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| author | Roger Frank <rfrank@pglaf.org> | 2025-10-15 02:15:28 -0700 |
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You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: Adriana Zumarán + +Author: Carlos Alberto Leumann + +Release Date: April 12, 2008 [EBook #25054] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ADRIANA ZUMARÁN *** + + + + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at http://www.pgdp.net + + + + + + +</pre> + +<hr class="full" /> + +<h3>CARLOS ALBERTO LEUMANN<br /> +——</h3> +<h1>Adriana Zumarán</h1> + +<p class="c">(NOVELA)</p> +<p class="c top5">——<br /> +9ª EDICIÓN<br /> +——</p> +<p class="c top5">BUENOS AIRES</p> +<p class="c">——</p> +<p class="c"><span class="smcap">Talleres Gráficos "Cúneo" Carlos Pellegrini</span> 677</p> + +<p class="c">1921</p> + +<p class="c">——<br />Es propiedad. Queda hecho el<br /> +depósito que marca la ley.<br />—— +</p> + + +<table summary="toc" cellspacing="0" cellpadding="15" style="border:2px solid black;"> +<tr><td align="center">CAPÍTULOS: +<a href="#I"><b>I, </b></a> +<a href="#II"><b>II, </b></a> +<a href="#III"><b>III, </b></a> +<a href="#IV"><b>IV, </b></a> +<a href="#V"><b>V, </b></a> +<a href="#VI"><b>VI, </b></a> +<a href="#VII"><b>VII, </b></a> +<a href="#VIII"><b>VIII, </b></a> +<a href="#IX"><b>IX, </b></a> +<a href="#X"><b>X, </b></a> +<a href="#XI"><b>XI, </b></a> +<a href="#XII"><b>XII, </b></a> +<a href="#XIII"><b>XIII, </b></a> +<a href="#XIV"><b>XIV, </b></a> +<a href="#XV"><b>XV, </b></a> +<a href="#XVI"><b>XVI, </b></a> +<a href="#XVII"><b>XVII, </b></a> +<a href="#XVIII"><b>XVIII, </b></a> +<a href="#XIX"><b>XIX, </b></a> +<a href="#XX"><b>XX, </b></a> +<a href="#XXI"><b>XXI, </b></a> +<a href="#XXII"><b>XXII, </b></a> +<a href="#XXIII"><b>XXIII, </b></a> +<a href="#XXIV"><b>XXIV, </b></a> +<a href="#XXV"><b>XXV, </b></a> +<a href="#XXVI"><b>XXVI, </b></a> +<a href="#EPILOGO"><b>EPILOGO</b></a><br /> +</td></tr> +</table> + + + +<h3><a name="I" id="I"></a>I</h3> + + +<p>La muerte de su padre permanecía envuelta para Adriana en una penumbra +de lejano misterio. Había llegado a la sospecha, luego a la certidumbre, +de un suicidio. El episodio se remontaba a los primeros años de su +infancia. Ella recordaba confusamente el cuadro de la habitación +mortuoria, el túmulo negro, el Cristo de plata; alguien la había +levantado en alto, y ella vio entonces, en el ataúd, una forma larga, +cubierta desde la cabeza hasta los pies con un paño blanco; sólo +aparecían las manos, traídas por encima del paño, horriblemente pálidas +y tiesas. Pero no le parecieron las manos de su padre. "¿Por qué le +habían tapado también la cara?" pensó más tarde. Pero por nada en el +mundo lo hubiera preguntado a su madre ni a persona alguna. Se lo +impidió una especie de recelo sobrecogido y la misma gravedad dolorosa +del suceso. Ciertas alusiones, oídas en conversaciones íntimas, le +hicieron después relacionar la tragedia con el aislamiento en que +vivía—acaso desde entonces—la familia de Aliaga, y fijar su reflexión +sobre la singular circunstancia de que, con la muerte de su padre, +terminó toda amistad entre aquella familia y la suya, a pesar de unirlas +algún parentesco.</p> + +<p>Y guardaba también esta vaga memoria: un día, durante el luto, habiendo +pedido que la llevaran a casa de las Aliaga, donde con frecuencia pasara +el día jugando, su madre la reprendió con una severidad que la dejó +consternada.</p> + +<p>Después entró como interna en un colegio religioso, pasaron los años y +rara vez tuvo de ellas alguna noticia. "¡Qué divina se ha puesto Laura +Aliaga!"—oyó decir a una señora, en voz baja, al terminar una fiesta de +caridad organizada por las damas Vicentinas. Y le dio pesadumbre pensar +que acaso las había visto, sin reconocerlas. Por otra parte, le infundía +cierto inexplicable temor la idea de relacionarse con ellas nuevamente.</p> + +<p>Pero el año anterior a la época en que comienza esta historia, las había +visitado aventurándose a todo y con el pretexto de la antigua amistad, +cuya ruptura aparentó sencillamente ignorar.</p> + +<p>Fue una emoción que le dejó recuerdos imborrables. Durante las dos horas +que la visita duró, la agasajaron con finura, demostrándole cierta +alegría solícita, que contrastaba con la idea trágica de su imaginación. +Se las había figurado siempre con una actitud melancólica y en sus caras +tristes una palidez mortal.</p> + +<p>Era la de Aliaga una de esas familias porteñas que se han retraído +rehuyendo las antiguas amistades y viviendo en una especie de reserva y +de rara indiferencia para todas las cosas que agitan al brillante mundo +social. La casa, interiormente suntuosa, parecía demasiado grande para +las pocas personas que la habitaban. Con las tres hermanas vivía un +hermano solterón, Eduardo, y una tía abuela, muy anciana ya; atacada de +parálisis, nunca salía de su habitación.</p> + +<p>Y la casa parecía aun más grande y más silenciosa, cuando Eduardo se iba +con alguna de ellas a una estancia lejana, donde solían pasar largas +temporadas.</p> + +<p>Adriana se sorprendió de que a ratos la hablaran con un tono de voz +cansada, como midiendo las sílabas y con cierta reserva en la dejadez +amable de las palabras. Le llamaron la atención sus manos largas y +finas, ligeramente deformes y de una blancura extraordinaria. También +recordaba ahora, como si los tuviera presentes ante sus ojos, algunos +objetos del salón; así una mesita de caoba tallada, incrustada en los +bordes con dibujos de nácar, luego dos grandes candelabros de cobre que +figuraban dragones fantásticos, y una jarra de alabastro, sobre la +cornisa de la chimenea, con pomposas flores de terciopelo lila.</p> + +<p>Una aprensión invencible la había imposibilitado para llevar la +conversación al recuerdo de su padre. Como la irritara su propia falta +de audacia y excitada por la violenta curiosidad, se decidió al fin:</p> + +<p>—Ustedes trataron mucho a papá...</p> + +<p>Y miró a Zoraida, la mayor, con expresión de tímida simpatía. No +parecieron en manera alguna sorprenderse. Zoraida, suspirando, cerró por +algunos segundos sus hermosos ojos de anchas pupilas bajo la masa de +cabellos rubios retorcidos sobre la cabeza espléndida. Le respondieron +sin embargo de un modo evasivo.</p> + +<p>—Tú debes acordarte de cuando él te traía aquí... el señor Zumarán era +muy bueno... Tal vez demasiado bueno.</p> + +<p>En seguida, después de mirarse unas a otras, se fijaron en ella con +cierto embarazo y cambiaron la conversación.</p> + +<p>Sin duda aquélla, la mayor de las hermanas, había sido para su padre un +ser de adoración, el motivo amoroso de su muerte; y acaso en una viudez +virginal, se había ella consagrado a la fidelidad de un cariño que a +través de la muerte perduraba por la comunicación doliente de sus almas. +Por eso sin duda era más pálida su cara, sus ojeras más hondas y el oro +mate de su pelo tenía una tonalidad más antigua. Y aquellas sus anchas +pupilas, con cierto brillo febril en su dulzura profunda, ¿no revelaban +también la imaginación apaciguada por una larga contemplación visionaria +y ajena, desde hacía muchos años, a toda suerte de seducciones +mundanales?</p> + +<p>Adriana propuso en su ánimo volver a aquella casa y lograr, siquiera +con súplicas, la relación sentimental de la tragedia. Se la dirían +llorando, y ella, la hija del hombre adorado, abrazaría a aquella +hermana mayor y también lloraría a su padre desconsoladamente.</p> + +<p>Otro episodio se asociaba también al recuerdo de su visita a la familia +de Aliaga. Cuando iba a marcharse, una de ellas, acaso para todavía +retenerla, se empeñó en que debía conocer a Julio Lagos.</p> + +<p>—Le dejamos arriba, conversando con la abuelita, cuando tú viniste.</p> + +<p>En seguida encendieron las luces de la sala y le hicieron bajar. Julio +Lagos le pareció un muchacho nada vulgar. Celebró conocerla y alabó con +insistencia, casi con inoportunidad, el espíritu singular que revelaba +el modo de mirar que Adriana tenía.</p> + +<p>Pero después, aun cuando ambos se prometieron amistad, según el tono de +galantería que la plática tuvo, no habían vuelto a encontrarse.</p> + +<p>Aquel Julio Lagos surgía para ella cubierto por la misma atmósfera de +pasión que imaginaba sobre todas las cosas relativas a la familia de +Aliaga. Además, en los ojos de Julio había visto, estaba segura, brillar +el amor. En realidad, no se explicaba a sí misma por qué había dejado +pasar un año sin volver a la casa, cuando tantos motivos de interés la +atraían.</p> + +<p>Es verdad que Julio era, acaso, un hombre parecido a todos, sin +capacidad para enamorarla ni comprenderla íntimamente. Acaso valía más +no haberle vuelto a ver, para conservar, indefinidamente, esta ilusión +de un hombre cuya alma podría acercarse a la suya y avasallarla con su +inteligencia delicada, con su adoración ardiente y fina. Le amaría, así, +de una manera más ideal, conservando en la memoria la caricia lejana de +su galantería y el aire de sorpresa encantada con que había reconocido +en ella un espíritu singular. Por primera vez el elogio galante de un +hombre había sido exclusivamente para su alma que nadie conocía. Sí, era +mejor guardar, de Julio, esta idea pura, despojada de su realidad, +apartada de la vida en que toda cosa ideal se anula.</p> + +<p>La realidad era su novio, Ricardo Muñoz. Se habían comprometido durante +la última temporada en las sierras de Córdoba y ella estaba segura de no +quererle. Pero le sucedía algo inexplicable: a veces pensaba en él con +un sentimiento que parecía amor y multitud de apasionadas ideas venían a +encantarla. En esos momentos, dominada por un singular arranque de +ternura, le escribía cartas de enamorada sumisa. Maravillada de sí +misma, pensaba que el amor la había iluminado de pronto. Pero después, +cuando Muñoz llegaba a su presencia, ávido y tembloroso de la felicidad +leída, todo el encanto se mudaba en decepción. Entonces se complacía en +hacerle sufrir y de sus lindos labios sólo salían palabras de burla.</p> + +<p>—¿Por qué—le preguntaba Muñoz desesperado—por qué no es usted la +Adriana de sus cartas?</p> + +<p>Ella, sin responder, sonreía vagamente.</p> + +<p>Un día le comunicó que sus relaciones quedaban rotas. Fue una escena +penosa. De pie, frente a Muñoz, muy seria, le tendía un manojo de +cartas. Se negaba él a recibirlas, pero como Adriana permanecía +implacable, lágrimas de amargura le vinieron a los ojos.</p> + +<p>Lejos de conmoverse, la fastidió más el llanto de Muñoz. Puso +rápidamente las cartas al borde de una mesita, caminó hacia la puerta de +la sala y aguardó que alguien llegase. Muñoz, ahogando los sollozos, se +cubría la cara con las manos.</p> + +<p>—¡Ah, qué tontería desagradable!—murmuró Adriana; y para que la escena +no se prolongase, llamó gritando a su hermana menor:—¡Raquel! ¡Raquel! +¡Muñoz te quiere hablar!</p> + +<p>Sin embargo, dos días después, por más que había tomado la seria +resolución de no verle más, le escribió otra carta pidiéndole perdón.</p> + +<p>Uno de los motivos que sin duda influían para decepcionarla de Muñoz, +era el apoyo que su madre prestaba a éste. Su madre y una amiga de +Adriana, Charito González, querían a toda costa que se formalizara el +compromiso y se casaran en seguida. Esta solución le parecía a ella la +muerte de todos sus ensueños... Era preferible quedarse en aquella +indecisión, ante aquella perspectiva muy vaga, muy brumosa, donde podría +resplandecer de pronto la luz de su vida. El matrimonio con Muñoz la +aterraba. Para evitarlo pediría ayuda a las Aliaga y a Julio...</p> + +<p>La tragedia de su padre se juntaba en su pensamiento a otras historias +oídas en la reserva de alguna confidencia. Su abuelo, un hombre piadoso +y sensual, se había dejado matar, sorprendido en la alcoba de su amante, +por faltarle la voluntad de herir con la espada que el marido +caballeresco le arrojara a las manos. Adriana se lo representaba +plegando las rodillas, abatido por el golpe mortal, con los ojos cegados +por la sangre de la herida y murmurando una oración, puestos los labios +sobre la cruz de la espada.</p> + +<p>¡Cuánta melancolía insinuaba en su meditación aquella historia, +ensimismada en el secreto como las cosas de la confesión! Y también así +la de su bisabuelo, que suscitara una leyenda de escándalo en su tiempo +y sucumbiera a la tristeza que le había dejado la muerte de una querida. +Su mujer, que le adoraba con locura y con una suprema bondad le había +perdonado sus desvíos, sobrellevó el doble martirio de verle morir y de +escuchar el nombre de la perdida articulado por él inconsolablemente en +las alucinaciones que precedieron su agonía. Después, alterada por la +intensidad de su desdicha, perdido el afecto a los hijos y a todas las +cosas del mundo, cambió poco a poco en misticismo su amor por el muerto +y tuvo visiones extrañas de Jesús y de la Virgen. La familia había +logrado que nadie conociera tan singulares circunstancias, +atribuyéndolas a locura, y sin sospechar en aquellas visiones su +identidad con los éxtasis celestes de las bienaventuradas.</p> + +<p>Adriana tocaba como reliquias algunos objetos que le pertenecieran; así +un crucifijo, pendiente de un pesado rosario de oro viejo. Durante +largas horas, ociosa, lo acariciaba entre sus dedos, soñando, con los +ojos abismados. Y una sugestión impalpable, profunda, le traía el +vestigio inmaterial de voluptuosos apasionamientos y la palpitación +remota de aquella pobre alma, visitada por seres angélicos, que vinieran +para ofrecerle una inefable consolación.</p> + +<p>Pero estas todas eran cosas hondamente sumidas en su mundo interior y de +ellas jamás tenía ocasión de hablar con nadie.</p> + + + + +<h3><a name="II" id="II"></a>II</h3> + + +<p>Ahora estaba, desde hacía un mes, en la estancia de su tío Ernesto +Molina. Procuraba distraerse con la lectura; pero los libros, en aquella +campaña despoblada, monótona, sobreexcitaban las ansiedades vagas de su +corazón. Y como era imposible vencer el empeño que su madre tenía de +quedarse allí, ya entrado el otoño, la compañía de sus parientes se le +hizo más odiosa y pasaba las horas callada, retraída y con una gran +tristeza.</p> + +<p>Un parque de eucaliptos rodeaba el espacioso y antiguo caserón de la +estancia, hecho al estilo colonial: gran patio con aljibe en el medio y +un techo de tejas recaído sobre la galería exterior.</p> + +<p>Era el señor Molina un hombre de hábitos señoriles y sencillos. Apegado +al recuerdo del Buenos Aires viejo, aceptaba, sin amarlas, todas las +innovaciones modernas y el espíritu de las actuales costumbres. A su +mujer, católica, sin misticismo, le preocupaban en cambio los avances +escandalosos de la irreligión. Sus dos hijas se parecían a ella por la +expresión casi enojada de los ojos, adquirida en las prácticas asiduas +del culto murmurando oraciones compungidas y contemplando el cáliz que +se eleva sobre la casulla recamada en oro del sacerdote que oficia.</p> + +<p>Era Adriana, en este ambiente, un contraste original. Ella leía novelas +modernas que figuraban en el Índice, bromeaba sobre cosas sagradas y +siempre discutía para escandalizar; sus actitudes tenían como una +lasitud de encanto prohibido. Parecía desdeñar compasivamente a sus dos +primas, que se querellaban como chiquillas, entre rezo y rezo, y que +refiriéndose a ella en casa de extraños, solían repetir censurándola, +con ingenuidad sentenciosa: "Es una rara, una rara".</p> + +<p>El señor Molina era la única de aquellas personas cuya conversación no +le causaba fastidio, por más que siempre tocara los mismos asuntos, con +su invariable tono tranquilo, pausado, de viejo patricio, el pulgar de +una mano metido en la abertura del chaleco y la otra apoyada de través +en la rodilla.</p> + +<p>Nunca dejaba de hacerla reír cuando repetía anécdotas de personajes +históricos. Se trataba, con frecuencia, de alguna conversación sin +importancia que él había escuchado treinta años atrás y cuya recordación +resultaba trivial. Otras veces, en cambio, eran anécdotas llenas de +sabor humano. Pero el señor Molina atribuía a todas sus historias el +mismo grado de interés. Por lo común se interrumpía en mitad de su +relato, después de advertir: "Pero ahora ustedes van a ver". Y quedaba +como ensimismado, durante algunos segundos.</p> + +<p>—Mi abuela,—decía—fue muy amiga de doña Remedios Escalada, la mujer +del general San Martín, una señora distinguidísima, muy buena moza. Sí, +mi abuela siempre se acordaba de Remedios, de su genio alegre, su cara +redondita, y unos ojazos que al decir de ella no los había más lindos. +Pero ahora ustedes van a ver... Nunca se llevó muy bien con el general, +que tenía un carácter demasiado militar, y quería vivir en su casa a la +espartana. Mi abuela le criticaba mucho. Ustedes no lo han de creer, +pero para ella el general San Martín fue toda la vida un bruto.</p> + +<p>Y añadía como encantado:</p> + +<p>—Figúrense ustedes, el Libertador de América, uno de los primeros +generales del mundo. Pero mi abuela, es claro, la pobre no lo apreciaba +sino por su vida en familia.</p> + +<p>Tanto el señor Molina como su mujer, como las hijas, le producían la +sensación de personas que vivían en un mundo de realidades pueriles y +que hasta cierto punto carecían de verdadera alma. No concebía que en +circunstancia alguna pudiera comunicarse con ellos sobre cosas relativas +al corazón. Sin embargo, el señor Molina la trataba con una benevolencia +incondicional, la defendía siempre y le acariciaba la cara con cariño de +padre.</p> + +<p>—Tú no la entiendes a tu hija, decía a su hermana conciliadoramente, +cuando ésta demostraba su inquietud ante las ideas, las actitudes y el +espíritu libre de Adriana.—Tú y yo nos hemos quedado en la vieja +sociedad; ella es una chica de la sociedad nueva. Ojalá mis hijas +tuvieran algo de la tuya. Pero mi mujer, con sus preocupaciones antiguas +las tiene acobardadas y sujetas a una cantidad de tonteras que han +pasado de moda.</p> + +<p>La madre de Adriana callaba. El suicidio de su marido había dejado en +ella una aprensión enfermiza, y cualquier insignificancia relativa a la +conducta de Adriana despertaba en su corazón el recelo y la inquietud. +En vida del señor Zumarán fue una señora de carácter gracioso, amiga de +fiestas y relacionada con todo Buenos Aires. La terrible tragedia la +cambió por completo: cerró su casa, se retrajo, envejeció tempranamente, +y todas las amables cualidades de su espíritu desaparecieron con los +restos de una belleza física notable. Adriana ignoraba que aquella su +madre, tan aprensiva, tan apocada, tan sin alma, no era sino una sombra +de la antigua mujer.</p> + + +<p class="top5">Ese día, a la hora de la siesta, se llegó paso a paso por la avenida de +eucaliptos, húmeda y cubierta de hojas secas, a sentarse en el palo +transversal de la tranquera. El sol reía en la llanura, toda verde, +inacabablemente verde, y como cortada en la lejanía por el límite del +cielo azul. Algunos animales, en aquel mar de verdura, aparecían como +manchitas de color ocre o negro.</p> + +<p>Mientras su mirada se perdía en la inmensidad de la llanura, empezó a +recordar, casi con extrañeza, las circunstancias en que se había +comprometido con Muñoz.</p> + +<p>Vívidamente brillaron en su recuerdo las incidencias de un viaje a la +provincia de Jujuy; el largo tren, arrastrado por la máquina jadeante, +trepaba con fatiga la pendiente, arrojando coronas de humo que se +diluían sobre la transparencia del aire; y todo el paisaje giraba +desplazando lentamente las vastas montañas.</p> + +<p>Cuando el tren paraba en las solitarias estaciones del trayecto, ella +bajaba a conversar con las "cholas", descalzas, andrajosas, que le +vendían empanadas, caña de azúcar y santitos de barro pintados de rojo.</p> + +<p>La impresionó, sobre todo, una escena religiosa en la montaña. Por un +camino escarpado, a la oración, descendía llevada en andas la imagen de +la Virgen, vestida de seda azul y con un disco de oro, oblicuo sobre la +cabellera renegrida, larga como un manto. El monte hundía su pico oscuro +en el cielo lívido. Penumbras indecisas iban cayendo sobre la procesión, +y ésta avanzaba al compás de una música continua, gemebunda; cuando al +cabo de un recodo la pendiente, brusca, se empinaba, los hombres que +llevaban las andas se detenían, para sostener con un brazo la Virgen +oscilante, y entonces sobre la cabellera renegrida el disco de oro +relucía. Larga hilera de gente seguía atrás, levantando murmullo de +rezos apagados por el lloriqueo rítmico del violín o la nota opaca y +rotunda del tambor. En esta hilera de cabezas sumisamente agachadas, que +bajaban formando en el flanco de la montaña como una cinta negruzca, de +vez en cuando se iluminaba con el claror del crepúsculo una cara que +miraba al cielo con los ojos ensoñados.</p> + +<p>Y aquella humilde procesión, bajo la media luz del ocaso, en una región +tan oculta por la serranía abrupta, parecía brotar como tosco misticismo +de la naturaleza misma del paraje, dulce, pacífico, triste.</p> + +<p>¿Comprendió Muñoz aquellas emociones? Sólo le oyó algunos comentarios +demasiado semejantes a reflexiones que ella había leído alguna vez. La +fatigó en cambio con su apasionamiento celoso y adusto. Por eso ahora +recordaba casi con encono su primer cariño por él y sus cartas de amor. +En su imaginación propensa a exagerar los rasgos chocantes, la cara de +Muñoz asomó con las cejas más juntas y más anchos los labios de gesto +sensual y altivo. Todos sus pensamientos se ennegrecieron. Ideas malas, +apoderándose de su alma, la penetraban de una dolorosa voluptuosidad. +Otras caras aparecían en su memoria, deformadas, grotescas, las caras de +otros que también la habían ilusionado algo, pasajeramente.</p> + +<p>Volviendo a la casa, por el mismo camino húmedo, bajo los eucaliptos, +se encontró con su madre. Entonces sintió crecer incomprensiblemente su +exasperación. Era viernes, día de recibo en casa de Charito González, su +amiga más adicta, quien le había escrito pidiéndole con el mayor ahínco +que no faltara a la reunión.</p> + +<p>—Mamá,—dijo con brusquedad,—yo quiero irme hoy.</p> + +<p>—Ya te dije que no.</p> + +<p>"Ah, le gusta verme morir aquí de tristeza", pensó. "Ojalá nos ocurra +una desgracia".</p> + +<p>Y sintió la necesidad maligna de que una desgracia sobreviniera, en +realidad, atraída por su augurio diabólico.</p> + +<p>Saltando y cantando sus dos primas salieron a la galería. Acababan de +vestirse y sus trajes claros y sus cabellos rubios brillaban al sol. +Parándose repentinamente ante Adriana, recobraron la habitual expresión +seria y grave; luego, en el tílburi cuyas riendas les entregaba un peón +de la estancia junto al veredón, reflexionaron vagamente en aquella +extraña muchacha con quien jugaran tanto de criaturas, y que ahora, por +más que hablaran con ella todos los días, les parecía un ser cuyo +espíritu oscuro no penetrarían jamás.</p> + +<p>Pero un tren había parado en el pueblecito inmediato a la estancia; +media hora después, al chasquido de un látigo, bajo los eucaliptos, en +el extremo de la avenida, osciló la capota de un break. Eran Raquel y +Fernando. Este traía para su madre malas noticias. Un campo que ellos +poseían al norte de la provincia, acababa de incendiarse y habían muerto +casi todos los animales. Fernando, sin bajar del break, refería esto con +cierto aire de indiferencia y hasta con buen humor, mientras Raquel +exclamaba, sacándose el tul de la cara:</p> + +<p>—¡Qué pena para mamá!</p> + +<p>Adriana vio venir a su madre y corrió hacia ella, muy alegre: "¡Una +desgracia, mamá!" Pero al decir esto se sobrecogía por la idea de su +propia perversidad.</p> + +<p>—¡No hay que exagerar las cosas!—le gritó Fernando bajando rápidamente +del break.</p> + +<p>Raquel miró a su hermana fijamente.</p> + +<p>—¡Oh, qué alma la tuya!</p> + +<p>El acento de su voz traducía desazón y resentimiento. Pero no provenía +su despecho de aquella inoportuna alegría de Adriana, sino de un motivo +mucho más grave para ella.</p> + +<p>—¡Hiciste una de las tuyas!—exclamó cuando las dos se hallaron solas. +No creas que te reproche nada. Le has coqueteado a Castilla sabiendo que +él me festejaba. No me importaría, no tengo celos, te lo juro, pero lo +que has hecho me demuestra que no soy nada para ti, que me desprecias, y +si es así ya no quiero ser tu hermana.</p> + +<p>Bajo la frente que asomaba como un triángulo de fina blancura entre los +mechones del cabello lacio, los hermosos ojos verdes de Raquel brillaban +de indignación. Y en el tono de sus palabras había un deseo doloroso de +hacerle sentir la maldad de su acción.</p> + +<p>Pero Adriana miró a Raquel con una sonrisa dulce y como sorprendida.</p> + +<p>—No vale la pena de pelear por un presumido como Castilla.</p> + +<p>—Un motivo no puede faltarte para tus acciones odiosas; ya tienes el +vicio de hacerlas.</p> + +<p>El sufrimiento interior que la expresión resentida de Raquel había +suscitado en su espíritu, se anuló en seguida bajo la violencia de esta +última frase. Como su hermana quisiera marcharse, la retuvo.</p> + +<p>—Yo no podría sino reírme—le replicó—de cualquier muchacho que se +parezca a Castilla. No me engaño con esa facilidad tuya, que cada año +tienes una nueva ilusión y haces una nueva conquista.</p> + +<p>—Pues yo prefiero engañarme y no engañar, como tan deslealmente engañas +tú a Muñoz. En la primera ocasión, te lo juro, le pondré al corriente de +la perversidad tuya; y esto lo haré no para vengarme sino porque a Muñoz +no lo mereces.</p> + +<p>—¡Pero yo te lo regalo, Raquel! A mí no me interesa. Ojalá estuviera en +este momento aquí. A mí misma me oirías decirle que no le he querido +nunca y que le odio, porque se parece a todos y para mí sólo ha sido una +decepción más...</p> + +<p>Se contuvo, siempre cerrando el paso a Raquel, que procuraba rechazarla +abriendo los brazos, mientras se acentuaba el ceño de enojo en su +pequeña frente. Luego, como decidiéndose, prosiguió:—¿Sabes por qué +soy mala? Por desesperación, por idealismo.</p> + +<p>—Serías buena, no serías perversa.</p> + +<p>—Tú no puedes entenderme ¿ves? Yo daría mi vida por un verdadero amor y +por alguien que realmente lo mereciera. Y tú, en tanto, no serías capaz +de sacrificarte nunca. Creyéndote buena, sin embargo estás sin saberlo +llena de vanidad y de tontera. Ir a las fiestas, buscar al otro día tu +nombre en la lista de señoras y niñas que publican los diarios, y que te +vean en un palco del Odeón cuando la compañía francesa representa +comedias que no te interesan porque no las entiendes, y desesperarte +cuando alguna amiga viene mejor puesta que tú: esa es tu vida, eso te +conforma, a eso se reducen tus ensueños. Cuando los mozos se nos +acercan, algunos con sonrisita galante y atenciones exageradas, +ridículas, otros mirándonos serios, callados, como seguros de +conquistarnos en cuanto abran la boca y se decidan, tú en seguida te +encuentras en la gloria y respondes de la mejor manera posible a sus +chistecitos amables y a sus miradas irresistibles. Yo en cambio sufro, +comprendo toda la trivialidad que los mueve, la insignificancia de lo +que sienten. Los muchachos como Castilla sólo pueden embobar a las +tontas. Embobarlas y reírse de ellas. Reírse con razón, porque para +llegar a formarse una ilusión sobre esos tilingos...</p> + +<p>—Bueno,—le interrumpió Raquel—déjame con mis ilusiones y quédate con +las tuyas.</p> + +<p>Lágrimas de despecho empañaban sus ojos verdes. Adriana se acercó a ella +vivamente y le tomó las manos.</p> + +<p>—No te enojes, no hablo así para fastidiarte, sino por un desahogo...</p> + +<p>Pero se calló, como si la avergonzara demostrarle otra cosa que maldad. +Y echaba de menos, en lo íntimo de sí misma, la época feliz en que, +jugando juntas y viviendo aún su padre, solía Raquel correr a su +encuentro para besarla con júbilo, en plena boca, enlazándole el cuello +con sus brazos diminutos. Y su recuerdo reavivaba esta escena iluminada +por la claridad tan lejana de los tiempos desvanecidos.</p> + +<p>—¿No vinieron cartas para mí?—preguntó con indiferencia. Raquel, por +toda respuesta, la miró con expresión de cansancio y de disgusto; y se +marchó después de arrojar dos cartas sobre una mesita.</p> + +<p>Adriana quedó pensativa por largo rato, jugando con las cartas. Después +abrió una, que era de Muñoz y la leyó rápidamente. Se trataba de un +ultimátum. Le recordaba todas las inconsecuencias, todo el engaño con +que ella había logrado hasta entonces hacerle llevar "la cadena de un +amor sólo correspondido con ya insufribles perversidades". Había +resuelto, esta vez definitivamente, y en ello empeñaba su palabra, +romper el compromiso si no se avenía ella a cambiar de actitud. La carta +terminaba así: "Yo había cifrado el objeto de mi vida y todas mis +aspiraciones en el amor de usted. Por lo mismo tuvieron mis +sentimientos una sinceridad incontestable. Jamás hubiera querido +conquistar su cariño por otro medio. Pero tal vez por mi sinceridad +misma la he de perder para siempre. Ayer pedí a Charito, como favor de +amistad, que la invitara para el viernes. Si no va usted, Adriana, todo +habrá terminado entre nosotros."</p> + +<p>"¡Bah,—pensó ella—ya había decidido ir sin que tú me lo exigieras! Y +ahora que Raquel y Fernando están aquí, mamá tampoco podrá poner +inconvenientes".</p> + +<p>Abrió la otra carta, y ésta la leyó con emoción. Era de Carmen Aliaga, +venía de aquella casa romántica y de aquella gente que había intervenido +en la misteriosa tragedia de su padre suicida. Carmen era la menor de +ellas. Se manifestaba extrañada de que no hubiese vuelto Adriana a +visitarlas después de una tarde en que las había "encantado y +sorprendido inolvidablemente".</p> + +<p>—¡Ah, pensó Adriana, encantarse conmigo, ellas que viven en un continuo +encantamiento! Y siguió leyendo, ávidamente. Carmen le refería que casi +siempre estaban solas, que rehuían toda relación con mozos, a causa de +cierta manía o preocupación de Zoraida, toda una historia muy dolorosa, +que ella prometía contarle. Fuera de Julio Lagos, una excepción, +únicamente recibían a dos o tres parientes y no iban a parte alguna, +como no ser a misa.</p> + +<p>Concluía la carta pidiéndole, encarecidamente, que las visitara sin +falta. Bajo la firma de Carmen, había esta línea escrita con caracteres +agudos:</p> + +<p>"Yo también se lo pido, Adriana".—<i>Julio Lagos.</i></p> + +<p>Ella dejó ambas cartas en la mesita y su mirada pasó de una a otra, +vagamente, como si estuviera viendo flotar las imágenes tan +profundamente diversas que cada una de ellas despertaba en su alma.</p> + + + + +<h3><a name="III" id="III"></a>III</h3> + + +<p>Ricardo Muñoz había terminado sus estudios en la Facultad de Derecho, +dos años atrás. Era serio y reflexivo por naturaleza. Pero se plegó, sin +embargo, por cierta mala vanidad, a una vida superficial, brillante, en +la compañía de muchachos derrochadores que abandonaban los estudios o no +los concluían nunca. Se acostumbró, así, a considerar la vida con +optimismo irónico, y mientras calculaba hacer carrera más adelante, en +la magistratura, frecuentaba el Jockey-Club, los cabarets y a las +artistas. En medio de esta vida, que interiormente le avergonzaba, se +conoció con Adriana en la casa de Charito González, antigua y leal amiga +suya.</p> + +<p>Al principio no fue sino un sentimiento ligero, un suave placer de +galantería y el encanto de oír las alusiones de las personas que +frecuentaban la casa. Fue después una satisfacción íntima, pronto +voluptuosa inquietud al advertir que, cuando le daban bromas con él, +Adriana ya no reía. Al fin no pudo substraerse a la continua +preocupación que le producía aquel intercambio de manifestaciones cada +vez más llenas de halago y de dulzura, aquella penumbra sentimental que +le envolvía, le acariciaba y le acompañaba a todas partes, despertando +en su ser un verdadero deseo de adoración para aquella muchacha +extraordinariamente linda, cuyo amor en ciertos momentos le parecía un +raro sueño. Se hizo tímido; cuando estaba solo con ella, el corazón le +latía con violencia. En el verano la siguió a las sierras de Córdoba y +Adriana, después de algunas vacilaciones que le sumergieron en terribles +zozobras, le aceptó como novio, pero con la condición de mantener el +compromiso secreto, "para que nuestro amor—decía—no pierda el encanto +de la intimidad". El noviazgo la hizo más reservada, más indiferente.</p> + +<p>Muñoz era otro desde entonces. Sólo de vez en cuando le veían aparecer +en el club sus amigos habituales; y siempre pensativo, reconcentrado, +respondía con una sonrisa forzada a las exclamaciones ruidosas que le +acogían. En una de aquellas ocasiones le fue entregada una esquela. +Delante de todos la abrió. Después de leerla, hizo un gesto hastiado y +la dio a Miguel Castilla, uno de sus amigos.</p> + +<p>—Si quieres ir a verla, por mí...</p> + +<p>Era de una tonadillera conocida. Algunos meses antes la habían +perseguido los dos, como rivales, pero inútilmente. Aquella generosa +indiferencia de Muñoz sorprendió mucho; le creyeron atacado de +neurastenia o de algo peor y le aconsejaron una temporada de campo.</p> + +<p>Y ahora sufría lo indecible. Le había escrito a la estancia del señor +Molina sin recibir contestación; entregó una carta, el ultimátum, a +Raquel, suplicándole que la hiciera llegar a manos de Adriana; por fin, +la víspera de ese viernes, Charito González le dio la seguridad de que +ella vendría expresamente de la estancia.</p> + +<p>Subió Muñoz la escalera de la casa con emoción indescriptible. Llegando +al vestíbulo, temió aparecer en el salón sin el aplomo necesario. Se +detuvo. "Voy a verla dentro de un instante", se dijo. Temblaba todo +entero. De pronto le tocaron en el hombro, y una voz conocida le +murmuró: "Hombre, tenía que hablarte a propósito de aquello". Se volvió +con brusquedad, desagradablemente sorprendido: era Miguel Castilla.</p> + +<p>—¿A propósito de qué?</p> + +<p>—De la tonadillera; fui a verla.</p> + +<p>Muñoz respondió con una evasiva, pidiéndole en seguida, muy serio, que +le dejara solo. El otro le miró perplejo.</p> + +<p>—Estás realmente mal, porque venir a buscar soledad a los recibos... no +me explico.</p> + +<p>Era Castilla un joven alto, afilado, rosado, ojos muy saltones en la +cara de ángulos finos y cabellos lisos sobre la cabeza redonda. Se alejó +de Muñoz, después de echarle una mirada de soslayo; y entró en el gran +salón iluminado, con el mismo desembarazo elegante con que solía +hacerlo en el cabaret o en el club. Tuvo Muñoz un gesto de disgusto; la +presencia de Castilla, allí, en casa de Charito, le produjo malestar.</p> + +<p>Ella no había llegado todavía. Era capaz de no venir, de habérselo +prometido a Charito con la intención premeditada de faltar. Pero la voz +de Adriana, su límpida voz de suavidad irresistible, resonó abajo, en la +escalera. ¿Iba a tener fuerzas para demostrarse con ella altivo y firme, +de acuerdo con los términos de la carta enviada por intermedio de +Raquel? Y consideró que se perdería definitivamente, en el espíritu de +Adriana, si no era capaz de aquella decidida entereza. Ella al entrar le +miró con naturalidad, y murmurando un breve: "¿Cómo está, Muñoz?", cruzó +el vestíbulo. La vio acercarse, en el salón, a la madre de Charito, una +señora gruesa, entrada en años, de cara bondadosa y un aire de +distinción sonriente; conversaba animadamente con otras señoras y se +interrumpió sólo por un instante para besar a Adriana en las mejillas. +Un grupo de muchachas, acercándose, la acogieron luego con pequeños +gritos, acariciándola y besándola con alegría.</p> + +<p>El salón y las luces brillaban para Muñoz como algo irreal. Hería sus +nervios el rumor de las conversaciones y de las risas alegres. Las +personas que más conocía le parecieron nuevas, casi extrañas. Se puso a +cavilar. ¿Por qué Adriana no se había detenido? ¿Por qué su cara no +demostró siquiera placer de verle después de tres semanas? Casi ni le +había mirado cuando murmuró aquel indiferente: "¿Cómo está?" No la +sentía su novia, por cierto. Decidió acercarse y hablarla. Pero la vio +tan distraída, tan olvidada de él, que un orgullo amargo le sublevó. +Quiso entablar conversación con alguien y se arrepintió de haber +esquivado a Castilla. Charito apareció como un ángel salvador. Se +avergonzó de sentir necesidad de apoyarse en la mediación de Charito.</p> + +<p>—He cumplido, ¿verdad?—dijo ella sonriéndole; luego, sin otra palabra +y con una graciosa solicitud corrió hacia el grupo en que se hallaba +Adriana. Muñoz, cada vez más íntimamente herido en su orgullo, salió del +salón; en la salita contigua sólo había una pareja de novios, tan ajenos +a todo que ni le oyeron entrar. Cuando Adriana apareció, traída por +Charito, perdió en seguida la presencia de ánimo y no atinó con una +manera de abordar la situación. Adriana, sonriendo con una expresión +atónita y dulce, le preguntó si estaba enojado con ella. Se turbó tanto, +que para no dejarlo advertir quedó callado, serio. Adriana se puso +entonces a mirar la pareja de novios, mientras Charito buscaba +inútilmente un motivo cordial de conversación.</p> + +<p>—Yo los dejo, dijo al fin,—hasta luego.</p> + +<p>Pero Adriana la retuvo. Y dirigiéndose alternativamente a ella y a +Muñoz:</p> + +<p>—No quiero quedarme sola con él; he pasado muchos días aburrida, muy +triste, y él ahora, estoy segura, tiene intención de pelear. No me +comprende, no me puede comprender; por causa suya, por haber exigido que +nos comprometiéramos, estoy más decepcionada que nunca. Me enamoró, y +después dejó que la ilusión mía se escapara. Ya sé, soy una inconstante. +Y esta noche tengo necesidad de reírme, de olvidarme. De todos modos yo +no creo en las grandes pasiones; estoy convencida de que no quiero ni +querré nunca a nadie. ¡Si usted supiera, Muñoz, lo que le dije hoy a +Raquel! Le abrí mi alma, le confesé eso, que soy una desdichada, que no +puedo querer y que usted tampoco era capaz de quererme.</p> + +<p>—¡No dices lo que sientes!—interrumpió Charito con ingenua energía y +desolada por el giro que tomaba el asunto.</p> + +<p>Y Muñoz, tras la actitud altiva y seria del semblante, se sentía +humillado, abatido, incapaz de afrontarla.</p> + +<p>—No sabes, Charito, continuó Adriana, cuántas ideas pesimistas han +pasado por mi cabeza, en estos días... Me puse a reflexionar en la +dicha, en la tontera de la vida, en esta ternura que se tiene en el +corazón para no sé qué, para nada. Muñoz no podría quererme, porque mi +modo de sentir y de ver las cosas es muy distinto al suyo. Y él es +dominante: un día se le puso que yo debía pensar como él, imagínate. Yo +lo haría, tú sabes que no tengo vanidad. ¿Pero quieres decirme cómo se +hace para pensar en contra de lo que se cree la verdad? Yo me +sometería, sí, tomaría todas sus ideas, pero naturalmente con la +condición de que él pensara primero como yo...</p> + +<p>Se interrumpió y mirando a los novios como escandalizada:—¡Ah, qué +ridículos me parecen esos novios!</p> + +<p>Siguió hablando así, con extraña volubilidad, sin pensar en Muñoz ni en +las cosas que decía, llevada por el sólo deseo de aturdirse. Había algo +de perverso, indefinible, en el tono de sus palabras, que se contradecía +singularmente con la fina música de su voz, con la gracia espontánea de +sus gestos y con su cara radiante: era como si dos almas, una maligna y +otra divina, se confundieran en un mismo hechizo. A su lado la elegante +Charito disminuía, se apagaba, parecía irremediablemente fea.</p> + +<p>Muñoz, avasallado, hizo un poderoso esfuerzo sobre sí mismo y declaró +que ahora sólo deseaba el favor de una explicación con ella.</p> + +<p>—¿Una explicación?—preguntó Adriana con modo desolado.—Bueno, Muñoz, +pero será con la condición de que esté presente Charito.</p> + +<p>—Si usted lo prefiere...</p> + +<p>—No, es lo mismo; déjanos solos, Charito.</p> + +<p>Esta, en el momento de irse, le oprimió la mano fuertemente, como para +pedirle, con esta seña furtiva, que fuese buena para Muñoz. Se sentaron +juntos y él comenzó, penosamente, a repetirle los reproches de siempre, +sin encontrar palabras oportunas ni decisivas. La sentía a su lado +protegida como por un gran resplandor.</p> + +<p>—Estoy muy mal esta noche, Muñoz,—exclamó ella. Apenas puedo poner +atención en lo que usted me dice. No alcanzo a soportar el espectáculo +de esos novios. Estoy segura de que tampoco se quieren. Me gustaría oír +lo que están diciendo. Y él habla sin interrupción, parece que moviera +la boca sin decir nada... Los dos tienen la cara pegada al respaldo del +sofá. Ese debe ser el estado comatoso del amor. Ella se imaginará +enamorada, dichosa, creyéndole un hombre de talento, una perfección. +Para quererse con esa inconsciencia... Oh, en realidad, ¡qué +despreciable, qué tontería es el amor! ¡Dios mío!</p> + +<p>Un tropel de muchachas entró en el saloncito, alegremente, seguidas por +un joven muy elegante y fino, que las llamaba por sus nombres con +vocecita amaricada.</p> + +<p>—¡Adriana!—exclamó una de ellas,—necesitamos una pareja más, vengan +los dos.</p> + +<p>Ella se levantó, y con expresión seria:—Tal vez en el fondo lo quiero +muchísimo, Muñoz; escucharé todo lo que quiera decirme, pero ahora no +podría dejar de bailar y divertirme, la tristeza me ahogaría. Y salió +envuelta en el torbellino de las muchachas.</p> + +<p>Se quedó él caviloso, mirando sin ver hacia los dos novios que +continuaban con las caras pegadas al sofá, según la expresión de +Adriana, y ni siquiera habían advertido la repentina y bulliciosa +invasión.</p> + +<p>Como luego se asomara al salón grande, vio a Miguel Castilla tomar la +cintura de Adriana para bailar con ella; le pareció una profanación, +acaso porque nunca le había visto sino bailar en el cabaret. Sintió +impulsos de separarles y de insultar a Castilla. En el mismo ángulo +bailaba Charito, que dirigía a su amiga, de vez en cuando, miradas de +reproche; pero en seguida su cara se iluminaba escuchando a su +compañero, que era el joven de la voz amaricada.</p> + +<p>Adriana había cesado de bailar. Seguía Muñoz con los ojos su silueta +indefiniblemente lánguida. Su andar era suave. El traje, muy sencillo, +de color lila, ceñido sin pliegue a la cintura alta, oprimía algo los +senos pequeños. Llevaba puesto el sombrero, cuyas alas anchas, +ajustándose ligeramente bajo el mentón, envolvían toda la cabeza en una +randa de pluma: el rostro fino irradiaba. Distraía los ojos, recogiendo +a veces, bajo las pestañas, una larga expresión extenuada. No cesaba de +sonreír. Y de sus labios, que parecían empequeñecerse para ocultar la +palpitación de un beso, se desprendía una singular y poderosa seducción.</p> + +<p>Un vértigo atravesó el alma de Muñoz. La angustia le oprimió, una +angustia extraordinaria, en que se confundían los celos agudos con el +temor sombrío de perderla. Por momentos, le nacía una suerte de +voluptuosidad y de júbilo que inmediatamente huía: era como si el +exceso de la emoción penosa necesitara el respiro instantáneo de un +placer fantástico. En uno de aquellos relámpagos ficticios, le acometió +la tentación de lanzarse riendo en medio de la sala, bajo la mirada de +todos, para besarla en la blancura fina de la nuca. Semejante impulso +era tan insólito en él que se imaginó propenso a un ataque de locura. +Empezaron los acordes de otro vals. Adriana y Castilla entre las parejas +apiñadas, buscaban sitio para bailar. Muñoz vio de pronto, claramente, +que Castilla acariciaba la mano que Adriana había apoyado un instante en +su brazo. Ella se había detenido, como sorprendida, poniéndose frente a +su compañero sin dejar de sonreír. Las parejas, girando, le ocultaron la +escena. Sintiéndose a punto de perder completamente el dominio de sí +mismo y de cometer acaso uno de esos actos que ridiculizan +irreparablemente, su amor propio prevaleció. Atravesó el vestíbulo, +donde se amontonaban los abrigos, sacó rápidamente el suyo y salió, +huyó, sin haberse despedido de nadie y en un estado de exaltación +indescriptible.</p> + + + + +<h3><a name="IV" id="IV"></a>IV</h3> + + +<p>Las calles del Socorro estaban desiertas. El aire frío, la bocina de +algún automóvil, el eco de sus propios pasos en la acera, todo parecía +perseguirle, hablarle de ella, sugerirle visiones monstruosas de +infidelidad y de falsía. Se imaginaba casado y engañado en seguida. A +cada instante le asaltaba la tentación de volver a casa de Charito.