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+The Project Gutenberg eBook of El cuarto poder, by Armando Palacio Valdés
+
+This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
+most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
+whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
+of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
+www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you
+will have to check the laws of the country where you are located before
+using this eBook.
+
+Title: El cuarto poder
+
+Author: Armando Palacio Valdés
+
+Release Date: February 13, 2008 [eBook #24601]
+[Most recently updated: July 1, 2021]
+
+Language: English
+
+Character set encoding: UTF-8
+
+Produced by: Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
+Proofreading Team at DP Europe (http://dp.rastko.net)
+Revised by Richard Tonsing.
+
+*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL CUARTO PODER ***
+
+
+
+
+BIBLIOTECA de LA NACIÓN
+
+
+ARMANDO PALACIO VALDÉS
+
+
+
+
+EL CUARTO PODER
+
+
+BUENOS AIRES
+
+1913
+
+El autor de esta obra ha autorizado a LA NACIÓN para editarla y
+venderla solamente en las Repúblicas Argentina y Uruguay. Esta
+edición no puede circular fuera de las dos Repúblicas mencionadas.
+
+Imp. de LA NACIÓN.—Buenos Aires
+
+
+
+
+ÍNDICE
+
+
+I.—Se levanta el telón, por esta vez sin metáfora
+
+II.—Del feliz arribo de la «Bella-Paula»
+
+III.—En que la pareja enamorada comienza a pensar en el nido
+
+IV.—Cómo los particulares de Sarrió se congregaban en un recinto
+nombrado el «Saloncillo», y lo que allí se platicaba
+
+V.—¡¡¡Ladrones!!!
+
+VI.—Que trata del equipo de Cecilia
+
+VII.—Que trata de dos traidores
+
+VIII.—De la reunión que los próceres de Sarrió celebraron en el teatro
+con asistencia del cuarto estado
+
+IX.—Historia de una lágrima
+
+X.—De la gloriosa aparición de «El Faro de Sarrió» en el estadio de la
+prensa.—Primeros fuegos de la batalla del pensamiento
+
+XI.—Que Gonzalo se casó.—Graves revueltas entre los socios del
+«Saloncillo»
+
+XII.—Cómo se divertía Pablito
+
+XIII.—En que se descubren algunos secretos de la vida de Gonzalo
+
+XIV.—De los galicismos que cometía «El Faro de Sarrió» y otros asuntos
+no menos interesantes.—Primeras bajas de la batalla del pensamiento
+
+XV.—De la entrada famosa que hizo en Sarrió el duque de Tornos, conde
+de Buenavista
+
+XVI.—De lo mucho y bueno que hizo el duque de Tornos en Sarrió
+
+XVII.—Que Gonzalo toma una gravo resolución y Cecilia otra
+
+XVIII.—Donde tira doña Brígida de la manta
+
+XIX.—En que da fin la presente historia con algunos notables, cuanto
+tristes sucesos
+
+Obras de Palacio Valdés
+
+
+
+
+CAPITULO PRIMERO
+
+SE LEVANTA EL TELÓN, POR ESTA VEZ SIN METÁFORA
+
+
+En Sarrió, villa famosa, bañada por el mar Cantábrico, existía hace
+algunos años un teatro no limpio, no claro, no cómodo, pero que servía
+cumplidamente para solazar en las largas noches de invierno a sus
+pacíficos e industriosos moradores. Estaba construído, como casi todos,
+en forma de herradura. Constaba de dos pisos a más del bajo. En el
+primero los palcos, así llamados Dios sabe por qué, pues no eran otra
+cosa que unos bancos rellenos de pelote y forrados de franela encarnada
+colocados en torno del antepecho. Para sentarse en ellos era forzoso
+empujar el respaldo, que tenía bisagras de trecho en trecho, y levantar
+al propio tiempo el asiento. Una vez dentro se dejaba caer otra vez el
+asiento, se volvía el respaldo a su sitio y se acomodaba la persona del
+peor modo que puede estar criatura humana fuera del potro de tormento.
+En el segundo piso bullía, gritaba, coceaba y relinchaba toda la chusma
+del pueblo sin diferencia de clases, lo mismo el marinero de altura que
+el que pescaba muergos en la bahía o el peón de descarga; la señá Amalia
+la revendedora igual que las que acarreaban «el fresco» a la capital.
+Llamábase a aquel recinto «la cazuela». Las butacas eran del mismo
+aborrecible pelote que los palcos y el forro debió ser también del mismo
+color, aunque no podía saberse con certeza. Detrás de ellas había, a la
+antigua usanza, un patio para ciertos menestrales que, por su edad, su
+categoría de maestros u otra circunstancia cualquiera, repugnaban subir
+a la cazuela y juntarse a la turba alborotadora. Del techo pendía una
+araña, cuajada de pedacitos de vidrio en forma prismática, con luces de
+aceite. Más adelante se substituyó éste con petróleo, pero yo no alcancé
+a ver tal reforma. Debajo de la escalera que conducía a los palcos había
+un nicho cerrado con persiana que llamaban «el palco de don Mateo». De
+este don Mateo ya hablaremos más adelante.
+
+Pues ha de saberse que en tal lacería de teatro se representaban los
+mismos dramas y comedias que en el del Príncipe y se cantaban las óperas
+que en la Scala de Milán. ¿Parece mentira, eh? Pues nada más cierto.
+Allí ha oído por vez primera el narrador de esta historia aquellas
+famosas coplas:
+
+ _Si oyes contar de un náufrago la historia_,
+ _Ya que en la tierra hasta el amor se olvida_...
+
+Por cierto que le parecían excelentes, y el teatro una maravilla de lujo
+y de buen gusto. Todo en el mundo depende de la imaginación. Ojalá la
+tuviese tan viva y tan fresca como entonces para entretenerles a ustedes
+agradablemente algunas horas. También ha visto el _Don Juan Tenorio_. Y
+sus difuntos untados de harina de trigo, su comendador filtrándose por
+una puerta atada con cuerdas, su infierno de espíritu de vino y su
+apoteosis de papel de forro de baúles, le impresionaron de tal modo que
+aquella noche no pudo dormir.
+
+En la sala pasaba, poco más o menos, lo mismo que en los más suntuosos
+teatros de la Corte. No obstante, por regla general se atendía más al
+espectáculo que en éstos. Aun no habíamos llegado a ese grado superior
+de perfeccionamiento, mediante el cual las acciones deben formar grato
+contraste con el lugar donde se ejecutan; verbigracia, charlar en los
+teatros, reirse en las iglesias, ir graves, y silenciosos, y patéticos
+en el paseo, como sucede, afortunadamente, en Madrid. Ignoro si en
+Sarrió han subido ya a la hora presente este peldaño de la civilización.
+
+Ni se crea que faltaban por eso algunos espíritus lúcidos que se
+adelantaban a su época y presentían lo que había de ser el teatro
+andando el tiempo. Pablito Belinchón era uno de ellos. Tenía abonado
+siempre, en compañía de otros tres o cuatro amigos, el palco de
+proscenio. Desde allí dirigía la palabra a otros señores de más edad,
+abonados en el palco de enfrente: se decían cuchufletas, se burlaban de
+la tiple o del bajo, y se tiraban caramelos y saetas de papel. Por
+cierto que el público de las butacas, ajeno todavía a estos
+refinamientos de la civilización, solía hacerles callar bárbaramente con
+un enérgico chicheo. Las familias más importantes acostumbraban a entrar
+en aquellos palcos fementidos después de abierto el telón, con la misma
+solemnidad que si penetrasen en una platea del teatro Real, y por de
+contado con mucho más ruido. No es posible figurarse bien el horrísono
+traquido que daba aquel respaldo al ser empujado y aquel asiento al
+dejarlo caer con ánimo de llamar la atención.
+
+Dígalo si no la familia que en este momento hace su entrada triunfal en
+uno de ellos y permanece en pie despojándose de los abrigos, mientras
+los espectadores divierten por un instante la vista de la escena y la
+fijan en ellos, hasta que se sientan. Son los señores de Belinchón. El
+jefe de la familia, don Rosendo, es un caballero alto, enjuto, doblado
+por el espinazo, calvo por la coronilla, de ojos pequeños y hundidos,
+boca grande, que se contraía con sonrisa mefistofélica, dejando ver dos
+filas de dientes largos e iguales, la obra más acabada de cierto
+dentista establecido hacía pocos meses en Sarrió. Gasta patillas cortas
+y bigote, y representa unos sesenta años de edad. Está reputado por el
+primer comerciante de la villa y uno de los primeros importadores de
+bacalao de la costa cantábrica. Durante muchos años monopolizó
+enteramente la venta por mayor de este artículo, no sólo en la villa,
+sino en toda la provincia, y gracias a ello había granjeado una fortuna
+considerable. Su esposa, doña Paula... ¿Pero por qué se despierta tal y
+tan prolongado rumor en el teatro a su aparición? La buena señora, al
+escucharlo, queda temblorosa y confusa, no acierta a desembarazarse del
+abrigo, y su hija Cecilia se ve obligada a quitárselo y a decirle al
+oído:—¡Siéntate, mamá! Se sienta, o por mejor decir, se deja caer sobre
+el banco y pasea una mirada extraviada por el público, mientras sus
+mejillas se tiñen de vivo carmín. En vano se abanica con brío y procura
+serenarse. Nada: cuantos más esfuerzos hace por alejar la sangre
+tumultuosa del rostro, más empeño pone la maldita en ocupar aquel lugar
+visible.
+
+—¡Mamá, qué colorada estás!—le dice Venturita, su hija menor, pugnando
+para no reir.
+
+La madre la mira con expresión de angustia.
+
+—Calla, Ventura, calla.—dice Cecilia.
+
+Doña Paula, animada con estas palabras, murmura:
+
+—Esta chiquilla no goza sino en avergonzarme.
+
+Y estuvo a punto de enternecerse y llorar.
+
+Al fin, el público se cansó de atormentarla con sus miradas, sonrisas y
+murmullos, y fijó de nuevo su atención en la escena. La congoja de doña
+Paula fué cesando poco a poco; pero quedaron restos de ella por toda la
+noche.
+
+La causa de aquel incidente era el abrigo de terciopelo guarnecido de
+pieles que la buena señora se había puesto. Siempre que estrenaba alguna
+prenda de apariencia brillante, sucedía lo mismo. Y esto no por otra
+cosa más que porque doña Paula no era señora de nacimiento. Procedía de
+la clase de cigarreras. Don Rosendo había tenido amores con ella siendo
+casi una niña, de los cuales nació Pablito. Así y todo, don Rosendo
+estuvo cinco o seis años sin casarse ni querer oir hablar de matrimonio;
+pero visitándola en su casa y asistiéndola con dinero. Hasta que al
+fin, vencido más por el amor del hijo que el de la madre, y, más que por
+todo esto, por las amonestaciones de sus amigos, se decidió a entregar
+su mano a Paulina. La población no supo del matrimonio hasta después de
+efectuado: tal sigilo se guardó para llevarlo a cabo. Desde entonces la
+vida de la cigarrera puede dividirse en varias épocas importantes. La
+primera, que dura un año, comprende desde el matrimonio hasta la
+«mantilla de velo». Durante este tiempo, la señora de Belinchón no se
+mostró poco ni mucho en público. Los domingos iba a misa de alba y se
+encerraba otra vez en casa. Cuando se decidió a ponerse la antedicha
+mantilla e ir a misa de once, lo mismo en la iglesia que en las calles
+del tránsito, la acribillaron a miradas, y se habló del suceso por más
+de ocho días. El segundo período, que dura tres años, comprende desde
+«la mantilla de velo» hasta «los guantes». La vista de tal ornamento en
+las manos grandes y coloradas de la ex cigarrera produjo una excitación
+indescriptible en el elemento femenino del vecindario. En las calles, en
+la iglesia, en las visitas, las señoras se saludaban preguntando:—¿Ha
+visto usted?...—Sí, sí, ya he visto.—Y comenzaba el desuello. Viene
+después el tercer período, que dura cuatro años, y termina en «el
+vestido de seda», que dió casi tanto que murmurar como los guantes, y
+produjo general indignación en Sarrió.—Diga usted, doña Dolores, ¿qué
+nos queda ya que ver?—Doña Dolores bajaba los ojos haciendo un gesto de
+resignación. Por último, el cuarto período, el más largo de todos porque
+dura seis años, termina, ¡oh escándalo! «con el sombrero». Nadie puede
+representarse el estremecimiento de asombro que invadió a la villa de
+Sarrió cuando cierta tarde de feria se presentó doña Paula en el paseo
+con sombrero-capota. Fué un verdadero motín. Las mujeres del pueblo se
+santiguaban al verla pasar y pronunciaban comentarios en alta voz para
+que los oyese la interesada.
+
+—¡Mujer, mira por tu vida a la Serena qué gabarra lleva sobre la
+cabeza!
+
+Porque hay que advertir que a la madre de doña Paula la llamaban la
+Serena, y a la abuela y a la bisabuela también.
+
+Excusado es añadir que desde que la cigarrera subió a la categoría de
+señora, ni por casualidad la dieron ya su nombre propio.
+
+Al día siguiente, al tropezarse las señoras de Sarrió en la calle, no
+encontrando palabras con que expresar su horror, se daban por contentas
+con elevar los ojos al cielo, agitar los brazos convulsivamente y pasar
+de largo murmurando: «¡¡¡Sombrero!!!»
+
+Ante aquel golpe de audacia que no tiene pareja sino con los de algunos
+héroes de la antigüedad, Aníbal, César, Gengis-Khan, la villa quedó muda
+y abatida algunos meses. No obstante, cada vez que la buena de doña
+Paula aparecía en público con el abominable sombrero en la cabeza o con
+cualquier otra prenda propia de su alta jerarquía, era saludada siempre
+con un murmullo de reprobación. Y lo original del caso estaba en que
+ella no protestaba ni en público ni en secreto, ni aun en lo sagrado de
+la conciencia, contra este proceder malévolo de su pueblo natal.
+Juzgábalo natural y lógico. No se le ocurría pensar que pudiera ser de
+otro modo. Sus ideas sociológicas no le aconsejaban todavía rebelarse
+contra el fallo de la opinión pública. Creía de buena fe que al ponerse
+los guantes o el abrigo de pieles o el sombrero, cometía un acto
+reprobado por las leyes divinas y humanas. Los murmullos, las miradas
+burlonas, eran el castigo necesario de esta infracción. De aquí sus
+temores y congojas cada vez que iba a presentarse en el teatro o en el
+paseo, y el rubor que la acometía.
+
+¿Por qué entonces, se dirá, doña Paula se vestía de este modo? No serán
+muy conocedores del corazón humano los que tal pregunten. Doña Paula se
+ponía el sombrero y los guantes a sabiendas de que iba a pasar un mal
+rato, como un chico abre el aparador y se atraca de dulce a sabiendas de
+que en seguida le han de azotar. Los que no se hayan criado en un
+pueblo, nunca sabrán cuán apetitosa golosina es el sombrero para una
+artesana.
+
+Era doña Paula alta, seca, desgarbada. Cuando joven había sido buena
+moza; pero los años, la clausura continua, a la que no estaba avezada, y
+sobre todo la lucha que venía sosteniendo con el público para establecer
+su jerarquía, la habían marchitado antes de tiempo. Todavía conservaba
+hermosos ojos negros encajados en un rostro de correctas y agradables
+facciones.
+
+El acto primero tocaba a su fin. Se representaba un melodrama
+fantástico, cuyo nombre no recordamos, donde la compañía había
+desplegado todo el aparato escénico de que podía disponer. La cazuela
+estaba asombrada, y acogía cada cambio de decoración con estrepitosos
+aplausos. Pablito Belinchón, que había pasado en Madrid un mes el año
+anterior, se reía con incontestable superioridad de aquel aparato; hacía
+guiños inteligentes a los del proscenio de enfrente. Y para demostrar
+que todo aquello le aburría, concluyó por volverse de espaldas al
+escenario y mirar con los gemelos a las bellezas locales. Cada vez que
+los preciosos anteojos de piel de Rusia apuntaban a una, la muchacha
+sufría un leve estremecimiento: cambiaba de postura, llevaba la mano un
+poco trémula al pelo para arreglarlo, sonreía a su mamá o a su hermana
+sin razón alguna, se ponía seria de nuevo, y fijaba con insistencia y
+decisión sus ojos en la escena. Pero al instante los levantaba rápida y
+tímidamente hacia aquellos redondos y brillantes cristales que la
+ofuscaban. Al fin concluía por ruborizarse. Pablito, satisfecho,
+apuntaba a otra belleza. Las conocía como si fuesen sus hermanas,
+tuteaba a la mayor parte de ellas y de muchas había sido novio: pero la
+pluma en el aire no era más movible y tornadiza que él en materia de
+amores. Todas habían tenido que sufrir algún doloroso desengaño.
+Últimamente, hastiado de enamorar a sus convecinas, se había dedicado a
+fascinar a cuantas forasteras llegaban a Sarrió, para abandonarlas, por
+supuesto, si cometían la torpeza de permanecer en la villa más de un
+mes o dos.
+
+Había razones poderosas para que Pablito pudiese disponer a su buen
+talante del corazón de todas las jóvenes indígenas y aun de las
+extrañas. Era un apuestísimo mancebo de veinticuatro o veinticinco años,
+de rostro hermoso y varonil, de figura gallarda y elegante. Montaba a
+caballo admirablemente y guiaba un tílburi o un carruaje de cuatro
+caballos, lo cual nadie sabía hacer en Sarrió más que los cocheros.
+Cuando se llevaban los pantalones anchos, los de Pablito parecían sayas;
+si estrechos, era una cigüeña. Venía la moda de los cuellos altos,
+nuestro Pablito iba por la calle a medio ahorcar con la lengua fuera.
+Estilábanse bajos, pues enseñaba hasta el esternón.
+
+Estas y otras facultades eminentes hacíanle, con razón, invencible.
+Quizás algunos no hallen enteramente justificada la dictadura amorosa de
+nuestro mancebo en Sarrió. Estamos no obstante seguros de que las
+jóvenes de provincia que lean la presente historia la juzgarán lógica y
+verosímil.
+
+Cuando bajó el telón, un anciano encorvado, con luenga barba blanca y
+gafas, se acercó arrastrándose más que andando al palco de los de
+Belinchón.
+
+—¡Don Mateo! Imposible que usted faltase—exclamó doña Paula.
+
+—¿Pues qué quiere usted que haga en casa, Paulita?
+
+—Rezar el rosario y acostarse—dijo Venturita.
+
+Don Mateo sonrió con dulzura, y contestó a aquella impertinencia dando a
+la niña una palmadita cariñosa en el rostro.
+
+—Es verdad que debiera hacer eso, hija mía... pero ¿qué quieres? si me
+acuesto temprano no duermo... Y luego no puedo resistir la tentación de
+ver estas caritas tan lindas...
+
+Venturita hizo un mohín desdeñoso donde se traslucía la satisfacción de
+verse requebrada.
+
+—¡Si fuera usted siquiera un pollo guapo!
+
+—Lo he sido.
+
+—¿El año cuántos?...
+
+—¡Qué mala, qué mala es esta chiquilla!—exclamó don Mateo riendo y
+acometiéndole acto continuo un golpe de tos que le embargó la
+respiración por algunos momentos.
+
+Don Mateo, anciano decrépito, no sólo estropeado por los años, sino por
+multitud de achaques adquiridos con una vida harto disipada, era la
+alegría de la villa de Sarrió. Ninguna fiesta, ningún regocijo público o
+privado se efectuaba en el pueblo sin su intervención. Era presidente
+del Liceo, sociedad de baile, desde hacía muchos años, y nadie pensaba
+en substituirlo por otro. Presidía también una academia de música de la
+cual era fundador. Era vocal-tesorero del Casino de artesanos. La
+reedificación del teatro donde nos hallamos a él se debía; y para
+recompensarle de sus molestias y desembolsos, el Ayuntamiento le había
+permitido labrar en el hueco de la escalera el palco cerrado con
+persiana de que ya hemos hablado. Vivía de su retiro de coronel. Estaba
+casado y tenía una hija de treinta y tantos años a quien seguía llamando
+«la niña».
+
+Ni se crea por esto que don Mateo era un viejo verde. Si lo fuese, el
+sexo femenino no le demostraría tanta simpatía, ni le guardaría respeto
+alguno. Su único placer era ver divertidos a los demás, que la alegría
+reinase en torno suyo. Para conseguirlo, hacía esfuerzos increíbles de
+habilidad, y se molestaba lo indecible. Su imaginación, puesta al
+servicio de tal idea, no descansaba un instante. Unas veces era un baile
+campestre el que organizaba; otra vez hacía construir un escenario en el
+salón del Liceo, y ensayaba alguna comedia; otras, contrataba compañías
+de saltimbanquis o de músicos. En cuanto se pasaban ocho días sin que
+los vecinos de Sarrió se recreasen de algún modo, ya estaba nuestro don
+Mateo nervioso y no paraba hasta lograrlo. Gracias a él, podemos
+asegurar que no había pueblo en España, en aquella época, donde la vida
+fuese más fácil y agradable.
+
+Porque los honestos recreos que sin cesar se repetían, engendraban la
+unión y hermandad en el vecindario. Además, don Mateo, elemento
+conciliador por excelencia, formaba gran empeño en destruir todas las
+malquerencias y rencores que en el pueblo existiesen. Al contrario de
+ciertos seres viles que se complacen en transmitir el veneno de la
+murmuración, tenía gusto en ir repitiendo a cada cual lo bueno que de él
+hablasen los demás:—«Pepita, ¿sabe usted lo que acaba de decirme doña
+Rosario del vestido que usted lleva?... que es elegantísimo, muy
+sencillo y de mucho gusto.»—Pepita se esponjaba en su palco, y dirigía
+una mirada de ternura a doña Rosario, a pesar de que nunca le había sido
+simpática.—Buen negocio ha hecho usted en la partida de cacao de la
+viuda e hijos de Villamor, amigo don Eugenio.—Phs; regular.—«En este
+momento me acaba de decir don Rosendo que ese negocio se le ha escapado
+a él de las manos por tonto.» Como don Rosendo pasa por el primer
+comerciante de la villa, don Eugenio no puede menos de sentirse
+lisonjeado por estas palabras.
+
+Después de haber charlado algunos instantes con la familia Belinchón,
+don Mateo se despide para recorrer todos los palcos, como tenía por
+costumbre; pero antes dice, dirigiéndose a Cecilia:
+
+—¿Cuándo llega?
+
+La joven se puso levemente encendida.
+
+—No sé decir a usted, don Mateo...
+
+Doña Paula sonrió con malicia, y vino en auxilio de su hija.
+
+—Debe de llegar en la _Bella-Paula_, que ha salido ya de Liverpool.
+
+—¡Oh! Entonces aquí lo tenemos mañana o pasado... ¿Habrás rezado mucho
+a la Virgen de las Tormentas, verdad?
+
+—¡Una novena nada menos la ha hecho! Hace días que están seis cirios
+ardiendo delante de la imagen—dijo Venturita.
+
+Cecilia se puso aún más colorada y sonrió. Era una joven de veintidós
+años, no agraciada de rostro ni gallarda de figura. Lo que más
+desconcertaba la armonía de aquél, era la nariz excesivamente aguileña.
+Sin esta tacha quizá no habría sido fea, porque los ojos eran
+extremadamente lindos, tan suaves y expresivos, que pocas bellezas
+podían gloriarse de poseerlos tales. Ni alta ni baja, pero el talle
+desgarbado y los hombros un tanto encogidos. Su hermana Ventura tenía
+diez y seis años, y aparecía como un hermoso pimpollo, lleno de gracia y
+alegría. Su rostro ovalado parecía hecho de rosas y claveles. Apretadita
+de carnes y pequeña de estatura; tan sabiamente proporcionada por la
+Naturaleza, que parecía modelada en cera. Sus manos eran jazmines y sus
+pies de criolla, celebrados en Sarrió como nunca vistos; la suavidad y
+tersura de su cutis, vencían a las del nácar y alabastro. Sobre la
+frente, alta y estrecha como las de las venus griegas, de un blanco
+argentino, caían los bucles de sus cabellos rubios, cuya madeja, tan
+espesa como dócil y brillante, le tapaba enteramente la espalda hasta
+más abajo de la cintura.
+
+—¡Búrlate de tu hermana, picarilla; no tardarás en hacer lo mismo!
+
+—¿Yo rezar por un hombre? Usted chochea, don Mateo.
+
+—Ya me lo dirás dentro de poco—repuso el anciano pasando a otro palco
+a saludar a los señores de Maza.
+
+En esto se acercó Pablito al de sus papás, trayendo en su compañía a un
+fiel amigo que merece especial mención. Era hijo del picador que había
+en el pueblo, y mozo que por su figura podía ser el regocijo de los
+espectadores en un circo de acróbatas. Nada necesitaba añadir a su
+persona, ni polvos de harina, ni bermellón, ni tizne para quedar
+convertido en _clown_. Era un payaso «al natural». Su nariz vivamente
+coloreada ya por la Naturaleza, sus ojos torcidos, la ausencia de
+pestañas, su boca de lobo, la disparatada anchura de sus hombros, el
+arco de sus piernas y, sobre todo, las muecas grotescas con que se
+acompaña al hablar o gruñir, provocan la risa, sin más pelucas y
+afeites. Bien lo sabía Piscis (que así se llamaba o le llamaban) y de
+ello estaba fuertemente pesaroso y hasta indignado. Para contrarrestar
+estas nativas disposiciones cómicas de su rostro, había determinado no
+reirse jamás, y cumplía su promesa religiosamente. Además, para el mismo
+efecto acostumbraba sabiamente a entreverar sus palabras con las más
+ásperas y temerosas interjecciones del repertorio nacional, y varias de
+su invención particular. Pero esto, en vez de producir el efecto
+apetecido, contribuía a despertar la alegría entre sus conocidos.
+
+El único que hasta cierto punto le tomaba en serio era Pablito. Piscis y
+Pablito habían nacido para amarse y admirarse. El punto de conjunción de
+estos dos astros era el género ecuestre. Piscis, adiestrado por su padre
+desde niño, era el mejor jinete de Sarrió; por consiguiente, para
+Pablito la persona más digna de ser admirada. El hijo de don Rosendo era
+el chico más rico de la población: para Piscis, debía de ser, claro
+está, lo más respetable y digno de veneración que había sobre el
+planeta. Nadie sabía a qué época se remontaba esta amistad. Se había
+visto a Pablito y Piscis eternamente juntos, cuando niños. Ya hombres no
+fué parte a separarlos la diversa posición social que ocupaban. El lugar
+de reunión de estos jóvenes notables era constantemente la cuadra de don
+Rosendo. Desde allí, después de celebrar siempre una larga y erudita
+conferencia, frente a los caballos, con parte teórica y parte práctica,
+salían a pasear su figura y sus profundos conocimientos por la villa,
+unas veces cabalgando en briosos corceles, otras en una linda
+_charrette_, Pablito guiando, Piscis a su lado fijo y absorto en la
+contemplación amorosa de los traseros de los caballos. Algunas también,
+para dar ejemplo de humildad, caminando sobre las propias piernas.
+
+Pablo se acercó a su familia, retorciéndose de risa.
+
+—¿Qué te ha pasado?—le pregunta doña Paula, sonriendo también.
+
+—Hemos seguido a Periquito a la cazuela y le encontramos mano a mano
+con Ramona—dijo el joven, acercando la boca al oído de su hermana
+Ventura.
+
+—¿Sí?... ¿Qué le decía?—preguntó ésta con gran curiosidad.
+
+—Pues le decía... (una avenida de risa lo interrumpió por algunos
+momentos). Le decía... «Ramona, te amo».
+
+—¡Ave María! ¡A una sardinera!—exclamó la niña riendo también y
+haciéndose cruces.
+
+—¡Si vieras con qué voz temblorosa lo decía, y cómo ponía los ojos en
+blanco!... Aquí está Piscis, que también lo oyó...
+
+Piscis dejó escapar un gruñido corroborante.
+
+En aquel momento, Periquito, que era un muchacho pálido y enteco, de
+ojos azules y poca y rala barba rubia, apareció en las lunetas. Las
+miradas de toda la familia Belinchón se clavaron en él sonrientes y
+burlonas. Sobre todo Pablo y Venturita se mostraban grandemente
+regocijados a su vista. Periquito levantó la cabeza y saludó. La familia
+Belinchón contestó al saludo sin dejar de reir. Tornó a levantar la
+cabeza otras dos o tres veces y viendo aquellas insistentes sonrisas, se
+sintió molesto y salió al pasillo.
+
+Levantóse nuevamente el telón. La decoración representaba unas cavernas
+del infierno, aunque no era imposible que alguien creyese que se trataba
+de la bodega de un barco. El acto comenzaba por un preludio de la
+orquesta, dignamente dirigida por el señor Anselmo, ebanista de la
+villa. Figuraban en ella como bombardinos el señor Matías, el sacristán,
+y el señor Manolo (barbero); como clarinetes don Juan el Salado
+(escribiente del Ayuntamiento) y Próspero (carpintero); como trompas
+_Mechacan_ (zapatero) y el señor Romualdo (enterrador); como cornetines
+Pepe de la Esguila (albañil) y Maroto (sereno); como figle el señor
+Benito el Rato (escribiente de una casa de comercio y figle de la
+iglesia). Había otros cuatro o cinco muchachos aprendices, que
+acompañaban. El señor Anselmo, en vez de batuta, tenía en la mano para
+dirigir una enorme llave reluciente, que era la de su taller.
+
+El preludio era muy triste y temeroso; como que estábamos en el
+infierno. El público guardaba absoluto silencio: esperaba con ansia lo
+que iba a salir de allí, clavados los ojos en las trampas abiertas en el
+suelo del escenario. De pronto, de aquella música suave y misteriosa
+salió un trompetazo desafinado. El señor Anselmo se volvió y dirigió una
+mirada de reprensión al músico, que se puso colorado hasta las orejas.
+Hubo en el público fuerte y prolongado murmullo. De la cazuela salió
+entonces una voz que gritó:
+
+—Fué Pepe de la Esguila.
+
+Las miradas del público se dirigieron hacia este menestral, que se hizo
+el distraído sacando la boquilla del cornetín y sacudiéndola; pero
+estaba cada vez más colorado.
+
+—Si no sabe tocar que se vaya a la cama—gritó la misma voz.
+
+Entonces el corrido y avergonzado Pepe de la Esguila montó en cólera de
+pronto, dejó el instrumento en el suelo, y alzándose del asiento con los
+ojos encendidos y agitando los puños frente a la cazuela, gritó:
+
+—¡Ya te arreglaré en cuanto salgamos, Percebe!
+
+—¡Chis, chis! ¡Silencio, silencio!—exclamó todo el público.
+
+—¡Qué has de arreglar, morral! Anda adelante y toca mejor la trompeta.
+
+—¡Silencio, silencio! ¡Qué escándalo!—volvió a exclamar el público.
+
+Y todos los ojos se volvieron hacia el palco del alcalde.
+
+Era éste un hombre de sesenta, a setenta años, bajo de estatura y muy
+subido de color, el pelo bien conservado y enteramente blanco, las
+mejillas rasuradas, la nariz borbónica, los ojos grandes, redondos y
+saltones. Parecía un cortesano de Luis XV o un cochero de casa grande.
+
+Don Roque, que así se llamaba, se revolvió en el asiento y dió una voz.
+
+—¡Marcones!
+
+Un alguacil octogenario se acercó al respaldo del palco con la gorra
+azul de grande visera charolada en la mano. El alcalde conferenció con
+él algunos momentos. Marcones subió a la cazuela bajando poco después
+con un joven en traje de marinero, agarrado del brazo. Ambos se
+acercaron al palco presidencial.
+
+Don Roque comenzó a increparle procurando apagar la voz y consiguiéndolo
+a medias. Se oía de vez en cuando:—«¡Zopenco!»... «no tenéis pizca de
+educación»... «animal de bellota»... «¿Te figuras que estás en la
+taberna?» El marinero aguantaba la rociada con los ojos en el suelo.
+
+Una voz gritó desde el patio:
+
+—Que lo lleven a la cárcel.
+
+Pero desde la cazuela contestó otra al instante:
+
+—Que lleven también a Pepe de la Esguila.
+
+—¡Silencio! ¡Silencio!
+
+El alcalde, después de haber reprendido y amenazado ásperamente a
+Percebe, le dejó volver otra vez a su sitio, con gran satisfacción de la
+cazuela, que lo recibió con hurras y aplausos.
+
+La orquesta, callada un instante, tornó a su infernal preludio. Antes
+que éste se terminase, comenzaron a salir por las trampas del escenario
+hasta una docena de diablos con sendas y enormes pelucas de estopa, el
+rabo de etiqueta, y teas encendidas en las manos. Así como se hallaron
+sobre el entarimado y cerradas convenientemente las trampas, dieron
+comienzo, como es lógico, a una danza fantástica; pues bien sabido es de
+antiguo que no pueden estar juntos cuatro demonios sin entregarse con
+furor al baile.
+
+Los espectadores seguían con extremada curiosidad sus
+vivos y acompasados movimientos. Un chiquillo lloró. El público obligó a
+su madre a que lo sacase.
+
+Mas hete aquí que con tanto ir y venir, pasar y rozarse los ministros de
+Belcebú en aquel no muy amplio recinto, una tea llegó a prender fuego a
+la peluca de uno de ellos. El pobre diablo, sin darse cuenta de ello,
+siguió bailando cada vez con más infernal arrebato. El público reía a
+carcajadas esperando el próximo desenlace de aquel incidente. En efecto,
+cuando sintió caliente la cabeza más de la cuenta el espíritu maligno,
+se apresuró a arrancarse la peluca, y la careta, quedando al descubierto
+el rostro de _Levita_, donde se pintaba el terror.
+
+—_¡Levita!_—gritó el público alborozado.
+
+El granuja que tenía este apodo, privado de sus atributos infernales,
+confuso y avergonzado, se retiró de la escena.
+
+Al poco rato empezó a arder otra peluca. Nuevos murmullos y mayor
+ansiedad por ver la metempsícosis de aquel ángel exterminador. No se
+hizo esperar. Al cabo de pocos minutos la peluca y la careta volaban por
+el aire como encendido cometa.
+
+—_¡Matalaosa!_—gritaron todos. Una inmensa carcajada sonó en el
+teatro.
+
+—_Mátala_, no te descubras que te vas a constipar—dijo uno desde la
+cazuela.
+
+_Matalaosa_ se retiró avergonzado como su compañero _Levita_.
+
+Todavía ardieron otras dos o tres pelucas, poniendo a la vergüenza a
+otros tantos pillastres de la calle que servían de comparsas en el
+teatro. El baile se terminó al fin sin más incendios.
+
+Una vez sepultados de nuevo en el Averno los demonios que se habían
+salvado de la quema, se presentaron en la escena un gallardo mancebo, de
+oficio pastor, a juzgar por el pellico que le tapaba la espalda, y una
+hermosa doncella de idéntica profesión. Los cuales, en el mismo punto,
+siguiendo el antiguo precepto que obliga a todo pastor a estar enamorado
+y a toda pastora a mostrarse esquiva, comenzaron su diálogo, donde las
+quejas amorosas y los tiernos lamentos de él contrastaban con las
+indiferentes carcajadas de ella. Alegres y regocijados se hallaban
+todos, lo mismo los del patio que los de la cazuela, con las sabrosas
+razones que pasaban en la escena, cuando a la puerta del teatro se oyó
+una gran voz que dijo:
+
+—Don Rosendo, está entrando la _Bella-Paula._
+
+El efecto que aquel inesperado grito produjo, fué inexplicable. Porque
+no sólo don Rosendo se levanta como impulsado por un resorte y se
+apresura con mano trémula a ponerse el abrigo para salir, sino que por
+todo el concurso se esparció un fuerte rumor acompañado de viva
+agitación que estuvo a punto de interrumpir el diálogo pastoril. Los
+menestrales del patio lanzáronse acto continuo a la calle. De la cazuela
+bajaron con fuerte traqueteo casi todos los marineros que allí había. Y
+de los palcos y butacas salieron también numerosas personas. A los pocos
+minutos no quedaban apenas en el teatro más que las mujeres.
+
+Cecilia se había quedado inmóvil, pálida, con los ojos clavados en la
+escena. Su madre y hermana la miraban en tanto con semblante risueño.
+
+—¿Por qué me miráis de ese modo?—exclamó volviéndose de pronto. Y al
+decir esto se puso fuertemente colorada.
+
+Doña Paula y Venturita soltaron una carcajada.
+
+
+
+
+II
+
+DEL FELIZ ARRIBO DE LA «BELLA-PAULA»
+
+
+El pelotón de espectadores corrió por las calles en dirección al muelle.
+Delante, rodeado de seis u ocho marineros, de su hijo Pablo y algunos
+amigos, iba don Rosendo, silencioso, preocupado, escuchando los
+comentarios de sus acompañantes, que los pronunciaban con la voz
+entrecortada por la fatiga.
+
+—Tiene suerte don Domingo; llega con más de media marea—dijo un
+marinero aludiendo al capitán de la _Bella-Paula._
+
+—¿Qué sabes tú si llega ahora? Bien puede estar fondeado desde la
+tarde—respondió otro.
+
+—¿Dónde?
+
+—¿Dónde ha de ser, mamón? en la concha—replicó el otro enfureciéndose.
+
+—Si hubiera estado se vería, tío Miguel.
+
+—¿Cómo lo habías de ver, papanatas?... ¿Has estado por si acaso en la
+peña Corvera?
+
+—La bandera de la _Bella-Paula_ se ve por encima de la peña, tío
+Miguel.
+
+—¡Qué bandera ni qué mal rayo que te parta!
+
+—¿Qué carga trae, don Rosendo?—preguntóle al armador uno de los que le
+acompañaban.
+
+—Cuatro mil quintales.
+
+—¿Escocia?
+
+—No; todo Noruega.
+
+—¿Viene a bordo el señorito de las Cuevas?
+
+Don Rosendo no contestó. Al cabo de un momento de marcha cada vez más
+precipitada, se volvió diciendo:
+
+—A ver; es necesario avisar a don Melchor que está entrando la
+_Bella-Paula_.
+
+—Yo iré—respondió un marinero destacándose del pelotón y marchando a
+internarse otra vez en el pueblo.
+
+Llegaron al muelle. La noche estaba fría, sin estrellas: el viento
+acostado: la mar en calma. Dejaron el antiguo y diminuto muelle y se
+dirigieron a la punta del Peón recién construída que avanzaba bastante
+más por el mar. Brillaba en la obscuridad tal cual farolillo de los
+barcos anclados. Apenas se advertía la espesa red de su jarcia. Los
+cascos aparecían como una masa negra informe.
+
+Los recién llegados no vieron un grupo mucho mayor de gente que se
+apiñaba en la punta misma del malecón hasta que dieron sobre él. Todos
+guardaban silencio con los ojos puestos en el mar, esforzándose por
+advertir entre las tinieblas las maniobras del buque. Las olas, que
+rompían blandamente contra las peñas más próximas, blanqueaban de vez
+en cuando en la obscuridad.
+
+—¿Dónde está?—preguntaron varios de los espectadores del teatro
+sacándose los ojos por ver algo.
+
+—Allí.
+
+—¿Dónde?
+
+—¿No ve usted aquí, hacia la izquierda, una lucecita verde?... Siga
+usted mi mano.
+
+—¡Ah, sí, ya la veo!
+
+Don Rosendo subió al segundo cuerpo del paredón, y encontró allí ya a
+don Melchor de las Cuevas. Era éste un caballero alto, muy alto, enjuto,
+afeitado a la usanza de los marinos, esto es, dejando la barba por el
+cuello como una venda. Tenía más razón para ello que la mayoría de los
+vecinos de Sarrió que se afeitaban de este modo, pues pertenecía al
+honroso cuerpo de la Armada, si bien en calidad de retirado. Pero en los
+puertos de mar, particularmente cuando la población es pequeña, como la
+en que nos hallamos, el elemento marítimo predomina y se infiltra de tal
+modo, que todos los habitantes, sin poderlo remediar, sin darse cuenta
+de ello, adoptan ciertos usos, palabras y formas de vestir de los
+marinos.
+
+Habría sido apuesto y galán el señor de las Cuevas en sus tiempos
+juveniles; porque hoy, a los setenta y cuatro años, es un hombre brioso,
+erguido, de vivos y penetrantes ojos, nariz aguileña, noble y
+descubierta frente. Toda su figura anuncia energía y decisión.
+
+Estaba en pie sobre uno de los asientos adheridos al pretil del paredón,
+con unos enormes anteojos de mar dirigidos hacia la lucecita verde que
+brillaba con intermitencias allá a lo lejos. Era con mucho la figura más
+elevada que salía del grupo de espectadores.
+
+—¡Don Melchor, usted aquí ya!... Acabo de enviarle un recado a su casa.
+
+—Hace una hora que he venido—repuso el señor de las Cuevas, separando
+los anteojos de la cara.—He visto la barca desde el mirador poco
+después de puesto el sol.
+
+—Debía suponerlo. ¿Cómo se le había a usted de escapar nada que pase
+por ahí afuera?
+
+—Tengo mejor vista que cuando era un mozo de veinte años—dijo don
+Melchor con firme entonación y en voz alta para que lo oyesen.
+
+—Lo creo, lo creo, don Melchor.
+
+—A quince millas veo virar una lancha bonitera.
+
+—Lo creo, lo creo.
+
+—Y si me apuran un poco—profirió en voz más alta aún,—les cuento las
+portas a las fragatas que cruzan para el Ferrol.
+
+—Arríe, arríe un poco, don Melchor—dijo una voz.
+
+Hubo en la obscuridad carcajadas reprimidas, porque el señor de las
+Cuevas inspiraba respeto profundo a toda la marinería.
+
+El viejo marino volvió airado la cabeza hacia el sitio donde había
+salido la cuchufleta. Esforzóse en penetrar las tinieblas en silencio
+algunos instantes, y al cabo dijo con voz ronca:
+
+—Si supiese quién eres, pronto te arriaba yo en banda a la mar.
+
+Nadie osó decir una palabra, ni hubo el más leve conato de risa. En
+Sarrió se sabía que el señor de las Cuevas era muy capaz de hacerlo como
+lo decía. Había servido en la marina de guerra más de cuarenta años,
+gozando siempre opinión de oficial bravo y pundonoroso, pero al mismo
+tiempo de una severidad que rayaba en barbarie. Cuando ya ningún
+comandante de buque se acordaba de nuestras antiguas ordenanzas
+marítimas, don Melchor se empeñaba en ponerlas en práctica y en todo su
+rigor. Contábase con terror en el pueblo, que había ahogado a un
+marinero por pasarlo tres veces debajo de la quilla, según prescribía la
+ordenanza para ciertas faltas; y a más de ciento había derrengado a
+palos o les había levantado el pellejo con el chicote. Además no había
+en Sarrió piloto o marinero que se las pudiese haber con él en lo
+referente a la mar, lo mismo en el conocimiento del tiempo, que en las
+maniobras de los barcos; en todos los secretos de la navegación.
+
+La lucecita verde se iba acercando con lentitud. Percibíase ya el bulto
+de la _Bella-Paula_ a simple vista, y además otros dos o tres puntitos
+negros cerca de ella, que cambiaban a menudo de sitio. Eran la lancha
+del práctico y los botes auxiliares para tirar del barco cuando fuese
+necesario. Como el viento no soplaba apenas, la corbeta mantenía izadas
+todas las velas. Sin embargo, ya estaba demasiado cerca del paredón para
+que esto no constituyese un peligro. Al menos don Melchor así lo
+entendió, porque comenzó a jurar por lo bajo y a mostrarse inquieto. No
+pudiendo resistir más, a sabiendas de que no le habían de oir, gritó:
+
+—Aferra las gavias, Domingo. ¿Qué aguardas?
+
+Apenas había acabado de pronunciar estas palabras, cuando se vieron
+sobre las cofas los bultos casi imperceptibles de los marineros.
+
+—¡Acabáramos!—exclamó don Melchor.
+
+—¡Sí, que Domingo se chupa el dedo!—dijo por lo bajo el marinero a
+quien el señor de las Cuevas había amenazado.
+
+El casco de la corbeta, pintado de negro con una banda blanca en la obra
+muerta, se destacó al fin con pureza del fondo obscuro. Los ojos de los
+espectadores, habituados ya a las tinieblas, veían perfectamente todo lo
+que pasaba a bordo. Sobre el puente había dos bultos, el del capitán y
+el del práctico. En la proa uno, el del piloto.
+
+—¿Y la escandalosa?—gritó de nuevo don Melchor.
+
+La escandalosa de mesana, como si obedeciese a su voz, cayó. La barca
+siguió acercándose cada vez con más pausa. El viento no conseguía
+henchir las velas bajas: la cangreja pendía del palo lacia y desmayada
+como un vestido de baile usado. Pronto quedaron aferradas aquéllas y
+arriada ésta, y el barco comenzó a caminar con sosiego desesperante
+remolcado por los dos botes. Las figuras de los remadores se levantaron
+acompasadamente sobre los bancos. Y la voz de los patrones
+gritando:—¡Hala avante! ¡hala duro!—rompió con brío el silencio de la
+noche.
+
+Pero los tirones eran tan débiles con relación a la masa, que el buque
+apenas se movía. Cuando al cabo de un cuarto de hora consiguió acercarse
+unas treinta brazas de la punta del Peón, largó un cabo, que uno de los
+botes trajo al malecón para ayudar a virar a la corbeta.
+
+—¡Capitán, capitán!—gritó uno con voz estentórea desde el grupo.
+
+—¿Qué hay?—contestaron del buque.
+
+—¿Viene a bordo el señorito de las Cuevas?
+
+—Sí.
+
+—Pues ojo con el señorito de las Cuevas... Los demás que se ahoguen.
+
+La broma produjo gran algazara en la muchedumbre. Volvió a reinar el
+silencio. La corbeta comenzaba a virar, apoyada en el cabo de tierra,
+que rechinaba con la tensión. La gente del muelle se puso a hablar con
+la de a bordo. Pero ésta se mostraba silenciosa, taciturna, atendiendo a
+las maniobras más que a las preguntas que les dirigían. Entonces el
+temperamento burlón de la marinería en aquella comarca se ostentó de
+nuevo. Los de tierra comenzaron a dar vaya a los de a bordo, sobre todo
+a un cierto sujeto que parecía un montón de pelos, a quien apodaban
+Tanganada, el cual se movía de un lado a otro, con la gracia de un oso,
+manejando los cables, y lanzando gruñidos de desprecio a la muchedumbre.
+
+—Oyes, Tanganada; ya tendrás ganas de comer una cazuela de bacalao,
+¿verdad?
+
+—Alégrate, Tanganada; hay sidra en el lagar de Llandones.
+
+—¿Hacía calor en Noruega?
+
+—¡Allí te quisiera ver yo, ladrón!—gruñó Tanganada, mientras aferraba
+una vela.
+
+Los marineros saludaron la frase con grandes carcajadas.
+
+—¡Larga tierra!—gritó el práctico desde el puente.
+
+—¡Hala a bordo!—contestó el marinero que tenía el socaire soltando el
+chicote. El cable cayó al mar, y comenzó a subir velozmente por el
+costado del buque.
+
+Este se encontraba al abrigo del malecón, pero no había marea bastante
+para atracar al antiguo muelle. El capitán dió una voz al piloto.
+
+—¡Fondo!
+
+El piloto dijo a los marineros que tenía a su lado:
+
+—¡Arría!
+
+El ancla cayó al mar con un ruido estridente de cadenas. La barca se
+dispuso a virar sobre ella.
+
+—¿Vas a amarrarte a tierra, Domingo?—preguntó don Melchor.
+
+—Sí, señor—respondió el capitán.
+
+—No hay necesidad; amárrate en dos. Dentro de una hora podrás
+enmendarte.
+
+—Tanto me cuesta uno como otro—dijo en voz baja el capitán alzando los
+hombros, y luego en voz alta añadió:
+
+—¡Echa la de uso!
+
+Otra ancla cayó al mar con el mismo ruido.
+
+—¿Cómo le va a usted, tío?—dijo una voz dulce y varonil desde a bordo.
+
+—Hola, Gonzalito. ¿Llegas bueno, hijo mío?
+
+—Perfectamente; voy allá ahora mismo.
+
+Y se bajó con gran agilidad por un cable al bote.
+
+—Vamos a esperarle—dijo don Rosendo poniéndose a andar.
+
+Pero la mano del señor de las Cuevas le sujetó como unas tenazas por el
+brazo.
+
+—¿Dónde va usted, hombre de Dios?
+
+—¿Qué es eso?—preguntó el armador asustado.—¡Ah, es cierto! ¡No me
+acordaba de que estábamos en el segundo paredón!... La obscuridad...
+Tanto tiempo aquí... El mareo de estar con la vista fija... en el
+barco... ¡Dios mío! ¿Qué hubiera sido de mí si usted no me sujeta?
+
+—Pues nada, se hubiera usted deshecho los sesos contra las losas de
+abajo.
+
+—¡Virgen Santísima!—exclamó don Rosendo poniéndose horriblemente
+pálido. La frente se le cubrió de un sudor frío, y las piernas le
+flaquearon.
+
+—No tenga usted miedo por lo que ya pasó, amigo. Bajemos a recibir a
+Gonzalito.
+
+Bajaron en efecto al muelle, donde acababa de saltar un joven alto,
+rubio, de gallardo aspecto, vestido con un largo gabán que casi le
+llegaba a los pies.
+
+—¡Tío!
+
+—¡Gonzalo!
+
+Se fueron acercando, hasta que quedaron abrazados los dos gigantes.
+También don Rosendo saludó con efusión al joven; pero estaba tan
+preocupado con el peligro que había corrido su existencia, que al
+instante volvió a ponerse sombrío y melancólico. Apenas pudo contestar a
+las preguntas que el contramaestre le hizo, pidiéndole instrucciones por
+encargo del capitán.
+
+Pusiéronse en marcha luego hacia la casa de don Melchor, situada en lo
+más alto de la villa, señoreando una extensión inmensa de mar. Durante
+el camino, Gonzalo dejó que su tío fuese delante, y un poco acortado
+hizo algunas preguntas a don Rosendo acerca de su familia.
+
+—¿Cómo está doña Paula? ¿Le ha desaparecido la rija del ojo? ¿Y Pablo?
+¿Continúa con la misma afición a los caballos? ¿Y Venturita? Estará
+hecha una mujer ya, ¿verdad?... (Pausa.) ¿Cecilia está buena?—terminó
+preguntando rápidamente.
+
+A todas sus preguntas respondió el señor de Belinchón con monosílabos.
+
+—¿Sabes, Gonzalo—dijo parándose de pronto,—que por un poco me mato
+ahora mismo?
+
+—¡Cómo!
+
+Le contó con prolijidad el percance del muelle. Terminado el relato,
+cayó en una profunda consternación.
+
+—¿Supongo que la familia ya estará en la cama?—preguntó Gonzalo
+después que hubo deplorado bastante (al menos en su concepto) el
+peligro del comerciante.
+
+—No; están en el teatro... No sabe uno dónde la tiene; ¿verdad,
+querido?
+
+—¡Hola! ¿Hay compañía?
+
+—Sí, desde hace unos días. ¿Crees que me hubiera matado, Gonzalo?
+
+—Phs... tal vez se hubiera usted roto una pierna, o las dos... o una
+costilla.
+
+—¡Menos malo!—exclamó el señor de Belinchón dejando escapar un
+suspiro.
+
+En esto se habían internado ya bastante en la población, y al llegar a
+cierta calle, don Rosendo se despidió del tío y del sobrino. Dióle éste
+la mano con visible tristeza.
+
+—Voy al teatro a buscar a la familia. Hasta mañana; que descanses,
+Gonzalo.
+
+—Hasta mañana... Recuerdos.
+
+El señor de las Cuevas y su sobrino se emparejaron caminando lentamente
+la vuelta de la casa del primero. Cayó entonces sobre el viajero un
+chaparrón de preguntas, no relativas a su estancia en Inglaterra, sino
+todas ellas referentes al viaje por mar. «¿Qué tal el viento? de bolina
+siempre, ¿verdad?... ¿No se os cayó alguna vez? El barco no cabecearía
+mucho; viene bien cargado... ¿Y las corrientes? No marearíais siempre
+con toda la tela, ¿eh? ¿A que habéis arrizado a la salida de Liverpool?
+¡Conozco, conozco el paño!
+
+Respondía Gonzalo con distracción a las preguntas, que, por otra parte,
+entendía a duras penas. Iba cabizbajo y melancólico. Observándolo al fin
+su tío, se paró en firme y dijo:
+
+—¿Qué tienes, Gonzalito? Parece que estás triste.
+
+—¿Yo? ¡Ca! No, señor.
+
+—Juraría que sí.
+
+Siguieron otro rato en silencio, y don Melchor, dándose una palmada en
+la frente, exclamó:
+
+—¡Ya sé lo que tienes!
+
+—¿Qué?
+
+—Mal de la tierra. A mí me ha pasado siempre lo mismo. Cuando saltaba
+en tierra después de algún viaje ¡me entraba una desazón, una tristeza,
+un deseo tan grande de volverme a bordo! Duraba dos o tres días hasta
+que me iba acostumbrando. El caso es que tenía afán de llegar al puerto;
+pero, una vez en él, echaba de menos la vida de a bordo. No sé lo que
+tiene el mar que atrae, ¿verdad?... ¡Aquel aire tan puro!... ¡Aquel
+movimiento!... ¡Aquella libertad!... A que sientes ganas de volverte al
+barco, ¿eh?—terminó diciendo con una sonrisa maliciosa que acreditaba
+su extremada perspicacia.
+
+—Malditas... De lo que tengo gana, tío, voy a decírselo en confianza...
+es de ver a mi novia.
+
+Don Melchor quedó asombrado.
+
+—¿De veras?
+
+—Lo que usted oye.
+
+Reflexionó un momento el señor de las Cuevas, y al cabo dijo:
+
+—Bien; si quieres puedes ir al teatro a saludarla... Mientras tanto, yo
+voy a ver cómo se enmienda Domingo.
+
+—¿De qué se ha de enmendar? Es una persona excelente—repuso el joven
+sonriendo.
+
+El tío, sin comprender la ironía, le miró con desprecio.
+
+—Vaya, veo que vienes tan ignorante como has ido... Te aguardo para
+cenar.
+
+—No me aguarde usted, tío—contestó Gonzalo, que ya estaba
+lejos.—Quizá no cene.
+
+Y sin tomar carrera, pero con extraña velocidad, gracias a sus
+descomunales piernas, salvó las calles, alumbradas por algunos raros
+faroles de aceite, en dirección al teatro. Cualquiera que le tropezase
+en aquella hora le diputaría por un inglesote de los muchos que llegan a
+Sarrió mandando barcos unas veces, otras a reconocer cotos mineros o a
+montar alguna industria. Su estatura colosal, su corpulencia, no son los
+signos característicos de la raza española, siquiera nos hallemos en una
+de las provincias del Norte. Luego, aquel gabán tan largo, las botas de
+tres suelas, el sombrero de forma exótica, denunciaban claramente al
+extranjero. Pues mirándole al rostro acababa de completarse la ilusión,
+porque era blanco y terso y adornado con larga barba rubia, los ojos
+azules, o más propiamente garzos, al igual de los que se ven casi sin
+excepción en las razas septentrionales. Aprovechemos los cortos momentos
+que nos quedan antes que llegue al teatro para proporcionar al lector
+algunos datos biográficos acerca de este mancebo.
+
+La familia de las Cuevas a la cual pertenece, venía siendo de gigantes y
+marinos, desde tiempo inmemorial. Marino había sido su padre, marino su
+abuelo, marinos sus tíos, y marinos también los hijos de éstos. Gonzalo
+quedó huérfano de padre y madre cuando no contaba ocho años de edad,
+dueño de una fortuna no despreciable, administrada por su tío y tutor
+don Melchor, en cuyo poder y guarda le dejó el padre al morir. Bien
+quisiera el viejo marino que su pupilo continuase la no interrumpida
+tradición del linaje de las Cuevas en cuanto a la carrera. Para
+despertarle la afición o inclinarle a la marina, le compró una preciosa
+balandra donde ambos se paseaban por las tardes o salían de pesca.
+
+Pero todos los propósitos del buen caballero se estrellaron contra las
+aficiones terrestres de su sobrino. De la mar no le gustaban a éste más
+que los peces; pero aderezados ya y humeando en medio de la mesa.
+Todavía transigía, no obstante, con la caldereta merendada allá en algún
+recodo de la costa, sentado sobre una peña donde manase agua fresca
+potable. A los catorce años era Gonzalo un muchacho espigado y robusto,
+que estudiaba en el colegio privado de Sarrió la segunda enseñanza y se
+examinaba todos los años en la capital, obteniendo ordinariamente la
+calificación de _bueno_ y una que otra vez, muy rara, la de
+_notablemente aprovechado_. Bien quisto de sus compañeros por su
+condición noble y franca, y respetado también por virtud de sus puños
+formidables. Los caballeros de la villa le agasajaban a causa de su
+posición y la familia a que pertenecía; los marineros y demás gente del
+pueblo le amaban por su carácter llano y comunicativo.
+
+Después de graduado bachiller en Artes, permaneció en Sarrió tres años
+todavía sin hacer nada. Levantábase tarde, se iba al casino y allí
+pasaba la mayor parte del día jugando al billar, en el cual llegó a ser
+extremado. A pesar de ser el niño mimado de la población, visitaba pocas
+casas. Prefería la vida estúpida y depravada del café, a la cual se
+había habituado. No obstante, como no era cerrado de inteligencia y su
+exuberante naturaleza rebosaba de actividad y de fuerza, las empleaba
+una que otra vez en el estudio de algunos ramos de la ciencia.
+Aficionóse a la mineralogía, y muchas tardes, abandonando el casino y el
+billar, se iba por los contornos de la villa en busca de piedras
+minerales y ejemplares de fósiles, llegando a reunir una rica colección.
+A ratos le dió también por ejercitarse en el microscopio: hizo traer uno
+costoso de Alemania y comenzó a examinar diatomeas y a prepararlas
+admirablemente sobre unos cristalitos que él mismo cortaba. Por último,
+habiendo caído en sus manos un libro sobre la fabricación de la cerveza,
+entregóse con ahinco a su estudio, pidió a Inglaterra otros varios y
+comenzó a imaginar que acaso en Sarrió se obtendría un resultado feliz y
+pingües beneficios con esta industria desconocida. Se le ocurrió montar
+una fábrica. Pero habiendo comunicado el proyecto con su tío, este varón
+esforzado creyó oportuno lanzar una serie de gritos inarticulados, fuera
+todos ellos del diapasón normal, terminados los cuales se le oyó
+exclamar:
+
+—¡Cómo! ¡Un Cuevas metido a cervecero! ¡El hijo de un capitán de navío,
+el nieto de un contralmirante de la Armada! Tú estás desarbolado,
+Gonzalo. Bien dice el refrán que la ociosidad es madre de todos los
+vicios. Si hubieses ingresado en la Escuela de Marina como yo te
+aconsejaba, a estas horas serías ya guardia marina de primera, y
+estarías corriendo el mundo sin pensar en tales payasadas.
+
+Gonzalo se calló, pero no dejó de seguir leyendo sus métodos de
+fabricación. Comprendiendo que sin visitar por sí mismo las fábricas
+principales y sin estudiar con seriedad el asunto no alcanzaría
+resultado alguno, se resolvió a seguir la carrera de ingeniero
+industrial en Inglaterra. Cuando se arrojó a decírselo a su tío, no le
+sonó mal al marino el nombre de ingeniero; pero el calificativo de
+industrial volvió a despertar en su espíritu la misma tempestad de odios
+y rencores que le había producido la cerveza.
+
+—¡Industrial, industrial! Hoy cualquier limpiabotas se llama
+industrial. Hazte buenamente ingeniero de caminos, canales y puertos, o
+de minas.
+
+Por este tiempo conoció, o para hablar con más propiedad, trató, pues en
+Sarrió todos se conocían, a su novia actual, la señorita de Belinchón.
+Un día su tío le envió a casa del rico comerciante con encargo de
+preguntarle si podría darle una letra sobre Manila. Don Rosendo no se
+hallaba en su escritorio, que estaba en la planta baja de la casa, y
+como el negocio era urgente, Gonzalo se decidió a subir. La doncella que
+le abrió estaba con prisa.
+
+—Pase usted, don Gonzalo; la señorita Cecilia le dirá dónde está el
+señor.
+
+Penetró en un cuarto desarreglado, con montones de ropa por el suelo y
+una mesa en el centro, donde la hija primera de los señores de Belinchón
+estaba aplanchando una camisa en traje no adecuado a su categoría. Un
+vestidillo raído y un pañuelo atado a la cintura como las artesanas; en
+los pies unas zapatillas bastante usadas. No se ruborizó porque el joven
+la encontrase en aquel arreo ni en tan baja ocupación, ni exclamó como
+otras muchas harían en su caso:
+
+—¡Jesús, de qué forma me encuentra usted!—llevando las manos al pelo o
+a la garganta.
+
+Nada de eso. Suspendió un momento su tarea, sonrió con dulzura y aguardó
+a que el joven hablase.
+
+—Buenas tardes—dijo, poniéndose colorado.
+
+—Buenas tardes, Gonzalo—respondió ella.
+
+—¿Podría ver a su papá?
+
+—No sé si está en casa. Voy a ver—repuso la joven, dejando la plancha
+sobre la mesa y pasando por delante de él.
+
+Cuando ya se había alejado un poco, se volvió para preguntarle:
+
+—¿Su tío está bueno?
+
+—Sí, señora, sí... Digo, no... hace algunos días que no se levanta de
+la cama... Tiene un catarro fuerte.
+
+—¿No será cosa de cuidado?
+
+—Creo que no, señora.
+
+La joven continuó su camino sonriendo. Le hacía gracia que Gonzalo la
+llamase señora no habiendo cumplido los diez y seis años y contando él
+más de veinte. Ambos, sin haberse hablado «de grandes», se conocían como
+si fuesen hermanos. Se encontraban todos los días en la calle, en el
+paseo, en el teatro, en la iglesia. «De pequeños» recordaba Cecilia que
+cierta tarde en la romería de Elorrio bailando la giraldilla con otras
+chicas de su edad, se llegaron unos granujas a estorbarlas, tirándolas
+del pelo desde fuera, empujándolas con fuerza y metiéndose en el corro
+gritando para hacerlas perder el compás. Gonzalo, que era un grandullón
+de trece años, viendo aquella fea tosquedad, acudió en su auxilio, y
+puntapié va, trompada viene, soplamocos a uno y puñada a otro, en un
+instante puso en dispersión a los tres o cuatro descorteses mozuelos.
+Los ojos de las diminutas bailarinas le contemplaron con admiración. En
+aquellos corazones femeninos de cinco a diez años quedó grabado para no
+borrarse jamás un sentimiento de gratitud hacia el heroico mancebo. Otra
+vez, años adelante, un día de San Juan, Gonzalo cedió a ella y su
+familia la balandra para pasearse por el mar, pues los botes y lanchas
+escaseaban en tal ocasión. Mas ninguna de estas circunstancias engendró
+el trato entre ellos. Si los encontraba muy de frente, Gonzalo solía
+llevarse la mano al sombrero; si no, pasaba de largo como si no los
+viese, a pesar del conocimiento, ya que no amistad íntima, que su tío
+mantenía con el señor Belinchón. La vida exclusiva de café, el ningún
+trato con las mujeres, habían hecho de Gonzalo un joven apocado y
+vergonzoso.
+
+—Pase usted, Gonzalo; papá le espera en la sala—dijo la joven cruzando
+de nuevo por delante de él.—Que se alivie su tío.
+
+—Muchas gracias—respondió acortado. Y al alejarse caminando hacia
+atrás, como era tan alto, dió un testarazo con la lámpara de la
+antesala, que por poco la hace venir al suelo.
+
+Miró con angustia hacia arriba, se apresuró a sujetarla y se puso muy
+colorado.
+
+—¿Se ha lastimado usted?—preguntó Cecilia con interés.
+
+—¡Ca! No, señora... al contrario... ¡Caramba, por un poco la rompo!
+
+Y se retiró cada vez más confuso.
+
+Hallábase nuestro mancebo en aquel punto y sazón en que los hombres se
+enamoran de una escoba. La edad del amor se había retrasado para él un
+poco. Esto suele acontecer en todos aquellos en quienes los músculos
+tiranizan a los nervios. Por eso la señorita de Belinchón, aunque nada
+linda, despertó repentinamente en él cierta simpatía que es fácil
+transmutar en pasión. Y como consecuencia de aquella brevísima
+entrevista, Gonzalo pasó desde entonces alguna que otra vez sin
+necesidad por delante de la casa de los señores de Belinchón mirando con
+el rabo del ojo a los balcones; cuidó más del aliño del traje y la
+persona; iba a misa de diez los domingos a San Andrés, donde doña Paula
+y sus hijos la oían. En el teatro solía dirigirle con disimulo vivas
+miradas y alguna que otra vez se aventuraba a soltarle un sombrerazo.
+Pero en cuanto lo hacía se ponía colorado y miraba con susto a todas
+partes, temblando de que aquel naciente sentimiento de su alma fuese
+descubierto.
+
+¡Inocente Gonzalo! Mucho antes de que él se diese cuenta cabal de tal
+inclinación, la villa entera la conocía. Nada se puede ocultar, sobre
+todo en lo que toca a las relaciones de sexo a sexo, a los ojos
+zahoríes de las comadres de un pueblo de escaso vecindario. Y no sólo se
+conoció, pero hasta se daba como cierto el matrimonio en plazo más o
+menos lejano. Pasaban los meses, no obstante, y aquello no avanzaba un
+paso. Los testimonios que Gonzalo daba de su afición seguían siendo los
+mismos. La mayor parta de los días se reducían a pasar después de comer
+por delante de la casa del rico comerciante, para ir al casino. Cecilia
+solía estar cosiendo detrás de los cristales. Mano al sombrero; sonrisa;
+adelante; luego el billar, y hasta otro día. Don Melchor le encargó
+otras dos veces recados para don Rosendo, pero tuvo la buena suerte de
+hallarle siempre en el despacho. Decimos buena suerte, porque Gonzalo
+temblaba ante la idea de subir a la casa y tropezarse con Cecilia.
+
+Había cumplido ya los veinte años. La idea de hacerse ingeniero
+industrial y ocuparse en algo útil, volvía de vez en cuando a su
+espíritu en medio de aquella vida holgazana. El compañero que tornaba de
+alguna academia militar, la conversación con algún ingeniero inglés, la
+frase de desprecio que escuchaba en el casino acerca de los que no
+tenían carrera, despertábanle de pronto el deseo. Al fin, un día le dijo
+a su tío que si le daba permiso se iba a Inglaterra a estudiar algo y
+ver mundo. Como don Melchor nada podía oponer a este justo y laudable
+propósito, pocos días después Gonzalo recorría algunas casas de
+parientes y amigos, donde hacía años que no ponía los pies, para
+despedirse, y una tarde apacible y bella de primavera se embarcaba en el
+bergantín redondo _Vigía_ con rumbo a la Gran Bretaña.
+
+¿Se acordaba de Cecilia? No lo sabemos. En temperamentos como el de
+nuestro mancebo, el fuego de las pasiones tarda mucho tiempo en prender,
+aunque a la postre causa grandes estragos.
+
+Pasaron tres años. Terminó la carrera de ingeniero que es breve y
+práctica en Inglaterra, y se determinó a visitar las principales
+fábricas de este país y de Francia y Alemania. En el tiempo que duraron
+sus estudios el recuerdo de Cecilia asaltábale de vez en cuando, sin
+causarle, por supuesto, emoción muy viva. Allá en la primavera cuando la
+sangre circula con más fuerza por las venas y la madre Naturaleza con el
+verdor de los campos, los vívidos colores de las flores, los juegos de
+la luz, el aire tibio embalsamado, y sobre todo, por medio de sus
+intérpretes más fieles, los pájaros, nos incita para que en modo alguno
+consintamos que la especie humana se extinga, Gonzalo pensaba en el
+matrimonio. Y siempre que tal idea surgía en su mente, presentábasele de
+improviso hecha carne en la niña primera de los señores de
+Belinchón:—«Pase usted, Gonzalo; papá le espera.» «¿Se ha lastimado
+usted?»—Volvían a sonar en sus oídos aquellas palabras y el acento
+cariñoso con que fueron pronunciadas encendía en su corazón virgen una
+chispa de simpatía. La joven no era hermosa, pero sus ojos sí, y sobre
+todo revelábase en ella el atractivo del sexo por el aire modesto y
+sencillo, el timbre de la voz, la delicadeza exquisita, enteramente
+femenina de sus modales. «No me disgustaría casarme con ella» pensaba
+dejando escapar un suspiro; porque juzgaba imposible que se atreviese a
+decir a ésta ni a ninguna señorita palabra alguna de amor. Hasta
+entonces no conocía de tal pasión más que el aspecto material y grosero,
+las relaciones fugaces y tristes de las mujeres que le abocaban por la
+noche en las calles de Londres y París.
+
+Un día escribiendo a cierto amigo íntimo de Sarrió se le ocurrió
+preguntarle si Cecilia Belinchón se había casado. Contestóle que aún
+permanecía soltera y que si era muy cierto que algunos galanes la
+rondaban seducidos quizá por el dinero de Belinchón más que por las
+gracias de su hija, hasta ahora no se sabía que hubiese dado oídos a
+nadie. Al leer esto, se le subió la sangre al rostro al ingeniero
+industrial. Tuvo la fatuidad de pensar (que se le dispense por Dios) que
+Cecilia rechazaba a los pretendientes a su mano... porque a ninguno
+encontraba tan guapo como él. Entonces imaginó declararle su amor por
+medio de una carta. Estando tan lejos no tendría vergüenza. Sin embargo,
+la tuvo, y cuando trató de coger la pluma para hacerlo, antes de trazar
+el primer renglón, volvió a dejarla al representarse la sorpresa que la
+joven recibiría. Pasaron algunos días. La idea no le abandonaba. Por
+medio de mil sutiles razonamientos procuraba persuadirse a escribir la
+epístola amorosa. Si se reía de él, ¿qué? no había de verlo. Con no
+volver más a Sarrió estaba concluído; y si volvía ya procuraría no
+encontrársela de frente. Al fin la escribió. Túvola guardada en el cajón
+de su mesa varios días. La idea de echarla al correo le aterraba. Para
+decidirse a ello, necesitó beberse unas copitas de ron. Cuando estuvo un
+poco mareado sacó la carta del cajón, lanzóse a la calle con brío, y en
+el primer buzón con que tropezaron sus ojos, ¡zas! la encajó.
+
+¡Dios mío, qué he hecho! Disipóse la borrachera. Se puso colorado hasta
+las orejas, como si por el agujero de aquel buzón le estuviesen mirando
+los ojos burlones de todos los vecinos de Sarrió; y se apresuró a meter
+los dedos en él por ver si aún podía atrapar el malhadado sobre. Nada.
+Se lo había engullido con la voracidad de un tiburón, y lo estaba ya
+digiriendo. Ocurriósele entonces presentarse en las oficinas de Correos
+y reclamarlo; pero allí le exigieron tales formalidades, que antes de
+pasar por ellas prefirió dejar correr la suerte.
+
+Pasó ocho días en gran zozobra. A la hora de repartir las cartas en la
+fonda, experimentaba una ansiedad que le sofocaba, esperando ver llegar
+encerradas en un sobrecito las feas y colosales calabazas, castigo justo
+a su demasía y sandez. Transcurrieron, no obstante, los ocho días y aun
+los quince, y la contestación no parecía. Se fué calmando con la
+esperanza vaga de que la carta no hubiese llegado a su destino. Si había
+llegado, forjábase la ilusión de que Cecilia la habría roto sin dar
+cuenta a nadie. Mas he aquí que, cuando ya no la esperaba, se encuentra
+a la hora de almorzar sobre el plato una carta de España, letra
+desconocida de mujer. Es irrepresentable la congoja que le acometió. Se
+puso tan blanco como el mantel. El corazón quería saltársele del pecho.
+Abrióla con mano trémula... ¡Ahaaa! suspiró descansado, después de
+haberla devorado en dos segundos. Llevóse la mano al pecho, limpióse el
+sudor con el pañuelo, y volvió a tomar la carta y a releerla con calma.
+
+Era, en efecto, de Cecilia, y estaba escrita en un tono suavemente
+irónico, que nada tenía, sin embargo, de ofensivo. Manifestábase
+sorprendida de su repentina e inopinada declaración. ¿Qué mosca le había
+picado al cabo de cuatro años de ausencia? Sus padres, que antes que
+ella habían abierto la carta, estaban igualmente sorprendidos: opinaban
+que era un paso irreflexivo, propio de los pocos años, un capricho del
+momento, del cual ya estaría probablemente arrepentido. Ella compartía
+enteramente esta opinión. Sin embargo, la habían permitido, y aun
+aconsejado que contestase, por tratarse de un joven del pueblo, con cuya
+familia mantenían relaciones de amistad.
+
+Esta epístola le puso contentísimo de pronto. No eran las desdeñosas
+calabazas que esperaba. Después se puso triste, y al minuto otra vez
+alegre, leyéndola y releyéndola por ver si daba en la clave. ¿Eran o no
+eran calabazas? Apresuróse a contestar, pidiendo perdón de su
+atrevimiento, y confirmando su declaración anterior con nuevas y
+vehementes frases. Replicó al cabo de algunos días la niña en términos
+más blandos y afectuosos. Tornó a escribir Gonzalo; cruzáronse retratos;
+intervino doña Paula. En suma, al cabo de poco tiempo, se encontraban
+ambos jóvenes en relación formal. Comenzó a hablarse de matrimonio;
+mediaron cartas entre don Melchor y su sobrino; después visitas entre
+aquél y don Rosendo. Finalmente todo quedó arreglado, conviniéndose que
+a la primavera regresaría Gonzalo, y se efectuaría el casamiento.
+
+
+
+
+III
+
+EN EL QUE LA PAREJA ENAMORADA COMIENZA A PENSAR EN EL NIDO
+
+
+Salían ya del teatro los que habían quedado. Gonzalo tropezó con la ola
+de gente que vomitaba la puerta, y así como fué reconocido, se
+apresuraron a rodearle y saludarle sus antiguos amigos. El primero que
+le echó los brazos al cuello fué don Mateo, después vino don Pedro
+Miranda y su hijo Periquito, en seguida el alcalde don Roque, después
+don Victoriano y su esposa doña Rosario y sus tres hijas. En un instante
+se formó círculo en torno del joven, quien se apresuraba a contestar con
+efusión a los plácemes, abrazos y apretones de manos que de todos sitios
+le venían. Los marineros, las mujeres del pueblo tomaban parte en
+aquellas manifestaciones de cariño lo mismo que los _señores_. No se
+oían más que exclamaciones de admiración y alegría.
+
+—Cuánto has engordado, Gonzalito.—¡Vaya un real mozo!—¿Por qué no
+creces como él, Periquito?—Don Gonzalo, les come usted las sopas en la
+cabeza a todos los mozos de Sarrió.—Crecer no ha crecido, lo que ha
+hecho es doblar de cuerpo.—Ven acá, granadero, dame un abrazo apretado.
+
+Un patrón de barco afirmó que se parecía como una gota de agua a otra al
+Príncipe de Gales. Acaso Gonzalo fuese un poco más alto.
+
+El robusto corpachón de éste, alzábase sobre el grupo. Daba la mano por
+encima de las cabezas a los amigos que no podían llegarse a él, y su
+noble y bondadosa fisonomía sonreía a todos.
+
+Don Mateo, alzándose sobre la punta de los pies y tirándole del brazo
+para que se doblase, pudo decirle al oído:
+
+—¡Qué función te has perdido, Gonzalo! Lástima que no hayas llegado por
+la tarde. La tiple cantó como un ángel... ¡Y el baile!... El baile te
+digo, chico, que ni en Bilbao ni en la Coruña lo sacan mejor... Pero no
+te disgustes, que yo haré que se repita antes que se vaya la compañía...
+o poco he de poder.
+
+Pero Gonzalo no atendía. Con los ojos clavados en la puerta, esperaba
+inquieto y afanoso la salida de la familia de Belinchón, que como
+principal y de las más encopetadas, se retrasaba siempre para no
+confundirse con la plebe. Por fin a la luz del farol que ardía sobre el
+marco de la puerta, divisó la fisonomía de doña Paula y en seguida la de
+Cecilia. Abalanzóse trémulo a saludarlas. La hija se puso colorada como
+un pavo (es natural), y la madre también (esto es menos natural). ¿Qué
+le tocaba hacer a él? Ruborizarse igualmente; y esto fué lo que llevó a
+cabo de un modo perfecto. A los tres les temblaba la voz, y después de
+preguntarse por la salud, no supieron qué decirse. Las miradas cargadas,
+de curiosidad de la gente contribuían a embarazarlos. Felizmente llegó
+Pablito con Ventura, que se habían rezagado, y nuestro joven saludó al
+primero afectuosamente y dirigió a la segunda una ceremoniosa cabezada.
+
+Pablo sonrió.
+
+—Qué, ¿no la conoces? Es mi hermana Ventura.
+
+—¡Oh! ¿Cómo había de conocerla? Es una mujer... ¿Cómo está usted,
+Ventura?
+
+La niña le alargó la mano mirándole con expresión maliciosa y burlona
+que acabó de desconcertarle.
+
+Pusiéronse en marcha hacia casa. Venturita echó a correr delante
+arrastrando a su hermano. Detrás marchaban doña Paula, Cecilia y
+Gonzalo. Cerraba la marcha don Rosendo con su buen amigo don Pedro
+Miranda. Las calles estaban obscuras. Sólo ardían a aquellas horas los
+faroles de esquina. La distancia entre los tres grupos se fué haciendo
+cada vez mayor.
+
+Gonzalo comenzó a hacer esfuerzos desesperados por sostener la
+conversación con su futura esposa y suegra; pero aquélla no despegaba
+los labios, dominada, sin duda, por la vergüenza, y doña Paula andaba
+muy lejos de ser una madame Stael. Como tampoco él había colaborado en
+el Diccionario de la Conversación, el resultado era que ésta no
+prosperaba. Por cartas había llegado a tener confianza. Doña Paula ponía
+a menudo postdatas en las de Cecilia. Gonzalo replicaba con alguna
+cuchufleta, mandaba estampitas, caricaturas para Ventura, y se portaba
+en todo como un miembro de la familia. Pero ahora los tres
+experimentaban malestar embarazoso. Nuestro joven en su vida había
+hablado con la señora de Belinchón, y con Cecilia sólo había cruzado las
+palabras que hemos dicho. Luego, allá delante, Venturita reía a
+carcajadas con su hermano, y los novios presumían fundadamente que
+estaban ellos sobre el tapete. No obstante, cuando ya se acercaban a
+casa, la plática fué tomando calor y había algunos síntomas para creer
+que muy pronto iba a reinar la confianza.
+
+Formóse un grupo a la puerta de la morada de los señores de Belinchón,
+que estaba situada en la Rúa Nueva, la calle más principal de Sarrió, y
+era grande y suntuosa para lo que allí se estilaba. Como Gonzalo no
+había cenado aún, don Rosendo le invitó a subir a hacerlo con ellos tan
+de veras, y con palabras tan apremiantes, que el joven, que no deseaba
+otra cosa, concluyó por aceptar. Despidiéronse el señor Miranda y su
+hijo Periquito, y la familia Belinchón, con el nuevo individuo que iba a
+formar parte de ella, subió a la casa. En el recibimiento, las señoras
+se despojaron de los abrigos y las toquillas. La luz volvió a turbarlos.
+Gonzalo pudo ver bien entonces a su novia, y observó que no había ganado
+nada en los años de ausencia. Estaba más alta, pero más delgada también.
+Los amores no ponen gordas a las niñas. La nariz, con esto, se le había
+pronunciado todavía más. Sólo aquellos ojos hermosos, suaves,
+inteligentes, persistían en brillar como dos estrellas. La
+transformación de Venturita, aquella niña que veía cruzar para el
+colegio, colgada del brazo de la doncella dando saltitos para no perder
+el paso, le llamó poderosamente la atención. Era una mujer, una
+verdadera mujer, no tanto por la estatura, como por la redondez y
+amplitud de las formas, como por la firmeza singular de su mirada y
+cierto brillo malicioso que la acompañaba. Examináronse ambos como dos
+extraños de una rápida ojeada. Gonzalo le dijo por lo bajo a doña Paula:
+
+—¡Qué cambio el de Venturita! Es una joven preciosa.
+
+Por bajo que lo dijo la niña lo oyó. Se puso seria con afectación, hizo
+un leve mohín de desdén con los labios, y se fué derecha al comedor,
+ocultando el cosquilleo placentero que aquel requiebro tan espontáneo la
+había causado.
+
+La mesa estaba puesta: una mesa patriarcal de provincia, abundante,
+limpia, sin flores ni los demás refinamientos elegantes que la
+civilización va introduciendo. Y al acercarse a ella, el embarazo de
+Gonzalo había desaparecido. Parecía que ayer había cenado allí también.
+Una ráfaga de alegría sopló sobre todos. Cambiáronse palabras y risas.
+Gonzalo abrazaba a Pablito y le preguntaba por sus caballos. Doña Paula
+arreglaba la distribución de los cubiertos. Venturita, sentada ya, se
+atracaba de aceitunas, tirando los huesos a su hermana y haciéndole
+guiños provocativos, mientras ésta, con las mejillas encendidas y los
+ojos brillantes, se llevaba el dedo a los labios pidiéndole discreción.
+Don Rosendo había ido a ponerse la bata y el gorro, sin los cuales le
+habría hecho daño la cena. Su esposa invitó al joven forastero a
+sentarse en el puesto vecino al de Cecilia. Pero ésta se había pasado al
+otro extremo de la mesa, y allí se disponía a sentarse.
+
+—¿Qué haces, chica? ¿Por qué no vienes a tu sitio?—le preguntó doña
+Paula con sorpresa.
+
+La joven se levantó sin contestar, ruborizada, y vino a sentarse al lado
+de su novio.
+
+La clásica sopa de manteca con huevos humeaba ya en el centro de la
+mesa.
+
+—Mira, haz plato a Gonzalo... Comienza ya a servirle—le dijo después
+sonriendo bondadosamente, como mujer que profesaba ideas semejantes a
+las expresadas por San Pablo en su célebre epístola.
+
+Cecilia se apresuró a obedecer, colmando el plato de su futuro. Este
+poseía ordinariamente un apetito excelente, apropiado a su grande
+humanidad. Ahora, sobreexcitado por el aire del mar y algunas horas de
+ayuno, era voraz. Comió sin dejar migaja, sin cortedad alguna, cuanto le
+ponían delante; y eso que Cecilia, como podrá suponerse, no tenía la
+mano corta en servirle. Cuando empezaba a comer, Gonzalo perdía la
+vergüenza. La necesidad apremiante de su organismo giganteo se imponía.
+En cambio, Cecilia apenas si tocaba en los manjares. Viendo en su plato
+dos pedacitos de jamón del tamaño de dos avellanas, preguntóle el joven:
+
+—¿Para quién hace usted ese plato, para el loro?
+
+—No; es para mí.
+
+—¿Y no tiene usted miedo que se le indigeste?
+
+Era la primera chanza que se autorizaba con su futura. Esta contestó
+sonriendo:
+
+—Nunca como más.
+
+Doña Paula acercó la boca al oído de Venturita, y le dijo:
+
+—¿No reparas con qué ceremonia se tratan?
+
+Venturita se lo dijo al oído a Pablo, y éste a su padre. Todos cuatro
+soltaron a reir, mirando a los novios, mientras éstos, confusos,
+preguntaban con la vista la razón de aquella súbita alegría.
+
+—Mamá, ¿quieres que les diga de qué nos reímos?
+
+—Díselo.
+
+—Pues bien, señores, pensamos todos que podrían ustedes ir apeándose el
+tratamiento.
+
+Los futuros esposos bajaron la cabeza sonriendo.
+
+La alegría de los comensales se expresaba ruidosamente, se charlaba, se
+bromeaba. Pablito asaba a preguntas a su próximo cuñado, acerca de las
+carreras de caballos, _skating-ring_, y otros asuntos más o menos
+transcendentales, relacionados con el _sport_. Sólo el gozo de Cecilia
+era concentrado y silencioso. Advertíase en las mejillas teñidas de vivo
+carmín. De vez en cuando ponía el dorso de la mano sobre ellas para
+enfriarlas, aunque sin lograrlo. Cuando creía que no la miraban, pasaba
+largos ratos con los ojos fijos en su novio. Aquel bravo engullir,
+incesante, signo de vida y de fuerza, la sorprendía y la cautivaba a un
+mismo tiempo. Contemplábale arrobada, adorando en él al símbolo del
+poder masculino. Estas largas miradas extáticas no se le escapaban a
+Venturita, quien hacía muecas a Pablo o a su madre, para que las
+observasen. Gonzalo pagaba las atenciones de su novia con un «muchas
+gracias» rápido, sin volver el rostro hacia ella por temor de
+ruborizarse. Al levantarlo para contestar a Pablo, sus ojos tropezaban
+siempre con los de Venturita, cuya mirada risueña, y maliciosa le
+turbaba momentáneamente.
+
+Levantáronse al fin de la mesa y se diseminaron. Don Rosendo y Ventura
+desaparecieron. Pablo, después de charlar algunos instantes, concluyó
+por irse también. Quedaron solamente en el comedor doña Paula y los
+novios. Y todos tres fueron a sentarse en un rincón de la estancia en
+sillas bajas. Al poco rato no se oía más que un cuchicheo discreto, como
+si estuviesen confesando. Unidas las tres sillas, adelantando los
+cuerpos hasta tocarse casi las cabezas, comenzaron a charlar
+animadamente. Doña Paula abordó al instante la magna cuestión.
+
+—Estamos a veintiocho de abril... De aquí al primero de septiembre no
+hay más que cuatro meses—dijo, echándoles una larga mirada entre
+risueña y enternecida.
+
+Si fuese posible que Cecilia se pusiese más colorada, se hubiera puesto.
+El rostro de Gonzalo se contrajo con una sonrisa sin expresión, y bajó
+los ojos.
+
+Después de haberlos mirado otro rato, gozándose en su confusión, siguió
+doña Paula:
+
+—Es necesario ir pensando en el equipo de ropa...
+
+—¡Mamá, por Dios! Es muy pronto—exclamó la joven avergonzada, mientras
+el corazón quería salírsele del pecho.
+
+—No es pronto, Cecilia. Tú no sabes el tiempo que aquí echan las
+bordadoras en cualquier cosa. Un mes ha empleado Nieves para bordar dos
+escudos a la chica de doña Rosario... Y más pesada que ella todavía es
+Martina...
+
+—Nieves borda muy bien.
+
+—No, como bordar no hay en la villa quien le ponga el pie delante a
+Martina... Tiene manos de oro.
+
+—A mí me gustan más los bordados de Nieves.
+
+—Pues si quieres que ella te borde la ropa, por mí...—repuso doña
+Paula mirando a su hija con una condescendencia maliciosa.
+
+—¡No digo eso, mamá!—exclamó ésta toda apurada.—Sólo digo que me
+gusta más el bordado de Nieves que el de Martina.
+
+Al poco rato ya había consentido en discutir la cuestión de la ropa.
+
+Tratáronla en todos sus aspectos con la gravedad y el cuidado que
+merecía. A quién se encargarían los juegos de sábanas de batista, a
+quién los ordinarios, quién haría las camisas, dónde se comprarían los
+manteles, etc., etc. Todo fué tratado, medido y ponderado. Doña Paula
+emitía su opinión. Cecilia aparentaba contradecirla, pero en el fondo
+¿qué le importaba? Lo que embargaba su alma y hacía palpitar su corazón
+era aquella proximidad del matrimonio, reconocida expresamente. Así, que
+su voz salía temblorosa y algunas veces se le anudaba en la garganta sin
+querer salir. Sus ojos soltaban efluvios de dicha; tenían el brillo
+suave y misterioso de los luceros en las noches serenas de invierno.
+
+—¡Qué calor!—exclamaba de vez en cuando, y apoyaba las manos en sus
+mejillas encendidas.
+
+Gonzalo asentía con estúpida sonrisa a cuanto decían, y estiraba a
+menudo sus desmesuradas piernas que, por la escasa altura de la silla,
+se le dormían.
+
+Y cuando se concluyó con la ropa blanca, comenzaron con la de color. Y
+la conversación se enredaba; y Cecilia, sin mirar a su novio le veía; y
+los ojos de doña Paula, posados alternativamente en uno y en otro, se
+iban enterneciendo cada vez más; y los alientos se cruzaban. Los hombros
+de los futuros esposos se tocaban. Aquel suave cuchicheo, la dormida luz
+de la lámpara que apenas los envolvía, el contacto frecuente con el
+brazo de su amado, iban hinchendo el seno de Cecilia de una emoción
+voluptuosa que la desasosegaba. No pudiendo resistirla levantóse dos o
+tres veces para besar con vehemencia a su madre. A la tercera vez ésta
+se hizo cargo de lo que aquello significaba, y exclamó mirándola con
+ojos risueños y compasivos:
+
+—¡Pobrecita! ¡Pobrecita mía!
+
+Cecilia se tapó los suyos con las manos y estuvo así un rato.
+
+—¿Qué tienes?—le dijo al fin doña Paula.
+
+—Nada, nada.
+
+Pero continuó cubriéndose los ojos.
+
+—Vamos, ¿qué tienes, hija mía?
+
+—No tengo nada—contestó destapándose al fin. Su cara sonreía; pero
+tenía los ojos húmedos.
+
+—Ya sé, ya sé—dijo la señora—¿Quieres el éter? ¿Sientes opresión?
+
+—No siento nada. Estoy muy bien.
+
+La plática se enredó de nuevo. Doña Paula expresó la idea de que Gonzalo
+se viniese a vivir con ellos. Este se resistió un poco, porque
+comprendía que esto iba a disgustar a su tío. No obstante, concluyó por
+ceder a los ruegos de ambas. ¡Era tan natural que no quisieran
+separarse!
+
+—Pueden ustedes tener independencia. Yo me encargo de ello. Hay una
+sala grande, la sala amarilla... ya sabes, Cecilia... Tiene una alcoba
+espaciosa... Sólo falta el despacho para Gonzalo; pero ya he pensado en
+eso. Al lado de la sala está el cuarto de la ropa, que aunque da al
+patio, tiene buena luz. Hoy está hecho un asco; pero haciendo obra en él
+puede quedar una habitación muy decente... ¿Quiere usted verlo, Gonzalo?
+
+El joven manifestó que no había necesidad; que pasaba por todo lo que
+ella dijese; que ya lo vería... Sin embargo, la señora insistió y
+tomando una palmatoria los guió al otro extremo de la casa.
+
+—Esta es la sala... Grande, ¿no es verdad? Dos balcones... La alcoba.
+Caben muy bien dos camas... cuanto más una—añadió mirando a su hija,
+que se hizo la distraída cerrando un balcón.—Vamos ahora a ver el
+cuarto de la plancha.
+
+Y salieron de la sala, y salvando un corredor y dando una vuelta,
+entraron en otro cuarto lleno de armarios y otros trastos.
+
+—No se asuste usted por la distancia. Este cuarto está pegado a la
+sala. No hay más que abrir una puerta de comunicación.
+
+Gonzalo se inclinó hacia su novia y le dijo por lo bajo:
+
+—¿Por qué no me tratará mamá de tú, como tu papá? Díselo de mi parte...
+yo no me atrevo.
+
+Cecilia entonces se acercó al oído de su madre y murmuró con voz
+apagada, llena de vergüenza:
+
+—Gonzalo se alegraría de que le tratases de tú.
+
+—¿Qué dices, niña?—preguntó doña Paula, poniendo la mano en la oreja.
+
+Cecilia levantó un poquito la voz, haciendo un terrible esfuerzo.
+
+—Dice Gonzalo que por qué no le tratas de tú como papá.
+
+—Ah... me alegro que haya salido de él. No me atrevía... Bueno, pues en
+cuanto se abra una puerta aquí, en esta pared, ya puedes pasar de la
+sala al despacho sin cruzar el pasillo... ¿Te gusta la habitación? ¿Es
+bastante grande?
+
+—Demasiado. Mis negocios, por ahora, no exigen tanto.
+
+A Cecilia le retozaba en el cuerpo una pregunta. Estaba inquieta. Varias
+veces estuvo por tomar la palabra, pero el temor la retenía. Allá, al
+fin, en una pausa larga, se aventuró a decir:
+
+—Falta una cosa, mamá.
+
+—¿Qué falta?
+
+La joven se detuvo un instante, como para tomar arranque, y dijo al fin
+con voz temblorosa:
+
+—Falta un cuarto para arreglarse Gonzalo.
+
+—Es verdad; no me había hecho cargo... ¿Dónde tendría yo la cabeza?
+Pues ahora no encuentro sitio aquí cerca... Aguarda un poco...
+aguarda... Podríamos bajar la despensa al sótano y quedaba un cuartito,
+que bien arreglado, acaso serviría... Lo que hay es que no comunica con
+estas habitaciones. Tendrías que cruzar el pasillo.
+
+—¡Qué importa eso!
+
+Fueron de nuevo al comedor y se sentaron en el mismo rincón. Poco
+después de hacerlo apareció Venturita con un peinador blanco que dejaba
+ver enteramente la garganta de alabastro y una parte de su hermoso seno
+virginal. Traía sueltos por la espalda los cabellos, y calzaba unos
+lindos pantuflos bordados. Venía a despedirse para ir a la cama.
+Acercóse a su madre y la dió un beso en la mejilla, haciendo, mientras
+tanto, muecas maliciosas a su hermana, que Gonzalo no podía ver.
+
+—Vaya, buenas noches—dijo alargando a éste la mano.
+
+—Buenas noches—repuso él mirándola extático, con cierta especie de
+embelesamiento que no pasó inadvertido para la niña.
+
+Iba a retirarse, pero un sentimiento de coquetería la hizo volver desde
+la puerta y preguntar a Cecilia:
+
+—¿Dónde has colocado el calzador? He tenido que venir con chinelas por
+no hallarlo...
+
+Y al mismo tiempo mostró su lindo pie.
+
+—Pues allá está, en el cajón de la mesa de noche.
+
+—¡Si supierais qué sueño tengo!—dijo avanzando más y colocando una
+mano sobre la cabeza de su hermana.—¿Sabéis con qué se quita
+esto?—añadió sonriendo.
+
+Gonzalo la examinaba con atención. Era realmente una criatura perfecta.
+Cuanto más de cerca se la observase, más se admiraban las singulares
+partes de que estaba dotada. La epidermis era suave y brillante como el
+raso, de un color rosa desvanecido; la boca húmeda y fresca, de labios
+rojos un tanto grandes que descubrían al abrirse dos filas de dientes
+menudos e iguales; los cabellos dorados, sedosos, abundantes. Su única
+imperfección consistía en la estatura. Si tuviera la de su madre nadie
+se atrevería a ponerle un reparo, exceptuando, por supuesto, sus amigas.
+
+Notando que la examinaban, no acababa de marcharse. Daba vueltas en
+redondo para que se la viese bien por todas partes, adoptaba posiciones
+caprichosas, afectadas, dirigía preguntas impertinentes a su hermana,
+reía sin motivo, la cubría de besos y la sobaba sin consideración.
+
+—Déjame, Ventura. ¡Qué retozona estás hoy!—exclamaba aquélla con su
+franca sonrisa bondadosa, procurando desasirse.
+
+—Vaya, vaya, a la cama—decía doña Paula.
+
+—Voy.
+
+Pero en lugar de irse se abrazaba de nuevo a Cecilia; la hacía
+cosquillas aprovechando cualquier movimiento para decirla al oído:
+
+—¡Cómo estás gozando, picarona! No le eches esos ojazos, mujer, que le
+vas a aturdir.—Adiós, adiós, señores—concluyó por decir en voz
+alta...—Y dejar algo para mañana, ¿eh?
+
+—¡Qué tonta!—exclamó Cecilia ruborizándose.
+
+Doña Paula y Gonzalo sonrieron. Este dijo en voz baja:
+
+—¡Qué pelo tan hermoso!
+
+Ventura lo oyó, y dijo sacudiéndolo:
+
+—Es postizo.
+
+Todos se echaron a reir.
+
+—¿No lo cree usted?—preguntó con seriedad y acercándose.—Tire usted.
+Verá cómo se le queda en la mano.
+
+El joven no se atrevió, y continuó sonriendo.
+
+—Tire usted, tire usted—insistió ella volviendo la espalda y
+metiéndole el pelo por la cara.
+
+Gonzalo llevó la mano a él, pero no hizo más que acariciarlo.
+
+—¿Qué, no se le ha quedado? Es que está muy bien sujeto.
+
+Y salió corriendo de la estancia.
+
+Un rato todavía duró el cuchicheo secreto. Se tocaron algunos puntos de
+la vida futura. Cecilia escuchaba a su madre disertar sobre lo que
+debían hacer una vez casados, sintiendo un cosquilleo en el alma que
+apenas era poderosa a ocultar. Le había cogido una mano y se la apretaba
+y acariciaba con intermitencias nerviosas. De vez en cuando la llevaba a
+los labios y se la besaba con fuerza. Doña Paula la miraba con
+enternecimiento y sonreía gozándose en la felicidad que inundaba el
+corazón de su hija.
+
+El reloj del comedor vibró, dando las doce y media. Gonzalo levantóse
+apresuradamente.
+
+—¡Oh, qué tarde! ¿Qué dirá don Rosendo?
+
+—Nunca se acuesta antes de esta hora—repuso Cecilia.
+
+—Sí; pero ya sabes que emplea mucho tiempo en cerrar las
+puertas—replicó doña Paula.
+
+Cecilia calló. Gonzalo les dió la mano con efusión, prometiendo volver
+al día siguiente. Después pasó al despacho del señor de Belinchón para
+despedirse.
+
+La madre y la hija siguieron charlando en el mismo rincón sobre el mismo
+tema, recibiendo la primera un sinnúmero de abrazos y besos
+apretadísimos.
+
+—Esto no es para mí—decía con cierta expresión entre alegre y
+melancólica.
+
+—Sí, mamá, sí—replicaba la joven abrazándola con más fuerza.
+
+
+
+
+IV
+
+CÓMO LOS PARTICULARES DE SARRIÓ SE CONGREGABAN EN UN RECINTO NOMBRADO EL
+«SALONCILLO», Y LO QUE ALLÍ SE PLATICABA.
+
+
+Don Melchor de las Cuevas se levantó de la mesa, encendió un cigarro, y
+dijo, ofreciendo otro a su sobrino:
+
+—Vámonos a tomar café.
+
+Gonzalo quiso guardarlo en el bolsillo porque jamás hasta entonces se
+había autorizado el fumar delante de su tío; pero éste le retuvo el
+brazo.
+
+—Enciende, chiquito, enciende; ya has dejado de ser grumete.
+
+El joven sacó un fósforo y se puso a dar chupetones al cigarro con
+emoción.
+
+Salieron de la casa emparejados y bajaron lentamente por la calle
+disfrutando del bienestar voluptuoso que sienten las naturalezas
+poderosas después de una comida abundante. Parecían dos cedros gigantes,
+majestuosos, orgullosos de su altura. Y guardaban el mismo silencio que
+ellos cuando no les sopla el viento. Las mujeres que trabajaban a las
+puertas de sus casas los miraban con curiosidad tocada de admiración.
+
+—¿Quién es el señorito que va con don Melchor?
+
+—Mujer, ¿no le conoces? El sobrino; el señorito Gonzalo, que llegó ayer
+en la _Bella-Paula_.
+
+—¡Vaya un real mozo!
+
+—Como su padre don Marcos, que en paz descanse.
+
+—Y como su abuelo don Benito—añadió una vieja.—¡Qué familia tan noble
+y campechana!
+
+En las bocacalles por donde se descubría un cacho de mar, el señor de
+las Cuevas solía detenerse un momento para echar una ojeada escrutadora.
+
+—Por ahora bonanza. Dentro de poco terral.
+
+—¿Las ves?—dijo con expresión de triunfo al cabo de un instante.
+
+—¿Qué?
+
+—Las lanchas, hombre, las lanchas. ¡Cómo lo han olido!
+
+—No veo nada,—repuso Gonzalo sacándose los ojos por columbrarlas en el
+horizonte.
+
+—Sigues como antes. No ves más que la sopa en el plato—manifestó el
+tío sonriendo con lástima.
+
+El café de la Marina hervía ya de gente. El rumor de las conversaciones
+y disputas, el campaneo de las copas, el choque de las fichas de dominó
+contra el mármol de las mesas, formaba un ruido ensordecedor. Estaba
+situado en una plazoleta que formaba la Rúa Nueva al desembocar en el
+muelle, y una de sus fachadas miraba al mar. Reuníanse en él la mayor
+parte de los capitanes y pilotos que estaban en Sarrió de paso, y casi
+todos los que sin ejercer el oficio habitaban en la villa, con más los
+vecinos que sentían de un modo o de otro inclinaciones marítimas. Al
+atravesar por medio fueron llamados a gritos de diferentes mesas. Don
+Melchor era el hombre más popular, el más querido y respetado que
+entraba en aquel café. Fué necesario acercarse a saludar a unos y a
+otros, y presentarles a Gonzalo. Aquellos lobos se extasiaron mirándole;
+le apretaban la mano hasta descoyuntársela, y le ofrecían con todas las
+veras de su corazón una copa de ron y marrasquino. Cuando la rehusaba
+hablando de subir a tomar café arriba, la tristeza más honda se pintaba
+en sus rostros curtidos.
+
+Don Melchor tenía, en efecto, la costumbre de tomarlo en el Saloncillo.
+Este era un aposento del piso principal de aquella casa, que tenía
+comunicación con el café por medio de una escalerilla de hierro. Por
+ella subieron al cabo tío y sobrino. Ya estaban reunidos los notables
+del pueblo, sentados en un diván corrido, con sendas mesillas japonesas
+delante, donde cada cual tomaba su café. Por una de las puertas, que
+generalmente estaba abierta, se veía la sala de billar donde jugaban
+siempre las mismas personas rodeadas de los mismos mirones.
+
+Cuando don Melchor y su sobrino entraron, se hablaba de un proyecto de
+mercado cubierto para preservar de la intemperie a las pobres mujeres
+que vendían al raso legumbres y leche. Y Gonzalo recordó que en cierta
+ocasión que subió a buscar a su tío antes de irse a Inglaterra, se
+estaba debatiendo el mismo asunto. Los temas variaban poco en aquella
+asamblea. La existencia de la villa se deslizaba tranquila y serena en
+medio del trabajo cotidiano. Los únicos acontecimientos que sacudían de
+vez en cuando su letargo, eran la entrada o salida de cualquier barco
+importante, la muerte de una persona conocida, una letra protestada, el
+empedrado de algunas calles, la avería de algún cargamento, el alijo de
+un contrabando, la limpieza del muelle.
+
+Las mujeres y los muchachos estaban más socorridos de asuntos para
+saciar el humano afán de novedades: la llegada de un forastero guapo y
+elegante (gran sensación entre las niñas casaderas), que Fulanito
+acompañó a Margarita en el paseo por primera vez (¿por lo visto es cosa
+hecha ya?), que Severino el de la tienda de quincalla deslomó a su mujer
+de una paliza (¡bien empleado la está por haberse casado con ese
+burro!...). El traje que Fulanita sacó el día de Nuestra Señora (dicen
+que vino de Madrid... ¡Qué Madrid, mujer, si yo misma se lo he visto
+cortar a Martina!). El baile de confianza que se dará el jueves en el
+Liceo. (No toca baile ese día.—Pagan el gasto los pollos a escote.) Los
+graves varones que se reunían en el Saloncillo desdeñaban estos temas,
+aunque de vez en cuando, por excepción, picaban en ellos.
+
+A algunos, a don Rosendo, a don Mateo, a don Pedro Miranda y al alcalde
+don Roque, ya Gonzalo les había saludado la noche anterior. Pero estaban
+allí además Gabino Maza, don Feliciano Gómez, el ingeniero francés M.
+Delaunay, Alvaro Peña, Marín, don Lorenzo, don Agapito y otros cinco o
+seis señores, que se levantaron para abrazarle.
+
+Don Pedro Miranda, de quien ya hemos hecho mención, era un hombre que
+pasaba bien de los sesenta, bajo de estatura y de color, las mejillas
+rasuradas, la cabeza monda y lironda, los ojos grandes y apagados, los
+ademanes tímidos. Era el propietario territorial más rico de la
+población y el representante genuino de la aristocracia por venir de una
+antigua familia de terratenientes y no haber en la villa persona
+titulada que mejor la representase. No daba, sin embargo, importancia a
+este privilegio. Era hombre afable, modesto, que con todos los vecinos
+alternaba sin atender a su condición social, extremadamente servicial,
+siempre que no se tratase de dinero, y poco amigo de imponer su voluntad
+ni contradecir a nadie. Pero si declinaba enteramente las preeminencias
+del nacimiento, en cambio era celosísimo de sus derechos de propiedad.
