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diff --git a/24601-0.txt b/24601-0.txt new file mode 100644 index 0000000..3470c4d --- /dev/null +++ b/24601-0.txt @@ -0,0 +1,15371 @@ +The Project Gutenberg eBook of El cuarto poder, by Armando Palacio Valdés + +This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and +most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions +whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms +of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at +www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you +will have to check the laws of the country where you are located before +using this eBook. + +Title: El cuarto poder + +Author: Armando Palacio Valdés + +Release Date: February 13, 2008 [eBook #24601] +[Most recently updated: July 1, 2021] + +Language: English + +Character set encoding: UTF-8 + +Produced by: Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at DP Europe (http://dp.rastko.net) +Revised by Richard Tonsing. + +*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL CUARTO PODER *** + + + + +BIBLIOTECA de LA NACIÓN + + +ARMANDO PALACIO VALDÉS + + + + +EL CUARTO PODER + + +BUENOS AIRES + +1913 + +El autor de esta obra ha autorizado a LA NACIÓN para editarla y +venderla solamente en las Repúblicas Argentina y Uruguay. Esta +edición no puede circular fuera de las dos Repúblicas mencionadas. + +Imp. de LA NACIÓN.—Buenos Aires + + + + +ÍNDICE + + +I.—Se levanta el telón, por esta vez sin metáfora + +II.—Del feliz arribo de la «Bella-Paula» + +III.—En que la pareja enamorada comienza a pensar en el nido + +IV.—Cómo los particulares de Sarrió se congregaban en un recinto +nombrado el «Saloncillo», y lo que allí se platicaba + +V.—¡¡¡Ladrones!!! + +VI.—Que trata del equipo de Cecilia + +VII.—Que trata de dos traidores + +VIII.—De la reunión que los próceres de Sarrió celebraron en el teatro +con asistencia del cuarto estado + +IX.—Historia de una lágrima + +X.—De la gloriosa aparición de «El Faro de Sarrió» en el estadio de la +prensa.—Primeros fuegos de la batalla del pensamiento + +XI.—Que Gonzalo se casó.—Graves revueltas entre los socios del +«Saloncillo» + +XII.—Cómo se divertía Pablito + +XIII.—En que se descubren algunos secretos de la vida de Gonzalo + +XIV.—De los galicismos que cometía «El Faro de Sarrió» y otros asuntos +no menos interesantes.—Primeras bajas de la batalla del pensamiento + +XV.—De la entrada famosa que hizo en Sarrió el duque de Tornos, conde +de Buenavista + +XVI.—De lo mucho y bueno que hizo el duque de Tornos en Sarrió + +XVII.—Que Gonzalo toma una gravo resolución y Cecilia otra + +XVIII.—Donde tira doña Brígida de la manta + +XIX.—En que da fin la presente historia con algunos notables, cuanto +tristes sucesos + +Obras de Palacio Valdés + + + + +CAPITULO PRIMERO + +SE LEVANTA EL TELÓN, POR ESTA VEZ SIN METÁFORA + + +En Sarrió, villa famosa, bañada por el mar Cantábrico, existía hace +algunos años un teatro no limpio, no claro, no cómodo, pero que servía +cumplidamente para solazar en las largas noches de invierno a sus +pacíficos e industriosos moradores. Estaba construído, como casi todos, +en forma de herradura. Constaba de dos pisos a más del bajo. En el +primero los palcos, así llamados Dios sabe por qué, pues no eran otra +cosa que unos bancos rellenos de pelote y forrados de franela encarnada +colocados en torno del antepecho. Para sentarse en ellos era forzoso +empujar el respaldo, que tenía bisagras de trecho en trecho, y levantar +al propio tiempo el asiento. Una vez dentro se dejaba caer otra vez el +asiento, se volvía el respaldo a su sitio y se acomodaba la persona del +peor modo que puede estar criatura humana fuera del potro de tormento. +En el segundo piso bullía, gritaba, coceaba y relinchaba toda la chusma +del pueblo sin diferencia de clases, lo mismo el marinero de altura que +el que pescaba muergos en la bahía o el peón de descarga; la señá Amalia +la revendedora igual que las que acarreaban «el fresco» a la capital. +Llamábase a aquel recinto «la cazuela». Las butacas eran del mismo +aborrecible pelote que los palcos y el forro debió ser también del mismo +color, aunque no podía saberse con certeza. Detrás de ellas había, a la +antigua usanza, un patio para ciertos menestrales que, por su edad, su +categoría de maestros u otra circunstancia cualquiera, repugnaban subir +a la cazuela y juntarse a la turba alborotadora. Del techo pendía una +araña, cuajada de pedacitos de vidrio en forma prismática, con luces de +aceite. Más adelante se substituyó éste con petróleo, pero yo no alcancé +a ver tal reforma. Debajo de la escalera que conducía a los palcos había +un nicho cerrado con persiana que llamaban «el palco de don Mateo». De +este don Mateo ya hablaremos más adelante. + +Pues ha de saberse que en tal lacería de teatro se representaban los +mismos dramas y comedias que en el del Príncipe y se cantaban las óperas +que en la Scala de Milán. ¿Parece mentira, eh? Pues nada más cierto. +Allí ha oído por vez primera el narrador de esta historia aquellas +famosas coplas: + + _Si oyes contar de un náufrago la historia_, + _Ya que en la tierra hasta el amor se olvida_... + +Por cierto que le parecían excelentes, y el teatro una maravilla de lujo +y de buen gusto. Todo en el mundo depende de la imaginación. Ojalá la +tuviese tan viva y tan fresca como entonces para entretenerles a ustedes +agradablemente algunas horas. También ha visto el _Don Juan Tenorio_. Y +sus difuntos untados de harina de trigo, su comendador filtrándose por +una puerta atada con cuerdas, su infierno de espíritu de vino y su +apoteosis de papel de forro de baúles, le impresionaron de tal modo que +aquella noche no pudo dormir. + +En la sala pasaba, poco más o menos, lo mismo que en los más suntuosos +teatros de la Corte. No obstante, por regla general se atendía más al +espectáculo que en éstos. Aun no habíamos llegado a ese grado superior +de perfeccionamiento, mediante el cual las acciones deben formar grato +contraste con el lugar donde se ejecutan; verbigracia, charlar en los +teatros, reirse en las iglesias, ir graves, y silenciosos, y patéticos +en el paseo, como sucede, afortunadamente, en Madrid. Ignoro si en +Sarrió han subido ya a la hora presente este peldaño de la civilización. + +Ni se crea que faltaban por eso algunos espíritus lúcidos que se +adelantaban a su época y presentían lo que había de ser el teatro +andando el tiempo. Pablito Belinchón era uno de ellos. Tenía abonado +siempre, en compañía de otros tres o cuatro amigos, el palco de +proscenio. Desde allí dirigía la palabra a otros señores de más edad, +abonados en el palco de enfrente: se decían cuchufletas, se burlaban de +la tiple o del bajo, y se tiraban caramelos y saetas de papel. Por +cierto que el público de las butacas, ajeno todavía a estos +refinamientos de la civilización, solía hacerles callar bárbaramente con +un enérgico chicheo. Las familias más importantes acostumbraban a entrar +en aquellos palcos fementidos después de abierto el telón, con la misma +solemnidad que si penetrasen en una platea del teatro Real, y por de +contado con mucho más ruido. No es posible figurarse bien el horrísono +traquido que daba aquel respaldo al ser empujado y aquel asiento al +dejarlo caer con ánimo de llamar la atención. + +Dígalo si no la familia que en este momento hace su entrada triunfal en +uno de ellos y permanece en pie despojándose de los abrigos, mientras +los espectadores divierten por un instante la vista de la escena y la +fijan en ellos, hasta que se sientan. Son los señores de Belinchón. El +jefe de la familia, don Rosendo, es un caballero alto, enjuto, doblado +por el espinazo, calvo por la coronilla, de ojos pequeños y hundidos, +boca grande, que se contraía con sonrisa mefistofélica, dejando ver dos +filas de dientes largos e iguales, la obra más acabada de cierto +dentista establecido hacía pocos meses en Sarrió. Gasta patillas cortas +y bigote, y representa unos sesenta años de edad. Está reputado por el +primer comerciante de la villa y uno de los primeros importadores de +bacalao de la costa cantábrica. Durante muchos años monopolizó +enteramente la venta por mayor de este artículo, no sólo en la villa, +sino en toda la provincia, y gracias a ello había granjeado una fortuna +considerable. Su esposa, doña Paula... ¿Pero por qué se despierta tal y +tan prolongado rumor en el teatro a su aparición? La buena señora, al +escucharlo, queda temblorosa y confusa, no acierta a desembarazarse del +abrigo, y su hija Cecilia se ve obligada a quitárselo y a decirle al +oído:—¡Siéntate, mamá! Se sienta, o por mejor decir, se deja caer sobre +el banco y pasea una mirada extraviada por el público, mientras sus +mejillas se tiñen de vivo carmín. En vano se abanica con brío y procura +serenarse. Nada: cuantos más esfuerzos hace por alejar la sangre +tumultuosa del rostro, más empeño pone la maldita en ocupar aquel lugar +visible. + +—¡Mamá, qué colorada estás!—le dice Venturita, su hija menor, pugnando +para no reir. + +La madre la mira con expresión de angustia. + +—Calla, Ventura, calla.—dice Cecilia. + +Doña Paula, animada con estas palabras, murmura: + +—Esta chiquilla no goza sino en avergonzarme. + +Y estuvo a punto de enternecerse y llorar. + +Al fin, el público se cansó de atormentarla con sus miradas, sonrisas y +murmullos, y fijó de nuevo su atención en la escena. La congoja de doña +Paula fué cesando poco a poco; pero quedaron restos de ella por toda la +noche. + +La causa de aquel incidente era el abrigo de terciopelo guarnecido de +pieles que la buena señora se había puesto. Siempre que estrenaba alguna +prenda de apariencia brillante, sucedía lo mismo. Y esto no por otra +cosa más que porque doña Paula no era señora de nacimiento. Procedía de +la clase de cigarreras. Don Rosendo había tenido amores con ella siendo +casi una niña, de los cuales nació Pablito. Así y todo, don Rosendo +estuvo cinco o seis años sin casarse ni querer oir hablar de matrimonio; +pero visitándola en su casa y asistiéndola con dinero. Hasta que al +fin, vencido más por el amor del hijo que el de la madre, y, más que por +todo esto, por las amonestaciones de sus amigos, se decidió a entregar +su mano a Paulina. La población no supo del matrimonio hasta después de +efectuado: tal sigilo se guardó para llevarlo a cabo. Desde entonces la +vida de la cigarrera puede dividirse en varias épocas importantes. La +primera, que dura un año, comprende desde el matrimonio hasta la +«mantilla de velo». Durante este tiempo, la señora de Belinchón no se +mostró poco ni mucho en público. Los domingos iba a misa de alba y se +encerraba otra vez en casa. Cuando se decidió a ponerse la antedicha +mantilla e ir a misa de once, lo mismo en la iglesia que en las calles +del tránsito, la acribillaron a miradas, y se habló del suceso por más +de ocho días. El segundo período, que dura tres años, comprende desde +«la mantilla de velo» hasta «los guantes». La vista de tal ornamento en +las manos grandes y coloradas de la ex cigarrera produjo una excitación +indescriptible en el elemento femenino del vecindario. En las calles, en +la iglesia, en las visitas, las señoras se saludaban preguntando:—¿Ha +visto usted?...—Sí, sí, ya he visto.—Y comenzaba el desuello. Viene +después el tercer período, que dura cuatro años, y termina en «el +vestido de seda», que dió casi tanto que murmurar como los guantes, y +produjo general indignación en Sarrió.—Diga usted, doña Dolores, ¿qué +nos queda ya que ver?—Doña Dolores bajaba los ojos haciendo un gesto de +resignación. Por último, el cuarto período, el más largo de todos porque +dura seis años, termina, ¡oh escándalo! «con el sombrero». Nadie puede +representarse el estremecimiento de asombro que invadió a la villa de +Sarrió cuando cierta tarde de feria se presentó doña Paula en el paseo +con sombrero-capota. Fué un verdadero motín. Las mujeres del pueblo se +santiguaban al verla pasar y pronunciaban comentarios en alta voz para +que los oyese la interesada. + +—¡Mujer, mira por tu vida a la Serena qué gabarra lleva sobre la +cabeza! + +Porque hay que advertir que a la madre de doña Paula la llamaban la +Serena, y a la abuela y a la bisabuela también. + +Excusado es añadir que desde que la cigarrera subió a la categoría de +señora, ni por casualidad la dieron ya su nombre propio. + +Al día siguiente, al tropezarse las señoras de Sarrió en la calle, no +encontrando palabras con que expresar su horror, se daban por contentas +con elevar los ojos al cielo, agitar los brazos convulsivamente y pasar +de largo murmurando: «¡¡¡Sombrero!!!» + +Ante aquel golpe de audacia que no tiene pareja sino con los de algunos +héroes de la antigüedad, Aníbal, César, Gengis-Khan, la villa quedó muda +y abatida algunos meses. No obstante, cada vez que la buena de doña +Paula aparecía en público con el abominable sombrero en la cabeza o con +cualquier otra prenda propia de su alta jerarquía, era saludada siempre +con un murmullo de reprobación. Y lo original del caso estaba en que +ella no protestaba ni en público ni en secreto, ni aun en lo sagrado de +la conciencia, contra este proceder malévolo de su pueblo natal. +Juzgábalo natural y lógico. No se le ocurría pensar que pudiera ser de +otro modo. Sus ideas sociológicas no le aconsejaban todavía rebelarse +contra el fallo de la opinión pública. Creía de buena fe que al ponerse +los guantes o el abrigo de pieles o el sombrero, cometía un acto +reprobado por las leyes divinas y humanas. Los murmullos, las miradas +burlonas, eran el castigo necesario de esta infracción. De aquí sus +temores y congojas cada vez que iba a presentarse en el teatro o en el +paseo, y el rubor que la acometía. + +¿Por qué entonces, se dirá, doña Paula se vestía de este modo? No serán +muy conocedores del corazón humano los que tal pregunten. Doña Paula se +ponía el sombrero y los guantes a sabiendas de que iba a pasar un mal +rato, como un chico abre el aparador y se atraca de dulce a sabiendas de +que en seguida le han de azotar. Los que no se hayan criado en un +pueblo, nunca sabrán cuán apetitosa golosina es el sombrero para una +artesana. + +Era doña Paula alta, seca, desgarbada. Cuando joven había sido buena +moza; pero los años, la clausura continua, a la que no estaba avezada, y +sobre todo la lucha que venía sosteniendo con el público para establecer +su jerarquía, la habían marchitado antes de tiempo. Todavía conservaba +hermosos ojos negros encajados en un rostro de correctas y agradables +facciones. + +El acto primero tocaba a su fin. Se representaba un melodrama +fantástico, cuyo nombre no recordamos, donde la compañía había +desplegado todo el aparato escénico de que podía disponer. La cazuela +estaba asombrada, y acogía cada cambio de decoración con estrepitosos +aplausos. Pablito Belinchón, que había pasado en Madrid un mes el año +anterior, se reía con incontestable superioridad de aquel aparato; hacía +guiños inteligentes a los del proscenio de enfrente. Y para demostrar +que todo aquello le aburría, concluyó por volverse de espaldas al +escenario y mirar con los gemelos a las bellezas locales. Cada vez que +los preciosos anteojos de piel de Rusia apuntaban a una, la muchacha +sufría un leve estremecimiento: cambiaba de postura, llevaba la mano un +poco trémula al pelo para arreglarlo, sonreía a su mamá o a su hermana +sin razón alguna, se ponía seria de nuevo, y fijaba con insistencia y +decisión sus ojos en la escena. Pero al instante los levantaba rápida y +tímidamente hacia aquellos redondos y brillantes cristales que la +ofuscaban. Al fin concluía por ruborizarse. Pablito, satisfecho, +apuntaba a otra belleza. Las conocía como si fuesen sus hermanas, +tuteaba a la mayor parte de ellas y de muchas había sido novio: pero la +pluma en el aire no era más movible y tornadiza que él en materia de +amores. Todas habían tenido que sufrir algún doloroso desengaño. +Últimamente, hastiado de enamorar a sus convecinas, se había dedicado a +fascinar a cuantas forasteras llegaban a Sarrió, para abandonarlas, por +supuesto, si cometían la torpeza de permanecer en la villa más de un +mes o dos. + +Había razones poderosas para que Pablito pudiese disponer a su buen +talante del corazón de todas las jóvenes indígenas y aun de las +extrañas. Era un apuestísimo mancebo de veinticuatro o veinticinco años, +de rostro hermoso y varonil, de figura gallarda y elegante. Montaba a +caballo admirablemente y guiaba un tílburi o un carruaje de cuatro +caballos, lo cual nadie sabía hacer en Sarrió más que los cocheros. +Cuando se llevaban los pantalones anchos, los de Pablito parecían sayas; +si estrechos, era una cigüeña. Venía la moda de los cuellos altos, +nuestro Pablito iba por la calle a medio ahorcar con la lengua fuera. +Estilábanse bajos, pues enseñaba hasta el esternón. + +Estas y otras facultades eminentes hacíanle, con razón, invencible. +Quizás algunos no hallen enteramente justificada la dictadura amorosa de +nuestro mancebo en Sarrió. Estamos no obstante seguros de que las +jóvenes de provincia que lean la presente historia la juzgarán lógica y +verosímil. + +Cuando bajó el telón, un anciano encorvado, con luenga barba blanca y +gafas, se acercó arrastrándose más que andando al palco de los de +Belinchón. + +—¡Don Mateo! Imposible que usted faltase—exclamó doña Paula. + +—¿Pues qué quiere usted que haga en casa, Paulita? + +—Rezar el rosario y acostarse—dijo Venturita. + +Don Mateo sonrió con dulzura, y contestó a aquella impertinencia dando a +la niña una palmadita cariñosa en el rostro. + +—Es verdad que debiera hacer eso, hija mía... pero ¿qué quieres? si me +acuesto temprano no duermo... Y luego no puedo resistir la tentación de +ver estas caritas tan lindas... + +Venturita hizo un mohín desdeñoso donde se traslucía la satisfacción de +verse requebrada. + +—¡Si fuera usted siquiera un pollo guapo! + +—Lo he sido. + +—¿El año cuántos?... + +—¡Qué mala, qué mala es esta chiquilla!—exclamó don Mateo riendo y +acometiéndole acto continuo un golpe de tos que le embargó la +respiración por algunos momentos. + +Don Mateo, anciano decrépito, no sólo estropeado por los años, sino por +multitud de achaques adquiridos con una vida harto disipada, era la +alegría de la villa de Sarrió. Ninguna fiesta, ningún regocijo público o +privado se efectuaba en el pueblo sin su intervención. Era presidente +del Liceo, sociedad de baile, desde hacía muchos años, y nadie pensaba +en substituirlo por otro. Presidía también una academia de música de la +cual era fundador. Era vocal-tesorero del Casino de artesanos. La +reedificación del teatro donde nos hallamos a él se debía; y para +recompensarle de sus molestias y desembolsos, el Ayuntamiento le había +permitido labrar en el hueco de la escalera el palco cerrado con +persiana de que ya hemos hablado. Vivía de su retiro de coronel. Estaba +casado y tenía una hija de treinta y tantos años a quien seguía llamando +«la niña». + +Ni se crea por esto que don Mateo era un viejo verde. Si lo fuese, el +sexo femenino no le demostraría tanta simpatía, ni le guardaría respeto +alguno. Su único placer era ver divertidos a los demás, que la alegría +reinase en torno suyo. Para conseguirlo, hacía esfuerzos increíbles de +habilidad, y se molestaba lo indecible. Su imaginación, puesta al +servicio de tal idea, no descansaba un instante. Unas veces era un baile +campestre el que organizaba; otra vez hacía construir un escenario en el +salón del Liceo, y ensayaba alguna comedia; otras, contrataba compañías +de saltimbanquis o de músicos. En cuanto se pasaban ocho días sin que +los vecinos de Sarrió se recreasen de algún modo, ya estaba nuestro don +Mateo nervioso y no paraba hasta lograrlo. Gracias a él, podemos +asegurar que no había pueblo en España, en aquella época, donde la vida +fuese más fácil y agradable. + +Porque los honestos recreos que sin cesar se repetían, engendraban la +unión y hermandad en el vecindario. Además, don Mateo, elemento +conciliador por excelencia, formaba gran empeño en destruir todas las +malquerencias y rencores que en el pueblo existiesen. Al contrario de +ciertos seres viles que se complacen en transmitir el veneno de la +murmuración, tenía gusto en ir repitiendo a cada cual lo bueno que de él +hablasen los demás:—«Pepita, ¿sabe usted lo que acaba de decirme doña +Rosario del vestido que usted lleva?... que es elegantísimo, muy +sencillo y de mucho gusto.»—Pepita se esponjaba en su palco, y dirigía +una mirada de ternura a doña Rosario, a pesar de que nunca le había sido +simpática.—Buen negocio ha hecho usted en la partida de cacao de la +viuda e hijos de Villamor, amigo don Eugenio.—Phs; regular.—«En este +momento me acaba de decir don Rosendo que ese negocio se le ha escapado +a él de las manos por tonto.» Como don Rosendo pasa por el primer +comerciante de la villa, don Eugenio no puede menos de sentirse +lisonjeado por estas palabras. + +Después de haber charlado algunos instantes con la familia Belinchón, +don Mateo se despide para recorrer todos los palcos, como tenía por +costumbre; pero antes dice, dirigiéndose a Cecilia: + +—¿Cuándo llega? + +La joven se puso levemente encendida. + +—No sé decir a usted, don Mateo... + +Doña Paula sonrió con malicia, y vino en auxilio de su hija. + +—Debe de llegar en la _Bella-Paula_, que ha salido ya de Liverpool. + +—¡Oh! Entonces aquí lo tenemos mañana o pasado... ¿Habrás rezado mucho +a la Virgen de las Tormentas, verdad? + +—¡Una novena nada menos la ha hecho! Hace días que están seis cirios +ardiendo delante de la imagen—dijo Venturita. + +Cecilia se puso aún más colorada y sonrió. Era una joven de veintidós +años, no agraciada de rostro ni gallarda de figura. Lo que más +desconcertaba la armonía de aquél, era la nariz excesivamente aguileña. +Sin esta tacha quizá no habría sido fea, porque los ojos eran +extremadamente lindos, tan suaves y expresivos, que pocas bellezas +podían gloriarse de poseerlos tales. Ni alta ni baja, pero el talle +desgarbado y los hombros un tanto encogidos. Su hermana Ventura tenía +diez y seis años, y aparecía como un hermoso pimpollo, lleno de gracia y +alegría. Su rostro ovalado parecía hecho de rosas y claveles. Apretadita +de carnes y pequeña de estatura; tan sabiamente proporcionada por la +Naturaleza, que parecía modelada en cera. Sus manos eran jazmines y sus +pies de criolla, celebrados en Sarrió como nunca vistos; la suavidad y +tersura de su cutis, vencían a las del nácar y alabastro. Sobre la +frente, alta y estrecha como las de las venus griegas, de un blanco +argentino, caían los bucles de sus cabellos rubios, cuya madeja, tan +espesa como dócil y brillante, le tapaba enteramente la espalda hasta +más abajo de la cintura. + +—¡Búrlate de tu hermana, picarilla; no tardarás en hacer lo mismo! + +—¿Yo rezar por un hombre? Usted chochea, don Mateo. + +—Ya me lo dirás dentro de poco—repuso el anciano pasando a otro palco +a saludar a los señores de Maza. + +En esto se acercó Pablito al de sus papás, trayendo en su compañía a un +fiel amigo que merece especial mención. Era hijo del picador que había +en el pueblo, y mozo que por su figura podía ser el regocijo de los +espectadores en un circo de acróbatas. Nada necesitaba añadir a su +persona, ni polvos de harina, ni bermellón, ni tizne para quedar +convertido en _clown_. Era un payaso «al natural». Su nariz vivamente +coloreada ya por la Naturaleza, sus ojos torcidos, la ausencia de +pestañas, su boca de lobo, la disparatada anchura de sus hombros, el +arco de sus piernas y, sobre todo, las muecas grotescas con que se +acompaña al hablar o gruñir, provocan la risa, sin más pelucas y +afeites. Bien lo sabía Piscis (que así se llamaba o le llamaban) y de +ello estaba fuertemente pesaroso y hasta indignado. Para contrarrestar +estas nativas disposiciones cómicas de su rostro, había determinado no +reirse jamás, y cumplía su promesa religiosamente. Además, para el mismo +efecto acostumbraba sabiamente a entreverar sus palabras con las más +ásperas y temerosas interjecciones del repertorio nacional, y varias de +su invención particular. Pero esto, en vez de producir el efecto +apetecido, contribuía a despertar la alegría entre sus conocidos. + +El único que hasta cierto punto le tomaba en serio era Pablito. Piscis y +Pablito habían nacido para amarse y admirarse. El punto de conjunción de +estos dos astros era el género ecuestre. Piscis, adiestrado por su padre +desde niño, era el mejor jinete de Sarrió; por consiguiente, para +Pablito la persona más digna de ser admirada. El hijo de don Rosendo era +el chico más rico de la población: para Piscis, debía de ser, claro +está, lo más respetable y digno de veneración que había sobre el +planeta. Nadie sabía a qué época se remontaba esta amistad. Se había +visto a Pablito y Piscis eternamente juntos, cuando niños. Ya hombres no +fué parte a separarlos la diversa posición social que ocupaban. El lugar +de reunión de estos jóvenes notables era constantemente la cuadra de don +Rosendo. Desde allí, después de celebrar siempre una larga y erudita +conferencia, frente a los caballos, con parte teórica y parte práctica, +salían a pasear su figura y sus profundos conocimientos por la villa, +unas veces cabalgando en briosos corceles, otras en una linda +_charrette_, Pablito guiando, Piscis a su lado fijo y absorto en la +contemplación amorosa de los traseros de los caballos. Algunas también, +para dar ejemplo de humildad, caminando sobre las propias piernas. + +Pablo se acercó a su familia, retorciéndose de risa. + +—¿Qué te ha pasado?—le pregunta doña Paula, sonriendo también. + +—Hemos seguido a Periquito a la cazuela y le encontramos mano a mano +con Ramona—dijo el joven, acercando la boca al oído de su hermana +Ventura. + +—¿Sí?... ¿Qué le decía?—preguntó ésta con gran curiosidad. + +—Pues le decía... (una avenida de risa lo interrumpió por algunos +momentos). Le decía... «Ramona, te amo». + +—¡Ave María! ¡A una sardinera!—exclamó la niña riendo también y +haciéndose cruces. + +—¡Si vieras con qué voz temblorosa lo decía, y cómo ponía los ojos en +blanco!... Aquí está Piscis, que también lo oyó... + +Piscis dejó escapar un gruñido corroborante. + +En aquel momento, Periquito, que era un muchacho pálido y enteco, de +ojos azules y poca y rala barba rubia, apareció en las lunetas. Las +miradas de toda la familia Belinchón se clavaron en él sonrientes y +burlonas. Sobre todo Pablo y Venturita se mostraban grandemente +regocijados a su vista. Periquito levantó la cabeza y saludó. La familia +Belinchón contestó al saludo sin dejar de reir. Tornó a levantar la +cabeza otras dos o tres veces y viendo aquellas insistentes sonrisas, se +sintió molesto y salió al pasillo. + +Levantóse nuevamente el telón. La decoración representaba unas cavernas +del infierno, aunque no era imposible que alguien creyese que se trataba +de la bodega de un barco. El acto comenzaba por un preludio de la +orquesta, dignamente dirigida por el señor Anselmo, ebanista de la +villa. Figuraban en ella como bombardinos el señor Matías, el sacristán, +y el señor Manolo (barbero); como clarinetes don Juan el Salado +(escribiente del Ayuntamiento) y Próspero (carpintero); como trompas +_Mechacan_ (zapatero) y el señor Romualdo (enterrador); como cornetines +Pepe de la Esguila (albañil) y Maroto (sereno); como figle el señor +Benito el Rato (escribiente de una casa de comercio y figle de la +iglesia). Había otros cuatro o cinco muchachos aprendices, que +acompañaban. El señor Anselmo, en vez de batuta, tenía en la mano para +dirigir una enorme llave reluciente, que era la de su taller. + +El preludio era muy triste y temeroso; como que estábamos en el +infierno. El público guardaba absoluto silencio: esperaba con ansia lo +que iba a salir de allí, clavados los ojos en las trampas abiertas en el +suelo del escenario. De pronto, de aquella música suave y misteriosa +salió un trompetazo desafinado. El señor Anselmo se volvió y dirigió una +mirada de reprensión al músico, que se puso colorado hasta las orejas. +Hubo en el público fuerte y prolongado murmullo. De la cazuela salió +entonces una voz que gritó: + +—Fué Pepe de la Esguila. + +Las miradas del público se dirigieron hacia este menestral, que se hizo +el distraído sacando la boquilla del cornetín y sacudiéndola; pero +estaba cada vez más colorado. + +—Si no sabe tocar que se vaya a la cama—gritó la misma voz. + +Entonces el corrido y avergonzado Pepe de la Esguila montó en cólera de +pronto, dejó el instrumento en el suelo, y alzándose del asiento con los +ojos encendidos y agitando los puños frente a la cazuela, gritó: + +—¡Ya te arreglaré en cuanto salgamos, Percebe! + +—¡Chis, chis! ¡Silencio, silencio!—exclamó todo el público. + +—¡Qué has de arreglar, morral! Anda adelante y toca mejor la trompeta. + +—¡Silencio, silencio! ¡Qué escándalo!—volvió a exclamar el público. + +Y todos los ojos se volvieron hacia el palco del alcalde. + +Era éste un hombre de sesenta, a setenta años, bajo de estatura y muy +subido de color, el pelo bien conservado y enteramente blanco, las +mejillas rasuradas, la nariz borbónica, los ojos grandes, redondos y +saltones. Parecía un cortesano de Luis XV o un cochero de casa grande. + +Don Roque, que así se llamaba, se revolvió en el asiento y dió una voz. + +—¡Marcones! + +Un alguacil octogenario se acercó al respaldo del palco con la gorra +azul de grande visera charolada en la mano. El alcalde conferenció con +él algunos momentos. Marcones subió a la cazuela bajando poco después +con un joven en traje de marinero, agarrado del brazo. Ambos se +acercaron al palco presidencial. + +Don Roque comenzó a increparle procurando apagar la voz y consiguiéndolo +a medias. Se oía de vez en cuando:—«¡Zopenco!»... «no tenéis pizca de +educación»... «animal de bellota»... «¿Te figuras que estás en la +taberna?» El marinero aguantaba la rociada con los ojos en el suelo. + +Una voz gritó desde el patio: + +—Que lo lleven a la cárcel. + +Pero desde la cazuela contestó otra al instante: + +—Que lleven también a Pepe de la Esguila. + +—¡Silencio! ¡Silencio! + +El alcalde, después de haber reprendido y amenazado ásperamente a +Percebe, le dejó volver otra vez a su sitio, con gran satisfacción de la +cazuela, que lo recibió con hurras y aplausos. + +La orquesta, callada un instante, tornó a su infernal preludio. Antes +que éste se terminase, comenzaron a salir por las trampas del escenario +hasta una docena de diablos con sendas y enormes pelucas de estopa, el +rabo de etiqueta, y teas encendidas en las manos. Así como se hallaron +sobre el entarimado y cerradas convenientemente las trampas, dieron +comienzo, como es lógico, a una danza fantástica; pues bien sabido es de +antiguo que no pueden estar juntos cuatro demonios sin entregarse con +furor al baile. + +Los espectadores seguían con extremada curiosidad sus +vivos y acompasados movimientos. Un chiquillo lloró. El público obligó a +su madre a que lo sacase. + +Mas hete aquí que con tanto ir y venir, pasar y rozarse los ministros de +Belcebú en aquel no muy amplio recinto, una tea llegó a prender fuego a +la peluca de uno de ellos. El pobre diablo, sin darse cuenta de ello, +siguió bailando cada vez con más infernal arrebato. El público reía a +carcajadas esperando el próximo desenlace de aquel incidente. En efecto, +cuando sintió caliente la cabeza más de la cuenta el espíritu maligno, +se apresuró a arrancarse la peluca, y la careta, quedando al descubierto +el rostro de _Levita_, donde se pintaba el terror. + +—_¡Levita!_—gritó el público alborozado. + +El granuja que tenía este apodo, privado de sus atributos infernales, +confuso y avergonzado, se retiró de la escena. + +Al poco rato empezó a arder otra peluca. Nuevos murmullos y mayor +ansiedad por ver la metempsícosis de aquel ángel exterminador. No se +hizo esperar. Al cabo de pocos minutos la peluca y la careta volaban por +el aire como encendido cometa. + +—_¡Matalaosa!_—gritaron todos. Una inmensa carcajada sonó en el +teatro. + +—_Mátala_, no te descubras que te vas a constipar—dijo uno desde la +cazuela. + +_Matalaosa_ se retiró avergonzado como su compañero _Levita_. + +Todavía ardieron otras dos o tres pelucas, poniendo a la vergüenza a +otros tantos pillastres de la calle que servían de comparsas en el +teatro. El baile se terminó al fin sin más incendios. + +Una vez sepultados de nuevo en el Averno los demonios que se habían +salvado de la quema, se presentaron en la escena un gallardo mancebo, de +oficio pastor, a juzgar por el pellico que le tapaba la espalda, y una +hermosa doncella de idéntica profesión. Los cuales, en el mismo punto, +siguiendo el antiguo precepto que obliga a todo pastor a estar enamorado +y a toda pastora a mostrarse esquiva, comenzaron su diálogo, donde las +quejas amorosas y los tiernos lamentos de él contrastaban con las +indiferentes carcajadas de ella. Alegres y regocijados se hallaban +todos, lo mismo los del patio que los de la cazuela, con las sabrosas +razones que pasaban en la escena, cuando a la puerta del teatro se oyó +una gran voz que dijo: + +—Don Rosendo, está entrando la _Bella-Paula._ + +El efecto que aquel inesperado grito produjo, fué inexplicable. Porque +no sólo don Rosendo se levanta como impulsado por un resorte y se +apresura con mano trémula a ponerse el abrigo para salir, sino que por +todo el concurso se esparció un fuerte rumor acompañado de viva +agitación que estuvo a punto de interrumpir el diálogo pastoril. Los +menestrales del patio lanzáronse acto continuo a la calle. De la cazuela +bajaron con fuerte traqueteo casi todos los marineros que allí había. Y +de los palcos y butacas salieron también numerosas personas. A los pocos +minutos no quedaban apenas en el teatro más que las mujeres. + +Cecilia se había quedado inmóvil, pálida, con los ojos clavados en la +escena. Su madre y hermana la miraban en tanto con semblante risueño. + +—¿Por qué me miráis de ese modo?—exclamó volviéndose de pronto. Y al +decir esto se puso fuertemente colorada. + +Doña Paula y Venturita soltaron una carcajada. + + + + +II + +DEL FELIZ ARRIBO DE LA «BELLA-PAULA» + + +El pelotón de espectadores corrió por las calles en dirección al muelle. +Delante, rodeado de seis u ocho marineros, de su hijo Pablo y algunos +amigos, iba don Rosendo, silencioso, preocupado, escuchando los +comentarios de sus acompañantes, que los pronunciaban con la voz +entrecortada por la fatiga. + +—Tiene suerte don Domingo; llega con más de media marea—dijo un +marinero aludiendo al capitán de la _Bella-Paula._ + +—¿Qué sabes tú si llega ahora? Bien puede estar fondeado desde la +tarde—respondió otro. + +—¿Dónde? + +—¿Dónde ha de ser, mamón? en la concha—replicó el otro enfureciéndose. + +—Si hubiera estado se vería, tío Miguel. + +—¿Cómo lo habías de ver, papanatas?... ¿Has estado por si acaso en la +peña Corvera? + +—La bandera de la _Bella-Paula_ se ve por encima de la peña, tío +Miguel. + +—¡Qué bandera ni qué mal rayo que te parta! + +—¿Qué carga trae, don Rosendo?—preguntóle al armador uno de los que le +acompañaban. + +—Cuatro mil quintales. + +—¿Escocia? + +—No; todo Noruega. + +—¿Viene a bordo el señorito de las Cuevas? + +Don Rosendo no contestó. Al cabo de un momento de marcha cada vez más +precipitada, se volvió diciendo: + +—A ver; es necesario avisar a don Melchor que está entrando la +_Bella-Paula_. + +—Yo iré—respondió un marinero destacándose del pelotón y marchando a +internarse otra vez en el pueblo. + +Llegaron al muelle. La noche estaba fría, sin estrellas: el viento +acostado: la mar en calma. Dejaron el antiguo y diminuto muelle y se +dirigieron a la punta del Peón recién construída que avanzaba bastante +más por el mar. Brillaba en la obscuridad tal cual farolillo de los +barcos anclados. Apenas se advertía la espesa red de su jarcia. Los +cascos aparecían como una masa negra informe. + +Los recién llegados no vieron un grupo mucho mayor de gente que se +apiñaba en la punta misma del malecón hasta que dieron sobre él. Todos +guardaban silencio con los ojos puestos en el mar, esforzándose por +advertir entre las tinieblas las maniobras del buque. Las olas, que +rompían blandamente contra las peñas más próximas, blanqueaban de vez +en cuando en la obscuridad. + +—¿Dónde está?—preguntaron varios de los espectadores del teatro +sacándose los ojos por ver algo. + +—Allí. + +—¿Dónde? + +—¿No ve usted aquí, hacia la izquierda, una lucecita verde?... Siga +usted mi mano. + +—¡Ah, sí, ya la veo! + +Don Rosendo subió al segundo cuerpo del paredón, y encontró allí ya a +don Melchor de las Cuevas. Era éste un caballero alto, muy alto, enjuto, +afeitado a la usanza de los marinos, esto es, dejando la barba por el +cuello como una venda. Tenía más razón para ello que la mayoría de los +vecinos de Sarrió que se afeitaban de este modo, pues pertenecía al +honroso cuerpo de la Armada, si bien en calidad de retirado. Pero en los +puertos de mar, particularmente cuando la población es pequeña, como la +en que nos hallamos, el elemento marítimo predomina y se infiltra de tal +modo, que todos los habitantes, sin poderlo remediar, sin darse cuenta +de ello, adoptan ciertos usos, palabras y formas de vestir de los +marinos. + +Habría sido apuesto y galán el señor de las Cuevas en sus tiempos +juveniles; porque hoy, a los setenta y cuatro años, es un hombre brioso, +erguido, de vivos y penetrantes ojos, nariz aguileña, noble y +descubierta frente. Toda su figura anuncia energía y decisión. + +Estaba en pie sobre uno de los asientos adheridos al pretil del paredón, +con unos enormes anteojos de mar dirigidos hacia la lucecita verde que +brillaba con intermitencias allá a lo lejos. Era con mucho la figura más +elevada que salía del grupo de espectadores. + +—¡Don Melchor, usted aquí ya!... Acabo de enviarle un recado a su casa. + +—Hace una hora que he venido—repuso el señor de las Cuevas, separando +los anteojos de la cara.—He visto la barca desde el mirador poco +después de puesto el sol. + +—Debía suponerlo. ¿Cómo se le había a usted de escapar nada que pase +por ahí afuera? + +—Tengo mejor vista que cuando era un mozo de veinte años—dijo don +Melchor con firme entonación y en voz alta para que lo oyesen. + +—Lo creo, lo creo, don Melchor. + +—A quince millas veo virar una lancha bonitera. + +—Lo creo, lo creo. + +—Y si me apuran un poco—profirió en voz más alta aún,—les cuento las +portas a las fragatas que cruzan para el Ferrol. + +—Arríe, arríe un poco, don Melchor—dijo una voz. + +Hubo en la obscuridad carcajadas reprimidas, porque el señor de las +Cuevas inspiraba respeto profundo a toda la marinería. + +El viejo marino volvió airado la cabeza hacia el sitio donde había +salido la cuchufleta. Esforzóse en penetrar las tinieblas en silencio +algunos instantes, y al cabo dijo con voz ronca: + +—Si supiese quién eres, pronto te arriaba yo en banda a la mar. + +Nadie osó decir una palabra, ni hubo el más leve conato de risa. En +Sarrió se sabía que el señor de las Cuevas era muy capaz de hacerlo como +lo decía. Había servido en la marina de guerra más de cuarenta años, +gozando siempre opinión de oficial bravo y pundonoroso, pero al mismo +tiempo de una severidad que rayaba en barbarie. Cuando ya ningún +comandante de buque se acordaba de nuestras antiguas ordenanzas +marítimas, don Melchor se empeñaba en ponerlas en práctica y en todo su +rigor. Contábase con terror en el pueblo, que había ahogado a un +marinero por pasarlo tres veces debajo de la quilla, según prescribía la +ordenanza para ciertas faltas; y a más de ciento había derrengado a +palos o les había levantado el pellejo con el chicote. Además no había +en Sarrió piloto o marinero que se las pudiese haber con él en lo +referente a la mar, lo mismo en el conocimiento del tiempo, que en las +maniobras de los barcos; en todos los secretos de la navegación. + +La lucecita verde se iba acercando con lentitud. Percibíase ya el bulto +de la _Bella-Paula_ a simple vista, y además otros dos o tres puntitos +negros cerca de ella, que cambiaban a menudo de sitio. Eran la lancha +del práctico y los botes auxiliares para tirar del barco cuando fuese +necesario. Como el viento no soplaba apenas, la corbeta mantenía izadas +todas las velas. Sin embargo, ya estaba demasiado cerca del paredón para +que esto no constituyese un peligro. Al menos don Melchor así lo +entendió, porque comenzó a jurar por lo bajo y a mostrarse inquieto. No +pudiendo resistir más, a sabiendas de que no le habían de oir, gritó: + +—Aferra las gavias, Domingo. ¿Qué aguardas? + +Apenas había acabado de pronunciar estas palabras, cuando se vieron +sobre las cofas los bultos casi imperceptibles de los marineros. + +—¡Acabáramos!—exclamó don Melchor. + +—¡Sí, que Domingo se chupa el dedo!—dijo por lo bajo el marinero a +quien el señor de las Cuevas había amenazado. + +El casco de la corbeta, pintado de negro con una banda blanca en la obra +muerta, se destacó al fin con pureza del fondo obscuro. Los ojos de los +espectadores, habituados ya a las tinieblas, veían perfectamente todo lo +que pasaba a bordo. Sobre el puente había dos bultos, el del capitán y +el del práctico. En la proa uno, el del piloto. + +—¿Y la escandalosa?—gritó de nuevo don Melchor. + +La escandalosa de mesana, como si obedeciese a su voz, cayó. La barca +siguió acercándose cada vez con más pausa. El viento no conseguía +henchir las velas bajas: la cangreja pendía del palo lacia y desmayada +como un vestido de baile usado. Pronto quedaron aferradas aquéllas y +arriada ésta, y el barco comenzó a caminar con sosiego desesperante +remolcado por los dos botes. Las figuras de los remadores se levantaron +acompasadamente sobre los bancos. Y la voz de los patrones +gritando:—¡Hala avante! ¡hala duro!—rompió con brío el silencio de la +noche. + +Pero los tirones eran tan débiles con relación a la masa, que el buque +apenas se movía. Cuando al cabo de un cuarto de hora consiguió acercarse +unas treinta brazas de la punta del Peón, largó un cabo, que uno de los +botes trajo al malecón para ayudar a virar a la corbeta. + +—¡Capitán, capitán!—gritó uno con voz estentórea desde el grupo. + +—¿Qué hay?—contestaron del buque. + +—¿Viene a bordo el señorito de las Cuevas? + +—Sí. + +—Pues ojo con el señorito de las Cuevas... Los demás que se ahoguen. + +La broma produjo gran algazara en la muchedumbre. Volvió a reinar el +silencio. La corbeta comenzaba a virar, apoyada en el cabo de tierra, +que rechinaba con la tensión. La gente del muelle se puso a hablar con +la de a bordo. Pero ésta se mostraba silenciosa, taciturna, atendiendo a +las maniobras más que a las preguntas que les dirigían. Entonces el +temperamento burlón de la marinería en aquella comarca se ostentó de +nuevo. Los de tierra comenzaron a dar vaya a los de a bordo, sobre todo +a un cierto sujeto que parecía un montón de pelos, a quien apodaban +Tanganada, el cual se movía de un lado a otro, con la gracia de un oso, +manejando los cables, y lanzando gruñidos de desprecio a la muchedumbre. + +—Oyes, Tanganada; ya tendrás ganas de comer una cazuela de bacalao, +¿verdad? + +—Alégrate, Tanganada; hay sidra en el lagar de Llandones. + +—¿Hacía calor en Noruega? + +—¡Allí te quisiera ver yo, ladrón!—gruñó Tanganada, mientras aferraba +una vela. + +Los marineros saludaron la frase con grandes carcajadas. + +—¡Larga tierra!—gritó el práctico desde el puente. + +—¡Hala a bordo!—contestó el marinero que tenía el socaire soltando el +chicote. El cable cayó al mar, y comenzó a subir velozmente por el +costado del buque. + +Este se encontraba al abrigo del malecón, pero no había marea bastante +para atracar al antiguo muelle. El capitán dió una voz al piloto. + +—¡Fondo! + +El piloto dijo a los marineros que tenía a su lado: + +—¡Arría! + +El ancla cayó al mar con un ruido estridente de cadenas. La barca se +dispuso a virar sobre ella. + +—¿Vas a amarrarte a tierra, Domingo?—preguntó don Melchor. + +—Sí, señor—respondió el capitán. + +—No hay necesidad; amárrate en dos. Dentro de una hora podrás +enmendarte. + +—Tanto me cuesta uno como otro—dijo en voz baja el capitán alzando los +hombros, y luego en voz alta añadió: + +—¡Echa la de uso! + +Otra ancla cayó al mar con el mismo ruido. + +—¿Cómo le va a usted, tío?—dijo una voz dulce y varonil desde a bordo. + +—Hola, Gonzalito. ¿Llegas bueno, hijo mío? + +—Perfectamente; voy allá ahora mismo. + +Y se bajó con gran agilidad por un cable al bote. + +—Vamos a esperarle—dijo don Rosendo poniéndose a andar. + +Pero la mano del señor de las Cuevas le sujetó como unas tenazas por el +brazo. + +—¿Dónde va usted, hombre de Dios? + +—¿Qué es eso?—preguntó el armador asustado.—¡Ah, es cierto! ¡No me +acordaba de que estábamos en el segundo paredón!... La obscuridad... +Tanto tiempo aquí... El mareo de estar con la vista fija... en el +barco... ¡Dios mío! ¿Qué hubiera sido de mí si usted no me sujeta? + +—Pues nada, se hubiera usted deshecho los sesos contra las losas de +abajo. + +—¡Virgen Santísima!—exclamó don Rosendo poniéndose horriblemente +pálido. La frente se le cubrió de un sudor frío, y las piernas le +flaquearon. + +—No tenga usted miedo por lo que ya pasó, amigo. Bajemos a recibir a +Gonzalito. + +Bajaron en efecto al muelle, donde acababa de saltar un joven alto, +rubio, de gallardo aspecto, vestido con un largo gabán que casi le +llegaba a los pies. + +—¡Tío! + +—¡Gonzalo! + +Se fueron acercando, hasta que quedaron abrazados los dos gigantes. +También don Rosendo saludó con efusión al joven; pero estaba tan +preocupado con el peligro que había corrido su existencia, que al +instante volvió a ponerse sombrío y melancólico. Apenas pudo contestar a +las preguntas que el contramaestre le hizo, pidiéndole instrucciones por +encargo del capitán. + +Pusiéronse en marcha luego hacia la casa de don Melchor, situada en lo +más alto de la villa, señoreando una extensión inmensa de mar. Durante +el camino, Gonzalo dejó que su tío fuese delante, y un poco acortado +hizo algunas preguntas a don Rosendo acerca de su familia. + +—¿Cómo está doña Paula? ¿Le ha desaparecido la rija del ojo? ¿Y Pablo? +¿Continúa con la misma afición a los caballos? ¿Y Venturita? Estará +hecha una mujer ya, ¿verdad?... (Pausa.) ¿Cecilia está buena?—terminó +preguntando rápidamente. + +A todas sus preguntas respondió el señor de Belinchón con monosílabos. + +—¿Sabes, Gonzalo—dijo parándose de pronto,—que por un poco me mato +ahora mismo? + +—¡Cómo! + +Le contó con prolijidad el percance del muelle. Terminado el relato, +cayó en una profunda consternación. + +—¿Supongo que la familia ya estará en la cama?—preguntó Gonzalo +después que hubo deplorado bastante (al menos en su concepto) el +peligro del comerciante. + +—No; están en el teatro... No sabe uno dónde la tiene; ¿verdad, +querido? + +—¡Hola! ¿Hay compañía? + +—Sí, desde hace unos días. ¿Crees que me hubiera matado, Gonzalo? + +—Phs... tal vez se hubiera usted roto una pierna, o las dos... o una +costilla. + +—¡Menos malo!—exclamó el señor de Belinchón dejando escapar un +suspiro. + +En esto se habían internado ya bastante en la población, y al llegar a +cierta calle, don Rosendo se despidió del tío y del sobrino. Dióle éste +la mano con visible tristeza. + +—Voy al teatro a buscar a la familia. Hasta mañana; que descanses, +Gonzalo. + +—Hasta mañana... Recuerdos. + +El señor de las Cuevas y su sobrino se emparejaron caminando lentamente +la vuelta de la casa del primero. Cayó entonces sobre el viajero un +chaparrón de preguntas, no relativas a su estancia en Inglaterra, sino +todas ellas referentes al viaje por mar. «¿Qué tal el viento? de bolina +siempre, ¿verdad?... ¿No se os cayó alguna vez? El barco no cabecearía +mucho; viene bien cargado... ¿Y las corrientes? No marearíais siempre +con toda la tela, ¿eh? ¿A que habéis arrizado a la salida de Liverpool? +¡Conozco, conozco el paño! + +Respondía Gonzalo con distracción a las preguntas, que, por otra parte, +entendía a duras penas. Iba cabizbajo y melancólico. Observándolo al fin +su tío, se paró en firme y dijo: + +—¿Qué tienes, Gonzalito? Parece que estás triste. + +—¿Yo? ¡Ca! No, señor. + +—Juraría que sí. + +Siguieron otro rato en silencio, y don Melchor, dándose una palmada en +la frente, exclamó: + +—¡Ya sé lo que tienes! + +—¿Qué? + +—Mal de la tierra. A mí me ha pasado siempre lo mismo. Cuando saltaba +en tierra después de algún viaje ¡me entraba una desazón, una tristeza, +un deseo tan grande de volverme a bordo! Duraba dos o tres días hasta +que me iba acostumbrando. El caso es que tenía afán de llegar al puerto; +pero, una vez en él, echaba de menos la vida de a bordo. No sé lo que +tiene el mar que atrae, ¿verdad?... ¡Aquel aire tan puro!... ¡Aquel +movimiento!... ¡Aquella libertad!... A que sientes ganas de volverte al +barco, ¿eh?—terminó diciendo con una sonrisa maliciosa que acreditaba +su extremada perspicacia. + +—Malditas... De lo que tengo gana, tío, voy a decírselo en confianza... +es de ver a mi novia. + +Don Melchor quedó asombrado. + +—¿De veras? + +—Lo que usted oye. + +Reflexionó un momento el señor de las Cuevas, y al cabo dijo: + +—Bien; si quieres puedes ir al teatro a saludarla... Mientras tanto, yo +voy a ver cómo se enmienda Domingo. + +—¿De qué se ha de enmendar? Es una persona excelente—repuso el joven +sonriendo. + +El tío, sin comprender la ironía, le miró con desprecio. + +—Vaya, veo que vienes tan ignorante como has ido... Te aguardo para +cenar. + +—No me aguarde usted, tío—contestó Gonzalo, que ya estaba +lejos.—Quizá no cene. + +Y sin tomar carrera, pero con extraña velocidad, gracias a sus +descomunales piernas, salvó las calles, alumbradas por algunos raros +faroles de aceite, en dirección al teatro. Cualquiera que le tropezase +en aquella hora le diputaría por un inglesote de los muchos que llegan a +Sarrió mandando barcos unas veces, otras a reconocer cotos mineros o a +montar alguna industria. Su estatura colosal, su corpulencia, no son los +signos característicos de la raza española, siquiera nos hallemos en una +de las provincias del Norte. Luego, aquel gabán tan largo, las botas de +tres suelas, el sombrero de forma exótica, denunciaban claramente al +extranjero. Pues mirándole al rostro acababa de completarse la ilusión, +porque era blanco y terso y adornado con larga barba rubia, los ojos +azules, o más propiamente garzos, al igual de los que se ven casi sin +excepción en las razas septentrionales. Aprovechemos los cortos momentos +que nos quedan antes que llegue al teatro para proporcionar al lector +algunos datos biográficos acerca de este mancebo. + +La familia de las Cuevas a la cual pertenece, venía siendo de gigantes y +marinos, desde tiempo inmemorial. Marino había sido su padre, marino su +abuelo, marinos sus tíos, y marinos también los hijos de éstos. Gonzalo +quedó huérfano de padre y madre cuando no contaba ocho años de edad, +dueño de una fortuna no despreciable, administrada por su tío y tutor +don Melchor, en cuyo poder y guarda le dejó el padre al morir. Bien +quisiera el viejo marino que su pupilo continuase la no interrumpida +tradición del linaje de las Cuevas en cuanto a la carrera. Para +despertarle la afición o inclinarle a la marina, le compró una preciosa +balandra donde ambos se paseaban por las tardes o salían de pesca. + +Pero todos los propósitos del buen caballero se estrellaron contra las +aficiones terrestres de su sobrino. De la mar no le gustaban a éste más +que los peces; pero aderezados ya y humeando en medio de la mesa. +Todavía transigía, no obstante, con la caldereta merendada allá en algún +recodo de la costa, sentado sobre una peña donde manase agua fresca +potable. A los catorce años era Gonzalo un muchacho espigado y robusto, +que estudiaba en el colegio privado de Sarrió la segunda enseñanza y se +examinaba todos los años en la capital, obteniendo ordinariamente la +calificación de _bueno_ y una que otra vez, muy rara, la de +_notablemente aprovechado_. Bien quisto de sus compañeros por su +condición noble y franca, y respetado también por virtud de sus puños +formidables. Los caballeros de la villa le agasajaban a causa de su +posición y la familia a que pertenecía; los marineros y demás gente del +pueblo le amaban por su carácter llano y comunicativo. + +Después de graduado bachiller en Artes, permaneció en Sarrió tres años +todavía sin hacer nada. Levantábase tarde, se iba al casino y allí +pasaba la mayor parte del día jugando al billar, en el cual llegó a ser +extremado. A pesar de ser el niño mimado de la población, visitaba pocas +casas. Prefería la vida estúpida y depravada del café, a la cual se +había habituado. No obstante, como no era cerrado de inteligencia y su +exuberante naturaleza rebosaba de actividad y de fuerza, las empleaba +una que otra vez en el estudio de algunos ramos de la ciencia. +Aficionóse a la mineralogía, y muchas tardes, abandonando el casino y el +billar, se iba por los contornos de la villa en busca de piedras +minerales y ejemplares de fósiles, llegando a reunir una rica colección. +A ratos le dió también por ejercitarse en el microscopio: hizo traer uno +costoso de Alemania y comenzó a examinar diatomeas y a prepararlas +admirablemente sobre unos cristalitos que él mismo cortaba. Por último, +habiendo caído en sus manos un libro sobre la fabricación de la cerveza, +entregóse con ahinco a su estudio, pidió a Inglaterra otros varios y +comenzó a imaginar que acaso en Sarrió se obtendría un resultado feliz y +pingües beneficios con esta industria desconocida. Se le ocurrió montar +una fábrica. Pero habiendo comunicado el proyecto con su tío, este varón +esforzado creyó oportuno lanzar una serie de gritos inarticulados, fuera +todos ellos del diapasón normal, terminados los cuales se le oyó +exclamar: + +—¡Cómo! ¡Un Cuevas metido a cervecero! ¡El hijo de un capitán de navío, +el nieto de un contralmirante de la Armada! Tú estás desarbolado, +Gonzalo. Bien dice el refrán que la ociosidad es madre de todos los +vicios. Si hubieses ingresado en la Escuela de Marina como yo te +aconsejaba, a estas horas serías ya guardia marina de primera, y +estarías corriendo el mundo sin pensar en tales payasadas. + +Gonzalo se calló, pero no dejó de seguir leyendo sus métodos de +fabricación. Comprendiendo que sin visitar por sí mismo las fábricas +principales y sin estudiar con seriedad el asunto no alcanzaría +resultado alguno, se resolvió a seguir la carrera de ingeniero +industrial en Inglaterra. Cuando se arrojó a decírselo a su tío, no le +sonó mal al marino el nombre de ingeniero; pero el calificativo de +industrial volvió a despertar en su espíritu la misma tempestad de odios +y rencores que le había producido la cerveza. + +—¡Industrial, industrial! Hoy cualquier limpiabotas se llama +industrial. Hazte buenamente ingeniero de caminos, canales y puertos, o +de minas. + +Por este tiempo conoció, o para hablar con más propiedad, trató, pues en +Sarrió todos se conocían, a su novia actual, la señorita de Belinchón. +Un día su tío le envió a casa del rico comerciante con encargo de +preguntarle si podría darle una letra sobre Manila. Don Rosendo no se +hallaba en su escritorio, que estaba en la planta baja de la casa, y +como el negocio era urgente, Gonzalo se decidió a subir. La doncella que +le abrió estaba con prisa. + +—Pase usted, don Gonzalo; la señorita Cecilia le dirá dónde está el +señor. + +Penetró en un cuarto desarreglado, con montones de ropa por el suelo y +una mesa en el centro, donde la hija primera de los señores de Belinchón +estaba aplanchando una camisa en traje no adecuado a su categoría. Un +vestidillo raído y un pañuelo atado a la cintura como las artesanas; en +los pies unas zapatillas bastante usadas. No se ruborizó porque el joven +la encontrase en aquel arreo ni en tan baja ocupación, ni exclamó como +otras muchas harían en su caso: + +—¡Jesús, de qué forma me encuentra usted!—llevando las manos al pelo o +a la garganta. + +Nada de eso. Suspendió un momento su tarea, sonrió con dulzura y aguardó +a que el joven hablase. + +—Buenas tardes—dijo, poniéndose colorado. + +—Buenas tardes, Gonzalo—respondió ella. + +—¿Podría ver a su papá? + +—No sé si está en casa. Voy a ver—repuso la joven, dejando la plancha +sobre la mesa y pasando por delante de él. + +Cuando ya se había alejado un poco, se volvió para preguntarle: + +—¿Su tío está bueno? + +—Sí, señora, sí... Digo, no... hace algunos días que no se levanta de +la cama... Tiene un catarro fuerte. + +—¿No será cosa de cuidado? + +—Creo que no, señora. + +La joven continuó su camino sonriendo. Le hacía gracia que Gonzalo la +llamase señora no habiendo cumplido los diez y seis años y contando él +más de veinte. Ambos, sin haberse hablado «de grandes», se conocían como +si fuesen hermanos. Se encontraban todos los días en la calle, en el +paseo, en el teatro, en la iglesia. «De pequeños» recordaba Cecilia que +cierta tarde en la romería de Elorrio bailando la giraldilla con otras +chicas de su edad, se llegaron unos granujas a estorbarlas, tirándolas +del pelo desde fuera, empujándolas con fuerza y metiéndose en el corro +gritando para hacerlas perder el compás. Gonzalo, que era un grandullón +de trece años, viendo aquella fea tosquedad, acudió en su auxilio, y +puntapié va, trompada viene, soplamocos a uno y puñada a otro, en un +instante puso en dispersión a los tres o cuatro descorteses mozuelos. +Los ojos de las diminutas bailarinas le contemplaron con admiración. En +aquellos corazones femeninos de cinco a diez años quedó grabado para no +borrarse jamás un sentimiento de gratitud hacia el heroico mancebo. Otra +vez, años adelante, un día de San Juan, Gonzalo cedió a ella y su +familia la balandra para pasearse por el mar, pues los botes y lanchas +escaseaban en tal ocasión. Mas ninguna de estas circunstancias engendró +el trato entre ellos. Si los encontraba muy de frente, Gonzalo solía +llevarse la mano al sombrero; si no, pasaba de largo como si no los +viese, a pesar del conocimiento, ya que no amistad íntima, que su tío +mantenía con el señor Belinchón. La vida exclusiva de café, el ningún +trato con las mujeres, habían hecho de Gonzalo un joven apocado y +vergonzoso. + +—Pase usted, Gonzalo; papá le espera en la sala—dijo la joven cruzando +de nuevo por delante de él.—Que se alivie su tío. + +—Muchas gracias—respondió acortado. Y al alejarse caminando hacia +atrás, como era tan alto, dió un testarazo con la lámpara de la +antesala, que por poco la hace venir al suelo. + +Miró con angustia hacia arriba, se apresuró a sujetarla y se puso muy +colorado. + +—¿Se ha lastimado usted?—preguntó Cecilia con interés. + +—¡Ca! No, señora... al contrario... ¡Caramba, por un poco la rompo! + +Y se retiró cada vez más confuso. + +Hallábase nuestro mancebo en aquel punto y sazón en que los hombres se +enamoran de una escoba. La edad del amor se había retrasado para él un +poco. Esto suele acontecer en todos aquellos en quienes los músculos +tiranizan a los nervios. Por eso la señorita de Belinchón, aunque nada +linda, despertó repentinamente en él cierta simpatía que es fácil +transmutar en pasión. Y como consecuencia de aquella brevísima +entrevista, Gonzalo pasó desde entonces alguna que otra vez sin +necesidad por delante de la casa de los señores de Belinchón mirando con +el rabo del ojo a los balcones; cuidó más del aliño del traje y la +persona; iba a misa de diez los domingos a San Andrés, donde doña Paula +y sus hijos la oían. En el teatro solía dirigirle con disimulo vivas +miradas y alguna que otra vez se aventuraba a soltarle un sombrerazo. +Pero en cuanto lo hacía se ponía colorado y miraba con susto a todas +partes, temblando de que aquel naciente sentimiento de su alma fuese +descubierto. + +¡Inocente Gonzalo! Mucho antes de que él se diese cuenta cabal de tal +inclinación, la villa entera la conocía. Nada se puede ocultar, sobre +todo en lo que toca a las relaciones de sexo a sexo, a los ojos +zahoríes de las comadres de un pueblo de escaso vecindario. Y no sólo se +conoció, pero hasta se daba como cierto el matrimonio en plazo más o +menos lejano. Pasaban los meses, no obstante, y aquello no avanzaba un +paso. Los testimonios que Gonzalo daba de su afición seguían siendo los +mismos. La mayor parta de los días se reducían a pasar después de comer +por delante de la casa del rico comerciante, para ir al casino. Cecilia +solía estar cosiendo detrás de los cristales. Mano al sombrero; sonrisa; +adelante; luego el billar, y hasta otro día. Don Melchor le encargó +otras dos veces recados para don Rosendo, pero tuvo la buena suerte de +hallarle siempre en el despacho. Decimos buena suerte, porque Gonzalo +temblaba ante la idea de subir a la casa y tropezarse con Cecilia. + +Había cumplido ya los veinte años. La idea de hacerse ingeniero +industrial y ocuparse en algo útil, volvía de vez en cuando a su +espíritu en medio de aquella vida holgazana. El compañero que tornaba de +alguna academia militar, la conversación con algún ingeniero inglés, la +frase de desprecio que escuchaba en el casino acerca de los que no +tenían carrera, despertábanle de pronto el deseo. Al fin, un día le dijo +a su tío que si le daba permiso se iba a Inglaterra a estudiar algo y +ver mundo. Como don Melchor nada podía oponer a este justo y laudable +propósito, pocos días después Gonzalo recorría algunas casas de +parientes y amigos, donde hacía años que no ponía los pies, para +despedirse, y una tarde apacible y bella de primavera se embarcaba en el +bergantín redondo _Vigía_ con rumbo a la Gran Bretaña. + +¿Se acordaba de Cecilia? No lo sabemos. En temperamentos como el de +nuestro mancebo, el fuego de las pasiones tarda mucho tiempo en prender, +aunque a la postre causa grandes estragos. + +Pasaron tres años. Terminó la carrera de ingeniero que es breve y +práctica en Inglaterra, y se determinó a visitar las principales +fábricas de este país y de Francia y Alemania. En el tiempo que duraron +sus estudios el recuerdo de Cecilia asaltábale de vez en cuando, sin +causarle, por supuesto, emoción muy viva. Allá en la primavera cuando la +sangre circula con más fuerza por las venas y la madre Naturaleza con el +verdor de los campos, los vívidos colores de las flores, los juegos de +la luz, el aire tibio embalsamado, y sobre todo, por medio de sus +intérpretes más fieles, los pájaros, nos incita para que en modo alguno +consintamos que la especie humana se extinga, Gonzalo pensaba en el +matrimonio. Y siempre que tal idea surgía en su mente, presentábasele de +improviso hecha carne en la niña primera de los señores de +Belinchón:—«Pase usted, Gonzalo; papá le espera.» «¿Se ha lastimado +usted?»—Volvían a sonar en sus oídos aquellas palabras y el acento +cariñoso con que fueron pronunciadas encendía en su corazón virgen una +chispa de simpatía. La joven no era hermosa, pero sus ojos sí, y sobre +todo revelábase en ella el atractivo del sexo por el aire modesto y +sencillo, el timbre de la voz, la delicadeza exquisita, enteramente +femenina de sus modales. «No me disgustaría casarme con ella» pensaba +dejando escapar un suspiro; porque juzgaba imposible que se atreviese a +decir a ésta ni a ninguna señorita palabra alguna de amor. Hasta +entonces no conocía de tal pasión más que el aspecto material y grosero, +las relaciones fugaces y tristes de las mujeres que le abocaban por la +noche en las calles de Londres y París. + +Un día escribiendo a cierto amigo íntimo de Sarrió se le ocurrió +preguntarle si Cecilia Belinchón se había casado. Contestóle que aún +permanecía soltera y que si era muy cierto que algunos galanes la +rondaban seducidos quizá por el dinero de Belinchón más que por las +gracias de su hija, hasta ahora no se sabía que hubiese dado oídos a +nadie. Al leer esto, se le subió la sangre al rostro al ingeniero +industrial. Tuvo la fatuidad de pensar (que se le dispense por Dios) que +Cecilia rechazaba a los pretendientes a su mano... porque a ninguno +encontraba tan guapo como él. Entonces imaginó declararle su amor por +medio de una carta. Estando tan lejos no tendría vergüenza. Sin embargo, +la tuvo, y cuando trató de coger la pluma para hacerlo, antes de trazar +el primer renglón, volvió a dejarla al representarse la sorpresa que la +joven recibiría. Pasaron algunos días. La idea no le abandonaba. Por +medio de mil sutiles razonamientos procuraba persuadirse a escribir la +epístola amorosa. Si se reía de él, ¿qué? no había de verlo. Con no +volver más a Sarrió estaba concluído; y si volvía ya procuraría no +encontrársela de frente. Al fin la escribió. Túvola guardada en el cajón +de su mesa varios días. La idea de echarla al correo le aterraba. Para +decidirse a ello, necesitó beberse unas copitas de ron. Cuando estuvo un +poco mareado sacó la carta del cajón, lanzóse a la calle con brío, y en +el primer buzón con que tropezaron sus ojos, ¡zas! la encajó. + +¡Dios mío, qué he hecho! Disipóse la borrachera. Se puso colorado hasta +las orejas, como si por el agujero de aquel buzón le estuviesen mirando +los ojos burlones de todos los vecinos de Sarrió; y se apresuró a meter +los dedos en él por ver si aún podía atrapar el malhadado sobre. Nada. +Se lo había engullido con la voracidad de un tiburón, y lo estaba ya +digiriendo. Ocurriósele entonces presentarse en las oficinas de Correos +y reclamarlo; pero allí le exigieron tales formalidades, que antes de +pasar por ellas prefirió dejar correr la suerte. + +Pasó ocho días en gran zozobra. A la hora de repartir las cartas en la +fonda, experimentaba una ansiedad que le sofocaba, esperando ver llegar +encerradas en un sobrecito las feas y colosales calabazas, castigo justo +a su demasía y sandez. Transcurrieron, no obstante, los ocho días y aun +los quince, y la contestación no parecía. Se fué calmando con la +esperanza vaga de que la carta no hubiese llegado a su destino. Si había +llegado, forjábase la ilusión de que Cecilia la habría roto sin dar +cuenta a nadie. Mas he aquí que, cuando ya no la esperaba, se encuentra +a la hora de almorzar sobre el plato una carta de España, letra +desconocida de mujer. Es irrepresentable la congoja que le acometió. Se +puso tan blanco como el mantel. El corazón quería saltársele del pecho. +Abrióla con mano trémula... ¡Ahaaa! suspiró descansado, después de +haberla devorado en dos segundos. Llevóse la mano al pecho, limpióse el +sudor con el pañuelo, y volvió a tomar la carta y a releerla con calma. + +Era, en efecto, de Cecilia, y estaba escrita en un tono suavemente +irónico, que nada tenía, sin embargo, de ofensivo. Manifestábase +sorprendida de su repentina e inopinada declaración. ¿Qué mosca le había +picado al cabo de cuatro años de ausencia? Sus padres, que antes que +ella habían abierto la carta, estaban igualmente sorprendidos: opinaban +que era un paso irreflexivo, propio de los pocos años, un capricho del +momento, del cual ya estaría probablemente arrepentido. Ella compartía +enteramente esta opinión. Sin embargo, la habían permitido, y aun +aconsejado que contestase, por tratarse de un joven del pueblo, con cuya +familia mantenían relaciones de amistad. + +Esta epístola le puso contentísimo de pronto. No eran las desdeñosas +calabazas que esperaba. Después se puso triste, y al minuto otra vez +alegre, leyéndola y releyéndola por ver si daba en la clave. ¿Eran o no +eran calabazas? Apresuróse a contestar, pidiendo perdón de su +atrevimiento, y confirmando su declaración anterior con nuevas y +vehementes frases. Replicó al cabo de algunos días la niña en términos +más blandos y afectuosos. Tornó a escribir Gonzalo; cruzáronse retratos; +intervino doña Paula. En suma, al cabo de poco tiempo, se encontraban +ambos jóvenes en relación formal. Comenzó a hablarse de matrimonio; +mediaron cartas entre don Melchor y su sobrino; después visitas entre +aquél y don Rosendo. Finalmente todo quedó arreglado, conviniéndose que +a la primavera regresaría Gonzalo, y se efectuaría el casamiento. + + + + +III + +EN EL QUE LA PAREJA ENAMORADA COMIENZA A PENSAR EN EL NIDO + + +Salían ya del teatro los que habían quedado. Gonzalo tropezó con la ola +de gente que vomitaba la puerta, y así como fué reconocido, se +apresuraron a rodearle y saludarle sus antiguos amigos. El primero que +le echó los brazos al cuello fué don Mateo, después vino don Pedro +Miranda y su hijo Periquito, en seguida el alcalde don Roque, después +don Victoriano y su esposa doña Rosario y sus tres hijas. En un instante +se formó círculo en torno del joven, quien se apresuraba a contestar con +efusión a los plácemes, abrazos y apretones de manos que de todos sitios +le venían. Los marineros, las mujeres del pueblo tomaban parte en +aquellas manifestaciones de cariño lo mismo que los _señores_. No se +oían más que exclamaciones de admiración y alegría. + +—Cuánto has engordado, Gonzalito.—¡Vaya un real mozo!—¿Por qué no +creces como él, Periquito?—Don Gonzalo, les come usted las sopas en la +cabeza a todos los mozos de Sarrió.—Crecer no ha crecido, lo que ha +hecho es doblar de cuerpo.—Ven acá, granadero, dame un abrazo apretado. + +Un patrón de barco afirmó que se parecía como una gota de agua a otra al +Príncipe de Gales. Acaso Gonzalo fuese un poco más alto. + +El robusto corpachón de éste, alzábase sobre el grupo. Daba la mano por +encima de las cabezas a los amigos que no podían llegarse a él, y su +noble y bondadosa fisonomía sonreía a todos. + +Don Mateo, alzándose sobre la punta de los pies y tirándole del brazo +para que se doblase, pudo decirle al oído: + +—¡Qué función te has perdido, Gonzalo! Lástima que no hayas llegado por +la tarde. La tiple cantó como un ángel... ¡Y el baile!... El baile te +digo, chico, que ni en Bilbao ni en la Coruña lo sacan mejor... Pero no +te disgustes, que yo haré que se repita antes que se vaya la compañía... +o poco he de poder. + +Pero Gonzalo no atendía. Con los ojos clavados en la puerta, esperaba +inquieto y afanoso la salida de la familia de Belinchón, que como +principal y de las más encopetadas, se retrasaba siempre para no +confundirse con la plebe. Por fin a la luz del farol que ardía sobre el +marco de la puerta, divisó la fisonomía de doña Paula y en seguida la de +Cecilia. Abalanzóse trémulo a saludarlas. La hija se puso colorada como +un pavo (es natural), y la madre también (esto es menos natural). ¿Qué +le tocaba hacer a él? Ruborizarse igualmente; y esto fué lo que llevó a +cabo de un modo perfecto. A los tres les temblaba la voz, y después de +preguntarse por la salud, no supieron qué decirse. Las miradas cargadas, +de curiosidad de la gente contribuían a embarazarlos. Felizmente llegó +Pablito con Ventura, que se habían rezagado, y nuestro joven saludó al +primero afectuosamente y dirigió a la segunda una ceremoniosa cabezada. + +Pablo sonrió. + +—Qué, ¿no la conoces? Es mi hermana Ventura. + +—¡Oh! ¿Cómo había de conocerla? Es una mujer... ¿Cómo está usted, +Ventura? + +La niña le alargó la mano mirándole con expresión maliciosa y burlona +que acabó de desconcertarle. + +Pusiéronse en marcha hacia casa. Venturita echó a correr delante +arrastrando a su hermano. Detrás marchaban doña Paula, Cecilia y +Gonzalo. Cerraba la marcha don Rosendo con su buen amigo don Pedro +Miranda. Las calles estaban obscuras. Sólo ardían a aquellas horas los +faroles de esquina. La distancia entre los tres grupos se fué haciendo +cada vez mayor. + +Gonzalo comenzó a hacer esfuerzos desesperados por sostener la +conversación con su futura esposa y suegra; pero aquélla no despegaba +los labios, dominada, sin duda, por la vergüenza, y doña Paula andaba +muy lejos de ser una madame Stael. Como tampoco él había colaborado en +el Diccionario de la Conversación, el resultado era que ésta no +prosperaba. Por cartas había llegado a tener confianza. Doña Paula ponía +a menudo postdatas en las de Cecilia. Gonzalo replicaba con alguna +cuchufleta, mandaba estampitas, caricaturas para Ventura, y se portaba +en todo como un miembro de la familia. Pero ahora los tres +experimentaban malestar embarazoso. Nuestro joven en su vida había +hablado con la señora de Belinchón, y con Cecilia sólo había cruzado las +palabras que hemos dicho. Luego, allá delante, Venturita reía a +carcajadas con su hermano, y los novios presumían fundadamente que +estaban ellos sobre el tapete. No obstante, cuando ya se acercaban a +casa, la plática fué tomando calor y había algunos síntomas para creer +que muy pronto iba a reinar la confianza. + +Formóse un grupo a la puerta de la morada de los señores de Belinchón, +que estaba situada en la Rúa Nueva, la calle más principal de Sarrió, y +era grande y suntuosa para lo que allí se estilaba. Como Gonzalo no +había cenado aún, don Rosendo le invitó a subir a hacerlo con ellos tan +de veras, y con palabras tan apremiantes, que el joven, que no deseaba +otra cosa, concluyó por aceptar. Despidiéronse el señor Miranda y su +hijo Periquito, y la familia Belinchón, con el nuevo individuo que iba a +formar parte de ella, subió a la casa. En el recibimiento, las señoras +se despojaron de los abrigos y las toquillas. La luz volvió a turbarlos. +Gonzalo pudo ver bien entonces a su novia, y observó que no había ganado +nada en los años de ausencia. Estaba más alta, pero más delgada también. +Los amores no ponen gordas a las niñas. La nariz, con esto, se le había +pronunciado todavía más. Sólo aquellos ojos hermosos, suaves, +inteligentes, persistían en brillar como dos estrellas. La +transformación de Venturita, aquella niña que veía cruzar para el +colegio, colgada del brazo de la doncella dando saltitos para no perder +el paso, le llamó poderosamente la atención. Era una mujer, una +verdadera mujer, no tanto por la estatura, como por la redondez y +amplitud de las formas, como por la firmeza singular de su mirada y +cierto brillo malicioso que la acompañaba. Examináronse ambos como dos +extraños de una rápida ojeada. Gonzalo le dijo por lo bajo a doña Paula: + +—¡Qué cambio el de Venturita! Es una joven preciosa. + +Por bajo que lo dijo la niña lo oyó. Se puso seria con afectación, hizo +un leve mohín de desdén con los labios, y se fué derecha al comedor, +ocultando el cosquilleo placentero que aquel requiebro tan espontáneo la +había causado. + +La mesa estaba puesta: una mesa patriarcal de provincia, abundante, +limpia, sin flores ni los demás refinamientos elegantes que la +civilización va introduciendo. Y al acercarse a ella, el embarazo de +Gonzalo había desaparecido. Parecía que ayer había cenado allí también. +Una ráfaga de alegría sopló sobre todos. Cambiáronse palabras y risas. +Gonzalo abrazaba a Pablito y le preguntaba por sus caballos. Doña Paula +arreglaba la distribución de los cubiertos. Venturita, sentada ya, se +atracaba de aceitunas, tirando los huesos a su hermana y haciéndole +guiños provocativos, mientras ésta, con las mejillas encendidas y los +ojos brillantes, se llevaba el dedo a los labios pidiéndole discreción. +Don Rosendo había ido a ponerse la bata y el gorro, sin los cuales le +habría hecho daño la cena. Su esposa invitó al joven forastero a +sentarse en el puesto vecino al de Cecilia. Pero ésta se había pasado al +otro extremo de la mesa, y allí se disponía a sentarse. + +—¿Qué haces, chica? ¿Por qué no vienes a tu sitio?—le preguntó doña +Paula con sorpresa. + +La joven se levantó sin contestar, ruborizada, y vino a sentarse al lado +de su novio. + +La clásica sopa de manteca con huevos humeaba ya en el centro de la +mesa. + +—Mira, haz plato a Gonzalo... Comienza ya a servirle—le dijo después +sonriendo bondadosamente, como mujer que profesaba ideas semejantes a +las expresadas por San Pablo en su célebre epístola. + +Cecilia se apresuró a obedecer, colmando el plato de su futuro. Este +poseía ordinariamente un apetito excelente, apropiado a su grande +humanidad. Ahora, sobreexcitado por el aire del mar y algunas horas de +ayuno, era voraz. Comió sin dejar migaja, sin cortedad alguna, cuanto le +ponían delante; y eso que Cecilia, como podrá suponerse, no tenía la +mano corta en servirle. Cuando empezaba a comer, Gonzalo perdía la +vergüenza. La necesidad apremiante de su organismo giganteo se imponía. +En cambio, Cecilia apenas si tocaba en los manjares. Viendo en su plato +dos pedacitos de jamón del tamaño de dos avellanas, preguntóle el joven: + +—¿Para quién hace usted ese plato, para el loro? + +—No; es para mí. + +—¿Y no tiene usted miedo que se le indigeste? + +Era la primera chanza que se autorizaba con su futura. Esta contestó +sonriendo: + +—Nunca como más. + +Doña Paula acercó la boca al oído de Venturita, y le dijo: + +—¿No reparas con qué ceremonia se tratan? + +Venturita se lo dijo al oído a Pablo, y éste a su padre. Todos cuatro +soltaron a reir, mirando a los novios, mientras éstos, confusos, +preguntaban con la vista la razón de aquella súbita alegría. + +—Mamá, ¿quieres que les diga de qué nos reímos? + +—Díselo. + +—Pues bien, señores, pensamos todos que podrían ustedes ir apeándose el +tratamiento. + +Los futuros esposos bajaron la cabeza sonriendo. + +La alegría de los comensales se expresaba ruidosamente, se charlaba, se +bromeaba. Pablito asaba a preguntas a su próximo cuñado, acerca de las +carreras de caballos, _skating-ring_, y otros asuntos más o menos +transcendentales, relacionados con el _sport_. Sólo el gozo de Cecilia +era concentrado y silencioso. Advertíase en las mejillas teñidas de vivo +carmín. De vez en cuando ponía el dorso de la mano sobre ellas para +enfriarlas, aunque sin lograrlo. Cuando creía que no la miraban, pasaba +largos ratos con los ojos fijos en su novio. Aquel bravo engullir, +incesante, signo de vida y de fuerza, la sorprendía y la cautivaba a un +mismo tiempo. Contemplábale arrobada, adorando en él al símbolo del +poder masculino. Estas largas miradas extáticas no se le escapaban a +Venturita, quien hacía muecas a Pablo o a su madre, para que las +observasen. Gonzalo pagaba las atenciones de su novia con un «muchas +gracias» rápido, sin volver el rostro hacia ella por temor de +ruborizarse. Al levantarlo para contestar a Pablo, sus ojos tropezaban +siempre con los de Venturita, cuya mirada risueña, y maliciosa le +turbaba momentáneamente. + +Levantáronse al fin de la mesa y se diseminaron. Don Rosendo y Ventura +desaparecieron. Pablo, después de charlar algunos instantes, concluyó +por irse también. Quedaron solamente en el comedor doña Paula y los +novios. Y todos tres fueron a sentarse en un rincón de la estancia en +sillas bajas. Al poco rato no se oía más que un cuchicheo discreto, como +si estuviesen confesando. Unidas las tres sillas, adelantando los +cuerpos hasta tocarse casi las cabezas, comenzaron a charlar +animadamente. Doña Paula abordó al instante la magna cuestión. + +—Estamos a veintiocho de abril... De aquí al primero de septiembre no +hay más que cuatro meses—dijo, echándoles una larga mirada entre +risueña y enternecida. + +Si fuese posible que Cecilia se pusiese más colorada, se hubiera puesto. +El rostro de Gonzalo se contrajo con una sonrisa sin expresión, y bajó +los ojos. + +Después de haberlos mirado otro rato, gozándose en su confusión, siguió +doña Paula: + +—Es necesario ir pensando en el equipo de ropa... + +—¡Mamá, por Dios! Es muy pronto—exclamó la joven avergonzada, mientras +el corazón quería salírsele del pecho. + +—No es pronto, Cecilia. Tú no sabes el tiempo que aquí echan las +bordadoras en cualquier cosa. Un mes ha empleado Nieves para bordar dos +escudos a la chica de doña Rosario... Y más pesada que ella todavía es +Martina... + +—Nieves borda muy bien. + +—No, como bordar no hay en la villa quien le ponga el pie delante a +Martina... Tiene manos de oro. + +—A mí me gustan más los bordados de Nieves. + +—Pues si quieres que ella te borde la ropa, por mí...—repuso doña +Paula mirando a su hija con una condescendencia maliciosa. + +—¡No digo eso, mamá!—exclamó ésta toda apurada.—Sólo digo que me +gusta más el bordado de Nieves que el de Martina. + +Al poco rato ya había consentido en discutir la cuestión de la ropa. + +Tratáronla en todos sus aspectos con la gravedad y el cuidado que +merecía. A quién se encargarían los juegos de sábanas de batista, a +quién los ordinarios, quién haría las camisas, dónde se comprarían los +manteles, etc., etc. Todo fué tratado, medido y ponderado. Doña Paula +emitía su opinión. Cecilia aparentaba contradecirla, pero en el fondo +¿qué le importaba? Lo que embargaba su alma y hacía palpitar su corazón +era aquella proximidad del matrimonio, reconocida expresamente. Así, que +su voz salía temblorosa y algunas veces se le anudaba en la garganta sin +querer salir. Sus ojos soltaban efluvios de dicha; tenían el brillo +suave y misterioso de los luceros en las noches serenas de invierno. + +—¡Qué calor!—exclamaba de vez en cuando, y apoyaba las manos en sus +mejillas encendidas. + +Gonzalo asentía con estúpida sonrisa a cuanto decían, y estiraba a +menudo sus desmesuradas piernas que, por la escasa altura de la silla, +se le dormían. + +Y cuando se concluyó con la ropa blanca, comenzaron con la de color. Y +la conversación se enredaba; y Cecilia, sin mirar a su novio le veía; y +los ojos de doña Paula, posados alternativamente en uno y en otro, se +iban enterneciendo cada vez más; y los alientos se cruzaban. Los hombros +de los futuros esposos se tocaban. Aquel suave cuchicheo, la dormida luz +de la lámpara que apenas los envolvía, el contacto frecuente con el +brazo de su amado, iban hinchendo el seno de Cecilia de una emoción +voluptuosa que la desasosegaba. No pudiendo resistirla levantóse dos o +tres veces para besar con vehemencia a su madre. A la tercera vez ésta +se hizo cargo de lo que aquello significaba, y exclamó mirándola con +ojos risueños y compasivos: + +—¡Pobrecita! ¡Pobrecita mía! + +Cecilia se tapó los suyos con las manos y estuvo así un rato. + +—¿Qué tienes?—le dijo al fin doña Paula. + +—Nada, nada. + +Pero continuó cubriéndose los ojos. + +—Vamos, ¿qué tienes, hija mía? + +—No tengo nada—contestó destapándose al fin. Su cara sonreía; pero +tenía los ojos húmedos. + +—Ya sé, ya sé—dijo la señora—¿Quieres el éter? ¿Sientes opresión? + +—No siento nada. Estoy muy bien. + +La plática se enredó de nuevo. Doña Paula expresó la idea de que Gonzalo +se viniese a vivir con ellos. Este se resistió un poco, porque +comprendía que esto iba a disgustar a su tío. No obstante, concluyó por +ceder a los ruegos de ambas. ¡Era tan natural que no quisieran +separarse! + +—Pueden ustedes tener independencia. Yo me encargo de ello. Hay una +sala grande, la sala amarilla... ya sabes, Cecilia... Tiene una alcoba +espaciosa... Sólo falta el despacho para Gonzalo; pero ya he pensado en +eso. Al lado de la sala está el cuarto de la ropa, que aunque da al +patio, tiene buena luz. Hoy está hecho un asco; pero haciendo obra en él +puede quedar una habitación muy decente... ¿Quiere usted verlo, Gonzalo? + +El joven manifestó que no había necesidad; que pasaba por todo lo que +ella dijese; que ya lo vería... Sin embargo, la señora insistió y +tomando una palmatoria los guió al otro extremo de la casa. + +—Esta es la sala... Grande, ¿no es verdad? Dos balcones... La alcoba. +Caben muy bien dos camas... cuanto más una—añadió mirando a su hija, +que se hizo la distraída cerrando un balcón.—Vamos ahora a ver el +cuarto de la plancha. + +Y salieron de la sala, y salvando un corredor y dando una vuelta, +entraron en otro cuarto lleno de armarios y otros trastos. + +—No se asuste usted por la distancia. Este cuarto está pegado a la +sala. No hay más que abrir una puerta de comunicación. + +Gonzalo se inclinó hacia su novia y le dijo por lo bajo: + +—¿Por qué no me tratará mamá de tú, como tu papá? Díselo de mi parte... +yo no me atrevo. + +Cecilia entonces se acercó al oído de su madre y murmuró con voz +apagada, llena de vergüenza: + +—Gonzalo se alegraría de que le tratases de tú. + +—¿Qué dices, niña?—preguntó doña Paula, poniendo la mano en la oreja. + +Cecilia levantó un poquito la voz, haciendo un terrible esfuerzo. + +—Dice Gonzalo que por qué no le tratas de tú como papá. + +—Ah... me alegro que haya salido de él. No me atrevía... Bueno, pues en +cuanto se abra una puerta aquí, en esta pared, ya puedes pasar de la +sala al despacho sin cruzar el pasillo... ¿Te gusta la habitación? ¿Es +bastante grande? + +—Demasiado. Mis negocios, por ahora, no exigen tanto. + +A Cecilia le retozaba en el cuerpo una pregunta. Estaba inquieta. Varias +veces estuvo por tomar la palabra, pero el temor la retenía. Allá, al +fin, en una pausa larga, se aventuró a decir: + +—Falta una cosa, mamá. + +—¿Qué falta? + +La joven se detuvo un instante, como para tomar arranque, y dijo al fin +con voz temblorosa: + +—Falta un cuarto para arreglarse Gonzalo. + +—Es verdad; no me había hecho cargo... ¿Dónde tendría yo la cabeza? +Pues ahora no encuentro sitio aquí cerca... Aguarda un poco... +aguarda... Podríamos bajar la despensa al sótano y quedaba un cuartito, +que bien arreglado, acaso serviría... Lo que hay es que no comunica con +estas habitaciones. Tendrías que cruzar el pasillo. + +—¡Qué importa eso! + +Fueron de nuevo al comedor y se sentaron en el mismo rincón. Poco +después de hacerlo apareció Venturita con un peinador blanco que dejaba +ver enteramente la garganta de alabastro y una parte de su hermoso seno +virginal. Traía sueltos por la espalda los cabellos, y calzaba unos +lindos pantuflos bordados. Venía a despedirse para ir a la cama. +Acercóse a su madre y la dió un beso en la mejilla, haciendo, mientras +tanto, muecas maliciosas a su hermana, que Gonzalo no podía ver. + +—Vaya, buenas noches—dijo alargando a éste la mano. + +—Buenas noches—repuso él mirándola extático, con cierta especie de +embelesamiento que no pasó inadvertido para la niña. + +Iba a retirarse, pero un sentimiento de coquetería la hizo volver desde +la puerta y preguntar a Cecilia: + +—¿Dónde has colocado el calzador? He tenido que venir con chinelas por +no hallarlo... + +Y al mismo tiempo mostró su lindo pie. + +—Pues allá está, en el cajón de la mesa de noche. + +—¡Si supierais qué sueño tengo!—dijo avanzando más y colocando una +mano sobre la cabeza de su hermana.—¿Sabéis con qué se quita +esto?—añadió sonriendo. + +Gonzalo la examinaba con atención. Era realmente una criatura perfecta. +Cuanto más de cerca se la observase, más se admiraban las singulares +partes de que estaba dotada. La epidermis era suave y brillante como el +raso, de un color rosa desvanecido; la boca húmeda y fresca, de labios +rojos un tanto grandes que descubrían al abrirse dos filas de dientes +menudos e iguales; los cabellos dorados, sedosos, abundantes. Su única +imperfección consistía en la estatura. Si tuviera la de su madre nadie +se atrevería a ponerle un reparo, exceptuando, por supuesto, sus amigas. + +Notando que la examinaban, no acababa de marcharse. Daba vueltas en +redondo para que se la viese bien por todas partes, adoptaba posiciones +caprichosas, afectadas, dirigía preguntas impertinentes a su hermana, +reía sin motivo, la cubría de besos y la sobaba sin consideración. + +—Déjame, Ventura. ¡Qué retozona estás hoy!—exclamaba aquélla con su +franca sonrisa bondadosa, procurando desasirse. + +—Vaya, vaya, a la cama—decía doña Paula. + +—Voy. + +Pero en lugar de irse se abrazaba de nuevo a Cecilia; la hacía +cosquillas aprovechando cualquier movimiento para decirla al oído: + +—¡Cómo estás gozando, picarona! No le eches esos ojazos, mujer, que le +vas a aturdir.—Adiós, adiós, señores—concluyó por decir en voz +alta...—Y dejar algo para mañana, ¿eh? + +—¡Qué tonta!—exclamó Cecilia ruborizándose. + +Doña Paula y Gonzalo sonrieron. Este dijo en voz baja: + +—¡Qué pelo tan hermoso! + +Ventura lo oyó, y dijo sacudiéndolo: + +—Es postizo. + +Todos se echaron a reir. + +—¿No lo cree usted?—preguntó con seriedad y acercándose.—Tire usted. +Verá cómo se le queda en la mano. + +El joven no se atrevió, y continuó sonriendo. + +—Tire usted, tire usted—insistió ella volviendo la espalda y +metiéndole el pelo por la cara. + +Gonzalo llevó la mano a él, pero no hizo más que acariciarlo. + +—¿Qué, no se le ha quedado? Es que está muy bien sujeto. + +Y salió corriendo de la estancia. + +Un rato todavía duró el cuchicheo secreto. Se tocaron algunos puntos de +la vida futura. Cecilia escuchaba a su madre disertar sobre lo que +debían hacer una vez casados, sintiendo un cosquilleo en el alma que +apenas era poderosa a ocultar. Le había cogido una mano y se la apretaba +y acariciaba con intermitencias nerviosas. De vez en cuando la llevaba a +los labios y se la besaba con fuerza. Doña Paula la miraba con +enternecimiento y sonreía gozándose en la felicidad que inundaba el +corazón de su hija. + +El reloj del comedor vibró, dando las doce y media. Gonzalo levantóse +apresuradamente. + +—¡Oh, qué tarde! ¿Qué dirá don Rosendo? + +—Nunca se acuesta antes de esta hora—repuso Cecilia. + +—Sí; pero ya sabes que emplea mucho tiempo en cerrar las +puertas—replicó doña Paula. + +Cecilia calló. Gonzalo les dió la mano con efusión, prometiendo volver +al día siguiente. Después pasó al despacho del señor de Belinchón para +despedirse. + +La madre y la hija siguieron charlando en el mismo rincón sobre el mismo +tema, recibiendo la primera un sinnúmero de abrazos y besos +apretadísimos. + +—Esto no es para mí—decía con cierta expresión entre alegre y +melancólica. + +—Sí, mamá, sí—replicaba la joven abrazándola con más fuerza. + + + + +IV + +CÓMO LOS PARTICULARES DE SARRIÓ SE CONGREGABAN EN UN RECINTO NOMBRADO EL +«SALONCILLO», Y LO QUE ALLÍ SE PLATICABA. + + +Don Melchor de las Cuevas se levantó de la mesa, encendió un cigarro, y +dijo, ofreciendo otro a su sobrino: + +—Vámonos a tomar café. + +Gonzalo quiso guardarlo en el bolsillo porque jamás hasta entonces se +había autorizado el fumar delante de su tío; pero éste le retuvo el +brazo. + +—Enciende, chiquito, enciende; ya has dejado de ser grumete. + +El joven sacó un fósforo y se puso a dar chupetones al cigarro con +emoción. + +Salieron de la casa emparejados y bajaron lentamente por la calle +disfrutando del bienestar voluptuoso que sienten las naturalezas +poderosas después de una comida abundante. Parecían dos cedros gigantes, +majestuosos, orgullosos de su altura. Y guardaban el mismo silencio que +ellos cuando no les sopla el viento. Las mujeres que trabajaban a las +puertas de sus casas los miraban con curiosidad tocada de admiración. + +—¿Quién es el señorito que va con don Melchor? + +—Mujer, ¿no le conoces? El sobrino; el señorito Gonzalo, que llegó ayer +en la _Bella-Paula_. + +—¡Vaya un real mozo! + +—Como su padre don Marcos, que en paz descanse. + +—Y como su abuelo don Benito—añadió una vieja.—¡Qué familia tan noble +y campechana! + +En las bocacalles por donde se descubría un cacho de mar, el señor de +las Cuevas solía detenerse un momento para echar una ojeada escrutadora. + +—Por ahora bonanza. Dentro de poco terral. + +—¿Las ves?—dijo con expresión de triunfo al cabo de un instante. + +—¿Qué? + +—Las lanchas, hombre, las lanchas. ¡Cómo lo han olido! + +—No veo nada,—repuso Gonzalo sacándose los ojos por columbrarlas en el +horizonte. + +—Sigues como antes. No ves más que la sopa en el plato—manifestó el +tío sonriendo con lástima. + +El café de la Marina hervía ya de gente. El rumor de las conversaciones +y disputas, el campaneo de las copas, el choque de las fichas de dominó +contra el mármol de las mesas, formaba un ruido ensordecedor. Estaba +situado en una plazoleta que formaba la Rúa Nueva al desembocar en el +muelle, y una de sus fachadas miraba al mar. Reuníanse en él la mayor +parte de los capitanes y pilotos que estaban en Sarrió de paso, y casi +todos los que sin ejercer el oficio habitaban en la villa, con más los +vecinos que sentían de un modo o de otro inclinaciones marítimas. Al +atravesar por medio fueron llamados a gritos de diferentes mesas. Don +Melchor era el hombre más popular, el más querido y respetado que +entraba en aquel café. Fué necesario acercarse a saludar a unos y a +otros, y presentarles a Gonzalo. Aquellos lobos se extasiaron mirándole; +le apretaban la mano hasta descoyuntársela, y le ofrecían con todas las +veras de su corazón una copa de ron y marrasquino. Cuando la rehusaba +hablando de subir a tomar café arriba, la tristeza más honda se pintaba +en sus rostros curtidos. + +Don Melchor tenía, en efecto, la costumbre de tomarlo en el Saloncillo. +Este era un aposento del piso principal de aquella casa, que tenía +comunicación con el café por medio de una escalerilla de hierro. Por +ella subieron al cabo tío y sobrino. Ya estaban reunidos los notables +del pueblo, sentados en un diván corrido, con sendas mesillas japonesas +delante, donde cada cual tomaba su café. Por una de las puertas, que +generalmente estaba abierta, se veía la sala de billar donde jugaban +siempre las mismas personas rodeadas de los mismos mirones. + +Cuando don Melchor y su sobrino entraron, se hablaba de un proyecto de +mercado cubierto para preservar de la intemperie a las pobres mujeres +que vendían al raso legumbres y leche. Y Gonzalo recordó que en cierta +ocasión que subió a buscar a su tío antes de irse a Inglaterra, se +estaba debatiendo el mismo asunto. Los temas variaban poco en aquella +asamblea. La existencia de la villa se deslizaba tranquila y serena en +medio del trabajo cotidiano. Los únicos acontecimientos que sacudían de +vez en cuando su letargo, eran la entrada o salida de cualquier barco +importante, la muerte de una persona conocida, una letra protestada, el +empedrado de algunas calles, la avería de algún cargamento, el alijo de +un contrabando, la limpieza del muelle. + +Las mujeres y los muchachos estaban más socorridos de asuntos para +saciar el humano afán de novedades: la llegada de un forastero guapo y +elegante (gran sensación entre las niñas casaderas), que Fulanito +acompañó a Margarita en el paseo por primera vez (¿por lo visto es cosa +hecha ya?), que Severino el de la tienda de quincalla deslomó a su mujer +de una paliza (¡bien empleado la está por haberse casado con ese +burro!...). El traje que Fulanita sacó el día de Nuestra Señora (dicen +que vino de Madrid... ¡Qué Madrid, mujer, si yo misma se lo he visto +cortar a Martina!). El baile de confianza que se dará el jueves en el +Liceo. (No toca baile ese día.—Pagan el gasto los pollos a escote.) Los +graves varones que se reunían en el Saloncillo desdeñaban estos temas, +aunque de vez en cuando, por excepción, picaban en ellos. + +A algunos, a don Rosendo, a don Mateo, a don Pedro Miranda y al alcalde +don Roque, ya Gonzalo les había saludado la noche anterior. Pero estaban +allí además Gabino Maza, don Feliciano Gómez, el ingeniero francés M. +Delaunay, Alvaro Peña, Marín, don Lorenzo, don Agapito y otros cinco o +seis señores, que se levantaron para abrazarle. + +Don Pedro Miranda, de quien ya hemos hecho mención, era un hombre que +pasaba bien de los sesenta, bajo de estatura y de color, las mejillas +rasuradas, la cabeza monda y lironda, los ojos grandes y apagados, los +ademanes tímidos. Era el propietario territorial más rico de la +población y el representante genuino de la aristocracia por venir de una +antigua familia de terratenientes y no haber en la villa persona +titulada que mejor la representase. No daba, sin embargo, importancia a +este privilegio. Era hombre afable, modesto, que con todos los vecinos +alternaba sin atender a su condición social, extremadamente servicial, +siempre que no se tratase de dinero, y poco amigo de imponer su voluntad +ni contradecir a nadie. Pero si declinaba enteramente las preeminencias +del nacimiento, en cambio era celosísimo de sus derechos de propiedad. +Jamás se había conocido ni se conocerá un propietario más propietario +que don Pedro Miranda. Las instituciones de derecho vigente, las del +derecho antiguo, las universidades, el ejército, la marina, la +constitución política y hasta la religión, no tenían razón de ser a sus +ojos sino como elementos que de un modo directo o indirecto afianzaban +aquellos derechos. La máquina asombrosa del Universo estaba formada para +sustentar sus títulos indiscutibles al dominio pleno de los Praducos, +caserío situado a media legua de la villa, y al directo que poseía sobre +el de las Meanas, con un canon anual de ciento quince ducados. Esta +conciencia clarísima de su derecho engendraba, no obstante, por exceso +de claridad, algunos conflictos. Venía un colono y le decía:—Señor; +Joaquín el martinetero, ha cortado ayer las cañas del nogal que colgaban +sobre su huerta.