</p> + +<p>Por momentos reflexionaba con una gran lucidez. El dolor fecundaba su +espíritu; multitud de intuiciones germinaban en su mente, como seres +irónicos que hubiesen permanecido ocultos bajo una capa de ideas pesadas +y groseras. Adriana le parecía una enemiga y él su antagonista, que +luchaba con los ojos ciegos, a discreción de aquella alma tal vez +maligna bajo la irradiación de su hechizo. Por primera vez creyó +penetrar la significación de ciertos rasgos de su cara: como aquella +rigidez de la frente, pequeña, fina, bajo la suavidad del cabello lacio; +luego, la sonrisa indecisa, y la sombra que parecía flotar en la mirada +de sus ojos dulcemente atónitos: las pupilas anchas, negras, eran +insondables, tenían algo de quimérico.</p> + +<p>Muñoz caminaba rápidamente, como atraído por el vértigo de la imagen. +Estaba en la calle Juncal; atravesó al atrio solitario y sonoro de la +iglesia. Caminó varias cuadras hacia el centro, buscando ruido. Delante +de él iba alguien a quien creyó conocer en el modo de andar. Apresuró el +paso. Era Julio Lagos.</p> + +<p>Habían sido compañeros de la misma clase, en el Colegio. Muñoz le +apreciaba mucho, pero sin tenerle afecto; por el contrario, siempre +había experimentado contra él una especie de recelo instintivo, una vaga +hostilidad a causa de su reserva. Más de una vez le había hecho +confidencias íntimas, sin que Julio le correspondiera nunca de la misma +suerte. Y como quiera que tal indiferencia la tenía también para los +demás compañeros, le consideraba un espíritu frío, incapaz de simpatía. +Sin embargo, en cierta ocasión le desconcertó su extraño apasionamiento +al discutir en clase con el profesor. Por otra parte, muchas ideas de su +amigo eran para Muñoz incomprensibles y a veces absurdas.</p> + +<p>Ahora, desde hacía tiempo, habían dejado de frecuentarse. Julio, +interrumpiendo sus estudios, viajó por el extranjero, y a su vuelta, +retraído completamente, su vida fue un misterio para Muñoz.</p> + +<p>Encontrarle ahora, en la soledad de la calle, le alegró; se sentía tan +oprimido por la angustia, que necesitaba el desahogo de una confidencia, +y a nadie sino a él hubiese querido encontrar; se hubiera avergonzado +de comunicar su desdichada situación a cualquiera de sus actuales +amigos.</p> + +<p>Volvió Lagos la cabeza, reconoció a su antiguo compañero y le estrechó +fuertemente la mano.</p> + +<p>—No te imaginas, le dijo Muñoz, el alivio que para mí significa +encontrarte... Tengo una gran desesperación... Pero háblame de ti, +primero. Aunque no, ya sé que vives con el espíritu amurallado. No +importa... ¿Cuánto tiempo hace que no nos vemos? ¿De dónde sales a estas +horas?</p> + +<p>—De aquí cerca, ¿conoces a la familia de Aliaga?</p> + +<p>Bajaban por la calle Florida y llegaron, conversando, a las puertas del +Jockey-Club.</p> + +<p>—Entremos,—dijo Muñoz. Busquemos una salita donde podamos conversar +enteramente solos. La vida tiene cosas extrañas, muy extrañas, y uno se +transforma y va dejando atrás los pedazos de su personalidad antigua. +¿Sabes que aprendí a dudar? Ya no me parecen absurdas aquellas ideas +tuyas, porque ya no encuentro nada seguro en la tierra...</p> + +<p>Se rió con una risa nerviosa, sin saber por qué, y miró en los ojos a su +amigo. Después llamó; acudió un groom vestido de verde, a quien pidió +que trajera licor. Como si el viejo resentimiento le dominara de nuevo, +no se decidió a empezar su confidencia. Le comunicó la terminación de +sus estudios y su nombramiento para la secretaría de un Juzgado.—Sin +embargo, agregó, la magistratura no me entusiasma; en ella entraré por +no defender pleitos. Tal vez renuncie y me vaya lejos... al Egipto, a +la India, a cualquier parte donde pueda arrancarme del todo la +personalidad que tengo, y dejarla aquí, como un estropajo... No, no +deliro... Es una forma de decir para explicarte... Pero cuenta primero +qué has hecho tú, en estos cuatro años. Has estado en Europa, ya lo sé. +Supe también que habías vuelto, pero que nadie te ve desde entonces; se +cree que has venido con alguna "liaison" y que vives escondido. Siempre +fuiste un misterio, ya en el colegio. Y ahora te lo confesaré: en la +Universidad, a pesar de considerarte yo superior a todos mis compañeros, +te tomé odio a causa de ese carácter ensimismado tuyo. De pronto +desaparecías, te ibas al campo sin despedirte de nadie, y corrían +rumores de aventuras raras. A mí se me ocurría que fingías, que tratabas +de hacerte una aureola romántica. ¿No era así?</p> + +<p>Julio sonrió, sin responder.</p> + +<p>La cara muy blanca, su frente descendía ancha y recta, desde la raíz de +los cabellos, empujando algo las cejas por encima de las pestañas. Los +ojos miraban con una suavidad retraída, y la fisonomía rara vez se +animaba sino con aquella ligera sonrisa de los labios delgados.</p> + +<p>—Ese mismo gesto lo hacías siempre, cuando te interrogaban sobre tales +asuntos,—añadió Muñoz.</p> + +<p>Pero no tenía ahora curiosidad alguna de saber nada acerca de su amigo, +sino simplemente un ansia de desahogar con él su corazón henchido por el +sufrimiento.</p> + +<p>—¡Bah!—dijo Julio respondiendo a la acusación de Muñoz,—yo te juro +que esa actitud mía no era orgullo. Venía, simplemente, de cierto +pesimismo, algo así como sintiendo la inutilidad de confesar nada... Me +parecía que de todos modos lo realmente mío a ninguno de ustedes podría +interesar. O más bien... me repugnaba mostrar las intimidades de mi +espíritu. Ya ves, te hago una verdadera confesión, te haría todas las +que tú quisieras.</p> + +<p>Con el ánimo de crear un ambiente más cordial y propicio para la +confidencia, procuró Muñoz halagarle, mientras apuraba copitas de verde +Chartreux, para salir de su abatimiento.</p> + +<p>—De lo que no me olvido es de aquel ruidoso examen tuyo en que presidía +la mesa el profesor López Azúa, que no pudo salir con su gusto de +aplazarte.</p> + +<p>—Y me lo tenía prometido formalmente.</p> + +<p>—Es cierto, prosiguió Muñoz, y recuerdo su argumento: no podía dejar +pasar a un alumno que tenía ideas contrarias a la doctrina que él +exponía en su libro de texto.</p> + +<p>—Y entonces yo, puesto que tenía descontado el aplazo, quise al menos +darme el gusto de hablar con libertad.</p> + +<p>Muñoz le interrumpió, para demostrarle que recordaba todas las +incidencias del asunto.</p> + +<p>—Efectivamente, sin que se pudiera advertir demasiado tu intención, +pusiste su libro en la picota. ¡Qué bien hablaste! A cada objeción y a +cada pregunta capciosa que te hacía, para encerrarte, tu respuesta +tranquila era un mazazo. Al último se puso furioso, con gran contento +del profesor de Derecho Romano, que tenía contra él una rivalidad +antigua en el Consejo Académico. Y quiso obligarte a reconocer ciertos +principios que él afirmaba incontrovertibles. Tú le pediste permiso para +citar un texto de no recuerdo qué autor antiguo. Me parece oírle +vociferar,—pegando un puñetazo en la mesa: "¡Esa no es la doctrina +moderna!" Le contestaste que a tu juicio los modernos no pueden sentir y +comprender el valor de las leyes con la ciencia de los atenienses o los +romanos, que las vivían, las dominaban y sabían por eso apartarse de +ellas sin apartarse de la justicia. El profesor de Derecho Romano te +aprobaba con la cabeza. Pero López Azúa se te quedó mirando como si +hubieras dicho el mayor de los disparates.</p> + +<p>—Sí, creyó tenerme ya entre las garras. Me preguntó muy alegre: +"¿Apartarse de las leyes sin apartarse de la justicia? ¡Entonces las +leyes en Atenas y en Roma eran injustas!"</p> + +<p>—Y tú le contestaste que no, porque las leyes, hasta las más lógicas y +eficaces, son relativas con respecto a la justicia. Te desafió entonces +a que citaras un solo caso en que los romanos se hubieran apartado de +una ley lógica sin apartarse de la justicia. Allí su derrota fue +completa, porque le replicaste en seguida: "Leyes lógicas y justas +condenaban como un delito el proceder de Cicerón en el asunto de +Catilina. Pero él juró que había salvado a la República y el Senado le +declaró, con justicia, Padre de la Patria". El profesor de Derecho +Romano por poco no se levanta para abrazarte.</p> + +<p>Después de recordar ambos otras incidencias de la pasada vida +estudiantil, Julio le invitó a contar el motivo de su preocupación. +Haciendo un esfuerzo para reunir sus ideas, comenzó Muñoz a referirle su +pasión, pero evitando pronunciar el nombre de Adriana. Julio le escuchó +al principio con su habitual modo distraído; alzaba la copa diminuta, +mirando al trasluz el licor. Entonces Muñoz se interrumpía:</p> + +<p>—¿Me escuchas, eh? ¿Me escuchas? Y le renacía contra su compañero de +otro tiempo la antigua hostilidad. Pero viéndole sonreír y ponerse por +un momento en actitud de gran atención, siguió hablando, sin preocuparse +ya de él y conformándose con hablar para sí mismo. Experimentaba algo +así como la embriaguez de sus recelos y de su angustia. Relataba los +episodios desconcertantes con fidelidad minuciosa, y de vez en cuando se +detenía, azotado por la visión repentina de Adriana bailando con el +otro.</p> + +<p>De pronto advirtió que Julio le miraba con una atención reconcentrada. +En ese momento refería la extraña conducta de Adriana, sus apasionadas +cartas de amor y la indiferencia burlona con que le recibía luego.—¿Te +figuras, prosiguió con la voz alterada, poniendo una mano sobre el brazo +de Julio,—te figuras la desesperación que debe provocar semejante +criatura? Una vez, cuando yo no había perdido enteramente la voluntad, +decidí dejar de verla, huir de Buenos Aires. Porque sentí que esta +muchacha sería mi perdición. Compré pasajes para Europa. Pero recibí una +carta suya. Me decía, con palabras finas, incomparables, con una +suavidad delicada, y como rendida a mí, que al menos le dejara la +dulzura de verme y hablarme por última vez. ¡Ah! ¿Por qué me llamaba +así? Fui. Sus ojos estaban húmedos. ¿Había llorado? No sé; al verme se +rió por largo rato. Esto sucedía en casa de Charito González. Tú +supondrás que se reía de júbilo por la idea de que yo desistía del +viaje. No, se reía como siempre, se burlaba. No dijo una sola palabra +concordante con su carta, no insinuó siquiera que había de quedarme; +sólo murmuró, distraída, como pensando en otra cosa, que no debía +guardarle rencor; mientras yo estuviera ausente me recordaría algo, no +mucho, porque ella era mala y también incapaz de un verdadero amor; y +agregó que tal vez sería mejor termináramos para siempre toda clase de +relación, porque ella con seguridad, tarde o temprano, se enamoraría de +otro. Y lo decía con una expresión muy ingenua, había algo como una +gracia en su maldad, algo imposible de describir; yo tuve un vértigo y +rompí los pasajes echándolos a sus pies. Sentía su hermosura envolverme +como una llamarada. ¿Sabes dónde está ella, en este momento?... Si yo +quisiera... ¿Ves cómo tiemblo? Cuando te encontré, venía de allí... +venía de verla y conversar con ella... Sí, esta noche, en casa de +Charito González, no hace media hora, tuve el mismo vértigo, me envolvió +la misma llamarada. Y ahora ya no soy dueño de mí, todo lo que me pasa y +todo lo que hago viene como arrastrándome y como aplastándome.</p> + +<p>Se cubrió Muñoz la cabeza con las manos abiertas, los codos sobre la +mesa, y suspiró. En el rostro de Julio la mirada tranquila tenía una +expresión de piedad para su amigo de otro tiempo.</p> + +<p>Mientras así le consideraba en silencio, un precipitado ruido de pasos +se aproximó, por el corredor que llegaba hasta el saloncito, y una voz +impaciente gritó: "¿Pero dónde diablos se ha metido?" Era Castilla.</p> + +<p>—Ya, ya,—respondió la voz de un sirviente gallego.</p> + +<p>Muñoz se levantó bruscamente y cerró con violencia la puerta. Afuera +cesaron al instante las risas y la animación del grupo. Castilla llamó, +dulcemente.</p> + +<p>—¡Una palabra, Muñoz, nada más que una palabra!</p> + +<p>Y a través de la puerta le explicó que en casa de Charito le había +buscado para salir juntos, que la tonadillera quería verle a toda costa +y que él se había comprometido a llevarle.</p> + +<p>—¡Es un caso de gran pasión!—gritó uno de los compañeros de Castilla.</p> + +<p>—Si no vas te tomará por un marica.</p> + +<p>—Y nosotros también.</p> + +<p>Otro hizo un chiste que provocó carcajadas ruidosas, y como Muñoz no +respondiera, comenzaron a dar fuertes golpes en la puerta.</p> + +<p>Al fin se alejaron, repitiendo las alusiones chistosas y algunos +comentando seriamente la extraña transformación que había operado en +Muñoz la neurastenia.</p> + +<p>—¡Charito González!... murmuró Julio ensimismado. Conocí a una amiga +íntima de Charito González... Adriana Zumarán. La traté una sola vez, +pero comprendí que es un ser excepcional.</p> + +<p>Muñoz, incorporándose bruscamente, le miró con una indefinible expresión +de desconfianza; le vio sonreír ligeramente. Se levantó alterado, y +comenzó a pasearse por el saloncito. Luego llamó y pidió su abrigo; +pensaba que Julio, al tanto de toda su historia, respondía a sus +confidencias con una crueldad irónica, y esto le lastimó.</p> + +<p>—¡Tú no debes burlarte! ¿Oyes?—gritó tomando del sirviente el abrigo y +el sombrero. Y sentía crecer oscuramente su hostilidad contra Julio.</p> + +<p>Este le miró, muy serio, y le aseguró que no tenía ningún deseo de +burlarse; por el contrario, compartía su sufrimiento y le compadecía +con sinceridad.</p> + +<p>Muñoz volvió a sentarse, y después de un silencio largo, acercándose +mucho a Julio:</p> + +<p>—No sé adónde me llevará todo esto... Pero te aseguro que ya no soy +dueño de mí. Si alguien se interpusiera entre ella y yo... Es horrible, +es algo que me acerca a una brutalidad inferior, a los casos de impulso +ciego, inconsciente, de la gente del pueblo... los crímenes pasionales +que registra todos los días, en los periódicos, la sección "Policía", el +suceso común del hombre que se ha enamorado de una criatura de quince +años, de clase humilde como él, la ha festejado y perseguido con +insistencia desesperada, bestial, contra la oposición de los padres y la +completa indiferencia de ella; y un día se pone en acecho, como una +fiera; cuando ella sale, para hacer algún mandado, la detiene. En la +crónica suelen mencionar todos estos detalles. La requiere por última +vez, le exige una contestación definitiva; luego, rápidamente, le +dispara un balazo a boca de jarro, o desnuda un cuchillo y se lo hunde +ferozmente en el corazón.</p> + +<p>—Y la crónica,—dijo Julio—agrega casi siempre: "El homicida volvió +luego el arma contra sí mismo, ocasionándose una herida, de cuyas +resultas falleció minutos después". Pero como tú dices, esa manera de +sentir y entender el amor pertenece a seres en quienes la agitación del +instinto no se ve dominada por la serenidad del espíritu.</p> + +<p>—Pues bien,—replicó Muñoz—te aseguro que yo ahora suelo sentir algo +así, hervir en mi naturaleza y en mi sangre el ansia del crimen pasional +y subir esta ansia, brutalmente, hasta mi corazón. Y sin embargo, yo +desciendo de gente convencional, ceremoniosa, acostumbrada a vivir +disimulando y reprimiendo todo impulso antisocial. Pero ahora, te lo +juro, ¡yo mataría, con puñal, como un hombre del pueblo!</p> + +<p>Julio, saliendo de su tranquilidad, repentinamente, puso una mano sobre +la muñeca de Muñoz y se la oprimió con un movimiento nervioso:</p> + +<p>—¿Estás seguro, en todo caso—le interrogó—de que le tienes verdadero +amor? No, no me mires como si te preguntara algo desatinado. Es que tú +no has pensado nunca en esto... Si experimentas una angustia tan brutal, +todo pasará y no te quedarán después sino las cenizas...</p> + +<p>—No te entiendo... no puedo entenderte.</p> + +<p>—Si tu pasión arde así, con esa violencia, quemándote la carne y la +sangre, no viene de tu espíritu, sino de tu naturaleza agitada, +convulsionada. Te has entregado, ciegamente, a un sentimiento que tal +vez cualquier otra mujer te hubiera inspirado también. El amor, el +verdadero amor del hombre, es algo ante todo espiritual; los sentidos +sufren su influencia, a veces de una manera violenta, pero sin avasallar +al espíritu nunca.</p> + +<p>—Basta, Julio, basta, en estas cosas está demás razonar... Déjame +desahogarme... Si ella fuese de esas criaturas inconscientes, pura +irreflexión, pura coquetería, todo lo que hace sería cien veces más +perdonable. Pero no, es inteligentísima, más que cualquiera de sus +amigas. No, no es una irreflexiva; por el contrario, parece que siguiera +el hilo de mis ideas y adivinara todo lo que pienso. Ella sabe hasta qué +punto sufro, y no le importa. Cuando considero lo que me ha hecho pasar, +la imagino de una maldad que no se concibe mayor. ¡Y sin embargo, a +veces, su cara distraída tiene una expresión tan buena! La duda de cómo +es ella, realmente, me enloquece tanto como la duda de su amor.</p> + + + + +<h3><a name="V" id="V"></a>V</h3> + + +<p>—¿Quieres que te explique lo que pienso?—dijo Julio con cierta +gravedad. Hay una relación directa entre tu asunto sentimental y algo... +Yo no soy un indiferente, como tú acaso supones; al contrario, siento +las cosas de una manera demasiado íntima... En fin, no es esto lo que +interesa ahora... Se trata de esa criatura, es decir, de las criaturas +desconcertantes que uno puede encontrar aquí, en Buenos Aires... Si no +te sientes capaz de afrontarla, has hecho mal en romper tus pasajes... A +propósito, no me has dicho quién es...</p> + +<p>Se avivó la expresión de desconfianza en la cara de Muñoz.</p> + +<p>—No, no importa,—dijo apresuradamente Julio. Y hundiéndose en el +sillón, continuó, como abstraído:—Ninguna mujer como la porteña, suele +tener el alma tan lejos de su apariencia, tan distraída de sus +actitudes, de las palabras que dice, de su mismo carácter, tan recogida, +por decirlo así, en una oscura vida interior. Es profunda y pasiva como +la mujer oriental, pero sin duda con una espiritualidad +incomparablemente más fina, con más inteligencia y más significativa +intimidad de sentimientos. Todo lo que en la oriental es vago, demasiado +confundido con el instinto, se realiza maravillosamente en nuestras +mujeres, sin salir aún de la penumbra. No llega todavía su intimidad a +desteñirse bajo la luz violenta de la cultura uniformadora... ¿Habrás +notado que las europeas cultas se parecen todas entre sí?... Hay, por lo +menos, un cierto tipo de mujeres porteñas que no hallarás reflejado en +ninguna literatura y que te sugiere cosas indecibles. Acaso algunas +heroínas de Dostoiewski y de Tolstoi pudieran considerarse como una +equivalencia. Pero son otra cosa. Si vamos a la mujer de Francia, tan +refinada y que en algunos tipos deliciosos llega a ser exteriormente +perfecta, ¿hay sin embargo, entre todas las heroínas de sus grandes +escritores realistas, alguna que te sugestione por sí misma, por la +expresión de una fisonomía interior inconfundible? Madame Bovary no +tiene sino una personalidad artificiosa, producto casi material, por +decirlo así, del ambiente, la época, las mil influencias que Flaubert +analiza con sagacidad prodigiosa y que han absorbido en realidad toda la +espontaneidad de la mujer. Renée Mauperin, de los Goncourt, otro +producto, otra mujer tan deliciosa como generalizada y vulgar. Y esa +Madame Martin de "Le Lys Rouge", ofrecida al mundo como el tipo de la +parisiense exquisita y superior, ¿es acaso otra cosa que un admirable +afinamiento de las cualidades comunes, exteriores, visibles, traídas por +la cultura de las costumbres y la influencia de los libros que ella ha +leído? Su mundo interior es armonioso, claro, limitado. En cuanto a la +mujer española... La de los grandes tiempos místicos ha desaparecido; ha +resucitado aquí, revestida de un esplendor nuevo, transformada, única, +en este ser extraño, en esta clase sentimental a que pertenece sin duda +la criatura que te ha enloquecido. Y te ha enloquecido porque no la +conoces.</p> + +<p>—¡Tú sabes quién es!—interrumpió Muñoz irritado.</p> + +<p>—Ah, seguramente supones—prosiguió Julio—que ella es la única así. +Piensas, además, que su actitud para contigo obedece a perversidades +incomprensibles. Pero las cualidades y el carácter de estas porteñas +desconcertantes, no son, como en la mujer europea, manifestación natural +del espíritu, sino una pura apariencia, un delicado disfraz. Algunas lo +llevan durante toda la vida. Cierto recato místico y una profunda +pasividad las obliga a ocultarse así. Sus ensueños se diluyen en la +voluptuosidad interior, semejante a la que hizo delirar en otros tiempos +a las santas de España con una inacabable dulzura en los sentidos y en +el alma. La época moderna, las costumbres cosmopolitas y todo género de +sugestiones han conspirado sin duda para apagar el ardiente atavismo. +Algunas generaciones más y esta mujer habrá tal vez desaparecido. Las +Renée Mauperin y las "intelectuales" y las partidarias de Debussy, irán +poco a poco absorbiéndola, matándola.</p> + +<p>—Sí, Juanita Sánchez, otra amiga de Charito, la habrás oído discutir +sobre Debussy.</p> + +<p>—Imagínate mientras tanto, continuó Julio sin atender la interrupción +de Muñoz, a una de esas muchachas que guardan oculto el secreto de su +alma. La vida le da un esposo al azar; su misma pasividad ha contribuido +para que ella lo acepte sin llamar a juicio sus dulces imaginaciones; es +un hombre a quien cobra luego el afecto natural que le inspiran los +otros miembros de su familia. La va trabajando el hábito, se olvida de +sí misma, se resigna inconscientemente a la trivial realidad que el +destino le depara. Sus necesidades espirituales son tan hondas como su +incapacidad para resistir el ambiente que la rodea. Pesa sobre ella el +fatalismo ancestral. Renuncia, sin comprender nada a ciencia cierta, a +la vida del amor que sin embargo seguirá murmurando en su corazón; y va +viniendo así el olvido sobre su mundo interior apasionado. Ya el amor +llega a tomar para ella una forma solamente ideal, cosa de la fantasía, +romanticismo, sueño de poetas. Lee todavía con delirio a los escritores +ardientes, y en las novelas simpatiza sin vacilar con las heroínas +culpables; pero generalmente rehuye la sola suposición de una relación +ilícita en la vida misma. Para esta resignada y piadosa criatura, el +pecado es un fantasma sombrío que la asusta. Es preciso que concurran +circunstancias singularmente favorables para que de pronto lo arrostre. +Pero entonces también acepta la tragedia. Figúrate a una de esas jóvenes +señoras en la paz de su hogar. La rubia cabeza de un niño se aduerme +sobre su seno; se diría otra Virgen con otro niño Jesús. El aire que en +derredor de ella se respira parece impregnado de virtud. Un velo de +religiosa castidad cubre la hermosura lánguida de su cara. Su sencilla +actitud es una oración. Pero hay sobre los párpados recaídos tanta +sombra, es tan puro el óvalo de su rostro, que de pronto experimentas un +sobresalto: es el miedo de profanar con un deseo, acaso principio de una +pasión tan profunda como imposible, la religiosidad del santuario. Y te +apartas, huyes de aquella presencia como el ladrón sacrílego sobrecogido +en la iglesia por la expresión de las imágenes que le miran desde sus +nichos. Y más tarde piensas: "Si la hubiese conocido cuando ella tenía +quince años, si hubiéramos entonces hablado en una familiar confianza, +¿habría ahora ese recato de matrona sobre sus ojos, esa absoluta +indiferencia para cualquier motivo de conversación que implicara +siquiera la tímida curiosidad de su secretos íntimos, de los sueños que +halagan sus horas solitarias?"</p> + +<p>Muñoz escuchaba a Julio con intermitencias; la sugestión de sus palabras +alternaba en su espíritu con la angustia punzante de su amor encelado; +se imaginaba a su novia casada con otro, un niño rubio en los brazos y +recatada como la Virgen. Y una risa sarcástica se escapó de sus labios.</p> + +<p>—Pero las circunstancias, prosiguió Julio, te ponen en la ocasión de +verla con frecuencia. Nunca de tus labios se escapa una palabra que +pueda traicionarte. Ella adivina, sin duda, lo que pasa en tu corazón, +aunque sería inútil que buscaras en su actitud, en su trato, en sus +palabras, el más ligero indicio de ese conocimiento. Acaso tampoco tenga +ella la hipocresía de manifestar por su marido un amor que no le tiene. +En cambio, te dirá que en su corazón hay una idolatría constante que la +deja llevar con resignación las penas de la tierra: Dios y la Virgen. Te +regalará una crucecita, una estampa o una medalla, para que las lleves +como una protección contra la desdicha y contra la tentación del pecado.</p> + +<p>Pero una noche, por incidencia casual, has quedado solo con ella en el +comedor. Los sirvientes han levantado la mesa, se han marchado. Es noche +de invierno; en la chimenea una llama azul oscila entre los carbones. +Ella conversa con más locuacidad, de mil asuntos, de la novena próxima, +de un libro por demás liberal o cuyo argumento le parece inverosímil. Su +conversación es sencilla, demasiado sencilla. Luego te escucha a ti; y +la mirada atenta y buena tiene una pureza absoluta. "¿Qué significa, te +preguntas, esa inconsciente virtud que protege sus hechizos?" En tu +recuerdo no hay ahora una mujer comparable a ella. La miras como a un +ser sobrenatural. De pronto, durante un minuto de silencio, estalla un +lloro lamentable. Es en la estancia contigua, el niño. Ella corre, +sobrecogida como tú. Al poco rato el niño se ha dormido. La madre ha +cubierto a medias con la colcha su carita rosada, te ha llamado para que +le contemples y admires. La casa entera parece desligarse del mundo y +sumergirse en una gran quietud. Te dejas invadir con cierta amarga +voluptuosidad por el romanticismo de la escena, en esta penumbra +prohibida. El reloj da las doce, sus campanadas suenan como atónitas. Es +tiempo de que te marches. Pero tú vives como en una atmósfera irreal, tu +razón y tu voluntad ya no cuentan para nada. Repentinamente el deseo +sobresalta tu corazón con una extraordinaria violencia; caminas hacia la +pieza contigua con ánimo de huir, pero en seguida te vuelves. Ella, en +ese momento, se inclina sobre la cuna; el claror de la lámpara pone una +línea de luz en el perfil de su cara y otro en la finura del cuello; +inclinada así, su cuerpo parece más largo y más lánguido. Un poder +extraño te mueve hacia ella; tienes al mismo tiempo la sensación de caer +en un abismo y escuchas como carcajadas lejanas de un espíritu maligno, +que quisiera atraerte una irreparable condenación. Has tomado, sin +comprender cómo, las manos que ella apoyaba en el borde de la cuna. +Sobre sus ojos ves brillar la sorpresa y el terror; pero ella advierte +que tus manos tiemblan oprimiendo las suyas, que también te altera la +emoción del terror, que tus ojos se llenan de lágrimas. Nada conmueve +el dulce silencio de la casa. Has querido hablar y un sollozo te ha +cortado la palabra. La idea de profanar el santuario te incita, te +enloquece, y de pronto tomándola en los brazos, la cubres de besos +insensatos. ¿Y ella? La imagen del amor irradia sobre el Pecado, la +virtud cae como un vestido que se desciñe, ¡y aquellos ojos divinos se +entornan ahora como alucinados por la explosión de una gran claridad!</p> + +<p>Julio calló.</p> + +<p>—No se puede negar que tienes imaginación, murmuró su amigo.</p> + +<p>—¿Imaginación? No, la realidad es mucho más interesante y terrible de +lo que podríamos imaginar. ¿Conoces a las Aliaga? No, no las habrás +tratado porque no salen nunca. Es una familia predestinada. El padre +murió hace muchos años; la viuda, joven todavía, fue causa del suicidio +de... de una persona cuya muerte pasó como causada por un accidente; un +hombre casado; hay una hija suya que es extraordinaria... Este señor y +la viuda de Aliaga eran amigos desde la infancia; creo que habían sido +novios y cuestiones de familia deshicieron el compromiso. Pero desde +poco tiempo después que el señor Aliaga murió, visitó la casa +asiduamente, sin dejar sospechar el sentimiento que le iba dominando y +llevando a la perdición. Solía ir con su hijita mayor, esa... la que no +te quiero nombrar. Cuando la viuda comprendió la pasión de su antiguo +amigo, le cerró consternada las puertas de la casa. Ese mismo día, él +se disparó un tiro en la boca.</p> + +<p>Pero el caso más espantoso y más triste ocurrió poco después, con una +prima hermana de la viuda de Aliaga, casada joven, demasiado joven, con +un señor que era entonces político conocido y persona muy influyente. +Ella conocía a un muchacho... ¿te acuerdas de Isidro Acosta, aquel +muchacho escritor que estaba en la Facultad cuando nosotros empezábamos +el bachillerato? Se enamoró locamente de esta señora, que era algo +pariente suya. Le pidió ella un día, llorando, con las manos puestas +sobre las cabezas de sus dos hijitos, uno de cuatro, otro de tres años, +que no la buscara más. Acosta hizo todo lo posible para ahogar su +pasión, viajó por el Paraguay, se fue después a Europa; pero volvió, +triste, más enamorado que nunca. Apenas llegó le mandó una carta escrita +con sangre; se consagraba a ella decidido a morir. La pobre se asustó, +parece que le correspondía en la intimidad de su corazón, aunque sabía +ocultarlo y dominarse y había puesto una lápida sobre sus sentimientos +culpables. ¡Ah! ¡Estas lápidas de olvido! ¡Cuántas mujeres porteñas han +atravesado la vida melancólica hasta una noble ancianidad, plegadas por +la virtud a la rutina cotidiana, distraídas por el cariño a los hijos, +mientras un amor del pasado se ha ido muriendo como una claridad pálida +en sus almas! Y no creas que las idealizo... ¡Oh, no...! Te sigo +contando. Pocos días después de escribirle Acosta esa carta, que ella +no le contestó, la encontró inesperadamente en casa de las Aliaga. +Hablaron; él se puso a llorar como un chico, y esa tarde, sintiendo el +vértigo de una pasión que concluiría por vencerla, buscó la única +solución salvadora. Vivió todavía horas de sombría sublimidad. Su +marido, que no la hablaba y ya sospechaba algo, la encontró por la noche +arrodillada junto a la cama en que sus dos hijitos dormían. Al otro día, +después de empapar sus ropas en aguardiente, se acercó al fuego de una +estufa. Alcanzaron a verla caer alzando los brazos, gritando en medio de +la llamarada. Cuando corrieron para socorrerla, escapó despavorida, y +volvió a caer ya carbonizada. ¿Puedes imaginarte horror semejante? +Parece que realizó el acto en un estado de absoluta lucidez. Piensa que +la pobre, por una extrema exaltación de su virtud, sintió la necesidad +de morir así, abrasada, para purificarse, para consumirse en el fuego +con los vestigios de su pecado.</p> + +<p>Julio Lagos se levantó; había referido aquello con la voz alterada y +estaba pálido. Muñoz le miraba con asombro; tuvo la misma sorpresa que +experimentara, algunos años antes, cuando en la clase le oyera discutir +apasionadamente con el profesor. Julio se encogió de hombros.</p> + +<p>—Te llama la atención que estas cosas me impresionen así. Ya sé que tú +me imaginas insensible o algo así como si me faltara humanidad. Y volvió +a hundirse en el sillón.—Sí, continuó, son muy extrañas las mujeres de +nuestro país... Fue precisamente en casa de las Aliaga que conocí, hace +algún tiempo, a esa amiga de Charito González. Me pareció en seguida que +pertenecía al tipo de las mujeres fantásticas.</p> + +<p>—¡Ah!—exclamó Muñoz, enrojeciendo. ¿La conociste en casa de Charito +González? ¿Tú vas a casa de Charito González?</p> + +<p>—No; la conocí en casa de las Aliaga.</p> + +<p>—Estoy seguro que dijiste... en fin ¿una amiga de Charito González? Yo +conozco a todas sus amigas.</p> + +<p>—No importa. Esta es la hija del hombre que se mató por la viuda de +Aliaga.</p> + +<p>Muñoz ignoraba el suicidio del padre de Adriana.</p> + +<p>—Entonces no cabe duda, murmuró fingiéndose distraído, toda esa es +gente fantástica. Yo le preguntaré a Charito sobre sus amigas. No son mi +tipo, te lo advierto... Así, agregó enrojeciendo otra vez, no habrá +celos entre nosotros.</p> + +<p>Y se rió, con una penosa risa de sarcasmo.</p> + +<p>—La conocí en casa de las Aliaga, repitió Julio. No haría nada por +encontrarme con ella, precisamente porque me impresionó mucho. Hay +mujeres cuya idea nos subyuga como el destino... nos atraen, pero uno +siente que la voluntad no debe intervenir para nada.</p> + +<p>Volví a verla, en un teatro; estaba ella con varias amigas y no me vio. +La observé atentamente. Había en toda su persona una armonía que no +fallaba por ningún detalle, y ese algo indeciso que fluctúa sobre la +expresión de la cara y en el gesto y en la sonrisa y nos advierte la +presencia de un ser femenino cuyo acercamiento nos lo haría +infinitamente precioso. En el amor, Muñoz, hay cierto momento en que se +nos revela el gran misterio... Esto sucede cuando no nos arrastra la +simple pasión, cuando nuestra alma, libre de la embriaguez que turba, se +para, por decirlo así, en el umbral de su propio amor. ¿Has leído "La +Vita Nuova"? Dante la escribió sobre Beatriz, a la que siempre contempló +desde el umbral de su gran amor idealista, y ella, antes y después que +muriera, estuvo revelándole los misterios divinos.</p> + +<p>—Por lo menos, murmuró Muñoz sardónicamente, un marido que se hubiese +casado con tu Beatriz no tendría nada que temer.</p> + +<p>Y sospechaba que la Beatriz de Julio era Adriana.</p> + +<p>Ambos quedaron repentinamente callados, sin poder reanudar la +conversación. Julio se despidió.</p> + +<p>Cuando Muñoz quedó solo, volvió a embargarle el pensamiento de Adriana y +vio su imagen proyectarse, radiante, en el salón iluminado; junto a ella +dos ojos saltones emergieron, temblorosamente, en una cara afilada, +fina... ¡la cara de Castilla!</p> + +<p>Entonces, por cobardía, se esforzó para pensar en los primeros tiempos +de su amor, en la dicha de haberla conquistado, de haberse impuesto al +alma que miraba tan misteriosamente por aquellas pupilas circundadas de +ligera sombra. Pero acaso ella no podía amarle, algo inconmensurable y +oscuro había sin duda entre los dos. De pronto, la obsesión visionaria +se reavivó, acercándose. Adriana adoptaba una expresión condolida, pero +irónica, irritante; los labios del otro sonrieron con la misma +expresión. La silueta lánguida en el traje lila oscilaba suavemente; se +soltaron los largos cabellos sobre la nieve de la espalda y el bello +brazo desnudo se levantó, dulcemente; los labios del otro besaron en la +blancura del hombro.</p> + +<p>Muñoz temblaba, una nube oscureció violentamente las imágenes, se +sacudió, habló en voz alta, para apartar de su alma los vestigios de la +horrible alucinación. Quiso beber, pero se torcieron sus dedos, +convulsivamente, sobre la copa diminuta, y el delgado cristal se quebró +hiriéndole en la palma: la mano se agitó salpicando sangre.</p> + + + + +<h3><a name="VI" id="VI"></a>VI</h3> + + +<p>A no haber Muñoz abandonado tan precipitadamente la casa de Charito, +habría comprendido lo infundado de sus celos. Porque cuando Adriana +advirtió que Castilla se tomaba tontamente la libertad de acariciarle la +mano, en seguida, dejándole plantado en medio de la sala, buscó a Muñoz.</p> + +<p>Sin embargo, lejos de preocuparla que éste se hubiera marchado, sólo +experimentó contra él un sentimiento de fastidio. Charito la llamó, +consternada. Acababa de advertir, sospechando el motivo, la retirada de +Muñoz. Era su amiga de confianza y profesaba por él un sentimiento que +ella no hubiera podido definir: mezcla de cariño fraternal, de +instintiva simpatía y de admiración. Le atribuía las mejores cualidades +y no dejaba de recordar que había egresado de la Facultad de Derecho con +las más altas clasificaciones de su curso. Charito, abandonando por +algunos minutos al joven de la voz amaricada, tomó las manos de Adriana +y la miró con expresión sorprendida.</p> + +<p>—¿Por qué te portas así? Es un muchacho que te quiere con lealtad, con +pasión. No es tan fácil encontrar un amor como el suyo, tan verdadero, +tan noble. Conozco muy bien a Muñoz y sé que no podrá soportar por mucho +tiempo esas actitudes tuyas. Ya te vi con Castilla. Por más que Muñoz te +ame, si tú le sigues poniendo a prueba de ese modo, un día te dejará. +Con la muerte en el alma pero Muñoz te dejará.</p> + +<p>Dijo con énfasis "la muerte en el alma" y aguardó un explicación. Pero +Adriana miró a su amiga con cierta dulzura indiferente, de soslayo, y le +prometió que en adelante sería más buena con Muñoz.</p> + +<p>Charito González no era linda ni fea; sus ojos claros, más expresivos +hubieran sido hermosos y muy elegante su silueta de ser ella más alta. +En su modo y en su trato había esa ambigüedad y esa ausencia de carácter +definido que parecían el fondo mismo de su persona. Vivía absorbida por +el ambiente social, y para las fiestas de caridad era una secretaria +activísima y no hallaba tiempo de cumplir con todos los compromisos que +se imponía. Adriana tenía de ella una impresión semejante a la que le +sugerían las personas de la familia de su tío Ernesto Molina: que +carecía, en cierto modo, de verdadera alma. Pero cultivaba su amistad +comprendiendo que en todo momento podría confiar en los buenos oficios +de su discreción y de su bondad.</p> + +<p>Ahora la divertía el tono afectado con que le reprochaba sus +inconsecuencias con Muñoz.</p> + +<p>—¿Me prometes—insistía—ser leal, quererle de verdad, prodigar en este +amor tu corazón?</p> + +<p>—Te prometo—respondió Adriana imitando su énfasis—no traicionarle +jamás, prodigarle mi corazón.</p> + +<p>Durante el resto de la velada se aburrió como nunca.</p> + +<p>Al día siguiente fue a casa de las Aliaga. La acogieron con una alegría +más abierta y cariñosa que la vez anterior y se manifestaron +sorprendidas de que no hubiese vuelto antes. Algunos minutos después, +continuando una conversación empezada cuando ella se presentó, la +pusieron en antecedentes de un íntimo asunto de familia y la consultaron +como si fuese la persona de más confianza y más allegada a la casa. +Después Carmen, la menor, la llevó a su cuarto y le mostró, con mucho +misterio, un diario de su vida que había comenzado a escribir.</p> + +<p>—Tú eres la única que podrá leerlo, le dijo como encantada de su idea. +Ellas ni siquiera saben que lo escribo. La que tiene un diario ya muy +largo es Laura. Algún día que ella se descuide lo robamos y lo leemos +juntas. Como a ella le han pasado muchas más cosas que a mí, y ha tenido +una pasión y estuvo de novia...</p> + +<p>Dijo esto con cierto aire de pesar, como envidiosa de Laura.</p> + +<p>Carmen tenía unos veinte años, pero por ciertos modos ingenuos y por +algo de frágil que en toda su persona había, aparentaba diez y seis. El +color de las mejillas y de los labios parecía más vivo por la blancura +mate de la cara y de las manos. Alguna asimetría de la frente se anegaba +en el esplendor de los grandes ojos grises, que daban la impresión de +ser negros, por la anchura de las pupilas. Esta belleza de los ojos era +un rasgo que tenía de común con sus hermanas, como asimismo la +extraordinaria y continua intensidad de la mirada, llena de alma.</p> + +<p>Las Aliaga conocían muchos libros que Adriana había leído, se asemejaban +a ella en ideas y modos de ver, deliraban por versos de amor y +comentaban con sutileza las novelas francesas y rusas que les traía +Julio. Parecían, por las conversaciones que solían tener acerca de las +heroínas desdichadas, que ellas mismas hubiesen querido de alguna manera +acompañarlas en la peregrinación de sus desventuras ideales. Había en +ellas una sensibilidad extrema, y por afortunada despreocupación, no +habían adquirido esa cultura literaria artificial, buscada, que +generalmente falsea y con frecuencia anula en la mujer el tacto +artístico. Por eso podían amar con naturalidad el estilo de ciertos +autores y preferirlos a otros sin obedecer a sugestión alguna. Un +hermoso libro, a veces una sola página escrita con gracia, les daba +ensueño para muchos días.</p> + +<p>Adriana sentía el contraste profundo de esta casa con el ambiente sin +espíritu que había, por ejemplo, en la de Charito González o de su tío +Ernesto Molina. Sin embargo, una parte del misterio que en su +imaginación había circundado a las Aliaga, se fue aclarando, como los +contornos de una figura que parece fantástica en la penumbra y luego a +la plena luz cobra una realidad más simple.</p> + +<p>Acaso la más linda era Laura. Unía la sensibilidad excesiva a cierta +actitud de calma inalterable. Tenía un modo muy particular de distraerse +súbitamente de la conversación, para quedarse mirando en el vacío; pero +no con la expresión ambigua de todo el mundo, porque bajando la cabeza, +sin bajar la mirada, el negro de las anchas pupilas se confundía con el +negro de las pestañas, y entonces aquella mirada fija adquiría una +profundidad llena indefiniblemente de tristeza. Adriana se acercaba a +ella, solícita, y acariciándola y jugando con sus cabellos la +interrogaba bruscamente, como para descubrir por sorpresa el secreto de +sus pensamientos:</p> + +<p>—¿En qué pensabas? ¡Dímelo, por favor!</p> + +<p>Pero Laura, respondiendo sin hablar a sus caricias, sonreía con una +dulce tranquilidad.</p> + +<p>Se formó entre ambas una amistad delicada, estrecha, y sin embargo +llena, en muchos puntos, de reserva. Ni la una ni la otra llegaban a la +confidencia. Y mutuamente se perdonaban y hasta se agradecían esta +reserva. A veces, después de alguna reflexión hecha al azar sobre la +dificultad de hallar en la vida la felicidad del amor o sobre la +grosería con que lo concebían los hombres, se detenían en el punto mismo +de abrirse el corazón.</p> + +<p>Adriana experimentaba, por primera vez, el sentimiento apasionado de la +amistad. Laura la besaba como a una hermana y le enseñaba imágenes de +santos bordadas en seda por ella. Sobre la cabecera de su cama colgaba +un crucifijo labrado en marfil. Había en la habitación dos cuadros cuyo +asunto era triste. Uno de ellos, titulado "L'Oubliée", figuraba dos +amantes que se besaban cerrando los ojos mientras la muerte, un fantasma +vago, invisible para ellos, se acercaba a contemplarles. Y en el otro +cuadro, la pobre amante ya estaba de rodillas sobre la tumba y alzaba la +cara mirando al cielo con sus grandes ojos claros, que por el exceso de +la pena casi no tenían expresión.</p> + +<p>Carmen se demostraba celosa de aquella amistad e interrumpía las +pláticas de Adriana y Laura protestando:</p> + +<p>—Hemos tenido la dicha de encontrar este encanto de amiga y tú te la +quieres acaparar como si fuese únicamente tuya. Y comenzaba a charlar +alegremente o traían un cuaderno en que había copiado versos, algunos en +francés, y éstos ella exigía que los leyese Adriana, porque los decía +con una admirable pronunciación.</p> + +<p>Generalmente las Aliaga charlaban con volubilidad, proyectaban viajes, +sin propósito ninguno de realizarlos y se daban bromas con jóvenes a +quienes no veían desde largos años atrás.</p> + +<p>Pero aquella superficialidad era ficticia, una delicada apariencia con +la cual revestían, por un raro pudor, la profundidad y la inquietud de +sus almas. Y así como Adriana misma, mientras hablaban y reían con +ligera locuacidad sobre temas con frecuencia pueriles, soñaban +interiormente sus cosas ideales; y como ella, también, vivían sin dejar +transparentar el mundo de imágenes amorosas y de suaves ideas que las +encantaban en la cotidiana meditación.</p> + +<p>Alguna vez, cuando atardecía, abrían los balcones, que daban sobre la +Avenida Quintana. Adriana se abandonaba a la dulzura de quedarse allí, +anegada en sus propias ideas y en la vaga contemplación de esta calle +solitaria, retraída del rumoreo cosmopolita con su elegante edificación +de cerrados palacetes. Al extremo de la Avenida, el jardín de la +Recoleta iba igualando los tonos oscuros de su arboleda tropical; y por +encima, cerrando la perspectiva en la entrada del cementerio, la iglesia +del Pilar, pequeña, simple, con algo de atónito en su distante +apariencia: vieja capilla que la ciudad colonial desaparecida había +dejado allí disimulada en la humildad de su encanto.</p> + +<p>Adquiría todo esto tanta belleza muriendo la tarde y bajo el oro del +otoño, que se ponían ellas pensativas. Adriana, ansiosa de amor, +imaginaba idilios con Julio.