+Jamás se había conocido ni se conocerá un propietario más propietario
+que don Pedro Miranda. Las instituciones de derecho vigente, las del
+derecho antiguo, las universidades, el ejército, la marina, la
+constitución política y hasta la religión, no tenían razón de ser a sus
+ojos sino como elementos que de un modo directo o indirecto afianzaban
+aquellos derechos. La máquina asombrosa del Universo estaba formada para
+sustentar sus títulos indiscutibles al dominio pleno de los Praducos,
+caserío situado a media legua de la villa, y al directo que poseía sobre
+el de las Meanas, con un canon anual de ciento quince ducados. Esta
+conciencia clarísima de su derecho engendraba, no obstante, por exceso
+de claridad, algunos conflictos. Venía un colono y le decía:—Señor;
+Joaquín el martinetero, ha cortado ayer las cañas del nogal que colgaban
+sobre su huerta.—¡Pero el nogal era _mío_!—exclamaba don Pedro
+enrojecido súbito por la cólera y sorpresa.—Sí, señor... pero como
+colgaban sobre su huerta...—¿Cómo se ha atrevido ese pillo a tocar en
+una cosa que es _mía, mía?_—Inmediatamente entablaba un interdicto, y
+como es natural, lo perdía. De estos interdictos había perdido ya
+algunas docenas en su vida, sin escarmentar jamás.
+
+Don Roque de la Riva, alcalde constitucional de Sarrió, a quien hemos
+tenido el honor de comparar, cuando por primera vez le vimos en el
+teatro, a un cortesano de Luis XV, o a un cochero de casa grande, no se
+distinguía por la pureza de la dicción; antes era ésta tan atropellada y
+confusa, que al interlocutor le costaba gran trabajo entenderle. No
+sabemos si era en la boca o en la garganta o en la región de las fosas
+nasales, donde el señor de la Riva tenía a bien machacar y atormentar
+las palabras; lo cierto es que salían casi siempre transformadas en
+sonidos obscuros, huecos, caóticos, completamente ininteligibles.
+Particularmente después de comer, se hacía imposible conversar con él. Y
+esto, no por otra razón, según decían, sino porque don Roque solía
+encargar a los pilotos amigos un vino del Rivero, tan exquisito, que
+nadie dejaría de beberlo, aun a riesgo de quedarse mudo. El jefe
+superior civil de la villa salía todas las tardes de su casa solo, en la
+apariencia, en realidad gratamente acompañado. Su enorme faz rasurada
+quería echar la sangre por los poros, concentrándose con preferencia en
+el lomo gigantesco de su nariz borbónica. Los ojos, con ramos de sangre
+también, medio velados por no poder sufrir la gran pesadumbre de los
+párpados, se espaciaban lentamente por todo el ancho de la calle,
+expresando un grado envidiable de bienestar físico. El paso grave,
+lento, vacilante, acusaba de igual modo una armonía perfecta entre sus
+facultades psíquicas y corporales. No le faltaba a don Roque para
+alcanzar la bienaventuranza más que tropezar con un alguacil, o
+barrendero, o sereno, o picapedrero, con cualquier empleado, en fin, del
+municipio. Desde lejos lo columbraba, y sus párpados se levantaban
+repentinamente, y las ventanas de la nariz se le abrían al olor de la
+presa. Si ésta, olfateando al tigre, se pasaba a la otra acera, o
+trataba de esconderse, don Roque le llamaba con voz de trueno.
+
+—¡Juan, Juaan, Juaaaan!
+
+La víctima acudía bajando la cabeza.
+
+—¿Has llevado el oficio a don Lorenzo?
+
+—Sí, señor.
+
+—¿Has dicho al secretario que dejase apartado el expediente del
+cementerio?
+
+—Sí, señor.
+
+—¿Has llevado las cédulas al pedáneo de San Martín?
+
+—Sí, señor.
+
+—¿Has ido a avisar a don Manuel que quite los escombros que tiene
+delante de su casa?
+
+En fin, iba preguntando, hasta que el pobre alguacil contestaba
+negativamente.
+
+Entonces, la voz de sochantre del alcalde se dejaba oir en toda la
+calle, y aun en los confines de la villa. Sus ojos se inyectaban, y su
+rostro apoplético llegaba a ponerse morado. Imposible entender lo que
+decía, si no eran los _ajos_ con que salpicaba el discurso, y aun éstos
+los ahuecaba de tal modo, que sólo la jota se percibía con claridad. La
+reprensión nunca duraba menos de quince o veinte minutos, el tiempo
+indispensable para desalojar la inmensa cantidad de _ajos_ que se le
+habían acumulado en el cuerpo desde la noche anterior. Así como hay
+personas que por la mañana se meten los dedos en la boca para provocar
+la bilis, don Roque necesitaba indefectiblemente este desahogo para
+quedar a gusto. No se le había oído jamás otra interjección, pero, en
+cambio, de ésta poseía tal abundancia, que no le bastaba poner una a
+cada palabra; a veces ponía dos o tres.
+
+Los tenderos salían a la puerta a escucharle, pero sonriendo, sin
+sorpresa alguna, como acostumbrados de antiguo a este espectáculo.
+
+—Don Roque hoy ha tirado de firme a los vencejos—le decía uno a otro
+en voz alta.
+
+—Mira qué caso le hace Juan.
+
+En efecto, el alguacil a cada vuelta en redondo que daba el alcalde, se
+llevaba el dedo pulgar a la boca y hacía la seña de empinar.
+
+Don Roque prefería encontrar a un barrendero o picapedrero en el
+ejercicio de sus funciones. Se acercaba a él cautelosamente por detrás,
+y le hincaba sus dedazos en el cuello.
+
+—¡...ajo! so tuno, ¿qué modo de barrer es ése? ¿Te parece ¡...ajo! que
+yo te pago para que me dejes la mitad de la porquería entre las piedras?
+¡...ajo! ¿Es esto gratitud? ¡...ajo! ¿Es esto vergüenza? ¡...ajo!
+
+A veces él mismo en el entusiasmo del discurso empuñaba la escoba y se
+ponía a dar al barrendero una lección de su oficio. Los tenderos, los
+pocos transeuntes que cruzaban por la calle y alguna señora que se
+asomaba al balcón con el ruido, soltaban a reir alegremente. El
+barrendero mismo, a pesar de su crítica situación, no podía reprimir una
+sonrisa viendo a aquel energúmeno con la levita remangada dando furiosos
+y desconcertados limpiones al suelo.
+
+—¡Así se barre!... ¡...ajo! (Golpe terrible de escoba.) ¡Así se
+barre!... ¡...ajo! (Otro golpe.) ¡Así se barre!... ¡...ajo! (Otro
+golpe.) ¡Así se barre!... ¡...ajo!
+
+Hasta que fatigado, sudoroso y a punto de caer a tierra con un derrame,
+le entregaba la escoba y recogía el bastón con borlas.
+
+Desahogado de este modo su noble pecho de la copia de ajos que le
+embargaba, emprendía de nuevo su camino y llegaba al Saloncillo en una
+felicísima disposición de cuerpo y espíritu.
+
+Gabino Maza era hombre de unos cuarenta y cinco años de edad, oficial de
+la Armada, retirado antes de tiempo porque su carácter díscolo no podía
+sufrir la disciplina militar. De rostro moreno aceitunado, ojos pequeños
+y vivos con ojeras constantes que pregonaban su temperamento
+excesivamente bilioso. Alto, seco, musculoso, la barba y el pelo de un
+color negro que daba en azul; los ademanes descompuestos siempre y
+violentos; la voz indefinible, grave unas veces, otras, cuando se
+enfadaba, que era casi siempre que se ponía a hablar, chillona y aguda,
+de un falsete tan estridente que rompía los oídos. Disfrutaba de una
+pequeña renta y de un pequeñísimo retiro, con los cuales podía vivir y
+alimentar a su familia en Sarrió con el respeto de un caballero
+acomodado. En la capital de la provincia le sería ya imposible.
+Disputador eterno, poniendo en cada disputa, por nimia que fuese, una
+cantidad de pasión y de violencia verdaderamente asombrosas; ganoso
+siempre de llevar la contraria a cuanto se decía aunque fuese más claro
+que la luz del mediodía; de un pesimismo feroz y antipático para juzgar
+a los hombres, a tal punto que no se dió el caso jamás de que creyese
+puros los móviles de una acción humana, por noble y honrada que
+apareciese; rencoroso y vengativo hasta la locura. Este hombre, sin
+embargo, no concitaba los odios del vecindario contra sí, como podía
+suponerse. En las aldeas y villas, por el trato íntimo, largo y
+constante de las personas, se penetra más en el alma de cada uno que en
+las grandes poblaciones. Un trato superficial hace, en éstas, simpáticos
+a muchos hombres fríos, egoístas y hasta perversos. Los modales
+corteses, las palabras afables, la sonrisa insinuante, proporcionan en
+seguida opinión de «persona agradable y decente». En provincia no vale
+nada de esto. Al contrario, se desconfía de la amabilidad excesiva y,
+sobre todo, de la sonrisa dulzona; se le buscan a cada hombre los
+pliegues y repliegues del alma con el mismo cuidado y atención con que
+un disecador va palpando y poniendo a la vista con el bisturí todas las
+fibras de la máquina corporal. Por donde son generalmente aborrecidos
+algunos hombres que al forastero le seducen, mientras otros, duros,
+violentos, agresivos, suelen caer en gracia. El disimulo, que es el
+talento de las naturalezas rudas y vulgares, no se perdona jamás en
+provincia, quizá por ser el vicio predominante en todas las relaciones
+sociales. Los genios vivos, los temperamentos exaltados, no causan temor
+como los «toros claros». Hay casi siempre en ellos un espíritu
+justiciero, que aunque exagerado y adulterado por la pasión, no acaba
+de hacerles antipáticos. Además, como la violencia y la exaltación son
+causa constante de sufrimiento, de malestar físico y moral, se juzga con
+razón que los hombres de tal temperamento llevan en sí mismos el castigo
+de sus demasías.
+
+Gabino Maza no era aborrecido ni excesivamente amado. Los que tenían de
+él agravios, le murmuraban y evitaban su encuentro llamándole
+«envidioso» y «mala lengua». Los que no, se reían de sus exageraciones y
+le abocaban con gusto, sin profesarle gran afecto tampoco.
+
+Otro de los personajes allí congregados era don Feliciano Gómez.
+Comerciante en géneros ultramarinos al por menor, poseedor al mismo
+tiempo de tres o cuatro pataches y algunos quechemarines que hacían el
+comercio de cabotaje por la costa cantábrica, aventurándose una que otra
+vez los de más porte a llegar hasta Sevilla. De mediana estatura, la
+cabeza desnuda de cabellos en forma de pirámide, patillas que le
+llegaban hasta la nariz, la voz casi siempre enronquecida. Era hombre
+divertido, bondadoso, optimista. Estaba soltero y vivía con tres
+hermanas de más edad, a quienes había hecho verdaderas señoras a fuerza
+de trabajo y economía. El pago que ellas le daban según pública voz, era
+tenerle dominado y sujeto como un niño, reprenderle agriamente las
+faltas más ligeras, y mortificarle y aburrirle por todos los medios
+imaginables. No obstante, a él nunca se le oyó una queja de ellas.
+
+El ingeniero belga, M. Delaunay, había llegado a Sarrió años atrás, con
+el objeto de beneficiar un coto minero de una poderosa compañía inglesa.
+La explotación no dió resultado. La compañía le retiró su comisión y el
+sueldo. Pero Delaunay, que poseía genio emprendedor y algún dinero, se
+metió sucesivamente en seis u ocho empresas industriales. Primero montó
+una fábrica de papel; después otra de puntas de París; más tarde intentó
+formar un criadero de ostras; después fábrica de quesos y de hielo. Por
+último quiso aprovechar unas grandes marismas que había cerca de
+Sarrió. Todas estas empresas habían fracasado, sin saber nadie por qué.
+Delaunay era inteligente, ilustrado, laborioso. Conocía cada industria
+que iba a ejercitar como el más competente maestro; encargaba los
+aparatos a Inglaterra, los montaba y los hacía funcionar felizmente,
+obteniendo productos muy aceptables. El achacaba sus caídas a la falta
+de vías de comunicación. La última de sus grandes empresas, abortada
+antes de nacer, le desacreditó más que ninguna otra. En una de sus
+excursiones por los alrededores de la villa, había visto próximos a una
+pequeña ría ciertos terrenos incultos que con poco esfuerzo podían
+reducirse a cultivo. Túvolo en cuenta; levantó el plano. Pocos meses
+después, cuando se vió forzado a cerrar la fábrica de hielo y despedir a
+los obreros, acordóse de las marismas y habló de ellas a don Rosendo
+Belinchón, a don Feliciano Gómez y a dos indianos más para que le
+ayudasen en su magna empresa. Replicaron ellos que era necesario verlas,
+y concertóse la excursión. Una mañana montados en sendos caballos
+emprendieron secretamente la marcha hacia la ría de Orleo, distante
+cuatro leguas de Sarrió. Al llegar cerca de ella dejaron los caballos y
+subieron a pie una colina, desde la cual se oteaban las marismas. ¡Cuál
+sería la vergüenza y confusión de Delaunay al ver los terrenos que
+intentaba robar al mar, cubiertos de maíz, verdes y florecientes que
+eran una bendición de Dios! En efecto, hacía más de seis años que
+estaban cultivados. Su equivocación nació de haberlos visto en diciembre
+cuando estaban descansando. Dieron la vuelta para la villa, y el suceso
+produjo en ella la risa que debe suponerse.
+
+Quedó al cabo arruinado. Vióse obligado a vivir miserablemente. Pero,
+lejos de apagarse en su espíritu el furor de las empresas, encendióse en
+la pobreza con más ímpetu. De tal modo que no dejó un solo capitalista
+en Sarrió a quien no tantease con el fin de embarcarle en alguna. Unas
+veces era un tranvía a la capital, otras un puerto de refugio o unos
+muelles de madera, otras una gran fonda. Algunos indianos, pocos por
+cierto, por él seducidos, pagaron con algunos miles de duros su
+inocencia. El caso es que Delaunay era hombre de talento, estudioso,
+enterado muy bien de todos los adelantos de la ciencia y la industria.
+Imposible despreciarle sin cometer una injusticia.
+
+El ayudante de Marina del puerto, Alvaro Peña, joven de treinta años,
+moreno, con grandes ojos negros y bigotes a lo Víctor Manuel, se
+caracterizaba por un odio profundo, implacable, al estado eclesiástico y
+a todo el que lo representase, aunque fuese su mismo hermano. Sin ser
+aficionado en modo alguno a la ciencia o la literatura, poseía una
+biblioteca bastante numerosa, compuesta exclusivamente de libros contra
+la religión y sus ministros. Estaba suscripto a tres o cuatro periódicos
+conocidos por sus opiniones anti-clericales, y se decía que desde hacía
+algunos años venía ocupándose en acumular datos para un libro que
+pensaba publicar con el título de _La religión al alcance de todas las
+fortunas_, del cual varios vecinos conocían ya algunos fragmentos. Era
+alegre, valiente, aficionado a cuentos y chascarrillos, donde siempre
+jugaba papel principalísimo algún cura o monja. No pronunciaba bien las
+erres.
+
+Don Jaime Marín, propietario de cuatrocientas fanegas de pan, que con la
+contribución equivalían a unas seis mil pesetas, sería un gran calavera,
+un licencioso, un monstruo de corrupción si no tuviese por mujer a doña
+Brígida. Esta eminente señora había conseguido con una saludable energía
+que su marido no arruinase a la familia y los echase a todos por
+puertas. Antes que desbaratase su hacienda logró que se la privase
+judicialmente de la administración de los bienes y se le encomendase a
+ella. No es fácil representarse la firmeza con que doña Brígida empuñó
+las riendas de la casa. Ningún patricio romano tuvo jamás una idea más
+perfecta del _sui juris_, de los sagrados derechos que «la ciudad» había
+depositado en sus manos. Desde que esto acaeció, don Jaime, a pesar de
+sus cincuenta y pico de años, pasó a ser en sus manos una verdadera
+_cosa_ como previene la Instituta. En su condición de _alieni juris_
+hubo de sufrir la acción directa y constante de su dueño y señor, y
+sujetarse en un todo a su omnímoda voluntad. ¡Adiós cenas opíparas con
+mariscos y vino de Rueda en el café de la Marina! ¡Adiós caza de la
+liebre con Fermo el carnicero y Marcelino el tallista! ¡Adiós noches
+seductoras de tresillo! ¡Tardes de paz y de dicha en el lagar de
+Sebastián de la Puente, adiós! La inflexible señora depositaba en sus
+manos cada domingo tres pesetas; ni más ni menos. Era todo el caudal de
+que disponía durante la semana para sus vicios, salvo el fumar, que ella
+subvencionaba, comprando los cigarros por sí misma. Cuando necesitaba un
+sombrero, ella se lo compraba; cuando un traje o unas botas, se avisaba
+al sastre o zapatero para que viniese a tomar las medidas. Hasta se le
+impedía ir a la barbería, por temor de que se gastase los dos reales.
+Venía el barbero a afeitarle los sábados. Por cierto que, con poca o
+ninguna consideración, el rapador de barbas llegaba algunas veces a las
+nueve de la mañana, cuando don Jaime estaba durmiendo.
+
+—¿Qué hago?—preguntaba a doña Brígida.
+
+—Aféitele usted—contestaba la severísima señora.
+
+El barbero, obedeciendo la consigna, se acercaba, le embadurnaba la cara
+de jabón y le despojaba bonitamente de las barbas sin que don Jaime se
+despertase más que a medias. Echaba otro sueño, y al despertarse de
+veras solía decir a la criada que le servía el chocolate:
+
+—Hoy es sábado; que llamen al barbero.
+
+—¡Tonto, borricote, incapaz de sacramentos!—contestaba su dulce
+consorte desde el gabinete.—¿No ves que estás afeitado ya?
+
+—¡Pues es verdad!—decía el buen señor palpándose la cara.
+
+En un principio solía pedir a sus amigos o conocidos del café algún
+dinero para jugar al tresillo, y bebía al fiado en el café; pero al poco
+tiempo ni los amigos quisieron darle nada, ni el dueño del
+establecimiento le fiaba ya por valor de dos cuartos. Faltó poco para
+que doña Brígida le echase a rodar por las escaleras cierto día que le
+llevó una cuenta de ciento veinte reales.
+
+Don Jaime quedó, pues, reducido a pasar las horas mirando jugar al
+tresillo y dando a los jugadores consejos que no le agradecían. Los
+gananciosos solían pagarle la copa de ron. Una que otra vez jugaba a las
+damas con don Lorenzo, y como éste se negaba rotundamente a seguir la
+partida sin interés, preciso era que Marín arbitrase alguno que no fuese
+metal precioso. Discurrió exponer uno de los dos cigarros puros que su
+mujer le daba por la mañana. Cuando lo perdía, aquella tarde se quedaba
+sin fumar. A veces buscando el desquite, perdía dos y tres que iba
+entregando uno a uno a su adversario en los días sucesivos. Entonces se
+dedicaba, como sus amigos decían, «a la gramática», esto es, a pedir
+aquí y allí un pitillo para calmar el insufrible prurito de chupar.
+¡Pobre Marín!
+
+Lo que doña Brígida no pudo jamás, fué hacerle acostarse a una hora
+regular. Tantos años de trasnochar hasta las cuatro o las cinco de la
+mañana, habían formado un hábito imposible de vencer. Como reteniéndole
+en casa no se iba de todos modos a la cama hasta que rayaba el alba, y
+pasaba la noche trasteando por las habitaciones, y como el vicio de
+trasnochar por sí solo es de los más baratos que se conocen, la
+ingeniosa señora le dejaba retirarse a la hora que quisiera. Permanecía
+en el café de la Marina con los últimos parroquianos. Después que éstos
+se retiraban, todavía se quedaba mientras los mozos colocaban en su
+sitio la vajilla y el dueño apuntaba las últimas partidas. Cuando
+materialmente le echaban del establecimiento se iba a hacer compañía al
+sereno de la Rúa Nueva, muy su amigo. Charlando con él mataba las horas
+que aún faltaban para el amanecer.
+
+Don Lorenzo, don Agapito, don Pancho, don Aquilino, don Germán y don
+Justo, eran _indianos_, esto es, gente a quien sus padres habían enviado
+a América de niños a ganarse la vida y habían vuelto entre los
+cincuenta y sesenta años con un capital que variaba de treinta a cien
+mil duros. Había de éstos más de cincuenta en Sarrió. El duro trabajo y
+la sujeción en que habían vivido muchos años, les hacía tener de la
+felicidad una idea muy distinta de la nuestra. Para nosotros la dicha
+consiste en gozar un placer nuevo cada día, agitarse, viajar, gozar con
+el cuerpo y el espíritu de la hermosa variedad de cosas que la
+Naturaleza nos ofrece. Para ellos se cifraba única y exclusivamente en
+no trabajar, pasar un día y otro redimidos de la dura ley impuesta por
+Dios a Adán después del pecado. Y la verdad es que se cebaban ferozmente
+en este goce singular. La mayor parte de ellos tenían su capital en
+papel del Estado, cuya renta, cuando se cobra no origina molestia
+alguna. Levantábanse temprano por el hábito de madrugar, y andaban toda
+la mañana por las calles o por el muelle en pandillas de seis u ocho
+mirando la entrada y salida, la carga y descarga de los barcos. Después
+de comer se iban al entresuelo del café de la Marina o al de la Amistad,
+y pasaban tres o cuatro horas jugando o mirando jugar al billar.
+
+«¡Anda, bolita de hueso, anda, entra en cabaña!—Déjela, déjela, don
+Pancho, que va herida.—Sal, niña, sal de la manigüita.—¡Ah, ah, qué
+bien mete uté, don Lorenso!—No se ponga bravo, don Pancho!»
+
+El juego siempre iba salpicado de estas frases que olían a plátano y
+cocotero. Cuando los días eran largos, veíaseles allá a la tarde por las
+cercanías de la villa paseando también en pandilla o sentados sobre el
+césped a orillas de una fuente. Era la hora de los recuerdos tropicales.
+
+«¿Se acuerda uté, don Agapito, se acuerda uté de aqueya mulatica perra
+que le venía a dar plasé a la tienda?—¡Y qué bien que cantaba las
+guarachas, la sinvergüensa!—Disen que uté alguna vese la sobaba, don
+Agapito, la sobaba duro.—¿Y cómo no, don Pancho, si a lo mejó se me iba
+al baile de la gente de coló con el negro de mi compare don
+Justo?—¡Vaya, hombre, no diga eso, que me enoha! El que se iba al
+baile era uté. ¡Poquita vese que le he visto trabao con eya bailando el
+chiquita abajo, chiquita abajo!»
+
+No había que contar con ellos para subvencionar la orquesta, ni el
+teatro, ni otro recreo público. Los jóvenes indígenas si querían
+divertirse necesitaban apelar al bolsillo de sus papás. Ya sabían que
+era inútil solicitar el auxilio del oro americano. Esto les indignaba.
+Por la espalda, y aun de frente, les llamaban roñosos, aldeanos, burros
+cargados de dinero. Pero los indianos tenían la piel muy dura y
+despreciaban tales desahogos. El que les tenía un odio declarado (¿a
+quién no lo tenía?) era Gabino Maza.—«¿Para qué sirven esos cincuenta
+vagos tirados todo el día por la calle, abriendo la boca y estirándose
+como los perros? ¡Si destinaran siquiera su dinero a alguna industria
+útil a la población!»
+
+Cuando don Melchor de las Cuevas y su sobrino entraron en el Saloncillo,
+el único que se mantenía en pie en medio del corro gesticulando era este
+mismo Gabino Maza. No podía permanecer dos minutos sentado. La continua
+exaltación de su organismo, la vehemencia con que trataba de persuadir a
+sus oyentes, le obligaba a alzarse en seguida del asiento, lanzarse al
+medio del salón y gritar y manotear hasta que se le concluía el aliento
+y las fuerzas. Se hablaba de la compañía del teatro que había anunciado
+su marcha por haber experimentado pérdidas en el primer abono de treinta
+funciones. Maza trataba de convencerles de que no había habido
+semejantes pérdidas, que todo era una superchería.
+
+—¡No es verdad, no es verdad! El que diga que han perdido un céntimo
+¡miente!... (_Bajando la voz y dando la mano a Gonzalo._)—¿Cómo estás,
+Gonzalo? Ya sé que has llegado ayer. Vienes bueno: me alegro... ¡Repito
+que miente! ¿A que no se atreven a decírmelo a mí?
+
+—Seis mil reales han perdido en las treinta funciones, según los datos
+que me presentó el barítono—apuntó don Mateo.
+
+Maza rechina los dientes. La indignación no le permite hablar. Al fin
+rompe.
+
+—¿Y usted hace caso de ese borracho, don Mateo?... Vaya, vaya (_con
+afectado desdén_), a fuerza de tratar con cómicos se le ha olvidado el
+oficio, como al herrero de marras.
+
+—Oye tú, botarate; yo no he dicho que lo creyese. Lo único que digo, es
+que así resulta de los datos que me presentó el barítono.
+
+Maza da una vuelta en redondo, se coloca otra vez en medio del salón,
+arranca violentamente el sombrero de la cabeza con ambas manos, y
+agitándolo vocifera frenético:
+
+—¡Pero, señor! ¡pero, señor! ¡no parece más que aquí nos hemos caído de
+un nido!... ¿Quieren ustedes decirme qué han hecho de veinte mil y pico
+de reales que ha importado el abono, y casi otro tanto que habrá entrado
+en la taquilla?
+
+—Los sueldos son muy crecidos—apuntó el ayudante del puerto.
+
+—¡No seas borrico, por la Virgen Santísima, Alvaro! ¡No seas
+borrico!... Te diré en seguida los sueldos (_contando por los dedos_).
+El tenor, seis duros; la tiple, otros seis, son doce; el bajo, cuatro,
+son diez y seis; la contralto, tres, son diez y nueve; el barítono,
+cuatro...
+
+—El barítono, cinco—apuntó Peña.
+
+—El barítono, cuatro—insistió furibundo Maza.
+
+—A mí me consta que son cinco.
+
+—El barítono, cuatro—rugió de nuevo Maza.
+
+Alvaro Peña se levanta exaltado a su vez, ardiendo en noble deseo de
+llevar el convencimiento a su adversario, y se entabla una contienda
+furiosa, descomunal, que dura cerca de una hora, en la que toman parte
+todos o casi todos los socios de aquella ilustre reunión de notables.
+Nada más semejante a las famosas reyertas que entre los griegos pasaban
+delante de los muros de Ilion. El mismo fragor y cólera. La misma
+sencillez primitiva en los argumentos. La misma violencia candorosa y
+bárbara en los dictados.
+
+«¡Habrá hombre más pollino!—¡Calla, calla, cabeza de
+alcornoque!—¡Habló el buey, y dijo mú!—Te digo que faltas a la verdad,
+y si lo quieres más claro, te digo que mientes.—¡Jesús, qué
+gansada!—Parece usted una mala mujer.»
+
+Eran muy frecuentes, casi cotidianos, tales altercados en el Saloncillo.
+Como todos los que tomaban parte tenían un modo directo, enteramente
+primitivo de apreciar las cuestiones, parecido, por no decir igual al de
+los héroes de Homero, la argumentación establecida al comienzo de la
+disputa, seguía invariablemente hasta el fin. Había hombre que pasaba
+una hora repitiendo sin cesar: «¡No hay derecho a meterse en la vida
+privada de nadie!» o bien: «Eso sucederá en Alemania, ¡pero como estamos
+en España!»... Alguno era, todavía más breve, y gritaba siempre que le
+dejaban un hueco:—«¡Chiflos de gaita! ¿sabéis? ¡chiflos de gaita!»
+hasta que caía exánime en el diván.
+
+Pero lo que perdían en amplitud los argumentos ganábanlo en intensidad.
+Cada vez eran expresados con mayor y contundente energía, y con más
+descompasadas voces. De tal modo, que raro era el día que no saliese de
+allí alguno ronco; generalmente, eran Alvaro Peña y don Feliciano; los
+más débiles de laringe, no los más voceadores. Que el Ayuntamiento había
+mandado podar los árboles del paseo de Riego: disputa en el Saloncillo.
+Que el dependiente de la casa González Hijos se había escapado con
+catorce mil reales: disputa. Que el cura de la parroquia se negaba a dar
+certificado de buena conducta al piloto Velasco: Alvaro Peña tuvo un
+vómito de sangre a consecuencia de esta disputa.
+
+Ningún desabrimiento quedaba jamás después de ellas, ni había memoria de
+que hubiesen originado cuestión personal alguna. ¿Cómo podía haberla
+cuando todos habían convenido tácitamente en aceptar sin enojarse los
+graciosos epítetos de que hemos hecho mención? El carácter local de los
+temas, era perfecto. La política tenía en Sarrió muy pocos cultivadores.
+Sólo cuando los periódicos noticiaban algún suceso de mucho bulto, se
+preocupaban momentáneamente con ella sus habitantes. Hacía cerca de
+veinte años que la representación del distrito en el Congreso estaba
+encomendada al opulento banquero Rojas Salcedo, el cual sólo una vez en
+su vida había estado en Sarrió a tomar leche de burra. Nadie pensaba en
+disputarle la elección. Generalmente se hacía reuniéndose los
+presidentes y secretarios de los colegios, y apuntando en las actas el
+número de votos que se les antojaba. La razón de esto, era que Sarrió
+siempre había sido una villa comercial donde cada uno podía ganarse la
+subsistencia sin recurrir a los empleos del Estado. La mayoría de los
+jóvenes, después de haber pasado dos o tres años en algún colegio de
+Inglaterra o Bélgica, se empleaban en los escritorios de sus padres y
+eran sus sucesores en ellos. Otros, los menos, seguían alguna carrera
+militar o civil de sueldo fijo, y sólo venían de tarde en tarde a pasar
+unos días con su familia.
+
+Sarrió, hay que confesarlo de una vez, era una población dormida para
+todas las grandes manifestaciones del espíritu, para todas las luchas
+regeneradoras de la sociedad contemporánea. Nadie estudiaba los altos
+problemas de la política. Las terribles batallas que los diversos bandos
+libran en otras partes para conseguir la victoria y el poder no
+apasionaban en modo alguno los ánimos. En una palabra, en Sarrió el año
+de gracia de 1860 no existía la vida pública. Se comía, se dormía, se
+trabajaba, se bailaba, se jugaba, se pagaba la contribución; pero todo
+de un modo absolutamente privado.
+
+Cuando se cansaron de disputar los del Saloncillo y llevaban de vencida
+la digestión, don Mateo les anunció, relamiéndose de gusto, que le tenía
+sin cuidado la marcha de la compañía. Dentro de pocos días preparaba una
+sorpresa a los sarrienses. Después de muchos trabajos, se consiguió que
+desembuchara. Estaba en tratos con el célebre Marabini, frenólogo,
+prestidigitador. Acaso el martes... sí, el martes o el miércoles podrían
+admirar sus habilidades en el teatro. Traía además cuadros disolventes y
+un lobo domesticado.
+
+Gonzalo se había ido a la sala de billar y veía jugar el _chapó_ a media
+docena de indianos, los cuales al dar el tacazo, hacían sonar como un
+repique de campanas todos los dijes de oro que pendían de sus enormes
+cadenas de reloj. Estas cadenas y estos dijes eran el atractivo más
+poderoso, la tentación suprema que presentaban a sus hijos los artesanos
+de Sarrió para decidirles a ir a Cuba.—«¡Tonto, quién te verá venir
+dentro de pocos años con levita de paño fino, gran camisola planchada,
+bota de charol y mucha cadena de relós, como don Pancho!» A este último
+envite casi ningún muchacho resistía.—«¿Que me dé siete vueltas al
+cuello, padre?—Sí, hombre, sí, y con una porción de lapiceros de oro y
+guardapelos colgando.» Y allá se iban de cabeza los pobres chicos en la
+_Bella-Paula_, en la _Carmen_, en la _Villa de Sarrió_ o en otro
+barcucho de vela cualquiera, a perecer del vómito negro o del hambre,
+más negra aún, fascinados por el brillo de aquellas joyas cursis que
+representaban los ojos de la terrible Loreley.
+
+Las actitudes de algunos indianos jugando, como gente que no está
+avezada a reprimir sus ademanes y componerlos, eran extrañas y
+graciosas; servían de regocijo a los jóvenes del pueblo, cuya antipatía
+a los americanos se manifestaba siempre por la burla. Quién, como don
+Benito, daba fuertes taconazos en el suelo mientras las bolas corrían;
+quién, como don Lorenzo, se inclinaba a un lado y a otro, se torcía y se
+retorcía como si de sus movimientos dependiese que la bola se inclinase
+a un sitio u otro; quién, por fin, como don Pancho, que era pequeño y
+gordo, casi cuadrado, se subía de un brinco al diván después de haber
+empujado la bola, para mejor ver los estragos que había hecho en los
+palos. De vez en cuando se oía el grito de impaciencia de alguno de
+ellos dirigiéndose al chico:—«¡Apunte, niño, no se distraiga!»
+
+Al lado de Gonzalo vino a sentarse don Feliciano Gómez, que comenzó a
+marearle con su charla bondadosa e insubstancial, dándole a cada
+instante palmaditas afectuosas en el muslo como tenía por costumbre.
+
+—¿Cuándo es el gran día, Gonzalín? ¿Pronto, eh? ¡Vaya, que tengo ya
+ganas de verte con tu señora del brazo yendo a misa de doce!... Bien, mi
+queridín, bien; vas a ser feliz. En casa las nenas (_así llamaba a sus
+ancianas hermanas siempre_) no me dejan vivir desde ayer: «¿Cuándo se
+casa Gonzalín? no dejes de preguntárselo.» ¡Como te han visto nacer las
+pobres!... No hay nada como el matrimonio para vivir contento y
+tranquilo. Tú me dirás: y siendo así, ¿por qué no se ha casado usted,
+don Feliciano? Oyes, mi queridín, ¿por qué me había de casar si vivo
+feliz soltero? ¿Qué me hace falta a mí? Tengo en casa a las nenas que me
+cuidan a qué quieres boca, que me adoran... (¡Pobre hombre! otra cosa
+muy distinta se decía en el pueblo.) Y para otras cosas... nunca falta
+Dios; ¿verdad, mi queridín?... Además, mientras uno es mozo se padece
+mucho. Todo se vuelve apetecer y rabiar... Hay aquí dentro un fuego que
+no le deja a uno sosiego... Pero cuando vienen los años y cesa el calor
+amante y se queda uno fresco como una lechuga, entonces, ¡en grande, mi
+queridín!... Mira, si me dijesen ahora: «Feliciano, ¿quieres volverte a
+los veinte años?» ¡Ca! a otro perro con ese hueso. La gran edad del
+hombre, los cincuenta años. No lo dudes, Gonzalín. Ahora es cuando se
+sabe lo que es comer y dormir con tranquilidad. ¿Hay ninguna Fulana que
+valga una fuente de sardinas frescas acabadas de freir?... ¿Y una
+langosta con sidra sacada por el espichón? ¿No se te hace la boca agua,
+hijo del alma?... Tú ahora casarte y besitos y «mi vida» para aquí y
+«alma mía» para allá, ¿verdad?... Bien, bien, descuida que todo se
+andará. Esto es bueno, pero aquello es mejor... La muchacha es de buena
+familia... Don Rosendo está rico... Vas bien, vas bien, mi queridín...
+Pero oye, ¿por qué no te casas con la pequeña, con Venturita, que es más
+guapa? Yo no digo que la primera sea fea; pero no hay duda que la
+segunda es más linda; un botón de rosa. ¡Qué ojos tan pícaros! ¡qué
+pelo! ¡qué dentadura! ¡qué garbo! En fin, si estás comprometido con la
+otra no digo nada... ¡Pero lo que es como guapa!... Y la familia, la
+misma...
+
+Estas palabras hicieron una impresión extraña en Gonzalo. El pensamiento
+así expresado era la fórmula brutal, pero exacta y precisa de su vago
+imaginar, de cierto desasosiego que le había quedado desde la noche
+anterior. Efectivamente, ¡qué ojos tan hermosos, tan cándidos y
+maliciosos a la vez! ¡Qué cutis de alabastro! ¡Qué labios, qué dientes,
+qué dorada madeja de cabellos! Cecilia, la pobre, estaba aún más delgada
+que cuando se había ido y más desgarbada. ¿Cómo le había gustado aquella
+chica? Gonzalo se confesó con sencillez que gustar... lo que se llama
+gustar de veras... como ahora Venturita, por ejemplo, nunca le había
+gustado. ¿Entonces por qué?... ¡Vaya usted a saber lo que son estas
+cuestiones! Era un niño, no hablaba con señoritas. La amabilidad de
+aquélla le impresionó... Luego cierta vanidad de tener novia... Después
+la distancia que agranda y mejora los objetos... En fin, todo se había
+combinado para ligarle a aquella muchacha... ¡Pero si él hubiera visto
+antes a Venturita!... Más valía no pensar en ello. El asunto estaba ya
+demasiado adelantado para volverse atrás.
+
+Contra su costumbre, quedóse un buen cuarto de hora pensativo mirando
+rodar las bolas de marfil sin verlas. Don Feliciano se había ido. Al fin
+su robusto temperamento sanguíneo se sobrepuso a aquellas nerviosidades
+insanas que pretendían turbarle. Alzóse del asiento. Los rasgos de su
+fisonomía, contraídos momentáneamente, se dilataron, y se esparció, por
+ella la sonrisa serena que la caracterizaba. Al mismo tiempo se encogió
+de hombros con un supremo desdén. Con aquel gesto parecía decir:—«Me
+caso con la más fea de las chicas de Belinchón... bueno, ¿y qué? De
+todos modos, sea con una o con otra, ¡aunque no me case con ninguna! yo
+he de ser feliz. No necesito que la felicidad me venga de fuera. La
+llevo dentro de mí, en este humor de ángel que Dios me dió, en el dinero
+que mis padres me dejaron, en esta salud inconcebible, en esta fuerza de
+toro...»
+
+Cuando entró de nuevo en el Saloncillo, grandemente perturbados halló a
+sus cotidianos tertulios con la nueva que acababa de traer Severino el
+de la tienda de quincalla:—«¿No saben ustedes lo que pasa,
+señores?»—Todos se levantan y le cercan. El comerciante habla
+visiblemente conmovido.—Esta noche han robado y asesinado a don
+Laureano.—¿Qué don Laureano, el de la quinta?—Sí, el de las Aceñas...
+Dicen que a las dos y media, poco más o menos, entraron nueve hombres
+enmascarados en su casa, molieron a palos al criado, amarraron a la
+señora y a la criada y a don Laureano lo degollaron... Antes creo que le
+hicieron sufrir mucho para obligarle a soltar el dinero... El buen señor
+no tenía más que doce mil reales, y ellos empeñados en que había gato
+escondido... Le amarraron por aquí, salva sea la parte, y tira que tira
+para hacerle cantar...
+
+Un estremecimiento de horror agitó a los notables de Sarrió. Quedáronse
+pálidos como si se les hubiese aparejado ya a todos aquel espantoso
+tormento. La quinta de las Aceñas estaba a una legua de la villa, en la
+soledad de un bosque de pinos; pero nadie tuvo esto en cuenta. Veíanse
+ya asaltados en sus casas de la Rúa Nueva o de Caborana y asesinados
+crudelísimamente. ¡Sobre todo aquellos tirones! ¡Santo Cristo, qué
+atrocidad!
+
+Pasados los primeros momentos de sorpresa, comenzaron los comentarios en
+voz baja. Los ladrones no serían de muy lejos. Sin embargo, no se
+recordaba que en Sarrió ni en sus alrededores hubiera pasado jamás una
+cosa semejante. Marín afirmó que hacía ya días que veía algunos hombres
+sospechosos de noche. Esta noticia produjo en los circunstantes un
+saludable terror que no llegó a manifestarse. Todos se propusieron no
+salir de casa por la noche, sin comunicarse, no obstante, tan acertada
+resolución. El alcalde manifestó que, en su opinión, los ladrones debían
+de haber venido de Castilla.—¿De Castilla?—Sí, señor, de Castilla...
+Oí contar a mi padre (que en gloria esté), que el año de cinco se
+presentaron diez y siete hombres a caballo y armados en Sariego,
+rodearon el pueblo y robaron a don José María Herrero sesenta mil duros
+que tenía escondidos debajo de uno de los ladrillos del hogar.
+
+En cualquiera otra ocasión, los tertulios habrían observado que el que
+hubiera acaecido tal suceso en Sariego el año de cinco, no implicaba
+necesariamente que sucediese lo mismo en las Aceñas el año de sesenta.
+Pero ahora nadie se atrevió a contradecir la aventurada proposición. Y
+siguieron cementando en voz baja el suceso, y parecían estar todos de
+acuerdo en las opiniones más extravagantes y contradictorias. Mas como
+no se había dado jamás el caso de que Gabino Maza asintiese por más de
+diez minutos a lo que en su presencia se hablase, tomó pretexto de una
+sencillísima indicación, hecha por don Feliciano Gómez, con la perfecta
+naturalidad y modestia que caracterizaban los discursos de este
+distinguido comerciante, para caer sobre él de un modo tan violento como
+injustificado.
+
+—¡Ya me extrañaba que no soltases alguna coz! ¿Para qué quieres que se
+registren las casas de los vecinos? Te figuras que te vas a encontrar
+allí muy apiladito el dinero de don Laureano.
+
+—Si no se halla el dinero, se hallará algún indicio...
+
+—¿De qué, cabeza de chorlito, de qué?
+
+Armóse la disputa consabida. Se chilló, se alborotó lo indecible. Al
+fin, nadie pudo entenderse, como siempre. Las voces se oían
+perfectamente en toda la plazoleta de la Marina; pero los transeuntes
+estaban acostumbrados, y no se paraban a escucharlas.
+
+
+
+
+V
+
+¡¡¡LADRONES!!!
+
+
+Y desde entonces los notables de Sarrió, no pusieron el pie en la calle
+de noche, como discretamente se lo habían propuesto. La tertulia del
+Saloncillo de última hora, la de la tienda de Graells, la de la Morana
+misma, quedaron abandonadas. Los cuatro o seis herreros establecidos en
+la villa no daban ni podían dar cumplimiento a los numerosos pedidos de
+cerraduras, pasadores, trancas de hierro y llaves maestras que de todas
+las casas les hacían. Los ladrones de las Aceñas no habían sido habidos.
+Todos preveían, con más o menos fundamento, que andaban rondando la
+población para caer, sobre ella a saco en un plazo perentorio.
+
+No obstante, como el hombre se habitúa a todo, hasta a la enfermedad,
+hasta a las conferencias del Ateneo, los vecinos de Sarrió, al cabo de
+algunos días se habituaron al peligro. Comenzaron a salir de sus casas,
+cerrada ya la noche, si bien con las debidas precauciones. El primero
+que se aventuró fué Marín. Siendo inútiles todos los esfuerzos que doña
+Brígida hizo para que se durmiese a una hora racional, le arrojó de casa
+sin conmiseración. Don Jaime pidió permiso para sacar debajo de la talma
+azul gendarme que usaba por las noches, un viejo fusil de chispa que
+había en el desván. La magnánima señora se lo otorgó a condición de
+llevarlo descargado. Salió después Alvaro Peña. Como autoridad militar
+hasta cierto punto y hombre que gozaba fama de enérgico, estaba obligado
+a mostrar valor en aquellas críticas circunstancias: llevaba dos
+pistolas de arzón en los bolsillos, y bastón de estoque. El alcalde don
+Roque, que desde tiempo inmemorial venía asistiendo a la tienda de la
+Morana en compañía de don Segis el capellán de las monjas Agustinas y
+don Benigno el coadjutor de la parroquia, y se bebía en el transcurso de
+la noche, de cuatro a ocho vasos de vino de Rueda, según las
+circunstancias, no pudo sufrir el hogar doméstico más de tres días y
+salió también a la calle. Le acompañaba el octogenario alguacil Marcones
+con tercerola y sable. El iba armado de revólver y estoque.
+
+Después, y sucesivamente, fueron saliendo y diseminándose por las
+tertulias nocturnas don Melchor, Gabino Maza, don Pedro Miranda,
+Delaunay, don Mateo, y todos los demás. Los indianos tardaron más
+tiempo. Lo mismo la tienda de Graells que la de la Morana y el
+Saloncillo, se transformaban al llegar la noche en verdaderos arsenales.
+Cada uno de los que iban llegando dejaba arrimadas a la pared sus armas
+y pertrechos de guerra. Al salir tornaban a empuñarlas con un valor
+impávido, digno de la sangre cántabra que casi todos llevaban en las
+venas. Allí el antiguo arcabuz de chispa alternaba de igual a igual con
+el moderno rifle americano de doce tiros, el estoque cilíndrico de
+hierro con el espadín pavonado que guardan los nuevos bastones, el
+cachorro tosco de bronce con el revólver nielado. Y esta misma
+diversidad de armas mortíferas contribuía poderosamente a mantener en
+todos los pechos el espíritu bélico tan necesario en aquella ocasión.
+
+Se habían tomado algunas medidas acertadísimas; de gran utilidad. Hasta
+las doce de la noche los serenos tenían orden de no apagar ningún farol.
+A aquéllos se les había provisto de nuevos pitos infinitamente más
+sonoros que los antiguos. Además tenían prevención para vigilar a
+cualquier persona desconocida que transitase por las calles. Entre los
+vecinos se había convenido juiciosamente no dejar la acera a nadie desde
+las diez en adelante como no fuese a un amigo. Sabida es de todos la
+enorme influencia que tiene en la criminalidad esta costumbre de dejar
+la acera. Con tal motivo, encontrándose una noche en la calle de San
+Florencio don Pedro Miranda y don Feliciano Gómez, ambos embozados en
+sus carriks, con los estoques desenvainados, prevenidos para cualquier
+evento, don Feliciano le gritó a don Pedro desde lejos:
+
+—¡Eh, amigo, al arroyo!
+
+—Phs, phs; sepárese usted—contesta don Pedro.
+
+—Quien debe apartarse es usted—replica el comerciante.—¡Al arroyo, al
+arroyo!
+
+—Phs, phs, haga usted el favor de dejar franco el paso—responde el
+señor Miranda.
+
+Ninguno de los dos se movía de su sitio. Habíanse desembozado y
+mostraban ya la punta aguzada de sus floretes.
+
+—Tenga usted la bondad...
+
+—Haga usted el obsequio...
+
+¿Quién sabe la horrible tragedia que hubiera acaecido en Sarrió, si al
+cabo de un rato bastante largo de hallarse estos varones así detenidos
+en su camino, no se hubiesen reconocido?
+
+—¿Sería usted tal vez don Feliciano?...
+
+—¿Sería usted don Pedro?
+
+—¡Don Feliciano!
+
+—¡Don Pedro!
+
+Y se acercaron corriendo y se estrecharon las manos con efusión.
+
+—¡Qué suerte ha tenido usted en que le hubiese reconocido, don
+Feliciano!—exclamó el señor Miranda mostrando su ancho estoque de
+hierro con puño de hueso.
+
+—¡Pues la de usted no ha sido pequeña, don Pedro!—contesta el
+comerciante esgrimiendo en el aire una hoja fina y pavonada de Toledo.
+
+Para entrar en la tienda de la Morana era preciso bajar dos escalones.
+La tienda era una confitería, aunque no lo pareciese; la única
+confitería que había entonces en Sarrió. Hoy, si no me engaño, cuenta ya
+con tres. Y digo que no lo parecía, porque se vendían cirios de
+iglesia, pies y manos y cabezas y troncos de cera para ofertas. Estos
+objetos poco a poco habían ido llenando todo su ámbito, pasando de
+comercio suplementario a principal, en virtud de lo nada golosos que
+eran los vecinos de aquella villa. Y éste es uno de los rasgos
+característicos que reclamo para ella. En España es muy general que los
+habitantes de las villas y ciudades pequeñas sean dados con pasión a los
+confites. No gozando de los placeres de toda laya con que brindan las
+grandes capitales, la sensualidad se escapa por ahí.
+
+Acaso se arguya que en Sarrió las monjas Agustinas también fabricaban
+dulces; pero debemos advertir que esta fabricación estaba limitada
+exclusivamente al rallado de ciruela, membrillo, pera y albaricoque,
+alguna que otra tarta de almendra y borraja, y un dulce especialísimo
+parecido a las escamas de los peces llamado flor de azahar. No hay que
+dudarlo; en Sarrió había pocos golosos. Después de todo, esta virtud
+rara en las villas de lo interior, no lo es tanto en las poblaciones
+marítimas menos sometidas, como es sabido, a la influencia clerical.
+Porque según la observación que puede hacerse viajando por los pueblos
+de lo interior de España, allí se comen más dulces donde el culto y las
+prácticas de la religión absorben más parte de la vida, y la mayor
+energía del sentimiento religioso se traduce en novenas, rosarios
+cantados, cofradías y canónigos. Lo cual demuestra que debe de existir
+cierta misteriosa afinidad entre el misticismo y la confitería.
+
+Esta se hallaba representada en la tienda de la Morana por dos armarios
+de pino pintado de azul con puertas de cristales, situados a entrambos
+lados del mostrador. En estos armarios se guardaba una razonable
+cantidad de caramelos, rosquillas bañadas, suspiros, magdalenas,
+almendrados, y sobre todo, las alabadas crucetas y famosísimas
+_tabletas_ cuyo renombre habrá alcanzado seguramente los oídos de
+nuestros lectores. Todo de la más remota antigüedad. Las tabletas, cuya
+mágica composición nunca hemos podido averiguar, tenían un atractivo
+irresistible, basado, ¡caso extraño! en su extraordinaria dureza. A la
+edad en que se comían las tabletas de la Morana lo importante no era que
+los dulces fuesen delicados, sabrosos, exquisitos, sino que durasen
+mucho. Para lograr que los dientes se hincasen en ellas, era forzoso
+impregnarlas previamente de una cantidad fabulosa de saliva. Una vez
+hincados en su pasta pegajosa en alto grado, el separarlos de nuevo
+llegaba a constituir un verdadero problema. Permítaseme dedicar un
+delicado recuerdo de simpatía y reconocimiento a estas tabletas que
+desde los cuatro hasta los ocho años van unidas a los momentos más
+dichosos de mi existencia. A su azucarado influjo quizá deba el autor de
+este libro la flor de optimismo, que, al decir de los críticos,
+resplandece en sus obras.
+
+La Morana, hija y heredera de otra Morana que ya había muerto, era una
+mujer de cuarenta años, pálida, con parches de gutapercha en las sienes
+para los dolores de cabeza. Estaba casada con un Juan Crisóstomo, que al
+decir de don Segis, el capellán, no era de los Crisóstomos. Sin embargo,
+cuando administraba alguna paliza a su mujer, solía mostrar cierta
+erudición poco común.
+
+—«Yo que amaba a esta mujer—exclamaba con enternecimiento, arrimando
+el garrote a la pared.—¡Yo que amaba a esta mujer como esposa y no como
+sierva, según manda el apóstol San Pablo!... ¿Tú has leído al apóstol
+San Pablo?... ¡Qué habías de leer tú, gran vaca!...»
+
+El vino era muy bueno, casi puede decirse que era lo único bueno en este
+establecimiento, y eso que no paraba mucho en la bodega. Don Roque, don
+Segis, don Benigno, don Juan el Salado y el señor Anselmo el ebanista,
+se encargaban a plazo fijo de hacerlo pasar a la suya. Era un vino
+blanco, fuerte, superior, que se subía a la cabeza con facilidad
+asombrosa. Los tertulios de la tienda, todas las noches, entre once y
+doce, salían dando tumbos para sus casas; pero silenciosos, graves, sin
+dar jamás el menor escándalo. Solían salir los cinco cogidos del brazo,
+apoyándose los unos en los otros. Al llegar a las tapias de la huerta
+del convento de las Agustinas, orinaban. Después proseguían su camino
+sin decirse una palabra, aunque bufando y soplando mucho. El instinto,
+que nunca les abandonaba por completo, les sugería esta prudente
+conducta. Comprendían que si hablaban poco o mucho, podían enredarse en
+alguna disputa. De ahí las voces y el escándalo consiguiente... Nada,
+nada, lo mejor era no chistar. Al llegar a sus casas se soltaban
+murmurando con torpe lengua «buenas noches». El último era don Roque por
+vivir más lejos que ninguno.
+
+De este modo serio, modesto, patriarcal, se emborrachaban aquellos
+venerables ancianos todas las noches del año. Dos de ellos, don Juan el
+Salado, escribiente del Ayuntamiento, y don Segis, experimentaban ya las
+consecuencias de aquella vida. El Salado tenía una nariz que daba miedo
+verla: el día menos pensado se le caía sobre el libro de actas. Don
+Segis había padecido un ataque apoplético, de resultas del cual
+arrastraba la pierna derecha cual si llevase en ella un peso de seis
+arrobas. Verdad que el insaciable capellán no se contentaba con los
+cuarterones de vino de la confitería. Por cada uno que se tragaba era
+preciso que la Morana le sirviese una copa de ginebra, la cual vertía
+cuidadosamente en un frasco que llevaba al efecto en el bolsillo. Si
+eran seis cuarterones, seis copas; si ocho, ocho. Toda esta ginebra
+pasaba delicadamente a su estómago en pequeños sorbos después que se
+había metido en la cama. «¿Pero don Segis, cómo se bebe usted tanta
+ginebra de una vez?—No tengo más remedio—contestaba en un tono
+resignado y humilde que partía el corazón.—¿Si no bebiese una copa por
+cada cuarterón, qué sería de mí, hijo del alma?... ¡Pasaría la noche
+como un caballo!»
+
+Las conversaciones de la tienda de la Morana eran menos interesantes y
+movidas que las del Saloncillo. A los viejos tertulianos les interesaban
+ya poquísimas cosas en el mundo. Los asuntos más graves de la villa,
+los que promovían tempestades en el Saloncillo, se trataban, o por mejor
+decir, se tocaban ligeramente sin apasionamiento alguno. Que los
+González habían despedido al capitán de la _Carmen_ y nombrado en su
+lugar un andaluz.
+
+—Cuando los González lo han hecho—afirmaba uno lenta y
+sordamente,—sus razones tendrían.
+
+—Es verdad—contestaba otro al cabo de un rato, llevándose el vaso a
+los labios.
+
+—Ripalda parecía un buen sujeto—afirmaba un tercero, después de cinco
+minutos, dejando el vaso sobre el mostrador y eructando.
+
+—Sí lo parecía—replicaba otro gravemente.
+
+Transcurrían diez minutos de meditación. Los tertulios daban algunos
+cariñosos besos al vaso, que parecía de topacio. Don Roque rompe el
+silencio:
+
+—De todos modos, no hay duda que don Antonio le abrasó.
+
+—Le abrasó—dice don Juan el Salado.
+
+—Le abrasó—confirma don Benigno.
+
+—Le abrasó—corrobora el señor Anselmo.
+
+—Le abrasó completamente—resume, por fin, don Segis lúgubremente.
+
+Lo que alteraba los ánimos una que otra vez, era la cuestión de
+pichones. El señor Anselmo y don Benigno alimentaban pasión
+inextinguible por estos animalitos. Cada cual tenía su palomar, sus
+castas, sus procedimientos de cría, y sobre tales extremos se enredaban
+a menudo en largas y vivas discusiones. Los demás escuchaban gravemente
+sin atreverse a decidir, subiendo y bajando el vaso del mostrador a los
+labios con religioso silencio. El crimen de las Aceñas les disgustó,
+pero no causó en ellos la profunda desazón que en el resto del
+vecindario. Al cabo de cinco o seis días tornaron a sus patriarcales
+costumbres. Y era tal su valor, que la mayor parte de las noches dejaban
+olvidadas las armas en la tienda.
+
+Serían las doce por filo de una, en que don Roque había rebasado con
+tres cuarterones más la tasa de seis que ordinariamente se imponía,
+cuando las cinco columnas de la confitería de la Morana salieron en
+apretada cadena hacia sus domicilios. Cerraba la marcha Marcones, con el
+fusil al hombro. El primero que se soltó fué don Segis, que vivía en una
+casita de dos balcones, pegada al convento de las Agustinas. Después fué
+don Juan el Salado. Después el coadjutor. Por último, el señor Anselmo,
+sacando la enorme llave lustrosa que le servía de batuta cuando dirigía
+la orquesta, abrió el taller donde dormía.
+
+Quedó el alcalde solo con la fuerza de su mando. Dijo algo; pero la
+fuerza no le entendió. Comenzaron a caminar hacia casa, que ya no estaba
+lejos. Mas antes de llegar a ella, don Roque, que soplaba y bufaba como
+una ballena, e imitaba en lo posible la marcha jadeante y arremolinada
+de este cetáceo, se paró de repente, y pronunció en alta voz un largo
+discurso, del cual no entendió Marcones más que la palabra ladrones,
+repetida bastantes veces. Miró el alguacil con sobresalto a todas partes
+por ver si veía alguno, preparando el fusil al mismo tiempo; pero nada
+observó que le hiciese sospechar la presencia de los forajidos. Tornó
+don Roque a usar de la palabra, si tal nombre merecía la regurgitación
+intermitente de una porción de sonidos extraños, bárbaros, lamentables,
+que infundían tristeza y horror al mismo tiempo, y Marcones pudo colegir
+entonces que su jefe deseaba que hiciesen una batida por la villa, en
+busca de los criminales de las Aceñas.
+
+Marcones meditó que la fuerza era escasa y mal prevenida para aquella
+empresa; pero la disciplina no le permitió hacer objeciones. Además,
+nació en su pecho la esperanza de que los asesinos fuesen poco
+aficionados a tomar el fresco a tales horas. Y después de haber
+examinado cuidadosamente las armas, emprendieron una marcha peligrosa al
+través de todas las calles y callejas de la villa. En honor de la
+verdad, hay que advertir que don Roque marchaba delante como cumple a un
+valeroso caudillo, con su revólver en la mano izquierda y el bastón de
+estoque en la derecha, exponiendo el primero su noble pecho al plomo
+enemigo. Marcones, agobiado bajo el peso del fusil y de los ochenta y
+dos años que tenía marchaba detrás a una distancia de seis pasos
+próximamente.
+
+La noche era de luna, pero negros y grandes nubarrones la ocultaban a
+menudo por largo rato. Y entonces la escasa claridad de los faroles de
+aceite que ardían en las esquinas de las calles no bastaba a deshacer
+las sombras que se amontonaban hacia el medio de ellas. Sarrió consta de
+cinco principales, a saber: la Rúa Nueva, que desemboca en el muelle; la
+de Caborana, la de San Florencio, la de la Herrería y la de Atrás. Estas
+calles son largas, bastante anchas y paralelas entre sí. Los edificios
+en general son bajos y pobres. Otras calles secundarias, en número
+considerable, las cruzan y las comunican. Además, en las afueras le
+salen algunos rabos a la villa, donde han edificado suntuosas casas los
+indianos. Son lo que pudiera llamarse el ensanche de la población.
+
+Al llegar la columna caminando por la calle de Atrás, cerca de la de
+Santa Brígida, oyó gritos y lamentos que la obligó a hacer alto.
+
+—¿Qué es eso, Marcones?—preguntó el alcalde.
+
+El anciano alguacil se encogió de hombros filosóficamente.
+
+—Nada, señor; será en casa de Patina Santa.
+
+—¿Y cómo se atreven esas pendangas?... Vamos allá, Marcones, vamos acto
+continuo.
+
+«Acto continuo» era una frase de la que usaba y abusaba don Roque.
+Simbolizaba para él la energía, la decisión, la rapidez de la autoridad
+para remediar todos los daños.
+
+Patina Santa era el gran sacerdote de uno de los dos templos del placer
+que existían en Sarrió. De vez en cuando salía por las aldeas comarcanas
+y traía las sacerdotisas que le hacían falta, que nunca pasaban de
+cuatro. No había más gabinetes, y eso que dormían de dos en dos. Vestían
+el mismo refajo de bayeta verde o encarnada, el mismo justillo sin
+ballenas, la misma camisa de lienzo gordo, el mismo pañuelo de percal
+que cuando triscaban allá por los prados y los montes con los vaqueros
+vecinos. Patina Santa, como únicos símbolos del nuevo y elevado destino
+a que la suerte les había llamado, colgaba de sus orejas pendientes de
+perlas y aprisionaba sus pies con zapatos descotados de sarga, los
+cuales eran bienes adheridos a la casa y servían para todas las que iban
+llegando. Más adelante Patina, haciéndose cargo de que el mundo marcha y
+que las leyes del progreso son indeclinables, tuvo la audacia de
+introducir en su templo los polvos de arroz. Después compró unos
+medallones de _doublé_ para colgar al cuello con un terciopelito negro.
+Verdad que a todas estas reformas le estimulaba la competencia
+desastrosa que le hacía Poca Ropa, el cual tenía su instituto en la
+calle del Reloj, al otro extremo de la villa.
+
+—¿Qué escándalo es éste?—gritó don Roque con voz estentórea
+acercándose a la inmunda casucha.
+
+Tres o cuatro muchachos que había en la calle huyeron como pajarillos a
+la vista del gavilán. Pero quedaban las palomas. Dos de ellas estaban a
+la puerta en camisa, las otras dos asomadas a las ventanas en el mismo
+traje. Las de la puerta quisieron retirarse a la vista del alcalde, pero
+éste las agarró con sus manazas.
+
+—¿Qué escándalo es éste,...ajo?—repitió.
+
+—Señor alcalde, nos han dado dos piezas falsas...—dijo una de ellas.
+
+—No estáis vosotras malas piezas... ¡A la cárcel!
+
+—¡Pero, señor alcalde!
+
+—¡A la cárcel,...ajo, a la cárcel!—rugió don Roque.—Y vosotras lo
+mismo. Todo el mundo abajo. ¿Dónde está ese maricón de Patina?
+
+¡Santo cielo, qué alboroto se armó allí en un momento!
+
+Las niñas de la ventana no tuvieron más remedio que bajar, y Patina lo
+mismo, todos en camisa, porque don Roque no admitió término dilatorio.
+No se oían más que gemidos y lamentos, y por encima de ellos la voz
+horripilante del alcalde, repitiendo sin cesar:
+
+—¡A la cárcel...ajo! ¡A la cárcel...ajo!
+
+Las infelices pedían por Dios y por la Virgen que las dejasen vestirse;
+pero el alcalde, con la faz arrebatada por la cólera y los ojos
+inyectados, cada vez gritaba con más fuerza, aturdiéndose con su propia
+voz:
+
+—¡A la cárcel...ajo! ¡A la cárcel...ajo!
+
+Y no hubo otro remedio. El sereno, que se había acercado al escuchar los
+primeros ajos, las condujo en aquella disposición a la cárcel municipal,
+en compañía de su digno jefe, mientras los vecinos, entre risueños y
+compasivos, contemplaban la escena por detrás de los cristales de sus
+ventanas.
+
+La autoridad de don Roque cerró por sí misma la puerta del palomar, y
+puso la llave «acto continuo», bajo la custodia de Marcones. Después
+continuaron su marcha peligrosa.
+
+No habían caminado mucho espacio, cuando en una de las calles más
+estrechas y lóbregas, acertaron a ver el bulto de una persona que se
+acercaba cautelosamente a la puerta de una casa y trataba de abrirla.
+
+—¡Alto!—murmuró don Roque al oído de su subordinado.—Ya hemos
+tropezado con uno de los ladrones.
+
+El alguacil no entendió más que la última palabra. Fué bastante para que
+se le cayese el fusil de las manos.
+
+—No tiembles, Marcones, que por ahora no es más que uno—dijo el
+alcalde cogiéndole por el brazo.
+
+Si el venerable Marcones tuviese en aquel momento cabales sus facultades
+de observación, hubiese advertido acaso en la mano de la autoridad
+cierta tendencia muy determinada al movimiento convulsivo.
+
+El ladrón, al sentir los pasos de la patrulla, volvió la cabeza con
+sobresalto y permaneció inmóvil con la ganzúa en la mano. Don Roque y
+Marcones también se estuvieron quietos. La luna, filtrándose con trabajo
+por una nube, comenzó a alumbrar aquella fatídica escena.
+
+—Phs, phs, amigo—dijo el alcalde al cabo de un rato, sin avanzar un
+paso.
+
+Oir el ladrón este amical llamamiento de la autoridad y emprender la
+fuga, fué todo uno.
+
+—¡A él, Marcones! ¡Fuego!—gritó don Roque, dándose a correr con
+denuedo en pos del criminal.
+
+Marcenes quiso obedecer la orden de su jefe, pero no le fué posible; el
+martillo cayó sobre el pistón sin hacer estallar el fulminante.
+Entonces, con decisión marcial, arrojó el arma que no le servía de nada,
+sacó el sable de la vaina de cuero e hizo esfuerzos supremos por
+alcanzar al alcalde, que con valor temerario se le había adelantado lo
+menos veinte pasos en la persecución del ladrón.
+
+Este había desaparecido por la esquina de una calle.
+
+Pero al llegar a ella la columna pudo verle tratando de ganar la otra.
+
+¡Pum!
+
+Don Roque disparó su revólver, gritando al mismo tiempo:
+
+—¡Date, ladrón!
+
+Tornó a desaparecer: tornaron a verle al llegar a la calle de la
+Misericordia.
+
+¡Pum! Otro tiro de don Roque.
+
+—¡Date, ladrón!
+
+Pero el forajido, sin duda como recurso supremo, y para evitar que algún
+sereno le detuviese, comenzó a gritar también:
+
+—¡Ladrones, ladrones!
+
+Se oyó el silbido agudo y prolongado del pito de un sereno, después,
+otro, después otro...
+
+La calle de San Florencio estaba bien iluminada, y pudo verse claramente
+al criminal deslizarse con rapidez asombrosa buscando en vano la sombra
+de las casas.
+
+¡Pum, pum!
+
+—¡Date, ladrón!
+
+—¡Ladrones!—contestó el bandido sin dejar de correr.
+
+Dos serenos se habían agregado a la columna, y corrían blandiendo los
+chuzos al lado del alcalde.
+
+El criminal quería a todo trance ganar la Rúa Nueva con objeto tal vez
+de introducirse en el muelle y esconderse en algún barco o arrojarse al
+agua. Mas antes de llegar a ella tropezó y dió con su cuerpo en el
+suelo. Gracias a este accidente la patrulla le ganó considerable
+distancia; anduvo cerca de alcanzarle. Pero antes que esto sucediese, el
+forajido, alzándose con extremada presteza, huyó más ligero que el
+viento. Don Roque disparó los dos últimos tiros de su revólver, gritando
+siempre:
+
+—¡Date, ladrón!
+
+Desapareció por la esquina de la Rúa Nueva. Al desembocar en ella el
+alcalde y su fuerza cerca de la plaza de la Marina, no vieron rastro de
+criminal por ninguna parte. Siguieron vacilantes hasta llegar a dicha
+plaza. Allí se detuvieron sin saber qué partido tomar.
+
+—Al muelle, al muelle; allí debe de estar—dijo un sereno.
+
+Y ya se disponían todos a emprender la marcha, cuando se abrió con
+estrépito el balcón de una de las casas, apareció un hombre en
+calzoncillos, y se oyeron estas palabras, que resonaron profundamente en
+el silencio de la noche:
+
+—¡El ladrón acaba de entrar en el café de la Marina!
+
+El que las pronunciaba era don Feliciano Gómez. La patrulla, al
+escucharlas, se precipitó hacia la puerta del café, y entró por ella
+tumultuosamente. El salón estaba desierto. Allá en el fondo, al lado del
+mostrador, se veía a tres o cuatro mozos con su delantal blanco,
+rodeando a un hombre que estaba tirado más que sentado sobre una silla.
+El alcalde, el alguacil, los serenos cayeron sobre él, poniéndole al
+pecho los chuzos, el estoque y el sable. Y a un tiempo gritaron todos:
+
+—¡Date, ladrón!
+
+El criminal levantó hacia ellos su faz despavorida, más pálida que la
+cera.
+
+—¡Ay, re... si es don Jaime, así me salve Dios!—exclamó un sereno
+bajando el chuzo.
+
+Todos los demás hicieron lo mismo, mudos de sorpresa. Porque, en efecto,
+el forajido que habían perseguido a tiros, no era otro que Marín
+sorprendido _infraganti_, en el momento de abrir la puerta de su casa.
+
+Hubo que llevarle a ella en hombros, y sangrarle. Al día siguiente, don
+Roque se presentó a pedirle perdón, y lo obtuvo. Doña Brígida, su
+inflexible esposa, no quiso concedérselo, sin haberle soltado antes una
+buena rociada de adjetivos resquemantes, entre otros el de borracho. Don
+Roque sufrió con resignación el desacato, y no hizo nada de más.
+
+
+
+
+VI
+
+QUE TRATA DEL EQUIPO DE CECILIA
+
+
+En la morada de los Belinchón habían comenzado los preparativos de boda.
+Primero, con mucha reserva, doña Paula hizo venir a Nieves la bordadora,
+y celebró con ella una larga conferencia a puertas cerradas. Después se
+pidieron muestras a Madrid. Pocos días más tarde, aquella señora,
+acompañada de Cecilia y Pablito, hizo un viaje a la capital de la
+provincia, en el familiar de la casa. La fisgona de doña Petra, hermana
+de don Feliciano Gómez, que pasaba por la Rúa Nueva al tiempo de apearse
+doña Paula y sus hijos, pudo observar que el criado sacaba del coche una
+porción de paquetes, que se le antojaron piezas de tela. Bastó para que
+todo Sarrió supiese que en casa de don Rosendo se trabajaba ya en el
+equipo de la hija mayor. Doña Paula, con tal motivo, tuvo una
+sofocación. Echó la culpa a Nieves. Esta protestó de que no había salido
+palabra alguna de sus labios. Insistió doña Paula. Lloró la bordadora.
+En fin, un disgusto.
+
+Pues que todo se había descubierto, nada de tapujos, y pelillos a la
+mar. Constituyóse en la sala de atrás, la que daba a la calle de
+Caborana, un taller u oficina de ropa blanca, bajo la alta dirección de
+doña Paula, y la inmediata de Nieves. Se componía de cuatro oficialas,
+las dos doncellas de la casa, cuando los quehaceres domésticos se lo
+permitían, Venturita y la misma Cecilia. Era una juventud bulliciosa, a
+la cual, el trabajo activo no impedía charlar, reir y cantar todo el
+día. La alegría les rebosaba del alma a aquellas muchachas, y se
+desbordaba en risas inmotivadas, que a veces duraban larguísimo rato.
+Que a una se le caían las tijeras: risa. Que otra pedía la madeja del
+hilo teniéndola colgada al cuello: risa. Que se presentaba la cocinera
+con la cara tiznada, pidiendo a la señora dinero para la lechera: gran
+algazara en el costurero.
+
+No solamente eran jóvenes y alegres las que cosían el equipo de Cecilia;
+pero además guapas, comenzando por su directora. Nieves era una rubia
+alta y esbelta, de cutis blanco y transparente, ojos azules claros,
+nariz y boca perfectas. Tenía veintidós años de edad, y un carácter que
+era una bendición del cielo. Imposible estar melancólico a su lado. No
+que fuera decidora o chistosa; nada de eso. La pobrecilla tenía poco más
+ingenio que un pez. Pero su alegría inagotable chispeaba en sus ojos de
+tan gentil manera, sonaba en la garganta con notas tan puras, tan
+frescas y argentinas, que como un contagio adorable se esparcía en torno
+suyo. Era la única riqueza que poseía. Con el trabajo de sus manos
+mantenía a una madre paralítica y a un hermano vicioso y perezoso, que
+la maltrataba inicuamente cuando no podía darle lo que necesitaba para
+emborracharse. Sus padecimientos, que para otra serían insoportables, la
+turbaban sólo momentáneamente. Por encima de ellos rezumaba muy pronto
+la linfa de aquel divino y gozoso manantial que guardaba en su corazón.
+Gozaba también de una salud perfecta. Los únicos dolores que sentía eran
+en el costado izquierdo, después de reirse mucho.
+
+Valentina, bordadora también, y también rubia, no era tan hermosa. Sus
+ojos más pequeños, su cutis menos delicado, la nariz un poco remangada,
+más baja de estatura. En cambio sus cabellos dorados eran rizosos y le
+caían con mucha gracia por la frente; sus manos y sus pies más delicados
+y breves que los de Nieves; y, sobre todo, tenía a menudo, casi
+constantemente, un ceño, cierto fruncimiento del entrecejo que no era de
+enfado y prestaba a su fisonomía un matiz picaresco extremadamente
+simpático. Encarnación era costurera; moza robusta, colorada, mofletuda,
+de fisonomía vulgar. Entre los artesanos de Sarrió pasaba por la mejor
+moza de las cuatro: para el catador inteligente y refinado valía muy
+poco. Teresa, costurera también, era por su rostro una verdadera mora, y
+de las más oscuritas; el cabello negro como el azabache, los ojos
+rasgados y tan negros como el pelo, la nariz y la boca correctas. Pasaba
+por fea en la villa a causa de su color: en realidad era un hermoso tipo
+oriental. De las dos doncellas de la casa, la una, Generosa, nada tenía
+que llamase la atención; la otra, Elvira, era una palidita, de ojos
+grandes y entornados, muy graciosa.
+
+Las artesanas de Sarrió no han entrado jamás por la ridícula imitación
+de las damas, tan extendida hoy, por desgracia, entre las de otros
+pueblos de España. Creían y creen estas insignes sarrienses, y yo me
+adhiero del todo a su opinión, que el traje y las modas adoptadas por
+las señoritas no avaloran poco ni mucho sus naturales gracias; antes las
+menoscaban. Y esto es lógico. En primer lugar no están acostumbradas a
+vestirse con tal sujeción o aprieto como los figurines exigen de sus
+subordinadas. Después, en las villas no hay quien corte con elegancia.
+Por último, el género tiene que ser de peor calidad, más pobre y más
+feo. En cambio, ¿quién sobre el globo terráqueo, y aun sobre los otros
+globos que navegan por el espacio, compite con ellas en ponerse el rico
+mantón de la China floreado, anudándolo a la cintura por detrás? ¿Quién
+deja caer con más gracia, ni siquiera con tanta, los rizos del pelo por
+la frente en estudiado desgaire? ¿Quién se mueve con más garbo dentro de
+la giraldilla ni da con más elegancia un _rempujón_ al señorito que se
+desmanda, diciendo al mismo tiempo entre risueña y
+enojada?—«¿Cristiano, usted es tonto, o se hace? ¡Mire que se va a
+pinchar!» ¿Quién es capaz de cantar con más sentimiento y menos oído a
+la vuelta de una romería aquello de
+
+ _Aben-Hamet al partir de Granada_
+ _el corazón traspasado sintió?_
+
+No hay que dudarlo. Las artesanas de Sarrió, cuyos arraigados principios
+estéticos son la admiración de propios y extraños, hoy sobre todo en que
+van desapareciendo los caracteres, hacen bien en mantener su
+independencia y en levantar la cabeza delante de las señoritas
+encopetadas de la villa. Porque (digámoslo bajo para que éstas no se
+enteren) la verdad es que son mucho más hermosas. Esto, sin ofender a
+nadie en particular; líbreme Dios. No hay viajero peninsular que al
+recordarle a Sarrió no afirme lo mismo con más o menos energía, según la
+índole de su temperamento. No hay inglesote de aquellos que atracan por
+unos días a la punta del Peón que al hablar allá en Cardiff o Bristol a
+sus amigos de este _spanish town_, no comience por levantar mucho las
+cejas, abrir la boca en forma de círculo perfecto extendiendo hacia
+afuera los labios, y echándose hacia atrás en la silla no
+exclame:—_¡Oh, oh, oh! Sarrió the yeung girls very, very, very
+beautiful!_
+
+Y cuando los ingleses lo dicen, ¡qué no diremos los españoles, y en
+particular aquellos que hemos vivido tanto tiempo bajo su influencia
+bienhechora!
+
+Las cuatro oficialas, y Nieves también, aunque ésta picaba más alto,
+pertenecían, pues, a esta famosísima casta de mujeres por cuya
+conservación y prosperidad hago votos al cielo todos los días y aconsejo
+a todo buen católico que los haga. En los días de trabajo vestían de
+percal, mantoncito de lana atado atrás y pañuelo de seda al cuello,
+dejando al descubierto, por supuesto, la cabeza. Nieves, por excepción,
+traía al diario mantón de la China negro con fleco.
+
+Acaban de ponerse al trabajo después de comer. El sol penetra por los
+dos balcones de la sala al través de los visillos. Para que no les
+moleste, las costureras se agrupan en uno de los rincones. Teresa, la
+más filarmónica de ellas, entona con voz suave y tímida un canto
+romántico de cadencias tristes y prolongadas, a propósito para ser
+acompañado en terceras. Y en efecto, Nieves no tardó en _hacerle el
+dúo_, como allí se decía. Las demás la siguen cantando, unas en primera
+y otras en segunda voz. De todo lo cual resulta una armonía asaz
+melancólica, de sabor romántico muy marcado. El romanticismo podrá huir
+de las costumbres y ser arrojado de la novela y el teatro; más siempre
+hallará un nido tibio y delicioso donde guarecerse en el corazón de las
+jóvenes artesanas de Sarrió. Aquella armonía dura hasta que Pablito se
+encarga de desbaratarla lanzando repentinamente en medio de ella su
+vozarrón de carnero. Las costureras suspenden el canto y levantan
+asustadas la cabeza. Después se echan a reir.
+
+El bello Pablito, recostado en su butaca allá en otro rincón, se ríe
+también con fuertes carcajadas de su gracia.
+
+Desde que había comenzado a coserse el equipo de su Hermana, Pablito
+manifestaba cierto gusto por la vida sedentaria que hasta entonces jamás
+se había observado en él. ¿Quién le había visto en los días de la vida
+detenerse un minuto en casa después de comer? ¿Quién pudiera imaginar
+que se pasaba la mañana sentado en aquella butaca dando parola a las
+costureras? Nada más cierto, sin embargo. Hacía ya cerca de un mes que
+no salía a caballo ni en coche, y no pasaba en la cuadra más de una hora
+todos los días.
+
+Piscis se hallaba consternado. Venía diariamente a buscarlo, pero en
+vano.
+
+—Mira, Piscis, hoy tengo que limpiar los estribos de plata, no puedo
+salir.—Mira, Piscis, tengo que ir a cobrar una letra por encargo de
+papá.—Mira, Piscis, la Linda está con torozón y no se la puede montar.
+
+—Ya está buena—gruñía Piscis.
+
+—¿Vienes de la cuadra?
+
+—Sí.
+
+—Bien... pues de todos modos hoy no puedo salir... Tengo una rozadura
+aquí... salva sea la parte...
+
+Algunos días Piscis entraba en la sala de costura, y sin decir nada
+aguardaba sentado un rato, no muy largo casi nunca, porque abrigaba
+vehementes sospechas de que las costureras se reían de él, y esto le
+tenía sobresaltado y en brasas. Cuando le parecía llegado el momento
+oportuno, o porque observase síntomas de cansancio en Pablo o por
+cualquier otra circunstancia que no está a nuestro alcance, se levantaba
+del asiento y hacía una seña con la mano a su amigo silbando al mismo
+tiempo. Y esto porque se entendían mucho mejor con silbidos que con
+palabras. Ambos sentían aversión por el sonido articulado, sobre todo
+Piscis, y escatimaban su empleo. Mas a Pablito lo mismo le daban ya
+pitos que flautas.
+
+—Hombre, Piscis... ¡tengo una pereza!... ¿Quieres hacerme el favor de
+ir a la cuadra y decirle a Pepe que le dé otra untura de aceite al
+Romero?
+
+—Yo se la daré—respondía con semblante fosco Piscis.
+
+—Bueno, Piscis, muchas gracias... Adiós... No dejes de venir mañana,
+¿eh?... Puede que salga a caballo.
+
+Decía esto con gran dulzura y amabilidad, para desagraviarle. Piscis
+mascullaba unas «buenas tardes» sin volverse hacia los circunstantes, y
+salía con los ojos torcidos, más feo y endemoniado que nunca. Al día
+siguiente lo mismo. A pesar de la veneración que Pablito le inspiraba
+Piscis llegó a presumir que le gustaba una de las costureras. ¿Cuál? Su
+perspicacia no llegaba a resolverlo.
+
+Comenzaron de nuevo su cántico las jóvenes, pero al llegar a aquello de
+
+ _Sólo tú, mujer divina_,
+ _rezarás una plegaria_
+ _en mi tumba solitaria, etc._
+
+Pablito soltó otro berrido estridente y atronador. Vuelta a la risa.
+Venturita se puso seria.
+
+—Mira, Pablo, si has de seguir haciendo payasadas, más vale que te
+vayas con Piscis.
+
+A su vez Pablito se pone fosco.
+
+—Me iré cuando se me antoje. ¡Siempre has de ser tú la que todo lo eche
+a perder!
+
+Quería decir con esto el joven Belinchón, que sólo su hermana Ventura se
+empeñaba en desconocer el ingenio con que el cielo le había dotado. Y
+así era la verdad. Todas las demás reían alborozadas, como si en vez de
+un berrido acabasen de escuchar un pasaje de Rabelais. Doña Paula, que
+sentía por su hijo primogénito admiración idolátrica, y al mismo tiempo
+guardaba cierto rencor a su hija por sus contestaciones, aunque se
+hallase grandemente pagada de su hermosura, vino en ayuda de aquél.
+
+—Tiene razón Pablo. ¡Siempre has de aguar todas las fiestas!... ¡Jesús
+qué criatura!... Lo que es el hombre que te lleve, algún pecado gordo
+tiene que purgar.
+
+En aquel momento apareció en la puerta de la estancia Gonzalo, quien se
+dobló como un arco para dar la mano a su futura suegra, a Ventura y a
+Cecilia. Esta se puso seria. Sin volver hacia ellas la cabeza, advertía
+que todas las costureras la miraban con el rabillo del ojo. Veía con el
+pensamiento el esbozo de sonrisa que se formaba en sus rostros.
+
+Todos los días pasaba igual. Antes de llegar Gonzalo, las costureras se
+complacían en dirigir, siempre que venía a cuento, alguna pulla a la
+novia.
+
+—Cecilia, ¿cuál de estas camisas te vas a poner el día de la boda?
+
+Hay que advertir que algunas de ellas la tuteaban por haberse conocido
+de niñas. Es muy frecuente en los pueblos.
+
+—Señorita, en estas sábanas tan finas se va usted a resbalar.
+
+—No será ella sola la que resbale. ¿Verdad, Cecilia?
+
+—¡Anda, picarona, que buen mozo te llevas!
+
+—No lo llevará tan guapo Venturita.
+
+—¡Quién sabe!—replicaba ésta.
+
+Cecilia escuchaba estos dichos con la sonrisa en los labios y
+ruborizada. Desde que habían comenzado los preparativos de boda, sus
+mejillas, antes tan pálidas, estaban casi siempre arreboladas. Esta
+animación y el brillo que la felicidad prestaba a sus ojos, si no
+bonita, la hacían interesante y simpática. No hay muchacha que en
+vísperas de casarse deje de serlo más o menos.
+
+Cecilia era de condición reservada y silenciosa, sin dar por eso en
+taciturna. Ordinariamente no hablaba más que cuando le dirigían la
+palabra; pero sus contestaciones eran suaves, claras, precisas. No era
+la nota distintiva de su carácter la timidez, que suele prestar soberano
+hechizo a las jóvenes. Mas en sustitución de esta cualidad, poseía
+nuestra heroína una serenidad dulce, cierta firmeza simpática en todas
+sus palabras y ademanes que revelaban la perfecta limpidez de su
+espíritu. Esta serenidad pasaba para algunas personas poco observadoras,
+si no por orgullo, que bien claro estaba que Cecilia no lo tenía, por
+frialdad de corazón. Creían, aun los más allegados a la casa, que era
+incapaz de concebir una pasión viva y tierna. Acostumbrados a verla
+impasible cumpliendo los deberes domésticos con la regularidad de un
+reloj, les era forzoso un esfuerzo grande de penetración, que no todos
+pueden llevar a cabo, para adivinar la verdadera fisonomía moral de la
+primogénita de los Belinchón. La mayor parte de estos seres viven y
+mueren desconocidos, porque no poseen una de esas cualidades brillantes
+que seducen y atraen al que se acerca. La inocencia misma, aunque
+parezca raro, pertenece a ese número, y no es la que menos relieve
+presta al carácter de una mujer. Muy contados son los que saben apreciar
+la hermosura que encierran estas almas cristalinas. La mirada se sumerge
+en ellas sin hallar nada que despierte la atención. Pero lo mismo pasa
+con ciertos venenos; igual con ciertos filtros que dan la vida. Porque
+nuestros ojos torpes y limitados no vean los elementos de salud o de
+muerte que hay en suspensión en ellos, ¿hemos de afirmar que no existen?
+
+Difícil era averiguar las emociones tristes o placenteras que cruzaban
+por el alma de Cecilia, aunque no imposible. No sabemos si ponía empeño
+en ocultarlas o era forzada a ello por su misma naturaleza. Lo cierto es
+que en la casa, hasta sus mismos padres las desconocían casi siempre. Se
+trataba, verbigracia, de salir un día a visitas, o de comprarse un
+vestido, doña Paula preguntaba a su hija con solicitud:
+
+—¿Qué te parece, Cecilia?
+
+—Me parece bien—contestaba ésta.
+
+—Te parece bien, ¿de veras?—decía la madre mirándola fijamente a los
+ojos.
+
+—Sí, mamá, me parece bien.
+
+Doña Paula siempre quedaba en duda de si en realidad le placía o le
+disgustaba el vestido o lo que fuese.
+
+Lloraba poquísimas veces, y aun esas, se ocultaba de tal modo para
+hacerlo, que nadie lo sabía. El mayor disgusto que hubiera tenido, sólo
+se denunciaba por una ligera arruguita en la frente; la mayor alegría
+por un poco más de intensidad en la sonrisa delicada, esparcida
+constantemente por su rostro. Cuando Gonzalo le escribió desde el
+extranjero, así que leyó la carta se presentó a su madre y se la
+entregó.
+
+—¿Te gusta el muchacho?—le preguntó ésta después de leerla con más
+emoción que había manifestado su hija al entregársela.
+
+—¿Te gusta a ti?
+
+—A mí sí.
+
+—Pues si te gusta a ti y a papá, a mí también me gusta—replicó la
+joven.
+
+¿Quién pudiera imaginar después de estas frías palabras que Cecilia
+estaba tiempo hacía profundamente enamorada? Sin embargo, como el amor
+es el sentimiento humano más difícil de disimular, y después del
+consentimiento de sus padres no había razón alguna para ocultarlo, lo
+dejó ver con bastante claridad. En los temperamentos como el de nuestra
+heroína, cualquier señal, por leve que sea, tiene una importancia
+decisiva. La felicidad que henchía su corazón, brotaba, pues, a su
+rostro a la vista de todos los que la conocían íntimamente. Pocos seres
+habrán gozado más en la tierra que Cecilia en aquella temporada. Todo
+aquel lienzo extendido por la estancia, aquellos patrones de papel, los
+dibujos, los bastidores, los carretes de hilo, le hablaban un lenguaje
+misterioso y tierno. Las tijeras al cortar _chis chis_, las agujas al
+coser _cruj, cruj_, ¡le decían tantas cosas graciosas de lo futuro! Unas
+veces le decían: «—¿Quién te verá, Cecilia, ir a misa los domingos del
+brazo de tu marido? El te llevará el devocionario, te dejará ir al altar
+de Nuestra Señora de los Dolores y se colocará detrás entre los hombres.
+Luego te esperará a la salida, te ofrecerá el agua bendita y volverá a
+cogerte del brazo». Otras veces le decían: «—Por la mañana temprano te
+levantarás muy despacito para que él no se despierte, limpiarás su ropa,
+pondrás los botones a su camisa, y cuando llegue la hora tú misma le
+servirás el chocolate». Otras exclamaban de pronto: «—¡Y cuando tengas
+un niño!» Entonces la novia sentía un vuelco gratísimo en el corazón;
+sus manos temblaban y echaba una rápida mirada a las costureras temiendo
+que hubiesen advertido su emoción.
+
+Cuando las diferentes piezas de ropa estaban terminadas y planchadas,
+Cecilia las iba poniendo cuidadosamente en una cesta. Así que estaba
+llena la subía sobre la cabeza a uno de los cuartos de arriba, donde con
+todo esmero y arte colocaba las camisas, las chambras, cofias y
+peinadores sobre unos mostradores hechos al intento: las cubría
+delicadamente con un lienzo, y luego se salía cerrando la puerta y
+guardando la llave en el bolsillo.
+
+Después que hubo saludado, Gonzalo fué a sentarse cerca de Pablito, y
+pasándole la mano familiarmente por encima del hombro, le dijo al oído:
+
+—¿Cuál es la que más te gusta?
+
+Y al inclinarse hacia su futuro cuñado, clavaba una mirada intensa en
+Venturita, que correspondió a ella con otra muy singular. Después ambos
+las convirtieron a Cecilia. Esta no había levantado la cabeza del
+bastidor.
+
+—Nieves—respondió Pablo sin vacilar, y en el mismo tono de falsete.
+
+—Lo sabía, y te aplaudo el gusto—dijo riendo Gonzalo.—¡Qué cutis de
+raso!... ¡Qué dentadura!
+
+—¡Y qué andares! Pasi-corta, ¿sabes?
+
+Ambos miraban a la bordadora. Esta levantó la cabeza, y comprendiendo
+que se trataba de ella, les hizo una mueca con la lengua.
+
+—Vamos, no vale hablarse al oído—dijo doña Paula con la
+susceptibilidad vidriosa que caracteriza a las mujeres del pueblo.
+
+—Déjelos usted, señora—replicó Nieves.—Están hablando de mí: no hay
+que quitarles el gusto.
+
+—Cierto; Pablo me hacía notar el color rojo de ciertos labios, la
+transparencia de cierto cutis, un pelo dorado a fuego...
+
+—Valentina, entonces hablaban de ti—dijo Nieves ruborizada tocando en
+el muslo a su compañera.
+
+—¡Qué gracia! No te apures, mujer. ¡Si ya sabemos que eres la más
+guapa!—dijo la otra visiblemente picada.
+
+—¡Paz, paz, señoras!—exclamó Gonzalo.—Verdad que Pablo comenzó
+hablándome de las perfecciones de Nieves; pero también es cierto que
+pensaba continuar con las de todas las demás, si no se le hubiese
+interrumpido... ¿No es eso, Pablo?
+
+—Desde luego: contaba seguir con Valentina...
+
+Esta levantó la cabeza y le miró con aquel gracioso ceño burlón que daba
+carácter a su rostro.
+
+—Ten cuidado, Nieves, que estos señoritos se pierden de vista.
+
+Pablo, sin hacer caso de la interrupción, prosiguió:
+
+—Después con Teresa y Encarnación, Elvira y Generosa. Hablaría también
+de Venturita (para ponerla, por supuesto, por los pies de los caballos).
+De Cecilia no, porque está comprometida, y algo diría también de mi
+señora doña Paula, que, sin ofender a nadie, es la más hermosa de todas.
+
+—¡Qué pillastre!—exclamó ésta admirada del donaire de su hijo.
+
+Pablo se había levantado de la butaca, y abrazó a su madre con efusión.
+
+—¡Quita, quita, adulador!—dijo ella riendo.
+
+—Ve aflojando el bolsillo, mamá—dijo Venturita.
+
+—¡Lo ves! La pata de gallo de siempre—exclamó iracundo el joven,
+volviendo la cabeza hacia su hermana, mientras ésta se reía
+maliciosamente sin levantar la suya del bastidor.
+
+—Mucho has trabajado—dijo Gonzalo en voz baja, sentándose al lado de
+su novia.
+
+—Así, así—respondió Cecilia fijando en él sus ojos grandes, llenos de
+luz.
+
+—Mucho, sí; ayer no tenías bordado ese clavel... digo, me parece que es
+clavel...
+
+—Es jazmín.
+
+—Ni esas dos hojas más.
+
+—¡Bah! Eso no es nada.
+
+—¿Y qué es lo que estás bordando?
+
+Cecilia siguió moviendo la aguja sin contestar.
+
+—¿Qué es lo que bordas?—preguntó Gonzalo en voz, más alta, pensando
+que no le había oído.
+
+—Una sábana... ¡calla!—replicó la joven levantando un poco los ojos
+hacia las costureras y volviendo a abatirlos rápidamente.
+
+Al mismo tiempo, los de Gonzalo y Venturita se tropezaron por encima de
+la cabeza de Cecilia, y de ellos brotó una chispa.
+
+—Ya ven ustedes que hay para todas—decía Pablito mirando al mismo
+tiempo fijamente a Nieves, como diciendo: «No hagas caso, esto lo digo
+por cumplir».
+
+—¿Qué es lo que hay para todas, don Pablo?—preguntó Valentina con
+tonillo irónico.
+
+—Flores, criatura.
+
+—Écheselas usted al Santísimo.
+
+—Y a las niñas guapas como tú.
+
+—Si no soy guapa, paso delante de las guapas y no les hago la venia,
+¿sabe usted?
+
+—¡Demonio! No hay que acercarse a esta Valentina; se levanta de
+atrás—exclamó el apuesto mancebo.
+
+El símil, aunque nada culto, y acaso por eso, hizo reir a las
+costureras.
+
+—A Valentina no le gustan los señoritos—manifestó Encarnación.
+
+—Hace bien; de los señoritos no se saca más que parola, tiempo perdido
+y a veces la desgracia para toda la vida—dijo sentenciosamente doña
+Paula sin acordarse de que ella había sacado la felicidad.—Tocante a
+eso, Sarrió está perdido. Apenas hay muchacha que se deje acompañar de
+uno de su igual. El mozo ha de traer por lo menos corbata y hongo, y ha
+de fumar con boquilla... aunque no tenga plato en que comer. Ninguna se
+oculta ya para ir al obscurecer acompañada de algún señorito, y a la
+vuelta de las romerías da grima verlas venir colgadas del brazo de ellos
+cantando al alta la lleva... ¡Pobrecillas! No sabéis lo que os espera.
+Porque el hijo de don Rudesindo se casó con la de Pepe la Esguila y el
+piloto de la _Trinidad_ con la de Mechacan, se os figura que todo el
+monte es orégano. Al freir será el reir... Mirad, mirad a Benita la del
+señor Matías el sacristán. ¿Qué linda está y que compuestita, verdad?
+
+—Benita está escriturada—dijo Encarnación.
+
+—Escriturada, ¿eh? ¡Ya veréis de qué le vale la escritura!
+
+—Señora, el novio no puede dejarla; si la deja, va a presidio por toda
+la vida.
+
+—Calla, calla, bobalicona; ¿quién os ha metido esas bolas por la
+cabeza?
+
+—Eso se sabe... vamos. Benita está consultada.
+
+—Mire, señora—dijo Teresa, la morena sentimental,—la verdad en que
+nosotras corremos peligro; tiene usted razón... ¿Pero qué quiere que
+hagamos? Los artesanos de esta villa ¡están tan echados a perder! El que
+más y el que menos pasa el domingo y el lunes en la taberna, y algún día
+también por la semana. ¿Cuántos son los que traen el jornal a casa y lo
+entregan a su mujer, dígame por su vida? Si es marinero, se le ve una
+vez cada año; trae cuatro cuartos, y hala, otra vez para allá. Los
+cuartos se concluyen, y la infeliz mujer se ve arrastrada, trabajando
+para dar un pedazo de pan a sus hijos... Y luego, ¿qué saben ellos de
+dar estimación ni un poco de gracia a la mujer? Si salen con ella un
+domingo por la tarde, se van parando en todas las tabernas del camino,
+dejándola, si se tercia, a la pobrecilla a la puerta, o llamándola para
+que oiga alguna sandez, que la pone más colorada que una amapola...
+¡Calle, calle, señora, si hay cada mostrenco que, como Dios me ha de
+juzgar, no vale el pan que come!... El otro día encontré a Tomasina...
+ya sabe, la del tío Rufo, que no hace tan siquiera un año que se casó
+con un oficial de Próspero... Pues iba en aquel mismo instante a por dos
+reales en casa de su padre para comprar un pan, porque en todo aquel día
+no había comido un bocado. Su marido se bebe casi todo el jornal, y a
+mitad de semana, ¡claro! tiene la infeliz que apretarse la barriga...
+¡Válgate Dios! Y las más de las noches viene borracho perdido a casa, y
+le da cada sopimpa que la deja por muerta. ¡Cuántas veces se va la
+pobrecilla a la cama sin cenar y harta de palos!... Luego quieren que
+una, viendo estas cosas... ¡Vaya, más vale callar! Lo que yo digo,
+¡caramba! ya que la lleve a una el diablo, que la lleve en coche.
+
+—Oye, tú—saltó Valentina levantando el rostro con su ceño habitual
+algo más pronunciado,—no te pongas tan fanfarrona. Di que te gustan los
+señoritos, bueno... yo no me meto en eso; pero no vengas quitando el
+crédito a los rapaces de tu igual... Se emborrachan, los que se
+emborrachan... Más de un señorito y mas de dos he visto yo venir como
+cabras para su casa... Y pegan a sus mujeres, también los que pegan...
+Si ellas no tuvieran la lengua larga, no las llevarían la mitad de las
+veces... Atiende; y don Ramón el maestro de música cuando llegaba a casa
+por la noche ¿daba bizcochos a su mujer? Tú lo debes de saber... bien
+cerca vivías.
+
+—Mujer, yo no hablo por todos—repuso Teresa amainando por el temor de
+que su díscola compañera le sacase a relucir el acompañamiento nocturno
+de Donato Rojo, el médico de la Sanidad,—sólo digo que los hay muy
+brutos...
+
+—Bueno, pues déjalos en paz y no te acuerdes de ellos, que ellos
+tampoco se acuerdan de ti. Cada una es cada una, y la que más y la que
+menos sabe por dónde corre el agua del molino.
+
+—Oyes, Valentina—dijo Elvira sonriendo maliciosamente,—cuando te
+cases, ¿piensas llevarlas de Cosme?
+
+—Si las merezco las llevaré... Más quiero llevar dos bofetadas de mi
+Cosme que el desprecio de un señorito, ¡alza!
+
+—Así me gusta; ¡aprended, aprended, chiquillas!—dijo Pablito.
+
+Gonzalo, después de un rato de conversación en voz baja con su novia, se
+levantó, dió tres o cuatro vueltas por la sala, y vino a sentarse al
+lado de Venturita, con la cual solía tener jarana. Gustaban ambos de
+embromarse y retozar después que había nacido la confianza. La niña
+estaba dibujando unas letras para bordar.
+
+—No vengas a hacer burla, Gonzalo. Ya sabemos que dibujo mal—dijo
+clavándole una mirada provocativa, relampagueante, que obligó al joven a
+bajar la suya.
+
+—No es cierto eso; no dibujas mal—respondió él en voz baja y levemente
+temblorosa, acercando el rostro al papel que Venturita tenía sobre el
+regazo.
+
+—Pura galantería. Convendrás en que podía estar mejor.
+
+—Mejor... mejor... todo puede estar mejor en el mundo. Está bastante
+bien.
+
+—Te vas haciendo muy adulador. Yo no quiero que te rías de mí, ¿lo
+oyes?
+
+—¡Oh! yo no me río de nadie... pero mucho menos de ti...—repuso él sin
+levantar los ojos del papel, con voz cada vez más baja y visiblemente
+conmovido.
+
+Venturita tenía siempre los ojos fijos en él con una expresión
+maliciosa, donde se leía claramente el triunfo del orgullo satisfecho.
+
+—Vamos, dibújalas tú, señor ingeniero—dijo alargándole con gracioso
+despotismo el papel y el lápiz.
+
+El joven los tomó y osó levantar la vista hacia la niña; pero la bajó en
+seguida como si temiera electrizarse. Plantó el libro, que ella tenía en
+el regazo, sobre sus rodillas, aplicó encima un papel blanco, y se puso
+a dibujar. Mas en vez de las letras, comenzó a trazar con soltura la
+cabeza de una mujer. Primero el pelo partido en dos trenzas, después la
+frente estrecha y bonita, luego una nariz delicada, una boca pequeña, la
+barba admirablemente recortada unida a la garganta por una curva suave y
+elegante... Se parecía prodigiosamente a Venturita. Esta, apoyada sobre
+el hombro de su futuro hermano, seguía los movimientos del lápiz. Poco a
+poco se iba esparciendo por su rostro una sonrisa vanidosa. Después de
+trazar la cabeza, Gonzalo siguió con el busto. Le puso el peinador o
+_matinée_ que la niña vestía, y se entretuvo buen rato a dibujar
+minuciosamente los lazos de seda con que se sujetaba por delante. Cuando
+el retrato estuvo terminado. Venturita le dijo con acento picaresco:
+
+—Ahora, pon debajo quién es.
+
+El joven levantó la cabeza y sus miradas chocaron sonrientes. Luego, con
+viveza y decisión, escribió debajo de la figura: _Lo que más quiero en
+el mundo._
+
+Venturita tomó el papel entre las manos y lo contempló unos instantes
+con deleite. Después, haciendo una mueca de fingido desdén, se lo alargó
+otra vez diciendo:
+
+—Toma, toma, embustero.
+
+Pero antes de llegar a manos de Gonzalo, Cecilia extendió la suya y se
+lo arrebató riendo.
+
+—¿Qué papelitos son ésos?
+
+Venturita, como si la hubieran pinchado, brincó en el asiento y sujetó
+fuertemente la muñeca de su hermana.
+
+—¡Trae, trae, Cecilia! ¡Deja eso!—exclamó con el rostro echando fuego,
+contraído por forzada sonrisa.
+
+—No; quiero verlo.
+
+—Ya lo verás después; ¡suelta!
+
+—Quiero verlo ahora.
+
+—Vamos, niña, déjaselo ver. ¿Qué te importa?—dijo doña Paula.
+
+—No quiero que me lo quite nadie por fuerza—gritó poniéndose seria.
+Después, comprendiendo la imprudencia de esto, tornó a ponerse risueña.
+
+—Vamos, Cecilia, suelta; no seas mala.
+
+—¡Vaya un empeño! ¡Suelta tú, que me lastimas!
+
+—¿Quién eres tú para quitarme el papel de la mano?—profirió con rabia,
+poniéndose esta vez seria de verdad.—¡Suelta, suelta, fea, narices de
+cotorra, tonta!... ¡Suelta, o te araño!—añadió con los ojos
+centelleantes y la faz descompuesta por la cólera.
+
+Al verla de aquel modo, la risa que agitaba el pecho de Cecilia
+paralizóse súbito, y abriendo sus grandes ojos donde se pintaba la
+sorpresa, exclamó:
+
+—¡Jesús! Pareces loca, niña. Toma, toma, no vaya a darte algo.
+
+Y soltó el papelito que arrugaba en el puño. Venturita, la faz alterada
+aún, lo hizo mil trozos.
+
+—¡En los días de mi vida he visto una criatura más loca!—exclamó doña
+Paulina santiguándose.—¡Ave María! ¡Ave María! ¿De quién has sacado ese
+genio, chiquilla?
+
+—Sería de ti—respondió Venturita enfoscada, sin mirar a nadie.
+
+—¡Desvergonzada!... ¡Si no fuera mirando a que hay gente delante!...
+¿Cómo contestas de ese modo a tu madre, pícara? ¿No sabes los
+mandamientos de la ley de Dios? Mañana mismo te llevo a confesar con don
+Aquilino.
+
+—Bueno, dale memorias a don Aquilino.
+
+—¡Espera, espera, grandísima pícara!—gritó la señora haciendo ademán
+de levantarse para castigar a su hija.
+
+Pero en aquel instante aparecía en la puerta la figura de don Rosendo
+con bata multicolor y gorro de terciopelo con borla de seda.
+
+—¿Qué pasa?—preguntó sorprendido viendo la actitud airada de su
+esposa.
+
+Esta le puso al corriente, sofocada por los sollozos, de la falta de
+respeto de su hija.
+
+Don Rosendo se creyó en el caso de arrugar el entrecejo, y decir con
+tono solemne:
+
+—Eso está mal hecho, Ventura. Ve a pedir perdón a tu mamá.
+
+Se le conocía que estaba distraído, absorto por algún pensamiento, y que
+aquel suceso doméstico no conseguía más que a medias arrancarle de su
+preocupación.
+
+Sin embargo, al ver a la chica inmóvil, en actitud altiva y desdeñosa,
+dijo de nuevo, con más firmeza:
+
+—Vamos, hija, ve a pedirla perdón, ya que la has ofendido.
+
+La niña hizo su peculiar mohín de desprecio con los labios, y murmuró
+muy bajito:
+
+—¡Sí, en eso estoy pensando!
+
+—Vaya, Ventura, ¿qué murmuras ahí? Anda, antes que me enfade.
+
+—Anda, anda, Venturita. Ve allá. No seas así—le dijeron por lo bajo
+las costureras.
+
+—No me da la gana. ¿Queréis dejarme en paz?—les respondió ella en voz
+baja también, mas con acento iracundo.
