La haya y él parecían, efectivamente, de una misma esencia. Uno y otro +descubrían una fuerza y una juventud iguales; uno y otro, robustos y +llenos de energía, se lanzaban con ímpetu a la vida.</p> + +<p>—Vaya—dijo sonriendo Delaberge,—he aquí al menos un punto acerca del +cual nos hemos de entender muy fácilmente... En el terreno jurídico +podremos combatirnos, siempre con armas corteses; pero hasta entonces +firmemos una tregua,... ¿Quiere usted?</p> + +<p>Tendió su mano al joven; éste tuvo un momento de sorpresa o de +vacilación; luego tendió la suya y Delaberge la estrechó con ademán +amistoso. Después continuaron su camino hablando tranquilamente de la +repoblación de los montes y no se separaron sino en la misma cocina del +<i>Sol de Oro</i>, donde una criada les estaba aguardando medio dormida.</p> + +<p class="dots">* *<br />*</p> + +<p>Subió Delaberge a su habitación, pero los incidentes de aquella tarde le +tenían un poco excitado y no se sentía con ganas de dormir. Abrió la +ventana que daba al jardín.</p> + +<p>Hacia el otro extremo de la fachada vio una luz en una ventana y +recordó que era aquélla su habitación, ahora ocupada por Simón +Princetot. Poco después vio al joven asomarse a la ventana y apoyado de +codos en ella, soñar tal vez, como él había hecho en días lejanos, +enfrente de los campos dormidos. Sin poder apartar sus ojos de esa vaga +silueta, el inspector general se dejó dulcemente deslizar hacia las +mayores profundidades del recuerdo, y escuchando los nocturnos rumores +de los campos y de los bosques fue perdiendo poco a poco la noción de +los días y de los años...</p> + +<p>El murmullo de las aguas ribereñas, el canto melancólico de las ranas, +el lejano rodar de un carruaje, todos esos rumores resonaban +misteriosamente en el espacio y le mecían con una música semejante a la +música de otros tiempos.</p> + +<p>Y lentamente alucinado, acabó por parecerle que se veía a sí mismo +cuando tenía veinticinco años, apoyados los codos en la misma ventana, +en pleno florecimiento de su robusta juventud.</p> + + + + +<h3><a name="IX" id="IX"></a>IX</h3> + + +<p>Pasó Delaberge la mañana siguiente redactando un informe en que exponía +a la Administración Central el resultado de su visita a los bosques de +Carboneras y después de hacer valer sus propias apreciaciones sobre el +cambio de terrenos propuesto por la Administración Provincial, +demostraba la necesidad de tener en cuenta las legítimas objeciones de +los usuarios, formulaba un contraproyecto con planos a la vista y +solicitaba una pronta resolución, a fin de que en la próxima reunión de +los representantes de la comarca pudiese ya indicar las bases de un +arreglo.</p> + +<p>Trabajaba con entusiasmo, bajo la fresca impresión de los incidentes de +la víspera. A pesar suyo, ejercían sobre sus determinaciones una +sutilísima influencia la sonriente imagen de la señora Liénard y la +simpática persona del joven Simón. Su razonamiento era firme y caluroso; +sus conclusiones tenían una elocuencia que no suele encontrarse en los +informes administrativos y que en Delaberge no era tampoco habitual.</p> + +<p>Por las abiertas ventanas penetraban en la habitación roja la clara +alegría de la mañana, la sonoridad despertadora de los mil rumores del +campo, y su vivacidad fue ganando poco a poco el corazón y el espíritu +de Francisco Delaberge. Cuando había llegado ya a las últimas líneas de +su informe, distrajeron su atención una serie de rumores y voces que oyó +junto a la misma entrada de la hospedería. Enfrente de la casa piafaba y +pateaba un caballo, mientras una voz robusta de hombre intentaba calmar +sus impaciencias con interjecciones acariciadoras: «¡So... So... Quieto, +<i>Brunete</i>!...». Luego esta misma voz exclamaba: «Vamos, papá, date +prisa, vamos a llegar tarde...»</p> + +<p>Delaberge se asomó a la ventana y vio ante el portal una <i>charrette</i> +inglesa tirada por un pequeño caballo bayo, de vivos movimientos, junto +al cual estaba el joven Simón. En aquel momento salió de la casa el +<i>Príncipe</i>, lenta y majestuosamente, acompañado de la señora Miguelina.</p> + +<p>El hospedero del <i>Sol de Oro</i>, recién afeitado, se había puesto una +ancha blusa encima del traje y cubría su cabeza con un sombrero de +anchas alas. Pesadamente subió en la <i>charrette</i> se le reunió en seguida +su hijo Simón con las riendas en la mano. Y entretanto que la señora +Princetot les hacía las más prolijas recomendaciones, sonreía el +<i>Príncipe</i>, guiñaba sus ojos llenos de malicia y con su gordinflona mano +acariciaba suavemente el hombro de Simón y le daba cariñosos golpecitos, +mientras le contemplaba lleno de una profunda beatitud.</p> + +<p>—Esté tranquila la madre, no le pasará nada a su hijito...—decía el +<i>Príncipe</i> a su mujer.—Y ya sabes, si no volvemos hasta la noche, no +por eso te preocupes nada.</p> + +<p>Al mismo tiempo el muchacho enviaba a la señora Miguelina un tierno beso +y le decía:</p> + +<p>—Hasta la noche, mamá, yo te respondo de papá.</p> + +<p>Con la punta del látigo acarició el cuello del caballo y el animal tomó +inmediatamente el trote en la dirección de Recey.</p> + +<p>La señora Miguelina, puesta una mano sobre los ojos les siguió con la +mirada hasta que hubieron vuelto la próxima esquina y luego entró sola +en la casa.</p> + +<p>«Esa gente es feliz y se aman unos a otros—pensaba Delaberge, que lo +había visto todo desde la ventana.—Ese Princetot, tan positivo, tan +metido en lo material, quiere tiernamente a ese único hijo de que está +tan orgulloso. Miguelina, a pesar de su aparente indiferencia de +mojigata, devora con los ojos a su hijo, y éste siente por uno y otra un +afecto que le encubre y disimula todos sus defectos. Con mirada de +profundo reconocimiento pagaba a su padre sus groseras caricias, y para +tranquilizar a su madre sabía poner en sus palabras y en su voz +inflexiones tiernamente acariciadoras... Decididamente, este Simón no es +sólo un muchacho de clara inteligencia, sino que tiene también el +corazón en su sitio...»</p> + +<p>El inspector general se maravillaba además de que ese muchacho, tan +superior en aspiraciones y en cultura a su propia familia, no +manifestaba ese estúpido respeto social que hace que ciertos hijos de +burgueses rápidamente enriquecidos se avergüencen de las ridiculeces de +sus padres. Por el contrario, con sus delicadas atenciones y con su +buen humor esforzábase en allanar el abismo que de ellos le separaba, y +así vivían los tres sin tropiezos y en la más completa armonía. +Necesario era que hubiese en la vida de familia virtudes y gracias +particulares para unir de tal manera seres tan desemejantes en educación +y en gustos. La Escritura había dicho con razón: <i>Vœ soli!</i> El célibe +ignora o comprende muy difícilmente esa fusión de las almas, esa +expansión de los corazones del padre hacia el hijo; esos sacrificios, +esas tiernas solicitudes, que dan precio y verdadero interés a la +existencia de los humanos...</p> + +<p>Meditando sobre todo eso, Delaberge volvió a su mesa de trabajo, releyó +su informe, examinó de nuevo las notas puestas en los planos y doblando +cuidadosamente todos esos papeles, los metió en un sobre.</p> + +<p>Quiso llevar él mismo el pliego a correos, y luego, cuando ya lo hubo +dejado en manos de la receptora, regresó despacio a la hospedería. Al +llegar al corredor del primer piso oyó ruido en su cuarto cuya puerta +había quedado sin cerrar. Intrigado por ello la empujó bruscamente y vio +a la señora Miguelina ocupada en arreglar los muebles de la habitación. +Había creído, sin duda, que tardaría en volver algunas horas y, +aprovechando la ocasión, había querido atender a la limpieza y arreglo +de aquella magnífica «sala roja». La súbita aparición de Delaberge le +causó tal sorpresa, que dejó caer el plumero que tenía en la mano y se +puso intensamente pálida.</p> + +<p>—No se moleste por mí, señora Princetot—dijo Delaberge mientras +cerraba tras de sí la puerta.</p> + +<p>Ese encuentro, que él no había buscado, le embarazaba un poco; pero +luego pensó que, después de todo, el encuentro habría de ser inevitable +y que si era entre ellos necesaria una explicación siempre había de ser +preferible aprovechar la ausencia del <i>Príncipe</i> y de su hijo.</p> + +<p>—Dispense, señor Delaberge—repuso la hostelera, con voz no muy +segura.—Creí que estaba usted en el bosque, de otro modo no me hubiera +atrevido...</p> + +<p>Delaberge vio su palidez, sus labios crispados, su espanto. Seguía +murmurando la pobre palabras ininteligibles y se apoyaba para no caer en +el repecho de la chimenea, sin atreverse a levantar los ojos. Sintió +Delaberge una profunda lástima...</p> + +<p>—No tiene usted necesidad de excusa alguna, señora—dijo entonces con +entonación más amable.—Por el contrario, grande ha sido mi +satisfacción al encontrarla aquí, pues, desde mi llegada, apenas si he +podido verla un momento... Precisamente tenía mucho interés en +felicitarla por su excelente hijo, con quien tuve el gusto de trabar +conocimiento ayer...</p> + +<p>—¡Ah!... ¿Le ha visto usted?—murmuró muy débilmente Miguelina.</p> + +<p>Y un temor ansioso alteró más todavía la expresión de su rostro, como si +el encuentro de aquellos dos hombres hubiese sido para ella una +desgracia, o como si viese en ello el presagio de una inminente +catástrofe. Separó sus manos, que tenía cruzadas sobre el pecho y con +gesto desmayado cayeron pesadamente sus brazos a lo largo del cuerpo...</p> + +<p>Su exclamación llena de un inexplicado temor y su desmayada actitud +extrañaron mucho al inspector general. Manifestábase en su rostro y en +toda su persona aquel desaliento, aquella profunda consternación que +experimenta aquel que ve de pronto, paralizados por la desgracia, sus +más nobles esfuerzos. Delaberge no podía comprender cómo y por qué el +solo anuncio de su entrevista con Simón había asustado de tal modo a +aquella mujer. Supuso que la señora Princetot se alarmaba sin duda a +causa de la enemiga que su hijo manifestaba a la Administración +forestal y temiendo que esto le había de causar algún disgusto. Para +tranquilizarla añadió:</p> + +<p>—Sí, pasé ayer con su hijo algunas agradables horas en Rosalinda...</p> + +<p>Un doloroso suspiro se escapó de los labios de Miguelina y esto aumentó +todavía la sorpresa de su interlocutor. Se detuvo un momento, y después +prosiguió:</p> + +<p>—Regresamos juntos a Val-Clavin y, durante el camino, pude convencerme +de que la señora Liénard no me había exagerado las brillantes cualidades +de Simón. Es un muchacho de espíritu recto y de corazón noble. Aunque +adversario de la Administración forestal, espero que seremos buenos +amigos... Estoy contentísimo de haberle conocido.</p> + +<p>Estas palabras, lejos de tranquilizar a la señora Princetot, parecieron +aumentar todavía su espanto; había de nuevo juntado sus manos y se las +retorcía nerviosamente. Al mismo tiempo, vio Delaberge que las lágrimas +humedecían los ojos de la hostelera.</p> + +<p>—¿Qué tiene usted?—continuó.—Diríase que mis palabras le causan +pena... Sentiría con toda el alma que involuntariamente...</p> + +<p>Se acercó un poco más a la hostelera y con su voz más afectuosa murmuró +dulcemente:</p> + +<p>—Vamos, Miguelina, ¿por qué no tiene usted confianza en mí?... Yo no +soy ciertamente un extraño... Recuerde que en otros tiempos...</p> + +<p>Quiso tomarle amistosamente las manos y ella le rechazó con el gesto +indignado de una mujer arrepentida a quien se tratase de inducir a nueva +tentación.</p> + +<p>—¡Calle usted!—murmuró suplicante.—Me da vergüenza oír hablar de +aquellos tiempos.</p> + +<p>—¿Por qué?—replicó Delaberge, extrañado de una tan extremosa +castidad.—En nuestra edad, señora, ya no hay peligro alguno... Y +además, si cometimos en otros tiempos el error de ser demasiado jóvenes, +fue aquello un pecado del que ya no queda hoy el menor rastro.</p> + +<p>Miguelina se cubría la cara con ambas manos y de buena gana se hubiera +tapado los oídos.</p> + +<p>—¡Calle usted!—repetía.—¿Por qué habrá vuelto, Dios mío?</p> + +<p>—Nunca imaginé—dijo Delaberge impaciente—que mi presencia le había de +causar tan gran disgusto... Supongo que no me habrá de creer usted capaz +de la menor indiscreción... Tranquilícese, pues, que todo se quedó y se +quedará entre nosotros.</p> + +<p>Miguelina se dejó caer en una silla, gimiendo con voz doliente:</p> + +<p>—Eso no impedirá a las malas gentes charlar de nuevo al verle en mi +casa.</p> + +<p>Y haciéndola el dolor más expansiva, comenzó toda una serie de hondas +lamentaciones: ciertamente, no había ella dudado ni un punto de la +honradez del señor Delaberge; pero eso no había de impedir que su +llegada al <i>Sol de Oro</i> despertase la malignidad de los envidiosos que +hablaban mal del <i>Príncipe</i> sólo porque había hecho fortuna. Iban a +remover y a remozar antiguas historias. Y ella, sin embargo, había ya +llorado mucho para lavar con sus lágrimas sus pecados... Había ido +muchísimo a la iglesia y quemado innúmeros cirios y cumplido las más +duras penitencias... Creía que el secreto de sus faltas quedaba +enterrado en el confesionario del cura párroco... Poco a poco las malas +lenguas se habían cansado y acabado por dejarla tranquila... Comenzaba +ya a respirar, vivía feliz entre el <i>Príncipe</i> y su hijo, creyendo que +todo había acabado, cuando vuelve Delaberge y cae en su casa como un +rayo... ¡Oh, sí, un rayo verdadero!... Cuando le vio entrar en la +cocina se le agolpó toda la sangre en el corazón y estuvo a punto de +caer redonda en tierra... Después ya no había podido conciliar el sueño, +viviendo en una continua angustia y pareciéndole que estaba suspendida +sobre su casa la amenaza de una gran desdicha.</p> + + + + +<h3><a name="X" id="X"></a>X</h3> + + +<p>Delaberge escuchaba con disgusto toda esa letanía de lamentaciones. +Compartía muy medianamente el dolor de esa mujer a quien, más que el +remordimiento, atormentaba el decir de las gentes. Creía además +desproporcionados sus terrores por la falta cometida. Veintiséis años +habían pasado por encima de sus pecadillos de la juventud. La señora +Princetot, que se había refugiado en las sombras del templo, había de +creerse por completo absuelta... La falta pasada había ya prescrito. El +señor Princetot, que no había sospechado nada cuando la infidelidad era +patente, sería menos accesible aún a las sospechas hoy, en que la +hostelera del <i>Sol de Oro</i> edificaba con su religiosidad a los fieles +todos. Por eso parecieron al inspector general verdaderamente pueriles +las lamentaciones de la señora Princetot.</p> + +<p>De todas maneras esta escena de lágrimas se iba haciendo penosa. El +continuado sollozo movía con violencia el desbordante pecho de la +hostelera y sus carnosos labios agitábanse convulsivamente.</p> + +<p>Como había sido la causa de esa tempestad, se creyó Delaberge en el +deber de calmarla.</p> + +<p>—Señora—dijo,—se da usted una pena inmensa por simples quimeras... +Cálmese... Fíe en mi buena amistad y en mi delicadeza. Me portaré de +manera que no haya de verse turbada su tranquilidad... Le prometo +abreviar todo lo posible mi estancia en Val-Clavin.</p> + +<p>Miguelina por la primera vez levantó hasta él sus ojos humedecidos, a +los que habían las lágrimas devuelto algo de su antigua luminosidad y de +su sensual languidez.</p> + +<p>—¡Sí!—exclamó juntando las manos.—¡Márchese... márchese lo antes que +pueda, yo se lo ruego!...</p> + +<p>Admiróse Delaberge al ver con qué egoísta ingenuidad, aquella mujer, que +en otros días estuvo tiernamente desfallecida en sus brazos, le +despedía ahora para siempre, como tardándole el momento de verse +desembarazada de la presencia de su antiguo amante.</p> + +<p>—Mi marcha—replicó Delaberge con cierta ironía—dependerá en mucho de +las disposiciones que tome su hijo de usted en ese asunto de los +deslindes.</p> + +<p>—¡Ah!—gimió la hostelera, frunciendo las cejas y moviendo la +cabeza.—¿Por qué se habrá metido en ese malhadado asunto? De él nos +viene todo el mal, y seguramente no hemos llegado al fin todavía.</p> + +<p>—Tenga paciencia. Todo se arreglará. Veré al señor Simón, y si es +razonable...</p> + +<p>La señora Miguelina le interrumpió precipitadamente:</p> + +<p>—No, no le vea usted otra vez. ¡Ya es demasiado que se encontraran +ayer!...</p> + +<p>Delaberge se le quedó mirando lleno de sorpresa, preguntándose si no +estaría loca aquella mujer.</p> + +<p>—No la entiendo... ¿Qué quiere usted decir?</p> + +<p>—Nada, nada...</p> + +<p>Se vio entonces que hacía grandes esfuerzos para recobrar su +impasibilidad de figura de cera y prosiguió:</p> + +<p>—Deje usted que hable con Simón; será mejor para mí y para usted... +Prométame que se marchará usted apenas quede arreglado este asunto.</p> + +<p>—Se lo prometo.</p> + +<p>—Gracias, señor Delaberge.</p> + +<p>Y se levantó con el aire contrito de una mujer que sale del +confesionario. Pero, como antes de salir lanzó una furtiva mirada al +espejo, vio que tenía enrojecidos los ojos y que desarregladas sus tocas +dejaban al descubierto sus cabellos grises. Y reflexionando +prudentemente entonces que era peligroso dejar que notasen los demás las +huellas de su emoción, dirigióse hacia el lavabo y con una toalla +humedecida se lavó los ojos, se arregló los vestidos y rehizo toda su +figura de antes.