</p> + +<p>Entraban luego, cerraban las persianas y encendían las luces. Había en +la gran sala un ambiente de intimidad y una elegancia sutil: el +decorado, los tapices de tonos oscuros, los muebles severos y el +conjunto de los pequeños objetos de adorno, se caracterizaban por una +singular ausencia de cualquier detalle demasiado llamativo u ostentoso. +Reinaba allí, como en toda la casa, una especie de suntuosidad sin lujo, +traída naturalmente a través del tiempo y sometida al espíritu de sus +moradores. Cosas de épocas diversas se avenían entre ellas con una +gracia original. El arte antiguo de los pesados jarrones de cobre +preciosamente trabajado, que figuraban dragones fantásticos sobre la +chimenea de mármol negro, no parecía contradecirse con el arte ligero de +una lámpara moderna que difundía, suavemente atenuada por el moaré de la +pantalla, la luz de la bombilla eléctrica oculta en el esbelto pie de +alabastro.</p> + +<p>En una vitrina, grandes abanicos abiertos evocaban modas desaparecidas y +transmitían la sensación encantada de los años en que se habían usado: +algunos, enormes, estaban hechos con blanca pluma de garza sobre +varillas de ébano; en otros era el plumaje negro y contrastaba +pomposamente con el labrado marfil; y en los menos antiguos, alguna +escena de pastores se pintaba sobre la indecisión de la seda ajada. +Encima de la mesita de caoba cuyos bordes afiligranaba una incrustación +de nácar, había un grueso álbum de retratos con el terciopelo de las +tapas ya gastado, como felpa de viejo bargueño. La mayoría de los +retratos se habían descolorido; en algunos apenas era posible distinguir +otra cosa que el espectro de la imagen. La fotografía de la primera +página era más reciente y en ella resplandecía, con el fino tipo de las +Aliaga, una maravillosa cara de mujer, la madre de ellas. Más que su +noble belleza, impresionaba el alma de los ojos, profunda, dulce, y su +expresión singularmente parecida a la de Laura.</p> + +<p>Este retrato ejercía sobre Adriana una especie de fascinación. Solía +largamente contemplarlo. Entonces Zoraida o Carmen, con cierta suave +violencia, se lo quitaban.</p> + +<p>—¿Por qué? les preguntaba sorprendida.</p> + +<p>Ellas callaban, mirándose.</p> + +<p>Zoraida, que era música, solía sentarse al piano y ejecutaba con +maestría motivos de Chopin o de Beethoven. A veces lo hacía como +jugando, interrumpiéndose a cada rato por seguir la conversación de sus +hermanas. Pero con frecuencia, exaltándosele la expresión del semblante, +la idea musical la arrebataba. Entonces las otras enmudecían. Carmen, +arrodillándose junto a Zoraida, la miraba con atención ingenua, y +después, hacia las últimas notas, se oprimía el corazón y suspiraba +sonriendo.</p> + +<p>Por confidencias de Carmen, supo Adriana muchas cosas relativas a +Zoraida, que la afirmaron en la suposición de que ésta, realmente, había +sido objeto de la imposible pasión y causa del suicidio de su padre. En +la infancia Zoraida se había formado un propósito tenaz: ser monja. Al +principio eso fue motivo de broma en la casa y más cuando ella rompió +sus muñecas para demostrar despego por los afectos del mundo. Tuvo +luego, ya desde los catorce años, festejantes que la adoraron; a todos +les rechazó. Inútilmente su padre, que aun vivía, resolvió sacarla del +internado, donde seguramente alguna monja le había inculcado aquella +idea mística tan singular en una criatura de su edad. Ella declaraba que +su vocación era el convento adonde tarde o temprano iría para +conformarse a los deseos de Dios que la llamaba. Más adelante comunicó +tal propósito a su director espiritual, que la felicitó; también hizo +voto de castidad y ya no quiso ocuparse sino de los trabajos que se +impusiera como Hija de María. Cuando su padre murió, Zoraida cumplía +diez y siete años; su decisión se hizo más ardiente que nunca. Fue +preciso que Eduardo interviniera acerca del confesor. Este un día le +declaró seriamente que debía obedecer a su madre. Zoraida, decepcionada, +recurrió directamente a la superiora de las Salesas, quien la aconsejó +de acuerdo con el sacerdote. Entonces su naturaleza extremosa se +sublevó. Juró que abandonaría toda tarea religiosa, que no pisaría más +el confesionario y que hasta dejaría de ir a misa.</p> + +<p>—Y ese juramento—añadió Carmen—lo ha cumplido. Nunca siquiera nos +acompaña a misa los domingos. ¡Qué raro! Ella dice, ahora, que para +comunicarse con Dios no es necesario ir a persignarse en la iglesia +delante de todo el mundo.</p> + +<p>—¿Y tuvo más festejantes? preguntó Adriana.</p> + +<p>—Sí, varios. Pero los despreció a todos. Cuando murió mamá, es claro, +ella era la mayor y tomó el cuidado de la casa. Y oye...</p> + +<p>Enmudeció repentinamente ante Zoraida que vino a sentarse junto a ellas.</p> + +<p>—No sirves para disimular, Camucha. En la cara te adivino que le +hablabas de mí—dijo acariciándola.—¡Indiscreta! Le habrás contado mi +manía de ser monja.</p> + +<p>Carmen, muy colorada, no atinó a defenderse.</p> + +<p>—Pero no se lo creas todo, Adriana. Camucha es demasiado novelera. +Aquello fue más bien fantasía de chica. Una verdadera vocación no se me +habría pasado con la muerte de mamá, ni con los disgustos que se +juntaron encima.</p> + +<p>Y procuró convencerla de que aquello había sido una pura ingenuidad, un +idealismo, por el pensamiento de que fuera de Dios nadie podría +enamorarla nunca. Por otra parte el amor—ella estaba segura—sólo +hubiera venido para su perdición.</p> + +<p>Un día conversaron acerca de Julio, y Adriana escuchó sin perder +palabra.</p> + +<p>Carmen extrañaba de que nunca le hubieran conocido ellas ningún amor.</p> + +<p>—No hay mujeres para Julio, murmuró Laura.</p> + +<p>—Sería raro que no tuviera alguna pasión por ahí, añadió Zoraida.</p> + +<p>Carmen protestó con tono de reproche:</p> + +<p>—¡Raro! ¿Y acaso nosotras no nos parecemos a él? ¡Pensar que lo pasamos +aquí tan escondidas y como olvidándonos de vivir! ¿Quieres creer, +Adriana, que Zoraida nos está contagiando su enemistad hacia el mundo? +Como no ha podido entrar de monja quiere hacer de esta casa su +convento. Ya ni por motivos de caridad nos relacionamos con nadie. Días +pasados vinieron a verla varias señoras, para pedirle que formara parte +de una comisión de beneficencia. No lo consiguieron. A mí, el año +pasado, me dejaron una alcancía para la colecta del 2 de Octubre. Has de +creer que no tuve ocasión de pedirle su contribución a nadie. Y para no +quedar mal nos vimos obligadas a reunir cada día todas las monedas que +había en la casa, y registrarle los bolsillos a Eduardo, hasta conseguir +poco a poco llenarla. Pero lo más grave es, para mí, que viviendo en +esta forma una no tiene oportunidad de conocer mozos y hallar alguno a +quien querer.</p> + +<p>Y Carmen, con un modo ingenuamente lánguido, apoyó la mejilla en la +palma de la mano abierta, y bajo la frente algo asimétrica sus hermosos +ojos grises tomaron una expresión vaga; en la sombra de su meditación, +miraba sonreír una cara que en la realidad no había visto nunca.</p> + +<p>—Por mi parte, suspiró Zoraida, todos los días pido a Dios que no me +traiga la ocasión de enamorarme. Laura intervino.</p> + +<p>—¡Siempre tu misma manía!</p> + +<p>—Con esas ideas extrañas—añadió Carmen—todas debemos hacer lo posible +para quedarnos solteras.</p> + +<p>—El amor, para nosotras, sólo puede venir como una desgracia, replicó +Zoraida. Y la voz le temblaba.</p> + +<p>Un día Adriana preguntó por Julio.</p> + +<p>—¡Está aquí! exclamó Carmen. Lo dejamos arriba, con abuelita, cuando tú +llegaste.</p> + +<p>—Le pidió abuelita que tomara el te con ella, agregó Zoraida, y allí +está Laura también. ¿Te has fijado, Camucha, con qué atención le escucha +Laura, cuando él habla?... Es una suerte. Así, poco a poco, me irá +perdonando...</p> + +<p>—No, ella no se olvida de José Luis, ella piensa que José Luis hubiera +sido el amor de su vida, repuso Carmen. No te puede perdonar.</p> + +<p>Adriana, preocupada deliciosamente por la idea de que Julio estaba en la +casa y que lo vería de un momento a otro, no fijó su atención en aquella +frase de Carmen. Puso todos los sentidos en sorprender, sobre la cara de +Julio, cuando bajara, la impresión que le haría volverla a ver. +Sorprendió una expresión de júbilo, y en seguida una contradictoria +mirada de tristeza. Con él bajaba Laura. Esta se adelantó y la besó en +los ojos.</p> + +<p>—Al fin se han vuelto a encontrar, después de un año, murmuró.</p> + +<p>Se habló de música y de novelas. Laura, que no dejó un instante de +observar a Julio, suspiró, volvió a besarla.</p> + +<p>—Se me ocurre que ya te quiere, le dijo al oído.</p> + +<p>Pero Adriana no podía escucharla. Miraba a Julio con los ojos un poco +atónitos y sonreía con su sonrisa ligera.</p> + + + + +<h3><a name="VII" id="VII"></a>VII</h3> + + +<p>Pensó que una influencia oculta atraía sobre su vida el amor, aquel +mismo amor que un año antes había visto brillar en los ojos de Julio.</p> + +<p>Pero ahora este pensamiento no asociaba la dicha y tampoco la antigua +esperanza. Volvió a verle y nada ocurrió. Una gran inquietud la invadía. +Cuando él hablaba, fingía distraerse, le dejaba conversando con Zoraida +y llevándose a Laura al otro extremo del salón, se ponían a hojear el +álbum de los retratos abierto sobre la falda de ambas. Sentía, sin saber +por qué, la necesidad de mostrarle indiferencia. Sin embargo, no +advertía en Julio señal alguna de que esta actitud le afectara. "Hoy se +ha marchado—pensaba—sin saber a qué atenerse con respecto a mí... +Desgraciadamente, yo estoy en el mismo caso"... Y comenzaba a dudar de +la pasión presentida. ¿O andaría él tal vez enamorado de Laura...?</p> + +<p>Julio no era el mismo que reapareciera tantas veces en su memoria; su +recuerda había sin duda trabajado los rasgos de aquella cara, sus +gestos, sus actitudes mismas, prestándoles una indecisión que no tenían, +ahora, aquella frente tan recta desde la raíz de los cabellos hasta el +arco de las cejas, y aquellos ojos que solían quedarse mirándola, +durante un rato largo, con naturalidad. Era otra cosa, también, su +manera de entrar, decir saludando algunas palabras distraídas, y luego, +sentándose con las manos en los bolsillos, quedarse pensativo y como si +estuviese completamente solo. Adriana se preguntaba por qué no había ya, +entre él y ella, la locuacidad amable de la tarde que se habían +conocido. A veces una frase de Julio parecía, sin embargo, buscar la +intimidad y la confianza; algo invisible la impulsaba entonces, más que +nunca, a burlar la adivinada intención. Burlarle aunque tal victoria le +costase la felicidad de su vida. Y no se explicaba a sí misma la razón +oscura de este deseo. Porque sufría al pensar que él pudiera sufrir.</p> + +<p>A medida que le iba conociendo más, menos podía substraerse a un +sentimiento de ternura entrañable y más doloroso le era fingir la vaga +despreocupación.</p> + +<p>—Cuando tú estás, le decía Carmen, Julio apenas conversa, lo mismo que +tú. ¡Ah, si pudieras oírle cuando se anima y cuenta el argumento de +alguna comedia o habla de cosas ideales! ¡Con qué atención nos quedamos +escuchándole y deseando que no termine nunca! Engaña mucho esa frialdad +que tú le ves. Es nuestro mejor amigo, nuestro único amigo, porque a +los muchachos parientes que suelen venir, ni los tenemos en cuenta. +¡Julio nos entiende tanto! ¿Quieres creer que yo, a él, le confesaría lo +que ni a Laura ni a Zoraida podría decirles nunca?</p> + +<p>Y estas noticias embargaban completamente la imaginación de Adriana.</p> + +<p>También Laura solía hablarle de Julio, cuando estaban solas, y sus +elogiosas referencias coincidían con la opinión íntima que de él se +había formado Adriana.</p> + +<p>Un día Julio pareció transformarse en un hombre que no era el Julio +habitual. Sentado junto a ella mientras Zoraida, en el piano, ejecutaba +una sonata, interrumpió de pronto la conversación que sostenían sobre un +tema trivial, para preguntarle, con una voz humilde, si acaso tenía +contra él algún motivo de resentimiento.</p> + +<p>Adriana le miró con asombro. Aquel dejo humilde y aquella cierta +inoportunidad ingenua de la pregunta, debían quedarle murmurando como +una dulzura en la memoria. Le pareció adivinar instantáneamente toda el +alma de Julio.</p> + +<p>—¿Yo resentida con usted?... ¡Oh, no, no!</p> + +<p>—Es una pena.</p> + +<p>—¿Una pena que yo no esté resentida con usted? Explíqueme, Julio.</p> + +<p>—Es tan difícil explicar... Ciertas ideas, las más íntimas, no podrían +expresarse sino por un esquema pueril. Por eso la melancolía de +conversar con alguien que podría comprender lo que por desgracia no +sabemos explicar: vamos deplorando, al cabo de cada frase, que lo +realmente significativo de la idea se quedó en el corazón.</p> + +<p>—Pero en fin: ¿usted preferiría que yo estuviese disgustada? Por favor, +dígamelo así en esquema.</p> + +<p>—Sí, preferiría eso, para poder atribuir su resentimiento a una mala +inteligencia; en cambio, ahora ya conozco que su frialdad sólo viene del +ningún deseo de reanudar aquella amistad de algunos minutos, cuando nos +encontramos aquí hace un año, amistad que sólo en la imaginación mía +pudo seguir persistiendo.</p> + +<p>Adriana, para demostrarle que tampoco ella había puesto nada en olvido, +le repitió algunas palabras que dijera Julio en aquella ocasión. Y se +maravillaba de su propia sinceridad.</p> + +<p>—¿Sabe usted, agregó, que me dejó sorprendida la seguridad suya cuando +se puso a imaginar el elogio de mi alma?</p> + +<p>Y le pareció advertir de nuevo, como entonces, que brillaba el amor en +la mirada de Julio. Pero ambos callaron, suspensos de la música de +Zoraida, que se hallaba en uno de sus momentos de exaltación.</p> + +<p>El motivo de Beethoven jugaba con cierta gracia infantil, sus frases +líricas parecían caminar sobre el teclado, frescas, ligeras, y +acariciaban el oído sin despertar inquietud. Después las notas se +precipitaban, límpidas, luminosas, con algo de ansiedad, y en el aire +se iba formando una idea musical, pura, serena y como desasida de su +mismo origen sonoro. Las límpidas notas, súbitamente contenidas, +tornaban en dulce murmullo. Ahora el motivo era un alma, con la +palpitación del ritmo pugnaba por subir, vacilante, a las regiones +inefables. Se agitaba su vuelo en las alturas, como una alondra. Y por +momentos, en la poderosa dilatación del sonido radiante, parecía a punto +de alcanzar el júbilo de una maravillosa revelación.</p> + +<p>Pero luego las notas decaían, las bellas frases se enlazaban más +lánguidas, la imagen de la dicha moría en un radio de sombra, y ya sólo +podía oírse la tierna resignación del amor vencido ante la irremediable +lejanía de su ideal ultraterreno.</p> + +<p>De pronto, en medio de su tristeza, el mismo motivo musical se +reavivaba, con la gracia de un hermoso niño que despierta olvidado de la +causa que acababa de adormirle llorando; y volvía a su encanto de las +primeras notas, ágiles, ligeras, para luego agitar de nuevo en el ritmo +sus alas de esperanza. Y otra vez el alma de la idea lírica ascendía +cantando, como una alondra.</p> + +<p>Cuando terminó la sonata, ambos quedaron un rato en silencio, oprimidos +por ese inexplicable deseo que la música infunde, de una dicha excesiva, +superior a la condición humana. Ella echó sobre Julio una rápida mirada; +estaba un poco pálido y tenía los ojos húmedos, absortos en ella; sus +palabras, al reanudar la conversación, tomaron el dejo humilde.</p> + +<p>En esto apareció Laura. Al verles hizo un vago gesto, como si hubiese +querido retroceder. Pero Adriana se levantó, fue hacia ella, +rápidamente, y le oprimió las manos tanto que Laura contuvo un grito. +Entonces, con actitud de azoramiento y de lástima, besó una y otra vez +aquellas manos, sin alzar los ojos. Daba las espaldas a Julio y seguía +sintiendo sus palabras humildes penetrarle en el alma como una larga +caricia.</p> + + + + +<h3><a name="VIII" id="VIII"></a>VIII</h3> + + +<p>En esa misma semana tan llena de emociones, volvió a la estancia de su +tío para buscar a su madre, que decidió instalarse definitivamente en la +ciudad. Fue por la mañana y pasó el día con sus parientes. La notaron +cambiada, muy abstraída. No tuvo "rarezas", no contradijo a nadie y rezó +con su tía en el oratorio.</p> + +<p>Sus dos primas la observaban, mirándose luego con cierto aire de +asombro, como si esta nueva manera de ser tuviese también su punto +censurable. A Fernando, que de allí a poco debía emprender un viaje a +Europa, le habló en tono afectuoso, pidiéndole no dejara de escribir con +frecuencia, y ayudó a su madre, muy solícita, en el arreglo del +equipaje. Su tío relataba anécdotas sobre un político de gran actuación +fallecido el día anterior.</p> + +<p>—Yo lo traté mucho—decía—y pocas personas he conocido tan finas y tan +amables. Ya pocos hombres quedan como esos, en el país. Era tan atento +que le pasaban cosas curiosas. Ahora ustedes van a ver, les voy a +contar. (Hizo su larga pausa de costumbre, el dedo pulgar de una mano en +la abertura del chaleco, la otra mano apoyada de través en la rodilla). +Un día, él entonces era ministro, estaba yo en su despacho, con otros +amigos, cuando entró, después de anunciarse, un jovencito provinciano, +muy tímido, con una carta de recomendación. El ministro le tomó la +carta, la leyó, le prometió un empleo. Después, por halagarle, se puso a +conversar un rato con él. "Yo era muy amigo de su papá—le dijo—persona +muy distinguida, por cierto, y cuando murió hube de hablar en su +entierro". Esto no era verdad, lo decía de puro amable. El jovencito, +naturalmente, se sorprendió. "Señor, mi padre no murió aquí, sino en +Montevideo", "Ah, tiene usted razón,—contestó el ministro—en +Montevideo, sí, lo recuerdo muy bien, por eso no hablé".</p> + +<p>Adriana fingía atender las crónicas de su tío. Pero sus pensamientos +volaban a casa de las Aliaga. Predominaba en ella la inquietud, su +anhelo se perdía en presentimientos confusos, su espíritu se +transformaba en un sentido ideal. Con Julio, este muchacho que ella +había tratado apenas, no hubiese empleado nunca sus fáciles y comunes +recursos de seducción y le aterraba la sola idea de que él pudiera +interpretar como coquetería alguna actitud suya.</p> + +<p>Al caer la tarde, un break las llevó a la estación del pueblecito +cercano a la estancia. Las primas se despidieron. Adriana, distraída, +se dejó besar en las mejillas.</p> + +<p>Cuando hubo arrancado el tren, corrió la ventanilla, para evitar el aire +frío, y al través del cristal, que se humedecía con su aliento, se puso +a mirar el paisaje. La inacabable llanura verde comenzaba a cubrirse con +un ligero esplendor de oro. Hileras de álamos surgían y se precipitaban +al paso del tren. Se desteñía el cielo como un inmenso lavado de +acuarela, dejando abajo, en su límite con la tierra, una cinta de vapor +azul. El sol, descendiendo, ofuscó los ojos de Adriana con sus largas +flechas amarillas, que se volcaban brillando a cada ondulación de la +campiña. A trechos giraba lentamente, muy distante, la azotea roja de un +chalet; y su ventana, bajo el triángulo de tejas, fulguraba como una +planchuela de oro. El sol se dilató; era una gran ascua redonda que +perforaba la cinta de bruma azul. Un gajo de arbusto seco, sobre la +llanura, cruzó por el disco como un arabesco de tinta. Arriba en la +inmensidad lívida, una pequeña nube, un encaje de luz rosada y pura, se +irisaba como una maravillosa concha de nácar.</p> + +<p>Del alma de Adriana huían los pensamientos mezquinos y sus ojos se +abismaron en la tristeza del firmamento pálido. Las cosas pasadas en +aquellos días surgieron como fantasmas que bailaban precipitadamente en +el sitio donde había desaparecido el sol. Su definitivo rompimiento con +Muñoz, las Aliaga, Julio Lagos, y aquel inesperado diálogo interrumpido +por Laura...</p> + +<p>Quiso arrancarse a esta gran inquietud del presente y penetrar en el +recuerdo de los años de su infancia. Pero la sintió lejos, +inconmensurablemente lejos. Parecía escapar como una crisálida +convertida en mariposa inmaterial, que volara por un mundo +irremisiblemente perdido para su corazón. Contempló su propia silueta +infantil diseñada como una figura de relieve cubierta de polvo en su +recuerdo. Y vio también a Raquel, de seis años, otra figura, otro +relieve cubierto de polvo; Raquel vestida de negro, con dos hilos de +lágrimas en las mejillas rojas. Adriana le pegaba por una rivalidad +pueril. Estaban solas en el patio de la casa y junto a la habitación +donde el padre muriera algunos meses antes. Raquel, agachada bajo los +golpes de Adriana, abría un medallón que llevaba al cuello con el +retrato de su padre y exclamaba sollozando: "Para que papá vea lo que tú +haces". Después, sobrecogida, se echaba a correr, seguida de Adriana y +cubriéndose la cabeza con las manecitas abiertas. Pero Adriana ya no +corría para pegarle, sino enloquecida de súbita piedad. Y llegando las +dos a un corredor oscuro, se abrazaron con ímpetu, consternadas hasta el +llanto por aquella penosa evocación de la sombra paterna. Entrecerrando +los ojos, apoyó la frente contra el frío cristal de la ventanilla. Y +entonces, en aquella profunda lontananza, las dos criaturas se +desenlazaron y la miraron a ella con los ojos llorosos, fijamente. +Inclinándose juntas, se secaron las lágrimas con el ruedo del vestidito +negro. Y volvieron a mirarla, más adustas, Raquel con sus claros ojos +verdes, Adriana con sus ojos negros, con sus ojos negros y asombrados. +¿Asombrados por qué? Una amargura indecible pasó por el alma de Adriana. +La visión se borró.</p> + +<p>Y quiso recordar otros años aun más lejanos. Sin duda tuvo entonces un +geniecito encantador y alegre; esto se lo decía un retrato suyo en que +aparecía una chiquilla regordeta, graciosísima, que inclinando la cabeza +con malicia, adelantaba un piececito y escondía las manos tras la +espalda.</p> + +<p>Había también una primera luz de amor en su infancia indecisa: Roberto, +muchacho paliducho que jugara con ella y que por juego fue su amante +infantil. A los once años entró ella en el internado religioso y no le +vio más. Porque a poco él moría en las sierras de Córdoba. Su imagen, +después, se le presentó siempre circundada de fría penumbra, entre los +pliegues de un sudario, mirándola con sus ojos inteligentes, tristes, +velados de sombra mortal. Adriana, para avivar la sugestión de este +recuerdo, solía leer aquel poema francés en que un amante muerto sale +melancólicamente de la tumba, llama a la habitación de su amada y +murmurándole palabras de lúgubre ternura, la lleva consigo al +cementerio.</p> + +<p>Y ahora, con aquella meditación de crepúsculo, junto a su madre +silenciosa y recogida también en sus recuerdos, se puso a musitar el +primer verso del poema:</p> + +<p class="poem">"Pourquoi pleures-tu petite Christine?"</p> + +<p>Imaginó ser ella misma, en la media noche de invierno, la heroína del +poema, y repetía sus tristes y tiernas palabras:</p> + +<p class="poem">"Mon fiancé dort sous la noire terre,<br /> +Dans la froide tombe il rêve de nous.<br /> +Laissez-moi pleurer, ma peine est amère,<br /> +Laissez-moi gémir et veiller, ma mère,<br /> +<span style="margin-left: 2em;">Les pleurs me sont doux".</span><br /> +</p> + +<p>Y al recordar los versos que seguían, la escena descripta se destacó +vivamente en la penumbra de su ensueño:</p> + +<p class="poem"> +"La mère repose et Christine pleure,<br /> +Immobile auprès de l'âtre noirci.<br /> +Au long tintement de la douzième heure,<br /> +Un doigt léger frappe à l'humble demeure:<br /> +<span style="margin-left: 2em;">Qui donc vient ici?"</span><br /> +</p> + +<p>Y afuera la voz del amado:</p> + +<p class="poem"> +"Tire le verrou, Christine, ouvre vite:<br /> +C'est ton jeune ami, c'est ton fiancé.<br /> +Un suaire étroit à peine m'abrite;<br /> +J'ai quitté pour toi, ma chère petite,<br /> +<span style="margin-left: 2em;">Mon tombeau glacé."</span><br /> +</p> + +<p>Adriana sintió suspirando y con una secreta exaltación de júbilo que dos +lágrimas le ardían bajo los párpados:</p> + +<p class="poem"> +"Oh mon fiancé, souffres-tu, dit elle,<br /> +Quand le vent d'hiver gémit dans le bois,<br /> +Quand la froide pluie aux tombeaux ruisselle?<br /> +Pauvre ami couché dans l'ombre éternelle,<br /> +<span style="margin-left: 2em;">Entends-tu ma voix?"</span><br /> +</p> + +<p>Su júbilo se hizo ardiente como un delirio. Y en las estrofas finales +del poema, todo su corazón acompañaba el arranque de fidelidad +apasionada que hace exclamar a la joven, cuando su amado intenta volver +solitario a la tumba:</p> + +<p class="poem"> +"Non! je t'ai donné ma foi virginale,<br /> +Pour me suivre aussi, ne mourrais tu pas?<br /> +Non! je veux dormir ma nuit nuptiale,<br /> +Blanche, à tes côtés, sous la lune pâle,<br /> +<span style="margin-left: 2em;">Morte entre tes bras!</span><br /> +</p> + +<p>En aquel momento su madre empezó a hablar para hacerle reproches, en una +letanía lamentable. Estaba inmóvil, con las manos entrelazadas y los +ojos aflijidos y fijos. La luz del crepúsculo esfumaba su cara y su pelo +en una tonalidad rojiza. Adriana la escuchaba como entre sueños; y +perdida en la remota nostalgia se repetía las palabras dolientes del +poema. Y no era ya su novio infantil, sino Julio Lagos el amante que en +su visión interior bajaba con ella al sepulcro, besándola sobre los +ojos; y entre la masa negra de los cipreses, huía el sudario del otro.</p> + +<p>De pronto, en una brusca caída a la realidad, la sacudió el traqueteo y +el ruido más fuerte del tren. Un "rápido" pasó por la vía paralela +disparando un silbato estridente; y la mancha momentánea de los coches +osciló en la penumbra del paisaje rayándolo confusamente. Ahora era un +paisaje sombrío, todas las cosas exaltaban sus formas como una +fantasmagoría. Techos y árboles sobrenadaban en la indecisión de la +llanura. Una lucecilla, muy lejos, se encendió temblando como insecto de +oro. La ciudad ya próxima comenzó a surgir. Su visión se dilató. Bóvedas +y torrecillas paralelas crecían, parecían moverse, lentamente, hacia el +vuelo jadeante del tren. Algunas casuchas del suburbio, como emboscadas +junto a la vía, asomaban rápidamente, y cada una, al pasar, parecía +volcarse en la penumbra. El tren corría a la altura de los tejados +ceñidos contra el paso a nivel. Talleres aun humeantes y ranchos de +pobrerío se diseminaban confusamente, y todo formaba una perspectiva +sórdida y ruin. Sobre aquel montón fugitivo de cosas informes y de vida +precaria, todo miserablemente pegado a la tierra, flotaba como una +armonía la magnificencia triste del ocaso, derramando sombra y paz.</p> + +<p>El tren penetró vertiginosamente en el arrabal, haciendo temblar el +viaducto. De pronto su marcha detuvo la precipitación jadeante: +atravesaba el Riachuelo. Adriana quedó estupefacta. Había cruzado el +puente en pleno día, sobre aguas verdosas salpicadas de desperdicios, +entre sucias embarcaciones atracadas a los malecones rotos. Ahora le +pareció pasar por sobre una enorme sierpe de púrpura deslumbrante, que +bajo el crepúsculo se prolongaba, entre dos orillas de negrura +fantástica, y sorbía en el horizonte la luz de sangre.</p> + +<p>Por encima del arrabal aparecía aún, más allá del caserío confuso que el +tren dejaba atrás, la llanura de sombra violácea; y una iglesia lejana +se diseñó como una miniatura gótica estampada en el cielo pálido; +Adriana creyó oír algunos toques de la campana, llegando hasta ella en +una vibración imperceptible, moribunda, y sin embargo penetrante en su +música como una dulcísima queja. Involuntariamente juntó las manos. Un +gran deseo de purificación la dominó; y en este generoso arranque que +subía desde lo más íntimo de su alma, como un mar de ternura, reconoció +una semejanza con la irradiación suntuosa y triste que derramaba el +cielo sobre las deformidades viles de la tierra, reflejando la visión de +aquella luminosa sierpe de púrpura que había pasado como un prodigio +bajo sus ojos atónitos.</p> + +<p>La humilde iglesia lejana, flotando en la sombra violácea, parecía hacer +a su alma una seña inmóvil. Adriana hubiese querido volar hacia ella, +arrodillarse en la penumbra más vaga de su nave pequeña y llorar a +solas, indefinidamente, bajo las luces encendidas en los cirios.</p> + + + + +<h3><a name="IX" id="IX"></a>IX</h3> + + +<p>Subieron a la habitación de la abuelita, en seguida de comer. La anciana +hizo señas a Adriana de acercarse y sus dedos largos y viejos le +acariciaron los cabellos. Había una extrema suavidad en su modo y en +toda su persona; la tranquilidad profunda del rostro traía el vago +resplandor de una belleza apagada por el tiempo.</p> + +<p>Ya no salía de la habitación, a causa de la parálisis, y por lo común se +absorbía completamente en la reminiscencia de las cosas pasadas; para +ella se reducía a sus nietas todo el pálido presente.</p> + +<p>Eran de otra época los muebles que la acompañaban, la suntuosa y maciza +cómoda de manijas talladas, los sillones altos como sitiales; de otra +época los grandes marcos de un oro ya sin brillo: en las telas +agrietadas, los rasgos expresivos de las caras habían comenzado a +borrarse, y la sonrisa de estas caras, alguna llena de hermosa juventud +bajo lo anticuado del atavío, parecía velada de pesadumbre, como por la +conciencia larga de la muerte.</p> + +<p>La anciana le preguntó por su madre y sus hermanas, y luego, evocando +poco a poco sucesos que se referían a la familia de Adriana:</p> + +<p>—Yo lo apreciaba mucho a tu bisabuelo, tu bisabuelo por la rama de tu +madre; me festejó en un tiempo.</p> + +<p>La expresión de sus ojos, bajo la frente placidísima, se anegó en el +recuerdo. Y refirió el caso con sencillez casi infantil, repitiendo las +frases que le habían murmurado, más de medio siglo antes, en una fina +declaración de amor, que su memoria resucitaba con la imaginación del +salón lejano, las figuras ceremoniosas del minué, su propia linda imagen +de muchacha vista de soslayo en los altos espejos, y ya indecisos, como +en una sombra, los gestos galantes de sus amigos desaparecidos.</p> + +<p>Las Aliaga oían sus palabras con una suerte de avidez febril. Rara vez +ocurría que así se pusiera a contar historias de su tiempo; la vejez +avanzada había atenuado mucho su sensibilidad, le había comunicado una +especie de indiferencia para todas las cosas, y también para sí misma, +porque hablaba de morirse sin que tal idea despertase en ella zozobra +alguna. Pero esa noche, los recuerdos la iban como galvanizando.</p> + +<p>—Y yo no sé por qué tu bisabuelo no me gustaba para marido. Entonces él +se casó con Josefina Chaves, la abuela de tu mamá; era también muy +bonita y nada celosa; ella misma nos daba bromas, a su marido y a mí, +cuando se acordaba de aquellos festejos. Sí, y él se quedaba callado. +Sabía disimular muy bien.</p> + +<p>Y el rostro de la anciana sonreía con expresión de dichosa ingenuidad +senil.</p> + +<p>—Tomaron una casa muy linda,—continuó—en la calle de la Piedad, junto +a la iglesia. ¿Viven ustedes siempre allí?</p> + +<p>—¡Oh, no señora! Nos mudamos. Yo apenas me acuerdo.</p> + +<p>—La echaron abajo hace tiempo, abuelita—dijo Zoraida. Ahora viven en +la calle Cerrito, a pocas cuadras de aquí.</p> + +<p>Adriana vio como en sueños aquella casa antigua, el patio con sus +baldosas blancas y negras, la grande y tupida magnolia, en cuya cima +asomaban, medio tapadas por las hojas, enormes rosas blancas. Y recordó +también las hermosas diamelas, su aroma embriagante cuando todas las +plantas del patio florecían y sus hinchados pétalos, próximos a +marchitarse, tomaban un color avinado...</p> + +<p>—También la casa en que vivíamos nosotras la han echado abajo, explicó +Zoraida.</p> + +<p>—¿Es posible?</p> + +<p>Pero el rostro de la anciana volvió a iluminarse:</p> + +<p>—Una vez tu bisabuelo, como siguiendo la broma, me regaló un ramo de +diamelas. Josefina se reía, pero no creo que le gustara mucho. Ah, ¡qué +ricas diamelas!</p> + +<p>Y parecía aspirar de nuevo la fragancia y contemplar la escena remota en +una milagrosa reaparición.</p> + +<p>Luego contó, una tras otra, largas historias de las cuales ella o sus +amigas habían sido las heroínas; y también tragedias ocultas, como el +suicidio de una sobrina de Juan Manuel de Rozas, muchacha suave y +sentimental, que no pudo sobrevivir a un desengaño de amor.</p> + +<p>Recordó el caso triste que diera origen a la capilla de Santa Felicitas +y todo un profundo pasado parecía asomarse desde la región del olvido, +varias generaciones cuyos individuos se habían ido extinguiendo, con las +ideas, los sentimientos y las costumbres sencillas de una época muerta; +salones radiantes, grandes espejos de consolas doradas, furtivos +mensajes de amor jamás develados, música de serenatas despertando la +calle en el patriarcal silencio del barrio dormido. Ya no había un +vestigio de aquella época, la anciana sobrevivía en un presente ruidoso, +cuyos ecos sin interés para ella solían llegarle, sin embargo, por la +conversación voluble de sus nietas modernas.</p> + +<p>Cuando la abuela se hubo recogido, y ellas bajaron nuevamente, aquellas +historias continuaban flotando como un romántico hálito antiguo sobre +las cabezas de Adriana y las Aliaga.</p> + +<p>Reunidas en el comedor, tenían las manos lánguidamente caídas sobre la +carpeta de terciopelo rojo, menos Carmen, que con las suyas se cubría la +cara para seguir más abstraída en la imaginación de las escenas que +había evocado la anciana.</p> + +<p>—¡Qué mal hace abuelita, dijo Zoraida, de hablar así delante de esta +chica! Tiene ya la cabecita llena de novelas.</p> + +<p>—¡Bah!—respondió Carmen—todas nosotras somos lo mismo, aunque no +queramos confesarlo... Vivimos de soñar en el amor.</p> + +<p>Y la actitud seria y el tono reflexivo de sus palabras, contrastaba con +la apariencia de criatura de quince años que ella tenía.</p> + +<p>—Lástima—dijo Zoraida—que Julio no haya oído las historias de +abuelita, él que sólo se interesa por las cosas ideales.</p> + +<p>Adriana sonrió vagamente, para que no sospecharan el tumulto de su alma. +¿Era posible que sólo al oír pronunciar su nombre se conmoviera así?</p> + +<p>Carmen interrumpió a Zoraida.</p> + +<p>—¿Que sólo se interesa Julio por las cosas ideales? Tú no puedes +saberlo; ya tendrá él sus cosas materiales también, y en el amor, sobre +todo. Porque todos los hombres...</p> + +<p>Enrojeció vivamente y miró a Zoraida confusa y sonriendo. Así con mucha +frecuencia le ocurría, por su misma ingenuidad, que se le escapaban +reflexiones indignas, según le decía Zoraida, en una chica de su edad. +Pero prosiguió:</p> + +<p>—Sí, Julio debe tener sus asuntos; pero es tan reservado, tan raro, que +nadie puede sacarle nada. La festejó un tiempo a Elisa Jiménez.</p> + +<p>Esta era una muchacha muy bonita, emparentada con las Aliaga, aunque +casi no tenían con ella relación de amistad.</p> + +<p>—¿Elisa Jiménez? No es muchacha para enamorar a Julio—repuso Laura +casi en voz baja y como distraída.</p> + +<p>—O entonces alguna señora casada—sugirió Carmen, mirando de nuevo con +aquella expresión sonriente y confusa a su hermana mayor.</p> + +<p>—¡Camucha!—le gritó ésta.</p> + +<p>—Tal vez—continuó Carmen—está enamorado de alguna de nosotras... Un +mozo no viene tan seguido a una casa si no tiene interés... Después yo +he notado...</p> + +<p>Pronunció con ligera ironía estas palabras y se detuvo un instante, +mirando a Laura con malicia.</p> + +<p>Como Adriana advirtió que Laura iba a intervenir, acaso para desviar la +conversación, le tomó rápidamente las manos: "Óyeme, óyeme,—murmuró—te +preguntaré una cosa". Pero no tenía idea de preguntarle nada y sólo, sí, +el propósito de impedir que se interrumpieran las revelaciones de +Carmen.</p> + +<p>—Porque cuando habla con Laura tiene un modito de mirarla...</p> + +<p>—Cuando habla contigo también—replicó Laura—Julio siempre mira así.</p> + +<p>—¿Saben de quién se ha de enamorar entonces?—preguntó Carmen como +maravillada.—¡De Adriana! Estoy segura, no sé por qué.</p> + +<p>Pero lo dijo con el mismo ligero tono de ironía y como por dar a su +amiga una broma amable.</p> + +<p>Ya tarde llegó Julio y le contaron las amorosas reminiscencias de la +abuela. En el rostro de todas, hasta de Zoraida, había una animación +inusitada. Julio escuchaba y casi no tomaba parte en la conversación. +Miraba siempre a la que hablaba, pero su actitud se parecía a la de +alguien que estuviera completamente solo.</p> + +<p>Aquella velada terminó con un episodio extraño, que dejó en el espíritu +de Adriana un ancho rastro de pena.</p> + + + + +<h3><a name="X" id="X"></a>X</h3> + + +<p>Se habían puesto a discutir con animación si la abuelita no habría +interiormente correspondido al bisabuelo de Adriana.</p> + +<p>—Sí—opinaba Carmen—pero ha guardado el secreto, jamás lo ha confesado +a nadie, ni a nosotras mismas lo diría nunca. Fue tal vez el único amor +verdadero de su vida y un recuerdo que se llevará ella a la tumba.</p> + +<p>—¡Sí, tal vez!—murmuró Laura como atribuyendo una significación +extraordinaria a la idea de Carmen.</p> + +<p>—¡Bah!—intervino Zoraida—abuelita es demasiado sencilla para eso. +Diles, Adriana, que no hagan fantasías de una cosa tan común. ¿Tú qué +piensas sobre eso?</p> + +<p>—Que posiblemente mi bisabuelo sí la quiso y se casó con otra +guardándose la tristeza de no ser comprendido.</p> + +<p>Era para ella una emoción deliciosa oírse consultar sobre la remota +pasión de aquel antepasado.</p> + +<p>—De todos modos—volvió a sugerir Carmen—el amor en los tiempos de +abuelita tenía algo de más romántico, de que sé yo... Era posible +entregarse completamente a la ilusión divina...</p> + +<p>—Hoy también—murmuró Laura a media voz.</p> + +<p>—¡Oh! En primer lugar, un caso como el tuyo es raro—replicó Carmen +aturdidamente, sin sospechar el efecto terrible que iban a producir sus +palabras. Tú lo has querido de veras a José Luis, es cierto, pero bien +desdichada fuiste, Laura; y es que en estos tiempos, hija...</p> + +<p>Enmudeció repentinamente, azorada y comprendiendo que había cometido una +torpeza irreparable.</p> + +<p>—¡Camucha!—gritó Zoraida como si hubiera experimentado un dolor +punzante.</p> + +<p>Todos miraron a Laura. Se había levantado con los ojos fijos en Carmen y +algo indecible en la expresión. Adriana la vio palidecer y buscar un +arrimo.</p> + +<p>—¿Pero qué dijo Carmen?—preguntó Julio, yo no alcancé a oír, no +alcancé a oír.</p> + +<p>Laura se sonrió, le miró, se confundió más, y como nadie hablara, +exclamó con desesperación:</p> + +<p>—¡Dios mío! ¡Ahora supondrán que me impresiona el recuerdo de José +Luis!</p> + +<p>Dejó caer los brazos. Julio, en medio de la aflicción de todos, tomó un +frasco con agua de colonia que pidió a Zoraida y empapando completamente +su pañuelo quiso aplicarlo a las sienes de Laura. Pero ésta lo rechazó, +sonriéndole de nuevo, y pidió que la acompañaran a su habitación. La +llevó Zoraida. Esta volvió al poco rato y reprendió a Carmen.</p> + +<p>—Como lo dijiste así, delante de todos, ella creyó que era una burla.</p> + +<p>—No—replicó Carmen—fue por la impresión que le hace siempre acordarse +de José Luis.</p> + +<p>—Ella dijo que no, se desesperó de pensar que podía alguien +interpretarlo así.</p> + +<p>—Prueba de que ha sido por eso, o porque tú estabas presente, y como +tuviste la culpa de que se rompiese el compromiso... como ella siempre +piensa que tú has deshecho su felicidad...</p> + +<p>Los ojos de Zoraida se llenaron de lágrimas.</p> + +<p>—Perdóname Zoraida, todos sabemos que procediste con la intención de +salvarla y nunca me atrevería a reprocharte nada. Pero sólo quiero +explicarte... Estoy segura de que todavía lo quiere a José Luis. Dicen +que pronto pedirá él una licencia y vendrá... Si eso sucede, Zoraida, +tenemos que hacer lo posible, por lo menos, para que vuelvan a verse...</p> + +<p>Adriana ignoraba todavía las circunstancias de aquel antiguo noviazgo de +su amiga. Sin embargo, le pareció que tanto Zoraida como Carmen se +equivocaban. Y antes de que otra sospecha se esclareciera en su espíritu +completamente, fue a la habitación de Laura. La halló despierta, muy +tranquila en apariencia; le acarició con ternura las manos y las +mejillas, y sentándose a la cabecera de la cama, ya no quiso volver al +comedor en el resto de la velada. Experimentó por ella un sentimiento +nuevo, mezcla de afecto profundo y lástima indecible. Su solicitud hacía +sonreír dulcemente a Laura.</p> + +<p>—¿Por qué no vas al comedor?—murmuró.—Yo voy a dormirme ya.</p> + +<p>—No, no tienes sueño y yo no podría conversar allí pensando que te +quedas tan apenada.</p> + +<p>—Ha sido todo casual, Adriana... El recuerdo de ese muchacho no me +impresiona mucho. ¿Sabes una cosa?... Nunca me preguntes nada sobre +eso... porque... no me lo preguntes tampoco... Movió la cabeza +procurando sonreír.—De todos modos,—continuó—no podría ser sincera +sobre esto. ¡Te quiero tanto, Adriana! Nunca he tenido una amiga como +tú. Y siempre te querré, siempre... Hasta puedo decirte que eres mi +única amiga. Hay cosas extrañas; ni tú ni yo seríamos capaces de +confiarnos nuestras cosas íntimas, y sin embargo sé que tú me +comprenderías. ¡Qué inteligente y qué buena eres!</p> + +<p>—¿Buena?—Y una gran emoción agitaba el alma de Adriana y le impedía +responder a tales demostraciones de cariño. En verdad ella también creía +sentir que Laura era su única amiga.</p> + +<p>En ese momento la imagen de Julio pasó por su espíritu, primero en la +actitud inmóvil con que escuchara, las manos en los bolsillos, como si +estuviera solo, la conversación sobre la abuela, y luego su cara de +ingenuidad y de dolor, mientras empapaba su pañuelo en agua de colonia. +¡Cómo lo adoró, en ese instante! De pronto, levantándose, Adriana se +inclinó sobre su amiga en un arranque de piedad, y la cubrió de besos +hablándola al oído.</p> + +<p>—Un solo favor te pido, Laurita querida... y ya nunca te preguntaré +nada... ¿Todavía lo quieres a José Luis?</p> + +<p>Y tenía un temor desesperado de que ella le respondiera que no.</p> + +<p>Pero Laura apartó rápidamente la mirada, sonrió con su dulzura habitual, +y abrazando la almohada, acomodó en ella su cara dolorida. Adriana ya no +pudo interrogarla. A poco se quedó dormida. La pantalla verde, muy caída +sobre la lámpara, en el velador, ponía grandes penumbras en el resto de +la habitación. Detrás de Adriana estaba Carmen, que había entrado +silenciosamente.</p> + +<p>—Te voy a contar todo—dijo en voz baja y con el índice sobre los +labios, como si quisiera atenuar el sonido de su propia voz. ¡Ah! Laura +me mataría si llegara a saber...</p> + +<p>Y una vez cerciorada de que se había realmente dormido, empezó:</p> + +<p>—Es una historia triste. ¿Sabes por qué apenas habla con Zoraida? No ha +podido olvidar... Ella tenía catorce años y se enamoró de José Luis +Aguirre, que ahora es agregado o secretario en una Legación. Se querían +muchísimo, pero de tanto como se querían llegaron a imaginar para ellos +un amor ideal, algo que no tuviese nada que ver con las dichas vulgares. +Les lastimaba cualquier cosa que rompiese el encanto que vivían. Eran +dos criaturas sin experiencia, demasiado sensibles... como yo. Todo, +seguramente, hubiera ido bien. La culpa fue de Zoraida. Ellos pretendían +verse a solas, en secreto... Pero sólo por idealismo ¿sabes? por exceso +de idealismo, sin malicia ninguna, eso te lo puedo jurar. Si yo creo que +José Luis nunca llegó ni a besarla. Con mirarla, nada más, parecía que +no cabía en sí de felicidad. Yo llevaba las cartas que se escribían. +¡Qué cartas más divinas, Adriana! No comprendía yo que pudiese Laura +expresarse tan bien. Y no creas que usaba términos literarios, ni frases +de libro; todo se reducía a confesarle sencillamente lo que sentía, lo +imposible que sería olvidarlo nunca, sucediera lo que sucediera; y esto +lo escribía con una confianza tan pura, y con tal modo, que ningún +hombre, en el caso de José Luis, hubiera podido dejar de enamorarse, +aunque Laura fuese una muchacha fea en vez de ser, como es, la más linda +de nosotras tres. Yo entonces tenía doce años apenas y sin embargo la +impresión de esas cartas no se me borrará nunca. Los dos me contagiaron +la pasión que sentían, me hicieron comprender lo que era el amor.</p> + +<p>—¿Y te enamoraste de alguien, también?</p> + +<p>Carmen suspiró, con una sonrisa de pena y casi de reproche para Adriana.