—¡Pero el nogal era _mío_!—exclamaba don Pedro +enrojecido súbito por la cólera y sorpresa.—Sí, señor... pero como +colgaban sobre su huerta...—¿Cómo se ha atrevido ese pillo a tocar en +una cosa que es _mía, mía?_—Inmediatamente entablaba un interdicto, y +como es natural, lo perdía. De estos interdictos había perdido ya +algunas docenas en su vida, sin escarmentar jamás. + +Don Roque de la Riva, alcalde constitucional de Sarrió, a quien hemos +tenido el honor de comparar, cuando por primera vez le vimos en el +teatro, a un cortesano de Luis XV, o a un cochero de casa grande, no se +distinguía por la pureza de la dicción; antes era ésta tan atropellada y +confusa, que al interlocutor le costaba gran trabajo entenderle. No +sabemos si era en la boca o en la garganta o en la región de las fosas +nasales, donde el señor de la Riva tenía a bien machacar y atormentar +las palabras; lo cierto es que salían casi siempre transformadas en +sonidos obscuros, huecos, caóticos, completamente ininteligibles. +Particularmente después de comer, se hacía imposible conversar con él. Y +esto, no por otra razón, según decían, sino porque don Roque solía +encargar a los pilotos amigos un vino del Rivero, tan exquisito, que +nadie dejaría de beberlo, aun a riesgo de quedarse mudo. El jefe +superior civil de la villa salía todas las tardes de su casa solo, en la +apariencia, en realidad gratamente acompañado. Su enorme faz rasurada +quería echar la sangre por los poros, concentrándose con preferencia en +el lomo gigantesco de su nariz borbónica. Los ojos, con ramos de sangre +también, medio velados por no poder sufrir la gran pesadumbre de los +párpados, se espaciaban lentamente por todo el ancho de la calle, +expresando un grado envidiable de bienestar físico. El paso grave, +lento, vacilante, acusaba de igual modo una armonía perfecta entre sus +facultades psíquicas y corporales. No le faltaba a don Roque para +alcanzar la bienaventuranza más que tropezar con un alguacil, o +barrendero, o sereno, o picapedrero, con cualquier empleado, en fin, del +municipio. Desde lejos lo columbraba, y sus párpados se levantaban +repentinamente, y las ventanas de la nariz se le abrían al olor de la +presa. Si ésta, olfateando al tigre, se pasaba a la otra acera, o +trataba de esconderse, don Roque le llamaba con voz de trueno. + +—¡Juan, Juaan, Juaaaan! + +La víctima acudía bajando la cabeza. + +—¿Has llevado el oficio a don Lorenzo? + +—Sí, señor. + +—¿Has dicho al secretario que dejase apartado el expediente del +cementerio? + +—Sí, señor. + +—¿Has llevado las cédulas al pedáneo de San Martín? + +—Sí, señor. + +—¿Has ido a avisar a don Manuel que quite los escombros que tiene +delante de su casa? + +En fin, iba preguntando, hasta que el pobre alguacil contestaba +negativamente. + +Entonces, la voz de sochantre del alcalde se dejaba oir en toda la +calle, y aun en los confines de la villa. Sus ojos se inyectaban, y su +rostro apoplético llegaba a ponerse morado. Imposible entender lo que +decía, si no eran los _ajos_ con que salpicaba el discurso, y aun éstos +los ahuecaba de tal modo, que sólo la jota se percibía con claridad. La +reprensión nunca duraba menos de quince o veinte minutos, el tiempo +indispensable para desalojar la inmensa cantidad de _ajos_ que se le +habían acumulado en el cuerpo desde la noche anterior. Así como hay +personas que por la mañana se meten los dedos en la boca para provocar +la bilis, don Roque necesitaba indefectiblemente este desahogo para +quedar a gusto. No se le había oído jamás otra interjección, pero, en +cambio, de ésta poseía tal abundancia, que no le bastaba poner una a +cada palabra; a veces ponía dos o tres. + +Los tenderos salían a la puerta a escucharle, pero sonriendo, sin +sorpresa alguna, como acostumbrados de antiguo a este espectáculo. + +—Don Roque hoy ha tirado de firme a los vencejos—le decía uno a otro +en voz alta. + +—Mira qué caso le hace Juan. + +En efecto, el alguacil a cada vuelta en redondo que daba el alcalde, se +llevaba el dedo pulgar a la boca y hacía la seña de empinar. + +Don Roque prefería encontrar a un barrendero o picapedrero en el +ejercicio de sus funciones. Se acercaba a él cautelosamente por detrás, +y le hincaba sus dedazos en el cuello. + +—¡...ajo! so tuno, ¿qué modo de barrer es ése? ¿Te parece ¡...ajo! que +yo te pago para que me dejes la mitad de la porquería entre las piedras? +¡...ajo! ¿Es esto gratitud? ¡...ajo! ¿Es esto vergüenza? ¡...ajo! + +A veces él mismo en el entusiasmo del discurso empuñaba la escoba y se +ponía a dar al barrendero una lección de su oficio. Los tenderos, los +pocos transeuntes que cruzaban por la calle y alguna señora que se +asomaba al balcón con el ruido, soltaban a reir alegremente. El +barrendero mismo, a pesar de su crítica situación, no podía reprimir una +sonrisa viendo a aquel energúmeno con la levita remangada dando furiosos +y desconcertados limpiones al suelo. + +—¡Así se barre!... ¡...ajo! (Golpe terrible de escoba.) ¡Así se +barre!... ¡...ajo! (Otro golpe.) ¡Así se barre!... ¡...ajo! (Otro +golpe.) ¡Así se barre!... ¡...ajo! + +Hasta que fatigado, sudoroso y a punto de caer a tierra con un derrame, +le entregaba la escoba y recogía el bastón con borlas. + +Desahogado de este modo su noble pecho de la copia de ajos que le +embargaba, emprendía de nuevo su camino y llegaba al Saloncillo en una +felicísima disposición de cuerpo y espíritu. + +Gabino Maza era hombre de unos cuarenta y cinco años de edad, oficial de +la Armada, retirado antes de tiempo porque su carácter díscolo no podía +sufrir la disciplina militar. De rostro moreno aceitunado, ojos pequeños +y vivos con ojeras constantes que pregonaban su temperamento +excesivamente bilioso. Alto, seco, musculoso, la barba y el pelo de un +color negro que daba en azul; los ademanes descompuestos siempre y +violentos; la voz indefinible, grave unas veces, otras, cuando se +enfadaba, que era casi siempre que se ponía a hablar, chillona y aguda, +de un falsete tan estridente que rompía los oídos. Disfrutaba de una +pequeña renta y de un pequeñísimo retiro, con los cuales podía vivir y +alimentar a su familia en Sarrió con el respeto de un caballero +acomodado. En la capital de la provincia le sería ya imposible. +Disputador eterno, poniendo en cada disputa, por nimia que fuese, una +cantidad de pasión y de violencia verdaderamente asombrosas; ganoso +siempre de llevar la contraria a cuanto se decía aunque fuese más claro +que la luz del mediodía; de un pesimismo feroz y antipático para juzgar +a los hombres, a tal punto que no se dió el caso jamás de que creyese +puros los móviles de una acción humana, por noble y honrada que +apareciese; rencoroso y vengativo hasta la locura. Este hombre, sin +embargo, no concitaba los odios del vecindario contra sí, como podía +suponerse. En las aldeas y villas, por el trato íntimo, largo y +constante de las personas, se penetra más en el alma de cada uno que en +las grandes poblaciones. Un trato superficial hace, en éstas, simpáticos +a muchos hombres fríos, egoístas y hasta perversos. Los modales +corteses, las palabras afables, la sonrisa insinuante, proporcionan en +seguida opinión de «persona agradable y decente». En provincia no vale +nada de esto. Al contrario, se desconfía de la amabilidad excesiva y, +sobre todo, de la sonrisa dulzona; se le buscan a cada hombre los +pliegues y repliegues del alma con el mismo cuidado y atención con que +un disecador va palpando y poniendo a la vista con el bisturí todas las +fibras de la máquina corporal. Por donde son generalmente aborrecidos +algunos hombres que al forastero le seducen, mientras otros, duros, +violentos, agresivos, suelen caer en gracia. El disimulo, que es el +talento de las naturalezas rudas y vulgares, no se perdona jamás en +provincia, quizá por ser el vicio predominante en todas las relaciones +sociales. Los genios vivos, los temperamentos exaltados, no causan temor +como los «toros claros». Hay casi siempre en ellos un espíritu +justiciero, que aunque exagerado y adulterado por la pasión, no acaba +de hacerles antipáticos. Además, como la violencia y la exaltación son +causa constante de sufrimiento, de malestar físico y moral, se juzga con +razón que los hombres de tal temperamento llevan en sí mismos el castigo +de sus demasías. + +Gabino Maza no era aborrecido ni excesivamente amado. Los que tenían de +él agravios, le murmuraban y evitaban su encuentro llamándole +«envidioso» y «mala lengua». Los que no, se reían de sus exageraciones y +le abocaban con gusto, sin profesarle gran afecto tampoco. + +Otro de los personajes allí congregados era don Feliciano Gómez. +Comerciante en géneros ultramarinos al por menor, poseedor al mismo +tiempo de tres o cuatro pataches y algunos quechemarines que hacían el +comercio de cabotaje por la costa cantábrica, aventurándose una que otra +vez los de más porte a llegar hasta Sevilla. De mediana estatura, la +cabeza desnuda de cabellos en forma de pirámide, patillas que le +llegaban hasta la nariz, la voz casi siempre enronquecida. Era hombre +divertido, bondadoso, optimista. Estaba soltero y vivía con tres +hermanas de más edad, a quienes había hecho verdaderas señoras a fuerza +de trabajo y economía. El pago que ellas le daban según pública voz, era +tenerle dominado y sujeto como un niño, reprenderle agriamente las +faltas más ligeras, y mortificarle y aburrirle por todos los medios +imaginables. No obstante, a él nunca se le oyó una queja de ellas. + +El ingeniero belga, M. Delaunay, había llegado a Sarrió años atrás, con +el objeto de beneficiar un coto minero de una poderosa compañía inglesa. +La explotación no dió resultado. La compañía le retiró su comisión y el +sueldo. Pero Delaunay, que poseía genio emprendedor y algún dinero, se +metió sucesivamente en seis u ocho empresas industriales. Primero montó +una fábrica de papel; después otra de puntas de París; más tarde intentó +formar un criadero de ostras; después fábrica de quesos y de hielo. Por +último quiso aprovechar unas grandes marismas que había cerca de +Sarrió. Todas estas empresas habían fracasado, sin saber nadie por qué. +Delaunay era inteligente, ilustrado, laborioso. Conocía cada industria +que iba a ejercitar como el más competente maestro; encargaba los +aparatos a Inglaterra, los montaba y los hacía funcionar felizmente, +obteniendo productos muy aceptables. El achacaba sus caídas a la falta +de vías de comunicación. La última de sus grandes empresas, abortada +antes de nacer, le desacreditó más que ninguna otra. En una de sus +excursiones por los alrededores de la villa, había visto próximos a una +pequeña ría ciertos terrenos incultos que con poco esfuerzo podían +reducirse a cultivo. Túvolo en cuenta; levantó el plano. Pocos meses +después, cuando se vió forzado a cerrar la fábrica de hielo y despedir a +los obreros, acordóse de las marismas y habló de ellas a don Rosendo +Belinchón, a don Feliciano Gómez y a dos indianos más para que le +ayudasen en su magna empresa. Replicaron ellos que era necesario verlas, +y concertóse la excursión. Una mañana montados en sendos caballos +emprendieron secretamente la marcha hacia la ría de Orleo, distante +cuatro leguas de Sarrió. Al llegar cerca de ella dejaron los caballos y +subieron a pie una colina, desde la cual se oteaban las marismas. ¡Cuál +sería la vergüenza y confusión de Delaunay al ver los terrenos que +intentaba robar al mar, cubiertos de maíz, verdes y florecientes que +eran una bendición de Dios! En efecto, hacía más de seis años que +estaban cultivados. Su equivocación nació de haberlos visto en diciembre +cuando estaban descansando. Dieron la vuelta para la villa, y el suceso +produjo en ella la risa que debe suponerse. + +Quedó al cabo arruinado. Vióse obligado a vivir miserablemente. Pero, +lejos de apagarse en su espíritu el furor de las empresas, encendióse en +la pobreza con más ímpetu. De tal modo que no dejó un solo capitalista +en Sarrió a quien no tantease con el fin de embarcarle en alguna. Unas +veces era un tranvía a la capital, otras un puerto de refugio o unos +muelles de madera, otras una gran fonda. Algunos indianos, pocos por +cierto, por él seducidos, pagaron con algunos miles de duros su +inocencia. El caso es que Delaunay era hombre de talento, estudioso, +enterado muy bien de todos los adelantos de la ciencia y la industria. +Imposible despreciarle sin cometer una injusticia. + +El ayudante de Marina del puerto, Alvaro Peña, joven de treinta años, +moreno, con grandes ojos negros y bigotes a lo Víctor Manuel, se +caracterizaba por un odio profundo, implacable, al estado eclesiástico y +a todo el que lo representase, aunque fuese su mismo hermano. Sin ser +aficionado en modo alguno a la ciencia o la literatura, poseía una +biblioteca bastante numerosa, compuesta exclusivamente de libros contra +la religión y sus ministros. Estaba suscripto a tres o cuatro periódicos +conocidos por sus opiniones anti-clericales, y se decía que desde hacía +algunos años venía ocupándose en acumular datos para un libro que +pensaba publicar con el título de _La religión al alcance de todas las +fortunas_, del cual varios vecinos conocían ya algunos fragmentos. Era +alegre, valiente, aficionado a cuentos y chascarrillos, donde siempre +jugaba papel principalísimo algún cura o monja. No pronunciaba bien las +erres. + +Don Jaime Marín, propietario de cuatrocientas fanegas de pan, que con la +contribución equivalían a unas seis mil pesetas, sería un gran calavera, +un licencioso, un monstruo de corrupción si no tuviese por mujer a doña +Brígida. Esta eminente señora había conseguido con una saludable energía +que su marido no arruinase a la familia y los echase a todos por +puertas. Antes que desbaratase su hacienda logró que se la privase +judicialmente de la administración de los bienes y se le encomendase a +ella. No es fácil representarse la firmeza con que doña Brígida empuñó +las riendas de la casa. Ningún patricio romano tuvo jamás una idea más +perfecta del _sui juris_, de los sagrados derechos que «la ciudad» había +depositado en sus manos. Desde que esto acaeció, don Jaime, a pesar de +sus cincuenta y pico de años, pasó a ser en sus manos una verdadera +_cosa_ como previene la Instituta. En su condición de _alieni juris_ +hubo de sufrir la acción directa y constante de su dueño y señor, y +sujetarse en un todo a su omnímoda voluntad. ¡Adiós cenas opíparas con +mariscos y vino de Rueda en el café de la Marina! ¡Adiós caza de la +liebre con Fermo el carnicero y Marcelino el tallista! ¡Adiós noches +seductoras de tresillo! ¡Tardes de paz y de dicha en el lagar de +Sebastián de la Puente, adiós! La inflexible señora depositaba en sus +manos cada domingo tres pesetas; ni más ni menos. Era todo el caudal de +que disponía durante la semana para sus vicios, salvo el fumar, que ella +subvencionaba, comprando los cigarros por sí misma. Cuando necesitaba un +sombrero, ella se lo compraba; cuando un traje o unas botas, se avisaba +al sastre o zapatero para que viniese a tomar las medidas. Hasta se le +impedía ir a la barbería, por temor de que se gastase los dos reales. +Venía el barbero a afeitarle los sábados. Por cierto que, con poca o +ninguna consideración, el rapador de barbas llegaba algunas veces a las +nueve de la mañana, cuando don Jaime estaba durmiendo. + +—¿Qué hago?—preguntaba a doña Brígida. + +—Aféitele usted—contestaba la severísima señora. + +El barbero, obedeciendo la consigna, se acercaba, le embadurnaba la cara +de jabón y le despojaba bonitamente de las barbas sin que don Jaime se +despertase más que a medias. Echaba otro sueño, y al despertarse de +veras solía decir a la criada que le servía el chocolate: + +—Hoy es sábado; que llamen al barbero. + +—¡Tonto, borricote, incapaz de sacramentos!—contestaba su dulce +consorte desde el gabinete.—¿No ves que estás afeitado ya? + +—¡Pues es verdad!—decía el buen señor palpándose la cara. + +En un principio solía pedir a sus amigos o conocidos del café algún +dinero para jugar al tresillo, y bebía al fiado en el café; pero al poco +tiempo ni los amigos quisieron darle nada, ni el dueño del +establecimiento le fiaba ya por valor de dos cuartos. Faltó poco para +que doña Brígida le echase a rodar por las escaleras cierto día que le +llevó una cuenta de ciento veinte reales. + +Don Jaime quedó, pues, reducido a pasar las horas mirando jugar al +tresillo y dando a los jugadores consejos que no le agradecían. Los +gananciosos solían pagarle la copa de ron. Una que otra vez jugaba a las +damas con don Lorenzo, y como éste se negaba rotundamente a seguir la +partida sin interés, preciso era que Marín arbitrase alguno que no fuese +metal precioso. Discurrió exponer uno de los dos cigarros puros que su +mujer le daba por la mañana. Cuando lo perdía, aquella tarde se quedaba +sin fumar. A veces buscando el desquite, perdía dos y tres que iba +entregando uno a uno a su adversario en los días sucesivos. Entonces se +dedicaba, como sus amigos decían, «a la gramática», esto es, a pedir +aquí y allí un pitillo para calmar el insufrible prurito de chupar. +¡Pobre Marín! + +Lo que doña Brígida no pudo jamás, fué hacerle acostarse a una hora +regular. Tantos años de trasnochar hasta las cuatro o las cinco de la +mañana, habían formado un hábito imposible de vencer. Como reteniéndole +en casa no se iba de todos modos a la cama hasta que rayaba el alba, y +pasaba la noche trasteando por las habitaciones, y como el vicio de +trasnochar por sí solo es de los más baratos que se conocen, la +ingeniosa señora le dejaba retirarse a la hora que quisiera. Permanecía +en el café de la Marina con los últimos parroquianos. Después que éstos +se retiraban, todavía se quedaba mientras los mozos colocaban en su +sitio la vajilla y el dueño apuntaba las últimas partidas. Cuando +materialmente le echaban del establecimiento se iba a hacer compañía al +sereno de la Rúa Nueva, muy su amigo. Charlando con él mataba las horas +que aún faltaban para el amanecer. + +Don Lorenzo, don Agapito, don Pancho, don Aquilino, don Germán y don +Justo, eran _indianos_, esto es, gente a quien sus padres habían enviado +a América de niños a ganarse la vida y habían vuelto entre los +cincuenta y sesenta años con un capital que variaba de treinta a cien +mil duros. Había de éstos más de cincuenta en Sarrió. El duro trabajo y +la sujeción en que habían vivido muchos años, les hacía tener de la +felicidad una idea muy distinta de la nuestra. Para nosotros la dicha +consiste en gozar un placer nuevo cada día, agitarse, viajar, gozar con +el cuerpo y el espíritu de la hermosa variedad de cosas que la +Naturaleza nos ofrece. Para ellos se cifraba única y exclusivamente en +no trabajar, pasar un día y otro redimidos de la dura ley impuesta por +Dios a Adán después del pecado. Y la verdad es que se cebaban ferozmente +en este goce singular. La mayor parte de ellos tenían su capital en +papel del Estado, cuya renta, cuando se cobra no origina molestia +alguna. Levantábanse temprano por el hábito de madrugar, y andaban toda +la mañana por las calles o por el muelle en pandillas de seis u ocho +mirando la entrada y salida, la carga y descarga de los barcos. Después +de comer se iban al entresuelo del café de la Marina o al de la Amistad, +y pasaban tres o cuatro horas jugando o mirando jugar al billar. + +«¡Anda, bolita de hueso, anda, entra en cabaña!—Déjela, déjela, don +Pancho, que va herida.—Sal, niña, sal de la manigüita.—¡Ah, ah, qué +bien mete uté, don Lorenso!—No se ponga bravo, don Pancho!» + +El juego siempre iba salpicado de estas frases que olían a plátano y +cocotero. Cuando los días eran largos, veíaseles allá a la tarde por las +cercanías de la villa paseando también en pandilla o sentados sobre el +césped a orillas de una fuente. Era la hora de los recuerdos tropicales. + +«¿Se acuerda uté, don Agapito, se acuerda uté de aqueya mulatica perra +que le venía a dar plasé a la tienda?—¡Y qué bien que cantaba las +guarachas, la sinvergüensa!—Disen que uté alguna vese la sobaba, don +Agapito, la sobaba duro.—¿Y cómo no, don Pancho, si a lo mejó se me iba +al baile de la gente de coló con el negro de mi compare don +Justo?—¡Vaya, hombre, no diga eso, que me enoha! El que se iba al +baile era uté. ¡Poquita vese que le he visto trabao con eya bailando el +chiquita abajo, chiquita abajo!» + +No había que contar con ellos para subvencionar la orquesta, ni el +teatro, ni otro recreo público. Los jóvenes indígenas si querían +divertirse necesitaban apelar al bolsillo de sus papás. Ya sabían que +era inútil solicitar el auxilio del oro americano. Esto les indignaba. +Por la espalda, y aun de frente, les llamaban roñosos, aldeanos, burros +cargados de dinero. Pero los indianos tenían la piel muy dura y +despreciaban tales desahogos. El que les tenía un odio declarado (¿a +quién no lo tenía?) era Gabino Maza.—«¿Para qué sirven esos cincuenta +vagos tirados todo el día por la calle, abriendo la boca y estirándose +como los perros? ¡Si destinaran siquiera su dinero a alguna industria +útil a la población!» + +Cuando don Melchor de las Cuevas y su sobrino entraron en el Saloncillo, +el único que se mantenía en pie en medio del corro gesticulando era este +mismo Gabino Maza. No podía permanecer dos minutos sentado. La continua +exaltación de su organismo, la vehemencia con que trataba de persuadir a +sus oyentes, le obligaba a alzarse en seguida del asiento, lanzarse al +medio del salón y gritar y manotear hasta que se le concluía el aliento +y las fuerzas. Se hablaba de la compañía del teatro que había anunciado +su marcha por haber experimentado pérdidas en el primer abono de treinta +funciones. Maza trataba de convencerles de que no había habido +semejantes pérdidas, que todo era una superchería. + +—¡No es verdad, no es verdad! El que diga que han perdido un céntimo +¡miente!... (_Bajando la voz y dando la mano a Gonzalo._)—¿Cómo estás, +Gonzalo? Ya sé que has llegado ayer. Vienes bueno: me alegro... ¡Repito +que miente! ¿A que no se atreven a decírmelo a mí? + +—Seis mil reales han perdido en las treinta funciones, según los datos +que me presentó el barítono—apuntó don Mateo. + +Maza rechina los dientes. La indignación no le permite hablar. Al fin +rompe. + +—¿Y usted hace caso de ese borracho, don Mateo?... Vaya, vaya (_con +afectado desdén_), a fuerza de tratar con cómicos se le ha olvidado el +oficio, como al herrero de marras. + +—Oye tú, botarate; yo no he dicho que lo creyese. Lo único que digo, es +que así resulta de los datos que me presentó el barítono. + +Maza da una vuelta en redondo, se coloca otra vez en medio del salón, +arranca violentamente el sombrero de la cabeza con ambas manos, y +agitándolo vocifera frenético: + +—¡Pero, señor! ¡pero, señor! ¡no parece más que aquí nos hemos caído de +un nido!... ¿Quieren ustedes decirme qué han hecho de veinte mil y pico +de reales que ha importado el abono, y casi otro tanto que habrá entrado +en la taquilla? + +—Los sueldos son muy crecidos—apuntó el ayudante del puerto. + +—¡No seas borrico, por la Virgen Santísima, Alvaro! ¡No seas +borrico!... Te diré en seguida los sueldos (_contando por los dedos_). +El tenor, seis duros; la tiple, otros seis, son doce; el bajo, cuatro, +son diez y seis; la contralto, tres, son diez y nueve; el barítono, +cuatro... + +—El barítono, cinco—apuntó Peña. + +—El barítono, cuatro—insistió furibundo Maza. + +—A mí me consta que son cinco. + +—El barítono, cuatro—rugió de nuevo Maza. + +Alvaro Peña se levanta exaltado a su vez, ardiendo en noble deseo de +llevar el convencimiento a su adversario, y se entabla una contienda +furiosa, descomunal, que dura cerca de una hora, en la que toman parte +todos o casi todos los socios de aquella ilustre reunión de notables. +Nada más semejante a las famosas reyertas que entre los griegos pasaban +delante de los muros de Ilion. El mismo fragor y cólera. La misma +sencillez primitiva en los argumentos. La misma violencia candorosa y +bárbara en los dictados. + +«¡Habrá hombre más pollino!—¡Calla, calla, cabeza de +alcornoque!—¡Habló el buey, y dijo mú!—Te digo que faltas a la verdad, +y si lo quieres más claro, te digo que mientes.—¡Jesús, qué +gansada!—Parece usted una mala mujer.» + +Eran muy frecuentes, casi cotidianos, tales altercados en el Saloncillo. +Como todos los que tomaban parte tenían un modo directo, enteramente +primitivo de apreciar las cuestiones, parecido, por no decir igual al de +los héroes de Homero, la argumentación establecida al comienzo de la +disputa, seguía invariablemente hasta el fin. Había hombre que pasaba +una hora repitiendo sin cesar: «¡No hay derecho a meterse en la vida +privada de nadie!» o bien: «Eso sucederá en Alemania, ¡pero como estamos +en España!»... Alguno era, todavía más breve, y gritaba siempre que le +dejaban un hueco:—«¡Chiflos de gaita! ¿sabéis? ¡chiflos de gaita!» +hasta que caía exánime en el diván. + +Pero lo que perdían en amplitud los argumentos ganábanlo en intensidad. +Cada vez eran expresados con mayor y contundente energía, y con más +descompasadas voces. De tal modo, que raro era el día que no saliese de +allí alguno ronco; generalmente, eran Alvaro Peña y don Feliciano; los +más débiles de laringe, no los más voceadores. Que el Ayuntamiento había +mandado podar los árboles del paseo de Riego: disputa en el Saloncillo. +Que el dependiente de la casa González Hijos se había escapado con +catorce mil reales: disputa. Que el cura de la parroquia se negaba a dar +certificado de buena conducta al piloto Velasco: Alvaro Peña tuvo un +vómito de sangre a consecuencia de esta disputa. + +Ningún desabrimiento quedaba jamás después de ellas, ni había memoria de +que hubiesen originado cuestión personal alguna. ¿Cómo podía haberla +cuando todos habían convenido tácitamente en aceptar sin enojarse los +graciosos epítetos de que hemos hecho mención? El carácter local de los +temas, era perfecto. La política tenía en Sarrió muy pocos cultivadores. +Sólo cuando los periódicos noticiaban algún suceso de mucho bulto, se +preocupaban momentáneamente con ella sus habitantes. Hacía cerca de +veinte años que la representación del distrito en el Congreso estaba +encomendada al opulento banquero Rojas Salcedo, el cual sólo una vez en +su vida había estado en Sarrió a tomar leche de burra. Nadie pensaba en +disputarle la elección. Generalmente se hacía reuniéndose los +presidentes y secretarios de los colegios, y apuntando en las actas el +número de votos que se les antojaba. La razón de esto, era que Sarrió +siempre había sido una villa comercial donde cada uno podía ganarse la +subsistencia sin recurrir a los empleos del Estado. La mayoría de los +jóvenes, después de haber pasado dos o tres años en algún colegio de +Inglaterra o Bélgica, se empleaban en los escritorios de sus padres y +eran sus sucesores en ellos. Otros, los menos, seguían alguna carrera +militar o civil de sueldo fijo, y sólo venían de tarde en tarde a pasar +unos días con su familia. + +Sarrió, hay que confesarlo de una vez, era una población dormida para +todas las grandes manifestaciones del espíritu, para todas las luchas +regeneradoras de la sociedad contemporánea. Nadie estudiaba los altos +problemas de la política. Las terribles batallas que los diversos bandos +libran en otras partes para conseguir la victoria y el poder no +apasionaban en modo alguno los ánimos. En una palabra, en Sarrió el año +de gracia de 1860 no existía la vida pública. Se comía, se dormía, se +trabajaba, se bailaba, se jugaba, se pagaba la contribución; pero todo +de un modo absolutamente privado. + +Cuando se cansaron de disputar los del Saloncillo y llevaban de vencida +la digestión, don Mateo les anunció, relamiéndose de gusto, que le tenía +sin cuidado la marcha de la compañía. Dentro de pocos días preparaba una +sorpresa a los sarrienses. Después de muchos trabajos, se consiguió que +desembuchara. Estaba en tratos con el célebre Marabini, frenólogo, +prestidigitador. Acaso el martes... sí, el martes o el miércoles podrían +admirar sus habilidades en el teatro. Traía además cuadros disolventes y +un lobo domesticado. + +Gonzalo se había ido a la sala de billar y veía jugar el _chapó_ a media +docena de indianos, los cuales al dar el tacazo, hacían sonar como un +repique de campanas todos los dijes de oro que pendían de sus enormes +cadenas de reloj. Estas cadenas y estos dijes eran el atractivo más +poderoso, la tentación suprema que presentaban a sus hijos los artesanos +de Sarrió para decidirles a ir a Cuba.—«¡Tonto, quién te verá venir +dentro de pocos años con levita de paño fino, gran camisola planchada, +bota de charol y mucha cadena de relós, como don Pancho!» A este último +envite casi ningún muchacho resistía.—«¿Que me dé siete vueltas al +cuello, padre?—Sí, hombre, sí, y con una porción de lapiceros de oro y +guardapelos colgando.» Y allá se iban de cabeza los pobres chicos en la +_Bella-Paula_, en la _Carmen_, en la _Villa de Sarrió_ o en otro +barcucho de vela cualquiera, a perecer del vómito negro o del hambre, +más negra aún, fascinados por el brillo de aquellas joyas cursis que +representaban los ojos de la terrible Loreley. + +Las actitudes de algunos indianos jugando, como gente que no está +avezada a reprimir sus ademanes y componerlos, eran extrañas y +graciosas; servían de regocijo a los jóvenes del pueblo, cuya antipatía +a los americanos se manifestaba siempre por la burla. Quién, como don +Benito, daba fuertes taconazos en el suelo mientras las bolas corrían; +quién, como don Lorenzo, se inclinaba a un lado y a otro, se torcía y se +retorcía como si de sus movimientos dependiese que la bola se inclinase +a un sitio u otro; quién, por fin, como don Pancho, que era pequeño y +gordo, casi cuadrado, se subía de un brinco al diván después de haber +empujado la bola, para mejor ver los estragos que había hecho en los +palos. De vez en cuando se oía el grito de impaciencia de alguno de +ellos dirigiéndose al chico:—«¡Apunte, niño, no se distraiga!» + +Al lado de Gonzalo vino a sentarse don Feliciano Gómez, que comenzó a +marearle con su charla bondadosa e insubstancial, dándole a cada +instante palmaditas afectuosas en el muslo como tenía por costumbre. + +—¿Cuándo es el gran día, Gonzalín? ¿Pronto, eh? ¡Vaya, que tengo ya +ganas de verte con tu señora del brazo yendo a misa de doce!... Bien, mi +queridín, bien; vas a ser feliz. En casa las nenas (_así llamaba a sus +ancianas hermanas siempre_) no me dejan vivir desde ayer: «¿Cuándo se +casa Gonzalín? no dejes de preguntárselo.» ¡Como te han visto nacer las +pobres!... No hay nada como el matrimonio para vivir contento y +tranquilo. Tú me dirás: y siendo así, ¿por qué no se ha casado usted, +don Feliciano? Oyes, mi queridín, ¿por qué me había de casar si vivo +feliz soltero? ¿Qué me hace falta a mí? Tengo en casa a las nenas que me +cuidan a qué quieres boca, que me adoran... (¡Pobre hombre! otra cosa +muy distinta se decía en el pueblo.) Y para otras cosas... nunca falta +Dios; ¿verdad, mi queridín?... Además, mientras uno es mozo se padece +mucho. Todo se vuelve apetecer y rabiar... Hay aquí dentro un fuego que +no le deja a uno sosiego... Pero cuando vienen los años y cesa el calor +amante y se queda uno fresco como una lechuga, entonces, ¡en grande, mi +queridín!... Mira, si me dijesen ahora: «Feliciano, ¿quieres volverte a +los veinte años?» ¡Ca! a otro perro con ese hueso. La gran edad del +hombre, los cincuenta años. No lo dudes, Gonzalín. Ahora es cuando se +sabe lo que es comer y dormir con tranquilidad. ¿Hay ninguna Fulana que +valga una fuente de sardinas frescas acabadas de freir?... ¿Y una +langosta con sidra sacada por el espichón? ¿No se te hace la boca agua, +hijo del alma?... Tú ahora casarte y besitos y «mi vida» para aquí y +«alma mía» para allá, ¿verdad?... Bien, bien, descuida que todo se +andará. Esto es bueno, pero aquello es mejor... La muchacha es de buena +familia... Don Rosendo está rico... Vas bien, vas bien, mi queridín... +Pero oye, ¿por qué no te casas con la pequeña, con Venturita, que es más +guapa? Yo no digo que la primera sea fea; pero no hay duda que la +segunda es más linda; un botón de rosa. ¡Qué ojos tan pícaros! ¡qué +pelo! ¡qué dentadura! ¡qué garbo! En fin, si estás comprometido con la +otra no digo nada... ¡Pero lo que es como guapa!... Y la familia, la +misma... + +Estas palabras hicieron una impresión extraña en Gonzalo. El pensamiento +así expresado era la fórmula brutal, pero exacta y precisa de su vago +imaginar, de cierto desasosiego que le había quedado desde la noche +anterior. Efectivamente, ¡qué ojos tan hermosos, tan cándidos y +maliciosos a la vez! ¡Qué cutis de alabastro! ¡Qué labios, qué dientes, +qué dorada madeja de cabellos! Cecilia, la pobre, estaba aún más delgada +que cuando se había ido y más desgarbada. ¿Cómo le había gustado aquella +chica? Gonzalo se confesó con sencillez que gustar... lo que se llama +gustar de veras... como ahora Venturita, por ejemplo, nunca le había +gustado. ¿Entonces por qué?... ¡Vaya usted a saber lo que son estas +cuestiones! Era un niño, no hablaba con señoritas. La amabilidad de +aquélla le impresionó... Luego cierta vanidad de tener novia... Después +la distancia que agranda y mejora los objetos... En fin, todo se había +combinado para ligarle a aquella muchacha... ¡Pero si él hubiera visto +antes a Venturita!... Más valía no pensar en ello. El asunto estaba ya +demasiado adelantado para volverse atrás. + +Contra su costumbre, quedóse un buen cuarto de hora pensativo mirando +rodar las bolas de marfil sin verlas. Don Feliciano se había ido. Al fin +su robusto temperamento sanguíneo se sobrepuso a aquellas nerviosidades +insanas que pretendían turbarle. Alzóse del asiento. Los rasgos de su +fisonomía, contraídos momentáneamente, se dilataron, y se esparció, por +ella la sonrisa serena que la caracterizaba. Al mismo tiempo se encogió +de hombros con un supremo desdén. Con aquel gesto parecía decir:—«Me +caso con la más fea de las chicas de Belinchón... bueno, ¿y qué? De +todos modos, sea con una o con otra, ¡aunque no me case con ninguna! yo +he de ser feliz. No necesito que la felicidad me venga de fuera. La +llevo dentro de mí, en este humor de ángel que Dios me dió, en el dinero +que mis padres me dejaron, en esta salud inconcebible, en esta fuerza de +toro...» + +Cuando entró de nuevo en el Saloncillo, grandemente perturbados halló a +sus cotidianos tertulios con la nueva que acababa de traer Severino el +de la tienda de quincalla:—«¿No saben ustedes lo que pasa, +señores?»—Todos se levantan y le cercan. El comerciante habla +visiblemente conmovido.—Esta noche han robado y asesinado a don +Laureano.—¿Qué don Laureano, el de la quinta?—Sí, el de las Aceñas... +Dicen que a las dos y media, poco más o menos, entraron nueve hombres +enmascarados en su casa, molieron a palos al criado, amarraron a la +señora y a la criada y a don Laureano lo degollaron... Antes creo que le +hicieron sufrir mucho para obligarle a soltar el dinero... El buen señor +no tenía más que doce mil reales, y ellos empeñados en que había gato +escondido... Le amarraron por aquí, salva sea la parte, y tira que tira +para hacerle cantar... + +Un estremecimiento de horror agitó a los notables de Sarrió. Quedáronse +pálidos como si se les hubiese aparejado ya a todos aquel espantoso +tormento. La quinta de las Aceñas estaba a una legua de la villa, en la +soledad de un bosque de pinos; pero nadie tuvo esto en cuenta. Veíanse +ya asaltados en sus casas de la Rúa Nueva o de Caborana y asesinados +crudelísimamente. ¡Sobre todo aquellos tirones! ¡Santo Cristo, qué +atrocidad! + +Pasados los primeros momentos de sorpresa, comenzaron los comentarios en +voz baja. Los ladrones no serían de muy lejos. Sin embargo, no se +recordaba que en Sarrió ni en sus alrededores hubiera pasado jamás una +cosa semejante. Marín afirmó que hacía ya días que veía algunos hombres +sospechosos de noche. Esta noticia produjo en los circunstantes un +saludable terror que no llegó a manifestarse. Todos se propusieron no +salir de casa por la noche, sin comunicarse, no obstante, tan acertada +resolución. El alcalde manifestó que, en su opinión, los ladrones debían +de haber venido de Castilla.—¿De Castilla?—Sí, señor, de Castilla... +Oí contar a mi padre (que en gloria esté), que el año de cinco se +presentaron diez y siete hombres a caballo y armados en Sariego, +rodearon el pueblo y robaron a don José María Herrero sesenta mil duros +que tenía escondidos debajo de uno de los ladrillos del hogar. + +En cualquiera otra ocasión, los tertulios habrían observado que el que +hubiera acaecido tal suceso en Sariego el año de cinco, no implicaba +necesariamente que sucediese lo mismo en las Aceñas el año de sesenta. +Pero ahora nadie se atrevió a contradecir la aventurada proposición. Y +siguieron cementando en voz baja el suceso, y parecían estar todos de +acuerdo en las opiniones más extravagantes y contradictorias. Mas como +no se había dado jamás el caso de que Gabino Maza asintiese por más de +diez minutos a lo que en su presencia se hablase, tomó pretexto de una +sencillísima indicación, hecha por don Feliciano Gómez, con la perfecta +naturalidad y modestia que caracterizaban los discursos de este +distinguido comerciante, para caer sobre él de un modo tan violento como +injustificado. + +—¡Ya me extrañaba que no soltases alguna coz! ¿Para qué quieres que se +registren las casas de los vecinos? Te figuras que te vas a encontrar +allí muy apiladito el dinero de don Laureano. + +—Si no se halla el dinero, se hallará algún indicio... + +—¿De qué, cabeza de chorlito, de qué? + +Armóse la disputa consabida. Se chilló, se alborotó lo indecible. Al +fin, nadie pudo entenderse, como siempre. Las voces se oían +perfectamente en toda la plazoleta de la Marina; pero los transeuntes +estaban acostumbrados, y no se paraban a escucharlas. + + + + +V + +¡¡¡LADRONES!!! + + +Y desde entonces los notables de Sarrió, no pusieron el pie en la calle +de noche, como discretamente se lo habían propuesto. La tertulia del +Saloncillo de última hora, la de la tienda de Graells, la de la Morana +misma, quedaron abandonadas. Los cuatro o seis herreros establecidos en +la villa no daban ni podían dar cumplimiento a los numerosos pedidos de +cerraduras, pasadores, trancas de hierro y llaves maestras que de todas +las casas les hacían. Los ladrones de las Aceñas no habían sido habidos. +Todos preveían, con más o menos fundamento, que andaban rondando la +población para caer, sobre ella a saco en un plazo perentorio. + +No obstante, como el hombre se habitúa a todo, hasta a la enfermedad, +hasta a las conferencias del Ateneo, los vecinos de Sarrió, al cabo de +algunos días se habituaron al peligro. Comenzaron a salir de sus casas, +cerrada ya la noche, si bien con las debidas precauciones. El primero +que se aventuró fué Marín. Siendo inútiles todos los esfuerzos que doña +Brígida hizo para que se durmiese a una hora racional, le arrojó de casa +sin conmiseración. Don Jaime pidió permiso para sacar debajo de la talma +azul gendarme que usaba por las noches, un viejo fusil de chispa que +había en el desván. La magnánima señora se lo otorgó a condición de +llevarlo descargado. Salió después Alvaro Peña. Como autoridad militar +hasta cierto punto y hombre que gozaba fama de enérgico, estaba obligado +a mostrar valor en aquellas críticas circunstancias: llevaba dos +pistolas de arzón en los bolsillos, y bastón de estoque. El alcalde don +Roque, que desde tiempo inmemorial venía asistiendo a la tienda de la +Morana en compañía de don Segis el capellán de las monjas Agustinas y +don Benigno el coadjutor de la parroquia, y se bebía en el transcurso de +la noche, de cuatro a ocho vasos de vino de Rueda, según las +circunstancias, no pudo sufrir el hogar doméstico más de tres días y +salió también a la calle. Le acompañaba el octogenario alguacil Marcones +con tercerola y sable. El iba armado de revólver y estoque. + +Después, y sucesivamente, fueron saliendo y diseminándose por las +tertulias nocturnas don Melchor, Gabino Maza, don Pedro Miranda, +Delaunay, don Mateo, y todos los demás. Los indianos tardaron más +tiempo. Lo mismo la tienda de Graells que la de la Morana y el +Saloncillo, se transformaban al llegar la noche en verdaderos arsenales. +Cada uno de los que iban llegando dejaba arrimadas a la pared sus armas +y pertrechos de guerra. Al salir tornaban a empuñarlas con un valor +impávido, digno de la sangre cántabra que casi todos llevaban en las +venas. Allí el antiguo arcabuz de chispa alternaba de igual a igual con +el moderno rifle americano de doce tiros, el estoque cilíndrico de +hierro con el espadín pavonado que guardan los nuevos bastones, el +cachorro tosco de bronce con el revólver nielado. Y esta misma +diversidad de armas mortíferas contribuía poderosamente a mantener en +todos los pechos el espíritu bélico tan necesario en aquella ocasión. + +Se habían tomado algunas medidas acertadísimas; de gran utilidad. Hasta +las doce de la noche los serenos tenían orden de no apagar ningún farol. +A aquéllos se les había provisto de nuevos pitos infinitamente más +sonoros que los antiguos. Además tenían prevención para vigilar a +cualquier persona desconocida que transitase por las calles. Entre los +vecinos se había convenido juiciosamente no dejar la acera a nadie desde +las diez en adelante como no fuese a un amigo. Sabida es de todos la +enorme influencia que tiene en la criminalidad esta costumbre de dejar +la acera. Con tal motivo, encontrándose una noche en la calle de San +Florencio don Pedro Miranda y don Feliciano Gómez, ambos embozados en +sus carriks, con los estoques desenvainados, prevenidos para cualquier +evento, don Feliciano le gritó a don Pedro desde lejos: + +—¡Eh, amigo, al arroyo! + +—Phs, phs; sepárese usted—contesta don Pedro. + +—Quien debe apartarse es usted—replica el comerciante.—¡Al arroyo, al +arroyo! + +—Phs, phs, haga usted el favor de dejar franco el paso—responde el +señor Miranda. + +Ninguno de los dos se movía de su sitio. Habíanse desembozado y +mostraban ya la punta aguzada de sus floretes. + +—Tenga usted la bondad... + +—Haga usted el obsequio... + +¿Quién sabe la horrible tragedia que hubiera acaecido en Sarrió, si al +cabo de un rato bastante largo de hallarse estos varones así detenidos +en su camino, no se hubiesen reconocido? + +—¿Sería usted tal vez don Feliciano?... + +—¿Sería usted don Pedro? + +—¡Don Feliciano! + +—¡Don Pedro! + +Y se acercaron corriendo y se estrecharon las manos con efusión. + +—¡Qué suerte ha tenido usted en que le hubiese reconocido, don +Feliciano!—exclamó el señor Miranda mostrando su ancho estoque de +hierro con puño de hueso. + +—¡Pues la de usted no ha sido pequeña, don Pedro!—contesta el +comerciante esgrimiendo en el aire una hoja fina y pavonada de Toledo. + +Para entrar en la tienda de la Morana era preciso bajar dos escalones. +La tienda era una confitería, aunque no lo pareciese; la única +confitería que había entonces en Sarrió. Hoy, si no me engaño, cuenta ya +con tres. Y digo que no lo parecía, porque se vendían cirios de +iglesia, pies y manos y cabezas y troncos de cera para ofertas. Estos +objetos poco a poco habían ido llenando todo su ámbito, pasando de +comercio suplementario a principal, en virtud de lo nada golosos que +eran los vecinos de aquella villa. Y éste es uno de los rasgos +característicos que reclamo para ella. En España es muy general que los +habitantes de las villas y ciudades pequeñas sean dados con pasión a los +confites. No gozando de los placeres de toda laya con que brindan las +grandes capitales, la sensualidad se escapa por ahí. + +Acaso se arguya que en Sarrió las monjas Agustinas también fabricaban +dulces; pero debemos advertir que esta fabricación estaba limitada +exclusivamente al rallado de ciruela, membrillo, pera y albaricoque, +alguna que otra tarta de almendra y borraja, y un dulce especialísimo +parecido a las escamas de los peces llamado flor de azahar. No hay que +dudarlo; en Sarrió había pocos golosos. Después de todo, esta virtud +rara en las villas de lo interior, no lo es tanto en las poblaciones +marítimas menos sometidas, como es sabido, a la influencia clerical. +Porque según la observación que puede hacerse viajando por los pueblos +de lo interior de España, allí se comen más dulces donde el culto y las +prácticas de la religión absorben más parte de la vida, y la mayor +energía del sentimiento religioso se traduce en novenas, rosarios +cantados, cofradías y canónigos. Lo cual demuestra que debe de existir +cierta misteriosa afinidad entre el misticismo y la confitería. + +Esta se hallaba representada en la tienda de la Morana por dos armarios +de pino pintado de azul con puertas de cristales, situados a entrambos +lados del mostrador. En estos armarios se guardaba una razonable +cantidad de caramelos, rosquillas bañadas, suspiros, magdalenas, +almendrados, y sobre todo, las alabadas crucetas y famosísimas +_tabletas_ cuyo renombre habrá alcanzado seguramente los oídos de +nuestros lectores. Todo de la más remota antigüedad. Las tabletas, cuya +mágica composición nunca hemos podido averiguar, tenían un atractivo +irresistible, basado, ¡caso extraño! en su extraordinaria dureza. A la +edad en que se comían las tabletas de la Morana lo importante no era que +los dulces fuesen delicados, sabrosos, exquisitos, sino que durasen +mucho. Para lograr que los dientes se hincasen en ellas, era forzoso +impregnarlas previamente de una cantidad fabulosa de saliva. Una vez +hincados en su pasta pegajosa en alto grado, el separarlos de nuevo +llegaba a constituir un verdadero problema. Permítaseme dedicar un +delicado recuerdo de simpatía y reconocimiento a estas tabletas que +desde los cuatro hasta los ocho años van unidas a los momentos más +dichosos de mi existencia. A su azucarado influjo quizá deba el autor de +este libro la flor de optimismo, que, al decir de los críticos, +resplandece en sus obras. + +La Morana, hija y heredera de otra Morana que ya había muerto, era una +mujer de cuarenta años, pálida, con parches de gutapercha en las sienes +para los dolores de cabeza. Estaba casada con un Juan Crisóstomo, que al +decir de don Segis, el capellán, no era de los Crisóstomos. Sin embargo, +cuando administraba alguna paliza a su mujer, solía mostrar cierta +erudición poco común. + +—«Yo que amaba a esta mujer—exclamaba con enternecimiento, arrimando +el garrote a la pared.—¡Yo que amaba a esta mujer como esposa y no como +sierva, según manda el apóstol San Pablo!... ¿Tú has leído al apóstol +San Pablo?... ¡Qué habías de leer tú, gran vaca!...» + +El vino era muy bueno, casi puede decirse que era lo único bueno en este +establecimiento, y eso que no paraba mucho en la bodega. Don Roque, don +Segis, don Benigno, don Juan el Salado y el señor Anselmo el ebanista, +se encargaban a plazo fijo de hacerlo pasar a la suya. Era un vino +blanco, fuerte, superior, que se subía a la cabeza con facilidad +asombrosa. Los tertulios de la tienda, todas las noches, entre once y +doce, salían dando tumbos para sus casas; pero silenciosos, graves, sin +dar jamás el menor escándalo. Solían salir los cinco cogidos del brazo, +apoyándose los unos en los otros. Al llegar a las tapias de la huerta +del convento de las Agustinas, orinaban. Después proseguían su camino +sin decirse una palabra, aunque bufando y soplando mucho. El instinto, +que nunca les abandonaba por completo, les sugería esta prudente +conducta. Comprendían que si hablaban poco o mucho, podían enredarse en +alguna disputa. De ahí las voces y el escándalo consiguiente... Nada, +nada, lo mejor era no chistar. Al llegar a sus casas se soltaban +murmurando con torpe lengua «buenas noches». El último era don Roque por +vivir más lejos que ninguno. + +De este modo serio, modesto, patriarcal, se emborrachaban aquellos +venerables ancianos todas las noches del año. Dos de ellos, don Juan el +Salado, escribiente del Ayuntamiento, y don Segis, experimentaban ya las +consecuencias de aquella vida. El Salado tenía una nariz que daba miedo +verla: el día menos pensado se le caía sobre el libro de actas. Don +Segis había padecido un ataque apoplético, de resultas del cual +arrastraba la pierna derecha cual si llevase en ella un peso de seis +arrobas. Verdad que el insaciable capellán no se contentaba con los +cuarterones de vino de la confitería. Por cada uno que se tragaba era +preciso que la Morana le sirviese una copa de ginebra, la cual vertía +cuidadosamente en un frasco que llevaba al efecto en el bolsillo. Si +eran seis cuarterones, seis copas; si ocho, ocho. Toda esta ginebra +pasaba delicadamente a su estómago en pequeños sorbos después que se +había metido en la cama. «¿Pero don Segis, cómo se bebe usted tanta +ginebra de una vez?—No tengo más remedio—contestaba en un tono +resignado y humilde que partía el corazón.—¿Si no bebiese una copa por +cada cuarterón, qué sería de mí, hijo del alma?... ¡Pasaría la noche +como un caballo!» + +Las conversaciones de la tienda de la Morana eran menos interesantes y +movidas que las del Saloncillo. A los viejos tertulianos les interesaban +ya poquísimas cosas en el mundo. Los asuntos más graves de la villa, +los que promovían tempestades en el Saloncillo, se trataban, o por mejor +decir, se tocaban ligeramente sin apasionamiento alguno. Que los +González habían despedido al capitán de la _Carmen_ y nombrado en su +lugar un andaluz. + +—Cuando los González lo han hecho—afirmaba uno lenta y +sordamente,—sus razones tendrían. + +—Es verdad—contestaba otro al cabo de un rato, llevándose el vaso a +los labios. + +—Ripalda parecía un buen sujeto—afirmaba un tercero, después de cinco +minutos, dejando el vaso sobre el mostrador y eructando. + +—Sí lo parecía—replicaba otro gravemente. + +Transcurrían diez minutos de meditación. Los tertulios daban algunos +cariñosos besos al vaso, que parecía de topacio. Don Roque rompe el +silencio: + +—De todos modos, no hay duda que don Antonio le abrasó. + +—Le abrasó—dice don Juan el Salado. + +—Le abrasó—confirma don Benigno. + +—Le abrasó—corrobora el señor Anselmo. + +—Le abrasó completamente—resume, por fin, don Segis lúgubremente. + +Lo que alteraba los ánimos una que otra vez, era la cuestión de +pichones. El señor Anselmo y don Benigno alimentaban pasión +inextinguible por estos animalitos. Cada cual tenía su palomar, sus +castas, sus procedimientos de cría, y sobre tales extremos se enredaban +a menudo en largas y vivas discusiones. Los demás escuchaban gravemente +sin atreverse a decidir, subiendo y bajando el vaso del mostrador a los +labios con religioso silencio. El crimen de las Aceñas les disgustó, +pero no causó en ellos la profunda desazón que en el resto del +vecindario. Al cabo de cinco o seis días tornaron a sus patriarcales +costumbres. Y era tal su valor, que la mayor parte de las noches dejaban +olvidadas las armas en la tienda. + +Serían las doce por filo de una, en que don Roque había rebasado con +tres cuarterones más la tasa de seis que ordinariamente se imponía, +cuando las cinco columnas de la confitería de la Morana salieron en +apretada cadena hacia sus domicilios. Cerraba la marcha Marcones, con el +fusil al hombro. El primero que se soltó fué don Segis, que vivía en una +casita de dos balcones, pegada al convento de las Agustinas. Después fué +don Juan el Salado. Después el coadjutor. Por último, el señor Anselmo, +sacando la enorme llave lustrosa que le servía de batuta cuando dirigía +la orquesta, abrió el taller donde dormía. + +Quedó el alcalde solo con la fuerza de su mando. Dijo algo; pero la +fuerza no le entendió. Comenzaron a caminar hacia casa, que ya no estaba +lejos. Mas antes de llegar a ella, don Roque, que soplaba y bufaba como +una ballena, e imitaba en lo posible la marcha jadeante y arremolinada +de este cetáceo, se paró de repente, y pronunció en alta voz un largo +discurso, del cual no entendió Marcones más que la palabra ladrones, +repetida bastantes veces. Miró el alguacil con sobresalto a todas partes +por ver si veía alguno, preparando el fusil al mismo tiempo; pero nada +observó que le hiciese sospechar la presencia de los forajidos. Tornó +don Roque a usar de la palabra, si tal nombre merecía la regurgitación +intermitente de una porción de sonidos extraños, bárbaros, lamentables, +que infundían tristeza y horror al mismo tiempo, y Marcones pudo colegir +entonces que su jefe deseaba que hiciesen una batida por la villa, en +busca de los criminales de las Aceñas. + +Marcones meditó que la fuerza era escasa y mal prevenida para aquella +empresa; pero la disciplina no le permitió hacer objeciones. Además, +nació en su pecho la esperanza de que los asesinos fuesen poco +aficionados a tomar el fresco a tales horas. Y después de haber +examinado cuidadosamente las armas, emprendieron una marcha peligrosa al +través de todas las calles y callejas de la villa. En honor de la +verdad, hay que advertir que don Roque marchaba delante como cumple a un +valeroso caudillo, con su revólver en la mano izquierda y el bastón de +estoque en la derecha, exponiendo el primero su noble pecho al plomo +enemigo. Marcones, agobiado bajo el peso del fusil y de los ochenta y +dos años que tenía marchaba detrás a una distancia de seis pasos +próximamente. + +La noche era de luna, pero negros y grandes nubarrones la ocultaban a +menudo por largo rato. Y entonces la escasa claridad de los faroles de +aceite que ardían en las esquinas de las calles no bastaba a deshacer +las sombras que se amontonaban hacia el medio de ellas. Sarrió consta de +cinco principales, a saber: la Rúa Nueva, que desemboca en el muelle; la +de Caborana, la de San Florencio, la de la Herrería y la de Atrás. Estas +calles son largas, bastante anchas y paralelas entre sí. Los edificios +en general son bajos y pobres. Otras calles secundarias, en número +considerable, las cruzan y las comunican. Además, en las afueras le +salen algunos rabos a la villa, donde han edificado suntuosas casas los +indianos. Son lo que pudiera llamarse el ensanche de la población. + +Al llegar la columna caminando por la calle de Atrás, cerca de la de +Santa Brígida, oyó gritos y lamentos que la obligó a hacer alto. + +—¿Qué es eso, Marcones?—preguntó el alcalde. + +El anciano alguacil se encogió de hombros filosóficamente. + +—Nada, señor; será en casa de Patina Santa. + +—¿Y cómo se atreven esas pendangas?... Vamos allá, Marcones, vamos acto +continuo. + +«Acto continuo» era una frase de la que usaba y abusaba don Roque. +Simbolizaba para él la energía, la decisión, la rapidez de la autoridad +para remediar todos los daños. + +Patina Santa era el gran sacerdote de uno de los dos templos del placer +que existían en Sarrió. De vez en cuando salía por las aldeas comarcanas +y traía las sacerdotisas que le hacían falta, que nunca pasaban de +cuatro. No había más gabinetes, y eso que dormían de dos en dos. Vestían +el mismo refajo de bayeta verde o encarnada, el mismo justillo sin +ballenas, la misma camisa de lienzo gordo, el mismo pañuelo de percal +que cuando triscaban allá por los prados y los montes con los vaqueros +vecinos. Patina Santa, como únicos símbolos del nuevo y elevado destino +a que la suerte les había llamado, colgaba de sus orejas pendientes de +perlas y aprisionaba sus pies con zapatos descotados de sarga, los +cuales eran bienes adheridos a la casa y servían para todas las que iban +llegando. Más adelante Patina, haciéndose cargo de que el mundo marcha y +que las leyes del progreso son indeclinables, tuvo la audacia de +introducir en su templo los polvos de arroz. Después compró unos +medallones de _doublé_ para colgar al cuello con un terciopelito negro. +Verdad que a todas estas reformas le estimulaba la competencia +desastrosa que le hacía Poca Ropa, el cual tenía su instituto en la +calle del Reloj, al otro extremo de la villa. + +—¿Qué escándalo es éste?—gritó don Roque con voz estentórea +acercándose a la inmunda casucha. + +Tres o cuatro muchachos que había en la calle huyeron como pajarillos a +la vista del gavilán. Pero quedaban las palomas. Dos de ellas estaban a +la puerta en camisa, las otras dos asomadas a las ventanas en el mismo +traje. Las de la puerta quisieron retirarse a la vista del alcalde, pero +éste las agarró con sus manazas. + +—¿Qué escándalo es éste,...ajo?—repitió. + +—Señor alcalde, nos han dado dos piezas falsas...—dijo una de ellas. + +—No estáis vosotras malas piezas... ¡A la cárcel! + +—¡Pero, señor alcalde! + +—¡A la cárcel,...ajo, a la cárcel!—rugió don Roque.—Y vosotras lo +mismo. Todo el mundo abajo. ¿Dónde está ese maricón de Patina? + +¡Santo cielo, qué alboroto se armó allí en un momento! + +Las niñas de la ventana no tuvieron más remedio que bajar, y Patina lo +mismo, todos en camisa, porque don Roque no admitió término dilatorio. +No se oían más que gemidos y lamentos, y por encima de ellos la voz +horripilante del alcalde, repitiendo sin cesar: + +—¡A la cárcel...ajo! ¡A la cárcel...ajo! + +Las infelices pedían por Dios y por la Virgen que las dejasen vestirse; +pero el alcalde, con la faz arrebatada por la cólera y los ojos +inyectados, cada vez gritaba con más fuerza, aturdiéndose con su propia +voz: + +—¡A la cárcel...ajo! ¡A la cárcel...ajo! + +Y no hubo otro remedio. El sereno, que se había acercado al escuchar los +primeros ajos, las condujo en aquella disposición a la cárcel municipal, +en compañía de su digno jefe, mientras los vecinos, entre risueños y +compasivos, contemplaban la escena por detrás de los cristales de sus +ventanas. + +La autoridad de don Roque cerró por sí misma la puerta del palomar, y +puso la llave «acto continuo», bajo la custodia de Marcones. Después +continuaron su marcha peligrosa. + +No habían caminado mucho espacio, cuando en una de las calles más +estrechas y lóbregas, acertaron a ver el bulto de una persona que se +acercaba cautelosamente a la puerta de una casa y trataba de abrirla. + +—¡Alto!—murmuró don Roque al oído de su subordinado.—Ya hemos +tropezado con uno de los ladrones. + +El alguacil no entendió más que la última palabra. Fué bastante para que +se le cayese el fusil de las manos. + +—No tiembles, Marcones, que por ahora no es más que uno—dijo el +alcalde cogiéndole por el brazo. + +Si el venerable Marcones tuviese en aquel momento cabales sus facultades +de observación, hubiese advertido acaso en la mano de la autoridad +cierta tendencia muy determinada al movimiento convulsivo. + +El ladrón, al sentir los pasos de la patrulla, volvió la cabeza con +sobresalto y permaneció inmóvil con la ganzúa en la mano. Don Roque y +Marcones también se estuvieron quietos. La luna, filtrándose con trabajo +por una nube, comenzó a alumbrar aquella fatídica escena. + +—Phs, phs, amigo—dijo el alcalde al cabo de un rato, sin avanzar un +paso. + +Oir el ladrón este amical llamamiento de la autoridad y emprender la +fuga, fué todo uno. + +—¡A él, Marcones! ¡Fuego!—gritó don Roque, dándose a correr con +denuedo en pos del criminal. + +Marcenes quiso obedecer la orden de su jefe, pero no le fué posible; el +martillo cayó sobre el pistón sin hacer estallar el fulminante. +Entonces, con decisión marcial, arrojó el arma que no le servía de nada, +sacó el sable de la vaina de cuero e hizo esfuerzos supremos por +alcanzar al alcalde, que con valor temerario se le había adelantado lo +menos veinte pasos en la persecución del ladrón. + +Este había desaparecido por la esquina de una calle. + +Pero al llegar a ella la columna pudo verle tratando de ganar la otra. + +¡Pum! + +Don Roque disparó su revólver, gritando al mismo tiempo: + +—¡Date, ladrón! + +Tornó a desaparecer: tornaron a verle al llegar a la calle de la +Misericordia. + +¡Pum! Otro tiro de don Roque. + +—¡Date, ladrón! + +Pero el forajido, sin duda como recurso supremo, y para evitar que algún +sereno le detuviese, comenzó a gritar también: + +—¡Ladrones, ladrones! + +Se oyó el silbido agudo y prolongado del pito de un sereno, después, +otro, después otro... + +La calle de San Florencio estaba bien iluminada, y pudo verse claramente +al criminal deslizarse con rapidez asombrosa buscando en vano la sombra +de las casas. + +¡Pum, pum! + +—¡Date, ladrón! + +—¡Ladrones!—contestó el bandido sin dejar de correr. + +Dos serenos se habían agregado a la columna, y corrían blandiendo los +chuzos al lado del alcalde. + +El criminal quería a todo trance ganar la Rúa Nueva con objeto tal vez +de introducirse en el muelle y esconderse en algún barco o arrojarse al +agua. Mas antes de llegar a ella tropezó y dió con su cuerpo en el +suelo. Gracias a este accidente la patrulla le ganó considerable +distancia; anduvo cerca de alcanzarle. Pero antes que esto sucediese, el +forajido, alzándose con extremada presteza, huyó más ligero que el +viento. Don Roque disparó los dos últimos tiros de su revólver, gritando +siempre: + +—¡Date, ladrón! + +Desapareció por la esquina de la Rúa Nueva. Al desembocar en ella el +alcalde y su fuerza cerca de la plaza de la Marina, no vieron rastro de +criminal por ninguna parte. Siguieron vacilantes hasta llegar a dicha +plaza. Allí se detuvieron sin saber qué partido tomar. + +—Al muelle, al muelle; allí debe de estar—dijo un sereno. + +Y ya se disponían todos a emprender la marcha, cuando se abrió con +estrépito el balcón de una de las casas, apareció un hombre en +calzoncillos, y se oyeron estas palabras, que resonaron profundamente en +el silencio de la noche: + +—¡El ladrón acaba de entrar en el café de la Marina! + +El que las pronunciaba era don Feliciano Gómez. La patrulla, al +escucharlas, se precipitó hacia la puerta del café, y entró por ella +tumultuosamente. El salón estaba desierto. Allá en el fondo, al lado del +mostrador, se veía a tres o cuatro mozos con su delantal blanco, +rodeando a un hombre que estaba tirado más que sentado sobre una silla. +El alcalde, el alguacil, los serenos cayeron sobre él, poniéndole al +pecho los chuzos, el estoque y el sable. Y a un tiempo gritaron todos: + +—¡Date, ladrón! + +El criminal levantó hacia ellos su faz despavorida, más pálida que la +cera. + +—¡Ay, re... si es don Jaime, así me salve Dios!—exclamó un sereno +bajando el chuzo. + +Todos los demás hicieron lo mismo, mudos de sorpresa. Porque, en efecto, +el forajido que habían perseguido a tiros, no era otro que Marín +sorprendido _infraganti_, en el momento de abrir la puerta de su casa. + +Hubo que llevarle a ella en hombros, y sangrarle. Al día siguiente, don +Roque se presentó a pedirle perdón, y lo obtuvo. Doña Brígida, su +inflexible esposa, no quiso concedérselo, sin haberle soltado antes una +buena rociada de adjetivos resquemantes, entre otros el de borracho. Don +Roque sufrió con resignación el desacato, y no hizo nada de más. + + + + +VI + +QUE TRATA DEL EQUIPO DE CECILIA + + +En la morada de los Belinchón habían comenzado los preparativos de boda. +Primero, con mucha reserva, doña Paula hizo venir a Nieves la bordadora, +y celebró con ella una larga conferencia a puertas cerradas. Después se +pidieron muestras a Madrid. Pocos días más tarde, aquella señora, +acompañada de Cecilia y Pablito, hizo un viaje a la capital de la +provincia, en el familiar de la casa. La fisgona de doña Petra, hermana +de don Feliciano Gómez, que pasaba por la Rúa Nueva al tiempo de apearse +doña Paula y sus hijos, pudo observar que el criado sacaba del coche una +porción de paquetes, que se le antojaron piezas de tela. Bastó para que +todo Sarrió supiese que en casa de don Rosendo se trabajaba ya en el +equipo de la hija mayor. Doña Paula, con tal motivo, tuvo una +sofocación. Echó la culpa a Nieves. Esta protestó de que no había salido +palabra alguna de sus labios. Insistió doña Paula. Lloró la bordadora. +En fin, un disgusto. + +Pues que todo se había descubierto, nada de tapujos, y pelillos a la +mar. Constituyóse en la sala de atrás, la que daba a la calle de +Caborana, un taller u oficina de ropa blanca, bajo la alta dirección de +doña Paula, y la inmediata de Nieves. Se componía de cuatro oficialas, +las dos doncellas de la casa, cuando los quehaceres domésticos se lo +permitían, Venturita y la misma Cecilia. Era una juventud bulliciosa, a +la cual, el trabajo activo no impedía charlar, reir y cantar todo el +día. La alegría les rebosaba del alma a aquellas muchachas, y se +desbordaba en risas inmotivadas, que a veces duraban larguísimo rato. +Que a una se le caían las tijeras: risa. Que otra pedía la madeja del +hilo teniéndola colgada al cuello: risa. Que se presentaba la cocinera +con la cara tiznada, pidiendo a la señora dinero para la lechera: gran +algazara en el costurero. + +No solamente eran jóvenes y alegres las que cosían el equipo de Cecilia; +pero además guapas, comenzando por su directora. Nieves era una rubia +alta y esbelta, de cutis blanco y transparente, ojos azules claros, +nariz y boca perfectas. Tenía veintidós años de edad, y un carácter que +era una bendición del cielo. Imposible estar melancólico a su lado. No +que fuera decidora o chistosa; nada de eso. La pobrecilla tenía poco más +ingenio que un pez. Pero su alegría inagotable chispeaba en sus ojos de +tan gentil manera, sonaba en la garganta con notas tan puras, tan +frescas y argentinas, que como un contagio adorable se esparcía en torno +suyo. Era la única riqueza que poseía. Con el trabajo de sus manos +mantenía a una madre paralítica y a un hermano vicioso y perezoso, que +la maltrataba inicuamente cuando no podía darle lo que necesitaba para +emborracharse. Sus padecimientos, que para otra serían insoportables, la +turbaban sólo momentáneamente. Por encima de ellos rezumaba muy pronto +la linfa de aquel divino y gozoso manantial que guardaba en su corazón. +Gozaba también de una salud perfecta. Los únicos dolores que sentía eran +en el costado izquierdo, después de reirse mucho. + +Valentina, bordadora también, y también rubia, no era tan hermosa. Sus +ojos más pequeños, su cutis menos delicado, la nariz un poco remangada, +más baja de estatura. En cambio sus cabellos dorados eran rizosos y le +caían con mucha gracia por la frente; sus manos y sus pies más delicados +y breves que los de Nieves; y, sobre todo, tenía a menudo, casi +constantemente, un ceño, cierto fruncimiento del entrecejo que no era de +enfado y prestaba a su fisonomía un matiz picaresco extremadamente +simpático. Encarnación era costurera; moza robusta, colorada, mofletuda, +de fisonomía vulgar. Entre los artesanos de Sarrió pasaba por la mejor +moza de las cuatro: para el catador inteligente y refinado valía muy +poco. Teresa, costurera también, era por su rostro una verdadera mora, y +de las más oscuritas; el cabello negro como el azabache, los ojos +rasgados y tan negros como el pelo, la nariz y la boca correctas. Pasaba +por fea en la villa a causa de su color: en realidad era un hermoso tipo +oriental. De las dos doncellas de la casa, la una, Generosa, nada tenía +que llamase la atención; la otra, Elvira, era una palidita, de ojos +grandes y entornados, muy graciosa. + +Las artesanas de Sarrió no han entrado jamás por la ridícula imitación +de las damas, tan extendida hoy, por desgracia, entre las de otros +pueblos de España. Creían y creen estas insignes sarrienses, y yo me +adhiero del todo a su opinión, que el traje y las modas adoptadas por +las señoritas no avaloran poco ni mucho sus naturales gracias; antes las +menoscaban. Y esto es lógico. En primer lugar no están acostumbradas a +vestirse con tal sujeción o aprieto como los figurines exigen de sus +subordinadas. Después, en las villas no hay quien corte con elegancia. +Por último, el género tiene que ser de peor calidad, más pobre y más +feo. En cambio, ¿quién sobre el globo terráqueo, y aun sobre los otros +globos que navegan por el espacio, compite con ellas en ponerse el rico +mantón de la China floreado, anudándolo a la cintura por detrás? ¿Quién +deja caer con más gracia, ni siquiera con tanta, los rizos del pelo por +la frente en estudiado desgaire? ¿Quién se mueve con más garbo dentro de +la giraldilla ni da con más elegancia un _rempujón_ al señorito que se +desmanda, diciendo al mismo tiempo entre risueña y +enojada?—«¿Cristiano, usted es tonto, o se hace? ¡Mire que se va a +pinchar!» ¿Quién es capaz de cantar con más sentimiento y menos oído a +la vuelta de una romería aquello de + + _Aben-Hamet al partir de Granada_ + _el corazón traspasado sintió?_ + +No hay que dudarlo. Las artesanas de Sarrió, cuyos arraigados principios +estéticos son la admiración de propios y extraños, hoy sobre todo en que +van desapareciendo los caracteres, hacen bien en mantener su +independencia y en levantar la cabeza delante de las señoritas +encopetadas de la villa. Porque (digámoslo bajo para que éstas no se +enteren) la verdad es que son mucho más hermosas. Esto, sin ofender a +nadie en particular; líbreme Dios. No hay viajero peninsular que al +recordarle a Sarrió no afirme lo mismo con más o menos energía, según la +índole de su temperamento. No hay inglesote de aquellos que atracan por +unos días a la punta del Peón que al hablar allá en Cardiff o Bristol a +sus amigos de este _spanish town_, no comience por levantar mucho las +cejas, abrir la boca en forma de círculo perfecto extendiendo hacia +afuera los labios, y echándose hacia atrás en la silla no +exclame:—_¡Oh, oh, oh! Sarrió the yeung girls very, very, very +beautiful!_ + +Y cuando los ingleses lo dicen, ¡qué no diremos los españoles, y en +particular aquellos que hemos vivido tanto tiempo bajo su influencia +bienhechora! + +Las cuatro oficialas, y Nieves también, aunque ésta picaba más alto, +pertenecían, pues, a esta famosísima casta de mujeres por cuya +conservación y prosperidad hago votos al cielo todos los días y aconsejo +a todo buen católico que los haga. En los días de trabajo vestían de +percal, mantoncito de lana atado atrás y pañuelo de seda al cuello, +dejando al descubierto, por supuesto, la cabeza. Nieves, por excepción, +traía al diario mantón de la China negro con fleco. + +Acaban de ponerse al trabajo después de comer. El sol penetra por los +dos balcones de la sala al través de los visillos. Para que no les +moleste, las costureras se agrupan en uno de los rincones. Teresa, la +más filarmónica de ellas, entona con voz suave y tímida un canto +romántico de cadencias tristes y prolongadas, a propósito para ser +acompañado en terceras. Y en efecto, Nieves no tardó en _hacerle el +dúo_, como allí se decía. Las demás la siguen cantando, unas en primera +y otras en segunda voz. De todo lo cual resulta una armonía asaz +melancólica, de sabor romántico muy marcado. El romanticismo podrá huir +de las costumbres y ser arrojado de la novela y el teatro; más siempre +hallará un nido tibio y delicioso donde guarecerse en el corazón de las +jóvenes artesanas de Sarrió. Aquella armonía dura hasta que Pablito se +encarga de desbaratarla lanzando repentinamente en medio de ella su +vozarrón de carnero. Las costureras suspenden el canto y levantan +asustadas la cabeza. Después se echan a reir. + +El bello Pablito, recostado en su butaca allá en otro rincón, se ríe +también con fuertes carcajadas de su gracia. + +Desde que había comenzado a coserse el equipo de su Hermana, Pablito +manifestaba cierto gusto por la vida sedentaria que hasta entonces jamás +se había observado en él. ¿Quién le había visto en los días de la vida +detenerse un minuto en casa después de comer? ¿Quién pudiera imaginar +que se pasaba la mañana sentado en aquella butaca dando parola a las +costureras? Nada más cierto, sin embargo. Hacía ya cerca de un mes que +no salía a caballo ni en coche, y no pasaba en la cuadra más de una hora +todos los días. + +Piscis se hallaba consternado. Venía diariamente a buscarlo, pero en +vano. + +—Mira, Piscis, hoy tengo que limpiar los estribos de plata, no puedo +salir.—Mira, Piscis, tengo que ir a cobrar una letra por encargo de +papá.—Mira, Piscis, la Linda está con torozón y no se la puede montar. + +—Ya está buena—gruñía Piscis. + +—¿Vienes de la cuadra? + +—Sí. + +—Bien... pues de todos modos hoy no puedo salir... Tengo una rozadura +aquí... salva sea la parte... + +Algunos días Piscis entraba en la sala de costura, y sin decir nada +aguardaba sentado un rato, no muy largo casi nunca, porque abrigaba +vehementes sospechas de que las costureras se reían de él, y esto le +tenía sobresaltado y en brasas. Cuando le parecía llegado el momento +oportuno, o porque observase síntomas de cansancio en Pablo o por +cualquier otra circunstancia que no está a nuestro alcance, se levantaba +del asiento y hacía una seña con la mano a su amigo silbando al mismo +tiempo. Y esto porque se entendían mucho mejor con silbidos que con +palabras. Ambos sentían aversión por el sonido articulado, sobre todo +Piscis, y escatimaban su empleo. Mas a Pablito lo mismo le daban ya +pitos que flautas. + +—Hombre, Piscis... ¡tengo una pereza!... ¿Quieres hacerme el favor de +ir a la cuadra y decirle a Pepe que le dé otra untura de aceite al +Romero? + +—Yo se la daré—respondía con semblante fosco Piscis. + +—Bueno, Piscis, muchas gracias... Adiós... No dejes de venir mañana, +¿eh?... Puede que salga a caballo. + +Decía esto con gran dulzura y amabilidad, para desagraviarle. Piscis +mascullaba unas «buenas tardes» sin volverse hacia los circunstantes, y +salía con los ojos torcidos, más feo y endemoniado que nunca. Al día +siguiente lo mismo. A pesar de la veneración que Pablito le inspiraba +Piscis llegó a presumir que le gustaba una de las costureras. ¿Cuál? Su +perspicacia no llegaba a resolverlo. + +Comenzaron de nuevo su cántico las jóvenes, pero al llegar a aquello de + + _Sólo tú, mujer divina_, + _rezarás una plegaria_ + _en mi tumba solitaria, etc._ + +Pablito soltó otro berrido estridente y atronador. Vuelta a la risa. +Venturita se puso seria. + +—Mira, Pablo, si has de seguir haciendo payasadas, más vale que te +vayas con Piscis. + +A su vez Pablito se pone fosco. + +—Me iré cuando se me antoje. ¡Siempre has de ser tú la que todo lo eche +a perder! + +Quería decir con esto el joven Belinchón, que sólo su hermana Ventura se +empeñaba en desconocer el ingenio con que el cielo le había dotado. Y +así era la verdad. Todas las demás reían alborozadas, como si en vez de +un berrido acabasen de escuchar un pasaje de Rabelais. Doña Paula, que +sentía por su hijo primogénito admiración idolátrica, y al mismo tiempo +guardaba cierto rencor a su hija por sus contestaciones, aunque se +hallase grandemente pagada de su hermosura, vino en ayuda de aquél. + +—Tiene razón Pablo. ¡Siempre has de aguar todas las fiestas!... ¡Jesús +qué criatura!... Lo que es el hombre que te lleve, algún pecado gordo +tiene que purgar. + +En aquel momento apareció en la puerta de la estancia Gonzalo, quien se +dobló como un arco para dar la mano a su futura suegra, a Ventura y a +Cecilia. Esta se puso seria. Sin volver hacia ellas la cabeza, advertía +que todas las costureras la miraban con el rabillo del ojo. Veía con el +pensamiento el esbozo de sonrisa que se formaba en sus rostros. + +Todos los días pasaba igual. Antes de llegar Gonzalo, las costureras se +complacían en dirigir, siempre que venía a cuento, alguna pulla a la +novia. + +—Cecilia, ¿cuál de estas camisas te vas a poner el día de la boda? + +Hay que advertir que algunas de ellas la tuteaban por haberse conocido +de niñas. Es muy frecuente en los pueblos. + +—Señorita, en estas sábanas tan finas se va usted a resbalar. + +—No será ella sola la que resbale. ¿Verdad, Cecilia? + +—¡Anda, picarona, que buen mozo te llevas! + +—No lo llevará tan guapo Venturita. + +—¡Quién sabe!—replicaba ésta. + +Cecilia escuchaba estos dichos con la sonrisa en los labios y +ruborizada. Desde que habían comenzado los preparativos de boda, sus +mejillas, antes tan pálidas, estaban casi siempre arreboladas. Esta +animación y el brillo que la felicidad prestaba a sus ojos, si no +bonita, la hacían interesante y simpática. No hay muchacha que en +vísperas de casarse deje de serlo más o menos. + +Cecilia era de condición reservada y silenciosa, sin dar por eso en +taciturna. Ordinariamente no hablaba más que cuando le dirigían la +palabra; pero sus contestaciones eran suaves, claras, precisas. No era +la nota distintiva de su carácter la timidez, que suele prestar soberano +hechizo a las jóvenes. Mas en sustitución de esta cualidad, poseía +nuestra heroína una serenidad dulce, cierta firmeza simpática en todas +sus palabras y ademanes que revelaban la perfecta limpidez de su +espíritu. Esta serenidad pasaba para algunas personas poco observadoras, +si no por orgullo, que bien claro estaba que Cecilia no lo tenía, por +frialdad de corazón. Creían, aun los más allegados a la casa, que era +incapaz de concebir una pasión viva y tierna. Acostumbrados a verla +impasible cumpliendo los deberes domésticos con la regularidad de un +reloj, les era forzoso un esfuerzo grande de penetración, que no todos +pueden llevar a cabo, para adivinar la verdadera fisonomía moral de la +primogénita de los Belinchón. La mayor parte de estos seres viven y +mueren desconocidos, porque no poseen una de esas cualidades brillantes +que seducen y atraen al que se acerca. La inocencia misma, aunque +parezca raro, pertenece a ese número, y no es la que menos relieve +presta al carácter de una mujer. Muy contados son los que saben apreciar +la hermosura que encierran estas almas cristalinas. La mirada se sumerge +en ellas sin hallar nada que despierte la atención. Pero lo mismo pasa +con ciertos venenos; igual con ciertos filtros que dan la vida. Porque +nuestros ojos torpes y limitados no vean los elementos de salud o de +muerte que hay en suspensión en ellos, ¿hemos de afirmar que no existen? + +Difícil era averiguar las emociones tristes o placenteras que cruzaban +por el alma de Cecilia, aunque no imposible. No sabemos si ponía empeño +en ocultarlas o era forzada a ello por su misma naturaleza. Lo cierto es +que en la casa, hasta sus mismos padres las desconocían casi siempre. Se +trataba, verbigracia, de salir un día a visitas, o de comprarse un +vestido, doña Paula preguntaba a su hija con solicitud: + +—¿Qué te parece, Cecilia? + +—Me parece bien—contestaba ésta. + +—Te parece bien, ¿de veras?—decía la madre mirándola fijamente a los +ojos. + +—Sí, mamá, me parece bien. + +Doña Paula siempre quedaba en duda de si en realidad le placía o le +disgustaba el vestido o lo que fuese. + +Lloraba poquísimas veces, y aun esas, se ocultaba de tal modo para +hacerlo, que nadie lo sabía. El mayor disgusto que hubiera tenido, sólo +se denunciaba por una ligera arruguita en la frente; la mayor alegría +por un poco más de intensidad en la sonrisa delicada, esparcida +constantemente por su rostro. Cuando Gonzalo le escribió desde el +extranjero, así que leyó la carta se presentó a su madre y se la +entregó. + +—¿Te gusta el muchacho?—le preguntó ésta después de leerla con más +emoción que había manifestado su hija al entregársela. + +—¿Te gusta a ti? + +—A mí sí. + +—Pues si te gusta a ti y a papá, a mí también me gusta—replicó la +joven. + +¿Quién pudiera imaginar después de estas frías palabras que Cecilia +estaba tiempo hacía profundamente enamorada? Sin embargo, como el amor +es el sentimiento humano más difícil de disimular, y después del +consentimiento de sus padres no había razón alguna para ocultarlo, lo +dejó ver con bastante claridad. En los temperamentos como el de nuestra +heroína, cualquier señal, por leve que sea, tiene una importancia +decisiva. La felicidad que henchía su corazón, brotaba, pues, a su +rostro a la vista de todos los que la conocían íntimamente. Pocos seres +habrán gozado más en la tierra que Cecilia en aquella temporada. Todo +aquel lienzo extendido por la estancia, aquellos patrones de papel, los +dibujos, los bastidores, los carretes de hilo, le hablaban un lenguaje +misterioso y tierno. Las tijeras al cortar _chis chis_, las agujas al +coser _cruj, cruj_, ¡le decían tantas cosas graciosas de lo futuro! Unas +veces le decían: «—¿Quién te verá, Cecilia, ir a misa los domingos del +brazo de tu marido? El te llevará el devocionario, te dejará ir al altar +de Nuestra Señora de los Dolores y se colocará detrás entre los hombres. +Luego te esperará a la salida, te ofrecerá el agua bendita y volverá a +cogerte del brazo». Otras veces le decían: «—Por la mañana temprano te +levantarás muy despacito para que él no se despierte, limpiarás su ropa, +pondrás los botones a su camisa, y cuando llegue la hora tú misma le +servirás el chocolate». Otras exclamaban de pronto: «—¡Y cuando tengas +un niño!» Entonces la novia sentía un vuelco gratísimo en el corazón; +sus manos temblaban y echaba una rápida mirada a las costureras temiendo +que hubiesen advertido su emoción. + +Cuando las diferentes piezas de ropa estaban terminadas y planchadas, +Cecilia las iba poniendo cuidadosamente en una cesta. Así que estaba +llena la subía sobre la cabeza a uno de los cuartos de arriba, donde con +todo esmero y arte colocaba las camisas, las chambras, cofias y +peinadores sobre unos mostradores hechos al intento: las cubría +delicadamente con un lienzo, y luego se salía cerrando la puerta y +guardando la llave en el bolsillo. + +Después que hubo saludado, Gonzalo fué a sentarse cerca de Pablito, y +pasándole la mano familiarmente por encima del hombro, le dijo al oído: + +—¿Cuál es la que más te gusta? + +Y al inclinarse hacia su futuro cuñado, clavaba una mirada intensa en +Venturita, que correspondió a ella con otra muy singular. Después ambos +las convirtieron a Cecilia. Esta no había levantado la cabeza del +bastidor. + +—Nieves—respondió Pablo sin vacilar, y en el mismo tono de falsete. + +—Lo sabía, y te aplaudo el gusto—dijo riendo Gonzalo.—¡Qué cutis de +raso!... ¡Qué dentadura! + +—¡Y qué andares! Pasi-corta, ¿sabes? + +Ambos miraban a la bordadora. Esta levantó la cabeza, y comprendiendo +que se trataba de ella, les hizo una mueca con la lengua. + +—Vamos, no vale hablarse al oído—dijo doña Paula con la +susceptibilidad vidriosa que caracteriza a las mujeres del pueblo. + +—Déjelos usted, señora—replicó Nieves.—Están hablando de mí: no hay +que quitarles el gusto. + +—Cierto; Pablo me hacía notar el color rojo de ciertos labios, la +transparencia de cierto cutis, un pelo dorado a fuego... + +—Valentina, entonces hablaban de ti—dijo Nieves ruborizada tocando en +el muslo a su compañera. + +—¡Qué gracia! No te apures, mujer. ¡Si ya sabemos que eres la más +guapa!—dijo la otra visiblemente picada. + +—¡Paz, paz, señoras!—exclamó Gonzalo.—Verdad que Pablo comenzó +hablándome de las perfecciones de Nieves; pero también es cierto que +pensaba continuar con las de todas las demás, si no se le hubiese +interrumpido... ¿No es eso, Pablo? + +—Desde luego: contaba seguir con Valentina... + +Esta levantó la cabeza y le miró con aquel gracioso ceño burlón que daba +carácter a su rostro. + +—Ten cuidado, Nieves, que estos señoritos se pierden de vista. + +Pablo, sin hacer caso de la interrupción, prosiguió: + +—Después con Teresa y Encarnación, Elvira y Generosa. Hablaría también +de Venturita (para ponerla, por supuesto, por los pies de los caballos). +De Cecilia no, porque está comprometida, y algo diría también de mi +señora doña Paula, que, sin ofender a nadie, es la más hermosa de todas. + +—¡Qué pillastre!—exclamó ésta admirada del donaire de su hijo. + +Pablo se había levantado de la butaca, y abrazó a su madre con efusión. + +—¡Quita, quita, adulador!—dijo ella riendo. + +—Ve aflojando el bolsillo, mamá—dijo Venturita. + +—¡Lo ves! La pata de gallo de siempre—exclamó iracundo el joven, +volviendo la cabeza hacia su hermana, mientras ésta se reía +maliciosamente sin levantar la suya del bastidor. + +—Mucho has trabajado—dijo Gonzalo en voz baja, sentándose al lado de +su novia. + +—Así, así—respondió Cecilia fijando en él sus ojos grandes, llenos de +luz. + +—Mucho, sí; ayer no tenías bordado ese clavel... digo, me parece que es +clavel... + +—Es jazmín. + +—Ni esas dos hojas más. + +—¡Bah! Eso no es nada. + +—¿Y qué es lo que estás bordando? + +Cecilia siguió moviendo la aguja sin contestar. + +—¿Qué es lo que bordas?—preguntó Gonzalo en voz, más alta, pensando +que no le había oído. + +—Una sábana... ¡calla!—replicó la joven levantando un poco los ojos +hacia las costureras y volviendo a abatirlos rápidamente. + +Al mismo tiempo, los de Gonzalo y Venturita se tropezaron por encima de +la cabeza de Cecilia, y de ellos brotó una chispa. + +—Ya ven ustedes que hay para todas—decía Pablito mirando al mismo +tiempo fijamente a Nieves, como diciendo: «No hagas caso, esto lo digo +por cumplir». + +—¿Qué es lo que hay para todas, don Pablo?—preguntó Valentina con +tonillo irónico. + +—Flores, criatura. + +—Écheselas usted al Santísimo. + +—Y a las niñas guapas como tú. + +—Si no soy guapa, paso delante de las guapas y no les hago la venia, +¿sabe usted? + +—¡Demonio! No hay que acercarse a esta Valentina; se levanta de +atrás—exclamó el apuesto mancebo. + +El símil, aunque nada culto, y acaso por eso, hizo reir a las +costureras. + +—A Valentina no le gustan los señoritos—manifestó Encarnación. + +—Hace bien; de los señoritos no se saca más que parola, tiempo perdido +y a veces la desgracia para toda la vida—dijo sentenciosamente doña +Paula sin acordarse de que ella había sacado la felicidad.—Tocante a +eso, Sarrió está perdido. Apenas hay muchacha que se deje acompañar de +uno de su igual. El mozo ha de traer por lo menos corbata y hongo, y ha +de fumar con boquilla... aunque no tenga plato en que comer. Ninguna se +oculta ya para ir al obscurecer acompañada de algún señorito, y a la +vuelta de las romerías da grima verlas venir colgadas del brazo de ellos +cantando al alta la lleva... ¡Pobrecillas! No sabéis lo que os espera. +Porque el hijo de don Rudesindo se casó con la de Pepe la Esguila y el +piloto de la _Trinidad_ con la de Mechacan, se os figura que todo el +monte es orégano. Al freir será el reir... Mirad, mirad a Benita la del +señor Matías el sacristán. ¿Qué linda está y que compuestita, verdad? + +—Benita está escriturada—dijo Encarnación. + +—Escriturada, ¿eh? ¡Ya veréis de qué le vale la escritura! + +—Señora, el novio no puede dejarla; si la deja, va a presidio por toda +la vida. + +—Calla, calla, bobalicona; ¿quién os ha metido esas bolas por la +cabeza? + +—Eso se sabe... vamos. Benita está consultada. + +—Mire, señora—dijo Teresa, la morena sentimental,—la verdad en que +nosotras corremos peligro; tiene usted razón... ¿Pero qué quiere que +hagamos? Los artesanos de esta villa ¡están tan echados a perder! El que +más y el que menos pasa el domingo y el lunes en la taberna, y algún día +también por la semana. ¿Cuántos son los que traen el jornal a casa y lo +entregan a su mujer, dígame por su vida? Si es marinero, se le ve una +vez cada año; trae cuatro cuartos, y hala, otra vez para allá. Los +cuartos se concluyen, y la infeliz mujer se ve arrastrada, trabajando +para dar un pedazo de pan a sus hijos... Y luego, ¿qué saben ellos de +dar estimación ni un poco de gracia a la mujer? Si salen con ella un +domingo por la tarde, se van parando en todas las tabernas del camino, +dejándola, si se tercia, a la pobrecilla a la puerta, o llamándola para +que oiga alguna sandez, que la pone más colorada que una amapola... +¡Calle, calle, señora, si hay cada mostrenco que, como Dios me ha de +juzgar, no vale el pan que come!... El otro día encontré a Tomasina... +ya sabe, la del tío Rufo, que no hace tan siquiera un año que se casó +con un oficial de Próspero... Pues iba en aquel mismo instante a por dos +reales en casa de su padre para comprar un pan, porque en todo aquel día +no había comido un bocado. Su marido se bebe casi todo el jornal, y a +mitad de semana, ¡claro! tiene la infeliz que apretarse la barriga... +¡Válgate Dios! Y las más de las noches viene borracho perdido a casa, y +le da cada sopimpa que la deja por muerta. ¡Cuántas veces se va la +pobrecilla a la cama sin cenar y harta de palos!... Luego quieren que +una, viendo estas cosas... ¡Vaya, más vale callar! Lo que yo digo, +¡caramba! ya que la lleve a una el diablo, que la lleve en coche. + +—Oye, tú—saltó Valentina levantando el rostro con su ceño habitual +algo más pronunciado,—no te pongas tan fanfarrona. Di que te gustan los +señoritos, bueno... yo no me meto en eso; pero no vengas quitando el +crédito a los rapaces de tu igual... Se emborrachan, los que se +emborrachan... Más de un señorito y mas de dos he visto yo venir como +cabras para su casa... Y pegan a sus mujeres, también los que pegan... +Si ellas no tuvieran la lengua larga, no las llevarían la mitad de las +veces... Atiende; y don Ramón el maestro de música cuando llegaba a casa +por la noche ¿daba bizcochos a su mujer? Tú lo debes de saber... bien +cerca vivías. + +—Mujer, yo no hablo por todos—repuso Teresa amainando por el temor de +que su díscola compañera le sacase a relucir el acompañamiento nocturno +de Donato Rojo, el médico de la Sanidad,—sólo digo que los hay muy +brutos... + +—Bueno, pues déjalos en paz y no te acuerdes de ellos, que ellos +tampoco se acuerdan de ti. Cada una es cada una, y la que más y la que +menos sabe por dónde corre el agua del molino. + +—Oyes, Valentina—dijo Elvira sonriendo maliciosamente,—cuando te +cases, ¿piensas llevarlas de Cosme? + +—Si las merezco las llevaré... Más quiero llevar dos bofetadas de mi +Cosme que el desprecio de un señorito, ¡alza! + +—Así me gusta; ¡aprended, aprended, chiquillas!—dijo Pablito. + +Gonzalo, después de un rato de conversación en voz baja con su novia, se +levantó, dió tres o cuatro vueltas por la sala, y vino a sentarse al +lado de Venturita, con la cual solía tener jarana. Gustaban ambos de +embromarse y retozar después que había nacido la confianza. La niña +estaba dibujando unas letras para bordar. + +—No vengas a hacer burla, Gonzalo. Ya sabemos que dibujo mal—dijo +clavándole una mirada provocativa, relampagueante, que obligó al joven a +bajar la suya. + +—No es cierto eso; no dibujas mal—respondió él en voz baja y levemente +temblorosa, acercando el rostro al papel que Venturita tenía sobre el +regazo. + +—Pura galantería. Convendrás en que podía estar mejor. + +—Mejor... mejor... todo puede estar mejor en el mundo. Está bastante +bien. + +—Te vas haciendo muy adulador. Yo no quiero que te rías de mí, ¿lo +oyes? + +—¡Oh! yo no me río de nadie... pero mucho menos de ti...—repuso él sin +levantar los ojos del papel, con voz cada vez más baja y visiblemente +conmovido. + +Venturita tenía siempre los ojos fijos en él con una expresión +maliciosa, donde se leía claramente el triunfo del orgullo satisfecho. + +—Vamos, dibújalas tú, señor ingeniero—dijo alargándole con gracioso +despotismo el papel y el lápiz. + +El joven los tomó y osó levantar la vista hacia la niña; pero la bajó en +seguida como si temiera electrizarse. Plantó el libro, que ella tenía en +el regazo, sobre sus rodillas, aplicó encima un papel blanco, y se puso +a dibujar. Mas en vez de las letras, comenzó a trazar con soltura la +cabeza de una mujer. Primero el pelo partido en dos trenzas, después la +frente estrecha y bonita, luego una nariz delicada, una boca pequeña, la +barba admirablemente recortada unida a la garganta por una curva suave y +elegante... Se parecía prodigiosamente a Venturita. Esta, apoyada sobre +el hombro de su futuro hermano, seguía los movimientos del lápiz. Poco a +poco se iba esparciendo por su rostro una sonrisa vanidosa. Después de +trazar la cabeza, Gonzalo siguió con el busto. Le puso el peinador o +_matinée_ que la niña vestía, y se entretuvo buen rato a dibujar +minuciosamente los lazos de seda con que se sujetaba por delante. Cuando +el retrato estuvo terminado. Venturita le dijo con acento picaresco: + +—Ahora, pon debajo quién es. + +El joven levantó la cabeza y sus miradas chocaron sonrientes. Luego, con +viveza y decisión, escribió debajo de la figura: _Lo que más quiero en +el mundo._ + +Venturita tomó el papel entre las manos y lo contempló unos instantes +con deleite. Después, haciendo una mueca de fingido desdén, se lo alargó +otra vez diciendo: + +—Toma, toma, embustero. + +Pero antes de llegar a manos de Gonzalo, Cecilia extendió la suya y se +lo arrebató riendo. + +—¿Qué papelitos son ésos? + +Venturita, como si la hubieran pinchado, brincó en el asiento y sujetó +fuertemente la muñeca de su hermana. + +—¡Trae, trae, Cecilia! ¡Deja eso!—exclamó con el rostro echando fuego, +contraído por forzada sonrisa. + +—No; quiero verlo. + +—Ya lo verás después; ¡suelta! + +—Quiero verlo ahora. + +—Vamos, niña, déjaselo ver. ¿Qué te importa?—dijo doña Paula. + +—No quiero que me lo quite nadie por fuerza—gritó poniéndose seria. +Después, comprendiendo la imprudencia de esto, tornó a ponerse risueña. + +—Vamos, Cecilia, suelta; no seas mala. + +—¡Vaya un empeño! ¡Suelta tú, que me lastimas! + +—¿Quién eres tú para quitarme el papel de la mano?—profirió con rabia, +poniéndose esta vez seria de verdad.—¡Suelta, suelta, fea, narices de +cotorra, tonta!... ¡Suelta, o te araño!—añadió con los ojos +centelleantes y la faz descompuesta por la cólera. + +Al verla de aquel modo, la risa que agitaba el pecho de Cecilia +paralizóse súbito, y abriendo sus grandes ojos donde se pintaba la +sorpresa, exclamó: + +—¡Jesús! Pareces loca, niña. Toma, toma, no vaya a darte algo. + +Y soltó el papelito que arrugaba en el puño. Venturita, la faz alterada +aún, lo hizo mil trozos. + +—¡En los días de mi vida he visto una criatura más loca!—exclamó doña +Paulina santiguándose.—¡Ave María! ¡Ave María! ¿De quién has sacado ese +genio, chiquilla? + +—Sería de ti—respondió Venturita enfoscada, sin mirar a nadie. + +—¡Desvergonzada!... ¡Si no fuera mirando a que hay gente delante!... +¿Cómo contestas de ese modo a tu madre, pícara? ¿No sabes los +mandamientos de la ley de Dios? Mañana mismo te llevo a confesar con don +Aquilino. + +—Bueno, dale memorias a don Aquilino. + +—¡Espera, espera, grandísima pícara!—gritó la señora haciendo ademán +de levantarse para castigar a su hija. + +Pero en aquel instante aparecía en la puerta la figura de don Rosendo +con bata multicolor y gorro de terciopelo con borla de seda. + +—¿Qué pasa?—preguntó sorprendido viendo la actitud airada de su +esposa. + +Esta le puso al corriente, sofocada por los sollozos, de la falta de +respeto de su hija. + +Don Rosendo se creyó en el caso de arrugar el entrecejo, y decir con +tono solemne: + +—Eso está mal hecho, Ventura. Ve a pedir perdón a tu mamá. + +Se le conocía que estaba distraído, absorto por algún pensamiento, y que +aquel suceso doméstico no conseguía más que a medias arrancarle de su +preocupación. + +Sin embargo, al ver a la chica inmóvil, en actitud altiva y desdeñosa, +dijo de nuevo, con más firmeza: + +—Vamos, hija, ve a pedirla perdón, ya que la has ofendido. + +La niña hizo su peculiar mohín de desprecio con los labios, y murmuró +muy bajito: + +—¡Sí, en eso estoy pensando! + +—Vaya, Ventura, ¿qué murmuras ahí? Anda, antes que me enfade. + +—Anda, anda, Venturita. Ve allá. No seas así—le dijeron por lo bajo +las costureras. + +—No me da la gana. ¿Queréis dejarme en paz?—les respondió ella en voz +baja también, mas con acento iracundo. + +—¿No quieres ir?—preguntó don Rosendo con afectada severidad.