</p> + +<p>La manera de poner otra vez en orden sus cabellos, de lavarse los ojos y +de arreglarse las ropas, recordó de pronto a Delaberge los tiempos +lejanos de sus citas amorosas en que usaba de las mismas minuciosas +precauciones al abandonar sus brazos. Esta súbita resurrección del +pasado, evocada por la repetición de gestos familiares, conmovió más +hondamente al inspector general que todas las lamentaciones de su +hostelera. Olvidó a la cincuentona con tocas de beata y creyó que tenía +ante sí a aquella dulce y cariñosa Miguelina que por la noche se +deslizaba en su cuarto como una gatita, llena de voluptuosidades... Al +fin y al cabo, en toda su laboriosa carrera de funcionario, el amor de +esa mujer había sido el único rayo de sol de su juventud, la única copa +de placer que habían gustado sus labios.</p> + +<p>Se enterneció su corazón, y, obedeciendo a un inconsciente impulso de su +sensibilidad, atrajo hacia sí a Miguelina y quiso besarla como para +darle un testimonio de su agradecida ternura. Mas ella se resistió, le +rechazó casi con ira y salió de la habitación precipitadamente.</p> + +<p>Mortificado, inquieto, disgustado, resolvió Delaberge salir a tomar un +poco el aire a fin de sacudir tan penosa impresión. Abandonó a su vez el +cuarto y la hospedería y comenzó a remontar el curso del Aubette, +siguiendo una estrecha garganta por donde corre el riachuelo bajo una +bóveda de verde follaje, antes de arrojar sus aguas en el estanque de +Val-Clavin.</p> + +<p>El lugar era solitario, cubierto de sauces, de abedules y de alisos, que +habían crecido rápidamente en aquéllas tierras de aluvión. Por encima de +las aguas casi invisibles del riachuelo, entrelazaban su tupido ramaje +las clemátides y madreselvas silvestres y se hacía tan espeso en aquel +sitio el bosque de hayas y otros árboles, que reinaba allí una oscuridad +verdaderamente crepuscular.</p> + +<p>También en aquel paraje, por donde había paseado Delaberge tanto en sus +años juveniles, dejó el tiempo con evidencia impresas las huellas de su +paso. Lo que eran tiernos retoños entonces se habían hecho árboles +altísimos. Ramas muertas que la borrasca había roto, grandes piedras que +las heladas habían hecho desprenderse de las montañas, todo ello +obstruía el sendero y parecía imagen de la escasa duración que tienen +las cosas de este mundo... En esa garganta tenebrosa, llena de sordos +rumores, sintió de nuevo el inspector general aquella misma sensación de +malestar, aquella inquietud, que le habían apretado el corazón al +rechazarle la señora Miguelina.</p> + +<p>A medida que iba recordando los detalles de su entrevista, le parecían +más extrañas aún las palabras y la actitud de la hostelera.</p> + +<p>¿Por qué tanta prisa en verle marchar? Admitiendo que su presencia +pudiese despertar en algunos espíritus malévolos las malicias de otros +tiempos, la señora Princetot era mujer bastante experimentada para no +haber tomado sus precauciones y preparado sus medios de defensa. Por +otra parte, el bueno de Princetot, que por tanto tiempo había estado +sordo, no lo iba a estar ahora menos...</p> + +<p>De pronto un rayo de luz atravesó el cerebro de Francisco. Seguramente +no al <i>Príncipe</i> tan sólo deseaba Miguelina hacer ignorar sus faltas de +la juventud... Súbitamente surgió la simpática figura de Simón ante los +ojos del inspector general. Sin duda, la señora Princetot deseaba que su +hijo ignorase su culpable conducta de otros tiempos, y por él se +alarmaba principalmente.</p> + +<p>¿Cómo Delaberge no había pensado antes en esto? Y se sintió invadido por +una tierna lástima al pensar en que semejante revelación sería sin duda +una terrible puñalada para aquel joven de corazón tan noble y tan lleno +de filial amor... Por la primera vez comprendió cómo pesan más tarde +sobre nuestros destinos aquellas antiguas faltas que creíamos leves y +sin ninguna trascendencia. Esos amoríos que tan ligeramente tratamos en +los tiempos de nuestra juventud, dejan esparcidas simientes que, una vez +llegada la edad madura, pueden dar nacimiento a plantas atormentadoras y +mortíferas.</p> + +<p>Tembló Delaberge al presentir en la sombra el vuelo de esa misteriosa +Némesis que acerca a nuestros labios la copa que nosotros mismos, con +nuestras acciones, envenenamos.</p> + +<p>Tuvo entonces conciencia de que esa ley fatal del Talión iba también a +cumplirse para él. El asunto de los deslindes llevándole de nuevo a +Val-Clavin, que él creía no ver jamás; la hospedería del <i>Sol de Oro</i>, +en que se encontraba de nuevo frente a frente con sus antiguos huéspedes +y en donde su llegada despertaba las adormecidas maledicencias de otros +días; su encuentro con el hijo de su antigua amante, con ese Simón cuya +tranquilidad de espíritu se exponía a turbar para siempre, ¿no eran +otros tantos signos precursores de alguna terrible desgracia?</p> + +<p>Sintió Delaberge rebelarse contra todo ello su lealtad generosa. Era +necesario a toda costa impedir que el castigo, si castigo había, pudiese +caer también sobre una cabeza inocente. No era justo que Simón pagase +las faltas cometidas por su madre y por un extraño, en momentos de +debilidad que no habían dejado huella ninguna... No era Delaberge un +gran filósofo. Durante toda su carrera administrativa, la naturaleza de +sus ocupaciones le habían inclinado a interesarse por los fenómenos +exteriores y se había estudiado muy poco a sí mismo. Nunca fue muy +aficionado a escrutar a fondo su conciencia y a pesar y sopesar con +rigor sus escrúpulos. Sin embargo, el estado de ansiosa angustia en que +se sentía después de su entrevista con la señora Princetot le +predisponía a penetrar algo más en esa oscura región del alma en que se +esconden y permanecen en profunda quietud nuestros más secretos +pensamientos.</p> + +<p>Mas, apenas agitamos un poco tan misteriosas profundidades, nos extraña +ver cómo surge de ellas todo un extraño mundo de insospechadas +aprensiones, de confusos remordimientos y de dudas jamás presentidas. A +medida que el inspector general iba descendiendo en sí mismo, una súbita +luz iluminaba los más tenebrosos repliegues de su alma y entreveía la +posibilidad de ciertas hipótesis, a las cuales nunca hasta entonces +había concedido la menor atención.</p> + +<p>Había comenzado por parecerle inicuo que Simón hubiese de sufrir las +consecuencias de una falta cometida por un extraño, de un pecado que no +había dejado huella ninguna; y ahora su conciencia, haciéndose más +timorata y más escrupulosa, formulaba nuevas y cada vez más turbadoras +preguntas:—¿Un extraño?... ¿Huella ninguna?... ¿Estaba bien seguro?...</p> + +<p>Tembló de pies a cabeza y le faltó la respiración como si hubiese +recibido un golpe formidable. Después, sacudiendo con fuerza la cabeza +para arrojar la idea que acababa de producirle tan violenta emoción, +prosiguió, vacilante, su marcha. «No, ello no era posible... Lo hubiera +sabido... Miguelina, después de su separación, no le hubiera dejado +ignorar una cosa semejante...»</p> + +<p>Por un momento, pareció que estas reflexiones le tranquilizaban, pero en +seguida volvió su corazón a latir con fuerza y su mente a +trabajar.—«¿Cómo explicar la extraña actitud de la señora Princetot?... +Sus frases llenas de ambigüedad y sus terrores... ¿Por qué le había +prohibido que viese de nuevo a Simón? ¿Por qué había exclamado con el +espanto reflejado en sus ojos: ¡Ya es demasiado que se encontraran +ayer!...»</p> + +<p>A medida que avanzaba Delaberge en su camino, el bosque hacíase más +espeso, el barranco se estrechaba, interceptaban cada vez más la senda +toda clase de plantas trepadoras y tupidos herbajes... Y en la apagada +luz de ese desfiladero le parecía al inspector general que, como un +nuevo Edipo, caminaba fatalmente hacia alguna esfinge, llenos los labios +de amenazadores enigmas...</p> + + + + + +<h3><a name="SEGUNDA_PARTE" id="SEGUNDA_PARTE"></a>SEGUNDA PARTE</h3> + + + + +<h3><a name="Ia" id="Ia"></a>I</h3> + + +<p>Al poner Francisco Delaberge la palabra «urgente» en su informe dirigido +a la Administración esperaba recibir una pronta respuesta. Los días que +se pasaron aguardando la decisión ministerial pareciéronle tanto más +largos por cuanto vivía muy solitario en la hospedería del <i>Sol de Oro</i>. +La señora Miguelina se había hecho invisible de nuevo y parecía poner +cada vez más empeño en esconderse. El mismo Simón Princetot, hacia el +cual sentíase atraído y con quien le hubiera gustado conversar, no +manifestaba grandes deseos de continuar las relaciones empezadas en +Rosalinda. También se escondía. El inspector general no quería acusarle +a él de reserva tan extremada; sospechaba más bien que la señora +Princetot había procurado alejar de él a su hijo y quitarle así todo +pretexto de nuevas entrevistas. Estas ofensivas y misteriosas +precauciones mantenían en el espíritu de Delaberge la enervante +inquietud que tanto le hacía sufrir desde su conversación con Miguelina.</p> + +<p>Para distraerse de tan hondas preocupaciones y quizás también con la +esperanza de encontrar a Simón Princetot en Rosalinda, resolvió +Francisco hacer una nueva visita a la señora Liénard.</p> + +<p>La perspectiva de pasar una hora o dos en compañía de la encantadora +viuda le alegraba suavemente el corazón. Cierto que se hubiera mentido a +sí mismo si se hubiese querido convencer de que sentía hacia Camila una +de esas tardías pasiones que atormentan a veces con tan dura crueldad a +los hombres que han doblado el cabo de la cincuentena. No, no era eso; +pero, cuando volvía a sus pensamientos matrimoniales, cuando se forjaba +en su imaginación una vida nueva en que había de verse convertido en +padre de familia, veía siempre el franco y amable rostro de la señora +Liénard asomarse en alguna de las ventanas de sus castillos en el aire. +Mientras caminaba hacia Rosalinda, se entretuvo en edificar una vez más +ese quimérico refugio en que soñaba abrigar su edad madura.</p> + +<p>«Seguramente—pensaba,—enamorarse a mi edad se presta un poco al +ridículo, pero no hay duda que la señora Liénard realizaría +cumplidamente mis ideales. Con su gracia, con su natural +encantadoramente expansivo, alegraría los años que me falta vivir; no +tiene ni la frivolidad, ni la empalagosa coquetería de las señoras que +trato en París; sería una mujer de su casa, activa y alegre, una esposa +que me haría honor y que, no habiendo tenido antes hijos, amaría a los +que pudiesen nacer de nuestro matrimonio... Sí, pero, suponiendo que +aceptase unir su existencia a la mía, ¿no sería demasiado joven para mis +cincuenta años?...»</p> + +<p>Ocupado el pensamiento en tales cavilaciones, un poquitín egoístas, +atravesó Delaberge la avenida de los fresnos y llegó a la misma terraza, +donde encontró a la señora Liénard formando un magnífico ramo con las +flores de su jardín.</p> + +<p>—Ya lo ve usted, señora—dijo saludándola,—cómo abuso de la libertad +que me dio y vengo a pasar unos momentos en su compañía a título +únicamente de vecino.</p> + +<p>Camila Liénard le recibió con amable sonrisa y le tendió su morena +manecita, cuya fina epidermis habían ligeramente rasgado las espinas de +los rosales; y dijo la viuda:</p> + +<p>—Estoy encantada de su visita y le pido solamente permiso para acabar +este ramo... No tardaré mucho, pero es faena que no puedo aplazar... He +visto que necesitaban ser cambiadas las flores que tengo en los jarrones +del salón... Hay dos cosas que no puedo sufrir: las cintas descoloridas +y las flores mustias.</p> + +<p>—¿Puedo ayudarle?</p> + +<p>—Ciertamente. Tome esas tijeras y tenga la bondad de cortar las flores +que yo vaya designando.</p> + +<p>Delaberge se puso alegremente al trabajo. A medida que ella le iba +nombrando las flores las cortaba él dócilmente, alguna vez se equivocaba +y la viuda le reñía... De pie en medio de los caminillos del jardín, al +viento los cabellos, relucientes los ojos en la sombra de su sombrero de +paja, la señora Liénard, apretando contra el pecho el ramo ya voluminoso +de sus flores, le iba dando sus indicaciones con voz límpida y musical.</p> + +<p>—Sobre todo, córteme largos los tallos... Deme esos narcisos... No, no, +esas flores, ésas no lo son... Aquellas otras, blancas con el corazón +anaranjado... ¿Cómo no conoce usted el narciso de los poetas?... No +parece usted muy fuerte en la botánica de jardín, señor forestal.</p> + +<p>Y ambos se reían. Delaberge se complacía en esa labor florida que +compartía con la amable mujer. Sentíase rejuvenecido por el contacto de +los fresquísimos pétalos de tantas y tantas flores, de todos colores y +formas, subiéndosele a la cabeza los primaverales perfumes de las rosas, +de los junquillos y de los iris... Cada vez que añadía una flor al +brazado de la viuda, era para él una delicia rozar apenas los dedos de +Camila por entre las hojas llenas de humedad.</p> + +<p>—Basta—dijo ella al cabo de algunos minutos.—Ya tenemos bastantes +flores. Ahora sólo falta ponerlas en los jarrones.</p> + +<p>Y con Delaberge se encaminó hacia un emparrado, bajo el cual había +algunas sillas de junco y una mesa; encima de ésta lucían sus brillantes +colores dos pequeños jarrones llenos de agua.</p> + +<p>Entonces comenzó el delicadísimo trabajo de arreglar los ramos. +Francisco presentaba una a una las flores a la señora Liénard, quien las +iba disponiendo artísticamente en los jarrones, combinando los matices y +variando de sitio las flores según su forma y su tamaño. Poco a poco +los iris violados, las blancas madreselvas y los miosotis iban surgiendo +gentilmente de entre una corona formada de rosas y de narcisos.</p> + +<p>Por debajo del emparrado se veía una parte de la terraza, bordeada de +naranjos y un trozo de la fachada con sus ventanas abiertas, animado +todo por el susurro de innumerables insectos, borrachos de sol.</p> + +<p>Delaberge, muellemente enternecido, y sintiéndose expansivo, aun a pesar +suyo, se atrevió a hacer una tímida insinuación:</p> + +<p>—¡Esta Rosalinda es un paraíso!... Pero un paraíso en que se viva +constantemente en compañía de sí mismo, puede a la larga hacerse +monótono... ¿No ha pensado usted nunca en animar un poco esta soledad?</p> + +<p>La señora Liénard fijó sus límpidos ojos en su interlocutor. Dejó caer +de sus manos la rosa cuyas espinas iba quitando y, apoyándose de codos +en la mesa, se quedó pensativa un momento. Se entreabrieron sus labios, +como a punto de hacer una confidencia, mas en seguida cerráronse otra +vez.</p> + +<p>Hubo un corto silencio y volviendo a su labor de ir colocando con arte +las flores en los jarrones, habló Camila de este modo:</p> + +<p>—Sin duda cree usted, señor Delaberge, que es demasiado absoluto mi +aislamiento... ¡Dios mío, también yo, algunas veces, lo creo así!... Y +me pregunto si no haría mucho mejor modificando un poco mi existencia, +aunque es ésta una pendiente hacia la cual no me agrada guiar mis +ensueños... Y no obstante...</p> + +<p>Hizo la señora Liénard un gracioso mohín y se calló.</p> + +<p>Los dos jarrones estaban ya listos. La viuda se levantó, sacudióse las +verdes hojitas que se le habían quedado adheridas en la falda y tomando +uno de los jarros suplicó a Delaberge que tomase el otro, diciéndolo +sonriente:</p> + +<p>—Continúo abusando... Pero es usted tan amable que no temo ser +indiscreta.</p> + +<p>—Tiene usted razón, señora—replicó galantemente Delaberge;—tráteme +como un amigo... Siento únicamente que se limiten mis servicios a tan +poca cosa... Quisiera poder pagar mucho mejor mi deuda de reconocimiento +hacia usted, tan hospitalaria, tan benévolamente amable con un pobre +desterrado como yo. Si alguna vez le parece su casa un poco solitaria, +es ésta al menos una soledad deliciosa, mientras que la hospedería del +<i>Sol de Oro</i> no es más que un fastidioso desierto.</p> + +<p>Habían entrado ya en el salón.</p> + +<p>—Entonces—repuso la señora Liénard, tomando de sus manos el +jarrón—cuando se sienta demasiado triste allá abajo, véngase aquí unos +momentos.</p> + +<p>—¿Me permite usted que vuelva?... Entonces, márchome enteramente feliz.</p> + +<p>Creyó conveniente no prolongar más su visita y se dispuso a despedirse.</p> + +<p>—¡Hasta bien pronto!—le dijo ella tendiéndole con amable vivacidad su +mano.—Hasta mañana, si quiere usted. Sí, venga usted mañana: tal vez... +tal vez tenga un consejo que pedirle.</p> + +<p>Y salió Delaberge de la casa, animado por la esperanza de una tan +próxima visita y también por la perspectiva de esa misteriosa +confidencia que la viuda quería hacerle.</p> + + + + +<h3><a name="IIa" id="IIa"></a>II</h3> + + +<p>Al día siguiente de aquel en que Delaberge había ayudado a la señora +Liénard al arreglo de sus jarrones, Simón Princetot, terminado el +almuerzo, atravesó la cocina del <i>Sol de Oro</i> y se dirigió hacia la +escalera que conducía a la habitación roja. Había ya puesto el pie sobre +el primer escalón cuando la señora Miguelina que le seguía con mirada +ansiosa, le preguntó:</p> + +<p>—¿Dónde vas?