</p> + +<p>—No, no encontré de quién. Quise enamorarme y me ilusioné bastante con +un muchacho... ni te quiero decir su nombre, porque es un +insignificante, me parece, aunque muy buen mozo. Rompí con él cuando +quiso que nos comprometiéramos. Ese día medité mucho, y al fin saqué la +conclusión de que no era él bastante inteligente para que no hubiera el +peligro de que después me decepcionara... Pero verás lo que sucedió con +Laura y José Luis. Se entendieron para pasar una temporada en la +estancia de un tío nuestro; también él era amigo de nuestro tío y el año +anterior había ya estado en la misma estancia. Pero Zoraida, que desde +la muerte de mamá vino a ser como una madre nuestra, (abuelita ya estaba +como ahora y Eduardo no se ocupaba de nosotras), Zoraida quiso ir con +Laura, para vigilarla. Y era precisamente lo que la desesperaba a Laura, +esa continua vigilancia, y que no pudieran los dos decirse una palabra +sin que ella en seguida les pidiese cuenta. ¡Pobre Zoraida! Tampoco lo +hizo por maldad, sino por temor de qué sé yo. Tú lo has visto, ahora +tiene un miedo mortal por mí... aunque tal vez con más razón, porque yo +si llego a enamorarme pierdo la cabeza... Dime, Adriana, ¿no puede +ocurrir que un amor muy grande en apariencia resulte pura imaginación?</p> + +<p>—Puede suceder, Carmen.</p> + +<p>—¿Sabes la idea que muchas veces me da miedo? Llegar a casarme y +después darme cuenta que no le tengo ningún amor a mi marido. Una podría +resignarse, es cierto, resignarse a sufrir. Pero piensa por un momento +que estando casada una se enamorara de otro. ¡Qué situación horrible! +Bueno, Laura le suplicaba que en último caso la acompañara yo, los +vigilara yo. Fue inútil, Zoraida le repetía que nuestra familia era muy +desgraciada en el amor y que ella no tenía edad para enamorarse así. Al +fin Laura se resignó a todas las condiciones, pero comprendiendo que +iban a sobrevenir disgustos y que él se sentiría lastimado por la +desconfianza de Zoraida. A la estancia fui yo también, naturalmente. +Aquello se convirtió en un desastre... La estancia tiene un parque y hay +una avenida de sauces altísimos, que llega hasta un riacho, como a media +legua de la casa; es un sitio precioso, sobre todo en las noches claras. +La luna sale, parece algo así como un plato de oro, enredado entre las +ramas de los sauces; después sube, se pone arriba del árbol, tocando +todavía las últimas hojas, y en la corriente del riacho se forma una +claridad como si cayera oro en la corriente. Tú comprenderás qué divino +era aquello con la serenidad de la noche, para dos enamorados como +ellos. Se habían prometido pasear juntos en alguna noche así; pero +Zoraida lo impidió siempre y hasta hizo frases irónicas, delante de los +tíos, sobre el romanticismo de los chicos que todavía no saben pizca de +amor. Laura le seguía suplicando y le juraba, por la memoria de nuestra +madre, que él era bueno, que ni por la imaginación se le ocurría una +mala idea. Era cierto; yo los espié durante una hora entera que +estuvieron solos. Hablaron sin parar, ella más que José Luis. Y sólo +cuando iban a separarse, cuando supusieron que podría advertirse la +ausencia de los dos, se tuvieron durante un rato de la mano, mirándose +sin hablar, ¡con una adoración! Y a mí me extrañó muchísimo, hasta me +chocó, que ni siquiera se besaran. Pero ahora comprendo, era una pasión +completamente pura. Ya se besaban demasiado con los ojos. ¿Qué piensas +tú, Adriana? Un amor puramente ideal que no tenga algo por lo menos de +humano, ¿será el más verdadero?</p> + +<p>—Después te diré, no te interrumpas,—repuso Adriana.</p> + +<p>—Bueno: Zoraida les molestaba siempre y vinieron escenas incómodas. +Después... tú sabes cómo suceden esas cosas. José Luis se resintió y +ella, extremosa como es, quiso a toda costa dejar la estancia y escribió +a Eduardo pidiéndole que fuera a buscarla. Ya ellos mismos no pudieron +entenderse como antes; además, se terminaban las vacaciones y como ella +estafa todavía en la Santa Unión, pasó un año; él se fue a Europa y todo +concluyó así... ¡Oh, es seguro! ¡La felicidad de Laura la deshizo +Zoraida!</p> + +<p>Carmen suspiró. Había hablado rápidamente, espiando con recelo la +hermosa cabeza dormida de Laura. La luz de la lámpara, a través de la +pantalla muy caída, envolvía con su reflejo verde el rostro y los brazos +que se enlazaban desnudos a la almohada.</p> + +<p>—¡Pobre Laura!—concluyó Carmen. Aunque tal vez ahora, cuando vuelva +José Luis, todo podrá remediarse.</p> + +<p>Adriana, conmovida, a punto de llorar, contemplaba a Laura. "Ninguna +clase de felicidad sería demasiado para ella", pensó con una tierna +piedad.</p> + +<p>—¿Y Julio?—preguntó de pronto. Carmen tuvo un gesto de curiosidad, +dudando sobre la intención de la pregunta.—¿Hace tiempo que es amigo de +ustedes?</p> + +<p>—Unos tres años.</p> + +<p>Al cabo de otro silencio, Adriana se acercó más a Carmen y le tomó una +mano. Acaso para arrancar su pensamiento a una obsesión penosa, se +decidió a interrogarla sobre un tema que en otra ocasión no hubiera +podido tocar sin sobrecogerse.</p> + +<p>—Quiero que me digas una cosa, aunque te extrañe mi pregunta. Es sobre +papá...</p> + +<p>Entonces vio en Carmen aquella actitud de embarazo que había advertido, +en las tres, el año anterior, al hacer alusión a su padre. Durante un +minuto quedaron ambas calladas. Al fin Adriana insistió.</p> + +<p>—¿Zoraida se impresionó mucho? ¿Ella sabía la pasión de papá?...</p> + +<p>Carmen fijó en ella una expresión de sorpresa.</p> + +<p>—¿Zoraida? ¡Por Dios!</p> + +<p>Adriana se confundió:</p> + +<p>—Te quería preguntar...</p> + +<p>—¡Si no fue por Zoraida! Fue por mamá... ¿Tú no sabías? Le hizo mamá +comprender que era una locura, un pecado... Pero después... después... +cuando supo el suicidio de tu papá, ella murió a los pocos meses... +¡Pobrecita mamá! ¡Pobrecita mamá!</p> + +<p>—Por favor, Carmen, no les digas que te he preguntado.</p> + +<p>—¡Cómo te imaginas!</p> + +<p>Y nunca más hablaron de ello.</p> + +<p>Aquella noche, antes de acostarse, Adriana apagó la luz en su habitación +y se dirigió a la sala. No tenía sueño; por el contrario, sentía como +una exaltación de todo su ser, y una ansiedad confusa, un desorden en +todas sus ideas; reaparecían en su espíritu las historias de amor +evocadas por la abuelita de las Aliaga, luego la escena extraña en el +comedor, la tragedia de Laura, la expresión de dolor en la cara de +Julio; en seguida afluyeron también las imágenes de sus antepasados +atormentados de pasión, y su abuela mística y sus éxtasis +incomprendidos; todo desfilaba con una agitación de pesadilla y la +rodeaba como de una atmósfera sugestionante. Andando a tientas por la +oscuridad de la sala, abrió los postigos de la ventana; la luna puso en +la alfombra dos cuadrados de luz. Algunos objetos emergieron, indecisos, +y las caras de los retratos parecían manchas lívidas, suspensas en medio +del marco dorado. Tenía todo algo de fantástico; se infundía en ella un +ansia de cosas irreales. Se sentó en el radio de la claridad lunar. El +silencio le llenaba los oídos con un gran eco vago. De pronto, pasmada, +vio brillar en el aire un crucifijo; encima, una blancura fue tomando +forma de dos manos juntas; asomó la palidez de una frente, ¡la cara de +la abuela mística! Era su estatura extrañamente alta y traía un largo +vestido diáfano. De sus manos juntas colgaba oscilando el crucifijo. Su +cuerpo, como sostenido por alguna presencia sobrenatural, se fue +arrodillando, muy lentamente, y sus ropas blancas se arrollaban en el +suelo. La cara, tan blanca como la ropa, se puso en éxtasis.</p> + +<p>Adriana retrocedió, no pudo gritar. El fantasma vacilaba, se anegó poco +a poco su cuerpo en la penumbra, la blancura del rostro empezó a +diluirse y al fin se extinguió también la apariencia de las manos +juntas. Pero todavía por un minuto osciló el crucifijo, suspenso en el +claror de la luna.</p> + +<p>Al día siguiente, recordando esta visión, dudó si la había soñado. En +cualquier caso era un signo de la ansiedad que se había apoderado de su +alma ante la inminencia del gran amor.</p> + + + + +<h3><a name="XI" id="XI"></a>XI</h3> + + +<p>"He prometido a Muñoz una entrevista contigo. A tu casa no puede ni +quiere ir, después de las incomprensibles actitudes tuyas. Además, creo +que pretende, con todo derecho, saber si en realidad estás dispuesta a +cumplir o no con tu palabra. Si la entrevista se realizara esta tarde, +sería oportuno vinieras lo más temprano posible. Así en seguida le hablo +por teléfono a Muñoz. No creas que me haya dado él la misión de +convencerte en su favor, porque ni siquiera sabe que te reprocho tu +inconsecuencia; sólo me emplea en este caso, como sincerísima amiga suya +que soy, para obtener una entrevista naturalmente +definitiva.—<i>Charito</i>".</p> + +<p>Adriana leyó esta esquela y fue temprano, según los deseos de Charito. +Pero en seguida le pidió que no llamara a Muñoz. Se sentía poco +dispuesta para resolver tan grave asunto:</p> + +<p>—Tú comprendes que yo empezaría por hablar alocadamente, como la otra +vez, y toda reconciliación sería ya imposible, porque se trata, según +creo, de una entrevista "naturalmente definitiva"...</p> + +<p>—¡Decir—exclamó Charito—que las muchachas inteligentes y lindas como +tú están destinadas generalmente a casarse con hombres de espíritu +vulgar! ¡Y tú también habías de perderte así, por tontera, por falta de +reflexión! Yo estoy segura de que a Muñoz lo quieres en el fondo; no +podrías dejar de quererlo.</p> + +<p>—¡Ah, en el fondo...!—repuso Adriana distraída.</p> + +<p>Estaba lejos de la conversación y de la misma Charito. ¿Para qué había +venido? Embargada por las influencias que la rodeaban asiduamente en +casa de las Aliaga y viviendo como envuelta por una atmósfera de pasión +y de encantamiento, la compañía de su "leal amiga" era algo que carecía +de significación. Más que nunca tuvo la sensación de que Charito, como +la familia de su tío Ernesto Molina y como su madre misma, no tenían +conciencia de los grandes misterios... Y que tampoco la tenían las +innumerables personas absorbidas por la vanidad de la vida mundana, +devoradas por ella, agitadas como muñecos en la constante preocupación +de figurar.</p> + +<p>La conversación de Charito reflejaba toda aquella inconsistencia.</p> + +<p>—¿Y qué haces?—proseguía.—En ninguna parte se te ve ahora. Las +mañanas de Palermo nunca estuvieron tan bien como este año. Podrían +verse allí todos los días; no queda un solo banco desocupado y en las +avenidas y junto a los lagos desfilan los carruajes apretados, sin poder +pasar, todos llenos de chicas que se saludan bajo las sombrillas de +claros colores.</p> + +<p>Adriana no pudo dejar de sonreír, comprendiendo que Charito, a quien no +faltaban sus pretensiones literarias, buscaba las palabras escuchándose +hablar.</p> + +<p>En esto llegó Lucía Moreno, una amiga de ambas; venía acompañada de su +profesora, Mlle. Ivonne, que le servía al mismo tiempo como dama de +compañía. Lucía era, para Adriana, un ser mucho más interesante que +Charito. Muchacha de unos diez y nueve años, elegantísima, alegre de +carácter, llena de gracia espontánea, una continua sonrisa le jugaba en +los labios y en los ojos negros. Y estos ojos tenían una suerte de +malicia recatada, como si ella estuviese siempre, a pesar suyo, con la +imaginación vagando en atrevidas y dulces ideas. Adriana se divertía, +sobre todo, cuando peleaba con la profesora. Esta no podía comprender, +en las muchachas del país, "la falta de lógica y la conducta +atolondrada".</p> + +<p>—Usted, le replicaba Lucía, sin enfadarse nunca, está para enseñarme +idiomas y no para aconsejarme. Ya demasiado tengo con los consejos de +papá, que tampoco me sirven para nada.</p> + +<p>Adriana, fingiendo pensar como Mlle. Ivonne, la reprendía imitando la +pronunciación extranjera, y con el mismo tono de severidad.</p> + +<p>La señorita Ivonne se empeñaba en inculcar a Lucía nociones de +literatura y de arte. Esa tarde quiso a toda costa que antes del paseo +visitaran el Museo de Bellas Artes. Ella había accedido, pero con la +condición de buscar a Charito, para pasarlo menos aburrido.</p> + +<p>Cuando media hora después entraban en la sala de calcos, Adriana creyó +soñar: de pie, con la atención reconcentrada en una escultura griega, +estaba Julio.</p> + +<p>—¡Qué notable casualidad, Charito querida! murmuró involuntariamente.</p> + +<p>Pero en seguida sonrió, ocultando el sobresalto de su corazón. Y como +Lucía se adelantara precisamente hacia Julio, la llamó, suplicándole +viniera a sentarse con ellas en un escaño; podía de allí observarle a +sus anchas. ¡Qué sorpresa tendría él cuando saliese de su contemplación!</p> + +<p>—No digas nada, susurró al oído de Charito; pero a ese que allí ves, lo +quiero y lo querré toda mi vida.</p> + +<p>La miró Charito con aire extraordinariamente sorprendido, como si su +amiga la humillara con esta inesperada confesión. Y mientras Lucía +Moreno rehusaba sentarse, alejándose hacia la sala vecina, con la +señorita Ivonne:</p> + +<p>—¿Julio Lagos? No te hará caso, sé que es amigo de Muñoz, amigo +íntimo.</p> + +<p>En ese momento Julio se volvió y sus ojos se encontraron con los de +Adriana. Pareció mirarla sin verla. Iluminándosele la cara, la saludó. +Adriana sonrió a Charito, a manera de una seña para hacerle comprender a +él que podía acercarse. Lo presentó a su amiga, quien le recordó que +habían sido ya presentados, algunos meses antes.</p> + +<p>Lucía se acercó también, con la sonrisa que le jugaba en los labios y en +los ojos. Conocía a Julio de vista y por oídas. Tomó en seguida una +actitud confiada y, enlazando la cintura de Charito, se apoyó en ella +con dejadez familiar, lánguida. Parecía advertirle que reconocía en él a +una persona de su misma clase sentimental; hizo que recayera la +conversación sobre un tema galante. Su mirada acariciaba a Julio. Pero +observando de pronto que entre éste y Adriana había "algo", puso una +graciosa cara de susto y su gesto parecía pedir a Adriana, buenamente, +que la disculpara de una torpeza involuntaria. Para hacerse perdonar del +todo, quiso que la señorita Ivonne y Charito les dejaran conversar +aparte.</p> + +<p>Pero Adriana retuvo a la señorita Ivonne, fue con ella a ver la +escultura que había contemplado Julio y leyó la inscripción: "Psyché".</p> + +<p>—Mírela bien, Adriana,—dijo él acercándose. Es una figura de absoluta +perfección material; las líneas de la cabeza y del rostro parecen +sometidas a esa noción del arquetipo que inspiró a los griegos la +ciencia y la armonía. Y su realidad artística, material, se desvanece, +se pierde bajo una idea superior, como si la perfección visible fuese un +simple apoyo para atraer la presencia de la espiritualidad misma.</p> + +<p>—Eso está todo en la expresión, ¿verdad?—preguntó ella procurando +interpretar el pensamiento de Julio.</p> + +<p>—Sí, eso "se siente" en la expresión de las líneas y en la actitud, que +revelan el rostro invisible, íntimo... Los griegos realizaron sin +violencia tales prodigios por una extrema sutilización de las facultades +artísticas y un divino equilibrio de la conciencia. En la época moderna +los escultores procuran también revelar espíritus y símbolos, pero sólo +logran hacerlo recurriendo a la deformidad, artificialmente, y así sus +obras son casi siempre una caricatura. Nuestra época es incapaz de +alzarse hasta la religiosa sabiduría helénica. Inútilmente algunos +grandes espíritus han procurado enseñarla. Sus lecciones son voces +solitarias, vagamente oídas. En cambio han nacido y prosperado, para +interpretarla, teorías monstruosas. Se cree que los griegos adoraban +"sobre todo" la materialidad y la forma. Pero éstas eran, evidentemente, +simple medio para comunicarse con lo sobrenatural, belleza plástica +intermediaria para ascender al arquetipo místico. Hasta se ha +establecido una oposición imaginaria, absurda, entre el pretendido +materialismo antiguo y los artistas cristianos del Renacimiento; y éstos +se arrodillaron, sin embargo, ante el divino arte pagano, y los más +grandes aspiraron, de la noción helénica, la divina placidez que había +de irradiar en sus Vírgenes y en sus ángeles de amor; pero abrumados por +la oscuridad de los siglos anteriores, hicieron el milagro sin llegar +nunca a la suprema delicadeza que es el triunfo del arte antiguo y que +lo pone en armonía con el movimiento de las esferas. El culto de una +belleza absoluta y única, irradiando más allá de las apariencias, y en +cierto modo más allá de los dioses, infundió en los artistas de Atenas +la clarovidencia sobrenatural. Hoy fermenta el resabio de las barbaries +oscuras en una violación innoble y pedantesca de las leyes eternas, las +leyes que hicieron coincidir las líneas expresivas con el alma, así en +esa suave Psyché.</p> + +<p>—C'est peut être juste, c'est peut être juste, dijo Mlle. Ivonne, +procurando acordar las reflexiones de Julio con las enseñanzas de la +Université des Annales que ella frecuentara en su país.</p> + +<p>Lucía Moreno se había acercado con Charito y escuchaba a Julio sin dejar +de sonreír. Examinó la Psyché con cierta curiosidad respetuosa, +procurando descubrir en ella todo aquello que Julio le atribuía.</p> + +<p>—No miremos, Lucía; nuestros ojos son demasiado modernos—dijo Charito +irónica, advirtiendo el encanto con que Adriana había oído al rival de +su amigo Muñoz.</p> + +<p>Pero Adriana no pensaba. Se sentía feliz, indeciblemente feliz, y +experimentaba como nunca, desde que conociera a Julio, la sensación de +ser "otra". No tenía deseo de intervenir en la conversación y besaba, de +vez en cuando, la mano de Charito. Las estatuas, en la tranquilidad de +la sala, le parecían reposar.</p> + +<p>Flotaba sobre ella una influencia serena y pura.</p> + +<p>Y Julio también era otro. Ya no tenía aquella vaga tristeza en el +semblante distraído, y su modo, sus palabras, eran dulzura y galantería, +no solamente para con ella, sino también cuando se dirigía a Charito, a +Lucía o a la institutriz. Esta, considerando que tenía ante sí a un +interlocutor inteligente, quiso aprovecharlo. Se refirió a la alta +educación que recibían las niñas en los liceos de París y criticó lo +decorativo y superficial de la enseñanza en los colegios de Buenos +Aires.</p> + +<p>—Et même le Sacré Cœur ici, et même le Sacré Cœur, m'a t-on dit.</p> + +<p>Después se empeñó en comunicarle sus opiniones sobre el modernismo en el +arte. Julio condescendía. Entonces, entusiasmada, pasó del modernismo a +otros temas, requiriendo a cada paso la opinión de Julio con la misma +pregunta:</p> + +<p>—Ce n'est pas vraie, monsieur? Ce n'est pas vraie?</p> + +<p>Y de vez en cuando se refería a Lucía, pero hablando en español para +hacer notar el concepto inferior en que la tenía:</p> + +<p>—¡Oh! si usted supiera el trabajo que ella me da, para interesarla en +los estudios serios. Y ella es inteligente, señor, pero aquí las niñas +no tienen afición, porque están muy mal educadas. Ellas no tienen base, +señor, no tienen base.</p> + +<p>Sin embargo, la severidad de sus opiniones no reñía con cierta bondadosa +transigencia en asuntos sentimentales. Y así, como Lucía le hiciera +comprender el mutuo interés que tenían Adriana y Julio, desapareció +instantáneamente todo su enfado. Con el pretexto de examinar otras obras +llamó con modo muy ostensible a Lucía y a Charito.</p> + +<p>—Y el señor Lagos, agregó, puede acabar de explicar a la señorita +Adriana la escultura griega.</p> + +<p>Ambos entraron en una de esas salitas que están a trasmano.</p> + +<p>Había allí una luz atenuada, tranquilidad más íntima y sólo tres o +cuatro cuadros de gran tamaño. Inquietud, dicha sobresaltada se +apoderaron de Adriana. Una suavidad, que recubría poco a poco los +objetos próximos, los aislaba del mundo como con un velo. Colgaba frente +a ellos una maja de ojos provocativos y boca manchada de rojo violento, +como las flores del mantón, pero se anegó también en la misma irrealidad +fantástica.</p> + +<p>No podía hacer Adriana mucho caso de lo que Julio le hablaba, porque se +sentía demasiado embargada por la idea de estar conversando los dos sin +testigos, en aquel delicioso rincón de soledad. Y Julio mismo, al fin, +le pareció revestido con el velo de la suavidad acariciante. Sus +palabras no se apartaban de los asuntos sobre los cuales habían +conversado otras veces, en casa de las Aliaga. Pero su voz tenía de +nuevo el dejo humilde, insinuante, que tan singularmente la había +sorprendido algunos días antes. Y toda su persona parecía rendirse a +ella. Para ocultar su emoción, Adriana contemplaba fijamente el cuadro +de la maja provocativa.</p> + +<p>Cuando oyeron a Lucía que peleaba en voz alta a la institutriz, adrede +para advertirles, Adriana se levantó.</p> + +<p>—¿Vienen ya?—preguntó él con un tono de ingenuidad desolada.</p> + +<p>—Sí, adiós,—repuso ella abandonándole la mano. Sin saber por qué se +despedía así antes de que llegaran las otras; y le miró, no ya con la +gracia de sus ojos un poco atónitos, sino con una súbita expresión +seria, dulcemente seria.</p> + +<p>Y la atmósfera de pasión que ella respiraba en casa de las Aliaga, la +abuela reaparecida en el claror de la luna, la dolorosa idea de su padre +suicida por amor, todo seguía atrayendo sobre ella una impalpable +influencia.</p> + + + + +<h3><a name="XII" id="XII"></a>XII</h3> + + +<p>Una especie de ingenuidad pura, algo como deseo sobrenatural, se +infundía en Adriana por la idea de que su corazón se apasionaba. Esto le +parecía una extraña vuelta de su alma a la primera época del internado +conventual, entre los once y los trece años, época breve que surgía como +lejana blancura en sus recuerdos.</p> + +<p>Su idea de Jesús, en aquel tiempo, se mezcló con delirios inocentes, +asociada a la muerte de su padre y a multitud de reflexiones que +llenaran de dulzura su corazón de jovencita. Porque el misticismo es una +flor que se alimenta por una parte con savia de la tierra y por la otra +con rocío del cielo.</p> + +<p>Durante las horas de estudio pedía permiso para pasearse a solas por el +claustro. La vieja arcada colonial circundaba todo el jardín. En la +fachada blanca de los arcos se abrían grietas revestidas de musgo; +interiormente la bóveda, muy baja, comunicaba una impresión de sepulcro.</p> + +<p>En el centro del jardín, la estatua de la Virgen se alzaba solitaria, +bajo una corona de follaje que le formaban cuatro grandes magnolias, tan +antiguas como el convento mismo; enredaderas de jazmín del País, +trepando al pedestal de la imagen, le tendían floreciendo una alfombra +de nieve. La Virgen, los pies ocultos en esta blancura, tenía la cara +inclinada y su manto de mármol le anegaba la frente y los ojos en +sombra.</p> + +<p>Al caer la tarde se respiraba allí, por las magnolias y los jazmines, un +aroma embriagante. Por encima de los arcos claustrales, sobresalía el +techo de la capilla con sus acanaladas tejas negruzcas; y el +campanario—la cúpula redonda esmaltada de azul,—parecía asomarse con +indiferencia al desconcierto vulgar del mundo. Al silencio del jardín +los ruidos de la calle llegaban como venidos de una región extranjera, +lejana. El convento dormía aislado en una tranquilidad de misterio, +donde sin duda reinaría perpetuamente aquella Virgen de piedra. Y a la +oración, bajo el cielo lívido, un ánima parecía suspirar en cada +vibración de la campana, que el eco prolongaba, temblorosamente, a lo +largo del claustro.</p> + +<p>Una felicidad hubiera sido entonces, para Adriana, contemplar a las +monjas en la media luz del crepúsculo formando hilera detrás de los +arcos, con los labios rezando el rosario entre las manos juntas y los +ojos perdidos en la visión vaga del esposo celeste. Las había imaginado +así, suspensas en una inmaterialidad donde la vida palpitaba tan sólo +como débil vestigio, y les había supuesto asimismo en la cara una +dulzura plácida y en el alma la serenidad que tenía el dolor de la +Virgen.</p> + +<p>Pero pronto se decepcionó. Sólo pudo conocer a las semi enclaustradas y +hasta las de carácter más suave vivían sin transfigurarse por la piedad +y sin que nunca iluminase sus caras el deseo sobrenatural.</p> + +<p>En una esquina del claustro había un Cristo crucificado, dentro de un +nicho practicado en el espesor del muro. Era de tamaño pequeño; con la +cabeza echada hacia atrás, abría la boca en un estertor de agonía cruel. +Se pensaba, al verlo, que retenía un lamento entre los labios inmóviles.</p> + +<p>La visión de este Jesusito agonizante, contemplado silenciosamente +durante horas enteras, solía por la noche frecuentarla bajando del nicho +y caminando sobre las baldosas frías del corredor solitario. Adriana +entonces, arrebujándose, llena de una conmiseración desolada, se dormía +llorando por Él con amargura indecible.</p> + +<p>Una noche, al recogerse las internas en el gran dormitorio común, se +notó su ausencia. La buscaron inútilmente en la capilla, en la oscuridad +del jardín, en la sala de estudio, hasta que fue descubierta en el +ángulo del claustro, parada sobre una silla. Tenía un brazo apoyado +encima del Cristo y cerrando los ojos besaba la dolorosa boca +entreabierta. Las monjas se acostumbraron, después, a verla inmóvil, al +pie del nicho, a veces con las manos juntas y como atónita. Si entonces +alguien venía a hablarla, respondía ella con una dulzura extrañada, +volviendo en seguida la mirada hacia la imagen, como si hubiesen +interrumpido entre ella y el Cristo una vaga comunicación.</p> + +<p>Llegó a enamorarse tanto de Jesús, que la aterraba de piedad el motivo +que los Evangelios atribuyen a su muerte. Entonces, movida por el deseo +ingenuo de arrancarse a la horrible complicidad que tocaba a ella, +redimida también por la sangre divina, juntaba las manos suplicando: "Te +pido una sola cosa, Jesús de mi alma: no me dejes entrar al cielo cuando +muera". Y en su lenguaje infantil procuraba explicarle que prefería +permanecer en la impureza del pecado y consagrarse a los espantos del +infierno, antes que aprovechar con tanto egoísmo, para conquistar la +gloria, sus sufrimientos de Redentor.</p> + +<p>Le parecía inexplicable que todo el mundo pasara por aquel rincón del +claustro sin advertir el gran dolor de Jesús. Un día, sin poder +contenerse, llamó a una monja que era su maestra, se oprimió a ella y le +señaló el Cristo. La monja se persignó devotamente.</p> + +<p>—Fíjese, hermana, insistió ella con ansiedad, Jesús parece que grita.</p> + +<p>—Hijita, sí; es por nosotros que pecamos tanto. Y se alejó con la +indiferencia habitual en todas.</p> + +<p>Aquella noche Adriana soñó que las monjas se hallaban reunidas en un +confuso salón, iluminado con grandes arañas, y bailaban formando +cuadrillas al compás de una música sorda y lenta, pero que estallaba de +repente en sonidos agudos y torbellinos de estruendo. Entonces las +monjas giraban vertiginosamente y las arañas se sacudían echando sobre +ellas los cirios. Luego, bruscamente, la música paraba y cada monja +quedaba tiesa, en actitud grotesca. Todas ellas llevaban hábito +descotado y reían como locas; pero al mirarse los brazos desnudos +enrojecían tanto, que de los párpados hinchados les brotaban gruesas +gotas de sangre. Una legión de diablillos, azules y rojos, caracoleaban +por el aire como chispas de fuego.</p> + +<p>En medio del salón, expuesto a una burla general, vio al pequeño Cristo +que se cubría la cara con las manos y a escondidas le hacía señas de +súplica. Las monjas, para no tropezar con él mientras bailaban, se +recogían el hábito y le saltaban por encima. Pero Adriana no podía +protegerle; la hermana cocinera la tenía abrazada, empeñada en darle el +pecho. Adriana apartó la boca con horror, se despertó sin respiro, +bañada en sudor, paralizada por la angustia.</p> + +<p>Desde entonces todas aquellas delicadezas de su alma empezaron a sufrir +un proceso de desvanecimiento, todas sus ternuras se fueron apagando +como los colores de una olvidada pintura bajo la capa de polvo que la +cubre.</p> + +<p>A poco cambió su modo de ser y dejó de frecuentar el sitio que sus +éxtasis asiduos habían como impregnado de una atmósfera mística. Cuando +la interrogaban, ponía una cara adusta, y golpeando el suelo con el pie, +se quedaba mirando en el vacío. La hermana superiora venía, inquieta, y +le preguntaba, acariciándola con dulzura:—¿Qué tiene, Adrianita? ¿Ya no +le reza al Señor?</p> + +<p>—No, no, porque ha dejado que me compre el diablo.</p> + +<p>Y no daba otra explicación: la había comprado el diablo y ella estaba +perdida para el cielo.</p> + +<p>Más tarde su carácter se hizo irónico.</p> + +<p>—¿Ustedes son peladas?—preguntaba riendo a las hermanas.</p> + +<p>Y las amenazaba con arrancarles la toca.</p> + +<p>Un día sugirió a dos compañeras la curiosidad de saber si efectivamente +eran las monjas peladas. En el vasto dormitorio común, separaba las +camas de las colegialas un cortinado que les hacía como estrechas +celdillas. Una monja, la hermana Casilda, velaba paseándose por medio +del salón, hasta después de acostadas y dormidas todas. Luego se recogía +en una celdilla propia, más grande que las demás y cerrada por un +cortinado más espeso. Adriana convenció a sus compañeras que podía +espiarse a la hermana Casilda; seguramente no dormiría con la toca +puesta. En la noche convenida, cuando cesó de oírse el ruido leve de sus +pasos vigilantes, las tres muchachas se juntaron en medio del salón. +Temblaban de miedo. Se acercaron cautelosamente a la celdilla grande, +cuchicheando. Un hilo amarillento rayaba la juntura del cortinaje; pero +la hermana Casilda dormía toda la noche con luz.</p> + +<p>—¿Por qué no vas a ver?—dijo Adriana a una de sus compañeras.</p> + +<p>—Tengo miedo...</p> + +<p>—¡Bah! iré yo.</p> + +<p>Adriana se aproximó a la celdilla, fingió entreabrir la cortina, y +volvió con una expresión maravillada.</p> + +<p>—¿Cómo está?—le preguntaron.</p> + +<p>—¡Pelada!</p> + +<p>Las dos se aproximaron a su vez, caminando de puntillas; el ruedo de sus +camisones se estremecía sobre los pies desnudos. Ambas, ávidamente, +abrieron la cortina.</p> + +<p>—¡Jesús!—gritó la voz espantada de la hermana Casilda, que no se había +desvestido aún.</p> + +<p>Cuando acudieron a la cama de Adriana, denunciada por sus compañeras, la +vieron que dormía; una suave sonrisa flotaba en sus labios, como si su +alma, soñando, hubiese volado a la región de sus éxtasis.</p> + +<p>Insensiblemente se fue adhiriendo a su espíritu la maldad viciosa, +hostil a la antigua pureza de su corazón. Y sufría sin embargo lo +indecible al sentirse ya incapaz de ser buena, incapaz de resistir la +influencia maligna, aquella influencia que ya, durante su infancia, la +había aterrado alguna vez: así cuando Raquel, empañados por el llanto +los hermosos ojos verdes, se defendía de sus golpes despiadados +cubriéndose la cabeza con las manecitas abiertas.</p> + +<p>Los castigos que la superiora decidió imponerle, al fin, le hicieron +conocer otro mal sentimiento: el rencor.</p> + +<p>Pero a veces el pequeño Cristo volvía a bajar de su nicho, caminaba +sobre las baldosas del corredor solitario, aparecía en la celdilla de +Adriana, como un mudo reproche, y la miraba fijamente.</p> + + + + +<h3><a name="XIII" id="XIII"></a>XIII</h3> + + +<p>Ese día Charito la acogió con un aire de mal humor que nunca tenía, como +de persona agraviada por motivos demasiado penosos para decirlos. Pero +inútilmente aguardó de Adriana una pregunta que le diera pie para +replicar con frases ya meditadas. Su amiga se conformaba con sonreír o +mirarla de soslayo, distraída, porque aquel mutismo de Charito, sin +preocuparla, le permitía abandonarse a la encantada dulzura de sus +propios pensamientos.</p> + +<p>Al fin Charito no pudo contenerse:</p> + +<p>—¿Ves lo que gano por ser contigo demasiado buena? Le han traído el +cuento a mamá de que yo me doy cita con muchachos en el Museo. ¿Te +imaginas? Todo un lío por causa tuya. Y si te dijera...</p> + +<p>Se detuvo con un gesto de fingida exasperación, como si se guardara las +palabras más duras.</p> + +<p>Adriana seguía mirándola, distraída.</p> + +<p>—Tan luego tú, Charito,—dijo con acento amistoso—tú tan seria, tan +incapaz de una incorrección, darte cita con varios muchachos. ¿No +comprendes que nadie podrá creerlo?</p> + +<p>—Lo creen y lo repetirá todo el mundo.</p> + +<p>—Todavía de mí, que era una coqueta... que soy una coqueta... Óyeme: no +te fastidies, nada te cuesta decir que todos esos muchachos tenían la +cita conmigo.</p> + +<p>—Puedes estar segura que yo no cargaré con la culpa.</p> + +<p>—¡Ah! pero tú misma, concluyó Adriana acariciándola, has acabado por +convencerte de que fue una cita, y una cita con varios. En todo caso los +varios éramos nosotras y el pobre Julio era la sinvergüenza.</p> + +<p>A Charito no la enfadaba tanto el chisme como el hecho de que Adriana +esquivaba la entrevista con Muñoz y en cambio la había obligado a +hacerse amiga de Julio, a quien detestaba. En realidad, Adriana ejercía +sobre ella un gran dominio que nadie hubiera sospechado al verlas +juntas, según Charito la censuraba y le imponía consejos que eran +siempre escuchados, aunque nunca seguidos. Adriana, por el contrario, +obtenía de ella, sin parecerlo, todo lo que quería.</p> + +<p>—Voy a proponerte algo, le dijo, para poner a prueba tu amistad. Como +Julio a casa no va, ni quisiera yo que fuese, tú me harás un gran favor.</p> + +<p>—¿Pero no has conseguido acaso verte con él aquí, en casa? ¿Quieres una +prueba mayor?</p> + +<p>—No te enojes, Charito querida, y escúchame... También lo veo en casa +de las Aliaga y es allí donde empecé a quererlo, tú lo sabes. Sin +embargo, yo sospecho que sin haberte tratado con ellas les tienes +antipatía a las Aliaga, y tal vez esa bondad tuya ha sido un cálculo +para alejarme de ellas...</p> + +<p>—Yo no calculo nunca, Adriana, soy demasiado leal.</p> + +<p>—Lo sé, lo sé... pero entonces yo sí he calculado, te lo confieso. +Sería difícil explicarte... Yo misma no comprendo con claridad porqué +ahora voy con inquietud a esa casa. ¡Y si supieras qué cariño les tengo! +A Laura la adoro. No sé lo que daría por verla dichosa... Laura Aliaga +es mi mejor amiga.</p> + +<p>—¡Ah, tu mejor amiga!</p> + +<p>—Exceptuándote a ti, naturalmente... Pues bien, con todo esto, prefiero +verlo en tu casa.</p> + +<p>—En fin, ¿qué nueva prueba pretendes de mi amistad?</p> + +<p>—Óyeme bien: quisiera verlo a Julio, de vez en cuando, con tu ayuda, +por la noche...</p> + +<p>—¿Por la noche? ¿Y dónde quieres verlo de noche?</p> + +<p>—En el teatro, Charito. Ha empezado la temporada de ópera y tú sabes +que voy, en las noches del primer turno, con Raquel y Fernando. Julio va +a la platea para verme, pero naturalmente apenas hay oportunidad de +hablar. Además, puedo encontrarme con Muñoz y esto sería desagradable. +Yo pienso ceder mi butaca a Fernando para que él invite a otro amigo, o +puedo dártela a ti...</p> + +<p>—¡Pero si yo estoy muy bien en el palco nuestro!</p> + +<p>—Para que tú la regales, Charito. No me interrumpas. Ya verás que te +pido un pequeño sacrificio... Como de todos modos no coincide el turno +tuyo y el mío, quisiera que tú, alguna vez, me acompañaras a la cazuela.</p> + +<p>—¿Pero con qué objeto? ¿Qué haremos las dos en la cazuela?</p> + +<p>—Para hablar más libremente con Julio.</p> + +<p>—¡Estás loca! ¡A la cazuela no pueden ir los hombres!</p> + +<p>—Si me interrumpes a cada rato será imposible explicarte. En el piso de +la cazuela hay una confitería, y a esta confitería pueden entrar los +hombres.</p> + +<p>—¡Ah, y tú quisieras...!</p> + +<p>—Déjame concluir, Charito. Iríamos juntas tú, Lucía Moreno y yo. Julio +se acercaría como un amigo común...</p> + +<p>—Basta, eso de mí no lo conseguirás nunca.</p> + +<p>—Atiéndeme, Charito.</p> + +<p>—Es inútil, no insistas. Puedes entenderte con Lucía; también a ella le +gustan las aventuras, y hasta se ha hecho amiga de un grupo de chicas +que a mí no me gustan nada, por cierto.</p> + +<p>Adriana no respondió y se quedó mirándola con la anterior actitud +distraída. Después, suspirando con resignación:</p> + +<p>—Tendré que pedirle este servicio a Zoraida Aliaga...</p> + +<p>Charito contuvo un gesto de contrariedad. Y la idea calculada de impedir +que su amiga recurriera a la amistad de Zoraida, al fin la hizo ceder. +Por otra parte, quería seguir vigilándola. Pensaba que tarde o temprano +aquel entusiasmo por Julio acabaría y sería llegado entonces el caso de +devolverla al amor de Muñoz.</p> + +<p>Sin embargo, su enojo no se había calmado.</p> + +<p>—¿Y por qué no te visita en tu casa? ¡Puesto que Muñoz también te +visitaba!</p> + +<p>—Precisamente por eso y porque Julio, en realidad, no es mi "novio". +Hay entre nosotros algo demasiado fuera de los sentimientos comunes para +que pueda presentarse en casa y sustituir en su papel a Muñoz. El +presente que vivimos es conforme a mi corazón.</p> + +<p>—Pronto te desilusionarás, porque te enamoras con la misma facilidad de +Lucía,—le replicó Charito.</p> + +<p>Pudieron verse así con más frecuencia. Algunas noches, por favor +especial de su amiga y ruegos insistentes de Lucía Moreno, hallaban +ocasión de conversar, después del primer acto, durante todo el resto de +la función, en la confitería de la cazuela. Entonces se quedaban casi +completamente solos. Los mozos, junto al mostrador, contaban dinero y +hablaban en voz alta. Del vasto teatro les llegaba el eco prolongado de +un canto, seguido de aplausos que morían en un súbito silencio. Y estos +intermitentes rumores de la invisible multitud que palpitaba tan cerca +de ellos, contribuían a darles la sensación de hallarse circundados por +una suave y amorosa quietud. Adriana escuchaba a Julio con abandono. Le +parecía que sólo un tenue velo de dulzura separaba sus almas.</p> + +<p>Luego, terminada la función, aparecían Charito y Lucía. Se despedían de +Julio en un rellano de la escalera, para que Raquel y Fernando, que las +esperaban abajo, no descubrieran el secreto de aquella singular decisión +de preferir la cazuela a la brillante sala iluminada.</p> + +<p>Al día siguiente, si la mañana era templada, iban al paseo de Palermo. +La señorita Ivonne les acompañaba también, empeñada en proteger el amor +de Adriana. Experimentaba un placer de reflejo, porque aquella pasión +dichosa le hacía recordar un idilio suyo, cuando ella en París era una +linda estudiante del Liceo.</p> + +<p>Adriana solía preguntarse, sin embargo, si la apasionada humildad de +Julio correspondía íntegramente a un sentimiento real, y si no habría +exageración, acaso vaga ironía en sus palabras tan rendidas, tan +espontáneas y semejantes, a veces, a la confesión que pudiera hacer un +niño. ¡Qué no hubiera dado, en tales momentos, para penetrar siquiera +por un instante el alma de Julio! Cierto pesimismo se insinuaba a veces +en su corazón, tanto más penoso cuanto mayor era su júbilo cuando +pensaba que él la quería.</p> + +<p>A veces intentaba decirle con sinceridad lo que sentía. Cuando su +expresión titubeaba, las palabras de él venían al encuentro de su idea y +le daban forma, hasta en sus más velados contornos; era como si ya +conociera Julio toda la intimidad de su alma. Ella recordaba entonces, +por amorosa comparación, el amanecer de invierno en el internado +religioso. Se levantaban todas las colegialas para la misa del alba, y +en el templo, a oscuras todavía, tres o cuatro cirios echaban un +amarillento resplandor, que relucía en el reborde de algún candelabro o +temblaba sobre la cara llorosa de la Virgen. Cuando la luz de la mañana +comenzaba luego a esparcir un color avinado, las figuras de las +vidrieras místicas eran vagos fantasmas diseñándose apenas y por querer +tomar colores en la sombra. Ella se recogía, embargada por la emoción +religiosa, y quedaba por largo rato apoyada la frente sobre las manos +juntas. Cuando levantaba de nuevo los ojos, las altas vidrieras se +habían iluminado, y sus imágenes de esmalte resplandecían, con las +túnicas azules y rojas y las bellas caras en éxtasis, circundadas por el +oro de las aureolas.</p> + +<p>Así le esclarecían las palabras de Julio sus ideas íntimas, y pálidas +figuras dormidas se incorporaban como atónitas en la penumbra de su +espíritu.</p> + +<p>Y sintió un gran deseo de ella también encantarlo. Cierta maravillosa +inspiración, a veces, movía sus actitudes y dictaba sus palabras; le +parecía convertirse en un ser más perfecto, más ideal, difundir de sí +misma una gracia nueva, plegarse su persona completamente al secreto +ensueño de Julio; y tenía la sensación de revestirse, para él, con un +pasajero pero incontrastable hechizo de milagro. También en tales +momentos, cuando se sentía con la posesión de esta fuerza seductora, +radiante, ¡qué no hubiera dado por penetrar el alma de Julio, a fin de +conocer cómo lo iba ella enamorando!</p> + + + +<p class="top5">Eran ya las dos de la madrugada. Sola en su dormitorio contiguo al de +Raquel, sin desvestirse, sentada al borde de la cama y la luz velada con +la pantalla, Adriana dejaba que su imaginación se sumergiese +completamente en la delicia de los momentos extraños pasados con Julio. +El presente era por cierto, como se lo había dicho a Charito, conforme a +su corazón.</p> + +<p>Le parecía vivir en una transparente y maravillosa eternidad.</p> + +<p>Y ahora Raquel dormía, la pobre Raquel que no olvidaba, ciertamente, la +perversidad de Adriana, y que no había vuelto a hablarla desde la +ocasión del penoso diálogo en casa de su tío.</p> + +<p>Ahuyentando esta idea penosa, siguió divagando; algunas frases de Julio +que tornaban murmurando a sus oídos, le hacían el efecto de una pura y +permanente adoración.</p> + +<p>¡Qué diferencia con las emociones experimentadas cuando comenzó su +relación con Muñoz! Recordó un día en que éste le besó la mano con beso +tembloroso, ardiente, de hombre enamorado que quiere imponerse por la +audacia, y sólo despertó en ella un sentimiento hostil y ofendido... +¿Llegaría jamás a ofenderse, en cambio, cuando Julio le besara la mano +con su modo distraídamente humilde? Adriana sintió algo semejante a la +sensación de irrealidad que le sobrevino algunas veces, en la paz +conventual, cuando se ponía de rodillas ante el Jesusito del claustro.</p> + +<p>Le pareció, de pronto, que se transportaba en cuerpo y alma a una región +ideal. Pensó en el milagro de la Asunción. ¿"Estoy loca"? se dijo con un +sobresalto dulcísimo. Y era tanta la ligereza, la volubilidad de su +divagación, que le pareció subir oscilando, suavemente, como la Virgen, +bajo una claridad de gloria.</p> + +<p>La trajo a la realidad, de pronto, un gemido de Raquel. Acudió +corriendo, sobrecogida por una compasión inenarrable. Encendió la luz. +Raquel, que solía tener pesadillas penosas, lloraba ahogada por la +angustia; pero cuando Adriana se abrazó a ella y consiguió despertarla, +por largo rato no pudo substraerse al terror de su sueño. La agitaban +ligeros sollozos, y los hermosos ojos empañados por el llanto, miraban +sin comprender. Adriana le acariciaba los cabellos, y murmurando +palabras de cariño, procuraba apaciguarla.</p> + +<p>Repentinamente cesaron los gemidos de Raquel: vuelta a la conciencia de +las cosas, su mirada continuó fija en Adriana, con la misma extrañeza, +con el mismo estupor. Porque a medida que se sustraía a la influencia de +la pesadilla, iba apoderándose de ella una sorpresa profunda ante la +dolorida solicitud de su hermana. Le parecía otra. No acertaba a +explicarse aquella compasión que le transformaba tan singularmente la +cara, ni aquella mansa ternura de toda su actitud, ni aquellas +desconocidas caricias.</p> + +<p>Pensó, por un momento, que había salido del sueño terrible para entrar +en otro, muy plácido, pero igualmente irreal.</p> + +<p>Adriana, en tanto, entendiendo todo lo que decían, a través de las +lágrimas, los ojos asombrados de Raquel, recordó las veces que se había +complacido en humillarla. El remordimiento, un remordimiento íntimo, +amargo, le llenó el corazón. Su antigua maldad le pareció +incomprensible. Y lo que más daño le hacía era la persistencia muda de +aquella mirada de los ojos verdes en la carita cubierta por el +desordenado cabello. Era evidente que su pobre hermana no concebía en +ella la bondad.</p> + +<p>Entonces, movida por un impulso ardiente, tomó entre sus manos la cabeza +de Raquel. Una ternura inmensa la avasalló, hasta quitarle el respiro. Y +se puso a sollozar, hablando, con la voz entrecortada.</p> + +<p>—Perdóname, Raquelita, perdóname. Ya sé que no tengo ni el derecho de +pedirte perdón. Cuando debí hacerlo, te insulté. Sí, he sido contigo +demasiado mala. Ya no lo soy. He perdido todo mi orgullo odioso. No, no +me mires con ese modo asombrado. Si supieras todo lo que sufro y todo lo +que he sufrido en estos días, pensando en mi maldad para contigo. Pero +ya no volveré a cometer bajezas, Raquelita... Escúchame... te acuerdas +cuando... murió papá... y cuando yo te pegué... cuando...