—¿No +quieres ir? + +La niña permaneció inmóvil y silenciosa. + +—¡Pues sal de aquí ahora mismo! ¡Quítate de mi vista! + +Venturita se levantó de la silla, pasó por el medio del concurso erguida +y enfurruñada, y salió de la sala dando un gran portazo. + +Don Rosendo, después de permanecer un momento inmóvil con los ojos +puestos en la puerta por donde su hija había salido, volvióse diciendo: + +—Siento mucho estar tan fuerte con mis hijas... pero algunas veces no +hay más remedio. + + + + +VII + +QUE TRATA DE DOS TRAIDORES + + +Borróse súbito de su noble faz pseudomarítima la temerosa expresión que +la obscurecía, y apareció de nuevo aquella otra distraída, signo de +constantes meditaciones. + +—Gonzalo, si no te molesta, te rogaría que pasases conmigo al +despacho—manifestó dirigiéndose a su futuro yerno. + +Este, que durante la anterior escena había empalidecido y vuelto a su +ser varias veces, tornó a desconcertarse. Nada menos se le ocurrió que +don Rosendo se había percatado de la instabilidad de sus sentimientos +amorosos, y le iba a pedir de ello estrecha cuenta. Fuese, pues, detrás +de él cabizbajo y receloso, y penetró en el escritorio. Era una estancia +espaciosa, amueblada con lujo de comerciante rico: gran mesa de caoba +maciza, armarios de caoba también, donde había más legajos de papeles +que libros, alfombra de terciopelo, divanes forrados de brocatel, y +escribanía de plata enorme como un monumento. Cerca de la cuarta parte +de esta cámara ocupábalo un montón de paquetitos envueltos en papel de +varios colores, que para cualquiera que por primera vez entrase en ella, +sería un misterio. No lo era para Gonzalo ni para ninguno de los íntimos +de la casa. Aquellos paquetes guardaban palillos de dientes. + +¿Cómo?—preguntará el lector.—¿Don Rosendo Belinchón, un negociante de +tanto fuste, comerciaba también en palillos de dientes? No, don Rosendo +no comerciaba con ellos, los fabricaba. Y esto no con el fin de +especular, cosa indigna de su categoría, sino por pura y desinteresada +inclinación de su espíritu. Desde muy joven se le había manifestado. Las +asiduas ocupaciones del comercio y las vicisitudes por que había pasado +su existencia, no le habían consentido satisfacer esta pasión sino de +una manera precaria en los ratos materialmente perdidos. Pero desde que +pudo dejar el escritorio confiado a algunos fieles dependientes, +entregóse de lleno con alma y vida a tan útil y honesta distracción. Por +la mañana en la tienda de Graells, por la tarde en el Saloncillo, por la +noche en su casa o en la de don Pedro Miranda, siempre trabajando. Su +criado ocupaba una gran parte del día en cortarle unos tacos de avellano +seco perfectamente iguales, de donde su mano diestra había de sacar la +gala de los palillos. + +Y como no se daba punto de reposo, ni aun en los días festivos, la +producción era excesiva. No había bastantes consumidores en la villa, y +se veía necesitado a remitir paquetes de ellos a los amigos de la +capital, cuando el montón del despacho llegaba al techo. Gracias a los +esfuerzos nobilísimos de este claro representante de su comercio, +podemos decir con orgullo que Sarrió, en tal ramo interesante del +progreso, se hallaba a la altura de las grandes capitales. Ninguna otra +villa española o extranjera podría sufrir con ella competencia. En casa +del rico, como en la del menestral, jamás faltaba un bien abastecido +palillero, testimonio indiscutible de la refinada cultura de sus +habitantes. + +Señaló don Rosendo un diván a su hijo en ciernes, y éste, asustado, +dejóse caer en él hundiéndole profundamente. Acercó después el +comerciante una silla con ademán misterioso, y sentándose frente al +joven y mirándole entre risueño y avergonzado, dijo, dándole al propio +tiempo una palmadita en el muslo: + +—Vamos a ver, Gonzalito: ¿qué te parece de la cuestión del matadero? + +—¿El matadero?—preguntó aquél abriendo unos ojos como puños. + +—Sí, el nuevo matadero; ¿crees que debe emplazarse en la Escombrera, o +en la playa de las Meanas detrás de las casas de don Rudesindo? + +Gonzalo vió el cielo abierto, y, sonriendo de placer, respondió: + +—Yo creo que en la playa de las Meanas estaría bien... Muy abierto +aquello... muy ventilado... + +Pero notando que la frente de su suegro se fruncía, y en sus ojos se +apagaba repentinamente la sonrisa, añadió balbuciendo: + +—Tampoco me parece que estaría mal en la Escombrera... + +—Mucho mejor, Gonzalo... ¡Infinitamente mejor! + +—Puede, puede. + +—Hombre, tan puede ser, que reservadamente te diré que el emplazarlo en +la playa lo juzgo (hazme el favor de guardar reserva sobre esta +opinión), lo juzgo... una verdadera insensatez... u-na ver-da-de-ra +in-sen-sa-tez—repitió señalando mejor todas las sílabas. + +—Y esta opinión mía—añadió—no vayas a figurarte que es de ayer +mañana, sino de toda la vida. Desde que fuí capaz de entender ciertas +cosas, comprendí que el matadero no debía estar donde hoy está. En una +palabra, que debía trasladarse. ¿Dónde? Una voz interior me decía +siempre que a la Escombrera. Antes de poder dar ninguna razón +científica, estaba tan convencido como ahora de que allí debía +emplazarse, y no en otra parte. Hoy que la resolución del problema se +aproxima, me creo obligado a sostener esta opinión, a comunicar al +pueblo mi pensamiento y el resultado de mis meditaciones. Si no tienes +que hacer voy a leerte la carta que dirijo con este motivo al _Progreso +de Lancia._ + +Y en efecto, sin aguardar la contestación de Gonzalo, se dirigió a la +mesa, tomó unos pliegos de papel que había sobre ella, se puso las +gafas, y acercándose al balcón dió comienzo, no sin cierta emoción que +se le traslucía en la voz, a la lectura de la carta. + +Estaba escrita en papel comercial, grande y rayado. Todas las que desde +hacía años dirigía al _Progreso de Lancia_ y a otros periódicos de la +capital de la provincia, iban escritas en el mismo papel por las dos +caras. Aún no sabía que para la imprenta debía escribirse por una +solamente. Pero muy pronto adquirió este precioso conocimiento, como +hemos de ver. + +Casi al mismo tiempo que la de los palillos de dientes había nacido en +don Rosendo Belinchón la afición a escribir comunicados a los +periódicos: es decir, que databa de una remota antigüedad. Ardiente +partidario de los progresos humanos, de las reformas en todos los +órdenes, de la discusión y de la luz, claro está que la prensa había de +infundirle respeto y entusiasmo. Los periódicos habían sido siempre un +elemento indispensable de su existencia. Estaba suscripto a muchos +nacionales y extranjeros; porque, como educado para el comercio, conocía +bastante bien el francés y el inglés, y nunca le había faltado, ni aun +en los días más ocupados, un par de horas que dedicar a su lectura. +Estas horas se aumentaron considerablemente desde hacía algunos años, no +sin que se resintiese por ello el bacalao. El goce que nuestro héroe +experimentaba por las mañanas después de tomar el chocolate tragándose +los artículos de fondo del _Pabellón Nacional_, los sueltos de _La +Política_ y las _Nouvelles à la main_ del _Fígaro_ era tan vivo, que le +quedaba impreso largo tiempo en el rostro, hasta que por la irradiación +se iba perdiendo en la atmósfera. + +Como todos los hombres de miras amplias y elevadas, no era exclusivista +en sus gustos periodísticos. Amaba el periódico por el periódico, por +ser una muestra gentil del progreso de la razón humana, o como él decía +mejor, «una manifestación levantada de la conciencia pública». Las +opiniones que cada cual defendía, eran cosa secundaria. Estaba suscripto +a periódicos de todos colores, y los gozaba por igual. Si alguna +predilección mostraba, era únicamente por los artículos y sueltos +_intencionados_. Porque eso de decir una cosa aparentando expresar la +contraria y retorcer las frases de modo que una cláusula inocente en la +apariencia llevase dentro «una saeta envenenada» llenaba de admiración a +don Rosendo y le volvía loco de alegría. ¡Cuántas veces al leer en _La +España_ algún párrafo por el estilo:—«Ayer apareció por fin la circular +del señor Presidente del Supremo a sus subordinados. Felicitamos al +general O’Donnell, presidente de esta situación liberal, al señor +Negrete, que en algún rato lúcido ha dado cima a obra tan colosal, y a +los demócratas protectores de este Gobierno»,—hubo exclamado agitando +el periódico en las manos:—¡Qué intención! ¡Caracoles! ¡¡Qué +intención!! + +Este afán, mejor dicho, esta pasión por la prensa, no era platónico como +ya hemos advertido. Allá en sus mocedades había dirigido dos cartas a un +periódico semanal que se publicaba en Lancia, titulado _El Otoño_, con +motivo de las fiestas anuales que en Sarrió se celebran en el mes de +septiembre. Estas cartas leyéronse con fruición en la villa y le +valieron no pocos plácemes. Esto le animó para escribir otras tres al +año siguiente, dando cuenta al público del número asombroso de cohetes +que se dispararon en Sarrió los días 13, 14 y 15, la lindísima +iluminación del 16, y el suntuoso baile celebrado en el Liceo la noche +del 17. Después de haber gustado las dulzuras de la publicidad, don +Rosendo no podía menos de paladearlas de vez en cuando. El menor +pretexto le bastaba para dirigir, bien una carta, ora un comunicado a +los periódicos. Unas veces firmaba con su nombre, otras con cualquier +gracioso pseudónimo o anagrama. Celebraban los mareantes una fiesta en +honor de San Telmo: don Rosendo escribía inmediatamente su carta al +_Progreso de Lancia_ o a _La Abeja_, describiendo la verbena, los fuegos +artificiales, la misa, la procesión, etc. Se daba un banquete en el +nuevo edificio de las escuelas para inaugurarlo: a los tres o cuatro +días se recibía el periódico de Lancia con la consabida carta publicando +los brindis y los sonetos improvisados. Se caía un albañil de un +andamio; comunicado de don Rosendo pidiendo más garantías para los +albañiles que se ponen en los andamios. Cantaba misa el hijo de don +Aquilino; carta de don Rosendo describiendo la conmovedora ceremonia, y +elogiando la voz clara, y sonora y la serenidad del joven presbítero. Si +las mareas eran altas y fuertes y arrancaban algunas piedras de la punta +del Peón; carta. Si los buques de Bilbao se negaban a recibir a bordo +los prácticos de Sarrió; comunicado. Si se perdía la cosecha del maíz +por la sequía; carta. Si los vientos reinantes eran del Noroeste; carta. +En fin, no acaecía suceso en el suelo o en la atmósfera de la villa +digno de mención, que no la recibiese de la diestra y bien tallada pluma +de nuestro comerciante. + +¡Cuánto trabajo se evitarán los futuros historiadores de Sarrió con +esto, valiosísimos materiales acumulados por uno de sus más claros +hijos! + +Según iba avanzando en años don Rosendo Belinchón, daba a sus cartas un +carácter menos romántico, por no decir frívolo (sería tan inexacto como +irrespetuoso tal calificativo aplicado a los escritos de aquel estimable +caballero). Es decir, que los temas de ellas no eran tan a menudo los +holgorios y recreos de los habitantes de la villa, como cualquier cosa +que tendiera directa o indirectamente a fomentar los intereses morales y +materiales de ella. Los mercados, las escuelas, el salvamento de +náufragos, la erección de un templo o de una cárcel, etc., etc., eran +los asuntos en que para gloria suya y bien del pueblo que le vió nacer, +se ejercitaba con más frecuencia. + +Uno de ellos, de «vital interés para Sarrió», como él afirmaba muy bien, +era el matadero. Hasta entonces jamás había abordado esta cuestión, +porque sabía que su parecer iba a discrepar algo del de una gran parte +del vecindario. Mas había llegado, a su entender, la hora de «emitirlo +sin ambages ni rodeos». El comunicado que leyó era el primero que acerca +de este asunto dirigía al _Progreso de Lancia_. Comenzaba así: + +«Señor Director de _El Progeso de Lancia_. + +Muy señor mío: La preferencia con que se miran las ciencias +físico-naturales, y en particular la ciencia de la Higiene, como que de +ella depende la salud, tanto de los pueblos como de los individuos, en +vista de su gran utilidad práctica, ha ido poco a poco desterrando la +timidez de los que, influídos por una educación casi errónea y +deficiente, condenaban el estudio de estos grandes problemas arrastrados +por antiguas y torpes preocupaciones que felizmente se van disipando al +soplo poderoso del siglo XIX, llamado con razón el siglo de las luces.» + +Los párrafos de don Rosendo eran siempre nutridos como el anterior. +Seguía: + +«Hoy que la civilización, rotas las cortapisas que detenían las +conciencias y supeditaban el espíritu, nos abre vasto campo a todos por +medio de la prensa para expresar nuestro libre pensamiento y emitirlo a +la faz del mundo, confiado en la amistad con que usted me ha distinguido +siempre, y en la benevolencia con que el público ha acogido hasta ahora +los humildes partos de mi pluma, etc., etc.» + +Después de otros tres o cuatro párrafos a modo de preámbulo (que el +director de _El Progreso_ acostumbraba a recortar) entraba don Rosendo +en la cuestión, estudiando el matadero o macelo público, como él lo +nombraba, por todas sus fases, para venir a condenar, en términos que no +daban lugar a dudas, su emplazamiento en la playa de las Meanas. Las +razones que tenía para oponerse a él, eran «obvias». Por una parte, los +vientos del Sudoeste, reinantes la mayor parte del año, que arrastraban +consigo fétidos miasmas, etc., etcétera. Por otra parte, la dificultad +de hallar terreno firme para la cimentación, lo cual originaría un gasto +excesivo, etc., etc. Por otra, la necesidad de penetrar en la población +con las reses, etc., etc. Por otra, la proximidad de las casas, etc. Por +otra, el perjuicio que a los bañistas se les irrogaba, etc., etc. En +fin, eran más de veinte las razones que don Rosendo «apuntaba de un modo +ligero y sucinto», proponiéndose darle «más amplitud y desarrollo» en +otras cartas sucesivas con que pensaba «molestar la atención de los +lectores de su ilustrado periódico». + +Cuando terminó la lectura, Gonzalo las juzgó incontrovertibles, y don +Rosendo (con las gafas en la punta de la nariz) declaró que no tenían +vuelta de hoja. Habiendo llegado a un acuerdo tan perfecto, se separaron +llenos de alegría, como es natural. Don Rosendo se quedó en el despacho +poniendo en limpio su carta. Gonzalo se fué de nuevo a la sala de +costura. No obstante, antes que franquease la puerta, llamóle su futuro +suegro para decirle: + +—De esto, ni una palabra a nadie, ¿eh? + +—¡Don Rosendo, por Dios!—respondió el joven alzando la mano en señal +de protesta. + +El comerciante se sintió acometido por un vivo sentimiento de expansión. + +—Pronto sabrás—dijo acercándose—otra cosa que te ha de sorprender +alegremente. Es una idea que se me ha ocurrido hace dos meses y que +espero realizar, Dios mediante, muy pronto. ¡Oh, es una idea feliz! La +faz de Sarrió cambiará radicalmente, ¿sabes? + +El ademán misterioso, el tono grave y conmovido de la voz, la esperanza +del triunfo que fulguraba en sus ojos al decir esto, ya sorprendió más +que medianamente a Gonzalo. No se atrevió, sin embargo, a pedir +explicaciones. Su futuro suegro le dejó marchar dirigiéndole una mirada +risueña y abstraída. + +La tertulia de la sala continuaba amenizada por la conversación de +Pablito, que la salpicaba a cada instante con donaires, no de concepto, +sino de acción, como convenía a su naturaleza plástica. Venturita no +había vuelto aún. Sentóse de nuevo el sobrino de don Melchor al lado de +su novia, y comenzó a hablarla mostrando timidez y embarazo. Porque no +estaba acostumbrado a disimular sus sentimientos y la traición le pesaba +en el alma. A veces Cecilia levantaba la cabeza para contestarle. Su +mirada clara, serena, inocente, le encendía las mejillas. Para librarle +de aquel malestar, creyó lo mejor expresarle, en términos más vivos que +otras veces, su amor y rendimiento. Como todos los seres flacos de +espíritu en los casos de apuro, acudía al recurso peor, con tal que le +dejase respirar por el momento. Cecilia recibió aquellos homenajes con +sosiego, sin manifestar el gozo que las mujeres suelen sentir al oirse +requebrar de quien aman. + +—Vienes muy adulador hoy, Gonzalo. No me gustan los mimos—le dijo al +fin sonriendo. + +—Es que tengo gusto en expresarte lo que siento—respondió él sofocado. + +—Pues es un gusto que no comprendo—replicó ella con dulzura.—Yo +cuanto más quiero a una persona, menos ganas tengo de decírselo. + +—Eso consiste en que no quieres de veras. + +—¡Oh!—exclamó ella con entonación tan verdadera y expresiva, que +nuestro joven se inmutó. + +—Sí, sí, consiste en que eres fría por naturaleza. El calor del +sentimiento, como el calor físico, no puede ocultarse largo tiempo: +llega siempre un momento en que sale a la superficie como la lava de los +volcanes... Y el amor es de todos los Sentimientos el que mejor sabe +romper las trabas de la lengua. Sólo se goza realmente de él cuando se +le dice al ser amado en todos los tonos y de todas las maneras posibles +que se le ama... Lo que acabas de decir me parece un absurdo. Al mismo +tiempo que nace en nuestra alma un sentimiento de simpatía hacia +cualquier persona, nace el deseo de expresársela; y este deseo +satisfecho, es el mayor de los placeres... + +—¡Sí será! ¡sí será!—respondió ella con acento de profunda +convicción.—Aunque no lo he experimentado, lo adivino muy bien... lo +adivino por lo que padezco... Mira, Gonzalo—añadió con voz +temblorosa,—por Dios te pido que no midas nunca mi cariño por mis +palabras... Yo no sé... yo no puedo decir nunca lo que pasa dentro de +mí... Siento como un nudo en la garganta que no deja salir más que +tonterías, cosas insignificantes, cuando yo quisiera que saliesen +palabras cariñosas... ¡Oh, es un tormento!... Soy lo mismo que un perro +sin rabo. + +Gonzalo se echó a reir. Ella, que había hablado con más viveza que de +costumbre, se puso colorada y bajó la cabeza. + +—Pero a ti nadie te ha cortado la lengua. + +—Para este caso haz cuenta que me la han cortado. + +—Bien, entonces me lo dirás por escrito—dijo él riendo. Al mismo +tiempo levantó vivamente la cabeza hacia la puerta que se había abierto. + +Era Piscis. Después de mascullar las buenas tardes se fué a sentar en el +rincón de costumbre, perseguido por las miradas burlonas de las +costureras, a quienes por ésta y otras razones, tenía declarado odio +eterno. + +Después de pagarles aquella risueña acogida con otra mirada oblicua y +feroz, guardó silencio por algunos minutos. Sin embargo, como tenía +henchida el alma de graves y profundos secretos y Pablito no se +despegaba de Nieves aunque le echasen agua caliente, después de haberle +silbado para llamarle la atención, se aventuró a descargar el fardo en +público, a riesgo de que sus confidencias no fueran bien entendidas y +apreciadas por el elemento femenino de la tertulia. + +—¿Qué hay, Piscis?—preguntó Pablito al oir el silbido. + +—¿A que no sabes por dónde da las coces ahora el Romero? + +En efecto, las costureras levantaron la cabeza sorprendidas. Valentina +le dijo a Teresa pugnando por no reir: + +—Chica, ¿qué dice _ése_? + +—¿Que por dónde tira las coces un caballo? + +—Será por el c... + +Aunque hablaba en voz baja, Piscis lo oyó perfectamente. Sin atender a +Pablo que había tomado muy en serio la pregunta, y quería saber la +especialidad del Romero, exclamó, dirigiéndose a Valentina: + +—¿Quieres callarte... zapalastrona? + +Estas palabras enérgicas fueron recibidas con una explosión de alegría +por las costureras. + +—No te enfades, Piscis, déjalas... ¿Has sacado a paseo el Romero?... Me +alegro. + +—Lo enganché en la _charrette_ con la Linda—respondió el centauro, +haciendo una mueca horrible de disgusto dirigida a la simpática +Valentina.—¡Si vieras, mal rayo, qué modo de alzarse! Yo ¡zis, zis! con +la fusta, y él ¡pan, pan! sobre el tablero del pescante. Me volví a la +cuadra, y le puse al tablero por debajo unos clavillos. Salí otra vez... +En cuanto se pinchó se estuvo quieto. Pero, ¿qué hizo el gran pillo?... +¿Ves entre el tirante y la rueda? Por allí comenzó a dar las coces. ¡Mal +rayo! Por poco me deshace un farol... + +—Pues es necesario quitarle esa zuna—manifestó Pablito hondamente +afectado, levantándose del asiento, y dejando a Nieves para acercarse a +Piscis. + +—Déjame discurrir esta noche—respondió el centauro poniéndose muy +sombrío.—Ya veremos si mañana hallamos algún medio. + +Los dos amigos bajaron la voz, y se enfrascaron en una conversación viva +y reservada. + +Gonzalo estaba inquieto. No hacía más que echar miradas a la puerta, +esperando a cada instante ver entrar a Venturita. Transcurría, no +obstante, el tiempo, y nada; la niña no parecía. La distracción +aumentaba de tal modo, que Cecilia tuvo que repetirle tres veces la +misma pregunta: + +—¿Que tienes? Parece que estás con el pensamiento en otra parte. + +—En efecto—dijo él un poco colorado;—me acuerdo de que hoy tengo que +escribir a Londres para un negocio urgente... Además, ya son cerca de +las seis. + +Despidióse de ella, después de doña Paulina y la tertulia, y se fué. + +Una vez en los pasillos, acortó el paso, y comenzó a mirar a todos +lados, sin lograr ver lo que deseaba. Triste y cabizbajo descendió +lentamente por las escaleras. Ya se disponía a levantar el pestillo de +la puerta, cuando creyó advertir que la cuerda con que la abrían desde +arriba se agitaba. Quedóse un momento inmóvil. Tornó a llevar la mano al +pestillo, y otra vez percibió la sacudida. Entonces volvió sobre sus +pasos, y asomó la cabeza a la caja de la escalera. Allá arriba, una +cabecita hermosa le sonreía. + +—¿Eres tú?—preguntó con voz de falsete, rebosando de gozo el +semblante. + +—Sí, soy yo—contestó Venturita en el mismo tono. + +—¿Quieres que suba? + +—No—respondió la niña de un modo que significaba:—¡Eso no se +pregunta, hombre! + +Gonzalo subió la escalera sobre la punta de los pies. + +—Aquí no debemos estar; nos pueden ver. Ven conmigo—dijo Venturita +tomándole de la mano y conduciéndole al través de los pasillos hasta el +comedor. + +Gonzalo se sentó en una silla sin soltar la mano. + +—Creí que no te volvía a ver hoy. ¡Qué geniecillo tienes, chica!—le +dijo sonriendo. + +El semblante de Venturita se obscureció. + +—Si no me lo irritasen a cada instante, no lo tendría. + +—Pero hazte cargo que es tu mamá la que te ha reprendido—repuso él sin +dejar de sonreir. + +—¿Y qué?—exclamó ella con violencia.—¿Porque es mi madre me ha de +mortificar a todas horas y en todos los momentos?... ¡Si cree que yo lo +voy a sufrir, está bien equivocada! ¡Anda, que la sufra ese mastuerzo, +que para eso le saca los cuartos!... Aquí ya no hay mimos más que para +él... Mira, Gonzalo, si quieres que seamos amigos, no me toques más esa +tecla. + +Y al decir esto con rabiosa entonación, pintada la ira en los ojos, dió +una fuerte sacudida a la mano para soltarla. Pero Gonzalo no lo +consintió, y besándosela varias veces con pasión, le dijo riendo: + +—Chica, chica, no te dispares contra mí, que yo no tengo la culpa de +nada... Si a mí me gustas precisamente por ser tan viva y tan +rabiosilla. No me hacen gracia las mujeres de pastaflora. + +—Es porque tú lo eres—respondió ella aplacándosela varias veces con +pasión, le dijo riendo: + +—No lo creas; no soy de tan buena pasta como te figuras... Cuando me +enfado, es de veras... + +—¡Bah... allá una vez; cada año! + +—Además... por lo mismo que yo soy así, debieran gustarme las mujeres +suaves y tranquilas. + +—Estás equivocado; siempre se busca lo contrario. A las rubias les +gustan los morenos, a los flacos las gordas, a los altos las +chiquitas... ¿No te gusto yo a ti siendo tan alto y yo tan pequeña? + +—No sólo es por eso—dijo él riendo y atrayéndola hacia sí. + +—¿Por qué más?—preguntó ella clavándole una mirada provocativa. + +—No sé. ¿Quieres que te regale el oído? + +—¿Por qué más?—insistió sin dejar de mirarle. + +—Por lo feísima que eres. + +—Gracias—respondió con el rostro iluminado por la vanidad. + +—No la hay más fea que tú en Sarrió ni en el mundo entero. + +—Algunas más feas habrás visto por esos países donde has andado. + +—Te aseguro que no. + +—¡Virgen del Amparo! Debo ser un monstruo—exclamó riendo y aceptando +la hiperbólica lisonja que iba envuelta en aquellas palabras. + +—¡Alguien viene!—dijo Gonzalo quedándose inmóvil y serio. + +Venturita avanzó hasta la puerta. + +—Es la cocinera que pasa—dijo volviendo en seguida. + +—Me parece que estamos mal aquí. Pudiera entrar tu mamá o cualquiera de +las chicas... o Cecilia (añadió en voz más baja). ¿Y qué disculpa doy? + +—Cualquiera; eso es lo de menos... Pero, en fin, si no estás tranquilo, +podemos ir a otra parte. Vamos al salón. + +—Vamos. + +—No, tú quédate aquí un momento; yo iré delante. + +Pero deteniéndose a la puerta y volviendo sobre sus pasos, le dijo: + +—Si me dieses palabra de ser formal, te llevaría a mi cuarto. + +—Palabra redonda—respondió el joven alegremente. + +—¿Nada de besitos? + +—Nada. + +—Júralo. + +—Lo juro. + +—Bien, quédate ahí un instante, y después vienes en puntillas, ¿sabes? +Hasta ahora. + +—Hasta ahora—dijo Gonzalo apoderándose de una de sus manos y +besándola. + +—¿Lo ves?—exclamó ella fingiendo enojo,—antes de ir, ya comienzas a +faltar... + +—Yo creí que las manos no entraban en el juramento. + +—¡Entra todo!—dijo ella con severidad en la voz y la sonrisa en los +ojos. + +A los dos minutos el joven la siguió. Halló la puerta del cuarto +entornada, y entró. La habitación de Venturita, era como su dueña, +pequeñita y linda, amueblada con lujo. La cama de palo santo con +pabellón de brocatel de seda, cubierta por una colcha de damasco azul, +un armarito de ébano con incrustaciones de marfil, que servía de +escritorio al abrirse, una butaca confidente de raso azul, un tocador +con espejo, forrado también de raso al igual que las paredes, un armario +de espejo, de palo santo como la cama, y algunas sillas doradas. La +habitación exhalaba un perfume penetrante como el camarín de una +odalisca. + +—¡Oh! Esto está mejor que el cuarto de Cecilia. + +—¿Cuándo lo has visto? + +—Hace pocos días me lo ha enseñado. Las paredes desnudas con unos +cuadritos bastante malos; la cama sin cortinas; una cómoda vulgar... + +—Pues si no lo tiene como yo, es porque no quiere... Verdad que he +tenido que andar detrás de papá una temporada para que me lo pusiera de +este modo... Pero mi hermana es así... como Dios la crió... No le +importa por nada... Todo le gusta a lo aldeano, ¿sabes? + +—En este cuartito hay mucho gusto... y mucha coquetería. De esta +cualidad, no puedes prescindir en ninguna de tus cosas. + +—¿De dónde sacas que soy coqueta, tonto?—le preguntó ella volviendo a +mirarle de aquel modo provocativo de antes. + +—Lo eres, y haces bien en serlo. La coquetería, cuando no es excesiva, +da más atractivo a la hermosura, como las especias dan sabor a los +alimentos. + +—¡Ya salió a relucir el gastrónomo!... Pues mira, aunque la coquetería +dé atractivo o sabor, o lo que quieras, yo no soy coqueta... Tú menos +que nadie tienes derecho a decirlo... Digo... ¡me parece!... + +—Es verdad; tienes razón, tienes muchísima razón. Yo no puedo llamarte +coqueta... Pero la coquetería de que yo hablaba es de otra clase. + +—Hazme el favor de sentarte, porque ya has crecido bastante, según +creo... y déjate de sutilezas. + +Gonzalo se dejó caer en la butaca que la niña le señalaba, dominado por +sus ojos brillantes y maliciosos. Desde que había entrado en aquel +cuarto sentía un gozo íntimo, mitad corporal, mitad espiritual que le +embargaba a la vez los sentidos y el alma. El perfume que respiraba se +le subía a la cabeza. La mirada magnética de Venturita había concluído +por electrizarle. + +—Has hecho mal en traerme a tu cuarto—dijo sonriendo mientras se +pasaba el pañuelo por la frente. + +—¿Pues?—preguntó ella abriendo y cerrando varias veces los ojos, como +esos relámpagos que se advierten a la caída de la tarde en los días muy +calurosos del verano. + +—Porque me siento mal—respondió él con la misma sonrisa. + +—¿Te sientes mal, de veras?—replicó la niña abriendo mucho sus ojos +azules sin conseguir que pareciesen inocentes. + +—Un poco. + +—¿Quieres que avise? + +—No; si lo que me hace daño son tus ojos. + +—¡Ah, vamos!—exclamó ella riendo como si cayese entonces en la +cuenta.—¡Entonces los cerraré! + +—¡Oh, no; no los cierres, por Dios! Si los cerrases, me pondría mucho +peor. + +—Entonces me iré—dijo levantándose de la silla. + +—¡Eso sería matarme, niña mía! ¿Sabes por qué me pongo enfermo? por no +poder besar esos ojos que me asesinan. + +—¡Jesús!—exclamó Venturita soltando la carcajada.—¡Qué fuerte te da! +¡Siento no poder curarte! + +—¿Permitirás que me muera? + +—Si. + +—¡Gracias! Déjame besar tus cabellos entonces... + +—No. + +—Tus manos. + +—Tampoco. + +—Déjame besar cualquier cosa tuya... ¡Mira que me haces mucho daño! + +—Besa ese guante—dijo la niña riendo y tirándole uno que había sobre +el tocador. + +Gonzalo se apoderó de él, y lo besó con frenesí repetidas veces. + +Al lector que en su fuero interno haya diputado ya a Gonzalo por hombre +desleal y pérfido, o por lo menos débil, declarándole quizá «un carácter +repugnante», como dicen los críticos cuando los personajes de las +novelas no son todo lo heroicos y talentudos que ellos quisieran, +pusiérale yo en aquel nido pequeño y perfumado como el cáliz de una +magnolia, frente a la niña menor de los señores de Belinchón, vestida +con peinador de cintas azules que dejaban ver una buena parte de su +garganta amasada con rosas y leche, recibiendo en el rostro los +relámpagos azulados de sus ojos, y escuchando una voz grave y pastosa +que removía todas las fibras del alma. Y si la niña le tirase un guante +diciéndole: + +—Bésalo,—quisiera ver en qué forma se negaba a besarlo. + +—¿Te vas calmando, Gonzalo?—dijo disparándole una sonrisa capaz de +volver loco a San Antonio. + +—Así, así. + +—Bueno, pues ahora hablemos en serio... hablemos de nuestra +situación... + +Gonzalo se puso serio. + +—A pesar de lo que me has dicho hace ya tres días, no he sabido, hasta +ahora, que hayas hablado con mamá o con papá, ni que les hayas +escrito... Por el contrario, no sólo dejas el tiempo correr, con lo +cual cada vez empeoran las cosas, sino que te veo más atento y cariñoso +que nunca con Cecilia... + +Gonzalo hizo un gesto negativo. + +—¡Si te he visto hace un momento desde el cuarto de Pablo por el +agujero de la llave!... A mí no se me escapa nada... Eso está muy mal +hecho si es que no la quieres... Y si la quieres está muy mal hecho lo +que haces conmigo... + +—¿No estás bien segura aún de que tú sola posees mi corazón?—dijo el +joven levantando sus ojos apasionados hacia ella. + +—No. + +—¡Pues sí, sí; mil veces sí!... Pero yo no puedo estar al lado de +Cecilia desabrido o indiferente... Eso es muy feo... Prefiero decírselo +claramente y concluir de una vez. + +—Pues díselo. + +—... No me atrevo. + +—Pues no se lo digas, y concluyamos tú y yo... Mejor será—replicó la +niña con impaciencia. + +—¡No hables, por Dios, así, Ventura! Se me figura que no me quieres. +Debes comprender que mi posición es extraña, comprometida, terrible. +Estar en vísperas de casarse con una joven excelente, y sin mediar +disgusto alguno, sin antecedentes de ningún género que puedan tenerla +prevenida, decirle de pronto: «Todo se acabó, ya no me caso contigo +porque no te quiero ni nunca te he querido», es lo más brutal y más +odioso que se haya visto jamás... Por otra parte, yo no sé cómo tomarían +mi conducta tus papás. Lo más probable es que, indignados justamente por +ella, me recriminasen duramente y me prohibiesen la entrada en esta +casa... + +—Bien, cásate con ella... ¡y en paz!—dijo Venturita poniéndose en pie +un poco pálida. + +—¡Eso nunca! O me caso contigo, o con nadie. + +—Entonces, ¿qué hacemos? + +—No sé—replicó el joven bajando la cabeza con tristeza. + +Ambos guardaron silencio unos instantes. + +Al cabo Venturita dijo, dándose con la palma de la mano en la cabeza: + +—¡Discurre, hombre, discurre! + +—Ya lo hago, pero no sale... + +—¡No sirves para nada!... Vamos, vete, y déjalo a mi cargo. Yo hablaré +a mamá... Pero es necesario que escribas una carta a Cecilia... + +—¡Oh, por Dios, Ventura!—exclamó angustiado. + +—Entonces, ¿qué quieres, di?—preguntó la niña encolerizada.—¿Crees +que voy a servir de juguete? + +—¡Si pudiéramos pasar sin esa carta!—manifestó Gonzalo con +humildad.—Tú no puedes figurarte lo violento que es para mí... ¿No +bastaría que dejase de venir unos cuantos días a esta casa? + +—Sí, sí; vete... ¡y no vuelvas!—respondió, dando un paso hacia la +puerta. + +Pero el joven la retuvo por una de las trenzas de sus cabellos. + +—Vamos, no te enfades, hermosa. Bien sabes que me tienes dominado, +fascinado, y que a la postre haré cuanto tú me mandes, incluso arrojarme +al mar. No hacía más que expresarte una opinión... Si tú no quieres, +nada de lo dicho... Trataba solamente de evitar a Cecilia un disgusto. + +—¡Presuntuoso!—exclamó la niña sin volverse.—¿A que te figuras que +Cecilia se va morir de pena? + +—Si no se disgusta, mejor que mejor; así me evitaré un remordimiento. + +—Cecilia es fría; ni quiere mucho, ni odia mucho tampoco. Es muy buena; +no conoce el egoísmo. Pero siempre la encontrarás igual, ni alegre ni +triste; incapaz de tomarse un disgusto por nada ni por nadie... Al +menos, si se los toma, nadie lo conoce... ¿Qué haces?—añadió +volviéndose rápidamente. + +—Estaba desatando los lazos de las trenzas... Quería ver otra vez tus +cabellos sueltos. No hay espectáculo que me cause más placer. + +—¡Si es capricho, yo las desataré!... Aguarda—dijo la niña, que +estaba orgullosa, y con razón, de su pelo. + +—¡Oh, qué hermosura! ¡Esto es un prodigio de la naturaleza!—exclamó +Gonzalo, introduciendo en él sus dedos.—Déjame, déjame meter la cabeza +dentro, déjame bañarme en este río de oro. + +Y ocultó, al decir esto, su rostro en la cabellera blonda de la niña. + +Mas sucedió que, pocos momentos antes, como sonasen en el reloj las +siete de la tarde, las costureras y bordadoras dejaron su obra, y se +dispusieron a retirarse. Antes de hacerlo, Valentina fué comisionada por +doña Paula para ir al cuarto de Venturita, y traer de allá unos patrones +que debían de estar sobre el armario-escritorio. Llegó, y empujó la +puerta en el instante crítico en que Gonzalo se estaba bañando de +aquella original manera. Al sentir el ruido, éste se levantó de un +brinco y quedó, más pálido que la cera. Valentina se puso encarnada +hasta las orejas, y dijo balbuceando: + +—Mamá quiere los patrones... los del otro día... Deben de estar sobre +el armario. + +—No están sobre el armario, sino dentro—respondió Venturita, sin +inmutarse poco ni mucho. + +Y dirigiéndose a él, y abriendo un tirador, sacó un lío de papeles y se +lo entregó. + +—Aguarda un poco, Valentina—dijo antes que saliese.—Hazme el favor de +atarme el pelo, que yo no puedo por este dedo malo... + +Y enseñó uno, por donde manaba sangre. Al ir por los patrones se lo +había pinchado. + +Valentina, muy turbada todavía, comenzó a atárselo. + +—Me tiraba mucho, y, al desatarlo, me pinché con el alfiler que sujeta +la cinta de arriba... El pobre Gonzalo no se arreglaba muy bien para +atármelo, ¿verdad?—añadió riendo. + +—¡Oh, no!—replicó el joven con forzada sonrisa, pasmado de aquella +sangre fría. + +La disculpa, aunque bien urdida, no coló. Valentina estaba bien segura +de lo que había visto. + +—¿Crees que se habrá tragado lo del pinchazo?—preguntó Gonzalo con +ansiedad luego que hubo salido. + +—Tal vez no; pero no hay cuidado con ella. Es la más reservada de +todas. + +Valentina fué a entregar los patrones a la señora y se despidió hasta el +día siguiente. Al cruzar por el pasillo oyó claramente el rumor de un +beso. Miró hacia el cuarto obscuro que allí había, y creyó percibir los +cuadros blancos y negros del vestido de Nieves. + +—¡Alza! ¡Esto está que arde!—murmuró con aquel ceño saladísimo que +tanto la caracterizaba. + +Bajó la escalera y salió a la calle, donde ya la esperaba su Cosme para +acompañarla hasta casa. + + + + +VIII + +DE LA REUNIÓN QUE LOS PRÓCERES DE SARRIÓ CELEBRARON EN EL TEATRO CON +ASISTENCIA DEL CUARTO ESTADO + + +El día 9 de junio de 1860, debe señalarse con caracteres de oro en los +fastos de la villa de Sarrió. + +Para ese día, socorrido de Alvaro Peña y de su hijo Pablo, don Rosendo +Belinchón había rogado por medio de atento B.L.M. a sus convecinos que +concurriesen por la tarde al local del teatro. Se trataría un asunto de +«vital (por nada en el mundo se le escaparía a don Rosendo el vital) +interés para la villa de Sarrió y su concejo». Sólo cuatro o cinco +personas de las más obligadas al comerciante, conocían el noble y +patriótico pensamiento que motivaba la convocatoria. Así que, +arrastrados de la curiosidad, tanto como de la cortesía, acudieron a +las tres en punto todos los convocados y muchos más a quienes nadie +había dado vela en aquel entierro. El teatro se llenó de bote en bote. +La gente principal se apoderó de las butacas y los palcos. La plebe +subió a la cazuela. En el escenario se había colocado una mesa de +escribir vieja y sucia. A entrambos lados de ella hasta media docena de +sillas, no más nuevas ni más limpias, que servían para la decoración de +«sala pobremente amueblada». + +El teatro hervía ya de gente. El escenario permanecía aún desierto. +Estaban casi en tinieblas. Sólo por un tragaluz de vidrios empolvados +abierto allá en el fondo de la escena, despojada del telón de foro, +penetraba escasísima claridad. A fuerza de tiempo, acostumbrados los +ojos a la obscuridad, podían distinguirse los unos a los otros. El que +entraba, iba despacio por el pasillo de las butacas para no tropezar, +palpando los cráneos de los que las ocupaban, por ver si había alguna +vacante. + +—Aquí no, don Rufo. + +—¿No hay asiento?—preguntaba sonriendo al vacío como los ciegos. + +—No; suba usted arriba, a los palcos. + +—Véngase aquí, don Rufo, véngase aquí—gritaba uno que estaba más +adelante. + +—¿Eres tú, Cipriano? + +Y empujando y tropezando, llegaba el recién venido a colocarse. Alguno +más práctico encendía una cerilla, pero al instante salían voces de la +cazuela: + +—¡Eh! ¡eh! ¡Cuidado con las narices, don Juan! Cuando va por las noches +a casa de la Peonza, el diablo que cerilla enciende. + +Don Juan se apresuraba a apagarla para librarse de aquellos insultos que +hacían prorrumpir en carcajadas al ocioso público. + +A medida que el tiempo transcurría, el zumbido de las conversaciones iba +creciendo hasta hacerse insoportable. Los salvajes de la cazuela +expresaban su impaciencia con patadas, gritos y baladres. Cambiaban +unos con otros, por encima de las butacas, bromas y frases, más que +obscenas, asquerosas. Gracias a que no había señoras. + +Al fin aparecieron en el escenario cuatro señores, don Rosendo +Belinchón, Alvaro Peña, don Feliciano Gómez y don Rudesindo Cepeda, +propietario y fabricante de sidra espumosa. Los cuatro se despojaron de +los sombreros al pisar el palco escénico. Prodújose repentinamente el +silencio. Algunos de los espectadores, los menos, se descubrieron +también. La mayor parte, prevalidos de la obscuridad y cediendo al +instinto de grosería, poderoso en aquella región, permanecieron +cubiertos. Don Rosendo y sus compañeros sonrieron al concurso, +avergonzados. Para librarse del embarazo y temor que sentían, comenzaron +a hablar con los espectadores de las primeras filas, a quienes podían +divisar. Alvaro Peña, algo más atrevido, en razón quizá de su carácter +militar y de su instrucción antirreligiosa, avanzó hasta la cáscara del +apuntador, y dando a sus palabras una entonación excesivamente familiar, +sonriendo sin gana como las bailarinas, dijo: + +—Señores, tanto mis compañeros como yo desearíamos ¿eh?, que subiesen a +este sitio algunas pejsonas de jespeto ¿eh?, que habrá en el público, a +fin de que nos ayuden con su autoridad ¿eh?, y con su ilustración... a +fin de que nos ayuden ¿eh? (no encontraba el final) en la empresa que +vamos a emprendej... + +El ayudante de marina pronunciaba las erres con la garganta, produciendo +un sonido muy semejante a la jota. + +Hubo un murmullo en la asamblea de asentimiento y simpatía por la +modestia que resaltaba en aquella proposición. + +—¿No está por ahí don Pedro Miranda?—preguntó Peña, sereno ya, +volviendo a adquirir la resolución militar que le caracterizaba. + +—Aquí está... Aquí—dijeron varias voces. + +—Don Pedro, si nos hiciese usted el favoj... Don Pedro se defendía de +los que le empujaban hacia el escenario, diciendo por lo bajo: + +—Pero, señores, ¿yo por qué? ¿A qué asunto?... Hay otras personas... + +No hubo más remedio. Poco a poco lo fueron llevando hasta cerca del +escenario. Una vez allí, como no hubiese tabla ni escalera para subir, +entre Peña y don Feliciano Gómez, lo auparon por las manos hasta ponerlo +sobre el tablado. + +—A ver, don Rufo, suba usted. + +Don Rufo (médico titular de la villa), después de haberse defendido un +poco, fué subido en vilo también. Y por el mismo sencillo mecanismo +pasaron al escenario otros cinco o seis señores. Cada ascensión era +saludada con una salva de aplausos y un murmullo de complacencia por el +benévolo concurso. El ayudante vió a Gabino Maza sentado en una butaca +cerca de la pared, y le gritó con alegría: + +—¡Gabino, no te había visto!... Vamos, hombre, ven acá. + +—Estoy bien aquí—respondió con sequedad el bilioso ex oficial de la +Armada. + +—¿Quieres que baje por ti? + +Maza contestó en voz baja: + +—No hace falta. + +Los que estaban a su lado hicieron lo que con los demás. + +—Vaya, don Gabino, arriba. No sea usted perezoso. Hombres como usted +son los que deben estar allí. ¡No faltaba más que usted no subiese! + +Y trataban al mismo tiempo de levantarle. Mas fueron inútiles todas las +instancias. Maza se empeñó en permanecer en la butaca con una +insistencia orgullosa que acobardó a los que le excitaban a subir. +Alvaro Peña bajó entonces por él; pero después de una brega larga tuvo +que retirarse desairado. + +Ya que estuvo casi lleno el escenario, se trajeron más sillas recabadas +de los chiribitiles de los cómicos. Se acomodaron en ellas los más +selectos vecinos de Sarrió, y celebraron conciliábulo para resolver +quién había de presidir la reunión. Por cierto que no acababan de +entenderse, y el público daba señales claras de impaciencia. La mayor +parte juzgaba que a don Rosendo correspondía la honra de sentarse detrás +de la mesa de pino; pero éste la rehusaba con una modestia que le +honraba muchísimo más. Al fin se sentó al observar que el público se iba +cansando. Este aplaudió reciamente. + +Nueva y fastidiosa dilación antes de resolverse quién había de dirigir +la palabra al concurso. Alvaro Peña, que era hombre despachado y de +arranque, se decidió a dar unos pasos hacia la boca del telón, y dijo en +voz alta: + +—Señores. + +—¡Chis, chis! ¡Silencio!—gritaron algunos. + +Y reinó el silencio. + +—Señores: El motivo de celebrajse este _meeting (sorpresa y +extraordinaria complacencia del concurso al escuchar la palabreja +exótica)_ no es otro ¿eh?, que el de unirnos todos para fomentaj los +intereses morales y materiales de Sajió. Hace algunos días me indicaba +nuestro dignísimo presidente que estos intereses se hallaban +abandonados, ¿eh?, y que era necesario a todo trance fomentajlos. +Señores, en Sajió hay varios problemas que jesolvej en este momento +histórico; el problema del mejcado cubiejto, ¿eh?, el problema del +cementerio, el problema de la cajetera a Rodillero, el problema del +matadero y otros. Yo le dije a mi querido amigo, el dignísimo +presidente: El único medio ¿eh?, de jesolvej estos problemas es celebraj +un meeting donde todos los sajienses puedan emitij libremente su +opinión... + +—¿Eh?—gritó un socarrón desde la cazuela. + +Peña alzó los ojos furibundos hacia allá. Y como era hombre a quien se +le suponían malas pulgas, y gastaba unos bigotes desmesurados, el +socarrón tembló por su pellejo y no volvió a chistar. + +—Mi buen amigo, cuyo gran corazón y amoj al progreso conocen todos, me +dijo que hacía tiempo que pensaba sobre lo mismo, y que él además, ¿eh?, +tenía otro proyecto que no tajdará en comunicaj al ilustrado público. En +consecuencia de esto hemos convocado a los vecinos de Sajió para una +jeunión pública, y aquí estamos... porque hemos venido. _(Este desenfado +produce excelente efecto en el auditorio, que ríe con benevolencia)_. + +—Señores—siguió el ayudante animado por los rumores,—yo creo que lo +que le hace falta a este pueblo es despertaj del letajgo en que yace, +¿eh?, vivij de la vida de la razón y del progreso, ¿eh?, ponerse a la +altura de los adelantos del siglo, ¿eh?, tenej conciencia de sí y de sus +fuejzas. Hasta ahora, Sajió ha sido un pueblo dominado por la teocracia; +mucha novena, mucho sermón, mucho rosario, y no pensaj para nada en el +fomento de sus intereses, ni en aprender nada útil. Es necesario salij +cuanto más antes de esta situación, ¿eh? Es necesario sacudij el yugo +teocrático. Un pueblo dominado por los curas, es siempre un pueblo +atrasado... y sucio. _(Risas y aplausos, entre los cuales se oye tal +cual chicheo.)_ + +El ayudante hablaba mejor, y adquiría cierto donaire en cuanto se +trataba de denigrar al clero. + +—Pido la palabra—gritó una voz atiplada desde un palco. + +—¿Quién es? ¿Quién es?—se preguntaron unos a otros los espectadores y +los altos dignatarios del escenario. + +—Es el hijo del Perinolo.—¿Quién?—El hijo del Perinolo.—El hijo del +Perinolo. + +Esta frase se fué repitiendo en voz baja por todo el ámbito del teatro. + +El hijo del Perinolo era un joven pálido, de ojos negros, que gastaba +larga melena. No se advertía más en la media luz que reinaba. Era para +él gran fortuna. A ser entera, se verían perfectamente los lamparones de +su levita añeja, la grasa de su camisa y las greñas de la melena, dado +que los agujeros de las botas y los hilachos del pantalón, en modo +alguno podían ser vistos a causa de la barandilla del palco. Pero todo +lo sabían de memoria los vecinos de Sarrió, por tropezarle harto a +menudo en la calle y los cafés. Digamos que, a pesar de esto, era mozo +de gentil disposición y rostro. + +Su padre, el señor José María el Perinolo, antiguo y clásico zapatero de +la villa, era uno de aquellos viejos artesanos que a mediados del siglo +gastaban chaqueta y sombrero de copa alta. Carlista fanático, miembro de +todas las cofradías religiosas. Rezaba el rosario por las tardes al +toque de oración en la iglesia de San Andrés, acompañado de unas cuantas +mujerucas; salía en las procesiones de Semana Santa con hábito de +disciplinante y corona de espinas, y tenía a su cargo y cuidado la +capilla del Nazareno en la calle de Atrás. Este santo varón «que nunca +había dado nada que decir» (suprema expresión de la honradez en los +pueblos pequeños), educó a su hijo Sinforoso y a otros dos más, en el +santo temor de Dios y del tirapié. Azotes, penitencias de rodillas, días +a pan y agua, estirones de orejas y bofetadas. La infancia de Sinforoso +estaba poblada de estos recuerdos poéticos. Cuando llegó a la pubertad, +como mostrase singular destreza para aprender sus lecciones, el Perinolo +se persuadió a que no estaba llamado a sustentar la zapatería cuando él +fuese muerto, sino a ser firme columna de la Iglesia Romana. Faltábanle +medios para mandarle al seminario de Lancia. Vinieron en socorro suyo +don Rosendo y don Melchor de las Cuevas, don Rudesindo y el párroco de +la villa, que espontáneamente le asignaron tres pesetas diarias mientras +no cantase misa. Mas al cursar el segundo año de Teología, recibieron +estos señores del seminarista una carta elegantemente escrita. En ella +les manifestaba que no se sentía llamado por Dios a la carrera +eclesiástica, y que antes de ser un mal sacerdote prefería aprender el +oficio de su padre o embarcarse para América. Terminaba suplicándoles +con palabras fervorosas que le permitiesen cambiar la Teología por el +Derecho, hacia el cual se creía inclinado, y con esto no daría tan gran +disgusto a su padre. Accedieron sus bienhechores a la demanda. Y +Sinforoso se hizo al cabo columna del Estado en vez de la Iglesia, como +deseaba el Perinolo. Mientras siguió la carrera de leyes con +sobresalientes y premios al principio, notables después y aprobados al +fin, emborronó algunos articulejos en los diarios de Lancia. Con esto se +creyó en el caso de dejar crecer los pelos y ponerse lentes sobre la +nariz. Así se presentó el nuevo licenciado en Sarrió con la aureola de +gloria además que rodea a quien ha hecho sus primeras armas, y aun +reñido batallas en la prensa periódica. Se había afiliado en el partido +liberal más avanzado renegando así de su prosapia. Con esto, su padre +estaba fuertemente desabrido. Si le dejó entrar en casa debióse a la +intercesión de la madre. No le hablaba ni le daba un céntimo para sus +gastos, limitándose a consentir que durmiese bajo su techo y comiese la +ración. Al cabo de algunos meses los zapatos se habían despellejado y la +ropa daba lástima verla. Pero todo lo suplía muy bien el letrado con el +empaque y gravedad de la fisonomía y lo airoso de su porte. Pasaba la +mañana leyendo en la cama: las tardes y las noches en el café +discutiendo a gritos lo que había leído por la mañana. Los vecinos no le +querían; pero respetaban mucho su ilustración y talento. + +—¿Quién ha pedido la palabra?—preguntó don Rosendo. + +—Suárez... Sinforoso Suárez—dijo el joven inclinando su busto sobre la +barandilla. + +—Usted la tiene, señor Suárez. + +El joven tosió, metió los dedos de entrambas manos por el pelo, +dejándolo más ahuecado y revuelto, se puso los lentes que traía colgados +de un cordoncillo y dijo: + +—Señores. + +La entonación firme y sosegada que dió a esta palabra, y la pausa larga +que después hizo asegurando los lentes sobre la nariz y paseando una +mirada de grande hombre por el concurso, impusieron silencio y respeto. + +—Después de la brillante oración que acaba de pronunciarnos mi +queridísimo amigo el ilustrado ayudante de este puerto, señor Peña _(el +ayudante, aunque no ha hablado con Suárez más de tres veces en su vida, +se inclina agradecido. Los respetables vecinos de Sarrió aprenden que +hay más oraciones que el Padre Nuestro, la Salve y las demás rezadas por +la Iglesia)_, quedará bien convencida la asamblea del fin generoso y +patriótico que ha inspirado a los promovedores de este _meeting_. Nada +tan grande, nada tan hermoso, nada tan sublime como ver a un pueblo +reunido para deliberar acerca de los más altos y caros intereses de su +vida. ¡Ah, señores! al escuchar hace un momento al señor Peña, me +imaginaba estar en el Agora de Atenas decidiendo, como ciudadano libre, +entre otros ciudadanos libres también como yo, de los destinos de mi +patria. Me imaginaba oir la palabra vigorosa y ardiente de alguno de +aquellos grandes oradores que ilustraron al pueblo heleno... Porque la +elocuencia de mi queridísimo amigo el señor Peña, tiene mucho de la +arrebatada pasión que caracterizaba a Demóstenes, el príncipe de los +oradores y bastante también de la fluidez y elegancia que brillaba en +los discursos de Pericles. _(Pausa: mano a los lentes.)_ Es viva y +animada como la de Cleón; es mesurada y prudente como la de Arístides; +tiene tonalidades graves y precisas como la de Esquines, y notas +agradables al oído como la de Isócrates. ¡Ah, señores! Yo también, como +el elocuente orador que me ha precedido en el uso de la palabra, deseaba +que el pueblo donde he visto por primera vez la luz del día, despertase +a la vida del progreso, a la vida de la libertad y la justicia... +¡Sarrió! ¡Cuánto dulce recuerdo, cuánta inefable alegría despierta en mi +alma este solo nombre! Aquí corrieron los años felices de mi infancia... +Aquí comenzó a formarse mi espíritu... Aquí hizo el amor palpitar por +primera vez mi corazón... En otra parte se ha enriquecido mi razón con +el conocimiento de las ciencias, con las grandes ideas que engendra el +estudio del Derecho... Aquí se ha nutrido mi alma con las santas y +dulces emociones del hogar. En otra parte se ha adiestrado mi +inteligencia en la polémica, en la lucha de las ideas... Aquí he +cultivado mi sensibilidad con el tierno amor de la familia... Señores, +lo diré muy alto, suceda lo que suceda: Sarrió está llamado a grandes +destinos. Tiene derecho a ser una de las primeras poblaciones de la +costa cantábrica, un emporio de actividad y de riqueza, tanto por la +excelente situación en que la naturaleza lo ha colocado, como por la +laboriosidad, la honradez y las grandes dotes de inteligencia de sus +habitantes. _(¡Bravo! ¡Bravo! Unánimes y estrepitosos aplausos.)_ + +Roto el hielo que la sorpresa, más que una prevención injusta, había +formado, los bravos y los aplausos se sucedieron sin interrupción a cada +párrafo. Jamás los laboriosos, honrados e inteligentes habitantes de +Sarrió habían oído hablar tan fácil y pulidamente. Aquel discurso fué la +revelación de la vida parlamentaria moderna, según decía Alvaro Peña al +disolverse la reunión. + +Media hora llevaría en el uso de la palabra en medio del creciente +entusiasmo del auditorio, cuando a uno de los próceres del escenario se +le ocurrió que podía tener seca la boca y sería oportuno servirle un +vaso de agua con azucarillo. Comunicada en voz baja la observación al +presidente, éste interrumpió al orador, diciéndole: + +—Si el señor Suárez está fatigado, puede descansar. Voy a dar orden de +que le sirvan un vaso de agua. + +Estas palabras fueron acogidas con un murmullo de aprobación. + +—No estoy fatigado, señor presidente—respondió suavemente el orador. + +_(Sí, sí, que descanse.—Dejarle descansar.—Que se le traiga un vaso de +agua.—Puede hacerle daño: que le echen unas gotas de anís.)_ + +Los espectadores, acometidos súbito de una ardiente simpatía, se +convertían en madres cariñosas para el hijo del Perinolo. + +Este, inflándose más de lo que estaba, sonrió al auditorio, y dijo: + +—La fatiga es propia de los soldados bisoños. Los que como yo están +acostumbrados a las lides de la tribuna (había hablado varias veces en +la Academia de jurisprudencia de Lancia) no se rinden tan fácilmente... + +Digamos ahora que Mechacan, zapatero, vecino y competidor hacía muchos +años del señor José María el Perinolo, que había visto criarse a +Sinforoso y le había arreado más de uno y más de dos lampreazos con el +tirapié cuando al volver de la escuela le llamaba, para vejarle, por el +apodo, le estuvo escuchando desde la cazuela con las manazas apoyadas +sobre la barandilla y la cara erizada de púas sobre las manos. En sus +ojos, sombreados de una selva enmarañada de pestañas, no se advertía la +chispa de entusiasmo que ardía en los de los demás. Antes se leía el +asombro, la ira y la envidia. Cuando acertó a oir las palabras +jactanciosas del hijo de su rival, no pudiendo sufrir tanta farsa, gritó +con rabia: + +—¡Fuera ese piojo, sollo! + +Indescriptible indignación en el auditorio. Todos los rostros se vuelven +airados a la cazuela. Oyense las voces de: + +—¿Quién es ese borrico?—¡A la cárcel!—¡Fuera ese cerdo! + +El presidente pregunta con terrible severidad: + +—¿Estamos en un pueblo culto o entre hotentotes? + +Esta pregunta así formulada, produce honda impresión en el público. + +Suárez, un poco pálido y con voz alterada, dice al fin: + +—Si la Asamblea lo desea, estoy dispuesto a sentarme. + +_(¡No, no!—¡Que siga! Estrepitosos y prolongados aplausos al orador.)_ + +La indignación contra el grosero interruptor creció a tal punto con +estas humildes palabras, que se oyen gritos amenazadores y muchos agitan +los puños frente al sitio de donde había partido la voz. Alvaro Peña, el +orador griego, más indignado que nadie, sube por fin a la cazuela y a +pescozones y coces arroja al desgraciado Mechacan del teatro entre los +aplausos del público. + +Sosegadas ya las olas, el orador continúa. Hace una excursión por el +campo de la historia para demostrar que los sarrienses, desde la época +de la dominación romana, cuando la España estaba dividida en Citerior y +Ulterior y después en Tarraconense, Bética y Lusitania, hasta nuestros +días, habían demostrado en todas ocasiones un ingenio poderoso muy +superior al de los habitantes de Nieva. Tales declaraciones fueron +acogidas con vivas muestras de aprobación. Introdúcese después +repentinamente en los dominios del Derecho y hace gala de conocimientos +poco comunes, sobre todo en Sarrió, en la ciencia de Triboniano y +Papiniano. Al llegar a cierto punto, con una modestia que le honra +mucho, dice: + +—Lo que acabo de exponer, señores, no tiene ningún valor científico. Lo +sabe cualquier niño que haya saludado las Pandectas... + +Don Jerónimo de la Fuente, maestro de primeras letras de la villa, que +había estudiado por los métodos modernos y sabía algo de Froebel y +Pestalozzi, hombre ilustrado, que había escrito un prontuario de los +verbos irregulares y tenía un telescopio en el balcón de su casa siempre +apuntando al cielo, se levanta de la butaca, y sonriendo con mucha +lástima dice: + +—Las palmetas hace ya bastantes años que se han suprimido de las +escuelas. + +—No he dicho palmetas, he dicho Pan-dec-tas—replica Suárez sonriendo +con mucha más lástima. + +Don Jerónimo enrojece por el paso en falso que acaba de dar. + +El orador continúa y termina al fin, deseando, como el elocuente +ayudante de marina, que Sarrió despierte a la vida del progreso, que +salga del letargo en que yace, y que de algún modo se manifieste en su +recinto la lucha de las ideas, fecunda siempre, y luzca en su horizonte +el sol radiante de la civilización. + +«... Si es verdad, como tengo entendido, que merced a la iniciativa +patriótica y generosa de un respetabilísimo personaje de esta villa, se +prepara el advenimiento a ella del cuarto poder de los estados modernos. +Si es verdad que Sarrió estará dotado en breve de un periódico que +refleje sus legítimas aspiraciones, que sea el palenque donde se +ejerciten sus inteligencias, el salvaguardia de sus más caros intereses, +el centinela avanzado de su tranquilidad y reposo, el órgano, en fin, +por donde se comunique con el mundo espiritual, felicitémonos, señores, +¡felicitémonos de todo corazón! y felicitemos también al ilustre +patricio por cuyo esfuerzo va a llegar hasta nosotros un rayo de ese +astro luminoso del siglo diez y nueve que se llama la prensa.» + +_(¡Bravo, bravo! Todas las miradas se, vuelven ansiosas hacia la +presidencia. La faz de don Rosendo resplandece llena de majestad y +dulzura.)_ + +Después del hijo del Perinolo, pidió y obtuvo la palabra don Jerónimo de +la Fuente. El ilustrado profesor de primeras letras, deseaba +ardientemente levantarse a los ojos del público después de la caída de +las Pandectas. Comenzó, pues, manifestando que abundaba en las ideas del +digno orador (obsérvese que no dijo elocuente ni ilustrado, sino digno, +digno nada más) que le había precedido en el uso de la palabra; que él, +destinado por su profesión a encender la antorcha de la ciencia en las +inteligencias infantiles, no podía menos de ser partidario decidido de +los adelantos modernos y, sobre todo, de la prensa. En corroboración de +estas palabras, se cree en el caso de manifestar que, tan pronto como la +creación de un periódico en Sarrió fuese un hecho, tendría el gusto de +exponer a sus convecinos la resolución de un problema que hasta el día +de hoy se había creído insoluble, el de la «trisección del ángulo», al +cual había dedicado muchos esfuerzos y vigilias, coronadas unas y otros +afortunadamente por el mejor éxito. Habló después con gran oportunidad +de algunas materias, de Geografía física y Astronomía, explicando +algunos problemas de la mecánica celeste, en particular la ley de la +atracción universal, descubierta por Newton, gracias a la cual, los +planetas se mueven alrededor del sol en órbitas elípticas. A este +propósito expuso con gran brillantez lo que era una elipse. Por último, +al hablar de nuestro satélite la luna, hizo observar que el tiempo de su +revolución alrededor de la tierra iba disminuyendo sensiblemente, lo +cual indica que su órbita se va estrechando. Esto, en opinión del +orador, daría por resultado más tarde o más temprano que la luna caería +sobre la tierra, y ambas se harían pedazos. Don Jerónimo se sentó, +dejando el auditorio sumamente agitado, bajo el peso de esta profecía +aterradora. + +Avanzó acto continuo hasta las candilejas, don Rufo, el médico de la +villa, hombre flaco, con barba de cazo, y gafas de oro. A las pocas +palabras declaró explícitamente que, en su opinión, el pensamiento no es +más que una función fisiológica del cerebro y el alma un atributo de la +materia. Pero, ¿en qué parte del cerebro reside el foco de la actividad +intelectual?—se pregunta el orador.—En su concepto, esta actividad +tiene su centro en la «sustancia gris, parda o amarilla», y en modo +alguno en la «sustancia blanca», que no es más que la conductora de tal +actividad. Habló después de la _dura-máter_, de los _hemisferios_, de +los _lóbulos frontal, parietal y occipital_, de la _hoz del cerebro y_ de +la_ tienda del cerebelo_. En este punto tuvo una ocurrencia feliz, +comparando bellamente las circunvoluciones de la sustancia gris a un +montón de intestinos arrojados al acaso. Todas las facultades que +llamamos del alma, no son sino funciones de esta sustancia gris, de este +montón de intestinos. El cerebro segrega pensamientos como el hígado +segrega bilis y los riñones orina. El orador termina afirmando que, +mientras la humanidad no se penetre de estas verdades, no podrá salir +del estado de barbarie en que yace. + +Como nunca quiso ser menos que el médico, pidió la palabra el profesor +de veterinaria Navarro. Después de dedicar algunas frases a +congratularse por la celebración de aquel _meeting_ (ninguno de los que +hablaron dejó de citar la palabreja) expuso algunas ideas muy razonables +acerca de la angina gangrenosa del cerdo y su tratamiento profiláctico. +El orador tropezaba, balbuceaba, sudaba para emitir su pensamiento. Pero +esta deficiencia de expresión, la suplía cumplidamente la novedad y el +interés que el tema ofrecía. A la sazón estaban falleciendo de anginas, +en Sarrió, bastantes de aquellos simpáticos animales. + +El público, por más que escuchaba con respeto y simpatía estas noticias +acerca de la enfermedad que aquejaba en aquel momento al ganado de +cerda, sentía ya impaciencia por oir las declaraciones del presidente. +Después de la alusión del hijo del Perinolo al asunto del periódico, +todos ansiaban saber lo que había de cierto. Mientras Navarro disertaba, +salió una voz de la cazuela gritando: + +—Que hable don Rosendo. + +Y aunque el público castigó con un enérgico chicheo esta grosera +interrupción, era unánime la opinión de que Navarro como orador «no +tenía condiciones». + +Por fin el hombre notable de Sarrió, el portaestandarte de todos los +progresos, el ilustre patricio don Rosendo Belinchón, alzó su busto +majestuoso por encima de la mesa. + +_(Silencio, ¡chis, chis!—¡Callarse, señores!—¡¡Atención!!—¡Por favor, +un poco de atención!)_ + +Estos fueron los gritos que salieron de la muchedumbre, aunque nadie +había osado mover un dedo siquiera. Tal era el afán de escuchar la +palabra presidencial. + +Como todos los hombres de espíritu realmente elevado y de ingenio +penetrante, don Rosendo escribía mejor que hablaba. Sin embargo, su +palabra reposada tenía un sello de grandeza que en vano se buscaría en +los oradores que le habían precedido. + +—Señores (pausa), doy las gracias a todas las personas (pausa) que han +acudido esta tarde (pausa) a la reunión que he tenido el honor de +convocar (pausa mucho más larga durante la cual se suena con ruido). +Tengo una verdadera satisfacción (pausa) en ver reunidos en este sitio a +las personas más ilustradas de la villa (pausa) y a todos los que por +uno o por otro concepto valen y significan algo. + +_(Bravo: muy bien, muy bien.)_ + +Después de este exordio tan lisonjeramente acogido, manifestó el orador +que lo que urgía en aquel momento era «levantar el nivel intelectual de +Sarrió». Después añadió que su propósito al convocar este _meeting_ no +había sido otro que levantar este nivel. _(Aplausos prolongados.)_ Para +llevar a cabo tal empresa se consideraba sin fuerzas y méritos +suficientes. _(Si, si. Aplausos.)_ Pero contaba, creía contar al menos, +con el auxilio poderoso de los muchos hombres de corazón y patriotismo, +de inteligencia y de progreso que Sarrió encerraba. _(Muestras de +aprobación.)_ El medio que creía más eficaz para elevar a Sarrió a la +altura que le correspondía, y hacerle rivalizar dignamente con otras +villas, y aun ciudades marítimas de menos importancia, era la creación +de un órgano que sostuviese sus intereses políticos, morales y +materiales... + +—Y, señores (pausa), aunque todavía no se hayan orillado todas las +dificultades (pausa), tengo el gusto de manifestar a esta ilustrada +Asamblea... _(Atención, chis, chis. ¡Silencio!)_ que tal vez en el +próximo mes de agosto... (_¡Bravo, bravo! Ruidosos, frenéticos aplausos +que interrumpen al orador por algunos momentos.)_ Que tal vez en el +próximo mes de agosto _(¡bravo, bravo! ¡silencio!)_ la villa de Sarrió +contará con un periódico bisemanal. _(Estrepitosos aplausos. Navarro +arroja su sombrero de copa a la escena. Algunos otros espectadores +siguen el ejemplo. Alvaro Peña y don Feliciano Gómez se ocupan en +recogerlos y volverlos a sus dueños. La fisonomía de don Rosendo brilla +con expresión augusta, y sus labios, al contraerse con una sonrisa +feliz, dejan ver las dos filas simétricas de sus dientes, testimonio +elocuente de los progresos odontálgicos.)_ + +—A pesar de esas manifestaciones de cariño que agradezco hasta el fondo +del alma (pausa) el orgullo no me ciega. La escasez de mis fuerzas _(No, +no)_, mi falta de ilustración _(No, no: aplausos)_ hará que el órgano +que funde no corresponda seguramente a las esperanzas del público. +_(Voces de varios sitios: ¡Si corresponderá! Tenemos confianza. +Aplausos.)_ Pero si alguna vez (pausa) la falta de inteligencia puede +ser suplida por la fe y el entusiasmo, será ciertamente ahora. Mi +humilde pluma y mi modesta fortuna pertenecen al pueblo de Sarrió. +_(Muestras vehementes de aprobación.)_ + +El nuevo periódico, según el orador, tenía «una gran misión que +cumplir». Esta misión consistía en plantear las reformas, los progresos +que la villa reclamaba. La necesidad de estas reformas y estos progresos +«estaba en la conciencia de todo el mundo». El mercado cubierto se había +hecho absolutamente indispensable. La carretera a Rodillero era el +anhelo constante de ambos pueblos. En cuanto al macelo público don +Rosendo se preguntaba con sorpresa cómo la villa podía consentir que +existiese un foco de inmundicia como el actual, que era «un verdadero +padrón de ignominia». + +Gabino Maza había estado escuchando con marcado desdén y disgusto desde +su butaca, a cuantos habían hecho uso de la palabra. Revolvíase como si +el asiento tuviese pinchos. Le venían ganas atroces de gritar a los +oradores: «¡Burros, pollinos!» como acostumbraba a hacer en el +Saloncillo, o de fulminar contra ellos uno de esos sarcasmos feroces que +levantan roncha. «Aquellas payasadas» le habían revuelto la bilis. No +era milagro. Ya conocemos la gran virtud de segregación que el hígado +del ex marino poseía. Respiraba con fuerza, sonreía sarcásticamente, +rechinaba los dientes y escupía a menudo, mostrando de este modo su +desaprobación a todo lo que se había dicho, lo que se estaba diciendo y +lo que se había de decir. De vez en cuando, dejaba escapar algún ¡bah! o +algún ¡pouh! o un ¡ta! y otras partículas no menos significativas. Por +último, en mitad del discurso de don Rosendo, o porque nada pudiese +oponer a su grave elocuencia, o porque el ruido de los aplausos le +exacerbase de modo irresistible, es lo cierto que salió de la sala, y +comenzó a dar paseos por delante de la puerta del teatro en un estado de +agitación lamentable. A los pocos momentos, volvió a entrar y subió a la +cazuela. Allí, oyendo a don Rosendo tocar el punto del matadero, pidió +por favor a la plebe que le dejase paso. Una vez en las primeras filas, +gritó reciamente: + +—¡Aquí no se juega trigo limpio! + +Después, se retiró. + +No sabemos en qué consiste; pero es lo cierto, que siempre que en una +reunión se insinúa por alguno la idea más o menos gratuita de que allí +no se juega trigo limpio, tal afirmación produce efectos desastrosos. +Esto es tanto más extraordinario, cuanto que por regla general, en las +asambleas nadie lleva trigo en los bolsillos, ni limpio ni sucio. Y si +por casualidad alguno lo llevase, es bien seguro que no le pasaría +siquiera por el pensamiento jugar con él. + +Don Rosendo, al oir la frase, quedó repentinamente mudo y pálido. Un +fuerte murmullo de sorpresa corrió por todo el ámbito del teatro. +Algunos gritaron:—¡Fuera!—Otros dijeron:—¡Chis, chis!—Las miradas de +todos, después de escrutar las alturas de la cazuela, se dirigieron a la +presidencia. Don Rosendo turbado aún, y con voz algo enronquecida, dijo: + +—Señores: Si con esas palabras se quiere manifestar que yo, al convocar +esta reunión, he abrigado algún pensamiento bastardo, mi delicadeza no +me permite continuar en este sitio, y me retiro... + +—¡No, no! ¡Que siga! ¡Viva el presidente! + +—Yo estoy seguro, señores—dijo el orador visiblemente conmovido,—de +que el individuo que ha gritado no es vecino de Sarrió, no ha nacido en +Sarrió, ¡no puede ser de Sarrió! + +Habiendo murmurado uno que el interruptor era de Nieva, se armó en el +teatro terrible confusión y estruendo. Un grito formidable de:—¡Mueran +los mazaricos! ¡Viva Sarrió!—se eleva de todas partes. Hay que advertir +que en Sarrió se llamaba a los habitantes de Nieva _mazaricos_ a causa +quizá del gran número de pájaros de este nombre que allí suele haber, +mientras los de Sarrió eran llamados en Nieva _pinzones_, por la misma +razón. + +Sosegados al fin los ánimos, don Rosendo da las gracias y cede a las +instancias del público. + +—Antes de ocupar otra vez este sitial (el presidente se había retirado +al fondo del escenario), debo manifestar que si ese papagayo... o +mazarico (_risas_) pretende arrancarme una declaración acerca del +problema del macelo público, no tengo inconveniente en hacerla, porque a +mí no me duelen prendas. _(Viva, curiosidad. No se oye una mosca +volar.)_ Yo declaro solemnemente, señores, que el nuevo macelo, en mi +concepto, no debe emplazarse en otro sitio que en la Escombrera. +_(Inmensa sensación.)_ + +El orador termina con pocas palabras más su grandioso discurso, y +levanta la sesión. Los espectadores salen del teatro medio asfixiados, +tanto por las múltiples emociones que en poco tiempo habían +experimentado, como por los treinta y ocho grados centígrados que había +en el local. + + + + +IX + +HISTORIA DE UNA LÁGRIMA + + +Esto pasaba en las altas esferas. En los dominios obscuros de la vida +privada ocurrían al mismo tiempo algunos sucesos, que aunque no tan +memorables, no dejaban de tener importancia para las personas que en +ellos intervinieron. + +Al día siguiente de la entrevista de Venturita y Gonzalo, que hemos +narrado, éste no visitó la casa de su prometida. Permaneció en la suya, +fingiéndose aquejado por un fuerte dolor de muelas. Tal fué al menos la +noticia que llegó hasta Cecilia por conducto de Elvira, la doncella, que +había visto al criado de don Melchor en la plaza. Al otro día, como no +pareciese tampoco, la familia supuso que aún seguía el dolor. Nadie +dudaba más que Venturita y Valentina. La bordadora huía de tropezar con +la mirada de la niña. Quizá temería avergonzarla, quizá ella misma se +sintiese avergonzada sin saber por qué. Venturita estaba tan risueña +como siempre. Cecilia, a quien sólo se le conocía el mal humor en que +hablaba menos, sacó de su cómoda un elixir dentrífico, copió una oración +a Santa Polonia que le habían dado, y llamando con misterio a Elvira, le +dijo toda ruborizada: + +—Elvira, ¿quieres hacerme el favor de llevar este frasco y este papel +al señorito Gonzalo? + +—¿Ahora mismo? + +—Cuando puedas... Si ahora no tienes que hacer... Quisiera que no se +enterasen... + +—Descuide usted, señorita—respondió la morenita pálida sonriendo con +amabilidad;—nadie sabrá una palabra. Su mamá me va a mandar por +almidón, y a la vuelta, ¡zas! me encajo allá. + +Al recibir Gonzalo el recado, sintióse acometido de punzantes +remordimientos. Comenzó a pasear agitadamente por su cuarto. Tres o +cuatro veces estuvo a punto de tomar el sombrero y plantarse en casa de +Belinchón, y dejar que las cosas siguiesen como habían comenzado. Los +sentimientos honrados, bondadosos y compasivos que en su corazón +existían; la voz de la razón que abogaba en defensa de Cecilia; _el +ángel_, en una palabra, que todo hombre lleva dentro de sí, le incitaba +para que lo hiciese. La imagen gentil y graciosa de Venturita, presente +al recuerdo; el fuego de sus ojos que aún le relampagueaba por el alma; +el dulce contacto voluptuoso de sus cabellos de oro; _el demonio_, en +fin, le retenía. Gonzalo era un hombre sano de cuerpo, de músculos +poderosos, rico de sangre, pero muy pobre de voluntad. Los diablos temen +más a los temperamentos exhaustos que a los opulentos como el suyo. La +batalla que el demonio y el ángel libraron, no duró mucho tiempo. Vino a +decidirla, en favor del primero un billetito de Ventura que Generosa, la +otra doncella de la casa, le trajo. Decía así: _No te impacientes. Hoy +hablaré a mamá. Ten confianza en tu—Ventura._ + +La mirada de la doncella al entregárselo, donde creyó advertir a pesar +de la sonrisa una tácita censura, le turbó un poco. Despidióla con larga +propina. Al abrir después con mano trémula la carta, percibió el perfume +de sándalo que Venturita usaba. Ofrecióse súbito a su imaginación la +imagen hermosa provocativa de la niña, y removió las últimas fibras que +en su ser aún no habían vibrado. Acercóla a los labios, y embriagado y +palpitante de deseo, la besó con frenesí repetidas veces. + +¡Pobre Cecilia! Tomaba el primer pedazo de papel que le venía a la mano, +y sin cuidarse de guardarlo entre esencias, escribía a su novio con +lápiz la mayoría de las veces. ¡Si las mujeres supiesen la importancia +de estos miserables pormenores! + +Venturita había dado vueltas todo el día alrededor de su madre, +esperando ocasión de hablarla sin testigos. A la hora del crepúsculo, +cuando las costureras se fueron, madre e hija quedaron al fin solas. +Cecilia se había retirado a su cuarto dominada por la tristeza que había +disimulado con trabajo durante el día. Doña Paula estaba sentada en una +butaca con los ojos clavados en el balcón, recogiendo los últimos rayos +de la luz moribunda, en actitud melancólica y reflexiva, poco frecuente +en ella. Parecía presentir el disgusto que se cernía sobre su cabeza. +Venturita colocaba los bastidores en un rincón y los tapaba con un +lienzo, arreglaba las sillas y arrastraba la cesta de la costura a un +lado para que no estorbase. + +—Avisa que traigan luz—dijo doña Paula. + +—¿Para qué?—respondió la niña sentándose en una silla baja a su +lado.—Ya está todo arreglado. + +Su madre volvió a entornar los ojos hacia el balcón y quedó en la misma +actitud melancólica. Al cabo de unos momentos de silencio, Venturita +tomó su mano y la llevó con ternura a los labios. Doña Paula volvió la +cabeza con sorpresa. Pocas veces, por no decir nunca, su hija menor le +había dado este beso respetuoso. Sonrió con dulzura y tomándole la barba +entre los dedos, le dijo: + +—¿Estás contenta con el vestido? + +—Si, mamá. + +—Te hace un cuerpo muy bonito. En cuanto le toquen un poco en el pecho, +quedará que ni pintado. + +La niña calló. Alzando los ojos al cabo de un instante le dijo, +esforzándose en dar a su voz una inflexión segura: + +—Dime, mamá, ¿qué opinas de la retirada de Gonzalo? + +—¡La retirada de Gonzalo!—exclamó la señora volviendo con asombro la +cabeza.—¿Qué quieres decir, criatura? + +—Sí, la retirada, porque a mí me consta que no está enfermo. Ayer +estuvo toda la noche jugando al billar en el café de la Marina. + +—¡Bah, bah! ¿Tienes ganas de reir? + +—No me río, mamá, hablo en serio. + +—¿Y quién te ha dicho a ti eso? + +—Lo sé por Nieves, que se lo dijo su hermano. + +—Puede que le haya aliviado el dolor por la noche y saliese a +esparcirse un poco. + +—Y entonces, ¿por qué no ha venido hoy? + +—Porque le habrá vuelto otra vez. + +—No lo creas, mamá... Ten la seguridad de que Gonzalo no quiere a +Cecilia. + +—¿Sabes lo que estás diciendo, necia? Hazme el favor de callarte, antes +que me enfade. + +—Me callaré; pero las pruebas de cariño que está dando no son grandes. + +—¡Tendría que ver eso!—dijo la señora volviéndose airada.—Si Gonzalo +es mucho, Cecilia es más... A mi hija no la desprecia ni Gonzalo ni el +Príncipe de Asturias, ¿sabes?... Me enteraré de lo que acabas de decir, +y si resulta cierto, ya tomaré yo mis medidas. + +Doña Paula era de natural bondadoso y tierno, amiga de los pobres y +generosa; pero tenía la altivez irreflexiva y la susceptibilidad +exagerada de las artesanas de Sarrió. + +—No, mamá, no se trata de eso. ¿Quién te ha dicho que Gonzalo desprecia +a Cecilia? + +—Tú misma. ¿Por qué no la quiere entonces? + +Venturita se detuvo un instante, y respondió con firmeza: + +—Porque me quiere a mí. + +—Vamos—dijo la señora sonriendo.—Ya debí comprender desde el +principio que era todo una broma. + +—No es broma, es la pura verdad... Y si quieres convencerte, +entérate... + +Sacó al mismo tiempo del pecho una carta que llevaba a prevención, y se +la alargó. + +Doña Paula se puso en pie vivamente, y gritó: + +—¡Pronto!... ¡Una luz, pronto! + +Venturita tomó una caja de cerillas que había sobre el costurero, y +encendió una. + +Madre e hija estaban pálidas. Aquélla arrimó la carta a la luz. En +cuanto leyó unos cuantos renglones, se dejó caer en la butaca, y +clavando los ojos con expresión dolorosa en su hija, le dijo: + +—Ventura, ¿qué has hecho? + +—¿Yo? Nada—respondió la niña tirando al suelo la cerilla que tocaba a +su fin. + +—¿Nada te parece, loca, impedir el matrimonio de tu hermana, engañarla +miserablemente, dar un escándalo en la villa como nunca se habrá visto? + +—Yo no he hecho nada de eso. El fué quien se me declaró. ¿Es pecado +dejarse querer? + +—En esta ocasión, sí—replicó con severidad la señora.—A la primera +señal debiste advertirme. Consentir que te hablase de otro modo que como +una hermana, era hacer traición a tu hermana y hacerte a ti muy poco +favor. + +—Pues ya está—replicó la niña en tono desdeñoso. + +—Pues no estará—replicó doña Paula con enojo y levantándose.—¿Qué te +has propuesto, vamos, di?... Mejor dicho, ¿qué os habéis propuesto? + +—Debes suponerlo. + +—Casaros, ¿verdad?—preguntó en tono sarcástico. + +—¡Qué equivocada estás!... El matrimonio de tu hermana quedará +deshecho... Desde ahora mismo lo doy por deshecho... ¡pero lo que es tú, +bien libre estás de casarte con Gonzalo... ni de que éste ponga siquiera +los pies más en casa...! En primer lugar, tú eres una mocosa que +debieras estar jugando con las muñecas y recibiendo azotes... y aunque +no lo fueras, ni tu padre ni yo podíamos consentir que te casaras con un +hombre que ha engañado miserablemente a tu hermana y nos ha engañado a +todos... Lo menos que diría la gente es que estamos muertos por hacerle +nuestro yerno. ¡Que se te quite, niña! + +—Pues que quieras o no quieras—dijo Venturita retrocediendo de +espalda hacia la puerta,—me casaré. + +Doña Paula quiso castigar la insolencia; pero la niña salió +precipitadamente, sujetó la puerta, y entreabriéndola después, dijo con +acento rabioso: + +—¡Me casaré! ¡me casaré! ¡me casaré! + +Al día siguiente, Gonzalo recibió una carta de ella, que decía: «Ayer +hablé con mamá. Se ha enfadado mucho. Hoy hablaré otra vez, y espero que +cederá. Ten confianza.» + +Y en efecto, aquella misma mañana madre e hija volvían a tener habla en +el cuarto de la última. Fué larga, y no sabemos lo que en ella pasó. +Doña Paula salió al cabo de una hora con los ojos enrojecidos de llorar, +llevándose la mano al corazón, del cual padecía a menudo, en dirección a +su cuarto, y se acostó. Ventura salió en pos de ella, serena; pero +pálida. Llamó a Generosa, su confidente, y le dió un recado para +Gonzalo. Este, a las nueve de la noche, se paseaba por delante de la +casa de Belinchón. Pocos minutos después, Venturita abría la ventana del +escritorio, que estaba en la planta baja y tenía rejas. + +—Ya está todo arreglado—dijo en voz de falsete luego que el joven se +hubo acercado. + +—¿Cómo? ¿De veras?—preguntó éste con alegría. + +—¡Oh, buen trabajo me ha costado! Estaba furiosa. + +—¿Y tu papá? + +—Papá aún no sabe nada; pero cederá también... ¡Vaya si cederá!... La +receta no puede ser más eficaz. + +—¿Qué receta? + +—La que he empleado... La cosa se había puesto tan fea, que ya estaba +resuelto que tú no volvieras más a casa. A mí me mandaba a Tejada en +castigo. Ni súplicas ni razones valían de nada. Estaba loca de ira. Te +llamaba infame y traidor. A mí, ¡figúrate cómo me pondría!... Entonces +no tuve más remedio que apelar al último recurso... por más que sea un +poco fuerte—añadió en voz más baja y alterada. + +—¿Qué recurso?—preguntó Gonzalo con curiosidad. + +Venturita guardó silencio algunos momentos. Al cabo respondió +avergonzada: + +—Le dije... le dije que tú y yo no podíamos menos de casarnos ya. + +—¿Pues? + +—Pues... pues... adivínalo—dijo la niña con impaciencia. + +En efecto, Gonzalo adivinó y experimentó una impresión de repugnancia y +temor. Calló obstinadamente por algún tiempo. Venturita le preguntó al +fin: + +—¿Te ha parecido mal? + +—Sí—respondió secamente. + +—Pues dispensa, chico... Mañana le diré que todo ha sido una mentira... +y hemos concluído. + +—Nada se adelanta ya. Lo que me parece mal no es el resultado, como +debes comprender, sino que haya salido eso de ti. + +—Más pierdo yo que tú. + +—¡Por lo mismo lo siento! + +—Bien, pues dale expresiones—replicó desabridamente levantándose del +alféizar de la ventana, donde estaba sentada. + +Gonzalo alargó la mano por entre las rejas, y la retuvo por el vestido. + +—Espera. + +La tela crujió. + +—Ya me has roto el vestido, ¿lo ves? + +—Si no te disparases tan pronto... + +Y logrando cogerla por un brazo, la obligó a sentarse. + +—¡Qué barbaridad!—exclamó la niña riendo.—Así deben hacerse el amor +los osos. + +—¿Me quieres?—preguntó Gonzalo riendo también. + +—No. + +—Sí. + +—No. + +—Dame la mano de amigo. + +La niña le alargó su blanca y primorosa mano, y el hercúleo mancebo la +besó con pasión repetidas veces. + +—Hasta mañana. Ya te daré noticias de lo que ocurra—dijo levantándose +otra vez. + +Gonzalo se alejó. A los cuatro pasos se le ocurrió que las noticias +tenían que ser referentes al modo como Cecilia recibía la de su desleal +conducta, y su frente se arrugó de nuevo con expresión dolorosa. + +A vueltas con esta preocupación cruzó distraído la Rúa Nueva, entró en +la plaza de la Marina, siguió caminando por el muelle y se alargó hasta +la punta del Peón. La noche estaba serena y despejada. Las estrellas +centelleaban en el firmamento cabrilleando en las aguas tranquilas de la +bahía. La jarcia de los buques surtos en ella se destacaba con bastante +claridad del fondo azul obscuro. Aún no había sonado el grito de +«apafogones», y se notaban en ellos algunas luces y algún movimiento. +Los marineros, recostados sobre la obra muerta, departían antes de +retirarse al camarote. De vez en cuando, mirando hacia un gran vapor +inglés anclado en el medio, gritaba uno: «_All right_» exagerando la +pronunciación: «_all right_», contestaban de un patache. El grito se iba +repitiendo en todas las goletas, pataches y quechemarines. Era la broma +que gastaban con los ingleses que allí arribaban. Pero el gran vapor se +mantenía silencioso, cabeceando flemáticamente con ese desprecio tan +profundo que nadie mejor que un hijo de Albión sabe afectar. + +En la punta del Peón se tropezaba con tal cual paseante que tomaba el +poco fresco que había. Era una de las noches más calurosas de agosto. +Gonzalo, atormentado por el calor y por la idea de su comprometida +situación, se paseaba con el sombrero en la mano. Antes de llegar al +término del malecón, percibió sobre el segundo paredón una figura +gigantesca. + +—Allí está mi tío—se dijo. + +El viejo marino pasaba una gran parte de su existencia sobre aquel +paredón, en íntimo coloquio con el mar, su antiguo amigo y compañero. +Para él no tenía secretos el terrible Océano, ora durmiese tranquilo en +su inmenso lecho de arena, ora despertase furioso escupiendo al cielo +sus espumas. Podía dar nuevas seguras y anticipadas de sus cóleras, de +sus desmayos, de sus sonrisas, de sus más profundas palpitaciones. El +monstruo le abría su seno líquido, como a un confidente leal: le decía +cuánto se aburría en su prisión de granito, y qué ganas le acometían a +veces, presenciando las infamias de los hombres, de precipitarse sobre +la tierra, y barrer de una vez este asqueroso hormiguero. Y el buen +caballero solía responderle, pensando en el crimen que acababa de leer: + +—Tienes razón, camarada; yo, en tu caso, es posible que lo hiciera. + +Por nada en el mundo dejaría don Melchor de dar sus paseos matutinos, +vespertinos y nocturnos por la punta del Peón. En vida de su mujer, +cuando estaba acatarrado, veíase precisado a prescindir de estas +visitas, y era lo que más le atormentaba. Ahora que, por desgracia, no +tenía quien le sujetase, acatarrado y todo salía. + +—Para los catarros, no hay nada como el aire libre del mar. + +Cuando de tarde en tarde se resentía del estómago, bebía un par de vasos +de salmuera, y quedaba arreglado. + +—No hay purga tan natural, tan eficaz e inofensiva como el agua del +mar. + +En cierta ocasión adoleció de una pierna. Dos úlceras le fueron +corroyendo la carne, hasta dejar descubierto el hueso. Los médicos, no +sólo daban por perdida la pierna, sino que temían por su vida. +Desahuciado ya, tuvo la audacia de hacer que le llevasen a la playa y le +bañasen. A los nueve baños, las úlceras estaban cerradas. Imagínese lo +que pensaría después de esto, de la virtud curativa del mar. + +En cambio, tenía marcada ojeriza a los ríos. El aire del río le ponía +ronco. La humedad le daba dolores de reuma. Las nieblas le sofocaban y +le ponían asmático. Eso de que el aire fuese en ellos «encallejonado», +le inspiraba una aversión y un desprecio indecibles. + +Don Melchor dormía poco. Se levantaba con estrellas, y en cuanto se +levantaba subía al mirador, escrutaba el cielo y el mar, y después de +haber trazado en la cabeza un estado meteorológico provisional del día, +bajaba a fijarlo definitivamente a la punta del Peón. Allí establecía de +una vez si el viento era _entablado_ o simple _vahajillo_, si era +francamente _a la estrella_ o se inclinaba al cuarto cuadrante; si el +semblante estaba _calimoso_ o _cerrado_; si la mar estaba _picada_ o _de +leche_; cuánto tiempo duraría todo esto; qué viento apuntaría al +mediodía; si la mar sería gruesa a la tarde o abonanzaría, etc., etc. No +podría tomar el chocolate si no hubiese hecho tales observaciones. + +Y, en verdad, que aunque esto parezca una manía, téngola por menos +insensata que la de levantarse de la cama para escrutar el rostro del +vecino, si está limpio o sucio, alegre o aborrascado, si come o si +ayuna, si duerme o si vela, si huelga o trabaja, cuánto tiempo permanece +en casa, y qué rumbo toma cuando sale. + +Gonzalo subió al segundo paredón con un deseo irresistible de desahogar +el pecho, y poner a su tío al tanto de lo que ocurría. Y eso que la +condición brusca y severa de éste no se amoldaba muy bien a las +confidencias amorosas. Pero la ocasión era crítica y precisa. Don +Melchor, que con el peso de los años solía doblar un poco el cuerpo +hacia adelante, al ver acercarse un hombre a él, se irguió. Porque era +empeño el que tenía en que nadie advirtiese su decadencia y le diputasen +por varón inexpugnable. + +—¿Eres tú, Gonzalillo? + +—El mismo, tío. + +—¡Milagro! A ti te gusta más ver rodar las bolas de marfil que las +olas. + +—No; hoy no he jugado al billar. Me encuentro triste, preocupado... y +quisiera hablar con usted de un asunto serio, a ver qué me aconseja. + +Don Melchor le miró con sorpresa. + +—¿Un asunto serio? + +—Sí... Vamos a ver, tío: ¿usted se casaría con una mujer a quien no +quisiera? + +—¡Qué pregunta! El matrimonio a mi edad es un barreno en los fondos, +querido. + +—¿Pero si fuese joven, se casaría?... + +—Jamás. + +—Pues bien, tío... Yo no quiero a Cecilia. + +—¿Que no quieres a Cecilia?—exclamó estupefacto el caballero. + +Hay que advertir que don Melchor sentía un cariño ciego, casi adoración +por la prometida de su sobrino. Para él aquella criatura era sagrada. +Desde que Gonzalo se fijó en ella y él lo supo, la hizo objeto de una +observación pertinaz lo mismo que si estuviese reconociendo el casco de +un buque antes de arbolarlo. La halló buena, callada, inteligente y +hacendosa, y sintió una intensa alegría amargada tan sólo por la noticia +de que los novios no se irían a vivir con él. Visitaba poco la casa de +Belinchón, pero cuando tropezaba a la joven en la calle, nunca dejaba de +pararla, mostrándose tan galante y expresivo como jamás le había visto +nadie. + +—¿Que no la quieres?—repitió.—¿Y por qué no la quieres, zopenco? + +—No lo sé. Hice esfuerzos sobrehumanos por cobrarle amor, y no lo he +conseguido. + +—¿Y ahora te acuerdas de eso? ¿Un mes antes de casarte? Vamos, Gonzalo, +a ti hay que darte una carena en la cabeza. + +—Es una atrocidad... lo comprendo... pero yo no puedo resignarme a ser +desgraciado toda la vida. + +—¡Desgraciado! ¿Y llamas desgracia, grandísimo zarramplín, casarte con +una joven tan buena y tan hermosa que no hay otra en Sarrió que le +llegue a la suela de los zapatos? + +Gonzalo no pudo menos de sonreir. + +—Cecilia es una buena muchacha, digna de casarse con un hombre mejor +que yo... pero, hermosa, tío... + +—¡Hermosa, sí, hermosa, majadero!—exclamó furioso el señor de las +Cuevas.—¿Serás capaz de poner tachas a un ángel? + +El veterano estaba (aunque la afirmación cause asombro) en la edad en +que mejor se siente la poesía de la mujer, que es la exquisita +sensibilidad, la resignación, la dulzura, el sacrificio y no la efímera +disposición de la forma, como juzga la impetuosa y desapoderada +juventud. + +—No riñamos por eso. + +—Sí reñiremos... No quiero que vuelvas a hablarme de Cecilia de ese +modo... ¡Vaya, vaya! + +—Bien; pues confieso que Cecilia es una chica muy linda... pero... + +—¿Pero qué? + +—Pero yo no puedo quererla... porque ya quiero a otra. + +—¡Qué mil diablos estás diciendo ahí, muchacho!—profirió don Melchor +sujetando por el brazo a su sobrino y sacudiéndole. + +—No puedo remediarlo, tío. Estoy enamorado hasta el cogote de su +hermana Ventura. + +—¿Estás en tu juicio o entre dos aguas, rapaz? + +—Hablo en serio... La quiero, y ella me quiere. + +—¿Y crees que con eso está dicho todo?—dijo el anciano cada vez más +irritado.—¿Crees que así se puede faltar a un compromiso sagrado? +¿Crees que así se puede dejar a una joven expuesta a la burla de la +población? ¿Crees que habrá padres que autoricen semejante infamia? + +—Tío—respondió Gonzalo suavemente,—antes de atreverme a decirle a +usted lo que acaba de oir, han ocurrido cosas que me obligaban a dar +este paso. Mis relaciones con Venturita son formales. Su madre las +conoce y las ha autorizado, y a estas horas también su padre debe tener +noticia de ellas. + +—¿Y las autorizará? + +—Estoy seguro de ello. + +Don Melchor dejó el brazo de su sobrino que tenía cogido, y se llevó la +mano a la frente. Estuvo un rato largo sin hablar. + +Al cabo dijo con palabra lenta y acento melancólico: + +—Bien está... Yo nada puedo hacer para evitar esa vergüenza... ¡porque +es una vergüenza!—añadió con energía.—Eres mayor de edad, y aunque no +lo fueses, en estos asuntos no intenvendría jamás. + +—¿Se enfada usted? + +—Tampoco cabe aquí el enfadarse. Lo siento únicamente. Lo siento por +ella, pues he llegado a cobrarla cariño... y lo siento aún más por ti, +Gonzalo. Al hombre que falta a su palabra, no puede ayudarle Dios... +Estabas ya a bordo de un barco seguro, de porte, de madera blanca bien +sangrada, con los fondos forrados, los árboles recios y el aparejo +limpio y sencillo, y lo dejas para embarcarte en otro más ligero y +galán... Buen provecho te haga. Pero ten en cuenta, hijo, que el viaje +es largo, la mar ancha y brava; lo que ahora es bonanza, en un instante +se convierte en marejada de leva; el viento no siempre fresquito, y +cuando arrecia, se pone pesado de veras. Entonces no valen primores en +la arboladura ni pinturas en las bandas, sino madera, mucha madera. Dame +quillas, y te daré millas. De poco vale salir empavesado del puerto si +el casco no puede con el aparejo... Ya sabes que Cecilia me gustaba... +Siento mucho no poder decirte lo mismo de su hermana... Esto no es +hablar contra ella. Ni la conozco bastante, ni a mí me corresponde +hacerlo; pero puedo y debo decirte mis sentimientos, aunque no hagas +caso de ellos... + +—¡Oh, tío!... + +—Nada, nada, querido: cuando a un muchacho le cae sobre la cabeza un +suestazo de éstos, es menester arriar de salto las escotas y dejarle +navegar a bolina desahogada. Tú estás requemado al parecer... bueno, +pues refréscate... Pero ten en cuenta que ni llevas rumbo seguro, ni +obras como caballero. + +—¡Tío! + +—Más claro que yo, el agua, querido. Si has logrado vencer la +resistencia de los padres, y si has salvado las dificultades, no +lograrás por eso hacer de lo blanco negro, no convertir una mala acción +en buena... Pica, pica los cables y larga vela. Yo soy viejo ya, y tengo +esperanza de no verte correr los temporales que sobre ti han de caer... +Pero si Dios quisiera darme ese castigo, si algún día, por mis pecados, +te viese correr a palo seco y bebiendo agua por las bordas... sentiré, +hijo mío, no tener fuerzas ya para tirarte un cabo. + +La voz del anciano se había conmovido al pronunciar estas últimas +palabras. Gonzalo sintió apretársele el corazón. Guardaron silencio +obstinado un buen rato. Al cabo don Melchor dijo: + +—¿Vienes a cenar, Gonzalito? + +—Ahora no tengo apetito, tío; allá iré un poco más tarde. + +—Bien, pues hasta ahora—pronunció tristemente el señor de las Cuevas. + +Y se alejó lentamente en dirección de tierra, perdiéndose a poco entre +las sombras. + +Gonzalo quedó como estaba, de bruces sobre el pretil del paredón, +contemplando el mar que lo batía suavemente. Las olas, después de chocar +en la piedra con leve y hueco estampido, retrocedían corriendo sobre las +otras, y producían rumor semejante al de una cortina que se despliega. +De sus espumas brotaba la claridad fosforescente acusando la presencia +de los millones de millones de seres que allí habitan, con el mismo +sosiego que nosotros en la tierra, a pesar de su vertiginosa marcha por +los espacios. El monstruo dormía debajo del manto obscuro de la noche, +tranquilo y feliz como un niño, a quien no agitan tristes ensueños. +Apenas se percibía el blando soplo de su respiración en las concavidades +de las peñas. Hacia el Poniente alzábase la negra silueta del cabo de +San Lorenzo que avanzaba mar adentro buen trecho, y en su extremidad un +faro movible desparramaba a intervalos iguales sus luces, ora blancas, +ora verdes, ora rojizas. En el firmamento brillaban las estrellas con +fulgor extraordinario. Hasta los innumerables soles de la vía láctea +dejaban caer como nunca su blanca luz sobre la húmeda llanura. Júpiter +relampagueaba en el cielo como el dios de la noche, rompiendo la +obscuridad con sus hermosos rayos anaranjados.. + +De pronto cambió la decoración. Allá hacia Levante el pálido semicírculo +de la luna asomó su cuerno superior sobre las aguas dormidas. Una estela +de luz corrió vivamente sobre ellas inflamándolas. El lucero divino +recogió sus rayos con galantería, ante la luz serena de la diosa que +empezó a levantarse lenta y majestuosamente, eclipsando los diamantes de +todos tamaños que en torno suyo lucían. Alzábase en medio de una +atmósfera radiante y espléndida, dibujando sobre ella sus graciosos +contornos y esparciendo por el ambiente balsámico influjo. Y el Océano +que dócil a él va y viene sin cesar desde el principio del mundo, se +encendió en pura llama, tembló su vasto seno inflamado, y arrojó sus +aguas a las peñas de Santa María como enormes capas de mercurio que al +retirarse se sobreponían a otras y se fundían con ellas. + +Reinaba silencio sublime, un recogimiento de suavidad inefable en +aquella escena tan vieja y tan nueva a la vez. La Naturaleza parecía +suspender su curso para escuchar la eterna armonía de los cielos. + +Las olas se acariciaban blandamente sin osar interrumpir con ruidosos +juegos la augusta serenidad de la noche. + +Gonzalo, a pesar de la viva inquietud en que la conversación con su tío +le dejara, sintió la fascinación de aquel mar, de aquel cielo, de +aquella luna, y su _agitación_ se fué transformando en _tristeza_. Las +severas palabras del viejo marino habían despertado a latigazos su +conciencia. Renació con más furia que antes la lucha entre el ángel y el +demonio. Una vez estuvo aquél a punto de vencer. El joven imaginó +presentarse al día siguiente en casa de Belinchón, hablar con doña Paula +y rogarla que no dijese nada a Cecilia y apresurase el matrimonio. Pero +al instante se le ofreció a la mente la imagen de Venturita, y pensó que +le sería imposible vivir al lado de ella, sin padecer horribles +tormentos. Entonces, como acaece casi siempre en estas luchas, vino el +período de las transacciones.