</p> + +<p>—Al cuarto del señor Delaberge. Mañana se reúne en la alcaldía el +sindicato formado por los usuarios y antes de convenir con ellos la +forma en que habremos de proceder, desearía ver al inspector general... +Ya comprendes... No estaría de más hacerle hablar y saber cuáles son +sus intenciones...</p> + +<p>Miguelina sacudió de un lado a otro la cabeza y levantó los hombros +diciendo:</p> + +<p>—Trabajo inútil, el inspector ha salido apenas ha acabado el +almuerzo... ¡Ah! ¡no para un momento en su cuarto! Ayer se pasó la tarde +en casa de la señora Liénard y pienso que hoy ha vuelto allá, pues le he +visto que tomaba el camino de Rosalinda...</p> + +<p>Mientras ella hablaba íbase oscureciendo la fisonomía de Simón, lo que +no se escapó a las miradas de la señora Miguelina. Hacía tiempo que +había leído ya en el fondo del corazón de su hijo y adivinó fácilmente +que lo que a éste le disgustaba no era la ausencia del inspector +general, sino la noticia de sus reiteradas visitas a Rosalinda.</p> + +<p>Entonces se le ocurrió que el medio mejor para impedir que Francisco y +Simón llegasen a más íntimas amistades era separar a aquellos dos +hombres por medio de los celos, sirviéndose de la señora Liénard como de +un seguro elemento de discordia. En el fondo temía la influencia que +pudiera ejercer en su hijo la propietaria de Rosalinda. Sabía que Simón +habíase encargado del asunto de los deslindes sólo para complacer a la +señora Liénard y veía con terror el desarrollo de una pasión, que, según +ella, no podía tener para su hijo sino crueles desengaños. Díjose que +excitando los celos de Simón podía lograr dos cosas de una vez: hacerle +olvidar su engañoso amor y alejarlo para siempre de Delaberge.</p> + +<p>Se aproximó al joven, le puso una mano en el hombro y murmuró con acento +de maternal compasión:</p> + +<p>—¡Pobre hijo mío, te das mucho trabajo por nada y aun creo que te has +metido en un mal negocio!...</p> + +<p>—No soy de tu parecer, mamá; la causa que defiendo es justa y además no +puedo abandonar ahora a las honradas gentes que me han confiado sus +intereses.</p> + +<p>—No quieras engañarme ni engañarte a ti mismo... Tengo fina la mirada y +veo claras las cosas... Si has tomado con tanto empeño este asunto, no +ha sido por los hermosos ojos de los usuarios de Val-Clavin, sino por +los de la señora Liénard.</p> + +<p>—Mamá—interrumpió Simón ruborizándose un poco,—calla, te lo ruego... +¿Por qué dices eso?...</p> + +<p>—Digo lo que pienso, lo que es verdad... Estás enamorado de la señora +Liénard y te imaginas que va a recompensar tu trabajo consintiendo en +llamarse la señora Princetot...</p> + +<p>—¡No!—exclamó el joven.—¡Nunca he pensado cosa tan absurda!</p> + +<p>—Tanto mejor si me engaño, hijo mío, pues yo te aseguro que, de haberlo +esperado, tú te habrías de arrepentir temprano o tarde... Más que ella +vales, no hay que dudarlo; pero esas señoras se creen hechas de otra +pasta que nosotros. Quieren casarse con gentes de su mundo propio y +mientras te engaña con palabras dulces y alegres sonrisas, la señora +Liénard se deja hacer la corte por el inspector general.</p> + +<p>—¡Vaya, mamá!—dijo Simón.—¡Qué sabes tú de eso!</p> + +<p>—Lo sé muy bien—afirmó la señora Miguelina;—¡si salta a los ojos!... +Hace una semana que está aquí y le ha hecho ya tres visitas a la +propietaria de Rosalinda. Parece que se habían visto ya en Chaumont y el +asunto de estos deslindes no ha sido más que un pretexto para explicar +su estancia en Val-Clavin... Ese forestal entretiene a todos con +palabras y vagas promesas a fin de poder estar más tiempo cerca de la +viuda y acabar su conquista... En la reunión de mañana trata tú de +ponerle entre la espada y la pared pidiéndole una contestación +categórica y ya verás cómo yo tengo razón...</p> + +<p>Simón inclinó la cabeza, se mordió los labios y frunció duramente las +cejas. Miguelina comprendió que comenzaba a dudar y adivinó al mismo +tiempo, por la contracción dolorosa de su rostro, que sufría el muchacho +cruelmente. Entonces le atrajo hacia sí, le tomó la cabeza entre las +manos y le besó con profunda ternura en la frente...</p> + +<p>—¡Pobre hijo mío!—agregó.—Duéleme el mal que te hago, pero yo no +quiero que se burle nadie de ti... Reflexiona sobre todo esto y, créeme, +no te dejes engañar ni por las coqueterías de la señora Liénard, ni por +los halagos del señor Delaberge...</p> + +<p>Simón se desprendió de los brazos de su madre y se alejó rápidamente. +Tenía necesidad de encontrarse a solas y de pensar mucho en las celosas +aprensiones que las palabras de su madre habían despertado en su +espíritu.</p> + +<p>Al salir de su casa dirigióse hacia los bosques de Carboneras: +Ciertamente, con su intuición femenina, Miguelina Princetot había +adivinado lo que pasaba en el corazón de su hijo; pero le atribuía al +mismo tiempo miras ambiciosas que él no había tenido jamás. Amaba, en +realidad, a la señora Liénard, pero la amaba con amor cándido y +apasionado, aunque nunca se había hecho la ilusión de que su ternura se +pudiese ver correspondida. No ignoraba que una barrera casi +infranqueable le separaba de la viuda. Y aunque amaba sin esperanza y +sin la ilusión de verse a su vez amado, no por eso había de ser menos +accesible a los celos. Recordaba la impresión de hondo disgusto que +había dejado en su alma la primera visita que hizo Delaberge a +Rosalinda... Por encima de los árboles del bosque, distinguía entonces +las puntiagudas torrecillas de la casa de la señora Liénard y decíase +que, sin duda, en aquel mismo momento se encontraba el inspector general +conversando con la joven y aprovechando la ocasión para llevar a buen +término sus propósitos matrimoniales... A esta idea, un acceso de ira le +hizo subir la sangre a la cabeza mientras una angustia terrible le +oprimía el corazón. No pudo resistir más... Aunque hubiese de ser +horrendo el sufrir, quería de una vez acabar con sus mortales +inquietudes y conocer toda la realidad de sus angustiosas sospechas. +Abandonó las alturas del bosque y caminando por entre los herbajes se +dirigió hacia la cerca del parque.</p> + + + + +<h3><a name="IIIa" id="IIIa"></a>III</h3> + + +<p>Mientras la señora Princetot hablaba con su hijo y arrojaba en su pecho +la mala semilla de los celos, el inspector general, conmovido lo mismo +que un muchacho que acude a su cita primera, seguía a buen paso el +camino de Rosalinda.</p> + +<p>Se había vestido con más cuidado que de costumbre y su andar era más +firme que otras veces... Vivamos en plena lozanía juvenil o hayamos ya +madurado como una fruta de otoño, siempre que se trata del eterno +femenino nos sentimos prisioneros de las mismas ilusiones, nos +enloquecen las mismas dulces fantasías.</p> + +<p>Caminando aprisa, Delaberge encontraba mayor frescor en la verdura de +los prados, un sabor mucho más dulce en el aire que respiraba. Los +argentinos sones de las campanas del pueblo, volando por encima de los +bosques, le mecían alegremente, mientras iba saboreando con fruición +los recuerdos de su anterior visita.</p> + +<p>¡Oh, esas campanas de los pueblos, modestas como los viejos campanarios +que las sustentan, de sonido ligero y límpido como la atmósfera de los +bosques en que vibra, cristalino y cantante como los riachuelos encima +de los cuales se para un momento, inmenso es el encanto que desparraman +por los solitarios campos... meciendo con pacíficos ensueños el espíritu +de quienes lo escuchan!... Sea joven o viejo, esté triste o alegre, +aquel hasta cuyos oídos llega el dulcísimo son se siente conmovido en lo +más hondo y le parece elevarse por encima de las miserias terrenales... +Despiertan en el corazón no se sabe qué de un gran frescor matinal y +cándido: es el acompañamiento amistoso de nuestros ensueños, de nuestros +deseos, de nuestras añoranzas... intensificándolas todavía. El encanto +de su música despierta en nosotros, con sus colores de alba purísima, +los más caros recuerdos de nuestra juventud...</p> + +<p>Regocijado interiormente por el clarísimo son de las campanas, Francisco +se representaba con mayor fuerza en su imaginación a la señora Liénard +sentada bajo el emparrado, con su vivacidad de gestos y su prestancia, +con su amable sonrisa, con sus relucientes y oscuros ojos y con su +gracia un poco silvestre. Recordaba sus menores palabras y se las +repetía complacientemente, como nos gusta oler de vez en cuando la rosa +que hemos arrancado al paso.</p> + +<p>Cuando le vio aparecer en el encuadramiento de las cortinas del salón, +Camila Liénard dejó precipitadamente el bordado en que trabajaba; +brillaron sus ojos y una rápida oleada de rubor coloreó sus mejillas.</p> + +<p>—¡Bienvenido, señor Delaberge!—dijo.—Ha sido usted muy amable +cumpliendo tan puntualmente su promesa... Grande es mi contento...</p> + +<p>Y le tendió la mano, que el inspector general besó con caballeresca +galantería.</p> + +<p>—No había de olvidar lo prometido—repuso Delaberge reteniendo un +momento los dedos de la joven entre los suyos.—¿De qué se trata, señora +mía?</p> + +<p>Ruborizóse ella otro poco, retiró la mano y la puso suavemente sobre el +brazo del caballero al tiempo que murmuraba, mostrándole una de las +ventanas.</p> + +<p>—Venga usted, hablaremos con más libertad en el jardín...</p> + +<p>Y a través de las avenidas asoleadas le condujo hasta el centro del +parque. Había allí, en medio de una encrucijada en forma de estrella, un +pabellón rústico, adornado su exterior por multitud de plantas +trepadoras. El interior estaba decorado con sencillez y eran sus muebles +de una elegante rusticidad. Por los ventanales del pabellón cuya luz +tamizaban las plantas que a medias los cubrían, distinguíanse hasta +perderse de vista las verdeantes avenidas del parque. En el centro del +pabellón había una mesa y sobre la mesa estaban preparados algunos +refrescos.</p> + +<p>—Instalémonos aquí—dijo Camila acercándose a la mesa.—Aquí estaremos +bien y, como creo que ha de tener usted mucho calor, voy a prepararle un +jarabe de frambuesas.</p> + +<p>Aquella hospitalaria acogida, la discreta intimidad de aquel pabellón +que el ramaje caído de las hayas cubría de verdor, el rostro franco y +ligeramente encendido de la joven viuda sentada, enfrente de él, todo +eso llenaba a Delaberge de un sutil desvanecimiento y hacíale perder +poco a poco el sentido de la realidad.</p> + +<p>Con la ingenua presunción de un hombre que no tiene una experiencia +grande de las cosas de amor, interpretaba según su propio deseo el +comportamiento de la señora Liénard, y vagas reminiscencias de novelas +leídas en su juventud le hacían creer en una tierna y delicada +premeditación por parte de la joven viuda. El aislado pabellón y las +precauciones tomadas para sustraerse a toda clase de indiscretas +miradas, daban a aquella cita un aspecto galante que de una manera +deliciosa conturbaba su corazón de viejo soltero.</p> + +<p>Al dejar el vaso sobre la mesa, volvió Delaberge hacia la señora Liénard +su mirada tiernamente interrogativa.</p> + +<p>—Usted se preguntará, sin duda—comenzó ella,—qué es lo que yo puedo +tener que decirle a usted... Pues bien, vamos a ello... Es un poco +delicado y quizás se extrañe de la facilidad con que hago mis +confidencias a una persona a quien he visto por la primera vez hace +apenas diez días... En primer lugar, usted no es para mí un +desconocido... Su amigo el señor Voinchet me ha hablado con el más +caluroso elogio de su lealtad y de su claro juicio. Además, piense que +vivo sola aquí, sin parientes próximos, sin más relaciones que las que +puedo tener con honrados campesinos o con agentes de negocios. No es muy +frecuente encontrarme con un hombre como usted, de su carácter y de su +autoridad, por todo lo cual habrá de perdonarme la libertad que acabo de +tomarme para pedirle consejo... Finalmente—prosiguió con expresión +todavía más afectuosa,—creo ya haberle dicho que desde los primeros +momentos me inspiró usted una gran confianza. Cuando me son simpáticas +las personas, siento en mí un <i>algo</i> que no me engaña nunca y me impulsa +hacia ellas...</p> + +<p>Esta especie de confesión murmurada en la quietud de aquel sitio, donde +el roce de los movientes verdores contra los cristales de las ventanas +revelaban tan sólo la existencia del mundo exterior, aumentó todavía la +emoción y las esperanzas de Francisco. Estrechó la mano de la señora +Liénard y declaróse profundamente agradecido por la confianza que se +dignaba mostrarle.</p> + +<p>—Le agradezco—añadió Delaberge—que me trate como amigo; aunque es de +reciente fecha nuestro conocimiento, le puedo asegurar, señora, que +habré de serle enteramente leal. Siento por usted la más tierna +estimación y el ardiente deseo de serle útil.</p> + +<p>—En tal caso, voy a poner ahora mismo su indulgencia a prueba...</p> + +<p>Se detuvo un momento, bebió un poco de agua de frambuesas para darse +algún aplomo y después prosiguió:</p> + +<p>—He pensado muchísimo en una frase que se le escapó a usted ayer con +respecto a mi vida solitaria... Su observación vino precisamente en +apoyo de ciertas reflexiones que yo vengo haciéndome alguna que otra vez +desde hace lo menos un año... Sí, aunque pongo en mi vida alguna +actividad, me pesa mi aislamiento con frecuencia... Pienso que tengo +veintiséis años y que no es ciertamente una edad para entregarse por +completo al retiro. Tengo salud excelente, un humor más bien alegre que +melancólico, no me siento con vocación para una viudez perpetua y me +pregunto algunas veces si no obraría muy santamente casándome de +nuevo...</p> + +<p>—Tiene usted razón—afirmó Delaberge animándose;—la soledad no es +buena para nadie, pero es peor todavía para una mujer joven, para un +alma expansiva y encantadora como la suya... No aguarde para hacerlo la +edad de las vacilaciones y de las añoranzas...</p> + +<p>—Sin duda—replicó ella sonriendo;—pero, aunque estoy todavía lejos de +la treintena, pienso que la edad de las vacilaciones ha llegado ya... Un +primer matrimonio medianamente feliz despierta una precoz desconfianza; +es como un vuelco de carruaje, que nos hace cobardes para siempre. Mi +difunto marido, el señor Liénard, era un hombre honrado, pero un +compañero poco agradable; débil y a la vez duro de corazón, enfermizo y +prematuramente viejo, me tenía encerrada sin quererlo en una atmósfera +llena de melancolías y de fastidio. Necesité toda mi juventud, toda la +fuerza que había en mí para conservar, después de cinco años de +semejante régimen, mi buen humor y mi excelente salud. Me casé con él +casi sin conocerle, y no quisiera caer de nuevo en el propio error si +alguna vez me decido a casarme. Desearía que ahora guiasen mi elección +menos las puras conveniencias que una inclinación sinceramente +sentida... He aquí por qué, antes de dar a mis ensueños actuales una +forma de realidad, he querido oír el parecer de un hombre serio... Usted +vive en París, señor Delaberge, usted tiene experiencia del mundo y +podrá, por tanto, aconsejarme bien.</p> + +<p>—¡Ay, señora!—replicó suspirando—yo soy un célibe que ha hecho +siempre vida muy retirada, puedo decir que he pasado toda mi existencia +en las oficinas. Sin embargo, conozco algo a los hombres y puedo +ayudarle a ver con claridad a través de sus vacilaciones... Ante +todo—agregó sonriendo discretamente,—¿cuál sería su ideal? ¿Lo ha +entrevisto ya usted en sus ensueños?</p> + +<p>—Alguna vez—contestó ella bajando los ojos.—En primer lugar, detesto +a los caracteres ligeros, a las gentes frívolas y ociosas; me gustaría, +pues, si yo llegase a tomar un segundo marido, que fuese hombre de un +espíritu bien cultivado y que se ocupase útilmente en algo; me gustaría +que fuese a la vez tierno y fuerte, reservado y digno...</p> + +<p>Delaberge estaba encantado; sin adularse mucho, tenía plena conciencia +de poder cumplir el programa de la joven, y una alegre claridad +iluminaba su rostro.</p> + +<p>—¡Muy bien!—dijo.—Esto en cuanto a lo moral... Pasemos ahora a las +cualidades físicas... ¿Desearía usted que el marido ideal fuese muy +joven?</p> + +<p>—Sin creerlo en absoluto necesario—repuso ella,—paréceme, sin +embargo, que la juventud no estaría de más... La juventud es la que hace +resaltar las cualidades morales y las hace fecundas. Recuerdo dos versos +de Víctor Hugo que me impresionaron hondamente cuando los leí y que se +pueden aplicar muy bien al caso:</p> + +<p><i>Yo creo que la ancianidad penetra por los ojos y que envejecemos antes +si vivimos con gente vieja...</i></p> + +<p>Es mi parecer que solamente cuando no existe una gran diferencia de edad +entre la mujer y el marido es posible la mutua estimación y +benevolencia.</p> + +<p>—¿Cree usted?—murmuró Delaberge.</p> + +<p>Los rasgos de su rostro se alargaron y la luz que iluminaba sus azules +ojos desapareció de pronto, como apagada por un soplo trágico.</p> + +<p>—¿Le parece a usted que soy exigente?—preguntó ella al notar ese +cambio de fisonomía.</p> + +<p>—¡Tiene usted derecho a serlo!—repuso melancólicamente.</p> + +<p>—Entiéndame usted bien; no doy importancia ninguna a lo que llaman +figura brillante...