</p> + +<p>No pudo continuar, se ahogaba.</p> + +<p>Y las dos, abrazadas estrechamente, se pusieron a llorar, +comprendiéndose, reconciliándose, abandonadas al imperio de una de esas +emociones que son como revelación repentina de una verdad generosa, y +derraman su bálsamo de dulzura sobre las inquietudes y los sinsabores de +la vida.</p> + + + + +<h3><a name="XIV" id="XIV"></a>XIV</h3> + + +<p>Charito hablaba con su madre y Lucía Moreno sobre una rifa de caridad, +proyectada y organizada por ella para contribuir a las obras de un +pabellón en el asilo taller de Nueva Pompeya.</p> + +<p>Adriana y Julio alcanzaban a oír, con intermitencias, la animada charla.</p> + +<p>De pronto Charito enmudeció. Momentos después aparecía ante ellos, +confusa, mirándolos, sin acertar a explicarse; procuró sonreír y se +sentó en una silla, casi al borde. Pero en seguida hizo un ademán de +sobresalto y se levantó, indecisa. Había en toda su persona esa +nerviosidad contenida y esos modos inopinados de quien procura hacerse +comprender por alguien, con el temor de que otros, presentes, puedan +advertirlo. Pero Adriana apenas volvió hacia ella sus ojos distraídos.</p> + +<p>—¡Voy, mamá, voy! exclamó Charito con un gesto de desesperación, para +llamar la atención de Adriana.</p> + +<p>Esta repentinamente adivinó. Oyó la voz de Muñoz, miró a Julio +consternada y se levantó oprimida por un sentimiento de vergüenza y +desazón. Jamás había hablado con Julio de Muñoz. Tuvo tentación de +despedirse y escapar por el vestíbulo. Pero la llamaron. Entró temblando +al salón.</p> + +<p>—Aquí la tiene usted, dijo con su habitual tono distinguido y amable la +señora González, dirigiéndose a Muñoz.</p> + +<p>Adriana, lentamente, fue a tenderle la mano, pero en seguida murmuró, +ajustándose el sombrero con nervioso apuro:</p> + +<p>—¡Qué tarde es! Ya no podría quedarme un rato más. La hora se me pasó, +mamá me espera... Muñoz, tenemos que hablar, ya sé; le avisaré a Charito +para encontrarnos una tarde aquí. Adiós, adiós.</p> + +<p>Julio, retenido un minuto por Lucía, la vio salir como huyendo.</p> + +<p>Tanto había conturbado a Muñoz la aparición momentánea de Adriana y tan +lejos estaba de suponer que Julio frecuentaba la casa de Charito, que no +le reconoció en el primer momento.</p> + +<p>La señora González celebró que ambos jóvenes fueran amigos y luego +deploró que Adriana, por la hora, hubiese tenido que marcharse.</p> + +<p>—Lo malo ha sido que a usted se le ocurriese venir tan tarde, añadió +dirigiéndose a Muñoz—y esto le sucede por andar tan perdido de aquí, +donde se le aprecia y se le quiere tanto.</p> + +<p>Lucía la tomó aparte para que pudieran hablar Julio y Muñoz, pero +dirigiendo hacia ellos, de vez en cuando, una graciosa mirada de +curiosidad.</p> + +<p>—¿Tú la conocías, entonces?</p> + +<p>—Te lo dije aquella vez, repuso Julio.</p> + +<p>—No lo recordaba.</p> + +<p>—Te dije que la conocí en casa de las Aliaga.</p> + +<p>—Creí que bromeabas, que te querías burlar de mí. No me lo dijiste muy +claro, en todo caso. En fin, ella le coquetea a todo el mundo. Y dime, +dejando este ridículo asunto mío, ¿has vuelto a encontrarte con aquella +muchacha que también conociste en casa de las Aliaga? ¿De quién se +trata, al fin? ¿Has vuelto a encontrarte con ella?</p> + +<p>—Sí, he vuelto a encontrarme con ella.</p> + +<p>—¿Dónde?</p> + +<p>—Allí, en esa misma casa, volví a verla muchas veces, respondió Julio +con dulzura.</p> + +<p>—¿Y ya te habrás enamorado? Recuerdo, sin embargo, que te proponías no +hacer nada para volverla a ver.</p> + +<p>—Nada hice. Pero la quiero, ahora, mucho más que a mi vida misma.</p> + +<p>—¿Y si ella te dejara?</p> + +<p>—Nada haría para retenerla.</p> + +<p>—¿Y eso cómo se explica?</p> + +<p>—Pero si dejara de verla, lo mismo me daría morir. Ya no habrá nunca +otra mujer en mi corazón.</p> + +<p>—Pero no dices quien es. No, no importa... De modo que tu "flirt" con +Adriana no tiene mayor importancia. Sí, ya comprendo, cosa de poco +momento. Es ella, sin duda, la que te ha obligado a festejarla. La has +encontrado aquí, por casualidad. El mismo caso de Castilla. Y volviendo +a la desgracia mía... ¿Viste cómo apenas me tendió la mano? Es cierto +que me dirigió una de esas miradas que siempre tiene para enloquecerme a +su gusto. Apuesto la vida a que también a ti te ha mirado alguna vez +así... y a Castilla... Te apuesto la vida.</p> + +<p>Una vena azul se dibujó en las sienes de Julio y la serenidad de su +semblante desapareció por algunos segundos.</p> + +<p>—¿Aceptas la apuesta? insistió Muñoz. Yo voy a que del mismo modo +angélico puede mirarte a ti, a Castilla y a todo el mundo. Sí, no tiene +importancia alguna ese modo de mirar. No hagas caso, es indecible su +maldad; hay en ella un demonio disfrazado, un demonio que a veces parece +divino, pero que no lo es. Volviendo al corazón mismo de nuestro asunto, +debo decirte que no me habló ella nunca de las Aliaga, de esa familia +que tú idealizas. Adriana no las conoce, eso debe ser broma tuya. ¿Y +hace tiempo que vienes aquí, a esta casa?</p> + +<p>—He venido dos o tres veces, a lo sumo.</p> + +<p>—¡Ah! Ya estoy dudando de la misma Charito. Dos o tres veces... ¿Para +qué te invitan? Hubiese preferido que vinieras desde hace años... porque +entonces estaría seguro de que la conoces en su maldad íntegra, y que ya +la desprecias ahora. Yo soy el único que debe sufrir la condenación de +quererla a pesar de todo... Es una muchacha digna de que se la maldiga.</p> + +<p>Siguió un silencio largo. Muñoz, después de titubear visiblemente, +durante algunos segundos, le exigió, en forma muy categórica, su opinión +sobre Adriana. Y luego que Julio expresó, tranquilamente, una idea +opuesta a la suya, se irritó sobremanera. Discutieron. Julio terminó +pidiéndole disculpa de no poder compartir una sola de las apreciaciones +hechas por su amigo.</p> + +<p>—¡Qué quieres! Cabalmente me parece Adriana el tipo de esas muy +exquisitas mujeres porteñas que nadie conoce, finamente disfrazadas de +superficialidad, pero mucho más sutiles que las mujeres de otros países. +Hasta la maldad resulta en ellas una pura apariencia, un velo necesario +para ocultar la preciosa alma incomprendida. Sin embargo esta alma +asoma, como a pesar suyo, en cierto hechizo discreto... ¿No confiesas tú +mismo que Adriana suele hacerte la impresión de un demonio divino? +Piensa un poco...</p> + +<p>—En fin—le interrumpió Muñoz—¿qué me aconsejas?</p> + +<p>Hizo esta pregunta clavándole una fría mirada. Julio tuvo un gesto vago +y se levantó.</p> + +<p>—Nada te aconsejo. Pero yo, si en ella no sintiera algo acorde con la +pasión mía, creo que desistiría.</p> + +<p>—No, no quieras decirme nada. Desprecio tu consejo... ¡La que no dejará +entrar a otra mujer en tu corazón es Adriana!</p> + +<p>—Sí, no he de negártelo.</p> + +<p>—Bueno, todo esto carece de importancia. Tú y Castilla y todo el mundo +están en la misma situación. Contigo hará lo que hizo conmigo. Te repito +que es una mala muchacha, y si hoy encuentro a Castilla le daré un +abrazo, de todo corazón. Y tú serás también un cobarde y un desdichado. +Ya te ha mareado. El diablo debiera llevársela.</p> + +<p>Se quedaron callados, Julio quiso despedirse. Lucía, acercándose, le +retuvo, mientras parecían sus ojos preguntar a uno y a otro: "¿Y cómo +han arreglado el asunto estos dos rivales?" Brillaba con tanta evidencia +la curiosidad amable en sus lindos ojos, que Charito, impaciente, la +abordó con un tema trivial, el primero que se le ocurrió.</p> + +<p>Julio, como distraído por una preocupación, volvió a despedirse.</p> + +<p>—Es una lástima, le dijo Lucía en voz baja, para no ser oída de Muñoz; +ahora que no está Adriana para acapararlo como hace siempre, ahora que +una podría hablar con usted, se va tan en seguida.</p> + +<p>Pocos minutos después, acompañándole con Charito hasta la escalera del +vestíbulo, su mano enguantada, mientras él descendía, le saludó por +encima de la barandilla.</p> + +<p>—Adiós, Lagos... es una suerte que se haya usted enamorado de +Adriana... y yo de otro. Porque si no sería usted capaz de gustarme... Y +reía deliciosamente, en tanto que Charito, tapándole la boca para que +no prosiguiera, la reprendía en voz baja.</p> + +<p>—Te pareces a Adriana; en esto son las dos igualitas.</p> + +<p>Cuando ambas volvían al salón, Lucía confesó encantada:</p> + +<p>—Yo me reía, sabes, pero más por disimular, porque te juro, dejando las +bromas, que Julio me gusta.</p> + +<p>Ni la escuchaba Charito. Afligida, preocupada, comprendía que cambiar +los sentimientos de Adriana era ya extraordinariamente difícil. Al mismo +tiempo aumentaba en su corazón la animadversión contra Julio. Y +acercándose vivamente a Muñoz:</p> + +<p>—Quiero hablarle con sinceridad, exclamó, a usted, a mi mejor amigo, +para quien jamás tendría una doblez. ¿Es o no verdad que soy su amiga +más buena y más leal?</p> + +<p>—Sí, ya lo sé, Charito, respondió Muñoz haciendo un esfuerzo para +sobreponerse a la indiferencia que le abrumaba.</p> + +<p>—Y bueno, prosiguió ella con tono conmovido—yo nunca he comprendido +esa pasión suya por Adriana.</p> + +<p>—Pero, Charito, ¡si ella es monísima! intervino Lucía.</p> + +<p>—Tú no sabes lo que hablas. ¡No es una muchacha que merezca tanto! +Aparte de su cara bonita todo en ella es coquetería y apariencia.</p> + +<p>—Al contrario, Charito, Adriana es un encanto en todo sentido.</p> + +<p>—¡Ah! No vaya usted a suponer, Muñoz, que quiero hablarle mal de +Adriana; es una amiga de la infancia, y no le niego, por ejemplo, mucha +inteligencia natural, y un espíritu cultivado. Pero tiene defectos +fatales. Yo no creo que ella pueda ser garantía de felicidad para un +hombre noble como usted. No es mujer para el hogar. Cuando una muchacha +tiene ciertas ideas, cierto instinto de libertad y... vamos, el modo de +ser y la volubilidad de sentimientos que usted le conoce tan bien como +yo... No nos engañemos, Muñoz; ella es coqueta por temperamento, incapaz +de constancia, llena de caprichos y con una imaginación enteramente +fantástica.</p> + +<p>—Ya, la familia fantástica, dijo Muñoz, sin que Charito, llevada por el +calor de sus palabras, advirtiese la interrupción.</p> + +<p>—No, Muñoz, yo no comprendo que se pueda querer así, ciegamente, y +sobre todo no veo afinidad ninguna entre ella y usted. Son dos espíritus +no sólo distintos sino casi opuestos, que no podrían comprenderse nunca. +Usted se engaña, se engaña. Todo lo que hay en usted de recto, de bueno, +lo tiene ella de inconsciente, de voluble... o de qué sé yo... Porque le +repito que no quiero hablarle mal de ella.</p> + +<p>—¡Pero no haces otra cosa, Charito! exclamó Lucía.</p> + +<p>—¡No! No hablo mal de ella, digo lo que es, sin censurarla. Yo tampoco +soy una santa.</p> + +<p>—Entonces no exageres así. Si nos pusiéramos a comparar ¿qué dirías de +mí?</p> + +<p>—Es muy distinto. No hay maldad en las cosas tuyas y en ella sí.</p> + +<p>—Tampoco en Adriana. Una engaña como la pueden engañar a una. Las +palabras de amor se aceptan sin calcular, sin exigir demasiado ni +reclamar apasionamientos, y sin saber, muchas veces, si a una la quieren +o si una quiere. Hay un claroscuro del sentimiento que tú no conoces, y +donde pueden ocultarse el júbilo y las lágrimas. Porque en todo este +juego, los ratos felices y las horas desdichadas se compensan; y +sabiendo jugar, hasta la misma pena suele dejar en la memoria una +dulzura...</p> + +<p>El continuo velo de malicia había caído de su cara y hablaba con una +seriedad graciosísima. Iba a seguir, pero advirtiendo de pronto que +Charito y Muñoz tenían los ojos fijos en ella, escuchándola, se ruborizó +como una criatura; y echándose a reír, volvió a recatarse bajo su amable +expresión habitual.</p> + +<p>—Ya les estaba dando toda una conferencia sobre el amor, pero fue por +Adriana, por disculparla y por disculparme yo también. Creo que Charito +es con ella demasiado severa... Fuera de Muñoz, (agregó para halagar a +éste), a nadie hace caso, estoy segura, porque su "flirt" con Castilla +no tuvo importancia. Y Julio parece un simple amigo.</p> + +<p>—¡Ah, sin importancia, su "flirt" con Castilla! Yo no quería +mencionarlo a Castilla, pero en realidad cuando se piensa que él +festejaba a Raquel y que Adriana no tuvo escrúpulos para hacerse +festejar por él...</p> + +<p>—No creo, Charito.</p> + +<p>—Porque no la conoces.</p> + +<p>—Al contrario. Y la imagino hasta mejor que yo, más idealista y que +todo lo hace por exceso de idealismo...</p> + +<p>—No sabes lo que dices, Lucía. Adriana es muy farsante, y yo le hablo +así a Muñoz por la primera vez, para despertarlo, porque sufre de una +alucinación. ¡Ah, si él supiera cómo se desvanecen después todas las +apariencias con que la mujer sabe cubrirse, para interesar a los +hombres, para desconcertarlos, y para hacer que poco a poco se engañen +completamente! Y esto lo he pensado, Muñoz, no solamente ahora, sino +hasta cuando ella se moría por usted.</p> + +<p>—Nunca me pareció que se moría por mí, repuso Muñoz. Al contrario, +Charito, ni cuando decía quererme.</p> + +<p>—¡Porque ella todo lo calcula! Y en su afán de rarezas, hasta suele +disimular su cariño, ese cariño que ella empieza a sentir por +cualquiera, pero que se le va con la misma facilidad. Hace poco tiempo +usted era el único que realmente había sabido, según ella, despertarle +amor. Es cierto que lo mismo le oí decir en ocasión de otro festejo...</p> + +<p>Ahora Charito inventaba, atribuía a su amiga palabras que no le había +oído nunca, o transformaba las cosas en el sentido que mejor convenía a +su demostración. Sus escrúpulos desaparecían por la idea de consultar el +interés de Muñoz.</p> + +<p>—Yo creo, concluyó, que usted mismo se ha fomentado esta pasión. Porque +ni siquiera la comprendería si usted se hubiese dejado seducir y +alucinar por la simple belleza física.</p> + +<p>Muñoz miró a Charito atentamente.</p> + +<p>—Y ella ¿está enamorada de Julio, ahora?</p> + +<p>—No lo creo, no puede Adriana enamorarse, no es capaz de enamorarse.</p> + +<p>Él insistió.</p> + +<p>—¿Pero le demuestra algo, al menos?</p> + +<p>—¡Ah, seguramente! No se concibe que ella converse con un mozo sin +coquetearle.</p> + +<p>Una expresión de sufrimiento alteró las facciones de Muñoz.</p> + +<p>—¡Cómo debe quererla, el pobre! murmuró Lucía al oído de Charito. Y +dirigiéndose a él:—Adriana puede volver a quererlo, y en todo caso, de +no quererlo Adriana, no ha de faltarle otra. Cualquiera que usted +festeje lo querrá... Nadie podría ser feliz si tomara las cosas como +usted las toma y si no pudiera, en ocasiones, cambiar de cariño, cuando +no hay otro remedio. Sea razonable, Muñoz.</p> + +<p>Hubiera sido difícil decir si era ternura o simple piedad lo que +temblaba en la caricia de su actitud insinuante, dulce. Acaso se había +ya desvanecido su repentina veleidad por Julio, ante este muchacho +abatido por desdicha de amor, y que parecía necesitar tanto de un fino +consuelo.</p> + +<p>—Y no hay otro remedio, efectivamente,—murmuró él sumido ahora en una +vaguedad de inconsciencia.—Pero no me resigno. ¿Qué puedo hacer, Lucía? +¿Qué puedo hacer?</p> + +<p>Lucía, sin contestar en seguida, le sugirió con naturalidad:</p> + +<p>—Y... quiérame a mí...</p> + + + + +<h3><a name="XV" id="XV"></a>XV</h3> + + +<p>Siguió atormentando a Muñoz el ansia de volverla a ver. Todo lo demás +eran ideas y sentimientos que se desvanecían sobre una gran sensación de +vacío. Recordó que había empezado la temporada de ópera y que +posiblemente estaría Adriana esa noche en el teatro.</p> + +<p>Se vistió apresuradamente. Había bajado a la calle, cuando advirtió el +olvido de los guantes y el pañuelo. Después, cuando entró en la platea, +tuvo conciencia tardía de que dos minutos antes, frente a la ancha +escalera iluminada, se había cruzado distraído con un grupo de señoras y +que una de ellas le había mirado sonriendo, para saludarle. "Bah, no +tiene importancia", se dijo.</p> + +<p>Terminaba el primer acto de "La Walkiria", cayó el telón, y ya +encendidas las luces de la sala, buscó el sitio en que debía estar +Adriana. Pero apenas creyó distinguirla, el exceso de la emoción le hizo +apartar la vista, y se puso a pasearla por todo el teatro, por las mil +caras rosadas, los blancos hombros desnudos y los peinados espléndidos +cuajados de pedrería. Sobre el rumoreo de las conversaciones, vibraba +alguna fina risa femenina y él volvía los ojos para reconocer a la que +había reído. A la sola idea de que Adriana estaba allí, tan cerca de él, +un desfallecimiento corría por todo su ser. El aire de la sala, tibio, +sensual, y el deslumbramiento de las luces, contribuían para enervarle.</p> + +<p>Pero al fin se acercó resueltamente al grupo donde había creído verla. +No era ella, sino Raquel, y la acompañaban Fernando y una amiga a quien +él conocía poco. Después de vacilar un segundo, confuso, frente a ellos, +saludó y siguió andando. En ese momento vio a Castilla venir en +dirección contraria a la suya. Para rehuirle volvió la cara.</p> + +<p>Pero no le vio Castilla. Cruzaba la platea con su elegante desembarazo +de costumbre, dominando la sala. Saludó a Raquel con cierta afectación +digna y luego, de la misma manera, a varias muchachas reunidas en un +palco, quienes le contestaron graciosamente, agitando hacia él las manos +enguantadas. Una, muy bonita, le llamó con un signo, pero él fingió no +advertirlo, y fue a colocarse en el mismo sitio que había dejado Muñoz, +apoyándose también en la barandilla de la orquesta.</p> + +<p>Muñoz se arrepintió de no haberse detenido para preguntar a Raquel por +Adriana. Vio a Fernando levantarse. Las dos muchachas quedaron solas. A +pesar de comprender que su indecisión no dejaba de ser algo ridícula, +se llegó hasta ellas. Ambas, muy serias, le tendieron apenas la mano.</p> + +<p>—¿Adriana no está?</p> + +<p>Raquel miró a su compañera y respondió enrojeciendo:</p> + +<p>—Creo que no... esta noche le fue imposible venir.</p> + +<p>Su rubor provenía no sólo de mentir, sabiendo que Adriana estaba en la +cazuela, sino también a causa de sus hombros y brazos desnudos; aquel +año venía por primera vez a la platea del Colón y no podía sacarse la +preocupación de que todo el teatro podía verla tan escotada. Ni se +atrevía a mirar a Muñoz. Este creyó que la grave carita enrojecida de +Raquel era un reproche a la inoportunidad de pararse a conversar con +ellas, y se retiró en seguida.</p> + +<p>Al llegar al segundo entreacto iba a marcharse, descorazonado, cuando +saliendo de la platea se dio de manos a boca con Castilla. Este le abrió +los brazos con alegría, sin dejarle ir.</p> + +<p>—Tengo que darte una explicación, le dijo, y pedirte otra. Yo no estaba +en antecedentes de nada, ¿sabes? Lo supe ayer, por casualidad. Pero +vamos, no tomes las cosas por el lado heroico.</p> + +<p>Se interrumpió un instante, porque mientras hablaba buscaba atraer la +atención de una niña que le había mirado de soslayo, desde un palco +próximo, llamativamente vestida de verde y con un gran "aigrette" blanco +en la cabeza.—Es decir, continuó, no pude imaginarme que darías +importancia a la cosa. Tú comprendes que Adriana...</p> + +<p>—Sí, ya sé, otro día hablaremos, le interrumpió Muñoz, herido no tanto +por el tema que abordaba Castilla, sino por oírle pronunciar el nombre +de Adriana. Experimentó una impresión casi tan desagradable como en casa +de Charito cuando le vio cortejarla y tan atrevidamente acariciarle la +mano. Un odio físico le sublevó.</p> + +<p>—¡Qué cara has puesto, Muñoz! Si te ofendí te pido me disculpes... Pero +no negarás que ella es coqueta. Sería una lástima, realmente, que te +dejaras envolver por Adriana. Indudablemente es un lindo tipo de mujer, +pero no pierdas la cabeza. A propósito, la vi en la primera función de +la temporada; desde entonces no ha vuelto a venir.</p> + +<p>Muñoz, a punto de contestarle despectivamente, se retuvo al oír la +noticia; y por la sola posibilidad de que aquella charla de Castilla +pudiera revelarle cualquier circunstancia referente a ella, le siguió +escuchando.</p> + +<p>—A mí, en realidad, no me gustan las muchachas como Adriana, prosiguió +Castilla.</p> + +<p>Con todos sus desdeñosos alardes, debía quedarle un resquemor, porque +acompañó dicha frase con un brusco movimiento de hombros y cierto gesto +que le contraía los labios y daba a su rostro una expresión +desagradable. Habitualmente perdía así la elegancia de la actitud y la +distinción del rostro en cuanto le dominaba un estado de pasión; la +verdadera mezquindad de su ser se traslucía.</p> + +<p>Pero habiéndose vuelto hacia el palco próximo, encontró puestos en él +los ojos de la niña: su rostro se dulcificó instantáneamente, a tiempo +que se rehacía toda la elegancia de su apostura. Al notar que ahora +Muñoz le escuchaba con atención, prosiguió su charla.</p> + +<p>—Lo que es al casamiento no iría uno con Adriana ni a cañón, esto lo +convendrás conmigo. Aunque en realidad, hoy por hoy, con la libertad que +se deja a nuestras niñas y con tanta perversión como hay en las +costumbres, las peores suelen ser esas que más apariencia tienen de +ingenuas y de buenas. Oye: hoy no podemos estar seguros ni de la virtud +de nuestras hermanas. Es deplorable lo que pasa en lo referente al nuevo +criterio moral de la sociedad porteña... No te extrañe oírme filosofar +acerca de los vicios sociales. Muchos me tienen por un tarambana, ya sé, +pero precisamente si tengo veintiocho años y no he concluido todavía la +Facultad, es porque me atrae y me interesa, más que los libros, más que +los Códigos, la vida misma. ¡Lo que yo veo, lo que yo aprendo en la +observación del mundo! Tal vez un día escriba algo... No creas, tengo +pensado un estudio sobre la evolución de la sociedad argentina; será un +golpe de maza. ¿Sabes lo que me propongo demostrar? Que si no se pone +remedio al avance de los vicios y a la inmoralidad que están creciendo, +la sociedad argentina se va al hoyo. ¡Al hoyo! ¡Si hay niñas que ya +tienen "garçonnière"!</p> + +<p>Nuevamente asomó a su cara una expresión violenta y desagradable.</p> + +<p>—La sociedad se irá al hoyo, murmuró Muñoz, cuando todo el mundo +proceda con tu falta de escrúpulos y con tu falta de honor.</p> + +<p>Castilla le miró sorprendido, como quien recibe de improviso una injuria +completamente inmotivada.</p> + +<p>—Hijo, repuso, la inmoralidad mía nada tiene que ver con la inmoralidad +social. Y pasando a cosas menos serias, ¿no sabes que la tonadillera se +ha casado? Tú fuiste muy tonto.</p> + +<p>Empezaba la orquesta el preludio del tercer acto y apagaron las luces. +Castilla miró una vez más, con atrevimiento, a la niña del palco. Pero +como Muñoz se retiraba, sin saludarle, le retuvo en el pasillo.</p> + +<p>—Oye, tú sabes que con todos mis defectos una cualidad no me falta: la +franqueza. Yo quisiera darte un consejo bien sincero sobre Adriana. No +lo tomes a mal ni supongas que pueda guardarle rencor... Al contrario, +me ha hecho pasar buenos momentos, me ha mirado con ojos dulces... en +fin, yo no podría quejarme...</p> + +<p>—¿No puedes quejarte?—dijo Muñoz, los ojos llameantes y un impulso de +echarle las manos al cuello. Sentía que Castilla estaba groseramente +mintiendo.</p> + +<p>—Pero precisamente, continuó Castilla titubeando sobre lo que iba a +decir,—precisamente no pretendo que abandones el campo, de ningún modo. +Ya te dije que Adriana me parece un soberbio tipo de mujer. Ha de ser +una niña de aventuras, como hay tantas ahora, en nuestra sociedad. Mi +consejo tiende sólo a prevenirte contra la posibilidad de que pudieras +meterte de tal modo en este lío...</p> + +<p>No pudo proseguir, porque Muñoz, en voz baja, descompuesta por la rabia +contenida, le interrumpió:</p> + +<p>—¡Óyeme! Ella será lo que quieras, pero tú has de empezar a decir +vilezas sobre Adriana, ¿me oyes?... cuando te hayas hecho digno, como un +perro...</p> + +<p>Quiso agregar algún insulto atroz, pero la misma sobreexcitación le +impidió proferir otra palabra. Su amigo, más admirado que ofendido, le +miró alejarse y rehusar al salir, con un gesto violento, la contraseña +que un empleado intentó entregarle.</p> + +<p>Encogiéndose de hombros, Castilla entró en la sala. Pasó junto al palco +de la niña del traje verde, caminando lentamente; luego de pasar se +volvió hacia ella y la miró atentamente, con una imperceptible sonrisa.</p> + + + + +<h3><a name="XVI" id="XVI"></a>XVI</h3> + + +<p>Pasaban los días sin que Charito le diera noticia alguna. La +desesperación le hubiese consumido, pero le alimentaba el ensueño. +Adriana se le aparecía con todos los esplendores que sus largos deseos +le atribuían: a veces le miraba, de pronto, con inusitada expresión de +cariño, lánguida, como en la realidad no le había mirado nunca, los ojos +húmedos, el beso en los labios, tendidas hacia él sus manos llenas de +vagas caricias. La imagen misma era ya una caricia, y se le acercaba, +dulcemente; sentía en la cara el calor de su cara, la misteriosa +blancura de un seno pequeño emergía, en la sombra... Y Muñoz se +aterraba, tenía la sensación de cometer en su pensamiento una +profanación. Pero al mismo tiempo todos los desdenes, todas las +humillaciones pasadas, le parecían insignificantes ante la idea de la +felicidad prohibida, que imaginaba oculta en aquel soñado esplendor de +los bellos hechizos.</p> + +<p>No había muerto del todo su esperanza. Aguardaba la entrevista.</p> + +<p>Volvió a pedir una licencia en la secretaría del Juzgado, una licencia +más larga que la anterior, para poder abandonarse completamente a la +melancolía de su preocupación. En los domingos, por la mañana, estaba +seguro de encontrarla. Ella iba a la iglesia del Socorro, siempre a la +misma misa de las once, vestida con sencillez. Muñoz se disimulaba en la +nave izquierda, y aguardaba con el corazón palpitante. Aguardándola, su +imagen empezaba a representársele, traída por el deseo, en tanto que la +iglesia, su bóveda, los altares llenos de cirios, oscilaban para sus +ojos como un confuso sueño. Al fin Adriana misma aparecía, mojaba los +dedos en la pila del agua bendita, se persignaba; su semblante no perdía +la dulce naturalidad de la expresión. Su andar era suave, su silueta +pasaba entre la silenciosa concurrencia arrodillada. Muñoz aspiraba +largamente la impresión que recibía en el alma; y era como un +desvanecimiento de su ser, una blandura para todos sus sentidos. +Adriana, sin apartar su mirada del altar, por medio de la nave pasaba, y +el fino perfil de la cara se iba ocultando, a los ojos de Muñoz, bajo el +ala del sombrero de fieltro. Su silueta se anegaba en la ligera penumbra +del templo; llegando cerca del coro se hincaba de rodillas, ponía los +brazos juntos en el asiento delantero y abría el libro de oraciones. +Muñoz, aproximándose, no perdía un detalle. Contemplándola así, en la +media luz, bajo el grave silencio, durante una larga hora y sin que ella +ni nadie lo advirtiesen, le parecía en cierto modo poseerla. Era suya +cada una de sus actitudes y de sus gestos, era suya la humildad llena de +gracia con que rezaba, era suya la cara que se apoyaba sobre las manos +juntas, cuando el sacerdote levantaba el cáliz y todo el mundo caía de +rodillas.</p> + +<p>La atmósfera de la iglesia, con el olor del incienso y el cuchicheo +inquieto de las oraciones, penetraba sutilmente los sentidos de Muñoz y +se confundía con la vaguedad de su sentimiento. Su pena de amor parecía +comunicarse con la inmovilidad de los fieles, con la tristeza mística de +los santos inmóviles, con el súbito tintineo de la campanilla ritual, y +subía por el humo del incienso, que anublando en el altar la figura de +la Virgen, la dejaba reaparecer luego al resplandor escaso de los +cirios.</p> + +<p>Cuando un domingo, por primera vez, Adriana no acudió, un sufrimiento +casi físico le traspasó. Durante toda la misa, que le pareció +prolongarse extraordinariamente, lo pasó arrodillado, junto a la +pilastra donde se ponía siempre, bajo el púlpito. El tintineo de la +campanilla le hizo daño. La misa terminó, algunas señoras se pararon, +persignándose; en seguida, con un sofocado rumoreo, todo el elegante +gentío se levantó también, y lentamente, formando hilera, comenzó a +salir. Los bancos quedaron vacíos. Apagados los cirios, una penumbra en +el silencio fue amortiguando el brillo de los altares, y las estatuas +vestidas de los santos se anegaban de sombra en sus nichos.</p> + +<p>Durante algunos minutos, apoyado en la pilastra, Muñoz aguardó todavía, +con la esperanza pueril de que Adriana por un milagro apareciera. Porque +se había acostumbrado a esa secreta hora de voluptuosa alucinación, como +se habitúa el fumador de opio a la caricia fantástica que se le desliza +en los sentidos con el veneno de la droga.</p> + +<p>Al fin se decidió a marcharse. Sus pasos resonaron en el templo vacío. +Afuera, el sol de mediodía iluminaba el espacioso atrio y la fachada de +los edificios vecinos. Todavía formaban corrillos los mozos que acuden +para ver salir de misa a las muchachas. Uno de ellos, viéndole pasar, le +palmeó amigablemente. Muñoz, abrumado, ni siquiera le miró.</p> + +<p>Ese día experimentó contra ella un rencor profundo, como si Adriana +hubiese faltado al compromiso de una cita. Recordó todas sus pasadas +inconsecuencias, la perversidad con que le había retenido, en los +primeros tiempos, la inexplicable ternura de las cartas que le escribía +para luego mostrarse ante él fría, implacablemente fría; recordó también +la escena con Castilla y la extraña presencia de Julio en casa de +Charito.</p> + +<p>Sin embargo, aunque sus reflexiones le llevaban a considerarla +lógicamente un ser lleno de falsía y de crueldad, tenía bien luego la +sensación de padecer un error profundo. Le asaltaba el pensamiento de +que su rencor era vil. Y entonces la imagen de Adriana, transfigurada, +resplandecía para él desde una portentosa lejanía.</p> + + + + +<h3><a name="XVII" id="XVII"></a>XVII</h3> + + +<p>Avisada un día por Carmen de que José Luis Aguirre, llegado de Europa, +les había hecho una visita, Adriana fue a casa de las Aliaga con la gran +ansiedad de saber si reanudaría Laura con él su antigua relación. +Ardientemente lo deseaba. Su actitud, cuando se anunció la vuelta de +José Luis, permitía abrigar pocas esperanzas. Sin embargo, podía +suponerse que la tenacidad de su silencio no significara una real +indiferencia para el bello pasado romántico, sino que persistiendo +secretamente en ella la memoria del idilio interrumpido, la frialdad +fuera más bien pura apariencia y reproche tácito a Zoraida.</p> + +<p>También ésta aspiraba, evidentemente, a que se produjese entre ambos la +reconciliación; había dejado de ver en aquel amor una desdicha fatal. Y +Adriana, recordando con piedad la dolorosa relación que le hiciera +Carmen dos meses atrás, se representaba de nuevo a la pobre Laura +dormida, su cabeza reposando en el blanco almohadón y guardando, bajo +el velo del sueño, la tristeza que le había dejado la inoportuna alusión +de Carmen.</p> + +<p>"¡Qué extraña es la manía de Zoraida!—pensaba Adriana. ¿Por qué suponer +que el amor ha de traer por fuerza la infelicidad? Será sugestión que le +dejó la muerte de papá... Y ahora ¿por qué consiente? ¿Por qué nos +estimuló, la vez pasada, para que le diéramos bromas con José Luis?"</p> + +<p>Y mientras discurría de esta suerte para sí, aumentaba su deseo ansioso +de que se reconstruyera el idilio y se casaran.</p> + +<p>Con la primera que se encontró fue con la misma Laura. Había adelgazado +en pocos días. Vestía un batón azul, ceñido con cinturón de seda negra, +y en tan descuidado arreglo, sin embargo, una gracia suave la envolvía.</p> + +<p>Adriana quedó helada. No eran aquellas, por cierto, las apariencias de +quien ha recobrado una dicha perdida. Pero se sobrepuso a la impresión +penosa y fingió no advertir el aspecto desmejorado de su amiga.</p> + +<p>—Laurita, sé que José Luis ha estado aquí...</p> + +<p>Pero ella la besó y llamó a sus hermanas. Era evidente que le dolía +tocar este asunto. Iban todas a subir a la habitación de la abuelita, +cuando sonó el timbre de calle y se anunció José Luis.</p> + +<p>—¿Y piensas recibirle así?—dijo Carmen mirando a Laura de arriba +abajo, sorprendida de su desaliño.</p> + +<p>Ella le respondió con un ligero gesto de fastidio.</p> + +<p>—Pero tú, Adriana, mientras ellas suben con él, vendrás a conversar +conmigo. Luego subiremos también, si quieres, aunque no sé qué interés +podrías tener en conocerle, ahora...</p> + +<p>Se sentaron juntas tomándose las manos, mientras oían la voz juvenil y +expansiva del visitante resonar en el vestíbulo.</p> + +<p>—¿Estoy delgada, verdad? Es un principio de anemia.</p> + +<p>—¿Y no te cuidas?</p> + +<p>—Ellas y Eduardo quieren llevarme a la estancia. Pero no me decido a +ir. Me moriría, te lo juro... Debe parecerte muy rara la indiferencia +mía para con José Luis. Tú sabes toda la historia; no necesito +preguntarte si te la ha contado Camucha. Capaz la creo de habérsela +contado también a Julio.</p> + +<p>—¡Oh, no! No lo pienses, Laura.</p> + +<p>—Es lo mismo... Quería decirte que él me hace ahora la impresión de un +simple extraño, precisamente la impresión que yo había imaginado, cuando +dijeron que volvía de Europa.</p> + +<p>—¿No te habrás sugestionado, entonces, con esa imaginación? El amor se +relaciona tanto con nuestras ideas, con nuestras fantasías...</p> + +<p>—Sí, cuando no hay una sensibilidad más o menos afinada, o exagerada, +que no engaña, y lleva en cambio a la fatalidad de la pasión real, +profunda. Tú, como yo, estamos destinadas a una excesiva dicha o a un +sufrimiento mortal. Por eso te quiero tanto, Adriana, como a una +hermana, suceda lo que suceda. Nos parecemos por el modo de sentir, por +la necesidad íntima del ideal, por la imposibilidad de ser felices a +medias...</p> + +<p>Pronunció con enternecimiento estas palabras y se levantó, como asustada +de su propia sinceridad y de lo que todavía pudiera salir de sus labios.</p> + +<p>Adriana quedó muda, alterado todo su ser por una emoción sin nombre.</p> + +<p>En esto se oyó la voz de Carmen llamándola; sus gritos bajaban +atravesando el vestíbulo y llenando toda la casa con la contagiosa +alegría mundana que había traído José Luis.</p> + +<p>—Subamos, lo conocerás, es un muchacho muy bien. Sí, eso, un muchacho +muy bien. Entretiene, divierte, es oportuno y muy agradable.</p> + +<p>Al entrar en la habitación de la abuelita, su cara tomó cierto aire de +indiferencia que nunca tenía. Tendió la mano a José Luis y como estaba +Adriana junto a ella, se lo presentó.</p> + +<p>Era un joven alto, vestido acaso con elegancia demasiado cuidada, según +el juego perfecto que hacían la ancha corbata azul oscuro, la camisa +finamente rayada de azul claro, el rosado rostro lleno de salud y los +vivos ojos grises. La mirada de estos ojos era franca y tenía cierta +protectora bondad cuando reía. Toda su persona demostraba cortesanía y +dicha de vivir.</p> + +<p>"¿Y este muchacho, pensaba Adriana, este muchacho tan elegantón y tan +absolutamente seguro de sí mismo escribía las cartas divinas que dice +Camucha? ¿Es posible concebirle protagonista de la novela de amor +interrumpida por Zoraida?"</p> + +<p>Echó involuntariamente una ojeada a Laura, y en el fondo de su dulce y +noble mirada, leyó en seguida: "¿Comprendes, ahora, que no podría volver +a quererle?"</p> + +<p>José Luis, que había interrumpido—intrigado por aquel mudo +lenguaje—una relación sobre costumbres típicas en el sur de España, la +reanudó al momento. Su charla era chispeante, llena de comparaciones +pintorescas y de reflexiones chistosas que intercalaba con evidente +propósito de matizar más brillantemente su relación. Pero se advertía +que algún episodio de efecto lo contaba ya de memoria. Se dirigía +particularmente a la abuelita, quien le escuchaba aprobándole con su +gesto plácido de anciana. Carmen celebraba con alegre exageración los +pasajes graciosos, y Zoraida, mucho más comunicativa que de ordinario, +le interrogaba y tomaba parte activa en la conversación.</p> + +<p>La presencia de José Luis había alterado el ambiente de la casa. Eran +otras ahora las caras de Zoraida y de Carmen. Y era otra, también, la +misma abuelita. Los viejos muebles coloniales que la acompañaban desde +otros tiempos, parecían escuchar también, con un poco de asombro, la +alegre charla, en aquella habitación impregnada de reminiscencias añosas +y como poblada de vagos fantasmas.</p> + +<p>Y galvanizada por la alegría de José Luis, la abuelita empezó a referir, +con abundancia de detalles familiares, episodios sumidos en el largo +pasado, y cuyos protagonistas, evocados así, parecían comparecer ante +ella, adoptando un singular aire de personas resucitadas y sorprendidas +de salir a la claridad del mundo. Seres que ya sólo en el recuerdo de +esta anciana continuaban perdurando y que se desvanecerían para siempre +cuando ella bajara a la tumba.</p> + +<p>Y era un curioso contraste, después de la chispeante y sonora +conversación de José Luis, el modo apacible, lento, con que la abuelita +contaba las cosas de su tiempo.</p> + +<p>Las Aliaga la escucharon con aquella misma atención recogida que Adriana +había observado ya en ocasiones pasadas. Laura, sin embargo, atendía con +menos avidez que las otras, como si algo en su interior atrajera con +tenaz persistencia la preocupación más cara de su ser.</p> + +<p>Hablaba la anciana, con muchos pormenores, de un festejante, Emilio +Medrano, cuyos hijos, ya viejos, ni se acordarían de ella; un festejante +que, muy rendido a ella durante algún tiempo, cesó repentinamente en su +empeño galante.</p> + +<p>—Nunca supe yo por qué se retiró. Hoy estuve toda la mañana pensando si +no serían intrigas de una amiga, una compañera que tuve en el colegio de +las Salesas. Porque me pareció que también ella estaba enamorada de +Medrano.</p> + +<p>A José Luis no le interesaban gran cosa los relatos de la anciana. Se +advertía su atención distraída y la extrañeza que le causaba la evidente +despreocupación de su novia de la adolescencia. "Tenemos que hablar" le +decían de vez en cuando sus ojos, mientras con su aire cortesano fingía +no perder palabra de la abuelita, que pronto calló para sumergirse en la +cavilación de las causas que habían motivado el retiro de Medrano.</p> + +<p>José Luis reanudó su charla. Se refirió a las veces que tuvo ocasión de +departir con el rey de España, quien "era una monada" por su sencillez y +por la franqueza de su carácter. Y no dejó de mencionar, como cosa +incidental, su amistad con tales o cuales personajes "cubiertos delante +del rey", y la gracia de una duquesita a quien había tratado varias +veces en Palacio.</p> + +<p>—Y sin embargo, afirmó con enérgica sinceridad, créanlo ustedes o no lo +crean, yo daría con gusto todos estos años intensos y todas las +perspectivas de mi carrera diplomática, por volver a vivir el encanto de +mis quince años, entre mis relaciones de aquí, donde los recuerdos me +han dejado no sé qué perfume de sentimientos inolvidables.</p> + +<p>Volvieron a encontrarse la mirada de Laura, llena de manso desvío, y la +entristecida de Adriana. Movida ésta por impulso más fuerte que su +voluntad y experimentando al mismo tiempo una sensación rara y +penosísima, se acercó a Laura, le habló al oído y la sacó fuera de la +habitación.</p> + +<p>—¿Serías capaz, Laurita,—comenzó con la voz ligera como un soplo, +cuando estuvieron solas,—serías capaz de explicarme sinceramente algo +que quiero preguntarte?</p> + +<p>—Sí, siempre soy contigo sincera.</p> + +<p>—¿Por qué te preocupó, aquella vez, que Camucha pudiera haber contado a +Julio tu asunto con José Luis?</p> + +<p>Laura ni pareció siquiera advertir el tono demudado con que la había +Adriana interrogado.</p> + +<p>—¿Preocuparme? Te habré dicho distraída que eso me preocupaba. En +realidad no puedo habértelo dicho. O habrá sido por decir hasta qué +punto Camucha es indiscreta. Son historias tristes que no deben salir de +una misma.</p> + +<p>—¡Cómo me despistas!</p> + +<p>—¿Pero por qué?</p> + +<p>Adriana la miró en los ojos profundamente. Nada pudo leer.</p> + +<p>—¿Entonces, en tu vida no sucede, "ahora", algo extraordinario?</p> + +<p>—Desde aquello que hubo con José Luis, no, puedes estar segura. ¡Tengo +una indiferencia!</p> + +<p>Adriana con ardiente alegría acarició a Laura, contemplándola.</p> + +<p>—¡Ah, qué alivio! ¿Sabes lo que se me había ocurrido, la sospecha que +había empezado a atormentarme?</p> + +<p>—No, Adriana, no puedo imaginarlo.</p> + +<p>—¿Ni siquiera imaginarlo? ¡Oh! ¡cómo he podido crearme un motivo de +tormento que no existe! Pensé que podrías haberte enamorado de... de +Julio.</p> + +<p>—¿De Julio?</p> + +<p>—Sí, de Julio.</p> + +<p>—¡Qué idea! Un amigo tan leal, tan bueno, que con nosotras congenia +tanto, se diría casi un hermano nuestro. Y tú sabes que viene aquí hace +años. ¿Cómo se te ocurre que Camucha no me hubiera dado bromas con él, +alguna vez?</p> + +<p>Y Laura llamó a gritos:—¡Camucha! ¡Camucha! ¡Pero que no venga Zoraida, +ni nadie, sino Camucha!</p> + +<p>Y alegremente declaró a su hermana que Adriana tenía celos.</p> + +<p>—¿Adriana celosa? ¿Celosa de quién?</p> + +<p>—De mí, de mí.</p> + +<p>—¡Oh, Adriana!, exclamó Carmen tomándole los brazos como pasmada de +asombro. ¿En media hora te has enamorado de José Luis?</p> + +<p>—¡Tonta!—exclamó Laura, cada vez más animada y con un modo que en ella +no era natural,—Adriana no podría enamorarse nunca de un muchacho como +José Luis, tan pura espuma como él es. Pero empezó a sospechar, sí, a +sospechar en serio, muy en serio, que yo me estaba enamorando de Julio. +¡Y se había puesto celosa! ¡Qué alma más buena, más delicada! Tal vez +estaría dispuesta, por un arranque de bondad absurda, a dejarme el campo +libre. Ojalá la hubieras visto hace un rato, después que me sacó de allí +con tanto misterio, cuando me preguntó confidencialmente si yo lo +quería a Julio. Se puso blanca como un papel.</p> + +<p>Calló repentinamente y en seguida empezó a reír, a reír de veras.</p> + +<p>—¡Cómo estás colorada!—observó Camucha.</p> + +<p>—Mejor, así ya no tendrán pretexto para llevarme a la estancia.</p> + +<p>Se aplicó el dorso de la mano a una y otra mejilla y volvió a reír. +Parecía realmente divertida con los celos de Adriana.</p> + +<p>Aunque todas aquellas manifestaciones eran raras en su carácter de +ordinario sereno y dulce, Adriana no pudo advertir, por el momento, nada +de anormal. No cabía en sí de júbilo. Miraba desvanecerse una +preocupación, un ligero fantasma que había flotado fugitivo, impreciso y +como poniéndose siempre a sus espaldas, para no ser visto...</p> + + + + +<h3><a name="XVIII" id="XVIII"></a>XVIII</h3> + + +<p>—¿Sabe, Muñoz, quién vendrá? Adriana. ¡Qué coincidencia! En este +momento iba a mandarle avisar a usted. Al fin se realizará la gran +entrevista. Pero lo peor—y se lo digo con el corazón en la mano—sería +para usted reanudar... ¡Qué miedo tengo de que ella le haga una escena +romántica para no cortar del todo con usted! Es una muchacha que goza +con hacer sufrir. ¡Lucía! ¡Lucía! No quiere oír que la llamo. Supo que +usted venía y ya no concluye de arreglarse. ¿Por qué no la festeja, +Muñoz? Es linda y buena. Festéjela, por lo menos durante algún tiempo. +Ella sabe hacer olvidar.</p> + +<p>—¿Está usted segura, Charito, de que Adriana vendrá?</p> + +<p>—¡Qué obsesión con Adriana! Sí vendrá. Pero escuche. ¿Quiere que le dé +un consejo? Cuando llegue Adriana, usted dedíquese a Lucía. Debe venir +también un mozo que ha empezado a festejarme, a mí; y entonces, si yo me +pongo a conversar con él y usted con Lucía, Adriana no tendrá más +remedio que "planchar".</p> + +<p>Todo lo iba hablando Charito sin advertir que Muñoz se había puesto +pálido a las primeras palabras. Le costaba creer que Adriana vendría. Se +la representó avanzando entre los fieles arrodillados, alzada hacia el +altar su cara ligeramente atónita, bajo el ancho sombrero.</p> + +<p>Había ella adquirido para su pensamiento un prestigio inasequible.</p> + +<p>—¡Pero Muñoz, Muñoz, aquí está Lucía!—exclamó Charito,—¡salúdela!</p> + +<p>Se levantó sorprendido, confuso, ante la joven que le miraba con su +gesto de amable curiosidad.</p> + +<p>En ese momento apareció Adriana.