+
+—¿No quieres ir?—preguntó don Rosendo con afectada severidad.—¿No
+quieres ir?
+
+La niña permaneció inmóvil y silenciosa.
+
+—¡Pues sal de aquí ahora mismo! ¡Quítate de mi vista!
+
+Venturita se levantó de la silla, pasó por el medio del concurso erguida
+y enfurruñada, y salió de la sala dando un gran portazo.
+
+Don Rosendo, después de permanecer un momento inmóvil con los ojos
+puestos en la puerta por donde su hija había salido, volvióse diciendo:
+
+—Siento mucho estar tan fuerte con mis hijas... pero algunas veces no
+hay más remedio.
+
+
+
+
+VII
+
+QUE TRATA DE DOS TRAIDORES
+
+
+Borróse súbito de su noble faz pseudomarítima la temerosa expresión que
+la obscurecía, y apareció de nuevo aquella otra distraída, signo de
+constantes meditaciones.
+
+—Gonzalo, si no te molesta, te rogaría que pasases conmigo al
+despacho—manifestó dirigiéndose a su futuro yerno.
+
+Este, que durante la anterior escena había empalidecido y vuelto a su
+ser varias veces, tornó a desconcertarse. Nada menos se le ocurrió que
+don Rosendo se había percatado de la instabilidad de sus sentimientos
+amorosos, y le iba a pedir de ello estrecha cuenta. Fuese, pues, detrás
+de él cabizbajo y receloso, y penetró en el escritorio. Era una estancia
+espaciosa, amueblada con lujo de comerciante rico: gran mesa de caoba
+maciza, armarios de caoba también, donde había más legajos de papeles
+que libros, alfombra de terciopelo, divanes forrados de brocatel, y
+escribanía de plata enorme como un monumento. Cerca de la cuarta parte
+de esta cámara ocupábalo un montón de paquetitos envueltos en papel de
+varios colores, que para cualquiera que por primera vez entrase en ella,
+sería un misterio. No lo era para Gonzalo ni para ninguno de los íntimos
+de la casa. Aquellos paquetes guardaban palillos de dientes.
+
+¿Cómo?—preguntará el lector.—¿Don Rosendo Belinchón, un negociante de
+tanto fuste, comerciaba también en palillos de dientes? No, don Rosendo
+no comerciaba con ellos, los fabricaba. Y esto no con el fin de
+especular, cosa indigna de su categoría, sino por pura y desinteresada
+inclinación de su espíritu. Desde muy joven se le había manifestado. Las
+asiduas ocupaciones del comercio y las vicisitudes por que había pasado
+su existencia, no le habían consentido satisfacer esta pasión sino de
+una manera precaria en los ratos materialmente perdidos. Pero desde que
+pudo dejar el escritorio confiado a algunos fieles dependientes,
+entregóse de lleno con alma y vida a tan útil y honesta distracción. Por
+la mañana en la tienda de Graells, por la tarde en el Saloncillo, por la
+noche en su casa o en la de don Pedro Miranda, siempre trabajando. Su
+criado ocupaba una gran parte del día en cortarle unos tacos de avellano
+seco perfectamente iguales, de donde su mano diestra había de sacar la
+gala de los palillos.
+
+Y como no se daba punto de reposo, ni aun en los días festivos, la
+producción era excesiva. No había bastantes consumidores en la villa, y
+se veía necesitado a remitir paquetes de ellos a los amigos de la
+capital, cuando el montón del despacho llegaba al techo. Gracias a los
+esfuerzos nobilísimos de este claro representante de su comercio,
+podemos decir con orgullo que Sarrió, en tal ramo interesante del
+progreso, se hallaba a la altura de las grandes capitales. Ninguna otra
+villa española o extranjera podría sufrir con ella competencia. En casa
+del rico, como en la del menestral, jamás faltaba un bien abastecido
+palillero, testimonio indiscutible de la refinada cultura de sus
+habitantes.
+
+Señaló don Rosendo un diván a su hijo en ciernes, y éste, asustado,
+dejóse caer en él hundiéndole profundamente. Acercó después el
+comerciante una silla con ademán misterioso, y sentándose frente al
+joven y mirándole entre risueño y avergonzado, dijo, dándole al propio
+tiempo una palmadita en el muslo:
+
+—Vamos a ver, Gonzalito: ¿qué te parece de la cuestión del matadero?
+
+—¿El matadero?—preguntó aquél abriendo unos ojos como puños.
+
+—Sí, el nuevo matadero; ¿crees que debe emplazarse en la Escombrera, o
+en la playa de las Meanas detrás de las casas de don Rudesindo?
+
+Gonzalo vió el cielo abierto, y, sonriendo de placer, respondió:
+
+—Yo creo que en la playa de las Meanas estaría bien... Muy abierto
+aquello... muy ventilado...
+
+Pero notando que la frente de su suegro se fruncía, y en sus ojos se
+apagaba repentinamente la sonrisa, añadió balbuciendo:
+
+—Tampoco me parece que estaría mal en la Escombrera...
+
+—Mucho mejor, Gonzalo... ¡Infinitamente mejor!
+
+—Puede, puede.
+
+—Hombre, tan puede ser, que reservadamente te diré que el emplazarlo en
+la playa lo juzgo (hazme el favor de guardar reserva sobre esta
+opinión), lo juzgo... una verdadera insensatez... u-na ver-da-de-ra
+in-sen-sa-tez—repitió señalando mejor todas las sílabas.
+
+—Y esta opinión mía—añadió—no vayas a figurarte que es de ayer
+mañana, sino de toda la vida. Desde que fuí capaz de entender ciertas
+cosas, comprendí que el matadero no debía estar donde hoy está. En una
+palabra, que debía trasladarse. ¿Dónde? Una voz interior me decía
+siempre que a la Escombrera. Antes de poder dar ninguna razón
+científica, estaba tan convencido como ahora de que allí debía
+emplazarse, y no en otra parte. Hoy que la resolución del problema se
+aproxima, me creo obligado a sostener esta opinión, a comunicar al
+pueblo mi pensamiento y el resultado de mis meditaciones. Si no tienes
+que hacer voy a leerte la carta que dirijo con este motivo al _Progreso
+de Lancia._
+
+Y en efecto, sin aguardar la contestación de Gonzalo, se dirigió a la
+mesa, tomó unos pliegos de papel que había sobre ella, se puso las
+gafas, y acercándose al balcón dió comienzo, no sin cierta emoción que
+se le traslucía en la voz, a la lectura de la carta.
+
+Estaba escrita en papel comercial, grande y rayado. Todas las que desde
+hacía años dirigía al _Progreso de Lancia_ y a otros periódicos de la
+capital de la provincia, iban escritas en el mismo papel por las dos
+caras. Aún no sabía que para la imprenta debía escribirse por una
+solamente. Pero muy pronto adquirió este precioso conocimiento, como
+hemos de ver.
+
+Casi al mismo tiempo que la de los palillos de dientes había nacido en
+don Rosendo Belinchón la afición a escribir comunicados a los
+periódicos: es decir, que databa de una remota antigüedad. Ardiente
+partidario de los progresos humanos, de las reformas en todos los
+órdenes, de la discusión y de la luz, claro está que la prensa había de
+infundirle respeto y entusiasmo. Los periódicos habían sido siempre un
+elemento indispensable de su existencia. Estaba suscripto a muchos
+nacionales y extranjeros; porque, como educado para el comercio, conocía
+bastante bien el francés y el inglés, y nunca le había faltado, ni aun
+en los días más ocupados, un par de horas que dedicar a su lectura.
+Estas horas se aumentaron considerablemente desde hacía algunos años, no
+sin que se resintiese por ello el bacalao. El goce que nuestro héroe
+experimentaba por las mañanas después de tomar el chocolate tragándose
+los artículos de fondo del _Pabellón Nacional_, los sueltos de _La
+Política_ y las _Nouvelles à la main_ del _Fígaro_ era tan vivo, que le
+quedaba impreso largo tiempo en el rostro, hasta que por la irradiación
+se iba perdiendo en la atmósfera.
+
+Como todos los hombres de miras amplias y elevadas, no era exclusivista
+en sus gustos periodísticos. Amaba el periódico por el periódico, por
+ser una muestra gentil del progreso de la razón humana, o como él decía
+mejor, «una manifestación levantada de la conciencia pública». Las
+opiniones que cada cual defendía, eran cosa secundaria. Estaba suscripto
+a periódicos de todos colores, y los gozaba por igual. Si alguna
+predilección mostraba, era únicamente por los artículos y sueltos
+_intencionados_. Porque eso de decir una cosa aparentando expresar la
+contraria y retorcer las frases de modo que una cláusula inocente en la
+apariencia llevase dentro «una saeta envenenada» llenaba de admiración a
+don Rosendo y le volvía loco de alegría. ¡Cuántas veces al leer en _La
+España_ algún párrafo por el estilo:—«Ayer apareció por fin la circular
+del señor Presidente del Supremo a sus subordinados. Felicitamos al
+general O’Donnell, presidente de esta situación liberal, al señor
+Negrete, que en algún rato lúcido ha dado cima a obra tan colosal, y a
+los demócratas protectores de este Gobierno»,—hubo exclamado agitando
+el periódico en las manos:—¡Qué intención! ¡Caracoles! ¡¡Qué
+intención!!
+
+Este afán, mejor dicho, esta pasión por la prensa, no era platónico como
+ya hemos advertido. Allá en sus mocedades había dirigido dos cartas a un
+periódico semanal que se publicaba en Lancia, titulado _El Otoño_, con
+motivo de las fiestas anuales que en Sarrió se celebran en el mes de
+septiembre. Estas cartas leyéronse con fruición en la villa y le
+valieron no pocos plácemes. Esto le animó para escribir otras tres al
+año siguiente, dando cuenta al público del número asombroso de cohetes
+que se dispararon en Sarrió los días 13, 14 y 15, la lindísima
+iluminación del 16, y el suntuoso baile celebrado en el Liceo la noche
+del 17. Después de haber gustado las dulzuras de la publicidad, don
+Rosendo no podía menos de paladearlas de vez en cuando. El menor
+pretexto le bastaba para dirigir, bien una carta, ora un comunicado a
+los periódicos. Unas veces firmaba con su nombre, otras con cualquier
+gracioso pseudónimo o anagrama. Celebraban los mareantes una fiesta en
+honor de San Telmo: don Rosendo escribía inmediatamente su carta al
+_Progreso de Lancia_ o a _La Abeja_, describiendo la verbena, los fuegos
+artificiales, la misa, la procesión, etc. Se daba un banquete en el
+nuevo edificio de las escuelas para inaugurarlo: a los tres o cuatro
+días se recibía el periódico de Lancia con la consabida carta publicando
+los brindis y los sonetos improvisados. Se caía un albañil de un
+andamio; comunicado de don Rosendo pidiendo más garantías para los
+albañiles que se ponen en los andamios. Cantaba misa el hijo de don
+Aquilino; carta de don Rosendo describiendo la conmovedora ceremonia, y
+elogiando la voz clara, y sonora y la serenidad del joven presbítero. Si
+las mareas eran altas y fuertes y arrancaban algunas piedras de la punta
+del Peón; carta. Si los buques de Bilbao se negaban a recibir a bordo
+los prácticos de Sarrió; comunicado. Si se perdía la cosecha del maíz
+por la sequía; carta. Si los vientos reinantes eran del Noroeste; carta.
+En fin, no acaecía suceso en el suelo o en la atmósfera de la villa
+digno de mención, que no la recibiese de la diestra y bien tallada pluma
+de nuestro comerciante.
+
+¡Cuánto trabajo se evitarán los futuros historiadores de Sarrió con
+esto, valiosísimos materiales acumulados por uno de sus más claros
+hijos!
+
+Según iba avanzando en años don Rosendo Belinchón, daba a sus cartas un
+carácter menos romántico, por no decir frívolo (sería tan inexacto como
+irrespetuoso tal calificativo aplicado a los escritos de aquel estimable
+caballero). Es decir, que los temas de ellas no eran tan a menudo los
+holgorios y recreos de los habitantes de la villa, como cualquier cosa
+que tendiera directa o indirectamente a fomentar los intereses morales y
+materiales de ella. Los mercados, las escuelas, el salvamento de
+náufragos, la erección de un templo o de una cárcel, etc., etc., eran
+los asuntos en que para gloria suya y bien del pueblo que le vió nacer,
+se ejercitaba con más frecuencia.
+
+Uno de ellos, de «vital interés para Sarrió», como él afirmaba muy bien,
+era el matadero. Hasta entonces jamás había abordado esta cuestión,
+porque sabía que su parecer iba a discrepar algo del de una gran parte
+del vecindario. Mas había llegado, a su entender, la hora de «emitirlo
+sin ambages ni rodeos». El comunicado que leyó era el primero que acerca
+de este asunto dirigía al _Progreso de Lancia_. Comenzaba así:
+
+«Señor Director de _El Progeso de Lancia_.
+
+Muy señor mío: La preferencia con que se miran las ciencias
+físico-naturales, y en particular la ciencia de la Higiene, como que de
+ella depende la salud, tanto de los pueblos como de los individuos, en
+vista de su gran utilidad práctica, ha ido poco a poco desterrando la
+timidez de los que, influídos por una educación casi errónea y
+deficiente, condenaban el estudio de estos grandes problemas arrastrados
+por antiguas y torpes preocupaciones que felizmente se van disipando al
+soplo poderoso del siglo XIX, llamado con razón el siglo de las luces.»
+
+Los párrafos de don Rosendo eran siempre nutridos como el anterior.
+Seguía:
+
+«Hoy que la civilización, rotas las cortapisas que detenían las
+conciencias y supeditaban el espíritu, nos abre vasto campo a todos por
+medio de la prensa para expresar nuestro libre pensamiento y emitirlo a
+la faz del mundo, confiado en la amistad con que usted me ha distinguido
+siempre, y en la benevolencia con que el público ha acogido hasta ahora
+los humildes partos de mi pluma, etc., etc.»
+
+Después de otros tres o cuatro párrafos a modo de preámbulo (que el
+director de _El Progreso_ acostumbraba a recortar) entraba don Rosendo
+en la cuestión, estudiando el matadero o macelo público, como él lo
+nombraba, por todas sus fases, para venir a condenar, en términos que no
+daban lugar a dudas, su emplazamiento en la playa de las Meanas. Las
+razones que tenía para oponerse a él, eran «obvias». Por una parte, los
+vientos del Sudoeste, reinantes la mayor parte del año, que arrastraban
+consigo fétidos miasmas, etc., etcétera. Por otra parte, la dificultad
+de hallar terreno firme para la cimentación, lo cual originaría un gasto
+excesivo, etc., etc. Por otra, la necesidad de penetrar en la población
+con las reses, etc., etc. Por otra, la proximidad de las casas, etc. Por
+otra, el perjuicio que a los bañistas se les irrogaba, etc., etc. En
+fin, eran más de veinte las razones que don Rosendo «apuntaba de un modo
+ligero y sucinto», proponiéndose darle «más amplitud y desarrollo» en
+otras cartas sucesivas con que pensaba «molestar la atención de los
+lectores de su ilustrado periódico».
+
+Cuando terminó la lectura, Gonzalo las juzgó incontrovertibles, y don
+Rosendo (con las gafas en la punta de la nariz) declaró que no tenían
+vuelta de hoja. Habiendo llegado a un acuerdo tan perfecto, se separaron
+llenos de alegría, como es natural. Don Rosendo se quedó en el despacho
+poniendo en limpio su carta. Gonzalo se fué de nuevo a la sala de
+costura. No obstante, antes que franquease la puerta, llamóle su futuro
+suegro para decirle:
+
+—De esto, ni una palabra a nadie, ¿eh?
+
+—¡Don Rosendo, por Dios!—respondió el joven alzando la mano en señal
+de protesta.
+
+El comerciante se sintió acometido por un vivo sentimiento de expansión.
+
+—Pronto sabrás—dijo acercándose—otra cosa que te ha de sorprender
+alegremente. Es una idea que se me ha ocurrido hace dos meses y que
+espero realizar, Dios mediante, muy pronto. ¡Oh, es una idea feliz! La
+faz de Sarrió cambiará radicalmente, ¿sabes?
+
+El ademán misterioso, el tono grave y conmovido de la voz, la esperanza
+del triunfo que fulguraba en sus ojos al decir esto, ya sorprendió más
+que medianamente a Gonzalo. No se atrevió, sin embargo, a pedir
+explicaciones. Su futuro suegro le dejó marchar dirigiéndole una mirada
+risueña y abstraída.
+
+La tertulia de la sala continuaba amenizada por la conversación de
+Pablito, que la salpicaba a cada instante con donaires, no de concepto,
+sino de acción, como convenía a su naturaleza plástica. Venturita no
+había vuelto aún. Sentóse de nuevo el sobrino de don Melchor al lado de
+su novia, y comenzó a hablarla mostrando timidez y embarazo. Porque no
+estaba acostumbrado a disimular sus sentimientos y la traición le pesaba
+en el alma. A veces Cecilia levantaba la cabeza para contestarle. Su
+mirada clara, serena, inocente, le encendía las mejillas. Para librarle
+de aquel malestar, creyó lo mejor expresarle, en términos más vivos que
+otras veces, su amor y rendimiento. Como todos los seres flacos de
+espíritu en los casos de apuro, acudía al recurso peor, con tal que le
+dejase respirar por el momento. Cecilia recibió aquellos homenajes con
+sosiego, sin manifestar el gozo que las mujeres suelen sentir al oirse
+requebrar de quien aman.
+
+—Vienes muy adulador hoy, Gonzalo. No me gustan los mimos—le dijo al
+fin sonriendo.
+
+—Es que tengo gusto en expresarte lo que siento—respondió él sofocado.
+
+—Pues es un gusto que no comprendo—replicó ella con dulzura.—Yo
+cuanto más quiero a una persona, menos ganas tengo de decírselo.
+
+—Eso consiste en que no quieres de veras.
+
+—¡Oh!—exclamó ella con entonación tan verdadera y expresiva, que
+nuestro joven se inmutó.
+
+—Sí, sí, consiste en que eres fría por naturaleza. El calor del
+sentimiento, como el calor físico, no puede ocultarse largo tiempo:
+llega siempre un momento en que sale a la superficie como la lava de los
+volcanes... Y el amor es de todos los Sentimientos el que mejor sabe
+romper las trabas de la lengua. Sólo se goza realmente de él cuando se
+le dice al ser amado en todos los tonos y de todas las maneras posibles
+que se le ama... Lo que acabas de decir me parece un absurdo. Al mismo
+tiempo que nace en nuestra alma un sentimiento de simpatía hacia
+cualquier persona, nace el deseo de expresársela; y este deseo
+satisfecho, es el mayor de los placeres...
+
+—¡Sí será! ¡sí será!—respondió ella con acento de profunda
+convicción.—Aunque no lo he experimentado, lo adivino muy bien... lo
+adivino por lo que padezco... Mira, Gonzalo—añadió con voz
+temblorosa,—por Dios te pido que no midas nunca mi cariño por mis
+palabras... Yo no sé... yo no puedo decir nunca lo que pasa dentro de
+mí... Siento como un nudo en la garganta que no deja salir más que
+tonterías, cosas insignificantes, cuando yo quisiera que saliesen
+palabras cariñosas... ¡Oh, es un tormento!... Soy lo mismo que un perro
+sin rabo.
+
+Gonzalo se echó a reir. Ella, que había hablado con más viveza que de
+costumbre, se puso colorada y bajó la cabeza.
+
+—Pero a ti nadie te ha cortado la lengua.
+
+—Para este caso haz cuenta que me la han cortado.
+
+—Bien, entonces me lo dirás por escrito—dijo él riendo. Al mismo
+tiempo levantó vivamente la cabeza hacia la puerta que se había abierto.
+
+Era Piscis. Después de mascullar las buenas tardes se fué a sentar en el
+rincón de costumbre, perseguido por las miradas burlonas de las
+costureras, a quienes por ésta y otras razones, tenía declarado odio
+eterno.
+
+Después de pagarles aquella risueña acogida con otra mirada oblicua y
+feroz, guardó silencio por algunos minutos. Sin embargo, como tenía
+henchida el alma de graves y profundos secretos y Pablito no se
+despegaba de Nieves aunque le echasen agua caliente, después de haberle
+silbado para llamarle la atención, se aventuró a descargar el fardo en
+público, a riesgo de que sus confidencias no fueran bien entendidas y
+apreciadas por el elemento femenino de la tertulia.
+
+—¿Qué hay, Piscis?—preguntó Pablito al oir el silbido.
+
+—¿A que no sabes por dónde da las coces ahora el Romero?
+
+En efecto, las costureras levantaron la cabeza sorprendidas. Valentina
+le dijo a Teresa pugnando por no reir:
+
+—Chica, ¿qué dice _ése_?
+
+—¿Que por dónde tira las coces un caballo?
+
+—Será por el c...
+
+Aunque hablaba en voz baja, Piscis lo oyó perfectamente. Sin atender a
+Pablo que había tomado muy en serio la pregunta, y quería saber la
+especialidad del Romero, exclamó, dirigiéndose a Valentina:
+
+—¿Quieres callarte... zapalastrona?
+
+Estas palabras enérgicas fueron recibidas con una explosión de alegría
+por las costureras.
+
+—No te enfades, Piscis, déjalas... ¿Has sacado a paseo el Romero?... Me
+alegro.
+
+—Lo enganché en la _charrette_ con la Linda—respondió el centauro,
+haciendo una mueca horrible de disgusto dirigida a la simpática
+Valentina.—¡Si vieras, mal rayo, qué modo de alzarse! Yo ¡zis, zis! con
+la fusta, y él ¡pan, pan! sobre el tablero del pescante. Me volví a la
+cuadra, y le puse al tablero por debajo unos clavillos. Salí otra vez...
+En cuanto se pinchó se estuvo quieto. Pero, ¿qué hizo el gran pillo?...
+¿Ves entre el tirante y la rueda? Por allí comenzó a dar las coces. ¡Mal
+rayo! Por poco me deshace un farol...
+
+—Pues es necesario quitarle esa zuna—manifestó Pablito hondamente
+afectado, levantándose del asiento, y dejando a Nieves para acercarse a
+Piscis.
+
+—Déjame discurrir esta noche—respondió el centauro poniéndose muy
+sombrío.—Ya veremos si mañana hallamos algún medio.
+
+Los dos amigos bajaron la voz, y se enfrascaron en una conversación viva
+y reservada.
+
+Gonzalo estaba inquieto. No hacía más que echar miradas a la puerta,
+esperando a cada instante ver entrar a Venturita. Transcurría, no
+obstante, el tiempo, y nada; la niña no parecía. La distracción
+aumentaba de tal modo, que Cecilia tuvo que repetirle tres veces la
+misma pregunta:
+
+—¿Que tienes? Parece que estás con el pensamiento en otra parte.
+
+—En efecto—dijo él un poco colorado;—me acuerdo de que hoy tengo que
+escribir a Londres para un negocio urgente... Además, ya son cerca de
+las seis.
+
+Despidióse de ella, después de doña Paulina y la tertulia, y se fué.
+
+Una vez en los pasillos, acortó el paso, y comenzó a mirar a todos
+lados, sin lograr ver lo que deseaba. Triste y cabizbajo descendió
+lentamente por las escaleras. Ya se disponía a levantar el pestillo de
+la puerta, cuando creyó advertir que la cuerda con que la abrían desde
+arriba se agitaba. Quedóse un momento inmóvil. Tornó a llevar la mano al
+pestillo, y otra vez percibió la sacudida. Entonces volvió sobre sus
+pasos, y asomó la cabeza a la caja de la escalera. Allá arriba, una
+cabecita hermosa le sonreía.
+
+—¿Eres tú?—preguntó con voz de falsete, rebosando de gozo el
+semblante.
+
+—Sí, soy yo—contestó Venturita en el mismo tono.
+
+—¿Quieres que suba?
+
+—No—respondió la niña de un modo que significaba:—¡Eso no se
+pregunta, hombre!
+
+Gonzalo subió la escalera sobre la punta de los pies.
+
+—Aquí no debemos estar; nos pueden ver. Ven conmigo—dijo Venturita
+tomándole de la mano y conduciéndole al través de los pasillos hasta el
+comedor.
+
+Gonzalo se sentó en una silla sin soltar la mano.
+
+—Creí que no te volvía a ver hoy. ¡Qué geniecillo tienes, chica!—le
+dijo sonriendo.
+
+El semblante de Venturita se obscureció.
+
+—Si no me lo irritasen a cada instante, no lo tendría.
+
+—Pero hazte cargo que es tu mamá la que te ha reprendido—repuso él sin
+dejar de sonreir.
+
+—¿Y qué?—exclamó ella con violencia.—¿Porque es mi madre me ha de
+mortificar a todas horas y en todos los momentos?... ¡Si cree que yo lo
+voy a sufrir, está bien equivocada! ¡Anda, que la sufra ese mastuerzo,
+que para eso le saca los cuartos!... Aquí ya no hay mimos más que para
+él... Mira, Gonzalo, si quieres que seamos amigos, no me toques más esa
+tecla.
+
+Y al decir esto con rabiosa entonación, pintada la ira en los ojos, dió
+una fuerte sacudida a la mano para soltarla. Pero Gonzalo no lo
+consintió, y besándosela varias veces con pasión, le dijo riendo:
+
+—Chica, chica, no te dispares contra mí, que yo no tengo la culpa de
+nada... Si a mí me gustas precisamente por ser tan viva y tan
+rabiosilla. No me hacen gracia las mujeres de pastaflora.
+
+—Es porque tú lo eres—respondió ella aplacándosela varias veces con
+pasión, le dijo riendo:
+
+—No lo creas; no soy de tan buena pasta como te figuras... Cuando me
+enfado, es de veras...
+
+—¡Bah... allá una vez; cada año!
+
+—Además... por lo mismo que yo soy así, debieran gustarme las mujeres
+suaves y tranquilas.
+
+—Estás equivocado; siempre se busca lo contrario. A las rubias les
+gustan los morenos, a los flacos las gordas, a los altos las
+chiquitas... ¿No te gusto yo a ti siendo tan alto y yo tan pequeña?
+
+—No sólo es por eso—dijo él riendo y atrayéndola hacia sí.
+
+—¿Por qué más?—preguntó ella clavándole una mirada provocativa.
+
+—No sé. ¿Quieres que te regale el oído?
+
+—¿Por qué más?—insistió sin dejar de mirarle.
+
+—Por lo feísima que eres.
+
+—Gracias—respondió con el rostro iluminado por la vanidad.
+
+—No la hay más fea que tú en Sarrió ni en el mundo entero.
+
+—Algunas más feas habrás visto por esos países donde has andado.
+
+—Te aseguro que no.
+
+—¡Virgen del Amparo! Debo ser un monstruo—exclamó riendo y aceptando
+la hiperbólica lisonja que iba envuelta en aquellas palabras.
+
+—¡Alguien viene!—dijo Gonzalo quedándose inmóvil y serio.
+
+Venturita avanzó hasta la puerta.
+
+—Es la cocinera que pasa—dijo volviendo en seguida.
+
+—Me parece que estamos mal aquí. Pudiera entrar tu mamá o cualquiera de
+las chicas... o Cecilia (añadió en voz más baja). ¿Y qué disculpa doy?
+
+—Cualquiera; eso es lo de menos... Pero, en fin, si no estás tranquilo,
+podemos ir a otra parte. Vamos al salón.
+
+—Vamos.
+
+—No, tú quédate aquí un momento; yo iré delante.
+
+Pero deteniéndose a la puerta y volviendo sobre sus pasos, le dijo:
+
+—Si me dieses palabra de ser formal, te llevaría a mi cuarto.
+
+—Palabra redonda—respondió el joven alegremente.
+
+—¿Nada de besitos?
+
+—Nada.
+
+—Júralo.
+
+—Lo juro.
+
+—Bien, quédate ahí un instante, y después vienes en puntillas, ¿sabes?
+Hasta ahora.
+
+—Hasta ahora—dijo Gonzalo apoderándose de una de sus manos y
+besándola.
+
+—¿Lo ves?—exclamó ella fingiendo enojo,—antes de ir, ya comienzas a
+faltar...
+
+—Yo creí que las manos no entraban en el juramento.
+
+—¡Entra todo!—dijo ella con severidad en la voz y la sonrisa en los
+ojos.
+
+A los dos minutos el joven la siguió. Halló la puerta del cuarto
+entornada, y entró. La habitación de Venturita, era como su dueña,
+pequeñita y linda, amueblada con lujo. La cama de palo santo con
+pabellón de brocatel de seda, cubierta por una colcha de damasco azul,
+un armarito de ébano con incrustaciones de marfil, que servía de
+escritorio al abrirse, una butaca confidente de raso azul, un tocador
+con espejo, forrado también de raso al igual que las paredes, un armario
+de espejo, de palo santo como la cama, y algunas sillas doradas. La
+habitación exhalaba un perfume penetrante como el camarín de una
+odalisca.
+
+—¡Oh! Esto está mejor que el cuarto de Cecilia.
+
+—¿Cuándo lo has visto?
+
+—Hace pocos días me lo ha enseñado. Las paredes desnudas con unos
+cuadritos bastante malos; la cama sin cortinas; una cómoda vulgar...
+
+—Pues si no lo tiene como yo, es porque no quiere... Verdad que he
+tenido que andar detrás de papá una temporada para que me lo pusiera de
+este modo... Pero mi hermana es así... como Dios la crió... No le
+importa por nada... Todo le gusta a lo aldeano, ¿sabes?
+
+—En este cuartito hay mucho gusto... y mucha coquetería. De esta
+cualidad, no puedes prescindir en ninguna de tus cosas.
+
+—¿De dónde sacas que soy coqueta, tonto?—le preguntó ella volviendo a
+mirarle de aquel modo provocativo de antes.
+
+—Lo eres, y haces bien en serlo. La coquetería, cuando no es excesiva,
+da más atractivo a la hermosura, como las especias dan sabor a los
+alimentos.
+
+—¡Ya salió a relucir el gastrónomo!... Pues mira, aunque la coquetería
+dé atractivo o sabor, o lo que quieras, yo no soy coqueta... Tú menos
+que nadie tienes derecho a decirlo... Digo... ¡me parece!...
+
+—Es verdad; tienes razón, tienes muchísima razón. Yo no puedo llamarte
+coqueta... Pero la coquetería de que yo hablaba es de otra clase.
+
+—Hazme el favor de sentarte, porque ya has crecido bastante, según
+creo... y déjate de sutilezas.
+
+Gonzalo se dejó caer en la butaca que la niña le señalaba, dominado por
+sus ojos brillantes y maliciosos. Desde que había entrado en aquel
+cuarto sentía un gozo íntimo, mitad corporal, mitad espiritual que le
+embargaba a la vez los sentidos y el alma. El perfume que respiraba se
+le subía a la cabeza. La mirada magnética de Venturita había concluído
+por electrizarle.
+
+—Has hecho mal en traerme a tu cuarto—dijo sonriendo mientras se
+pasaba el pañuelo por la frente.
+
+—¿Pues?—preguntó ella abriendo y cerrando varias veces los ojos, como
+esos relámpagos que se advierten a la caída de la tarde en los días muy
+calurosos del verano.
+
+—Porque me siento mal—respondió él con la misma sonrisa.
+
+—¿Te sientes mal, de veras?—replicó la niña abriendo mucho sus ojos
+azules sin conseguir que pareciesen inocentes.
+
+—Un poco.
+
+—¿Quieres que avise?
+
+—No; si lo que me hace daño son tus ojos.
+
+—¡Ah, vamos!—exclamó ella riendo como si cayese entonces en la
+cuenta.—¡Entonces los cerraré!
+
+—¡Oh, no; no los cierres, por Dios! Si los cerrases, me pondría mucho
+peor.
+
+—Entonces me iré—dijo levantándose de la silla.
+
+—¡Eso sería matarme, niña mía! ¿Sabes por qué me pongo enfermo? por no
+poder besar esos ojos que me asesinan.
+
+—¡Jesús!—exclamó Venturita soltando la carcajada.—¡Qué fuerte te da!
+¡Siento no poder curarte!
+
+—¿Permitirás que me muera?
+
+—Si.
+
+—¡Gracias! Déjame besar tus cabellos entonces...
+
+—No.
+
+—Tus manos.
+
+—Tampoco.
+
+—Déjame besar cualquier cosa tuya... ¡Mira que me haces mucho daño!
+
+—Besa ese guante—dijo la niña riendo y tirándole uno que había sobre
+el tocador.
+
+Gonzalo se apoderó de él, y lo besó con frenesí repetidas veces.
+
+Al lector que en su fuero interno haya diputado ya a Gonzalo por hombre
+desleal y pérfido, o por lo menos débil, declarándole quizá «un carácter
+repugnante», como dicen los críticos cuando los personajes de las
+novelas no son todo lo heroicos y talentudos que ellos quisieran,
+pusiérale yo en aquel nido pequeño y perfumado como el cáliz de una
+magnolia, frente a la niña menor de los señores de Belinchón, vestida
+con peinador de cintas azules que dejaban ver una buena parte de su
+garganta amasada con rosas y leche, recibiendo en el rostro los
+relámpagos azulados de sus ojos, y escuchando una voz grave y pastosa
+que removía todas las fibras del alma. Y si la niña le tirase un guante
+diciéndole:
+
+—Bésalo,—quisiera ver en qué forma se negaba a besarlo.
+
+—¿Te vas calmando, Gonzalo?—dijo disparándole una sonrisa capaz de
+volver loco a San Antonio.
+
+—Así, así.
+
+—Bueno, pues ahora hablemos en serio... hablemos de nuestra
+situación...
+
+Gonzalo se puso serio.
+
+—A pesar de lo que me has dicho hace ya tres días, no he sabido, hasta
+ahora, que hayas hablado con mamá o con papá, ni que les hayas
+escrito... Por el contrario, no sólo dejas el tiempo correr, con lo
+cual cada vez empeoran las cosas, sino que te veo más atento y cariñoso
+que nunca con Cecilia...
+
+Gonzalo hizo un gesto negativo.
+
+—¡Si te he visto hace un momento desde el cuarto de Pablo por el
+agujero de la llave!... A mí no se me escapa nada... Eso está muy mal
+hecho si es que no la quieres... Y si la quieres está muy mal hecho lo
+que haces conmigo...
+
+—¿No estás bien segura aún de que tú sola posees mi corazón?—dijo el
+joven levantando sus ojos apasionados hacia ella.
+
+—No.
+
+—¡Pues sí, sí; mil veces sí!... Pero yo no puedo estar al lado de
+Cecilia desabrido o indiferente... Eso es muy feo... Prefiero decírselo
+claramente y concluir de una vez.
+
+—Pues díselo.
+
+—... No me atrevo.
+
+—Pues no se lo digas, y concluyamos tú y yo... Mejor será—replicó la
+niña con impaciencia.
+
+—¡No hables, por Dios, así, Ventura! Se me figura que no me quieres.
+Debes comprender que mi posición es extraña, comprometida, terrible.
+Estar en vísperas de casarse con una joven excelente, y sin mediar
+disgusto alguno, sin antecedentes de ningún género que puedan tenerla
+prevenida, decirle de pronto: «Todo se acabó, ya no me caso contigo
+porque no te quiero ni nunca te he querido», es lo más brutal y más
+odioso que se haya visto jamás... Por otra parte, yo no sé cómo tomarían
+mi conducta tus papás. Lo más probable es que, indignados justamente por
+ella, me recriminasen duramente y me prohibiesen la entrada en esta
+casa...
+
+—Bien, cásate con ella... ¡y en paz!—dijo Venturita poniéndose en pie
+un poco pálida.
+
+—¡Eso nunca! O me caso contigo, o con nadie.
+
+—Entonces, ¿qué hacemos?
+
+—No sé—replicó el joven bajando la cabeza con tristeza.
+
+Ambos guardaron silencio unos instantes.
+
+Al cabo Venturita dijo, dándose con la palma de la mano en la cabeza:
+
+—¡Discurre, hombre, discurre!
+
+—Ya lo hago, pero no sale...
+
+—¡No sirves para nada!... Vamos, vete, y déjalo a mi cargo. Yo hablaré
+a mamá... Pero es necesario que escribas una carta a Cecilia...
+
+—¡Oh, por Dios, Ventura!—exclamó angustiado.
+
+—Entonces, ¿qué quieres, di?—preguntó la niña encolerizada.—¿Crees
+que voy a servir de juguete?
+
+—¡Si pudiéramos pasar sin esa carta!—manifestó Gonzalo con
+humildad.—Tú no puedes figurarte lo violento que es para mí... ¿No
+bastaría que dejase de venir unos cuantos días a esta casa?
+
+—Sí, sí; vete... ¡y no vuelvas!—respondió, dando un paso hacia la
+puerta.
+
+Pero el joven la retuvo por una de las trenzas de sus cabellos.
+
+—Vamos, no te enfades, hermosa. Bien sabes que me tienes dominado,
+fascinado, y que a la postre haré cuanto tú me mandes, incluso arrojarme
+al mar. No hacía más que expresarte una opinión... Si tú no quieres,
+nada de lo dicho... Trataba solamente de evitar a Cecilia un disgusto.
+
+—¡Presuntuoso!—exclamó la niña sin volverse.—¿A que te figuras que
+Cecilia se va morir de pena?
+
+—Si no se disgusta, mejor que mejor; así me evitaré un remordimiento.
+
+—Cecilia es fría; ni quiere mucho, ni odia mucho tampoco. Es muy buena;
+no conoce el egoísmo. Pero siempre la encontrarás igual, ni alegre ni
+triste; incapaz de tomarse un disgusto por nada ni por nadie... Al
+menos, si se los toma, nadie lo conoce... ¿Qué haces?—añadió
+volviéndose rápidamente.
+
+—Estaba desatando los lazos de las trenzas... Quería ver otra vez tus
+cabellos sueltos. No hay espectáculo que me cause más placer.
+
+—¡Si es capricho, yo las desataré!... Aguarda—dijo la niña, que
+estaba orgullosa, y con razón, de su pelo.
+
+—¡Oh, qué hermosura! ¡Esto es un prodigio de la naturaleza!—exclamó
+Gonzalo, introduciendo en él sus dedos.—Déjame, déjame meter la cabeza
+dentro, déjame bañarme en este río de oro.
+
+Y ocultó, al decir esto, su rostro en la cabellera blonda de la niña.
+
+Mas sucedió que, pocos momentos antes, como sonasen en el reloj las
+siete de la tarde, las costureras y bordadoras dejaron su obra, y se
+dispusieron a retirarse. Antes de hacerlo, Valentina fué comisionada por
+doña Paula para ir al cuarto de Venturita, y traer de allá unos patrones
+que debían de estar sobre el armario-escritorio. Llegó, y empujó la
+puerta en el instante crítico en que Gonzalo se estaba bañando de
+aquella original manera. Al sentir el ruido, éste se levantó de un
+brinco y quedó, más pálido que la cera. Valentina se puso encarnada
+hasta las orejas, y dijo balbuceando:
+
+—Mamá quiere los patrones... los del otro día... Deben de estar sobre
+el armario.
+
+—No están sobre el armario, sino dentro—respondió Venturita, sin
+inmutarse poco ni mucho.
+
+Y dirigiéndose a él, y abriendo un tirador, sacó un lío de papeles y se
+lo entregó.
+
+—Aguarda un poco, Valentina—dijo antes que saliese.—Hazme el favor de
+atarme el pelo, que yo no puedo por este dedo malo...
+
+Y enseñó uno, por donde manaba sangre. Al ir por los patrones se lo
+había pinchado.
+
+Valentina, muy turbada todavía, comenzó a atárselo.
+
+—Me tiraba mucho, y, al desatarlo, me pinché con el alfiler que sujeta
+la cinta de arriba... El pobre Gonzalo no se arreglaba muy bien para
+atármelo, ¿verdad?—añadió riendo.
+
+—¡Oh, no!—replicó el joven con forzada sonrisa, pasmado de aquella
+sangre fría.
+
+La disculpa, aunque bien urdida, no coló. Valentina estaba bien segura
+de lo que había visto.
+
+—¿Crees que se habrá tragado lo del pinchazo?—preguntó Gonzalo con
+ansiedad luego que hubo salido.
+
+—Tal vez no; pero no hay cuidado con ella. Es la más reservada de
+todas.
+
+Valentina fué a entregar los patrones a la señora y se despidió hasta el
+día siguiente. Al cruzar por el pasillo oyó claramente el rumor de un
+beso. Miró hacia el cuarto obscuro que allí había, y creyó percibir los
+cuadros blancos y negros del vestido de Nieves.
+
+—¡Alza! ¡Esto está que arde!—murmuró con aquel ceño saladísimo que
+tanto la caracterizaba.
+
+Bajó la escalera y salió a la calle, donde ya la esperaba su Cosme para
+acompañarla hasta casa.
+
+
+
+
+VIII
+
+DE LA REUNIÓN QUE LOS PRÓCERES DE SARRIÓ CELEBRARON EN EL TEATRO CON
+ASISTENCIA DEL CUARTO ESTADO
+
+
+El día 9 de junio de 1860, debe señalarse con caracteres de oro en los
+fastos de la villa de Sarrió.
+
+Para ese día, socorrido de Alvaro Peña y de su hijo Pablo, don Rosendo
+Belinchón había rogado por medio de atento B.L.M. a sus convecinos que
+concurriesen por la tarde al local del teatro. Se trataría un asunto de
+«vital (por nada en el mundo se le escaparía a don Rosendo el vital)
+interés para la villa de Sarrió y su concejo». Sólo cuatro o cinco
+personas de las más obligadas al comerciante, conocían el noble y
+patriótico pensamiento que motivaba la convocatoria. Así que,
+arrastrados de la curiosidad, tanto como de la cortesía, acudieron a
+las tres en punto todos los convocados y muchos más a quienes nadie
+había dado vela en aquel entierro. El teatro se llenó de bote en bote.
+La gente principal se apoderó de las butacas y los palcos. La plebe
+subió a la cazuela. En el escenario se había colocado una mesa de
+escribir vieja y sucia. A entrambos lados de ella hasta media docena de
+sillas, no más nuevas ni más limpias, que servían para la decoración de
+«sala pobremente amueblada».
+
+El teatro hervía ya de gente. El escenario permanecía aún desierto.
+Estaban casi en tinieblas. Sólo por un tragaluz de vidrios empolvados
+abierto allá en el fondo de la escena, despojada del telón de foro,
+penetraba escasísima claridad. A fuerza de tiempo, acostumbrados los
+ojos a la obscuridad, podían distinguirse los unos a los otros. El que
+entraba, iba despacio por el pasillo de las butacas para no tropezar,
+palpando los cráneos de los que las ocupaban, por ver si había alguna
+vacante.
+
+—Aquí no, don Rufo.
+
+—¿No hay asiento?—preguntaba sonriendo al vacío como los ciegos.
+
+—No; suba usted arriba, a los palcos.
+
+—Véngase aquí, don Rufo, véngase aquí—gritaba uno que estaba más
+adelante.
+
+—¿Eres tú, Cipriano?
+
+Y empujando y tropezando, llegaba el recién venido a colocarse. Alguno
+más práctico encendía una cerilla, pero al instante salían voces de la
+cazuela:
+
+—¡Eh! ¡eh! ¡Cuidado con las narices, don Juan! Cuando va por las noches
+a casa de la Peonza, el diablo que cerilla enciende.
+
+Don Juan se apresuraba a apagarla para librarse de aquellos insultos que
+hacían prorrumpir en carcajadas al ocioso público.
+
+A medida que el tiempo transcurría, el zumbido de las conversaciones iba
+creciendo hasta hacerse insoportable. Los salvajes de la cazuela
+expresaban su impaciencia con patadas, gritos y baladres. Cambiaban
+unos con otros, por encima de las butacas, bromas y frases, más que
+obscenas, asquerosas. Gracias a que no había señoras.
+
+Al fin aparecieron en el escenario cuatro señores, don Rosendo
+Belinchón, Alvaro Peña, don Feliciano Gómez y don Rudesindo Cepeda,
+propietario y fabricante de sidra espumosa. Los cuatro se despojaron de
+los sombreros al pisar el palco escénico. Prodújose repentinamente el
+silencio. Algunos de los espectadores, los menos, se descubrieron
+también. La mayor parte, prevalidos de la obscuridad y cediendo al
+instinto de grosería, poderoso en aquella región, permanecieron
+cubiertos. Don Rosendo y sus compañeros sonrieron al concurso,
+avergonzados. Para librarse del embarazo y temor que sentían, comenzaron
+a hablar con los espectadores de las primeras filas, a quienes podían
+divisar. Alvaro Peña, algo más atrevido, en razón quizá de su carácter
+militar y de su instrucción antirreligiosa, avanzó hasta la cáscara del
+apuntador, y dando a sus palabras una entonación excesivamente familiar,
+sonriendo sin gana como las bailarinas, dijo:
+
+—Señores, tanto mis compañeros como yo desearíamos ¿eh?, que subiesen a
+este sitio algunas pejsonas de jespeto ¿eh?, que habrá en el público, a
+fin de que nos ayuden con su autoridad ¿eh?, y con su ilustración... a
+fin de que nos ayuden ¿eh? (no encontraba el final) en la empresa que
+vamos a emprendej...
+
+El ayudante de marina pronunciaba las erres con la garganta, produciendo
+un sonido muy semejante a la jota.
+
+Hubo un murmullo en la asamblea de asentimiento y simpatía por la
+modestia que resaltaba en aquella proposición.
+
+—¿No está por ahí don Pedro Miranda?—preguntó Peña, sereno ya,
+volviendo a adquirir la resolución militar que le caracterizaba.
+
+—Aquí está... Aquí—dijeron varias voces.
+
+—Don Pedro, si nos hiciese usted el favoj... Don Pedro se defendía de
+los que le empujaban hacia el escenario, diciendo por lo bajo:
+
+—Pero, señores, ¿yo por qué? ¿A qué asunto?... Hay otras personas...
+
+No hubo más remedio. Poco a poco lo fueron llevando hasta cerca del
+escenario. Una vez allí, como no hubiese tabla ni escalera para subir,
+entre Peña y don Feliciano Gómez, lo auparon por las manos hasta ponerlo
+sobre el tablado.
+
+—A ver, don Rufo, suba usted.
+
+Don Rufo (médico titular de la villa), después de haberse defendido un
+poco, fué subido en vilo también. Y por el mismo sencillo mecanismo
+pasaron al escenario otros cinco o seis señores. Cada ascensión era
+saludada con una salva de aplausos y un murmullo de complacencia por el
+benévolo concurso. El ayudante vió a Gabino Maza sentado en una butaca
+cerca de la pared, y le gritó con alegría:
+
+—¡Gabino, no te había visto!... Vamos, hombre, ven acá.
+
+—Estoy bien aquí—respondió con sequedad el bilioso ex oficial de la
+Armada.
+
+—¿Quieres que baje por ti?
+
+Maza contestó en voz baja:
+
+—No hace falta.
+
+Los que estaban a su lado hicieron lo que con los demás.
+
+—Vaya, don Gabino, arriba. No sea usted perezoso. Hombres como usted
+son los que deben estar allí. ¡No faltaba más que usted no subiese!
+
+Y trataban al mismo tiempo de levantarle. Mas fueron inútiles todas las
+instancias. Maza se empeñó en permanecer en la butaca con una
+insistencia orgullosa que acobardó a los que le excitaban a subir.
+Alvaro Peña bajó entonces por él; pero después de una brega larga tuvo
+que retirarse desairado.
+
+Ya que estuvo casi lleno el escenario, se trajeron más sillas recabadas
+de los chiribitiles de los cómicos. Se acomodaron en ellas los más
+selectos vecinos de Sarrió, y celebraron conciliábulo para resolver
+quién había de presidir la reunión. Por cierto que no acababan de
+entenderse, y el público daba señales claras de impaciencia. La mayor
+parte juzgaba que a don Rosendo correspondía la honra de sentarse detrás
+de la mesa de pino; pero éste la rehusaba con una modestia que le
+honraba muchísimo más. Al fin se sentó al observar que el público se iba
+cansando. Este aplaudió reciamente.
+
+Nueva y fastidiosa dilación antes de resolverse quién había de dirigir
+la palabra al concurso. Alvaro Peña, que era hombre despachado y de
+arranque, se decidió a dar unos pasos hacia la boca del telón, y dijo en
+voz alta:
+
+—Señores.
+
+—¡Chis, chis! ¡Silencio!—gritaron algunos.
+
+Y reinó el silencio.
+
+—Señores: El motivo de celebrajse este _meeting (sorpresa y
+extraordinaria complacencia del concurso al escuchar la palabreja
+exótica)_ no es otro ¿eh?, que el de unirnos todos para fomentaj los
+intereses morales y materiales de Sajió. Hace algunos días me indicaba
+nuestro dignísimo presidente que estos intereses se hallaban
+abandonados, ¿eh?, y que era necesario a todo trance fomentajlos.
+Señores, en Sajió hay varios problemas que jesolvej en este momento
+histórico; el problema del mejcado cubiejto, ¿eh?, el problema del
+cementerio, el problema de la cajetera a Rodillero, el problema del
+matadero y otros. Yo le dije a mi querido amigo, el dignísimo
+presidente: El único medio ¿eh?, de jesolvej estos problemas es celebraj
+un meeting donde todos los sajienses puedan emitij libremente su
+opinión...
+
+—¿Eh?—gritó un socarrón desde la cazuela.
+
+Peña alzó los ojos furibundos hacia allá. Y como era hombre a quien se
+le suponían malas pulgas, y gastaba unos bigotes desmesurados, el
+socarrón tembló por su pellejo y no volvió a chistar.
+
+—Mi buen amigo, cuyo gran corazón y amoj al progreso conocen todos, me
+dijo que hacía tiempo que pensaba sobre lo mismo, y que él además, ¿eh?,
+tenía otro proyecto que no tajdará en comunicaj al ilustrado público. En
+consecuencia de esto hemos convocado a los vecinos de Sajió para una
+jeunión pública, y aquí estamos... porque hemos venido. _(Este desenfado
+produce excelente efecto en el auditorio, que ríe con benevolencia)_.
+
+—Señores—siguió el ayudante animado por los rumores,—yo creo que lo
+que le hace falta a este pueblo es despertaj del letajgo en que yace,
+¿eh?, vivij de la vida de la razón y del progreso, ¿eh?, ponerse a la
+altura de los adelantos del siglo, ¿eh?, tenej conciencia de sí y de sus
+fuejzas. Hasta ahora, Sajió ha sido un pueblo dominado por la teocracia;
+mucha novena, mucho sermón, mucho rosario, y no pensaj para nada en el
+fomento de sus intereses, ni en aprender nada útil. Es necesario salij
+cuanto más antes de esta situación, ¿eh? Es necesario sacudij el yugo
+teocrático. Un pueblo dominado por los curas, es siempre un pueblo
+atrasado... y sucio. _(Risas y aplausos, entre los cuales se oye tal
+cual chicheo.)_
+
+El ayudante hablaba mejor, y adquiría cierto donaire en cuanto se
+trataba de denigrar al clero.
+
+—Pido la palabra—gritó una voz atiplada desde un palco.
+
+—¿Quién es? ¿Quién es?—se preguntaron unos a otros los espectadores y
+los altos dignatarios del escenario.
+
+—Es el hijo del Perinolo.—¿Quién?—El hijo del Perinolo.—El hijo del
+Perinolo.
+
+Esta frase se fué repitiendo en voz baja por todo el ámbito del teatro.
+
+El hijo del Perinolo era un joven pálido, de ojos negros, que gastaba
+larga melena. No se advertía más en la media luz que reinaba. Era para
+él gran fortuna. A ser entera, se verían perfectamente los lamparones de
+su levita añeja, la grasa de su camisa y las greñas de la melena, dado
+que los agujeros de las botas y los hilachos del pantalón, en modo
+alguno podían ser vistos a causa de la barandilla del palco. Pero todo
+lo sabían de memoria los vecinos de Sarrió, por tropezarle harto a
+menudo en la calle y los cafés. Digamos que, a pesar de esto, era mozo
+de gentil disposición y rostro.
+
+Su padre, el señor José María el Perinolo, antiguo y clásico zapatero de
+la villa, era uno de aquellos viejos artesanos que a mediados del siglo
+gastaban chaqueta y sombrero de copa alta. Carlista fanático, miembro de
+todas las cofradías religiosas. Rezaba el rosario por las tardes al
+toque de oración en la iglesia de San Andrés, acompañado de unas cuantas
+mujerucas; salía en las procesiones de Semana Santa con hábito de
+disciplinante y corona de espinas, y tenía a su cargo y cuidado la
+capilla del Nazareno en la calle de Atrás. Este santo varón «que nunca
+había dado nada que decir» (suprema expresión de la honradez en los
+pueblos pequeños), educó a su hijo Sinforoso y a otros dos más, en el
+santo temor de Dios y del tirapié. Azotes, penitencias de rodillas, días
+a pan y agua, estirones de orejas y bofetadas. La infancia de Sinforoso
+estaba poblada de estos recuerdos poéticos. Cuando llegó a la pubertad,
+como mostrase singular destreza para aprender sus lecciones, el Perinolo
+se persuadió a que no estaba llamado a sustentar la zapatería cuando él
+fuese muerto, sino a ser firme columna de la Iglesia Romana. Faltábanle
+medios para mandarle al seminario de Lancia. Vinieron en socorro suyo
+don Rosendo y don Melchor de las Cuevas, don Rudesindo y el párroco de
+la villa, que espontáneamente le asignaron tres pesetas diarias mientras
+no cantase misa. Mas al cursar el segundo año de Teología, recibieron
+estos señores del seminarista una carta elegantemente escrita. En ella
+les manifestaba que no se sentía llamado por Dios a la carrera
+eclesiástica, y que antes de ser un mal sacerdote prefería aprender el
+oficio de su padre o embarcarse para América. Terminaba suplicándoles
+con palabras fervorosas que le permitiesen cambiar la Teología por el
+Derecho, hacia el cual se creía inclinado, y con esto no daría tan gran
+disgusto a su padre. Accedieron sus bienhechores a la demanda. Y
+Sinforoso se hizo al cabo columna del Estado en vez de la Iglesia, como
+deseaba el Perinolo. Mientras siguió la carrera de leyes con
+sobresalientes y premios al principio, notables después y aprobados al
+fin, emborronó algunos articulejos en los diarios de Lancia. Con esto se
+creyó en el caso de dejar crecer los pelos y ponerse lentes sobre la
+nariz. Así se presentó el nuevo licenciado en Sarrió con la aureola de
+gloria además que rodea a quien ha hecho sus primeras armas, y aun
+reñido batallas en la prensa periódica. Se había afiliado en el partido
+liberal más avanzado renegando así de su prosapia. Con esto, su padre
+estaba fuertemente desabrido. Si le dejó entrar en casa debióse a la
+intercesión de la madre. No le hablaba ni le daba un céntimo para sus
+gastos, limitándose a consentir que durmiese bajo su techo y comiese la
+ración. Al cabo de algunos meses los zapatos se habían despellejado y la
+ropa daba lástima verla. Pero todo lo suplía muy bien el letrado con el
+empaque y gravedad de la fisonomía y lo airoso de su porte. Pasaba la
+mañana leyendo en la cama: las tardes y las noches en el café
+discutiendo a gritos lo que había leído por la mañana. Los vecinos no le
+querían; pero respetaban mucho su ilustración y talento.
+
+—¿Quién ha pedido la palabra?—preguntó don Rosendo.
+
+—Suárez... Sinforoso Suárez—dijo el joven inclinando su busto sobre la
+barandilla.
+
+—Usted la tiene, señor Suárez.
+
+El joven tosió, metió los dedos de entrambas manos por el pelo,
+dejándolo más ahuecado y revuelto, se puso los lentes que traía colgados
+de un cordoncillo y dijo:
+
+—Señores.
+
+La entonación firme y sosegada que dió a esta palabra, y la pausa larga
+que después hizo asegurando los lentes sobre la nariz y paseando una
+mirada de grande hombre por el concurso, impusieron silencio y respeto.
+
+—Después de la brillante oración que acaba de pronunciarnos mi
+queridísimo amigo el ilustrado ayudante de este puerto, señor Peña _(el
+ayudante, aunque no ha hablado con Suárez más de tres veces en su vida,
+se inclina agradecido. Los respetables vecinos de Sarrió aprenden que
+hay más oraciones que el Padre Nuestro, la Salve y las demás rezadas por
+la Iglesia)_, quedará bien convencida la asamblea del fin generoso y
+patriótico que ha inspirado a los promovedores de este _meeting_. Nada
+tan grande, nada tan hermoso, nada tan sublime como ver a un pueblo
+reunido para deliberar acerca de los más altos y caros intereses de su
+vida. ¡Ah, señores! al escuchar hace un momento al señor Peña, me
+imaginaba estar en el Agora de Atenas decidiendo, como ciudadano libre,
+entre otros ciudadanos libres también como yo, de los destinos de mi
+patria. Me imaginaba oir la palabra vigorosa y ardiente de alguno de
+aquellos grandes oradores que ilustraron al pueblo heleno... Porque la
+elocuencia de mi queridísimo amigo el señor Peña, tiene mucho de la
+arrebatada pasión que caracterizaba a Demóstenes, el príncipe de los
+oradores y bastante también de la fluidez y elegancia que brillaba en
+los discursos de Pericles. _(Pausa: mano a los lentes.)_ Es viva y
+animada como la de Cleón; es mesurada y prudente como la de Arístides;
+tiene tonalidades graves y precisas como la de Esquines, y notas
+agradables al oído como la de Isócrates. ¡Ah, señores! Yo también, como
+el elocuente orador que me ha precedido en el uso de la palabra, deseaba
+que el pueblo donde he visto por primera vez la luz del día, despertase
+a la vida del progreso, a la vida de la libertad y la justicia...
+¡Sarrió! ¡Cuánto dulce recuerdo, cuánta inefable alegría despierta en mi
+alma este solo nombre! Aquí corrieron los años felices de mi infancia...
+Aquí comenzó a formarse mi espíritu... Aquí hizo el amor palpitar por
+primera vez mi corazón... En otra parte se ha enriquecido mi razón con
+el conocimiento de las ciencias, con las grandes ideas que engendra el
+estudio del Derecho... Aquí se ha nutrido mi alma con las santas y
+dulces emociones del hogar. En otra parte se ha adiestrado mi
+inteligencia en la polémica, en la lucha de las ideas... Aquí he
+cultivado mi sensibilidad con el tierno amor de la familia... Señores,
+lo diré muy alto, suceda lo que suceda: Sarrió está llamado a grandes
+destinos. Tiene derecho a ser una de las primeras poblaciones de la
+costa cantábrica, un emporio de actividad y de riqueza, tanto por la
+excelente situación en que la naturaleza lo ha colocado, como por la
+laboriosidad, la honradez y las grandes dotes de inteligencia de sus
+habitantes. _(¡Bravo! ¡Bravo! Unánimes y estrepitosos aplausos.)_
+
+Roto el hielo que la sorpresa, más que una prevención injusta, había
+formado, los bravos y los aplausos se sucedieron sin interrupción a cada
+párrafo. Jamás los laboriosos, honrados e inteligentes habitantes de
+Sarrió habían oído hablar tan fácil y pulidamente. Aquel discurso fué la
+revelación de la vida parlamentaria moderna, según decía Alvaro Peña al
+disolverse la reunión.
+
+Media hora llevaría en el uso de la palabra en medio del creciente
+entusiasmo del auditorio, cuando a uno de los próceres del escenario se
+le ocurrió que podía tener seca la boca y sería oportuno servirle un
+vaso de agua con azucarillo. Comunicada en voz baja la observación al
+presidente, éste interrumpió al orador, diciéndole:
+
+—Si el señor Suárez está fatigado, puede descansar. Voy a dar orden de
+que le sirvan un vaso de agua.
+
+Estas palabras fueron acogidas con un murmullo de aprobación.
+
+—No estoy fatigado, señor presidente—respondió suavemente el orador.
+
+_(Sí, sí, que descanse.—Dejarle descansar.—Que se le traiga un vaso de
+agua.—Puede hacerle daño: que le echen unas gotas de anís.)_
+
+Los espectadores, acometidos súbito de una ardiente simpatía, se
+convertían en madres cariñosas para el hijo del Perinolo.
+
+Este, inflándose más de lo que estaba, sonrió al auditorio, y dijo:
+
+—La fatiga es propia de los soldados bisoños. Los que como yo están
+acostumbrados a las lides de la tribuna (había hablado varias veces en
+la Academia de jurisprudencia de Lancia) no se rinden tan fácilmente...
+
+Digamos ahora que Mechacan, zapatero, vecino y competidor hacía muchos
+años del señor José María el Perinolo, que había visto criarse a
+Sinforoso y le había arreado más de uno y más de dos lampreazos con el
+tirapié cuando al volver de la escuela le llamaba, para vejarle, por el
+apodo, le estuvo escuchando desde la cazuela con las manazas apoyadas
+sobre la barandilla y la cara erizada de púas sobre las manos. En sus
+ojos, sombreados de una selva enmarañada de pestañas, no se advertía la
+chispa de entusiasmo que ardía en los de los demás. Antes se leía el
+asombro, la ira y la envidia. Cuando acertó a oir las palabras
+jactanciosas del hijo de su rival, no pudiendo sufrir tanta farsa, gritó
+con rabia:
+
+—¡Fuera ese piojo, sollo!
+
+Indescriptible indignación en el auditorio. Todos los rostros se vuelven
+airados a la cazuela. Oyense las voces de:
+
+—¿Quién es ese borrico?—¡A la cárcel!—¡Fuera ese cerdo!
+
+El presidente pregunta con terrible severidad:
+
+—¿Estamos en un pueblo culto o entre hotentotes?
+
+Esta pregunta así formulada, produce honda impresión en el público.
+
+Suárez, un poco pálido y con voz alterada, dice al fin:
+
+—Si la Asamblea lo desea, estoy dispuesto a sentarme.
+
+_(¡No, no!—¡Que siga! Estrepitosos y prolongados aplausos al orador.)_
+
+La indignación contra el grosero interruptor creció a tal punto con
+estas humildes palabras, que se oyen gritos amenazadores y muchos agitan
+los puños frente al sitio de donde había partido la voz. Alvaro Peña, el
+orador griego, más indignado que nadie, sube por fin a la cazuela y a
+pescozones y coces arroja al desgraciado Mechacan del teatro entre los
+aplausos del público.
+
+Sosegadas ya las olas, el orador continúa. Hace una excursión por el
+campo de la historia para demostrar que los sarrienses, desde la época
+de la dominación romana, cuando la España estaba dividida en Citerior y
+Ulterior y después en Tarraconense, Bética y Lusitania, hasta nuestros
+días, habían demostrado en todas ocasiones un ingenio poderoso muy
+superior al de los habitantes de Nieva. Tales declaraciones fueron
+acogidas con vivas muestras de aprobación. Introdúcese después
+repentinamente en los dominios del Derecho y hace gala de conocimientos
+poco comunes, sobre todo en Sarrió, en la ciencia de Triboniano y
+Papiniano. Al llegar a cierto punto, con una modestia que le honra
+mucho, dice:
+
+—Lo que acabo de exponer, señores, no tiene ningún valor científico. Lo
+sabe cualquier niño que haya saludado las Pandectas...
+
+Don Jerónimo de la Fuente, maestro de primeras letras de la villa, que
+había estudiado por los métodos modernos y sabía algo de Froebel y
+Pestalozzi, hombre ilustrado, que había escrito un prontuario de los
+verbos irregulares y tenía un telescopio en el balcón de su casa siempre
+apuntando al cielo, se levanta de la butaca, y sonriendo con mucha
+lástima dice:
+
+—Las palmetas hace ya bastantes años que se han suprimido de las
+escuelas.
+
+—No he dicho palmetas, he dicho Pan-dec-tas—replica Suárez sonriendo
+con mucha más lástima.
+
+Don Jerónimo enrojece por el paso en falso que acaba de dar.
+
+El orador continúa y termina al fin, deseando, como el elocuente
+ayudante de marina, que Sarrió despierte a la vida del progreso, que
+salga del letargo en que yace, y que de algún modo se manifieste en su
+recinto la lucha de las ideas, fecunda siempre, y luzca en su horizonte
+el sol radiante de la civilización.
+
+«... Si es verdad, como tengo entendido, que merced a la iniciativa
+patriótica y generosa de un respetabilísimo personaje de esta villa, se
+prepara el advenimiento a ella del cuarto poder de los estados modernos.
+Si es verdad que Sarrió estará dotado en breve de un periódico que
+refleje sus legítimas aspiraciones, que sea el palenque donde se
+ejerciten sus inteligencias, el salvaguardia de sus más caros intereses,
+el centinela avanzado de su tranquilidad y reposo, el órgano, en fin,
+por donde se comunique con el mundo espiritual, felicitémonos, señores,
+¡felicitémonos de todo corazón! y felicitemos también al ilustre
+patricio por cuyo esfuerzo va a llegar hasta nosotros un rayo de ese
+astro luminoso del siglo diez y nueve que se llama la prensa.»
+
+_(¡Bravo, bravo! Todas las miradas se, vuelven ansiosas hacia la
+presidencia. La faz de don Rosendo resplandece llena de majestad y
+dulzura.)_
+
+Después del hijo del Perinolo, pidió y obtuvo la palabra don Jerónimo de
+la Fuente. El ilustrado profesor de primeras letras, deseaba
+ardientemente levantarse a los ojos del público después de la caída de
+las Pandectas. Comenzó, pues, manifestando que abundaba en las ideas del
+digno orador (obsérvese que no dijo elocuente ni ilustrado, sino digno,
+digno nada más) que le había precedido en el uso de la palabra; que él,
+destinado por su profesión a encender la antorcha de la ciencia en las
+inteligencias infantiles, no podía menos de ser partidario decidido de
+los adelantos modernos y, sobre todo, de la prensa. En corroboración de
+estas palabras, se cree en el caso de manifestar que, tan pronto como la
+creación de un periódico en Sarrió fuese un hecho, tendría el gusto de
+exponer a sus convecinos la resolución de un problema que hasta el día
+de hoy se había creído insoluble, el de la «trisección del ángulo», al
+cual había dedicado muchos esfuerzos y vigilias, coronadas unas y otros
+afortunadamente por el mejor éxito. Habló después con gran oportunidad
+de algunas materias, de Geografía física y Astronomía, explicando
+algunos problemas de la mecánica celeste, en particular la ley de la
+atracción universal, descubierta por Newton, gracias a la cual, los
+planetas se mueven alrededor del sol en órbitas elípticas. A este
+propósito expuso con gran brillantez lo que era una elipse. Por último,
+al hablar de nuestro satélite la luna, hizo observar que el tiempo de su
+revolución alrededor de la tierra iba disminuyendo sensiblemente, lo
+cual indica que su órbita se va estrechando. Esto, en opinión del
+orador, daría por resultado más tarde o más temprano que la luna caería
+sobre la tierra, y ambas se harían pedazos. Don Jerónimo se sentó,
+dejando el auditorio sumamente agitado, bajo el peso de esta profecía
+aterradora.
+
+Avanzó acto continuo hasta las candilejas, don Rufo, el médico de la
+villa, hombre flaco, con barba de cazo, y gafas de oro. A las pocas
+palabras declaró explícitamente que, en su opinión, el pensamiento no es
+más que una función fisiológica del cerebro y el alma un atributo de la
+materia. Pero, ¿en qué parte del cerebro reside el foco de la actividad
+intelectual?—se pregunta el orador.—En su concepto, esta actividad
+tiene su centro en la «sustancia gris, parda o amarilla», y en modo
+alguno en la «sustancia blanca», que no es más que la conductora de tal
+actividad. Habló después de la _dura-máter_, de los _hemisferios_, de
+los _lóbulos frontal, parietal y occipital_, de la _hoz del cerebro y_ de
+la_ tienda del cerebelo_. En este punto tuvo una ocurrencia feliz,
+comparando bellamente las circunvoluciones de la sustancia gris a un
+montón de intestinos arrojados al acaso. Todas las facultades que
+llamamos del alma, no son sino funciones de esta sustancia gris, de este
+montón de intestinos. El cerebro segrega pensamientos como el hígado
+segrega bilis y los riñones orina. El orador termina afirmando que,
+mientras la humanidad no se penetre de estas verdades, no podrá salir
+del estado de barbarie en que yace.
+
+Como nunca quiso ser menos que el médico, pidió la palabra el profesor
+de veterinaria Navarro. Después de dedicar algunas frases a
+congratularse por la celebración de aquel _meeting_ (ninguno de los que
+hablaron dejó de citar la palabreja) expuso algunas ideas muy razonables
+acerca de la angina gangrenosa del cerdo y su tratamiento profiláctico.
+El orador tropezaba, balbuceaba, sudaba para emitir su pensamiento. Pero
+esta deficiencia de expresión, la suplía cumplidamente la novedad y el
+interés que el tema ofrecía. A la sazón estaban falleciendo de anginas,
+en Sarrió, bastantes de aquellos simpáticos animales.
+
+El público, por más que escuchaba con respeto y simpatía estas noticias
+acerca de la enfermedad que aquejaba en aquel momento al ganado de
+cerda, sentía ya impaciencia por oir las declaraciones del presidente.
+Después de la alusión del hijo del Perinolo al asunto del periódico,
+todos ansiaban saber lo que había de cierto. Mientras Navarro disertaba,
+salió una voz de la cazuela gritando:
+
+—Que hable don Rosendo.
+
+Y aunque el público castigó con un enérgico chicheo esta grosera
+interrupción, era unánime la opinión de que Navarro como orador «no
+tenía condiciones».
+
+Por fin el hombre notable de Sarrió, el portaestandarte de todos los
+progresos, el ilustre patricio don Rosendo Belinchón, alzó su busto
+majestuoso por encima de la mesa.
+
+_(Silencio, ¡chis, chis!—¡Callarse, señores!—¡¡Atención!!—¡Por favor,
+un poco de atención!)_
+
+Estos fueron los gritos que salieron de la muchedumbre, aunque nadie
+había osado mover un dedo siquiera. Tal era el afán de escuchar la
+palabra presidencial.
+
+Como todos los hombres de espíritu realmente elevado y de ingenio
+penetrante, don Rosendo escribía mejor que hablaba. Sin embargo, su
+palabra reposada tenía un sello de grandeza que en vano se buscaría en
+los oradores que le habían precedido.
+
+—Señores (pausa), doy las gracias a todas las personas (pausa) que han
+acudido esta tarde (pausa) a la reunión que he tenido el honor de
+convocar (pausa mucho más larga durante la cual se suena con ruido).
+Tengo una verdadera satisfacción (pausa) en ver reunidos en este sitio a
+las personas más ilustradas de la villa (pausa) y a todos los que por
+uno o por otro concepto valen y significan algo.
+
+_(Bravo: muy bien, muy bien.)_
+
+Después de este exordio tan lisonjeramente acogido, manifestó el orador
+que lo que urgía en aquel momento era «levantar el nivel intelectual de
+Sarrió». Después añadió que su propósito al convocar este _meeting_ no
+había sido otro que levantar este nivel. _(Aplausos prolongados.)_ Para
+llevar a cabo tal empresa se consideraba sin fuerzas y méritos
+suficientes. _(Si, si. Aplausos.)_ Pero contaba, creía contar al menos,
+con el auxilio poderoso de los muchos hombres de corazón y patriotismo,
+de inteligencia y de progreso que Sarrió encerraba. _(Muestras de
+aprobación.)_ El medio que creía más eficaz para elevar a Sarrió a la
+altura que le correspondía, y hacerle rivalizar dignamente con otras
+villas, y aun ciudades marítimas de menos importancia, era la creación
+de un órgano que sostuviese sus intereses políticos, morales y
+materiales...
+
+—Y, señores (pausa), aunque todavía no se hayan orillado todas las
+dificultades (pausa), tengo el gusto de manifestar a esta ilustrada
+Asamblea... _(Atención, chis, chis. ¡Silencio!)_ que tal vez en el
+próximo mes de agosto... (_¡Bravo, bravo! Ruidosos, frenéticos aplausos
+que interrumpen al orador por algunos momentos.)_ Que tal vez en el
+próximo mes de agosto _(¡bravo, bravo! ¡silencio!)_ la villa de Sarrió
+contará con un periódico bisemanal. _(Estrepitosos aplausos. Navarro
+arroja su sombrero de copa a la escena. Algunos otros espectadores
+siguen el ejemplo. Alvaro Peña y don Feliciano Gómez se ocupan en
+recogerlos y volverlos a sus dueños. La fisonomía de don Rosendo brilla
+con expresión augusta, y sus labios, al contraerse con una sonrisa
+feliz, dejan ver las dos filas simétricas de sus dientes, testimonio
+elocuente de los progresos odontálgicos.)_
+
+—A pesar de esas manifestaciones de cariño que agradezco hasta el fondo
+del alma (pausa) el orgullo no me ciega. La escasez de mis fuerzas _(No,
+no)_, mi falta de ilustración _(No, no: aplausos)_ hará que el órgano
+que funde no corresponda seguramente a las esperanzas del público.
+_(Voces de varios sitios: ¡Si corresponderá! Tenemos confianza.
+Aplausos.)_ Pero si alguna vez (pausa) la falta de inteligencia puede
+ser suplida por la fe y el entusiasmo, será ciertamente ahora. Mi
+humilde pluma y mi modesta fortuna pertenecen al pueblo de Sarrió.
+_(Muestras vehementes de aprobación.)_
+
+El nuevo periódico, según el orador, tenía «una gran misión que
+cumplir». Esta misión consistía en plantear las reformas, los progresos
+que la villa reclamaba. La necesidad de estas reformas y estos progresos
+«estaba en la conciencia de todo el mundo». El mercado cubierto se había
+hecho absolutamente indispensable. La carretera a Rodillero era el
+anhelo constante de ambos pueblos. En cuanto al macelo público don
+Rosendo se preguntaba con sorpresa cómo la villa podía consentir que
+existiese un foco de inmundicia como el actual, que era «un verdadero
+padrón de ignominia».
+
+Gabino Maza había estado escuchando con marcado desdén y disgusto desde
+su butaca, a cuantos habían hecho uso de la palabra. Revolvíase como si
+el asiento tuviese pinchos. Le venían ganas atroces de gritar a los
+oradores: «¡Burros, pollinos!» como acostumbraba a hacer en el
+Saloncillo, o de fulminar contra ellos uno de esos sarcasmos feroces que
+levantan roncha. «Aquellas payasadas» le habían revuelto la bilis. No
+era milagro. Ya conocemos la gran virtud de segregación que el hígado
+del ex marino poseía. Respiraba con fuerza, sonreía sarcásticamente,
+rechinaba los dientes y escupía a menudo, mostrando de este modo su
+desaprobación a todo lo que se había dicho, lo que se estaba diciendo y
+lo que se había de decir. De vez en cuando, dejaba escapar algún ¡bah! o
+algún ¡pouh! o un ¡ta! y otras partículas no menos significativas. Por
+último, en mitad del discurso de don Rosendo, o porque nada pudiese
+oponer a su grave elocuencia, o porque el ruido de los aplausos le
+exacerbase de modo irresistible, es lo cierto que salió de la sala, y
+comenzó a dar paseos por delante de la puerta del teatro en un estado de
+agitación lamentable. A los pocos momentos, volvió a entrar y subió a la
+cazuela. Allí, oyendo a don Rosendo tocar el punto del matadero, pidió
+por favor a la plebe que le dejase paso. Una vez en las primeras filas,
+gritó reciamente:
+
+—¡Aquí no se juega trigo limpio!
+
+Después, se retiró.
+
+No sabemos en qué consiste; pero es lo cierto, que siempre que en una
+reunión se insinúa por alguno la idea más o menos gratuita de que allí
+no se juega trigo limpio, tal afirmación produce efectos desastrosos.
+Esto es tanto más extraordinario, cuanto que por regla general, en las
+asambleas nadie lleva trigo en los bolsillos, ni limpio ni sucio. Y si
+por casualidad alguno lo llevase, es bien seguro que no le pasaría
+siquiera por el pensamiento jugar con él.
+
+Don Rosendo, al oir la frase, quedó repentinamente mudo y pálido. Un
+fuerte murmullo de sorpresa corrió por todo el ámbito del teatro.
+Algunos gritaron:—¡Fuera!—Otros dijeron:—¡Chis, chis!—Las miradas de
+todos, después de escrutar las alturas de la cazuela, se dirigieron a la
+presidencia. Don Rosendo turbado aún, y con voz algo enronquecida, dijo:
+
+—Señores: Si con esas palabras se quiere manifestar que yo, al convocar
+esta reunión, he abrigado algún pensamiento bastardo, mi delicadeza no
+me permite continuar en este sitio, y me retiro...
+
+—¡No, no! ¡Que siga! ¡Viva el presidente!
+
+—Yo estoy seguro, señores—dijo el orador visiblemente conmovido,—de
+que el individuo que ha gritado no es vecino de Sarrió, no ha nacido en
+Sarrió, ¡no puede ser de Sarrió!
+
+Habiendo murmurado uno que el interruptor era de Nieva, se armó en el
+teatro terrible confusión y estruendo. Un grito formidable de:—¡Mueran
+los mazaricos! ¡Viva Sarrió!—se eleva de todas partes. Hay que advertir
+que en Sarrió se llamaba a los habitantes de Nieva _mazaricos_ a causa
+quizá del gran número de pájaros de este nombre que allí suele haber,
+mientras los de Sarrió eran llamados en Nieva _pinzones_, por la misma
+razón.
+
+Sosegados al fin los ánimos, don Rosendo da las gracias y cede a las
+instancias del público.
+
+—Antes de ocupar otra vez este sitial (el presidente se había retirado
+al fondo del escenario), debo manifestar que si ese papagayo... o
+mazarico (_risas_) pretende arrancarme una declaración acerca del
+problema del macelo público, no tengo inconveniente en hacerla, porque a
+mí no me duelen prendas. _(Viva, curiosidad. No se oye una mosca
+volar.)_ Yo declaro solemnemente, señores, que el nuevo macelo, en mi
+concepto, no debe emplazarse en otro sitio que en la Escombrera.
+_(Inmensa sensación.)_
+
+El orador termina con pocas palabras más su grandioso discurso, y
+levanta la sesión. Los espectadores salen del teatro medio asfixiados,
+tanto por las múltiples emociones que en poco tiempo habían
+experimentado, como por los treinta y ocho grados centígrados que había
+en el local.
+
+
+
+
+IX
+
+HISTORIA DE UNA LÁGRIMA
+
+
+Esto pasaba en las altas esferas. En los dominios obscuros de la vida
+privada ocurrían al mismo tiempo algunos sucesos, que aunque no tan
+memorables, no dejaban de tener importancia para las personas que en
+ellos intervinieron.
+
+Al día siguiente de la entrevista de Venturita y Gonzalo, que hemos
+narrado, éste no visitó la casa de su prometida. Permaneció en la suya,
+fingiéndose aquejado por un fuerte dolor de muelas. Tal fué al menos la
+noticia que llegó hasta Cecilia por conducto de Elvira, la doncella, que
+había visto al criado de don Melchor en la plaza. Al otro día, como no
+pareciese tampoco, la familia supuso que aún seguía el dolor. Nadie
+dudaba más que Venturita y Valentina. La bordadora huía de tropezar con
+la mirada de la niña. Quizá temería avergonzarla, quizá ella misma se
+sintiese avergonzada sin saber por qué. Venturita estaba tan risueña
+como siempre. Cecilia, a quien sólo se le conocía el mal humor en que
+hablaba menos, sacó de su cómoda un elixir dentrífico, copió una oración
+a Santa Polonia que le habían dado, y llamando con misterio a Elvira, le
+dijo toda ruborizada:
+
+—Elvira, ¿quieres hacerme el favor de llevar este frasco y este papel
+al señorito Gonzalo?
+
+—¿Ahora mismo?
+
+—Cuando puedas... Si ahora no tienes que hacer... Quisiera que no se
+enterasen...
+
+—Descuide usted, señorita—respondió la morenita pálida sonriendo con
+amabilidad;—nadie sabrá una palabra. Su mamá me va a mandar por
+almidón, y a la vuelta, ¡zas! me encajo allá.
+
+Al recibir Gonzalo el recado, sintióse acometido de punzantes
+remordimientos. Comenzó a pasear agitadamente por su cuarto. Tres o
+cuatro veces estuvo a punto de tomar el sombrero y plantarse en casa de
+Belinchón, y dejar que las cosas siguiesen como habían comenzado. Los
+sentimientos honrados, bondadosos y compasivos que en su corazón
+existían; la voz de la razón que abogaba en defensa de Cecilia; _el
+ángel_, en una palabra, que todo hombre lleva dentro de sí, le incitaba
+para que lo hiciese. La imagen gentil y graciosa de Venturita, presente
+al recuerdo; el fuego de sus ojos que aún le relampagueaba por el alma;
+el dulce contacto voluptuoso de sus cabellos de oro; _el demonio_, en
+fin, le retenía. Gonzalo era un hombre sano de cuerpo, de músculos
+poderosos, rico de sangre, pero muy pobre de voluntad. Los diablos temen
+más a los temperamentos exhaustos que a los opulentos como el suyo. La
+batalla que el demonio y el ángel libraron, no duró mucho tiempo. Vino a
+decidirla, en favor del primero un billetito de Ventura que Generosa, la
+otra doncella de la casa, le trajo. Decía así: _No te impacientes. Hoy
+hablaré a mamá. Ten confianza en tu—Ventura._
+
+La mirada de la doncella al entregárselo, donde creyó advertir a pesar
+de la sonrisa una tácita censura, le turbó un poco. Despidióla con larga
+propina. Al abrir después con mano trémula la carta, percibió el perfume
+de sándalo que Venturita usaba. Ofrecióse súbito a su imaginación la
+imagen hermosa provocativa de la niña, y removió las últimas fibras que
+en su ser aún no habían vibrado. Acercóla a los labios, y embriagado y
+palpitante de deseo, la besó con frenesí repetidas veces.
+
+¡Pobre Cecilia! Tomaba el primer pedazo de papel que le venía a la mano,
+y sin cuidarse de guardarlo entre esencias, escribía a su novio con
+lápiz la mayoría de las veces. ¡Si las mujeres supiesen la importancia
+de estos miserables pormenores!
+
+Venturita había dado vueltas todo el día alrededor de su madre,
+esperando ocasión de hablarla sin testigos. A la hora del crepúsculo,
+cuando las costureras se fueron, madre e hija quedaron al fin solas.
+Cecilia se había retirado a su cuarto dominada por la tristeza que había
+disimulado con trabajo durante el día. Doña Paula estaba sentada en una
+butaca con los ojos clavados en el balcón, recogiendo los últimos rayos
+de la luz moribunda, en actitud melancólica y reflexiva, poco frecuente
+en ella. Parecía presentir el disgusto que se cernía sobre su cabeza.
+Venturita colocaba los bastidores en un rincón y los tapaba con un
+lienzo, arreglaba las sillas y arrastraba la cesta de la costura a un
+lado para que no estorbase.
+
+—Avisa que traigan luz—dijo doña Paula.
+
+—¿Para qué?—respondió la niña sentándose en una silla baja a su
+lado.—Ya está todo arreglado.
+
+Su madre volvió a entornar los ojos hacia el balcón y quedó en la misma
+actitud melancólica. Al cabo de unos momentos de silencio, Venturita
+tomó su mano y la llevó con ternura a los labios. Doña Paula volvió la
+cabeza con sorpresa. Pocas veces, por no decir nunca, su hija menor le
+había dado este beso respetuoso. Sonrió con dulzura y tomándole la barba
+entre los dedos, le dijo:
+
+—¿Estás contenta con el vestido?
+
+—Si, mamá.
+
+—Te hace un cuerpo muy bonito. En cuanto le toquen un poco en el pecho,
+quedará que ni pintado.
+
+La niña calló. Alzando los ojos al cabo de un instante le dijo,
+esforzándose en dar a su voz una inflexión segura:
+
+—Dime, mamá, ¿qué opinas de la retirada de Gonzalo?
+
+—¡La retirada de Gonzalo!—exclamó la señora volviendo con asombro la
+cabeza.—¿Qué quieres decir, criatura?
+
+—Sí, la retirada, porque a mí me consta que no está enfermo. Ayer
+estuvo toda la noche jugando al billar en el café de la Marina.
+
+—¡Bah, bah! ¿Tienes ganas de reir?
+
+—No me río, mamá, hablo en serio.
+
+—¿Y quién te ha dicho a ti eso?
+
+—Lo sé por Nieves, que se lo dijo su hermano.
+
+—Puede que le haya aliviado el dolor por la noche y saliese a
+esparcirse un poco.
+
+—Y entonces, ¿por qué no ha venido hoy?
+
+—Porque le habrá vuelto otra vez.
+
+—No lo creas, mamá... Ten la seguridad de que Gonzalo no quiere a
+Cecilia.
+
+—¿Sabes lo que estás diciendo, necia? Hazme el favor de callarte, antes
+que me enfade.
+
+—Me callaré; pero las pruebas de cariño que está dando no son grandes.
+
+—¡Tendría que ver eso!—dijo la señora volviéndose airada.—Si Gonzalo
+es mucho, Cecilia es más... A mi hija no la desprecia ni Gonzalo ni el
+Príncipe de Asturias, ¿sabes?... Me enteraré de lo que acabas de decir,
+y si resulta cierto, ya tomaré yo mis medidas.
+
+Doña Paula era de natural bondadoso y tierno, amiga de los pobres y
+generosa; pero tenía la altivez irreflexiva y la susceptibilidad
+exagerada de las artesanas de Sarrió.
+
+—No, mamá, no se trata de eso. ¿Quién te ha dicho que Gonzalo desprecia
+a Cecilia?
+
+—Tú misma. ¿Por qué no la quiere entonces?
+
+Venturita se detuvo un instante, y respondió con firmeza:
+
+—Porque me quiere a mí.
+
+—Vamos—dijo la señora sonriendo.—Ya debí comprender desde el
+principio que era todo una broma.
+
+—No es broma, es la pura verdad... Y si quieres convencerte,
+entérate...
+
+Sacó al mismo tiempo del pecho una carta que llevaba a prevención, y se
+la alargó.
+
+Doña Paula se puso en pie vivamente, y gritó:
+
+—¡Pronto!... ¡Una luz, pronto!
+
+Venturita tomó una caja de cerillas que había sobre el costurero, y
+encendió una.
+
+Madre e hija estaban pálidas. Aquélla arrimó la carta a la luz. En
+cuanto leyó unos cuantos renglones, se dejó caer en la butaca, y
+clavando los ojos con expresión dolorosa en su hija, le dijo:
+
+—Ventura, ¿qué has hecho?
+
+—¿Yo? Nada—respondió la niña tirando al suelo la cerilla que tocaba a
+su fin.
+
+—¿Nada te parece, loca, impedir el matrimonio de tu hermana, engañarla
+miserablemente, dar un escándalo en la villa como nunca se habrá visto?
+
+—Yo no he hecho nada de eso. El fué quien se me declaró. ¿Es pecado
+dejarse querer?
+
+—En esta ocasión, sí—replicó con severidad la señora.—A la primera
+señal debiste advertirme. Consentir que te hablase de otro modo que como
+una hermana, era hacer traición a tu hermana y hacerte a ti muy poco
+favor.
+
+—Pues ya está—replicó la niña en tono desdeñoso.
+
+—Pues no estará—replicó doña Paula con enojo y levantándose.—¿Qué te
+has propuesto, vamos, di?... Mejor dicho, ¿qué os habéis propuesto?
+
+—Debes suponerlo.
+
+—Casaros, ¿verdad?—preguntó en tono sarcástico.
+
+—¡Qué equivocada estás!... El matrimonio de tu hermana quedará
+deshecho... Desde ahora mismo lo doy por deshecho... ¡pero lo que es tú,
+bien libre estás de casarte con Gonzalo... ni de que éste ponga siquiera
+los pies más en casa...! En primer lugar, tú eres una mocosa que
+debieras estar jugando con las muñecas y recibiendo azotes... y aunque
+no lo fueras, ni tu padre ni yo podíamos consentir que te casaras con un
+hombre que ha engañado miserablemente a tu hermana y nos ha engañado a
+todos... Lo menos que diría la gente es que estamos muertos por hacerle
+nuestro yerno. ¡Que se te quite, niña!
+
+—Pues que quieras o no quieras—dijo Venturita retrocediendo de
+espalda hacia la puerta,—me casaré.
+
+Doña Paula quiso castigar la insolencia; pero la niña salió
+precipitadamente, sujetó la puerta, y entreabriéndola después, dijo con
+acento rabioso:
+
+—¡Me casaré! ¡me casaré! ¡me casaré!
+
+Al día siguiente, Gonzalo recibió una carta de ella, que decía: «Ayer
+hablé con mamá. Se ha enfadado mucho. Hoy hablaré otra vez, y espero que
+cederá. Ten confianza.»
+
+Y en efecto, aquella misma mañana madre e hija volvían a tener habla en
+el cuarto de la última. Fué larga, y no sabemos lo que en ella pasó.
+Doña Paula salió al cabo de una hora con los ojos enrojecidos de llorar,
+llevándose la mano al corazón, del cual padecía a menudo, en dirección a
+su cuarto, y se acostó. Ventura salió en pos de ella, serena; pero
+pálida. Llamó a Generosa, su confidente, y le dió un recado para
+Gonzalo. Este, a las nueve de la noche, se paseaba por delante de la
+casa de Belinchón. Pocos minutos después, Venturita abría la ventana del
+escritorio, que estaba en la planta baja y tenía rejas.
+
+—Ya está todo arreglado—dijo en voz de falsete luego que el joven se
+hubo acercado.
+
+—¿Cómo? ¿De veras?—preguntó éste con alegría.
+
+—¡Oh, buen trabajo me ha costado! Estaba furiosa.
+
+—¿Y tu papá?
+
+—Papá aún no sabe nada; pero cederá también... ¡Vaya si cederá!... La
+receta no puede ser más eficaz.
+
+—¿Qué receta?
+
+—La que he empleado... La cosa se había puesto tan fea, que ya estaba
+resuelto que tú no volvieras más a casa. A mí me mandaba a Tejada en
+castigo. Ni súplicas ni razones valían de nada. Estaba loca de ira. Te
+llamaba infame y traidor. A mí, ¡figúrate cómo me pondría!... Entonces
+no tuve más remedio que apelar al último recurso... por más que sea un
+poco fuerte—añadió en voz más baja y alterada.
+
+—¿Qué recurso?—preguntó Gonzalo con curiosidad.
+
+Venturita guardó silencio algunos momentos. Al cabo respondió
+avergonzada:
+
+—Le dije... le dije que tú y yo no podíamos menos de casarnos ya.
+
+—¿Pues?
+
+—Pues... pues... adivínalo—dijo la niña con impaciencia.
+
+En efecto, Gonzalo adivinó y experimentó una impresión de repugnancia y
+temor. Calló obstinadamente por algún tiempo. Venturita le preguntó al
+fin:
+
+—¿Te ha parecido mal?
+
+—Sí—respondió secamente.
+
+—Pues dispensa, chico... Mañana le diré que todo ha sido una mentira...
+y hemos concluído.
+
+—Nada se adelanta ya. Lo que me parece mal no es el resultado, como
+debes comprender, sino que haya salido eso de ti.
+
+—Más pierdo yo que tú.
+
+—¡Por lo mismo lo siento!
+
+—Bien, pues dale expresiones—replicó desabridamente levantándose del
+alféizar de la ventana, donde estaba sentada.
+
+Gonzalo alargó la mano por entre las rejas, y la retuvo por el vestido.
+
+—Espera.
+
+La tela crujió.
+
+—Ya me has roto el vestido, ¿lo ves?
+
+—Si no te disparases tan pronto...
+
+Y logrando cogerla por un brazo, la obligó a sentarse.
+
+—¡Qué barbaridad!—exclamó la niña riendo.—Así deben hacerse el amor
+los osos.
+
+—¿Me quieres?—preguntó Gonzalo riendo también.
+
+—No.
+
+—Sí.
+
+—No.
+
+—Dame la mano de amigo.
+
+La niña le alargó su blanca y primorosa mano, y el hercúleo mancebo la
+besó con pasión repetidas veces.
+
+—Hasta mañana. Ya te daré noticias de lo que ocurra—dijo levantándose
+otra vez.
+
+Gonzalo se alejó. A los cuatro pasos se le ocurrió que las noticias
+tenían que ser referentes al modo como Cecilia recibía la de su desleal
+conducta, y su frente se arrugó de nuevo con expresión dolorosa.
+
+A vueltas con esta preocupación cruzó distraído la Rúa Nueva, entró en
+la plaza de la Marina, siguió caminando por el muelle y se alargó hasta
+la punta del Peón. La noche estaba serena y despejada. Las estrellas
+centelleaban en el firmamento cabrilleando en las aguas tranquilas de la
+bahía. La jarcia de los buques surtos en ella se destacaba con bastante
+claridad del fondo azul obscuro. Aún no había sonado el grito de
+«apafogones», y se notaban en ellos algunas luces y algún movimiento.
+Los marineros, recostados sobre la obra muerta, departían antes de
+retirarse al camarote. De vez en cuando, mirando hacia un gran vapor
+inglés anclado en el medio, gritaba uno: «_All right_» exagerando la
+pronunciación: «_all right_», contestaban de un patache. El grito se iba
+repitiendo en todas las goletas, pataches y quechemarines. Era la broma
+que gastaban con los ingleses que allí arribaban. Pero el gran vapor se
+mantenía silencioso, cabeceando flemáticamente con ese desprecio tan
+profundo que nadie mejor que un hijo de Albión sabe afectar.
+
+En la punta del Peón se tropezaba con tal cual paseante que tomaba el
+poco fresco que había. Era una de las noches más calurosas de agosto.
+Gonzalo, atormentado por el calor y por la idea de su comprometida
+situación, se paseaba con el sombrero en la mano. Antes de llegar al
+término del malecón, percibió sobre el segundo paredón una figura
+gigantesca.
+
+—Allí está mi tío—se dijo.
+
+El viejo marino pasaba una gran parte de su existencia sobre aquel
+paredón, en íntimo coloquio con el mar, su antiguo amigo y compañero.
+Para él no tenía secretos el terrible Océano, ora durmiese tranquilo en
+su inmenso lecho de arena, ora despertase furioso escupiendo al cielo
+sus espumas. Podía dar nuevas seguras y anticipadas de sus cóleras, de
+sus desmayos, de sus sonrisas, de sus más profundas palpitaciones. El
+monstruo le abría su seno líquido, como a un confidente leal: le decía
+cuánto se aburría en su prisión de granito, y qué ganas le acometían a
+veces, presenciando las infamias de los hombres, de precipitarse sobre
+la tierra, y barrer de una vez este asqueroso hormiguero. Y el buen
+caballero solía responderle, pensando en el crimen que acababa de leer:
+
+—Tienes razón, camarada; yo, en tu caso, es posible que lo hiciera.
+
+Por nada en el mundo dejaría don Melchor de dar sus paseos matutinos,
+vespertinos y nocturnos por la punta del Peón. En vida de su mujer,
+cuando estaba acatarrado, veíase precisado a prescindir de estas
+visitas, y era lo que más le atormentaba. Ahora que, por desgracia, no
+tenía quien le sujetase, acatarrado y todo salía.
+
+—Para los catarros, no hay nada como el aire libre del mar.
+
+Cuando de tarde en tarde se resentía del estómago, bebía un par de vasos
+de salmuera, y quedaba arreglado.
+
+—No hay purga tan natural, tan eficaz e inofensiva como el agua del
+mar.
+
+En cierta ocasión adoleció de una pierna. Dos úlceras le fueron
+corroyendo la carne, hasta dejar descubierto el hueso. Los médicos, no
+sólo daban por perdida la pierna, sino que temían por su vida.
+Desahuciado ya, tuvo la audacia de hacer que le llevasen a la playa y le
+bañasen. A los nueve baños, las úlceras estaban cerradas. Imagínese lo
+que pensaría después de esto, de la virtud curativa del mar.
+
+En cambio, tenía marcada ojeriza a los ríos. El aire del río le ponía
+ronco. La humedad le daba dolores de reuma. Las nieblas le sofocaban y
+le ponían asmático. Eso de que el aire fuese en ellos «encallejonado»,
+le inspiraba una aversión y un desprecio indecibles.
+
+Don Melchor dormía poco. Se levantaba con estrellas, y en cuanto se
+levantaba subía al mirador, escrutaba el cielo y el mar, y después de
+haber trazado en la cabeza un estado meteorológico provisional del día,
+bajaba a fijarlo definitivamente a la punta del Peón. Allí establecía de
+una vez si el viento era _entablado_ o simple _vahajillo_, si era
+francamente _a la estrella_ o se inclinaba al cuarto cuadrante; si el
+semblante estaba _calimoso_ o _cerrado_; si la mar estaba _picada_ o _de
+leche_; cuánto tiempo duraría todo esto; qué viento apuntaría al
+mediodía; si la mar sería gruesa a la tarde o abonanzaría, etc., etc. No
+podría tomar el chocolate si no hubiese hecho tales observaciones.
+
+Y, en verdad, que aunque esto parezca una manía, téngola por menos
+insensata que la de levantarse de la cama para escrutar el rostro del
+vecino, si está limpio o sucio, alegre o aborrascado, si come o si
+ayuna, si duerme o si vela, si huelga o trabaja, cuánto tiempo permanece
+en casa, y qué rumbo toma cuando sale.
+
+Gonzalo subió al segundo paredón con un deseo irresistible de desahogar
+el pecho, y poner a su tío al tanto de lo que ocurría. Y eso que la
+condición brusca y severa de éste no se amoldaba muy bien a las
+confidencias amorosas. Pero la ocasión era crítica y precisa. Don
+Melchor, que con el peso de los años solía doblar un poco el cuerpo
+hacia adelante, al ver acercarse un hombre a él, se irguió. Porque era
+empeño el que tenía en que nadie advirtiese su decadencia y le diputasen
+por varón inexpugnable.
+
+—¿Eres tú, Gonzalillo?
+
+—El mismo, tío.
+
+—¡Milagro! A ti te gusta más ver rodar las bolas de marfil que las
+olas.
+
+—No; hoy no he jugado al billar. Me encuentro triste, preocupado... y
+quisiera hablar con usted de un asunto serio, a ver qué me aconseja.
+
+Don Melchor le miró con sorpresa.
+
+—¿Un asunto serio?
+
+—Sí... Vamos a ver, tío: ¿usted se casaría con una mujer a quien no
+quisiera?
+
+—¡Qué pregunta! El matrimonio a mi edad es un barreno en los fondos,
+querido.
+
+—¿Pero si fuese joven, se casaría?...
+
+—Jamás.
+
+—Pues bien, tío... Yo no quiero a Cecilia.
+
+—¿Que no quieres a Cecilia?—exclamó estupefacto el caballero.
+
+Hay que advertir que don Melchor sentía un cariño ciego, casi adoración
+por la prometida de su sobrino. Para él aquella criatura era sagrada.
+Desde que Gonzalo se fijó en ella y él lo supo, la hizo objeto de una
+observación pertinaz lo mismo que si estuviese reconociendo el casco de
+un buque antes de arbolarlo. La halló buena, callada, inteligente y
+hacendosa, y sintió una intensa alegría amargada tan sólo por la noticia
+de que los novios no se irían a vivir con él. Visitaba poco la casa de
+Belinchón, pero cuando tropezaba a la joven en la calle, nunca dejaba de
+pararla, mostrándose tan galante y expresivo como jamás le había visto
+nadie.
+
+—¿Que no la quieres?—repitió.—¿Y por qué no la quieres, zopenco?
+
+—No lo sé. Hice esfuerzos sobrehumanos por cobrarle amor, y no lo he
+conseguido.
+
+—¿Y ahora te acuerdas de eso? ¿Un mes antes de casarte? Vamos, Gonzalo,
+a ti hay que darte una carena en la cabeza.
+
+—Es una atrocidad... lo comprendo... pero yo no puedo resignarme a ser
+desgraciado toda la vida.
+
+—¡Desgraciado! ¿Y llamas desgracia, grandísimo zarramplín, casarte con
+una joven tan buena y tan hermosa que no hay otra en Sarrió que le
+llegue a la suela de los zapatos?
+
+Gonzalo no pudo menos de sonreir.
+
+—Cecilia es una buena muchacha, digna de casarse con un hombre mejor
+que yo... pero, hermosa, tío...
+
+—¡Hermosa, sí, hermosa, majadero!—exclamó furioso el señor de las
+Cuevas.—¿Serás capaz de poner tachas a un ángel?
+
+El veterano estaba (aunque la afirmación cause asombro) en la edad en
+que mejor se siente la poesía de la mujer, que es la exquisita
+sensibilidad, la resignación, la dulzura, el sacrificio y no la efímera
+disposición de la forma, como juzga la impetuosa y desapoderada
+juventud.
+
+—No riñamos por eso.
+
+—Sí reñiremos... No quiero que vuelvas a hablarme de Cecilia de ese
+modo... ¡Vaya, vaya!
+
+—Bien; pues confieso que Cecilia es una chica muy linda... pero...
+
+—¿Pero qué?
+
+—Pero yo no puedo quererla... porque ya quiero a otra.
+
+—¡Qué mil diablos estás diciendo ahí, muchacho!—profirió don Melchor
+sujetando por el brazo a su sobrino y sacudiéndole.
+
+—No puedo remediarlo, tío. Estoy enamorado hasta el cogote de su
+hermana Ventura.
+
+—¿Estás en tu juicio o entre dos aguas, rapaz?
+
+—Hablo en serio... La quiero, y ella me quiere.
+
+—¿Y crees que con eso está dicho todo?—dijo el anciano cada vez más
+irritado.—¿Crees que así se puede faltar a un compromiso sagrado?
+¿Crees que así se puede dejar a una joven expuesta a la burla de la
+población? ¿Crees que habrá padres que autoricen semejante infamia?
+
+—Tío—respondió Gonzalo suavemente,—antes de atreverme a decirle a
+usted lo que acaba de oir, han ocurrido cosas que me obligaban a dar
+este paso. Mis relaciones con Venturita son formales. Su madre las
+conoce y las ha autorizado, y a estas horas también su padre debe tener
+noticia de ellas.
+
+—¿Y las autorizará?
+
+—Estoy seguro de ello.
+
+Don Melchor dejó el brazo de su sobrino que tenía cogido, y se llevó la
+mano a la frente. Estuvo un rato largo sin hablar.
+
+Al cabo dijo con palabra lenta y acento melancólico:
+
+—Bien está... Yo nada puedo hacer para evitar esa vergüenza... ¡porque
+es una vergüenza!—añadió con energía.—Eres mayor de edad, y aunque no
+lo fueses, en estos asuntos no intenvendría jamás.
+
+—¿Se enfada usted?
+
+—Tampoco cabe aquí el enfadarse. Lo siento únicamente. Lo siento por
+ella, pues he llegado a cobrarla cariño... y lo siento aún más por ti,
+Gonzalo. Al hombre que falta a su palabra, no puede ayudarle Dios...
+Estabas ya a bordo de un barco seguro, de porte, de madera blanca bien
+sangrada, con los fondos forrados, los árboles recios y el aparejo
+limpio y sencillo, y lo dejas para embarcarte en otro más ligero y
+galán... Buen provecho te haga. Pero ten en cuenta, hijo, que el viaje
+es largo, la mar ancha y brava; lo que ahora es bonanza, en un instante
+se convierte en marejada de leva; el viento no siempre fresquito, y
+cuando arrecia, se pone pesado de veras. Entonces no valen primores en
+la arboladura ni pinturas en las bandas, sino madera, mucha madera. Dame
+quillas, y te daré millas. De poco vale salir empavesado del puerto si
+el casco no puede con el aparejo... Ya sabes que Cecilia me gustaba...
+Siento mucho no poder decirte lo mismo de su hermana... Esto no es
+hablar contra ella. Ni la conozco bastante, ni a mí me corresponde
+hacerlo; pero puedo y debo decirte mis sentimientos, aunque no hagas
+caso de ellos...
+
+—¡Oh, tío!...
+
+—Nada, nada, querido: cuando a un muchacho le cae sobre la cabeza un
+suestazo de éstos, es menester arriar de salto las escotas y dejarle
+navegar a bolina desahogada. Tú estás requemado al parecer... bueno,
+pues refréscate... Pero ten en cuenta que ni llevas rumbo seguro, ni
+obras como caballero.
+
+—¡Tío!
+
+—Más claro que yo, el agua, querido. Si has logrado vencer la
+resistencia de los padres, y si has salvado las dificultades, no
+lograrás por eso hacer de lo blanco negro, no convertir una mala acción
+en buena... Pica, pica los cables y larga vela. Yo soy viejo ya, y tengo
+esperanza de no verte correr los temporales que sobre ti han de caer...
+Pero si Dios quisiera darme ese castigo, si algún día, por mis pecados,
+te viese correr a palo seco y bebiendo agua por las bordas... sentiré,
+hijo mío, no tener fuerzas ya para tirarte un cabo.
+
+La voz del anciano se había conmovido al pronunciar estas últimas
+palabras. Gonzalo sintió apretársele el corazón. Guardaron silencio
+obstinado un buen rato. Al cabo don Melchor dijo:
+
+—¿Vienes a cenar, Gonzalito?