</p> + +<p>Levantó sus hermosos ojos hacia los verdes ramajes que se movían más +allá de los ventanales, como si buscase en el ancho espacio la imagen +del marido soñado y continuó con la mirada fija en los lejanos +horizontes:</p> + +<p>—No deseo ni un buen mozo, ni un hombre de mundo... Yo desearía que +fuese joven mi marido, pero que su juventud estuviese hecha de +entusiasmo, de ardor, de ternura... Que no tuviese nada de frivolidad, +ni de las elegancias superficiales de los jóvenes de hoy. Me causan +horror los hombres desocupados... Yo desearía que el marido de mi +elección tuviese el espíritu lleno de nobles ambiciones, que tuviese +sencillo el corazón y amase como yo el campo y sus grandes +espectáculos... Que fuese orgulloso, que no debiese su posición ni a un +título de nobleza ni al dinero, que la hubiese conquistado por sus +propios méritos. Yo entonces le amaría por sí mismo, por su espíritu, +por su fuerza de carácter, por su alma entusiasta escondida bajo +apariencias de frialdad y aun de rudeza...</p> + +<p>Abría ella su corazón con ingenua espontaneidad, parecía que soñaba en +voz alta y, al escucharla visiblemente desencantado, adivinaba Delaberge +que ese marido descrito con tanta precisión era menos imaginario de lo +que la joven pretendía; en ciertos rasgos característicos, veíase +claramente que ese ideal se parecía muchísimo a un joven que uno y otro +conocían... a Simón Princetot.</p> + +<p>No cabía duda de que la viuda sentía una secreta inclinación por el hijo +de Miguelina... ¿Cómo no lo había él adivinado ya desde el primer día, +él que se preciaba de tan buen observador?... Cierto que su egoísta +vanidad y su estúpida preocupación de representar tan bien su papel de +enamorado le habían puesto una venda en los ojos. Se necesitaba ser +fatuo para imaginarse que a su edad había de producir la menor impresión +sobre la joven... La señora Liénard con su ingenua franqueza, acababa de +darle una durísima lección de modestia.</p> + +<p>Le vio ella hondamente preocupado y se atrevió a decir:</p> + +<p>—Estoy segura de que me juzga usted en extremo extravagante.</p> + +<p>—No, señora mía; cuanto acaba usted de decir es muy justo y muy sensato +y le aseguro que su manera de pensar lo hace todavía más simpática a mis +ojos.</p> + +<p>—Entonces, ¿es usted de parecer que, si encontrara un día el ideal que +acabo de esbozarle, podría tomarlo por marido sin hacer lo que se dice +una tontería?</p> + +<p>—Sin duda ninguna.</p> + +<p>Exhaló Delaberge en un suspiro su última ilusión y se levantó.</p> + +<p>—Es necesario que la deje; hablando, nos hemos olvidado de que se iba +haciendo tarde.</p> + +<p>—Es verdad—dijo ella;—el sol camina ya hacia el ocaso.</p> + +<p>—Adiós, señora.</p> + +<p>—¿Adiós?—exclamó ella.—¿Es que se marcha usted de veras?</p> + +<p>—No... No marcharé de Val-Clavin sino después de haber recibido la +respuesta del ministerio... Esperaba poderla comunicar mañana a los +usuarios, que han de reunirse en la alcaldía; sin embargo, esta reunión +en nada modificará mis proposiciones y pienso que de aquí a muy poco +podré comunicarlo a usted el satisfactorio arreglo del asunto.</p> + +<p>—Entonces no diga usted esa triste palabra «adiós», pues hemos de +vernos todavía.</p> + +<p>—Ciertamente, no marcharé sin despedirme de usted y sin estrechar su +mano.</p> + +<p>Hablaba Delaberge con voz contristada y se disponía a salir.</p> + +<p>Lo notó Camila Liénard y vio el aire de tristeza que oscurecía su +rostro. Temió haberle involuntariamente herido al hablar de la vejez con +excesivo desdén y, para destruir el efecto de su aturdimiento, redobló +todavía su natural amabilidad.</p> + +<p>—Si quiere—dijo Camila,—daremos un paseo por el parque y le +acompañaré hasta una puertecilla que da al campo y que no alargará mucho +su camino... Deme usted el brazo.</p> + +<p>Delaberge obedeció y suavemente apoyada en él, trató la señora Liénard, +a fuerza de amabilidades y de exquisitas atenciones, hacerle olvidar las +palabras poco meditadas que hubiesen podido molestarle. Caminaron un +buen trecho por una de las avenidas del parque, ya bañada por una media +oscuridad, mientras los rayos del sol poniente doraban las altas copas +de los árboles y moría la tarde en medio de los armoniosos cantos de los +pájaros.</p> + +<p>Ese acariciador contacto de un brazo femenino, esas delicadas atenciones +que tanto se asemejaban a la ternura y se parecían a la indulgencia con +que se trata de consolar a un niño, acrecieron todavía en Delaberge su +interno sufrir: «No soy para ella nada—pensaba;—me acaricia lo mismo +que se hace con un anciano...»</p> + +<p>Llegaron junto a una puertecilla, que la yedra medio obstruía y que la +señora Liénard pudo abrir apenas. Le acompañó todavía algunos pasos +fuera del parque y después tendió al inspector general la mano.</p> + +<p>—No tiene más que seguir este camino... Hasta muy pronto... Y +perdóneme que haya abusado de su paciencia.</p> + +<p>Por toda respuesta, se inclinó hacia la pequeña mano que le tendían y la +rozó suavemente con sus labios. La joven corrió hacia la puertecilla del +parque y antes de atravesar sus umbrales se volvió hacia Delaberge y le +sonrió gentilmente. En seguida desapareció.</p> + +<p>Profundamente conmovido, se disponía Francisco a seguir el camino que la +joven le había indicado, el cual en aquel sitio cruzaba un pequeño +bosque de sauces y de abedules, cuando despertó su atención un ligero +rumor de hojarasca y vio al mismo tiempo, confusamente, por entre los +árboles la figura de un hombre joven que huía del bosquecillo y se +alejaba a través de un campo de centeno. Hubiérase dicho que, +avergonzado de haber sido visto en aquel sitio, trataba de escapar y de +esconderse tras las altas espigas a fin de no ser reconocido.</p> + +<p>El inspector general se detuvo un momento contemplando la figura de +aquel hombre que cada vez se iba haciendo menos distinta.</p> + +<p>—¡Es singular!—dijo Delaberge casi en voz alta.—Tiene este fugitivo +una gran semejanza con Simón Princetot.</p> + + + + +<h3><a name="IVa" id="IVa"></a>IV</h3> + + +<p>Preocupado por este incidente, siguió Delaberge muy pensativo el sendero +indicado, separado del parque solamente por un seto vivo y un arroyuelo, +por el que discurrían las aguas derivadas del Aubette. Por el otro lado +subían hacia los bosques los anchurosos campos, plantados de centenos y +de alfalfas, que mostraban solamente aquí y allá algunos claros, tierras +pantanosas en que crecían tristísimas plantas acuáticas. Toda la extensa +llanura se iba adormeciendo, como mecida por el monótono canto de los +grillos. Solamente, en medio de ese rumoreo adormecedor, lanzaban de vez +en cuando al aire sus agudos chillidos algunos pequeños mochuelos que +volaban de rama en rama e iban a posarse finalmente en las medio +desnudas de un viejísimo roble. Los salvajes gritos de los mochuelos, el +murmullo intermitente de las aguas y el vespertino canto de los +insectos, añadían todavía mayor tristeza a la impresión de soledad que +oprimía el corazón de Francisco.</p> + +<p>Desde que las confidencias de la señora Liénard habían derribado sus +castillos en el aire sentíase dolorosamente desencantado. El hondo +malestar que le hacía sufrir antes de su visita a Rosalinda, y que sus +quiméricas esperanzas habían por un momento disipado, de nuevo +apoderábase de su espíritu, ahora que ya la señora Camila, sin saberlo +ella, había disipado sus caros ensueños. Esta mortificante decepción se +le aparecía como un anillo más de la cadena de hechos dolorosos que iban +sucediéndose desde su llegada a Val-Clavin.</p> + +<p>Una fresca brisa que bajaba de las alturas inclinaba muellemente los +sembrados y movía con levísimo rumor las copas de los árboles. Se +hubiera dicho que era el alma de los bosques exhalando en suspiros de +inquietud la melancolía que pone en ellos la caída de la tarde. La +infinita tristeza del crepúsculo en aquel sitio tan lleno de soledad, +penetraba hasta lo más íntimo en el espíritu del inspector general y una +honda amargura le subía a los labios: «¡Demasiado tarde!—pensaba.—¡Es +demasiado tarde!... ¡No se recomienza la vida cuando se quiere!...»</p> + +<p>Caminando lentamente llegó por fin a los límites del bosque y desde lo +alto del camino que seguía pudo ya distinguir las casas del pueblo como +veladas sus techumbres por una azulada humareda. Poco a poco iban +apagándose los rumores de los campos. De vez en cuando pasaban por su +lado rudos leñadores que regresaban a su casa y cuyo pesado caminar se +iba extinguiendo a lo lejos.</p> + +<p>Muy cerca del estanque, un lavadero mostraba a los cielos sus aguas de +un azul de turquesa, rodeadas por una valla hecha de juncos y de +herbajes. Arrodillada sobre una piedra ancha y lisa una campesina estaba +lavando, inclinada la cabeza y al parecer dándose gran prisa para acabar +cuanto antes su faena... Al rumor de los pasos de Delaberge, levantó +curiosamente la cabeza y suspendió el trabajo para mirar de hito en hito +al paseante. Este no se había fijado y continuaba su camino pensativo, +cuando la lavandera, con voz chillona le interpeló atrevidamente:</p> + +<p>—Buenas tardes, señor Delaberge, pasa usted muy distraído...</p> + +<p>Extrañado, se detuvo un punto y fijó sus ojos en aquella mujer que +sabía su nombre y cuyo rostro no despertaba en él ningún recuerdo.</p> + +<p>Delgada, más bien escuálida y mal vestida, parecía pasar bastante de los +cincuenta. Sus cabellos mal peinados caían en grises mechones sobre su +arrugado cuello; su rostro de cabra vieja, en que lucían dos brillantes +ojos, tenían una expresión de maligna desvergüenza.</p> + +<p>—¿No me reconoce usted?—insistió.—La verdad es que ha pasado agua por +debajo del puente, desde los tiempos aquellos en que lavaba yo su +ropa... Soy la Fleurota.</p> + +<p>Entonces la recordó: esta Celia Fleurota lavaba en otros tiempos la ropa +de los huéspedes del <i>Sol de Oro</i>. No era ya por aquel entonces muy +joven, pero fresca todavía, limpia siempre, de gestos vivos y sin frío +en los ojos. Sus maneras provocativas, sus alegres palabras y sus +encendidas miradas, trastornaban a los hombres. Tenía la reputación de +ser un tanto ligera y el inspector general recordaba que durante dos o +tres meses había dado muchísimas vueltas en torno de él, encaprichada y +dispuesta sin duda a concederle el beneficio de sus gracias. Ya +enamorado de la señora Miguelina, había permanecido frío a tales +avances y desdeñado esta conquista demasiado fácil.</p> + +<p>En el estado de espíritu en que sentíase aquella tarde, el encuentro de +esa mujer habría de serle poco agradable; sin embargo, no quiso humillar +a la Fleurota y le respondió precipitadamente:</p> + +<p>—En efecto, me acuerdo muy bien... ¿Cómo le va, Celia?</p> + +<p>—Ya lo ve usted, trabajando como un negro para los demás y teniendo +miseria sobrada.</p> + +<p>—¿Sigue usted lavando?</p> + +<p>—De algún modo se ha de ganar el pan... Pero es un endiablado oficio; +estoy medio muerta de reumatismo... No ha tenido una buena suerte... No +todos nacen con estrella, como el <i>Príncipe</i> y su mujer... Estos han +hecho ya lo suyo y pueden ahora cruzarse de brazos.</p> + +<p>—¿Ha conservado usted al menos la clientela del <i>Sol de Oro</i>?</p> + +<p>—¡Ah! no... Hace ya mucho tiempo que el <i>Sol de Oro</i> no luce para mí... +Se han hecho demasiado orgullosos... Además, es necesario saber que mi +rostro disgustaba a la señora Miguelina: recordábale cosas que ella +desea tener olvidadas. Ahora confiesa todas las semanas y comulga todos +los domingos, y por eso no gusta de ver a las gentes que la han conocido +en tiempos en que, más que ir a misa, agradábale acudir a una cita.</p> + +<p>Poco deseoso Delaberge de sostener una conversación que comenzaba de +este modo, hizo ademán de proseguir su camino, cuando la Fleurota, +poniéndose en pie, añadió sonriendo con malicia.</p> + +<p>Ciertamente que ha tenido gran suerte el <i>Príncipe</i>... Comenzó sin nada +y hoy apenas sabe el dinero que posee; no tenía hijos y le cayó uno del +cielo cuando menos se lo figuraba... ¿Lo conoce usted al hijo de la +señora Miguelina?</p> + +<p>—Sí—replicó brevemente.—Es un excelente muchacho.</p> + +<p>Abrió la lavandera su desdentada boca y rióse desvergonzadamente; +después fijó sus maliciosos ojos en el rostro del inspector general y +exclamó:</p> + +<p>—¡Pardiez!... Tiene a quien parecerse... También usted, señor +Delaberge, también usted era un excelente muchacho en la época en que +nació ese niño...</p> + +<p>Delaberge se estremeció. Esta maligna insinuación de la Fleurota acababa +de despertar en su espíritu una inquietud mal adormecida. Esta mujer, +contemporánea de Miguelina, a la que había tratado sin duda con +familiaridad, recibió tal vez algún día íntimas confidencias de la +hostelera del <i>Sol de Oro</i>. Era mujer muy despierta y debía saber muchas +cosas. Aunque experimentando cierta repugnancia a dirigirle determinadas +preguntas, Delaberge sentíase mortificado por una imperiosa curiosidad. +A la prisa que antes había sentido para alejarse, sucedió un ansioso +deseo de esclarecer las sospechas que desde hacía algunos días se +agitaban en su cerebro. Volvió hacia su interlocutora, cuya delgada +silueta se recortaba sobre el rojizo cielo de poniente, y murmuró:</p> + +<p>—¿Qué quiere usted decir?</p> + +<p>—No se haga usted el ignorante, ya me entiende usted... Cuando vino +Simón al mundo, fue para todos una gran sorpresa y más que nadie se +sorprendió el <i>Príncipe</i>... Usted, usted solamente estaba en el +verdadero secreto...</p> + +<p>—Yo no estaba en nada, y usted debería guardar mejor su mala lengua... +¿No le da vergüenza manchar de ese modo la reputación de las gentes y +lanzar tan a la ligera acusaciones que luego le sería imposible probar?</p> + +<p>—¿Que a mí me sería imposible probar?... Sepa usted que me encontraba +en la hospedería el día en que Miguelina se dio cuenta de su verdadero +estado... Precisamente el <i>Príncipe</i> estaba de viaje hacía ya dos +meses... ¡Ah! ¡no estaba ella muy alegre entonces, yo se lo aseguro!... +Pero como fue siempre una endiablada mujer, supo engañar tan bien a su +marido, que éste nunca sospechó nada... Llegó por fin el niño, fue +recibido como el Mesías y el <i>Príncipe</i> no se percató siquiera de que el +pequeñuelo se le parecía a usted como una gota de agua a otra gota.</p> + +<p>—¡Está usted loca!</p> + +<p>—No estoy loca... Mírele usted bien. Querría usted desconocerlo y le +sería imposible... Es necesario todo el aplomo de la señora Miguelina +para atreverse a afirmar que el muchacho tiene algo de los Princetot. Y +hace mal en afirmarlo de tal manera, pues, como dice el proverbio: «La +gallina que canta es la que huevos pone.» Por aquellos tiempos no había +más que una gallina en <i>Sol de Oro</i>... Había también un gallo joven que +cantaba con voz clarísima y ese gallo, señor Delaberge, usted le conoce +mucho mejor que yo...</p> + +<p>—¡Cállese!... La desgracia la ha vuelto a usted mala, ¡pobre mujer!...</p> + +<p>—Sí, ya lo sé, los ricos tienen siempre razón... Cuando abren la boca +se les cree por su sola palabra; pero cuando una pobretona como yo +quiere decir la verdad, se le cierra el pico diciendo que es una +mentirosa... La miseria es la miseria, no hay remedio...</p> + +<p>Francisco sacó de su bolsillo una moneda de oro y la dejó caer +precipitadamente en la mano de la Fleurota.</p> + +<p>—Tenga esto, para usted, pero guarde su lengua... Buenas tardes.</p> + +<p>Y reanudó apresuradamente su camino mientras la lavandera de pie al +borde del agua movía maliciosamente la cabeza apretando la moneda en su +descarnada mano. No había dado veinte pasos cuando Delaberge se volvió +todavía para mirarla...</p> + +<p>La Fleurota había ya cargado sobre el hombro el cubo lleno de ropa y +permanecía inmóvil en medio del camino, en actitud de vieja Parca +meditabunda. Pensaba sin duda en que acababa de dar un buen tijeretazo +en carne viva, pues así lo demostraba la limosna que el inspector +general tan generosamente le acababa de hacer.</p> + +<p>En efecto, el golpe había estado bien dirigido. La chillona voz de Celia +acababa de reavivar cruelmente las sospechas de Delaberge. Las palabras +de esa mujer iluminaban la oscuridad en que se movían sus temores +imprecisos y sus inquietos presentimientos.</p> + +<p>A favor de esa súbita claridad iba ahora coordinando Delaberge los +pequeños detalles en que antes no se había atrevido a detener +siquiera... Simón tenía ya veinticinco años y se cumplían ahora +veintiséis desde que Delaberge y Miguelina se vieron por la última vez. +Era esto, en efecto, una concordancia muy significativa. Por otra parte, +esta primera presunción venía corroborada por la semejanza que le habían +hecho notar la Fleurota y aun la misma señora Liénard, y de la cual +también se había él vagamente percatado. Simón tenía, como él, azules +los ojos, castaños los cabellos y la fisonomía seria y reservada. +Después de la comida en Rosalinda, al encontrarse de nuevo en la +hospedería del <i>Sol de Oro</i>, ¿no había por un momento sentido la ilusión +de verse a sí mismo apoyado de codos en la ventana de su antiguo cuarto?