</p> + +<p>Cuando vio a Muñoz se entristeció, le tendió la mano casi con timidez. +Sus ojos expresaban dulzura y seriedad.</p> + +<p>Lucía caminó rápidamente hacia ella.</p> + +<p>—¡Qué bonita estás!—exclamó contemplándola con admiración.</p> + +<p>En seguida, para dejarla con Muñoz, le hizo un signo de inteligencia, +agrandando los ojos y sonriendo; le dio la espalda y fue a tomarle las +manos a Charito. Su graciosa actitud hablaba: "¿Qué podrá pasar? Lástima +no poder oír lo que éstos van a decirse".</p> + +<p>Murmurando en seguida algo en secreto a Charito, pero dejando notar a +propósito que inventaba un pretexto la llevó al saloncito contiguo.</p> + +<p>Adriana se sentó. Muñoz, mudo, casi no la veía. La impresión de hallarse +de nuevo con ella, le infiltraba una extraña insensibilidad.</p> + +<p>Sin atreverse a mirarla en los ojos, se puso a observar atentamente la +gargantilla de perlas en el triángulo de blancura que dejaba el breve +escote.</p> + +<p>—¿No quiere ahora hablar conmigo, Muñoz?</p> + +<p>Hizo ella esta pregunta en un tono ligero, casi de queja.</p> + +<p>Cuando quiso él responder, sintió, aterrado, la inutilidad de todo lo +que podría decir, de todo lo que había cavilado muchas veces en la +espera larga de una explicación definitiva. Iban a subir palabras a sus +labios y su voluntad las rechazaban con desesperación. Suspiró, y +cerrando los puños se hincaba las uñas en las palmas.</p> + +<p>—¡Oh, Ricardo!—exclamó ella acentuando aquel inusitado tono de queja.</p> + +<p>Experimentó Muñoz un halago indecible. Sólo una vez, en otro tiempo, le +había llamado por su nombre. Se dejó avasallar por una idea insensata: +todo lo que había sucedido y todo lo que pudiera suceder aún, no sería +obstáculo para el advenimiento, tarde o temprano, de la misteriosa +felicidad.</p> + +<p>Entonces, repentinamente, las palabras le nacieron abundantes, como agua +que se desborda. Se apuraba febrilmente, y sólo tenía verdadera +conciencia de cada frase, cuando la había ya pronunciado. Ella le +escuchó inmóvil, con los ojos bajos y las manos juntas humildemente +sobre la falda. Y aquella actitud inusitada exaltaba más a Muñoz.</p> + +<p>La habló del comienzo de su amor, evocó la pasión ardiente nacida bajo +los paisajes de la sierra, las grandes melancolías de la decepción, la +inconsecuencia con que ella había destruido su ilusión de una dicha +perfecta, y luego las dudas, la continuada angustia, y las bellas cartas +de amor que más tarde se complacía ella en desmentir con una frialdad +cruel, acaso por el simple deseo de hacerle mal.</p> + +<p>Estos reproches no eran amargos como otras veces, sino resignados, +sumisos, y contenían una suprema súplica. El último vestigio de su +orgullo había muerto, y la elocuencia le venía de la sinceridad de su +espíritu fecundado por el sufrimiento. Le contó que iba siempre a la +iglesia, los domingos, para contemplarla furtivamente durante la misa, y +le explicó cómo, imaginándola suya, y soñando con lo que no sería +realidad nunca, había atravesado aquellas largas semanas de pena. Y +ahora no le exigía nada, no le recordaba promesa alguna y sólo pedía que +le dejara el alivio de poder algunas veces hablarla.</p> + +<p>Calló, cubriéndose los ojos, y esperó la respuesta de Adriana. El calor +de sus propias palabras había traído a su ánimo una serenidad +desconocida.</p> + +<p>—Yo lo escucho, Muñoz,—dijo ella—y comprendo que si usted me hubiese +hablado así en otro tiempo, no habrían pasado muchas cosas... No me +parecería un desatino, al menos, esta pasión suya... Usted no es el de +antes... Sí, un desatino. Usted no sabe, yo también he cambiado... A +todos nos arrastra en el mundo una influencia, un no sé qué, somos +pobres criaturas, créame...</p> + +<p>Y Adriana no podía proseguir.</p> + +<p>—¡Por favor!—exclamó Muñoz—Una palabra sencilla, clara, sincera...</p> + +<p>Su espíritu hacía un doloroso esfuerzo para entender la nueva actitud de +Adriana.</p> + +<p>—¡Ah, si supiera con qué lealtad quiero hablarle!—repuso ella.—Y es +que procuro explicarle, para que usted no interprete mal.</p> + +<p>Si no concibo ahora su pasión, si me parece un desatino, es porque yo me +engañé y pienso que usted se ha engañado también. Yo tengo la culpa, ya +sé. Como le escribía esas cartas y como después me mostraba tan +insensible y tan rara, usted mismo se avivó una pasión que tal vez no +hubiera nacido nunca o se hubiera apagado pronto si yo me hubiese +mostrado más sencilla, más vulgar, como realmente lo soy. No concibo +tampoco que usted pueda quererme; se ha enamorado de una ficción, de un +fantasma. Yo en mí misma soy tan sencilla... hasta soy buena ¿sabe? +Usted se ha enamorado de mi maldad y por eso debe ahora olvidarme. Por +que ahora... no sé si decírselo... pero ya Charito... no, nada. No me +creerá si le digo que por usted sufro, sufro mucho.</p> + +<p>Muñoz alzo la cabeza y la miró.</p> + +<p>—¿Que sufre por mí?</p> + +<p>Todas aquellas palabras de Adriana le impresionaban de un modo inaudito. +Tenían algo desconocido, ardiente, y Muñoz sentía la proximidad de una +explicación realmente definitiva.</p> + +<p>—¿Que usted sufre por mí?</p> + +<p>Y esta idea de que ella por él sufría, se agrandó en su imaginación +desmesuradamente, llenándole por un instante de júbilo insensato. Creía +soñar.</p> + +<p>—Sí, Muñoz, continuó ella vacilante y como si realizara un gran +esfuerzo para decidirse a pronunciar cada frase. Sufro mucho, daría no +sé qué si pudiera borrar las perversidades que tuve con usted. ¡Dios +mío! Si siempre hubiese sido leal... Porque yo, ahora, quiero a otro.</p> + +<p>Se detuvo bruscamente, desolada, arrepentida de aquella confesión a que +la había arrastrado un ardiente deseo de sinceridad. Muñoz palideció de +nuevo, la mirada llena de espanto.</p> + +<p>Hubo un silencio largo.</p> + +<p>—¿Usted quiere a otro?...—pronunció él con voz lenta.</p> + +<p>Ella hizo ahora un signo negativo, pero ninguna palabra salió de sus +labios. En el silencio llegaban frases sueltas de la conversación de +Charito y Lucía, en el saloncito contiguo.</p> + +<p>—Sí, usted quiere a otro, a Julio.</p> + +<p>—Escúcheme...</p> + +<p>—Sí, a Julio, ya lo sé, lo siento.</p> + +<p>—Escúcheme, repitió ella con modo afectuoso, casi tierno,—yo no +merezco su cariño... Yo, Muñoz...</p> + +<p>—Ah, esta será la escenita romántica, interrumpió él con una sonrisa de +sarcasmo.</p> + +<p>—Yo no puedo querer, ahí está toda la complicación, todo lo +indescifrable. No busque otra causa. No es verdad que yo quiera a +otro...</p> + +<p>—¡No es verdad que quiere a Julio!</p> + +<p>—No, no, continuó ella cada vez más agitada. Si le dije que quiero a +otro ha sido... no sé, porque soy mala y necesito mentir a cada paso. +Durante toda mi vida mentiré. Soy una coqueta vulgar. Engañar, para mí, +ha venido a ser algo así como una necesidad. No guarde sobre mí ninguna +ilusión. ¡Habrá tantas que puedan quererlo! Yo soy mala, he nacido y +seré siempre mala. La coquetería es algo más fuerte que mi voluntad. Tal +vez Charito le haya dicho ya que soy incapaz de hacer feliz a un hombre.</p> + +<p>Se detuvo un momento, presa de una alteración cada vez más visible, y +llamó gritando a Charito. Esta y Lucía acudieron asustadas.—Dime, +Charito, ¿no es cierto que soy mala? ¿Te parece que soy capaz de un amor +realmente puro, te parece que soy capaz de constancia? Sé sincera, +Charito, no te quedes callada. Confiesa que yo no podría hacer la dicha +de un hombre inteligente y bueno como Muñoz. Confiésalo, por favor. No +quieres decirlo, pero te pones colorada. Sí, ya sé que por lealtad +amistosa le has ocultado esto que tú no puedes dejar de pensar. Pero es +preciso decir la verdad alguna vez. La verdad es santa. Si yo a Muñoz no +lo quiero es porque soy mala, perdida para todo cariño verdadero. ¡Hay +tantas mejores que yo! Lucía misma, sí, Lucía. A mí déjeme, no piense +más en mí, abandóneme. No soy digna de que nadie, no, nadie, ponga su +cariño en mí.</p> + +<p>Y decía todo esto con un ardiente deseo de que él se desilusionara y +dejara de sufrir.</p> + +<p>Muñoz la miraba atónito. Apenas entendía aquellas frases precipitadas y +llenas de emoción. Resonaban extrañamente en sus oídos y le aterraba en +ellas un sentido oculto, impenetrable.</p> + +<p>Al mismo tiempo atendía a la expresión y a la actitud de Adriana. Y +Lucía y Charito también la contemplaban suspensas. No quedaba en su cara +vestigio de la antigua gracia inquietante. Una hermosura nueva la +revestía, maravillosamente, y bajo las sombras de sus pestañas brillaba +la piedad.</p> + +<p>De pronto, con el gesto de una criatura a quien reprenden, se cubrió con +los brazos la cara y salió, precipitadamente. Charito se sentó al lado +de Muñoz, descorazonada.</p> + +<p>Un minuto después, en el penoso silencio, se oyeron gemidos ahogados que +venían del saloncito contiguo. Era Adriana que sollozaba.</p> + + + + +<h3><a name="XIX" id="XIX"></a>XIX</h3> + + +<p>Iba a inaugurarse la nueva sección del Asilo de Nueva Pompeya. Charito +pidió a Julio que asistiera a la ceremonia y procurase llevar también +algunos amigos. ¿No era lamentable que los jóvenes inteligentes +demostraran, en su mayoría, ese despego ahora tan general para las cosas +del culto y hasta el mal gusto, a veces, de hacer ironías con la +religión? Esto se lo pedía, pues, con un especial interés.</p> + +<p>Adriana escuchaba.</p> + +<p>—Comienza por avisarle,—intervino Lucía Moreno,—que también Adriana +irá.</p> + +<p>—No, a mí me ve todos los días, pero debe ir por la religión y por el +encanto de Nueva Pompeya. Su iglesia se ve desde el tren como una +miniatura. ¡Qué alegría, Julio! ¡Si usted supiera lo que me trae a la +memoria!</p> + +<p>Y evocaba la tarde en que llegara a la ciudad murmurando los versos +melancólicos de "Christine" y la iglesia de Nueva Pompeya flotó suspensa +en la lejanía de la sombra violácea.</p> + +<p>—Y nos pondremos de rodillas, Lucía, en esa iglesia. Lo he soñado.</p> + +<p>Preguntó a Julio si había estado alguna vez en Nueva Pompeya.</p> + +<p>—Sí, el año pasado. Después de una semana de lluvias, el Riachuelo se +había desbordado. Vi la inundación. Aquello es un arrabal de gentes muy +pobres, que viven en ranchos o en casitas hechas casi todas con planchas +de cinc y pintadas de verde y de rojo. Estas desaparecían bajo la +llanura de agua; sólo asomaban algunos techos, que se iban poco a poco +achicando. Por una calle más alta, que ya se había inundado también, +navegaba una canoa, larga y chata; traía hombres y mujeres casi +desnudos, salvados por marineros de la Prefectura. Iban echados sobre +fardos de ropa y miraban mudos la llanura de agua que se perdía hacia la +campaña del sur. Aquella escena, en un silencio mortal, hacía la +impresión del diluvio bíblico.</p> + +<p>—¿Y la iglesia?—preguntó Adriana.</p> + +<p>—La iglesia, edificada en esa calle algo más alta, parecía por +contraste una construcción enorme, una catedral. Y se tenía la impresión +de que sobrenadaba, como un milagro. El agua corría ya por el pavimento +del atrio, muy mansa, y lamía las paredes laterales. Algunos centímetros +más y la creciente invadiría el interior de la iglesia. Estaba abierta +de par en par, salía el olor del incienso quemado en la misa que +oficiaban para conjurar el desastre. Pasó por delante la embarcación +larga y chata; sus tripulantes vieron por un segundo el fondo de la +iglesia, y brillar y desaparecer el altar cuajado de cirios.</p> + +<p>La llanura de agua copiaba invertida la fachada del templo. Sobre la +gran quietud vibró la campana en lo alto. Parecía una queja. El sonido +se expandió, muy dulcemente, y cada vibración, resbalando del +campanario, iba a besar la superficie del agua tranquila.</p> + +<p>—¡Es como si lo estuviera viendo!—exclamó Lucía.</p> + +<p>Adriana, después de escuchar algo que Charito le dijo en voz baja, se +acercó a Julio:</p> + +<p>—Nosotras iremos mañana a Nueva Pompeya para la primera misa.</p> + +<p>—¿Como a las siete, entonces?</p> + +<p>—Sí, pero naturalmente usted no irá tan temprano.</p> + +<p>Él prometió ir para la misma hora, aunque difícilmente encontraría +amigos que le acompañaran. Charito, condescendiendo, se conformó. Había +concluido por abandonar la causa de Muñoz, porque tenía poco +temperamento para sus afectos y para sus odios.</p> + +<p>Adriana y Julio vivían ahora en una dicha excesiva y en esa zona de +adoración anormal que embellece a los amantes y los hace caros a la +muerte. Y no era la muerte, sin embargo, lo que se aproximaba a ellos en +la invisible trama de los acontecimientos.</p> + +<p>También Raquel, al día siguiente, quiso ir con Adriana y Lucía a Nueva +Pompeya. Cuando llegaron amanecía. Vieron la iglesia alzarse por encima +del chato caserío; un débil reflejo dorado, que no era todavía sol, tocó +la cruz, y envolvía poco a poco el campanario; luego fue descendiendo +por los ladrillos del muro, y pronto el templo entero y todo el arrabal +se bañaban en la ligera claridad de oro.</p> + +<p>Bajo el cielo que tomaba una tersura de esmalte, las miserables casuchas +de cinc pintado parecían despertar al nuevo día con una indiferencia +triste.</p> + +<p>Aquella madrugada había helado, y chicos desarrapados, descalzos, se +divertían saltando sobre la escarcha y contemplándose luego los pies +horriblemente enrojecidos. El pobrerío se iba amontonando frente a la +iglesia.</p> + +<p>En el atrio charlaban grupos de mujeres con niños de pecho raquíticos, +que gritaban de frío, sin inquietar por eso a sus madres. Un automóvil +de librea, llegando como exhalación, paraba sin ruido frente a la +iglesia. Damas abrigadas con pieles que les ocultaban el rosado rostro, +bajaban difundiendo un aire de elegancia y de riqueza. Pasaban por en +medio del pobrerío. Algunas distribuían al pasar, con una sonrisa +compasiva, todas las monedas que hallaban en sus pequeñas bolsas, +monedas que caían sobre aquella miseria como gotas al mar. Uno de los +arrapiezos corrió a un almacén y volvió saltando de alegría; traía en la +boca un cigarrillo y aspiraba el humo con fruición. De vez en cuando, +una elegante muchacha se detenía en mitad del atrio para acariciar la +carita sucia de un pequeñuelo y preguntar su edad a la madre; sus +compañeras la llamaban riendo y en cuanto llegaban al dintel de la +iglesia todas tomaban una expresión seria y recogida.</p> + +<p>Adriana no quiso entrar en seguida. Le hacía una muy extraña impresión +aquella escena, le pareció que nunca había comprendido el contraste de +la opulencia y la miseria. Le chocaba la satisfacción fútil que se +reflejaba en el rostro de las que habían vaciado su bolsa de monedas, +para hacer caridad. "Sin duda, pensó, esto no me hubiera impresionado +antes". Durante toda la misa, continuó pensando en el sufrimiento de la +pobreza, en el drama sórdido que sin duda era la vida de aquella gente, +aunque la terrible inundación del Riachuelo no les anegara la escueta +vivienda. Más tarde, después de la misa, en la sala donde se cumplía la +ceremonia solemne de la inauguración, Adriana no pudo poner atención a +nada; oyó por intervalos el cuchicheo de las personas que tenía cerca de +sí, el discurso de circunstancias que leyó una señora, en el estrado, +junto al arzobispo, y todo aquello le produjo un efecto indefinible, +algo así como sucede a quien despierto apenas no alcanza todavía a +comunicarse con la realidad. Y tal estado de su espíritu no cambió +cuando la gran concurrencia apiñada salió de la sala, haciendo +bulliciosos comentarios que la aturdían, y demostrando un contento que +resplandecía por igual en todas las caras. Se encontró con amigas. Tuvo +que mezclarse a sus conversaciones, responder a las preguntas y a las +alusiones gentiles; algunas le daban bromas con Muñoz, otras con Julio. +Ella respondía al azar, equivocándose en las palabras, y hasta saludó +dos veces a un señor que le presentó Charito. Tenía la sensación de que +todas las gentes vivían ciegas en el mundo, asediadas por multitud de +preocupaciones triviales que las absorbían y les quitaban el sentimiento +de una realidad más profunda.</p> + +<p>Iba cesando el rumoreo mundano. Las damas de la Comisión, después de +conversar un rato con el arzobispo, salieron acompañándole. Sólo +quedaban dos o tres grupos de personas. Uno de éstos lo formaban +Adriana, Lucía y Julio. Charito, secretaria de la Comisión, se había +reunido a departir todavía con las damas y el arzobispo, después de +prevenir a sus compañeras que no debían irse sin ella.</p> + +<p>Adriana miró a Julio. La avasalló un deseo ardiente de compartir con él +todo lo que se agitaba en su alma.</p> + +<p>Pronto Lucía los dejó solos junto a la iglesia cuyo atrio había quedado +desierto.</p> + +<p>—Escúcheme, Julio—comenzó ella—hasta ahora nunca he alcanzado a +decirle lo que significa usted para mí...</p> + +<p>—No importa, Adriana. Las palabras hubieran tal vez empobrecido la +claridad que de usted me llega. A veces me imagino en el caso de no +verla nunca más, y siento que continuaría queriéndola lo mismo, siempre. +Aunque... si a usted la pierdo, Adrianita, viviré sin vivir.</p> + +<p>—Ya lo sé, ya lo sé, pero escúcheme, tal vez pueda expresarme... Si +ahora soy buena, lo debo a usted; seguramente es la mía una bondad +transitoria, que sin usted moriría. Lo veo tan rendido a mí, tan +humilde, tan bueno, cuando podría tenerme completamente dominada, +subyugada, y ¡jugar conmigo como con una pobre criatura sumisa! No sé: a +veces pienso que si yo pierdo toda clase de orgullo y de maldad es +porque usted no quiere usar del imperio que tiene sobre mí. Y debe ser +esta delicadeza suya la fuerza que más me domina. No, no se podría +querer más, Julio, no existe dicha comparable a esta mía. A veces tengo +miedo, se me ocurre que algo ha de sobrevenir para dañarnos, para +deshacer toda esta trama de ilusión. Cuando estoy sola, en casa, siento +impulsos de correr a buscarlo y sentirme suya y rechazar ese algo que +podría quitarnos la dicha que quiero. Y ahora, Julio, aguárdeme aquí con +ellas. No me diga una palabra, déjeme, voy a entrar en la iglesia. Voy a +rezar ahora que todo el mundo se ha ido. No, no me diga una palabra, no +podría resistir, ahora, una palabra suya.</p> + +<p>Y corrió, muy alterada, hacia el interior del templo.</p> + +<p>Un hombre de cabeza crespa y rojiza, vestido con traje de pana, andaba +apagando los cirios en el silencio de la pequeña nave. Adriana buscó un +rincón de penumbra y se recogió bajo una Virgen en cuya cara pintada +groseramente habían figurado lágrimas de cristal. El hombre vino, +caminando sin ruido; con su largo palo apagó, por encima de Adriana, los +dos cirios que alumbraban el pobre altar. Ella se anegó en una vaguedad +dulce y profunda. Murmuraban en su alma las sensaciones de aquellos +días, y la asaltó el escrúpulo de que se juntaban a la unción de su +espíritu vestigios profanos. Cerró entonces los ojos, apoyó la frente en +los pies de la imagen.</p> + +<p>Algo, poco a poco, la enajenaba, algo que ya no era sensación ni +sentimiento, sus ideas se perdían hacia un fondo de claridad interior, +infinita; un vago canto la transportó. Y la iba abandonando toda noción +del mundo, en esta irradiación y en este vago canto; su propio ser se +desvanecía...</p> + +<p>Algunos minutos después abrió los ojos y se miró las manos llenas de +lágrimas que no había sentido correr. Le pareció que había dormido un +sueño de siglos y que en la profundidad de este sueño había +experimentado un júbilo sin límites, intraducible por acentos de la +tierra.</p> + +<p>Atravesó de nuevo la pequeña nave. Casi no sentía el suelo bajo los +pies. El hombre de cabeza crespa aguardaba a que ella saliera para +cerrar las puertas del templo.</p> + + + + +<h3><a name="XX" id="XX"></a>XX</h3> + + +<p>—Puedes leerla también, ya no quiero tener ningún secreto para ti. Has +vuelto a ser mi hermana querida.</p> + +<p>Adriana, diciendo esto, retuvo a Raquel y leyeron juntas una carta que +le habían traído de Muñoz. Le anunciaba su intención de irse al campo, +por una temporada muy larga. "Hágame saber, concluía, si podrá recibirme +en su casa. Es una súplica; en caso de no obtener contestación iré a +casa de Charito, de todos modos, esta noche, por si usted resuelve +hacerme la caridad de atender algunas últimas palabras mías".</p> + +<p>—¡Pobre muchacho!—suspiró Raquel.—Pero tú no debes ir, porque sería +alentarlo.</p> + +<p>—No, no iré; no podría ir.</p> + +<p>Y Adriana, entristecida, se cubrió la cara con las manos. Pero luego, +tomando la carta se puso a romperla, lentamente, en pedacitos que echaba +al suelo, uno por uno. Y su lástima se desvanecía en la sensación de su +dicha.</p> + +<p>Recordando que no habían convenido con Julio dónde se verían esa tarde, +decidió ir a casa de las Aliaga. Acaso Julio estaba allí. Por otra +parte, la anemia de Laura le había dejado una penosa preocupación. La +recibió Carmen con aire muy alegre; pero esquivando su mirada parecía +reprimir con trabajo las ganas de reír.</p> + +<p>—José Luis, dijo al fin, viene ahora casi todos los días, ¿sabes?</p> + +<p>La alegría iluminó también la cara de Adriana. Carmen comenzó entonces a +reír con todas sus ganas.</p> + +<p>—¿Se ha reconciliado con Laura?</p> + +<p>—No, ¿por qué se te ocurre eso?</p> + +<p>—Si dices que viene ahora todos los días...</p> + +<p>—Pero Laura no es la única que puede inspirar amor... Imagínate: ¡ahora +me festeja a mí!</p> + +<p>—¡Te festeja a ti!</p> + +<p>—Sí; Laura ya no le interesa... ¿Pero por qué te pones triste?</p> + +<p>—¡Oh, no, no! Y Adriana le tomó las manos, procurando también reír.</p> + +<p>—Los muchachos como José Luis—prosiguió Carmen—sirven para distraerle +a una la pena del gran amor que nos hace falta. Es muy posible que venga +hoy.</p> + +<p>Hablando así la llevó a su cuarto. Se miró en un espejo, atentamente, y +con la punta del peine hizo caer sobre la blancura mate de su frente una +ligera mecha del fino cabello dorado. Se puso después un poco de rojo +en las mejillas y humedeció sus labios con agua de rosa.</p> + +<p>—¿Ves como estoy así más linda? No creas que tengo costumbre de +pintarme; solamente me pinto cuando estoy demasiado pálida, como hoy, +por una razón estética. No hago más que igualarme, igualar mi cara a la +que tengo los demás días. Volviendo a José Luis, yo no pienso hacerle +caso. Pero me hace mucha gracia oírle decir aquellas mismas cosas que en +otro tiempo eran para Laura. No ha cambiado de vocabulario. Tiene todo +un catálogo de galanterías preciosas. Pero verás. Ayer nos habíamos +quedado solos. Empezaron las palabras dulces. De repente le +interrumpo:—No, no quiero que me diga "eso". Se quedó él +asombrado.—¿Por qué, Carmencita?—Porque "eso", textualmente, ya se lo +escribió usted a Laura en una carta hace años. Se puso todo colorado. Un +poco de caso le estoy haciendo, claro está. Pero no creas que Laura se +ha resentido. Al contrario, me estimula. ¿Sabes que ahora tampoco la +comprendo a Laura? Algo raro debe pasarle. Creo que a José Luis le tiene +desprecio. Y está delgadísima, la pobre. Hoy llamamos al doctor Castro +Fernández. Nos dijo que la anemia se agrava y que conviene llevarla al +campo, en cuanto empiece la primavera.</p> + +<p>Adriana sintió que el corazón se le oprimía.</p> + +<p>—Ah, ¡cómo has podido reírte así!—murmuró casi sin voz.</p> + +<p>Carmen también se entristeció. Pero pronto, animándose de nuevo:—Laura +y Zoraida están ahora arriba con abuelita. Vamos nosotras al cuarto de +Laura. La vi escribiendo hoy por más de una hora, en su diario. Puede +ser que hallemos la llave del armario... ¿Comprendes?</p> + +<p>Subieron. El diario estaba allí, sobre la mesita escritorio; Laura había +olvidado guardarlo.</p> + +<p>—¡Qué casualidad divina!—exclamó Carmen; y en seguida, ávidamente, se +dispuso a leerlo. Adriana se sentó junto a ella, pero sus manos +temblaban. En las hojas de aquel ancho cuaderno de satinadas tapas +negras, presentía una dolorosa revelación.</p> + +<p>En tanto Laura, recordando vagamente que había dejado el diario en la +mesita, bajaba la escalera del vestíbulo. Pero se paró, indecisa, como +retenida por una preocupación. Los hermosos ojos se quedaron mirando el +vacío, con aquel su modo de juntar la negrura de las pupilas con la +negrura de las pestañas. En su cara se habían afilado las líneas de la +nariz, las sienes acusaban finamente el rasgo de las venas azules. +Parecía una cara tallada en marfil.</p> + +<p>Abajo el pesado péndulo del reloj llenaba la amplitud del vestíbulo con +un ruidito inquieto, triste.</p> + +<p>Laura siguió bajando. Pero cuando ya se dirigía a su habitación, donde +hubiera sorprendido a las lectoras de su diario, oyó sonar el timbre de +la puerta de calle. Entró Julio.</p> + +<p>No cambió la mirada de Laura.</p> + +<p>—¿Quiere subir ya? Algo enferma está hoy abuelita. ¿Por qué tantos días +sin venir?</p> + +<p>Y su voz, arrastrando ligeramente las sílabas, tenía un dejo resignado, +manso.</p> + +<p>Se sentaron.</p> + +<p>—Usted también está enferma—murmuró Julio. Y mientras la iba +observando, el sufrimiento de Laura se comunicaba a su semblante.</p> + +<p>—Hoy Adriana no está, dijo ella. Hace días que tampoco viene... Ojalá +llegara...</p> + +<p>—¿Por qué, Laura?</p> + +<p>—¡Se querrán ya tanto, usted y ella!</p> + +<p>Era la primera vez que Laura, hablando con Julio, aludía a esta +pasión.—Tal vez a usted le sorprenda oírme hablar así... o más bien... +debe haberle llamado la atención de que únicamente yo no le diese nunca +una broma con Adriana. Confiese que le ha sorprendido.</p> + +<p>—Me hizo pensar, más bien...</p> + +<p>—¿Lo inquietó? ¡Qué tontera! Yo esperaba, para darles bromas, y para +ayudarlos, que se enamoraran los dos completamente. Antes de resolverme, +en un asunto tan grave, quería comprobar que se trataba realmente de un +gran amor.</p> + +<p>—Esperaba usted eso... Y en caso...</p> + +<p>—Sí, eso, convencerme de que había sobrevenido, para ustedes dos, la +pasión ideal; que usted le daría efectivamente esa dicha que sólo se +realiza para una muchacha entre miles que la hemos soñado y la estamos +soñando con el mismo deseo, con la misma ternura... En fin, usted +penetra en las almas con tanta fineza... Yo sé porqué se queda callado. +Me hace gracia. En sus ojos lo estoy leyendo todo, Julio. Hasta la pena +de seguir mirándome, para no traicionarse. Soy una perversa, le estoy +sugiriendo cantidad de cosas que naturalmente le hacen sufrir. Es que me +aburría tanto, hoy, y esta idea de que me llevarán al campo, por la +anemia... Y como me aburría, me propuse hacer una experiencia; pero todo +es broma... Ahora, seriamente: antes usted era para mí un amigo mejor, +más franco, más bueno; los dos conversábamos con frecuencia, y llegué a +verlo como mi amigo único, un amigo insustituible, casi como un +refugio... Ya ve, ésta sí que es una gran confesión.</p> + +<p>—¿Y he dejado de ser su amigo?</p> + +<p>—Por lo menos ya no es el mismo. Yo me explico muy bien su adoración +por Adriana, y yo a ella la quiero también, con toda mi alma. Y en mi +cariño de amiga hay además un mérito que no tiene la adoración suya... +Un mérito que usted ha de ignorar siempre...</p> + +<p>—Ahora, Laura, usted me habla con ese modo de intimidad que me gustaba +tanto... en las raras veces que usted me la concedía... Pero por la pena +de verla tan delgada y con esa carita de enferma, no puedo hacerme toda +la ilusión de que la amistad antigua continúa.</p> + +<p>—Es por otra cosa que no puede hacerse la ilusión. Pero no importa, me +parece divino que hablemos encerrados los dos en la reminiscencia de +esa intimidad antigua.</p> + +<p>Un brillo de febril alegría animó en un relámpago los ojos de Laura.</p> + +<p>—¿Acaso ya no somos los mismos?</p> + +<p>—Yo sí, Julio.</p> + +<p>—No hablemos con enigmas. Usted cree, Laura, que mi amor por Adriana...</p> + +<p>—¿Su amor por Adriana? ¡Ah! Usted anda despistado. Está imaginando +cosas que no tienen ningún fundamento. Nada hay de lo que usted +sospecha. Así, es inútil que me hable con ese modito de lástima.</p> + +<p>—¿Pero qué sospeché yo? Le pido, le suplico que me hable con sencillez.</p> + +<p>—No puedo hablarle con sencillez.</p> + +<p>—¿Yo sospeché?...</p> + +<p>—La sencillez sería el silencio, y por demasiado tiempo he hablado en +esa forma. También tiene su atractivo hablar complicadamente. Porque +todo cansa, Julio, hasta la poesía del silencio. ¿Cómo le gusto más? +¿Silenciosa o habladora? Créame que estoy azorada y que me desconozco. +No me soñé nunca semejante conversación. No haga caso, Julio. Hablo así +por la alegría de volver a conversar con usted.</p> + +<p>—Y sin embargo desea, me lo ha dicho, que llegue Adriana.</p> + +<p>—¡Y usted también, Julio! Usted más que yo... Si llega, no la dejaremos +subir. Nos quedaremos aquí, los tres, conversando sinceramente, hasta +confesar la intimidad más íntima de nuestros corazones. Le propongo una +cosa que será muy original: repetirle a ella hasta la última palabra de +nuestro diálogo, y después decir todo lo que pensamos y todo lo que +sospechamos. Será divino. Y entonces ya verá usted que sospechó mal... +Si "eso" fuera cierto, ¿se imagina que yo se lo hubiera dejado adivinar +nunca?</p> + +<p>—¿Adivinar que usted pudiera quererme?</p> + +<p>Laura, sorprendida por la inesperada pregunta, bajó los ojos y se puso a +reír; sus mejillas se habían coloreado.</p> + +<p>—"Eso" sería un secreto mío que no podría sospechar usted nunca, +suponiendo que fuese cierto.</p> + +<p>—¿Y no es cierto?</p> + +<p>—Claro que no, Julio.</p> + +<p>Y Laura, excitada, embellecía extraordinariamente. Sus ojos arrojaban un +brillo cada vez más febril.</p> + +<p>—¡Laura! llamó Zoraida desde arriba.</p> + +<p>—¿Qué quieres, Zoraida?—preguntó ella con tono de júbilo.</p> + +<p>—¿Con quién estás?</p> + +<p>—Con Julio. Ya iremos.</p> + +<p>Luego, subiendo la escalera, su rostro recobró la calma, y dijo a Julio +en voz baja:—Ya ve usted que no hay motivos para sufrir, ni usted ni +yo. Ha sido una suerte que Zoraida llamase... He pasado unos días de +pena muy íntima, tanto que tal vez hubiese concluido por desahogarme, +por decirle toda la verdad... Que lo quiero como a un hermano... o +todavía más que a un hermano.</p> + +<p>Ya llegaban. Se paró:—Por eso voy a pedirle una cosa, un favor... +escuche, no entremos todavía. No dejen pasar tanto tiempo sin venir, +usted y Adriana. Y cuando se casen... no nos olviden tampoco, vengan +siempre, vengan, por favor. Prométalo que vendrán, por lo menos en los +primeros meses...</p> + +<p>Y Julio, mudo, la contemplaba con un asombro triste.</p> + + + + +<h3><a name="XXI" id="XXI"></a>XXI</h3> + + +<p>Carmen apoyó las manos sobre las páginas abiertas del diario de Laura, +para impedir que Adriana leyera ante todo, como pretendía, algo de las +páginas últimas.</p> + +<p>—Por favor, Carmen, sólo tres líneas, para sacarme la curiosidad de lo +que ha pensado ahora, sobre la vuelta de José Luis...</p> + +<p>De pronto se arrepintió de haber venido ese día.</p> + +<p>—Tengo miedo, murmuró, ella podría aparecer, sorprendernos... Oye, creo +que ha entrado alguien; están hablando.</p> + +<p>Se levantaron, pero Carmen oprimiendo contra su pecho el diario abierto. +Alcanzaron a escuchar la voz de Laura y Julio que conversaban muy cerca, +en el vestíbulo.</p> + +<p>—Ya irán a la pieza de abuelita.</p> + +<p>—Quién sabe... dejemos esto. Es una mala acción.</p> + +<p>Aguardaron algunos minutos hasta que les oyeron subir llamados por +Zoraida.</p> + +<p>—Dejemos esto, suplicó Adriana casi trémula.</p> + +<p>—Entonces he de leerlo sola. Debe ser todo una novela.</p> + +<p>—Lee, Carmen.</p> + +<p>Empezaron:</p> + + +<p class="fecha"> +"Septiembre 22 de 19...<br /> +</p> + +<p>"Hace varios días conocí a José Luis Aguirre. Presiento, no sé por qué, +una pasión. Dios quiera que sea la única de mi vida y no se cumpla ese +mal augurio de Zoraida. Dice ella que para nosotras sólo puede haber +amores desdichados. Lo repite tanto que ha llegado a darme un poco de +susto. Además, allí está el recuerdo de mamita. No importa; si José Luis +llega a quererme, yo le corresponderé. ¡Qué suave y qué raro es el +comienzo del primer amor! Siento que pronto me dominará la delicia de +adorarlo..."</p> + +<p>—Por favor, Camucha—interrumpió Adriana—no leamos más, yo sé por qué +te lo digo. Dejemos esto.</p> + +<p>—No, estás loca. ¡Y te has puesto pálida! No tengas miedo, tonta. +Después subimos. La miramos con cara de muy inocentes y nunca llegará a +sospechar nada. Oye; yo la miraré así, bien en los ojos; ¿se me conoce +algo?</p> + +<p>Y siguió leyendo:</p> + +<p>"...me dominará la delicia de adorarlo. Tía lo ha invitado a pasar una +temporada en la estancia, para el verano. El año pasado estuve allí. Me +distraje leyendo <i>Ivanhoe</i> y <i>Romeo y Julieta</i> y pensando en lo que +podía guardar para mí el porvenir. ¡Qué idea absurda la de Zoraida! La +vida es amor, nada más que amor".</p> + +<p>"Ayer he cumplido quince años".</p> + + +<p class="top5">Carmen levantó los ojos pensativa: Yo pronto cumpliré veintiuno y el +gran amor no viene...</p> + +<p>—Lee, por favor.</p> + +<p>En las páginas que seguían, Laura contaba larga y minuciosamente su amor +con José Luis. Lo más conmovedor eran las interpretaciones que ella +hacía respecto de cualquier frase que le escuchaba; siempre Laura les +prestaba una significación que no tenían, por embellecerlas y dejar que +recayera sobre él un mérito más alto.</p> + +<p>Carmen se interrumpía, para comentar cada cosa del manuscrito. Pero +Adriana la apuraba con impaciencia, angustiada; ya no hubiera podido +arrancarse a la ansiedad con que devoraba los secretos de Laura. El +diario, después de referir las dolorosas consecuencias que tuvo la +intervención de Zoraida, aparecía con una página en blanco.</p> + +<p>Luego se reanudaba, según la fecha, siete años más tarde.</p> + + + +<p class="fecha"> +"5 de junio de 19...<br /> +</p> + +<p>"¿Podría asegurarse que la intervención de Zoraida ha sido realmente un +mal para mí? José Luis no brilla en mi recuerdo con el prestigio de +antes. ¿Volvería a quererle, si las circunstancias lo trajeran otra vez +aquí? No lo creo. Aquello ha muerto para siempre. Más todavía: muchas +veces cuando releo las dos cartas suyas que no quise devolverle, y +cuando ahora pienso en su cariño y en las cosas que decía, me cuesta +trabajo concebir cómo él pudo llegar a trastornarme tanto. Hay alguna +espontaneidad, alguna frase sentida entre otras muchas vulgares y de mal +gusto, tontamente literarias..."</p> + +<p class="top5">—¡Oh! ¡Y a mí que me parecían divinas!—exclamó Carmen. ¿Estaría yo +enamorada, también?</p> + +<p>—Cállate, Camucha, no tenemos tiempo de conversar ahora. Hagamos los +comentarios después.</p> + +<p>Continuaron leyendo:</p> + +<p>"Sí, acaso debo más bien agradecerle a Zoraida lo que hizo entonces. +Acaso... No puedo saberlo todavía. El porvenir vuelve a espantarme".</p> + +<p class="top5">Seguían muchas páginas referentes a un período de indecisión, +reflexiones escritas sin la sospecha siquiera de que otros ojos que los +suyos pudieran leerlas nunca; el alma de Laura asomaba por ellas con +toda su gracia interior, como una vestal que descubriera sus hechizos a +la luna. Adriana las leía con encanto, sus ojos y sus labios sonreían. +Pero pronto le volvió la inquietud. Laura contaba sus impresiones de +Julio.</p> + + +<p class="fecha"> +"12 de noviembre.<br /> +</p> + +<p>"Julio se quedó anoche hasta muy tarde. Retraídas como vivimos, su +compañía nos resulta inapreciable. Es un amigo leal. En realidad, no +creo que puedan encontrarse fácilmente muchachos así. Lo digo pensando +en los mismos parientes nuestros, aunque sólo de tarde en tarde nos +tratamos con alguno, y por los amigos que suele traer Eduardo. Hay en +ellos no sé qué de superficial o de incomprensivo. ¿Cómo diré? Aunque +sean inteligentes, carecen como quiera que sea de suficiente tacto +espiritual".</p> + + +<p class="fecha"> +"22 de noviembre.<br /> +</p> + +<p>"Eduardo tiene de Julio la más alta opinión. Todavía más alta es la +opinión mía. ¡Qué interesante y qué bueno es! Me hace mucha gracia +cuando la pelea a Camucha, por broma. Pero ella es viva y le contesta +con habilidad.</p> + +<p>"Hoy, cuando él vino, se había puesto en una postura romántica, el codo +en la rodilla y la cara apoyada en el dorso de la mano. Julio la comparó +con "El Pensador" de Rodin. Ella se quedó callada.</p> + +<p>—"¿Una pena de amor?</p> + +<p>—"Peor que eso, Julio. Me ha pedido Lorenzo en matrimonio, y Zoraida no +sabe qué contestar.</p> + +<p>—"Lorenzo... Lorenzo...—Julio quería recordar. Había oído ese nombre +varias veces en la casa.</p> + +<p>—"Dile quién es, Laura, para que él nos aconseje.</p> + +<p>"Le dije quién era, un viejecito algo opa, que fue peón en la estancia +nuestra.</p> + +<p>"Y Camucha, sin cambiar de postura, le explicó muy seria:</p> + +<p>—"Figúrese, Julio; cuando Zoraida era criatura la llevó en los brazos, +y ahora quiere llevarme a mí al registro civil.</p> + +<p>"En realidad, yo creo que si en vez de Lorenzo la pidiera Julio... +¡Quién sabe! Es capaz de estar un poquito enamorada. Por eso pelean".</p> + +<p class="top5">Carmen suspendió la lectura para protestar vivamente.</p> + +<p>—¡Qué desatino! No lo creas, Adriana, no lo creas. En todo caso a ella, +tal vez, en aquel tiempo, le gustaba Julio.</p> + +<p>Adriana suspiró y la obligó a continuar, volviendo otra hoja del +manuscrito. En su cara había cada vez más ansiedad, más angustia. Pero +el manuscrito se interrumpía nuevamente, para reanudarse tres meses más +tarde.</p> + +<p class="fecha"> +"4 de marzo de 19...<br /> +</p> + +<p>"¡Cuánto tiempo sin escribir en mi diario! Estoy desganada, triste. Algo +raro pasa en mí. Ni quiero pensarlo. Pensar es inquietarse, sufrir".</p> + +<p class="fecha"> +"5 de marzo.<br /> +</p> + +<p>"¡Qué cosas lindas ha dicho Julio esta tarde, así, al azar de la +conversación! Y no acostumbra, como suelen hacerlo otros hombres +inteligentes, abordar asuntos difíciles para demostrar que viven en un +mundo de ideas superiores. Al contrario, nunca le he oído hasta ahora +hablar sino de temas que nosotras comprendemos. Ese tacto que tiene su +alma es lo que en él más me gusta. Hoy, por ejemplo, nos habló de un +autor ruso, Nicolás Gogol. Nos ha hecho vivir durante media hora en un +mundo de cosas primitivas y al mismo tiempo misteriosas, de seres raros, +de sentimientos toscos y grandes. Y él, generalmente tan sereno, tan +despreocupado, se apasionó. Este muchacho no podría enamorarse de una +manera vulgar. Camucha estuvo graciosísima. A toda costa quería que +Julio continuara hablando.—¡Más, más!, le decía; y quería seriamente +obligarle a seguir".</p> + +<p class="top5">—Me acuerdo muy bien, dijo Carmen, interrumpiendo de nuevo la lectura. +Y como yo así le pedía que siguiera hablando, nos contó un cuento jocoso +de ese mismo autor, titulado "La Nariz", sobre un panadero que un día se +despierta, se mira al espejo y observa muy asustado que ha perdido la +nariz. Y entonces, la mujer del panadero...</p> + +<p>—¡Oh, Camucha, después me lo contarás! Ahora sigamos, que ella puede +venir de un momento a otro.</p> + +<p>—Sí, después te contaré, te morirás de risa.</p> + +<p class="fecha"> +"9 de marzo.<br /> +</p> + +<p>"¿Por qué conmigo no bromea nunca? Al contrario, me habla con seriedad. +No deja de preocuparme esa curiosa diferencia que establece entre +Camucha y yo. A Zoraida, en cambio, la trata... ¿cómo diré? con una +especie de término medio: ni le da bromas ni la habla con esa carita tan +seria...</p> + +<p>"Sí, ¿porqué viene tan seguido a casa? ¿Por alguna de nosotras? Camucha, +a la menor sospecha se entusiasmaría en seguida".</p> + +<p>—¿Y ella?—saltó Carmen. ¿Te crees que ella no estuvo tal vez enamorada +de Julio? ¿Cómo se explicaría, si no, esa manera de apuntar tan +minuciosamente todo lo que a él se refiere?</p> + +<p>Adriana no la miró, no habló. La mano le temblaba sobre el manuscrito +abierto. Iba surgiendo, desgraciadamente, la revelación temida, aquello +que fuera sólo indecisa sospecha, ligero fantasma rechazado siempre, +pero que no había cesado de rondar invisible, a sus espaldas. Su alma se +llenó de desesperación. ¿Y cómo era posible que Carmen no comprendiera +todavía?</p> + +<p class="fecha"> +"16 de marzo.<br /> +</p> + +<p>"Largo rato estuve hoy hablando con Julio, sólos. Me comprende bien. +¿Qué clase de sentimiento es este que se va formando entre nosotros? +Una muy delicada amistad, tal vez... Su voz parece que tuviera un +alma".</p> + +<p class="fecha"> +"25 de marzo.<br /> +</p> + +<p>"Se diría que Julio Lagos no es feliz. Idealista, demasiado idealista. +Se queda encantado cuando yo le cuento alguna intimidad mía. Alguna +intimidad disfrazada, naturalmente. Le dejo ver un chiquito de mi alma, +alguna rareza mía, y después me asusto de que él pueda adivinarme toda".</p> + +<p class="fecha"> +"28 de marzo.<br /> +</p> + +<p>"Hemos jugado anoche a la lotería por moneditas, con Julio y varios +muchachos que también estuvieron. Pero Julio y Eduardo nos dejaron +temprano. Claro, la lotería resulta un juego tan tonto, y tenían tan +poca gracia los chistes que hacía uno de los muchachos. Y comenzó por el +chiste más desagradable: sentarse al lado mío, cuando Zoraida le había +ya indicado ese asiento a Julio".</p> + +<p class="fecha"> +"21 de abril.<br /> +</p> + +<p>"Hace dos semanas que Julio no viene. ¿Por qué? Es cierto que antes +estaba a lo mejor meses enteros sin venir. Sin embargo, ahora lo +extraño, lo extraño mucho".</p> + +<p class="fecha"> +"22 de abril.<br /> +</p> + +<p>"Hoy nos visitó Adriana Zumarán. Estuvo una vez el año pasado y entonces +fue una gran sorpresa para nosotras. Yo me pregunto si ella sabrá o no +lo que pasó con su papá.</p> + +<p>"Será una gran amiga. Sin embargo, su visita me ha dejado triste".</p> + +<p class="fecha"> +"30 de abril.<br /> +</p> + +<p>"Anoche Julio nos leyó, a Carmen y a mí, <i>Ligeia</i> de Edgardo Poe. ¡Cómo +siente y hace sentir las cosas realmente divinas!</p> + +<p>"Seguramente Julio no se enamorará nunca, si no encuentra en el mundo un +ser así, sobrenatural, como Legeia. Afortunadamente, no hay Ligeias..."</p> + +<p class="fecha"> +"3 de mayo.<br /> +</p> + +<p>"Hoy volvió a visitarnos Adriana Zumarán. La llevé a mi cuarto, le +mostré mis libros, le presté uno. Estuvimos conversando mucho. No podría +soñar, como amiga, nada mejor. También a Zoraida y a Carmen les gusta +mucho. Abuelita nos ha reprochado que no se la hubiésemos llevado, para +verla. Ella conoció mucho a los bisabuelos de Adriana".</p> + +<p class="fecha"> +"12 de mayo.<br /> +</p> + +<p>"Ya somos con Adriana las más íntimas amigas. ¡Qué admirable su +espíritu, su modo! Nos queremos entrañablemente. Hay en ella una +sensibilidad finísima. Todos los elogios serían pocos para ella".</p> + +<p class="fecha"> +"13 de mayo.<br /> +</p> + +<p>"Decididamente Julio nos ha olvidado. ¿Diré a Camucha que le escriba?</p> + +<p class="fecha"> +"14 de mayo.<br /> +</p> + +<p>"Finalmente Julio ha vuelto. Lo hemos cargado de reproches, sobre todo +Camucha. Zoraida tuvo que reprenderla por una broma bastante atrevida +que le dio. Y ella lo hace de inocente, porque no se da cuenta de lo que +significan ciertas cosas. No contenta con eso se puso a contar un sueño +rarísimo, lleno de disparates tan atrevidos, que Zoraida y yo nos +pusimos coloradas. ¡Y Julio, cómo se reía!</p> + +<p>"Al fin no dio ninguna explicación del por qué había faltado tantos +días. Alguna aventura, con seguridad.</p> + +<p>"Zoraida lo ha invitado para mañana a comer".</p> + +<p class="fecha"> +"15 de mayo.<br /> +</p> + +<p>"Mientras oíamos la música de Zoraida, en el piano, Julio me ha mirado +mucho. Yo me fingía absorta en la música. Como una puede ver sin +necesidad de mirar, noté que él no cambiaba de expresión, me miraba y +sin embargo parecía distraído de mí.</p> + +<p>"Tengo siempre un miedo mortal de decir alguna cosa que le desilusione o +que no corresponda a la idea pura que debe haberse formado de mí. Que no +le soy indiferente, es seguro. Pero procura descubrirme, tal vez le +intrigo algo. Quisiera confiarme a él, contarle cosas de mi alma... Pero +no puedo. A veces sufro cuando nos quedamos solos.</p> + +<p>"El gran problema a resolverse es este: si el final desdichado de mi +amor con José Luis ha sobrevenido para darme la ocasión de una felicidad +más grande, más verdadera, la única, la indecible felicidad que sueño, o +al contrario, para hacer que caiga sobre mí una desdicha todavía más +irreparable y más triste".