—«Nada, lo mejor—se dijo—es huir, +marcharse otra vez a Francia o Inglaterra, y no casarse con una ni con +otra. De este modo no hay traición. La herida que causo a Cecilia se +cicatrizará pronto. Hallará un marido que valga más qué yo, y cuando +vuelva al cabo de algunos años, probablemente la encontraré feliz y +rodeada de hijos...» + +Pero... ¡huir de Ventura! ¡Huir de aquella imagen radiante de felicidad! +¡No escuchar más su voz que causaba en el alma delicias incomprensibles! +¡No sentir el dulce contacto de su mano fresca y maciza como un botón de +rosa! ¡Alejarse de sus ojos brillantes y risueños y magnéticos!... ¡Oh, +no! + +Sentía la frente bañada en sudor. Una mortal congoja le acometió +pensando en esto, como si ya la decisión estuviese tomada, y para salir +de ella tuvo que decirse:—«Ya veremos, ya veremos... Ahora es muy +difícil, casi imposible, volverse atrás... La madre ya lo sabe... Don +Rosendo también... y Cecilia a estas horas acaso...» + +El ángel aflojó sus brazos, cansados ya, desprendió las manos y cayó al +fin rendido. Si no con los del cuerpo, Gonzalo pudo ver con los ojos del +espíritu su blanca imagen cruzar la atmósfera serena y hundirse en las +aguas resplandecientes. + +Y lloró acometido de extraña tristeza. Esta clase de luchas nunca se +efectúan en el alma humana sin desgarrarla por algún sitio. Para +alcanzar la dicha necesitaba pisar el corazón de una inocente joven, +violar un juramento, ser un traidor. Las palabras de su tío vibraban aún +en sus oídos:—«Al hombre que falta a su palabra no puede ayudarle +Dios.» Y, en efecto, él se consideraba indigno de esta ayuda. Un +presentimiento cruel, indefinido, de desgracia, de muerte, de tristeza, +le atravesó el pecho, y en intensa y rápida visión observó la fealdad +de la vida sin virtud ni sosiego, como el caballero de la leyenda que, +abrazado a una dama joven y hermosa, al oscilar la luz por la fuerza del +viento la veía transformada en vieja, descarnada y hedionda. + +Las aguas batían suavemente el paredón a sus pies. Con los ojos clavados +en ellas seguía distraído su movimiento ondulante. Las algas, sujetas al +fondo, se agitaban con el vaivén de las olas semejando la cabellera de +un muerto. ¡Qué bien se dormiría allí abajo! ¡Qué paz en aquel fondo +transparente! ¡Qué mágica luz arriba! Gonzalo escuchó por primera vez en +su vida la voz elocuente de la Naturaleza que invita a reposar en su +seno maternal, esa voz dulce de irresistible atractivo que los +desgraciados escuchan hasta en sueños, y que les impulsa tantas veces a +acercar el frío cañón de una pistola a la sien. + +Fué un instante no más. Su feliz temperamento sanguíneo se rebeló contra +ese llamamiento. La vida, que hervía exuberante en su naturaleza de +atleta, rechazó con indignación aquel fugaz pensamiento de muerte. Un +suceso insignificante, la aparición de una lucecita verde en los +confines del horizonte, bastó para divertir su imaginación de aquellas +ideas tristes.—«Un barco que quiere entrar—se dijo.—¿Qué hora será? +(Sacó el reloj.) ¡Las diez y media ya! Si fuese un poco más temprano, me +quedaría. Vamos a ver si aún está esa gente en el café y quiere jugar +unos _chapós_.» + +Sacó un magnífico cigarro habano de la petaca, lo encendió, y chupándolo +voluptuosamente, se fué acercando, poco a poco, al café de la Marina. + +Casi a la misma hora pasaba en casa de Belinchón una escena triste. Todo +aquel día, había estado doña Paula en su lecho, quejándose de una fuerte +opresión en el lado izquierdo, que le dificultaba mucho el respirar. No +le gustaba llamar al médico, por esa antipatía invencible y aun terror +que tiene la plebe a la ciencia. En cambio acostumbraba a propinarse +cuantos remedios absurdos le aconsejaban las muchas mujerucas que +acudían diariamente a su casa para sacarle los cuartos con viles e +hiperbólicas adulaciones. Así, que no cesaron las fricciones de sebo de +carnero, las tazas de hortelana, la enjundia de gallina, etc., etc. Por +fin, a despecho de esta formidable terapéutica, la buena señora mejoró +bastante al obscurecer: hasta quiso levantarse; pero se lo impidieron +Cecilia y Pablito. Uno y otra la habían acompañado largos ratos sentados +a la cabecera de la cama. En particular Cecilia apenas se separó más +instantes que los necesarios para preparar las unturas y tisanas. +Pablito hacía frecuentes, excursiones a los corredores, donde, por rara +casualidad, tropezaba casi siempre a Nieves y la hacía pagar derechos de +peaje. A veces, sus carcajadas reprimidas llegaban hasta el cuarto de la +enferma, y ésta sonreía con benevolencia diciendo a Cecilia: + +—¡Qué locos! + +Sin ocurrírsele, por supuesto, que su adorado hijo pudiera hacer otra +cosa que jugar al escondite. + +Según iba quedando libre y desembarazado su pecho, cargábasele la cabeza +con el cuidado de comunicar a su hija aquella tan triste noticia que la +había puesto en cama. No hacía más que dirigirle largas y melancólicas +miradas, suspirando al mismo tiempo con señales de dolor. Varias veces +había dicho: + +—Cecilia, oye. + +Y otras tantas, arrepentida, la había ordenado cualquier menudencia. + +Había cerrado la noche. Venturita encendió la lámpara veladora, y +después se fué. Pablo, viendo a su madre mejor, y no teniendo ya ocasión +de ejercer sus derechos señoriales en los pasillos de la casa, fué a dar +una vuelta por el café. Quedaron madre e hija en la alcoba; la primera +en la cama, tranquila ya; la segunda, sentada cerca de ella. Después de +rato largo de silencio, durante el cual la señora de Belinchón dió mil +vueltas en su cabeza para hallar una entrada que la llevase naturalmente +a la confidencia que estaba obligada a hacer. + +—¿Han cosido hoy mucho las chicas?—preguntó. + +—No sé... Apenas he ido por allá—respondió Cecilia. + +—Me figuro que, si seguimos trabajando tanto, vamos a concluir +demasiado pronto. + +—Puede ser. + +Doña Paula no supo cómo proseguir, y guardó silencio. + +Al cabo de algunos minutos cogió el hilo de nuevo. + +—En todo este mes de agosto quedará terminado el equipo... Y yo creo +que tardaréis aún algunos meses en casaros. + +—¿Algunos meses?... + +—Me parece... Creo que Gonzalo no desea que la ceremonia sea tan +pronto—dijo la señora con voz temblorosa. + +—¿Te lo ha dicho él? + +—Sí; me lo ha dicho... Digo, no, decírmelo, no... pero lo he adivinado +por ciertas cosas... por algunas palabras indirectas.... + +Doña Paula estaba aturdida y sofocada. Afortunadamente, Cecilia no podía +observar bien el color encendido de sus mejillas. + +—Desearía saber qué palabras fueron ésas—manifestó la joven con +firmeza. + +—¡No me lo preguntes, hija de mi alma!—exclamó la señora rompiendo a +sollozar. + +Cecilia se puso fuertemente pálida, y dejó que su madre le besase con +efusión la mano que tenía entre las suyas. + +Repuesta del susto, preguntó: + +—¿Qué ha pasado, mamá?... Habla. + +—Una cosa horrible, alma mía... ¡Una infamia!... Quisiera morirme en +este momento, para no ver la ruindad, la maldad que se hace con una hija +mía. + +—Tranquilízate, mamá. Estás enferma, y puede hacerte mucho daño esta +emoción. + +—¡Qué importa! Te digo que quisiera morirme... Daría con gusto la vida +por que no quisieras a Gonzalo... ¿Le quieres, corazón mío, le quieres +mucho? + +Cecilia no contestó. + +—¡Dime, por Dios, que no le quieres! + +Cecilia siguió callada. Al cabo de algunos instantes dijo, esforzándose +en vano por dar una inflexión segura a la voz: + +—Gonzalo renuncia a casarse conmigo, ¿verdad? + +A su vez doña Paula guardó silencio y ocultó su rostro lloroso entre las +manos. + +Transcurrieron algunos instantes. + +—¿Tiene alguna queja de mí? + +—¡Qué ha de tener! ¿Quién podrá tener queja de ti, mi cordera? + +—Entonces, si es que ya no le gusto o no me quiere, ¿qué vamos a +hacer?... Más vale que me desengañe a tiempo. + +—¡Oh!—gritó doña Paula rompiendo de nuevo a sollozar. Bajo la aparente +resignación de su hija adivinaba un dolor profundo, que hacía esfuerzos +por ocultarse. + +—¡Qué le vamos a hacer, mamá! ¿No vale más que me lo diga ahora que +después de casados? ¿No comprendes la vida de tormentos que pasaría +unido a una mujer a quien no quisiera?... La pena que puede causarme en +este momento, por grande que sea, no puede compararse a la que tendría +al saber que mi marido no me amaba. La pena entonces sería cada vez +mayor hasta la muerte, mientras que ahora puede desaparecer o por lo +menos calmarse... Acaso después que él se vaya, no viéndole en mucho +tiempo le iré olvidando poco a poco... + +—Es... que no se va—profirió confusamente la señora. + +—Si no se va, paciencia... Procuraré no salir de casa, y así no le +veré. + +—Es que... ¡hija de mi alma, tu desgracia es aún mucho mayor!... +Gonzalo está enamorado de tu hermana. + +Cecilia se puso aún más pálida, hasta dar en lívida, y guardó silencio. + +Su madre le volvió a besar la mano con efusión. Después la trajo hacia +sí y le cubrió de besos el rostro. + +—Perdóname que te esté martirizando de este modo... Por mucho que tú +sufras, aun sufro yo más... Ayer por la tarde, tu hermana me lo vino a +decir,.. Figúrate el susto y el dolor que habré recibido... Mi primer +impulso fué ahogarla, porque es imposible que ella no tenga la mayor +parte de la culpa... Me dió pruebas de que estaban ya hace tiempo en +relaciones, me enseñó cartas... Luego, la falta de Gonzalo en estos +días, lo hacía todo creíble. En cuanto estuve convencida de la traición, +le dije lo que venía al caso, esto es, que yo no podía consentir que +nadie hiciese burla de una hija mía, y que Gonzalo no pondría más los +pies en esta casa en toda su vida; que tan villano y tan infame era él +como ella... Todo lo que se me vino a la boca. Pero esta mañana... esta +mañana supe una cosa más horrible todavía... Supe que tu hermana ha +llegado donde no puedo ni quiero decirte. No hay más remedio que +casarlos, y cuanto más pronto... Ya sabes por qué me ha dado esta +opresión que por poco me mata, ¡y más valiera que así fuese!... Lo mismo +tu padre que yo estamos cogidos, tenemos los brazos atados. Si no fuese +así, antes que consentir en ese matrimonio, me harían primero pedazos... +La infamia que contigo ha usado ese hombre, me lo hace aborrecible ya +para toda la vida... ¡Sí, sí, para toda la vida!—añadió con acento +iracundo. + +Cecilia no respondió. Cruzadas las manos sobre el regazo, y la cabeza +inclinada sobre el pecho, miraba al suelo con ojos atónitos. Ni el +discurso entrecortado y vehemente de su madre, ni los sollozos que le +siguieron, lograron hacerla variar de actitud. Así permaneció un buen +rato, inmóvil y blanca como una estatua. + +En aquellos grandes ojos extáticos, tembló al fin una lágrima, creció, +vaciló... desprendióse rodando, dejando húmedo surco sobre sus mejillas +marchitas, y cayó como una gota de fuego sobre su mano, que se dejó +quemar sin moverse. Poco después, se había evaporado. Un ángel la +recogió y la llevó a Dios para que pidiese cuenta de ella a quien +correspondiese. + + + + +X + +DE LA GLORIOSA APARICIÓN DE «EL FARO DE SARRIÓ» EN EL ESTADIO DE LA +PRENSA.—PRIMEROS FUEGOS DE LA BATALLA DEL PENSAMIENTO. + + +Una nueva y clara luz amanecía sobre Sarrió, después de tantas +tinieblas. Por la merced y gracia singular de Dios, hallóse la hermosa +villa provista, cuando menos lo pensaba, de un órgano en la prensa, +siquiera fuese semanal o «hebdomadario», según decía su ilustre +fundador. Graves obstáculos, escollos peligrosos se oponían a la +realización de la empresa. Todos supo vencerlos y evitarlos la +perseverancia y el genio del hombre extraordinario que la tomara a su +cargo. La primer dificultad vencida fué la del dinero. Se crearon +cincuenta acciones de mil reales cada una, para el sostenimiento del +periódico, de las cuales los amigos de don Rosendo sólo tomaron nueve; +don Rudesindo cinco, don Feliciano dos y don Pedro Miranda, a pesar de +su cuantiosa renta, otras dos nada más. En cuanto a los otros, Alvaro +Peña, don Rufo, Navarro, etc., se disculparon con su falta de recursos, +y no les faltaba razón. Además, ponían en el negocio su inteligencia, +que es lo principal. Quedóse con las cuarenta y una restantes, don +Rosendo. Grandeza singular de ánimo que causó excelente impresión en +todos. + +Despacháronse emisarios a Lancia en busca de imprenta. No habiendo dado +resultado sus gestiones, el mismo fundador se trasladó a la ciudad. Al +cabo de algunos días tuvo la fortuna de descubrir a un impresor +arruinado hacía algunos años, cuyos tórculos rotos y enmohecidos no +había querido comprar nadie y yacían cubiertos de polvo en un obscuro +sótano. Cuando don Rosendo fué a examinarlos en compañía de su dueño, no +pudo menos de sentir respetuosa emoción. Un raudal de graves y profundas +reflexiones se desprendió acto continuo de su mente al +contemplarlos:—«He aquí—se dijo—los instrumentos más poderosos del +progreso humano en vergonzosa holganza, no por culpa suya, sino por el +abandono de los hombres. ¡Cuánta ilustración, cuánto pan espiritual +pudieron esparcir en los años que llevan arrinconados y silenciosos! +Mientras la barbarie y la ignorancia imperan en la mayor parte de +nuestras comarcas, ellos, que son los únicos que tienen fuerza para +desterrarlas, permanecían aquí inmóviles, faltos de una mano que los +empuje y arranque de sus entrañas los secretos de la ciencia y la +política.» + +Poco faltó para que los besara y abrazara tiernamente. El impresor, +hallándole en tan benévola disposición de ánimo respecto de ellos, no +quiso ser menos, y se declaró enamorado hasta los huesos de sus +instrumentos. Por ningún dinero consentiría en desprenderse de aquellos +antiguos compañeros que le habían ayudado a ganarse el pan (y el vino +también, según lo que se decía por el pueblo). Cantó sus excelencias con +tal fuego y entusiasmo, como si fueran sus padres y sus hermanos y a +ellos debiera el soplo de vida que le animaba, e hizo además la +importante declaración de que imprimían, si no tan pronto, mejor y mas +limpio que todas las prensas conocidas hasta el día. De acuerdo con +estos extremos, don Rosendo se esforzó, no obstante, en convencerle de +que debía enajenarlos siquiera por que no se perdiesen sus notabilísimas +cualidades. Pero cuanto más elocuente se mostraba el negociante, más +tierno y encariñado aparecía el impresor. Por último, se convino en que +éste no se desprendiese de aquellas prendas, tan caras a su corazón, ya +que no tenía valor para llevarlo a cabo, y se trasladase con ellas a +Sarrió, donde se establecerían definitivamente. Llevaría consigo algunos +cajistas que pudiesen enseñar a otros jóvenes de la villa, y todos los +enseres necesarios para montar la imprenta. Folgueras, que así se +llamaba el impresor arruinado, quedaba como dueño y regente de ella. +Cobraría por la tirada del nuevo periódico un tanto, mayor dos veces, +según nuestros cálculos, a lo que cobran en las mejores imprentas de +Madrid. No era mucho si se tiene en cuenta el mérito de los tórculos y +el acendrado amor que les profesaba. + +El título fué uno de los puntos en que mejor se mostró el gallardo +ingenio e invención de don Rosendo. Intitulólo _El Faro de Sarrió_, +nombre altamente expresivo y sonoro, y de alcance singular, por cuanto +no otra cosa se proponía su fundador que esclarecer a su pueblo y darle +esplendor. Secretamente encargó a Madrid un grabado para la cabeza del +periódico. Al llegar pocos días después, causó espasmos de alegría, +tanto entre los accionistas como entre todos los que tuvieron la fortuna +de verle. Representaba un puerto de mar, Sarrió al parecer, en las altas +horas de la noche, a juzgar por las negras tintas del cielo y el mar. A +la izquierda se elevaba una altísima montaña ideal que lo dominaba +enteramente, y sobre ella se veía un caballero que guardaba cierto +parecido lejano con don Rosendo, dirigiendo los fuegos de una inmensa +linterna sobre la villa. Cerca de él percibíanse las cabezas de otros +cuantos personajes. Los accionistas creyeron de buena fe que eran sus +efigies, y quedaron vivamente agradecidos al dibujante. + +Fué designado como local para la imprenta un almacén de don Rudesindo, +pagándole la renta, por supuesto. A la redacción se destinó en el mismo +local un compartimiento, para lo cual hubo que ejecutar algunas obras. +Montóse al fin la imprenta, no sin muchos e impensados gastos. +Folgueras, que decía estar provisto de todo lo necesario, no tenía nada, +y fué preciso encargar a Madrid fundiciones y piezas que faltaban a la +prensa, construir galerines, comprar mesas, etc., etc. Al fin todo quedó +arreglado. Don Rosendo trabajaba como un negro, ocupándose hasta en los +más ínfimos pormenores. Su talento organizador se reveló en esta ocasión +mejor que nunca. Se nombró redactor en jefe a Sinforoso Suárez, con un +sueldo de veinticinco duros mensuales, y administrador al hijo primero +de don Rufo. + +Faltaba el papel. Se había telegrafiado a Madrid pidiendo una remesa, y +no acababa de llegar. La impaciencia de Belinchón era grande. Telegramas +iban y venían por los alambres eléctricos. Unas veces se decía que +estaba detenido en Lancia: telegrama a Lancia reclamándolo. Otras, que +no había pasado de Valladolid: telegrama a Valladolid. Otras, que no +había salido de Madrid: telegrama a Madrid. Don Rosendo juró en esta +ocasión que no encargaría más papel a Madrid, y sí lo haría traer de +Bélgica. Mas lo que fué motivo de disgusto trocóse en placer intenso, +como sucede siempre, cuando al cabo se les participó que unos cuantos +fardos habían llegado a Lancia, y que allí esperaban el carro que había +de traerlos a su destino. Como el periódico estaba ya compuesto hacía +días, procedióse inmediatamente a la tirada, que había de ser cuantiosa. +Don Rosendo pretendía esparcirlo profusamente por la provincia, enviarlo +a todas las de España, y hasta darlo a conocer en las naciones +extranjeras. Tanto aquél como sus socios asistieron con interés al acto +de funcionar la máquina. No se cansaron de admirar su complicado rodaje, +la singular precisión de sus movimientos, y la pasmosa velocidad con que +imprimía el periódico, pues no bajaban de doscientos los ejemplares que +dejaba enteramente concluídos en una hora. Su ilustre fundador, no +pudiendo reprimir el fuego periodístico que le devoraba, se despojó a +presencia de todos de la levita, y se puso a dar con energía al manubrio +de la rueda-volante, hasta que el sudor brotó en abundancia de su +despejada frente. Ejemplo señalado de entusiasmo y amor a la +civilización que nos complacemos en referir para enseñanza de las nuevas +generaciones. + +Salió al fin _El Faro de Sarrió_ en gran tamaño, porque su fundador no +quería que se escatimase papel, y bastante bien impreso. La único que +apareció borroso fué el grabado de la cabecera, hasta el punto de que la +mayoría del público quedó convencido de que en el individuo que tenía la +linterna en la mano, se quería representar un negro en vez de la +respetable persona que ya hemos indicado. Contenía un artículo de fondo +impreso en letra grande del doce, titulado _Nuestros propósitos_. Aunque +estaba firmado por La Redacción, era debido únicamente a la pluma de don +Rosendo. Los propósitos del _Faro_ «al aparecer en el estadio de la +prensa», eran principalmente defender, «alta la adarga y calada la +visera», los intereses morales y materiales de Sarrió, combatir la +ignorancia «en todas sus manifestaciones» y en las batallas ardientes de +la prensa, luchar sin descanso por el triunfo de las reformas que el +progreso de los tiempos exigía. La redacción del _Faro_ creía que «había +sonado la hora de romper definitivamente con las doctrinas del pasado». +Sarrió deseaba con afán emanciparse de la rutina y de las ideas +mezquinas, «romper los moldes estrechos en que yacía aprisionado» y +«entrar de lleno en el dominio de su propia conciencia y de sus +derechos». «Hacemos votos—decía el articulista—por que la aparición de +nuestro periódico coincida con un período de actividad moral y material, +y podamos asistir a una de esas transformaciones sociales que forman +época en los anales de los pueblos. Si nuestra voz consiguiese despertar +a la villa de Sarrió de su largo sueño y estancamiento, y lográsemos ver +lucir pronto la alborada de una era de labor y de estudio propia del +movimiento reformista que aspiramos a iniciar, ése será el mejor +galardón que recibirán nuestros esfuerzos y sacrificios.» + +El lenguaje no podía ser más noble y patriótico. Y, como siempre, la +modestia corría a las parejas con la autoridad y la elocuencia. + +«No abrigamos la pretensión—decía—de ser los caudillos en esta gran +batalla del pensamiento que no tardará en iniciarse dentro del recinto +de Sarrió. Sólo aspiramos a luchar como obscuros soldados, y que se nos +conceda un puesto en la vanguardia. Allí pelearemos como buenos; y si al +fin caemos vencidos, lo haremos envueltos en la sagrada bandera del +progreso.» + +Esta alegoría militar, causó excelente impresión entre los vecinos, y +contribuyó no poco a la entusiasta acogida que el periódico obtuvo. +Finalmente, el artículo era tan elegante en las palabras, tan lleno de +graves sentencias, el estilo tan concertado, que el público no tuvo a +quién atribuírselo dignamente, sino a su glorioso director. + +Y así era la verdad. + +Insertaba después el periódico un largo artículo de Sinforoso, sobre la +mujer. Eran dos columnas cerradas de prosa poética, engalanada con todas +las flores de la retórica, en que se cantaba la dulce influencia de esta +mitad del género humano. Aseguraba en términos calurosos, que la +civilización no existe sino en el matrimonio. El amor conyugal es su +única base. Todo es santo, todo es hermoso, todo es feliz en el lazo +íntimo que une a dos jóvenes esposos. Esta invitación al matrimonio, +aunque dirigida al bello sexo en general, iba en particular, según la +opinión pública, a cierta bella estanquera de la calle de Caborana, cuyo +amor pretendía Sinforoso hacía algunos años sin resultado. El público +creía también que la joven concluiría por aceptarla, tanto por los +términos poéticos en que iba expuesta, como por los quinientos reales +mensuales que había comenzado a devengar el invitador. + +Venía después otro del maestro de la villa, don Jerónimo de la Fuente, +que era una seria y violenta impugnación de las tres famosas leyes de +Kepler sobre la mecánica celeste. + +Gracias al anteojo que tenía en el balcón de su casa, don Jerónimo había +hecho una serie de prodigiosos descubrimientos, que daban al traste con +todos los conocimientos existentes en astronomía. No es maravilla que +el dignísimo profesor de primeras letras, poseído de legítimo orgullo, +exclamase al final de su artículo: «¡Bajen, pues, del pedestal en que la +ignorancia de los hombres los ha colocado esos colosos, portaestandartes +de una falsa ciencia: Kepler, Newton, Laplace, Galileo. Todos sus +cálculos se han deshecho como el humo, y sus magníficos sistemas son +hojas secas que, desprendidas del árbol de la ciencia, no tardarán en +pudrirse!» + +Insertábanse también unos versos de Periquito, el hijo de don Pedro +Miranda, en que le decía a cierta misteriosa G., que «él era un gusano; +ella una estrella»; «él una rama; el árbol ella»; «ella una rosa; la +oruga él»; «ella una luz; él una sombra»; «ella la nieve; el fango él, +etc., etc.» + +Había motivos para sospechar que aquella G... era cierta Gumersinda, +esposa de un comerciante de harinas, mujer notable por la abundancia de +carnes, que la hacían caminar con dificultad. Periquito amaba a las +casadas y a las gordas. Cuando estas dos preciosas cualidades se reunían +dichosamente en un ser, su pasión no tenía límites. Y tal era el caso +presente. No hay que pensar, sin embargo, que nuestro joven era un +animal dañino. Los maridos podían dormir tranquilos en Sarrió. Periquito +pasaba la vida enamorado, cuándo de una, cuándo de otra señora, pero sin +acercarse jamás ni osar siquiera enviarle un billete amoroso. Tales +procedimientos no entraban en su método, el cual consistía +principalmente en fascinarlas por la mirada. Para esto, dondequiera que +topaba con ellas, fuese en la iglesia o en el teatro, procuraba, lo +primero, colocarse a conveniente distancia. Una voz tomada la posición, +dirigía en línea recta los efluvios magnéticos de sus ojos hacia el +sujeto pasivo del experimento, que de vez en cuando levantaba hacia él +los suyos con expresión de asombro. Muchas veces las honradas esposas, +no considerándose dignas de tan singular adoración, se miraban a todas +partes, y preguntaban a los que estaban a su lado si por casualidad +tenían algún tizne en la cara, o llevaban enredado en el pelo cualquier +hilacho. Periquito era incansable, y tomaba estos asuntos con la +seriedad que merecían. A veces acaecía pasarse una hora y más sin +apartar un punto la vista del sitio. Y a veces acaecía también que, +transcurrida esta hora, cuando ya pensaba el enamorado mancebo que su +alma se había filtrado por los poros de la obesa dama, y se apoderaba de +todas sus facultades y sentidos, decía ésta por lo bajo a sus +compañeras: + +—¡Jesús, este mico de don Pedro, qué mirón es! + +¡Cuán ajeno estaba el poeta de que la estrella de sus sueños le hacía +descender de un modo tan odioso en la escala zoológica! + +_El Faro de Sarrió_ fué para nuestro amartelado joven un medio admirable +de dar forma a las vagas fantasías, inquietudes, ardores y tristezas que +a la continua lo agitaban, y declararse sucesivamente con acrósticos +misteriosos e iniciales a todas las beldades más o menos macizas que +ostentaban sus amables curvas por las calles de la floreciente villa. + +Venían por fin las gacetillas con su correspondiente título cada una, +donde brillaba el ingenio, tanto de Sinforoso, como de todos los que +colaboraban en _El Faro_. Una se titulaba: _A pasear, sarrienses_. El +gacetillero afirmaba en ella, con estilo sencillo y elegante, que el +tiempo estaba delicioso, y que nada mejor podían hacer los habitantes de +Sarrió en las horas de la tarde, que dar un paseo por las amenas y +frondosas cercanías de la población. Otra: _¡Señor Alcalde, por Dios!_ +Se excitaba a don Roque para que obligase a poner canalones en algunas +casas. + +Posteriormente, esta sección dejó el título de _Gacetilla_ que llevaba +por el de _Novelas a la mano_, que le puso don Rosendo a imitación de +las célebres _Nouvelles a la main_ del _Fígaro_. + +Cerraba el periódico una charada en verso, que, si no recordarnos mal, +era la palabra _avellana_. + +El folletín estaba a cargo de don Rufo, que hacía año y medio que +estudiaba el francés sin maestro, por el método Ollendorf. Se resolvió +a traducir, para el periódico, _Los misterios de París_, obra en seis +tomos. Excusado es decir que _El Faro de Sarrió_, a pesar de vivir +algunos años, nunca pudo llegar al tomo tercero. Don Rufo era un +traductor notable. Si algún defecto podía ponérsele, era el de ajustarse +demasiadamente al original. Un día se aventuró a decir que «la condesa +_había echado mano al botón de su secretario_». Esta declaración levantó +tan gran polvareda entre la gente ignorante, que don Rufo, justamente +irritado, dejó la traducción del folletín. Se le encomendó a un piloto +que había hecho muchos años la carrera de Bayona. + +El éxito del número primero, como era de esperar, fué prodigioso. El +artículo de Sinforoso, la sabia disertación de don Jerónimo de la +Fuente, las gacetillas y hasta los versos de Periquito, todo fué leído y +justamente celebrado. Pero lo que preferentemente llamó la atención de +las personas serias y causó en ellas honda impresión, fué el artículo de +don Rosendo _Nuestros propósitos_. Aquel lenguaje periodístico tan +animado y fogoso, aquellos tan nobles pensamientos, el entusiasmo por +los intereses de Sarrió, la franqueza y la modestia que en él +resplandecían, llenó de júbilo los corazones y les hizo presentir una +era de prosperidad y bienandanza. Por la noche, la orquesta, dirigida +por el señor Anselmo con su gran llave lustrosa, dió serenata a la +redacción. Iluminóse la fachada de la imprenta con farolillos +venecianos. Las bellas y regocijadas artesanas de Sarrió, cogieron, como +siempre, la ocasión por los pelos para bailar habaneras y mazurcas sobre +los duros guijarros de la calle. Los dignos individuos que con la lengua +de metal rendían tributo de admiración y entusiasmo a los redactores del +_Faro_, fueron obsequiados por éstos con vino de Rueda y cigarros. La +alegría rebosaba de todos los pechos y se desbordaba en abrazos tan +fuertes como espontáneos. Don Rosendo abrazaba a Navarro, Alvaro Peña a +don Rudesindo, don Rufo a Sinforoso, y don Pedro Miranda al impresor +Folgueras. Los músicos se abrazaban entre sí, y todos y cada uno a su +peritísimo director el señor Anselmo. Fuera de la imprenta, y para +conmemorar también aquel día glorioso, Pablito abrazaba a la blonda +Nieves, aprovechando la obscuridad de un portal; y varios otros +mancebos, siguiendo su ejemplo, distribuían igualmente abrazos +conmemorativos entre las alegres mozas aborígenes. + +Lo único que turbó por un instante aquel general contento, fué la +singular tristeza que se apoderó de Folgueras en cuanto tuvo algunos +litros de vino en el cuerpo. El recuerdo de Lancia, su pueblo natal, se +le ofreció súbito al espíritu, dejándole en un estado de tribulación +difícil de explicar. En el momento en que la algazara y contento +alcanzaban su grado máximo, llamó aparte a don Rosendo y con lágrimas en +los ojos, le manifestó que la vida fuera de su patria adorada era para +él un fardo insoportable. La muerte, antes que perder de vista la +humilde casa que albergó su cuna, y las calles que tantas veces +recorrieron sus pies infantiles. Aquella misma semana, si Dios quería, +contaba dejar a Sarrió y trasladarse de nuevo con sus bártulos a Lancia. + +Al recibir de sopetón esta noticia don Rosendo se puso pálido. + +—Pero, hombre de Dios, ¿y el número próximo del _Faro_? + +—Don Rosendo, bien puede dispensarme... Usted es un caballero... Un +caballero sabe apreciar los sentimientos de otro caballero... La patria +antes que todo... Guzmán el Bueno arrojó el puñal por encima de la +muralla para matar a su hijo... Demasiado lo sabe usted. ¿Eh?... ¿Qué +hay de eso?... Riego murió en un cadalso. ¿Eh?... ¿Qué hay de eso? Si yo +fuera de la Inclusa o no tuviese cariño a la camisa que traigo puesta, +no necesitaba decirme nada. Toda la vida me tendría usted como un perro +dándole a la rueda... Pero los sentimientos ahogan al hombre... El +hombre vive, el hombre trabaja, el hombre tiene algunas veces un rato de +expansión... Y porque beba un vaso, o dos... ¡o tres! ¿ha de olvidar la +patria?.... ¿Eh? ¿Qué hay de eso? + +Don Rosendo llamó a don Rudesindo en su auxilio. Entre los dos trataron +de disuadirle con poderosas razones. La más poderosa de todas fué una +nueva botella de vino de Rueda. Después de haberla introducido en el +cuerpo, los sentimientos patrióticos de Folgueras se debilitaron +visiblemente. Acto continuo pidió otra botella, la bebió, vomitó, y se +durmió. + +Pensamientos de gloria, vagos deseos de inmortalidad agitaron la mente +del ilustre fundador de _El Faro de Sarrió_ al tiempo de meterse en la +cama. Después de apagar la luz, aún continuaron turbándole, hasta que a +fuerza de dar vueltas lograron cuajarse o adquirir forma. Don Rosendo +pensó con emoción en la posibilidad de que a su muerte la villa +agradecida perpetuase su memoria colocando una lápida con su nombre en +las Casas Consistoriales. _Homenaje de gratitud de la villa de Sarrió a +su esclarecido hijo don Rosendo Belinchón, infatigable campeón de sus +adelantos morales y materiales._ No era fácil conciliar el sueño rodeado +de estas brillantes imágenes. Sin embargo, al cabo se durmió con la +sonrisa en los labios. Un ángel progresista que el Eterno tiene +aparejado para estos casos, batió las alas toda la noche sobre su +frente, inspirándole ensueños felices. + +A la mañana siguiente se encontró en la mejor disposición de espíritu en +que hombre alguno puede hallarse después de coronados sus esfuerzos por +un éxito lisonjero. Vistióse canturreando trozos de zarzuela. Tomó +chocolate con la familia, dió un vistazo a los periódicos nacionales y +extranjeros, y sin tallar el paquete de palillos acostumbrado, lanzóse a +la calle a cerciorarse del efecto real que el primer número del Faro +había producido. En la tienda de Graells le recibieron con regocijo, le +felicitaron por su artículo (que él modestamente no quería atribuirse) y +hablaron largo y tendido del periódico. Lo que más excitaba el +entusiasmo de los buenos tertulianos, era la consoladora consideración +de que Nieva aún no había llegado ni llegaría en mucho tiempo a tal +grado de perfeccionamiento. Y don Rosendo, un poco recalentado por los +elogios, prometió emprender campañas activas en favor de todo lo que se +le demandaba. Uno pedía que se hablara del barranco de la calle de +Atrás, otro pedía que se colocase un farol cerca de su casa, otro que se +le tirasen algunas píldoras al rematante de las bebidas, otro que los +serenos no cantasen la hora porque esto le turbaba el sueño, etc. Don +Rosendo asentía, fruncía las cejas, extendía la mano abierta en signo de +protección. El, periódico lo arreglaría todo. ¡Ay del que se rebelara +contra las reclamaciones de la prensa! + +En el estanquillo de doña Rafaela, de la calle de San Florencio, donde +se reunían algunas honradas matronas de la vecindad con las cuales +gustaba conversar algún rato, entregado a los palillos, también le +hablaron del _Faro_. Allí se fijaban preferentemente en el folletín. Don +Rosendo anunció que el del número próximo era mucho más interesante, y +se fué. En un corro de marinos que había en el muelle le felicitaron con +rudo entusiasmo y le insinuaron la idea de que la dársena estaba muy +sucia y era menester dragarla. Se dragaría: ¡vaya si se dragaría! Don +Rosendo se alejó gravemente poseído de su omnipotencia. Y al ver rodar a +lo lejos las olas grandes y encrespadas, se preguntó si no sería +oportuno dirigirles una excitación por medio de la prensa para que +moderasen su impertinente agitación. + +Como se llegase ya la hora de comer, dió la vuelta hacia casa meditando +en la grave responsabilidad en que incurriría ante Dios y los hombres +si, teniendo en sus manos aquel poder soberano, no lo emplease en la +prosperidad y engrandecimiento de su pueblo natal. Al llegar a la Rúa +Nueva, se encontró en la acera con Gabino Maza. El bilioso ex oficial le +saludó muy finamente, le preguntó por toda su familia, y se fué +enterando con amabilidad de la salud de cada uno de sus miembros. +Después le habló del tiempo, de la posibilidad de que aquel nordeste +vivo se trocase pronto en vendaval cerrado, y no pudiesen salir los +barcos de la carrera de América; se quejó en seguida del polvo que +había en los caminos, lo cual le impedía pasear; se enteró del precio +del bacalao y de las noticias que había de la pesca en Terranova. Don +Rosendo esperaba, como era natural, que le hablase del periódico. Nada: +Maza no hizo la menor alusión a él. Esto comenzó a desconcertarle y a +hacer violenta su situación. La conversación giraba de un punto a otro +sin tocar en nada que se relacionase con la prensa. Al fin don Rosendo, +algo acortado y enseñando toda la pasta de sus dientes, le dijo: + +—¿No ha recibido usted _El Faro_? Se lo he enviado de los primeros. + +—Phs... creo que ayer lo han traído a casa; pero aún no lo he +abierto—respondió Maza con afectada indiferencia.—Vaya, don Rosendo, +¿gusta usted de comer conmigo?...—Pues hasta la vista. + +Don Rosendo quedó un instante clavado al suelo como si le echasen un +jarro de agua fría. La sangre se agolpó con furia a su rostro, y +emprendió de nuevo la marcha, vacilante, hacia casa. Como estaba tan +desprevenido, aquel desprecio fué una puñalada que le llegó a lo más +vivo. Después que cesó el aturdimiento, le acometió una ira inconcebible +contra aquel... (no se contentaba con llamarle menos de malvado y +miserable). Llegó a casa en un estado de agitación deplorable. Aunque se +sentó a la mesa, haciendo esfuerzos por calmarse, el estómago, +repentinamente turbado, no quería admitir los alimentos. Estuvo +taciturno y silencioso durante la comida. De vez en cuando sus labios se +contraían con sonrisa sarcástica y murmuraba un ¡villano! + +—¿Qué tienes, Rosendo?—se atrevió al fin a preguntarle su esposa, que +ya estaba inquieta. + +—Nada, Paulina; que la envidia produce grandes estragos en el mundo—se +limitó a contestar con amargura. + +Una vez vertida esta profunda sentencia, quedó en un estado de relativo +reposo. Se tendió en una butaca a pensar, y transcurrida media hora +salió de casa otra vez en dirección al Saloncillo. Al entrar en el café +oyó la voz de Gabino Maza que gritaba como siempre allá arriba. Se le +figuró percibir desde la escalera que hablaba del periódico y que lo +calificaba de «solemne payasada». El corazón le dió un vuelco y entró en +la sala agitado y triste. Al verle Maza, que gesticulaba en medio de un +grupo, se calló, púsose el sombrero con ademán hosco y fué a sentarse en +el diván. Los que le escuchaban, don Jaime Marín, Delaunay, don Lorenzo +y don Feliciano Gómez, le saludaron con cierto embarazo y como +avergonzados, lo cual confirmó su sospecha. Disimuló cuanto pudo, y +esforzándose en poner cara alegre, comenzó a hablar de las noticias que +corrían. La conversación tomó el rumbo de todos los días; la confianza +volvió a reinar. Mas el ingeniero Delaunay, personaje tan listo como +malévolo, sacó la conversación del periódico, preguntando a su fundador +con risilla irónica en el español chapurrado que usaba: + +—¿Qué trabajitos prepara usted para el próximo número, don Rosendo? + +—Ya los verá usted cuando salgan—respondió secamente éste, que adivinó +la burla escondida detrás de la pregunta. + +—Aquí, en don Feliciano—prosiguió el ingeniero con la misma +sonrisa—tiene usted un defensor acérrimo. + +—Si me defiende es que alguien me ha atacado—respondió don Rosendo con +más sequedad aún. + +Nadie pronunció una palabra. El silencio se prolongó bastante tiempo, +hasta que lo rompió el mismo Belinchón haciendo una pregunta indiferente +a don Jaime, con lo cual la conversación volvió a animarse. Pero no se +había conjurado el choque sino momentáneamente. La pelota estaba en el +tejado y no tardó en caer. Maza tenía vehementes deseos de decir a don +Rosendo que lo del periódico era «una mamarrachada». Este no las tenía +menos vivas de decirle a Maza que era un envidioso. Y en efecto, a la +primera ocasión que se presentó, ambos la cogieron por los pelos para +comunicarse estas gratas noticias. La disputa duró más de dos horas. +Maza procuraba reprimirse porque don Rosendo era un caballero de más +edad y le debía quince mil reales. El fundador del _Faro_, por razones +de prudencia, tampoco se atrevía a soltar enteramente la lengua. Sin +embargo, al cabo, en mejores o peores términos, todo se dijo para +edificación de los notables, que se dividieron en favor y en pro de los +contendientes. Hay que confesar que de parte de Maza se pusieron los +menos. Los indianos, indiferentes como siempre a estas peleas, se +asomaban de vez en cuando a la puerta del billar con el taco en la mano, +para escuchar las razones de los contendientes, e ilustrarse. Para ellos +aquellas discusiones eran muy provechosas. Les enseñaban una porción de +términos y frases que no conocían, y se ponían al tanto, aunque fuese de +un modo superficial, de ciertos problemas de la vida, enteramente +cerrados para ellos... ¡Lástima que la afición al billar les impidiese +escucharlas siempre! + +El estado de agitación y de cólera en que salió don Rosendo del +Saloncillo, no puede ponderarse. Su gran carácter elevado y magnánimo, +fué herido de un modo cruel por la ingratitud y la bajeza de aquellos +falsos amigos. ¡Horrible tormento debe de ser vivir y morir en la +obscuridad cuando se ha nacido para brillar en la cúspide de la sociedad +humana, y consumir las fuerzas recibidas del cielo en el vacío y la +inacción! ¡Más fiero dolor todavía es ver despreciados los más nobles +trabajos del espíritu, los esfuerzos generosos por el triunfo del bien y +la verdad! Tal fué el caso de Sócrates, Colón, Galileo, Giordano Bruno, +y tal también el de nuestro héroe. La primera mordedura de la envidia le +causó el dolor agudo que debieron sentir estos grandes bienhechores del +género humano. Su espíritu vaciló. Fué un instante nada más, un desmayo +pasajero que sirvió para acreditar mejor el temple admirable de su alma. + +Sin embargo, aquella noche no pudo cenar. Tardó mucho tiempo en +conciliar el sueño. ¡A cuántas tristes consideraciones se presta este +caso! Mientras la turbamulta de los sarrienses desprovistos de ingenio, +de ilustración y de ánimo, dormía a pierna suelta, aquel hombre +benemérito se revolcaba en su cama como en lecho de espinas, sin lograr +las caricias del sueño reparador. + +A la mañana siguiente se levantó un poco pálido y ojeroso, pero firme y +resuelto a proseguir su obra de regeneración, a despecho de todos los +obstáculos morales y materiales que surgiesen en su camino. Aquella +noche de insomnio, en vez de enflaquecer su ánimo y despegarle de su +empresa, le confirmó en ella, le dió alientos para llevarla a feliz +remate. El fuego consume y hace pavesas la paja; al oro lo acendra. + +Ocupóse, pues, con brío en trazar el plan del segundo número que habría +de aparecer el jueves próximo. Y como siempre acontece, el éxito feliz +trajo consigo la voluntad de ayudarle. Muchos fueron los trabajos que se +le ofrecieron para el segundo número; mas la mayor parte no eran de +paso. La falta de espacio obligóle también a rechazar algunos que lo +eran. Con esto hubo algunas murmuraciones y desabrimientos. Segundo +escollo con que tropezó su patriótica empresa. + +Pero al publicarse el quinto número surgió otro de mayor cuenta que +produjo en el pueblo honda sensación y arrastró consigo fuertes +torbellinos. Sucedió que Alvaro Peña, firmemente convencido, como ya +sabemos, de que todos los dolores e imperfecciones que padecemos los +humanos dependen exclusivamente de la preponderancia del clero, +propúsose aprovechar el arma del periódico para emprender contra él una +activa campaña. Y para comenzar lanzó, a guisa de guerrilleros, unas +cuantas gacetillas. Preguntaba por los fondos de cierta cofradía del +Rosario, que no parecían, hablaba en términos irrespetuosos de las Hijas +de María, y decía chuscadas a propósito de la novena, de las confesiones +y de los escapularios con que se adornaban las jóvenes beatas de la +villa. Pero a quien iban particularmente dirigidos los tiros era a don +Benigno, el teniente párroco, director de las conciencias femeninas de +Sarrió, y caudillo de todos aquellos combates librados contra el pecado. +El párroco era un hombre apático, viejo ya, que pasaba la vida en una +casita de campo que poseía cerca de la población, dejando de buen grado +a su teniente el cuidado del rebaño místico. Y don Benigno cumplía su +cometido como pastor vigilante y celosísimo, rondando el rebaño noche y +día, para que el lobo no le arrebatase las ovejas, y criando algunas con +esmero y a la mano para ofrecerlas al esposo bíblico. Nada puede +igualarse al ardor con que don Benigno procuraba esposas al Altísimo. En +cuanto una joven se arrodillaba a sus pies para confesarse, se creía en +el caso de insinuarle que el mundo estaba corrompido, que no había por +dónde cogerle, el condenarse facilísimo, el amor terrenal una +inmundicia, los mismos afectos de hija y de hermana despreciables, el +tiempo para merecer la salvación muy limitado. En su consecuencia lo +mejor, abandonar este mundo terrenal (don Benigno era muy aficionado a +este adjetivo), y correr a entregarse a Jesús, penetrar en la gruta +deleitosa de que habla San Juan de la Cruz, y dejar allí olvidado su +cuidado. Conocía él un rinconcito feliz, un verdadero pedacito del +cielo, donde se gozaban anticipadamente las delicias que Dios tiene +reservadas a sus siervas. El rinconcito era un convento de Carmelitas +que acababa de fundarse en las afueras de la villa, y del cual era el +teniente grande y decidido protector. Por cierto que esto tenía un poco +desabrido a don Segis, el capellán de las Agustinas, aunque no osaba +manifestarlo, porque no le convenía ponerse mal con su compañero. + +La insinuación producía efecto unas veces, otras no. Rara la dejaba caer +don Benigno en los oídos de una vieja. Quizá porque calculase que a +Jesús le gustaban más dos de quince que una de treinta, o porque las +hallase más reacias y desconfiadas que las niñas. De todos modos, +aquella cacería espiritual tenía episodios interesantes. En cierta +ocasión el teniente fué víctima de la agresión de un joven a quien había +arrancado su hermana para el convento. En otra, después de haber +buscado dote para una muchacha y haberla provisto de ropa, la futura de +Cristo se escapó de la noche a la mañana con un oficial de sastre. Don +Benigno acostumbraba a conducir él mismo las esposas a la morada del +Esposo. Cuando había dificultades que vencer por parte de la familia, se +portaba con la habilidad y la osadía de un consumado seductor. +Organizaba y llevaba a cabo el rapto de la virgen con una astucia que +para sí la quisieran muchos tenorios mundanos. + +De esto sacó pretexto Alvaro Peña para hablar en una gacetilla de cierto +sacerdote aficionado a «cazar palomas». Ahora bien; como ya conocemos la +afición de don Benigno a la cría de pichones, la gacetilla iba +directamente a él y con una intención diabólica. Los lectores así lo +comprendieron. Se comentó y rió no poco el dañino suelto. + +Al verse de aquel modo en ridículo, el excusador, que tenía un +temperamento susceptible y bilioso, como todos los artistas, se +enfureció terriblemente. + +—¿Ha leído usted el _papelucho_ de don Rosendo?—preguntó por la noche +en casa de la Morana a don Segis. Es de advertir que desde la primera +gacetilla irreligiosa don Benigno no volvió a llamar de otro modo al +_Faro de Sarrió_. + +—Sí, lo he leído esta mañana en casa de Graells. + +—¿Y qué le parece a usted de aquella indignidad? + +—¿Cuál?—preguntó con sosiego el capellán. + +—Hombre, ¿no ha leído usted las infamias que dicen de mí? + +Don Segis levantó el vaso a la altura de los ojos, examinó detenidamente +el dorado líquido, lo acercó a los labios y bebió con pausa. Después de +toser y desgarrar un poco, y limpiarse la boca con un pañuelo de +hierbas, dijo gravemente: + +—Phs... la intención no es buena que digamos... Pero vale más tomar las +cosas con calma. Nada se adelanta con alterarse. + +El teniente, que esperaba que don Segis participase de su indignación, +recibió un nuevo golpe, y calló, devorando su enojo. En esta ocasión fué +cuando se manifestó la sorda enemiga del capellán de las Agustinas por +la injustificada preferencia que don Benigno otorgaba al convento +naciente. El teniente se volvió entonces hacia el señor Anselmo y don +Juan el Salado. Estos tuvieron la atención de manifestarse disgustados +por la gacetilla, aunque sin hacer tampoco extremos. Ya sabemos que esto +no se acordaba con la naturaleza de aquella templada y patriarcal +reunión. + +Pero al jueves siguiente, Alvaro Peña dejaba descansar a don Benigno y +«se metía» con el capellán de las monjas, publicando de él una semblanza +en verso, en que se hacía muy graciosa mención del matrimonio de las +copas de ginebra con los vasos de vino blanco. Le tocó entonces +enfurecerse a don Segis, y tomarlo con calma a don Benigno. Mas el +sosiego de éste era aparente, y sólo para vengarse del de don Segis. En +realidad, su herida manaba sangre todavía. Así, que no tardó en +realizarse la conciliación, poniéndose ambos con inusitado ardor a +quitar el pellejo a todos y a cada uno de los que escribían en el +«papelucho de don Rosendo», principiando por éste, su ilustre fundador, +y concluyendo por el dueño de la imprenta. No se les ocultaba que el +autor de las chufletas era Alvaro Peña. Pero como siempre habían tenido +a éste por un desalmado _masón_, capaz de beberse la sangre toda del +clero de Sarrió, por no repetirse, le dejaron pronto para cebarse +principalmente en Sinforoso. Las razones que tenían para ello, eran que +éste había sido seminarista; por consiguiente, un traidor. Luego +procedía de la misma cepa, porque su padre era carlista y su abuelo lo +había sido también. Además podía dispensarse hasta cierto punto que don +Rosendo Belinchón, don Rudesindo, Alvaro Peña y don Rufo, todos hombres +que significaban algo en la villa, se despachasen a su gusto... ¡pero +aquel petate!... ¡aquel hambrón! + +Excitado por la murmuración, don Benigno bebió algunos vasos más de los +acostumbrados, y el capellán no quiso quedarse atrás. Cuando los +tertulios salieron de la tienda formando la clásica cadena, don Segis +advirtió con satisfacción que la pierna entumecida le pesaba menos, y se +lo hizo observar a don Benigno, que le dió por ello la enhorabuena. +Luego, cuando a los pocos pasos se desprendieron todos para desalojar el +ácido úrico de su cuerpo frente a las tapias de las Agustinas, el mismo +don Segis manifestó en voz alta que aquella noche no tenía deseos de +irse a la cama, y les acompañaría. Mas el teniente le dijo al oído que +deseaba hablar con él en secreto, y ambos se quedaron delante del +convento. + +—Amigo don Segis, ¿qué le parece a usted de ir a limpiar los mocos al +hijo del Perinolo? + +—¡Grave! ¡grave! ¡grave!—murmuró don Segis. + +—Si pudiéramos darle una sopimpa, sin escándalo, se entiende... + +—¡Grave! ¡grave! + +—A las once u once y media sale del café. Podemos esperarle por allí +cerca y alumbrarle algunos coscorrones. + +—¡Grave! ¡grave! ¡grave! + +—¿Es usted un hombre o no lo es, don Segis? + +La pregunta, aunque inocente, causa honda perturbación en el espíritu +del capellán, a juzgar por la serie de muecas y ademanes descompuestos a +que se entrega antes de pronunciar una palabra. + +—¿Quién? ¿Yo?... ¡Parece mentira que un amigo y un compañero me diga +cosa semejante! + +Y dió la vuelta muy conmovido y se llevó el pañuelo a los ojos, de donde +brotaban algunas lágrimas. + +—Pues los hombres se portan como hombres. Vamos a castigar la +insolencia de ese pelgar. + +—¡Vamos!—profirió con firmeza el capellán, echando a andar en +dirección a su casa. + +—Por ahí no, don Segis. + +—Por donde usted quiera. + +Los dos clérigos se cogieron del brazo y empezaron a caminar, no sin +ciertas vacilaciones explicables, en dirección al café de la Marina. No +será de más decir que ambos vestían de seglar por las noches, con sendas +levitas negras de largo faldón y manga apretada, botas de campana y +enormes sombreros de felpa. + +Un buen cuarto de hora invirtieron antes de llegar a las cercanías del +café. Una vez allí, ofuscados por las luces como cándidas mariposas, +quisieron caer, y retrocedieron. + +—Lo mejor será esperarle hacia su casa. Aquí hay todavía mucha +gente—dijo don Benigno. + +Don Segis se mostró humilde también esta vez, siguiendo el impulso de su +compañero. + +En la calle de Caborana, esquina a la del Azúcar, que la pone en +comunicación con la Rúa Nueva, se situaron ambos como punto estratégico +por donde el enemigo había de pasar, dado que su casa estaba situada al +final de la calle de Caborana. Los dos clérigos tenían la firme voluntad +de los navarros en el desfiladero de Roncesvalles. Así que soportaron +con heroica impavidez, durante media hora de espera, la lluvia menuda +que estaba cayendo, sin que el temor del reumatismo ni otra +consideración temporal les hiciese moverse una pulgada del puesto que +ocupaban. + +Al fin, descuidado y satisfecho, después de haber sostenido larga y +acalorada discusión en el café, se retiraba el redactor en jefe del +_Faro_ hacia su casa, cuando inopinadamente le sale al encuentro el +irritable teniente, que le dice con su voz chillona: + +—Oiga usted, mocito, ¿quiere usted repetirme ahora las insolencias que +ha dicho en el papelucho de don Rosendo? Tendría mucho gusto en ello. + +La sorpresa, el acento sarcástico y amenazador del clérigo, y la vista +del bulto de don Segis, que permanecía a algunos pasos, inmóvil, como +fuerza de reserva, infundieron tal pavor en Sinforoso, que en algún +tiempo no pudo articular palabra. Sólo cuando el teniente avanzó hacia +él un paso, logró decir: + +—Tranquilícese usted, don Benigno. Yo no le he nombrado a usted. + +—¡Hola!—exclamó el clérigo con sonrisa feroz,—parece que ya no +cantas, tan alto... ¿Qué tiene el gallo que no canta? ¿Qué tiene el +gallo que no canta, guapito? + +Don Benigno avanzó un paso, y Sinforoso retrocedió otro. + +La reserva de don Segis avanzó también para conservar la distancia +estratégica. + +—¡Tranquilícese usted, don Benigno!—gritó Sinforoso con terror. + +—¡Si estoy muy tranquilo, guapo! No deseo más que oir otra vez aquello +de las palomas, que me ha hecho mucha gracia. + +—¡Yo no lo he escrito!—exclamó con angustia el hijo del Perinolo. + +—¿De veras no lo has escrito, guapo?... ¡Pues para cuando lo escribas! + +Y descargó una bofetada en la pálida mejilla del redactor. + +—¡Sosiéguese usted, don Benigno!—exclamó el desdichado retrocediendo, +y extendiendo hacia adelante las manos. + +—No te digo que estoy muy tranquilo, majo. ¡Toma otra palomita! + +Y le dió otra bofetada. + +—¡Por Dios, don Benigno, sosiéguese usted! + +—¡Allá va otra palomita! + +Nueva bofetada. + +Digamos ahora, antes de pasar adelante, que de las que se dieron en +Sarrió en los dos años siguientes a la aparición del _Faro_ (y sabe Dios +que el número es incalculable), lo menos una mitad fueron a parar a las +mejillas de este joven distinguido. + +No pudiendo calmar con sus ruegos al enfurecido excusador, y sospechando +que el bando de palomas iba a ser numeroso, el redactor en jefe del +_Faro_ gritó con todas sus fuerzas: + +—¡Socorro, que me matan! + +Y trató de dar la vuelta para huir; pero los dedos acerados del clérigo +le retuvieron por un brazo. Al mismo tiempo don Segis, creyendo llegado +ya el momento de entrar en fuego, le descargó con su bastón de ballena +un garrotazo en las espaldas. + +—¡Socorro!—volvió a gritar el desdichado. + +Es el caso que en aquel momento llegaba de la tienda de Graells, donde +acostumbraba a pasar las noches, el invicto ayudante de marina Alvaro +Peña, que tenía su domicilio en la calle del Azúcar. Al escuchar los +gritos de su amigo, echó a correr hacia el sitio, diciendo: + +—¿Qué pasa, Sinforoso, qué pasa? + +—¡Auxilio, don Alvaro, que me matan! + +—Fijme, Sinforoso, ¡que allá va socojo!—le volvió a gritar acercándose +rápidamente. + +Los clérigos, oyendo la voz de aquel odioso y terrible enemigo de la +Iglesia, soltaron la presa; pero enardecidos por el combate, trataron de +hacerle frente poniéndose en línea de batalla con los bastones en alto. +Al divisarlos Peña, se estremeció de ira y de gozo al mismo tiempo. + +—¡Son curas! + +Vibró el bastón en su mano y el enorme sombrero de don Benigno saltó +veinte varas lejos. El teniente retrocedió. Don Segis avanzó y trató de +alcanzar con el palo la cabeza del ayudante; pero antes que pudiera +hacerlo, un garrotazo le había caído sobre el cogote, dejándole +malparado. + +—¡Debiera suponejlo, caramba! Sólo estas aves nocturnas son capaces de +esperaj traidoramente a un hombre indefenso, alterando el ojden público +y tujbando el sueño de los vecinos... Es menestej concluij con esta raza +de alimañas que chupan la sangre del pueblo, y aspiran a tenejlo sumido +en la bajbarie... ¡Estos son los ministros de Dios! ¡Los apóstoles de la +claridad! ¡Los etejnos pejturbadores del ojden social!... + +Ni aun en estos críticos instantes podía el ayudante prescindir de +aquella retórica anticlerical que acostumbraba a usar, y de sus frases +campanudas. A cada una acompañaba un garrotazo. Los clérigos, no +pudiendo sostener su rabioso empuje, volvieron grupas, y emprendieron +desaforadamente la carrera. El teniente pronto se vió fuera del alcance +del palo, mas el pobre don Segis, con el peso extraordinario de su +pierna izquierda, se quedó rezagado, y tuvo que sufrir las caricias del +bastón de Peña buen rato. A lo lejos se oía la voz de éste, gritando con +chistosa corrección: + +—¡Hipócritas! ¡Sepulcros blanqueados! ¿Es esto confojme con el espíritu +del Evangelio, canallas? ¡Predicáis la paz y el amoj entre los hombre, y +sois los primeros en barrenaj los textos sagrados! ¡Cuándo sacudiremos +vuestro yugo, y nos emanciparemos de la esclavitud en que nos tenéis +desde hace tantos siglos! + +Cualquiera imaginaría al escucharle que estaba pronunciando un discurso +en algún club democrático, y no administrando una soberana paliza. + +Así terminó aquella refriega. + +A la mañana siguiente el ayudante recibió la visita del párroco de +Sarrió que venía a suplicarle encarecidamente que no se hablase de aquel +incidente desagradable en el periódico, prometiendo en cambio todo +género de satisfacciones por parte del teniente y don Segis, lo mismo a +él que a Sinforoso. Peña no quiso ceder a su demanda. La ocasión era +admirable para abrir brecha en los enemigos de la libertad y del +progreso. En efecto, el primer número del _Faro_ insertó una relación +circunstanciada escrita en estilo jocoso de todo lo ocurrido. + +Con esto los ánimos del clero y de las personas timoratas de la villa +quedaron grandemente sobreexcitados. + + + + +XI + +QUE GONZALO SE CASÓ.—GRAVES REVUELTAS ENTRE LOS SOCIOS DEL SALONCILLO + + +Los altos y graves negocios que embargaban a don Rosendo, no +consintieron que dedicase al desagradable suceso que en el mismo tiempo +turbaba la quietud de su casa, aquella atención preferente que en otra +sazón le hubiese dedicado. Sin embargo, al tener noticia de la traición +de Gonzalo y del extravío de su hija menor, sintióse fuertemente +alterado. Tuvo con su esposa largas y vivas pláticas acerca del asunto. +Prueba irrecusable de que los grandes hombres, aunque solicitados por +tantos y tan elevados pensamientos, no desdeñan por eso las cosas que +tocan a la vida íntima, como vulgarmente se asegura. Su primer impulso +fué despedir a Gonzalo y encerrar a su hija en un convento. Las súplicas +de doña Paula y la reflexión, que ejercía sobre su claro espíritu +imperio absoluto, le hicieron volver sobre tal acuerdo. Al cabo de +algunos días de dudas (pocos, porque otros cuidados le reclamaban), vino +en permitir que se casasen los descarriados jóvenes, no sin celebrar +antes una conferencia con Cecilia y escuchar de sus labios que +perdonaba, de buena voluntad a su hermana, y deseaba que cuanto más +pronto se celebrase el matrimonio. + +Obtenido el consentimiento, una tarde se presentó Gonzalo en casa de +Belinchón. Hacía quince días que no había estado en ella. Sentía el +corazón singularmente agitado, aunque sus deseos tan cumplida y +brevemente hubieran sido satisfechos. Temía la primera entrevista, y no +le faltaba razón. Doña Paula le recibió con marcada frialdad, y hasta en +los criados halló una sombra de hostilidad que le hirió. Por otra parte, +la idea de encontrarse con Cecilia le hacía temblar. Mas cuando se +presentó Venturita en la sala, todos los temores y tristezas se +desvanecieron. Su charla animada, el suave centelleo de sus ojos, +aquellos ademanes graciosos y desenvueltos iluminaron su alma +repentinamente y tocaron en ella a gloria. Olvidado de todo y enajenado +por el timbre adorable de su voz se hallaba, cuando entró en la sala +Cecilia. La vista de su víctima le produjo una extraña y violenta +impresión. Levantóse del asiento automáticamente. Su fisonomía cambió de +color. Cecilia se acercó a él con paso firme y le alargó la mano con la +misma plácida sonrisa de siempre. + +—¿Cómo te va, Gonzalo? + +Parecía que le había visto el día anterior, y que nada de particular +había sucedido. Sólo su tez estaba un poco más pálida. + +Tal confusión se apoderó del joven, que no pudo contestar a esta +sencilla pregunta sin balbucir. La mirada clara y tranquila de Cecilia +le hizo el mismo efecto que una corriente eléctrica. Volvióse a doña +Paula, y el rostro de ésta se hallaba fuertemente fruncido con expresión +severa y dolorosa. Venturita miraba hacia los balcones con afectada +indiferencia. Al fin se sentó todo convulso. Cecilia, que venía a pedir +a su madre las llaves de los armarios, salió de la estancia dirigiéndole +una tranquila sonrisa de despedida. + +Comenzaron los preparativos de matrimonio. Doña Paula tuvo la +delicadeza, rara en una mujer nacida en el pueblo, de no consentir que +pieza alguna de ropa destinada a Cecilia sirviese para su hermana. +Hízose, pues, un nuevo equipo apresuradamente. Cecilia trabajó en él, +con sorpresa profunda de las costureras. Unas lo achacaban a bondad, +otras a indiferencia. Lo cierto es que su fisonomía, aunque un poco +marchita, expresaba la misma serena alegría de siempre. Sus manos se +movían formando las iniciales de su hermana con la misma ligereza que +cuando bordaba las suyas. Pero las tijeras al cortar, _chis, chis_, y +las agujas al coser, _cruj, cruj_, no le decían ya aquellas cosas tan +lindas que la hacían temblar de gozo, sino otras muy horribles, ¡ay! muy +horribles. Quedaban sepultadas en su corazón. El mejor lector no leería +en sus ojos grandes, hermosos y suaves más que el capítulo risueño de +siempre. + +—¿No te lo decía yo, mujer?—murmuraba Teresa al oído de Valentina +mirando a nuestra joven.—Si la señorita Cecilia no puede querer a +nadie. + +Gonzalo huía de entrar en la sala de costura. Cuando alguna vez lo +hacía, se mostraba tan alterado y confuso, que las bordadoras se +guiñaban el ojo sonriendo. Al verle de aquel modo y a Cecilia tan +sosegada e indiferente, cualquiera trocara los papeles que ambos habían +hecho en aquel triste episodio de amor. + +Las lenguas, en tanto, allá afuera, en las calles, en las tiendas, en +las casas y en los paseos, no se daban punto de parada. El +acontecimiento había causado profunda sensación en la villa. Mientras se +preparaba el matrimonio con Cecilia, la opinión general era que Gonzalo +daba pruebas de tener un gusto deplorable. Se despellejaba a la pobre +muchacha, y se la ponía poco menos que como un monstruo de fealdad. +Todos se maravillaban de que no hubiese elegido a su hermana, tan linda, +tan graciosa. En cuanto aprendieron el cambio, las opiniones viraron +asimismo repentinamente. ¡Qué escándalo! ¡Qué acción tan villana! ¡Qué +padres los que consienten tal ultraje! ¿Dónde está la vergüenza de los +hombres? ¡Pobre niña, tan buena, tan esbelta, con unos ojos tan +hermosos!—Yo la encuentro más bonita que su hermana.—Yo lo mismo... + +No dejemos escapar la ocasión de decir que esta constante censura, este +eterno descontento de los hombres respecto de las acciones de sus +semejantes, que tanto nos desespera, no supone tanta ruindad de +intención, maldad o envidia en ellos como nos complacemos en creer +siempre que somos objeto de crítica. No es otra cosa que un testimonio +claro de la imperfección de nuestra existencia planetaria y del amor al +ideal que todo hombre lleva dentro de sí sin verlo jamás realizado. +Después de habernos así mostrado filósofos y optimistas, prosigamos +nuestra narración. + +Llegó el día del matrimonio. Efectuóse de madrugada dentro de la misma +casa de Belinchón, con asistencia de algunos parientes y amigos. Después +de tomar chocolate, partieron los novios para Tejada. + +Era ésta un posesión situada a una legua próximamente de la villa, donde +el genio de don Rosendo, secundado por el dinero, había tenido ocasión +de desenvolverse libremente y dar prodigiosos frutos. Cuando la +comprara, hacía más de veinte años, constituíanla unos cuantos prados y +un bosque donde pastaban las vacas y cantaban los malvises, jilgueros y +mirlos. Don Rosendo principió por desterrar esta colonia indígena y +substituirla por otra extranjera. El ganado del país fué proscripto +trayendo en su lugar otro de Suiza. Con igual severidad fueron +arrojados, a tiros, de los árboles, los pajaritos antiguos, para colgar +un sinnúmero de jaulas con aves raras y exóticas, que graznaban +miserablemente todo el año a la salida del sol. El espíritu emprendedor +y reformista de don Rosendo, no se detuvo tampoco en el reino animal. +Con la misma audacia pasó al vegetal, e hizo cambiar por entero la faz +de aquellos campos. Poco a poco, a impulsos del hacha y de la sierra, +fueron desapareciendo los copudos y grandes castaños de hojas anchas y +frescas con sus torsos retorcidos de piel rugosa, los gigantescos robles +que habían renovado sus hojas picadas más de trescientas veces, los +nogales que parecen enormes plantas de albahaca, los jugosos pomares, +cuyas ramas se doblan hasta dejar delicadamente el fruto en el suelo, y +otros árboles de arraigo y respetabilidad en el país. En su lugar se +plantaron _washingtonias, wellingtonias, araucarias excelsas_ y otros +muchos árboles de casta extranjera, perteneciendo en su mayor parte a +la familia de las coníferas. Esto hacía que la posesión, en concepto del +vulgo, guardase cierto parecido con un cementerio. Respondía don Rosendo +a tal observación, que las coníferas tenían la ventaja de conservar la +hoja por el invierno. Replicaba el vulgo que de este modo parecía un +cementerio por el invierno y por el verano. Don Rosendo no se dignaba +contestar a esta sandez, y tenía razón. + +Como lo que mucho vale mucho cuesta, aquellos extranjeros de ambos +reinos, se llevaban una buena parte de la renta de Belinchón. Los +pajaritos del país se buscaban el alimento y aliñaban sus plumas sin +necesidad de ayuda de cámara. Los de fuera, encerrados en jaulas y +enormes pajareras construídas al efecto, exigían algunos servidores para +procurarles la adecuada alimentación y hacerles la limpieza. Después, la +nostalgia causaba en ellos grandes claros, que se llenaban encargando a +París y Londres nuevas y costosas remesas. Lo mismo pasaba con los +vegetales. Para que uno se lograse a fuerza de cuidados y desvelos, +perecían treinta o cuarenta. La vigilancia constante de los jardineros +no bastaba a impedir esta considerable mortandad. + +La casa, tampoco era de estilo nacional, ni siquiera europeo. Estaba +construída según los preceptos de la arquitectura chinesca, llena de +torrecillas festonadas por todos lados. Qué conexión tenían estas +diminutas torres de ladrillo con la famosa de Babel, donde los idiomas +se confundieron, nosotros no lo sabemos; pero debemos manifestar que a +esta fábrica así guarnecida, la llamaban en el país _la Babilonia de don +Rosendo_. Estaba suntuosamente amueblada. No faltaba dentro de ella +ninguna de las comodidades y refinamientos que la moderna civilización +proporciona a los ricos. Tenía una famosa habitación decorada al estilo +persa, cuarto de baño, un espacioso comedor medianamente pintado y +algunos lindos gabinetes pequeños y tibios, donde la luz entraba cernida +por cristales de colores. + +A este nido vinieron a parar Gonzalo y Ventura dos horas después de +hallarse unidos para siempre. En el camino se habían hablado con +desembarazo de cosas indiferentes. El joven había aplicado algunos besos +en las mejillas de la niña, lo mismo que cuando novios. Mas al llegar a +la _babilonia_, y encontrarse solos en la cámara persa, sintióse +extrañamente confuso y acortado. Buscaba asuntos de conversación, y en +todos se perdía. Venturita apenas le contestaba mirándole de reojo, con +una expresión entre burlona y apasionada. + +—Mira, ¡calla, calla! Estás diciendo muchas tonterías... Calla, y dame +un beso—concluyó por decirle riendo, y tapándole la boca con su +primorosa mano. + +Gonzalo se puso colorado, y la abrazó con frenesí. + +Su embriaguez en los primeros días rayó en locura. Venturita era, por su +belleza singular, por la expresión lánguida y voluptuosa de sus ojos, +por la tendencia invencible al descanso, una verdadera odalisca. Pero no +como éstas solamente un animal hermoso, sino animada por ingenio +chispeante, que desbordaba a cada momento en graciosos equívocos y +felices ocurrencias. Gonzalo se desternillaba de risa, sin comprender +que es peligroso que los maridos rían demasiado los chistes de sus +mujeres. + +La vida que hacían era harto sedentaria. A Ventura no le gustaba salir +de casa. El sol le producía dolor de cabeza; el fresco de la tarde le +irritaba la garganta. Cuidaba del aliño de su persona, y variaba de +trajes lo mismo que si se hallase en Madrid. En su tocador pasaba una +gran parte del día. Esto no disgustaba a Gonzalo. Al contrario, cuando +la veía salir tan linda y gallarda, exhalando, como las flores +tropicales, un perfume penetrante, sentíase poseído de entusiasmo. Un +estremecimiento voluptuoso agitaba todo su ser, pensando que aquella +obra exquisita de la Naturaleza era suya, enteramente suya. + +Sin embargo, no lo era tanto como él se figuraba. Algunas veces la joven +esposa, medio en serio, medio en broma, se encerraba en su cuarto. Allí +pasaba tres o cuatro horas sin consentir que entrase, a pesar de los +ruegos cariñosos que le dirigía por el agujero de la llave. + +—Te privo de mi vista por algún tiempo—decía después riendo,—para que +desees más el tenerme junto a ti. + +Y, en efecto, por medio de estas coqueterías, el apetito del joven +crecía extremadamente, y se convertía en delirio. + +A las horas que bien le placía a la hermosa, salían a pasear por los +jardines, sin alejarse mucho. Al llegar a algún sitio umbrío y fresco, +de los pocos que la mano reformista de don Rosendo había dejado, la niña +quería sentarse; pero no sobre la hierba ni sobre un banco rústico. Era +menester que Gonzalo corriese a casa y trajese una butaca. + +—Ahora, siéntate aquí a mis pies. + +El mancebo se postraba y besaba con entusiasmo las manos que la gentil +esposa le tendía. + +—¡Sansón y Dalila!—exclamaba ella riendo y hundiendo sus manos como +copos de nieve en la rubia y rizada barba de su marido. + +—Tienes razón—respondía él dando un suspiro.—Un Sansón sin cabellos. + +—¡Qué no tienes cabellos!... ¿Y esto qué es?—replicaba levantando su +pelo, y poniéndolo erizado como una escoba. + +—Hablo de mis fuerzas. + +—¿No tienes fuerzas, eh? A ver: saque usted esos brazos. + +El, riendo, se despojaba de la americana, y remangándose la camisa +mostraba sus brazos enormes de gladiador, donde la musculatura tomaba +brioso relieve como un espeso tejido de cuerdas. + +—¡Qué barbaridad!—exclamaba la niña cogiendo uno con ambas manos, sin +lograr ni con mucho abarcarlo. Y poseída de repentino entusiasmo y +admiración, añadía: + +—¡Qué fuerte, qué hermoso eres, Gonzalo! Déjame morderte esos brazos. + +Y se inclinaba para hincar sus dientes menudísimos en ellos. Pero el +mancebo tendía sus férreos músculos, y los dientes resbalaban por la +piel sin penetrarla. + +Entonces ella se enfadaba, insistía, quería a todo trance coger carne. +Al cabo, él aflojaba los músculos diciendo: + +—Te dejo morder; pero a condición de que me hagas sangre. + +—No, eso no—respondía ella, expresando en la sonrisa anhelante el +deseo de hacerlo. + +—Sí, quiero que me hagas sangre; si no, no te dejo. + +La niña empezaba apretando poco a poco la carne de su marido. + +—¡Más!—decía éste. + +Y apretaba más. + +—¡Más!—volvía a decir. + +Seguía apretando mientras en sus ojos chispeaba una sonrisa maliciosa. + +—¡Más! ¡más! + +—Basta—decía ella levantándose.—¿Lo ves? ¡ya te hice sangre! ¡Qué +atrocidad, ni que fuese un perro! + +E inclinándose de nuevo, chupaba con afán voluptuoso la gotita de sangre +que saltaba en el brazo. Ambos sonreían con pasión reprimida. Después +miraban al pequeño círculo cárdeno que los dientes de la niña habían +dejado impreso. + +—¿Lo ves?—volvía a decir ella avergonzada.—¡Vaya unos caprichos +extraños los que tienes! + +—Gracias. Quisiera que esta marca quedase, ahí eternamente. Pero no; +¡bien pronto se borrará, por desgracia! + +—Puedo renovarla a diario—replicó maliciosamente. + +—Me alegraría mucho. + +—Vamos, tú quieres convertir a tu mujer en perrita. Dilo francamente. + +Y abrazándole repentinamente, y besándole con frenesí en los ojos, en +las mejillas, en la boca, en la barba, le repetía sin cesar: + +—¡Dilo francamente! ¡Dilo francamente, pedazo de oso!... Esta boca es +mía, y la beso. Esta barba es mía, y también la beso. Este cuello es +mío, y lo beso. Estos brazos son míos, ¡míos! y los beso. + +—Tómame todo: mi vida es tuya—decía él ebrio de dicha. + +—Te quiero, te quiero, Gonzalo, por lo hermoso, por lo fuerte... A ver, +déjame poner una mano sobre la tuya... Qué disparate, ¡parece una +hormiga! + +—Una hormiga blanca—replicaba él ahogando aquella diminuta mano entre +las suyas grandes y fibrosas. + +—Te quiero, te quiero, Gonzalo. Tómame en brazos. ¿Serás capaz de +pasear conmigo así? + +—¡Oh! ¿no he de ser? + +La levantó como una pluma, y poniéndola sobre un brazo como a los niños, +comenzó a dar brincos por el jardín. + +—¡No tanto! Llévame suavemente. Vamos de paseo. + +La paseó sin fatigarse por todo el parque. Y desde aquel día aquella +forma de paseo le agradó tanto a la niña, que en cuanto salían de casa +se colgaba al cuello de su marido para que la subiese. Los criados al +verlos movían la cabeza sonriendo. + +Pero muy pronto descubrió otro medio de pasarlo aún mejor. Había cerca +de casa un columpio que el tiempo, más que el uso, había deteriorado. +Hizo que se arreglase, y en cuanto lo tuvo presto se pasaba las horas +mecida por Gonzalo. + +—Si vieras cómo gozo. Da un poco más fuerte. + +Y al empuje vigoroso del joven, el columpio volaba, y la niña cerraba +los ojos dilatando la nariz con un sentimiento de intenso placer. + +Gonzalo gozaba en verla así arrobada. + +Transcurrieron veinte días de esta suerte. Durante ellos recibieron dos +visitas de Pablito y Piscis, una vez en tílburi y otra a caballo. En +esta última su principal objeto era dar picadero a una jaca que Pablo +había cambiado por otra más vieja. Y ¡cosa extraña! a pesar del +enajenamiento amoroso en que nuestro mancebo se hallaba, recibió la +visita de los équites con inexplicable alegría, les ayudó afanosamente +en su tarea. Al marcharse sintió una impresión de vacío en su vida. +Porque era ésta tan reposada y pacífica, que su sangre y sus músculos +padecían. Un día le habló a su esposa de ir de caza, pues era famoso e +incansable cazador. Venturita no se opuso, con tal que la llevase +consigo. Así se convino. Salieron una mañana en busca de un bando de +perdices, de cuya existencia sabía Gonzalo desde el día en que había +llegado a Tejada. Pero antes de alejarse dos kilómetros de la casa, +Venturita se manifestó enteramente rendida. Le era imposible dar un paso +más. Se vió precisado a traerla en brazos y a renunciar a su favorito +recreo. + +Doña Paula, que había mirado con hostilidad aquel matrimonio, no habló +de ir a ver a los novios hasta después de pasados muchos días. Quiso que +Pablito la acompañase, porque temía que a Cecilia le causase algún dolor +el hacerlo; mas, enterada ésta, expresó su decisión de ir también a +Tejada. Y una tarde madre e hija emprendieron en carretela descubierta +el camino que llevaba a la posesión. Pero al acercarse a ella y +columbrar las famosas torrecillas de ladrillo, Cecilia comenzó a +empalidecer, sintió el pecho oprimido y la vista turbada. Doña Paula, +que advirtió su indisposición, ordenó al cochero dar la vuelta. + +—¡Pobre hija!—la dijo besándola.—¿Ves cómo no puedes venir? + +—Ya podré, mamá, ya podré—respondió tapándose los ojos con una mano. + +Al día siguiente, fué doña Paula acompañada de Pablo. Halló a los +esposos muy propicios a dejar aquel nido escondido y trasladarse a la +villa; como se efectuó en la misma semana. + +Cecilia salió a recibirlos a la puerta de la calle y abrazó y besó a su +hermana con efusión. A Gonzalo, le tendió la mano, que por un esfuerzo +soberano de la voluntad, no tembló. El joven la estrechó con fraternal +afecto, creyéndose perdonado. + +Los novios ocuparon las habitaciones que doña Paula había destinado a su +hija primogénita. La vida comenzó a deslizarse serena en apariencia. +Gonzalo advertía, no obstante, con pesar, que no les envolvía esa +atmósfera tibia y afectuosa que hace tan grato el hogar doméstico. Desde +don Rosendo hasta el último criado, se mostraban con ellos atentos, +deferentes, no cariñosos. Ventura no lo advertía, y si lo advertía le +importaba poco. + +Volvamos ahora la vista a los asuntos más interesantes de la vida +pública de Sarrió. + +Ganada aquella noble victoria de los clérigos, las cosas del _Faro de +Sarrió_, procedían bien y prósperamente. El brioso y denodado ayudante +de marina, pudo continuar su campaña civilizadora sin peligro de nuevas +celadas. Sinforoso no se retiraba, sin embargo, a su casa sin ir +acompañado de él o de otro amigo, perfectamente armados ambos. + +Pero Gabino Maza, el eterno disidente, supo aprovechar maliciosamente +aquella ruptura con la Iglesia, para sobresaltar las conciencias de +algunos vecinos. No que él fuese católico ferviente, ni le diese una +higa por que se pusiera a los curas como hoja de perejil. Al contrario, +toda la vida había profesado ideas bastante heterodoxas y había +maldecido de los beatos. Mas ahora se mostraba escandalizado: «Al fin y +al cabo, habíamos sido educados en el respeto de la religión, la cual es +el único freno para el pueblo. No se pueden ofender tan descaradamente +las sagradas creencias de nuestras esposas, etc., etc.» Algunos con +estas pérfidas insinuaciones, dejaron la suscripción del periódico. + +Los redactores y su director, que adivinaban de dónde venía el golpe, +estaban grandemente indignados. Gabino Maza, secundado por el no menos +díscolo Delaunay, no cejaba en su campaña de murmuración. Mientras +alguno de los del Faro estaba delante, nada; pero en cuanto se iba, +esgrimían las lenguas con singular encarnizamiento. Unas veces hablando +en serio, otras apelando a la burla, se trituraba a todos los que +intervenían en el periódico, y muy particularmente, como es lógico, al +que mejor y más altamente lo personificaba, el eximio don Rosendo. +Decían ¡oh, mengua! que sólo el afán «de verse en letras de molde» había +impulsado a aquellos beneméritos ciudadanos a encender la antorcha del +progreso en Sarrió; que don Rufo, el médico, era un farsante; Sinforoso, +un pobrete a quien arrojaban un mendrugo; Alvaro Peña (aquí bajaban la +voz y miraban a todos lados), un botarate sin pizca de juicio; don +Feliciano Gómez, un pobre diablo a quien más importaba ocuparse en sus +negocios no muy florecientes; don Rudesindo, un gran cazurro, que +trataba de alquilar su almacén y anunciar su sidra. En cuanto al +fundador y promovedor de aquella empresa, don Rosendo, decían que toda +la vida había sido un badulaque, un necio que se creía escritor, sin +entender de otra cosa que del alza y baja del bacalao... + +Sólo el deber imperioso de aparecer como cronistas fieles e imparciales, +nos obliga a dar cuenta de tales habladurías. Bien sabe Dios que ha sido +con harto trabajo y disgusto. Porque la misma pluma se estremece en +nuestras manos y se niega a estampar semejantes abominaciones. + +De don Pedro Miranda, absteníanse de murmurar los murmuradores, no por +otra razón sino por tenerle solicitado para que dejase la participación +en el periódico, a lo cual le veían inclinarse desde la refriega de los +clérigos; pues era don Pedro cristiano viejo y muy grande amigo del +capellán de las Agustinas. Con sus malévolos discursos, habían logrado +desatar contra el periódico a algunas damas influyentes de la villa, +entre ellas doña Brígida. Con esto tuvieron por suyo dentro del +Saloncillo al sandio y degradado Marín. También atrajeron a su bando, +poco después, al borracho del alcalde. Por una parte el espíritu de +compañerismo con los tertulios de la tienda de la Morana, y por otra la +molestia que sentía con las constantes excitaciones de la prensa, a las +que no estaba acostumbrado, le hicieron renegar pronto de aquel gran +adelanto. Lo que acabó de ponerle mal con _El Faro_ y sus redactores, +fué cierta gacetilla en que se censuraba al ayuntamiento y al alcalde +con alguna dureza, por el lamentable abandono en que tenían los +servicios de policía urbana, y lo poco que trabajaban por hacer +agradable la temporada de verano «a los distinguidos escrofulosos que +acudían a la playa de Sarrió en busca de salud». + +Aunque aparentemente se trataban como amigos, existía, pues, entre los +socios principales del Saloncillo sorda y disimulada enemiga. Iba ésta +aumentando de día en día merced a los correveidiles que, en ocasiones +análogas, no cesan de sembrar envidias y rencores. Temíanse ya las +disputas y se rehuían, porque los desaforados gritos y los baldones que +antes se lanzaban sin resultado alguno, gracias a la cordial avenencia +que existía entre todos, eran, al presente, de mucho peligro. Reinaba, +por tanto, en aquel recinto, más silencio, más cortesía, pero muchísima +menos franqueza y cordialidad. + +Aquella tirantez no podía durar mucho tiempo. Entre personas que todos +los días se ven y se hablan, y no se quieren bien, es imposible que en +breve plazo no deje de estallar la discordia. La ocasión fué ésta. Llegó +al Saloncillo (¡noramala fué!), sin saber quién lo trajera, un ejemplar +de cierta _Ilustración_ catalana, donde, entre otros grabados, se veía +uno representando las orillas de un río americano, y en ellas +solazándose hasta una docena de cocodrilos de diversos tamaños. Tenía el +ejemplar en la mano Maza, cuando acercándose don Rufo por detrás, +exclamó en tono jocoso: + +—¡Vaya unos cocodrilos escuálidos! + +—No son cocodrilos—manifestó Maza en tono seco y desdeñoso, sin +levantar la cabeza. + +—¿Y por qué no han de ser?—preguntó el médico herido por aquel tono. + +—Porque no. + +—¡Valiente razón! + +—Si no te convence, estudia, que yo no estoy aquí para hacer obras de +misericordia. + +—¡Uf! ¡El sabio de la Grecia! ¡Apartarse a un lado, señores! + +—No soy un sabio, pero no digo que estos animales son cocodrilos, +cuando en el río Marañón no se crían cocodrilos. + +—¿Qué son entonces? + +—Caimanes. + +—¡Llámalo hache! Caimanes y cocodrilos vienen a ser lo mismo. + +—¡Otra barbaridad! ¿Dónde has aprendido eso? + +—Hombre, es de clavo pasado. El caimán y el cocodrilo no se diferencian +más que en el nombre. Aquí está don Lorenzo que ha viajado, y puede +decir si no es verdad. + +—El caimán es algo más pequeño—expresó don Lorenzo con sonrisa +conciliadora. + +—El tamaño es de poca importancia. La cuestión es saber si tiene o no +la misma figura. + +Don Lorenzo se inclinó en señal de asentimiento. Maza saltó, hecho una +furia: + +—Pero, señores. ¡Pero, señores! ¿Estamos entre personas ilustradas o +entre aldeanos? ¿De dónde sacan ustedes que caimán es lo mismo que +cocodrilo? El cocodrilo es un animal del Mundo Viejo y el caimán es del +Nuevo Mundo. + +—Dispénseme usted, amigo Maza; yo he visto cocodrilos en +Filipinas—manifestó don Rudesindo. + +—¿Y qué quiere usted decir con eso? + +—Como usted decía que los cocodrilos no se crían en el Nuevo Mundo... + +—¡Otra que tal! ¿Las Filipinas son del Nuevo Mundo? Señores, ¡señores! +hay que abrir los paraguas. Hoy llueven aquí burradas. + +—Pues qué, ¿Filipinas querrá usted decirme que no es +Ultramar?—preguntó don Rudesindo con la faz descompuesta. + +—¡Nada, nada, siga el chaparrón! + +—La diferencia principal, señores, que existe entre el cocodrilo y el +caimán—dijo a esta sazón con autoridad don Lorenzo—es que el cocodrilo +tiene tres carreras de dientes y el caimán sólo tiene dos. + +—¡No es eso, hombre, no es eso! Los cocodrilos tienen las mismas +carreras de dientes que los caimanes. + +Don Lorenzo sostuvo con brío su aserto. Le ayudó en la defensa don +Rudesindo. Maza le atacó con no menos fuego, apoyado por Delaunay. +Pronto entraron en liza otros cuantos socios generalizándose el combate, +que fué haciéndose cada vez más vivo. Las voces eran horrendas. Si +hubieran poseído tres carreras de dientes como los cocodrilos, o aunque +fuesen dos, no dudo que se devorarían, dada la rabia y el coraje con que +se enseñaban la única con que la Naturaleza les había dotado. Maza +estuvo tan procaz, tan insolente, que al fin don Rudesindo, sin ser +dueño de sí, le descargó un paraguazo en la cabeza. Siguióse a éste una +granizada de ellos entre los contendientes, con un pavoroso estruendo de +ballenas y varillas de alambre que daba escalofríos al varón más +arriscado. Muchos, que no se habían acordado siquiera de emitir su +opinión sobre la dentadura de los reptiles citados, recibieron su parte +alícuota de paraguazos, lo mismo que los que más habían esclarecido la +cuestión con sus discursos. Subieron del café el amo con algunas otras +personas; suspendieron los indianos del billar su juego; terció don +Melchor de las Cuevas, de quien así en guerra como en paz se hacía mucho +caso. Al cabo se logró apaciguar el alboroto ya que no concertar las +voluntades, hacía algunos meses resfriadas. + +El resultado fué que desde aquel día Gabino Maza, Delaunay, don Roque, +Marín y otros tres o cuatro socios más, se retiraron del Saloncillo. Don +Pedro Miranda siguió asistiendo con largos intervalos de ausencia. Esto +hacía presumir a los tertulios restantes y a los redactores del _Faro_ +que no podía contarse con él, y que no tardaría mucho en caer del lado +contrario. Como sucedió en efecto. Los disidentes empezaron a reunirse +en el café de Londres situado en la calle de Caborana. Pero no muchos +meses después corrió por la villa la noticia de que alquilaban un +almacén en la calle de San Florencio para establecer sus reuniones. Y +así fué. Lo entarimaron, lo alfombraron, después pintaron sus paredes y +su techo, amuebláronlo con algunas sillas y butacas, pusieron mesas de +tresillo y comenzaron a asistir tarde y noche a aquel sitio tan +asiduamente como antes al Saloncillo. Por ser bajo de techo y tener +embutida en la pared una litera que sirvió para dormir la siesta Marín, +empezó a llamarse a aquel sitio en la población el _Camarote_, y este +nombre le quedó. Los del _Faro_, que habían desdeñado a los desertores +mientras no tenían techo donde guarecerse, entraron en cuidado. El +primer síntoma de temor fué una gacetilla o _novela a la mano_ en +verso-prosa describiendo aquella nueva tertulia y pintando a cada uno de +sus socios con nombres de animales; Maza la víbora, Delaunay un gallo +belga, Marín el jumento, don Roque el cerdo, etcétera, etc. Esta +gacetilla exasperó a los del Camarote de un modo indecible. + +Don Rosendo continuaba cada vez más pujante y empeñado en su campaña +periodística. Introducía en el _Faro_ todas aquellas formas y maneras +que observaba en la prensa nacional y extranjera, particularmente en la +francesa. Había comisionado a un escritor de Madrid para que los +miércoles le remitiese un telegrama de veinte palabras, y le escribiese +además cartas políticas y literarias; traducía él todas las noticias +curiosas que hallaba en los periódicos; hacía revistas de modas, de +tribunales, de teatros (cuando había compañía). Pero donde más se +distinguía era en las de mercados. No es fácil representarse la destreza +con que manejaba, traía y llevaba los cereales, los aceites, los caldos +y los arroces. Para que se vea con qué amenidad y galanura sabía tratar +un asunto tan prosaico, diremos que en una ocasión escribía: «Las +mieles, sensibles a estas alteraciones, se pronunciaron en baja y no +alcanzaron estabilidad y firmeza en sus precios hasta que los cafés, +los cacaos y demás géneros ultramarinos lograron reprimir sus vivas +oscilaciones.» Era, en suma, el alma del periódico. + +No bastaba, sin embargo, lo que había hecho para ponerlo a la altura de +su ideal. Belinchón siempre había seguido con vivísimo interés en los +periódicos de París aquellas polémicas personales que rara vez dejaban +de terminar con un duelo. Y las peripecias de éste, contadas +minuciosamente por algún testigo, le placían tan extremadamente, que +ninguna comida había para él tan sabrosa, ni más grato recreo. Cuando +pasaban muchos días sin desafío, don Rosendo languidecía. Las +descripciones de los asaltos de armas entre los célebres tiradores de la +capital de Francia, excitaban también grandemente su curiosidad. Y +aunque un poco se le enredaban en el magín aquellas frases técnicas +_engagement de sixte, battement en quarte, contre-riposte, feinte_, +etc., allá las traducía a su modo y se daba por enterado. Decía él que +en ningún signo se conocía mejor el grado de cultura de un país que en +la afición a las armas. El manejo de ellas despertaba o avivaba la idea +del honor y la dignidad humana. Su abandono arrastraba consigo la +cobardía y la degradación. Conocía mejor que sus parientes la biografía +de los grandes duelistas y _gens des armes_ de París. Podía describir +con pelos y señales los desafíos que habían tenido y la gravedad de las +heridas. En cuanto se anunciaba un asalto entre dos maestros, por +ejemplo Jacob y Grisier, ya estaba nuestro caballero excitado. Abría con +precipitación todos los días el _Fígaro_ y apostaba en su interior por +uno o por otro. + +Un día se le ocurrió en la cama (donde le asaltaban siempre las grandes +ideas) que ser periodista sin conocer las armas o manejarlas, era lo +mismo que ser bailarín y no tocar las castañuelas. El día menos pensado +se suscitaba un lance, había que acudir al terreno, y él no sabía +siquiera ponerse en guardia. Verdad que en todo Sarrió no había quien +supiese más. Pero nadie tenía tanta obligación de conocer la esgrima +como él. Además, el altercado podía ser con un periodista de Lancia o de +Madrid, y entonces era preciso dejarse asesinar. Estas imaginaciones le +llevaron a adoptar una resolución; la de aprender a toda costa a tirar +el florete. ¿Cómo? Haciendo venir un maestro a Sarrió, ya que él no +podía separarse de este punto. Sin comunicar el pensamiento con nadie, +escribió a un amigo de París, el cual buscó en las salas de armas de +esta ciudad algún auxiliar o _prevot_ que quisiera expatriarse. Al cabo +de algún tiempo se halló uno que, mediante la cantidad de dos mil +francos anuales, y dejándole libertad para dar lecciones, consintió en +venir a establecerse en la villa del Cantábrico. + +Un día, con verdadera estupefacción del vecindario, se dijo que acababa +de llegar en la goleta _Julia_ un profesor de esgrima, M. Lemaire, con +el exclusivo objeto de enseñar el manejo de las armas a don Rosendo. Y, +en efecto, pronto se vió a éste acompañado de un joven delgadito y +rubio, de traza extranjera. La impresión fué honda. En los pueblos +pequeños, donde la gente se pega de palos y bofetadas, la frialdad, la +corrección y la gravedad de los duelos produce asombro y terror. Lo +primero que se les ocurrió fué que don Rosendo deseaba matar a alguno. +Sólo después de mucho tiempo comprendieron la razón de aquel +aprendizaje. + +Don Rosendo lo tomó con el ardor y seriedad que merecía. Todos los días +dedicaba un par de horas por la mañana, y otro por la tarde, a tirarse a +fondo, que fué lo único que le permitió hacer el profesor en los dos +primeros meses. El resultado notabilísimo de este ejercicio fué que al +cabo de algún tiempo no sabía si sus piernas eran verdaderamente suyas o +de otro bípedo racional como él. Tan agudas y vivas fueron las agujetas +que le acometieron, que hasta cuando se hallaba durmiendo creía estar +tirándose a fondo. Despertaba sobresaltado con terribles dolores en las +articulaciones. ¡Luego aquel M. Lemaire era tan cruel! Nunca se daba por +satisfecho del trabajo de las extremidades del buen +caballero:—«_¡Plus! ¡plus! ¡Ancor plus saprísti!_» Y el mísero don +Rosendo se abría, se abría de un modo bárbaro, inconcebible, percibiendo +la grata sensación de si le aserraran el redaño. Terminado tan noble +ejercicio, el señor Belinchón se veía necesitado a ir cogido a las +paredes para trasladarse de un sitio a otro, formando un ángulo de +ochenta grados con el suelo. Desde allí, hasta el fin de sus días, el +glorioso fundador de _El Faro de Sarrió_ siempre anduvo más o menos +esparrancado. + +Pero este tormento, aunque nada tenía que envidiar a los de los mártires +del Japón, padecíalo, si no con gusto, con varonil entereza. Pensaba que +siempre ha costado enormes sacrificios civilizarse y civilizar un país. +Al cabo de los dos meses comenzó el eterno _tic tac_ de los floretes. +Pero sin abandonar por eso el tormento de las piernas. Don Rudesindo, +Alvaro Peña, Sinforoso, Pablito, el impresor Folgueras y algunos otros, +tomaban lección al mismo tiempo. En la sala, las impresiones bélicas +subyugaban de tal modo a los tiradores, que guardaban solemne silencio. +No se oía más que la voz áspera de M. Lemaire repitiendo sin cesar y de +un modo distraído:—_En garde vivement—Contre de quarte.—Ripostez... +¡Ah bien!—En garde vivement.—Contre de sixte. Ripostez... ¡Ah +bien!—Parez seconde.—Rispostez ¡Ah bien!