</p> + +<p>¿No explicaba también esta singular semejanza la espontánea simpatía de +la señora Liénard, apenas se vieron en casa de su amigo el inspector? Al +encontrar en la fisonomía de un extraño un reflejo de la personalidad +del hombre a quien ella amaba, compréndese que aquella mujer demostrase +a Delaberge la amistosa confianza que la vanidad le había hecho atribuir +a sus méritos propios.</p> + +<p>Los hechos más insignificantes le sugerían ahora nuevos motivos de +convicción. Recordaba curiosas similitudes de gusto, la paridad de +ciertas entonaciones, de ciertos gestos; comentaba también la conducta +extraña, el espanto y las angustias de la señora Miguelina, y se +extrañaba ahora de no haber sentido antes más viva inquietud. Para que +todas estas coincidencias no le hubiesen advertido desde un principio, +para no haber tenido antes un íntimo presentimiento de esa posible +paternidad, era necesario haber estado ciego o muy preocupado. +Preocupado, efectivamente, estuvo por sus quimeras matrimoniales, por la +egoísta infatuación que le había hecho creer en la posibilidad de +casarse con la propietaria de Rosalinda. Pero todo había ya finido y la +misma viuda acababa de desengañarle entonces. Ahora, en que la espesa +venda le había ya caído de los ojos; ahora en que ya no corría peligro +de extraviarse su natural perspicacia, una clarísima luz iluminaba la +situación: «El hijo de Miguelina podía ser también su hijo.»</p> + + + + +<h3><a name="Va" id="Va"></a>V</h3> + + +<p>Un sentimiento de orgullosa alegría, llenó de pronto el corazón de +Delaberge: «Este apuesto muchacho, robusto y hermoso como un roble +joven; este Simón de alma noble y de voluntad enérgica era +verdaderamente su hijo...» Después toda su alegría se disipó al solo +pensamiento de que este hijo suyo llevaba el nombre de otro y sería +siempre un extraño para su padre natural. Era el hostelero Princetot +quien, habiéndole alimentado, educado y sostenido en la vida, podía sólo +enorgullecerse de su paternidad legal; y a ese hombre era a quien Simón +amaba como si fuese su padre...</p> + +<p>Entonces, bajo una forma nueva volvió la duda a penetrar en el espíritu +de Francisco: «Después de todo, pensaba, ¿qué sabemos? Cuando se penetra +en esos misterios de la filiación, no es nunca posible tener una +absoluta certeza. El adulterio tiene de fatal que deja siempre +cerniéndose una sombra sobre el verdadero origen del niño... No se puede +saber nunca si es el marido o el amante quien tiene realmente derecho a +la paternidad.» Verdad es que Delaberge podía invocar esa singularísima +semejanza que había notado; pero sábese también que, durante el oscuro +trabajo de la concepción, el absorbente recuerdo del amante ejerce +algunas veces sobre la mujer una misteriosa influencia y hace parecerse +a este último al hijo que nació en realidad del marido... El inspector +general se hacía todas estas reflexiones, pero su conciencia seguía +hondamente conturbada. La duda le cansaba ya; quería escapar de una vez +a la incertidumbre que le mataba. Solamente Miguelina podía iluminar su +entendimiento y a pesar de la perspectiva de una escena penosa, decidió +tener con ella una explicación decisiva.</p> + +<p>Apretó el paso hacia el <i>Sol de Oro</i> y viendo en la cocina a una de las +criadas, le preguntó prudentemente si el <i>Príncipe</i> estaba en casa.</p> + +<p>—No, señor—le contestaron;—el patrón está en la ciudad; su hijo ha +salido también para encontrarse con él y regresar juntos, de modo que no +habrán vuelto antes de las diez.</p> + +<p>—¿Y la señora Princetot?</p> + +<p>—La señora está en la iglesia, pero no puede ya tardar.</p> + +<p>En efecto, acababa de hablar la criada cuando apareció la señora +Miguelina en el umbral llevando en una mano su libro de rezos y tocada +con una austera capota negra. A la vista de Delaberge un débil rubor +coloreó su rostro siempre mate, y como si presintiese las intenciones de +Francisco alejó a la criada dándole un recado para una vecina; después +sus inquietos ojos dirigieron al inspector general una interrogativa +mirada.</p> + +<p>—¿Podemos estar solos un momento?—dijo Delaberge con voz +grave.—Necesito hablarle.</p> + +<p>—Pero...—objetó ella buscando una escapatoria.</p> + +<p>—¡Es necesario!—insistió Francisco con mayor energía.</p> + +<p>Había en su acento algo tan imperativo que ya no resistió más.</p> + +<p>—Venga usted—murmuró con sorda resignación.</p> + +<p>Y Delaberge la siguió por un corredor que llevaba a las habitaciones +particulares de la familia y le hizo entrar en una pieza que servía al +mismo tiempo de despacho y de comedor; con trémula mano encendió una +bujía que iluminó vagamente las paredes, adornadas con estampas +religiosas, con dos medianos retratos del <i>Príncipe</i> y de su mujer y con +los diplomas de Simón, magníficamente encuadrados. Se quitó luego el +sombrero, y por la primera vez pudo Francisco verla con la cabeza +descubierta, mostrando su espesa cabellera gris ligeramente rizada.</p> + +<p>—¡Hable usted!—dijo ella sentándose, pues la angustia la hacía temblar +como una hoja en el árbol y apenas podían sus piernas sostenerla.</p> + +<p>—Miguelina—comenzó diciendo Delaberge,—perdóneme que vuelva sobre tan +doloroso asunto, pero un interés mayor lo exige así... No eran vanos sus +temores; mi vuelta a Val-Clavin ha despertado la maledicencia y hace un +momento me he encontrado en el camino con una mujer a quien usted conoce +muy bien, la Fleurota.</p> + +<p>Miguelina tembló, se contrajo todo su rostro y exclamó con voz llena de +profunda alarma:</p> + +<p>—¡Dios mío!... ¿Qué ha pasado?...</p> + +<p>—La Fleurota me ha recordado maliciosamente los tiempos antiguos; tiene +una lengua de víbora, pero ella sabe indudablemente muchas cosas y no es +probable que me haya querido engañar... Pretende que Simón es hijo mío +y no de...</p> + +<p>Miguelina le interrumpió con gran violencia:</p> + +<p>—¡Calle usted!... No diga estas cosas, pues no son sino viles mentiras.</p> + +<p>—Usted solamente puede darme la certidumbre y yo le suplico que sea +franca. ¿Cuál es la fecha exacta del nacimiento de Simón?</p> + +<p>—No sé... No lo recuerdo bien—balbuceó la hostelera visiblemente +turbada.</p> + +<p>Adivinó Delaberge en la expresión de su rostro que aquella mujer +preparaba una mentira con el objeto de desvirtuar sus presunciones y +replicó severamente:</p> + +<p>—Contésteme sin vacilaciones... Reflexione que puedo saber la verdad +consultando el registro civil... ¿En qué época nació?</p> + +<p>Comprendió ella que toda mentira había de ser inútil y contestó +resignadamente.</p> + +<p>—En 1859... El veinticinco de julio.</p> + +<p>Delaberge permaneció un momento pensativo... Se había marchado de +Val-Clavin a fines de octubre de 1858 y por aquellos tiempos +encontrábase el <i>Príncipe</i> ausente.</p> + +<p>—Precise bien sus recuerdos—murmuró ya convencido Delaberge—y vea +cómo tengo razón para...</p> + +<p>—¿Qué prueba esto?—repuso ella con irritación grande.—¿Se puede nunca +saber si...?</p> + +<p>—Existen otras presunciones. Simón se me parece y usted lo ve mucho +mejor que nadie, pues ha hecho todo lo posible para evitar que nos +viésemos... Temía usted que esta semejanza, pues no es imaginaria, me +saltase a los ojos y confirmase mis sospechas... Simón nada tiene de +aquél cuyo nombre lleva, mientras que todos sus rasgos recuerdan los +míos cuando yo tenía su edad... Otras personas lo han observado +igualmente y me lo han hecho ver... Yo le suplico, señora, que me diga +toda la verdad.</p> + +<p>Escondido el rostro entre sus manos, la señora Princetot movía +negativamente la cabeza y se limitaba a repetir con obstinación.</p> + +<p>—¡Ay, Dios mío!... ¡Dios mío!... ¿Por qué... por qué?...</p> + +<p>Se defendía aún, pero mucho más débilmente.</p> + +<p>—¿Por qué?—replicó Delaberge.—Porque tengo el derecho de saberlo, +porque sus principios religiosos le obligan a decirme toda la verdad, y, +finalmente, porque, si usted se empeña, recurriré a otros medios para +esclarecer mis dudas...</p> + +<p>Esta amenaza, lanzada casi sin querer, destruyó las últimas +resistencias de la señora Princetot. Apartó sus manos, dejando ver su +rostro convulso por el dolor y fijó en Francisco sus ojos llenos de +miedo.</p> + +<p>—¡No lo haga usted!—exclamó y después prosiguió con voz muy +apagada:—Pues bien, sí... Simón es hijo suyo... Cuando volvió Princetot +después de una ausencia de dos meses, yo estaba ya casi segura de mi +embarazo, y hasta me alegraba de ello, tan hundida en el pecado vivía +entonces, de tal modo me había usted conturbado el espíritu; estaba +contenta además de que mi hijo fuese también hijo de usted... El amor me +había endurecido la conciencia, y sin escrúpulo ninguno procuré engañar +a mi marido. Quise escribírselo a usted, pero luego, temiendo alguna +posible indiscreción preferí callarme... Vino al mundo el niño; era +hermoso y fuerte, fue recibido con alegría inmensa y yo le he amado +locamente... También Princetot estaba loco por él... Pero cuando comenzó +a crecer y su semejanza con usted se me hizo cada vez más visible, un +gran temor se apoderó de mi alma. Pensé en lo que podía suceder si +llegaba mi marido a concebir ciertas dudas, y comencé a arrepentirme de +haber engañado a ese hombre para mí tan bueno... En aquellos momentos +descendió sobre mí la gracia del cielo y mis ojos se abrieron a la luz; +tuve horror de mi conducta y he tratado de hacerla olvidar, humillándome +ante Dios y confesando mis pecados... He cumplido las más duras +penitencias que se me han impuesto, y nada eran si las comparaba con la +angustia que me oprimía el corazón a la sola idea de que mi marido +llegase un día a descubrir mi crimen... Cuando creía acabado mi +suplicio, perdonada mi falta, asegurada por completo mi tranquilidad, +surge usted de nuevo en mi camino... Al verle comprendí que mi verdadero +sufrir comenzaba ahora y ya ve cómo no me he engañado... ¡Dios mío, Dios +mío! ¿Será preciso que...? En fin, le he dicho la verdad, toda la +verdad, señor Delaberge, y pues la sabe usted ya, yo se lo ruego juntas +las manos, sea usted bueno y honrado: haga como si nada supiese y +déjenos...</p> + +<p>Le suplicaba con efusión en que se sentía vibrar un poco de la ternura +de otros tiempos. Bajo sus abundantes cabellos grises, algo más sereno +el rostro, sus humedecidos ojos tomaban una expresión hondamente +dolorosa y parecían reflejar toda su antigua belleza.</p> + +<p>—Sí—iba repitiendo la pobre mujer.—Márchese usted y olvídenos... +Déjenos tranquilos a los tres en este rincón. A usted, que goza de una +posición elevada, que vive en París en medio de las diversiones y del +ruido, nada le ha de importar la existencia de pobres gentes como +nosotros. Nada tampoco le han de interesar nuestros asuntos ni los de mi +hijo.</p> + +<p>—¡Pero es mi hijo también!—exclamó Delaberge con acento lleno de +emoción y que vibrante salía de lo más hondo de su alma.—Le he visto y +estoy orgulloso de él... Comprenda usted que yo deseo probarle mi amor, +contribuir de algún modo a su felicidad y a su porvenir...</p> + +<p>—Nada puede usted hacer por él—interrumpió la señora Miguelina—Todo +lo que usted intentase sería en desventaja suya. Piense que si él +llegaba a sospechar los verdaderos motivos de su interés, si llegaba a +sentir un día la menor duda, significaría esto el fin de nuestra +tranquilidad, la vergüenza y la desesperación de su vida toda... ¡Ah! +por eso yo le suplicaba a usted que no le viese de nuevo... Temblé a la +idea de que podía el muchacho percatarse de esa desdichada semejanza y +esto llevarle al descubrimiento de lo que no ha de saber jamás... Es +necesario, entiéndalo usted bien, que siempre sea para usted un +extraño... Es el castigo de nuestro pecado y es justo que tenga usted +también su parte... Lo mejor que puede usted hacer es callar... y +marcharse.</p> + +<p>Miguelina se levantó y se apartó a un lado para dejarle libre el paso al +tiempo que murmuraba en voz muy baja:</p> + +<p>—Buenas noches, señor Delaberge... ¡Si en verdad siente usted alguna +afección por él... y por mí... márchese, olvídenos!...</p> + +<p>Sintió Delaberge tan claramente la implacable lógica que encerraba esta +última súplica, que bajó humildemente la cabeza y salió de la habitación +sin decir una sola palabra.</p> + + + + +<h3><a name="VIa" id="VIa"></a>VI</h3> + + +<p>Como había dicho Simón a su madre, el día siguiente era el señalado para +la reunión del sindicato que se había constituido para resistir mejor a +las pretensiones de la Administración forestal; se componía de algunos +consejeros comunales, de varios propietarios de los pueblos vecinos y de +Simón Princetot, que más especialmente representaba a la señora Liénard.</p> + +<p>Ya la mayoría de ellos se habían ido reuniendo ante la alcaldía en la +pequeña plaza de los Abades, cuando llegó Delaberge. Como es fácil +adivinar, había dormido muy mal aquella noche y su pálido rostro +conservaba las huellas de sus pasadas conmociones. Con la lucidez de +espíritu que suele producirse al despertar, se le apareció la situación +más cruel todavía. Cuando se arrepentía de no haberse creado una +familia, cuando pensaba precisamente en el matrimonio, venía a +ofrecerle el destino esa irónica sorpresa... Mientras él arrastraba por +el mundo su soledad y sus nostálgicos ensueños de paternidad, allá en un +rincón de un pueblo medio perdido entre los bosques, había un muchacho +robusto e inteligente que le debía a él la vida. Y cuando hubiera podido +amar a ese muchacho, cuando se hubiera sentido orgulloso de confesarlo +por hijo suyo, veíase condenado a olvidarle, a comprimir en lo más +secreto de su corazón los fuertes impulsos de su ternura. Lo mejor que +podía hacer en favor de este hijo suyo era marcharse y no verle nunca +más... Había de ahogar en germen ese amor que hubiera sido para él un +verdadero consuelo.</p> + +<p>Ha sido muchas veces desmentida la «voz de la sangre» y es necesario +convenir en que, en determinadas condiciones permanece muda en absoluto. +D'Alembert podía con razón decir que su verdadera madre era la mujer del +vidriero que le recogió y no la señora de Tencin, que le había +abandonado. Es probable que Simón hubiera experimentado un sentimiento +parecido con respecto al <i>Príncipe</i> si se le hubiese revelado su +verdadero origen. Pero, en el caso de Delaberge, el instinto paternal +bruscamente despertado en su corazón, hablaba un lenguaje muy +diferente. A la vista de ese hijo suyo que tanto se le parecía y que le +había sido tan simpático desde los primeros momentos, sentía como una +especie de admirado amor y se decía a sí mismo que no podría consolarse +jamás de haberle tan pronto perdido.</p> + +<p>Avanzó lentamente hacia la alcaldía, buscando a Simón Princetot entre +los campesinos allí reunidos y sintiéndose hondamente disgustado al no +verle. Todos aquellos hombres que discutían libremente y en voz alta, se +callaron en seco al acercarse el inspector general. Apartáronse para +dejarle pasar y apenas si le saludaron, contentándose con observarle de +reojo.</p> + +<p>Embarazado con acogida tan llena de desconfianza, Delaberge se dirigió +rápidamente hacia la puerta del edificio en el momento preciso en que +daba las diez el reloj. En aquel mismo instante apareció Simón en la +plazuela caminando con paso firme y decidido, grave el continente, +amable el rostro y brillante la mirada.</p> + +<p>Los grupos se estrecharon en torno de él y todas las manos se tendieron +afectuosamente hacia la suya. El mismo Delaberge, deteniendo de nuevo el +paso, se preguntó si no iría también a hablarle... Simón le había visto +ya, sus miradas se cruzaron y el impulso generoso del inspector general +se vio cortado por la mirada hostil que el joven le había dirigido.</p> + +<p>Cambiaron un frío saludo y en seguida se dirigieron separadamente hacia +la alcaldía: Simón en medio de todos sus amigos y teniéndose que +contentar Francisco con la compañía del alcalde que acababa de separarse +de los demás para recibir oficialmente al representante de la +Administración pública.</p> + +<p>En la sala de la alcaldía, desnuda y de paredes blanqueadas, sentado a +la derecha del alcalde el inspector general presenció la entrada de los +individuos del sindicato. Fueron llegando en fila, llevando unos la +blusa nueva que les caía en pliegues rígidos sobre el pantalón de lana, +y luciendo otros sus trajes del domingo ya pasados de moda. Sentados en +semicírculo en torno de la ancha mesa, frotábanse maquinalmente sus +rugosas manos y avanzando su cuello tostado por el sol y por el aire, +dirigían sus curiosas y circunspectas miradas hacia aquel elevado +funcionario que la Administración les enviaba de París. Simón entró el +último y fue a sentarse en el centro casi enfrente de Delaberge, quien, +al ser invitado a ello por el alcalde, se levantó para dar a conocer el +objeto de su misión.