</p> + + +<p class="top5">Ambas levantaron los ojos del manuscrito y se miraron con desolación. +Adriana sintió que el corazón se le desgarraba.</p> + +<p>Le pareció que el fantasma temido tomaba formas y se sentaba frente a +ella, familiarmente, con una sonrisa de curiosidad irónica bajo la +sombría capucha.</p> + +<p>Siguieron leyendo.</p> + +<p class="fecha"> +"20 de mayo.<br /> +</p> + +<p>"Yo le demuestro ahora una gran indiferencia. Me aterra la idea de que +él adivina las preocupaciones mías. Me aterra, también, que yo pueda +enamorarme inútilmente. No debo ser el ideal de Julio. No existe su +ideal.</p> + +<p>"Cualquier galantería suya me halaga de un modo indecible. No puedo +creer que mi cariño por él esté condenado a vivir ocultamente, para mí +sola".</p> + +<p class="fecha"> +"22 de mayo.<br /> +</p> + +<p>"Esta tarde, con gran espontaneidad, me habló de su vida, de su +infancia, de lo que ha buscado inútilmente cuando cortó sus estudios y +viajó por Europa. Para realizar grandes cosas sólo le ha faltado un amor +que le diera alas. Es un idealista imposible. Sus confesiones me +impresionaron, claro está, porque yo también soy una idealista +imposible. Tuve que bajar los ojos y luego fingirme distraída, para que +él no pudiese advertir la exaltación que me producían sus palabras. Mi +actitud le ha sugerido seguramente una idea errónea. Me dio cierta +lástima cuando noté que la incomprensión mía le hacía sufrir. Es curioso +lo que sucede entre nosotros. Yo lo desconcierto sin querer. Es que yo +misma tampoco sé qué pensar con respecto de mí. No responde a coquetería +ni menos a cálculo mi modo de ser. Pero existe en el interior mío una +muy curiosa inconstancia: de pronto me posee un deseo ardiente de que +nuestra amistad se convierta en amor, y al rato rechazo como absurdo +semejante anhelo y prefiero prolongar indefinidamente esta situación +ambigua, para que él pueda seguir añadiendo a los encantos que tengo los +hechizos que me faltan. ¡Cómo debo haber embellecido en su imaginación! +Si sobreviniera la intimidad sentimental con él, tendría que despedirme, +a la larga, de las mejores prendas con que él me adorna; en cambio, como +no sé hablar, las prendas que realmente poseo quedarían invisibles, de +todos modos. No podré nunca, por ejemplo, describirle un ángel que se +posesiona de mí cuando en él pienso..."</p> + +<p class="fecha"> +"27 de mayo.<br /> +</p> + +<p>"Ya nada puedo esperar y acepto lo que disponga Dios. Vino Adriana, y +Camucha nos hizo bajar a Julio y a mí; se miraron con curiosidad, ella y +él; pude notar en los dos, el deseo de hablarse, de tratarse +íntimamente".</p> + +<p class="fecha"> +"4 de junio.<br /> +</p> + +<p>"Hoy he pasado dos horas con Adriana, conversando sin interrupción, de +mil asuntos y de Julio. ¡Con qué naturalidad hablé de Julio! Ella ni +nadie hubiera podido sospechar que se trataba de mi pasión. Le dije que +era nuestro mejor amigo, nuestro único amigo de verdad, lo puse por las +nubes. No sé por qué lo hice. Mientras hablaba, comprendía muy bien que +mis palabras le aumentaban el prestigio. En mí existe una necesidad muy +inexplicable de atarme a ella. La acaricio y la beso con una especie de +sinceridad dolorosa".</p> + +<p class="fecha"> +"5 de junio.<br /> +</p> + +<p>"El pensamiento de que Adriana y Julio pueden enamorarse, ha hecho +avivar mi pasión. Ahora, sí, es una verdadera pasión. Lo veo de continuo +en mi pensamiento, lo siento en mi alma y me cantan en los oídos las +palabras que llegó a decirme. Estoy arrepentida de no haber precipitado +las cosas entonces; para entrar en su alma con más prestigio, hice +demasiado misterio y concluí por sugerirle, acaso, la idea de que se +estaba él engañando y de que yo carecía de capacidad para el gran cariño +soñado. Cuando él buscaba la intimidad mía, cuando con tanta reserva y +tanta habilidad procuraba vencer mi resistencia tonta, yo, en vez de +sonreír enigmáticamente debí abrirle mi corazón. ¡Qué júbilo hubiera él +tenido, con qué abandono nos hubiéramos puesto a querernos!"</p> + +<p class="fecha"> +"6 de junio.<br /> +</p> + +<p>"No está todo perdido. ¡Qué mal hice de ponérselo yo misma por los ojos! +En adelante ya no le hablaré más de Julio. Realmente no tengo motivos +para pensar que mi felicidad se ha desvanecido. Han vuelto a encontrarse +hoy. Ni en él ni en ella he notado nada de particular. Hasta se han +hablado con cierta indiferencia. Seguramente el otro día yo he visto +visiones. Ella hoy se fue temprano. El saludo que se hicieron sólo +demostraba afecto amistoso. Claro está que si cometo la torpeza de +pintárselo como un héroe, ella no podrá menos que enamorarse.</p> + +<p>"Decididamente mi opinión es esta: con el recuerdo de la ocasión en que +se hablaron con tanta galantería, el año pasado, los dos se habían +llenado la imaginación y deseaban volverse a ver; se vieron y la pasión +no se produjo. Yo deseo infinitamente que así sea. La esperanza de mi +vida volvería a brillar.</p> + +<p>"Sin embargo, si esa indiferencia no fuera sino fingida, en los dos...</p> + +<p>"Nada hay peor que esta clase de incertidumbres. Para distraerme, para +arrancarme un poco la preocupación, acompañé a Camucha al taller de +repujado que tiene una profesora francesa. Son muchas las señoras y las +niñas que aprenden ese trabajo. Camucha está en la tarea muy seria de un +bargueño. Quién sabe cuándo lo terminará, porque no permite que nadie la +ayude. Ella se lo piensa regalar a abuelita, y la verdad que el bargueño +haría juego con el armario y con la cómoda. Yo desde el lunes también +comenzaré a ir".</p> + +<p class="fecha"> +"11 de junio.<br /> +</p> + +<p>"Hoy Adriana trajo violetas, que Zoraida puso encima del piano. Nos +quedamos conversando, todos. En cierto momento Julio se levantó, y +pasando junto al piano, se detuvo a mirar las flores. Fingiendo que +aspiraba el perfume, las tocó con los labios. Lo hizo tal vez +distraído".</p> + +<p class="fecha"> +"12 de junio.<br /> +</p> + +<p>"Tengo un gran desgano para todo; no he querido ir al taller de +repujado. Me sorprenderían a cada rato dejando el punzón para ponerme a +pensar. Cuando tomo un libro, obligándome a mí misma a leer, ocurre que +al poco rato ni sé lo que estoy leyendo. Comencé una novela que, según +dice Zoraida, es interesantísima. No he podido pasar del segundo +capítulo. Han dejado de interesarme, ahora, los dramas puramente +imaginados y la hermosura del estilo me entristece, no sé porqué.</p> + +<p>"No puedo quitarme la visión de Julio cuando tocó con los labios, como +distraído, las violetas de Adriana.</p> + +<p>"Hasta los dramas reales han dejado de interesarme. Hoy Camucha entró +corriendo para contarnos cómo acaba de romperse el compromiso de una +prima nuestra que iba a casarse el mes que viene. Una cuestión de +intrigas, complicadísima, y ella que amenaza con envenenarse. Una hora +estuvo Camucha contando los detalles. Yo la oía sin escucharla. Entonces +sucedió algo cómico. A propósito de lo que contaba reclamó mi +opinión.—¿A ti te parece, dime?—Sí, Camucha, le contesté al azar. +Todos pusieron una cara de sorpresa.—¿Entonces tú lo defiendes, a ese +pillo? Yo había aprobado, sin vacilación, inconscientemente, la actitud +del novio indigno".</p> + +<p class="fecha"> +"13 de junio.<br /> +</p> + +<p>"Anoche casi me desmayé. Se trata de algo tan penoso y desagradable que +no puedo arrancarme a la impresión. He dado al hecho mayor trascendencia +de la que tiene, porque en realidad ¿puede importarme algo, ahora, que +Julio sepa o no sepa mi asunto con José Luis? ¿Acaso abrigo todavía +esperanzas? Estábamos en el comedor conversando, cuando a Camucha se le +ocurrió hablar de mi antigua pasión por José Luis. Yo sentí como si me +dieran un golpe en el pecho y no pude dejar de mirar a Julio. Noté muy +bien en su cara una pequeña sorpresa y también se me ocurrió que la +noticia le producía algo así como un desencanto. ¿Me habrá puesto +demasiado alto, me habrá figurado inasequible cuando parecía festejarme? +Todo esto se junta en mi alma con reflexiones oscuras y me sería difícil +escribirlo. Pero no me cabe duda de que él, al notar cómo yo me +conturbaba, fingió no oír la frase de Camucha. ¿Para qué fingió? ¿Sabe +que yo lo quiero? ¿Lo adivinó en ese momento al pensar, lógicamente, que +yo le había ocultado esa pasión? No puedo salir de las conjeturas".</p> + +<p class="fecha"> +"14 de junio.<br /> +</p> + +<p>"¿Por qué se habrán conocido? Tal vez ella hubiera sido feliz con otro. +Yo, en cambio, sin él estoy perdida. Lo que me mata es una duda egoísta. +Tengo el deseo, la esperanza última, de que no lleguen a un amor +duradero. Me pongo a pensar, a meditar horas y horas sobre qué clase de +sentimiento puede haber entre ellos. Dicen que una pasión violenta pasa +pronto; en tal caso, ojalá se quieran con la pasión más ardiente, hasta +la locura, ojalá lleguen a los minutos de la dicha más grande, a la +embriaguez de la dicha, ojalá sean felices como jamás podría serlo +nadie. Mi alma, mi corazón, los bendecirá. Y después, después... que el +uno al otro se dejen para siempre. ¡Yo entonces lo llamaré, yo misma lo +llamaré; y si ha quedado triste, mi consuelo será como una dulzura +tibia, tomaré para él una delicadeza de lirio, y seré tan íntegramente +suya que nada podrá nunca más separarnos!"</p> + +<p class="fecha"> +"30 de junio.<br /> +</p> + +<p>"¿Por qué vienen ahora con tan poca frecuencia? Estoy segura de que se +ven en otra parte. Se me ocurre que ella ha sospechado.</p> + +<p>"Y yo conservo por Adriana, cosa curiosa, una simpatía íntima, mientras +comprendo que toda la desdicha me viene de ella. Ya ni yo misma me +entiendo. Hubiera preferido mil otras rivales. Es muy extraño que no la +pueda odiar ni tampoco dejar de quererla mucho. Si ella supiera el amor +mío por Julio, estoy segura que tampoco me perdería el cariño. Al +contrario ¡y yo le daría una lástima!</p> + +<p>"Es una verdadera pena que se hayan conocido".</p> + +<p class="fecha"> +"18 de julio.<br /> +</p> + +<p>"¡Si mis hermanas comprendieran lo que me hacen sufrir con sus alusiones +a José Luis! Parece que llegará pronto. Yo lo espero con indiferencia. +Estoy segura que no sentiré ninguna emoción al volverlo a ver. Me +mostraré con él tan amable como ellas; si es posible, más. Se +sorprenderá mucho de no ver en mí sino la sonrisa amistosa. Pensará que +finjo, que me han hecho coqueta. Le pareceré así más interesante.</p> + +<p>"He tenido un susto, nunca en mi vida he tenido un susto igual. Esta +tarde, en vez de guardar mi diario en el cajoncito del escritorio como +hago siempre, lo dejé bajo el almohadón para seguir después escribiendo. +Pero vino Adriana, y más tarde Julio. Camucha, no sé para qué, los trajo +a mi cuarto. Después se sentó en la cama y empezó a jugar con el +almohadón. De repente me acordé que allí estaba mi diario. Camucha es +irreflexiva, no tiene conciencia de la gravedad de ciertas cosas. Corrí +en seguida, saqué a Camucha de mi cama y me senté apoyando la mano en el +almohadón. Todos me miraron sin saber lo que me estaba pasando. Para no +parecerle a Julio una "tocada", saqué el diario y fui a guardarlo en el +cajoncito.</p> + +<p>"Pero Carmen se viene detrás mío a las calladas, me lo arrebata, sale +corriendo y desde el vestíbulo se pone a llamar a gritos: "¡Julio! +¡Julio! ¡El diario de Laura! ¡Venga!" Yo me precipito, pero todos salen +también detrás mío, y Julio, Zoraida y yo la acorralamos a Camucha +contra la baranda de la escalera para quitárselo. Ella se defiende y +quiere entregárselo a Julio. Yo la abrazo a Carmen para hacérselo +soltar, pero con la agitación y con el miedo, me faltan las fuerzas. +Llamo a Juana, la sirvienta, en mi auxilio. Todos gritamos. Por encima +de mi cabeza Carmen levanta el brazo, tira el diario y Julio lo caza en +el aire.</p> + +<p>"Sucedió todo en un abrir y cerrar de ojos. Yo me quedé fría, mirando en +las manos de Julio estas páginas que contienen, desnudas, tantas cosas +íntimas y ardientes que a él se refieren.</p> + +<p>"No sé si tuvo Julio la intención de abrirlo. No sé si lo hubiera hecho. +Pero yo debí poner tal cara, con el susto, que dejó de reír y me lo +entregó. ¿Me habré traicionado? ¿Habrá él adivinado?</p> + +<p>"Tampoco Adriana se reía".</p> + +<p class="fecha"> +"3 de julio.<br /> +</p> + +<p>"Hace ya quince días que no viene. ¡Qué tristeza! Estoy adelgazando +mucho. Dicen que es anemia.</p> + +<p>"Esta mañana me quedé un buen rato delante del espejo, mirándome en los +ojos, fijamente. No podría escribir lo que sentí. Me pareció leer, en el +fondo de mis ojos, mi destino. Les pedí una expresión de esperanza, y +sólo vi negrura. Ahora he perdido hasta la dulzura de la resignación".</p> + +<p class="fecha"> +"19 de julio.<br /> +</p> + +<p>"Me ha visto otro médico. Estuvo examinándome durante una hora. Creo que +se sorprendió, como el doctor Castro Fernández, de no encontrar +vestigios de tuberculosis. Dice que tengo pulmones de roble. ¡Qué +exageración! Pero también recomendó que me llevaran a la estancia o +sino a Mendoza, por el clima.</p> + +<p>"Yo creo que me agravo tanto porque no me desahogo, porque no digo a +nadie la pena que me mata. Claro que si los médicos supieran esto no +andarían tan despistados. Castro Fernández preguntó, es cierto, si no +había pasado disgustos, pero yo lo miré riendo, a todos los miré riendo. +Y al médico se le fue en seguida la sospecha".</p> + +<p class="fecha"> +"22 de julio.<br /> +</p> + +<p>"Camucha me señaló en el diario la noticia de que José Luis ha llegado +de Europa hoy. Gran indiferencia mía que a Camucha sorprendió muchísimo. +Dice que hago "pose".</p> + +<p>"Seguramente José Luis nos visitará".</p> + +<p class="fecha"> +"24 de julio.<br /> +</p> + +<p>"Adiviné: hoy nos visitó José Luis y anuncia para pasado mañana otra +visita.</p> + +<p>"Lo recibieron Camucha y Zoraida. Yo demoré bastante para salir. Habrá +creído que era por arreglarme. Según dice Camucha, él no podía disimular +su impaciencia. Después, como estaba invitado a una comida en la +Legación de España, no hemos tenido tiempo de conversar mucho. Se mostró +inquieto por mi palidez, nos aconsejó un viaje a Europa.</p> + +<p>"Me ha sucedido con José Luis lo que yo preví, lo que yo sabía. Un poco +de curiosidad por ver cómo había cambiado su cara y para explicarme el +motivo de haberme enamorado tanto, en aquel tiempo. Ahora tengo casi la +impresión de que no fue pasión mía".</p> + +<p class="fecha"> +"Agosto 5 (11 p. m.).<br /> +</p> + +<p>"Como el médico ha ordenado que me acueste temprano, ellas ahora todas +las noches, para obligarme a obedecer, se privan de hacer sobremesa y de +quedarse, como antes, levantadas hasta tarde. Se han puesto en cama y +toda la casa está a oscuras, menos aquí, en mi cuarto. Con tal que no se +despierten. ¡Qué raro me parece estar así, sola completamente, a esta +hora, mientras todo el mundo duerme! Es como si esto fuera la soledad de +mi vida misma. Pero en medio de este silencio, tengo en mí como una gran +dulzura. Estoy libre de las angustias que me dominaban. Es como si no +sintiera mi desdicha. Todo me parece más ligero y más claro.</p> + +<p>"Adriana, hace ya dos semanas que no te vemos. Julio, algo más constante +que tú, no mucho más, vino ayer. Es cierto que apenas estuvo durante +media hora. Parecía triste, pero bajo esa capa de tristeza creí adivinar +la plenitud de la dicha. No te guardo rencor ninguno, Adriana. Al +contrario. Nadie sospecha la pasión que con tanto cuidado procuro +ocultar, esta pasión que no me conocen Camucha ni Zoraida; y si, por +desgracia, la sospecha influye para que dejes pasar tantos días sin +venir, quiero hacer a toda costa que ella desaparezca de tu espíritu. +Diré a Camucha que te escriba y cuando estés aquí hallaré la manera de +persuadirte. Te daré bromas con él y reiré mucho, mucho; así me saldrá +un poco de color en la cara. No quiero que mi desdicha sea una sombra en +la felicidad tuya. Oigo ruido. Zoraida que se ha levantado."</p> + +<p class="fecha"> +"1 a. m.<br /> +</p> + +<p>"Me acosté delante de Zoraida, luego me finjí dormida. Ella misma apagó +la luz, después de besarme en la frente. Me besó y se fue suspirando. +¡Qué buena es, qué íntima lástima me tiene!</p> + +<p>"Adriana, mi único desahogo es escribirte aquí, en estas páginas que +nadie ha de leer nunca. Pero se me ocurre que te escribo a otro mundo, +donde un día, dentro de mucho tiempo, podrás leerlas sin que pueda +hacerte daño su amargura. ¡Si supieras lo que a pesar de todo hay para +ti en mi corazón! ¡Y si supieras la extraña alegría con que pienso a +veces que voy a morir, idealizada por el sacrificio, perdonando a todos +y bendiciendo tu gran amor a Julio! Pasé varios días mortales, es +cierto, en que no hubo delante de mis ojos ni la sombra de la esperanza. +Pero ahora ya no la tengo en Julio, ahora es otra clase de esperanza, +muy distinta, aunque muy inexplicable. Inquietud ya no siento. Es algo +así como si tuviera júbilo de morirme y dejarlos a ustedes felices. Yo +quiero que se acuerden de la pobre Laura, pero sin sospechar nunca por +qué se puso anémica y por qué murió..."</p> + +<p>Adriana y Carmen no pudieron seguir. Las lágrimas les anegaban los ojos +y caían sobre las páginas del manuscrito. Las dos se pusieron a +sollozar. Oyeron un ruido de pasos ligeros que se acercaban. Apareció +Laura. Hizo un ligero gesto de susto, al ver el cuaderno en las manos de +Carmen; luego se llevó las manos a la cabeza como atontada por un golpe.</p> + +<p>Adriana levantándose, caminó hacia ella, acercó su cara dolorida a la +cara pálida de Laura y la abrazó con desatinada vehemencia, sacudida por +los sollozos.</p> + +<p>Parecían querer fundirse la una en la otra, para formar o un mismo amor +o una misma desolación.</p> + +<p>En tanto Zoraida y Julio, dejando a la abuelita, habían bajado también y +conversaban con tranquilidad en el vestíbulo. De pronto oyeron los +sollozos de Adriana; iban a levantarse, sorprendidos, cuando ella cruzó +corriendo, con el pañuelo en los ojos y desapareció como una sombra por +la escalera, sin oír a Zoraida que asomándose por encima de la +barandilla la llamaba desesperada, a gritos.</p> + + + + +<h3><a name="XXII" id="XXII"></a>XXII</h3> + + +<p>Precisamente a esa hora del anochecer salía Muñoz de la casa de Julio. +Le había esperado durante dos horas, a pesar de afirmarle el sirviente +que no volvería antes de la una. Le hubiera esperado dos horas más, por +la sensación de oscuro alivio que le produjo estarse allí, solo, y +sentado al escritorio y entre las cosas de un hombre a quien odiaba +ahora con toda su alma. Pero no se quedó más tiempo por cierto temor: +había sacado de su marquito de plata un retrato de Adriana y después de +romperlo se había metido los fragmentos en el bolsillo. Era indudable +que el sirviente, al entrar, podría advertir la desaparición; le hubiera +preocupado mucho menos la idea de que pudiese advertirlo Julio.</p> + +<p>Nada le hacía más daño, en aquellos momentos, que el recuerdo cercano de +la Adriana transfigurada por misteriosa luz de bondad, y no podía +soportar la suposición de que la bondad le hubiese nacido con el amor a +Julio. A éste le exigiría, y tal era el propósito de su fracasada +visita, un esclarecimiento definitivo para sus tristes dudas. Lo malo +estaba en que había escrito a ella suplicándole, para esa misma noche, +la última entrevista en casa de Charito, contando con ir en seguida que +Julio le pusiera al corriente de toda la verdad. Pero le tranquilizó la +amarga evidencia de que Adriana no iría a casa de Charito. "¿Cómo pudo +ocurrírseme, pensó, que ella me tendrá en cuenta ahora, justamente ahora +que todas sus preocupaciones van hacia Lagos? Se habrán citado, con +seguridad, en alguna parte, en casa de las muchachas fantásticas, por +ejemplo. Tal vez han pasado toda la tarde allí. Y he sido tan torpe para +no adivinarlo. Y habrán quedado a comer, los dos, para luego seguir +conversando; por eso me ha dicho el sirviente que no volvería antes de +la una".</p> + +<p>Y Muñoz experimentaba una nueva y muy extraña sensación de desahogo +revolviéndose en el corazón, mediante tales conjeturas, el puñal +atravesado de los celos.</p> + +<p>Pero no había andado veinte pasos por la acera, cuando vio llegar a +Julio en un carruaje. Chistó al cochero, subió y se sentó al lado de su +rival. Por la emoción misma no advirtió la falta de respuesta que había +seguido a su breve saludo. Ambos bajaron del carruaje sin haber +conversado una palabra.</p> + +<p>—Debías echar a tu sirviente—dijo Muñoz al fin;—me aseguró que no +volverías hasta la madrugada.</p> + +<p>Luego le detuvo en el vestíbulo, por la idea del retrato desaparecido, +cuyos fragmentos apretaba nerviosamente en el bolsillo. Entonces, como +Julio, sin atenderle, se dejara caer en un sillón, le miró: había +cerrado los ojos, palidísimo, y apoyaba la cara de perfil en el +respaldo; una de sus manos colgaba inerte.</p> + +<p>Se sorprendió Muñoz extraordinariamente. En seguida una alegría +frenética le agitó. Adriana, sin duda, había hecho una de las suyas, se +había burlado de Julio. La sospecha se le hizo certidumbre; recordó que +también él había regresado una vez a su casa así, abrumado, aplastado +por uno de aquellos fríos desaires con que ella acostumbraba a +contradecir la hechicería de su dulzura. No era, pues, la única víctima.</p> + +<p>Experimentaba, pensando esto, un alivio para todos sus celos. Adriana, +como una divinidad, prodigaba a capricho su favor y su desdén sobre los +infortunados que alzaban hacia ella los ojos. Y Julio también se +humillaría, Julio también buscaría avergonzado la mediación de Charito, +y acaso en la mañana de los domingos, para la misa de las once, se +deslizaría como él, furtivamente, en la iglesia del Socorro, por el +miserable consuelo de contemplarla arrodillada en la penumbra.</p> + +<p>Y como si Julio le hubiese efectivamente confesado la innegable causa de +su abatimiento:</p> + +<p>—Yo te lo advertí muy sinceramente aquella vez, en casa de Charito. +Adriana es una muchacha perversa, diabólica. Lo declaran sus amigas +mismas: Charito, por ejemplo. Ella goza en hacer sufrir, su +voluptuosidad es esa. Pero tú, en vez de hacerme caso, tomaste su +defensa, ¡te pusiste a idealizarla!... Se detuvo, sintiendo que la +inflexión floja de su voz traslucía la satisfacción vengativa que le +subía de las entrañas.</p> + +<p>Luego le entró cierta lástima y sentándose en un brazo del sillón, +sacudió a Julio. Le vio abrir los ojos y fijarlos en él cansadamente.</p> + +<p>—¿Pero qué ha pasado, al fin?—le preguntó.</p> + +<p>—Nada. Estoy muy bien.</p> + +<p>Y los párpados volvieron a recaerle sobre los ojos. La alegría de Muñoz +desapareció, sustituida por una idea espantosa.</p> + +<p>—¡Adriana ha muerto!</p> + +<p>Julio movió negativamente la cabeza, y su mano, alzándose como la de un +enfermo, tomó la de Muñoz.</p> + +<p>—No puedo explicarte nada. No hay nada que explicar. Vengo de allá. Si +quieres hacerme un gran bien, ahora, déjame solo. La parte de la tierra, +tal vez, te corresponda a ti.</p> + +<p>Muñoz no pudo sacarle más una palabra. Y se retiró intrigado por aquella +última frase. En la calle tiró los fragmentos del retrato de Adriana. +Pero al punto, desandando el trecho andado, volvió a recogerlos.</p> + + + +<p class="top5">Durante largo rato todavía quedó Julio abatido por la gravedad de la +imprevista catástrofe. Francisco, su sirviente, se había acercado varias +veces, de puntillas, sin valor para llamarle.</p> + +<p>Julio al fin se levantó, echó sobre Francisco una mirada vaga y entrando +al escritorio lo alumbró. Vio el marco vacío y comprendió que Muñoz +había robado el retrato. No atribuyó a esto mayor importancia. Apenas si +podía comenzar a recoger sus energías para considerar el doloroso suceso +que había caído como un rayo sobre la plenitud de su dicha. Todo aun +eran imágenes que rápidamente pasaban y volvían a pasar en su +cavilación: así la silueta de Adriana huyendo con el pañuelo sobre los +ojos, inútilmente llamada por los alarmados gritos de Zoraida, o la cara +consternada de Carmen cuando les refirió lo sucedido con la lectura del +diario.</p> + +<p>Arrancándose a la impresión que pesaba sobre él como un manto de plomo, +pudo ponerse, poco a poco, al análisis de la situación, a ese extraño +análisis que suele desprenderse del espíritu formando como un espíritu +nuevo, fríamente lúcido y despojado de todo lo que al otro apasiona y +conturba. Asoció las circunstancias del caso, y meditando sobre cada uno +de sus aspectos, contempló las cosas como si se tratara de un drama +ajeno. ¿Qué sucedería ahora? ¿Qué actitud tomaría Adriana ante él y con +relación a la pobre Laura? ¿Y cuál sería su propia actitud?</p> + +<p>Se formuló por orden estas preguntas, para derivar consecuencias +lógicas. Pronto empezaron a brillar las terribles respuestas. Era +evidente, desde luego, que su amor por Adriana había cambiado de sentido +y de realidad. El viento de la triste tragedia se llevaba consigo la +atmósfera de ensueño que les envolviera durante aquellos últimos meses. +Desvanecido el encanto, tanto Adriana como él rehuirían seguramente la +ocasión de encontrarse y la posibilidad de cualquier mezquina +transigencia, y esto a causa de la tendencia angélica que habían tomado +sus sentimientos en las alturas ideales. Más valdría, sin duda, que +ningún azar volviese a juntarlos nunca: a la desesperación de no poder +mirarse ya con los mismos ojos ni sentirse con la misma alma, era +preferible la larga pesadumbre de una separación definitiva. El +idealismo ardiente que los había unido, alzaba ahora entre ellos una +muralla de desolación.</p> + +<p>A ratos, como vencido por esta hostil certidumbre, el espíritu de +análisis flaqueaba, y Julio recaía en la contemplación interior de su +tristeza, ¡Cómo había cambiado todo, repentinamente! Su vida la hubiese +dado sin vacilar a cambio de que retrocedieran los acontecimientos y a +ocultas del sombrío presente le fuera concedida una hora del hechizo +muerto: ¡una hora revivir con Adriana la tranquilidad de las +conversaciones que traían, a lo íntimo de sus almas, los júbilos alados!</p> + +<p>Tuvo la sensación indecible de que en aquella tarde habían pasado años y +años. Y ni siquiera podía reconstruir el cercano recuerdo. La cara de +Adriana se le representaba cubierta por el dolor. Julio cansaba su +imaginación sin lograr que aquellos ojos tomaran para él la dulzura +conocida.</p> + +<p>Hasta la voz de Adriana se modulaba en su memoria con una inflexión +distinta: aquella voz que más de una vez escuchara desatendiendo adrede +el sentido de lo que ella hablaba, para sólo percibir el secreto de la +idea en el rumor musical de las palabras.</p> + +<p>¿Y Laura? Era fácil imaginar la consternación de su alma exquisitamente +susceptible. En otro tiempo y otras circunstancias, el conocimiento de +aquella pasión tan celosamente oculta, hubiera sido para él motivo de +insensata delicia. Ahora era causa de aflicción, con un algo de +reminiscente melancolía. Se le representaron los días en que ella le +intimidaba con sus desvíos vagos, cuando en las frases de Julio moría la +indecisa ternura como flor que al punto de brotar se hiela. Había +concluido por ver, en el excesivo afecto amistoso que le demostrara +ella, la manera de un fino agradecimiento, para compensarle de no poder +corresponder al adivinado deseo de adoración. Después, ya en pleno +idilio con Adriana, solía preguntarse, intrigado aún, si alguna llama de +amor no habría flotado invisible para él, entre aquellos desvíos, que +tan mansamente contradecían la atención demasiado seria y dulce con que +otras veces le escuchaba.</p> + +<p>Meditando de esta suerte, le entraba gran lástima y piedad para Laura, +para Adriana y para sí mismo.</p> + +<p>Procuró adivinar el probable porvenir de Adriana. Sin duda ningún otro +amor nacería nunca en su corazón. Pero la vida y el ambiente recobrarían +sobre ella sus derechos. Revestida entonces de una engañosa +superficialidad, se recogería en esa penumbra íntima que suele ser, para +las mujeres semejantes a ella y a las Aliaga, el ignorado refugio de los +ensueños, el mundo interior que nadie sospecha.</p> + +<p>Mucho antes de conocerla, ya su anhelo de ideal, apartándole de los +afectos comunes, había tomado un camino casi místico hacia la adoración +de aquel cierto tipo porteño cuya originalidad le asombrara y sedujera +como una fina revelación. Y había amado un poco a todas las mujeres que +de él traían algún inconfundible signo, en el óvalo suave, en la sombra +de una mirada serena, en la gracia de una actitud o en la ligera armonía +del andar.</p> + +<p>Recordó la noche en que se explayara acerca de este tema, en una salita +del Jockey Club, con Ricardo Muñoz.</p> + +<p>Sí, era indudable que Adriana aceptaría a la larga, divina resignada, la +realidad del mundo, casándose, al azar, con un hombre que no llegaría a +conocerla nunca.</p> + +<p>Y la vio alzarse ahora como una bella imagen, iluminada por el +sacrificio y despojada de toda materialidad.</p> + +<p>Julio entraba, poco a poco, en una tranquilidad semejante a la que +suelen experimentar algunos, a la hora de la muerte, cuando los sentidos +ya sólo subsisten para dar, al espíritu lúcido, una última y original +visión de la vida que dulcemente les abandona.</p> + +<p>Pero de súbito la miseria humana le dominó, como una alimaña que le +hubiera saltado a los hombros. Pensó con desagrado en la visita de +Muñoz. ¿Acaso le había atraído a su casa un mal instinto, como atrae al +buitre el olor de la presa? Miró con gesto sombrío el marquito de plata +vacío, y ahora el robo del retrato le irritó. Inútilmente procuraba +rehacer en la memoria la frase que se le había ocurrido en el momento de +irse Muñoz. Y sintió que se le metía en el alma la flaqueza de los +celos. Ya no pudo pensar en ella como en una Beatriz inmaterial; sus +pensamientos se quedaban abajo. Y vio lucir en el aire, reflejados desde +el fondo de su espíritu, los ojos turbios de la Angustia.</p> + + + + +<h3><a name="XXIII" id="XXIII"></a>XXIII</h3> + + +<p>Muñoz entró en casa de Charito sin esperanzas de encontrarse con +Adriana, pero sí con la idea de que su amiga pudiese darle noticias de +cómo andaban sus relaciones con Julio. Probablemente estaría al tanto de +la ruptura, o del suceso que había motivado aquel estado de mortal +lasitud en que había visto a Lagos.</p> + +<p>Pero Charito le recibió con una mirada compasiva, buena, y comenzó a +repetirle sus consejos de otras veces, procurando decepcionarle de +Adriana.</p> + +<p>Muñoz, intrigado, pensó por un momento que Julio se había fingido tan +abatido para evitar una explicación, o por alguna rara delicadeza de +rival afortunado.</p> + +<p>—¡Lo que menos necesito es eso, su cortesía!—exclamó en voz alta.</p> + +<p>—¿La cortesía de quién?—le preguntó Charito.</p> + +<p>—No haga caso, esta noche han de perdonarme cualquier desvarío. Es un +mal momento de mi vida.</p> + +<p>En el salón estaba Lucía Moreno, sentada al piano, fastidiada porque no +podía sacar una pieza de memoria.</p> + +<p>Muñoz fue a sentarse a su lado. Empezó a divagar extrañamente, bajo la +influencia de su obsesión.</p> + +<p>—Haga música triste, Lucía. Por ejemplo, la marcha fúnebre de Chopin, o +de Sigfrido. Las amigas que vengan podrían vestirse de Walkirias. ¡Qué +terrible sería Adriana transformada en una Walkiria! Yo, haciendo el +papel de Sigfrido, me meteré en el ataúd. Ella, si quiere, puede venir +montada en un caballo con alas, en un gran caballo negro, con largas +crines negras, las alas negras, castigando con manos negras el aire del +cielo.</p> + +<p>—¡Pero Muñoz, Muñoz!—gritó Charito alarmada.</p> + +<p>Se retuvo y miró a las dos muchachas como asombrado de sus propias +palabras o como si una fuerza ajena se las hiciera pronunciar.</p> + +<p>—Todo esto son fantasías—explicó—para distraerlas a ustedes. Cuando +uno ha perdido la dignidad de sus actitudes, no debe servir más que para +quitar el aburrimiento a sus amigas.</p> + +<p>Ambas procuraron calmarle. Se rió con risa inexpresiva, y apoyó la +cabeza en el brazo de un sofá.</p> + +<p>—¡Es que sufro tanto, tanto!</p> + +<p>Lucía fue a sentarse a su lado. Se sentía enternecida y llena de piedad. +Charito, desesperada, frente a ella, murmuraba frases de condenación +contra Adriana.</p> + +<p>Durante un buen rato, Lucía se quedó contemplando a Muñoz. Extendió +luego la mano sobre su cabeza abatida y se puso a acariciarle, muy +suavemente, como se acaricia a una criatura que llora. Le rozó con los +dedos la frente, los párpados cerrados, parecía a punto de acercarle los +labios. Pero hacía todo con actitud tan espontánea, tan natural, que +Charito no se sorprendió.</p> + +<p>Y el sentimiento de Lucía no era sólo de lástima. Una secreta delicia, +una sensación íntima de encanto la envolvían por la idea de que ella, +una niña, prodigaba a un muchacho aquellas caricias, sin malicia alguna +y con el puro propósito de consolarle.</p> + +<p>En esto resonó el timbre de la puerta de calle.</p> + +<p>—¿Quién podrá venir a esta hora?—dijo Charito sorprendida. ¡Son las +once pasadas! Su sorpresa aumentó más todavía cuando apareció la +visitante: era Adriana.</p> + +<p>Lucía, que no había cesado de acariciar la cabeza de Muñoz, se levantó +enrojeciendo, mientras él clavaba la mirada, fijamente, en la figura de +Adriana.</p> + +<p>Esta demostraba una extraordinaria agitación. Procuraba sonreír.</p> + +<p>—¡Ya ve, Muñoz, que no lo olvidan!—exclamó Lucía. Pero advirtió +entonces en Adriana la palidez y un ligero temblor de los labios. Y +comprendiendo que algo grave ocurría, tomó a Charito aparte.</p> + +<p>Ella se sentó al lado de Muñoz, quien se había incorporado y la miraba +con expresión de curiosidad. Ambos quedaron por un rato en silencio.</p> + +<p>—He recibido su carta y he venido.</p> + +<p>—Gracias, Adriana. Yo debo agradecerle este acto de bondad.</p> + +<p>Ambos callaron. Adriana volvió la cabeza, como buscando una tabla de +salvación. Pero Lucía y Charito hablaban en voz alta, al otro extremo +del salón. Echó ella una mirada de odio a Muñoz. La desolación de su +semblante revelaba una violenta lucha interior. Iba a levantarse, +parecía a punto de llorar. Pero en seguida, con un aire de gran +resolución, acercándose más a Muñoz, le habló en voz baja, insinuante, +una voz que no parecía la suya.</p> + +<p>—Óigame... Todo lo anterior, lo que ha sucedido en estos últimos meses, +ha sido farsa, pura coquetería de mi parte, por ver si usted de veras me +quería. Tal vez lo hice inconscientemente. Usted sabe, las mujeres somos +tan raras... A lo mejor no nos conocemos nosotras mismas. No conseguimos +saber si queremos o si no queremos. Para saberlo, hacemos experiencias +con nosotras mismas. ¡Ah! Son experiencias que suelen costarnos caras. +Pero Dios debiera perdonarnos tanta perversidad. Porque... mire, fingir +es una defensa contra la posibilidad de engañarnos. Fingimos +indiferencia, fingimos que andamos enamorándonos de otro... Y yo le +explicaré, para que todo se aclare. No, no me interrumpa, aguarde un +poco, por favor. Los otros días, cuando lloré, usted hubiera debido +adivinar que comencé llorando como fingimiento, para concluir llorando +por la idea de que no podía dejar de hacerle sufrir... Me dominaba el +espíritu de la perversidad. Es espantoso cuando una se siente así +poseída por esa maldad extraña... No fui yo, fue mi maldad la que le ha +simulado indiferencia, la que ha buscado el amor de Castilla, la que le +ha hecho sufrir. Perdóneme, Muñoz, a usted lo quise siempre y ya es +tiempo de que nos comprendamos. Se lo exijo... se lo pido.</p> + +<p>Muñoz la miró con asombro. Después, levantándose, llamó con voz muy +alterada a Charito y a Lucía.</p> + +<p>—No podrían ustedes imaginarse lo que ella acaba de decirme. Con +seguridad se trata de una nueva farsa, parecida a la farsa de las +cartas... parecida...</p> + +<p>Se interrumpió de golpe y las miró, ruborizándose y como arrepentido de +haber provocado una situación incómoda.</p> + +<p>—Tenga más calma, Muñoz, dijo Adriana con dulzura. Siéntese aquí, al +lado mío. Y ustedes perdónenle. ¡Ha sufrido tanto por mi culpa!</p> + +<p>—¿Pero qué lío es este, Adriana? interrogó Charito con aire de sorpresa +y de reproche.</p> + +<p>—Ya lo sabrás, cuestión de algunos minutos. Todo se aclarará. Ya lo +sabrás también tú, Lucía, aunque sospecho que también te estabas +enamorando un poco de Muñoz... ¿Qué le decías, con tanto mimo, cuando yo +entre? No, no quiero saberlo. Te lo perdono y ahora te pido por favor +que no digas nada, que no nos interrumpas. Tú también, Charito. Venga +aquí, Muñoz, venga.</p> + +<p>Volvió él a sentarse. Las manos le temblaban. Sus facciones tenían una +expresión de pasmo. Nunca la había sentido más lejos de su alma, ni más +inasequible. Su instinto percibía una misteriosa falsedad en aquella +sumisa actitud de Adriana.</p> + +<p>—Si usted me hubiese escuchado hasta el fin, prosiguió ella, nos +habríamos ahorrado esta interrupción tan desagradable. Déjelas conversar +allí, mientras no solucionemos el asunto. Me es horriblemente penoso +tener que emplear tantos argumentos. Óiga... para no gastar palabras +inútiles y sobre todo para no hacerle afirmaciones que usted puede poner +en duda, no he de repetirle que lo quiero... pero en cambio le propongo +algo que será una prueba decisiva de mi sinceridad.</p> + +<p>—Adriana, deje primero que le haga una última súplica. Si no fuese +verdad lo que me dice ahora, si esas palabras, que me parece oír +soñando, fuesen como aquellas cartas que usted desmentía siempre, +después de escribirlas... o si no está segura de hablarme con +sinceridad, como lo asegura, yo le pido, yo la conjuro... No, un golpe +más yo no podría soportarlo.</p> + +<p>—Por eso, para que usted pierda toda mala sospecha, para que no quede +la posibilidad de un engaño y todo se aclare por sí solo, voy a +proponerle, si acaso usted no ha empezado a despreciarme, que nos +casemos... No es el antiguo compromiso que yo exigía lo mantuviéramos +secreto; la prueba que quiero darle es inmediata, ya mismo, en estos +días. Pídame mañana a mamá... Aunque es inútil, ya le he dicho yo a mamá +que nos casaremos en seguida si usted no hubiera desistido. Disponga de +mí. Le suplicaría que nos casáramos cuanto antes. Soy suya, enteramente +suya. Iremos los dos, usted y yo, a la gran felicidad, a esa gran +felicidad que soñé, que soñé tanto en estos días, y rezando delante de +la Virgen, en la iglesia de Nueva Pompeya...</p> + +<p>Dijo con exaltación las últimas frases, palideciendo. Muñoz la +contemplaba sin poder hacerse a la idea de que sus angustias concluían y +de que Adriana sería suya.</p> + +<p>—¡Adriana! ¡Adriana!</p> + +<p>Ella se quedó como extática, cayó de rodillas, pero casi dando la +espalda a Muñoz. Alzó la mirada, juntó las manos en actitud de +apasionado arrebato; le caían lágrimas de los ojos fijos. Mientras +pronunciaba las palabras decisivas que le apartaban de Julio para +siempre, en medio de la sombra de su congoja una especie de júbilo le +nacía, como una luz, y le bañaba el semblante. Muñoz, maravillado, +creyendo soñar, tomó entre las suyas aquellas dos manos juntas.</p> + +<p>—¡Adriana! ¿Puedo creer a mis ojos? ¿Puedo pensar que esta alegría es +alegría de su ternura por mí?</p> + +<p>—Sí, Muñoz. A usted lo he querido siempre, lo he querido siempre.</p> + +<p>Pero ella ya no estaba en sus palabras, y ni siquiera sentía el contacto +de las manos de Muñoz.</p> + + + + +<h3><a name="XXIV" id="XXIV"></a>XXIV</h3> + + +<p>La madre de Adriana llamó con urgencia a Ernesto Molina para pedirle +consejo. Por más que siempre consideró a Muñoz un marido ideal para su +hija, le alarmaba grandemente la repentina decisión de casarse con él +después de haberle burlado por otro. Informó a su hermano, +minuciosamente, acerca de las circunstancias que ella conocía.</p> + +<p>—Tú podrías interrogarla—añadió—contigo fue siempre más "dada". +Cuando Raquel o yo procuramos hacerla hablar, ella suplica que la +dejemos, que las cosas marcharán así mucho mejor, y para bien de todos. +En fin, yo nunca he tenido de sus asuntos más noticias de las que +hubiera podido recibir un extraño. Tú comprenderás, hace tiempo he +perdido sobre ella mi autoridad de madre. Por cierto, en estos últimos +meses cambió mucho; se hizo muy buena y muy compañera con Raquel. Antes +casi no se hablaban. No sé si ahora Raquel me oculta algo. Eso de volver +a comprometerse así, de un día para otro, y pretender que ha de casarse +ya mismo, podría significar un simple capricho. Yo no pasaría tanto +cuidado si Raquel no anduviese preocupada ella también. "Tú no +intervengas para nada—me ha dicho hoy—si algo grave le sucede, no +serás tú la que pueda remediarlo". Y así las dos me dejan con las manos +atadas.</p> + +<p>—Y por el mismo Muñoz, hija, ¿nada has podido averiguar?</p> + +<p>—Pero si él sabe menos que yo, ni está en estado de preocuparse. Ayer +me tomó aparte, me dijo que era el hombre más feliz de la tierra y +Adriana su Dios. Parece que no podía resignarse a que ella le dejara. +Anda todo el día en la calle, arreglando las cosas, comprando muebles. +Ha tomado casa en Belgrano, sobre la barranca; me llevó a verla, es un +chalet precioso. Adriana, en cambio, no fija su atención en nada. Ayer +habían salido los dos con Raquel y con Charito González y a la media +hora volvieron. Adriana se sentía mareada, les pidió que la dejaran sola +y se ocuparan ellos de todo. Después tomó un libro, estuvo dos o tres +horas con el libro abierto en la falda sin volver una hoja. En fin ¿qué +piensas tú?</p> + +<p>Ernesto Molina meneó la cabeza.</p> + +<p>—Esta muchacha se casa por lástima.</p> + +<p>Pero la viuda de Zumarán no pensaba lo mismo.</p> + +<p>—Cuando ella le dejó, no te puedes imaginar su indiferencia: le ha +visto humillarse, llorar, y como si tal cosa. Muñoz no la preocupaba un +chiquito.</p> + +<p>—¿Y ahora se casa con él?... Algún despecho, entonces.</p> + +<p>—Eso sería más posible, ¿ves? Pero entonces sabe Dios lo que puede +suceder.</p> + +<p>La insinuación de su hermano abrió del todo la vieja herida de su +corazón, y con voz que temblaba refirió cómo Adriana se veía con Julio +Lagos, no sabía ella desde cuando, en casa de las Aliaga.</p> + +<p>—¿Y Adriana visita a las Aliaga?</p> + +<p>—Sí, yo he venido a saberlo no hace mucho.</p> + +<p>—¿Pero tu hija conoce aquello?...</p> + +<p>—Tampoco podría decírtelo. Tú comprenderás que hacerle una revelación +semejante... ¡Ah! Lo que más me asusta es pensar que de esa casa podría +venir otra vez, para mí, alguna gran desgracia.</p> + +<p>—Son gente algo rara, como lo fue tu marido, y los abuelos de tu +marido. Todos han tenido fama de raros.</p> + +<p>—Y anda Adriana con ese mismo aire de misterio que tenía Zumarán antes +de matarse por la viuda de Aliaga.</p> + +<p>—No seas supersticiosa, hija.</p> + +<p>—Es que tú no sabes, ella ha salido a su padre.</p> + +<p>—Nunca me pareció, a la verdad, sino una chica muy inteligente, muy +discreta...</p> + +<p>—Porque contigo siempre se ha hecho la niña mimada... Te repito que ha +salido a su padre en todo. Extremosa, llena de fantasías, inquieta, +siempre soñando locuras.</p> + +<p>Asomaron a sus ojos lágrimas de recelo presente y lágrimas que le hacía +derramar la visión lejana de la tragedia: el cadáver de Zumarán tendido +en el suelo, el revólver en la mano y un redondel de sangre formando +como una aureola a la cara lívida.</p> + +<p>El señor Molina se quedó perplejo. Era incapaz de afrontar situaciones +reñidas con el carácter de los hechos comunes y con su criterio +rectilíneo de viejo patricio. La herencia del antiguo convencionalismo +español había encuadrado sus ideas en fórmulas precisas, limitadas, que +no permitían la intervención de sentimientos ajenos a la naturaleza de +los suyos. El suicidio de su cuñado lo confundió, muy sencillamente, con +los actos incomprensibles de la locura, actos que debía tapar el +silencio. Uno de sus principios era precisamente la conveniencia de +evitar el escándalo, y hasta las alusiones a cualquier suceso que no +estuviera en el orden.</p> + +<p>Ahora, para el caso de Adriana, su extrañeza y su perplejidad eran +producidas por la precipitación con que iba a realizarse el matrimonio. +No hallaba, en su experiencia, un hecho análogo que pudiera servirle +como elemento de juicio.</p> + +<p>—¿Dónde está Adriana?—preguntó.</p> + +<p>—De un momento a otro la verás, está por salir con Raquel, para la +confesión.