_ Don Rosendo se creía +trasladado a París, y veía en don Rudesindo, Folgueras y Sinforoso, a +Grisier, Anatole de la Forge y el barón de Basancourt. _El Faro_ no era +_El Faro_, sino _Le Gaulois_ o _Le Journal des Debats_. + +Al cabo de cinco meses, se mantenía bastante bien en guardia, paraba los +golpes rectos, atacaba con furia y saltaba hacia atrás con maestría. +Creyó llegado el caso de dar un escándalo. Era necesario que la +población se persuadiese de que los dos mil francos asignados al +profesor no eran enteramente perdidos.. Además convenía ir introduciendo +en ella el gusto por estos refinamientos de las grandes capitales. ¿Pero +con quién tener _affaire_ en Sarrió? Aunque buenas ganas se le pasaban +de desafiar a alguno de los del Camarote, comprendía que el único capaz +de batirse era Gabino Maza. A éste le tenía una migajita de respeto, +sobre todo desde que había oído decir al profesor que en los duelos era +preciso tener mucho cuidado con los hombres violentos, aunque no +supiesen esgrima. Después de largas y profundas meditaciones imaginó que +lo mejor era provocar un lance con algún periodista de Lancia +aprovechando la polémica que el _Faro_ venía sosteniendo con el +_Porvenir_, acerca de cierto ramal de carretera. Y como lo pensó lo +hizo. En el primer número se mostró tan agresivo, tan insolente con el +periódico de la capital, que éste, sorprendido e indignado, contestó que +ciertas frases del _Faro_ no merecían sino el desprecio. En su +consecuencia, don Rosendo comisionó a sus amigos Alvaro Peña y Sinforoso +Suárez «para que fueran a entenderse» con el director del _Porvenir_. Se +trasladaron a Lancia y regresaron el mismo día. El señor Belinchón al +verles llegar deseaba ya ardientemente que el asunto se hubiese +arreglado sin necesidad de duelo, a pesar de ser él quien lo provocara. +Nuevo testimonio de su grandeza singular de alma y de la exquisita +sensibilidad de que estaba dotado. Por desgracia el director del +_Porvenir_ se había mantenido firme. Los testigos convinieron un duelo a +sable que debía realizarse al día siguiente, en una posesión de las +cercanías de Lancia. + +Nuestro héroe, al saberlo, sintió que las piernas le flaqueaban, no de +temor, que esto ninguno osará siquiera imaginarlo, sino por la emoción +de verse tan próximo a ser objeto de la curiosidad y expectación +públicas, no sólo en la provincia, sino en España entera. Cuando +caminaban hacia casa, Peña le dijo con ruda franqueza: + +—Los padrinos de Villar querían que se cortasen las puntas a los +sables; pero yo me opuse. «No, no, dije, conozco bien a don Rosendo, y +es hombre que aborrece las niñerías. No se puede jugar con él. Cuando se +mete en un lance de éstos, es menester que vaya todo muy serio. Estoy +seguro de que si cortásemos las puntas, tendría con él un disgusto...» +¿No he interpretado bien su deseo? + +—Perfectamente. Muchas gracias, Alvaro—respondió el señor de Belinchón +alargándole una mano que Peña halló demasiadamente fría. Y añadió con +voz débil:—Aunque se limasen un poquito las puntas, ¿sabe usted? no +tendría inconveniente en aceptarlo... El asunto, después de todo, no +exige precisamente que sea a muerte. + +—No me atreví siquiera a aceptar eso. Como no conocía la opinión de +usted, tenía miedo que le disgustase... + +—Nada, nada, pues por mí no hay inconveniente en que se limen. + +—Ahora ya no puede ser. Están concertadas las condiciones. A menos que +ellos lo propongan de nuevo, las puntas irán afiladas. A usted le +conviene mucho porque tira el florete... + +—Precisamente por eso. Yo no quisiera llevar ventaja alguna a mi +adversario. + +Peña guiñó el ojo con malicia. + +—No sea usted tan escrupuloso, don Rosendo. Si usted puede ensartarlo +_¡fiiit!_ como un pajarito, no deje de hacerlo. + +Estas últimas palabras las acompañó el ayudante con un gesto expresivo, +traspasando el aire con los dedos de punta, lo mismo que si los +estuviese introduciendo por un cuerpo humano. + +Don Rosendo hizo un gesto de repugnancia, y guardó prolongado silencio. +Al cabo, manifestó sordamente: + +—Lo que sentiré es que estas malditas agujetas no me permitan tirarme a +fondo. + +—¡Ca, hombre, ca! Pierda usted cuidado. Mientras dure el lance, no +sentirá usted dolor alguno en las piernas. ¿No le ha sucedido dejar de +sentir el dolor de una muela en el momento de llamar a la puerta del +dentista para sacarla? + +Este símil consolador produjo inmediatamente en el ayudante un acceso +de risa, que duró buen rato. Belinchón se mantuvo grave y sombrío, como +deben estarlo los héroes la víspera del combate. + +La noticia corrió como una chispa eléctrica por la población. El pasmo +de los vecinos era indescriptible. A ninguno le cabía en la cabeza que +una persona, entrada ya en años, con hijos casados, fuese a darse de +sablazos con otra por cuestión de un ramal de carretera. Sin embargo, el +partido que Belinchón acaudillaba admiraba la decisión y el valor de su +jefe. Este, por la noche, tuvo una espantosa pesadilla. Soñó que el +sable del director del Porvenir le abría por el medio. Una mitad se la +llevaba el vencedor como trofeo. A Sarrió sólo volvió la otra mitad. Sus +mismos gritos le despertaron. A doña Paula, que dormía a su lado, la +aterraron de tal modo, que fué necesario acudir al antiespasmódico. +Belinchón, con la fortaleza de los temperamentos heroicos, no dijo nada +a su consorte. Lo que hizo fué beber un trago del antiespasmódico. + +Al día siguiente salió en coche para Lancia, acompañado de Peña, +Sinforoso, don Rufo y dos sables de tiro. A la salida de la villa, en la +carretera, más de cien personas le despidieron. Ante aquella +manifestación de cariño, don Rosendo se sintió enternecido. + +—¡Buena suerte!—Pongan ustedes telegrama, ¿eh?—No se diga que Sarrió +queda por debajo de Lancia. + +Don Rosendo fué estrechando con emoción las manos de sus partidarios. +Todos se le ofrecían para acompañarle, y le prometían venganza para el +caso de perecer en la lucha. + +Al fin llegaron a la quinta designada, y se avistaron con el enemigo. +Los testigos platicaron, midieron los sables, y los pusieron en manos de +los contendientes. La fisonomía de éstos tenía el color adecuado a +semejantes solemnidades; esto es, un verde botella, que a intervalos +tomaba visos anaranjados. + +Una vez en guardia, y dada la voz de atacar, comenzaron ambos a tentarse +los sables metódicamente, primero de un lado, después de otro, con un +lúgubre sonido que ponía espanto. Al cabo, Villar se arrojó a +levantarlo para herir en la cabeza a su adversario... Pero ¡ca! don +Rosendo dió un salto tan prodigioso hacia atrás, que los testigos se +miraron unos a otros llenos de asombro. Villar, pasmado también, esperó +a que su contrario se acercase de nuevo. Volvieron al lúgubre _tic tac_. +Don Rosendo, al cabo de otro rato, alzó el sable... Villar, +instantáneamente dió otro brinco verdaderamente sobrenatural, que +sobrepujó en mucho al primero. Creyeron que salía de la quinta. Los +testigos se miraron todavía con mayor asombro. + +La pelea duró, en esta forma, más de media hora. Durante ella, don +Rosendo gritó una vez: + +—¡Alto! + +—¿Qué hay?—preguntaron los testigos acercándose. + +—Que me parece que el sable del señor ha perdido la punta. + +Se reconoció el sable de Villar, y se vió que no era verdad. Este rasgo +de caballerosidad, más propio de la Edad Media que de nuestros tiempos, +elevó a don Rosendo, en el concepto público cuando se supo, a la altura +de los héroes legendarios, Roldán, Bayardo y Bernardo del Carpio. + +El combate terminó cuando el sable de Villar, sin intención ninguna, +tropezó con la frente de Belinchón. Fué un simple rasguño; pero los +padrinos dieron por terminado el lance. Don Rufo colocó un gran pedazo +de tafetán inglés sobre la herida. El herido dió la mano noblemente a su +contrario. Se envió un telegrama a Lancia, para que lo pusiesen a +Sarrió. Almorzaron todos juntos alegremente, y durante el almuerzo, los +campeones se comunicaron con gran expansión los golpes que se tenían +destinados, y que por falta de oportunidad no habían podido ejecutar. + +—Hombre, si no llega usted a romper a tiempo, le parto la cabeza en +dos. Finta de una dos a la cara, estocada al pecho y cuchillada a la +cabeza—decía don Rosendo, engullendo un soberbio trozo de merluza. + +—Pues no lo hubiera usted pasado mejor si llego a hacer una combinación +que tenía meditada—contesta Villar.—Amago la faja ¡pin! Ataco en falso +a la cabeza ¡pin! Usted me contesta al brazo ¡pin! Yo hago una dos a la +cara ¡pin! Usted contesta a la cabeza ¡ pin! Yo paro y contesto al brazo +¡pin!... + +Aquí el director del _Porvenir de Lancia_, que mientras describía su +famoso y complicado golpe no dejaba de engullir trazando a la vez +círculos en el aire con el tenedor, se atragantó con una espina, +poniéndose súbito más rojo que una guinda. Hubo que sacarle al fresco. +Don Rosendo fué quien le dió los puñetazos consabidos en la espalda para +que arrojase la espina. ¡Espectáculo hermoso y ejemplo de hidalguía que +no podrá olvidarse jamás! + +Terminado el almuerzo, don Rosendo y sus compañeros montaron en el +carruaje y se restituyeron a Sarrió. Más de media población, prevenida +ya por el telegrama, les esperaba en las afueras. Un grito de júbilo se +escapó de todos los pechos al aproximarse el carruaje. Don Rosendo, +conmovido, sacó la cabeza por la ventanilla y se quitó el sombrero +ostentando el pedazo de tafetán inglés. A su vista, el público lanzó un +¡hurra! formidable. El vehículo fué escoltado por la muchedumbre. El +fundador del _Faro_, aclamado al entrar en su casa, se vió precisado +después a asomarse al balcón, donde fué nueva y calurosamente vitoreado. +Por la noche, sus amigos le obsequiaron con una serenata. + + + + +XII + +CÓMO SE DIVERTÍA PABLITO + + +—Convendría ponerle una barbada suave—dijo Pablito. + +—O un filete—respondió Piscis gravemente. + +Ambos guardaron silencio. Pablito exclamó: + +—¡Maldita yegua! No he visto en mi vida boca más dulce. + +—Una seda—replicó su amigo con acento de inquebrantable convicción. + +Otro rato de silencio. + +—¿Crees que debemos darle más picadero? + +—El picadero no sobra a ningún animal—gruñó Piscis con el mismo +convencimiento. + +—Conviene trabajarla en el trote. + +—Conviene mucho. + +Mientras así platicaban, dirigíanse los inseparables équites a paso +lento desde las cocheras de don Rosendo, sitas en un extremo de la +villa, al otro extremo de ella, atravesándola por el medio. Eran las +diez de la noche; la temperatura suave, de primavera. Los pocos +transeuntes que por las calles quedaban, dirigíanse a paso rápido hacia +su domicilio. Únicamente permanecían abiertas las tiendas donde se hacía +tertulia, la de Graells, la de la Morana, y tal cual estanquillo. En el +Camarote había mucha luz y gran animación. Pablito, en quien germinaban +los rencores de su padre, le dijo a su amigo al pasar frente a la +aborrecida tertulia: + +—Piscis, tira una pedrada a esa puerta, y rómpeles los cristales. + +Piscis, siempre terrible, agarró un guijarro de la calle, esperó a que +su amigo doblase la esquina, y ¡zas! lo encajó dentro del Camarote, +haciendo polvo los cristales. Luego se dió a correr. Para que no le +conociesen los que salieran en su persecución, se dejó caer sobre las +manos, corriendo en cuatro pies con habilidad pasmosa. + +En el café de la Marina había también alguna gente. Entraron en él y +bebieron en silencio sendas copas de _chartreuse_, sin que por eso los +cerebros dejasen de trabajar activamente. Al levantarse Pablito, dijo: + +—Lo mejor será engancharla con el Romero. + +—Eso mismo estaba pensando yo—profirió con fuego Piscis. + +Después que hubieron salido, éste preguntó, no con palabras, sino con +una horrible mueca, a dónde iban. + +—Allá. + +—Bueno; entonces al pasar por delante de casa recogeré el roten. + +Dejaron atrás las calles principales, no sin que Piscis se detuviese en +su domicilio un instante, para dar cumplimiento a lo que acababa de +manifestar. Muy pronto alcanzaron las extremidades de la villa, donde +habitaban, por regla general, los menestrales. Detuviéronse en cierta +calle, tan solitaria como sucia, frente a una casa de pobre apariencia +con tosco corredor de madera. Pablito miró a todos lados por precaución, +y dejó escapar un silbido suave y prolongado con la maestría que le +caracterizaba en este ramo del saber humano. Después dijo mirando con +inquietud al farol que ardía unos cincuenta pasos más allá: + +—¡Si pudiéramos apagar ese farol! + +El terrible Piscis se destacó acto continuo, trepó por la esquina de la +pared y con su bastón lo apagó al instante, rompiendo, por supuesto, el +tubo. + +Un bulto de mujer apareció en el corredor. Pablito se cogió de un salto +a las rejas. Luego escaló por ellas y montándose en la baranda, se +introdujo sin hacer ruido en él. Piscis comenzó a hacer la guardia desde +la esquina, armado de su formidable garrote. + +¿Quién era la mujer que en aquel momento obtenía los favores del sultán +de Sarrió? La blonda Nieves, responderán a una voz cuantos hayan seguido +el curso de esta verídica historia. Aunque sintamos ofender la +perspicacia de nuestros lectores, la verdad nos obliga a declarar que la +damisela del corredor no era la blonda Nieves, sino la blonda Valentina. + +¿Cómo? ¿Aquella arisca costurera tan enemiga de los señoritos y que +además tenía un novio llamado Cosme? + +La misma en cuerpo y alma, con sus rizos dorados sobre la frente, su +entrecejo saladísimo y nariz un poquito remangada. Pablito era hombre +para hacer estos y otros mayores milagros. Mientras seguía o aparentaba +seguir sus amoríos con Nieves, ya «le estaba poniendo los puntos» a +Valentina. Pero ésta se resistió mucho más que aquélla. Al primer beso +que le robó sobre la nuca estando bebiendo agua en la cocina, la +arriscada costurera «le armó un escándalo». Se puso roja como una +cereza, chispearon sus ojos expresivos con ira, y le gritó: + +—¡Cuidadito, que yo no sufro esas cosas!... Vaya usted a hacerlas con +las que se lo aguanten. + +Esto iba sin duda con Nieves. Pablito obró con más cautela en adelante, +aunque no con menor osadía. Dondequiera que la encontraba requebrábala a +su manera, bromeaba, sufría con paciencia sus «patas de gallo». Porque +era Valentina el tipo de la artesana de Sarrió, en quien la falta de +educación es una gracia más que añadir a las muchas que poseen. +Concluído el equipo de Ventura, y no teniendo ocasión de verla, Pablito +aprovechaba los bailes de las Escuelas para seguir festejándola. + +Mas no por eso abandonaba a Nieves. El gallardo mancebo adivinaba que el +amor propio excitado por la competencia, haría más en su favor que las +mismas ventajas personales de que estaba dotado. Esta perspicacia era +innata en él. Se había manifestado claramente desde que había enamorado +a la primera mujer. Lo cual es un argumento más para los que creen en la +preexistencia del ser humano. Porque sólo habiendo seducido muchas +costureras en vidas anteriores, pudo nuestro mancebo poseer una noción +tan exacta del procedimiento adecuado a este fin. + +Al fin se había rendido. Principió por abandonar a su novio. Concluyó +por dar citas de noche como la presente al gallardo Pablito. + +—¿Duerme tu padre?—fué la primer pregunta que éste hizo en cuanto se +vió en el corredor. + +—¿Qué te importa?—respondió la resuelta costurera. + +—Es que si no duerme... ya ves... ¡Cáspita, la cosa es grave! + +—Calla, cobarde; ¡vergüenza había de darte! Voy a hacer ruido por el +gusto de verte correr. + +Pablito la estrechó entre sus brazos y le dió una razonable cantidad de +besos. La joven sonreía dichosa. Mas de pronto su frente se arrugó; su +fisonomía expresó una gran severidad. + +—¡Quita, quita!—dijo rechazándole.—Tengo que hacerte una pregunta. +¿Dónde has estado esta mañana? + +—¿Esta mañana?... En muchas partes. En casa, en el Saloncillo, en la +cochera... en la punta del Peón... + +—¿No has estado en la calle de San Florencio? + +—Sí; he pasado por allí dos o tres veces. + +—¿Y a quién has encontrado? + +—¡Chica, qué sé yo!... A mucha gente. + +—¿No has encontrado a Nieves?—preguntó con reprimida cólera la gentil +costurera. + +—Sí, la he encontrado—respondió él con acento indiferente. + +—¿Y no te has parado con ella? + +—No; la he dicho simplemente adiós. + +—¡Embustero! ¡hipócrita! ¡tío silbante!—exclamó con furia +Valentina.—¡Toma, por zorro! (arrimándole un terrible pellizco en el +brazo). ¿Conque le has dicho adiós solamente y te has estado más de una +hora con ella? ¡Toma, trapacero! ¡toma! + +Y le descargó sobre los brazos una granizada de pellizcos. El buen Pablo +se retorcía de dolor, pero sin gritar, porque respetaba mucho el sueño +del papá de la feroz muchacha. + +—Por Dios, Valentina, si estás equivocada... No fué más que un instante +para preguntarle si había concluído de bordar mis pañuelos... + +—¡No está mal instante! ¡Una hora por el reloj plantado con ella, +riendo como locos!... Me están dando ganas de ahogarte entre mis manos, +¡zorro! ¡zorro! ¡más que zorro! + +La enojada chica, cada vez más poseída de la ira, echó las manos al +cuello a su galán, y estuvo a punto de estrangularle. + +Daba compasión ver a un tan apuesto y gentil mancebo con la lengua fuera +y los ojos llenos de espanto. Valentina tuvo, en efecto, lástima de él, +y le dejó; pero todavía le retorció el pellejo de los brazos unas +cuantas veces. + +—A mí no se me engaña, ¿lo sabes? ¡A mí no se me engaña! Si vuelvo a +saber que has estado con ella, excusas de venir más por aquí. + +—Bueno, te prometo no hablarla más; pero no vayas a hacer caso del +primer cuento que te traigan. + +—¿Cumplirás la palabra?—preguntó la cruel costurera mirándole +airadamente. + +—Pierde cuidado. + +—Cuenta conmigo si no la cumples. ¡Alza! + +De este modo apacible y tierno, trataba Valentina al tenorio de Sarrió. +El, cuando daba cuenta de tales tratos a Piscis o a algún otro amigo, +sonreía como hombre de mundo; afirmaba que estas mujeres irascibles y +altivas, son las que más deleites proporcionan a los hombres, sobre todo +a los que como él estaban ya un poco gastados. + +Después que hicieron las paces, o por mejor decir, después que Valentina +otorgó la paz, hubo un cuchicheo que duró no sabemos cuánto. Después no +se oyó nada, y hasta sería fácil que tampoco se viese gran cosa. El +corredor estaba como si no hubiese nadie en él. Si no fuese porque es +muy feo mancillar la honra de una muchacha, podríamos sospechar que la +amartelada pareja se había metido en lo interior de la casa. + +Piscis, en tanto, hacía la centinela paseando a lo largo de la calle. Y +el caso es, que no era sólo él quien la hacía. Un hombre estaba +apostado, desde que ellos habían llegado, en el hueco de una puerta +donde las sombras se espesaban. Inmóvil y protegido por la obscuridad, +no pudo ser visto de Piscis. Aprovechando un momento en que éste paseaba +de espaldas a la casa, el hombre salió de su escondite y se acercó +sigilosamente a ella. Miró hacia el corredor y vaciló unos segundos. +Esto fué lo que le perdió. Cuando dió el salto para cogerse a las rejas, +el terrible Piscis se había vuelto ya y le vió. De dos brincos se plantó +debajo del corredor, antes que el intruso pudiera montar sobre la +barandilla, y con su famoso roten, le descargó en las espaldas tal +garrotazo, que el pobre hombre soltó las manos y se dejó caer al suelo. +Quiso repetir el feroz centauro, pero el hombre se levantó con agilidad +y se dió a correr de tan prodigiosa manera, que el segundo garrotazo lo +dió en el suelo, y en cuanto al tercero ni lo intentó siquiera. + +—¡Mal rayo!—rugió Piscis. + +Este rugido debió de llegar a oídos de su feliz amigo, porque algunos +segundos después montaba sobre la barandilla y se apeaba bonitamente en +la calle. + +—¿Qué hay?—preguntó, acercándose a su Orestes. + +—Un hombre. + +—¿Dónde?—volvió a preguntar el seductor ansiosamente, girando dos +veces en redondo. + +—Ya escapó. Le atrapé en el momento de subir al corredor, y le tiré al +suelo de un palo... Luego echó a correr... ¡Mal rayo! Ni el Romero a +todo escape lo alcanzaba. + +—Ese hombre—profirió Pablito sordamente—debe de ser un novio que +tenía Valentina hace algún tiempo... ¿Qué trataría de hacer? + +—Pues si era el novio, como no fuese para darte una puñalada, no sé a +qué había de subir. + +Pablito echó el brazo por encima del hombro a su amigo, no para +sostenerse, aunque las corvas un poco se le doblaban, sino para decirle +con voz apagada: + +—¿Crees eso? + +—Una... o dos, o tres... + +El bello mancebo guardó silencio. Al cabo de un momento le preguntó: + +—¿Tú le conoces? + +—Yo no, ¿y tú? + +—No le he visto nunca: sólo sé que se llama Cosme, y que es barbero. + +Alejáronse en silencio de la calle y en silencio llegaron hasta casa de +Belinchón. Allí, al despedirse, Pablito dijo a su amigo: + +—Si vuelvo por allá (que lo dudo), me harás el favor de no perder de +vista el corredor, ¿verdad? + +—A perro puesto—se limitó a contestar el indomable Piscis. + +Al día siguiente era domingo y se celebraba en las Escuelas el baile +acostumbrado de todas las semanas. Se bailaba por la tarde, de tres a +siete. El salón era espacioso, construído hacía pocos años para escuela +de niños. Los bancos de éstos se amontonaban en la plataforma destinada +al maestro. Las paredes estaban tapizadas de carteles. Los adoradores de +Terpsícore, mientras bailaban la habanera lánguida, podían distraerse +leyendo en ellos una porción de inestimables consejos encaminados a +demostrar que la virtud y el trabajo son los verdaderos tesoros del +niño: _El niño estudioso recibirá el premio de su aplicación. La fe y la +constancia suplen al talento._ Y allá en el fondo, sobre la mesa del +maestro, la imagen de Cristo crucificado, ¡oh vilipendio! tapada con +una cortina de seda, presidía aquellas habaneras voluptuosas y +furibundas polkas. + +Era el sitio donde sin temor al agua ni al sol, los extranjeros podían +ver y admirar en seductor ramillete a las _yeung girls_ de Sarrió. Y en +efecto, allí acudían todos los capitanes y pilotos que hacían escala en +la villa. Su admiración a veces, rebasando un poco los límites de la +gravedad británica, les impulsaba a aproximar demasiado las luengas +barbas rubias al rostro de alguna bella. + +—¿Usted es bobo, cristiano?—preguntaba ella poniéndole la mano en el +pecho y rechazándole con fuerza. + +—¡Crijstiano!... ¡crijstiano!—repetía con asombro el inglés.—¿Qué ser +crijstiano? + +—Hombre de Cristo. ¿No sabe la _dotrina_? ¡Pus depréndala! + +Cuando estaban de ver aquellas preciosas damas, era de cinco a seis de +la tarde, hora en que ya llevaban bailados cuatro o cinco valses y otras +tantas polkas. La sangre bien batida, teñía de vivo carmín sus mejillas +frescas. Los rubios o negros cabellos en grato desorden, se +desparramaban por el espacio o bien caían en adorables bucles por la +espalda; los ojos brillaban como luceros en aquellos rostros +celestiales; los labios rojos y húmedos se entreabrían para dejar ver el +aljófar inmaculado de sus dientes. Y basta, porque no concluiríamos +nunca. En esto de admirar a las artesanas de Sarrió, no hay inglés que +nos ponga el pie delante. + +En el elemento femenino de los bailes había siempre perfecta +homogeneidad: todo él se componía de jóvenes situadas en el mismo +peldaño de la escala social. Pero en lo que toca al masculino, existía +peligrosa variedad: acudían a aquel sitio los jóvenes artesanos y los +señoritos de Sarrió. Los primeros creían vulnerados sus derechos por la +competencia de los señoritos; tanto más, cuanto que ésta era para ellos +desastrosa, por los repetidos ejemplos de uniones desiguales que se +efectuaban en la villa. Ya hemos dicho, y si no, lo decimos ahora, que +los indianos se quedaban con el contingente de señoritas más o menos +amojamadas, más o menos pobres que existían en la población. Los jóvenes +de la clase media, vencidos en esta competencia se refugiaban en las +artesanas, y no lo pasaban mal. Pero los pobres obreros o marineros, +vencidos por los señoritos, ¿dónde se refugiaban? No les quedaba más +recurso que la taberna y los palos. De éstos había en cada baile una +cantidad verdaderamente fantástica. Raro era el domingo en que no salían +de las Escuelas dos o tres señoritos con la cabeza rota. + +Pablito había librado, hasta entonces, bastante bien, gracias a su +fidelísimo Piscis, que se encargaba de llevar por él los garrotazos que +se le destinaban. El único contratiempo que padecía en la mayor parte de +las reyertas, era la pérdida del sombrero. Esto fué tan repetidas veces, +que vino a averiguarse que le buscaban quimera para que lo perdiese. +Cuando un artesano necesitaba sombrero, ya sabía dónde buscarlo. + +Pero Piscis no pudo librarle de ciertas bofetadas que recibió la tarde +de aquel domingo; no por falta de voluntad en el centauro, sino porque +hay cosas que no pueden ser... vamos, que no pueden ser. ¡Cuán ajeno +estaba el gallardo mozo al retorcerse las guías del bigote frente al +espejo y aliñarse las mejillas con un jaboncillo que se hacía traer de +Madrid, que una hora después habían de ser tan fiera y cruelmente +machacadas! + +Paseábase por el medio del salón tan apuesto, tan bizarro, que daba +gloria verlo. Miraba cuándo a un lado, cuándo a otro, como hacen todos +los hombres de verdadero ingenio en estos casos. De vez en cuando, al +cruzar al lado de una damisela, la decía:—«¡Usted tan bonita, Julia!» O +bien: «Me están matando esos ojos» o «Como Torcuata no la hay en +Sarrió», u otra frase feliz por el estilo que encendía en puro gozo a la +doncella. Pero al dejarla escapar, no perdía un punto, de su gravedad. +Porque sabía que ésta era una de sus cualidades sobresalientes y que le +hacían más apetecible al bello sexo. + +Esperaba hacía rato a Valentina. Pero ya estaba el salón poblado de +damas, y la fementida orquesta de metal había tocado dos bailables, sin +que la costurera gentil hubiera hecho su aparición en el baile. +Volvieron a sonar los acordes de una mazurka. La juventud dorada tornó a +estrechar los talles esbeltos de las hijas del pueblo. Pero nuestro +Pablito, fiel a la suya, permanecía inactivo mirando cruzar por delante +de él las parejas veloces. + +Terminada la mazurka le asaltó la idea de que Valentina ya no vendría. +La tirantez de relaciones que mediaban entre ella y el autor de sus +días, sobre todo cuando éste tenía algunos vasos de vino en el cuerpo, +lo hacía muy verosímil. Pocos minutos después, Pablito estaba plenamente +convencido de ello. + +Esta su disposición de espíritu coincidió con la entrada de la blonda +Nieves en el salón. Sus miradas se encontraron. La pobre muchacha, +villanamente abandonada no hacía siquiera dos meses, le sonrió con +dulzura. Esta dulzura había sido precisamente la causa de su desgracia. +El apuesto Pablito se cansaba pronto de las mujeres dulces. Sin embargo, +devolvió la sonrisa, y al pasar a su lado, le dijo áticamente: + +—Te van a embestir los toros, Nieves. + +La bordadora traía un pañuelo rojo atado a la cintura. Esta frase de su +ex galán le causó un efecto tan vivo, que no supo qué contestar. Sonrió +de nuevo, y dijo: ¡ah!... ¡sí!... ¡no! y algunas otras partículas que no +recordamos, y quiso desmayarse de emoción. A la vuelta siguiente le +preguntó si quería bailar con él la primera polka. La primera, la +segunda, la tercera, y todas las polkas que se toquen en el universo, +respondió Nieves con el sí tembloroso que salió de sus labios. Después +que comprometió la polka, Pablo sintió un gran arrepentimiento:—«¡Qué +tonto, qué bruto soy! ¿Y si ahora llega Valentina?» + +Pero no llegó. La orquesta comenzó a preludiar los primeros compases. El +joven, sin quitar los ojos de la puerta, abrazó el talle de la +bordadora, lanzándose con ella en raudo vuelo por la sala. Otros +jóvenes, no menos raudos, venían del lado opuesto, y ¡claro! un choque +primero, después otro y después otro. Tales encuentros eran un atractivo +más en aquellos bailes. Las jóvenes, a quienes apabullaban el peinado u +obligaban a tambalearse, en vez de sentir enojo, reían a carcajadas con +placer vivísimo. Pablo y Nieves, que no podían dar cuatro pasos sin +tropezar con otra pareja, estaban verdaderamente hechizados. Sin +embargo, el joven, siempre que pasaba por delante de la puerta, sentía +un leve estremecimiento en las piernas, y se apresuraba a alejarse de +ella. Cuando la orquesta se calló, llevó a su pareja hacia un ángulo de +la sala, y allí departieron un momento de pie. Pablito sintió arder +entre las cenizas de su amor una chispa de simpatía por aquella muchacha +tan alegre, tan apacible, tan cariñosa. + +—Ya tenía deseos de bailar contigo, Nieves—le dijo mientras se +limpiaba el sudor con el pañuelo. + +—Y yo con usted, Pablo. + +—¿Usted? + +La joven se ruborizó. + +—¿Has olvidado el tú ya? + +—¡Tanto tiempo se pasó! + +—Tienes razón... Pero mira cómo yo no lo he olvidado. + +—El miércoles le vi... te vi en la carretera de Nieva... Ibas en un +caballo blanco... + +—Era una yegua. + +—Creí que te tiraba. + +—¡Tirarme!—exclamó Pablito frunciendo el entrecejo.—¡Afloja un poco, +chica! A mí no me tira tan fácilmente una jaca. + +—¡Es que daba unos brincos tan grandes!... Se ponía así para arriba... +¡Jesús! Yo estaba asustada. + +—Es que la estaba enseñando a levantarse de manos—repuso el joven +sonriendo con superioridad.—Como no la han trabajado hasta ahora, se +resiste un poquito. Alguna vez da sus botes de carnero; pero total +nada... en el fondo es muy noble la Linda... Mira, tú, cuando la compré, +o, por mejor decir, cuando la cambié por el Negrillo, dando mil +quinientos reales encima, allá en el mes de octubre, bien te acordarás, +tenía una porción de zunas. Se me plantaba a lo mejor en medio de la +carretera, se espantaba con los carros... en fin, un animal perdido. Yo +me dije: ¿qué hay que hacer con esta jaca?... + +Pablito, en cuyo pecho la joven había hecho vibrar la cuerda más +sensible, disertó larga y luminosamente acerca de aquellos asuntos +ecuestres. Nieves le escuchaba embelesada, enternecida, figurándose +acaso que detrás de aquella descripción minuciosa de las zunas de la +Linda iba a encontrar su amor perdido. + +De pronto, el orador ¡paf! recibe un golpe en medio de la cara; el +auditorio ¡paf! recibe otro. Antes que se hubieran repuesto de la +sorpresa, reciben otros dos ¡paf, paf! + +Era la colérica Valentina el autor de aquel daño. En menos de un minuto +los llenó a ambos de bofetadas. Pablito no encontró mejor recurso que +escabullirse bonitamente, y plantarse en la calle. Quedó Nieves como +inocente paloma en las garras del gavilán. Pero éste, viendo que no +podía saciarse, porque le sujetaron los brazos, se desprendió +bravamente, dejó el salón, dónde se había armado el consiguiente jollín, +y salió a la calle. + +Pablito caminaba a paso lento, harto sofocado aún, cuando sintió un +terrible dolor en el brazo. Conocía tan bien aquel género de tormento, +que sin volver la cara exclamó: + +—¡Valentina! + +—¡Yo soy! ¿Creíais que os ibais a reir de mí? + +—Lo que acabas de hacer es muy feo—profirió el joven con acento +irritado, mirando a su querida cara a cara.—Has dado un escándalo, y +me has puesto en ridículo. Yo no tolero eso, ¿lo oyes? + +—¿Que no lo toleras? Pues, mira; como vuelva a verte otra vez con ella, +no me contento con lo que hoy hice... ¡Os clavo a los dos con una +navaja! + +—Ya te librarás de hacer nada de eso, ni presentarte siquiera delante +de mí cuando esté hablando con otra mujer—gritó el joven cada vez más +enfurecido. + +—¡En cuanto te vea con esa pendanga! ¡Alza! ¡ya verás! ¡ya verás! + +Entonces el hermoso mancebo, justamente indignado, pero olvidando por el +estado de ofuscación en que se hallaba todos los artículos del código de +la galantería, descargó una bofetada en el rostro de su querida, y +después otra, y después otra... en fin, una _sopimpa_ más que regular. +La graciosa artesana se dejó solfear por su galán pacientemente, sin +hacer la más leve señal de resistencia, ni siquiera de esquivar los +golpes. Cuando Pablito cesó, le preguntó con deliciosa naturalidad: + +—¿Has concluído ya? + +—Por ahora... ¡pero me entran ganas de empezar otra vez!—rugió el +mancebo ciego de cólera. + +—Pues empieza cuando gustes. Yo las he de llevar todas sin moverme. +Pero te advierto que me pegues o no me pegues, he de hacer lo que te +dije en cuanto te vea hablando con esa... Ahora llévame otra vez al +baile. + +—No quiero. + +—Bueno; pues llévame a cualquier parte donde pueda arreglar el pelo, +porque me has despeinado. + +El joven hubo de transigir llevándola al café de la Estrella, no sin ir +pensando por el camino que sus conquistas le estaban saliendo un poco +caras. + +Pocos días después tuvo aún mejor motivo para hacerse esta reflexión. +Fué en la Peluquería Madrileña, donde acostumbraba a afeitarse y +arreglarse el pelo a menudo. Acompañado de su primer caballerizo, entró +en ella y se sentó en un diván esperando la vez. + +—Cuando usted guste, caballero—le dijo al cabo un muchacho pálido, con +ligero bigote negro, volviendo el asiento de gutapercha y mirándole de +través. + +Pablito avanzó distraídamente y se dejó caer en la butaca con esa +languidez elegante que adoptan en las peluquerías aquellos a quienes la +Providencia señaló con un destello de superioridad. El chico le +embadurnó la cara con jabón. El joven Belinchón, con la preciosa cabeza +inclinada hacia atrás, esperó radiante de majestad que se le despojase +de la sombra negra que manchaba sus mejillas. Tenía los ojos cerrados +blandamente para mejor percibir los vagos y poéticos pensamientos que +cruzaban por su cerebro. Siempre que volvía de la cuadra traía la cabeza +repleta de ideas. Sus piernas se extendían cruzadas debajo de la mesa, y +sus manos enguantadas pendían de los brazos del sillón con la misma +elegancia que las piernas. + +—Fernando—dijo en voz alta el artista que le iba a afeitar llamando a +uno de sus compañeros. + +—¿Qué quieres, Cosme? + +Este nombre hizo estremecer sin saber por qué a Pablito. Abrió los ojos +y dirigió una larga y ávida mirada al peluquero. No le conocía. Debía de +ser nuevo en el establecimiento. Esto, en vez de tranquilizarle, le +obligó a cambiar de postura varias veces, abandonando por el momento su +habitual majestad y languidez. + +—¿Puedes darme la navaja que han vaciado hoy? + +—Allá va. + +Fernando alargó el brazo y Cosme recogió la navaja. Un vago deseo de +levantarse nació en el espíritu de Pablito. Mas antes de que pudiera +adquirir forma, el peluquero le había cogido por la nariz y comenzaba a +rasparle. + +Al cabo de unos instantes en que nuestro joven por debajo de sus largas +pestañas seguía con mirada inquieta los movimientos de la mano del +artista, éste le dijo en voz baja, plegados los labios por una sonrisa +afectada que extendía desmesuradamente su boca: + +—Usted es el señorito de Belinchón, ¿verdad? + +—Sí—articuló. + +—Yo le conozco a usted hace mucho tiempo—manifestó el peluquero con la +misma voz apagada y sin dejar de sonreir.—¡Oh, sí, hace mucho tiempo! +Usted no me conocerá... ¡Claro! los señoritos no acostumbran a fijarse +en nosotros. Le tengo visto muchas veces por ahí a caballo y en coche... +y también a pie. En los bailes de las Escuelas le veo a menudo. Baila +usted muy bien, señorito, ¡muy bien!... + +—¡Phs!—profirió Pablito, en quien el deseo de levantarse se había +transformado ya en verdadero anhelo. + +—Sí, muy bien... y además tiene gusto para escoger pareja. ¡Caramba qué +muchachas tan guapas se lleva usted siempre, señorito! Hace algunos +meses le veía bailar siempre con una rubia... ¡hasta allí! Es hermana de +un amigo mío... Pero hace ya tiempo que le veo bailar con otra muy +salada que se llama Valentina, ¿verdad? Es una chica muy graciosa... +¡Caramba qué buen ojo tiene usted, señorito!... A esta Valentina la +conozco un poquito... Hemos sido algo amigos en otro tiempo... ¿No le ha +hablado alguna vez de mí... de un tal Cosme? + +—No—articuló el joven, en quien comenzaban los síntomas de una +abundante transpiración. + +—Pues es extraño, porque éramos bastante amigos... ¡Como que hace tres +meses estábamos para casarnos!... Pero, amigo, vino usted, señorito, y +todo fué rodando. + +Cosme había pronunciado estas últimas palabras con voz temblorosa. +Pablito sudaba gotas como avellanas sin sentir calor alguno. Tenía el +mismo temperamento de su glorioso padre, enemigo irreconciliable de las +traiciones y emboscadas. + +—Naturalmente, ¿qué había de pasar?—prosiguió el artista en un tono de +voz indefinible, pues no se sabía si quería llorar o reir. Al mismo +tiempo pasaba la navaja con suavidad por la garganta del bizarro mancebo +para despojarle de algunos pelos importunos.—¡Naturalmente! Un señorito +tan principal como usted, ¿cómo no había de derrotar a un pelafustán +como yo? Las chicas, en cuanto uno de ustedes les canta al oído +cualquier cosita, se vuelven locas, aunque la mayor parte de las veces +ustedes lo hacen por divertirse, cuando no para otra cosa peor. +Demasiado se sabe que usted no se ha de casar con Valentina... Usted la +quiere para pasar el rato por las noches con ella en el corredor y hacer +sus escapaditas adentro, ¿verdad? Y después ¡ahí queda eso!... La +verdad, yo quería mucho a esa niña... + +La voz del barbero volvió a temblar y la mano también. Pablito no pudo +siquiera hacer otro tanto. Estaba petrificado. + +—Pero ahora—prosiguió Cosme,—ahora, ¿quién es el que se casaría con +ella a no estar loco?... Los pobres estamos debajo, y tenemos que sufrir +estas vergüenzas. Si usted hubiera sido un igual mío nos hubiéramos +visto las caras... Pero si yo me hubiera metido con usted, no faltaría +quien me rompiese la cabeza, y sobre eso iría a la cárcel... Y sin +embargo—prosiguió después de un momento de silencio con acento más +ronco,—si yo ahora me volviese de repente loco, señorito... ¡adiós +caballos y coches! ¡adiós bailes! ¡adiós Valentina!... Con sólo empujar +un poco la navaja ¡pif! todo había concluído para siempre... + +Pablito, cuyo rostro ya sin jabón estaba tan blanco como cuando lo +tenía, dejó escapar aquí un jipido tan extraño y doloroso, que Piscis +que venía observando con ojos recelosos al barbero, saltó repentinamente +sobre éste y le sujetó los brazos. Pablo se levantó entonces de un +salto. El dueño y los mancebos y todos los parroquianos gritaron a un +tiempo: + +—¿Qué es eso? + +—¡Pillo, asesino!—exclamó Pablito lanzándose sobre Cosme, que estaba +bien sujeto por atrás y tan pálido como un muerto. + +En un instante el gallardo mancebo, que aun sudaba copiosamente, les +enteró de lo que había pasado. El pobre Cosme fué arrojado de la tienda +a puntapiés por el patrón, que no quería perder el mejor parroquiano de +la villa. + + + + +XIII + +EN QUE SE DESCUBREN ALGUNOS SECRETOS DE LA VIDA DE GONZALO + + +Gonzalo recordó que aún no le habían curado el vejigatorio puesto el día +anterior. Tiró violentamente del cordón de la campanilla. Estaba tendido +en el lecho boca arriba, mirando los arabescos del techo. La estancia +bien esclarecida por los dos balcones que tenía. No se hallaba en su +alcoba, sino en el despacho, donde le habían puesto una cama el día +primero que se sintió mal. Ventura había mostrado pesar de dejar la +alcoba, y prefirió salir él, ya que juntos no podían dormir. El ataque +había sido tan fuerte como repentino: una erisipela que le inflamó el +rostro, las manos y las piernas, y estuvo a punto de causarle la muerte. +Conjurado el ataque cerebral por medio de violentos revulsivos a las +piernas, el médico le fué aplicando vejigatorios en diversas regiones +del cuerpo. + +—¿Qué se le ofrecía, señorito?—dijo la doncella entreabriendo la +puerta. + +—Haga usted el favor de llamar a la señorita. + +Al cabo de un momento, la criada entreabrió de nuevo: + +—Que viene al instante. + +El joven esperó. Al cabo de diez minutos largos, la linda cabeza rubia +de su esposa asomó por la puerta. + +—¿Qué me querías, pichón mío?—preguntó, sin entrar, en tono distraído, +que no encajaba bien con lo meloso de la pregunta. + +—Entra... Son las once, y aún no me han curado el vejigatorio. + +—Yo pensaba que esperarías a que el médico lo hiciese—dijo avanzando +con vacilación por la estancia. Vestía una magnífica bata de seda azul +que no podía velar la curva pronunciada de su vientre. + +—No ha dicho que vendría él a curármelo... Además me molesta mucho ya. + +La joven se acercó a la cama. Después de unos momentos de silencio, +poniendo la mano sobre la cabeza de su marido, le preguntó: + +—¿No sería mejor que el médico te curase? + +—No, no—respondió él, malhumorado.—Me está molestando mucho... Busca +las hilas y la pomada, y trae unas tijeras que corten bien. + +Ventura salió sin decir nada. Poco después volvió con aquellos enseres +en las manos. Se había puesto seria y parecía distraída. El tenía +impreso en el rostro el hastío y el malestar que causa la cama. + +Después que hubo colocado los efectos sobre la mesa de noche y esparcido +la pomada sobre las hilas con un cuchillo, la joven esposa dijo +suavemente: + +—Vamos. + +Gonzalo se incorporó, y desabrochando la camisa expuso al aire su pecho +de hércules de circo, a cuyo costado derecho estaba adherida una +cantárida. La joven se inclinó para levantar el parche. Gonzalo +aprovechó la ocasión para besarla en la frente. + +No se dijeron nada. La vejiga era grande y rodeada por un círculo rojo +de carne inflamada. Ventura se alzó de nuevo y dijo con su habitual +desenfado: + +—Bah, bah, mejor esperamos que venga el médico: no puede tardar... Si +quieres le pasaremos recado. + +—Ya he dicho que no—manifestó el joven frunciendo el entrecejo.—Coge +las tijeras y corta la vejiga alrededor. Después pones las hilas encima +de la llaga y se concluyó... ¡Ya ves que es bien fácil! + +Ventura no respondió. Tornó las tijeras, se inclinó de nuevo y se puso a +cortar la piel. + +—¿Te duele? + +—Nada: sigue adelante. + +Pero al quedar la llaga al descubierto la joven no pudo reprimir un +gesto de repugnancia. Los ojos de su marido, que la espiaban, se +turbaron. Su frente se arrugó fuertemente. + +—Mira, déjalo, déjalo... Esperaremos que venga el médico—dijo +cogiéndola por la muñeca y apartándola suave, pero firmemente. + +Ventura le miró sorprendida. + +—¿Por qué? + +—Por nada. Déjalo, déjalo—replicó abrochándose de nuevo la camisa y +tapándose con la ropa. + +Venturita se quedó con las tijeras en la mano mirándole fijamente, en +actitud confusa. El tenía la misma profunda arruga en la frente y miraba +al techo. + +—¿Pero por qué?... ¿Qué te ha dado, chico?... + +—Nada, nada. Déjame que voy a descansar. + +La joven se quedó todavía unos instantes mirándole. Inflamándose de +pronto, tiró con rabia las tijeras al suelo y dijo con el acento altivo +y desdeñoso que tan bien sabía dar a sus palabras cuando quería: + +—Me alegro. El espectáculo no era muy agradable; sobre todo poco antes +de comer. + +Al mismo tiempo se volvió dirigiendo sus pasos hacia la puerta. Gonzalo +exclamó con sonrisa sarcástica: + +—Y yo me alegro de haberte dado esa alegría. + +Luego, al quedar solo, sus ojos chispearon de furor y sus labios +temblaron. Apretó la sábana con las manos convulsas, y lanzó una serie +de interjecciones brutales, entregándose a una de esas cóleras breves y +terribles de los hombres sanguíneos. + +Antes que se hubiese apagado por completo, oyó tocar en la puerta +suavemente. Figurándose que era su mujer, gritó con furia: + +—¿Quién va? + +La persona que había llamado, estremecida sin duda por aquella voz, +tardó un instante en contestar. + +—Soy yo, Gonzalo—dijo al cabo con voz débil. + +—¡Ah! dispensa, Cecilia. Entra—replicó el joven dulcificándose de +pronto. + +Su cuñada abrió la puerta, entró, y la cerró después con cuidado. + +—Venía a saber cómo estabas, y al mismo tiempo a decirte que si quieres +la limonada ya la tienes hecha. + +—Estoy mejor, gracias. Si sigo así, me parece que mañana o pasado a +todo tirar me levanto. + +—¿Te han curado la cantárida? + +—Ventura se puso a ello ahora; pero no ha concluído—respondió, +volviendo a fruncir la frente. + +—Sí; acabo de encontrármela en el pasillo, y me ha dicho que te has +incomodado porque te figurabas que lo hacía con repugnancia—dijo +Cecilia sonriendo con bondad. + +—¡No es eso! ¡No es eso!—repuso el joven en tono de impaciencia y no +poco avergonzado. + +—Debes perdonarla, porque no está acostumbrada a estas cosas. Es una +chiquilla... Además, el estado en que se encuentra, tal vez influya en +su estómago. + +—¡No es eso, Cecilia!—volvió a exclamar el joven con más impaciencia, +levantando un poco la cabeza de las almohadas.—Sería muy necio y muy +egoísta si fuese a incomodarme por una cosa que después de todo no está +en su mano el evitar. Es cuestión de temperamento, y yo acostumbro a +respetarlo; mucho más tratándose de mi esposa, que se encuentra en un +estado excepcional... Pero hay algo más. Lo que me acaba de pasar llueve +sobre mojado. Hace diez días que estoy en la cama, y no ha entrado en +esta habitación más de dos o tres veces cada día y casi siempre llamada +por mí... ¿Te parece que es eso lo que debe hacer una mujer por un +marido?... Si no hubiera sido por ti y por mamá... sobre todo por ti... +estaría abandonado en poder de criados como en una fonda. + +—¡Oh, no, Gonzalo! + +—Sí, sí, Cecilia—replicó con energía y exaltándose.—Abandonado. Mi +mujer no aparece por aquí sino cuando hay visita... Entonces, sí, viene +hecha un brazo de mar, oliendo a esencias y demonios colorados... Pero +traerme las tisanas, apuntar las prescripciones del médico, hacerme un +poco de compañía hablando o leyéndome algo... ¡De eso, nada!... Ahora le +ruego que me cure el vejigatorio, y, en cuanto se lo digo, cambia del +todo su fisonomía... Comienza a buscar salidas para zafarse. Sólo cuando +yo insisto con empeño, se decide... ¡pero de tan mala gana! con una cara +tan estirada, que estuve tentado a tirarle a ella todos los chirimbolos. +No tendría ni pizca de dignidad, ni vergüenza siquiera, si la hubiese +consentido seguir... + +Se había ido exaltando cada vez más, hasta el punto de incorporarse del +todo en el lecho. Cecilia, en pie, en medio de la habitación, le +escuchaba inquieta y confusa, sin saber qué replicar. Quería defender a +su hermana; pero no encontraba argumentos bastante poderosos para +contrarrestar los de su cuñado. + +—Gonzalo—le dijo al fin, con voz firme y semblante sereno, acercándose +al lecho,—el disgusto que acabas de tener te ha exaltado un poco, y no +ves las cosas como en realidad son... Es posible que Ventura se haya +descuidado un poco en el cumplimiento de sus deberes; pero estate seguro +de que no ha sido por falta de voluntad. La conozco bien. Sé que su +carácter no se presta a ocuparse en estos pormenores y cuidados que un +enfermo necesita. No sirve para enfermera. Además, considera que ahora +se encuentra en un estado en que hay que dispensarle muchas cosas... + +—¡Pero si es así en todo, Cecilia! ¡Si es así en todo!—replicó el +joven con tanta viveza como mal humor.—¡Si es una chiquilla que no +tiene atadero! Los asuntos de la casa le tienen sin cuidado. Para ella, +lo único importante en el mundo es ella misma, su hermosura, sus trajes, +sus joyas... Todo lo demás, padres, hermanos, marido, no significan +nada... Estoy seguro de que le ha preocupado más el sombrero que ha +encargado a París que mi enfermedad... + +—¡Oh, no digas eso, por Dios! Estás loco. + +—No estoy loco. Digo la pura verdad... + +Y con palabra rápida, vibrante, tropezando muchas veces por la +irritación de que estaba poseído, expuso prolijamente sus quejas, +complaciéndose en hacer sangrar de nuevo los pinchazos que había +recibido en su vida matrimonial. Ventura tenía un carácter +diametralmente opuesto al suyo. No era posible estar bien con ella más +de una hora. Porque si duraba mucho la avenencia, y no se presentaba +motivo de riña, se encargaba ella de buscarlo, hastiada, sin duda, de +hallarse en paz con su marido. Si hacía una cosa por proporcionarle un +goce cualquiera, en vez de agradecérselo, le pagaba generalmente con +alguna burla o sarcasmo. Todo le parecía poco. Los mayores sacrificios +los encontraba pequeños. No había posibilidad de hacerla pensar más que +en sus vestidos, en sus perfumes, en sus cintajos. ¡Qué vida la que le +había hecho llevar en Madrid los tres meses que allí habían estado! No +salían de los comercios de sedas, de las joyerías, de casa de la +modista. Por las noches, infaliblemente al teatro. Aunque estuviese +cansado o se le partiese la cabeza de dolor, nada, era preciso exhibirse +en algún palco del Real, del Príncipe o la Zarzuela. El dinero que allí +habían gastado, sumaba una cantidad imponente. Creía haber llevado +bastante, y por tres veces tuvo que pedir más a su casa. Luego, +comprendiendo que dado aquel tren con sus rentas no tendrían bastante, +sobre todo si Dios le daba muchos hijos, había tratado de montar una +fábrica de cerveza, para aprovechar siquiera los estudios que había +hecho. Ventura se había opuesto resueltamente a ello, diciendo que no +quería ser «la señora de un cervecero...» Estaba convencido de que la +sangre que se había quemado en Madrid, y la que seguía quemándose en +Sarrió, era lo que había causado aquel ataque repentino de erisipela. +¡Claro! El necesitaba una vida de actividad y de trabajo, salir mucho al +campo, cazar, montar a caballo. Su naturaleza pletórica exigía el +ejercicio. Aquella vida sedentaria que le gustaba a Ventura, aquel +eterno teatro, aquellas visitas, aquel trasnochar sin sustancia, le +mataban; la sangre se le ponía espesa como el aceite... ¡Pero qué le +importaba a ella todo eso! Lo principal era satisfacer su gusto en todo +y por todo... En Madrid había aprendido a pintarse; ¡una gran +barbaridad, porque era blanca como la leche!... Pues aunque él le había +manifestado repetidas veces que le repugnaba aquella asquerosa manía, no +había sido posible que le hiciera caso. + +Mientras se desahogaba de este modo en un flujo intermitente de +palabras, el rostro de Gonzalo iba expresando sucesivamente la +indignación, la tristeza, la cólera, el desprecio, todas las emociones +que agitaban su alma al recuerdo de sus padecimientos. Su gran torso de +atleta, se movía convulsivamente sobre el lecho, incorporándose unas +veces, otras dejándose caer, mientras las manos temblorosas y crispadas +se ocupaban instintivamente en tirar de la ropa, que a impulso de sus +bruscas sacudidas se le marchaba. + +Cecilia, con la cabeza baja y las manos caídas y cruzadas, le escuchaba +esperando que después de soltar el fardo de sus disgustos, la cólera del +joven se aplacase. + +Y así fué. Después que ya no tuvo más palabras en el cuerpo, cubriéndose +con la sábana hasta los ojos dejó escapar una serie interminable de +resoplidos entremezclados de frases incoherentes. Cecilia comenzó a +decirle con voz muy suave: + +—Yo no sé qué decirte a todo eso, Gonzalo. Meterse en las desavenencias +que pueda haber en un matrimonio es muy peligroso. Si a alguien +corresponde intervenir en vuestras cosas no es a mí, sino a mamá... Pero +siempre he oído decir que en todos los matrimonios hay riñas y +disgustillos, sobre todo al principio, mientras los caracteres no se +amolden... Todo eso pasa. Son nubes de verano. Mientras no afecte al +fondo, mientras los corazones no se desunan, las reyertas matrimoniales +tienen bien poca importancia... Y aquí no hay miedo a eso, por +fortuna... Tú quieres a Ventura... + +—¡Oh, cada día más!—exclamó él, con rabia de sí mismo.—Estoy +enamorado como un burro... sí, sí, ¡como un burro! + +Una sombra de mortal dolor, veloz como un relámpago, pasó por los claros +ojos de Cecilia. Pero al instante volvieron a lucir serenos y brillantes +como siempre. + +—Ella también te quiere a ti; no lo dudes. Su genio es vivo, acaso un +poco caprichoso, por lo mismo que ha sido siempre el mimo de la casa. +Pero es incapaz de guardar rencor por una ofensa, ni obra jamás con +premeditación, sino empujada por las impresiones del momento... Además, +Gonzalo—añadió sonriendo,—considera que ahora le debes muchas más +atenciones, muchísimo más cariño, si es posible... + +La joven, con frases delicadas empapadas de ternura, le habló de su +futuro hijo; un clavito que remacharía de modo inquebrantable la unión +de sus almas. Aquel niño para el cual todo el mundo estaba ya trabajando +en la casa, disiparía con su sonrisa inocente las nubéculas que +sombrearan por un instante el amor de sus papás. Después que estuviese +en el mundo ¡bien se acordaría Ventura de coloretes! ¡Anda, anda! pues +no tendría poco que hacer para tenerle limpio, darle el pecho y +entretenerle cuando llorase. Y él estaría tan embobado contemplándolo, +que no tendría tiempo a ocuparse en si su mujer traía tal o cual +vestido, ni siquiera si estaba de bueno o de mal humor. + +La voz de Cecilia, suave, persuasiva, un poco empañada siempre, lo cual +daba a su acento singular ternura y humildad que llegaba al corazón, +logró conmover pronto el de su cuñado. + +Apaciguóse súbito. Dilatado su rostro por una sonrisa, exclamó antes de +que concluyese: + +—¡Chica, qué gran abogado harías! + +—Es que tengo razón—replicó ella riendo. + +—Y si no la tuvieses ya te arreglarías para aparecer con ella... ¡Ea, +ya pasó!... A mí las rabietas me duran poco... Y, sobre todo, en cuanto +tú empiezas a hablar, pierdo la fuerza. No hay orador que se te iguale +en eso de acumular los razonamientos en el punto que te convenga; y +hasta sabes sacar el Cristo... digo, el niño... + +Cecilia soltó la carcajada. + +—Reconocerás que ha sido con oportunidad. + +—No lo niego. + +Ambos rieron con alegría, embromándose cariñosamente, mecidos en dulce +fraternidad que los hacía felices. + +Cecilia se retiró al fin. Antes de llegar a la puerta se volvió, +preguntando con timidez, donde apuntaba un vivo y mal disimulado deseo: + +—¿Quieres que te haga yo la cura?... Debes estar molesto... + +El joven vaciló un instante. Temía ofender el pudor de su hermana +política. + +—Si tú quieres... No hay necesidad... Acaso te cause repugnancia... + +Pero Cecilia ya se había acercado a la cama y recogía las hilas, la +pomada y las tijeras, poniéndolo todo en orden. Hizo una nueva tableta, +y extendió con esmero el ungüento sobre ella. Gonzalo la miraba, un poco +inquieto. Ella guardaba silencio, haciendo esfuerzos heroicos por vencer +la confusión que se iba apoderando de su alma. Ya estaba arrepentida de +su proposición. Dejaba transcurrir el tiempo pasando infinitas veces el +cuchillo sobre las hilas, con los ojos bajos, fingiendo gran atención a +la tarea que tenía entre manos. Al fin, haciendo un supremo esfuerzo, +tomó la tableta, y levantando la cabeza hacia su cuñado, le dijo con +afectada indiferencia: + +—Cuando quieras. + +Gonzalo, con mano vacilante, bajó la ropa. Se incorporó en el lecho, y +con lentitud embarazosa principió a desabotonarse la camisa. Al fin +descubrió su enorme pecho musculoso. + +—¡Buen cuadro para antes de comer!—exclamó avergonzado, repitiendo la +idea expresada por su esposa. + +Cecilia no contestó. Se puso a examinar la llaga, cubierta a medias por +la piel que Ventura no había acabado de cortar. Tomó las tijeras, y con +mano firme cortó lo que faltaba. + +—¿Te hago daño?—preguntó. + +—Ninguno. + +Descubierta enteramente la llaga, grande como la palma de la mano, +aplicó con suavidad sobre ella la tableta de hilas, pasó repetidas veces +la mano por encima para ajustarla, colocó un trapo sobre las hilas, y +sin dejar de oprimirlo con la mano izquierda, tomó con la derecha una +venda que había sobre la mesilla, y la aplicó por el medio encima del +trapo. + +—Ahora es necesario que te pases la venda por detrás de la espalda, +para atarla después aquí encima. + +—¿No te atreves tú?—dijo él con sonrisa entre burlona y avergonzada. + +Ella no contestó. Quería a fuerza de seriedad dominar la confusión que +la embargaba. Únicamente se podía advertir su emoción en el temblor +ligerísimo de sus labios. Los ojos medio cerrados, lucían por detrás de +sus largas pestañas con íntimo gozo que la expresión indiferente y grave +de su fisonomía no podía ocultar. + +Gonzalo trató de cruzar la venda por detrás, pero le fué imposible. +Cecilia acudió en su auxilio metiendo la mano con decisión por debajo de +la camisa. Al sentir el tibio contacto de la carne del joven, aquella +mano tembló levemente; mas no dejó de seguir con firmeza su tarea. + +—¿Buen pecho, eh?—dijo él con afectado desenfado, para ocultar el +embarazo que a ambos dominaba. + +Tampoco respondió Cecilia. + +—No creas que es todo natural. Estos brazos y este pecho me los hice +remando en el Támesis. + +—¿Remando? + +—Sí, remando. Allí los jóvenes más ricos no se desdeñan de vestir la +blusa del marinero o la camiseta. Al contrario, es de lo más +_fashionable_, como ellos dicen. ¡Cuántos viajes habremos hecho río +arriba! Luego cada poco tiempo hay regatas. Acude la gente como en +Madrid a los toros, se cruzan grandes apuestas... ¡Es un recreo +delicioso! ¡Qué entusiasmo entre nosotros desde muchos días antes!... + +Se conmovía al recuerdo de aquellas horas felices de salud y de fuerza, +cuando ni el amor ni cuidado alguno doméstico turbaban aún su vida de +estudiante rico y desaplicado. Y viendo la atención que Cecilia le +prestaba, se extendía en menudencias pueriles, trayendo al recuerdo los +ínfimos pormenores de aquella existencia consagrada a la gimnasia. +Refería las regatas que había ganado, las que había perdido y todos los +incidentes que en ellas habían surgido. Contaba sus impresiones antes y +después del suceso, la clase de alimentación que usaba para adquirir +vigor y perder la grasa; describía los trajes que usaban, la forma de +los botes, los gritos de la muchedumbre que los alentaba desde la +orilla... + +—No habría allí quien tuviese más fuerza que tú—le dijo ella +comiéndolo con los ojos. + +—¡Oh, sí! No era de los más flojos; pero todavía había algunos de más +fuerza—respondió él con modestia. + +Había desaparecido la cortedad de ambos. Tornaba aquella dulce +fraternidad de antes. Gonzalo descansaba sobre el lecho con los brazos +fuera. En cuanto se viera fuera de él, y con ánimos, se iba a Tejada. +Era necesario cambiar de vida, para evitar nuevos ataques. Pensaba +dedicarse a la caza con ahinco. Montaría además un gimnasio en el sitio +más adecuado de la casa. En fin, se prometía ser otro hombre así que +curase del todo. + +Cecilia aplaudía aquella decisión; prometía ir con él algunas veces. +Gozaba mucho más en Tejada que en Sarrió. Había nacido para aldeana. El +se reía de aquellos propósitos. + +—No sabes lo que es ir de caza en este país. A ver si me veo precisado +a traerte en brazos como a Ventura. + +—No tengas cuidado; soy más fuerte de lo que parezco. + +Al fin la joven trató de marcharse. Gonzalo le preguntó con timidez: + +—¿No me lees hoy un poco? + +Cecilia no había pensado en otra cosa desde hacía rato. Pero como había +oído al joven quejarse con amargura de que su mujer no lo hiciese, temía +dejarla en peor lugar, ofreciéndose a desempeñar esta tarea. + +—¿Qué quieres que te lea? + +—Con tal que no sea una de esas novelas terroríficas que le encantan a +mi mujer, cualquier cosa. + +—Bueno; te leeré el Año Cristiano. + +—¡No tanto!—exclamó él riendo. + +Cecilia tomó de la librería un volumen de versos, y se puso a leer +sentada cerca de los pies de la cama. Al cuarto de hora Gonzalo dormía +deliciosamente, con la tranquilidad de un niño. La joven suspendió la +lectura al observarlo, y le contempló atentamente, mejor dicho, le +acarició con los ojos larguísimo rato. Al cabo creyó sentir ruido de +pasos en el corredor, y poniéndose encarnada a la idea de que pudieran +sorprenderla en aquella actitud, se alzó vivamente de la silla, y salió +de la estancia sobre la punta de los pies. + +Gonzalo, en cuanto estuvo convaleciente, quiso trasladarse a Tejada. Le +acompañó toda la familia, excepto don Rosendo. Corría el mes de octubre. +En medio del ropaje amarillo de los campos comarcanos, la posesión de +don Rosendo, poblada de coníferas, resaltaba como mancha negra, nada +grata a los ojos. El joven puso en práctica inmediatamente su programa +de vida higiénica. Levantábase de madrugada, tomaba la carabina, llamaba +a los perros y lanzábase al través de los campos, llegando la mayor +parte de los días a la noche, rendido, con algunas perdices en el morral +y un hambre de caníbal. Cuando las excursiones eran más cortas, Cecilia +le acompañaba, según le había prometido. Aunque en esta ocasión se +mataban pocas perdices, Gonzalo apetecía su compañía como la de un +agradable y simpático camarada. La joven nunca se confesaba fatigada; +pero él, adivinándolo en su marcha vacilante, daba el alto, la obligaba +a sentarse, y se hacía el distraído charlando, a fin de que durase más +el descanso. + +Mas ella luchaba entre el placer de estas correrías, y el compromiso que +había contraído con su hermana de hacerle el canastillo para el niño. +Cuando llegó la ocasión de pensar en él, al quinto o sexto mes de +hallarse en cinta, Ventura decidió encargarlo a Madrid; pero Cecilia le +había dicho: + +—Si me traes los modelos, yo respondo de hacértelo igual. + +Venturita se había resistido un poco; mas al ver el empeño que su +hermana ponía, consintió en ello. Cecilia emprendió con tanto afán la +obra, que le faltaba tiempo para comer y dormir. Algunas veces, cuando +su cuñado le instaba a salir, le respondía: + +—Mira, hoy déjame trabajar. Hace tres días que apenas coso nada. + +Y como él insistía haciendo burla de aquellos trabajos, ella se +resignaba diciendo: + +—Bien, lo peor es para ti. A ver con qué vas a vestir a tu hijo cuando +nazca. + +—Descuida, chica—replicaba él riendo.—Tengo bastantes camisas para él +y para mí... ¡Sobre todo, si le gustan de cuello bajo!... + +Al cabo de un mes, la acción del aire y del sol había puesto a Cecilia +mucho más morena. Parecía un muchacho, un marinerito del muelle, según +la expresión de Gonzalo. Mientras tanto, Ventura hacía su vida de +sultana caprichosa, que ahora tenía más razón de ser. Apenas salía de la +casa. El cuidado exquisito de su persona, le ocupaba mucho tiempo. El +resto, solía emplearlo en leer novelas de folletín. Cada día estaba más +hermosa. Aquel culto fervoroso de su cuerpo, contribuía no poco a +realzar y aumentar sus gracias. Como un artista toca y retoca +incesantemente su obra, sin que le parezca jamás bastante acabada, así +la joven esposa cuidaba de sus cabellos, de su cutis, de sus dientes, de +sus manos, sin cansarse jamás. El matrimonio la había embellecido +dándole la plenitud amable de la forma femenina, convirtiendo su hermosa +primavera en dorado y espléndido estío. La misma maternidad, sin +quitarle frescura ni desfigurar su cuerpo, le prestaba una majestad +suave y protectora. Luego el soberano gusto, el arte, mejor dicho, con +que sabía adaptar el color y la forma del vestido al tono de sus carnes +y a los cambios que en su naturaleza se operaban, daba primor y relieve +a aquella adorable figura. + +Eso sí, toda la casa giraba en torno de ella. Como una diosa adorada y +temida, movía a su talante todas las figuras humanas que cobijaban las +torres chinescas. Hasta doña Paula, que la había hecho rostro en los +primeros meses de matrimonio, había vuelto a caer en su esclavitud. Ella +no abusaba de aquel dominio. Dejaba que todos cumpliesen su gusto, menos +cuando directa o indirectamente iba contra el suyo. Así, por ejemplo, +nadie sabía cuándo tornarían a Sarrió, sino ella. La cocinera no +arreglaba la comida sin consultarla. El cochero subía a preguntarle +todos los días si quería salir de paseo. El jardinero no movía un tiesto +sin pedirle la venia. En cambio no le preocupaba poco ni mucho que su +marido saliese. Una sola vez, viéndole preparado a salir con Cecilia, le +dijo sonriendo en presencia de ésta y de otras personas: + +—Muy amigos os vais haciendo tú y Cecilia. Mira que voy a celarme. + +Y al tiempo de decirlo, clavaba en él una de esas miradas soberanas que +expresaba convencimiento profundo de su dominio. Gonzalo, por mucho que +se alejase, no podría romper la cadena; volvería blando y sumiso a sus +pies, como el cometa que en vertiginosa carrera surca los espacios y a +una distancia inconmensurable siente el freno del sol y vuelve dócil +hacia él su frente. + +Gonzalo pagó aquella mirada con otra de rendimiento absoluto. Cecilia se +había puesto levemente pálida y sonreía para disimular su turbación. + +—Vamos, ¡idos, idos! No os quiero ver delante—añadió.—Si me la estáis +pegando, peor para vosotros, porque tomaré una venganza sonada. + +La broma no era delicada, teniendo presente lo que había mediado entre +Cecilia y Gonzalo. Pero no era Venturita mujer que reparase mucho para +soltarlas. + +En los primeros días de diciembre se trasladaron a Sarrió. Un mes +después Ventura daba a luz una hermosa niña, blanca y rubia como ella. +Gonzalo estaba tan enamorado de su mujer, que la recibió con alegría, +sí, mas no con aquel gozo y anhelo con que los hombres suelen acoger a +su primer hijo. Lo que le interesaba principalmente era la salud de su +esposa, que no sobreviniese ningún incidente. Todo se volvía entrar y +salir del cuarto, tomarla el pulso y moler a preguntas a don Rufo. En +opinión de éste, Ventura podía criar sin inconveniente a su hija. Era +una muchacha robusta, bien conformada. Tan sólo cuando los niños salen +muy tragones, la frescura y la belleza de la madre suele marchitarse un +poco. Ante esta eventualidad, la joven se llenó de miedo y se opuso, +primero embozadamente, después en términos categóricos, a dar el pecho a +la niña. Gonzalo se convenció en seguida y hasta halló razonable aquella +oposición. En cambio doña Paula se indignó grandemente, aunque sólo +expresaba su desagrado a espaldas de Ventura. + +Cecilia se mostró tan solícita, tan vigilante en el cuidado de la +criatura, que en poco tiempo se apoderó por completo de ella. Colocó en +su cuarto una cama para la nodriza y la cuna de la niña, con pretexto de +que Venturita se ponía enferma cuando pasaba una mala noche. Ella +resistía dos y tres en vela sin alteración alguna. Y en efecto, en +cuanto la chiquilla lloraba, era la primera que saltaba del lecho para +entregársela a la nodriza. Si ésta no conseguía acallarla, tomábala en +brazos, y se paseaba con ella horas y horas, hasta dormirla. + +Con esto, los jóvenes esposos, pudieron dormir juntos de nuevo con la +misma libertad y descuido que en los primeros días de novios. Cuando por +la mañana presentaban la criatura a su madre, ya Cecilia la había bañado +en agua tibia y la traía envuelta en limpios pañales. Jugaba con ella un +rato. Cuando llegaba la hora de entrar en el tocador se la entregaba de +nuevo a su hermana. + +Del mismo modo, aunque con cierta timidez, nacida del deseo de no +ofender a su hermana y formar contraste con ella, Cecilia intervino en +el cuidado de la ropa de Gonzalo, y en el arreglo de su despacho. Aquél +concluyó por darle las llaves de los armarios.—«Cecilia, voy a +vestirme.» La joven corría al cuarto y a los pocos momentos volvía +diciendo:—«Ya lo tienes todo». Gonzalo encontraba, en efecto, la ropa +plegada sobre la cama, la camisa con los botones puestos, las botas +relucientes, al lado de la mesa de noche.—«Cecilia, se me ha descosido +un poco el forro del gabán.» Cuando tornaba a ponérselo ya estaba +cosido. Y ella, que era asaz descuidada en renovar sus vestidos, gustaba +extremadamente de que su cuñado vistiese a la última moda; no consentía +por ningún concepto, que anduviese un día siquiera con una bota picada o +con la corbata sucia. Gozaba en verle salir con algún nuevo traje +elegante. Desde el balcón, levantando un poquito la cortina, seguíale +con la vista cuando iba al café con el cigarro en la boca. Y después que +daba la vuelta a la esquina, todavía contemplaba, hasta que se disipaba +en el aire, la última bocanada de humo que había soltado. + +Un día, Gonzalo, enojado consigo mismo por lo que gastaba sin sustancia, +le dió la llave del dinero.—«Mira, guarda tú esa llave; ni Ventura ni +yo tenemos arte para manejar los cuartos. Cuando te pidamos dinero, lo +apuntas en este cuadernito y nos avisas de lo que llevamos gastado en el +mes. Tal vez de este modo nos iremos moderando un poco.» Convertida en +intendente general, pronto observaron los esposos cierta mejoría en sus +negocios. Gonzalo cuando llegaba alguna cuenta, decía al criado +sonriendo:—«Pásela usted al administrador». El criado sonreía también y +se la llevaba a Cecilia. + +Aquella intimidad, aquella compenetración singular de los cuñados en +casi todos los actos de la vida, había engendrado una ilimitada +confianza entre ellos, sobre todo por parte de Gonzalo. Nada le pasaba a +éste en la calle, en el café, que no viniese a contar a Cecilia, que le +prestaba incansable atención. Su esposa en cambio ni atendía ni quería +oir hablar siquiera de sus cacerías, de sus disputas, de las ocurrencias +de sus amigos. Todo lo que no fuese modas, bailes, descripciones de las +_soirées_ madrileñas, bodas de los grandes de España, le interesaba +poco. Lo que más excitaba su curiosidad era cuanto se refería a los +reyes y a la real familia. Leía con avidez el relato de las recepciones +palaciegas, conocía la etiqueta tan bien como un gentilhombre de cámara, +cómo se saludaba a los reyes, cómo se les besaba la mano, cuándo se +había de hablar en su presencia, cómo había que retirarse. Sabía los +nombres y la biografía de cada uno de los miembros de la real familia y +también los de los nobles más caracterizados de la corte. Las novelas, y +una señora azafata de la reina que había estado a tomar baños en Sarrió, +le habían sugerido aspiraciones fantásticas, un anhelo de vivir en +aquella atmósfera brillante. La majestad de los príncipes la conmovía, +la embargaba de sumisión, ¡ella que era incapaz de humillarse a nadie! Y +aquella vida galante de la corte le producía cierto deslumbramiento como +los fulgores de un sueño feliz. Cuando había estado en Madrid, su +cualidad de provinciana rica, no le había consentido gozar más que de +los teatros, de los paseos en coche por la Castellana, de las tiendas y +las calles. De la corte, de sus saraos y regocijos, había permanecido +tan distante como en Sarrió. Y sin embargo, ella estaba bien convencida, +y no le faltaba razón, de que podía brillar en cualquier parte. Su +hermosura y la viva y graciosa imaginación de que estaba dotada, la +hubieran hecho notar inmediatamente en la sociedad más distinguida. +Algunas veces paseando en _landau_ con su marido, había visto fijarse en +ella con atención y codicia las miradas del duque de S... del marqués de +C... de encumbrados personajes políticos. En una ocasión había oído a la +duquesa de Medinaceli al cruzarse los carruajes, decir a su +compañera:—«¿Estará casada esta niña tan linda?» De aquellos tres meses +en Madrid, le había quedado una visión poética, un recuerdo confuso de +sus placeres, y cierto prurito de imitar con los pobres medios de que +disponía en la villa a las damas encopetadas de la corte, cuyas +costumbres sólo conocía de oídas.. Así, por ejemplo, cuando salía de +casa, que era pocas veces, solía hacerlo en carruaje, sobre todo si iba +al teatro. La costumbre de que el coche viniera a esperarles al +concluirse la función, había causado en Sarrió alguna sorpresa y no +pocas murmuraciones. Los trajes con que se presentaba en público eran +siempre de fantasía, distintos enteramente de los que vestían las otras +damas de la población. Estas, por regla general, solían andar en sus +casas con la ropa usada «en cualquier facha» como ellas decían. Ventura +operó una revolución, vistiéndose desde por la mañana con trajes nuevos +y adecuados a aquella hora. No se la sorprendía jamás, ni aun en el +retiro de su gabinete, sin todos los adminículos y adornos propios de la +ocasión. Sus batas de seda de color siempre apagado, sus cofias de +encaje nunca vistas hasta entonces, sus babuchas de terciopelo, eran el +pasmo de la población. Había muchas señoras que iban a visitarla, sólo +por enterarse de su tocado casero. + +Gonzalo, al verla enfrascada en la lectura de las revistas de salones, +al oir describir, como si lo hubiera visto, un baile en Palacio, +exclamaba riendo:—«¿Sabes cómo se llama en medicina esa manía tuya?... +Delirio de grandezas». Ella se enojaba. Como todos los caracteres +burlones, le hería profundamente el ridículo. Con su cuñada el joven se +reía unas veces, otras se mostraba irritado de aquellas extravagancias +de su esposa, que calificaba de estúpidas y cursis. Cecilia procuraba +calmarle, achacándolo a los pocos años, al carácter tornadizo de +Ventura:—«Ya verás—le decía;—dentro de algunos meses no se acordará +de semejantes tonterías». + +Cecilia era su paño de lágrimas, su confidente en todos los disgustos +matrimoniales. Nunca dejaba de recibir de su boca algún útil consejo, +algunas palabras consoladoras que calmaban sus fuertes y repentinos +enojos. Se había acostumbrado de tal modo a aquellas confidencias, que +cuando después de alguna reyerta con Ventura no hallaba a su cuñada en +casa, se ponía el sombrero y corría a buscarla al paseo, a la iglesia o +donde estuviese. El mucho tiempo que pasaban juntos convidaba también a +éstos desahogos. Ventura no quería salir de casa. Y como don Rufo exigía +que la niña tomase el aire libre, Cecilia se encargaba de acompañar a la +nodriza. Gonzalo las acompañaba a ambas, la nodriza con la niña delante, +él con Cecilia detrás. En aquellos largos paseos le confiaba todos sus +secretos, le explicaba prolijamente sus temores, sus alegrías, sus +esperanzas. A veces, oyéndola discurrir con tanta perspicacia en +aquellos asuntos morales, solía exclamar con poca galantería:—«¡Qué +lástima que Ventura no posea tu carácter juicioso y sensato!» + +Ella, en cambio, permanecía impenetrable para él, como para todo el +mundo. O porque no tuviese secretos que contar, o por su temperamento +excesivamente reservado, la primogénita de Belinchón huía de hablar de +sí misma con un cuidado extraordinario. Ni sus alegrías ni sus pesares +eran conocidos de nadie. Sólo un observador muy fino podría, a fuerza +de costumbre, averiguar vagamente las emociones que la agitaban. Gonzalo +no lo era. En su egoísmo infantil de hombre sano y musculoso, había +llegado a considerar a su cuñada como un ser pasivo, razonable y frío, +admirable para aconsejar y dirigir a los demás, un ser superior, si se +quiere, pero incapaz de sentir aquellas cóleras, aquellas alegrías, +aquellas pasiones insensatas que alteraban a los caracteres débiles como +el suyo. Sin embargo, alguna vez, en son de broma, había tratado de +sacarle del cuerpo sus secretillos. Sabía que tres o cuatro mancebos de +la población aspiraban a su mano. A alguno de ellos le había sorprendido +más de una vez paseando la calle. En el teatro la flechaban con los +gemelos. Y aunque Gonzalo advertía con cierto disgusto que debía de +haber en aquella adoración más deseo de la dote que verdadero amor, +procuraba lisonjearla hablándola de sus pretendientes. Ella rehuía la +conversación con silencio obstinado, sonriendo vagamente para no dejar +traslucir su pensamiento; hasta que al cabo se veía precisado a hablarle +de otra cosa. + +En cierta ocasión, sin embargo, Gonzalo tomó el asunto con más seriedad +y persistencia. Un amigo de la infancia, ingeniero de caminos, le habló +de Cecilia, y le pidió su protección para interesarla en su favor. La +franqueza y sinceridad de su lenguaje agradó mucho al joven. + +—Gonzalo—le dijo,—me encuentro ya en edad y en disposición de +casarme. No he querido hacerlo en Madrid o en Sevilla, donde estuve +destinado, porque desconfío de las mujeres que no conozco de muy atrás. +Los hombres deben casarse en su patria con las jóvenes que han visto +crecer a su lado. Decidido a casarme con una chica de la población, me +he fijado en tu cuñada, y voy a decirte con toda sinceridad mis +pensamientos. Cecilia no es bonita ni es fea; es una mujer pasable. +Siempre he creído que éstas son las más a propósito para esposas. En las +cuatro o cinco veces que he hablado con ella en casa de las de Saldaña, +la he encontrado muy simpática y muy razonable, franca y modesta. Sus +amigas hablan todas bien de ella. Es un dato importantísimo que los +hombres no tienen en cuenta bastante al casarse. Porque las amigas +suelen ser implacables las unas para las otras, y se buscan las +cosquillas que es una bendición... Además, tu cuñada tendrá una buena +fortuna el día de mañana, y esto, ¿por qué no he de decírtelo? también +es otro dato que debe tenerse presente. No sé por qué se han de casar +los hombres por sistema con las mujeres pobres. Las necesidades que el +hombre se crea al contraer matrimonio, son muchas: los hijos pueden +aumentar demasiado, y todo debe mirarse. Yo no necesito casarme por +interés. Tengo una carrera bastante lucrativa. Mis padres me han de +dejar también alguna hacienda... ¿Quieres preguntarle si le he sido +antipático en las pocas veces que he hablado con ella, y si consiente +que me presenten en su casa? + +Gonzalo le prometió interponer su influencia; le dejó entrever con +reticencias más o menos claras, un éxito lisonjero, jactándose del poder +que sobre ella ejercía. Hasta entonces todas las indicaciones que la +hiciera, habían sido atendidas.—«Creo que si yo no consigo llevar a +remate la empresa, ninguna otra persona podrá intentarla»—concluyó por +decir en un rapto de expansión y de orgullo. + +Aquella misma noche aprovechó el momento en que Cecilia vino a +encenderle el quinqué al despacho, para decirla risueño: + +—¿Tienes algo que hacer ahora, Cecilia?... ¿No?... Pues siéntate un +momento, que voy a confesarte. + +La joven le miró con sus grandes ojos claros y suaves, donde se pintaba +la sorpresa. Gonzalo la obligó a sentarse. + +—¿Tienes novio?—la preguntó bruscamente. + +—¡Qué pregunta!—exclamó ella con semblante risueño, sin avergonzarse. + +—No hablo de novio formal. Si lo tuvieras ya estaría yo enterado. +Quiero sólo saber si entre los jóvenes que te obsequian hay alguno que +hubiese logrado interesarte más o menos. + +—¿Para qué quieres saber eso? + +—Contesta. + +Cecilia hizo un gesto negativo. + +—Pues entonces voy a tomarme la libertad de hablarte de uno, que me lo +ha suplicado... Se trata de mi amigo Paco Flores, a quien ya conoces. Me +ha pedido que le recomendase a ti, preguntándote al mismo tiempo si en +las pocas veces que contigo ha hablado te había sido antipático. + +—¿Antipático?—preguntó con sorpresa.—¿Por qué? A mi no me es nadie +antipático mientras no cometa alguna grosería. + +—Después me ha rogado te pregunte si consientes en que sea presentado +en esta casa. + +—Eso es otra cosa—respondió poniéndose repentinamente seria.—Yo no +puedo impedir que sea presentado aquí; pero, como mi consentimiento +podría implicar que tengo gusto en que nos visite, no estoy dispuesta a +dárselo. + +—No se trata de que lo aceptes por novio—se apresuró a decir +Gonzalo.—Únicamente desea que le permitas tratarte algún tiempo; y si +al cabo le consideras merecedor de tu mano, se la otorgues, y si no, se +la niegues. + +—Pues negada desde luego, y sin necesidad de trato—replicó con firmeza +la joven. + +—Es muy pronto eso—dijo Gonzalo sonriendo para disimular la irritación +que aquella brusca respuesta le había producido. + +—Me parece que en estos asuntos cuanto más sinceros seamos, mejor para +todos. ¿Por qué ha de molestarse ese muchacho en visitarme una larga +temporada para recibir la respuesta que desde ahora mismo le puedo dar? + +—Bien, bien; procedamos con calma. Si Paco no te es antipático, como +confiesas, no puedes asegurar que al cabo de seis u ocho meses o un +año, no te enamores de él. + +—Soy incapaz de enamorarme—dijo ella con sonrisa amarga que su cuñado +no entendió. + +—El amor viene cuando menos se piensa—afirmó éste +sentenciosamente.—Estamos años y años sin sentirlo, y un día, ¡paf! da +un vuelco el corazón. Es que hemos hallado nuestra media naranja. + +Estas palabras tan cándidas como crueles, removieron las escasas gotas +de hiel que Cecilia guardaba en su pecho. Con rápida frase y mirando +duramente a uno de los brazos del sillón donde se hallaba sentada, +repuso: + +—Pues yo estoy segura de que mi corazón no hará ¡paf! ningún día. + +—¿Por qué aseguras eso, Cecilia? Las mujeres, más que los hombres, +están hechas para el amor, para los goces que éste proporciona, para la +vida de familia. Se puede decir que el único destino de la mujer sobre +la tierra, es el matrimonio, porque es la encargada de sostener sobre +ella la vida. Su disposición física, todos los órganos de su cuerpo +están construídos para la producción de esta vida... + +Gonzalo abogaba por su amigo Paco, apelando, como se ve, hasta a la +fisiología. Cecilia le escuchaba en silencio, el semblante severo, la +mirada fija en el vacío. Las palabras de su cuñado sonaban en su alma +como un acento de desolación. Sí; aquello era verdad, ¡por desgracia era +todo verdad! Cuando terminó de hacer la apología del amor, hizo la de su +amigo Paco Flores, un joven tan despejado, tan formal, hijo de una buena +familia, con brillante carrera, etc., etc. + +Cecilia se obstinó secamente en rehusar su consentimiento para que +viniese a casa. Entonces Gonzalo, un poco irritado por la disputa, y +herido en su amor propio por haberse jactado sin razón delante de Paco +de su influjo sobre la joven, dejó escapar algunas frases duras: «¿Por +ventura le parecía poco para ella? Paco no era rico, pero podía aspirar +a su mano. En Sarrió no hallaría un muchacho mejor que él. Nadie +tacharía, seguramente, el matrimonio de desproporcionado. ¿O es que +esperaba un príncipe de la sangre?... Pues que no se descuidara mucho, +porque la juventud de las mujeres pasa pronto, y se han llevado en estos +asuntos bastantes chascos...» + +La joven escuchó la filípica de su cuñado hasta el fin, sin mover un +dedo siquiera. Cuando terminó, levantóse vivamente del asiento, el +rostro pálido, las manos convulsas, y salió con precipitación de la +estancia. Al cruzar el pasillo para dirigirse a su cuarto, dos gruesas +lágrimas rodaban por sus mejillas. + + + + +XIV + +DE LOS GALICISMOS QUE COMETÍA «EL FARO DE SARRIÓ» Y OTROS ASUNTOS NO +MENOS INTERESANTES.—PRIMERAS BAJAS DE LA BATALLA DEL PENSAMIENTO. + + +Después de su ruidoso desafío, el esforzado Belinchón supo, aunque otra +cosa afirmen algunos cronistas, gozar con modestia de la merecida fama y +aureola que inmediatamente le circundaron. Quizá se fijen aquéllos para +sustentar la opinión contraria, en haberse descubierto algunas +provocaciones del insigne caballero a ciertos sujetos de la villa, no +bastante justificadas. Mas al hacerlo, no tenían en cuenta que tales +provocaciones vinieron, no a raíz del señalado acontecimiento que hemos +narrado, sino algún tiempo adelante. En la historia, la cronología es +siempre de importancia capital. Y en este particular de que tratamos, +explica satisfactoriamente los actos de nuestro héroe. + +Mientras duró en la villa la impresión del suceso, se le tributaron +aquellas muestras de admiración a que era sin disputa acreedor. Sus +mismos enemigos al verle pasar, le miraban con respeto, ya que no con +simpatía. Entonces don Rosendo, en vez de abusar de su reconocida +superioridad, como hubiera hecho otro hombre de menos esfuerzo y +modestia, aparecía con un continente grave, sí, pero apacible, +recorriendo las calles con el mismo sosiego y mesura que antes. Ejemplo +notable de prudencia, que en vez de agradecérsele, sirvió para que se +intentasen y perpetrasen contra él algunos desacatos. Por lo pronto, en +el Camarote comenzó a hacerse chacota de tal desafío. Se ponderaba con +intención malévola y exagerándolos, los saltos que el fundador del +_Faro_ había dado hacia atrás en el combate. Estas burlas, de las +cuales, como puede suponerse, era el iniciador Gabino Maza, no +permanecieron mucho tiempo en el recinto de la tertulia. Se extendieron +por toda la población, de tal modo, que al cabo de algunos días una gran +parte de sus habitantes sonreía irónicamente al oir hablar del famoso +lance de honor. Don Rosendo traslució algo de esta befa, no sólo por los +oídos, sino también por los ojos. Advirtió que en vez de las miradas +respetuosas y de la cortesía que con él se usaba, comenzaban sus vecinos +a adoptar una actitud grosera, haciéndose los distraídos o volviendo la +cabeza cuando él pasaba. Al cruzar por delante de algún corrillo, creyó +percibir risas comprimidas. + +¿Qué le tocaba hacer en este caso? Indudablemente dejar la modestia a un +lado y obligar a sentir a aquellos bellacos el peso de sus conocimientos +en la esgrima. La primera señal que dió de su indignación y del soberano +desprecio que sus enemigos le inspiraban, fué el escupir al suelo, con +ruido, cuando alguno de éstos cruzaba a su lado, como indicando que le +daba asco. En cuanto comprendieron el motivo de aquella extraordinaria +secreción, los más tímidos comenzaron a pensar que el rayo podía muy +bien acompañar a la lluvia, y evitaron con cuidado el tropezarle. Los +más bravos pasaban a su lado sin hacer caso de aquella tos +despreciativa; pero sin osar mirarle a la cara. Al cabo de algún tiempo +unos y otros lo tomaron con calma y se decían riendo:—«Acabo de +encontrarme con don Rosendo.—Qué tal, ¿te ha tosido?—Ya lo creo; +¡parecía que reventaba!» Y en el Camarote corrían las bromas y se +celebraban las burlas más groseras contra nuestro gran patricio. Una de +ellas fué el desfilar uno en pos de otro a cierta distancia, todos los +socios de la tertulia por delante de él. Don Rosendo quedó de aquella +vez sin saliva y con la garganta destrozada. Tan sólo Gabino Maza lo +tomaba en serio y aseguraba que ya se libraría aquel buey (la palabra es +dura, pero textual) de escupir cuando él pasase. Y en efecto, don +Rosendo se había abstenido hasta entonces de hacerlo. Creía que debía +guardar ciertas consideraciones al jefe del bando contrario. Mas una +noche en que traía la cabeza un poco exaltada por la lectura de cierto +desafío de dos _yankees_, al topar junto al café de la Marina con Maza, +se le ocurrió escupir en la forma provocativa que usaba. Aquél se volvió +repentinamente hecho una furia, y sujetándole con fuerza por la muñeca, +le dijo al oído con acento rabioso: + +—Oiga usted, señor majadero: a mí no me tose usted ¡ni en cuarto grado +de tisis! ¿lo oye usted? + +Don Rosendo, como hombre correcto y muy práctico en estos asuntos de +honor, no dijo nada en aquel momento. Pero al día siguiente no salió de +casa esperando los padrinos de Maza, los cuales, felizmente para éste, +no parecieron. + +El desafío y la actitud de don Rosendo, tuvieron, sin embargo, +consecuencias provechosas para la población. Gracias a nuestro héroe +nació en ella la afición a las armas. Muchos de sus habitantes más +distinguidos comenzaron con ahinco a cultivar la esgrima. Ya no fueron +solamente los redactores del _Faro_ y los tertulios del Saloncillo +quienes se entregaban a este noble ejercicio amaestrados por M. Lemaire. +También los socios del Camarote, comprendiendo a la postre la +importancia de este arte, establecieron, en un almacén contiguo, sala de +armas. Al frente de ella, pusieron a un oficial de reemplazo +perteneciente al arma de caballería, que había tirado al florete en +Madrid. El resultado inmediato de este adelanto fué que las reyertas, +que a cada paso se suscitaban entre los del Saloncillo y los del +Camarote, eran conducidas con arreglo a todas las fórmulas y ceremonias +prescritas en el código del honor. No transcurría semana tal vez, sin +que la villa se estremeciese con las idas y venidas de los padrinos, los +rumores de las conferencias celebradas en los ángulos de los cafés, las +actas que inmediatamente se publicaban en el _Faro_ y en los periódicos +de Lancia. Porque de veinte pendencias las diez y nueve se terminaban +con un acta para ambas partes honrosa, suscrita y firmada por los +padrinos. De modo que de aquellos lances de honor, lo único positivo +eran los bastonazos o puñadas que los contendientes se daban +previamente, sin perjuicio de que las cosas siguiesen sus trámites +ordinarios. + +Alguna que otra rara vez, cuando los ánimos se enconaban demasiado, se +iba «al terreno». Delaunay se había dado de sablazos con don Rufo, por +un comunicado inserto en _El Porvenir de Lancia_, en el que se decía que +los médicos no giraban la visita en el hospital a la hora reglamentaria. +El impresor Folgueras se había batido también con un cuñado de Marín, +por haber negado el saludo uno de ellos al otro. Afortunadamente, en +ninguno de los dos encuentros había habido más que planazos y +verdugones. El desafío más notable fué el de don Rudesindo con don Pedro +Miranda, que después de vacilar algún tiempo se había decidido por los +del Camarote. El motivo fué «el problema del matadero». La ocasión, la +siguiente. Don Pedro había manifestado en una casa que don Rudesindo +apoyaba el partido de Belinchón sólo porque no se emplazase el matadero +en la playa de las Meanas, donde sus casas salían perjudicadas. El +fabricante de sidra tuvo conocimiento de este dicho, habló pestes en el +Saloncillo de don Pedro, y se mostró vivamente ofendido de tal +suposición; mucho más ofendido de lo que en realidad estaba. Alvaro +Peña, que no estaba contento sino cuando tenía un desafío entre manos, +se apresuró a decirle en voz alta con la arrogancia que le +caracterizaba: + +—Pierda usted cuidado, don Rudesindo. Miranda le dará a usted una +reparación. ¿Quiere usted dejarlo de mi cuenta? + +El bueno del fabricante hubiera deseado comerse las palabras que había +soltado. ¡Aquel Peña era un hombre tan expeditivo! ¿Por qué diablos +había dicho que tenía ganas de tropezar a don Pedro para darle dos +puntapiés, cuando en realidad acababa de verle al salir de casa, y había +cruzado a su lado sin decirle una palabra? Pero estaban allí más de +veinte personas, y se vió en la dolorosa necesidad de contestar al +ayudante, aunque en el tono menos agresivo posible: + +—Bueno... si usted cree que merece la pena... + +—¡Pues no ha de merecer! Suponer que usted no está a nuestro lado sino +por móviles mezquinos bastardos es insultarle... A vej, don Feliciano. +¿Quiere usted escuchaj una palabra? + +Don Feliciano y él conferenciaron en un rincón breves momentos. Acto +continuo salieron a la calle. Don Rudesindo quedó en la apariencia +tranquilo, en realidad fuertemente alterado y bramando en su interior +contra Peña, contra el Saloncillo, contra sí mismo y contra la madre que +le parió. ¿Qué necesidad tenía él de meterse en líos? Un hombre casado, +con hijos, que en toda su vida no había hecho más que trabajar como un +esclavo para labrarse un capitalito... Y ahora que lo tenía... por una +quijotada de ese farfantón... ¡acaso!... El fabricante apenas podía +pasar los sorbos de cognac que de vez en cuando introducía en la boca. + +La cosa se arregló muy pronto. Don Pedro Miranda quedó viendo visiones +con la visita de Peña y don Feliciano. Dijo que no recordaba... que él +no tenía agravio alguno de don Rudesindo... al contrario. Pero Peña le +había atajado, diciéndole: + +—Bueno, don Pedro. No podemos escuchar eso. Nombre usted dos personas +que se entiendan con nosotros. + +El atribulado propietario nombró a Gabino Maza y Delaunay por +representantes. Como de éstos el uno era hombre acalorado y fiero, y el +otro mal intencionado, no fué posible avenencia. Se negaron en absoluto +a dar explicaciones. El lance quedó concertado a sable en el cementerio +antiguo, en las primeras horas de la mañana. + +Don Rudesindo al saberlo, maldijo de la hora en que viera la luz del +día. Su contrario don Pedro se limitó sencillamente a dejarse caer en un +sofá y pedir una taza de tila. Mas no hubo otro remedio que acudir a +donde el honor los llamaba. A las seis de la mañana, Peña y don +Feliciano por una parte, y Maza y Delaunay por la otra, los sacaron de +sus domicilios para conducirlos al cementerio viejo. ¡Dios mío, al +cementerio viejo! ¡Qué ideas tan lúgubres revolotearon por el cerebro de +don Pedro Miranda mientras caminaba hacia allá! No es posible +compararlas sino con las que asaltaron a don Rudesindo en el mismo +trayecto. Peña le dijo antes de llegar: + +—Es evidente, don Rudesindo, que usted le escabecha. Me lo da el +corazón... Usted le escabecha. No tira usted mucho, pero tiene un juego +muy difícil, ¡muy difícil!... + +El fabricante hubiera dado en aquel momento toda su hacienda por tenerlo +no difícil, sino imposible. + +—Don Pedro no tiene pierna; es además, corto de brazo... Pero, como ya +sabe usted que en las ajmas no hay nada seguro y a veces el que menos se +piensa, lleva el gato al agua, si usted tiene algo que encargarme, +hágalo antes que lleguemos. + +Don Rudesindo se estremeció. Siguió caminando un rato en silencio, y +por fin, sacando unos papeles del bolsillo, se los entregó diciendo con +voz sorda: + +—Si perezco, déle usted esto al señor Benito. + +Dos lágrimas asomaron a sus ojos al mismo tiempo. + +—¿El señor Benito el _Rato_?—preguntó Peña. + +Don Rudesindo no le oyó. Se había escapado ya por la carretera adelante +para ocultar su emoción. + +Por qué el nombre de su escribiente le producía en aquel instante tal +enternecimiento, no podemos explicarlo. Acaso en las grandes crisis de +la vida, se despierten vivas y súbitas simpatías en el fondo de nuestro +ser, de las que no teníamos la menor sospecha. + +El cementerio viejo, próximo ya a dedicarse al cultivo, era un pequeño +cercado donde crecía la hierba y la maleza. Las cruces de madera se +habían podrido. No había más testimonio de que tal recinto era mansión +de los muertos, que dos calaveras incrustadas en la pared a entrambos +lados de la puerta. Por cierto que estas calaveras, no produjeron una +impresión grata en don Rudesindo. En don Pedro no sabemos; pero puede +sospecharse que no sería más favorable. Tardaron algún tiempo en buscar +sitio, porque las ortigas y zarzales impedían _marchar y romper_ +convenientemente a los combatientes. Mientras Peña, en compañía de los +testigos contrarios, se ocupaba en esta tarea gravísima, el bueno de don +Feliciano Gómez cometió la _incorrección_ (¡Dios le bendiga por ella!) +de acercarse a don Pedro Miranda, que descolorido, con la mirada +atónita, el estómago encharcado por la cantidad fabulosa de tazas de +tila que había tomado aquella noche, esperaba, arrimado a la tapia, que +aquellos señores concluyesen, en la actitud de un reo de muerte. + +—Hola, don Pedro; frío, ¿eh? ¡Caramba qué mañana!... ¡Mire usted que +levantarse un hombre de la cama para esto! ¡Válgate Dios! _(Silencio +interrumpido por algunos eructos del infortunado Miranda.)_ Hubiera dado +el dedo meñique, ¡el dedo meñique, sí! por no tener que asistir a una +atrocidad semejante. Pero dicen que es un favor que no se puede negar. +Bueno: que no se niegue cuando se trata de una ofensa grave... ¿Dónde +está aquí la ofensa grave? Vamos a ver, que me lo digan, ¿dónde está? +¡Válgate Dios! ¡Válgate Dios! _(Nuevo silencio y nuevos eructos de don +Pedro, que concluye por doblar la cabeza sobre el pecho, con la misma +resignación que si la pusiera sobre el tajo.)_ ¡Cuánto mejor sería estar +metido entre las sábanas tomando el chocolate! ¿verdad, mi +queridín?—profirió don Feliciano, poniéndole la mano sobre el hombro +con gran familiaridad. Miranda dejó escapar un imperceptible sonido +gutural. + +—¡Ya lo creo!—siguió el comerciante.—Por más que me digan, don Pedro, +yo no puedo creer que usted tenga gana de matar a don Rudesindo... Un +vecino... que ha sido su amigo hasta hace poco... con quien se ha criado +y ha ido a la escuela... + +—No... yo gana... ninguna—murmuró don Pedro, siempre con la cabeza +sobre el tajo. + +—¡Velo usted ahí!—exclamó don Feliciano dando una gran palmada.—¡Lo +que yo decía! Pues lo mismo le pasa a don Rudesindo, mi queridín. Y +entonces, vamos a ver, ¿quién tiene ganas de matarse aquí? ¡A ver, que +me lo digan! + +Y paseó la mirada en torno, buscando contestación. Peña, Maza y Delaunay +estaban lejos y ocultos por algunos cipreses. Don Rudesindo yacía +arrimado también a la tapia, a unos cincuenta pasos de distancia. +Entonces el comerciante, por una súbita y celestial inspiración, le hizo +seña de que se acercase. + +Don Rudesindo avanzó hacia ellos lentamente, con paso tímido y +vacilante. + +—¿Dice usted, mi queridín, que no tiene ninguna gana de matar a don +Rudesindo?—preguntó el comerciante a Miranda. + +—Ninguna—murmuró éste. + +—¿Tendría usted, por casualidad, deseos de herirle? + +—Tampoco. Yo siempre he estimado a Rudesindo—balbució el propietario. + +—¿Eh? ¿Cómo? ¿Qué decía usted?—gritó don Feliciano con triunfal +exaltación.—Que usted siempre ha estimado mucho a don Rudesindo, +¿verdad, mi queridín? ¿Ha dicho usted eso? + +—Sí, señor. + +—Dime, Rudesindo (andando unos cuantos pasos al encuentro del +fabricante de sidra). ¿Tienes deseos de matar aquí al señor don Pedro... +un vecino... que ha sido tu amigo hasta hace poco... con quien te has +criado y has ido a la escuela de don Matías _el Churro_? + +—Yo, ¿por qué?