+
+—Ahora no tengo apetito, tío; allá iré un poco más tarde.
+
+—Bien, pues hasta ahora—pronunció tristemente el señor de las Cuevas.
+
+Y se alejó lentamente en dirección de tierra, perdiéndose a poco entre
+las sombras.
+
+Gonzalo quedó como estaba, de bruces sobre el pretil del paredón,
+contemplando el mar que lo batía suavemente. Las olas, después de chocar
+en la piedra con leve y hueco estampido, retrocedían corriendo sobre las
+otras, y producían rumor semejante al de una cortina que se despliega.
+De sus espumas brotaba la claridad fosforescente acusando la presencia
+de los millones de millones de seres que allí habitan, con el mismo
+sosiego que nosotros en la tierra, a pesar de su vertiginosa marcha por
+los espacios. El monstruo dormía debajo del manto obscuro de la noche,
+tranquilo y feliz como un niño, a quien no agitan tristes ensueños.
+Apenas se percibía el blando soplo de su respiración en las concavidades
+de las peñas. Hacia el Poniente alzábase la negra silueta del cabo de
+San Lorenzo que avanzaba mar adentro buen trecho, y en su extremidad un
+faro movible desparramaba a intervalos iguales sus luces, ora blancas,
+ora verdes, ora rojizas. En el firmamento brillaban las estrellas con
+fulgor extraordinario. Hasta los innumerables soles de la vía láctea
+dejaban caer como nunca su blanca luz sobre la húmeda llanura. Júpiter
+relampagueaba en el cielo como el dios de la noche, rompiendo la
+obscuridad con sus hermosos rayos anaranjados..
+
+De pronto cambió la decoración. Allá hacia Levante el pálido semicírculo
+de la luna asomó su cuerno superior sobre las aguas dormidas. Una estela
+de luz corrió vivamente sobre ellas inflamándolas. El lucero divino
+recogió sus rayos con galantería, ante la luz serena de la diosa que
+empezó a levantarse lenta y majestuosamente, eclipsando los diamantes de
+todos tamaños que en torno suyo lucían. Alzábase en medio de una
+atmósfera radiante y espléndida, dibujando sobre ella sus graciosos
+contornos y esparciendo por el ambiente balsámico influjo. Y el Océano
+que dócil a él va y viene sin cesar desde el principio del mundo, se
+encendió en pura llama, tembló su vasto seno inflamado, y arrojó sus
+aguas a las peñas de Santa María como enormes capas de mercurio que al
+retirarse se sobreponían a otras y se fundían con ellas.
+
+Reinaba silencio sublime, un recogimiento de suavidad inefable en
+aquella escena tan vieja y tan nueva a la vez. La Naturaleza parecía
+suspender su curso para escuchar la eterna armonía de los cielos.
+
+Las olas se acariciaban blandamente sin osar interrumpir con ruidosos
+juegos la augusta serenidad de la noche.
+
+Gonzalo, a pesar de la viva inquietud en que la conversación con su tío
+le dejara, sintió la fascinación de aquel mar, de aquel cielo, de
+aquella luna, y su _agitación_ se fué transformando en _tristeza_. Las
+severas palabras del viejo marino habían despertado a latigazos su
+conciencia. Renació con más furia que antes la lucha entre el ángel y el
+demonio. Una vez estuvo aquél a punto de vencer. El joven imaginó
+presentarse al día siguiente en casa de Belinchón, hablar con doña Paula
+y rogarla que no dijese nada a Cecilia y apresurase el matrimonio. Pero
+al instante se le ofreció a la mente la imagen de Venturita, y pensó que
+le sería imposible vivir al lado de ella, sin padecer horribles
+tormentos. Entonces, como acaece casi siempre en estas luchas, vino el
+período de las transacciones.—«Nada, lo mejor—se dijo—es huir,
+marcharse otra vez a Francia o Inglaterra, y no casarse con una ni con
+otra. De este modo no hay traición. La herida que causo a Cecilia se
+cicatrizará pronto. Hallará un marido que valga más qué yo, y cuando
+vuelva al cabo de algunos años, probablemente la encontraré feliz y
+rodeada de hijos...»
+
+Pero... ¡huir de Ventura! ¡Huir de aquella imagen radiante de felicidad!
+¡No escuchar más su voz que causaba en el alma delicias incomprensibles!
+¡No sentir el dulce contacto de su mano fresca y maciza como un botón de
+rosa! ¡Alejarse de sus ojos brillantes y risueños y magnéticos!... ¡Oh,
+no!
+
+Sentía la frente bañada en sudor. Una mortal congoja le acometió
+pensando en esto, como si ya la decisión estuviese tomada, y para salir
+de ella tuvo que decirse:—«Ya veremos, ya veremos... Ahora es muy
+difícil, casi imposible, volverse atrás... La madre ya lo sabe... Don
+Rosendo también... y Cecilia a estas horas acaso...»
+
+El ángel aflojó sus brazos, cansados ya, desprendió las manos y cayó al
+fin rendido. Si no con los del cuerpo, Gonzalo pudo ver con los ojos del
+espíritu su blanca imagen cruzar la atmósfera serena y hundirse en las
+aguas resplandecientes.
+
+Y lloró acometido de extraña tristeza. Esta clase de luchas nunca se
+efectúan en el alma humana sin desgarrarla por algún sitio. Para
+alcanzar la dicha necesitaba pisar el corazón de una inocente joven,
+violar un juramento, ser un traidor. Las palabras de su tío vibraban aún
+en sus oídos:—«Al hombre que falta a su palabra no puede ayudarle
+Dios.» Y, en efecto, él se consideraba indigno de esta ayuda. Un
+presentimiento cruel, indefinido, de desgracia, de muerte, de tristeza,
+le atravesó el pecho, y en intensa y rápida visión observó la fealdad
+de la vida sin virtud ni sosiego, como el caballero de la leyenda que,
+abrazado a una dama joven y hermosa, al oscilar la luz por la fuerza del
+viento la veía transformada en vieja, descarnada y hedionda.
+
+Las aguas batían suavemente el paredón a sus pies. Con los ojos clavados
+en ellas seguía distraído su movimiento ondulante. Las algas, sujetas al
+fondo, se agitaban con el vaivén de las olas semejando la cabellera de
+un muerto. ¡Qué bien se dormiría allí abajo! ¡Qué paz en aquel fondo
+transparente! ¡Qué mágica luz arriba! Gonzalo escuchó por primera vez en
+su vida la voz elocuente de la Naturaleza que invita a reposar en su
+seno maternal, esa voz dulce de irresistible atractivo que los
+desgraciados escuchan hasta en sueños, y que les impulsa tantas veces a
+acercar el frío cañón de una pistola a la sien.
+
+Fué un instante no más. Su feliz temperamento sanguíneo se rebeló contra
+ese llamamiento. La vida, que hervía exuberante en su naturaleza de
+atleta, rechazó con indignación aquel fugaz pensamiento de muerte. Un
+suceso insignificante, la aparición de una lucecita verde en los
+confines del horizonte, bastó para divertir su imaginación de aquellas
+ideas tristes.—«Un barco que quiere entrar—se dijo.—¿Qué hora será?
+(Sacó el reloj.) ¡Las diez y media ya! Si fuese un poco más temprano, me
+quedaría. Vamos a ver si aún está esa gente en el café y quiere jugar
+unos _chapós_.»
+
+Sacó un magnífico cigarro habano de la petaca, lo encendió, y chupándolo
+voluptuosamente, se fué acercando, poco a poco, al café de la Marina.
+
+Casi a la misma hora pasaba en casa de Belinchón una escena triste. Todo
+aquel día, había estado doña Paula en su lecho, quejándose de una fuerte
+opresión en el lado izquierdo, que le dificultaba mucho el respirar. No
+le gustaba llamar al médico, por esa antipatía invencible y aun terror
+que tiene la plebe a la ciencia. En cambio acostumbraba a propinarse
+cuantos remedios absurdos le aconsejaban las muchas mujerucas que
+acudían diariamente a su casa para sacarle los cuartos con viles e
+hiperbólicas adulaciones. Así, que no cesaron las fricciones de sebo de
+carnero, las tazas de hortelana, la enjundia de gallina, etc., etc. Por
+fin, a despecho de esta formidable terapéutica, la buena señora mejoró
+bastante al obscurecer: hasta quiso levantarse; pero se lo impidieron
+Cecilia y Pablito. Uno y otra la habían acompañado largos ratos sentados
+a la cabecera de la cama. En particular Cecilia apenas se separó más
+instantes que los necesarios para preparar las unturas y tisanas.
+Pablito hacía frecuentes, excursiones a los corredores, donde, por rara
+casualidad, tropezaba casi siempre a Nieves y la hacía pagar derechos de
+peaje. A veces, sus carcajadas reprimidas llegaban hasta el cuarto de la
+enferma, y ésta sonreía con benevolencia diciendo a Cecilia:
+
+—¡Qué locos!
+
+Sin ocurrírsele, por supuesto, que su adorado hijo pudiera hacer otra
+cosa que jugar al escondite.
+
+Según iba quedando libre y desembarazado su pecho, cargábasele la cabeza
+con el cuidado de comunicar a su hija aquella tan triste noticia que la
+había puesto en cama. No hacía más que dirigirle largas y melancólicas
+miradas, suspirando al mismo tiempo con señales de dolor. Varias veces
+había dicho:
+
+—Cecilia, oye.
+
+Y otras tantas, arrepentida, la había ordenado cualquier menudencia.
+
+Había cerrado la noche. Venturita encendió la lámpara veladora, y
+después se fué. Pablo, viendo a su madre mejor, y no teniendo ya ocasión
+de ejercer sus derechos señoriales en los pasillos de la casa, fué a dar
+una vuelta por el café. Quedaron madre e hija en la alcoba; la primera
+en la cama, tranquila ya; la segunda, sentada cerca de ella. Después de
+rato largo de silencio, durante el cual la señora de Belinchón dió mil
+vueltas en su cabeza para hallar una entrada que la llevase naturalmente
+a la confidencia que estaba obligada a hacer.
+
+—¿Han cosido hoy mucho las chicas?—preguntó.
+
+—No sé... Apenas he ido por allá—respondió Cecilia.
+
+—Me figuro que, si seguimos trabajando tanto, vamos a concluir
+demasiado pronto.
+
+—Puede ser.
+
+Doña Paula no supo cómo proseguir, y guardó silencio.
+
+Al cabo de algunos minutos cogió el hilo de nuevo.
+
+—En todo este mes de agosto quedará terminado el equipo... Y yo creo
+que tardaréis aún algunos meses en casaros.
+
+—¿Algunos meses?...
+
+—Me parece... Creo que Gonzalo no desea que la ceremonia sea tan
+pronto—dijo la señora con voz temblorosa.
+
+—¿Te lo ha dicho él?
+
+—Sí; me lo ha dicho... Digo, no, decírmelo, no... pero lo he adivinado
+por ciertas cosas... por algunas palabras indirectas....
+
+Doña Paula estaba aturdida y sofocada. Afortunadamente, Cecilia no podía
+observar bien el color encendido de sus mejillas.
+
+—Desearía saber qué palabras fueron ésas—manifestó la joven con
+firmeza.
+
+—¡No me lo preguntes, hija de mi alma!—exclamó la señora rompiendo a
+sollozar.
+
+Cecilia se puso fuertemente pálida, y dejó que su madre le besase con
+efusión la mano que tenía entre las suyas.
+
+Repuesta del susto, preguntó:
+
+—¿Qué ha pasado, mamá?... Habla.
+
+—Una cosa horrible, alma mía... ¡Una infamia!... Quisiera morirme en
+este momento, para no ver la ruindad, la maldad que se hace con una hija
+mía.
+
+—Tranquilízate, mamá. Estás enferma, y puede hacerte mucho daño esta
+emoción.
+
+—¡Qué importa! Te digo que quisiera morirme... Daría con gusto la vida
+por que no quisieras a Gonzalo... ¿Le quieres, corazón mío, le quieres
+mucho?
+
+Cecilia no contestó.
+
+—¡Dime, por Dios, que no le quieres!
+
+Cecilia siguió callada. Al cabo de algunos instantes dijo, esforzándose
+en vano por dar una inflexión segura a la voz:
+
+—Gonzalo renuncia a casarse conmigo, ¿verdad?
+
+A su vez doña Paula guardó silencio y ocultó su rostro lloroso entre las
+manos.
+
+Transcurrieron algunos instantes.
+
+—¿Tiene alguna queja de mí?
+
+—¡Qué ha de tener! ¿Quién podrá tener queja de ti, mi cordera?
+
+—Entonces, si es que ya no le gusto o no me quiere, ¿qué vamos a
+hacer?... Más vale que me desengañe a tiempo.
+
+—¡Oh!—gritó doña Paula rompiendo de nuevo a sollozar. Bajo la aparente
+resignación de su hija adivinaba un dolor profundo, que hacía esfuerzos
+por ocultarse.
+
+—¡Qué le vamos a hacer, mamá! ¿No vale más que me lo diga ahora que
+después de casados? ¿No comprendes la vida de tormentos que pasaría
+unido a una mujer a quien no quisiera?... La pena que puede causarme en
+este momento, por grande que sea, no puede compararse a la que tendría
+al saber que mi marido no me amaba. La pena entonces sería cada vez
+mayor hasta la muerte, mientras que ahora puede desaparecer o por lo
+menos calmarse... Acaso después que él se vaya, no viéndole en mucho
+tiempo le iré olvidando poco a poco...
+
+—Es... que no se va—profirió confusamente la señora.
+
+—Si no se va, paciencia... Procuraré no salir de casa, y así no le
+veré.
+
+—Es que... ¡hija de mi alma, tu desgracia es aún mucho mayor!...
+Gonzalo está enamorado de tu hermana.
+
+Cecilia se puso aún más pálida, hasta dar en lívida, y guardó silencio.
+
+Su madre le volvió a besar la mano con efusión. Después la trajo hacia
+sí y le cubrió de besos el rostro.
+
+—Perdóname que te esté martirizando de este modo... Por mucho que tú
+sufras, aun sufro yo más... Ayer por la tarde, tu hermana me lo vino a
+decir,.. Figúrate el susto y el dolor que habré recibido... Mi primer
+impulso fué ahogarla, porque es imposible que ella no tenga la mayor
+parte de la culpa... Me dió pruebas de que estaban ya hace tiempo en
+relaciones, me enseñó cartas... Luego, la falta de Gonzalo en estos
+días, lo hacía todo creíble. En cuanto estuve convencida de la traición,
+le dije lo que venía al caso, esto es, que yo no podía consentir que
+nadie hiciese burla de una hija mía, y que Gonzalo no pondría más los
+pies en esta casa en toda su vida; que tan villano y tan infame era él
+como ella... Todo lo que se me vino a la boca. Pero esta mañana... esta
+mañana supe una cosa más horrible todavía... Supe que tu hermana ha
+llegado donde no puedo ni quiero decirte. No hay más remedio que
+casarlos, y cuanto más pronto... Ya sabes por qué me ha dado esta
+opresión que por poco me mata, ¡y más valiera que así fuese!... Lo mismo
+tu padre que yo estamos cogidos, tenemos los brazos atados. Si no fuese
+así, antes que consentir en ese matrimonio, me harían primero pedazos...
+La infamia que contigo ha usado ese hombre, me lo hace aborrecible ya
+para toda la vida... ¡Sí, sí, para toda la vida!—añadió con acento
+iracundo.
+
+Cecilia no respondió. Cruzadas las manos sobre el regazo, y la cabeza
+inclinada sobre el pecho, miraba al suelo con ojos atónitos. Ni el
+discurso entrecortado y vehemente de su madre, ni los sollozos que le
+siguieron, lograron hacerla variar de actitud. Así permaneció un buen
+rato, inmóvil y blanca como una estatua.
+
+En aquellos grandes ojos extáticos, tembló al fin una lágrima, creció,
+vaciló... desprendióse rodando, dejando húmedo surco sobre sus mejillas
+marchitas, y cayó como una gota de fuego sobre su mano, que se dejó
+quemar sin moverse. Poco después, se había evaporado. Un ángel la
+recogió y la llevó a Dios para que pidiese cuenta de ella a quien
+correspondiese.
+
+
+
+
+X
+
+DE LA GLORIOSA APARICIÓN DE «EL FARO DE SARRIÓ» EN EL ESTADIO DE LA
+PRENSA.—PRIMEROS FUEGOS DE LA BATALLA DEL PENSAMIENTO.
+
+
+Una nueva y clara luz amanecía sobre Sarrió, después de tantas
+tinieblas. Por la merced y gracia singular de Dios, hallóse la hermosa
+villa provista, cuando menos lo pensaba, de un órgano en la prensa,
+siquiera fuese semanal o «hebdomadario», según decía su ilustre
+fundador. Graves obstáculos, escollos peligrosos se oponían a la
+realización de la empresa. Todos supo vencerlos y evitarlos la
+perseverancia y el genio del hombre extraordinario que la tomara a su
+cargo. La primer dificultad vencida fué la del dinero. Se crearon
+cincuenta acciones de mil reales cada una, para el sostenimiento del
+periódico, de las cuales los amigos de don Rosendo sólo tomaron nueve;
+don Rudesindo cinco, don Feliciano dos y don Pedro Miranda, a pesar de
+su cuantiosa renta, otras dos nada más. En cuanto a los otros, Alvaro
+Peña, don Rufo, Navarro, etc., se disculparon con su falta de recursos,
+y no les faltaba razón. Además, ponían en el negocio su inteligencia,
+que es lo principal. Quedóse con las cuarenta y una restantes, don
+Rosendo. Grandeza singular de ánimo que causó excelente impresión en
+todos.
+
+Despacháronse emisarios a Lancia en busca de imprenta. No habiendo dado
+resultado sus gestiones, el mismo fundador se trasladó a la ciudad. Al
+cabo de algunos días tuvo la fortuna de descubrir a un impresor
+arruinado hacía algunos años, cuyos tórculos rotos y enmohecidos no
+había querido comprar nadie y yacían cubiertos de polvo en un obscuro
+sótano. Cuando don Rosendo fué a examinarlos en compañía de su dueño, no
+pudo menos de sentir respetuosa emoción. Un raudal de graves y profundas
+reflexiones se desprendió acto continuo de su mente al
+contemplarlos:—«He aquí—se dijo—los instrumentos más poderosos del
+progreso humano en vergonzosa holganza, no por culpa suya, sino por el
+abandono de los hombres. ¡Cuánta ilustración, cuánto pan espiritual
+pudieron esparcir en los años que llevan arrinconados y silenciosos!
+Mientras la barbarie y la ignorancia imperan en la mayor parte de
+nuestras comarcas, ellos, que son los únicos que tienen fuerza para
+desterrarlas, permanecían aquí inmóviles, faltos de una mano que los
+empuje y arranque de sus entrañas los secretos de la ciencia y la
+política.»
+
+Poco faltó para que los besara y abrazara tiernamente. El impresor,
+hallándole en tan benévola disposición de ánimo respecto de ellos, no
+quiso ser menos, y se declaró enamorado hasta los huesos de sus
+instrumentos. Por ningún dinero consentiría en desprenderse de aquellos
+antiguos compañeros que le habían ayudado a ganarse el pan (y el vino
+también, según lo que se decía por el pueblo). Cantó sus excelencias con
+tal fuego y entusiasmo, como si fueran sus padres y sus hermanos y a
+ellos debiera el soplo de vida que le animaba, e hizo además la
+importante declaración de que imprimían, si no tan pronto, mejor y mas
+limpio que todas las prensas conocidas hasta el día. De acuerdo con
+estos extremos, don Rosendo se esforzó, no obstante, en convencerle de
+que debía enajenarlos siquiera por que no se perdiesen sus notabilísimas
+cualidades. Pero cuanto más elocuente se mostraba el negociante, más
+tierno y encariñado aparecía el impresor. Por último, se convino en que
+éste no se desprendiese de aquellas prendas, tan caras a su corazón, ya
+que no tenía valor para llevarlo a cabo, y se trasladase con ellas a
+Sarrió, donde se establecerían definitivamente. Llevaría consigo algunos
+cajistas que pudiesen enseñar a otros jóvenes de la villa, y todos los
+enseres necesarios para montar la imprenta. Folgueras, que así se
+llamaba el impresor arruinado, quedaba como dueño y regente de ella.
+Cobraría por la tirada del nuevo periódico un tanto, mayor dos veces,
+según nuestros cálculos, a lo que cobran en las mejores imprentas de
+Madrid. No era mucho si se tiene en cuenta el mérito de los tórculos y
+el acendrado amor que les profesaba.
+
+El título fué uno de los puntos en que mejor se mostró el gallardo
+ingenio e invención de don Rosendo. Intitulólo _El Faro de Sarrió_,
+nombre altamente expresivo y sonoro, y de alcance singular, por cuanto
+no otra cosa se proponía su fundador que esclarecer a su pueblo y darle
+esplendor. Secretamente encargó a Madrid un grabado para la cabeza del
+periódico. Al llegar pocos días después, causó espasmos de alegría,
+tanto entre los accionistas como entre todos los que tuvieron la fortuna
+de verle. Representaba un puerto de mar, Sarrió al parecer, en las altas
+horas de la noche, a juzgar por las negras tintas del cielo y el mar. A
+la izquierda se elevaba una altísima montaña ideal que lo dominaba
+enteramente, y sobre ella se veía un caballero que guardaba cierto
+parecido lejano con don Rosendo, dirigiendo los fuegos de una inmensa
+linterna sobre la villa. Cerca de él percibíanse las cabezas de otros
+cuantos personajes. Los accionistas creyeron de buena fe que eran sus
+efigies, y quedaron vivamente agradecidos al dibujante.
+
+Fué designado como local para la imprenta un almacén de don Rudesindo,
+pagándole la renta, por supuesto. A la redacción se destinó en el mismo
+local un compartimiento, para lo cual hubo que ejecutar algunas obras.
+Montóse al fin la imprenta, no sin muchos e impensados gastos.
+Folgueras, que decía estar provisto de todo lo necesario, no tenía nada,
+y fué preciso encargar a Madrid fundiciones y piezas que faltaban a la
+prensa, construir galerines, comprar mesas, etc., etc. Al fin todo quedó
+arreglado. Don Rosendo trabajaba como un negro, ocupándose hasta en los
+más ínfimos pormenores. Su talento organizador se reveló en esta ocasión
+mejor que nunca. Se nombró redactor en jefe a Sinforoso Suárez, con un
+sueldo de veinticinco duros mensuales, y administrador al hijo primero
+de don Rufo.
+
+Faltaba el papel. Se había telegrafiado a Madrid pidiendo una remesa, y
+no acababa de llegar. La impaciencia de Belinchón era grande. Telegramas
+iban y venían por los alambres eléctricos. Unas veces se decía que
+estaba detenido en Lancia: telegrama a Lancia reclamándolo. Otras, que
+no había pasado de Valladolid: telegrama a Valladolid. Otras, que no
+había salido de Madrid: telegrama a Madrid. Don Rosendo juró en esta
+ocasión que no encargaría más papel a Madrid, y sí lo haría traer de
+Bélgica. Mas lo que fué motivo de disgusto trocóse en placer intenso,
+como sucede siempre, cuando al cabo se les participó que unos cuantos
+fardos habían llegado a Lancia, y que allí esperaban el carro que había
+de traerlos a su destino. Como el periódico estaba ya compuesto hacía
+días, procedióse inmediatamente a la tirada, que había de ser cuantiosa.
+Don Rosendo pretendía esparcirlo profusamente por la provincia, enviarlo
+a todas las de España, y hasta darlo a conocer en las naciones
+extranjeras. Tanto aquél como sus socios asistieron con interés al acto
+de funcionar la máquina. No se cansaron de admirar su complicado rodaje,
+la singular precisión de sus movimientos, y la pasmosa velocidad con que
+imprimía el periódico, pues no bajaban de doscientos los ejemplares que
+dejaba enteramente concluídos en una hora. Su ilustre fundador, no
+pudiendo reprimir el fuego periodístico que le devoraba, se despojó a
+presencia de todos de la levita, y se puso a dar con energía al manubrio
+de la rueda-volante, hasta que el sudor brotó en abundancia de su
+despejada frente. Ejemplo señalado de entusiasmo y amor a la
+civilización que nos complacemos en referir para enseñanza de las nuevas
+generaciones.
+
+Salió al fin _El Faro de Sarrió_ en gran tamaño, porque su fundador no
+quería que se escatimase papel, y bastante bien impreso. La único que
+apareció borroso fué el grabado de la cabecera, hasta el punto de que la
+mayoría del público quedó convencido de que en el individuo que tenía la
+linterna en la mano, se quería representar un negro en vez de la
+respetable persona que ya hemos indicado. Contenía un artículo de fondo
+impreso en letra grande del doce, titulado _Nuestros propósitos_. Aunque
+estaba firmado por La Redacción, era debido únicamente a la pluma de don
+Rosendo. Los propósitos del _Faro_ «al aparecer en el estadio de la
+prensa», eran principalmente defender, «alta la adarga y calada la
+visera», los intereses morales y materiales de Sarrió, combatir la
+ignorancia «en todas sus manifestaciones» y en las batallas ardientes de
+la prensa, luchar sin descanso por el triunfo de las reformas que el
+progreso de los tiempos exigía. La redacción del _Faro_ creía que «había
+sonado la hora de romper definitivamente con las doctrinas del pasado».
+Sarrió deseaba con afán emanciparse de la rutina y de las ideas
+mezquinas, «romper los moldes estrechos en que yacía aprisionado» y
+«entrar de lleno en el dominio de su propia conciencia y de sus
+derechos». «Hacemos votos—decía el articulista—por que la aparición de
+nuestro periódico coincida con un período de actividad moral y material,
+y podamos asistir a una de esas transformaciones sociales que forman
+época en los anales de los pueblos. Si nuestra voz consiguiese despertar
+a la villa de Sarrió de su largo sueño y estancamiento, y lográsemos ver
+lucir pronto la alborada de una era de labor y de estudio propia del
+movimiento reformista que aspiramos a iniciar, ése será el mejor
+galardón que recibirán nuestros esfuerzos y sacrificios.»
+
+El lenguaje no podía ser más noble y patriótico. Y, como siempre, la
+modestia corría a las parejas con la autoridad y la elocuencia.
+
+«No abrigamos la pretensión—decía—de ser los caudillos en esta gran
+batalla del pensamiento que no tardará en iniciarse dentro del recinto
+de Sarrió. Sólo aspiramos a luchar como obscuros soldados, y que se nos
+conceda un puesto en la vanguardia. Allí pelearemos como buenos; y si al
+fin caemos vencidos, lo haremos envueltos en la sagrada bandera del
+progreso.»
+
+Esta alegoría militar, causó excelente impresión entre los vecinos, y
+contribuyó no poco a la entusiasta acogida que el periódico obtuvo.
+Finalmente, el artículo era tan elegante en las palabras, tan lleno de
+graves sentencias, el estilo tan concertado, que el público no tuvo a
+quién atribuírselo dignamente, sino a su glorioso director.
+
+Y así era la verdad.
+
+Insertaba después el periódico un largo artículo de Sinforoso, sobre la
+mujer. Eran dos columnas cerradas de prosa poética, engalanada con todas
+las flores de la retórica, en que se cantaba la dulce influencia de esta
+mitad del género humano. Aseguraba en términos calurosos, que la
+civilización no existe sino en el matrimonio. El amor conyugal es su
+única base. Todo es santo, todo es hermoso, todo es feliz en el lazo
+íntimo que une a dos jóvenes esposos. Esta invitación al matrimonio,
+aunque dirigida al bello sexo en general, iba en particular, según la
+opinión pública, a cierta bella estanquera de la calle de Caborana, cuyo
+amor pretendía Sinforoso hacía algunos años sin resultado. El público
+creía también que la joven concluiría por aceptarla, tanto por los
+términos poéticos en que iba expuesta, como por los quinientos reales
+mensuales que había comenzado a devengar el invitador.
+
+Venía después otro del maestro de la villa, don Jerónimo de la Fuente,
+que era una seria y violenta impugnación de las tres famosas leyes de
+Kepler sobre la mecánica celeste.
+
+Gracias al anteojo que tenía en el balcón de su casa, don Jerónimo había
+hecho una serie de prodigiosos descubrimientos, que daban al traste con
+todos los conocimientos existentes en astronomía. No es maravilla que
+el dignísimo profesor de primeras letras, poseído de legítimo orgullo,
+exclamase al final de su artículo: «¡Bajen, pues, del pedestal en que la
+ignorancia de los hombres los ha colocado esos colosos, portaestandartes
+de una falsa ciencia: Kepler, Newton, Laplace, Galileo. Todos sus
+cálculos se han deshecho como el humo, y sus magníficos sistemas son
+hojas secas que, desprendidas del árbol de la ciencia, no tardarán en
+pudrirse!»
+
+Insertábanse también unos versos de Periquito, el hijo de don Pedro
+Miranda, en que le decía a cierta misteriosa G., que «él era un gusano;
+ella una estrella»; «él una rama; el árbol ella»; «ella una rosa; la
+oruga él»; «ella una luz; él una sombra»; «ella la nieve; el fango él,
+etc., etc.»
+
+Había motivos para sospechar que aquella G... era cierta Gumersinda,
+esposa de un comerciante de harinas, mujer notable por la abundancia de
+carnes, que la hacían caminar con dificultad. Periquito amaba a las
+casadas y a las gordas. Cuando estas dos preciosas cualidades se reunían
+dichosamente en un ser, su pasión no tenía límites. Y tal era el caso
+presente. No hay que pensar, sin embargo, que nuestro joven era un
+animal dañino. Los maridos podían dormir tranquilos en Sarrió. Periquito
+pasaba la vida enamorado, cuándo de una, cuándo de otra señora, pero sin
+acercarse jamás ni osar siquiera enviarle un billete amoroso. Tales
+procedimientos no entraban en su método, el cual consistía
+principalmente en fascinarlas por la mirada. Para esto, dondequiera que
+topaba con ellas, fuese en la iglesia o en el teatro, procuraba, lo
+primero, colocarse a conveniente distancia. Una voz tomada la posición,
+dirigía en línea recta los efluvios magnéticos de sus ojos hacia el
+sujeto pasivo del experimento, que de vez en cuando levantaba hacia él
+los suyos con expresión de asombro. Muchas veces las honradas esposas,
+no considerándose dignas de tan singular adoración, se miraban a todas
+partes, y preguntaban a los que estaban a su lado si por casualidad
+tenían algún tizne en la cara, o llevaban enredado en el pelo cualquier
+hilacho. Periquito era incansable, y tomaba estos asuntos con la
+seriedad que merecían. A veces acaecía pasarse una hora y más sin
+apartar un punto la vista del sitio. Y a veces acaecía también que,
+transcurrida esta hora, cuando ya pensaba el enamorado mancebo que su
+alma se había filtrado por los poros de la obesa dama, y se apoderaba de
+todas sus facultades y sentidos, decía ésta por lo bajo a sus
+compañeras:
+
+—¡Jesús, este mico de don Pedro, qué mirón es!
+
+¡Cuán ajeno estaba el poeta de que la estrella de sus sueños le hacía
+descender de un modo tan odioso en la escala zoológica!
+
+_El Faro de Sarrió_ fué para nuestro amartelado joven un medio admirable
+de dar forma a las vagas fantasías, inquietudes, ardores y tristezas que
+a la continua lo agitaban, y declararse sucesivamente con acrósticos
+misteriosos e iniciales a todas las beldades más o menos macizas que
+ostentaban sus amables curvas por las calles de la floreciente villa.
+
+Venían por fin las gacetillas con su correspondiente título cada una,
+donde brillaba el ingenio, tanto de Sinforoso, como de todos los que
+colaboraban en _El Faro_. Una se titulaba: _A pasear, sarrienses_. El
+gacetillero afirmaba en ella, con estilo sencillo y elegante, que el
+tiempo estaba delicioso, y que nada mejor podían hacer los habitantes de
+Sarrió en las horas de la tarde, que dar un paseo por las amenas y
+frondosas cercanías de la población. Otra: _¡Señor Alcalde, por Dios!_
+Se excitaba a don Roque para que obligase a poner canalones en algunas
+casas.
+
+Posteriormente, esta sección dejó el título de _Gacetilla_ que llevaba
+por el de _Novelas a la mano_, que le puso don Rosendo a imitación de
+las célebres _Nouvelles a la main_ del _Fígaro_.
+
+Cerraba el periódico una charada en verso, que, si no recordarnos mal,
+era la palabra _avellana_.
+
+El folletín estaba a cargo de don Rufo, que hacía año y medio que
+estudiaba el francés sin maestro, por el método Ollendorf. Se resolvió
+a traducir, para el periódico, _Los misterios de París_, obra en seis
+tomos. Excusado es decir que _El Faro de Sarrió_, a pesar de vivir
+algunos años, nunca pudo llegar al tomo tercero. Don Rufo era un
+traductor notable. Si algún defecto podía ponérsele, era el de ajustarse
+demasiadamente al original. Un día se aventuró a decir que «la condesa
+_había echado mano al botón de su secretario_». Esta declaración levantó
+tan gran polvareda entre la gente ignorante, que don Rufo, justamente
+irritado, dejó la traducción del folletín. Se le encomendó a un piloto
+que había hecho muchos años la carrera de Bayona.
+
+El éxito del número primero, como era de esperar, fué prodigioso. El
+artículo de Sinforoso, la sabia disertación de don Jerónimo de la
+Fuente, las gacetillas y hasta los versos de Periquito, todo fué leído y
+justamente celebrado. Pero lo que preferentemente llamó la atención de
+las personas serias y causó en ellas honda impresión, fué el artículo de
+don Rosendo _Nuestros propósitos_. Aquel lenguaje periodístico tan
+animado y fogoso, aquellos tan nobles pensamientos, el entusiasmo por
+los intereses de Sarrió, la franqueza y la modestia que en él
+resplandecían, llenó de júbilo los corazones y les hizo presentir una
+era de prosperidad y bienandanza. Por la noche, la orquesta, dirigida
+por el señor Anselmo con su gran llave lustrosa, dió serenata a la
+redacción. Iluminóse la fachada de la imprenta con farolillos
+venecianos. Las bellas y regocijadas artesanas de Sarrió, cogieron, como
+siempre, la ocasión por los pelos para bailar habaneras y mazurcas sobre
+los duros guijarros de la calle. Los dignos individuos que con la lengua
+de metal rendían tributo de admiración y entusiasmo a los redactores del
+_Faro_, fueron obsequiados por éstos con vino de Rueda y cigarros. La
+alegría rebosaba de todos los pechos y se desbordaba en abrazos tan
+fuertes como espontáneos. Don Rosendo abrazaba a Navarro, Alvaro Peña a
+don Rudesindo, don Rufo a Sinforoso, y don Pedro Miranda al impresor
+Folgueras. Los músicos se abrazaban entre sí, y todos y cada uno a su
+peritísimo director el señor Anselmo. Fuera de la imprenta, y para
+conmemorar también aquel día glorioso, Pablito abrazaba a la blonda
+Nieves, aprovechando la obscuridad de un portal; y varios otros
+mancebos, siguiendo su ejemplo, distribuían igualmente abrazos
+conmemorativos entre las alegres mozas aborígenes.
+
+Lo único que turbó por un instante aquel general contento, fué la
+singular tristeza que se apoderó de Folgueras en cuanto tuvo algunos
+litros de vino en el cuerpo. El recuerdo de Lancia, su pueblo natal, se
+le ofreció súbito al espíritu, dejándole en un estado de tribulación
+difícil de explicar. En el momento en que la algazara y contento
+alcanzaban su grado máximo, llamó aparte a don Rosendo y con lágrimas en
+los ojos, le manifestó que la vida fuera de su patria adorada era para
+él un fardo insoportable. La muerte, antes que perder de vista la
+humilde casa que albergó su cuna, y las calles que tantas veces
+recorrieron sus pies infantiles. Aquella misma semana, si Dios quería,
+contaba dejar a Sarrió y trasladarse de nuevo con sus bártulos a Lancia.
+
+Al recibir de sopetón esta noticia don Rosendo se puso pálido.
+
+—Pero, hombre de Dios, ¿y el número próximo del _Faro_?
+
+—Don Rosendo, bien puede dispensarme... Usted es un caballero... Un
+caballero sabe apreciar los sentimientos de otro caballero... La patria
+antes que todo... Guzmán el Bueno arrojó el puñal por encima de la
+muralla para matar a su hijo... Demasiado lo sabe usted. ¿Eh?... ¿Qué
+hay de eso?... Riego murió en un cadalso. ¿Eh?... ¿Qué hay de eso? Si yo
+fuera de la Inclusa o no tuviese cariño a la camisa que traigo puesta,
+no necesitaba decirme nada. Toda la vida me tendría usted como un perro
+dándole a la rueda... Pero los sentimientos ahogan al hombre... El
+hombre vive, el hombre trabaja, el hombre tiene algunas veces un rato de
+expansión... Y porque beba un vaso, o dos... ¡o tres! ¿ha de olvidar la
+patria?.... ¿Eh? ¿Qué hay de eso?
+
+Don Rosendo llamó a don Rudesindo en su auxilio. Entre los dos trataron
+de disuadirle con poderosas razones. La más poderosa de todas fué una
+nueva botella de vino de Rueda. Después de haberla introducido en el
+cuerpo, los sentimientos patrióticos de Folgueras se debilitaron
+visiblemente. Acto continuo pidió otra botella, la bebió, vomitó, y se
+durmió.
+
+Pensamientos de gloria, vagos deseos de inmortalidad agitaron la mente
+del ilustre fundador de _El Faro de Sarrió_ al tiempo de meterse en la
+cama. Después de apagar la luz, aún continuaron turbándole, hasta que a
+fuerza de dar vueltas lograron cuajarse o adquirir forma. Don Rosendo
+pensó con emoción en la posibilidad de que a su muerte la villa
+agradecida perpetuase su memoria colocando una lápida con su nombre en
+las Casas Consistoriales. _Homenaje de gratitud de la villa de Sarrió a
+su esclarecido hijo don Rosendo Belinchón, infatigable campeón de sus
+adelantos morales y materiales._ No era fácil conciliar el sueño rodeado
+de estas brillantes imágenes. Sin embargo, al cabo se durmió con la
+sonrisa en los labios. Un ángel progresista que el Eterno tiene
+aparejado para estos casos, batió las alas toda la noche sobre su
+frente, inspirándole ensueños felices.
+
+A la mañana siguiente se encontró en la mejor disposición de espíritu en
+que hombre alguno puede hallarse después de coronados sus esfuerzos por
+un éxito lisonjero. Vistióse canturreando trozos de zarzuela. Tomó
+chocolate con la familia, dió un vistazo a los periódicos nacionales y
+extranjeros, y sin tallar el paquete de palillos acostumbrado, lanzóse a
+la calle a cerciorarse del efecto real que el primer número del Faro
+había producido. En la tienda de Graells le recibieron con regocijo, le
+felicitaron por su artículo (que él modestamente no quería atribuirse) y
+hablaron largo y tendido del periódico. Lo que más excitaba el
+entusiasmo de los buenos tertulianos, era la consoladora consideración
+de que Nieva aún no había llegado ni llegaría en mucho tiempo a tal
+grado de perfeccionamiento. Y don Rosendo, un poco recalentado por los
+elogios, prometió emprender campañas activas en favor de todo lo que se
+le demandaba. Uno pedía que se hablara del barranco de la calle de
+Atrás, otro pedía que se colocase un farol cerca de su casa, otro que se
+le tirasen algunas píldoras al rematante de las bebidas, otro que los
+serenos no cantasen la hora porque esto le turbaba el sueño, etc. Don
+Rosendo asentía, fruncía las cejas, extendía la mano abierta en signo de
+protección. El, periódico lo arreglaría todo. ¡Ay del que se rebelara
+contra las reclamaciones de la prensa!
+
+En el estanquillo de doña Rafaela, de la calle de San Florencio, donde
+se reunían algunas honradas matronas de la vecindad con las cuales
+gustaba conversar algún rato, entregado a los palillos, también le
+hablaron del _Faro_. Allí se fijaban preferentemente en el folletín. Don
+Rosendo anunció que el del número próximo era mucho más interesante, y
+se fué. En un corro de marinos que había en el muelle le felicitaron con
+rudo entusiasmo y le insinuaron la idea de que la dársena estaba muy
+sucia y era menester dragarla. Se dragaría: ¡vaya si se dragaría! Don
+Rosendo se alejó gravemente poseído de su omnipotencia. Y al ver rodar a
+lo lejos las olas grandes y encrespadas, se preguntó si no sería
+oportuno dirigirles una excitación por medio de la prensa para que
+moderasen su impertinente agitación.
+
+Como se llegase ya la hora de comer, dió la vuelta hacia casa meditando
+en la grave responsabilidad en que incurriría ante Dios y los hombres
+si, teniendo en sus manos aquel poder soberano, no lo emplease en la
+prosperidad y engrandecimiento de su pueblo natal. Al llegar a la Rúa
+Nueva, se encontró en la acera con Gabino Maza. El bilioso ex oficial le
+saludó muy finamente, le preguntó por toda su familia, y se fué
+enterando con amabilidad de la salud de cada uno de sus miembros.
+Después le habló del tiempo, de la posibilidad de que aquel nordeste
+vivo se trocase pronto en vendaval cerrado, y no pudiesen salir los
+barcos de la carrera de América; se quejó en seguida del polvo que
+había en los caminos, lo cual le impedía pasear; se enteró del precio
+del bacalao y de las noticias que había de la pesca en Terranova. Don
+Rosendo esperaba, como era natural, que le hablase del periódico. Nada:
+Maza no hizo la menor alusión a él. Esto comenzó a desconcertarle y a
+hacer violenta su situación. La conversación giraba de un punto a otro
+sin tocar en nada que se relacionase con la prensa. Al fin don Rosendo,
+algo acortado y enseñando toda la pasta de sus dientes, le dijo:
+
+—¿No ha recibido usted _El Faro_? Se lo he enviado de los primeros.
+
+—Phs... creo que ayer lo han traído a casa; pero aún no lo he
+abierto—respondió Maza con afectada indiferencia.—Vaya, don Rosendo,
+¿gusta usted de comer conmigo?...—Pues hasta la vista.
+
+Don Rosendo quedó un instante clavado al suelo como si le echasen un
+jarro de agua fría. La sangre se agolpó con furia a su rostro, y
+emprendió de nuevo la marcha, vacilante, hacia casa. Como estaba tan
+desprevenido, aquel desprecio fué una puñalada que le llegó a lo más
+vivo. Después que cesó el aturdimiento, le acometió una ira inconcebible
+contra aquel... (no se contentaba con llamarle menos de malvado y
+miserable). Llegó a casa en un estado de agitación deplorable. Aunque se
+sentó a la mesa, haciendo esfuerzos por calmarse, el estómago,
+repentinamente turbado, no quería admitir los alimentos. Estuvo
+taciturno y silencioso durante la comida. De vez en cuando sus labios se
+contraían con sonrisa sarcástica y murmuraba un ¡villano!
+
+—¿Qué tienes, Rosendo?—se atrevió al fin a preguntarle su esposa, que
+ya estaba inquieta.
+
+—Nada, Paulina; que la envidia produce grandes estragos en el mundo—se
+limitó a contestar con amargura.
+
+Una vez vertida esta profunda sentencia, quedó en un estado de relativo
+reposo. Se tendió en una butaca a pensar, y transcurrida media hora
+salió de casa otra vez en dirección al Saloncillo. Al entrar en el café
+oyó la voz de Gabino Maza que gritaba como siempre allá arriba. Se le
+figuró percibir desde la escalera que hablaba del periódico y que lo
+calificaba de «solemne payasada». El corazón le dió un vuelco y entró en
+la sala agitado y triste. Al verle Maza, que gesticulaba en medio de un
+grupo, se calló, púsose el sombrero con ademán hosco y fué a sentarse en
+el diván. Los que le escuchaban, don Jaime Marín, Delaunay, don Lorenzo
+y don Feliciano Gómez, le saludaron con cierto embarazo y como
+avergonzados, lo cual confirmó su sospecha. Disimuló cuanto pudo, y
+esforzándose en poner cara alegre, comenzó a hablar de las noticias que
+corrían. La conversación tomó el rumbo de todos los días; la confianza
+volvió a reinar. Mas el ingeniero Delaunay, personaje tan listo como
+malévolo, sacó la conversación del periódico, preguntando a su fundador
+con risilla irónica en el español chapurrado que usaba:
+
+—¿Qué trabajitos prepara usted para el próximo número, don Rosendo?
+
+—Ya los verá usted cuando salgan—respondió secamente éste, que adivinó
+la burla escondida detrás de la pregunta.
+
+—Aquí, en don Feliciano—prosiguió el ingeniero con la misma
+sonrisa—tiene usted un defensor acérrimo.
+
+—Si me defiende es que alguien me ha atacado—respondió don Rosendo con
+más sequedad aún.
+
+Nadie pronunció una palabra. El silencio se prolongó bastante tiempo,
+hasta que lo rompió el mismo Belinchón haciendo una pregunta indiferente
+a don Jaime, con lo cual la conversación volvió a animarse. Pero no se
+había conjurado el choque sino momentáneamente. La pelota estaba en el
+tejado y no tardó en caer. Maza tenía vehementes deseos de decir a don
+Rosendo que lo del periódico era «una mamarrachada». Este no las tenía
+menos vivas de decirle a Maza que era un envidioso. Y en efecto, a la
+primera ocasión que se presentó, ambos la cogieron por los pelos para
+comunicarse estas gratas noticias. La disputa duró más de dos horas.
+Maza procuraba reprimirse porque don Rosendo era un caballero de más
+edad y le debía quince mil reales. El fundador del _Faro_, por razones
+de prudencia, tampoco se atrevía a soltar enteramente la lengua. Sin
+embargo, al cabo, en mejores o peores términos, todo se dijo para
+edificación de los notables, que se dividieron en favor y en pro de los
+contendientes. Hay que confesar que de parte de Maza se pusieron los
+menos. Los indianos, indiferentes como siempre a estas peleas, se
+asomaban de vez en cuando a la puerta del billar con el taco en la mano,
+para escuchar las razones de los contendientes, e ilustrarse. Para ellos
+aquellas discusiones eran muy provechosas. Les enseñaban una porción de
+términos y frases que no conocían, y se ponían al tanto, aunque fuese de
+un modo superficial, de ciertos problemas de la vida, enteramente
+cerrados para ellos... ¡Lástima que la afición al billar les impidiese
+escucharlas siempre!
+
+El estado de agitación y de cólera en que salió don Rosendo del
+Saloncillo, no puede ponderarse. Su gran carácter elevado y magnánimo,
+fué herido de un modo cruel por la ingratitud y la bajeza de aquellos
+falsos amigos. ¡Horrible tormento debe de ser vivir y morir en la
+obscuridad cuando se ha nacido para brillar en la cúspide de la sociedad
+humana, y consumir las fuerzas recibidas del cielo en el vacío y la
+inacción! ¡Más fiero dolor todavía es ver despreciados los más nobles
+trabajos del espíritu, los esfuerzos generosos por el triunfo del bien y
+la verdad! Tal fué el caso de Sócrates, Colón, Galileo, Giordano Bruno,
+y tal también el de nuestro héroe. La primera mordedura de la envidia le
+causó el dolor agudo que debieron sentir estos grandes bienhechores del
+género humano. Su espíritu vaciló. Fué un instante nada más, un desmayo
+pasajero que sirvió para acreditar mejor el temple admirable de su alma.
+
+Sin embargo, aquella noche no pudo cenar. Tardó mucho tiempo en
+conciliar el sueño. ¡A cuántas tristes consideraciones se presta este
+caso! Mientras la turbamulta de los sarrienses desprovistos de ingenio,
+de ilustración y de ánimo, dormía a pierna suelta, aquel hombre
+benemérito se revolcaba en su cama como en lecho de espinas, sin lograr
+las caricias del sueño reparador.
+
+A la mañana siguiente se levantó un poco pálido y ojeroso, pero firme y
+resuelto a proseguir su obra de regeneración, a despecho de todos los
+obstáculos morales y materiales que surgiesen en su camino. Aquella
+noche de insomnio, en vez de enflaquecer su ánimo y despegarle de su
+empresa, le confirmó en ella, le dió alientos para llevarla a feliz
+remate. El fuego consume y hace pavesas la paja; al oro lo acendra.
+
+Ocupóse, pues, con brío en trazar el plan del segundo número que habría
+de aparecer el jueves próximo. Y como siempre acontece, el éxito feliz
+trajo consigo la voluntad de ayudarle. Muchos fueron los trabajos que se
+le ofrecieron para el segundo número; mas la mayor parte no eran de
+paso. La falta de espacio obligóle también a rechazar algunos que lo
+eran. Con esto hubo algunas murmuraciones y desabrimientos. Segundo
+escollo con que tropezó su patriótica empresa.
+
+Pero al publicarse el quinto número surgió otro de mayor cuenta que
+produjo en el pueblo honda sensación y arrastró consigo fuertes
+torbellinos. Sucedió que Alvaro Peña, firmemente convencido, como ya
+sabemos, de que todos los dolores e imperfecciones que padecemos los
+humanos dependen exclusivamente de la preponderancia del clero,
+propúsose aprovechar el arma del periódico para emprender contra él una
+activa campaña. Y para comenzar lanzó, a guisa de guerrilleros, unas
+cuantas gacetillas. Preguntaba por los fondos de cierta cofradía del
+Rosario, que no parecían, hablaba en términos irrespetuosos de las Hijas
+de María, y decía chuscadas a propósito de la novena, de las confesiones
+y de los escapularios con que se adornaban las jóvenes beatas de la
+villa. Pero a quien iban particularmente dirigidos los tiros era a don
+Benigno, el teniente párroco, director de las conciencias femeninas de
+Sarrió, y caudillo de todos aquellos combates librados contra el pecado.
+El párroco era un hombre apático, viejo ya, que pasaba la vida en una
+casita de campo que poseía cerca de la población, dejando de buen grado
+a su teniente el cuidado del rebaño místico. Y don Benigno cumplía su
+cometido como pastor vigilante y celosísimo, rondando el rebaño noche y
+día, para que el lobo no le arrebatase las ovejas, y criando algunas con
+esmero y a la mano para ofrecerlas al esposo bíblico. Nada puede
+igualarse al ardor con que don Benigno procuraba esposas al Altísimo. En
+cuanto una joven se arrodillaba a sus pies para confesarse, se creía en
+el caso de insinuarle que el mundo estaba corrompido, que no había por
+dónde cogerle, el condenarse facilísimo, el amor terrenal una
+inmundicia, los mismos afectos de hija y de hermana despreciables, el
+tiempo para merecer la salvación muy limitado. En su consecuencia lo
+mejor, abandonar este mundo terrenal (don Benigno era muy aficionado a
+este adjetivo), y correr a entregarse a Jesús, penetrar en la gruta
+deleitosa de que habla San Juan de la Cruz, y dejar allí olvidado su
+cuidado. Conocía él un rinconcito feliz, un verdadero pedacito del
+cielo, donde se gozaban anticipadamente las delicias que Dios tiene
+reservadas a sus siervas. El rinconcito era un convento de Carmelitas
+que acababa de fundarse en las afueras de la villa, y del cual era el
+teniente grande y decidido protector. Por cierto que esto tenía un poco
+desabrido a don Segis, el capellán de las Agustinas, aunque no osaba
+manifestarlo, porque no le convenía ponerse mal con su compañero.
+
+La insinuación producía efecto unas veces, otras no. Rara la dejaba caer
+don Benigno en los oídos de una vieja. Quizá porque calculase que a
+Jesús le gustaban más dos de quince que una de treinta, o porque las
+hallase más reacias y desconfiadas que las niñas. De todos modos,
+aquella cacería espiritual tenía episodios interesantes. En cierta
+ocasión el teniente fué víctima de la agresión de un joven a quien había
+arrancado su hermana para el convento. En otra, después de haber
+buscado dote para una muchacha y haberla provisto de ropa, la futura de
+Cristo se escapó de la noche a la mañana con un oficial de sastre. Don
+Benigno acostumbraba a conducir él mismo las esposas a la morada del
+Esposo. Cuando había dificultades que vencer por parte de la familia, se
+portaba con la habilidad y la osadía de un consumado seductor.
+Organizaba y llevaba a cabo el rapto de la virgen con una astucia que
+para sí la quisieran muchos tenorios mundanos.
+
+De esto sacó pretexto Alvaro Peña para hablar en una gacetilla de cierto
+sacerdote aficionado a «cazar palomas». Ahora bien; como ya conocemos la
+afición de don Benigno a la cría de pichones, la gacetilla iba
+directamente a él y con una intención diabólica. Los lectores así lo
+comprendieron. Se comentó y rió no poco el dañino suelto.
+
+Al verse de aquel modo en ridículo, el excusador, que tenía un
+temperamento susceptible y bilioso, como todos los artistas, se
+enfureció terriblemente.
+
+—¿Ha leído usted el _papelucho_ de don Rosendo?—preguntó por la noche
+en casa de la Morana a don Segis. Es de advertir que desde la primera
+gacetilla irreligiosa don Benigno no volvió a llamar de otro modo al
+_Faro de Sarrió_.
+
+—Sí, lo he leído esta mañana en casa de Graells.
+
+—¿Y qué le parece a usted de aquella indignidad?
+
+—¿Cuál?—preguntó con sosiego el capellán.
+
+—Hombre, ¿no ha leído usted las infamias que dicen de mí?
+
+Don Segis levantó el vaso a la altura de los ojos, examinó detenidamente
+el dorado líquido, lo acercó a los labios y bebió con pausa. Después de
+toser y desgarrar un poco, y limpiarse la boca con un pañuelo de
+hierbas, dijo gravemente:
+
+—Phs... la intención no es buena que digamos... Pero vale más tomar las
+cosas con calma. Nada se adelanta con alterarse.
+
+El teniente, que esperaba que don Segis participase de su indignación,
+recibió un nuevo golpe, y calló, devorando su enojo. En esta ocasión fué
+cuando se manifestó la sorda enemiga del capellán de las Agustinas por
+la injustificada preferencia que don Benigno otorgaba al convento
+naciente. El teniente se volvió entonces hacia el señor Anselmo y don
+Juan el Salado. Estos tuvieron la atención de manifestarse disgustados
+por la gacetilla, aunque sin hacer tampoco extremos. Ya sabemos que esto
+no se acordaba con la naturaleza de aquella templada y patriarcal
+reunión.
+
+Pero al jueves siguiente, Alvaro Peña dejaba descansar a don Benigno y
+«se metía» con el capellán de las monjas, publicando de él una semblanza
+en verso, en que se hacía muy graciosa mención del matrimonio de las
+copas de ginebra con los vasos de vino blanco. Le tocó entonces
+enfurecerse a don Segis, y tomarlo con calma a don Benigno. Mas el
+sosiego de éste era aparente, y sólo para vengarse del de don Segis. En
+realidad, su herida manaba sangre todavía. Así, que no tardó en
+realizarse la conciliación, poniéndose ambos con inusitado ardor a
+quitar el pellejo a todos y a cada uno de los que escribían en el
+«papelucho de don Rosendo», principiando por éste, su ilustre fundador,
+y concluyendo por el dueño de la imprenta. No se les ocultaba que el
+autor de las chufletas era Alvaro Peña. Pero como siempre habían tenido
+a éste por un desalmado _masón_, capaz de beberse la sangre toda del
+clero de Sarrió, por no repetirse, le dejaron pronto para cebarse
+principalmente en Sinforoso. Las razones que tenían para ello, eran que
+éste había sido seminarista; por consiguiente, un traidor. Luego
+procedía de la misma cepa, porque su padre era carlista y su abuelo lo
+había sido también. Además podía dispensarse hasta cierto punto que don
+Rosendo Belinchón, don Rudesindo, Alvaro Peña y don Rufo, todos hombres
+que significaban algo en la villa, se despachasen a su gusto... ¡pero
+aquel petate!... ¡aquel hambrón!
+
+Excitado por la murmuración, don Benigno bebió algunos vasos más de los
+acostumbrados, y el capellán no quiso quedarse atrás. Cuando los
+tertulios salieron de la tienda formando la clásica cadena, don Segis
+advirtió con satisfacción que la pierna entumecida le pesaba menos, y se
+lo hizo observar a don Benigno, que le dió por ello la enhorabuena.
+Luego, cuando a los pocos pasos se desprendieron todos para desalojar el
+ácido úrico de su cuerpo frente a las tapias de las Agustinas, el mismo
+don Segis manifestó en voz alta que aquella noche no tenía deseos de
+irse a la cama, y les acompañaría. Mas el teniente le dijo al oído que
+deseaba hablar con él en secreto, y ambos se quedaron delante del
+convento.
+
+—Amigo don Segis, ¿qué le parece a usted de ir a limpiar los mocos al
+hijo del Perinolo?
+
+—¡Grave! ¡grave! ¡grave!—murmuró don Segis.
+
+—Si pudiéramos darle una sopimpa, sin escándalo, se entiende...
+
+—¡Grave! ¡grave!
+
+—A las once u once y media sale del café. Podemos esperarle por allí
+cerca y alumbrarle algunos coscorrones.
+
+—¡Grave! ¡grave! ¡grave!
+
+—¿Es usted un hombre o no lo es, don Segis?
+
+La pregunta, aunque inocente, causa honda perturbación en el espíritu
+del capellán, a juzgar por la serie de muecas y ademanes descompuestos a
+que se entrega antes de pronunciar una palabra.
+
+—¿Quién? ¿Yo?... ¡Parece mentira que un amigo y un compañero me diga
+cosa semejante!
+
+Y dió la vuelta muy conmovido y se llevó el pañuelo a los ojos, de donde
+brotaban algunas lágrimas.
+
+—Pues los hombres se portan como hombres. Vamos a castigar la
+insolencia de ese pelgar.
+
+—¡Vamos!—profirió con firmeza el capellán, echando a andar en
+dirección a su casa.
+
+—Por ahí no, don Segis.
+
+—Por donde usted quiera.
+
+Los dos clérigos se cogieron del brazo y empezaron a caminar, no sin
+ciertas vacilaciones explicables, en dirección al café de la Marina. No
+será de más decir que ambos vestían de seglar por las noches, con sendas
+levitas negras de largo faldón y manga apretada, botas de campana y
+enormes sombreros de felpa.
+
+Un buen cuarto de hora invirtieron antes de llegar a las cercanías del
+café. Una vez allí, ofuscados por las luces como cándidas mariposas,
+quisieron caer, y retrocedieron.
+
+—Lo mejor será esperarle hacia su casa. Aquí hay todavía mucha
+gente—dijo don Benigno.
+
+Don Segis se mostró humilde también esta vez, siguiendo el impulso de su
+compañero.
+
+En la calle de Caborana, esquina a la del Azúcar, que la pone en
+comunicación con la Rúa Nueva, se situaron ambos como punto estratégico
+por donde el enemigo había de pasar, dado que su casa estaba situada al
+final de la calle de Caborana. Los dos clérigos tenían la firme voluntad
+de los navarros en el desfiladero de Roncesvalles. Así que soportaron
+con heroica impavidez, durante media hora de espera, la lluvia menuda
+que estaba cayendo, sin que el temor del reumatismo ni otra
+consideración temporal les hiciese moverse una pulgada del puesto que
+ocupaban.
+
+Al fin, descuidado y satisfecho, después de haber sostenido larga y
+acalorada discusión en el café, se retiraba el redactor en jefe del
+_Faro_ hacia su casa, cuando inopinadamente le sale al encuentro el
+irritable teniente, que le dice con su voz chillona:
+
+—Oiga usted, mocito, ¿quiere usted repetirme ahora las insolencias que
+ha dicho en el papelucho de don Rosendo? Tendría mucho gusto en ello.
+
+La sorpresa, el acento sarcástico y amenazador del clérigo, y la vista
+del bulto de don Segis, que permanecía a algunos pasos, inmóvil, como
+fuerza de reserva, infundieron tal pavor en Sinforoso, que en algún
+tiempo no pudo articular palabra. Sólo cuando el teniente avanzó hacia
+él un paso, logró decir:
+
+—Tranquilícese usted, don Benigno. Yo no le he nombrado a usted.
+
+—¡Hola!—exclamó el clérigo con sonrisa feroz,—parece que ya no
+cantas, tan alto... ¿Qué tiene el gallo que no canta? ¿Qué tiene el
+gallo que no canta, guapito?
+
+Don Benigno avanzó un paso, y Sinforoso retrocedió otro.
+
+La reserva de don Segis avanzó también para conservar la distancia
+estratégica.
+
+—¡Tranquilícese usted, don Benigno!—gritó Sinforoso con terror.
+
+—¡Si estoy muy tranquilo, guapo! No deseo más que oir otra vez aquello
+de las palomas, que me ha hecho mucha gracia.
+
+—¡Yo no lo he escrito!—exclamó con angustia el hijo del Perinolo.
+
+—¿De veras no lo has escrito, guapo?... ¡Pues para cuando lo escribas!
+
+Y descargó una bofetada en la pálida mejilla del redactor.
+
+—¡Sosiéguese usted, don Benigno!—exclamó el desdichado retrocediendo,
+y extendiendo hacia adelante las manos.
+
+—No te digo que estoy muy tranquilo, majo. ¡Toma otra palomita!
+
+Y le dió otra bofetada.
+
+—¡Por Dios, don Benigno, sosiéguese usted!
+
+—¡Allá va otra palomita!
+
+Nueva bofetada.
+
+Digamos ahora, antes de pasar adelante, que de las que se dieron en
+Sarrió en los dos años siguientes a la aparición del _Faro_ (y sabe Dios
+que el número es incalculable), lo menos una mitad fueron a parar a las
+mejillas de este joven distinguido.
+
+No pudiendo calmar con sus ruegos al enfurecido excusador, y sospechando
+que el bando de palomas iba a ser numeroso, el redactor en jefe del
+_Faro_ gritó con todas sus fuerzas:
+
+—¡Socorro, que me matan!
+
+Y trató de dar la vuelta para huir; pero los dedos acerados del clérigo
+le retuvieron por un brazo. Al mismo tiempo don Segis, creyendo llegado
+ya el momento de entrar en fuego, le descargó con su bastón de ballena
+un garrotazo en las espaldas.
+
+—¡Socorro!—volvió a gritar el desdichado.
+
+Es el caso que en aquel momento llegaba de la tienda de Graells, donde
+acostumbraba a pasar las noches, el invicto ayudante de marina Alvaro
+Peña, que tenía su domicilio en la calle del Azúcar. Al escuchar los
+gritos de su amigo, echó a correr hacia el sitio, diciendo:
+
+—¿Qué pasa, Sinforoso, qué pasa?
+
+—¡Auxilio, don Alvaro, que me matan!
+
+—Fijme, Sinforoso, ¡que allá va socojo!—le volvió a gritar acercándose
+rápidamente.
+
+Los clérigos, oyendo la voz de aquel odioso y terrible enemigo de la
+Iglesia, soltaron la presa; pero enardecidos por el combate, trataron de
+hacerle frente poniéndose en línea de batalla con los bastones en alto.
+Al divisarlos Peña, se estremeció de ira y de gozo al mismo tiempo.
+
+—¡Son curas!
+
+Vibró el bastón en su mano y el enorme sombrero de don Benigno saltó
+veinte varas lejos. El teniente retrocedió. Don Segis avanzó y trató de
+alcanzar con el palo la cabeza del ayudante; pero antes que pudiera
+hacerlo, un garrotazo le había caído sobre el cogote, dejándole
+malparado.
+
+—¡Debiera suponejlo, caramba! Sólo estas aves nocturnas son capaces de
+esperaj traidoramente a un hombre indefenso, alterando el ojden público
+y tujbando el sueño de los vecinos... Es menestej concluij con esta raza
+de alimañas que chupan la sangre del pueblo, y aspiran a tenejlo sumido
+en la bajbarie... ¡Estos son los ministros de Dios! ¡Los apóstoles de la
+claridad! ¡Los etejnos pejturbadores del ojden social!...
+
+Ni aun en estos críticos instantes podía el ayudante prescindir de
+aquella retórica anticlerical que acostumbraba a usar, y de sus frases
+campanudas. A cada una acompañaba un garrotazo. Los clérigos, no
+pudiendo sostener su rabioso empuje, volvieron grupas, y emprendieron
+desaforadamente la carrera. El teniente pronto se vió fuera del alcance
+del palo, mas el pobre don Segis, con el peso extraordinario de su
+pierna izquierda, se quedó rezagado, y tuvo que sufrir las caricias del
+bastón de Peña buen rato. A lo lejos se oía la voz de éste, gritando con
+chistosa corrección:
+
+—¡Hipócritas! ¡Sepulcros blanqueados! ¿Es esto confojme con el espíritu
+del Evangelio, canallas? ¡Predicáis la paz y el amoj entre los hombre, y
+sois los primeros en barrenaj los textos sagrados! ¡Cuándo sacudiremos
+vuestro yugo, y nos emanciparemos de la esclavitud en que nos tenéis
+desde hace tantos siglos!
+
+Cualquiera imaginaría al escucharle que estaba pronunciando un discurso
+en algún club democrático, y no administrando una soberana paliza.
+
+Así terminó aquella refriega.
+
+A la mañana siguiente el ayudante recibió la visita del párroco de
+Sarrió que venía a suplicarle encarecidamente que no se hablase de aquel
+incidente desagradable en el periódico, prometiendo en cambio todo
+género de satisfacciones por parte del teniente y don Segis, lo mismo a
+él que a Sinforoso. Peña no quiso ceder a su demanda. La ocasión era
+admirable para abrir brecha en los enemigos de la libertad y del
+progreso. En efecto, el primer número del _Faro_ insertó una relación
+circunstanciada escrita en estilo jocoso de todo lo ocurrido.
+
+Con esto los ánimos del clero y de las personas timoratas de la villa
+quedaron grandemente sobreexcitados.
+
+
+
+
+XI
+
+QUE GONZALO SE CASÓ.—GRAVES REVUELTAS ENTRE LOS SOCIOS DEL SALONCILLO
+
+
+Los altos y graves negocios que embargaban a don Rosendo, no
+consintieron que dedicase al desagradable suceso que en el mismo tiempo
+turbaba la quietud de su casa, aquella atención preferente que en otra
+sazón le hubiese dedicado. Sin embargo, al tener noticia de la traición
+de Gonzalo y del extravío de su hija menor, sintióse fuertemente
+alterado. Tuvo con su esposa largas y vivas pláticas acerca del asunto.
+Prueba irrecusable de que los grandes hombres, aunque solicitados por
+tantos y tan elevados pensamientos, no desdeñan por eso las cosas que
+tocan a la vida íntima, como vulgarmente se asegura. Su primer impulso
+fué despedir a Gonzalo y encerrar a su hija en un convento. Las súplicas
+de doña Paula y la reflexión, que ejercía sobre su claro espíritu
+imperio absoluto, le hicieron volver sobre tal acuerdo. Al cabo de
+algunos días de dudas (pocos, porque otros cuidados le reclamaban), vino
+en permitir que se casasen los descarriados jóvenes, no sin celebrar
+antes una conferencia con Cecilia y escuchar de sus labios que
+perdonaba, de buena voluntad a su hermana, y deseaba que cuanto más
+pronto se celebrase el matrimonio.
+
+Obtenido el consentimiento, una tarde se presentó Gonzalo en casa de
+Belinchón. Hacía quince días que no había estado en ella. Sentía el
+corazón singularmente agitado, aunque sus deseos tan cumplida y
+brevemente hubieran sido satisfechos. Temía la primera entrevista, y no
+le faltaba razón. Doña Paula le recibió con marcada frialdad, y hasta en
+los criados halló una sombra de hostilidad que le hirió. Por otra parte,
+la idea de encontrarse con Cecilia le hacía temblar. Mas cuando se
+presentó Venturita en la sala, todos los temores y tristezas se
+desvanecieron. Su charla animada, el suave centelleo de sus ojos,
+aquellos ademanes graciosos y desenvueltos iluminaron su alma
+repentinamente y tocaron en ella a gloria. Olvidado de todo y enajenado
+por el timbre adorable de su voz se hallaba, cuando entró en la sala
+Cecilia. La vista de su víctima le produjo una extraña y violenta
+impresión. Levantóse del asiento automáticamente. Su fisonomía cambió de
+color. Cecilia se acercó a él con paso firme y le alargó la mano con la
+misma plácida sonrisa de siempre.
+
+—¿Cómo te va, Gonzalo?
+
+Parecía que le había visto el día anterior, y que nada de particular
+había sucedido. Sólo su tez estaba un poco más pálida.
+
+Tal confusión se apoderó del joven, que no pudo contestar a esta
+sencilla pregunta sin balbucir. La mirada clara y tranquila de Cecilia
+le hizo el mismo efecto que una corriente eléctrica. Volvióse a doña
+Paula, y el rostro de ésta se hallaba fuertemente fruncido con expresión
+severa y dolorosa. Venturita miraba hacia los balcones con afectada
+indiferencia. Al fin se sentó todo convulso. Cecilia, que venía a pedir
+a su madre las llaves de los armarios, salió de la estancia dirigiéndole
+una tranquila sonrisa de despedida.
+
+Comenzaron los preparativos de matrimonio. Doña Paula tuvo la
+delicadeza, rara en una mujer nacida en el pueblo, de no consentir que
+pieza alguna de ropa destinada a Cecilia sirviese para su hermana.
+Hízose, pues, un nuevo equipo apresuradamente. Cecilia trabajó en él,
+con sorpresa profunda de las costureras. Unas lo achacaban a bondad,
+otras a indiferencia. Lo cierto es que su fisonomía, aunque un poco
+marchita, expresaba la misma serena alegría de siempre. Sus manos se
+movían formando las iniciales de su hermana con la misma ligereza que
+cuando bordaba las suyas. Pero las tijeras al cortar, _chis, chis_, y
+las agujas al coser, _cruj, cruj_, no le decían ya aquellas cosas tan
+lindas que la hacían temblar de gozo, sino otras muy horribles, ¡ay! muy
+horribles. Quedaban sepultadas en su corazón. El mejor lector no leería
+en sus ojos grandes, hermosos y suaves más que el capítulo risueño de
+siempre.
+
+—¿No te lo decía yo, mujer?—murmuraba Teresa al oído de Valentina
+mirando a nuestra joven.—Si la señorita Cecilia no puede querer a
+nadie.
+
+Gonzalo huía de entrar en la sala de costura. Cuando alguna vez lo
+hacía, se mostraba tan alterado y confuso, que las bordadoras se
+guiñaban el ojo sonriendo. Al verle de aquel modo y a Cecilia tan
+sosegada e indiferente, cualquiera trocara los papeles que ambos habían
+hecho en aquel triste episodio de amor.
+
+Las lenguas, en tanto, allá afuera, en las calles, en las tiendas, en
+las casas y en los paseos, no se daban punto de parada. El
+acontecimiento había causado profunda sensación en la villa. Mientras se
+preparaba el matrimonio con Cecilia, la opinión general era que Gonzalo
+daba pruebas de tener un gusto deplorable. Se despellejaba a la pobre
+muchacha, y se la ponía poco menos que como un monstruo de fealdad.
+Todos se maravillaban de que no hubiese elegido a su hermana, tan linda,
+tan graciosa. En cuanto aprendieron el cambio, las opiniones viraron
+asimismo repentinamente. ¡Qué escándalo! ¡Qué acción tan villana! ¡Qué
+padres los que consienten tal ultraje! ¿Dónde está la vergüenza de los
+hombres? ¡Pobre niña, tan buena, tan esbelta, con unos ojos tan
+hermosos!—Yo la encuentro más bonita que su hermana.—Yo lo mismo...
+
+No dejemos escapar la ocasión de decir que esta constante censura, este
+eterno descontento de los hombres respecto de las acciones de sus
+semejantes, que tanto nos desespera, no supone tanta ruindad de
+intención, maldad o envidia en ellos como nos complacemos en creer
+siempre que somos objeto de crítica. No es otra cosa que un testimonio
+claro de la imperfección de nuestra existencia planetaria y del amor al
+ideal que todo hombre lleva dentro de sí sin verlo jamás realizado.
+Después de habernos así mostrado filósofos y optimistas, prosigamos
+nuestra narración.
+
+Llegó el día del matrimonio. Efectuóse de madrugada dentro de la misma
+casa de Belinchón, con asistencia de algunos parientes y amigos. Después
+de tomar chocolate, partieron los novios para Tejada.
+
+Era ésta un posesión situada a una legua próximamente de la villa, donde
+el genio de don Rosendo, secundado por el dinero, había tenido ocasión
+de desenvolverse libremente y dar prodigiosos frutos. Cuando la
+comprara, hacía más de veinte años, constituíanla unos cuantos prados y
+un bosque donde pastaban las vacas y cantaban los malvises, jilgueros y
+mirlos. Don Rosendo principió por desterrar esta colonia indígena y
+substituirla por otra extranjera. El ganado del país fué proscripto
+trayendo en su lugar otro de Suiza. Con igual severidad fueron
+arrojados, a tiros, de los árboles, los pajaritos antiguos, para colgar
+un sinnúmero de jaulas con aves raras y exóticas, que graznaban
+miserablemente todo el año a la salida del sol. El espíritu emprendedor
+y reformista de don Rosendo, no se detuvo tampoco en el reino animal.
+Con la misma audacia pasó al vegetal, e hizo cambiar por entero la faz
+de aquellos campos. Poco a poco, a impulsos del hacha y de la sierra,
+fueron desapareciendo los copudos y grandes castaños de hojas anchas y
+frescas con sus torsos retorcidos de piel rugosa, los gigantescos robles
+que habían renovado sus hojas picadas más de trescientas veces, los
+nogales que parecen enormes plantas de albahaca, los jugosos pomares,
+cuyas ramas se doblan hasta dejar delicadamente el fruto en el suelo, y
+otros árboles de arraigo y respetabilidad en el país. En su lugar se
+plantaron _washingtonias, wellingtonias, araucarias excelsas_ y otros
+muchos árboles de casta extranjera, perteneciendo en su mayor parte a
+la familia de las coníferas. Esto hacía que la posesión, en concepto del
+vulgo, guardase cierto parecido con un cementerio. Respondía don Rosendo
+a tal observación, que las coníferas tenían la ventaja de conservar la
+hoja por el invierno. Replicaba el vulgo que de este modo parecía un
+cementerio por el invierno y por el verano. Don Rosendo no se dignaba
+contestar a esta sandez, y tenía razón.
+
+Como lo que mucho vale mucho cuesta, aquellos extranjeros de ambos
+reinos, se llevaban una buena parte de la renta de Belinchón. Los
+pajaritos del país se buscaban el alimento y aliñaban sus plumas sin
+necesidad de ayuda de cámara. Los de fuera, encerrados en jaulas y
+enormes pajareras construídas al efecto, exigían algunos servidores para
+procurarles la adecuada alimentación y hacerles la limpieza. Después, la
+nostalgia causaba en ellos grandes claros, que se llenaban encargando a
+París y Londres nuevas y costosas remesas. Lo mismo pasaba con los
+vegetales. Para que uno se lograse a fuerza de cuidados y desvelos,
+perecían treinta o cuarenta. La vigilancia constante de los jardineros
+no bastaba a impedir esta considerable mortandad.
+
+La casa, tampoco era de estilo nacional, ni siquiera europeo. Estaba
+construída según los preceptos de la arquitectura chinesca, llena de
+torrecillas festonadas por todos lados. Qué conexión tenían estas
+diminutas torres de ladrillo con la famosa de Babel, donde los idiomas
+se confundieron, nosotros no lo sabemos; pero debemos manifestar que a
+esta fábrica así guarnecida, la llamaban en el país _la Babilonia de don
+Rosendo_. Estaba suntuosamente amueblada. No faltaba dentro de ella
+ninguna de las comodidades y refinamientos que la moderna civilización
+proporciona a los ricos. Tenía una famosa habitación decorada al estilo
+persa, cuarto de baño, un espacioso comedor medianamente pintado y
+algunos lindos gabinetes pequeños y tibios, donde la luz entraba cernida
+por cristales de colores.
+
+A este nido vinieron a parar Gonzalo y Ventura dos horas después de
+hallarse unidos para siempre. En el camino se habían hablado con
+desembarazo de cosas indiferentes. El joven había aplicado algunos besos
+en las mejillas de la niña, lo mismo que cuando novios. Mas al llegar a
+la _babilonia_, y encontrarse solos en la cámara persa, sintióse
+extrañamente confuso y acortado. Buscaba asuntos de conversación, y en
+todos se perdía. Venturita apenas le contestaba mirándole de reojo, con
+una expresión entre burlona y apasionada.
+
+—Mira, ¡calla, calla! Estás diciendo muchas tonterías... Calla, y dame
+un beso—concluyó por decirle riendo, y tapándole la boca con su
+primorosa mano.
+
+Gonzalo se puso colorado, y la abrazó con frenesí.
+
+Su embriaguez en los primeros días rayó en locura. Venturita era, por su
+belleza singular, por la expresión lánguida y voluptuosa de sus ojos,
+por la tendencia invencible al descanso, una verdadera odalisca. Pero no
+como éstas solamente un animal hermoso, sino animada por ingenio
+chispeante, que desbordaba a cada momento en graciosos equívocos y
+felices ocurrencias. Gonzalo se desternillaba de risa, sin comprender
+que es peligroso que los maridos rían demasiado los chistes de sus
+mujeres.
+
+La vida que hacían era harto sedentaria. A Ventura no le gustaba salir
+de casa. El sol le producía dolor de cabeza; el fresco de la tarde le
+irritaba la garganta. Cuidaba del aliño de su persona, y variaba de
+trajes lo mismo que si se hallase en Madrid. En su tocador pasaba una
+gran parte del día. Esto no disgustaba a Gonzalo. Al contrario, cuando
+la veía salir tan linda y gallarda, exhalando, como las flores
+tropicales, un perfume penetrante, sentíase poseído de entusiasmo. Un
+estremecimiento voluptuoso agitaba todo su ser, pensando que aquella
+obra exquisita de la Naturaleza era suya, enteramente suya.
+
+Sin embargo, no lo era tanto como él se figuraba. Algunas veces la joven
+esposa, medio en serio, medio en broma, se encerraba en su cuarto. Allí
+pasaba tres o cuatro horas sin consentir que entrase, a pesar de los
+ruegos cariñosos que le dirigía por el agujero de la llave.
+
+—Te privo de mi vista por algún tiempo—decía después riendo,—para que
+desees más el tenerme junto a ti.
+
+Y, en efecto, por medio de estas coqueterías, el apetito del joven
+crecía extremadamente, y se convertía en delirio.
+
+A las horas que bien le placía a la hermosa, salían a pasear por los
+jardines, sin alejarse mucho. Al llegar a algún sitio umbrío y fresco,
+de los pocos que la mano reformista de don Rosendo había dejado, la niña
+quería sentarse; pero no sobre la hierba ni sobre un banco rústico. Era
+menester que Gonzalo corriese a casa y trajese una butaca.
+
+—Ahora, siéntate aquí a mis pies.
+
+El mancebo se postraba y besaba con entusiasmo las manos que la gentil
+esposa le tendía.
+
+—¡Sansón y Dalila!—exclamaba ella riendo y hundiendo sus manos como
+copos de nieve en la rubia y rizada barba de su marido.
+
+—Tienes razón—respondía él dando un suspiro.—Un Sansón sin cabellos.
+
+—¡Qué no tienes cabellos!... ¿Y esto qué es?—replicaba levantando su
+pelo, y poniéndolo erizado como una escoba.
+
+—Hablo de mis fuerzas.
+
+—¿No tienes fuerzas, eh? A ver: saque usted esos brazos.
+
+El, riendo, se despojaba de la americana, y remangándose la camisa
+mostraba sus brazos enormes de gladiador, donde la musculatura tomaba
+brioso relieve como un espeso tejido de cuerdas.
+
+—¡Qué barbaridad!—exclamaba la niña cogiendo uno con ambas manos, sin
+lograr ni con mucho abarcarlo. Y poseída de repentino entusiasmo y
+admiración, añadía:
+
+—¡Qué fuerte, qué hermoso eres, Gonzalo! Déjame morderte esos brazos.
+
+Y se inclinaba para hincar sus dientes menudísimos en ellos. Pero el
+mancebo tendía sus férreos músculos, y los dientes resbalaban por la
+piel sin penetrarla.
+
+Entonces ella se enfadaba, insistía, quería a todo trance coger carne.
+Al cabo, él aflojaba los músculos diciendo:
+
+—Te dejo morder; pero a condición de que me hagas sangre.
+
+—No, eso no—respondía ella, expresando en la sonrisa anhelante el
+deseo de hacerlo.
+
+—Sí, quiero que me hagas sangre; si no, no te dejo.
+
+La niña empezaba apretando poco a poco la carne de su marido.
+
+—¡Más!—decía éste.
+
+Y apretaba más.
+
+—¡Más!—volvía a decir.
+
+Seguía apretando mientras en sus ojos chispeaba una sonrisa maliciosa.
+
+—¡Más! ¡más!
+
+—Basta—decía ella levantándose.—¿Lo ves? ¡ya te hice sangre! ¡Qué
+atrocidad, ni que fuese un perro!
+
+E inclinándose de nuevo, chupaba con afán voluptuoso la gotita de sangre
+que saltaba en el brazo. Ambos sonreían con pasión reprimida. Después
+miraban al pequeño círculo cárdeno que los dientes de la niña habían
+dejado impreso.
+
+—¿Lo ves?—volvía a decir ella avergonzada.—¡Vaya unos caprichos
+extraños los que tienes!
+
+—Gracias. Quisiera que esta marca quedase, ahí eternamente. Pero no;
+¡bien pronto se borrará, por desgracia!
+
+—Puedo renovarla a diario—replicó maliciosamente.
+
+—Me alegraría mucho.
+
+—Vamos, tú quieres convertir a tu mujer en perrita. Dilo francamente.
+
+Y abrazándole repentinamente, y besándole con frenesí en los ojos, en
+las mejillas, en la boca, en la barba, le repetía sin cesar:
+
+—¡Dilo francamente! ¡Dilo francamente, pedazo de oso!... Esta boca es
+mía, y la beso. Esta barba es mía, y también la beso. Este cuello es
+mío, y lo beso. Estos brazos son míos, ¡míos! y los beso.
+
+—Tómame todo: mi vida es tuya—decía él ebrio de dicha.
+
+—Te quiero, te quiero, Gonzalo, por lo hermoso, por lo fuerte... A ver,
+déjame poner una mano sobre la tuya... Qué disparate, ¡parece una
+hormiga!
+
+—Una hormiga blanca—replicaba él ahogando aquella diminuta mano entre
+las suyas grandes y fibrosas.
+
+—Te quiero, te quiero, Gonzalo. Tómame en brazos. ¿Serás capaz de
+pasear conmigo así?
+
+—¡Oh! ¿no he de ser?
+
+La levantó como una pluma, y poniéndola sobre un brazo como a los niños,
+comenzó a dar brincos por el jardín.
+
+—¡No tanto! Llévame suavemente. Vamos de paseo.
+
+La paseó sin fatigarse por todo el parque. Y desde aquel día aquella
+forma de paseo le agradó tanto a la niña, que en cuanto salían de casa
+se colgaba al cuello de su marido para que la subiese. Los criados al
+verlos movían la cabeza sonriendo.
+
+Pero muy pronto descubrió otro medio de pasarlo aún mejor. Había cerca
+de casa un columpio que el tiempo, más que el uso, había deteriorado.
+Hizo que se arreglase, y en cuanto lo tuvo presto se pasaba las horas
+mecida por Gonzalo.
+
+—Si vieras cómo gozo. Da un poco más fuerte.
+
+Y al empuje vigoroso del joven, el columpio volaba, y la niña cerraba
+los ojos dilatando la nariz con un sentimiento de intenso placer.
+
+Gonzalo gozaba en verla así arrobada.
+
+Transcurrieron veinte días de esta suerte. Durante ellos recibieron dos
+visitas de Pablito y Piscis, una vez en tílburi y otra a caballo. En
+esta última su principal objeto era dar picadero a una jaca que Pablo
+había cambiado por otra más vieja. Y ¡cosa extraña! a pesar del
+enajenamiento amoroso en que nuestro mancebo se hallaba, recibió la
+visita de los équites con inexplicable alegría, les ayudó afanosamente
+en su tarea. Al marcharse sintió una impresión de vacío en su vida.
+Porque era ésta tan reposada y pacífica, que su sangre y sus músculos
+padecían. Un día le habló a su esposa de ir de caza, pues era famoso e
+incansable cazador. Venturita no se opuso, con tal que la llevase
+consigo. Así se convino. Salieron una mañana en busca de un bando de
+perdices, de cuya existencia sabía Gonzalo desde el día en que había
+llegado a Tejada. Pero antes de alejarse dos kilómetros de la casa,
+Venturita se manifestó enteramente rendida. Le era imposible dar un paso
+más. Se vió precisado a traerla en brazos y a renunciar a su favorito
+recreo.
+
+Doña Paula, que había mirado con hostilidad aquel matrimonio, no habló
+de ir a ver a los novios hasta después de pasados muchos días. Quiso que
+Pablito la acompañase, porque temía que a Cecilia le causase algún dolor
+el hacerlo; mas, enterada ésta, expresó su decisión de ir también a
+Tejada. Y una tarde madre e hija emprendieron en carretela descubierta
+el camino que llevaba a la posesión. Pero al acercarse a ella y
+columbrar las famosas torrecillas de ladrillo, Cecilia comenzó a
+empalidecer, sintió el pecho oprimido y la vista turbada. Doña Paula,
+que advirtió su indisposición, ordenó al cochero dar la vuelta.
+
+—¡Pobre hija!—la dijo besándola.—¿Ves cómo no puedes venir?
+
+—Ya podré, mamá, ya podré—respondió tapándose los ojos con una mano.
+
+Al día siguiente, fué doña Paula acompañada de Pablo. Halló a los
+esposos muy propicios a dejar aquel nido escondido y trasladarse a la
+villa; como se efectuó en la misma semana.
+
+Cecilia salió a recibirlos a la puerta de la calle y abrazó y besó a su
+hermana con efusión. A Gonzalo, le tendió la mano, que por un esfuerzo
+soberano de la voluntad, no tembló. El joven la estrechó con fraternal
+afecto, creyéndose perdonado.
+
+Los novios ocuparon las habitaciones que doña Paula había destinado a su
+hija primogénita. La vida comenzó a deslizarse serena en apariencia.
+Gonzalo advertía, no obstante, con pesar, que no les envolvía esa
+atmósfera tibia y afectuosa que hace tan grato el hogar doméstico. Desde
+don Rosendo hasta el último criado, se mostraban con ellos atentos,
+deferentes, no cariñosos. Ventura no lo advertía, y si lo advertía le
+importaba poco.
+
+Volvamos ahora la vista a los asuntos más interesantes de la vida
+pública de Sarrió.
+
+Ganada aquella noble victoria de los clérigos, las cosas del _Faro de
+Sarrió_, procedían bien y prósperamente. El brioso y denodado ayudante
+de marina, pudo continuar su campaña civilizadora sin peligro de nuevas
+celadas. Sinforoso no se retiraba, sin embargo, a su casa sin ir
+acompañado de él o de otro amigo, perfectamente armados ambos.
+
+Pero Gabino Maza, el eterno disidente, supo aprovechar maliciosamente
+aquella ruptura con la Iglesia, para sobresaltar las conciencias de
+algunos vecinos. No que él fuese católico ferviente, ni le diese una
+higa por que se pusiera a los curas como hoja de perejil. Al contrario,
+toda la vida había profesado ideas bastante heterodoxas y había
+maldecido de los beatos. Mas ahora se mostraba escandalizado: «Al fin y
+al cabo, habíamos sido educados en el respeto de la religión, la cual es
+el único freno para el pueblo. No se pueden ofender tan descaradamente
+las sagradas creencias de nuestras esposas, etc., etc.» Algunos con
+estas pérfidas insinuaciones, dejaron la suscripción del periódico.
+
+Los redactores y su director, que adivinaban de dónde venía el golpe,
+estaban grandemente indignados. Gabino Maza, secundado por el no menos
+díscolo Delaunay, no cejaba en su campaña de murmuración. Mientras
+alguno de los del Faro estaba delante, nada; pero en cuanto se iba,
+esgrimían las lenguas con singular encarnizamiento. Unas veces hablando
+en serio, otras apelando a la burla, se trituraba a todos los que
+intervenían en el periódico, y muy particularmente, como es lógico, al
+que mejor y más altamente lo personificaba, el eximio don Rosendo.
+Decían ¡oh, mengua! que sólo el afán «de verse en letras de molde» había
+impulsado a aquellos beneméritos ciudadanos a encender la antorcha del
+progreso en Sarrió; que don Rufo, el médico, era un farsante; Sinforoso,
+un pobrete a quien arrojaban un mendrugo; Alvaro Peña (aquí bajaban la
+voz y miraban a todos lados), un botarate sin pizca de juicio; don
+Feliciano Gómez, un pobre diablo a quien más importaba ocuparse en sus
+negocios no muy florecientes; don Rudesindo, un gran cazurro, que
+trataba de alquilar su almacén y anunciar su sidra. En cuanto al
+fundador y promovedor de aquella empresa, don Rosendo, decían que toda
+la vida había sido un badulaque, un necio que se creía escritor, sin
+entender de otra cosa que del alza y baja del bacalao...
+
+Sólo el deber imperioso de aparecer como cronistas fieles e imparciales,
+nos obliga a dar cuenta de tales habladurías. Bien sabe Dios que ha sido
+con harto trabajo y disgusto. Porque la misma pluma se estremece en
+nuestras manos y se niega a estampar semejantes abominaciones.
+
+De don Pedro Miranda, absteníanse de murmurar los murmuradores, no por
+otra razón sino por tenerle solicitado para que dejase la participación
+en el periódico, a lo cual le veían inclinarse desde la refriega de los
+clérigos; pues era don Pedro cristiano viejo y muy grande amigo del
+capellán de las Agustinas. Con sus malévolos discursos, habían logrado
+desatar contra el periódico a algunas damas influyentes de la villa,
+entre ellas doña Brígida. Con esto tuvieron por suyo dentro del
+Saloncillo al sandio y degradado Marín. También atrajeron a su bando,
+poco después, al borracho del alcalde. Por una parte el espíritu de
+compañerismo con los tertulios de la tienda de la Morana, y por otra la
+molestia que sentía con las constantes excitaciones de la prensa, a las
+que no estaba acostumbrado, le hicieron renegar pronto de aquel gran
+adelanto. Lo que acabó de ponerle mal con _El Faro_ y sus redactores,
+fué cierta gacetilla en que se censuraba al ayuntamiento y al alcalde
+con alguna dureza, por el lamentable abandono en que tenían los
+servicios de policía urbana, y lo poco que trabajaban por hacer
+agradable la temporada de verano «a los distinguidos escrofulosos que
+acudían a la playa de Sarrió en busca de salud».
+
+Aunque aparentemente se trataban como amigos, existía, pues, entre los
+socios principales del Saloncillo sorda y disimulada enemiga. Iba ésta
+aumentando de día en día merced a los correveidiles que, en ocasiones
+análogas, no cesan de sembrar envidias y rencores. Temíanse ya las
+disputas y se rehuían, porque los desaforados gritos y los baldones que
+antes se lanzaban sin resultado alguno, gracias a la cordial avenencia
+que existía entre todos, eran, al presente, de mucho peligro. Reinaba,
+por tanto, en aquel recinto, más silencio, más cortesía, pero muchísima
+menos franqueza y cordialidad.
+
+Aquella tirantez no podía durar mucho tiempo. Entre personas que todos
+los días se ven y se hablan, y no se quieren bien, es imposible que en
+breve plazo no deje de estallar la discordia. La ocasión fué ésta. Llegó
+al Saloncillo (¡noramala fué!), sin saber quién lo trajera, un ejemplar
+de cierta _Ilustración_ catalana, donde, entre otros grabados, se veía
+uno representando las orillas de un río americano, y en ellas
+solazándose hasta una docena de cocodrilos de diversos tamaños. Tenía el
+ejemplar en la mano Maza, cuando acercándose don Rufo por detrás,
+exclamó en tono jocoso:
+
+—¡Vaya unos cocodrilos escuálidos!
+
+—No son cocodrilos—manifestó Maza en tono seco y desdeñoso, sin
+levantar la cabeza.
+
+—¿Y por qué no han de ser?—preguntó el médico herido por aquel tono.
+
+—Porque no.
+
+—¡Valiente razón!
+
+—Si no te convence, estudia, que yo no estoy aquí para hacer obras de
+misericordia.
+
+—¡Uf! ¡El sabio de la Grecia! ¡Apartarse a un lado, señores!
+
+—No soy un sabio, pero no digo que estos animales son cocodrilos,
+cuando en el río Marañón no se crían cocodrilos.
+
+—¿Qué son entonces?
+
+—Caimanes.
+
+—¡Llámalo hache! Caimanes y cocodrilos vienen a ser lo mismo.
+
+—¡Otra barbaridad! ¿Dónde has aprendido eso?
+
+—Hombre, es de clavo pasado. El caimán y el cocodrilo no se diferencian
+más que en el nombre. Aquí está don Lorenzo que ha viajado, y puede
+decir si no es verdad.
+
+—El caimán es algo más pequeño—expresó don Lorenzo con sonrisa
+conciliadora.
+
+—El tamaño es de poca importancia. La cuestión es saber si tiene o no
+la misma figura.
+
+Don Lorenzo se inclinó en señal de asentimiento. Maza saltó, hecho una
+furia:
+
+—Pero, señores. ¡Pero, señores! ¿Estamos entre personas ilustradas o
+entre aldeanos? ¿De dónde sacan ustedes que caimán es lo mismo que
+cocodrilo? El cocodrilo es un animal del Mundo Viejo y el caimán es del
+Nuevo Mundo.
+
+—Dispénseme usted, amigo Maza; yo he visto cocodrilos en
+Filipinas—manifestó don Rudesindo.
+
+—¿Y qué quiere usted decir con eso?
+
+—Como usted decía que los cocodrilos no se crían en el Nuevo Mundo...
+
+—¡Otra que tal! ¿Las Filipinas son del Nuevo Mundo? Señores, ¡señores!
+hay que abrir los paraguas. Hoy llueven aquí burradas.
+
+—Pues qué, ¿Filipinas querrá usted decirme que no es
+Ultramar?—preguntó don Rudesindo con la faz descompuesta.
+
+—¡Nada, nada, siga el chaparrón!
+
+—La diferencia principal, señores, que existe entre el cocodrilo y el
+caimán—dijo a esta sazón con autoridad don Lorenzo—es que el cocodrilo
+tiene tres carreras de dientes y el caimán sólo tiene dos.
+
+—¡No es eso, hombre, no es eso! Los cocodrilos tienen las mismas
+carreras de dientes que los caimanes.
+
+Don Lorenzo sostuvo con brío su aserto. Le ayudó en la defensa don
+Rudesindo. Maza le atacó con no menos fuego, apoyado por Delaunay.
+Pronto entraron en liza otros cuantos socios generalizándose el combate,
+que fué haciéndose cada vez más vivo. Las voces eran horrendas. Si
+hubieran poseído tres carreras de dientes como los cocodrilos, o aunque
+fuesen dos, no dudo que se devorarían, dada la rabia y el coraje con que
+se enseñaban la única con que la Naturaleza les había dotado. Maza
+estuvo tan procaz, tan insolente, que al fin don Rudesindo, sin ser
+dueño de sí, le descargó un paraguazo en la cabeza. Siguióse a éste una
+granizada de ellos entre los contendientes, con un pavoroso estruendo de
+ballenas y varillas de alambre que daba escalofríos al varón más
+arriscado. Muchos, que no se habían acordado siquiera de emitir su
+opinión sobre la dentadura de los reptiles citados, recibieron su parte
+alícuota de paraguazos, lo mismo que los que más habían esclarecido la
+cuestión con sus discursos. Subieron del café el amo con algunas otras
+personas; suspendieron los indianos del billar su juego; terció don
+Melchor de las Cuevas, de quien así en guerra como en paz se hacía mucho
+caso. Al cabo se logró apaciguar el alboroto ya que no concertar las
+voluntades, hacía algunos meses resfriadas.
+
+El resultado fué que desde aquel día Gabino Maza, Delaunay, don Roque,
+Marín y otros tres o cuatro socios más, se retiraron del Saloncillo. Don
+Pedro Miranda siguió asistiendo con largos intervalos de ausencia. Esto
+hacía presumir a los tertulios restantes y a los redactores del _Faro_
+que no podía contarse con él, y que no tardaría mucho en caer del lado
+contrario. Como sucedió en efecto. Los disidentes empezaron a reunirse
+en el café de Londres situado en la calle de Caborana. Pero no muchos
+meses después corrió por la villa la noticia de que alquilaban un
+almacén en la calle de San Florencio para establecer sus reuniones. Y
+así fué. Lo entarimaron, lo alfombraron, después pintaron sus paredes y
+su techo, amuebláronlo con algunas sillas y butacas, pusieron mesas de
+tresillo y comenzaron a asistir tarde y noche a aquel sitio tan
+asiduamente como antes al Saloncillo. Por ser bajo de techo y tener
+embutida en la pared una litera que sirvió para dormir la siesta Marín,
+empezó a llamarse a aquel sitio en la población el _Camarote_, y este
+nombre le quedó. Los del _Faro_, que habían desdeñado a los desertores
+mientras no tenían techo donde guarecerse, entraron en cuidado. El
+primer síntoma de temor fué una gacetilla o _novela a la mano_ en
+verso-prosa describiendo aquella nueva tertulia y pintando a cada uno de
+sus socios con nombres de animales; Maza la víbora, Delaunay un gallo
+belga, Marín el jumento, don Roque el cerdo, etcétera, etc. Esta
+gacetilla exasperó a los del Camarote de un modo indecible.
+
+Don Rosendo continuaba cada vez más pujante y empeñado en su campaña
+periodística. Introducía en el _Faro_ todas aquellas formas y maneras
+que observaba en la prensa nacional y extranjera, particularmente en la
+francesa. Había comisionado a un escritor de Madrid para que los
+miércoles le remitiese un telegrama de veinte palabras, y le escribiese
+además cartas políticas y literarias; traducía él todas las noticias
+curiosas que hallaba en los periódicos; hacía revistas de modas, de
+tribunales, de teatros (cuando había compañía). Pero donde más se
+distinguía era en las de mercados. No es fácil representarse la destreza
+con que manejaba, traía y llevaba los cereales, los aceites, los caldos
+y los arroces. Para que se vea con qué amenidad y galanura sabía tratar
+un asunto tan prosaico, diremos que en una ocasión escribía: «Las
+mieles, sensibles a estas alteraciones, se pronunciaron en baja y no
+alcanzaron estabilidad y firmeza en sus precios hasta que los cafés,
+los cacaos y demás géneros ultramarinos lograron reprimir sus vivas
+oscilaciones.» Era, en suma, el alma del periódico.
+
+No bastaba, sin embargo, lo que había hecho para ponerlo a la altura de
+su ideal. Belinchón siempre había seguido con vivísimo interés en los
+periódicos de París aquellas polémicas personales que rara vez dejaban
+de terminar con un duelo. Y las peripecias de éste, contadas
+minuciosamente por algún testigo, le placían tan extremadamente, que
+ninguna comida había para él tan sabrosa, ni más grato recreo. Cuando
+pasaban muchos días sin desafío, don Rosendo languidecía. Las
+descripciones de los asaltos de armas entre los célebres tiradores de la
+capital de Francia, excitaban también grandemente su curiosidad. Y
+aunque un poco se le enredaban en el magín aquellas frases técnicas
+_engagement de sixte, battement en quarte, contre-riposte, feinte_,
+etc., allá las traducía a su modo y se daba por enterado. Decía él que
+en ningún signo se conocía mejor el grado de cultura de un país que en
+la afición a las armas. El manejo de ellas despertaba o avivaba la idea
+del honor y la dignidad humana. Su abandono arrastraba consigo la
+cobardía y la degradación. Conocía mejor que sus parientes la biografía
+de los grandes duelistas y _gens des armes_ de París. Podía describir
+con pelos y señales los desafíos que habían tenido y la gravedad de las
+heridas. En cuanto se anunciaba un asalto entre dos maestros, por
+ejemplo Jacob y Grisier, ya estaba nuestro caballero excitado. Abría con
+precipitación todos los días el _Fígaro_ y apostaba en su interior por
+uno o por otro.
+
+Un día se le ocurrió en la cama (donde le asaltaban siempre las grandes
+ideas) que ser periodista sin conocer las armas o manejarlas, era lo
+mismo que ser bailarín y no tocar las castañuelas. El día menos pensado
+se suscitaba un lance, había que acudir al terreno, y él no sabía
+siquiera ponerse en guardia. Verdad que en todo Sarrió no había quien
+supiese más. Pero nadie tenía tanta obligación de conocer la esgrima
+como él. Además, el altercado podía ser con un periodista de Lancia o de
+Madrid, y entonces era preciso dejarse asesinar. Estas imaginaciones le
+llevaron a adoptar una resolución; la de aprender a toda costa a tirar
+el florete. ¿Cómo? Haciendo venir un maestro a Sarrió, ya que él no
+podía separarse de este punto. Sin comunicar el pensamiento con nadie,
+escribió a un amigo de París, el cual buscó en las salas de armas de
+esta ciudad algún auxiliar o _prevot_ que quisiera expatriarse. Al cabo
+de algún tiempo se halló uno que, mediante la cantidad de dos mil
+francos anuales, y dejándole libertad para dar lecciones, consintió en
+venir a establecerse en la villa del Cantábrico.
+
+Un día, con verdadera estupefacción del vecindario, se dijo que acababa
+de llegar en la goleta _Julia_ un profesor de esgrima, M. Lemaire, con
+el exclusivo objeto de enseñar el manejo de las armas a don Rosendo. Y,
+en efecto, pronto se vió a éste acompañado de un joven delgadito y
+rubio, de traza extranjera. La impresión fué honda. En los pueblos
+pequeños, donde la gente se pega de palos y bofetadas, la frialdad, la
+corrección y la gravedad de los duelos produce asombro y terror. Lo
+primero que se les ocurrió fué que don Rosendo deseaba matar a alguno.
+Sólo después de mucho tiempo comprendieron la razón de aquel
+aprendizaje.
+
+Don Rosendo lo tomó con el ardor y seriedad que merecía. Todos los días
+dedicaba un par de horas por la mañana, y otro por la tarde, a tirarse a
+fondo, que fué lo único que le permitió hacer el profesor en los dos
+primeros meses. El resultado notabilísimo de este ejercicio fué que al
+cabo de algún tiempo no sabía si sus piernas eran verdaderamente suyas o
+de otro bípedo racional como él. Tan agudas y vivas fueron las agujetas
+que le acometieron, que hasta cuando se hallaba durmiendo creía estar
+tirándose a fondo. Despertaba sobresaltado con terribles dolores en las
+articulaciones. ¡Luego aquel M. Lemaire era tan cruel! Nunca se daba por
+satisfecho del trabajo de las extremidades del buen
+caballero:—«_¡Plus! ¡plus! ¡Ancor plus saprísti!_» Y el mísero don
+Rosendo se abría, se abría de un modo bárbaro, inconcebible, percibiendo
+la grata sensación de si le aserraran el redaño. Terminado tan noble
+ejercicio, el señor Belinchón se veía necesitado a ir cogido a las
+paredes para trasladarse de un sitio a otro, formando un ángulo de
+ochenta grados con el suelo. Desde allí, hasta el fin de sus días, el
+glorioso fundador de _El Faro de Sarrió_ siempre anduvo más o menos
+esparrancado.
+
+Pero este tormento, aunque nada tenía que envidiar a los de los mártires
+del Japón, padecíalo, si no con gusto, con varonil entereza. Pensaba que
+siempre ha costado enormes sacrificios civilizarse y civilizar un país.
+Al cabo de los dos meses comenzó el eterno _tic tac_ de los floretes.
+Pero sin abandonar por eso el tormento de las piernas. Don Rudesindo,
+Alvaro Peña, Sinforoso, Pablito, el impresor Folgueras y algunos otros,
+tomaban lección al mismo tiempo. En la sala, las impresiones bélicas
+subyugaban de tal modo a los tiradores, que guardaban solemne silencio.
+No se oía más que la voz áspera de M. Lemaire repitiendo sin cesar y de
+un modo distraído:—_En garde vivement—Contre de quarte.—Ripostez...
+¡Ah bien!—En garde vivement.—Contre de sixte. Ripostez... ¡Ah
+bien!—Parez seconde.—Rispostez ¡Ah bien!_ Don Rosendo se creía
+trasladado a París, y veía en don Rudesindo, Folgueras y Sinforoso, a
+Grisier, Anatole de la Forge y el barón de Basancourt. _El Faro_ no era
+_El Faro_, sino _Le Gaulois_ o _Le Journal des Debats_.
+
+Al cabo de cinco meses, se mantenía bastante bien en guardia, paraba los
+golpes rectos, atacaba con furia y saltaba hacia atrás con maestría.