</p> + +<p>Ambas, en efecto, aparecieron. Adriana, sin hablar, abrazó y besó a su +tío. Parecía mucho más tranquila que Raquel, cuyos ingenuos ojos verdes +tenían algo de doloroso y de adusto bajo el triángulo de blancura que +dejaban sobre su frente los cabellos lacios.</p> + +<p>Como Adriana, un momento después, quisiera marcharse, el señor Molina la +retuvo.</p> + +<p>—Si no tiene apuro, hijita, venga para acá. Ya sabe que siempre la he +querido como si fuese mía. ¿Qué anda ocultando en esa cabecita?</p> + +<p>Ella le echó una rápida ojeada. Hizo visiblemente un gran esfuerzo sobre +sí misma, y dijo riendo:</p> + +<p>—Dale la carta, Raquel, que llevábamos para poner en el primer buzón. +Era para usted, ábrala.</p> + +<p>Pero se sentía algo de penoso en la tranquilidad de su actitud, en su +sonrisa misma y hasta en el descuido con que se había puesto el sombrero +de fieltro.</p> + +<p>En la carta le pedía, con mucho mimo, que accediera a servirle de +padrino.</p> + +<p>Pero como él comenzara de nuevo a interrogarla, Adriana le miró seria y +cariñosamente:</p> + +<p>—Tío, estos asuntos no tienen explicación.</p> + +<p>Bajó los ojos, nerviosamente se ajustó el sombrero, tomó a Raquel por la +cintura y ambas salieron.</p> + +<p>—¿Viste? Contigo también ha cambiado.</p> + +<p>El señor Molina, inquieto, asombrado, se puso a cavilar en silencio. +Aquella sobrina que tanto quería y tanto había regalado desde +pequeñuela, surgía ahora para él, repentinamente, como un mundo cerrado. +Pero tampoco hubieran podido esclarecerle el misterio las más francas +confidencias. En su espíritu no había, decididamente, puntos de apoyo +para apreciar las razones íntimas que movían los actos de Adriana.</p> + +<p>—Debemos dejarla hacer—declaró al fin—ella sabe de sus cosas mucho +más que nosotros.</p> + +<p class="top5">No quiso Adriana ver a su confesor ordinario, en la iglesia del Socorro. +Prefirió un desconocido; acudió a la capilla de las Victorias. Vino un +sacerdote viejo, algo encorvado, con cejas canosas, espesas, sobre unos +ojos muy pequeños que brillaban inexpresivamente en las órbitas +hundidas. Se metió, sin mirarla, en el confesionario, y comenzó a +formular preguntas, rápidamente, sin atender casi a las respuestas que +recibía. Raquel, mientras tanto, había ido a hincarse, descorazonada, +cerca del altar.</p> + +<p>Adriana tenía prisa de concluir cuanto antes. Generalmente, cuando iba a +confesarse, la dominaba una impresión de misterio, y cierto receloso +pudor le impedía referir nada relacionado con los secretos íntimos de su +conciencia o con los pecados que más la inquietaban. Ahora, en cambio, +le parecía cumplir con una obligación pueril, superflua. Sentía una +especie de fría hostilidad en las caras de las imágenes y en el brillo +de las cruces doradas. Sin hacer mayor memoria de pecados, respondió +brevemente a cada pregunta que oía musitar al sacerdote.</p> + +<p>Iba a levantarse, cuando sin saber por qué murmuró:</p> + +<p>—Padre, me olvidaba decirle que me caso por casarme.</p> + +<p>El sacerdote requirió una explicación. Pero Adriana, arrepentida, repuso +con indiferencia:</p> + +<p>—Sí, por casarme, como se casa casi todo el mundo, padre.</p> + +<p>El sacerdote la absolvió.</p> + +<p>Ella llamó a Raquel. Regresaron a pie, cortando por la plaza Libertad +para seguir por la calle Cerrito. Pero a mitad del camino Adriana quiso +doblar hacia la izquierda, una cuadra, para cruzar la Avenida Quintana. +Y allá en el fondo del paseo arbolado, vio asomarse la iglesia del +Pilar, aquella iglesia pequeña, que más de una vez, bajo el oro del +otoño en las hermosas tardes, ella contemplara desde la casa de las +Aliaga imaginando idilios con Julio. ¡Cómo se habían alejado de pronto, +hacia una irrealidad extraña, aquellos tiempos! Ahora le parecía otra, +la iglesia del Pilar. A la distancia, en la fuerte claridad del día +sereno, su apariencia atónita, simple, tenía para ella algo de hostil, +como algunos minutos antes, en el templo de las Victorias, las caras de +las imágenes y las cruces doradas. Adriana apresuró el paso, con una +amargura sin nombre. No hablaron una palabra en el camino. Pero estaba +Raquel decidida a saberlo todo y calculaba el momento más propicio para +interrogar a su hermana. Había notado que todo lo hacía como en una +especie de alucinación, y comprendía que marchaba al casamiento con la +muerte en el alma. Era preciso disuadirla a toda costa, salvarla.</p> + +<p>Esquivando al señor Molina, entraron ambas en el dormitorio de Adriana. +También ésta sentía ahora la necesidad de un desahogo y sus palabras se +anticiparon al deseo de Raquel. Arrojó sobre la cama, con un gesto de +desolación, la piel y el sombrero, y empezó a contarle, minuciosamente, +lo que había ocurrido tres días antes en casa de las Aliaga. Cuando +refirió cómo ella y Carmen fueron sorprendidas por Laura en la lectura +del triste diario, a Raquel se le anublaron los ojos y por largo rato +quedó muda, sin acertar con la manera de encarar la situación. Al fin, +en voz baja, mirándola atentamente y como si procurase arrancarla de un +mal sueño:</p> + +<p>—Pero de cualquier modo, tu casamiento es un absurdo. ¿Qué obligación +es esta de casarte con Muñoz?</p> + +<p>—¡Oh, repuso Adriana, tú no relacionas las cosas, no sabes, no te pones +en mi caso!</p> + +<p>—¡Y casarte así, con este apuro, a la carrera, como si te persiguiera +la muerte!</p> + +<p>—La muerte mía no, pero sí la muerte de Laura. De casarme con Julio, +Laura se moriría.</p> + +<p>—¡Cómo exageras!</p> + +<p>—Tú no la conoces, supones que se trata de una novelera. Al contrario, +hay en ella una sinceridad absoluta para consigo misma, y en todas sus +cosas tiene la reserva y la discreción más delicadas. Pero llena de alma +como es, lo cifró todo en el amor y el amor no ha tenido piedad para con +ella.</p> + +<p>—En cualquier caso, Adriana, casándote con Muñoz no remediarás nada.</p> + +<p>—¡Oh, sí!</p> + +<p>—Julio te quiere a ti, te quiere locamente. ¿Cómo puedes imaginar, +entonces, que se casará con Laura?</p> + +<p>—En realidad, no se trata de que se case con Laura.</p> + +<p>—¡Pero entonces cada vez te comprendo menos!</p> + +<p>Y Raquel, acalorándose, procuró convencerla de que si ella se casaba con +Muñoz y Laura se quedaba sin embargo sin el amor de Julio, su sacrificio +sería un desatino inútil.</p> + +<p>Adriana, sin responder, hizo un gesto de cansancio. Sus ojos anegados de +tristeza parecían explicarle todo lo que no podía decir con palabras.</p> + +<p>Pero Raquel insistió, y volviendo a su tono persuasivo, suave, le pidió +que al menos postergara el casamiento hasta una semana más.</p> + +<p>—Que no sea este lunes que viene, sino el otro.</p> + +<p>—¿El otro lunes?</p> + +<p>—Sí, no te pido más.</p> + +<p>—Tú quieres ganar tiempo. Postergarlo hasta una semana...</p> + +<p>—Te lo suplico.</p> + +<p>—No, si el casamiento se postergara tres días, nada más que tres días, +tal vez ya no me casaría, estoy segura. Óyeme... Precisamente, una de +las ideas que me aterran es la de no tener valor para ir hasta el fin.</p> + +<p>—Ah, ¿de modo que quieres tú misma atarte las manos?</p> + +<p>—Ya no me casaría; y por el contrario, me daría horror el pensar que me +caso con un hombre sin quererlo.</p> + +<p>—Pues entonces, yo se lo diré todo a mamá, y a tío, para que no te +permitan cometer esta locura.</p> + +<p>—No lo harás.</p> + +<p>—Te juro que lo haré.</p> + +<p>—Raquel, si llego a sospechar, por cualquier palabra de mamá, que le +has contado algo, haré una locura peor. Oh, no me, conoces.</p> + +<p>—Por mi vida, por la vida de mamita...</p> + +<p>—No, no me supliques nada.</p> + +<p>—¡Casarte con Muñoz queriéndolo a Julio tanto!...</p> + +<p>—Adorándolo, como no podrías formarte una idea. Por eso, si no me +casara con otro, para poner cuanto antes una barrera delante de mí, +sería capaz de correr a casa de Julio y suplicarle que nos marcháramos +de aquí, lejos, a cualquier parte, a un sitio donde no pudiera +perseguirnos el fantasma de la pobrecita Laura. ¿Comprendes, ahora, +porqué debo casarme con Muñoz?</p> + +<p>—¡Ojalá venga Julio mismo a salvarte!</p> + +<p>—Nada sabe, Raquel. Ya he tomado mis precauciones. Lo sabrá cuando +todo haya concluido para los dos. Y entonces, si la vida de Laura +dependiera de su cariño... ¡Ah, no! Tampoco puedo sufrir la idea de que +Julio se casará con Laura. ¡Qué gran tristeza, Raquel! Sin mí, Julio la +hubiera querido. Sí, eso está escrito en su diario. Yo intervine, en +realidad, para destruir esa dicha cuando nacía. ¡Ojalá llegue a casarse +con él, más adelante!</p> + +<p>Y Adriana se puso a referirle las conversaciones que con Julio había +tenido, y procuró explicarle la clase de felicidad que concibieran +juntos. Sus frases se exaltaron, sus ojos despidieron un fulgor +ardiente.</p> + +<p>Experimentaba, hablando así, el alivio ilusorio de revivir +imaginariamente el breve pasado radiante. Y de su cara huía el dolor +dejando una pasajera expresión de dicha sin límites.</p> + +<p>—Óyeme,—prosiguió—no llores, no me impidas ver la verdad. En mí no se +casará con Muñoz el alma, sino simplemente la mujer. Sufriré mucho menos +si es que puedo darme cuenta más clara de mis actos. Tú debes ayudarme. +Si no me casara con Muñoz, tendría que morir. ¡Y Julio también tendría +que morir! ¿Comprendes, Raquel? Porque ya nada podría detenernos, yo +sería suya, sería suya sin casarme, esto lo sé, lo siento, y después los +dos moriríamos sin remedio, para purificarnos y para escapar al +pensamiento de Laura.</p> + +<p>Raquel, anonadada, palpando en la actitud de Adriana algo +inquebrantable, ya no respondió una palabra.</p> + +<p>Sin embargo, no dejó de espiarla, para encontrar acaso la oportunidad de +una última tentativa. Sorprendió en ella indicios de pánico. Más de una +vez pudo observarla que se arrodillaba, creyéndose sola, y que +oprimiendo contra el pecho un crucifijo, parecía pedir una inspiración +al cielo. Era evidente que se sentía aterrada por la proximidad del día +fatal.</p> + +<p>En la misma mañana fijada para el acto civil (al día siguiente se +realizaría la ceremonia religiosa), Raquel tuvo la idea de escribir a +Julio. "¿Cómo es posible—pensó—que sólo ahora, tal vez demasiado +tarde, se me haya ocurrido llamarle?" No vaciló. Si Julio acudía, su +presencia inesperada desarmaría en seguida la voluntad de Adriana, aun +en aquellos momentos, cuando apenas faltaban horas para que llegaran los +testigos. Su alma ingenua ya no pudo dudar que Adriana estaba salvada. +Únicamente se asustó por la posibilidad de que Julio no llegara a +tiempo. Pensó hablarle por teléfono; pero desistió, temiendo que Adriana +la sorprendiera. Llamó furtivamente a Lola, la sirvienta.</p> + +<p>—Oye, tú llevarás una carta al señor Lagos, pero que nadie te sienta +salir. Tomarás un auto, aquí tienes dinero; que dentro de cinco minutos +tenga él esta carta.</p> + +<p>Trazó nerviosamente algunos renglones, suplicando a Julio, en nombre de +Adriana, que viniese sin demora. Puso el papel en un sobre y escribió +la dirección. Pero cuando Lola iba a salir, entró Adriana. Adivinándolo +todo, le quitó la carta.</p> + +<p>Tuvo un ligero gesto de vacilación. Cerró los ojos, suspirando. Por un +segundo se abandonó, desfallecida, a esta imaginación de Julio que +sobrevenía para salvarla de Muñoz. Y ambos huían de la pobre Laura. Pero +luego estrujó el papel con impaciencia y sonrió con angustia.</p> + +<p>Raquel se retorcía las manos, consternada.</p> + +<p>—¡Déjala ir!</p> + +<p>—Si supieras, Raquelita, qué inútil sería también esta carta.</p> + +<p>—A Muñoz no podrás quererlo nunca.</p> + +<p>—Nunca, ya lo sé—respondió ella,—y si alguna vez, dentro de cinco, +dentro de diez años, tú notaras que algo parecido al amor me ata a mi +marido, si te dieras cuenta que el hábito me ha trabajado hasta +inspirarme por él algún sentimiento real, no pongas entonces en duda que +la Adriana de ahora ya no existe y ha dejado en su lugar una criatura +puro instinto, una criatura muy vil y muy despreciable.</p> + +<p>—¡Déjala ir!—gritó Raquel abrazándola y procurando recobrar la carta.</p> + +<p>Pero dos golpes sonaron a la puerta de la habitación. Apareció sonriendo +Charito, vestida de claro; una rica piel blanca envolvía, bajo el +sombrero negro, su rostro ligeramente acalorado.</p> + +<p>Tomó con efusión las manos de Adriana.</p> + +<p>—Anduvimos hasta esta hora con Muñoz y con mamá, haciendo compras para +ti.</p> + +<p>Y Charito se puso a charlar, loca de contento, encantada por haber +llevado a buen término una obra que significaba, según ella, la +felicidad de sus dos mejores amigos.</p> + +<p>Raquel sintió que con Charito había entrado, ataviada de alegres +apariencias, para posesionarse de Adriana, la inevitable realidad.</p> + + + + +<h3><a name="XXV" id="XXV"></a>XXV</h3> + + +<p>Poco antes de mediodía llegó, acompañado por otro empleado, el jefe de +la correspondiente oficina del Registro Civil. Era un señor gordo, +tieso, de cabello y bigotes grises, y cuya apostura digna parecía +afirmar la importancia de la ceremonia que iba a realizarse. Al entrar +en la sala hizo una gran reverencia. Su empleado, un joven moreno, +pobremente vestido, tenía por el contrario el semblante apático; +adelantándose como aburrido, puso el libro sobre la mesa dispuesta en +mitad de la sala y buscó, sin apuro, el folio en que debía formularse el +contrato matrimonial. Una sirvienta corrió a llamar a los novios.</p> + +<p>Raquel se cubrió la cara con las manos y comenzó a sollozar. Su madre, +que lloraba en silencio, la reconvino en voz baja, casi suplicante. +Entonces se alzó la voz grave del señor Molina.</p> + +<p>—Está demás llorar ahora, dijo lacónicamente.</p> + +<p>Había venido con sus hijas. Como la noche antes oyeran dialogar a su +padre sobre la desgracia del inesperado casamiento, más que nunca les +hacía Adriana la impresión de una rara. Tenían la vaga idea de que ahora +expiaba las consecuencias de sus fantasías absurdas. Y se miraban con un +gesto de aprensión, casi asustadas.</p> + +<p>Adriana entró con Charito y con Muñoz. Traía el traje sencillo con que +solía ir a la iglesia, para la misa de las once. No era su aspecto el de +una novia, y por su actitud natural, casi distraída, en medio de las +caras solemnes, parecía moverse en otra atmósfera. Difundía una gracia +singular. Sus primas se ruborizaron, humilladas por su belleza y su +serenidad. Charito fue hacia ellas, y en voz baja, cuchicheando:—¿Han +visto? Se cumple hoy lo que yo siempre anuncié. Adriana nunca quiso a +otro. Las rarezas, las maldades, eran todas fingidas. ¿La ven ahora, con +ese aire de indiferencia? Yo les aseguro que no cabe en sí de felicidad.</p> + +<p>De pronto, cuando el jefe del Registro llenaba las primeras +formalidades, Raquel dejó de sollozar. Dijo algunas palabras +ininteligibles y se dirigió impetuosamente hacia Adriana. Estaba +resuelta a interrumpir el acto. Todo el mundo la miraba con sorpresa, +sin adivinar su propósito. Los mechones del pelo lacio se le habían +pegado, con las lágrimas, sobre las sienes; la tristeza y la indignación +se pintaban juntas en su semblante enrojecido.</p> + +<p>Pudo al fin hablar.</p> + +<p>—¿Y tú, con esta tranquilidad, vas a casarte?</p> + +<p>Adriana comprendió al punto su intención. Entonces la miró con fijeza; +después, besándola, la empujó suavemente hacia su madre. Como si hubiese +leído alguna trágica amenaza en el fondo de aquellos ojos que no +cambiaron de expresión para los demás asistentes, Raquel retrocedió, +ahogando un grito.</p> + +<p>—¡Qué nervios tiene esa chica!—dijo alguien en voz baja.</p> + +<p>Adriana se acercó a la mesa y escribió su nombre al pie del acta, con la +naturalidad de quien pone su firma al terminar una carta. Muñoz, en +cambio, tomó la pluma temblando, y no pudo ocultar su emoción en aquel +instante que ataba para siempre a la suya la misteriosa existencia de +Adriana.</p> + +<p>Ella, terminada la ceremonia, llenó de licor varias copitas y sirvió +ante todo a los empleados del Registro. El jefe, luego de agradecer y de +pronunciar algunas respetuosas frases de circunstancias, hizo la misma +reverencia que al entrar, y ambos se retiraron.</p> + +<p>Después, por largo rato, nadie habló. Raquel seguía sollozando, y +Charito la contemplaba intrigada, sin comprender.</p> + +<p>Adriana estaba pensativa. La triunfante tranquilidad de su rostro había +desaparecido. Empezó a oír en su interior, repetida como un estribillo, +la dulce frase murmurada por Julio, pocos días antes, junto a la iglesia +de Nueva Pompeya: "Si a usted la pierdo, viviré sin vivir". Pero esta +frase no llegaba todavía a conmoverla. Porque la gravedad misma de los +sucesos, había en cierto modo anulado su sensibilidad, tal como ocurre +cuando atraviesa por el organismo vivo una corriente eléctrica que por +demasiado intensa los nervios no la sienten pasar.</p> + +<p>En el almuerzo, apenas comió. En seguida suplicó que la dejaran sola, +declarando que no había dormido en toda la noche anterior y necesitaba +descansar. Insistió, sobre todo, en que se marchara Muñoz. El señor +Molina dispuso que nadie la contrariara. Ahora miraba a su sobrina con +otros ojos, intimidado por ella y por el enigma de su actitud.</p> + +<p>Adriana se echó vestida en la cama y durmió durante varias horas. Cuando +quisieron despertarla no se movió. Parecía el suyo un sueño de muerte. +Sin embargo, tenía las mejillas acaloradas y junto a la raíz de los +cabellos brillaban pequeñas gotas de sudor. La dejaron dormir hasta el +anochecer. Pero vinieron algunas de las pocas personas a quienes se +había comunicado el casamiento. Contra las súplicas de Raquel, su madre +logró, al fin, despertarla. Ella, con un ademán de desesperación, sin +abrir los ojos, pidió que la dejaran. Escondió la cara en los +almohadones y volvió a dormirse en seguida.</p> + +<p>Soñó.</p> + +<p>En la iglesia de las Victorias, iluminada con millares de cirios, ella +salía por el medio de la nave, vestida de blanco. Su esposo era Julio, +que le murmuraba al oído palabras ininteligibles. Llegaron a la calle. +Vetas de sombra temblaban sobre los transeúntes, pero ninguno de éstos +se paró para ver salir el cortejo; corrían y se esfumaban como +fantasmas. En la plaza Libertad, los troncos de los árboles habían +crecido desmesuradamente, las ramas formaban como una selva que se +sumergía en un cielo borroso.</p> + +<p>Subió con Julio al único carruaje que aguardaba frente a la iglesia. Vio +al cochero levantarse en el pescante y castigar con todas sus fuerzas a +los caballos, sin que éstos aceleraran su marcha ni se oyera tampoco el +chasquido del látigo.</p> + +<p>Procuraba Adriana, vanamente, recordar las circunstancias en que sin +duda desistiera de casarse con Muñoz. Tampoco pudo recordar las personas +que habían asistido a la ceremonia; sólo tenía presente la cara del +cura, muy viejo y con cejas canosas sobre los ojos pequeños que +brillaban inexpresivamente en las órbitas hundidas. Se parecía al +sacerdote que la confesara días antes. Después de echarles la bendición +se había inclinado sobre ella cuchicheándole maliciosamente al oído: +"Con este no te casas por casarte".</p> + +<p>El carruaje paró. Descendieron. Instantáneamente se vio con él en la +sala nupcial. Había un gran lecho, muy ancho y muy bajo; brillaba +indecisamente el moaré de los almohadones.</p> + +<p>Y la idea de que Julio era al fin su esposo querido y que se hallaban +juntos en aquella tibia intimidad, irradió en su espíritu como una +gloria, sin rastro alguno de impureza.</p> + +<p>Pero notó, sorprendida, que el traje de novia se le había desceñido por +los hombros y se deslizaba sobre sus brazos desnudos.</p> + +<p>Entonces cerró los ojos con un ligero espanto, a tiempo que la envolvía +la sensación de una dicha excesiva. Ardiéndole el rubor en las mejillas, +fue a sentarse en un sillón, de espaldas al lecho. Julio se arrodilló y +comenzó a sacarle, delicadamente, los zapatos blancos. Ella sintió que +su ser se diluía en una vaguedad semejante a la que había experimentado +en algunos momentos extáticos, así junto a la Virgen en la iglesia de +Nueva Pompeya, y le pareció que morir no sería sino prolongar por toda +una eternidad la delicia de aquellos momentos. ¡Una eternidad para las +manos que le quitaban con tan suave modo los zapatos blancos! Julio se +incorporó y la miró con sonrisa extasiada; y como si hubiese entendido +sus mudos y apasionados deseos, le tomó la cabeza en una caricia, y se +puso a murmurarle palabras ligeras, humildes, que llegaron como una +adoración a sus oídos. Después la besó en los ojos y en los labios. +Adriana se oprimió contra él, con un deseo dulce de morir.</p> + +<p class="top5">De pronto advirtió con inquietud que Julio ya no estaba con ella. Al +mismo tiempo se abría la puerta de la alcoba; asomó una cara pálida, que +se puso a mirarla con triste asombro. Reconoció a Laura y dio un grito. +Pero Laura, precipitándose, se abrazó a ella. Todo el decorado de la +alcoba nupcial desapareció en un remolino, y la figura de Laura fue +sustituida por Raquel, que era quien la abrazaba y procuraba calmarla.</p> + +<p>Entonces, despertando del todo, se le representó la escena de su +casamiento civil con Muñoz.</p> + +<p>—¿Me casé ya?—preguntó, con la instintiva esperanza de que no se +hubiese realizado todavía la ceremonia. Pero entrando en la plena +conciencia de la realidad, comprendió lo absurdo de su pregunta.</p> + +<p class="top5">Al día siguiente, en medio de la agitación que trajeron los preparativos +del acto religioso, ya no le fue posible apartar su pensamiento de la +terrible obsesión. Muñoz ahora se le antojaba un extraño, un hombre a +quien no hubiese tratado nunca. Su galantería solícita la hería como una +ofensa, la idea de que era su marido se le hizo insoportable.</p> + +<p>Iba la ceremonia a celebrarse, según sus deseos, en la casa misma. No +hubiera tenido valor para casarse con Muñoz en una iglesia.</p> + +<p>El señor Molina recorría, muy caviloso, las habitaciones de la casa, y +al pasar junto a su sobrina, sin atreverse a consolarla, echaba sobre +ella una mirada penetrante.</p> + +<p>—¡Qué desgracia! ¡Qué desgracia!—murmuraba hablando consigo mismo, +pero con el propósito de que ella, oyéndole, comprendiera que no le +engañaba su apacible indiferencia exterior.</p> + +<p>Adriana, sintiéndose a punto de abrazar llorando a su tío, furtivamente +se retiró a su cuarto, sin advertir que Muñoz la seguía. Cuando de +pronto se vio sola con él, tuvo, azorada, la tentación de huir. +Dominándose, fingió que había entrado a su habitación para buscar algo +en la mesita de luz. Pero él, acercándose, le enlazó la cintura. +Adriana, pálida de susto, se defendió.</p> + +<p>—¡No! ¡No, Muñoz!—exclamó sin atinar con lo que decía.—¡Si no ha +venido el cura todavía!</p> + +<p>Y llamó gritando a Raquel.</p> + +<p>Muñoz retrocedió asombrado, inquieto. La sintió, como en otros tiempos, +protegida por un gran resplandor.</p> + +<p>—¿Vuelve a despreciarme, ahora?</p> + +<p>Ella ensayó una explicación. Y dirigiéndose a Raquel que acudía:—Te +llamé... para que le digas que no debe sorprenderse de algunas rarezas +mías.</p> + +<p>—Sí, venga, Muñoz, dejémosla.... Ella es algo enferma, ¿usted no sabe?</p> + +<p>Y le miraba seria, enrojecidos por las lágrimas sus ojos verdes.</p> + +<p>Muñoz obedeció. Pero su espíritu se había turbado y le asaltó la antigua +sospecha de que Adriana jamás podría quererle. Por primera vez, después +de la inesperada confesión de amor en casa de Charito, le intrigó el +apuro singular con que se habían llevado las cosas. Recordó el motivo +aducido por ella: demostrarle la sinceridad absoluta de sus palabras, +quitarle toda sospecha de una nueva falsedad. Sin embargo, esta tierna +precipitación no se avenía, por cierto, con su actitud subsiguiente, tan +llena de silenciosas reticencias, ni menos con la enigmática aprensión +con que había rehuido su caricia. ¿Eran desigualdades de su carácter, +simples rarezas, como ella decía? Se sorprendió de no haber puesto la +atención, hasta entonces, en la manera casi hostil con que le trataba +Raquel. La felicidad sin duda le había traído una especie de +inconsciencia, y más con el trajín de arreglar la casa en un par de +días. Ahora le resultaba curiosa, por ejemplo, la tenacidad con que ella +había rehusado el viaje de bodas a Montevideo.</p> + +<p>Comprendió que el golpe de la dicha imprevista le había desquiciado y +sumergido en una suerte de sonambulismo. Pero ahora se restregaba los +ojos, al fin. ¿Qué significaba aquel aspecto caviloso con que el señor +Molina se paseaba, desde hacía dos horas, por las habitaciones de la +casa, sin hablar con nadie y hasta esquivando francamente toda +conversación? ¿Por qué no relataba, con su flema de costumbre, anécdotas +históricas? Aquella misma mañana Muñoz le había abordado, +expansivamente, para consultarle sobre diversas compras propuestas por +Charito.—Sí, sí, todo eso me parece muy bien, respondió el señor +Molina, sin tomarse el tiempo indispensable para considerar la pregunta. +Luego, sacando su reloj:—Hasta luego, amigo, tengo por ahí un asuntito.</p> + +<p>Mientras tanto el cura no tardaría en llegar para consagrar la unión, y +esa misma tarde iría él con Adriana, con "su mujer", a un chalet rodeado +de viejos árboles, en las barrancas de Belgrano... ¿No lo habría +soñado? ¿Era realmente "su mujer" esta criatura que le desdeñara y le +humillara tanto y a quien durante los últimos meses no pudiera +contemplar sino furtivamente, como un ladrón, en la penumbra de la +iglesia del Socorro? ¿Era esta la misma Adriana que tantas veces +resplandeciera para él, transfigurada, en la indecisión de una +portentosa lejanía?</p> + +<p>En tanto que su imaginación sobreexcitada la miraba regresar así al +antiguo hechizo inquietante, no se preguntó una vez siquiera si era un +bien o un mal su casamiento con ella. Por el contrario, perdido en las +presentes conjeturas, experimentaba la inconfesable satisfacción de que +este matrimonio era ya, de todos modos, un hecho consumado. Los largos +deseos atados a su amor, las humillaciones devoradas en silencio, habían +concluido por anular su dignidad de otro tiempo y por corromperle hasta +en las raíces de su ser. Ahora el corazón le latía con violencia agitado +por esta sola idea: "el cura no tardará en venir, Adriana será de todos +modos mía". Y ya no quiso pensar en otra cosa.</p> + +<p>Pero sobrevino un episodio extraordinario que impidió la realización del +acto religioso.</p> + + + + +<h3><a name="XXVI" id="XXVI"></a>XXVI</h3> + + +<p>Apenas Adriana quedó sola, después de rechazar a Muñoz, entró en su +cuarto Lola, para anunciarle con mucho misterio que abajo, en la puerta +de calle, estaba la sirvienta de las Aliaga.</p> + +<p>Ella palideció.</p> + +<p>—¿Está sola?</p> + +<p>—Sí, ha venido en un carruaje. Dice que trae un mensaje de la niña +Laura.</p> + +<p>Entonces, con el mismo ímpetu desordenado que pusiera días antes para +resolver el casamiento con Muñoz, decidió ahora correr a casa de las +Aliaga. ¿Qué pasaría a la pobre Laura? Acaso su anemia se había +agravado...</p> + +<p>—Oye, ordenó a Lola, dame el saco de piel, dame el sombrero gris, +pronto, y no digas nada, tú no me has visto salir, tú no sabes nada de +mí.</p> + +<p>Dos minutos después, subiendo al carruaje, interrogó ansiosamente a la +sirvienta de las Aliaga.</p> + +<p>Esta la informó. Laura estaba en cama, muy enferma, y los médicos no +lograban ponerse de acuerdo en las consultas; sin embargo, la fiebre, +desde el día anterior, sin que nadie lo esperase, había cedido.</p> + +<p>—Y ahora, niña,—agregó—quiere verla a usted, le ha entrado una +desesperación por verla, le dijeron que usted se casa, pero ella porfía +que no puede ser.</p> + +<p>Por un momento, Adriana imaginó la confusión que se produciría en su +casa cuando llegara el cura y la buscaran inútilmente. Pero esto le +pareció de una importancia irrisoria; en su espíritu ya no había sino el +anhelo de ver a Laura.</p> + +<p>Cuando subió la escalera que una semana antes había bajado llorando, +tuvo que detenerse en el rellano y oprimirse con las dos manos el +corazón. Al cruzar el vestíbulo y entrar en el corredor que conducía a +la habitación de Laura, la atmósfera de aquella casa en que había nacido +su gran amor tan súbitamente perdido para siempre, y donde ahora acaso +estaba muriendo su dulce rival querida, la envolvió como en una realidad +ardiente. Le parecía de cierto modo revivir.</p> + +<p>La habitación de Laura estaba ahí, a pocos pasos.</p> + +<p>Había en toda la casa un silencio de muerte. Sacándose el anillo de +Muñoz, sin saber por qué, se volvió a la sirvienta y le pidió en voz +baja que lo guardara.</p> + +<p>Parándose en el umbral, suspensa, lo primero que vio fue la cara de +Laura hundida en el blanco almohadón. Sentado a la cabecera de la cama, +Julio tenía una mano de la enferma entre las suyas. Una arruga vertical +en la frente y las comisuras contraídas de sus labios, revelaban +insomnios y noches en vela. Contemplaba a Laura adormecida.</p> + +<p>Carmen, en medio de la habitación, preparaba un remedio mirando la copa +al trasluz. También era otra, Carmen: parecía más crecida, más mujer; la +aflicción persistente le había borrado del semblante la expresión +infantil.</p> + +<p>Adriana tuvo la sensación viva de todo lo que se había llorado en la +casa durante la espantosa semana transcurrida. Y se sintió oprimida, +avasallada por aquel dolor común. Volvió Carmen hacia ella, muy +dulcemente, los ojos enrojecidos bajo la hinchazón de los párpados.</p> + +<p>—¡Qué bien has hecho en venir!—dijo con la voz abatida y al mismo +tiempo tierna, sin interrumpir la preparación del remedio.</p> + +<p>Al oír hablar, Laura se incorporó, retiró vivamente su mano de las manos +de Julio y tendió los brazos a su amiga. Adriana se precipitó, la besó +una y otra vez, y parecía no tener caricias bastantes para aquella pobre +cara devastada por la pasión y por el sufrimiento.</p> + +<p>Laura sonreía.</p> + +<p>—¡Qué miedo tuve de que no vinieras! Estoy muy enferma, ¿sabes? Me +agravé más porque nos dijeron que te casabas con otro, con Muñoz. Es un +cuento, claro está; pero pensar que se te pudiera ocurrir un desatino +así, me afligió como no puedes darte idea. Tú has de casarte con Julio, +todo eso que leíste en mi diario ya no tiene importancia. Te voy a +explicar...</p> + +<p>Carmen la interrumpió, para hacerle tomar la medicina ya preparada.</p> + +<p>—Y no hables tanto, ahora; volverá a subirte la fiebre.</p> + +<p>En esto bajó Zoraida para pedir a Julio que hiciera compañía a la +abuelita. Era preciso tranquilizarla de cualquier modo; ya resultaban +inútiles los esfuerzos que ella y Eduardo hacían para darle a entender +que no tenía gravedad el estado de Laura. A toda costa quería que la +bajaran en una camilla.</p> + +<p>Pero Laura se opuso a que saliese Julio y suplicó, por el contrario, que +la dejaran con él y con Adriana, pues entre los tres debían resolver un +asunto aparentemente difícil pero muy sencillo en realidad. Era +necesario aclarar toda mala inteligencia.</p> + +<p>Zoraida y Carmen obedecieron, sabiendo que lo peor sería contrariarle +aquel ansioso deseo que ella abrigaba desde el día anterior.</p> + +<p>Adriana, que no había mirado a Julio una sóla vez, declaró a Laura que +su casamiento no era un chisme, que se habían ya unido civilmente y que +era ésta, por otra parte, la única solución que convenía.</p> + +<p>Laura se incorporó, la miró con un gesto de sorpresa; una sombra de +fastidio pasó sobre su cara adelgazada por la enfermedad y que parecía, +más que nunca, tallada en fino marfil. Luego sonrió con incredulidad.</p> + +<p>—Tú quieres engañarme. Piensas que esta mentira podrá contribuir a +curar mi anemia. ¡Todo lo contrario! Si tu matrimonio de pacotilla fuera +cierto, eso no haría sino empeorarme. Precisamente te llamé para impedir +que te comprometieras con Muñoz.</p> + +<p>Fue inútil que Adriana insistiera en convencerla. Laura, cada vez más +incrédula, seguía burlándose.</p> + +<p>—¿Y quién es Muñoz? ¿Tiene algo de común contigo, al menos? ¡Hacerle a +Julio la afrenta de casarte con otro! Tu propósito lo adivino, pero no +tiene ninguna razón de ser, porque Julio no es para mí sino un amigo, +como tú. Óyeme: en un tiempo tuve celos, sí, te lo confieso. Ya lo +habrás leído en mi diario... Y a propósito, ¡qué picardía la tuya y la +de Camucha, ir a leer el diario de mi vida!</p> + +<p>—Perdóname, Laura. Pero eso ha servido para que yo supiera a tiempo la +verdad.</p> + +<p>—Para mal tuyo y mío.</p> + +<p>—No, porque todo ahora se arreglará. Tú te casarás con Julio; demasiado +sufriste en estos meses, la felicidad final debe ser tuya.</p> + +<p>Ambas rivalizaban, así, en el deseo de sacrificarse, y no parecían +reparar en la presencia de Julio. Después Laura alternativamente los +miró.</p> + +<p>—Ustedes, prosiguió, son ahora para mí dos amigos, los quiero con un +mismo cariño. Mi pasión, te lo juro, Adriana, ha terminado. Tus ruegos +de que me case con Julio son así absurdos. ¡Ah! Pero por favor, +pónganse los dos del mismo lado, me cansa mucho tener que dar vuelta la +cabeza a cada rato.</p> + +<p>Julio se levantó, la cara tranquila bañada en lágrimas, y obedeció.</p> + +<p>—¡Y llora!—exclamó Laura conmovida. Es la primera vez que lo veo +llorar. Tú lo has hecho llorar con tu cuento del matrimonio.</p> + +<p>Adormecida por aquella mansa charla, Adriana se puso a pensar que junto +a ella, anegado en la misma pena, estaba el hombre elegido por su +corazón. Brillaron en su espíritu los maravillosos recuerdos. Se vio con +él en la salita apartada del Museo, bajo el cuadro de la maja +provocativa, y después de la intimidad de las citas que de tan mala gana +les proporcionara Charito. Se representó también las graciosas actitudes +de Lucía Moreno, con sus grandes ojos llenos de fina sensualidad y de +malicia; y luego vio la ruidosa escena en que Carmen escapara al +vestíbulo y arrojara a las manos de Julio el diario de Laura. Y esto y +todo un tropel de imágenes pasaban ahora como a trasmano de su vida; +porque al renunciar a su dicha, había renunciado también al deseo de la +vida y del mundo. El casamiento con Muñoz era eso, un acto de +renunciamiento. En verdad no se arrepentiría nunca de su decisión. Pero +su alma se llenaba de amargura por la idea de que aquella separación +hubiese ocurrido con tan áspera presteza, sin el consuelo de una +despedida.</p> + +<p>Y a él, ¿qué pensamientos le llenaban ahora el alma? Adriana se hubiese +acercado a enjugarle el silencioso llanto con largos besos de ternura, +para unir esta tristeza de su amor ya imposible a la piedad inmensa que +le inspiraba su amiga enferma.</p> + +<p>Ya se entraba la tarde, una de esas tardes templadas, casi tibias en +mitad del invierno, que suelen suceder a una semana de frío intenso. +Comenzaba a oscurecer. A través de los cristales y sus cortinas blancas, +entraba con el crepúsculo una luz tan azulada, que el aire de la +habitación y las caras se revestían de su azul.</p> + +<p>—Y ahora—dijo Laura después de un silencio—les pediré un favor, muy +en serio. Quiero que delante de mí, ahora que todo está explicado, y +para que no haya entre nosotros ninguna cosa ambigua, se den los dos un +abrazo de reconciliación.</p> + +<p>Ambos quedaron inmóviles. Pero Laura insistió, suplicó, y al fin tendió +hacia Julio su mano, voluntariosamente. Entonces él obedeció. Sintió +Adriana repentinamente que el mundo y la misma Laura se desvanecían ante +la realidad de Julio que acercaba a la suya la cara querida, como en el +vivo sueño de la víspera. El exceso de la emoción la hizo palidecer, y +oprimirse como un pájaro aterido. Le tomó él la cabeza entre las manos y +la besó. Pensaron ambos que ya no volverían a verse nunca. Entonces se +abrazaron con abandono, y ella apoyando la mejilla en la cara de Julio, +sólo sentía un deseo dulce de morir.</p> + +<p>En ese momento acudieron precipitadamente Zoraida y Carmen.</p> + +<p>—¡Ha venido un hombre, no sabemos quién es!</p> + +<p>El desconocido visitante estaba en el vestíbulo. La sirvienta, que no +había podido detenerle, trajo la tarjeta. Leyeron el nombre: "Ricardo +Muñoz".</p> + +<p>Se le oía pasear en el vestíbulo.</p> + +<p>—Ha sospechado que estás aquí, dijo Zoraida, pero es de todos modos un +atrevimiento. Y dirigiéndose a la sirvienta:—Dile que no estamos para +nadie, que hay enfermos.</p> + +<p>Adriana se hincó de rodillas y escondió el semblante entre las ropas de +la cama.</p> + +<p>—¡Ahora lo sabremos todo!—dijo Laura con resolución.</p> + +<p>Y contrariando la actitud de su hermana, llamó gritando tan alto como +pudo con sus débiles fuerzas:</p> + +<p>—¡Muñoz! ¡Señor Muñoz!</p> + +<p>—¡Estás loca!—exclamó Zoraida azorada. ¡No podemos dejar que entre +aquí!</p> + +<p>Pero ella siguió llamándole.</p> + +<p>—¡Entre, Muñoz!</p> + +<p>Apareció, su cara se iluminó también con la indecisa claridad azul. +Traía el cabello revuelto y miraba con extravío a las muchachas +fantásticas. No cambió su expresión a la vista de Adriana, ni pareció +sorprenderle la presencia de Julio.</p> + +<p>Laura le saludó gentilmente y con un gesto le indicó que se acercara. +Pero él, rígido en el umbral de la puerta, parecía querer pronunciar una +frase, sin conseguirlo. Laura le observaba ahora con una curiosidad +infantil.</p> + +<p>—¿Podría la sirvienta—dijo Muñoz al fin—acompañarla a su casa?</p> + +<p>—¿Por qué, señor?—le preguntó Laura.—¿Usted no sabe que Adriana +quiere a Julio?</p> + +<p>—Cállate, Laura, por piedad, interrumpió Zoraida, no sabes lo que +dices.</p> + +<p>—No, déjame hablar, él comprenderá, necesito explicarle.</p> + +<p>—¡Te subirá la fiebre!</p> + +<p>—Zoraida, déjame hablar, te lo pido.</p> + +<p>—¡Te subirá la fiebre!</p> + +<p>—Al contrario, Zoraida; si no permites que hable, la desesperación me +matará. Aquí hay un verdadero contrasentido. Considere un momento, señor +Muñoz, que Adriana sólo se casaría con usted por la compasión que yo le +inspiro y es capaz, para llegar a este fin, de haberle fingido que lo +quiere.</p> + +<p>Laura hablaba exaltada hasta la pureza de una sinceridad diáfana, +mientras Muñoz, adusto, con los ojos bajos, apretándose las manos, +parecía aguardar, impaciente, que ella concluyera.—¡Y no se conmueve! +continuó Laura. Los hubiera visto un momento antes de que usted llegara. +¡Con qué pasión dolorosa se besaron, obligados por mí!</p> + +<p>Sacudido por estas últimas palabras, Muñoz se adelantó, sin responder a +Laura, y tocó el hombro de Adriana. Pero su gesto autoritario no +correspondía al verdadero estado de su espíritu. Temblaba de inquietud, +y la noticia que tan bruscamente le daba Laura, el beso a Julio, sólo +alcanzó a herirle la imaginación.</p> + +<p>Su amor propio había muerto, estaba dispuesto a pasar por todo para +conseguir que Adriana le siguiera. A ser necesario, se habría humillado +hasta arrastrarse a sus pies o hasta suplicar al mismo Julio que +intercediera para convencerla. Porque la deseaba.</p> + +<p>Pero ella obedeció, ajustándose el sombrero para marcharse.</p> + +<p>—¡Cómo!—exclamó Laura sorprendida. ¿Usted pretende imponerse? ¡No! +¡Déjela! ¡Perverso! ¡Pícaro!</p> + +<p>Adriana acalló sus palabras con una caricia, y luego hizo a la sirvienta +seña de seguirla. Y salió, después de besar, rápidamente, a Zoraida y a +Carmen. Sus pasos y sus sollozos resonaron en la escalera del vestíbulo.</p> + +<p>Muñoz, saludando, se retiró también.</p> + +<p>Laura había enmudecido, dándose cuenta de que los dos eran ya, +efectivamente, marido y mujer.</p> + +<p class="top5">A través de los cristales entraba todavía el resplandor de la luz azul, +pero ya muy velado por la indecisión que ponían las tinieblas. Julio +estaba otra vez a la cabecera de la cama, y tenía una mano de la enferma +entre las suyas. El rumor de la ciudad llegaba en el silencio como la +resignación de una lejana queja. Y la cara de Laura, sobre la blancura +de los almohadones, parecía diluirse cada vez más en la penumbra azul.</p> + + + + +<h3><a name="EPILOGO" id="EPILOGO"></a>EPILOGO</h3> + + +<p>Se llevó a cabo, tres días después, la ceremonia del casamiento +religioso. Adriana dejó que su madre y su tío dispusieran todo lo que a +la situación convenía. Hubo que buscar a otro sacerdote, porque se negó +rotundamente a consagrar la unión el que la primera vez viniera en +balde. Muñoz ni siquiera pidió cuenta a su mujer de la huida a casa de +las Aliaga. Y comprendió, ahora, aquellas palabras de Julio que tanto le +habían intrigado: "La parte de la tierra ha de corresponderte a ti".</p> + +<p>Laura, trasladada a la estancia, comenzó a mejorar, excitada por el sol +y el aire áspero del campo. Pero tuvo una recaída y murió. Acaso no vino +a sostener sus débiles fuerzas una suficiente voluntad de vivir.</p> + +<p>Las Aliaga volvieron a la ciudad y al cabo de un año Carmen aceptó a +José Luis Aguirre, aun cuando la persona de éste no coincidía con su +secreto ideal... Pero al fin, menos apasionada que la pobre Laura, más +resignada a la realidad del mundo y enseñada, además, por la verdad que +parecían realmente encerrar los extraños temores y presentimientos de +Zoraida, había cesado de cifrar esperanzas en el peligroso amor. Fingió +por eso la común alegría de las novias y se casó. Como luego, poco a +poco, su imaginación cesó de volar a las nubes, y por otra parte José +Luis, aunque siempre presumido, era un marido excelente, concluyó por +hallar en el mundo la relativa felicidad.</p> + +<p>Adriana y Julio no volvieron a encontrarse. Viajó él por Europa y al fin +se estableció en España.</p> + +<p>Un día Eduardo recibió de él una larga carta y se la leyó a Zoraida. Con +relación a su amor con Adriana y a la muerte de Laura sólo contenía +estas palabras: "No te asombre mi silencio sobre las tristes cosas +pasadas. El alma humana tiene una capacidad limitada: durante aquellos +días apuré todo mi poder de amar, de gozar y de sufrir. No me quedan más +que sombras de sentimientos".</p> + +<p>En el chalet rodeado de viejos árboles, sobre las hermosas barrancas de +Belgrano, Adriana vive desde hace años retraída, encerrada, y contra +todos los ruegos de Muñoz rehusa cualquier ocasión de mostrarse en +sociedad. Ha esquivado relacionarse con las gentes que habitan los +chalets vecinos. Como Julio, sólo tiene sombras de sentimientos.</p> + +<p>El matrimonio equivale para ella a la paz de un retiro conventual.</p> + +<p class="c top15">FIN</p> + +<hr class="full" /> + + + + + + + +<pre> + + + + + +End of Project Gutenberg's Adriana Zumarán, by Carlos Alberto Leumann + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ADRIANA ZUMARÁN *** + +***** This file should be named 25054-h.htm or 25054-h.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + http://www.gutenberg.org/2/5/0/5/25054/ + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at http://www.pgdp.net + + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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It exists +because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from +people in all walks of life. + +Volunteers and financial support to provide volunteers with the +assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's +goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will +remain freely available for generations to come. In 2001, the Project +Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure +and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. +To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation +and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 +and the Foundation web page at http://www.pglaf.org. + + +Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive +Foundation + +The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit +501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the +state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal +Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification +number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at +http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg +Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent +permitted by U.S. federal laws and your state's laws. + +The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. +Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered +throughout numerous locations. Its business office is located at +809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email +business@pglaf.org. 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