—dijo el fabricante abriendo ansiosamente los ojos. + +—¿Tendrías por casualidad deseos de herirle? + +—Ni de hacerle el menor daño. Siempre le he tenido por verdadero amigo. + +—¿Cómo es eso? ¿Eh? Por un verdadero amigo, ¿verdad?... Entonces, lo +que corresponde aquí, en mi humilde opinión, es que os deis un abrazo. + +Apenas había pronunciado don Feliciano estas palabras, cuando Miranda y +don Rudesindo, por un movimiento simultáneo, avanzaron con ímpetu feroz +el uno sobre el otro alzaron briosamente los brazos y se abrazaron con +tal furia, que por poco se descoyuntan todos los huesos de la cavidad +torácica. Don Feliciano en el mismo punto se despojó con violencia del +sombrero, dejando al descubierto su enorme calva en declive, lo agitó +con frenesí algunos segundos, y gritó: «¡Hurra!» no se sabe a quién; tal +vez al dios astuto que le había suministrado tan famosa idea. + +En aquel momento se acercaban los testigos. Al ver la escena se pararon +sorprendidos. Mostráronse alegres de tal solución en apariencia, pero +cada cual se separó por su lado, y aquella tarde en el Saloncillo Peña +reprendió ásperamente a don Feliciano por su conducta. Llegó a afirmar +que le había puesto en ridículo y que si no fuese porque se trataba de +un amigo antiguo y persona de más edad que él, «le exigiría una +jeparación». + +—¡Una reparación!—exclamó el óptimo don Feliciano.—¡Qué más da que la +exigieras, rapaz! + +—¿Se negaría usted a batijse conmigo?—preguntó el ayudante con su voz +campanuda. + +—¿A qué habíamos de batirnos? + +—A lo que usted quiera. + +—Yo, a bailar un tango o una guaracha, mi queridín—respondió, y +diciendo y haciendo comenzó a saltar por la sala dando las castañetas +hasta que se le cayó el sombrero y quedó al aire la piedra de lavar que +tenía por cabeza. Los socios se tiraban por los divanes, de risa. Peña +dejó escapar algunas frases de desprecio, y se retiró amoscado y +desabrido. + +Los tertulios del Camarote, hostigados constantemente por las gacetillas +del _Faro_, se habían decidido al cabo a fundar otro periódico en el que +pudieran tomar venganza de las sinrazones que se les hacía. + +Enormes sacrificios costaba esto. Muy pocos, de entre ellos, eran ricos. +El único que pudiera llamarse así era don Pedro Miranda. Este prefería +que le sacasen una muela a descorrer los cordones de la bolsa. A fuerza +de cabildeos, de ruegos, allegando recursos de aquí y de allá, haciendo +sumas y restas en el Camarote, se concluyó por obtener la cantidad +indispensable para montar una imprenta. En la de Folgueras, ni éste +quería tirar el periódico, ni ellos se humillarían a demandárselo. +Cuando estuvo la imprenta, modestísima por cierto, en disposición de +funcionar, celebraron el indispensable banquete. En él se convino en +denominar al nuevo órgano _El Joven Sarriense_. A los postres se brindó +con entusiasmo por su prosperidad y por la destrucción de sus viles +enemigos. + +La aparición del primer número, que traía la consabida viñeta +representando un adolescente peinado con la raya por el medio, y rodeado +de una porción de latas de conservas a modo de libros, en actitud de +leer, más bien de merendar, una de ellas, causó viva sensación en la +villa. Lo merecía. Los del Camarote, como hombres que habían tenido que +devorar durante muchos meses los insultos del _Faro_, se desahogaban con +verdadera fruición. ¡Santo Cristo de Rodillero, qué cúmulo de +insolencias y procacidades! Desde el principio hasta el fin estaba +consagrado a escarnecer, a herir y ridiculizar a los socios del +Saloncillo. Parecía que les faltaba tiempo para llamar al uno feo, al +otro hambrón, al de más allá envidioso, a éste bruto, a aquél farfantón. +Por supuesto, bajo nombres supuestos, aunque tan transparentes, que +nadie en la población dejaba de conocerlos. Llamábase Belinchón _Don +Quijote_ y don Rudesindo _Sancho_, Sinforoso _Marqués del Tirapié_, Peña +_El Capitán Cólera_, etc., etc. Y escudados con esto los traían y los +llevaban, los barajaban que era una bendición. No les dejaban hueso +sano. Por la noche hubo palos (¿cómo no?) en la Rúa Nueva. Folgueras, a +quien también insultaban en _El Joven Sarriense_, se había encontrado +con Gabino Maza, y le descargó un bastonazo sobre la cabeza. Maza lo +devolvió con creces. Repitió Folgueras. Vino en ayuda de éste un cajista +que por allí cruzaba, y de aquél su cuñado. En un instante se armó una +de garrotazos que tocaba Dios a juicio. + +_El Joven Sarriense_ se publicaba los domingos. Periquito Miranda, que a +causa de la desavenencia de su padre con los del Saloncillo, padecía una +peligrosa retención de lirismo, se alivió notablemente insertando en él +un sinnúmero de sonetos, sáneos, acrósticos y otras diversas +combinaciones métricas, destinadas a pregonar su adoración platónica a +la señora del gerente de la fábrica de aceros, una francesota grande y +pesada como un elefante, que le hubiera metido fácilmente en el +bolsillo. Ya sabemos que Periquito amaba las obras sólidas de la +Naturaleza. Para expresar los deseos que atormentaban su espíritu, +valíase ingeniosamente de la forma de sueños. El joven platónico soñaba +en verso que se hallaba en fresca gruta deleitosa donde de pronto +aparecía una ninfa de torneados brazos y turgente seno (la señora del +gerente) que le instaba a dormir sobre un lecho de rosas y verdes +pámpanos. Otras veces, se veía sobre la cúspide de una altísima montaña. +En las nubes amontonadas, en los confines del horizonte, comenzaban a +dibujarse los contornos de una mujer (la señora del gerente). Las nubes +se acercaban. La mujer era blanca como el campo de la nieve, mórbida y +espléndida como la flor de la magnolia. La hermosa aparición llegaba +hasta él por fin, y le arrebataba entre sus brazos por los espacios +azules. Otras, navegaba en frágil barquilla por la superficie del +Océano. La barca se hundía y él iba a parar al fondo del mar donde una +blonda y hermosísima náyade (siempre la señora del gerente) le llevaba +de la mano a un prodigioso palacio de cristal, le sentaba a su lado en +un trono de marfil, y le invitaba a contraer con ella justas nupcias, +efectuadas las cuales, se retiraban al son de dulce música a un gabinete +reservado, maravillosamente decorado, donde la náyade enamorada le hacía +poseedor de sus gracias. Estos ensueños de dicha, versificados con +facilidad y adornados de cierto naturalismo poético, causaban alguna +inquietud a los padres de familia. Periquito comía cada día más, y +estaba cada vez más flaco. _El Faro_, en el número del jueves, después +de insultar con rabia a los jefes del Camarote, «se metía» también con +él llamándole maliciosa y torpemente _Pericles_. + +Colocados así, uno enfrente del otro, en feroz y perpetua rivalidad, _El +Faro_ y _El Joven Sarriense_ emplearon útilmente sus columnas en +injuriarse con más o menos descaro, según arreciaba o aflojaba la lucha. +Raro era el número de cada uno de ellos que no daba lugar a algunos +bastonazos o bofetadas, cuando no a un desafío formal. Sin embargo, en +éstos eran más parcos todos. Padrinos sí se nombraban por un quítame +allá esas pajas; pero darse de sablazos o de tiros, ya era otra cosa. La +contienda había enardecido los ánimos en la villa. Muchas de las +personas que habían permanecido indiferentes a las desavenencias de los +del Saloncillo y los del Camarote, habían concluído por tomar puesto en +uno u otro bando, unas veces porque tenían metidos en la refriega a sus +parientes, otras por algún antiguo resentimiento, otras, en fin, sin más +motivo que el calor y el entusiasmo que el combate despierta en los +temperamentos belicosos. Al poco tiempo la población estaba +verdaderamente partida en dos. El bando del cual era dignísimo jefe don +Rosendo Belinchón, era el más numeroso y contaba con casi todos los +comerciantes ricos de Sarrió. El de los del Camarote, más exiguo, +contaba con los terratenientes y las personas timoratas y religiosas a +quienes _El Faro_ había escandalizado. La lucha se fué acentuando de tal +modo, que al poco tiempo los que pertenecían a un partido ya no +saludaban a los del contrario, aunque hubieran sido hasta entonces +buenos amigos. + +_El Faro_ y _El Joven Sarriense_ comenzaron a criticarse respectivamente +el estilo y la gramática. Buscáronse con encarnizamiento por una y otra +parte las faltas de sintaxis, fijándose lo mismo en los vocablos que en +el régimen.—«Esa palabra no es castellana»—decía _El Joven_.—«La +palabra _desilusionar_, que los peleles del _Joven Sarriense_ afirman +que no es castellana—contestaba _El Faro_,—la hemos visto empleada por +los más eminentes escritores de Madrid: Pérez, González, Martínez y +otros. Esta vez, como siempre, al órgano del Camarote le ha salido el +tiro por la culata.» Replicaba _El Joven_, contrarreplicaba _El Faro_, +citábanse párrafos de la gramática, del diccionario, de los escritores +distinguidos, y al cabo nadie sabía a qué atenerse. Y las cosas quedaban +como antes, aunque se hablaba a veces de remitir las cuestiones a la +resolución de la Academia de la Lengua. Se citaba mucho por los dos +lados el _Don Juan Tenorio_ de Zorrilla y los artículos del _Curioso +parlante_. Esta competencia gramatical traía consigo al menos una +ventaja; la de hacer que algunas personas que no la habían saludado se +dedicasen con ahinco a aprenderla. Lo mismo en el Saloncillo que en el +Camarote había dos o tres ejemplares de la última gramática _lata_ de la +Academia, que no reposaban nunca. + +Contra quien se dispararon los tiros _lingüísticos_ más envenenados, fué +contra el inspirado don Rosendo, como quiera que era la cabeza y el +nervio de su partido y convenía, más que a nadie, aniquilar. Belinchón +no había estudiado la gramática, sino por un diminuto epítome allá en +la infancia. Pero, como todos los ingenios superiores, si no la sabía, +la adivinaba. Los contrarios le sacaban a relucir a cada instante mil +disparates de sus artículos. Mas es tal la confianza que nos inspira su +genio poderoso, que nunca hemos dado crédito a estas afirmaciones, +considerándolas como puras calumnias. Si no hubiera gramática, +Belinchón, con sólo sus luces naturales, sería capaz de inventarla. +Nadie manejó jamás como él ese lenguaje periodístico, ligero sí, pero +brillante, lleno de frases consagradas por el uso de cien mil +escritores, donde hasta los lugares más comunes, expresados con adecuado +énfasis, resplandecen como profundas y misteriosas sentencias. Merced a +su estilo prodigioso, don Rosendo escribía con la misma facilidad un +artículo sobre la libertad de cultos, que redactaba un informe acerca de +la industria pecuaria. Sus enemigos decían que cometía muchos +galicismos. ¿Y qué? En el mero hecho de prohijarlos un escritor de tal +valía, dejaban de serlo, y se convertían en puras y castizas locuciones +castellanas. + +Este prurito de ajustarle los galicismos al _Faro_, fué una de las +manías que tuvo _El Joven Sarriense_ o sea el colega local, como le +llamaba siempre aquél, a fin de evitar el nombrarlo, por no dañar al +profundo desprecio que ansiaba mostrarle. Aprovechando cierto +diccionario curioso que uno de los socios del Camarote poseía, +trituraban sin piedad lo mismo los artículos que las «novelas a la mano» +del _Faro_. Si don Rosendo decía en él, verbigracia, que dejaba de tocar +ciertos asuntos «por no faltar a las conveniencias», al instante se le +echaba encima _El Joven_, interpelándole en forma sarcástica. ¿Dónde +había aprendido el ingenioso hidalgo (así llamaban casi siempre a +Belinchón) esta acepción de la palabra conveniencia? No sería +ciertamente en su famosa historia, contada por Cervantes. Si empleaba la +palabra «gubernamental», o «banal», o la frase «tener lugar», ¡qué +carcajadas las del _Joven Sarriense_! ¡qué chacota! ¡qué desprecio! Esto +duró hasta que los del Saloncillo adquirieron otro diccionario de +galicismos. Entonces ambos periódicos comenzaron a hilar tan delgado en +esta materia, que al fin concluyeron por olvidar el purismo y volver a +su estilo libre, feliz e independiente. + +Además, la disputa se había ido exacerbando de tal suerte, que las +ligaduras clásicas les embarazaban para insultarse. Jugaban ya en todas +las gacetillas las frases de «reptil venenoso», «entes despreciables», +«cerebros obtusos», «revolcándose en el fango», «seres innobles y +degradados» y otras no menos afectuosas para los del bando contrario. +Cansados de injuriarse unos a otros, comenzaron pronto a atacarse en sus +familias. No perdonaron ni a sus modestas esposas ni a sus ancianos +padres. _El Joven Sarriense_ fué el primero que dió la señal, publicando +un cuento árabe titulado _La esclava Daraja_ en que bajo este nombre, se +relataba _ce_ por _be_ la historia de doña Paula y su matrimonio con +Mahomad Zegrí (don Rosendo) salpicado de chufletas de poco gusto y de +insinuaciones pérfidas. Belinchón estuvo tentado de mandar los padrinos +a la redacción. Pero considerando que esto sería dar su brazo a torcer y +aceptar lo que el artículo contenía de envenenado, prefirió no mostrarse +aludido y vengarse también en la prensa. Sinforoso, por encargo suyo, +escribió un cuento indio, donde se narraba la vida y milagros del padre +de Maza, que había sido capitán negrero y en el tráfico de carne humana +hiciera su fortuna. Desde entonces, los cuentos orientales como medio +para decirse toda suerte de picardías, fueron usados por ambos partidos. + +El campo más adecuado para la lucha que los del Saloncillo y los del +Camarote habían emprendido y el de resultados más positivos lo mismo +para el vencedor que para el vencido, era la política. A él volvieron, +pues, desde los primeros momentos los ojos unos y otros contendientes. +No perdonaron medio alguno para derribarse y triunfar. Hasta la división +del vecindario ya sabemos que la política jugaba poco papel en Sarrió. +Desde esta fecha, fué la comida ordinaria, el elemento indispensable que +se mezclaba en todas las conversaciones masculinas. Ni unos ni otros +habían pensado en despojar de su representación en el Congreso a Rojas +Salcedo. Era amigo de todos y había representado al distrito por espacio +de diez y ocho años. Sin embargo, cuando llegaron las elecciones +municipales, escribiéronle cartas los dos bandos, pidiéndole protección. +Se sabía que los del Saloncillo querían a todo trance separar a don +Roque de la alcaldía, porque ya más de una vez, en uso de sus funciones, +se había puesto de parte de los disidentes en perjuicio de sus antiguos +amigos. _El Faro_ le había zarandeado de lo lindo con este motivo. +Creció la enemistad. Vengóse don Roque, abusando de su autoridad, para +mandar a la cárcel a Folgueras. Repitiéronse los ataques del _Faro_ con +más furia. Don Roque, juzgándose por ellos un tirano de la Edad Media, +comenzó a temer por su vida y se hizo acompañar de noche y de día por el +veterano Marcones. Se dijo que en una reunión misteriosa de los del +Saloncillo, se había decretado su muerte. Al alcalde no le llegaba la +camisa al cuerpo. Cuando en un paraje retirado alcanzaba a ver a alguno +del _Faro_, ordenaba prontamente la vuelta. + +Rojas Salcedo contestó a los del Camarote que si don Roque salía elegido +concejal, sería nombrado otra vez alcalde. Pero al mismo tiempo escribía +con misterio a los del Saloncillo, encargándoles que trabajasen todo lo +posible para que no saliese. De este modo se libraba de un compromiso. +En efecto, los partidarios de Belinchón, por su número, por su riqueza y +por la buena maña que se dieron, lograron triunfar en toda la línea. La +lucha, últimamente, se había concentrado en el punto por donde se +presentaba don Roque. Los del Camarote sabían que si éste era elegido, +la batalla estaba ganada. Sería alcalde y las facultades de éste +contrarrestaban muy bien las del ayuntamiento. Los del Saloncillo lo +presentían también. Ambos partidos luchaban con empeño feroz. Por fin, +el anciano alcalde perdió la elección por un corto número de votos. +Confuso y abatido, con los ojos terriblemente inyectados y la faz +amoratada, que daba miedo, se retiró al fin a su casa, después de pasar +todo el día en la del municipio. Ni un rey a quien despojasen de la +corona, sentiría golpe tan tremendo. Llegó a su domicilio sin escolta, +como el más ínfimo particular. Bien había visto a Marcones paseando por +los corredores, y estaba seguro de que aquél le vió también a él. No se +atrevió a pedirle que le acompañase. El viejo alguacil estaba hablando +con agasajo a don Rufo, a un enemigo suyo, y fingió no advertir que su +jefe pasaba. No era que se volviese al sol que más calentaba. Era +simplemente que Marcones, imbuído en las doctrinas de los modernos +estadistas, comprendía que la fuerza pública debe estar siempre al +servicio del poder constituído. + +Y, sin embargo, nunca don Roque tuvo más necesidad de ser acompañado que +entonces. Además de un frío moral que le helaba el corazón, sentíase +físicamente indispuesto. Aquellas horas mortales de agonía recibiendo +noticias contradictorias a cada instante, sin tomar alimento, con sólo +algunas copas de ginebra en el cuerpo desde la mañana, le habían +alterado hasta un punto indecible. Las piernas le flaqueaban y la vista +se le obscurecía. Para llegar a su casa tuvo necesidad varias veces de +apoyarse en las paredes. Cuando entró, la vieja criada que salió a +abrirle, retrocedió asustada. La cara de su amo parecía como si unas +manos invisibles le estuviesen apretando sin piedad la garganta. A pesar +de hallarse bien avezada a descifrar los caóticos, inextricables +sonidos, que salían de su boca en todas ocasiones, por esta vez no +comprendió la orden que le daba. Vió que se retiraba derechamente a su +cuarto. Procediendo por inducción, le llevó luz y un vaso de agua. Pero +don Roque se enfureció, tiró el vaso al suelo, gritó como un energúmeno. +Imposible, no obstante, averiguar qué querían decir aquellos rumores +huecos, temerosos, infernales, que nacían en su garganta, y antes de +salir se reflejaban con terrible resonancia cuatro o cinco veces en las +paredes de su enorme cavidad bocal. Temblorosa, azorada, fué a buscar +una botella de vino. Aunque un poco menos indignado, tampoco quiso +recibirla; repitió con mayor énfasis, pero no más claridad, la orden que +había dado. Al cabo, a fuerza de aguzar el oído, la sirvienta vino a +entender que su amo pedía un ponche de ron. Don Roque, observando que le +habían comprendido, se serenó, despojóse del enorme gabán en que yacía +prisionero, de la levita, del chaleco. Al tratar de sacarse las botas, +su noble faz municipal tomó el color del vino de Valdepeñas después de +encabezado, y no pudo llevar la empresa a feliz término. Cuando vino la +criada con el ponche, concluyó de sacárselas. Después, manifestó que se +iba a meter en la cama, que cerrasen bien las puertas y no no se le +turbase bajo ningún pretexto. La criada no entendió una palabra de su +discurso, pero adivinó bien esta vez la sustancia, y se retiró. + +Don Roque se dejó caer, en efecto, sobre el lecho. Se cubrió con la ropa +hasta la cintura, y reclinando la espalda contra las almohadas, tomó el +vaso de ponche y lo acercó a los labios. Al instante echó de ver que +existía deficiencia en una de las bases. Hizo un gesto avinagrado, dejó +escapar un sonido gutural inadmisible, y levantándose en calzoncillos, +sacó de su armario la botella del ron, que colocó sobre la mesa de +noche. Tornó a acostarse. Después, grave y solemnemente, con el vaso en +una mano y la botella en la otra, fué reparando el yerro de la criada. +Bebía un sorbo de ponche, y en seguida se apresuraba, a llenar el vacío +con el líquido de la botella. Así modificada la composición, resultaba +mucho más adecuada al estado de agitación en que su espíritu se hallaba. +Porque, bajo aquel aparente sosiego, el cerebro de don Roque desplegaba +una actividad prodigiosa. Todas las horas de aquel día se le presentaban +una a una tristes y sombrías; las decepciones que había sufrido, las +esperanzas fallidas, las disputas acaloradas, hasta el abandono de +Marcones. Y luego, lo porvenir. Esto era lo más negro. Dejar el bastón +de alcalde que tantos años había empuñado con gloria, convertirse en un +simple particular, en un quídam. No tener derecho a entrar en el +ayuntamiento. Pasar cerca de un guardia municipal, y no poder decirle: + +—«Juan, ve a la fuente de la Rabila y no consientas que las criadas +frieguen allí las herradas.» Ver un picapedrero trabajando en la calle y +no tener facultades para ordenarle que calque más o menos las piedras, +que suba o baje la rasante. + +Sentía frío intenso a los pies. Se levantó dos o tres veces para echar +ropa encima, sin lograr calentarlos. La botella pasó al fin toda al +vaso, y del vaso al estómago. Esto produjo allá dentro un suave calor, +que se fué esparciendo gratamente por todos los miembros. Don Roque +sintió que la lengua se le desligaba, y comenzó a hablar solo con +extremada claridad en su opinión. En realidad, si algún dios o mortal +pudiese escuchar aquellos bárbaros sonidos, retrocedería horrorizado. +Sobre todos flotaba sin cesar uno por demás extraño algo así como _all, +call, mall_. Un filólogo perspicaz, después de estudiar bien aquel +sonido, teniendo en cuenta la persistencia de la vocal _a_ y de la +consonante _ll_, acaso deduciría que la palabra expresada por el alcalde +era canalla. Sin embargo, esto no sería otra cosa que una inducción más +o menos legítima. + +Al cabo calló. Sintió un fuerte calor en la garganta, que le invadió +instantáneamente el rostro y la cabeza. La lengua no quiso trabajar. +Experimentaba una impresión de engrandecimiento físico de todo su ser. +Sobre todo, la cabeza crecía, creía de un modo tan desmesurado, que +apenas podía con ella. Al mismo tiempo los objetos que le rodeaban, el +armario, la cama, el lavabo, los bastones arrimados a la esquina, le +aparecían de un tamaño diminuto. Creyó sentir dentro del cerebro el +ruido de una maquinaria de reloj en movimiento, un volante que giraba +con velocidad y un martillo que caía a compás con ruido metálico. El +martillo cesó, y siguió el volante girando. Allá fuera, en la calle, +percibió fuerte rumor de gente; luego extraños sonidos que le dejaron +yerto. El pobre don Roque no sabía que le estaban dando a aquella hora +sus enemigos una regular cencerrada. Estuvo por llamar a la criada, pero +temió que tales sonidos fuesen como otras veces imaginarios. Y, en +efecto, se confirmó en la idea al escuchar una descarga de campanas que +le ensordecieron. Era un repique horrísono, donde tomaban parte desde la +mayor de Toledo, hasta la campanilla de su escribanía. ¡Qué vértigo! +¡Qué fatiga! Afortunadamente cesó de golpe el campaneo. Pero fué al +instante substituído por un silbido prolongado y tan agudo, que le +desgarraba el tímpano de los oídos. Instintivamente se llevó las manos a +ellos. Al terminar el silbido, se le figuró que la cama se levantaba por +la parte de los pies. La cabeza se le iba hundiendo. Veía sus pies allá +arriba. Esto le produjo fuerte congoja. Dió un gran suspiro, y los pies +volvieron a su nivel. Mas en seguida tornaban poco a poco a levantarse y +la cabeza a hundirse. Era necesario dar grandes suspiros para +restablecerlos en su sitio. + +Ni con aquel fantástico manejo se calentaban los malditos. Eran dos +pedazos de hielo. En cambio, lo restante de don Roque ardía, se +abrasaba. Sobre todo la cabeza alcanzaba una temperatura pasmosa, que +iba cada vez en aumento. Cuando se llevó la mano a la frente creyó +advertir que brotaba una llama azulada. Y oyó una voz, la voz de su +mujer muerta hacía veinte años, que le llamaba a gritos: «¡Roque! +¡Roque! ¡Roqueee!» Los dientes del alcalde chocaron de terror. Dejó de +ver el armario, las paredes de la alcoba, los objetos que tenía en +torno, y en su lugar percibió un millón de luces de todos colores que al +principio estaban inmóviles, después comenzaron a bailar con extremada +violencia. A fuerza de cruzarse las unas con las otras, llegaron pronto +a formar círculos concéntricos, uno azul, otro rojo, otro violeta, etc., +que giraban sobre sí constituyendo un espectro mucho más rico que el de +la luz solar. Al fin aquellos círculos, también desaparecieron, quedando +un solo punto luminoso apenas perceptible. Mas aquel punto fué +creciendo lentamente. Primero era una estrella, después una luna, +después un sol enorme que se iba extendiendo y adquiría al mismo tiempo +un vivo color rojo. Aquel sol crecía, crecía constantemente. Su disco +inmenso de color de sangre tapaba la mitad de la bóveda; después, cubrió +las dos terceras partes; por último la llenó toda. Don Roque quedó un +instante deslumbrado. De repente no vió nada. + +Jamás volvió a ver nada el buen alcalde. Por la mañana le hallaron +muerto, sentado en la cama, con la cabeza doblada hacia atrás. Un caso +de apoplejía fulminante. + + + + +XV + +DE LA ENTRADA FAMOSA QUE HIZO EN SARRIÓ EL DUQUE DE TORNOS, CONDE DE +BUENAVISTA + + +El señor Anselmo, jefe de la banda de música de Sarrió, vino a +participar al presidente de la Academia que el alcalde le había +amenazado con suprimir la subvención de la orquesta, si aquella tarde +iban a la romería de San Antonio. + +—¿Cómo es eso?—preguntó don Mateo incorporándose en el lecho en que +aun yacía, y echando mano a las gafas que tenía sobre la mesa de +noche..—¿Suprimir? ¿Por qué la han de suprimir? + +—No lo sé. Así me lo ha enviado a decir por Próspero. + +—¿Pero a él qué le importa que la música vaya a San Antonio?—profirió +con acento irritado. + +—Creo que es porque hoy llega un señor a casa de don Rosendo... y como +la carretera atraviesa la romería... + +—Ah, sí, el duque de Tornos... ¿Pero qué tiene que ver?... ¡Vamos, +están locos!... Mira, déjame un momento; voy a vestirme, y veré a Maza. +Creo que lo arreglaremos. Déjame. + +Despejó el señor Anselmo la estancia, y, con más premura de lo que +pudiera esperarse de sus años y achaques, aderezóse don Mateo para +salir. Su esposa y su hija estaban, como de costumbre, en la iglesia. +Pidió el desayuno. + +—No puedo dárselo, señor. La señora se ha llevado las llaves, y no hay +chocolate fuera. + +—¡Siempre lo mismo!—murmuró el anciano, no tan enojado como +debiera.—Yo no sé por qué esa mujer no deja fuera al marcharse lo que +hace falta... Es verdad que, por regla general, me levanto tarde; pero +puede haber un negocio urgente como ahora... + +—¿Quiere que vaya a pedir una onza de chocolate a la vecina? + +—No, no hace falta. Estoy seguro de que Matilde se enfadaría. ¿No hay +por ahí nada que comer? + +La criada tardó unos segundos en contestar. + +—No, señor, me parece que no hay nada. Ya sabe que la señora... + +—Sí, sí, ya sé. + +Don Mateo fué al comedor y comenzó a escudriñar los tiradores. Nada; no +había más que los utensilios de la mesa, cuchillos, tenedores, el +sacacorchos. Al través de los cristales del armario vió algunas +pastillas de chocolate y una bandeja de bizcochos. + +—¡Caramba, si diera alguna llave! + +Y sacando las suyas comenzó a introducirlas en la cerradura. Las pruebas +no tuvieron buen éxito. + +Desesperanzado, al fin, se arregló las gafas con impaciencia, se puso el +sombrero, cogió su cayado y dijo emprendiendo la marcha: + +—Vaya, vaya; nos aguantaremos por hoy. + +Pero antes de llegar a la puerta se volvió, y algo acortado preguntó a +la doméstica: + +—¿Hay pan por ahí? + +—No ha venido aún la panadera. Si quiere de lo mío...—respondió la +muchacha sonriendo. + +—Bueno; a ver ese pan tuyo. + +Se fué a la cocina. La criada levantó la tapa de la masera, y don Mateo +sacó un medio pan de centeno, bastante negro. + +—Este pan moreno en otro tiempo no me disgustaba—dijo cortando un +pedazo.—¡Viva la gente morena!—añadió paseando por la boca un bocado +de miga, pues con la corteza hacía años que no se atrevía. + +La criada se reía sorprendida de aquel buen humor. + +—Es más sabroso que el nuestro. Si no fuera que ya está un poco duro... + +Se sacudió las migajas con la mano, volvió a arreglarse las gafas y +después de beber un trago de agua porque también el vino estaba cerrado, +se partió en dirección al ayuntamiento. El reloj del edificio señalaba +las diez. Atravesó el soportal de arcos, subió la vasta escalera de +piedra y al llegar a los corredores donde había más de un dedo de polvo +sobre el entarimado, preguntó a Marcones, que le salió al encuentro, por +don Gabino. + +—El señor alcalde está en sesión. + +—¿En sesión? ¡Diablo, a qué hora tan rara! + +En efecto, por lo rara se había señalado. + +Dos años habían transcurrido desde el fallecimiento de don Roque. Los +del Saloncillo, que habían entrado en el ayuntamiento como triunfadores +y tuvieron por alcalde a don Rufo, más de año y medio, a la hora +presente padecían las amarguras de la derrota. Aún tenían mayoría en la +corporación municipal, aunque escasa. Pero los del Camarote se habían +arreglado en Madrid de tal manera, que lograron hacer nombrar alcalde a +Gabino Maza. Decíase que esto se debía al pasteleo repugnante de Rojas +Salcedo. Advirtiendo éste en las últimas elecciones municipales bastante +progreso en las fuerzas de los del Camarote, se había inclinado de su +lado. No hay para qué decir la tempestad de odios y amenazas que contra +él se levantó por tal motivo entre los partidarios de don Rosendo. + +Se había entablado una lucha feroz. Cada sesión del ayuntamiento era un +escándalo. Los de Maza habían hecho procesar a la corporación saliente, +por dilapidación de fondos: tenían al juez de primera instancia por +suyo. Los de Belinchón contaban con que en la Audiencia les harían +justicia. Mas por aquello que dicen que dijo Dios: _ayúdate y +ayudaréte_, se ponían en juego poderosas influencias para conseguirlo. +Cartas iban y venían de Madrid. Los del Camarote no se descuidaban +tampoco para estorbarlo. Maza deslomaba a sus contrarios con la vara de +la justicia. Como la mayoría de don Rosendo era sólo de dos votos, urdía +tramas admirables para arrancárselos. Unas veces convocaba a sesión +extraordinaria a horas en que a alguno de ellos le fuera imposible +asistir; otras, mandaba recados fingidos a ciertos concejales, +anunciándoles que se había suspendido; otras; en el momento de ponerse a +votación cualquier asunto, lo hacía con palabras ambiguas de acuerdo con +sus amigos, para que los de don Rosendo se confundiesen y votasen contra +sí mismos, como sucedió en más de una ocasión. En más de una también, +dejó cerrados en la secretaría a algunos concejales llevándose la llave. +Después que los padres del municipio se hartaban de gritar y dar golpes +a la puerta, venía un alguacil a abrirles; pero ya se había efectuado la +votación. Gracias a estas y otras tretas, a las arbitrariedades sin +cuento que cometía, vengábase el bilioso ex marino de sus enemigos, que +era un primor. Su táctica consistía en atacarlos donde más les dolía; +esto es, en sus bienes inmuebles. Cuando en alguna calle había una o más +casas de cualquier socio del Saloncillo y ninguna de sus amigos, hacía +que el arquitecto municipal variase la rasante, dejándola más baja. De +esta suerte se descubrían los cimientos de las casas y corrían riesgo de +venir al suelo, además de la molestia consiguiente de poner escaleras +para subir al portal. A los pocos meses de ser alcalde, había más de +veinte casas en Sarrió con los cimientos al aire. Otras veces, hacía +subir la rasante para que cuando lloviese fuerte, se inundasen. Como es +natural, tales picardías despertaban fuerte clamoreo en los partidarios +de Belinchón, rabiosas diatribas por parte del _Faro_, y tumultos sin +cuento en las sesiones municipales. Pero a Maza se le daba por todo una +higa. Seguía impasible sus inauditas reformas urbanas, escuchando con +sonrisa cruel las quejas de sus víctimas, contestando con sarcasmos +feroces a los discursos de los oradores del bando contrario. + +Marcones introdujo a don Mateo en una sala contigua al salón de +sesiones. La tribuna destinada al público era demasiado asquerosa para +entrar en ella una persona decente. Además, le interesaban muy poco las +peleas de aquellos gallos ingleses. En la misma sala estaban sentados +departiendo amigablemente los dos notarios de la población, don Víctor +Varela y Sanjurjo. El uno era un viejo, pequeño, de ojos saltones, con +enorme peluca, tan groseramente fabricada, que parecía de esparto; el +otro, un hombre de media edad, pálido, con bigote entrecano y cojo de +nacimiento. Saludóles nuestro anciano como antiguos amigos, a quienes se +ve todos los días. A nadie en el radio de la villa dejaba de saludar don +Mateo. + +—¿Esperando que termine la sesión, eh? + +—Sí, señor—respondió uno con sequedad y reserva que quitó al anciano +el deseo de entrar en más averiguaciones. + +Buscó otra conversación, la que más podía complacer a los depositarios +de la fe pública; la caza. Los dos eran crueles perseguidores de las +codornices, peguetas y chochas; pero mucho más terribles y empedernidos +aún de las liebres. Apenas venían algunos días despejados, estos veloces +o inocentes animales tenían que sufrir una violenta persecución por +parte del gremio notarial, activamente secundado por media docena de +galgos que, para que mejor corriesen, se les dejaba morir de hambre. + +Hablar de las liebres, era para don Víctor y Sanjurjo la antesala del +Cielo. Levantarlas con las varas, metidos en la maleza hasta la cintura, +el Cielo mismo. + +—¡Qué lástima de día!—exclamó don Víctor dando un suspiro y mirando al +cielo por los cristales del balcón, llenos de polvo. + +—Verdad—contestó Sanjurjo, dando otro suspiro.—Sin embargo, la tierra +de Maribona puede que esté un poco blanda; llovió bastante estos días. + +—¡Qué ha de estar!—profirió don Mateo.—Ahora en el verano pronto se +seca. Además, toda aquella región es caliza y absorbe el agua +fácilmente. + +Los notarios le miraron con enternecimiento. + +—Me ha dicho Pepe la Esguila—prosiguió—que los paisanos han visto +saltar las liebres estos días en Ladreda. + +—Ya lo sabemos,—dijo Sanjurjo.—Hoy, si no fuera por un quehacer que +nos ha salido, hubiéramos ido a allá. + +Al mismo tiempo hacía un signo de inteligencia a don Víctor. + +—Pues Pepe debió de irse esta mañana con Fermo. Eso me dijeron al menos +ayer noche. + +Los notarios se miraron consternados. + +—¡Qué le decía yo a usted, Sanjurjo!—exclamó don Víctor. + +—Francamente, me engañó ese tuno... Bueno; alguna dejarán... Mañana +iremos usted y yo, don Víctor. + +Pero la noticia les había puesto tristes. Guardaron silencio obstinado. +Dentro del salón se oían voces descompasadas, fuertes rumores. Alguna +vez sonaba el agudo repique de la campanilla presidencial, llamando al +orden. + +Don Mateo, pesaroso de no haber acertado aquella vez a animar la +conversación, la estableció de nuevo, encarándose con Sanjurjo. + +—Hombre, parece mentira que usted con su defecto en la pierna, pueda +dedicarse a la caza. + +—¿Quién? ¿éste? Ahí donde usted le ve, corre como un galgo—exclamó don +Víctor con cariñoso entusiasmo.—En cuanto se pone sobre la pista de la +liebre, deja de ser cojo. Yo le digo que eso de la cojera lo ha +inventado él para llamar la atención. Tan cojo es, como usted y como yo. + +—¡Si usted me lo hiciera bueno!—profirió Sanjurjo, sonriendo con +resignación. + +Aquel toque de broma, les puso alegres. Don Víctor contaba las proezas +de su compañero en diversas ocasiones. Un día, para correr mejor, se +había puesto en cuatro patas: era una exhalación.—¿Cómo?—preguntaba +don Mateo asombrado,—¿en cuatro patas?—Lo que usted oye. Sanjurjo se +reía a carcajadas, afirmando que había aprendido a correr así de niño, +cuando su cojera era más pronunciada y no podía competir con los +compañeros. A su vez, ponderaba la poltronería de don Víctor, un tumbón +que registraba hasta la más pequeña hierba por no ir adelante y +cansarse. Don Víctor reía también, sosteniendo que no se levantaban +liebres con las piernas, sino con los ojos. ¡Cuántas veces aquella +obstinación suya había dado al fin resultado!—¿Se acuerda usted de +aquel día de San Pedro, hace tres años, cuando me dejó solo cerca de +Arceanes? ¿Quién levantó la liebre, usted que se fué con viento fresco, +o yo que me quedé hurga que hurga por las matas? + +La conversación se iba calentando con gran satisfacción de don Mateo que +no podía ver a nadie triste a su lado. Cuando más embebidos se hallaban +en ella, sin hacer caso bendito de los gritos y campanillazos que +sonaban detrás de la puerta, ábrese ésta con estrépito y aparece la +majestuosa figura de don Rosendo Belinchón, en un estado de trastorno +difícil de pintar, los cabellos revueltos, algunos de ellos pegados a la +frente por el sudor, las mejillas inflamadas, los ojos vidriosos, el +nudo de la corbata en el cogote. + +—¡Sanjurjo!... ¡Sanjurjo, venga usted!—dijo con voz alterada, sin +saludar, sin ver siquiera a don Mateo. + +El notario se levantó tranquilamente y entró en el salón con él. Don +Víctor no hizo alusión ninguna a aquella repentina marcha. Quedó +departiendo amigablemente sobre lo mismo que estaban hablando con don +Mateo, el cual, aunque un poco sorprendido, no se atrevía a preguntar +nada. Al cabo de un rato, apareció Sanjurjo, que cerró la puerta tras +sí, y vino a sentarse con el mismo sosiego al lado de ellos, continuando +su interrumpida conversación. Pero no se pasaron muchos minutos sin que +de nuevo se abriese la puerta con ruido, apareciendo esta vez la persona +rechoncha de don Pedro Miranda en estado igualmente de descomposición. + +—¡Don Víctor, don Víctor, entre usted! + +Tampoco saludó, ni vió siquiera a don Mateo. El notario se levantó +gravemente y le siguió. + +—¿Qué diablo significa esto?—preguntó don Mateo a Sanjurjo, después +que se hubo cerrado la puerta. + +Este hizo un vago ademán de desprecio levantando los hombros. + +—¡Qué tonterías!—gruñó don Mateo.—¡Belinchón y Miranda, que en su +vida se metieron en estos asuntos del ayuntamiento ni quisieron ser +alcalde, tomarlo ahora con tanto apuro! + +Las cosas habían cambiado mucho, en efecto. La lucha enconadísima que +uno y otro bando sostenían en todos los terrenos donde podían, era más +empeñada ahora en la corporación municipal que en ningún sitio. La +tiranía de Maza irritaba de tal modo los ánimos de los amigos de don +Rosendo, que apelaban a todos los medios imaginables para +contrarrestarla. A todo trance querían procesarle por abuso de +facultades. Para ello Belinchón había tomado a su servicio al notario +Sanjurjo, que constantemente le acompañaba a las sesiones, levantaba +actas y más actas de las arbitrariedades del alcalde, que pasaban al +juzgado y allí se estancaban gracias a la mala voluntad del juez. Los +del Camarote oponían notario a notario, actas a actas, quejándose de la +insubordinación de la mayoría, de sus votaciones, en asuntos que no eran +de su competencia. + +Cuando terminó la sesión, don Mateo fué introducido en el despacho del +alcalde. Estaba tomando una limonada purgante. Cada pocos días +necesitaba uno de estos brebajes para desalojar la bilis que se le +acumulaba en el estómago. Aquella lucha diaria desde hacía tres años le +había echado a perder el estómago. Estaba aún agitado, convulso. Su +risita sardónica de las sesiones, la calma despreciativa con que +afectaba escuchar los discursos de sus contrarios, era pura comedia. +Allá por dentro, la cólera le carcomía las entrañas, se le mezclaba a la +sangre. ¡Cuánto trabajo le costaba reprimir los ciegos ímpetus de ira +que a cada paso le acometían! + +Dos de sus amigos comentaban la sesión, mientras él, silencioso, lívido, +con sus eternas ojeras más pronunciadas aún, revolvía el líquido con una +cucharilla. Don Mateo, como una de las poquísimas personas que +permanecían neutrales en Sarrió, fué recibido con franqueza y agasajo. + +—Siéntese usted, don Mateo. ¿Qué trae de bueno por aquí? + +El anciano manifestó que venía a saber si era cierta la amenaza de +suprimir la subvención de la banda en el caso de que fuese aquella tarde +a la romería de San Antonio. El rostro de Maza se nubló. Era muy cierto. +Que no contasen con socorro alguno del ayuntamiento si aquella tarde +sacaban los instrumentos de la Academia... Don Mateo preguntó: ¿qué +motivo?... Maza, después de rechinar los dientes como introducción, +manifestó que no quería contribuir a solemnizar la entrada del personaje +que iba a llegar por la tarde y se alojaba en casa de Belinchón. + +—Sería capaz don Quijote de darse tono haciendo pensar a su huésped que +la había llevado él para obsequiarle. + +—Pero, Gabino, si todos los años ha ido. Nadie puede creer ni pensar +semejante cosa. Considera que es la romería más importante del pueblo. +Sería muy triste que las chicas no bailasen y se divirtiesen por una +pequeñez como ésa. + +—Pues nada, por hoy se suprime el baile. Lo siento mucho. Si quieren ir +que vayan; pero ya saben a qué atenerse. + +Fué imposible hacerle variar de resolución. Don Mateo rogó primero, se +enfureció después, y con el derecho que le daban sus años y las nobles +intenciones que siempre le animaban, y de las cuales nadie dudaba en la +villa, dijo cuatro frescas a Maza y a los dos concejales que allí +estaban presentes. Ni el bilioso alcalde ni éstos se enojaron. Uno llegó +a decirle: + +—Acaso tenga usted razón, don Mateo; pero, ¿qué quiere usted? La lucha +es lucha. Está interesado nuestro amor propio, y hay que aplastar a esos +canallas, o que ellos nos aplasten. + +El anciano salió de las consistoriales más triste que enojado. En los +tres años últimos eran incalculables los desaires y desabrimientos de +este género que había padecido. A nadie encontraba ya propicio para +secundar sus proyectos de recreo. En vano redoblaba su actividad para +traer al teatro compañías de verso o zarzuela. Todas quebraban al poco +tiempo. Porque predominando en las funciones el elemento del Saloncillo, +ya se sabía que los del Camarote se retiraban, y viceversa. Y como para +que el teatro se sostuviese era preciso el concurso de todos, el +resultado era que los cómicos se escapaban siempre muertos de hambre. Lo +primero que le preguntaban a don Mateo en las casas cuando iba a +suplicar que se abonasen, era:—¿Se han abonado Fulano, Mengano y +Zutano?—Si contestaba afirmativamente, ya se sabía lo que le +decían:—Pues no cuente usted con nosotros.—Nuestro buen señor apelaba +últimamente al engaño para comprometerlos; mas los enconados vecinos +olían en seguida el torrezno, y aplazaban su contestación para después +que se enterasen de «qué gente había». Y si esto pasaba en el arte +dramático, ¿qué no sucedería con las notabilidades que en aquel lapso de +tiempo habían posado su vuelo en la villa? Un famoso violinista, otro +que tocaba un instrumento de madera y paja admirablemente, cuatro +hermanos campanólogos, un moro que mostraba dos vacas sabias, un doctor +inglés que traía un microscopio, el célebre gigante chino, una foca +marina que decía _papá_ y _mamá_, etc. A todos había protegido don +Mateo. Pero su activa campaña de propaganda no les valió gran cosa. +Todos los monstruos, tanto españoles como extranjeros, conocían de oídas +a nuestro retirado coronel, y en cuanto ponían el pie en Sarrió, a su +casa iban a llamar. El los acompañaba a ver al alcalde, los presentaba +en el Saloncillo, los recomendaba al propietario del almacén donde +pensaban exhibirse, y casi siempre encabezaba la suscripción para +pagarles el viaje. En otro tiempo no se marchaba uno de la villa que no +fuese contento y gordo. ¡Pero ahora! Ahora no estaba la Magdalena para +tafetanes, según le respondían algunos. + +El lugarteniente de don Mateo en todos los festejos era Severino, el de +la tienda de quincalla. No había en la provincia quien le aventajase en +fabricar globos elegantes, vistosos y bien proporcionados para que +subieran sin dar tumbos. Tampoco en el arte difícil de levantar arcos de +ramaje con transparentes para la noche, ni en disparar cohetes +velozmente y a plomo. Pues bien; este ingeniosísimo varón, que tanto +había regocijado a la villa con sus peregrinas invenciones, hacía ya +mucho tiempo que permanecía inactivo. Cuando alguna vez le decía don +Mateo, que pasaba siempre en su tienda algunas horas: + +—Severino, ¿vamos a preparar algo para la víspera de San Antonio? + +—¡Para qué, don Mateo, para qué!—respondía el tendero con desaliento. + +—Una iluminacioncita de doscientos faroles nada más, un globo y algunos +cohetes. + +—¿Quiere usted que nos cueste a nosotros el dinero como la fiesta de +Santa Engracia? + +—Acaso los indianos suelten esta vez algo—murmuraba don Mateo. + +—Vaya, no sea inocente. ¡Parece mentira que no los conozca! ¡Soltar! +¿Qué han de soltar esos guanajos si no...? + +Unos y otros eran injustos con los indianos. Estos se mantenían en +neutralidad absoluta, asombrados de que, hombres acaudalados como +Belinchón, Miranda y otros, se apurasen tanto por cosas que no atañían a +sus negocios particulares. Aquel puñado de personas sosegadas, en medio +de la lucha feroz con que se agitaba la villa, semejaría el coro de las +tragedias griegas, si no fuese porque éste sentíase conmovido por las +desgracias o prosperidades de los héroes, se alegraba y se entristecía. +Los indianos de Sarrió permanecían por entero indiferentes, adormecidos +por aquella vida holgazana y metódica en que el recuerdo de sus trabajos +y penalidades de América les llenaba algunas veces de horror, y hacía +más amable todavía su situación actual. ¡Qué les importaban a ellos las +votaciones del ayuntamiento, las perrerías que _El Faro_ y _El Joven +Sarriense_ se lanzaban, ni los chismes que sin cesar traían conmovida a +la villa! Mientras les dejasen dar vueltas por la mañana en la punta del +Peón (y no había peligro de que nadie se lo estorbase), jugar al billar +o al tresillo después de comer, y dar sus famosos paseos en pandilla a +la tarde por los pintorescos contornos, lo demás no significaba nada. +Tan sin cuidado les tenía, que sólo por rara casualidad, cuando estaban +juntos, hablaban de los episodios de la lucha. Lo único que conseguía +turbarles eran los telegramas noticiando el alza y baja de los fondos +públicos, donde tenían invertido su capital. Por lo demás, eran +ciudadanos modelo: no ofendían a nadie; comían lo que era suyo y habían +trabajado con sus manos. Que no daban dinero para las funciones y +holgorios. Esto no puede considerarse como un cargo grave. Ellos no +veían la necesidad de tales fiestas. ¡Qué más se podía apetecer en el +mundo que vivir en un clima benigno, comer, pasear, dormir +tranquilamente las horas que a uno se le antojaran! Además, habían hecho +un beneficio al pueblo, conduciendo al altar a una porción de señoritas +de veinticinco a treinta, que, sin este inesperado socorro, se hubieran +ido desecando tristemente. Ahora eran casi todas esposas obesas y +tranquilas, madres de familia felices, rigiendo una casa bien +abastecida. + +Aunque antipáticos a los dos bandos, los indianos eran los únicos que se +salvaban en aquel tiroteo incesante de los periódicos. Se contentaban +con murmurar de ellos, llamarlos asnos cargados de plata; pero no se +atrevían a aludirlos públicamente. No había razón para ello. Y eso que +en Sarrió en el transcurso de tres años, se había alcanzado aquel grado +de perfección con que don Rosendo soñaba; esto es, no existía la vida +privada. Los actos de los vecinos, aun los de índole más íntima y +secreta, salían a luz en la prensa, se comentaban, se censuraban, se +ponían en ridículo. Nadie estaba seguro en el tabernáculo de su hogar. +Si cruzaba con su mujer algunas palabras malsonantes, si castigaba con +más o menos severidad a sus hijos, si andaba apurado de dinero, si salía +por la noche a picos pardos, si se le atragantaban las _ces_ en medio de +dicción, diciendo _reto y pato_, en vez de recto y pacto, si comía con +los dedos o se sonaba con ruido. De todos estos interesantes pormenores, +daban cuenta al público _El Faro_ y _El Joven Sarriense_, unas veces +directamente, otras por medio de los famosos cuentos orientales ya +mencionados. + +Desde el ayuntamiento, don Mateo se fué al local de la Academia, donde +le aguardaba el señor Anselmo, y le ordenó prudentemente que no saliese +con la banda aquella tarde. A fuerza de transacciones y equilibrios, +había conseguido hasta entonces sostenerla lo mismo que el Liceo. En +éste, por supuesto, ni había representaciones teatrales ya, ni se +bailaba sino en días señalados, como el de las Candelas, los de Carnaval +y el de Santa Engracia. Pero don Mateo, a fuerza de actividad y +diplomacia, había logrado que la mayoría de los socios siguiesen pagando +las dos pesetas mensuales de la suscripción. Todas las demás +instituciones de recreo en que la villa era tan rica, habían +desaparecido. + +Lo que traía preocupados a tirios y troyanos a la sazón era la venida +del duque de Tornos. El vigilante y prudentísimo don Rosendo había +averiguado por medio de sus agentes de Madrid, que el duque de Tornos, +conde de Buenavista, emparentado con la real familia, embajador que +había sido en Francia, mayordomo mayor de palacio, etc., etc., un +personaje de mucho bulto en la corte y en la política, estaba decidido a +pasar el verano en Sarrió para tomar los aires del mar, que le hacían +mucha falta, con más sosiego que en San Sebastián o Biarritz. Saberlo +Belinchón y escribirle una carta ofreciéndole su casa, fué todo uno. El +Duque rehusó, como era natural, dándole gracias muy expresivas. Pero el +buen don Rosendo que juzgaba un importantísimo triunfo la venida de tal +personaje a su morada, y contaba con ayuda de él exterminar a sus +contrarios, tanto insistió, valiéndose de toda clase de recomendaciones +para conseguirlo, que el Duque concluyó por aceptar el ofrecimiento. Los +del Camarote, que habían olfateado el asunto y les tenía con gran +cuidado, obligaron a don Pedro Miranda a ofrecer también su casa, +prometiendo abonar entre todos, los gastos que aquello le ocasionase. +Pero el Duque ya estaba comprometido. No pudieron conseguir su +propósito, aunque pusieron en juego bastantes influencias, lo que les +llenó de ira y despecho, como acabamos de ver. Hay que advertir que el +duque de Tornos pertenecía al partido moderado. Aunque en Sarrió ninguno +de los dos bandos estaba bien definido en política, porque lo que les +preocupaba era la lucha local, y se inclinaban siempre al partido +vencedor, no cabía duda que en el Saloncillo predominaban los liberales, +principiando por su eximio jefe. En el Camarote, los más eran +retrógrados. La preferencia otorgada a los primeros era, pues, +doblemente dolorosa. + +Don Rosendo el año anterior había levantado un piso más a su casa. Lo +que le decidió a aquella obra fué el nacimiento de otra nieta. Si el +matrimonio seguía tan aprovechado, no cabrían pronto en la casa. Gonzalo +hablaba de tomar otra; le faltaba independencia. Para que no se fuese, +la aumentó su suegro de aquel modo. El piso entero fué destinado a la +nueva familia. A fin de que estuviesen más independientes, la escalera +no pasaba por el cuarto de los padres; pero al mismo tiempo había una +interior de caracol que facilitaba el servicio de un piso a otro. +Gonzalo podía entrar y salir de su casa sin necesidad de cruzar por la +de sus suegros. Comían todos juntos, sin embargo. + +Pues cuando se supo la aceptación del duque de Tornos, se le destinó el +cuarto entero del matrimonio joven. Este bajó de nuevo a ocupar sus +antiguas habitaciones. Arreglóse aún mejor de lo que estaba, y eso que +estaba bien, pues Venturita había exagerado el lujo de la decoración. +Pronto y con poco esfuerzo quedó convertido en una mansión digna del +personaje que iba a albergar. En el Saloncillo se esperaba con ansia el +telegrama del prohombre, anunciando su salida. El rostro de todos los +tertulios expresaba gozo y triunfo, brillaba con la esperanza de que +pronto podrían dar algunos golpes contundentes a sus adversarios. Estos +andaban mohinos y recelosos, disimulando, no obstante, lo mejor que +podían su despecho. Afectaban no conceder importancia a la venida del +Duque. No faltó quien viniese a avisar en seguida a Belinchón de la +_zurdada_ del alcalde respecto de la música. Estaba empezando a comer +cuando recibió la noticia. Con admirable serenidad, que debían envidiar +sus enemigos, concluyó el plato de sopa que tenía delante, se limpió los +labios, bebió un trago de vino, volvió a limpiarse los labios, y +levantándose acto continuo, salió sin decir palabra. Como todos los +grandes caudillos de que nos habla la historia, don Rosendo no perdía +jamás el aplomo. En los momentos críticos, como el presente, era cuando +a él le asaltaban las grandes ideas, las resoluciones salvadoras. Se fué +al telégrafo y puso un parte al director de la orquesta de Lancia +pidiéndole que viniese con ella a Sarrió y que señalase precio. El +director contestó que llegarían a la noche.—«Perfectamente;—se +dijo,—si la música no va a recibirle, al menos no se quedará sin +serenata. ¡Y que rabien esos miserables!» + +La llegada del duque de Tornos coincidía, como hemos visto, con la +romería de San Antonio. La tarde estuvo como la mañana serena y alegre, +sin pizca de calor; porque la brisa del Nordeste en Sarrió, como en +todos los puertos del Cantábrico, refresca deleitosamente los ardores +del sol en los meses de estío. Las romerías pertenecían a todas las +clases sociales, pero muy particularmente a los artesanos. Gracias a +esto no habían perdido nada de su primitiva alegría y animación. Desde +por la mañana, bien temprano, grupos numerosos de muchachas salían de +los arrabales y cruzaban la villa para tomar la carretera de Lancia, +vestidas todas con la clásica falda de merino, negra o de color, y el +floreado mantón de Manila atado a la cintura, zapatos descotados, +pendientes de perlas, y la hermosa cabeza, sencillamente peinada, al +descubierto. Su charla bulliciosa, sus frescas carcajadas despertaban a +los vecinos que aún yacían entre las sábanas, les hacían sonreir +beatamente trayéndoles al recuerdo otros días de San Antonio cuando la +juventud chispeaba también en sus ojos y en la copa de la vida aún no +había caído ninguna gota de hiel. ¡Quién no recordaría en Sarrió alguno +de aquellos viajes a la ermita en una mañana límpida y suave, con las +piernas ligeras y el corazón mecido dulcemente en la esperanza de ver +pronto al dueño adorado y pasar el día cerca de él! El rumor de aquellas +niñas era un soplo de alegría que desde la calle subía a las casas, +entraba por los balcones invitando a soltar por algunas horas el fardo +pesado de los quehaceres, de la ambición, de la envidia, de todas las +ruines pasiones que consumen la mísera existencia humana. Y seguirlas, +seguirlas a gozar del ambiente puro de la mañana, del verdor de los +campos, de la rica leche incomparable que se vende en torno de la +ermita, del juego a las cuatro esquinas y la deleitosa gallina ciega, de +las habaneras lánguidas, los dulces caramelos y crucetas de la Morana, y +tal vez que otra, cuando no se tiene una figura despreciable y se +dispone de largos bigotes retorcidos, de sus besos más dulces y +regalados aún (habiendo hecho algo por merecerlos, se entiende). + +Pablito salió de madrugada acompañado de su fiel Piscis, montados en +sendos caballos pujantes y amaestrados, trabajando unas veces del +costado derecho, otras del izquierdo como era lógico. Para ir de esta +suerte, no solamente había la razón de sus arraigadas inclinaciones, +sino otra también muy atendible. El joven Belinchón hacía ya más de un +año que no iba a las romerías y evitaba todo lo posible caminar a pie. +Salía poco de casa, sobre todo de noche, procurando atravesar por las +calles más céntricas, sin que por casualidad se le viese jamás solo. +Tenía enemigos ocultos y encarnizados. Valentina, la blonda y saladísima +costurera, había jurado por todos los santos del Cielo clavarle un puñal +en la espalda. La razón no necesitamos decirla. Después de haber tenido +un hijo con ella, la había abandonado y volaba otra vez, cual libre y +pintada mariposa, posándose ahora en una, ahora en otra flor. ¡Buen +trabajo le había costado, o por mejor decir, buen miedo! Cuando supo el +juramento de su amante, que no le cogió de sorpresa, pues conocía +demasiado bien su temperamento, para evitar aquella dolorosa muerte +prematura, mandó repetidos emisarios ofreciéndola grandes cantidades de +dinero, recoger y educar a su hijo, y mantenerla a ella sin trabajar. La +feroz costurera había rechazado con indignación todas las ofertas. +Reiteraba, cada vez que un embajador iba a verla, su horrible y +sanguinario juramento. Como es natural, al hermoso mancebo no le llegaba +la camisa al cuerpo. Que se ponga cada cual en su caso. Hubiera dado el +coche y los caballos por poseer otros dos ojos en el cogote. Los que +poseía, siempre que salía a la calle a pie, se entregaban, mira a un +lado, mira otro, a un trabajo abrumador superior a sus fuerzas. + +Pero con el tiempo, había ido adquiriendo alguna confianza. Valentina no +salía apenas de casa. En romerías y bailes, después de su deshonra, no +la había visto nadie. Pablito, que no la había tropezado todavía en la +calle, se animó con los consejos de Piscis a ir a San Antonio. Montaron, +pues, a caballo temprano, y se lanzaron por la anchurosa y empolvada +carretera de Lancia sombreada un buen trecho a la salida de la villa, +por grandes olmos. La vía era ascendente, aunque sin gran declive. A un +lado y a otro, se extendía la risueña campiña de Sarrió, limitada por +dos o tres términos de suaves colinas. Más lejos, descubríase la negra +crestería de las montañas de Narcín, que se alzaban sobre el valle de +Lancia, cubierto aún por la niebla. Volviendo la vista atrás, después de +caminar un trecho, se señoreaba la hermosa villa que la luz matinal +hería de soslayo, haciendo brillar aquí y allá alguna blanca fachada. +Detrás, la vasta llanura del mar, que con los rayos oblicuos del sol +naciente, ofrecía un color blanco lechoso. + +Los caballos de nuestros équites, orgullosos de su estampa elegante, de +sus lomos relucientes y mórbidos, caracoleaban sin cesar levantando +nubes de polvo, felices por ostentar su recia musculatura a la luz de la +mañana. Las jóvenes menestralas, que ascendían lentamente hacia la +ermita, se impacientaban, chillaban, más por la suciedad del polvo, que +por temor a los corceles, dirigían chufletas de peor o mejor gusto al +inflexible Piscis, que éste no escuchaba siquiera, absorto en la +contemplación de las patas del caballo, cuya alta dirección le estaba +confiada. + +—¡Uf, la carretera es poco para él!—Oye tú, fenómeno, no levantes +tanto polvo.—A caballo parece algo; y es un perro sentado.—¡Si parece +un duque!—No, mujer, vizcon...de! + +Con Pablito no se metían. El bizarro joven ejercía el mismo dominio +sobre las artesanas que sobre las damiselas de la villa. No sólo las +fascinaba por su delicada figura, por su gallardía, por su riqueza, sino +también, y acaso principalmente, por sus conquistas. La muchedumbre de +enamoradas que había tenido en todas las clases sociales, formaban en +torno de su cabeza una aureola de gloria. Se murmuraba mucho de él entre +las menestralas, con motivo del lance de Valentina, se le llamaba falso, +traidor, bribón; pero todas ellas, hasta las mismas amigas de la +víctima, le admiraban, le adoraban en secreto, y hubieran caído a pocos +embates en sus brazos, por más que juraban y perjuraban que era bien +tonta la que hacía caso de aquel _miquitrefe_. + +Pablito caminaba serio, atento también a regir el brioso cuadrúpedo. De +vez en cuando, no obstante, se dignaba sonreir ligerísimamente. Y este +esbozo de sonrisa animaba tanto a las muchachas, que arremetían con más +brío y gracia contra su compañero fidelísimo, el invicto Piscis. + +A la media legua próximamente, había un gran prado llano y hermoso que +la carretera partía por el medio. Allí se celebraba la romería por la +tarde, con la gente que venía de la villa y la que regresaba de la +ermita. Para ir a ésta, era necesario separarse en aquel punto de la +carretera y tomar por callejuelas estrechas y pendientes, limitadas por +toscas paredillas de piedra, cubiertas de zarzales. Al cabo de un cuarto +de legua, se desembocaba en la pequeña planicie de un montecillo, donde +estaba situada. La vista desde allí era espléndida y regocijada como +pocas. Descubríase una inmensa extensión de costa, no llana, sino +ondulante, plantada de maíz en unos sitios, en otros de trigo, en la +mayor parte de hierba solamente, cortada por la gran vía empolvada de +Lancia, con su faja obscura de olmos gigantescos, a cuyo extremo parecía +como una mancha blanca y roja la villa. La inmensa sábana azul del +Océano, donde brillaban tres o cuatro velas como blancas gaviotas, +cerraban el panorama. + +Alrededor de la ermita, las mujerucas de los contornos, entre las cuales +había más de una fresca y hermosa aldeana de rojos labios y blancas +mejillas satinadas, vendían leche en pucheritos de barro negro. Había +también algunas mesas cubiertas con manteles, donde se exhibían +bizcochos y otros confites de remota antigüedad. La gracia de aquella +romería estribaba en tomar leche por la mañana en la ermita, jugar luego +con los pucheros y romperlos al fin, haciéndolos rodar por el monte +abajo. Se comía a las doce el fiambre que se llevaba. Después se venía +hacia el prado de los nogales o Nozaleda, donde todos se reunían. +Pablito no infringió un ápice el programa. Compró más de una docena de +pucheros de leche y gran cantidad de bizcochos, con que obsequió a sus +conocidas. Luego retozó con ellas largamente, haciendo rodar a varias +por el prado y tirándose él mismo en medio del entusiasmo general. A la +sazón, estaba «poniendo los puntos» a una morena muy agraciada, hija del +sereno Maroto, que vendía pescado en la plaza y se llamaba Ramona, la +misma a quien tal vez recuerde el lector que Periquito había dicho en la +cazuela del teatro:—«Ramona, te amo»—con gran regocijo de Piscis y +Pablo. Cuando llegó la hora de venir a la Nozaleda, se empeñó en +llevarla a caballo delante de él. La moza se resistió un poco, pero al +fin cedió, ¡no había de ceder! El joven entró con ella por medio de la +romería entre los aplausos y ¡hurras! de sus amigos y las murmuraciones +de las jóvenes, que se mostraban escandalizadas, sin perjuicio de +dejarse arrebatar de aquella gentil manera el día que al bello sultán se +le antojase. + +A las tres, la Nozaleda estaba poblada de romeros. El vasto prado +parecía una alfombra de fondo verde. Los pañuelos de las mujeres, +blancos, rojos, amarillos, agitándose continuamente, llameando a la luz +del sol, formaban sobre aquel fondo un dibujo movible de brillantes +colores. La carretera mandaba de Sarrió a cada instante nuevos +pelotones de gente, que se diseminaban por el prado a entrambos lados. +Escuchábase un rumor confuso como el de las olas del mar a cierta +distancia, sobre el cual saltaba el agudo son de la gaita, y el +repiqueteo sordo y monótono del tambor. Algunas tiendas de campaña, +donde, sobre mesas portátiles de tabla, yacían los hinchados odres, como +víctimas preparadas al sacrificio, estaban rodeadas por numerosos grupos +de hombres. En otro más numeroso, de ambos sexos, hacia el medio, se +bailaba al uso del país, sonando las castañetas con las _mudanzas_ +peculiares de aquella región. Aquel baile duraba cinco o seis horas sin +reposo alguno. Se sudaba copiosamente, ¡pero cansarse! los hombres +alguna vez, las mujeres nunca. Los que así bailaban eran aldeanos, los +habitantes de los contornos que, llegada la noche, se volvían a sus +casas por los atajos sin pasar por la villa. Las artesanas de Sarrió +formaban giraldillas, donde se cantaba a grito herido, abriéndose y +cerrándose sucesivamente, dejando en el medio ora un grupo de hombres, +ora de mujeres. Los señoritos, en relación con aquellas jóvenes por los +bailes de las Escuelas, acostumbrados ya al dulce, no querían perder su +derecho de monopolio ni aun al aire libre; entraban también en ellas, +bailando sin garbo, con los brazos muy abiertos y las piernas inmóviles. +Entonces los artesanos se salían y marchaban un poco más lejos a bailar +con aquellas que, desdeñadas por los caballeros, o de temperamento más +bravío, los seguían, arrojando miradas torvas de desafío al coro +principal. + +Ni se crea que faltaba tampoco aquella tarde el baile de sociedad. Don +Mateo, buscando medio de substituir a la orquesta, había dado con un +arpista y un violín italianos, y los subvencionó, de su bolsillo +particular, para que tocasen. Y allá, en un extremo del prado, bajo un +inmenso nogal de la cinta que lo circundaba, una docena de parejas +estrechamente abrazadas, daban vueltas parsimoniosas al compás de +dulzona habanera, rodeadas por un espeso círculo de mirones. Las +señoritas solían presenciar con risita despreciativa aquel baile que +imitaba toscamente los suyos, doliéndose en su interior de que jóvenes +tan finos se abrazasen «a aquellas tarascas». Sin embargo, cuando alguno +las invitaba, después de resistirse un poco, reir a carcajadas, +ruborizarse y hacer buena porción de monerías para atestiguar que sólo +se rebajaban a aquello por pura condescendencia, solían agarrarse firme +al brazo de su bromista amigo y tardaban en soltarlo. + +Gonzalo había venido a pie a la romería con Cecilia, la niña mayor y la +niñera. Y como el camino era largo y pendiente, porque ésta no se +cansase tanto, había traído a su hija en brazos casi todo el tiempo. +Ventura odiaba las romerías. Además, su padre había llevado el carruaje +a esperar al duque de Tornos, y pensar en que anduviese a pie media +legua, era una monstruosidad. Doña Paula tampoco podía venir. Hacía +tiempo que estaba delicada. Los médicos creían que su malestar y +decaimiento procedían de algún trastorno en la circulación, una afección +cardíaca, que podía con el tiempo ofrecer caracteres graves, aunque por +entonces no los presentase. Cecilia había querido durante el viaje +ayudar a su cuñado a soportar el fardo. Este se había reído: + +—Calla, Huesitos, calla—así la llamaba familiarmente.—¡Ten cuidado no +me obligues a llevarte a ti también! + +Y así que llegaron, como marido y mujer comenzaron a vagar por el gran +prado, deteniéndose a cada instante para saludar a los amigos con quien +tropezaban. Compraron dulces para la niña, estuvieron un rato viendo +bailar al son de la gaita; después se pararon delante de la giraldilla; +por último, se fueron a donde sonaba el violín y el arpa, y tuvieron +ocasión de ver entre las parejas a su hermano Pablo estrechando la +cintura de la hermosa Ramona. Por cierto que, al advertir su presencia, +el bizarro joven se inmutó un tanto. Aprovechando una de las vueltas +para pasar cerca de su hermana, le preguntó por lo bajo: + +—¿Está ahí mamá? + +Cecilia hizo un signo negativo, y se tranquilizó. + +La niña se cansó pronto de aquel espectáculo. Quiso ir de nuevo a ver el +baile de los aldeanos. Desde allí, saltando otra vez a la carretera, +entraron en la romería que quedaba del otro lado. Fué gran ventura para +ellos. Porque a los pocos momentos acaeció en el sitio que habían +dejado, una escena espeluznante, terrorífica, digna de una tragedia +romántica. + +Hallábase Pablito bailando con su morena, sereno, feliz, procurando +acortar distancias todo lo posible, y aún más. Sus mejillas, siempre +sonrosadas, estaban ahora vivamente encendidas, no tanto por el +movimiento como por el amor que poco a poco, a impulso de las cadencias +lánguidas de la habanera se había ido apoderando de su ser. Ramona, +encendida también como una amapola, apoyaba la barba adornada por los +lados con dos hechiceros hoyuelos, sobre su hombro. Ramona vió de pronto +con horror un rostro pálido donde brillaban dos ojos airados de loco. +Pablito escuchó detrás una voz estridente que gritaba: + +—¡Toma, bribón! + +Y al mismo tiempo sintió un fuerte topetazo en la espalda. Volvióse +rápidamente. Vió el semblante desencajado, fatídico, de Valentina, la +cual blandía en la mano derecha un arma. + +El joven comprendió que estaba herido de muerte. Se dejó caer al suelo +con señales cadavéricas en el rostro. Instantáneamente, un golpe de +gente acudió a levantarle, mientras otro sujetaba a la costurera. Al +conducirle a la casita próxima de un aldeano, Pablo creyó escuchar +confusamente los gritos de Valentina, que intentaba desasirse de los que +la tenían, para rematarle, sin duda. + +La noticia se extendió por la romería. Mucha gente acudió corriendo al +teatro del suceso. Cecilia y Gonzalo, que vieron el movimiento, +quisieron enterarse. Un amigo, conocedor de la verdad, les dijo que se +trataba de una reyerta entre aldeanos, y procuró llevarlos más lejos +todavía. + +Mientras tanto, el médico de un concejo inmediato, que allí estaba, fué +avisado para que viniese a curar al herido. Era un joven recién salido +de las aulas. Lo primero que hizo fué despojarle de la chaqueta, +cortándosela por la espalda; después hizo lo mismo con el chaleco y la +camisa. Cuando la carne quedó al descubierto, no pudo retener una +carcajada: + +—¡Qué herida, ni qué calabazas! Aquí no hay nada. + +En efecto, el pequeño cortaplumas, de que la costurera se había valido +para asesinar a su pérfido amante, atravesó la chaqueta, el chaleco, la +camisa y la camiseta. En cuanto a la carne aborrecida del seductor, +había quedado enteramente incólume. + +No poco se alegró éste de volver al gremio de los seres vivos. Después +que el ama de la casa le cosió provisionalmente la camisa, y se cubrió +con el gabán del médico, mientras Piscis iba a buscar los caballos, +salió por los prados de atrás para no ser visto, tanto por la vergüenza +que le daba ir vestido con aquel espantoso sayo, como porque creyó +escuchar a Valentina, mientras iba con las ansias de la muerte, ciertas +palabras pesadas. Si mal no recordaba (y podía recordar mal, dado su +desvanecimiento), la costurera decía gritando cuando le llevaban entre +cuatro: + +—¡Anda, cochino, que si yo no te he matado, no faltará quien te mate! + +Pablito hallaba tan feo el ser asesinado por un des-conocido, que no +quiso detenerse un minuto más en la romería. En cuanto salió a la +carretera, donde le esperaba Piscis, montó a caballo, y se trasladó en +un credo a la villa. + +El sol se estaba poniendo. Alguna gente comenzaba a dejar la romería, +cuando ésta fué violentamente conmovida por el escape de seis u ocho +coches que llegaban de Lancia a la carrera. Era el duque de Tomos con su +séquito. En una carretela abierta venía él con su secretario y el gran +patricio don Rosendo. En el coche de éste venían don Rufo, Alvaro Peña +y dos señores de Lancia. Y acomodados en los otros, don Feliciano, don +Rudesindo, Navarro, don Jerónimo de la Fuente y algunos varones más de +los que seguían la bandera del glorioso Belinchón. Al llegar al medio de +la Nozaleda, el Duque mandó hacer alto sorprendido de ver aquella +muchedumbre abigarrada ocupando la extensa llanura del prado. + +Era un hombre de unos cuarenta y seis años. Las mejillas flácidas, de +color pálido terroso, el labio inferior un poco caído, expresando desdén +y cansancio, los ojos de indefinible matiz, fríos y vidriosos como los +de un besugo muerto, con los párpados ordinariamente caídos, expresando +igualmente el hastío. En uno de ellos traía un cristal o _monocle_ +hábilmente sujeto, que daba a su fisonomía un aspecto excesivamente +impertinente y repulsivo. No gastaba barba, sino largo bigote con las +puntas engomadas. Vestía con elegancia que no se ve jamás en provincia, +esto es, con cierta originalidad caprichosa de los que no siguen las +modas, sino que las imponen. Sombrero blanco de alas estrechísimas, +americana que parecía hecha de tela de jergón, camisa amarilla, guantes +de color lila, y en vez de corbata un pañuelo blanco en forma de +chalina, con una gruesa perla clavada. + +—¡Precioso, precioso!—dijo al contemplar aquel pintoresco cuadro, +levantando con trabajo los párpados. La voz era cascada y la +pronunciación lenta, fatigosa, como si estuviera aplaudiendo en su palco +del teatro Real los trinos de una prima donna. + +Don Rosendo se apresuró a darle noticias de la romería. Le mostró con la +mano el cerro de la ermita, que se veía a lo lejos. Después le fué +señalando, para que se fijase en ellos, los distintos grupos donde se +bailaba: «Vea usted, señor Duque; allí se baila al son de la gaita y el +tambor. Es el baile característico del país, en el campo, se entiende. +Aquéllas son las giraldillas, donde bailan cantando las muchachas de la +villa. Allí se bebe. Aquéllas son las mesas donde se venden confites. +Debajo de aquel nogal se están bailando habaneras... Mire usted, mire +usted, señor Duque, la clásica danza de nuestra tierra; los hombres a un +lado, las mujeres a otro. Con ese vaivén monótono están horas y horas +cantando las antiguas baladas... Es un baile casto, no lo negará +usted... + +—¡Precioso, precioso!—repetía el Duque con su acento arrastrado, +enfilando el _monocle_ principalmente a las giraldillas. + +El duque de Tornos decía una verdad. Pocos espectáculos tan bellos y +risueños podían ofrecerse en paraje alguno de la tierra. La romería, +antes de morir, se agitaba con un frenesí de alegría ruidosa. La gaita +acentuaba sus notas agudas, chillonas, que hacían vibrar el aire a larga +distancia, acompañada fiel y sordamente por el tambor. Las mozas +exaltadas, sudorosas, con las mejillas encendidas y los cabellos +revueltos, no cantaban ya, gritaban dando vueltas a la giraldilla, +despidiéndose con rabia de aquel goce, que sólo de tarde en tarde se les +ofrecía. Cantaban también los borrachos de dos en dos o tres en tres con +voces ásperas desafinadas, metiéndose el aliento por las narices, +balanceándose grotescamente, esparrancados sobre el césped. Y los mozos +y mozas de la danza-prima se desgañitaban, queriendo aguzar cada vez más +las notas largas, dormilonas, de sus baladas antiquísimas. Hasta el +violín y arpista italianos habían emprendido con furor una mazurka que +las parejas bailaban levantando extremadamente los pies, dando furiosas +patadas en la hierba. + +La luz se iba huyendo del cuadro; pero al huirse suavizaba los tonos, +esparcía sobre él un encanto misterioso, poético, que traía al recuerdo +los dichosos rincones de la Arcadia antigua. Parecía que aquella gente +debía vivir y morir así, en perpetua alegría y juventud. ¿Por qué +marcharse, por qué huir de aquel recinto feliz, para volver a sumergirse +en las fatigas de la vida cotidiana, en la podredumbre y miseria de los +negocios humanos? ¡Gozar, gozar! gozar en la inocencia del corazón y los +sentidos, de la salud, de las sublimes armonías de la luz y del sonido; +gozar de las dulzuras del amor fecundo engendrador de todas las cosas; +gozar de la fuerza, que mantiene la cohesión del universo; gozar del +gorjeo de los pájaros, del murmullo de las fuentes, del aroma de las +flores, del rocío de los campos, de las espumas de los mares, del cielo +eternamente azul. Para esto debió ser creado el hombre, no para +acompañarse en los breves días de su existencia del trabajo abrumador, +de la airada venganza, de la pálida envidia, de la tristeza roedora. La +tradición del Paraíso, es la más lógica y venerable de las tradiciones +humanas. + +El sol doraba ya solamente las cimas de los nogales que circundaban el +prado, extendiendo desmesuradamente sus sombras. Un leve estremecimiento +frío, melancólico, corrió por todos los ámbitos. En vano lucharon contra +él aquellos a quienes el baile o el vino había enardecido. Poco tiempo +después se había apoderado de todos. Escuchábanse las voces de las +madres llamando a sus hijos, de los hermanos llamando a sus hermanas. +Formábanse grupos, que permanecían algún tiempo vacilantes, buscando con +los ojos a alguno que les faltaba, para irse. Lo primero que se deshizo +fueron las giraldillas. El baile y la danza persistían. Los aldeanos +estaban más cerca de sus casas y no tenían tanto miedo a caminar de +noche. En torno de los coches situados en medio de la carretera, se +había ido aglomerando la gente. El Duque seguía enfilando su _monocle_ a +todos los rincones, presenciando los preparativos del desfile, con la +curiosidad atenta de un inteligente en pintura. Al fin, reparando en el +numeroso pelotón que por todas partes los estrechaba, dió orden de +marchar, pero lentamente, al paso de los romeros. Quería ver todo +aquello, no por hermoso, sino por nuevo. + +Los coches comenzaron a caminar en medio de la muchedumbre. Rodeábanlos +amarteladas parejas que marchaban de bracero en íntimo coloquio, viejos +que llevaban niños de la mano, sujetando en la otra grandes pañuelos +atestados de confites, grupos de muchachas cambiando sus impresiones en +voz alta, riendo con sonoras carcajadas. En cuanto se alejaron un poco +del sitio de la Nozaleda comenzaron los cánticos. Esto es lo que +caracteriza la vuelta de las romerías en aquella región. Las artesanas +de Sarrió se precían de tener buena voz, y hacen bien. Generalmente la +emprenden con alguna canción romántica, una melodía tendida y +quejumbrosa, buscando armónico acompañamiento por medio de la segunda +voz en terceras. Otras veces, cuando el grupo es demasiado numeroso, se +acogen a los pasacalles tradicionales de la villa, que son infinitos y +deliciosos. Fué lo que hicieron en esta ocasión. El Duque quedó +sorprendido al escuchar aquel coro de frescas voces repitiendo sin cesar +coplas inocentes como éstas: + + _En la torre más alta_ + _del amor me vi;_ + _falsearon los cimientos_, + _pero no caí._ + + _Cómo quieres que un pobre_ + _llame a tu puerta_, + _si no le das limosna_, + _rica avarienta._ + +Y los pueriles conceptos que guardaban, adquirían en sus bocas una +importancia excesiva, parecían sentencias sagradas, fórmulas misteriosas +y amables que nadie podía tocar sin cometer un sacrilegio. El aire se +poblaba de aquellas notas suaves, prolongadas. Un enternecimiento +delicioso íbase apoderando de las cantantes a medida que las dejaban +escapar de sus gargantas. Cada vez las repetían con más cariño, con más +unción, exhalando en ellas aquel fondo de romanticismo que palpitaba +eternamente en sus corazones, transmitiéndose de madres a hijas en la +pintoresca villa del Cantábrico. Era la melancolía de quien presiente +el mundo de la belleza, lo ama, lo anhela, y por su condición está +destinado a vivir y morir lejos de él. Entre copla y copla, mediaba un +rato de silencio. Escuchábase el ruido acompasado de los pies. El coro +parecía soñar despierto, atento a los vagos sentimientos de ternura que +el canto removía en los limbos de su espíritu. + +Se venía la noche precipitadamente. Los altos olmos recortaban aún con +admirable pureza sus ramas en el fondo diáfano de la atmósfera; pero de +sus copas caía sobre la carretera una sombra cada vez más espesa. La +campiña había perdido el color, extendía en el horizonte sus lomos +sombríos donde apenas resaltaban los toques amarillos de alguna heredad +plantada de trigo. Allá lejos la gran mancha del Océano se obscurecía. +Su azul brillante del mediodía habíase trocado en un gris triste, +verdoso, con reflejos metálicos. + +El coro sacudió de pronto su melancolía. Una moza inició cierto +pasacalle vivo y alegre. Las demás la siguieron, de buena voluntad como +si despertasen de un sueño triste. + + _No te compongas_ + _que ya no irás_ + _a San Antonio_ + _a pasear_, + _que está lloviendo_ + _y te mojarás_ + _el vestidito_ + _y no tienes más._ + +La emprendieron con él a gritos, desaforadamente, con la fe y el ahinco +con que lo cantaban todo. Una de ellas, a los pocos momentos, improvisó +una copla alusiva a la situación: + + _A San Antonio_ + _vente a pasear_, + _verás al Duque_ + _que es muy galán._ + _Todas las niñas_ + _que en Sarrió hay_ + _la bienvenida_ + _le van a dar._ + +Y desde entonces, como si aquélla fuese la señal, no cesaron de +requebrar en sus cánticos al magnate. El cual, dirigiendo el _monocle_ +unas veces a la derecha, otras a la izquierda, y sacudiendo la cabeza +con benévola sonrisa, repetía por lo bajo: + +—¡Precioso, precioso! ¡Un tapiz de Teniers! ¡Un paisaje de Lorrain! + +Cuando llegaron a la villa, era noche cerrada. + +Subió el Duque con su secretario a las habitaciones que don Rosendo le +había destinado. El secretario era un joven de veinticuatro a veintiséis +años, pálido, rubio, en cuyo cerebro abultado de feto no cabían más +ideas que la de la importancia colosal del Duque, y la necesidad +imperiosa de llegar a ser un personaje, si no de tanta cuenta, lo +bastante para tener también secretario. Fuera de esto, el mundo no tenía +explicación para Cosío, que así se llamaba. Después que hubo descansado +unos momentos el magnate, bajó a comer en traje de etiqueta. Cosío lo +mismo. Don Rosendo había cambiado la hora española de comer por la +francesa. Al verle entrar de aquel modo, la familia se turbó. Sin duda +Belinchón, su hijo y su yerno habían dado una pifia no poniéndose el +frac. Venturita se lo hizo notar ásperamente a su marido en voz baja. +Este se encogió de hombros con supremo desdén, moviendo los labios de un +modo despreciativo. Estaba de mal humor. Al ver la mesa puesta sin el +plato de la niña, había preguntado por él. Su mujer le había contestado +con malos modos: + +—¡Pero, hombre, no seas ridículo! ¿Quieres que la niña coma hoy con +nosotros? + +—¿Por qué no? + +Venturita se había escandalizado. Después se había reído preguntándole +si había aprendido aquellos usos en el club de regatas. Esto le había +irritado, le tenía propenso a no mostrarse con el Duque todo lo +deferente y respetuoso que debía. En cambio, ella hacía días que se +preocupaba con los preparativos para recibir al ilustre huésped. Por su +consejo y dirección se había aumentado la servidumbre, poniendo librea a +los criados. Viendo a Pachín, uno muy antiguo en la casa, con aquel +extraño uniforme, Gonzalo se había reído a grandes carcajadas, lo que +excitó la bilis de su esposa. Habíase encargado una nueva y fina vajilla +con la cifra de Belinchón; todo el aparato de las comidas modernas, +cuchillos de hoja de plata para la fruta, tenedores de ostras, tarjetas +litografiadas para el _menu_ y otros utensilios inusitados hasta +entonces en las comidas de la casa. El viento del extranjerismo soplaba +también sobre aquella mesa abundante, sana, patriarcal, que hemos +conocido al comenzar la presente historia. + +Ventura se presentó en el salón con traje azul marino de seda, descotado +por el pecho, los brazos al aire. Había aprendido, no sabemos dónde, que +en las comidas de ceremonia las señoras van descotadas. Doña Paula no +cumplía con este precepto. En cambio, estaba esplendorosamente vestida +con telas de vivos colores, que formaban triste contraste con su rostro +marchito, minado por la enfermedad. Los únicos convidados eran Alvaro +Peña y don Rufo. + +Pachín, el buen Pachín, vestido de máscara, abrió la puerta y dijo con +voz sonora que Ventura le había ensayado: + +—La señora está servida. + +El Duque ofreció su brazo a doña Paula y se trasladaron todos al +comedor. Esta ocupó el sitio preferente por indicación previa de su +hija. El Duque se colocó a su derecha; don Rufo a su izquierda; los +demás se fueron sentando sin orden: Venturita a la derecha del egregio +huésped, después Alvaro Peña, Cosío, Pablito, don Rosendo. Gonzalo al +lado de Cecilia. + +Y la comida dió principio, ceremoniosa, fría, con largos intervalos de +silencio. Todos estaban cohibidos, aplastados por la grandeza del +personaje que tenían delante. Este ostentaba una calva lustrosa que le +tomaba casi toda la cabeza. Los pocos cabellos de la parte posterior y +de los lados eran negros a pesar de sus cuarenta y seis años. Sus +menores gestos eran observados con atención idolátrica. Las palabras que +dejaba escapar, acogidas con una sonrisa de afectada complacencia y +admiración. Las primeras que salieron de sus labios, después de algunas +de cortesía, fueron para seguir admirándose de los contornos de la +villa. + +—Yo no conocía del Norte más que las Provincias—decía con su +pronunciación lenta, arrastrada.—Encuentro este país muy superior a +ellas en lo que se refiere al paisaje. Ofrece mayor variedad, más +riqueza de color. Hay sitios agrestes allá en el puerto que hemos +atravesado, comparables a los más decantados paisajes de la Suiza. Y al +llegar a la costa, se encuentra la misma suavidad de las líneas, la +misma dulzura en el ambiente, que en el Mediodía de Italia. + +—¡Oh, señor Duque, usted nos favorece demasiado!—Pura amabilidad, +señor Duque.—En el verano puede pasar este país; ¡pero en el invierno! + +Don Rosendo, Alvaro Peña y don Rufo, inundados de felicidad y gratitud, +se ruborizaban, rechazaban aquellos elogios, como si fuesen dirigidos a +ellos. El Duque siguió hablando como si no hubiese escuchado siquiera +sus exclamaciones. + +—Es más abrupto que el de las Provincias, los tonos más pronunciados. +He visto desde la carretera de Lancia hacia el Oriente, un término de +montañas con las cimas nevadas aún, que es verdaderamente delicioso. +Sólo le faltan al país algunos lagos, para ser digno de presentarse a +los extranjeros. + +—Tenemos un lago en el occidente de la provincia—dijo Peña. + +—¿Un lago?—preguntó el Duque, levantando los párpados para fijarse en +su interruptor. + +—Sí, señoj: se llama el lago Nojdón. + +El Duque dejó caer sobre el ayudante por algunos segundos su mirada +vidriosa. Peña concluyó por turbarse. Después siguió, paseándola con +esfuerzo por los circunstantes: + +—En mi galería de Bourges, tengo un paisaje de Backhuysen con un fondo +muy semejante al de esas montañas. Solamente que en primer término, +aparece un lago cercado de maleza. A la derecha, hay unos cisnes +sumergiéndose en el agua; a la izquierda, una barca con dos jóvenes +campesinos. Lo he comprado por la delicadeza del colorido tan sólo... + +—Al señor Duque le gustan por lo visto los buenos cuadros—dijo don +Rufo plegando la boca hasta las orejas para sonreir. + +—¿Y a quién no le gustan?—respondió el magnate clavando en él sus ojos +muertos de besugo. + +—¡Oh, sí, señor!... es verdad... tiene usted mucha razón. A todo el +mundo le gustan... Pero es un vicio muy caro... Sólo los grandes +potentados como el señor Duque pueden permitirse... + +Don Rufo se confundía, creyendo haber dicho una necedad. + +—¿El señor Duque posee muchos cuadros de los mejores pintores, según +tengo entendido?—dijo a la sazón don Rosendo para salvar a su +compañero. + +—Tengo algunos—respondió el prócer echando agua al mismo tiempo en el +vaso de Venturita. + +Esta se estremeció de gratitud. La sangre se le agolpó al rostro. + +—La suya es una de las primeras galerías de Europa—decía, en tanto, +por lo bajo Cosío a Peña. + +—Me gusta la pintura porque es el arte nacional—siguió diciendo el +magnate.—Es el único en que hemos verdaderamente descollado, el único +en el cual aún hoy florecemos... Porque yo, aunque he pasado la mayor +parte de mi vida en el extranjero, amo mucho a mi patria—añadió con un +amago de sonrisa en tono protector. + +La patria, si pudiera escuchar aquellas benévolas palabras, se +estremecería infaliblemente de gozo, como Venturita. + +—La amo, confesando, no obstante, su degradación. La Naturaleza nos ha +dotado con mano próvida de los más ricos dones. Un país fértil (no tanto +como vulgarmente se cree, pero, en fin, fértil), admirablemente situado +a un extremo de la Europa, tendiendo la mano a América al través de los +mares. Un cielo, ¡oh, el cielo! no hay otro como él. El aire tiene aquí, +sobre todo en el Mediodía, una transparencia... ¡Oh, una transparencia +infinita! La desesperación de los pintores. En cambio esta transparencia +da mayor pureza a la línea. En ninguna parte se destacan los objetos +como aquí. En Castilla las torres se perciben a muchas leguas de +distancia, con la misma dureza en los contornos que si estuviéramos a +algunos pasos. Esto depende, claro está, de la altura a que se encuentra +sobre el nivel del mar... + +—Los países muy elevados sobre el nivel del mar, se ha demostrado que +son los menos inteligentes—apuntó don Rufo, respirando por su manía +fisiológica. + +El Duque volvió la cabeza para mirarle y siguió como si no hubiese oído: + +—Luego el admirable brillo del sol que hace más crudo el contraste +entre la luz y la sombra y añade la oposición de las masas a la decisión +de las líneas. Sólo aquí, en el Norte, el vapor acuoso que flota en la +atmósfera, reblandece y borra un poco los contornos, los esfuma; pero en +cambio la riqueza de los tonos es mayor. En el Mediodía los tonos de la +tierra se extinguen por el esplendor preponderante del cielo, por la +iluminación universal del aire: ¡pero aquí! ¡qué inmensa variedad de +_nuances_! ¡Oh, hermosa, infinita!... ¡Luego, qué fuerza, qué movilidad! +En el Mediodía un tono permanece fijo. La luz inmutable del cielo le +mantiene durante muchas horas, y lo mismo un día que otro. Mas en estos +países en que la luz cambia a cada instante, varía también el color; el +modelado es perfecto, las gradaciones del color _fondue_, transforman en +espeso relieve su tono general... + +El Duque, que había comenzado a enumerar las ventajas de que los +españoles estábamos dotados, no acababa de salir del contorno, de la +luz, del color, se perdía en disquisiciones pictóricas que los +comensales escuchaban con los ojos muy abiertos, sin comprender, +moviendo con pereza las mandíbulas. Pero sin dejar de hablar atendía a +Venturita. Prevenía sus deseos, echándole agua en el vaso, alargándole +los entremeses, el pan, todo lo que pudiera serle agradable, haciendo +seña al criado para que le sirviese vino cuando advertía que sus copas +estaban vacías, con esa oportunidad desembarazada, elegante, del hombre +educado en la cumbre de la sociedad. Venturita acogía aquellas +galanterías confusa, sonriente, con vivos temblores de gratitud, sin +comprender que en aquel momento no representaba para el magnate más que +«la dama que estaba a su derecha». + +Gonzalo, mal prevenido contra el egregio huésped, se había llegado a +cansar de aquel monólogo de pintura, y cambiaba frases por lo bajo con +su cuñada, embromándola, como de costumbre, con lo poco que comía: + +—Vamos, Huesitos, otra chuleta, no te dé vergüenza porque este señor +esté delante. Ya le hemos dicho que no se sorprendiera de verte comer +tanto. Los temperamentos como el tuyo necesitan reponer la grasa. + +Cecilia contestaba sonriendo, con medias palabras, dirigiendo vivas +ojeadas de respeto al Duque. Este, que había advertido su plática, por +dos veces levantó los párpados para mirarles de aquel modo frío, +distraído, que por no expresar nada, ni desdén siquiera, era el colmo +del orgullo. La segunda vez, sobre todo, en que Cecilia y Gonzalo se +rieron con gana llevándose la servilleta a la boca para apagar el ruido, +la mirada del prócer fué más larga, más fría y distraída aún. Venturita, +indignada, los apuñalaba con los ojos. Pero Gonzalo, o por vengarse de +sus burlas anteriores, o porque en realidad no sintiese ante el +personaje el embarazo y respetó que los demás, no amainó en la manía de +platicar con su cuñada y hacerla reir. + +La fraternidad cariñosa de los dos cuñados, no decrecía. Gonzalo y sus +hijas pertenecían a Cecilia. En todos los momentos de su vida, la +influencia de ésta se dejaba sentir suave y bienhechora. De las dos +niñas, la primera, Cecilita, tenía ya dos años y medio; la otra, +Paulina, contaba ocho meses. Lo mismo una que otra, vivían al calor +maternal de su tía. Ella las lavaba, ella las vestía, las daba de comer, +las sacaba a paseo, enseñaba a orar a la primera. La madre, sin dejar de +quererlas, se cansaba pronto, sus lloros la impacientaban, y cuando +trataba de hacerlas callar no sabía; concluía por aturdirse y sofocarse. +De aquí que en sus necesidades, en sus anhelos infantiles no clamasen +más que por _tiita_. Alguna vez, Ventura, herida por esta preferencia, +celosa, las forzaba a aceptar sus oficios, las retenía a su pesar al +lado de ella. Esto sólo daba por resultado mayor despego en las +criaturas mezclado de miedo. En cuanto a Gonzalo, tenía en Cecilia una +hermana y una madre atenta siempre a evitarle disgustos, a separarle los +abrojos del camino. En ella descansaba, a ella acudía como un niño +grande y mimoso, impacientándose cuando no cumplía al instante sus +deseos, molestándola más de la cuenta. Pero el lazo que le unía a su +esposa, continuaba firme, inalterable. El vivo sentimiento de adoración +y de deseo que le había hecho cometer la primera vileza de su vida, no +se apagaba. Por mucho que se alejase, por excéntrica que fuese la órbita +de su vida, Ventura le retenía con los rayos de su belleza, seguía +fascinando como antes sus sentidos. Lo adivinaba muy bien Cecilia. Por +eso cuando el joven, herido de algún desdén, de alguna palabra malévola +de su mujer, se desataba en denuestos contra ella, sonreía con tristeza, +procuraba calmarle, segura de que su cuñado no tardaría en humillarse, +en ir contrito y avergonzado a besarle los pies. + +Cuando el prócer terminó al fin su monólogo, hubo unos instantes de +silencio. Después, como si recordase una omisión cometida, principió a +enterarse con benévola y afectada atención, de los asuntos de sus +comensales. + +El señor don Rufo Pedrosa era médico, ¿verdad? El ejercicio de la +medicina es penoso, sobre todo en provincias, donde no obtiene por regla +general la merecida recompensa.—El señor Peña, marino, ¿no es eso? Oh, +el cuerpo de la armada, siempre ha sido brillante. Lástima que no +corresponda nuestro material de guerra al valor y a la pericia de los +oficiales. ¿Corren mucho las escalas? ¿Da mucho que hacer la dirección +de un puerto? Pensaba presentar en el Senado una moción, pidiendo la +construcción de dos acorazados.—¿Y Pablito, se divertía mucho en +Sarrió? ¿Qué recursos ofrecía aquella villa a los jóvenes? ¿Había estado +en Madrid? Era aficionado a los caballos. ¡Ah! la equitación, un gran +ejercicio. El Duque comprendía muy bien aquella afición. ¿Los caballos +que tenía, eran del país o extranjeros?... + +Hacía todas aquellas preguntas de un modo distraído, con sonrisa de +maniquí, apresuradamente, como si estuviese recitando una lección. Era, +en efecto, la página más penosa del libro de la buena educación, aquella +en que se advierte que es preciso hacerse agradable a las personas con +quienes se habla, interesándose por sus negocios. A Gonzalo y Cecilia +los miró un instante fríamente; pero no les hizo pregunta alguna. +Cumplida tan ímproba tarea, el magnate volvió a caer en el eterno +monólogo. Esta vez no fué sobre pintura, sino sobre arqueología. En +Lancia había visto una capilla bizantina que le llamó mucho la atención +por su pureza. No había en ella aún síntoma alguno de transformación. La +catedral mediana. Sólo la torre era notable por su esbeltez. La aguja +debía de ser, no obstante, primitivamente más alta, más _elancé_. Sin +duda al restaurarla después de la destrucción causada por un rayo, se +habían acortado sus dimensiones. Tenía entendido que Sarrió poseía una +iglesia muy bella, estilo plateresco... + +Mientras el Duque arrastraba más que movía su lengua en disertación +doctísima, infinita (como él diría), don Rosendo manifestaba en sus +ademanes y en sus ojos una inquietud extraña que procuraba con cuidado +refrenar, aunque sin resultado. Por tres veces había dado recados en voz +baja al criado, y otras tantas había recibido de éste respuestas, +también en voz baja. + +Llegó el momento del café. El Duque, terminado el monólogo arqueológico, +había trabado conversación con Venturita, con ese admirable instinto que +poseen los orgullosos para comprender a quién fascinan y a quién no. Y +su plática se fué animando poco a poco. Alguna vez se dignaba sonreir el +egregio huésped y hacía a su bella interlocutora el honor de levantar +los caídos párpados para fijar en ella una mirada de curiosidad y +simpatía. La joven, exaltada por aquella honra, con las mejillas +encendidas y los ojos brillantes, departía con fácil ingenio y palabra, +mostrando tanta gracia y finura, que el Duque quedó de ella altamente +complacido. Al parecer, hablaban de pintura. Cecilia y Gonzalo, que +charlaban aparte, la oyeron decir: + +—¡Oh, Rubens! ¡Qué modo de pintar la carne! Rubens es el Cervantes de +la pintura. + +Gonzalo volvió la cabeza como si le hubieran pinchado. Y una viva +sorpresa se pintó en su rostro. + +—Chica, ¿dónde ha aprendido mi mujer estas cosas?