+Creyó llegado el caso de dar un escándalo. Era necesario que la
+población se persuadiese de que los dos mil francos asignados al
+profesor no eran enteramente perdidos.. Además convenía ir introduciendo
+en ella el gusto por estos refinamientos de las grandes capitales. ¿Pero
+con quién tener _affaire_ en Sarrió? Aunque buenas ganas se le pasaban
+de desafiar a alguno de los del Camarote, comprendía que el único capaz
+de batirse era Gabino Maza. A éste le tenía una migajita de respeto,
+sobre todo desde que había oído decir al profesor que en los duelos era
+preciso tener mucho cuidado con los hombres violentos, aunque no
+supiesen esgrima. Después de largas y profundas meditaciones imaginó que
+lo mejor era provocar un lance con algún periodista de Lancia
+aprovechando la polémica que el _Faro_ venía sosteniendo con el
+_Porvenir_, acerca de cierto ramal de carretera. Y como lo pensó lo
+hizo. En el primer número se mostró tan agresivo, tan insolente con el
+periódico de la capital, que éste, sorprendido e indignado, contestó que
+ciertas frases del _Faro_ no merecían sino el desprecio. En su
+consecuencia, don Rosendo comisionó a sus amigos Alvaro Peña y Sinforoso
+Suárez «para que fueran a entenderse» con el director del _Porvenir_. Se
+trasladaron a Lancia y regresaron el mismo día. El señor Belinchón al
+verles llegar deseaba ya ardientemente que el asunto se hubiese
+arreglado sin necesidad de duelo, a pesar de ser él quien lo provocara.
+Nuevo testimonio de su grandeza singular de alma y de la exquisita
+sensibilidad de que estaba dotado. Por desgracia el director del
+_Porvenir_ se había mantenido firme. Los testigos convinieron un duelo a
+sable que debía realizarse al día siguiente, en una posesión de las
+cercanías de Lancia.
+
+Nuestro héroe, al saberlo, sintió que las piernas le flaqueaban, no de
+temor, que esto ninguno osará siquiera imaginarlo, sino por la emoción
+de verse tan próximo a ser objeto de la curiosidad y expectación
+públicas, no sólo en la provincia, sino en España entera. Cuando
+caminaban hacia casa, Peña le dijo con ruda franqueza:
+
+—Los padrinos de Villar querían que se cortasen las puntas a los
+sables; pero yo me opuse. «No, no, dije, conozco bien a don Rosendo, y
+es hombre que aborrece las niñerías. No se puede jugar con él. Cuando se
+mete en un lance de éstos, es menester que vaya todo muy serio. Estoy
+seguro de que si cortásemos las puntas, tendría con él un disgusto...»
+¿No he interpretado bien su deseo?
+
+—Perfectamente. Muchas gracias, Alvaro—respondió el señor de Belinchón
+alargándole una mano que Peña halló demasiadamente fría. Y añadió con
+voz débil:—Aunque se limasen un poquito las puntas, ¿sabe usted? no
+tendría inconveniente en aceptarlo... El asunto, después de todo, no
+exige precisamente que sea a muerte.
+
+—No me atreví siquiera a aceptar eso. Como no conocía la opinión de
+usted, tenía miedo que le disgustase...
+
+—Nada, nada, pues por mí no hay inconveniente en que se limen.
+
+—Ahora ya no puede ser. Están concertadas las condiciones. A menos que
+ellos lo propongan de nuevo, las puntas irán afiladas. A usted le
+conviene mucho porque tira el florete...
+
+—Precisamente por eso. Yo no quisiera llevar ventaja alguna a mi
+adversario.
+
+Peña guiñó el ojo con malicia.
+
+—No sea usted tan escrupuloso, don Rosendo. Si usted puede ensartarlo
+_¡fiiit!_ como un pajarito, no deje de hacerlo.
+
+Estas últimas palabras las acompañó el ayudante con un gesto expresivo,
+traspasando el aire con los dedos de punta, lo mismo que si los
+estuviese introduciendo por un cuerpo humano.
+
+Don Rosendo hizo un gesto de repugnancia, y guardó prolongado silencio.
+Al cabo, manifestó sordamente:
+
+—Lo que sentiré es que estas malditas agujetas no me permitan tirarme a
+fondo.
+
+—¡Ca, hombre, ca! Pierda usted cuidado. Mientras dure el lance, no
+sentirá usted dolor alguno en las piernas. ¿No le ha sucedido dejar de
+sentir el dolor de una muela en el momento de llamar a la puerta del
+dentista para sacarla?
+
+Este símil consolador produjo inmediatamente en el ayudante un acceso
+de risa, que duró buen rato. Belinchón se mantuvo grave y sombrío, como
+deben estarlo los héroes la víspera del combate.
+
+La noticia corrió como una chispa eléctrica por la población. El pasmo
+de los vecinos era indescriptible. A ninguno le cabía en la cabeza que
+una persona, entrada ya en años, con hijos casados, fuese a darse de
+sablazos con otra por cuestión de un ramal de carretera. Sin embargo, el
+partido que Belinchón acaudillaba admiraba la decisión y el valor de su
+jefe. Este, por la noche, tuvo una espantosa pesadilla. Soñó que el
+sable del director del Porvenir le abría por el medio. Una mitad se la
+llevaba el vencedor como trofeo. A Sarrió sólo volvió la otra mitad. Sus
+mismos gritos le despertaron. A doña Paula, que dormía a su lado, la
+aterraron de tal modo, que fué necesario acudir al antiespasmódico.
+Belinchón, con la fortaleza de los temperamentos heroicos, no dijo nada
+a su consorte. Lo que hizo fué beber un trago del antiespasmódico.
+
+Al día siguiente salió en coche para Lancia, acompañado de Peña,
+Sinforoso, don Rufo y dos sables de tiro. A la salida de la villa, en la
+carretera, más de cien personas le despidieron. Ante aquella
+manifestación de cariño, don Rosendo se sintió enternecido.
+
+—¡Buena suerte!—Pongan ustedes telegrama, ¿eh?—No se diga que Sarrió
+queda por debajo de Lancia.
+
+Don Rosendo fué estrechando con emoción las manos de sus partidarios.
+Todos se le ofrecían para acompañarle, y le prometían venganza para el
+caso de perecer en la lucha.
+
+Al fin llegaron a la quinta designada, y se avistaron con el enemigo.
+Los testigos platicaron, midieron los sables, y los pusieron en manos de
+los contendientes. La fisonomía de éstos tenía el color adecuado a
+semejantes solemnidades; esto es, un verde botella, que a intervalos
+tomaba visos anaranjados.
+
+Una vez en guardia, y dada la voz de atacar, comenzaron ambos a tentarse
+los sables metódicamente, primero de un lado, después de otro, con un
+lúgubre sonido que ponía espanto. Al cabo, Villar se arrojó a
+levantarlo para herir en la cabeza a su adversario... Pero ¡ca! don
+Rosendo dió un salto tan prodigioso hacia atrás, que los testigos se
+miraron unos a otros llenos de asombro. Villar, pasmado también, esperó
+a que su contrario se acercase de nuevo. Volvieron al lúgubre _tic tac_.
+Don Rosendo, al cabo de otro rato, alzó el sable... Villar,
+instantáneamente dió otro brinco verdaderamente sobrenatural, que
+sobrepujó en mucho al primero. Creyeron que salía de la quinta. Los
+testigos se miraron todavía con mayor asombro.
+
+La pelea duró, en esta forma, más de media hora. Durante ella, don
+Rosendo gritó una vez:
+
+—¡Alto!
+
+—¿Qué hay?—preguntaron los testigos acercándose.
+
+—Que me parece que el sable del señor ha perdido la punta.
+
+Se reconoció el sable de Villar, y se vió que no era verdad. Este rasgo
+de caballerosidad, más propio de la Edad Media que de nuestros tiempos,
+elevó a don Rosendo, en el concepto público cuando se supo, a la altura
+de los héroes legendarios, Roldán, Bayardo y Bernardo del Carpio.
+
+El combate terminó cuando el sable de Villar, sin intención ninguna,
+tropezó con la frente de Belinchón. Fué un simple rasguño; pero los
+padrinos dieron por terminado el lance. Don Rufo colocó un gran pedazo
+de tafetán inglés sobre la herida. El herido dió la mano noblemente a su
+contrario. Se envió un telegrama a Lancia, para que lo pusiesen a
+Sarrió. Almorzaron todos juntos alegremente, y durante el almuerzo, los
+campeones se comunicaron con gran expansión los golpes que se tenían
+destinados, y que por falta de oportunidad no habían podido ejecutar.
+
+—Hombre, si no llega usted a romper a tiempo, le parto la cabeza en
+dos. Finta de una dos a la cara, estocada al pecho y cuchillada a la
+cabeza—decía don Rosendo, engullendo un soberbio trozo de merluza.
+
+—Pues no lo hubiera usted pasado mejor si llego a hacer una combinación
+que tenía meditada—contesta Villar.—Amago la faja ¡pin! Ataco en falso
+a la cabeza ¡pin! Usted me contesta al brazo ¡pin! Yo hago una dos a la
+cara ¡pin! Usted contesta a la cabeza ¡ pin! Yo paro y contesto al brazo
+¡pin!...
+
+Aquí el director del _Porvenir de Lancia_, que mientras describía su
+famoso y complicado golpe no dejaba de engullir trazando a la vez
+círculos en el aire con el tenedor, se atragantó con una espina,
+poniéndose súbito más rojo que una guinda. Hubo que sacarle al fresco.
+Don Rosendo fué quien le dió los puñetazos consabidos en la espalda para
+que arrojase la espina. ¡Espectáculo hermoso y ejemplo de hidalguía que
+no podrá olvidarse jamás!
+
+Terminado el almuerzo, don Rosendo y sus compañeros montaron en el
+carruaje y se restituyeron a Sarrió. Más de media población, prevenida
+ya por el telegrama, les esperaba en las afueras. Un grito de júbilo se
+escapó de todos los pechos al aproximarse el carruaje. Don Rosendo,
+conmovido, sacó la cabeza por la ventanilla y se quitó el sombrero
+ostentando el pedazo de tafetán inglés. A su vista, el público lanzó un
+¡hurra! formidable. El vehículo fué escoltado por la muchedumbre. El
+fundador del _Faro_, aclamado al entrar en su casa, se vió precisado
+después a asomarse al balcón, donde fué nueva y calurosamente vitoreado.
+Por la noche, sus amigos le obsequiaron con una serenata.
+
+
+
+
+XII
+
+CÓMO SE DIVERTÍA PABLITO
+
+
+—Convendría ponerle una barbada suave—dijo Pablito.
+
+—O un filete—respondió Piscis gravemente.
+
+Ambos guardaron silencio. Pablito exclamó:
+
+—¡Maldita yegua! No he visto en mi vida boca más dulce.
+
+—Una seda—replicó su amigo con acento de inquebrantable convicción.
+
+Otro rato de silencio.
+
+—¿Crees que debemos darle más picadero?
+
+—El picadero no sobra a ningún animal—gruñó Piscis con el mismo
+convencimiento.
+
+—Conviene trabajarla en el trote.
+
+—Conviene mucho.
+
+Mientras así platicaban, dirigíanse los inseparables équites a paso
+lento desde las cocheras de don Rosendo, sitas en un extremo de la
+villa, al otro extremo de ella, atravesándola por el medio. Eran las
+diez de la noche; la temperatura suave, de primavera. Los pocos
+transeuntes que por las calles quedaban, dirigíanse a paso rápido hacia
+su domicilio. Únicamente permanecían abiertas las tiendas donde se hacía
+tertulia, la de Graells, la de la Morana, y tal cual estanquillo. En el
+Camarote había mucha luz y gran animación. Pablito, en quien germinaban
+los rencores de su padre, le dijo a su amigo al pasar frente a la
+aborrecida tertulia:
+
+—Piscis, tira una pedrada a esa puerta, y rómpeles los cristales.
+
+Piscis, siempre terrible, agarró un guijarro de la calle, esperó a que
+su amigo doblase la esquina, y ¡zas! lo encajó dentro del Camarote,
+haciendo polvo los cristales. Luego se dió a correr. Para que no le
+conociesen los que salieran en su persecución, se dejó caer sobre las
+manos, corriendo en cuatro pies con habilidad pasmosa.
+
+En el café de la Marina había también alguna gente. Entraron en él y
+bebieron en silencio sendas copas de _chartreuse_, sin que por eso los
+cerebros dejasen de trabajar activamente. Al levantarse Pablito, dijo:
+
+—Lo mejor será engancharla con el Romero.
+
+—Eso mismo estaba pensando yo—profirió con fuego Piscis.
+
+Después que hubieron salido, éste preguntó, no con palabras, sino con
+una horrible mueca, a dónde iban.
+
+—Allá.
+
+—Bueno; entonces al pasar por delante de casa recogeré el roten.
+
+Dejaron atrás las calles principales, no sin que Piscis se detuviese en
+su domicilio un instante, para dar cumplimiento a lo que acababa de
+manifestar. Muy pronto alcanzaron las extremidades de la villa, donde
+habitaban, por regla general, los menestrales. Detuviéronse en cierta
+calle, tan solitaria como sucia, frente a una casa de pobre apariencia
+con tosco corredor de madera. Pablito miró a todos lados por precaución,
+y dejó escapar un silbido suave y prolongado con la maestría que le
+caracterizaba en este ramo del saber humano. Después dijo mirando con
+inquietud al farol que ardía unos cincuenta pasos más allá:
+
+—¡Si pudiéramos apagar ese farol!
+
+El terrible Piscis se destacó acto continuo, trepó por la esquina de la
+pared y con su bastón lo apagó al instante, rompiendo, por supuesto, el
+tubo.
+
+Un bulto de mujer apareció en el corredor. Pablito se cogió de un salto
+a las rejas. Luego escaló por ellas y montándose en la baranda, se
+introdujo sin hacer ruido en él. Piscis comenzó a hacer la guardia desde
+la esquina, armado de su formidable garrote.
+
+¿Quién era la mujer que en aquel momento obtenía los favores del sultán
+de Sarrió? La blonda Nieves, responderán a una voz cuantos hayan seguido
+el curso de esta verídica historia. Aunque sintamos ofender la
+perspicacia de nuestros lectores, la verdad nos obliga a declarar que la
+damisela del corredor no era la blonda Nieves, sino la blonda Valentina.
+
+¿Cómo? ¿Aquella arisca costurera tan enemiga de los señoritos y que
+además tenía un novio llamado Cosme?
+
+La misma en cuerpo y alma, con sus rizos dorados sobre la frente, su
+entrecejo saladísimo y nariz un poquito remangada. Pablito era hombre
+para hacer estos y otros mayores milagros. Mientras seguía o aparentaba
+seguir sus amoríos con Nieves, ya «le estaba poniendo los puntos» a
+Valentina. Pero ésta se resistió mucho más que aquélla. Al primer beso
+que le robó sobre la nuca estando bebiendo agua en la cocina, la
+arriscada costurera «le armó un escándalo». Se puso roja como una
+cereza, chispearon sus ojos expresivos con ira, y le gritó:
+
+—¡Cuidadito, que yo no sufro esas cosas!... Vaya usted a hacerlas con
+las que se lo aguanten.
+
+Esto iba sin duda con Nieves. Pablito obró con más cautela en adelante,
+aunque no con menor osadía. Dondequiera que la encontraba requebrábala a
+su manera, bromeaba, sufría con paciencia sus «patas de gallo». Porque
+era Valentina el tipo de la artesana de Sarrió, en quien la falta de
+educación es una gracia más que añadir a las muchas que poseen.
+Concluído el equipo de Ventura, y no teniendo ocasión de verla, Pablito
+aprovechaba los bailes de las Escuelas para seguir festejándola.
+
+Mas no por eso abandonaba a Nieves. El gallardo mancebo adivinaba que el
+amor propio excitado por la competencia, haría más en su favor que las
+mismas ventajas personales de que estaba dotado. Esta perspicacia era
+innata en él. Se había manifestado claramente desde que había enamorado
+a la primera mujer. Lo cual es un argumento más para los que creen en la
+preexistencia del ser humano. Porque sólo habiendo seducido muchas
+costureras en vidas anteriores, pudo nuestro mancebo poseer una noción
+tan exacta del procedimiento adecuado a este fin.
+
+Al fin se había rendido. Principió por abandonar a su novio. Concluyó
+por dar citas de noche como la presente al gallardo Pablito.
+
+—¿Duerme tu padre?—fué la primer pregunta que éste hizo en cuanto se
+vió en el corredor.
+
+—¿Qué te importa?—respondió la resuelta costurera.
+
+—Es que si no duerme... ya ves... ¡Cáspita, la cosa es grave!
+
+—Calla, cobarde; ¡vergüenza había de darte! Voy a hacer ruido por el
+gusto de verte correr.
+
+Pablito la estrechó entre sus brazos y le dió una razonable cantidad de
+besos. La joven sonreía dichosa. Mas de pronto su frente se arrugó; su
+fisonomía expresó una gran severidad.
+
+—¡Quita, quita!—dijo rechazándole.—Tengo que hacerte una pregunta.
+¿Dónde has estado esta mañana?
+
+—¿Esta mañana?... En muchas partes. En casa, en el Saloncillo, en la
+cochera... en la punta del Peón...
+
+—¿No has estado en la calle de San Florencio?
+
+—Sí; he pasado por allí dos o tres veces.
+
+—¿Y a quién has encontrado?
+
+—¡Chica, qué sé yo!... A mucha gente.
+
+—¿No has encontrado a Nieves?—preguntó con reprimida cólera la gentil
+costurera.
+
+—Sí, la he encontrado—respondió él con acento indiferente.
+
+—¿Y no te has parado con ella?
+
+—No; la he dicho simplemente adiós.
+
+—¡Embustero! ¡hipócrita! ¡tío silbante!—exclamó con furia
+Valentina.—¡Toma, por zorro! (arrimándole un terrible pellizco en el
+brazo). ¿Conque le has dicho adiós solamente y te has estado más de una
+hora con ella? ¡Toma, trapacero! ¡toma!
+
+Y le descargó sobre los brazos una granizada de pellizcos. El buen Pablo
+se retorcía de dolor, pero sin gritar, porque respetaba mucho el sueño
+del papá de la feroz muchacha.
+
+—Por Dios, Valentina, si estás equivocada... No fué más que un instante
+para preguntarle si había concluído de bordar mis pañuelos...
+
+—¡No está mal instante! ¡Una hora por el reloj plantado con ella,
+riendo como locos!... Me están dando ganas de ahogarte entre mis manos,
+¡zorro! ¡zorro! ¡más que zorro!
+
+La enojada chica, cada vez más poseída de la ira, echó las manos al
+cuello a su galán, y estuvo a punto de estrangularle.
+
+Daba compasión ver a un tan apuesto y gentil mancebo con la lengua fuera
+y los ojos llenos de espanto. Valentina tuvo, en efecto, lástima de él,
+y le dejó; pero todavía le retorció el pellejo de los brazos unas
+cuantas veces.
+
+—A mí no se me engaña, ¿lo sabes? ¡A mí no se me engaña! Si vuelvo a
+saber que has estado con ella, excusas de venir más por aquí.
+
+—Bueno, te prometo no hablarla más; pero no vayas a hacer caso del
+primer cuento que te traigan.
+
+—¿Cumplirás la palabra?—preguntó la cruel costurera mirándole
+airadamente.
+
+—Pierde cuidado.
+
+—Cuenta conmigo si no la cumples. ¡Alza!
+
+De este modo apacible y tierno, trataba Valentina al tenorio de Sarrió.
+El, cuando daba cuenta de tales tratos a Piscis o a algún otro amigo,
+sonreía como hombre de mundo; afirmaba que estas mujeres irascibles y
+altivas, son las que más deleites proporcionan a los hombres, sobre todo
+a los que como él estaban ya un poco gastados.
+
+Después que hicieron las paces, o por mejor decir, después que Valentina
+otorgó la paz, hubo un cuchicheo que duró no sabemos cuánto. Después no
+se oyó nada, y hasta sería fácil que tampoco se viese gran cosa. El
+corredor estaba como si no hubiese nadie en él. Si no fuese porque es
+muy feo mancillar la honra de una muchacha, podríamos sospechar que la
+amartelada pareja se había metido en lo interior de la casa.
+
+Piscis, en tanto, hacía la centinela paseando a lo largo de la calle. Y
+el caso es, que no era sólo él quien la hacía. Un hombre estaba
+apostado, desde que ellos habían llegado, en el hueco de una puerta
+donde las sombras se espesaban. Inmóvil y protegido por la obscuridad,
+no pudo ser visto de Piscis. Aprovechando un momento en que éste paseaba
+de espaldas a la casa, el hombre salió de su escondite y se acercó
+sigilosamente a ella. Miró hacia el corredor y vaciló unos segundos.
+Esto fué lo que le perdió. Cuando dió el salto para cogerse a las rejas,
+el terrible Piscis se había vuelto ya y le vió. De dos brincos se plantó
+debajo del corredor, antes que el intruso pudiera montar sobre la
+barandilla, y con su famoso roten, le descargó en las espaldas tal
+garrotazo, que el pobre hombre soltó las manos y se dejó caer al suelo.
+Quiso repetir el feroz centauro, pero el hombre se levantó con agilidad
+y se dió a correr de tan prodigiosa manera, que el segundo garrotazo lo
+dió en el suelo, y en cuanto al tercero ni lo intentó siquiera.
+
+—¡Mal rayo!—rugió Piscis.
+
+Este rugido debió de llegar a oídos de su feliz amigo, porque algunos
+segundos después montaba sobre la barandilla y se apeaba bonitamente en
+la calle.
+
+—¿Qué hay?—preguntó, acercándose a su Orestes.
+
+—Un hombre.
+
+—¿Dónde?—volvió a preguntar el seductor ansiosamente, girando dos
+veces en redondo.
+
+—Ya escapó. Le atrapé en el momento de subir al corredor, y le tiré al
+suelo de un palo... Luego echó a correr... ¡Mal rayo! Ni el Romero a
+todo escape lo alcanzaba.
+
+—Ese hombre—profirió Pablito sordamente—debe de ser un novio que
+tenía Valentina hace algún tiempo... ¿Qué trataría de hacer?
+
+—Pues si era el novio, como no fuese para darte una puñalada, no sé a
+qué había de subir.
+
+Pablito echó el brazo por encima del hombro a su amigo, no para
+sostenerse, aunque las corvas un poco se le doblaban, sino para decirle
+con voz apagada:
+
+—¿Crees eso?
+
+—Una... o dos, o tres...
+
+El bello mancebo guardó silencio. Al cabo de un momento le preguntó:
+
+—¿Tú le conoces?
+
+—Yo no, ¿y tú?
+
+—No le he visto nunca: sólo sé que se llama Cosme, y que es barbero.
+
+Alejáronse en silencio de la calle y en silencio llegaron hasta casa de
+Belinchón. Allí, al despedirse, Pablito dijo a su amigo:
+
+—Si vuelvo por allá (que lo dudo), me harás el favor de no perder de
+vista el corredor, ¿verdad?
+
+—A perro puesto—se limitó a contestar el indomable Piscis.
+
+Al día siguiente era domingo y se celebraba en las Escuelas el baile
+acostumbrado de todas las semanas. Se bailaba por la tarde, de tres a
+siete. El salón era espacioso, construído hacía pocos años para escuela
+de niños. Los bancos de éstos se amontonaban en la plataforma destinada
+al maestro. Las paredes estaban tapizadas de carteles. Los adoradores de
+Terpsícore, mientras bailaban la habanera lánguida, podían distraerse
+leyendo en ellos una porción de inestimables consejos encaminados a
+demostrar que la virtud y el trabajo son los verdaderos tesoros del
+niño: _El niño estudioso recibirá el premio de su aplicación. La fe y la
+constancia suplen al talento._ Y allá en el fondo, sobre la mesa del
+maestro, la imagen de Cristo crucificado, ¡oh vilipendio! tapada con
+una cortina de seda, presidía aquellas habaneras voluptuosas y
+furibundas polkas.
+
+Era el sitio donde sin temor al agua ni al sol, los extranjeros podían
+ver y admirar en seductor ramillete a las _yeung girls_ de Sarrió. Y en
+efecto, allí acudían todos los capitanes y pilotos que hacían escala en
+la villa. Su admiración a veces, rebasando un poco los límites de la
+gravedad británica, les impulsaba a aproximar demasiado las luengas
+barbas rubias al rostro de alguna bella.
+
+—¿Usted es bobo, cristiano?—preguntaba ella poniéndole la mano en el
+pecho y rechazándole con fuerza.
+
+—¡Crijstiano!... ¡crijstiano!—repetía con asombro el inglés.—¿Qué ser
+crijstiano?
+
+—Hombre de Cristo. ¿No sabe la _dotrina_? ¡Pus depréndala!
+
+Cuando estaban de ver aquellas preciosas damas, era de cinco a seis de
+la tarde, hora en que ya llevaban bailados cuatro o cinco valses y otras
+tantas polkas. La sangre bien batida, teñía de vivo carmín sus mejillas
+frescas. Los rubios o negros cabellos en grato desorden, se
+desparramaban por el espacio o bien caían en adorables bucles por la
+espalda; los ojos brillaban como luceros en aquellos rostros
+celestiales; los labios rojos y húmedos se entreabrían para dejar ver el
+aljófar inmaculado de sus dientes. Y basta, porque no concluiríamos
+nunca. En esto de admirar a las artesanas de Sarrió, no hay inglés que
+nos ponga el pie delante.
+
+En el elemento femenino de los bailes había siempre perfecta
+homogeneidad: todo él se componía de jóvenes situadas en el mismo
+peldaño de la escala social. Pero en lo que toca al masculino, existía
+peligrosa variedad: acudían a aquel sitio los jóvenes artesanos y los
+señoritos de Sarrió. Los primeros creían vulnerados sus derechos por la
+competencia de los señoritos; tanto más, cuanto que ésta era para ellos
+desastrosa, por los repetidos ejemplos de uniones desiguales que se
+efectuaban en la villa. Ya hemos dicho, y si no, lo decimos ahora, que
+los indianos se quedaban con el contingente de señoritas más o menos
+amojamadas, más o menos pobres que existían en la población. Los jóvenes
+de la clase media, vencidos en esta competencia se refugiaban en las
+artesanas, y no lo pasaban mal. Pero los pobres obreros o marineros,
+vencidos por los señoritos, ¿dónde se refugiaban? No les quedaba más
+recurso que la taberna y los palos. De éstos había en cada baile una
+cantidad verdaderamente fantástica. Raro era el domingo en que no salían
+de las Escuelas dos o tres señoritos con la cabeza rota.
+
+Pablito había librado, hasta entonces, bastante bien, gracias a su
+fidelísimo Piscis, que se encargaba de llevar por él los garrotazos que
+se le destinaban. El único contratiempo que padecía en la mayor parte de
+las reyertas, era la pérdida del sombrero. Esto fué tan repetidas veces,
+que vino a averiguarse que le buscaban quimera para que lo perdiese.
+Cuando un artesano necesitaba sombrero, ya sabía dónde buscarlo.
+
+Pero Piscis no pudo librarle de ciertas bofetadas que recibió la tarde
+de aquel domingo; no por falta de voluntad en el centauro, sino porque
+hay cosas que no pueden ser... vamos, que no pueden ser. ¡Cuán ajeno
+estaba el gallardo mozo al retorcerse las guías del bigote frente al
+espejo y aliñarse las mejillas con un jaboncillo que se hacía traer de
+Madrid, que una hora después habían de ser tan fiera y cruelmente
+machacadas!
+
+Paseábase por el medio del salón tan apuesto, tan bizarro, que daba
+gloria verlo. Miraba cuándo a un lado, cuándo a otro, como hacen todos
+los hombres de verdadero ingenio en estos casos. De vez en cuando, al
+cruzar al lado de una damisela, la decía:—«¡Usted tan bonita, Julia!» O
+bien: «Me están matando esos ojos» o «Como Torcuata no la hay en
+Sarrió», u otra frase feliz por el estilo que encendía en puro gozo a la
+doncella. Pero al dejarla escapar, no perdía un punto, de su gravedad.
+Porque sabía que ésta era una de sus cualidades sobresalientes y que le
+hacían más apetecible al bello sexo.
+
+Esperaba hacía rato a Valentina. Pero ya estaba el salón poblado de
+damas, y la fementida orquesta de metal había tocado dos bailables, sin
+que la costurera gentil hubiera hecho su aparición en el baile.
+Volvieron a sonar los acordes de una mazurka. La juventud dorada tornó a
+estrechar los talles esbeltos de las hijas del pueblo. Pero nuestro
+Pablito, fiel a la suya, permanecía inactivo mirando cruzar por delante
+de él las parejas veloces.
+
+Terminada la mazurka le asaltó la idea de que Valentina ya no vendría.
+La tirantez de relaciones que mediaban entre ella y el autor de sus
+días, sobre todo cuando éste tenía algunos vasos de vino en el cuerpo,
+lo hacía muy verosímil. Pocos minutos después, Pablito estaba plenamente
+convencido de ello.
+
+Esta su disposición de espíritu coincidió con la entrada de la blonda
+Nieves en el salón. Sus miradas se encontraron. La pobre muchacha,
+villanamente abandonada no hacía siquiera dos meses, le sonrió con
+dulzura. Esta dulzura había sido precisamente la causa de su desgracia.
+El apuesto Pablito se cansaba pronto de las mujeres dulces. Sin embargo,
+devolvió la sonrisa, y al pasar a su lado, le dijo áticamente:
+
+—Te van a embestir los toros, Nieves.
+
+La bordadora traía un pañuelo rojo atado a la cintura. Esta frase de su
+ex galán le causó un efecto tan vivo, que no supo qué contestar. Sonrió
+de nuevo, y dijo: ¡ah!... ¡sí!... ¡no! y algunas otras partículas que no
+recordamos, y quiso desmayarse de emoción. A la vuelta siguiente le
+preguntó si quería bailar con él la primera polka. La primera, la
+segunda, la tercera, y todas las polkas que se toquen en el universo,
+respondió Nieves con el sí tembloroso que salió de sus labios. Después
+que comprometió la polka, Pablo sintió un gran arrepentimiento:—«¡Qué
+tonto, qué bruto soy! ¿Y si ahora llega Valentina?»
+
+Pero no llegó. La orquesta comenzó a preludiar los primeros compases. El
+joven, sin quitar los ojos de la puerta, abrazó el talle de la
+bordadora, lanzándose con ella en raudo vuelo por la sala. Otros
+jóvenes, no menos raudos, venían del lado opuesto, y ¡claro! un choque
+primero, después otro y después otro. Tales encuentros eran un atractivo
+más en aquellos bailes. Las jóvenes, a quienes apabullaban el peinado u
+obligaban a tambalearse, en vez de sentir enojo, reían a carcajadas con
+placer vivísimo. Pablo y Nieves, que no podían dar cuatro pasos sin
+tropezar con otra pareja, estaban verdaderamente hechizados. Sin
+embargo, el joven, siempre que pasaba por delante de la puerta, sentía
+un leve estremecimiento en las piernas, y se apresuraba a alejarse de
+ella. Cuando la orquesta se calló, llevó a su pareja hacia un ángulo de
+la sala, y allí departieron un momento de pie. Pablito sintió arder
+entre las cenizas de su amor una chispa de simpatía por aquella muchacha
+tan alegre, tan apacible, tan cariñosa.
+
+—Ya tenía deseos de bailar contigo, Nieves—le dijo mientras se
+limpiaba el sudor con el pañuelo.
+
+—Y yo con usted, Pablo.
+
+—¿Usted?
+
+La joven se ruborizó.
+
+—¿Has olvidado el tú ya?
+
+—¡Tanto tiempo se pasó!
+
+—Tienes razón... Pero mira cómo yo no lo he olvidado.
+
+—El miércoles le vi... te vi en la carretera de Nieva... Ibas en un
+caballo blanco...
+
+—Era una yegua.
+
+—Creí que te tiraba.
+
+—¡Tirarme!—exclamó Pablito frunciendo el entrecejo.—¡Afloja un poco,
+chica! A mí no me tira tan fácilmente una jaca.
+
+—¡Es que daba unos brincos tan grandes!... Se ponía así para arriba...
+¡Jesús! Yo estaba asustada.
+
+—Es que la estaba enseñando a levantarse de manos—repuso el joven
+sonriendo con superioridad.—Como no la han trabajado hasta ahora, se
+resiste un poquito. Alguna vez da sus botes de carnero; pero total
+nada... en el fondo es muy noble la Linda... Mira, tú, cuando la compré,
+o, por mejor decir, cuando la cambié por el Negrillo, dando mil
+quinientos reales encima, allá en el mes de octubre, bien te acordarás,
+tenía una porción de zunas. Se me plantaba a lo mejor en medio de la
+carretera, se espantaba con los carros... en fin, un animal perdido. Yo
+me dije: ¿qué hay que hacer con esta jaca?...
+
+Pablito, en cuyo pecho la joven había hecho vibrar la cuerda más
+sensible, disertó larga y luminosamente acerca de aquellos asuntos
+ecuestres. Nieves le escuchaba embelesada, enternecida, figurándose
+acaso que detrás de aquella descripción minuciosa de las zunas de la
+Linda iba a encontrar su amor perdido.
+
+De pronto, el orador ¡paf! recibe un golpe en medio de la cara; el
+auditorio ¡paf! recibe otro. Antes que se hubieran repuesto de la
+sorpresa, reciben otros dos ¡paf, paf!
+
+Era la colérica Valentina el autor de aquel daño. En menos de un minuto
+los llenó a ambos de bofetadas. Pablito no encontró mejor recurso que
+escabullirse bonitamente, y plantarse en la calle. Quedó Nieves como
+inocente paloma en las garras del gavilán. Pero éste, viendo que no
+podía saciarse, porque le sujetaron los brazos, se desprendió
+bravamente, dejó el salón, dónde se había armado el consiguiente jollín,
+y salió a la calle.
+
+Pablito caminaba a paso lento, harto sofocado aún, cuando sintió un
+terrible dolor en el brazo. Conocía tan bien aquel género de tormento,
+que sin volver la cara exclamó:
+
+—¡Valentina!
+
+—¡Yo soy! ¿Creíais que os ibais a reir de mí?
+
+—Lo que acabas de hacer es muy feo—profirió el joven con acento
+irritado, mirando a su querida cara a cara.—Has dado un escándalo, y
+me has puesto en ridículo. Yo no tolero eso, ¿lo oyes?
+
+—¿Que no lo toleras? Pues, mira; como vuelva a verte otra vez con ella,
+no me contento con lo que hoy hice... ¡Os clavo a los dos con una
+navaja!
+
+—Ya te librarás de hacer nada de eso, ni presentarte siquiera delante
+de mí cuando esté hablando con otra mujer—gritó el joven cada vez más
+enfurecido.
+
+—¡En cuanto te vea con esa pendanga! ¡Alza! ¡ya verás! ¡ya verás!
+
+Entonces el hermoso mancebo, justamente indignado, pero olvidando por el
+estado de ofuscación en que se hallaba todos los artículos del código de
+la galantería, descargó una bofetada en el rostro de su querida, y
+después otra, y después otra... en fin, una _sopimpa_ más que regular.
+La graciosa artesana se dejó solfear por su galán pacientemente, sin
+hacer la más leve señal de resistencia, ni siquiera de esquivar los
+golpes. Cuando Pablito cesó, le preguntó con deliciosa naturalidad:
+
+—¿Has concluído ya?
+
+—Por ahora... ¡pero me entran ganas de empezar otra vez!—rugió el
+mancebo ciego de cólera.
+
+—Pues empieza cuando gustes. Yo las he de llevar todas sin moverme.
+Pero te advierto que me pegues o no me pegues, he de hacer lo que te
+dije en cuanto te vea hablando con esa... Ahora llévame otra vez al
+baile.
+
+—No quiero.
+
+—Bueno; pues llévame a cualquier parte donde pueda arreglar el pelo,
+porque me has despeinado.
+
+El joven hubo de transigir llevándola al café de la Estrella, no sin ir
+pensando por el camino que sus conquistas le estaban saliendo un poco
+caras.
+
+Pocos días después tuvo aún mejor motivo para hacerse esta reflexión.
+Fué en la Peluquería Madrileña, donde acostumbraba a afeitarse y
+arreglarse el pelo a menudo. Acompañado de su primer caballerizo, entró
+en ella y se sentó en un diván esperando la vez.
+
+—Cuando usted guste, caballero—le dijo al cabo un muchacho pálido, con
+ligero bigote negro, volviendo el asiento de gutapercha y mirándole de
+través.
+
+Pablito avanzó distraídamente y se dejó caer en la butaca con esa
+languidez elegante que adoptan en las peluquerías aquellos a quienes la
+Providencia señaló con un destello de superioridad. El chico le
+embadurnó la cara con jabón. El joven Belinchón, con la preciosa cabeza
+inclinada hacia atrás, esperó radiante de majestad que se le despojase
+de la sombra negra que manchaba sus mejillas. Tenía los ojos cerrados
+blandamente para mejor percibir los vagos y poéticos pensamientos que
+cruzaban por su cerebro. Siempre que volvía de la cuadra traía la cabeza
+repleta de ideas. Sus piernas se extendían cruzadas debajo de la mesa, y
+sus manos enguantadas pendían de los brazos del sillón con la misma
+elegancia que las piernas.
+
+—Fernando—dijo en voz alta el artista que le iba a afeitar llamando a
+uno de sus compañeros.
+
+—¿Qué quieres, Cosme?
+
+Este nombre hizo estremecer sin saber por qué a Pablito. Abrió los ojos
+y dirigió una larga y ávida mirada al peluquero. No le conocía. Debía de
+ser nuevo en el establecimiento. Esto, en vez de tranquilizarle, le
+obligó a cambiar de postura varias veces, abandonando por el momento su
+habitual majestad y languidez.
+
+—¿Puedes darme la navaja que han vaciado hoy?
+
+—Allá va.
+
+Fernando alargó el brazo y Cosme recogió la navaja. Un vago deseo de
+levantarse nació en el espíritu de Pablito. Mas antes de que pudiera
+adquirir forma, el peluquero le había cogido por la nariz y comenzaba a
+rasparle.
+
+Al cabo de unos instantes en que nuestro joven por debajo de sus largas
+pestañas seguía con mirada inquieta los movimientos de la mano del
+artista, éste le dijo en voz baja, plegados los labios por una sonrisa
+afectada que extendía desmesuradamente su boca:
+
+—Usted es el señorito de Belinchón, ¿verdad?
+
+—Sí—articuló.
+
+—Yo le conozco a usted hace mucho tiempo—manifestó el peluquero con la
+misma voz apagada y sin dejar de sonreir.—¡Oh, sí, hace mucho tiempo!
+Usted no me conocerá... ¡Claro! los señoritos no acostumbran a fijarse
+en nosotros. Le tengo visto muchas veces por ahí a caballo y en coche...
+y también a pie. En los bailes de las Escuelas le veo a menudo. Baila
+usted muy bien, señorito, ¡muy bien!...
+
+—¡Phs!—profirió Pablito, en quien el deseo de levantarse se había
+transformado ya en verdadero anhelo.
+
+—Sí, muy bien... y además tiene gusto para escoger pareja. ¡Caramba qué
+muchachas tan guapas se lleva usted siempre, señorito! Hace algunos
+meses le veía bailar siempre con una rubia... ¡hasta allí! Es hermana de
+un amigo mío... Pero hace ya tiempo que le veo bailar con otra muy
+salada que se llama Valentina, ¿verdad? Es una chica muy graciosa...
+¡Caramba qué buen ojo tiene usted, señorito!... A esta Valentina la
+conozco un poquito... Hemos sido algo amigos en otro tiempo... ¿No le ha
+hablado alguna vez de mí... de un tal Cosme?
+
+—No—articuló el joven, en quien comenzaban los síntomas de una
+abundante transpiración.
+
+—Pues es extraño, porque éramos bastante amigos... ¡Como que hace tres
+meses estábamos para casarnos!... Pero, amigo, vino usted, señorito, y
+todo fué rodando.
+
+Cosme había pronunciado estas últimas palabras con voz temblorosa.
+Pablito sudaba gotas como avellanas sin sentir calor alguno. Tenía el
+mismo temperamento de su glorioso padre, enemigo irreconciliable de las
+traiciones y emboscadas.
+
+—Naturalmente, ¿qué había de pasar?—prosiguió el artista en un tono de
+voz indefinible, pues no se sabía si quería llorar o reir. Al mismo
+tiempo pasaba la navaja con suavidad por la garganta del bizarro mancebo
+para despojarle de algunos pelos importunos.—¡Naturalmente! Un señorito
+tan principal como usted, ¿cómo no había de derrotar a un pelafustán
+como yo? Las chicas, en cuanto uno de ustedes les canta al oído
+cualquier cosita, se vuelven locas, aunque la mayor parte de las veces
+ustedes lo hacen por divertirse, cuando no para otra cosa peor.
+Demasiado se sabe que usted no se ha de casar con Valentina... Usted la
+quiere para pasar el rato por las noches con ella en el corredor y hacer
+sus escapaditas adentro, ¿verdad? Y después ¡ahí queda eso!... La
+verdad, yo quería mucho a esa niña...
+
+La voz del barbero volvió a temblar y la mano también. Pablito no pudo
+siquiera hacer otro tanto. Estaba petrificado.
+
+—Pero ahora—prosiguió Cosme,—ahora, ¿quién es el que se casaría con
+ella a no estar loco?... Los pobres estamos debajo, y tenemos que sufrir
+estas vergüenzas. Si usted hubiera sido un igual mío nos hubiéramos
+visto las caras... Pero si yo me hubiera metido con usted, no faltaría
+quien me rompiese la cabeza, y sobre eso iría a la cárcel... Y sin
+embargo—prosiguió después de un momento de silencio con acento más
+ronco,—si yo ahora me volviese de repente loco, señorito... ¡adiós
+caballos y coches! ¡adiós bailes! ¡adiós Valentina!... Con sólo empujar
+un poco la navaja ¡pif! todo había concluído para siempre...
+
+Pablito, cuyo rostro ya sin jabón estaba tan blanco como cuando lo
+tenía, dejó escapar aquí un jipido tan extraño y doloroso, que Piscis
+que venía observando con ojos recelosos al barbero, saltó repentinamente
+sobre éste y le sujetó los brazos. Pablo se levantó entonces de un
+salto. El dueño y los mancebos y todos los parroquianos gritaron a un
+tiempo:
+
+—¿Qué es eso?
+
+—¡Pillo, asesino!—exclamó Pablito lanzándose sobre Cosme, que estaba
+bien sujeto por atrás y tan pálido como un muerto.
+
+En un instante el gallardo mancebo, que aun sudaba copiosamente, les
+enteró de lo que había pasado. El pobre Cosme fué arrojado de la tienda
+a puntapiés por el patrón, que no quería perder el mejor parroquiano de
+la villa.
+
+
+
+
+XIII
+
+EN QUE SE DESCUBREN ALGUNOS SECRETOS DE LA VIDA DE GONZALO
+
+
+Gonzalo recordó que aún no le habían curado el vejigatorio puesto el día
+anterior. Tiró violentamente del cordón de la campanilla. Estaba tendido
+en el lecho boca arriba, mirando los arabescos del techo. La estancia
+bien esclarecida por los dos balcones que tenía. No se hallaba en su
+alcoba, sino en el despacho, donde le habían puesto una cama el día
+primero que se sintió mal. Ventura había mostrado pesar de dejar la
+alcoba, y prefirió salir él, ya que juntos no podían dormir. El ataque
+había sido tan fuerte como repentino: una erisipela que le inflamó el
+rostro, las manos y las piernas, y estuvo a punto de causarle la muerte.
+Conjurado el ataque cerebral por medio de violentos revulsivos a las
+piernas, el médico le fué aplicando vejigatorios en diversas regiones
+del cuerpo.
+
+—¿Qué se le ofrecía, señorito?—dijo la doncella entreabriendo la
+puerta.
+
+—Haga usted el favor de llamar a la señorita.
+
+Al cabo de un momento, la criada entreabrió de nuevo:
+
+—Que viene al instante.
+
+El joven esperó. Al cabo de diez minutos largos, la linda cabeza rubia
+de su esposa asomó por la puerta.
+
+—¿Qué me querías, pichón mío?—preguntó, sin entrar, en tono distraído,
+que no encajaba bien con lo meloso de la pregunta.
+
+—Entra... Son las once, y aún no me han curado el vejigatorio.
+
+—Yo pensaba que esperarías a que el médico lo hiciese—dijo avanzando
+con vacilación por la estancia. Vestía una magnífica bata de seda azul
+que no podía velar la curva pronunciada de su vientre.
+
+—No ha dicho que vendría él a curármelo... Además me molesta mucho ya.
+
+La joven se acercó a la cama. Después de unos momentos de silencio,
+poniendo la mano sobre la cabeza de su marido, le preguntó:
+
+—¿No sería mejor que el médico te curase?
+
+—No, no—respondió él, malhumorado.—Me está molestando mucho... Busca
+las hilas y la pomada, y trae unas tijeras que corten bien.
+
+Ventura salió sin decir nada. Poco después volvió con aquellos enseres
+en las manos. Se había puesto seria y parecía distraída. El tenía
+impreso en el rostro el hastío y el malestar que causa la cama.
+
+Después que hubo colocado los efectos sobre la mesa de noche y esparcido
+la pomada sobre las hilas con un cuchillo, la joven esposa dijo
+suavemente:
+
+—Vamos.
+
+Gonzalo se incorporó, y desabrochando la camisa expuso al aire su pecho
+de hércules de circo, a cuyo costado derecho estaba adherida una
+cantárida. La joven se inclinó para levantar el parche. Gonzalo
+aprovechó la ocasión para besarla en la frente.
+
+No se dijeron nada. La vejiga era grande y rodeada por un círculo rojo
+de carne inflamada. Ventura se alzó de nuevo y dijo con su habitual
+desenfado:
+
+—Bah, bah, mejor esperamos que venga el médico: no puede tardar... Si
+quieres le pasaremos recado.
+
+—Ya he dicho que no—manifestó el joven frunciendo el entrecejo.—Coge
+las tijeras y corta la vejiga alrededor. Después pones las hilas encima
+de la llaga y se concluyó... ¡Ya ves que es bien fácil!
+
+Ventura no respondió. Tornó las tijeras, se inclinó de nuevo y se puso a
+cortar la piel.
+
+—¿Te duele?
+
+—Nada: sigue adelante.
+
+Pero al quedar la llaga al descubierto la joven no pudo reprimir un
+gesto de repugnancia. Los ojos de su marido, que la espiaban, se
+turbaron. Su frente se arrugó fuertemente.
+
+—Mira, déjalo, déjalo... Esperaremos que venga el médico—dijo
+cogiéndola por la muñeca y apartándola suave, pero firmemente.
+
+Ventura le miró sorprendida.
+
+—¿Por qué?
+
+—Por nada. Déjalo, déjalo—replicó abrochándose de nuevo la camisa y
+tapándose con la ropa.
+
+Venturita se quedó con las tijeras en la mano mirándole fijamente, en
+actitud confusa. El tenía la misma profunda arruga en la frente y miraba
+al techo.
+
+—¿Pero por qué?... ¿Qué te ha dado, chico?...
+
+—Nada, nada. Déjame que voy a descansar.
+
+La joven se quedó todavía unos instantes mirándole. Inflamándose de
+pronto, tiró con rabia las tijeras al suelo y dijo con el acento altivo
+y desdeñoso que tan bien sabía dar a sus palabras cuando quería:
+
+—Me alegro. El espectáculo no era muy agradable; sobre todo poco antes
+de comer.
+
+Al mismo tiempo se volvió dirigiendo sus pasos hacia la puerta. Gonzalo
+exclamó con sonrisa sarcástica:
+
+—Y yo me alegro de haberte dado esa alegría.
+
+Luego, al quedar solo, sus ojos chispearon de furor y sus labios
+temblaron. Apretó la sábana con las manos convulsas, y lanzó una serie
+de interjecciones brutales, entregándose a una de esas cóleras breves y
+terribles de los hombres sanguíneos.
+
+Antes que se hubiese apagado por completo, oyó tocar en la puerta
+suavemente. Figurándose que era su mujer, gritó con furia:
+
+—¿Quién va?
+
+La persona que había llamado, estremecida sin duda por aquella voz,
+tardó un instante en contestar.
+
+—Soy yo, Gonzalo—dijo al cabo con voz débil.
+
+—¡Ah! dispensa, Cecilia. Entra—replicó el joven dulcificándose de
+pronto.
+
+Su cuñada abrió la puerta, entró, y la cerró después con cuidado.
+
+—Venía a saber cómo estabas, y al mismo tiempo a decirte que si quieres
+la limonada ya la tienes hecha.
+
+—Estoy mejor, gracias. Si sigo así, me parece que mañana o pasado a
+todo tirar me levanto.
+
+—¿Te han curado la cantárida?
+
+—Ventura se puso a ello ahora; pero no ha concluído—respondió,
+volviendo a fruncir la frente.
+
+—Sí; acabo de encontrármela en el pasillo, y me ha dicho que te has
+incomodado porque te figurabas que lo hacía con repugnancia—dijo
+Cecilia sonriendo con bondad.
+
+—¡No es eso! ¡No es eso!—repuso el joven en tono de impaciencia y no
+poco avergonzado.
+
+—Debes perdonarla, porque no está acostumbrada a estas cosas. Es una
+chiquilla... Además, el estado en que se encuentra, tal vez influya en
+su estómago.
+
+—¡No es eso, Cecilia!—volvió a exclamar el joven con más impaciencia,
+levantando un poco la cabeza de las almohadas.—Sería muy necio y muy
+egoísta si fuese a incomodarme por una cosa que después de todo no está
+en su mano el evitar. Es cuestión de temperamento, y yo acostumbro a
+respetarlo; mucho más tratándose de mi esposa, que se encuentra en un
+estado excepcional... Pero hay algo más. Lo que me acaba de pasar llueve
+sobre mojado. Hace diez días que estoy en la cama, y no ha entrado en
+esta habitación más de dos o tres veces cada día y casi siempre llamada
+por mí... ¿Te parece que es eso lo que debe hacer una mujer por un
+marido?... Si no hubiera sido por ti y por mamá... sobre todo por ti...
+estaría abandonado en poder de criados como en una fonda.
+
+—¡Oh, no, Gonzalo!
+
+—Sí, sí, Cecilia—replicó con energía y exaltándose.—Abandonado. Mi
+mujer no aparece por aquí sino cuando hay visita... Entonces, sí, viene
+hecha un brazo de mar, oliendo a esencias y demonios colorados... Pero
+traerme las tisanas, apuntar las prescripciones del médico, hacerme un
+poco de compañía hablando o leyéndome algo... ¡De eso, nada!... Ahora le
+ruego que me cure el vejigatorio, y, en cuanto se lo digo, cambia del
+todo su fisonomía... Comienza a buscar salidas para zafarse. Sólo cuando
+yo insisto con empeño, se decide... ¡pero de tan mala gana! con una cara
+tan estirada, que estuve tentado a tirarle a ella todos los chirimbolos.
+No tendría ni pizca de dignidad, ni vergüenza siquiera, si la hubiese
+consentido seguir...
+
+Se había ido exaltando cada vez más, hasta el punto de incorporarse del
+todo en el lecho. Cecilia, en pie, en medio de la habitación, le
+escuchaba inquieta y confusa, sin saber qué replicar. Quería defender a
+su hermana; pero no encontraba argumentos bastante poderosos para
+contrarrestar los de su cuñado.
+
+—Gonzalo—le dijo al fin, con voz firme y semblante sereno, acercándose
+al lecho,—el disgusto que acabas de tener te ha exaltado un poco, y no
+ves las cosas como en realidad son... Es posible que Ventura se haya
+descuidado un poco en el cumplimiento de sus deberes; pero estate seguro
+de que no ha sido por falta de voluntad. La conozco bien. Sé que su
+carácter no se presta a ocuparse en estos pormenores y cuidados que un
+enfermo necesita. No sirve para enfermera. Además, considera que ahora
+se encuentra en un estado en que hay que dispensarle muchas cosas...
+
+—¡Pero si es así en todo, Cecilia! ¡Si es así en todo!—replicó el
+joven con tanta viveza como mal humor.—¡Si es una chiquilla que no
+tiene atadero! Los asuntos de la casa le tienen sin cuidado. Para ella,
+lo único importante en el mundo es ella misma, su hermosura, sus trajes,
+sus joyas... Todo lo demás, padres, hermanos, marido, no significan
+nada... Estoy seguro de que le ha preocupado más el sombrero que ha
+encargado a París que mi enfermedad...
+
+—¡Oh, no digas eso, por Dios! Estás loco.
+
+—No estoy loco. Digo la pura verdad...
+
+Y con palabra rápida, vibrante, tropezando muchas veces por la
+irritación de que estaba poseído, expuso prolijamente sus quejas,
+complaciéndose en hacer sangrar de nuevo los pinchazos que había
+recibido en su vida matrimonial. Ventura tenía un carácter
+diametralmente opuesto al suyo. No era posible estar bien con ella más
+de una hora. Porque si duraba mucho la avenencia, y no se presentaba
+motivo de riña, se encargaba ella de buscarlo, hastiada, sin duda, de
+hallarse en paz con su marido. Si hacía una cosa por proporcionarle un
+goce cualquiera, en vez de agradecérselo, le pagaba generalmente con
+alguna burla o sarcasmo. Todo le parecía poco. Los mayores sacrificios
+los encontraba pequeños. No había posibilidad de hacerla pensar más que
+en sus vestidos, en sus perfumes, en sus cintajos. ¡Qué vida la que le
+había hecho llevar en Madrid los tres meses que allí habían estado! No
+salían de los comercios de sedas, de las joyerías, de casa de la
+modista. Por las noches, infaliblemente al teatro. Aunque estuviese
+cansado o se le partiese la cabeza de dolor, nada, era preciso exhibirse
+en algún palco del Real, del Príncipe o la Zarzuela. El dinero que allí
+habían gastado, sumaba una cantidad imponente. Creía haber llevado
+bastante, y por tres veces tuvo que pedir más a su casa. Luego,
+comprendiendo que dado aquel tren con sus rentas no tendrían bastante,
+sobre todo si Dios le daba muchos hijos, había tratado de montar una
+fábrica de cerveza, para aprovechar siquiera los estudios que había
+hecho. Ventura se había opuesto resueltamente a ello, diciendo que no
+quería ser «la señora de un cervecero...» Estaba convencido de que la
+sangre que se había quemado en Madrid, y la que seguía quemándose en
+Sarrió, era lo que había causado aquel ataque repentino de erisipela.
+¡Claro! El necesitaba una vida de actividad y de trabajo, salir mucho al
+campo, cazar, montar a caballo. Su naturaleza pletórica exigía el
+ejercicio. Aquella vida sedentaria que le gustaba a Ventura, aquel
+eterno teatro, aquellas visitas, aquel trasnochar sin sustancia, le
+mataban; la sangre se le ponía espesa como el aceite... ¡Pero qué le
+importaba a ella todo eso! Lo principal era satisfacer su gusto en todo
+y por todo... En Madrid había aprendido a pintarse; ¡una gran
+barbaridad, porque era blanca como la leche!... Pues aunque él le había
+manifestado repetidas veces que le repugnaba aquella asquerosa manía, no
+había sido posible que le hiciera caso.
+
+Mientras se desahogaba de este modo en un flujo intermitente de
+palabras, el rostro de Gonzalo iba expresando sucesivamente la
+indignación, la tristeza, la cólera, el desprecio, todas las emociones
+que agitaban su alma al recuerdo de sus padecimientos. Su gran torso de
+atleta, se movía convulsivamente sobre el lecho, incorporándose unas
+veces, otras dejándose caer, mientras las manos temblorosas y crispadas
+se ocupaban instintivamente en tirar de la ropa, que a impulso de sus
+bruscas sacudidas se le marchaba.
+
+Cecilia, con la cabeza baja y las manos caídas y cruzadas, le escuchaba
+esperando que después de soltar el fardo de sus disgustos, la cólera del
+joven se aplacase.
+
+Y así fué. Después que ya no tuvo más palabras en el cuerpo, cubriéndose
+con la sábana hasta los ojos dejó escapar una serie interminable de
+resoplidos entremezclados de frases incoherentes. Cecilia comenzó a
+decirle con voz muy suave:
+
+—Yo no sé qué decirte a todo eso, Gonzalo. Meterse en las desavenencias
+que pueda haber en un matrimonio es muy peligroso. Si a alguien
+corresponde intervenir en vuestras cosas no es a mí, sino a mamá... Pero
+siempre he oído decir que en todos los matrimonios hay riñas y
+disgustillos, sobre todo al principio, mientras los caracteres no se
+amolden... Todo eso pasa. Son nubes de verano. Mientras no afecte al
+fondo, mientras los corazones no se desunan, las reyertas matrimoniales
+tienen bien poca importancia... Y aquí no hay miedo a eso, por
+fortuna... Tú quieres a Ventura...
+
+—¡Oh, cada día más!—exclamó él, con rabia de sí mismo.—Estoy
+enamorado como un burro... sí, sí, ¡como un burro!
+
+Una sombra de mortal dolor, veloz como un relámpago, pasó por los claros
+ojos de Cecilia. Pero al instante volvieron a lucir serenos y brillantes
+como siempre.
+
+—Ella también te quiere a ti; no lo dudes. Su genio es vivo, acaso un
+poco caprichoso, por lo mismo que ha sido siempre el mimo de la casa.
+Pero es incapaz de guardar rencor por una ofensa, ni obra jamás con
+premeditación, sino empujada por las impresiones del momento... Además,
+Gonzalo—añadió sonriendo,—considera que ahora le debes muchas más
+atenciones, muchísimo más cariño, si es posible...
+
+La joven, con frases delicadas empapadas de ternura, le habló de su
+futuro hijo; un clavito que remacharía de modo inquebrantable la unión
+de sus almas. Aquel niño para el cual todo el mundo estaba ya trabajando
+en la casa, disiparía con su sonrisa inocente las nubéculas que
+sombrearan por un instante el amor de sus papás. Después que estuviese
+en el mundo ¡bien se acordaría Ventura de coloretes! ¡Anda, anda! pues
+no tendría poco que hacer para tenerle limpio, darle el pecho y
+entretenerle cuando llorase. Y él estaría tan embobado contemplándolo,
+que no tendría tiempo a ocuparse en si su mujer traía tal o cual
+vestido, ni siquiera si estaba de bueno o de mal humor.
+
+La voz de Cecilia, suave, persuasiva, un poco empañada siempre, lo cual
+daba a su acento singular ternura y humildad que llegaba al corazón,
+logró conmover pronto el de su cuñado.
+
+Apaciguóse súbito. Dilatado su rostro por una sonrisa, exclamó antes de
+que concluyese:
+
+—¡Chica, qué gran abogado harías!
+
+—Es que tengo razón—replicó ella riendo.
+
+—Y si no la tuvieses ya te arreglarías para aparecer con ella... ¡Ea,
+ya pasó!... A mí las rabietas me duran poco... Y, sobre todo, en cuanto
+tú empiezas a hablar, pierdo la fuerza. No hay orador que se te iguale
+en eso de acumular los razonamientos en el punto que te convenga; y
+hasta sabes sacar el Cristo... digo, el niño...
+
+Cecilia soltó la carcajada.
+
+—Reconocerás que ha sido con oportunidad.
+
+—No lo niego.
+
+Ambos rieron con alegría, embromándose cariñosamente, mecidos en dulce
+fraternidad que los hacía felices.
+
+Cecilia se retiró al fin. Antes de llegar a la puerta se volvió,
+preguntando con timidez, donde apuntaba un vivo y mal disimulado deseo:
+
+—¿Quieres que te haga yo la cura?... Debes estar molesto...
+
+El joven vaciló un instante. Temía ofender el pudor de su hermana
+política.
+
+—Si tú quieres... No hay necesidad... Acaso te cause repugnancia...
+
+Pero Cecilia ya se había acercado a la cama y recogía las hilas, la
+pomada y las tijeras, poniéndolo todo en orden. Hizo una nueva tableta,
+y extendió con esmero el ungüento sobre ella. Gonzalo la miraba, un poco
+inquieto. Ella guardaba silencio, haciendo esfuerzos heroicos por vencer
+la confusión que se iba apoderando de su alma. Ya estaba arrepentida de
+su proposición. Dejaba transcurrir el tiempo pasando infinitas veces el
+cuchillo sobre las hilas, con los ojos bajos, fingiendo gran atención a
+la tarea que tenía entre manos. Al fin, haciendo un supremo esfuerzo,
+tomó la tableta, y levantando la cabeza hacia su cuñado, le dijo con
+afectada indiferencia:
+
+—Cuando quieras.
+
+Gonzalo, con mano vacilante, bajó la ropa. Se incorporó en el lecho, y
+con lentitud embarazosa principió a desabotonarse la camisa. Al fin
+descubrió su enorme pecho musculoso.
+
+—¡Buen cuadro para antes de comer!—exclamó avergonzado, repitiendo la
+idea expresada por su esposa.
+
+Cecilia no contestó. Se puso a examinar la llaga, cubierta a medias por
+la piel que Ventura no había acabado de cortar. Tomó las tijeras, y con
+mano firme cortó lo que faltaba.
+
+—¿Te hago daño?—preguntó.
+
+—Ninguno.
+
+Descubierta enteramente la llaga, grande como la palma de la mano,
+aplicó con suavidad sobre ella la tableta de hilas, pasó repetidas veces
+la mano por encima para ajustarla, colocó un trapo sobre las hilas, y
+sin dejar de oprimirlo con la mano izquierda, tomó con la derecha una
+venda que había sobre la mesilla, y la aplicó por el medio encima del
+trapo.
+
+—Ahora es necesario que te pases la venda por detrás de la espalda,
+para atarla después aquí encima.
+
+—¿No te atreves tú?—dijo él con sonrisa entre burlona y avergonzada.
+
+Ella no contestó. Quería a fuerza de seriedad dominar la confusión que
+la embargaba. Únicamente se podía advertir su emoción en el temblor
+ligerísimo de sus labios. Los ojos medio cerrados, lucían por detrás de
+sus largas pestañas con íntimo gozo que la expresión indiferente y grave
+de su fisonomía no podía ocultar.
+
+Gonzalo trató de cruzar la venda por detrás, pero le fué imposible.
+Cecilia acudió en su auxilio metiendo la mano con decisión por debajo de
+la camisa. Al sentir el tibio contacto de la carne del joven, aquella
+mano tembló levemente; mas no dejó de seguir con firmeza su tarea.
+
+—¿Buen pecho, eh?—dijo él con afectado desenfado, para ocultar el
+embarazo que a ambos dominaba.
+
+Tampoco respondió Cecilia.
+
+—No creas que es todo natural. Estos brazos y este pecho me los hice
+remando en el Támesis.
+
+—¿Remando?
+
+—Sí, remando. Allí los jóvenes más ricos no se desdeñan de vestir la
+blusa del marinero o la camiseta. Al contrario, es de lo más
+_fashionable_, como ellos dicen. ¡Cuántos viajes habremos hecho río
+arriba! Luego cada poco tiempo hay regatas. Acude la gente como en
+Madrid a los toros, se cruzan grandes apuestas... ¡Es un recreo
+delicioso! ¡Qué entusiasmo entre nosotros desde muchos días antes!...
+
+Se conmovía al recuerdo de aquellas horas felices de salud y de fuerza,
+cuando ni el amor ni cuidado alguno doméstico turbaban aún su vida de
+estudiante rico y desaplicado. Y viendo la atención que Cecilia le
+prestaba, se extendía en menudencias pueriles, trayendo al recuerdo los
+ínfimos pormenores de aquella existencia consagrada a la gimnasia.
+Refería las regatas que había ganado, las que había perdido y todos los
+incidentes que en ellas habían surgido. Contaba sus impresiones antes y
+después del suceso, la clase de alimentación que usaba para adquirir
+vigor y perder la grasa; describía los trajes que usaban, la forma de
+los botes, los gritos de la muchedumbre que los alentaba desde la
+orilla...
+
+—No habría allí quien tuviese más fuerza que tú—le dijo ella
+comiéndolo con los ojos.
+
+—¡Oh, sí! No era de los más flojos; pero todavía había algunos de más
+fuerza—respondió él con modestia.
+
+Había desaparecido la cortedad de ambos. Tornaba aquella dulce
+fraternidad de antes. Gonzalo descansaba sobre el lecho con los brazos
+fuera. En cuanto se viera fuera de él, y con ánimos, se iba a Tejada.
+Era necesario cambiar de vida, para evitar nuevos ataques. Pensaba
+dedicarse a la caza con ahinco. Montaría además un gimnasio en el sitio
+más adecuado de la casa. En fin, se prometía ser otro hombre así que
+curase del todo.
+
+Cecilia aplaudía aquella decisión; prometía ir con él algunas veces.
+Gozaba mucho más en Tejada que en Sarrió. Había nacido para aldeana. El
+se reía de aquellos propósitos.
+
+—No sabes lo que es ir de caza en este país. A ver si me veo precisado
+a traerte en brazos como a Ventura.
+
+—No tengas cuidado; soy más fuerte de lo que parezco.
+
+Al fin la joven trató de marcharse. Gonzalo le preguntó con timidez:
+
+—¿No me lees hoy un poco?
+
+Cecilia no había pensado en otra cosa desde hacía rato. Pero como había
+oído al joven quejarse con amargura de que su mujer no lo hiciese, temía
+dejarla en peor lugar, ofreciéndose a desempeñar esta tarea.
+
+—¿Qué quieres que te lea?
+
+—Con tal que no sea una de esas novelas terroríficas que le encantan a
+mi mujer, cualquier cosa.
+
+—Bueno; te leeré el Año Cristiano.
+
+—¡No tanto!—exclamó él riendo.
+
+Cecilia tomó de la librería un volumen de versos, y se puso a leer
+sentada cerca de los pies de la cama. Al cuarto de hora Gonzalo dormía
+deliciosamente, con la tranquilidad de un niño. La joven suspendió la
+lectura al observarlo, y le contempló atentamente, mejor dicho, le
+acarició con los ojos larguísimo rato. Al cabo creyó sentir ruido de
+pasos en el corredor, y poniéndose encarnada a la idea de que pudieran
+sorprenderla en aquella actitud, se alzó vivamente de la silla, y salió
+de la estancia sobre la punta de los pies.
+
+Gonzalo, en cuanto estuvo convaleciente, quiso trasladarse a Tejada. Le
+acompañó toda la familia, excepto don Rosendo. Corría el mes de octubre.
+En medio del ropaje amarillo de los campos comarcanos, la posesión de
+don Rosendo, poblada de coníferas, resaltaba como mancha negra, nada
+grata a los ojos. El joven puso en práctica inmediatamente su programa
+de vida higiénica. Levantábase de madrugada, tomaba la carabina, llamaba
+a los perros y lanzábase al través de los campos, llegando la mayor
+parte de los días a la noche, rendido, con algunas perdices en el morral
+y un hambre de caníbal. Cuando las excursiones eran más cortas, Cecilia
+le acompañaba, según le había prometido. Aunque en esta ocasión se
+mataban pocas perdices, Gonzalo apetecía su compañía como la de un
+agradable y simpático camarada. La joven nunca se confesaba fatigada;
+pero él, adivinándolo en su marcha vacilante, daba el alto, la obligaba
+a sentarse, y se hacía el distraído charlando, a fin de que durase más
+el descanso.
+
+Mas ella luchaba entre el placer de estas correrías, y el compromiso que
+había contraído con su hermana de hacerle el canastillo para el niño.
+Cuando llegó la ocasión de pensar en él, al quinto o sexto mes de
+hallarse en cinta, Ventura decidió encargarlo a Madrid; pero Cecilia le
+había dicho:
+
+—Si me traes los modelos, yo respondo de hacértelo igual.
+
+Venturita se había resistido un poco; mas al ver el empeño que su
+hermana ponía, consintió en ello. Cecilia emprendió con tanto afán la
+obra, que le faltaba tiempo para comer y dormir. Algunas veces, cuando
+su cuñado le instaba a salir, le respondía:
+
+—Mira, hoy déjame trabajar. Hace tres días que apenas coso nada.
+
+Y como él insistía haciendo burla de aquellos trabajos, ella se
+resignaba diciendo:
+
+—Bien, lo peor es para ti. A ver con qué vas a vestir a tu hijo cuando
+nazca.
+
+—Descuida, chica—replicaba él riendo.—Tengo bastantes camisas para él
+y para mí... ¡Sobre todo, si le gustan de cuello bajo!...
+
+Al cabo de un mes, la acción del aire y del sol había puesto a Cecilia
+mucho más morena. Parecía un muchacho, un marinerito del muelle, según
+la expresión de Gonzalo. Mientras tanto, Ventura hacía su vida de
+sultana caprichosa, que ahora tenía más razón de ser. Apenas salía de la
+casa. El cuidado exquisito de su persona, le ocupaba mucho tiempo. El
+resto, solía emplearlo en leer novelas de folletín. Cada día estaba más
+hermosa. Aquel culto fervoroso de su cuerpo, contribuía no poco a
+realzar y aumentar sus gracias. Como un artista toca y retoca
+incesantemente su obra, sin que le parezca jamás bastante acabada, así
+la joven esposa cuidaba de sus cabellos, de su cutis, de sus dientes, de
+sus manos, sin cansarse jamás. El matrimonio la había embellecido
+dándole la plenitud amable de la forma femenina, convirtiendo su hermosa
+primavera en dorado y espléndido estío. La misma maternidad, sin
+quitarle frescura ni desfigurar su cuerpo, le prestaba una majestad
+suave y protectora. Luego el soberano gusto, el arte, mejor dicho, con
+que sabía adaptar el color y la forma del vestido al tono de sus carnes
+y a los cambios que en su naturaleza se operaban, daba primor y relieve
+a aquella adorable figura.
+
+Eso sí, toda la casa giraba en torno de ella. Como una diosa adorada y
+temida, movía a su talante todas las figuras humanas que cobijaban las
+torres chinescas. Hasta doña Paula, que la había hecho rostro en los
+primeros meses de matrimonio, había vuelto a caer en su esclavitud. Ella
+no abusaba de aquel dominio. Dejaba que todos cumpliesen su gusto, menos
+cuando directa o indirectamente iba contra el suyo. Así, por ejemplo,
+nadie sabía cuándo tornarían a Sarrió, sino ella. La cocinera no
+arreglaba la comida sin consultarla. El cochero subía a preguntarle
+todos los días si quería salir de paseo. El jardinero no movía un tiesto
+sin pedirle la venia. En cambio no le preocupaba poco ni mucho que su
+marido saliese. Una sola vez, viéndole preparado a salir con Cecilia, le
+dijo sonriendo en presencia de ésta y de otras personas:
+
+—Muy amigos os vais haciendo tú y Cecilia. Mira que voy a celarme.
+
+Y al tiempo de decirlo, clavaba en él una de esas miradas soberanas que
+expresaba convencimiento profundo de su dominio. Gonzalo, por mucho que
+se alejase, no podría romper la cadena; volvería blando y sumiso a sus
+pies, como el cometa que en vertiginosa carrera surca los espacios y a
+una distancia inconmensurable siente el freno del sol y vuelve dócil
+hacia él su frente.
+
+Gonzalo pagó aquella mirada con otra de rendimiento absoluto. Cecilia se
+había puesto levemente pálida y sonreía para disimular su turbación.
+
+—Vamos, ¡idos, idos! No os quiero ver delante—añadió.—Si me la estáis
+pegando, peor para vosotros, porque tomaré una venganza sonada.
+
+La broma no era delicada, teniendo presente lo que había mediado entre
+Cecilia y Gonzalo. Pero no era Venturita mujer que reparase mucho para
+soltarlas.
+
+En los primeros días de diciembre se trasladaron a Sarrió. Un mes
+después Ventura daba a luz una hermosa niña, blanca y rubia como ella.
+Gonzalo estaba tan enamorado de su mujer, que la recibió con alegría,
+sí, mas no con aquel gozo y anhelo con que los hombres suelen acoger a
+su primer hijo. Lo que le interesaba principalmente era la salud de su
+esposa, que no sobreviniese ningún incidente. Todo se volvía entrar y
+salir del cuarto, tomarla el pulso y moler a preguntas a don Rufo. En
+opinión de éste, Ventura podía criar sin inconveniente a su hija. Era
+una muchacha robusta, bien conformada. Tan sólo cuando los niños salen
+muy tragones, la frescura y la belleza de la madre suele marchitarse un
+poco. Ante esta eventualidad, la joven se llenó de miedo y se opuso,
+primero embozadamente, después en términos categóricos, a dar el pecho a
+la niña. Gonzalo se convenció en seguida y hasta halló razonable aquella
+oposición. En cambio doña Paula se indignó grandemente, aunque sólo
+expresaba su desagrado a espaldas de Ventura.
+
+Cecilia se mostró tan solícita, tan vigilante en el cuidado de la
+criatura, que en poco tiempo se apoderó por completo de ella. Colocó en
+su cuarto una cama para la nodriza y la cuna de la niña, con pretexto de
+que Venturita se ponía enferma cuando pasaba una mala noche. Ella
+resistía dos y tres en vela sin alteración alguna. Y en efecto, en
+cuanto la chiquilla lloraba, era la primera que saltaba del lecho para
+entregársela a la nodriza. Si ésta no conseguía acallarla, tomábala en
+brazos, y se paseaba con ella horas y horas, hasta dormirla.
+
+Con esto, los jóvenes esposos, pudieron dormir juntos de nuevo con la
+misma libertad y descuido que en los primeros días de novios. Cuando por
+la mañana presentaban la criatura a su madre, ya Cecilia la había bañado
+en agua tibia y la traía envuelta en limpios pañales. Jugaba con ella un
+rato. Cuando llegaba la hora de entrar en el tocador se la entregaba de
+nuevo a su hermana.
+
+Del mismo modo, aunque con cierta timidez, nacida del deseo de no
+ofender a su hermana y formar contraste con ella, Cecilia intervino en
+el cuidado de la ropa de Gonzalo, y en el arreglo de su despacho. Aquél
+concluyó por darle las llaves de los armarios.—«Cecilia, voy a
+vestirme.» La joven corría al cuarto y a los pocos momentos volvía
+diciendo:—«Ya lo tienes todo». Gonzalo encontraba, en efecto, la ropa
+plegada sobre la cama, la camisa con los botones puestos, las botas
+relucientes, al lado de la mesa de noche.—«Cecilia, se me ha descosido
+un poco el forro del gabán.» Cuando tornaba a ponérselo ya estaba
+cosido. Y ella, que era asaz descuidada en renovar sus vestidos, gustaba
+extremadamente de que su cuñado vistiese a la última moda; no consentía
+por ningún concepto, que anduviese un día siquiera con una bota picada o
+con la corbata sucia. Gozaba en verle salir con algún nuevo traje
+elegante. Desde el balcón, levantando un poquito la cortina, seguíale
+con la vista cuando iba al café con el cigarro en la boca. Y después que
+daba la vuelta a la esquina, todavía contemplaba, hasta que se disipaba
+en el aire, la última bocanada de humo que había soltado.
+
+Un día, Gonzalo, enojado consigo mismo por lo que gastaba sin sustancia,
+le dió la llave del dinero.—«Mira, guarda tú esa llave; ni Ventura ni
+yo tenemos arte para manejar los cuartos. Cuando te pidamos dinero, lo
+apuntas en este cuadernito y nos avisas de lo que llevamos gastado en el
+mes. Tal vez de este modo nos iremos moderando un poco.» Convertida en
+intendente general, pronto observaron los esposos cierta mejoría en sus
+negocios. Gonzalo cuando llegaba alguna cuenta, decía al criado
+sonriendo:—«Pásela usted al administrador». El criado sonreía también y
+se la llevaba a Cecilia.
+
+Aquella intimidad, aquella compenetración singular de los cuñados en
+casi todos los actos de la vida, había engendrado una ilimitada
+confianza entre ellos, sobre todo por parte de Gonzalo. Nada le pasaba a
+éste en la calle, en el café, que no viniese a contar a Cecilia, que le
+prestaba incansable atención. Su esposa en cambio ni atendía ni quería
+oir hablar siquiera de sus cacerías, de sus disputas, de las ocurrencias
+de sus amigos. Todo lo que no fuese modas, bailes, descripciones de las
+_soirées_ madrileñas, bodas de los grandes de España, le interesaba
+poco. Lo que más excitaba su curiosidad era cuanto se refería a los
+reyes y a la real familia. Leía con avidez el relato de las recepciones
+palaciegas, conocía la etiqueta tan bien como un gentilhombre de cámara,
+cómo se saludaba a los reyes, cómo se les besaba la mano, cuándo se
+había de hablar en su presencia, cómo había que retirarse. Sabía los
+nombres y la biografía de cada uno de los miembros de la real familia y
+también los de los nobles más caracterizados de la corte. Las novelas, y
+una señora azafata de la reina que había estado a tomar baños en Sarrió,
+le habían sugerido aspiraciones fantásticas, un anhelo de vivir en
+aquella atmósfera brillante. La majestad de los príncipes la conmovía,
+la embargaba de sumisión, ¡ella que era incapaz de humillarse a nadie! Y
+aquella vida galante de la corte le producía cierto deslumbramiento como
+los fulgores de un sueño feliz. Cuando había estado en Madrid, su
+cualidad de provinciana rica, no le había consentido gozar más que de
+los teatros, de los paseos en coche por la Castellana, de las tiendas y
+las calles. De la corte, de sus saraos y regocijos, había permanecido
+tan distante como en Sarrió. Y sin embargo, ella estaba bien convencida,
+y no le faltaba razón, de que podía brillar en cualquier parte. Su
+hermosura y la viva y graciosa imaginación de que estaba dotada, la
+hubieran hecho notar inmediatamente en la sociedad más distinguida.
+Algunas veces paseando en _landau_ con su marido, había visto fijarse en
+ella con atención y codicia las miradas del duque de S... del marqués de
+C... de encumbrados personajes políticos. En una ocasión había oído a la
+duquesa de Medinaceli al cruzarse los carruajes, decir a su
+compañera:—«¿Estará casada esta niña tan linda?» De aquellos tres meses
+en Madrid, le había quedado una visión poética, un recuerdo confuso de
+sus placeres, y cierto prurito de imitar con los pobres medios de que
+disponía en la villa a las damas encopetadas de la corte, cuyas
+costumbres sólo conocía de oídas.. Así, por ejemplo, cuando salía de
+casa, que era pocas veces, solía hacerlo en carruaje, sobre todo si iba
+al teatro. La costumbre de que el coche viniera a esperarles al
+concluirse la función, había causado en Sarrió alguna sorpresa y no
+pocas murmuraciones. Los trajes con que se presentaba en público eran
+siempre de fantasía, distintos enteramente de los que vestían las otras
+damas de la población. Estas, por regla general, solían andar en sus
+casas con la ropa usada «en cualquier facha» como ellas decían. Ventura
+operó una revolución, vistiéndose desde por la mañana con trajes nuevos
+y adecuados a aquella hora. No se la sorprendía jamás, ni aun en el
+retiro de su gabinete, sin todos los adminículos y adornos propios de la
+ocasión. Sus batas de seda de color siempre apagado, sus cofias de
+encaje nunca vistas hasta entonces, sus babuchas de terciopelo, eran el
+pasmo de la población. Había muchas señoras que iban a visitarla, sólo
+por enterarse de su tocado casero.
+
+Gonzalo, al verla enfrascada en la lectura de las revistas de salones,
+al oir describir, como si lo hubiera visto, un baile en Palacio,
+exclamaba riendo:—«¿Sabes cómo se llama en medicina esa manía tuya?...
+Delirio de grandezas». Ella se enojaba. Como todos los caracteres
+burlones, le hería profundamente el ridículo. Con su cuñada el joven se
+reía unas veces, otras se mostraba irritado de aquellas extravagancias
+de su esposa, que calificaba de estúpidas y cursis. Cecilia procuraba
+calmarle, achacándolo a los pocos años, al carácter tornadizo de
+Ventura:—«Ya verás—le decía;—dentro de algunos meses no se acordará
+de semejantes tonterías».
+
+Cecilia era su paño de lágrimas, su confidente en todos los disgustos
+matrimoniales. Nunca dejaba de recibir de su boca algún útil consejo,
+algunas palabras consoladoras que calmaban sus fuertes y repentinos
+enojos. Se había acostumbrado de tal modo a aquellas confidencias, que
+cuando después de alguna reyerta con Ventura no hallaba a su cuñada en
+casa, se ponía el sombrero y corría a buscarla al paseo, a la iglesia o
+donde estuviese. El mucho tiempo que pasaban juntos convidaba también a
+éstos desahogos. Ventura no quería salir de casa. Y como don Rufo exigía
+que la niña tomase el aire libre, Cecilia se encargaba de acompañar a la
+nodriza. Gonzalo las acompañaba a ambas, la nodriza con la niña delante,
+él con Cecilia detrás. En aquellos largos paseos le confiaba todos sus
+secretos, le explicaba prolijamente sus temores, sus alegrías, sus
+esperanzas. A veces, oyéndola discurrir con tanta perspicacia en
+aquellos asuntos morales, solía exclamar con poca galantería:—«¡Qué
+lástima que Ventura no posea tu carácter juicioso y sensato!»
+
+Ella, en cambio, permanecía impenetrable para él, como para todo el
+mundo. O porque no tuviese secretos que contar, o por su temperamento
+excesivamente reservado, la primogénita de Belinchón huía de hablar de
+sí misma con un cuidado extraordinario. Ni sus alegrías ni sus pesares
+eran conocidos de nadie. Sólo un observador muy fino podría, a fuerza
+de costumbre, averiguar vagamente las emociones que la agitaban. Gonzalo
+no lo era. En su egoísmo infantil de hombre sano y musculoso, había
+llegado a considerar a su cuñada como un ser pasivo, razonable y frío,
+admirable para aconsejar y dirigir a los demás, un ser superior, si se
+quiere, pero incapaz de sentir aquellas cóleras, aquellas alegrías,
+aquellas pasiones insensatas que alteraban a los caracteres débiles como
+el suyo. Sin embargo, alguna vez, en son de broma, había tratado de
+sacarle del cuerpo sus secretillos. Sabía que tres o cuatro mancebos de
+la población aspiraban a su mano. A alguno de ellos le había sorprendido
+más de una vez paseando la calle. En el teatro la flechaban con los
+gemelos. Y aunque Gonzalo advertía con cierto disgusto que debía de
+haber en aquella adoración más deseo de la dote que verdadero amor,
+procuraba lisonjearla hablándola de sus pretendientes. Ella rehuía la
+conversación con silencio obstinado, sonriendo vagamente para no dejar
+traslucir su pensamiento; hasta que al cabo se veía precisado a hablarle
+de otra cosa.
+
+En cierta ocasión, sin embargo, Gonzalo tomó el asunto con más seriedad
+y persistencia. Un amigo de la infancia, ingeniero de caminos, le habló
+de Cecilia, y le pidió su protección para interesarla en su favor. La
+franqueza y sinceridad de su lenguaje agradó mucho al joven.
+
+—Gonzalo—le dijo,—me encuentro ya en edad y en disposición de
+casarme. No he querido hacerlo en Madrid o en Sevilla, donde estuve
+destinado, porque desconfío de las mujeres que no conozco de muy atrás.
+Los hombres deben casarse en su patria con las jóvenes que han visto
+crecer a su lado. Decidido a casarme con una chica de la población, me
+he fijado en tu cuñada, y voy a decirte con toda sinceridad mis
+pensamientos. Cecilia no es bonita ni es fea; es una mujer pasable.
+Siempre he creído que éstas son las más a propósito para esposas. En las
+cuatro o cinco veces que he hablado con ella en casa de las de Saldaña,
+la he encontrado muy simpática y muy razonable, franca y modesta. Sus
+amigas hablan todas bien de ella. Es un dato importantísimo que los
+hombres no tienen en cuenta bastante al casarse. Porque las amigas
+suelen ser implacables las unas para las otras, y se buscan las
+cosquillas que es una bendición... Además, tu cuñada tendrá una buena
+fortuna el día de mañana, y esto, ¿por qué no he de decírtelo? también
+es otro dato que debe tenerse presente. No sé por qué se han de casar
+los hombres por sistema con las mujeres pobres. Las necesidades que el
+hombre se crea al contraer matrimonio, son muchas: los hijos pueden
+aumentar demasiado, y todo debe mirarse. Yo no necesito casarme por
+interés. Tengo una carrera bastante lucrativa. Mis padres me han de
+dejar también alguna hacienda... ¿Quieres preguntarle si le he sido
+antipático en las pocas veces que he hablado con ella, y si consiente
+que me presenten en su casa?
+
+Gonzalo le prometió interponer su influencia; le dejó entrever con
+reticencias más o menos claras, un éxito lisonjero, jactándose del poder
+que sobre ella ejercía. Hasta entonces todas las indicaciones que la
+hiciera, habían sido atendidas.—«Creo que si yo no consigo llevar a
+remate la empresa, ninguna otra persona podrá intentarla»—concluyó por
+decir en un rapto de expansión y de orgullo.
+
+Aquella misma noche aprovechó el momento en que Cecilia vino a
+encenderle el quinqué al despacho, para decirla risueño:
+
+—¿Tienes algo que hacer ahora, Cecilia?... ¿No?... Pues siéntate un
+momento, que voy a confesarte.
+
+La joven le miró con sus grandes ojos claros y suaves, donde se pintaba
+la sorpresa. Gonzalo la obligó a sentarse.
+
+—¿Tienes novio?—la preguntó bruscamente.
+
+—¡Qué pregunta!—exclamó ella con semblante risueño, sin avergonzarse.
+
+—No hablo de novio formal. Si lo tuvieras ya estaría yo enterado.
+Quiero sólo saber si entre los jóvenes que te obsequian hay alguno que
+hubiese logrado interesarte más o menos.
+
+—¿Para qué quieres saber eso?
+
+—Contesta.
+
+Cecilia hizo un gesto negativo.
+
+—Pues entonces voy a tomarme la libertad de hablarte de uno, que me lo
+ha suplicado... Se trata de mi amigo Paco Flores, a quien ya conoces. Me
+ha pedido que le recomendase a ti, preguntándote al mismo tiempo si en
+las pocas veces que contigo ha hablado te había sido antipático.
+
+—¿Antipático?—preguntó con sorpresa.—¿Por qué? A mi no me es nadie
+antipático mientras no cometa alguna grosería.
+
+—Después me ha rogado te pregunte si consientes en que sea presentado
+en esta casa.
+
+—Eso es otra cosa—respondió poniéndose repentinamente seria.—Yo no
+puedo impedir que sea presentado aquí; pero, como mi consentimiento
+podría implicar que tengo gusto en que nos visite, no estoy dispuesta a
+dárselo.
+
+—No se trata de que lo aceptes por novio—se apresuró a decir
+Gonzalo.—Únicamente desea que le permitas tratarte algún tiempo; y si
+al cabo le consideras merecedor de tu mano, se la otorgues, y si no, se
+la niegues.
+
+—Pues negada desde luego, y sin necesidad de trato—replicó con firmeza
+la joven.
+
+—Es muy pronto eso—dijo Gonzalo sonriendo para disimular la irritación
+que aquella brusca respuesta le había producido.
+
+—Me parece que en estos asuntos cuanto más sinceros seamos, mejor para
+todos. ¿Por qué ha de molestarse ese muchacho en visitarme una larga
+temporada para recibir la respuesta que desde ahora mismo le puedo dar?
+
+—Bien, bien; procedamos con calma. Si Paco no te es antipático, como
+confiesas, no puedes asegurar que al cabo de seis u ocho meses o un
+año, no te enamores de él.
+
+—Soy incapaz de enamorarme—dijo ella con sonrisa amarga que su cuñado
+no entendió.
+
+—El amor viene cuando menos se piensa—afirmó éste
+sentenciosamente.—Estamos años y años sin sentirlo, y un día, ¡paf! da
+un vuelco el corazón. Es que hemos hallado nuestra media naranja.
+
+Estas palabras tan cándidas como crueles, removieron las escasas gotas
+de hiel que Cecilia guardaba en su pecho. Con rápida frase y mirando
+duramente a uno de los brazos del sillón donde se hallaba sentada,
+repuso:
+
+—Pues yo estoy segura de que mi corazón no hará ¡paf! ningún día.
+
+—¿Por qué aseguras eso, Cecilia? Las mujeres, más que los hombres,
+están hechas para el amor, para los goces que éste proporciona, para la
+vida de familia. Se puede decir que el único destino de la mujer sobre
+la tierra, es el matrimonio, porque es la encargada de sostener sobre
+ella la vida. Su disposición física, todos los órganos de su cuerpo
+están construídos para la producción de esta vida...
+
+Gonzalo abogaba por su amigo Paco, apelando, como se ve, hasta a la
+fisiología. Cecilia le escuchaba en silencio, el semblante severo, la
+mirada fija en el vacío. Las palabras de su cuñado sonaban en su alma
+como un acento de desolación. Sí; aquello era verdad, ¡por desgracia era
+todo verdad! Cuando terminó de hacer la apología del amor, hizo la de su
+amigo Paco Flores, un joven tan despejado, tan formal, hijo de una buena
+familia, con brillante carrera, etc., etc.
+
+Cecilia se obstinó secamente en rehusar su consentimiento para que
+viniese a casa. Entonces Gonzalo, un poco irritado por la disputa, y
+herido en su amor propio por haberse jactado sin razón delante de Paco
+de su influjo sobre la joven, dejó escapar algunas frases duras: «¿Por
+ventura le parecía poco para ella? Paco no era rico, pero podía aspirar
+a su mano. En Sarrió no hallaría un muchacho mejor que él. Nadie
+tacharía, seguramente, el matrimonio de desproporcionado. ¿O es que
+esperaba un príncipe de la sangre?... Pues que no se descuidara mucho,
+porque la juventud de las mujeres pasa pronto, y se han llevado en estos
+asuntos bastantes chascos...»
+
+La joven escuchó la filípica de su cuñado hasta el fin, sin mover un
+dedo siquiera. Cuando terminó, levantóse vivamente del asiento, el
+rostro pálido, las manos convulsas, y salió con precipitación de la
+estancia. Al cruzar el pasillo para dirigirse a su cuarto, dos gruesas
+lágrimas rodaban por sus mejillas.
+
+
+
+
+XIV
+
+DE LOS GALICISMOS QUE COMETÍA «EL FARO DE SARRIÓ» Y OTROS ASUNTOS NO
+MENOS INTERESANTES.—PRIMERAS BAJAS DE LA BATALLA DEL PENSAMIENTO.
+
+
+Después de su ruidoso desafío, el esforzado Belinchón supo, aunque otra
+cosa afirmen algunos cronistas, gozar con modestia de la merecida fama y
+aureola que inmediatamente le circundaron. Quizá se fijen aquéllos para
+sustentar la opinión contraria, en haberse descubierto algunas
+provocaciones del insigne caballero a ciertos sujetos de la villa, no
+bastante justificadas. Mas al hacerlo, no tenían en cuenta que tales
+provocaciones vinieron, no a raíz del señalado acontecimiento que hemos
+narrado, sino algún tiempo adelante. En la historia, la cronología es
+siempre de importancia capital. Y en este particular de que tratamos,
+explica satisfactoriamente los actos de nuestro héroe.
+
+Mientras duró en la villa la impresión del suceso, se le tributaron
+aquellas muestras de admiración a que era sin disputa acreedor. Sus
+mismos enemigos al verle pasar, le miraban con respeto, ya que no con
+simpatía. Entonces don Rosendo, en vez de abusar de su reconocida
+superioridad, como hubiera hecho otro hombre de menos esfuerzo y
+modestia, aparecía con un continente grave, sí, pero apacible,
+recorriendo las calles con el mismo sosiego y mesura que antes. Ejemplo
+notable de prudencia, que en vez de agradecérsele, sirvió para que se
+intentasen y perpetrasen contra él algunos desacatos. Por lo pronto, en
+el Camarote comenzó a hacerse chacota de tal desafío. Se ponderaba con
+intención malévola y exagerándolos, los saltos que el fundador del
+_Faro_ había dado hacia atrás en el combate. Estas burlas, de las
+cuales, como puede suponerse, era el iniciador Gabino Maza, no
+permanecieron mucho tiempo en el recinto de la tertulia. Se extendieron
+por toda la población, de tal modo, que al cabo de algunos días una gran
+parte de sus habitantes sonreía irónicamente al oir hablar del famoso
+lance de honor. Don Rosendo traslució algo de esta befa, no sólo por los
+oídos, sino también por los ojos. Advirtió que en vez de las miradas
+respetuosas y de la cortesía que con él se usaba, comenzaban sus vecinos
+a adoptar una actitud grosera, haciéndose los distraídos o volviendo la
+cabeza cuando él pasaba. Al cruzar por delante de algún corrillo, creyó
+percibir risas comprimidas.
+
+¿Qué le tocaba hacer en este caso? Indudablemente dejar la modestia a un
+lado y obligar a sentir a aquellos bellacos el peso de sus conocimientos
+en la esgrima. La primera señal que dió de su indignación y del soberano
+desprecio que sus enemigos le inspiraban, fué el escupir al suelo, con
+ruido, cuando alguno de éstos cruzaba a su lado, como indicando que le
+daba asco. En cuanto comprendieron el motivo de aquella extraordinaria
+secreción, los más tímidos comenzaron a pensar que el rayo podía muy
+bien acompañar a la lluvia, y evitaron con cuidado el tropezarle. Los
+más bravos pasaban a su lado sin hacer caso de aquella tos
+despreciativa; pero sin osar mirarle a la cara. Al cabo de algún tiempo
+unos y otros lo tomaron con calma y se decían riendo:—«Acabo de
+encontrarme con don Rosendo.—Qué tal, ¿te ha tosido?—Ya lo creo;
+¡parecía que reventaba!» Y en el Camarote corrían las bromas y se
+celebraban las burlas más groseras contra nuestro gran patricio. Una de
+ellas fué el desfilar uno en pos de otro a cierta distancia, todos los
+socios de la tertulia por delante de él. Don Rosendo quedó de aquella
+vez sin saliva y con la garganta destrozada. Tan sólo Gabino Maza lo
+tomaba en serio y aseguraba que ya se libraría aquel buey (la palabra es
+dura, pero textual) de escupir cuando él pasase. Y en efecto, don
+Rosendo se había abstenido hasta entonces de hacerlo. Creía que debía
+guardar ciertas consideraciones al jefe del bando contrario. Mas una
+noche en que traía la cabeza un poco exaltada por la lectura de cierto
+desafío de dos _yankees_, al topar junto al café de la Marina con Maza,
+se le ocurrió escupir en la forma provocativa que usaba. Aquél se volvió
+repentinamente hecho una furia, y sujetándole con fuerza por la muñeca,
+le dijo al oído con acento rabioso:
+
+—Oiga usted, señor majadero: a mí no me tose usted ¡ni en cuarto grado
+de tisis! ¿lo oye usted?
+
+Don Rosendo, como hombre correcto y muy práctico en estos asuntos de
+honor, no dijo nada en aquel momento. Pero al día siguiente no salió de
+casa esperando los padrinos de Maza, los cuales, felizmente para éste,
+no parecieron.
+
+El desafío y la actitud de don Rosendo, tuvieron, sin embargo,
+consecuencias provechosas para la población. Gracias a nuestro héroe
+nació en ella la afición a las armas. Muchos de sus habitantes más
+distinguidos comenzaron con ahinco a cultivar la esgrima. Ya no fueron
+solamente los redactores del _Faro_ y los tertulios del Saloncillo
+quienes se entregaban a este noble ejercicio amaestrados por M. Lemaire.
+También los socios del Camarote, comprendiendo a la postre la
+importancia de este arte, establecieron, en un almacén contiguo, sala de
+armas. Al frente de ella, pusieron a un oficial de reemplazo
+perteneciente al arma de caballería, que había tirado al florete en
+Madrid. El resultado inmediato de este adelanto fué que las reyertas,
+que a cada paso se suscitaban entre los del Saloncillo y los del
+Camarote, eran conducidas con arreglo a todas las fórmulas y ceremonias
+prescritas en el código del honor. No transcurría semana tal vez, sin
+que la villa se estremeciese con las idas y venidas de los padrinos, los
+rumores de las conferencias celebradas en los ángulos de los cafés, las
+actas que inmediatamente se publicaban en el _Faro_ y en los periódicos
+de Lancia. Porque de veinte pendencias las diez y nueve se terminaban
+con un acta para ambas partes honrosa, suscrita y firmada por los
+padrinos. De modo que de aquellos lances de honor, lo único positivo
+eran los bastonazos o puñadas que los contendientes se daban
+previamente, sin perjuicio de que las cosas siguiesen sus trámites
+ordinarios.
+
+Alguna que otra rara vez, cuando los ánimos se enconaban demasiado, se
+iba «al terreno». Delaunay se había dado de sablazos con don Rufo, por
+un comunicado inserto en _El Porvenir de Lancia_, en el que se decía que
+los médicos no giraban la visita en el hospital a la hora reglamentaria.
+El impresor Folgueras se había batido también con un cuñado de Marín,
+por haber negado el saludo uno de ellos al otro. Afortunadamente, en
+ninguno de los dos encuentros había habido más que planazos y
+verdugones. El desafío más notable fué el de don Rudesindo con don Pedro
+Miranda, que después de vacilar algún tiempo se había decidido por los
+del Camarote. El motivo fué «el problema del matadero». La ocasión, la
+siguiente. Don Pedro había manifestado en una casa que don Rudesindo
+apoyaba el partido de Belinchón sólo porque no se emplazase el matadero
+en la playa de las Meanas, donde sus casas salían perjudicadas. El
+fabricante de sidra tuvo conocimiento de este dicho, habló pestes en el
+Saloncillo de don Pedro, y se mostró vivamente ofendido de tal
+suposición; mucho más ofendido de lo que en realidad estaba. Alvaro
+Peña, que no estaba contento sino cuando tenía un desafío entre manos,
+se apresuró a decirle en voz alta con la arrogancia que le
+caracterizaba:
+
+—Pierda usted cuidado, don Rudesindo. Miranda le dará a usted una
+reparación. ¿Quiere usted dejarlo de mi cuenta?
+
+El bueno del fabricante hubiera deseado comerse las palabras que había
+soltado. ¡Aquel Peña era un hombre tan expeditivo! ¿Por qué diablos
+había dicho que tenía ganas de tropezar a don Pedro para darle dos
+puntapiés, cuando en realidad acababa de verle al salir de casa, y había
+cruzado a su lado sin decirle una palabra? Pero estaban allí más de
+veinte personas, y se vió en la dolorosa necesidad de contestar al
+ayudante, aunque en el tono menos agresivo posible:
+
+—Bueno... si usted cree que merece la pena...
+
+—¡Pues no ha de merecer! Suponer que usted no está a nuestro lado sino
+por móviles mezquinos bastardos es insultarle... A vej, don Feliciano.
+¿Quiere usted escuchaj una palabra?
+
+Don Feliciano y él conferenciaron en un rincón breves momentos. Acto
+continuo salieron a la calle. Don Rudesindo quedó en la apariencia
+tranquilo, en realidad fuertemente alterado y bramando en su interior
+contra Peña, contra el Saloncillo, contra sí mismo y contra la madre que
+le parió. ¿Qué necesidad tenía él de meterse en líos? Un hombre casado,
+con hijos, que en toda su vida no había hecho más que trabajar como un
+esclavo para labrarse un capitalito... Y ahora que lo tenía... por una
+quijotada de ese farfantón... ¡acaso!... El fabricante apenas podía
+pasar los sorbos de cognac que de vez en cuando introducía en la boca.
+
+La cosa se arregló muy pronto. Don Pedro Miranda quedó viendo visiones
+con la visita de Peña y don Feliciano. Dijo que no recordaba... que él
+no tenía agravio alguno de don Rudesindo... al contrario. Pero Peña le
+había atajado, diciéndole:
+
+—Bueno, don Pedro. No podemos escuchar eso. Nombre usted dos personas
+que se entiendan con nosotros.
+
+El atribulado propietario nombró a Gabino Maza y Delaunay por
+representantes. Como de éstos el uno era hombre acalorado y fiero, y el
+otro mal intencionado, no fué posible avenencia. Se negaron en absoluto
+a dar explicaciones. El lance quedó concertado a sable en el cementerio
+antiguo, en las primeras horas de la mañana.
+
+Don Rudesindo al saberlo, maldijo de la hora en que viera la luz del
+día. Su contrario don Pedro se limitó sencillamente a dejarse caer en un
+sofá y pedir una taza de tila. Mas no hubo otro remedio que acudir a
+donde el honor los llamaba. A las seis de la mañana, Peña y don
+Feliciano por una parte, y Maza y Delaunay por la otra, los sacaron de
+sus domicilios para conducirlos al cementerio viejo. ¡Dios mío, al
+cementerio viejo! ¡Qué ideas tan lúgubres revolotearon por el cerebro de
+don Pedro Miranda mientras caminaba hacia allá! No es posible
+compararlas sino con las que asaltaron a don Rudesindo en el mismo
+trayecto. Peña le dijo antes de llegar:
+
+—Es evidente, don Rudesindo, que usted le escabecha. Me lo da el
+corazón... Usted le escabecha. No tira usted mucho, pero tiene un juego
+muy difícil, ¡muy difícil!...
+
+El fabricante hubiera dado en aquel momento toda su hacienda por tenerlo
+no difícil, sino imposible.
+
+—Don Pedro no tiene pierna; es además, corto de brazo... Pero, como ya
+sabe usted que en las ajmas no hay nada seguro y a veces el que menos se
+piensa, lleva el gato al agua, si usted tiene algo que encargarme,
+hágalo antes que lleguemos.
+
+Don Rudesindo se estremeció. Siguió caminando un rato en silencio, y
+por fin, sacando unos papeles del bolsillo, se los entregó diciendo con
+voz sorda:
+
+—Si perezco, déle usted esto al señor Benito.
+
+Dos lágrimas asomaron a sus ojos al mismo tiempo.
+
+—¿El señor Benito el _Rato_?—preguntó Peña.
+
+Don Rudesindo no le oyó. Se había escapado ya por la carretera adelante
+para ocultar su emoción.
+
+Por qué el nombre de su escribiente le producía en aquel instante tal
+enternecimiento, no podemos explicarlo. Acaso en las grandes crisis de
+la vida, se despierten vivas y súbitas simpatías en el fondo de nuestro
+ser, de las que no teníamos la menor sospecha.
+
+El cementerio viejo, próximo ya a dedicarse al cultivo, era un pequeño
+cercado donde crecía la hierba y la maleza. Las cruces de madera se
+habían podrido. No había más testimonio de que tal recinto era mansión
+de los muertos, que dos calaveras incrustadas en la pared a entrambos
+lados de la puerta. Por cierto que estas calaveras, no produjeron una
+impresión grata en don Rudesindo. En don Pedro no sabemos; pero puede
+sospecharse que no sería más favorable. Tardaron algún tiempo en buscar
+sitio, porque las ortigas y zarzales impedían _marchar y romper_
+convenientemente a los combatientes. Mientras Peña, en compañía de los
+testigos contrarios, se ocupaba en esta tarea gravísima, el bueno de don
+Feliciano Gómez cometió la _incorrección_ (¡Dios le bendiga por ella!)
+de acercarse a don Pedro Miranda, que descolorido, con la mirada
+atónita, el estómago encharcado por la cantidad fabulosa de tazas de
+tila que había tomado aquella noche, esperaba, arrimado a la tapia, que
+aquellos señores concluyesen, en la actitud de un reo de muerte.
+
+—Hola, don Pedro; frío, ¿eh? ¡Caramba qué mañana!... ¡Mire usted que
+levantarse un hombre de la cama para esto! ¡Válgate Dios! _(Silencio
+interrumpido por algunos eructos del infortunado Miranda.)_ Hubiera dado
+el dedo meñique, ¡el dedo meñique, sí! por no tener que asistir a una
+atrocidad semejante. Pero dicen que es un favor que no se puede negar.
+Bueno: que no se niegue cuando se trata de una ofensa grave... ¿Dónde
+está aquí la ofensa grave? Vamos a ver, que me lo digan, ¿dónde está?
+¡Válgate Dios! ¡Válgate Dios! _(Nuevo silencio y nuevos eructos de don
+Pedro, que concluye por doblar la cabeza sobre el pecho, con la misma
+resignación que si la pusiera sobre el tajo.)_ ¡Cuánto mejor sería estar
+metido entre las sábanas tomando el chocolate! ¿verdad, mi
+queridín?—profirió don Feliciano, poniéndole la mano sobre el hombro
+con gran familiaridad. Miranda dejó escapar un imperceptible sonido
+gutural.
+
+—¡Ya lo creo!—siguió el comerciante.—Por más que me digan, don Pedro,
+yo no puedo creer que usted tenga gana de matar a don Rudesindo... Un
+vecino... que ha sido su amigo hasta hace poco... con quien se ha criado
+y ha ido a la escuela...
+
+—No... yo gana... ninguna—murmuró don Pedro, siempre con la cabeza
+sobre el tajo.