</p> + +<p>Independientemente de la emoción que le causaba la presencia del hijo de +Miguelina, el hecho de no haber recibido a tiempo la respuesta del +ministerio le dejaba en situación desairada, pues no podía ofrecer al +sindicato la equitativa solución que él había imaginado y esto le quitó +una parte de su natural elocuencia. No podía entonces hacer otra cosa +que escuchar las quejas de los usuarios sin poder proponerles en el acto +una transacción satisfactoria. Se limitó, pues, a leer la comunicación +que le daba plenos poderes para someter el litigio a nuevo examen y +estudiar las bases de un arreglo. Hecho esto, declaró que se sentía +animado de los mejores sentimientos de conciliación y muy deseoso de +encontrar, de acuerdo con el sindicato, una solución que, sin lesionar +los derechos del Estado, diese satisfacción a los intereses del +municipio y de los particulares.</p> + +<p>Sus palabras fueron escuchadas en medio de un glacial silencio y en +seguida volviéronse todas las miradas hacia Simón Princetot, que se +preparaba ya a replicar.</p> + +<p>El joven, sin mostrarse en lo más mínimo conturbado, habló con +entonación firme y seca, diciendo:</p> + +<p>—Muy corta será nuestra respuesta. Como acaba de decirnos, el señor +inspector general tenía la misión de visitar los bosques de Val-Clavin y +examinar el emplazamiento de las nuevas tierras de pastoreo. Si, según +era su deber, ha procedido detenidamente a esa visita, se habrá podido +dar fácilmente cuenta de la naturaleza y del valor de las tierras que +ahora se nos ofrecen. Sabe, por consiguiente, tan bien como nosotros, +que los bosques de Carboneras son insuficientes en cuanto a leña e +impropios en cuanto al pastoreo, privados de caminos de comunicación, y +que nos es, por tanto, imposible consentir en lo que sería para nosotros +un odioso engaño. Pido, pues, al mandatario de la Administración pública +que nos diga francamente si aprueba la solución injusta que al conflicto +han dado los forestales de Chaumont...</p> + +<p>Mientras Simón hablaba, el inspector general tenía fijas en él sus +miradas con una atención llena de ternura.</p> + +<p>Ahora es cuando se daba cuenta más exacta de esa semejanza que tanto +había sorprendido a la señora Liénard. Esa semejanza no saltaba a los +ojos, como había maliciosamente pretendido la Fleurota; para descubrirla +era necesario estudiar muy de cerca y en la intimidad los modos de ser y +de expresarse del joven Princetot. Consistía no tanto en la paridad de +los rasgos fisonómicos como en la analogía de las inflexiones de voz y +del ademán sobrio y enérgico; consistía principalmente en un idéntico +temblor de los párpados y de los labios bajo el golpe de una irritación +súbita. Descubríase también en ciertos pequeños detalles que solamente +Francisco podía apreciar; así, por ejemplo, Simón llevaba vestidos +oscuros, mostraba en toda su persona un exquisito cuidado, sin aquel +rebuscamiento empero que suele gustar a los jóvenes, sin un solo color +vistoso, sin una sola joya. Siempre había sentido Delaberge predilección +por los colores oscuros, la misma repugnancia por las joyas demasiado +vistosas, y con la más profunda emoción iba comprobando esa semejanza de +gustos, esas singulares afinidades... De tal modo estaba absorbido en su +ansioso examen que no se dio cuenta al principio de la acerba entonación +y de las agresivas intenciones que Simón ponía en su réplica.</p> + +<p>Solamente los murmullos de aprobación con que fueron acogidas las +palabras del joven le sacaron de su ensueño y entonces comprendió que se +le atacaba de frente.</p> + +<p>—Señores—objetó con suave tono,—comprendo muy bien su impaciencia, +pero las formalidades administrativas van menos de prisa que sus +deseos. Hecha está mi opinión en este asunto y expresada la tengo en mi +informe dirigido al ministro. Sin embargo, el deber profesional me +obliga a guardar silencio hasta haber recibido de París una respuesta. +No puede tardar, y apenas la reciba me apresuraré a ponerla en su +conocimiento.</p> + +<p>—Demasiado conocemos esos medios dilatorios—interrumpió Simón;—hace +ya dos años que se nos quiere engañar con promesas y aplazamientos. Nada +le cuesta a usted la paciencia, señor inspector general, pues cobra su +sueldo del mismo modo. Bastante más cara es para nosotros, pues nos +perjudican mucho esas lentitudes administrativas. Mientras usted nos +adormece con buenas palabras, quedan desconocidos nuestros derechos, +nuestros intereses sufren y disminuyen nuestros recursos. No podemos por +más tiempo aguardar a que resuelvan el asunto esos agentes forestales +que nos mandan de París y que no hacen sino engañarnos...</p> + +<p>Bien clara había de ver con esto Delaberge la animosidad de su +contrincante. Las duras e irritantes palabras de Simón tenían un +carácter de violencia que no consienten las discusiones puramente +jurídicas. Por encima de la administración pública, rectamente se +dirigían contra el inspector general. No era un adversario lo que éste +tenía enfrente, sino un enemigo.</p> + +<p>No comprendía Delaberge el motivo de ese inesperado ataque; y era mayor +aún su dolor al verse objeto de una hostilidad semejante por parte de +aquel joven que era hijo suyo y a quien de buena gana y con la más +profunda terneza hubiera estrechado contra su corazón. Se había ya +resignado a separarse de él como de un extraño; pero dejarle por todo +recuerdo ese odio inexplicable, constituía para él una amargura suprema +que le hacía sufrir hondamente.</p> + +<p>—¿No es ésta la opinión de todos los aquí reunidos?—continuaba Simón +volviéndose hacia los campesinos, que abrían inmensamente los ojos y le +escuchaban admirados.—¿No es tiempo ya de que pasemos de las palabras a +los actos?... Puesto que la Administración quiere ser con nosotros +equitativa, no nos queda más que dirigirnos a los tribunales... Que +todos aquellos que sean de mi parecer levanten la mano.</p> + +<p>Y como movidos por una misma descarga eléctrica, todos aquellos hombres +levantaron sus nudosas manos con amenazadora energía.</p> + +<p>—¡Muy bien!—exclamó triunfante y, dirigiéndose luego hacia Delaberge, +con mirada retadora le dijo:—Señor, nada más tenemos que decirle en +estos momentos... En el término de veinticuatro horas, recibirá usted +nuestra respuesta por mano del procurador.</p> + +<p>Levantóse y se dirigió hacia la puerta seguido del grupo de los +usuarios. El mismo alcalde se batió en retirada y dejó sólo al inspector +general. Sorprendido y con el corazón lleno de amargura, se quedó +Francisco un momento solo en la sala desnuda y vacía, escuchando el +pesado andar y las risotadas de los campesinos que bajaban +atropelladamente la escalera y percibiendo en medio de aquel ruido esas +palabras dichas con burlona voz: «¡Muy bien! ¡Maltrecho y sin palabra, +le ha dejado Simón a ese orgulloso parisiense!»</p> + + + + +<h3><a name="VIIa" id="VIIa"></a>VII</h3> + + +<p>Movido por el despecho y también por el vehemente deseo de conocer la +causa de tan incomprensible enemiga, Delaberge abandonó a su vez la +sala. Desde los umbrales de la alcaldía vio a Simón Princetot +despidiéndose de sus amigos y atravesando lentamente la plazuela. El +inspector general apretó el paso y le alcanzó ya bajo los tilos del +paseo. Caminaba el joven con las manos en los bolsillos e inclinada +meditativamente la cabeza. A solas ya, se iba disipando poco a poco su +satisfacción por el triunfo obtenido. El calor y las irritaciones de +hacía poco iban dejando lugar a una reflexión más justa y mesurada. Se +acusaba Simón de haber mezclado su rencor personal en una cuestión de +negocios, comprometiendo quizás los mismos intereses que se le habían +confiado... Nada realmente había ganado obrando como un niño que golpea +la piedra que le ha hecho caer. Su cólera en nada podía cambiar los +hechos desgraciados que la habían motivado. Después, lo mismo que antes, +continuaban siendo sus desilusiones iguales. Lo que la víspera había +observado, oculto tras los abedules próximos a la puertecilla del +parque, no dejaba de ser una realidad desoladora... La señora Liénard no +se preocupaba de él y reservaba para su rival todas sus amables +atenciones... Sentíase el corazón lleno de amargores al recordar lo que +había visto la tarde anterior en Rosalinda: veía la puertecilla abrirse +bruscamente, aparecer en ella amable la hermosa viuda y tender a +Delaberge su mano en la que éste dejaba galantemente un beso...</p> + +<p>Mientras sentía irritarse más sus celos y sangraba dolorosamente su +corazón a tan odioso recuerdo, oyó muy cerca los precipitados pasos y la +voz de aquel mismo hombre a quien de tal modo aborrecía.</p> + +<p>-Señor—murmuró Delaberge,—tenga la bondad de concederme un momento.</p> + +<p>Volvióse Simón y una llamarada de odio brilló en sus ojos; supo, sin +embargo, contenerse. Silenciosamente, se dirigió hacia una calle +transversal mucho más solitaria.</p> + +<p>—¿Qué me quiere usted?—preguntó cruzando los brazos.</p> + +<p>—Me ha parecido que en la alcaldía se ha dejado usted llevar de +impulsos apasionados más bien que prudentes... Créame usted, espere aún +dos días antes de tomar una resolución extrema... No le hablo ahora como +adversario, sino como amigo.</p> + +<p>—Usted no es mi amigo—replicó con dureza el joven.</p> + +<p>—Deseo serlo de todo corazón y me sorprende su hostilidad. Sin embargo, +no creo haberle dado motivo para que me trate como enemigo, desde la +tarde en que juntos volvimos de Rosalinda.</p> + +<p>Esta alusión a Rosalinda, lejos de calmar al hijo de Miguelina, pareció +aumentar todavía su irritación.</p> + +<p>—¡Detesto el disimulo!—exclamó.—Me prometió usted aquel día obrar +lealmente y con justicia respecto a los usuarios, y me ha engañado +usted...</p> + +<p>—¡No me acuse a la ligera!—repuso Francisco con una mansedumbre que no +impresionó a su interlocutor.—Le repito que he escrito ya al ministro y +no tiene usted derecho a condenarme sin saber en qué sentido lo hice... +¿Por qué motivo no me concede usted su confianza y me niega los días de +plazo que le pido?</p> + +<p>—¿Por qué?—replicó Simón, dejándose llevar por el ardor juvenil que no +podía ya contener.—Porque he adivinado sus intenciones, porque sé lo +que se propone con su perpetua dilación... ¡Esto le permite prolongar su +estancia aquí y multiplicar sus visitas a Rosalinda!</p> + +<p>Delaberge le miró con honda estupefacción y de nuevo se sintió dolorido +por la enemiga que brillaba en sus ojos.</p> + +<p>—Me extraña—dijo con acento de reproche—que mezcle usted a la señora +Liénard en nuestra discusión.</p> + +<p>—¡Ah!—murmuró sarcásticamente el joven Princetot.—¿Esto le +extraña?... Aunque sabe usted disimular muy bien, le desagrada conocer +que ha visto alguien su juego y ha descubierto el motivo de sus +equívocas asiduidades.</p> + +<p>—Mis asiduidades nada tienen de misterioso—repuso el inspector +general, levantando con indiferencia los hombros,—y no tengo razón +ninguna para esconderme cuando voy a Rosalinda.</p> + +<p>—¡Pero se esconde usted para salir!</p> + +<p>—¿Que yo?...</p> + +<p>—Sí, usted... Ayer tarde salió usted del parque por una puertecilla... +¡Atrévase a negarlo!</p> + +<p>—Ahora comprendo...</p> + +<p>Estas últimas indicaciones recordaron a Delaberge el incidente que otros +hechos más graves le habían hecho olvidar; recordó la huida de aquel +hombre desconocido a través de los campos y que de tal modo se parecía a +Simón.</p> + +<p>Fue como un rayo de luz que iluminó la situación e hizo más inteligible +para Delaberge la extraña conducta del joven Princetot... El pobre +muchacho amaba a la señora Liénard. Con la viva intuición de los +enamorados, adivinó los propósitos matrimoniales de un recién llegado +que le parecía sospechoso y el demonio de los celos mordió en su +corazón. Ya mal dispuesto contra ese intruso, había vigilado sus visitas +a Rosalinda, le había sorprendido saliendo de la finca por una puerta de +la que no se servían mucho sus propietarios y esto encendió en su alma +la violenta enemistad que acababa de estallar furiosa en la reunión de +la alcaldía.</p> + +<p>Un sentimiento de honda pena, una lástima dolorida llenó todo el +espíritu de Delaberge... ¡No le faltaba más que ser el rival de su +propio hijo! Lo que en él había de sensibilidad generosa, adormecida +por una larga práctica del egoísmo y por la costumbre de no vivir sino +para sí, despertóse súbitamente en su corazón. Tuvo clara conciencia de +sus responsabilidades y de la situación casi trágica en que se +encontraba... Sintió que una profunda emoción le oprimía el pecho y le +humedecía los ojos.</p> + +<p>—De manera—murmuró con insegura voz—que era usted quien me espiaba...</p> + +<p>—¡Sí, yo mismo!—afirmó Simón lanzando sobre su interlocutor una mirada +de cólera y de reto.</p> + +<p>Hubo un momento de silencio; después puso Delaberge su mano sobre el +hombro del joven y repuso:</p> + +<p>—Hijo mío—y sintió como una amarga dulzura en los labios al pronunciar +estas palabras,—la pasión le ha cegado... Sus sospechas no se fundan +sino en simples apariencias, pero desde el momento que esas apariencias +han podido engañarle a usted y hacerle sufrir, es seguro que habré +cometido yo alguna falta... Me apena profundamente que mi irreflexiva +conducta haya podido inducirle a error.</p> + +<p>Simón pareció desconcertado por la humildad de esa confesión y contempló +a su interlocutor menos hostilmente, a pesar de lo cual persistía aún +en sus ojos y en la, contracción de sus labios un resto de desconfianza.</p> + +<p>—Le aseguro a usted—continuó Francisco—que siento por la persona de +que hablamos, una muy afectuosa estimación, pero que no pienso ni en +hacerle la corte, ni en casarme con ella... Ya ve usted que le hablo con +toda franqueza; tenga usted conmigo un poco de confianza y contésteme: +¿está usted enamorado?</p> + +<p>Simón se turbó y el rubor coloreó sus mejillas... el rubor de un joven +seriamente enamorado y que se escandaliza al ver descubierto el tímido +amor que guardaba religiosamente escondido.</p> + +<p>—¿Por qué tal suposición?—balbuceó inseguro.</p> + +<p>—Porque—replicó Delaberge,—sería sin esto imperdonable el espionaje a +que se ha entregado... Solamente la pasión puede excusarle... Usted ama +a la señora Liénard.</p> + +<p>Confuso, bajó el joven la cabeza y replicó hoscamente:</p> + +<p>—¿Con qué derecho me interroga usted?</p> + +<p>—Con el derecho que usted me ha dado tratándome como rival a quien se +detesta... Su antipatía no puede explicarse sino por la ceguera de los +celos, y por esta misma razón le repito que está usted enamorado de la +señora Liénard.</p> + +<p>—¿Se burla usted de mí?—murmuró Simón esquivando la mirada de +Delaberge.</p> + +<p>—No, hablo con toda mi seriedad... En su edad es un sentimiento natural +y no tiene por qué avergonzarse.</p> + +<p>—Solamente yo soy el dueño de mis pensamientos... No he de dar a nadie +cuenta de ellos.</p> + +<p>—¿Ni siquiera a la señora Liénard?</p> + +<p>—A ella menos que a nadie... Si lo que usted supone fuese cierto, yo le +juro que nunca lo sabría ella... ¡No permitiré yo que pueda sospechar +jamás una locura semejante!</p> + +<p>—¿Una locura?... ¿A qué llama usted una locura?</p> + +<p>—Llamo locura a amar un imposible... No somos ella y yo de un mundo +mismo...</p> + +<p>Francisco sonrióse melancólicamente y habló así:</p> + +<p>—Estas consideraciones no suelen pesar mucho sobre el corazón de una +mujer que ama, y no hay motivo para que Camila no le ame a usted. Es +usted su igual por el espíritu y por la educación; es ella demasiado +inteligente para no haber apreciado sus méritos... Sea usted menos +modesto y no desespere de nada... De todas maneras, después de lo que +acabo de decirle, ya ve usted que no he de hacerle yo la menor sombra. +No me tenga por enemigo, y además le ruego que aguarde un poco para +tomar una resolución extrema en el asunto de los deslindes... Mañana, +pasado mañana lo más tarde, podré sin duda comunicarle algo que le +demostrará la injusticia de sus sospechas... Adiós...</p> + +<p>Y como si de pronto hubiese temido que le traicionase la emoción, +alejóse bruscamente del hijo de Miguelina.</p> + + + + +<h3><a name="VIIIa" id="VIIIa"></a>VIII</h3> + + +<p>Algunas horas después Delaberge se internaba en el bosque y se dirigía +muy pensativo hacia Rosalinda.</p> + +<p>No tenían sus pensamientos ni la ligereza de las blancas nubecillas que +corrían por encima de los árboles, ni tampoco la alegría de las flores, +cuyas notas de color vivísimo salpicaban la hierba, sino que eran muy +graves y trascendentales.</p> + +<p>«Sí—iba diciéndose,—Miguelina se engaña: algo hay que puedo yo hacer +por ese muchacho que es mío y de quien la fatalidad para siempre me +separa... Puedo darle la felicidad con que sueña y que desespera +alcanzar. Ama a la señora Liénard, y ella siéntese también inclinada a +amarle. Solamente que, por orgullo, teme el muchacho descubrir su +ternura, y ella también, demasiado respetuosa con ciertas exigencias +sociales, duda en dejarse llevar por sus propias inclinaciones. Pues +bien, yo puedo servir de lazo de unión entre estos dos corazones que se +desean y no se atreven a confesarlo. Dignos son el uno del otro y como +hechos para saborear esa felicidad rarísima: el amor en el matrimonio. +Esta felicidad yo se la habré dado y al menos tendré una acción buena en +mi existencia inútil. Me consolaré en mi soledad pensando que ellos son +felices y, aunque delgadísimo, esto será un lazo de unión entre mi hijo +y yo.»