—dijo en seguida a su +cuñada. + +Esta se encogió de hombros. Pero Venturita había observado el movimiento +de Gonzalo, su sorpresa y las palabras que dirigió a Cecilia. Se puso +colorada, y bajó la voz. Luego, observando la mirada burlona de su +marido, le clavó otra, relampagueante y colérica. + +Mientras tanto, doña Paula explicaba a don Rufo la marcha de su +dolencia. Cosío describía con orgullo a Peña y Pablito las grandezas y +comodidades del castillo de Bourges, donde el Duque tenía su famosa +galería de pinturas. + +Sólo don Rosendo permanecía silencioso, cada vez más inquieto, haciendo +con los dedos nerviosos bolitas de pan. De pronto, su noble faz se +extendió con una sonrisa bienaventurada. Todos levantaron al mismo +tiempo la cabeza al escuchar en la calle un trompeteo horrísono. Era la +orquesta de Lancia que al fin había llegado. + + + + +XVI + +DE LO MUCHO Y BUENO QUE HIZO EL DUQUE DE TORNOS EN SARRIÓ + + +_El Faro_ dedicó casi todo su número del jueves a cantar ditirambos al +duque de Tornos. Publicó su biografía en la primera plana, describió en +la segunda su entrada triunfal en la romería y el modo gallardo con que +fué acompañado por las jóvenes más hermosas de la villa en medio de +cantos y vítores. Insertó cerca de esta descripción unos versos con el +mismo asunto de uno de los chicos de don Rufo. Por último, en la plana +tercera, aún podían leerse dos o tres gacetillas referentes al egregio +huésped. _El Joven Sarriense_ se limitó a dar la noticia de su llegada +en un gacetilla cortés y fría, titulada _Bien venido_. Pero a renglón +seguido, y cogiendo la ocasión por los pelos, la emprendió como siempre +a tajos y mandobles con sus enemigos. Figuraba el gacetillero que don +Rosendo llevaba al Duque al Saloncillo y le iba presentando uno por uno +los hombres más notables que allí se reunían. Con tal motivo se hacía +innoble chacota de don Rudesindo, don Feliciano Gómez, Alvaro Peña, don +Rufo, Navarro y otras respetabilísimas personas. Indignó la gacetilla en +alto grado a todos los amigos de Belinchón, e hizo crecer en sus +corazones el fuego de la venganza. Por lo bien escrita y +malintencionada, achacábase comúnmente a Sinforoso Suárez. + +¿Cómo? ¿Sinforoso no era el redactor principal de _El Faro_, el amigo +fiel y edecán de don Rosendo? Ya no. Cerca de un año hacía que se +apartara de sus antiguos amigos para ir a formar en las filas de los +contrarios. Estos, sospechando la flaqueza de su carácter y las pasiones +que germinaban en el fondo de su alma, le habían hecho la rosca, como +vulgarmente se dice. Persuadiéronle, por medio de su padre y otras +personas, de que unido a los del Saloncillo no haría jamás carrera; que +atacando las ideas religiosas de la población no sería recibido en las +casas respetables ni bienquisto de las damas. Al mismo tiempo procuraron +engolosinarle con la perspectiva de un matrimonio para él muy brillante. +La hija de un cuñado de Maza, era la joven que se le prometía vagamente. +Al fin, con sorpresa y estupefacción de la villa, traicionó a sus amigos +y protectores. De la noche a la mañana dejó la redacción del _Faro_ y +pasó a escribir en _El Joven Sarriense_. No fué impunemente, +sin-embargo. La primera vez que tropezó con él Alvaro Peña en la Rúa +Nueva, a las doce del día, le llenó de denuestos, y lo que es peor, le +llenó la cara de dedos. La corrección fué tan vergonzosa, tan +humillante, que Sinforoso, que no pecaba de bravo y altanero, concibió +contra su verdugo odio feroz y un deseo punzante de venganza. Armándose +de un palo de hierro que le facilitó su nuevo amigo Delaunay, esperó al +ayudante en la esquina de la calle de San Florencio, y por detrás le +arrimó un garrotazo en la cabeza que le hizo caer al suelo sin sentido. +Transportaron a Peña a su casa y estuvo más de ocho días en la cama. +Fueron inútiles los esfuerzos de sus amigos para obligarle a que diese +parte a la justicia. A todo trance, como hombre irascible y arrebatado, +quería tomársela por la mano, lo cual tenía sumamente medroso al agresor +y bastante preocupada a la población. Contábase que el ayudante, mirando +desde la cama por el balcón de su cuarto las tapias del cementerio, +había dicho con acento de profunda convicción:—«El pobre Sinforoso no +tajdará muchos días en dojmij allí para siempre.» Tales palabras +produjeron gran sensación en la villa, porque se le suponía con arrestos +para llevar a cabo el propósito. El efecto que hicieron en Sinforoso, no +es para descrito. + +En cuanto el ayudante salió a la calle, restablecido ya de su herida, el +hijo de Perinolo se eclipsó. Nadie volvió a verle en un mes. Se decía +que sólo salía de noche y con grandes precauciones. Pero, como todo +decae y pasa en este mundo, su miedo mismo fué al cabo debilitándose, +pensando tal vez que los sanguinarios pensamientos de Peña se habían +borrado igualmente con el tiempo. Poco a poco se fué familiarizando con +el peligro. Se aventuró a salir de día, huyendo, no obstante, de +aquellos sitios en que pudiese tropezar con su cruel enemigo, +informándose de todos si le habían visto pasar y hacia qué paraje se +había dirigido. Con esto, la villa estaba anhelante, y preveía que la +hora menos pensada iba a suceder una catástrofe. + +Cierta tarde, con la seguridad que le dieron de que Peña había ido de +paseo hacia la Escombrera con don Rosendo, nuestro Sinforoso se arriesgó +a entrar a beber una botella de cerveza en el café de la Marina. Sentóse +en una de las primeras mesas y al instante observó que los rostros de +los parroquianos, muchos de ellos conocidos y amigos, se volvían hacia +él sonrientes unos, otros con expresión de susto. No se pasaron muchos +segundos sin que llegase a sus oídos la voz campanuda del ayudante, que +discutía con sus amigos allá en el fondo del café, en lo más obscuro. +Oirla nuestro periodista y dejarse caer al suelo en cuatro patas, fué +todo uno. De esta suerte fué caminando sigilosamente hasta que alcanzó +de nuevo la puerta, y se salió a toda velocidad. Cuando supuso que +estaba ya muy lejos, uno de los parroquianos gritó: + +—Alvaro, ¿sabes quién acaba de estar aquí? + +—¿Quién? + +—Sinforoso: ahora mismo se ha ido. + +—¡Ah, mala centella que lo mate!—exclamó brincando más que corriendo +al través de las mesas, saliendo disparado como un cohete. + +Pero, ¿dónde estaba ya Sinforoso? Después de correr buen trecho por la +calle sin saber a dónde iba, el ayudante se vió precisado a dar la +vuelta y entrar de nuevo en el café con el despecho y la ira pintados en +el rostro. Tanto tiempo se pasó, no obstante, sin lograr tropezar con +él, que al cabo concluyó por perdonarle. Satisfizo su agravio con +arrearle un par de puntapiés en el trasero, cuando después de tres +meses, le halló paseando en la punta del Peón. El hijo del Perinolo dió +gracias al Cielo de haber librado tan bien. + +El enojo que la indigna gacetilla les produjo, se fué templando con la +esperanza de aplastar muy pronto a los reptiles que la habían inspirado, +o por lo menos darles algunos golpes formidables con el ariete del +Duque. Los amigos de Belinchón andaban, los días que siguieron a la +llegada de aquél, satisfechos y rozagantes, mirando a sus enemigos con +ojos provocativos.—«Temblad, petates, temblad»—parecían decirles con +la mirada.—El mismo don Rosendo, tan magnánimo, tan filósofo, tan +humanitario, participaba de aquel rencor implacable, deseaba +ardientemente el exterminio de sus contrarios. Poco a poco, a impulso de +la lucha mortal en que estaba comprometido, aquellos sentimientos +románticos de progreso, aquel amor a los adelantos morales y materiales +de su villa natal, que hemos tenido el placer de admirar en los primeros +capítulos de esta historia, habían cedido el sitio a un triste deseo de +destrucción. Sin embargo, esto era puramente accidental. Allá en el +fondo, su alma quedaba tan pura, tan progresista como había salido de +las manos del Hacedor. + +El partido del Saloncillo formó en torno del Duque una muralla +impenetrable; «le secuestró», según la expresión del _Joven Sarriense_. +No salía jamás a la calle sin ir acompañado de cuatro o seis de sus +miembros más notables. Para mostrarle lo que guardaba la población digno +de verse, le llevaban materialmente escoltado. Después vinieron las +jiras a los caseríos y parroquias de las cercanías, a las casas de +campo de los amigos de Belinchón, los banquetes opíparos, las +excursiones de pesca y las cacerías. Realmente la vida era grata en +Sarrió por el verano. El Duque, que había mandado delante un regular +equipaje, tenía los enseres necesarios para pintar, y aprovechaba los +ratos en que se le dejaba libre para bosquejar horrendos paisajes dignos +del fuego eterno. Sus relaciones con la familia de Belinchón eran de +estricta finura, una cortesía infatigable que mantenía admirablemente +las distancias. En sus palabras, en su gesto, se traslucía siempre un +sentimiento afectuoso de protección que suavizaba un poco aquella +expresión de cansancio y hastío en que constantemente caía su rostro +cuando le dejaban en libertad. + +Tan sólo con Venturita parecían animarse un poco aquellos ojos muertos. +Cuando se hallaba al lado de ella, el Duque redoblaba su finura hasta +dar en viva y desenvuelta galantería. Cuando hablaba al corro de la +familia, su mirada iba dirigida a ella, como si entre los demás no +hubiera ninguno capaz de comprenderle. Las creaciones de su pincel nadie +las veía primero que la esposa de Gonzalo, y si de alguien estimaba la +admiración, era de ella. Le había dado a leer algunas novelas francesas +que traía, y sobre su argumento y el mérito de los autores departían +largamente en la mesa escuchados por los otros que apenas sabían de qué +se trataba. Y al cabo de algunos días le propuso hacer su retrato. Sus +aficiones le dirigían al paisaje; no había pintado más retratos que el +de la duquesa de Montmorency y el de una de las infantitas de España; +pero ahora sentía un vivo deseo, un capricho más bien, de retratar a +Venturita tal cual la había visto por primera vez, con aquel traje azul +marino descotado. La joven sintióse profundamente lisonjeada. La primera +una duquesa, la segunda una infanta, ¡la tercera ella! Luego aquel +singular deseo de retratarla en el traje de la primera noche, ¿no hacía +presumir con fundamento que era viva la impresión que había producido en +el Duque? Comenzaron las sesiones en uno de los gabinetes del piso +principal. Don Jaime (que así se llamaba el magnate) había pensado +retratarla reclinada en un diván rojo con algunas plantas y flores a los +lados. Los tres primeros días asistieron a la sesión doña Paula, Gonzalo +y Cecilia. Pero se cansaron pronto. En los siguientes los dejaron solos, +viniendo la madre de vez en cuando a echar una ojeada al retrato y a +decir dos palabritas de cortesía. En aquellos quince días que la pintura +del retrato duró, la intimidad entre el Duque y la hermosa joven creció +extremadamente. El magnate había condescendido hasta contarle mucha +parte de su historia privada. La pública era bien conocida de todos. + +Don Jaime de la Nava y Sandoval se había casado muy joven con una +egregia dama ligada por vínculos estrechos de parentesco con la +soberana. No había sido feliz en su matrimonio. El amor frenético de la +dama (que la había hecho saltar la barrera social que la separaba de su +esposo), entibióse presto. Surgieron desavenencias. Hubo algún +escándalo, y concluyeron por separarse. Don Jaime, aunque disfrutaba de +las preeminencias y honores que correspondían a su elevada posición, no +hacía, sin embargo, un papel muy airoso. Sobre su frente pesaba un +estigma fatal, que le había hecho padecer mucho hasta que se fué +acostumbrando. De esta herida, que dado el temperamento de su esposa, no +tenía tiempo a cicatrizarse, vengábase lindamente despellejando a la +aristocracia de Madrid, arrojando puñados de lodo que llegaban, a +salpicar a las más altas personas. Pasaba el duque de Tornos por una de +las lenguas más aguzadas y temibles de la capital. + +Venturita tuvo ocasión pronto de conocer su temple y su filo. En cuanto +el magnate adquirió con ella alguna confianza y penetró por su larga +experiencia, más que por su ingenio, el carácter que tenía, principió a +dejarse resbalar un tanto en las conversaciones, como si el desenfado +para tratar los asuntos escabrosos fuese una prueba de «buen tono». +Habló con gran naturalidad y como cosa corriente, de las relaciones +ilícitas que sostenía la mayoría de las damas aristocráticas de Madrid. +«La duquesa de Tal, ahora está enredada con el hijo del banquero Fulano. +La marquesa de Cual, se fugó a Bruselas con el secretario de la embajada +de Rusia. A esta señora le gustaban los toreros; a aquélla la habían +sorprendido con el lacayo. La condesa de Tal se gloriaba de tener tres +amantes a un tiempo. La baronesa Fulana iba con el suyo en carruaje, +mientras el marido guiaba afanoso los caballos.» No quedaba dama en la +corte a quien no le arrancara una tirita de pellejo. No perdonaba +siquiera a su esposa. Una vez concluyó por decir sonriendo +cínicamente:—«Y por último, si se quiere saber lo que es la +aristocracia de Madrid, ahí está la duquesa de Tornos, que es un buen +resumen de todos sus vicios.» + +Ventura quedó aterrada. Sabía vagamente los motivos de rencor que el +Duque tenía contra su esposa; pero no creía posible que un marido +pudiese hablar de aquel modo de su mujer en ninguna circunstancia. No +obstante, se hallaba tan fascinada por la grandeza del personaje, que +pronto vino a figurarse que aquellas formas, aquel cinismo, eran la +expresión de la moda y el «buen tono». Luego vinieron las anécdotas +picantes. El Duque contaba con su voz cascada y aquella sonrisa de +hastío y superioridad que no se le caía de los labios casi nunca, +multitud de aventuras galantes, devaneos y obscenidades que hacía pasar, +diciendo previamente:—«Usted ya está casada y se le pueden contar +ciertas cosas.» En pocos días desplegó como en un gran telón ante los +ojos pasmados de la joven, el mundo cortesano que tanto ansiaba ella +conocer, la vida íntima, secreta, de aquellos jóvenes pálidos, de +bigotes retorcidos, que veía pasar en la Castellana guiando lujosos +trenes, de aquellas lindas y orgullosas damas, que ostentaban en su +carruaje timbre ducal y apenas se dignaban dejar caer sobre ella una +mirada indiferente y desdeñosa. Fingiendo nada más que complaciente +atención, Ventura recogía ávidamente aquellos pormenores mundanos. Luego +los repasaba con febril actividad en su imaginación inquieta, donde +siempre habían germinado vagos deseos de brillo, caprichos fantásticos, +aspiraciones imposibles. El duque de Tornos, sin propósito de ello, sólo +por el placer de dar rienda suelta a su lengua de hombre gastado y +herido, corrompió más en pocos días el alma de la joven esposa que todas +cuantas novelas había leído. Al fin y al cabo lo que las novelas decían, +era mentira, mientras que las anécdotas del Duque acababan de +efectuarse, los personajes que en ellas habían intervenido vivían y eran +conocidos de todo el mundo. En fin, todo aquello estaba sangrando, como +se dice vulgarmente. + +El magnate, de alma corrompida y cuerpo gastado, y la bella provinciana, +ansiosa de volar a esferas más altas, habían nacido, sin duda, para +comprenderse. Se atrajeron por afinidad electiva como muchos cuerpos de +la Naturaleza. Venturita agotaba todos los recursos de su imaginación en +el tocador, y se presentaba cada día más seductora. Cuando el Duque, +levantando un instante los párpados para mirarla, hacía una ligera señal +de aprobación, el gozo le subía en forma de carmín a las mejillas. En +aquel momento despreciaba de buena fe, con todas las veras de su alma, +al mundo cursi en que la suerte la había hecho nacer y vivir. Aunque no +abusaba, sabía usar perfectamente de la intimidad que el egregio huésped +la concedía; se autorizaba con él alguna bromita de buen género, que +hacía, no obstante, estremecer de susto a don Rosendo. Conocía que era +la preferida y comenzaba a coquetear. El Duque, por su parte, afectando +indiferencia absoluta por todas las cosas terrenales y celestiales, se +preocupaba muchísimo de los _jaquetes_, levitas, camisolas, corbatas y, +en general, por todo lo referente a la indumentaria. La variedad de +prendas con que se presentaba, y lo original y aun estrambótico de +algunas de ellas, llamaba poderosamente la atención del pueblo y +deslumbraba a Venturita. En realidad, si ella se vestía para el Duque, +éste se vestía también para ella. + +Vagamente primero, con más precisión después, la hija menor de don +Rosendo pensaba que la amistad del magnate podía aprovecharse, no sólo +para aumentar la influencia política de su padre en la población, sino +también para dar lustre y brillo a la familia. Por ejemplo, una gran +cruz... Los que la lograban tenían tratamiento de Excelencia. Si su +padre fuese un Excelentísimo Señor, perdería aquel carácter de +comerciante en bacalao, que a ella le crispaba. ¿Y por qué no se la +habían de dar? A un personaje de tal magnitud como el Duque no le +costaba mucho trabajo conseguirla. Hasta había oído decir que con dinero +e influencia no era difícil llegar a poseer un título de conde o +marqués... ¡Un título! Venturita, sin considerar que tenía un hermano y +una hermana de más edad, se estremecía deliciosamente pensando que algún +día pudiera ser «la señora marquesa» o «la señora condesa». Pero aquel +marido que tenía era ¡tan obscuro! ¡tan enemigo de mezclarse en +política, ni darse importancia! ¡Oh, si ella fuese la que llevara los +pantalones, ya se vería hasta dónde llegaba! + +En poco tiempo su amistad y su influencia con el Duque crecieron de tal +modo, que pudieron ser notadas, no sólo de los habitantes de la casa, +sino también de muchas personas de fuera. Don Jaime la iba a esperar al +baño muchos días y la acompañaba hasta casa atravesando la villa por el +medio, excitando poderosamente la curiosidad pública. La joven se moría +de placer deslumbrando de este modo, haciendo padecer a sus envidiosas +conocidas. Porque el Duque no se ocultaba para prodigarle mil atenciones +galantes, ni ella para ostentar un grado de confianza con él superior al +de los demás de la familia. Gonzalo había observado, con secreto +disgusto, aquella intimidad. El Duque «le había caído antipático» y +notaba perfectamente que había reciprocidad en este sentimiento, por más +que el personaje, como hombre de mundo, guardase frente a él una actitud +cortés y hasta benévola, donde sólo un espíritu observador o un hombre +de corazón y de instinto como Gonzalo podían traslucir la hostilidad. +Sin embargo, a medida que la amistad y confianza con su esposa crecían, +la antipatía del Duque parecía desvanecerse. Sus atenciones con el +esposo eran cada vez mayores, y en apariencia, más sinceras. Como +supiese que Gonzalo era excesivamente aficionado a la caza, le hizo el +obsequio de una magnífica escopeta que a él le había regalado el czar de +Rusia. El joven quedó agradecidísimo, y algo se borró con esta prueba de +aprecio su antipatía. Después el magnate le invitó varias veces a salir +de caza. En estas excursiones también se operó un deshielo evidente de +sus sentimientos hostiles. Pero, desgraciadamente, vino un suceso casual +a recrudecerlos. Un día, por hallarse Gonzalo en Lancia con una comisión +de su suegro, salió el Duque a matar liebres acompañado solamente de don +Feliciano y de Sanjurjo, el notario. Los perros que llevaban eran los de +casa. Pues sucedió que el que más estimaba Gonzalo se portó inicuamente +en la caza, tal vez por no asistir a ella su amo. Era un galgo finísimo +que había encargado a Inglaterra y le había costado una cantidad +exorbitante. La falta que cometió fué de las más graves que un individuo +puede cometer en el uso de sus funciones. Nada menos hizo que después de +cobrar una liebre, cuando el Duque corría hacia él para quitársela de la +boca, soltarla de pronto en el suelo. El inocente animal, que sólo +estaba herido en una pierna, corrió a esconderse en la maleza. Tal fué +la indignación del magnate que, montando la escopeta, hizo fuego sobre +el perro; mas éste, viendo la actitud agresiva del cazador, se había +alejado rápidamente y no le tocó un solo perdigón. El Duque, +encolerizado, furioso, le siguió para matarle, pero no logró darle +alcance. El culpable se huyó del cazadero, y nadie le vió más aquella +tarde. Cuando el magnate dió la vuelta a casa le dijeron que había +llegado a ella el perro. Don Jaime, en quien todavía persistía la +cólera, dijo al criado: + +—Coge ese perro, sácalo al campo, y pégale un tiro. + +El servidor se inmutó. Permaneció unos instantes suspenso; pero, ante la +mirada fija, imperiosa del Duque, bajó la cabeza y se dispuso a +cumplimentar la orden. Llamó al perro, le ató con una cadena, y tomando +la carabina, salió de casa. ¡Qué ajeno iba el pobre animal de que le +llevaban al suplicio! Brincaba con alegría, se retorcía, ladraba +acariciando con la mirada al fiel servidor, el cual sentía que las +lágrimas asomaban a sus ojos, maldiciendo del huésped y de la hora en +que había llegado, pues era mucho lo que amaba a aquel hermoso +animal.—¡Santo Cristo, qué va a decir el señorito Gonzalo cuando +llegue, y sepa que le han matado el Polión! + +Justamente, al pensar esto, asomaba Gonzalo por la esquina de la misma +calle. Acababa de llegar de Lancia en la diligencia, y se dirigía a +casa. Al tropezar con el criado, le preguntó sorprendido: + +—¿Adonde vas, Ramón? + +El servidor acortado, temeroso, después de vacilar unas instantes, le +respondió: + +—A matar el perro. + +La estupefacción del joven fué tan grande, que pareció quedar +petrificado. + +—¡A matar el perro! + +—Sí, señor; el señor Duque me dió esa orden, porque soltó una liebre +después de cobrarla. + +Gonzalo se puso lívido. + +—¡Y qué tiene que mandar ese sinvergüenza!...—rugió sin poder proferir +más palabras, arrebatando al mismo tiempo la cadena de manos de Ramón, +con tal fuerza, que le hizo tambalearse. Y se dirigió a paso largo hacia +casa, arrastrando al perro, dispuesto a interpelar al Duque de un modo +violento. Mas antes de llegar, tuvo tiempo a reflexionar que su posición +era muy delicada. Reñir con el huésped por cosa tan baladí, a los ojos +de todo el mundo, por más que a los suyos no lo fuese, pasaría +seguramente por el colmo de la grosería. Contentóse al fin con mandar al +Polión a la perrera, y saludar al magnate con un poco de frialdad. + +La antipatía, sofocada un instante, volvió a despertar con más fuerza. +La amistad, las atenciones del Duque con su esposa, comenzaron, no ya a +chocarle como antes, sino a herirle. No se le pasaba por la imaginación +que tuviesen más carácter que el de finezas o galanterías usadas en la +alta sociedad. La edad del prócer y la de su esposa parecía alejar todo +motivo de celos. Sin embargo, «aquellas mojigangas iban picando ya en +historia». Un día, hallándose a solas con Cecilia, le preguntó de pronto +bruscamente: + +—Vamos a ver, Cecilia, ¿a ti qué te parece de la intimidad que va +adquiriendo mi mujer con el Duque? + +La joven quedó sorprendida. + +—¿Qué me ha de parecer?—le contestó mirándole con sus grandes ojos +serenos.—Que por lo visto Ventura le ha sido más simpática que los +demás de casa. + +—Pero esa preferencia, ¿no te parece que va siendo ridícula para mí? + +—¿Por qué? + +—Porque sí... porque lo es—replicó con energía. + +Después de unos instantes de silencio, añadió con gravedad: + +—Tú, Cecilia, no sabes aún lo fácilmente que queda un marido en +ridículo cuando tiene una mujer tan frívola, tan imprudente como +Ventura. + +—¡Gonzalo! + +—Tan imprudente, ¡sí!... ¿Pero tú no observas qué afán tiene de hablar +aparte con él, el placer que experimenta cuando todo el mundo la ve +colgada de su brazo?... No me digas nada... Ya sé, ya sé que es pura +vanidad. Toda su vida ha tenido el mismo carácter orgulloso y +fantástico. Aunque no quieras convenir en ello, bien lo sabes. Pero aquí +su vanidad puede traer consecuencias muy desagradables para mí... y para +todos. Bueno que cada día se ponga un traje distinto, pensando que el +Duque se va a fijar en ellos. Pase que se recorte las uñas en triángulo, +y se dé colorete, y se descote, y hable de los cuadros de Meissonier, +sin haberlos visto, y haga otra porción de cursilerías por el estilo. +Pero, querida mía, esas sonrisitas delante de gente, esos apartes no son +tolerables. Si esto dura algunos días más, me parece que voy a +restablecer el orden de un modo que ella no puede sospechar siquiera. + +Cecilia procuró calmarle. Si él mismo convenía en que todo ello dependía +del carácter romancesco de Venturita, ¿a qué exaltarse de aquel modo? +Los celos eran ridículos. Nadie en el mundo podría suponer que Venturita +fuese a considerar al Duque sino como lo que era, un hombre casado, un +viejo que podía bien ser su abuelo. + +—No, si no tengo celos—decía avergonzado el joven. + +—Sí los tienes, Gonzalo. Aunque no te des cuenta de ellos, los +tienes... Ese furor, esa exaltación, ¿qué son en el fondo más que +celos?... Y mira, chico, perdóname que te diga que es hacerte muy poco +favor, y hacerle menos aún a tu mujer. Si se te ha pasado por la +imaginación que Ventura puede preferir un trasto como ése a un marido +como tú, la supones con bien poco gusto. + +Al decir esto se ruborizó. Gonzalo agradeció el piropo con una sonrisa, +sin darse por vencido. El instinto, que en él era poderoso, más que la +inteligencia, le decía que sí, que era posible aquella aberración. Sin +embargo, no quiso discutir, porque le humillaba defender tal supuesto, +aunque fuese delante de su cuñada. + +Deseaba advertir a su esposa que le disgustaban las conferencias con el +Duque, sus apartes, sus muecas y sonrisas que iban ya tomando carácter +de verdaderas coqueterías. Pero conocía por experiencia a Venturita, y +se temía a sí mismo. Cualquier frase punzante de las que ella usaba a +menudo, cualquier burla inoportuna en aquella circunstancia, podía +dispararle, y él no sabía a dónde iba a parar cuando se disparaba. + +Así estaban las cosas, cuando al día siguiente de aquella conversación +con Cecilia, fué a dar una vuelta por la mañana al Saloncillo, según +costumbre. Hojeando los periódicos que había sobre el velador del +centro, cayó en sus manos el último número de _El Joven Sarriense_. Casi +nunca lo leía. Por más que estuviese apartado de la lucha feroz de los +bandos, odiaba a los del Camarote. Luego temía encontrarse con injurias +a su suegro, que le excitaban la cólera. Pero esta vez paseó la vista +con indiferencia por él, y la detuvo para leer unos versos de Periquito +_a un grano de cierta dama_, que le hicieron reir a carcajadas. Debajo +de estos versos había una gacetilla que llevaba por título: _Un marido +como hay pocos_. Comenzó a leerla sin gana. + +«Viajando un mandarín de la China, llega a alojarse en la casa de cierto +chino plebeyo que pone a su disposición las mejores habitaciones y +compra los pescados más caros del mercado para obsequiarle. Este chino +tenía una mujer muy hermosa, que desde luego llamó la atención del viejo +mandarín (porque era viejo). El mandarín no mira para los muebles que el +chino le presenta con orgullo, no repara en los lujosos tapices, en los +pescados suculentos. Mira tan sólo a la esposa del chino. Este le va +llevando a casa todos sus amigos, que se deshacen en cortesías y +genuflexiones, le abruman a sonrisas y lisonjas. Pero el mandarín, +apenas se digna dirigirles la palabra. Toda su saliva la gasta con la +esposa del chino. Le hace ver la población, los monumentos más notables, +los contornos pintorescos. Nada; el mandarín no tiene ojos más que para +la china. Invítale a grandes y magníficas cacerías, condúcele en rauda +balandra por el mar azul y tranquilo para que pesque plateados y +sabrosos peces. Mas el mandarín medita, cuando echa los anzuelos al +agua, que es mil veces preferible pescar a la linda consorte de su +huésped. Y mientras todos en la casa y fuera de ella, observan la +melancolía del mandarín y adivinan sus deseos, sólo el marido permanece +sosegado, ignorante, persistiendo siempre en alegrarle con opíparos +banquetes y regocijadas fiestas. Hasta que un amigo le dice al +oído:—«¿No ves, papanatas, que lo que tu huésped quiere no son +banquetes, ni pescas, ni cacerías, sino a tu hermosa mujer?» Entonces el +chino, despertando de pronto de su ignorancia, toma a su mujer de la +mano, se dirige con ella al mandarín, y le dice:—«Perdóname, señor, yo +no veía tu tristeza, yo no adivinaba tus deseos. Aquí tienes a mi +esposa. Si antes supiera que la apetecías, antes te la hubiera ofrecido, +¡oh mandarín excelso!» + +Gonzalo terminó de leer la gacetilla con indiferencia. De pronto, cayó +como un rayo sobre su mente la idea de que en aquel cuentecillo se +aludía a él. Una ola de sangre subió a su rostro, y se lo encendió como +una brasa. Echó una rápida mirada de vergüenza en torno. Estaba solo. +Con las manos convulsas, tomó de nuevo el periódico que había dejado +caer, y leyó la gacetilla por segunda vez, por tercera, por cuarta... +Cuanto más la leía, más penetraba en su cerebro, más se aferraba a su +espíritu la funesta sospecha. Y sintió un frío extraño que le invadía +todo el cuerpo menos la cabeza. La primera idea que le acometió después, +fué ésta:—«Voy ahora mismo a la redacción del _Joven_, y hago pedazos a +cuantos encuentre dentro». Se puso el sombrero que se había quitado, y +salió de la estancia. Pero al llegar a la escalera, se le ocurrió otro +pensamiento; el del gran escándalo, la campanada que iba a dar en la +villa. Iba a confesarse burlado ante la población entera. Sus enemigos, +o por mejor decir, los de su suegro, ¡con qué placer le hincarían los +dientes! Subió de nuevo las escaleras y entró en el Saloncillo para +reflexionar un momento. Después de dar unas cuantas vueltas, con la +mirada extática, sin saber él mismo si andaba o permanecía inmóvil, +revocó su acuerdo. Tomó de la mesa el periódico, lo dobló pausadamente, +y lo guardó en el bolsillo. Luego bajó la escalera de caracol y se +dirigió a su casa, el rostro blanco, el paso lento, la mirada fija. El +exceso de ira y la confianza en su fuerza, le habían devuelto la calma. + +—¿Está la señorita en su cuarto?—preguntó al criado que salió a +abrirle la puerta. + +—Me parece que sí señor: preguntaré a la doncella. + +—No, no preguntes nada; voy allá yo. + +Y enderezó los pasos hacia el gabinete que le servía de habitación, +desde que el Duque ocupaba el piso segundo. Al pasar por delante del +corredor, no reparó en doña Paula, que estaba cerca de la puerta, y se +inmutó al ver la expresión extraña de su fisonomía. + +Venturita estaba delante del espejo. Al ver a su marido, sin volver la +cabeza le preguntó: + +—Hola: creí que habías salido ya. ¿Qué traes de nuevo? + +Gonzalo sacó del bolsillo el periódico, lo desdobló lentamente, y se lo +presentó diciendo: + +—Esto. + +—¿Y qué es esto?—preguntó la joven con sorpresa. + +—Un periódico. + +—Ya lo veo... ¿Y qué? + +—Trae una gacetilla muy interesante. Léela. Aquí, en la tercera plana, +debajo de estos versos. + +En el gabinete había aún tres o cuatro tiestos con plantas de las que +habían servido para el retrato. Este, fijo ya en un gran marco dorado, +estaba arrimado a la pared, esperando la hora de ser colgado en el +salón. Los ojos de Gonzalo, al tropezar con él, se habían obscurecido +todavía más. Y eso que la imagen de su esposa, más rubia que un canario +y más colorada que una rosa de Alejandría, miraba al cielo con una +expresión mística que jamás él la conociera. El Duque hablaba de enviar +el retrato al Salón de París. + +Mientras Ventura leyó la gacetilla, no le quitó ojo, escrutando con +anhelo inconcebible los rasgos de su fisonomía. Pero ésta permanecía +inalterable. Sólo al terminar y ofrecerle de nuevo el periódico, la +encontró ligeramente pálida. + +—¿Por qué me mandas leer esto?... No entiendo... + +—Voy a explicártelo—repuso Gonzalo con acento de ira concentrada, +recalcando mucho las sílabas.—Te he mandado leer esto, porque el +mandarín de que aquí se trata, es el duque de Tornos, la china eres tú, +y el chino yo... ¿Lo entiendes ahora? + +Al decir esto, la miraba con extraña y terrible fijeza, apretando con +mano crispada una rama de la planta que tenía a su lado. + +Ventura recibió aquella mirada sin pestañear, con sorpresa más que con +susto. Vaciló un instante, moviendo un poco los labios para contestar. +Por último soltó una gran carcajada. + +—¡Ave María, qué barbaridad! + +—Seamos serios, Ventura—replicó el joven.—Esto que excita tu risa, es +una cosa gravísima que puede decidir de tu felicidad y de la mía... + +Ventura dió por toda contestación otra carcajada, y después otra. +Parecía desternillarse de risa. Mas aquellas carcajadas no salían de +adentro. Gonzalo notaba su afectación perfectamente. + +—¡Cuidado, Ventura, cuidado!—exclamó con el rostro demudado.—¡Mira +que estoy hablando en serio! + +—¡Pero, hombre! ¡ja, ja!... ¿Quieres que no me ría, si me dices, ¡ja, +ja, ja! que tú eres un chino y yo una china? ¡ja, ja, ja! + +Sus carcajadas eran cada vez más sonoras y más fingidas. + +—Hace ya bastantes días—profirió el joven, después de una pausa, con +acento sombrío—que debiera haber puesto las cosas en orden... Esa +intimidad infundada, inconveniente, estúpida, de que haces alarde, +delante de gente, de tener con el Duque, me cargaba ya hasta los +pelos... Pero no quería dar mi brazo a torcer. Siempre parecen ridículos +los hombres celosos. Ahora bien, ¡mira, mira lo que me pasa por ser +demasiado prudente! + +Al decir esto, arrancó la rama que estaba apretando, y la hizo una +pelota dentro de la mano. + +—¿Pero estás celoso de veras?—le preguntó ella, con acento entre +burlón y cariñoso. + +—Si lo estuviese, me callaría, Ventura... me callaría y observaría... Y +si los celos fuesen fundados, he aprendido lo que se debe hacer antes +que el cura me leyese la epístola de San Pablo... Pero aquí no se trata +de celos... Ni la edad, ni la posición del Duque permiten bien que los +haya, ni yo te hago la ofensa de suponer que le prefieres a mí. Lo que +hay, es el ridículo que ha caído sobre mí por tus imprudencias. ¿Tú no +ves, desdichada, que el público nos observa, que tenemos muchísimos +enemigos, y que éstos se han de aprovechar del más mínimo pretexto para +zaherirnos? + +—Bien, confiesas que esto no es más que un pretexto para +mortificarte—dijo la joven poniéndose seria. + +—Sí, pero fundado en lo que tú has hecho arrastrada de esa vanidad +necia, que en vano he querido arrancarte del alma. + +—Entendámonos, Gonzalo. ¿Qué es lo que yo he hecho?—profirió ella con +voz irritada. + +El joven guardó silencio mirándola fijamente. Después de unos instantes +dijo con lentitud: + +—Demasiado lo sabes. El repetirlo, me humilla. + +Hubo otro rato de silencio. Ventura preguntó al fin con impaciencia: + +—En resumidas cuentas, ¿qué quieres? + +—Voy a decírtelo—contesto el joven, reprimiéndose con trabajo.—Quiero +que cese esa intimidad ofensiva para mí, como acabas de ver. Quiero no +pensar más en el duque de Tornos, ni ver su sonrisa protectora, ni sus +modales de conquistador aburrido. Quiero volver a la calma que todos +disfrutábamos antes de su llegada. Y como lo quiero a toda costa, estoy +dispuesto a conseguirlo a toda costa... + +Calló un instante y luego añadió con fuerza, con más fuerza de la +necesaria: + +—Hoy mismo, saldrá el Duque de esta casa. + +Ventura le miró con estupor. Se puso repentinamente lívida, y con los +labios temblorosos por la ira, exclamó: + +—¿Qué estás diciendo ahí? ¿Será necesario llevarte a Leganés?... Vamos, +vamos—añadió con acento despreciativo,—hazme el favor de dejarme en +paz. Ve a refrescarte, porque lo necesitas. + +La faz de Gonzalo se contrajo violentamente; su boca se abrió con una +expresión de feroz sarcasmo, llamearon sus ojos. + +—¡Ah!—rugió más que dijo.—Conque la amistad de ese cornudo (porque es +un cornudo, ¿sabes? toda España está enterada). ¡Conque la amistad de +ese cornudo, te interesa más que la felicidad de tu marido! ¡Conque te +figuras que yo por no ser duque y grande de España, no sé hacer respetar +mi honor! ¡Ahora verás! ¡ahora verás!... Mira por lo pronto lo que yo +respeto a ese cornudo... + +Y al decir esto, dió un puntapié al retrato, que cayó al suelo con +estrépito. En seguida se puso a brincar sobre él los dientes apretados, +los ojos inyectados en sangre, con una de esas cóleras fragorosas de los +hombres fuertes y pacíficos. La tela quedó al instante hecha pedazos. +Ventura, enteramente demudada, vomitó, más que dijo, con la osadía +inconcebible de la mujer adorada: + +—¡Bruto! ¡bruto! + +La entonación de esta injuria era tan feroz, tan rabiosa, que Gonzalo +levantó la cabeza como si le hubiesen clavado un hierro candente. +Saltando sobre ella, la agarró por un brazo. La joven lanzó un grito +penetrante de angustia. La mano de su esposo era una tenaza de acero que +iba a triturarle el hueso. + +—¡Perdónala, Gonzalo, perdónala!—entró gritando en aquel instante doña +Paula. + +El indignado joven volvió la cabeza sin soltar a su esposa. Al ver a su +madre política, en cuyo rostro la enfermedad había hecho crueles +estragos, contraído ahora por el terror, con los ojos suplicantes, las +manos plegadas hacia él con mortal congoja, aflojó la suya y la dejó +caer sobre el muslo. + +No tuvo tiempo a decir nada. Doña Paula, sin mirar a Ventura, le cogió +de la ropa diciéndole: + +—Ven, hijo mío, ven. Yo arreglaré este asunto, y te volveré la calma. + +Y Gonzalo se dejó arrastrar como un autómata, lleno de confusión. + +Al llegar a su cuarto, la buena señora cerró la puerta. + +—Lo he oído todo—le dijo, clavando en él aquellos grandes ojos negros +y tristes como los de una Dolorosa, único resto de su antigua +belleza.—Te vi cruzar por el pasillo con una cara tan extraña, que no +pude menos de seguirte... No sé lo que dice ese periódico que has dado a +Ventura, pero debe ser algo muy feo y repugnante... + +—¡La injuria mayor que se puede hacer a un hombre!—profirió Gonzalo +con la garganta apretada. + +—¡Qué infames! ¡Insultarte a ti que jamás les has hecho daño alguno! +Tienes razón, la culpa es de Ventura. Sus ligerezas, el gusanillo que +tiene metido en la cabeza, ha dado lugar a este disgusto, como a todos +los otros más pequeños que hasta ahora habéis tenido. Pero no vayas a +figurarte que hace estas cosas por maldad... Ventura es una loca, una +taravilla; pero en el fondo no es mala. Con el tiempo se irá +corrigiendo. Yo también he tenido mi cacho de orgullo y he gozado con +ciertas tonterías que hoy me avergüenzan. ¡Oh, los años, las tristezas, +las enfermedades, le van arrancando a una todas las ilusiones!... Lo que +importa ahora, es evitar a todo trance mayores disgustos. Hace tiempo +que vengo notando las atenciones del Duque con Venturita y la intimidad +que ha nacido entre ellos. Sé fijamente que esta intimidad no tiene +importancia alguna. Estoy enteramente segura de mi hija, como tú debes +estarlo. Pero comprendo muy bien que la conducta de ese señor te +moleste... Sobre todo, desde que un periódico se ha aprovechado de ella +para injuriarte, las cosas no pueden continuar así. Es necesario tomar +una resolución... + +—Ya está tomada—dijo sordamente Gonzalo.—Hoy mismo despido al Duque +de esta casa. + +—No, tú no puedes ni debes hacerlo. Tienes el genio violento. Habría +una escena escandalosa que es necesario evitar. + +—¡Pues es lo que yo quiero precisamente! ¡esa escena! + +—No seas niño, Gonzalo—repuso la señora.—El arreglo de este asunto me +corresponde a mí, ya que Rosendo, fuera de su política, ni ve, ni +entiende, ni oye. Un escándalo ahora, te pondría en ridículo... + +—¡Pues aunque así sea!—exclamó el joven con rabia.—Quiero tener el +gusto de arrojarle de casa. + +—Me obligas a decirte, Gonzalo—replicó doña Paula con impaciencia y +autoridad,—que no tienes ningún derecho a hacerlo. Ni tú le has +invitado, ni eres el dueño de la casa... + +El joven se puso colorado. Observando su confusión, la señora añadió con +acento cariñoso: + +—Tú eres un hijo nuestro, y los hijos no deben intervenir en estos +asuntos, que corresponden a los padres. Nosotros tenemos el deber de +velar por vuestra felicidad, sacrificarnos por ella. Yo haré que el +Duque salga de esta casa, sin escándalo, sin que se entere nadie del +motivo, sin exponerte a cometer una bajeza, de la cual te +arrepentirías... No creas que lo hago por él, a quien detesto... Desde +que llegó me ha sido profundamente repulsivo ese hombre. ¡Ahora que veo +lo que ha traído a nuestra casa, figúrate cómo le querré! Lo hago +únicamente por ti, a quien quiero, no diré más que a mi hija, porque los +hijos... ¡Oh, los hijos!... Tú ya sabes lo que son... pero tanto, por lo +menos... y a quien estimo mucho más... + +Gonzalo, enternecido, se dejó caer en una silla. Comenzó a sollozar como +un niño, con el rostro entre las manos. La buena señora le puso la suya, +pálida y descarnada, sobre la cabeza, diciendo con lágrimas también en +los ojos: + +—¡Pobre hijo mío! Aguárdame un instante. Voy a decir a ese señor lo que +hace al caso. + +Subió la señora de Belinchón la escalera de caracol que conducía al piso +segundo. Arriba tropezó con el ayuda de cámara de su huésped. + +—¿Qué hace el señor Duque?—le preguntó. + +—Está pintando—respondió el criado mirando con sorpresa y curiosidad +los ojos llorosos de doña Paula. + +—Dile que deseo hablar con él. + +Mientras el doméstico fué a avisar a su señor, doña Paula creyó que las +fuerzas iban a faltarle. Comenzó a sentir los síntomas primeros de una +de aquellas sofocaciones que de vez en cuando le daban. Pero la firme +voluntad de devolver la calma a sus hijos venció a la enfermedad en tal +instante. Encomendóse devotamente a la Virgen de las Mercedes, y penetró +con resolución en el gabinete-estudio de don Jaime. + +El cual, vestido medio a lo oriental con un traje estrambótico que usaba +por las mañanas dentro de casa, salió a recibirla teniendo aún en las +manos el pincel y la paleta. + +—Señora—dijo inclinándose respetuosamente, quitando el gorro turco que +le cubría la calva,—mucho siento que usted se haya molestado en subir. +Bastaba un aviso para que yo me hubiera apresurado a ir a ponerme a sus +órdenes. + +Doña Paula respondió con un gesto de gracias, llevándose la mano al +corazón que le saltaba dentro del pecho como un potro desbocado. + +El Duque la examinó con sorpresa. + +—Siéntese usted, señora—la dijo, depositando la paleta y el pincel +sobre una silla. + +Sentóse, en efecto, en una butaca. Don Jaime permaneció en pie. + +—Hay que cerrar la puerta—dijo ella tratando de levantarse nuevamente. +Pero el caballero se apresuró a hacerlo. Después vino a colocarse frente +a la dama, cuadrando los pies en actitud exageradamente respetuosa, +esperando a que ella hablase. + +Tardó aún algunos momentos. Al fin, elevando hacia él sus ojos +doloridos, dijo: + +—Señor Duque, usted nos ha honrado mucho viniendo a esta casa. Nunca le +agradeceremos bastante esta prueba de estimación que nos ha concedido... + +El Duque se inclinó, levantando al mismo tiempo los pesados párpados +para dirigir a su interlocutora una mirada, donde se traslucía la +inquietud y la curiosidad. + +—¿Por qué no se sienta usted?—preguntóle doña Paula interrumpiendo su +discurso. + +—Estoy bien, señora; siga usted. + +Con aquella interrupción se turbó. No supo proseguir en algunos +segundos. Al cabo murmuró: + +—¡Es una desgracia!... No sabe usted, señor Duque, lo que está pasando +por mí en este momento. ¡Quisiera morirme! + +Y las lágrimas acudieron a sus ojos. Sacó el pañuelo, y ocultó el rostro +con él. + +El Duque, cada vez más inquieto, le dijo: + +—Serénese usted, señora. Soy un verdadero amigo de usted y de +Belinchón. Cualquiera que sea el disgusto que usted tenga, yo lo +comparto como si fuese mío también, y estoy dispuesto a hacer todo lo +que esté de mi parte para calmarlo. + +—Muchas gracias... muchas gracias—murmuró la señora sin separar el +pañuelo de los ojos. Al cabo de un rato de silencio, dijo con voz +temblorosa: + +—Puede usted hacerme un favor muy grande... Un favor que le agradecería +mientras tuviese un soplo de vida... Pero no me atrevo a pedírselo... + +—Le repito que estoy a sus órdenes, y que todo lo que pueda hacer en su +obsequio debe usted darlo por hecho... + +—¡Oh, no; es una atrocidad!... Señor Duque, usted está muy lejos de +sospechar que su venida a esta casa ha producido graves disgustos. Su +carácter bondadoso y llano, la simpatía que el genio alegre y abierto de +mi hija Ventura ha conseguido inspirarle, ha dado lugar a habladurías en +el pueblo... + +—¡Oh!—interrumpió el Duque sonriendo, para ocultar cierta emoción de +vergüenza. + +—Sí; habladurías muy ofensivas para todos nosotros, pero principalmente +para mi hijo político, a quien queremos en casa como si fuese hijo +verdadero... No le recrimino a usted ni a ella. Creo que en usted no ha +habido más que exceso de amabilidad, que en un pueblo remoto como éste, +donde todo choca y se comenta, acaso no ha debido usted tener... En ella +ha habido la imprudencia y la ligereza que siempre han sido sus +defectos. Es una chiquilla que tiene la voluntad virgen, como suele +decirse... Si este pueblo no estuviese dividido, no hubiera esa maldita +guerra que a todos nos mata, acaso nadie se hubiera fijado... Por +desgracia, nuestros enemigos buscan el más pequeño pretexto para +mortificarnos y sacarnos a la vergüenza... Se ha publicado ya una +gacetilla que hiere de un modo escandaloso a mi yerno... y esto no lo +puedo consentir. + +Doña Paula había ido perdiendo su cortedad a medida que hablaba. Las +últimas palabras las pronunció con energía. A la faz terrosa del Duque +había acudido un poco de color. Por la cabeza debieron pasarle ideas +graves y tristes; pero en realidad no le pasó más que la siguiente: +«Esta mujer me está dando una lección». + +—Siento mucho, señora—dijo con expresión soberbia,—haber ocasionado a +ustedes un disgusto... Pero estoy tan acostumbrado a que el público se +fije en mis actos y los comente a su gusto, que esas habladurías y esas +gacetillas de que usted acaba de hablarme, no me causan la más mínima +molestia. Los pequeños se vengan de la superioridad de los grandes, +murmurando de ellos. Es ley eterna que no se debe contrariar. + +—Todo eso está muy bien, señor Duque. A un personaje tan alto como +usted, no pueden llegar las murmuraciones del pueblo... Pero a nosotros +es muy distinto. No estamos colocados en esa altura y las malas lenguas, +crea usted que nos hacen muchísimo daño...—respondió doña Paula con +inocencia que resultaba profundamente irónica. + +El Duque algo impaciente, jugando nerviosamente con el gorro que tenía +en la mano, replicó: + +—Repito que lo siento mucho, señora. Si hubiera sabido que mis +inocentes atenciones con su hija pudieran interpretarse tan +malignamente, me hubiera guardado bien de prodigárselas... En adelante +procuraré ser más cauto... Pero, ¡Dios mío!—añadió riendo.—¿Cómo es +posible figurarse que un hombre de mis años pueda mirar a una niña como +Ventura, sino con ojos paternales? + +Allá en el fondo, sentíase halagado de aquella suposición. + +—¡Oh! señor Duque, los hombres de la posición de usted, no son nunca +viejos. El brillo atrae mucho a las mujeres... Por eso no basta que +usted se reprima en adelante y sea prudente. Es necesario quitar al +mundo todo pretexto para murmurarnos... + +El Duque se puso repentinamente pálido. Vaciló unos instantes, y dijo al +cabo: + +—Saliendo yo de esta casa, ¿verdad? + +—Ese era el favor que venía a pedirle—dijo ella sin levantar los ojos, +con entonación humilde. + +Don Jaime se puso aún más pálido. Dió una vuelta por la estancia +arrugando con mano crispada el gorro turco, dejó escapar una risita +sarcástica, y volviendo a plantarse delante de doña Paula, dijo con +burlona arrogancia: + +—¿De modo, señora, que me echa usted de su casa? + +—¿Yo, señor Duque?... ¡Qué idea!... Lo que quiero únicamente es +devolver la calma a mis hijos, y evitar un choque... + +—¿Qué choque?—preguntó el Duque, por cuyos amortiguados ojos pasó un +relámpago siniestro. + +Doña Paula adivinó un peligro para su yerno, y se apresuró a enmendar la +imprudencia. + +—El choque de mi hijo político con los canallas que pretenden +insultarle... Mire usted, Duque; si toma a mal la súplica que acabo de +hacerle, se equivocará mucho... Nosotros estamos tan honrados con su +estancia en nuestra casa, que nada nos ha causado tanto orgullo como esa +preferencia... Mi marido la ha solicitado con empeño, y ha recibido gran +alegría cuando supo que usted había aceptado su invitación... ¿Cómo +puede nadie figurarse que yo no me encuentre satisfecha teniendo en mi +casa a una persona tan elevada, yo que soy una pobre mujer del pueblo, +hija de un marinero, nieta de un sereno, a quien toda la villa llama la +Serena, como llamaron a mi madre y a mi abuela?... Verdad que si hubiera +sido hace algunos años, estaría más orgullosa... Los desengaños, las +tristezas, van labrando la soberbia... Pero de todos modos estoy muy +contenta, y sólo el temor a los grandes disgustos que pueden venir a mis +hijos, me ha obligado a dar este paso... que usted me perdonará... + +Don Jaime dió otro paseo por la sala, se detuvo en el medio a meditar +unos instantes, y concluyó por hacer un gesto de desdén con los labios, +levantando al mismo tiempo los hombros. Luego vino hacia doña Paula y le +preguntó: + +—¿Su marido tiene conocimiento del paso que usted acaba de dar? + +—No, señor..., y me alegraría de que pudiera arreglarse todo sin que él +se enterase... + +—Perfectamente. Hoy mismo quedará usted complacida. + +—¡Oh, señor Duque! Mil gracias... Usted sabrá perdonar...—exclamó +levantándose y extendiendo hacia él las manos. + +El magnate se limitó a inclinarse profundamente sin contestar. + +—Le suplico que no me guarde rencor... + +—Lo que acabamos de hablar quedará secreto entre nosotros. Buscaremos +medio de que nadie sospeche el motivo de mi marcha. Procure usted +desempeñar bien su papel. Yo respondo del mío. + +Doña Paula salió de la estancia escoltada por el Duque, que la despidió +a la puerta con una exagerada y silenciosa reverencia. + +Al llegar a la escalera la angustiada señora, respiró con libertad. +Aunque fuese a costa de aquellas penosas emociones, se alegraba +vivamente de haber arreglado el asunto sin escándalo y sin peligro. Y +con pie ligero, ella que ordinariamente se arrastraba ya para andar, a +causa de su dolencia, fué a comunicar a Gonzalo el resultado de la +visita. + +A la hora de almorzar el Duque manifestó que había recibido carta de uno +de sus hijos en que le noticiaba que vendría a pasar el mes de +septiembre con él a Sarrió. Probablemente vendría también su hermano el +marqués del Riego. Con este motivo expresó su resolución de tomar +habitaciones en la fonda. Al instante fué contrariada con gran calor por +don Rosendo, con el apoyo de su esposa. Venturita se había puesto +pálida. Miraba al Duque de un modo particular. Gonzalo, con los ojos +bajos, el rostro sombrío, comía en silencio mientras se disputaba. A +pesar de todas las razones que don Rosendo alegó para retenerle, +haciéndole presente que la casa era capaz para recibir a los nuevos +huéspedes, el disgusto que a él y toda su familia iba a ocasionarles +aquella tan inopinada marcha, etc., etc., el Duque se mostró inflexible. +Respondía con la misma sonrisa protectora a cuanto se le manifestaba, y +repetía sin cesar frases de agradecimiento y amistad. + +Convencido al fin de que era inútil insistir, el insigne cuanto +atribulado don Rosendo, fué con el mismo Duque y su secretario a ver las +habitaciones de la fonda de la Estrella, la única decente que había en +la villa. Alquilaron todo el piso principal. Al día siguiente se +trasladó el magnate, a pesar de las vivas representaciones de su huésped +para que se quedase al menos mientras no llegasen los otros. + +Sorprendió vivamente a la población aquel traslado. Preguntóse la causa; +y aunque don Rosendo informó cumplidamente a todo el mundo de lo que +había acaecido, no pudo evitarse que quedase en el espíritu del público +alguna duda o sospecha de que las cosas no habían pasado enteramente +como Belinchón las relataba. Particularmente sus enemigos recibieron +gran alegría. Se dedicaron con afán a descifrar aquel enigma, pensando, +no sin razón, que los del Saloncillo ya no podrían utilizar la fuerza +del Duque para combatirles. En los dos meses y pico que éste llevaba de +permanencia en Sarrió, los amigos de don Rosendo habían conseguido que +prosperase en el juzgado una denuncia contra el alcalde, previa la venia +del gobernador de la provincia; habían logrado «tumbar» al administrador +de Correos que era del Camarote, y que se resolviese en favor suyo «el +problema del matadero». Los amigos de Maza, que andaban cabizbajos y +abatidos, recibieron la noticia como una mosca, próxima a morir en el +otoño, recibe un tardío rayo de sol. ¡Santo Dios qué calurosos +comentarios aquella noche en el Camarote! ¡Cuánta conjetura! La alegría +chispeaba en todos los ojos. Abríanse las narices olfateando la caída de +los del Saloncillo, y su próxima y definitiva victoria. _El Joven +Sarriense_ publicó en su primer número la siguiente lacónica, pero +endemoniada gacetilla: «El lunes se ha trasladado a las habitaciones del +piso principal de la fonda de la Estrella el Excelentísimo señor duque +de Tornos, conde de Buenavista, que estaba hospedado en casa de don +Rosendo Belinchón. Damos al egregio Duque la más cumplida enhorabuena». +Este indigno comentario tuvo dos días enfermo al nobilísimo Belinchón, +pasados los cuales mandó sus padrinos a Maza. Pero éste contestó que +mientras estuviese constituído en autoridad no podía batirse. Cuando +dejase de estarlo ya vería si le convenía cruzar las armas con +«semejante mamarracho». Como los padrinos contestasen en mal tono, les +amenazó con llevarlos a la cárcel, y hubieron de retirarse. + +El duque de Tornos siguió visitando de vez en cuando la casa de don +Rosendo y dejándose acompañar por éste y sus amigos siempre que salía a +la calle. En la apariencia, la amistad entre ellos seguía inalterable. +La poca gente imparcial que había en Sarrió iba creyendo que no había +misterio alguno en su traslación y que todo era imaginaciones ridículas +de los del Camarote, a quienes cegaba el deseo de vencer a sus +contrarios. Sin embargo, pasaban los días, había entrado ya septiembre, +y ni el hijo ni el hermano del magnate acababan de llegar. Este había +mejorado muchísimo de salud en Sarrió, según decía a cuantos se le +acercaban. Hizo traer de Madrid coche y caballos y compró una bonita +balandra para pescar. Parecía disponerse a pasar todavía algunos meses +en la villa. + +En sus relaciones exteriores con la familia Belinchón, esto es, cuando +se encontraba con ella en público, observaba una conducta delicada y +afectuosa, como personas a quienes debía muchas atenciones. Con +Venturita no se autorizaba tantas familiaridades, pero no dejaba de +hablarla en el teatro o en el paseo de un modo cariñoso. Así hacía +perder la pista a los que buscaban la causa de su salida de la casa. +Doña Paula estaba muy satisfecha de esta conducta. El mismo Gonzalo, +comprendiendo que no se le podía exigir más, se mostraba con él atento y +cortés. La tranquilidad había vuelto a renacer entre los jóvenes +esposos. Venturita, después de unos días en que no cambió con su marido +palabra alguna y aparecía pálida y ceñuda, herida, sin duda, por la +violencia que éste había desplegado en la escena que hemos descrito, +volvió a ser lo que antes, alegre y decidora unas veces, colérica y +caprichosa otras, siempre de palabra aguzada y sarcástica. Notó, sin +embargo, Gonzalo cierta amabilidad y deferencia inusitadas en ella. Lo +achacó al deseo de borrar el recuerdo de aquel pasajero, pero muy +peligroso disgusto que habían tenido. + +Y así continuaron deslizándose los días serenos en la casa de don +Rosendo, sólo turbados por los altibajos que la enfermedad de doña Paula +sufría. Tan pronto estaba en pie como en la cama. Salía en coche a dar +largos paseos con Cecilia o con Ventura, y solía llevar a su nieta +Cecilita, en quien adoraba. Don Rufo hablaba de la necesidad de +trasladarse a otro clima, a otro país más elevado sobre el nivel del +mar, donde el aire tuviese menos presión. Y don Rosendo, aunque con +repugnancia, pues el pensamiento de exterminar a sus contrarios y hacer +de una vez la felicidad de su villa natal, le perseguía sin cesar, iba +entrando por la idea y trazando vagamente planes útiles y grandiosos +como todos los suyos. Flotaba en su imaginación el proyecto feliz de +trasladar _El Faro de Sarrió_ a Madrid y hacerlo diario con el título de +_El Faro de las Provincias_. Defender los intereses morales y materiales +de las provincias, sostener su vida autonómica, independiente, frente a +la acción y poderío absorbentes de la capital, «foco de inmundicia que +envenenaba la savia de la nación y secaba todos sus veneros de riqueza». +¡Qué grande y noble pensamiento! + +A fines de octubre, Gonzalo fué a Lancia con una comisión de su suegro. +Se trataba de persuadir a un banquero de aquella población, para que no +enajenase las acciones que tenía, en un embarcadero de Sarrió, a cierto +individuo del Camarote, como se decía. En todo caso, que se las cediese +por el mismo precio a don Rosendo. Hacía ya dos días que estaba allá. Al +tercero por la tarde, cerca de la hora del obscurecer, se le ocurrió a +doña Paula subir a hacer una visita a su hija Ventura, que desde el +traslado del Duque había vuelto a ocupar el piso segundo. Muy rara vez +subía ya la buena señora la escalerilla de caracol. Pero aquel día se +sentía más ágil, más desahogada del pecho. Quiso probar sus fuerzas y +darse a sí misma una prueba de que estaba mejor. + +El móvil inmediato fué llevar a su nieta Cecilita una muñeca, cuyo +vestido desgarrado le acababa de coser la doncella. Los peldaños se le +hicieron muy altos. Al llegar a la mitad tuvo que detenerse a tomar +aliento. Cuando llegó al piso, dijo en la voz más alta que pudo: + +—Cecilita, hija mía, ¿dónde estás? + +—Aquí, abuelita, aquí—respondió la niña saliendo de la estancia de su +madre. + +Era una criatura que aun no había cumplido los tres años, rubia como el +oro, tan habladora y espontánea, que ejercía sobre la abuela verdadera +fascinación. + +—¿Qué me taes, abuelita, qué me taes?—preguntó, mirando con avidez a +doña Paula, después de haberla abrazado por las piernas con tal ímpetu, +que por poco da con ella en tierra. + +—La muñeca, hermosa, que te ha arreglado la chacha. + +—Muñeca no... muñeca pa Lalina... yo soy gande... yo quero un chocho. + +—No tengo chochos aquí, vida mía—respondió la abuela mirándola +embelesada. + +—Tene mamá chocho... Ven... dame uno. + +Y la llevó por el vestido al gabinete de su madre. + +Al entrar en él la niña, pareció sorprendida y echó una mirada a todas +partes. Ventura había salido a recibirlas con la sonrisa en los labios, +besando a su madre cariñosamente: + +—¡Jesús, qué pinitos! ¿Cómo te has decidido?... No sé si te convendrá +subir escaleras, mamá... ¿Te sientes bien? + +—No me he fatigado gran cosa. Yo creo que estoy mejor. Las pildoras de +Dehaud, me parece que me prueban bien. + +—Vaya, me alegro que al fin hayamos dado con una medicina que produzca +algún efecto... ¿Quieres sentarte? + +—Abuelita, dame un chocho—dijo la niña interrumpiéndoles. + +—No tengo, hija mía... ¿Tienes algún caramelo, Ventura? + +—No. + +—Tene Jame que está aquí. + +Venturita se puso horriblemente pálida. + +—¿Qué Jame, niña?—preguntó doña Paula. + +—Nada, nada, cualquier tontería... ¿Conque te han probado bien las +pildoras?... Si don Rufo, por más que digan, entiende... ¡Vaya si +entiende!—se apresuró a decir Ventura con voz temblorosa, la faz tan +descompuesta, que su madre la miró sorprendida. + +—Jame está aquí... Tene chocho... Ven, abuelita. + +La niña tiró del vestido a la señora. Esta, pálida ya también, +adivinando vagamente algo terrible, se dejó arrastrar sin saber lo que +hacía. + +—¡Cecilia!—gritó Ventura con una voz extraña que jamás le había oído +su madre. + +Pero la niña no hizo caso. Siguió arrastrando a su abuela hacia la +alcoba. Antes de llegar a la puerta, se presentó en ella el duque de +Tornos. + +Doña Paula, ante aquella repentina aparición, se quedó un instante +clavada al suelo, el rostro blanco y aterrado, la mirada atónita. +Después cayó pesadamente al suelo, arrastrando en la caída a su nieta. + +El Duque se apresuró a levantarla. Luego, ante un gesto imperioso de +Ventura, la dejó sobre el sofá y huyó. + +A las voces de la joven, acudieron los criados y luego Cecilia. Se creyó +que era un síncope producido por la fatiga. Transportósela a su cama, +donde luego, merced a los cuidados de Cecilia, recobró el conocimiento. +Pero no la facultad de hablar. La infeliz señora no pudo ya articular +palabra. Así estuvo dos días, sin que los esfuerzos de don Rufo, ni los +de otro médico que llegó de Lancia, lograsen poner en movimiento aquella +lengua, que se había paralizado. Generalmente, estaba con los ojos +cerrados, exhalando leves gemidos. Sólo cuando Ventura entraba en el +cuarto los abría para clavarlos en ella con una expresión fija de +angustia y reconvención. El sacerdote a quien se llamó, se vió obligado +a confesarla por señas. Dos días después, casi a la misma hora en que +había acaecido la fatal escena, falleció la infeliz señora, que ni aun +en la hora de la muerte apartó sus ojos empañados del rostro de +Ventura. + + + + +XVII + +QUE GONZALO TOMA UNA GRAVE RESOLUCIÓN Y CECILIA OTRA + + +La familia Belinchón se refugió en Tejada para vivir a solas con su +dolor, durante algún tiempo. Doña Paula fué llorada como lo merecía, por +su magnánimo esposo. Dando tregua al espíritu progresivo y reformista +que le animaba, supo mostrarse tierno y sensible, lo cual en nada +menoscaba su gloria de publicista. Cecilia no se cansó en mucho tiempo +de llorar a su buena madre, con quien la ligaba tanto el parentesco de +la carne como el del alma. De todos sus hijos, era ésta la que más +semejanza guardaba con ella, aunque no era la preferida. El favorito, +Pablo, la sintió todo lo profundamente que él podía sentir algo en el +mundo. Es fama que, algunos días después del suceso, vió al último potro +que había comprado alcanzarse en el trote, y no le afectó gran cosa. +Pero en quien hizo sobre todo aquella repentina muerte un efecto extraño +y terrible, fué en Venturita. Tanto la impresionó, que estuvo algunos +días en la cama con fuerte calentura. Después que sanó, veíasela pálida +y triste. Contestaba distraída a lo que le decían: no salía casi nunca +del cuarto, a pesar de las instancias de su esposo. Este sentimiento tan +vivo como inesperado fué para él una prueba de lo que Cecilia y doña +Paula sostenían siempre; esto es, que Venturita era loca, caprichosa y +altiva, pero buena en el fondo. Algo se mitigó con tal consideración el +sincero dolor que experimentó por la muerte de su madre política. El +último y maternal servicio que la buena señora le prestara, había puesto +el sello al cariño que, con su conducta prudente y afectuosa, había +sabido inspirarle. + +El duque de Tornos se volvió a Madrid, poco después de la desgracia +sobrevenida a sus amigos. Desde allá se escribía con don Rosendo, a +quien obligó con más de un servicio en la lucha sin tregua que mantenía +contra sus enemigos los del Camarote. Estos servicios fueron coronados, +después de algún tiempo, por una gran cruz de Isabel la Católica. Al +mismo tiempo que el diploma, le remitía el magnate una placa de +brillantes, cuyo valor no bajaba de veinte mil reales. Puede cualquiera +imaginarse la emoción y la gratitud de don Rosendo, al recibir aquella +honrosísima distinción. Como en Sarrió nadie poseía una gran cruz, se +vió precisado a ir a Lancia, para que un caballero de la orden llevase a +cabo la ceremonia de ceñirle la banda. Y así que se vió caballero, él, +que profesaba cierto desprecio metafísico a las religiones positivas, +aprovechó una procesión de la parroquia para llevar el farol, con la +hermosa placa en el pecho y la banda por encima del frac. Los amigos de +Maza tragaron mucha hiel. Después la vomitaron, no sólo en su tertulia +del Camarote, sino en el periódico, donde, en serio y en burla, vejaron +de un modo repugnante al glorioso fundador del _Faro de Sarrió_. En +algunas cáusticas, feroces gacetillas, se estaba viendo al bilioso +alcalde con la pluma en la mano. Don Rosendo, por vez primera en su +vida, leyó aquellas diatribas sin conmoverse, con un desdén sincero. Y +es que, cuando se ha llegado a la cima de las sociedades humanas, deben +parecer las amenazas de los pigmeos más curiosas que ofensivas. + +Venturita salió, con este motivo, de su letargo sombrío. Habíase +realizado uno de los sueños que más acariciaba. Tomó parte en la alegría +y triunfo de su padre, y empezó a dejarse ver algunos días en la villa, +siempre en carruaje, por supuesto. Creció su orgullo y aquella +languidez señorial, imponente, que hacía morir de envidia y de rabia a +las señoras y señoritas de la villa, quienes se vengaban de su desprecio +llamándola, en sus horas de murmuración, «la princesa del Bacalao». La +muerte de su madre, a quien todo el mundo había conocido en Sarrió +artesana, «con pañuelo atado atrás», como allí se decía, contribuyó +tanto como la gran cruz de su padre a elevar el nivel social de la +familia, a aristocratizarla, por decirlo así. Ventura, con su desdeñoso +porte, con sus riquísimos vestidos, con la frialdad despreciativa con +que trataba a sus conocidas, vengaba lindamente a aquella pobre mujer, a +quien las señoras de Sarrió tanto habían hecho sufrir en vida. + +Se pasó el invierno en Tejada, un invierno crudo, como pocos lo habían +sido. A temporadas llovió mucho, y esto hacía imposible el salir de +casa. Otras veces heló cruelmente. El cielo se mantenía sereno, pero los +campos, por la mañana, aparecían blancos, con una escarcha de medio dedo +de grueso. En ocasiones también nevó abundantemente. Todos estos +fenómenos meteorológicos tienen sus encantos en la aldea para el que +sabe hallarlos. Gonzalo había nacido para vivir feliz en medio de las +fluctuaciones de la Naturaleza. Si helaba, levantábase de madrugada y +dejaba atónitos a los de casa saliendo al corredor en mangas de camisa, +lavándose todo el cuerpo con el agua que se hacía sacar de las pilas de +mármol, después de roto el hielo. Luego, se vestía con un ligero traje +de caza, tomaba la escopeta, y emprendía famosas, descomunales correrías +de seis y ocho leguas, sin que nadie le oyera jamás quejarse de +cansancio. Si nevaba, se ponía el impermeable, las botas altas y la +gorra de pelo, y salía a matar palomas torcaces o gachas por las +cercanías de la posesión. Más de una vez tiene caído en cisternas +atacadas de nieve, logrando salir, gracias solamente a su vigor +extraordinario. Cuando llovía no había más remedio que quedarse en casa. +Pero aun entonces ofrecía la aldea placeres desconocidos en la villa. +Aquel lavado de los árboles y plantas era grato a los ojos. El verde +obscuro de las coníferas, después de algunos días de lluvia, adquiría +tonos claros merced a los retoños que apuntaban en la cima de las ramas; +en cambio la escarcha los marchitaba instantáneamente. Las hojas de las +magnolias brillaban como cristales, y en aquella atmósfera acuosa los +colores, los matices de la naturaleza cambiaban sin cesar, los contornos +de los árboles y las montañas se desvaían con suavidad exquisita. Y la +misma monotonía del agua al caer constantemente sobre los árboles con +triste rumor, engendra una soñolencia feliz, no exenta de voluptuosidad +para los que nada tienen que hacer fuera de casa, y encuentran en ella +las comodidades y refinamientos que la civilización proporciona a los +ricos. Era grato escuchar el _pío, pío_ de los ateridos gorriones, +guareciéndose por centenares en una washingtonia que había cerca de +casa, como en una gran pajarera: era grato ir a dar de comer a los +animalitos exóticos que don Rosendo tenía en su finca, salvando en +almadreñas la distancia que separaba sus cobertizos de la casa: era +grato también quedarse adormecido en una butaca al pie de la chimenea +con el cigarro en la boca y la botellita de ron delante, mientras +Cecilia leía un cuento interesante o algunos versos sonoros y +armoniosos. + +Don Rosendo y Pablo se iban todos los días invariablemente a Sarrió +después de almorzar y venían a la hora de comer. El uno se ocupaba en +encauzar la opinión pública por los derroteros del progreso moral y +material, con mengua de los «reptiles que se arrastraban por el cieno, +impotentes para elevarse un instante a la región de las ideas, +escupiendo su veneno a todo el que sobresale por la inteligencia o por +la virtud». Excusado es decir quiénes eran estos reptiles a los que don +Rosendo aludía con frecuencia en sus artículos. El otro, tratando de +inclinar siempre los ojos y el corazón de cuantas forasteras hermosas +llegaban a la villa, hacia su adorable persona. Alguna mañana salía con +su cuñado de caza; pero observando que la intemperie atezaba su rostro, +dejó casi por completo este ejercicio. Por otra parte, Piscis era +enemigo nato de él. Para este inteligente centauro holgaba todo en la +tierra menos los caballos. + +En las horas de la tarde, cuando llovía, si Ventura estaba de buen +humor, jugaba con Cecilia y Gonzalo al tresillo. Si no, jugaban los dos +últimos al _tute_ mano a mano con las niñas sentadas en sus regazos +respectivos, las cuales les molestaban a cada momento llevando sus +manecitas a los naipes. Ambos eran de buena pasta y se contentaban con +apartárselas suavemente. + +—Quieta, Cecilita, quieta, que si le enseñas mis cartas a tu tía, me va +a ganar. + +—No hagas caso, monina, tira por ellas—decía la joven riendo. + +Hasta que concluían por entregárselas, quedándose ambos arrobados +mirándolas hacer castilletes, ayudándolas ellos mismos con grave +atención, mientras la lluvia azotaba los cristales pintados de las +ventanas chinescas y los maderos de haya chisporroteaban en la chimenea. + +Las niñas comían antes que la familia. Era importante ocupación para +Cecilia hacerles plato, anudarles la servilleta, servirles agua y +vigilar «que no hiciesen cochinetas». Gonzalo, cuando estaba en casa, +presenciaba con deleite la refacción: se mantenía en pie como un magiar +detrás de las sillas de sus hijas. Después, era preciso llevarlas a la +cama. Cecilia cogía una en brazos, Gonzalo la otra, y las llevaban al +cuarto de aquélla, donde ambas dormían. La tarea de desnudarlas era +complicada y entretenida. Gonzalo, a pesar de su musculatura de toro, +poseía tanta delicadeza como una mujer para desatar las cintas y mover +sus cuerpecitos a un lado y a otro sin lastimarlas. A menudo las manos +de los cuñados se tropezaban. Cecilia retiraba la suya prontamente. Una +leve nube sombría cruzaba rápidamente por su risueño semblante. Gonzalo +no advertía nada. Cuando ya estaban acostadas, escuchaban sonriendo las +inocentes oraciones que _tiita_ hacía repetir a Cecilia. Paulina aun no +sabía elevar su entendimiento al Ser Supremo, y hasta se rebelaba para +hacer la señal de la cruz. Mientras se dormían, papá y _tiita_ habían de +estar bien pegaditos a las camas sin moverse. Si mantenían conversación +entre sí, las niñas se agitaban y tardaban mucho más en conciliar el +sueño. Así que procuraban guardar silencio, o cambiar solamente palabras +sueltas en voz baja. Cecilita no podía dormirse sin tener cogida una +oreja de su tía. Contra este capricho protestaba a menudo Gonzalo; todos +los días hablaba de quitárselo; pero su cuñada no hacía caso; ella misma +se inclinaba sobre la almohada para que la niña lo satisficiese. Gonzalo +se quedaba algunas veces dormido sobre la de Paulina, sobre todo cuando +había ido de caza. Al despertar, veía frente a sí el rostro pálido y +dulce de su cuñada, con los ojos muy abiertos, mirando con fijeza al +vacío. + +—¿En qué piensas, Huesitos?—le preguntaba restregando los suyos. + +La joven salía de su éxtasis estremeciéndose, y sonreía bondadosamente. + +—No lo sé yo misma... En nada. + +—¿No tienes algún quebradero de cabeza?—le dijo una noche levantándose +y cogiéndola afectuosamente la barba. + +—Bah, ¿qué quebraderos de cabeza quieres que tenga en esta +aldea?—respondió Cecilia poniéndose colorada, y retirando el rostro. + +—Puedes tenerlo en Sarrió. + +—¿Y había de ser tan ingrato que no viniera a verme en los meses que +hace que aquí estamos?... Ya te he dicho que yo me quedo para vestir +santos—añadió sonriendo. + +—No puede ser eso—replicó con calor el joven,—¡no puede ser! Sería +un delito de lesa humanidad que te quedases soltera. Tú has nacido para +casada... No tienes más aficiones que la de arreglar la casa, cuidar a +los niños, coser, limpiar... Serás una _perfecta casada_, como la +describe Fr. Luis de León. No puede tolerarse que pudiendo hacer la +felicidad de cualquier hombre, te empeñes en ser una solterona... Mira +que son muy antipáticas... + +No sabemos lo que Cecilia pensó en aquel momento; pero bien pudo ser una +cosa semejante a ésta:—«Sí; he podido hacer la felicidad de todos... +menos la tuya». + +Alargó con un gesto de indiferencia los labios y respondió: + +—¡Qué le vamos a hacer! Esas cualidades las tienen todas las mujeres +que no son bonitas. Las que pueden brillar, se ocupan de sus trajes, y +tienen razón. + +Había en estas palabras una ironía triste, desgarradora, que Gonzalo no +pudo menos de sentir en el corazón. + +—¡Oh, siempre estás con esa tonadilla!... Me parece que te haces la +modesta para que te regalen el oído... Demasiado sabemos todos que tú +puedes brillar como la primera... Tienes unos ojos como no hay otros... +eres esbelta, elegante, distinguida; ¿quiere usted más, mademoiselle +Huesitos?... Lo que hay, señorita, es que usted tiene más de aquí que de +aquí... + +Y le puso primero el dedo en la frente y después en el sitio del +corazón. + +—Cuando venga alguno que sepa interesarte de verdad, ya se verá cómo +desaparecen todas esas ideas de celibato. + +Cecilia levantó los hombros y volvió a quedarse con los ojos extáticos, +rehuyendo la conversación. + +Ya no salía tantas veces con su cuñado de caza. El cuidado de las niñas +reclamaba su presencia. Pero casi siempre iba a esperarle por las +tardes, unas veces sola, otras con las niñas y sus doncellas. Al partir +no se olvidaba Gonzalo de decirle por cuál camino tomaba: + +—«Hoy voy hacia Naves a ver si suelto alguna liebre.—Hoy volveré por +la carretera de Nieva.—Hoy voy por el camino de Rodillero». + +Estas esperas, cuando iba sola, como quiera que se alejaba de la casa, +no dejaban de ofrecer algunos peligros. Por más que Gonzalo se los +representaba, nunca quiso hacer caso. Desde niña había mostrado siempre +una extraña serenidad, nada femenina, para desafiarlos. Jamás había +creído en apariciones o en duendes, ni la sobresaltaban, hasta el punto +de turbarle la razón, los ruidos temerosos, ni siquiera los peligros +ciertos. En más de una ocasión, ante una vaca desmandada o una riña de +borrachos, cuando sus compañeras huían gritando o se desmayaban, ella +sola se mantenía firme y sosegada, juzgando con precisión el riesgo, y +evitándolo sin descomponerse. Tal cualidad había contribuído no poco a +crearle aquella fama de fría y apática que tenía dentro y fuera de casa. + +Llegó el mes de abril y la familia se trasladó de nuevo a Sarrió. +Efectuáronse elecciones municipales en junio, y Gonzalo salió elegido +concejal, contra su gusto. Don Rosendo le había impuesto este +sacrificio. Ventura, desde que entró el verano, parecía más animada. +Salía con alguna frecuencia de casa, y su aparición en coche +descubierto, causaba siempre cierta sensación. La verdad es que estaba +preciosa con sus ricos trajes de luto, llegados de París. Por coquetería +debiera vestirse de negro, pues era incalculable lo que realzaba este +color el brillo nacarado de su tez, los reflejos dorados de sus +cabellos. Cuando iba los domingos a la iglesia para oir la misa de once, +que era la más concurrida, nunca dejaba de levantar su presencia un +murmullo reprimido de curiosidad en las mujeres, de admiración en los +hombres. Aquel aire de princesa que ponía fuera de sí a las señoras, era +lo que más placer causaba a los caballeros. Todos convenían en que por +su belleza y elegancia, por sus modales distinguidos, se apartaba mucho +de las demás jóvenes del pueblo, y haría lucido papel en los salones más +aristocráticos. También Venturita había convenido en ello hacía mucho +tiempo. La idea de irse a vivir a Madrid, trabajaba con ahinco en su +mente. Insinuósela a su marido; pero éste mostró gran repugnancia a +trasladarse. No era él hombre para la corte. Los deberes sociales que +allí impone la cortesía, le aburrían. Había nacido para la libertad, +para el goce que proporciona el aire libre del mar, el ejercicio +corporal, los trajes cómodos, holgados. Además, presumía muy bien que la +renta que en Sarrió les permitía vivir como los primeros, en Madrid no +bastaría a sustentarlos en el mismo pie, sobre todo, dada la inclinación +de su mujer al boato. Venturita, sin embargo, estaba tan segura de +vencer esta resistencia, que no hablaba siquiera del asunto, meditando +la época y la forma en que habían de irse. + +Un suceso vino a turbar en cierto modo la vida de la familia Belinchón. +Gonzalo fué nombrado inopinadamente alcalde de Sarrió, por mediación del +duque de Tornos. Su primera idea fué rechazar aquel nombramiento, +presentar alguna excusa; pero cayeron sobre él don Rosendo y todos sus +amigos, poniendo tanto empeño y calor en que aceptase, que no tuvo más +remedio que hacerlo. A los del Saloncillo les iba muchísimo en ello. +Verdad que se vieron defraudados, pues el nuevo alcalde no quiso de +ningún modo poner al aire los cimientos de las casas de sus enemigos, +como había hecho Maza, ni cometer otra porción de tropelías que le +exigían. En el mes de septiembre, cuando terminó la temporada de baños, +que en la villa era animada, y comenzaba en el campo la de la caza, +Gonzalo se trasladó con la familia a Tejada. Las niñas se ponían aquí +muy buenas y él se divertía extremadamente. Por otra parte, no dejaban +grandes recreos tampoco en Sarrió. Algo le estorbaba su cargo de alcalde +para este traslado; pero convino con sus compañeros de municipio en +venir todos los días, o por lo menos con mucha frecuencia. El trayecto +se recorría en carruaje en menos de media hora. No obstante, don Rosendo +dejó abierta la casa de Sarrió para que Gonzalo y él pudiesen comer y +dormir allí siempre que quisieran. Venturita, pensando en marcharse a +Madrid la próxima primavera, no puso obstáculo a los planes de su +marido. + +Mucho se alegró éste de haber tomado aquella resolución cuando supo que +el duque de Tornos pensaba venir el próximo mes de octubre, alegando +que con la vida de Madrid habían vuelto a exacerbarse sus padecimientos, +casi extintos mientras permaneció en Sarrió. Porque allá, en el fondo +del alma, y sin querer confesárselo, nuestro joven sentía la mordedura +de los celos. Cuantas reflexiones se hacía y argumentos poderosos a sí +mismo se presentaba para tranquilizarse, no bastaban a arrancárselos del +pecho. Había pensado, mientras el Duque estuvo por allá, que ya nunca +más se acordaría de aquel rincón. La noticia de su venida fué, pues, +para él, una contrariedad, si no un disgusto serio. Y, en efecto, hacia +últimos de octubre, no tuvo más remedio que ir a esperarle a Lancia, en +compañía de su suegro y de otra porción de señores, todos socios del +Saloncillo. El nombramiento de alcalde a su favor, había constituído al +magnate en protector decidido de este partido. Alojóse con su secretario +en la fonda de la Estrella, y comenzó a hacer la vida de ejercicio que +tan bien le sentaba, según decía (y así era la verdad). Muchos días +buenos salía de pesca o de paseo; otros iba de caza o montaba a caballo. +Esta vez no había traído más que dos, uno de tiro para un tílburi, y +otro magnífico de silla. El secretario, cuando iba de paseo, montaba en +uno que don Rosendo había puesto a su disposición. + +Con la familia de éste mantenía cordiales relaciones; pero sólo había +ido a Tejada tres veces en quince días. Como Ventura y Cecilia solían +venir a Sarrió a menudo, aquí las veía y hablaba, por más que huía de +acompañarlas públicamente. Gonzalo, desde que llegara, leía asiduamente +_El Joven Sarriense_, que se publicaba ya tres veces a la semana, lo +mismo que _El Faro_. Lo leía para apaciguar un poco la inquietud que +sentía. Porque siempre estaba temiendo alguna gacetilla injuriosa como +la que tanto le había hecho padecer el verano anterior. En los primeros +números, después de la llegada del magnate, _El Joven_, francamente +hostil ya a él, se contentaba con ridiculizarle bajo nombres +transparentes, como pintor y pescador, y hasta como hombre político, +insinuando la idea de que el Duque era un personaje desprestigiado de +Madrid, rechazado por la corte y sin influencia con el Gobierno. Sacó a +luz algunas anécdotas de su vida, en que no hacía muy honroso papel, y +hasta la emprendió con sus trajes y corbatas, no perdonando medio para +hacer reir a su costa. Don Jaime no leía tal papelucho; pero habiéndole +indicado Peña algo de lo que decía contra él, sonrió malévolamente y +escribió al gobernador de la provincia pidiéndole que aprovechase el +primer pretexto para suprimirle. Los del Saloncillo sabían de esta carta +y esperaban con ansia y fruición el golpe. + +Al fin la envenenada flecha que tanto temía Gonzalo, vino a clavársele +en el corazón. No fué una gacetilla, sino un cuento que figuraba pasar +en Escocia, donde bajo nombres ingleses, salían a relucir él, su esposa, +el Duque, don Rosendo y otras personas conocidas, para vejarlas y +ponerlas atrozmente en ridículo. Entre otras cosas, se decía que +mientras el _sheriff_ (él, sin duda alguna) cumplía con extremado celo +los deberes de su cargo, lord Trollope (el Duque) cumplía por él los +deberes de esposo cerca de su bella mitad. Gonzalo sintió el mismo +escalofrío de dolor y de ira que la vez pasada. Pero ahora, aleccionado, +se propuso dominarse, cerciorarse de si aquella maligna insinuación +tenía algún fundamento, y si por desgracia esto sucediese, tomar una +venganza cumplida, y que fuese sonada. Gran trabajo le costó disimular +la emoción que le embargaba. No estaba avezado a ocultar sus +sentimientos. Mas el vivo deseo de salir de dudas, le ayudó +poderosamente. Lo único que se notó en su casa fué que andaba un poco +más triste y distraído. Se dedicó durante algunos días a observar a su +esposa, no perderla de vista un instante; pero nada encontró que pudiera +dar pábulo a sus sospechas. Al mismo tiempo, estudiaba si el Duque podía +avistarse con ella y de qué manera. El resultado de sus investigaciones +fué que sólo cuando él venía a las sesiones del ayuntamiento, podía +darse esto caso. De día, sumamente difícil, porque no era el Duque +persona que pudiera pasar inadvertida. Fijóse, por tanto, en las horas +de la noche, cuando él se quedaba a dormir en la villa. + +Resolvió saber de una vez la verdad. Para ello, anunció con dos días de +anticipación a la familia, que el viernes debía dormir en Sarrió, a +causa de una sesión del ayuntamiento, que presumía había de ser +borrascosa. De nada menos se trataba que del nombramiento de uno de los +dos médicos del partido, que la corporación municipal pagaba. Los de +Maza tenían su candidato y los de don Rosendo también. La lucha estaba +empeñadísima, no por razón de los votos, que estaban perfectamente +contados de antemano, sino porque los del Camarote, que habían de +resultar vencidos, tenían preparada una zancadilla parlamentaria, para +inutilizar al candidato de sus enemigos, por faltarle algunos meses de +práctica, para llenar el tiempo que el municipio había impuesto como +condición a los pretendientes. + +El día de la gran prueba, Gonzalo estuvo muy agitado. Había tratado de +inquirir con disimulo, si algún criado de la casa estaba comprometido, o +por lo menos sabía algo. Nada encontró tampoco que lo hiciera presumir. +Almorzó sin apetito. En cuanto tomó café mandó enganchar y se fué en +compañía de su suegro. La sesión del ayuntamiento duró hasta las diez de +la noche. A esa hora se retiró a casa y don Rosendo también, el cual +encontraba a su yerno harto distraído y preocupado. Gonzalo se +disculpaba diciendo que le irritaba mucho la bilis la conducta de los +amigos de Maza. Fuéronse a dormir. A eso de las once, cuando todo estaba +en silencio, nuestro joven salió sigilosamente de casa y emprendió a pie +por el camino de Tejada. La noche estaba nublada, pero no muy obscura. +La luz de la luna se cernía al través de la capa de nubes, dejando bien +percibir los objetos a corta distancia. Caminaba con premura, apoyándose +en un grueso bastón de estoque. Además llevaba en el bolsillo un +revólver. Sentía una tristeza profunda. Aquella prueba que iba a hacer +le causaba temor y remordimientos a la vez. Si su mujer era culpable, +¡qué horrible tragedia la que se preparaba! Y si no lo era, él cometía +una bajeza sospechando de su honradez. Iba con el mismo recelo que el +ladrón que va a asaltar una casa, ocultándose detrás de las paredes de +la carretera en cuanto sentía pasos, estremeciéndose si escuchaba una +voz, por lejana que fuese. La idea de que algún conocido le viese a +aquellas horas caminando a pie, le causaba gran vergüenza, dando por +seguro que había de adivinar su intención. El aire era fresco y le +penetraba hasta los huesos, aunque rara vez había sentido frío en su +vida. Los árboles, como negros fantasmas alineados a lo largo de la +carretera, dejaban salir de sus copas blando rumor melancólico. Debajo +de uno de ellos creyó percibir un bulto que se movía y saltó a los +prados, temiendo tropezarse con alguien que le conociese. Miró por +encima de la paredilla y vió una vaca acostada rumiando tranquilamente. +Más allá, al pasar por delante de la casa de un labrador, se abrió +repentinamente una ventana y apareció el bulto de una mujer. Echó a +correr desaforadamente buscando la sombra de los árboles. A medida que +avanzaba, el corazón se le oprimía. Mil encontradas ideas batallaban en +su mente. Tan pronto recordando los deliciosos detalles de sus primeros +meses de matrimonio, las palabras dulces, las pruebas ostensibles de +amor que su mujer le diera, su mujer, cuyos defectos eran los de todas +las niñas demasiado mimadas, se ponía a imaginar que estaba bajo el +poder de una maldita alucinación, una de las mil infamias que los +enemigos de su suegro habían inventado para hacerles daño, y estaba a +punto de volverse a Sarrió y meterse nuevamente en la cama; como +apreciando y pensando los motivos que tenía para sospechar de ella, +aquella grave escena que determinó la salida del Duque de la casa de sus +suegros, su frivolidad y coquetería, la denuncia aunque embozada +persistente del periódico enemigo, se le encendía la sangre de golpe y +apretaba vivamente el paso. ¡Oh, desgraciados de ellos si era verdad! +¡Más les valía no haber nacido! Y apretaba con mano crispada el bastón +y tiraba del estoque para cerciorarse de que estaba allí pronto a +obedecerle. No se le ocurrió ni una vez acariciar el revólver. +Necesitaba a toda costa ver la sangre de los traidores. + +Cuando llevaba la mitad del camino andado próximamente, sintió detrás de +sí el galope de un caballo. Sin saber por qué, le dió un vuelco terrible +el corazón. Se apresuró a saltar a los prados y aguardó con ansiedad +mirando sigilosamente por encima de la pared a que el jinete pasase. No +transcurrieron dos minutos sin que en efecto cruzase por delante de él +como un relámpago. Pudo reconocer perfectamente el magnífico caballo +alazán del Duque. A éste no pudo distinguirle porque iba envuelto en un +capote, con un gran sombrero calado hasta las narices. Pero si los ojos +no, el corazón lo vió con toda claridad. Quedó yerto, pegado al suelo. +Sintió un desfallecimiento singular en las piernas como si fuese a caer. +Mas prontamente la sangre hirvió dentro de su brioso temperamento de +atleta. Tendiéronse sus músculos acerados y saltó sin tocar con las +manos la paredilla de seis pies que cerraba la finca. Cayó en medio de +la carretera. Sin detenerse un punto, emprendió una carrera vertiginosa, +loca, detrás del caballo, como si tuviese la absurda pretensión de +alcanzarle. Aunque su aliento era grande, sin embargo, se le concluyó +mucho antes de llegar a la quinta. Necesitó pararse tres o cuatro veces. +Por fin llegó a la verja. Entró por la puerta de hierro, que sólo estaba +llegada. Echó una mirada en torno y vió el caballo del Duque atado a un +árbol. Siguió precipitadamente, pero cuidando de no hacer ruido, por una +de las avenidas orladas de coníferas que conducían a la casa. Como +conocía todas las entradas, no se dirigió a la puerta cuyo llavín +llevaba consigo. Temía que algún criado le sintiese. Escaló por una +parra que adornaba el balcón del cuarto de su suegro, que solía quedar +abierto cuando él no dormía en casa. Por desgracia estaba cerrado. +Entonces sacó el estoque, y metiéndolo por la rendija de la puerta logró +levantar el pestillo y entró. + +Una persona le había visto: Cecilia. En una de las noches anteriores, +ésta, cuya habitación estaba próxima a la de sus hermanos, había creído +sentir ruido por la noche y se había levantado. Miró al través de los +cristales hacia la huerta y vió a Pachín, el criado, en compañía de otro +hombre a quien no pudo conocer. Sin embargo, concibió una viva sospecha +que la aterró. El modo de andar de aquel hombre, de quien no percibía +más que el bulto, no era de un campesino. Gonzalo dormía aquella noche +en Sarrió. Además, su cuñado era mucho más alto. Fuertemente +sobreexcitada por una idea espantosa, se acostó otra vez, pero no logró +dormir. Todo el día siguiente estuvo triste y preocupada. Al cabo logró +dominarse y resolvió en su interior vigilar a su hermana y saber de +cierto si eran quimeras o realidades lo que pensaba. Al efecto, no +perdió de vista a Pachín. Observó que el día mismo que Gonzalo había de +dormir en Sarrió, fué a este punto con una comisión de Ventura, aunque +él no era el encargado de hacer la compra. Cuando llegó quiso ver lo que +traía. Era una novela francesa que no pudo tener en las manos porque +Ventura se apoderó de ella al instante y se fué a su cuarto. No le cupo +duda de que el libro traía entre sus páginas alguna carta. Se propuso +entonces no dormirse aquella noche y saber de una vez la verdad. Después +de comer cosió un rato mientras Ventura leía a la luz del quinqué. En +cuanto sonaron las diez ambas hermanas se retiraron a sus respectivas +habitaciones. Cecilia se echó una manta por encima de los hombros, apagó +la luz y se sentó detrás de los cristales del balcón. Esperó una, dos +horas. A las doce, próximamente, de la noche percibió entre los árboles +dos sombras. Aunque con dificultad, reconoció a Pachín y al hombre de la +noche pasada, que esta vez advirtió bien que era el Duque. Las dos +sombras desaparecieron al instante entre los árboles cercanos a la casa. +Quedó petrificada. Una ola de indignación, que se formó en su pecho, +subió a los labios y exclamó:—¡Qué infame! ¡qué infame!—Siguió sentada +en la silla y con la sien pegada al cristal, aturdida, llena de +confusión y vergüenza como si ella fuese la culpable. Al cabo de algunos +minutos, estando con la mirada fija, atónita, en el parque vió correr +otra sombra con extraña velocidad hacia la casa. No pudo reprimir un +grito de espanto. Quedó en pie como si la hubieran alzado con un +resorte. Luego, trompicando en la obscuridad con los muebles y las +paredes se dirigió al cuarto de su hermana. Se hallaba en tinieblas. +Vaciló un instante en llamar: mas de repente se le ocurrió seguir +adelante pensando que Ventura no podía delinquir tan cerca de ella y las +niñas. A los pocos pasos, al revolver la esquina de un pasillo vió +claridad. Corrió hacia ella. En el gabinete persa, que era una rotonda +aislada en cierto modo de la casa, había luz. Dió dos golpecitos a la +puerta diciendo por el agujero de la cerradura: + +—Soy yo, Ventura. ¡Abre! Gonzalo está ahí. + +La puerta se abrió, en efecto. Apareció Ventura más pálida que una +muerta. El duque de Tornos estaba en el otro extremo, y se dirigía a una +ventana para saltar por ella. Cecilia corrió hacia él y le sujetó por +los brazos. + +—¡No, eso no! No se consigue nada... Ventura, escapa... ¡Hacia la +cocina!... Gonzalo sube por el cuarto de papá. + +La joven hablaba en falsete con tono imperioso, la mirada fulgurante. + +Ventura no se lo hizo repetir. Salió con precipitación del gabinete. + +Cecilia entonces arrastró al Duque con fuerza hacia uno de los divanes, +y le dijo: + +—Siéntese usted. + +El magnate la miró demudado, y preguntó: + +—¿Para qué? + +—¡Siéntese usted, le digo!—pronunció con rabia la joven, y al mismo +tiempo, poniéndole las manos sobre los hombros, le empujó hacia abajo. + +El Duque se sentó al fin. Acto continuo, Cecilia lo hizo sobre sus +rodillas; le echó los brazos al cuello; reclinó su cabeza sobre la del +noble, llegando a poner los labios sobre su rostro. + +En aquel momento se oyeron pasos precipitados en el corredor. Se abrió +la puerta violentamente, y apareció Gonzalo con el estoque desenvainado. +Cecilia volvió la cabeza y dió un grito. El joven retrocedió asustado al +reconocer a su cuñada. Soltó el arma que empuñaba, empujó otra vez +apresuradamente la puerta, y se fué tropezando, lleno de confusión, +hacia su cuarto matrimonial. + +Ventura estaba leyendo tranquilamente a la luz de un quinqué. Al ver a +su esposo delante, se levantó asustada. + +—¿Qué es eso? ¿Cómo estás aquí? + +Cualquier actriz le compraría de buena gana aquella actitud y la +inflexión de la voz. + +Gonzalo se detuvo cortado, sin saber qué decir. Salió del compromiso +exclamando: + +—¿No sabes el escándalo que está pasando en nuestra casa? + +—¿Qué ocurre?—profirió la joven viniendo hacia él, con la faz tan +desencajada, que si Gonzalo tuviese un temperamento observador, +comprendería que no podía ser solamente por su presencia. + +Cerró la puerta y le dijo al oído: + +—¡Tu hermana está en el gabinete persa con el Duque!... ¿No sabes +nada?... Di la verdad—añadió cogiéndola por la muñeca. + +Ventura se confundió, vaciló, tembló, bajó los ojos admirablemente. Al +fin dijo: + +—¿Cómo quieres que yo lo sepa, Gonzalo? + +—¡No mientas, Ventura!—exclamó con ademán furioso. En el fondo sentía +una alegría inmensa, infinita. + +—Te digo la verdad... No lo sabía... Pero sospechaba algo... Por eso me +asusté... Cuando tú entraste, estaba pensando en ir al cuarto de +Cecilia, a ver si estaba en él... + +—¡Qué atrocidad! ¡Qué escándalo!... ¡Pero ese infame!... Es menester +tomar una determinación... Debe concluir esto, sin que nadie se +entere... + +—Sí, sí... ¿Pero qué quieres que hagamos? + +—Yo no sé... Hablaré a tu padre... No, a tu padre, no... El pobre +recibiría un golpe mortal... Hablaré al Duque... ¡Ya veremos si se +resiste! + +Justamente en aquel momento oyeron ruido en el cuarto contiguo. + +—Cecilia entra en su habitación—dijo Ventura.