+
+—¡Velo usted ahí!—exclamó don Feliciano dando una gran palmada.—¡Lo
+que yo decía! Pues lo mismo le pasa a don Rudesindo, mi queridín. Y
+entonces, vamos a ver, ¿quién tiene ganas de matarse aquí? ¡A ver, que
+me lo digan!
+
+Y paseó la mirada en torno, buscando contestación. Peña, Maza y Delaunay
+estaban lejos y ocultos por algunos cipreses. Don Rudesindo yacía
+arrimado también a la tapia, a unos cincuenta pasos de distancia.
+Entonces el comerciante, por una súbita y celestial inspiración, le hizo
+seña de que se acercase.
+
+Don Rudesindo avanzó hacia ellos lentamente, con paso tímido y
+vacilante.
+
+—¿Dice usted, mi queridín, que no tiene ninguna gana de matar a don
+Rudesindo?—preguntó el comerciante a Miranda.
+
+—Ninguna—murmuró éste.
+
+—¿Tendría usted, por casualidad, deseos de herirle?
+
+—Tampoco. Yo siempre he estimado a Rudesindo—balbució el propietario.
+
+—¿Eh? ¿Cómo? ¿Qué decía usted?—gritó don Feliciano con triunfal
+exaltación.—Que usted siempre ha estimado mucho a don Rudesindo,
+¿verdad, mi queridín? ¿Ha dicho usted eso?
+
+—Sí, señor.
+
+—Dime, Rudesindo (andando unos cuantos pasos al encuentro del
+fabricante de sidra). ¿Tienes deseos de matar aquí al señor don Pedro...
+un vecino... que ha sido tu amigo hasta hace poco... con quien te has
+criado y has ido a la escuela de don Matías _el Churro_?
+
+—Yo, ¿por qué?—dijo el fabricante abriendo ansiosamente los ojos.
+
+—¿Tendrías por casualidad deseos de herirle?
+
+—Ni de hacerle el menor daño. Siempre le he tenido por verdadero amigo.
+
+—¿Cómo es eso? ¿Eh? Por un verdadero amigo, ¿verdad?... Entonces, lo
+que corresponde aquí, en mi humilde opinión, es que os deis un abrazo.
+
+Apenas había pronunciado don Feliciano estas palabras, cuando Miranda y
+don Rudesindo, por un movimiento simultáneo, avanzaron con ímpetu feroz
+el uno sobre el otro alzaron briosamente los brazos y se abrazaron con
+tal furia, que por poco se descoyuntan todos los huesos de la cavidad
+torácica. Don Feliciano en el mismo punto se despojó con violencia del
+sombrero, dejando al descubierto su enorme calva en declive, lo agitó
+con frenesí algunos segundos, y gritó: «¡Hurra!» no se sabe a quién; tal
+vez al dios astuto que le había suministrado tan famosa idea.
+
+En aquel momento se acercaban los testigos. Al ver la escena se pararon
+sorprendidos. Mostráronse alegres de tal solución en apariencia, pero
+cada cual se separó por su lado, y aquella tarde en el Saloncillo Peña
+reprendió ásperamente a don Feliciano por su conducta. Llegó a afirmar
+que le había puesto en ridículo y que si no fuese porque se trataba de
+un amigo antiguo y persona de más edad que él, «le exigiría una
+jeparación».
+
+—¡Una reparación!—exclamó el óptimo don Feliciano.—¡Qué más da que la
+exigieras, rapaz!
+
+—¿Se negaría usted a batijse conmigo?—preguntó el ayudante con su voz
+campanuda.
+
+—¿A qué habíamos de batirnos?
+
+—A lo que usted quiera.
+
+—Yo, a bailar un tango o una guaracha, mi queridín—respondió, y
+diciendo y haciendo comenzó a saltar por la sala dando las castañetas
+hasta que se le cayó el sombrero y quedó al aire la piedra de lavar que
+tenía por cabeza. Los socios se tiraban por los divanes, de risa. Peña
+dejó escapar algunas frases de desprecio, y se retiró amoscado y
+desabrido.
+
+Los tertulios del Camarote, hostigados constantemente por las gacetillas
+del _Faro_, se habían decidido al cabo a fundar otro periódico en el que
+pudieran tomar venganza de las sinrazones que se les hacía.
+
+Enormes sacrificios costaba esto. Muy pocos, de entre ellos, eran ricos.
+El único que pudiera llamarse así era don Pedro Miranda. Este prefería
+que le sacasen una muela a descorrer los cordones de la bolsa. A fuerza
+de cabildeos, de ruegos, allegando recursos de aquí y de allá, haciendo
+sumas y restas en el Camarote, se concluyó por obtener la cantidad
+indispensable para montar una imprenta. En la de Folgueras, ni éste
+quería tirar el periódico, ni ellos se humillarían a demandárselo.
+Cuando estuvo la imprenta, modestísima por cierto, en disposición de
+funcionar, celebraron el indispensable banquete. En él se convino en
+denominar al nuevo órgano _El Joven Sarriense_. A los postres se brindó
+con entusiasmo por su prosperidad y por la destrucción de sus viles
+enemigos.
+
+La aparición del primer número, que traía la consabida viñeta
+representando un adolescente peinado con la raya por el medio, y rodeado
+de una porción de latas de conservas a modo de libros, en actitud de
+leer, más bien de merendar, una de ellas, causó viva sensación en la
+villa. Lo merecía. Los del Camarote, como hombres que habían tenido que
+devorar durante muchos meses los insultos del _Faro_, se desahogaban con
+verdadera fruición. ¡Santo Cristo de Rodillero, qué cúmulo de
+insolencias y procacidades! Desde el principio hasta el fin estaba
+consagrado a escarnecer, a herir y ridiculizar a los socios del
+Saloncillo. Parecía que les faltaba tiempo para llamar al uno feo, al
+otro hambrón, al de más allá envidioso, a éste bruto, a aquél farfantón.
+Por supuesto, bajo nombres supuestos, aunque tan transparentes, que
+nadie en la población dejaba de conocerlos. Llamábase Belinchón _Don
+Quijote_ y don Rudesindo _Sancho_, Sinforoso _Marqués del Tirapié_, Peña
+_El Capitán Cólera_, etc., etc. Y escudados con esto los traían y los
+llevaban, los barajaban que era una bendición. No les dejaban hueso
+sano. Por la noche hubo palos (¿cómo no?) en la Rúa Nueva. Folgueras, a
+quien también insultaban en _El Joven Sarriense_, se había encontrado
+con Gabino Maza, y le descargó un bastonazo sobre la cabeza. Maza lo
+devolvió con creces. Repitió Folgueras. Vino en ayuda de éste un cajista
+que por allí cruzaba, y de aquél su cuñado. En un instante se armó una
+de garrotazos que tocaba Dios a juicio.
+
+_El Joven Sarriense_ se publicaba los domingos. Periquito Miranda, que a
+causa de la desavenencia de su padre con los del Saloncillo, padecía una
+peligrosa retención de lirismo, se alivió notablemente insertando en él
+un sinnúmero de sonetos, sáneos, acrósticos y otras diversas
+combinaciones métricas, destinadas a pregonar su adoración platónica a
+la señora del gerente de la fábrica de aceros, una francesota grande y
+pesada como un elefante, que le hubiera metido fácilmente en el
+bolsillo. Ya sabemos que Periquito amaba las obras sólidas de la
+Naturaleza. Para expresar los deseos que atormentaban su espíritu,
+valíase ingeniosamente de la forma de sueños. El joven platónico soñaba
+en verso que se hallaba en fresca gruta deleitosa donde de pronto
+aparecía una ninfa de torneados brazos y turgente seno (la señora del
+gerente) que le instaba a dormir sobre un lecho de rosas y verdes
+pámpanos. Otras veces, se veía sobre la cúspide de una altísima montaña.
+En las nubes amontonadas, en los confines del horizonte, comenzaban a
+dibujarse los contornos de una mujer (la señora del gerente). Las nubes
+se acercaban. La mujer era blanca como el campo de la nieve, mórbida y
+espléndida como la flor de la magnolia. La hermosa aparición llegaba
+hasta él por fin, y le arrebataba entre sus brazos por los espacios
+azules. Otras, navegaba en frágil barquilla por la superficie del
+Océano. La barca se hundía y él iba a parar al fondo del mar donde una
+blonda y hermosísima náyade (siempre la señora del gerente) le llevaba
+de la mano a un prodigioso palacio de cristal, le sentaba a su lado en
+un trono de marfil, y le invitaba a contraer con ella justas nupcias,
+efectuadas las cuales, se retiraban al son de dulce música a un gabinete
+reservado, maravillosamente decorado, donde la náyade enamorada le hacía
+poseedor de sus gracias. Estos ensueños de dicha, versificados con
+facilidad y adornados de cierto naturalismo poético, causaban alguna
+inquietud a los padres de familia. Periquito comía cada día más, y
+estaba cada vez más flaco. _El Faro_, en el número del jueves, después
+de insultar con rabia a los jefes del Camarote, «se metía» también con
+él llamándole maliciosa y torpemente _Pericles_.
+
+Colocados así, uno enfrente del otro, en feroz y perpetua rivalidad, _El
+Faro_ y _El Joven Sarriense_ emplearon útilmente sus columnas en
+injuriarse con más o menos descaro, según arreciaba o aflojaba la lucha.
+Raro era el número de cada uno de ellos que no daba lugar a algunos
+bastonazos o bofetadas, cuando no a un desafío formal. Sin embargo, en
+éstos eran más parcos todos. Padrinos sí se nombraban por un quítame
+allá esas pajas; pero darse de sablazos o de tiros, ya era otra cosa. La
+contienda había enardecido los ánimos en la villa. Muchas de las
+personas que habían permanecido indiferentes a las desavenencias de los
+del Saloncillo y los del Camarote, habían concluído por tomar puesto en
+uno u otro bando, unas veces porque tenían metidos en la refriega a sus
+parientes, otras por algún antiguo resentimiento, otras, en fin, sin más
+motivo que el calor y el entusiasmo que el combate despierta en los
+temperamentos belicosos. Al poco tiempo la población estaba
+verdaderamente partida en dos. El bando del cual era dignísimo jefe don
+Rosendo Belinchón, era el más numeroso y contaba con casi todos los
+comerciantes ricos de Sarrió. El de los del Camarote, más exiguo,
+contaba con los terratenientes y las personas timoratas y religiosas a
+quienes _El Faro_ había escandalizado. La lucha se fué acentuando de tal
+modo, que al poco tiempo los que pertenecían a un partido ya no
+saludaban a los del contrario, aunque hubieran sido hasta entonces
+buenos amigos.
+
+_El Faro_ y _El Joven Sarriense_ comenzaron a criticarse respectivamente
+el estilo y la gramática. Buscáronse con encarnizamiento por una y otra
+parte las faltas de sintaxis, fijándose lo mismo en los vocablos que en
+el régimen.—«Esa palabra no es castellana»—decía _El Joven_.—«La
+palabra _desilusionar_, que los peleles del _Joven Sarriense_ afirman
+que no es castellana—contestaba _El Faro_,—la hemos visto empleada por
+los más eminentes escritores de Madrid: Pérez, González, Martínez y
+otros. Esta vez, como siempre, al órgano del Camarote le ha salido el
+tiro por la culata.» Replicaba _El Joven_, contrarreplicaba _El Faro_,
+citábanse párrafos de la gramática, del diccionario, de los escritores
+distinguidos, y al cabo nadie sabía a qué atenerse. Y las cosas quedaban
+como antes, aunque se hablaba a veces de remitir las cuestiones a la
+resolución de la Academia de la Lengua. Se citaba mucho por los dos
+lados el _Don Juan Tenorio_ de Zorrilla y los artículos del _Curioso
+parlante_. Esta competencia gramatical traía consigo al menos una
+ventaja; la de hacer que algunas personas que no la habían saludado se
+dedicasen con ahinco a aprenderla. Lo mismo en el Saloncillo que en el
+Camarote había dos o tres ejemplares de la última gramática _lata_ de la
+Academia, que no reposaban nunca.
+
+Contra quien se dispararon los tiros _lingüísticos_ más envenenados, fué
+contra el inspirado don Rosendo, como quiera que era la cabeza y el
+nervio de su partido y convenía, más que a nadie, aniquilar. Belinchón
+no había estudiado la gramática, sino por un diminuto epítome allá en
+la infancia. Pero, como todos los ingenios superiores, si no la sabía,
+la adivinaba. Los contrarios le sacaban a relucir a cada instante mil
+disparates de sus artículos. Mas es tal la confianza que nos inspira su
+genio poderoso, que nunca hemos dado crédito a estas afirmaciones,
+considerándolas como puras calumnias. Si no hubiera gramática,
+Belinchón, con sólo sus luces naturales, sería capaz de inventarla.
+Nadie manejó jamás como él ese lenguaje periodístico, ligero sí, pero
+brillante, lleno de frases consagradas por el uso de cien mil
+escritores, donde hasta los lugares más comunes, expresados con adecuado
+énfasis, resplandecen como profundas y misteriosas sentencias. Merced a
+su estilo prodigioso, don Rosendo escribía con la misma facilidad un
+artículo sobre la libertad de cultos, que redactaba un informe acerca de
+la industria pecuaria. Sus enemigos decían que cometía muchos
+galicismos. ¿Y qué? En el mero hecho de prohijarlos un escritor de tal
+valía, dejaban de serlo, y se convertían en puras y castizas locuciones
+castellanas.
+
+Este prurito de ajustarle los galicismos al _Faro_, fué una de las
+manías que tuvo _El Joven Sarriense_ o sea el colega local, como le
+llamaba siempre aquél, a fin de evitar el nombrarlo, por no dañar al
+profundo desprecio que ansiaba mostrarle. Aprovechando cierto
+diccionario curioso que uno de los socios del Camarote poseía,
+trituraban sin piedad lo mismo los artículos que las «novelas a la mano»
+del _Faro_. Si don Rosendo decía en él, verbigracia, que dejaba de tocar
+ciertos asuntos «por no faltar a las conveniencias», al instante se le
+echaba encima _El Joven_, interpelándole en forma sarcástica. ¿Dónde
+había aprendido el ingenioso hidalgo (así llamaban casi siempre a
+Belinchón) esta acepción de la palabra conveniencia? No sería
+ciertamente en su famosa historia, contada por Cervantes. Si empleaba la
+palabra «gubernamental», o «banal», o la frase «tener lugar», ¡qué
+carcajadas las del _Joven Sarriense_! ¡qué chacota! ¡qué desprecio! Esto
+duró hasta que los del Saloncillo adquirieron otro diccionario de
+galicismos. Entonces ambos periódicos comenzaron a hilar tan delgado en
+esta materia, que al fin concluyeron por olvidar el purismo y volver a
+su estilo libre, feliz e independiente.
+
+Además, la disputa se había ido exacerbando de tal suerte, que las
+ligaduras clásicas les embarazaban para insultarse. Jugaban ya en todas
+las gacetillas las frases de «reptil venenoso», «entes despreciables»,
+«cerebros obtusos», «revolcándose en el fango», «seres innobles y
+degradados» y otras no menos afectuosas para los del bando contrario.
+Cansados de injuriarse unos a otros, comenzaron pronto a atacarse en sus
+familias. No perdonaron ni a sus modestas esposas ni a sus ancianos
+padres. _El Joven Sarriense_ fué el primero que dió la señal, publicando
+un cuento árabe titulado _La esclava Daraja_ en que bajo este nombre, se
+relataba _ce_ por _be_ la historia de doña Paula y su matrimonio con
+Mahomad Zegrí (don Rosendo) salpicado de chufletas de poco gusto y de
+insinuaciones pérfidas. Belinchón estuvo tentado de mandar los padrinos
+a la redacción. Pero considerando que esto sería dar su brazo a torcer y
+aceptar lo que el artículo contenía de envenenado, prefirió no mostrarse
+aludido y vengarse también en la prensa. Sinforoso, por encargo suyo,
+escribió un cuento indio, donde se narraba la vida y milagros del padre
+de Maza, que había sido capitán negrero y en el tráfico de carne humana
+hiciera su fortuna. Desde entonces, los cuentos orientales como medio
+para decirse toda suerte de picardías, fueron usados por ambos partidos.
+
+El campo más adecuado para la lucha que los del Saloncillo y los del
+Camarote habían emprendido y el de resultados más positivos lo mismo
+para el vencedor que para el vencido, era la política. A él volvieron,
+pues, desde los primeros momentos los ojos unos y otros contendientes.
+No perdonaron medio alguno para derribarse y triunfar. Hasta la división
+del vecindario ya sabemos que la política jugaba poco papel en Sarrió.
+Desde esta fecha, fué la comida ordinaria, el elemento indispensable que
+se mezclaba en todas las conversaciones masculinas. Ni unos ni otros
+habían pensado en despojar de su representación en el Congreso a Rojas
+Salcedo. Era amigo de todos y había representado al distrito por espacio
+de diez y ocho años. Sin embargo, cuando llegaron las elecciones
+municipales, escribiéronle cartas los dos bandos, pidiéndole protección.
+Se sabía que los del Saloncillo querían a todo trance separar a don
+Roque de la alcaldía, porque ya más de una vez, en uso de sus funciones,
+se había puesto de parte de los disidentes en perjuicio de sus antiguos
+amigos. _El Faro_ le había zarandeado de lo lindo con este motivo.
+Creció la enemistad. Vengóse don Roque, abusando de su autoridad, para
+mandar a la cárcel a Folgueras. Repitiéronse los ataques del _Faro_ con
+más furia. Don Roque, juzgándose por ellos un tirano de la Edad Media,
+comenzó a temer por su vida y se hizo acompañar de noche y de día por el
+veterano Marcones. Se dijo que en una reunión misteriosa de los del
+Saloncillo, se había decretado su muerte. Al alcalde no le llegaba la
+camisa al cuerpo. Cuando en un paraje retirado alcanzaba a ver a alguno
+del _Faro_, ordenaba prontamente la vuelta.
+
+Rojas Salcedo contestó a los del Camarote que si don Roque salía elegido
+concejal, sería nombrado otra vez alcalde. Pero al mismo tiempo escribía
+con misterio a los del Saloncillo, encargándoles que trabajasen todo lo
+posible para que no saliese. De este modo se libraba de un compromiso.
+En efecto, los partidarios de Belinchón, por su número, por su riqueza y
+por la buena maña que se dieron, lograron triunfar en toda la línea. La
+lucha, últimamente, se había concentrado en el punto por donde se
+presentaba don Roque. Los del Camarote sabían que si éste era elegido,
+la batalla estaba ganada. Sería alcalde y las facultades de éste
+contrarrestaban muy bien las del ayuntamiento. Los del Saloncillo lo
+presentían también. Ambos partidos luchaban con empeño feroz. Por fin,
+el anciano alcalde perdió la elección por un corto número de votos.
+Confuso y abatido, con los ojos terriblemente inyectados y la faz
+amoratada, que daba miedo, se retiró al fin a su casa, después de pasar
+todo el día en la del municipio. Ni un rey a quien despojasen de la
+corona, sentiría golpe tan tremendo. Llegó a su domicilio sin escolta,
+como el más ínfimo particular. Bien había visto a Marcones paseando por
+los corredores, y estaba seguro de que aquél le vió también a él. No se
+atrevió a pedirle que le acompañase. El viejo alguacil estaba hablando
+con agasajo a don Rufo, a un enemigo suyo, y fingió no advertir que su
+jefe pasaba. No era que se volviese al sol que más calentaba. Era
+simplemente que Marcones, imbuído en las doctrinas de los modernos
+estadistas, comprendía que la fuerza pública debe estar siempre al
+servicio del poder constituído.
+
+Y, sin embargo, nunca don Roque tuvo más necesidad de ser acompañado que
+entonces. Además de un frío moral que le helaba el corazón, sentíase
+físicamente indispuesto. Aquellas horas mortales de agonía recibiendo
+noticias contradictorias a cada instante, sin tomar alimento, con sólo
+algunas copas de ginebra en el cuerpo desde la mañana, le habían
+alterado hasta un punto indecible. Las piernas le flaqueaban y la vista
+se le obscurecía. Para llegar a su casa tuvo necesidad varias veces de
+apoyarse en las paredes. Cuando entró, la vieja criada que salió a
+abrirle, retrocedió asustada. La cara de su amo parecía como si unas
+manos invisibles le estuviesen apretando sin piedad la garganta. A pesar
+de hallarse bien avezada a descifrar los caóticos, inextricables
+sonidos, que salían de su boca en todas ocasiones, por esta vez no
+comprendió la orden que le daba. Vió que se retiraba derechamente a su
+cuarto. Procediendo por inducción, le llevó luz y un vaso de agua. Pero
+don Roque se enfureció, tiró el vaso al suelo, gritó como un energúmeno.
+Imposible, no obstante, averiguar qué querían decir aquellos rumores
+huecos, temerosos, infernales, que nacían en su garganta, y antes de
+salir se reflejaban con terrible resonancia cuatro o cinco veces en las
+paredes de su enorme cavidad bocal. Temblorosa, azorada, fué a buscar
+una botella de vino. Aunque un poco menos indignado, tampoco quiso
+recibirla; repitió con mayor énfasis, pero no más claridad, la orden que
+había dado. Al cabo, a fuerza de aguzar el oído, la sirvienta vino a
+entender que su amo pedía un ponche de ron. Don Roque, observando que le
+habían comprendido, se serenó, despojóse del enorme gabán en que yacía
+prisionero, de la levita, del chaleco. Al tratar de sacarse las botas,
+su noble faz municipal tomó el color del vino de Valdepeñas después de
+encabezado, y no pudo llevar la empresa a feliz término. Cuando vino la
+criada con el ponche, concluyó de sacárselas. Después, manifestó que se
+iba a meter en la cama, que cerrasen bien las puertas y no no se le
+turbase bajo ningún pretexto. La criada no entendió una palabra de su
+discurso, pero adivinó bien esta vez la sustancia, y se retiró.
+
+Don Roque se dejó caer, en efecto, sobre el lecho. Se cubrió con la ropa
+hasta la cintura, y reclinando la espalda contra las almohadas, tomó el
+vaso de ponche y lo acercó a los labios. Al instante echó de ver que
+existía deficiencia en una de las bases. Hizo un gesto avinagrado, dejó
+escapar un sonido gutural inadmisible, y levantándose en calzoncillos,
+sacó de su armario la botella del ron, que colocó sobre la mesa de
+noche. Tornó a acostarse. Después, grave y solemnemente, con el vaso en
+una mano y la botella en la otra, fué reparando el yerro de la criada.
+Bebía un sorbo de ponche, y en seguida se apresuraba, a llenar el vacío
+con el líquido de la botella. Así modificada la composición, resultaba
+mucho más adecuada al estado de agitación en que su espíritu se hallaba.
+Porque, bajo aquel aparente sosiego, el cerebro de don Roque desplegaba
+una actividad prodigiosa. Todas las horas de aquel día se le presentaban
+una a una tristes y sombrías; las decepciones que había sufrido, las
+esperanzas fallidas, las disputas acaloradas, hasta el abandono de
+Marcones. Y luego, lo porvenir. Esto era lo más negro. Dejar el bastón
+de alcalde que tantos años había empuñado con gloria, convertirse en un
+simple particular, en un quídam. No tener derecho a entrar en el
+ayuntamiento. Pasar cerca de un guardia municipal, y no poder decirle:
+
+—«Juan, ve a la fuente de la Rabila y no consientas que las criadas
+frieguen allí las herradas.» Ver un picapedrero trabajando en la calle y
+no tener facultades para ordenarle que calque más o menos las piedras,
+que suba o baje la rasante.
+
+Sentía frío intenso a los pies. Se levantó dos o tres veces para echar
+ropa encima, sin lograr calentarlos. La botella pasó al fin toda al
+vaso, y del vaso al estómago. Esto produjo allá dentro un suave calor,
+que se fué esparciendo gratamente por todos los miembros. Don Roque
+sintió que la lengua se le desligaba, y comenzó a hablar solo con
+extremada claridad en su opinión. En realidad, si algún dios o mortal
+pudiese escuchar aquellos bárbaros sonidos, retrocedería horrorizado.
+Sobre todos flotaba sin cesar uno por demás extraño algo así como _all,
+call, mall_. Un filólogo perspicaz, después de estudiar bien aquel
+sonido, teniendo en cuenta la persistencia de la vocal _a_ y de la
+consonante _ll_, acaso deduciría que la palabra expresada por el alcalde
+era canalla. Sin embargo, esto no sería otra cosa que una inducción más
+o menos legítima.
+
+Al cabo calló. Sintió un fuerte calor en la garganta, que le invadió
+instantáneamente el rostro y la cabeza. La lengua no quiso trabajar.
+Experimentaba una impresión de engrandecimiento físico de todo su ser.
+Sobre todo, la cabeza crecía, creía de un modo tan desmesurado, que
+apenas podía con ella. Al mismo tiempo los objetos que le rodeaban, el
+armario, la cama, el lavabo, los bastones arrimados a la esquina, le
+aparecían de un tamaño diminuto. Creyó sentir dentro del cerebro el
+ruido de una maquinaria de reloj en movimiento, un volante que giraba
+con velocidad y un martillo que caía a compás con ruido metálico. El
+martillo cesó, y siguió el volante girando. Allá fuera, en la calle,
+percibió fuerte rumor de gente; luego extraños sonidos que le dejaron
+yerto. El pobre don Roque no sabía que le estaban dando a aquella hora
+sus enemigos una regular cencerrada. Estuvo por llamar a la criada, pero
+temió que tales sonidos fuesen como otras veces imaginarios. Y, en
+efecto, se confirmó en la idea al escuchar una descarga de campanas que
+le ensordecieron. Era un repique horrísono, donde tomaban parte desde la
+mayor de Toledo, hasta la campanilla de su escribanía. ¡Qué vértigo!
+¡Qué fatiga! Afortunadamente cesó de golpe el campaneo. Pero fué al
+instante substituído por un silbido prolongado y tan agudo, que le
+desgarraba el tímpano de los oídos. Instintivamente se llevó las manos a
+ellos. Al terminar el silbido, se le figuró que la cama se levantaba por
+la parte de los pies. La cabeza se le iba hundiendo. Veía sus pies allá
+arriba. Esto le produjo fuerte congoja. Dió un gran suspiro, y los pies
+volvieron a su nivel. Mas en seguida tornaban poco a poco a levantarse y
+la cabeza a hundirse. Era necesario dar grandes suspiros para
+restablecerlos en su sitio.
+
+Ni con aquel fantástico manejo se calentaban los malditos. Eran dos
+pedazos de hielo. En cambio, lo restante de don Roque ardía, se
+abrasaba. Sobre todo la cabeza alcanzaba una temperatura pasmosa, que
+iba cada vez en aumento. Cuando se llevó la mano a la frente creyó
+advertir que brotaba una llama azulada. Y oyó una voz, la voz de su
+mujer muerta hacía veinte años, que le llamaba a gritos: «¡Roque!
+¡Roque! ¡Roqueee!» Los dientes del alcalde chocaron de terror. Dejó de
+ver el armario, las paredes de la alcoba, los objetos que tenía en
+torno, y en su lugar percibió un millón de luces de todos colores que al
+principio estaban inmóviles, después comenzaron a bailar con extremada
+violencia. A fuerza de cruzarse las unas con las otras, llegaron pronto
+a formar círculos concéntricos, uno azul, otro rojo, otro violeta, etc.,
+que giraban sobre sí constituyendo un espectro mucho más rico que el de
+la luz solar. Al fin aquellos círculos, también desaparecieron, quedando
+un solo punto luminoso apenas perceptible. Mas aquel punto fué
+creciendo lentamente. Primero era una estrella, después una luna,
+después un sol enorme que se iba extendiendo y adquiría al mismo tiempo
+un vivo color rojo. Aquel sol crecía, crecía constantemente. Su disco
+inmenso de color de sangre tapaba la mitad de la bóveda; después, cubrió
+las dos terceras partes; por último la llenó toda. Don Roque quedó un
+instante deslumbrado. De repente no vió nada.
+
+Jamás volvió a ver nada el buen alcalde. Por la mañana le hallaron
+muerto, sentado en la cama, con la cabeza doblada hacia atrás. Un caso
+de apoplejía fulminante.
+
+
+
+
+XV
+
+DE LA ENTRADA FAMOSA QUE HIZO EN SARRIÓ EL DUQUE DE TORNOS, CONDE DE
+BUENAVISTA
+
+
+El señor Anselmo, jefe de la banda de música de Sarrió, vino a
+participar al presidente de la Academia que el alcalde le había
+amenazado con suprimir la subvención de la orquesta, si aquella tarde
+iban a la romería de San Antonio.
+
+—¿Cómo es eso?—preguntó don Mateo incorporándose en el lecho en que
+aun yacía, y echando mano a las gafas que tenía sobre la mesa de
+noche..—¿Suprimir? ¿Por qué la han de suprimir?
+
+—No lo sé. Así me lo ha enviado a decir por Próspero.
+
+—¿Pero a él qué le importa que la música vaya a San Antonio?—profirió
+con acento irritado.
+
+—Creo que es porque hoy llega un señor a casa de don Rosendo... y como
+la carretera atraviesa la romería...
+
+—Ah, sí, el duque de Tornos... ¿Pero qué tiene que ver?... ¡Vamos,
+están locos!... Mira, déjame un momento; voy a vestirme, y veré a Maza.
+Creo que lo arreglaremos. Déjame.
+
+Despejó el señor Anselmo la estancia, y, con más premura de lo que
+pudiera esperarse de sus años y achaques, aderezóse don Mateo para
+salir. Su esposa y su hija estaban, como de costumbre, en la iglesia.
+Pidió el desayuno.
+
+—No puedo dárselo, señor. La señora se ha llevado las llaves, y no hay
+chocolate fuera.
+
+—¡Siempre lo mismo!—murmuró el anciano, no tan enojado como
+debiera.—Yo no sé por qué esa mujer no deja fuera al marcharse lo que
+hace falta... Es verdad que, por regla general, me levanto tarde; pero
+puede haber un negocio urgente como ahora...
+
+—¿Quiere que vaya a pedir una onza de chocolate a la vecina?
+
+—No, no hace falta. Estoy seguro de que Matilde se enfadaría. ¿No hay
+por ahí nada que comer?
+
+La criada tardó unos segundos en contestar.
+
+—No, señor, me parece que no hay nada. Ya sabe que la señora...
+
+—Sí, sí, ya sé.
+
+Don Mateo fué al comedor y comenzó a escudriñar los tiradores. Nada; no
+había más que los utensilios de la mesa, cuchillos, tenedores, el
+sacacorchos. Al través de los cristales del armario vió algunas
+pastillas de chocolate y una bandeja de bizcochos.
+
+—¡Caramba, si diera alguna llave!
+
+Y sacando las suyas comenzó a introducirlas en la cerradura. Las pruebas
+no tuvieron buen éxito.
+
+Desesperanzado, al fin, se arregló las gafas con impaciencia, se puso el
+sombrero, cogió su cayado y dijo emprendiendo la marcha:
+
+—Vaya, vaya; nos aguantaremos por hoy.
+
+Pero antes de llegar a la puerta se volvió, y algo acortado preguntó a
+la doméstica:
+
+—¿Hay pan por ahí?
+
+—No ha venido aún la panadera. Si quiere de lo mío...—respondió la
+muchacha sonriendo.
+
+—Bueno; a ver ese pan tuyo.
+
+Se fué a la cocina. La criada levantó la tapa de la masera, y don Mateo
+sacó un medio pan de centeno, bastante negro.
+
+—Este pan moreno en otro tiempo no me disgustaba—dijo cortando un
+pedazo.—¡Viva la gente morena!—añadió paseando por la boca un bocado
+de miga, pues con la corteza hacía años que no se atrevía.
+
+La criada se reía sorprendida de aquel buen humor.
+
+—Es más sabroso que el nuestro. Si no fuera que ya está un poco duro...
+
+Se sacudió las migajas con la mano, volvió a arreglarse las gafas y
+después de beber un trago de agua porque también el vino estaba cerrado,
+se partió en dirección al ayuntamiento. El reloj del edificio señalaba
+las diez. Atravesó el soportal de arcos, subió la vasta escalera de
+piedra y al llegar a los corredores donde había más de un dedo de polvo
+sobre el entarimado, preguntó a Marcones, que le salió al encuentro, por
+don Gabino.
+
+—El señor alcalde está en sesión.
+
+—¿En sesión? ¡Diablo, a qué hora tan rara!
+
+En efecto, por lo rara se había señalado.
+
+Dos años habían transcurrido desde el fallecimiento de don Roque. Los
+del Saloncillo, que habían entrado en el ayuntamiento como triunfadores
+y tuvieron por alcalde a don Rufo, más de año y medio, a la hora
+presente padecían las amarguras de la derrota. Aún tenían mayoría en la
+corporación municipal, aunque escasa. Pero los del Camarote se habían
+arreglado en Madrid de tal manera, que lograron hacer nombrar alcalde a
+Gabino Maza. Decíase que esto se debía al pasteleo repugnante de Rojas
+Salcedo. Advirtiendo éste en las últimas elecciones municipales bastante
+progreso en las fuerzas de los del Camarote, se había inclinado de su
+lado. No hay para qué decir la tempestad de odios y amenazas que contra
+él se levantó por tal motivo entre los partidarios de don Rosendo.
+
+Se había entablado una lucha feroz. Cada sesión del ayuntamiento era un
+escándalo. Los de Maza habían hecho procesar a la corporación saliente,
+por dilapidación de fondos: tenían al juez de primera instancia por
+suyo. Los de Belinchón contaban con que en la Audiencia les harían
+justicia. Mas por aquello que dicen que dijo Dios: _ayúdate y
+ayudaréte_, se ponían en juego poderosas influencias para conseguirlo.
+Cartas iban y venían de Madrid. Los del Camarote no se descuidaban
+tampoco para estorbarlo. Maza deslomaba a sus contrarios con la vara de
+la justicia. Como la mayoría de don Rosendo era sólo de dos votos, urdía
+tramas admirables para arrancárselos. Unas veces convocaba a sesión
+extraordinaria a horas en que a alguno de ellos le fuera imposible
+asistir; otras, mandaba recados fingidos a ciertos concejales,
+anunciándoles que se había suspendido; otras; en el momento de ponerse a
+votación cualquier asunto, lo hacía con palabras ambiguas de acuerdo con
+sus amigos, para que los de don Rosendo se confundiesen y votasen contra
+sí mismos, como sucedió en más de una ocasión. En más de una también,
+dejó cerrados en la secretaría a algunos concejales llevándose la llave.
+Después que los padres del municipio se hartaban de gritar y dar golpes
+a la puerta, venía un alguacil a abrirles; pero ya se había efectuado la
+votación. Gracias a estas y otras tretas, a las arbitrariedades sin
+cuento que cometía, vengábase el bilioso ex marino de sus enemigos, que
+era un primor. Su táctica consistía en atacarlos donde más les dolía;
+esto es, en sus bienes inmuebles. Cuando en alguna calle había una o más
+casas de cualquier socio del Saloncillo y ninguna de sus amigos, hacía
+que el arquitecto municipal variase la rasante, dejándola más baja. De
+esta suerte se descubrían los cimientos de las casas y corrían riesgo de
+venir al suelo, además de la molestia consiguiente de poner escaleras
+para subir al portal. A los pocos meses de ser alcalde, había más de
+veinte casas en Sarrió con los cimientos al aire. Otras veces, hacía
+subir la rasante para que cuando lloviese fuerte, se inundasen. Como es
+natural, tales picardías despertaban fuerte clamoreo en los partidarios
+de Belinchón, rabiosas diatribas por parte del _Faro_, y tumultos sin
+cuento en las sesiones municipales. Pero a Maza se le daba por todo una
+higa. Seguía impasible sus inauditas reformas urbanas, escuchando con
+sonrisa cruel las quejas de sus víctimas, contestando con sarcasmos
+feroces a los discursos de los oradores del bando contrario.
+
+Marcones introdujo a don Mateo en una sala contigua al salón de
+sesiones. La tribuna destinada al público era demasiado asquerosa para
+entrar en ella una persona decente. Además, le interesaban muy poco las
+peleas de aquellos gallos ingleses. En la misma sala estaban sentados
+departiendo amigablemente los dos notarios de la población, don Víctor
+Varela y Sanjurjo. El uno era un viejo, pequeño, de ojos saltones, con
+enorme peluca, tan groseramente fabricada, que parecía de esparto; el
+otro, un hombre de media edad, pálido, con bigote entrecano y cojo de
+nacimiento. Saludóles nuestro anciano como antiguos amigos, a quienes se
+ve todos los días. A nadie en el radio de la villa dejaba de saludar don
+Mateo.
+
+—¿Esperando que termine la sesión, eh?
+
+—Sí, señor—respondió uno con sequedad y reserva que quitó al anciano
+el deseo de entrar en más averiguaciones.
+
+Buscó otra conversación, la que más podía complacer a los depositarios
+de la fe pública; la caza. Los dos eran crueles perseguidores de las
+codornices, peguetas y chochas; pero mucho más terribles y empedernidos
+aún de las liebres. Apenas venían algunos días despejados, estos veloces
+o inocentes animales tenían que sufrir una violenta persecución por
+parte del gremio notarial, activamente secundado por media docena de
+galgos que, para que mejor corriesen, se les dejaba morir de hambre.
+
+Hablar de las liebres, era para don Víctor y Sanjurjo la antesala del
+Cielo. Levantarlas con las varas, metidos en la maleza hasta la cintura,
+el Cielo mismo.
+
+—¡Qué lástima de día!—exclamó don Víctor dando un suspiro y mirando al
+cielo por los cristales del balcón, llenos de polvo.
+
+—Verdad—contestó Sanjurjo, dando otro suspiro.—Sin embargo, la tierra
+de Maribona puede que esté un poco blanda; llovió bastante estos días.
+
+—¡Qué ha de estar!—profirió don Mateo.—Ahora en el verano pronto se
+seca. Además, toda aquella región es caliza y absorbe el agua
+fácilmente.
+
+Los notarios le miraron con enternecimiento.
+
+—Me ha dicho Pepe la Esguila—prosiguió—que los paisanos han visto
+saltar las liebres estos días en Ladreda.
+
+—Ya lo sabemos,—dijo Sanjurjo.—Hoy, si no fuera por un quehacer que
+nos ha salido, hubiéramos ido a allá.
+
+Al mismo tiempo hacía un signo de inteligencia a don Víctor.
+
+—Pues Pepe debió de irse esta mañana con Fermo. Eso me dijeron al menos
+ayer noche.
+
+Los notarios se miraron consternados.
+
+—¡Qué le decía yo a usted, Sanjurjo!—exclamó don Víctor.
+
+—Francamente, me engañó ese tuno... Bueno; alguna dejarán... Mañana
+iremos usted y yo, don Víctor.
+
+Pero la noticia les había puesto tristes. Guardaron silencio obstinado.
+Dentro del salón se oían voces descompasadas, fuertes rumores. Alguna
+vez sonaba el agudo repique de la campanilla presidencial, llamando al
+orden.
+
+Don Mateo, pesaroso de no haber acertado aquella vez a animar la
+conversación, la estableció de nuevo, encarándose con Sanjurjo.
+
+—Hombre, parece mentira que usted con su defecto en la pierna, pueda
+dedicarse a la caza.
+
+—¿Quién? ¿éste? Ahí donde usted le ve, corre como un galgo—exclamó don
+Víctor con cariñoso entusiasmo.—En cuanto se pone sobre la pista de la
+liebre, deja de ser cojo. Yo le digo que eso de la cojera lo ha
+inventado él para llamar la atención. Tan cojo es, como usted y como yo.
+
+—¡Si usted me lo hiciera bueno!—profirió Sanjurjo, sonriendo con
+resignación.
+
+Aquel toque de broma, les puso alegres. Don Víctor contaba las proezas
+de su compañero en diversas ocasiones. Un día, para correr mejor, se
+había puesto en cuatro patas: era una exhalación.—¿Cómo?—preguntaba
+don Mateo asombrado,—¿en cuatro patas?—Lo que usted oye. Sanjurjo se
+reía a carcajadas, afirmando que había aprendido a correr así de niño,
+cuando su cojera era más pronunciada y no podía competir con los
+compañeros. A su vez, ponderaba la poltronería de don Víctor, un tumbón
+que registraba hasta la más pequeña hierba por no ir adelante y
+cansarse. Don Víctor reía también, sosteniendo que no se levantaban
+liebres con las piernas, sino con los ojos. ¡Cuántas veces aquella
+obstinación suya había dado al fin resultado!—¿Se acuerda usted de
+aquel día de San Pedro, hace tres años, cuando me dejó solo cerca de
+Arceanes? ¿Quién levantó la liebre, usted que se fué con viento fresco,
+o yo que me quedé hurga que hurga por las matas?
+
+La conversación se iba calentando con gran satisfacción de don Mateo que
+no podía ver a nadie triste a su lado. Cuando más embebidos se hallaban
+en ella, sin hacer caso bendito de los gritos y campanillazos que
+sonaban detrás de la puerta, ábrese ésta con estrépito y aparece la
+majestuosa figura de don Rosendo Belinchón, en un estado de trastorno
+difícil de pintar, los cabellos revueltos, algunos de ellos pegados a la
+frente por el sudor, las mejillas inflamadas, los ojos vidriosos, el
+nudo de la corbata en el cogote.
+
+—¡Sanjurjo!... ¡Sanjurjo, venga usted!—dijo con voz alterada, sin
+saludar, sin ver siquiera a don Mateo.
+
+El notario se levantó tranquilamente y entró en el salón con él. Don
+Víctor no hizo alusión ninguna a aquella repentina marcha. Quedó
+departiendo amigablemente sobre lo mismo que estaban hablando con don
+Mateo, el cual, aunque un poco sorprendido, no se atrevía a preguntar
+nada. Al cabo de un rato, apareció Sanjurjo, que cerró la puerta tras
+sí, y vino a sentarse con el mismo sosiego al lado de ellos, continuando
+su interrumpida conversación. Pero no se pasaron muchos minutos sin que
+de nuevo se abriese la puerta con ruido, apareciendo esta vez la persona
+rechoncha de don Pedro Miranda en estado igualmente de descomposición.
+
+—¡Don Víctor, don Víctor, entre usted!
+
+Tampoco saludó, ni vió siquiera a don Mateo. El notario se levantó
+gravemente y le siguió.
+
+—¿Qué diablo significa esto?—preguntó don Mateo a Sanjurjo, después
+que se hubo cerrado la puerta.
+
+Este hizo un vago ademán de desprecio levantando los hombros.
+
+—¡Qué tonterías!—gruñó don Mateo.—¡Belinchón y Miranda, que en su
+vida se metieron en estos asuntos del ayuntamiento ni quisieron ser
+alcalde, tomarlo ahora con tanto apuro!
+
+Las cosas habían cambiado mucho, en efecto. La lucha enconadísima que
+uno y otro bando sostenían en todos los terrenos donde podían, era más
+empeñada ahora en la corporación municipal que en ningún sitio. La
+tiranía de Maza irritaba de tal modo los ánimos de los amigos de don
+Rosendo, que apelaban a todos los medios imaginables para
+contrarrestarla. A todo trance querían procesarle por abuso de
+facultades. Para ello Belinchón había tomado a su servicio al notario
+Sanjurjo, que constantemente le acompañaba a las sesiones, levantaba
+actas y más actas de las arbitrariedades del alcalde, que pasaban al
+juzgado y allí se estancaban gracias a la mala voluntad del juez. Los
+del Camarote oponían notario a notario, actas a actas, quejándose de la
+insubordinación de la mayoría, de sus votaciones, en asuntos que no eran
+de su competencia.
+
+Cuando terminó la sesión, don Mateo fué introducido en el despacho del
+alcalde. Estaba tomando una limonada purgante. Cada pocos días
+necesitaba uno de estos brebajes para desalojar la bilis que se le
+acumulaba en el estómago. Aquella lucha diaria desde hacía tres años le
+había echado a perder el estómago. Estaba aún agitado, convulso. Su
+risita sardónica de las sesiones, la calma despreciativa con que
+afectaba escuchar los discursos de sus contrarios, era pura comedia.
+Allá por dentro, la cólera le carcomía las entrañas, se le mezclaba a la
+sangre. ¡Cuánto trabajo le costaba reprimir los ciegos ímpetus de ira
+que a cada paso le acometían!
+
+Dos de sus amigos comentaban la sesión, mientras él, silencioso, lívido,
+con sus eternas ojeras más pronunciadas aún, revolvía el líquido con una
+cucharilla. Don Mateo, como una de las poquísimas personas que
+permanecían neutrales en Sarrió, fué recibido con franqueza y agasajo.
+
+—Siéntese usted, don Mateo. ¿Qué trae de bueno por aquí?
+
+El anciano manifestó que venía a saber si era cierta la amenaza de
+suprimir la subvención de la banda en el caso de que fuese aquella tarde
+a la romería de San Antonio. El rostro de Maza se nubló. Era muy cierto.
+Que no contasen con socorro alguno del ayuntamiento si aquella tarde
+sacaban los instrumentos de la Academia... Don Mateo preguntó: ¿qué
+motivo?... Maza, después de rechinar los dientes como introducción,
+manifestó que no quería contribuir a solemnizar la entrada del personaje
+que iba a llegar por la tarde y se alojaba en casa de Belinchón.
+
+—Sería capaz don Quijote de darse tono haciendo pensar a su huésped que
+la había llevado él para obsequiarle.
+
+—Pero, Gabino, si todos los años ha ido. Nadie puede creer ni pensar
+semejante cosa. Considera que es la romería más importante del pueblo.
+Sería muy triste que las chicas no bailasen y se divirtiesen por una
+pequeñez como ésa.
+
+—Pues nada, por hoy se suprime el baile. Lo siento mucho. Si quieren ir
+que vayan; pero ya saben a qué atenerse.
+
+Fué imposible hacerle variar de resolución. Don Mateo rogó primero, se
+enfureció después, y con el derecho que le daban sus años y las nobles
+intenciones que siempre le animaban, y de las cuales nadie dudaba en la
+villa, dijo cuatro frescas a Maza y a los dos concejales que allí
+estaban presentes. Ni el bilioso alcalde ni éstos se enojaron. Uno llegó
+a decirle:
+
+—Acaso tenga usted razón, don Mateo; pero, ¿qué quiere usted? La lucha
+es lucha. Está interesado nuestro amor propio, y hay que aplastar a esos
+canallas, o que ellos nos aplasten.
+
+El anciano salió de las consistoriales más triste que enojado. En los
+tres años últimos eran incalculables los desaires y desabrimientos de
+este género que había padecido. A nadie encontraba ya propicio para
+secundar sus proyectos de recreo. En vano redoblaba su actividad para
+traer al teatro compañías de verso o zarzuela. Todas quebraban al poco
+tiempo. Porque predominando en las funciones el elemento del Saloncillo,
+ya se sabía que los del Camarote se retiraban, y viceversa. Y como para
+que el teatro se sostuviese era preciso el concurso de todos, el
+resultado era que los cómicos se escapaban siempre muertos de hambre. Lo
+primero que le preguntaban a don Mateo en las casas cuando iba a
+suplicar que se abonasen, era:—¿Se han abonado Fulano, Mengano y
+Zutano?—Si contestaba afirmativamente, ya se sabía lo que le
+decían:—Pues no cuente usted con nosotros.—Nuestro buen señor apelaba
+últimamente al engaño para comprometerlos; mas los enconados vecinos
+olían en seguida el torrezno, y aplazaban su contestación para después
+que se enterasen de «qué gente había». Y si esto pasaba en el arte
+dramático, ¿qué no sucedería con las notabilidades que en aquel lapso de
+tiempo habían posado su vuelo en la villa? Un famoso violinista, otro
+que tocaba un instrumento de madera y paja admirablemente, cuatro
+hermanos campanólogos, un moro que mostraba dos vacas sabias, un doctor
+inglés que traía un microscopio, el célebre gigante chino, una foca
+marina que decía _papá_ y _mamá_, etc. A todos había protegido don
+Mateo. Pero su activa campaña de propaganda no les valió gran cosa.
+Todos los monstruos, tanto españoles como extranjeros, conocían de oídas
+a nuestro retirado coronel, y en cuanto ponían el pie en Sarrió, a su
+casa iban a llamar. El los acompañaba a ver al alcalde, los presentaba
+en el Saloncillo, los recomendaba al propietario del almacén donde
+pensaban exhibirse, y casi siempre encabezaba la suscripción para
+pagarles el viaje. En otro tiempo no se marchaba uno de la villa que no
+fuese contento y gordo. ¡Pero ahora! Ahora no estaba la Magdalena para
+tafetanes, según le respondían algunos.
+
+El lugarteniente de don Mateo en todos los festejos era Severino, el de
+la tienda de quincalla. No había en la provincia quien le aventajase en
+fabricar globos elegantes, vistosos y bien proporcionados para que
+subieran sin dar tumbos. Tampoco en el arte difícil de levantar arcos de
+ramaje con transparentes para la noche, ni en disparar cohetes
+velozmente y a plomo. Pues bien; este ingeniosísimo varón, que tanto
+había regocijado a la villa con sus peregrinas invenciones, hacía ya
+mucho tiempo que permanecía inactivo. Cuando alguna vez le decía don
+Mateo, que pasaba siempre en su tienda algunas horas:
+
+—Severino, ¿vamos a preparar algo para la víspera de San Antonio?
+
+—¡Para qué, don Mateo, para qué!—respondía el tendero con desaliento.
+
+—Una iluminacioncita de doscientos faroles nada más, un globo y algunos
+cohetes.
+
+—¿Quiere usted que nos cueste a nosotros el dinero como la fiesta de
+Santa Engracia?
+
+—Acaso los indianos suelten esta vez algo—murmuraba don Mateo.
+
+—Vaya, no sea inocente. ¡Parece mentira que no los conozca! ¡Soltar!
+¿Qué han de soltar esos guanajos si no...?
+
+Unos y otros eran injustos con los indianos. Estos se mantenían en
+neutralidad absoluta, asombrados de que, hombres acaudalados como
+Belinchón, Miranda y otros, se apurasen tanto por cosas que no atañían a
+sus negocios particulares. Aquel puñado de personas sosegadas, en medio
+de la lucha feroz con que se agitaba la villa, semejaría el coro de las
+tragedias griegas, si no fuese porque éste sentíase conmovido por las
+desgracias o prosperidades de los héroes, se alegraba y se entristecía.
+Los indianos de Sarrió permanecían por entero indiferentes, adormecidos
+por aquella vida holgazana y metódica en que el recuerdo de sus trabajos
+y penalidades de América les llenaba algunas veces de horror, y hacía
+más amable todavía su situación actual. ¡Qué les importaban a ellos las
+votaciones del ayuntamiento, las perrerías que _El Faro_ y _El Joven
+Sarriense_ se lanzaban, ni los chismes que sin cesar traían conmovida a
+la villa! Mientras les dejasen dar vueltas por la mañana en la punta del
+Peón (y no había peligro de que nadie se lo estorbase), jugar al billar
+o al tresillo después de comer, y dar sus famosos paseos en pandilla a
+la tarde por los pintorescos contornos, lo demás no significaba nada.
+Tan sin cuidado les tenía, que sólo por rara casualidad, cuando estaban
+juntos, hablaban de los episodios de la lucha. Lo único que conseguía
+turbarles eran los telegramas noticiando el alza y baja de los fondos
+públicos, donde tenían invertido su capital. Por lo demás, eran
+ciudadanos modelo: no ofendían a nadie; comían lo que era suyo y habían
+trabajado con sus manos. Que no daban dinero para las funciones y
+holgorios. Esto no puede considerarse como un cargo grave. Ellos no
+veían la necesidad de tales fiestas. ¡Qué más se podía apetecer en el
+mundo que vivir en un clima benigno, comer, pasear, dormir
+tranquilamente las horas que a uno se le antojaran! Además, habían hecho
+un beneficio al pueblo, conduciendo al altar a una porción de señoritas
+de veinticinco a treinta, que, sin este inesperado socorro, se hubieran
+ido desecando tristemente. Ahora eran casi todas esposas obesas y
+tranquilas, madres de familia felices, rigiendo una casa bien
+abastecida.
+
+Aunque antipáticos a los dos bandos, los indianos eran los únicos que se
+salvaban en aquel tiroteo incesante de los periódicos. Se contentaban
+con murmurar de ellos, llamarlos asnos cargados de plata; pero no se
+atrevían a aludirlos públicamente. No había razón para ello. Y eso que
+en Sarrió en el transcurso de tres años, se había alcanzado aquel grado
+de perfección con que don Rosendo soñaba; esto es, no existía la vida
+privada. Los actos de los vecinos, aun los de índole más íntima y
+secreta, salían a luz en la prensa, se comentaban, se censuraban, se
+ponían en ridículo. Nadie estaba seguro en el tabernáculo de su hogar.
+Si cruzaba con su mujer algunas palabras malsonantes, si castigaba con
+más o menos severidad a sus hijos, si andaba apurado de dinero, si salía
+por la noche a picos pardos, si se le atragantaban las _ces_ en medio de
+dicción, diciendo _reto y pato_, en vez de recto y pacto, si comía con
+los dedos o se sonaba con ruido. De todos estos interesantes pormenores,
+daban cuenta al público _El Faro_ y _El Joven Sarriense_, unas veces
+directamente, otras por medio de los famosos cuentos orientales ya
+mencionados.
+
+Desde el ayuntamiento, don Mateo se fué al local de la Academia, donde
+le aguardaba el señor Anselmo, y le ordenó prudentemente que no saliese
+con la banda aquella tarde. A fuerza de transacciones y equilibrios,
+había conseguido hasta entonces sostenerla lo mismo que el Liceo. En
+éste, por supuesto, ni había representaciones teatrales ya, ni se
+bailaba sino en días señalados, como el de las Candelas, los de Carnaval
+y el de Santa Engracia. Pero don Mateo, a fuerza de actividad y
+diplomacia, había logrado que la mayoría de los socios siguiesen pagando
+las dos pesetas mensuales de la suscripción. Todas las demás
+instituciones de recreo en que la villa era tan rica, habían
+desaparecido.
+
+Lo que traía preocupados a tirios y troyanos a la sazón era la venida
+del duque de Tornos. El vigilante y prudentísimo don Rosendo había
+averiguado por medio de sus agentes de Madrid, que el duque de Tornos,
+conde de Buenavista, emparentado con la real familia, embajador que
+había sido en Francia, mayordomo mayor de palacio, etc., etc., un
+personaje de mucho bulto en la corte y en la política, estaba decidido a
+pasar el verano en Sarrió para tomar los aires del mar, que le hacían
+mucha falta, con más sosiego que en San Sebastián o Biarritz. Saberlo
+Belinchón y escribirle una carta ofreciéndole su casa, fué todo uno. El
+Duque rehusó, como era natural, dándole gracias muy expresivas. Pero el
+buen don Rosendo que juzgaba un importantísimo triunfo la venida de tal
+personaje a su morada, y contaba con ayuda de él exterminar a sus
+contrarios, tanto insistió, valiéndose de toda clase de recomendaciones
+para conseguirlo, que el Duque concluyó por aceptar el ofrecimiento. Los
+del Camarote, que habían olfateado el asunto y les tenía con gran
+cuidado, obligaron a don Pedro Miranda a ofrecer también su casa,
+prometiendo abonar entre todos, los gastos que aquello le ocasionase.
+Pero el Duque ya estaba comprometido. No pudieron conseguir su
+propósito, aunque pusieron en juego bastantes influencias, lo que les
+llenó de ira y despecho, como acabamos de ver. Hay que advertir que el
+duque de Tornos pertenecía al partido moderado. Aunque en Sarrió ninguno
+de los dos bandos estaba bien definido en política, porque lo que les
+preocupaba era la lucha local, y se inclinaban siempre al partido
+vencedor, no cabía duda que en el Saloncillo predominaban los liberales,
+principiando por su eximio jefe. En el Camarote, los más eran
+retrógrados. La preferencia otorgada a los primeros era, pues,
+doblemente dolorosa.
+
+Don Rosendo el año anterior había levantado un piso más a su casa. Lo
+que le decidió a aquella obra fué el nacimiento de otra nieta. Si el
+matrimonio seguía tan aprovechado, no cabrían pronto en la casa. Gonzalo
+hablaba de tomar otra; le faltaba independencia. Para que no se fuese,
+la aumentó su suegro de aquel modo. El piso entero fué destinado a la
+nueva familia. A fin de que estuviesen más independientes, la escalera
+no pasaba por el cuarto de los padres; pero al mismo tiempo había una
+interior de caracol que facilitaba el servicio de un piso a otro.
+Gonzalo podía entrar y salir de su casa sin necesidad de cruzar por la
+de sus suegros. Comían todos juntos, sin embargo.
+
+Pues cuando se supo la aceptación del duque de Tornos, se le destinó el
+cuarto entero del matrimonio joven. Este bajó de nuevo a ocupar sus
+antiguas habitaciones. Arreglóse aún mejor de lo que estaba, y eso que
+estaba bien, pues Venturita había exagerado el lujo de la decoración.
+Pronto y con poco esfuerzo quedó convertido en una mansión digna del
+personaje que iba a albergar. En el Saloncillo se esperaba con ansia el
+telegrama del prohombre, anunciando su salida. El rostro de todos los
+tertulios expresaba gozo y triunfo, brillaba con la esperanza de que
+pronto podrían dar algunos golpes contundentes a sus adversarios. Estos
+andaban mohinos y recelosos, disimulando, no obstante, lo mejor que
+podían su despecho. Afectaban no conceder importancia a la venida del
+Duque. No faltó quien viniese a avisar en seguida a Belinchón de la
+_zurdada_ del alcalde respecto de la música. Estaba empezando a comer
+cuando recibió la noticia. Con admirable serenidad, que debían envidiar
+sus enemigos, concluyó el plato de sopa que tenía delante, se limpió los
+labios, bebió un trago de vino, volvió a limpiarse los labios, y
+levantándose acto continuo, salió sin decir palabra. Como todos los
+grandes caudillos de que nos habla la historia, don Rosendo no perdía
+jamás el aplomo. En los momentos críticos, como el presente, era cuando
+a él le asaltaban las grandes ideas, las resoluciones salvadoras. Se fué
+al telégrafo y puso un parte al director de la orquesta de Lancia
+pidiéndole que viniese con ella a Sarrió y que señalase precio. El
+director contestó que llegarían a la noche.—«Perfectamente;—se
+dijo,—si la música no va a recibirle, al menos no se quedará sin
+serenata. ¡Y que rabien esos miserables!»
+
+La llegada del duque de Tornos coincidía, como hemos visto, con la
+romería de San Antonio. La tarde estuvo como la mañana serena y alegre,
+sin pizca de calor; porque la brisa del Nordeste en Sarrió, como en
+todos los puertos del Cantábrico, refresca deleitosamente los ardores
+del sol en los meses de estío. Las romerías pertenecían a todas las
+clases sociales, pero muy particularmente a los artesanos. Gracias a
+esto no habían perdido nada de su primitiva alegría y animación. Desde
+por la mañana, bien temprano, grupos numerosos de muchachas salían de
+los arrabales y cruzaban la villa para tomar la carretera de Lancia,
+vestidas todas con la clásica falda de merino, negra o de color, y el
+floreado mantón de Manila atado a la cintura, zapatos descotados,
+pendientes de perlas, y la hermosa cabeza, sencillamente peinada, al
+descubierto. Su charla bulliciosa, sus frescas carcajadas despertaban a
+los vecinos que aún yacían entre las sábanas, les hacían sonreir
+beatamente trayéndoles al recuerdo otros días de San Antonio cuando la
+juventud chispeaba también en sus ojos y en la copa de la vida aún no
+había caído ninguna gota de hiel. ¡Quién no recordaría en Sarrió alguno
+de aquellos viajes a la ermita en una mañana límpida y suave, con las
+piernas ligeras y el corazón mecido dulcemente en la esperanza de ver
+pronto al dueño adorado y pasar el día cerca de él! El rumor de aquellas
+niñas era un soplo de alegría que desde la calle subía a las casas,
+entraba por los balcones invitando a soltar por algunas horas el fardo
+pesado de los quehaceres, de la ambición, de la envidia, de todas las
+ruines pasiones que consumen la mísera existencia humana. Y seguirlas,
+seguirlas a gozar del ambiente puro de la mañana, del verdor de los
+campos, de la rica leche incomparable que se vende en torno de la
+ermita, del juego a las cuatro esquinas y la deleitosa gallina ciega, de
+las habaneras lánguidas, los dulces caramelos y crucetas de la Morana, y
+tal vez que otra, cuando no se tiene una figura despreciable y se
+dispone de largos bigotes retorcidos, de sus besos más dulces y
+regalados aún (habiendo hecho algo por merecerlos, se entiende).
+
+Pablito salió de madrugada acompañado de su fiel Piscis, montados en
+sendos caballos pujantes y amaestrados, trabajando unas veces del
+costado derecho, otras del izquierdo como era lógico. Para ir de esta
+suerte, no solamente había la razón de sus arraigadas inclinaciones,
+sino otra también muy atendible. El joven Belinchón hacía ya más de un
+año que no iba a las romerías y evitaba todo lo posible caminar a pie.
+Salía poco de casa, sobre todo de noche, procurando atravesar por las
+calles más céntricas, sin que por casualidad se le viese jamás solo.
+Tenía enemigos ocultos y encarnizados. Valentina, la blonda y saladísima
+costurera, había jurado por todos los santos del Cielo clavarle un puñal
+en la espalda. La razón no necesitamos decirla. Después de haber tenido
+un hijo con ella, la había abandonado y volaba otra vez, cual libre y
+pintada mariposa, posándose ahora en una, ahora en otra flor. ¡Buen
+trabajo le había costado, o por mejor decir, buen miedo! Cuando supo el
+juramento de su amante, que no le cogió de sorpresa, pues conocía
+demasiado bien su temperamento, para evitar aquella dolorosa muerte
+prematura, mandó repetidos emisarios ofreciéndola grandes cantidades de
+dinero, recoger y educar a su hijo, y mantenerla a ella sin trabajar. La
+feroz costurera había rechazado con indignación todas las ofertas.
+Reiteraba, cada vez que un embajador iba a verla, su horrible y
+sanguinario juramento. Como es natural, al hermoso mancebo no le llegaba
+la camisa al cuerpo. Que se ponga cada cual en su caso. Hubiera dado el
+coche y los caballos por poseer otros dos ojos en el cogote. Los que
+poseía, siempre que salía a la calle a pie, se entregaban, mira a un
+lado, mira otro, a un trabajo abrumador superior a sus fuerzas.
+
+Pero con el tiempo, había ido adquiriendo alguna confianza. Valentina no
+salía apenas de casa. En romerías y bailes, después de su deshonra, no
+la había visto nadie. Pablito, que no la había tropezado todavía en la
+calle, se animó con los consejos de Piscis a ir a San Antonio. Montaron,
+pues, a caballo temprano, y se lanzaron por la anchurosa y empolvada
+carretera de Lancia sombreada un buen trecho a la salida de la villa,
+por grandes olmos. La vía era ascendente, aunque sin gran declive. A un
+lado y a otro, se extendía la risueña campiña de Sarrió, limitada por
+dos o tres términos de suaves colinas. Más lejos, descubríase la negra
+crestería de las montañas de Narcín, que se alzaban sobre el valle de
+Lancia, cubierto aún por la niebla. Volviendo la vista atrás, después de
+caminar un trecho, se señoreaba la hermosa villa que la luz matinal
+hería de soslayo, haciendo brillar aquí y allá alguna blanca fachada.
+Detrás, la vasta llanura del mar, que con los rayos oblicuos del sol
+naciente, ofrecía un color blanco lechoso.
+
+Los caballos de nuestros équites, orgullosos de su estampa elegante, de
+sus lomos relucientes y mórbidos, caracoleaban sin cesar levantando
+nubes de polvo, felices por ostentar su recia musculatura a la luz de la
+mañana. Las jóvenes menestralas, que ascendían lentamente hacia la
+ermita, se impacientaban, chillaban, más por la suciedad del polvo, que
+por temor a los corceles, dirigían chufletas de peor o mejor gusto al
+inflexible Piscis, que éste no escuchaba siquiera, absorto en la
+contemplación de las patas del caballo, cuya alta dirección le estaba
+confiada.
+
+—¡Uf, la carretera es poco para él!—Oye tú, fenómeno, no levantes
+tanto polvo.—A caballo parece algo; y es un perro sentado.—¡Si parece
+un duque!—No, mujer, vizcon...de!
+
+Con Pablito no se metían. El bizarro joven ejercía el mismo dominio
+sobre las artesanas que sobre las damiselas de la villa. No sólo las
+fascinaba por su delicada figura, por su gallardía, por su riqueza, sino
+también, y acaso principalmente, por sus conquistas. La muchedumbre de
+enamoradas que había tenido en todas las clases sociales, formaban en
+torno de su cabeza una aureola de gloria. Se murmuraba mucho de él entre
+las menestralas, con motivo del lance de Valentina, se le llamaba falso,
+traidor, bribón; pero todas ellas, hasta las mismas amigas de la
+víctima, le admiraban, le adoraban en secreto, y hubieran caído a pocos
+embates en sus brazos, por más que juraban y perjuraban que era bien
+tonta la que hacía caso de aquel _miquitrefe_.
+
+Pablito caminaba serio, atento también a regir el brioso cuadrúpedo. De
+vez en cuando, no obstante, se dignaba sonreir ligerísimamente. Y este
+esbozo de sonrisa animaba tanto a las muchachas, que arremetían con más
+brío y gracia contra su compañero fidelísimo, el invicto Piscis.
+
+A la media legua próximamente, había un gran prado llano y hermoso que
+la carretera partía por el medio. Allí se celebraba la romería por la
+tarde, con la gente que venía de la villa y la que regresaba de la
+ermita. Para ir a ésta, era necesario separarse en aquel punto de la
+carretera y tomar por callejuelas estrechas y pendientes, limitadas por
+toscas paredillas de piedra, cubiertas de zarzales. Al cabo de un cuarto
+de legua, se desembocaba en la pequeña planicie de un montecillo, donde
+estaba situada. La vista desde allí era espléndida y regocijada como
+pocas. Descubríase una inmensa extensión de costa, no llana, sino
+ondulante, plantada de maíz en unos sitios, en otros de trigo, en la
+mayor parte de hierba solamente, cortada por la gran vía empolvada de
+Lancia, con su faja obscura de olmos gigantescos, a cuyo extremo parecía
+como una mancha blanca y roja la villa. La inmensa sábana azul del
+Océano, donde brillaban tres o cuatro velas como blancas gaviotas,
+cerraban el panorama.
+
+Alrededor de la ermita, las mujerucas de los contornos, entre las cuales
+había más de una fresca y hermosa aldeana de rojos labios y blancas
+mejillas satinadas, vendían leche en pucheritos de barro negro. Había
+también algunas mesas cubiertas con manteles, donde se exhibían
+bizcochos y otros confites de remota antigüedad. La gracia de aquella
+romería estribaba en tomar leche por la mañana en la ermita, jugar luego
+con los pucheros y romperlos al fin, haciéndolos rodar por el monte
+abajo. Se comía a las doce el fiambre que se llevaba. Después se venía
+hacia el prado de los nogales o Nozaleda, donde todos se reunían.
+Pablito no infringió un ápice el programa. Compró más de una docena de
+pucheros de leche y gran cantidad de bizcochos, con que obsequió a sus
+conocidas. Luego retozó con ellas largamente, haciendo rodar a varias
+por el prado y tirándose él mismo en medio del entusiasmo general. A la
+sazón, estaba «poniendo los puntos» a una morena muy agraciada, hija del
+sereno Maroto, que vendía pescado en la plaza y se llamaba Ramona, la
+misma a quien tal vez recuerde el lector que Periquito había dicho en la
+cazuela del teatro:—«Ramona, te amo»—con gran regocijo de Piscis y
+Pablo. Cuando llegó la hora de venir a la Nozaleda, se empeñó en
+llevarla a caballo delante de él. La moza se resistió un poco, pero al
+fin cedió, ¡no había de ceder! El joven entró con ella por medio de la
+romería entre los aplausos y ¡hurras! de sus amigos y las murmuraciones
+de las jóvenes, que se mostraban escandalizadas, sin perjuicio de
+dejarse arrebatar de aquella gentil manera el día que al bello sultán se
+le antojase.
+
+A las tres, la Nozaleda estaba poblada de romeros. El vasto prado
+parecía una alfombra de fondo verde. Los pañuelos de las mujeres,
+blancos, rojos, amarillos, agitándose continuamente, llameando a la luz
+del sol, formaban sobre aquel fondo un dibujo movible de brillantes
+colores. La carretera mandaba de Sarrió a cada instante nuevos
+pelotones de gente, que se diseminaban por el prado a entrambos lados.
+Escuchábase un rumor confuso como el de las olas del mar a cierta
+distancia, sobre el cual saltaba el agudo son de la gaita, y el
+repiqueteo sordo y monótono del tambor. Algunas tiendas de campaña,
+donde, sobre mesas portátiles de tabla, yacían los hinchados odres, como
+víctimas preparadas al sacrificio, estaban rodeadas por numerosos grupos
+de hombres. En otro más numeroso, de ambos sexos, hacia el medio, se
+bailaba al uso del país, sonando las castañetas con las _mudanzas_
+peculiares de aquella región. Aquel baile duraba cinco o seis horas sin
+reposo alguno. Se sudaba copiosamente, ¡pero cansarse! los hombres
+alguna vez, las mujeres nunca. Los que así bailaban eran aldeanos, los
+habitantes de los contornos que, llegada la noche, se volvían a sus
+casas por los atajos sin pasar por la villa. Las artesanas de Sarrió
+formaban giraldillas, donde se cantaba a grito herido, abriéndose y
+cerrándose sucesivamente, dejando en el medio ora un grupo de hombres,
+ora de mujeres. Los señoritos, en relación con aquellas jóvenes por los
+bailes de las Escuelas, acostumbrados ya al dulce, no querían perder su
+derecho de monopolio ni aun al aire libre; entraban también en ellas,
+bailando sin garbo, con los brazos muy abiertos y las piernas inmóviles.
+Entonces los artesanos se salían y marchaban un poco más lejos a bailar
+con aquellas que, desdeñadas por los caballeros, o de temperamento más
+bravío, los seguían, arrojando miradas torvas de desafío al coro
+principal.
+
+Ni se crea que faltaba tampoco aquella tarde el baile de sociedad. Don
+Mateo, buscando medio de substituir a la orquesta, había dado con un
+arpista y un violín italianos, y los subvencionó, de su bolsillo
+particular, para que tocasen. Y allá, en un extremo del prado, bajo un
+inmenso nogal de la cinta que lo circundaba, una docena de parejas
+estrechamente abrazadas, daban vueltas parsimoniosas al compás de
+dulzona habanera, rodeadas por un espeso círculo de mirones. Las
+señoritas solían presenciar con risita despreciativa aquel baile que
+imitaba toscamente los suyos, doliéndose en su interior de que jóvenes
+tan finos se abrazasen «a aquellas tarascas». Sin embargo, cuando alguno
+las invitaba, después de resistirse un poco, reir a carcajadas,
+ruborizarse y hacer buena porción de monerías para atestiguar que sólo
+se rebajaban a aquello por pura condescendencia, solían agarrarse firme
+al brazo de su bromista amigo y tardaban en soltarlo.
+
+Gonzalo había venido a pie a la romería con Cecilia, la niña mayor y la
+niñera. Y como el camino era largo y pendiente, porque ésta no se
+cansase tanto, había traído a su hija en brazos casi todo el tiempo.
+Ventura odiaba las romerías. Además, su padre había llevado el carruaje
+a esperar al duque de Tornos, y pensar en que anduviese a pie media
+legua, era una monstruosidad. Doña Paula tampoco podía venir. Hacía
+tiempo que estaba delicada. Los médicos creían que su malestar y
+decaimiento procedían de algún trastorno en la circulación, una afección
+cardíaca, que podía con el tiempo ofrecer caracteres graves, aunque por
+entonces no los presentase. Cecilia había querido durante el viaje
+ayudar a su cuñado a soportar el fardo. Este se había reído:
+
+—Calla, Huesitos, calla—así la llamaba familiarmente.—¡Ten cuidado no
+me obligues a llevarte a ti también!
+
+Y así que llegaron, como marido y mujer comenzaron a vagar por el gran
+prado, deteniéndose a cada instante para saludar a los amigos con quien
+tropezaban. Compraron dulces para la niña, estuvieron un rato viendo
+bailar al son de la gaita; después se pararon delante de la giraldilla;
+por último, se fueron a donde sonaba el violín y el arpa, y tuvieron
+ocasión de ver entre las parejas a su hermano Pablo estrechando la
+cintura de la hermosa Ramona. Por cierto que, al advertir su presencia,
+el bizarro joven se inmutó un tanto. Aprovechando una de las vueltas
+para pasar cerca de su hermana, le preguntó por lo bajo:
+
+—¿Está ahí mamá?
+
+Cecilia hizo un signo negativo, y se tranquilizó.
+
+La niña se cansó pronto de aquel espectáculo. Quiso ir de nuevo a ver el
+baile de los aldeanos. Desde allí, saltando otra vez a la carretera,
+entraron en la romería que quedaba del otro lado. Fué gran ventura para
+ellos. Porque a los pocos momentos acaeció en el sitio que habían
+dejado, una escena espeluznante, terrorífica, digna de una tragedia
+romántica.
+
+Hallábase Pablito bailando con su morena, sereno, feliz, procurando
+acortar distancias todo lo posible, y aún más. Sus mejillas, siempre
+sonrosadas, estaban ahora vivamente encendidas, no tanto por el
+movimiento como por el amor que poco a poco, a impulso de las cadencias
+lánguidas de la habanera se había ido apoderando de su ser. Ramona,
+encendida también como una amapola, apoyaba la barba adornada por los
+lados con dos hechiceros hoyuelos, sobre su hombro. Ramona vió de pronto
+con horror un rostro pálido donde brillaban dos ojos airados de loco.
+Pablito escuchó detrás una voz estridente que gritaba:
+
+—¡Toma, bribón!
+
+Y al mismo tiempo sintió un fuerte topetazo en la espalda. Volvióse
+rápidamente. Vió el semblante desencajado, fatídico, de Valentina, la
+cual blandía en la mano derecha un arma.
+
+El joven comprendió que estaba herido de muerte. Se dejó caer al suelo
+con señales cadavéricas en el rostro. Instantáneamente, un golpe de
+gente acudió a levantarle, mientras otro sujetaba a la costurera. Al
+conducirle a la casita próxima de un aldeano, Pablo creyó escuchar
+confusamente los gritos de Valentina, que intentaba desasirse de los que
+la tenían, para rematarle, sin duda.
+
+La noticia se extendió por la romería. Mucha gente acudió corriendo al
+teatro del suceso. Cecilia y Gonzalo, que vieron el movimiento,
+quisieron enterarse. Un amigo, conocedor de la verdad, les dijo que se
+trataba de una reyerta entre aldeanos, y procuró llevarlos más lejos
+todavía.
+
+Mientras tanto, el médico de un concejo inmediato, que allí estaba, fué
+avisado para que viniese a curar al herido. Era un joven recién salido
+de las aulas. Lo primero que hizo fué despojarle de la chaqueta,
+cortándosela por la espalda; después hizo lo mismo con el chaleco y la
+camisa. Cuando la carne quedó al descubierto, no pudo retener una
+carcajada:
+
+—¡Qué herida, ni qué calabazas! Aquí no hay nada.
+
+En efecto, el pequeño cortaplumas, de que la costurera se había valido
+para asesinar a su pérfido amante, atravesó la chaqueta, el chaleco, la
+camisa y la camiseta. En cuanto a la carne aborrecida del seductor,
+había quedado enteramente incólume.
+
+No poco se alegró éste de volver al gremio de los seres vivos. Después
+que el ama de la casa le cosió provisionalmente la camisa, y se cubrió
+con el gabán del médico, mientras Piscis iba a buscar los caballos,
+salió por los prados de atrás para no ser visto, tanto por la vergüenza
+que le daba ir vestido con aquel espantoso sayo, como porque creyó
+escuchar a Valentina, mientras iba con las ansias de la muerte, ciertas
+palabras pesadas. Si mal no recordaba (y podía recordar mal, dado su
+desvanecimiento), la costurera decía gritando cuando le llevaban entre
+cuatro:
+
+—¡Anda, cochino, que si yo no te he matado, no faltará quien te mate!
+
+Pablito hallaba tan feo el ser asesinado por un des-conocido, que no
+quiso detenerse un minuto más en la romería. En cuanto salió a la
+carretera, donde le esperaba Piscis, montó a caballo, y se trasladó en
+un credo a la villa.
+
+El sol se estaba poniendo. Alguna gente comenzaba a dejar la romería,
+cuando ésta fué violentamente conmovida por el escape de seis u ocho
+coches que llegaban de Lancia a la carrera. Era el duque de Tomos con su
+séquito. En una carretela abierta venía él con su secretario y el gran
+patricio don Rosendo. En el coche de éste venían don Rufo, Alvaro Peña
+y dos señores de Lancia. Y acomodados en los otros, don Feliciano, don
+Rudesindo, Navarro, don Jerónimo de la Fuente y algunos varones más de
+los que seguían la bandera del glorioso Belinchón. Al llegar al medio de
+la Nozaleda, el Duque mandó hacer alto sorprendido de ver aquella
+muchedumbre abigarrada ocupando la extensa llanura del prado.
+
+Era un hombre de unos cuarenta y seis años. Las mejillas flácidas, de
+color pálido terroso, el labio inferior un poco caído, expresando desdén
+y cansancio, los ojos de indefinible matiz, fríos y vidriosos como los
+de un besugo muerto, con los párpados ordinariamente caídos, expresando
+igualmente el hastío. En uno de ellos traía un cristal o _monocle_
+hábilmente sujeto, que daba a su fisonomía un aspecto excesivamente
+impertinente y repulsivo. No gastaba barba, sino largo bigote con las
+puntas engomadas. Vestía con elegancia que no se ve jamás en provincia,
+esto es, con cierta originalidad caprichosa de los que no siguen las
+modas, sino que las imponen. Sombrero blanco de alas estrechísimas,
+americana que parecía hecha de tela de jergón, camisa amarilla, guantes
+de color lila, y en vez de corbata un pañuelo blanco en forma de
+chalina, con una gruesa perla clavada.
+
+—¡Precioso, precioso!—dijo al contemplar aquel pintoresco cuadro,
+levantando con trabajo los párpados. La voz era cascada y la
+pronunciación lenta, fatigosa, como si estuviera aplaudiendo en su palco
+del teatro Real los trinos de una prima donna.
+
+Don Rosendo se apresuró a darle noticias de la romería. Le mostró con la
+mano el cerro de la ermita, que se veía a lo lejos. Después le fué
+señalando, para que se fijase en ellos, los distintos grupos donde se
+bailaba: «Vea usted, señor Duque; allí se baila al son de la gaita y el
+tambor. Es el baile característico del país, en el campo, se entiende.
+Aquéllas son las giraldillas, donde bailan cantando las muchachas de la
+villa. Allí se bebe. Aquéllas son las mesas donde se venden confites.
+Debajo de aquel nogal se están bailando habaneras... Mire usted, mire
+usted, señor Duque, la clásica danza de nuestra tierra; los hombres a un
+lado, las mujeres a otro. Con ese vaivén monótono están horas y horas
+cantando las antiguas baladas... Es un baile casto, no lo negará
+usted...
+
+—¡Precioso, precioso!—repetía el Duque con su acento arrastrado,
+enfilando el _monocle_ principalmente a las giraldillas.
+
+El duque de Tornos decía una verdad. Pocos espectáculos tan bellos y
+risueños podían ofrecerse en paraje alguno de la tierra. La romería,
+antes de morir, se agitaba con un frenesí de alegría ruidosa. La gaita
+acentuaba sus notas agudas, chillonas, que hacían vibrar el aire a larga
+distancia, acompañada fiel y sordamente por el tambor. Las mozas
+exaltadas, sudorosas, con las mejillas encendidas y los cabellos
+revueltos, no cantaban ya, gritaban dando vueltas a la giraldilla,
+despidiéndose con rabia de aquel goce, que sólo de tarde en tarde se les
+ofrecía. Cantaban también los borrachos de dos en dos o tres en tres con
+voces ásperas desafinadas, metiéndose el aliento por las narices,
+balanceándose grotescamente, esparrancados sobre el césped. Y los mozos
+y mozas de la danza-prima se desgañitaban, queriendo aguzar cada vez más
+las notas largas, dormilonas, de sus baladas antiquísimas. Hasta el
+violín y arpista italianos habían emprendido con furor una mazurka que
+las parejas bailaban levantando extremadamente los pies, dando furiosas
+patadas en la hierba.
+
+La luz se iba huyendo del cuadro; pero al huirse suavizaba los tonos,
+esparcía sobre él un encanto misterioso, poético, que traía al recuerdo
+los dichosos rincones de la Arcadia antigua. Parecía que aquella gente
+debía vivir y morir así, en perpetua alegría y juventud. ¿Por qué
+marcharse, por qué huir de aquel recinto feliz, para volver a sumergirse
+en las fatigas de la vida cotidiana, en la podredumbre y miseria de los
+negocios humanos? ¡Gozar, gozar! gozar en la inocencia del corazón y los
+sentidos, de la salud, de las sublimes armonías de la luz y del sonido;
+gozar de las dulzuras del amor fecundo engendrador de todas las cosas;
+gozar de la fuerza, que mantiene la cohesión del universo; gozar del
+gorjeo de los pájaros, del murmullo de las fuentes, del aroma de las
+flores, del rocío de los campos, de las espumas de los mares, del cielo
+eternamente azul. Para esto debió ser creado el hombre, no para
+acompañarse en los breves días de su existencia del trabajo abrumador,
+de la airada venganza, de la pálida envidia, de la tristeza roedora. La
+tradición del Paraíso, es la más lógica y venerable de las tradiciones
+humanas.
+
+El sol doraba ya solamente las cimas de los nogales que circundaban el
+prado, extendiendo desmesuradamente sus sombras. Un leve estremecimiento
+frío, melancólico, corrió por todos los ámbitos. En vano lucharon contra
+él aquellos a quienes el baile o el vino había enardecido. Poco tiempo
+después se había apoderado de todos. Escuchábanse las voces de las
+madres llamando a sus hijos, de los hermanos llamando a sus hermanas.
+Formábanse grupos, que permanecían algún tiempo vacilantes, buscando con
+los ojos a alguno que les faltaba, para irse. Lo primero que se deshizo
+fueron las giraldillas. El baile y la danza persistían. Los aldeanos
+estaban más cerca de sus casas y no tenían tanto miedo a caminar de
+noche. En torno de los coches situados en medio de la carretera, se
+había ido aglomerando la gente. El Duque seguía enfilando su _monocle_ a
+todos los rincones, presenciando los preparativos del desfile, con la
+curiosidad atenta de un inteligente en pintura. Al fin, reparando en el
+numeroso pelotón que por todas partes los estrechaba, dió orden de
+marchar, pero lentamente, al paso de los romeros. Quería ver todo
+aquello, no por hermoso, sino por nuevo.
+
+Los coches comenzaron a caminar en medio de la muchedumbre. Rodeábanlos
+amarteladas parejas que marchaban de bracero en íntimo coloquio, viejos
+que llevaban niños de la mano, sujetando en la otra grandes pañuelos
+atestados de confites, grupos de muchachas cambiando sus impresiones en
+voz alta, riendo con sonoras carcajadas. En cuanto se alejaron un poco
+del sitio de la Nozaleda comenzaron los cánticos. Esto es lo que
+caracteriza la vuelta de las romerías en aquella región. Las artesanas
+de Sarrió se precían de tener buena voz, y hacen bien. Generalmente la
+emprenden con alguna canción romántica, una melodía tendida y
+quejumbrosa, buscando armónico acompañamiento por medio de la segunda
+voz en terceras. Otras veces, cuando el grupo es demasiado numeroso, se
+acogen a los pasacalles tradicionales de la villa, que son infinitos y
+deliciosos. Fué lo que hicieron en esta ocasión. El Duque quedó
+sorprendido al escuchar aquel coro de frescas voces repitiendo sin cesar
+coplas inocentes como éstas:
+
+ _En la torre más alta_
+ _del amor me vi;_
+ _falsearon los cimientos_,
+ _pero no caí._
+
+ _Cómo quieres que un pobre_
+ _llame a tu puerta_,
+ _si no le das limosna_,
+ _rica avarienta._
+
+Y los pueriles conceptos que guardaban, adquirían en sus bocas una
+importancia excesiva, parecían sentencias sagradas, fórmulas misteriosas
+y amables que nadie podía tocar sin cometer un sacrilegio. El aire se
+poblaba de aquellas notas suaves, prolongadas. Un enternecimiento
+delicioso íbase apoderando de las cantantes a medida que las dejaban
+escapar de sus gargantas. Cada vez las repetían con más cariño, con más
+unción, exhalando en ellas aquel fondo de romanticismo que palpitaba
+eternamente en sus corazones, transmitiéndose de madres a hijas en la
+pintoresca villa del Cantábrico. Era la melancolía de quien presiente
+el mundo de la belleza, lo ama, lo anhela, y por su condición está
+destinado a vivir y morir lejos de él. Entre copla y copla, mediaba un
+rato de silencio. Escuchábase el ruido acompasado de los pies. El coro
+parecía soñar despierto, atento a los vagos sentimientos de ternura que
+el canto removía en los limbos de su espíritu.
+
+Se venía la noche precipitadamente. Los altos olmos recortaban aún con
+admirable pureza sus ramas en el fondo diáfano de la atmósfera; pero de
+sus copas caía sobre la carretera una sombra cada vez más espesa. La
+campiña había perdido el color, extendía en el horizonte sus lomos
+sombríos donde apenas resaltaban los toques amarillos de alguna heredad
+plantada de trigo. Allá lejos la gran mancha del Océano se obscurecía.
+Su azul brillante del mediodía habíase trocado en un gris triste,
+verdoso, con reflejos metálicos.
+
+El coro sacudió de pronto su melancolía. Una moza inició cierto
+pasacalle vivo y alegre. Las demás la siguieron, de buena voluntad como
+si despertasen de un sueño triste.
+
+ _No te compongas_
+ _que ya no irás_
+ _a San Antonio_
+ _a pasear_,
+ _que está lloviendo_
+ _y te mojarás_
+ _el vestidito_
+ _y no tienes más._
+
+La emprendieron con él a gritos, desaforadamente, con la fe y el ahinco
+con que lo cantaban todo. Una de ellas, a los pocos momentos, improvisó
+una copla alusiva a la situación:
+
+ _A San Antonio_
+ _vente a pasear_,
+ _verás al Duque_
+ _que es muy galán._
+ _Todas las niñas_
+ _que en Sarrió hay_
+ _la bienvenida_
+ _le van a dar._
+
+Y desde entonces, como si aquélla fuese la señal, no cesaron de
+requebrar en sus cánticos al magnate. El cual, dirigiendo el _monocle_
+unas veces a la derecha, otras a la izquierda, y sacudiendo la cabeza
+con benévola sonrisa, repetía por lo bajo:
+
+—¡Precioso, precioso! ¡Un tapiz de Teniers! ¡Un paisaje de Lorrain!
+
+Cuando llegaron a la villa, era noche cerrada.
+
+Subió el Duque con su secretario a las habitaciones que don Rosendo le
+había destinado. El secretario era un joven de veinticuatro a veintiséis
+años, pálido, rubio, en cuyo cerebro abultado de feto no cabían más
+ideas que la de la importancia colosal del Duque, y la necesidad
+imperiosa de llegar a ser un personaje, si no de tanta cuenta, lo
+bastante para tener también secretario. Fuera de esto, el mundo no tenía
+explicación para Cosío, que así se llamaba. Después que hubo descansado
+unos momentos el magnate, bajó a comer en traje de etiqueta. Cosío lo
+mismo. Don Rosendo había cambiado la hora española de comer por la
+francesa. Al verle entrar de aquel modo, la familia se turbó. Sin duda
+Belinchón, su hijo y su yerno habían dado una pifia no poniéndose el
+frac. Venturita se lo hizo notar ásperamente a su marido en voz baja.
+Este se encogió de hombros con supremo desdén, moviendo los labios de un
+modo despreciativo. Estaba de mal humor. Al ver la mesa puesta sin el
+plato de la niña, había preguntado por él. Su mujer le había contestado
+con malos modos:
+
+—¡Pero, hombre, no seas ridículo! ¿Quieres que la niña coma hoy con
+nosotros?
+
+—¿Por qué no?
+
+Venturita se había escandalizado. Después se había reído preguntándole
+si había aprendido aquellos usos en el club de regatas. Esto le había
+irritado, le tenía propenso a no mostrarse con el Duque todo lo
+deferente y respetuoso que debía. En cambio, ella hacía días que se
+preocupaba con los preparativos para recibir al ilustre huésped. Por su
+consejo y dirección se había aumentado la servidumbre, poniendo librea a
+los criados. Viendo a Pachín, uno muy antiguo en la casa, con aquel
+extraño uniforme, Gonzalo se había reído a grandes carcajadas, lo que
+excitó la bilis de su esposa. Habíase encargado una nueva y fina vajilla
+con la cifra de Belinchón; todo el aparato de las comidas modernas,
+cuchillos de hoja de plata para la fruta, tenedores de ostras, tarjetas
+litografiadas para el _menu_ y otros utensilios inusitados hasta
+entonces en las comidas de la casa. El viento del extranjerismo soplaba
+también sobre aquella mesa abundante, sana, patriarcal, que hemos
+conocido al comenzar la presente historia.
+
+Ventura se presentó en el salón con traje azul marino de seda, descotado
+por el pecho, los brazos al aire. Había aprendido, no sabemos dónde, que
+en las comidas de ceremonia las señoras van descotadas. Doña Paula no
+cumplía con este precepto. En cambio, estaba esplendorosamente vestida
+con telas de vivos colores, que formaban triste contraste con su rostro
+marchito, minado por la enfermedad. Los únicos convidados eran Alvaro
+Peña y don Rufo.
+
+Pachín, el buen Pachín, vestido de máscara, abrió la puerta y dijo con
+voz sonora que Ventura le había ensayado:
+
+—La señora está servida.
+
+El Duque ofreció su brazo a doña Paula y se trasladaron todos al
+comedor. Esta ocupó el sitio preferente por indicación previa de su
+hija. El Duque se colocó a su derecha; don Rufo a su izquierda; los
+demás se fueron sentando sin orden: Venturita a la derecha del egregio
+huésped, después Alvaro Peña, Cosío, Pablito, don Rosendo. Gonzalo al
+lado de Cecilia.
+
+Y la comida dió principio, ceremoniosa, fría, con largos intervalos de
+silencio. Todos estaban cohibidos, aplastados por la grandeza del
+personaje que tenían delante. Este ostentaba una calva lustrosa que le
+tomaba casi toda la cabeza. Los pocos cabellos de la parte posterior y
+de los lados eran negros a pesar de sus cuarenta y seis años. Sus
+menores gestos eran observados con atención idolátrica. Las palabras que
+dejaba escapar, acogidas con una sonrisa de afectada complacencia y
+admiración. Las primeras que salieron de sus labios, después de algunas
+de cortesía, fueron para seguir admirándose de los contornos de la
+villa.
+
+—Yo no conocía del Norte más que las Provincias—decía con su
+pronunciación lenta, arrastrada.—Encuentro este país muy superior a
+ellas en lo que se refiere al paisaje. Ofrece mayor variedad, más
+riqueza de color. Hay sitios agrestes allá en el puerto que hemos
+atravesado, comparables a los más decantados paisajes de la Suiza. Y al
+llegar a la costa, se encuentra la misma suavidad de las líneas, la
+misma dulzura en el ambiente, que en el Mediodía de Italia.
+
+—¡Oh, señor Duque, usted nos favorece demasiado!—Pura amabilidad,
+señor Duque.—En el verano puede pasar este país; ¡pero en el invierno!
+
+Don Rosendo, Alvaro Peña y don Rufo, inundados de felicidad y gratitud,
+se ruborizaban, rechazaban aquellos elogios, como si fuesen dirigidos a
+ellos. El Duque siguió hablando como si no hubiese escuchado siquiera
+sus exclamaciones.
+
+—Es más abrupto que el de las Provincias, los tonos más pronunciados.
+He visto desde la carretera de Lancia hacia el Oriente, un término de
+montañas con las cimas nevadas aún, que es verdaderamente delicioso.
+Sólo le faltan al país algunos lagos, para ser digno de presentarse a
+los extranjeros.
+
+—Tenemos un lago en el occidente de la provincia—dijo Peña.
+
+—¿Un lago?—preguntó el Duque, levantando los párpados para fijarse en
+su interruptor.
+
+—Sí, señoj: se llama el lago Nojdón.
+
+El Duque dejó caer sobre el ayudante por algunos segundos su mirada
+vidriosa. Peña concluyó por turbarse. Después siguió, paseándola con
+esfuerzo por los circunstantes:
+
+—En mi galería de Bourges, tengo un paisaje de Backhuysen con un fondo
+muy semejante al de esas montañas. Solamente que en primer término,
+aparece un lago cercado de maleza. A la derecha, hay unos cisnes
+sumergiéndose en el agua; a la izquierda, una barca con dos jóvenes
+campesinos. Lo he comprado por la delicadeza del colorido tan sólo...
+
+—Al señor Duque le gustan por lo visto los buenos cuadros—dijo don
+Rufo plegando la boca hasta las orejas para sonreir.
+
+—¿Y a quién no le gustan?—respondió el magnate clavando en él sus ojos
+muertos de besugo.
+
+—¡Oh, sí, señor!... es verdad... tiene usted mucha razón. A todo el
+mundo le gustan... Pero es un vicio muy caro... Sólo los grandes
+potentados como el señor Duque pueden permitirse...
+
+Don Rufo se confundía, creyendo haber dicho una necedad.
+
+—¿El señor Duque posee muchos cuadros de los mejores pintores, según
+tengo entendido?—dijo a la sazón don Rosendo para salvar a su
+compañero.
+
+—Tengo algunos—respondió el prócer echando agua al mismo tiempo en el
+vaso de Venturita.
+
+Esta se estremeció de gratitud. La sangre se le agolpó al rostro.
+
+—La suya es una de las primeras galerías de Europa—decía, en tanto,
+por lo bajo Cosío a Peña.
+
+—Me gusta la pintura porque es el arte nacional—siguió diciendo el
+magnate.—Es el único en que hemos verdaderamente descollado, el único
+en el cual aún hoy florecemos... Porque yo, aunque he pasado la mayor
+parte de mi vida en el extranjero, amo mucho a mi patria—añadió con un
+amago de sonrisa en tono protector.
+
+La patria, si pudiera escuchar aquellas benévolas palabras, se
+estremecería infaliblemente de gozo, como Venturita.
+
+—La amo, confesando, no obstante, su degradación. La Naturaleza nos ha
+dotado con mano próvida de los más ricos dones. Un país fértil (no tanto
+como vulgarmente se cree, pero, en fin, fértil), admirablemente situado
+a un extremo de la Europa, tendiendo la mano a América al través de los
+mares. Un cielo, ¡oh, el cielo! no hay otro como él. El aire tiene aquí,
+sobre todo en el Mediodía, una transparencia... ¡Oh, una transparencia
+infinita! La desesperación de los pintores. En cambio esta transparencia
+da mayor pureza a la línea. En ninguna parte se destacan los objetos
+como aquí. En Castilla las torres se perciben a muchas leguas de
+distancia, con la misma dureza en los contornos que si estuviéramos a
+algunos pasos. Esto depende, claro está, de la altura a que se encuentra
+sobre el nivel del mar...
+
+—Los países muy elevados sobre el nivel del mar, se ha demostrado que
+son los menos inteligentes—apuntó don Rufo, respirando por su manía
+fisiológica.
+
+El Duque volvió la cabeza para mirarle y siguió como si no hubiese oído:
+
+—Luego el admirable brillo del sol que hace más crudo el contraste
+entre la luz y la sombra y añade la oposición de las masas a la decisión
+de las líneas. Sólo aquí, en el Norte, el vapor acuoso que flota en la
+atmósfera, reblandece y borra un poco los contornos, los esfuma; pero en
+cambio la riqueza de los tonos es mayor. En el Mediodía los tonos de la
+tierra se extinguen por el esplendor preponderante del cielo, por la
+iluminación universal del aire: ¡pero aquí! ¡qué inmensa variedad de
+_nuances_! ¡Oh, hermosa, infinita!... ¡Luego, qué fuerza, qué movilidad!
+En el Mediodía un tono permanece fijo. La luz inmutable del cielo le
+mantiene durante muchas horas, y lo mismo un día que otro. Mas en estos
+países en que la luz cambia a cada instante, varía también el color; el
+modelado es perfecto, las gradaciones del color _fondue_, transforman en
+espeso relieve su tono general...
+
+El Duque, que había comenzado a enumerar las ventajas de que los
+españoles estábamos dotados, no acababa de salir del contorno, de la
+luz, del color, se perdía en disquisiciones pictóricas que los
+comensales escuchaban con los ojos muy abiertos, sin comprender,
+moviendo con pereza las mandíbulas. Pero sin dejar de hablar atendía a
+Venturita. Prevenía sus deseos, echándole agua en el vaso, alargándole
+los entremeses, el pan, todo lo que pudiera serle agradable, haciendo
+seña al criado para que le sirviese vino cuando advertía que sus copas
+estaban vacías, con esa oportunidad desembarazada, elegante, del hombre
+educado en la cumbre de la sociedad. Venturita acogía aquellas
+galanterías confusa, sonriente, con vivos temblores de gratitud, sin
+comprender que en aquel momento no representaba para el magnate más que
+«la dama que estaba a su derecha».
+
+Gonzalo, mal prevenido contra el egregio huésped, se había llegado a
+cansar de aquel monólogo de pintura, y cambiaba frases por lo bajo con
+su cuñada, embromándola, como de costumbre, con lo poco que comía:
+
+—Vamos, Huesitos, otra chuleta, no te dé vergüenza porque este señor
+esté delante. Ya le hemos dicho que no se sorprendiera de verte comer
+tanto. Los temperamentos como el tuyo necesitan reponer la grasa.
+
+Cecilia contestaba sonriendo, con medias palabras, dirigiendo vivas
+ojeadas de respeto al Duque. Este, que había advertido su plática, por
+dos veces levantó los párpados para mirarles de aquel modo frío,
+distraído, que por no expresar nada, ni desdén siquiera, era el colmo
+del orgullo. La segunda vez, sobre todo, en que Cecilia y Gonzalo se
+rieron con gana llevándose la servilleta a la boca para apagar el ruido,
+la mirada del prócer fué más larga, más fría y distraída aún. Venturita,
+indignada, los apuñalaba con los ojos. Pero Gonzalo, o por vengarse de
+sus burlas anteriores, o porque en realidad no sintiese ante el
+personaje el embarazo y respetó que los demás, no amainó en la manía de
+platicar con su cuñada y hacerla reir.
+
+La fraternidad cariñosa de los dos cuñados, no decrecía. Gonzalo y sus
+hijas pertenecían a Cecilia. En todos los momentos de su vida, la
+influencia de ésta se dejaba sentir suave y bienhechora. De las dos
+niñas, la primera, Cecilita, tenía ya dos años y medio; la otra,
+Paulina, contaba ocho meses. Lo mismo una que otra, vivían al calor
+maternal de su tía. Ella las lavaba, ella las vestía, las daba de comer,
+las sacaba a paseo, enseñaba a orar a la primera. La madre, sin dejar de
+quererlas, se cansaba pronto, sus lloros la impacientaban, y cuando
+trataba de hacerlas callar no sabía; concluía por aturdirse y sofocarse.
+De aquí que en sus necesidades, en sus anhelos infantiles no clamasen
+más que por _tiita_. Alguna vez, Ventura, herida por esta preferencia,
+celosa, las forzaba a aceptar sus oficios, las retenía a su pesar al
+lado de ella. Esto sólo daba por resultado mayor despego en las
+criaturas mezclado de miedo. En cuanto a Gonzalo, tenía en Cecilia una
+hermana y una madre atenta siempre a evitarle disgustos, a separarle los
+abrojos del camino. En ella descansaba, a ella acudía como un niño
+grande y mimoso, impacientándose cuando no cumplía al instante sus
+deseos, molestándola más de la cuenta. Pero el lazo que le unía a su
+esposa, continuaba firme, inalterable. El vivo sentimiento de adoración
+y de deseo que le había hecho cometer la primera vileza de su vida, no
+se apagaba. Por mucho que se alejase, por excéntrica que fuese la órbita
+de su vida, Ventura le retenía con los rayos de su belleza, seguía
+fascinando como antes sus sentidos. Lo adivinaba muy bien Cecilia. Por
+eso cuando el joven, herido de algún desdén, de alguna palabra malévola
+de su mujer, se desataba en denuestos contra ella, sonreía con tristeza,
+procuraba calmarle, segura de que su cuñado no tardaría en humillarse,
+en ir contrito y avergonzado a besarle los pies.
+
+Cuando el prócer terminó al fin su monólogo, hubo unos instantes de
+silencio. Después, como si recordase una omisión cometida, principió a
+enterarse con benévola y afectada atención, de los asuntos de sus
+comensales.
+
+El señor don Rufo Pedrosa era médico, ¿verdad? El ejercicio de la
+medicina es penoso, sobre todo en provincias, donde no obtiene por regla
+general la merecida recompensa.—El señor Peña, marino, ¿no es eso? Oh,
+el cuerpo de la armada, siempre ha sido brillante. Lástima que no
+corresponda nuestro material de guerra al valor y a la pericia de los
+oficiales. ¿Corren mucho las escalas? ¿Da mucho que hacer la dirección
+de un puerto? Pensaba presentar en el Senado una moción, pidiendo la
+construcción de dos acorazados.—¿Y Pablito, se divertía mucho en
+Sarrió? ¿Qué recursos ofrecía aquella villa a los jóvenes? ¿Había estado
+en Madrid? Era aficionado a los caballos. ¡Ah! la equitación, un gran
+ejercicio. El Duque comprendía muy bien aquella afición. ¿Los caballos
+que tenía, eran del país o extranjeros?...
+
+Hacía todas aquellas preguntas de un modo distraído, con sonrisa de
+maniquí, apresuradamente, como si estuviese recitando una lección. Era,
+en efecto, la página más penosa del libro de la buena educación, aquella
+en que se advierte que es preciso hacerse agradable a las personas con
+quienes se habla, interesándose por sus negocios. A Gonzalo y Cecilia
+los miró un instante fríamente; pero no les hizo pregunta alguna.
+Cumplida tan ímproba tarea, el magnate volvió a caer en el eterno
+monólogo. Esta vez no fué sobre pintura, sino sobre arqueología. En
+Lancia había visto una capilla bizantina que le llamó mucho la atención
+por su pureza. No había en ella aún síntoma alguno de transformación. La
+catedral mediana. Sólo la torre era notable por su esbeltez. La aguja
+debía de ser, no obstante, primitivamente más alta, más _elancé_. Sin
+duda al restaurarla después de la destrucción causada por un rayo, se
+habían acortado sus dimensiones. Tenía entendido que Sarrió poseía una
+iglesia muy bella, estilo plateresco...
+
+Mientras el Duque arrastraba más que movía su lengua en disertación
+doctísima, infinita (como él diría), don Rosendo manifestaba en sus
+ademanes y en sus ojos una inquietud extraña que procuraba con cuidado
+refrenar, aunque sin resultado. Por tres veces había dado recados en voz
+baja al criado, y otras tantas había recibido de éste respuestas,
+también en voz baja.
+
+Llegó el momento del café. El Duque, terminado el monólogo arqueológico,
+había trabado conversación con Venturita, con ese admirable instinto que
+poseen los orgullosos para comprender a quién fascinan y a quién no. Y
+su plática se fué animando poco a poco. Alguna vez se dignaba sonreir el
+egregio huésped y hacía a su bella interlocutora el honor de levantar
+los caídos párpados para fijar en ella una mirada de curiosidad y
+simpatía. La joven, exaltada por aquella honra, con las mejillas
+encendidas y los ojos brillantes, departía con fácil ingenio y palabra,
+mostrando tanta gracia y finura, que el Duque quedó de ella altamente
+complacido. Al parecer, hablaban de pintura. Cecilia y Gonzalo, que
+charlaban aparte, la oyeron decir:
+
+—¡Oh, Rubens! ¡Qué modo de pintar la carne! Rubens es el Cervantes de
+la pintura.
+
+Gonzalo volvió la cabeza como si le hubieran pinchado. Y una viva
+sorpresa se pintó en su rostro.
+
+—Chica, ¿dónde ha aprendido mi mujer estas cosas?—dijo en seguida a su
+cuñada.
+
+Esta se encogió de hombros. Pero Venturita había observado el movimiento
+de Gonzalo, su sorpresa y las palabras que dirigió a Cecilia. Se puso
+colorada, y bajó la voz. Luego, observando la mirada burlona de su
+marido, le clavó otra, relampagueante y colérica.