</p> + +<p>Esta idea le alegró un poco el corazón, y meditando en todo ello +perdíase su mirada en las lejanías del bosque... Una apagada y verdosa +claridad reinaba en aquel fresquísimo lugar. Los diminutos pétalos que +envuelven los botones de las hayas antes de su completa madurez, se +desprendían de las ramillas y caían al suelo como finísima lluvia, +produciendo un rumoreo apenas perceptible, mientras un rayo de sol los +hacía a veces brillar como si fuesen polvillo de oro.</p> + +<p>«Durante toda mi existencia—pensaba Francisco—han ido cayendo en el +pasado todos mis días, lo mismo que esos pétalos secos, sin que un solo +acto generoso los haya iluminado un instante. Ya no será ahora así, ya +tendré un rayo de sol en mi pobre vida.»</p> + +<p>Del mismo modo que el verdor le refrescaba los ojos, la idea de que iba +a trabajar por la felicidad de Simón, de que ya no vivía únicamente para +sí, le refrescaba el alma. Esto le daba valor para hablar a la señora +Liénard de esos delicados asuntos de sentimiento, tan peligrosos cuando +se ha estado a punto de amar a la mujer con quien se trata de ellos.</p> + +<p>Mucho se esforzaba en olvidarla, pero no podía disimularse que aún +sentía una tierna inclinación hacia esa mujer, cuyo sabroso encanto y +cuyo espíritu lleno de alegres ternuras habían por un momento hecho +latir su corazón de cincuentenario. En el aire perfumado de los bosques +la riente imagen de la señora Liénard se le aparecía con mayores +atractivos aún; veía sus ojos límpidos, su frente pura y la morbidez de +sus mejillas aterciopeladas, la gracia de sus labios... Se apoderaba de +él una profunda melancolía al pensar que todas esas delicias, que todas +esas suavidades de la intimidad femenina no se habían hecho para él. Un +húmedo soplo, que de vez en cuando movía las hojas de los árboles y +parecía subir de las profundidades del bosque iba murmurando en sus +mismos oídos: «¡No será para ti!...»</p> + +<p>De pronto, la presencia de un roble joven y robusto, que elevaba a los +cielos su tronco recto y liso, le recordaba a su hijo Simón y le hacía +avergonzarse de su vuelta al egoísmo.</p> + +<p>«Seamos fuertes—se decía entonces,—si no te costase esto un +sacrificio, ¿dónde estaría el mérito del acto que vas a cumplir?»</p> + +<p>Arrojaba de sí con energía esas añoranzas y luchaba valientemente con +esos enternecimientos retrospectivos. Quería presentarse ante la señora +Liénard, dueño por completo de sí mismo, a fin de hacer más persuasivas +sus palabras y arrancarle la confesión de su amor por el joven +Princetot. Apresuró el paso como si la rapidez de la marcha hubiese +tenido la virtud de avivar sus ardores y de espolear su voluntad. +Algunos minutos después llamaba en la verja de Rosalinda y con un ligero +latir en el corazón y una palidez angustiosa en el rostro penetró en el +salón donde se encontraba la señora Liénard.</p> + +<p>—¡Ah!—exclamó ésta al verle,—en la cara le conozco que viene usted +para despedirse...</p> + +<p>Y al decir estas palabras una súbita tristeza apagó la alegre sonrisa de +sus labios y de sus ojos.</p> + +<p>—No sé cómo expresarle—continuó diciendo la joven—hasta qué punto me +entristece la idea de su marcha.</p> + +<p>Mientras hablaba, sus clarísimos ojos se ensombrecían y cubríanse de una +sutil humedad, por lo que Delaberge comprendió que eran absolutamente +sinceras sus palabras.</p> + +<p>—Sí—repuso Francisco también profundamente conmovido;—vengo a +despedirme de usted; probablemente marcharé mañana.</p> + +<p>—¡Tan pronto!... Me han dicho, sin embargo, esta mañana que de su +conferencia con los usuarios no ha resultado nada bueno... ¿Habremos de +renunciar a toda esperanza de arreglo?</p> + +<p>—Eso no; lo que hay es que les ha faltado a los usuarios un poco de +paciencia... No he recibido todavía la respuesta del ministro; pero, +entre nosotros, puedo decirle que estoy casi seguro de que habrá de ser +satisfactoria.</p> + +<p>—Gracias por el interés que nos demuestra... Mas es para mí un dolor +que usted se marche... Me había acostumbrado ya a sus buenas visitas, y +no puedo imaginarme que sea ésta la última... Siéntese aquí, muy +cerquita...</p> + +<p>Hablaba con tono tan afectuoso, filial casi, que fue dando a Francisco +mayor aplomo para abordar la delicadísima cuestión de que quería +hablarle. Se sentó a su lado y le dijo así, esforzándose por sonreír:</p> + +<p>—Antes de separarnos, señora mía, sería bueno quizás que reanudásemos +nuestra conversación de ayer... Temo no haber correspondido como debía a +la confianza de que me dio usted tan gran testimonio... Al ver mi prisa +por marcharme, seguramente me acusó usted de indiferencia. No hay nada +de eso. He pensado mucho, por el contrario, en todo lo que usted me dijo +y he tomado en ello un verdadero interés.</p> + +<p>—¿Será cierto?... Me alegro mucho, pues ya me sentía avergonzada de no +haberle hablado sino de mí y casi me arrepentía de haber estado +contándole tan minuciosamente las quimeras que rebullen en mi loca +cabeza.</p> + +<p>—¿Es que no son en realidad sino quimeras?</p> + +<p>Camila Liénard se ruborizó y abrió inmensamente sus hermosos ojos. +Delaberge prosiguió:</p> + +<p>—En ese retrato que hizo usted del marido soñado, pienso que no es +imaginario todo... Puede que haya en alguna parte un ser real en quien +usted pensase... inconscientemente, cuando me iba enumerando las +cualidades de su ideal.</p> + +<p>—No... no, yo se lo aseguro; yo no sé...</p> + +<p>—Pues bien, esta última noche, he pensado tanto en todo esto que he +acabado por leer muy claramente en el fondo de su corazón.</p> + +<p>—¡Vaya!...—murmuró la dama afectando tomarlo a broma.—En ese caso, +sería usted mucho más hábil que yo misma... ¿Y qué es lo que ha leído +usted en mi corazón?</p> + +<p>—Probaré de explicárselo... Se ha encontrado usted con alguien hacia el +cual se siente secretamente atraída y al que cree enteramente digno... +Si no escuchase más que su propio gusto, iría usted espontáneamente +hacia él... Pero ese joven... porque es joven—añadió con un poco de +tristeza,—aunque es su igual por la inteligencia y por el corazón, no +pertenece a la misma clase social que usted, y se siente detenida por +escrúpulos convencionales; teme usted que sus amigos, que las personas +de su propia sociedad condenen la elección y condenen el suyo como un +matrimonio desigual...</p> + + + + +<h3><a name="IXa" id="IXa"></a>IX</h3> + + +<p>Mientras Delaberge hablaba, la señora Liénard había vuelto un poco su +rostro y con una de sus lindas manos hurgaba nerviosamente en las flores +de un jarrón que tenía a su alcance.</p> + +<p>Arrancó por fin una ramilla de madreselva y la fue desmenuzando poco a +poco entre sus rosados dedos.</p> + +<p>—Sea usted franca y dígame si he leído bien en su corazón.</p> + +<p>—Creo... que sí—murmuró la viuda sin mirarle.</p> + +<p>—Y ahora, ¿desea usted que le diga el nombre de ese joven?</p> + +<p>—No—murmuró levantando hacia él sus húmedos ojos; después añadió +aturdidamente, con una vivacidad en que se descubría a la vez su +contento y su angustia:—Usted le ha visto... <i>El</i> es quien le ha +hablado de mí...</p> + +<p>—No, <i>él</i> tiene demasiado orgullo para confiarse así a un extraño.</p> + +<p>—Entonces...—exclamó impetuosamente la señora Liénard.—¿Cómo ha +podido adivinar usted?...</p> + +<p>—Seguramente conoce usted—dijo sonriendo Delaberge,—aquel dicho de su +país: «Los enamorados llevan sobre sí una planta cuyo perfume embalsama +los caminos por donde pasan». Cuando mi primera visita, este perfume +embalsamaba Rosalinda entera, y al regresar a Val-Clavin, acompañado del +señor Princetot, adiviné que llevaba consigo la planta y que florecía +por usted.</p> + +<p>El rubor cubría las mejillas de la señora Liénard, sus labios sonreían y +brillaban sus ojos con luces del alba, pero no podía articular ni una +palabra. Por única respuesta, con gentil movimiento de gratitud tendió +sus dos manos a Delaberge, quien las guardó un momento entre las suyas.</p> + +<p>—No—prosiguió diciendo.—Simón Princetot no me ha hecho confidencia +alguna... Mis palabras no tienen otro motivo que el vivísimo y simpático +interés que siento por usted, señora mía... Volvamos ahora a sus +escrúpulos. En realidad, si duda usted y vacila en seguir su propia +inclinación, no es sino por el temor de lo que han de decir las +gentes...</p> + +<p>Camila convino en ello con toda franqueza. Aunque vivía muy +independiente, no dejaba de tener parientes y amigos de rancio pensar, +que sin duda se escandalizarían. En provincias, todavía les parecen a +muchas gentes infranqueables las barreras que separan a las distintas +clases de la sociedad; los perjuicios y las prevenciones persisten con +mayor fuerza que en París; se conocen unos a otros demasiado para no ser +esclavos del qué dirán. El día en que sus relaciones supiesen su +matrimonio con el hijo de un hostelero, quedaría descalificada y se +haría el vacío en su derredor... Su primera educación y la influencia +del medio habían hecho al propio Delaberge muy formalista; tenía el +culto de lo respetable y el espíritu de la jerarquía, y por eso +comprendía tan bien los escrúpulos de la señora Liénard. En otra +ocasión, tal vez los hubiera aún exagerado. Pero cuando se juzga en +causa propia, se es menos rígido y muchas veces un deseo nos hace +cambiar los más íntimos sentimientos.</p> + +<p>El vivo interés que el inspector general sentía ahora por Simón le +llevaba a transigir con sus antiguos principios y sin mucho miramiento +pegó fuego a sus naves.</p> + +<p>—Seguramente—dijo,—en las cuestiones de pura conveniencia hemos de +tener en cuenta la opinión pública. Pero cuando se trata de unir para +siempre la propia vida con la vida de otro, no se ha de escuchar sino la +voz del corazón. Por otra parte, examinándolo bien, tal vez no están del +todo justificadas las desaprobaciones que usted teme... Simón es un +hombre superior, es muy querido y aun popular en todo el país, y si un +día le tienta la política, no hay duda que puede abrirse camino hasta +llegar al Parlamento. Si quiere utilizar sus excelentes cualidades en la +Administración pública, yo le prometo ayudarle con todas mis fuerzas. En +todo caso, paréceme que tiene suficiente voluntad y los méritos +necesarios para llegar muy alto. Añada usted a todo esto, que sus padres +son ricos y que adoran a su hijo. Si un día creen que su actual +profesión es un obstáculo para su matrimonio, crea usted que no +vacilarán en vender la hospedería y en vivir como burgueses, de sus +rentas... Y entonces nada quedará ya de las suspicacias y prevenciones +de sus amigos. La gente pone pronto buena cara a todo aquel que triunfa, +y yo le aseguro a usted que Simón triunfará. Así, pues, no le preocupe +la opinión de los demás: deje a un lado todo prejuicio, siga sus propias +inclinaciones y ame usted a quien le ama.</p> + +<p>—Gracias, señor Delaberge—respondió ella, premiándole sus consejos con +una mirada llena de ternura;—tiene usted razón completa, y no escucharé +sino la voz de mi corazón.</p> + +<p>—Sea en buena hora... Es probable que venga Simón mañana o pasado para +darle cuenta de la resolución recaída en el asunto de los deslindes... +Recuerde usted bien que es noblemente orgulloso y muy reservado. Ayúdele +usted a hacerle más expansivo... Es usted mujer, y estoy seguro de que +sabrá arrancarle su secreto... Y ahora, señora mía—añadió +levantándose,—voy a despedirme de usted... para mucho tiempo.</p> + +<p>—¡Todavía no!... Antes que se marche quiero que visite por última vez +los jardines de Rosalinda.</p> + +<p>Le llevó hacia la terraza y cruzaron las anchas avenidas del jardín +donde las flores ponían toques de encendido color y donde las +madreselvas llenaban el aire con su penetrante perfume.</p> + +<p>Como el primer día, se apoyó Camila suavemente en su brazo y le hizo +admirar de una en una, sus plantas y sus flores. Visitaron el rústico +emparrado bajo el cual habían hecho sus ramos un día y desde el que se +disfrutaba de tan maravillosas perspectivas; siguieron un trecho por +las orillas del riachuelo sobre cuyas tranquilas aguas inclinaban los +sauces sus ramajes; no se detuvieron sino en la glorieta donde tuvo +Delaberge la primera revelación del amor de Camila por el hijo de la +señora Miguelina....</p> + +<p>Este paseo iba recordando a Francisco sus desvanecidos ensueños de +ternura y toda sus ilusiones muertas... Tenía para él la melancolía de +los crepúsculos de otoño, y también el tibio perfume de un ramo de +violetas medio mustias.</p> + +<p>Cuando volvían por la avenida principal, donde florecían sus hermosos +rosales, la señora Liénard arrancó una rosa de púrpura y la ofreció a +Delaberge con una mirada llena del más profundo reconocimiento:</p> + +<p>—Deje que haga florecer sus manos... Por el camino aspirará usted el +perfume de esta rosa y él le recordará mejor a su pequeña amiga de +Rosalinda... Gracias, señor Delaberge, gracias... Ha sido usted muy +bueno para mí... Bueno como un padre.</p> + +<p>—¡Sí, como un padre!—murmuró Francisco, pensando, lleno de dolor, en +que estas palabras encerraban la más cruel de las ironías.</p> + +<p>Atrajo hacia sí a la señora Liénard, besó en silencio su frente +purísima, y partió...</p> + +<p>Lentamente hizo de nuevo el camino que había hecho una tarde en compañía +de Simón. Vio el hermoso y robusto árbol que el joven con tan profunda +pasión había estrechado entre sus brazos, y a su vez, impulsado por una +infantil superstición, quiso abrazarlo también...</p> + +<p>Al pasar cerca de los lavaderos en que la Fleurota le había tan +brutalmente revelado su triste paternidad, apretó el paso y volvió hacia +otra parte los ojos... Llegó con esto cerca del pueblo y se detuvo un +momento junto al estanque inmóvil en cuyas aguas el sol del ocaso ponía +irisados reflejos; dormía taciturna el agua en medio de los espesos +cañaverales que el viento agitaba suavemente, meciendo con aires de +compasión sus blancos penachos. Un coro de ranas elevábase de vez en +cuando de entre los tallos verdeantes y rectos y después súbitamente se +apagaba, dejando percibir en toda su intensidad el silencio de los +campos. ¿Habrá llegado ya la respuesta del ministro?—pensaba +Delaberge.—Si llega esta tarde, todo habrá concluido... y mañana +marcharé.</p> + + + + +<h3><a name="Xa" id="Xa"></a>X</h3> + + +<p>La cocina del <i>Sol de Oro</i> tenía su habitual aspecto de todos los días. +Perezosamente apoyado en los umbrales de la puerta, el <i>Príncipe</i> +silbaba aguardando la hora de comer. El fuego era más vivo que nunca y +la señora Princetot, preocupada con sus cacerolas, ni siquiera levantó +los ojos al entrar Delaberge. La delgadísima criada, sentada ante la +mesa, preparaba displicentemente una ensalada.</p> + +<p>—¿No ha traído nada el cartero?—preguntó el inspector general.</p> + +<p>—Sí que ha traído, señor Delaberge—respondió el <i>Príncipe</i> que, al +fin, se decidió a abandonar los umbrales de la puerta.—Hay un telegrama +para usted.</p> + +<p>Con tardo paso, se dirigió hacia una pequeña vitrina, fijada en la pared +y en la cual se guardaban las cartas que llegaban dirigidas a los +viajeros. Abrióla y entregó a su huésped un pequeño pliego.</p> + +<p>A pesar de su aparente indiferencia, lo mismo el hostelero que su mujer +sentíanse vivamente intrigados por ese telegrama encerrado en el sobre +amarillo en que se ponen los despachos oficiales. Sospechaban que ese +pliego contenía la respuesta ministerial y hacía ya más de una hora que +aguardaban impacientes el regreso de Delaberge.</p> + +<p>Mientras éste, después de haber roto el sobre, se acercaba a la puerta +para leer mejor el telegrama, el <i>Príncipe</i>, guiñando sus ojuelos llenos +de malicia, observaba disimuladamente el rostro del lector y trataba de +descubrir en él si la noticia que el papel contenía iba a ejercer una +buena o mala influencia sobre el importante asunto que tanto interesaba +al pueblo. Por su parte, la señora Miguelina, olvidando un momento sus +cacerolas, dirigía su furtiva mirada en la dirección de su antiguo +amante y pensaba con honda angustia: «¿Se marchará, al fin?»</p> + +<p>El telegrama oficial decía de este modo:</p> + +<p><i>Director general de montes a inspector general, en +Val-Clavin.—Proposiciones aprobadas por el ministro. Nuevas +instrucciones en este sentido se mandan al inspector provincial de +Chaumont.</i></p> + +<p>Plegó Delaberge tranquilamente el telegrama y se lo metió en el +bolsillo. Su rostro expresaba una visible satisfacción.</p> + +<p>—Señora Princetot—dijo,—marcharé mañana por la mañana y le +agradeceré, lo mismo que al señor Princetot, que me preparen esta misma +noche la cuenta...</p> + +<p>Aquí se detuvo un momento como para ganar un poco de aplomo y después +continuó dirigiéndose a sus dos huéspedes, aunque más particularmente a +Miguelina:</p> + +<p>—Mi comisión ha terminado y no es probable que se me presente nueva +ocasión de volver a Val-Clavin. De manera que mi despedida de esta noche +es definitiva... Les agradezco mucho todas sus atenciones y voy a +pedirles un último favor... En vez de volver a Langres, desearía +regresar a París por Is-sur-Tille y Dijón. ¿No tendría su hijo la bondad +de conducirme en carruaje mañana por la mañana hasta la estación de +Very?