—Voy ahora mismo a +hablar con ella. Todo terminará y quedará en secreto... No quiero que tú +te comprometas, Gonzalo mío—añadió echándole los brazos al cuello. + +Gonzalo hizo un gesto de desdén. + +—No, no; no quiero. Es mejor que yo hable con Cecilia... Aguárdame un +instante... + +Su marido la detuvo al tiempo de salir, y la dijo en voz baja: + +—No digas palabras feas. Procura estar prudente... El infame es él, que +se ha aprovechado de su estancia en nuestra casa... ¡Qué miserable! + +Ventura salió del cuarto y se dirigió al de su hermana temblando de +susto. La heroica joven, cuando aquélla abrió la puerta, estaba en pie +en medio de la habitación, con los brazos caídos y la vista fija en el +suelo. Ventura cerró la puerta cuidadosamente, y se dirigió a abrazarla, +murmurando con voz trémula: + +—¡Oh hermana mía, gracias, gracias! + +Pero Cecilia la rechazó brutalmente con un gesto de orgulloso desprecio, +exclamando: + +—¡Lo he hecho por él; no por tí! + + + + +XVIII + +DONDE TIRA DOÑA BRÍGIDA DE LA MANTA + + +Cecilia no volvería más. Comprendía la fealdad de su conducta. +Arrepentíase de haber dado ocasión para que los enemigos de Gonzalo le +injuriasen, dudando de la honradez de su esposa. Daba su palabra y hacía +juramento solemne de que aquellas escandalosas citas nocturnas no se +repetirían. Tal fué el recado que aquella noche trajo Ventura a su +marido. + +En los días que siguieron, éste no se mostró irritado, ni aun severo con +la delincuente. Toda su cólera y malquerencia eran para el Duque. Le +acusaba de haber abusado inicuamente de la confianza de su suegro para +despertar en la pobre Cecilia pasiones que siempre habían estado +dormidas. Tratábala con afabilidad, hasta con mimo, lo mismo que a un +niño enfermo, queriendo persuadirla a que no había perdido nada de su +afecto. Mas esta amabilidad era tan humillante para ella, veíase detrás +un hombre tan satisfecho, tan alegre de su culpabilidad, que la joven la +rechazaba con aspereza: no lograba, por muchos esfuerzos que hacía, +aparecer sensible a tal generosidad. Encerrábase en su cuarto sin +atender como antes al cuidado de las niñas: aparecía tan seria y +reservada a las horas de comer, que llegó a despertar la atención de don +Rosendo, con hallarse este gran patricio más que nunca absorto en la +alta dirección de la batalla del pensamiento que se libraba en Sarrió. +Y con la perspicacia que le caracterizaba, en seguida comprendió que se +trataba de «un decaimiento físico y moral, procedente de la vida +monótona de la aldea. La juventud pide lo suyo, y hay que dárselo». + +—Tú estás mal, Cecilia. Te veo pálida y triste. Necesitas salir de aquí +y vivir con más expansión, en un medio más a propósito para los jóvenes. +Iremos a pasar un par de meses de primavera a Madrid. En la aldea te +asfixias, como un pájaro dentro de la campana de una máquina neumática. + +Este gran pensador tenía a veces símiles felices, arrancados como el +presente a las ciencias físico-naturales. En la viveza con que la joven +aceptó el ofrecimiento, entendió que, como siempre, había dado en el +clavo. + +Ventura aparecía como antes. La terrible escena que había pasado, el +sacrificio de su hermana y su justo desprecio después, no habían dejado +huella en su vida. Hacía lo mismo que antes. Se mostraba tan cuidadosa +de su persona y descuidada de las otras como siempre lo había sido. Sin +embargo, cuando se encontraba con la mirada clara y penetrante de su +hermana, bajaba la suya prontamente. Desde la noche del suceso, huía de +encontrarse a solas con ella. Era bien fácil, porque Cecilia tampoco +tenía deseo alguno de cruzar la palabra con la infiel. + +Gonzalo, enteramente seguro ya de ella, gozaba de esta seguridad con +deleite. Entre los esposos había habido con tal motivo una +recrudescencia de cariño. Ventura le había exigido que nunca más +volvería a dormir fuera de casa. El lo prometió solemnemente. Pensando +en la falta de su cuñada, se repetía con frecuencia: + +—«Del agua mansa me libre Dios, que de la corriente me libraré yo». Y +desde entonces no sólo perdonaba a su mujer aquella ligereza y +frivolidad, afición al lujo y carácter altanero que tanto le habían +disgustado, sino que llegó a ver en estos defectos una garantía de su +fidelidad. No hay nadie sin defectos, se decía, y es preferible que +tenga éstos al que yo había imaginado. + +Cinco o seis días después del suceso relatado, _El Joven Sarriense_ +insertaba una gacetilla donde pérfidamente se insinuaba la misma idea +que le había obligado a hacer aquella memorable excursión nocturna a +Tejada. La leyó sin emoción, con la sonrisa en los labios, burlándose en +su interior del engaño que sus enemigos padecían. Sin embargo, como al +fin y al cabo era una injuria la que venía allí escrita, resolvió +castigar a los insolentes, aunque no de un modo trágico. Por la noche se +introdujo súbitamente de modo sigiloso en la redacción del _Joven +Sarriense_. No estaban allí a la sazón más que tres redactores. Uno de +ellos era el traidor Sinforoso Suárez. Sin decirles una palabra, cayó +sobre ellos a puñadas y puntapiés, con tal maña y coraje, que no +pudieron hacer resistencia. Cuando alguno se levantaba del suelo, un +tremendo revés a mano vuelta le tumbaba de nuevo. No sólo los tumbaba a +ellos, sino también las mesas y los armarios, haciendo mayor destrozo +que un terremoto. Cuando se cansó de sacudirles la badana, salió muy +tranquilo a la calle riendo. Acudía ya a las voces de socorro alguna +gente; pero él les dijo: + +—Nada, señores, que se están pegando ahí arriba los redactores del +_Joven_... A ver, guardia, suba usted y diga a esa gente que si +continúan dando escándalo me voy a ver precisado a mandarles a la +cárcel. + +Cuando se supo la verdad del caso, se rió mucho esta salida. Los del +Camarote se pusieron frenéticos. Pero Gonzalo, no tanto por su cualidad +de alcalde, como por sus puños terribles, inspiraba tal respeto, que al +fin se resignaron a quedarse con la justísima paliza que a tres de sus +colegas les habían administrado. + +Pasó el Carnaval sin gran animación. Ya no se formaban en Sarrió +aquellas celebradas comparsas y cabalgatas, que llamaban la atención de +toda la provincia, y hacían de esta villa una Venecia en miniatura. + +En otro tiempo, todos los vecinos tomaban parte en aquella inmensa, +desenfrenada alegría. Los ricos no sólo proporcionaban sus coches y +caballos, sino también abrían suscripciones para encargar trajes +lujosísimos a Madrid. Estas comparsas iban arrojando anises, almendras y +caramelos a los balcones, sin darse punto de reposo. Los bailes del +Liceo, si no tan brillantes, eran tan animados y divertidos como los que +se celebran en los palacios más opulentos de la corte. ¡Oh, el Carnaval +de Sarrió! ¡Quién en la provincia septentrional, donde estos sucesos se +efectúan, dejará de tener recuerdos vivos y gratos de él! + +Pero con la lucha política entre güelfos y gibelinos, entre los del +Saloncillo y los del Camarote, todo se había huído. Cada cual se +encerraba en su casa. Sólo se veía por la calle tal cual empedernido +máscara haciendo las delicias de un enjambre de chiquillos que le +seguían. Los esfuerzos titánicos de don Mateo no habían bastado tampoco +a prestar animación a los bailes del Liceo. En vano iba conferenciando +con todas las niñas casaderas de la población, para arrancarles la +promesa de asistir, lo cual, en verdad, no le costaba gran trabajo. Mas +en cuanto el papá se enteraba, fruncía el entrecejo y decía gravemente: + +—Ya veremos, don Mateo, ya veremos. + +Este veremos significaba, las más de las veces, una prudente abstención. +Podían estar allí Fulano o Mengano, con los cuales, el buen papá, no +quería compartir ni la atmósfera. + +El año anterior, don Mateo había tratado de resucitar el antiguo baile +de Piñata, de imperecederos recuerdos para todo buen sarriense, que se +celebraba en el primer domingo de cuaresma. El alcalde, que era a la +sazón Maza, bajo el pretexto religioso, y tratando de halagar a los +beatos de la villa, negó el permiso para efectuarlo. Este año, el +incansable viejo volvió a la carga con más ardor. Gonzalo no tuvo +inconveniente alguno en permitirlo. Luego se dió tan buena maña para +alborotar a la población, anunciando extraordinarias sorpresas, que +habían de salir de un famoso globo encargado a Burdeos, que consiguió +inspirar vivos deseos en todos de acudir aquella noche al Liceo. Por +primera vez en Sarrió, después de unos cuantos años, el salón de esta +sociedad prometía estar muy concurrido. Los días que precedieron a aquel +domingo, las muchachas y muchachos, o como se decía entonces, las pollas +y pollos, lograron sofocar con sus pláticas y preparativos el +desagradable zumbido de la política. Fué como un momento de respiro de +la aburrida villa. Venturita, en cuanto tuvo noticia de que se preparaba +un baile de verdad, se apresuró a encargar a la modista un lujosísimo +vestido, para disfrazarse de Isabel de Inglaterra y otro para Cecilia, +de dama de Luis XV. Esta se había resistido bastante a ir al baile. Fué +tanto, no obstante, el empeño que Gonzalo puso en ello, sin duda para +distraerla un poco de la melancolía en que había caído, que, al fin, +cedió. Con ir a Sarrió a probarse los trajes y dar instrucciones a la +modista, se distrajeron algunas tardes. + +Llegó el esperado domingo. Gonzalo, que estuviera ocupado toda la +mañana, almorzó en Sarrió. Cerca ya del obscurecer se volvió a Tejada +con el objeto de comer con la familia y traer a su mujer y cuñada al +baile. Cuando llegó, éstas se estaban vistiendo ya en sus respectivas +habitaciones. Ambas se presentaron en el comedor un poco después de la +hora acostumbrada, primorosamente ataviadas. Cecilia, como suele +acontecer a todos los temperamentos serios cuando se animan súbitamente, +estaba encendida y locuaz. Parecía haber sacudido las ideas negras que +tanto obscurecían su rostro en los días anteriores. Gonzalo, antes de +ponerse a la mesa, bromeó graciosamente, tanto con ella como con su +mujer. Mientras duró la comida no dejó de reirse a su costa con aquella +ruidosa y cordial alegría que le caracterizaba. + +—¿Vuestra majestad no quiere un poco de chorizo?—decía dirigiéndose a +su esposa. Y luego, regocijado por su frase, soltaba una larga y sonora +carcajada, como las que debían lanzar los reyes bárbaros en sus +festines, sacudiendo su enorme tórax con temerosas convulsiones. Su +alegría de hombre sano y bien equilibrado era comunicativa. Nadie dejaba +de reirse cuando a él se le ocurría hacerlo. Aquella noche Ventura +estaba muy amable y daba palmetazos en las espaldas a su marido +pidiéndole que callase, que no podía comer en paz. Después que +concluyeron, cuando estaban tomando el café, sea por haberse reído +demasiado o por cualquier otra causa, la joven esposa se sintió mal del +estómago. La comida le había hecho daño. Dijo que tenía ganas de +devolverla. Y en efecto, se fué a su cuarto y al poco rato volvió +diciendo que había arrojado y le dolía la cabeza. Se le hizo te. Estuvo +reposando sobre un diván algún tiempo; mas el dolor y la incomodidad no +desaparecían. + +—Mirad; idos vosotros al baile. Yo me voy a meter en la cama—dijo +levantando la cabeza. + +Cecilia, por cuya mente cruzó súbito una sospecha, respondió: + +—No; yo me quedo también. + +—¡Qué tontería!—exclamó la enferma.—¿Vais a privaros de la única +diversión que hay en Sarrió hace tiempo, por una cosa tan ligera? + +—Sí—replicó Cecilia con la misma gravedad.—Yo me quedo. + +—Pero, mujer, ¡si sabes que esta incomodidad la padezco yo a menudo! Es +un poco de bilis. En cuanto duerma cuatro o cinco horas estoy buena. + +—Pues yo me quedo. + +—Pues me obligarás a mí a ir enferma y todo—dijo con impaciencia, +levantándose. + +—Tiene razón Ventura, Huesitos—dijo Gonzalo cogiendo a su cuñada por +los hombros y sacudiéndola cariñosamente.—Esto no es nada; lo ha tenido +cien veces. ¿Por qué te has de privar tú de ir al baile?... Ea, ea, a +tomar el abrigo. Ramón ya ha enganchado. Son más de las nueve y +media—añadió empujándola hacia la puerta. + +Cecilia no pudo resistirse. Antes de salir dirigió una penetrante mirada +a su hermana, que ésta se apresuró a evitar sentándose de nuevo. + +Abajo les esperaba ya, en efecto, Ramón, con el familiar enganchado. +Llevaban el carruaje mayor que tenían. Don Rosendo y Pablito, que se +habían quedado a comer en Sarrió, volverían probablemente con ellos a la +madrugada. Durante el trayecto, Gonzalo se mantuvo alegre y hablador, +dando matraca a su cuñada, la cual estaba taciturna en demasía. El joven +creía que el recuerdo de la fatal escena que narramos la atormentaba, y +hacía vivos esfuerzos por distraerla. + +La sociedad del Liceo se hallaba establecida en la única ala sana de un +viejo convento derruído. Primero había sido escuela; mas cuando el +ayuntamiento edificó el nuevo local, hacía ya algunos años, la sociedad, +que tenía uno malísimo, se trasladó a éste, previo un arreglo o +restauración que dirigió don Mateo y costó muy buenos cuartos. Los +trabajos, sin embargo, se limitaron casi exclusivamente al salón de +baile y la escalera. La secretaría, el despacho del presidente, la sala +de ensayos de la orquesta, eran amplias y desnudas cuadras, con el +pavimento de madera podrido y roto, y las paredes blanqueadas. + +La escalera estaba bien iluminada y adornada con macetas de flores, que +atestiguaban el celo y el gusto de don Mateo. Gonzalo y Cecilia la +subieron de bracero. Al llegar arriba atravesaron una vasta antesala +donde gran número de jóvenes se apresuraron a abrirles paso y saludarles +con la familiaridad que se usa en los pueblos pequeños. En el salón +había ya bastantes damas, todas disfrazadas, aunque la mayor parte de +ellas, como Cecilia, sin máscara. Para los sarrienses era aquello una +sorpresa. En los cinco últimos años, los bailes del Liceo parecían +visitas de pésame. Media docena de señoritas más o menos jóvenes, con +los hombros y el pecho al aire, el rostro muy empolvado, departiendo en +voz baja allá en un ángulo del vasto salón, mientras a su lado las +mamás sacaban tiras de pellejo a alguna amiga ausente. Otros tantos +pollos dando vueltas en la antesala, el aire triste, la mirada opaca, +abrochándose mutuamente los guantes con las horquillas de sus hermanas. +Generalmente eran los mismos. Cada pollo bailaba dos o tres polkas, +rigodones o lanceros con las hermanas de sus amigos. A las doce o doce y +media salían todos en pelotón, remangándose los pantalones y las faldas +respectivamente, y guareciéndose debajo de los paraguas, charlando en +voz alta al través de las calles solitarias y húmedas. Los vecinos, a +quienes el sueño no tenía presos, decían:—«Ahora salen del Liceo». Esto +era todo. Don Mateo, firme, indomable, conservaba tenazmente, con +amoroso esmero, este exiguo rescoldo del fuego del placer. + +Gracias a su perseverancia, aquella noche se convirtió en viva y animada +hoguera. La juventud de la villa tuvo fuerzas para arrollar las ruines +pasiones que agitaban los pechos de sus papás, y entró en aquel +solitario salón como un torrente desbordado, haciéndolo resonar con sus +risas y pláticas, con chillidos horrísonos: + +—Alvaro, ¿me conoces? ¿me conoces? ¿Por qué no te casas? Mira que ya +vas caminando para Villavieja. + +—Periquito, ¿te gusto?... ¿Que alce la careta?... ¿Para qué lo +necesitas? Tú no te enamoras de las caras y haces bien. ¡Teniendo de +aquí... y de aquí! ¿Eh? Adiós, adiós, Periquito. + +—Hola, Delaunay... Hola, _monsieur_. ¿Cómo va ese tranvía aéreo? ¡Qué +cosas se te ocurren! ¡Qué gran cabeza tienes! ¡Lástima que seas tan +desgraciado! Dicen que no eres hombre práctico. Sin embargo, supiste +arreglar a la hija del Rato... Adiós, adiós... + +—¿Qué tal, Sinforoso? ¿Cuándo te dan la mano de Cipriana?... Bien te +hacen penar, hombre. ¿Por qué no los amenazas con pasarte otra vez al +Saloncillo? + +Había muchas señoras con dominó negro, que eran las que daban estas +bromas, demasiado vivas a veces. La mayor parte de ellas eran viejas. A +las jóvenes, les gustaba mostrar el palmito y la esbeltez de su talle, +con algún traje histórico. Había damas venecianas, romanas, del bajo +imperio, hebreas, de la época de Luis XV, del Directorio, de Felipe II, +y hasta pasiegas de los tiempos más recientes. Había también, algunas +gitanas, nigrománticas y cautivas. Veíanse trajes caprichosos y +románticos, que no admitían clasificación; uno de _noche estrellada_, +otro de tulipán, otro de paloma viajera con una cartita al cuello. Los +hombres en general no llevaban disfraz: vestían la larga y desairada +levita, que sólo salía a relucir en ocasiones como ésta. Sin embargo, +veíanse algunos con dominó, que les servía para acercarse y hablar a sus +novias, sin peligro de ser interrumpidos por las mamás. Un grupo de +jóvenes afiliados al Camarote, que venían de este modo, habían tenido la +feliz ocurrencia de disfrazar a don Jaime Marín de maragato. Cuando le +tuvieron vestido de esta suerte, le dijeron que mejor que careta, +convenía que se pintase; a lo cual él se prestó. Tomó un chico el pincel +y la caja de pinturas, y fingiendo que le embadurnaba con mil colores, +le paseó el pincel largo rato por la cara, mojado en agua solamente. +Pidió Marín un espejo para verse. Los maleantes jóvenes tuvieron buen +cuidado de no proporcionárselo. Todo se volvía gritar:—¡Pero qué bien +está usted, don Jaime! ¡qué horrorosamente pintado! Ni la madre que le +parió puede conocerle. Bajo la fe de esta palabra, el buen Marín se dejó +llevar al Liceo. Sus amiguitos le aconsejaron que no dejase de dar +bromas a ciertas señoritas; a lo que él contestaba, que serían como +sinapismos. Y en efecto, así que entró en el salón, comenzó a dirigirse +a las muchachas gritando con voz de falsete: + +—Hola, Rosarito, ¿dónde has dejado a Anselmo? Ya sabemos que todas las +noches a las diez le tiras una cartita por el balcón. + +—¡Pero, don Jaime!—exclamaba la niña mirándole con sorpresa.—¿Usted +cómo viene así? + +—¡Diablo! Ya me ha conocido—decía el buen Marín alejándose. + +Dirigíase inmediatamente a otra, y pasaba lo mismo. + +—Es particular—concluyó por decirse.—Todas me conocen al instante... +Será por la voz, porque lo que es pintado, ¡lo estoy de órdago! + +Cuando estaba haciéndose esta reflexión, una mano huesuda le agarró por +detrás. + +—Gran burro, bobalicón, zoquete, ¿quién te ha metido aquí de este modo? + +Era su amada compañera, la ingeniosa y severa doña Brígida. + +—¡Anda, bestia, anda, que siempre has de servir de payaso en todas +partes! + +Y a empujones lo fué sacando del salón. La buena señora, que venía +disfrazada con dominó y careta, luego que le dejó en la antesala con +orden expresa y terminante de irse inmediatamente a casa, se volvió a +meter en el centro del baile, donde tenía un asunto de importancia que +resolver, como luego veremos. + +Rodeado por un grupo de máscaras estaba el simpático don Feliciano +Gómez. Su gran pirámide de cabeza monda y reluciente, descollaba +soberbia por encima. Eran mujeres las que formaban círculo en torno +suyo, armando algarabía insufrible. Las bromas que le prodigaban tocaban +a menudo en la injuria. + +—¡Feliciano, milagro que te han dejado venir al baile tus hermanas! ¿A +qué hora te han mandado retirarte? Dicen que doña Petra te castiga +cuando llegas tarde, ¿es verdad? ¡Pobre Feliciano! ¡Qué severas son tus +hermanas! Ya que no te han permitido casarte, debieran darte un poco más +de libertad. + +El bravo comerciante, sin ofenderse, contestaba con sonrisa bondadosa a +aquellas arpías. Al fin, cansadas de su paciencia, le dejaron en paz. + +El adorable Pablito, vestido correctamente de frac, con una flor blanca +en el ojal, llevaba a cabo mientras tanto la conquista de cierta hermosa +hebrea, hija de un comandante de artillería que acababa de llegar. La +pobrecilla, al ver rendido a sus pies al joven más rico y más apuesto +de la villa, dejaba escapar por todos los poros de su lindo rostro +ruborizado, el gozo íntimo que le embargaba. ¡Qué sonrisas, qué gestos +tan expresivos! Las muchachas de la población la miraban con expresión +de burla. Aquellas miradas decían:—«Goza, goza un poco, infeliz, que +pronto vendrá el desengaño». + +Pablito, inclinado, sumiso, la vertía al oído frases ardientes e +ingeniosas como éstas: + +—Ayer cuando venía de Tejada, la he visto a usted con su papá, tan +guapetona como siempre. + +—¡Qué guasón! También yo le vi. Venía usted en coche abierto. Guía +usted muy bien. + +—Es favor, Carmencita. Guiar ahora esos caballos no tiene nada de +particular, lo hace cualquiera. ¡Si los viera usted cuando los compré! +El cochero de don Agapito los había echado a perder enteramente; sobre +todo el Gallardo, el de la izquierda, ¿sabe usted? un poco más obscuro +que el otro... Aquél era una cosa perdida. Si cae en otras manos, a +estas horas no vale dos pesetas. Hoy es mejor que el otro todavía... +Cuestión de paciencia, ¿sabe usted?—añadió con fingida modestia. + +La linda hebrea protestó: + +—Vamos, no se haga usted el pequeño, que ya sabemos que lo hace usted +muy bien. + +—Paciencia y un poco de costumbre—repitió Pablito bañándose en agua de +rosas. + +Después le explicó con toda latitud lo que en su concepto constituía un +buen cochero. La mano suave y firme al mismo tiempo, el ojo vivo, +castigar fuerte cuando hace falta, pero sin irritarse; luego un gran +conocimiento de lo que son los caballos. Sin el estudio atento y +reflexivo del temperamento de estos animales, imposible guiar +regularmente. Carmencita le escuchaba embelesada. + +A Cecilia se le había acercado, poco después de entrar en el salón, Paco +Flores, aquel ingeniero que pidió su mano por mediación de Gonzalo. +Desde que la joven le diera calabazas, él, que, como hemos visto, sólo +buscaba una mujer modesta, hacendosa y con algún dinero, se había +enamorado de ella y la perseguía a sol y sombra. En Sarrió, al ver la +persistencia del ingeniero en festejar a la primogénita de Belinchón, se +creía que apetecía sólo con ansia la dote. Era un error. Flores se había +llegado a enamorar de veras. Si Cecilia se quedase pobre repentinamente, +lo mismo la haría su mujer. La conducta de ésta, también era adecuada +para encender su ilusión. A todos sus obsequios y galanterías respondía +siempre con amabilidad y gratitud. No había peligro de que la joven se +retirase del balcón cuando él pasaba, ni esquivase su conversación +cuando le encontraba en alguna casa conocida o le diese alguno de esos +desaires que tanto hacen gozar a la mayoría de las muchachas. Le trataba +como un buen amigo, guardándole todas las atenciones que se deben a la +persona que se estima. Pero en cuanto el ingeniero quería pasar +adelante, pedía un poco de amor, un rayo de esperanza, siquiera para el +día de mañana, encontraba la misma negativa, suave, firme y constante. Y +lo peor era que Cecilia, al negar, no lo hacía con placer, sino con +repugnancia, como si le doliese causar disgusto a un amigo. Este +sentimiento hería aún más el amor propio del pretendiente. + +Después que bailaron un vals, sentáronse fatigados en un ángulo del +salón. Flores le había cogido el abanico, y la abanicaba +respetuosamente. + +—Así quisiera pasarme la vida—dijo con acento sincero. + +—¡Oh! Se cansaría pronto—respondió Cecilia sonriendo. + +—¿Quiere usted probarlo? + +La joven no contestó. + +—No es usted, Cecilia, de las mujeres que hastían pronto. Posee usted +en su corazón y en su inteligencia recursos para tener siempre a sus +pies al hombre que la ame. Hace más de dos años que vivo enamorado de +usted, y, en vez de cansarme, cada vez me siento más ligado a usted, +cada vez la adoro más perdidamente... hasta el punto de ser la burla de +la población. + +—Eso no se puede decir de antemano—repuso ella, un poco conmovida por +el fuego y la emoción que Flores había comunicado a sus palabras.—No es +lo mismo ver a una mujer cortos instantes, y hablarla de Pascuas a +Ramos, que tenerla a su lado eternamente. + +—¡Qué más quisiera yo, Cecilia! Tenerla junto a mí siempre, +¡siempre!—replicó en voz baja y temblorosa el ingeniero, jugando con el +abanico y mirando fijamente al suelo.—Consagrar mi vida a servirla, a +adorarla de rodillas... Yo sé que haría usted feliz a cualquier hombre, +pero a nadie tanto como a mí que conozco las grandes cualidades de su +alma, que adivino además en su corazón sentimientos que acaso sean +enteramente desconocidos para otros... ¡Es terrible! Eso de que usted no +me haga concebir la más remota esperanza de que algún día, por lejano +que sea, mi cariño llegue a ablandarla, y me acepte siquiera por +esclavo... + +—Le acepto por amigo, por buen amigo—dijo la joven gravemente. + +—Amigo, ¡oh!... Esa amistad, Cecilia, es una muralla de hielo que se +interpone entre usted y yo... Comprendo que no tengo mérito alguno para +merecer el amor de usted... que hay cien jóvenes en la villa que +pudieran con más derecho solicitarlo... Pero lo extraño, lo que me anima +y desanima a un mismo tiempo, es que usted no se ha fijado en ninguno +hasta ahora... Su corazón permanece ocioso, indiferente... Digo, a no +ser que tenga usted algún amor oculto. + +Cecilia se estremeció levemente y levantó un poco los ojos hacia el +sitio donde se escuchaba la voz de Gonzalo. Después respondióle con más +severidad que de ordinario: + +—Deje usted de estudiar tanto mi interior, Flores; primero, porque lo +más probable es que sea tan vulgar como el de la mayoría de las mujeres, +y segundo, porque, si hubiera algo de particular en él, no sería fácil +que usted lo descubriera. + +—No se ofenda usted, Cecilia. Este estudio es una prueba nada más de lo +mucho que usted me interesa. + +—No me ofendo—replicó la joven procurando sonreir.—Voy a saludar a +Rosario. ¿Quiere usted llevarme? + +En la antesala, separada sólo por algunas columnas del salón, charlaban +los padres graves, echando ojeadas satisfechas a éste, donde veían a sus +hijas divertirse. Alguna vez, se destacaba un máscara del baile, y venía +a embromarles. Era alguna vieja contemporánea que les hacía reir y toser +hasta reventar con historias antiguas. Don Rosendo charlaba en un rincón +con don Melchor de las Cuevas. Explicábale un vasto proyecto de puerto, +grandioso como todos los suyos. Porque no es posible representarse bien +lo que había crecido la ciencia, ya grande, de Belinchón en los últimos +años. Era una ciencia más intuitiva que adquirida a fuerza de estudio, +como acontece a todos los grandes hombres. Al principio, cuando iba a +escribir en _El Faro_ sobre un tema que no conocía, mostrábase receloso, +vacilante, tímido. Mas en cuanto aprendió bien los tópicos del +periodismo, y tuvo a su disposición una buena cantidad de frases hechas, +y sobre todo, en cuanto recibió un diccionario enciclopédico en quince +tomos, que le costó no menos de dos mil reales, ¡aquello sí que fué +cortar y rajar! No hubo asunto o problema científico, social, económico +y político en que don Rosendo dejase de meter la cucharada con gran +lucimiento. Se trataba de la peste que hacía estragos en el ganado: don +Rosendo buscaba en su diccionario las palabras _ganado, caballo, toro, +carnero, forrajes, industria pecuaria_, etcétera, y así que leía lo que +decía sobre ellas, tomaba la pluma, y su genio periodístico se encargaba +de trazar uno o varios artículos, rebosando de filosofía y erudición. +Venía, como ahora, la cuestión del puerto, y acudía al diccionario en +busca de las palabras _puerto, dársena, mareas, dragas, vientos_, etc. +Siete artículos llevaba escritos y publicados a la sazón, para demostrar +la necesidad de construir una gran dársena frente a Sarrió, en un punto +denominado Fonil. Parecía un marino consumado, harto de surcar los +mares, encanecido en el estudio de los problemas hidráulicos. Sin +embargo, el señor de las Cuevas, aunque pasmado de aquel modo de barajar +términos marítimos, alguno de los cuales ni él mismo conocía, torcía el +gesto a las explicaciones verbales que don Rosendo le daba. Concluyó por +decirle, poniéndole la mano en el hombro: + +—Desengáñese usted, Belinchón: en la dársena de usted, con viento +entablado del Noroeste, no entran ni las sardinas. + +El que más gozaba en esta fiesta, ¿quién lo diría? era un anciano, el +buen don Mateo, a quien se debía exclusivamente. Para él, aquel baile +significaba uno de los grandes triunfos de su vida. Más trabajo le había +costado congregar allí a los enconados vecinos de la villa, que tomar un +reducto a los carlistas en la acción de Guardamino. No cesaba en toda la +noche de andar, mejor dicho, de arrastrarse de un lado a otro, +expidiendo órdenes a los criados, al conserje, a la orquesta. + +—Gervasio, ahora las bandejas de dulces... ¡Coged uno de cada lado, +mastuerzos!—¿Qué quiere usted, señor Anselmo? ¿Piden los muchachos que +en vez de vals sea rigodón? Pues toque usted rigodón.—A ver, pollos, +que hay una porción de señoras en el tocador que no tienen pareja para +salir.—¡Marcelino! ¿dónde se ha metido Marcelino? Baja al portal, que +un pillo ha tirado una pedrada al farol, y lo ha roto.—¡Pero, don +Manuel, si no son más que las dos! ¿Se quiere usted llevar ya a las +niñas, y aún no hemos roto la piñata? + +Aquella noche estaba rejuvenecido el buen señor. Gozaba por todos los +jóvenes, como los místicos gozan en una comunión general. De vez en +cuando sus ojos opacos se fijaban por encima de las gafas, en el globo +de madera que colgaba en medio del salón, y lo acariciaba con una +sonrisa de placer. Aquel primoroso artefacto, venido de Burdeos, estaba +pintado con rayas azules y blancas. Por debajo de él pendía una multitud +de cintas de varios colores, todas las cuales, menos una, quedarían en +las manos de las señoritas, al tirar por ellas. A la que diera con la +cinta que abría la piñata se le adjudicaba el globo, cargado, sin duda, +de confites, y, según se decía, de chucherías muy lindas. + +Gonzalo, en el medio del salón, mostrábase también alegre, departiendo +cuándo con una, cuándo con otra dama. Había bailado con su cuñada un +rigodón, y una polka y un vals con dos amigas de su esposa. Sudaba +copiosamente. No cesaba de limpiarse la frente con el pañuelo. Su gran +figura de coloso, descollaba como una torre por encima de todas las +cabezas. + +—¡Qué animado está el señor alcalde!—le decía una dama del bajo +imperio. + +—Hay que aprovecharse de la ausencia de Ventura—respondía el joven +riendo.—¿Dónde está su marido, Magdalena? + +—Por ahí anda. + +—Baile usted conmigo esta polka. Vamos a engañar a nuestros cónyuges +respectivos. + +—No puedo. La tengo comprometida con Peña. + +Mientras así charlaba con todos los que se le acercaban, una mujer +rebujada en dominó negro, con máscara del mismo color, no le perdía de +vista un momento, situada ahora en un punto, ahora en otro; pero siempre +a corta distancia de él. Por los agujeros de la careta se veían dos ojos +lucientes y fieros. Era doña Brígida, la ingeniosa compañera del +rebajado Marín, que acechaba el momento oportuno, como el barítono de +_Un ballo in maschera_ para dar la puñalada. La víctima allí, era un +príncipe; aquí, nada más que alcalde. Las razones que la eminente señora +tenía para meditar tal crimen, no serán tan poderosas como las del +barítono a los ojos de un hombre; mas de seguro lo parecen a cualquier +mujer. _El Faro de Sarrió_, en su afán de morder a todos los socios del +Camarote, a sus parientes y amigos, la había emprendido desde hacía tres +o cuatro meses, con la esposa de Marín. Salieron a relucir todos los +secretos domésticos; la vida del matrimonio, la dependencia y +degradación de Marín fueron puestas en caricatura. Se contaban a este +propósito, en letras de molde, todas las anécdotas más o menos chistosas +que corrían por la villa, y algunas más descubiertas o inventadas por +los maleantes redactores. Y como si esto fuera poco, no había número del +citado periódico en que de un modo u otro no se hiciese mención de la +peluca de doña Brígida, que por tal circunstancia había llegado a ser +popular en Sarrió. La irritación, la rabia, el odio y el deseo de +venganza que se habían despertado en esta señora, nadie se los puede +figurar. Baste decir que, cuando veía a cualquier redactor de _El Faro_ +en la calle, empalidecía horriblemente; costaba gran trabajo impedir que +se le arrojase al cuello, como un gato rabioso. Hasta entonces no había +podido satisfacer aquella ansia de venganza que la devoraba. Por eso +ahora, contemplando a Gonzalo, se relamía de gozo, se estremecía de +anhelo, como el tigre que divisa la presa. Aprovechando un instante en +que nadie hablaba con él, se fué hacia él muy quedo y por detrás. Y +poniéndose repentinamente delante, escupió más que dijo estas palabras: + +—Gonzalo, ¿cómo eres tan borrico? Estás siendo la burla y la risa de +todo el mundo. No hay una sola persona en el baile que no sepa que tu +mujer está durmiendo a estas horas con el duque de Tornos. + +El joven quedó como si le hubieran dado con un mazo en la frente. Se +puso densamente pálido. Trató de agarrar a la infame máscara para +arrancarle la careta; mas no le fué posible. Doña Brígida se había +escabullido como una anguila por entre la gente. Como había muchas +señoras con el mismo disfraz, imposible saber quién era. Entonces se +apresuró a salir del salón. Las palabras aquellas le sonaban dentro de +la cabeza como feroces martillazos. Temió caerse. En la antesala +respondió con sonrisa estúpida a las frases amicales que le dirigían. Su +tío don Melchor, viéndole tan pálido, vino hacia él: + +—Qué tienes, Gonzalillo: ¿te sientes mal? + +—Sí... Voy a tomar una taza de te. + +—Te acompaño. + +—No, no; vuelvo en seguida. + +Y corrió, dejándole plantado cerca de la puerta. + +Bajó las escaleras. Se encontró en la calle sin darse cuenta de lo que +hacía. El aire frío de la noche le refrescó la cabeza y le hizo volver +en su acuerdo. Súbitamente tomó la resolución de partir a Tejada. Buscó +con la vista el coche y no le vió. Sin duda Ramón estaba en casa aún. +Miró el reloj. No eran más que las dos y media. Dirigióse a paso largo +hacia la casa de su suegro, en la Rúa Nueva, mas cuando hubo dado unos +pasos, advirtió que iba sin sombrero y de frac. Volvióse al Liceo. Al +primer criado con quien tropezó en la escalera, le pidió que le bajase +el sombrero y el abrigo. + +Cuando llegó a casa, Ramón estaba enganchando ya. + +—Ramón, vas a llevarme ahora mismo a Tejada a todo escape. + +El cochero le miró con sorpresa. + +—¿Se ha puesto peor la señorita? + +—Me parece que sí—respondió metiéndose en el coche.—Para antes de +llegar... en la revuelta del molino, ¿entiendes? + +—Teme asustar a la señorita, ¿verdad?—preguntó el cochero con gran +penetración. + +No contestó. + +Los caballos partieron a escape, haciendo bailar el coche ásperamente +por encima del empedrado desigual de la villa. Gonzalo no advirtió +siquiera aquel movimiento que le sacudía rudamente las visceras, ni el +tránsito a la carretera al dejar la población. Toda su atención estaba +fija, concentrada en un punto. ¿Sería verdad, o no? Desgraciadamente, +sin saber él mismo por qué, la convicción de que su esposa le estaba +engañando, entraba en su alma y se enseñoreaba de ella. Cuando había +venido a Tejada a pie, hacía dos meses escasos, esta convicción no +quería entrar. Por mucho que hacía para convencerse de que la delación +del periódico era verdad, su mente y su corazón se negaban a darle +asenso. Ahora sucedía todo lo contrario. Se hacía infinitas reflexiones +para persuadirse a que la acusación de la encapuchada no era más que vil +expresión de la envidia y el despecho en algún enemigo oculto, y a pesar +de ellas no podía menos de darla fe. + +Cuando el coche paró, no se dió cuenta del tiempo que hacía que +caminaba; lo mismo podía ser un día que un minuto. Salió de su sueño y +brincó del carruaje al suelo. + +—Ahora vuélvete por la familia—le dijo a Ramón,—y no digas que me has +traído. No hay necesidad de asustarles. + +Se dirigió lentamente hacia la puerta del parque, que estaba a unos +doscientos pasos, mientras el coche se alejaba en sentido contrario. +Cuando llegó, la tocó con mano trémula. Estaba abierta como la otra vez. +Sintió un frío extraño en el corazón que le obligó a detenerse. Entró al +fin con cautela, y quiso ver si estaba la llave por dentro para +cerrarla; pero no la halló. La noche no estaba clara ni obscura; el +cielo toldado. Llovía un agua menudísima, muy frecuente en el país, que +impregna al cabo la ropa como la gorda, y aun mejor. No hacía ruido +alguno al caer sobre los árboles y plantas del parque; pero aquéllos, +empapados ya, al ser heridos por una ráfaga de viento, dejaban escapar +multitud de gotas, un verdadero chubasco, que sonaba sobre los caminos +con suave y fugaz repiqueteo. + +Gonzalo se acordó de que no traía arma alguna. Pero alzó los hombros con +desdén, con una confianza absoluta de que si llegara el caso no iba a +hacerle falta. Miró a todos lados a ver si descubría el caballo del +Duque y no lo vió. Lo que sí percibió fué la sombra de un hombre +deslizándose al través de los árboles. Corrió hacia ella, mas se +desvaneció al instante. Figurósele que era Pachín, el criado, y le +acometió la sospecha de que él era el traidor que abría la puerta al +Duque. Después de la noche aquella en que halló a su cuñada con éste, +se había dedicado a averiguar quién era el que dentro de casa le +protegía, sin lograr nada. En quien menos podía sospechar era en un +criado tan antiguo como Pachín. + +Pensó entonces en que podía ir a avisar a los traidores, y tomó otra vez +la dirección de la casa a la carrera para ganarle por la mano. Subió de +nuevo por la parra al cuarto de su suegro. Esta vez, el balcón estaba +llegado nada más. De puntillas, pero velozmente, se dirigió al gabinete +presa por un movimiento automático, como si, habiendo encontrado allí al +Duque una vez, fuese de necesidad que estuviese siempre. Grande fué su +estupor al encontrarlo desierto y obscuro. Quedó un momento clavado al +suelo. Pero movido súbito por una idea, corrió al cuarto matrimonial, +donde Ventura dormía. Hallólo cerrado por dentro. Llamó con la mano. + +—Ventura, Ventura. + +—¿Quién está ahí?—gritó de adentro su esposa con voz extraña, +indefinible. + +—Soy yo... abre, abre pronto. + +—Estoy en la cama. + +—No importa, abre pronto. + +—Déjame vestirme. + +—No; abre en seguida o rompo la puerta. + +—Voy, voy allá. + +El joven aguardó un instante. En vez de la puerta, creyó percibir que se +abría el balcón del cuarto. + +—¡Abre, Ventura!—gritó con furor. + +Y no recibiendo contestación, dió un golpe a la puerta con su poderosa +pierna de cíclope, e hizo saltar el pestillo con estrépito. El cuarto +estaba en tinieblas. + +—¡Ventura, Ventura!—gritó. + +Nadie contestó. Sacó con mano trémula una cerilla, y paseó una mirada de +loco por la habitación. Su esposa estaba en camisa acurrucada en un +rincón, pálida, desencajada. Gonzalo no detuvo los ojos en ella. Miró a +todas partes en busca de algo, y, percibiendo el balcón entreabierto, se +lanzó hacia él. Abrió. Vió correr entre los árboles una cosa blanca, el +bulto de un hombre en mangas de camisa. No se descolgó. Saltó de un +brinco al jardín, y corrió hacia él como una saeta. Mas el hombre ya +llegaba a la puerta de hierro, la abría, desaparecía. Gonzalo le siguió +poco después, pero al echar una mirada en torno, le vió entre las +sombras, montado a caballo, lanzándose a la carrera en dirección a +Nieva. Comprendió en seguida que era inútil perseguirle. Animado, no +obstante, de una esperanza loca, volvió corriendo a las cuadras, sacó su +hermoso caballo de silla, y, poniéndole un freno, saltó sobre él en +pelo, y se lanzó igualmente a escape por la carretera de Nieva. No +llevaba espuelas ni látigo, mas el bravo animal obedeció a su voz, mejor +dicho, a sus rugidos, y tomó un escape violentísimo. Los ojos del +caballo veían el camino. El no percibía delante de sí más que un gran +agujero negro donde iba a sumirse. Los altos álamos que orlaban la +carretera, pasaban raudos a su lado como negros fantasmas. + +—¡Up, up, up! + +El noble bruto volaba como si le clavase el acicate. Así corrió por +espacio de media hora. + +—Es imposible—se dijo.—Su caballo es aún mejor que el mío, y me +llevaba una delantera de dos tiros de fusil lo menos. + +Mas cuando se iba haciendo esta reflexión, y vacilaba en tirar del freno +al caballo, pasó por delante de otro, que estaba a un lado de la +carretera, ensillado y sin jinete. Paró en firme al suyo con trabajo. +Dió la vuelta para ver lo que era aquello. Reconoció en seguido la jaca +inglesa del Duque. + +—¡Oh—rugió,—ya eres mío! + +Porque se imaginó en seguida que había caído. Apeóse y reconoció el +terreno, pero no dió con el jinete. Encendió cerillas, y nada, no +encontró rastro del Duque.—«Puede ser que oyendo el galope de mi +caballo, y temiendo que le alcanzase, se haya escondido por aquí +cerca»—se dijo. Saltó a los prados, reconoció todo lo escrupulosamente +que pudo a la luz de las cerillas los alrededores, miró detrás de los +setos, escudriñó la maleza, siguió un buen trecho la orilla de un arroyo +que había a la izquierda. Pero se agotó la caja de fósforos antes que +pudiese topar con su enemigo. Dió la vuelta desesperado, bramando de +rabia. + +Si efectivamente el duque de Tornos andaba por allí escondido, ¡qué buen +rato debió de haber pasado! + + + + +XIX + +EN QUE DA FIN LA PRESENTE HISTORIA CON ALGUNOS NOTABLES, CUANTO TRISTES +SUCESOS + + +Ventura, así que vió desaparecer a su esposo por el balcón, se vistió +apresuradamente. Salió del cuarto en busca de algún criado. Justamente +llegaba Pachín, con una luz en la mano, con la faz descompuesta. + +—El señorito va corriendo detrás del señor Duque por la huerta—dijo, +con voz apenas perceptible. + +—¿Lo alcanzará?—preguntó la infiel esposa, muy pálida, aunque repuesta +ya bastante del susto. + +—No lo creo. El señor Duque tiene el caballo amarrado al lagar de +Antón. Lleva delantera para poder montar, y entonces imposible seguirle. + +—¿Dónde me escondo yo? Si vuelve, me mata. + +—Lo mejor sería salir de casa, señorita... Venga conmigo. + +La joven le siguió al través de los pasillos. Bajaron la escalera de +servicio, y salieron por la puerta de la cocina. Pachín quería llevarla +a casa del párroco, que la tenía no muy lejos de la posesión. Cuando +salieron al jardín, vieron venir corriendo a Gonzalo hacia la casa. Sólo +tuvieron el tiempo preciso para esconderse detrás de la washingtonia +próxima al comedor. Desde allí le vieron entrar en la cuadra, sacar el +caballo y partir a escape. Ventura creyó morir de miedo. + +—No, no, yo no quiero ir a casa del cura. Puede volver pronto, y el +cura no puede defenderme de él... Es un pobre viejo... Quiero ir a +Sarrió. + +—¿Pero, señorita, a Sarrió a estas horas y lloviendo? + +—¿No hay ningún carruaje? + +—Hay la berlina; pero faltan los caballos... Aguarde usted un poco, voy +a ponerle las varas, y engancharemos la jaca del señorito Pablo... No +respondo de que tire. + +—¡De prisa, de prisa! + +Todo lo más que pudo, Pachín hizo lo que decía. Ventura se metió en el +coche, y partieron. Aunque al principio la jaca se rebeló un poco, +puesta ya en la carretera, con la querencia de la cuadra de Sarrió, +donde estaba generalmente, anduvo bastante bien. La joven ordenó al +criado que la llevara a casa de don Rudesindo, con cuya señora mantenía +bastante relación. Allí se refugió, y estuvo hasta que su padre, dos o +tres días después del suceso, la llevó a Madrid. De allí a Ocaña, en uno +de cuyos conventos la encerró, por acuerdo de él y Gonzalo. El gran +patricio no tenía gran apego, como sabemos, a las religiones positivas; +pero «mientras la sociedad no dispusiera de otros medios coercitivos +para ciertas transgresiones de la moral, forzoso era acudir en demanda +de ellos a las antiguas instituciones sociales, siquiera fuesen tan +viciadas y deficientes como éstas». + +Volvamos ahora a Gonzalo. Pasó todo el día cerrado en Tejada, en un +estado de agitación próximo a la demencia. La única persona que se +atrevió a entrar en su cuarto fué don Rosendo. Aunque adornado con +perífrasis y redundancias periodísticas que acreditaban su temperamento +de escritor, supo hablarle un lenguaje digno y generoso. Se ponía +incondicionalmente de parte de él, y maldecía a su hija «cuya conducta +incalificable, barrenando _(últimamente le había cogido mucha afición +don Rosendo al verbo barrenar)_, al mismo tiempo, la moral, el derecho y +las prácticas sociales, la ponía fuera de toda protección legal y +familiar». El fué quien propuso encerrarla provisionalmente en un +convento. El pobre Gonzalo, abatido, convulso, no le contestó una +palabra. Escuchábale paseando por la habitación en sentido diagonal, las +manos en los bolsillos, la mirada húmeda y siniestra. Tan sólo levantó +la cabeza para decir con firmeza: + +—Llévesela usted donde quiera... ¡Pero que no vea a mis hijas! No +quiero que sus labios las toquen. + +Al obscurecer entró un criado a avisarle que dos señores que habían +llegado en una carretela, deseaban hablarle con urgencia. En seguida le +cruzó por el pensamiento lo que aquello significaba, y se apresuró a +contestar: + +—Que entren. + +Entraron dos caballeros de Nieva. El uno era el marqués de Soldevilla, +hombre de media edad, enteramente rasurado, color erisipeloso y dientes +amarillos, que hablaba muy alto para aparecer campechano: el otro, un +coronel retirado, llamado Galarza, viejo, canoso, y hombre de pocas +palabras y amigos. Venían de parte del Duque a arreglar un asunto grave, +que había acaecido la noche pasada, en el terreno del honor. El duque de +Tornos no quería dejar al señor de las Cuevas sin la reparación que le +debía. Huir en aquella ocasión, no entraba en sus costumbres y carácter, +ni era digno de su jerarquía social. Pero al mismo tiempo, en interés de +Gonzalo y de él mismo, exigía que todo se llevase a cabo con el mayor +secreto posible. + +Gonzalo dejó hablar al Marqués, que fué prolijo hasta la impertinencia, +sin pestañear, afectando una tranquilidad que no sentía. + +—Está bien—dijo cuando terminó.—Acepto, desde luego, el desafío. +Estoy pronto a realizarlo como y cuando ustedes gusten... Un poco +original es—añadió, al cabo, con risita nerviosa, que disfrazaba mal la +cólera que le dominaba.—Un poco original es que sea el señor Duque +quien desafía, siendo yo el ofendido. Ese acto, a la verdad, más que en +la caballerosidad parece inspirado en el miedo. + +—Señor de Cuevas—interrumpió agriamente el ex coronel,—nosotros no +podemos consentir que en nuestra presencia se permita usted esas +apreciaciones. + +Gonzalo le miró con ojos distraídos, como si no hubiese oído, y siguió +diciendo: + +—En realidad, yo podía y hasta debía rechazar este desafío, porque no +es costumbre que los hombres decentes se batan con los granujas, aunque +éstos lleven un título del reino. + +—Señor de Cuevas—profirió Galarza montando en cólera,—esto es +insufrible. Yo no tolero que usted hable de ese modo. + +—El duque de Tornos es un granuja, ¿sabe usted?—respondió mirándole +fija y provocativamente a los ojos. + +La verdad es que hubiera sido gran temeridad meterse con Gonzalo en +aquel instante. Galarza se puso pálido, y dijo levantándose: + +—Está usted en su casa. Yo me retiro. + +—¿Quiere usted que vaya a decírselo fuera?—exclamó impetuosamente, +levantándose también. + +—Señores—gritó con voz cascada el Marqués,—un poco de sosiego. +Galarza, no tiene usted derecho a irritarse. El género de ofensa que +nuestro apadrinado ha hecho al señor (y siento tener que referirme a +ella), le disculpa para extralimitarse en la apreciación de su carácter. +Creo que en el momento que acepta el duelo, hace bastante y atenúa por +completo el sentido de sus palabras, hijas de la irritación natural en +que se encuentra... + +Gonzalo estuvo por dejar caer la mesa, que tenía delante, sobre el necio +conciliador. Permaneció inmóvil y silencioso, no obstante, porque +deseaba ya ardientemente verse frente a frente con el Duque. El ex +coronel volvió a sentarse a ruegos de su compañero. Por temor a su +temperamento irritable o por vengarse, no volvió a pronunciar palabra. + +Gonzalo manifestó que nombraría a dos amigos para que se entendieran con +ellos, los cuales irían al día siguiente por la mañana a Nieva. Por lo +tanto podían volverse desde luego a este pueblo, a no ser que le +hiciesen el honor de ser sus huéspedes aquella noche... + +Los amigos del Duque dieron las gracias: se dispusieron a marcharse. +Cuando ya estaban en pie les dijo Gonzalo dirigiéndose, por supuesto, +solamente al Marqués. + +—Deseo que tanto las conferencias que celebren ustedes con motivo de +este lance, como el lance mismo, se realicen en Nieva... Porque—añadió +con acento, mitad sarcástico, mitad enternecido,—por más que a ustedes +les parezca raro, todavía hay en esta casa personas que me aman. + +Los padrinos prometieron complacerle, y se retiraron dando la vuelta a +Nieva. + +Cecilia los vió partir y se puso a rondar el cuarto de su cuñado sin +atreverse a entrar. Este, al salir en busca de Pablito, se la tropezó en +el pasillo, que estaba medio a obscuras. La joven le cogió +repentinamente la mano, se la apretó con fuerza, y clavándole una mirada +anhelante, le dijo: + +—No te batas, Gonzalo. + +El tuvo fuerzas para disimular, exclamando con desprecio: + +—¡Me había de batir yo con ese canalla! ¡Nunca!... Le mataré donde le +encuentre... + +Creyó en sus palabras; pero volvió a decirle con voz conmovida: + +—Hazlo por tus inocentes hijas. + +—Por mis hijas... y por ti—respondió acariciándole afectuosamente el +rostro con la mano. Y se apresuró a alejarse, porque la emoción le +ahogaba. + +Cuando halló a Pablo, le dijo reservadamente: + +—Contigo puedo hablar con franqueza. Eres un hombre y sabes bien que +hay en la vida cosas inevitables. Acaban de irse los padrinos del Duque, +y acabo de engañar a Cecilia prometiéndole no batirme. Como tú +comprendes, eso es imposible... + +—¿Por qué?... No: tú no debes batirte... ¡Yo soy, yo, el que ha de +matar a ese miserable!—exclamó fogosamente el hermoso mancebo. + +—Gracias, Pablo, gracias—respondió Gonzalo gravemente con voz +temblorosa, apretándole la mano con efusión.—Eso no puede ser. Medita +un poco sobre el asunto, y verás que te engañan tus buenos deseos y el +cariño que me tienes. + +Costó mucho trabajo convencerle, sin embargo. A todo trance había de ser +él quien desafiara al Duque primero, y ponía en prensa su no muy repleto +cerebro, para buscar argumentos que lo hiciesen natural y lógico. Sólo +después de larga discusión y quedando en que, si Gonzalo sucumbía o +salía herido, él retaría al Duque, se dejó persuadir de malísima gana. + +Había en aquella adhesión y cariño que toda la familia le mostraba, en +lo franca y resueltamente que se ponían de su parte y rechazaban con +horror a la extraviada hija y hermana, algo que a Gonzalo le conmovía y +le sofocaba a un mismo tiempo. Este proceder tan digno, le obligaba a él +a usar de generosidad, no mentando en la conversación el nombre de la +infiel, que en sus labios sólo podía ir acompañado de un epíteto +injurioso. Pablito no se los escatimaba. Pero él comprendía muy bien que +no debía seguirle. + +—Mira, mañana a primera hora, te vas a Sarrió y llevas unas cartas que +yo te daré, a Alvaro y don Rudesindo. Que se pongan inmediatamente en +camino para Nieva... procurando no asomarse a las ventanillas cuando +pasen por aquí. Que arreglen el asunto lo más pronto posible y envíen el +aviso del día y la hora a Sarrió. Tú lo recibes allí y me lo traes +inmediatamente... Después ya me arreglaré para salir de aquí sin que tu +padre y Cecilia lo adviertan. + +Cumplió su cometido Pablo, saliendo al amanecer para Sarrió a caballo. +Cumplieron el suyo también, Peña y don Rudesindo, trasladándose a Nieva +acto continuo. Gonzalo vió pasar el coche que los transportaba, desde el +balcón de su cuarto. + +El escándalo en Sarrió había sido terrible como debe suponerse. No se +hablaba de otra cosa. Los amigos de Belinchón andaban mustios. No +faltaban entre ellos, sin embargo, quienes creían que le estaba bien +empleado a don Rosendo, por haber criado con tal mimo a su hija menor, y +haberla consentido tomar aquellas ínfulas y aires de princesa. Los +enemigos se bañaban en agua de rosas, y procuraban aumentar con mil +trazas el escándalo. Las pocas personas imparciales que había en la +villa, se limitaban a compadecer al pobre Gonzalo, y a censurar el +proceder repugnante de la ingeniosa señora de Marín (pues ya se sabía +que era ella la que prendiera fuego a la mecha). Muchos curiosos pasaban +por delante de la casa de don Rudesindo mirando con atención a los +balcones, preguntando a los criados que salían, husmeando, en fin, lo +que dentro pasaba. Se decía que Ventura estaba muy tranquila, y poco +arrepentida de su conducta, que había comido como si tal cosa, y que +había charlado y reído toda la tarde, con la esposa del fabricante de +sidra. + +A la atención ávida de los curiosos, tampoco pudo ocultarse la marcha de +éste para Nieva en compañía de Peña. En seguida se sospechó el objeto. +Corrió por la villa como una chispa, la noticia de que Gonzalo se estaba +batiendo con el Duque, no se sabía dónde. + +Don Melchor de las Cuevas vivía solo con un criado y una criada. La +noche del baile se había retirado a su casa, pasando antes por la de +Belinchón. Allí le dijeron que el señorito Gonzalo se había ido a +Tejada. El anciano sospechó que no sintiéndose bien, se iría a meter en +la cama. Al día siguiente, él mismo se sintió un poco indispuesto, +porque no estaba acostumbrado a trasnochar, y se quedó en casa. Mandó, +sin embargo, al criado a la de Belinchón, a preguntar qué sabían de su +sobrino. Enteróse el criado inmediatamente de lo acaecido, pero no se +atrevió a decírselo a su señor. Le trajo el recado de que Gonzalo se +hallaba en Tejada bueno. Pasó aquel día así. Pero al siguiente, martes, +oyó el criado la especie de que el señorito se estaba batiendo con el +Duque, y entonces, por temor de incurrir en responsabilidad o porque +creyese que su señor podía evitar una desgracia, le dió cuenta de todo, +aunque con algunas precauciones. Don Melchor, herido en lo más hondo de +su corazón, se levantó convulso de la butaca y pidió que inmediatamente +fuesen a buscar un coche que le trasladase a Tejada. En cuanto estuvo a +la puerta, se metió en él, ordenando al cochero que fuese a todo escape +a la quinta de Belinchón. + +Con quien primero tropezó fué con éste, quien le recibió con alguna +confusión y vergüenza, como si el pobre tuviese alguna parte en la +desgracia que pesaba sobre Gonzalo. Don Melchor estuvo un poco frío con +él, no intencionalmente, sino por el anhelo que tenía de ver a su +sobrino. Don Rosendo le condujo hasta la puerta de su cuarto, y allí le +dejó. El señor de las Cuevas llamó con los nudillos. + +—¿Quién va?—preguntaron de adentro ásperamente. + +Levantó el pestillo sin contestar, y entró. Gonzalo, que estaba en pie +en medio de la estancia, se puso rojo como una brasa al ver a su tío. +Este le oprimió fuertemente contra su pecho. Las lágrimas corrieron +abundantes por las mejillas del joven. Nadie le había visto llorar en +aquellas críticas circunstancias. Pero aquel anciano era el padre de su +infancia, y a él podía mostrar sin vergüenza las llagas más recónditas +de su corazón. Estuvieron largo rato así abrazados. Don Melchor se +separó al cabo, y dijo empujándole hacia una butaca: + +—Siéntate. + +Se dejó caer en ella, y ocultó los ojos con la mano. + +—El golpe es rudo—dijo el marino con voz ronca después de silencio +prolongado.—Una racha traidora que te ha metido la borda debajo del +agua... Pero eres barco de mucha manga—añadió poniéndole las manos +sobre los hercúleos hombros.—Tienes las cuadernas sólidas... Ya +achicaremos el agua. + +Gonzalo no contestó. + +—¿Por qué no te has venido inmediatamente a casa? + +—Porque hubiera sido un desaire cruel para esta pobre familia, que está +profundamente afligida. ¡Se han portado conmigo tan cariñosamente! + +—Si es así, has hecho bien... Pero debiste darme aviso... Eso no te lo +perdono. + +—¿Para qué? Cuanto más tarde recibiese usted el disgusto, mejor. + +—¡No; eso no! Yo soy tu padre, Gonzalo, y debo padecer contigo... +Además, mi presencia hacía falta... Me han dicho que vas a batirte con +ese... ¡con ese pirata! ¿Es verdad? + +—No... por ahora no hay nada—respondió el joven con alguna vacilación. + +—¡No me engañes, Gonzalo! Ese desafío no puede realizarse. Vengo +resuelto a impedirlo. + +—No hay nada, tío. Sosiéguese usted. + +—Es inútil que me engañes. Yo no me separaré de ti un momento. Aquí me +quedo. Dormiré a tu lado para que no te me escapes, y te daré guardia de +_prima_, de _media_ y de _alba_. + +Gonzalo quedó estupefacto. Comprendió que era necesario confesarlo todo, +y abordar la cuestión de frente. + +—¿Y si fuese verdad, qué, tío? ¿Se atrevería usted a impedir que su +sobrino fuese a cumplir con lo que el honor exige? + +—Sí, señor... ¡Pues no me había de atrever!... Sí, señor, que me +atrevo—replicó el viejo, ya enfurecido.—¿Quieres que yo consienta que +expongas tu vida por un pillo, por un ladrón, que se ha introducido en +tu casa para robarte villanamente la honra? A los ladrones se les mata +de un tiro, o se les ahorca; no se mide las armas con ellos... Tú estás +obcecado, Gonzalo... Párate un momento, hombre. Da fondo al escandallo, +y verás que no hay agua para marear... + +—¿Qué quiere usted que haga entonces? ¿Quiere usted que le deje marchar +tranquilamente para Madrid? ¿Quiere usted que le vaya a despedir, y a +desearle feliz viaje, dándole las gracias además por el favor que me ha +hecho? + +—¡No, mala centella que lo parta, no!... Mátalo, si quieres, pero no +expongas tu vida. + +—Eso es muy fácil de decir, tío—replicó Gonzalo con +amargura.—Figúrese usted que voy a Nieva, le busco y le pego un tiro o +una puñalada y le dejo muerto... Pues desde allí voy a la cárcel, y, por +bien que me vaya, no me escapo sin unos años de presidio... Aparte de +que la mayoría de los hombres, aunque disculpasen la acción, no la +hallarían muy valerosa. + +Don Melchor se quedó unos momentos confundido, sin saber qué replicar. +Aquello no tenía vuelta de hoja. Al cabo, levantó la cabeza con brío, +los ojos brillantes de alegría: + +—¡Ya encontré la solución! + +—¿Cuál? + +—Tú te estás quieto en casa. Yo me voy ahora mismo a Nieva, le desafío +y le mato. + +—¡Oh, tío, muchas gracias! Eso no puede ser—replicó Gonzalo, sin poder +reprimir una sonrisa. + +—¿De qué te ríes, ciruelo?—exclamó el buen anciano, echando fuego por +los ojos.—¿Te figuras, por ventura, que tu tío es un trasto arrinconado +que no puede empuñar un sable o una pistola?... ¡Oh, demonio! ¡Oh, +diablo!—añadió cada vez más irritado, gesticulando como un loco por la +habitación.—Yo estoy lo mismo que si tuviera veinte años... Yo subo de +cuatro en cuatro las escaleras, y no me fatigo... Yo bebo cinco botellas +de _pale-ale_, y no me tambaleo... Yo derribo un toro de un puñetazo, y +trinco al marinero más forzudo y le echo al agua... ¿A que no rompes tú +cinco nueces con los cinco dedos de la mano, y eso que te las echas de +tan bruto?... + +—Si no me reía por eso, tío... Ya sé, ya sé... + +—Vamos a ver; trae esa mano... A ver si sé apretar o no sé apretar... + +Gonzalo se la alargó, y el viejo marino se la apretó con todas sus +fuerzas, el semblante rojo y contraído. Aunque no le lastimó gran cosa, +fingió sentir un dolor agudísimo: + +—¡Uy, uy! + +—¿Eh, qué tal?—exclamó su tío con aire triunfal.—¿Puedo o no puedo +todavía librar al mundo de un pillo? + +—¡Ya lo creo que puede usted! Tiene usted más fuerza que yo... Pero no +se trata de eso. Lo que hay que ver es si debe usted hacerlo; si eso +sería decoroso para mí... ¿No comprende usted, tío, que el ridículo que +ya por el hecho mismo de ser marido engañado, pesa sobre mí, se +aumentaría de un modo inconcebible si fuese usted el que se batiese y no +yo?... Este ridículo ya sé que se borra con sangre; pero ha de ser +sangre vertida por mi mano. + +Don Melchor no quiso convenir en ello: discutió, gritó, se enfureció. Se +conocía, no obstante, que deseaba aturdirse. Las razones de Gonzalo le +trabajaban en el alma y se la llenaban de amargura. Últimamente, ya se +batía en retirada. Pedía tan sólo que se aplazase el lance; que se fuese +a viajar una temporada, y si a la vuelta persistía en batirse, lo +hiciese. Duraba aún la disputa, cuando don Rosendo llamó a la puerta +para preguntarles si deseaban que se les sirviese el almuerzo allí o +querían venir al comedor. Gonzalo optó por esto último, porque de ningún +modo quería mostrarse frío con su suegro y cuñada. + +El almuerzo fué triste. Por más esfuerzos que todos, hasta el mismo +Gonzalo, hacían por mostrarse despreocupados, cerníase sobre la mesa una +nube negra que obscurecía los semblantes. Después que tomaron el café y +descansaron un rato, Gonzalo dijo: + +—Tío, usted ha salido de la cama para venir aquí. No debe usted +sentirse bien... ¿Quiere que se le arregle un cuarto? Creo que le +convendría acostarse. + +Don Melchor comprendió que su sobrino deseaba quedarse solo. + +—No; me vuelvo a Sarrió. Avisa que enganchen. + +Despidióse de Belinchón y Cecilia en casa. Gonzalo lo fué acompañando a +pie hasta la salida del parque. Ambos iban silenciosos y sombríos. El +anciano, además, sumamente pálido. Antes de meterse en el coche abrazó +estrechísima y largamente a su sobrino, y le dijo al oído con voz +conmovida: + +—¡Dale un buen barreno en los fondos, hijo mío! + +Cuando se separaron, tenía el rostro bañado de lágrimas. Metióse +rápidamente en la carretela, y se ocultó en un rincón sin decir adiós. +Gonzalo miró alejarse el coche, y permaneció largo rato inmóvil, +agarrando con la mano una reja de hierro de la puerta. + +Poco después de anochecer, llegó Pablito de la villa. Después de comer, +aprovechó un momento para decir a su cuñado rápidamente: + +—Mañana a las ocho en la quinta de Soldevilla... a pistola. A las seis +pasarán por aquí Peña y don Rudesindo. Estáte preparado. + +Gonzalo durmió aquella noche mejor que la anterior. La satisfacción +feroz que le daba la seguridad de encontrarse al día siguiente con el +Duque, tranquilizaba sus nervios. A las cinco de la mañana se despertó +ágil y fresco sin acordarse de haber soñado. Se vistió y aliñó con el +menor ruido posible, y salió de puntillas cuándo aún estaba amaneciendo. + +—¿Va de caza, señorito?—le preguntó una criada con quien tropezó. + +—No; voy a avisar al molinero para que deje en seco la acequia. Quiero +pescar esta tarde. + +Salió a la carretera y siguió la dirección de Nieva esperando que el +coche de sus padrinos le alcanzaría, como así sucedió a la media hora +poco más o menos. Peña y don Rudesindo estaban fuertemente alterados. +Cuando subió al carruaje le apretaron la mano con gran afecto y le +enteraron de las condiciones del duelo; a veinticinco pasos avanzando y +disparando cuando quisieran. Aquel negocio era bastante más grave que +todos los demás en que habían intervenido. Gonzalo los escuchó +tranquilamente. Sólo indicó que hubiera deseado que fuese a sable: +tendría gusto en hallarse más cerca de su adversario. No parecía sufrir. +Y es que, comparada con el tormento de los dos días anteriores, cuando +la imagen de su esposa en camisa, acurrucada en un rincón, no se +apartaba un instante de sus ojos, la emoción de ir a verse frente a su +enemigo, era una felicidad relativa. Por otra parte, Gonzalo, como todos +los temperamentos excesivamente vigorosos, había nacido para los +peligros; gozaba con ellos como si tuviera la seguridad de que la vida +que corría exuberante por sus venas no podía secarse. + +No llegaron a la quinta de Soldevilla hasta las ocho y media. El Duque y +sus padrinos los esperaban hacía rato. El primero no se presentó. Estaba +dentro de la casa. El Marqués y Galarza llevaron a Peña y don Rudesindo +adentro también, mientras Gonzalo daba una vuelta por la huerta. La +posesión de Soldevilla se componía de un caserón medio arruinado con +pocos y antiquísimos muebles cubiertos de polvo, una huerta bastante +grande, más cuidada que la casa, y detrás de la huerta una vasta +pomarada ya vieja. Esta posesión estaba rodeada de prados y tierras que +también pertenecían al Marqués. + +Los padrinos, dentro de casa, echaron a suerte sobre cuáles pistolas +habían de usarse, las que había traído Peña, o las del Duque. Fueron +éstas las elegidas. Después redactaron el acta de condiciones. Por +cierto que hubieron de escribirla con una pluma perversa del mayordomo, +porque el Marqués escribía una carta cada año. Cargaron las pistolas y +se salieron a buscar sitio. + +—Manuel—dijo el Marqués viendo a un criado que estaba plantando +cebollín en uno de los cuadros de la huerta.—Retírate. + +El criado le miró sorprendido. + +—Que te retires, hombre—repitió con más severidad.—Vete a otra parte. + +El criado se salió de la huerta, lanzándole miradas de asombro y +curiosidad. + +Eligióse el sitio en uno de los caminos más anchos del medio. Soldevilla +fué a buscar al Duque. + +El día había amanecido despejado. Pero después de salir el sol, negros y +espesos nubarrones que surgieron del horizonte de tierra, se habían +acumulado sobre aquel paraje de la costa, amenazando descargar muy +pronto su pesado fardo de agua. La luz se había mermado +extraordinariamente. Parecía que estaba amaneciendo entonces. + +El Duque se presentó con levita negra y sombrero de copa, un tanto más +pálido que de ordinario, pero afectando una calma desdeñosa, sin faltar +a la cortesía. Traía en la boca un cigarro puro, y se envolvía en +ligeras nubes de humo, mientras caminaba a la par de Soldevilla. Cuando +llegó al sitio designado, dirigió un frío saludo ceremonioso al grupo de +Gonzalo y sus padrinos, y no volvió a mirarles. Después de conferenciar +unos instantes, Peña colocó en su sitio a Gonzalo y le entregó una +pistola cargada. Soldevilla hizo lo mismo con el Duque. Ambos se habían +quitado el sombrero. El prócer conservaba el cigarro puro en la mano +izquierda, al cual seguía dando con impasibilidad un poco teatral, +largos chupetones. Empezaban a caer del cielo gruesas gotas, anunciando +un fuerte chaparrón. Peña gritó al fin: + +—Señores, preparados... Una, dos, tres... + +El Duque inclinó la pistola y apuntó. Gonzalo, apuntando también, avanzó +pálido, con los ojos inyectados. Su enemigo, le esperó serenamente hasta +una distancia de quince pasos. Y ya con la seguridad de volcarle, porque +era un tirador consumado, disparó. La bala rozó la mejilla del joven, +levantándole la piel y haciéndole sangre. Detúvose un instante, y siguió +avanzando. Los padrinos empalidecieron terriblemente. El Duque dejó caer +la pistola y se cruzó de brazos, esperando la muerte, con una bravura +llena de afectación y soberbia. Gonzalo avanzó precipitadamente, hasta +ponerse a dos pasos de su adversario. En aquel momento una ola de sangre +le cegó. Su temperamento de atleta venció repentinamente a las +sugestiones de la razón. Brillaron sus ojos con los reflejos siniestros +de una bestia salvaje, temblaron sus labios, contrájose espantosamente +su rostro, y arrojando lejos de sí la pistola, saltó como un tigre sobre +el traidor. El Duque no resistió el choque de aquel coloso y cayó +rodando. Gonzalo se puso a brumarle las costillas con los pies, lanzando +rugidos. Los padrinos acudieron corriendo a sujetarle. Al bilioso +Galarza se le ocurrió, para realizarlo, darle un bastonazo en la cabeza. +Gonzalo no hizo señal de sentirlo. Peña, indignado, alza su bastón y +¡zas! le arrima otro garrotazo a Galarza. El marqués de Soldevilla, +¡zas! le da otro a Peña. Y arrebatados de furor unos y otros, comenzaron +una lucha tan brava como indigna a bastonazos, mientras Gonzalo, +satisfaciendo ferozmente su cólera acumulada, pateaba con saña el +cuerpo, inerte ya, del Duque. + +El cielo dejaba caer en aquel instante una cantidad fabulosa de agua. +Tan grande llegó a ser, que el marqués de Soldevilla, abandonando el +campo, emprendió la carrera hacia su casa para guarecerse. Siguióle +inmediatamente don Rudesindo, luego Peña y Galarza. La batalla se +deshizo como por ensalmo. Mas antes de atecharse, a todos se les ocurrió +volver la cabeza para ver qué había sido de sus apadrinados. Y por un +simultáneo impulso de compasión, volviéronse presurosos y sujetaron a +Gonzalo, cuya rabia cruel aún no se había apagado. El contacto de las +manos de aquellos señores le volvió a la razón. Les echó una larga +mirada siniestra y extraviada, y sin decir palabra, recogió el sombrero +y se dirigió a la puerta de la quinta, mientras los padrinos conducían +al Duque moribundo a casa. El médico que Soldevilla había traído, +encerrado durante el lance en una sala por no presenciarlo, reconoció +minuciosamente las fracturas y contusiones del herido. Declaró, desde +luego, su estado muy grave. + +Peña y don Rudesindo, encontraron a Gonzalo dentro del coche llorando +desesperado. + +—¡Soy un bruto!—les dijo.—¡Un bárbaro! ¡Qué pensarán ustedes de mí! +He cometido una acción bochornosa. Perdónenme ustedes. + +Hicieron lo posible por calmarlo. En el fondo, ni a uno ni a otro les +parecía tan mal aquello. Después de todo, la acción del Duque había sido +tan villana, que bien estaba que se castigase villanamente. Peña, +durante el camino, llegó a decir cuchufletas acerca de la soberana +paliza que el magnate acababa de recibir. + +—Chico, no cabe duda que los grandes de la naturaleza pueden más que +los grandes de España—decía con su voz campanuda que no dejaba perderse +una sola letra. Gonzalo, pronto, como un gran niño que era, a pasar del +llanto a la risa, sonrió primero y dejó escapar al fin sonoras y +formidables carcajadas con los chistes de su amigo. + +Pero la vista de la casa de su suegro le sumió nuevamente en la +tristeza. Había satisfecho su justa venganza. Pero quedaba una herida +honda, cuyo agudo dolor aún no había podido sentir bien, porque la +exaltación colérica en que había vivido aquellos dos días, lo sofocaba. +¡Oh! aquellas grotescas torrecillas y almenares, testigos de su luna de +miel, le produjeron horrible impresión de melancolía. Parecía que una +mano cruel le estrujaba el corazón dentro del pecho. Sus amigos, +comprendiendo que deseaba quedarse solo, siguieron a Sarrió. Pablito le +esperaba a la puerta de la quinta, y le abrazó con efusión y entusiasmo. + +—¿Le has matado?—preguntóle por lo bajo. + +—No sé... Creo que sí—respondió el joven más bajo aún.—¿Y tu padre? + +—Mi padre... Estaba aquí hace un instante... En cuanto te vió bajar +sano del coche, ha montado en la berlina que estaba enganchada ahí +abajo, y se ha ido a Sarrió. + +Gonzalo adivinó lo que iba a hacer y se puso más sombrío. Los dos +cuñados se dirigieron silenciosos a la casa, y fueron derechos al cuarto +de Gonzalo. Al cabo de unos momentos, éste, que se había dejado caer en +un sofá y permanecía inmóvil, con la cabeza abatida sobre el pecho, dijo +a su cuñado: + +—Perdóname, Pablo... Deseo quedarme solo... No estoy en este momento +para hablar. + +Pablito se apresuró a retirarse. + +Pasó un largo rato. La puerta se abrió de nuevo sin que el joven lo +sintiese. Una sombra se deslizó hasta él y puso sobre la silla más +cercana una bandeja con una taza y algunos platos. + +—¡Oh! ¿Eres tú, Cecilia? + +—Quieras o no, vas a tomar algo... Ya son las dos de la tarde, y estoy +segura de que no te has desayunado—dijo la joven, arrimando una mesilla +y poniendo sobre ella el caldo humeante. + +—¡Qué buena eres, Cecilia!—exclamó él apoderándose de una de sus +manos. Aquella exclamación era un grito de afecto, de entusiasmo, y a la +vez de un vago remordimiento que jamás había podido desechar de +sí.—¡Qué buena eres! ¡qué buena eres!—repitió con lágrimas en los +ojos.—Lo que has hecho aquella noche... ¡Oh! eso no lo hace nadie... +¡Nadie!... Una santa que bajase del cielo no lo haría... Ninguno de los +que vivimos a tu lado merecemos besar el polvo que pisas... + +Y el joven, conmovido con sus propias palabras, sollozando perdidamente, +cubrió de besos y lágrimas la mano que tenía cogida. + +Cecilia se puso fuertemente encarnada primero; después pálida, y dijo en +tono que resultó un poco seco: + +—Deja, deja. + +Retirando al mismo tiempo la mano con presteza. Al ver que su cuñado +quedaba acortado, se apresuró a decir: + +—Mira, cuanto menos hablemos de esas cosas, y, si posible fuera, cuanto +menos pensásemos, sería mejor... Ahora lo que importa es que tomes este +caldo. Después te traeré unas croquetas y un lenguado... ¿quieres? + +—No tengo apetito, Cecilia—respondió haciendo esfuerzos por reprimir +su emoción. + +—Todo es empezar... Verás... + +—No, no; de veras, no puedo pasar nada en este momento. + +—¿Y si te lo mando yo?—dijo la joven. Después que lo dijo se puso +colorada. + +—Entonces, desde luego lo tomo... A ti no puedo negarte nada—replicó +él acercando el plato. + +Aquella tan galante réplica, produjo una penosa impresión de frío en +Cecilia. Para no dejarla ver, salió precipitadamente de la estancia. + +Tres o cuatro días estuvo el duque de Tornos entre la vida y la muerte. +Al cabo cedió la calentura, y desapareció la gravedad. Sin embargo, la +curación debía ser larguísima. Había dos costillas fracturadas, la +mandíbula inferior también, y sobre esto, terribles magullamientos en +otros varios parajes del cuerpo. Al cabo de un mes pudo trasladarse a +Madrid. + +Gonzalo no dejó la casa de su suegro, quien al cabo de cinco o seis días +del desafío, tornó de llevar a Ventura al convento de Ocaña. Pero su vida +fué triste, sombría por demás. Negábase, a pesar de las instancias de +Pablo, a salir de caza o paseo. En vano éste y don Rosendo y los amigos +que solían venir a Tejada, inventaban mil pretextos para hacerle salir +de excursión. Aunque no se negaba de frente a acompañarles también él +acudió a los engaños para quedarse siempre en casa, donde descaecía a +ojos vistas. Su tío don Melchor venía a menudo a verle, y le aconsejaba +que se fuese a viajar durante una temporada. No se negaba a ello; pero +lo aplazaba siempre, pretextando no encontrarse bien de salud. Don +Rosendo, asesorándose del señor de las Cuevas y de otros varios amigos, +decidió trasladarse a Sarrió, por ver si con la sociedad de sus amigos +el joven se animaba un poco. Salieron fallidos todos los cálculos. +Gonzalo se dejó llevar a la villa sin hacer observaciones. Pero puso aún +más empeño en aislarse, en vivir retirado del trato social. Salía tan +sólo al amanecer, y daba algunos paseos por la punta del Peón, +contemplando el mar con ojos extáticos, que alguna vez tomaban una +expresión de angustia que apenaría seguramente a quien los mirase. En +cuanto el muelle comenzaba a animarse, y la villa despertaba de su +sueño, retirábase a toda prisa a casa. + +¿Por qué no dejaba a Sarrió, teatro de su desdicha, y se iba a pasar al +menos una temporada en Madrid, en París o en Londres? Esta era la +pregunta que se hacían todos los vecinos de la villa. Nadie acertaba a +contestarla satisfactoriamente. Ni era fácil que eso sucediera. Son muy +pocos los que saben explicarse el origen secreto, la última raíz de las +acciones humanas. Unos porque no se paran en psicologías, que juzgan +inútiles, otros dotados de entendimiento sutil y perspicaz, porque lo +aprovechan para escudriñar solamente el móvil interesado, casi nadie +destapa esa mágica caja de sentimientos, y deseos, y esperanzas, y +contradicciones, que se llama corazón humano. ¡Qué vergüenza sentiría +Gonzalo si le dijesen que no se iba de Sarrió por no alejarse de la +atmósfera que envolvía a su esposa, a quien cubría de dicterios en +secreto, y afectaba despreciar ante el mundo! Y, sin embargo, nada más +cierto. Quedándose en aquella casa, le parecía que aún no se habían roto +del todo los lazos que le ligaban a ella. Los seres que le rodeaban eran +su carne y su sangre: la amaban todavía, aunque culpable: no se podía +injuriarla en su presencia. Ventura había dejado en las habitaciones, en +los muebles, una parte de su ser. En el tocador yacían los frascos de +pomada y esencias que ella usaba, a medio consumir; en las perchas +colgaban algunos de sus abrigos y sombreros. Su imagen graciosa, su +blonda cabeza deslumbradora, parecía que iba a parecer detrás de las +cortinas. El ambiente estaba embalsamado aún con su perfume habitual. +Aquel marido, tan vilmente ultrajado, sin querer darse cuenta de ello, +respiraba con delicia el aliento de su esposa, y vivía de la sombra de +su vida. Todavía más; vivía de la esperanza de perdonarla. + +Esto no lo sabía nadie... ni él mismo quizá de un modo cabal... Nadie +más que Cecilia, cuyos ojos de zahorí enamorada, leían claramente los +pensamientos más vagos que cruzaban por la mente de su cuñado. Este +manifestaba por ella una predilección tan afectuosa, tal entusiasmo y +veneración, que era muy fácil confundir con el amor. Todas las +compañías, hasta la de su tío, le molestaban menos la de ella. Aunque +estuviese entregado a una meditación dolorosa, y las lágrimas corriesen +por sus mejillas escaldándolas, la aparición de Cecilia en su cuarto, +obraba como un calmante, suavizando su dolor. Cedía a sus consejos con +respeto, y se dejaba guiar y mimar por ella como un niño enfermo. Cuando +tardaba en ir por su cuarto, se impacientaba y le daba quejas cariñosas +lo mismo que un amante rendido y llagado de amor. Cuando entraba, sus +ojos no la abandonaban ni un instante, cual si estuviesen bajo la +influencia de un encanto o fascinación. Aquellos ojos expresaban cariño +profundo, gratitud, admiración, respeto, entusiasmo, lo expresaban +todo... menos amor. Cecilia bien lo leía. No podía mirarlos sin sentir +el mismo doloroso pinchazo en el corazón, la misma gota amarga de hiel +en los labios. Su espíritu, sereno siempre, turbábase por un instante, y +aparecía fría unas veces, otras irritable y enigmática, con gran +sorpresa y dolor de Gonzalo que se esforzaba en alegrarla. Pronto lo +conseguía. El pensamiento aquel, caía en su cerebro como la piedra en un +lago, revolviendo las aguas. Pocos momentos después, la calma volvía a +su espíritu. Quedaba puro y tranquilo como el lago. + +Un día, al entrar repentinamente en la habitación de su cuñado, le +encontró examinando un revólver. + +Al verla trató de ocultarlo en el cajón de la mesa que tenía abierto y +se puso colorado. + +—¿Qué hacías? + +—Nada, al buscar en este cajón unos papeles, me hallé con un revólver +que ya no me acordaba que tenía, y lo estaba mirando. + +Cecilia no creyó palabra. Experimentó desde entonces cierta inquietud +que la obligaba a vigilarlo más que antes. + +Transcurrieron dos meses. El desdichado joven, aunque persistía en la +misma vida apartada y sombría, mostraba algunas vagas señales de +reverdecimiento. Una que otra vez salía a caballo. Había hablado a su +suegro de hacer un viaje por Italia, país que aún no conocía. La fuerza +que hacía subir la savia de nuevo a su ser marchito, era un pensamiento +dulce, tan dulce como vergonzoso, que ocultaba con cuidado a todo el +mundo. Sin embargo, una tarde en que departía cariñosamente con su +cuñada, después de muchos rodeos, y poniéndose colorado hasta las +orejas, le preguntó por Ventura. ¿Qué noticias tenía de ella? Cecilia le +respondió fríamente con las menos palabras posibles. ¡Pobre Gonzalo! ¡Si +supiese que aquella mujer traidora por quien preguntaba, lejos de estar +arrepentida, se revolvía con furia contra su familia, cubriéndolos a +todos de dicterios, amenazándoles con entregarse al primer hombre en +cuanto saliese de la prisión, escandalizando con su soberbia y lenguaje +procaz a la superiora del convento! + +Desde aquel día, perdida ya la cortedad, preguntaba a menudo por ella; +gustaba de mentarla en la conversación, sin que le hiciese desistir de +ello el tono seco con que Cecilia le respondía, y la prisa con que +cambiaba de tema. + +Lo que don Rosendo temía, por las cartas que de Ocaña le enviaban, llegó +al fin. Un día, la superiora del convento le comunicó que Ventura se +había huído de aquel asilo, en compañía, según todos los informes, del +duque de Tornos. «El gran humanitario», como le llamó el _Faro_ en +cierta ocasión, recibió la nueva con valor estoico. Efectivamente, ¿qué +significaba aquella pena puramente individual que le afligía, en +comparación con el dolor universal, con la marcha lenta y segura de la +humanidad hacia sus destinos? Por aquellos días acababa de leer un +célebre folleto de autor francés, titulado _El mundo marcha_. Tenía los +sesos revueltos y deslumbrados con sus grandes síntesis históricas, lo +cual le ayudó no poco a soportar aquel golpe. Procuró, sin embargo, que +su yerno no se enterase de la noticia. No tenía la misma confianza en la +elevación de su espíritu y en la amplitud de sus miras. Algunos días +estuvo oculta. Al cabo corrió por la población sin saber quién la +trajera. Gonzalo, que todas las mañanas a primera hora iba por el +Saloncillo, la leyó en una gacetilla tan infame como hipócrita del +_Joven Sarriense_. «Circula por la población la especie—decía—de que +una señora, protagonista de cierto drama amoroso no ha mucho tiempo +acaecido, se ha fugado en compañía de su amante del asilo donde su +familia la había recluído. Sentiríamos que este rumor se confirmase por +afectar directamente a personas muy conocidas y estimadas en la sociedad +sarriense.» + +Gonzalo sintió que algo que aún estaba por desgarrar se le desgarraba +dentro del pecho. Dejó caer el papel. Sonriendo nerviosamente y con voz +aguda y extraña, se dirigió a don Feliciano Gómez, que era la única +persona que allí había: + +—Ya sabrá usted que la z... de mi mujer se ha escapado con su chulo, +¿eh? + +Don Feliciano le miró sorprendido. Aunque era hombre que entendía poco +de sonrisas, al verle sonreir de aquel modo se sintió sobrecogido, y le +contestó con tristeza: + +—Sí, Gonzalito, sí. Ya sabía que todavía no habías pasado lo último... +A la verdad, después de lo sucedido, este golpe final no debe cogerte de +sorpresa... Boto el freno, debías suponer dónde había de parar. + +—¿Y a mí, qué?—exclamó el infeliz joven con la misma sonrisa, +mostrando en todo su cuerpo una inquietud exagerada.—Que se escapa... +¡bueno!... Vaya bendita de Dios... Nada tengo ya que ver con ella... +¡Ah! ¡si la ley me permitiera casarme!... No se pasaría un mes sin +hacerlo... ¿Y por qué no, vamos a ver, y por qué no he de poder +hacerlo?... En fin, si no me caso a perpetuidad, me casaré +temporalmente... Tomaré por ahí una buena moza, ¿eh, don Feliciano? ¡y +anda con Dios!... Será al fin y al cabo una p... de profesión, mientras +mi mujer lo es de afición... + +Mientras pronunciaba estas feas palabras, daba vueltas por la estancia, +se quitaba el sombrero, se encogía de hombros y hacía otros gestos +extravagantes. Por último soltó una carcajada. + +—Mira, Gonzalillo—le dijo don Feliciano.—Acabas de pasar una +pelona... pero ya vendrán tiempos mejores. Tras de lo malo siempre viene +lo bueno. Las cosas del mundo hay que tomarlas con cachaza, mi queridín. +Con disgustarse y criarse hiel en el estómago, ¿qué se consigue?... Aquí +me tienes a mí. El mes pasado perdí un barco... Todo el mundo venía a +consolarme creyendo que estaba desesperado. Yo les contestaba: Es verdad +que perdí el _Juanito_; pero, y si hubiera perdido la _Carmen_, ¿no +sería mucho peor? Pues lo mismo pude perder uno que otro, porque los dos +estaban en la mar. Tú has sufrido un disgusto: bueno... pero tienes +salud. ¿No sería peor que además te pusieras enfermo? Hay que pensarlo +todo, mi queridín. La salud es lo primero... Tú come bien, echa buenos +tragos, ¡y anda adelante! que lo demás ya se olvidará... + +Gonzalo salió del Saloncillo sin despedirse, dejando al bueno de don +Feliciano con la palabra en la boca. + +En casa se dió por enterado con don Rosendo de la fuga de Ventura. +Contra lo que todos presumían, no le causó una impresión muy honda. Al +contrario; desde aquel día señalóse en él una tendencia a animarse, y a +participar del comercio social, que no dejó de sorprender en la +población. Comenzó a visitar las casas de los amigos, a presentarse en +el café, a pasear por las calles, a charlar, a discutir. No volvió a +hablar de marcharse. Hasta, con gran pasmo de la villa, en uno de los +bailes que se dieron en el Liceo, bailó toda la noche como un pollastre +que por primera vez pisase el salón. + +No obstante, Cecilia estaba muy inquieta. Aquella animación de su cuñado +era tan extemporánea, que más parecía un ataque de nervios. Sobre todo, +la extraña sonrisa, parecida a una mueca, que no se le caía de los +labios desde que leyera la gacetilla del _Joven Sarriense_, la hacía +estremecerse en algunos momentos. + +Y llegó lo que era natural. Tras de aquella insana excitación, vino, al +cabo de algunos días, un profundo y sombrío abatimiento. Estuvo tres sin +salir de su cuarto, sin probar apenas manjar alguno de los que Cecilia +le llevaba, y, lo que es aún peor, sin lograr conciliar el sueño. Con +los ojos abiertos y extáticos, se pasaba horas y horas tendido en su +lecho, mirando a las tinieblas. En la noche tercera, a eso de las tres, +encendió luz, se vistió y se puso a escribir una larga carta a su tío. +Después escribió otra con sobre a Cecilia. Cerradas y colocadas sobre la +mesa en primer término, para que se vieran pronto, sacó un pitillo, lo +encendió a la luz de la bujía, y comenzó a pasear por la habitación. +Antes de concluir el cigarro lo arrojó. Abrió el cajón de la mesa, y +sacó el revólver que allí guardaba. Al acercarlo a la luz vió que estaba +descargado, lo que no dejó de sorprenderle. Tenía casi la certeza de +haberlo cargado hacía un mes, poco más o menos. Buscó la cajita de las +cápsulas y no la halló. ¡Qué cosa tan extraña! No tardó en recordar que +Cecilia le había visto con él en la mano, y una sonrisa dulce y triste +se dibujó en sus labios. Fué a echar mano a las escopetas. Las encontró +igualmente descargadas. Los cartuchos habían desaparecido de su sitio. +Permaneció inmóvil y pensativo largo rato. Luego, como si despertara de +un sueño, sacudió la cabeza y dejó escapar un suspiro. Se puso el +sombrero, abrió la puerta y bajó con gran sigilo las escaleras. Al pasar +por delante de la puerta del piso principal, pegó el oído a ella. Estuvo +un momento escuchando, la faz demudada, los cabellos erizados. Había +oído claramente la voz de su esposa que le llamaba desde adentro. Pasada +la alucinación, siguió bajando, abrió la puerta exterior con la llave +que colgaba del pasador, y salió a la calle. + +Aun no había amanecido; pero en el Oriente parecía una tenue claridad +precursora del día. La mañana estaba fresca. Caía del cielo un agua +menudísima de niebla marina. Sin vacilar se dirigió al muelle. Subió al +segundo paredón y miró a la mar, cuyo horizonte en aquel momento no era +muy extenso, a causa de la niebla. Los días anteriores había soplado el +noroeste, y la había encrespado y revuelto hasta el fondo. Grandes olas +hinchadas venían de lejos extendiendo sus lomos gigantescos y se +estrellaban con fragor contra la punta del Peón, escupiendo sus espumas +a lo alto. Los ojos del joven tropezaron con un patache que trataba de +entrar en el puerto, y bailaba como un casco de nuez sobre las olas. +Aquella entrada le interesó desde luego. Siguió todas las peripecias con +viva atención, como si en ello le fuese algo. Al cabo de un cuarto de +hora, cuando ya estuvo atracado al muelle, sintió de nuevo la espuela de +su pensamiento. Dió un suspiro y murmuró: «Vamos». Y siguió adelante, +rozando con su cintura el pretil del paredón. Al llegar a cierto paraje, +una ola más fuerte que las demás le bañó enteramente con su espuma. +Aquel inopinado baño le produjo grata impresión, le refrescó la piel. +Estuvo esperando en el mismo sitio un rato, por ver si llegaba otra con +igual fuerza, pero no vino. Y emprendió de nuevo la marcha. Cuando +estuvo en el extremo del malecón, se echó de bruces sobre el pretil y +contempló con sombría fijeza las olas que llegaban. Estaba en el mismo +sitio donde, hacía algunos años, había tenido plática con su tío para +darle cuenta de que abandonaba a Cecilia y contraía matrimonio con +Ventura. Las palabras del viejo, severas, irritadas, sonaron de nuevo en +sus oídos. «Al hombre que falta a su palabra no puede ayudarle Dios... +El viaje es largo. La mar ancha y brava. Lo que ahora es bonanza, en un +instante se convierte en marejada de leva.» «¡Qué razón tenía mí +tío!»—pensó, sin apartar la vista del mar. + +—¡Bah!—murmuró al cabo de algunos momentos—si cien veces me viera en +ese caso, cien veces haría lo mismo. Hay cosas fatales. Llevo a esa +mujer en la sangre como un veneno, y sólo puede salir con la última +gota.—Estuvo otro rato pensativo. El agua del mar que le había bañado, +y la del cielo que sin cesar caía, le enfriaron hasta los huesos. La +mañana se presentaba sucia, cenicienta. No era, no, aquella hermosa +noche en que se había quedado también de bruces después de hablar con su +tío. Entonces, la belleza esplendorosa del cielo, tachonado de +estrellas, el limpio cristal de las aguas, donde cabrilleaba la luz de +la luna, la blanda brisa juguetona, le hablaron un lenguaje de muerte, +sí, pero dulce, recogido, íntimo. Era una voz amiga que le invitaba a +reposar. Mas ahora lo que oía era un grito de desolación, una amenaza: +«Vente, vente. La muerte es muy triste; pero la vida es más triste +todavía.» + +—Concluyamos—dijo levantando la cabeza. Avanzó el cuerpo; extendió los +brazos. En aquel momento pensó que el instinto de conservación le haría +nadar seguramente, y se detuvo. Miró a todas partes buscando algún peso. +Sus ojos tropezaron con el áncora de un quechemarín que yacía allá +abajo, en el primer muelle. Bajó por ella, cortó con la navaja un pedazo +de maroma de una lancha, se la amarró, la alzó con sus brazos de atleta +y subió la escalera como un gimnasta que quisiera dar muestra ante el +público del enorme poder de sus músculos. Una vez arriba, se ató la +cuerda al cuello. Se puso en pie sobre el pretil, y abrazado al ancla se +arrojó al agua. Su cuerpo de coloso abrió en ella una grande brecha, que +se cerró al instante. La mar profunda extinguió aquella chispa de vida, +como tantas otras, con implacable indiferencia. + +Un marinero que le vió de lejos, corrió hacia el sitio gritando: + +—¡Hombre al agua! + +Otros tres o cuatro de las próximas embarcaciones le siguieron. En pocos +minutos se formó un grupo de veinte o treinta en la punta del paredón. + +—¿Quién era? ¿Le conocías?—preguntaban al que le había visto. + +—Me parece que era don Gonzalo. + +—¿El alcalde? + +—Sí. + +—Sería muy bien, sería muy bien... ¡Reterroías mujeres! + +La nueva se esparció instantáneamente por la villa. Acudió al muelle una +muchedumbre de gente. Dos hombres en una lancha recorrieron con un largo +remo el fondo, sin dar con el cuerpo del desgraciado joven. Al cabo +tropezaron con él. Se trajo un gancho, y tirando lo sacaron a flote en +el mismo momento en que don Melchor, demudado, convulso, sin sombrero, +llegaba al muelle, noticioso del terrible lance. + +—¡Hijo de mi alma!—gritó el pobre anciano al ver sobre el agua el +cadáver de su sobrino. Sus corvas se doblaron, y cayó desvanecido en +brazos de las personas que le acompañaban. + +Extendieron el cuerpo del suicida sobre el muelle mientras llegaba el +juzgado. Aquel espectáculo tenía profundamente impresionados a todos los +circunstantes, entre los que se hallaban personas de los dos bandos +rivales. + +Después que llegó el juez y se instruyeron las debidas diligencias, +colocaron en una camilla el cadáver, y lo transportaron a su casa, +porque don Rosendo, que sabía la noticia, lo reclamaba. Fué una +procesión tristísima al través de las calles de la villa. Los vecinos se +asomaban a los balcones, pálidos, inquietos, con la tristeza en el +semblante. Gonzalo gozaba de generales simpatías. + +Don Rosendo, poseído de vivo dolor, no quiso ver el cadáver de su hijo +político. Se encerró en su cuarto; pero dispuso que se le colocase en el +mejor salón de la casa sobre una mesa cubierta de terciopelo, que se +trajesen de todas partes flores y coronas, y se preparase un entierro +suntuoso. + +Cecilia, por uno de esos esfuerzos heroicos que estaba avezada a hacer +sobre su alma y su cuerpo, supo encerrar su pena en el fondo del +corazón. Veíasela lívida, sí, pero tranquila, disponiendo por la casa lo +necesario para recibir el cuerpo de su cuñado. Cuando llegó, ella misma +ayudó a colocarlo en el sitio, después que se le hubo amortajado. Lo +cubrió de flores, encendió los cirios, adornó la habitación con negros +crespones. Después dispuso que velase el cadáver una hermana de la +caridad en compañía de ella. + +Dejáronlas al fin solas. Rezaron largo rato de rodillas. Cuando +terminaron su rezo, Cecilia rogó a la monja que fuese a la cocina a dar +orden para que se le hiciese te, porque estaba desfallecida. + +En cuanto la monja salió, alzóse vivamente. Y sacando unas tijeras, +cortó un mechón de cabellos de la cabeza de su cuñado, que ocultó en el +seno. Cortó después de los suyos otro, y temblorosa y agitada, lo metió +entre las manos cruzadas del cadáver. Luego le contempló un instante. Y +bajando la cabeza, cubrió de besos aquel rostro inanimado. Los primeros +y los últimos que le daba. + +La esposa, la única y verdadera esposa de aquel hombre, no pudo al fin +resistir tanto dolor y rodó por el suelo sin conocimiento. + +FIN + + * * * * * + + + + +=OBRAS DE PALACIO VALDÉS= + + +=El señorito Octavio=.—Un tomo. + +=Marta y María=.—Un tomo. Traducida al francés, al inglés, +al sueco, al ruso y al tchèque. + +=El idilio de un enfermo=.—Un tomo. Traducida al francés +y al tchèque. + +=Aguas fuertes= (novelas y cuadros).—Un tomo. Traducida +al francés, al inglés, al alemán, al holandés, al sueco y +al tchèque. Edición española con notas y vocabulario +en inglés. + +=José=.—Un tomo. Traducida al francés, al inglés, al alemán, +al holandés, al sueco, al tchèque y al portugués. +Edición española con notas en inglés para el estudio del +español en Inglaterra y Estados Unidos de América. + +=Riverita=—Un tomo. Traducida al francés. + +=Maximina= (segunda parte de _Riverita_).—Un tomo. Traducida +al inglés. + +=El Cuarto Poder=.—Un tomo. Traducida al francés, al inglés +y al holandés. + +=La Hermana San Sulpicio=.—Un tomo. Traducida al francés, +al inglés, al holandés y al sueco. + +=La espuma=.—Un tomo. Traducida al inglés. + +=La Fe=. Un tomo.—Traducida al francés, al inglés y al +alemán. + +=El Maestrante=.—Un tomo. Traducida al francés y al +inglés. + +=El origen del pensamiento=.—Un tomo. Traducida al francés +y al inglés. + +=Los majos de Cádiz=.—Un tomo. Traducida al holandés. + +=La alegría del capitán Ribot=.—Un Tomo. Traducida al +francés, al inglés, al holandés y al sueco. Edición española +con notas y vocabulario en inglés. + +=La aldea perdida=.—Un tomo. + +=Tristán, o el pesimismo=.—Un tomo. Traducida al inglés. + +=Semblanzas literarias= (_Los oradores del Ateneo, Los novelistas +españoles, Nuevo viaje al Parnaso_).—Un tomo. + +=Papeles del doctor Angélico=.—Traducida al alemán. + + + + +*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL CUARTO PODER *** + +***** This file should be named 24601-0.txt or 24601-0.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + https://www.gutenberg.org/2/4/6/0/24601/ + +Updated editions will replace the previous one—the old editions will +be renamed. + +Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright +law means that no one owns a United States copyright in these works, +so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the +United States without permission and without paying copyright +royalties. 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