+
+Mientras tanto, doña Paula explicaba a don Rufo la marcha de su
+dolencia. Cosío describía con orgullo a Peña y Pablito las grandezas y
+comodidades del castillo de Bourges, donde el Duque tenía su famosa
+galería de pinturas.
+
+Sólo don Rosendo permanecía silencioso, cada vez más inquieto, haciendo
+con los dedos nerviosos bolitas de pan. De pronto, su noble faz se
+extendió con una sonrisa bienaventurada. Todos levantaron al mismo
+tiempo la cabeza al escuchar en la calle un trompeteo horrísono. Era la
+orquesta de Lancia que al fin había llegado.
+
+
+
+
+XVI
+
+DE LO MUCHO Y BUENO QUE HIZO EL DUQUE DE TORNOS EN SARRIÓ
+
+
+_El Faro_ dedicó casi todo su número del jueves a cantar ditirambos al
+duque de Tornos. Publicó su biografía en la primera plana, describió en
+la segunda su entrada triunfal en la romería y el modo gallardo con que
+fué acompañado por las jóvenes más hermosas de la villa en medio de
+cantos y vítores. Insertó cerca de esta descripción unos versos con el
+mismo asunto de uno de los chicos de don Rufo. Por último, en la plana
+tercera, aún podían leerse dos o tres gacetillas referentes al egregio
+huésped. _El Joven Sarriense_ se limitó a dar la noticia de su llegada
+en un gacetilla cortés y fría, titulada _Bien venido_. Pero a renglón
+seguido, y cogiendo la ocasión por los pelos, la emprendió como siempre
+a tajos y mandobles con sus enemigos. Figuraba el gacetillero que don
+Rosendo llevaba al Duque al Saloncillo y le iba presentando uno por uno
+los hombres más notables que allí se reunían. Con tal motivo se hacía
+innoble chacota de don Rudesindo, don Feliciano Gómez, Alvaro Peña, don
+Rufo, Navarro y otras respetabilísimas personas. Indignó la gacetilla en
+alto grado a todos los amigos de Belinchón, e hizo crecer en sus
+corazones el fuego de la venganza. Por lo bien escrita y
+malintencionada, achacábase comúnmente a Sinforoso Suárez.
+
+¿Cómo? ¿Sinforoso no era el redactor principal de _El Faro_, el amigo
+fiel y edecán de don Rosendo? Ya no. Cerca de un año hacía que se
+apartara de sus antiguos amigos para ir a formar en las filas de los
+contrarios. Estos, sospechando la flaqueza de su carácter y las pasiones
+que germinaban en el fondo de su alma, le habían hecho la rosca, como
+vulgarmente se dice. Persuadiéronle, por medio de su padre y otras
+personas, de que unido a los del Saloncillo no haría jamás carrera; que
+atacando las ideas religiosas de la población no sería recibido en las
+casas respetables ni bienquisto de las damas. Al mismo tiempo procuraron
+engolosinarle con la perspectiva de un matrimonio para él muy brillante.
+La hija de un cuñado de Maza, era la joven que se le prometía vagamente.
+Al fin, con sorpresa y estupefacción de la villa, traicionó a sus amigos
+y protectores. De la noche a la mañana dejó la redacción del _Faro_ y
+pasó a escribir en _El Joven Sarriense_. No fué impunemente,
+sin-embargo. La primera vez que tropezó con él Alvaro Peña en la Rúa
+Nueva, a las doce del día, le llenó de denuestos, y lo que es peor, le
+llenó la cara de dedos. La corrección fué tan vergonzosa, tan
+humillante, que Sinforoso, que no pecaba de bravo y altanero, concibió
+contra su verdugo odio feroz y un deseo punzante de venganza. Armándose
+de un palo de hierro que le facilitó su nuevo amigo Delaunay, esperó al
+ayudante en la esquina de la calle de San Florencio, y por detrás le
+arrimó un garrotazo en la cabeza que le hizo caer al suelo sin sentido.
+Transportaron a Peña a su casa y estuvo más de ocho días en la cama.
+Fueron inútiles los esfuerzos de sus amigos para obligarle a que diese
+parte a la justicia. A todo trance, como hombre irascible y arrebatado,
+quería tomársela por la mano, lo cual tenía sumamente medroso al agresor
+y bastante preocupada a la población. Contábase que el ayudante, mirando
+desde la cama por el balcón de su cuarto las tapias del cementerio,
+había dicho con acento de profunda convicción:—«El pobre Sinforoso no
+tajdará muchos días en dojmij allí para siempre.» Tales palabras
+produjeron gran sensación en la villa, porque se le suponía con arrestos
+para llevar a cabo el propósito. El efecto que hicieron en Sinforoso, no
+es para descrito.
+
+En cuanto el ayudante salió a la calle, restablecido ya de su herida, el
+hijo de Perinolo se eclipsó. Nadie volvió a verle en un mes. Se decía
+que sólo salía de noche y con grandes precauciones. Pero, como todo
+decae y pasa en este mundo, su miedo mismo fué al cabo debilitándose,
+pensando tal vez que los sanguinarios pensamientos de Peña se habían
+borrado igualmente con el tiempo. Poco a poco se fué familiarizando con
+el peligro. Se aventuró a salir de día, huyendo, no obstante, de
+aquellos sitios en que pudiese tropezar con su cruel enemigo,
+informándose de todos si le habían visto pasar y hacia qué paraje se
+había dirigido. Con esto, la villa estaba anhelante, y preveía que la
+hora menos pensada iba a suceder una catástrofe.
+
+Cierta tarde, con la seguridad que le dieron de que Peña había ido de
+paseo hacia la Escombrera con don Rosendo, nuestro Sinforoso se arriesgó
+a entrar a beber una botella de cerveza en el café de la Marina. Sentóse
+en una de las primeras mesas y al instante observó que los rostros de
+los parroquianos, muchos de ellos conocidos y amigos, se volvían hacia
+él sonrientes unos, otros con expresión de susto. No se pasaron muchos
+segundos sin que llegase a sus oídos la voz campanuda del ayudante, que
+discutía con sus amigos allá en el fondo del café, en lo más obscuro.
+Oirla nuestro periodista y dejarse caer al suelo en cuatro patas, fué
+todo uno. De esta suerte fué caminando sigilosamente hasta que alcanzó
+de nuevo la puerta, y se salió a toda velocidad. Cuando supuso que
+estaba ya muy lejos, uno de los parroquianos gritó:
+
+—Alvaro, ¿sabes quién acaba de estar aquí?
+
+—¿Quién?
+
+—Sinforoso: ahora mismo se ha ido.
+
+—¡Ah, mala centella que lo mate!—exclamó brincando más que corriendo
+al través de las mesas, saliendo disparado como un cohete.
+
+Pero, ¿dónde estaba ya Sinforoso? Después de correr buen trecho por la
+calle sin saber a dónde iba, el ayudante se vió precisado a dar la
+vuelta y entrar de nuevo en el café con el despecho y la ira pintados en
+el rostro. Tanto tiempo se pasó, no obstante, sin lograr tropezar con
+él, que al cabo concluyó por perdonarle. Satisfizo su agravio con
+arrearle un par de puntapiés en el trasero, cuando después de tres
+meses, le halló paseando en la punta del Peón. El hijo del Perinolo dió
+gracias al Cielo de haber librado tan bien.
+
+El enojo que la indigna gacetilla les produjo, se fué templando con la
+esperanza de aplastar muy pronto a los reptiles que la habían inspirado,
+o por lo menos darles algunos golpes formidables con el ariete del
+Duque. Los amigos de Belinchón andaban, los días que siguieron a la
+llegada de aquél, satisfechos y rozagantes, mirando a sus enemigos con
+ojos provocativos.—«Temblad, petates, temblad»—parecían decirles con
+la mirada.—El mismo don Rosendo, tan magnánimo, tan filósofo, tan
+humanitario, participaba de aquel rencor implacable, deseaba
+ardientemente el exterminio de sus contrarios. Poco a poco, a impulso de
+la lucha mortal en que estaba comprometido, aquellos sentimientos
+románticos de progreso, aquel amor a los adelantos morales y materiales
+de su villa natal, que hemos tenido el placer de admirar en los primeros
+capítulos de esta historia, habían cedido el sitio a un triste deseo de
+destrucción. Sin embargo, esto era puramente accidental. Allá en el
+fondo, su alma quedaba tan pura, tan progresista como había salido de
+las manos del Hacedor.
+
+El partido del Saloncillo formó en torno del Duque una muralla
+impenetrable; «le secuestró», según la expresión del _Joven Sarriense_.
+No salía jamás a la calle sin ir acompañado de cuatro o seis de sus
+miembros más notables. Para mostrarle lo que guardaba la población digno
+de verse, le llevaban materialmente escoltado. Después vinieron las
+jiras a los caseríos y parroquias de las cercanías, a las casas de
+campo de los amigos de Belinchón, los banquetes opíparos, las
+excursiones de pesca y las cacerías. Realmente la vida era grata en
+Sarrió por el verano. El Duque, que había mandado delante un regular
+equipaje, tenía los enseres necesarios para pintar, y aprovechaba los
+ratos en que se le dejaba libre para bosquejar horrendos paisajes dignos
+del fuego eterno. Sus relaciones con la familia de Belinchón eran de
+estricta finura, una cortesía infatigable que mantenía admirablemente
+las distancias. En sus palabras, en su gesto, se traslucía siempre un
+sentimiento afectuoso de protección que suavizaba un poco aquella
+expresión de cansancio y hastío en que constantemente caía su rostro
+cuando le dejaban en libertad.
+
+Tan sólo con Venturita parecían animarse un poco aquellos ojos muertos.
+Cuando se hallaba al lado de ella, el Duque redoblaba su finura hasta
+dar en viva y desenvuelta galantería. Cuando hablaba al corro de la
+familia, su mirada iba dirigida a ella, como si entre los demás no
+hubiera ninguno capaz de comprenderle. Las creaciones de su pincel nadie
+las veía primero que la esposa de Gonzalo, y si de alguien estimaba la
+admiración, era de ella. Le había dado a leer algunas novelas francesas
+que traía, y sobre su argumento y el mérito de los autores departían
+largamente en la mesa escuchados por los otros que apenas sabían de qué
+se trataba. Y al cabo de algunos días le propuso hacer su retrato. Sus
+aficiones le dirigían al paisaje; no había pintado más retratos que el
+de la duquesa de Montmorency y el de una de las infantitas de España;
+pero ahora sentía un vivo deseo, un capricho más bien, de retratar a
+Venturita tal cual la había visto por primera vez, con aquel traje azul
+marino descotado. La joven sintióse profundamente lisonjeada. La primera
+una duquesa, la segunda una infanta, ¡la tercera ella! Luego aquel
+singular deseo de retratarla en el traje de la primera noche, ¿no hacía
+presumir con fundamento que era viva la impresión que había producido en
+el Duque? Comenzaron las sesiones en uno de los gabinetes del piso
+principal. Don Jaime (que así se llamaba el magnate) había pensado
+retratarla reclinada en un diván rojo con algunas plantas y flores a los
+lados. Los tres primeros días asistieron a la sesión doña Paula, Gonzalo
+y Cecilia. Pero se cansaron pronto. En los siguientes los dejaron solos,
+viniendo la madre de vez en cuando a echar una ojeada al retrato y a
+decir dos palabritas de cortesía. En aquellos quince días que la pintura
+del retrato duró, la intimidad entre el Duque y la hermosa joven creció
+extremadamente. El magnate había condescendido hasta contarle mucha
+parte de su historia privada. La pública era bien conocida de todos.
+
+Don Jaime de la Nava y Sandoval se había casado muy joven con una
+egregia dama ligada por vínculos estrechos de parentesco con la
+soberana. No había sido feliz en su matrimonio. El amor frenético de la
+dama (que la había hecho saltar la barrera social que la separaba de su
+esposo), entibióse presto. Surgieron desavenencias. Hubo algún
+escándalo, y concluyeron por separarse. Don Jaime, aunque disfrutaba de
+las preeminencias y honores que correspondían a su elevada posición, no
+hacía, sin embargo, un papel muy airoso. Sobre su frente pesaba un
+estigma fatal, que le había hecho padecer mucho hasta que se fué
+acostumbrando. De esta herida, que dado el temperamento de su esposa, no
+tenía tiempo a cicatrizarse, vengábase lindamente despellejando a la
+aristocracia de Madrid, arrojando puñados de lodo que llegaban, a
+salpicar a las más altas personas. Pasaba el duque de Tornos por una de
+las lenguas más aguzadas y temibles de la capital.
+
+Venturita tuvo ocasión pronto de conocer su temple y su filo. En cuanto
+el magnate adquirió con ella alguna confianza y penetró por su larga
+experiencia, más que por su ingenio, el carácter que tenía, principió a
+dejarse resbalar un tanto en las conversaciones, como si el desenfado
+para tratar los asuntos escabrosos fuese una prueba de «buen tono».
+Habló con gran naturalidad y como cosa corriente, de las relaciones
+ilícitas que sostenía la mayoría de las damas aristocráticas de Madrid.
+«La duquesa de Tal, ahora está enredada con el hijo del banquero Fulano.
+La marquesa de Cual, se fugó a Bruselas con el secretario de la embajada
+de Rusia. A esta señora le gustaban los toreros; a aquélla la habían
+sorprendido con el lacayo. La condesa de Tal se gloriaba de tener tres
+amantes a un tiempo. La baronesa Fulana iba con el suyo en carruaje,
+mientras el marido guiaba afanoso los caballos.» No quedaba dama en la
+corte a quien no le arrancara una tirita de pellejo. No perdonaba
+siquiera a su esposa. Una vez concluyó por decir sonriendo
+cínicamente:—«Y por último, si se quiere saber lo que es la
+aristocracia de Madrid, ahí está la duquesa de Tornos, que es un buen
+resumen de todos sus vicios.»
+
+Ventura quedó aterrada. Sabía vagamente los motivos de rencor que el
+Duque tenía contra su esposa; pero no creía posible que un marido
+pudiese hablar de aquel modo de su mujer en ninguna circunstancia. No
+obstante, se hallaba tan fascinada por la grandeza del personaje, que
+pronto vino a figurarse que aquellas formas, aquel cinismo, eran la
+expresión de la moda y el «buen tono». Luego vinieron las anécdotas
+picantes. El Duque contaba con su voz cascada y aquella sonrisa de
+hastío y superioridad que no se le caía de los labios casi nunca,
+multitud de aventuras galantes, devaneos y obscenidades que hacía pasar,
+diciendo previamente:—«Usted ya está casada y se le pueden contar
+ciertas cosas.» En pocos días desplegó como en un gran telón ante los
+ojos pasmados de la joven, el mundo cortesano que tanto ansiaba ella
+conocer, la vida íntima, secreta, de aquellos jóvenes pálidos, de
+bigotes retorcidos, que veía pasar en la Castellana guiando lujosos
+trenes, de aquellas lindas y orgullosas damas, que ostentaban en su
+carruaje timbre ducal y apenas se dignaban dejar caer sobre ella una
+mirada indiferente y desdeñosa. Fingiendo nada más que complaciente
+atención, Ventura recogía ávidamente aquellos pormenores mundanos. Luego
+los repasaba con febril actividad en su imaginación inquieta, donde
+siempre habían germinado vagos deseos de brillo, caprichos fantásticos,
+aspiraciones imposibles. El duque de Tornos, sin propósito de ello, sólo
+por el placer de dar rienda suelta a su lengua de hombre gastado y
+herido, corrompió más en pocos días el alma de la joven esposa que todas
+cuantas novelas había leído. Al fin y al cabo lo que las novelas decían,
+era mentira, mientras que las anécdotas del Duque acababan de
+efectuarse, los personajes que en ellas habían intervenido vivían y eran
+conocidos de todo el mundo. En fin, todo aquello estaba sangrando, como
+se dice vulgarmente.
+
+El magnate, de alma corrompida y cuerpo gastado, y la bella provinciana,
+ansiosa de volar a esferas más altas, habían nacido, sin duda, para
+comprenderse. Se atrajeron por afinidad electiva como muchos cuerpos de
+la Naturaleza. Venturita agotaba todos los recursos de su imaginación en
+el tocador, y se presentaba cada día más seductora. Cuando el Duque,
+levantando un instante los párpados para mirarla, hacía una ligera señal
+de aprobación, el gozo le subía en forma de carmín a las mejillas. En
+aquel momento despreciaba de buena fe, con todas las veras de su alma,
+al mundo cursi en que la suerte la había hecho nacer y vivir. Aunque no
+abusaba, sabía usar perfectamente de la intimidad que el egregio huésped
+la concedía; se autorizaba con él alguna bromita de buen género, que
+hacía, no obstante, estremecer de susto a don Rosendo. Conocía que era
+la preferida y comenzaba a coquetear. El Duque, por su parte, afectando
+indiferencia absoluta por todas las cosas terrenales y celestiales, se
+preocupaba muchísimo de los _jaquetes_, levitas, camisolas, corbatas y,
+en general, por todo lo referente a la indumentaria. La variedad de
+prendas con que se presentaba, y lo original y aun estrambótico de
+algunas de ellas, llamaba poderosamente la atención del pueblo y
+deslumbraba a Venturita. En realidad, si ella se vestía para el Duque,
+éste se vestía también para ella.
+
+Vagamente primero, con más precisión después, la hija menor de don
+Rosendo pensaba que la amistad del magnate podía aprovecharse, no sólo
+para aumentar la influencia política de su padre en la población, sino
+también para dar lustre y brillo a la familia. Por ejemplo, una gran
+cruz... Los que la lograban tenían tratamiento de Excelencia. Si su
+padre fuese un Excelentísimo Señor, perdería aquel carácter de
+comerciante en bacalao, que a ella le crispaba. ¿Y por qué no se la
+habían de dar? A un personaje de tal magnitud como el Duque no le
+costaba mucho trabajo conseguirla. Hasta había oído decir que con dinero
+e influencia no era difícil llegar a poseer un título de conde o
+marqués... ¡Un título! Venturita, sin considerar que tenía un hermano y
+una hermana de más edad, se estremecía deliciosamente pensando que algún
+día pudiera ser «la señora marquesa» o «la señora condesa». Pero aquel
+marido que tenía era ¡tan obscuro! ¡tan enemigo de mezclarse en
+política, ni darse importancia! ¡Oh, si ella fuese la que llevara los
+pantalones, ya se vería hasta dónde llegaba!
+
+En poco tiempo su amistad y su influencia con el Duque crecieron de tal
+modo, que pudieron ser notadas, no sólo de los habitantes de la casa,
+sino también de muchas personas de fuera. Don Jaime la iba a esperar al
+baño muchos días y la acompañaba hasta casa atravesando la villa por el
+medio, excitando poderosamente la curiosidad pública. La joven se moría
+de placer deslumbrando de este modo, haciendo padecer a sus envidiosas
+conocidas. Porque el Duque no se ocultaba para prodigarle mil atenciones
+galantes, ni ella para ostentar un grado de confianza con él superior al
+de los demás de la familia. Gonzalo había observado, con secreto
+disgusto, aquella intimidad. El Duque «le había caído antipático» y
+notaba perfectamente que había reciprocidad en este sentimiento, por más
+que el personaje, como hombre de mundo, guardase frente a él una actitud
+cortés y hasta benévola, donde sólo un espíritu observador o un hombre
+de corazón y de instinto como Gonzalo podían traslucir la hostilidad.
+Sin embargo, a medida que la amistad y confianza con su esposa crecían,
+la antipatía del Duque parecía desvanecerse. Sus atenciones con el
+esposo eran cada vez mayores, y en apariencia, más sinceras. Como
+supiese que Gonzalo era excesivamente aficionado a la caza, le hizo el
+obsequio de una magnífica escopeta que a él le había regalado el czar de
+Rusia. El joven quedó agradecidísimo, y algo se borró con esta prueba de
+aprecio su antipatía. Después el magnate le invitó varias veces a salir
+de caza. En estas excursiones también se operó un deshielo evidente de
+sus sentimientos hostiles. Pero, desgraciadamente, vino un suceso casual
+a recrudecerlos. Un día, por hallarse Gonzalo en Lancia con una comisión
+de su suegro, salió el Duque a matar liebres acompañado solamente de don
+Feliciano y de Sanjurjo, el notario. Los perros que llevaban eran los de
+casa. Pues sucedió que el que más estimaba Gonzalo se portó inicuamente
+en la caza, tal vez por no asistir a ella su amo. Era un galgo finísimo
+que había encargado a Inglaterra y le había costado una cantidad
+exorbitante. La falta que cometió fué de las más graves que un individuo
+puede cometer en el uso de sus funciones. Nada menos hizo que después de
+cobrar una liebre, cuando el Duque corría hacia él para quitársela de la
+boca, soltarla de pronto en el suelo. El inocente animal, que sólo
+estaba herido en una pierna, corrió a esconderse en la maleza. Tal fué
+la indignación del magnate que, montando la escopeta, hizo fuego sobre
+el perro; mas éste, viendo la actitud agresiva del cazador, se había
+alejado rápidamente y no le tocó un solo perdigón. El Duque,
+encolerizado, furioso, le siguió para matarle, pero no logró darle
+alcance. El culpable se huyó del cazadero, y nadie le vió más aquella
+tarde. Cuando el magnate dió la vuelta a casa le dijeron que había
+llegado a ella el perro. Don Jaime, en quien todavía persistía la
+cólera, dijo al criado:
+
+—Coge ese perro, sácalo al campo, y pégale un tiro.
+
+El servidor se inmutó. Permaneció unos instantes suspenso; pero, ante la
+mirada fija, imperiosa del Duque, bajó la cabeza y se dispuso a
+cumplimentar la orden. Llamó al perro, le ató con una cadena, y tomando
+la carabina, salió de casa. ¡Qué ajeno iba el pobre animal de que le
+llevaban al suplicio! Brincaba con alegría, se retorcía, ladraba
+acariciando con la mirada al fiel servidor, el cual sentía que las
+lágrimas asomaban a sus ojos, maldiciendo del huésped y de la hora en
+que había llegado, pues era mucho lo que amaba a aquel hermoso
+animal.—¡Santo Cristo, qué va a decir el señorito Gonzalo cuando
+llegue, y sepa que le han matado el Polión!
+
+Justamente, al pensar esto, asomaba Gonzalo por la esquina de la misma
+calle. Acababa de llegar de Lancia en la diligencia, y se dirigía a
+casa. Al tropezar con el criado, le preguntó sorprendido:
+
+—¿Adonde vas, Ramón?
+
+El servidor acortado, temeroso, después de vacilar unas instantes, le
+respondió:
+
+—A matar el perro.
+
+La estupefacción del joven fué tan grande, que pareció quedar
+petrificado.
+
+—¡A matar el perro!
+
+—Sí, señor; el señor Duque me dió esa orden, porque soltó una liebre
+después de cobrarla.
+
+Gonzalo se puso lívido.
+
+—¡Y qué tiene que mandar ese sinvergüenza!...—rugió sin poder proferir
+más palabras, arrebatando al mismo tiempo la cadena de manos de Ramón,
+con tal fuerza, que le hizo tambalearse. Y se dirigió a paso largo hacia
+casa, arrastrando al perro, dispuesto a interpelar al Duque de un modo
+violento. Mas antes de llegar, tuvo tiempo a reflexionar que su posición
+era muy delicada. Reñir con el huésped por cosa tan baladí, a los ojos
+de todo el mundo, por más que a los suyos no lo fuese, pasaría
+seguramente por el colmo de la grosería. Contentóse al fin con mandar al
+Polión a la perrera, y saludar al magnate con un poco de frialdad.
+
+La antipatía, sofocada un instante, volvió a despertar con más fuerza.
+La amistad, las atenciones del Duque con su esposa, comenzaron, no ya a
+chocarle como antes, sino a herirle. No se le pasaba por la imaginación
+que tuviesen más carácter que el de finezas o galanterías usadas en la
+alta sociedad. La edad del prócer y la de su esposa parecía alejar todo
+motivo de celos. Sin embargo, «aquellas mojigangas iban picando ya en
+historia». Un día, hallándose a solas con Cecilia, le preguntó de pronto
+bruscamente:
+
+—Vamos a ver, Cecilia, ¿a ti qué te parece de la intimidad que va
+adquiriendo mi mujer con el Duque?
+
+La joven quedó sorprendida.
+
+—¿Qué me ha de parecer?—le contestó mirándole con sus grandes ojos
+serenos.—Que por lo visto Ventura le ha sido más simpática que los
+demás de casa.
+
+—Pero esa preferencia, ¿no te parece que va siendo ridícula para mí?
+
+—¿Por qué?
+
+—Porque sí... porque lo es—replicó con energía.
+
+Después de unos instantes de silencio, añadió con gravedad:
+
+—Tú, Cecilia, no sabes aún lo fácilmente que queda un marido en
+ridículo cuando tiene una mujer tan frívola, tan imprudente como
+Ventura.
+
+—¡Gonzalo!
+
+—Tan imprudente, ¡sí!... ¿Pero tú no observas qué afán tiene de hablar
+aparte con él, el placer que experimenta cuando todo el mundo la ve
+colgada de su brazo?... No me digas nada... Ya sé, ya sé que es pura
+vanidad. Toda su vida ha tenido el mismo carácter orgulloso y
+fantástico. Aunque no quieras convenir en ello, bien lo sabes. Pero aquí
+su vanidad puede traer consecuencias muy desagradables para mí... y para
+todos. Bueno que cada día se ponga un traje distinto, pensando que el
+Duque se va a fijar en ellos. Pase que se recorte las uñas en triángulo,
+y se dé colorete, y se descote, y hable de los cuadros de Meissonier,
+sin haberlos visto, y haga otra porción de cursilerías por el estilo.
+Pero, querida mía, esas sonrisitas delante de gente, esos apartes no son
+tolerables. Si esto dura algunos días más, me parece que voy a
+restablecer el orden de un modo que ella no puede sospechar siquiera.
+
+Cecilia procuró calmarle. Si él mismo convenía en que todo ello dependía
+del carácter romancesco de Venturita, ¿a qué exaltarse de aquel modo?
+Los celos eran ridículos. Nadie en el mundo podría suponer que Venturita
+fuese a considerar al Duque sino como lo que era, un hombre casado, un
+viejo que podía bien ser su abuelo.
+
+—No, si no tengo celos—decía avergonzado el joven.
+
+—Sí los tienes, Gonzalo. Aunque no te des cuenta de ellos, los
+tienes... Ese furor, esa exaltación, ¿qué son en el fondo más que
+celos?... Y mira, chico, perdóname que te diga que es hacerte muy poco
+favor, y hacerle menos aún a tu mujer. Si se te ha pasado por la
+imaginación que Ventura puede preferir un trasto como ése a un marido
+como tú, la supones con bien poco gusto.
+
+Al decir esto se ruborizó. Gonzalo agradeció el piropo con una sonrisa,
+sin darse por vencido. El instinto, que en él era poderoso, más que la
+inteligencia, le decía que sí, que era posible aquella aberración. Sin
+embargo, no quiso discutir, porque le humillaba defender tal supuesto,
+aunque fuese delante de su cuñada.
+
+Deseaba advertir a su esposa que le disgustaban las conferencias con el
+Duque, sus apartes, sus muecas y sonrisas que iban ya tomando carácter
+de verdaderas coqueterías. Pero conocía por experiencia a Venturita, y
+se temía a sí mismo. Cualquier frase punzante de las que ella usaba a
+menudo, cualquier burla inoportuna en aquella circunstancia, podía
+dispararle, y él no sabía a dónde iba a parar cuando se disparaba.
+
+Así estaban las cosas, cuando al día siguiente de aquella conversación
+con Cecilia, fué a dar una vuelta por la mañana al Saloncillo, según
+costumbre. Hojeando los periódicos que había sobre el velador del
+centro, cayó en sus manos el último número de _El Joven Sarriense_. Casi
+nunca lo leía. Por más que estuviese apartado de la lucha feroz de los
+bandos, odiaba a los del Camarote. Luego temía encontrarse con injurias
+a su suegro, que le excitaban la cólera. Pero esta vez paseó la vista
+con indiferencia por él, y la detuvo para leer unos versos de Periquito
+_a un grano de cierta dama_, que le hicieron reir a carcajadas. Debajo
+de estos versos había una gacetilla que llevaba por título: _Un marido
+como hay pocos_. Comenzó a leerla sin gana.
+
+«Viajando un mandarín de la China, llega a alojarse en la casa de cierto
+chino plebeyo que pone a su disposición las mejores habitaciones y
+compra los pescados más caros del mercado para obsequiarle. Este chino
+tenía una mujer muy hermosa, que desde luego llamó la atención del viejo
+mandarín (porque era viejo). El mandarín no mira para los muebles que el
+chino le presenta con orgullo, no repara en los lujosos tapices, en los
+pescados suculentos. Mira tan sólo a la esposa del chino. Este le va
+llevando a casa todos sus amigos, que se deshacen en cortesías y
+genuflexiones, le abruman a sonrisas y lisonjas. Pero el mandarín,
+apenas se digna dirigirles la palabra. Toda su saliva la gasta con la
+esposa del chino. Le hace ver la población, los monumentos más notables,
+los contornos pintorescos. Nada; el mandarín no tiene ojos más que para
+la china. Invítale a grandes y magníficas cacerías, condúcele en rauda
+balandra por el mar azul y tranquilo para que pesque plateados y
+sabrosos peces. Mas el mandarín medita, cuando echa los anzuelos al
+agua, que es mil veces preferible pescar a la linda consorte de su
+huésped. Y mientras todos en la casa y fuera de ella, observan la
+melancolía del mandarín y adivinan sus deseos, sólo el marido permanece
+sosegado, ignorante, persistiendo siempre en alegrarle con opíparos
+banquetes y regocijadas fiestas. Hasta que un amigo le dice al
+oído:—«¿No ves, papanatas, que lo que tu huésped quiere no son
+banquetes, ni pescas, ni cacerías, sino a tu hermosa mujer?» Entonces el
+chino, despertando de pronto de su ignorancia, toma a su mujer de la
+mano, se dirige con ella al mandarín, y le dice:—«Perdóname, señor, yo
+no veía tu tristeza, yo no adivinaba tus deseos. Aquí tienes a mi
+esposa. Si antes supiera que la apetecías, antes te la hubiera ofrecido,
+¡oh mandarín excelso!»
+
+Gonzalo terminó de leer la gacetilla con indiferencia. De pronto, cayó
+como un rayo sobre su mente la idea de que en aquel cuentecillo se
+aludía a él. Una ola de sangre subió a su rostro, y se lo encendió como
+una brasa. Echó una rápida mirada de vergüenza en torno. Estaba solo.
+Con las manos convulsas, tomó de nuevo el periódico que había dejado
+caer, y leyó la gacetilla por segunda vez, por tercera, por cuarta...
+Cuanto más la leía, más penetraba en su cerebro, más se aferraba a su
+espíritu la funesta sospecha. Y sintió un frío extraño que le invadía
+todo el cuerpo menos la cabeza. La primera idea que le acometió después,
+fué ésta:—«Voy ahora mismo a la redacción del _Joven_, y hago pedazos a
+cuantos encuentre dentro». Se puso el sombrero que se había quitado, y
+salió de la estancia. Pero al llegar a la escalera, se le ocurrió otro
+pensamiento; el del gran escándalo, la campanada que iba a dar en la
+villa. Iba a confesarse burlado ante la población entera. Sus enemigos,
+o por mejor decir, los de su suegro, ¡con qué placer le hincarían los
+dientes! Subió de nuevo las escaleras y entró en el Saloncillo para
+reflexionar un momento. Después de dar unas cuantas vueltas, con la
+mirada extática, sin saber él mismo si andaba o permanecía inmóvil,
+revocó su acuerdo. Tomó de la mesa el periódico, lo dobló pausadamente,
+y lo guardó en el bolsillo. Luego bajó la escalera de caracol y se
+dirigió a su casa, el rostro blanco, el paso lento, la mirada fija. El
+exceso de ira y la confianza en su fuerza, le habían devuelto la calma.
+
+—¿Está la señorita en su cuarto?—preguntó al criado que salió a
+abrirle la puerta.
+
+—Me parece que sí señor: preguntaré a la doncella.
+
+—No, no preguntes nada; voy allá yo.
+
+Y enderezó los pasos hacia el gabinete que le servía de habitación,
+desde que el Duque ocupaba el piso segundo. Al pasar por delante del
+corredor, no reparó en doña Paula, que estaba cerca de la puerta, y se
+inmutó al ver la expresión extraña de su fisonomía.
+
+Venturita estaba delante del espejo. Al ver a su marido, sin volver la
+cabeza le preguntó:
+
+—Hola: creí que habías salido ya. ¿Qué traes de nuevo?
+
+Gonzalo sacó del bolsillo el periódico, lo desdobló lentamente, y se lo
+presentó diciendo:
+
+—Esto.
+
+—¿Y qué es esto?—preguntó la joven con sorpresa.
+
+—Un periódico.
+
+—Ya lo veo... ¿Y qué?
+
+—Trae una gacetilla muy interesante. Léela. Aquí, en la tercera plana,
+debajo de estos versos.
+
+En el gabinete había aún tres o cuatro tiestos con plantas de las que
+habían servido para el retrato. Este, fijo ya en un gran marco dorado,
+estaba arrimado a la pared, esperando la hora de ser colgado en el
+salón. Los ojos de Gonzalo, al tropezar con él, se habían obscurecido
+todavía más. Y eso que la imagen de su esposa, más rubia que un canario
+y más colorada que una rosa de Alejandría, miraba al cielo con una
+expresión mística que jamás él la conociera. El Duque hablaba de enviar
+el retrato al Salón de París.
+
+Mientras Ventura leyó la gacetilla, no le quitó ojo, escrutando con
+anhelo inconcebible los rasgos de su fisonomía. Pero ésta permanecía
+inalterable. Sólo al terminar y ofrecerle de nuevo el periódico, la
+encontró ligeramente pálida.
+
+—¿Por qué me mandas leer esto?... No entiendo...
+
+—Voy a explicártelo—repuso Gonzalo con acento de ira concentrada,
+recalcando mucho las sílabas.—Te he mandado leer esto, porque el
+mandarín de que aquí se trata, es el duque de Tornos, la china eres tú,
+y el chino yo... ¿Lo entiendes ahora?
+
+Al decir esto, la miraba con extraña y terrible fijeza, apretando con
+mano crispada una rama de la planta que tenía a su lado.
+
+Ventura recibió aquella mirada sin pestañear, con sorpresa más que con
+susto. Vaciló un instante, moviendo un poco los labios para contestar.
+Por último soltó una gran carcajada.
+
+—¡Ave María, qué barbaridad!
+
+—Seamos serios, Ventura—replicó el joven.—Esto que excita tu risa, es
+una cosa gravísima que puede decidir de tu felicidad y de la mía...
+
+Ventura dió por toda contestación otra carcajada, y después otra.
+Parecía desternillarse de risa. Mas aquellas carcajadas no salían de
+adentro. Gonzalo notaba su afectación perfectamente.
+
+—¡Cuidado, Ventura, cuidado!—exclamó con el rostro demudado.—¡Mira
+que estoy hablando en serio!
+
+—¡Pero, hombre! ¡ja, ja!... ¿Quieres que no me ría, si me dices, ¡ja,
+ja, ja! que tú eres un chino y yo una china? ¡ja, ja, ja!
+
+Sus carcajadas eran cada vez más sonoras y más fingidas.
+
+—Hace ya bastantes días—profirió el joven, después de una pausa, con
+acento sombrío—que debiera haber puesto las cosas en orden... Esa
+intimidad infundada, inconveniente, estúpida, de que haces alarde,
+delante de gente, de tener con el Duque, me cargaba ya hasta los
+pelos... Pero no quería dar mi brazo a torcer. Siempre parecen ridículos
+los hombres celosos. Ahora bien, ¡mira, mira lo que me pasa por ser
+demasiado prudente!
+
+Al decir esto, arrancó la rama que estaba apretando, y la hizo una
+pelota dentro de la mano.
+
+—¿Pero estás celoso de veras?—le preguntó ella, con acento entre
+burlón y cariñoso.
+
+—Si lo estuviese, me callaría, Ventura... me callaría y observaría... Y
+si los celos fuesen fundados, he aprendido lo que se debe hacer antes
+que el cura me leyese la epístola de San Pablo... Pero aquí no se trata
+de celos... Ni la edad, ni la posición del Duque permiten bien que los
+haya, ni yo te hago la ofensa de suponer que le prefieres a mí. Lo que
+hay, es el ridículo que ha caído sobre mí por tus imprudencias. ¿Tú no
+ves, desdichada, que el público nos observa, que tenemos muchísimos
+enemigos, y que éstos se han de aprovechar del más mínimo pretexto para
+zaherirnos?
+
+—Bien, confiesas que esto no es más que un pretexto para
+mortificarte—dijo la joven poniéndose seria.
+
+—Sí, pero fundado en lo que tú has hecho arrastrada de esa vanidad
+necia, que en vano he querido arrancarte del alma.
+
+—Entendámonos, Gonzalo. ¿Qué es lo que yo he hecho?—profirió ella con
+voz irritada.
+
+El joven guardó silencio mirándola fijamente. Después de unos instantes
+dijo con lentitud:
+
+—Demasiado lo sabes. El repetirlo, me humilla.
+
+Hubo otro rato de silencio. Ventura preguntó al fin con impaciencia:
+
+—En resumidas cuentas, ¿qué quieres?
+
+—Voy a decírtelo—contesto el joven, reprimiéndose con trabajo.—Quiero
+que cese esa intimidad ofensiva para mí, como acabas de ver. Quiero no
+pensar más en el duque de Tornos, ni ver su sonrisa protectora, ni sus
+modales de conquistador aburrido. Quiero volver a la calma que todos
+disfrutábamos antes de su llegada. Y como lo quiero a toda costa, estoy
+dispuesto a conseguirlo a toda costa...
+
+Calló un instante y luego añadió con fuerza, con más fuerza de la
+necesaria:
+
+—Hoy mismo, saldrá el Duque de esta casa.
+
+Ventura le miró con estupor. Se puso repentinamente lívida, y con los
+labios temblorosos por la ira, exclamó:
+
+—¿Qué estás diciendo ahí? ¿Será necesario llevarte a Leganés?... Vamos,
+vamos—añadió con acento despreciativo,—hazme el favor de dejarme en
+paz. Ve a refrescarte, porque lo necesitas.
+
+La faz de Gonzalo se contrajo violentamente; su boca se abrió con una
+expresión de feroz sarcasmo, llamearon sus ojos.
+
+—¡Ah!—rugió más que dijo.—Conque la amistad de ese cornudo (porque es
+un cornudo, ¿sabes? toda España está enterada). ¡Conque la amistad de
+ese cornudo, te interesa más que la felicidad de tu marido! ¡Conque te
+figuras que yo por no ser duque y grande de España, no sé hacer respetar
+mi honor! ¡Ahora verás! ¡ahora verás!... Mira por lo pronto lo que yo
+respeto a ese cornudo...
+
+Y al decir esto, dió un puntapié al retrato, que cayó al suelo con
+estrépito. En seguida se puso a brincar sobre él los dientes apretados,
+los ojos inyectados en sangre, con una de esas cóleras fragorosas de los
+hombres fuertes y pacíficos. La tela quedó al instante hecha pedazos.
+Ventura, enteramente demudada, vomitó, más que dijo, con la osadía
+inconcebible de la mujer adorada:
+
+—¡Bruto! ¡bruto!
+
+La entonación de esta injuria era tan feroz, tan rabiosa, que Gonzalo
+levantó la cabeza como si le hubiesen clavado un hierro candente.
+Saltando sobre ella, la agarró por un brazo. La joven lanzó un grito
+penetrante de angustia. La mano de su esposo era una tenaza de acero que
+iba a triturarle el hueso.
+
+—¡Perdónala, Gonzalo, perdónala!—entró gritando en aquel instante doña
+Paula.
+
+El indignado joven volvió la cabeza sin soltar a su esposa. Al ver a su
+madre política, en cuyo rostro la enfermedad había hecho crueles
+estragos, contraído ahora por el terror, con los ojos suplicantes, las
+manos plegadas hacia él con mortal congoja, aflojó la suya y la dejó
+caer sobre el muslo.
+
+No tuvo tiempo a decir nada. Doña Paula, sin mirar a Ventura, le cogió
+de la ropa diciéndole:
+
+—Ven, hijo mío, ven. Yo arreglaré este asunto, y te volveré la calma.
+
+Y Gonzalo se dejó arrastrar como un autómata, lleno de confusión.
+
+Al llegar a su cuarto, la buena señora cerró la puerta.
+
+—Lo he oído todo—le dijo, clavando en él aquellos grandes ojos negros
+y tristes como los de una Dolorosa, único resto de su antigua
+belleza.—Te vi cruzar por el pasillo con una cara tan extraña, que no
+pude menos de seguirte... No sé lo que dice ese periódico que has dado a
+Ventura, pero debe ser algo muy feo y repugnante...
+
+—¡La injuria mayor que se puede hacer a un hombre!—profirió Gonzalo
+con la garganta apretada.
+
+—¡Qué infames! ¡Insultarte a ti que jamás les has hecho daño alguno!
+Tienes razón, la culpa es de Ventura. Sus ligerezas, el gusanillo que
+tiene metido en la cabeza, ha dado lugar a este disgusto, como a todos
+los otros más pequeños que hasta ahora habéis tenido. Pero no vayas a
+figurarte que hace estas cosas por maldad... Ventura es una loca, una
+taravilla; pero en el fondo no es mala. Con el tiempo se irá
+corrigiendo. Yo también he tenido mi cacho de orgullo y he gozado con
+ciertas tonterías que hoy me avergüenzan. ¡Oh, los años, las tristezas,
+las enfermedades, le van arrancando a una todas las ilusiones!... Lo que
+importa ahora, es evitar a todo trance mayores disgustos. Hace tiempo
+que vengo notando las atenciones del Duque con Venturita y la intimidad
+que ha nacido entre ellos. Sé fijamente que esta intimidad no tiene
+importancia alguna. Estoy enteramente segura de mi hija, como tú debes
+estarlo. Pero comprendo muy bien que la conducta de ese señor te
+moleste... Sobre todo, desde que un periódico se ha aprovechado de ella
+para injuriarte, las cosas no pueden continuar así. Es necesario tomar
+una resolución...
+
+—Ya está tomada—dijo sordamente Gonzalo.—Hoy mismo despido al Duque
+de esta casa.
+
+—No, tú no puedes ni debes hacerlo. Tienes el genio violento. Habría
+una escena escandalosa que es necesario evitar.
+
+—¡Pues es lo que yo quiero precisamente! ¡esa escena!
+
+—No seas niño, Gonzalo—repuso la señora.—El arreglo de este asunto me
+corresponde a mí, ya que Rosendo, fuera de su política, ni ve, ni
+entiende, ni oye. Un escándalo ahora, te pondría en ridículo...
+
+—¡Pues aunque así sea!—exclamó el joven con rabia.—Quiero tener el
+gusto de arrojarle de casa.
+
+—Me obligas a decirte, Gonzalo—replicó doña Paula con impaciencia y
+autoridad,—que no tienes ningún derecho a hacerlo. Ni tú le has
+invitado, ni eres el dueño de la casa...
+
+El joven se puso colorado. Observando su confusión, la señora añadió con
+acento cariñoso:
+
+—Tú eres un hijo nuestro, y los hijos no deben intervenir en estos
+asuntos, que corresponden a los padres. Nosotros tenemos el deber de
+velar por vuestra felicidad, sacrificarnos por ella. Yo haré que el
+Duque salga de esta casa, sin escándalo, sin que se entere nadie del
+motivo, sin exponerte a cometer una bajeza, de la cual te
+arrepentirías... No creas que lo hago por él, a quien detesto... Desde
+que llegó me ha sido profundamente repulsivo ese hombre. ¡Ahora que veo
+lo que ha traído a nuestra casa, figúrate cómo le querré! Lo hago
+únicamente por ti, a quien quiero, no diré más que a mi hija, porque los
+hijos... ¡Oh, los hijos!... Tú ya sabes lo que son... pero tanto, por lo
+menos... y a quien estimo mucho más...
+
+Gonzalo, enternecido, se dejó caer en una silla. Comenzó a sollozar como
+un niño, con el rostro entre las manos. La buena señora le puso la suya,
+pálida y descarnada, sobre la cabeza, diciendo con lágrimas también en
+los ojos:
+
+—¡Pobre hijo mío! Aguárdame un instante. Voy a decir a ese señor lo que
+hace al caso.
+
+Subió la señora de Belinchón la escalera de caracol que conducía al piso
+segundo. Arriba tropezó con el ayuda de cámara de su huésped.
+
+—¿Qué hace el señor Duque?—le preguntó.
+
+—Está pintando—respondió el criado mirando con sorpresa y curiosidad
+los ojos llorosos de doña Paula.
+
+—Dile que deseo hablar con él.
+
+Mientras el doméstico fué a avisar a su señor, doña Paula creyó que las
+fuerzas iban a faltarle. Comenzó a sentir los síntomas primeros de una
+de aquellas sofocaciones que de vez en cuando le daban. Pero la firme
+voluntad de devolver la calma a sus hijos venció a la enfermedad en tal
+instante. Encomendóse devotamente a la Virgen de las Mercedes, y penetró
+con resolución en el gabinete-estudio de don Jaime.
+
+El cual, vestido medio a lo oriental con un traje estrambótico que usaba
+por las mañanas dentro de casa, salió a recibirla teniendo aún en las
+manos el pincel y la paleta.
+
+—Señora—dijo inclinándose respetuosamente, quitando el gorro turco que
+le cubría la calva,—mucho siento que usted se haya molestado en subir.
+Bastaba un aviso para que yo me hubiera apresurado a ir a ponerme a sus
+órdenes.
+
+Doña Paula respondió con un gesto de gracias, llevándose la mano al
+corazón que le saltaba dentro del pecho como un potro desbocado.
+
+El Duque la examinó con sorpresa.
+
+—Siéntese usted, señora—la dijo, depositando la paleta y el pincel
+sobre una silla.
+
+Sentóse, en efecto, en una butaca. Don Jaime permaneció en pie.
+
+—Hay que cerrar la puerta—dijo ella tratando de levantarse nuevamente.
+Pero el caballero se apresuró a hacerlo. Después vino a colocarse frente
+a la dama, cuadrando los pies en actitud exageradamente respetuosa,
+esperando a que ella hablase.
+
+Tardó aún algunos momentos. Al fin, elevando hacia él sus ojos
+doloridos, dijo:
+
+—Señor Duque, usted nos ha honrado mucho viniendo a esta casa. Nunca le
+agradeceremos bastante esta prueba de estimación que nos ha concedido...
+
+El Duque se inclinó, levantando al mismo tiempo los pesados párpados
+para dirigir a su interlocutora una mirada, donde se traslucía la
+inquietud y la curiosidad.
+
+—¿Por qué no se sienta usted?—preguntóle doña Paula interrumpiendo su
+discurso.
+
+—Estoy bien, señora; siga usted.
+
+Con aquella interrupción se turbó. No supo proseguir en algunos
+segundos. Al cabo murmuró:
+
+—¡Es una desgracia!... No sabe usted, señor Duque, lo que está pasando
+por mí en este momento. ¡Quisiera morirme!
+
+Y las lágrimas acudieron a sus ojos. Sacó el pañuelo, y ocultó el rostro
+con él.
+
+El Duque, cada vez más inquieto, le dijo:
+
+—Serénese usted, señora. Soy un verdadero amigo de usted y de
+Belinchón. Cualquiera que sea el disgusto que usted tenga, yo lo
+comparto como si fuese mío también, y estoy dispuesto a hacer todo lo
+que esté de mi parte para calmarlo.
+
+—Muchas gracias... muchas gracias—murmuró la señora sin separar el
+pañuelo de los ojos. Al cabo de un rato de silencio, dijo con voz
+temblorosa:
+
+—Puede usted hacerme un favor muy grande... Un favor que le agradecería
+mientras tuviese un soplo de vida... Pero no me atrevo a pedírselo...
+
+—Le repito que estoy a sus órdenes, y que todo lo que pueda hacer en su
+obsequio debe usted darlo por hecho...
+
+—¡Oh, no; es una atrocidad!... Señor Duque, usted está muy lejos de
+sospechar que su venida a esta casa ha producido graves disgustos. Su
+carácter bondadoso y llano, la simpatía que el genio alegre y abierto de
+mi hija Ventura ha conseguido inspirarle, ha dado lugar a habladurías en
+el pueblo...
+
+—¡Oh!—interrumpió el Duque sonriendo, para ocultar cierta emoción de
+vergüenza.
+
+—Sí; habladurías muy ofensivas para todos nosotros, pero principalmente
+para mi hijo político, a quien queremos en casa como si fuese hijo
+verdadero... No le recrimino a usted ni a ella. Creo que en usted no ha
+habido más que exceso de amabilidad, que en un pueblo remoto como éste,
+donde todo choca y se comenta, acaso no ha debido usted tener... En ella
+ha habido la imprudencia y la ligereza que siempre han sido sus
+defectos. Es una chiquilla que tiene la voluntad virgen, como suele
+decirse... Si este pueblo no estuviese dividido, no hubiera esa maldita
+guerra que a todos nos mata, acaso nadie se hubiera fijado... Por
+desgracia, nuestros enemigos buscan el más pequeño pretexto para
+mortificarnos y sacarnos a la vergüenza... Se ha publicado ya una
+gacetilla que hiere de un modo escandaloso a mi yerno... y esto no lo
+puedo consentir.
+
+Doña Paula había ido perdiendo su cortedad a medida que hablaba. Las
+últimas palabras las pronunció con energía. A la faz terrosa del Duque
+había acudido un poco de color. Por la cabeza debieron pasarle ideas
+graves y tristes; pero en realidad no le pasó más que la siguiente:
+«Esta mujer me está dando una lección».
+
+—Siento mucho, señora—dijo con expresión soberbia,—haber ocasionado a
+ustedes un disgusto... Pero estoy tan acostumbrado a que el público se
+fije en mis actos y los comente a su gusto, que esas habladurías y esas
+gacetillas de que usted acaba de hablarme, no me causan la más mínima
+molestia. Los pequeños se vengan de la superioridad de los grandes,
+murmurando de ellos. Es ley eterna que no se debe contrariar.
+
+—Todo eso está muy bien, señor Duque. A un personaje tan alto como
+usted, no pueden llegar las murmuraciones del pueblo... Pero a nosotros
+es muy distinto. No estamos colocados en esa altura y las malas lenguas,
+crea usted que nos hacen muchísimo daño...—respondió doña Paula con
+inocencia que resultaba profundamente irónica.
+
+El Duque algo impaciente, jugando nerviosamente con el gorro que tenía
+en la mano, replicó:
+
+—Repito que lo siento mucho, señora. Si hubiera sabido que mis
+inocentes atenciones con su hija pudieran interpretarse tan
+malignamente, me hubiera guardado bien de prodigárselas... En adelante
+procuraré ser más cauto... Pero, ¡Dios mío!—añadió riendo.—¿Cómo es
+posible figurarse que un hombre de mis años pueda mirar a una niña como
+Ventura, sino con ojos paternales?
+
+Allá en el fondo, sentíase halagado de aquella suposición.
+
+—¡Oh! señor Duque, los hombres de la posición de usted, no son nunca
+viejos. El brillo atrae mucho a las mujeres... Por eso no basta que
+usted se reprima en adelante y sea prudente. Es necesario quitar al
+mundo todo pretexto para murmurarnos...
+
+El Duque se puso repentinamente pálido. Vaciló unos instantes, y dijo al
+cabo:
+
+—Saliendo yo de esta casa, ¿verdad?
+
+—Ese era el favor que venía a pedirle—dijo ella sin levantar los ojos,
+con entonación humilde.
+
+Don Jaime se puso aún más pálido. Dió una vuelta por la estancia
+arrugando con mano crispada el gorro turco, dejó escapar una risita
+sarcástica, y volviendo a plantarse delante de doña Paula, dijo con
+burlona arrogancia:
+
+—¿De modo, señora, que me echa usted de su casa?
+
+—¿Yo, señor Duque?... ¡Qué idea!... Lo que quiero únicamente es
+devolver la calma a mis hijos, y evitar un choque...
+
+—¿Qué choque?—preguntó el Duque, por cuyos amortiguados ojos pasó un
+relámpago siniestro.
+
+Doña Paula adivinó un peligro para su yerno, y se apresuró a enmendar la
+imprudencia.
+
+—El choque de mi hijo político con los canallas que pretenden
+insultarle... Mire usted, Duque; si toma a mal la súplica que acabo de
+hacerle, se equivocará mucho... Nosotros estamos tan honrados con su
+estancia en nuestra casa, que nada nos ha causado tanto orgullo como esa
+preferencia... Mi marido la ha solicitado con empeño, y ha recibido gran
+alegría cuando supo que usted había aceptado su invitación... ¿Cómo
+puede nadie figurarse que yo no me encuentre satisfecha teniendo en mi
+casa a una persona tan elevada, yo que soy una pobre mujer del pueblo,
+hija de un marinero, nieta de un sereno, a quien toda la villa llama la
+Serena, como llamaron a mi madre y a mi abuela?... Verdad que si hubiera
+sido hace algunos años, estaría más orgullosa... Los desengaños, las
+tristezas, van labrando la soberbia... Pero de todos modos estoy muy
+contenta, y sólo el temor a los grandes disgustos que pueden venir a mis
+hijos, me ha obligado a dar este paso... que usted me perdonará...
+
+Don Jaime dió otro paseo por la sala, se detuvo en el medio a meditar
+unos instantes, y concluyó por hacer un gesto de desdén con los labios,
+levantando al mismo tiempo los hombros. Luego vino hacia doña Paula y le
+preguntó:
+
+—¿Su marido tiene conocimiento del paso que usted acaba de dar?
+
+—No, señor..., y me alegraría de que pudiera arreglarse todo sin que él
+se enterase...
+
+—Perfectamente. Hoy mismo quedará usted complacida.
+
+—¡Oh, señor Duque! Mil gracias... Usted sabrá perdonar...—exclamó
+levantándose y extendiendo hacia él las manos.
+
+El magnate se limitó a inclinarse profundamente sin contestar.
+
+—Le suplico que no me guarde rencor...
+
+—Lo que acabamos de hablar quedará secreto entre nosotros. Buscaremos
+medio de que nadie sospeche el motivo de mi marcha. Procure usted
+desempeñar bien su papel. Yo respondo del mío.
+
+Doña Paula salió de la estancia escoltada por el Duque, que la despidió
+a la puerta con una exagerada y silenciosa reverencia.
+
+Al llegar a la escalera la angustiada señora, respiró con libertad.
+Aunque fuese a costa de aquellas penosas emociones, se alegraba
+vivamente de haber arreglado el asunto sin escándalo y sin peligro. Y
+con pie ligero, ella que ordinariamente se arrastraba ya para andar, a
+causa de su dolencia, fué a comunicar a Gonzalo el resultado de la
+visita.
+
+A la hora de almorzar el Duque manifestó que había recibido carta de uno
+de sus hijos en que le noticiaba que vendría a pasar el mes de
+septiembre con él a Sarrió. Probablemente vendría también su hermano el
+marqués del Riego. Con este motivo expresó su resolución de tomar
+habitaciones en la fonda. Al instante fué contrariada con gran calor por
+don Rosendo, con el apoyo de su esposa. Venturita se había puesto
+pálida. Miraba al Duque de un modo particular. Gonzalo, con los ojos
+bajos, el rostro sombrío, comía en silencio mientras se disputaba. A
+pesar de todas las razones que don Rosendo alegó para retenerle,
+haciéndole presente que la casa era capaz para recibir a los nuevos
+huéspedes, el disgusto que a él y toda su familia iba a ocasionarles
+aquella tan inopinada marcha, etc., etc., el Duque se mostró inflexible.
+Respondía con la misma sonrisa protectora a cuanto se le manifestaba, y
+repetía sin cesar frases de agradecimiento y amistad.
+
+Convencido al fin de que era inútil insistir, el insigne cuanto
+atribulado don Rosendo, fué con el mismo Duque y su secretario a ver las
+habitaciones de la fonda de la Estrella, la única decente que había en
+la villa. Alquilaron todo el piso principal. Al día siguiente se
+trasladó el magnate, a pesar de las vivas representaciones de su huésped
+para que se quedase al menos mientras no llegasen los otros.
+
+Sorprendió vivamente a la población aquel traslado. Preguntóse la causa;
+y aunque don Rosendo informó cumplidamente a todo el mundo de lo que
+había acaecido, no pudo evitarse que quedase en el espíritu del público
+alguna duda o sospecha de que las cosas no habían pasado enteramente
+como Belinchón las relataba. Particularmente sus enemigos recibieron
+gran alegría. Se dedicaron con afán a descifrar aquel enigma, pensando,
+no sin razón, que los del Saloncillo ya no podrían utilizar la fuerza
+del Duque para combatirles. En los dos meses y pico que éste llevaba de
+permanencia en Sarrió, los amigos de don Rosendo habían conseguido que
+prosperase en el juzgado una denuncia contra el alcalde, previa la venia
+del gobernador de la provincia; habían logrado «tumbar» al administrador
+de Correos que era del Camarote, y que se resolviese en favor suyo «el
+problema del matadero». Los amigos de Maza, que andaban cabizbajos y
+abatidos, recibieron la noticia como una mosca, próxima a morir en el
+otoño, recibe un tardío rayo de sol. ¡Santo Dios qué calurosos
+comentarios aquella noche en el Camarote! ¡Cuánta conjetura! La alegría
+chispeaba en todos los ojos. Abríanse las narices olfateando la caída de
+los del Saloncillo, y su próxima y definitiva victoria. _El Joven
+Sarriense_ publicó en su primer número la siguiente lacónica, pero
+endemoniada gacetilla: «El lunes se ha trasladado a las habitaciones del
+piso principal de la fonda de la Estrella el Excelentísimo señor duque
+de Tornos, conde de Buenavista, que estaba hospedado en casa de don
+Rosendo Belinchón. Damos al egregio Duque la más cumplida enhorabuena».
+Este indigno comentario tuvo dos días enfermo al nobilísimo Belinchón,
+pasados los cuales mandó sus padrinos a Maza. Pero éste contestó que
+mientras estuviese constituído en autoridad no podía batirse. Cuando
+dejase de estarlo ya vería si le convenía cruzar las armas con
+«semejante mamarracho». Como los padrinos contestasen en mal tono, les
+amenazó con llevarlos a la cárcel, y hubieron de retirarse.
+
+El duque de Tornos siguió visitando de vez en cuando la casa de don
+Rosendo y dejándose acompañar por éste y sus amigos siempre que salía a
+la calle. En la apariencia, la amistad entre ellos seguía inalterable.
+La poca gente imparcial que había en Sarrió iba creyendo que no había
+misterio alguno en su traslación y que todo era imaginaciones ridículas
+de los del Camarote, a quienes cegaba el deseo de vencer a sus
+contrarios. Sin embargo, pasaban los días, había entrado ya septiembre,
+y ni el hijo ni el hermano del magnate acababan de llegar. Este había
+mejorado muchísimo de salud en Sarrió, según decía a cuantos se le
+acercaban. Hizo traer de Madrid coche y caballos y compró una bonita
+balandra para pescar. Parecía disponerse a pasar todavía algunos meses
+en la villa.
+
+En sus relaciones exteriores con la familia Belinchón, esto es, cuando
+se encontraba con ella en público, observaba una conducta delicada y
+afectuosa, como personas a quienes debía muchas atenciones. Con
+Venturita no se autorizaba tantas familiaridades, pero no dejaba de
+hablarla en el teatro o en el paseo de un modo cariñoso. Así hacía
+perder la pista a los que buscaban la causa de su salida de la casa.
+Doña Paula estaba muy satisfecha de esta conducta. El mismo Gonzalo,
+comprendiendo que no se le podía exigir más, se mostraba con él atento y
+cortés. La tranquilidad había vuelto a renacer entre los jóvenes
+esposos. Venturita, después de unos días en que no cambió con su marido
+palabra alguna y aparecía pálida y ceñuda, herida, sin duda, por la
+violencia que éste había desplegado en la escena que hemos descrito,
+volvió a ser lo que antes, alegre y decidora unas veces, colérica y
+caprichosa otras, siempre de palabra aguzada y sarcástica. Notó, sin
+embargo, Gonzalo cierta amabilidad y deferencia inusitadas en ella. Lo
+achacó al deseo de borrar el recuerdo de aquel pasajero, pero muy
+peligroso disgusto que habían tenido.
+
+Y así continuaron deslizándose los días serenos en la casa de don
+Rosendo, sólo turbados por los altibajos que la enfermedad de doña Paula
+sufría. Tan pronto estaba en pie como en la cama. Salía en coche a dar
+largos paseos con Cecilia o con Ventura, y solía llevar a su nieta
+Cecilita, en quien adoraba. Don Rufo hablaba de la necesidad de
+trasladarse a otro clima, a otro país más elevado sobre el nivel del
+mar, donde el aire tuviese menos presión. Y don Rosendo, aunque con
+repugnancia, pues el pensamiento de exterminar a sus contrarios y hacer
+de una vez la felicidad de su villa natal, le perseguía sin cesar, iba
+entrando por la idea y trazando vagamente planes útiles y grandiosos
+como todos los suyos. Flotaba en su imaginación el proyecto feliz de
+trasladar _El Faro de Sarrió_ a Madrid y hacerlo diario con el título de
+_El Faro de las Provincias_. Defender los intereses morales y materiales
+de las provincias, sostener su vida autonómica, independiente, frente a
+la acción y poderío absorbentes de la capital, «foco de inmundicia que
+envenenaba la savia de la nación y secaba todos sus veneros de riqueza».
+¡Qué grande y noble pensamiento!
+
+A fines de octubre, Gonzalo fué a Lancia con una comisión de su suegro.
+Se trataba de persuadir a un banquero de aquella población, para que no
+enajenase las acciones que tenía, en un embarcadero de Sarrió, a cierto
+individuo del Camarote, como se decía. En todo caso, que se las cediese
+por el mismo precio a don Rosendo. Hacía ya dos días que estaba allá. Al
+tercero por la tarde, cerca de la hora del obscurecer, se le ocurrió a
+doña Paula subir a hacer una visita a su hija Ventura, que desde el
+traslado del Duque había vuelto a ocupar el piso segundo. Muy rara vez
+subía ya la buena señora la escalerilla de caracol. Pero aquel día se
+sentía más ágil, más desahogada del pecho. Quiso probar sus fuerzas y
+darse a sí misma una prueba de que estaba mejor.
+
+El móvil inmediato fué llevar a su nieta Cecilita una muñeca, cuyo
+vestido desgarrado le acababa de coser la doncella. Los peldaños se le
+hicieron muy altos. Al llegar a la mitad tuvo que detenerse a tomar
+aliento. Cuando llegó al piso, dijo en la voz más alta que pudo:
+
+—Cecilita, hija mía, ¿dónde estás?
+
+—Aquí, abuelita, aquí—respondió la niña saliendo de la estancia de su
+madre.
+
+Era una criatura que aun no había cumplido los tres años, rubia como el
+oro, tan habladora y espontánea, que ejercía sobre la abuela verdadera
+fascinación.
+
+—¿Qué me taes, abuelita, qué me taes?—preguntó, mirando con avidez a
+doña Paula, después de haberla abrazado por las piernas con tal ímpetu,
+que por poco da con ella en tierra.
+
+—La muñeca, hermosa, que te ha arreglado la chacha.
+
+—Muñeca no... muñeca pa Lalina... yo soy gande... yo quero un chocho.
+
+—No tengo chochos aquí, vida mía—respondió la abuela mirándola
+embelesada.
+
+—Tene mamá chocho... Ven... dame uno.
+
+Y la llevó por el vestido al gabinete de su madre.
+
+Al entrar en él la niña, pareció sorprendida y echó una mirada a todas
+partes. Ventura había salido a recibirlas con la sonrisa en los labios,
+besando a su madre cariñosamente:
+
+—¡Jesús, qué pinitos! ¿Cómo te has decidido?... No sé si te convendrá
+subir escaleras, mamá... ¿Te sientes bien?
+
+—No me he fatigado gran cosa. Yo creo que estoy mejor. Las pildoras de
+Dehaud, me parece que me prueban bien.
+
+—Vaya, me alegro que al fin hayamos dado con una medicina que produzca
+algún efecto... ¿Quieres sentarte?
+
+—Abuelita, dame un chocho—dijo la niña interrumpiéndoles.
+
+—No tengo, hija mía... ¿Tienes algún caramelo, Ventura?
+
+—No.
+
+—Tene Jame que está aquí.
+
+Venturita se puso horriblemente pálida.
+
+—¿Qué Jame, niña?—preguntó doña Paula.
+
+—Nada, nada, cualquier tontería... ¿Conque te han probado bien las
+pildoras?... Si don Rufo, por más que digan, entiende... ¡Vaya si
+entiende!—se apresuró a decir Ventura con voz temblorosa, la faz tan
+descompuesta, que su madre la miró sorprendida.
+
+—Jame está aquí... Tene chocho... Ven, abuelita.
+
+La niña tiró del vestido a la señora. Esta, pálida ya también,
+adivinando vagamente algo terrible, se dejó arrastrar sin saber lo que
+hacía.
+
+—¡Cecilia!—gritó Ventura con una voz extraña que jamás le había oído
+su madre.
+
+Pero la niña no hizo caso. Siguió arrastrando a su abuela hacia la
+alcoba. Antes de llegar a la puerta, se presentó en ella el duque de
+Tornos.
+
+Doña Paula, ante aquella repentina aparición, se quedó un instante
+clavada al suelo, el rostro blanco y aterrado, la mirada atónita.
+Después cayó pesadamente al suelo, arrastrando en la caída a su nieta.
+
+El Duque se apresuró a levantarla. Luego, ante un gesto imperioso de
+Ventura, la dejó sobre el sofá y huyó.
+
+A las voces de la joven, acudieron los criados y luego Cecilia. Se creyó
+que era un síncope producido por la fatiga. Transportósela a su cama,
+donde luego, merced a los cuidados de Cecilia, recobró el conocimiento.
+Pero no la facultad de hablar. La infeliz señora no pudo ya articular
+palabra. Así estuvo dos días, sin que los esfuerzos de don Rufo, ni los
+de otro médico que llegó de Lancia, lograsen poner en movimiento aquella
+lengua, que se había paralizado. Generalmente, estaba con los ojos
+cerrados, exhalando leves gemidos. Sólo cuando Ventura entraba en el
+cuarto los abría para clavarlos en ella con una expresión fija de
+angustia y reconvención. El sacerdote a quien se llamó, se vió obligado
+a confesarla por señas. Dos días después, casi a la misma hora en que
+había acaecido la fatal escena, falleció la infeliz señora, que ni aun
+en la hora de la muerte apartó sus ojos empañados del rostro de
+Ventura.
+
+
+
+
+XVII
+
+QUE GONZALO TOMA UNA GRAVE RESOLUCIÓN Y CECILIA OTRA
+
+
+La familia Belinchón se refugió en Tejada para vivir a solas con su
+dolor, durante algún tiempo. Doña Paula fué llorada como lo merecía, por
+su magnánimo esposo. Dando tregua al espíritu progresivo y reformista
+que le animaba, supo mostrarse tierno y sensible, lo cual en nada
+menoscaba su gloria de publicista. Cecilia no se cansó en mucho tiempo
+de llorar a su buena madre, con quien la ligaba tanto el parentesco de
+la carne como el del alma. De todos sus hijos, era ésta la que más
+semejanza guardaba con ella, aunque no era la preferida. El favorito,
+Pablo, la sintió todo lo profundamente que él podía sentir algo en el
+mundo. Es fama que, algunos días después del suceso, vió al último potro
+que había comprado alcanzarse en el trote, y no le afectó gran cosa.
+Pero en quien hizo sobre todo aquella repentina muerte un efecto extraño
+y terrible, fué en Venturita. Tanto la impresionó, que estuvo algunos
+días en la cama con fuerte calentura. Después que sanó, veíasela pálida
+y triste. Contestaba distraída a lo que le decían: no salía casi nunca
+del cuarto, a pesar de las instancias de su esposo. Este sentimiento tan
+vivo como inesperado fué para él una prueba de lo que Cecilia y doña
+Paula sostenían siempre; esto es, que Venturita era loca, caprichosa y
+altiva, pero buena en el fondo. Algo se mitigó con tal consideración el
+sincero dolor que experimentó por la muerte de su madre política. El
+último y maternal servicio que la buena señora le prestara, había puesto
+el sello al cariño que, con su conducta prudente y afectuosa, había
+sabido inspirarle.
+
+El duque de Tornos se volvió a Madrid, poco después de la desgracia
+sobrevenida a sus amigos. Desde allá se escribía con don Rosendo, a
+quien obligó con más de un servicio en la lucha sin tregua que mantenía
+contra sus enemigos los del Camarote. Estos servicios fueron coronados,
+después de algún tiempo, por una gran cruz de Isabel la Católica. Al
+mismo tiempo que el diploma, le remitía el magnate una placa de
+brillantes, cuyo valor no bajaba de veinte mil reales. Puede cualquiera
+imaginarse la emoción y la gratitud de don Rosendo, al recibir aquella
+honrosísima distinción. Como en Sarrió nadie poseía una gran cruz, se
+vió precisado a ir a Lancia, para que un caballero de la orden llevase a
+cabo la ceremonia de ceñirle la banda. Y así que se vió caballero, él,
+que profesaba cierto desprecio metafísico a las religiones positivas,
+aprovechó una procesión de la parroquia para llevar el farol, con la
+hermosa placa en el pecho y la banda por encima del frac. Los amigos de
+Maza tragaron mucha hiel. Después la vomitaron, no sólo en su tertulia
+del Camarote, sino en el periódico, donde, en serio y en burla, vejaron
+de un modo repugnante al glorioso fundador del _Faro de Sarrió_. En
+algunas cáusticas, feroces gacetillas, se estaba viendo al bilioso
+alcalde con la pluma en la mano. Don Rosendo, por vez primera en su
+vida, leyó aquellas diatribas sin conmoverse, con un desdén sincero. Y
+es que, cuando se ha llegado a la cima de las sociedades humanas, deben
+parecer las amenazas de los pigmeos más curiosas que ofensivas.
+
+Venturita salió, con este motivo, de su letargo sombrío. Habíase
+realizado uno de los sueños que más acariciaba. Tomó parte en la alegría
+y triunfo de su padre, y empezó a dejarse ver algunos días en la villa,
+siempre en carruaje, por supuesto. Creció su orgullo y aquella
+languidez señorial, imponente, que hacía morir de envidia y de rabia a
+las señoras y señoritas de la villa, quienes se vengaban de su desprecio
+llamándola, en sus horas de murmuración, «la princesa del Bacalao». La
+muerte de su madre, a quien todo el mundo había conocido en Sarrió
+artesana, «con pañuelo atado atrás», como allí se decía, contribuyó
+tanto como la gran cruz de su padre a elevar el nivel social de la
+familia, a aristocratizarla, por decirlo así. Ventura, con su desdeñoso
+porte, con sus riquísimos vestidos, con la frialdad despreciativa con
+que trataba a sus conocidas, vengaba lindamente a aquella pobre mujer, a
+quien las señoras de Sarrió tanto habían hecho sufrir en vida.
+
+Se pasó el invierno en Tejada, un invierno crudo, como pocos lo habían
+sido. A temporadas llovió mucho, y esto hacía imposible el salir de
+casa. Otras veces heló cruelmente. El cielo se mantenía sereno, pero los
+campos, por la mañana, aparecían blancos, con una escarcha de medio dedo
+de grueso. En ocasiones también nevó abundantemente. Todos estos
+fenómenos meteorológicos tienen sus encantos en la aldea para el que
+sabe hallarlos. Gonzalo había nacido para vivir feliz en medio de las
+fluctuaciones de la Naturaleza. Si helaba, levantábase de madrugada y
+dejaba atónitos a los de casa saliendo al corredor en mangas de camisa,
+lavándose todo el cuerpo con el agua que se hacía sacar de las pilas de
+mármol, después de roto el hielo. Luego, se vestía con un ligero traje
+de caza, tomaba la escopeta, y emprendía famosas, descomunales correrías
+de seis y ocho leguas, sin que nadie le oyera jamás quejarse de
+cansancio. Si nevaba, se ponía el impermeable, las botas altas y la
+gorra de pelo, y salía a matar palomas torcaces o gachas por las
+cercanías de la posesión. Más de una vez tiene caído en cisternas
+atacadas de nieve, logrando salir, gracias solamente a su vigor
+extraordinario. Cuando llovía no había más remedio que quedarse en casa.
+Pero aun entonces ofrecía la aldea placeres desconocidos en la villa.
+Aquel lavado de los árboles y plantas era grato a los ojos. El verde
+obscuro de las coníferas, después de algunos días de lluvia, adquiría
+tonos claros merced a los retoños que apuntaban en la cima de las ramas;
+en cambio la escarcha los marchitaba instantáneamente. Las hojas de las
+magnolias brillaban como cristales, y en aquella atmósfera acuosa los
+colores, los matices de la naturaleza cambiaban sin cesar, los contornos
+de los árboles y las montañas se desvaían con suavidad exquisita. Y la
+misma monotonía del agua al caer constantemente sobre los árboles con
+triste rumor, engendra una soñolencia feliz, no exenta de voluptuosidad
+para los que nada tienen que hacer fuera de casa, y encuentran en ella
+las comodidades y refinamientos que la civilización proporciona a los
+ricos. Era grato escuchar el _pío, pío_ de los ateridos gorriones,
+guareciéndose por centenares en una washingtonia que había cerca de
+casa, como en una gran pajarera: era grato ir a dar de comer a los
+animalitos exóticos que don Rosendo tenía en su finca, salvando en
+almadreñas la distancia que separaba sus cobertizos de la casa: era
+grato también quedarse adormecido en una butaca al pie de la chimenea
+con el cigarro en la boca y la botellita de ron delante, mientras
+Cecilia leía un cuento interesante o algunos versos sonoros y
+armoniosos.
+
+Don Rosendo y Pablo se iban todos los días invariablemente a Sarrió
+después de almorzar y venían a la hora de comer. El uno se ocupaba en
+encauzar la opinión pública por los derroteros del progreso moral y
+material, con mengua de los «reptiles que se arrastraban por el cieno,
+impotentes para elevarse un instante a la región de las ideas,
+escupiendo su veneno a todo el que sobresale por la inteligencia o por
+la virtud». Excusado es decir quiénes eran estos reptiles a los que don
+Rosendo aludía con frecuencia en sus artículos. El otro, tratando de
+inclinar siempre los ojos y el corazón de cuantas forasteras hermosas
+llegaban a la villa, hacia su adorable persona. Alguna mañana salía con
+su cuñado de caza; pero observando que la intemperie atezaba su rostro,
+dejó casi por completo este ejercicio. Por otra parte, Piscis era
+enemigo nato de él. Para este inteligente centauro holgaba todo en la
+tierra menos los caballos.
+
+En las horas de la tarde, cuando llovía, si Ventura estaba de buen
+humor, jugaba con Cecilia y Gonzalo al tresillo. Si no, jugaban los dos
+últimos al _tute_ mano a mano con las niñas sentadas en sus regazos
+respectivos, las cuales les molestaban a cada momento llevando sus
+manecitas a los naipes. Ambos eran de buena pasta y se contentaban con
+apartárselas suavemente.
+
+—Quieta, Cecilita, quieta, que si le enseñas mis cartas a tu tía, me va
+a ganar.
+
+—No hagas caso, monina, tira por ellas—decía la joven riendo.
+
+Hasta que concluían por entregárselas, quedándose ambos arrobados
+mirándolas hacer castilletes, ayudándolas ellos mismos con grave
+atención, mientras la lluvia azotaba los cristales pintados de las
+ventanas chinescas y los maderos de haya chisporroteaban en la chimenea.
+
+Las niñas comían antes que la familia. Era importante ocupación para
+Cecilia hacerles plato, anudarles la servilleta, servirles agua y
+vigilar «que no hiciesen cochinetas». Gonzalo, cuando estaba en casa,
+presenciaba con deleite la refacción: se mantenía en pie como un magiar
+detrás de las sillas de sus hijas. Después, era preciso llevarlas a la
+cama. Cecilia cogía una en brazos, Gonzalo la otra, y las llevaban al
+cuarto de aquélla, donde ambas dormían. La tarea de desnudarlas era
+complicada y entretenida. Gonzalo, a pesar de su musculatura de toro,
+poseía tanta delicadeza como una mujer para desatar las cintas y mover
+sus cuerpecitos a un lado y a otro sin lastimarlas. A menudo las manos
+de los cuñados se tropezaban. Cecilia retiraba la suya prontamente. Una
+leve nube sombría cruzaba rápidamente por su risueño semblante. Gonzalo
+no advertía nada. Cuando ya estaban acostadas, escuchaban sonriendo las
+inocentes oraciones que _tiita_ hacía repetir a Cecilia. Paulina aun no
+sabía elevar su entendimiento al Ser Supremo, y hasta se rebelaba para
+hacer la señal de la cruz. Mientras se dormían, papá y _tiita_ habían de
+estar bien pegaditos a las camas sin moverse. Si mantenían conversación
+entre sí, las niñas se agitaban y tardaban mucho más en conciliar el
+sueño. Así que procuraban guardar silencio, o cambiar solamente palabras
+sueltas en voz baja. Cecilita no podía dormirse sin tener cogida una
+oreja de su tía. Contra este capricho protestaba a menudo Gonzalo; todos
+los días hablaba de quitárselo; pero su cuñada no hacía caso; ella misma
+se inclinaba sobre la almohada para que la niña lo satisficiese. Gonzalo
+se quedaba algunas veces dormido sobre la de Paulina, sobre todo cuando
+había ido de caza. Al despertar, veía frente a sí el rostro pálido y
+dulce de su cuñada, con los ojos muy abiertos, mirando con fijeza al
+vacío.
+
+—¿En qué piensas, Huesitos?—le preguntaba restregando los suyos.
+
+La joven salía de su éxtasis estremeciéndose, y sonreía bondadosamente.
+
+—No lo sé yo misma... En nada.
+
+—¿No tienes algún quebradero de cabeza?—le dijo una noche levantándose
+y cogiéndola afectuosamente la barba.
+
+—Bah, ¿qué quebraderos de cabeza quieres que tenga en esta
+aldea?—respondió Cecilia poniéndose colorada, y retirando el rostro.
+
+—Puedes tenerlo en Sarrió.
+
+—¿Y había de ser tan ingrato que no viniera a verme en los meses que
+hace que aquí estamos?... Ya te he dicho que yo me quedo para vestir
+santos—añadió sonriendo.
+
+—No puede ser eso—replicó con calor el joven,—¡no puede ser! Sería
+un delito de lesa humanidad que te quedases soltera. Tú has nacido para
+casada... No tienes más aficiones que la de arreglar la casa, cuidar a
+los niños, coser, limpiar... Serás una _perfecta casada_, como la
+describe Fr. Luis de León. No puede tolerarse que pudiendo hacer la
+felicidad de cualquier hombre, te empeñes en ser una solterona... Mira
+que son muy antipáticas...
+
+No sabemos lo que Cecilia pensó en aquel momento; pero bien pudo ser una
+cosa semejante a ésta:—«Sí; he podido hacer la felicidad de todos...
+menos la tuya».
+
+Alargó con un gesto de indiferencia los labios y respondió:
+
+—¡Qué le vamos a hacer! Esas cualidades las tienen todas las mujeres
+que no son bonitas. Las que pueden brillar, se ocupan de sus trajes, y
+tienen razón.
+
+Había en estas palabras una ironía triste, desgarradora, que Gonzalo no
+pudo menos de sentir en el corazón.
+
+—¡Oh, siempre estás con esa tonadilla!... Me parece que te haces la
+modesta para que te regalen el oído... Demasiado sabemos todos que tú
+puedes brillar como la primera... Tienes unos ojos como no hay otros...
+eres esbelta, elegante, distinguida; ¿quiere usted más, mademoiselle
+Huesitos?... Lo que hay, señorita, es que usted tiene más de aquí que de
+aquí...
+
+Y le puso primero el dedo en la frente y después en el sitio del
+corazón.
+
+—Cuando venga alguno que sepa interesarte de verdad, ya se verá cómo
+desaparecen todas esas ideas de celibato.
+
+Cecilia levantó los hombros y volvió a quedarse con los ojos extáticos,
+rehuyendo la conversación.
+
+Ya no salía tantas veces con su cuñado de caza. El cuidado de las niñas
+reclamaba su presencia. Pero casi siempre iba a esperarle por las
+tardes, unas veces sola, otras con las niñas y sus doncellas. Al partir
+no se olvidaba Gonzalo de decirle por cuál camino tomaba:
+
+—«Hoy voy hacia Naves a ver si suelto alguna liebre.—Hoy volveré por
+la carretera de Nieva.—Hoy voy por el camino de Rodillero».
+
+Estas esperas, cuando iba sola, como quiera que se alejaba de la casa,
+no dejaban de ofrecer algunos peligros. Por más que Gonzalo se los
+representaba, nunca quiso hacer caso. Desde niña había mostrado siempre
+una extraña serenidad, nada femenina, para desafiarlos. Jamás había
+creído en apariciones o en duendes, ni la sobresaltaban, hasta el punto
+de turbarle la razón, los ruidos temerosos, ni siquiera los peligros
+ciertos. En más de una ocasión, ante una vaca desmandada o una riña de
+borrachos, cuando sus compañeras huían gritando o se desmayaban, ella
+sola se mantenía firme y sosegada, juzgando con precisión el riesgo, y
+evitándolo sin descomponerse. Tal cualidad había contribuído no poco a
+crearle aquella fama de fría y apática que tenía dentro y fuera de casa.
+
+Llegó el mes de abril y la familia se trasladó de nuevo a Sarrió.
+Efectuáronse elecciones municipales en junio, y Gonzalo salió elegido
+concejal, contra su gusto. Don Rosendo le había impuesto este
+sacrificio. Ventura, desde que entró el verano, parecía más animada.
+Salía con alguna frecuencia de casa, y su aparición en coche
+descubierto, causaba siempre cierta sensación. La verdad es que estaba
+preciosa con sus ricos trajes de luto, llegados de París. Por coquetería
+debiera vestirse de negro, pues era incalculable lo que realzaba este
+color el brillo nacarado de su tez, los reflejos dorados de sus
+cabellos. Cuando iba los domingos a la iglesia para oir la misa de once,
+que era la más concurrida, nunca dejaba de levantar su presencia un
+murmullo reprimido de curiosidad en las mujeres, de admiración en los
+hombres. Aquel aire de princesa que ponía fuera de sí a las señoras, era
+lo que más placer causaba a los caballeros. Todos convenían en que por
+su belleza y elegancia, por sus modales distinguidos, se apartaba mucho
+de las demás jóvenes del pueblo, y haría lucido papel en los salones más
+aristocráticos. También Venturita había convenido en ello hacía mucho
+tiempo. La idea de irse a vivir a Madrid, trabajaba con ahinco en su
+mente. Insinuósela a su marido; pero éste mostró gran repugnancia a
+trasladarse. No era él hombre para la corte. Los deberes sociales que
+allí impone la cortesía, le aburrían. Había nacido para la libertad,
+para el goce que proporciona el aire libre del mar, el ejercicio
+corporal, los trajes cómodos, holgados. Además, presumía muy bien que la
+renta que en Sarrió les permitía vivir como los primeros, en Madrid no
+bastaría a sustentarlos en el mismo pie, sobre todo, dada la inclinación
+de su mujer al boato. Venturita, sin embargo, estaba tan segura de
+vencer esta resistencia, que no hablaba siquiera del asunto, meditando
+la época y la forma en que habían de irse.
+
+Un suceso vino a turbar en cierto modo la vida de la familia Belinchón.
+Gonzalo fué nombrado inopinadamente alcalde de Sarrió, por mediación del
+duque de Tornos. Su primera idea fué rechazar aquel nombramiento,
+presentar alguna excusa; pero cayeron sobre él don Rosendo y todos sus
+amigos, poniendo tanto empeño y calor en que aceptase, que no tuvo más
+remedio que hacerlo. A los del Saloncillo les iba muchísimo en ello.
+Verdad que se vieron defraudados, pues el nuevo alcalde no quiso de
+ningún modo poner al aire los cimientos de las casas de sus enemigos,
+como había hecho Maza, ni cometer otra porción de tropelías que le
+exigían. En el mes de septiembre, cuando terminó la temporada de baños,
+que en la villa era animada, y comenzaba en el campo la de la caza,
+Gonzalo se trasladó con la familia a Tejada. Las niñas se ponían aquí
+muy buenas y él se divertía extremadamente. Por otra parte, no dejaban
+grandes recreos tampoco en Sarrió. Algo le estorbaba su cargo de alcalde
+para este traslado; pero convino con sus compañeros de municipio en
+venir todos los días, o por lo menos con mucha frecuencia. El trayecto
+se recorría en carruaje en menos de media hora. No obstante, don Rosendo
+dejó abierta la casa de Sarrió para que Gonzalo y él pudiesen comer y
+dormir allí siempre que quisieran. Venturita, pensando en marcharse a
+Madrid la próxima primavera, no puso obstáculo a los planes de su
+marido.
+
+Mucho se alegró éste de haber tomado aquella resolución cuando supo que
+el duque de Tornos pensaba venir el próximo mes de octubre, alegando
+que con la vida de Madrid habían vuelto a exacerbarse sus padecimientos,
+casi extintos mientras permaneció en Sarrió. Porque allá, en el fondo
+del alma, y sin querer confesárselo, nuestro joven sentía la mordedura
+de los celos. Cuantas reflexiones se hacía y argumentos poderosos a sí
+mismo se presentaba para tranquilizarse, no bastaban a arrancárselos del
+pecho. Había pensado, mientras el Duque estuvo por allá, que ya nunca
+más se acordaría de aquel rincón. La noticia de su venida fué, pues,
+para él, una contrariedad, si no un disgusto serio. Y, en efecto, hacia
+últimos de octubre, no tuvo más remedio que ir a esperarle a Lancia, en
+compañía de su suegro y de otra porción de señores, todos socios del
+Saloncillo. El nombramiento de alcalde a su favor, había constituído al
+magnate en protector decidido de este partido. Alojóse con su secretario
+en la fonda de la Estrella, y comenzó a hacer la vida de ejercicio que
+tan bien le sentaba, según decía (y así era la verdad). Muchos días
+buenos salía de pesca o de paseo; otros iba de caza o montaba a caballo.
+Esta vez no había traído más que dos, uno de tiro para un tílburi, y
+otro magnífico de silla. El secretario, cuando iba de paseo, montaba en
+uno que don Rosendo había puesto a su disposición.
+
+Con la familia de éste mantenía cordiales relaciones; pero sólo había
+ido a Tejada tres veces en quince días. Como Ventura y Cecilia solían
+venir a Sarrió a menudo, aquí las veía y hablaba, por más que huía de
+acompañarlas públicamente. Gonzalo, desde que llegara, leía asiduamente
+_El Joven Sarriense_, que se publicaba ya tres veces a la semana, lo
+mismo que _El Faro_. Lo leía para apaciguar un poco la inquietud que
+sentía. Porque siempre estaba temiendo alguna gacetilla injuriosa como
+la que tanto le había hecho padecer el verano anterior. En los primeros
+números, después de la llegada del magnate, _El Joven_, francamente
+hostil ya a él, se contentaba con ridiculizarle bajo nombres
+transparentes, como pintor y pescador, y hasta como hombre político,
+insinuando la idea de que el Duque era un personaje desprestigiado de
+Madrid, rechazado por la corte y sin influencia con el Gobierno. Sacó a
+luz algunas anécdotas de su vida, en que no hacía muy honroso papel, y
+hasta la emprendió con sus trajes y corbatas, no perdonando medio para
+hacer reir a su costa. Don Jaime no leía tal papelucho; pero habiéndole
+indicado Peña algo de lo que decía contra él, sonrió malévolamente y
+escribió al gobernador de la provincia pidiéndole que aprovechase el
+primer pretexto para suprimirle. Los del Saloncillo sabían de esta carta
+y esperaban con ansia y fruición el golpe.
+
+Al fin la envenenada flecha que tanto temía Gonzalo, vino a clavársele
+en el corazón. No fué una gacetilla, sino un cuento que figuraba pasar
+en Escocia, donde bajo nombres ingleses, salían a relucir él, su esposa,
+el Duque, don Rosendo y otras personas conocidas, para vejarlas y
+ponerlas atrozmente en ridículo. Entre otras cosas, se decía que
+mientras el _sheriff_ (él, sin duda alguna) cumplía con extremado celo
+los deberes de su cargo, lord Trollope (el Duque) cumplía por él los
+deberes de esposo cerca de su bella mitad. Gonzalo sintió el mismo
+escalofrío de dolor y de ira que la vez pasada. Pero ahora, aleccionado,
+se propuso dominarse, cerciorarse de si aquella maligna insinuación
+tenía algún fundamento, y si por desgracia esto sucediese, tomar una
+venganza cumplida, y que fuese sonada. Gran trabajo le costó disimular
+la emoción que le embargaba. No estaba avezado a ocultar sus
+sentimientos. Mas el vivo deseo de salir de dudas, le ayudó
+poderosamente. Lo único que se notó en su casa fué que andaba un poco
+más triste y distraído. Se dedicó durante algunos días a observar a su
+esposa, no perderla de vista un instante; pero nada encontró que pudiera
+dar pábulo a sus sospechas. Al mismo tiempo, estudiaba si el Duque podía
+avistarse con ella y de qué manera. El resultado de sus investigaciones
+fué que sólo cuando él venía a las sesiones del ayuntamiento, podía
+darse esto caso. De día, sumamente difícil, porque no era el Duque
+persona que pudiera pasar inadvertida. Fijóse, por tanto, en las horas
+de la noche, cuando él se quedaba a dormir en la villa.
+
+Resolvió saber de una vez la verdad. Para ello, anunció con dos días de
+anticipación a la familia, que el viernes debía dormir en Sarrió, a
+causa de una sesión del ayuntamiento, que presumía había de ser
+borrascosa. De nada menos se trataba que del nombramiento de uno de los
+dos médicos del partido, que la corporación municipal pagaba. Los de
+Maza tenían su candidato y los de don Rosendo también. La lucha estaba
+empeñadísima, no por razón de los votos, que estaban perfectamente
+contados de antemano, sino porque los del Camarote, que habían de
+resultar vencidos, tenían preparada una zancadilla parlamentaria, para
+inutilizar al candidato de sus enemigos, por faltarle algunos meses de
+práctica, para llenar el tiempo que el municipio había impuesto como
+condición a los pretendientes.
+
+El día de la gran prueba, Gonzalo estuvo muy agitado. Había tratado de
+inquirir con disimulo, si algún criado de la casa estaba comprometido, o
+por lo menos sabía algo. Nada encontró tampoco que lo hiciera presumir.
+Almorzó sin apetito. En cuanto tomó café mandó enganchar y se fué en
+compañía de su suegro. La sesión del ayuntamiento duró hasta las diez de
+la noche. A esa hora se retiró a casa y don Rosendo también, el cual
+encontraba a su yerno harto distraído y preocupado. Gonzalo se
+disculpaba diciendo que le irritaba mucho la bilis la conducta de los
+amigos de Maza. Fuéronse a dormir. A eso de las once, cuando todo estaba
+en silencio, nuestro joven salió sigilosamente de casa y emprendió a pie
+por el camino de Tejada. La noche estaba nublada, pero no muy obscura.
+La luz de la luna se cernía al través de la capa de nubes, dejando bien
+percibir los objetos a corta distancia. Caminaba con premura, apoyándose
+en un grueso bastón de estoque. Además llevaba en el bolsillo un
+revólver. Sentía una tristeza profunda. Aquella prueba que iba a hacer
+le causaba temor y remordimientos a la vez. Si su mujer era culpable,
+¡qué horrible tragedia la que se preparaba! Y si no lo era, él cometía
+una bajeza sospechando de su honradez. Iba con el mismo recelo que el
+ladrón que va a asaltar una casa, ocultándose detrás de las paredes de
+la carretera en cuanto sentía pasos, estremeciéndose si escuchaba una
+voz, por lejana que fuese. La idea de que algún conocido le viese a
+aquellas horas caminando a pie, le causaba gran vergüenza, dando por
+seguro que había de adivinar su intención. El aire era fresco y le
+penetraba hasta los huesos, aunque rara vez había sentido frío en su
+vida. Los árboles, como negros fantasmas alineados a lo largo de la
+carretera, dejaban salir de sus copas blando rumor melancólico. Debajo
+de uno de ellos creyó percibir un bulto que se movía y saltó a los
+prados, temiendo tropezarse con alguien que le conociese. Miró por
+encima de la paredilla y vió una vaca acostada rumiando tranquilamente.
+Más allá, al pasar por delante de la casa de un labrador, se abrió
+repentinamente una ventana y apareció el bulto de una mujer. Echó a
+correr desaforadamente buscando la sombra de los árboles. A medida que
+avanzaba, el corazón se le oprimía. Mil encontradas ideas batallaban en
+su mente. Tan pronto recordando los deliciosos detalles de sus primeros
+meses de matrimonio, las palabras dulces, las pruebas ostensibles de
+amor que su mujer le diera, su mujer, cuyos defectos eran los de todas
+las niñas demasiado mimadas, se ponía a imaginar que estaba bajo el
+poder de una maldita alucinación, una de las mil infamias que los
+enemigos de su suegro habían inventado para hacerles daño, y estaba a
+punto de volverse a Sarrió y meterse nuevamente en la cama; como
+apreciando y pensando los motivos que tenía para sospechar de ella,
+aquella grave escena que determinó la salida del Duque de la casa de sus
+suegros, su frivolidad y coquetería, la denuncia aunque embozada
+persistente del periódico enemigo, se le encendía la sangre de golpe y
+apretaba vivamente el paso. ¡Oh, desgraciados de ellos si era verdad!
+¡Más les valía no haber nacido! Y apretaba con mano crispada el bastón
+y tiraba del estoque para cerciorarse de que estaba allí pronto a
+obedecerle. No se le ocurrió ni una vez acariciar el revólver.
+Necesitaba a toda costa ver la sangre de los traidores.
+
+Cuando llevaba la mitad del camino andado próximamente, sintió detrás de
+sí el galope de un caballo. Sin saber por qué, le dió un vuelco terrible
+el corazón. Se apresuró a saltar a los prados y aguardó con ansiedad
+mirando sigilosamente por encima de la pared a que el jinete pasase. No
+transcurrieron dos minutos sin que en efecto cruzase por delante de él
+como un relámpago. Pudo reconocer perfectamente el magnífico caballo
+alazán del Duque. A éste no pudo distinguirle porque iba envuelto en un
+capote, con un gran sombrero calado hasta las narices. Pero si los ojos
+no, el corazón lo vió con toda claridad. Quedó yerto, pegado al suelo.
+Sintió un desfallecimiento singular en las piernas como si fuese a caer.
+Mas prontamente la sangre hirvió dentro de su brioso temperamento de
+atleta. Tendiéronse sus músculos acerados y saltó sin tocar con las
+manos la paredilla de seis pies que cerraba la finca. Cayó en medio de
+la carretera. Sin detenerse un punto, emprendió una carrera vertiginosa,
+loca, detrás del caballo, como si tuviese la absurda pretensión de
+alcanzarle. Aunque su aliento era grande, sin embargo, se le concluyó
+mucho antes de llegar a la quinta. Necesitó pararse tres o cuatro veces.
+Por fin llegó a la verja. Entró por la puerta de hierro, que sólo estaba
+llegada. Echó una mirada en torno y vió el caballo del Duque atado a un
+árbol. Siguió precipitadamente, pero cuidando de no hacer ruido, por una
+de las avenidas orladas de coníferas que conducían a la casa. Como
+conocía todas las entradas, no se dirigió a la puerta cuyo llavín
+llevaba consigo. Temía que algún criado le sintiese. Escaló por una
+parra que adornaba el balcón del cuarto de su suegro, que solía quedar
+abierto cuando él no dormía en casa. Por desgracia estaba cerrado.
+Entonces sacó el estoque, y metiéndolo por la rendija de la puerta logró
+levantar el pestillo y entró.
+
+Una persona le había visto: Cecilia. En una de las noches anteriores,
+ésta, cuya habitación estaba próxima a la de sus hermanos, había creído
+sentir ruido por la noche y se había levantado. Miró al través de los
+cristales hacia la huerta y vió a Pachín, el criado, en compañía de otro
+hombre a quien no pudo conocer. Sin embargo, concibió una viva sospecha
+que la aterró. El modo de andar de aquel hombre, de quien no percibía
+más que el bulto, no era de un campesino. Gonzalo dormía aquella noche
+en Sarrió. Además, su cuñado era mucho más alto. Fuertemente
+sobreexcitada por una idea espantosa, se acostó otra vez, pero no logró
+dormir. Todo el día siguiente estuvo triste y preocupada. Al cabo logró
+dominarse y resolvió en su interior vigilar a su hermana y saber de
+cierto si eran quimeras o realidades lo que pensaba. Al efecto, no
+perdió de vista a Pachín. Observó que el día mismo que Gonzalo había de
+dormir en Sarrió, fué a este punto con una comisión de Ventura, aunque
+él no era el encargado de hacer la compra. Cuando llegó quiso ver lo que
+traía. Era una novela francesa que no pudo tener en las manos porque
+Ventura se apoderó de ella al instante y se fué a su cuarto. No le cupo
+duda de que el libro traía entre sus páginas alguna carta. Se propuso
+entonces no dormirse aquella noche y saber de una vez la verdad. Después
+de comer cosió un rato mientras Ventura leía a la luz del quinqué. En
+cuanto sonaron las diez ambas hermanas se retiraron a sus respectivas
+habitaciones. Cecilia se echó una manta por encima de los hombros, apagó
+la luz y se sentó detrás de los cristales del balcón. Esperó una, dos
+horas. A las doce, próximamente, de la noche percibió entre los árboles
+dos sombras. Aunque con dificultad, reconoció a Pachín y al hombre de la
+noche pasada, que esta vez advirtió bien que era el Duque. Las dos
+sombras desaparecieron al instante entre los árboles cercanos a la casa.
+Quedó petrificada. Una ola de indignación, que se formó en su pecho,
+subió a los labios y exclamó:—¡Qué infame! ¡qué infame!—Siguió sentada
+en la silla y con la sien pegada al cristal, aturdida, llena de
+confusión y vergüenza como si ella fuese la culpable. Al cabo de algunos
+minutos, estando con la mirada fija, atónita, en el parque vió correr
+otra sombra con extraña velocidad hacia la casa. No pudo reprimir un
+grito de espanto. Quedó en pie como si la hubieran alzado con un
+resorte. Luego, trompicando en la obscuridad con los muebles y las
+paredes se dirigió al cuarto de su hermana. Se hallaba en tinieblas.
+Vaciló un instante en llamar: mas de repente se le ocurrió seguir
+adelante pensando que Ventura no podía delinquir tan cerca de ella y las
+niñas. A los pocos pasos, al revolver la esquina de un pasillo vió
+claridad. Corrió hacia ella. En el gabinete persa, que era una rotonda
+aislada en cierto modo de la casa, había luz. Dió dos golpecitos a la
+puerta diciendo por el agujero de la cerradura:
+
+—Soy yo, Ventura. ¡Abre! Gonzalo está ahí.
+
+La puerta se abrió, en efecto. Apareció Ventura más pálida que una
+muerta. El duque de Tornos estaba en el otro extremo, y se dirigía a una
+ventana para saltar por ella. Cecilia corrió hacia él y le sujetó por
+los brazos.
+
+—¡No, eso no! No se consigue nada... Ventura, escapa... ¡Hacia la
+cocina!... Gonzalo sube por el cuarto de papá.
+
+La joven hablaba en falsete con tono imperioso, la mirada fulgurante.
+
+Ventura no se lo hizo repetir. Salió con precipitación del gabinete.
+
+Cecilia entonces arrastró al Duque con fuerza hacia uno de los divanes,
+y le dijo:
+
+—Siéntese usted.
+
+El magnate la miró demudado, y preguntó:
+
+—¿Para qué?
+
+—¡Siéntese usted, le digo!—pronunció con rabia la joven, y al mismo
+tiempo, poniéndole las manos sobre los hombros, le empujó hacia abajo.
+
+El Duque se sentó al fin. Acto continuo, Cecilia lo hizo sobre sus
+rodillas; le echó los brazos al cuello; reclinó su cabeza sobre la del
+noble, llegando a poner los labios sobre su rostro.
+
+En aquel momento se oyeron pasos precipitados en el corredor. Se abrió
+la puerta violentamente, y apareció Gonzalo con el estoque desenvainado.
+Cecilia volvió la cabeza y dió un grito. El joven retrocedió asustado al
+reconocer a su cuñada. Soltó el arma que empuñaba, empujó otra vez
+apresuradamente la puerta, y se fué tropezando, lleno de confusión,
+hacia su cuarto matrimonial.
+
+Ventura estaba leyendo tranquilamente a la luz de un quinqué. Al ver a
+su esposo delante, se levantó asustada.
+
+—¿Qué es eso? ¿Cómo estás aquí?
+
+Cualquier actriz le compraría de buena gana aquella actitud y la
+inflexión de la voz.
+
+Gonzalo se detuvo cortado, sin saber qué decir. Salió del compromiso
+exclamando:
+
+—¿No sabes el escándalo que está pasando en nuestra casa?
+
+—¿Qué ocurre?—profirió la joven viniendo hacia él, con la faz tan
+desencajada, que si Gonzalo tuviese un temperamento observador,
+comprendería que no podía ser solamente por su presencia.
+
+Cerró la puerta y le dijo al oído:
+
+—¡Tu hermana está en el gabinete persa con el Duque!... ¿No sabes
+nada?... Di la verdad—añadió cogiéndola por la muñeca.
+
+Ventura se confundió, vaciló, tembló, bajó los ojos admirablemente. Al
+fin dijo:
+
+—¿Cómo quieres que yo lo sepa, Gonzalo?
+
+—¡No mientas, Ventura!—exclamó con ademán furioso. En el fondo sentía
+una alegría inmensa, infinita.
+
+—Te digo la verdad... No lo sabía... Pero sospechaba algo... Por eso me
+asusté... Cuando tú entraste, estaba pensando en ir al cuarto de
+Cecilia, a ver si estaba en él...
+
+—¡Qué atrocidad! ¡Qué escándalo!... ¡Pero ese infame!... Es menester
+tomar una determinación... Debe concluir esto, sin que nadie se
+entere...
+
+—Sí, sí... ¿Pero qué quieres que hagamos?
+
+—Yo no sé... Hablaré a tu padre... No, a tu padre, no... El pobre
+recibiría un golpe mortal... Hablaré al Duque... ¡Ya veremos si se
+resiste!
+
+Justamente en aquel momento oyeron ruido en el cuarto contiguo.
+
+—Cecilia entra en su habitación—dijo Ventura.—Voy ahora mismo a
+hablar con ella. Todo terminará y quedará en secreto... No quiero que tú
+te comprometas, Gonzalo mío—añadió echándole los brazos al cuello.
+
+Gonzalo hizo un gesto de desdén.
+
+—No, no; no quiero. Es mejor que yo hable con Cecilia... Aguárdame un
+instante...
+
+Su marido la detuvo al tiempo de salir, y la dijo en voz baja:
+
+—No digas palabras feas. Procura estar prudente... El infame es él, que
+se ha aprovechado de su estancia en nuestra casa... ¡Qué miserable!
+
+Ventura salió del cuarto y se dirigió al de su hermana temblando de
+susto. La heroica joven, cuando aquélla abrió la puerta, estaba en pie
+en medio de la habitación, con los brazos caídos y la vista fija en el
+suelo. Ventura cerró la puerta cuidadosamente, y se dirigió a abrazarla,
+murmurando con voz trémula:
+
+—¡Oh hermana mía, gracias, gracias!
+
+Pero Cecilia la rechazó brutalmente con un gesto de orgulloso desprecio,
+exclamando:
+
+—¡Lo he hecho por él; no por tí!
+
+
+
+
+XVIII
+
+DONDE TIRA DOÑA BRÍGIDA DE LA MANTA
+
+
+Cecilia no volvería más. Comprendía la fealdad de su conducta.
+Arrepentíase de haber dado ocasión para que los enemigos de Gonzalo le
+injuriasen, dudando de la honradez de su esposa. Daba su palabra y hacía
+juramento solemne de que aquellas escandalosas citas nocturnas no se
+repetirían. Tal fué el recado que aquella noche trajo Ventura a su
+marido.
+
+En los días que siguieron, éste no se mostró irritado, ni aun severo con
+la delincuente. Toda su cólera y malquerencia eran para el Duque. Le
+acusaba de haber abusado inicuamente de la confianza de su suegro para
+despertar en la pobre Cecilia pasiones que siempre habían estado
+dormidas. Tratábala con afabilidad, hasta con mimo, lo mismo que a un
+niño enfermo, queriendo persuadirla a que no había perdido nada de su
+afecto. Mas esta amabilidad era tan humillante para ella, veíase detrás
+un hombre tan satisfecho, tan alegre de su culpabilidad, que la joven la
+rechazaba con aspereza: no lograba, por muchos esfuerzos que hacía,
+aparecer sensible a tal generosidad. Encerrábase en su cuarto sin
+atender como antes al cuidado de las niñas: aparecía tan seria y
+reservada a las horas de comer, que llegó a despertar la atención de don
+Rosendo, con hallarse este gran patricio más que nunca absorto en la
+alta dirección de la batalla del pensamiento que se libraba en Sarrió.