</p> + +<p>—Nada más fácil—se apresuró a contestar el <i>Príncipe</i>;—la estación no +dista más que una media hora y Simón le acompañará sin duda +gustosísimo.</p> + +<p>El rostro de la señora Princetot se ensombreció y a pesar de su gran +fuerza de disimulo no logró encubrir su viva inquietud.</p> + +<p>—¿No podrías ir tu mismo, Princetot?—objetó Miguelina.—Simón está +siempre tan atareado...</p> + +<p>—No, hija, es demasiado temprano para mí—repuso el <i>Príncipe</i> que +gustaba de levantarse tarde.—Simón salta de la cama apenas clarea el +alba y, además, eso no le empleará más allá de una hora.</p> + +<p>—Me agradaría eso tanto más—insistió Delaberge—por cuanto he de +hablar con él de ese asunto de los bosques...—Se volvió hacia Miguelina +y con voz en que vibraba una sentida súplica añadió:—Tranquilícese, +señora Princetot, no molestaré mucho tiempo a su hijo... ¡No me niegue +el placer de hacer el camino en su compañía durante los últimos momentos +que he de pasar en Val-Clavin!...</p> + +<p>La mirada de Miguelina se encontró con la mirada de Francisco y tal vez +leyó en ella una solemne promesa de discreción, tal vez comprendió que +la palabra «tranquilícese» encerraba el compromiso tácito de ser hasta +el fin un extraño para Simón, o tal vez se sintió simplemente conmovida +en lo más hondo por la humilde súplica del hombre a quien en otro tiempo +había prodigado sus amorosas caricias. No insistió ya en sus objeciones +y, después de hacer un ademán de aquiescencia, se volvió silenciosa a +sus cacerolas...</p> + +<p class="dots">* *<br />*</p> + +<p>Al día siguiente, a las nueve de la mañana, <i>Brunete</i>, el pequeño +caballo bayo, piafaba impaciente ante la puerta del <i>Sol de Oro</i>. Se +habían colocado ya las maletas en la parte trasera de la <i>charrette</i> +inglesa, en la que Delaberge tomó asiento al lado de Simón. Después de +algunas palabras de vulgar despedida y de una significativa mirada en +que puso la señora Miguelina una súplica de silencio, tomó el caballo el +trote por el camino del estanque.</p> + +<p>El cielo estaba cubierto y una ligera neblina humedecía el rostro y las +manos. Delaberge se volvió y al través de la bruma envolvió en una +última mirada las casas grises del pueblo, el estanque en que los +cañaverales temblaban, el repliegue del valle en que Rosalinda se +escondía y lanzó un profundísimo suspiro. Habían llegado a la rampa de +Very y, como la cuesta era muy ruda, Simón bajó para aligerar un poco al +caballo, precisamente cuando el inspector general meditaba sobre la +manera de abordar la cuestión tratada el día anterior en Rosalinda.</p> + +<p>Francisco se quedó solo en el carruaje atormentado por sus tristes +pensamientos, pues había también neblina en su corazón.</p> + +<p>Contemplaba vagamente los bosques, por encima de los cuales flotaban +jirones de bruma y entre cuyos árboles los pájaros lanzaban aquel grito +lastimero que anuncia los días lluviosos. En cada uno de los árboles del +camino le parecía ver desfilar una a una sus ilusiones de otros tiempos. +Reconocía al pasar cada uno de los sitios por donde había paseado con +sus agitaciones de joven ambicioso, edificando sus ensueños de fortuna y +de ascenso en su carrera. En aquellos tiempos se sentía lleno de +confianza en sí mismo, se lanzaba por los caminos del porvenir con la +intrépida audacia de un aventurero que marcha a la conquista del becerro +de oro. El destino se había mostrado con él por demás complaciente, pues +obtuvo el triunfo mucho antes de lo que esperaba. Nunca, mientras era +humilde guarda general y atravesaba solo los bosques de Val-Clavin, +nunca se había atrevido a imaginar que llegaría a lo más alto de la +escala administrativa.</p> + +<p>Y sin embargo, a pesar de sus inesperadas victorias, a pesar de haber +visto satisfechas sus ambiciones, ¿qué le habían dado en realidad esos +veintiséis años devorados uno a uno, consumidos en la fiebre de una +labor cotidiana?... Un poco de humo y un puñado de frías cenizas: nada +fecundo, nada que pusiese un poco de calor en su corazón, nada sólido en +suma... La única obra hermosa y útil que podría poner en su activo, era +ese apuesto y robusto muchacho que caminaba delante de él, orgulloso de +sus veinticinco años y levantando en su imaginación de enamorado +castillos en el aire.</p> + +<p>¡Ironías de la existencia!... Sus trabajos administrativos, sus vigilias +pasadas en el estudio, sus sabias elucubraciones jurídicas, toda esa +actividad oficinesca que constituía su única gloria, había sido, en fin +de cuentas, tan estéril como la zizaña. La única creación de que podía +envanecerse era debida al azar de unos amoríos de pueblo, al +inconsciente olvido de una hora de placer... Y este hijo, obra suya, +carne de su carne, prolongación de su propia personalidad, no podía ni +tan sólo públicamente reconocerlo; caminaba a su lado y no le podía +decir: «Tú eres hijo mío»; no podía hablar con él sino de cosas sin +ningún interés...</p> + +<p>Habían llegado arriba de la cuesta, y de un ligero brinco el joven +Princetot tomó de nuevo su sitio en el carruaje; cosquilleó con su +látigo el cuello del caballo y recomenzó éste su trote ligero.</p> + +<p>Delaberge pensaba con una profunda tristeza que ya no le quedaban por +pasar sino algunos instantes al lado de Simón, y que cada una de las +vueltas que daban las ruedas del carruaje apresuraban el momento de la +despedida... Hubiera querido hablarle íntimamente, no dejarle sino +después de haberle demostrado con toda discreción sus efusivas ternuras.</p> + +<p>—¿Llegaremos a la estación un poquito antes que el tren?—preguntó al +joven.</p> + +<p>—No se lo puedo decir con exactitud, pues no llevo reloj—repuso +Simón;—pero no tema usted perderlo... De aquí a diez minutos +divisaremos ya la estación.</p> + +<p>—En ese caso—dijo suspirando Delaberge,—apenas si me queda tiempo +para hablarle de algo que le interesa mucho... Por fin, recibí anoche la +respuesta de la Administración central. El ministro aprueba las +conclusiones de mi informe y he aquí en resumen lo que yo tengo +propuesto: El proyecto de dar a los usuarios el bosque de Carboneras +queda abandonado; en cambio, se les concede una superficie igual que se +tomará en la parte más excelente de los bosques de Montegrande, bosques +que la carretera de Val-Clavin atraviesa. En este sentido se han dado ya +las necesarias instrucciones al inspector de Chaumont. ¿Le parece a +usted bien?</p> + +<p>—¡No podíamos desear más ni mejor!—exclamó Simón.—Es muy equitativo, +y todos los usuarios aceptarán con alegría sus proposiciones.</p> + +<p>—He aquí el telegrama oficial—prosiguió Francisco sacándolo de uno de +sus bolsillos.—Nadie lo conoce todavía y he querido que fuese usted el +primero... Le suplico ahora que sea usted mismo quien lleve la noticia a +la señora Liénard... Espero que no ha de serle molesto el cumplimiento +de este encargo—añadió con una triste sonrisa—y aun diré que no me +faltan razones para creer que la joven le agradecerá saber de sus labios +la grata noticia.</p> + +<p>—Iré a Rosalinda esta misma tarde—exclamó Simón mientras coloreaba el +rubor su rostro.</p> + +<p>Delaberge se aproximaba suavemente al hijo de Miguelina... Deseaba +sentir el roce de su persona, esperando que este contacto había de +recalentar un poco su corazón; después le dijo con voz en que vibraba no +se sabía qué de paternal:</p> + +<p>—Cuando esté en Rosalinda, acuérdese de que los tímidos no triunfan +jamás y pues ama usted a la señora Liénard, no tema abrirle francamente +el corazón... No se detenga a la mitad del camino... Por otra parte, +¿quién ni qué podría hacerle dudar?... Es usted digno de ella por la +educación, por el espíritu y por el carácter... Y en el caso de que, +para antes de casarse, desease haberse hecho una situación que +satisficiese su amor propio haciendo valer su personalidad, escríbame... +Yo puedo procurarle un puesto honroso en alguno de los servicios que +dependen del ministerio de Agricultura... Ya ve cómo era usted muy +injusto conmigo al considerarme como un obstáculo para sus más caros +deseos; por el contrario, yo no pido sino encontrar los medios para +apresurar su realización...</p> + +<p>A medida que hablaba, contemplaba Simón con una mezcla de confusión y de +extrañeza a ese desconocido que, lo mismo que las hadas de los cuentos +infantiles, venía a ejercer una tan benéfica influencia en los destinos +de su vida... Sentíase profundamente conmovido por la cordial +simplicidad con que ese funcionario le daba tan sabios consejos y le +ofrecía su valiosa ayuda. Movido a la vez por un sentimiento de +vergüenza y de gratitud, balbuceaba encendido el rostro:</p> + +<p>—Señor, yo... yo bien quisiera darle las gracias como se merece... mas +no encuentro palabras. Siéntome confundido y avergonzado de mis +estúpidas desconfianzas... ¿Cómo podría yo demostrarle mi agradecimiento +y merecer su perdón?...</p> + +<p>—Nada más que guardándome un pequeño recuerdo en su alma...—murmuró +Delaberge.</p> + +<p>Hubiera querido decir más y expresar con mayor viveza la ternura que +subía de su corazón a sus labios, en este supremo momento de la +despedida. Comprendía, empero, la fatal necesidad que le condenaba a +reprimir un sentimiento que hubiera parecido sospechoso al hijo de +Miguelina. Había prometido no ser para él más que un extraño y el mismo +interés del joven exigía el religioso cumplimiento de esta promesa. Una +terrible angustia le oprimía el corazón... Antes de separarse de él para +siempre, hubiera deseado dejar a este muchacho que era hijo suyo un +recuerdo material de su afecto, algo que obligase a Simón a pensar en +él alguna vez siquiera... Súbitamente se acordó de que poco antes, +cuando le preguntó si llegarían a tiempo, había dicho el joven que no +tenía reloj, y se le ocurrió la idea de ofrecerle el suyo. Pero, aunque +la cosa era insignificante, podría parecer un tanto extraña y ni aún +quizás lograría hacérselo aceptar...</p> + +<p>Pensando en ello, comenzó lentamente a quitarse la cadena que llevaba +pendiente del chaleco y con nerviosidad la hacía saltar entre sus dedos. +Luego, afectando un aire indiferente y alegre, que amargamente +contrastaba con la desoladora tristeza que escondía en su corazón, habló +así:</p> + +<p>—Para que piense usted en mí alguna que otra vez se me ha ocurrido una +idea... Me ha dicho usted hace poco que no llevaba reloj; deje que le +ofrezca el mío... Nada tiene de precioso, pero es muy bueno... Cuando le +pregunte usted la hora, se acordará de un viejo solterón que usted tomó +ingenuamente por un rival y que, por el contrario, sentía por usted una +afectuosísima amistad...</p> + +<p>Sacó de su bolsillo el reloj y lo deslizó prestamente en las manos del +muchacho, quien, confuso por tan inesperado presente, permanecía +aturdido y no sabía qué decir; en sus ojos azules y grandemente abiertos +se leía a la vez su inquietud, su enternecimiento y también el temor de +herir el amor propio de ese hombre extraño que acababa de darle tan +reales pruebas del más profundo afecto: «Es un original—pensaba +Simón,—pero tiene todo el aspecto de un hombre honrado... No hay que +darle pena rechazando lo que de tan buena gana ofrece...»</p> + +<p>Y mientras le daba con palabras confusas las gracias, llegaba el +carruaje ante la pequeña estación casi perdida en medio de los bosques. +Ambos saltaron a tierra y en aquel mismo instante la campana anunció la +llegada del tren, resonando dolorosamente sus metálicas vibraciones en +el corazón del inspector general. Apenas hubo tomado su billete y +facturado su equipaje, se oyó en el fondo del bosque el silbido del tren +que llegaba.</p> + +<p>Aunque no era posible distinguirle todavía al través de la densa niebla, +se adivinaba que iba acercándose rápidamente, por las sordas +trepidaciones que conmovían el suelo... El temblor asustadizo de las +hojas y de las ramas que el tren movía a su paso, llenaba el bosque de +un misterioso murmullo.. Pronto apareció la poderosa máquina como +surgiendo súbitamente de la niebla, la fila serpenteante de los vagones +se dibujó en negro sobre los húmedos verdores y, con gemidos casi +humanos, se detuvo el tren en seco ante la humildísima estación.</p> + +<p>El joven Princetot había acompañado a Delaberge hasta los mismos +andenes... Francisco le envolvió en aquel supremo momento en una +afectuosísima mirada y nunca le pareció tan evidente su semejanza con el +hijo de Miguelina...</p> + +<p>—¡Valor, y buena suerte!—le dijo con voz que se esforzaba en hacer +serena.—Cuando esté en Rosalinda, no olvide usted ni una sola de mis +recomendaciones... Y ahora, hijo mío, como no sabemos si hemos de vernos +otra vez, venga a mí...</p> + +<p>Tomó a Simón entre sus brazos, le apretó con fuerza contra su pecho, y +tuvo este abrazo tan comunicativos ardores, que el joven se sintió +conmovido a su vez y besó a Francisco tantas cuantas veces le iba éste +besando también...</p> + +<p>Mientras quedaba Simón un tanto sorprendido de la emoción profunda que +acababa de experimentar, subió Delaberge al vagón e inmediatamente +cerraron la portezuela.</p> + +<p>—¡Adiós!...—dijo todavía asomando su pálido rostro por la ventanilla +del coche.</p> + +<p class="dots">* *<br />*</p> + +<p>Y partió el tren entre nubes de vapor cuyos blancos jirones se rasgaban +al través de la valla que cerraba la vía... Destrozado el corazón, +húmedos los ojos, Delaberge continuaba con la mirada fija hacia la +estación que se iba haciendo más pequeña cada vez... y en vano sus ojos +querían atravesar el espesísimo velo de la niebla que deformaba todas +las cosas y parecía querer aislarle del mundo exterior. Por fin, +desesperado y vencido, se dejó caer sobre el asiento... Viajaba también +solo esta vez, y un profundo sollozo se anudó en su garganta a la idea +de que, de hoy más, solo también viajaría por los tristes caminos de la +existencia.</p> + +<p class="c top5">FIN</p> + +<hr class="full" /> + + + + + + + +<pre> + + + + + +End of the Project Gutenberg EBook of Paternidad, by André Theuriet + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK PATERNIDAD *** + +***** This file should be named 25320-h.htm or 25320-h.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + http://www.gutenberg.org/2/5/3/2/25320/ + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at DP Europe (http://dp.rastko.net) + + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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It exists +because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from +people in all walks of life. + +Volunteers and financial support to provide volunteers with the +assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's +goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will +remain freely available for generations to come. In 2001, the Project +Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure +and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. +To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation +and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 +and the Foundation web page at http://www.pglaf.org. + + +Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive +Foundation + +The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit +501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the +state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal +Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification +number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at +http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg +Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent +permitted by U.S. federal laws and your state's laws. + +The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. +Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered +throughout numerous locations. Its business office is located at +809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email +business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact +information can be found at the Foundation's web site and official +page at http://pglaf.org + +For additional contact information: + Dr. Gregory B. Newby + Chief Executive and Director + gbnewby@pglaf.org + + +Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg +Literary Archive Foundation + +Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide +spread public support and donations to carry out its mission of +increasing the number of public domain and licensed works that can be +freely distributed in machine readable form accessible by the widest +array of equipment including outdated equipment. Many small donations +($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt +status with the IRS. + +The Foundation is committed to complying with the laws regulating +charities and charitable donations in all 50 states of the United +States. 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