+Y con la perspicacia que le caracterizaba, en seguida comprendió que se
+trataba de «un decaimiento físico y moral, procedente de la vida
+monótona de la aldea. La juventud pide lo suyo, y hay que dárselo».
+
+—Tú estás mal, Cecilia. Te veo pálida y triste. Necesitas salir de aquí
+y vivir con más expansión, en un medio más a propósito para los jóvenes.
+Iremos a pasar un par de meses de primavera a Madrid. En la aldea te
+asfixias, como un pájaro dentro de la campana de una máquina neumática.
+
+Este gran pensador tenía a veces símiles felices, arrancados como el
+presente a las ciencias físico-naturales. En la viveza con que la joven
+aceptó el ofrecimiento, entendió que, como siempre, había dado en el
+clavo.
+
+Ventura aparecía como antes. La terrible escena que había pasado, el
+sacrificio de su hermana y su justo desprecio después, no habían dejado
+huella en su vida. Hacía lo mismo que antes. Se mostraba tan cuidadosa
+de su persona y descuidada de las otras como siempre lo había sido. Sin
+embargo, cuando se encontraba con la mirada clara y penetrante de su
+hermana, bajaba la suya prontamente. Desde la noche del suceso, huía de
+encontrarse a solas con ella. Era bien fácil, porque Cecilia tampoco
+tenía deseo alguno de cruzar la palabra con la infiel.
+
+Gonzalo, enteramente seguro ya de ella, gozaba de esta seguridad con
+deleite. Entre los esposos había habido con tal motivo una
+recrudescencia de cariño. Ventura le había exigido que nunca más
+volvería a dormir fuera de casa. El lo prometió solemnemente. Pensando
+en la falta de su cuñada, se repetía con frecuencia:
+
+—«Del agua mansa me libre Dios, que de la corriente me libraré yo». Y
+desde entonces no sólo perdonaba a su mujer aquella ligereza y
+frivolidad, afición al lujo y carácter altanero que tanto le habían
+disgustado, sino que llegó a ver en estos defectos una garantía de su
+fidelidad. No hay nadie sin defectos, se decía, y es preferible que
+tenga éstos al que yo había imaginado.
+
+Cinco o seis días después del suceso relatado, _El Joven Sarriense_
+insertaba una gacetilla donde pérfidamente se insinuaba la misma idea
+que le había obligado a hacer aquella memorable excursión nocturna a
+Tejada. La leyó sin emoción, con la sonrisa en los labios, burlándose en
+su interior del engaño que sus enemigos padecían. Sin embargo, como al
+fin y al cabo era una injuria la que venía allí escrita, resolvió
+castigar a los insolentes, aunque no de un modo trágico. Por la noche se
+introdujo súbitamente de modo sigiloso en la redacción del _Joven
+Sarriense_. No estaban allí a la sazón más que tres redactores. Uno de
+ellos era el traidor Sinforoso Suárez. Sin decirles una palabra, cayó
+sobre ellos a puñadas y puntapiés, con tal maña y coraje, que no
+pudieron hacer resistencia. Cuando alguno se levantaba del suelo, un
+tremendo revés a mano vuelta le tumbaba de nuevo. No sólo los tumbaba a
+ellos, sino también las mesas y los armarios, haciendo mayor destrozo
+que un terremoto. Cuando se cansó de sacudirles la badana, salió muy
+tranquilo a la calle riendo. Acudía ya a las voces de socorro alguna
+gente; pero él les dijo:
+
+—Nada, señores, que se están pegando ahí arriba los redactores del
+_Joven_... A ver, guardia, suba usted y diga a esa gente que si
+continúan dando escándalo me voy a ver precisado a mandarles a la
+cárcel.
+
+Cuando se supo la verdad del caso, se rió mucho esta salida. Los del
+Camarote se pusieron frenéticos. Pero Gonzalo, no tanto por su cualidad
+de alcalde, como por sus puños terribles, inspiraba tal respeto, que al
+fin se resignaron a quedarse con la justísima paliza que a tres de sus
+colegas les habían administrado.
+
+Pasó el Carnaval sin gran animación. Ya no se formaban en Sarrió
+aquellas celebradas comparsas y cabalgatas, que llamaban la atención de
+toda la provincia, y hacían de esta villa una Venecia en miniatura.
+
+En otro tiempo, todos los vecinos tomaban parte en aquella inmensa,
+desenfrenada alegría. Los ricos no sólo proporcionaban sus coches y
+caballos, sino también abrían suscripciones para encargar trajes
+lujosísimos a Madrid. Estas comparsas iban arrojando anises, almendras y
+caramelos a los balcones, sin darse punto de reposo. Los bailes del
+Liceo, si no tan brillantes, eran tan animados y divertidos como los que
+se celebran en los palacios más opulentos de la corte. ¡Oh, el Carnaval
+de Sarrió! ¡Quién en la provincia septentrional, donde estos sucesos se
+efectúan, dejará de tener recuerdos vivos y gratos de él!
+
+Pero con la lucha política entre güelfos y gibelinos, entre los del
+Saloncillo y los del Camarote, todo se había huído. Cada cual se
+encerraba en su casa. Sólo se veía por la calle tal cual empedernido
+máscara haciendo las delicias de un enjambre de chiquillos que le
+seguían. Los esfuerzos titánicos de don Mateo no habían bastado tampoco
+a prestar animación a los bailes del Liceo. En vano iba conferenciando
+con todas las niñas casaderas de la población, para arrancarles la
+promesa de asistir, lo cual, en verdad, no le costaba gran trabajo. Mas
+en cuanto el papá se enteraba, fruncía el entrecejo y decía gravemente:
+
+—Ya veremos, don Mateo, ya veremos.
+
+Este veremos significaba, las más de las veces, una prudente abstención.
+Podían estar allí Fulano o Mengano, con los cuales, el buen papá, no
+quería compartir ni la atmósfera.
+
+El año anterior, don Mateo había tratado de resucitar el antiguo baile
+de Piñata, de imperecederos recuerdos para todo buen sarriense, que se
+celebraba en el primer domingo de cuaresma. El alcalde, que era a la
+sazón Maza, bajo el pretexto religioso, y tratando de halagar a los
+beatos de la villa, negó el permiso para efectuarlo. Este año, el
+incansable viejo volvió a la carga con más ardor. Gonzalo no tuvo
+inconveniente alguno en permitirlo. Luego se dió tan buena maña para
+alborotar a la población, anunciando extraordinarias sorpresas, que
+habían de salir de un famoso globo encargado a Burdeos, que consiguió
+inspirar vivos deseos en todos de acudir aquella noche al Liceo. Por
+primera vez en Sarrió, después de unos cuantos años, el salón de esta
+sociedad prometía estar muy concurrido. Los días que precedieron a aquel
+domingo, las muchachas y muchachos, o como se decía entonces, las pollas
+y pollos, lograron sofocar con sus pláticas y preparativos el
+desagradable zumbido de la política. Fué como un momento de respiro de
+la aburrida villa. Venturita, en cuanto tuvo noticia de que se preparaba
+un baile de verdad, se apresuró a encargar a la modista un lujosísimo
+vestido, para disfrazarse de Isabel de Inglaterra y otro para Cecilia,
+de dama de Luis XV. Esta se había resistido bastante a ir al baile. Fué
+tanto, no obstante, el empeño que Gonzalo puso en ello, sin duda para
+distraerla un poco de la melancolía en que había caído, que, al fin,
+cedió. Con ir a Sarrió a probarse los trajes y dar instrucciones a la
+modista, se distrajeron algunas tardes.
+
+Llegó el esperado domingo. Gonzalo, que estuviera ocupado toda la
+mañana, almorzó en Sarrió. Cerca ya del obscurecer se volvió a Tejada
+con el objeto de comer con la familia y traer a su mujer y cuñada al
+baile. Cuando llegó, éstas se estaban vistiendo ya en sus respectivas
+habitaciones. Ambas se presentaron en el comedor un poco después de la
+hora acostumbrada, primorosamente ataviadas. Cecilia, como suele
+acontecer a todos los temperamentos serios cuando se animan súbitamente,
+estaba encendida y locuaz. Parecía haber sacudido las ideas negras que
+tanto obscurecían su rostro en los días anteriores. Gonzalo, antes de
+ponerse a la mesa, bromeó graciosamente, tanto con ella como con su
+mujer. Mientras duró la comida no dejó de reirse a su costa con aquella
+ruidosa y cordial alegría que le caracterizaba.
+
+—¿Vuestra majestad no quiere un poco de chorizo?—decía dirigiéndose a
+su esposa. Y luego, regocijado por su frase, soltaba una larga y sonora
+carcajada, como las que debían lanzar los reyes bárbaros en sus
+festines, sacudiendo su enorme tórax con temerosas convulsiones. Su
+alegría de hombre sano y bien equilibrado era comunicativa. Nadie dejaba
+de reirse cuando a él se le ocurría hacerlo. Aquella noche Ventura
+estaba muy amable y daba palmetazos en las espaldas a su marido
+pidiéndole que callase, que no podía comer en paz. Después que
+concluyeron, cuando estaban tomando el café, sea por haberse reído
+demasiado o por cualquier otra causa, la joven esposa se sintió mal del
+estómago. La comida le había hecho daño. Dijo que tenía ganas de
+devolverla. Y en efecto, se fué a su cuarto y al poco rato volvió
+diciendo que había arrojado y le dolía la cabeza. Se le hizo te. Estuvo
+reposando sobre un diván algún tiempo; mas el dolor y la incomodidad no
+desaparecían.
+
+—Mirad; idos vosotros al baile. Yo me voy a meter en la cama—dijo
+levantando la cabeza.
+
+Cecilia, por cuya mente cruzó súbito una sospecha, respondió:
+
+—No; yo me quedo también.
+
+—¡Qué tontería!—exclamó la enferma.—¿Vais a privaros de la única
+diversión que hay en Sarrió hace tiempo, por una cosa tan ligera?
+
+—Sí—replicó Cecilia con la misma gravedad.—Yo me quedo.
+
+—Pero, mujer, ¡si sabes que esta incomodidad la padezco yo a menudo! Es
+un poco de bilis. En cuanto duerma cuatro o cinco horas estoy buena.
+
+—Pues yo me quedo.
+
+—Pues me obligarás a mí a ir enferma y todo—dijo con impaciencia,
+levantándose.
+
+—Tiene razón Ventura, Huesitos—dijo Gonzalo cogiendo a su cuñada por
+los hombros y sacudiéndola cariñosamente.—Esto no es nada; lo ha tenido
+cien veces. ¿Por qué te has de privar tú de ir al baile?... Ea, ea, a
+tomar el abrigo. Ramón ya ha enganchado. Son más de las nueve y
+media—añadió empujándola hacia la puerta.
+
+Cecilia no pudo resistirse. Antes de salir dirigió una penetrante mirada
+a su hermana, que ésta se apresuró a evitar sentándose de nuevo.
+
+Abajo les esperaba ya, en efecto, Ramón, con el familiar enganchado.
+Llevaban el carruaje mayor que tenían. Don Rosendo y Pablito, que se
+habían quedado a comer en Sarrió, volverían probablemente con ellos a la
+madrugada. Durante el trayecto, Gonzalo se mantuvo alegre y hablador,
+dando matraca a su cuñada, la cual estaba taciturna en demasía. El joven
+creía que el recuerdo de la fatal escena que narramos la atormentaba, y
+hacía vivos esfuerzos por distraerla.
+
+La sociedad del Liceo se hallaba establecida en la única ala sana de un
+viejo convento derruído. Primero había sido escuela; mas cuando el
+ayuntamiento edificó el nuevo local, hacía ya algunos años, la sociedad,
+que tenía uno malísimo, se trasladó a éste, previo un arreglo o
+restauración que dirigió don Mateo y costó muy buenos cuartos. Los
+trabajos, sin embargo, se limitaron casi exclusivamente al salón de
+baile y la escalera. La secretaría, el despacho del presidente, la sala
+de ensayos de la orquesta, eran amplias y desnudas cuadras, con el
+pavimento de madera podrido y roto, y las paredes blanqueadas.
+
+La escalera estaba bien iluminada y adornada con macetas de flores, que
+atestiguaban el celo y el gusto de don Mateo. Gonzalo y Cecilia la
+subieron de bracero. Al llegar arriba atravesaron una vasta antesala
+donde gran número de jóvenes se apresuraron a abrirles paso y saludarles
+con la familiaridad que se usa en los pueblos pequeños. En el salón
+había ya bastantes damas, todas disfrazadas, aunque la mayor parte de
+ellas, como Cecilia, sin máscara. Para los sarrienses era aquello una
+sorpresa. En los cinco últimos años, los bailes del Liceo parecían
+visitas de pésame. Media docena de señoritas más o menos jóvenes, con
+los hombros y el pecho al aire, el rostro muy empolvado, departiendo en
+voz baja allá en un ángulo del vasto salón, mientras a su lado las
+mamás sacaban tiras de pellejo a alguna amiga ausente. Otros tantos
+pollos dando vueltas en la antesala, el aire triste, la mirada opaca,
+abrochándose mutuamente los guantes con las horquillas de sus hermanas.
+Generalmente eran los mismos. Cada pollo bailaba dos o tres polkas,
+rigodones o lanceros con las hermanas de sus amigos. A las doce o doce y
+media salían todos en pelotón, remangándose los pantalones y las faldas
+respectivamente, y guareciéndose debajo de los paraguas, charlando en
+voz alta al través de las calles solitarias y húmedas. Los vecinos, a
+quienes el sueño no tenía presos, decían:—«Ahora salen del Liceo». Esto
+era todo. Don Mateo, firme, indomable, conservaba tenazmente, con
+amoroso esmero, este exiguo rescoldo del fuego del placer.
+
+Gracias a su perseverancia, aquella noche se convirtió en viva y animada
+hoguera. La juventud de la villa tuvo fuerzas para arrollar las ruines
+pasiones que agitaban los pechos de sus papás, y entró en aquel
+solitario salón como un torrente desbordado, haciéndolo resonar con sus
+risas y pláticas, con chillidos horrísonos:
+
+—Alvaro, ¿me conoces? ¿me conoces? ¿Por qué no te casas? Mira que ya
+vas caminando para Villavieja.
+
+—Periquito, ¿te gusto?... ¿Que alce la careta?... ¿Para qué lo
+necesitas? Tú no te enamoras de las caras y haces bien. ¡Teniendo de
+aquí... y de aquí! ¿Eh? Adiós, adiós, Periquito.
+
+—Hola, Delaunay... Hola, _monsieur_. ¿Cómo va ese tranvía aéreo? ¡Qué
+cosas se te ocurren! ¡Qué gran cabeza tienes! ¡Lástima que seas tan
+desgraciado! Dicen que no eres hombre práctico. Sin embargo, supiste
+arreglar a la hija del Rato... Adiós, adiós...
+
+—¿Qué tal, Sinforoso? ¿Cuándo te dan la mano de Cipriana?... Bien te
+hacen penar, hombre. ¿Por qué no los amenazas con pasarte otra vez al
+Saloncillo?
+
+Había muchas señoras con dominó negro, que eran las que daban estas
+bromas, demasiado vivas a veces. La mayor parte de ellas eran viejas. A
+las jóvenes, les gustaba mostrar el palmito y la esbeltez de su talle,
+con algún traje histórico. Había damas venecianas, romanas, del bajo
+imperio, hebreas, de la época de Luis XV, del Directorio, de Felipe II,
+y hasta pasiegas de los tiempos más recientes. Había también, algunas
+gitanas, nigrománticas y cautivas. Veíanse trajes caprichosos y
+románticos, que no admitían clasificación; uno de _noche estrellada_,
+otro de tulipán, otro de paloma viajera con una cartita al cuello. Los
+hombres en general no llevaban disfraz: vestían la larga y desairada
+levita, que sólo salía a relucir en ocasiones como ésta. Sin embargo,
+veíanse algunos con dominó, que les servía para acercarse y hablar a sus
+novias, sin peligro de ser interrumpidos por las mamás. Un grupo de
+jóvenes afiliados al Camarote, que venían de este modo, habían tenido la
+feliz ocurrencia de disfrazar a don Jaime Marín de maragato. Cuando le
+tuvieron vestido de esta suerte, le dijeron que mejor que careta,
+convenía que se pintase; a lo cual él se prestó. Tomó un chico el pincel
+y la caja de pinturas, y fingiendo que le embadurnaba con mil colores,
+le paseó el pincel largo rato por la cara, mojado en agua solamente.
+Pidió Marín un espejo para verse. Los maleantes jóvenes tuvieron buen
+cuidado de no proporcionárselo. Todo se volvía gritar:—¡Pero qué bien
+está usted, don Jaime! ¡qué horrorosamente pintado! Ni la madre que le
+parió puede conocerle. Bajo la fe de esta palabra, el buen Marín se dejó
+llevar al Liceo. Sus amiguitos le aconsejaron que no dejase de dar
+bromas a ciertas señoritas; a lo que él contestaba, que serían como
+sinapismos. Y en efecto, así que entró en el salón, comenzó a dirigirse
+a las muchachas gritando con voz de falsete:
+
+—Hola, Rosarito, ¿dónde has dejado a Anselmo? Ya sabemos que todas las
+noches a las diez le tiras una cartita por el balcón.
+
+—¡Pero, don Jaime!—exclamaba la niña mirándole con sorpresa.—¿Usted
+cómo viene así?
+
+—¡Diablo! Ya me ha conocido—decía el buen Marín alejándose.
+
+Dirigíase inmediatamente a otra, y pasaba lo mismo.
+
+—Es particular—concluyó por decirse.—Todas me conocen al instante...
+Será por la voz, porque lo que es pintado, ¡lo estoy de órdago!
+
+Cuando estaba haciéndose esta reflexión, una mano huesuda le agarró por
+detrás.
+
+—Gran burro, bobalicón, zoquete, ¿quién te ha metido aquí de este modo?
+
+Era su amada compañera, la ingeniosa y severa doña Brígida.
+
+—¡Anda, bestia, anda, que siempre has de servir de payaso en todas
+partes!
+
+Y a empujones lo fué sacando del salón. La buena señora, que venía
+disfrazada con dominó y careta, luego que le dejó en la antesala con
+orden expresa y terminante de irse inmediatamente a casa, se volvió a
+meter en el centro del baile, donde tenía un asunto de importancia que
+resolver, como luego veremos.
+
+Rodeado por un grupo de máscaras estaba el simpático don Feliciano
+Gómez. Su gran pirámide de cabeza monda y reluciente, descollaba
+soberbia por encima. Eran mujeres las que formaban círculo en torno
+suyo, armando algarabía insufrible. Las bromas que le prodigaban tocaban
+a menudo en la injuria.
+
+—¡Feliciano, milagro que te han dejado venir al baile tus hermanas! ¿A
+qué hora te han mandado retirarte? Dicen que doña Petra te castiga
+cuando llegas tarde, ¿es verdad? ¡Pobre Feliciano! ¡Qué severas son tus
+hermanas! Ya que no te han permitido casarte, debieran darte un poco más
+de libertad.
+
+El bravo comerciante, sin ofenderse, contestaba con sonrisa bondadosa a
+aquellas arpías. Al fin, cansadas de su paciencia, le dejaron en paz.
+
+El adorable Pablito, vestido correctamente de frac, con una flor blanca
+en el ojal, llevaba a cabo mientras tanto la conquista de cierta hermosa
+hebrea, hija de un comandante de artillería que acababa de llegar. La
+pobrecilla, al ver rendido a sus pies al joven más rico y más apuesto
+de la villa, dejaba escapar por todos los poros de su lindo rostro
+ruborizado, el gozo íntimo que le embargaba. ¡Qué sonrisas, qué gestos
+tan expresivos! Las muchachas de la población la miraban con expresión
+de burla. Aquellas miradas decían:—«Goza, goza un poco, infeliz, que
+pronto vendrá el desengaño».
+
+Pablito, inclinado, sumiso, la vertía al oído frases ardientes e
+ingeniosas como éstas:
+
+—Ayer cuando venía de Tejada, la he visto a usted con su papá, tan
+guapetona como siempre.
+
+—¡Qué guasón! También yo le vi. Venía usted en coche abierto. Guía
+usted muy bien.
+
+—Es favor, Carmencita. Guiar ahora esos caballos no tiene nada de
+particular, lo hace cualquiera. ¡Si los viera usted cuando los compré!
+El cochero de don Agapito los había echado a perder enteramente; sobre
+todo el Gallardo, el de la izquierda, ¿sabe usted? un poco más obscuro
+que el otro... Aquél era una cosa perdida. Si cae en otras manos, a
+estas horas no vale dos pesetas. Hoy es mejor que el otro todavía...
+Cuestión de paciencia, ¿sabe usted?—añadió con fingida modestia.
+
+La linda hebrea protestó:
+
+—Vamos, no se haga usted el pequeño, que ya sabemos que lo hace usted
+muy bien.
+
+—Paciencia y un poco de costumbre—repitió Pablito bañándose en agua de
+rosas.
+
+Después le explicó con toda latitud lo que en su concepto constituía un
+buen cochero. La mano suave y firme al mismo tiempo, el ojo vivo,
+castigar fuerte cuando hace falta, pero sin irritarse; luego un gran
+conocimiento de lo que son los caballos. Sin el estudio atento y
+reflexivo del temperamento de estos animales, imposible guiar
+regularmente. Carmencita le escuchaba embelesada.
+
+A Cecilia se le había acercado, poco después de entrar en el salón, Paco
+Flores, aquel ingeniero que pidió su mano por mediación de Gonzalo.
+Desde que la joven le diera calabazas, él, que, como hemos visto, sólo
+buscaba una mujer modesta, hacendosa y con algún dinero, se había
+enamorado de ella y la perseguía a sol y sombra. En Sarrió, al ver la
+persistencia del ingeniero en festejar a la primogénita de Belinchón, se
+creía que apetecía sólo con ansia la dote. Era un error. Flores se había
+llegado a enamorar de veras. Si Cecilia se quedase pobre repentinamente,
+lo mismo la haría su mujer. La conducta de ésta, también era adecuada
+para encender su ilusión. A todos sus obsequios y galanterías respondía
+siempre con amabilidad y gratitud. No había peligro de que la joven se
+retirase del balcón cuando él pasaba, ni esquivase su conversación
+cuando le encontraba en alguna casa conocida o le diese alguno de esos
+desaires que tanto hacen gozar a la mayoría de las muchachas. Le trataba
+como un buen amigo, guardándole todas las atenciones que se deben a la
+persona que se estima. Pero en cuanto el ingeniero quería pasar
+adelante, pedía un poco de amor, un rayo de esperanza, siquiera para el
+día de mañana, encontraba la misma negativa, suave, firme y constante. Y
+lo peor era que Cecilia, al negar, no lo hacía con placer, sino con
+repugnancia, como si le doliese causar disgusto a un amigo. Este
+sentimiento hería aún más el amor propio del pretendiente.
+
+Después que bailaron un vals, sentáronse fatigados en un ángulo del
+salón. Flores le había cogido el abanico, y la abanicaba
+respetuosamente.
+
+—Así quisiera pasarme la vida—dijo con acento sincero.
+
+—¡Oh! Se cansaría pronto—respondió Cecilia sonriendo.
+
+—¿Quiere usted probarlo?
+
+La joven no contestó.
+
+—No es usted, Cecilia, de las mujeres que hastían pronto. Posee usted
+en su corazón y en su inteligencia recursos para tener siempre a sus
+pies al hombre que la ame. Hace más de dos años que vivo enamorado de
+usted, y, en vez de cansarme, cada vez me siento más ligado a usted,
+cada vez la adoro más perdidamente... hasta el punto de ser la burla de
+la población.
+
+—Eso no se puede decir de antemano—repuso ella, un poco conmovida por
+el fuego y la emoción que Flores había comunicado a sus palabras.—No es
+lo mismo ver a una mujer cortos instantes, y hablarla de Pascuas a
+Ramos, que tenerla a su lado eternamente.
+
+—¡Qué más quisiera yo, Cecilia! Tenerla junto a mí siempre,
+¡siempre!—replicó en voz baja y temblorosa el ingeniero, jugando con el
+abanico y mirando fijamente al suelo.—Consagrar mi vida a servirla, a
+adorarla de rodillas... Yo sé que haría usted feliz a cualquier hombre,
+pero a nadie tanto como a mí que conozco las grandes cualidades de su
+alma, que adivino además en su corazón sentimientos que acaso sean
+enteramente desconocidos para otros... ¡Es terrible! Eso de que usted no
+me haga concebir la más remota esperanza de que algún día, por lejano
+que sea, mi cariño llegue a ablandarla, y me acepte siquiera por
+esclavo...
+
+—Le acepto por amigo, por buen amigo—dijo la joven gravemente.
+
+—Amigo, ¡oh!... Esa amistad, Cecilia, es una muralla de hielo que se
+interpone entre usted y yo... Comprendo que no tengo mérito alguno para
+merecer el amor de usted... que hay cien jóvenes en la villa que
+pudieran con más derecho solicitarlo... Pero lo extraño, lo que me anima
+y desanima a un mismo tiempo, es que usted no se ha fijado en ninguno
+hasta ahora... Su corazón permanece ocioso, indiferente... Digo, a no
+ser que tenga usted algún amor oculto.
+
+Cecilia se estremeció levemente y levantó un poco los ojos hacia el
+sitio donde se escuchaba la voz de Gonzalo. Después respondióle con más
+severidad que de ordinario:
+
+—Deje usted de estudiar tanto mi interior, Flores; primero, porque lo
+más probable es que sea tan vulgar como el de la mayoría de las mujeres,
+y segundo, porque, si hubiera algo de particular en él, no sería fácil
+que usted lo descubriera.
+
+—No se ofenda usted, Cecilia. Este estudio es una prueba nada más de lo
+mucho que usted me interesa.
+
+—No me ofendo—replicó la joven procurando sonreir.—Voy a saludar a
+Rosario. ¿Quiere usted llevarme?
+
+En la antesala, separada sólo por algunas columnas del salón, charlaban
+los padres graves, echando ojeadas satisfechas a éste, donde veían a sus
+hijas divertirse. Alguna vez, se destacaba un máscara del baile, y venía
+a embromarles. Era alguna vieja contemporánea que les hacía reir y toser
+hasta reventar con historias antiguas. Don Rosendo charlaba en un rincón
+con don Melchor de las Cuevas. Explicábale un vasto proyecto de puerto,
+grandioso como todos los suyos. Porque no es posible representarse bien
+lo que había crecido la ciencia, ya grande, de Belinchón en los últimos
+años. Era una ciencia más intuitiva que adquirida a fuerza de estudio,
+como acontece a todos los grandes hombres. Al principio, cuando iba a
+escribir en _El Faro_ sobre un tema que no conocía, mostrábase receloso,
+vacilante, tímido. Mas en cuanto aprendió bien los tópicos del
+periodismo, y tuvo a su disposición una buena cantidad de frases hechas,
+y sobre todo, en cuanto recibió un diccionario enciclopédico en quince
+tomos, que le costó no menos de dos mil reales, ¡aquello sí que fué
+cortar y rajar! No hubo asunto o problema científico, social, económico
+y político en que don Rosendo dejase de meter la cucharada con gran
+lucimiento. Se trataba de la peste que hacía estragos en el ganado: don
+Rosendo buscaba en su diccionario las palabras _ganado, caballo, toro,
+carnero, forrajes, industria pecuaria_, etcétera, y así que leía lo que
+decía sobre ellas, tomaba la pluma, y su genio periodístico se encargaba
+de trazar uno o varios artículos, rebosando de filosofía y erudición.
+Venía, como ahora, la cuestión del puerto, y acudía al diccionario en
+busca de las palabras _puerto, dársena, mareas, dragas, vientos_, etc.
+Siete artículos llevaba escritos y publicados a la sazón, para demostrar
+la necesidad de construir una gran dársena frente a Sarrió, en un punto
+denominado Fonil. Parecía un marino consumado, harto de surcar los
+mares, encanecido en el estudio de los problemas hidráulicos. Sin
+embargo, el señor de las Cuevas, aunque pasmado de aquel modo de barajar
+términos marítimos, alguno de los cuales ni él mismo conocía, torcía el
+gesto a las explicaciones verbales que don Rosendo le daba. Concluyó por
+decirle, poniéndole la mano en el hombro:
+
+—Desengáñese usted, Belinchón: en la dársena de usted, con viento
+entablado del Noroeste, no entran ni las sardinas.
+
+El que más gozaba en esta fiesta, ¿quién lo diría? era un anciano, el
+buen don Mateo, a quien se debía exclusivamente. Para él, aquel baile
+significaba uno de los grandes triunfos de su vida. Más trabajo le había
+costado congregar allí a los enconados vecinos de la villa, que tomar un
+reducto a los carlistas en la acción de Guardamino. No cesaba en toda la
+noche de andar, mejor dicho, de arrastrarse de un lado a otro,
+expidiendo órdenes a los criados, al conserje, a la orquesta.
+
+—Gervasio, ahora las bandejas de dulces... ¡Coged uno de cada lado,
+mastuerzos!—¿Qué quiere usted, señor Anselmo? ¿Piden los muchachos que
+en vez de vals sea rigodón? Pues toque usted rigodón.—A ver, pollos,
+que hay una porción de señoras en el tocador que no tienen pareja para
+salir.—¡Marcelino! ¿dónde se ha metido Marcelino? Baja al portal, que
+un pillo ha tirado una pedrada al farol, y lo ha roto.—¡Pero, don
+Manuel, si no son más que las dos! ¿Se quiere usted llevar ya a las
+niñas, y aún no hemos roto la piñata?
+
+Aquella noche estaba rejuvenecido el buen señor. Gozaba por todos los
+jóvenes, como los místicos gozan en una comunión general. De vez en
+cuando sus ojos opacos se fijaban por encima de las gafas, en el globo
+de madera que colgaba en medio del salón, y lo acariciaba con una
+sonrisa de placer. Aquel primoroso artefacto, venido de Burdeos, estaba
+pintado con rayas azules y blancas. Por debajo de él pendía una multitud
+de cintas de varios colores, todas las cuales, menos una, quedarían en
+las manos de las señoritas, al tirar por ellas. A la que diera con la
+cinta que abría la piñata se le adjudicaba el globo, cargado, sin duda,
+de confites, y, según se decía, de chucherías muy lindas.
+
+Gonzalo, en el medio del salón, mostrábase también alegre, departiendo
+cuándo con una, cuándo con otra dama. Había bailado con su cuñada un
+rigodón, y una polka y un vals con dos amigas de su esposa. Sudaba
+copiosamente. No cesaba de limpiarse la frente con el pañuelo. Su gran
+figura de coloso, descollaba como una torre por encima de todas las
+cabezas.
+
+—¡Qué animado está el señor alcalde!—le decía una dama del bajo
+imperio.
+
+—Hay que aprovecharse de la ausencia de Ventura—respondía el joven
+riendo.—¿Dónde está su marido, Magdalena?
+
+—Por ahí anda.
+
+—Baile usted conmigo esta polka. Vamos a engañar a nuestros cónyuges
+respectivos.
+
+—No puedo. La tengo comprometida con Peña.
+
+Mientras así charlaba con todos los que se le acercaban, una mujer
+rebujada en dominó negro, con máscara del mismo color, no le perdía de
+vista un momento, situada ahora en un punto, ahora en otro; pero siempre
+a corta distancia de él. Por los agujeros de la careta se veían dos ojos
+lucientes y fieros. Era doña Brígida, la ingeniosa compañera del
+rebajado Marín, que acechaba el momento oportuno, como el barítono de
+_Un ballo in maschera_ para dar la puñalada. La víctima allí, era un
+príncipe; aquí, nada más que alcalde. Las razones que la eminente señora
+tenía para meditar tal crimen, no serán tan poderosas como las del
+barítono a los ojos de un hombre; mas de seguro lo parecen a cualquier
+mujer. _El Faro de Sarrió_, en su afán de morder a todos los socios del
+Camarote, a sus parientes y amigos, la había emprendido desde hacía tres
+o cuatro meses, con la esposa de Marín. Salieron a relucir todos los
+secretos domésticos; la vida del matrimonio, la dependencia y
+degradación de Marín fueron puestas en caricatura. Se contaban a este
+propósito, en letras de molde, todas las anécdotas más o menos chistosas
+que corrían por la villa, y algunas más descubiertas o inventadas por
+los maleantes redactores. Y como si esto fuera poco, no había número del
+citado periódico en que de un modo u otro no se hiciese mención de la
+peluca de doña Brígida, que por tal circunstancia había llegado a ser
+popular en Sarrió. La irritación, la rabia, el odio y el deseo de
+venganza que se habían despertado en esta señora, nadie se los puede
+figurar. Baste decir que, cuando veía a cualquier redactor de _El Faro_
+en la calle, empalidecía horriblemente; costaba gran trabajo impedir que
+se le arrojase al cuello, como un gato rabioso. Hasta entonces no había
+podido satisfacer aquella ansia de venganza que la devoraba. Por eso
+ahora, contemplando a Gonzalo, se relamía de gozo, se estremecía de
+anhelo, como el tigre que divisa la presa. Aprovechando un instante en
+que nadie hablaba con él, se fué hacia él muy quedo y por detrás. Y
+poniéndose repentinamente delante, escupió más que dijo estas palabras:
+
+—Gonzalo, ¿cómo eres tan borrico? Estás siendo la burla y la risa de
+todo el mundo. No hay una sola persona en el baile que no sepa que tu
+mujer está durmiendo a estas horas con el duque de Tornos.
+
+El joven quedó como si le hubieran dado con un mazo en la frente. Se
+puso densamente pálido. Trató de agarrar a la infame máscara para
+arrancarle la careta; mas no le fué posible. Doña Brígida se había
+escabullido como una anguila por entre la gente. Como había muchas
+señoras con el mismo disfraz, imposible saber quién era. Entonces se
+apresuró a salir del salón. Las palabras aquellas le sonaban dentro de
+la cabeza como feroces martillazos. Temió caerse. En la antesala
+respondió con sonrisa estúpida a las frases amicales que le dirigían. Su
+tío don Melchor, viéndole tan pálido, vino hacia él:
+
+—Qué tienes, Gonzalillo: ¿te sientes mal?
+
+—Sí... Voy a tomar una taza de te.
+
+—Te acompaño.
+
+—No, no; vuelvo en seguida.
+
+Y corrió, dejándole plantado cerca de la puerta.
+
+Bajó las escaleras. Se encontró en la calle sin darse cuenta de lo que
+hacía. El aire frío de la noche le refrescó la cabeza y le hizo volver
+en su acuerdo. Súbitamente tomó la resolución de partir a Tejada. Buscó
+con la vista el coche y no le vió. Sin duda Ramón estaba en casa aún.
+Miró el reloj. No eran más que las dos y media. Dirigióse a paso largo
+hacia la casa de su suegro, en la Rúa Nueva, mas cuando hubo dado unos
+pasos, advirtió que iba sin sombrero y de frac. Volvióse al Liceo. Al
+primer criado con quien tropezó en la escalera, le pidió que le bajase
+el sombrero y el abrigo.
+
+Cuando llegó a casa, Ramón estaba enganchando ya.
+
+—Ramón, vas a llevarme ahora mismo a Tejada a todo escape.
+
+El cochero le miró con sorpresa.
+
+—¿Se ha puesto peor la señorita?
+
+—Me parece que sí—respondió metiéndose en el coche.—Para antes de
+llegar... en la revuelta del molino, ¿entiendes?
+
+—Teme asustar a la señorita, ¿verdad?—preguntó el cochero con gran
+penetración.
+
+No contestó.
+
+Los caballos partieron a escape, haciendo bailar el coche ásperamente
+por encima del empedrado desigual de la villa. Gonzalo no advirtió
+siquiera aquel movimiento que le sacudía rudamente las visceras, ni el
+tránsito a la carretera al dejar la población. Toda su atención estaba
+fija, concentrada en un punto. ¿Sería verdad, o no? Desgraciadamente,
+sin saber él mismo por qué, la convicción de que su esposa le estaba
+engañando, entraba en su alma y se enseñoreaba de ella. Cuando había
+venido a Tejada a pie, hacía dos meses escasos, esta convicción no
+quería entrar. Por mucho que hacía para convencerse de que la delación
+del periódico era verdad, su mente y su corazón se negaban a darle
+asenso. Ahora sucedía todo lo contrario. Se hacía infinitas reflexiones
+para persuadirse a que la acusación de la encapuchada no era más que vil
+expresión de la envidia y el despecho en algún enemigo oculto, y a pesar
+de ellas no podía menos de darla fe.
+
+Cuando el coche paró, no se dió cuenta del tiempo que hacía que
+caminaba; lo mismo podía ser un día que un minuto. Salió de su sueño y
+brincó del carruaje al suelo.
+
+—Ahora vuélvete por la familia—le dijo a Ramón,—y no digas que me has
+traído. No hay necesidad de asustarles.
+
+Se dirigió lentamente hacia la puerta del parque, que estaba a unos
+doscientos pasos, mientras el coche se alejaba en sentido contrario.
+Cuando llegó, la tocó con mano trémula. Estaba abierta como la otra vez.
+Sintió un frío extraño en el corazón que le obligó a detenerse. Entró al
+fin con cautela, y quiso ver si estaba la llave por dentro para
+cerrarla; pero no la halló. La noche no estaba clara ni obscura; el
+cielo toldado. Llovía un agua menudísima, muy frecuente en el país, que
+impregna al cabo la ropa como la gorda, y aun mejor. No hacía ruido
+alguno al caer sobre los árboles y plantas del parque; pero aquéllos,
+empapados ya, al ser heridos por una ráfaga de viento, dejaban escapar
+multitud de gotas, un verdadero chubasco, que sonaba sobre los caminos
+con suave y fugaz repiqueteo.
+
+Gonzalo se acordó de que no traía arma alguna. Pero alzó los hombros con
+desdén, con una confianza absoluta de que si llegara el caso no iba a
+hacerle falta. Miró a todos lados a ver si descubría el caballo del
+Duque y no lo vió. Lo que sí percibió fué la sombra de un hombre
+deslizándose al través de los árboles. Corrió hacia ella, mas se
+desvaneció al instante. Figurósele que era Pachín, el criado, y le
+acometió la sospecha de que él era el traidor que abría la puerta al
+Duque. Después de la noche aquella en que halló a su cuñada con éste,
+se había dedicado a averiguar quién era el que dentro de casa le
+protegía, sin lograr nada. En quien menos podía sospechar era en un
+criado tan antiguo como Pachín.
+
+Pensó entonces en que podía ir a avisar a los traidores, y tomó otra vez
+la dirección de la casa a la carrera para ganarle por la mano. Subió de
+nuevo por la parra al cuarto de su suegro. Esta vez, el balcón estaba
+llegado nada más. De puntillas, pero velozmente, se dirigió al gabinete
+presa por un movimiento automático, como si, habiendo encontrado allí al
+Duque una vez, fuese de necesidad que estuviese siempre. Grande fué su
+estupor al encontrarlo desierto y obscuro. Quedó un momento clavado al
+suelo. Pero movido súbito por una idea, corrió al cuarto matrimonial,
+donde Ventura dormía. Hallólo cerrado por dentro. Llamó con la mano.
+
+—Ventura, Ventura.
+
+—¿Quién está ahí?—gritó de adentro su esposa con voz extraña,
+indefinible.
+
+—Soy yo... abre, abre pronto.
+
+—Estoy en la cama.
+
+—No importa, abre pronto.
+
+—Déjame vestirme.
+
+—No; abre en seguida o rompo la puerta.
+
+—Voy, voy allá.
+
+El joven aguardó un instante. En vez de la puerta, creyó percibir que se
+abría el balcón del cuarto.
+
+—¡Abre, Ventura!—gritó con furor.
+
+Y no recibiendo contestación, dió un golpe a la puerta con su poderosa
+pierna de cíclope, e hizo saltar el pestillo con estrépito. El cuarto
+estaba en tinieblas.
+
+—¡Ventura, Ventura!—gritó.
+
+Nadie contestó. Sacó con mano trémula una cerilla, y paseó una mirada de
+loco por la habitación. Su esposa estaba en camisa acurrucada en un
+rincón, pálida, desencajada. Gonzalo no detuvo los ojos en ella. Miró a
+todas partes en busca de algo, y, percibiendo el balcón entreabierto, se
+lanzó hacia él. Abrió. Vió correr entre los árboles una cosa blanca, el
+bulto de un hombre en mangas de camisa. No se descolgó. Saltó de un
+brinco al jardín, y corrió hacia él como una saeta. Mas el hombre ya
+llegaba a la puerta de hierro, la abría, desaparecía. Gonzalo le siguió
+poco después, pero al echar una mirada en torno, le vió entre las
+sombras, montado a caballo, lanzándose a la carrera en dirección a
+Nieva. Comprendió en seguida que era inútil perseguirle. Animado, no
+obstante, de una esperanza loca, volvió corriendo a las cuadras, sacó su
+hermoso caballo de silla, y, poniéndole un freno, saltó sobre él en
+pelo, y se lanzó igualmente a escape por la carretera de Nieva. No
+llevaba espuelas ni látigo, mas el bravo animal obedeció a su voz, mejor
+dicho, a sus rugidos, y tomó un escape violentísimo. Los ojos del
+caballo veían el camino. El no percibía delante de sí más que un gran
+agujero negro donde iba a sumirse. Los altos álamos que orlaban la
+carretera, pasaban raudos a su lado como negros fantasmas.
+
+—¡Up, up, up!
+
+El noble bruto volaba como si le clavase el acicate. Así corrió por
+espacio de media hora.
+
+—Es imposible—se dijo.—Su caballo es aún mejor que el mío, y me
+llevaba una delantera de dos tiros de fusil lo menos.
+
+Mas cuando se iba haciendo esta reflexión, y vacilaba en tirar del freno
+al caballo, pasó por delante de otro, que estaba a un lado de la
+carretera, ensillado y sin jinete. Paró en firme al suyo con trabajo.
+Dió la vuelta para ver lo que era aquello. Reconoció en seguido la jaca
+inglesa del Duque.
+
+—¡Oh—rugió,—ya eres mío!
+
+Porque se imaginó en seguida que había caído. Apeóse y reconoció el
+terreno, pero no dió con el jinete. Encendió cerillas, y nada, no
+encontró rastro del Duque.—«Puede ser que oyendo el galope de mi
+caballo, y temiendo que le alcanzase, se haya escondido por aquí
+cerca»—se dijo. Saltó a los prados, reconoció todo lo escrupulosamente
+que pudo a la luz de las cerillas los alrededores, miró detrás de los
+setos, escudriñó la maleza, siguió un buen trecho la orilla de un arroyo
+que había a la izquierda. Pero se agotó la caja de fósforos antes que
+pudiese topar con su enemigo. Dió la vuelta desesperado, bramando de
+rabia.
+
+Si efectivamente el duque de Tornos andaba por allí escondido, ¡qué buen
+rato debió de haber pasado!
+
+
+
+
+XIX
+
+EN QUE DA FIN LA PRESENTE HISTORIA CON ALGUNOS NOTABLES, CUANTO TRISTES
+SUCESOS
+
+
+Ventura, así que vió desaparecer a su esposo por el balcón, se vistió
+apresuradamente. Salió del cuarto en busca de algún criado. Justamente
+llegaba Pachín, con una luz en la mano, con la faz descompuesta.
+
+—El señorito va corriendo detrás del señor Duque por la huerta—dijo,
+con voz apenas perceptible.
+
+—¿Lo alcanzará?—preguntó la infiel esposa, muy pálida, aunque repuesta
+ya bastante del susto.
+
+—No lo creo. El señor Duque tiene el caballo amarrado al lagar de
+Antón. Lleva delantera para poder montar, y entonces imposible seguirle.
+
+—¿Dónde me escondo yo? Si vuelve, me mata.
+
+—Lo mejor sería salir de casa, señorita... Venga conmigo.
+
+La joven le siguió al través de los pasillos. Bajaron la escalera de
+servicio, y salieron por la puerta de la cocina. Pachín quería llevarla
+a casa del párroco, que la tenía no muy lejos de la posesión. Cuando
+salieron al jardín, vieron venir corriendo a Gonzalo hacia la casa. Sólo
+tuvieron el tiempo preciso para esconderse detrás de la washingtonia
+próxima al comedor. Desde allí le vieron entrar en la cuadra, sacar el
+caballo y partir a escape. Ventura creyó morir de miedo.
+
+—No, no, yo no quiero ir a casa del cura. Puede volver pronto, y el
+cura no puede defenderme de él... Es un pobre viejo... Quiero ir a
+Sarrió.
+
+—¿Pero, señorita, a Sarrió a estas horas y lloviendo?
+
+—¿No hay ningún carruaje?
+
+—Hay la berlina; pero faltan los caballos... Aguarde usted un poco, voy
+a ponerle las varas, y engancharemos la jaca del señorito Pablo... No
+respondo de que tire.
+
+—¡De prisa, de prisa!
+
+Todo lo más que pudo, Pachín hizo lo que decía. Ventura se metió en el
+coche, y partieron. Aunque al principio la jaca se rebeló un poco,
+puesta ya en la carretera, con la querencia de la cuadra de Sarrió,
+donde estaba generalmente, anduvo bastante bien. La joven ordenó al
+criado que la llevara a casa de don Rudesindo, con cuya señora mantenía
+bastante relación. Allí se refugió, y estuvo hasta que su padre, dos o
+tres días después del suceso, la llevó a Madrid. De allí a Ocaña, en uno
+de cuyos conventos la encerró, por acuerdo de él y Gonzalo. El gran
+patricio no tenía gran apego, como sabemos, a las religiones positivas;
+pero «mientras la sociedad no dispusiera de otros medios coercitivos
+para ciertas transgresiones de la moral, forzoso era acudir en demanda
+de ellos a las antiguas instituciones sociales, siquiera fuesen tan
+viciadas y deficientes como éstas».
+
+Volvamos ahora a Gonzalo. Pasó todo el día cerrado en Tejada, en un
+estado de agitación próximo a la demencia. La única persona que se
+atrevió a entrar en su cuarto fué don Rosendo. Aunque adornado con
+perífrasis y redundancias periodísticas que acreditaban su temperamento
+de escritor, supo hablarle un lenguaje digno y generoso. Se ponía
+incondicionalmente de parte de él, y maldecía a su hija «cuya conducta
+incalificable, barrenando _(últimamente le había cogido mucha afición
+don Rosendo al verbo barrenar)_, al mismo tiempo, la moral, el derecho y
+las prácticas sociales, la ponía fuera de toda protección legal y
+familiar». El fué quien propuso encerrarla provisionalmente en un
+convento. El pobre Gonzalo, abatido, convulso, no le contestó una
+palabra. Escuchábale paseando por la habitación en sentido diagonal, las
+manos en los bolsillos, la mirada húmeda y siniestra. Tan sólo levantó
+la cabeza para decir con firmeza:
+
+—Llévesela usted donde quiera... ¡Pero que no vea a mis hijas! No
+quiero que sus labios las toquen.
+
+Al obscurecer entró un criado a avisarle que dos señores que habían
+llegado en una carretela, deseaban hablarle con urgencia. En seguida le
+cruzó por el pensamiento lo que aquello significaba, y se apresuró a
+contestar:
+
+—Que entren.
+
+Entraron dos caballeros de Nieva. El uno era el marqués de Soldevilla,
+hombre de media edad, enteramente rasurado, color erisipeloso y dientes
+amarillos, que hablaba muy alto para aparecer campechano: el otro, un
+coronel retirado, llamado Galarza, viejo, canoso, y hombre de pocas
+palabras y amigos. Venían de parte del Duque a arreglar un asunto grave,
+que había acaecido la noche pasada, en el terreno del honor. El duque de
+Tornos no quería dejar al señor de las Cuevas sin la reparación que le
+debía. Huir en aquella ocasión, no entraba en sus costumbres y carácter,
+ni era digno de su jerarquía social. Pero al mismo tiempo, en interés de
+Gonzalo y de él mismo, exigía que todo se llevase a cabo con el mayor
+secreto posible.
+
+Gonzalo dejó hablar al Marqués, que fué prolijo hasta la impertinencia,
+sin pestañear, afectando una tranquilidad que no sentía.
+
+—Está bien—dijo cuando terminó.—Acepto, desde luego, el desafío.
+Estoy pronto a realizarlo como y cuando ustedes gusten... Un poco
+original es—añadió, al cabo, con risita nerviosa, que disfrazaba mal la
+cólera que le dominaba.—Un poco original es que sea el señor Duque
+quien desafía, siendo yo el ofendido. Ese acto, a la verdad, más que en
+la caballerosidad parece inspirado en el miedo.
+
+—Señor de Cuevas—interrumpió agriamente el ex coronel,—nosotros no
+podemos consentir que en nuestra presencia se permita usted esas
+apreciaciones.
+
+Gonzalo le miró con ojos distraídos, como si no hubiese oído, y siguió
+diciendo:
+
+—En realidad, yo podía y hasta debía rechazar este desafío, porque no
+es costumbre que los hombres decentes se batan con los granujas, aunque
+éstos lleven un título del reino.
+
+—Señor de Cuevas—profirió Galarza montando en cólera,—esto es
+insufrible. Yo no tolero que usted hable de ese modo.
+
+—El duque de Tornos es un granuja, ¿sabe usted?—respondió mirándole
+fija y provocativamente a los ojos.
+
+La verdad es que hubiera sido gran temeridad meterse con Gonzalo en
+aquel instante. Galarza se puso pálido, y dijo levantándose:
+
+—Está usted en su casa. Yo me retiro.
+
+—¿Quiere usted que vaya a decírselo fuera?—exclamó impetuosamente,
+levantándose también.
+
+—Señores—gritó con voz cascada el Marqués,—un poco de sosiego.
+Galarza, no tiene usted derecho a irritarse. El género de ofensa que
+nuestro apadrinado ha hecho al señor (y siento tener que referirme a
+ella), le disculpa para extralimitarse en la apreciación de su carácter.
+Creo que en el momento que acepta el duelo, hace bastante y atenúa por
+completo el sentido de sus palabras, hijas de la irritación natural en
+que se encuentra...
+
+Gonzalo estuvo por dejar caer la mesa, que tenía delante, sobre el necio
+conciliador. Permaneció inmóvil y silencioso, no obstante, porque
+deseaba ya ardientemente verse frente a frente con el Duque. El ex
+coronel volvió a sentarse a ruegos de su compañero. Por temor a su
+temperamento irritable o por vengarse, no volvió a pronunciar palabra.
+
+Gonzalo manifestó que nombraría a dos amigos para que se entendieran con
+ellos, los cuales irían al día siguiente por la mañana a Nieva. Por lo
+tanto podían volverse desde luego a este pueblo, a no ser que le
+hiciesen el honor de ser sus huéspedes aquella noche...
+
+Los amigos del Duque dieron las gracias: se dispusieron a marcharse.
+Cuando ya estaban en pie les dijo Gonzalo dirigiéndose, por supuesto,
+solamente al Marqués.
+
+—Deseo que tanto las conferencias que celebren ustedes con motivo de
+este lance, como el lance mismo, se realicen en Nieva... Porque—añadió
+con acento, mitad sarcástico, mitad enternecido,—por más que a ustedes
+les parezca raro, todavía hay en esta casa personas que me aman.
+
+Los padrinos prometieron complacerle, y se retiraron dando la vuelta a
+Nieva.
+
+Cecilia los vió partir y se puso a rondar el cuarto de su cuñado sin
+atreverse a entrar. Este, al salir en busca de Pablito, se la tropezó en
+el pasillo, que estaba medio a obscuras. La joven le cogió
+repentinamente la mano, se la apretó con fuerza, y clavándole una mirada
+anhelante, le dijo:
+
+—No te batas, Gonzalo.
+
+El tuvo fuerzas para disimular, exclamando con desprecio:
+
+—¡Me había de batir yo con ese canalla! ¡Nunca!... Le mataré donde le
+encuentre...
+
+Creyó en sus palabras; pero volvió a decirle con voz conmovida:
+
+—Hazlo por tus inocentes hijas.
+
+—Por mis hijas... y por ti—respondió acariciándole afectuosamente el
+rostro con la mano. Y se apresuró a alejarse, porque la emoción le
+ahogaba.
+
+Cuando halló a Pablo, le dijo reservadamente:
+
+—Contigo puedo hablar con franqueza. Eres un hombre y sabes bien que
+hay en la vida cosas inevitables. Acaban de irse los padrinos del Duque,
+y acabo de engañar a Cecilia prometiéndole no batirme. Como tú
+comprendes, eso es imposible...
+
+—¿Por qué?... No: tú no debes batirte... ¡Yo soy, yo, el que ha de
+matar a ese miserable!—exclamó fogosamente el hermoso mancebo.
+
+—Gracias, Pablo, gracias—respondió Gonzalo gravemente con voz
+temblorosa, apretándole la mano con efusión.—Eso no puede ser. Medita
+un poco sobre el asunto, y verás que te engañan tus buenos deseos y el
+cariño que me tienes.
+
+Costó mucho trabajo convencerle, sin embargo. A todo trance había de ser
+él quien desafiara al Duque primero, y ponía en prensa su no muy repleto
+cerebro, para buscar argumentos que lo hiciesen natural y lógico. Sólo
+después de larga discusión y quedando en que, si Gonzalo sucumbía o
+salía herido, él retaría al Duque, se dejó persuadir de malísima gana.
+
+Había en aquella adhesión y cariño que toda la familia le mostraba, en
+lo franca y resueltamente que se ponían de su parte y rechazaban con
+horror a la extraviada hija y hermana, algo que a Gonzalo le conmovía y
+le sofocaba a un mismo tiempo. Este proceder tan digno, le obligaba a él
+a usar de generosidad, no mentando en la conversación el nombre de la
+infiel, que en sus labios sólo podía ir acompañado de un epíteto
+injurioso. Pablito no se los escatimaba. Pero él comprendía muy bien que
+no debía seguirle.
+
+—Mira, mañana a primera hora, te vas a Sarrió y llevas unas cartas que
+yo te daré, a Alvaro y don Rudesindo. Que se pongan inmediatamente en
+camino para Nieva... procurando no asomarse a las ventanillas cuando
+pasen por aquí. Que arreglen el asunto lo más pronto posible y envíen el
+aviso del día y la hora a Sarrió. Tú lo recibes allí y me lo traes
+inmediatamente... Después ya me arreglaré para salir de aquí sin que tu
+padre y Cecilia lo adviertan.
+
+Cumplió su cometido Pablo, saliendo al amanecer para Sarrió a caballo.
+Cumplieron el suyo también, Peña y don Rudesindo, trasladándose a Nieva
+acto continuo. Gonzalo vió pasar el coche que los transportaba, desde el
+balcón de su cuarto.
+
+El escándalo en Sarrió había sido terrible como debe suponerse. No se
+hablaba de otra cosa. Los amigos de Belinchón andaban mustios. No
+faltaban entre ellos, sin embargo, quienes creían que le estaba bien
+empleado a don Rosendo, por haber criado con tal mimo a su hija menor, y
+haberla consentido tomar aquellas ínfulas y aires de princesa. Los
+enemigos se bañaban en agua de rosas, y procuraban aumentar con mil
+trazas el escándalo. Las pocas personas imparciales que había en la
+villa, se limitaban a compadecer al pobre Gonzalo, y a censurar el
+proceder repugnante de la ingeniosa señora de Marín (pues ya se sabía
+que era ella la que prendiera fuego a la mecha). Muchos curiosos pasaban
+por delante de la casa de don Rudesindo mirando con atención a los
+balcones, preguntando a los criados que salían, husmeando, en fin, lo
+que dentro pasaba. Se decía que Ventura estaba muy tranquila, y poco
+arrepentida de su conducta, que había comido como si tal cosa, y que
+había charlado y reído toda la tarde, con la esposa del fabricante de
+sidra.
+
+A la atención ávida de los curiosos, tampoco pudo ocultarse la marcha de
+éste para Nieva en compañía de Peña. En seguida se sospechó el objeto.
+Corrió por la villa como una chispa, la noticia de que Gonzalo se estaba
+batiendo con el Duque, no se sabía dónde.
+
+Don Melchor de las Cuevas vivía solo con un criado y una criada. La
+noche del baile se había retirado a su casa, pasando antes por la de
+Belinchón. Allí le dijeron que el señorito Gonzalo se había ido a
+Tejada. El anciano sospechó que no sintiéndose bien, se iría a meter en
+la cama. Al día siguiente, él mismo se sintió un poco indispuesto,
+porque no estaba acostumbrado a trasnochar, y se quedó en casa. Mandó,
+sin embargo, al criado a la de Belinchón, a preguntar qué sabían de su
+sobrino. Enteróse el criado inmediatamente de lo acaecido, pero no se
+atrevió a decírselo a su señor. Le trajo el recado de que Gonzalo se
+hallaba en Tejada bueno. Pasó aquel día así. Pero al siguiente, martes,
+oyó el criado la especie de que el señorito se estaba batiendo con el
+Duque, y entonces, por temor de incurrir en responsabilidad o porque
+creyese que su señor podía evitar una desgracia, le dió cuenta de todo,
+aunque con algunas precauciones. Don Melchor, herido en lo más hondo de
+su corazón, se levantó convulso de la butaca y pidió que inmediatamente
+fuesen a buscar un coche que le trasladase a Tejada. En cuanto estuvo a
+la puerta, se metió en él, ordenando al cochero que fuese a todo escape
+a la quinta de Belinchón.
+
+Con quien primero tropezó fué con éste, quien le recibió con alguna
+confusión y vergüenza, como si el pobre tuviese alguna parte en la
+desgracia que pesaba sobre Gonzalo. Don Melchor estuvo un poco frío con
+él, no intencionalmente, sino por el anhelo que tenía de ver a su
+sobrino. Don Rosendo le condujo hasta la puerta de su cuarto, y allí le
+dejó. El señor de las Cuevas llamó con los nudillos.
+
+—¿Quién va?—preguntaron de adentro ásperamente.
+
+Levantó el pestillo sin contestar, y entró. Gonzalo, que estaba en pie
+en medio de la estancia, se puso rojo como una brasa al ver a su tío.
+Este le oprimió fuertemente contra su pecho. Las lágrimas corrieron
+abundantes por las mejillas del joven. Nadie le había visto llorar en
+aquellas críticas circunstancias. Pero aquel anciano era el padre de su
+infancia, y a él podía mostrar sin vergüenza las llagas más recónditas
+de su corazón. Estuvieron largo rato así abrazados. Don Melchor se
+separó al cabo, y dijo empujándole hacia una butaca:
+
+—Siéntate.
+
+Se dejó caer en ella, y ocultó los ojos con la mano.
+
+—El golpe es rudo—dijo el marino con voz ronca después de silencio
+prolongado.—Una racha traidora que te ha metido la borda debajo del
+agua... Pero eres barco de mucha manga—añadió poniéndole las manos
+sobre los hercúleos hombros.—Tienes las cuadernas sólidas... Ya
+achicaremos el agua.
+
+Gonzalo no contestó.
+
+—¿Por qué no te has venido inmediatamente a casa?
+
+—Porque hubiera sido un desaire cruel para esta pobre familia, que está
+profundamente afligida. ¡Se han portado conmigo tan cariñosamente!
+
+—Si es así, has hecho bien... Pero debiste darme aviso... Eso no te lo
+perdono.
+
+—¿Para qué? Cuanto más tarde recibiese usted el disgusto, mejor.
+
+—¡No; eso no! Yo soy tu padre, Gonzalo, y debo padecer contigo...
+Además, mi presencia hacía falta... Me han dicho que vas a batirte con
+ese... ¡con ese pirata! ¿Es verdad?
+
+—No... por ahora no hay nada—respondió el joven con alguna vacilación.
+
+—¡No me engañes, Gonzalo! Ese desafío no puede realizarse. Vengo
+resuelto a impedirlo.
+
+—No hay nada, tío. Sosiéguese usted.
+
+—Es inútil que me engañes. Yo no me separaré de ti un momento. Aquí me
+quedo. Dormiré a tu lado para que no te me escapes, y te daré guardia de
+_prima_, de _media_ y de _alba_.
+
+Gonzalo quedó estupefacto. Comprendió que era necesario confesarlo todo,
+y abordar la cuestión de frente.
+
+—¿Y si fuese verdad, qué, tío? ¿Se atrevería usted a impedir que su
+sobrino fuese a cumplir con lo que el honor exige?
+
+—Sí, señor... ¡Pues no me había de atrever!... Sí, señor, que me
+atrevo—replicó el viejo, ya enfurecido.—¿Quieres que yo consienta que
+expongas tu vida por un pillo, por un ladrón, que se ha introducido en
+tu casa para robarte villanamente la honra? A los ladrones se les mata
+de un tiro, o se les ahorca; no se mide las armas con ellos... Tú estás
+obcecado, Gonzalo... Párate un momento, hombre. Da fondo al escandallo,
+y verás que no hay agua para marear...
+
+—¿Qué quiere usted que haga entonces? ¿Quiere usted que le deje marchar
+tranquilamente para Madrid? ¿Quiere usted que le vaya a despedir, y a
+desearle feliz viaje, dándole las gracias además por el favor que me ha
+hecho?
+
+—¡No, mala centella que lo parta, no!... Mátalo, si quieres, pero no
+expongas tu vida.
+
+—Eso es muy fácil de decir, tío—replicó Gonzalo con
+amargura.—Figúrese usted que voy a Nieva, le busco y le pego un tiro o
+una puñalada y le dejo muerto... Pues desde allí voy a la cárcel, y, por
+bien que me vaya, no me escapo sin unos años de presidio... Aparte de
+que la mayoría de los hombres, aunque disculpasen la acción, no la
+hallarían muy valerosa.
+
+Don Melchor se quedó unos momentos confundido, sin saber qué replicar.
+Aquello no tenía vuelta de hoja. Al cabo, levantó la cabeza con brío,
+los ojos brillantes de alegría:
+
+—¡Ya encontré la solución!
+
+—¿Cuál?
+
+—Tú te estás quieto en casa. Yo me voy ahora mismo a Nieva, le desafío
+y le mato.
+
+—¡Oh, tío, muchas gracias! Eso no puede ser—replicó Gonzalo, sin poder
+reprimir una sonrisa.
+
+—¿De qué te ríes, ciruelo?—exclamó el buen anciano, echando fuego por
+los ojos.—¿Te figuras, por ventura, que tu tío es un trasto arrinconado
+que no puede empuñar un sable o una pistola?... ¡Oh, demonio! ¡Oh,
+diablo!—añadió cada vez más irritado, gesticulando como un loco por la
+habitación.—Yo estoy lo mismo que si tuviera veinte años... Yo subo de
+cuatro en cuatro las escaleras, y no me fatigo... Yo bebo cinco botellas
+de _pale-ale_, y no me tambaleo... Yo derribo un toro de un puñetazo, y
+trinco al marinero más forzudo y le echo al agua... ¿A que no rompes tú
+cinco nueces con los cinco dedos de la mano, y eso que te las echas de
+tan bruto?...
+
+—Si no me reía por eso, tío... Ya sé, ya sé...
+
+—Vamos a ver; trae esa mano... A ver si sé apretar o no sé apretar...
+
+Gonzalo se la alargó, y el viejo marino se la apretó con todas sus
+fuerzas, el semblante rojo y contraído. Aunque no le lastimó gran cosa,
+fingió sentir un dolor agudísimo:
+
+—¡Uy, uy!
+
+—¿Eh, qué tal?—exclamó su tío con aire triunfal.—¿Puedo o no puedo
+todavía librar al mundo de un pillo?
+
+—¡Ya lo creo que puede usted! Tiene usted más fuerza que yo... Pero no
+se trata de eso. Lo que hay que ver es si debe usted hacerlo; si eso
+sería decoroso para mí... ¿No comprende usted, tío, que el ridículo que
+ya por el hecho mismo de ser marido engañado, pesa sobre mí, se
+aumentaría de un modo inconcebible si fuese usted el que se batiese y no
+yo?... Este ridículo ya sé que se borra con sangre; pero ha de ser
+sangre vertida por mi mano.
+
+Don Melchor no quiso convenir en ello: discutió, gritó, se enfureció. Se
+conocía, no obstante, que deseaba aturdirse. Las razones de Gonzalo le
+trabajaban en el alma y se la llenaban de amargura. Últimamente, ya se
+batía en retirada. Pedía tan sólo que se aplazase el lance; que se fuese
+a viajar una temporada, y si a la vuelta persistía en batirse, lo
+hiciese. Duraba aún la disputa, cuando don Rosendo llamó a la puerta
+para preguntarles si deseaban que se les sirviese el almuerzo allí o
+querían venir al comedor. Gonzalo optó por esto último, porque de ningún
+modo quería mostrarse frío con su suegro y cuñada.
+
+El almuerzo fué triste. Por más esfuerzos que todos, hasta el mismo
+Gonzalo, hacían por mostrarse despreocupados, cerníase sobre la mesa una
+nube negra que obscurecía los semblantes. Después que tomaron el café y
+descansaron un rato, Gonzalo dijo:
+
+—Tío, usted ha salido de la cama para venir aquí. No debe usted
+sentirse bien... ¿Quiere que se le arregle un cuarto? Creo que le
+convendría acostarse.
+
+Don Melchor comprendió que su sobrino deseaba quedarse solo.
+
+—No; me vuelvo a Sarrió. Avisa que enganchen.
+
+Despidióse de Belinchón y Cecilia en casa. Gonzalo lo fué acompañando a
+pie hasta la salida del parque. Ambos iban silenciosos y sombríos. El
+anciano, además, sumamente pálido. Antes de meterse en el coche abrazó
+estrechísima y largamente a su sobrino, y le dijo al oído con voz
+conmovida:
+
+—¡Dale un buen barreno en los fondos, hijo mío!
+
+Cuando se separaron, tenía el rostro bañado de lágrimas. Metióse
+rápidamente en la carretela, y se ocultó en un rincón sin decir adiós.
+Gonzalo miró alejarse el coche, y permaneció largo rato inmóvil,
+agarrando con la mano una reja de hierro de la puerta.
+
+Poco después de anochecer, llegó Pablito de la villa. Después de comer,
+aprovechó un momento para decir a su cuñado rápidamente:
+
+—Mañana a las ocho en la quinta de Soldevilla... a pistola. A las seis
+pasarán por aquí Peña y don Rudesindo. Estáte preparado.
+
+Gonzalo durmió aquella noche mejor que la anterior. La satisfacción
+feroz que le daba la seguridad de encontrarse al día siguiente con el
+Duque, tranquilizaba sus nervios. A las cinco de la mañana se despertó
+ágil y fresco sin acordarse de haber soñado. Se vistió y aliñó con el
+menor ruido posible, y salió de puntillas cuándo aún estaba amaneciendo.
+
+—¿Va de caza, señorito?—le preguntó una criada con quien tropezó.
+
+—No; voy a avisar al molinero para que deje en seco la acequia. Quiero
+pescar esta tarde.
+
+Salió a la carretera y siguió la dirección de Nieva esperando que el
+coche de sus padrinos le alcanzaría, como así sucedió a la media hora
+poco más o menos. Peña y don Rudesindo estaban fuertemente alterados.
+Cuando subió al carruaje le apretaron la mano con gran afecto y le
+enteraron de las condiciones del duelo; a veinticinco pasos avanzando y
+disparando cuando quisieran. Aquel negocio era bastante más grave que
+todos los demás en que habían intervenido. Gonzalo los escuchó
+tranquilamente. Sólo indicó que hubiera deseado que fuese a sable:
+tendría gusto en hallarse más cerca de su adversario. No parecía sufrir.
+Y es que, comparada con el tormento de los dos días anteriores, cuando
+la imagen de su esposa en camisa, acurrucada en un rincón, no se
+apartaba un instante de sus ojos, la emoción de ir a verse frente a su
+enemigo, era una felicidad relativa. Por otra parte, Gonzalo, como todos
+los temperamentos excesivamente vigorosos, había nacido para los
+peligros; gozaba con ellos como si tuviera la seguridad de que la vida
+que corría exuberante por sus venas no podía secarse.
+
+No llegaron a la quinta de Soldevilla hasta las ocho y media. El Duque y
+sus padrinos los esperaban hacía rato. El primero no se presentó. Estaba
+dentro de la casa. El Marqués y Galarza llevaron a Peña y don Rudesindo
+adentro también, mientras Gonzalo daba una vuelta por la huerta. La
+posesión de Soldevilla se componía de un caserón medio arruinado con
+pocos y antiquísimos muebles cubiertos de polvo, una huerta bastante
+grande, más cuidada que la casa, y detrás de la huerta una vasta
+pomarada ya vieja. Esta posesión estaba rodeada de prados y tierras que
+también pertenecían al Marqués.
+
+Los padrinos, dentro de casa, echaron a suerte sobre cuáles pistolas
+habían de usarse, las que había traído Peña, o las del Duque. Fueron
+éstas las elegidas. Después redactaron el acta de condiciones. Por
+cierto que hubieron de escribirla con una pluma perversa del mayordomo,
+porque el Marqués escribía una carta cada año. Cargaron las pistolas y
+se salieron a buscar sitio.
+
+—Manuel—dijo el Marqués viendo a un criado que estaba plantando
+cebollín en uno de los cuadros de la huerta.—Retírate.
+
+El criado le miró sorprendido.
+
+—Que te retires, hombre—repitió con más severidad.—Vete a otra parte.
+
+El criado se salió de la huerta, lanzándole miradas de asombro y
+curiosidad.
+
+Eligióse el sitio en uno de los caminos más anchos del medio. Soldevilla
+fué a buscar al Duque.
+
+El día había amanecido despejado. Pero después de salir el sol, negros y
+espesos nubarrones que surgieron del horizonte de tierra, se habían
+acumulado sobre aquel paraje de la costa, amenazando descargar muy
+pronto su pesado fardo de agua. La luz se había mermado
+extraordinariamente. Parecía que estaba amaneciendo entonces.
+
+El Duque se presentó con levita negra y sombrero de copa, un tanto más
+pálido que de ordinario, pero afectando una calma desdeñosa, sin faltar
+a la cortesía. Traía en la boca un cigarro puro, y se envolvía en
+ligeras nubes de humo, mientras caminaba a la par de Soldevilla. Cuando
+llegó al sitio designado, dirigió un frío saludo ceremonioso al grupo de
+Gonzalo y sus padrinos, y no volvió a mirarles. Después de conferenciar
+unos instantes, Peña colocó en su sitio a Gonzalo y le entregó una
+pistola cargada. Soldevilla hizo lo mismo con el Duque. Ambos se habían
+quitado el sombrero. El prócer conservaba el cigarro puro en la mano
+izquierda, al cual seguía dando con impasibilidad un poco teatral,
+largos chupetones. Empezaban a caer del cielo gruesas gotas, anunciando
+un fuerte chaparrón. Peña gritó al fin:
+
+—Señores, preparados... Una, dos, tres...
+
+El Duque inclinó la pistola y apuntó. Gonzalo, apuntando también, avanzó
+pálido, con los ojos inyectados. Su enemigo, le esperó serenamente hasta
+una distancia de quince pasos. Y ya con la seguridad de volcarle, porque
+era un tirador consumado, disparó. La bala rozó la mejilla del joven,
+levantándole la piel y haciéndole sangre. Detúvose un instante, y siguió
+avanzando. Los padrinos empalidecieron terriblemente. El Duque dejó caer
+la pistola y se cruzó de brazos, esperando la muerte, con una bravura
+llena de afectación y soberbia. Gonzalo avanzó precipitadamente, hasta
+ponerse a dos pasos de su adversario. En aquel momento una ola de sangre
+le cegó. Su temperamento de atleta venció repentinamente a las
+sugestiones de la razón. Brillaron sus ojos con los reflejos siniestros
+de una bestia salvaje, temblaron sus labios, contrájose espantosamente
+su rostro, y arrojando lejos de sí la pistola, saltó como un tigre sobre
+el traidor. El Duque no resistió el choque de aquel coloso y cayó
+rodando. Gonzalo se puso a brumarle las costillas con los pies, lanzando
+rugidos. Los padrinos acudieron corriendo a sujetarle. Al bilioso
+Galarza se le ocurrió, para realizarlo, darle un bastonazo en la cabeza.
+Gonzalo no hizo señal de sentirlo. Peña, indignado, alza su bastón y
+¡zas! le arrima otro garrotazo a Galarza. El marqués de Soldevilla,
+¡zas! le da otro a Peña. Y arrebatados de furor unos y otros, comenzaron
+una lucha tan brava como indigna a bastonazos, mientras Gonzalo,
+satisfaciendo ferozmente su cólera acumulada, pateaba con saña el
+cuerpo, inerte ya, del Duque.
+
+El cielo dejaba caer en aquel instante una cantidad fabulosa de agua.
+Tan grande llegó a ser, que el marqués de Soldevilla, abandonando el
+campo, emprendió la carrera hacia su casa para guarecerse. Siguióle
+inmediatamente don Rudesindo, luego Peña y Galarza. La batalla se
+deshizo como por ensalmo. Mas antes de atecharse, a todos se les ocurrió
+volver la cabeza para ver qué había sido de sus apadrinados. Y por un
+simultáneo impulso de compasión, volviéronse presurosos y sujetaron a
+Gonzalo, cuya rabia cruel aún no se había apagado. El contacto de las
+manos de aquellos señores le volvió a la razón. Les echó una larga
+mirada siniestra y extraviada, y sin decir palabra, recogió el sombrero
+y se dirigió a la puerta de la quinta, mientras los padrinos conducían
+al Duque moribundo a casa. El médico que Soldevilla había traído,
+encerrado durante el lance en una sala por no presenciarlo, reconoció
+minuciosamente las fracturas y contusiones del herido. Declaró, desde
+luego, su estado muy grave.
+
+Peña y don Rudesindo, encontraron a Gonzalo dentro del coche llorando
+desesperado.
+
+—¡Soy un bruto!—les dijo.—¡Un bárbaro! ¡Qué pensarán ustedes de mí!
+He cometido una acción bochornosa. Perdónenme ustedes.
+
+Hicieron lo posible por calmarlo. En el fondo, ni a uno ni a otro les
+parecía tan mal aquello. Después de todo, la acción del Duque había sido
+tan villana, que bien estaba que se castigase villanamente. Peña,
+durante el camino, llegó a decir cuchufletas acerca de la soberana
+paliza que el magnate acababa de recibir.
+
+—Chico, no cabe duda que los grandes de la naturaleza pueden más que
+los grandes de España—decía con su voz campanuda que no dejaba perderse
+una sola letra. Gonzalo, pronto, como un gran niño que era, a pasar del
+llanto a la risa, sonrió primero y dejó escapar al fin sonoras y
+formidables carcajadas con los chistes de su amigo.
+
+Pero la vista de la casa de su suegro le sumió nuevamente en la
+tristeza. Había satisfecho su justa venganza. Pero quedaba una herida
+honda, cuyo agudo dolor aún no había podido sentir bien, porque la
+exaltación colérica en que había vivido aquellos dos días, lo sofocaba.
+¡Oh! aquellas grotescas torrecillas y almenares, testigos de su luna de
+miel, le produjeron horrible impresión de melancolía. Parecía que una
+mano cruel le estrujaba el corazón dentro del pecho. Sus amigos,
+comprendiendo que deseaba quedarse solo, siguieron a Sarrió. Pablito le
+esperaba a la puerta de la quinta, y le abrazó con efusión y entusiasmo.
+
+—¿Le has matado?—preguntóle por lo bajo.
+
+—No sé... Creo que sí—respondió el joven más bajo aún.—¿Y tu padre?
+
+—Mi padre... Estaba aquí hace un instante... En cuanto te vió bajar
+sano del coche, ha montado en la berlina que estaba enganchada ahí
+abajo, y se ha ido a Sarrió.
+
+Gonzalo adivinó lo que iba a hacer y se puso más sombrío. Los dos
+cuñados se dirigieron silenciosos a la casa, y fueron derechos al cuarto
+de Gonzalo. Al cabo de unos momentos, éste, que se había dejado caer en
+un sofá y permanecía inmóvil, con la cabeza abatida sobre el pecho, dijo
+a su cuñado:
+
+—Perdóname, Pablo... Deseo quedarme solo... No estoy en este momento
+para hablar.
+
+Pablito se apresuró a retirarse.
+
+Pasó un largo rato. La puerta se abrió de nuevo sin que el joven lo
+sintiese. Una sombra se deslizó hasta él y puso sobre la silla más
+cercana una bandeja con una taza y algunos platos.
+
+—¡Oh! ¿Eres tú, Cecilia?
+
+—Quieras o no, vas a tomar algo... Ya son las dos de la tarde, y estoy
+segura de que no te has desayunado—dijo la joven, arrimando una mesilla
+y poniendo sobre ella el caldo humeante.
+
+—¡Qué buena eres, Cecilia!—exclamó él apoderándose de una de sus
+manos. Aquella exclamación era un grito de afecto, de entusiasmo, y a la
+vez de un vago remordimiento que jamás había podido desechar de
+sí.—¡Qué buena eres! ¡qué buena eres!—repitió con lágrimas en los
+ojos.—Lo que has hecho aquella noche... ¡Oh! eso no lo hace nadie...
+¡Nadie!... Una santa que bajase del cielo no lo haría... Ninguno de los
+que vivimos a tu lado merecemos besar el polvo que pisas...
+
+Y el joven, conmovido con sus propias palabras, sollozando perdidamente,
+cubrió de besos y lágrimas la mano que tenía cogida.
+
+Cecilia se puso fuertemente encarnada primero; después pálida, y dijo en
+tono que resultó un poco seco:
+
+—Deja, deja.
+
+Retirando al mismo tiempo la mano con presteza. Al ver que su cuñado
+quedaba acortado, se apresuró a decir:
+
+—Mira, cuanto menos hablemos de esas cosas, y, si posible fuera, cuanto
+menos pensásemos, sería mejor... Ahora lo que importa es que tomes este
+caldo. Después te traeré unas croquetas y un lenguado... ¿quieres?
+
+—No tengo apetito, Cecilia—respondió haciendo esfuerzos por reprimir
+su emoción.
+
+—Todo es empezar... Verás...
+
+—No, no; de veras, no puedo pasar nada en este momento.
+
+—¿Y si te lo mando yo?—dijo la joven. Después que lo dijo se puso
+colorada.
+
+—Entonces, desde luego lo tomo... A ti no puedo negarte nada—replicó
+él acercando el plato.
+
+Aquella tan galante réplica, produjo una penosa impresión de frío en
+Cecilia. Para no dejarla ver, salió precipitadamente de la estancia.
+
+Tres o cuatro días estuvo el duque de Tornos entre la vida y la muerte.
+Al cabo cedió la calentura, y desapareció la gravedad. Sin embargo, la
+curación debía ser larguísima. Había dos costillas fracturadas, la
+mandíbula inferior también, y sobre esto, terribles magullamientos en
+otros varios parajes del cuerpo. Al cabo de un mes pudo trasladarse a
+Madrid.
+
+Gonzalo no dejó la casa de su suegro, quien al cabo de cinco o seis días
+del desafío, tornó de llevar a Ventura al convento de Ocaña. Pero su vida
+fué triste, sombría por demás. Negábase, a pesar de las instancias de
+Pablo, a salir de caza o paseo. En vano éste y don Rosendo y los amigos
+que solían venir a Tejada, inventaban mil pretextos para hacerle salir
+de excursión. Aunque no se negaba de frente a acompañarles también él
+acudió a los engaños para quedarse siempre en casa, donde descaecía a
+ojos vistas. Su tío don Melchor venía a menudo a verle, y le aconsejaba
+que se fuese a viajar durante una temporada. No se negaba a ello; pero
+lo aplazaba siempre, pretextando no encontrarse bien de salud. Don
+Rosendo, asesorándose del señor de las Cuevas y de otros varios amigos,
+decidió trasladarse a Sarrió, por ver si con la sociedad de sus amigos
+el joven se animaba un poco. Salieron fallidos todos los cálculos.
+Gonzalo se dejó llevar a la villa sin hacer observaciones. Pero puso aún
+más empeño en aislarse, en vivir retirado del trato social. Salía tan
+sólo al amanecer, y daba algunos paseos por la punta del Peón,
+contemplando el mar con ojos extáticos, que alguna vez tomaban una
+expresión de angustia que apenaría seguramente a quien los mirase. En
+cuanto el muelle comenzaba a animarse, y la villa despertaba de su
+sueño, retirábase a toda prisa a casa.
+
+¿Por qué no dejaba a Sarrió, teatro de su desdicha, y se iba a pasar al
+menos una temporada en Madrid, en París o en Londres? Esta era la
+pregunta que se hacían todos los vecinos de la villa. Nadie acertaba a
+contestarla satisfactoriamente. Ni era fácil que eso sucediera. Son muy
+pocos los que saben explicarse el origen secreto, la última raíz de las
+acciones humanas. Unos porque no se paran en psicologías, que juzgan
+inútiles, otros dotados de entendimiento sutil y perspicaz, porque lo
+aprovechan para escudriñar solamente el móvil interesado, casi nadie
+destapa esa mágica caja de sentimientos, y deseos, y esperanzas, y
+contradicciones, que se llama corazón humano. ¡Qué vergüenza sentiría
+Gonzalo si le dijesen que no se iba de Sarrió por no alejarse de la
+atmósfera que envolvía a su esposa, a quien cubría de dicterios en
+secreto, y afectaba despreciar ante el mundo! Y, sin embargo, nada más
+cierto. Quedándose en aquella casa, le parecía que aún no se habían roto
+del todo los lazos que le ligaban a ella. Los seres que le rodeaban eran
+su carne y su sangre: la amaban todavía, aunque culpable: no se podía
+injuriarla en su presencia. Ventura había dejado en las habitaciones, en
+los muebles, una parte de su ser. En el tocador yacían los frascos de
+pomada y esencias que ella usaba, a medio consumir; en las perchas
+colgaban algunos de sus abrigos y sombreros. Su imagen graciosa, su
+blonda cabeza deslumbradora, parecía que iba a parecer detrás de las
+cortinas. El ambiente estaba embalsamado aún con su perfume habitual.
+Aquel marido, tan vilmente ultrajado, sin querer darse cuenta de ello,
+respiraba con delicia el aliento de su esposa, y vivía de la sombra de
+su vida. Todavía más; vivía de la esperanza de perdonarla.
+
+Esto no lo sabía nadie... ni él mismo quizá de un modo cabal... Nadie
+más que Cecilia, cuyos ojos de zahorí enamorada, leían claramente los
+pensamientos más vagos que cruzaban por la mente de su cuñado. Este
+manifestaba por ella una predilección tan afectuosa, tal entusiasmo y
+veneración, que era muy fácil confundir con el amor. Todas las
+compañías, hasta la de su tío, le molestaban menos la de ella. Aunque
+estuviese entregado a una meditación dolorosa, y las lágrimas corriesen
+por sus mejillas escaldándolas, la aparición de Cecilia en su cuarto,
+obraba como un calmante, suavizando su dolor. Cedía a sus consejos con
+respeto, y se dejaba guiar y mimar por ella como un niño enfermo. Cuando
+tardaba en ir por su cuarto, se impacientaba y le daba quejas cariñosas
+lo mismo que un amante rendido y llagado de amor. Cuando entraba, sus
+ojos no la abandonaban ni un instante, cual si estuviesen bajo la
+influencia de un encanto o fascinación. Aquellos ojos expresaban cariño
+profundo, gratitud, admiración, respeto, entusiasmo, lo expresaban
+todo... menos amor. Cecilia bien lo leía. No podía mirarlos sin sentir
+el mismo doloroso pinchazo en el corazón, la misma gota amarga de hiel
+en los labios. Su espíritu, sereno siempre, turbábase por un instante, y
+aparecía fría unas veces, otras irritable y enigmática, con gran
+sorpresa y dolor de Gonzalo que se esforzaba en alegrarla. Pronto lo
+conseguía. El pensamiento aquel, caía en su cerebro como la piedra en un
+lago, revolviendo las aguas. Pocos momentos después, la calma volvía a
+su espíritu. Quedaba puro y tranquilo como el lago.
+
+Un día, al entrar repentinamente en la habitación de su cuñado, le
+encontró examinando un revólver.
+
+Al verla trató de ocultarlo en el cajón de la mesa que tenía abierto y
+se puso colorado.
+
+—¿Qué hacías?
+
+—Nada, al buscar en este cajón unos papeles, me hallé con un revólver
+que ya no me acordaba que tenía, y lo estaba mirando.
+
+Cecilia no creyó palabra. Experimentó desde entonces cierta inquietud
+que la obligaba a vigilarlo más que antes.
+
+Transcurrieron dos meses. El desdichado joven, aunque persistía en la
+misma vida apartada y sombría, mostraba algunas vagas señales de
+reverdecimiento. Una que otra vez salía a caballo. Había hablado a su
+suegro de hacer un viaje por Italia, país que aún no conocía. La fuerza
+que hacía subir la savia de nuevo a su ser marchito, era un pensamiento
+dulce, tan dulce como vergonzoso, que ocultaba con cuidado a todo el
+mundo. Sin embargo, una tarde en que departía cariñosamente con su
+cuñada, después de muchos rodeos, y poniéndose colorado hasta las
+orejas, le preguntó por Ventura. ¿Qué noticias tenía de ella? Cecilia le
+respondió fríamente con las menos palabras posibles. ¡Pobre Gonzalo! ¡Si
+supiese que aquella mujer traidora por quien preguntaba, lejos de estar
+arrepentida, se revolvía con furia contra su familia, cubriéndolos a
+todos de dicterios, amenazándoles con entregarse al primer hombre en
+cuanto saliese de la prisión, escandalizando con su soberbia y lenguaje
+procaz a la superiora del convento!
+
+Desde aquel día, perdida ya la cortedad, preguntaba a menudo por ella;
+gustaba de mentarla en la conversación, sin que le hiciese desistir de
+ello el tono seco con que Cecilia le respondía, y la prisa con que
+cambiaba de tema.
+
+Lo que don Rosendo temía, por las cartas que de Ocaña le enviaban, llegó
+al fin. Un día, la superiora del convento le comunicó que Ventura se
+había huído de aquel asilo, en compañía, según todos los informes, del
+duque de Tornos. «El gran humanitario», como le llamó el _Faro_ en
+cierta ocasión, recibió la nueva con valor estoico. Efectivamente, ¿qué
+significaba aquella pena puramente individual que le afligía, en
+comparación con el dolor universal, con la marcha lenta y segura de la
+humanidad hacia sus destinos? Por aquellos días acababa de leer un
+célebre folleto de autor francés, titulado _El mundo marcha_. Tenía los
+sesos revueltos y deslumbrados con sus grandes síntesis históricas, lo
+cual le ayudó no poco a soportar aquel golpe. Procuró, sin embargo, que
+su yerno no se enterase de la noticia. No tenía la misma confianza en la
+elevación de su espíritu y en la amplitud de sus miras. Algunos días
+estuvo oculta. Al cabo corrió por la población sin saber quién la
+trajera. Gonzalo, que todas las mañanas a primera hora iba por el
+Saloncillo, la leyó en una gacetilla tan infame como hipócrita del
+_Joven Sarriense_. «Circula por la población la especie—decía—de que
+una señora, protagonista de cierto drama amoroso no ha mucho tiempo
+acaecido, se ha fugado en compañía de su amante del asilo donde su
+familia la había recluído. Sentiríamos que este rumor se confirmase por
+afectar directamente a personas muy conocidas y estimadas en la sociedad
+sarriense.»
+
+Gonzalo sintió que algo que aún estaba por desgarrar se le desgarraba
+dentro del pecho. Dejó caer el papel. Sonriendo nerviosamente y con voz
+aguda y extraña, se dirigió a don Feliciano Gómez, que era la única
+persona que allí había:
+
+—Ya sabrá usted que la z... de mi mujer se ha escapado con su chulo,
+¿eh?
+
+Don Feliciano le miró sorprendido. Aunque era hombre que entendía poco
+de sonrisas, al verle sonreir de aquel modo se sintió sobrecogido, y le
+contestó con tristeza:
+
+—Sí, Gonzalito, sí. Ya sabía que todavía no habías pasado lo último...
+A la verdad, después de lo sucedido, este golpe final no debe cogerte de
+sorpresa... Boto el freno, debías suponer dónde había de parar.
+
+—¿Y a mí, qué?—exclamó el infeliz joven con la misma sonrisa,
+mostrando en todo su cuerpo una inquietud exagerada.—Que se escapa...
+¡bueno!... Vaya bendita de Dios... Nada tengo ya que ver con ella...
+¡Ah! ¡si la ley me permitiera casarme!... No se pasaría un mes sin
+hacerlo... ¿Y por qué no, vamos a ver, y por qué no he de poder
+hacerlo?... En fin, si no me caso a perpetuidad, me casaré
+temporalmente... Tomaré por ahí una buena moza, ¿eh, don Feliciano? ¡y
+anda con Dios!... Será al fin y al cabo una p... de profesión, mientras
+mi mujer lo es de afición...
+
+Mientras pronunciaba estas feas palabras, daba vueltas por la estancia,
+se quitaba el sombrero, se encogía de hombros y hacía otros gestos
+extravagantes. Por último soltó una carcajada.
+
+—Mira, Gonzalillo—le dijo don Feliciano.—Acabas de pasar una
+pelona... pero ya vendrán tiempos mejores. Tras de lo malo siempre viene
+lo bueno. Las cosas del mundo hay que tomarlas con cachaza, mi queridín.
+Con disgustarse y criarse hiel en el estómago, ¿qué se consigue?... Aquí
+me tienes a mí. El mes pasado perdí un barco... Todo el mundo venía a
+consolarme creyendo que estaba desesperado. Yo les contestaba: Es verdad
+que perdí el _Juanito_; pero, y si hubiera perdido la _Carmen_, ¿no
+sería mucho peor? Pues lo mismo pude perder uno que otro, porque los dos
+estaban en la mar. Tú has sufrido un disgusto: bueno... pero tienes
+salud. ¿No sería peor que además te pusieras enfermo? Hay que pensarlo
+todo, mi queridín. La salud es lo primero... Tú come bien, echa buenos
+tragos, ¡y anda adelante! que lo demás ya se olvidará...
+
+Gonzalo salió del Saloncillo sin despedirse, dejando al bueno de don
+Feliciano con la palabra en la boca.
+
+En casa se dió por enterado con don Rosendo de la fuga de Ventura.
+Contra lo que todos presumían, no le causó una impresión muy honda. Al
+contrario; desde aquel día señalóse en él una tendencia a animarse, y a
+participar del comercio social, que no dejó de sorprender en la
+población. Comenzó a visitar las casas de los amigos, a presentarse en
+el café, a pasear por las calles, a charlar, a discutir. No volvió a
+hablar de marcharse. Hasta, con gran pasmo de la villa, en uno de los
+bailes que se dieron en el Liceo, bailó toda la noche como un pollastre
+que por primera vez pisase el salón.
+
+No obstante, Cecilia estaba muy inquieta. Aquella animación de su cuñado
+era tan extemporánea, que más parecía un ataque de nervios. Sobre todo,
+la extraña sonrisa, parecida a una mueca, que no se le caía de los
+labios desde que leyera la gacetilla del _Joven Sarriense_, la hacía
+estremecerse en algunos momentos.
+
+Y llegó lo que era natural. Tras de aquella insana excitación, vino, al
+cabo de algunos días, un profundo y sombrío abatimiento. Estuvo tres sin
+salir de su cuarto, sin probar apenas manjar alguno de los que Cecilia
+le llevaba, y, lo que es aún peor, sin lograr conciliar el sueño. Con
+los ojos abiertos y extáticos, se pasaba horas y horas tendido en su
+lecho, mirando a las tinieblas. En la noche tercera, a eso de las tres,
+encendió luz, se vistió y se puso a escribir una larga carta a su tío.
+Después escribió otra con sobre a Cecilia. Cerradas y colocadas sobre la
+mesa en primer término, para que se vieran pronto, sacó un pitillo, lo
+encendió a la luz de la bujía, y comenzó a pasear por la habitación.
+Antes de concluir el cigarro lo arrojó. Abrió el cajón de la mesa, y
+sacó el revólver que allí guardaba. Al acercarlo a la luz vió que estaba
+descargado, lo que no dejó de sorprenderle. Tenía casi la certeza de
+haberlo cargado hacía un mes, poco más o menos. Buscó la cajita de las
+cápsulas y no la halló. ¡Qué cosa tan extraña! No tardó en recordar que
+Cecilia le había visto con él en la mano, y una sonrisa dulce y triste
+se dibujó en sus labios. Fué a echar mano a las escopetas. Las encontró
+igualmente descargadas. Los cartuchos habían desaparecido de su sitio.
+Permaneció inmóvil y pensativo largo rato. Luego, como si despertara de
+un sueño, sacudió la cabeza y dejó escapar un suspiro. Se puso el
+sombrero, abrió la puerta y bajó con gran sigilo las escaleras. Al pasar
+por delante de la puerta del piso principal, pegó el oído a ella. Estuvo
+un momento escuchando, la faz demudada, los cabellos erizados. Había
+oído claramente la voz de su esposa que le llamaba desde adentro. Pasada
+la alucinación, siguió bajando, abrió la puerta exterior con la llave
+que colgaba del pasador, y salió a la calle.
+
+Aun no había amanecido; pero en el Oriente parecía una tenue claridad
+precursora del día. La mañana estaba fresca. Caía del cielo un agua
+menudísima de niebla marina. Sin vacilar se dirigió al muelle. Subió al
+segundo paredón y miró a la mar, cuyo horizonte en aquel momento no era
+muy extenso, a causa de la niebla. Los días anteriores había soplado el
+noroeste, y la había encrespado y revuelto hasta el fondo. Grandes olas
+hinchadas venían de lejos extendiendo sus lomos gigantescos y se
+estrellaban con fragor contra la punta del Peón, escupiendo sus espumas
+a lo alto. Los ojos del joven tropezaron con un patache que trataba de
+entrar en el puerto, y bailaba como un casco de nuez sobre las olas.
+Aquella entrada le interesó desde luego. Siguió todas las peripecias con
+viva atención, como si en ello le fuese algo. Al cabo de un cuarto de
+hora, cuando ya estuvo atracado al muelle, sintió de nuevo la espuela de
+su pensamiento. Dió un suspiro y murmuró: «Vamos». Y siguió adelante,
+rozando con su cintura el pretil del paredón. Al llegar a cierto paraje,
+una ola más fuerte que las demás le bañó enteramente con su espuma.
+Aquel inopinado baño le produjo grata impresión, le refrescó la piel.
+Estuvo esperando en el mismo sitio un rato, por ver si llegaba otra con
+igual fuerza, pero no vino. Y emprendió de nuevo la marcha. Cuando
+estuvo en el extremo del malecón, se echó de bruces sobre el pretil y
+contempló con sombría fijeza las olas que llegaban. Estaba en el mismo
+sitio donde, hacía algunos años, había tenido plática con su tío para
+darle cuenta de que abandonaba a Cecilia y contraía matrimonio con
+Ventura. Las palabras del viejo, severas, irritadas, sonaron de nuevo en
+sus oídos. «Al hombre que falta a su palabra no puede ayudarle Dios...
+El viaje es largo. La mar ancha y brava. Lo que ahora es bonanza, en un
+instante se convierte en marejada de leva.» «¡Qué razón tenía mí
+tío!»—pensó, sin apartar la vista del mar.
+
+—¡Bah!—murmuró al cabo de algunos momentos—si cien veces me viera en
+ese caso, cien veces haría lo mismo. Hay cosas fatales. Llevo a esa
+mujer en la sangre como un veneno, y sólo puede salir con la última
+gota.—Estuvo otro rato pensativo. El agua del mar que le había bañado,
+y la del cielo que sin cesar caía, le enfriaron hasta los huesos. La
+mañana se presentaba sucia, cenicienta. No era, no, aquella hermosa
+noche en que se había quedado también de bruces después de hablar con su
+tío. Entonces, la belleza esplendorosa del cielo, tachonado de
+estrellas, el limpio cristal de las aguas, donde cabrilleaba la luz de
+la luna, la blanda brisa juguetona, le hablaron un lenguaje de muerte,
+sí, pero dulce, recogido, íntimo. Era una voz amiga que le invitaba a
+reposar. Mas ahora lo que oía era un grito de desolación, una amenaza:
+«Vente, vente. La muerte es muy triste; pero la vida es más triste
+todavía.»
+
+—Concluyamos—dijo levantando la cabeza. Avanzó el cuerpo; extendió los
+brazos. En aquel momento pensó que el instinto de conservación le haría
+nadar seguramente, y se detuvo. Miró a todas partes buscando algún peso.
+Sus ojos tropezaron con el áncora de un quechemarín que yacía allá
+abajo, en el primer muelle. Bajó por ella, cortó con la navaja un pedazo
+de maroma de una lancha, se la amarró, la alzó con sus brazos de atleta
+y subió la escalera como un gimnasta que quisiera dar muestra ante el
+público del enorme poder de sus músculos. Una vez arriba, se ató la
+cuerda al cuello. Se puso en pie sobre el pretil, y abrazado al ancla se
+arrojó al agua. Su cuerpo de coloso abrió en ella una grande brecha, que
+se cerró al instante. La mar profunda extinguió aquella chispa de vida,
+como tantas otras, con implacable indiferencia.
+
+Un marinero que le vió de lejos, corrió hacia el sitio gritando:
+
+—¡Hombre al agua!
+
+Otros tres o cuatro de las próximas embarcaciones le siguieron. En pocos
+minutos se formó un grupo de veinte o treinta en la punta del paredón.
+
+—¿Quién era? ¿Le conocías?—preguntaban al que le había visto.
+
+—Me parece que era don Gonzalo.
+
+—¿El alcalde?
+
+—Sí.
+
+—Sería muy bien, sería muy bien... ¡Reterroías mujeres!
+
+La nueva se esparció instantáneamente por la villa. Acudió al muelle una
+muchedumbre de gente. Dos hombres en una lancha recorrieron con un largo
+remo el fondo, sin dar con el cuerpo del desgraciado joven. Al cabo
+tropezaron con él. Se trajo un gancho, y tirando lo sacaron a flote en
+el mismo momento en que don Melchor, demudado, convulso, sin sombrero,
+llegaba al muelle, noticioso del terrible lance.
+
+—¡Hijo de mi alma!—gritó el pobre anciano al ver sobre el agua el
+cadáver de su sobrino. Sus corvas se doblaron, y cayó desvanecido en
+brazos de las personas que le acompañaban.
+
+Extendieron el cuerpo del suicida sobre el muelle mientras llegaba el
+juzgado. Aquel espectáculo tenía profundamente impresionados a todos los
+circunstantes, entre los que se hallaban personas de los dos bandos
+rivales.
+
+Después que llegó el juez y se instruyeron las debidas diligencias,
+colocaron en una camilla el cadáver, y lo transportaron a su casa,
+porque don Rosendo, que sabía la noticia, lo reclamaba. Fué una
+procesión tristísima al través de las calles de la villa. Los vecinos se
+asomaban a los balcones, pálidos, inquietos, con la tristeza en el
+semblante. Gonzalo gozaba de generales simpatías.
+
+Don Rosendo, poseído de vivo dolor, no quiso ver el cadáver de su hijo
+político. Se encerró en su cuarto; pero dispuso que se le colocase en el
+mejor salón de la casa sobre una mesa cubierta de terciopelo, que se
+trajesen de todas partes flores y coronas, y se preparase un entierro
+suntuoso.
+
+Cecilia, por uno de esos esfuerzos heroicos que estaba avezada a hacer
+sobre su alma y su cuerpo, supo encerrar su pena en el fondo del
+corazón. Veíasela lívida, sí, pero tranquila, disponiendo por la casa lo
+necesario para recibir el cuerpo de su cuñado. Cuando llegó, ella misma
+ayudó a colocarlo en el sitio, después que se le hubo amortajado. Lo
+cubrió de flores, encendió los cirios, adornó la habitación con negros
+crespones. Después dispuso que velase el cadáver una hermana de la
+caridad en compañía de ella.
+
+Dejáronlas al fin solas. Rezaron largo rato de rodillas. Cuando
+terminaron su rezo, Cecilia rogó a la monja que fuese a la cocina a dar
+orden para que se le hiciese te, porque estaba desfallecida.
+
+En cuanto la monja salió, alzóse vivamente. Y sacando unas tijeras,
+cortó un mechón de cabellos de la cabeza de su cuñado, que ocultó en el
+seno. Cortó después de los suyos otro, y temblorosa y agitada, lo metió
+entre las manos cruzadas del cadáver. Luego le contempló un instante. Y
+bajando la cabeza, cubrió de besos aquel rostro inanimado. Los primeros
+y los últimos que le daba.
+
+La esposa, la única y verdadera esposa de aquel hombre, no pudo al fin
+resistir tanto dolor y rodó por el suelo sin conocimiento.
+
+FIN
+
+ * * * * *
+
+
+
+
+=OBRAS DE PALACIO VALDÉS=
+
+
+=El señorito Octavio=.—Un tomo.
+
+=Marta y María=.—Un tomo. Traducida al francés, al inglés,
+al sueco, al ruso y al tchèque.
+
+=El idilio de un enfermo=.—Un tomo. Traducida al francés
+y al tchèque.
+
+=Aguas fuertes= (novelas y cuadros).—Un tomo. Traducida
+al francés, al inglés, al alemán, al holandés, al sueco y
+al tchèque. Edición española con notas y vocabulario
+en inglés.
+
+=José=.—Un tomo. Traducida al francés, al inglés, al alemán,
+al holandés, al sueco, al tchèque y al portugués.
+Edición española con notas en inglés para el estudio del
+español en Inglaterra y Estados Unidos de América.
+
+=Riverita=—Un tomo. Traducida al francés.
+
+=Maximina= (segunda parte de _Riverita_).—Un tomo. Traducida
+al inglés.
+
+=El Cuarto Poder=.—Un tomo. Traducida al francés, al inglés
+y al holandés.
+
+=La Hermana San Sulpicio=.—Un tomo. Traducida al francés,
+al inglés, al holandés y al sueco.
+
+=La espuma=.—Un tomo. Traducida al inglés.
+
+=La Fe=. Un tomo.—Traducida al francés, al inglés y al
+alemán.
+
+=El Maestrante=.—Un tomo. Traducida al francés y al
+inglés.
+
+=El origen del pensamiento=.—Un tomo. Traducida al francés
+y al inglés.
+
+=Los majos de Cádiz=.—Un tomo. Traducida al holandés.
+
+=La alegría del capitán Ribot=.—Un Tomo. Traducida al
+francés, al inglés, al holandés y al sueco. Edición española
+con notas y vocabulario en inglés.
+
+=La aldea perdida=.—Un tomo.
+
+=Tristán, o el pesimismo=.—Un tomo. Traducida al inglés.
+
+=Semblanzas literarias= (_Los oradores del Ateneo, Los novelistas
+españoles, Nuevo viaje al Parnaso_).—Un tomo.
+
+=Papeles del doctor Angélico=.—Traducida al alemán.
+
+
+
+
+*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL CUARTO PODER ***
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+from people in all walks of life.
+
+Volunteers and financial support to provide volunteers with the
+assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm’s
+goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
+remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
+Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
+and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
+generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
+Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
+Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
+www.gutenberg.org
+
+Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary
+Archive Foundation
+
+The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non-profit
+501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
+state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
+Revenue Service. The Foundation’s EIN or federal tax identification
+number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
+Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
+U.S. federal laws and your state’s laws.
+
+The Foundation’s business office is located at 809 North 1500 West,
+Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up
+to date contact information can be found at the Foundation’s website
+and official page at www.gutenberg.org/contact
+
+Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation
+
+Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without
+widespread public support and donations to carry out its mission of
+increasing the number of public domain and licensed works that can be
+freely distributed in machine-readable form accessible by the widest
+array of equipment including outdated equipment. Many small donations
+($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
+status with the IRS.
+
+The Foundation is committed to complying with the laws regulating
+charities and charitable donations in all 50 states of the United
+States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
+considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
+with these requirements. We do not solicit donations in locations
+where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
+DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
+state visit www.gutenberg.org/donate
+
+While we cannot and do not solicit contributions from states where we
+have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
+against accepting unsolicited donations from donors in such states who
+approach us with offers to donate.
+
+International donations are gratefully accepted, but we cannot make
+any statements concerning tax treatment of donations received from
+outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
+
+Please check the Project Gutenberg web pages for current donation
+methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
+ways including checks, online payments and credit card donations. To
+donate, please visit: www.gutenberg.org/donate
+
+Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works
+
+Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
+Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
+freely shared with anyone. For forty years, he produced and
+distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
+volunteer support.
+
+Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
+editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
+the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
+necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
+edition.
+
+Most people start at our website which has the main PG search
+facility: www.gutenberg.org
+
+This website includes information about Project Gutenberg-tm,
+including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
+Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
+subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.